© Libro N° 3986. Pequeño Hotel Para Sádicos. Scerbanenco, Giorgio. Colección E.O. Julio 15 de
2017.
Título
original: © Milano, calibre 9. Giorgio
Scerbanenco, 1969
Versión Original: © Pequeño Hotel Para Sádicos. Giorgio
Scerbanenco
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PEQUEÑO HOTEL PARA SÁDICOS
Giorgio Scerbanenco
Este segundo volumen de relatos del malogrado escritor
italiano Giorgio Scerbanenco recoge doce nuevas y apasionantes historias de su
originalísima invención. Todas ellas pertenecen a ese mundo terrorífico y
patético, complejo y brutal, sentimental y cruel, en el que la realidad y la
fantasía, negras ambas, se desarrollan siempre en un escenario de angustia
auténtica y de verdadero horror.
La trama de todas estas narraciones sobrecogedoras tiene,
en realidad, las mismas constantes dramáticas: la lucha del hombre contra el
hombre, la continua manifestación de la violencia, del egoísmo inhumano, del
atropello inicuo y de la brutalidad gratuita.
El gran mérito de la obra total de Scerbanenco es el de
apoyar su fantasía en una realidad siempre posible. Sus historias de
delincuentes y asesinos no se deben solamente a su poderosa imaginación, sino
también, —y acaso más aún— a su conocimiento del inframundo de sus personajes y
del lado más triste y feroz de la condición humana.
Creemos que lo mejor de la excepcional imaginación de
Scerbanenco se halla en estos relatos y que cada uno de ellos puede
considerarse una gran novela narrada a un ritmo rapidísimo, casi vertiginoso,
que la transforma en una breve historia de sorprendente fuerza dramática.
►2.ª parte de los relatos publicados en italiano como
«Milano, calibre 9» (1969). La 1.ª parte se publicó en castellano como «Milán,
calibre 9».
Título original: Milano, calibre 9
Giorgio Scerbanenco, 1969
Traducción: Fernando Gutiérrez
Portada por Dr.Doa
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
1.
PEQUEÑO HOTEL PARA SÁDICOS
Miró a la ventana. La ventana daba a uno de los
desmesurados paseos milaneses de las afueras. Él era bajo, pero corpulento, y
con abundante cabellera, toda gris, y aquí y allí franjas claramente blancas, y
un rostro cuadrado, pálido, palidísimo. Miró el paseo arbolado brillante de
lluvia, las pequeñas lunas rojas, verdes y amarillas de los cuatro semáforos.
Vio a una muchacha con impermeable celeste cruzar la calle. Parecía querer
acudir a él, parecía mirarle. Se fijó en los labios de la joven, muy marcados,
de un rojo coral casi fluorescente, y dejó de mirarla sólo cuando desapareció
detrás de un colosal camión de una compañía de transportes. Luego ya no la vio.
Entonces miró la habitación. Bonita. Todo lo había cuidado
una mujer, lo sabía por los folletos publicitarios: la moqueta verde guisante,
las paredes de color crema decoradas con unos apliques rojo granate, con una
lámpara ovoidal, alargada, de luz indirecta, pegada al techo, que en aquel
crepúsculo lluvioso brillaba suavemente aunque con luz vivísima como una
galaxia en una noche de verano. Miró el lecho con el cubrecama de un rojo
granate. Era un ancho y cómodo lecho, para una sola persona, y tenía a los lados
dos mesitas panzudas de una graciosa imitación del barroco, y en una de ellas
estaba el teléfono. Nunca había visto un teléfono tan aplastado —para molestar
menos—, color crema como las paredes, y en la otra mesita había otro aplastado
aparato que debía de ser la radio. Era curioso, y apretó uno de los botones de
la cajita.
«… después de la conferencia de prensa, Primo Camera
volvió a subir al coche, directo a Sequals, parecía muy cansado y su delgadez
es en realidad impresionante…».
Apretó otro botón y oyó a una joven que cantaba con voz
delicada, aérea, y sin embargo poderosamente femenina.
«Debe de ser Ornella Vanoni», pensó, sentado en el lecho,
y aunque no entendía, lo había adivinado, porque, al final de la canción, una
agradable voz de mujer joven dijo:
—La dirección de este Piccolo Hôtel se complace en haber
ofrecido a sus oyentes la canción Universo in sol, cantada por Ornella Vanoni.
Pausa.
—Antes de proseguir nuestro programa musical, la dirección
de este Piccolo Hôtel se permite recordar el menú de esta noche: Assiette de
caviar y salmón. Doble consomé de vaca con pan frito. Pollo a la cosaca con
trufas. Queso, fruta y helados caseros preparados por nuestros especialistas.
Proseguimos la transmisión de música solicitada. Van a oír ustedes una canción
de Celen taño.
Sentado en la cama, escuchó religiosamente toda la
canción, como si se tratara de la Novena de Beethoven, y sólo cuando hubo
terminado apretó el botón. Buen servicio: la radio con todos los programas
nacionales y además la radio interior del hotel, que transmitía su propio
programa. Se levantó y miró por fin la maleta.
Era un trasto largo y plano, de un grueso no mayor de doce
centímetros, pero de un metro de largo y de una anchura de, por lo menos, medio
metro. Lo levantó, era pesado; exactamente veintisiete kilos. Lo había pesado
varias veces en las balanzas de las carnicerías.
La colocó sobre la cama y la abrió. Siempre que la abría
tenía ganas de echarse a reír, porque no es posible dejar de reír al ver todos
aquellos cuchillos, el más pequeño de los cuales medía unos veinte centímetros;
pero había dos enormes, de hoja ancha de unos cinco dedos y de sesenta
centímetros de larga. Había también hachas, la más pequeña tenía un mango de
veinte centímetros, y otra uno de un metro de largo, que parecía una arma
medieval. Había chismes que parecían instrumentos de cirujano: un largo cuchillo
de medio metro de largo desde la punta arqueada de dos filos, y además el
martillito con punta a un lado y filo al otro, y varios tipos de belduques.
Además había una cosa que resultaba chocante en aquel
arsenal: un pequeño revólver para señora escondido bajo los enormes cuchillos
de filo y sierra y las hachas. Era un chisme de risa. Se lo había quitado a
escondidas a su hermana que vivía sola en una casita aislada en el lago
Maggiore, y por eso estaba armada, pero si uno se lo metía en la boca como una
de esas varillas de pan piamontesas y apretaba el gatillo, disparaba su buena
bala del calibre seis, y uno entonces ya no tenía ocasión de reírse nunca más.
Tomó el revólver y se lo metió en el bolsillo de los
pantalones. Riendo burlonamente, cerró la cortante maleta y la escondió debajo
de la cama. Reía porque había hecho una buena carrera : de director de todas
las zonas de Italia centro-norte —y no sólo por lo que se refiere a los útiles
de carnicería, sino también a espadas, floretes y sables con dispositivo
eléctrico para competiciones de esgrima—, había pasado a ser un simple
inspector de esas mismas zonas, y así, inspeccionando, había galopado de tren
en tren desde Turin a Trieste y a Florencia, y por lo menos sin el maletón;
llevaba sólo una cartera de piel llena de papeles y fichas. Luego la vuelta de
campana: para no despedirlo, después de casi veinte años de trabajo, le habían
ofrecido la Lombardía como plaza para la venta de artículos de cuchillería a
los carniceros, y esto quería decir el maletón. A los cincuenta y cinco años
tuvo que aceptar, porque solo, sin una lira ahorrada, no cabía elección.
Todavía tenía que dar las gracias porque no lo hubieran
echado a puntapiés. Todo un director de una superzona, uno de los más altos
cargos administrativos de la empresa, como él, que se deja pescar con una
chiquilla de catorce años, de la plantilla de la limpieza de las oficinas…
Las mujeres, siempre las mujeres. En esa ocasión él salió
en los periódicos de la tarde por culpa de aquella profesional que se había
puesto a chillar desesperada, y todo por un pequeño mordisco que le dio él en
el lóbulo de la oreja. Pero ella declaró que él se le había llevado el lóbulo,
y no era verdad, pero los periodistas lo dijeron. Y después de este escándalo
la empresa fue hasta demasiado buena con él conservándolo aún, con todo y el
maletón.
Pero ya era suficiente, pensó. Basta ya de mujeres.
La única razón por la cual no se había matado mucho tiempo
antes era precisamente por las mujeres. Eran lo único de esta vida que no le
gustaba dejar. La idea de no sentir nunca, nunca más bajo las manos la forma
del cuerpo femenino, le producía una sensación horrible. Morir acaso
significara esto: no sentir jamás a una mujer.
Se levantó y se dirigió al baño, se vertió en las manos un
poco de lavanda y se las pasó por los espesos cabellos. Ahora basta ya. No
quería descender más bajo del maletón, pero si hubiese seguido con vida habría
descendido aún más bajo: la miseria. Su hermana le habría dado de vez en cuando
unos miles de liras, por caridad, y él se las habría gastado con cualquier
insignificante pendanga. ¡Oh, no, basta y basta! Volvió a su habitación y en
aquel momento sonó el teléfono. Descolgó el auricular.
—Dígame.
—Doctor Coralli, hace ya media hora que estoy esperándole
en el bar.
—Perdóneme, contador, bajo en seguida.
Se trataba de un individuo a quien había conocido aquella
tarde en el hotel, un tipo francote, de casi dos metros, que trataba a todo el
mundo como si fuesen amigos desde hacía veinte años.
—He encontrado también a la chiquilla, doctor; no más de
veinte años —dijo la voz al teléfono, con un tono bajo de complicidad—. No se
vive sólo del trabajo, ¿verdad?
—Pues no —repuso él—. Bajo en seguida.
Volvió al cuarto de baño; otra vez se echó lavanda en las
palmas de las manos, se las pasó de nuevo por los cabellos y también por el
cuello, pensando en la «chiquilla». Había llegado al momento en que le
afectaban mucho y lo turbaban palabras tan sencillas como «chiquilla». Luego
salió de la habitación y bajó las estrechas escaleras revestidas de moqueta
rosa, que lo condujeron al salón. El Piccolo Hôtel era realmente hotelito,
tenía todo el servicio y el lujo de un hotel de primerísima categoría, pero a formato
reducido. Lo habían inaugurado hacía un par de meses, en la zona más arbolada
de las afueras, y su folleto publicitario decía que aquel pequeño edificio de
dos plantas tenía dieciséis habitaciones con baño, una sala de tertulia, un
pequeño night-club en el sótano, además del salón comedor. El hotelito estaba
regentado por una señora, la condesa Alarami, que, en lugar de abrir la
acostumbrada boutique o sastrería femenina, había, inteligentemente, inaugurado
aquel hotel discreto, señorial pero sin exceso, original en muchos detalles,
pero siempre con mucho estilo.
Apenas entró en la sala vio, en el rincón donde estaba el
bar, a la chica junto al campechano de dos metros.
También ella era muy alta, y a él le gustaban las altas.
Tenía las piernas largas, como le gustaban a él. Desde las caderas a las
rodillas era, para los ojos, un vertiginoso camino, y a pesar de su delgadez
daba en seguida una sensación de plena femineidad. No debía de ser tan
chiquilla. Tendría, ciertamente, más de veinte años, pero se las daba de
chiquilla con sus dos largas y delgadas trencitas que le caían sobre el pecho y
le llegaban casi a la cintura, y la falda negra plegada y el jersey rosa que se
le adhería al pecho, y sobre todo aquellos dos grandes ojos redondos, los más
grandes y más redondos que había en circulación, tras los lentes claros, que
era evidente que llevaba por darse importancia y no porque viera poco.
—Ya está aquí el doctor Coralli —dijo el campechano—.
Permítame, señorita, que le presente al doctor Coralli. Y aquí está una joya:
Adri Castello, modelo. Tendría usted que haber visto el cartel con sus piernas
para la publicidad de unas medias.
—¡Vaya, otra vez las piernas! —dijo la chiquilla Adri.
—Iba a decirle al doctor Coralli que usted, además,
estudia literatura en la Universidad. ¿Es cierto?
—Estoy en el tercer curso —repuso ella.
—Y yo soy Giovanni Namara. Mucho gusto. No, no soy el
ministro McNamara —y el gigante reía su propia gracia; tenía los ojos realmente
pequeños para una cara tan ancha y no grasa, pero musculosa—. Bebamos.
Bebieron tres brutales cocteles pedidos por Giovanni
Namara, al son de la radio particular del Piccolo Hôtel: canciones y música
solicitadas. También la chiquilla Adri dijo al del bar que quería oír una
canción, Angelita, y pocos minutos después el altavoz de la pared del bar
transmitió la voz de los Marcellos Ferial que cantaban la triste historia de
Angelita. Y cada dos o tres canciones la suave voz volvía a surgir del altavoz:
—Daremos a continuación el programa de la televisión para
esta noche —y seguía la lista de transmisiones—. La dirección del hotel les
sugiere estas películas en estreno: Cinema Manzoni: Asalto al tren
Glasgow-Londres, Cinema Capitol…
Al término del tercer coctel bestial, el doctor Coralli
apretó el brazo desnudo de la chiquilla, menos flaco y más mórbidamente carnoso
de cuanto había imaginado.
—¿Y si fuéramos a cenar? Si no, entre el hambre y sus
danzantes trenzas me quedo aquí tieso.
—Yo me veo ya tiesa de hambre —dijo ella, haciendo bailar
sobre el pecho, intencionadamente, sus trencitas de chiquilla—. Agárreme del
brazo porque estoy un poco trompa. Sí, más fuerte.
—¡Eh, doctor, que yo la he encontrado y usted se me la
lleva! —dijo Giovanni Namara.
Se apresuraron hasta el comedor y comieron con avidez. Era
una salita más bien pequeña, pero habían conseguido instalar una docena de
mesas y unas treinta pequeñas butacas; sobre cada mesa había unas velas rojas
encendidas. Sólo el maestresala vestía de esmoquin. Los jóvenes camareros
llevaban, en cambio, camisa blanca con corbatín rojo, como la moqueta del
suelo, grandes gemelos rojos en los puños y un inmenso delantal blanco a la
francesa que les llegaba desde la cintura hasta los zapatos, como una falda. La
muchacha encargada de los vinos vestía un traje sastre rojo, igual también al
color de la moqueta, con pantalones ceñidos a estilo cowboy; las botas con
tacón alto y unas pequeñas espuelas de oro. Y de oro era el racimo de uvas
bordado en la manga izquierda de la chaqueta.
Antonio Coralli la miró también, sobre todo la hinchazón
delantera de la chaqueta y la adaptación de los pantalones a las caderas.
Dos o tres veces hizo su aparición la condesa Alarami,
vistiendo un traje largo hasta los pies, un traje negro con pequeñas llamitas
de color naranja. Se detuvo también ante su mesa y les sonrió:
—Espero que se sientan a gusto en este pequeño hostal.
—Muy a gusto —le respondió él.
—A las once abrimos el night-club —continuó la condesa—.
Hay una orquesta joven. Serán ustedes bien recibidos.
Y Giovanni Namara dijo:
—Nosotros somos abuelitos y a las once estaremos
durmiendo.
—Entonces no he visto abuelitos más jóvenes y peligrosos
que ustedes.
—¿Peligrosos? —preguntó Giovanni Namara.
La condesa asintió sonriendo.
—Buenas noches, señores; gracias por su visita.
Cuando se hubo ido, él dijo:
—Sí, vayamos al night-club; así la chiquilla bailará un
poco.
—Con otro, porque nosotros no estamos en condiciones de
bailar. Jamás he estado tan borracho en mi vida —dijo Giovanni Namara.
—Y yo estoy más borracha que ustedes dos juntos: entre el
caviar, el salmón, las trufas del pollo y esta botella de Frascati…
—Vamos a oír música —propuso él.
—Son las diez —replicó Giovanni Namara—. Antes de ir al
night-club tenemos tiempo de contarnos nuestras vidas. Empieza tú, niña bonita.
—Ya sabe que no me gusta que me tuteen. Se puede ser
amigos sin necesidad de tutearse. Se lo ruego.
—Discúlpeme, lo había olvidado. Pero cuéntenos su vida.
—Imposible. Está prohibido por la censura.
Giovanni Namara pidió otra botella.
—Entonces usted, doctor Coralli. Es el juego de sociedad
más bonito que conozco —y se bebió, mejor dicho, se tragó un vaso de Frascati—.
La propia vida en cien palabras. Probémoslo.
Coralli besó de pronto la mano de la chiquilla Adri, y así
se dio cuenta de que todo quedaba atrás, totalmente atrás, y que lo único que
quería era aquella chiquilla.
—Mi vida no interesa a nadie, vendo cuchillos a los
carniceros; tengo arriba, en la habitación, una maleta así de grande llena de
cuchillos, con hojas de medio metro, hachas para partir los huesos del espinazo
de medio buey, cortantes belduques para deshuesarlos…
—¿Sí? ¿De veras? —y Giovanni Namara le puso la pesada mano
sobre el brazo, con un interés apasionado, desproporcionado, por el tema—.
¿Corre usted cuchillos para carniceros? Entonces será usted de la Schreicher o
de la Fratelli Toncara.
—De la Fratelli Toncara. Pero ¿cómo sabe usted estas
cosas?
—Verá usted: mi padre era carnicero, y yo comencé a
ayudarlo en la carnicería cuando aún no había cumplido los diez años. El
trabajo me gustaba y mi padre era feliz. Luego mi madre se puso por medio; dijo
que ser carnicero era un oficio desagradable y que si él, mi padre, volvía a
llevarme a la carnicería, que se arrojaría por una ventana, y como mi madre era
un poco loca hubo que darle gusto. Ella quería que yo estudiase, quería que
fuese abogado, ¡qué risa, yo abogado! Por último se resignó y salí adelante con
el título de contador. Mi padre tuvo que vender la carnicería. En cambio, si yo
hubiese aprendido el oficio ahora tendría un negocio mío. Si supiera usted qué
desagradable es hacer de contador ambulante, cuando hubiese podido estar detrás
de un mostrador mío, de mi propia carnicería. Vea si tengo tipo de contador. A
un kilómetro de distancia se ve que soy un carnicero, grandote y feo como mi
padre. Y me gustaría ver esos cuchillos, doctor. Para mí, ¿sabe?, sería como si
volviera a ver a mi padre, cuando yo era chiquillo, y él me enseñaba todas las
partes en que se divide la vaca y la ternera, y también las del cordero…
—Claro que le dejaré ver mis cuchillos —dijo él, casi
conmovido.
—¿De veras me los dejará ver, doctor?
—Pues claro, cuando subamos.
La chiquilla había estado fumando tranquilamente hasta
aquel momento y dijo:
—Escuchen, vejetes: no tengo malditas las ganas de
escuchar su charla ni de ir al night-club. Me voy a mi habitación; es la número
catorce, una bonita habitación en el chaflán. Pido cualquier cosa para comer y
beber y dentro de media horita, ustedes, discretamente, suben a verme. Que
nadie les vea entrar en mi habitación.
—Ésta es una estupenda idea —dijo Giovanni Namara—. Dentro
de media hora estamos con usted, señorita —y subrayó el «usted» y el
«señorita».
—Magnífico. ¿Les gustan las ostras? —preguntó.
—Mucho —repuso Giovanni Namara.
La miraron al salir. Sí, era menos flaca de lo que en
figura parecía.
—¿Quién es? —preguntó él.
El otro, el hijo del carnicero, se encogió de hombros.
—Fotomodelo por arriba y pendón por abajo.
—Me ha dicho que estudiaba letras en la Universidad.
—Es posible. No tengo nada contra la Universidad.
La condesa Alarami volvió a pasar y preguntó si tomarían
un coctel al huevo. Le dijeron que sí. Ya decían a todo que sí. Antonio Coralli
se puso a hablar de mujeres.
Si hubiera sido escultor, el doctor no habría dado una
idea más plástica de una figura femenina. Habló de las que mejor recordaba. Las
primeras, de cuando todavía era un muchacho e iban a provocarlo, y luego, con
un salto de una veintena de años, las más recientes: Lucía, tan rubia, y la
manicura de Cremona, con un pecho tan pequeño pero tan vistoso, y la joven
esposa de aquel lotero, tan pequeña y cariñosa.
De pronto se interrumpió:
—Pero ¿cuándo llega ese coctel de huevo?
—Ya lo hemos tomado, doctor Coralli, ¿no se ha dado
cuenta? ¿Quiere otro?
—Claro que sí —repuso él.
Volvió a la galería de mujeres que había conocido, y el
otro escuchaba con avidez, mirándolo con ojos que cada vez se empequeñecían
más, hundidos en los músculos orbitales. Luego se interrumpió otra vez y
sacudió la cabeza.
—Las mujeres son una enfermedad, una mala enfermedad.
—Entonces yo estoy mortalmente enfermo —gruñó Giovanni
Namara.
Se habían quedado solos en el comedor. La mayor parte de
los huéspedes del hotel se habían ido a la salita de la televisión, y los demás
a dormir o a dar una vuelta por la ciudad.
—Y esa chiquilla de las trenzas está muy bien. ¿Le gustan
las trenzas? —preguntó.
El hijo del carnicero respondió rápidamente:
—Es el único tipo de cuerda con el cual me dejaría
ahorcar.
Era un hombre inteligente, pensó el otro. Miró el reloj.
—Escuche, ¿no sería ya hora de ir a ver a nuestra amiga?
—Yo diría que sí.
Se levantaron varonilmente. Eran viejos lobos habituados a
beber, devorar y luchar; un poco de aperitivo o vino no los ponía fuera de
combate.
Sin vacilar, con paso firme y seguro, salieron de la sala
y en el vestíbulo se dirigieron al ascensor, subieron y se detuvieron en el
segundo piso, echaron a andar por el corredor, cálidamente iluminado por
pequeños apliques rojos que daban una viva sensación íntima de hogar, y se
detuvieron al fondo, ante la puerta con un número 14 en cifras rojas. En el
pasillo no había nadie. Llamaron. Discretamente. La puerta se abrió. Ella les
hizo entrar. Estaba en bata y debajo no llevaba nada más, pero quizás hubiera
sido mejor que se la hubiese quitado del todo, porque así, abierta como la
llevaba, no le sentaba muy bien. O quizá demasiado bien, según el punto de
vista.
—Creí que ya no vendrían —dijo ella fingiendo cerrarse la
bata.
—¿Cómo? —preguntó el hijo del carnicero—. ¿No tiene
confianza en su fascinación, o no tiene confianza en nosotros?
—En ustedes. Creí que se habían ido a dormir.
Era provocadora.
—Depende de usted proporcionarnos la ocasión de
demostrarle que no tenemos mucho sueño —dijo él, y comenzaba a volverse
ingenioso como Giovanni Namara .
—Primero las ostras —dijo la chiquilla.
Había dos docenas de ostras en una bandeja de plata, y
estaban abiertas sobre una capa de hielo triturado. En un plato de cristal
había, formando una espiral, una gran cantidad de cuartos de limón, y en una
esquina del carrito dos pequeños pimenteros de plata junto a dos botellas de
vino blanco para mariscos en un cubo también de plata.
La chiquilla Adri, ajustándose de vez en cuando la bata,
comenzó a preparar las ostras; mucha pimienta, mucho limón, una a él, una a
Giovanni, otra a Giovanni y una a él, otra a él y una a Giovanni.
—Y usted ¿no come, señorita? —preguntó él, y engulló la
séptima ostra y el cuarto vaso de vino marisquero.
—Las últimas cuatro ostras son para mí. Me gusta
tragármelas una tras otra —dijo.
Con voz cada vez más baja, Giovanni dijo su chocarrería :
—Ésta es una chica para pioneros. Tendremos que vestirnos
de cowboy.
Risitas. Las dos botellas y las ostras se habían
terminado; la chiquilla había puesto la radio del hotel.
—Y ahora transmitiremos treinta minutos de música de
baile, en una grabación de la James Last Band. A la dirección del Piccolo Hôtel
le complacería que la música fuese del agrado de sus oyentes.
Y mientras la radio sonaba baja, ella sacó del carrito la
botella de whisky y los vasos y, después de haber llenado casi los vasos de
whisky y de hielo y de haberlos colocado ante los dos hombres, se abandonó
sobre la butaca junto al radiador ardiente y comenzó a deshacerse las trenzas.
Luego él le dijo a Giovanni:
—Ahora deberíamos hacerlo a cara y cruz. Al que le toque
cruz se irá a dar una vueltecita y el otro se quedará aquí charlando con la
señorita.
—Exactamente —repuso Giovanni, y con ojos que ya casi no
se veían, dos simples rendijas, hasta parecer casi un asiático, contemplaba a
la chiquilla que seguía soltándose las trenzas. Sacó una moneda del bolsillo de
los pantalones y la lanzó al aire de manera que cayera sobre la tabla del
carrito. La moneda cayó dentro de la valva vacía de una ostra.
—Cara. Ahora prueba tú.
Él tomó la moneda de cien liras, la lanzó al aire y la
hizo caer en la palma de la mano.
—Cruz —dijo—. De acuerdo. Esto quiere decir que me iré a
dar una vuelta.
Y miró a la chica que continuaba soltando las trenzas.
—¡Oh, Antonio, se te ha olvidado! —y Giovanni parecía como
si fuera a echarse a llorar—, no me has dejado ver los cuchillos, y ya sabes lo
que significan para mí. Me recuerdan a mi padre, y yo quise mucho a mi padre.
Tú no puedes saber lo que le quise.
—No te preocupes, Giovanni. En seguida te traigo la maleta
con los cuchillos —le repuso conmovido y salió corriendo.
Sabía que estaba borracho, sabía que estaba conmovido sólo
por la borrachera, pero saber no basta: el alcohol es más fuerte que cualquier
dominio de uno mismo. Llegó a su habitación, que también estaba en el segundo
piso, sacó de debajo de la cama el maletón plano y volvió con él al pasillo. No
había nadie y corrió a la habitación 14 y entró bruscamente.
—Aquí está, Giovanni, mira —dijo poniendo la maleta sobre
la cama y abriéndola—. No llores, mira qué maravilla, sólo la cuchillería de
Schreicher puede hacerlo un poco mejor.
El gigantesco Giovanni Namara se levantó sin vacilar,
repentinamente lúcido; miró el contenido de la maleta con ojos que se dilataban
segundo a segundo.
—Dios mío, está también el cuchillo de hoja y de sierra
—levantó un largo punzón, vaciado hasta la mitad en dos temibles hojas curvas,
y en la segunda mitad todo dentado—. Yo era demasiado pequeño y mi padre no
conseguía hacerme comprender cómo funcionaba esto. Entonces, un día, tomó una
pierna de cordero y me lo demostró. No puedes imaginar qué bonito, Antonio;
esto con sus dos hijas entró en la pierna de cordero y separó del hueso los
haces musculares.
Levantó los ojos un momento hacia la chiquilla: ella había
terminado el largo trabajo de soltarse las trenzas y los cabellos, todos suyos,
porque allí no había peluca ni postizos. Luego volvió a mirar la maleta.
—Y mira esto, Antonio —y tomó el cuchillo mayor, cerca de
cuarenta centímetros de hoja y un ancho de siete u ocho—, con esto se taja a un
rinoceronte como si fuese una hoja de papel.
Agitó en el aire el enorme cuchillo y él lo miró,
sintiendo que estaba precipitándose en un abismo. Un abismo, un abismo, y se
precipitaba en él.
—Qué hermoso —dijo, y él también tomó otro cuchillo y lo
agitó como hacía Antonio—. ¡Qué hermoso!
Y seguía precipitándose.
La chiquilla, con todos los cabellos sueltos sobre el
pecho, nerviosa y también aburrida, dijo:
—Escuchad, si no me necesitáis, largaos a jugar con los
cuchillos a vuestra habitación, que me voy a dormir.
—¡Oh, querida! —dijo Giovanni—, nosotros te necesitamos
mucho.
Y se acercó a ella con la mano colgante agarrando el
cuchillo.
—Guarda ese cuchillo —exclamó ella con un repentino
sobresalto de terror y un repentino presentimiento de espanto.
—¿Por qué? —preguntó Giovanni Namara, y le puso una mano
en la boca y una rodilla en la ingle, aplastándola contra la pared.
—No, no, Giovanni, no hagas eso —dijo él, pero demasiado
débilmente, acercándose con el otro cuchillo—. No, no debes hacer eso —pero
cada vez más débilmente.
Oíase sólo el fric fric del limpiaparabrisas, el rumor de
la lluvia y el suave zumbido del motor. Era la una del mediodía, pero parecía
de noche. Era cada vez más oscuro a causa de una especie de ciclón, y Giovanni
había tenido que encender las luces bajas. Ah, se oía también aquella especie
de crujido del periódico, del papel impreso de un diario, el que Antonio estaba
leyendo.
«Dos monstruos asesinan salvajemente a una joven», tales
eran los enormes titulares a toda página.
«En su habitación del Piccolo Hôtel, elegante residencia
de lujo de las afueras, han sido hallados los restos de una muchacha de
veintiséis años, horriblemente descuartizada. El forense ha declarado que sólo
dos locos criminales pueden haber cometido una atrocidad semejante. La policía
ya ha identificado a los culpables: se trata de Antonio Coralli, de 55 años,
corredor de cuchillería y artículos para carnicería, y Giovanni Namara, de 49
años, cuyo padre había tenido una gran carnicería en Porta Romaña».
El limpiaparabrisas seguía con su fric fric y las ruedas
sobre el pavimento mojado producían también un suave rumor que se mezclaba con
los crujidos del diario que él estaba leyendo.
«Es inminente la captura de los dos criminales. Ayer al
amanecer abandonaron el Piccolo Hôtel y huyeron en un Taunus negro. Aunque
hayan cambiado de coche no tienen posibilidades de escapar. Éstas son las
fotografías tomadas de sus pasaportes en la jefatura».
Se parecían mucho, pensó él, doblando el periódico y
echándolo en el asiento de atrás. A menudo las fotos de los pasaportes y de la
documentación no aciertan con el parecido, pero, en cambio, aquella vez,
parecían calcos de sus caras.
—Estamos cerca de Roma —dijo Giovanni que conducía—. Si no
está bloqueada la carretera y logramos entrar, una vez dentro no nos encuentra
nadie. Tengo un amigo en Trastevere, ¿sabes? Trastevere es como la casbah.
Hasta la policía tiene miedo de entrar allí.
Bueno, pensó el doctor Antonio Coralli y Monstruo. Si
quería soñar, que soñase.
—Más tarde o más temprano, acabarás en Porto Azzurro. Para
ti todos los caminos conducen a la cárcel.
—¿Por qué? —preguntó, irritado, el hijo del carnicero,
Giovanni Namara.
—¿Adónde piensas huir? Con las fotos en los periódicos y
con la descripción de este Taunus negro. Si todavía no nos han detenido es
porque la gente es ciega y la policía tiene demasiado que hacer.
—Y tú, profesor, ¿adónde piensas huir?
El hijo del carnicero se enfurecía cada vez más.
—Voy a un lugar donde nadie podrá nunca detenerme.
Sonrió.
—Entonces voy contigo —y lo dijo sin convicción, intuyendo
oscuramente, con todo y su tosquedad, que se trataría de un lugar que no habría
de gustarle.
—Si quieres eres libre de hacer lo mismo que yo —dijo él,
sacando el pequeño revólver del bolsillo de sus pantalones y mostrándoselo—.
Hay seis balas. A mí me basta una, las demás son para ti —y sonrió—. Puedes
estar seguro de que así no te detendrán.
El ruido de las llantas en la carretera, el fric del
limpiaparabrisas, y el pequeño revólver en la mano, que le ayudaría a no sufrir
más. No se puede vivir sintiendo asco de uno mismo, o cometiendo de vez en
cuando canalladas y horrores, empujado por una bestia que se lleva consigo, una
bestia loca y sanguinaria. Basta, basta ya de todo ese horror. Ahora se daba
cuenta de que no tenía miedo de matarse, por matar aquella bestia que tenía
dentro de sí.
—Puedes quedarte con eso, que yo no me mataré —dijo
Giovanni.
—Muy bien —repuso él—. En la cárcel de Porto Azzurro no
estarás mal del todo. Te darán comida decente, te permitirán pasearte,
aprenderás a jugar a las damas y al ajedrez. Como eres contable, te destinarán
a las oficinas. No estarás mal. Quizá puedas salir alrededor de los setenta o
setenta y cinco años, y alguna revista de actualidad comprará tus memorias y
contarás, a mil liras la línea, lo que hiciste con la chiquilla de las trenzas
—y sintió ganas de vomitar—. Párate, que yo bajo. Tú ve por tu camino.
—No me dirás que vas a matarte —dijo Giovanni deteniendo
bruscamente el coche en la naciente oscuridad de la tarde.
—No, no te lo digo —rió, apeándose del Taunus bajo la
lluvia espesa y continua que lo empapó como un bizcocho mojado en café con
leche.
No lo decía. Lo hacía. Agitó el brazo con violencia para
que Giovanni se fuera y cuando vio que el coche seguía hacia delante, se metió
el revólver en la boca y apretó el gatillo para matarse a sí mismo y a la
bestia que llevaba dentro, y en la milésima de segundo antes de morir, pensó:
«Por fin».
2
CUANDO UNA MUJER GUSTA MUCHO
Estoy empleado en la Banca Nazionale Vicentina, filial de
Milán, en la Via Turati, 40. Mi sueldo es de ciento cincuenta y cuatro mil
liras, pero por las noches llevo también la contabilidad de algunos
comerciantes del barrio donde vivo; por ejemplo, el choricero, el droguero y
también el frutero, y cuando estaba con mi mujer esto servía para que me
pagasen en especies, de manera que mi mujer ni siquiera iba a la compra: le
mandaban las cosas a casa, y así mi sueldo bastaba para ir tirando bastante
bien.
Aquella noche del 12 de abril cené, como de costumbre, en
la mantequería, la de la Via Vittor Pisani, bajo los soportales; se come bien,
se gasta poco, y además no sirven bebidas alcohólicas, pero a mí me gustaría
beber, lo que pasa es que no lo soporto, y me basta medio vaso de vino para que
no vea las cosas en su sitio. Iba a aquella mantequería cuando me dejó mi
mujer. No me gusta contar esto. No me gusta nada, pero no tengo más remedio que
decirlo. Mi mujer tiene veintidós años, yo tengo cuarenta y dos, la diferencia
son exactamente veinte. Sé por qué me casé con ella, porque me gustaba; nada me
ha gustado en la vida tanto como ella; ni siquiera, cuando era niño, las
castañas asadas. No sé por qué se casó conmigo, tan joven y tan bonita, tanto
que casi no podía ir sola por la calle. Habrá habido alguna razón que yo
desconozco, pero se casó conmigo, y yo durante dos años fui feliz, mucho, muy
feliz, realmente muy feliz.
Quizás ella no fuese tan feliz como yo; es más, es seguro.
Los últimos tiempos me trataba más bien mal apenas se hacía de noche, porque
realmente era muy bonita y me rechazaba como si yo fuese una cucaracha. Y
luego, por si fuera poco, se fue. Un jueves volví de la banca, toqué el timbre
y no me abrió nadie. Volví a tocar y nadie me abrió. Entonces abrí yo con la
llave, no había nadie en casa, y las puertas del armario estaban abiertas, y
faltaba la chaqueta de piel de visón, que todavía no había acabado de pagar, y
faltaban también dos maletas, y todo el dinero que había en la cajita de
caudales que tenía en un cajón de la cómoda. Se comprendía que ella se lo había
llevado. Por lo demás, hacía meses que advertí que debía andar con alguien.
Pero ¿qué podía hacer yo?
Y desde aquella noche fui a cenar a la mantequería, y
aquella primera noche no cené mucho, solamente un huevo, y luego no me acordé
de que era un local donde no se vendían bebidas alcohólicas y pedí un coñac,
pero el camarero me dijo que no tenían, y me volví a casa, cerré las puertas
del armario, que ella había dejado abiertas, cerré la cajita de caudales, que
también se dejó abierta, me fui a la cocina, tomé la botella de vino y, como en
las historietas humorísticas, me puse a beber para olvidar. Mi mujer es una
tonta. Pero es muy bonita, y un hombre, apenas la ve, siente que la boca se le
hace agua. Pero es tonta, al primero que le dice por ahí te pudras ella se pone
a pudrirse, cualquiera que sea el que se lo diga.
Sin embargó, yo solo no hubiera sabido nada; sabría, eso
sí, que se había ido, ni que decir tiene con alguien, pero nada más. No
obstante, dos noches después, estando solo en casa, mientras terminaba un vaso
de vino y estaba completamente borracho, telefoneó Sebastiano. Es un amigo mío;
es más, mi amigo, un antiguo empleado de mi misma banca, y sin trabajo, y ahora
vive más bien mal, viudo y siempre justo de dinero.
—Stefano —dijo al teléfono.
—Dime, querido —repuse reconociendo su voz—, ¿qué tal te
va?
Lo dije alegremente, borracho a causa de tanto vino.
—Como siempre, más mal que bien —dijo—, pero me parece que
para ti va peor.
Estaba borracho y repliqué:
—¡Qué alegría!
—¿Sabes dónde está tu mujer? —porque Sebastiano es también
muy ingenioso.
Comencé a comprender que él sabía lo que yo ignoraba.
—Habla en seguida —dije—, por favor.
—Está con el más puerco canalla que haya parido ninguna
mujer en el mundo; hace meses y meses que tu mujer te ha estado arruinando la
vida, y ahora ese miserable ha logrado convencerla para que se fuera con él.
Me dio el nombre y apellido del personaje, me dio incluso
la dirección, y acaso también él estaba borracho, porque me dijo:
—Naturalmente, lo saben todos menos tú, y nadie ha tenido
nunca los redaños de decírtelo. Yo, en cambio, te lo digo. Y también te daré un
consejo, por lo cual deberás hacer una limosna a la iglesia más próxima por la
gracia recibida: perder una mujer como ésa es mejor que ganar cien millones a
la lotería. Uno no puede casarse con una mujer que tiene el fuego dentro y en
cuanto ve a un hombre comienza a desnudarse.
Estaba borracho y me eché a llorar. Sebastiano es un
verdadero amigo, y me dijo:
—Perdóname, no quise hacerte sufrir, pero alguien tenía
que decirte la verdad —y luego añadió—: Olvida y se acabó.
No le respondí nada, colgué el auricular en la horquilla y
me fui a la cama, pero me acosté donde ella lo hacía, para notar el intenso y
áspero perfume que usaba. Y lo noté. Todavía había quedado en la almohada, y al
notarlo, me eché a llorar.
Era abril. Nunca hubiese creído que los meses pasaran tan
de prisa. Cuando llegó julio, la banca me dio vacaciones; en esa época solía ir
con ella a Viareggio, pero ahora se había ido y yo estaba solo en Milán, y ni
siquiera estaba Sebastiano, y yo seguía yendo al cine cada noche, y deseaba
seguir el consejo de Sebastiano, agradecer a la Providencia haber perdido a una
mujer así, y olvidar, pero no era fácil: todas las mujeres que encontraba eran
profesionales con el carnet del sindicato, y las otras no me miraban, porque
tengo un aire más bien de hombre viejo y pobre. Pero había una cosa no normal:
que a mí me gustaba mi mujer. Sé que es una mujer que puede gustar a todos los
hombres, pero a mí me gustaba más, más, más, más, más.
No se puede olvidar una cosa que gusta tanto.
Pero el tiempo seguía pasando de la misma manera. Todo el
verano, el invierno. En Nochevieja, Sebastiano que era viudo y yo que era, como
él decía, el hombre más estúpido de Europa y sus alrededores, nos fuimos a un
revellón. Sebastiano, al amanecer, remolcó a dos chicas a su casa y me dijo:
—Trata de olvidar a tu mujer, pero de veras, o te rompo la
cara.
Lo intenté: las dos muchachas eran muy graciosas, e
incluso finas, no se parecían a las que uno se encuentra en la calle, pero no
conseguí olvidar a Valeria, es decir, a mi mujer.
Después de Nochevieja, pasó rápidamente enero, febrero y
también marzo. Comenzó abril. Sebastiano es un amigo más bien insólito: durante
semanas e incluso un mes, está sin decirme nada, luego me telefonea, o
comparece de improviso en mi casa, me cuenta toda la tristeza de su vida de
viudo y se pasa conmigo una jornada entera. Y aquella noche, después de casi un
mes de no vernos, se presentó en la mantequería donde yo estaba cenando, en
aquel momento, unos gnocchi, se sentó a mi lado, no dijo ni siquiera hola,
tampoco me miró; parecía como si no me conociera y que se hubiese sentado a mi
lado por falta de otra mesa libre, pidió al camarero un zumo de naranja doble,
y siguió callando mirando ante sí.
—¡Qué alegría! —dije.
Desde hacía un año también yo me había vuelto ingenioso.
No respondió, no me dijo nada; de vez en cuando bebía un
sorbo de zumo, y seguía mirando delante de él. Tuve tiempo de terminarme los
gnocchi, el par de huevos a la mantequilla y beberme media botella de agua
mineral, y siguió sin decir nada.
Era abril y eran los primeros días de la Feria de Milán;
el local estaba lleno como un filobús en las horas punta, y apenas uno
terminaba de comer había que apresurarse a salir porque allí estaban los
feriantes vegetarianos que esperaban de pie a que uno dejara libre la mesa.
—Si tienes que decirme algo, será mejor que me lo digas
fuera de aquí —le dije, pagando la cuenta.
Ni me respondió ni me miró. Me levanté apenas me dieron el
cambio y él me siguió en silencio. Cruzamos la Via Vittor Pisani y fui a la
tabaquería que está en la esquina de la Via San Gregorio, y él seguía callado a
mi lado. Entramos, estaba lleno; con la Feria todo está lleno en Milán, hasta
la sala de espera del dentista. Compré un cigarro venezolano, el Gruderaño, es
corto como un cigarrillo, pero del grosor de un dedo, parece ligero mientras
uno suelta el humo, pero luego uno siente batir las sienes, se siente fuerte,
feliz de haber nacido, contento de todo, es decir trúpita muerto. Prácticamente
es una droga, pero se vende como cigarro.
—Si te digo si quieres un coñac, ¿me dirás sí o no? —le
pregunté.
No me contestó, no me miró, fue como si no me hubiera
oído; la vieja, devastada cara de mujeriego siguió siendo de piedra. Pedí dos
coñacs y los bebimos en la barra, de pie, sin mirarnos, en silencio. Después
salimos, y a pesar de que era primavera e Italia el país del sol, hacía un frío
bestia, y estremeciéndome estreché un brazo de Sebastiano. Nos conocemos desde
hace casi veinte años, pero la frase exacta es que nos queremos desde hace casi
veinte años; dos hermanos gemelos no son tan semejantes ni están tan unidos
como nosotros. Le dije:
—Sebastiano, habla, o me cabreo.
Me di cuenta de que él iba a decirme algo, algo grave:
nunca había estado tan trastornado.
Por último habló:
—Vamos a tu casa.
Vivo en Via Fabio Filzi, cerca del restaurante chino, en un
piso de tres habitaciones, me llamo Stefano Donato, trabajo en la Banca
Nazionale Vicentina, sucursal de Milán, tengo cuarenta años, y mi mujer,
Valeria, decía que aquello no era un piso sino un pequeño pozo negro. A mí me
gustaba precisamente porque era pequeño y adecuado a mis posibilidades
económicas; evidentemente, yo también hubiese preferido un castillo, rodeado de
un parque y el RR con el chófer de uniforme gris oscuro, ¿quién no lo hubiera
preferido? Y Sebastiano, apenas entró en casa, que conoce como si fuese la
suya, o quizá mejor, se fue al armarito que está en la microscópica cocina, lo
abrió y encontró en seguida la botella de estomacal: tengo siempre una en casa
porque, ya cuando era niño, mi madre decía que cuando uno se encuentra indispuesto,
el estomacal va muy bien.
Siempre sin mirarme tomó la botella de estomacal y un
vasito y se los llevó a lo que los constructores de la casa definían como sala
de estar y que Valeria, mi mujer, llamaba el pequeño cubo de la basura, se
sentó en una de las sillas tapizadas y se lleno de estomacal todo el vaso.
—Me parece que lo has confundido con el agua mineral. Es
un licor de cincuenta y cinco grados —le dije.
No me contestó, comenzó a beber un sorbo y luego otro.
Entonces le pregunté:
—Sebastiano, ¿qué te ha pasado?
Otro sorbo, y después otro. Luego, finalmente, habló:
—Quisiera hacerte una pregunta. Mejor dicho, unas
preguntas.
—Sí, Sebastiano.
Bebió otro nuevo sorbo de estomacal.
—Quisiera preguntarte —comenzó incisivo y perverso, de
acuerdo con su carácter—, si olvidaste a tu mujer y te has buscado otra.
—No —dije.
No la había olvidado ni me había buscado ninguna.
—¿Por qué? —preguntó Sebastiano.
—Porque no me gusta ninguna otra mujer —le respondí. Él
siguió bebiendo estomacal y permaneció en silencio. Al cabo de un rato dije:
¿Por qué me has hecho esta pregunta?
Me daba cuenta de que había ocurrido algo.
Él dejó el vaso y me miró dura, perversamente.
—De acuerdo —repuso—. Entonces comenzaré por la Biblia.
Seguramente habrás oído esa frase que dice: «No desearás a la mujer de tu
prójimo».
Asentí con la cabeza. Sí, me parecía haberla oído.
—Bien —continuó—, ya sabes que empiezo la conversación
desde muy lejos, de manera que aunque la Biblia dice que no hay que desear a la
mujer de los demás, yo he deseado mucho a la mujer de otro, de mi gran y único
amigo: estoy hablando de ti, Stefano, y de tu mujer.
No contesté nada, me limité a quitarle el vaso de
estomacal para que no bebiese más.
—Tú lo entiendes y me entiendes, Stefano —dijo,
resignándose a no beber—, no hay hombre en el mundo que no pueda desear a una
mujer como la tuya. Basta verla para que a un hombre le dé fiebre, y por tanto,
yo también la he deseado: no porque sea un amigo traidor, sino porque soy un
hombre. ¿Comprendes?
Sebastiano era siempre exagerado: o no decía una palabra o
era prolijo como una enciclopedia en veinticuatro tomos. También esta vez
asentí con la cabeza, diciendo que sí, que comprendía.
Y él siguió diciendo:
—Sólo que, mientras estuvo contigo, me hubiese pegado un
tiro antes que rozarle un dedo. —Se detuvo. Luego casi estalló—: Me crees,
¿verdad? ¿O crees que soy el puerco amigo capaz de quitarte a tu mujer?
Yo no comprendía nada; me daba cuenta de que había algo
importante, pero no lograba imaginar lo que pudiera ser; sin embargo, dije:
—No grites así, te lo ruego.
—No, y, no obstante, grito —y Sebastiano levantó aún más
la voz— para que tú pienses: ahí tienes al amigo que parecía tan fiel y quiere
acostarse con mi mujer. Pero no es así. La deseaba, pero nunca me hubiese
acostado con ella, porque soy amigo tuyo; es más, soy tu hermano; es más, soy
tu padre. Y, sin embargo, me he acostado, esa noche, hace un par de horas,
antes de ir a verte a la mantequería. —Me miró a los ojos y dijo—: Cuesta
quince mil liras.
Tengo que dar gracias a mi padre, que era un hombre a
quien le gustaba mucho leer, y tenía muchos libros que yo también leí, y así
comprendí algunas cosas; si no mucho, por lo menos que en ciertos momentos
conviene permanecer impasibles, dominarse, estar sujetos con el cinturón como
cuando el avión está a punto de aterrizar, y entonces dije, sencillamente:
—¿Qué quieres decir que cuesta quince mil liras?
Pero ya lo había entendido.
—Quiere decir que esta noche, pero no quisiera decírtelo;
es lo último que hubiera querido decirte —repuso él, e intentó tomar el vaso de
licor, pero se lo impedí—. Bueno, no beberé; sólo quería decirte que esta
noche, antes de cenar, salí con el coche y di una vuelta por la gran Milán;
tengo cincuenta y nueve años y hace once que soy viudo, y de vez en cuando
salgo así, con el coche, porque ya no tengo fuerzas para volver a casarme,
¿comprendes?
—Sí, comprendo —y comencé a comprender también demasiado,
pero quería que no fuese verdad aquello que comprendía que era verdadero.
—Me he vuelto muy práctico —dijo Sebastiano, tendiendo la
mano, y entonces me conmovió y le permití tomar el vaso de estomacal, que se
bebió de un tragó—. Hacia las ocho, para un viejo como yo, está por ahí lo
mejor. Después de medianoche ya están todas, pero a esa hora se encuentra
alguna que uno se puede llevar a un buen restaurante. Resulta más fino,
¿verdad?
Con mucha ternura, pero también severamente, le dije:
—Estás borracho. No hables tanto. Dilo todo en seguida.
—No es posible —repuso Sebastiano—, pero si quieres un
resumen aquí lo tienes: he estado con tu mujer hace cerca de dos horas.
—Eso ya me lo dijiste.
—Quería explicarte cómo.
—Creo haberlo comprendido ya, pero sé breve.
Le dejé beber y dijo después de haber bebido:
—Me fui en coche a Via Vincenzo Monti, ya sabes, cerca del
Parque.
Sí, lo sabía: cada ciudad tiene sus zonas rosa, jardines y
parques son los puntos más neurálgicos.
—Paré el coche en Via Mario Pagano, cerca de una muchacha
morena, vestida con un abriguito de color naranja cortísimo y bajé el cristal
de la ventanilla y ella metió dentro la cabeza y así, ya sabes que veo poco, vi
sólo entonces que era tu mujer.
No dije nada.
—Así, cuando vi que era tu mujer, hice ademán de poner en
marcha el coche.
—Sí —repuse—. Sigue.
—Sí, sigo —contestó Sebastiano—. Me dijo: «¿Por qué te
escabulles, guapo? Te he reconocido. Eres Sebastiano, el mejor amigo de mi
marido; siempre me gustaste, mucho, aunque seas un poco viejecito. De modo que
vamos». Eso dijo, «de modo que vamos».
No dije nada. Escuchaba solamente.
Y entonces Sebastiano me dijo:
—No fui a buscarte esta noche para decirte eso; es decir,
que no soy tu amigo, porque uno que va con la mujer de su amigo es un canalla y
yo he estado con tu mujer esta noche; nunca lo hubiese querido, aunque me
mordía las uñas de deseo. Pero estaba allí, con la cabeza metida por la
ventanilla del coche y me acariciaba la oreja, y entonces la hice subir y nos
fuimos a…
—Éstos son detalles sin importancia —le interrumpí.
Sebastiano tomó el vaso, pero estaba vacío.
—¿Y sabes qué me dijo después, cuando la llevé a Via Mario
Pagano, que es su zona?
No podía saberlo.
—Me dijo: «Cuéntaselo a Stefano: a los maridos les gusta
saber ciertas cosas». Pero yo —y se tapó el rostro con las manos— he venido a
decírtelo sólo para que me escupas a la cara.
He leído en un libro de psicoanálisis que las personas que
saben dominarse mejor son los enfermos nerviosos. Por tanto debo de estar
enfermo de los nervios, porque no hice un ademán, no dije una palabra, hasta
que vi a Sebastiano que se enjugaba los ojos con los dedos. Entonces le dije:
—Cálmate.
Casi un minuto de silencio. Luego dije:
—Cuando un hombre se casa con una… —dije la palabra
exacta—, todos van con ella: amigos, conocidos, vecinos y quien sea.
Sebastiano se levantó, mejor dicho, pareció despedido de
la silla tapizada.
—Yo no quería ir, pero me la encontré en Via Mario Pagano,
bajo los árboles del Parque; como en el supermercado una gallina envuelta ya,
con la etiqueta con el precio, y el peso. Pero voy a matarlo, ahora mismo.
Yo también me levanté. Lo sujeté del brazo, lo sacudí un
poco y le dije:
—Quieto. Estás borracho.
—Sí, estoy borracho, pero soy tu amigo y voy a matarlo,
porque tú no eres capaz, y yo, en cambio, lo mato.
—Estás borracho, cálmate y siéntate. ¿A quién quieres
matar? —pregunté con calma, porque los neurasténicos son tranquilos.
—A quien tú también querrías matar —repuso Sebastiano—. Al
hombre que te ha quitado a tu mujer y que luego la ha largado a Via Mario
Pagano, a quince mil liras por prestación. ¿Sabes cómo se llama eso?
No comprendía. Pregunté:
—¿Cómo se llama?
—Se llama «poner en pista»: la yegua lanzada a la pista,
decimos en Via Mario Pagano. Y yo voy a matarlo, ahora mismo.
Conseguí calmarlo, pero muy trabajosamente logré que se
sentara en el pequeño diván, lo zarandeé porque el estomacal debía de haberle
hecho daño, y no sólo eso, y para que comprendiera bien lo que le estaba
diciendo:
—Se trata de asuntos míos, de mi mujer. Vete a dormir y
dejémoslo.
—Voy a matarlo.
—Tú te quedas aquí y quieto, o te sacudo —le dije.
Lo comprendía: estaba enamorado de mi mujer, como yo, y se
quiere escribir que no hay que desear a la mujer del prójimo. Y el hombre que
había acabado por lanzar al arroyo de Via Mario Pagano a la mujer, que yo
amaba, a mi mujer —y a quien él, Sebastiano, amaba también—, por defecto, vicio
o debilidad que tuviera esta mujer, era un hombre a quien había que matar.
Por lo demás, desde el año anterior, desde abril del año
pasado, desde el día en que se la llevó, quería matarlo. Nombre, apellido y
dirección me los había dado Sebastiano, pero yo había ido también a espiarlo,
lo había visto junto con mi mujer salir de su casa y subir a aquel ridículo
coche deportivo de forma de zapatilla que cuesta tantos millones. Ese hombre se
llama Guglielmo Lovinati, tiene veintinueve años, estudió leyes dos o tres
años, que dejó porque encontró otro medio de vida más cómodo: hacerse mantener
por las mujeres. Me había informado. Un empleado de banca como yo tiene muchas
posibilidades de lograr informaciones reservadas. Ese hombre conocía a varias e
incluso maduras señoras de las industrias de la seda, el algodón y hasta de las
fibras artificiales de Italia, y tenía una cuenta corriente en la Banca
Commerciale abastecida por grandes señoras lombardo-piamontesas-vénetas.
No había duda de que ese hombre había querido iniciar con
mi mujer una nueva actividad. Mi mujer es el tipo adecuado para esta actividad.
Si había alguien en el mundo que pudiera saberlo, era yo. Pero aquel hombre la
había lanzado, y el deseo de matarlo que tenía desde hacía un año creció ahora
como una repentina marea alta, me llegó al estómago como una sensación
insoportable de hambre: quería matarlo como uno que no come desde hace cuatro
días desea un plato de macarrones.
—Ahora te tomarás un par de pastillas de somnífero y luego
te llevaré a casa —le dije a Sebastiano.
—No, yo voy a matarlo; tú eres incapaz, eres inofensivo.
Yo no, yo lo mato de veras. Y mal —replicó Sebastiano.
—Basta ya, te lo ruego: yo también tengo un sistema
nervioso.
Por último logré convencerlo. Tomó las dos pastilli tas de
Luminal que le di y se dejó llevar a su casa, lo acompañé hasta su piso, lo
metí materialmente en la cama, y de vez en cuando, por el estomacal y el
Luminal, ausente por completo, decía:
—Voy a matarlo, te lo mató yo, Stefano, que tú no eres
capaz, y además no debes malograr tu vida, porque eres joven, te lo mato yo.
—Basta ya.
—Te lo mato yo.
—Basta.
Me quedé hasta que se durmió fulminado por el somnífero y
lo que había bebido. Antes de salir comprobé si el gas estaba cerrado, examiné
también los grifos del baño y de la cocina, luego salí, cerré la puerta, pero
no con llave porque él no habría podido salir, dejé la llave por dentro, bajé,
me senté al volante del 1300 y me fui a Via Mario Pagano. Era posible que
estuviese allí todavía.
Y estaba, tal como me la había descrito Sebastiano: una
muchacha morena, con un abriguito de color naranja cortísimo, en aquel frío
horrendo y antinatural de mediados de abril. Aunque estaba en el lado opuesto
de la calle, digo de Via Mario Pagano, veo bien, y la reconocí; no era posible
dejar de verla. El naranja casi luminiscente de su abrigo, sobre el fondo verde
oscuro de las avenidas que conducían al Parque. Moderé la marcha porque cuando
a un hombre le gusta una mujer de modo tan intenso, puede ser capaz de
cualquier abyección —llevaba las quince mil liras— y hacía un año que estaba
mal por ella, y apenas reduje la marcha, ella levantó el brazo, naranja en la
manga naranja del abrigo, y comenzó a atravesar la calzada completamente
desierta.
Reduje la marcha y ella corrió hacia mí, pero al verla
allí, así, algo estalló en mi interior. Pisé el acelerador y la dejé allí
plantada. En casa me bebí dos vasos de agua del grifo de la cocina, luego me
eché en la cama vestido, con los zapatos y el impermeable, de bruces, sobre la
almohada de ella, en su lado, que aunque no tenía ya olor alguno de ella,
seguía siendo el suyo, y pensé en la manera de matar a aquel hombre.
Mi mujer es la mujer menos honesta del mundo, lo sé, pero
me daba igual: yo quería matar a aquel hombre. Pensé toda la noche en cómo
matarlo. Dormía media hora y luego me despertaba de pronto. En la banca podría
apoderarme del revólver del guardián de las cajas de seguridad en el sótano.
Pero no era fácil. Al alba me levanté, me fui a la cocina; en el cajón de la
mesa guardaba los cuchillos; eran cuchillos muy largos, pero no cortaban nada.
Además, no tendría valor de matar con un cuchillo.
Entonces empecé a mirar por el pozo negro, como ella lo
llamaba, de nuestro piso, rincón por rincón, y que a mí me gustaba tanto,
pensando siempre en cómo matarlo, hasta que vi en un rincón del baño, al lado
del lavabo, aquel bidoncito de gasolina. Estaba vacío, lo había dejado allí
semanas antes para acordarme de devolverlo al poste, pero naturalmente lo había
olvidado. Lo tomé, lo miré y pensé.
Luego me desnudé, mientras la bañera se llenaba de agua
caliente, me bañé, me afeité; uso siempre el jabón y la maquinilla con la hoja;
me puse otro traje y en el bar me tomé un café muy corto y me fui a la banca a
trabajar. Por la tarde, al salir del banco, me dirigí en seguida a casa, tomé
el bidoncito de gasolina y me dirigí al poste cercano donde me lo habían
prestado y dije si podían llenármelo, y el de la gasolinera me dijo:
—¿Cómo, se ha quedado en la calle sin gasolina?
—Pues sí —repuse.
—Por lo visto el indicador de la reserva no le funciona
bien.
—Es un asco, ya no hay nada que funcione bien.
Sólo me importaba la gasolina, aquella gasolina cargada de
octanos, la super super que se incendia casi sola. Fui a casa —vivo en Via
Fabio Filzi, cerca del restaurante chino— y comencé a preparar una botella
antitanque. En mis tiempos, cuando estaba con la brigada en Val d’Ossola, las
llamábamos bombas Molotov. Sí, a los diecinueve años, aunque aún no los tenía,
fui partisano, pero por poco tiempo, porque me puse enfermo en seguida, de
miedo, creo que de miedo, pero un tanquista me enseñó a hacer las bombas
Molotov; lo hacíamos por ejercicio, porque había un lugar para descender al
valle y hacer frente a los tanques alemanes. El verdadero nombre que le dábamos
a esto, además de botella Molotov —al menos nosotros— allí, en Val d’Ossola,
era «Chúpate ésta». No veíamos la hora, al menos en esa época, de probarlas
lanzándolas contra cualquier panzer, gritando: «Chúpate ésta».
Preparé la botella con el mayor cuidado, porque no es tan
sencillo como parece. Hacia las siete había terminado, me tendí en la cama y
puse el despertador a las once, y me quedé dormido como un tronco, pero a las
once, al primer timbrazo, me levanté y fui a beberme un gran vaso de agua del
grifo de la cocina, envolví la botella en un periódico —era una botella
corriente de agua mineral—, salí de casa y conduje el coche a la de aquel
hombre.
Había estado varias veces allí a lo largo de un año, para
ver salir a mi mujer. Cuando algo gusta tanto, tanto, tanto, uno comete
cualquier abyección: de manera que muchas veces había cometido la abyección de
ir a esperar cerca de aquella casa, para ver salir de ella a mi mujer con el
hombre que me la había quitado, para ver la cara de ella y sus largos cabellos
negros.
Así lo hice también aquella noche, el 20 de abril; detuve
mi 1300 un poco apartado de la casa de aquel hombre que se llama Guglielmo
Lovinati, tiene veintinueve años y un coche, en forma de zapatilla, que cuesta
muchos millones, de color verde muy oscuro, y, con la botella en la mano, me
puse a esperar bajo los árboles de la plazuela Baracca. Con aquella botella en
la mano la gente sólo creería que iba a una fiesta de amigos.
Conozco las costumbres de ese hombre: durante un año me
informé minuto a minuto. Son murciélagos que salen hacia medianoche, van a los
locales nocturnos para hacer el chulo y a ojear nuevas chicas para su oficio.
Antes de medianoche, este hombre, Guglielmo Lovinati, de veintinueve años, de
profesión rufián, saldría de casa.
Y, en efecto, salió antes de medianoche. Salió con su
impermeable gris oscuro, subió a su coche verde muy oscuro y puso en marcha el
motor. Yo estaba detrás. Él no podía sospechar: yo era un señor con una botella
de vino en la mano. Crucé corriendo la calle, apenas oí que lo ponía en marcha
y así el motor estaba caliente, especialmente un deportivo para chuletas Como
aquél, que se calienta en seguida; hice como me había enseñado el tanquista en
Val d’Ossola, semana tras semana, y estrellé la botella Molotov contra el
coche.
Estalló en el coche con aquel hombre dentro, como un carro
de combate acertado de lleno. Porque cuando no se es criminal, cuando no se es
asesino, no se puede matar directamente, hay que matar a distancia, y después
de haber pensado toda aquella noche en la manera como sería capaz de matarlo,
al ver el pequeño bidón de gasolina, me acordé de Val d’Ossola y del tanquista
que me había enseñado a matar, así, indirectamente. Yo soy el asesino y el
coche ardió como una chimenea de palacio medieval, con aquel hombre dentro. Y
yo lo maté voluntaria y conscientemente.
—Dos asesinos son demasiados para un hombre solo —dijo el
joven funcionario de policía, joven pero importante—, me basta con uno.
—Sí, doctor —dijo el brigadier—, pero vino antes el marido
de aquella chica y dijo que era él quien había lanzado la botella antitanque
contra el coche de ese hombre, porque este hombre, el muerto, le había quitado
a su mujer y, por si fuera poco, la había prostituido. Entonces nosotros lo
detuvimos.
—Conozco la historia, pero siga.
—Perdone, doctor, pero dos días antes vino a vernos un
hombre ya mayor, llamado Sebastiano Biancoli, que me dijo que la botella
antitanque la había lanzado él, porque estaba enamorado de la mujer de su amigo
y quería matar al hombre que había destrozado la vida de ella, y entonces
también lo detuvimos a él.
—Bueno, pero sólo había una bomba. Una bomba solamente
puede ser lanzada por un hombre solo, no por dos juntos. ¿O me explico mal?
—dijo fríamente el joven funcionario.
—No, doctor, disculpe, doctor —replicó el brigadier—. Es
evidente que uno de los dos trata de proteger al otro. Son viejos amigos,
colegas; durante más de diez años han trabajado juntos en la misma banca.
Además, está la mujer del empleado de banca.
—¿Y qué dice la mujer? —preguntó el joven e importante
funcionario.
—Se trata de Valeria Donato, mujer de Stefano Donato —dijo
el brigadier leyendo una de las notas que tenía ante sí—; ha declarado que su
marido es incapaz de matar a nadie, ni siquiera a un mosquito, y que la idea de
que su marido lance una bomba contra el coche le da risa. Ha declarado también
que el hombre que ha lanzado la botella antitanque es Sebastiano Biancoli, y
cree que su marido quería proteger a su amigo Sebastiano; dice que su marido es
un canalla y… —dijo la expresión popular que indicaba a un flojo—, y dijo que
para matar hay que ser hombre fuerte y que él no lo es.
—Sí —repuso nada cordial el joven funcionario—, pero aquí
sigue habiendo dos asesinos. El marido y el amigo del marido. Los dos dicen:
«He sido yo». Usted los ha detenido a todos, al marido, al amigo del marido y a
la mujer, pero hemos de llevar a los tribunales a un culpable no una
adivinanza. Se necesitan pruebas, testigos, documentos. ¿Usted los tiene, o no?
El pequeño brigadier, con el rostro gris, oliváceo, bajó
la cabeza.
—Estoy buscándolos, ahora telefoneo —y humildemente
preguntó—: ¿Puedo telefonear, doctor?
Con un ademán de la mano el joven e importante funcionario
dijo que sí. El viejo brigadier marcó un número en el teléfono y aguardó,
pensativo. Todos y los dos estaban enamorados de aquella mujer, podía decirse
así aunque la frase no fuera muy correcta. Y los dos tenían motivos para odiar
al hombre que había sido quemado vivo en su coche.
—¿Oiga? —dijo un poco sudoroso—. Peppino, ¿de quién es el
botón? —Escuchó la respuesta y preguntó palideciendo—: ¿Es seguro?
—Lo hemos comprobado con su chaqueta —le repuso la voz en
el auricular— con la ayuda de los técnicos, y corresponde hasta la fibra del
hilo. Estamos revelando las fotos.
—Daos prisa, voy en seguida —dijo el brigadier y colgó el
receptor. Algo de color volvió a su rostro oliváceo—. Discúlpeme, doctor, pero
ahora sé quién es el asesino. Dos asesinos eran demasiados, tenía usted razón.
Ahora sólo tenemos uno.
—¿Quién es? —preguntó el funcionario con menos frialdad.
—La sección técnica ha encontrado un botón cerca del coche
incendiado —explicó casi escolásticamente el brigadier—. Un botón quemado por
las llamas y, por tanto, correspondiente al momento del delito: un botón de
chaqueta de hombre. Porque lo recogimos todo y lo fotografiamos todo. Ese botón
estaba quemado, achicharrado por el calor. Podía ser de cualquiera, incluso de
un peatón ocasional, del año pasado, pero también del asesino: cuando se lanza
una botella antitanque, hay que arrojarla con cierta violencia, con un ademán
violento, y, al tirarla, puede saltar un botón de la chaqueta.
—Sí, pero explíquese más de prisa —el joven funcionario
consultó el reloj de pulsera—. No pueden haber sido los dos, entre dos no se
lanza una botella llena de gasolina. Los dos dicen: «He sido yo» —encogió un
hombro—. Tiene usted que decirme si sabe quién es, o no.
El brigadier, aunque humilde, dijo con altivez:
—Ahora lo sé. El botón que se saltó mientras el asesino
lanzaba la bomba antitanque pertenece precisamente a la chaqueta del asesino.
La sección técnica tiene los documentos: se ha comprobado el color del botón
con los otros botones de la chaqueta y hasta el hilo con que estaban cosidos.
—¿Y quién es? —preguntó el joven funcionario.
—Es el marido de la mujer, Stefano Donato. Durante la
guerra le enseñaron a fabricar bombas antitanque y aprendió bien —repuso el
brigadier sacudiendo la cabeza—. Su amigo Sebastiano Biancoli quiso salvarlo,
son amigos desde hace muchos años, pero ahora ya no hay duda.
El joven funcionario dijo:
—Creo que esta prueba sea suficiente para los tribunales.
Y pensó:
«¡Qué extraño!».
Había matado precisamente aquel que no era capaz de matar
un mosquito. Según su mujer.
3
BUENOS CHICOS BANG BANG
—¿Qué poste? —preguntó el comisario.
—El de los bastiones de Porta Venezia —respondió la
muchacha.
—¿Cuándo?
—Mañana, alrededor de las cuatro de la tarde.
—¿Cuántos son?
—Dos chicos y una chica.
—¿Están armados?
La joven se echó a reír, con los ojos a punto de llorar.
—Tienen un revólver de los de cowboy, mejor dicho, dos,
pero no disparan ni agua.
—¿Cómo se ha enterado de todo esto?
—Soy la novia de uno de los dos.
—¿Y por qué ha venido a decirme que van a dar un golpe?
—Porque quiero que no lo den, que no se pierdan, sobre
todo él.
El comisario no tuvo necesidad de explicaciones para
comprender quién era él.
—Dígame los nombres.
—Mario Farra.
—¿Es su novio?
—No.
—¿Dónde vive?
—Vivimos todos en Porta Vigentina, al otro lado del
puente; allí está el taller de relojería.
—¿Qué tiene que ver el taller de relojería?
—Allí trabajan los dos chicos.
—¿Y ahora ya no trabajan?
—No.
—¿Por qué?
La chica se enjugó las lágrimas con los dedos y se le
escapó un único leve y gracioso sollozo.
—¿Sabe?, los hombres nunca tienen bastante con el dinero
que ganan; estaban bien pagados porque eran especialistas en relojería: Mario
se ha especializado en los relojes actuales, pero son jóvenes y gastan mucho.
Entonces sacaban de la fábrica piezas que luego revendían. Un día los
descubrieron y los echaron, y desde entonces no han encontrado trabajo. Como
usted sabe, señor comisario, las casas piden referencias; saben que han robado
y no quieren saber nada más. Pero son buenos chicos, lo sé, son buenos chicos,
son buenos chicos, son buenos chicos.
Se tapaba la cara con las manos y seguía diciendo que eran
buenos chicos.
—Es posible, pero robaban en la empresa donde trabajaban y
quieren dar un golpe en una gasolinera. Y además son deficientes. ¿Y qué
esperan encontrar en la caja de un poste a las cuatro de la tarde? ¿Cincuenta
mil? Admitamos, por reducción al absurdo, cien mil. ¿Y por cien mil liras se
exponen a las balas de un policía o a diez años de cárcel?
La chica sacudió la cabeza.
—No, es más: es la caja de toda la semana.
—¡Ah! ¿Sí? ¿Por qué?
—El chico del poste se lleva cada noche a su casa la caja
y la guarda allí. El miércoles su padre pone el dinero de la semana en una
bolsa y hacia las cuatro va a ver a su hijo a la gasolinera, retira las últimas
treinta, cuarenta o cincuenta mil liras y se lo lleva todo al banco, que está
justamente delante, al otro lado de los bastiones, en la avenida de
circunvalación.
Posiblemente eran buenos chicos, pero unos pillos.
—¿Cómo han sabido estos detalles?
—No lo sé, señor comisario. Están sin trabajo desde hace
dos años; al principio lo buscaron, y siguen buscándolo todavía hoy. Mi novio
ha hecho incluso una solicitud para trabajar en la limpieza pública, pero
todavía no le han contestado; el amigo de mi novio ha trabajado como lavacoches
en un garaje, pero el dueño compró una lavadora mecánica y lo echó. Si
encontraran trabajo…, son buenos chicos, son buenos chicos.
De acuerdo, de acuerdo, pensó el comisario.
—Sigamos con los nombres. Dígame nombre, apellido y
dirección, y dígame todo lo que sepa de ellos.
Ella lo dijo todo, y el agente lo escribía todo a máquina,
muy despacio, de manera que ella tuvo tiempo de enjugarse bien los ojos y de
recuperar fuerzas para no llorar.
—Mario Farra tiene la misma edad de mi novio, son amigos
desde niños, desde que iban a elemental y juntos cursaron los estudios de las
escuelas industriales y la especialización en mecánica de relojería. Luego
Giovanna Etruschi, la chica de Mario; es romana y ha venido de Roma hace poco
tiempo con su madre; vinieron a vivir aquí para ahorrar, ¿sabe?
Nosotros estamos casi en el Vigentino y el alquiler es
soportable; el padre de Giovanna se ha quedado en Roma, con otra mujer.
Giovanna y su madre llegaron casi sin dinero, en los primeros tiempos. Una
noche ella me dijo que si continuaba así sabría a qué calle ir para ganarlo, y
también su madre lo sabía, porque también la madre es todavía joven, y entonces
yo le aconsejé que se comprara a plazos una máquina de hacer punto de media; no
cuesta mucho obtenerlas y las dan incluso sin entrada, y si hay trabajo se
puede salir adelante. Así lo hicieron y ganaron algo, pero a costa de muchos
esfuerzos, y siguen ahí, lo mismo que nosotros, con el dinero justo, y ella no
puede casarse con Mario, y ya puede imaginar lo nerviosos que están los dos.
—Ahora, señorita, hábleme de su novio.
Tuvo que esperar a que se enjugase los ojos con los dedos
porque de nuevo se había echado a llorar.
—Es buen chico.
—El nombre, señorita —insistió, impaciente, el comisario.
—Fiorello Morandi. Si pudiera trabajar no habría pensado
nunca en nada semejante.
Sí, de acuerdo, de manera que los sin trabajo tienen el
derecho de dar golpes.
—¿Tiene padres?
—Padre y madre. El padre va a trabajar todas las mañanas a
las lecherías de Locate Triulzi; es muy mayor y no puede con su alma; va en
bicicleta hasta Locate, y tiene sesenta años, pero es el único que lleva a su
casa algún dinero.
—¿Cuántos años tiene su novio?
—Veinticuatro, como Mario. Iban a la escuela juntos.
Ya lo había dicho. El comisario miró al agente que
escribía despacio a máquina.
—¿Y usted? —preguntó a la muchacha.
—¿Yo?
Su cara estaba toda llena de grandes manchas rojas a causa
del llanto. Incluso se había vuelto fea con tanta lágrima y tanta angustia, a
pesar de tener un rostro que, aunque milanesamente popular, tenía una profunda
gracia.
—Sí, usted —continuó el comisario—. ¿Lleva encima alguna
documentación?
—Sí, mi madre me dijo que la llevara.
—¿Su madre?
—Sí, fue mi madre quien me aconsejó que viniera aquí. Me
dijo que si quería realmente hacer algo por Fiorello que viniese aquí, y lo he
pensado dos días, y después pensé que aunque fuera muy feo hacer de soplona,
venir aquí era el único medio de salvarlo. Y me dijo que llevara el carnet de
identidad.
Lo sacó del bolso de imitación de piel brillante y se lo
dio.
Teresa Beraschi, de veintitrés años, nacida en Milán, de
profesión obrera. El comisario dictó al agente los datos necesarios, y se quedó
con el carnet de identidad que dejó sobre la mesa y puso sobre él una larga
regla de bronce que le servía para trazar líneas y también para dar con ella en
la cara de algún delincuente.
—Y a usted, ¿cómo la metieron en esta historia? —preguntó
el comisario, encendiendo por último un cigarrillo y tratando de no mirar el
lamentable rostro manchado de la chica.
—También me dieron un papel, pero apenas supe de qué se
trataba dije que no, y él me dijo, junto con Mario y Giovanna, que no había
ningún peligro y que no se podía ya vivir así, que querían vivir diez días como
señores, o se volverían locos. «Vamos a Viareggio», decían los tres; «Vamos a
Roma», decía Giovanna. Yo dije que no, y siempre no, que estaban locos, y le
dije a él que no lo querría si hacía una cosa como ésa, y él me dijo: «Bueno,
adiós, búscate otro, soy yo quien no te quiero ya», y me dejó. Lo encontré dos
veces y traté de convencerlo todavía, pero él me dijo que no y también me trató
mal. Entonces mi madre…
Sí, de acuerdo, su madre le había dicho que se dirigiese a
la policía.
—Explíqueme ahora lo que le dijeron para dar el golpe.
—Primero, dijeron, robarían un coche, luego, a las tres,
irían a los bastiones de Porta Venezia y aparcarían allí, delante de los
jardines, y cerca de la gasolinera. Luego esperarían a que llegase el padre del
empleado del poste. Dijeron que el viejo no llegaría antes de las tres porque
duerme la siesta. Cuando llegase se dirigirían al distribuidor como para
repostar, le arrebatarían la bolsa al viejo y escaparían.
Buen plan de deficientes, pensó el comisario: a las cuatro
de la tarde en los bastiones de Porta Venezia, con cuatro filas de coches
obligados a avanzar al paso de un hombre, aunque consiguieran apoderarse de la
bolsa, los detendrían inevitablemente ante el semáforo del Corso Venezia.
—¿A quién se le ocurrió la idea de este golpe?
No hubo respuesta.
—Señorita, ¿sabe usted quién organizó todo esto?
No hubo respuesta tampoco, y entonces el comisario
comprendió: había sido «él», el genio del cuarteto, el novio de aquel pobre y
jeremíaco ser.
—¿Fue Fiorello Morandi?
Ella asintió, enjugándose los ojos con los dedos: no
llevaba pañuelo.
—¿Qué van a hacerle? —preguntó.
—Empezaremos por detenerlos inmediatamente, los traeremos
aquí y los interrogaremos un poco. Si no están en relación con verdaderos
delincuentes —si eran buenos chicos, como decía ella—, estaremos seguros de que
se trata de una estúpida idea, y como todavía no han cometido nada, los
soltaremos.
Quería darle un poco de esperanza.
Y en efecto, los brillantes ojos de la chica se abrieron a
la esperanza.
—No son delincuentes, no se mezclan con el hampa. Nunca se
han mezclado.
Sí, pero hacían la competencia al hampa.
—Si es así, se librarán.
Bastarían unos agentes para que fuesen a buscar en seguida
a esos tres exaltados, y se acabó el asunto.
Pero nadie conoce el futuro, ni siquiera la policía.
Los agentes fueron aquella misma noche a la casa de Mario
Farra, especialista en relojes modernos, pero no estaba. La madre no sabía
dónde podía haber ido, ni cuándo volvería. El agente le dijo que se quedaría
allí esperándolo, en la casa, y se disculpó por el trastorno, pero tenía que
cumplir órdenes: el comisario Fulvio no se fiaba de los buenos chicos.
Otros fueron a casa de Fiorello Morandi, pero también
había salido, y su madre dijo, asustada, que no sabía dónde había ido, pero que
su hijo no tenía nada con la policía; que le dijeran qué pasaba, y se sentó
respirando con fuerza porque el corazón le daba saltos en el pecho, que le
dijeran qué había hecho su hijo.
—Tranquilícese, señora; sólo queremos interrogarlo.
—No ha hecho nada, no puede haber hecho nada, es tan bueno
como el pan —la vieja y gruesa mujer cardíaca tendió ambas manos como si
mostrase el pan.
Por último fueron a buscar a Giovanna Etruschi. Tampoco
estaba. Su madre sí, y era una joven madre romana —alta, agradablemente metida
en carnes, nariz sensual—, que se encogió de hombros ante la policía.
—Ha salido.
Estaba lavando los platos y lo dejó sólo para abrir la
puerta a los agentes, y después volvió a la tarea.
—¿Sabe adónde ha ido?
—Nunca me lo dice.
Pensemos si una madre tiene valor de preguntar adónde va a
una hija de veinticuatro años.
—Señora, sería mejor para su hija que pudiéramos
encontrarla —dijo el agente, que era un muchacho inteligente y quería hacer
bien su trabajo.
La romana dejó de lavar los platos y sacó de la espuma los
guantes rosa de plástico.
—¿Qué hay, qué ha sucedido, qué ha hecho? —preguntó con
pesado acento romano, con las manos metidas en los guantes goteantes, caídas a
ambos lados del cuerpo, el rostro todavía joven, pero ya señalado por la lucha
desigual contra la miseria—. ¿Qué quiere de ella? Dígamelo a mí, que soy su
madre.
—Sólo queremos hablar con ella —dijo el agente—, y cuanto
antes mejor. Díganos sólo dónde podemos encontrarla, dónde cree que suele ir.
—Ya se lo he dicho: a mí nunca me dice adónde va —y la
mujer escrutaba al agente para comprender la gravedad que habría en aquella
búsqueda—, sale y va, y acaso se lo dice a la portera, dónde va, qué hace. Ayer
me dijo que iba a una fiesta y he visto que esta tarde se vestía un poco mejor.
Es posible que haya ido a esa fiesta, pero ignoro qué fiesta es y dónde se
celebra. ¿Qué ha pasado? ¿Qué quiere de ella? Por favor, dígamelo.
La tranquilizaron y se quedaron de guardia. No habían
encontrado a ninguno de los tres, ni a Mario, ni a Fiorello, ni a Giovanna, y
no había huella por la cual buscarlos. No podían hacer otra cosa que quedarse
allí esperándolos, aunque fuera toda la noche, hasta que llegaran.
El comisario Fulvio, naturalmente, mandó también un par de
agentes a los de la gasolinera de los bastiones, para prevenirlos y decirles
que dejaran el dinero en casa, incluso debajo del colchón, si querían, pero que
no salieran con el dinero por ningún motivo, y que en lo demás ya pensarían
ellos, los policías. Había algo sobre lo cual el comisario Fulvio desconfiaba
mucho: los buenos chicos.
La romanita, como la llamaban, es decir, Giovanna
Etruschi, estaba en una fiesta, y también Mario, su chico, y asimismo Fiorello.
Estaban, sin embargo, a dos mil metros de su casa, donde los agentes los
esperaban, tras las últimas construcciones de Via Ripamonti, en una especie de
barraca disfrazada de chalet, perdida entre los húmedos, neblinosos, pero
fértiles terrenos de la Vigentina. Si la policía la hubiese sabido, en un
minuto habría llegado allí y los hubiera detenido. Pero no lo sabía. Es como las
quinielas: cuando uno las llena, si sabe en qué columna está el vencedor gana,
pero no se sabe.
Eran las tres de la mañana y la romanita bailaba en lo que
era el salón grande de la barraca chalet con un muchachote de cabellos largos,
tan largos que le llegaban al cuello, pero que no cantaba ni tocaba, llevaba el
pelo así, sencillamente porque no iba nunca al peluquero. En la sala, que era
bastante grande, no había mucha gente; después de medianoche los jóvenes se
habían ido y se quedaron los padres, vencidos por el sueño, pero con los ojos
atentos para vigilar a las hijas, o los hermanos desdichadamente encargados de
vigilar a la hermana, y media docena de personas que no tenían otro sitio donde
ir, ni sueño.
La romanita bailaba, todavía rezumando furor de vivir,
incluso a aquellas horas y hasta en aquel ambiente, aunque el estómago, por la
mucha cerveza bebida y los muchos krapfen engullidos, no funcionaba
precisamente bien. Y Fiorello, sentado en una butaquita, la miraba, pero más
que verla a ella veía un vago ondear de negros cabellos de mujer, los cabellos
de Teresa, en aquella ocasión en que se la había llevado a Locate, porque
cuando había bebido le asaltaban aquellas imágenes tan vivas: la yerba era muy
cálida —nunca hubiese creído que la yerba podía quemar— y el pelo negro de ella
ondeaba sobre su rostro; casi la sentía también ahora, y le disgustaba haberla
perdido, pero él no quería que lo sujetara una mujer.
En cambio, Mario Farra, especialista en relojes, no había
bebido, no bailaba; sólo tenía calor y había salido de la sala —en realidad
también podía llamarse así— y había ido a la cocina en busca de un poco de
hielo de la nevera para prepararse un vasito de agua helada. Cuando se lo hubo
preparado y se volvió para dirigirse a la sala, vio que cerca de la ventana
abierta, por la que entraba la niebla, estaba sentado alguien a quien conocía:
un muchacho más bien flaco y bastante rubio, que se llamaba Ricco, sutil
deformación de Federico, puesto que era un ladrón, que estaba fumando
cabizbajo, respirando con avidez la nicotina del cigarrillo y la niebla del
aire que entraba por la ventana.
—Hola, Mario.
—Hola, Ricco —respondió Mario, bebió y se acercó a él—:
¿Te encuentras mal?
—No, sólo estoy pensando en que soy un imbécil. —Ricco se
levantó, entumecido, pero no estaba borracho, no había bebido; más bien parecía
desgraciado—. Pero esta noche he cometido nada menos que dos errores, como si
fuese un memo. Primero, he venido a esta fiesta, si puede llamarse fiesta: está
aquí la hija de un sereno, que se ha prometido. Imagínate lo que me importa a
mí la hija de un sereno si está prometida. Pero, ¿sabes?, hay que estar en casa
todas las noches a partir de las nueve porque te vigila la policía. Durante
algunos meses aguantas, pero viene una noche en que sales, aunque sepas que te
detienen apenas saques las narices por el portal. Y así lo hice esta noche. Fue
un amigo a decirme que iba a una fiesta, de un sereno que había prometido a su
hija, y como él es ladrón y ladrón soy yo también, le gustó la idea de ir a
bailar a casa de un sereno. Sólo que a él se le acabó la vigilancia, y a mí no.
Para venir luego a hacer qué, aquí. Todos son buena gente, padres, madres,
chicas que antes de dejarse sobar piden el certificado. ¡Qué imbécil, qué
imbécil! Si la policía ha ido a casa y no me ha encontrado, me casco otro año
de casa de trabajo, y todo por venir aquí.
—No te tomes las cosas así —dijo Mario, y bebió otro sorbo
de agua—. A lo mejor no ha ido a buscarte.
—Pero aun esto es lo de menos. El otro error es que me he
traído el revólver —continuó Ricco, rabioso contra sí mismo, cada vez más
enfurecido—. ¿Y por qué, sabes tú por qué? ¿Por qué, en cambio, yo no sé nada?
Cuando salí de casa, no sé por qué razón, saqué el revólver de detrás del
espejo del cuarto de baño donde lo tengo escondido y me lo metí en el bolsillo.
¿Por qué? Porque soy un imbécil. —Bajó la voz, sacó una modesta, vulgar pero
temible Beretta y miró hacia la puerta. Casi lloraba mientras decía—: Mario,
hazme un favor, guárdame el revólver hasta mañana. Mañana, cuando tengas un
rato me lo devuelves. Tú no estás vigilado por la policía, como yo. Además, si
te lo encuentran encima sin tener permiso de armas, no te pasará nada, pero si
me pescan con esto, se acabó todo, estoy listo, pero que bien listo: viviré
siempre en la cárcel.
Le tendió el revólver, de modo que Mario lo tomó y se lo
metió en seguida en el bolsillo, incluso porque si pasaba alguien y desde la
puerta de la cocina lo veía jugar con aquello, por lo menos podía pensar mal.
—Pero devuélvemelo mañana, ¿eh?
—Claro.
—Ten cuidado porque el seguro no funciona. Apenas lo
toques, se dispara.
Salieron juntos de la cocina.
—Ve a casa —le dijo Mario—. A estas horas ya no hay
policía.
En el salón, Mario se sentó al lado de Fiorello, que
estaba dando cabezadas.
—¿Qué hacemos? —preguntó.
Fiorello se apartó de los ojos y del rostro los
imaginarios cabellos negros de Teresa (Teresa Beraschi, de veintitrés años,
nacida en Milán, de profesión operaría, eso, pantalonera, que de grandes
tiendas y de muchas sastrerías elegantes le mandaban pantalones para su
acabado), se quitó de la piel aquel seco y perfumado calor de yerba cálida, y
de las manos la sensación plástica del cuerpo de ella, aquel día, en Locate, y
dijo casi con los ojos cerrados:
—Quedémonos aquí hasta que nos echen.
—Bueno.
A Mario le gustaba el decidido modo de hablar de Fiorello.
—De todos modos, a las seis y media hemos de estar en el
centro y haber encontrado un coche —dijo Fiorello. Encontrar era metáfora de
robar—. Después de esa hora es difícil encontrar un buen coche.
Mario pensó que estaba en lo cierto.
—Luego nos vamos a casa a dormir —concluyó.
—Mario, intenta pensar antes de hablar —replicó Fiorello,
abriendo un poco más los ojos—. ¿Quieres que nos vean en casa con el coche?
Somos los vagos profesionales del Vigentino, vivimos de caridad y de sablazos,
nos llaman para limpiar cristales o suelos, y comparecemos allí con un coche,
más bien un Mercedes. Hasta mi abuela, si la tuviese, comprendería que lo hemos
robado. No hemos de dejarnos ver por casa. Cuando hayamos hecho el trabajo, ya
veremos.
—Bueno, Fiorello —repuso Mario—. Pero ¿qué hacemos hasta
las tres de la tarde?
—Nos paseamos —contestó Fiorello, viendo bailar a las
pocas parejas. Por las ventanas abiertas para que a la gente no le sofocara el
calor de los caloríferos, ahora, además de oleadas de niebla tan húmeda que uno
tenía la impresión de que le ponían trapos empapados sobre el rostro sudoroso,
entraba también el frío—. Nos paseamos y nos paramos un poco, nos paramos y
paseamos un poco más, porque con un coche robado no conviene estar demasiado
tiempo parados en un mismo lugar, ni dar demasiadas vueltas: hay que
dosificarlo todo. —Hablaba como sí se tratase de un reloj: había que dosificar
la energía del rodaje—. Dormiremos por turno, uno conduce y los otros duermen,
y no nos paramos en ningún café ni en ningún bar; cuanto menos gente nos vea,
mejor. A las tres y cuarto de mañana estaremos ante el distribuidor, en los
bastiones.
A las quince y cuarto del día siguiente atravesaban la
plaza de la República y embocaban los bastiones de Porta Venezia, en un
Giulietta gris claro casi nuevo que piafaba como un caballo: había sido un
golpe afortunado, y todo se desarrolló como lo había programado Fiorello.
Incluso les favorecía la niebla, no porque no se viese, sino porque a diez
metros no se podía distinguir bien una cara de otra; todas las imágenes,
rostros, coches y trajes comenzaban a distinguirse con poca seguridad.
El Giulietta pasó lento, junto al río de coches que se
dirigía hacia Porta Venezia, dividido en cuatro filas, como había predicho el
comisario Fulvio, pero ellos nada sabían de esta predicción. Pasó lento ante el
poste de gasolina, y ni siquiera a diez metros otro golpe de suerte: el espacio
para aparcar, un vacío milagroso en medio de aquella implacable fila de coches
que aparcaban ante las verjas de los jardines públicos.
—Ahora nos quedamos quietos aquí y esperamos —dijo
Fiorello.
Estaba detrás con la romanita que, a pesar de la tensión,
todavía tenía sueño.
Era un lugar ideal para mirar sin ser notados: vigilaban
de soslayo el poste de gasolina, veían al joven con mono blanco que salía de su
quiosco cuando se detenía un coche para repostar; habían podido ver, aunque
confusamente en la niebla, la llegada del viejo con la bolsa, y, en cambio,
ellos, en el interior del coche, con aquella niebla, no podían, a su vez, ser
vistos.
Mario, que estaba al volante, paró el motor.
—Aún no son las tres y veinte —dijo, satisfecho por la
puntualidad.
Metió la mano en el bolsillo izquierdo de la chaqueta,
porque era zurdo, para sacar el paquete de cigarrillos y sintió, entre los
dedos, además de la cajetilla, el frío de la Beretta. Recordó de pronto, se
acordó de repente de que Ricco le había dicho que el seguro no funcionaba y que
tuviese cuidado. Los labios se le secaron de miedo, porque podía dispararse
sola. Luego, lentamente, fumando, se le pasó el terror; incluso pensó que acaso
ahora tendrían éxito, fuera como fuese. Admiraba a Fiorello, pero un robo con
pistola de plástico no lo convencía, ni aunque se tratase de un robo prudente.
La Beretta no era de plástico.
—Veo que ha llegado el viejo —dijo Fiorello—.
Espabilémonos, vamos a repostar.
Eran las tres y cuarenta y dos y sólo hacía veinte minutos
que estaban esperando.
A través de la niebla se vio a un viejo que acababa de
entrar en el quiosco del distribuidor, llevando una gran bolsa de piel negra.
Era uno de los más jóvenes y valerosos agentes del comisario Fulvio,
caracterizado por una técnica de un instituto de belleza del centro, como si
tuviera que desempeñar un papel en la televisión, pero ellos no lo sabían, y el
Giulietta, haciendo marcha atrás, retrocediendo desde el aparcamiento, fue a
colocarse ante el distribuidor.
Fiorello se apeó. Mario estaba al volante, con el motor en
marcha, la romanita había cruzado las piernas porque estaba tan asustada que
creía que no podría contenerse.
—¿Super? —preguntó el empleado.
Un Giulietta como aquel sólo querría super.
Dos agentes, desde detrás del quiosco, observaban la
escena. A veinte metros, camuflado detrás de un camión, había un Alfa de la
Jefatura, sin el faro del techo, y cuatro policías de paisano, armados,
observaban también. El comisario Fulvio hubiese querido tener plena confianza
en sus muchachos, pero poseía muy amargas experiencias.
—¿Super? —repitió el joven del mono blanco,
formulariamente, tomando la bomba de la columna de la super—. Tenga la bondad
de parar el motor.
Fiorello miró ávido al interior del quiosco y vio al viejo
que estaba hurgando dentro de la bolsa. No había ni un transeúnte, sólo coches;
los transeúntes no existían. Sacó del bolsillo de los pantalones el revólver,
el revólver de cowboy.
—¡Échate al suelo!
El otro se echó al suelo, obediente: sabía que lo
defendían media docena de agentes. Le habían dicho que posiblemente aquellos
jóvenes estaban armados sólo con revólveres de juguete que ni siquiera hacían
clic, pero también le habían dicho que había que ser prudente porque nunca se
sabe cómo irán las cosas.
—Venga la bolsa.
Con el revólver de Tom Dooley, de pasta de cartón
prensado, Fiorello se había metido dentro del quiosco y agarrado la bolsa del
viejo.
El policía lo asió de un brazo.
—Quieto, majadero, somos de la policía. Será mejor que te
estés tranquilo.
Entonces Fiorello comprendió, y antes de comprender era
todavía un hombre civilizado, equivocado tal vez, sin educación, pero
civilizado. Pero apenas hubo comprendido, se sumió en la prehistoria, se
convirtió en el hombre de Neanderthal perseguido por el tiranosaurio tan alto
como una casa de dos pisos. Ciegamente dio un rodillazo al policía y tuvo la
desgracia de acertarlo de lleno, rasgándole el peritoneo, y el joven agente
disfrazado de viejo se desplomó y murió en tres minutos a consecuencia de una
hemorragia interna.
—Abre la puerta, imbécil —gritó Mario a la romanita—,
tengo que subir.
Fiorello se lanzó dentro del coche, y Mario se disponía a
poner en marcha el coche cuando uno de los dos agentes de guardia acudió
apuntando con el revólver. Detrás de él apareció otro, y de detrás del camión,
a veinte metros de distancia, el Alfa, con los agentes de paisano, salió de su
escondite y maniobró para acercarse al quiosco. En el río de coches que
transitaba por los bastiones, alguno intuyó que estaba sucediendo algo e
intentó reducir la marcha para ver, pero era imposible; los coches de atrás lo
empujaban con nerviosos toques de claxon.
—Sí —dijo Mario.
Y, fingiendo obedecer, se movió como si fuera a apearse,
pero entretanto metió la zurda en el bolsillo izquierdo de su chaqueta, y sacó
la Beretta. Era maniego y durante el servicio militar, en el polígono de tiro,
había batido a su sargento. Apuntó a la cara, y la cara del policía se hizo
trizas.
Entonces el policía que estaba detrás disparó contra él,
pero no tuvo suerte, falló el tiro y Mario le acertó también en la cara,
mientras se escabullía con el Giulietta.
—¿De dónde sacaste ese revólver, maldito? —aulló Fiorello
detrás—. Has matado a dos policías, desgraciado.
Mario no podía responder. El Alfa de la policía lo había
alcanzado y dejado atrás y ahora le bloqueaba el paso girando a la derecha;
desde una de las ventanillas un agente lo apuntaba con la metralleta, pero él
bloqueó el coche y fue más rápido: en el polígono había logrado 118; los zurdos
son terribles, y al domingo siguiente el coronel le había dicho «¡Hola,
Buenapuntería!», todavía se acordaba. «¡Hola, Buenapuntería!», precisamente el
coronel. Fue más rápido porque sacó la izquierda por la ventanilla y apuntó a
la cara del agente de la metralleta, lo acertó de frente como quería, y le
abrió la cabeza, y al mismo tiempo, con la derecha, maniobró el volante y las
marchas y con veinte centímetros de marcha atrás consiguió escabullirse del
Alfa que le cerraba la carretera, describió una curva en U y logró escapar.
—¿De dónde sacaste ese revólver, desgraciado? —volvió a
gritar Fiorello—. Párate, ¿adónde crees que puedes ir?
¿Adónde querían ir? No querían ir a ninguna parte,
estallaban sólo; como gatos salvajes perseguidos se agarraban a lo que fuera,
intentando rugir como tigres, resoplando de miedo, más bien sólo de miedo a sus
perseguidores.
La romanita, a punto de colapso, empapada en sudor frío,
dijo:
—Nos disparan.
Los agentes del Alfa disparaban a los neumáticos del
Giulietta gris claro. A causa de los tiros, el tránsito por los bastiones había
experimentado un cambio imprevisto: los que se encontraban a la altura del
tiroteo aceleraban pavorosamente y hubo varios atascos; en cambio, los que
procedían de la plaza de la República, estaban todavía lejos de la zona del
combate, se impedían el paso unos a otros y trataban de cambiar de dirección,
lo que resultaba imposible.
—Nos disparan, Mario, párate, hazme caso —gritaba la
romanita, chorreando sudor por todas partes—. No hagas locuras…
Y fue la última frase de su vida: una llama la vistió como
con una traje rojo, vistió a todo el coche y a los que estaban dentro, porque,
con aquellos disparos, se había incendiado el depósito. El Giulietta se
convirtió en un tizón infernal y se precipitó, llameante, por la escapadura
herbosa y jardinera que descendía hacia la avenida de Vittorio Veneto, dio dos
vueltas, y chocó, lanzando llamas, contra un grueso árbol que lo detuvo, pero
que comenzó a arder. Todo había durado treinta y ocho segundos, escribió un
periodista aquella misma noche en la última edición de su diario. La
televisión, en el noticiario de la noche, dio la noticia, terminando con esta
dramática pregunta: «¿Procedían de Marsella los asaltantes de la gasolinera?».
—Señorita, tiene usted que decirme la verdad, ha de
informarme sobre las compañías que frecuentaban esos jóvenes —dijo el
comisario—. Han matado a cuatro de mis hombres. ¿Sabe usted lo que quiere decir
cuatro muertos, señorita? ¿Lo sabe? Usted me ha dicho que iban armados con
revólveres de plástico, y, en cambio, han disparado y matado. ¿De dónde han
sacado las armas? ¿Quién los ha dirigido? Señorita, ¿quién los ha guiado? Éste
no es un golpe de aficionados. Dígame todo lo que sepa sobre ellos, las compañías
que frecuentaban. Han muerto cuatro hombres y usted no puede callar.
El comisario dio un puñetazo sobre la mesa.
La auxiliar de la policía, la doctora Milazzo, rodeaba con
un brazo los hombros de Teresa Beraschi, pantalonera de veintitrés años.
—Doctor —dijo al comisario—, no está en condiciones de
responder.
Intentaba levantar el rostro de la joven, cabizbaja, lleno
de sufrimiento.
—Bien —repuso el comisario Fulvio levantándose
bruscamente—. Llévela a la enfermería, pero avíseme apenas se reponga.
Miró los oscuros cabellos de la muchacha, la pantalonera
milanesa del Vigentino cuya cabeza se tambaleaba sostenida por el brazo de la
auxiliar.
—Pero ¿qué sigue diciendo? Hace media hora que está con
ese sonsonete y no entiendo lo que dice.
—Hay que llevarla a la enfermería, doctor —respondió la
auxiliar—. Hace una hora que repite…
—¿Qué es lo que repite?
—Dice constantemente: «Era un buen muchacho».
Sí, Fiorello era un buen muchacho, y también Mario,
relativamente buenos; no hay nada absoluto, pero ¿quién lo hubiese creído?
¿Quién hubiera imaginado nunca que eran dos estúpidos que querían pasar una
quincena de vacaciones con sus chicas, asaltando una gasolinera? Dos estúpidos
de la extrema periferia milanesa del Vigentino que sólo querían vivir como
señores unos días. Un diario romano de la tarde habló incluso de «Cosa Nostra»;
equivocada y tontamente había sido puesta también en acción la Interpol, pero
sólo ella, la chica, sabía qué eran aquellos dos muchachos, sólo ella, la
pantalonera.
—Era un buen muchacho —seguía repitiendo aquella voz
hinchada, aquella cara hinchada; decía «era», porque le habían obligado a verlo
quemado para la identificación. Había reconocido su reloj, el reloj de su
Fiorello, especialista en relojes calendarios, los que señalan los meses, los
días de la semana, las fases de la luna.
—Era un buen muchacho —y su cabeza se tambaleaba bajo
aquel dolor insoportable—. Era un buen muchacho.
—Ven, Teresa, vamos a descansar —decía la auxiliar, la
doctora Milazzo, tratando de sostenerle la cabeza, que se bamboleaba tan
extrañamente como la de una muñeca rota.
—Todos eran buenos muchachos.
—Vamos, Teresa.
Casi tenía que arrastrarla y un agente le ayudó a
sostenerla.
—Era un buen muchacho.
Levantó la cara tumefacta por el dolor, como si la
hubieran emprendido a puñetazos con ella un día entero.
Miró a la doctora Milazzo y al agente que la sostenía.
—Yo quería salvarlo —dijo, y se venció su cabeza, como si
estuviera rota—. Era un buen muchacho.
4
ESTRANGULAR PERO NO DEMASIADO
Era una pelandusca, pero veía poco. Bien es verdad que una
amiga suya —bueno, no es que fueran muy amigas—, en realidad una colega,
llevaba lentes, pero ella lo hacía por motivos profesionales, por atraer más.
Tenía veintitrés años, pero se disfrazaba de estudiante de liceo que tuviese
dieciséis, con trenzas, los lentes y un par de libros bajo el brazo, entre
ellos un pequeño vocabulario italiano-alemán, porque siempre había muchos
alemanes paseando por el Parque, con la intención de hacer creer, incluso a las
tres de la mañana, que estaba estudiando las conjugaciones fuertes y débiles de
los verbos alemanes. Pero una chica de veintitrés años puede permitirse el lujo
de llevar lentes, aunque vea perfectamente; ella, en cambio, tenía cuarenta y
tres; es decir, veinte más, y si se ponía lentes parecía la abuela de
Caperucita. Pero de cerca veía muy bien y en aquella callejuela detrás del
palacio de la Trienal, antes había distinguido de buenas a primeras, la mancha
blanca del Giulietta, luego se había acercado a la mancha blanca, casi había
metido la cabeza por la ventanilla y había visto a aquella hermosa muchacha
rubia que la miró sonriendo con zumba, y luego había oído aquella voz baja y,
sin embargo, tan áspera de hombre:
—Lárgate, zorra.
Bien es verdad que ella había respondido con varias
palabrotas y se había ido, pero pensaba que si hubiese tenido mejor vista no le
sucederían estos chascos. Había probado con lentes de contacto, pero sus ojos
no los soportaban. Luego, cuando se alejaba, encogió un hombro: para lo que
había de ver en este cochino mundo…
En el interior del Giulietta blanco, el doctor Mario
Alovio, con aquella misma voz baja pero un poco áspera, dijo:
—Ya te dije por última vez que no te daría ni una lira
más.
—Dame sólo diez mil y te dejaré en paz.
Era una chiquilla, se le notaba incluso por la voz. No
tenía siquiera quince años.
—También la última vez dijiste lo mismo, y ahora vuelves a
insistir.
No era tarde; eran poco más de las diez, y en aquella
noche de verano el Parque de Milán, extrañamente, casi como un bosque, alentaba
verdes oleadas de aromas de plantas y hasta a través del parabrisas del coche
se lograba distinguir, más allá de las ramas de los altos árboles, alguna
estrella, límpida a pesar del calor del verano.
—No, esta vez es de veras —dijo ella con su voz infantil—.
Si me das el dinero no me verás más.
—¿Y si no te lo doy? —inquirió el doctor Mario Alovio.
Ella respondió en seguida, como una niña que recita una
poesía:
—Voy ahora mismo a la policía y se lo cuento todo: que fui
a verte al ambulatorio, por las endovenosas, y que luego esperé un hijo, pero
que tú dijiste que no era nada y me lo hiciste perder. Se lo contaré también a
los periodistas.
El doctor Mario Alovio la escuchaba, mirando las límpidas
estrellas a través del parabrisas. ¿Quién enseñaba a aquella maldita chiquilla
a hacer chantaje así? Evidentemente, el acostumbrado chulo. Siguió mirando las
estrellas y pensando. Era un juego que no tendría fin; cuanto más pagara más
tendría que pagar, y cuando ya no tuviera un céntimo, la chiquilla lo
denunciaría.
—Entonces dame el dinero —siguió ella, casi quejumbrosa,
como los niños insistiendo por un caramelo.
Casi automáticamente, mientras sentía en su interior un
frío furor incontrolable, él dijo:
—Sí, claro.
Un instante después sus manos apretaron el cuello de la
chiquilla. Eran robustas manos de médico, que sabían dónde, cómo y cuánto
apretar. Duró pocos segundos. Aquél no era momento para equivocarse. No
encendió un cigarrillo porque el humo es un falso tranquilizante; permaneció
simplemente apoyado en el respaldo, tratando de no mirar a la muchacha que
estaba a su lado, ya evadida a otra dimensión, pero de quien podía ver las
sandalias doradas y una parte de las cortas y gruesas piernas. Y se preguntaba distraídamente
cómo había podido liarse con una vulgarísima criada como aquella. Misterios del
alma —si el término no era impropio— pueril.
Y cuando se hubo relajado comprendió que el camino justo
era arrojar a la chica en un lugar adecuado, y puso el coche en marcha. Pasó
despacio por las pequeñas avenidas más oscuras, hasta que encontró una
solitaria además de oscura. Miró bien que no hubiese parejas escondidas, esperó
aún un minuto, luego abrió la portezuela y, sin apearse, empujó afuera a la
muchacha, que cayó sobre la blanda yerba del prado. Cerró en seguida la
portezuela, sin golpe brusco, arrancó suavemente, se alejó despacio y luego se dirigió
rápido a la avenida principal que conducía al Foro Bonaparte.
Mientras tanto, pensaba, milímetro a milímetro, en todos
los pasos que había de dar. El cine podía ser una solución. «¿Dónde estaba
usted ayer por la noche?». «Fui al cine». «¿Qué cine?». «El cine Eden, debo de
tener todavía la entrada en el bolsillo».
Miró el reloj del salpicadero: algo más de las diez y
veinticinco: quizá todavía tuviera tiempo. Llegó a la plazuela Cairoli, ante el
cine, y tuvo suerte porque había mucha gente ante la taquilla, de manera que
compró la entrada y se mezcló con el público; de este modo la taquillera no
podría recordarlo, llegado con tanto retraso: tenía que hacer creer que había
entrado en el cine a las ocho y media, al comenzar el penúltimo espectáculo.
En la oscuridad de la sala volvió a relajarse y, mientras,
observaba todos los detalles: tenía a su lado a un hombre completamente calvo y
el filme se titulaba Homicidio por cita, y en aquel momento daban un documental
titulado Mi padre, y cuando las luces se encendieron, pidió fuego al caballero
calvo que tenía a su lado, lo miró con fijeza a los ojos, le sonrió para darle
las gracias, y estuvo seguro de que lo reconocería, podría testimoniar que él
se encontraba aquella noche en el cine Eden viendo una película.
Luego se hizo la oscuridad, miró una parte de la película,
lo bastante para comprender de qué se trataba y salió pocos minutos antes de
las once, después de haber comprobado que la entrada del cine la tenía en el
bolsillo de la chaqueta, único lugar donde las criadas no miran nunca y nunca
limpian, seguro de que la entrada se quedaría allí hasta la eternidad. Había
aparcado el Giulietta lejos del cine, a pesar de que la ciudad con aquel calor
estaba semivacía y había sitio por todas partes. Se dirigió tranquilamente a su
casa, llevó el coche al garaje, se hizo notar bien por el muchacho del mono
blanco, y recorrió apaciblemente los doscientos metros que separaban el garaje
de su casa, abrió el portal, entró en el ascensor, subió al quinto piso y
apenas hubo introducido la llave en la cerradura, se abrió la puerta, y su
mujer le sonrió.
—¿Cómo tan pronto? —le preguntó. Tenía sueltos los
hermosos cabellos rubios y vestía un tailleur de casa, en tela dorada, y
pantalones muy ceñidos a las piernas—. Te vi llegar desde la ventana.
—La película era realmente una tontería —respondió él,
quitándose en seguida la chaqueta.
—Ya lo tenía todo previsto —dijo ella—: Tú te vas al cine
solo y yo, mientras tanto, invito a mi amante. Me has sorprendido in fraganti.
También él sonrió, la asió del brazo y entró en la sala
con ella. Allí, acampado en la butaca, estaba él, que ni siquiera se levantó, y
vio el rostro vil de Alessio, y también le sonrió.
—Hola, Mariolino —dijo Alessio, alargando el brazo para
estrecharle la mano.
—Hola, hediondo —repuso él, sin dejar de sonreír y
sentándose a su lado después de haberle estrechado la mano con secreta y
violenta repugnancia.
—Gracias —replicó Alessio—, a un amigo se le reconoce en
seguida por la forma de saludar.
Hasta la una continuaron con sus chocarrerías. La mujer
triunfaba con su tailleur y aquellos pantalones tan ceñidos, con su pecho que
hinchaba la chaqueta. Bebieron todo lo bebible que había en el frigorífico, y
por último se fue la cara vil de Alessio, y él se permitió el lujo de hacer el
celoso, porque casi nadie pensaría nunca que hiciese el Otelo alguien que ha
cometido un asesinato un par de horas antes.
—Procura bromear poco —dijo él poniéndose los pantalones
del pijama—, porque más tarde o más temprano os romperé la cara a los dos. No
me gusta nada que en cuanto salgo un par de horas, al volver a casa me
encuentre a ese imbécil.
—Escucha —repuso ella—, me telefoneó cuando tú acababas de
salir, y no pude decirle que no. Vino, se tomó una copa y te ha esperado.
—Gracias. Pero ya estás avisada —replicó con su voz baja y
áspera—. A Alessio o a Riccardo los recibes cuando yo esté aquí. Si no, dices
que tienes jaqueca.
—Sí, señor —contestó ella tratando todavía de bromear.
Se había quitado el tailleur e intentaba, con pretendida
torpeza, ponerse lentamente, muy despacio, el largo camisón transparente.
—No te hagas la graciosa —elijo él con tono áspero.
Le volvió la espalda, como debe hacer un marido celoso e
irritado, y pensó que había sido muy poco afortunado con las mujeres.
¿Cómo había podido casarse con una mujer semejante? ¿Acaso
porque era así? Y ¿habrían descubierto ya el cadáver de la chiquilla?
Sí, naturalmente lo habían descubierto. Un médico, un
colega, había firmado ya el certificado de defunción, y en el bolso de la
chiquilla la policía había descubierto una carta dirigida a ella por una amiga
que vivía en Piamonte. De manera que la difunta fue identificada y por la
mañana comenzarían las investigaciones.
Comenzaron, pero por un camino equivocado. La hipótesis de
la policía era que la chica, obligada a la «vida», había sido asesinada por su
rufián. También los periódicos hablaron de «una menor estrangulada por el vil
individuo que la explotaba. Inminente detención del explotador».
Es más, la buscona que veía poco, y que aquella noche se
encontraba en el Parque, sin quererlo, impulsó las investigaciones en esa
dirección, diciendo que ella había visto a la muerta. La había reconocido en
una de las fotos publicadas por los periódicos, como la de una muchacha que
estaba dentro de un Giulietta blanco, con un hombre que debía de ser su chulo.
En Milán no hay una infinidad de Giuliette blancos, pero de todos modos son
muchos, demasiados para investigar en ellos. Se interrogó a un par de jovenzuelos
que poseían Giuliette blancos, pero nada tenían que ver con el hecho. La caza
del rufián que había estrangulado a la chica continuó durante semanas, y el
rufián, el único que sabía quién había matado a la joven, el que la había
enseñado a hacer chantaje al doctor Mario Alovio, se asustó. Si lo detenían, y
le daba por decir que la chica había sido estrangulada por el doctor Mario
Alovio, nadie lo creería. Entre un tipejo como él, y un hombre puro, intachable
doctor en medicina, los jueces darían crédito sólo al médico. Y entonces, lleno
de terror, el rufián se expatrió; las investigaciones se debilitaron, y
adquirieron la forma de una carpeta encerrada en un cajón y varias fichas y
fotografías. El doctor Mario Alovio siguió las investigaciones a través de los
periódicos. Era difícil que la policía descubriese que la chica iba a visitar a
un doctor para que le pusiera inyecciones intravenosas de calcio, y que este
doctor era precisamente quien la había estrangulado. En efecto, no lo
descubrió. En la avanzada primavera de 1967, a casi un año de distancia, la
policía no había llegado al asesino por la sencilla razón de que no había
huella alguna que la condujera a él. De todos modos, él seguía conservando la
entrada del cine Eden en el bolsillo de la chaqueta.
Como todos saben, la primavera de 1967 fue muy fría, y
algunas noches, en ciertas zonas, como la Conca Fallada hubo hasta niebla. Pero
seguía siendo primavera, y a él la primavera le aumentaba el metabolismo. No
era un hombre normal y, como médico y persona inteligente, lo sabía. Su
anormalidad se acentuaba en aquella estación; la proximidad de su esposa, acaso
por el simple hecho de que era su mujer, le causaba cansancio y apatía; por la
noche tardaba en dormirse, a pesar de que intentaba ayudarse con sedantes; los
cabellos rubios de una mujer vista por la calle lo mantenían desvelado. Luego
se dormía, pero sólo por unos minutos, porque de repente se despertaba con
aquella muchacha u otra entre los brazos, y ya no podía dormir.
Salió una noche de finales de abril y volvió a su casa a
las nueve, después de haber estado visitando hasta aquella hora a numerosos
bronquíticos y ancianos que no sabía cómo se las arreglaban para seguir
viviendo. Había cenado rápidamente observando a su mujer que miraba la
televisión, contemplándola como algo necesario pero desagradable, y luego se
había despedido de ella.
—Voy a dar una vuelta.
Nunca salía con ella, como no fuese algún raro domingo.
Era también tímido, pero después de la experiencia con
aquella chica, estaba muy atemorizado: no se metía con sus pacientes, aun
cuando fueran ellas quienes lo tentaran, y si no eran ellas poco era lo que
podía hacer, porque no tenía tiempo para cortejar a ninguna : con una o dos
horas libres al mes, poco era lo que podía cortejar, y la última mujer en el
mundo a quien hubiese cortejado era precisamente la suya.
Por eso aquella noche llevó el Flaminia azul oscuro
directamente hacia el Parque. En el fondo sabía que era un poco la historia del
asesino que vuelve al lugar del crimen. Desde el verano anterior no había
vuelto al Parque, pero se trataba sobre todo de un lugar muy cómodo y discreto
y por eso se dirigió allí. En el aire casi neblinoso y frío, tanto que había
puesto en funcionamiento la calefacción, detuvo el Flaminia —en cuanto pudo se
desprendió del Giulietta blanco— junto a una mujer de largos cabellos rubios
que le caían sobre el pecho y que, apenas inclinada sobre la ventanilla,
advirtió que era un cuarentón.
—Tan joven y tan solo —le dijo, sin verlo muy bien, porque
hacía de buscona, incluso con aquel frío, pero no distinguía bien al hombre, y
veía todavía menos cuando hacía frío, y no podía ponerse los lentes como su
amiga, aunque no era precisamente una amiga, sino una colega, que tenía
veintitrés años y se hacía pasar por menor, estudiante de lenguas extranjeras.
Él abrió la portezuela y la dejó subir: ella era
precisamente el tipo de rubia que tenía metido en la cabeza desde hacía tanto
tiempo.
—Si avanzas un poco más y giras luego a la derecha,
tendremos más oscuridad —le dijo ella con dulzura, porque a los cuarenta años
una mujer ha aprendido el tono justo de voz para hablar con los hombres.
Y hasta la voz era precisamente el tipo y tono de voz que
él deseaba oír desde hacía mucho tiempo.
Eran las diez y diez, tal vez las diez y once. A las diez
y treinta y ocho, acaso treinta y nueve, la rubia, del tipo rubio que le
gustaba a él, y con la dulce voz que él precisamente tenía en el pensamiento,
se puso de pronto a gritar, con voz bien distinta y nada dulce:
—Eres el que mató a la chiquilla el año pasado; ibas en un
Giulietta blanco. Te he reconocido por la voz, maldito asesino. Primero
explotas a las mujeres y luego las matas.
Él no podía haber previsto, esto; los hombres no pueden
prever nada, aunque piensen que lo prevén todo o casi todo. Recordó a la ramera
que el verano anterior había metido la cabeza por la ventanilla abierta del
Giulietta blanco y a quien él le había dicho: «Lárgate, zorra», pero no podía
prever que se encontraría precisamente con ella, y que ella lo reconocería y
acusaría tan explícita y clamorosamente.
No pudo preverlo, pero tenía que defenderse, y se defendió
como podía: el grito de la que no veía se apagó bruscamente bajo las firmes
manos de él, que sabían exactamente dónde, cómo y cuánto apretar.
Pero esta vez la cosa fue más larga: la mujer se debatía,
gemía, y en la oscuridad de la pequeña alameda podía haber alguno que oyera,
alguna pareja, y sólo por esto, no por crueldad, le golpeó rudamente la frente
contra los mandos metálicos de la radio y, como médico, comprendió que el golpe
había sido justo, aunque advirtió que salía demasiada sangre.
Fuera como fuese, ella no hablaría más.
Trató de relajarse, pero no era fácil. Se daba cuenta de
que había mucha sangre en el coche, y el olor de la sangre humana, como explica
el psicoanálisis, desencadena terrores ancestrales, ganas de huir, de gritar.
Pero era médico, científico, y consiguió dominarse. Sabía que tenía que hacer
muchas cosas y todas muy lúcidamente; no podía dejarse llevar por el pánico.
Hizo la primera de las muchas cosas, la más difícil y la
de mayor peligro: alejarse del Parque. No podía dejar otro cadáver en el
Parque: se hubiese podido unir aquella historia con la del año anterior.
Cautamente salió del Parque y tomó la circunvalación, dio la vuelta en torno a
casi medio Milán, hasta que halló en la avenida Beatrice d’Este la sombra y la
soledad necesarias para desprenderse de aquellos despojos.
Huyó en seguida porque siempre cabía que alguien lo
hubiese entrevisto y estuviera a punto de gritar, pero no había nadie: en una
gran ciudad hay zonas solitarias como el más solitario de los desiertos, más
abandonadas como el más abandonado lugar del mundo.
Luego regresó a su casa. No llevó el coche al garaje; el
mecánico habría podido advertir la sangre; es más, lo aparcó muy lejos de su
casa, quitó un tubito de goma del motor y recorrió a pie casi un kilómetro.
Tenía algunas manchas de sangre en los pantalones, pero su traje era oscuro y
él sabía qué manchas eran. Sin embargo, antes de entrar en casa se fumó un
cigarrillo. Advertía que sus pulsaciones se habían acelerado y el cigarrillo
sólo hizo que acelerarlas más, pero lo distraía un poco. Quería saber si había
roto la radio con aquel golpe; sería una complicación que no funcionase. El
técnico desearía saber qué golpe había sido aquél, y qué había sucedido.
Esperaba que no.
En casa, su mujer estaba ya en la cama y leía.
—Hola —dijo ella afectuosamente fría cuando lo oyó entrar.
—Hola —repuso él.
Se dio cuenta de que tenía la voz alterada, pero no podía
evitarlo. Se fue a la cocina y bebió un gran vaso de leche. Seguía temblando,
pero minutos después el temblor cedió. A la viva luz de la lámpara sobre el
fregadero, vio las manchas oscuras de sangre no sólo en los pantalones, sino
también en la chaqueta. Por fortuna, la camisa blanca estaba, en cambio,
absolutamente limpia.
—Se me paró el coche en la calle Washington —dijo a su
mujer, desnudándose—, quise descubrir la avería y me puse el traje perdido de
aceite.
Ella sonrió y apagó la luz de su lado.
—Ya te dije que yo prefería el Giulietta, pero tú te
empeñaste en cambiar —y sonrió de un modo extraño, o que a él le pareció
extraño; es más, casi amenazador—. Además, me gustaba mucho el color blanco de
aquel Giulietta.
Él pensó que ella había dicho esta frase, como se dicen
tantas cosas. No era ésta, realmente, su mayor preocupación. En aquel momento
pensaba sólo si la policía habría encontrado ya el cadáver de la buscona y qué
pistas podía tener.
La policía no tenía ninguna pista que condujera a él. Una
ramera ve a docenas y docenas de hombres, y si uno de ellos la estrangula,
¿cómo es posible saber quién lo hizo? Naturalmente, fue detenido en seguida el
chulo de la buscona miope. Luego la policía descubrió que la explotaban cuatro,
y detuvo a los otros tres, pero la cosa quedó ahí, sin que progresaran las
investigaciones, detenidas en estos cuatro apuestos jovenzuelos que seguían
diciendo que eran inocentes niños de pecho. Semanas después, un agente de la
comisaría descubrió que la buscona hallada sin vida en la avenida Beatrice
d’Este era la misma que había visto en el Giulietta blanco a la chiquilla rubia
asesinada en el Parque, pero este hecho no parecía tener relación alguna con el
nuevo crimen. ¿Qué relación podía tener?
En una carpeta amarilla se metieron todas las
«diligencias», y copia de todos los documentos de la diligencia, tanto escritos
como fotografías, se enviaron a todas las jefaturas de la República, y un
escrito de tres líneas se envió también a la dirección general de la Interpol.
Tres o cuatro hábiles funcionarios de la jefatura de Milán se hicieron cargo de
las diligencias del caso de Sgarbella Caterina, de cuarenta y tres años.
Alguien había matado a Sgarbella Caterina, y ellos querían saberlo, pero pasaban
las semanas y ellos nada sabían; es más, y peor aún, se habían alejado de la
verdad, porque no podían pensar en un ilustre y respetado ciudadano, como el
doctor Mario Alovio.
Era casi verano, pero todavía hacía frío. Todos recuerdan
el extraño comienzo del estío de 1967, con la calefacción encendida aún a
mediados de mayo y los bellos suéters de lana que se llevaron hasta la mitad de
junio. Aquella noche él hubiese querido tener la ventana cerrada porque estaba
resfriado y, además, era muy sensible al frío, pero ella, en cambio, tenía
calor y la había abierto, de manera que él se tapó hasta las orejas con la ropa
de la cama, mientras ella, muy destapada, se estiraba entre las sábanas con el
libro en la mano, aquel acostumbrado libro que estaba leyendo tal vez desde
hacía meses, porque acaso leía silabeando.
Sin embargo, aquella noche, en lugar de ponerse a leer,
dijo:
—Mario.
Y él preguntó:
—¿Qué quieres?
Estaba cansado, tenía sueño y frío y se sentía
desgraciado.
—Quisiera hablar un rato contigo.
—Entonces busca otro momento. Ahora quisiera dormir
—replicó sumiso pero ásperamente.
—No, Mario, el momento lo elijo yo, y es éste.
Lo dijo así, sin alterarse. Por esto él venció el frío, el
sueño y su desdicha y se volvió hacia ella, después de haber encendido la
lámpara de su lado.
—¡Ah! ¿Sí? ¿Y qué deseas decirme?
No le gustaba nada la cara de su mujer: le gustó sólo
durante algún tiempo, antes de casarse; luego le había provocado náusea y odio.
—Quisiera decirte algo —contestó ella, odiosa y
nauseabunda con el libro en la mano—. El año pasado, en julio, hubo aquí una
chica que quiso hablar conmigo. Apenas tenía quince años y se llamaba Alberta
Madino. ¿La recuerdas?
Él se sentó en la cama. Ya no tenía frío. Dijo
simplemente:
—Sigue.
Simplemente y de manera muy fría, porque ya comenzaba a
comprender lo que había de hacer.
—Gracias —dijo ella, dejando el libro sobre la mesita de
noche—. Sólo quería decirte que esa chica me dijo que iba a tu consultorio a
que le pusieras unas inyecciones endovenosas, que, además, esperaba un hijo
tuyo, pero que se lo habías hecho perder, porque eres médico. Entonces quería
que yo le diese dinero, o te denunciaría. Yo me eché a reír y le dije que te
denunciara porque, a mí, todo eso me tenía sin cuidado.
—No sé de qué estás hablando —repuso él—. Un médico está
siempre en contacto con muchas histéricas o locas.
—No tiene importancia que lo sepas o no. Lo importante son
los hechos. Esa chica, Alberta Madino, fue estrangulada el año pasado en el
Parque, y una mujer de ésas declaró que el asesino conducía un Giulietta
blanco. Ahora bien, tú conocías a esa chica; trataría de chantajearte como hizo
conmigo, y tú conducías un Giulietta blanco, que luego cambiaste
apresuradamente por un Flaminia azul oscuro. Por tanto, el asesino eres tú.
—Tómate algún tranquilizante, porque deliras. Aquella
noche yo estaba en el cine Eden, vi la película Homicidio por cita, todavía
conservo la entrada, porque las criadas que buscas no limpian nunca nada.
Mientras hablaba comprendió que había cometido un error.
Un inocente no puede recordar, al cabo de tantos meses de distancia, dónde
había estado aquella noche. Y ella se lo dijo.
—¿Cómo es posible que lo recuerdes con tanta precisión?
—preguntó ella—. ¿Preparaste la coartada?
Se deslizó fuera de las sábanas. De pie, en su camisón
transparente, se adivinaba la línea de su cuerpo ajamonado. Y continuó:
—También tendrás que decir otras cosas a la policía. Por
ejemplo, que las manchas de tu abrigo, cuando volviste a casa hace algunas
semanas diciendo que el motor había tenido una pana y que te habías ensuciado
de aceite, no eran de aceite, sino de sangre. Enrojeció la esponja con la cual
la camarera intentó desmancharlo. Y como yo leo los periódicos, descubrí que
aquella misma noche murió, es decir, fue estrangulada, una mujer de ésas: la
encontraron en la avenida Beatrice d’Este. Tienes que admitir que son
coincidencias extrañas, porque esa buscona fue la misma que vio a la chiquilla
rubia en el Giulietta. Sea como fuere, si hablo, tendrás que contarle a la
policía cómo andan las cosas. Es posible qué yo sea una loca histeroide, como
dices tú de tus clientes, y tú un inocente ciudadano. Bueno, ya ellos lo verán.
También él se levantó. Sobre el pijama se había puesto un
jersey, dado el frío de aquel verano. Descalzo, tiritaba un poco porque el
parquet estaba helado. Dio la vuelta en torno al lecho y la alcanzó. Le hizo
esta pregunta:
—¿Qué es lo que quieres?
Deseaba saber hasta qué punto de abyección llegaba aquella
mujer con quien él, tan estúpidamente, se había casado.
Ella lo miró con descaro, retrocedió un paso, agarró la
lámpara que estaba sobre la mesilla de noche y la sostuvo como una arma. Dijo:
—No creas que me das miedo. No podrás estrangularme como
hiciste con las otras. Alessio sabe que esta noche, a esta hora, iba a hablarte
de todo eso. Telefoneará dentro de diez minutos. Si yo no respondo, avisará en
seguida a la policía. No te saldrá bien esta vez.
Él se acercó, con la cara iluminada de lleno por la
lámpara que ella tenía en la mano. De manera que se habían puesto de acuerdo
aquella vulgarísima mujerzuela que era su mujer, y aquel idiota de Alessio para
extorsionarlo. Ya no tenía frío.
—Por segunda vez te lo pregunto: ¿qué es lo que quieres?
—Dinero —repuso ella concretamente, pero retrocedió un
poco—. Todo lo que tengas, y tienes mucho, porque eres un fabricante de
ángeles, no un médico, y que me dejes libre, que vaya adonde quiera y con quien
quiera.
—¿Nada más? —preguntó él, y ahora sabía que no cabía
elección posible.
Ella trató de alcanzarlo con la lámpara, pero no lo hizo a
tiempo. Las manos de él ya la habían agarrado por la garganta, de esa precisa y
anatómica manera que él conocía. La lámpara cayó al suelo, pero no se rompió ni
se apagó siquiera, tanto que él, después de haber comprobado la muerte de ella,
pudo ponerla, todavía encendida, sobre la mesita de noche.
Trató luego de relajarse, pero comprendió que esta vez
sería muy difícil. Se fue a la cocina y tomó dos pastillas de Dicorén y se
vistió apresuradamente. Sabía que se había equivocado, pero ¿qué podía hacer?
Dejó encendidas en la casa todas las luces y, cuando iba a salir, sonó el
teléfono. Debía de ser Alessio. Si no recibía la respuesta de ella, avisaría a
la policía. Pero ella no podía ya responder a nadie.
Sin embargo, el timbre del teléfono lo aterrorizó y huyó
sin cerrar la puerta de la casa. No se dirigió al garaje a tomar el Flaminia,
sino que corrió a la parada de taxis. Se hizo llevar a la estación, subió
ciegamente a un tren que se disponía a partir, sin saber siquiera adónde se
dirigía. Las manos le temblaban y sus pulsaciones eran demasiado altas, y pensó
que esta vez lograría huir.
Fue detenido tres días después. Su fotografía había
aparecido en los periódicos. El estúpido Alessio había hecho la denuncia
anónima. Los periódicos hablaron de él como del médico estrangulador, el
monstruo del Parque.
—Se ha pasado usted de la raya —le dijo acremente un
comisario después del interrogatorio—. Nada sabíamos de las dos primeras
mujeres, y no lo hubiéramos sabido nunca.
Él no contestó. No tenía absolutamente nada que decir.
5
OBEDECER O MORIR
Se llamaba Matilde Vecchio y quizá siempre había sido
vieja y por eso el apellido le caía tan bien. Incluso cuando tenía dieciséis
años debió de haber sido vieja, pero sus dependientes de la sección de
envasados congelados la llamaban preferentemente señora Apestosa, no porque
ella, en realidad, apestase, porque los largos años de trabajo en medio de los
lenguados que congelar le hubiesen dado un olor que ningún lavado o perfume
lograba quitarle, sino porque las operarias que, a lo largo del banco de
trabajo, envasaban los lenguados congelados y los colocaban luego sobre la
cinta transportadora que los llevaba a la máquina que cerraba los envases y les
ponía el timbre de Hacienda, ICSL (Industria Congeladora, Sección Lenguados),
cuando advertían su llegada, se llevaban el pulgar y el índice a la nariz, como
quien percibe un mal olor y dejaban de hablar para envasar más rápidamente los
lenguados.
Ella, que estaba más cerca de los cincuenta años que de
los cuarenta y nueve y medio, entraba en la sección y escrutaba a las
operarías, con el veneno que sus largos años de vida solitaria creaban en torno
a ella como un halo, o mejor dicho, una baba.
—Súbete la mascarilla —decía a una.
Lo mismo que un cirujano que está efectuando una difícil
laparotomía, las operarias de la sección lenguados llevaban en la cara una
mascarilla de gasa plástica, especialmente estudiada, que les daba cierto aire
de odaliscas.
—Ha metido dos lenguados en una caja. ¿Es que no sabe
contar? —decía a otra—. El cabello dentro de la cofia —indicaba a una tercera—.
Vendemos lenguado, no pelos.
El odio de los obreros a la señora Vecchio había aumentado
con el terror. Aquella a quien llamaban la señora Apestosa no vacilaba un
instante en imponer multas de cinco mil liras o despidos. No es que poseyera
poderes absolutos, pero, en la práctica, era como si los tuviese. Había un
caballero muy amable y sonriente, que de vez en cuando pasaba por la sección de
envasado junto a la señora Vecchio, asentía con aristocráticos movimientos de
cabeza a todo lo que la señora Vecchio le decía y trataba de salir lo antes
posible de la sección, porque, con todo y ser director general de la ICSL, no
le gustaba el pescado, sobre todo los lenguados, de manera que, en realidad, la
ICSL estaba en manos de la señora Vecchio.
El odio se filtraba, como una maloliente humedad, por todo
el establecimiento. Todos odiaban a la señora Vecchio sincera y calurosamente,
a pesar de seguir diciendo: «Sí, señora; en seguida, señora; bien, señora;
gracias, señora», porque era ella quien decidía las admisiones y despidos,
aprovechándose de los plenos poderes que le había concedido el director general
a quien no le gustaba el pescado. Las operarias sabían que podían saltar en dos
minutos porque habían envasado al revés un lenguado en el sobre de plástico.
—Es muy importante —decía la señora Apestosa—. La etiqueta
con las cuatro letras ha de verse a la cabeza del lenguado, no a la cola. No
puedo comprender cómo no lo entienden. Lo entenderán cuando llegue la máquina
rotativa envasadora y todas ustedes se vayan a la calle, porque no sirven
ustedes para nada.
Las operarias callaban. Sabían que en el sobre de la paga
estaban comprendidos también los insultos de la señora. Dos años antes hubo una
huelga; es decir, los obreros la intentaron, pero la señora debía de tener
incluso buena relación con los sindicatos porque al cabo de media jornada un
dirigente sindical les aconsejó que volvieran a la empresa, que luego se vería
todo, pero que mientras tanto trabajasen.
El despacho de la señora Vecchio estaba en un ángulo de la
sección de envasado y era una especie de galería, pero los cristales, a través
de los cuales ella vigilaba la larga fila de operarías que tomaban rápidamente
los lenguados de la cinta transportadora que discurría por delante de ellas, no
conseguían protegerla del vivísimo olor de pescado, del que ella misma estaba
penetrada, como todos aquellos que trabajaban en el establecimiento. Su
propósito, además de torturar a las operarias y operarios, era también
artístico: idear los envases que contenían los lenguados, que debían ser
cambiados de vez en cuando: no se podía usar durante años el mismo sobre o la
misma caja; los filetes de lenguado congelado, por ejemplo, debían ser objeto
de una prestigiosa preparación que diese en seguida la idea de que se trataba
de un producto de alta calidad. Para este trabajo la señora Vecchio empleaba
diseñadores y grafistas muy calificados, que le confeccionaban el boceto de los
sobres para lenguados. La señora Vecchio había recurrido, como colaboradores
grafistas, a los diseñadores y pintores más conocidos, pero a causa de los
altos precios que ellos pedían por su trabajo, había acabado por comprender que
era mejor dirigirse a los jóvenes aficionados, que costaban poco y podían
rendir, aunque jóvenes, mucho más que tantos viejos presumidos. En efecto,
precisamente la semana anterior, había hecho publicar un anuncio en los
principales diarios: «Importante industria ramo alimentación busca joven
grafista proyectista para ilustración envases producción. No telefonear ni
escribir. Acudir personalmente». Porque a la señora Vecchio le gustaba mirar a
la cara a la gente que trabajaba para ella.
Raimondo Orfeo no era grafista ni proyectista; era
solamente un chicarrón muy apuesto. Lo sabía y usaba abundantemente de esta
cualidad suya para vivir con el menor esfuerzo posible, pero después de cuatro
años de cárcel por intento de robo y seis meses por rufián, no teniendo ya
deseos, al menos por cierto tiempo, de volver a la cárcel, quería encontrar
algún trabajo para tranquilizar a la policía que siempre estaba muy preocupada
por él y si lo veía vagando ocioso comenzaba a pensar mal e inmediatamente pretendía
hospedarlo y alimentarlo en locales carcelarios. En busca de este trabajo había
ojeado Il Messaggero Veneto, y halló en seguida, porque se había publicado a
gran tamaño, el anuncio de la señora Vecchio: «Importante industria ramo
alimentación…», etcétera. Pero lo que de este anuncio le había impresionado —ya
que ni siquiera sabía lo que quería decir grafista proyectista, y sólo lo
intuía oscuramente— era una frase vanidosa que la señora Matilde Vecchio había
añadido al final del anuncio: «La directora de la oficina de personal, para
evitar pérdidas de tiempo, ruega a quienes no posean los títulos referidos se
abstengan de presentarse en nuestra sociedad ICSL». Estas líneas establecían
que ella era la directora de la oficina de personal y, doble vanidad, daban a
entender que la ICSL era un poco suya.
Si hubiese omitido estas líneas no habría ocurrido nada.
El apuesto Raimondo Orfeo, cuando leyó «la directora…», etcétera, hizo un
elemental silogismo:
«Directora —pensó— quiere decir que es un director
femenino —y siguió pensando—: Como es mujer han de gustarle los chicos
apuestos, sobre todo si es un poco talludita, como deben serlo las dirigentes
—y continuó desarrollando su silogismo—: Yo soy un chico apuesto y, por tanto,
le debo gustar».
El hecho de que apenas supiese leer y escribir y que, por
lo demás, practicase rarísimamente el arte de leer y el de escribir, no le
preocupaba lo más mínimo. Sabía que un muchacho apuesto es superior a un par de
volúmenes de la más famosa y docta enciclopedia. Por eso pagó la naranjada
amarga que se estaba bebiendo en aquel tranquilo pueblecito véneto ante la
laguna, y se encaminó a la dirección indicada en el anuncio del periódico. Allí
fue silbando tranquilamente la última cancioncilla oída en el jukebox.
La señora Matilde Vecchio lo miró amablemente cuando entró
en su despacho. Era muy alto, tenía una abundante cabellera muy negra, pero no
pelambrera, y estaba muy bronceado. Llevaba pantalones, sí, de western muy
ajustados a las estrechas caderas, y el ancho suéter de color naranja apenas
podía contener sus anchísimos hombros. La señora Vecchio pensó que, más que un
muchacho, era un superlativo de macho: nunca había visto nada mejor. A pesar de
su edad y su control y su odiosa altanería, bajó los ojos para que él no
comprendiese las sensaciones que había suscitado en ella.
—Siéntese —le dijo, y su voz carecía de la habitual
odiosidad.
También él la miró, de esa manera como miraba a las
mujeres maduras, y calculó sus años, que no deberían ser pocos y también su
temperamento, y dedujo que era una idiota y, por tanto, su trabajo sería
todavía más fácil. Pero la miró también de manera que ella sintiese como una
cálida corriente de simpatía que emanaba de él a ella. Y se sentó.
—¿Su nombre, por favor? —le preguntó ella mirándole las
pobladas patillas y bajando luego la mirada.
—Raimondo Orfeo.
Naturalmente, en el acristalado despacho advertíase el
olor a pescado y ella, de manera infantil, acaso hubiese querido, en cambio,
ser directora de una floristería y no de la Sección Lenguados de una empresa de
pescado congelado, asomada a una «laguna» no precisamente perfumada. Escribió
el nombre: Raimondo Orfeo. Luego preguntó:
—¿Edad?
—Veintinueve años.
En una hoja del bloc escribió con el dorado bolígrafo:
«Veintinueve años». Luego preguntó, mirando de reojo sus pupilas y descubriendo
que eran de un cálido y voluptuoso color pardo:
—¿En qué empresas ha trabajado antes como grafista
proyectista?
Entonces él, Raimondo Orfeo, se acomodó en la silla en una
postura digamos confidencial, estirando las piernas hacia la mesa y apoyando un
brazo en el respaldo de la silla. Las veintidós operarias que en la nave
envasaban los lenguados, no se perdían la escena, muy visible, a través de los
cristales del despacho.
—Maldita puerca —dijo la operaria más próxima al despacho,
dirigiéndose a su vecina—. Fíjate cómo lo mira.
Dentro del despacho, como Raimondo Orfeo no respondía nada
y más bien miraba por la ventana las oscuras aguas de la «laguna», la mujer,
con una dulzura imprevista en ella repitió:
—¿En qué empresas ha trabajado antes como grafista
proyectista?
Él estiró las piernas y comenzó la letanía que había
pensado antes cuidadosamente, mirando la arrugada cara de ella.
—Señora, debo pedirle perdón por hacerle perder mucho
tiempo. No soy grafista ni proyectista; ni siquiera sé lo que significan estas
palabras, ni qué trabajo…
Se sentó con compostura en la silla, de pronto, retirando
las piernas y mirándola intensamente.
—Yo sólo soy un pobre desgraciado. Soy huérfano desde que
tenía diez años, tuve malas compañías y por ello pasé unos años en la cárcel.
Ahora nadie me da trabajo, y si no trabajo, ¿cómo voy a poder vivir? Además, la
policía, si no trabajo, no me deja en paz, y de vez en cuando me mete en la
cárcel, y yo me vuelvo loco; no quiero cometer las tonterías que cometí antes,
cuando era chico. Quiero ser bueno, pero nadie me ayuda. ¿Qué debo hacer? Leí
su anuncio en el periódico y pensé: «Lo intentaré», y aquí estoy, señora, y
discúlpeme que la haya engañado, no para trabajar como grafista proyectista,
sino en lo que sea, de mozo, de recadero, hasta para lavar platos, limpiar
zapatos o lo que usted quiera, porque estoy desesperado, y ésta es la última
tentativa que hago, y si luego se lee en los periódicos que he robado o matado
al cajero de un banco, yo no tendré la culpa.
Esta letanía la había recitado ya una vez, dos años antes,
a una mujer tan arrugada como aquélla, hasta taparse la cara con una mano como
si tuviese ganas de llorar, y había sido un éxito como para alquilar balcones.
Y también aquella vez se cubrió el rostro con una mano, esperando la respuesta.
—No hable así —dijo la señora Vecchio—, tal vez pueda
hacer algo por usted. Necesito un hombre en la cadena congeladora.
Otro éxito, pensó.
El joven Raimondo Orfeo (bella presencia) fue adscrito al
mismo día siguiente a la cadena congeladora. No era un trabajo fatigoso, aunque
el olor del pescado fuese desagradable. Había una cinta que transportaba las
cajitas de plástico que contenían los lenguados frescos, casi siempre recién
pescados, y ya distribuidos en filetes o lenguados enteros. La cinta dejaba las
cajas ante la doble puerta de las cámaras frigoríficas. Se trataba de abrir la
primera puerta corredera de las cámaras y controlar el montón de cajitas que
entraba entre la primera y la segunda puerta. Luego, apretando un botón se
cerraba la primera puerta y apretando otro se abría la segunda que daba al
interior de las cámaras congeladoras en las que había una temperatura de
cuarenta a cincuenta grados bajo cero. De este modo, los lenguados quedaban
petrificados instantáneamente, y las cajitas, sobre una cinta deslizante,
después de pasar por las distintas cámaras ultrafreezer, llegaban ante la
salida, donde había también dos puertas, y automáticamente se amontonaban al
otro lado de la primera puerta, la cual se cerraba de nuevo apretando un botón,
después de lo cual se abría la segunda y los lenguados congelados pasaban sobre
la cinta deslizante al exterior del ultrafreezer, y eran elevados a la mesa de
envasamiento, ante las obreras que ya tenían a punto los sobres de plástico.
Los lenguados envasados de este modo seguían circulando sobre la cinta hacia
los pequeños frigoríficos que los mantenían a una temperatura de unos diez
grados bajo cero. Prácticamente era un trabajo adecuado para Raimondo Orfeo
porque no había otra cosa que hacer sino apretar botones, los dos de la entrada
de las cámaras ultrafreezer y los dos de la salida. A escondidas, o aparentando
esconderse, se podía fumar cuantos cigarrillos se quisiera, puesto que con el
olor del pescado el humo del tabaco resultaba realmente un perfume.
Luego, por la noche, Raimondo Orfeo salía, se iba a la
habitación amueblada que había alquilado en la pequeña aldea que daba sobre la
laguna, entraba en la diminuta bañera donde había una también diminuta ducha,
se metía debajo de ésta y permanecía allí mucho rato, tratando de quitarse el
olor a pescado con un guante de crin y una pastilla de espumoso jabón. Luego se
secaba y se echaba encima media botella de lavanda, se ponía un finísimo
calzoncillo de seda, calcetines de seda también, una camiseta de algodón puro
americano, un traje celeste oscuro, no azul, de lana tropical. La camisa estaba
hecha a la medida en Venecia. En los bolsillos posteriores de los pantalones se
metió las varias docenas de billetes de diez mil que tenía y, habiendo esperado
que oscureciera, salió a la calle y, a pie, se dirigió a la carretera que
comunicaba la aldea con Venecia. Sí, era verdad, tenía que caminar un poco,
pero esto le gustaba. De niño tomó parte en una competición de marcha y se
clasificó tercero. Al cabo de un rato, en la carretera, en un ensanchamiento,
sólo encendidos los faros pequeños, estaba el Giulia. Él miró en torno suyo y
para subir esperó el momento en que por la carretera no pasaba nadie.
—Hola querida —dijo metiéndose en el coche.
La señora Vecchio, al volante, repuso:
—Hola, querido.
—¿Hace mucho que esperas? —le preguntó cortés.
—¡Oh, no, querido! —y le puso una mano sobre la rodilla,
haciendo avanzar el coche y apretando con los dedos—. ¿Estás cansado?
No estaba cansado, pero respondió:
—Un poco —dando a entender que, en cambio, estaba
cansadísimo.
—Ahora nos iremos a cenar a un buen restaurante en Venecia
y te repondrás —dijo la señora Vecchio, con todas sus arrugas cubiertas con
maquillaje.
Venecia es una ciudad maravillosa, no sólo desde el punto
de vista artístico, sino también por su hospitalidad y por su carácter de
metrópoli del siglo XVIII. Sin duda es más fácil perderse y esconderse en
Venecia que en Londres, porque quién iba a pensar que la señora Vecchio cenaba
en el Concordia, en Calle Larga San Marco, una noche, o en Menigo, noches
después, o en Zanni otro día, junto con aquel jovenzuelo que parecía un
maniquí, o un extremo derecha o medio centro volante de un gran equipo de fútbol.
Además, en Venecia, conociendo los lugares, se come muy
bien, y el joven Raimondo Orfeo tenía siempre mucho apetito. Ni que decir tiene
que ninguno comía pescado, pero en Venecia guisan muy bien las costillas a la
florentina y el tournedó, o bien el pollo flambé, y no digamos el hígado a la
veneciana.
Hacia la una de la mañana, o incluso las dos, el Giulia
volvía a la aldea de la laguna, donde estaba el ICSL; en la carretera recorrida
sólo por algún camión, se detenía en el ensanchamiento, y él caballerescamente
volvía a besarla, casi apasionado y tierno, se apeaba y regresaba a su
habitación amueblada, mientras ella se iba a su casita cerca de la fábrica.
Ciertamente era duro tener que levantarse a las siete de
la mañana, ponerse el mono e irse a la fábrica a apretar botones de la cadena
congeladora, pero valía la pena. Nunca había estado tan bien; se sentía como un
recién nacido en una cálida y cómoda incubadora.
En otras ocasiones la cosa cambiaba: la cadena congeladora
trabajaba continuamente, de noche y de día, y por esto se necesitaban tres
hombres para los turnos, y cada tres días le tocaba el turno de noche, desde
las diez de la noche a las seis de la mañana. Pero tampoco la cosa estaba mal,
porque se llevaba el transistor y se encerraba en el despacho acristalado de la
señora Vecchio, se sentaba en la butaca y se levantaba cada ocho minutos para
ir a apretar el botón de las dobles puertas del ultrafreezer. De vez en cuando,
una noche de cada tres o cuatro, llegaba la señora Vecchio: comparecía con una
botella de Merlot o de whisky y diversos emparedados. A la luz sepulcral de la
sección de noche acaso se hallaban más seguros que en Venecia, y en el despacho
había un largo diván. Él se veía obligado a levantarse cada ocho minutos para
apretar los botones del ultrafreezer, pero en ocho minutos se pueden hacer
muchas cosas. Por otra parte, en el momento oportuno se ponía en comunicación a
través del interfono con las tres obreras del turno de la noche, en el sótano,
que le enviaban arriba los lenguados en las cajas de plástico:
—Paren hasta que les avise; el ultrafreezer funciona mal.
Y ellas se sentían contentísimas dejando de manipular los
lenguados, meterlos en las cajas y poner éstas en el ascensor que las llevaba a
la cadena congeladora, y fumar un cigarrillo. Al cabo de media hora, y después
de haber dado un último beso a la señora Vecchio, él volvía a llamar por el
interfono al sótano:
—Adelante chicas; el ultrafreezer ya funciona.
—Sí, jovencito —repuso una vez una de las tres operarias—.
¿Cómo está la señora Apestosa?
Él colgó, sonriendo, el receptor. En el fondo era un
caballero, pero sabía muy bien que, al cabo de cuatro meses, a pesar de todas
las precauciones que la señora Vecchio había tomado, la gente había comenzado a
comprender. Uno de los obreros con quien se turnaba al final de la cadena
congeladora, le había dicho pocos días antes:
—Saluda de mi parte a la señora Vecchio.
Y una chica que trabajaba en el control de las cajas que
contenían los lenguados, le dijo sonriendo:
—Te gustan las menores, ¿verdad?
Dejando aparte estas cuchufletas, Raimondo Orfeo, que era
reflexivo, intuyó a tiempo el peligro: la señora Vecchio, en cuanto
comprendiera que se había comprometido demasiado, lo despediría. Por lo que se
refería al despido de la empresa, a él le tenía sin cuidado; no le importaba el
salario como obrero adscrito a la cadena congeladora. Era lo demás: las
atenciones, delicadezas, regalos, e incluso el dinero de la señora Vecchio.
Pero pensó que era inevitable, porque era un muchacho muy
reflexivo, que ella, sintiéndose en peligro a causa de las murmuraciones entre
obreras y obreros, lo echara a la calle, y conociéndola como la conocía, sabía
que lo haría inevitablemente. A él, en el fondo, no le disgustaba: francamente,
cuatro meses de lenguados y de señora Vecchio lo habían cansado, y deseaba
volver a Bolonia donde tenía un par de amigos y un par de chicas mucho más
divertidas que la cadena congeladora. Pero no quería irse con las manos vacías.
Pensó que la señora Vecchio le haría algún obsequio final.
En efecto, tal como había pensado, una noche, en Zanello,
en Venecia, ella le dijo con aire compungido, pero con tono firme, porque
también a ella le disgustaba :
—Querido, murmuran demasiado de nosotros en la empresa.
Será mejor que no nos veamos.
Él rió. Sin embargo, puso cara de circunstancias y dijo:
—Sé que murmuran. Quería decírtelo.
Era el momento que esperaba.
—Me he comprometido demasiado. Un empleado de la
administración nos ha visto en Venecia, y una de las obreras del turno de la
noche contó a sus amigas que nos vio juntos en mi despacho.
—Lo siento mucho, Matilde. Tengo yo la culpa —replicó
caballeresco.
—No, la tengo yo —dijo ella autoritariamente—. Yo parezco
de mármol, insensible, cruel, y, en cambio, soy una insensata. Y tú lo has
visto, he perdido la cabeza por ti. Casi me he arruinado por ti. Si no te vas,
la dirección general de Venecia me despedirá.
—Yo me iré en seguida —contestó él caballeroso, porque en
seis años de cárcel se aprende cortesía y modales.
—No, querido, oh, querido, quisiera tenerte conmigo para
siempre, pero no es posible. —Por primera vez en su vida la señora Vecchio
empleaba un tono de voz que era de ternura, de súplica—. Tienes que hacerme un
favor: para cortar un poco las murmuraciones, habré de fingir que te despido
por escaso rendimiento la próxima semana. Así, si te despido por escaso
rendimiento, alguno pensará que las murmuraciones son falsas. ¡Oh, discúlpame,
querido!
—No te preocupes, querida. Imagínate lo poco que me
importa que me despidan por escaso rendimiento o por cualquier otro motivo. Me
importa no poder verte más —respondió.
Ella no creyó en el cumplido, pero le gustó.
—Nos veremos mañana en el turno de la noche. Luego deberás
irte. Perdóname, querido.
—Lo que tú quieras —dijo él dulcemente con su grave voz
viril.
La noche siguiente, a las dos de la mañana, en la sección
de envase y congelado, brillaban las acostumbradas luces sepulcrales: los
cuatro tubos fluorescentes en las esquinas de la nave, el panel próximo a la
cadena congeladora que parpadeaba con sus luces rojas y azules, y el monótono
rumor de la cinta transportadora de las cajas de lenguados al otro lado de la
puerta de la cámara de congelación, y ninguna otra luz, salvo las dos amarillas
de las lámparas de emergencia colocadas en la sección del grupo electrógeno.
Cuando llegó ella, atravesó la nave, llevando en la mano la botella de Merlot y
se dirigió a su despacho acristalado, después de haberle sonreído, más arrugada
que nunca, atravesando la nave.
Entonces él se dirigió al interfono que comunicaba con el
sótano, donde las obreras ponían los lenguados en las cajitas.
—Parad un poco; el ultrafreezer no funciona. Ya os
avisaré.
—Sí —respondió la obrera que acudió a la llamada.
Él apretó el botón que paraba la cinta transportadora,
cesó el ruido y se dirigió al despacho de cristales, se sentó en el diván, al
lado de la mujer, ella le sonrió tiernamente, sin decirle nada. Luego tomó la
botella de Merlot y bebió de ella un largo sorbo.
—Lo siento mucho, querido; me sentiré muy sola, pero no
puedo hacer otra cosa —le susurró en la turbia luminosidad de la oficina—. Toma
un recuerdo mío, querido.
Y le entregó una cajita.
Raimondo Orfeo la abrió. Había dentro un encendedor. No
era de oro ni de plata; era un excelente Dunhill, pero nada más. Demasiado
poco.
—Gracias —le dijo él con voz demasiado poco tierna.
Ahora se había terminado la comedia, y la señora Vecchio,
aquella a quien los obreros y empleados llamaban señora Apestosa, había de
despertar a la realidad.
—Mira, querida, tienes una llave de tu escritorio, éste,
el que está ante nosotros. Si lo abres, en el segundo cajoncito a la izquierda,
encontrarás otra llave, como sabes perfectamente, con la cual se puede abrir la
pequeña caja fuerte del piso de arriba, en el despacho del administrador,
doctor Aleffi. Ahora, por favor, me darás esa llave, y yo iré contigo arriba a
buscar el dinero. Luego me iré y te dejaré en paz.
La verdad es que la señora Vecchio, a pesar de su
experiencia, su desconfianza y su maldad, no esperaba este repentino cambio de
escena: aquel muchacho siempre se había mostrado muy correcto y amable, y no
encontró en seguida la respuesta. Lo miró, comprendió que se las había con un
delincuente, un criminal, y tuvo un momento de miedo, luego recobró toda su
dureza y respondió:
—No tendrás ni un céntimo.
Él miró las arrugas que le cubrían toda la cara.
—Escucha, a mí hay que obedecerme. Obedecerme o morir, te
lo advierto. Abre el escritorio y dame la llave de la caja fuerte, o despídete
de este mundo.
La señora Vecchio tenía mucho miedo, pero como siempre, en
su larga vida, había insultado a todo el mundo, también lo insultó a él, con
todo y su miedo; no sólo por la desilusión, sino para que nadie pudiera decir
que había cedido.
—Te lo repito —le dijo, o mejor dicho, lo insultó con voz
áspera—, no tendrás un céntimo. No sólo porque la llave del escritorio la tengo
en casa, en el bolso, no sólo porque el escritorio en el que está la llave de
la caja es de hierro, y aunque trabajes toda la noche no conseguirás abrir el
cajón, sino porque me pondré a gritar y volverás a la cárcel, que es tu
verdadera vivienda.
Por desgracia no pudo gritar. El puñetazo la privó de
pronto del conocimiento, y mientras ella estaba desvanecida, él reflexionó,
porque era un hombre reflexivo. Comprendía que había cometido un error: había
encontrado a una mujer dura como el cemento armado, y tenía que hallar un medio
que ablandara el cemento armado. Tampoco podía huir y dejarla allí: ella lo
denunciaría por chantaje, golpes, violencia, y le saldrían, por lo menos, tres
o cuatro años de cárcel. Tenía que doblegarla a toda costa, y le pareció que
había encontrado el medio.
Apenas vio que abría los ojos, recobrada, le tapó la boca
con la mano.
—Escucha, te acompañaré a tu casa, tomarás la llave del
escritorio, que tienes en el bolso, y volveremos aquí para abrir la caja. O
palmas.
Ella movió la cabeza diciendo que no, y su mirada era de
mofa, insultante, la misma con que miraba a las obreras.
—Tendrás una muerte desagradable —le dijo él, sin dejar de
taparle la boca.
Y ella volvió a mover la cabeza y lo miró insultante.
—Entonces ahora lo verás —replicó él.
La arrastró unos diez metros, pese a que ella se debatió,
hasta las dobles puertas del ultrafreezer.
—Sólo necesito un poco de dinero. No hagas que me vuelva
mala persona. Si me lo das, no te pasará nada. Me largo y te dejo en paz. ¿Por
qué te obstinas? —casi le rogaba, a pesar de su cólera—. Pero si no lo haces,
te diré lo que haré contigo: te meto en las cámaras de congelación. Piensa que
lo haré, porque me has puesto furioso.
Ella comprendió que lo haría de veras, porque lo había
enfurecido con sus negativas, y porque era un criminal. Pero nunca la señora
Vecchio había suplicado a nadie en el mundo. Nunca.
Y él vio que ella sacudía la cabeza: no, no, no. Y
entonces él, paciente, comprendió que se había equivocado de veras, y que no
tenía alternativa; o la obligaba a obedecer, o la mataba. Ella no le daba otra
elección.
—Piensa que estoy hablando en serio —le dijo—. Vamos a
buscar la llave.
Ella sacudió la cabeza vivamente. No podía hablar porque
la mano de él le tapaba la boca, y él siguió, paciente:
—Piensa que no bromeo. Ahí dentro se está a cuarenta
grados bajo cero. Te quedarás tiesa como un poste.
Confiaba aún en asustarla, inducirla a obedecer con la
amenaza, pero al ver su mirada comprendió que no había nada que hacer: si no la
mataba, ella haría que volvieran a meterlo en la cárcel, y si la mataba, más
tarde o más temprano le sucedería lo mismo. Entonces lo mismo daba castigarla.
Por lo menos, todos los obreros y dependientes de la ICSL serían felices.
—Pues ve a tomar un poco el fresco —le dijo. Apretó un
botón y se abrió la primera puerta del ultrafreezer. La empujó dentro e
inmediatamente apretó otro botón que cerraba la puerta. Mientras la puerta se
cerraba, ella gritó:
—¡Ni un céntimo!
Que gritara cuanto quisiera, pensó él. Apretó otro botón.
La segunda puerta que daba a las cámaras congeladoras a cuarenta y cincuenta
grados bajo cero se abrió, y su aullido se apagó en el acto por el frío que la
mató casi instantáneamente.
Él atravesó la nave, se dirigió al fondo, donde tenía su
armarito, se quitó el mono, se vistió y salió de la Industria Congeladora,
Sección Lenguados, dijo al portero que el ultrafreezer se había atascado y que
iba en busca de un técnico. Sin embargo, se fue a la plaza de la aldea donde
estaban aparcados los coches y robó un Alfa. Condujo durante un par de horas
sin detenerse. Nunca más, pensaba conduciendo, tendría tratos con mujeres como
aquéllas. Demasiado peligrosas, incluso para un hombre Como él.
6
PROHIBIDO SER FELIZ
15 setiembre 1963. A causa de la amnistía, después de casi
nueve años de cárcel, Arrigo Romano, condenado por robo, es puesto en libertad.
No tiene aún treinta y cinco años. Es alto, moreno, bronceado.
24 setiembre 1963. Gracias a la obra de asistencia a los
ex presos, el ex ladrón Arrigo Romano encuentra trabajo en la Breda como
ayudante mecánico, porque antes de ser ladrón revientapisos y capaz de fabricar
cualquier instrumento para abrir cualquier puerta, portezuela o portillo, era
un buen mecánico.
11 agosto 1964. Arrigo Romano se casa con la hija de uno
de los vigilantes nocturnos de la Breda, Melina Salvatore.
26 abril 1963. Con cierta anticipación sobre la fecha
natural, después de ocho meses de matrimonio, la mujer de Arrigo Romano da a
luz una niña a la que el padre le pone el nombre de Romanina. Dijo a los amigos
que le gusta que su hija se llame Romanina Romano.
12 febrero 1966. La mujer de Arrigo Romano da a luz una
segunda hija a quien el padre da el nombre de Maddalena, en recuerdo de su
madre que se llamaba Maddalena. En el mismo año Arrigo Romano es nombrado jefe
de grupo de la sección 11, y la dirección del sector de modelos lo considera
uno de sus mejores técnicos.
El funcionario de policía que estaba leyendo estos datos
en unas hojas de papel blanco y sucio con el descolorido sello: «Jefatura de
Milán — brigada control ex presos», dejó de leer para encender un cigarrillo.
Era un joven, pero fuerte y escéptico funcionario, y sus colegas decían de él
que no creía en nada, salvo una cosa: la cadena perpetua. Acaso por esto, en
medio de tantos humanitarios que creían en la redención y que hacían carrera,
él seguía en su modesto puesto, modesto dada su capacidad. Alguien, un día, le
dijo que, por lo menos, leyera a Cesare Beccaria, pero él había respondido que
no tenía tiempo, que había demasiados asesinos que detener. Y no sólo que
detener, sino controlar de vez en cuando, incluso después de muchos años de ser
buenos chicos. No hay mucho para leer. El joven funcionario tenía a su derecha
un cuadro con botones, en total seis botones. Su oficina, realmente, no podía
ser llamada la habitación de los botones. Apretó uno y encendió un cigarrillo,
y releyó aquellos papeles blancos y sucios: «… el ex ladrón (…) encuentra
trabajo en la Breda como ayudante mecánico… la mujer de Arrigo Romano da a luz
una niña a la que el padre le pone el nombre de Romanina…». Una historia
idílica, ¿verdad? Un muchacho emprende un camino equivocado, roba, lo apresan y
le dan doce años. Cumple sólo nueve, luego se redime, se pone a trabajar en
serio, se casa con una buena chica, llega a ser padre de familia y un buen
operario… Sin embargo, para uno que sólo cree en la cadena perpetua, hasta para
los ladrones de gallinas, era una historia demasiado idílica.
—Adelante —dijo. Miró a la puerta y vio entrar a Sordelli,
su brazo derecho—. Ven acá, Peppino. Estoy examinando las historias de los
nueve ladrones que fueron amnistiados en el año mil novecientos sesenta y tres.
Cinco de ellos han vuelto a la cárcel; uno ha muerto: la bebida le hizo polvo
el hígado, y tres parece que se portan bien. El mejor de todos es este Arrigo
Romano; lee esto. Quisiera que lo vigilases un poco. Llévate un par de hombres,
pero quiero saber hasta cuántos cigarrillos se fuma a la semana.
—Lo que pasa es que gasto demasiado en cigarrillos —dijo
Arrigo Romano.
Había apagado el televisor, las niñas se habían acostado y
él estaba sentado en el diván junto a Melina, en la mano la libreta de gastos.
—Son trescientas cincuenta liras diarias, que son diez mil
quinientas al mes, y no consigo quitarme este maldito vicio.
—No te enfades, Righi: economizaremos por otro lado —dijo
Melina, que esperaba el tercer hijo, y se veía—. Además, ganas bastante. No
puedes fumar Alfas como los demás.
Él se levantó nervioso. No le gustaban las estupideces, y
trescientas cincuenta liras al día en cigarrillos le parecían una estupidez muy
grande. Miró por la ventana: conocía bien el panorama. Un pequeño apartamento
en Sesto San Giovanni no es, realmente, una casa en Saint-Tropez con vistas al
mar, pero tenía para él la misma belleza. Rodeando el caserón no había un patio
jardín, con árboles jóvenes e incluso una fuente que se iluminaba por las
noches. No podía pretender más, después de haber visto durante nueve
larguísimos años, a través de los barrotes de la celda, el misérrimo patio de
la cárcel de Pizzighettone.
—Ven, Melina —dijo—. Salgamos un rato a la terraza a tomar
el fresco.
Era una terraza muy pequeña, pero había en ella dos sillas
y algunos juguetes de las niñas. Desde el quinto piso se veía también toda la
panorámica de la Sesto San Giovanni industrial, el palacete y al lado el
cobertizo de la sección 11 estaba casi allí bajo la ventana, tanto que por la
mañana, a las siete y media, cuando se disponía a ir al trabajo, decía:
—Adiós, Melina, bajo.
En lugar de decir «salgo».
Miró al palacete y distinguió la luz en la garita del
guardián. El joven Borusti está resolviendo un crucigrama antes de hacer la
ronda y marcar los relojes de control.
También allí, en Sesto, había una hermosa primavera. Bien
es verdad que no olía a flores, pero el aire era insólitamente limpio, tan
limpio que se veía el cielo lleno de estrellas vividas sobre la extensión de
cobertizos, toscas construcciones y chimeneas.
—¿Quieres un helado, Melina?
Se volvió porque ella le había puesto una mano en el
hombro, y también miraba la fuente iluminada del patio, y las luces de las
calles que conducían a Milán.
—Tenemos que ahorrar, Righi.
—Tú ni siquiera gastarías cincuenta liras al mes en
helados —replicó él—. Soy yo quien arruina a la familia con mis cigarrillos.
Pero te digo de veras que fumaré los Alfa.
—No, no quiero, no estaría bien porque eres el jefe, y si
te ven fumar esa basura ya no te obedecerán.
—Hoy no se miran esas cosas. Bajo y te subo el helado.
¿Crema y chocolate, como siempre?
—Sí, pero si tienen, quisiera también un poco del de
fresa.
En su estado tenía antojos, pero nunca hablaba de ellos
con él.
—Hasta ahora, Meluccia.
La besó un poco deseoso y salió.
Apenas en el pasillo encendió un cigarrillo. En el rellano
apretó uno de los botones de los dos ascensores. Dos ascensores: el hecho de
que fueran dos, le daba una sensación de euforia, ¿cómo decirlo?, de victoria.
Era una casa señorial, en ella había de todo como en las casas señoriales,
aunque en un tono más modesto, y la cuidaban mucho. El portero y su mujer
limpiaban desde por la mañana hasta la noche y regañaban a los vecinos
desordenados y poco limpios. Estaba realmente satisfecho de aquella casa.
Justo debajo de la casa, en el porche semicircular que
abarcaba la mitad de la construcción, había un café, todavía abierto y con
todas las luces encendidas. Entró pensando que de buena gana se bebería una
cerveza bien fría y, como temía, vio que Franceschino estaba allí. Se dirigió
hacia él, pero nada contento. Era un poco tarde y el café estaba casi vacío. Se
lo dijo inmediatamente:
—Te advertí la otra noche que no perdieras más el tiempo.
Franceschino encogió un hombro.
—Siéntate, tenemos que hablar.
—Y esta noche no quiero ni gastar el aliento. Adiós.
—Siéntate un momento, y después ya no nos veremos más.
Vaciló. No le gustaba ser soberbio con un compañero de
cárcel. Además era un viejo que cada día tenía que inventar por lo menos las
mil liras que necesitaba para comer algo, y a él no le faltaba nada. Por fin se
sentó, pero dijo:
—Te he dicho que no, y no. Procura no olvidarlo.
A la luz fluorescente y cegadora del local, el rostro
flaco, leñoso de Franceschino, parecía una escultura más que un rostro humano.
—No entendiste bien. Se trata de veinticinco millones para
ti y quince para mí. Y no hay ningún riesgo.
—Lo entendí bien y no me interesa.
No creía mucho en los golpes perfectos y sin riesgo.
Franceschino no era un estúpido, pero la gente no oye por las buenas hablar de
millones sin pestañear. En Pizzighettone lo hubiese comprendido, porque todos
eran maleantes como Franceschino, todos inventores de golpes extraordinarios
que les valdrían millones y más millones y que, como resultado, se pasaban allí
los años, vaciando cada mañana la letrina y comiendo patatas heladas, judías
talludas y pasta con gorgojos.
—No, no lo entendiste bien. Si no, no hablarías así
—replicó Franceschino, con esa voz llena de rabia contenida de los viejos, baja
y un poco tosegosa porque el aire de Pizzighettone no hace demasiado bien a los
pulmones—. En cuarenta minutos, te apoderas de cuarenta millones. He calculado
hasta el tiempo.
Un millón por minuto, tú verás. Ni siquiera lo gana un
millonario.
Hizo una seña al camarero que pasaba por su lado y le
pidió una cerveza. Luego dijo:
—¿Tiene helado de fresa?
—Sí, todavía queda.
—Entonces prepárame una copa, que me la llevaré: crema,
chocolate y fresa.
Franceschino se rió.
—Tu mujer espera el tercer hijo. No le irían mal unos
cuantos millones. Podría comprarse helados más grandes.
Entonces él se encolerizó, porque no le gustaba que la
gente carcelaria como Franceschino hablase de su mujer.
—Oye, con todos los hijos de mala madre que andan por ahí,
¿por qué te ha dado por venir a verme? A montones encontrarás gente a quien le
interese tu asunto. A mí déjame en paz.
—De acuerdo, te dejaré en paz —dijo, paciente, el viejo
Franceschino—, pero no te vayas. Quiero explicarte lo que te pierdes.
Quién sabe por qué, le tenía cierto respeto a los viejos,
y, saboreando su cerveza, le escuchó. Al principio escuchó por educación, sin
prestarle demasiada atención, luego comenzó a pensar cada frase de
Franceschino.
—Admite que una vieja viuda tenga su dinero en el banco,
pero que, en cambio, esconda en una caja sus joyas, brillantes y oro a kilos,
piedras de toda clase.
Sí, lo admitía, pero aún sin interés. Bebió un poco de
cerveza y recordó las caricias de Melina. Quería aviar y subir, estar a su
lado.
—Como está un poco guillada, la vieja viuda no quiere
llevar su caja al banco. Se parece a esos campesinos que en otros tiempos
escondían el dinero en el colchón. Digo en otros tiempos, porque hoy los
campesinos usan letras y jamás echan mano de contante y sonante.
Franceschino era viejo y le gustaba hablar. Aún le quedaba
a Arrigo un poco de cerveza y estaban preparándole el helado de fresa para
Melina. Que el viejo hablase lo que quisiera: en Pizzighettone hablaba siempre
de mujeres, porque era además un viejo baboso, y las describía tan bien,
contándolo todo, que por último acudía el carcelero a causa del escándalo que
armaba, y lo amenazaba con encerrarlo en la celda de castigo.
—¿A que no te imaginas dónde esa vieja tiene escondida la
caja? —dijo Franceschino, y sacudió aquella cabeza que parecía una escultura
sumeria o hitita—. No, no puedes imaginártelo. Se necesita la turbia mente de
una vieja viuda para inventar ciertos escondrijos. Yo te diré dónde está
escondida: en el panteón donde está enterrado su marido, en Musocco.
Aquí fue donde Arrigo empezó a sentir curiosidad. Una caja
que contiene varios millones escondida en el cementerio estimulaba su
curiosidad: la vieja estaba loca, pero era inteligente.
—Basta un hombre solo, sin tiros, como en los bancos, ni
pistoleros por todas partes —añadió Franceschino casi rabioso—. Basta con ir a
Musocco, saltar la tapia, de noche, ir a la capilla del panteón y sacar la
caja. Para ti es un juego. Saltas el muro otra vez, y resuelto el asunto. En
Musocco no hay carabinieri, ni policía, ni vigilantes, ni nada. Agarras la caja
y te largas.
Y él empezó a pensar aquellas palabras. Sabía que
Franceschino no era un bocalán, sino un pillo serio, un ladrón prudente.
—¿Cómo te enteraste de esto? —le preguntó.
—Soy el criado de confianza de la viuda —repuso en seguida
Franceschino—. Tiene casi setenta años, pero todavía conduce. Yo me siento a su
lado y ella lleva el coche, y yo la ayudo en los encargos. Sabe que he estado
en la cárcel, y me ha tomado justamente para que me convierta en un hombre
honrado. Pero yo no soy ya capaz de ser bueno como tú.
También tenía ingenio, pero al otro le era difícil irle a
la zaga por mucho ingenio que tuviese.
—¿Y sabes exactamente dónde está el panteón, y dónde está escondida
la caja?
—Claro está que sí. Me llevó a Musocco para poner en la
caja unas monedas de oro, no menos de diez kilos. Necesitaba ayuda y sólo
confiaba en mí.
—Entonces, ¿por qué no vas tú a Musocco? Esto es algo que
uno puede hacer solo, sin compartir nada con nadie.
De improviso el viejo Franceschino, se subió lentamente,
casi hasta la rodilla, una pernera de los pantalones.
—¿Recuerdas mis venas varicosas? Con estas venas hinchadas
como el mango de una escoba, ni siquiera puedo caminar, imagínate si podré
saltar la tapia de Musocco. Además, ¿sabes lo que representan sesenta y dos
años? Tú sólo tienes la mitad y no puedes comprender, pero no es posible
correr, uno no puede agacharse para esconderse; apenas se oye un tiro, se tiene
un infarto. Si hubiese podido hacerlo yo solo no habría venido a pedir ayuda a
un estúpido como tú.
No le gustó nada que lo llamase estúpido, pero lo tomó con
paciencia y respeto porque era un viejo. Y dijo:
—Y ¿por qué viniste a buscarme precisamente a mí? Ya te he
dicho que por ahí podrías encontrar a muchos jóvenes que estarán dispuestos a
ayudarte. ¿Por qué he de ser yo?
Franceschino repuso rápido y con satisfacción:
—Porque eres estúpido. Conozco a treinta muchachos
dispuestos a ayudarme, quizá cuarenta, o tal vez cincuenta. Pero no son
estúpidos. Si les hablo del golpe, en seguida dirán: «Sí, señor, sí, señor», se
irán a Musocco, tomarán la caja y se largarán sin darme siquiera una lira. Yo
soy un pobre viejo, ¿y qué puedo hacer? ¿Los persigo? Está buena la cosa. ¿Les
pego un tiro? Y vuelvo a Pizzighettone. No, no. Necesito a un estúpido como tú.
—Gracias —repuso Arrigo.
—No te ofendas, te lo digo en el mejor de los sentidos; te
lo digo porque eres un buen muchacho. Si formas sociedad conmigo, no me harás
una cabronada. Si te apoderas de la caja en Musocco, me darás mi parte; me
bastan quince millones. Y te explicaré por qué no te largarás con todo, porque
respetas a un pobre viejo, ¿verdad? Y de todos a quienes conozco sólo me puedo
fiar de ti. Por esto insisto. Pero acaso eres demasiado, demasiado estúpido.
Por dártelas de puritano eres capaz de arrojar por la ventana un saco de
millones, sin pensar que cuando hay que reducir la plantilla los primeros que
se van a la calle son los ex presos. Y cuando no tengas trabajo, haciendo cola
con doscientos más en el patio del sindicato, no vengas a pedirme una perra,
aunque tengas ocho hijos, porque no te la daré.
Arrigo se levantó con el deseo de incrustrar la mesa en la
cabeza de Franceschino, pero se contuvo, se dirigió a la barra, recogió el
helado y mientras pagaba notó a sus espaldas la presencia del viejo.
Salieron juntos. Él ni siquiera lo miraba, pero oía al
viejo arrastrarse detrás, con aquellas terribles venas varicosas. El portal
estaba cerca y Franceschino lo alcanzó allí y le dijo en un susurro:
—Piénsalo. Yo estoy en el café casi todo el día. Si me
dices que sí, te daré el número del mausoleo. Es muy hermoso y es fácil
penetrar en él. La verja es cosa de risa para un maestro en cerraduras como tú.
Piénsalo, Arrigo. Quiero sólo quince millones. Todo lo demás es tuyo. No tienes
idea de los brillantes que hay en aquella caja.
—Lárgate —replicó Arrigo bruscamente, porque si seguía
escuchándolo se le desharía el helado de Melina.
Abrió la reja acristalada, entró y cerró con rabia.
—¿Encontraste alguna chica? —preguntó Melina abriéndole la
puerta de la casa.
—Sí, pero era fea como tú y no me gustó.
Con el helado en la mano la abrazó, pero ella le mantuvo
las manos distantes.
—¿Había de fresa? —le preguntó ávida del fresco y ácido
sabor de las fresas.
—Mucho, mira.
Esperó pacientemente a que ella se tomara todo el helado,
luego se dirigieron a la pequeña habitación donde las dos niñas dormían en sus
camitas. Las contemplaron unos instantes a la débil luz nocturna: dormían como
animalitos, como cachorros, y había en la alcoba un olor dulzón de piel tierna,
infantil, y cerraron poco a poco la puerta. Y a él le gustaban tanto las dos
niñas que le dijo a ella empujándola a su alcoba:
—Cuando sea rico tendremos muchos hijos.
—Recuerda que todavía no eres rico y ya has exagerado.
Se les hizo tarde. Él apagó la luz, y parecía que ella
fuese a quedarse dormida en seguida, pero en la oscuridad, cuando él iba a
dormirse realmente, Melina preguntó:
—¿Encontraste a alguien en el bar?
Jamás le había mentido a Melina. Amodorrado, dijo:
—Sí.
—¿Quién?
—No tiene importancia, déjalo.
No le gustaba hablar con ella de su pasado, de la cárcel,
de los compañeros ladrones.
—Entonces ya sé quién es: es Franceschino —repuso.
—¿Cómo lo sabes?
—No seas niño, Righi. Hace cuatro meses lo trajiste a
comer a casa, aquí, y dijiste que era un antiguo compañero tuyo y que pasaba
hambre. Y yo te dije que los amigos son los amigos, aunque sean amigos de la
cárcel, pero luego, precisamente hace una semana, mientras llevaba a las niñas
a pasear con «Krokodil», volví a verlo en el bar, abajo, y él ni siquiera me
saludó, y entonces comprendí que te esperaba a ti. Uno no sale del centro de
Milán, para tomarse una cerveza en Sesto, si no con una intención determinada.
En la oscuridad la voz de Melina sonaba todavía más grave,
casi un poco solemne. De manera que él se despertó del todo y encendió la luz.
—Sí, tiene una intención —dijo.
Buscó el paquete de cigarrillos —trescientas cincuenta
liras diarias, ¡qué vergüenza!—, encendió uno y le contó, se lo dijo todo,
porque el único ser en el mundo a quien no podía mentir, a quien, es más, tenía
la necesidad de contárselo todo, era a ella.
—Y tú, ¿qué le has dicho?
La voz de Melina, incluso con la luz encendida, era más
bien dura.
—Le dije que se fuera a dormir, y será mejor que también
durmamos nosotros —terminó con decisión.
Y pese a la decisión de su voz, ella no estaba muy
convencida.
En la oscuridad, cuando él hubo apagado la luz, ella trató
de dormir, pero no lo conseguía y continuaba pensando, y eran pensamientos
tristes.
Había salido de la sección 11 casi a las ocho porque hubo
una especie de inspección por parte del ingeniero Rustani, que, naturalmente,
lo encontró todo sin orden ni concierto, todo mal hecho; de manera que Arrigo
estaba muy molesto y habiendo llegado al bar bajo su casa, entró con la idea de
tomarse un bitter helado, aunque sabía que dentro estaba Franceschino, porque
se pasaba allí todo el día, aunque vivía en Milán. Por esto ni siquiera hizo
demasiadas escenas; hacía cuatro días que el cerebro le trabajaba por su
cuenta. No había cosa más estúpida ni más fácil que robar en un cementerio: hay
gentecilla que vive robando las pequeñas estatuas de bronce o los vasos de
cobre, si no de plata, de las tumbas. Él, un pequeño maestro en el género, no
lo habría hecho nunca, pero una caja con cuarenta millones era otra cosa.
—Buenas tardes —dijo Franceschino.
Se sentaron a una mesita un poco apartada. Franceschino no
dijo nada; esperaba. Él se bebió medio bitter y luego dijo:
—Dame el número de la tumba.
—Es un hermoso panteón —comentó Franceschino—. Parece un
saloncito; sólo le falta el televisor. Está en la planta. No te costará trabajo
dar con él. Verás cómo lo encuentras en seguida. —Le mostró una hoja de papel y
se lo dejó en las manos—. Estúdiatelo con tranquilidad. ¿Cuándo piensas ir?
—Mañana —repuso en seguida, sin vacilación.
Cuando se metía en algo, se metía de veras.
—Escucha un consejo: no utilices coche. Ve a pie. Hazlo
todo a pie. No tomes ni siquiera el tranvía. A la gente a pie no la sigue
nadie.
—Gracias —respondió.
Se levantó de pronto porque, fuera del café, bajo los
soportales, había visto a su mujer, con las dos niñas y con «Krokodil».
«Krokodil» era el perro lobo del padre de Melina, viejo vigilante nocturno en
la Breda, y era el ídolo de las dos niñas; por esto el abuelo, antes de
comenzar su ronda, o por la mañana, cuando la había terminado, llevaba siempre
el perro a casa de su hija, y las nietas jugaban y paseaban un poco con él.
—Me he parado un momento a tomar un bitter —dijo Arrigo
acudiendo al encuentro de Melina, y se inclinó ante las dos pequeñas—. ¡Todavía
levantadas a estas horas! —fingió regañarlas, pero eran tan pequeñas y se
mostraban aún tan inseguras en sus piernecitas que incluso tuvo miedo de
levantar demasiado la voz.
Pero ella, Melina, no se dejó embaucar por aquella
ternura, y con tono alterado y voz nada baja, de manera que algún transeúnte
que pasaba bajo los soportales, se volvía, le preguntó:
—¿Estabas hablando con esa carne de presidio? ¿Verdad que
tienes ganas de que te encierren otra vez?
Llevando de la mano a la niña más pequeña, y a «Krokodil»
de la correa, entró en el café y le gritó a Franceschino, que seguía sentado
aún a su mesa:
—Deja en paz a mi marido, miserable, o te las entenderás
conmigo.
Aquella noche, por primera vez desde que la conocía, le
mintió a su mujer. Le dijo que había estado hablando con Franceschino para
quitárselo de encima, que ni siquiera le había pasado por la cabeza la idea de
volver al antiguo camino. Pero ella veía más lejos de sus palabras, registraba
sus pensamientos como un micrófono registra la voz. No le dijo que mentía. No
le dijo nada. Estaba sólo desesperada y se sentía desdichada hasta la muerte.
Y aún se sintió más infeliz cuando, a la noche siguiente,
hacia las ocho, él le telefoneó desde Milán, diciéndole que estaba en la
central de la Breda con el ingeniero Rustani, que se le había hecho tarde y que
no sabía exactamente cuándo regresaría a casa. No le dijo nada; sabía lo que
estaba sucediendo; también había visto que faltaba una maleta, la más oscura y
pequeña. ¿Por qué se la había llevado Arrigo?
—Bueno —dijo solamente—, bueno.
Y no consiguió decir nada más, porque sabía que la culpa
no era de él, sino del otro, de aquel canalla miserable que lo había dominado
de nuevo. Y con una postrera esperanza, pero sabiendo que era ilusoria, dijo:
—Ven pronto, en cuanto puedas.
Robar en un cementerio es, realmente, demasiado fácil. Se
había llevado la pequeña maleta oscura y la había dejado, cubierta con
yerbajos, en la parte exterior de la tapia que rodea los Campos Elíseos
milaneses. Saltó la tapia, localizó el panteón, y encontró la caja, siguiendo
las instrucciones que le había dado Franceschino, y a las once y media, después
de haber saltado de nuevo la tapia, y con la caja metida en la maleta, se
dirigió por Via Berzaghi hacia el paseo Certosa, siempre a pie, como Franceschino
le había aconsejado.
Pero hasta un robo en un cementerio es muy difícil cuando
a uno le sigue la policía. Y, en efecto, lo seguía la policía. Los faros de un
coche se encendieron de pronto y lo cegaron. Una voz le gritó rudamente:
—Detente, Arrigo. Estamos apuntándote.
Por desgracia, él no era el tipo de los que se detienen
aunque le estén apuntando. Con un brusco movimiento y siempre con la maleta en
la mano, saltó fuera del radio de acción de los faros y echó a correr. A su
modo tuvo suerte: le dispararon, pero no le dieron. Consiguió escabullirse. La
policía lo rodeó, pero él atravesó el cerco, quizá sin darse cuenta, sin
desprenderse de la maleta. Cuando tuvo un momento de respiro y la abrió, vio
que en la caja había mucho más de cuarenta millones, si los brillantes no eran
de plástico y las monedas de oro no eran de latón. Era la una y media de la
mañana.
A las nueve de la mañana Franceschino subió al piso de
Arrigo. Iba a recoger su parte. El golpe ya tenía que haber sido dado y no
quería que lo engañasen.
—Buenos días, señora. ¿Está su marido? —preguntó, entrando
en seguida, un poco como amo, porque ya había comprometido al amigo.
Ella lo miro un momento sosteniéndose sobre sus piernas
Varicosas, en el saloncito. Las niñas estaban en la cocina con el abuelo. En la
sala sólo estaba el perro lobo, «Krokodil», tumbado, de guardia ante las
muñecas de las niñas. Ella miró con odio a Franceschino, más que con odio con
furor homicida: era el hombre que había destrozado la vida de su marido, y se
lo gritó:
—A mi marido lo persigue la policía por tu culpa, la casa
está vigilada y no sé cómo has podido llegar hasta aquí sin que te hayan
detenido…
La voz, alta y ronca, alarmó a «Krokodil», que se levantó,
con el pelo erizado en el cuello. Ella vio al animal y, en su furor, con el
brazo tendido sobre el grueso vientre, señaló a Franceschino y le dijo al
perro:
—¡A él!
«Krokodil» era considerado un perro bueno, con todo y ser
guardián, pero un perro lobo, por bueno que sea, sabe comprender las voces
alteradas de los humanos y se desencadena cuando recibe una orden precisa.
Franceschino sólo dio pocos pasos fuera de la puerta, luego se detuvo porque
vio subir corriendo a dos policías, que acudieron a los gritos. Los distinguió
muy bien, y mientras se detenía, pillado entre dos fuegos, «Krokodil» le saltó
a la garganta.
22 abril 1967. El ex ladrón Arrigo Romano se ha puesto en
contacto con otro ex preso, el viejo Francesco Avergoni. En vista de lo cual
nuestro grupo comienza la vigilancia.
27 abril 1967. Seguido sin descanso, Arrigo Romano ha sido
sorprendido in fraganti cometiendo un robo en el Cementerio Mayor, pero pudo
huir.
29 abril 1967. La mujer de Arrigo Romano, en avanzado
estado de gestación, en espera de su tercer hijo, desesperada contra Francesco
Avergoni, que, según ella, impulsó a su marido a volver a la mala vida, lanzó
contra él a un enorme perro lobo. Francesco Avergoni murió de infarto, más que
a consecuencia de las heridas, y la mujer de Arrigo Romano ha sido detenida. Su
abogado la informó de que la policía busca a su marido como autor de un robo de
más de treinta millones de liras. Declara que no sabe nada. Las niñas han sido
confiadas a una institución porque carecen de parientes en condiciones de
mantenerlas.
2 mayo 1967. Arrigo Romano ha sido detenido en Génova,
denunciado por un joyero a quien había ofrecido en venta unos brillantes.
El joven y escéptico funcionario de la brigada de control
de ex presos, guardó en la carpeta todos estos papeles y se la devolvió al
agente Sordelli, que estaba de pie ante su mesa.
—Todos acaban así, no hay ni uno inteligente que, de
verdad, se meta en vereda. Nunca. A éste le iban bien las cosas, ganaba casi
doscientas mil liras al mes, tenía una mujer bonita, dos niñas y podía ser
feliz. Pues no, fue a robar al cementerio, a dar un buen golpe. Quieren ser
desgraciados.
Se levantó, cansado; comenzaba a hacer calor.
—Y ahora síguele la pista a Cordovelli di Savona. También
él es como una oveja negra a la cual han blanqueado los diez años de cárcel.
Pero no hay que fiarse.
6
EN PORTA VENEZIA CON TEMOR
Caminaban despacio, con aire distraído, como si no vieran
nada, por el Corso Buenos Aires, y, sin embargo, estaban atentos a todo y en el
cruce de la Via Boscovich se detuvieron, pero como quien no quiere la cosa.
—¿Viste a Cesarina? —preguntó Walterino.
—Sí, la he visto —repuso Sandruccio, llamado también
Alejandro Magno por su actividad como protector de jovencitas voluntariosas—,
pero no me da ni un céntimo.
—De todos modos, inténtalo. Te tenía mucha simpatía
—replicó Walterino.
Sandruccio hizo una mueca negando, pero echó a andar.
Walterino, fingiendo mirar a otro lado, se quedó, en cambio, observando la
escena. «Alejandro Magno» retrocedió sin que la chica hubiese abierto el bolso.
Lloviznaba, eran esas raras gotas de una llovizna de otoño.
Sandruccio sonrió.
—Ha dicho si nos hemos vuelto estúpidos creyendo que ella
nos va a dar dinero a los dos.
—Por lo menos para un bocadillo y unos cigarrillos. Desde
ayer por la noche no hemos comido ni bebido nada —dijo Walterino.
—Se lo dije y me contestó que fuese a ver a esos frailes
que reparten el pan con todos —y sonrió.
A Cesarina le había gustado siempre tomarse las cosas con
ironía.
Walterino no reía casi nunca. Llegaron a otro cruce y
volvieron a detenerse. Resultaban bastante elegantes con sus chaquetas de piel
de ante, los pantalones de terciopelo de color mostaza y la camisa azul oscuro
bien cerrada en el cuello.
—Hace casi dos años visitaba a una señora que vivía en ese
palacio —y señaló una de las nuevas construcciones, más allá de los viejos
caserones aduaneros de Porta Venezia, situada en una entrada de esquina de los
Jardines Públicos—. Yo nadaba en la abundancia, me vestía copiando los modelos
de las revistas norteamericanas de un sastre que cobraba casi trescientas mil
liras por traje. Los zapatos me los hacía traer de Londres, me paseaba en sus
coches por toda Italia (tenía tres o cuatro), y cuando se ponía triste, se
echaba a llorar y me decía: «Si no fueses tan joven me casaría contigo».
Tendrías que haber visto la casa que tiene en el último piso de ese edificio.
Hay una terraza en la que cultiva rosas y se ve toda Milán, desde la Madonnina
a Monza.
—¿Y por que no seguiste con ella? —preguntó Sandruccio.
Y se dirigieron hacia el centro.
—Tampoco hubieras seguido tú —replicó Walterino—.
Magnífico el dinero, magnífico comer trufas y langosta, estupendo el coche, los
viajes y todo lo demás, pero no te la quitabas de encima. No había manera de
campármelas por mi cuenta, no podía casi nunca asistir a una velada, como digo
yo, de muchos chicos y chicas. Así, un día en que me puse nervioso por todo
esto, me enfureció y le dije cuatro cosas. No puedes imaginarte lo que hizo.
—¿Qué fue?
—Telefoneó, y ni siquiera me di cuenta. Diez minutos
después llegaron sus dos forzudos; deberían de ser sus policías privados. Ni
siquiera me dijeron una palabra, pero la emprendieron a bofetadas conmigo, uno
me sujetaba y el otro me sacudía, y se fueron turnando. Por último perdí el
conocimiento, pero hicieron que lo recobrase también a base de bofetadas. Luego
me quitaron hasta la última lira que llevaba, el reloj, los gemelos de oro y
todas las chucherías de oro que ella me había regalado, incluido el cinturón
con hebilla de oro; me agarraron por el cuello, me metieron en el montacargas
del servicio y me descargaron en la calle después de haberme dicho que si
volvía a molestar a la señora, una llamada de teléfono sería suficiente para
que me sacudieran por segunda vez.
Llegados a la esquina que daba a la plaza Oberdan,
Sandruccio dijo:
—Hoy ni siquiera las viejas son estúpidas.
Walterino propuso:
—Regresemos; aquí ya no hay nada que hacer.
—Y de regreso todavía menos —replicó Sandruccio—. Escucha,
se me ocurre una idea.
—¿De qué se trata? —preguntó Walterino.
—Por lo menos para comer algo en seguida; luego pensaremos
mejor. Al otro lado de la calle está la charcutería. Yo entro, encargo algo, me
hacen un paquete, y apenas esté hecho el paquete, entras tú, te lo paso y sales
pitando. Apenas hayas desaparecido, desaparezco yo también por otro lado. Nos
vemos luego en Magnago. Quizás allí nos fíen el vino y el pan.
Walterino hizo una mueca.
—Escucha, yo fui ladrón de chorizos a los doce años.
Después no volví a serlo. Yo más bien pensaba en un coche. De los neumáticos
sacaremos más.
—¿Un coche aquí, a esta hora? A ti te ha sentado mal el
otoño. Te encontrarás en la cárcel antes de haber puesto en marcha el motor.
—Pero hemos de hacer algo —replicó Walterino—. De acuerdo
que el coche no. Vamos al restaurante.
—Tampoco me gusta nada esta broma. Los camareros no son
idiotas y los dueños tampoco —replicó Sandruccio.
Pero fueron, a pesar de que sabían que no era prudente.
Entraron en Chiavacci, el restaurante con jardín, precisamente en la esquina de
la calle Maino. Faltaban todavía veinte minutos para el mediodía: demasiado
temprano para un restaurante así. Pero Walterino sabía cómo hacer las cosas.
Llamó al primer camarero que encontró.
—Hemos de irnos a la una para Palermo. ¿Hay algo que pueda
prepararnos para comer en seguida?
El camarero los acompañó hasta una mesa del jardín.
—Siéntense.
Se fue y los dejó solos, a la verde sombra del jardinito,
donde no había nadie.
—Esa maldita casa se ve también desde aquí, detrás de la
pérgola —comentó Walterino.
—¿Qué casa?
La mesa, con las fuentes de los entremeses y ensaladas
mareaba a Sandruccio.
—La de la vieja. En la terraza hay rosas todo el año.
Tiene calefacción en el invernadero. Por Navidad recogimos rosas rojas, y aquí
estamos arrebañando un plato de pastaciutta.
Un joven vestido con esmoquin blanco se acercó a su mesa
un momento después. No tenía la cara sonriente que debe tener un maestresala.
—¿Los señores desean comer?
Los miraba como los rayos de un aparato para radioscopias.
—Sí, pero de prisa, por favor —repuso Walterino—. A la una
hemos de marcharnos para Milán.
—Tome la minuta —dijo el camarero, quitándosela de debajo
del brazo—. Pero habrán de pagar por adelantado.
A aquella hora, el tráfico, en aquella especie de carrusel
de coches que era Porta Venezia, se hacía ensordecedor, pero los dos tenían el
oído bien fino y lo oyeron perfectamente.
—Nunca he oído decir que se pagara por anticipado en
ningún restaurante —replico Walterino, pero no se mostró demasiado ofendido.
Sabía que el joven del esmoquin no le creería, es más,
sonrió, como divertido, y no lo estaba nada.
—En algunos casos, sí —contestó el maestresala—. Escuchad,
si dejáis cinco mil de anticipo encima del mantel, os doy de comer; si no, os
largáis, y dad gracias a vuestra anciana tía de que no llame ahora mismo a la
pareja.
Se levantaron maldiciéndolo en silencio y habiendo
advertido que un maestresala de verdadera clase conoce a las personas sin
dinero capaces de buscar gaitas, aunque se hubieran vestido como era de rigor y
tuviesen la buena apariencia que ellos tenían.
—Quisiera saber qué hemos hecho para vernos así —dijo
Walterino.
Se habían refugiado en los Jardines. Sandruccio había
recogido algunas colillas un poco largas y se estaba fumando el par de
bocanadas que quedaban, porque sin fumar se volvía loco.
Arrojando la colilla que ya le quemaba los labios,
Sandruccio dijo:
—Es porque gastas como si poseyeras máquina de hacer
billetes. Y además juegas que da miedo.
—Es que todavía no he perdido las costumbres que me
inculcó la vieja de la casa esa de ahí cerca —y levantó la cara hacia la
moderna construcción que se veía a través de las gruesas ramas de los viejos
árboles—. Íbamos a jugar a Venecia, y fíjate la mala pata: entonces, cuando yo
estaba nadando en oro, ganaba.
—Pero será mejor que cambies de costumbres.
A las cuatro de la tarde, dando vueltas siempre por los
Jardines, pensaron en hacer una ratería. Pero una ratería, a pie, es empresa de
desesperados, o de chiquillos sin cabeza. Sin embargo, con esa intención, en
busca del individuo a propósito, estuvieron dando vueltas hasta las cinco por
todos los Jardines, pero o se trataba de sirvientas sin una lira o de niñeras
que hubiesen gritado demasiado, y además siempre es mejor que no haya niños por
medio.
Cuando vieron a una muchacha morena, bien vestida, con un
buen bolso de charol, un poco fuera de lugar a aquella hora, se pusieron a su
lado, a unos metros de distancia. Sandruccio, a la izquierda, estaba ya
dispuesto a exclamar: «Señorita, ¿no me reconoce?». La muchacha se volvería
hacia él y Walterino, al otro lado, le arrebataría el bolso.
Pero el día no se les presentaba de cara. Como de la nada,
tal vez de detrás de unos arbustos, apareció un policía de uniforme, de la
cercana comisaría de la Via Fatebenefratelli, que fue al encuentro de la chica,
su novia, y se la llevó del brazo.
Sandruccio y Walterino se cubrieron de sudor frío: si el
policía hubiera tardado un instante en aparecer, habrían intentado el tirón y,
a los gritos de la joven, el policía hubiese aparecido disparando.
—Hemos tenido suerte —dijo Sandruccio. Y añadió después—:
Ya no puedo más, tengo hambre, siéntate en ese banco. Ya lo haré yo.
Era generoso, sabía que Walterino nunca se humillaría
hasta tal punto. Él sí, si no había otra cosa. Atravesó la avenida, ahora
enrojecida al sol del crepúsculo, y al otro lado vio a una anciana, sola en un
banco. Se detuvo ante ella.
—Perdóneme, señora. Hace dos días que no como. Tengo
hambre. Deme algo.
La mujer lo miró recelosa, casi con miedo, pero él la miró
con su mirada buena, la que sabía tener de niño para engañar a la abuela, y
ella abrió el bolso, buscó minuciosa, sacó un billete de quinientas y se lo
dio.
—No lo mereces. Todos sois unos vagos y no queréis
trabajar.
—No es cierto, señora. No encuentro trabajo. Gracias,
señora.
Repitió la escena otras cuatro veces, dos inútilmente, y
dos a cien liras cada una. Volvió luego a reunirse con Walterino y le mostró
las setecientas liras en la palma de la mano.
—No es mucho, pero hay para dos bocadillos y un paquete de
cigarrillos.
Walterino miró aquella miseria en la palma de la mano de
Sandruccio.
—¿Limosna?
—¿Qué te parece?
Se tomaron el escurrido bocadillo en aquel pequeño bar que
hay al principio del Corso Buenos Aires, pensando siempre en lo mismo: hacer
dinero. Sandruccio se terminó el bocadillo apenas el camarero se lo puso en la
mano, y también Walterino, y hablaba en voz baja para que no le oyese nadie,
porque el local era muy pequeño.
—Aquí en Porta Venezia ya nos conocen todos, no nos fían
ni cien liras. Apenas nos ven, se llevan la mano a la cartera o al bolso porque
tienen miedo de que se lo quitemos.
—Podríamos cambiar de barrio.
—Es cierto. Vamos a Porta Romana a trabajar en lo mismo
que trabajamos aquí. Robar coches para Magnago, hallar alguien que nos compre
bicarbonato por coca, o cigarrillos suecos por cigarrillos de marihuana, o
hacer lo que salga. Estoy hasta las narices. Tengo otras cosas en la cabeza.
Todavía estoy pensando en aquella mujer, la de la casa grande. Mira, se ve
también desde aquí; en la terraza hay rosas. Desde aquí puedes ver. Ella estaba
pensando en construir allí una piscina. Acaso la ha construido ya en estos dos años.
—Tienes metida en la cabeza a esa mujer. ¿Qué esperas
conseguir después de todo lo que te ha pasado? ¿Otro puntapié?
Walterino bajó todavía más la voz, que adquirió, sin
embargo, un tono de cólera.
—No, sólo quiero tener todo el dinero que tenía entonces
cuando estaba con ella. Quiero tener aquellos trajes, aquellos relojes,
aquellos encendedores de oro que pesaban kilos. Quiero poder conducir aquellos
coches que conducía entonces, ir a los sitios donde entonces iba.
—¿Y cómo vas a arreglártelas? Te dijeron que si volvías a
asomar la jeta te harían papilla.
—Sé cómo hacerlo, conozco a las mujeres. Cuando me echó,
había pasado ya de los cuarenta y cinco, y ahora tendrá casi cuarenta y ocho.
Se siente envejecer, se da cuenta de que ya no parecerá joven, y sé que se
acuerda de mí. Habrá conocido a otros chicos, pero sé que para ella el mejor
fui yo. Me lo dijo siempre. Volveré a ella.
Se levantó poseído por esta idea.
—Voy a telefonearle. Han pasado ya dos años. Ya no puede
guardarme rencor, y, en cambio, se acordará de los buenos ratos que pasó
conmigo… Dame dinero para una ficha, que voy a telefonearle en seguida.
—Por esto andabas siempre por Porta Venezia —dijo
Sandruccio dándole las últimas cien liras que le quedaban.
—Irás también tú, porque tengo una idea —añadió Walterino.
—¿Adónde? —preguntó Sandruccio.
—A ver a la vieja. Si logro hablar con ella, todo está
resuelto.
La señora Clara Luca se puso al teléfono sencillamente
porque Walterino había tenido la habilidad de no intentar engañarla. Le había
dicho claramente a la doncella que acudió al teléfono:
—Diga a la señora que soy Walterino.
El nombre de Walterino era incluso demasiado familiar a
doña Clara, representaba el máximo de la propia degradación, pero ella había
descendido aún más bajo que con aquel muchacho. Y nunca había sentido la falta
de un hombre como sintió la de él. Habían transcurrido dos años y seguía
llevándolo en la piel, como una quemadura del sol. Era realmente una basura si
aceptaba todavía hablar con aquel hombre indigno.
—Diga —dijo, sirviéndose naranjada en el vaso, de la
botella helada.
Le dijo que era Walterino y ella le preguntó:
—¿Qué?
Luego, mientras le hablaba, bebió la naranjada, mirando a
través de las cuatro ventanas del salón que daban a los grandes árboles del
Jardín, al Corso Buenos Aires y al centro. Al fondo podía ver también la
Madonnina.
Walterino le contó que no comía, que no había encontrado
trabajo, que estaba con un amigo tan desgraciado como él, que nadie había
querido ayudarles, que para tomarse un bocadillo habían tenido que pedir
limosna en los Jardines, que estaba desesperado y que había pensado en ella
como última salvación; si no, no respondía de lo que hiciera. No pedía nada,
sino algo que comer, y una recomendación para encontrar trabajo. Él y su amigo
estaban dispuestos a hacer cualquier trabajo, pero que por caridad los ayudase.
Doña Clara sonreía escuchando. Tenía que ser verdad, los
dos impúdicos muchachos estarían sin una lira y tendrían sin duda hambre. De
otro modo, Walterino no habría tenido el valor de telefonear, pero que
estuviesen dispuestos a trabajar, era otra cuestión.
El playboy bonaerense, porque siempre traficaba en el
Corso Buenos Aires, intentaba astutamente volver a ligar con ella, trataba de
darle lástima, confiaba en la fascinación que había ejercido en ella, y que
sabía tenía aún.
—Oiga, oiga —oía ella en el teléfono porque él no recibía
respuesta, y entonces ella pensó que había de decidir.
El chico había calculado bien: ella quería, por lo menos,
volver a verlo.
—Sube con tu amigo —le dijo—. Veré qué puedo hacer.
Y cortó la comunicación bruscamente, llena de vergüenza y
humillada.
Luego se fue al pasillo donde estaba el interfono.
—Sí, señora —dijo en seguida el portero.
—Por favor, mándeme en seguida a los dos chóferes.
—Al momento, señora.
Volvió al salón grande, a mirar por la ventana, sin ver
nada. El día anterior había estado en el salón de belleza y sabía que estaba
bien; por lo demás, lo estaba siempre, y siempre con un año más, pensó
amargamente, en aquel crepúsculo de otoño. ¿Qué significaba vergüenza y
humillación con aquel muchacho, cuando se está muerta? ¿Qué significaban
«honor» y el nombre de los Luca, cuando no queda nada de juventud y acaso falta
poco para morir?
—Señora.
Se volvió de pronto. A la puerta estaban sus dos gorilas.
Cuando una mujer es vieja y está loca y tiene el dinero que ella tenía, puede
cometer sus locuras de vieja, pero, por lo menos, hay que defenderse con
guardias de corps como aquéllos, a quienes ella púdicamente llamaba «chóferes»
cuando hablaba con el portero.
—Recibiré una visita dentro de poco —dijo, ya sin pudor—.
Quédense en la sala de al lado, pero estén atentos: en cuanto los llame,
comparezcan en seguida.
—Sí, señora.
Eran corpulentos, no muy altos, uno vestido de azul y el
otro de gris oscuro, pero ambos parecían llevar el mismo uniforme. Se metieron
en la salita contigua, dejando la puerta entornada, y ella fue un momento a
mirarse al espejo, sin encender aún las luces, aunque fuese ya oscuro, y
esperó: algunas veces suceden milagros, alguna vez un tipo de reformatorio como
Walterino se convierte en buen chico, no quiere volver a llevar la vida que
llevaba antes y se pone realmente a trabajar. Precisamente: quería mirarlo a
los ojos para comprender si en aquellos dos años el muchacho había cambiado.
—Es el señor Walterino con otro señor.
A la puerta estaba la doncella. Ella se sentó en el gran
diván cerca de la ventana que daba a los Jardines.
—Sí, hágalos pasar, y encienda las luces.
Volvió la doncella y ella miró a los jóvenes que entraban.
Parecían hermanos, con las chaquetas de gamuza, iguales, y salidos del mismo
colegio. Miró a Walterino, que se había detenido cerca de la puerta junto con
su compañero, y esperaba aquel milagro, pero vio algo que no le gustó: vio en
sus ojos, dirigida a ella, una pretendida expresión licenciosa, una mirada de
torpe connivencia con ella. No había milagro; tampoco era un vencido, un
hambriento que iba a pedir un poco de dinero, era un chulo que acudía en busca
de su esclava.
—Buenas noches, señora —dijo Walterino, con aire de
timidez porque estaba la doncella delante, pero sin dejar de mirarla con
lubricidad.
—Puede retirarse —le dijo ella a la doncella.
Vacilaba entre la sensación de repugnancia y la atracción
que, a pesar de la náusea, estaba experimentando.
Luego algo se impuso a ella: no era la última de las
mujeres. Se levantó, se dirigió a una rinconera en la que había algún dinero
para los pequeños gastos de la casa. Tomó diez mil liras, volvió a sentarse en
el diván, teniendo en la mano, bien visible, el billete.
—Siéntense —dijo.
—Gracias, querida —repuso Walterino, haciendo una seña a
Sandruccio para que también se sentara él, y ahora que no estaba la doncella
delante consideraba que podía llamarla «querida».
—Ahora escuchadme bien tú y tu amigo —dijo ella, casi como
leyendo fríamente en un libro—, te he permitido subir sólo para hacerte una
última advertencia: no me molestes más, ni por teléfono ni de ninguna manera.
Me tiene sin cuidado que pases hambre y que no tengas trabajo. Nada tengo que
ver contigo. No intentes recaditos ni cosas por el estilo. Ya tuviste una
lección la otra vez; ahora recibirías otra mucho peor. Si intentas cualquier
tontería puedo hacer que mis abogados te consigan diez años de cárcel. Toma
este dinero y vete.
Y dejó el billete de diez mil sobre la mesa que tenía
delante. Bien; si había logrado hablar de esta manera no era una mujer caída
hasta lo más bajo.
Walterino miró a Sandruccio. No contestó, tomó el billete:
era mejor que nada, pero no se levantó.
—De acuerdo, nos iremos, pero me tratas demasiado mal.
Vine con mi amigo en busca de trabajo. Tú, si quieres, puedes buscarnos una
colocación…
Pero estaba interiormente furioso. De haber podido, la
habría triturado. Aquella vieja era demasiado astuta para él.
—No creas que me engañas. Viniste sólo para intentar
meterte en esta casa, y si no lo conseguías, robar algo mientras estás aquí,
por ejemplo, esa caja de carey y oro o alguno de los relojitos de la colección
que están ahí. Vamos, vete y no robes nada. Es un consejo que te doy.
Entonces Walterino se levantó. Porque era idiota, como
todos los pillos, intentó lo que un muchacho inteligente no habría intentado
nunca con una mujer de la clase de Clara Luca. Lo intentó para no perder la
última esperanza de volver allí, a aquella casa tan rica, llena de hermosas y
valiosas cosas, tantas que hacían un placer de la vida. Lo intentó, y
bruscamente abrazó a Clara, la tuvo estrechamente apretada contra sí, y le
cerró la boca con la suya, insistiendo en el beso, a pesar de que ella hacía esfuerzos
para liberarse de él, y sólo la dejó respirar un instante para decirle:
—No encontrarás nunca a nadie como yo.
Aquel inmundo beso, aquellas inmundas palabras, en
presencia del otro muchacho delincuente, la liberaron de aquel último resto de
debilidad que pudo haber tenido por él. Volvió la cara hacia la puerta de la
sala contigua y gritó:
—¡Tonio!
Ni siquiera había terminado de pronunciar este nombre
cuando los gorilas comparecieron en la sala. De la puerta por la que salieron
hasta el lugar del salón en que estaba la señora había al menos cinco metros:
casi de un salto recorrieron los tres primeros y se detuvieron de pronto.
—Si se mueven un sólo centímetro, estrangulo a la señora.
Walterino se protegía detrás de la mujer y le apretaba la
garganta con el brazo derecho. La opresión era ya tan fuerte que se oía el
estertor de ella y tenía los ojos fuera de las órbitas con una expresión de
terror.
—Sin duda palmaré yo, pero ésta cascará primero.
—Deja de apretarla, insensato —dijo uno de los hombres,
que procedía de la policía francesa y era demasiado experto en personas
estranguladas para no comprender el gravísimo peligro que corría aquella frágil
mujer.
—La dejaré respirar un poco, pero echaos al suelo de
bruces. Os doy tres segundos para hacerlo.
Sandruccio miraba la escena como si estuviese bajo una
pesadilla. Miraba el rostro trastornado de Walterino. Y sólo ahora —hacía pocos
meses que lo conocía— se daba cuenta de que era un criminal nato. Antes le
había parecido un buen chico. Tuvo ganas de llorar al ver el feo lío en que se
había metido.
—¡Déjala! ¡Estás loco! ¡Vámonos!
—Al suelo, o me la cargo —gritó Walterino, apretando un
poco más la garganta de doña Clara.
Los dos forzudos lo miraron y también la cara de la mujer,
contraída por la asfixia. No tenían elección. Se tendieron de bruces en el
suelo, acusándose mentalmente de no haber sido lo suficientemente rápidos en su
actuación.
—Y ahora muévete tú, mamón, que no me gusta tener críos a
mi lado. Cachea a ésos y quítales los revólveres.
—No lo haré, tengo miedo —exclamó Sandruccio—. Yo me
largo.
—Ya estás metido en el lío, imbécil; si me agarran a mí te
agarrarán a ti también. Quítales los revólveres.
Tampoco él tuvo elección. Estaba metido en el lío y tenía
que bailar al son que tocaban. Se inclinó prudentemente sobre los dos hombres y
buscó las armas mientras oía rugir a Walterino.
—Portaos bien y no hagáis una mala pasada a mi amigo.
Y el otro encontró los revólveres, pequeños, pero
eficaces.
—Dámelos, tú no sabes manejarlos —dijo Walterino; se metió
uno en el bolsillo y el otro se lo quedó en la mano, soltó el seguro y le dijo
a doña Clara al oído—: Siéntate en el diván, y toma algo, pero no trates de
gritar o hacer cualquier otra broma porque te rompo la cabeza con la culata.
Se sentó también él en una silla desde la cual dominaba
toda la sala y dijo a los que estaban en el suelo:
—Ahora estáis bajo el tiro de este revólver. Nosotros no
tenemos nada que perder. Pero haced el menor movimiento y se acabó todo.
Sin que le temblase la mano, se sirvió un poco de
naranjada en un vaso y, al beberla, tosió. Luego, poco a poco le pasó el acceso
y su garganta se volvió normal.
—Ahora tenemos que hablar —dijo Walterino, sin dejar de
vigilar a los que estaban en el suelo—. Sé que en tu alcoba tienes una caja
fuerte empotrada en la pared y de ella sacabas el dinero para dármelo cuando me
querías, y algunas joyas. ¿Sabes dónde está la llave?
—Sí —dijo ella, fría y con altivez. No quería darle
satisfacción ni sentir miedo—. Tendrías que saberlo. La tiene Tonio. Se la
pedía siempre cuando había que abrirla.
Era verdad, y él lo recordaba. Entonces se volvió a uno de
los que estaban en tierra y le dijo:
—Señor Tonio, por favor, écheme la llave.
La respuesta del gorila fue seca:
—No. Si la quiere, venga a buscarla.
Walterino se puso rígido y lo apuntó con el revólver.
Calló unos segundos, pero fue un silencio terrible, incluso para Sandruccio.
—Contaré hasta quince, cuando llegue a quince, te
dispararé a la cabeza, he dicho a la cabeza y sabes que lo haré.
Comenzó a contar.
—Tonio, dale la llave —dijo ella.
Por la voz de él sabía que estaba dispuesto a matar.
También Sandruccio, helado, lo sabía.
—No, señora, no puede disparar. El revólver hace demasiado
ruido. Si dispara, acudirán todos aquí, hasta de los apartamentos vecinos —dijo
el gorila desde el suelo.
—… Once, doce, trece…
Antes de que llegara a quince el gorila rodó por el suelo
un par de metros, luego se levantó, saltó sobre Sandruccio y se protegió tras
él. Walterino estaba ofuscado y apuntó, como si se tratara de un blanco, al
centro del pecho de su amigo Sandruccio. El revólver hizo realmente un ruido
infernal. Mientras tanto, el otro gorila se levantó, pero nada podía hacer
porque se hallaba también ante su revólver.
—No podrás hacer nada, tira al suelo el arma —le dijo
Tonio—. Vienen la doncella y el criado.
—En cualquier caso podré matarla —replicó Walterino—. Pero
antes me darás la llave de la caja.
—Tómala, pero en ningún caso lograrás irte de esta casa.
Y Tonio le arrojó la llave.
El problema era recogerla del suelo, teniendo que pensar
en dos forzudos como aquéllos. Walterino lo pensó un segundo y lo resolvió
brillantemente.
—Querida —dijo—, recoge esa llave.
Ella obedeció, se inclinó y recogió la llave. En ciertos
momentos no se puede experimentar sino piedad hacia seres semejantes, una
piedad, más que maternal, de hermana misionera para leprosos, y aquél era de
veras un leproso.
—Quiero ayudarte una vez más —le dijo—. No cometas
tonterías. En la cajita de donde he tomado antes las diez mil liras hay unas
cuarenta o cincuenta mil liras más. Tómalas y vete. Tal vez te sea posible
todavía escapar por la escalera de servicio. No puedo hacer más, has matado a
tu amigo, pero si te quedas aquí, seguirás matando y será peor.
Esta vez el razonamiento lúcido y la voz doliente de ella
lo detuvieron. También él ahora lo comprendía: quedarse allí resultaría peor.
—Dame todo el dinero que tengas, hasta el que tengan
ellos.
Empuñaba ferozmente el revólver con el seguro suelto.
Había renunciado a la cajita. Se contentaba con poco.
Ella recogió en seguida todo el dinero que había en la
cajita y los dos hombres le dieron hasta el último billete que tenían en la
cartera. Eran ciento treinta y cinco mil liras en total.
—Toma, Walterino. Quizá todavía tengas tiempo de escapar
por la escalera de servicio —y a causa de la tensión nerviosa comenzó a
balbucear—: Si te detienen… diré… diré que no… eres malo…
Le tendió el dinero y él alargó la mano izquierda para
tomarlo, pero sostenía el revólver tan nerviosamente que salió el tiro y la
alcanzó también a ella en medio del pecho, como si la hubiese apuntado para
matarla.
—Yo no quería…, no quería… —dijo histérico, mirando a los
dos gorilas, que dieron un paso para amparar a su ama—. No quería… y salió el
tiro… sin querer… No quería —y comenzó a gritar al ver que por la puerta
central del salón entraban el criado y el cocinero—. No os mováis u os mato.
¡Atrás!
Salió corriendo, hacia el fondo, donde estaba la escalera
que conducía a la terraza.
—¡Atrás u os mato! Si ésta no tiene balas, tengo otra.
Comenzó a bajar por la escalera ante toda aquella gente en
el salón, luego bajó precipitadamente y salió a la terraza.
Ya estaban encendidas las luces. Los pequeños faroles
iluminaban los arriates y, antes de verlos, advirtió el perfume de las rosas.
—Baja, asesino, loco —le gritó uno de los gorilas desde
abajo.
Disparó un tiro en la escalera y luego se sentó agotado en
la tumbona. Ahora realmente se había acabado todo. No podía escapar por ningún
lado, pensó mirando las luces del Corso Buenos Aires, y abajo, al pie de la
escalera, oyó voces. Miedo de todos los años de cárcel, miedo de todos los
golpes que le habían dado, miedo de toda la vida terminada. Nunca había tenido
tanto miedo como en aquel momento.
Y sólo por miedo comenzó a disparar, un tiro tras otro,
primero las tres balas que le quedaban en un revólver y luego las seis del
otro, descargando los dos.
Desde abajo, Tonio contaba, y apenas oyó que había
disparado el último tiro, él y su amigo subieron por la escalera y llegaron a
la terraza. Lo vieron escapar y le oyeron gritar:
—No, no, no me peguéis.
—Ven y no te haremos nada; te entregaremos a la policía.
Temían que se arrojase al vacío.
La terraza no era demasiado grande para poder correr mucho
rato por ella, y lo agarraron en seguida, acorralado en un rincón, detrás de
unos rosales. Se protegía la cabeza y la cara con las manos.
Estertoraba de miedo.
—No, no me peguéis.
No le pegaron, pero lo más molesto de esos tipos es que
son cobardes, canallas, pensó Tonio.
8
CÓMO ESTA HECHO UN MONSTRUO
Una roulotte es algo maravilloso para los niños, sobre
todo si se deja la portezuela entornada de manera que puedan ver en el
interior, y en el interior estaba él, sentado en la cama diván, y seguía
bebiendo pernod helado y miraba afuera por la portezuela entornada, de vez en
cuando; pero sabía que en aquella carretera sin asfaltar, casi el camino del
bosque de Caperucita Roja, no era fácil que hubiera niños.
Bebió aún un trago de su bebida amarilla en aquel cálido
verdor de una tarde de finales de agosto, miró una enorme hoja de dibujo que
estaba en el suelo, en la que había trazado las líneas esenciales de una
composición semiformal. Era evidente que se trataba de un parasol playero, bajo
el cual había varias personas casi desnudas y, al fondo, el mar. Pero había un
crítico de arte que había dicho: «… la confusión de las estructuras, o, en una
comparación lingüística, Donato Cinati pinta como quien pronunciara un discurso
un poco en italiano, un poco en alemán y otro poco en sueco». Y el mismo
crítico había añadido: «… por esto es evidente que en los cuadros de Donato
Cinati cada tema particular del lienzo es sentido y, por tanto, expresado con
su particular estructura. En su obra “El salón”, de la serie “La casa”, es
evidente que la estructura del diván amarillo a la derecha es completamente
diferente de la estructura de la ventana. De esta diferencia de estructuras se
deriva una visión del mundo que no es formal ni informal. Cualquiera puede
creer comprender un cuadro de Donato Cinati porque hasta un inexperto ve que se
trata de un salón, pero que pueda comprenderlo de veras, pensamos que esto está
reservado sólo a quienes saben qué pretendía expresar Donato Cinati en su
simple “salón”».
En la roulotte hacía calor, aunque estaba a la sombra del
bosque cerca del mar. Recogió del suelo el papel, habiendo dejado por un
momento el vaso con el pernod, y miró el parasol, y las personas que estaban
debajo de él y sacudió la cabeza. Era un hombre acabado, y lo sabía: los vicios
destruyen al hombre, y su vicio secreto lo había destruido. El dibujo era
inseguro, trémulo, como hecho por mano temblorosa, de viejo alcoholizado. En la
antología de pintores modernos figuraba en la letra C: «Cinati Donato, pintor
nacido en Pesaro en 1909», pero él no parecía tener los cincuenta y siete años
que tenía: bajo, membrudo, siempre bronceado, con los cabellos grises, cortos
pero espesos, con pocas entradas en las sienes, la mirada siempre un poco
colérica, agresiva, los largos brazos musculosos, tenía un aire de mono, de
cuadrúmano, pero joven. Sin embargo, el aire, el aspecto superficial, nada
tenía que ver y él lo sabía.
Una vez había hecho el cálculo: era viejo como un hombre
de seiscientos años. Viejo y enfermo mentalmente. Sentía piedad y horror de sí
mismo. ¿Por qué, en lugar de ir dando vueltas por Italia con aquella roulotte
estúpida, solo, no se encerraba en una clínica y confesaba a los médicos, a los
psicoanalistas, sus bestiales locuras?
Escupió sobre el dibujo y sonrió agriamente, pensando que
también lo hubiera expuesto en la próxima exposición, hasta con el esputo
encima. Miró a través de los visillos rosa de las dos ventanitas y vio el
perfil nebuloso de los árboles del bosque, nebuloso por un rayo de sol que,
cayendo de los árboles, atravesaba casi horizontalmente la roulotte y hacía
nebuloso el rosa de los visillos. En las paredes había dibujado con betún, sin
pincel, con el dedo, casi todos los personajes de los «cartones», desde el Pato
a Dumbo y el Gato. Al fondo, cerca del Mercedes que arrastraba la roulotte,
estaba la pieza fuerte: una muñeca alta como una niña de verdad, vestida a la
moda isabelina, con la falda gris, larga hasta arrastrarse por el suelo, los
cabellos estirados hacia arriba y recogidos en un gran moño. La había encargado
él directamente a la fábrica, especificando también el tipo de tela que quería
como traje.
También en la roulotte había flores, flores frescas,
trabajosamente recogidas a lo largo de toda la riviera véneta y romañola, que
emergían desde el chato y ancho vaso con sus vivísimos colores, rojo, lila,
blanco, anaranjado y amarillo; parecían un arriate surgido de la pequeña mesa.
Lástima que allí cerca estuviese la vulgarísima botella de pernod, que
realmente desentonaba. La quitó, pero aprovechó la ocasión para servirse otra
copa y luego, mientras dejaba la botella en el suelo, junto al diván cama, vio
a través de la ventana el rostro de Caperucita Roja.
La niña no debía de tener más de nueve años, y como era un
día de mucho viento sus padres le habían puesto en la cabeza un pañuelo rojo.
Oíase el fuerte silbido del viento en el bosque precisamente ante el mar, y la
niña venía del mar donde sus padres habían quedado tumbados en la arena, en un
lugar resguardado del viento, y lo primero que vio fue la enorme muñeca. Era
tan alta como ella, nunca había visto una igual, ni siquiera en las tiendas de
juguetes vio nunca muñecas tan grandes y tan hermosas, y tan extrañamente
vestidas, con aquella larga falda que le llegaba hasta el suelo y aquel moño de
cabellos auténticos, y se quedó un momento ofuscada por los vivos colores de
las flores. Los colores habían sido ordenados con la habilidad de un pintor. No
se trataba de la acostumbrada técnica japonesa de colocación: había una
maestría psicológica y cromática en aquella ordenación de las flores. Pero
luego Caperucita Roja vio los cartones de los héroes de los dibujos animados, y
a pesar de que ya era grandecita le gustaban mucho todavía, y sobre todo le
gustaron aquéllos, porque, aunque hechos con los dedos, era evidente la
maestría del artista que halla en seguida el rasgo esencial. El Perro la miraba
con simpatía y el Gato parecía levantar la patita hacia ella.
Sobre sus hombros el viento agitaba una punta de su
pañuelo rojo.
El joven pero cansado funcionario de policía miró el
reloj. Llevaba ya un cuarto de hora de retraso con respecto a la cita con
Bettina y hacía casi dos horas que había terminado su horario en la oficina y
seguía en ella, suponiendo que los policías tengan un horario. Y era una
maravillosa tarde de mayo. Miró una vez más la fotografía de la niña que estaba
en una carpeta delante de él, una carpeta de color anaranjado pálido. Había
pasado casi un año, y la policía no había hallado al culpable, no había encontrado
nada. Y él, junto con sus compañeros era «la policía», era Sherlock Holmes, era
Maigret, era el inspector. «Yo los detengo a todos», yo solo. Cerró la carpeta
dominado por la rabia y la tristeza que sentía por aquella pobre criatura.
Él estaba allí, con aquella carpeta con unas fotografías y
algunas hojas mecanografiadas, y el monstruo andaba suelto, libre. Durante un
par de meses los periódicos habían alborotado desde todas sus columnas,
tratando de ayudar a la policía fuera como fuere para hallar al abominable
individuo, y cuando se hubieron callado, porque los periódicos no pueden hablar
siempre del mismo tema, por lamentable que sea, la policía siguió su trabajo
durante meses y más meses. Había sido registrado el bosque junto al mar
centímetro a centímetro, tal vez hoja por hoja. Él mismo había ido a aquel
bosque donde un turista alemán había visto a la chiquilla del pañuelo rojo,
había mirado los árboles, el camino por asfaltar, incluso había recogido
piedras manchadas con gotas de aceite del motor, porque tal vez los sabios del
laboratorio científico podrían especificar qué tipo de aceite se trataba, y por
el tipo de aceite se podía llegar al tipo de coche. Incluso habían «detenido»
al turista alemán que había visto a la chiquilla del pañuelo rojo, y él y tres
especialistas en interrogatorios de tercer, cuarto y quinto grados, lo habían
interrogado durante cuatro días seguidos, día y noche, para, al fin, descubrir
que el pobre hombre era inocente y para recibir una queja oficial del consulado
alemán, queja que casi le costó el cargo, a él y a sus colegas. Se había
formado un grupo para la búsqueda de aquel ser abyecto que tenía aspecto
humano, y él era uno de los cerebros, o cerebritos, del grupo, pero no había
encontrado nada. El expediente «Paola Limani», seguía «sin tramitar»,
«abierto», al cabo de un año, después de doce meses de búsquedas casi
obsesivas. El monstruo seguía suelto. ¿De qué estaba hecho? Si lo descubría y
se le ponía al alcance de las manos no estaba seguro de resistir al deseo de
estrangularlo. Ahora las investigaciones «seguían», pero seguían en la nada,
porque nada se sabía.
El teléfono. Antes de tomar el receptor miró el reloj.
Horror: se había retrasado media hora de la cita con Bettina. Y, en efecto, al
teléfono se oyó la voz de Bettina.
—Miserable, más que miserable. Hace más de media hora que
espero en esta posada que tu llamas café.
—Perdóname, voy en seguida.
—No quiero ni verte, no quiero ni oír tu nombre.
La habría besado; un policía, en realidad, puede besar a
una auxiliar de policía. Le dijo:
—Tenía que revisar todos los expedientes en trámite y se
me ha hecho tarde.
—Quédate ahí con tus malditos expedientes. Me voy a casa.
—No, Bettina, voy en seguida.
Se dirigió rápidamente al gran café que estaba allí cerca
y la vio sentada a la mesita de siempre, con su trajecito sastre azul oscuro
que tanto se parecía al uniforme que ella llevaba cuando estaba de servicio,
sólo que no tenía galones.
—Hola, miserable —le dijo ella.
Comieron la acostumbrada pizza recalentada y un poco
rancia. Tenían que ir al cine, a la sesión de las ocho y media, pero ya eran
las nueve. Iban a ver, porque se le había antojado a ella, una película
policiaca: si estaban bien hechas a ella le gustaban mucho. Terminada la pizza
y la cerveza, se dirigieron a pie al cine, que estaba allí mismo. De vez en
cuando se detenían para echar una ojeada a los escaparates todavía iluminados,
aunque ya estuvieran cerradas las tiendas. Él se paró ante la acostumbrada tienda
de electrodomésticos y miró el acostumbrado minitelevisor que tanto le gustaba,
pero un policía gana poco para poder permitirse semejantes lujos. Ella, en
cambio, se paró ante la tienda de alfombras; le gustaban tanto porque, acaso
como el minitelevisor de él, eran inalcanzables: la más modesta, una vez que
entró a preguntar el precio, costaba sobre unas ochocientas mil liras.
Habían llegado casi al cine, cuando él se detuvo de
improviso. No ante una tienda, sino delante de un portón abierto aún. A la
derecha del portón había un pequeño escaparate iluminado y dentro un cartel. El
cartel decía: «Galería Montana. Exposición individual de Donato Cinati». Debajo
había la reproducción de un cuadro, y el cuadro representaba a una niña con un
pañuelo rojo en la cabeza. No es que la niña hubiese sido retratada
fotográficamente, es más, los rasgos esenciales de su rostro eran algo más que
fotográficos, algo mucho mejor. Ninguna fotografía podría dar un parecido tan
grande como puede hacerlo un auténtico pintor. Y bajo la reproducción había
estas palabras: «Caperucita Roja».
—¿En qué piensas? —le preguntó ella.
Pero acaso ella también pensaba en lo mismo, porque
también ella, durante meses y más meses, había tomado parte en las búsquedas y
se había enfurecido como una fiera cuando él se desesperaba por no encontrar
nada.
—Tú no tienes la culpa. Es estúpido que te tomes las cosas
así por lo que te pagan. Debieras no tomarte las cosas tan a pechos.
Él repuso:
—No pienso en nada. Quisiera entrar a ver la exposición.
Cruzaron el zaguán del viejo edificio, y el patio
empedrado, como perteneciente a la época de las carrozas con caballos; al fondo
había un rótulo luminoso : «Galería Montana», y también el cartel con la niña
del pañuelo rojo en la cabeza. En la sala llamada Galería Montana había mucha
luz, pero ni un alma viviente, salvo un gato enroscado en una butaca. Los
cuadros sin marco, no estaban colgados de las paredes, sino que habían sido
colocados en caballetes, sobre los cuales daba la luz de un pequeño foco. Había
en total siete pinturas, y todas representaban a una niña con un pañuelo rojo
en la cabeza, vista desde todos los ángulos y con expresiones distintas. En el
caballete mayor había, en lugar de un cuadro, una tabla en la que se habían
pegado todas las recensiones de la exposición. Una de éstas, colocada arriba
porque era del periódico más importante, decía: «Una singular y obsesiva
exposición de Donato Cinati en la Galería Montana. Se trata de siete cuadros
todos del mismo tema, una niña con un pañuelo rojo en la cabeza, vista desde
distintos ángulos visuales, con los rasgos fisonómicos siempre distintos, pero
siempre obsesivamente iguales en ese obsesivo poliglotismo pictórico que es la
nota característica de Donato Cinati». Otra recensión decía, en cambio: «Hemos
de confesar que sentimos nuestras dudas en cuanto al “hallazgo” de dedicar toda
una exposición a un solo tema, por viva que pueda ser la niña del pañuelo rojo.
Pero hemos de confesar también que cada cuadro nos da una apasionante y
conmovedora imagen de “Caperucita Roja”, especialmente aquél en el cual la
niña, con los ojos cerrados, más que dormida parece muerta».
Miraron uno a uno todos los cuadros, leyeron todas las
recensiones, volvieron a mirar los lienzos, leyeron incluso el cartel que decía
«Entrada libre», y el gato los miraba con los ojos entornados. Pensaban y
pensaban las mismas cosas. Una vez más leyeron aquella recensión: «… Pero hemos
de confesar también que cada cuadro nos da una apasionante y conmovedora imagen
de “Caperucita Roja”, especialmente aquel en el cual la niña, con los ojos
cerrados, más que dormida parece muerta».
Luego salieron. No habían cambiado una sola palabra ni la
cambiaron siquiera en todo el trayecto hasta el cine. Sólo al llegar a éste se
detuvieron. Comprendieron que no tenían ningún deseo de entrar en el cine ni
ver película alguna, y ella dijo:
—Vámonos a beber algo.
Había un café muy grande y elegante justamente al lado del
cine. Entraron y se acomodaron en las inverosímiles butacas, sin hablar, hasta
que ella dijo de nuevo, después de que el camarero les hubiese servido las dos
cervezas:
—¿En qué piensas?
Él no respondió en seguida, bebió un poco de cerveza,
encendió un cigarrillo y se secó los labios con el dorso de la mano. Luego
repuso:
—Pienso que la chiquilla pintada en esos retratos es la
que encontraron muerta el año pasado en Mariña di Ravenna. Y tú también están
pensando lo mismo.
Ella no contestó, advertía en la voz de él una furia
contenida que le daba miedo, y cuando lo veía así no le decía nada, y menos aún
lo contradecía.
—Ahora mismo me voy al despacho y ordeno la detención de
ese pintor, ese gran artista —dijo aún furioso—. Ha de explicarme por qué la
niña que retrató se parece tanto a la que se encontró maltratada y muerta cerca
de Marina di Ravenna el año pasado. Y precisamente ha de decirme dónde se
encontraba ése día, desde las cuatro de la tarde en adelante, hasta la hora de
la muerte de la niña. —Bebió un nuevo sorbo de cerveza y dijo con la misma
rabia—: Habrá de decírmelo, tendrá que confesar. La niña es la misma pese a
todos los ringorrangos pictóricos que ha puesto en torno. Precisamente hoy he
mirado la fotografía durante casi dos horas en la carpeta abierta del
expediente. Ha hecho todos esos retratos porque esa gente está loca, todos son
monstruos enfermos mentales. Y además el pañuelo rojo en la cabeza. Sólo
nosotros sabemos este detalle; los periódicos no hablaron nunca de él. Los
padres nos dijeron que la niña, cuando se alejó, llevaba un pañuelo rojo en la
cabeza, que ellos le habían puesto a causa del viento. Por tanto, sólo él, el
asesino, puede saber que llevaba un pañuelo rojo en la cabeza. —Miró la nota y
dejó sobre la mesa el importe de las dos cervezas—. Vamos inmediatamente a la
oficina. Hemos de detenerlo en seguida.
Iba a levantarse pero ella siguió sentada.
—Espera un instante, Berto —impidió que se levantara
poniéndole una mano sobre el brazo—. No te metas en líos como el año pasado con
aquel alemán a quien creíste el asesino de la niña. No perdiste el empleo y te
quedaste en la calle sólo por la simpatía que te tiene el jefe. Has visto
sencillamente unos retratos de una niña que crees que se parece a la chiquilla
asesinada el año pasado. Son retratos pintados de manera imprecisa. Ningún juez
aceptaría tu tesis de que la niña pintada es la pequeña Paola. Y además otra
cosa: admitamos incluso que el pintor sea el asesino, ¿por qué había de
traicionarse con una exposición de retratos de su víctima? Nunca hubiese hecho
una cosa semejante.
—Tú no conoces la retorcida mente de esos individuos.
—Es posible. Pero no quiero que pierdas tu trabajo ni que
hagas el ridículo. Pintores como ése tienen muchas relaciones, muchas
protecciones. No puedes acusar a ese hombre porque ha pintado a una niña que
puede parecerse a la asesinada el año pasado, e imagínate con la pintura de hoy
qué semejanza puede haber. Lo detienes, lo interrogas tres o cuatro días, y los
periódicos, donde él, como artista, tendrá sus amigos, se vuelcan contra los
abusos de la policía; media docena de abogados se lanzan sobre ti, y por último
te echan de la comisaría a puntapiés y ni siquiera encontrarás un puesto de
lavaplatos. No quiero que suceda esto.
Dijo enérgicamente la última frase.
Él la miró con hostilidad porque siempre, cuando lo
contradecía, la miraba casi con odio. Y sólo después de haberla mirado así
largo rato, dijo.
—De acuerdo. Es verdad lo que dices. Esos retratos no son
una prueba. Pero antes me preguntaste en qué pensaba, y ahora te lo preguntó yo
a ti: ¿en qué piensas? ¿Es culpable ese hombre o no?
También ella lo miró con odio, un odio lleno de amor.
—Creo que es él, estoy segura de que fue él quien maltrató
a la niña, pero pienso que hay que probarlo con pruebas irrefutables,
documentadas, hasta con el magnetófono, con película, de manera que incluso el
juez más tiquismiquis no pueda decir nada, ni pueda tener la menor duda el
jurado más inexperto.
—¿Ah, sí? ¿Y dónde encontramos esas pruebas que tú llamas
irrefutables, registradas, filmadas, naturalmente en color y a ser posible en
tres dimensiones?
Era odioso, pero ella lo soportó. Dijo:
—Pensaba en Martina.
—¿Tu hermana? ¿Qué tiene que ver tu hermana con esto? Es
una chiquilla de catorce años. ¿Qué ayuda puede prestarnos?
—Puede facilitarnos la prueba que necesitamos. Es de baja
estatura. Si se la instruye bien puede parecer una niña de nueve años, como la
pobre Paola.
Ahora dejaron de mirarse, él tenía los ojos fijos en el
suelo, porque había comprendido su plan:
—No te permitiré nada semejante.
—Y yo no permitiré nunca que semejante monstruo esté en
libertad, a costa de correr un riesgo así.
Lo miró con odio, el acostumbrado y apasionado odio de
cuando discutían.
Una roulotte es algo maravilloso para los niños,
especialmente si se deja la portezuela entornada, de manera que los niños
puedan mirar al interior. Él estaba en la roulotte, y aquel mes de mayo era
realmente demasiado cálido y con la excusa de la sed bebía incluso demasiado
pernod. En media hora se había bebido tres, mirando, a través de los visillos
rosa de las dos ventanitas, el lago de Garda de azul turquesa apagado por el
gris de los olivos de la orilla. Le había cambiado a la muñeca el traje y el peinado;
le había aburrido ya el estilo isabelino. Había retrocedido mucho, a la época
carolingia; la muñeca llevaba en la cabeza cintas plateadas con piedras de
colores, y el traje le llegaba también al suelo, pero muy suelto y drapeado. El
vaso seguía lleno de flores, pero éstas no se parecían a las del año anterior,
e idénticos eran los colores todos sobre rojo, naranja y amarillo. En las
paredes seguía el Perro, Topo Gigio, el Gato, y había añadido sólo la Tortuga,
porque había leído en un libro de psicoanálisis que las tortugas les gustan
mucho a los niños, porque, por sus lentos andares, les recuerdan a la abuela
que camina poco y despacio, pero que cuenta tan hermosos cuentos a los cuales
son muy aficionados.
Lo que desentonaba era la botella de pernod; además
tampoco nunca le había gustado estéticamente la etiqueta del pernod; como
pintor le parecía trivial, aunque el pernod fuera bueno, y aburrido escondió la
botella bajo el diván cama. Además, tampoco le gustaban los lagos; el Sirmione
era bellísimo, pero a él no le gustaba en absoluto. Sin embargo, en algún lugar
había de detenerse. No podía ir siempre dando vueltas con la roulotte, sin
pararse, y lo mismo daba un lugar que otro. De manera que se detenía, dejaba la
portezuela abierta, para que cualquier niña que pasara pudiera ver el interior,
la muñeca, las flores y los animales pintados en las paredes.
Aquél día había también en la roulotte un caballete con un
lienzo todavía intacto. Había bebido demasiado pernod para ser capaz de dibujar
o de pintar, aparte el hecho de que a él aquel paisaje de Catulo no le
estimulaba lo más mínimo. Luego, mientras estaba bebiendo, vio al otro lado de
la puerta abierta a quien, para sí, llamó en seguida Pequeña Hada Turca. En
efecto, toda ella estaba vestida con un traje de color azul intenso, un poco
largo, acaso porque sus padres habían pensado que le durase un par de años, y
era maravillosamente rubia.
La miró. Observó que ella estaba mirando el interior de la
roulotte: la muñeca, y le dijo, dejando el vaso de pernod:
—¿Te gusta la muñeca? Ven a verla. Sube.
Lo que no sabía era que la niña, que era una chiquilla de
catorce años, llevaba un micro magnetófono oculto entre sus ropas, que
registraría cualquier sonido, palabra o rumor en un radio de dos metros.
Tampoco sabía que le habían seguido y filmado desde hacía tres días, y que
además, uno de los mejores agentes de la sección cinematográfica estaba
filmando a la niña cerca de la roulotte. Y tampoco sabía que dos agentes,
tiradores expertos, estaban apostados a pocos metros de la roulotte, no
esperando otra cosa que poder disparar, porque para ciertos individuos la voz
de un calibre 9 es la única forma de diálogo. Pero sobre todo no sabía que la
niña, que además era una jovencita, aunque pareciese tan pequeña, había sido
«trucada» e instruida, y que era un anzuelo.
—Me gusta mucho la muñeca —dijo la «niña»—. Es muy grande.
Hablaba con la voz de cuando era una niña de veras; le
habían hecho muchas pruebas con el magnetófono.
—Ven a verla, entra, entra —dijo él, ocultando aún más la
botella de pernod bajo el diván cama.
La niña subió, y afuera, el agente con la máquina filmó la
escena. En el mismo instante otro agente, tumbado en el suelo, a menos de dos
metros, le quitó el seguro a su enorme Beretta. Y también en ese mismo momento,
el joven funcionario de policía que un año atrás había tenido tan estrepitoso
fracaso en la búsqueda del asesino de la pequeña Paola, se arrastró por la
yerba húmeda hasta que logró deslizarse bajo la roulotte, también con la
Beretta preparada y el oído atento: no oía bien, pero oía.
—¿Ves eso de ahí? Es una nevera de pilas. Dentro hay
helados. ¿Quieres un poco? —oyó.
—Me gusta mucho el helado.
—Ahora te daré un vaso, ven.
Bettina llevaba el uniforme de agente auxiliar y,
acurrucada detrás de unos matorrales, miraba hacia la roulotte. Habían
transcurrido dos minutos desde que su hermanita había entrado en la roulotte.
Pensó que no resistiría otros dos minutos. Tocó el brazo del agente que tenía a
su lado que, por lo que pudiera ocurrir, abrazaba una metralleta, y éste, de
rodillas, se acercó también a la roulotte, apartándose del ángulo visual de las
ventanitas.
—Es bueno este helado, ¿verdad?
—Sí, me gusta mucho el helado.
—Te daré todo el que quieras, y te daré además la muñeca.
Te gusta la muñeca, ¿verdad?
—¡Oh, es demasiado grande! Mamá me regañaría si me la
llevase.
—¿Por qué habría de regañarte? Dile que es un regalo que
te ha hecho un señor. ¿Dónde está tu mamá?
Tenía que saber si la madre estaba lo bastante lejos; no
fuera a estar demasiado cerca.
Pero la chiquilla había sido muy bien enseñada y dio la
respuesta justa para tranquilizarlo:
—Mamá esta abajo, en el lago, en una barca —y luego
añadió—: Y yo he subido aquí porque me gusta caminar.
Por tanto la madre del Hada Turca estaba bastante lejos.
—Ven aquí, querida, te enseñaré estas flores. Mira, esto
es…
El magnetófono lo registraba todo, y seguía registrándolo
inexorable. Afuera todos estaban como perros al acecho, dispuestos a saltar.
Y cuando se oyó el grito convenido de la chiquilla, el que
estaba debajo de la roulotte disparó contra un neumático, simplemente para
hacer ruido y asustar al bruto, y al instante rodó afuera, saltó dentro de la
roulotte agarró a la Jovencita de un brazo y apuntó con el revólver al conocido
pintor Donato Cinati.
—Baje —dijo al pintor—. Baje.
Entregó la chiquilla a Bettina que había acudido
corriendo; el bruto ni siquiera había tenido tiempo de tocarla. Y el agente
dijo otra vez:
—Baje. Salga afuera. Tú fuiste quien el año pasado mataste
a Paola Limani.
Él, el esteta, acaso el creador del estilo semiformalista,
no se movió del rincón de su diván cama, y no tenía ninguna intención de
moverse. Bajo el pequeño colchón de goma tenía él también un pequeño revólver.
—No comprendo nada de lo que me dice, y ni siquiera sé
quién es. ¿Acaso soy un ladrón?
Los estetas son ingeniosos.
Entonces el policía se acercó a él, le dio una bofetada y
lo agarró por el borde del suéter:
—Levántate, bestia.
—No me toque —dijo él, molesto, sabía que todo había
terminado, e incluso estaba contento de que fuera así—. Me levantaré yo solo.
Mientras hablaba buscó bajo el colchón el pequeño
revólver, lo encontró, lo empuñó con firmeza bajo el colchón y se levantó.
Había dos policías que lo miraban, uno era él, el jefe, y
el otro, fuera de la roulotte, llevaba incluso la metralleta, pero no pudieron
hacer nada: el pintor semiformalista Donato Cinati se levantó y al mismo
instante se metió en la boca el cañón del revólver y apretó el gatillo. Siempre
pensó que si lo descubrían se mataría. Y lo consiguió.
9
APENAS LLEGA LA JUSTICIA A ARZAVÒ
Trabajo desde hace años en la pequeña fábrica de juguetes
de Arzavò. Desde la ventana de la oficina veo primero ese centenar de casitas
del pueblo, y después el mar. También hay mar en Arzavò de Abajo, y desde mi
ventana veo la mole del gran hotel de seis pisos que han construido para los
turistas; pero acuden pocos, por dos razones: por la carretera demasiado
tortuosa, que llega, desde la capital, a Arzavò, y por el mal carácter de sus
habitantes. Además, de vez en cuando, se oye por aquí algún tiro y se encuentra
a alguien muerto en el bosque que hay que atravesar para llegar a la carretera.
Pero las fuerzas vivas de Arzavò dicen que se trata de cohetes disparados en
señal de fiesta, aunque los carabinieri insistan en decir que ha habido un
muerto. Los carabinieri no entienden las necesidades del turismo.
Estaba mirando por la ventana el crepúsculo cuando sonó el
teléfono, porque mi oficina tiene también teléfono —si bien modesto— puesto que
soy el más alto dirigente de esta pequeña fábrica en la que hacemos las más
deliciosas muñequitas de Europa, con sus cunitas, sus pequeños divanes y sus
vestiditos, y hacemos también muchos personajillos caricaturescos de trapo, y
también pequeños tiovivos, pero con luces y todo, en los que giran caballitos
de madera con sus altivos caballeros con armadura de metal.
Me vine a Arzavò por una causa, perdida hace años, y uno
de los personajes más importantes del pueblo me ofreció la dirección de esta
singular fabriquita con treinta obreras, dos vigilantes con faldas y un
encargado, y acepté. Mi carrera como letrado me ofrecía pocas esperanzas. Mi
padre se había empeñado en que fuera abogado, aunque yo no quería ser nada, y,
por lo demás, encontré aquí mi ideal: apenas hay nada que hacer y basta que
estampe mi firma en las notas que me presenta el encargado. Sé positivamente
que en esas notas hay una estafa que va del diez al quince por ciento, pero si
me callo y firmo, cobro un buen estipendio, tengo a mi disposición la más
graciosa de las treinta obreras, y casi todas son bonitas, pero sobre todo no
me sucede nada malo y los perros de los carabinieri no me encuentran tieso en
el bosque. Porque Arzavò figura en la lista de los pueblos de Italia, pero
sería mejor que figurase en la lista de los pueblos del Far West, con el
nombre, digamos, de Gringo City.
¡Ah!, dije que había sonado el teléfono. Levanté el
auricular.
—Diga.
Encendíanse algunas luces en el lento crepúsculo, allá, al
otro lado de la ventana, sobre el fondo turquesa del mar.
—¿El abogado Forte? —preguntó una voz amable y muy
femenina.
—Soy yo.
—Usted no me conoce. Me llamo Francesca Vitali, soy de
Milán, pero ahora me encuentro de vacaciones en el Grand Hôtel de Arzavò —dijo
la voz.
No tenía por qué aclarar que era milanesa: en veintitrés
palabras —un telegrama normal— lo había dicho todo: nombre, lugar de nacimiento
y residencia. Pero no era preciso dar tantas explicaciones sobre ella: yo lo
sabía todo; sólo que me mantenía lo más lejos posible de su lado, como de una
serpiente cobra.
—Necesito hablarle, abogado. Es algo muy importante para
mí y muy urgente. ¿No podría venir a verme al Grand Hôtel?
Me miré las uñas. Las mujeres me gustan, y sabía que
Francesca Vitali era muy hermosa, aun cuando la hubiese visto de lejos; pero no
me gustaría morir ni siquiera por miss Universo.
—Perdóneme, señora, pero ¿no podría decirme de qué se
trata?
—Es algo demasiado delicado y no puedo por teléfono. De
todos modos, necesito su consejo legal.
—Lo siento, señora, pero no ejerzo desde hace años.
—Lo sé, pero me han dicho también que usted es un buen
abogado.
—Han querido bromear, señora.
—Fuera como fuere, no habrá olvidado usted todo lo que ha
estudiado. No le habrán hecho un lavado de cerebro.
—Más o menos, señora.
—No bromee, abogado. Por favor, le ruego que venga aunque
sea por unos pocos minutos.
No sé por qué, pero ya me había ocurrido otras veces en mi
vida, como cuando durante mi primer año de universidad le solté un puñetazo en
la cara al profesor que me hacía demasiadas preguntas: decidí hacer lo más
peligroso, elegí el camino peor y advertí que los oídos me zumbaban por la
agitación.
—De acuerdo, señora. Iré en seguida.
Y fui realmente, porque la verdad es que podía haberme
escabullido todavía gastándole la broma de no ir, pero conozco a los milaneses,
puesto que yo también soy milanés —no muy genuino, ésta es la verdad— y sabía
que si lo hubiera hecho me habría perseguido hasta la consumación de los
siglos. Fui realmente. En el patio de la fabriquita estaba mi Flaminia con
Oreste que corrió a abrirme la portezuela y decirme mientras subía al coche:
—Buenas tardes, señor doctor; buenas tardes señor doctor
—dos veces, porque en Gringo City, perdón, en Arzavò, éste es el lenguaje
empleado para con los poderosos, y yo era un poderoso.
Puse en marcha el coche y salí del establecimiento. Ya le
había dicho al caballero Romualdo Varitani —nominalmente sólo administrador de
la fabriquita de juguetes, pero en la práctica también el amo de Arzavò— que un
Flaminia era demasiado ancho para las estrechas calles del pueblo, y que si me
hubiese asignado un seiscientos habría sido mucho más práctico, pero él me
explicó su concepto del decoro:
—Si usted circula con un utilitario, la gente de aquí
dejan de considerarlo el director de la fábrica. Empiezan a pensar que usted es
un hombre acabado, que no sabe ser director y que arruinará la fábrica, y aquí
la fábrica pesa mucho porque da de comer a medio pueblo.
Hubiese deseado saber de qué comía la otra mitad, dado que
nadie hacía nada, pero vivo todavía gracias a mi prudencia y no hice preguntas.
—En cambio, si usted va por ahí en un Flaminia pensarán
que es un excelente director de fábrica.
Yo iba por las calles apenas unos diez centímetros más
anchas que el coche, pero todavía me consideraba afortunado porque el chófer
del caballero Romualdo Varitani iba por las mismas callejuelas con un
Chevrolet. Así, aunque las calles de Arzavò estuviesen todas asfaltadas, bien
iluminadas, con señalizaciones realmente bien hechas, las esquinas de sus
casuchas, en las curvas más importantes, habían sido roídas todas por las
rozaduras o los choques, del mismo modo que los faros y parachoques y las
carrocerías de la media docena de grandes coches que circulaban por el pueblo
estaban siempre rotos o señalados, porque tales coches tenían que demostrar
cuán importantes y grandes eran los poderosos del pueblo.
¡Ah!, iba a ver a Francesca, perdón, a la señora Francesca
Vitali, de Milán, y conseguí llegar al Grand Hôtel sin hacer siquiera una
rozadura al Flaminia. Lo aparqué precisamente delante de la puerta, para que
nadie pudiera fingir que no me había visto aquella tarde en aquel lugar. Tenía
la costumbre de quemar mis naves a la espalda; si no se hace esto, siempre
puede asaltarle a uno la tentación de volverse atrás.
Entré en seguida en el bar del hotel, sin preguntar por
ella a nadie, incluso porque no había nadie en todo el vasto y ciclópeo
vestíbulo casi vacío, y tampoco nadie en recepción. Si hubiera sido un maharajá
dispuesto a pasar allí un fin de semana, hubiese tenido que gritar:
—¡Eh! ¿Hay alguien por ahí?
Pero sabiéndolo todo de ella, como lo sabía, incluso que
bebía de manera mixta cerveza, coñac, whisky, y hasta vodka, estaba seguro de
que me esperaría en el bar.
—Soy el abogado Ubaldo Forte —dije acercándome a la barra,
donde ella estaba bebiendo de pie, hablando con el camarero, decano de los
espías de Arzavò—. Es un placer.
—Le agradezco mucho que haya venido, señor abogado.
Gracias, de veras —dijo ella con su voz gentil y más bien firme—. Sentémonos a
aquella mesa, ¿le parece?
Realmente no me parecía mucho, pero ya estaba allí y me
senté cerca de ella en uno de los butacones ante una mesita con un tapetito con
varias manchas.
Hacía cuatro años el Grand Hôtel de Arzavò de Abajo era
realmente aristocrático. A su inauguración acudieron un par de artistas de
cine, un par de cantantes y dos orquestas de jazz, más un señor llegado de
Roma, que hablaba con la nariz y que pronunció un discurso tan oscuro e
incomprensible que deprimió y llenó de tristeza a todos. Pero en cuatro años
habían sucedido demasiados acontecimientos; evidentemente el turismo no
conseguía arraigar en Arzavò, o bien el Grand Hôtel de seis pisos había sido un
programa demasiado ambicioso, dado los tiros que de vez en cuando se oían en
torno al pueblo, y así ahora, incluso por falta de personal, no sólo de
turistas, el Grand Hôtel se estaba desmoronando en secreto. Todo aparentemente
parecía elegante, ordenado, pero se tocaba un visillo y se podía ver caer el
polvo; los cristales tenían un aspecto un poco nebuloso, y sobre todo la
soledad asustaba a los pocos turistas. Encontrarse de pronto siendo los únicos
clientes de un hotel de un centenar de habitaciones acoquinaba un poco. En
aquellos días, además de la señora Francesca Vitali, de Milán, en el hotel
solamente vivían dos turistas más: un viejo matrimonio holandés, cuyas edades,
sumadas, pasaban del siglo y medio. Y nadie más. En efecto, allí, en el bar,
estábamos sólo nosotros, y el gran espía, el camarero.
—Dígame, señora —pregunté, apenas estuvimos sentados.
Pero sabía ya, más o menos, lo que tenía que decirme. En
Gringo City se sabe todo.
Ella quiso pedir primero algo de beber y luego comenzamos
a hablar.
—Deseaba verle para una cuestión muy delicada —repuso.
—Adelante —dije paciente.
—Esta mañana me ha llamado el jefe de los carabinieri.
También sabía esto.
—¿Para qué? —pregunté fingiendo ingenuamente ignorarlo.
—Para algo desagradable de veras. Ha sido muy amable, pero
la verdad es que me ha rogado que me marchara del pueblo.
—¿Por qué motivo? ¿No tiene la documentación en regla?
—La tengo en regla y lo tengo todo. Mi pasaporte vale
también para Estados Unidos.
—Entonces ¿por qué?
—No me lo ha dicho claramente. Me ha dado a entender que
no soy del agrado de mucha gente del pueblo, que soy una mujer sola y que
alguien juzga mal a las mujeres solas, y por esto, para evitar líos, sería
mejor que volviera a Milán.
Bebí un poco de agua mineral.
—¿Qué respondió usted?
—Que no me parecía justo —repuso ella con vivacidad; era
realmente una cálida, rubia y vivaz belleza milanesa—. Y que nadie me echaba de
ninguna parte sin un motivo preciso y legal.
Otro sorbo de agua mineral.
—De manera, señora, que usted desea que yo le diga si el
jefe de los carabinieri tiene o no derecho de expulsarla del pueblo, ¿verdad?
—Exactamente.
—Depende —respondí.
—¿Cómo «depende»? Una ley es o no es; no depende de nada.
Y además, ¿de qué habría de depender?
—De muchas cosas. Por ejemplo, de su conducta.
El silencio y la soledad del monumental y vacío hotel,
donde sólo estábamos nosotros dos y algunos criados, me impresionaba hasta a
mí.
—No hay nada que decir sobre mi conducta.
Pasé por alto la observación y seguí el hilo de mis
reflexiones.
—Admitamos que un noble personaje de Arzavò la invita en
secreto a su coto de caza, y admitamos, admitámoslo solamente, que usted vaya.
Ella sonrió, comenzaba a comprender que yo sabía algo de
ella. Sentía curiosidad, pero se hizo la ingeniosa. Dijo:
—Admitámoslo.
—Y admitamos que el noble personaje, en señal de homenaje
y reconocimiento, le dé, digamos, un anillo de brillantes.
—¿Lo prohíbe la ley? —preguntó ella bruscamente.
—Depende. Pero déjeme continuar. Admitamos que usted
conozca también a otros nobles personajes de la localidad, que tienen cotos de
caza por los alrededores, y que la invitan a cenar, y que usted acepta, y que
acepta, además, otros anillos de brillantes, o su equivalente líquido, porque
esos nobles personajes desean hacerlo en señal de homenaje y gratitud.
¿Verdad que explicaba las cosas cortésmente?
—No doy ningún escándalo, voy a lo mío. Si la gente quiere
regalarme un millón, la culpa no es mía. La ley no puede hacerme nada. Y el
jefe de los carabinieri no puede echarme.
—Escúcheme, señora, el jefe de los carabinieri no es
enemigo suyo. El jefe es, más bien, su mejor amigo; es como un padre para
usted, y le ha dado un consejo paternal: que se vaya. Sus verdaderos enemigos
son los otros.
—¿Y quiénes son?
Se lo expliqué.
—Esos nobles personajes, ya un poco talluditos, tienen
mujer propia, y además de la mujer propia tienen una amiga fija, y además de la
mujer y de la amiga, casi todos tienen hijos adultos. Estas mujeres, amigas e
hijos, toleran que el cabeza de familia se vaya a Roma o a Bolonia o a Milán, y
se conceda alguna distracción, pero no toleran que el cabeza de familia se
permita la distracción aquí, en Arzavò, humillando a la mujer propia, y también
a la amiga fija, y provocando los celos de los hijos que temen que el padre
calaverón gaste demasiado y los deje sin herencia. Usted se ha creado en torno
suyo el odio de las diez familias más importantes de Arzavò. Le han declarado
la guerra, pero por el momento se contentan con que se vaya de aquí.
Le había hablado a la milanesa: franco, sin matices; y sin
matices, franca, me dijo:
—Aparte el hecho de que me gustaría saber cómo se las ha
arreglado usted para saber todas estas cosas de mí, le digo que me quedaré aquí
hasta que aparezca un caballero maduro que me invite a su coto de caza y quiera
luego demostrarme económicamente su gratitud, y de usted deseo sólo que me
preste su protección legal para que el jefe de los carabinieri no me expulse
del pueblo. Nada más.
Callamos. Explicar a la señora Francesca Vitali, de Milán,
todo el particular funcionamiento de las relaciones sociales en Arzavò de
Abajo, hubiera sido demasiado largo y excesivamente difícil, porque hasta yo lo
conocía sólo en parte. Pero con paciencia, al poco rato, dije:
—El último consejo fraternal, más que legal, que puedo
darle, es que se vaya inmediatamente de este pueblo. Si quiere, yo mismo le
ayudaré a hacer las maletas, pero váyase.
—¿Porqué?
—Porque una mujer no puede hacer la guerra a un pueblo. Ni
siquiera Napoleón pudo con esta gente, y no va a ser usted quien la cambie.
—No, pero tampoco ellos me cambiarán a mí. Me quedo.
Realmente tuve la impresión de que ella no tenía ningún
miedo, aunque yo había procurado metérselo en el cuerpo. Intenté entonces
llegarla su buen corazón.
—Señora, debo decirle algo que hubiese querido no tener
que decirle. Para venir a verla, he puesto en peligro todo mi trabajo, porque
acaso, antes que usted, me vea obligado a irme de aquí sin una lira, y dar
gracias a la suerte de que un cazador, por error, no me tome por una liebre.
Quisiera que me creyese: lo he hecho por simpatía a usted, y aunque no la
conocía, lo sabía todo sobre usted. Los dos somos de Milán. Créame, señora,
váyase.
Entonces ella sacudió la cabeza, y dijo sin desprecio,
pero con decisión:
—No, usted no es milanés: los milaneses no son unos
calcillas como usted. ¿Cuánto le debo por lo que podemos llamar su parecer
legal? —y tomó el bolso de la silla de al lado.
Yo había llegado allí sólo con una esperanza: convencerla
de que se fuera; creí que lo conseguiría, y no había imaginado encontrarme con
una longobarda de aquella clase. Nunca lograría convencerla, y entonces di
marcha atrás, reconstruí las naves que había quemado a mis espaldas al entrar,
y me preparé para la fuga. Le dije:
—Le ruego que lo piense bien y que se vaya.
Me levanté y me fui, saludé amistosamente al gran espía
camarero que ya habría telefoneado a sus amos, y volví a Arzavò de Arriba, sin
haber arañado, tampoco esta vez, el Flaminia.
Apenas hube entrado en la lujosa trattoria «Del Cazador»,
el encargado de la fabriquita de muñecas me saludó con amabilidad desde su
mesa, y me hizo una seña para que me acercara a él. Se llama Pietro y es un
delincuente en estado puro.
Fui a su mesa y me senté ante él. Solíamos comer juntos, y
aquello era más que normal.
—¿Ha visto qué vacío? —dijo Pietro—. Sólo estamos
nosotros. Todos se habrán ido a comer a Milán.
Las frases «estamos solos» y «a Milán», dichas por un
delincuente, me sonaron un poco siniestras.
—Se come mejor así —dijo Pietro aún—. ¡Oh, perdone,
doctor!, el caballero, ¿sabe?, es algo delicado; necesitaría que usted le
hiciera un favor. Me dijo que sería para él un verdadero placer.
El caballero Romualdo Varitani me pedía un gran favor.
Entonces lo comprendí todo.
—Diga usted.
Y Pietro dijo. Dijo claramente:
—Alguien le ha contado al caballero que fue usted al Grand
Hôtel a ver a su paisana. ¿Es cierto?
—Ciertísimo. Ahora vengo de ahí.
—Guapa mujer, ¿eh?
—Sí, pero yo no fui porque sea una mujer guapa, sino
porque me llamó por teléfono.
—¿Ah, sí? ¿Le telefoneó ella? ¿Qué quería?
Le conté lo que Francesca Vitali, de Milán, pretendía de
mí.
—Y usted, ¿qué le ha aconsejado? —preguntó Pietro, mi
subordinado, pero, en realidad, mi superior secreto, porque las jerarquías, en
Arzavò, son muy particulares y un director general, como yo, puede estar por
debajo de un subordinado.
—Le dije que se fuera en seguida. Le dije que la ayudaría
incluso a preparar las maletas si se iba.
—¿Y qué repuso ella?
—Me contestó que se iría inmediatamente: mañana o pasado
mañana.
Con esta mentira esperé salvarla. Si hubiera dicho que
ella quería quedarse allí, él se habría enfurecido.
—Me disponía a telefonear al caballero —añadí.
—No es necesario, doctor, yo se lo haré saber. El
caballero estará muy contento y se lo agradecerá mucho.
Me di cuenta de que me había creído, y, así, pensé una vez
más que acaso había conseguido salvarla. Tal vez se fuera.
Pero no logré nada. La agredieron dos tardes después,
mientras paseaba cerca del mar, segura de sí, sin miedo, milanesa auténtica, no
un bastardo calcillas como yo. El jefe de los carabinieri fue avisado al alba,
cuando ya habían transcurrido demasiadas horas de su muerte. Estaba desnuda y
cubierta de sangre. Debió ser asesinada por más de una persona. El mismo
forense llegado de la capital ni siquiera quiso ver demasiado; escribió en su
informe que Francesca había muerto a consecuencia de la pérdida de sangre
sufrida por las veinte puñaladas recibidas. El juez dio orden de abrir el ataúd
y practicar la autopsia. Pocos fueron a curiosear. Los carabinieri comenzaron
las investigaciones; de la capital acudieron también los científicos de la
policía, sin mucho entusiasmo, porque sabían que no encontrarían nada.
Naturalmente, yo no fui a ver. Tenía muchas ganas, unas rabiosas ganas, pero de
nada hubiera servido, y me habría perjudicado. En Gringo City no se bromea,
como lo demostraba la muerte de Francesca. Y una vez perjudicado, no habría
podido ayudar a Francesca. Bien es verdad que una muerta no necesita mucha
ayuda, pero yo quería que sus asesinos pagasen: nunca hubiese creído que
llegarían a cometer tal atrocidad.
Y comencé a ayudarla no yendo aquel día a la playa a
verla, y no tenía necesidad de ver, porque Pietro, el delincuente, mi
subordinado y superior, me contó, sentados él y yo a la mesa, todos los
detalles de cómo la habían encontrado, para probar si mi apetito fallaba; pero
yo continué comiendo animosamente. Él era un pillo arzavoíno, pero yo, aunque
espúreo, era un milanés inteligente.
Y por la tarde me fui de paseo con una de mis operarias,
una de las treinta graciosas operarias que formaban mi harén, con el permiso de
los superiores, y ella, en el bosque en torno a Gringo, lugar secreto,
digámoslo así, de reuniones amorosas, me preguntó:
—¿Te has enterado de que han asesinado a tu paisana? ¿No
te lo han dicho?
Durante todo el día había tenido trastornado el estómago
desde que lo supe, pero dije:
—Mira, en Milán hay más de un millón y medio de
habitantes. Si tuviera que echarme a llorar cada vez que se muere uno, yo
también me habría muerto, pero de llorera.
Ella se rió y luego fue a contarle mis palabras a Pietro,
y él comprendió que Francesca me traía sin cuidado, porque me había ido con una
chica el mismo día en que ella había muerto.
No lo hacía por salvarme. Lo hacía para seguir siendo un
poderoso en Arzavò, y si seguía siendo un poderoso en Arzavò, conseguiría
vengarla más fácilmente.
Y seguí siendo un poderoso, mejor dicho, lo fui más. Me
volví un «seguro», un poderoso en quien se puede confiar. Y otra cosa que hice
para ayudarla fue, durante dos o tres semanas, no hacer nada. En realidad hice
mucho. Dormía poquísimo; pensaba sólo en cómo castigar a los autores del
asesinato. Yo también sabía muchas cosas, como las saben todos en el pueblo:
hubiese podido ir al jefe de los carabinieri y darle el nombre del que ordenó
el asesinato y los de los asesinos, pero su respuesta hubiera sido:
—Esto lo sé yo también, pero ¿tiene usted pruebas?
Yo era abogado y nadie mejor que yo podía saber que las
pruebas son necesarias, pero en Gringo City sólo existen muertos, nunca
pruebas.
Tenía que encontrar pruebas. Si hiciera una denuncia sin
pruebas, estaba perdido, y Francesca no hubiera sido vengada. Pensé en esto
durante más de un mes, todas las horas de la noche, y muchas del día. Luego me
pareció haber encontrado la solución.
—Caballero —dije una mañana a mi gran jefe—, ¿podría irme
dos o tres días de vacaciones a Roma?
—¿Cómo no? También los directores tienen derecho a fiestas
—me repuso paternalmente; era muy paternal—. Váyase, váyase.
En Roma localicé a dos mujerzuelas a quienes había
defendido en cierta ocasión cuando todavía ejercía de abogado; dos verdaderas
golfas, como decimos en Milán, y que no me guardaban mala voluntad a pesar de
que el juez las condenó —no obstante mi decidida defensa— a un año y medio por
robo a personas distraídas, con reincidencia, agravado con daños y perjuicios
ocasionados a turistas ingleses y norteamericanos. En otras palabras, robaban
la cartera, el reloj, el anillo o los anillos e incluso el cinturón, si era de
piel de cocodrilo, valiéndose de sus gracias, que se hacían pagar a buen
precio.
Aunque Roma es grande, las localicé. Estaban con un
jovencito que era su administrador. Una se llamaba Giusella, y la otra
Clorinda, pero no creo que éstos fuesen sus verdaderos nombres. Cuando yo las
defendí ante el tribunal habían dado otros, pero esto no tiene importancia. El
administrador se llamaba Marcellino. Les conté a los tres la historia, tal como
había sucedido, de Francesca asesinada, y les pregunté si querían ayudarme.
Dije que yo tenía dos o tres millones ahorrados y que se los daría. A la palabra
millones, con el eco ooones, ooones en los oídos, los tres me dijeron
inmediatamente que sí.
—¿Qué debo hacer yo? —preguntó el administrador.
Expliqué a los tres lo que debían hacer. Luego me fui a
comprar varias cosas. Una hermosa tienda de camping para dos, con veranda,
colchonetas, sillas e incluso una cocina campestre con su botella de butano y,
en fin, todos los aditamentos. Luego fui al óptico y compre dos pares de gafas
para señora; me hice servir el tipo más inglés posible, pero no con lentes
auténticas, sino con cristales sencillos. Luego fui a una tienda de radios y
hallé dos magnetófonos pequeñísimos, no mayores que un paquete de cigarrillos,
pero más chatos, y compré varias cintas. Compré también dos máquinas
fotográficas vulgarísimas, de las que saben usar hasta los niños, y, por
último, me fui a ver a un amigo mío que trabaja en el Centro de Farmacología
Romana, y le pedí unos sobres de Stenoton. Para evitar que dijera que estaba
loco, antes de pedírselos le expliqué claramente lo que quería hacer con ellos
y le dije cómo habían encontrado a Francesca en la playa. Le pregunté si quería
ayudar a la justicia en Arzavò, y le dije que yo, a pesar de ser abogado, no
había hallado otro medio para hacer llegar a Arzavò esa justicia, y si él no
quería, pues mala suerte. Al principio no le gustó la cosa, pero luego, a la
descripción que hice del cuerpo de Francesca en la playa, me dio los sobres y
me dijo:
—Si quieres más, te los daré, como si los quieres todos.
—Gracias, me bastan éstos. No quiero alucinar a Arzavò.
Y me fui con los sobres.
El Stenoton es un pariente moderno del Pentotal, pero
tiene grandes ventajas sobre éste: es un suero de la verdad, pero que no es
necesario inyectar por vía endovenosa; basta verter el sobre en un vaso con un
líquido cualquiera, agua, vino o licor, y el que bebe el líquido se pone a
hablar, contento de charlarlo suelta todo de sí mismo y de su vida; entra, como
dicen los médicos, en estado logorroico absoluto. Los carabinieri de Arzavò,
cuando interrogaban a cualquier arzavoíno, oían solamente: «Yo no estaba, no he
visto nada, no sé nada». Con el Stenoton, en cambio, lo habría dicho todo.
Acaso no sea un medio legal, pero en Gringo City no se consigue gran cosa con
medios legales.
Alquilé también un viejo Austin que hallé después de
muchas búsquedas, y se lo entregué todo a Giusella, a Clorinda y a su
administrador, Marcellino. Hicimos pruebas durante un par de días: todo fue
bien. Así podía partir.
—Pero ¿qué debo hacer yo? —me repitió Marcellino, el
administrador.
—Nada, te quedas aquí en Roma y te gastas el medio millón
que te he dado hasta que vuelvan tus dos chicas.
Me despedí de los tres y volví a Arzavò. Apenas llegué,
tanto Pietro, el delincuente, como el caballero, me preguntaron si me había
divertido en Roma.
—He pillado una indigestión de alcachofas —dije.
Durante una semana, siguiendo el plan que había estudiado
a lo largo de treinta noches, no sucedió nada. Luego, una tarde, llegaron a
Arzavò dos turistas inglesas, guapas pero con gafas, en un viejo y traqueteante
Austin, cargado de maletas, o mejor dicho, sacos y paquetes, y después de haber
atravesado clamorosamente el pueblo, las dos turistas, en clamorosos dos
piezas, se adentraron en el bosque donde plantaron su tienda. En un lado de la
lona Marcellino había hecho pintar esta frase: «Privacy and love». Esto acaso
era de una delicadeza excesiva, pero cualquier arzavoíno sabía inglés.
En días sucesivos las turistas se pasearon por Arzavò de
Arriba para hacer compras y por Arzavò de Abajo para bañarse. Hablaban un
italiano-inglés terrible, porque Giusella y Clorinda habían frecuentado a
tantos ingleses y norteamericanos como para imitarlos mejor que nadie.
Como era costumbre en Arzavò, a la llegada de mujeres
solas, turistas, los jóvenes del pueblo prepararon el asalto. En Arzavò,
perdón, en Gringo City, mujer quiere decir mujer de todos. Y todos los asaltos
tuvieron éxito, todos porque advertí a Giusella y a Clorinda que no debían
decir que no a nadie, si no, nada de millones, ooones ooones.
Me obedecieron. No dijeron que no a nadie. Drogaron,
fotografiaron y registraron en cinta, mientras maullaban en inglés: «Oh, my
love!».
Apenas una semana más tarde tuve en mis manos cuatro
carretes de película y siete cintas magnetofónicas. En mi pequeña habitación me
dispuse a revelar las fotos. Cuando las vi pensé que la justicia, al fin, había
llegado a Arzavò. Había más de media docena de killer de los «grandes» del
pueblo, que confesaban tranquilamente, gracias al Stenoton, que habían tomado
parte en el asesinato de la señora Francesca Vitali, de Milán: la cinta repetía
claramente sus palabras: «… aquella puerca mujerzuela estaba arruinando a don
Vico, tenía que morir…», y ésta es la frase más limpia de todas las que se
registraron.
Me encontré con las dos chicas en el lugar convenido y me
preguntaron:
—¿Lo hicimos bien?
—Muy bien.
Lo habían hecho tan bien que toda la parte sucia del
pueblo quedó al descubierto.
Inmediatamente me fui al jefe de los carabinieri, un viejo
e inflexible caballero que sufría más que yo ante las bajezas cometidas en
Gringo City, sin poder hacer casi nada, y cuando hubo visto las fotos y
escuchado las cintas, le dije:
—Ahora están aquí las pruebas, pruebas legales e
indiscutibles: adelante, oficial.
Me miró sin sonreír, su oficio no era de los que habitúan
a la sonrisa.
—Con estas pruebas puedo detener a medio pueblo y lo
detendré. He de pedir refuerzos a la capital; por lo menos treinta hombres para
esta redada —y en su rostro se inició un movimiento que podía parecerse a una
sonrisa—. Gracias, abogado. A usted le deberemos esta limpieza.
Salí de la casita que era cuartel de los carabinieri, subí
en el Flaminia, lo rocé un poco en la estrechísima curva, dada la prisa por
irme. Alguien me habría visto entrar y salir de allí y habría dado cuenta de
ello. Pero ya no me importaba mucho. La justicia había llegado a Arzavò, y
Francesca Vitali, de Milán, sería vengada.
La justicia había llegado a Arzavò, pero apenas, no del
todo. Lo que sigue es un fragmento del informe del oficial Bolanti de Arzavò a
la jefatura de la capital: «… esta mañana, al amanecer, han sido halladas
muertas en el bosque dos jóvenes turistas que se disponían a partir con su
tienda. A la misma hora, en su habitación del piso situado sobre la trattoria
“Dei Cazador”, también fue hallado muerto el abogado Ubaldo Forte, director de
la fábrica de muñecas de la localidad. Se cree que las tres personas han sido
asesinadas porque se supone que fueron quienes informaron a las fuerzas del
orden, en virtud de lo cual la pasada noche efectuamos en el pueblo las
numerosas detenciones de los autores e instigadores del feroz asesinato de la
turista Francesca Vitali, dé Milán…».
La justicia apenas llegó.
10
EL NUDO LUISA
No es fácil estrangularse sin ayuda de nadie, pensaba
desde hacía casi una hora, sentada en el butacón color tierra, en la esquina
más oscura de la habitación. Ahorcarse, sí, pero es distinto. Si una mujer se
ahorca y cuando llegan la ven colgar de una cuerda, dicen: «Se ha matado», es
decir, concretan: se ha matado ella, no la ha matado nadie.
Ella, en cambio, quería que dijeran: «¡Pobrecilla, la han
matado!».
Miró, desde el rincón, la luz polvorienta que entraba por
la ventana y que polvorientamente, de manera sombría, iluminaba la habitación,
con los pobres muebles de madera clara, demasiado clara, estúpidamente clara,
pero que le habían gustado cuando los compró segura de que Simeone llegaría a
ser su marido, y que aquél sería su hogar de casada.
Ahora aquellos muebles ponían en evidencia su terrible mal
gusto, con aquellos tiradores de plástico que pretendían parecer de cristal,
con aquel nauseabundo espejo hexagonal sobre la cómoda, y la alta pantalla de
pie, como a él, a Simeone, le gustaba, toda con bordados azules como en otro
tiempo le agradaron y que ahora le repugnaban, y seguía mirándose en el espejo
hexagonal el pobre rostro enfermizo y desesperado, sin dejar de pensar en cómo
matarse, pero de manera que todos pensaran que la habían matado, y escuchaba la
niebla, porque la niebla se puede escuchar, es decir, los rumores ahogados del
tranvía, de los coches que pasaban por la calle, por la Via Porpora, en aquella
Milán de febrero sepultada en la niebla, en el hielo.
Y por último, en el espejo hexagonal, tan feo, vio su
cansado y también feo rostro de estúpida vieja solterona que sonreía porque
había encontrado la solución de su horrendo problema. Sí, ahora sabía lo que
debía hacer y Simeone pagaría.
Se levantó la falda, soltó del portaligas la media
izquierda, se quitó la media de la pierna, se la enrolló en el cuello y apretó
un poco, como ensayo general.
Excelente, de veras excelente. Apretó todavía más y empezó
a sentir que le faltaba la respiración; todavía un poco, un poco más.
Necesitaba algo que mantuviese tirante la media anudada a su garganta, incluso
cuando ella, por falta de aliento, por asfixia, no tuviera ya fuerzas para
mantenerla tirante y apretada en torno al cuello. Y ya lo había encontrado.
Excelente, de veras excelente.
Se quitó la media del cuello, se la calzó y volvió a
sujetarla al portaligas. Luego se bajó la falda y se cubrió el grueso y corto
muslo. Después se levantó y se dirigió a la ventana. Sólo se podía ver la
niebla, y a través de la niebla las luces fosforescentes de las muestras de
alguna tienda, entre ellas la suya, el rótulo de la tienda de él, electricista:
radios y televisores. Tienda que ella le había puesto, quemando todo lo que
tenía en el banco, ahorrado en años de trabajo y de austeridad, en los que incluso
ahorraba en la calidad de las patatas e iba al cine una vez cada tres o cuatro
meses. Un regalo aquella tienda, que él le había pagado no yendo nunca más a
verla apenas se enteró de que su cuenta, la de ella, en el banco, estaba a cero
y que ya se habían acabado las cien, las doscientas mil liras que ella,
avergonzada, le fue dando mientras pudo. Y no sólo esto, sino que también
contrató a una encargada, joven y metidita en carnes. Y ella no podía entrar ya
en aquella tienda, que además era suya, aunque estuviese dada de alta a nombre
de él, sin que aquella mujerzuela la mirase con insolencia, sacudiendo sus
largos cabellos castaño oscuros, lisos, en torno a aquella cara alargada, de
grandes pómulos, mongoloide, sonriéndole de modo insultante, como si dijera:
—¡Vaya con la vieja!
Apoyó la frente en el cristal helado y por un momento
sintió ganas de llorar al leer a través de la niebla, desenfocado, el rótulo de
la tienda: «Radio. Televisores, Electrodomésticos». Luego recordó la sensación
de la media en torno al cuello, y el llanto se le heló súbitamente dentro, se
le petrificó, y pensó sólo, lo pensó con palabras precisas:
«Te castigaré».
Se echó sobre los hombros la piel de tigre —artificial,
naturalmente—, y comprobó si en el bolsillo tenía el talonario de cheques. Sí,
lo llevaba; sólo con dos talones, pero aun eran demasiados porque en el banco
no tenía ni una lira. Simeone se había llevado hasta el último céntimo.
Salió. Sólo tenía que atravesar la calzada. Había sido muy
feliz cuando encontró el piso allí y la tienda al otro lado de la calle,
enfrente, e incluso había puesto la placa de latón sobre la puerta con el
apellido de él, Ferroni; y allí estaba la placa, en la puerta, aunque él se
fuera a dormir a la casa de la encargada, con el consentimiento de la madre y
del padre de la chica y a modo de futuro marido, como había vivido siempre él,
con esa promesa o profesión de casarse, de dar su apellido, Ferroni, a tal o
cual mujer. Y no se había casado nunca con ninguna.
En el momento de atravesar la calle para ir a la tienda de
enfrente, sintió un ligero estremecimiento de frío y también de asco: por
última vez en su vida pensó si no era mejor olvidar, huir, alejarse de aquella
inmundicia, rehacerse una vida sin pensar jamás que hubiese existido nunca una
indignidad de hombre como Simeone. Y comprendió que sería mejor así, pero
comprendió también que nunca tendría la fuerza suficiente para olvidar. Sólo
podía vengarse, y se vengaría. Y además moriría, al fin.
Entró en la tienda. Ella, la encargada metida en carnes,
estaba allí, al fondo del local, preparando un pequeño televisor, y la miró con
cortesía despreciativa a través del largo flequillo que no sólo cubría su
frente, sino casi los ojos, tapando las cejas y llegando a las pestañas; un
subterfugio para encandilar a los hombres, única cosa que entendía y era capaz
de hacer, pero que, no obstante, hacía tosca y vulgarmente, porque había nacido
tosca y vulgar.
—Buenas noches, señorita.
Ella miró el rostro lleno de Simeone, y no comprendía
ahora cómo pudo llegar a convertirse en esclava de un hombre gordo, joven pero
gordo, con las patillas de un color castaño tirando a rubio que le llegaban por
debajo del lóbulo de la oreja, hinchado y risible títere caricaturesco de
torero de cartón en el carnaval de Viareggio. Miró a Simeone, que estaba detrás
de la encargada, apoyando, precisamente, una mano en su hombro, cerca del
cuello, como si quisiera, hasta en una tienda abierta al público, exteriorizar
su codicia de ella.
—Hola, Simeone —le dijo.
Él apartó la mano del cuello de la mujer, que siguió
mirándola a ella con despreciativa cortesía.
—Hola —repuso él con desgana, y desganadamente acudió a su
encuentro, pero más con el aire de echarla que de recibirla.
—He de hablarte —dijo a Simeone.
—Sí —repuso él, y volvió la cabeza, ostensiblemente, hacia
su furcia, precisamente para ultrajarla a ella, sonriendo casi lascivo a la
chica, precisamente para que ella, la vieja, se sintiera humillada.
Y ella, en efecto, se sintió humillada hasta encontrarse
mal, pero resistió, porque ahora ya sabía que lo castigaría. Sonrió triste, con
su chupada carita de milanesa trabajadora y solterona, y dijo con humildad :
—Vamos al bar.
Bajó la cabeza y se tragó su desesperación al ver los ojos
brillantes de irrisión de la chica, que la compadecía, y dijo aún con mayor
humildad:
—Te lo ruego, es muy importante.
Simeone dio un paso hacia ella.
—Sí —repuso.
Bajo el flequillo simiesco, los ojos de la muchacha
tuvieron un brillo de contrariedad, pero quizá ni siquiera sabía ella,
pobrecilla, que Simeone decía que sí porque había percibido el olor del dinero,
y ella, pobre, solterona, había querido precisamente, mirándolo con fijeza, que
notase ese olor, como tantas veces cuando se disponía a firmarle un talón. Y él
había entendido el mensaje.
—Vuelvo en seguida —dijo Simeone a la chica.
Se llamaba Luisa, y precisamente este nombre le había dado
la solución de todo: los caminos de la venganza son infinitos. Si la chica no
se hubiese llamado Luisa, ella nunca hubiese encontrado la solución a su
horrible problema.
Simeone se dirigió a la puerta y con risible
caballerosidad la abrió y la hizo pasar a ella delante. Luego se dirigieron
juntos hacia el bar, un bar que había en la esquina; también vendía cigarrillos
y despachaba quinielas, y siempre, a cualquier hora, había también mujerzuelas
y sus P. R., como los llamaba amablemente Simeone, es decir, Public Relations,
y era un bar propio para un tipo como Simeone, casi su oficina, para uno que
tenía aquella profesión, y ella, qué vergüenza, qué vergüenza, qué vergüenza,
que lo había amado de veras…
—Pon algún disco —le dijo ella apenas entraron en el bar.
Y rápidamente le puso en la mano las cien liras, o «el»
cien liras, como decía la asistenta que le iba a horas, que era de la Puglia y
extrovertida. Porque Simeone no hubiese nunca gastado cien liras para que una
mujer oyera discos, ni siquiera veinte liras, nada: a él las mujeres tenían que
pagarle; y, en efecto, se hacía pagar.
—He conseguido un préstamo sobre el piso —le dijo cuando
él volvió del juke-box que había empezado a decir, a través de una voz de
invertido, que era necesario que todos se quisieran, y si se besaba en la
frente a todo el mundo se resolverían los problemas: querámonos mucho, démonos
la mano, besémonos en la frente. Y ella, con este fondo musical pacifista, dijo
bajando la voz, mirando en torno a todos los testigos de su futuro asesinato, a
las pobres mujeres de esa larga cadena que es la prostitución, y a sus P. R., y
al camarero de la barra que la conocía y que de vez en cuando le sonreía, y al
chiquillo que les sirvió los dos cafés, y todos dirían que sí, que después de
las y media ella había estado en el bar con el señor Ferroni y se habían tomado
un café, y así, en voz baja, le dijo—: Me han dado cinco millones —y con voz
aún más baja, con un susurro—: Sube, te extenderé el talón para la tienda.
Y escribió la cantidad.
Quería decir, como tantas veces: sube, abrázame,
estréchame, hazme pensar que me quieres, que soy algo para ti. La alusión al
negocio era pura fórmula; sólo para que él no se subiera por las ramas.
—Sí —repuso él.
Las patillas castaño rubio, que le llegaban por debajo de
los lóbulos de las orejas, era lo que la había hecho esclava de él, aquella
estúpida y despreciable cosa. Ni siquiera una chiquita de trece años se hubiese
dejado encandilar por aquellas franjas de pelo en las mejillas. Pero ella sí,
porque era más ingenua y soñadora que una chiquita de trece años.
Salieron del bar. Los vieron salir el camarero, Giovanni
Quarelli, la mujer del propietario del bar, la señora Eloísa Valli, el viejo
caballero que estaba detrás de la ventanilla del despacho de quinielas, más las
tres perendecas Mirella (Baroni), Caterina Catti (Moresi) y Leonessa
(diminutivo de Eleonora) Giarraotta, de Palermo. Los vieron todos, a ella y a
Simeone, que habían estado sentados a aquella mesa, y se habían tomado dos
cafés, y también vieron todos que ella había firmado, y le había dado algo que
no podía ser más que un talón, y hubiesen podido testimoniar que, mientras,
sonaba el juke-box con la voz idiota de aquel invertido que decía que bastaba
abrazarse y quererse y besarse en la frente para que se arreglase todo. Y fuera
del bar, mientras él, en la niebla, se metía el inesperado talón en el bolsillo
de la chaqueta, también los vio el taxista Andrea Durante, que estaba en la
parada precisamente cerca del bar, y a quien Simeone, sin saber lo que le
esperaba, le dijo:
—Vuelve pronto, viejo, que dentro de una hora te
necesitaré.
Y ella comprendió lo que esto significaba, es decir, que
él, Simeone, la dejaría al cabo de una hora, y volvería a la tienda por su
amiga, muy contento con el talón en el bolsillo, y cerraría el establecimiento,
y luego tomaría el taxi para llevarse a su amiga del flequillo al restaurante.
Tal vez fueran a Sesto S. Giovanni dall’Ostricaro, porque a Simeone le gustaba
mucho el pescado. Las ostras, ¡cuánto le gustaban las ostras, sobre todo las
francesas que llegaban en avión! Ella le había comprado muchas en la pescadería
de Via Vitrubio, a trescientas liras cada una, hasta empapuzarlo, y así se
había puesto de gordo y lustroso. Pero aquéllas, aquella tarde, serían las
últimas ostras de su vida.
Naturalmente, los vio la portera de la casa, la señora
Giuliana Meroini, que hubiese podido decir que hacia las dieciocho treinta la
señorita Irene Brambilla se había dirigido a su apartamento del quinto piso,
junto con el señor Simeone Ferroni, a quien conocía porque él le había vendido
un transistor pequeño. Y en el ascensor se encontraron, tan diminuta y
despavorida, a la maestrita del cuarto piso, y también ella diría que hacia las
dieciocho treinta había visto a la señorita Irene Brambilla en compañía de un
joven un poco grueso, con patillas muy largas, a quien ya había visto otras
veces en compañía de la señorita Irene.
Y apenas entraron en el piso, ella ajustó la puerta sin
cerrarla, se quitó la piel de tigre —artificial naturalmente—, lo observó un
momento mientras encendía un cigarrillo, luego se quitó también el pullover
negro, y después, sin dejar de mirarlo, pero ahora con algo más oscuro en la
mirada, se quitó el sostén y se lo arrojo a la cara con dulce provocación, para
que no sospechase, para que él no supiera nada, para que pensara que seguía
siendo la habitual estúpida que lo había hinchado de dinero. Lo miró como una
mujerzuela, como a él le gustaba, y le dijo:
—Ahora, Simeone, ven.
Y dejó que la falda cayese al suelo, en torno a los
tobillos.
Se vistió lentamente. Eran las diecinueve treinta, una
hora después, y él se había dejado —peligrosa distracción— su encendedor con
sus iniciales SF, sobre la mesita, junto al vaso con un poco de whisky —porque
le gustaba el whisky, y en general las cosas inglesas—, pero ella sólo se puso
el sostén y la falda. Dejó el pullover sobre el diván, el portaligas en el
suelo, junto al diván, y una media en torno a la botella de whisky. Había
estudiado el detalle de manera que todo diese una idea inequívoca de pequeña
orgía, y tenía en la mano la otra media, y con la larga media en la mano,
miraba aquellos cuarenta libros que había en los dos bajos estantes que
insinuaban la que debía ser una biblioteca, y en los que había novelas de amor
y de toda clase, y una enciclopedia en dos tomos y hasta media docena de libros
que había heredado de su padre, que fue marino, y que le había dejado un
librito con las tablas de logaritmos y las nociones esenciales de
trigonometría, y dos vocabularios, con un prontuario de frases comunes,
italiano-inglés e italiano-alemán, y dos grandes volúmenes ilustrados La tierra
y el mar, de los abismos marinos del Pacifico a las cumbres del Himalaya, y por
último, la colección Los libros del marino, y ahí estaba el fascículo n. 72:
Útiles marineros: los nudos.
Se lo sabía de memoria: de niña había jugado muchos años
con su padre a hacer los nudos que ilustraban las pequeñas y sobadas páginas,
cuando su padre estaba en casa, y entonces era el más apasionante padre que una
niña hubiese podido desear, que la hacía jugar horas y más horas; le hacía alas
con los diarios atrasados y le decía:
—Vuela, eres una golondrina.
Y ella corría por el pasillo de la casa, con las hojas del
periódico ondeando a su espalda como si fuesen alas:
—Eres una golondrina, hija mía, eres una golondrina.
Y cuando tomó el fascículo número 72 todavía se sintió
golondrina, como se sentía entonces, sólo que ahora era una golondrina que iba
a emprender el vuelo hacia algo.
Y hojeó, una tras otra, desde el principio, las pequeñas y
sobadas páginas del fascículo Útiles marineros: los nudos. Naturalmente,
recordaba el «nudo Luisa», como recordaba casi todos los más importantes nudos
descritos por el manual, el «nudo Carpenter», el «nudo portugués», el «nudo
sultán». En lugar de hacer ganchillo, había jugado de niña con los cabos que le
daba su padre, y cuando Simeone tomó para la tienda a aquella chica que se
llamaba Luisa, lo primero de que se acordó fue del «nudo Luisa», y sólo después
comenzó a pensar en Simeone y en la chica del flequillo, abrazados.
Con la media en la mano, miró el «nudo Luisa» cuya
ilustración figuraba en el fascículo: era un poco complicado, pero ella se
sentía muy capaz de hacerlo. Era semejante al «nudo Van Haak», el de dos
lazadas, pero se obtenía el mismo resultado con una lazada sólo. El mecanismo
original consistía en esto: que al mínimo peso, como cualquier nudo corredizo,
apretaba, pero cuando se intentaba aflojarlo se apretaba aún más, como no se
intentara librarse de él de otra manera. Más que un nudo era una máquina estranguladora.
Y así Simeone sería castigado, y también su amiga. La
policía diría: ésta ha sido estrangulada, comenzarían las investigaciones y el
primero a quien interrogarían sería a Simeone —ahí estaba, además, el
encendedor con sus iniciales SF—; ¿dónde se encontraba a las dieciocho treinta
de aquel día? Le preguntarían esto, y luego detendrían también a la chica del
flequillo hasta los ojos; saldría a relucir el talón que ella había firmado en
el bar, y toda su historia, y el seguro de diez millones que ella había hecho a
su favor, la mísera historia de explotación y malos tratos que era precisamente
su historia. Él iría a parar a la cárcel, con no menos de quince años, y la
chica del flequillo se pasaría por lo menos diez en cualquier cárcel de mujeres
de Val Padana o de los Apeninos. La imagen de Simeone con uniforme carcelario,
en Porto Azurro, le produjo un estremecimiento de alegría vengativa de todas
las humillaciones, villanías y asquerosidades experimentadas durante tantos
miserables años de encenagada esclavitud. Él y su furcia: finalmente
castigados.
Dejó el fascículo número 72 en la pequeña estantería con
pretensiones de biblioteca; había visto bastante. El «nudo Luisa» se hace
comenzando con un punto de cadeneta, sólo que después hay que volver uno de los
cabos en torno al primer anillo, de manera que forma un segundo corredizo, y
así lo primero que hizo fue envolverse el cuello con la media, estando sentada
en el diván, bajo la luz azulenca que procedía de la lámpara de pie, y comenzó
a formar la primera lazada del «nudo Luisa». Pero mientras lo formaba
comprendió que nunca sería capaz de hacer aquello que durante semanas había
pensado hacer, porque, ¡oh, no!, no es que no sintiera deseos de morir; lo
deseaba mucho, mucho, mucho: era la única cosa que deseaba de veras mucho, pero
porque era simplemente una mujer más de treinta y siete años y núbil, de la
gran metrópoli llamada Milán, y no una delincuente capaz de venganza, y así se
soltó la media del cuello y se echó a llorar, delicadamente, delicada como era
toda ella, incluso en lo físico, grácil, estrecha de hombros; sólo vistoso el
pecho. Y se estremeció, la media ya suelta del cuello y entre las manos, y
pensando, no, no, no, no te haré ningún daño, vete, vete con tu mujerzuela, haz
lo que quieras, yo me iré lejos de ti, acaso a Roma. En Roma vive Andreina, que
me encontrará trabajo; luego venderé el piso, aquí, en Milán, y en Roma trataré
de no acordarme de ti. Vete, vete, vete con quien quieras, vete al Ostricaro
con tu amiga, vete, vete.
Y mientras pensaba estas cosas, con la frágil y sin
embargo tan temible media en la mano, oyó sonar el timbre de la puerta.
Automáticamente se puso el pullover y automáticamente, con la media en la mano,
sin darse cuenta, llegó al recibidor, empapelado con papel plástico de color de
rosa. Había estado una noche trabajando en esto para que él, a la mañana
siguiente, pudiese verlo, y él llegó aquella lejana mañana y miró las grandes
rosas de color de rosa intenso, pero no dijo nada, porque Simeone hablaba siempre
poco. Y abrió la puerta y, apenas abrió, la tercera última cosa que ella vio en
su vida fue a Simeone que entraba y cerraba la puerta.
Y la penúltima cosa que vio en su vida fue a Simeone que
sacaba del bolsillo de la chaqueta el talón que ella le había dado una hora
antes y se lo mostraba, el rostro de mármol, y con ese rostro de mármol, le
decía en voz baja:
—Ahora te vas a comer este talón.
Y sintió la mano de él en la nuca, agarrándola por los
cabellos, y oyó todavía su voz:
—No debiste haber intentado hacerme pasar por idiota. ¿No
sabías que tengo un amigo en el banco? Le he telefoneado y acabo de enterarme
de que no tienes ni una lira en la cuenta corriente. Has querido tomarme el
pelo, ¿verdad? Pero ahora voy a partirte la cara a bofetadas.
Ella levantó la mano para protegerse de los golpes, pero
la bestial bofetada llegó igualmente y la lanzó contra la pared empapelada con
papel de rosas de color rosa intenso.
—¡Cobarde! —le dijo, con el sabor de sangre en la boca—.
Canalla, miserable.
Y con las manos trataba de protegerse de los golpes la
cara, pero los golpes llegaban igualmente y ella, en una de sus manos, sin
saberlo, tenía todavía la media con la cual había pensado estrangularse, pero
los golpes sobre el rostro llegaban cada vez más brutales; hasta la media se
manchó con la sangre que le salía de la nariz y la boca.
—Para que te acuerdes de que a mí nadie me toma el pelo, o
lo pasa mal —y seguía abofeteándola con la mano izquierda y con la derecha, y
con la derecha y con la izquierda.
Y ella seguía diciéndole, protegiéndose la cara como
podía:
—Chulo, chulo, chulo.
Y entonces él vio la media de fibra artificial en sus
manos, ella que se cubría la cara con las manos, y también con aquella media,
entre los hilillos de sangre que le corrían por el rostro.
—A mí no me das talones sin fondos ni me llamas chulo,
porque nadie me lo ha llamado.
Le arrancó la media de las manos y se la enroscó en el
cuello con un incontenible ímpetu de furor porque ella seguía diciéndole:
—Chulo, chulo, chulo.
Porque a nadie le ofende esta palabra tanto como al que lo
es de veras. Y apretó con todas sus fuerzas, porque ya no podía oír más aquella
palabra. Y en efecto, al poco rato, ya no la oyó.
No había sido precisamente un «nudo Luisa», pero el
resultado fue el mismo: después de la tercera última cosa y de la penúltima, lo
último que vio fueron los puños de él tirando de los dos extremos de la media,
tirando y tirando cada vez más. Y hubiese querido decirle en un último impulso
de amor:
—No, no, no lo hagas; si lo haces, te pierdes. Yo quise
hacerlo para castigarte, pero no fui capaz. Te lo ruego, te lo ruego, querido,
te lo ruego, querido, no me mates. No por mí, querido, sino porque si me matas
te has perdido para siempre, te has perdido. ¡Oh, no, querido, no lo hagas!
Pero los puños de él con furia bestial, tiraron, hasta no
poder más, de los extremos de la media.
El ministerio público pidió cadena perpetua para el
acusado Simeone Ferroni, y diez años para su cómplice Luisa Tavessi, la chica
del flequillo. En el proceso salió todo a relucir, incluso los largos años de
explotación de aquella a quien los periódicos de la tarde llamaron «la infeliz
señorita de Via Porpora», estrangulada con una media de fibra artificial
después de años de sevicias morales y materiales para arrebatarle hasta el
último céntimo y los millones del seguro.
El tribunal, después de ni siquiera dos horas de
deliberación, consideró que el acusado Simeone Ferroni era culpable y, por
tanto, lo condenó a cadena perpetua. No existían, en cambio, suficientes
pruebas para condenar como cómplice a Luisa Tavessi que fue absuelta y puesta
en libertad al día siguiente de dictarse la sentencia.
A la salida de la cárcel, la chica del flequillo hasta las
pestañas se agarró del brazo del abogado que la había defendido, mirando
impúdica al único fotógrafo, que había acudido por ella, y sin dejar de pensar
por qué Simeone había matado a la solterona. ¿Qué necesidad tenía?
—Quieta un momento —dijo el fotógrafo.
Ella se detuvo, colgada del brazo del abogado y sonrió al
objetivo. Y siguió pensando por qué, por qué la había matado. Pero no lo
hubiese comprendido nunca, porque los culpables algunas veces se castigan a sí
mismos, aunque las víctimas, como Irene Brambilla, madura y núbil trabajadora
milanesa, los hayan perdonado.
11
EL PERDÓN ES LA MEJOR VENGANZA
Miró el reloj de péndulo, auténtico de dos siglos antes,
sobre el oscuro mueble inglés al fondo del salón.
—Voy, Carola.
Se levantó. Era más bien grueso, no alto, bastante calvo,
pero se levantó ágilmente, casi con un movimiento de gimnasta en la palestra.
Ella, en cambio, no se levantó ágilmente del largo diván angular al pie de las
dos grandes ventanas. Es más, él le ayudó a levantarse, luego ella se apoyó
incluso en su bastón. Era un poco más alta que él, y a pesar del hábil
maquillaje del rostro y del también hábil peinado, revelaba, más que vejez,
sufrimiento. Apoyándose con una mano en el bastón, permaneció delante de él,
elegantísima, casi solemne en su largo traje blanco que hacía aún más llameante
el rojo de los largos cabellos postizos que ocultaban los suyos y una oreja
cortada y recortada —al parecer con tijeras—, la oreja derecha, y dijo con voz
todavía muy joven:
—No vayas, Mario; no sirve de nada, no me importa ya nada.
Sólo servirá para perjudicarte otra vez.
—Calla —dijo él sonriéndole con ternura a través de los
párpados hinchados, porque a uno, cuando se ha tirado dieciocho años entre
cárcel, casa de trabajo y libertad vigilada, sin mujeres, sin whisky, sin nada
que esperar, se le hinchan algo más que los párpados.
—Quédate aquí donde estás —y ahora la miró con dureza—, y
no me sigas los pasos, ni te pongas a llorar. Adiós. Si vuelvo, vuelvo; si no
vuelvo, qué le vamos a hacer.
Ella golpeó con el bastón sobre la blanca alfombra china y
su voz fue vulgar:
—No te importo nada, ¿verdad? Cuando era una chiquilla me
sacabas de casa y me llevabas a tu puerco ambiente. Luego te esperé casi veinte
años, y ahora, cuando hace unos meses que estás aquí, te vas… ¿De qué sirve? No
necesitamos a nadie, vivimos como ricos; la policía ya te ha dejado en paz.
¿Por qué vas a arriesgarlo todo por esa basura, a tu edad, y con esa barriga?
Él le sonrió y la miró a través de sus párpados hinchados.
—Porque soy un hombre, un hombre barrigón, pero un hombre.
Ella se llevó al rostro la mano que no se apoyaba en el
bastón, a causa del impulso de llanto que le asaltó de repente.
—No, eres un bufón, un bufón chocheante que va a dárselas
de héroe cargado de revólveres para vengar a su dama —comenzó a alzar la voz
rabiosa y vulgarmente—, pero ¿qué dama soy yo? Soy carne de golfa, y tú carne
de presidio. Basta ya de tonterías, Mario. Deja los revólveres y quédate en
casa.
Él la escuchaba sonriéndole a través de los ojos
entornados. Luego, sin decir nada más, se volvió y salió del salón. Oyó el tof
tof del bastón sobre la alfombra china y la imaginó cojeando penosamente para
correr detrás de él: esto le hizo daño, pero tenía algo que hacer y no podía
dejarse conmover por nada.
Eran las diez. A las diez y dos subió a su coche. Antes de
ponerlo en marcha, controló las tres pistolas que llevaba encima, dos de tambor
y una con cargador, comprobó también si tenía suficiente reserva de
proyectiles, aquella larga caja chata que llevaba en el bolsillo interior de la
chaqueta, porque no se fiaba de Carola, que lo registraba todo. Pero todo
estaba en orden.
A las diez y cuatro puso el coche en marcha, y a las diez
y cincuenta y cuatro llegaba a Como, tomaba la carretera de Blevio, dejaba
Blevio atrás, y al poco rato descendía con los faros apagados por una carretera
de segundo orden que conducía al lago. Conocía muy bien el lugar; había estado
unas diez veces de exploración, se sabía cada rincón de aquella especie de
porche particular que daba al lago y donde había sólo una pequeñísima villa,
una vieja casa de pescadores reconstruida. A las once y un minuto llegó, por
fin, al camino, que lo ocupó todo con el coche y paró el motor.
Luego se apeó, y a pie, la mano en el bolsillo de los
pantalones, empuñando la Beretta, despacio, sin prisa, exploró toda aquella
especie de minipenínsula en la cual, en el extremo, estaba la villa, y sólo
después de haber comprobado que no había nadie, observó la casa. De una de las
ventanas salía un vago resplandor: era la lívida luz del televisor. Miró el
reloj; quien ha servido en la Legión está acostumbrado a ser preciso, y hacía
meses que él había estudiado y calculado los minutos. Como en los ejercicios de
Bidonville, sacó la Beretta del bolsillo, y a pesar de ser tan grueso, lo hizo
con rapidez, se acercó a la villa, y subió, haciendo más ruido del necesario,
los seis escalones que conducían a la entrada. Había un timbre pero no lo usó.
Prefirió golpear con fuerza la puerta con los nudillos. Tampoco cambió siquiera
la voz; después de dieciocho años, Buchenwald no podía reconocer la voz: nadie
tiene la voz que tenía dieciocho años atrás.
—Abran, estoy herido, abran. He tenido un accidente de
coche. Por favor, déjenme telefonear…
Vio iluminarse la ventana cerca de la puerta de entrada. Y
repitió aún:
—He tenido un accidente de coche; estoy herido y quisiera
telefonear, discúlpenme…
Oyó el ruido de la cerradura y apenas se hubo abierto la
puerta, se metió en la casa como quien se lanza desde un trampolín, porque
había visto que era Buchenwald, precisamente él, y el cañón de la Beretta se
hundió tres centímetros en la barriga del otro.
—Tú también has engordado, y estás bien.
Cerró la puerta de un puntapié, y en aquel momento vio
revolotear por la habitación, gritando, algo muy rubio, vestido de gris, y
dijo:
—Cállate y ven aquí.
Bien es verdad que fue la voz, pero también su cara llena,
de ojos hinchados que parecían cerrados por completo, lo que dominó a la chica,
y ella se calló y acudió dócil al lado de él, que seguía metiendo en la barriga
del amigo tres centímetros del cañón de la Beretta.
—¿Hay alguien en esta casita? —preguntó—. Dime la verdad,
aunque no estés acostumbrada a decirla.
—Aquí no haber ya gente —dijo la chica.
La extraña frase y la pronunciación indicaban claramente
que era alemana.
—¿Entiendes bien el italiano?
—Lo hablo mal, pero comprendo todo.
—Entonces apaga el televisor y baja las persianas —le
dijo—. No intentes huir porque cascas. Kaputt.
Pero debía de ser una chica inteligente, que comprendía,
incluso sin necesidad de decir kaputt en su lengua. Y la chica apagó el
televisor, bajó todas las persianas de las cuatro habitaciones, y no intentó
huir, ni gritar, porque además nadie la hubiese oído en aquella ermita, y
volvió al salón, como buena alemana, a recibir órdenes del nuevo amo.
—Ahora trae algo de beber para mí y para ti —le dijo—.
Quiero cerveza. Recuerda que tienes que portarte bien.
A la alemana no era la pistola de él lo que le daba miedo,
sino la voz; nunca había tenido tanto miedo de una voz de hombre como de
aquella voz, y, sin embargo, él no hablaba en voz alta.
—Ponte de cara a la pared, Buchenwald, y no des patadas
como hacían los árabes en Argelia cuando los cacheábamos, porque tú sabes
perfectamente cómo los castigábamos cuando se comportaban así.
El hombre a quien él llamaba Buchenwald seguía callado.
Era mucho más alto que él y mucho más apuesto. Tenía todavía espesos cabellos
blancos y miraba al vacío con ojos que parecían botones, no ojos. Obedeció,
apoyó la frente y las manos en la pared, y él lo cacheó y encontró en seguida
el juguetito, una de las más pequeñas Browning que jamás había visto.
Ni siquiera parecía una cosa seria, pero también mataba y
se escondía con facilidad.
—No me mates —y el hombre se estremeció—. No me mates.
También tenía una hermosa voz, muy viril, pero daba risa,
porque le faltaba humanidad. Parecía que recitaba un fragmento de ópera: «¡No
me mates, oh, ten piedad de tu hermano, no me mates, no!».
Él dijo:
—Vuélvete, cerdo.
El hombre se volvió, y él le escupió a la cara y con el
cañón de la pistola le hizo una indicación imperiosa.
—No, no te limpies, mantenlo en la cara, si eso es una
cara, junto con éste —y volvió a escupirle, mirando a los ojos. Luego, sin
dejar de agitar la pistola, le dijo—: Siéntate ahí, valiente, ponte cómodo,
relájate, porque he de hablarte… No, te he dicho que no te limpies. Mi
escupitajo es más limpio que tu cara.
La alemanita había vuelto con la botella de cerveza y los
vasos, y miraba fijamente la cara del hombre alto de la espesa melena, bajo la
vivida luz de la lámpara.
—Siéntate tú también —le dijo el otro—, bebe cerveza y
llena mi vaso —dejó la Beretta sobre la mesa y sacudió la cabeza—. No te hagas
ilusiones; aunque no tenga el revólver en la mano puedes considerarte muerto
—dijo al hombre grueso, más grueso que él—. ¿Sabes que a los dieciocho años
estaba en la Legión? Responde cortésmente.
—Sí, lo sé —respondió la voz viril y teatral.
Por instinto se llevó la mano a la cara para limpiársela.
—No, mantenlos así —y simplemente movió el dedo índice,
como se hace con un niño, y no manejando la pistola—, junto con este otro, y no
trates de protegerte, porque, si no, agarro ésta.
Y señaló el arma.
El hombre no trató de protegerse y ni siquiera bajó la
cara: seguramente sabía con quién tenía que habérselas.
—¿Y sabes que los legionarios son tres veces más rápidos
con el revólver que los cowboys? Responde correctamente.
—Sí, lo sé.
El otro se bebió medio vaso de cerveza. Luego dijo:
—Y recuerda ahora: cualquier idea que se te haya metido en
la cabeza para escapar, para pedir socorro, para escabullirte, bastará para que
te consideres muerto. Es mejor que no pienses ni en escabullirte ni en huir. Y
esto lo digo también por ti —añadió, dirigiéndose a la alemanita—. ¿Has
comprendido bien lo que he dicho?
—Sí, haber comprendido —contestó la chica.
Él se bebió el otro medio vaso de cerveza y luego miró los
oscuros botones que eran los ojos de Buchenwald.
—Sé lo que estás pensando: que yo era legionario hace
treinta años y que ahora soy un panzudo. Vamos a probarlo. Mira: voy a poner el
revólver a la misma distancia entre tú y yo. Si lo agarras antes que yo,
naturalmente, disparas sobre mí, y si yo lo cojo antes, disparo sobre ti, claro
está. Veamos. Como sabes, en la cárcel los cigarrillos escasean. Entonces
hacíamos este juego con los cigarrillos. Poníamos en medio un cigarrillo y
cuando se daba la señal, se intentaba encenderlo. Quien no lo conseguía había
de dar dos. Casi siempre era yo el primero en encenderlo. Al final ya no
querían jugar conmigo.
Empujó el revólver exactamente a la mitad de la distancia
entre él y el hombre. Lo miró.
—Adelante. Pruébalo si estás convencido de que yo no soy
ya un legionario.
Los ojos-botones del hombre miraron el revólver —si
aquello podía llamarse mirar—, pero sus manos no se movieron. Sin embargo, algo
conmovió su rostro, como el agua de un estanque se estremece a un soplo de
viento.
—Hemos de estar en igualdad de condiciones —dijo él—, y
puedes poner las manos sobre la mesa, como yo; no tenerlas en las rodillas.
Ponías sobre la mesa. Adelante.
Lo miró fijamente y esperó. También esperó la alemanita.
Estaba sentada a la mesa al otro extremo y su mirada era un poco insegura, de
miedo, pero se daba cuenta de que tenía que obedecer y portarse bien, si quería
vivir. Y quería vivir.
Esperaron casi un minuto, pero el hombre gordo no se
movió. Entonces él, en lugar de guardar el revólver, se volvió a la chica:
—¿Has visto qué cobarde? Ni tiene siquiera el valor de
intentarlo. —Volvió a mirar el objeto de su odio inextinguible—. Inténtalo,
pruébalo. ¿Qué lo impide? Sea como sea, estás muerto.
Pero el otro permaneció inmóvil, aunque no apartaba la
vista del revólver, y su rostro, en su pétrea flaccidez, seguía
estremeciéndose.
—¿Por qué muerto? —preguntó la chica—, ¿qué te ha hecho?
Él asintió mirándola a través de los ojos hinchados.
—Tienes razón: ¿qué me ha hecho? Alguien ha de saberlo.
Alguien habrá de testimoniar. Tú serás el testigo. ¿Sabes lo que quiere decir
testimoniar?
—No.
—No importa. Cuando llegue el día ya te lo explicarán.
En aquel instante el hombre grueso, aprovechándose de que
él estaba mirando a la alemanita y le hablaba, agarró la pistola con un
movimiento instantáneo, como el disparo de una cámara fotográfica. Es decir,
intentó agarrarla, pero la mano de él se posó inmediatamente sobre la suya que
ya apretaba el arma, mientras que con la izquierda sacaba una de las pistolas
de tambor que llevaba en el bolsillo.
Entonces comenzó a temblar la cara de Buchenwald, y soltó
en seguida el arma.
—No puedes matarme. No te he hecho nada.
—¿Habráse visto bellaco? —dijo el otro a la alemanita—.
Esperaba el momento en que estuviese distraído.
—No te he hecho nada. Te dijeron que yo había sido, pero
no fui yo.
—Cállate.
Se levantó y se metió ambas armas en el bolsillo, le
volvió tranquilamente la espalda y dio unos pasos por la salita, llena de
muebles y objetos antiguos, moquetas, vitrinas y visillos, que no muchos años
antes era la ruinosa casa de un buen pescador del lago de Como. Parecía cansado
y lo estaba. Cuando se llega al fin de una misión, se siente cansancio, y él
ahora ya había llegado: sólo le quedaba matarlo.
—Mira, querida, hace dieciocho años, exactamente en mayo
de mil novecientos cuarenta y nueve, yo preparé con otros amigos el robo a un
banco. No fue el mayor robo de la posguerra, pero sí el más rápido —dijo él,
indicando a la alemanita que sirviera cerveza—. Treinta y tres millones. ¿Sabes
lo que son treinta y tres millones?
La alemanita no pudo responder. Estaba sonando el
teléfono.
Buchenwald dijo:
—Es un amigo mío. Vive aquí cerca y me había citado con
él.
A la séptima llamada dejó de sonar. Buchenwald dijo:
—Vendrá porque sabía que estaba esperándole.
—Muy bien. Será un placer —y le vertió todo el vaso de
cerveza, no en la cara, sino en la barriga, y se rió al ver que se estremecía—.
Estaré muy contento de que me presentes a tu amigo.
Después, casi con los ojos cerrados: 11 de mayo de 1949,
la irrupción en el banco; ni siquiera dos minutos, y treinta millones. Una
«limpieza» completa; eran tres y se habían repartido once millones cada uno, y
cada uno se fue por su camino; las armas no procedían de Milán, sino de
Florencia; la policía buscó entre el hampa milanesa, pero no encontró nunca
nada. Sin embargo, estaba él, Buchenwald.
—¿Sabes?, éste —dijo a la alemanita, su testigo— vivía de
recados y espionaje. ¿Sabes lo que quiere decir espionaje?
Ella asintió, era palabra del ambiente: espiar, espiado,
espía.
—Entonces, espiando, pudo saber lo que preparaba, y se
informó de todo. Se portó bien hasta que leyó en los periódicos que habían
robado al banco. Y ¿sabes lo que hizo?
—Yo no hice nada, no hice nada. Quieren indisponerte
conmigo —replicó Buchenwald—. Te tenía afecto…
Entonces él le dio una bofetada, y el otro se calló de
pronto y bajó la cabeza.
—No quiero matarte antes de tiempo, cállate. Mientras se
está vivo hay esperanza, pero si te pego un tiro, se acabó todo —y sacudió la
cabeza, se pasó la mano por el cráneo casi totalmente calvo, brillante y
sudoroso—. Estaba diciéndote lo que hizo: denunció, pero con un anónimo, al
vejete que nos había dado la metralleta y los revólveres. Y ¿qué ocurrió?
Sucedió que nos detuvieron a los tres en pocos días. Y, claro está, en la
policía nos preguntaron dónde habíamos metido el dinero robado al banco. Y mis
dos amigos acabaron diciéndolo. Yo no. ¿Verdad, Buchenwald, que yo no dije
dónde había metido los once millones? ¿Y sabes por qué te llamo Buchenwald? Di
que lo sabes.
—No, no, yo no tengo nada que ver con todo eso; no, no,
no.
Ahora Buchenwald parecía que lloraba, ya no tenía nada de
barítono.
—¿Por qué tú llamar a él Buchenwald? —preguntó la
alemanita, con un leve resentimiento en la voz, porque éste es un nombre que no
gusta a los alemanes.
—Ahora te lo explicaré —dijo él.
Cerró casi del todo los hinchados ojos y volvió a ver a
los policías que lo interrogaban. Horas y horas, días y días, y también los
golpes: y dónde has metido el dinero, y dónde has metido el dinero. Si no lo
dices te meten en la cárcel para toda la vida, y si lo dices te escurres con
unos años, y dónde has metido el dinero, y dónde has metido el dinero. Pero él,
a pesar de las bofetadas que le destrozaban la cara, decía que lo había
perdido, que, mientras huía, en cuanto supo que lo buscaban, lo había perdido.
Y los policías se ponían verdes y todavía le atizaban más.
—Y ¿dónde tú esconder el dinero? —preguntó ella,
interesada.
A esta pregunta, él volvió a sacar la Beretta del
bolsillo.
—Él te lo dirá —y quitó el seguro y apuntó a una mejilla
de Buchenwald—. Tienes que decir dónde había escondido mis once millones,
porque tú lo sabes. Mira, he soltado el seguro y estoy con el dedo en el
gatillo. Responde en seguida, que será mejor: cuenta a la señorita dónde había
escondido yo el dinero.
La cara del viejo cabelludo se volvía blanca, casi blanca,
de un blanco sucio; los botones de los ojos se le cerraron, y cayó de cabeza
sobre la mesa.
—Se ha desvanecido —dijo él—. Esperemos. Se recobrará por
sí solo.
Esperaron, mirando el grueso corpachón del hombre casi
tendido la mitad sobre la mesa, pero al cabo de un rato ella no resistió.
—¿Por que tú llamar a él Buchenwald?
La habían humillado tanto con aquellas historias de
torturas cometidas por sus paisanos, aunque apenas había nacido cuando se
cometieron, que en cuanto oía hablar de ello quería huir o saberlo todo, aunque
no fuese precisamente un ángel caído del cielo.
Con un poco de cerveza él trató de animarse.
—Bien, te lo diré yo, aunque me haga mucho daño, pero
necesito de un testigo, de alguien que sepa la verdad. Mira, el dinero del
banco se lo había dado a mi amiga. Entonces era una muchacha muy guapa, muy
guapa. Se lo di a ella, que vivía en Roma, para que nadie, y menos la policía,
supiera que esa mujer era la mía. Yo tenía otras amigas. Ya sabes cómo son los
hombres, y a éstas la policía las interrogó día tras día, pero ellas no sabían
nada. En cambio, ella, mi amiga de Roma, sabía dónde estaba el dinero. Es más,
ella lo tenía.
—¿Cómo se llama esa amiga tuya? Me gusta saber los
nombres.
Él asintió, le complacía aquella pregunta y, de placer,
abrió un poco más los ojos, los abrió por el deleite de pronunciar su nombre.
—Se llama Carola.
—Pero ¿por qué tú llamar a él Buchenwald?
—Es justo —repuso él—. Siéntate, por favor, muchacha. En
seguida te lo contaré todo, en seguida porque ya es tarde.
Se lo contó a la alemanita tan sensible al nombre de
Buchenwald.
Ante ella agitó el revólver como el maestro ante la
pizarra agita la tiza.
—Comencemos por el principio, así lo entenderás mejor.
Éste no se llama Buchenwald, claro está. Se llama Domenico Lascura. Es un
conocido explotador de mujeres, con una gran actividad, pero es muy hábil y la
policía no ha conseguido pescarlo. Yo, en aquella época, hacía muchas cosas,
excepto trabajar. De vez en cuando me encerraban y no me gustaba nada, hasta
que pensé en algo más sustancioso que robar el coche, o a los tabaqueros o
bolsos de un tirón. De manera que así di aquel golpe del banco con mis dos amigos.
Apenas tuve los once millones que me correspondían, llamé a mi amiga de Roma, y
Carola acudió en seguida, le di el dinero, y le dije dónde debía esconderlo.
Ella obedeció y pocos días después me detuvieron. La policía no logró saber
dónde lo había escondido, pero este tipo sí, consiguió saberlo. Él sabía muchas
cosas que la policía ignoraba; sabía que yo estaba preparando el golpe del
banco, sabía que tenía una amiga a quien la policía no conocía, y cuando estuve
en la cárcel (lo tenía todo premeditado) se fue a ver a mi amiga, a Carola. Se
trataba de hacerle decir dónde había escondido el dinero, la parte que me había
correspondido: los once millones. Y se lo hizo decir. Hay estúpidos que cometen
robos y otros que se quedan con el dinero. Se lo hizo decir. Había utilizado
también, digo también, unas tijeras para trinchar pollos. Tú que eres mujer
puedes imaginar las torturas que es posible infligir a una mujer, pero no
imaginarías lo bastante. Por eso lo llamo Buchenwald. Ella no quiso decir de ningún
modo dónde había escondido los once millones que yo le había dado, pero después
de cierto límite ningún ser humano resiste; le seccionó incluso un músculo de
la pierna derecha. Debe haber estudiado medicina; de manera que ahora, después
de tantos años, tiene que andar con bastón, y yo me he tirado dieciocho años en
la cárcel, casa de trabajo y años de libertad vigilada —y bajó la cabeza porque
no quería que lo mirase—. No sólo se llevó el dinero, sino que martirizó a mi
mujer e hizo que me metieran en la cárcel por la mitad de mi vida. ¿Querías
saber por qué lo llamo Buchenwald? Ahora ya lo sabes.
El hombre grueso trató de reaccionar, y su voz volvió a
ser de barítono.
—No es verdad, yo no hice nada. Te han dicho estas cosas
por enconarte contra mí.
—El miedo lo ha desvanecido —dijo él—. ¿Sabes lo que
quiere decir desvanecido?
A la alemanita se le había vuelto el rostro gris.
—¿De veras hizo todo eso a tu amiga?
Él asintió. Le había ahorrado muchos detalles, entre ellos
la oreja mutilada.
—¿De veras? —preguntó ella, ingenua y desesperada, al
viejo cabelludo Domenico Lascura llamado Buchenwald.
—Yo no hice nada. —Poseído por el terror del fin
inminente, ya no razonaba—. Nada, nada. No tengo nada que ver con eso.
—¡Embustero! —exclamó ella apasionadamente—. Eres un
monstruo, me doy cuenta.
El otro le hizo seña de que callara. Estaba realmente muy
cansado. Se metió en el bolsillo la Beretta y sacó un revólver de tambor. Con
el cañón tocó una mano del hombre entontecido de miedo.
—Escucha —le dijo intentando superar el odio que sentía—,
durante dieciocho años, en la cárcel, no he soñado en otra cosa que en este
instante, el momento de pegarte un tiro, el momento de vengarme. Y éste es el
momento.
La alemana se levantó. Nunca debió de haber asistido a la
ejecución de un hombre. Pero se agarró a la mesa con las manos.
—No preocuparte tú por mí. Hazlo, y no preocuparte tú por
mí.
Él le dio las gracias con la mirada, y volvió a hablar a
aquellos ojos en forma de botones, opacos y duros.
—Pero después de dieciocho años, ya no tengo tantas ganas
de matarte. ¿No sabes? El perdón es la mejor venganza.
Los botones, en aquella manteca sádica de la cara,
parecieron iluminarse un poco, recobrar vida. La palabra perdón debió de
haberlos encendido.
Entonces él continuó:
—Pero no puedo perdonarte, unas tijeras para trinchar
pollo no pueden perdonarse, ni todo lo demás. Pero quiero ofrecerte una
posibilidad de vida.
La chica volvió a sentarse. Ahora le corrían gotas de
sudor por todo el rostro, aunque la noche sobre el lago no fuese nada tibia.
—Es más, dos posibilidades de vida —siguió él, mirando a
través de los ojos entornados e hinchados al inmundo ser que tenía delante—.
Fíjate bien: ésta es una pistola de tambor, ¿lo ves? Vamos a hacer un
jueguecito como antes, pero no de habilidad, sino de azar. Abro la pistola.
Mira, la abro y quito cinco proyectiles. Dejo sólo uno —y se metió las cinco
balas en el bolsillo—. Comprendiste, ¿verdad? Se trata de una especie de ruleta
rusa. Mira, yo no soy capaz de matar en frío, ni siquiera a un tipo como tú.
Por esto te doy dos posibilidades de vida —y volvió a cerrar la pistola de
tambor—. Apretaré el gatillo tres veces: si los tres tiros fallan estarás a
salvo. Me iré de aquí y te olvidaré. Lo que me hará mucho bien. —No le dio
tiempo a pensar, le dijo sólo—: Tienes dos probabilidades de vivir sobre tres
—y apretó el gatillo.
Domenico Lascura pareció saltar de la silla, su cuerpo se
estremeció y luego resbaló blandamente al suelo. Pero no había sonado ningún
disparo, sino simplemente el clic del percutor, que dio en vacío porque no
había proyectil en el cañón. Él se arrodilló cerca del hombre tendido en el
suelo; le tocó primero el pulso, luego acercó a su boca el oído, y después se
levantó.
—No, no se ha desvanecido. Está muerto. Ha muerto de
miedo. Era la única muerte que podía tener un hombre como él. También en la
Legión vi morir así a dos prisioneros. El revólver hacía clic, nada más, y se
morían como si hubiera salido la bala. —Miró a la chica y se sintió tres veces
más cansado, más gordo y más infeliz que nunca—. Déjalo todo así, vasos,
botellas de cerveza, todo. No le he hecho nada. He hecho clic con un revólver
que podía también ser de plástico. Él se ha muerto solo; dentro de uno o dos
días lo descubrirán. Dirán que ha sido parálisis cardiaca. Todos se mueren de
parálisis cardiaca, ¿verdad? Si quieres, puedes irte conmigo. Mi amiga, quiero
decir Carola, para vivir, en el estado en que se encuentra, ayuda a chicas como
tú. No es oficio que me guste, ni a ella tampoco, pero hemos de vivir. Estarás
siempre mejor que al lado de ese tipo que está en el suelo —y añadió con
tristeza—: pagamos bien.
La chica se alejó del hombre tumbado en el suelo, ni con
disgusto ni con miedo. Peor aún, con frialdad.
—Pero ¿por qué tu amiga, Carola —le gustaba conocer el
nombre de las personas— no denunció al hombre que la había torturado?
Él abrió la puerta y entró una ráfaga de aire húmedo del
lago.
—No hubiese servido de nada —repuso—. Nada sirve de nada
cuando una mujer se ve reducida así. Sólo sobrevivir, y ella ha querido
sobrevivir, para esperarme, para ayudarme. Si lo denunciaba, perdía el tiempo.
Gente como nosotros no pierde el tiempo. Vamos.
Se dirigió al televisor y lo encendió. Se iluminó la
pantalla y se oyó el zumbido.
—El propietario de la casa, mientras miraba la televisión,
después de haberse despedido de los amigos, tuvo un ataque.
Salieron y cerró la puerta. La cerradura era automática.
—Usted amar mucho a Carola —dijo la alemanita.
Él ni siquiera respondió.
12
RECUERDA A CORAZÓN ROTO
Ella se acordó de aquel melancólico noviembre de 1944, se
acordó ahora de aquella calamitosa peluca, los cabellos que le llegaban hasta
la ingle, vestida de amarillo fosforescente, tanto que hacía daño a la vista, y
aquel coche descubierto de color gris humo, junto al más espectacular moreno
con suéter blanco del litoral Pesaro-Ancora, y que sólo tenía veintidós años,
casi los mismos que habían transcurrido desde aquel melancólico noviembre de
1944; es decir, apenas había nacido el moreno, cuando ella, a los dieciséis
años, vagaba por el lago de Como, por las montañas limítrofes con Suiza, junto
con «Corazón Roto» y otros jovenzuelos mal vestidos, con el frío cada vez más
próximo y armados a la buena de Dios: había uno con una escopeta de caza, otro
ocultaba tenazmente una pequeña bomba incendiaria, y sólo él, el jefe, Corazón
Roto, tenía una auténtica metralleta.
La verdad es que no se llamaba Corazón Roto. Estas dos
palabras, Corazón Roto, eran las palabras clave con el mando aliado. Por la
radio, la voz de Londres transmitía los mensajes especiales a los grupos de
combatientes libres del norte de Italia. Cada grupo tenía sus palabras clave.
Tres veces al día, con los oídos pegados al viejo y catarroso aparato de radio:
«Y ahora vamos a transmitir los mensajes especiales: “Mi barba es rubia”,
repito: “Mi barba es rubia”. Y también: “La lluvia llega con el sol”, repito:
“La lluvia llega con el sol”. Y asimismo: “Vestíos de azul”, repito: “Vestíos
de azul”».
Esperaban desde hacía mucho, demasiado tiempo, en la
casucha en ruinas, a que la radio transmitiera el mensaje que les correspondía
a ellos: «Corazón Roto».
Lo esperaban desde agosto. El oficial de enlace
norteamericano que había llegado hasta allí, casi al paso de San Iorio, les
había asegurado:
—En setiembre habrá algo para vosotros, sobre todo armas y
ropas de invierno.
Sí, sobre todo armas, porque no se puede hacer la guerra
con escopetas, y trajes de invierno; porque no se puede invernar a cerca de dos
mil metros con pantalones cortos de tela.
Cada día escuchaban la radio, desde agosto a noviembre, y
la radio trasmitía a diario algún mensaje. «Cielo sin nubes. Alguien cabalga de
noche». Eran hermosas palabras: parecían títulos de novela, de libros de
poesía; pero nunca se trasmitía «Corazón Roto».
Y así llegó noviembre, un noviembre melancólico, con mucha
niebla, en la montaña, noviembre de 1944.
El partisano Corazón Roto —porque lo llamaban así por el
nombre de su formación, si podía llamarse formación a un puñado de muchachos
agotados, desilusionados, hambrientos de todo, de calor, de sueño, de
alimentación y de mujeres—, Corazón Roto aquel día había enviado a cinco
muchachos a Suiza: tosían día y noche, no tenían armas y, así las cosas, lo
mismo daba que se internaran en Suiza.
También intentó enviarla a ella a Suiza. «Una mujer
molesta aquí; además, viene el invierno. Vete a Suiza y cuenta, como es verdad,
que los “republiquinos”[1] te han matado a tus padres, quemado la casa, se te
han llevado los animales, y a tus dos hermanos los han metido en un vagón para
Alemania. Te admitirán en seguida; eres demasiado niña para estar con
nosotros».
Luego había dejado de hablar porque sabía que ella no
hubiese abandonado nunca la formación. Incluso el capitán Collins lo había
intentado, pero en vano:
—Señorita, debe usted ir a Suiza. Esto es demasiado
peligroso.
Y ella había sacudido la cabeza ante el pequeño capitán.
Parecía muy pequeño ante Corazón Roto.
Hasta mediados de noviembre estuvieron escuchando la
radio, esperando la frase milagro: «Corazón Roto», pero nunca fue
retransmitida. Luego la radio se estropeó. Corazón Roto era también técnico de
radio y comprendió que no había nada que hacer. Durante algunos días, él y el
capitán Collins, intentaron convencer a los suizos de que les proporcionasen un
aparato, pero no hubo manera.
—No hay nada que hacer —dijo entonces el capitán Collins—.
No podemos bajar al pueblo, porque está lleno de tipos de las SS. Los
lanzamientos ya no se harán, y es imposible hacer lanzamientos en invierno en
montañas como éstas. Será mejor que todos nos vayamos a Suiza. En primavera,
eventualmente, escaparemos de los campos de internamiento suizos y volveremos
aquí a combatir.
—Mis hombres son quienes deben declarar lo que piensan
—dijo Corazón Roto.
Los había reunido a todos, explicándoles la situación.
Casi todos, aunque sintiéndose humillados, decidieron ir a Suiza y hacerse
internar. No era posible resistir un invierno en las montañas, sin comer, sin
ropa y durmiendo a la intemperie.
Casi todos, pero no todos. Diez muchachos se quedaron con
Corazón Roto, y ella también se quedó. Eran doce ahora. Durante un tiempo hubo
abundancia de víveres, porque no había que compartirlos entre demasiadas
personas. Pero llegó la nieve, cayó a cantaradas. Los chicos creyeron poder
actuar como los esquimales y construyeron una casa de nieve, pero tenían más
frío dentro que fuera. Corazón Roto, se hubiese quedado, aun a costa de su
vida, pero había dos chicos que tenían los pies helados, y un tercio tosía las
veinticuatro horas del día. Y entonces dio la orden de que todos entraran en
Suiza.
Ya estaban a la vista del Passo Iorio, y precisamente en
aquel momento compareció el capitán Dortmund con doce hombres. Corazón Roto vio
el grupito de SS, vestidos de blanco sobre la nieve blanca: fue el primero que
lo vio. Dio la alarma, luego agarró por la muñeca a ella, a Camina Bella, como
la llamaban los chicos, y rodó por la nieve con ella barranco abajo, al fondo
del cual quedaron los dos casi sepultados por la nieve y también por unas
cuantas piedras.
A pesar de haber dado la alarma, las SS llegaron tan de
improviso que los chicos no consiguieron escapar, a pesar de que la frontera
estaba allí, apenas a cincuenta metros. Por lo demás, dos que lo intentaron, al
segundo metro saltaron por el aire alcanzados por una ráfaga de metralleta.
—El señor capitán Dortmund os ordena que os pongáis en
fila —dijo la voz clueca de un jovencito del lugar que hacía de intérprete y
había guiado a los SS hasta allá arriba.
Desde el fondo del agujero donde se encontraban, Corazón
Roto y Camina Bella no vieron nada pero lo oyeron todo muy bien.
Los chicos se pusieron en fila sobre la nieve helada, y
bajo la nieve que seguía cayendo. El capitán dijo algo y el intérprete tradujo:
—El capitán ordena que el primero de la fila se desnude
completamente y arroje a sus espaldas toda la ropa.
—Schnell! Schnell! —gritó el capitán—. De prisa, de prisa.
Y un SS levantó la metralleta contra el chico que
vacilaba, y el chico dejó de vacilar, y se desnudó rápidamente, bajo la nieve,
en el hielo. No es que antes estuviera muy vestido, porque llevaba pantalones
cortos, pero ahora, completamente desnudo, comenzó no sólo a temblar, sino a
gemir, con el cuerpo azulenco que se le volvía blanco de pronto a causa de la
nieve que estaba cayendo.
—El capitán dice que hace mucho frío y quiere calentarte
—dijo el intérprete—. Comenzará por los pies.
Un SS se acercó con las bombonas del lanzallamas a la
espalda y el tubo en ambas manos. El chico lo comprendió y gritó de terror e
intentó huir: la llama lo alcanzó, cuando apenas había intentado dar un salto
hacia adelante y cayó al suelo aullando atrozmente, y el capitán hizo una seña
al SS para que apagara el lanzallamas. Luego habló durante un rato. El
intérprete tradujo en seguida:
—El señor capitán Dortmund dice que no lo matará porque es
un bandido y un traidor y ha de morir lentamente, muy lentamente. Ahora el
capitán Dortmund dará esta lección a otros cuatro de vosotros. A los demás se
les enviará a trabajar a Alemania. Ahora el capitán elegirá a los cuatro
bandidos a quienes hay que castigar. Eh, tú, y tú, y tú, y tú.
Hubo aún una tentativa de fuga, pero el SS con su
lanzallamas lo evitó en seguida. Quemaba los pies y las piernas a los cuatro
chicos, y los dejaba allí, vivos, desnudos, aullando de dolor. Toda la montaña
aullaba desesperadamente, con roncos y bestiales aullidos. Debían de oírlos
incluso en Suiza, y también en el valle, y esto era lo que quería el capitán
Dortmund: que neutrales, enemigos o indiferentes, aprendieran la lección.
Y antes de irse, los quemaron aún un poco por orden del
capitán Dortmund, por encima de las piernas, levantando una nueva y pavorosa
oleada de aullidos. Luego, con los cañones de las metralletas, fueron empujando
a los cinco muchachos supervivientes, hacia el pueblo y el fondo del valle
donde estaba el comando.
—El capitán Dortmund dice que no intentéis escapar porque
os castigará con el lanzallamas —dijo el intérprete con su vocecita, y éstas
fueron las últimas palabras que oyeron de aquel individuo, desde su escondrijo,
bajo mucha nieve, pero siguieron oyendo, durante mucho rato, los aullidos
salvajes de aquellos muchachos, y no pudieron salir de su escondrijo, para
ayudarlos, sino cuando estuvieron seguros de que los SS estaban ya muy lejos.
Entonces salieron: los encontraron todavía vivos, pero
horrendamente cubiertos de llagas. Los arrastraron hasta la frontera. Algunos
soldados suizos, con su sargento, que habían oído los gritos, llegaron con el
jeep hasta el mojón fronterizo y, prescindiendo de la neutralidad, ayudaron a
Corazón Roto a transportar a aquellos pobres desgraciados gritando en el jeep
hasta el hospital, y cuando llegaron, tres ya estaban muertos; y uno murió al
día siguiente y el otro se curó pero se volvió loco.
Ellos dos fueron internados por los suizos en dos campos
separados, pero aun antes de que terminase noviembre pudieron verse algunas
veces junto al lago de Lugano. Era un melancólico noviembre. Allí junto al lago
no hacía frío y todavía había mucho verde. No hablaron de los chicos, no
hablaron de guerra, no hablaron de política. Acaso ni hablaron siquiera,
excepto alguna frase: «¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras en el campo? ¿Necesitas
algo?».
La luz rosa celeste del cielo se reflejaba sobre las aguas
del lago, y al mínimo soplo de airé los árboles de la orilla perdían hojas y
más hojas. Melancólico noviembre de 1944.
Pero ahora estábamos en noviembre de 1966 y quién sabe por
qué había recordado aquel otro noviembre de veintidós años antes. De vez en
cuando, de pronto, incluso a distancia de años, recordaba, volvía a oír los
gritos, oía de nuevo la voz del intérprete. Desde abajo, en la nieve, se oía
muy bien. Luego, durante algunos años, todo desaparecía: pero volvía después,
de pronto.
El moreno miró el reloj.
—Diez minutos aún —dijo.
El paisaje era muy bello en aquel lugar del litoral, con
aquella luz de noviembre gris mórbida; a la derecha el mar, que adquiría el
tono oscuro del centro del Adriático; a la izquierda ya alguna ladera del
monte, todavía cubierta de un verde intenso, como tal vez estaría todo el
invierno. Pasaban pocos coches porque era un día festivo y porque el tiempo era
gris, tanto que no daba ganas de ir en coche a ningún sitio.
Faltaban todavía diez minutos. Luego Corazón Roto llegaría
allí junto con los mensajeros. Pero no, no debía seguir llamándolo Corazón
Roto. Era el doctor Mario Zusini; nadie pregunta por el título y así podía ser
doctor también él. Y ella no era ya Camina Bella, incluso porque su carne no
era ya tan bella como lo fue a los dieciséis años y combatía por la libertad,
sino la señora Lara Zusini. Y aquel hombre moreno era solamente su chófer, el
chófer más veloz del mundo, capaz incluso de escabullirse de la policía de
carreteras, como ya había hecho otras veces, y manejaba muy bien varias armas,
desde los pequeños revólveres a la carabina con mira telescópica. Tenía sólo el
inconveniente de que la policía la había emprendido con él y no dejaba un
instante de buscarlo.
Dentro de diez minutos, pensó ella, la señora Lara Zusini,
dentro de diez minutos volvería a ver a su viejo gigante, su Corazón Roto. Con
el paso de los años se había vuelto más coriáceo; había perdido aquella vaga
dulzura de muchacho de entonces, y se había convertido en un poderoso roble a
cuya sombra ella se sentía protegida contra todo.
En aquel mismo momento el doctor Mario Zusini, es decir,
él, Corazón Roto, entraba en uno de los cafés más concurridos de Senigallia,
ante la orilla del mar, maldiciendo por lo bajo porque llegaba con veinte
minutos de retraso, y tratando de descubrir, entre las mesas del salón terraza,
en cuál se sentaba el hombre que buscaba. Avanzó por entre ellas, sumido en el
ruido, el humo y el olor a cerrado. Por último vio la señal, un guante claro y
otro oscuro sobre la mesa y al lado de un gran vaso de cerveza. Entonces se
sentó en seguida a aquella mesa y dijo:
—La moda es llevar un guante amarillo y otro oscuro —sin
inflexión interrogativa, como pretendía la frase de reconocimiento.
Entonces el otro sonrió, tendió la mano y dijo en un
fluido italiano que, evidentemente, no era su idioma:
—Muy de moda.
Al principio la voz del hombre lo impresionó; a pesar del
tono persuasivo superficial, debajo había algo en extremo duro y gruñón. Le
pareció recordarla pero en la vida se oyen tantas voces…
—¿Cuánto ha traído? —le preguntó.
No le gustaba el hombre aunque tenía un hermoso rostro
cuadrado, bronceado incluso en invierno, y los ojos claros. Y no le gustaba que
cada vez le mandasen a un hombre distinto con aquello, que era cocaína pura.
Evidentemente era una medida de precaución, lo comprendía; pero tener que
habérselas cada vez con un tipo diferente le molestaba y le infundía recelo.
—La cantidad pedida: es decir, tres mil gramos —dijo
aquella voz, en aquel italiano fluido y, sin embargo, poco convincente.
—¿Dónde está?
—Discúlpeme, pero antes debo preguntarle yo dónde está el
dinero.
No había miedo de que les oyera nadie, ni siquiera de las
mesas vecinas, porque el ruido, con la terraza cerrada, puesto que afuera el
viento de noviembre soplaba a ráfagas, era tan grande que la voz se perdía.
—El dinero —dijo él, paciente, porque al envejecer se
había vuelto paciente, o acaso menos nervioso que cuando era Corazón Roto— lo
tengo a unos treinta kilómetros de aquí. No voy por ahí con carteras llenas de
billetes.
—Entonces puedo decirle donde está eso —repuso el hombre
del guante claro y del guante oscuro—. Lo tiene un amigo mío ahí afuera; es de
cuidado —y añadió sonriendo—: y está armado.
El doctor Mario Zusini asintió con la cabeza, paciente.
Las reglas de la consigna eran éstas.
—Entonces manos a la obra. Tengo el coche ahí.
—¿Le disgustaría que usase el mío, conducido por mi amigo
de cuidado? —preguntó el otro.
—No —repuso él con calma—. Yo le abriré paso.
Salieron del café, juntos y no tan juntos; el viento de
noviembre, apenas estuvieron en la terraza, les envió salpicaduras del mar. El
doctor Mario miró el mar: era de un azul oscuro y las olas altas como un hombre
saltaban por encima de la escollera.
«Es un alemán», pensó.
Trabajaba con gentes de todas las razas, desde canadienses
a chinos, y muchos negros, porque en África se drogaban sin misericordia y
preferían los productos sintéticos europeos a las ingenuas plantitas
estupefacientes de la época de Livingstone. Había tratado a numerosos alemanes
porque eran los que fabricaban la cocaína: la fabricaban de cualquier cosa.
Incluso había oído decir que del metano, pero esto era sin duda, una
exageración. Sin embargo, precisamente por esto, sabía distinguir a un alemán
de uno que no lo era, aunque hablase italiano como el locutor del telediario,
el locutor nervioso que hablaba un poco de prisa y entrecortadamente como si
pensase: «Mira lo que he de leer para ganarme la vida».
—Ése es mi coche —dijo el alemán, cuando salieron a la
carretera—, y al volante está mi amigo.
Era un ridículo seiscientos de color gris negro, y de pie,
junto al coche, casi de mayor tamaño que éste, estaba aquel a quien el alemán
llamaba su amigo.
Pasaban poquísimos coches y el tráfico con los camiones no
comenzaría hasta después del almuerzo.
—Y ése es el mío —dijo él, el doctor Mario, señalando el
bello Fulvia al otro lado de la carretera, bajo el sol que se descoloría, ya
cerca del crepúsculo, a las cuatro de la tarde.
—Muy bien —exclamó el alemán—. Lo seguiremos de cerca. Si
sucede algo, policía de tráfico o algo por el estilo, cada uno que siga su
camino. ¿De acuerdo?
—Bien —repuso él.
Miraba a aquel hombre, y sobre todo escuchaba su voz con
gran interés en aquel rosado y gélido crepúsculo de noviembre. Era un hombre
apuesto: no debería de tener mucho más de cincuenta años, tenía los hombros
cuadrados, como el rostro; era rígido como de cemento y, al mismo tiempo, muy
móvil y atento, con aquellos ojos claros que lo veían absolutamente todo. En
cierto modo le gustaba, le era simpático: era un hombre, no una especie de
imbécil.
—Le ruego, señor —continuó el otro— que no intente hacerme
una trastada. Sé que desde hace años efectúa usted este trabajo y que siempre
se ha comportado bien, pero cualquiera está expuesto a un momento de locura.
Tres kilos de eso pueden trastornar la mente de cualquiera. Le aconsejo que no
le suceda a usted. Será mejor para todos.
Él lo miró fijamente, y en voz baja, muy fría, porque la
prosopopeya del hombre lo había herido, le soltó a la cara:
—Suba al coche y sígame con su amigo, pero no demasiado
cerca, sino más bien distante. Por lo menos trescientos metros —es decir, fuera
del tiro de una pistola—. Si me sigue a menos de trescientos metros puede irse
a donde le dé la gana con su paquete de borotalco porque no le daré ni una
lira.
Ni siquiera esperó que le contestara. Atravesó la
carretera, bajo el último aliento rojizo de la luz del sol, con el fondo del
mar ahora casi turquí y subió a su Fulvia. Puso en marcha el motor
cuidadosamente, porque era muy cuidadoso, a pesar de su corpulencia. Por el
espejo retrovisor vio con satisfacción que el ridículo seiscientos —pero ¿cómo
hay que arreglárselas para ir por ahí con tres kilos de cocaína, probablemente
tomada en depósito?— estaba a la distancia fijada por él, más allá de la
parábola descrita por un proyectil de pistola.
Y condujo hacia Fano, pero con bastante rapidez, porque se
le había hecho tarde, y sabía que Camina Bella se ponía muy nerviosa cuando
tardaba, y también bastante divertido porque cuando quería jugársela a alguien
que no quería que se la jugaran, lo pasaba muy bien. El señor Coso había dicho
que no le hiciese una mala pasada. Pero no había duda que la mala pasada se la
haría. Hacía dos años que se contentaba con hacer de mediador: la cocaína venía
de Austria por la carretera de Roma, y él iba de un lado para otro por el
litoral Pesaro-Ancora, tomaba el paquete del portador, lo llevaba a su vez a
Taranto, lo entregaba a otro y recibía su comisión. Por medio kilo, por un kilo
de «eso» —se le llamaba así— no había querido arriesgar nada. Pero ahora se
trataba de tres kilos: era sencillo, porque tres kilos quieren decir millones y
millones; quieren decir que uno por varios años no ha de pensar en lo que
comerá mañana, y cómo se las arreglará para pagar los plazos del coche, ni para
convencer al sastre de que le haga otro traje, sin soltar una lira. Claro que
quería jugarle «la mala pasada». Se quedaría con eso para él y no lo llevaría a
Taranto, a quien lo estaba esperando. Y también se quedaría el dinero que le
habían dado para pagarlo. Era un juego arriesgado, pero se trataba de muchos
millones.
Miró todavía por el espejito. El señor Coso seguía a
respetuosa distancia y había encendido los faros de ciudad en aquella hora de
luz tan incierta. Bueno, te haré la mala jugada, pensó.
Luego, mientras estaba detrás de un camión enorme al que
no podía adelantar y había de conducir lentamente, pensó en muchas otras cosas:
que tenía que llevar un revólver de cañón más corto, porque, con la barriga que
tenía, el cañón largo se notaba mucho sobre el muslo derecho. Y además, si todo
iba bien, podría convencer a Camina Bella para que se hiciera la plástica del
pecho en Norteamérica, que le dejaría unos pechos como era debido, pero ella
nunca quiso porque se necesitaba mucho dinero. Y además tendría que hacerle un
regalo al hombre moreno, su pistolero fiel, que, a la distancia justa, daba en
cualquier blanco, aunque se tratara de un mosquito.
Y de pronto, sin ningún motivo, pensó en aquella cosa
terrible: la voz del señor Coso, el tipo de los tres kilos de eso, era la voz
del capitán Dortmund, allí, en Passo Iorio. Era la voz del hombre que había
ordenado quemar vivos a sus muchachos. Él, escondido en el fondo del torrente
con Camina Bella, no había visto nada; sólo había oído voces: la del intérprete
en italiano, y aquella ronca, en alemán, del capitán Dortmund.
Bien es verdad que la voz del señor Coso no era ronca, y
decía palabras en buen italiano. Claro está que en tantos años había tenido
tiempo de estudiar el idioma, pero había algo en la estructura de aquella voz,
en el esqueleto de la voz, que le reveló la verdad: aquel hombre era el capitán
Dortmund.
Por último pudo adelantar al camión, y respiró con alivio.
Hacía muchos años que él no era sino carne de presidio. Había subido
paulatinamente, desde el robo a la explotación de mujeres y el tráfico de
estupefacientes, siempre adelante. Pero el recuerdo de aquellos muchachos que
gritaban en el dulzón y nauseabundo humo de la propia carne quemada, era un
recuerdo inolvidable de cuando él era un hombre y no un pillo, un recuerdo que
cada vez que acudía a su memoria casi lo mataba de remordimiento, porque él fue
el jefe de aquellos muchachos, y fue él quien los había convencido para aquella
lucha y los había llevado a la muerte.
Miró por el espejito: también el seiscientos había
adelantado al camión y en las últimas sombras de la tarde precoz de invierno
mantenía la distancia señalada por él. No había prueba alguna de que aquel
hombre fuese el capitán Dortmund. Él estaba en el fondo de un torrente,
sepultado por la nieve y no había visto nada; sólo oyó voces, y sin embargo,
sabía, sentía, tenía la certidumbre de que la voz del señor Coso era la voz del
capitán Dortmund, el hombre que había dado la orden a los SS de los lanzallamas:
«El capitán dice que hace mucho frío y quiere calentarte. Comenzará por los
pies», decía el traductor. Y no tenía necesidad de pruebas, lo sentía dentro de
sí: tenía a sus espaldas, en el seiscientos, al capitán Dortmund, autor de la
pequeña matanza de Passo Iorio (Italia), noviembre 1944.
Moderó la marcha porque había visto los faros rojos del
descapotable con Camina Bella y el moreno, que además era muy bajito, y se
detuvo a tres metros de ellos. Al mismo tiempo, con el brazo fuera de la
ventanilla, hizo una imperiosa seña al seiscientos para que se detuviera a
bastante distancia, y ellos obedecieron.
Se apeó del Fulvia y se acercó al descapotable por el lado
de ella.
—Hola. ¿Recordáis lo que tenéis que hacer?
—Sí. ¿Qué te sucede? —preguntó ella advirtiendo en la
aspereza de la voz la tensión de los nervios.
—Nada. Me he detenido en la carretera para mirar a las
chicas.
No podía decirle que había encontrado al capitán Dortmund.
Ella estaba ya agotada, medio destruida; su corazón hacía «fu, fu, fu», en
lugar de latir. Si le recordaba a aquellos chicos se sentiría mal.
—Ahora —le dijo— escúchame. El coche en el que llevan eso
es aquel seiscientos que está allí en la curva. Dame la cartera y tú —le dijo
al chico— saca la carabina. Estate al cuidado: son dos. Uno muy alto, y otro
muy gordo. Éste es el que lleva eso. Yo intentaré que se apee del seiscientos,
y apenas lo haya hecho, tú disparas sin pensarlo un segundo. Yo pensaré en lo
demás.
De detrás de los asientos ella sacó la gruesa cartera.
Estaba llena de periódicos, no de dinero, y preguntó amarga:
—¿Es necesario disparar?
Él dijo bruscamente:
—No te dan tres kilos de eso diciendo «por favor».
Tomó la cartera y, en el oscurísimo crepúsculo, se dirigió
en seguida y decidido hacia el seiscientos, hacia los pequeños faros
encendidos. Requirió cierto tiempo, porque trescientos metros son muchos para
recorrerlos a pie. Pasaban camiones, coches, lanzaban ráfagas de luz con sus
faros, pero no hay nada más solitario que una carretera, incluso con tanto
tránsito, y allí había poco: se podía llorar y morir sin que nadie se diera
cuenta; se corre, a cien, a ciento veinte, a ciento cuarenta, para llegar a tiempo,
para llegar antes, para llegar como sea, y sobre todo de noche, de lo que
sucede en la carretera, de lo que hay en la carretera, se ven sólo las luces de
los otros coches.
El doctor Zusini llegó a cinco metros del seiscientos y
dejó la cartera en el suelo. Por la ventanilla asomó la cabeza del señor Coso.
—¿Ha traído el dinero?
—Aquí está —dijo él paciente, porque era paciente, al
capitán Dortmund—. Ahora haga que se apee su amigo con la maleta y eso, ahí al
borde de la carretera. Mientras usted comprueba si he traído el dinero
convenido, yo comprobaré si me traen la mercancía justa.
Era la regla de tales consignas, y no había nada de
extraño en él, allí de pie, junto a la cartera llena de periódicos, iluminado
por la débil luz de los faros del seiscientos, esperando.
Sucedió lo que había previsto: el gordo con la maleta de
los tres mil gramos de cocaína se apeó del coche, y al mismo tiempo a
trescientos metros de distancia, desde el descapotable, el moreno con su
carabina de mira telescópica, apuntaba a la sien derecha del hombre, que por un
instante se quedó todavía de pie, muerto pero de pie, por puro equilibrio
mecánico. Luego cayó fuera de la carretera, en la yerba de la cuneta, con su
cartera.
—No, capitán Dortmund, quédese quieto en el coche.
Con el largo y chato revólver subió al seiscientos, y
metió el largo cañón en el hígado del señor Coso, sentado delante del volante.
—Yo no soy el capitán Dortmund; soy el coronel Dortmund
—dijo el otro con tranquila desvergüenza—. ¿Cómo ha podido usted saber mi
nombre?
—Las preguntas las hago yo. Quiero saber si es usted
realmente el capitán, ascendido a coronel, Dortmund. Responda sí o no.
El puñetazo que le dio en las narices provocó una
hemorragia y la obediencia.
—Sí, lo soy.
—¿Hiciste la guerra en Italia?
—Sí, en mil novecientos cuarenta y cuatro.
—¿Y estuviste en el lago de Como?
—Sí, en Gravedona.
—¿Vigilabas con tu compañía de SS hasta la frontera suiza?
—Sí, cumplía con mi deber.
—¿Y tu deber era quemar vivos a unos muchachos?
Lo agarró por los pocos cabellos que el ascendido coronel
Dortmund tenía en la nuca.
—¿Te acuerdas de Passo Iorio, te acuerdas de aquellos
Pobrecillos a quienes hiciste quemar con el lanzallamas, te acuerdas de Corazón
Roto?
Hablaba, en realidad, sin rabia, y sin rabia le agarró la
cabeza y la golpeó contra el parabrisas que se rompió, y el hombre se
desvaneció un instante, luego él se bajó del coche: comenzaban a pasar por la
carretera muchos coches, camiones, transportes cisterna, pero a él le tenía sin
cuidado: no podían ver gran cosa.
Si uno no tiene práctica, incendiar un coche es muy difícil;
se le puede meter en un baño de gasolina y no arder, pero él tenía práctica;
precisamente lo había aprendido en la guerra. Levantó, detrás, la tapa del
motor, desconectó un tubito y le prendió fuego. El seiscientos se llenó de
llamas en seguida. Él miró por un instante al capitán-coronel Dortmund que,
apenas envuelto por las llamas, recobró el sentido e intentó salir del coche,
pero había recibido demasiados golpes para tener la fuerza necesaria y se quedó
dentro, al calor —«Tenéis frío, muchachos; ahora os calentaré en seguida»,
había dicho en 1944—, mientras pasaban un par de camiones sin detenerse.
Cuando el primer coche se detuvo para prestar socorro, no
sólo el capitán-coronel Dortmund era ya un tizón, sino que Corazón Roto, el
doctor Mario Zusini, estaba ya muy lejos, cerca de Lara, su mujer, y su chófer,
que corrían casi a ciento sesenta.
Ahora que todo estaba consumado, podía decírselo, pensó
él, mientras el coche corría: lo hecho ya no asusta.
—Era el capitán Dortmund, ¿te acuerdas?
Resultado de imagen de Giorgio Scerbanenco
GIORGIO SCERBANENCO (Kiev, Imperio ruso, 28 de julio de
1911 - Milán, Italia, 27 de octubre de 1969) es un escritor italiano de novelas
policíacas.
Hijo de padre ruso y madre italiana, Volodymyr, —su
verdadero nombre—, al estallar la revolución rusa viaja a Italia con su madre.
Su padre fue fusilado y su madre falleció en 1927. Se estableció en Milán a los
dieciséis años y para ganarse la vida desempeña diversos oficios que le van
acercando al mundo editorial.
En 1931 publica su primer cuento en una revista. Comienza
a trabajar para revistas femeninas como “Piccola” y “Novella” como corrector de
pruebas y redactor. Escribe novelas rosas y en 1940 publica su primera novela
policíaca Sei giorni di preavviso.
En septiembre de 1943 busca refugio en Suiza donde
permanece hasta 1945. Entonces regresa a Italia y funda con Angelo Rizzoli el
semanario “Bella”. También colabora con la revista “Annabella” escribiendo
cuentos y series de relatos. En 1963 publica Venus privada la primera novela de
la serie de Duca Lamberti. Publica también relatos policíacos en “La Stampa” y
“Dominica del Corriere” y escribe guiones para el cine. Con su nueva pareja y
sus dos hijas traslada su residencia a Lignano Sabbiadoro.
En 1968 gana el prestigioso Grand Prix de Littérature
Policière. Scerbanenco está considerado uno de los maestros del género
policíaco en Italia y algunas de sus novelas han sido llevadas al cine.
Libros publicados en España
Venus privada (Noguer, 1967, Bruguera, 1980; Planeta,
1986; Akal, 2011)
Milán, Calibre 9 (Noguer, 1970; Bruguera, 1984; Planeta,
1986; Akal, 2011)
Los milaneses matan en sábado (Noguer, 1970; Bruguera,
1980; Planeta, 1985; Akal, 2011)
Traidores a todos (Noguer, 1971; Bruguera, 1982; Planeta,
1986; Ediciones Akal, 2009).
Al servicio de quien me quiera (Barral, 1972; Bruguera,
1984; Planeta, 1986)
Demasiado tarde (Noguer, 1972; Bruguera, 1983)
Ladrón contra asesino (Noguer, 1972; Bruguera, 1980)
Doble juego (Noguer, 1973, Bruguera, 1983)
Las princesas de Acapulco (Barral, 1973; Bruguera, 1984)
Rapto (Noguer, 1973)
Perseguidas (Noguer, 1973; Bruguera, 1983)
Pequeño hotel para sádicos (Noguer, 1973)
La chica del bosque (Noguer, 1975)
La arena no recuerda (Noguer, 1975)
Los siete pecados capitales y las siete virtudes capitales
(Noguer, 1976; Akal, 2010)
Cita en Trieste (Noguer, 1976)
El rio verde (Sagitario, 1976)
La cueva de los filósofos (Bruguera, 1977; Ediciones Akal,
2014).
Te llevaré a ver el mar (Noguer, 1977; Brugera, 1983)
La noche del tigre (Noguer, 1977)
El gran encanto (Noguer, 1978)
Ladrón contra asesino (Noguer, 1980)
Muerte en la escuela (Bruguera, 1980, Akal, 2010)
Los espías no deben amar (Jucar, 1980; Bruguera, 1981)
La muñeca ciega (Ediciones Akal, 2013).
Nadie es culpable (Ediciones Akal, 2013).
Notas
[1] Despectivo aplicado a los fascistas de la efímera
República de Saló (1944). <<


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