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Libro N° 3986. Pequeño Hotel Para Sádicos. Scerbanenco, Giorgio.

Libro N° 3986. Pequeño Hotel Para Sádicos. Scerbanenco, Giorgio.

 


© Libro N° 3986. Pequeño Hotel Para Sádicos. Scerbanenco, Giorgio. Colección E.O. Julio 15 de 2017.

Título original: ©  Milano, calibre 9. Giorgio Scerbanenco, 1969

 

Versión Original: © Pequeño Hotel Para Sádicos. Giorgio Scerbanenco

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2016/10/pequeno-hotel-para-sadicos-giorgio.html#more

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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PEQUEÑO HOTEL PARA SÁDICOS

Giorgio Scerbanenco

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este segundo volumen de relatos del malogrado escritor italiano Giorgio Scerbanenco recoge doce nuevas y apasionantes historias de su originalísima invención. Todas ellas pertenecen a ese mundo terrorífico y patético, complejo y brutal, sentimental y cruel, en el que la realidad y la fantasía, negras ambas, se desarrollan siempre en un escenario de angustia auténtica y de verdadero horror.

La trama de todas estas narraciones sobrecogedoras tiene, en realidad, las mismas constantes dramáticas: la lucha del hombre contra el hombre, la continua manifestación de la violencia, del egoísmo inhumano, del atropello inicuo y de la brutalidad gratuita.

El gran mérito de la obra total de Scerbanenco es el de apoyar su fantasía en una realidad siempre posible. Sus historias de delincuentes y asesinos no se deben solamente a su poderosa imaginación, sino también, —y acaso más aún— a su conocimiento del inframundo de sus personajes y del lado más triste y feroz de la condición humana.

Creemos que lo mejor de la excepcional imaginación de Scerbanenco se halla en estos relatos y que cada uno de ellos puede considerarse una gran novela narrada a un ritmo rapidísimo, casi vertiginoso, que la transforma en una breve historia de sorprendente fuerza dramática.

►2.ª parte de los relatos publicados en italiano como «Milano, calibre 9» (1969). La 1.ª parte se publicó en castellano como «Milán, calibre 9».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original: Milano, calibre 9

Giorgio Scerbanenco, 1969

Traducción: Fernando Gutiérrez

Portada por Dr.Doa

Editor digital: Titivillus

ePub base r1.2

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1.

PEQUEÑO HOTEL PARA SÁDICOS

 

Miró a la ventana. La ventana daba a uno de los desmesurados paseos milaneses de las afueras. Él era bajo, pero corpulento, y con abundante cabellera, toda gris, y aquí y allí franjas claramente blancas, y un rostro cuadrado, pálido, palidísimo. Miró el paseo arbolado brillante de lluvia, las pequeñas lunas rojas, verdes y amarillas de los cuatro semáforos. Vio a una muchacha con impermeable celeste cruzar la calle. Parecía querer acudir a él, parecía mirarle. Se fijó en los labios de la joven, muy marcados, de un rojo coral casi fluorescente, y dejó de mirarla sólo cuando desapareció detrás de un colosal camión de una compañía de transportes. Luego ya no la vio.

Entonces miró la habitación. Bonita. Todo lo había cuidado una mujer, lo sabía por los folletos publicitarios: la moqueta verde guisante, las paredes de color crema decoradas con unos apliques rojo granate, con una lámpara ovoidal, alargada, de luz indirecta, pegada al techo, que en aquel crepúsculo lluvioso brillaba suavemente aunque con luz vivísima como una galaxia en una noche de verano. Miró el lecho con el cubrecama de un rojo granate. Era un ancho y cómodo lecho, para una sola persona, y tenía a los lados dos mesitas panzudas de una graciosa imitación del barroco, y en una de ellas estaba el teléfono. Nunca había visto un teléfono tan aplastado —para molestar menos—, color crema como las paredes, y en la otra mesita había otro aplastado aparato que debía de ser la radio. Era curioso, y apretó uno de los botones de la cajita.

«… después de la conferencia de prensa, Primo Camera volvió a subir al coche, directo a Sequals, parecía muy cansado y su delgadez es en realidad impresionante…».

Apretó otro botón y oyó a una joven que cantaba con voz delicada, aérea, y sin embargo poderosamente femenina.

«Debe de ser Ornella Vanoni», pensó, sentado en el lecho, y aunque no entendía, lo había adivinado, porque, al final de la canción, una agradable voz de mujer joven dijo:

—La dirección de este Piccolo Hôtel se complace en haber ofrecido a sus oyentes la canción Universo in sol, cantada por Ornella Vanoni.

Pausa.

—Antes de proseguir nuestro programa musical, la dirección de este Piccolo Hôtel se permite recordar el menú de esta noche: Assiette de caviar y salmón. Doble consomé de vaca con pan frito. Pollo a la cosaca con trufas. Queso, fruta y helados caseros preparados por nuestros especialistas. Proseguimos la transmisión de música solicitada. Van a oír ustedes una canción de Celen taño.

Sentado en la cama, escuchó religiosamente toda la canción, como si se tratara de la Novena de Beethoven, y sólo cuando hubo terminado apretó el botón. Buen servicio: la radio con todos los programas nacionales y además la radio interior del hotel, que transmitía su propio programa. Se levantó y miró por fin la maleta.

Era un trasto largo y plano, de un grueso no mayor de doce centímetros, pero de un metro de largo y de una anchura de, por lo menos, medio metro. Lo levantó, era pesado; exactamente veintisiete kilos. Lo había pesado varias veces en las balanzas de las carnicerías.

La colocó sobre la cama y la abrió. Siempre que la abría tenía ganas de echarse a reír, porque no es posible dejar de reír al ver todos aquellos cuchillos, el más pequeño de los cuales medía unos veinte centímetros; pero había dos enormes, de hoja ancha de unos cinco dedos y de sesenta centímetros de larga. Había también hachas, la más pequeña tenía un mango de veinte centímetros, y otra uno de un metro de largo, que parecía una arma medieval. Había chismes que parecían instrumentos de cirujano: un largo cuchillo de medio metro de largo desde la punta arqueada de dos filos, y además el martillito con punta a un lado y filo al otro, y varios tipos de belduques.

Además había una cosa que resultaba chocante en aquel arsenal: un pequeño revólver para señora escondido bajo los enormes cuchillos de filo y sierra y las hachas. Era un chisme de risa. Se lo había quitado a escondidas a su hermana que vivía sola en una casita aislada en el lago Maggiore, y por eso estaba armada, pero si uno se lo metía en la boca como una de esas varillas de pan piamontesas y apretaba el gatillo, disparaba su buena bala del calibre seis, y uno entonces ya no tenía ocasión de reírse nunca más.

Tomó el revólver y se lo metió en el bolsillo de los pantalones. Riendo burlonamente, cerró la cortante maleta y la escondió debajo de la cama. Reía porque había hecho una buena carrera : de director de todas las zonas de Italia centro-norte —y no sólo por lo que se refiere a los útiles de carnicería, sino también a espadas, floretes y sables con dispositivo eléctrico para competiciones de esgrima—, había pasado a ser un simple inspector de esas mismas zonas, y así, inspeccionando, había galopado de tren en tren desde Turin a Trieste y a Florencia, y por lo menos sin el maletón; llevaba sólo una cartera de piel llena de papeles y fichas. Luego la vuelta de campana: para no despedirlo, después de casi veinte años de trabajo, le habían ofrecido la Lombardía como plaza para la venta de artículos de cuchillería a los carniceros, y esto quería decir el maletón. A los cincuenta y cinco años tuvo que aceptar, porque solo, sin una lira ahorrada, no cabía elección.

Todavía tenía que dar las gracias porque no lo hubieran echado a puntapiés. Todo un director de una superzona, uno de los más altos cargos administrativos de la empresa, como él, que se deja pescar con una chiquilla de catorce años, de la plantilla de la limpieza de las oficinas…

Las mujeres, siempre las mujeres. En esa ocasión él salió en los periódicos de la tarde por culpa de aquella profesional que se había puesto a chillar desesperada, y todo por un pequeño mordisco que le dio él en el lóbulo de la oreja. Pero ella declaró que él se le había llevado el lóbulo, y no era verdad, pero los periodistas lo dijeron. Y después de este escándalo la empresa fue hasta demasiado buena con él conservándolo aún, con todo y el maletón.

Pero ya era suficiente, pensó. Basta ya de mujeres.

La única razón por la cual no se había matado mucho tiempo antes era precisamente por las mujeres. Eran lo único de esta vida que no le gustaba dejar. La idea de no sentir nunca, nunca más bajo las manos la forma del cuerpo femenino, le producía una sensación horrible. Morir acaso significara esto: no sentir jamás a una mujer.

Se levantó y se dirigió al baño, se vertió en las manos un poco de lavanda y se las pasó por los espesos cabellos. Ahora basta ya. No quería descender más bajo del maletón, pero si hubiese seguido con vida habría descendido aún más bajo: la miseria. Su hermana le habría dado de vez en cuando unos miles de liras, por caridad, y él se las habría gastado con cualquier insignificante pendanga. ¡Oh, no, basta y basta! Volvió a su habitación y en aquel momento sonó el teléfono. Descolgó el auricular.

—Dígame.

—Doctor Coralli, hace ya media hora que estoy esperándole en el bar.

—Perdóneme, contador, bajo en seguida.

Se trataba de un individuo a quien había conocido aquella tarde en el hotel, un tipo francote, de casi dos metros, que trataba a todo el mundo como si fuesen amigos desde hacía veinte años.

—He encontrado también a la chiquilla, doctor; no más de veinte años —dijo la voz al teléfono, con un tono bajo de complicidad—. No se vive sólo del trabajo, ¿verdad?

—Pues no —repuso él—. Bajo en seguida.

Volvió al cuarto de baño; otra vez se echó lavanda en las palmas de las manos, se las pasó de nuevo por los cabellos y también por el cuello, pensando en la «chiquilla». Había llegado al momento en que le afectaban mucho y lo turbaban palabras tan sencillas como «chiquilla». Luego salió de la habitación y bajó las estrechas escaleras revestidas de moqueta rosa, que lo condujeron al salón. El Piccolo Hôtel era realmente hotelito, tenía todo el servicio y el lujo de un hotel de primerísima categoría, pero a formato reducido. Lo habían inaugurado hacía un par de meses, en la zona más arbolada de las afueras, y su folleto publicitario decía que aquel pequeño edificio de dos plantas tenía dieciséis habitaciones con baño, una sala de tertulia, un pequeño night-club en el sótano, además del salón comedor. El hotelito estaba regentado por una señora, la condesa Alarami, que, en lugar de abrir la acostumbrada boutique o sastrería femenina, había, inteligentemente, inaugurado aquel hotel discreto, señorial pero sin exceso, original en muchos detalles, pero siempre con mucho estilo.

Apenas entró en la sala vio, en el rincón donde estaba el bar, a la chica junto al campechano de dos metros.

También ella era muy alta, y a él le gustaban las altas. Tenía las piernas largas, como le gustaban a él. Desde las caderas a las rodillas era, para los ojos, un vertiginoso camino, y a pesar de su delgadez daba en seguida una sensación de plena femineidad. No debía de ser tan chiquilla. Tendría, ciertamente, más de veinte años, pero se las daba de chiquilla con sus dos largas y delgadas trencitas que le caían sobre el pecho y le llegaban casi a la cintura, y la falda negra plegada y el jersey rosa que se le adhería al pecho, y sobre todo aquellos dos grandes ojos redondos, los más grandes y más redondos que había en circulación, tras los lentes claros, que era evidente que llevaba por darse importancia y no porque viera poco.

—Ya está aquí el doctor Coralli —dijo el campechano—. Permítame, señorita, que le presente al doctor Coralli. Y aquí está una joya: Adri Castello, modelo. Tendría usted que haber visto el cartel con sus piernas para la publicidad de unas medias.

—¡Vaya, otra vez las piernas! —dijo la chiquilla Adri.

—Iba a decirle al doctor Coralli que usted, además, estudia literatura en la Universidad. ¿Es cierto?

—Estoy en el tercer curso —repuso ella.

—Y yo soy Giovanni Namara. Mucho gusto. No, no soy el ministro McNamara —y el gigante reía su propia gracia; tenía los ojos realmente pequeños para una cara tan ancha y no grasa, pero musculosa—. Bebamos.

Bebieron tres brutales cocteles pedidos por Giovanni Namara, al son de la radio particular del Piccolo Hôtel: canciones y música solicitadas. También la chiquilla Adri dijo al del bar que quería oír una canción, Angelita, y pocos minutos después el altavoz de la pared del bar transmitió la voz de los Marcellos Ferial que cantaban la triste historia de Angelita. Y cada dos o tres canciones la suave voz volvía a surgir del altavoz:

—Daremos a continuación el programa de la televisión para esta noche —y seguía la lista de transmisiones—. La dirección del hotel les sugiere estas películas en estreno: Cinema Manzoni: Asalto al tren Glasgow-Londres, Cinema Capitol…

Al término del tercer coctel bestial, el doctor Coralli apretó el brazo desnudo de la chiquilla, menos flaco y más mórbidamente carnoso de cuanto había imaginado.

—¿Y si fuéramos a cenar? Si no, entre el hambre y sus danzantes trenzas me quedo aquí tieso.

—Yo me veo ya tiesa de hambre —dijo ella, haciendo bailar sobre el pecho, intencionadamente, sus trencitas de chiquilla—. Agárreme del brazo porque estoy un poco trompa. Sí, más fuerte.

—¡Eh, doctor, que yo la he encontrado y usted se me la lleva! —dijo Giovanni Namara.

Se apresuraron hasta el comedor y comieron con avidez. Era una salita más bien pequeña, pero habían conseguido instalar una docena de mesas y unas treinta pequeñas butacas; sobre cada mesa había unas velas rojas encendidas. Sólo el maestresala vestía de esmoquin. Los jóvenes camareros llevaban, en cambio, camisa blanca con corbatín rojo, como la moqueta del suelo, grandes gemelos rojos en los puños y un inmenso delantal blanco a la francesa que les llegaba desde la cintura hasta los zapatos, como una falda. La muchacha encargada de los vinos vestía un traje sastre rojo, igual también al color de la moqueta, con pantalones ceñidos a estilo cowboy; las botas con tacón alto y unas pequeñas espuelas de oro. Y de oro era el racimo de uvas bordado en la manga izquierda de la chaqueta.

Antonio Coralli la miró también, sobre todo la hinchazón delantera de la chaqueta y la adaptación de los pantalones a las caderas.

Dos o tres veces hizo su aparición la condesa Alarami, vistiendo un traje largo hasta los pies, un traje negro con pequeñas llamitas de color naranja. Se detuvo también ante su mesa y les sonrió:

—Espero que se sientan a gusto en este pequeño hostal.

—Muy a gusto —le respondió él.

—A las once abrimos el night-club —continuó la condesa—. Hay una orquesta joven. Serán ustedes bien recibidos.

Y Giovanni Namara dijo:

—Nosotros somos abuelitos y a las once estaremos durmiendo.

—Entonces no he visto abuelitos más jóvenes y peligrosos que ustedes.

—¿Peligrosos? —preguntó Giovanni Namara.

La condesa asintió sonriendo.

—Buenas noches, señores; gracias por su visita.

Cuando se hubo ido, él dijo:

—Sí, vayamos al night-club; así la chiquilla bailará un poco.

—Con otro, porque nosotros no estamos en condiciones de bailar. Jamás he estado tan borracho en mi vida —dijo Giovanni Namara.

—Y yo estoy más borracha que ustedes dos juntos: entre el caviar, el salmón, las trufas del pollo y esta botella de Frascati…

—Vamos a oír música —propuso él.

—Son las diez —replicó Giovanni Namara—. Antes de ir al night-club tenemos tiempo de contarnos nuestras vidas. Empieza tú, niña bonita.

—Ya sabe que no me gusta que me tuteen. Se puede ser amigos sin necesidad de tutearse. Se lo ruego.

—Discúlpeme, lo había olvidado. Pero cuéntenos su vida.

—Imposible. Está prohibido por la censura.

Giovanni Namara pidió otra botella.

—Entonces usted, doctor Coralli. Es el juego de sociedad más bonito que conozco —y se bebió, mejor dicho, se tragó un vaso de Frascati—. La propia vida en cien palabras. Probémoslo.

Coralli besó de pronto la mano de la chiquilla Adri, y así se dio cuenta de que todo quedaba atrás, totalmente atrás, y que lo único que quería era aquella chiquilla.

—Mi vida no interesa a nadie, vendo cuchillos a los carniceros; tengo arriba, en la habitación, una maleta así de grande llena de cuchillos, con hojas de medio metro, hachas para partir los huesos del espinazo de medio buey, cortantes belduques para deshuesarlos…

—¿Sí? ¿De veras? —y Giovanni Namara le puso la pesada mano sobre el brazo, con un interés apasionado, desproporcionado, por el tema—. ¿Corre usted cuchillos para carniceros? Entonces será usted de la Schreicher o de la Fratelli Toncara.

—De la Fratelli Toncara. Pero ¿cómo sabe usted estas cosas?

—Verá usted: mi padre era carnicero, y yo comencé a ayudarlo en la carnicería cuando aún no había cumplido los diez años. El trabajo me gustaba y mi padre era feliz. Luego mi madre se puso por medio; dijo que ser carnicero era un oficio desagradable y que si él, mi padre, volvía a llevarme a la carnicería, que se arrojaría por una ventana, y como mi madre era un poco loca hubo que darle gusto. Ella quería que yo estudiase, quería que fuese abogado, ¡qué risa, yo abogado! Por último se resignó y salí adelante con el título de contador. Mi padre tuvo que vender la carnicería. En cambio, si yo hubiese aprendido el oficio ahora tendría un negocio mío. Si supiera usted qué desagradable es hacer de contador ambulante, cuando hubiese podido estar detrás de un mostrador mío, de mi propia carnicería. Vea si tengo tipo de contador. A un kilómetro de distancia se ve que soy un carnicero, grandote y feo como mi padre. Y me gustaría ver esos cuchillos, doctor. Para mí, ¿sabe?, sería como si volviera a ver a mi padre, cuando yo era chiquillo, y él me enseñaba todas las partes en que se divide la vaca y la ternera, y también las del cordero…

—Claro que le dejaré ver mis cuchillos —dijo él, casi conmovido.

—¿De veras me los dejará ver, doctor?

—Pues claro, cuando subamos.

La chiquilla había estado fumando tranquilamente hasta aquel momento y dijo:

—Escuchen, vejetes: no tengo malditas las ganas de escuchar su charla ni de ir al night-club. Me voy a mi habitación; es la número catorce, una bonita habitación en el chaflán. Pido cualquier cosa para comer y beber y dentro de media horita, ustedes, discretamente, suben a verme. Que nadie les vea entrar en mi habitación.

—Ésta es una estupenda idea —dijo Giovanni Namara—. Dentro de media hora estamos con usted, señorita —y subrayó el «usted» y el «señorita».

—Magnífico. ¿Les gustan las ostras? —preguntó.

—Mucho —repuso Giovanni Namara.

La miraron al salir. Sí, era menos flaca de lo que en figura parecía.

—¿Quién es? —preguntó él.

El otro, el hijo del carnicero, se encogió de hombros.

—Fotomodelo por arriba y pendón por abajo.

—Me ha dicho que estudiaba letras en la Universidad.

—Es posible. No tengo nada contra la Universidad.

La condesa Alarami volvió a pasar y preguntó si tomarían un coctel al huevo. Le dijeron que sí. Ya decían a todo que sí. Antonio Coralli se puso a hablar de mujeres.

Si hubiera sido escultor, el doctor no habría dado una idea más plástica de una figura femenina. Habló de las que mejor recordaba. Las primeras, de cuando todavía era un muchacho e iban a provocarlo, y luego, con un salto de una veintena de años, las más recientes: Lucía, tan rubia, y la manicura de Cremona, con un pecho tan pequeño pero tan vistoso, y la joven esposa de aquel lotero, tan pequeña y cariñosa.

De pronto se interrumpió:

—Pero ¿cuándo llega ese coctel de huevo?

—Ya lo hemos tomado, doctor Coralli, ¿no se ha dado cuenta? ¿Quiere otro?

—Claro que sí —repuso él.

Volvió a la galería de mujeres que había conocido, y el otro escuchaba con avidez, mirándolo con ojos que cada vez se empequeñecían más, hundidos en los músculos orbitales. Luego se interrumpió otra vez y sacudió la cabeza.

—Las mujeres son una enfermedad, una mala enfermedad.

—Entonces yo estoy mortalmente enfermo —gruñó Giovanni Namara.

Se habían quedado solos en el comedor. La mayor parte de los huéspedes del hotel se habían ido a la salita de la televisión, y los demás a dormir o a dar una vuelta por la ciudad.

—Y esa chiquilla de las trenzas está muy bien. ¿Le gustan las trenzas? —preguntó.

El hijo del carnicero respondió rápidamente:

—Es el único tipo de cuerda con el cual me dejaría ahorcar.

Era un hombre inteligente, pensó el otro. Miró el reloj.

—Escuche, ¿no sería ya hora de ir a ver a nuestra amiga?

—Yo diría que sí.

Se levantaron varonilmente. Eran viejos lobos habituados a beber, devorar y luchar; un poco de aperitivo o vino no los ponía fuera de combate.

Sin vacilar, con paso firme y seguro, salieron de la sala y en el vestíbulo se dirigieron al ascensor, subieron y se detuvieron en el segundo piso, echaron a andar por el corredor, cálidamente iluminado por pequeños apliques rojos que daban una viva sensación íntima de hogar, y se detuvieron al fondo, ante la puerta con un número 14 en cifras rojas. En el pasillo no había nadie. Llamaron. Discretamente. La puerta se abrió. Ella les hizo entrar. Estaba en bata y debajo no llevaba nada más, pero quizás hubiera sido mejor que se la hubiese quitado del todo, porque así, abierta como la llevaba, no le sentaba muy bien. O quizá demasiado bien, según el punto de vista.

—Creí que ya no vendrían —dijo ella fingiendo cerrarse la bata.

—¿Cómo? —preguntó el hijo del carnicero—. ¿No tiene confianza en su fascinación, o no tiene confianza en nosotros?

—En ustedes. Creí que se habían ido a dormir.

Era provocadora.

—Depende de usted proporcionarnos la ocasión de demostrarle que no tenemos mucho sueño —dijo él, y comenzaba a volverse ingenioso como Giovanni Namara .

—Primero las ostras —dijo la chiquilla.

Había dos docenas de ostras en una bandeja de plata, y estaban abiertas sobre una capa de hielo triturado. En un plato de cristal había, formando una espiral, una gran cantidad de cuartos de limón, y en una esquina del carrito dos pequeños pimenteros de plata junto a dos botellas de vino blanco para mariscos en un cubo también de plata.

La chiquilla Adri, ajustándose de vez en cuando la bata, comenzó a preparar las ostras; mucha pimienta, mucho limón, una a él, una a Giovanni, otra a Giovanni y una a él, otra a él y una a Giovanni.

—Y usted ¿no come, señorita? —preguntó él, y engulló la séptima ostra y el cuarto vaso de vino marisquero.

—Las últimas cuatro ostras son para mí. Me gusta tragármelas una tras otra —dijo.

Con voz cada vez más baja, Giovanni dijo su chocarrería :

—Ésta es una chica para pioneros. Tendremos que vestirnos de cowboy.

Risitas. Las dos botellas y las ostras se habían terminado; la chiquilla había puesto la radio del hotel.

—Y ahora transmitiremos treinta minutos de música de baile, en una grabación de la James Last Band. A la dirección del Piccolo Hôtel le complacería que la música fuese del agrado de sus oyentes.

Y mientras la radio sonaba baja, ella sacó del carrito la botella de whisky y los vasos y, después de haber llenado casi los vasos de whisky y de hielo y de haberlos colocado ante los dos hombres, se abandonó sobre la butaca junto al radiador ardiente y comenzó a deshacerse las trenzas.

Luego él le dijo a Giovanni:

—Ahora deberíamos hacerlo a cara y cruz. Al que le toque cruz se irá a dar una vueltecita y el otro se quedará aquí charlando con la señorita.

—Exactamente —repuso Giovanni, y con ojos que ya casi no se veían, dos simples rendijas, hasta parecer casi un asiático, contemplaba a la chiquilla que seguía soltándose las trenzas. Sacó una moneda del bolsillo de los pantalones y la lanzó al aire de manera que cayera sobre la tabla del carrito. La moneda cayó dentro de la valva vacía de una ostra.

—Cara. Ahora prueba tú.

Él tomó la moneda de cien liras, la lanzó al aire y la hizo caer en la palma de la mano.

—Cruz —dijo—. De acuerdo. Esto quiere decir que me iré a dar una vuelta.

Y miró a la chica que continuaba soltando las trenzas.

—¡Oh, Antonio, se te ha olvidado! —y Giovanni parecía como si fuera a echarse a llorar—, no me has dejado ver los cuchillos, y ya sabes lo que significan para mí. Me recuerdan a mi padre, y yo quise mucho a mi padre. Tú no puedes saber lo que le quise.

—No te preocupes, Giovanni. En seguida te traigo la maleta con los cuchillos —le repuso conmovido y salió corriendo.

Sabía que estaba borracho, sabía que estaba conmovido sólo por la borrachera, pero saber no basta: el alcohol es más fuerte que cualquier dominio de uno mismo. Llegó a su habitación, que también estaba en el segundo piso, sacó de debajo de la cama el maletón plano y volvió con él al pasillo. No había nadie y corrió a la habitación 14 y entró bruscamente.

—Aquí está, Giovanni, mira —dijo poniendo la maleta sobre la cama y abriéndola—. No llores, mira qué maravilla, sólo la cuchillería de Schreicher puede hacerlo un poco mejor.

El gigantesco Giovanni Namara se levantó sin vacilar, repentinamente lúcido; miró el contenido de la maleta con ojos que se dilataban segundo a segundo.

—Dios mío, está también el cuchillo de hoja y de sierra —levantó un largo punzón, vaciado hasta la mitad en dos temibles hojas curvas, y en la segunda mitad todo dentado—. Yo era demasiado pequeño y mi padre no conseguía hacerme comprender cómo funcionaba esto. Entonces, un día, tomó una pierna de cordero y me lo demostró. No puedes imaginar qué bonito, Antonio; esto con sus dos hijas entró en la pierna de cordero y separó del hueso los haces musculares.

Levantó los ojos un momento hacia la chiquilla: ella había terminado el largo trabajo de soltarse las trenzas y los cabellos, todos suyos, porque allí no había peluca ni postizos. Luego volvió a mirar la maleta.

—Y mira esto, Antonio —y tomó el cuchillo mayor, cerca de cuarenta centímetros de hoja y un ancho de siete u ocho—, con esto se taja a un rinoceronte como si fuese una hoja de papel.

Agitó en el aire el enorme cuchillo y él lo miró, sintiendo que estaba precipitándose en un abismo. Un abismo, un abismo, y se precipitaba en él.

—Qué hermoso —dijo, y él también tomó otro cuchillo y lo agitó como hacía Antonio—. ¡Qué hermoso!

Y seguía precipitándose.

La chiquilla, con todos los cabellos sueltos sobre el pecho, nerviosa y también aburrida, dijo:

—Escuchad, si no me necesitáis, largaos a jugar con los cuchillos a vuestra habitación, que me voy a dormir.

—¡Oh, querida! —dijo Giovanni—, nosotros te necesitamos mucho.

Y se acercó a ella con la mano colgante agarrando el cuchillo.

—Guarda ese cuchillo —exclamó ella con un repentino sobresalto de terror y un repentino presentimiento de espanto.

—¿Por qué? —preguntó Giovanni Namara, y le puso una mano en la boca y una rodilla en la ingle, aplastándola contra la pared.

—No, no, Giovanni, no hagas eso —dijo él, pero demasiado débilmente, acercándose con el otro cuchillo—. No, no debes hacer eso —pero cada vez más débilmente.

Oíase sólo el fric fric del limpiaparabrisas, el rumor de la lluvia y el suave zumbido del motor. Era la una del mediodía, pero parecía de noche. Era cada vez más oscuro a causa de una especie de ciclón, y Giovanni había tenido que encender las luces bajas. Ah, se oía también aquella especie de crujido del periódico, del papel impreso de un diario, el que Antonio estaba leyendo.

«Dos monstruos asesinan salvajemente a una joven», tales eran los enormes titulares a toda página.

«En su habitación del Piccolo Hôtel, elegante residencia de lujo de las afueras, han sido hallados los restos de una muchacha de veintiséis años, horriblemente descuartizada. El forense ha declarado que sólo dos locos criminales pueden haber cometido una atrocidad semejante. La policía ya ha identificado a los culpables: se trata de Antonio Coralli, de 55 años, corredor de cuchillería y artículos para carnicería, y Giovanni Namara, de 49 años, cuyo padre había tenido una gran carnicería en Porta Romaña».

El limpiaparabrisas seguía con su fric fric y las ruedas sobre el pavimento mojado producían también un suave rumor que se mezclaba con los crujidos del diario que él estaba leyendo.

«Es inminente la captura de los dos criminales. Ayer al amanecer abandonaron el Piccolo Hôtel y huyeron en un Taunus negro. Aunque hayan cambiado de coche no tienen posibilidades de escapar. Éstas son las fotografías tomadas de sus pasaportes en la jefatura».

Se parecían mucho, pensó él, doblando el periódico y echándolo en el asiento de atrás. A menudo las fotos de los pasaportes y de la documentación no aciertan con el parecido, pero, en cambio, aquella vez, parecían calcos de sus caras.

—Estamos cerca de Roma —dijo Giovanni que conducía—. Si no está bloqueada la carretera y logramos entrar, una vez dentro no nos encuentra nadie. Tengo un amigo en Trastevere, ¿sabes? Trastevere es como la casbah. Hasta la policía tiene miedo de entrar allí.

Bueno, pensó el doctor Antonio Coralli y Monstruo. Si quería soñar, que soñase.

—Más tarde o más temprano, acabarás en Porto Azzurro. Para ti todos los caminos conducen a la cárcel.

—¿Por qué? —preguntó, irritado, el hijo del carnicero, Giovanni Namara.

—¿Adónde piensas huir? Con las fotos en los periódicos y con la descripción de este Taunus negro. Si todavía no nos han detenido es porque la gente es ciega y la policía tiene demasiado que hacer.

—Y tú, profesor, ¿adónde piensas huir?

El hijo del carnicero se enfurecía cada vez más.

—Voy a un lugar donde nadie podrá nunca detenerme.

Sonrió.

—Entonces voy contigo —y lo dijo sin convicción, intuyendo oscuramente, con todo y su tosquedad, que se trataría de un lugar que no habría de gustarle.

—Si quieres eres libre de hacer lo mismo que yo —dijo él, sacando el pequeño revólver del bolsillo de sus pantalones y mostrándoselo—. Hay seis balas. A mí me basta una, las demás son para ti —y sonrió—. Puedes estar seguro de que así no te detendrán.

El ruido de las llantas en la carretera, el fric del limpiaparabrisas, y el pequeño revólver en la mano, que le ayudaría a no sufrir más. No se puede vivir sintiendo asco de uno mismo, o cometiendo de vez en cuando canalladas y horrores, empujado por una bestia que se lleva consigo, una bestia loca y sanguinaria. Basta, basta ya de todo ese horror. Ahora se daba cuenta de que no tenía miedo de matarse, por matar aquella bestia que tenía dentro de sí.

—Puedes quedarte con eso, que yo no me mataré —dijo Giovanni.

—Muy bien —repuso él—. En la cárcel de Porto Azzurro no estarás mal del todo. Te darán comida decente, te permitirán pasearte, aprenderás a jugar a las damas y al ajedrez. Como eres contable, te destinarán a las oficinas. No estarás mal. Quizá puedas salir alrededor de los setenta o setenta y cinco años, y alguna revista de actualidad comprará tus memorias y contarás, a mil liras la línea, lo que hiciste con la chiquilla de las trenzas —y sintió ganas de vomitar—. Párate, que yo bajo. Tú ve por tu camino.

—No me dirás que vas a matarte —dijo Giovanni deteniendo bruscamente el coche en la naciente oscuridad de la tarde.

—No, no te lo digo —rió, apeándose del Taunus bajo la lluvia espesa y continua que lo empapó como un bizcocho mojado en café con leche.

No lo decía. Lo hacía. Agitó el brazo con violencia para que Giovanni se fuera y cuando vio que el coche seguía hacia delante, se metió el revólver en la boca y apretó el gatillo para matarse a sí mismo y a la bestia que llevaba dentro, y en la milésima de segundo antes de morir, pensó:

«Por fin».

 

 

2

CUANDO UNA MUJER GUSTA MUCHO

 

Estoy empleado en la Banca Nazionale Vicentina, filial de Milán, en la Via Turati, 40. Mi sueldo es de ciento cincuenta y cuatro mil liras, pero por las noches llevo también la contabilidad de algunos comerciantes del barrio donde vivo; por ejemplo, el choricero, el droguero y también el frutero, y cuando estaba con mi mujer esto servía para que me pagasen en especies, de manera que mi mujer ni siquiera iba a la compra: le mandaban las cosas a casa, y así mi sueldo bastaba para ir tirando bastante bien.

Aquella noche del 12 de abril cené, como de costumbre, en la mantequería, la de la Via Vittor Pisani, bajo los soportales; se come bien, se gasta poco, y además no sirven bebidas alcohólicas, pero a mí me gustaría beber, lo que pasa es que no lo soporto, y me basta medio vaso de vino para que no vea las cosas en su sitio. Iba a aquella mantequería cuando me dejó mi mujer. No me gusta contar esto. No me gusta nada, pero no tengo más remedio que decirlo. Mi mujer tiene veintidós años, yo tengo cuarenta y dos, la diferencia son exactamente veinte. Sé por qué me casé con ella, porque me gustaba; nada me ha gustado en la vida tanto como ella; ni siquiera, cuando era niño, las castañas asadas. No sé por qué se casó conmigo, tan joven y tan bonita, tanto que casi no podía ir sola por la calle. Habrá habido alguna razón que yo desconozco, pero se casó conmigo, y yo durante dos años fui feliz, mucho, muy feliz, realmente muy feliz.

Quizás ella no fuese tan feliz como yo; es más, es seguro. Los últimos tiempos me trataba más bien mal apenas se hacía de noche, porque realmente era muy bonita y me rechazaba como si yo fuese una cucaracha. Y luego, por si fuera poco, se fue. Un jueves volví de la banca, toqué el timbre y no me abrió nadie. Volví a tocar y nadie me abrió. Entonces abrí yo con la llave, no había nadie en casa, y las puertas del armario estaban abiertas, y faltaba la chaqueta de piel de visón, que todavía no había acabado de pagar, y faltaban también dos maletas, y todo el dinero que había en la cajita de caudales que tenía en un cajón de la cómoda. Se comprendía que ella se lo había llevado. Por lo demás, hacía meses que advertí que debía andar con alguien. Pero ¿qué podía hacer yo?

Y desde aquella noche fui a cenar a la mantequería, y aquella primera noche no cené mucho, solamente un huevo, y luego no me acordé de que era un local donde no se vendían bebidas alcohólicas y pedí un coñac, pero el camarero me dijo que no tenían, y me volví a casa, cerré las puertas del armario, que ella había dejado abiertas, cerré la cajita de caudales, que también se dejó abierta, me fui a la cocina, tomé la botella de vino y, como en las historietas humorísticas, me puse a beber para olvidar. Mi mujer es una tonta. Pero es muy bonita, y un hombre, apenas la ve, siente que la boca se le hace agua. Pero es tonta, al primero que le dice por ahí te pudras ella se pone a pudrirse, cualquiera que sea el que se lo diga.

Sin embargó, yo solo no hubiera sabido nada; sabría, eso sí, que se había ido, ni que decir tiene con alguien, pero nada más. No obstante, dos noches después, estando solo en casa, mientras terminaba un vaso de vino y estaba completamente borracho, telefoneó Sebastiano. Es un amigo mío; es más, mi amigo, un antiguo empleado de mi misma banca, y sin trabajo, y ahora vive más bien mal, viudo y siempre justo de dinero.

—Stefano —dijo al teléfono.

—Dime, querido —repuse reconociendo su voz—, ¿qué tal te va?

Lo dije alegremente, borracho a causa de tanto vino.

—Como siempre, más mal que bien —dijo—, pero me parece que para ti va peor.

Estaba borracho y repliqué:

—¡Qué alegría!

—¿Sabes dónde está tu mujer? —porque Sebastiano es también muy ingenioso.

Comencé a comprender que él sabía lo que yo ignoraba.

—Habla en seguida —dije—, por favor.

—Está con el más puerco canalla que haya parido ninguna mujer en el mundo; hace meses y meses que tu mujer te ha estado arruinando la vida, y ahora ese miserable ha logrado convencerla para que se fuera con él.

Me dio el nombre y apellido del personaje, me dio incluso la dirección, y acaso también él estaba borracho, porque me dijo:

—Naturalmente, lo saben todos menos tú, y nadie ha tenido nunca los redaños de decírtelo. Yo, en cambio, te lo digo. Y también te daré un consejo, por lo cual deberás hacer una limosna a la iglesia más próxima por la gracia recibida: perder una mujer como ésa es mejor que ganar cien millones a la lotería. Uno no puede casarse con una mujer que tiene el fuego dentro y en cuanto ve a un hombre comienza a desnudarse.

Estaba borracho y me eché a llorar. Sebastiano es un verdadero amigo, y me dijo:

—Perdóname, no quise hacerte sufrir, pero alguien tenía que decirte la verdad —y luego añadió—: Olvida y se acabó.

No le respondí nada, colgué el auricular en la horquilla y me fui a la cama, pero me acosté donde ella lo hacía, para notar el intenso y áspero perfume que usaba. Y lo noté. Todavía había quedado en la almohada, y al notarlo, me eché a llorar.

Era abril. Nunca hubiese creído que los meses pasaran tan de prisa. Cuando llegó julio, la banca me dio vacaciones; en esa época solía ir con ella a Viareggio, pero ahora se había ido y yo estaba solo en Milán, y ni siquiera estaba Sebastiano, y yo seguía yendo al cine cada noche, y deseaba seguir el consejo de Sebastiano, agradecer a la Providencia haber perdido a una mujer así, y olvidar, pero no era fácil: todas las mujeres que encontraba eran profesionales con el carnet del sindicato, y las otras no me miraban, porque tengo un aire más bien de hombre viejo y pobre. Pero había una cosa no normal: que a mí me gustaba mi mujer. Sé que es una mujer que puede gustar a todos los hombres, pero a mí me gustaba más, más, más, más, más.

No se puede olvidar una cosa que gusta tanto.

Pero el tiempo seguía pasando de la misma manera. Todo el verano, el invierno. En Nochevieja, Sebastiano que era viudo y yo que era, como él decía, el hombre más estúpido de Europa y sus alrededores, nos fuimos a un revellón. Sebastiano, al amanecer, remolcó a dos chicas a su casa y me dijo:

—Trata de olvidar a tu mujer, pero de veras, o te rompo la cara.

Lo intenté: las dos muchachas eran muy graciosas, e incluso finas, no se parecían a las que uno se encuentra en la calle, pero no conseguí olvidar a Valeria, es decir, a mi mujer.

Después de Nochevieja, pasó rápidamente enero, febrero y también marzo. Comenzó abril. Sebastiano es un amigo más bien insólito: durante semanas e incluso un mes, está sin decirme nada, luego me telefonea, o comparece de improviso en mi casa, me cuenta toda la tristeza de su vida de viudo y se pasa conmigo una jornada entera. Y aquella noche, después de casi un mes de no vernos, se presentó en la mantequería donde yo estaba cenando, en aquel momento, unos gnocchi, se sentó a mi lado, no dijo ni siquiera hola, tampoco me miró; parecía como si no me conociera y que se hubiese sentado a mi lado por falta de otra mesa libre, pidió al camarero un zumo de naranja doble, y siguió callando mirando ante sí.

—¡Qué alegría! —dije.

Desde hacía un año también yo me había vuelto ingenioso.

No respondió, no me dijo nada; de vez en cuando bebía un sorbo de zumo, y seguía mirando delante de él. Tuve tiempo de terminarme los gnocchi, el par de huevos a la mantequilla y beberme media botella de agua mineral, y siguió sin decir nada.

Era abril y eran los primeros días de la Feria de Milán; el local estaba lleno como un filobús en las horas punta, y apenas uno terminaba de comer había que apresurarse a salir porque allí estaban los feriantes vegetarianos que esperaban de pie a que uno dejara libre la mesa.

—Si tienes que decirme algo, será mejor que me lo digas fuera de aquí —le dije, pagando la cuenta.

Ni me respondió ni me miró. Me levanté apenas me dieron el cambio y él me siguió en silencio. Cruzamos la Via Vittor Pisani y fui a la tabaquería que está en la esquina de la Via San Gregorio, y él seguía callado a mi lado. Entramos, estaba lleno; con la Feria todo está lleno en Milán, hasta la sala de espera del dentista. Compré un cigarro venezolano, el Gruderaño, es corto como un cigarrillo, pero del grosor de un dedo, parece ligero mientras uno suelta el humo, pero luego uno siente batir las sienes, se siente fuerte, feliz de haber nacido, contento de todo, es decir trúpita muerto. Prácticamente es una droga, pero se vende como cigarro.

—Si te digo si quieres un coñac, ¿me dirás sí o no? —le pregunté.

No me contestó, no me miró, fue como si no me hubiera oído; la vieja, devastada cara de mujeriego siguió siendo de piedra. Pedí dos coñacs y los bebimos en la barra, de pie, sin mirarnos, en silencio. Después salimos, y a pesar de que era primavera e Italia el país del sol, hacía un frío bestia, y estremeciéndome estreché un brazo de Sebastiano. Nos conocemos desde hace casi veinte años, pero la frase exacta es que nos queremos desde hace casi veinte años; dos hermanos gemelos no son tan semejantes ni están tan unidos como nosotros. Le dije:

—Sebastiano, habla, o me cabreo.

Me di cuenta de que él iba a decirme algo, algo grave: nunca había estado tan trastornado.

Por último habló:

—Vamos a tu casa.

Vivo en Via Fabio Filzi, cerca del restaurante chino, en un piso de tres habitaciones, me llamo Stefano Donato, trabajo en la Banca Nazionale Vicentina, sucursal de Milán, tengo cuarenta años, y mi mujer, Valeria, decía que aquello no era un piso sino un pequeño pozo negro. A mí me gustaba precisamente porque era pequeño y adecuado a mis posibilidades económicas; evidentemente, yo también hubiese preferido un castillo, rodeado de un parque y el RR con el chófer de uniforme gris oscuro, ¿quién no lo hubiera preferido? Y Sebastiano, apenas entró en casa, que conoce como si fuese la suya, o quizá mejor, se fue al armarito que está en la microscópica cocina, lo abrió y encontró en seguida la botella de estomacal: tengo siempre una en casa porque, ya cuando era niño, mi madre decía que cuando uno se encuentra indispuesto, el estomacal va muy bien.

Siempre sin mirarme tomó la botella de estomacal y un vasito y se los llevó a lo que los constructores de la casa definían como sala de estar y que Valeria, mi mujer, llamaba el pequeño cubo de la basura, se sentó en una de las sillas tapizadas y se lleno de estomacal todo el vaso.

—Me parece que lo has confundido con el agua mineral. Es un licor de cincuenta y cinco grados —le dije.

No me contestó, comenzó a beber un sorbo y luego otro.

Entonces le pregunté:

—Sebastiano, ¿qué te ha pasado?

Otro sorbo, y después otro. Luego, finalmente, habló:

—Quisiera hacerte una pregunta. Mejor dicho, unas preguntas.

—Sí, Sebastiano.

Bebió otro nuevo sorbo de estomacal.

—Quisiera preguntarte —comenzó incisivo y perverso, de acuerdo con su carácter—, si olvidaste a tu mujer y te has buscado otra.

—No —dije.

No la había olvidado ni me había buscado ninguna.

—¿Por qué? —preguntó Sebastiano.

—Porque no me gusta ninguna otra mujer —le respondí. Él siguió bebiendo estomacal y permaneció en silencio. Al cabo de un rato dije: ¿Por qué me has hecho esta pregunta?

Me daba cuenta de que había ocurrido algo.

Él dejó el vaso y me miró dura, perversamente.

—De acuerdo —repuso—. Entonces comenzaré por la Biblia. Seguramente habrás oído esa frase que dice: «No desearás a la mujer de tu prójimo».

Asentí con la cabeza. Sí, me parecía haberla oído.

—Bien —continuó—, ya sabes que empiezo la conversación desde muy lejos, de manera que aunque la Biblia dice que no hay que desear a la mujer de los demás, yo he deseado mucho a la mujer de otro, de mi gran y único amigo: estoy hablando de ti, Stefano, y de tu mujer.

No contesté nada, me limité a quitarle el vaso de estomacal para que no bebiese más.

—Tú lo entiendes y me entiendes, Stefano —dijo, resignándose a no beber—, no hay hombre en el mundo que no pueda desear a una mujer como la tuya. Basta verla para que a un hombre le dé fiebre, y por tanto, yo también la he deseado: no porque sea un amigo traidor, sino porque soy un hombre. ¿Comprendes?

Sebastiano era siempre exagerado: o no decía una palabra o era prolijo como una enciclopedia en veinticuatro tomos. También esta vez asentí con la cabeza, diciendo que sí, que comprendía.

Y él siguió diciendo:

—Sólo que, mientras estuvo contigo, me hubiese pegado un tiro antes que rozarle un dedo. —Se detuvo. Luego casi estalló—: Me crees, ¿verdad? ¿O crees que soy el puerco amigo capaz de quitarte a tu mujer?

Yo no comprendía nada; me daba cuenta de que había algo importante, pero no lograba imaginar lo que pudiera ser; sin embargo, dije:

—No grites así, te lo ruego.

—No, y, no obstante, grito —y Sebastiano levantó aún más la voz— para que tú pienses: ahí tienes al amigo que parecía tan fiel y quiere acostarse con mi mujer. Pero no es así. La deseaba, pero nunca me hubiese acostado con ella, porque soy amigo tuyo; es más, soy tu hermano; es más, soy tu padre. Y, sin embargo, me he acostado, esa noche, hace un par de horas, antes de ir a verte a la mantequería. —Me miró a los ojos y dijo—: Cuesta quince mil liras.

Tengo que dar gracias a mi padre, que era un hombre a quien le gustaba mucho leer, y tenía muchos libros que yo también leí, y así comprendí algunas cosas; si no mucho, por lo menos que en ciertos momentos conviene permanecer impasibles, dominarse, estar sujetos con el cinturón como cuando el avión está a punto de aterrizar, y entonces dije, sencillamente:

—¿Qué quieres decir que cuesta quince mil liras?

Pero ya lo había entendido.

—Quiere decir que esta noche, pero no quisiera decírtelo; es lo último que hubiera querido decirte —repuso él, e intentó tomar el vaso de licor, pero se lo impedí—. Bueno, no beberé; sólo quería decirte que esta noche, antes de cenar, salí con el coche y di una vuelta por la gran Milán; tengo cincuenta y nueve años y hace once que soy viudo, y de vez en cuando salgo así, con el coche, porque ya no tengo fuerzas para volver a casarme, ¿comprendes?

—Sí, comprendo —y comencé a comprender también demasiado, pero quería que no fuese verdad aquello que comprendía que era verdadero.

—Me he vuelto muy práctico —dijo Sebastiano, tendiendo la mano, y entonces me conmovió y le permití tomar el vaso de estomacal, que se bebió de un tragó—. Hacia las ocho, para un viejo como yo, está por ahí lo mejor. Después de medianoche ya están todas, pero a esa hora se encuentra alguna que uno se puede llevar a un buen restaurante. Resulta más fino, ¿verdad?

Con mucha ternura, pero también severamente, le dije:

—Estás borracho. No hables tanto. Dilo todo en seguida.

—No es posible —repuso Sebastiano—, pero si quieres un resumen aquí lo tienes: he estado con tu mujer hace cerca de dos horas.

—Eso ya me lo dijiste.

—Quería explicarte cómo.

—Creo haberlo comprendido ya, pero sé breve.

Le dejé beber y dijo después de haber bebido:

—Me fui en coche a Via Vincenzo Monti, ya sabes, cerca del Parque.

Sí, lo sabía: cada ciudad tiene sus zonas rosa, jardines y parques son los puntos más neurálgicos.

—Paré el coche en Via Mario Pagano, cerca de una muchacha morena, vestida con un abriguito de color naranja cortísimo y bajé el cristal de la ventanilla y ella metió dentro la cabeza y así, ya sabes que veo poco, vi sólo entonces que era tu mujer.

No dije nada.

—Así, cuando vi que era tu mujer, hice ademán de poner en marcha el coche.

—Sí —repuse—. Sigue.

—Sí, sigo —contestó Sebastiano—. Me dijo: «¿Por qué te escabulles, guapo? Te he reconocido. Eres Sebastiano, el mejor amigo de mi marido; siempre me gustaste, mucho, aunque seas un poco viejecito. De modo que vamos». Eso dijo, «de modo que vamos».

No dije nada. Escuchaba solamente.

Y entonces Sebastiano me dijo:

—No fui a buscarte esta noche para decirte eso; es decir, que no soy tu amigo, porque uno que va con la mujer de su amigo es un canalla y yo he estado con tu mujer esta noche; nunca lo hubiese querido, aunque me mordía las uñas de deseo. Pero estaba allí, con la cabeza metida por la ventanilla del coche y me acariciaba la oreja, y entonces la hice subir y nos fuimos a…

—Éstos son detalles sin importancia —le interrumpí.

Sebastiano tomó el vaso, pero estaba vacío.

—¿Y sabes qué me dijo después, cuando la llevé a Via Mario Pagano, que es su zona?

No podía saberlo.

—Me dijo: «Cuéntaselo a Stefano: a los maridos les gusta saber ciertas cosas». Pero yo —y se tapó el rostro con las manos— he venido a decírtelo sólo para que me escupas a la cara.

He leído en un libro de psicoanálisis que las personas que saben dominarse mejor son los enfermos nerviosos. Por tanto debo de estar enfermo de los nervios, porque no hice un ademán, no dije una palabra, hasta que vi a Sebastiano que se enjugaba los ojos con los dedos. Entonces le dije:

—Cálmate.

Casi un minuto de silencio. Luego dije:

—Cuando un hombre se casa con una… —dije la palabra exacta—, todos van con ella: amigos, conocidos, vecinos y quien sea.

Sebastiano se levantó, mejor dicho, pareció despedido de la silla tapizada.

—Yo no quería ir, pero me la encontré en Via Mario Pagano, bajo los árboles del Parque; como en el supermercado una gallina envuelta ya, con la etiqueta con el precio, y el peso. Pero voy a matarlo, ahora mismo.

Yo también me levanté. Lo sujeté del brazo, lo sacudí un poco y le dije:

—Quieto. Estás borracho.

—Sí, estoy borracho, pero soy tu amigo y voy a matarlo, porque tú no eres capaz, y yo, en cambio, lo mato.

—Estás borracho, cálmate y siéntate. ¿A quién quieres matar? —pregunté con calma, porque los neurasténicos son tranquilos.

—A quien tú también querrías matar —repuso Sebastiano—. Al hombre que te ha quitado a tu mujer y que luego la ha largado a Via Mario Pagano, a quince mil liras por prestación. ¿Sabes cómo se llama eso?

No comprendía. Pregunté:

—¿Cómo se llama?

—Se llama «poner en pista»: la yegua lanzada a la pista, decimos en Via Mario Pagano. Y yo voy a matarlo, ahora mismo.

Conseguí calmarlo, pero muy trabajosamente logré que se sentara en el pequeño diván, lo zarandeé porque el estomacal debía de haberle hecho daño, y no sólo eso, y para que comprendiera bien lo que le estaba diciendo:

—Se trata de asuntos míos, de mi mujer. Vete a dormir y dejémoslo.

—Voy a matarlo.

—Tú te quedas aquí y quieto, o te sacudo —le dije.

Lo comprendía: estaba enamorado de mi mujer, como yo, y se quiere escribir que no hay que desear a la mujer del prójimo. Y el hombre que había acabado por lanzar al arroyo de Via Mario Pagano a la mujer, que yo amaba, a mi mujer —y a quien él, Sebastiano, amaba también—, por defecto, vicio o debilidad que tuviera esta mujer, era un hombre a quien había que matar.

Por lo demás, desde el año anterior, desde abril del año pasado, desde el día en que se la llevó, quería matarlo. Nombre, apellido y dirección me los había dado Sebastiano, pero yo había ido también a espiarlo, lo había visto junto con mi mujer salir de su casa y subir a aquel ridículo coche deportivo de forma de zapatilla que cuesta tantos millones. Ese hombre se llama Guglielmo Lovinati, tiene veintinueve años, estudió leyes dos o tres años, que dejó porque encontró otro medio de vida más cómodo: hacerse mantener por las mujeres. Me había informado. Un empleado de banca como yo tiene muchas posibilidades de lograr informaciones reservadas. Ese hombre conocía a varias e incluso maduras señoras de las industrias de la seda, el algodón y hasta de las fibras artificiales de Italia, y tenía una cuenta corriente en la Banca Commerciale abastecida por grandes señoras lombardo-piamontesas-vénetas.

No había duda de que ese hombre había querido iniciar con mi mujer una nueva actividad. Mi mujer es el tipo adecuado para esta actividad. Si había alguien en el mundo que pudiera saberlo, era yo. Pero aquel hombre la había lanzado, y el deseo de matarlo que tenía desde hacía un año creció ahora como una repentina marea alta, me llegó al estómago como una sensación insoportable de hambre: quería matarlo como uno que no come desde hace cuatro días desea un plato de macarrones.

—Ahora te tomarás un par de pastillas de somnífero y luego te llevaré a casa —le dije a Sebastiano.

—No, yo voy a matarlo; tú eres incapaz, eres inofensivo. Yo no, yo lo mato de veras. Y mal —replicó Sebastiano.

—Basta ya, te lo ruego: yo también tengo un sistema nervioso.

Por último logré convencerlo. Tomó las dos pastilli tas de Luminal que le di y se dejó llevar a su casa, lo acompañé hasta su piso, lo metí materialmente en la cama, y de vez en cuando, por el estomacal y el Luminal, ausente por completo, decía:

—Voy a matarlo, te lo mató yo, Stefano, que tú no eres capaz, y además no debes malograr tu vida, porque eres joven, te lo mato yo.

—Basta ya.

—Te lo mato yo.

—Basta.

Me quedé hasta que se durmió fulminado por el somnífero y lo que había bebido. Antes de salir comprobé si el gas estaba cerrado, examiné también los grifos del baño y de la cocina, luego salí, cerré la puerta, pero no con llave porque él no habría podido salir, dejé la llave por dentro, bajé, me senté al volante del 1300 y me fui a Via Mario Pagano. Era posible que estuviese allí todavía.

Y estaba, tal como me la había descrito Sebastiano: una muchacha morena, con un abriguito de color naranja cortísimo, en aquel frío horrendo y antinatural de mediados de abril. Aunque estaba en el lado opuesto de la calle, digo de Via Mario Pagano, veo bien, y la reconocí; no era posible dejar de verla. El naranja casi luminiscente de su abrigo, sobre el fondo verde oscuro de las avenidas que conducían al Parque. Moderé la marcha porque cuando a un hombre le gusta una mujer de modo tan intenso, puede ser capaz de cualquier abyección —llevaba las quince mil liras— y hacía un año que estaba mal por ella, y apenas reduje la marcha, ella levantó el brazo, naranja en la manga naranja del abrigo, y comenzó a atravesar la calzada completamente desierta.

Reduje la marcha y ella corrió hacia mí, pero al verla allí, así, algo estalló en mi interior. Pisé el acelerador y la dejé allí plantada. En casa me bebí dos vasos de agua del grifo de la cocina, luego me eché en la cama vestido, con los zapatos y el impermeable, de bruces, sobre la almohada de ella, en su lado, que aunque no tenía ya olor alguno de ella, seguía siendo el suyo, y pensé en la manera de matar a aquel hombre.

Mi mujer es la mujer menos honesta del mundo, lo sé, pero me daba igual: yo quería matar a aquel hombre. Pensé toda la noche en cómo matarlo. Dormía media hora y luego me despertaba de pronto. En la banca podría apoderarme del revólver del guardián de las cajas de seguridad en el sótano. Pero no era fácil. Al alba me levanté, me fui a la cocina; en el cajón de la mesa guardaba los cuchillos; eran cuchillos muy largos, pero no cortaban nada. Además, no tendría valor de matar con un cuchillo.

Entonces empecé a mirar por el pozo negro, como ella lo llamaba, de nuestro piso, rincón por rincón, y que a mí me gustaba tanto, pensando siempre en cómo matarlo, hasta que vi en un rincón del baño, al lado del lavabo, aquel bidoncito de gasolina. Estaba vacío, lo había dejado allí semanas antes para acordarme de devolverlo al poste, pero naturalmente lo había olvidado. Lo tomé, lo miré y pensé.

Luego me desnudé, mientras la bañera se llenaba de agua caliente, me bañé, me afeité; uso siempre el jabón y la maquinilla con la hoja; me puse otro traje y en el bar me tomé un café muy corto y me fui a la banca a trabajar. Por la tarde, al salir del banco, me dirigí en seguida a casa, tomé el bidoncito de gasolina y me dirigí al poste cercano donde me lo habían prestado y dije si podían llenármelo, y el de la gasolinera me dijo:

—¿Cómo, se ha quedado en la calle sin gasolina?

—Pues sí —repuse.

—Por lo visto el indicador de la reserva no le funciona bien.

—Es un asco, ya no hay nada que funcione bien.

Sólo me importaba la gasolina, aquella gasolina cargada de octanos, la super super que se incendia casi sola. Fui a casa —vivo en Via Fabio Filzi, cerca del restaurante chino— y comencé a preparar una botella antitanque. En mis tiempos, cuando estaba con la brigada en Val d’Ossola, las llamábamos bombas Molotov. Sí, a los diecinueve años, aunque aún no los tenía, fui partisano, pero por poco tiempo, porque me puse enfermo en seguida, de miedo, creo que de miedo, pero un tanquista me enseñó a hacer las bombas Molotov; lo hacíamos por ejercicio, porque había un lugar para descender al valle y hacer frente a los tanques alemanes. El verdadero nombre que le dábamos a esto, además de botella Molotov —al menos nosotros— allí, en Val d’Ossola, era «Chúpate ésta». No veíamos la hora, al menos en esa época, de probarlas lanzándolas contra cualquier panzer, gritando: «Chúpate ésta».

Preparé la botella con el mayor cuidado, porque no es tan sencillo como parece. Hacia las siete había terminado, me tendí en la cama y puse el despertador a las once, y me quedé dormido como un tronco, pero a las once, al primer timbrazo, me levanté y fui a beberme un gran vaso de agua del grifo de la cocina, envolví la botella en un periódico —era una botella corriente de agua mineral—, salí de casa y conduje el coche a la de aquel hombre.

Había estado varias veces allí a lo largo de un año, para ver salir a mi mujer. Cuando algo gusta tanto, tanto, tanto, uno comete cualquier abyección: de manera que muchas veces había cometido la abyección de ir a esperar cerca de aquella casa, para ver salir de ella a mi mujer con el hombre que me la había quitado, para ver la cara de ella y sus largos cabellos negros.

Así lo hice también aquella noche, el 20 de abril; detuve mi 1300 un poco apartado de la casa de aquel hombre que se llama Guglielmo Lovinati, tiene veintinueve años y un coche, en forma de zapatilla, que cuesta muchos millones, de color verde muy oscuro, y, con la botella en la mano, me puse a esperar bajo los árboles de la plazuela Baracca. Con aquella botella en la mano la gente sólo creería que iba a una fiesta de amigos.

Conozco las costumbres de ese hombre: durante un año me informé minuto a minuto. Son murciélagos que salen hacia medianoche, van a los locales nocturnos para hacer el chulo y a ojear nuevas chicas para su oficio. Antes de medianoche, este hombre, Guglielmo Lovinati, de veintinueve años, de profesión rufián, saldría de casa.

Y, en efecto, salió antes de medianoche. Salió con su impermeable gris oscuro, subió a su coche verde muy oscuro y puso en marcha el motor. Yo estaba detrás. Él no podía sospechar: yo era un señor con una botella de vino en la mano. Crucé corriendo la calle, apenas oí que lo ponía en marcha y así el motor estaba caliente, especialmente un deportivo para chuletas Como aquél, que se calienta en seguida; hice como me había enseñado el tanquista en Val d’Ossola, semana tras semana, y estrellé la botella Molotov contra el coche.

Estalló en el coche con aquel hombre dentro, como un carro de combate acertado de lleno. Porque cuando no se es criminal, cuando no se es asesino, no se puede matar directamente, hay que matar a distancia, y después de haber pensado toda aquella noche en la manera como sería capaz de matarlo, al ver el pequeño bidón de gasolina, me acordé de Val d’Ossola y del tanquista que me había enseñado a matar, así, indirectamente. Yo soy el asesino y el coche ardió como una chimenea de palacio medieval, con aquel hombre dentro. Y yo lo maté voluntaria y conscientemente.

—Dos asesinos son demasiados para un hombre solo —dijo el joven funcionario de policía, joven pero importante—, me basta con uno.

—Sí, doctor —dijo el brigadier—, pero vino antes el marido de aquella chica y dijo que era él quien había lanzado la botella antitanque contra el coche de ese hombre, porque este hombre, el muerto, le había quitado a su mujer y, por si fuera poco, la había prostituido. Entonces nosotros lo detuvimos.

—Conozco la historia, pero siga.

—Perdone, doctor, pero dos días antes vino a vernos un hombre ya mayor, llamado Sebastiano Biancoli, que me dijo que la botella antitanque la había lanzado él, porque estaba enamorado de la mujer de su amigo y quería matar al hombre que había destrozado la vida de ella, y entonces también lo detuvimos a él.

—Bueno, pero sólo había una bomba. Una bomba solamente puede ser lanzada por un hombre solo, no por dos juntos. ¿O me explico mal? —dijo fríamente el joven funcionario.

—No, doctor, disculpe, doctor —replicó el brigadier—. Es evidente que uno de los dos trata de proteger al otro. Son viejos amigos, colegas; durante más de diez años han trabajado juntos en la misma banca. Además, está la mujer del empleado de banca.

—¿Y qué dice la mujer? —preguntó el joven e importante funcionario.

—Se trata de Valeria Donato, mujer de Stefano Donato —dijo el brigadier leyendo una de las notas que tenía ante sí—; ha declarado que su marido es incapaz de matar a nadie, ni siquiera a un mosquito, y que la idea de que su marido lance una bomba contra el coche le da risa. Ha declarado también que el hombre que ha lanzado la botella antitanque es Sebastiano Biancoli, y cree que su marido quería proteger a su amigo Sebastiano; dice que su marido es un canalla y… —dijo la expresión popular que indicaba a un flojo—, y dijo que para matar hay que ser hombre fuerte y que él no lo es.

—Sí —repuso nada cordial el joven funcionario—, pero aquí sigue habiendo dos asesinos. El marido y el amigo del marido. Los dos dicen: «He sido yo». Usted los ha detenido a todos, al marido, al amigo del marido y a la mujer, pero hemos de llevar a los tribunales a un culpable no una adivinanza. Se necesitan pruebas, testigos, documentos. ¿Usted los tiene, o no?

El pequeño brigadier, con el rostro gris, oliváceo, bajó la cabeza.

—Estoy buscándolos, ahora telefoneo —y humildemente preguntó—: ¿Puedo telefonear, doctor?

Con un ademán de la mano el joven e importante funcionario dijo que sí. El viejo brigadier marcó un número en el teléfono y aguardó, pensativo. Todos y los dos estaban enamorados de aquella mujer, podía decirse así aunque la frase no fuera muy correcta. Y los dos tenían motivos para odiar al hombre que había sido quemado vivo en su coche.

—¿Oiga? —dijo un poco sudoroso—. Peppino, ¿de quién es el botón? —Escuchó la respuesta y preguntó palideciendo—: ¿Es seguro?

—Lo hemos comprobado con su chaqueta —le repuso la voz en el auricular— con la ayuda de los técnicos, y corresponde hasta la fibra del hilo. Estamos revelando las fotos.

—Daos prisa, voy en seguida —dijo el brigadier y colgó el receptor. Algo de color volvió a su rostro oliváceo—. Discúlpeme, doctor, pero ahora sé quién es el asesino. Dos asesinos eran demasiados, tenía usted razón. Ahora sólo tenemos uno.

—¿Quién es? —preguntó el funcionario con menos frialdad.

—La sección técnica ha encontrado un botón cerca del coche incendiado —explicó casi escolásticamente el brigadier—. Un botón quemado por las llamas y, por tanto, correspondiente al momento del delito: un botón de chaqueta de hombre. Porque lo recogimos todo y lo fotografiamos todo. Ese botón estaba quemado, achicharrado por el calor. Podía ser de cualquiera, incluso de un peatón ocasional, del año pasado, pero también del asesino: cuando se lanza una botella antitanque, hay que arrojarla con cierta violencia, con un ademán violento, y, al tirarla, puede saltar un botón de la chaqueta.

—Sí, pero explíquese más de prisa —el joven funcionario consultó el reloj de pulsera—. No pueden haber sido los dos, entre dos no se lanza una botella llena de gasolina. Los dos dicen: «He sido yo» —encogió un hombro—. Tiene usted que decirme si sabe quién es, o no.

El brigadier, aunque humilde, dijo con altivez:

—Ahora lo sé. El botón que se saltó mientras el asesino lanzaba la bomba antitanque pertenece precisamente a la chaqueta del asesino. La sección técnica tiene los documentos: se ha comprobado el color del botón con los otros botones de la chaqueta y hasta el hilo con que estaban cosidos.

—¿Y quién es? —preguntó el joven funcionario.

—Es el marido de la mujer, Stefano Donato. Durante la guerra le enseñaron a fabricar bombas antitanque y aprendió bien —repuso el brigadier sacudiendo la cabeza—. Su amigo Sebastiano Biancoli quiso salvarlo, son amigos desde hace muchos años, pero ahora ya no hay duda.

El joven funcionario dijo:

—Creo que esta prueba sea suficiente para los tribunales.

Y pensó:

«¡Qué extraño!».

Había matado precisamente aquel que no era capaz de matar un mosquito. Según su mujer.

 

 

3

BUENOS CHICOS BANG BANG

 

—¿Qué poste? —preguntó el comisario.

—El de los bastiones de Porta Venezia —respondió la muchacha.

—¿Cuándo?

—Mañana, alrededor de las cuatro de la tarde.

—¿Cuántos son?

—Dos chicos y una chica.

—¿Están armados?

La joven se echó a reír, con los ojos a punto de llorar.

—Tienen un revólver de los de cowboy, mejor dicho, dos, pero no disparan ni agua.

—¿Cómo se ha enterado de todo esto?

—Soy la novia de uno de los dos.

—¿Y por qué ha venido a decirme que van a dar un golpe?

—Porque quiero que no lo den, que no se pierdan, sobre todo él.

El comisario no tuvo necesidad de explicaciones para comprender quién era él.

—Dígame los nombres.

—Mario Farra.

—¿Es su novio?

—No.

—¿Dónde vive?

—Vivimos todos en Porta Vigentina, al otro lado del puente; allí está el taller de relojería.

—¿Qué tiene que ver el taller de relojería?

—Allí trabajan los dos chicos.

—¿Y ahora ya no trabajan?

—No.

—¿Por qué?

La chica se enjugó las lágrimas con los dedos y se le escapó un único leve y gracioso sollozo.

—¿Sabe?, los hombres nunca tienen bastante con el dinero que ganan; estaban bien pagados porque eran especialistas en relojería: Mario se ha especializado en los relojes actuales, pero son jóvenes y gastan mucho. Entonces sacaban de la fábrica piezas que luego revendían. Un día los descubrieron y los echaron, y desde entonces no han encontrado trabajo. Como usted sabe, señor comisario, las casas piden referencias; saben que han robado y no quieren saber nada más. Pero son buenos chicos, lo sé, son buenos chicos, son buenos chicos, son buenos chicos.

Se tapaba la cara con las manos y seguía diciendo que eran buenos chicos.

—Es posible, pero robaban en la empresa donde trabajaban y quieren dar un golpe en una gasolinera. Y además son deficientes. ¿Y qué esperan encontrar en la caja de un poste a las cuatro de la tarde? ¿Cincuenta mil? Admitamos, por reducción al absurdo, cien mil. ¿Y por cien mil liras se exponen a las balas de un policía o a diez años de cárcel?

La chica sacudió la cabeza.

—No, es más: es la caja de toda la semana.

—¡Ah! ¿Sí? ¿Por qué?

—El chico del poste se lleva cada noche a su casa la caja y la guarda allí. El miércoles su padre pone el dinero de la semana en una bolsa y hacia las cuatro va a ver a su hijo a la gasolinera, retira las últimas treinta, cuarenta o cincuenta mil liras y se lo lleva todo al banco, que está justamente delante, al otro lado de los bastiones, en la avenida de circunvalación.

Posiblemente eran buenos chicos, pero unos pillos.

—¿Cómo han sabido estos detalles?

—No lo sé, señor comisario. Están sin trabajo desde hace dos años; al principio lo buscaron, y siguen buscándolo todavía hoy. Mi novio ha hecho incluso una solicitud para trabajar en la limpieza pública, pero todavía no le han contestado; el amigo de mi novio ha trabajado como lavacoches en un garaje, pero el dueño compró una lavadora mecánica y lo echó. Si encontraran trabajo…, son buenos chicos, son buenos chicos.

De acuerdo, de acuerdo, pensó el comisario.

—Sigamos con los nombres. Dígame nombre, apellido y dirección, y dígame todo lo que sepa de ellos.

Ella lo dijo todo, y el agente lo escribía todo a máquina, muy despacio, de manera que ella tuvo tiempo de enjugarse bien los ojos y de recuperar fuerzas para no llorar.

—Mario Farra tiene la misma edad de mi novio, son amigos desde niños, desde que iban a elemental y juntos cursaron los estudios de las escuelas industriales y la especialización en mecánica de relojería. Luego Giovanna Etruschi, la chica de Mario; es romana y ha venido de Roma hace poco tiempo con su madre; vinieron a vivir aquí para ahorrar, ¿sabe?

Nosotros estamos casi en el Vigentino y el alquiler es soportable; el padre de Giovanna se ha quedado en Roma, con otra mujer. Giovanna y su madre llegaron casi sin dinero, en los primeros tiempos. Una noche ella me dijo que si continuaba así sabría a qué calle ir para ganarlo, y también su madre lo sabía, porque también la madre es todavía joven, y entonces yo le aconsejé que se comprara a plazos una máquina de hacer punto de media; no cuesta mucho obtenerlas y las dan incluso sin entrada, y si hay trabajo se puede salir adelante. Así lo hicieron y ganaron algo, pero a costa de muchos esfuerzos, y siguen ahí, lo mismo que nosotros, con el dinero justo, y ella no puede casarse con Mario, y ya puede imaginar lo nerviosos que están los dos.

—Ahora, señorita, hábleme de su novio.

Tuvo que esperar a que se enjugase los ojos con los dedos porque de nuevo se había echado a llorar.

—Es buen chico.

—El nombre, señorita —insistió, impaciente, el comisario.

—Fiorello Morandi. Si pudiera trabajar no habría pensado nunca en nada semejante.

Sí, de acuerdo, de manera que los sin trabajo tienen el derecho de dar golpes.

—¿Tiene padres?

—Padre y madre. El padre va a trabajar todas las mañanas a las lecherías de Locate Triulzi; es muy mayor y no puede con su alma; va en bicicleta hasta Locate, y tiene sesenta años, pero es el único que lleva a su casa algún dinero.

—¿Cuántos años tiene su novio?

—Veinticuatro, como Mario. Iban a la escuela juntos.

Ya lo había dicho. El comisario miró al agente que escribía despacio a máquina.

—¿Y usted? —preguntó a la muchacha.

—¿Yo?

Su cara estaba toda llena de grandes manchas rojas a causa del llanto. Incluso se había vuelto fea con tanta lágrima y tanta angustia, a pesar de tener un rostro que, aunque milanesamente popular, tenía una profunda gracia.

—Sí, usted —continuó el comisario—. ¿Lleva encima alguna documentación?

—Sí, mi madre me dijo que la llevara.

—¿Su madre?

—Sí, fue mi madre quien me aconsejó que viniera aquí. Me dijo que si quería realmente hacer algo por Fiorello que viniese aquí, y lo he pensado dos días, y después pensé que aunque fuera muy feo hacer de soplona, venir aquí era el único medio de salvarlo. Y me dijo que llevara el carnet de identidad.

Lo sacó del bolso de imitación de piel brillante y se lo dio.

Teresa Beraschi, de veintitrés años, nacida en Milán, de profesión obrera. El comisario dictó al agente los datos necesarios, y se quedó con el carnet de identidad que dejó sobre la mesa y puso sobre él una larga regla de bronce que le servía para trazar líneas y también para dar con ella en la cara de algún delincuente.

—Y a usted, ¿cómo la metieron en esta historia? —preguntó el comisario, encendiendo por último un cigarrillo y tratando de no mirar el lamentable rostro manchado de la chica.

—También me dieron un papel, pero apenas supe de qué se trataba dije que no, y él me dijo, junto con Mario y Giovanna, que no había ningún peligro y que no se podía ya vivir así, que querían vivir diez días como señores, o se volverían locos. «Vamos a Viareggio», decían los tres; «Vamos a Roma», decía Giovanna. Yo dije que no, y siempre no, que estaban locos, y le dije a él que no lo querría si hacía una cosa como ésa, y él me dijo: «Bueno, adiós, búscate otro, soy yo quien no te quiero ya», y me dejó. Lo encontré dos veces y traté de convencerlo todavía, pero él me dijo que no y también me trató mal. Entonces mi madre…

Sí, de acuerdo, su madre le había dicho que se dirigiese a la policía.

—Explíqueme ahora lo que le dijeron para dar el golpe.

—Primero, dijeron, robarían un coche, luego, a las tres, irían a los bastiones de Porta Venezia y aparcarían allí, delante de los jardines, y cerca de la gasolinera. Luego esperarían a que llegase el padre del empleado del poste. Dijeron que el viejo no llegaría antes de las tres porque duerme la siesta. Cuando llegase se dirigirían al distribuidor como para repostar, le arrebatarían la bolsa al viejo y escaparían.

Buen plan de deficientes, pensó el comisario: a las cuatro de la tarde en los bastiones de Porta Venezia, con cuatro filas de coches obligados a avanzar al paso de un hombre, aunque consiguieran apoderarse de la bolsa, los detendrían inevitablemente ante el semáforo del Corso Venezia.

—¿A quién se le ocurrió la idea de este golpe?

No hubo respuesta.

—Señorita, ¿sabe usted quién organizó todo esto?

No hubo respuesta tampoco, y entonces el comisario comprendió: había sido «él», el genio del cuarteto, el novio de aquel pobre y jeremíaco ser.

—¿Fue Fiorello Morandi?

Ella asintió, enjugándose los ojos con los dedos: no llevaba pañuelo.

—¿Qué van a hacerle? —preguntó.

—Empezaremos por detenerlos inmediatamente, los traeremos aquí y los interrogaremos un poco. Si no están en relación con verdaderos delincuentes —si eran buenos chicos, como decía ella—, estaremos seguros de que se trata de una estúpida idea, y como todavía no han cometido nada, los soltaremos.

Quería darle un poco de esperanza.

Y en efecto, los brillantes ojos de la chica se abrieron a la esperanza.

—No son delincuentes, no se mezclan con el hampa. Nunca se han mezclado.

Sí, pero hacían la competencia al hampa.

—Si es así, se librarán.

Bastarían unos agentes para que fuesen a buscar en seguida a esos tres exaltados, y se acabó el asunto.

Pero nadie conoce el futuro, ni siquiera la policía.

Los agentes fueron aquella misma noche a la casa de Mario Farra, especialista en relojes modernos, pero no estaba. La madre no sabía dónde podía haber ido, ni cuándo volvería. El agente le dijo que se quedaría allí esperándolo, en la casa, y se disculpó por el trastorno, pero tenía que cumplir órdenes: el comisario Fulvio no se fiaba de los buenos chicos.

Otros fueron a casa de Fiorello Morandi, pero también había salido, y su madre dijo, asustada, que no sabía dónde había ido, pero que su hijo no tenía nada con la policía; que le dijeran qué pasaba, y se sentó respirando con fuerza porque el corazón le daba saltos en el pecho, que le dijeran qué había hecho su hijo.

—Tranquilícese, señora; sólo queremos interrogarlo.

—No ha hecho nada, no puede haber hecho nada, es tan bueno como el pan —la vieja y gruesa mujer cardíaca tendió ambas manos como si mostrase el pan.

Por último fueron a buscar a Giovanna Etruschi. Tampoco estaba. Su madre sí, y era una joven madre romana —alta, agradablemente metida en carnes, nariz sensual—, que se encogió de hombros ante la policía.

—Ha salido.

Estaba lavando los platos y lo dejó sólo para abrir la puerta a los agentes, y después volvió a la tarea.

—¿Sabe adónde ha ido?

—Nunca me lo dice.

Pensemos si una madre tiene valor de preguntar adónde va a una hija de veinticuatro años.

—Señora, sería mejor para su hija que pudiéramos encontrarla —dijo el agente, que era un muchacho inteligente y quería hacer bien su trabajo.

La romana dejó de lavar los platos y sacó de la espuma los guantes rosa de plástico.

—¿Qué hay, qué ha sucedido, qué ha hecho? —preguntó con pesado acento romano, con las manos metidas en los guantes goteantes, caídas a ambos lados del cuerpo, el rostro todavía joven, pero ya señalado por la lucha desigual contra la miseria—. ¿Qué quiere de ella? Dígamelo a mí, que soy su madre.

—Sólo queremos hablar con ella —dijo el agente—, y cuanto antes mejor. Díganos sólo dónde podemos encontrarla, dónde cree que suele ir.

—Ya se lo he dicho: a mí nunca me dice adónde va —y la mujer escrutaba al agente para comprender la gravedad que habría en aquella búsqueda—, sale y va, y acaso se lo dice a la portera, dónde va, qué hace. Ayer me dijo que iba a una fiesta y he visto que esta tarde se vestía un poco mejor. Es posible que haya ido a esa fiesta, pero ignoro qué fiesta es y dónde se celebra. ¿Qué ha pasado? ¿Qué quiere de ella? Por favor, dígamelo.

La tranquilizaron y se quedaron de guardia. No habían encontrado a ninguno de los tres, ni a Mario, ni a Fiorello, ni a Giovanna, y no había huella por la cual buscarlos. No podían hacer otra cosa que quedarse allí esperándolos, aunque fuera toda la noche, hasta que llegaran.

El comisario Fulvio, naturalmente, mandó también un par de agentes a los de la gasolinera de los bastiones, para prevenirlos y decirles que dejaran el dinero en casa, incluso debajo del colchón, si querían, pero que no salieran con el dinero por ningún motivo, y que en lo demás ya pensarían ellos, los policías. Había algo sobre lo cual el comisario Fulvio desconfiaba mucho: los buenos chicos.

La romanita, como la llamaban, es decir, Giovanna Etruschi, estaba en una fiesta, y también Mario, su chico, y asimismo Fiorello. Estaban, sin embargo, a dos mil metros de su casa, donde los agentes los esperaban, tras las últimas construcciones de Via Ripamonti, en una especie de barraca disfrazada de chalet, perdida entre los húmedos, neblinosos, pero fértiles terrenos de la Vigentina. Si la policía la hubiese sabido, en un minuto habría llegado allí y los hubiera detenido. Pero no lo sabía. Es como las quinielas: cuando uno las llena, si sabe en qué columna está el vencedor gana, pero no se sabe.

Eran las tres de la mañana y la romanita bailaba en lo que era el salón grande de la barraca chalet con un muchachote de cabellos largos, tan largos que le llegaban al cuello, pero que no cantaba ni tocaba, llevaba el pelo así, sencillamente porque no iba nunca al peluquero. En la sala, que era bastante grande, no había mucha gente; después de medianoche los jóvenes se habían ido y se quedaron los padres, vencidos por el sueño, pero con los ojos atentos para vigilar a las hijas, o los hermanos desdichadamente encargados de vigilar a la hermana, y media docena de personas que no tenían otro sitio donde ir, ni sueño.

La romanita bailaba, todavía rezumando furor de vivir, incluso a aquellas horas y hasta en aquel ambiente, aunque el estómago, por la mucha cerveza bebida y los muchos krapfen engullidos, no funcionaba precisamente bien. Y Fiorello, sentado en una butaquita, la miraba, pero más que verla a ella veía un vago ondear de negros cabellos de mujer, los cabellos de Teresa, en aquella ocasión en que se la había llevado a Locate, porque cuando había bebido le asaltaban aquellas imágenes tan vivas: la yerba era muy cálida —nunca hubiese creído que la yerba podía quemar— y el pelo negro de ella ondeaba sobre su rostro; casi la sentía también ahora, y le disgustaba haberla perdido, pero él no quería que lo sujetara una mujer.

En cambio, Mario Farra, especialista en relojes, no había bebido, no bailaba; sólo tenía calor y había salido de la sala —en realidad también podía llamarse así— y había ido a la cocina en busca de un poco de hielo de la nevera para prepararse un vasito de agua helada. Cuando se lo hubo preparado y se volvió para dirigirse a la sala, vio que cerca de la ventana abierta, por la que entraba la niebla, estaba sentado alguien a quien conocía: un muchacho más bien flaco y bastante rubio, que se llamaba Ricco, sutil deformación de Federico, puesto que era un ladrón, que estaba fumando cabizbajo, respirando con avidez la nicotina del cigarrillo y la niebla del aire que entraba por la ventana.

—Hola, Mario.

—Hola, Ricco —respondió Mario, bebió y se acercó a él—: ¿Te encuentras mal?

—No, sólo estoy pensando en que soy un imbécil. —Ricco se levantó, entumecido, pero no estaba borracho, no había bebido; más bien parecía desgraciado—. Pero esta noche he cometido nada menos que dos errores, como si fuese un memo. Primero, he venido a esta fiesta, si puede llamarse fiesta: está aquí la hija de un sereno, que se ha prometido. Imagínate lo que me importa a mí la hija de un sereno si está prometida. Pero, ¿sabes?, hay que estar en casa todas las noches a partir de las nueve porque te vigila la policía. Durante algunos meses aguantas, pero viene una noche en que sales, aunque sepas que te detienen apenas saques las narices por el portal. Y así lo hice esta noche. Fue un amigo a decirme que iba a una fiesta, de un sereno que había prometido a su hija, y como él es ladrón y ladrón soy yo también, le gustó la idea de ir a bailar a casa de un sereno. Sólo que a él se le acabó la vigilancia, y a mí no. Para venir luego a hacer qué, aquí. Todos son buena gente, padres, madres, chicas que antes de dejarse sobar piden el certificado. ¡Qué imbécil, qué imbécil! Si la policía ha ido a casa y no me ha encontrado, me casco otro año de casa de trabajo, y todo por venir aquí.

—No te tomes las cosas así —dijo Mario, y bebió otro sorbo de agua—. A lo mejor no ha ido a buscarte.

—Pero aun esto es lo de menos. El otro error es que me he traído el revólver —continuó Ricco, rabioso contra sí mismo, cada vez más enfurecido—. ¿Y por qué, sabes tú por qué? ¿Por qué, en cambio, yo no sé nada? Cuando salí de casa, no sé por qué razón, saqué el revólver de detrás del espejo del cuarto de baño donde lo tengo escondido y me lo metí en el bolsillo. ¿Por qué? Porque soy un imbécil. —Bajó la voz, sacó una modesta, vulgar pero temible Beretta y miró hacia la puerta. Casi lloraba mientras decía—: Mario, hazme un favor, guárdame el revólver hasta mañana. Mañana, cuando tengas un rato me lo devuelves. Tú no estás vigilado por la policía, como yo. Además, si te lo encuentran encima sin tener permiso de armas, no te pasará nada, pero si me pescan con esto, se acabó todo, estoy listo, pero que bien listo: viviré siempre en la cárcel.

Le tendió el revólver, de modo que Mario lo tomó y se lo metió en seguida en el bolsillo, incluso porque si pasaba alguien y desde la puerta de la cocina lo veía jugar con aquello, por lo menos podía pensar mal.

—Pero devuélvemelo mañana, ¿eh?

—Claro.

—Ten cuidado porque el seguro no funciona. Apenas lo toques, se dispara.

Salieron juntos de la cocina.

—Ve a casa —le dijo Mario—. A estas horas ya no hay policía.

En el salón, Mario se sentó al lado de Fiorello, que estaba dando cabezadas.

—¿Qué hacemos? —preguntó.

Fiorello se apartó de los ojos y del rostro los imaginarios cabellos negros de Teresa (Teresa Beraschi, de veintitrés años, nacida en Milán, de profesión operaría, eso, pantalonera, que de grandes tiendas y de muchas sastrerías elegantes le mandaban pantalones para su acabado), se quitó de la piel aquel seco y perfumado calor de yerba cálida, y de las manos la sensación plástica del cuerpo de ella, aquel día, en Locate, y dijo casi con los ojos cerrados:

—Quedémonos aquí hasta que nos echen.

—Bueno.

A Mario le gustaba el decidido modo de hablar de Fiorello.

—De todos modos, a las seis y media hemos de estar en el centro y haber encontrado un coche —dijo Fiorello. Encontrar era metáfora de robar—. Después de esa hora es difícil encontrar un buen coche.

Mario pensó que estaba en lo cierto.

—Luego nos vamos a casa a dormir —concluyó.

—Mario, intenta pensar antes de hablar —replicó Fiorello, abriendo un poco más los ojos—. ¿Quieres que nos vean en casa con el coche? Somos los vagos profesionales del Vigentino, vivimos de caridad y de sablazos, nos llaman para limpiar cristales o suelos, y comparecemos allí con un coche, más bien un Mercedes. Hasta mi abuela, si la tuviese, comprendería que lo hemos robado. No hemos de dejarnos ver por casa. Cuando hayamos hecho el trabajo, ya veremos.

—Bueno, Fiorello —repuso Mario—. Pero ¿qué hacemos hasta las tres de la tarde?

—Nos paseamos —contestó Fiorello, viendo bailar a las pocas parejas. Por las ventanas abiertas para que a la gente no le sofocara el calor de los caloríferos, ahora, además de oleadas de niebla tan húmeda que uno tenía la impresión de que le ponían trapos empapados sobre el rostro sudoroso, entraba también el frío—. Nos paseamos y nos paramos un poco, nos paramos y paseamos un poco más, porque con un coche robado no conviene estar demasiado tiempo parados en un mismo lugar, ni dar demasiadas vueltas: hay que dosificarlo todo. —Hablaba como sí se tratase de un reloj: había que dosificar la energía del rodaje—. Dormiremos por turno, uno conduce y los otros duermen, y no nos paramos en ningún café ni en ningún bar; cuanto menos gente nos vea, mejor. A las tres y cuarto de mañana estaremos ante el distribuidor, en los bastiones.

A las quince y cuarto del día siguiente atravesaban la plaza de la República y embocaban los bastiones de Porta Venezia, en un Giulietta gris claro casi nuevo que piafaba como un caballo: había sido un golpe afortunado, y todo se desarrolló como lo había programado Fiorello. Incluso les favorecía la niebla, no porque no se viese, sino porque a diez metros no se podía distinguir bien una cara de otra; todas las imágenes, rostros, coches y trajes comenzaban a distinguirse con poca seguridad.

El Giulietta pasó lento, junto al río de coches que se dirigía hacia Porta Venezia, dividido en cuatro filas, como había predicho el comisario Fulvio, pero ellos nada sabían de esta predicción. Pasó lento ante el poste de gasolina, y ni siquiera a diez metros otro golpe de suerte: el espacio para aparcar, un vacío milagroso en medio de aquella implacable fila de coches que aparcaban ante las verjas de los jardines públicos.

—Ahora nos quedamos quietos aquí y esperamos —dijo Fiorello.

Estaba detrás con la romanita que, a pesar de la tensión, todavía tenía sueño.

Era un lugar ideal para mirar sin ser notados: vigilaban de soslayo el poste de gasolina, veían al joven con mono blanco que salía de su quiosco cuando se detenía un coche para repostar; habían podido ver, aunque confusamente en la niebla, la llegada del viejo con la bolsa, y, en cambio, ellos, en el interior del coche, con aquella niebla, no podían, a su vez, ser vistos.

Mario, que estaba al volante, paró el motor.

—Aún no son las tres y veinte —dijo, satisfecho por la puntualidad.

Metió la mano en el bolsillo izquierdo de la chaqueta, porque era zurdo, para sacar el paquete de cigarrillos y sintió, entre los dedos, además de la cajetilla, el frío de la Beretta. Recordó de pronto, se acordó de repente de que Ricco le había dicho que el seguro no funcionaba y que tuviese cuidado. Los labios se le secaron de miedo, porque podía dispararse sola. Luego, lentamente, fumando, se le pasó el terror; incluso pensó que acaso ahora tendrían éxito, fuera como fuese. Admiraba a Fiorello, pero un robo con pistola de plástico no lo convencía, ni aunque se tratase de un robo prudente. La Beretta no era de plástico.

—Veo que ha llegado el viejo —dijo Fiorello—. Espabilémonos, vamos a repostar.

Eran las tres y cuarenta y dos y sólo hacía veinte minutos que estaban esperando.

A través de la niebla se vio a un viejo que acababa de entrar en el quiosco del distribuidor, llevando una gran bolsa de piel negra. Era uno de los más jóvenes y valerosos agentes del comisario Fulvio, caracterizado por una técnica de un instituto de belleza del centro, como si tuviera que desempeñar un papel en la televisión, pero ellos no lo sabían, y el Giulietta, haciendo marcha atrás, retrocediendo desde el aparcamiento, fue a colocarse ante el distribuidor.

Fiorello se apeó. Mario estaba al volante, con el motor en marcha, la romanita había cruzado las piernas porque estaba tan asustada que creía que no podría contenerse.

—¿Super? —preguntó el empleado.

Un Giulietta como aquel sólo querría super.

Dos agentes, desde detrás del quiosco, observaban la escena. A veinte metros, camuflado detrás de un camión, había un Alfa de la Jefatura, sin el faro del techo, y cuatro policías de paisano, armados, observaban también. El comisario Fulvio hubiese querido tener plena confianza en sus muchachos, pero poseía muy amargas experiencias.

—¿Super? —repitió el joven del mono blanco, formulariamente, tomando la bomba de la columna de la super—. Tenga la bondad de parar el motor.

Fiorello miró ávido al interior del quiosco y vio al viejo que estaba hurgando dentro de la bolsa. No había ni un transeúnte, sólo coches; los transeúntes no existían. Sacó del bolsillo de los pantalones el revólver, el revólver de cowboy.

—¡Échate al suelo!

El otro se echó al suelo, obediente: sabía que lo defendían media docena de agentes. Le habían dicho que posiblemente aquellos jóvenes estaban armados sólo con revólveres de juguete que ni siquiera hacían clic, pero también le habían dicho que había que ser prudente porque nunca se sabe cómo irán las cosas.

—Venga la bolsa.

Con el revólver de Tom Dooley, de pasta de cartón prensado, Fiorello se había metido dentro del quiosco y agarrado la bolsa del viejo.

El policía lo asió de un brazo.

—Quieto, majadero, somos de la policía. Será mejor que te estés tranquilo.

Entonces Fiorello comprendió, y antes de comprender era todavía un hombre civilizado, equivocado tal vez, sin educación, pero civilizado. Pero apenas hubo comprendido, se sumió en la prehistoria, se convirtió en el hombre de Neanderthal perseguido por el tiranosaurio tan alto como una casa de dos pisos. Ciegamente dio un rodillazo al policía y tuvo la desgracia de acertarlo de lleno, rasgándole el peritoneo, y el joven agente disfrazado de viejo se desplomó y murió en tres minutos a consecuencia de una hemorragia interna.

—Abre la puerta, imbécil —gritó Mario a la romanita—, tengo que subir.

Fiorello se lanzó dentro del coche, y Mario se disponía a poner en marcha el coche cuando uno de los dos agentes de guardia acudió apuntando con el revólver. Detrás de él apareció otro, y de detrás del camión, a veinte metros de distancia, el Alfa, con los agentes de paisano, salió de su escondite y maniobró para acercarse al quiosco. En el río de coches que transitaba por los bastiones, alguno intuyó que estaba sucediendo algo e intentó reducir la marcha para ver, pero era imposible; los coches de atrás lo empujaban con nerviosos toques de claxon.

—Sí —dijo Mario.

Y, fingiendo obedecer, se movió como si fuera a apearse, pero entretanto metió la zurda en el bolsillo izquierdo de su chaqueta, y sacó la Beretta. Era maniego y durante el servicio militar, en el polígono de tiro, había batido a su sargento. Apuntó a la cara, y la cara del policía se hizo trizas.

Entonces el policía que estaba detrás disparó contra él, pero no tuvo suerte, falló el tiro y Mario le acertó también en la cara, mientras se escabullía con el Giulietta.

—¿De dónde sacaste ese revólver, maldito? —aulló Fiorello detrás—. Has matado a dos policías, desgraciado.

Mario no podía responder. El Alfa de la policía lo había alcanzado y dejado atrás y ahora le bloqueaba el paso girando a la derecha; desde una de las ventanillas un agente lo apuntaba con la metralleta, pero él bloqueó el coche y fue más rápido: en el polígono había logrado 118; los zurdos son terribles, y al domingo siguiente el coronel le había dicho «¡Hola, Buenapuntería!», todavía se acordaba. «¡Hola, Buenapuntería!», precisamente el coronel. Fue más rápido porque sacó la izquierda por la ventanilla y apuntó a la cara del agente de la metralleta, lo acertó de frente como quería, y le abrió la cabeza, y al mismo tiempo, con la derecha, maniobró el volante y las marchas y con veinte centímetros de marcha atrás consiguió escabullirse del Alfa que le cerraba la carretera, describió una curva en U y logró escapar.

—¿De dónde sacaste ese revólver, desgraciado? —volvió a gritar Fiorello—. Párate, ¿adónde crees que puedes ir?

¿Adónde querían ir? No querían ir a ninguna parte, estallaban sólo; como gatos salvajes perseguidos se agarraban a lo que fuera, intentando rugir como tigres, resoplando de miedo, más bien sólo de miedo a sus perseguidores.

La romanita, a punto de colapso, empapada en sudor frío, dijo:

—Nos disparan.

Los agentes del Alfa disparaban a los neumáticos del Giulietta gris claro. A causa de los tiros, el tránsito por los bastiones había experimentado un cambio imprevisto: los que se encontraban a la altura del tiroteo aceleraban pavorosamente y hubo varios atascos; en cambio, los que procedían de la plaza de la República, estaban todavía lejos de la zona del combate, se impedían el paso unos a otros y trataban de cambiar de dirección, lo que resultaba imposible.

—Nos disparan, Mario, párate, hazme caso —gritaba la romanita, chorreando sudor por todas partes—. No hagas locuras…

Y fue la última frase de su vida: una llama la vistió como con una traje rojo, vistió a todo el coche y a los que estaban dentro, porque, con aquellos disparos, se había incendiado el depósito. El Giulietta se convirtió en un tizón infernal y se precipitó, llameante, por la escapadura herbosa y jardinera que descendía hacia la avenida de Vittorio Veneto, dio dos vueltas, y chocó, lanzando llamas, contra un grueso árbol que lo detuvo, pero que comenzó a arder. Todo había durado treinta y ocho segundos, escribió un periodista aquella misma noche en la última edición de su diario. La televisión, en el noticiario de la noche, dio la noticia, terminando con esta dramática pregunta: «¿Procedían de Marsella los asaltantes de la gasolinera?».

—Señorita, tiene usted que decirme la verdad, ha de informarme sobre las compañías que frecuentaban esos jóvenes —dijo el comisario—. Han matado a cuatro de mis hombres. ¿Sabe usted lo que quiere decir cuatro muertos, señorita? ¿Lo sabe? Usted me ha dicho que iban armados con revólveres de plástico, y, en cambio, han disparado y matado. ¿De dónde han sacado las armas? ¿Quién los ha dirigido? Señorita, ¿quién los ha guiado? Éste no es un golpe de aficionados. Dígame todo lo que sepa sobre ellos, las compañías que frecuentaban. Han muerto cuatro hombres y usted no puede callar.

El comisario dio un puñetazo sobre la mesa.

La auxiliar de la policía, la doctora Milazzo, rodeaba con un brazo los hombros de Teresa Beraschi, pantalonera de veintitrés años.

—Doctor —dijo al comisario—, no está en condiciones de responder.

Intentaba levantar el rostro de la joven, cabizbaja, lleno de sufrimiento.

—Bien —repuso el comisario Fulvio levantándose bruscamente—. Llévela a la enfermería, pero avíseme apenas se reponga.

Miró los oscuros cabellos de la muchacha, la pantalonera milanesa del Vigentino cuya cabeza se tambaleaba sostenida por el brazo de la auxiliar.

—Pero ¿qué sigue diciendo? Hace media hora que está con ese sonsonete y no entiendo lo que dice.

—Hay que llevarla a la enfermería, doctor —respondió la auxiliar—. Hace una hora que repite…

—¿Qué es lo que repite?

—Dice constantemente: «Era un buen muchacho».

Sí, Fiorello era un buen muchacho, y también Mario, relativamente buenos; no hay nada absoluto, pero ¿quién lo hubiese creído? ¿Quién hubiera imaginado nunca que eran dos estúpidos que querían pasar una quincena de vacaciones con sus chicas, asaltando una gasolinera? Dos estúpidos de la extrema periferia milanesa del Vigentino que sólo querían vivir como señores unos días. Un diario romano de la tarde habló incluso de «Cosa Nostra»; equivocada y tontamente había sido puesta también en acción la Interpol, pero sólo ella, la chica, sabía qué eran aquellos dos muchachos, sólo ella, la pantalonera.

—Era un buen muchacho —seguía repitiendo aquella voz hinchada, aquella cara hinchada; decía «era», porque le habían obligado a verlo quemado para la identificación. Había reconocido su reloj, el reloj de su Fiorello, especialista en relojes calendarios, los que señalan los meses, los días de la semana, las fases de la luna.

—Era un buen muchacho —y su cabeza se tambaleaba bajo aquel dolor insoportable—. Era un buen muchacho.

—Ven, Teresa, vamos a descansar —decía la auxiliar, la doctora Milazzo, tratando de sostenerle la cabeza, que se bamboleaba tan extrañamente como la de una muñeca rota.

—Todos eran buenos muchachos.

—Vamos, Teresa.

Casi tenía que arrastrarla y un agente le ayudó a sostenerla.

—Era un buen muchacho.

Levantó la cara tumefacta por el dolor, como si la hubieran emprendido a puñetazos con ella un día entero.

Miró a la doctora Milazzo y al agente que la sostenía.

—Yo quería salvarlo —dijo, y se venció su cabeza, como si estuviera rota—. Era un buen muchacho.

 

 

4

ESTRANGULAR PERO NO DEMASIADO

 

Era una pelandusca, pero veía poco. Bien es verdad que una amiga suya —bueno, no es que fueran muy amigas—, en realidad una colega, llevaba lentes, pero ella lo hacía por motivos profesionales, por atraer más. Tenía veintitrés años, pero se disfrazaba de estudiante de liceo que tuviese dieciséis, con trenzas, los lentes y un par de libros bajo el brazo, entre ellos un pequeño vocabulario italiano-alemán, porque siempre había muchos alemanes paseando por el Parque, con la intención de hacer creer, incluso a las tres de la mañana, que estaba estudiando las conjugaciones fuertes y débiles de los verbos alemanes. Pero una chica de veintitrés años puede permitirse el lujo de llevar lentes, aunque vea perfectamente; ella, en cambio, tenía cuarenta y tres; es decir, veinte más, y si se ponía lentes parecía la abuela de Caperucita. Pero de cerca veía muy bien y en aquella callejuela detrás del palacio de la Trienal, antes había distinguido de buenas a primeras, la mancha blanca del Giulietta, luego se había acercado a la mancha blanca, casi había metido la cabeza por la ventanilla y había visto a aquella hermosa muchacha rubia que la miró sonriendo con zumba, y luego había oído aquella voz baja y, sin embargo, tan áspera de hombre:

—Lárgate, zorra.

Bien es verdad que ella había respondido con varias palabrotas y se había ido, pero pensaba que si hubiese tenido mejor vista no le sucederían estos chascos. Había probado con lentes de contacto, pero sus ojos no los soportaban. Luego, cuando se alejaba, encogió un hombro: para lo que había de ver en este cochino mundo…

En el interior del Giulietta blanco, el doctor Mario Alovio, con aquella misma voz baja pero un poco áspera, dijo:

—Ya te dije por última vez que no te daría ni una lira más.

—Dame sólo diez mil y te dejaré en paz.

Era una chiquilla, se le notaba incluso por la voz. No tenía siquiera quince años.

—También la última vez dijiste lo mismo, y ahora vuelves a insistir.

No era tarde; eran poco más de las diez, y en aquella noche de verano el Parque de Milán, extrañamente, casi como un bosque, alentaba verdes oleadas de aromas de plantas y hasta a través del parabrisas del coche se lograba distinguir, más allá de las ramas de los altos árboles, alguna estrella, límpida a pesar del calor del verano.

—No, esta vez es de veras —dijo ella con su voz infantil—. Si me das el dinero no me verás más.

—¿Y si no te lo doy? —inquirió el doctor Mario Alovio.

Ella respondió en seguida, como una niña que recita una poesía:

—Voy ahora mismo a la policía y se lo cuento todo: que fui a verte al ambulatorio, por las endovenosas, y que luego esperé un hijo, pero que tú dijiste que no era nada y me lo hiciste perder. Se lo contaré también a los periodistas.

El doctor Mario Alovio la escuchaba, mirando las límpidas estrellas a través del parabrisas. ¿Quién enseñaba a aquella maldita chiquilla a hacer chantaje así? Evidentemente, el acostumbrado chulo. Siguió mirando las estrellas y pensando. Era un juego que no tendría fin; cuanto más pagara más tendría que pagar, y cuando ya no tuviera un céntimo, la chiquilla lo denunciaría.

—Entonces dame el dinero —siguió ella, casi quejumbrosa, como los niños insistiendo por un caramelo.

Casi automáticamente, mientras sentía en su interior un frío furor incontrolable, él dijo:

—Sí, claro.

Un instante después sus manos apretaron el cuello de la chiquilla. Eran robustas manos de médico, que sabían dónde, cómo y cuánto apretar. Duró pocos segundos. Aquél no era momento para equivocarse. No encendió un cigarrillo porque el humo es un falso tranquilizante; permaneció simplemente apoyado en el respaldo, tratando de no mirar a la muchacha que estaba a su lado, ya evadida a otra dimensión, pero de quien podía ver las sandalias doradas y una parte de las cortas y gruesas piernas. Y se preguntaba distraídamente cómo había podido liarse con una vulgarísima criada como aquella. Misterios del alma —si el término no era impropio— pueril.

Y cuando se hubo relajado comprendió que el camino justo era arrojar a la chica en un lugar adecuado, y puso el coche en marcha. Pasó despacio por las pequeñas avenidas más oscuras, hasta que encontró una solitaria además de oscura. Miró bien que no hubiese parejas escondidas, esperó aún un minuto, luego abrió la portezuela y, sin apearse, empujó afuera a la muchacha, que cayó sobre la blanda yerba del prado. Cerró en seguida la portezuela, sin golpe brusco, arrancó suavemente, se alejó despacio y luego se dirigió rápido a la avenida principal que conducía al Foro Bonaparte.

Mientras tanto, pensaba, milímetro a milímetro, en todos los pasos que había de dar. El cine podía ser una solución. «¿Dónde estaba usted ayer por la noche?». «Fui al cine». «¿Qué cine?». «El cine Eden, debo de tener todavía la entrada en el bolsillo».

Miró el reloj del salpicadero: algo más de las diez y veinticinco: quizá todavía tuviera tiempo. Llegó a la plazuela Cairoli, ante el cine, y tuvo suerte porque había mucha gente ante la taquilla, de manera que compró la entrada y se mezcló con el público; de este modo la taquillera no podría recordarlo, llegado con tanto retraso: tenía que hacer creer que había entrado en el cine a las ocho y media, al comenzar el penúltimo espectáculo.

En la oscuridad de la sala volvió a relajarse y, mientras, observaba todos los detalles: tenía a su lado a un hombre completamente calvo y el filme se titulaba Homicidio por cita, y en aquel momento daban un documental titulado Mi padre, y cuando las luces se encendieron, pidió fuego al caballero calvo que tenía a su lado, lo miró con fijeza a los ojos, le sonrió para darle las gracias, y estuvo seguro de que lo reconocería, podría testimoniar que él se encontraba aquella noche en el cine Eden viendo una película.

Luego se hizo la oscuridad, miró una parte de la película, lo bastante para comprender de qué se trataba y salió pocos minutos antes de las once, después de haber comprobado que la entrada del cine la tenía en el bolsillo de la chaqueta, único lugar donde las criadas no miran nunca y nunca limpian, seguro de que la entrada se quedaría allí hasta la eternidad. Había aparcado el Giulietta lejos del cine, a pesar de que la ciudad con aquel calor estaba semivacía y había sitio por todas partes. Se dirigió tranquilamente a su casa, llevó el coche al garaje, se hizo notar bien por el muchacho del mono blanco, y recorrió apaciblemente los doscientos metros que separaban el garaje de su casa, abrió el portal, entró en el ascensor, subió al quinto piso y apenas hubo introducido la llave en la cerradura, se abrió la puerta, y su mujer le sonrió.

—¿Cómo tan pronto? —le preguntó. Tenía sueltos los hermosos cabellos rubios y vestía un tailleur de casa, en tela dorada, y pantalones muy ceñidos a las piernas—. Te vi llegar desde la ventana.

—La película era realmente una tontería —respondió él, quitándose en seguida la chaqueta.

—Ya lo tenía todo previsto —dijo ella—: Tú te vas al cine solo y yo, mientras tanto, invito a mi amante. Me has sorprendido in fraganti.

También él sonrió, la asió del brazo y entró en la sala con ella. Allí, acampado en la butaca, estaba él, que ni siquiera se levantó, y vio el rostro vil de Alessio, y también le sonrió.

—Hola, Mariolino —dijo Alessio, alargando el brazo para estrecharle la mano.

—Hola, hediondo —repuso él, sin dejar de sonreír y sentándose a su lado después de haberle estrechado la mano con secreta y violenta repugnancia.

—Gracias —replicó Alessio—, a un amigo se le reconoce en seguida por la forma de saludar.

Hasta la una continuaron con sus chocarrerías. La mujer triunfaba con su tailleur y aquellos pantalones tan ceñidos, con su pecho que hinchaba la chaqueta. Bebieron todo lo bebible que había en el frigorífico, y por último se fue la cara vil de Alessio, y él se permitió el lujo de hacer el celoso, porque casi nadie pensaría nunca que hiciese el Otelo alguien que ha cometido un asesinato un par de horas antes.

—Procura bromear poco —dijo él poniéndose los pantalones del pijama—, porque más tarde o más temprano os romperé la cara a los dos. No me gusta nada que en cuanto salgo un par de horas, al volver a casa me encuentre a ese imbécil.

—Escucha —repuso ella—, me telefoneó cuando tú acababas de salir, y no pude decirle que no. Vino, se tomó una copa y te ha esperado.

—Gracias. Pero ya estás avisada —replicó con su voz baja y áspera—. A Alessio o a Riccardo los recibes cuando yo esté aquí. Si no, dices que tienes jaqueca.

—Sí, señor —contestó ella tratando todavía de bromear.

Se había quitado el tailleur e intentaba, con pretendida torpeza, ponerse lentamente, muy despacio, el largo camisón transparente.

—No te hagas la graciosa —elijo él con tono áspero.

Le volvió la espalda, como debe hacer un marido celoso e irritado, y pensó que había sido muy poco afortunado con las mujeres.

¿Cómo había podido casarse con una mujer semejante? ¿Acaso porque era así? Y ¿habrían descubierto ya el cadáver de la chiquilla?

Sí, naturalmente lo habían descubierto. Un médico, un colega, había firmado ya el certificado de defunción, y en el bolso de la chiquilla la policía había descubierto una carta dirigida a ella por una amiga que vivía en Piamonte. De manera que la difunta fue identificada y por la mañana comenzarían las investigaciones.

Comenzaron, pero por un camino equivocado. La hipótesis de la policía era que la chica, obligada a la «vida», había sido asesinada por su rufián. También los periódicos hablaron de «una menor estrangulada por el vil individuo que la explotaba. Inminente detención del explotador».

Es más, la buscona que veía poco, y que aquella noche se encontraba en el Parque, sin quererlo, impulsó las investigaciones en esa dirección, diciendo que ella había visto a la muerta. La había reconocido en una de las fotos publicadas por los periódicos, como la de una muchacha que estaba dentro de un Giulietta blanco, con un hombre que debía de ser su chulo. En Milán no hay una infinidad de Giuliette blancos, pero de todos modos son muchos, demasiados para investigar en ellos. Se interrogó a un par de jovenzuelos que poseían Giuliette blancos, pero nada tenían que ver con el hecho. La caza del rufián que había estrangulado a la chica continuó durante semanas, y el rufián, el único que sabía quién había matado a la joven, el que la había enseñado a hacer chantaje al doctor Mario Alovio, se asustó. Si lo detenían, y le daba por decir que la chica había sido estrangulada por el doctor Mario Alovio, nadie lo creería. Entre un tipejo como él, y un hombre puro, intachable doctor en medicina, los jueces darían crédito sólo al médico. Y entonces, lleno de terror, el rufián se expatrió; las investigaciones se debilitaron, y adquirieron la forma de una carpeta encerrada en un cajón y varias fichas y fotografías. El doctor Mario Alovio siguió las investigaciones a través de los periódicos. Era difícil que la policía descubriese que la chica iba a visitar a un doctor para que le pusiera inyecciones intravenosas de calcio, y que este doctor era precisamente quien la había estrangulado. En efecto, no lo descubrió. En la avanzada primavera de 1967, a casi un año de distancia, la policía no había llegado al asesino por la sencilla razón de que no había huella alguna que la condujera a él. De todos modos, él seguía conservando la entrada del cine Eden en el bolsillo de la chaqueta.

Como todos saben, la primavera de 1967 fue muy fría, y algunas noches, en ciertas zonas, como la Conca Fallada hubo hasta niebla. Pero seguía siendo primavera, y a él la primavera le aumentaba el metabolismo. No era un hombre normal y, como médico y persona inteligente, lo sabía. Su anormalidad se acentuaba en aquella estación; la proximidad de su esposa, acaso por el simple hecho de que era su mujer, le causaba cansancio y apatía; por la noche tardaba en dormirse, a pesar de que intentaba ayudarse con sedantes; los cabellos rubios de una mujer vista por la calle lo mantenían desvelado. Luego se dormía, pero sólo por unos minutos, porque de repente se despertaba con aquella muchacha u otra entre los brazos, y ya no podía dormir.

Salió una noche de finales de abril y volvió a su casa a las nueve, después de haber estado visitando hasta aquella hora a numerosos bronquíticos y ancianos que no sabía cómo se las arreglaban para seguir viviendo. Había cenado rápidamente observando a su mujer que miraba la televisión, contemplándola como algo necesario pero desagradable, y luego se había despedido de ella.

—Voy a dar una vuelta.

Nunca salía con ella, como no fuese algún raro domingo.

Era también tímido, pero después de la experiencia con aquella chica, estaba muy atemorizado: no se metía con sus pacientes, aun cuando fueran ellas quienes lo tentaran, y si no eran ellas poco era lo que podía hacer, porque no tenía tiempo para cortejar a ninguna : con una o dos horas libres al mes, poco era lo que podía cortejar, y la última mujer en el mundo a quien hubiese cortejado era precisamente la suya.

Por eso aquella noche llevó el Flaminia azul oscuro directamente hacia el Parque. En el fondo sabía que era un poco la historia del asesino que vuelve al lugar del crimen. Desde el verano anterior no había vuelto al Parque, pero se trataba sobre todo de un lugar muy cómodo y discreto y por eso se dirigió allí. En el aire casi neblinoso y frío, tanto que había puesto en funcionamiento la calefacción, detuvo el Flaminia —en cuanto pudo se desprendió del Giulietta blanco— junto a una mujer de largos cabellos rubios que le caían sobre el pecho y que, apenas inclinada sobre la ventanilla, advirtió que era un cuarentón.

—Tan joven y tan solo —le dijo, sin verlo muy bien, porque hacía de buscona, incluso con aquel frío, pero no distinguía bien al hombre, y veía todavía menos cuando hacía frío, y no podía ponerse los lentes como su amiga, aunque no era precisamente una amiga, sino una colega, que tenía veintitrés años y se hacía pasar por menor, estudiante de lenguas extranjeras.

Él abrió la portezuela y la dejó subir: ella era precisamente el tipo de rubia que tenía metido en la cabeza desde hacía tanto tiempo.

—Si avanzas un poco más y giras luego a la derecha, tendremos más oscuridad —le dijo ella con dulzura, porque a los cuarenta años una mujer ha aprendido el tono justo de voz para hablar con los hombres.

Y hasta la voz era precisamente el tipo y tono de voz que él deseaba oír desde hacía mucho tiempo.

Eran las diez y diez, tal vez las diez y once. A las diez y treinta y ocho, acaso treinta y nueve, la rubia, del tipo rubio que le gustaba a él, y con la dulce voz que él precisamente tenía en el pensamiento, se puso de pronto a gritar, con voz bien distinta y nada dulce:

—Eres el que mató a la chiquilla el año pasado; ibas en un Giulietta blanco. Te he reconocido por la voz, maldito asesino. Primero explotas a las mujeres y luego las matas.

Él no podía haber previsto, esto; los hombres no pueden prever nada, aunque piensen que lo prevén todo o casi todo. Recordó a la ramera que el verano anterior había metido la cabeza por la ventanilla abierta del Giulietta blanco y a quien él le había dicho: «Lárgate, zorra», pero no podía prever que se encontraría precisamente con ella, y que ella lo reconocería y acusaría tan explícita y clamorosamente.

No pudo preverlo, pero tenía que defenderse, y se defendió como podía: el grito de la que no veía se apagó bruscamente bajo las firmes manos de él, que sabían exactamente dónde, cómo y cuánto apretar.

Pero esta vez la cosa fue más larga: la mujer se debatía, gemía, y en la oscuridad de la pequeña alameda podía haber alguno que oyera, alguna pareja, y sólo por esto, no por crueldad, le golpeó rudamente la frente contra los mandos metálicos de la radio y, como médico, comprendió que el golpe había sido justo, aunque advirtió que salía demasiada sangre.

Fuera como fuese, ella no hablaría más.

Trató de relajarse, pero no era fácil. Se daba cuenta de que había mucha sangre en el coche, y el olor de la sangre humana, como explica el psicoanálisis, desencadena terrores ancestrales, ganas de huir, de gritar. Pero era médico, científico, y consiguió dominarse. Sabía que tenía que hacer muchas cosas y todas muy lúcidamente; no podía dejarse llevar por el pánico.

Hizo la primera de las muchas cosas, la más difícil y la de mayor peligro: alejarse del Parque. No podía dejar otro cadáver en el Parque: se hubiese podido unir aquella historia con la del año anterior. Cautamente salió del Parque y tomó la circunvalación, dio la vuelta en torno a casi medio Milán, hasta que halló en la avenida Beatrice d’Este la sombra y la soledad necesarias para desprenderse de aquellos despojos.

Huyó en seguida porque siempre cabía que alguien lo hubiese entrevisto y estuviera a punto de gritar, pero no había nadie: en una gran ciudad hay zonas solitarias como el más solitario de los desiertos, más abandonadas como el más abandonado lugar del mundo.

Luego regresó a su casa. No llevó el coche al garaje; el mecánico habría podido advertir la sangre; es más, lo aparcó muy lejos de su casa, quitó un tubito de goma del motor y recorrió a pie casi un kilómetro. Tenía algunas manchas de sangre en los pantalones, pero su traje era oscuro y él sabía qué manchas eran. Sin embargo, antes de entrar en casa se fumó un cigarrillo. Advertía que sus pulsaciones se habían acelerado y el cigarrillo sólo hizo que acelerarlas más, pero lo distraía un poco. Quería saber si había roto la radio con aquel golpe; sería una complicación que no funcionase. El técnico desearía saber qué golpe había sido aquél, y qué había sucedido. Esperaba que no.

En casa, su mujer estaba ya en la cama y leía.

—Hola —dijo ella afectuosamente fría cuando lo oyó entrar.

—Hola —repuso él.

Se dio cuenta de que tenía la voz alterada, pero no podía evitarlo. Se fue a la cocina y bebió un gran vaso de leche. Seguía temblando, pero minutos después el temblor cedió. A la viva luz de la lámpara sobre el fregadero, vio las manchas oscuras de sangre no sólo en los pantalones, sino también en la chaqueta. Por fortuna, la camisa blanca estaba, en cambio, absolutamente limpia.

—Se me paró el coche en la calle Washington —dijo a su mujer, desnudándose—, quise descubrir la avería y me puse el traje perdido de aceite.

Ella sonrió y apagó la luz de su lado.

—Ya te dije que yo prefería el Giulietta, pero tú te empeñaste en cambiar —y sonrió de un modo extraño, o que a él le pareció extraño; es más, casi amenazador—. Además, me gustaba mucho el color blanco de aquel Giulietta.

Él pensó que ella había dicho esta frase, como se dicen tantas cosas. No era ésta, realmente, su mayor preocupación. En aquel momento pensaba sólo si la policía habría encontrado ya el cadáver de la buscona y qué pistas podía tener.

La policía no tenía ninguna pista que condujera a él. Una ramera ve a docenas y docenas de hombres, y si uno de ellos la estrangula, ¿cómo es posible saber quién lo hizo? Naturalmente, fue detenido en seguida el chulo de la buscona miope. Luego la policía descubrió que la explotaban cuatro, y detuvo a los otros tres, pero la cosa quedó ahí, sin que progresaran las investigaciones, detenidas en estos cuatro apuestos jovenzuelos que seguían diciendo que eran inocentes niños de pecho. Semanas después, un agente de la comisaría descubrió que la buscona hallada sin vida en la avenida Beatrice d’Este era la misma que había visto en el Giulietta blanco a la chiquilla rubia asesinada en el Parque, pero este hecho no parecía tener relación alguna con el nuevo crimen. ¿Qué relación podía tener?

En una carpeta amarilla se metieron todas las «diligencias», y copia de todos los documentos de la diligencia, tanto escritos como fotografías, se enviaron a todas las jefaturas de la República, y un escrito de tres líneas se envió también a la dirección general de la Interpol. Tres o cuatro hábiles funcionarios de la jefatura de Milán se hicieron cargo de las diligencias del caso de Sgarbella Caterina, de cuarenta y tres años. Alguien había matado a Sgarbella Caterina, y ellos querían saberlo, pero pasaban las semanas y ellos nada sabían; es más, y peor aún, se habían alejado de la verdad, porque no podían pensar en un ilustre y respetado ciudadano, como el doctor Mario Alovio.

Era casi verano, pero todavía hacía frío. Todos recuerdan el extraño comienzo del estío de 1967, con la calefacción encendida aún a mediados de mayo y los bellos suéters de lana que se llevaron hasta la mitad de junio. Aquella noche él hubiese querido tener la ventana cerrada porque estaba resfriado y, además, era muy sensible al frío, pero ella, en cambio, tenía calor y la había abierto, de manera que él se tapó hasta las orejas con la ropa de la cama, mientras ella, muy destapada, se estiraba entre las sábanas con el libro en la mano, aquel acostumbrado libro que estaba leyendo tal vez desde hacía meses, porque acaso leía silabeando.

Sin embargo, aquella noche, en lugar de ponerse a leer, dijo:

—Mario.

Y él preguntó:

—¿Qué quieres?

Estaba cansado, tenía sueño y frío y se sentía desgraciado.

—Quisiera hablar un rato contigo.

—Entonces busca otro momento. Ahora quisiera dormir —replicó sumiso pero ásperamente.

—No, Mario, el momento lo elijo yo, y es éste.

Lo dijo así, sin alterarse. Por esto él venció el frío, el sueño y su desdicha y se volvió hacia ella, después de haber encendido la lámpara de su lado.

—¡Ah! ¿Sí? ¿Y qué deseas decirme?

No le gustaba nada la cara de su mujer: le gustó sólo durante algún tiempo, antes de casarse; luego le había provocado náusea y odio.

—Quisiera decirte algo —contestó ella, odiosa y nauseabunda con el libro en la mano—. El año pasado, en julio, hubo aquí una chica que quiso hablar conmigo. Apenas tenía quince años y se llamaba Alberta Madino. ¿La recuerdas?

Él se sentó en la cama. Ya no tenía frío. Dijo simplemente:

—Sigue.

Simplemente y de manera muy fría, porque ya comenzaba a comprender lo que había de hacer.

—Gracias —dijo ella, dejando el libro sobre la mesita de noche—. Sólo quería decirte que esa chica me dijo que iba a tu consultorio a que le pusieras unas inyecciones endovenosas, que, además, esperaba un hijo tuyo, pero que se lo habías hecho perder, porque eres médico. Entonces quería que yo le diese dinero, o te denunciaría. Yo me eché a reír y le dije que te denunciara porque, a mí, todo eso me tenía sin cuidado.

—No sé de qué estás hablando —repuso él—. Un médico está siempre en contacto con muchas histéricas o locas.

—No tiene importancia que lo sepas o no. Lo importante son los hechos. Esa chica, Alberta Madino, fue estrangulada el año pasado en el Parque, y una mujer de ésas declaró que el asesino conducía un Giulietta blanco. Ahora bien, tú conocías a esa chica; trataría de chantajearte como hizo conmigo, y tú conducías un Giulietta blanco, que luego cambiaste apresuradamente por un Flaminia azul oscuro. Por tanto, el asesino eres tú.

—Tómate algún tranquilizante, porque deliras. Aquella noche yo estaba en el cine Eden, vi la película Homicidio por cita, todavía conservo la entrada, porque las criadas que buscas no limpian nunca nada.

Mientras hablaba comprendió que había cometido un error. Un inocente no puede recordar, al cabo de tantos meses de distancia, dónde había estado aquella noche. Y ella se lo dijo.

—¿Cómo es posible que lo recuerdes con tanta precisión? —preguntó ella—. ¿Preparaste la coartada?

Se deslizó fuera de las sábanas. De pie, en su camisón transparente, se adivinaba la línea de su cuerpo ajamonado. Y continuó:

—También tendrás que decir otras cosas a la policía. Por ejemplo, que las manchas de tu abrigo, cuando volviste a casa hace algunas semanas diciendo que el motor había tenido una pana y que te habías ensuciado de aceite, no eran de aceite, sino de sangre. Enrojeció la esponja con la cual la camarera intentó desmancharlo. Y como yo leo los periódicos, descubrí que aquella misma noche murió, es decir, fue estrangulada, una mujer de ésas: la encontraron en la avenida Beatrice d’Este. Tienes que admitir que son coincidencias extrañas, porque esa buscona fue la misma que vio a la chiquilla rubia en el Giulietta. Sea como fuere, si hablo, tendrás que contarle a la policía cómo andan las cosas. Es posible qué yo sea una loca histeroide, como dices tú de tus clientes, y tú un inocente ciudadano. Bueno, ya ellos lo verán.

También él se levantó. Sobre el pijama se había puesto un jersey, dado el frío de aquel verano. Descalzo, tiritaba un poco porque el parquet estaba helado. Dio la vuelta en torno al lecho y la alcanzó. Le hizo esta pregunta:

—¿Qué es lo que quieres?

Deseaba saber hasta qué punto de abyección llegaba aquella mujer con quien él, tan estúpidamente, se había casado.

Ella lo miró con descaro, retrocedió un paso, agarró la lámpara que estaba sobre la mesilla de noche y la sostuvo como una arma. Dijo:

—No creas que me das miedo. No podrás estrangularme como hiciste con las otras. Alessio sabe que esta noche, a esta hora, iba a hablarte de todo eso. Telefoneará dentro de diez minutos. Si yo no respondo, avisará en seguida a la policía. No te saldrá bien esta vez.

Él se acercó, con la cara iluminada de lleno por la lámpara que ella tenía en la mano. De manera que se habían puesto de acuerdo aquella vulgarísima mujerzuela que era su mujer, y aquel idiota de Alessio para extorsionarlo. Ya no tenía frío.

—Por segunda vez te lo pregunto: ¿qué es lo que quieres?

—Dinero —repuso ella concretamente, pero retrocedió un poco—. Todo lo que tengas, y tienes mucho, porque eres un fabricante de ángeles, no un médico, y que me dejes libre, que vaya adonde quiera y con quien quiera.

—¿Nada más? —preguntó él, y ahora sabía que no cabía elección posible.

Ella trató de alcanzarlo con la lámpara, pero no lo hizo a tiempo. Las manos de él ya la habían agarrado por la garganta, de esa precisa y anatómica manera que él conocía. La lámpara cayó al suelo, pero no se rompió ni se apagó siquiera, tanto que él, después de haber comprobado la muerte de ella, pudo ponerla, todavía encendida, sobre la mesita de noche.

Trató luego de relajarse, pero comprendió que esta vez sería muy difícil. Se fue a la cocina y tomó dos pastillas de Dicorén y se vistió apresuradamente. Sabía que se había equivocado, pero ¿qué podía hacer? Dejó encendidas en la casa todas las luces y, cuando iba a salir, sonó el teléfono. Debía de ser Alessio. Si no recibía la respuesta de ella, avisaría a la policía. Pero ella no podía ya responder a nadie.

Sin embargo, el timbre del teléfono lo aterrorizó y huyó sin cerrar la puerta de la casa. No se dirigió al garaje a tomar el Flaminia, sino que corrió a la parada de taxis. Se hizo llevar a la estación, subió ciegamente a un tren que se disponía a partir, sin saber siquiera adónde se dirigía. Las manos le temblaban y sus pulsaciones eran demasiado altas, y pensó que esta vez lograría huir.

Fue detenido tres días después. Su fotografía había aparecido en los periódicos. El estúpido Alessio había hecho la denuncia anónima. Los periódicos hablaron de él como del médico estrangulador, el monstruo del Parque.

—Se ha pasado usted de la raya —le dijo acremente un comisario después del interrogatorio—. Nada sabíamos de las dos primeras mujeres, y no lo hubiéramos sabido nunca.

Él no contestó. No tenía absolutamente nada que decir.

 

 

5

OBEDECER O MORIR

 

Se llamaba Matilde Vecchio y quizá siempre había sido vieja y por eso el apellido le caía tan bien. Incluso cuando tenía dieciséis años debió de haber sido vieja, pero sus dependientes de la sección de envasados congelados la llamaban preferentemente señora Apestosa, no porque ella, en realidad, apestase, porque los largos años de trabajo en medio de los lenguados que congelar le hubiesen dado un olor que ningún lavado o perfume lograba quitarle, sino porque las operarias que, a lo largo del banco de trabajo, envasaban los lenguados congelados y los colocaban luego sobre la cinta transportadora que los llevaba a la máquina que cerraba los envases y les ponía el timbre de Hacienda, ICSL (Industria Congeladora, Sección Lenguados), cuando advertían su llegada, se llevaban el pulgar y el índice a la nariz, como quien percibe un mal olor y dejaban de hablar para envasar más rápidamente los lenguados.

Ella, que estaba más cerca de los cincuenta años que de los cuarenta y nueve y medio, entraba en la sección y escrutaba a las operarías, con el veneno que sus largos años de vida solitaria creaban en torno a ella como un halo, o mejor dicho, una baba.

—Súbete la mascarilla —decía a una.

Lo mismo que un cirujano que está efectuando una difícil laparotomía, las operarias de la sección lenguados llevaban en la cara una mascarilla de gasa plástica, especialmente estudiada, que les daba cierto aire de odaliscas.

—Ha metido dos lenguados en una caja. ¿Es que no sabe contar? —decía a otra—. El cabello dentro de la cofia —indicaba a una tercera—. Vendemos lenguado, no pelos.

El odio de los obreros a la señora Vecchio había aumentado con el terror. Aquella a quien llamaban la señora Apestosa no vacilaba un instante en imponer multas de cinco mil liras o despidos. No es que poseyera poderes absolutos, pero, en la práctica, era como si los tuviese. Había un caballero muy amable y sonriente, que de vez en cuando pasaba por la sección de envasado junto a la señora Vecchio, asentía con aristocráticos movimientos de cabeza a todo lo que la señora Vecchio le decía y trataba de salir lo antes posible de la sección, porque, con todo y ser director general de la ICSL, no le gustaba el pescado, sobre todo los lenguados, de manera que, en realidad, la ICSL estaba en manos de la señora Vecchio.

El odio se filtraba, como una maloliente humedad, por todo el establecimiento. Todos odiaban a la señora Vecchio sincera y calurosamente, a pesar de seguir diciendo: «Sí, señora; en seguida, señora; bien, señora; gracias, señora», porque era ella quien decidía las admisiones y despidos, aprovechándose de los plenos poderes que le había concedido el director general a quien no le gustaba el pescado. Las operarias sabían que podían saltar en dos minutos porque habían envasado al revés un lenguado en el sobre de plástico.

—Es muy importante —decía la señora Apestosa—. La etiqueta con las cuatro letras ha de verse a la cabeza del lenguado, no a la cola. No puedo comprender cómo no lo entienden. Lo entenderán cuando llegue la máquina rotativa envasadora y todas ustedes se vayan a la calle, porque no sirven ustedes para nada.

Las operarias callaban. Sabían que en el sobre de la paga estaban comprendidos también los insultos de la señora. Dos años antes hubo una huelga; es decir, los obreros la intentaron, pero la señora debía de tener incluso buena relación con los sindicatos porque al cabo de media jornada un dirigente sindical les aconsejó que volvieran a la empresa, que luego se vería todo, pero que mientras tanto trabajasen.

El despacho de la señora Vecchio estaba en un ángulo de la sección de envasado y era una especie de galería, pero los cristales, a través de los cuales ella vigilaba la larga fila de operarías que tomaban rápidamente los lenguados de la cinta transportadora que discurría por delante de ellas, no conseguían protegerla del vivísimo olor de pescado, del que ella misma estaba penetrada, como todos aquellos que trabajaban en el establecimiento. Su propósito, además de torturar a las operarias y operarios, era también artístico: idear los envases que contenían los lenguados, que debían ser cambiados de vez en cuando: no se podía usar durante años el mismo sobre o la misma caja; los filetes de lenguado congelado, por ejemplo, debían ser objeto de una prestigiosa preparación que diese en seguida la idea de que se trataba de un producto de alta calidad. Para este trabajo la señora Vecchio empleaba diseñadores y grafistas muy calificados, que le confeccionaban el boceto de los sobres para lenguados. La señora Vecchio había recurrido, como colaboradores grafistas, a los diseñadores y pintores más conocidos, pero a causa de los altos precios que ellos pedían por su trabajo, había acabado por comprender que era mejor dirigirse a los jóvenes aficionados, que costaban poco y podían rendir, aunque jóvenes, mucho más que tantos viejos presumidos. En efecto, precisamente la semana anterior, había hecho publicar un anuncio en los principales diarios: «Importante industria ramo alimentación busca joven grafista proyectista para ilustración envases producción. No telefonear ni escribir. Acudir personalmente». Porque a la señora Vecchio le gustaba mirar a la cara a la gente que trabajaba para ella.

Raimondo Orfeo no era grafista ni proyectista; era solamente un chicarrón muy apuesto. Lo sabía y usaba abundantemente de esta cualidad suya para vivir con el menor esfuerzo posible, pero después de cuatro años de cárcel por intento de robo y seis meses por rufián, no teniendo ya deseos, al menos por cierto tiempo, de volver a la cárcel, quería encontrar algún trabajo para tranquilizar a la policía que siempre estaba muy preocupada por él y si lo veía vagando ocioso comenzaba a pensar mal e inmediatamente pretendía hospedarlo y alimentarlo en locales carcelarios. En busca de este trabajo había ojeado Il Messaggero Veneto, y halló en seguida, porque se había publicado a gran tamaño, el anuncio de la señora Vecchio: «Importante industria ramo alimentación…», etcétera. Pero lo que de este anuncio le había impresionado —ya que ni siquiera sabía lo que quería decir grafista proyectista, y sólo lo intuía oscuramente— era una frase vanidosa que la señora Matilde Vecchio había añadido al final del anuncio: «La directora de la oficina de personal, para evitar pérdidas de tiempo, ruega a quienes no posean los títulos referidos se abstengan de presentarse en nuestra sociedad ICSL». Estas líneas establecían que ella era la directora de la oficina de personal y, doble vanidad, daban a entender que la ICSL era un poco suya.

Si hubiese omitido estas líneas no habría ocurrido nada. El apuesto Raimondo Orfeo, cuando leyó «la directora…», etcétera, hizo un elemental silogismo:

«Directora —pensó— quiere decir que es un director femenino —y siguió pensando—: Como es mujer han de gustarle los chicos apuestos, sobre todo si es un poco talludita, como deben serlo las dirigentes —y continuó desarrollando su silogismo—: Yo soy un chico apuesto y, por tanto, le debo gustar».

El hecho de que apenas supiese leer y escribir y que, por lo demás, practicase rarísimamente el arte de leer y el de escribir, no le preocupaba lo más mínimo. Sabía que un muchacho apuesto es superior a un par de volúmenes de la más famosa y docta enciclopedia. Por eso pagó la naranjada amarga que se estaba bebiendo en aquel tranquilo pueblecito véneto ante la laguna, y se encaminó a la dirección indicada en el anuncio del periódico. Allí fue silbando tranquilamente la última cancioncilla oída en el jukebox.

La señora Matilde Vecchio lo miró amablemente cuando entró en su despacho. Era muy alto, tenía una abundante cabellera muy negra, pero no pelambrera, y estaba muy bronceado. Llevaba pantalones, sí, de western muy ajustados a las estrechas caderas, y el ancho suéter de color naranja apenas podía contener sus anchísimos hombros. La señora Vecchio pensó que, más que un muchacho, era un superlativo de macho: nunca había visto nada mejor. A pesar de su edad y su control y su odiosa altanería, bajó los ojos para que él no comprendiese las sensaciones que había suscitado en ella.

—Siéntese —le dijo, y su voz carecía de la habitual odiosidad.

También él la miró, de esa manera como miraba a las mujeres maduras, y calculó sus años, que no deberían ser pocos y también su temperamento, y dedujo que era una idiota y, por tanto, su trabajo sería todavía más fácil. Pero la miró también de manera que ella sintiese como una cálida corriente de simpatía que emanaba de él a ella. Y se sentó.

—¿Su nombre, por favor? —le preguntó ella mirándole las pobladas patillas y bajando luego la mirada.

—Raimondo Orfeo.

Naturalmente, en el acristalado despacho advertíase el olor a pescado y ella, de manera infantil, acaso hubiese querido, en cambio, ser directora de una floristería y no de la Sección Lenguados de una empresa de pescado congelado, asomada a una «laguna» no precisamente perfumada. Escribió el nombre: Raimondo Orfeo. Luego preguntó:

—¿Edad?

—Veintinueve años.

En una hoja del bloc escribió con el dorado bolígrafo: «Veintinueve años». Luego preguntó, mirando de reojo sus pupilas y descubriendo que eran de un cálido y voluptuoso color pardo:

—¿En qué empresas ha trabajado antes como grafista proyectista?

Entonces él, Raimondo Orfeo, se acomodó en la silla en una postura digamos confidencial, estirando las piernas hacia la mesa y apoyando un brazo en el respaldo de la silla. Las veintidós operarias que en la nave envasaban los lenguados, no se perdían la escena, muy visible, a través de los cristales del despacho.

—Maldita puerca —dijo la operaria más próxima al despacho, dirigiéndose a su vecina—. Fíjate cómo lo mira.

Dentro del despacho, como Raimondo Orfeo no respondía nada y más bien miraba por la ventana las oscuras aguas de la «laguna», la mujer, con una dulzura imprevista en ella repitió:

—¿En qué empresas ha trabajado antes como grafista proyectista?

Él estiró las piernas y comenzó la letanía que había pensado antes cuidadosamente, mirando la arrugada cara de ella.

—Señora, debo pedirle perdón por hacerle perder mucho tiempo. No soy grafista ni proyectista; ni siquiera sé lo que significan estas palabras, ni qué trabajo…

Se sentó con compostura en la silla, de pronto, retirando las piernas y mirándola intensamente.

—Yo sólo soy un pobre desgraciado. Soy huérfano desde que tenía diez años, tuve malas compañías y por ello pasé unos años en la cárcel. Ahora nadie me da trabajo, y si no trabajo, ¿cómo voy a poder vivir? Además, la policía, si no trabajo, no me deja en paz, y de vez en cuando me mete en la cárcel, y yo me vuelvo loco; no quiero cometer las tonterías que cometí antes, cuando era chico. Quiero ser bueno, pero nadie me ayuda. ¿Qué debo hacer? Leí su anuncio en el periódico y pensé: «Lo intentaré», y aquí estoy, señora, y discúlpeme que la haya engañado, no para trabajar como grafista proyectista, sino en lo que sea, de mozo, de recadero, hasta para lavar platos, limpiar zapatos o lo que usted quiera, porque estoy desesperado, y ésta es la última tentativa que hago, y si luego se lee en los periódicos que he robado o matado al cajero de un banco, yo no tendré la culpa.

Esta letanía la había recitado ya una vez, dos años antes, a una mujer tan arrugada como aquélla, hasta taparse la cara con una mano como si tuviese ganas de llorar, y había sido un éxito como para alquilar balcones. Y también aquella vez se cubrió el rostro con una mano, esperando la respuesta.

—No hable así —dijo la señora Vecchio—, tal vez pueda hacer algo por usted. Necesito un hombre en la cadena congeladora.

Otro éxito, pensó.

El joven Raimondo Orfeo (bella presencia) fue adscrito al mismo día siguiente a la cadena congeladora. No era un trabajo fatigoso, aunque el olor del pescado fuese desagradable. Había una cinta que transportaba las cajitas de plástico que contenían los lenguados frescos, casi siempre recién pescados, y ya distribuidos en filetes o lenguados enteros. La cinta dejaba las cajas ante la doble puerta de las cámaras frigoríficas. Se trataba de abrir la primera puerta corredera de las cámaras y controlar el montón de cajitas que entraba entre la primera y la segunda puerta. Luego, apretando un botón se cerraba la primera puerta y apretando otro se abría la segunda que daba al interior de las cámaras congeladoras en las que había una temperatura de cuarenta a cincuenta grados bajo cero. De este modo, los lenguados quedaban petrificados instantáneamente, y las cajitas, sobre una cinta deslizante, después de pasar por las distintas cámaras ultrafreezer, llegaban ante la salida, donde había también dos puertas, y automáticamente se amontonaban al otro lado de la primera puerta, la cual se cerraba de nuevo apretando un botón, después de lo cual se abría la segunda y los lenguados congelados pasaban sobre la cinta deslizante al exterior del ultrafreezer, y eran elevados a la mesa de envasamiento, ante las obreras que ya tenían a punto los sobres de plástico. Los lenguados envasados de este modo seguían circulando sobre la cinta hacia los pequeños frigoríficos que los mantenían a una temperatura de unos diez grados bajo cero. Prácticamente era un trabajo adecuado para Raimondo Orfeo porque no había otra cosa que hacer sino apretar botones, los dos de la entrada de las cámaras ultrafreezer y los dos de la salida. A escondidas, o aparentando esconderse, se podía fumar cuantos cigarrillos se quisiera, puesto que con el olor del pescado el humo del tabaco resultaba realmente un perfume.

Luego, por la noche, Raimondo Orfeo salía, se iba a la habitación amueblada que había alquilado en la pequeña aldea que daba sobre la laguna, entraba en la diminuta bañera donde había una también diminuta ducha, se metía debajo de ésta y permanecía allí mucho rato, tratando de quitarse el olor a pescado con un guante de crin y una pastilla de espumoso jabón. Luego se secaba y se echaba encima media botella de lavanda, se ponía un finísimo calzoncillo de seda, calcetines de seda también, una camiseta de algodón puro americano, un traje celeste oscuro, no azul, de lana tropical. La camisa estaba hecha a la medida en Venecia. En los bolsillos posteriores de los pantalones se metió las varias docenas de billetes de diez mil que tenía y, habiendo esperado que oscureciera, salió a la calle y, a pie, se dirigió a la carretera que comunicaba la aldea con Venecia. Sí, era verdad, tenía que caminar un poco, pero esto le gustaba. De niño tomó parte en una competición de marcha y se clasificó tercero. Al cabo de un rato, en la carretera, en un ensanchamiento, sólo encendidos los faros pequeños, estaba el Giulia. Él miró en torno suyo y para subir esperó el momento en que por la carretera no pasaba nadie.

—Hola querida —dijo metiéndose en el coche.

La señora Vecchio, al volante, repuso:

—Hola, querido.

—¿Hace mucho que esperas? —le preguntó cortés.

—¡Oh, no, querido! —y le puso una mano sobre la rodilla, haciendo avanzar el coche y apretando con los dedos—. ¿Estás cansado?

No estaba cansado, pero respondió:

—Un poco —dando a entender que, en cambio, estaba cansadísimo.

—Ahora nos iremos a cenar a un buen restaurante en Venecia y te repondrás —dijo la señora Vecchio, con todas sus arrugas cubiertas con maquillaje.

Venecia es una ciudad maravillosa, no sólo desde el punto de vista artístico, sino también por su hospitalidad y por su carácter de metrópoli del siglo XVIII. Sin duda es más fácil perderse y esconderse en Venecia que en Londres, porque quién iba a pensar que la señora Vecchio cenaba en el Concordia, en Calle Larga San Marco, una noche, o en Menigo, noches después, o en Zanni otro día, junto con aquel jovenzuelo que parecía un maniquí, o un extremo derecha o medio centro volante de un gran equipo de fútbol.

Además, en Venecia, conociendo los lugares, se come muy bien, y el joven Raimondo Orfeo tenía siempre mucho apetito. Ni que decir tiene que ninguno comía pescado, pero en Venecia guisan muy bien las costillas a la florentina y el tournedó, o bien el pollo flambé, y no digamos el hígado a la veneciana.

Hacia la una de la mañana, o incluso las dos, el Giulia volvía a la aldea de la laguna, donde estaba el ICSL; en la carretera recorrida sólo por algún camión, se detenía en el ensanchamiento, y él caballerescamente volvía a besarla, casi apasionado y tierno, se apeaba y regresaba a su habitación amueblada, mientras ella se iba a su casita cerca de la fábrica.

Ciertamente era duro tener que levantarse a las siete de la mañana, ponerse el mono e irse a la fábrica a apretar botones de la cadena congeladora, pero valía la pena. Nunca había estado tan bien; se sentía como un recién nacido en una cálida y cómoda incubadora.

En otras ocasiones la cosa cambiaba: la cadena congeladora trabajaba continuamente, de noche y de día, y por esto se necesitaban tres hombres para los turnos, y cada tres días le tocaba el turno de noche, desde las diez de la noche a las seis de la mañana. Pero tampoco la cosa estaba mal, porque se llevaba el transistor y se encerraba en el despacho acristalado de la señora Vecchio, se sentaba en la butaca y se levantaba cada ocho minutos para ir a apretar el botón de las dobles puertas del ultrafreezer. De vez en cuando, una noche de cada tres o cuatro, llegaba la señora Vecchio: comparecía con una botella de Merlot o de whisky y diversos emparedados. A la luz sepulcral de la sección de noche acaso se hallaban más seguros que en Venecia, y en el despacho había un largo diván. Él se veía obligado a levantarse cada ocho minutos para apretar los botones del ultrafreezer, pero en ocho minutos se pueden hacer muchas cosas. Por otra parte, en el momento oportuno se ponía en comunicación a través del interfono con las tres obreras del turno de la noche, en el sótano, que le enviaban arriba los lenguados en las cajas de plástico:

—Paren hasta que les avise; el ultrafreezer funciona mal.

Y ellas se sentían contentísimas dejando de manipular los lenguados, meterlos en las cajas y poner éstas en el ascensor que las llevaba a la cadena congeladora, y fumar un cigarrillo. Al cabo de media hora, y después de haber dado un último beso a la señora Vecchio, él volvía a llamar por el interfono al sótano:

—Adelante chicas; el ultrafreezer ya funciona.

—Sí, jovencito —repuso una vez una de las tres operarias—. ¿Cómo está la señora Apestosa?

Él colgó, sonriendo, el receptor. En el fondo era un caballero, pero sabía muy bien que, al cabo de cuatro meses, a pesar de todas las precauciones que la señora Vecchio había tomado, la gente había comenzado a comprender. Uno de los obreros con quien se turnaba al final de la cadena congeladora, le había dicho pocos días antes:

—Saluda de mi parte a la señora Vecchio.

Y una chica que trabajaba en el control de las cajas que contenían los lenguados, le dijo sonriendo:

—Te gustan las menores, ¿verdad?

Dejando aparte estas cuchufletas, Raimondo Orfeo, que era reflexivo, intuyó a tiempo el peligro: la señora Vecchio, en cuanto comprendiera que se había comprometido demasiado, lo despediría. Por lo que se refería al despido de la empresa, a él le tenía sin cuidado; no le importaba el salario como obrero adscrito a la cadena congeladora. Era lo demás: las atenciones, delicadezas, regalos, e incluso el dinero de la señora Vecchio.

Pero pensó que era inevitable, porque era un muchacho muy reflexivo, que ella, sintiéndose en peligro a causa de las murmuraciones entre obreras y obreros, lo echara a la calle, y conociéndola como la conocía, sabía que lo haría inevitablemente. A él, en el fondo, no le disgustaba: francamente, cuatro meses de lenguados y de señora Vecchio lo habían cansado, y deseaba volver a Bolonia donde tenía un par de amigos y un par de chicas mucho más divertidas que la cadena congeladora. Pero no quería irse con las manos vacías. Pensó que la señora Vecchio le haría algún obsequio final.

En efecto, tal como había pensado, una noche, en Zanello, en Venecia, ella le dijo con aire compungido, pero con tono firme, porque también a ella le disgustaba :

—Querido, murmuran demasiado de nosotros en la empresa. Será mejor que no nos veamos.

Él rió. Sin embargo, puso cara de circunstancias y dijo:

—Sé que murmuran. Quería decírtelo.

Era el momento que esperaba.

—Me he comprometido demasiado. Un empleado de la administración nos ha visto en Venecia, y una de las obreras del turno de la noche contó a sus amigas que nos vio juntos en mi despacho.

—Lo siento mucho, Matilde. Tengo yo la culpa —replicó caballeresco.

—No, la tengo yo —dijo ella autoritariamente—. Yo parezco de mármol, insensible, cruel, y, en cambio, soy una insensata. Y tú lo has visto, he perdido la cabeza por ti. Casi me he arruinado por ti. Si no te vas, la dirección general de Venecia me despedirá.

—Yo me iré en seguida —contestó él caballeroso, porque en seis años de cárcel se aprende cortesía y modales.

—No, querido, oh, querido, quisiera tenerte conmigo para siempre, pero no es posible. —Por primera vez en su vida la señora Vecchio empleaba un tono de voz que era de ternura, de súplica—. Tienes que hacerme un favor: para cortar un poco las murmuraciones, habré de fingir que te despido por escaso rendimiento la próxima semana. Así, si te despido por escaso rendimiento, alguno pensará que las murmuraciones son falsas. ¡Oh, discúlpame, querido!

—No te preocupes, querida. Imagínate lo poco que me importa que me despidan por escaso rendimiento o por cualquier otro motivo. Me importa no poder verte más —respondió.

Ella no creyó en el cumplido, pero le gustó.

—Nos veremos mañana en el turno de la noche. Luego deberás irte. Perdóname, querido.

—Lo que tú quieras —dijo él dulcemente con su grave voz viril.

La noche siguiente, a las dos de la mañana, en la sección de envase y congelado, brillaban las acostumbradas luces sepulcrales: los cuatro tubos fluorescentes en las esquinas de la nave, el panel próximo a la cadena congeladora que parpadeaba con sus luces rojas y azules, y el monótono rumor de la cinta transportadora de las cajas de lenguados al otro lado de la puerta de la cámara de congelación, y ninguna otra luz, salvo las dos amarillas de las lámparas de emergencia colocadas en la sección del grupo electrógeno. Cuando llegó ella, atravesó la nave, llevando en la mano la botella de Merlot y se dirigió a su despacho acristalado, después de haberle sonreído, más arrugada que nunca, atravesando la nave.

Entonces él se dirigió al interfono que comunicaba con el sótano, donde las obreras ponían los lenguados en las cajitas.

—Parad un poco; el ultrafreezer no funciona. Ya os avisaré.

—Sí —respondió la obrera que acudió a la llamada.

Él apretó el botón que paraba la cinta transportadora, cesó el ruido y se dirigió al despacho de cristales, se sentó en el diván, al lado de la mujer, ella le sonrió tiernamente, sin decirle nada. Luego tomó la botella de Merlot y bebió de ella un largo sorbo.

—Lo siento mucho, querido; me sentiré muy sola, pero no puedo hacer otra cosa —le susurró en la turbia luminosidad de la oficina—. Toma un recuerdo mío, querido.

Y le entregó una cajita.

Raimondo Orfeo la abrió. Había dentro un encendedor. No era de oro ni de plata; era un excelente Dunhill, pero nada más. Demasiado poco.

—Gracias —le dijo él con voz demasiado poco tierna.

Ahora se había terminado la comedia, y la señora Vecchio, aquella a quien los obreros y empleados llamaban señora Apestosa, había de despertar a la realidad.

—Mira, querida, tienes una llave de tu escritorio, éste, el que está ante nosotros. Si lo abres, en el segundo cajoncito a la izquierda, encontrarás otra llave, como sabes perfectamente, con la cual se puede abrir la pequeña caja fuerte del piso de arriba, en el despacho del administrador, doctor Aleffi. Ahora, por favor, me darás esa llave, y yo iré contigo arriba a buscar el dinero. Luego me iré y te dejaré en paz.

La verdad es que la señora Vecchio, a pesar de su experiencia, su desconfianza y su maldad, no esperaba este repentino cambio de escena: aquel muchacho siempre se había mostrado muy correcto y amable, y no encontró en seguida la respuesta. Lo miró, comprendió que se las había con un delincuente, un criminal, y tuvo un momento de miedo, luego recobró toda su dureza y respondió:

—No tendrás ni un céntimo.

Él miró las arrugas que le cubrían toda la cara.

—Escucha, a mí hay que obedecerme. Obedecerme o morir, te lo advierto. Abre el escritorio y dame la llave de la caja fuerte, o despídete de este mundo.

La señora Vecchio tenía mucho miedo, pero como siempre, en su larga vida, había insultado a todo el mundo, también lo insultó a él, con todo y su miedo; no sólo por la desilusión, sino para que nadie pudiera decir que había cedido.

—Te lo repito —le dijo, o mejor dicho, lo insultó con voz áspera—, no tendrás un céntimo. No sólo porque la llave del escritorio la tengo en casa, en el bolso, no sólo porque el escritorio en el que está la llave de la caja es de hierro, y aunque trabajes toda la noche no conseguirás abrir el cajón, sino porque me pondré a gritar y volverás a la cárcel, que es tu verdadera vivienda.

Por desgracia no pudo gritar. El puñetazo la privó de pronto del conocimiento, y mientras ella estaba desvanecida, él reflexionó, porque era un hombre reflexivo. Comprendía que había cometido un error: había encontrado a una mujer dura como el cemento armado, y tenía que hallar un medio que ablandara el cemento armado. Tampoco podía huir y dejarla allí: ella lo denunciaría por chantaje, golpes, violencia, y le saldrían, por lo menos, tres o cuatro años de cárcel. Tenía que doblegarla a toda costa, y le pareció que había encontrado el medio.

Apenas vio que abría los ojos, recobrada, le tapó la boca con la mano.

—Escucha, te acompañaré a tu casa, tomarás la llave del escritorio, que tienes en el bolso, y volveremos aquí para abrir la caja. O palmas.

Ella movió la cabeza diciendo que no, y su mirada era de mofa, insultante, la misma con que miraba a las obreras.

—Tendrás una muerte desagradable —le dijo él, sin dejar de taparle la boca.

Y ella volvió a mover la cabeza y lo miró insultante.

—Entonces ahora lo verás —replicó él.

La arrastró unos diez metros, pese a que ella se debatió, hasta las dobles puertas del ultrafreezer.

—Sólo necesito un poco de dinero. No hagas que me vuelva mala persona. Si me lo das, no te pasará nada. Me largo y te dejo en paz. ¿Por qué te obstinas? —casi le rogaba, a pesar de su cólera—. Pero si no lo haces, te diré lo que haré contigo: te meto en las cámaras de congelación. Piensa que lo haré, porque me has puesto furioso.

Ella comprendió que lo haría de veras, porque lo había enfurecido con sus negativas, y porque era un criminal. Pero nunca la señora Vecchio había suplicado a nadie en el mundo. Nunca.

Y él vio que ella sacudía la cabeza: no, no, no. Y entonces él, paciente, comprendió que se había equivocado de veras, y que no tenía alternativa; o la obligaba a obedecer, o la mataba. Ella no le daba otra elección.

—Piensa que estoy hablando en serio —le dijo—. Vamos a buscar la llave.

Ella sacudió la cabeza vivamente. No podía hablar porque la mano de él le tapaba la boca, y él siguió, paciente:

—Piensa que no bromeo. Ahí dentro se está a cuarenta grados bajo cero. Te quedarás tiesa como un poste.

Confiaba aún en asustarla, inducirla a obedecer con la amenaza, pero al ver su mirada comprendió que no había nada que hacer: si no la mataba, ella haría que volvieran a meterlo en la cárcel, y si la mataba, más tarde o más temprano le sucedería lo mismo. Entonces lo mismo daba castigarla. Por lo menos, todos los obreros y dependientes de la ICSL serían felices.

—Pues ve a tomar un poco el fresco —le dijo. Apretó un botón y se abrió la primera puerta del ultrafreezer. La empujó dentro e inmediatamente apretó otro botón que cerraba la puerta. Mientras la puerta se cerraba, ella gritó:

—¡Ni un céntimo!

Que gritara cuanto quisiera, pensó él. Apretó otro botón. La segunda puerta que daba a las cámaras congeladoras a cuarenta y cincuenta grados bajo cero se abrió, y su aullido se apagó en el acto por el frío que la mató casi instantáneamente.

Él atravesó la nave, se dirigió al fondo, donde tenía su armarito, se quitó el mono, se vistió y salió de la Industria Congeladora, Sección Lenguados, dijo al portero que el ultrafreezer se había atascado y que iba en busca de un técnico. Sin embargo, se fue a la plaza de la aldea donde estaban aparcados los coches y robó un Alfa. Condujo durante un par de horas sin detenerse. Nunca más, pensaba conduciendo, tendría tratos con mujeres como aquéllas. Demasiado peligrosas, incluso para un hombre Como él.

 

 

6

PROHIBIDO SER FELIZ

 

15 setiembre 1963. A causa de la amnistía, después de casi nueve años de cárcel, Arrigo Romano, condenado por robo, es puesto en libertad. No tiene aún treinta y cinco años. Es alto, moreno, bronceado.

24 setiembre 1963. Gracias a la obra de asistencia a los ex presos, el ex ladrón Arrigo Romano encuentra trabajo en la Breda como ayudante mecánico, porque antes de ser ladrón revientapisos y capaz de fabricar cualquier instrumento para abrir cualquier puerta, portezuela o portillo, era un buen mecánico.

11 agosto 1964. Arrigo Romano se casa con la hija de uno de los vigilantes nocturnos de la Breda, Melina Salvatore.

26 abril 1963. Con cierta anticipación sobre la fecha natural, después de ocho meses de matrimonio, la mujer de Arrigo Romano da a luz una niña a la que el padre le pone el nombre de Romanina. Dijo a los amigos que le gusta que su hija se llame Romanina Romano.

12 febrero 1966. La mujer de Arrigo Romano da a luz una segunda hija a quien el padre da el nombre de Maddalena, en recuerdo de su madre que se llamaba Maddalena. En el mismo año Arrigo Romano es nombrado jefe de grupo de la sección 11, y la dirección del sector de modelos lo considera uno de sus mejores técnicos.

El funcionario de policía que estaba leyendo estos datos en unas hojas de papel blanco y sucio con el descolorido sello: «Jefatura de Milán — brigada control ex presos», dejó de leer para encender un cigarrillo. Era un joven, pero fuerte y escéptico funcionario, y sus colegas decían de él que no creía en nada, salvo una cosa: la cadena perpetua. Acaso por esto, en medio de tantos humanitarios que creían en la redención y que hacían carrera, él seguía en su modesto puesto, modesto dada su capacidad. Alguien, un día, le dijo que, por lo menos, leyera a Cesare Beccaria, pero él había respondido que no tenía tiempo, que había demasiados asesinos que detener. Y no sólo que detener, sino controlar de vez en cuando, incluso después de muchos años de ser buenos chicos. No hay mucho para leer. El joven funcionario tenía a su derecha un cuadro con botones, en total seis botones. Su oficina, realmente, no podía ser llamada la habitación de los botones. Apretó uno y encendió un cigarrillo, y releyó aquellos papeles blancos y sucios: «… el ex ladrón (…) encuentra trabajo en la Breda como ayudante mecánico… la mujer de Arrigo Romano da a luz una niña a la que el padre le pone el nombre de Romanina…». Una historia idílica, ¿verdad? Un muchacho emprende un camino equivocado, roba, lo apresan y le dan doce años. Cumple sólo nueve, luego se redime, se pone a trabajar en serio, se casa con una buena chica, llega a ser padre de familia y un buen operario… Sin embargo, para uno que sólo cree en la cadena perpetua, hasta para los ladrones de gallinas, era una historia demasiado idílica.

—Adelante —dijo. Miró a la puerta y vio entrar a Sordelli, su brazo derecho—. Ven acá, Peppino. Estoy examinando las historias de los nueve ladrones que fueron amnistiados en el año mil novecientos sesenta y tres. Cinco de ellos han vuelto a la cárcel; uno ha muerto: la bebida le hizo polvo el hígado, y tres parece que se portan bien. El mejor de todos es este Arrigo Romano; lee esto. Quisiera que lo vigilases un poco. Llévate un par de hombres, pero quiero saber hasta cuántos cigarrillos se fuma a la semana.

—Lo que pasa es que gasto demasiado en cigarrillos —dijo Arrigo Romano.

Había apagado el televisor, las niñas se habían acostado y él estaba sentado en el diván junto a Melina, en la mano la libreta de gastos.

—Son trescientas cincuenta liras diarias, que son diez mil quinientas al mes, y no consigo quitarme este maldito vicio.

—No te enfades, Righi: economizaremos por otro lado —dijo Melina, que esperaba el tercer hijo, y se veía—. Además, ganas bastante. No puedes fumar Alfas como los demás.

Él se levantó nervioso. No le gustaban las estupideces, y trescientas cincuenta liras al día en cigarrillos le parecían una estupidez muy grande. Miró por la ventana: conocía bien el panorama. Un pequeño apartamento en Sesto San Giovanni no es, realmente, una casa en Saint-Tropez con vistas al mar, pero tenía para él la misma belleza. Rodeando el caserón no había un patio jardín, con árboles jóvenes e incluso una fuente que se iluminaba por las noches. No podía pretender más, después de haber visto durante nueve larguísimos años, a través de los barrotes de la celda, el misérrimo patio de la cárcel de Pizzighettone.

—Ven, Melina —dijo—. Salgamos un rato a la terraza a tomar el fresco.

Era una terraza muy pequeña, pero había en ella dos sillas y algunos juguetes de las niñas. Desde el quinto piso se veía también toda la panorámica de la Sesto San Giovanni industrial, el palacete y al lado el cobertizo de la sección 11 estaba casi allí bajo la ventana, tanto que por la mañana, a las siete y media, cuando se disponía a ir al trabajo, decía:

—Adiós, Melina, bajo.

En lugar de decir «salgo».

Miró al palacete y distinguió la luz en la garita del guardián. El joven Borusti está resolviendo un crucigrama antes de hacer la ronda y marcar los relojes de control.

También allí, en Sesto, había una hermosa primavera. Bien es verdad que no olía a flores, pero el aire era insólitamente limpio, tan limpio que se veía el cielo lleno de estrellas vividas sobre la extensión de cobertizos, toscas construcciones y chimeneas.

—¿Quieres un helado, Melina?

Se volvió porque ella le había puesto una mano en el hombro, y también miraba la fuente iluminada del patio, y las luces de las calles que conducían a Milán.

—Tenemos que ahorrar, Righi.

—Tú ni siquiera gastarías cincuenta liras al mes en helados —replicó él—. Soy yo quien arruina a la familia con mis cigarrillos. Pero te digo de veras que fumaré los Alfa.

—No, no quiero, no estaría bien porque eres el jefe, y si te ven fumar esa basura ya no te obedecerán.

—Hoy no se miran esas cosas. Bajo y te subo el helado. ¿Crema y chocolate, como siempre?

—Sí, pero si tienen, quisiera también un poco del de fresa.

En su estado tenía antojos, pero nunca hablaba de ellos con él.

—Hasta ahora, Meluccia.

La besó un poco deseoso y salió.

Apenas en el pasillo encendió un cigarrillo. En el rellano apretó uno de los botones de los dos ascensores. Dos ascensores: el hecho de que fueran dos, le daba una sensación de euforia, ¿cómo decirlo?, de victoria. Era una casa señorial, en ella había de todo como en las casas señoriales, aunque en un tono más modesto, y la cuidaban mucho. El portero y su mujer limpiaban desde por la mañana hasta la noche y regañaban a los vecinos desordenados y poco limpios. Estaba realmente satisfecho de aquella casa.

Justo debajo de la casa, en el porche semicircular que abarcaba la mitad de la construcción, había un café, todavía abierto y con todas las luces encendidas. Entró pensando que de buena gana se bebería una cerveza bien fría y, como temía, vio que Franceschino estaba allí. Se dirigió hacia él, pero nada contento. Era un poco tarde y el café estaba casi vacío. Se lo dijo inmediatamente:

—Te advertí la otra noche que no perdieras más el tiempo.

Franceschino encogió un hombro.

—Siéntate, tenemos que hablar.

—Y esta noche no quiero ni gastar el aliento. Adiós.

—Siéntate un momento, y después ya no nos veremos más.

Vaciló. No le gustaba ser soberbio con un compañero de cárcel. Además era un viejo que cada día tenía que inventar por lo menos las mil liras que necesitaba para comer algo, y a él no le faltaba nada. Por fin se sentó, pero dijo:

—Te he dicho que no, y no. Procura no olvidarlo.

A la luz fluorescente y cegadora del local, el rostro flaco, leñoso de Franceschino, parecía una escultura más que un rostro humano.

—No entendiste bien. Se trata de veinticinco millones para ti y quince para mí. Y no hay ningún riesgo.

—Lo entendí bien y no me interesa.

No creía mucho en los golpes perfectos y sin riesgo. Franceschino no era un estúpido, pero la gente no oye por las buenas hablar de millones sin pestañear. En Pizzighettone lo hubiese comprendido, porque todos eran maleantes como Franceschino, todos inventores de golpes extraordinarios que les valdrían millones y más millones y que, como resultado, se pasaban allí los años, vaciando cada mañana la letrina y comiendo patatas heladas, judías talludas y pasta con gorgojos.

—No, no lo entendiste bien. Si no, no hablarías así —replicó Franceschino, con esa voz llena de rabia contenida de los viejos, baja y un poco tosegosa porque el aire de Pizzighettone no hace demasiado bien a los pulmones—. En cuarenta minutos, te apoderas de cuarenta millones. He calculado hasta el tiempo.

Un millón por minuto, tú verás. Ni siquiera lo gana un millonario.

Hizo una seña al camarero que pasaba por su lado y le pidió una cerveza. Luego dijo:

—¿Tiene helado de fresa?

—Sí, todavía queda.

—Entonces prepárame una copa, que me la llevaré: crema, chocolate y fresa.

Franceschino se rió.

—Tu mujer espera el tercer hijo. No le irían mal unos cuantos millones. Podría comprarse helados más grandes.

Entonces él se encolerizó, porque no le gustaba que la gente carcelaria como Franceschino hablase de su mujer.

—Oye, con todos los hijos de mala madre que andan por ahí, ¿por qué te ha dado por venir a verme? A montones encontrarás gente a quien le interese tu asunto. A mí déjame en paz.

—De acuerdo, te dejaré en paz —dijo, paciente, el viejo Franceschino—, pero no te vayas. Quiero explicarte lo que te pierdes.

Quién sabe por qué, le tenía cierto respeto a los viejos, y, saboreando su cerveza, le escuchó. Al principio escuchó por educación, sin prestarle demasiada atención, luego comenzó a pensar cada frase de Franceschino.

—Admite que una vieja viuda tenga su dinero en el banco, pero que, en cambio, esconda en una caja sus joyas, brillantes y oro a kilos, piedras de toda clase.

Sí, lo admitía, pero aún sin interés. Bebió un poco de cerveza y recordó las caricias de Melina. Quería aviar y subir, estar a su lado.

—Como está un poco guillada, la vieja viuda no quiere llevar su caja al banco. Se parece a esos campesinos que en otros tiempos escondían el dinero en el colchón. Digo en otros tiempos, porque hoy los campesinos usan letras y jamás echan mano de contante y sonante.

Franceschino era viejo y le gustaba hablar. Aún le quedaba a Arrigo un poco de cerveza y estaban preparándole el helado de fresa para Melina. Que el viejo hablase lo que quisiera: en Pizzighettone hablaba siempre de mujeres, porque era además un viejo baboso, y las describía tan bien, contándolo todo, que por último acudía el carcelero a causa del escándalo que armaba, y lo amenazaba con encerrarlo en la celda de castigo.

—¿A que no te imaginas dónde esa vieja tiene escondida la caja? —dijo Franceschino, y sacudió aquella cabeza que parecía una escultura sumeria o hitita—. No, no puedes imaginártelo. Se necesita la turbia mente de una vieja viuda para inventar ciertos escondrijos. Yo te diré dónde está escondida: en el panteón donde está enterrado su marido, en Musocco.

Aquí fue donde Arrigo empezó a sentir curiosidad. Una caja que contiene varios millones escondida en el cementerio estimulaba su curiosidad: la vieja estaba loca, pero era inteligente.

—Basta un hombre solo, sin tiros, como en los bancos, ni pistoleros por todas partes —añadió Franceschino casi rabioso—. Basta con ir a Musocco, saltar la tapia, de noche, ir a la capilla del panteón y sacar la caja. Para ti es un juego. Saltas el muro otra vez, y resuelto el asunto. En Musocco no hay carabinieri, ni policía, ni vigilantes, ni nada. Agarras la caja y te largas.

Y él empezó a pensar aquellas palabras. Sabía que Franceschino no era un bocalán, sino un pillo serio, un ladrón prudente.

—¿Cómo te enteraste de esto? —le preguntó.

—Soy el criado de confianza de la viuda —repuso en seguida Franceschino—. Tiene casi setenta años, pero todavía conduce. Yo me siento a su lado y ella lleva el coche, y yo la ayudo en los encargos. Sabe que he estado en la cárcel, y me ha tomado justamente para que me convierta en un hombre honrado. Pero yo no soy ya capaz de ser bueno como tú.

También tenía ingenio, pero al otro le era difícil irle a la zaga por mucho ingenio que tuviese.

—¿Y sabes exactamente dónde está el panteón, y dónde está escondida la caja?

—Claro está que sí. Me llevó a Musocco para poner en la caja unas monedas de oro, no menos de diez kilos. Necesitaba ayuda y sólo confiaba en mí.

—Entonces, ¿por qué no vas tú a Musocco? Esto es algo que uno puede hacer solo, sin compartir nada con nadie.

De improviso el viejo Franceschino, se subió lentamente, casi hasta la rodilla, una pernera de los pantalones.

—¿Recuerdas mis venas varicosas? Con estas venas hinchadas como el mango de una escoba, ni siquiera puedo caminar, imagínate si podré saltar la tapia de Musocco. Además, ¿sabes lo que representan sesenta y dos años? Tú sólo tienes la mitad y no puedes comprender, pero no es posible correr, uno no puede agacharse para esconderse; apenas se oye un tiro, se tiene un infarto. Si hubiese podido hacerlo yo solo no habría venido a pedir ayuda a un estúpido como tú.

No le gustó nada que lo llamase estúpido, pero lo tomó con paciencia y respeto porque era un viejo. Y dijo:

—Y ¿por qué viniste a buscarme precisamente a mí? Ya te he dicho que por ahí podrías encontrar a muchos jóvenes que estarán dispuestos a ayudarte. ¿Por qué he de ser yo?

Franceschino repuso rápido y con satisfacción:

—Porque eres estúpido. Conozco a treinta muchachos dispuestos a ayudarme, quizá cuarenta, o tal vez cincuenta. Pero no son estúpidos. Si les hablo del golpe, en seguida dirán: «Sí, señor, sí, señor», se irán a Musocco, tomarán la caja y se largarán sin darme siquiera una lira. Yo soy un pobre viejo, ¿y qué puedo hacer? ¿Los persigo? Está buena la cosa. ¿Les pego un tiro? Y vuelvo a Pizzighettone. No, no. Necesito a un estúpido como tú.

—Gracias —repuso Arrigo.

—No te ofendas, te lo digo en el mejor de los sentidos; te lo digo porque eres un buen muchacho. Si formas sociedad conmigo, no me harás una cabronada. Si te apoderas de la caja en Musocco, me darás mi parte; me bastan quince millones. Y te explicaré por qué no te largarás con todo, porque respetas a un pobre viejo, ¿verdad? Y de todos a quienes conozco sólo me puedo fiar de ti. Por esto insisto. Pero acaso eres demasiado, demasiado estúpido. Por dártelas de puritano eres capaz de arrojar por la ventana un saco de millones, sin pensar que cuando hay que reducir la plantilla los primeros que se van a la calle son los ex presos. Y cuando no tengas trabajo, haciendo cola con doscientos más en el patio del sindicato, no vengas a pedirme una perra, aunque tengas ocho hijos, porque no te la daré.

Arrigo se levantó con el deseo de incrustrar la mesa en la cabeza de Franceschino, pero se contuvo, se dirigió a la barra, recogió el helado y mientras pagaba notó a sus espaldas la presencia del viejo.

Salieron juntos. Él ni siquiera lo miraba, pero oía al viejo arrastrarse detrás, con aquellas terribles venas varicosas. El portal estaba cerca y Franceschino lo alcanzó allí y le dijo en un susurro:

—Piénsalo. Yo estoy en el café casi todo el día. Si me dices que sí, te daré el número del mausoleo. Es muy hermoso y es fácil penetrar en él. La verja es cosa de risa para un maestro en cerraduras como tú. Piénsalo, Arrigo. Quiero sólo quince millones. Todo lo demás es tuyo. No tienes idea de los brillantes que hay en aquella caja.

—Lárgate —replicó Arrigo bruscamente, porque si seguía escuchándolo se le desharía el helado de Melina.

Abrió la reja acristalada, entró y cerró con rabia.

—¿Encontraste alguna chica? —preguntó Melina abriéndole la puerta de la casa.

—Sí, pero era fea como tú y no me gustó.

Con el helado en la mano la abrazó, pero ella le mantuvo las manos distantes.

—¿Había de fresa? —le preguntó ávida del fresco y ácido sabor de las fresas.

—Mucho, mira.

Esperó pacientemente a que ella se tomara todo el helado, luego se dirigieron a la pequeña habitación donde las dos niñas dormían en sus camitas. Las contemplaron unos instantes a la débil luz nocturna: dormían como animalitos, como cachorros, y había en la alcoba un olor dulzón de piel tierna, infantil, y cerraron poco a poco la puerta. Y a él le gustaban tanto las dos niñas que le dijo a ella empujándola a su alcoba:

—Cuando sea rico tendremos muchos hijos.

—Recuerda que todavía no eres rico y ya has exagerado.

Se les hizo tarde. Él apagó la luz, y parecía que ella fuese a quedarse dormida en seguida, pero en la oscuridad, cuando él iba a dormirse realmente, Melina preguntó:

—¿Encontraste a alguien en el bar?

Jamás le había mentido a Melina. Amodorrado, dijo:

—Sí.

—¿Quién?

—No tiene importancia, déjalo.

No le gustaba hablar con ella de su pasado, de la cárcel, de los compañeros ladrones.

—Entonces ya sé quién es: es Franceschino —repuso.

—¿Cómo lo sabes?

—No seas niño, Righi. Hace cuatro meses lo trajiste a comer a casa, aquí, y dijiste que era un antiguo compañero tuyo y que pasaba hambre. Y yo te dije que los amigos son los amigos, aunque sean amigos de la cárcel, pero luego, precisamente hace una semana, mientras llevaba a las niñas a pasear con «Krokodil», volví a verlo en el bar, abajo, y él ni siquiera me saludó, y entonces comprendí que te esperaba a ti. Uno no sale del centro de Milán, para tomarse una cerveza en Sesto, si no con una intención determinada.

En la oscuridad la voz de Melina sonaba todavía más grave, casi un poco solemne. De manera que él se despertó del todo y encendió la luz.

—Sí, tiene una intención —dijo.

Buscó el paquete de cigarrillos —trescientas cincuenta liras diarias, ¡qué vergüenza!—, encendió uno y le contó, se lo dijo todo, porque el único ser en el mundo a quien no podía mentir, a quien, es más, tenía la necesidad de contárselo todo, era a ella.

—Y tú, ¿qué le has dicho?

La voz de Melina, incluso con la luz encendida, era más bien dura.

—Le dije que se fuera a dormir, y será mejor que también durmamos nosotros —terminó con decisión.

Y pese a la decisión de su voz, ella no estaba muy convencida.

En la oscuridad, cuando él hubo apagado la luz, ella trató de dormir, pero no lo conseguía y continuaba pensando, y eran pensamientos tristes.

Había salido de la sección 11 casi a las ocho porque hubo una especie de inspección por parte del ingeniero Rustani, que, naturalmente, lo encontró todo sin orden ni concierto, todo mal hecho; de manera que Arrigo estaba muy molesto y habiendo llegado al bar bajo su casa, entró con la idea de tomarse un bitter helado, aunque sabía que dentro estaba Franceschino, porque se pasaba allí todo el día, aunque vivía en Milán. Por esto ni siquiera hizo demasiadas escenas; hacía cuatro días que el cerebro le trabajaba por su cuenta. No había cosa más estúpida ni más fácil que robar en un cementerio: hay gentecilla que vive robando las pequeñas estatuas de bronce o los vasos de cobre, si no de plata, de las tumbas. Él, un pequeño maestro en el género, no lo habría hecho nunca, pero una caja con cuarenta millones era otra cosa.

—Buenas tardes —dijo Franceschino.

Se sentaron a una mesita un poco apartada. Franceschino no dijo nada; esperaba. Él se bebió medio bitter y luego dijo:

—Dame el número de la tumba.

—Es un hermoso panteón —comentó Franceschino—. Parece un saloncito; sólo le falta el televisor. Está en la planta. No te costará trabajo dar con él. Verás cómo lo encuentras en seguida. —Le mostró una hoja de papel y se lo dejó en las manos—. Estúdiatelo con tranquilidad. ¿Cuándo piensas ir?

—Mañana —repuso en seguida, sin vacilación.

Cuando se metía en algo, se metía de veras.

—Escucha un consejo: no utilices coche. Ve a pie. Hazlo todo a pie. No tomes ni siquiera el tranvía. A la gente a pie no la sigue nadie.

—Gracias —respondió.

Se levantó de pronto porque, fuera del café, bajo los soportales, había visto a su mujer, con las dos niñas y con «Krokodil». «Krokodil» era el perro lobo del padre de Melina, viejo vigilante nocturno en la Breda, y era el ídolo de las dos niñas; por esto el abuelo, antes de comenzar su ronda, o por la mañana, cuando la había terminado, llevaba siempre el perro a casa de su hija, y las nietas jugaban y paseaban un poco con él.

—Me he parado un momento a tomar un bitter —dijo Arrigo acudiendo al encuentro de Melina, y se inclinó ante las dos pequeñas—. ¡Todavía levantadas a estas horas! —fingió regañarlas, pero eran tan pequeñas y se mostraban aún tan inseguras en sus piernecitas que incluso tuvo miedo de levantar demasiado la voz.

Pero ella, Melina, no se dejó embaucar por aquella ternura, y con tono alterado y voz nada baja, de manera que algún transeúnte que pasaba bajo los soportales, se volvía, le preguntó:

—¿Estabas hablando con esa carne de presidio? ¿Verdad que tienes ganas de que te encierren otra vez?

Llevando de la mano a la niña más pequeña, y a «Krokodil» de la correa, entró en el café y le gritó a Franceschino, que seguía sentado aún a su mesa:

—Deja en paz a mi marido, miserable, o te las entenderás conmigo.

Aquella noche, por primera vez desde que la conocía, le mintió a su mujer. Le dijo que había estado hablando con Franceschino para quitárselo de encima, que ni siquiera le había pasado por la cabeza la idea de volver al antiguo camino. Pero ella veía más lejos de sus palabras, registraba sus pensamientos como un micrófono registra la voz. No le dijo que mentía. No le dijo nada. Estaba sólo desesperada y se sentía desdichada hasta la muerte.

Y aún se sintió más infeliz cuando, a la noche siguiente, hacia las ocho, él le telefoneó desde Milán, diciéndole que estaba en la central de la Breda con el ingeniero Rustani, que se le había hecho tarde y que no sabía exactamente cuándo regresaría a casa. No le dijo nada; sabía lo que estaba sucediendo; también había visto que faltaba una maleta, la más oscura y pequeña. ¿Por qué se la había llevado Arrigo?

—Bueno —dijo solamente—, bueno.

Y no consiguió decir nada más, porque sabía que la culpa no era de él, sino del otro, de aquel canalla miserable que lo había dominado de nuevo. Y con una postrera esperanza, pero sabiendo que era ilusoria, dijo:

—Ven pronto, en cuanto puedas.

Robar en un cementerio es, realmente, demasiado fácil. Se había llevado la pequeña maleta oscura y la había dejado, cubierta con yerbajos, en la parte exterior de la tapia que rodea los Campos Elíseos milaneses. Saltó la tapia, localizó el panteón, y encontró la caja, siguiendo las instrucciones que le había dado Franceschino, y a las once y media, después de haber saltado de nuevo la tapia, y con la caja metida en la maleta, se dirigió por Via Berzaghi hacia el paseo Certosa, siempre a pie, como Franceschino le había aconsejado.

Pero hasta un robo en un cementerio es muy difícil cuando a uno le sigue la policía. Y, en efecto, lo seguía la policía. Los faros de un coche se encendieron de pronto y lo cegaron. Una voz le gritó rudamente:

—Detente, Arrigo. Estamos apuntándote.

Por desgracia, él no era el tipo de los que se detienen aunque le estén apuntando. Con un brusco movimiento y siempre con la maleta en la mano, saltó fuera del radio de acción de los faros y echó a correr. A su modo tuvo suerte: le dispararon, pero no le dieron. Consiguió escabullirse. La policía lo rodeó, pero él atravesó el cerco, quizá sin darse cuenta, sin desprenderse de la maleta. Cuando tuvo un momento de respiro y la abrió, vio que en la caja había mucho más de cuarenta millones, si los brillantes no eran de plástico y las monedas de oro no eran de latón. Era la una y media de la mañana.

A las nueve de la mañana Franceschino subió al piso de Arrigo. Iba a recoger su parte. El golpe ya tenía que haber sido dado y no quería que lo engañasen.

—Buenos días, señora. ¿Está su marido? —preguntó, entrando en seguida, un poco como amo, porque ya había comprometido al amigo.

Ella lo miro un momento sosteniéndose sobre sus piernas Varicosas, en el saloncito. Las niñas estaban en la cocina con el abuelo. En la sala sólo estaba el perro lobo, «Krokodil», tumbado, de guardia ante las muñecas de las niñas. Ella miró con odio a Franceschino, más que con odio con furor homicida: era el hombre que había destrozado la vida de su marido, y se lo gritó:

—A mi marido lo persigue la policía por tu culpa, la casa está vigilada y no sé cómo has podido llegar hasta aquí sin que te hayan detenido…

La voz, alta y ronca, alarmó a «Krokodil», que se levantó, con el pelo erizado en el cuello. Ella vio al animal y, en su furor, con el brazo tendido sobre el grueso vientre, señaló a Franceschino y le dijo al perro:

—¡A él!

«Krokodil» era considerado un perro bueno, con todo y ser guardián, pero un perro lobo, por bueno que sea, sabe comprender las voces alteradas de los humanos y se desencadena cuando recibe una orden precisa. Franceschino sólo dio pocos pasos fuera de la puerta, luego se detuvo porque vio subir corriendo a dos policías, que acudieron a los gritos. Los distinguió muy bien, y mientras se detenía, pillado entre dos fuegos, «Krokodil» le saltó a la garganta.

22 abril 1967. El ex ladrón Arrigo Romano se ha puesto en contacto con otro ex preso, el viejo Francesco Avergoni. En vista de lo cual nuestro grupo comienza la vigilancia.

27 abril 1967. Seguido sin descanso, Arrigo Romano ha sido sorprendido in fraganti cometiendo un robo en el Cementerio Mayor, pero pudo huir.

29 abril 1967. La mujer de Arrigo Romano, en avanzado estado de gestación, en espera de su tercer hijo, desesperada contra Francesco Avergoni, que, según ella, impulsó a su marido a volver a la mala vida, lanzó contra él a un enorme perro lobo. Francesco Avergoni murió de infarto, más que a consecuencia de las heridas, y la mujer de Arrigo Romano ha sido detenida. Su abogado la informó de que la policía busca a su marido como autor de un robo de más de treinta millones de liras. Declara que no sabe nada. Las niñas han sido confiadas a una institución porque carecen de parientes en condiciones de mantenerlas.

2 mayo 1967. Arrigo Romano ha sido detenido en Génova, denunciado por un joyero a quien había ofrecido en venta unos brillantes.

El joven y escéptico funcionario de la brigada de control de ex presos, guardó en la carpeta todos estos papeles y se la devolvió al agente Sordelli, que estaba de pie ante su mesa.

—Todos acaban así, no hay ni uno inteligente que, de verdad, se meta en vereda. Nunca. A éste le iban bien las cosas, ganaba casi doscientas mil liras al mes, tenía una mujer bonita, dos niñas y podía ser feliz. Pues no, fue a robar al cementerio, a dar un buen golpe. Quieren ser desgraciados.

Se levantó, cansado; comenzaba a hacer calor.

—Y ahora síguele la pista a Cordovelli di Savona. También él es como una oveja negra a la cual han blanqueado los diez años de cárcel. Pero no hay que fiarse.

 

 

6

EN PORTA VENEZIA CON TEMOR

 

Caminaban despacio, con aire distraído, como si no vieran nada, por el Corso Buenos Aires, y, sin embargo, estaban atentos a todo y en el cruce de la Via Boscovich se detuvieron, pero como quien no quiere la cosa.

—¿Viste a Cesarina? —preguntó Walterino.

—Sí, la he visto —repuso Sandruccio, llamado también Alejandro Magno por su actividad como protector de jovencitas voluntariosas—, pero no me da ni un céntimo.

—De todos modos, inténtalo. Te tenía mucha simpatía —replicó Walterino.

Sandruccio hizo una mueca negando, pero echó a andar. Walterino, fingiendo mirar a otro lado, se quedó, en cambio, observando la escena. «Alejandro Magno» retrocedió sin que la chica hubiese abierto el bolso. Lloviznaba, eran esas raras gotas de una llovizna de otoño.

Sandruccio sonrió.

—Ha dicho si nos hemos vuelto estúpidos creyendo que ella nos va a dar dinero a los dos.

—Por lo menos para un bocadillo y unos cigarrillos. Desde ayer por la noche no hemos comido ni bebido nada —dijo Walterino.

—Se lo dije y me contestó que fuese a ver a esos frailes que reparten el pan con todos —y sonrió.

A Cesarina le había gustado siempre tomarse las cosas con ironía.

Walterino no reía casi nunca. Llegaron a otro cruce y volvieron a detenerse. Resultaban bastante elegantes con sus chaquetas de piel de ante, los pantalones de terciopelo de color mostaza y la camisa azul oscuro bien cerrada en el cuello.

—Hace casi dos años visitaba a una señora que vivía en ese palacio —y señaló una de las nuevas construcciones, más allá de los viejos caserones aduaneros de Porta Venezia, situada en una entrada de esquina de los Jardines Públicos—. Yo nadaba en la abundancia, me vestía copiando los modelos de las revistas norteamericanas de un sastre que cobraba casi trescientas mil liras por traje. Los zapatos me los hacía traer de Londres, me paseaba en sus coches por toda Italia (tenía tres o cuatro), y cuando se ponía triste, se echaba a llorar y me decía: «Si no fueses tan joven me casaría contigo». Tendrías que haber visto la casa que tiene en el último piso de ese edificio. Hay una terraza en la que cultiva rosas y se ve toda Milán, desde la Madonnina a Monza.

—¿Y por que no seguiste con ella? —preguntó Sandruccio.

Y se dirigieron hacia el centro.

—Tampoco hubieras seguido tú —replicó Walterino—. Magnífico el dinero, magnífico comer trufas y langosta, estupendo el coche, los viajes y todo lo demás, pero no te la quitabas de encima. No había manera de campármelas por mi cuenta, no podía casi nunca asistir a una velada, como digo yo, de muchos chicos y chicas. Así, un día en que me puse nervioso por todo esto, me enfureció y le dije cuatro cosas. No puedes imaginarte lo que hizo.

—¿Qué fue?

—Telefoneó, y ni siquiera me di cuenta. Diez minutos después llegaron sus dos forzudos; deberían de ser sus policías privados. Ni siquiera me dijeron una palabra, pero la emprendieron a bofetadas conmigo, uno me sujetaba y el otro me sacudía, y se fueron turnando. Por último perdí el conocimiento, pero hicieron que lo recobrase también a base de bofetadas. Luego me quitaron hasta la última lira que llevaba, el reloj, los gemelos de oro y todas las chucherías de oro que ella me había regalado, incluido el cinturón con hebilla de oro; me agarraron por el cuello, me metieron en el montacargas del servicio y me descargaron en la calle después de haberme dicho que si volvía a molestar a la señora, una llamada de teléfono sería suficiente para que me sacudieran por segunda vez.

Llegados a la esquina que daba a la plaza Oberdan, Sandruccio dijo:

—Hoy ni siquiera las viejas son estúpidas.

Walterino propuso:

—Regresemos; aquí ya no hay nada que hacer.

—Y de regreso todavía menos —replicó Sandruccio—. Escucha, se me ocurre una idea.

—¿De qué se trata? —preguntó Walterino.

—Por lo menos para comer algo en seguida; luego pensaremos mejor. Al otro lado de la calle está la charcutería. Yo entro, encargo algo, me hacen un paquete, y apenas esté hecho el paquete, entras tú, te lo paso y sales pitando. Apenas hayas desaparecido, desaparezco yo también por otro lado. Nos vemos luego en Magnago. Quizás allí nos fíen el vino y el pan.

Walterino hizo una mueca.

—Escucha, yo fui ladrón de chorizos a los doce años. Después no volví a serlo. Yo más bien pensaba en un coche. De los neumáticos sacaremos más.

—¿Un coche aquí, a esta hora? A ti te ha sentado mal el otoño. Te encontrarás en la cárcel antes de haber puesto en marcha el motor.

—Pero hemos de hacer algo —replicó Walterino—. De acuerdo que el coche no. Vamos al restaurante.

—Tampoco me gusta nada esta broma. Los camareros no son idiotas y los dueños tampoco —replicó Sandruccio.

Pero fueron, a pesar de que sabían que no era prudente. Entraron en Chiavacci, el restaurante con jardín, precisamente en la esquina de la calle Maino. Faltaban todavía veinte minutos para el mediodía: demasiado temprano para un restaurante así. Pero Walterino sabía cómo hacer las cosas. Llamó al primer camarero que encontró.

—Hemos de irnos a la una para Palermo. ¿Hay algo que pueda prepararnos para comer en seguida?

El camarero los acompañó hasta una mesa del jardín.

—Siéntense.

Se fue y los dejó solos, a la verde sombra del jardinito, donde no había nadie.

—Esa maldita casa se ve también desde aquí, detrás de la pérgola —comentó Walterino.

—¿Qué casa?

La mesa, con las fuentes de los entremeses y ensaladas mareaba a Sandruccio.

—La de la vieja. En la terraza hay rosas todo el año. Tiene calefacción en el invernadero. Por Navidad recogimos rosas rojas, y aquí estamos arrebañando un plato de pastaciutta.

Un joven vestido con esmoquin blanco se acercó a su mesa un momento después. No tenía la cara sonriente que debe tener un maestresala.

—¿Los señores desean comer?

Los miraba como los rayos de un aparato para radioscopias.

—Sí, pero de prisa, por favor —repuso Walterino—. A la una hemos de marcharnos para Milán.

—Tome la minuta —dijo el camarero, quitándosela de debajo del brazo—. Pero habrán de pagar por adelantado.

A aquella hora, el tráfico, en aquella especie de carrusel de coches que era Porta Venezia, se hacía ensordecedor, pero los dos tenían el oído bien fino y lo oyeron perfectamente.

—Nunca he oído decir que se pagara por anticipado en ningún restaurante —replico Walterino, pero no se mostró demasiado ofendido.

Sabía que el joven del esmoquin no le creería, es más, sonrió, como divertido, y no lo estaba nada.

—En algunos casos, sí —contestó el maestresala—. Escuchad, si dejáis cinco mil de anticipo encima del mantel, os doy de comer; si no, os largáis, y dad gracias a vuestra anciana tía de que no llame ahora mismo a la pareja.

Se levantaron maldiciéndolo en silencio y habiendo advertido que un maestresala de verdadera clase conoce a las personas sin dinero capaces de buscar gaitas, aunque se hubieran vestido como era de rigor y tuviesen la buena apariencia que ellos tenían.

—Quisiera saber qué hemos hecho para vernos así —dijo Walterino.

Se habían refugiado en los Jardines. Sandruccio había recogido algunas colillas un poco largas y se estaba fumando el par de bocanadas que quedaban, porque sin fumar se volvía loco.

Arrojando la colilla que ya le quemaba los labios, Sandruccio dijo:

—Es porque gastas como si poseyeras máquina de hacer billetes. Y además juegas que da miedo.

—Es que todavía no he perdido las costumbres que me inculcó la vieja de la casa esa de ahí cerca —y levantó la cara hacia la moderna construcción que se veía a través de las gruesas ramas de los viejos árboles—. Íbamos a jugar a Venecia, y fíjate la mala pata: entonces, cuando yo estaba nadando en oro, ganaba.

—Pero será mejor que cambies de costumbres.

A las cuatro de la tarde, dando vueltas siempre por los Jardines, pensaron en hacer una ratería. Pero una ratería, a pie, es empresa de desesperados, o de chiquillos sin cabeza. Sin embargo, con esa intención, en busca del individuo a propósito, estuvieron dando vueltas hasta las cinco por todos los Jardines, pero o se trataba de sirvientas sin una lira o de niñeras que hubiesen gritado demasiado, y además siempre es mejor que no haya niños por medio.

Cuando vieron a una muchacha morena, bien vestida, con un buen bolso de charol, un poco fuera de lugar a aquella hora, se pusieron a su lado, a unos metros de distancia. Sandruccio, a la izquierda, estaba ya dispuesto a exclamar: «Señorita, ¿no me reconoce?». La muchacha se volvería hacia él y Walterino, al otro lado, le arrebataría el bolso.

Pero el día no se les presentaba de cara. Como de la nada, tal vez de detrás de unos arbustos, apareció un policía de uniforme, de la cercana comisaría de la Via Fatebenefratelli, que fue al encuentro de la chica, su novia, y se la llevó del brazo.

Sandruccio y Walterino se cubrieron de sudor frío: si el policía hubiera tardado un instante en aparecer, habrían intentado el tirón y, a los gritos de la joven, el policía hubiese aparecido disparando.

—Hemos tenido suerte —dijo Sandruccio. Y añadió después—: Ya no puedo más, tengo hambre, siéntate en ese banco. Ya lo haré yo.

Era generoso, sabía que Walterino nunca se humillaría hasta tal punto. Él sí, si no había otra cosa. Atravesó la avenida, ahora enrojecida al sol del crepúsculo, y al otro lado vio a una anciana, sola en un banco. Se detuvo ante ella.

—Perdóneme, señora. Hace dos días que no como. Tengo hambre. Deme algo.

La mujer lo miró recelosa, casi con miedo, pero él la miró con su mirada buena, la que sabía tener de niño para engañar a la abuela, y ella abrió el bolso, buscó minuciosa, sacó un billete de quinientas y se lo dio.

—No lo mereces. Todos sois unos vagos y no queréis trabajar.

—No es cierto, señora. No encuentro trabajo. Gracias, señora.

Repitió la escena otras cuatro veces, dos inútilmente, y dos a cien liras cada una. Volvió luego a reunirse con Walterino y le mostró las setecientas liras en la palma de la mano.

—No es mucho, pero hay para dos bocadillos y un paquete de cigarrillos.

Walterino miró aquella miseria en la palma de la mano de Sandruccio.

—¿Limosna?

—¿Qué te parece?

Se tomaron el escurrido bocadillo en aquel pequeño bar que hay al principio del Corso Buenos Aires, pensando siempre en lo mismo: hacer dinero. Sandruccio se terminó el bocadillo apenas el camarero se lo puso en la mano, y también Walterino, y hablaba en voz baja para que no le oyese nadie, porque el local era muy pequeño.

—Aquí en Porta Venezia ya nos conocen todos, no nos fían ni cien liras. Apenas nos ven, se llevan la mano a la cartera o al bolso porque tienen miedo de que se lo quitemos.

—Podríamos cambiar de barrio.

—Es cierto. Vamos a Porta Romana a trabajar en lo mismo que trabajamos aquí. Robar coches para Magnago, hallar alguien que nos compre bicarbonato por coca, o cigarrillos suecos por cigarrillos de marihuana, o hacer lo que salga. Estoy hasta las narices. Tengo otras cosas en la cabeza. Todavía estoy pensando en aquella mujer, la de la casa grande. Mira, se ve también desde aquí; en la terraza hay rosas. Desde aquí puedes ver. Ella estaba pensando en construir allí una piscina. Acaso la ha construido ya en estos dos años.

—Tienes metida en la cabeza a esa mujer. ¿Qué esperas conseguir después de todo lo que te ha pasado? ¿Otro puntapié?

Walterino bajó todavía más la voz, que adquirió, sin embargo, un tono de cólera.

—No, sólo quiero tener todo el dinero que tenía entonces cuando estaba con ella. Quiero tener aquellos trajes, aquellos relojes, aquellos encendedores de oro que pesaban kilos. Quiero poder conducir aquellos coches que conducía entonces, ir a los sitios donde entonces iba.

—¿Y cómo vas a arreglártelas? Te dijeron que si volvías a asomar la jeta te harían papilla.

—Sé cómo hacerlo, conozco a las mujeres. Cuando me echó, había pasado ya de los cuarenta y cinco, y ahora tendrá casi cuarenta y ocho. Se siente envejecer, se da cuenta de que ya no parecerá joven, y sé que se acuerda de mí. Habrá conocido a otros chicos, pero sé que para ella el mejor fui yo. Me lo dijo siempre. Volveré a ella.

Se levantó poseído por esta idea.

—Voy a telefonearle. Han pasado ya dos años. Ya no puede guardarme rencor, y, en cambio, se acordará de los buenos ratos que pasó conmigo… Dame dinero para una ficha, que voy a telefonearle en seguida.

—Por esto andabas siempre por Porta Venezia —dijo Sandruccio dándole las últimas cien liras que le quedaban.

—Irás también tú, porque tengo una idea —añadió Walterino.

—¿Adónde? —preguntó Sandruccio.

—A ver a la vieja. Si logro hablar con ella, todo está resuelto.

La señora Clara Luca se puso al teléfono sencillamente porque Walterino había tenido la habilidad de no intentar engañarla. Le había dicho claramente a la doncella que acudió al teléfono:

—Diga a la señora que soy Walterino.

El nombre de Walterino era incluso demasiado familiar a doña Clara, representaba el máximo de la propia degradación, pero ella había descendido aún más bajo que con aquel muchacho. Y nunca había sentido la falta de un hombre como sintió la de él. Habían transcurrido dos años y seguía llevándolo en la piel, como una quemadura del sol. Era realmente una basura si aceptaba todavía hablar con aquel hombre indigno.

—Diga —dijo, sirviéndose naranjada en el vaso, de la botella helada.

Le dijo que era Walterino y ella le preguntó:

—¿Qué?

Luego, mientras le hablaba, bebió la naranjada, mirando a través de las cuatro ventanas del salón que daban a los grandes árboles del Jardín, al Corso Buenos Aires y al centro. Al fondo podía ver también la Madonnina.

Walterino le contó que no comía, que no había encontrado trabajo, que estaba con un amigo tan desgraciado como él, que nadie había querido ayudarles, que para tomarse un bocadillo habían tenido que pedir limosna en los Jardines, que estaba desesperado y que había pensado en ella como última salvación; si no, no respondía de lo que hiciera. No pedía nada, sino algo que comer, y una recomendación para encontrar trabajo. Él y su amigo estaban dispuestos a hacer cualquier trabajo, pero que por caridad los ayudase.

Doña Clara sonreía escuchando. Tenía que ser verdad, los dos impúdicos muchachos estarían sin una lira y tendrían sin duda hambre. De otro modo, Walterino no habría tenido el valor de telefonear, pero que estuviesen dispuestos a trabajar, era otra cuestión.

El playboy bonaerense, porque siempre traficaba en el Corso Buenos Aires, intentaba astutamente volver a ligar con ella, trataba de darle lástima, confiaba en la fascinación que había ejercido en ella, y que sabía tenía aún.

—Oiga, oiga —oía ella en el teléfono porque él no recibía respuesta, y entonces ella pensó que había de decidir.

El chico había calculado bien: ella quería, por lo menos, volver a verlo.

—Sube con tu amigo —le dijo—. Veré qué puedo hacer.

Y cortó la comunicación bruscamente, llena de vergüenza y humillada.

Luego se fue al pasillo donde estaba el interfono.

—Sí, señora —dijo en seguida el portero.

—Por favor, mándeme en seguida a los dos chóferes.

—Al momento, señora.

Volvió al salón grande, a mirar por la ventana, sin ver nada. El día anterior había estado en el salón de belleza y sabía que estaba bien; por lo demás, lo estaba siempre, y siempre con un año más, pensó amargamente, en aquel crepúsculo de otoño. ¿Qué significaba vergüenza y humillación con aquel muchacho, cuando se está muerta? ¿Qué significaban «honor» y el nombre de los Luca, cuando no queda nada de juventud y acaso falta poco para morir?

—Señora.

Se volvió de pronto. A la puerta estaban sus dos gorilas. Cuando una mujer es vieja y está loca y tiene el dinero que ella tenía, puede cometer sus locuras de vieja, pero, por lo menos, hay que defenderse con guardias de corps como aquéllos, a quienes ella púdicamente llamaba «chóferes» cuando hablaba con el portero.

—Recibiré una visita dentro de poco —dijo, ya sin pudor—. Quédense en la sala de al lado, pero estén atentos: en cuanto los llame, comparezcan en seguida.

—Sí, señora.

Eran corpulentos, no muy altos, uno vestido de azul y el otro de gris oscuro, pero ambos parecían llevar el mismo uniforme. Se metieron en la salita contigua, dejando la puerta entornada, y ella fue un momento a mirarse al espejo, sin encender aún las luces, aunque fuese ya oscuro, y esperó: algunas veces suceden milagros, alguna vez un tipo de reformatorio como Walterino se convierte en buen chico, no quiere volver a llevar la vida que llevaba antes y se pone realmente a trabajar. Precisamente: quería mirarlo a los ojos para comprender si en aquellos dos años el muchacho había cambiado.

—Es el señor Walterino con otro señor.

A la puerta estaba la doncella. Ella se sentó en el gran diván cerca de la ventana que daba a los Jardines.

—Sí, hágalos pasar, y encienda las luces.

Volvió la doncella y ella miró a los jóvenes que entraban. Parecían hermanos, con las chaquetas de gamuza, iguales, y salidos del mismo colegio. Miró a Walterino, que se había detenido cerca de la puerta junto con su compañero, y esperaba aquel milagro, pero vio algo que no le gustó: vio en sus ojos, dirigida a ella, una pretendida expresión licenciosa, una mirada de torpe connivencia con ella. No había milagro; tampoco era un vencido, un hambriento que iba a pedir un poco de dinero, era un chulo que acudía en busca de su esclava.

—Buenas noches, señora —dijo Walterino, con aire de timidez porque estaba la doncella delante, pero sin dejar de mirarla con lubricidad.

—Puede retirarse —le dijo ella a la doncella.

Vacilaba entre la sensación de repugnancia y la atracción que, a pesar de la náusea, estaba experimentando.

Luego algo se impuso a ella: no era la última de las mujeres. Se levantó, se dirigió a una rinconera en la que había algún dinero para los pequeños gastos de la casa. Tomó diez mil liras, volvió a sentarse en el diván, teniendo en la mano, bien visible, el billete.

—Siéntense —dijo.

—Gracias, querida —repuso Walterino, haciendo una seña a Sandruccio para que también se sentara él, y ahora que no estaba la doncella delante consideraba que podía llamarla «querida».

—Ahora escuchadme bien tú y tu amigo —dijo ella, casi como leyendo fríamente en un libro—, te he permitido subir sólo para hacerte una última advertencia: no me molestes más, ni por teléfono ni de ninguna manera. Me tiene sin cuidado que pases hambre y que no tengas trabajo. Nada tengo que ver contigo. No intentes recaditos ni cosas por el estilo. Ya tuviste una lección la otra vez; ahora recibirías otra mucho peor. Si intentas cualquier tontería puedo hacer que mis abogados te consigan diez años de cárcel. Toma este dinero y vete.

Y dejó el billete de diez mil sobre la mesa que tenía delante. Bien; si había logrado hablar de esta manera no era una mujer caída hasta lo más bajo.

Walterino miró a Sandruccio. No contestó, tomó el billete: era mejor que nada, pero no se levantó.

—De acuerdo, nos iremos, pero me tratas demasiado mal. Vine con mi amigo en busca de trabajo. Tú, si quieres, puedes buscarnos una colocación…

Pero estaba interiormente furioso. De haber podido, la habría triturado. Aquella vieja era demasiado astuta para él.

—No creas que me engañas. Viniste sólo para intentar meterte en esta casa, y si no lo conseguías, robar algo mientras estás aquí, por ejemplo, esa caja de carey y oro o alguno de los relojitos de la colección que están ahí. Vamos, vete y no robes nada. Es un consejo que te doy.

Entonces Walterino se levantó. Porque era idiota, como todos los pillos, intentó lo que un muchacho inteligente no habría intentado nunca con una mujer de la clase de Clara Luca. Lo intentó para no perder la última esperanza de volver allí, a aquella casa tan rica, llena de hermosas y valiosas cosas, tantas que hacían un placer de la vida. Lo intentó, y bruscamente abrazó a Clara, la tuvo estrechamente apretada contra sí, y le cerró la boca con la suya, insistiendo en el beso, a pesar de que ella hacía esfuerzos para liberarse de él, y sólo la dejó respirar un instante para decirle:

—No encontrarás nunca a nadie como yo.

Aquel inmundo beso, aquellas inmundas palabras, en presencia del otro muchacho delincuente, la liberaron de aquel último resto de debilidad que pudo haber tenido por él. Volvió la cara hacia la puerta de la sala contigua y gritó:

—¡Tonio!

Ni siquiera había terminado de pronunciar este nombre cuando los gorilas comparecieron en la sala. De la puerta por la que salieron hasta el lugar del salón en que estaba la señora había al menos cinco metros: casi de un salto recorrieron los tres primeros y se detuvieron de pronto.

—Si se mueven un sólo centímetro, estrangulo a la señora.

Walterino se protegía detrás de la mujer y le apretaba la garganta con el brazo derecho. La opresión era ya tan fuerte que se oía el estertor de ella y tenía los ojos fuera de las órbitas con una expresión de terror.

—Sin duda palmaré yo, pero ésta cascará primero.

—Deja de apretarla, insensato —dijo uno de los hombres, que procedía de la policía francesa y era demasiado experto en personas estranguladas para no comprender el gravísimo peligro que corría aquella frágil mujer.

—La dejaré respirar un poco, pero echaos al suelo de bruces. Os doy tres segundos para hacerlo.

Sandruccio miraba la escena como si estuviese bajo una pesadilla. Miraba el rostro trastornado de Walterino. Y sólo ahora —hacía pocos meses que lo conocía— se daba cuenta de que era un criminal nato. Antes le había parecido un buen chico. Tuvo ganas de llorar al ver el feo lío en que se había metido.

—¡Déjala! ¡Estás loco! ¡Vámonos!

—Al suelo, o me la cargo —gritó Walterino, apretando un poco más la garganta de doña Clara.

Los dos forzudos lo miraron y también la cara de la mujer, contraída por la asfixia. No tenían elección. Se tendieron de bruces en el suelo, acusándose mentalmente de no haber sido lo suficientemente rápidos en su actuación.

—Y ahora muévete tú, mamón, que no me gusta tener críos a mi lado. Cachea a ésos y quítales los revólveres.

—No lo haré, tengo miedo —exclamó Sandruccio—. Yo me largo.

—Ya estás metido en el lío, imbécil; si me agarran a mí te agarrarán a ti también. Quítales los revólveres.

Tampoco él tuvo elección. Estaba metido en el lío y tenía que bailar al son que tocaban. Se inclinó prudentemente sobre los dos hombres y buscó las armas mientras oía rugir a Walterino.

—Portaos bien y no hagáis una mala pasada a mi amigo.

Y el otro encontró los revólveres, pequeños, pero eficaces.

—Dámelos, tú no sabes manejarlos —dijo Walterino; se metió uno en el bolsillo y el otro se lo quedó en la mano, soltó el seguro y le dijo a doña Clara al oído—: Siéntate en el diván, y toma algo, pero no trates de gritar o hacer cualquier otra broma porque te rompo la cabeza con la culata.

Se sentó también él en una silla desde la cual dominaba toda la sala y dijo a los que estaban en el suelo:

—Ahora estáis bajo el tiro de este revólver. Nosotros no tenemos nada que perder. Pero haced el menor movimiento y se acabó todo.

Sin que le temblase la mano, se sirvió un poco de naranjada en un vaso y, al beberla, tosió. Luego, poco a poco le pasó el acceso y su garganta se volvió normal.

—Ahora tenemos que hablar —dijo Walterino, sin dejar de vigilar a los que estaban en el suelo—. Sé que en tu alcoba tienes una caja fuerte empotrada en la pared y de ella sacabas el dinero para dármelo cuando me querías, y algunas joyas. ¿Sabes dónde está la llave?

—Sí —dijo ella, fría y con altivez. No quería darle satisfacción ni sentir miedo—. Tendrías que saberlo. La tiene Tonio. Se la pedía siempre cuando había que abrirla.

Era verdad, y él lo recordaba. Entonces se volvió a uno de los que estaban en tierra y le dijo:

—Señor Tonio, por favor, écheme la llave.

La respuesta del gorila fue seca:

—No. Si la quiere, venga a buscarla.

Walterino se puso rígido y lo apuntó con el revólver. Calló unos segundos, pero fue un silencio terrible, incluso para Sandruccio.

—Contaré hasta quince, cuando llegue a quince, te dispararé a la cabeza, he dicho a la cabeza y sabes que lo haré.

Comenzó a contar.

—Tonio, dale la llave —dijo ella.

Por la voz de él sabía que estaba dispuesto a matar. También Sandruccio, helado, lo sabía.

—No, señora, no puede disparar. El revólver hace demasiado ruido. Si dispara, acudirán todos aquí, hasta de los apartamentos vecinos —dijo el gorila desde el suelo.

—… Once, doce, trece…

Antes de que llegara a quince el gorila rodó por el suelo un par de metros, luego se levantó, saltó sobre Sandruccio y se protegió tras él. Walterino estaba ofuscado y apuntó, como si se tratara de un blanco, al centro del pecho de su amigo Sandruccio. El revólver hizo realmente un ruido infernal. Mientras tanto, el otro gorila se levantó, pero nada podía hacer porque se hallaba también ante su revólver.

—No podrás hacer nada, tira al suelo el arma —le dijo Tonio—. Vienen la doncella y el criado.

—En cualquier caso podré matarla —replicó Walterino—. Pero antes me darás la llave de la caja.

—Tómala, pero en ningún caso lograrás irte de esta casa.

Y Tonio le arrojó la llave.

El problema era recogerla del suelo, teniendo que pensar en dos forzudos como aquéllos. Walterino lo pensó un segundo y lo resolvió brillantemente.

—Querida —dijo—, recoge esa llave.

Ella obedeció, se inclinó y recogió la llave. En ciertos momentos no se puede experimentar sino piedad hacia seres semejantes, una piedad, más que maternal, de hermana misionera para leprosos, y aquél era de veras un leproso.

—Quiero ayudarte una vez más —le dijo—. No cometas tonterías. En la cajita de donde he tomado antes las diez mil liras hay unas cuarenta o cincuenta mil liras más. Tómalas y vete. Tal vez te sea posible todavía escapar por la escalera de servicio. No puedo hacer más, has matado a tu amigo, pero si te quedas aquí, seguirás matando y será peor.

Esta vez el razonamiento lúcido y la voz doliente de ella lo detuvieron. También él ahora lo comprendía: quedarse allí resultaría peor.

—Dame todo el dinero que tengas, hasta el que tengan ellos.

Empuñaba ferozmente el revólver con el seguro suelto. Había renunciado a la cajita. Se contentaba con poco.

Ella recogió en seguida todo el dinero que había en la cajita y los dos hombres le dieron hasta el último billete que tenían en la cartera. Eran ciento treinta y cinco mil liras en total.

—Toma, Walterino. Quizá todavía tengas tiempo de escapar por la escalera de servicio —y a causa de la tensión nerviosa comenzó a balbucear—: Si te detienen… diré… diré que no… eres malo…

Le tendió el dinero y él alargó la mano izquierda para tomarlo, pero sostenía el revólver tan nerviosamente que salió el tiro y la alcanzó también a ella en medio del pecho, como si la hubiese apuntado para matarla.

—Yo no quería…, no quería… —dijo histérico, mirando a los dos gorilas, que dieron un paso para amparar a su ama—. No quería… y salió el tiro… sin querer… No quería —y comenzó a gritar al ver que por la puerta central del salón entraban el criado y el cocinero—. No os mováis u os mato. ¡Atrás!

Salió corriendo, hacia el fondo, donde estaba la escalera que conducía a la terraza.

—¡Atrás u os mato! Si ésta no tiene balas, tengo otra.

Comenzó a bajar por la escalera ante toda aquella gente en el salón, luego bajó precipitadamente y salió a la terraza.

Ya estaban encendidas las luces. Los pequeños faroles iluminaban los arriates y, antes de verlos, advirtió el perfume de las rosas.

—Baja, asesino, loco —le gritó uno de los gorilas desde abajo.

Disparó un tiro en la escalera y luego se sentó agotado en la tumbona. Ahora realmente se había acabado todo. No podía escapar por ningún lado, pensó mirando las luces del Corso Buenos Aires, y abajo, al pie de la escalera, oyó voces. Miedo de todos los años de cárcel, miedo de todos los golpes que le habían dado, miedo de toda la vida terminada. Nunca había tenido tanto miedo como en aquel momento.

Y sólo por miedo comenzó a disparar, un tiro tras otro, primero las tres balas que le quedaban en un revólver y luego las seis del otro, descargando los dos.

Desde abajo, Tonio contaba, y apenas oyó que había disparado el último tiro, él y su amigo subieron por la escalera y llegaron a la terraza. Lo vieron escapar y le oyeron gritar:

—No, no, no me peguéis.

—Ven y no te haremos nada; te entregaremos a la policía.

Temían que se arrojase al vacío.

La terraza no era demasiado grande para poder correr mucho rato por ella, y lo agarraron en seguida, acorralado en un rincón, detrás de unos rosales. Se protegía la cabeza y la cara con las manos.

Estertoraba de miedo.

—No, no me peguéis.

No le pegaron, pero lo más molesto de esos tipos es que son cobardes, canallas, pensó Tonio.

 

 

8

CÓMO ESTA HECHO UN MONSTRUO

 

Una roulotte es algo maravilloso para los niños, sobre todo si se deja la portezuela entornada de manera que puedan ver en el interior, y en el interior estaba él, sentado en la cama diván, y seguía bebiendo pernod helado y miraba afuera por la portezuela entornada, de vez en cuando; pero sabía que en aquella carretera sin asfaltar, casi el camino del bosque de Caperucita Roja, no era fácil que hubiera niños.

Bebió aún un trago de su bebida amarilla en aquel cálido verdor de una tarde de finales de agosto, miró una enorme hoja de dibujo que estaba en el suelo, en la que había trazado las líneas esenciales de una composición semiformal. Era evidente que se trataba de un parasol playero, bajo el cual había varias personas casi desnudas y, al fondo, el mar. Pero había un crítico de arte que había dicho: «… la confusión de las estructuras, o, en una comparación lingüística, Donato Cinati pinta como quien pronunciara un discurso un poco en italiano, un poco en alemán y otro poco en sueco». Y el mismo crítico había añadido: «… por esto es evidente que en los cuadros de Donato Cinati cada tema particular del lienzo es sentido y, por tanto, expresado con su particular estructura. En su obra “El salón”, de la serie “La casa”, es evidente que la estructura del diván amarillo a la derecha es completamente diferente de la estructura de la ventana. De esta diferencia de estructuras se deriva una visión del mundo que no es formal ni informal. Cualquiera puede creer comprender un cuadro de Donato Cinati porque hasta un inexperto ve que se trata de un salón, pero que pueda comprenderlo de veras, pensamos que esto está reservado sólo a quienes saben qué pretendía expresar Donato Cinati en su simple “salón”».

En la roulotte hacía calor, aunque estaba a la sombra del bosque cerca del mar. Recogió del suelo el papel, habiendo dejado por un momento el vaso con el pernod, y miró el parasol, y las personas que estaban debajo de él y sacudió la cabeza. Era un hombre acabado, y lo sabía: los vicios destruyen al hombre, y su vicio secreto lo había destruido. El dibujo era inseguro, trémulo, como hecho por mano temblorosa, de viejo alcoholizado. En la antología de pintores modernos figuraba en la letra C: «Cinati Donato, pintor nacido en Pesaro en 1909», pero él no parecía tener los cincuenta y siete años que tenía: bajo, membrudo, siempre bronceado, con los cabellos grises, cortos pero espesos, con pocas entradas en las sienes, la mirada siempre un poco colérica, agresiva, los largos brazos musculosos, tenía un aire de mono, de cuadrúmano, pero joven. Sin embargo, el aire, el aspecto superficial, nada tenía que ver y él lo sabía.

Una vez había hecho el cálculo: era viejo como un hombre de seiscientos años. Viejo y enfermo mentalmente. Sentía piedad y horror de sí mismo. ¿Por qué, en lugar de ir dando vueltas por Italia con aquella roulotte estúpida, solo, no se encerraba en una clínica y confesaba a los médicos, a los psicoanalistas, sus bestiales locuras?

Escupió sobre el dibujo y sonrió agriamente, pensando que también lo hubiera expuesto en la próxima exposición, hasta con el esputo encima. Miró a través de los visillos rosa de las dos ventanitas y vio el perfil nebuloso de los árboles del bosque, nebuloso por un rayo de sol que, cayendo de los árboles, atravesaba casi horizontalmente la roulotte y hacía nebuloso el rosa de los visillos. En las paredes había dibujado con betún, sin pincel, con el dedo, casi todos los personajes de los «cartones», desde el Pato a Dumbo y el Gato. Al fondo, cerca del Mercedes que arrastraba la roulotte, estaba la pieza fuerte: una muñeca alta como una niña de verdad, vestida a la moda isabelina, con la falda gris, larga hasta arrastrarse por el suelo, los cabellos estirados hacia arriba y recogidos en un gran moño. La había encargado él directamente a la fábrica, especificando también el tipo de tela que quería como traje.

También en la roulotte había flores, flores frescas, trabajosamente recogidas a lo largo de toda la riviera véneta y romañola, que emergían desde el chato y ancho vaso con sus vivísimos colores, rojo, lila, blanco, anaranjado y amarillo; parecían un arriate surgido de la pequeña mesa. Lástima que allí cerca estuviese la vulgarísima botella de pernod, que realmente desentonaba. La quitó, pero aprovechó la ocasión para servirse otra copa y luego, mientras dejaba la botella en el suelo, junto al diván cama, vio a través de la ventana el rostro de Caperucita Roja.

La niña no debía de tener más de nueve años, y como era un día de mucho viento sus padres le habían puesto en la cabeza un pañuelo rojo. Oíase el fuerte silbido del viento en el bosque precisamente ante el mar, y la niña venía del mar donde sus padres habían quedado tumbados en la arena, en un lugar resguardado del viento, y lo primero que vio fue la enorme muñeca. Era tan alta como ella, nunca había visto una igual, ni siquiera en las tiendas de juguetes vio nunca muñecas tan grandes y tan hermosas, y tan extrañamente vestidas, con aquella larga falda que le llegaba hasta el suelo y aquel moño de cabellos auténticos, y se quedó un momento ofuscada por los vivos colores de las flores. Los colores habían sido ordenados con la habilidad de un pintor. No se trataba de la acostumbrada técnica japonesa de colocación: había una maestría psicológica y cromática en aquella ordenación de las flores. Pero luego Caperucita Roja vio los cartones de los héroes de los dibujos animados, y a pesar de que ya era grandecita le gustaban mucho todavía, y sobre todo le gustaron aquéllos, porque, aunque hechos con los dedos, era evidente la maestría del artista que halla en seguida el rasgo esencial. El Perro la miraba con simpatía y el Gato parecía levantar la patita hacia ella.

Sobre sus hombros el viento agitaba una punta de su pañuelo rojo.

El joven pero cansado funcionario de policía miró el reloj. Llevaba ya un cuarto de hora de retraso con respecto a la cita con Bettina y hacía casi dos horas que había terminado su horario en la oficina y seguía en ella, suponiendo que los policías tengan un horario. Y era una maravillosa tarde de mayo. Miró una vez más la fotografía de la niña que estaba en una carpeta delante de él, una carpeta de color anaranjado pálido. Había pasado casi un año, y la policía no había hallado al culpable, no había encontrado nada. Y él, junto con sus compañeros era «la policía», era Sherlock Holmes, era Maigret, era el inspector. «Yo los detengo a todos», yo solo. Cerró la carpeta dominado por la rabia y la tristeza que sentía por aquella pobre criatura.

Él estaba allí, con aquella carpeta con unas fotografías y algunas hojas mecanografiadas, y el monstruo andaba suelto, libre. Durante un par de meses los periódicos habían alborotado desde todas sus columnas, tratando de ayudar a la policía fuera como fuere para hallar al abominable individuo, y cuando se hubieron callado, porque los periódicos no pueden hablar siempre del mismo tema, por lamentable que sea, la policía siguió su trabajo durante meses y más meses. Había sido registrado el bosque junto al mar centímetro a centímetro, tal vez hoja por hoja. Él mismo había ido a aquel bosque donde un turista alemán había visto a la chiquilla del pañuelo rojo, había mirado los árboles, el camino por asfaltar, incluso había recogido piedras manchadas con gotas de aceite del motor, porque tal vez los sabios del laboratorio científico podrían especificar qué tipo de aceite se trataba, y por el tipo de aceite se podía llegar al tipo de coche. Incluso habían «detenido» al turista alemán que había visto a la chiquilla del pañuelo rojo, y él y tres especialistas en interrogatorios de tercer, cuarto y quinto grados, lo habían interrogado durante cuatro días seguidos, día y noche, para, al fin, descubrir que el pobre hombre era inocente y para recibir una queja oficial del consulado alemán, queja que casi le costó el cargo, a él y a sus colegas. Se había formado un grupo para la búsqueda de aquel ser abyecto que tenía aspecto humano, y él era uno de los cerebros, o cerebritos, del grupo, pero no había encontrado nada. El expediente «Paola Limani», seguía «sin tramitar», «abierto», al cabo de un año, después de doce meses de búsquedas casi obsesivas. El monstruo seguía suelto. ¿De qué estaba hecho? Si lo descubría y se le ponía al alcance de las manos no estaba seguro de resistir al deseo de estrangularlo. Ahora las investigaciones «seguían», pero seguían en la nada, porque nada se sabía.

El teléfono. Antes de tomar el receptor miró el reloj. Horror: se había retrasado media hora de la cita con Bettina. Y, en efecto, al teléfono se oyó la voz de Bettina.

—Miserable, más que miserable. Hace más de media hora que espero en esta posada que tu llamas café.

—Perdóname, voy en seguida.

—No quiero ni verte, no quiero ni oír tu nombre.

La habría besado; un policía, en realidad, puede besar a una auxiliar de policía. Le dijo:

—Tenía que revisar todos los expedientes en trámite y se me ha hecho tarde.

—Quédate ahí con tus malditos expedientes. Me voy a casa.

—No, Bettina, voy en seguida.

Se dirigió rápidamente al gran café que estaba allí cerca y la vio sentada a la mesita de siempre, con su trajecito sastre azul oscuro que tanto se parecía al uniforme que ella llevaba cuando estaba de servicio, sólo que no tenía galones.

—Hola, miserable —le dijo ella.

Comieron la acostumbrada pizza recalentada y un poco rancia. Tenían que ir al cine, a la sesión de las ocho y media, pero ya eran las nueve. Iban a ver, porque se le había antojado a ella, una película policiaca: si estaban bien hechas a ella le gustaban mucho. Terminada la pizza y la cerveza, se dirigieron a pie al cine, que estaba allí mismo. De vez en cuando se detenían para echar una ojeada a los escaparates todavía iluminados, aunque ya estuvieran cerradas las tiendas. Él se paró ante la acostumbrada tienda de electrodomésticos y miró el acostumbrado minitelevisor que tanto le gustaba, pero un policía gana poco para poder permitirse semejantes lujos. Ella, en cambio, se paró ante la tienda de alfombras; le gustaban tanto porque, acaso como el minitelevisor de él, eran inalcanzables: la más modesta, una vez que entró a preguntar el precio, costaba sobre unas ochocientas mil liras.

Habían llegado casi al cine, cuando él se detuvo de improviso. No ante una tienda, sino delante de un portón abierto aún. A la derecha del portón había un pequeño escaparate iluminado y dentro un cartel. El cartel decía: «Galería Montana. Exposición individual de Donato Cinati». Debajo había la reproducción de un cuadro, y el cuadro representaba a una niña con un pañuelo rojo en la cabeza. No es que la niña hubiese sido retratada fotográficamente, es más, los rasgos esenciales de su rostro eran algo más que fotográficos, algo mucho mejor. Ninguna fotografía podría dar un parecido tan grande como puede hacerlo un auténtico pintor. Y bajo la reproducción había estas palabras: «Caperucita Roja».

—¿En qué piensas? —le preguntó ella.

Pero acaso ella también pensaba en lo mismo, porque también ella, durante meses y más meses, había tomado parte en las búsquedas y se había enfurecido como una fiera cuando él se desesperaba por no encontrar nada.

—Tú no tienes la culpa. Es estúpido que te tomes las cosas así por lo que te pagan. Debieras no tomarte las cosas tan a pechos.

Él repuso:

—No pienso en nada. Quisiera entrar a ver la exposición.

Cruzaron el zaguán del viejo edificio, y el patio empedrado, como perteneciente a la época de las carrozas con caballos; al fondo había un rótulo luminoso : «Galería Montana», y también el cartel con la niña del pañuelo rojo en la cabeza. En la sala llamada Galería Montana había mucha luz, pero ni un alma viviente, salvo un gato enroscado en una butaca. Los cuadros sin marco, no estaban colgados de las paredes, sino que habían sido colocados en caballetes, sobre los cuales daba la luz de un pequeño foco. Había en total siete pinturas, y todas representaban a una niña con un pañuelo rojo en la cabeza, vista desde todos los ángulos y con expresiones distintas. En el caballete mayor había, en lugar de un cuadro, una tabla en la que se habían pegado todas las recensiones de la exposición. Una de éstas, colocada arriba porque era del periódico más importante, decía: «Una singular y obsesiva exposición de Donato Cinati en la Galería Montana. Se trata de siete cuadros todos del mismo tema, una niña con un pañuelo rojo en la cabeza, vista desde distintos ángulos visuales, con los rasgos fisonómicos siempre distintos, pero siempre obsesivamente iguales en ese obsesivo poliglotismo pictórico que es la nota característica de Donato Cinati». Otra recensión decía, en cambio: «Hemos de confesar que sentimos nuestras dudas en cuanto al “hallazgo” de dedicar toda una exposición a un solo tema, por viva que pueda ser la niña del pañuelo rojo. Pero hemos de confesar también que cada cuadro nos da una apasionante y conmovedora imagen de “Caperucita Roja”, especialmente aquél en el cual la niña, con los ojos cerrados, más que dormida parece muerta».

Miraron uno a uno todos los cuadros, leyeron todas las recensiones, volvieron a mirar los lienzos, leyeron incluso el cartel que decía «Entrada libre», y el gato los miraba con los ojos entornados. Pensaban y pensaban las mismas cosas. Una vez más leyeron aquella recensión: «… Pero hemos de confesar también que cada cuadro nos da una apasionante y conmovedora imagen de “Caperucita Roja”, especialmente aquel en el cual la niña, con los ojos cerrados, más que dormida parece muerta».

Luego salieron. No habían cambiado una sola palabra ni la cambiaron siquiera en todo el trayecto hasta el cine. Sólo al llegar a éste se detuvieron. Comprendieron que no tenían ningún deseo de entrar en el cine ni ver película alguna, y ella dijo:

—Vámonos a beber algo.

Había un café muy grande y elegante justamente al lado del cine. Entraron y se acomodaron en las inverosímiles butacas, sin hablar, hasta que ella dijo de nuevo, después de que el camarero les hubiese servido las dos cervezas:

—¿En qué piensas?

Él no respondió en seguida, bebió un poco de cerveza, encendió un cigarrillo y se secó los labios con el dorso de la mano. Luego repuso:

—Pienso que la chiquilla pintada en esos retratos es la que encontraron muerta el año pasado en Mariña di Ravenna. Y tú también están pensando lo mismo.

Ella no contestó, advertía en la voz de él una furia contenida que le daba miedo, y cuando lo veía así no le decía nada, y menos aún lo contradecía.

—Ahora mismo me voy al despacho y ordeno la detención de ese pintor, ese gran artista —dijo aún furioso—. Ha de explicarme por qué la niña que retrató se parece tanto a la que se encontró maltratada y muerta cerca de Marina di Ravenna el año pasado. Y precisamente ha de decirme dónde se encontraba ése día, desde las cuatro de la tarde en adelante, hasta la hora de la muerte de la niña. —Bebió un nuevo sorbo de cerveza y dijo con la misma rabia—: Habrá de decírmelo, tendrá que confesar. La niña es la misma pese a todos los ringorrangos pictóricos que ha puesto en torno. Precisamente hoy he mirado la fotografía durante casi dos horas en la carpeta abierta del expediente. Ha hecho todos esos retratos porque esa gente está loca, todos son monstruos enfermos mentales. Y además el pañuelo rojo en la cabeza. Sólo nosotros sabemos este detalle; los periódicos no hablaron nunca de él. Los padres nos dijeron que la niña, cuando se alejó, llevaba un pañuelo rojo en la cabeza, que ellos le habían puesto a causa del viento. Por tanto, sólo él, el asesino, puede saber que llevaba un pañuelo rojo en la cabeza. —Miró la nota y dejó sobre la mesa el importe de las dos cervezas—. Vamos inmediatamente a la oficina. Hemos de detenerlo en seguida.

Iba a levantarse pero ella siguió sentada.

—Espera un instante, Berto —impidió que se levantara poniéndole una mano sobre el brazo—. No te metas en líos como el año pasado con aquel alemán a quien creíste el asesino de la niña. No perdiste el empleo y te quedaste en la calle sólo por la simpatía que te tiene el jefe. Has visto sencillamente unos retratos de una niña que crees que se parece a la chiquilla asesinada el año pasado. Son retratos pintados de manera imprecisa. Ningún juez aceptaría tu tesis de que la niña pintada es la pequeña Paola. Y además otra cosa: admitamos incluso que el pintor sea el asesino, ¿por qué había de traicionarse con una exposición de retratos de su víctima? Nunca hubiese hecho una cosa semejante.

—Tú no conoces la retorcida mente de esos individuos.

—Es posible. Pero no quiero que pierdas tu trabajo ni que hagas el ridículo. Pintores como ése tienen muchas relaciones, muchas protecciones. No puedes acusar a ese hombre porque ha pintado a una niña que puede parecerse a la asesinada el año pasado, e imagínate con la pintura de hoy qué semejanza puede haber. Lo detienes, lo interrogas tres o cuatro días, y los periódicos, donde él, como artista, tendrá sus amigos, se vuelcan contra los abusos de la policía; media docena de abogados se lanzan sobre ti, y por último te echan de la comisaría a puntapiés y ni siquiera encontrarás un puesto de lavaplatos. No quiero que suceda esto.

Dijo enérgicamente la última frase.

Él la miró con hostilidad porque siempre, cuando lo contradecía, la miraba casi con odio. Y sólo después de haberla mirado así largo rato, dijo.

—De acuerdo. Es verdad lo que dices. Esos retratos no son una prueba. Pero antes me preguntaste en qué pensaba, y ahora te lo preguntó yo a ti: ¿en qué piensas? ¿Es culpable ese hombre o no?

También ella lo miró con odio, un odio lleno de amor.

—Creo que es él, estoy segura de que fue él quien maltrató a la niña, pero pienso que hay que probarlo con pruebas irrefutables, documentadas, hasta con el magnetófono, con película, de manera que incluso el juez más tiquismiquis no pueda decir nada, ni pueda tener la menor duda el jurado más inexperto.

—¿Ah, sí? ¿Y dónde encontramos esas pruebas que tú llamas irrefutables, registradas, filmadas, naturalmente en color y a ser posible en tres dimensiones?

Era odioso, pero ella lo soportó. Dijo:

—Pensaba en Martina.

—¿Tu hermana? ¿Qué tiene que ver tu hermana con esto? Es una chiquilla de catorce años. ¿Qué ayuda puede prestarnos?

—Puede facilitarnos la prueba que necesitamos. Es de baja estatura. Si se la instruye bien puede parecer una niña de nueve años, como la pobre Paola.

Ahora dejaron de mirarse, él tenía los ojos fijos en el suelo, porque había comprendido su plan:

—No te permitiré nada semejante.

—Y yo no permitiré nunca que semejante monstruo esté en libertad, a costa de correr un riesgo así.

Lo miró con odio, el acostumbrado y apasionado odio de cuando discutían.

Una roulotte es algo maravilloso para los niños, especialmente si se deja la portezuela entornada, de manera que los niños puedan mirar al interior. Él estaba en la roulotte, y aquel mes de mayo era realmente demasiado cálido y con la excusa de la sed bebía incluso demasiado pernod. En media hora se había bebido tres, mirando, a través de los visillos rosa de las dos ventanitas, el lago de Garda de azul turquesa apagado por el gris de los olivos de la orilla. Le había cambiado a la muñeca el traje y el peinado; le había aburrido ya el estilo isabelino. Había retrocedido mucho, a la época carolingia; la muñeca llevaba en la cabeza cintas plateadas con piedras de colores, y el traje le llegaba también al suelo, pero muy suelto y drapeado. El vaso seguía lleno de flores, pero éstas no se parecían a las del año anterior, e idénticos eran los colores todos sobre rojo, naranja y amarillo. En las paredes seguía el Perro, Topo Gigio, el Gato, y había añadido sólo la Tortuga, porque había leído en un libro de psicoanálisis que las tortugas les gustan mucho a los niños, porque, por sus lentos andares, les recuerdan a la abuela que camina poco y despacio, pero que cuenta tan hermosos cuentos a los cuales son muy aficionados.

Lo que desentonaba era la botella de pernod; además tampoco nunca le había gustado estéticamente la etiqueta del pernod; como pintor le parecía trivial, aunque el pernod fuera bueno, y aburrido escondió la botella bajo el diván cama. Además, tampoco le gustaban los lagos; el Sirmione era bellísimo, pero a él no le gustaba en absoluto. Sin embargo, en algún lugar había de detenerse. No podía ir siempre dando vueltas con la roulotte, sin pararse, y lo mismo daba un lugar que otro. De manera que se detenía, dejaba la portezuela abierta, para que cualquier niña que pasara pudiera ver el interior, la muñeca, las flores y los animales pintados en las paredes.

Aquél día había también en la roulotte un caballete con un lienzo todavía intacto. Había bebido demasiado pernod para ser capaz de dibujar o de pintar, aparte el hecho de que a él aquel paisaje de Catulo no le estimulaba lo más mínimo. Luego, mientras estaba bebiendo, vio al otro lado de la puerta abierta a quien, para sí, llamó en seguida Pequeña Hada Turca. En efecto, toda ella estaba vestida con un traje de color azul intenso, un poco largo, acaso porque sus padres habían pensado que le durase un par de años, y era maravillosamente rubia.

La miró. Observó que ella estaba mirando el interior de la roulotte: la muñeca, y le dijo, dejando el vaso de pernod:

—¿Te gusta la muñeca? Ven a verla. Sube.

Lo que no sabía era que la niña, que era una chiquilla de catorce años, llevaba un micro magnetófono oculto entre sus ropas, que registraría cualquier sonido, palabra o rumor en un radio de dos metros. Tampoco sabía que le habían seguido y filmado desde hacía tres días, y que además, uno de los mejores agentes de la sección cinematográfica estaba filmando a la niña cerca de la roulotte. Y tampoco sabía que dos agentes, tiradores expertos, estaban apostados a pocos metros de la roulotte, no esperando otra cosa que poder disparar, porque para ciertos individuos la voz de un calibre 9 es la única forma de diálogo. Pero sobre todo no sabía que la niña, que además era una jovencita, aunque pareciese tan pequeña, había sido «trucada» e instruida, y que era un anzuelo.

—Me gusta mucho la muñeca —dijo la «niña»—. Es muy grande.

Hablaba con la voz de cuando era una niña de veras; le habían hecho muchas pruebas con el magnetófono.

—Ven a verla, entra, entra —dijo él, ocultando aún más la botella de pernod bajo el diván cama.

La niña subió, y afuera, el agente con la máquina filmó la escena. En el mismo instante otro agente, tumbado en el suelo, a menos de dos metros, le quitó el seguro a su enorme Beretta. Y también en ese mismo momento, el joven funcionario de policía que un año atrás había tenido tan estrepitoso fracaso en la búsqueda del asesino de la pequeña Paola, se arrastró por la yerba húmeda hasta que logró deslizarse bajo la roulotte, también con la Beretta preparada y el oído atento: no oía bien, pero oía.

—¿Ves eso de ahí? Es una nevera de pilas. Dentro hay helados. ¿Quieres un poco? —oyó.

—Me gusta mucho el helado.

—Ahora te daré un vaso, ven.

Bettina llevaba el uniforme de agente auxiliar y, acurrucada detrás de unos matorrales, miraba hacia la roulotte. Habían transcurrido dos minutos desde que su hermanita había entrado en la roulotte. Pensó que no resistiría otros dos minutos. Tocó el brazo del agente que tenía a su lado que, por lo que pudiera ocurrir, abrazaba una metralleta, y éste, de rodillas, se acercó también a la roulotte, apartándose del ángulo visual de las ventanitas.

—Es bueno este helado, ¿verdad?

—Sí, me gusta mucho el helado.

—Te daré todo el que quieras, y te daré además la muñeca. Te gusta la muñeca, ¿verdad?

—¡Oh, es demasiado grande! Mamá me regañaría si me la llevase.

—¿Por qué habría de regañarte? Dile que es un regalo que te ha hecho un señor. ¿Dónde está tu mamá?

Tenía que saber si la madre estaba lo bastante lejos; no fuera a estar demasiado cerca.

Pero la chiquilla había sido muy bien enseñada y dio la respuesta justa para tranquilizarlo:

—Mamá esta abajo, en el lago, en una barca —y luego añadió—: Y yo he subido aquí porque me gusta caminar.

Por tanto la madre del Hada Turca estaba bastante lejos.

—Ven aquí, querida, te enseñaré estas flores. Mira, esto es…

El magnetófono lo registraba todo, y seguía registrándolo inexorable. Afuera todos estaban como perros al acecho, dispuestos a saltar.

Y cuando se oyó el grito convenido de la chiquilla, el que estaba debajo de la roulotte disparó contra un neumático, simplemente para hacer ruido y asustar al bruto, y al instante rodó afuera, saltó dentro de la roulotte agarró a la Jovencita de un brazo y apuntó con el revólver al conocido pintor Donato Cinati.

—Baje —dijo al pintor—. Baje.

Entregó la chiquilla a Bettina que había acudido corriendo; el bruto ni siquiera había tenido tiempo de tocarla. Y el agente dijo otra vez:

—Baje. Salga afuera. Tú fuiste quien el año pasado mataste a Paola Limani.

Él, el esteta, acaso el creador del estilo semiformalista, no se movió del rincón de su diván cama, y no tenía ninguna intención de moverse. Bajo el pequeño colchón de goma tenía él también un pequeño revólver.

—No comprendo nada de lo que me dice, y ni siquiera sé quién es. ¿Acaso soy un ladrón?

Los estetas son ingeniosos.

Entonces el policía se acercó a él, le dio una bofetada y lo agarró por el borde del suéter:

—Levántate, bestia.

—No me toque —dijo él, molesto, sabía que todo había terminado, e incluso estaba contento de que fuera así—. Me levantaré yo solo.

Mientras hablaba buscó bajo el colchón el pequeño revólver, lo encontró, lo empuñó con firmeza bajo el colchón y se levantó.

Había dos policías que lo miraban, uno era él, el jefe, y el otro, fuera de la roulotte, llevaba incluso la metralleta, pero no pudieron hacer nada: el pintor semiformalista Donato Cinati se levantó y al mismo instante se metió en la boca el cañón del revólver y apretó el gatillo. Siempre pensó que si lo descubrían se mataría. Y lo consiguió.

 

 

9

APENAS LLEGA LA JUSTICIA A ARZAVÒ

 

Trabajo desde hace años en la pequeña fábrica de juguetes de Arzavò. Desde la ventana de la oficina veo primero ese centenar de casitas del pueblo, y después el mar. También hay mar en Arzavò de Abajo, y desde mi ventana veo la mole del gran hotel de seis pisos que han construido para los turistas; pero acuden pocos, por dos razones: por la carretera demasiado tortuosa, que llega, desde la capital, a Arzavò, y por el mal carácter de sus habitantes. Además, de vez en cuando, se oye por aquí algún tiro y se encuentra a alguien muerto en el bosque que hay que atravesar para llegar a la carretera. Pero las fuerzas vivas de Arzavò dicen que se trata de cohetes disparados en señal de fiesta, aunque los carabinieri insistan en decir que ha habido un muerto. Los carabinieri no entienden las necesidades del turismo.

Estaba mirando por la ventana el crepúsculo cuando sonó el teléfono, porque mi oficina tiene también teléfono —si bien modesto— puesto que soy el más alto dirigente de esta pequeña fábrica en la que hacemos las más deliciosas muñequitas de Europa, con sus cunitas, sus pequeños divanes y sus vestiditos, y hacemos también muchos personajillos caricaturescos de trapo, y también pequeños tiovivos, pero con luces y todo, en los que giran caballitos de madera con sus altivos caballeros con armadura de metal.

Me vine a Arzavò por una causa, perdida hace años, y uno de los personajes más importantes del pueblo me ofreció la dirección de esta singular fabriquita con treinta obreras, dos vigilantes con faldas y un encargado, y acepté. Mi carrera como letrado me ofrecía pocas esperanzas. Mi padre se había empeñado en que fuera abogado, aunque yo no quería ser nada, y, por lo demás, encontré aquí mi ideal: apenas hay nada que hacer y basta que estampe mi firma en las notas que me presenta el encargado. Sé positivamente que en esas notas hay una estafa que va del diez al quince por ciento, pero si me callo y firmo, cobro un buen estipendio, tengo a mi disposición la más graciosa de las treinta obreras, y casi todas son bonitas, pero sobre todo no me sucede nada malo y los perros de los carabinieri no me encuentran tieso en el bosque. Porque Arzavò figura en la lista de los pueblos de Italia, pero sería mejor que figurase en la lista de los pueblos del Far West, con el nombre, digamos, de Gringo City.

¡Ah!, dije que había sonado el teléfono. Levanté el auricular.

—Diga.

Encendíanse algunas luces en el lento crepúsculo, allá, al otro lado de la ventana, sobre el fondo turquesa del mar.

—¿El abogado Forte? —preguntó una voz amable y muy femenina.

—Soy yo.

—Usted no me conoce. Me llamo Francesca Vitali, soy de Milán, pero ahora me encuentro de vacaciones en el Grand Hôtel de Arzavò —dijo la voz.

No tenía por qué aclarar que era milanesa: en veintitrés palabras —un telegrama normal— lo había dicho todo: nombre, lugar de nacimiento y residencia. Pero no era preciso dar tantas explicaciones sobre ella: yo lo sabía todo; sólo que me mantenía lo más lejos posible de su lado, como de una serpiente cobra.

—Necesito hablarle, abogado. Es algo muy importante para mí y muy urgente. ¿No podría venir a verme al Grand Hôtel?

Me miré las uñas. Las mujeres me gustan, y sabía que Francesca Vitali era muy hermosa, aun cuando la hubiese visto de lejos; pero no me gustaría morir ni siquiera por miss Universo.

—Perdóneme, señora, pero ¿no podría decirme de qué se trata?

—Es algo demasiado delicado y no puedo por teléfono. De todos modos, necesito su consejo legal.

—Lo siento, señora, pero no ejerzo desde hace años.

—Lo sé, pero me han dicho también que usted es un buen abogado.

—Han querido bromear, señora.

—Fuera como fuere, no habrá olvidado usted todo lo que ha estudiado. No le habrán hecho un lavado de cerebro.

—Más o menos, señora.

—No bromee, abogado. Por favor, le ruego que venga aunque sea por unos pocos minutos.

No sé por qué, pero ya me había ocurrido otras veces en mi vida, como cuando durante mi primer año de universidad le solté un puñetazo en la cara al profesor que me hacía demasiadas preguntas: decidí hacer lo más peligroso, elegí el camino peor y advertí que los oídos me zumbaban por la agitación.

—De acuerdo, señora. Iré en seguida.

Y fui realmente, porque la verdad es que podía haberme escabullido todavía gastándole la broma de no ir, pero conozco a los milaneses, puesto que yo también soy milanés —no muy genuino, ésta es la verdad— y sabía que si lo hubiera hecho me habría perseguido hasta la consumación de los siglos. Fui realmente. En el patio de la fabriquita estaba mi Flaminia con Oreste que corrió a abrirme la portezuela y decirme mientras subía al coche:

—Buenas tardes, señor doctor; buenas tardes señor doctor —dos veces, porque en Gringo City, perdón, en Arzavò, éste es el lenguaje empleado para con los poderosos, y yo era un poderoso.

Puse en marcha el coche y salí del establecimiento. Ya le había dicho al caballero Romualdo Varitani —nominalmente sólo administrador de la fabriquita de juguetes, pero en la práctica también el amo de Arzavò— que un Flaminia era demasiado ancho para las estrechas calles del pueblo, y que si me hubiese asignado un seiscientos habría sido mucho más práctico, pero él me explicó su concepto del decoro:

—Si usted circula con un utilitario, la gente de aquí dejan de considerarlo el director de la fábrica. Empiezan a pensar que usted es un hombre acabado, que no sabe ser director y que arruinará la fábrica, y aquí la fábrica pesa mucho porque da de comer a medio pueblo.

Hubiese deseado saber de qué comía la otra mitad, dado que nadie hacía nada, pero vivo todavía gracias a mi prudencia y no hice preguntas.

—En cambio, si usted va por ahí en un Flaminia pensarán que es un excelente director de fábrica.

Yo iba por las calles apenas unos diez centímetros más anchas que el coche, pero todavía me consideraba afortunado porque el chófer del caballero Romualdo Varitani iba por las mismas callejuelas con un Chevrolet. Así, aunque las calles de Arzavò estuviesen todas asfaltadas, bien iluminadas, con señalizaciones realmente bien hechas, las esquinas de sus casuchas, en las curvas más importantes, habían sido roídas todas por las rozaduras o los choques, del mismo modo que los faros y parachoques y las carrocerías de la media docena de grandes coches que circulaban por el pueblo estaban siempre rotos o señalados, porque tales coches tenían que demostrar cuán importantes y grandes eran los poderosos del pueblo.

¡Ah!, iba a ver a Francesca, perdón, a la señora Francesca Vitali, de Milán, y conseguí llegar al Grand Hôtel sin hacer siquiera una rozadura al Flaminia. Lo aparqué precisamente delante de la puerta, para que nadie pudiera fingir que no me había visto aquella tarde en aquel lugar. Tenía la costumbre de quemar mis naves a la espalda; si no se hace esto, siempre puede asaltarle a uno la tentación de volverse atrás.

Entré en seguida en el bar del hotel, sin preguntar por ella a nadie, incluso porque no había nadie en todo el vasto y ciclópeo vestíbulo casi vacío, y tampoco nadie en recepción. Si hubiera sido un maharajá dispuesto a pasar allí un fin de semana, hubiese tenido que gritar:

—¡Eh! ¿Hay alguien por ahí?

Pero sabiéndolo todo de ella, como lo sabía, incluso que bebía de manera mixta cerveza, coñac, whisky, y hasta vodka, estaba seguro de que me esperaría en el bar.

—Soy el abogado Ubaldo Forte —dije acercándome a la barra, donde ella estaba bebiendo de pie, hablando con el camarero, decano de los espías de Arzavò—. Es un placer.

—Le agradezco mucho que haya venido, señor abogado. Gracias, de veras —dijo ella con su voz gentil y más bien firme—. Sentémonos a aquella mesa, ¿le parece?

Realmente no me parecía mucho, pero ya estaba allí y me senté cerca de ella en uno de los butacones ante una mesita con un tapetito con varias manchas.

Hacía cuatro años el Grand Hôtel de Arzavò de Abajo era realmente aristocrático. A su inauguración acudieron un par de artistas de cine, un par de cantantes y dos orquestas de jazz, más un señor llegado de Roma, que hablaba con la nariz y que pronunció un discurso tan oscuro e incomprensible que deprimió y llenó de tristeza a todos. Pero en cuatro años habían sucedido demasiados acontecimientos; evidentemente el turismo no conseguía arraigar en Arzavò, o bien el Grand Hôtel de seis pisos había sido un programa demasiado ambicioso, dado los tiros que de vez en cuando se oían en torno al pueblo, y así ahora, incluso por falta de personal, no sólo de turistas, el Grand Hôtel se estaba desmoronando en secreto. Todo aparentemente parecía elegante, ordenado, pero se tocaba un visillo y se podía ver caer el polvo; los cristales tenían un aspecto un poco nebuloso, y sobre todo la soledad asustaba a los pocos turistas. Encontrarse de pronto siendo los únicos clientes de un hotel de un centenar de habitaciones acoquinaba un poco. En aquellos días, además de la señora Francesca Vitali, de Milán, en el hotel solamente vivían dos turistas más: un viejo matrimonio holandés, cuyas edades, sumadas, pasaban del siglo y medio. Y nadie más. En efecto, allí, en el bar, estábamos sólo nosotros, y el gran espía, el camarero.

—Dígame, señora —pregunté, apenas estuvimos sentados.

Pero sabía ya, más o menos, lo que tenía que decirme. En Gringo City se sabe todo.

Ella quiso pedir primero algo de beber y luego comenzamos a hablar.

—Deseaba verle para una cuestión muy delicada —repuso.

—Adelante —dije paciente.

—Esta mañana me ha llamado el jefe de los carabinieri.

También sabía esto.

—¿Para qué? —pregunté fingiendo ingenuamente ignorarlo.

—Para algo desagradable de veras. Ha sido muy amable, pero la verdad es que me ha rogado que me marchara del pueblo.

—¿Por qué motivo? ¿No tiene la documentación en regla?

—La tengo en regla y lo tengo todo. Mi pasaporte vale también para Estados Unidos.

—Entonces ¿por qué?

—No me lo ha dicho claramente. Me ha dado a entender que no soy del agrado de mucha gente del pueblo, que soy una mujer sola y que alguien juzga mal a las mujeres solas, y por esto, para evitar líos, sería mejor que volviera a Milán.

Bebí un poco de agua mineral.

—¿Qué respondió usted?

—Que no me parecía justo —repuso ella con vivacidad; era realmente una cálida, rubia y vivaz belleza milanesa—. Y que nadie me echaba de ninguna parte sin un motivo preciso y legal.

Otro sorbo de agua mineral.

—De manera, señora, que usted desea que yo le diga si el jefe de los carabinieri tiene o no derecho de expulsarla del pueblo, ¿verdad?

—Exactamente.

—Depende —respondí.

—¿Cómo «depende»? Una ley es o no es; no depende de nada. Y además, ¿de qué habría de depender?

—De muchas cosas. Por ejemplo, de su conducta.

El silencio y la soledad del monumental y vacío hotel, donde sólo estábamos nosotros dos y algunos criados, me impresionaba hasta a mí.

—No hay nada que decir sobre mi conducta.

Pasé por alto la observación y seguí el hilo de mis reflexiones.

—Admitamos que un noble personaje de Arzavò la invita en secreto a su coto de caza, y admitamos, admitámoslo solamente, que usted vaya.

Ella sonrió, comenzaba a comprender que yo sabía algo de ella. Sentía curiosidad, pero se hizo la ingeniosa. Dijo:

—Admitámoslo.

—Y admitamos que el noble personaje, en señal de homenaje y reconocimiento, le dé, digamos, un anillo de brillantes.

—¿Lo prohíbe la ley? —preguntó ella bruscamente.

—Depende. Pero déjeme continuar. Admitamos que usted conozca también a otros nobles personajes de la localidad, que tienen cotos de caza por los alrededores, y que la invitan a cenar, y que usted acepta, y que acepta, además, otros anillos de brillantes, o su equivalente líquido, porque esos nobles personajes desean hacerlo en señal de homenaje y gratitud.

¿Verdad que explicaba las cosas cortésmente?

—No doy ningún escándalo, voy a lo mío. Si la gente quiere regalarme un millón, la culpa no es mía. La ley no puede hacerme nada. Y el jefe de los carabinieri no puede echarme.

—Escúcheme, señora, el jefe de los carabinieri no es enemigo suyo. El jefe es, más bien, su mejor amigo; es como un padre para usted, y le ha dado un consejo paternal: que se vaya. Sus verdaderos enemigos son los otros.

—¿Y quiénes son?

Se lo expliqué.

—Esos nobles personajes, ya un poco talluditos, tienen mujer propia, y además de la mujer propia tienen una amiga fija, y además de la mujer y de la amiga, casi todos tienen hijos adultos. Estas mujeres, amigas e hijos, toleran que el cabeza de familia se vaya a Roma o a Bolonia o a Milán, y se conceda alguna distracción, pero no toleran que el cabeza de familia se permita la distracción aquí, en Arzavò, humillando a la mujer propia, y también a la amiga fija, y provocando los celos de los hijos que temen que el padre calaverón gaste demasiado y los deje sin herencia. Usted se ha creado en torno suyo el odio de las diez familias más importantes de Arzavò. Le han declarado la guerra, pero por el momento se contentan con que se vaya de aquí.

Le había hablado a la milanesa: franco, sin matices; y sin matices, franca, me dijo:

—Aparte el hecho de que me gustaría saber cómo se las ha arreglado usted para saber todas estas cosas de mí, le digo que me quedaré aquí hasta que aparezca un caballero maduro que me invite a su coto de caza y quiera luego demostrarme económicamente su gratitud, y de usted deseo sólo que me preste su protección legal para que el jefe de los carabinieri no me expulse del pueblo. Nada más.

Callamos. Explicar a la señora Francesca Vitali, de Milán, todo el particular funcionamiento de las relaciones sociales en Arzavò de Abajo, hubiera sido demasiado largo y excesivamente difícil, porque hasta yo lo conocía sólo en parte. Pero con paciencia, al poco rato, dije:

—El último consejo fraternal, más que legal, que puedo darle, es que se vaya inmediatamente de este pueblo. Si quiere, yo mismo le ayudaré a hacer las maletas, pero váyase.

—¿Porqué?

—Porque una mujer no puede hacer la guerra a un pueblo. Ni siquiera Napoleón pudo con esta gente, y no va a ser usted quien la cambie.

—No, pero tampoco ellos me cambiarán a mí. Me quedo.

Realmente tuve la impresión de que ella no tenía ningún miedo, aunque yo había procurado metérselo en el cuerpo. Intenté entonces llegarla su buen corazón.

—Señora, debo decirle algo que hubiese querido no tener que decirle. Para venir a verla, he puesto en peligro todo mi trabajo, porque acaso, antes que usted, me vea obligado a irme de aquí sin una lira, y dar gracias a la suerte de que un cazador, por error, no me tome por una liebre. Quisiera que me creyese: lo he hecho por simpatía a usted, y aunque no la conocía, lo sabía todo sobre usted. Los dos somos de Milán. Créame, señora, váyase.

Entonces ella sacudió la cabeza, y dijo sin desprecio, pero con decisión:

—No, usted no es milanés: los milaneses no son unos calcillas como usted. ¿Cuánto le debo por lo que podemos llamar su parecer legal? —y tomó el bolso de la silla de al lado.

Yo había llegado allí sólo con una esperanza: convencerla de que se fuera; creí que lo conseguiría, y no había imaginado encontrarme con una longobarda de aquella clase. Nunca lograría convencerla, y entonces di marcha atrás, reconstruí las naves que había quemado a mis espaldas al entrar, y me preparé para la fuga. Le dije:

—Le ruego que lo piense bien y que se vaya.

Me levanté y me fui, saludé amistosamente al gran espía camarero que ya habría telefoneado a sus amos, y volví a Arzavò de Arriba, sin haber arañado, tampoco esta vez, el Flaminia.

Apenas hube entrado en la lujosa trattoria «Del Cazador», el encargado de la fabriquita de muñecas me saludó con amabilidad desde su mesa, y me hizo una seña para que me acercara a él. Se llama Pietro y es un delincuente en estado puro.

Fui a su mesa y me senté ante él. Solíamos comer juntos, y aquello era más que normal.

—¿Ha visto qué vacío? —dijo Pietro—. Sólo estamos nosotros. Todos se habrán ido a comer a Milán.

Las frases «estamos solos» y «a Milán», dichas por un delincuente, me sonaron un poco siniestras.

—Se come mejor así —dijo Pietro aún—. ¡Oh, perdone, doctor!, el caballero, ¿sabe?, es algo delicado; necesitaría que usted le hiciera un favor. Me dijo que sería para él un verdadero placer.

El caballero Romualdo Varitani me pedía un gran favor. Entonces lo comprendí todo.

—Diga usted.

Y Pietro dijo. Dijo claramente:

—Alguien le ha contado al caballero que fue usted al Grand Hôtel a ver a su paisana. ¿Es cierto?

—Ciertísimo. Ahora vengo de ahí.

—Guapa mujer, ¿eh?

—Sí, pero yo no fui porque sea una mujer guapa, sino porque me llamó por teléfono.

—¿Ah, sí? ¿Le telefoneó ella? ¿Qué quería?

Le conté lo que Francesca Vitali, de Milán, pretendía de mí.

—Y usted, ¿qué le ha aconsejado? —preguntó Pietro, mi subordinado, pero, en realidad, mi superior secreto, porque las jerarquías, en Arzavò, son muy particulares y un director general, como yo, puede estar por debajo de un subordinado.

—Le dije que se fuera en seguida. Le dije que la ayudaría incluso a preparar las maletas si se iba.

—¿Y qué repuso ella?

—Me contestó que se iría inmediatamente: mañana o pasado mañana.

Con esta mentira esperé salvarla. Si hubiera dicho que ella quería quedarse allí, él se habría enfurecido.

—Me disponía a telefonear al caballero —añadí.

—No es necesario, doctor, yo se lo haré saber. El caballero estará muy contento y se lo agradecerá mucho.

Me di cuenta de que me había creído, y, así, pensé una vez más que acaso había conseguido salvarla. Tal vez se fuera.

Pero no logré nada. La agredieron dos tardes después, mientras paseaba cerca del mar, segura de sí, sin miedo, milanesa auténtica, no un bastardo calcillas como yo. El jefe de los carabinieri fue avisado al alba, cuando ya habían transcurrido demasiadas horas de su muerte. Estaba desnuda y cubierta de sangre. Debió ser asesinada por más de una persona. El mismo forense llegado de la capital ni siquiera quiso ver demasiado; escribió en su informe que Francesca había muerto a consecuencia de la pérdida de sangre sufrida por las veinte puñaladas recibidas. El juez dio orden de abrir el ataúd y practicar la autopsia. Pocos fueron a curiosear. Los carabinieri comenzaron las investigaciones; de la capital acudieron también los científicos de la policía, sin mucho entusiasmo, porque sabían que no encontrarían nada. Naturalmente, yo no fui a ver. Tenía muchas ganas, unas rabiosas ganas, pero de nada hubiera servido, y me habría perjudicado. En Gringo City no se bromea, como lo demostraba la muerte de Francesca. Y una vez perjudicado, no habría podido ayudar a Francesca. Bien es verdad que una muerta no necesita mucha ayuda, pero yo quería que sus asesinos pagasen: nunca hubiese creído que llegarían a cometer tal atrocidad.

Y comencé a ayudarla no yendo aquel día a la playa a verla, y no tenía necesidad de ver, porque Pietro, el delincuente, mi subordinado y superior, me contó, sentados él y yo a la mesa, todos los detalles de cómo la habían encontrado, para probar si mi apetito fallaba; pero yo continué comiendo animosamente. Él era un pillo arzavoíno, pero yo, aunque espúreo, era un milanés inteligente.

Y por la tarde me fui de paseo con una de mis operarias, una de las treinta graciosas operarias que formaban mi harén, con el permiso de los superiores, y ella, en el bosque en torno a Gringo, lugar secreto, digámoslo así, de reuniones amorosas, me preguntó:

—¿Te has enterado de que han asesinado a tu paisana? ¿No te lo han dicho?

Durante todo el día había tenido trastornado el estómago desde que lo supe, pero dije:

—Mira, en Milán hay más de un millón y medio de habitantes. Si tuviera que echarme a llorar cada vez que se muere uno, yo también me habría muerto, pero de llorera.

Ella se rió y luego fue a contarle mis palabras a Pietro, y él comprendió que Francesca me traía sin cuidado, porque me había ido con una chica el mismo día en que ella había muerto.

No lo hacía por salvarme. Lo hacía para seguir siendo un poderoso en Arzavò, y si seguía siendo un poderoso en Arzavò, conseguiría vengarla más fácilmente.

Y seguí siendo un poderoso, mejor dicho, lo fui más. Me volví un «seguro», un poderoso en quien se puede confiar. Y otra cosa que hice para ayudarla fue, durante dos o tres semanas, no hacer nada. En realidad hice mucho. Dormía poquísimo; pensaba sólo en cómo castigar a los autores del asesinato. Yo también sabía muchas cosas, como las saben todos en el pueblo: hubiese podido ir al jefe de los carabinieri y darle el nombre del que ordenó el asesinato y los de los asesinos, pero su respuesta hubiera sido:

—Esto lo sé yo también, pero ¿tiene usted pruebas?

Yo era abogado y nadie mejor que yo podía saber que las pruebas son necesarias, pero en Gringo City sólo existen muertos, nunca pruebas.

Tenía que encontrar pruebas. Si hiciera una denuncia sin pruebas, estaba perdido, y Francesca no hubiera sido vengada. Pensé en esto durante más de un mes, todas las horas de la noche, y muchas del día. Luego me pareció haber encontrado la solución.

—Caballero —dije una mañana a mi gran jefe—, ¿podría irme dos o tres días de vacaciones a Roma?

—¿Cómo no? También los directores tienen derecho a fiestas —me repuso paternalmente; era muy paternal—. Váyase, váyase.

En Roma localicé a dos mujerzuelas a quienes había defendido en cierta ocasión cuando todavía ejercía de abogado; dos verdaderas golfas, como decimos en Milán, y que no me guardaban mala voluntad a pesar de que el juez las condenó —no obstante mi decidida defensa— a un año y medio por robo a personas distraídas, con reincidencia, agravado con daños y perjuicios ocasionados a turistas ingleses y norteamericanos. En otras palabras, robaban la cartera, el reloj, el anillo o los anillos e incluso el cinturón, si era de piel de cocodrilo, valiéndose de sus gracias, que se hacían pagar a buen precio.

Aunque Roma es grande, las localicé. Estaban con un jovencito que era su administrador. Una se llamaba Giusella, y la otra Clorinda, pero no creo que éstos fuesen sus verdaderos nombres. Cuando yo las defendí ante el tribunal habían dado otros, pero esto no tiene importancia. El administrador se llamaba Marcellino. Les conté a los tres la historia, tal como había sucedido, de Francesca asesinada, y les pregunté si querían ayudarme. Dije que yo tenía dos o tres millones ahorrados y que se los daría. A la palabra millones, con el eco ooones, ooones en los oídos, los tres me dijeron inmediatamente que sí.

—¿Qué debo hacer yo? —preguntó el administrador.

Expliqué a los tres lo que debían hacer. Luego me fui a comprar varias cosas. Una hermosa tienda de camping para dos, con veranda, colchonetas, sillas e incluso una cocina campestre con su botella de butano y, en fin, todos los aditamentos. Luego fui al óptico y compre dos pares de gafas para señora; me hice servir el tipo más inglés posible, pero no con lentes auténticas, sino con cristales sencillos. Luego fui a una tienda de radios y hallé dos magnetófonos pequeñísimos, no mayores que un paquete de cigarrillos, pero más chatos, y compré varias cintas. Compré también dos máquinas fotográficas vulgarísimas, de las que saben usar hasta los niños, y, por último, me fui a ver a un amigo mío que trabaja en el Centro de Farmacología Romana, y le pedí unos sobres de Stenoton. Para evitar que dijera que estaba loco, antes de pedírselos le expliqué claramente lo que quería hacer con ellos y le dije cómo habían encontrado a Francesca en la playa. Le pregunté si quería ayudar a la justicia en Arzavò, y le dije que yo, a pesar de ser abogado, no había hallado otro medio para hacer llegar a Arzavò esa justicia, y si él no quería, pues mala suerte. Al principio no le gustó la cosa, pero luego, a la descripción que hice del cuerpo de Francesca en la playa, me dio los sobres y me dijo:

—Si quieres más, te los daré, como si los quieres todos.

—Gracias, me bastan éstos. No quiero alucinar a Arzavò.

Y me fui con los sobres.

El Stenoton es un pariente moderno del Pentotal, pero tiene grandes ventajas sobre éste: es un suero de la verdad, pero que no es necesario inyectar por vía endovenosa; basta verter el sobre en un vaso con un líquido cualquiera, agua, vino o licor, y el que bebe el líquido se pone a hablar, contento de charlarlo suelta todo de sí mismo y de su vida; entra, como dicen los médicos, en estado logorroico absoluto. Los carabinieri de Arzavò, cuando interrogaban a cualquier arzavoíno, oían solamente: «Yo no estaba, no he visto nada, no sé nada». Con el Stenoton, en cambio, lo habría dicho todo. Acaso no sea un medio legal, pero en Gringo City no se consigue gran cosa con medios legales.

Alquilé también un viejo Austin que hallé después de muchas búsquedas, y se lo entregué todo a Giusella, a Clorinda y a su administrador, Marcellino. Hicimos pruebas durante un par de días: todo fue bien. Así podía partir.

—Pero ¿qué debo hacer yo? —me repitió Marcellino, el administrador.

—Nada, te quedas aquí en Roma y te gastas el medio millón que te he dado hasta que vuelvan tus dos chicas.

Me despedí de los tres y volví a Arzavò. Apenas llegué, tanto Pietro, el delincuente, como el caballero, me preguntaron si me había divertido en Roma.

—He pillado una indigestión de alcachofas —dije.

Durante una semana, siguiendo el plan que había estudiado a lo largo de treinta noches, no sucedió nada. Luego, una tarde, llegaron a Arzavò dos turistas inglesas, guapas pero con gafas, en un viejo y traqueteante Austin, cargado de maletas, o mejor dicho, sacos y paquetes, y después de haber atravesado clamorosamente el pueblo, las dos turistas, en clamorosos dos piezas, se adentraron en el bosque donde plantaron su tienda. En un lado de la lona Marcellino había hecho pintar esta frase: «Privacy and love». Esto acaso era de una delicadeza excesiva, pero cualquier arzavoíno sabía inglés.

En días sucesivos las turistas se pasearon por Arzavò de Arriba para hacer compras y por Arzavò de Abajo para bañarse. Hablaban un italiano-inglés terrible, porque Giusella y Clorinda habían frecuentado a tantos ingleses y norteamericanos como para imitarlos mejor que nadie.

Como era costumbre en Arzavò, a la llegada de mujeres solas, turistas, los jóvenes del pueblo prepararon el asalto. En Arzavò, perdón, en Gringo City, mujer quiere decir mujer de todos. Y todos los asaltos tuvieron éxito, todos porque advertí a Giusella y a Clorinda que no debían decir que no a nadie, si no, nada de millones, ooones ooones.

Me obedecieron. No dijeron que no a nadie. Drogaron, fotografiaron y registraron en cinta, mientras maullaban en inglés: «Oh, my love!».

Apenas una semana más tarde tuve en mis manos cuatro carretes de película y siete cintas magnetofónicas. En mi pequeña habitación me dispuse a revelar las fotos. Cuando las vi pensé que la justicia, al fin, había llegado a Arzavò. Había más de media docena de killer de los «grandes» del pueblo, que confesaban tranquilamente, gracias al Stenoton, que habían tomado parte en el asesinato de la señora Francesca Vitali, de Milán: la cinta repetía claramente sus palabras: «… aquella puerca mujerzuela estaba arruinando a don Vico, tenía que morir…», y ésta es la frase más limpia de todas las que se registraron.

Me encontré con las dos chicas en el lugar convenido y me preguntaron:

—¿Lo hicimos bien?

—Muy bien.

Lo habían hecho tan bien que toda la parte sucia del pueblo quedó al descubierto.

Inmediatamente me fui al jefe de los carabinieri, un viejo e inflexible caballero que sufría más que yo ante las bajezas cometidas en Gringo City, sin poder hacer casi nada, y cuando hubo visto las fotos y escuchado las cintas, le dije:

—Ahora están aquí las pruebas, pruebas legales e indiscutibles: adelante, oficial.

Me miró sin sonreír, su oficio no era de los que habitúan a la sonrisa.

—Con estas pruebas puedo detener a medio pueblo y lo detendré. He de pedir refuerzos a la capital; por lo menos treinta hombres para esta redada —y en su rostro se inició un movimiento que podía parecerse a una sonrisa—. Gracias, abogado. A usted le deberemos esta limpieza.

Salí de la casita que era cuartel de los carabinieri, subí en el Flaminia, lo rocé un poco en la estrechísima curva, dada la prisa por irme. Alguien me habría visto entrar y salir de allí y habría dado cuenta de ello. Pero ya no me importaba mucho. La justicia había llegado a Arzavò, y Francesca Vitali, de Milán, sería vengada.

La justicia había llegado a Arzavò, pero apenas, no del todo. Lo que sigue es un fragmento del informe del oficial Bolanti de Arzavò a la jefatura de la capital: «… esta mañana, al amanecer, han sido halladas muertas en el bosque dos jóvenes turistas que se disponían a partir con su tienda. A la misma hora, en su habitación del piso situado sobre la trattoria “Dei Cazador”, también fue hallado muerto el abogado Ubaldo Forte, director de la fábrica de muñecas de la localidad. Se cree que las tres personas han sido asesinadas porque se supone que fueron quienes informaron a las fuerzas del orden, en virtud de lo cual la pasada noche efectuamos en el pueblo las numerosas detenciones de los autores e instigadores del feroz asesinato de la turista Francesca Vitali, dé Milán…».

La justicia apenas llegó.

 

 

10

EL NUDO LUISA

 

No es fácil estrangularse sin ayuda de nadie, pensaba desde hacía casi una hora, sentada en el butacón color tierra, en la esquina más oscura de la habitación. Ahorcarse, sí, pero es distinto. Si una mujer se ahorca y cuando llegan la ven colgar de una cuerda, dicen: «Se ha matado», es decir, concretan: se ha matado ella, no la ha matado nadie.

Ella, en cambio, quería que dijeran: «¡Pobrecilla, la han matado!».

Miró, desde el rincón, la luz polvorienta que entraba por la ventana y que polvorientamente, de manera sombría, iluminaba la habitación, con los pobres muebles de madera clara, demasiado clara, estúpidamente clara, pero que le habían gustado cuando los compró segura de que Simeone llegaría a ser su marido, y que aquél sería su hogar de casada.

Ahora aquellos muebles ponían en evidencia su terrible mal gusto, con aquellos tiradores de plástico que pretendían parecer de cristal, con aquel nauseabundo espejo hexagonal sobre la cómoda, y la alta pantalla de pie, como a él, a Simeone, le gustaba, toda con bordados azules como en otro tiempo le agradaron y que ahora le repugnaban, y seguía mirándose en el espejo hexagonal el pobre rostro enfermizo y desesperado, sin dejar de pensar en cómo matarse, pero de manera que todos pensaran que la habían matado, y escuchaba la niebla, porque la niebla se puede escuchar, es decir, los rumores ahogados del tranvía, de los coches que pasaban por la calle, por la Via Porpora, en aquella Milán de febrero sepultada en la niebla, en el hielo.

Y por último, en el espejo hexagonal, tan feo, vio su cansado y también feo rostro de estúpida vieja solterona que sonreía porque había encontrado la solución de su horrendo problema. Sí, ahora sabía lo que debía hacer y Simeone pagaría.

Se levantó la falda, soltó del portaligas la media izquierda, se quitó la media de la pierna, se la enrolló en el cuello y apretó un poco, como ensayo general.

Excelente, de veras excelente. Apretó todavía más y empezó a sentir que le faltaba la respiración; todavía un poco, un poco más. Necesitaba algo que mantuviese tirante la media anudada a su garganta, incluso cuando ella, por falta de aliento, por asfixia, no tuviera ya fuerzas para mantenerla tirante y apretada en torno al cuello. Y ya lo había encontrado. Excelente, de veras excelente.

Se quitó la media del cuello, se la calzó y volvió a sujetarla al portaligas. Luego se bajó la falda y se cubrió el grueso y corto muslo. Después se levantó y se dirigió a la ventana. Sólo se podía ver la niebla, y a través de la niebla las luces fosforescentes de las muestras de alguna tienda, entre ellas la suya, el rótulo de la tienda de él, electricista: radios y televisores. Tienda que ella le había puesto, quemando todo lo que tenía en el banco, ahorrado en años de trabajo y de austeridad, en los que incluso ahorraba en la calidad de las patatas e iba al cine una vez cada tres o cuatro meses. Un regalo aquella tienda, que él le había pagado no yendo nunca más a verla apenas se enteró de que su cuenta, la de ella, en el banco, estaba a cero y que ya se habían acabado las cien, las doscientas mil liras que ella, avergonzada, le fue dando mientras pudo. Y no sólo esto, sino que también contrató a una encargada, joven y metidita en carnes. Y ella no podía entrar ya en aquella tienda, que además era suya, aunque estuviese dada de alta a nombre de él, sin que aquella mujerzuela la mirase con insolencia, sacudiendo sus largos cabellos castaño oscuros, lisos, en torno a aquella cara alargada, de grandes pómulos, mongoloide, sonriéndole de modo insultante, como si dijera:

—¡Vaya con la vieja!

Apoyó la frente en el cristal helado y por un momento sintió ganas de llorar al leer a través de la niebla, desenfocado, el rótulo de la tienda: «Radio. Televisores, Electrodomésticos». Luego recordó la sensación de la media en torno al cuello, y el llanto se le heló súbitamente dentro, se le petrificó, y pensó sólo, lo pensó con palabras precisas:

«Te castigaré».

Se echó sobre los hombros la piel de tigre —artificial, naturalmente—, y comprobó si en el bolsillo tenía el talonario de cheques. Sí, lo llevaba; sólo con dos talones, pero aun eran demasiados porque en el banco no tenía ni una lira. Simeone se había llevado hasta el último céntimo.

Salió. Sólo tenía que atravesar la calzada. Había sido muy feliz cuando encontró el piso allí y la tienda al otro lado de la calle, enfrente, e incluso había puesto la placa de latón sobre la puerta con el apellido de él, Ferroni; y allí estaba la placa, en la puerta, aunque él se fuera a dormir a la casa de la encargada, con el consentimiento de la madre y del padre de la chica y a modo de futuro marido, como había vivido siempre él, con esa promesa o profesión de casarse, de dar su apellido, Ferroni, a tal o cual mujer. Y no se había casado nunca con ninguna.

En el momento de atravesar la calle para ir a la tienda de enfrente, sintió un ligero estremecimiento de frío y también de asco: por última vez en su vida pensó si no era mejor olvidar, huir, alejarse de aquella inmundicia, rehacerse una vida sin pensar jamás que hubiese existido nunca una indignidad de hombre como Simeone. Y comprendió que sería mejor así, pero comprendió también que nunca tendría la fuerza suficiente para olvidar. Sólo podía vengarse, y se vengaría. Y además moriría, al fin.

Entró en la tienda. Ella, la encargada metida en carnes, estaba allí, al fondo del local, preparando un pequeño televisor, y la miró con cortesía despreciativa a través del largo flequillo que no sólo cubría su frente, sino casi los ojos, tapando las cejas y llegando a las pestañas; un subterfugio para encandilar a los hombres, única cosa que entendía y era capaz de hacer, pero que, no obstante, hacía tosca y vulgarmente, porque había nacido tosca y vulgar.

—Buenas noches, señorita.

Ella miró el rostro lleno de Simeone, y no comprendía ahora cómo pudo llegar a convertirse en esclava de un hombre gordo, joven pero gordo, con las patillas de un color castaño tirando a rubio que le llegaban por debajo del lóbulo de la oreja, hinchado y risible títere caricaturesco de torero de cartón en el carnaval de Viareggio. Miró a Simeone, que estaba detrás de la encargada, apoyando, precisamente, una mano en su hombro, cerca del cuello, como si quisiera, hasta en una tienda abierta al público, exteriorizar su codicia de ella.

—Hola, Simeone —le dijo.

Él apartó la mano del cuello de la mujer, que siguió mirándola a ella con despreciativa cortesía.

—Hola —repuso él con desgana, y desganadamente acudió a su encuentro, pero más con el aire de echarla que de recibirla.

—He de hablarte —dijo a Simeone.

—Sí —repuso él, y volvió la cabeza, ostensiblemente, hacia su furcia, precisamente para ultrajarla a ella, sonriendo casi lascivo a la chica, precisamente para que ella, la vieja, se sintiera humillada.

Y ella, en efecto, se sintió humillada hasta encontrarse mal, pero resistió, porque ahora ya sabía que lo castigaría. Sonrió triste, con su chupada carita de milanesa trabajadora y solterona, y dijo con humildad :

—Vamos al bar.

Bajó la cabeza y se tragó su desesperación al ver los ojos brillantes de irrisión de la chica, que la compadecía, y dijo aún con mayor humildad:

—Te lo ruego, es muy importante.

Simeone dio un paso hacia ella.

—Sí —repuso.

Bajo el flequillo simiesco, los ojos de la muchacha tuvieron un brillo de contrariedad, pero quizá ni siquiera sabía ella, pobrecilla, que Simeone decía que sí porque había percibido el olor del dinero, y ella, pobre, solterona, había querido precisamente, mirándolo con fijeza, que notase ese olor, como tantas veces cuando se disponía a firmarle un talón. Y él había entendido el mensaje.

—Vuelvo en seguida —dijo Simeone a la chica.

Se llamaba Luisa, y precisamente este nombre le había dado la solución de todo: los caminos de la venganza son infinitos. Si la chica no se hubiese llamado Luisa, ella nunca hubiese encontrado la solución a su horrible problema.

Simeone se dirigió a la puerta y con risible caballerosidad la abrió y la hizo pasar a ella delante. Luego se dirigieron juntos hacia el bar, un bar que había en la esquina; también vendía cigarrillos y despachaba quinielas, y siempre, a cualquier hora, había también mujerzuelas y sus P. R., como los llamaba amablemente Simeone, es decir, Public Relations, y era un bar propio para un tipo como Simeone, casi su oficina, para uno que tenía aquella profesión, y ella, qué vergüenza, qué vergüenza, qué vergüenza, que lo había amado de veras…

—Pon algún disco —le dijo ella apenas entraron en el bar.

Y rápidamente le puso en la mano las cien liras, o «el» cien liras, como decía la asistenta que le iba a horas, que era de la Puglia y extrovertida. Porque Simeone no hubiese nunca gastado cien liras para que una mujer oyera discos, ni siquiera veinte liras, nada: a él las mujeres tenían que pagarle; y, en efecto, se hacía pagar.

—He conseguido un préstamo sobre el piso —le dijo cuando él volvió del juke-box que había empezado a decir, a través de una voz de invertido, que era necesario que todos se quisieran, y si se besaba en la frente a todo el mundo se resolverían los problemas: querámonos mucho, démonos la mano, besémonos en la frente. Y ella, con este fondo musical pacifista, dijo bajando la voz, mirando en torno a todos los testigos de su futuro asesinato, a las pobres mujeres de esa larga cadena que es la prostitución, y a sus P. R., y al camarero de la barra que la conocía y que de vez en cuando le sonreía, y al chiquillo que les sirvió los dos cafés, y todos dirían que sí, que después de las y media ella había estado en el bar con el señor Ferroni y se habían tomado un café, y así, en voz baja, le dijo—: Me han dado cinco millones —y con voz aún más baja, con un susurro—: Sube, te extenderé el talón para la tienda.

Y escribió la cantidad.

Quería decir, como tantas veces: sube, abrázame, estréchame, hazme pensar que me quieres, que soy algo para ti. La alusión al negocio era pura fórmula; sólo para que él no se subiera por las ramas.

—Sí —repuso él.

Las patillas castaño rubio, que le llegaban por debajo de los lóbulos de las orejas, era lo que la había hecho esclava de él, aquella estúpida y despreciable cosa. Ni siquiera una chiquita de trece años se hubiese dejado encandilar por aquellas franjas de pelo en las mejillas. Pero ella sí, porque era más ingenua y soñadora que una chiquita de trece años.

Salieron del bar. Los vieron salir el camarero, Giovanni Quarelli, la mujer del propietario del bar, la señora Eloísa Valli, el viejo caballero que estaba detrás de la ventanilla del despacho de quinielas, más las tres perendecas Mirella (Baroni), Caterina Catti (Moresi) y Leonessa (diminutivo de Eleonora) Giarraotta, de Palermo. Los vieron todos, a ella y a Simeone, que habían estado sentados a aquella mesa, y se habían tomado dos cafés, y también vieron todos que ella había firmado, y le había dado algo que no podía ser más que un talón, y hubiesen podido testimoniar que, mientras, sonaba el juke-box con la voz idiota de aquel invertido que decía que bastaba abrazarse y quererse y besarse en la frente para que se arreglase todo. Y fuera del bar, mientras él, en la niebla, se metía el inesperado talón en el bolsillo de la chaqueta, también los vio el taxista Andrea Durante, que estaba en la parada precisamente cerca del bar, y a quien Simeone, sin saber lo que le esperaba, le dijo:

—Vuelve pronto, viejo, que dentro de una hora te necesitaré.

Y ella comprendió lo que esto significaba, es decir, que él, Simeone, la dejaría al cabo de una hora, y volvería a la tienda por su amiga, muy contento con el talón en el bolsillo, y cerraría el establecimiento, y luego tomaría el taxi para llevarse a su amiga del flequillo al restaurante. Tal vez fueran a Sesto S. Giovanni dall’Ostricaro, porque a Simeone le gustaba mucho el pescado. Las ostras, ¡cuánto le gustaban las ostras, sobre todo las francesas que llegaban en avión! Ella le había comprado muchas en la pescadería de Via Vitrubio, a trescientas liras cada una, hasta empapuzarlo, y así se había puesto de gordo y lustroso. Pero aquéllas, aquella tarde, serían las últimas ostras de su vida.

Naturalmente, los vio la portera de la casa, la señora Giuliana Meroini, que hubiese podido decir que hacia las dieciocho treinta la señorita Irene Brambilla se había dirigido a su apartamento del quinto piso, junto con el señor Simeone Ferroni, a quien conocía porque él le había vendido un transistor pequeño. Y en el ascensor se encontraron, tan diminuta y despavorida, a la maestrita del cuarto piso, y también ella diría que hacia las dieciocho treinta había visto a la señorita Irene Brambilla en compañía de un joven un poco grueso, con patillas muy largas, a quien ya había visto otras veces en compañía de la señorita Irene.

Y apenas entraron en el piso, ella ajustó la puerta sin cerrarla, se quitó la piel de tigre —artificial naturalmente—, lo observó un momento mientras encendía un cigarrillo, luego se quitó también el pullover negro, y después, sin dejar de mirarlo, pero ahora con algo más oscuro en la mirada, se quitó el sostén y se lo arrojo a la cara con dulce provocación, para que no sospechase, para que él no supiera nada, para que pensara que seguía siendo la habitual estúpida que lo había hinchado de dinero. Lo miró como una mujerzuela, como a él le gustaba, y le dijo:

—Ahora, Simeone, ven.

Y dejó que la falda cayese al suelo, en torno a los tobillos.

Se vistió lentamente. Eran las diecinueve treinta, una hora después, y él se había dejado —peligrosa distracción— su encendedor con sus iniciales SF, sobre la mesita, junto al vaso con un poco de whisky —porque le gustaba el whisky, y en general las cosas inglesas—, pero ella sólo se puso el sostén y la falda. Dejó el pullover sobre el diván, el portaligas en el suelo, junto al diván, y una media en torno a la botella de whisky. Había estudiado el detalle de manera que todo diese una idea inequívoca de pequeña orgía, y tenía en la mano la otra media, y con la larga media en la mano, miraba aquellos cuarenta libros que había en los dos bajos estantes que insinuaban la que debía ser una biblioteca, y en los que había novelas de amor y de toda clase, y una enciclopedia en dos tomos y hasta media docena de libros que había heredado de su padre, que fue marino, y que le había dejado un librito con las tablas de logaritmos y las nociones esenciales de trigonometría, y dos vocabularios, con un prontuario de frases comunes, italiano-inglés e italiano-alemán, y dos grandes volúmenes ilustrados La tierra y el mar, de los abismos marinos del Pacifico a las cumbres del Himalaya, y por último, la colección Los libros del marino, y ahí estaba el fascículo n. 72: Útiles marineros: los nudos.

Se lo sabía de memoria: de niña había jugado muchos años con su padre a hacer los nudos que ilustraban las pequeñas y sobadas páginas, cuando su padre estaba en casa, y entonces era el más apasionante padre que una niña hubiese podido desear, que la hacía jugar horas y más horas; le hacía alas con los diarios atrasados y le decía:

—Vuela, eres una golondrina.

Y ella corría por el pasillo de la casa, con las hojas del periódico ondeando a su espalda como si fuesen alas:

—Eres una golondrina, hija mía, eres una golondrina.

Y cuando tomó el fascículo número 72 todavía se sintió golondrina, como se sentía entonces, sólo que ahora era una golondrina que iba a emprender el vuelo hacia algo.

Y hojeó, una tras otra, desde el principio, las pequeñas y sobadas páginas del fascículo Útiles marineros: los nudos. Naturalmente, recordaba el «nudo Luisa», como recordaba casi todos los más importantes nudos descritos por el manual, el «nudo Carpenter», el «nudo portugués», el «nudo sultán». En lugar de hacer ganchillo, había jugado de niña con los cabos que le daba su padre, y cuando Simeone tomó para la tienda a aquella chica que se llamaba Luisa, lo primero de que se acordó fue del «nudo Luisa», y sólo después comenzó a pensar en Simeone y en la chica del flequillo, abrazados.

Con la media en la mano, miró el «nudo Luisa» cuya ilustración figuraba en el fascículo: era un poco complicado, pero ella se sentía muy capaz de hacerlo. Era semejante al «nudo Van Haak», el de dos lazadas, pero se obtenía el mismo resultado con una lazada sólo. El mecanismo original consistía en esto: que al mínimo peso, como cualquier nudo corredizo, apretaba, pero cuando se intentaba aflojarlo se apretaba aún más, como no se intentara librarse de él de otra manera. Más que un nudo era una máquina estranguladora.

Y así Simeone sería castigado, y también su amiga. La policía diría: ésta ha sido estrangulada, comenzarían las investigaciones y el primero a quien interrogarían sería a Simeone —ahí estaba, además, el encendedor con sus iniciales SF—; ¿dónde se encontraba a las dieciocho treinta de aquel día? Le preguntarían esto, y luego detendrían también a la chica del flequillo hasta los ojos; saldría a relucir el talón que ella había firmado en el bar, y toda su historia, y el seguro de diez millones que ella había hecho a su favor, la mísera historia de explotación y malos tratos que era precisamente su historia. Él iría a parar a la cárcel, con no menos de quince años, y la chica del flequillo se pasaría por lo menos diez en cualquier cárcel de mujeres de Val Padana o de los Apeninos. La imagen de Simeone con uniforme carcelario, en Porto Azurro, le produjo un estremecimiento de alegría vengativa de todas las humillaciones, villanías y asquerosidades experimentadas durante tantos miserables años de encenagada esclavitud. Él y su furcia: finalmente castigados.

Dejó el fascículo número 72 en la pequeña estantería con pretensiones de biblioteca; había visto bastante. El «nudo Luisa» se hace comenzando con un punto de cadeneta, sólo que después hay que volver uno de los cabos en torno al primer anillo, de manera que forma un segundo corredizo, y así lo primero que hizo fue envolverse el cuello con la media, estando sentada en el diván, bajo la luz azulenca que procedía de la lámpara de pie, y comenzó a formar la primera lazada del «nudo Luisa». Pero mientras lo formaba comprendió que nunca sería capaz de hacer aquello que durante semanas había pensado hacer, porque, ¡oh, no!, no es que no sintiera deseos de morir; lo deseaba mucho, mucho, mucho: era la única cosa que deseaba de veras mucho, pero porque era simplemente una mujer más de treinta y siete años y núbil, de la gran metrópoli llamada Milán, y no una delincuente capaz de venganza, y así se soltó la media del cuello y se echó a llorar, delicadamente, delicada como era toda ella, incluso en lo físico, grácil, estrecha de hombros; sólo vistoso el pecho. Y se estremeció, la media ya suelta del cuello y entre las manos, y pensando, no, no, no, no te haré ningún daño, vete, vete con tu mujerzuela, haz lo que quieras, yo me iré lejos de ti, acaso a Roma. En Roma vive Andreina, que me encontrará trabajo; luego venderé el piso, aquí, en Milán, y en Roma trataré de no acordarme de ti. Vete, vete, vete con quien quieras, vete al Ostricaro con tu amiga, vete, vete.

Y mientras pensaba estas cosas, con la frágil y sin embargo tan temible media en la mano, oyó sonar el timbre de la puerta. Automáticamente se puso el pullover y automáticamente, con la media en la mano, sin darse cuenta, llegó al recibidor, empapelado con papel plástico de color de rosa. Había estado una noche trabajando en esto para que él, a la mañana siguiente, pudiese verlo, y él llegó aquella lejana mañana y miró las grandes rosas de color de rosa intenso, pero no dijo nada, porque Simeone hablaba siempre poco. Y abrió la puerta y, apenas abrió, la tercera última cosa que ella vio en su vida fue a Simeone que entraba y cerraba la puerta.

Y la penúltima cosa que vio en su vida fue a Simeone que sacaba del bolsillo de la chaqueta el talón que ella le había dado una hora antes y se lo mostraba, el rostro de mármol, y con ese rostro de mármol, le decía en voz baja:

—Ahora te vas a comer este talón.

Y sintió la mano de él en la nuca, agarrándola por los cabellos, y oyó todavía su voz:

—No debiste haber intentado hacerme pasar por idiota. ¿No sabías que tengo un amigo en el banco? Le he telefoneado y acabo de enterarme de que no tienes ni una lira en la cuenta corriente. Has querido tomarme el pelo, ¿verdad? Pero ahora voy a partirte la cara a bofetadas.

Ella levantó la mano para protegerse de los golpes, pero la bestial bofetada llegó igualmente y la lanzó contra la pared empapelada con papel de rosas de color rosa intenso.

—¡Cobarde! —le dijo, con el sabor de sangre en la boca—. Canalla, miserable.

Y con las manos trataba de protegerse de los golpes la cara, pero los golpes llegaban igualmente y ella, en una de sus manos, sin saberlo, tenía todavía la media con la cual había pensado estrangularse, pero los golpes sobre el rostro llegaban cada vez más brutales; hasta la media se manchó con la sangre que le salía de la nariz y la boca.

—Para que te acuerdes de que a mí nadie me toma el pelo, o lo pasa mal —y seguía abofeteándola con la mano izquierda y con la derecha, y con la derecha y con la izquierda.

Y ella seguía diciéndole, protegiéndose la cara como podía:

—Chulo, chulo, chulo.

Y entonces él vio la media de fibra artificial en sus manos, ella que se cubría la cara con las manos, y también con aquella media, entre los hilillos de sangre que le corrían por el rostro.

—A mí no me das talones sin fondos ni me llamas chulo, porque nadie me lo ha llamado.

Le arrancó la media de las manos y se la enroscó en el cuello con un incontenible ímpetu de furor porque ella seguía diciéndole:

—Chulo, chulo, chulo.

Porque a nadie le ofende esta palabra tanto como al que lo es de veras. Y apretó con todas sus fuerzas, porque ya no podía oír más aquella palabra. Y en efecto, al poco rato, ya no la oyó.

No había sido precisamente un «nudo Luisa», pero el resultado fue el mismo: después de la tercera última cosa y de la penúltima, lo último que vio fueron los puños de él tirando de los dos extremos de la media, tirando y tirando cada vez más. Y hubiese querido decirle en un último impulso de amor:

—No, no, no lo hagas; si lo haces, te pierdes. Yo quise hacerlo para castigarte, pero no fui capaz. Te lo ruego, te lo ruego, querido, te lo ruego, querido, no me mates. No por mí, querido, sino porque si me matas te has perdido para siempre, te has perdido. ¡Oh, no, querido, no lo hagas!

Pero los puños de él con furia bestial, tiraron, hasta no poder más, de los extremos de la media.

El ministerio público pidió cadena perpetua para el acusado Simeone Ferroni, y diez años para su cómplice Luisa Tavessi, la chica del flequillo. En el proceso salió todo a relucir, incluso los largos años de explotación de aquella a quien los periódicos de la tarde llamaron «la infeliz señorita de Via Porpora», estrangulada con una media de fibra artificial después de años de sevicias morales y materiales para arrebatarle hasta el último céntimo y los millones del seguro.

El tribunal, después de ni siquiera dos horas de deliberación, consideró que el acusado Simeone Ferroni era culpable y, por tanto, lo condenó a cadena perpetua. No existían, en cambio, suficientes pruebas para condenar como cómplice a Luisa Tavessi que fue absuelta y puesta en libertad al día siguiente de dictarse la sentencia.

A la salida de la cárcel, la chica del flequillo hasta las pestañas se agarró del brazo del abogado que la había defendido, mirando impúdica al único fotógrafo, que había acudido por ella, y sin dejar de pensar por qué Simeone había matado a la solterona. ¿Qué necesidad tenía?

—Quieta un momento —dijo el fotógrafo.

Ella se detuvo, colgada del brazo del abogado y sonrió al objetivo. Y siguió pensando por qué, por qué la había matado. Pero no lo hubiese comprendido nunca, porque los culpables algunas veces se castigan a sí mismos, aunque las víctimas, como Irene Brambilla, madura y núbil trabajadora milanesa, los hayan perdonado.

 

 

11

EL PERDÓN ES LA MEJOR VENGANZA

 

Miró el reloj de péndulo, auténtico de dos siglos antes, sobre el oscuro mueble inglés al fondo del salón.

—Voy, Carola.

Se levantó. Era más bien grueso, no alto, bastante calvo, pero se levantó ágilmente, casi con un movimiento de gimnasta en la palestra. Ella, en cambio, no se levantó ágilmente del largo diván angular al pie de las dos grandes ventanas. Es más, él le ayudó a levantarse, luego ella se apoyó incluso en su bastón. Era un poco más alta que él, y a pesar del hábil maquillaje del rostro y del también hábil peinado, revelaba, más que vejez, sufrimiento. Apoyándose con una mano en el bastón, permaneció delante de él, elegantísima, casi solemne en su largo traje blanco que hacía aún más llameante el rojo de los largos cabellos postizos que ocultaban los suyos y una oreja cortada y recortada —al parecer con tijeras—, la oreja derecha, y dijo con voz todavía muy joven:

—No vayas, Mario; no sirve de nada, no me importa ya nada. Sólo servirá para perjudicarte otra vez.

—Calla —dijo él sonriéndole con ternura a través de los párpados hinchados, porque a uno, cuando se ha tirado dieciocho años entre cárcel, casa de trabajo y libertad vigilada, sin mujeres, sin whisky, sin nada que esperar, se le hinchan algo más que los párpados.

—Quédate aquí donde estás —y ahora la miró con dureza—, y no me sigas los pasos, ni te pongas a llorar. Adiós. Si vuelvo, vuelvo; si no vuelvo, qué le vamos a hacer.

Ella golpeó con el bastón sobre la blanca alfombra china y su voz fue vulgar:

—No te importo nada, ¿verdad? Cuando era una chiquilla me sacabas de casa y me llevabas a tu puerco ambiente. Luego te esperé casi veinte años, y ahora, cuando hace unos meses que estás aquí, te vas… ¿De qué sirve? No necesitamos a nadie, vivimos como ricos; la policía ya te ha dejado en paz. ¿Por qué vas a arriesgarlo todo por esa basura, a tu edad, y con esa barriga?

Él le sonrió y la miró a través de sus párpados hinchados.

—Porque soy un hombre, un hombre barrigón, pero un hombre.

Ella se llevó al rostro la mano que no se apoyaba en el bastón, a causa del impulso de llanto que le asaltó de repente.

—No, eres un bufón, un bufón chocheante que va a dárselas de héroe cargado de revólveres para vengar a su dama —comenzó a alzar la voz rabiosa y vulgarmente—, pero ¿qué dama soy yo? Soy carne de golfa, y tú carne de presidio. Basta ya de tonterías, Mario. Deja los revólveres y quédate en casa.

Él la escuchaba sonriéndole a través de los ojos entornados. Luego, sin decir nada más, se volvió y salió del salón. Oyó el tof tof del bastón sobre la alfombra china y la imaginó cojeando penosamente para correr detrás de él: esto le hizo daño, pero tenía algo que hacer y no podía dejarse conmover por nada.

Eran las diez. A las diez y dos subió a su coche. Antes de ponerlo en marcha, controló las tres pistolas que llevaba encima, dos de tambor y una con cargador, comprobó también si tenía suficiente reserva de proyectiles, aquella larga caja chata que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta, porque no se fiaba de Carola, que lo registraba todo. Pero todo estaba en orden.

A las diez y cuatro puso el coche en marcha, y a las diez y cincuenta y cuatro llegaba a Como, tomaba la carretera de Blevio, dejaba Blevio atrás, y al poco rato descendía con los faros apagados por una carretera de segundo orden que conducía al lago. Conocía muy bien el lugar; había estado unas diez veces de exploración, se sabía cada rincón de aquella especie de porche particular que daba al lago y donde había sólo una pequeñísima villa, una vieja casa de pescadores reconstruida. A las once y un minuto llegó, por fin, al camino, que lo ocupó todo con el coche y paró el motor.

Luego se apeó, y a pie, la mano en el bolsillo de los pantalones, empuñando la Beretta, despacio, sin prisa, exploró toda aquella especie de minipenínsula en la cual, en el extremo, estaba la villa, y sólo después de haber comprobado que no había nadie, observó la casa. De una de las ventanas salía un vago resplandor: era la lívida luz del televisor. Miró el reloj; quien ha servido en la Legión está acostumbrado a ser preciso, y hacía meses que él había estudiado y calculado los minutos. Como en los ejercicios de Bidonville, sacó la Beretta del bolsillo, y a pesar de ser tan grueso, lo hizo con rapidez, se acercó a la villa, y subió, haciendo más ruido del necesario, los seis escalones que conducían a la entrada. Había un timbre pero no lo usó. Prefirió golpear con fuerza la puerta con los nudillos. Tampoco cambió siquiera la voz; después de dieciocho años, Buchenwald no podía reconocer la voz: nadie tiene la voz que tenía dieciocho años atrás.

—Abran, estoy herido, abran. He tenido un accidente de coche. Por favor, déjenme telefonear…

Vio iluminarse la ventana cerca de la puerta de entrada. Y repitió aún:

—He tenido un accidente de coche; estoy herido y quisiera telefonear, discúlpenme…

Oyó el ruido de la cerradura y apenas se hubo abierto la puerta, se metió en la casa como quien se lanza desde un trampolín, porque había visto que era Buchenwald, precisamente él, y el cañón de la Beretta se hundió tres centímetros en la barriga del otro.

—Tú también has engordado, y estás bien.

Cerró la puerta de un puntapié, y en aquel momento vio revolotear por la habitación, gritando, algo muy rubio, vestido de gris, y dijo:

—Cállate y ven aquí.

Bien es verdad que fue la voz, pero también su cara llena, de ojos hinchados que parecían cerrados por completo, lo que dominó a la chica, y ella se calló y acudió dócil al lado de él, que seguía metiendo en la barriga del amigo tres centímetros del cañón de la Beretta.

—¿Hay alguien en esta casita? —preguntó—. Dime la verdad, aunque no estés acostumbrada a decirla.

—Aquí no haber ya gente —dijo la chica.

La extraña frase y la pronunciación indicaban claramente que era alemana.

—¿Entiendes bien el italiano?

—Lo hablo mal, pero comprendo todo.

—Entonces apaga el televisor y baja las persianas —le dijo—. No intentes huir porque cascas. Kaputt.

Pero debía de ser una chica inteligente, que comprendía, incluso sin necesidad de decir kaputt en su lengua. Y la chica apagó el televisor, bajó todas las persianas de las cuatro habitaciones, y no intentó huir, ni gritar, porque además nadie la hubiese oído en aquella ermita, y volvió al salón, como buena alemana, a recibir órdenes del nuevo amo.

—Ahora trae algo de beber para mí y para ti —le dijo—. Quiero cerveza. Recuerda que tienes que portarte bien.

A la alemana no era la pistola de él lo que le daba miedo, sino la voz; nunca había tenido tanto miedo de una voz de hombre como de aquella voz, y, sin embargo, él no hablaba en voz alta.

—Ponte de cara a la pared, Buchenwald, y no des patadas como hacían los árabes en Argelia cuando los cacheábamos, porque tú sabes perfectamente cómo los castigábamos cuando se comportaban así.

El hombre a quien él llamaba Buchenwald seguía callado. Era mucho más alto que él y mucho más apuesto. Tenía todavía espesos cabellos blancos y miraba al vacío con ojos que parecían botones, no ojos. Obedeció, apoyó la frente y las manos en la pared, y él lo cacheó y encontró en seguida el juguetito, una de las más pequeñas Browning que jamás había visto.

Ni siquiera parecía una cosa seria, pero también mataba y se escondía con facilidad.

—No me mates —y el hombre se estremeció—. No me mates.

También tenía una hermosa voz, muy viril, pero daba risa, porque le faltaba humanidad. Parecía que recitaba un fragmento de ópera: «¡No me mates, oh, ten piedad de tu hermano, no me mates, no!».

Él dijo:

—Vuélvete, cerdo.

El hombre se volvió, y él le escupió a la cara y con el cañón de la pistola le hizo una indicación imperiosa.

—No, no te limpies, mantenlo en la cara, si eso es una cara, junto con éste —y volvió a escupirle, mirando a los ojos. Luego, sin dejar de agitar la pistola, le dijo—: Siéntate ahí, valiente, ponte cómodo, relájate, porque he de hablarte… No, te he dicho que no te limpies. Mi escupitajo es más limpio que tu cara.

La alemanita había vuelto con la botella de cerveza y los vasos, y miraba fijamente la cara del hombre alto de la espesa melena, bajo la vivida luz de la lámpara.

—Siéntate tú también —le dijo el otro—, bebe cerveza y llena mi vaso —dejó la Beretta sobre la mesa y sacudió la cabeza—. No te hagas ilusiones; aunque no tenga el revólver en la mano puedes considerarte muerto —dijo al hombre grueso, más grueso que él—. ¿Sabes que a los dieciocho años estaba en la Legión? Responde cortésmente.

—Sí, lo sé —respondió la voz viril y teatral.

Por instinto se llevó la mano a la cara para limpiársela.

—No, mantenlos así —y simplemente movió el dedo índice, como se hace con un niño, y no manejando la pistola—, junto con este otro, y no trates de protegerte, porque, si no, agarro ésta.

Y señaló el arma.

El hombre no trató de protegerse y ni siquiera bajó la cara: seguramente sabía con quién tenía que habérselas.

—¿Y sabes que los legionarios son tres veces más rápidos con el revólver que los cowboys? Responde correctamente.

—Sí, lo sé.

El otro se bebió medio vaso de cerveza. Luego dijo:

—Y recuerda ahora: cualquier idea que se te haya metido en la cabeza para escapar, para pedir socorro, para escabullirte, bastará para que te consideres muerto. Es mejor que no pienses ni en escabullirte ni en huir. Y esto lo digo también por ti —añadió, dirigiéndose a la alemanita—. ¿Has comprendido bien lo que he dicho?

—Sí, haber comprendido —contestó la chica.

Él se bebió el otro medio vaso de cerveza y luego miró los oscuros botones que eran los ojos de Buchenwald.

—Sé lo que estás pensando: que yo era legionario hace treinta años y que ahora soy un panzudo. Vamos a probarlo. Mira: voy a poner el revólver a la misma distancia entre tú y yo. Si lo agarras antes que yo, naturalmente, disparas sobre mí, y si yo lo cojo antes, disparo sobre ti, claro está. Veamos. Como sabes, en la cárcel los cigarrillos escasean. Entonces hacíamos este juego con los cigarrillos. Poníamos en medio un cigarrillo y cuando se daba la señal, se intentaba encenderlo. Quien no lo conseguía había de dar dos. Casi siempre era yo el primero en encenderlo. Al final ya no querían jugar conmigo.

Empujó el revólver exactamente a la mitad de la distancia entre él y el hombre. Lo miró.

—Adelante. Pruébalo si estás convencido de que yo no soy ya un legionario.

Los ojos-botones del hombre miraron el revólver —si aquello podía llamarse mirar—, pero sus manos no se movieron. Sin embargo, algo conmovió su rostro, como el agua de un estanque se estremece a un soplo de viento.

—Hemos de estar en igualdad de condiciones —dijo él—, y puedes poner las manos sobre la mesa, como yo; no tenerlas en las rodillas. Ponías sobre la mesa. Adelante.

Lo miró fijamente y esperó. También esperó la alemanita. Estaba sentada a la mesa al otro extremo y su mirada era un poco insegura, de miedo, pero se daba cuenta de que tenía que obedecer y portarse bien, si quería vivir. Y quería vivir.

Esperaron casi un minuto, pero el hombre gordo no se movió. Entonces él, en lugar de guardar el revólver, se volvió a la chica:

—¿Has visto qué cobarde? Ni tiene siquiera el valor de intentarlo. —Volvió a mirar el objeto de su odio inextinguible—. Inténtalo, pruébalo. ¿Qué lo impide? Sea como sea, estás muerto.

Pero el otro permaneció inmóvil, aunque no apartaba la vista del revólver, y su rostro, en su pétrea flaccidez, seguía estremeciéndose.

—¿Por qué muerto? —preguntó la chica—, ¿qué te ha hecho?

Él asintió mirándola a través de los ojos hinchados.

—Tienes razón: ¿qué me ha hecho? Alguien ha de saberlo. Alguien habrá de testimoniar. Tú serás el testigo. ¿Sabes lo que quiere decir testimoniar?

—No.

—No importa. Cuando llegue el día ya te lo explicarán.

En aquel instante el hombre grueso, aprovechándose de que él estaba mirando a la alemanita y le hablaba, agarró la pistola con un movimiento instantáneo, como el disparo de una cámara fotográfica. Es decir, intentó agarrarla, pero la mano de él se posó inmediatamente sobre la suya que ya apretaba el arma, mientras que con la izquierda sacaba una de las pistolas de tambor que llevaba en el bolsillo.

Entonces comenzó a temblar la cara de Buchenwald, y soltó en seguida el arma.

—No puedes matarme. No te he hecho nada.

—¿Habráse visto bellaco? —dijo el otro a la alemanita—. Esperaba el momento en que estuviese distraído.

—No te he hecho nada. Te dijeron que yo había sido, pero no fui yo.

—Cállate.

Se levantó y se metió ambas armas en el bolsillo, le volvió tranquilamente la espalda y dio unos pasos por la salita, llena de muebles y objetos antiguos, moquetas, vitrinas y visillos, que no muchos años antes era la ruinosa casa de un buen pescador del lago de Como. Parecía cansado y lo estaba. Cuando se llega al fin de una misión, se siente cansancio, y él ahora ya había llegado: sólo le quedaba matarlo.

—Mira, querida, hace dieciocho años, exactamente en mayo de mil novecientos cuarenta y nueve, yo preparé con otros amigos el robo a un banco. No fue el mayor robo de la posguerra, pero sí el más rápido —dijo él, indicando a la alemanita que sirviera cerveza—. Treinta y tres millones. ¿Sabes lo que son treinta y tres millones?

La alemanita no pudo responder. Estaba sonando el teléfono.

Buchenwald dijo:

—Es un amigo mío. Vive aquí cerca y me había citado con él.

A la séptima llamada dejó de sonar. Buchenwald dijo:

—Vendrá porque sabía que estaba esperándole.

—Muy bien. Será un placer —y le vertió todo el vaso de cerveza, no en la cara, sino en la barriga, y se rió al ver que se estremecía—. Estaré muy contento de que me presentes a tu amigo.

Después, casi con los ojos cerrados: 11 de mayo de 1949, la irrupción en el banco; ni siquiera dos minutos, y treinta millones. Una «limpieza» completa; eran tres y se habían repartido once millones cada uno, y cada uno se fue por su camino; las armas no procedían de Milán, sino de Florencia; la policía buscó entre el hampa milanesa, pero no encontró nunca nada. Sin embargo, estaba él, Buchenwald.

—¿Sabes?, éste —dijo a la alemanita, su testigo— vivía de recados y espionaje. ¿Sabes lo que quiere decir espionaje?

Ella asintió, era palabra del ambiente: espiar, espiado, espía.

—Entonces, espiando, pudo saber lo que preparaba, y se informó de todo. Se portó bien hasta que leyó en los periódicos que habían robado al banco. Y ¿sabes lo que hizo?

—Yo no hice nada, no hice nada. Quieren indisponerte conmigo —replicó Buchenwald—. Te tenía afecto…

Entonces él le dio una bofetada, y el otro se calló de pronto y bajó la cabeza.

—No quiero matarte antes de tiempo, cállate. Mientras se está vivo hay esperanza, pero si te pego un tiro, se acabó todo —y sacudió la cabeza, se pasó la mano por el cráneo casi totalmente calvo, brillante y sudoroso—. Estaba diciéndote lo que hizo: denunció, pero con un anónimo, al vejete que nos había dado la metralleta y los revólveres. Y ¿qué ocurrió? Sucedió que nos detuvieron a los tres en pocos días. Y, claro está, en la policía nos preguntaron dónde habíamos metido el dinero robado al banco. Y mis dos amigos acabaron diciéndolo. Yo no. ¿Verdad, Buchenwald, que yo no dije dónde había metido los once millones? ¿Y sabes por qué te llamo Buchenwald? Di que lo sabes.

—No, no, yo no tengo nada que ver con todo eso; no, no, no.

Ahora Buchenwald parecía que lloraba, ya no tenía nada de barítono.

—¿Por qué tú llamar a él Buchenwald? —preguntó la alemanita, con un leve resentimiento en la voz, porque éste es un nombre que no gusta a los alemanes.

—Ahora te lo explicaré —dijo él.

Cerró casi del todo los hinchados ojos y volvió a ver a los policías que lo interrogaban. Horas y horas, días y días, y también los golpes: y dónde has metido el dinero, y dónde has metido el dinero. Si no lo dices te meten en la cárcel para toda la vida, y si lo dices te escurres con unos años, y dónde has metido el dinero, y dónde has metido el dinero. Pero él, a pesar de las bofetadas que le destrozaban la cara, decía que lo había perdido, que, mientras huía, en cuanto supo que lo buscaban, lo había perdido. Y los policías se ponían verdes y todavía le atizaban más.

—Y ¿dónde tú esconder el dinero? —preguntó ella, interesada.

A esta pregunta, él volvió a sacar la Beretta del bolsillo.

—Él te lo dirá —y quitó el seguro y apuntó a una mejilla de Buchenwald—. Tienes que decir dónde había escondido mis once millones, porque tú lo sabes. Mira, he soltado el seguro y estoy con el dedo en el gatillo. Responde en seguida, que será mejor: cuenta a la señorita dónde había escondido yo el dinero.

La cara del viejo cabelludo se volvía blanca, casi blanca, de un blanco sucio; los botones de los ojos se le cerraron, y cayó de cabeza sobre la mesa.

—Se ha desvanecido —dijo él—. Esperemos. Se recobrará por sí solo.

Esperaron, mirando el grueso corpachón del hombre casi tendido la mitad sobre la mesa, pero al cabo de un rato ella no resistió.

—¿Por que tú llamar a él Buchenwald?

La habían humillado tanto con aquellas historias de torturas cometidas por sus paisanos, aunque apenas había nacido cuando se cometieron, que en cuanto oía hablar de ello quería huir o saberlo todo, aunque no fuese precisamente un ángel caído del cielo.

Con un poco de cerveza él trató de animarse.

—Bien, te lo diré yo, aunque me haga mucho daño, pero necesito de un testigo, de alguien que sepa la verdad. Mira, el dinero del banco se lo había dado a mi amiga. Entonces era una muchacha muy guapa, muy guapa. Se lo di a ella, que vivía en Roma, para que nadie, y menos la policía, supiera que esa mujer era la mía. Yo tenía otras amigas. Ya sabes cómo son los hombres, y a éstas la policía las interrogó día tras día, pero ellas no sabían nada. En cambio, ella, mi amiga de Roma, sabía dónde estaba el dinero. Es más, ella lo tenía.

—¿Cómo se llama esa amiga tuya? Me gusta saber los nombres.

Él asintió, le complacía aquella pregunta y, de placer, abrió un poco más los ojos, los abrió por el deleite de pronunciar su nombre.

—Se llama Carola.

—Pero ¿por qué tú llamar a él Buchenwald?

—Es justo —repuso él—. Siéntate, por favor, muchacha. En seguida te lo contaré todo, en seguida porque ya es tarde.

Se lo contó a la alemanita tan sensible al nombre de Buchenwald.

Ante ella agitó el revólver como el maestro ante la pizarra agita la tiza.

—Comencemos por el principio, así lo entenderás mejor. Éste no se llama Buchenwald, claro está. Se llama Domenico Lascura. Es un conocido explotador de mujeres, con una gran actividad, pero es muy hábil y la policía no ha conseguido pescarlo. Yo, en aquella época, hacía muchas cosas, excepto trabajar. De vez en cuando me encerraban y no me gustaba nada, hasta que pensé en algo más sustancioso que robar el coche, o a los tabaqueros o bolsos de un tirón. De manera que así di aquel golpe del banco con mis dos amigos. Apenas tuve los once millones que me correspondían, llamé a mi amiga de Roma, y Carola acudió en seguida, le di el dinero, y le dije dónde debía esconderlo. Ella obedeció y pocos días después me detuvieron. La policía no logró saber dónde lo había escondido, pero este tipo sí, consiguió saberlo. Él sabía muchas cosas que la policía ignoraba; sabía que yo estaba preparando el golpe del banco, sabía que tenía una amiga a quien la policía no conocía, y cuando estuve en la cárcel (lo tenía todo premeditado) se fue a ver a mi amiga, a Carola. Se trataba de hacerle decir dónde había escondido el dinero, la parte que me había correspondido: los once millones. Y se lo hizo decir. Hay estúpidos que cometen robos y otros que se quedan con el dinero. Se lo hizo decir. Había utilizado también, digo también, unas tijeras para trinchar pollos. Tú que eres mujer puedes imaginar las torturas que es posible infligir a una mujer, pero no imaginarías lo bastante. Por eso lo llamo Buchenwald. Ella no quiso decir de ningún modo dónde había escondido los once millones que yo le había dado, pero después de cierto límite ningún ser humano resiste; le seccionó incluso un músculo de la pierna derecha. Debe haber estudiado medicina; de manera que ahora, después de tantos años, tiene que andar con bastón, y yo me he tirado dieciocho años en la cárcel, casa de trabajo y años de libertad vigilada —y bajó la cabeza porque no quería que lo mirase—. No sólo se llevó el dinero, sino que martirizó a mi mujer e hizo que me metieran en la cárcel por la mitad de mi vida. ¿Querías saber por qué lo llamo Buchenwald? Ahora ya lo sabes.

El hombre grueso trató de reaccionar, y su voz volvió a ser de barítono.

—No es verdad, yo no hice nada. Te han dicho estas cosas por enconarte contra mí.

—El miedo lo ha desvanecido —dijo él—. ¿Sabes lo que quiere decir desvanecido?

A la alemanita se le había vuelto el rostro gris.

—¿De veras hizo todo eso a tu amiga?

Él asintió. Le había ahorrado muchos detalles, entre ellos la oreja mutilada.

—¿De veras? —preguntó ella, ingenua y desesperada, al viejo cabelludo Domenico Lascura llamado Buchenwald.

—Yo no hice nada. —Poseído por el terror del fin inminente, ya no razonaba—. Nada, nada. No tengo nada que ver con eso.

—¡Embustero! —exclamó ella apasionadamente—. Eres un monstruo, me doy cuenta.

El otro le hizo seña de que callara. Estaba realmente muy cansado. Se metió en el bolsillo la Beretta y sacó un revólver de tambor. Con el cañón tocó una mano del hombre entontecido de miedo.

—Escucha —le dijo intentando superar el odio que sentía—, durante dieciocho años, en la cárcel, no he soñado en otra cosa que en este instante, el momento de pegarte un tiro, el momento de vengarme. Y éste es el momento.

La alemana se levantó. Nunca debió de haber asistido a la ejecución de un hombre. Pero se agarró a la mesa con las manos.

—No preocuparte tú por mí. Hazlo, y no preocuparte tú por mí.

Él le dio las gracias con la mirada, y volvió a hablar a aquellos ojos en forma de botones, opacos y duros.

—Pero después de dieciocho años, ya no tengo tantas ganas de matarte. ¿No sabes? El perdón es la mejor venganza.

Los botones, en aquella manteca sádica de la cara, parecieron iluminarse un poco, recobrar vida. La palabra perdón debió de haberlos encendido.

Entonces él continuó:

—Pero no puedo perdonarte, unas tijeras para trinchar pollo no pueden perdonarse, ni todo lo demás. Pero quiero ofrecerte una posibilidad de vida.

La chica volvió a sentarse. Ahora le corrían gotas de sudor por todo el rostro, aunque la noche sobre el lago no fuese nada tibia.

—Es más, dos posibilidades de vida —siguió él, mirando a través de los ojos entornados e hinchados al inmundo ser que tenía delante—. Fíjate bien: ésta es una pistola de tambor, ¿lo ves? Vamos a hacer un jueguecito como antes, pero no de habilidad, sino de azar. Abro la pistola. Mira, la abro y quito cinco proyectiles. Dejo sólo uno —y se metió las cinco balas en el bolsillo—. Comprendiste, ¿verdad? Se trata de una especie de ruleta rusa. Mira, yo no soy capaz de matar en frío, ni siquiera a un tipo como tú. Por esto te doy dos posibilidades de vida —y volvió a cerrar la pistola de tambor—. Apretaré el gatillo tres veces: si los tres tiros fallan estarás a salvo. Me iré de aquí y te olvidaré. Lo que me hará mucho bien. —No le dio tiempo a pensar, le dijo sólo—: Tienes dos probabilidades de vivir sobre tres —y apretó el gatillo.

Domenico Lascura pareció saltar de la silla, su cuerpo se estremeció y luego resbaló blandamente al suelo. Pero no había sonado ningún disparo, sino simplemente el clic del percutor, que dio en vacío porque no había proyectil en el cañón. Él se arrodilló cerca del hombre tendido en el suelo; le tocó primero el pulso, luego acercó a su boca el oído, y después se levantó.

—No, no se ha desvanecido. Está muerto. Ha muerto de miedo. Era la única muerte que podía tener un hombre como él. También en la Legión vi morir así a dos prisioneros. El revólver hacía clic, nada más, y se morían como si hubiera salido la bala. —Miró a la chica y se sintió tres veces más cansado, más gordo y más infeliz que nunca—. Déjalo todo así, vasos, botellas de cerveza, todo. No le he hecho nada. He hecho clic con un revólver que podía también ser de plástico. Él se ha muerto solo; dentro de uno o dos días lo descubrirán. Dirán que ha sido parálisis cardiaca. Todos se mueren de parálisis cardiaca, ¿verdad? Si quieres, puedes irte conmigo. Mi amiga, quiero decir Carola, para vivir, en el estado en que se encuentra, ayuda a chicas como tú. No es oficio que me guste, ni a ella tampoco, pero hemos de vivir. Estarás siempre mejor que al lado de ese tipo que está en el suelo —y añadió con tristeza—: pagamos bien.

La chica se alejó del hombre tumbado en el suelo, ni con disgusto ni con miedo. Peor aún, con frialdad.

—Pero ¿por qué tu amiga, Carola —le gustaba conocer el nombre de las personas— no denunció al hombre que la había torturado?

Él abrió la puerta y entró una ráfaga de aire húmedo del lago.

—No hubiese servido de nada —repuso—. Nada sirve de nada cuando una mujer se ve reducida así. Sólo sobrevivir, y ella ha querido sobrevivir, para esperarme, para ayudarme. Si lo denunciaba, perdía el tiempo. Gente como nosotros no pierde el tiempo. Vamos.

Se dirigió al televisor y lo encendió. Se iluminó la pantalla y se oyó el zumbido.

—El propietario de la casa, mientras miraba la televisión, después de haberse despedido de los amigos, tuvo un ataque.

Salieron y cerró la puerta. La cerradura era automática.

—Usted amar mucho a Carola —dijo la alemanita.

Él ni siquiera respondió.

 

 

12

RECUERDA A CORAZÓN ROTO

 

Ella se acordó de aquel melancólico noviembre de 1944, se acordó ahora de aquella calamitosa peluca, los cabellos que le llegaban hasta la ingle, vestida de amarillo fosforescente, tanto que hacía daño a la vista, y aquel coche descubierto de color gris humo, junto al más espectacular moreno con suéter blanco del litoral Pesaro-Ancora, y que sólo tenía veintidós años, casi los mismos que habían transcurrido desde aquel melancólico noviembre de 1944; es decir, apenas había nacido el moreno, cuando ella, a los dieciséis años, vagaba por el lago de Como, por las montañas limítrofes con Suiza, junto con «Corazón Roto» y otros jovenzuelos mal vestidos, con el frío cada vez más próximo y armados a la buena de Dios: había uno con una escopeta de caza, otro ocultaba tenazmente una pequeña bomba incendiaria, y sólo él, el jefe, Corazón Roto, tenía una auténtica metralleta.

La verdad es que no se llamaba Corazón Roto. Estas dos palabras, Corazón Roto, eran las palabras clave con el mando aliado. Por la radio, la voz de Londres transmitía los mensajes especiales a los grupos de combatientes libres del norte de Italia. Cada grupo tenía sus palabras clave. Tres veces al día, con los oídos pegados al viejo y catarroso aparato de radio: «Y ahora vamos a transmitir los mensajes especiales: “Mi barba es rubia”, repito: “Mi barba es rubia”. Y también: “La lluvia llega con el sol”, repito: “La lluvia llega con el sol”. Y asimismo: “Vestíos de azul”, repito: “Vestíos de azul”».

Esperaban desde hacía mucho, demasiado tiempo, en la casucha en ruinas, a que la radio transmitiera el mensaje que les correspondía a ellos: «Corazón Roto».

Lo esperaban desde agosto. El oficial de enlace norteamericano que había llegado hasta allí, casi al paso de San Iorio, les había asegurado:

—En setiembre habrá algo para vosotros, sobre todo armas y ropas de invierno.

Sí, sobre todo armas, porque no se puede hacer la guerra con escopetas, y trajes de invierno; porque no se puede invernar a cerca de dos mil metros con pantalones cortos de tela.

Cada día escuchaban la radio, desde agosto a noviembre, y la radio trasmitía a diario algún mensaje. «Cielo sin nubes. Alguien cabalga de noche». Eran hermosas palabras: parecían títulos de novela, de libros de poesía; pero nunca se trasmitía «Corazón Roto».

Y así llegó noviembre, un noviembre melancólico, con mucha niebla, en la montaña, noviembre de 1944.

El partisano Corazón Roto —porque lo llamaban así por el nombre de su formación, si podía llamarse formación a un puñado de muchachos agotados, desilusionados, hambrientos de todo, de calor, de sueño, de alimentación y de mujeres—, Corazón Roto aquel día había enviado a cinco muchachos a Suiza: tosían día y noche, no tenían armas y, así las cosas, lo mismo daba que se internaran en Suiza.

También intentó enviarla a ella a Suiza. «Una mujer molesta aquí; además, viene el invierno. Vete a Suiza y cuenta, como es verdad, que los “republiquinos”[1] te han matado a tus padres, quemado la casa, se te han llevado los animales, y a tus dos hermanos los han metido en un vagón para Alemania. Te admitirán en seguida; eres demasiado niña para estar con nosotros».

Luego había dejado de hablar porque sabía que ella no hubiese abandonado nunca la formación. Incluso el capitán Collins lo había intentado, pero en vano:

—Señorita, debe usted ir a Suiza. Esto es demasiado peligroso.

Y ella había sacudido la cabeza ante el pequeño capitán. Parecía muy pequeño ante Corazón Roto.

Hasta mediados de noviembre estuvieron escuchando la radio, esperando la frase milagro: «Corazón Roto», pero nunca fue retransmitida. Luego la radio se estropeó. Corazón Roto era también técnico de radio y comprendió que no había nada que hacer. Durante algunos días, él y el capitán Collins, intentaron convencer a los suizos de que les proporcionasen un aparato, pero no hubo manera.

—No hay nada que hacer —dijo entonces el capitán Collins—. No podemos bajar al pueblo, porque está lleno de tipos de las SS. Los lanzamientos ya no se harán, y es imposible hacer lanzamientos en invierno en montañas como éstas. Será mejor que todos nos vayamos a Suiza. En primavera, eventualmente, escaparemos de los campos de internamiento suizos y volveremos aquí a combatir.

—Mis hombres son quienes deben declarar lo que piensan —dijo Corazón Roto.

Los había reunido a todos, explicándoles la situación. Casi todos, aunque sintiéndose humillados, decidieron ir a Suiza y hacerse internar. No era posible resistir un invierno en las montañas, sin comer, sin ropa y durmiendo a la intemperie.

Casi todos, pero no todos. Diez muchachos se quedaron con Corazón Roto, y ella también se quedó. Eran doce ahora. Durante un tiempo hubo abundancia de víveres, porque no había que compartirlos entre demasiadas personas. Pero llegó la nieve, cayó a cantaradas. Los chicos creyeron poder actuar como los esquimales y construyeron una casa de nieve, pero tenían más frío dentro que fuera. Corazón Roto, se hubiese quedado, aun a costa de su vida, pero había dos chicos que tenían los pies helados, y un tercio tosía las veinticuatro horas del día. Y entonces dio la orden de que todos entraran en Suiza.

Ya estaban a la vista del Passo Iorio, y precisamente en aquel momento compareció el capitán Dortmund con doce hombres. Corazón Roto vio el grupito de SS, vestidos de blanco sobre la nieve blanca: fue el primero que lo vio. Dio la alarma, luego agarró por la muñeca a ella, a Camina Bella, como la llamaban los chicos, y rodó por la nieve con ella barranco abajo, al fondo del cual quedaron los dos casi sepultados por la nieve y también por unas cuantas piedras.

A pesar de haber dado la alarma, las SS llegaron tan de improviso que los chicos no consiguieron escapar, a pesar de que la frontera estaba allí, apenas a cincuenta metros. Por lo demás, dos que lo intentaron, al segundo metro saltaron por el aire alcanzados por una ráfaga de metralleta.

—El señor capitán Dortmund os ordena que os pongáis en fila —dijo la voz clueca de un jovencito del lugar que hacía de intérprete y había guiado a los SS hasta allá arriba.

Desde el fondo del agujero donde se encontraban, Corazón Roto y Camina Bella no vieron nada pero lo oyeron todo muy bien.

Los chicos se pusieron en fila sobre la nieve helada, y bajo la nieve que seguía cayendo. El capitán dijo algo y el intérprete tradujo:

—El capitán ordena que el primero de la fila se desnude completamente y arroje a sus espaldas toda la ropa.

—Schnell! Schnell! —gritó el capitán—. De prisa, de prisa.

Y un SS levantó la metralleta contra el chico que vacilaba, y el chico dejó de vacilar, y se desnudó rápidamente, bajo la nieve, en el hielo. No es que antes estuviera muy vestido, porque llevaba pantalones cortos, pero ahora, completamente desnudo, comenzó no sólo a temblar, sino a gemir, con el cuerpo azulenco que se le volvía blanco de pronto a causa de la nieve que estaba cayendo.

—El capitán dice que hace mucho frío y quiere calentarte —dijo el intérprete—. Comenzará por los pies.

Un SS se acercó con las bombonas del lanzallamas a la espalda y el tubo en ambas manos. El chico lo comprendió y gritó de terror e intentó huir: la llama lo alcanzó, cuando apenas había intentado dar un salto hacia adelante y cayó al suelo aullando atrozmente, y el capitán hizo una seña al SS para que apagara el lanzallamas. Luego habló durante un rato. El intérprete tradujo en seguida:

—El señor capitán Dortmund dice que no lo matará porque es un bandido y un traidor y ha de morir lentamente, muy lentamente. Ahora el capitán Dortmund dará esta lección a otros cuatro de vosotros. A los demás se les enviará a trabajar a Alemania. Ahora el capitán elegirá a los cuatro bandidos a quienes hay que castigar. Eh, tú, y tú, y tú, y tú.

Hubo aún una tentativa de fuga, pero el SS con su lanzallamas lo evitó en seguida. Quemaba los pies y las piernas a los cuatro chicos, y los dejaba allí, vivos, desnudos, aullando de dolor. Toda la montaña aullaba desesperadamente, con roncos y bestiales aullidos. Debían de oírlos incluso en Suiza, y también en el valle, y esto era lo que quería el capitán Dortmund: que neutrales, enemigos o indiferentes, aprendieran la lección.

Y antes de irse, los quemaron aún un poco por orden del capitán Dortmund, por encima de las piernas, levantando una nueva y pavorosa oleada de aullidos. Luego, con los cañones de las metralletas, fueron empujando a los cinco muchachos supervivientes, hacia el pueblo y el fondo del valle donde estaba el comando.

—El capitán Dortmund dice que no intentéis escapar porque os castigará con el lanzallamas —dijo el intérprete con su vocecita, y éstas fueron las últimas palabras que oyeron de aquel individuo, desde su escondrijo, bajo mucha nieve, pero siguieron oyendo, durante mucho rato, los aullidos salvajes de aquellos muchachos, y no pudieron salir de su escondrijo, para ayudarlos, sino cuando estuvieron seguros de que los SS estaban ya muy lejos.

Entonces salieron: los encontraron todavía vivos, pero horrendamente cubiertos de llagas. Los arrastraron hasta la frontera. Algunos soldados suizos, con su sargento, que habían oído los gritos, llegaron con el jeep hasta el mojón fronterizo y, prescindiendo de la neutralidad, ayudaron a Corazón Roto a transportar a aquellos pobres desgraciados gritando en el jeep hasta el hospital, y cuando llegaron, tres ya estaban muertos; y uno murió al día siguiente y el otro se curó pero se volvió loco.

Ellos dos fueron internados por los suizos en dos campos separados, pero aun antes de que terminase noviembre pudieron verse algunas veces junto al lago de Lugano. Era un melancólico noviembre. Allí junto al lago no hacía frío y todavía había mucho verde. No hablaron de los chicos, no hablaron de guerra, no hablaron de política. Acaso ni hablaron siquiera, excepto alguna frase: «¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras en el campo? ¿Necesitas algo?».

La luz rosa celeste del cielo se reflejaba sobre las aguas del lago, y al mínimo soplo de airé los árboles de la orilla perdían hojas y más hojas. Melancólico noviembre de 1944.

Pero ahora estábamos en noviembre de 1966 y quién sabe por qué había recordado aquel otro noviembre de veintidós años antes. De vez en cuando, de pronto, incluso a distancia de años, recordaba, volvía a oír los gritos, oía de nuevo la voz del intérprete. Desde abajo, en la nieve, se oía muy bien. Luego, durante algunos años, todo desaparecía: pero volvía después, de pronto.

El moreno miró el reloj.

—Diez minutos aún —dijo.

El paisaje era muy bello en aquel lugar del litoral, con aquella luz de noviembre gris mórbida; a la derecha el mar, que adquiría el tono oscuro del centro del Adriático; a la izquierda ya alguna ladera del monte, todavía cubierta de un verde intenso, como tal vez estaría todo el invierno. Pasaban pocos coches porque era un día festivo y porque el tiempo era gris, tanto que no daba ganas de ir en coche a ningún sitio.

Faltaban todavía diez minutos. Luego Corazón Roto llegaría allí junto con los mensajeros. Pero no, no debía seguir llamándolo Corazón Roto. Era el doctor Mario Zusini; nadie pregunta por el título y así podía ser doctor también él. Y ella no era ya Camina Bella, incluso porque su carne no era ya tan bella como lo fue a los dieciséis años y combatía por la libertad, sino la señora Lara Zusini. Y aquel hombre moreno era solamente su chófer, el chófer más veloz del mundo, capaz incluso de escabullirse de la policía de carreteras, como ya había hecho otras veces, y manejaba muy bien varias armas, desde los pequeños revólveres a la carabina con mira telescópica. Tenía sólo el inconveniente de que la policía la había emprendido con él y no dejaba un instante de buscarlo.

Dentro de diez minutos, pensó ella, la señora Lara Zusini, dentro de diez minutos volvería a ver a su viejo gigante, su Corazón Roto. Con el paso de los años se había vuelto más coriáceo; había perdido aquella vaga dulzura de muchacho de entonces, y se había convertido en un poderoso roble a cuya sombra ella se sentía protegida contra todo.

En aquel mismo momento el doctor Mario Zusini, es decir, él, Corazón Roto, entraba en uno de los cafés más concurridos de Senigallia, ante la orilla del mar, maldiciendo por lo bajo porque llegaba con veinte minutos de retraso, y tratando de descubrir, entre las mesas del salón terraza, en cuál se sentaba el hombre que buscaba. Avanzó por entre ellas, sumido en el ruido, el humo y el olor a cerrado. Por último vio la señal, un guante claro y otro oscuro sobre la mesa y al lado de un gran vaso de cerveza. Entonces se sentó en seguida a aquella mesa y dijo:

—La moda es llevar un guante amarillo y otro oscuro —sin inflexión interrogativa, como pretendía la frase de reconocimiento.

Entonces el otro sonrió, tendió la mano y dijo en un fluido italiano que, evidentemente, no era su idioma:

—Muy de moda.

Al principio la voz del hombre lo impresionó; a pesar del tono persuasivo superficial, debajo había algo en extremo duro y gruñón. Le pareció recordarla pero en la vida se oyen tantas voces…

—¿Cuánto ha traído? —le preguntó.

No le gustaba el hombre aunque tenía un hermoso rostro cuadrado, bronceado incluso en invierno, y los ojos claros. Y no le gustaba que cada vez le mandasen a un hombre distinto con aquello, que era cocaína pura. Evidentemente era una medida de precaución, lo comprendía; pero tener que habérselas cada vez con un tipo diferente le molestaba y le infundía recelo.

—La cantidad pedida: es decir, tres mil gramos —dijo aquella voz, en aquel italiano fluido y, sin embargo, poco convincente.

—¿Dónde está?

—Discúlpeme, pero antes debo preguntarle yo dónde está el dinero.

No había miedo de que les oyera nadie, ni siquiera de las mesas vecinas, porque el ruido, con la terraza cerrada, puesto que afuera el viento de noviembre soplaba a ráfagas, era tan grande que la voz se perdía.

—El dinero —dijo él, paciente, porque al envejecer se había vuelto paciente, o acaso menos nervioso que cuando era Corazón Roto— lo tengo a unos treinta kilómetros de aquí. No voy por ahí con carteras llenas de billetes.

—Entonces puedo decirle donde está eso —repuso el hombre del guante claro y del guante oscuro—. Lo tiene un amigo mío ahí afuera; es de cuidado —y añadió sonriendo—: y está armado.

El doctor Mario Zusini asintió con la cabeza, paciente. Las reglas de la consigna eran éstas.

—Entonces manos a la obra. Tengo el coche ahí.

—¿Le disgustaría que usase el mío, conducido por mi amigo de cuidado? —preguntó el otro.

—No —repuso él con calma—. Yo le abriré paso.

Salieron del café, juntos y no tan juntos; el viento de noviembre, apenas estuvieron en la terraza, les envió salpicaduras del mar. El doctor Mario miró el mar: era de un azul oscuro y las olas altas como un hombre saltaban por encima de la escollera.

«Es un alemán», pensó.

Trabajaba con gentes de todas las razas, desde canadienses a chinos, y muchos negros, porque en África se drogaban sin misericordia y preferían los productos sintéticos europeos a las ingenuas plantitas estupefacientes de la época de Livingstone. Había tratado a numerosos alemanes porque eran los que fabricaban la cocaína: la fabricaban de cualquier cosa. Incluso había oído decir que del metano, pero esto era sin duda, una exageración. Sin embargo, precisamente por esto, sabía distinguir a un alemán de uno que no lo era, aunque hablase italiano como el locutor del telediario, el locutor nervioso que hablaba un poco de prisa y entrecortadamente como si pensase: «Mira lo que he de leer para ganarme la vida».

—Ése es mi coche —dijo el alemán, cuando salieron a la carretera—, y al volante está mi amigo.

Era un ridículo seiscientos de color gris negro, y de pie, junto al coche, casi de mayor tamaño que éste, estaba aquel a quien el alemán llamaba su amigo.

Pasaban poquísimos coches y el tráfico con los camiones no comenzaría hasta después del almuerzo.

—Y ése es el mío —dijo él, el doctor Mario, señalando el bello Fulvia al otro lado de la carretera, bajo el sol que se descoloría, ya cerca del crepúsculo, a las cuatro de la tarde.

—Muy bien —exclamó el alemán—. Lo seguiremos de cerca. Si sucede algo, policía de tráfico o algo por el estilo, cada uno que siga su camino. ¿De acuerdo?

—Bien —repuso él.

Miraba a aquel hombre, y sobre todo escuchaba su voz con gran interés en aquel rosado y gélido crepúsculo de noviembre. Era un hombre apuesto: no debería de tener mucho más de cincuenta años, tenía los hombros cuadrados, como el rostro; era rígido como de cemento y, al mismo tiempo, muy móvil y atento, con aquellos ojos claros que lo veían absolutamente todo. En cierto modo le gustaba, le era simpático: era un hombre, no una especie de imbécil.

—Le ruego, señor —continuó el otro— que no intente hacerme una trastada. Sé que desde hace años efectúa usted este trabajo y que siempre se ha comportado bien, pero cualquiera está expuesto a un momento de locura. Tres kilos de eso pueden trastornar la mente de cualquiera. Le aconsejo que no le suceda a usted. Será mejor para todos.

Él lo miró fijamente, y en voz baja, muy fría, porque la prosopopeya del hombre lo había herido, le soltó a la cara:

—Suba al coche y sígame con su amigo, pero no demasiado cerca, sino más bien distante. Por lo menos trescientos metros —es decir, fuera del tiro de una pistola—. Si me sigue a menos de trescientos metros puede irse a donde le dé la gana con su paquete de borotalco porque no le daré ni una lira.

Ni siquiera esperó que le contestara. Atravesó la carretera, bajo el último aliento rojizo de la luz del sol, con el fondo del mar ahora casi turquí y subió a su Fulvia. Puso en marcha el motor cuidadosamente, porque era muy cuidadoso, a pesar de su corpulencia. Por el espejo retrovisor vio con satisfacción que el ridículo seiscientos —pero ¿cómo hay que arreglárselas para ir por ahí con tres kilos de cocaína, probablemente tomada en depósito?— estaba a la distancia fijada por él, más allá de la parábola descrita por un proyectil de pistola.

Y condujo hacia Fano, pero con bastante rapidez, porque se le había hecho tarde, y sabía que Camina Bella se ponía muy nerviosa cuando tardaba, y también bastante divertido porque cuando quería jugársela a alguien que no quería que se la jugaran, lo pasaba muy bien. El señor Coso había dicho que no le hiciese una mala pasada. Pero no había duda que la mala pasada se la haría. Hacía dos años que se contentaba con hacer de mediador: la cocaína venía de Austria por la carretera de Roma, y él iba de un lado para otro por el litoral Pesaro-Ancora, tomaba el paquete del portador, lo llevaba a su vez a Taranto, lo entregaba a otro y recibía su comisión. Por medio kilo, por un kilo de «eso» —se le llamaba así— no había querido arriesgar nada. Pero ahora se trataba de tres kilos: era sencillo, porque tres kilos quieren decir millones y millones; quieren decir que uno por varios años no ha de pensar en lo que comerá mañana, y cómo se las arreglará para pagar los plazos del coche, ni para convencer al sastre de que le haga otro traje, sin soltar una lira. Claro que quería jugarle «la mala pasada». Se quedaría con eso para él y no lo llevaría a Taranto, a quien lo estaba esperando. Y también se quedaría el dinero que le habían dado para pagarlo. Era un juego arriesgado, pero se trataba de muchos millones.

Miró todavía por el espejito. El señor Coso seguía a respetuosa distancia y había encendido los faros de ciudad en aquella hora de luz tan incierta. Bueno, te haré la mala jugada, pensó.

Luego, mientras estaba detrás de un camión enorme al que no podía adelantar y había de conducir lentamente, pensó en muchas otras cosas: que tenía que llevar un revólver de cañón más corto, porque, con la barriga que tenía, el cañón largo se notaba mucho sobre el muslo derecho. Y además, si todo iba bien, podría convencer a Camina Bella para que se hiciera la plástica del pecho en Norteamérica, que le dejaría unos pechos como era debido, pero ella nunca quiso porque se necesitaba mucho dinero. Y además tendría que hacerle un regalo al hombre moreno, su pistolero fiel, que, a la distancia justa, daba en cualquier blanco, aunque se tratara de un mosquito.

Y de pronto, sin ningún motivo, pensó en aquella cosa terrible: la voz del señor Coso, el tipo de los tres kilos de eso, era la voz del capitán Dortmund, allí, en Passo Iorio. Era la voz del hombre que había ordenado quemar vivos a sus muchachos. Él, escondido en el fondo del torrente con Camina Bella, no había visto nada; sólo había oído voces: la del intérprete en italiano, y aquella ronca, en alemán, del capitán Dortmund.

Bien es verdad que la voz del señor Coso no era ronca, y decía palabras en buen italiano. Claro está que en tantos años había tenido tiempo de estudiar el idioma, pero había algo en la estructura de aquella voz, en el esqueleto de la voz, que le reveló la verdad: aquel hombre era el capitán Dortmund.

Por último pudo adelantar al camión, y respiró con alivio. Hacía muchos años que él no era sino carne de presidio. Había subido paulatinamente, desde el robo a la explotación de mujeres y el tráfico de estupefacientes, siempre adelante. Pero el recuerdo de aquellos muchachos que gritaban en el dulzón y nauseabundo humo de la propia carne quemada, era un recuerdo inolvidable de cuando él era un hombre y no un pillo, un recuerdo que cada vez que acudía a su memoria casi lo mataba de remordimiento, porque él fue el jefe de aquellos muchachos, y fue él quien los había convencido para aquella lucha y los había llevado a la muerte.

Miró por el espejito: también el seiscientos había adelantado al camión y en las últimas sombras de la tarde precoz de invierno mantenía la distancia señalada por él. No había prueba alguna de que aquel hombre fuese el capitán Dortmund. Él estaba en el fondo de un torrente, sepultado por la nieve y no había visto nada; sólo oyó voces, y sin embargo, sabía, sentía, tenía la certidumbre de que la voz del señor Coso era la voz del capitán Dortmund, el hombre que había dado la orden a los SS de los lanzallamas: «El capitán dice que hace mucho frío y quiere calentarte. Comenzará por los pies», decía el traductor. Y no tenía necesidad de pruebas, lo sentía dentro de sí: tenía a sus espaldas, en el seiscientos, al capitán Dortmund, autor de la pequeña matanza de Passo Iorio (Italia), noviembre 1944.

Moderó la marcha porque había visto los faros rojos del descapotable con Camina Bella y el moreno, que además era muy bajito, y se detuvo a tres metros de ellos. Al mismo tiempo, con el brazo fuera de la ventanilla, hizo una imperiosa seña al seiscientos para que se detuviera a bastante distancia, y ellos obedecieron.

Se apeó del Fulvia y se acercó al descapotable por el lado de ella.

—Hola. ¿Recordáis lo que tenéis que hacer?

—Sí. ¿Qué te sucede? —preguntó ella advirtiendo en la aspereza de la voz la tensión de los nervios.

—Nada. Me he detenido en la carretera para mirar a las chicas.

No podía decirle que había encontrado al capitán Dortmund. Ella estaba ya agotada, medio destruida; su corazón hacía «fu, fu, fu», en lugar de latir. Si le recordaba a aquellos chicos se sentiría mal.

—Ahora —le dijo— escúchame. El coche en el que llevan eso es aquel seiscientos que está allí en la curva. Dame la cartera y tú —le dijo al chico— saca la carabina. Estate al cuidado: son dos. Uno muy alto, y otro muy gordo. Éste es el que lleva eso. Yo intentaré que se apee del seiscientos, y apenas lo haya hecho, tú disparas sin pensarlo un segundo. Yo pensaré en lo demás.

De detrás de los asientos ella sacó la gruesa cartera. Estaba llena de periódicos, no de dinero, y preguntó amarga:

—¿Es necesario disparar?

Él dijo bruscamente:

—No te dan tres kilos de eso diciendo «por favor».

Tomó la cartera y, en el oscurísimo crepúsculo, se dirigió en seguida y decidido hacia el seiscientos, hacia los pequeños faros encendidos. Requirió cierto tiempo, porque trescientos metros son muchos para recorrerlos a pie. Pasaban camiones, coches, lanzaban ráfagas de luz con sus faros, pero no hay nada más solitario que una carretera, incluso con tanto tránsito, y allí había poco: se podía llorar y morir sin que nadie se diera cuenta; se corre, a cien, a ciento veinte, a ciento cuarenta, para llegar a tiempo, para llegar antes, para llegar como sea, y sobre todo de noche, de lo que sucede en la carretera, de lo que hay en la carretera, se ven sólo las luces de los otros coches.

El doctor Zusini llegó a cinco metros del seiscientos y dejó la cartera en el suelo. Por la ventanilla asomó la cabeza del señor Coso.

—¿Ha traído el dinero?

—Aquí está —dijo él paciente, porque era paciente, al capitán Dortmund—. Ahora haga que se apee su amigo con la maleta y eso, ahí al borde de la carretera. Mientras usted comprueba si he traído el dinero convenido, yo comprobaré si me traen la mercancía justa.

Era la regla de tales consignas, y no había nada de extraño en él, allí de pie, junto a la cartera llena de periódicos, iluminado por la débil luz de los faros del seiscientos, esperando.

Sucedió lo que había previsto: el gordo con la maleta de los tres mil gramos de cocaína se apeó del coche, y al mismo tiempo a trescientos metros de distancia, desde el descapotable, el moreno con su carabina de mira telescópica, apuntaba a la sien derecha del hombre, que por un instante se quedó todavía de pie, muerto pero de pie, por puro equilibrio mecánico. Luego cayó fuera de la carretera, en la yerba de la cuneta, con su cartera.

—No, capitán Dortmund, quédese quieto en el coche.

Con el largo y chato revólver subió al seiscientos, y metió el largo cañón en el hígado del señor Coso, sentado delante del volante.

—Yo no soy el capitán Dortmund; soy el coronel Dortmund —dijo el otro con tranquila desvergüenza—. ¿Cómo ha podido usted saber mi nombre?

—Las preguntas las hago yo. Quiero saber si es usted realmente el capitán, ascendido a coronel, Dortmund. Responda sí o no.

El puñetazo que le dio en las narices provocó una hemorragia y la obediencia.

—Sí, lo soy.

—¿Hiciste la guerra en Italia?

—Sí, en mil novecientos cuarenta y cuatro.

—¿Y estuviste en el lago de Como?

—Sí, en Gravedona.

—¿Vigilabas con tu compañía de SS hasta la frontera suiza?

—Sí, cumplía con mi deber.

—¿Y tu deber era quemar vivos a unos muchachos?

Lo agarró por los pocos cabellos que el ascendido coronel Dortmund tenía en la nuca.

—¿Te acuerdas de Passo Iorio, te acuerdas de aquellos Pobrecillos a quienes hiciste quemar con el lanzallamas, te acuerdas de Corazón Roto?

Hablaba, en realidad, sin rabia, y sin rabia le agarró la cabeza y la golpeó contra el parabrisas que se rompió, y el hombre se desvaneció un instante, luego él se bajó del coche: comenzaban a pasar por la carretera muchos coches, camiones, transportes cisterna, pero a él le tenía sin cuidado: no podían ver gran cosa.

Si uno no tiene práctica, incendiar un coche es muy difícil; se le puede meter en un baño de gasolina y no arder, pero él tenía práctica; precisamente lo había aprendido en la guerra. Levantó, detrás, la tapa del motor, desconectó un tubito y le prendió fuego. El seiscientos se llenó de llamas en seguida. Él miró por un instante al capitán-coronel Dortmund que, apenas envuelto por las llamas, recobró el sentido e intentó salir del coche, pero había recibido demasiados golpes para tener la fuerza necesaria y se quedó dentro, al calor —«Tenéis frío, muchachos; ahora os calentaré en seguida», había dicho en 1944—, mientras pasaban un par de camiones sin detenerse.

Cuando el primer coche se detuvo para prestar socorro, no sólo el capitán-coronel Dortmund era ya un tizón, sino que Corazón Roto, el doctor Mario Zusini, estaba ya muy lejos, cerca de Lara, su mujer, y su chófer, que corrían casi a ciento sesenta.

Ahora que todo estaba consumado, podía decírselo, pensó él, mientras el coche corría: lo hecho ya no asusta.

—Era el capitán Dortmund, ¿te acuerdas?

 

 

Resultado de imagen de Giorgio Scerbanenco

 

GIORGIO SCERBANENCO (Kiev, Imperio ruso, 28 de julio de 1911 - Milán, Italia, 27 de octubre de 1969) es un escritor italiano de novelas policíacas.

Hijo de padre ruso y madre italiana, Volodymyr, —su verdadero nombre—, al estallar la revolución rusa viaja a Italia con su madre. Su padre fue fusilado y su madre falleció en 1927. Se estableció en Milán a los dieciséis años y para ganarse la vida desempeña diversos oficios que le van acercando al mundo editorial.

En 1931 publica su primer cuento en una revista. Comienza a trabajar para revistas femeninas como “Piccola” y “Novella” como corrector de pruebas y redactor. Escribe novelas rosas y en 1940 publica su primera novela policíaca Sei giorni di preavviso.

En septiembre de 1943 busca refugio en Suiza donde permanece hasta 1945. Entonces regresa a Italia y funda con Angelo Rizzoli el semanario “Bella”. También colabora con la revista “Annabella” escribiendo cuentos y series de relatos. En 1963 publica Venus privada la primera novela de la serie de Duca Lamberti. Publica también relatos policíacos en “La Stampa” y “Dominica del Corriere” y escribe guiones para el cine. Con su nueva pareja y sus dos hijas traslada su residencia a Lignano Sabbiadoro.

En 1968 gana el prestigioso Grand Prix de Littérature Policière. Scerbanenco está considerado uno de los maestros del género policíaco en Italia y algunas de sus novelas han sido llevadas al cine.

Libros publicados en España

 

Venus privada (Noguer, 1967, Bruguera, 1980; Planeta, 1986; Akal, 2011)

Milán, Calibre 9 (Noguer, 1970; Bruguera, 1984; Planeta, 1986; Akal, 2011)

Los milaneses matan en sábado (Noguer, 1970; Bruguera, 1980; Planeta, 1985; Akal, 2011)

Traidores a todos (Noguer, 1971; Bruguera, 1982; Planeta, 1986; Ediciones Akal, 2009).

Al servicio de quien me quiera (Barral, 1972; Bruguera, 1984; Planeta, 1986)

Demasiado tarde (Noguer, 1972; Bruguera, 1983)

Ladrón contra asesino (Noguer, 1972; Bruguera, 1980)

Doble juego (Noguer, 1973, Bruguera, 1983)

Las princesas de Acapulco (Barral, 1973; Bruguera, 1984)

Rapto (Noguer, 1973)

Perseguidas (Noguer, 1973; Bruguera, 1983)

Pequeño hotel para sádicos (Noguer, 1973)

La chica del bosque (Noguer, 1975)

La arena no recuerda (Noguer, 1975)

Los siete pecados capitales y las siete virtudes capitales (Noguer, 1976; Akal, 2010)

Cita en Trieste (Noguer, 1976)

El rio verde (Sagitario, 1976)

La cueva de los filósofos (Bruguera, 1977; Ediciones Akal, 2014).

Te llevaré a ver el mar (Noguer, 1977; Brugera, 1983)

La noche del tigre (Noguer, 1977)

El gran encanto (Noguer, 1978)

Ladrón contra asesino (Noguer, 1980)

Muerte en la escuela (Bruguera, 1980, Akal, 2010)

Los espías no deben amar (Jucar, 1980; Bruguera, 1981)

La muñeca ciega (Ediciones Akal, 2013).

Nadie es culpable (Ediciones Akal, 2013).

 

 

Notas

 

[1] Despectivo aplicado a los fascistas de la efímera República de Saló (1944). <<

 

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