Menú

Índice de Entradas

Libros Más Recientes

Libro N° 4001. La Boda Del Encapuchado. Molinero, Rafael.

Libro N° 4001. La Boda Del Encapuchado. Molinero, Rafael.

 


© Libro N° 4001. La Boda Del Encapuchado. Molinero, Rafael. Colección E.O. Julio 22 de 2017.

Título original: ©  La Boda Del Encapuchado. G. L. Hipkiss /Molinero Rafael. El Encapuchado/21

 

Versión Original: © La Boda Del Encapuchado. G. L. Hipkiss /Molinero Rafael. El Encapuchado/21

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2016/04/la-boda-del-encapuchado-rafael-molinero.html#more

 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.  

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

Portada E.O. de Imagen original:

http://www.todocoleccion.net/comics-pulp/el-encapuchado-n-21-boda-encapuchado-cliper-1946-ilustraciones-darni~x51162984#sobre_el_lote

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

    LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

LA BODA DEL ENCAPUCHADO

G. L. Hipkiss /Molinero Rafael

El Encapuchado/21

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

LA ANTORCHA EN PELIGRO

 

-¡No se mueva!

La orden restalló en las tinieblas como la tralla de un látigo. El cono de luz se extinguió, sincronizando el acto con el chasquido del interruptor, que inundó de claridad la habitación. La desconocida, inclinada sobre el secreter, no tuvo tiempo más que para alzar la cabeza. Las pupilas de los ojos azul-grises se contrajeron al contemplar, a través de los agujeros del antifaz, la pistola con que el hombre la apuntaba desde la puerta.

-¡La Antorcha! -exclamó el recién llegado. Y pareció llenársele la boca con el nombre-. ¡Con cuánta ansiedad te he esperado! Porque sabía que vendrías... ¡a caer en la trampa que te tenía preparada!

La mujer no habló. Ni parpadearon sus ojos. La mano izquierda, inmóvil, sujetaba la lámpara de bolsillo, que poco antes apagara. Parecía convertida en piedra. Sólo una cosa delataba la enorme tensión a que se hallaban sujetos sus nervios: los dedos de la mano derecha, cuyos nudillos blanqueaban. El hombre miró los papeles que dicha mano sostenía.

-¡Los encontraste! -murmuró, con irónica risa-. ¡Eres astuta, Antorcha! No esperaba que dieses tan pronto con el cajoncito secreto. Pero -agregó, con feroz alegría-, ¡de cuán poco van a servirte!

-Puesto que en tu poder me tienes, Surrey -dijo La Antorcha, hablando por primera vez-, permíteme, al menos, que me enderece. Puedo asegurarte que resulta bastante incómoda la posición en que me encuentro.

-No tanto -respondió el otro-, como la posición en que no tardarás en encontrarte. Puedes erguirte, no obstante... muy despacio... después de haber abierto la mano en que tienes los papeles. ¿Es necesario que te advierta que una muerte fulminante te espera si haces el menor movimiento sospechoso?

-¿Sólo si hago un movimiento sospechoso? –inquirió, irónicamente, la mujer.

Pero abrió la mano derecha, dejó caer los documentos sobre la mesa y se enderezó inmediatamente, diciendo:

-Richard Surrey, me encuentro a merced tuya. Y soy demasiado inteligente para no comprender lo que eso significa. Viva, soy, para ti, una amenaza constante... una espada de Damocles suspendida sobre tu cabeza. No tienes más remedio que darme muerte.

-¡Cuán cierto y cuán lamentable es eso!

-Pero -prosiguió la mujer de encarnado-, es demasiado tarde ya. Mi muerte no puede salvarte. Has llegado al final de tu carrera, Surrey. Némesis está llamando a tu puerta.

-¡La diosa de la venganza! ¿Pretendes personificarla tú, acaso? -inquirió Surrey, burlón.

-¿Yo? ¿No me encuentro a merced tuya? Te conozco demasiado para no comprender que jamás me salvaré con palabras.

-¿Quién eres?

-Tú conciencia.

-¿Mi conciencia? -rió el hombre-. La maté hace tiempo y aun no me he molestado en enterrarla.

-Por eso resucita y te acusa... Y te previene.

-Eres valiente, Antorcha. Y el valor siempre despertó mi admiración... sobre todo cuando lo encontré en una mujer. Es lástima que tenga que matarte. Sí hubiera una matera de salvarte... de hacerte inocua...

-No existe ninguna.

-La policía te busca. Si cayeras en sus manos...

-¿En qué podría eso beneficiarte?

-En nada. Pero quizá sea ésa la idea que yo buscaba.

Se quedó unos momentos pensativo. La Antorcha no apartaba de él los ojos, esperando el menor descuido para aprovecharlo.

-Antorcha -dijo, por fin-, durante estos últimos tiempos has ido reuniendo una serie de documentos...

-¿Bien?

-Exijo que me los devuelvas.

-Pierdes el tiempo.

-Te ofrezco una ocasión de salvar tu vida.

-Y yo la rechazo.

-¿Qué esperas adelantar muriendo? Has fracasado. Salva la vida por lo menos... Tengo otra proposición que hacerte.

-Estoy dispuesta a escucharla.

-Una vez muerta, te arrancaré el antifaz y sabré quién eres...

-No estaré en condiciones de impedirlo, en efecto –respondió La Antorcha, con sarcasmo.

-Y... ¡la muerte es una cosa tan permanente...!

-¿Es eso una muestra de tu humorismo?

-Es la exposición clara de un hecho. Una afirmación categórica. Y una verdad como un templo.

-¿Qué quieres decir con eso?

-Que, después de verte el rostro, pudiera arrepentirme de haber privado al mundo de tu presencia.

-¿Te crees capaz de tales sentimientos?

-Soy un romántico a veces. Y no soy del todo insensible a la belleza... de la que no cree que carezcas.

-No te conocía bajo ese aspecto.

-Son muchos los aspectos bajo los que tú no me conoces. ¿Estás dispuesta a aceptar mi proposición?

-Aun no la has hecho.

-Eres demasiado perspicaz para no haberla comprendido.

-Puede que en este caso sea menos perspicaz de lo corriente. ¿Qué deseas?

-Que descubras tu rostro.

-Y... ¿si lo hago?

-Es muy posible que deje que continúes viviendo. Tu identidad seguirá siendo un secreto...

-Si mis actividades cesan, ¿no es eso?

-Tú guardas mi secreto -asintió el hombre-, y yo el tuyo. ¿Qué más quieres?

 

 

      -Es muy posible que, una vea me conozcas, no te conformes con eso. Pero...

-Mientras conserves la vida...

-¡Acepto! -dijo bruscamente La Antorcha, interrumpiéndole.

-Eres prudente.

-Como tú dices, nada adelanto muriendo. ¿Me descubro?

-Escúchame bien, primero. No me fío de ti y no pienso dejar de encañonarte. Voy a permitir que alces la mano derecha... nada más que la derecha... y muy despacio. Al menor movimiento brusco, oprimo el gatillo. ¿Está eso claro?

-Completamente.

-Cuando hayas desatado el antifaz, lo dejarás caer con la misma lentitud. Bajarás la mano otra vez con igual cuidado. No pienso hacer advertencia alguna. Si desconfío, disparo.

-No lo dudo.

-Empieza, pues.

La mano de La Antorcha inició el ascenso. Lejos de molestarle la lentitud que le imponían, acogió la orden con satisfacción. Todo su interés estaba en ganar tiempo. Al dirigirse a casa de Richard Surrey había previsto dificultades. No había excluido, tampoco, la posibilidad de que la acorralasen. Por eso, antes de emprender la aventura, había tenido la precaución de mandar aviso a El Encapuchado para que acudiese en su ayuda. El Encapuchado, no obstante, habíase hallado ausente de casa al telefonear ella. Garth, acudiendo al teléfono a petición suya, había expresado la creencia de que su señor no tardaría en hallarse de regreso. "Dentro de un cuarto de hora", había dicho, "lo espero en casa". La Antorcha le dio las señas del lugar á que se dirigía junto con las necesarias instrucciones. Y, tras aguardar un cuarto de hora, había marchado al domicilio de Richard Surrey.

A pesar de examinar concienzudamente ventana y cuarto, no había hallado señal alguna de que existiera instalación de alarma. Y, sin embargo, algo debía existir. No era posible que el hombre no hubiese tomado todas las precauciones posibles para conjurar el peligro de un robo.

Estaba segura ahora de que no se había equivocado. Sólo una alarma podía haber hecho aparecer al hombre tan oportunamente en el cuarto, alarma que, sin duda alguna, estaba conectada con el secreter y no con la ventana.

Mientras pensaba, la muchacha seguía subiendo la mano con una lentitud exasperante. ¿Qué le habría sucedido a Milton? ¿Por qué no se había presentado ya?

Por mucho que aguzaba, el oído, no conseguía oír rumor alguno que anunciara su proximidad. Y no podía alzar la mano más despacio de lo que lo estaba haciendo.

Sus dedos llegaron a la altura del hombro. Poco más podía esperar. Era inútil que confiara en El Encapuchado. No llegaría a tiempo. Tendría que salir de aquel atolladero por sus propios medios.

Al llegar a la altura de la barbilla tomó una decisión y, sin pensarlo dos veces, obró con rapidez de relámpago.

La mano se detuvo de pronto, cayó hacia el escote. La lámpara de bolsillo salió disparada de su otra mano. La Antorcha se dejó caer al suelo. Los tres movimientos fueron hechos simultáneamente. Y, simultáneamente también, sonó la pistola de Richard Surrey.

Por lo inesperado del acto de su prisionera, Richard no bajó la pistola a tiempo, y el primer disparo pasó por encima de la cabeza de la mujer. Con el segundo, sin embargo, hubiese dado de lleno en el blanco, de no haber sido porque, en el instante mismo en que oprimía el gatillo, la lámpara lanzada por la mujer le dio de lleno en el rostro, haciéndole retroceder un paso y estropeándole la puntería.

Antes de que pudiera disparar por tercera vez, La Antorcha tenía ya su pistola en la mano. El peligro era demasiado grande para que se entretuviera en apuntar siquiera. Tiró a bulto y dio a Surrey en una de las piernas, haciéndole caer de rodillas.

En el interior de la casa se oyeron voces y ruido de pasos que acudían apresurados.

La muchacha se puso en pie de un brinco, recogió los papeles de encima del secreter, se los guardó en el pecho y corrió hacia la ventana. Un proyectil arrancó una astilla al marco en el momento en que saltaba por ella la escalera de escape. Surrey estaba disparando desde el duelo.

Bajó, presurosamente, la escalera. Si cundía la alarma, se exponía a que le cortaran la retirada.

Surrey, entretanto, se había levantado. El proyectil de La Antorcha le había atravesado la pantorrilla, produciéndole una herida dolorosa, pero que no le privaba de movimiento. La situación era, por añadidura, demasiado seria para que se preocupara de un rasguño más o menos.

Corrió hacia la ventana mascullando maldiciones. ¿Por qué no habría matado a La Antorcha mientras la tenía a mercad suya? Maldijo el momento en que dejó que inconfesables deseos le influenciaran y le hicieran concebir el plan cuyas consecuencias estaba sufriendo en aquel instante.

Cuando apareció en la escalera de escape, La Antorcha no había llegado abajo aún. Había posibilidad de alcanzarla. No la veía, pero oía el taconeo de sus zapatos sobre el hierro. Disparó a ciegas, sin esperanza de darle, e inició el descenso. Conocía perfectamente los escalones y le era posible bajar más aprisa que la fugitiva. No sentía la herida siquiera.

Saltó los últimos escalones a tiempo para ver desaparecer a la mujer de rojo tras la esquina. Y, cuando asomó a ella, era demasiado tarde para que pudiera detener el cochecito que, guiado por La Antorcha, empezaba a alejarse velozmente.

Hizo un par de disparos hacia los neumáticos sin resultado alguno. Luego fue en busca de su automóvil. Aun había esperanzas. Aquella parte de Baltimore estaba casi despoblada. La Antorcha no intentaría apartarse de la carretera de momento, porque por allí no había más que algunos caminos vecinales por los que un "auto" hubiera tenido que ir muy despacio.

Sacó su automóvil con una rapidez de la que jamás se hubiera creído capaz. Echó el acelerador a fondo. La Antorcha no había tenido tiempo de alejarse mucho aún y no tardó en comprobar que el motor de su coche era mucho más potente que el de la misteriosa mujer.

Poco a poco fue ganando terreno.

La Antorcha volvió la cabeza. Vio por la ventanilla de atrás, lo que estaba sucediendo. Su única esperanza estaba en llegar a la parte edificada de North Avenue y serpentear por las calles para ver si lograba perder a su perseguidor. Pero su coche iba ya a gran velocidad y no podía dar más de si.

Empezó a examinar los lados de la carretera, en busca de algún lugar por el que le fuera posible introducirse y por el que no pudiera Surrey seguirle dado el tamaño de su coche.

El ronco aviso de una bocina eléctrica le hizo alzar la cabeza. Acababa de desembocar en la carretera, un poco más arriba, un automóvil pequeño que viajaba hacia ellos a gran velocidad. Los faros del mismo hirieron el camino, medio amortiguados para no deslumbrar. La Antorcha se encogió en su asiento, confiando que, durante el segundo que quedó iluminada, el desconocido motorista no habría visto el antifaz que la cubría el rostro. Luego echó otra mirada hacia atrás.

Surrey había ganado más terreno. Pero no fue aquello lo que más llamó su atención. El coche que acababa de pasarles se había detenido en seco. El conductor le hacia girar en aquel momento, para volver atrás. ¡Había visto a la enmascarada y se disponía a emprender, a su vez, la persecución!

La Antorcha comprimió los labios, intentó sacar más velocidad a su motor. Parecía haber salido de un peligro para meterse en otro. Pero no estaba dispuesta a dejarse vencer así como así. Torcería por donde pudiese; continuaría su huida a pie si era preciso. Antes, no obstante, recurriría a otros medios. Calculó la distancia que la separaba de Surrey. Aun podría llegar al ramal por el que desembocara el segundo coche antes de que su perseguidor se pusiese a tiro de pistola. Pararía a la vuelta. Intentaría perforarle los neumáticos a tiros. Y, si su intento fracasase o si Surrey salía ileso del accidente, se internaría por la vecina maleza y procuraría perderse y quitarse el antifaz.

El segundo automóvil, entretanto, estaba dando muestras de una potencia que nadie hubiera sospechado en él. Su conductor, agachándose sobre el volante, echado el acelerador a fondo, estaba acortando rápidamente la distancia que le separaba de Surrey, que no parecía haberse dado cuenta de su presencia siquiera.

Éste, viendo cerca de sí ya el coche de La Antorcha, quitó la mano derecha del volante, empuñó una pistola y disparó por encima del parabrisas. Estalló demasiado lejos aún, sin embargo, para poder hacer daño alguno y además, el mismo movimiento del vehículo no permitía apuntar bien.

La Antorcha no oyó el disparo siquiera. El conductor del tercer coche, si. Se había acercado a un par de metros del otro, que, demasiado ocupado vigilando el coche de La Antorcha, no se había fijado en el que le venia detrás.

El desconocido no intentó disparar. Hizo sonar, de pronto, su bocina. El sonido sobresaltó a Surrey. Volvió la cabeza. Masculló una maldición. Se guardó la pistola. No le interesaba que hubiera testigos de lo que pensaba hacer con La Antorcha. Pero, ¿qué hacía aquel loco? ¿Por qué continuaba detrás de él, en lugar de pasarle?

Volvió a sonar la bocina. El coche pequeño pareció darse cuenta entonces de que iba a chocar con el otro e intentó salir al centro de la carretera. Surrey comprendió que no lo conseguiría, a tiempo. Estaba demasiado cerca para eso. Masculló otra maldición y movió el volante, ciñéndose más a la cuneta para que otro pudiera pasar.

¡Crac! Un lado del parachoques del "auto" desconocido pegó contra el guardabarros de Surrey. Se oyó el chirrido de metal contra metal. El automóvil se estremeció. Richard Surrey soltó un rugido de rabia y alarma a la vez. Estaba al borde mismo de la cuneta. Intentó mover el volante de nuevo, aunque sabía que perdía el tiempo haciéndolo. Si se salvaba de la cuneta, se metería delante del otro coche y, a la velocidad que iban ambos, no existía la menor duda acerca de cuál sería el resultado.

No obstante, no tuvo tiempo de hacer nada. El otro coche, después de darle el topetazo de refilón, no continuó adelante, sino que frenó bruscamente. Surtió esto el mismo efecto que si hubiera dado marcha atrás. Surrey, que no había aminorado la velocidad de su vehículo, se adelantó de nuevo, recibiendo un segundo topetazo cuya sacudida bastó para consumar la obra iniciada. Las ruedas del automóvil de Richard Surrey giraron unos instantes en el aire, para hundirse luego en la cuneta. Y tal era la velocidad que llevaba, que el coche aun resbaló unos metros, tumbado da lado, destrozando la cuneta y destrozándose antes de inmovilizarse.

La Antorcha, entretanto, había doblado el recodo, detenido el coche, y saltado a tierra pistola en mano. Aguardó unos instantes inmóvil, aguzando el oído, sorprendida. ¿Qué había sucedido? No se oía rumor alguno. No era posible que Surrey hubiera abandonado la persecución. No podía abandonarla.

Y luego, no era Surrey el único. El otro coche… Una sospecha germinó en su mente. Brillaran sus ojos. ¿Cómo no se le había ocurrido aquello antes?

Fue obra de un instante, quitarse el rojo vestido de seda, encasquetarse el sombrerito negro con su tupido velo. Se asomó a la carretera.

Allá abajo, en la cuneta, estaba tumbado un automóvil. Otro, parado cerca de él, lo enfocaba con sus faros. Un hombre intentaba en aquellos momentos abrir la portezuela del vehículo estrellado. Y la luz le estaba dando de lleno.

¡El Encapuchado!

Corrió hacia él. Había logrado abrir la portezuela y se disponía, evidentemente, a sacar a Surrey del pescante. Volvió la cabeza al oír los pasos de La Antorcha y, en aquel mismo instante, una detonación pobló la noche de ecos.

El Encapuchado exhaló una exclamación. Miró hacia la cuneta. Se inclinó, de muevo, sobre el vehículo.

Richard Surrey estaba caído boca arriba, con las piernas retorcidas bajo el volante. La mano derecha aun sujetaba la pistola. La sangre manaba todavía del orificio practicado por el proyectil que se le habla incrustado en los sesos.

-¿Muerto? -inquirió La Antorcha, mirando por encima del hombro del que la había salvado.

El otro movió, afirmativamente, la cabeza.

-Pero no lo estaba hace unos momentos -dijo-. Tenía las piernas rotas, no obstante lo cual se hubiera salvado. Ha preferido el suicidio. ¿Comprendes tú eso?

-Demasiado -respondió la mujer-. Como todos sus compañeros, era un cobarde. Cuando lo vio todo perdido, prefirió suicidarse a afrontar las consecuencias de sus actos.

Hubo unos momentos de silencio. Luego:

-Vámonos de aquí, Milton. Nada podemos hacer ya. Puede pasar alguien y sorprendernos. Quítate la capucha.

El hombre obedeció maquinalmente. Echó a andar hacia su "auto" seguido de La Antorcha.

-¿Tu coche? -le preguntó.

-A la entrada del ramal. Había pensado tender una emboscada a mi perseguidor... intentarlo por lo menos. A Dios gracias no ha hecho falta. Fuiste muy oportuno, Milton. Pero no comprendí que eras tú hasta hace unos instantes.

-Llegué a casa más tarde de lo que había esperado. Bill me dio tu mensaje. Corrí a toda velocidad a las señas que le diste, temiendo llegar demasiado tarde. Te reconocí en cuanto mis faros te iluminaron. Me di cuenta quo huías y que alguien te perseguía. Di media vuelta. No era mi propósito hacer que este hombre se estrellase. No. Al principio, por lo menos... Cuando le oí disparar contra tu coche, sin embargo, comprendí que ése era mi único recurso. No daba tiempo a andarse con miramientos. Le empujé hacia la cuneta.

-Y estuviste a punto de estrellarte tú también -observó la mujer, mirando el parachoques doblado y el destrozado guardabarros.

-No lo creas. Mi coche es fuerte y no ha sufrido más averías que las que estás viendo. El motor funciona como si tal cosa. ¿Subes?

-Hasta la vuelta. No puedo dejar el mío abandonado.

Subió. Torcieron por el ramal. Volvieron a detenerse. La muchacha saltó a tierra.

-Así, ¿te despides, Antorcha? -preguntó el multimillonario, con tristeza-. ¿Qué ha ocurrido esta noche? ¿Por qué no tienes más confianza en mí? ¿No te he dado motivos de sobra para ello?

La joven se apoyó en la ventanilla del coche. Posó una mano sobre el hombro del otro.

-¿He expresado alguna vez dudas de ti, Milton? -preguntó, con dulzura.

-De palabra, no; pero sí con tus actos.

-No, Milton, no… jamás he dudado un momento de ti. Sólo me he mostrado reservada porque con ello aseguraba el éxito de mi empresa o, por lo menos, no ponía, en peligro más vida que la mía. Si se hubiera sospechado tan sólo que tú sabías… hubieras corrido el riesgo de morir herido a traición. Y hasta es posible que hubieras puesto en mayor peligro mi vida sin querer hacerlo. Y yo necesitaba vivir para cumplir la misión que me había impuesto.

-Yo podía haberte ayudado a llevarla a cabo, Antorcha… aun puede ayudarte. Podemos compartir los peligros y acelerar la victoria... Tengo derecho a pedírtelo... a saber quiénes son tus enemigos para defenderte contra ellos. Si algo te sucediera, ¿con qué derecho me privas de los medios para continuar tu obra, para vengar el crimen? ¿No me quieres, Antorcha? ¿No comprendes lo que sufro andando a tientas en las tinieblas?

-¿Si te quiero, Milton? -murmuró la enmascarada con ternura. Luego cambió de tono-. No tengo derecho a hablar de amor en estos momentos en que mi misión está a punto de terminarse.

-Es el momento más indicado para que lo hagas -insistió el multimillonario-. Es preciso… "absolutamente preciso"… que me hables con franqueza. Dices que estás a punto de terminar tu misión. ¿No temes que suceda algo en el último instante que te prive de hacer lo que aun te falta para dar cima a tu empresa? ¿Qué habrás adelantado consiguiendo tanto, arriesgando tu vida a cada momento, si caes cuando la victoria esté a tu alcance? ¿Quién dará cima a la empresa que tú dejes casi acabada?

-Todo eso está ya previsto -anunció la mujer-. Falta demasiado poco ya para que corra riesgos. Si yo muero, Milton, te legaré ese trabajo, que será tanto como legarte una sentencia de muerte. Recibirás todos los documentos y, una explicación detallada de lo que aun queda por hacer. He tomado mis medidas para que eso suceda. Pero, si vivo…

Milton Drake soltó el volante, asió el brazo de la muchacha, lo apretó casi sin darse cuenta de lo que hacia.

-¡No puedo esperar a que tú mueras para saberlo, Antorcha! Es preciso que lo sepa "ahora", para ayudarte a conjurar los peligros que te acechan.

La mujer se desasió con dulzura.

-Suéltame, Milton. Por tu bien obro... Pero no me niego rotundamente a satisfacer tu curiosidad. Es necesario que lo piense. Voy a subir a mi coche y ponerlo en marcha. Sígueme. No podemos permanecer aquí. Iré reflexionando. Y ¿quién sabe? La noche es joven. Nos queda mucho tiempo. Pueden suceder muchas cosas antes de que amanezca.

Y, sin aguardar contestación, subió a su coche y emprendió la marcha ramal arriba, seguida de cerca por el automóvil de Milton.

Durante unos minutos siguieron por aquél camino a toda velocidad. De pronto, la muchacha torció a la izquierda y volvió a torcer un poco más allá, como buscando, de nuevo, la carretera de la que habían partido.

Aquello significaba que La Antorcha había tomado, bruscamente, una determinación; pero Milton Drake no supo comprenderlo hasta que vio que la nueva ruta les conducía a "Druid's Hollow" y que la muchacha se metía, con su coche, por la verja de la finca vecina.

 

 

 

CAPÍTULO II

LA MISIÓN DE LA ANTORCHA

 

En el garaje secreto las luces estaban encendidas. La Antorcha paró el motor y saltó de su coche mientras el multimillonario aseguraba las puertas por donde habían entrado.

Junto a una de las paredes había un banco de trabajo sobre el que se veían diversas herramientas. La mujer se sentó en uno de los taburetes que había delante del mismo. Milton apareció por la rampa, bajó al garaje, acercó un taburete al de La Antorcha, se sentó a su lado.

-Antorcha -dijo, con anhelo-, te lo suplico. Si tú consideras esa misión lo bastante justa para consagrar a ella tu vida, ¿por qué no me asocias a mí a ella? Tú lo eres todo para mí. Quiero compartir contigo todas tus penas y todas tus alegrías…

        La muchacha guardó silencio unos instantes, mientras el multimillonario la contemplaba con ansiedad. Luego se puso en pie y empezó a caminar de un lado para otro, pensativa.

-Mi misión toca a su fin -dijo, de pronto, deteniéndose ante su compañero-. Sólo un hombre se interpone entre mí y la victoria. Un hombre… un hombre solo… pero el más peligroso de todos ellos... el instigador de las persecuciones de que he sido objeto… el que no vacilaría en recurrir a todos los suplicios, a la mutilación, a las mayores barbaridades para conseguir su objeto. Es implacable y astuto. No sabe lo que es la piedad. Cuando conozca la muerte de Surrey, tomará tales precauciones, que se hará dificilísimo apoderarse de los documentos que él posea y que me son necesarios. Es muy posible que yo sucumba en la empresa…

-Y ¿pretendes que te deje luchar sola contra ese monstruo? -exclamó Milton, con violencia.

La Antorcha se quitó el sombrero. Lo depositó sobre el banco. Llevaba aun el antifaz debajo. Sonrió levemente antes de contestar.

-El riesgo me corresponde -anunció-, puesto que lo acepté con los ojos abiertos. No tengo derecho a obligar a otro quo lo corra. Y, sin embargo…

-¿Sin embargo…? -repitió el joven, con avidez.

-Te había nombrado mi continuador, como te advertí, si llegaba a fracasar.

-Hubiera aceptado el encargo como una cosa sagrada. Hubiese luchado hasta morir o conseguir la victoria que a ti te había sido negada.

-Lo sé, Milton -respondió la joven con dulzura.

-Pero -prosiguió al multimillonario-, no has muerto y quiero reducir esa probabilidad a su mínima expresión, ¡Habla, Antorcha!

-¿Para qué crees que te conduje a tu propio garaje, si no?

-¿Habrás? -exclamó el joven, con alegría.

La muchacha, movió, afirmativamente, la cabeza.

-En parte, por lo menos -dijo-. Te mereces eso, Milton. He llegado a un punto en que dudo de la conveniencia de mantenerte en ignorancia completa del asunto por más tiempo.

-Te escucho.

La Antorcha tardó en hablar. Parecía estar reuniendo sus pensamientos, ordenándolos, decidiendo qué debía decir y que callar.

-La historia es larga, desagradable y antigua -dijo, por fin-. Es posible que tú no recuerdes los acontecimientos a que voy a referirme. Eras demasiado joven cuando ocurrieron…

-¿Los recuerdas tú? –inquirió el multimillonario-. Porque no creo que llegues a mi edad siquiera.

-No… -respondió lentamente la otra-; no los recuerdo… aunque anduve más cerca de ellos que tú cuando sucedieron. Pero te puedo hablar de ellos como si los hubiese presenciado, ¿Quieres que empiece?

-Lo estoy deseando.

-La historia empieza hace macheo años, cuando un hombre, salido de la nada...

Se interrumpió bruscamente, consultó el reloj. Exhaló una exclamación de sorpresa.

-Lo siento, Milton -murmuró-. No creí que fuera tan tarde. La historia tendrá que esperar. He de marcharme.

El multimillonario se puso en pie de un brinco. Corrió a su lado. La asió los brazos.

-¡No puedes marcharte así, Antorcha! Ahora que te has decidido… ahora que estabas dispuesta a dejar que te ayudara.

La mujer le miró con dulzura.

-No temas. Conocerás la historia completa. Pero no en este instante. Si yo tardara en regresar esta noche, la cosa podría tener consecuencias graves. Ya te he dicho que el final de mi misión se acerca. No quiero comprometer su éxito cometiendo una imprudencia en el último instante. ¿Verdad que lo comprendes, Milton?

El joven dejó caer los brazos, con una mueca.

-No quiero que por mi culpa todos tus esfuerzos, todos los peligros que has corrido, resulten baldíos -dijo, con resignación-. Pero…

-Sigue teniendo fe en mí -le suplicó la enmascarada-. Te dije que, en caso de sucederme a mi algo, recibirías todos los documentos relacionados con el caso, junto con una petición mía de que continuaras la obra que a mí no me había sido dada acabar…

-Si.

-Entre unos documentos figura el relato completo de los sucesos que me impulsaron a convertirme en La Antorcha. Los documentos me los reservo. Pero el relato en si, está a tu disposición. Lo recibirás dentro de unos días. Es demasiado largo para que pueda yo contártelo ahora. Pero no quiero irme sin darte una idea de lo que se trata, por lo menos.

Guardó silencio unos instantes. Luego dijo, con emoción:

-Un hombre, noble y bueno, sufre las consecuencias de un crimen que no ha cometido. Le han despojado de todo… de sus bienes… de su familia… del honor… Ese hombre tiene confianza ciega en mí. Existen pruebas de la monstruosa conspiración que se urdió contra él… y son esas pruebas las que yo voy recogiendo. Cuando las tenga todas, cuando pueda demostrar su inocencia y le devuelva parte por lo menos de lo que ha perdido, mi misión habrá terminado. Hasta entonces...

-Una cosa no comprendo, Antorcha -murmuró el multimillonario-. De tu actuación deduzco que son varios los conspiradores… y del éxito de sus planes se desprende que se trata de gente muy astuta… ¿Cómo es posible que gente de esa índole haya permitido que sigan existiendo pruebas de su villanía? Lo natural hubiese sido que destruyeran cuanto pudiese comprometerles.

-No podían hacerlo -aseguró La Antorcha-, porque no se fiaban los unos de los otros. Eso lo comprenderás mejor cuando hayas leído los papeles que pienso mandarte.

-¿Qué papel desempeñas tú en todo esto…? ¿Cómo has sabido la historia?

-Accidentalmente y por dos conductos distintos. Eso figura también en el relato.

Asió las manos del multimillonario.

-El tiempo apremia -dijo-. Es preciso que me vaya... ¡Adiós, Milton!

El joven tiró de ella, la atrajo hacia sí, la rodeó con sus brazos. La Antorcha alzó la barbilla en muda invitación, y le devolvió el beso que el otro estampó en sus labios. Durante unos segundos permanecieron abrazados. Luego, la mujer le empujó suavemente,

-Suéltame, Milton -murmuró-. Es muy tarde.

El joven luchó contra los avasalladores deseos de estrujarla de nuevo contra su pecho. Dejó caer los brazos. Preguntó, con voz que en vano intentó dominar:

-¿Hasta cuándo, Antorcha? ¿Hasta cuándo?

La muchacha se encogió de hombros.

-¿Quién sabe? –contestó-. Somos simples peones en el tablero del Destino. Hasta pronto, quizá... o hasta nunca. ¿Quién podrá asegurarlo?

Se acercó de nuevo a ella. La posó las manos en los hombros. La sacudió con vehemencia sin darse cuenta de lo que hacia.

-¡No! -exclamó-. ¡No! Es preciso…

-Milton -le interrumpió ella, con dulzura-; me estás haciendo daño...

-Perdón -murmuró el multimillonario con voz opaca, soltándola-; no sé lo que me hago. Tus palabras...

-¡Milton...! ¡Milton…! -dijo ella, en dulce reproche-. ¿Dónde está ese espíritu de sacrificio de que en otras ocasiones has dado pruebas? Sé fuerte. Recuerda tu promesa y no olvides las palabras que otra ocasión te dije. Es posible que tenga que pedirte otro sacrificio... un sacrificio tan grande, que me da miedo pensar en lo que sucederá cuando de ti lo solicite, si tanto te cuesta resignarte a cosa tan pequeña como ésta.

-Soy humano, Antorcha -respondió el joven-; no soy un objeto inanimado que ni siente ni padece. Pero sé que no me pedirás cosa alguna que no sea necesaria y justa. Aquí me tienes. Dispón de mí y de mi vida. Aunque me cueste llorar lágrimas de sangre, no me apartaré del camino que tú traces porque, siendo tuyo, lo considerará siempre como mío. ¿Estás satisfecha?

-Gracias, Milton. Eres generoso y bueno como siempre te he creído.

Le echó los brazos al cuello bruscamente. Le besó de lleno en la boca. Dijo:

-¡Adiós, Milton!

Y, acercándose al banco, recogió el sombrerito, se lo puso, subió al coche y puso el motor en marcha.

El multimillonario echó a andar rampa arriba, para abrirle la puerta del garaje secreto. Andaba maquinalmente. Tenía el corazón oprimido... el pecho entero. Experimentaba una enorme sensación de agobio. La respiración le faltaba.

Era como si presintiese ya el terrible dilema en que no iba a tardar en encontrarse.

 

 

 

CAPÍTULO III

EXTRAORDINARIA PROPOSICIÓN

 

Milton Drake rasgó el sobre, sacó la hoja de papel, leyó su contenido, y le dio un vuelco el corazón. La misiva era corta, pero inquietante. Decía:

 

"Los acontecimientos se precipitan. Es "absolutamente necesario" que vengas a mi casa esta tarde a las tres. No me falles. Te lo suplica. Sonia".

 

Leyó dos veces la hoja escrita antes de destruirla. ¿Qué había ocurrido para que Sonia le llamara con tanta urgencia? "Los acontecimientos se precipitan." ¿Qué acontecimientos? ¿Qué relación tenían con él? La contestación a estas preguntas sólo podía ser una: todo aquello estaba relacionado con la misión de la que le hablara La Antorcha la noche anterior. Sonia estaba en contacto con ella, sabía quién era[1]. Y La Antorcha la había pedido que hablara con él, que le diese algún mensaje...

Pero, ¿por qué no le había dado el mensaje la propia Antorcha en lugar de hacer uso de intermediarios? Y, ¿por qué le había escrito Sonia citándole en lugar de hablarle por teléfono? A esta última pregunta sólo se le ocurría una respuesta: Sonia no había telefoneado para no verse en la necesidad de responder a las preguntas que, indudablemente, la hubiese hecho. Lo que tuviera que decir, deseaba decírselo personalmente. Lo cual parecía implicar también que se trataba de una noticia desagradable y que era preciso darla con mucho tacto.

Milton se estremeció al pensar esto. Sólo había una mala noticia que fuera preciso darle con diplomacia: la noticia de que le había sucedido algo a La Antorcha. Esta le había dicho que el hombre con quien aun debía luchar era un desalmado, capaz de llegar a todos los extremos. No había ocultado que se disponía a emprender la fase más peligrosa de su misión. ¿Era posible que...?

Ni valor tuvo para terminar este último pensamiento. Se levantó apresuradamente de su asiento en el comedor y corrió hacia la biblioteca. Descolgó el teléfono. Marcó, con dedos temblorosos, el número de Sonia.

Oyó el sonido lejano del timbre. Nadie respondió a su llamada: Aguardó unos instantes más. Colgó. Descolgó. Marcó de nuevo. Todo fue inútil. Era evidente que no había nadie en la casa.

Consultó su reloj. Eran las dos. Volvió al comedor para terminar de comer. Pero no pudo tragar un bocado más. Era demasiado grande su inquietud.

Un cuarto de hora más tarde se hallaba en la biblioteca con una taza de café y una copa de "whisky". Había intentado obtener comunicación con Sonia, sin lograrlo. Empezaba a sentirse frenético. Con la vaga idea de que aquello pudiera serenarle un poco, apuró la taza de café y se bebió el "whisky" de un trago. Luego, volvió a llamar con idéntico resultado.

Pensó en marchar inmediatamente a casa de Sonia, en esperarla a la puerta. Habiéndole citado a las tres, no podía tardar en regresar a su domicilio. Luchó, no obstante, contra el deseo de hacerlo. Aun le quedaba suficiente serenidad para recordar que no era del todo improbable que Sonia estuviese sometida a vigilancia por parte de su antiguo asociado. Si se le viera rondar por la vecindad, su presencia pudiera ser perjudicial para ambos. Miró de nuevo el reloj. Las dos y media.

Salió de la biblioteca. Tomó el sombrero en el vestíbulo. Se dirigió al garaje situado en un pabelloncito aislado por detrás del edificio principal.

Encontró allí al chofer y a Garth que se disponían a dar un repaso al motor del automóvil grande.

-¿Me necesita, jefe? -inquirió el secretario al verle entrar.

Milton negó con la cabeza.

-No, Bill.

El hombrecillo lo dirigió una penetrante mirada. Se dio cuenta en seguida de lo alterado que estaba. No obstante, se abstuvo de hacer comentario alguno. Preguntó:

-¿Quiere que le saque el coche, jefe?

-No es necesario -respondió el multimillonario.

Cruzó hacia el rincón en que se hallaba el automóvil pequeño. Se aseguró de que el depósito estaba lleno de gasolina. Se sentó al volante.

-¡Bill! –exclamó

-¡Jefe!

-No sé cuánto rato estaré ausente. Es posible que no venga a cenar siquiera.

-¿Desea que se lo diga a Jennings?

-Más vale. Y... ¿Bill?

-Diga.

-Si a las nueve no he vuelto ni ha recibido usted mensaje alguno mío, quiero que me telefonee.

-¿Adónde?

Milton sacó un librito de notas, apuntó un número, arrancó la página y se la dio al secretario.

-El teléfono de la señorita Sonia Larding -anunció-. Puede hablar con entera confianza con ella. Ella ya sabe...

-Comprendo perfectamente jefe -le interrumpió Garth, echando una mirada a Rogers, que estaba quitando las bujías del otro "auto"-. Si a las nueve no está en casa y no he recibido noticias suyas, llamaré a este número.

-Es posible que nadie te conteste

-¿Qué he de hacer entonces?

-Nada. Si no te he telefoneado yo es que no te necesito. Si la señorita esa está en su casa, sin embargo, y si algo tengo que decirte, ella lo sabrá y te dará las instrucciones que hagan al caso.

-¿Nada más, jefe?

-Nada más, Bill. Hasta luego.

Puso el motor en marcha, quitó el freno, salió del garaje, cruzó el parque, desembocó en la carretera. Y aun no habían transcurrido veinte minutos cuando se apeaba a pocos metros del edificio en que vivía Sonia, abandonaba el coche y cruzaba la calle.

No eran las tres todavía cuando llamó a la puerta. La propia Sonia le franqueó la entrada. Milton no tuvo paciencia para esperar a haber entrado del todo. Asió a la muchacha del brazo. Preguntó, con agitación:

-¿Qué ha sucedido, Sonia…? ¿La Antorcha...?

Sonia le empujó hacia adentro y cerró la puerta. Dijo:

-Te espera.

Milton sintió como si le quitaran un peso de encima. Respiró de nuevo.

-Así, pues -murmuró-, ¿está bien? ¿No le ha sucedido nada malo?

-No que yo sepa. ¿Querrás entrar de una vez, Milton? Pareces un crío.

-He pasado muy mal rato, Sonia. Creí…

-Siempre tuviste una imaginación excesiva -le interrumpió la muchacha riendo-. Ven conmigo.

Le condujo al comedor del pisito, dónde La Antorcha, vestida de negro, aguardaba sentada junto a la mesa.

Milton corrió a ella. La miró con ansiedad. No parecía convencido del todo todavía.

-¿Por qué me miras así, Milton?

-Porque, desde que recibí la nota de Sonia, estoy imaginándome las cosas más terribles. Creí que te había pasado algo y que Sonia me llamaba aquí para darme la noticia con la mayor diplomacia posible. Se me antojaba que no se me llamaría con tanta urgencia a menos que se tuviese algo grave que comunicarme.

-Y no te equivocaste, Milton -respondió La Antorcha, con un dejo tan extraño en la voz, que el joven la miró sorprendido-. Es grave lo que esta tarde tengo que decirte.

La sorpresa del multimillonario se trocó en alarma.

-¡Antorcha! -exclamó-. ¡Tus palabras me asustan! Habla...

La voz de Sonia, de cuya presencia se había olvidado por completo, le interrumpió.

-Os dejo solos -dijo-. Podréis hablar más a vuestras anchas. No olvido tu encargo, Antorcha. Te avisaré si es preciso.

-Gracias, Sonia -repuso la enigmática mujer-. En ti confío.

La muchacha salió del cuarto. Unos momentos después se oyó cerrarse, de golpe, la puerta del piso.

-Llegué tarde, Milton -dijo La Antorcha, mirándole a través del velo-. Mi enemigo se enteró de la muerte de Surrey mucho antes de lo que yo había esperado. Supo interpretar con exactitud el significado del suicidio. Y, sin perder un momento, destruyó cuantos documentos poseía.

El multimillonario la escuchó, casi sin dar crédito a lo que oía. La magnitud de la catástrofe que había alcanzado a La Antorcha le aturdía. Sufría por ella. Y La Antorcha se emocionó al notar el dolor que rebosaban sus palabras cuando dijo:

-¡Pobre Antorcha mía…! ¡Después de tanto peligro... tanto sacrificio... tanta abnegación! Merecías el triunfo y... ¡te ha sido arrebatado cuando ya lo tenías al alcance de tu mano!

Posó el brazo sobre los hombros de la mujer, en gesto protector, procurando consolarla. Se imaginaba cuán rudo había sido el golpe para la mujer a quien amaba. Difícilmente hallaría consuelo en frase alguna, por sincera que fuese. Y, porque pensaba así, las palabras que la otra dijo a continuación le llenaron de sorpresa.

-¡Oh! -murmuró ella-; la cosa no es tan grave que todo eso. No contaba demasiado con esos documentos y en realidad, no los necesito.

-No te comprendo –exclamó-. Me llamas con urgencia para decirme algo grave. Me induces a creer que es, en efecto, grave lo que me cuentas. Y luego, cuando me has convencido, cuando has conseguido que sufra creyendo que tú estás sufriendo, me aseguras que la cosa tiene manos importancia de lo que parece. ¿Qué es lo que debo creer?

-Lo que te he dicho es cierto. Algo grave he de comunicarte. Pero no es eso. Lo que el último de mis enemigos poseía era una serie de cartas firmadas por sus cómplices. Las conservaba como arma de defensa. Todo su valor desaparecía habiendo muerto ellos. Me hubiera gustado obtenerlas; pero, como digo, no son absolutamente indispensables.

-Me aseguraste anoche que necesitabas esos documentos, Antorcha. Me dijiste, incluso, que te sería más difícil que nunca apoderarte de ellos...

-Es cierto -asintió la mujer-. Lo dije. Pero sólo fue por no entrar en más explicaciones. Como te advertí, disponía de poco tiempo. Los documentos que busco no los tiene él en este instante. Pero es como si los tuviese. Porque, si yo no puedo anticiparme, estarán en sus manos antes de que raye un nuevo día o habrán desaparecido para siempre. Él es el hombre contra quien he de luchar. A él será a quien tenga que arrebatárselas de las manos... o habré de ponerlos fuera de su alcance por lo menos. Sea como fuere, aunque pequé de inexactitud terminológica, dije la verdad en esencia.

-Prometiste mandarme la historia de tu misión, Antorcha...

-La tendrás hoy mismo, aunque dudo que tengan tiempo para leerla.

-¿Me necesitas?

-Esta noche. No creo que ocurra nada antes. Te daré unas señas... las del hombre que guarda los papeles que necesito. No intentes nada por tu cuenta. Limítate a vigilar. Cuando llegue el momento, obra según te aconsejen las circunstancias, o protege mi retirada.

-Si sabes quién tiene los papeles, ¿por qué aguardas a la noche para conseguirlos?

-Porque perderíamos el tiempo si intentáramos cosa alguna, antes de que la noche cayese. No seremos los únicos en visitar a ese hombre. Y procuraremos no ser los primeros.

-¿Por qué?

-No sabemos dónde esconde esos papeles. Y mi enemigo mayor lo ignora igualmente. Ha hecho registrar numerosas veces la casa cuyas señas voy a darte, y el inquilino de la misma ha estado sometido a vigilancia durante años enteros. Todo ha sido inútil.

-Si hasta ahora, todos los esfuerzos por descubrirlos han sido vanos, ¿por qué esperan que esta noche se tenga más éxito?

-Porque las circunstancias han cambiado. Mi enemigo sabe, o supone, que las cartas que poseían sus cómplices se hallan en mi poder. Eso le asusta. Pero se siente con fuerzas para luchar contra mí, porque ha adivinado cuáles son mis intenciones. Y está seguro de que no haré uso de las pruebas que tengo, mientras me falte la misma que él anda buscando. Sin ella, no podría cumplir mi misión más que a medias. Y yo quiero cumplirla del todo.

"Para él, la situación sería tan desesperada si yo lograse obtener lo que ambos buscamos, que hará un esfuerzo supremo para apoderarse de la prueba y destruirla. Y no puede perder tiempo, por miedo a que yo logre lo que él nunca ha conseguido. Esta noche irá a ver a ese hombre dispuesto a resolver el asunto de una vez para siempre. Es muy posible que lo consiga... pero que la cosa redunde en beneficio nuestro.

Sacó un papel de entre loo pliegues de su vestido.

-Toma -dijo-. Estas son las señas y el nombre de quien en ellas vive. Empieza tu vigilancia a las diez. No cortes el paso a nadie; pero procura hallarte presente si alguien se introduce en el piso. ¿Has comprendido?

-Si.

Milton se guardó el papel.

-¿Era esa la grave noticia que tenias que comunicarme?

-No... -respondió la mujer, dando muestras, por primera vez, de cierta agitación-. No era ésa.

Volvió a sentir Milton la misma sensación que experimentara la noche anterior después de haber hablado con su compañera en el garaje. Negros presentimientos le asaltaron. Preguntó, en voz que temblaba a pesar suyo:

-¿Por qué no me lo dices?

-Porque -murmuró la mujer, en voz tan baja e inquieta que apenas pudo oírla-, ni yo misma sé cómo abordar el asunto.

Se puso en pie y paseó unos momentos por el cuarto, dando muestras de un nerviosismo que nunca hubiera creído posible Milton en la misteriosa mujer. De pronto se detuvo. Se cuadró de hombros. Alzó la cabeza.

-Milton -dijo, y su voz había recobrado su habitual firmeza-, lo que estoy a punto de decirte, pude habértelo dicho mucho antes; pero he ido aplazando el momento hasta el último instante, esperando hallar una solución distinta. Ahora ya no puedo esperar más. Tenemos los minutos contados. Estamos luchando contra el tiempo. Toda vacilación sería inicua.

-¿Qué quieres decir con eso? -preguntó el multimillonario con voz ronca, sintiendo como si una mano helada se le posara en el corazón y en las entrañas.

-¿Has pensado alguna vez -dijo La Antorcha-, en las posibles consecuencias de la misión que yo misma me asigné?

-Tú misma me las diste a conocer: un nombre noble y honrado podrá demostrar su inocencia y ocupar, de nuevo, el puesto que le corresponde en la sociedad. Y un hombre culpable purgará sus crímenes.

-¿No te sugiere nada más?

-¿Qué otra cosa me ha de sugerir?

-El culpable puede tener familia a quien arrastre con él en su caída.

-¿La tiene?

-Si.

-¿Inocente?

-No lo soy yo más.

-¿Hombre o mujer?

-Mujer.

-¿Su esposa?

-Casi es tan culpable como él.

-¿Una hija, pues?

-Como si lo fuera.

-Los pecados de los padres… -empezó Milton.

-Es hija adoptiva.

-¿De un monstruo? -exclamó el multimillonario, enarcando las cejas-. ¿Cómo pudo hombre tan desalmado como tú le pintas tener compasión de una niña y adoptarla?

-¿Compasión? -exclamó La Antorcha a su vez, con una vehemencia que sobresaltó al muchacho.

-¿No lo es?

-Su acto obedece a causas completamente reñidas con las leyes de la piedad.

-Terrible suerte la de esa joven -murmuró Milton-. Pero ¿qué podemos nosotros hacer?

-¡Hay que salvarla, Milton!

-¿Cómo?

-No encuentro más que una solución.

-¿Cuál?

-Que un hombre se case con ella y la saque de esa casa, antes de que caiga el golpe que ha de destruir la familia.

Milton la miró boquiabierto.

-¡Encontrarle marido…! ¡Casarla…! ¡Sacarla de la casa en las pocas horas que quedan antes de que caiga el golpe si tus cálculos son ciertos...! ¿Tú crees que un marido se encuentra así como así?

-El marido -anunció La Antorcha, con un lleve temblor en la voz-, lo he encontrado ya.

-¿Que lo has encontrado...? ¿Quién es?

Y tal es la potencia que adquiere una palabra dinamizada por las circunstancias, tal su peso abrumador, que el tiempo dejó de existir, y el aire faltó en la estancia, y hasta pareció amortiguarse la luz cuando, de labios de La Antorcha, brotó, solemne, la palabra que a Milton se le antojó tañido funeral.

-¡Tú!

 

 

 

CAPÍTULO IV

EL SUPREMO SACRIFICIO

 

 

Siguió un silencio intenso, eléctrico, difícil de definir. Era como si la estupefacción hubiese adquirido, más que corporeidad, "presencia" como terrible explosivo próximo a estallar. Luego, una vocecilla, en la que Milton no supo reconocer la suya, barrenó el silencio que era demasiado débil para quebrar:

-¿Quieres repetir eso otra vez, Antorcha...? ¿Quieres volverlo a decir?

-Milton... te tienes que casar con esa mujer...

El hombre trató de rasgar con la mirada el tupido velo... ver la expresión de la misteriosa mujer. No era posible aquello... no era posible... Despertaría de pronto... se encontraría en su casa... Porque no podía ser que aquello estuviese ocurriendo de verdad.

Miró a su alrededor aturdido. Se pellizcó incluso.

Corrió hacia la mujer. La asió por los hombros. La sacudió con vehemencia.

-¡Antorcha! -exclamó-. ¡Dime que sueño...! ¡Dime que no he oído bien...! ¡Tú no puedes pedirme eso...! ¡Tú no puedes...!

La voz fría de La Antorcha le interrumpió.

-¿Por qué no? -quiso saber.

El hombre dejó caer los tiraos con desaliento.

-Nuestro amor... -murmuró.

-Es una quimera -anunció La Antorcha, completando la frase-. Ni pudo nunca ni debió ser. ¿Qué soy yo en tu vida? Una simple sombra que la cruzó. De ella te enamoraste y no de la sustancia. ¿Qué sabes tú lo que ocultan el velo y el antifaz? Caídos éstos, ¿estás seguro de que tu amor es lo bastante fuerte para soportar lo que debajo de ellos pudieras descubrir? Nunca me conociste; ¿qué podrás echar de menos si un día desaparezco de tu vida como aparecí?

-¡Antorcha...! ¡Antorcha! -Milton la tendió los brazos en suplicante gesto-. ¡No me hables así...! ¡Tus palabras me anonadan! ¡No te reconozco en ellas...! ¡Tú, que tantas esperanzas me hiciste concebir, desvanecerlas ahora de golpe, de una forma tan cruel...! ¿No tienes corazón, Antorcha, que así juegas con mi amor?

La mujer as acercó a él. Le posó una mano en el brazo. Dijo, con acento de ternura:

-¡Milton...! Serénate... reflexiona... Desde el primer instante te dije que podría llegar momento en que te pidiera un gran sacrificio... Mi misión...

-¡Tu misión! -exclamó el multimillonario con amargura-, ¡tu misión...! ¡Siempre tu maldita misión...! ¿Qué te importan los sentimientos ajenos mientras puedas llevar a feliz término lo que te propusiste...? Me espantas, Antorcha... Empiezo a dudar que tengas sentimientos como los demás mortales... Concibo el sacrificio... lo aplaudo incluso... pero hay un limite que ni pueda ni debe rebasarse.

-¡Milton...!

El multimillonario la apartó, se dejó caer en una silla, sepultó el rostro entre las manos.

-Déjame, Antorcha, déjame... -murmuró, con apagada voz-. No me obligues a decir cosas de las que me arrepentiré después.

-Cálmate, Milton... no seas duro conmigo. Me di cuenta hace tiempo de que esta escena iba a ser inevitable. Y, porque no quería hacerte sufrir, la he estado aplazando, siempre con la esperanza de que sería innecesaria. No obstante, la cosa no es tan terrible como tú quieres verla. Aun tiene motivos de regocijo. Creí que iba a tener que imponerte un sacrificio muy grande, y ahora sé que, en realidad, no hago más que decidir por ti lo que jamás hubieras sido capaz de decidir por tu cuenta.

Milton alzó la cabeza. Sus ojos brillaban, febriles.

-¡"Creías" que ibas a imponerme un sacrificio muy grande! -exclamó-. ¡Lo creías nada más...! Destruyes toda esperanza de felicidad que pudiera tener... me exiges que me case con una mujer desconocida... y ¡dudas ahora de que sea un sacrificio!

-No me has escuchado bien, Milton. He dicho que no hago más que decidir por ti lo que tú jamás hubieras sido capaz de decidir por tu cuenta.

-¿Qué quieres decir con eso?

-Yo no te he pedido que tomes por esposa a una desconocida. Hubiera vacilado incluso en pedirte que te casaras de no haber estado segura de que ello no representa, en rigor, sacrificio alguno. La mujer a quien hay que salvar...

-¿La conozco?

La Antorcha movió afirmativamente la cabeza.

-Y la quieres -aseguró.

-¿Quién es?

-Mavis Donovan.

Milton se puso en pie como impulsado por un resorte. Asió a La Antorcha con fuerza.

-¿Cómo has dicho? -exclamó, con incredulidad.

-Mavis Donovan -repitió la muchacha.

-¡Imposible! -dijo el multimillonario.

-La quieres -prosiguió La Antorcha, haciendo caso omiso de su afirmación-. La has querido siempre. Si yo no me hubiera cruzado en tu camino no hubieses vacilado en casarte con ella. Y aun así, más de una vez has dicho que, puesto en el compromiso, no sabrías por cuál decidirte. Yo ejerzo mayor influencia sobre ti cuando me hallo presente. Ella puede más que yo cuando se encuentra a tu lado. Si una de las dos desapareciera de pronto, podrías ser feliz con la otra.

Milton volvió a sentarse, aturdido. La revelación aquella había acabado de trastornarle. Era tan increíble todo, que necesitaba tiempo para acostumbrarse a la idea.

-¡Mavis Donovan! -murmuró-. Entonces, tu mayor enemigo es…

-Kenneth Clarkson –asintió la mujer.

¡Kenneth Clarkson! ¡El hombre cuyo invitado tantas veces había sido! Millonario, jovial, cortés... ¡aquel hombre un monstruo! A su mente se agolparon recuerdos de escenas casi olvidadas, escenas preñadas de un significado que él no había sabio interpretar. Vio de nuevo el despacho de Clarkson. Al enmascarado de cara a la pared. A La Antorcha de espaldas y a Clarkson detrás de ella, pistola en mano. Era evidente que la misteriosa mujer había acudido allí en busca de documentos comprometedores. ¿Por qué no se le había ocurrido entonces lo que tan claro estaba? Seguramente, se dijo, porque jamás hubiese soñado con que el tío de Mavis pudiera ser otra cosa que la que representaba.

Y, sin embargo, la propia Antorcha había dado a conocer sus propósitos en la conversación sorprendida por Garth, en casa del desconocido tras la huida de la mujer y del enmascarado. Y no cabía la menor duda de que el atentado de que había sido objeto ella, sólo podía ser obra de alguien que la había seguido o hecho seguir a raíz de su huída. ¿Quién podía haberlo hecho más que Clarkson?[2]

La terrible situación de Mavis le acongojó. Era cierta cuanto decía La Antorcha. A pesar de su inocencia, difícilmente se libraría la muchacha del baldón que caería sobre toda la familia. Y no parecía existir más medio de hacer más llevadera su suerte que el que la enmascarada acababa de proponerle. También era verdad que, su amor por Mavis Donovan era grande, y hubiera sido único de no haberse interpuesto La Antorcha en su camino.

Pero La Antorcha se había interpuesto y había que contar con ella. Una sorda lucha se entabló en su pecho, bajo la mirada compasiva da la misteriosa mujer que adivinaba todo su sufrimiento.

-Tienes razón, Antorcha -gimió, más bien que dijo, al cabo de unos momentos-. Hay que salvar a Mavis. Pero estoy aturdido y no veo claro mi camino. La quiero, sí… la quiero como a ninguna otra quise cuando la tengo a mi lado. Pero, viéndote a ti, todo mi amor por ella se desvanece.

-Hay un remedio –murmuró La Antorcha-: no volvernos a ver nunca.

-¡No...! ¡Eso no! -exclamó el hombre, atormentado-. ¡Yo no volverte a ver más...! ¡Vivir años y años sin la menor esperanza de que nuestros caminos volvieran a cruzarse! ¿Tú sabes lo que me pides? ¡No lo podría soportar!

-Es necesaria la renuncia. No viéndonos, llegarías a olvidar.

-¡No, no, Antorcha...!. ¡No podré olvidarte jamás!

-Si, habiéndote casado con Mavis me siguieras viendo, ¿considerarías leal tu proceder?

-No me hables de lealtad, Antorcha... Ahí está, precisamente, mi dilema... Esa es la razón por la que no puedo casarme con Mavis. Sería una traición que la hiciera mi esposa cuando recuerdos de otra mujer pueblan mis pensamientos.

-Pero…-inquirió La Antorcha-. ¿Te casarías sin vacilar conmigo?

-Si.

-Y ¿no sería una traición también que me hicieras tu esposa cuando tampoco, puedes desterrar la imagen de Mavis en tus pensamientos?

Milton Drake no contestó. Se puso en pie, se mesó los cabellos, se paseó de un lado a otro presa de la más viva agitación.

Se detuvo de pronto. Dijo:

-Renunciación... Sí, renunciación... Pero completa. Me siento incapaz de resolver el conflicto en que me debato. Y no existe más solución que una, que yo vea. Será preciso que renuncie a las dos

No bien hubo pronunciado estas palabras, sin embargo, sufrió un nuevo acceso de desesperación.

-Pero, si renunció -exclamó-, ¡Mavis pagará las consecuencias...! ¡Dios...! ¿Dónde está la solución?

-Cálmate, Milton -le ordenó La Antorcha, suavemente-. Tus nervios, exacerbados, exageran el problema. La solución es la que yo te he dado. Cásate con Mavis y olvídame. No es cosa tan difícil. Permanece a su lado y no sentirás nostalgias de mi presencia.

El multimillonario se puso a pasear de nuevo, haciendo vivos esfuerzos por dominar sus emociones. Por último volvió a detenerse. De su rostro habían desaparecido las huellas de la lucha. Se encaró con su compañera.

-Me rindo a lo inevitable -anunció-. Era una decisión ésta, como tú dices, que había de tomar tarde o temprano.

Las manos que posó sobre los hombros de La Antorcha temblaban.

-¿Y tú? -quiso saber.

Ella tardó en contestar. Se había estremecido levemente al sentir el contacto de las manos del otro; pero fue ésta la única muestra de emoción que dio. El tupido velo no permitía ver la expresión de su semblante; pero su voz no podía ser más serena cuando contestó:

-No lo sé... Aun no he tomado una determinación. Ni puedo, mientras no haya rematado la obra. Después... ¿quién sabe...? ¡Pueden ocurrir tantas cosas! Hasta es posible que me ocurra lo que a ti… que alguien me ahorre el tomar una determinación por mi cuenta. Puedo hallar la muerte, por ejemplo... o desaparecer sin dejar rastro.

-¡No! -exclamó el multimillonario-. ¡No consiento que hagas eso!

-Tal vez fuera lo mejor para los dos -advirtió ella-; pero creo preferible no adelantarse a sus acontecimientos. Una cosa te ruego, Milton...

-Di.

-El Encapuchado no debe desaparecer. Puede hacer mucho bien y hay muchos males que remediar.

-Habiéndome yo casado, El Encapuchado no podrá obrar con tanta facilidad. Y, aun así, tarde o temprano, Mavis acabará enterándose de la verdad. Tal vez -agregó, pensativo-, sería mejor que se la dijese yo, antes de que ella la descubra por su cuenta.

-No, Milton, no -murmuró La Antorcha-. Guarda el secreto. Tiempo tendrás de hablar cuando no haya más remedio. Cuanto más tarde en saberlo, mejor... o eso creo yo, por lo menos. No te precipites. Piénsalo, bien. Calla de momento. Si hay motivos para cambiar de proceder más adelante, siempre puedes hablar.

-Lo pensaré. ¿Cuándo crees que debo ver a Mavis?

-Esta misma tarde. Todo ha de quedar resuelto antes del anochecer, si es posible. No olvides que me tienes que ayudar.

-¿Y si Mavis se negara a casarse conmigo?

-No lo creo. Te quiere ella a ti también. Pero eso lo has de resolver tú. Convéncela.

-¿Casarnos?

-Mañana por la mañana si todo ha salido bien.

-No es posible. Yo quisiera…

-¿Celebrar la boda como es debido?

-Ella lo querrá también.

-Quizá. Pero una cosa no excluye a la otra. Se trata de proteger a Mavis. No podemos esperar. Da los pasos oportunos para casarte, a su debido tiempo, por la iglesia. De momento, saca una licencia especial y cásate por lo civil. Llévate a Mavis de esa casa y, si tienes escrúpulos, no te consideres casado más que a los efectos de protegerla hasta que se haya celebrado el matrimonio canónico. Es lo único que puedes hacer.

-Es lo único que yo puedo hacer, sí -asintió él multimillonario-. Pero, ¿y ella? ¿Cómo justifico yo esas prisas en contraer matrimonio? ¿Cómo la induzco, caso de que me acepte, a que se case tan precipitadamente? Lo natural sería que hablase con Clarkson...

-¿Para qué?

-Es su tutor.

-Lo era. Ella es mayor de edad. No necesita para nada su consentimiento.

-Sin embargo, siendo su tío, ella querrá...

-Tú no puedes saber lo que quiere o deja de querer hasta que hayas hablado con ella. Inventa la excusa que se te antoje. Pero ten en cuenta una cosa: si esa boda ha de tener eficacia alguna, es necesario que se celebre mañana. A menos, claro está, que fracasemos en nuestro empeño esta noche. En cuyo caso...

-Comprendo.

-Se va haciendo tarde, Milton. Márchate y piensa. No olvides que esta noche, a las nueve, tienes trabajo y que tienes, que haber resuelto ese problema para entonces. ¿Irás a tu casa primero?

-Será mejor.

-Hasta luego, Milton...

-Hasta luego -respondió el multimillonario.

Pero no se movió. Siguió con las manos posadas en los hombros de La Antorcha, mirándola fijamente, en silencio. Parecía como si quisiera alzar el velo mediante un titánico esfuerzo de voluntad.

Permanecieron ambos así unos segundos. Luego, la expresión del hombre cambió, y un leve temblor agitó sus dedos.

La Antorcha exhaló un gritito de alarma.

-¡No, Milton, no!

Pero era tarde. El joven la estrechaba ya entre sus brazos, la buscaba los labios a través del velo. Y los labios se encontraron y permanecieron unidos un fugaz instante. Fue La Antorcha quien se sobrepuso, quien le apartó dulcemente, pero con firmeza.

-Has hecho mal - dijo, en voz baja-. ¿Qué necesidad tienes de hacerte más difícil este momento?

Milton miró a su alrededor, como si acabara de salir de un sueño.

-Hasta luego, Antorcha - dijo-. Hasta luego...

Y salió precipitadamente, sin acordarse, siquiera, de recoger el sombrero.

 

 

 

CAPÍTULO V

MILTON SE DECLARA

 

Hasta que las palabras de La Antorcha te obligaran a enfrentarse con la realidad, Milton había oscilado, como un péndulo, entre la misteriosa mujer y Mavis, ora diciéndose que no había en el mundo más mujer para él que la primera, ora convencido de que la segunda era su único amor verdadero; todo dependía de cuál de ellas se hallara presente. Había acabado por decirse que su amor por ambas era idéntico, que a ninguna de las dos podía renunciar sin sufrimiento, y que la única solución era dejarse llevar por la corriente. Quizá llegara día en que viese más claro, en que el ascendiente de una de ellas sobre él adquiriera tales proporciones, que eclipsara por completo a la otra. Entretanto, ni había intentado luchar siquiera contra ninguna de las dos sensaciones.

Ahora, la situación había hecho crisis. La Antorcha le había pedido que se casara con Mavis. Y, a pesar de lo que dijera llevado por la emoción del momento, Milton era demasiado noble para dar un paso que pudiera tener consecuencias funestas, sin analizarlo cuidadosamente primero.

Si era a La Antorcha a la que, en realidad, amaba, sería un crimen casarse con Mavis. Las consecuencias de ser la sobrina de Clarkson no serían más terribles que verse casada con un hombre que no la quería.

¿Amaba de veras a Mavis Donovan? De habérsele hecho esta pregunta antes de cruzarse La Antorcha en su vida, no hubiera vacilado en responder a ella afirmativamente. Ahora...

Encerrado en la biblioteca de "Druid's Hollow", tras dar la orden de que no se le molestara so pretexto alguno, Milton hizo un análisis profundo y completo.

El estudio más completo y objetivo de que fue capaz, arrojó los resultados siguientes:

Profesaba a Mavis Donovan un cariño muy grande. Mientras estaba a su lado, olvidaba la existencia de La Antorcha. Hubiera sido capaz de hacer los mayores sacrificios por ella. Había tenido siempre la seguridad de que podía ser muy feliz a su lado.

Profesaba a La Antorcha un cariño muy grande. Mientras estaba su lado, olvidaba la existencia de Mavis. Hubiera sido capaz de hacer los mayores sacrificios por ella. Había tenido siempre la seguridad de que podía ser muy feliz a su lado.

Hasta ahí, como vemos, el razonamiento era el mismo en ambos casos. Se hizo una pregunta:

De presentarse la ocasión, ¿sería capaz de sacrificar a la una por salvar a la otra? Y, en caso afirmativo, ¿a cuál de ellas sacrificaría con menos escrúpulo?

Queriendo ser sincero consigo mismo, no halló manera de responder, convincentemente, a ninguna de las dos preguntas. Inventó casos hipotéticos para tantear su reacción. Pero resultaba demasiado fuerte la atracción de las dos mujeres, para que pudiera resolver el problema de semejante manera.

Un dato había que era preciso no echar en olvido. Al pedirle La Antorcha que se casara con la hija adoptiva de su enemigo, Milton se había rebelado. Al saber que se trataba de Mavis, sin embargo, se había mostrado dispuesto a hacerlo -aunque no sin discutirlo. ¿Había cedido por complacer a La Antorcha? O... ¿era su amor por Mavis lo que le había impulsado?

Después de pensarlo mucho, decidió que su deseo de proteger a Mavis, hubiera acabado por inducirle a casarse con ella aun cuando La Antorcha no hubiese insistido tanto.

¿Significaba eso que quería más a Mavis?

En rigor, no. Porque, como él mismo había dicho, se hubiera casado con La Antorcha sin vacilar si ésta hubiese estado dispuesta a aceptarle.

Aquella no era manera de enfocar el asunto, sin embargo. Si analizaba sus sentimientos hacia Mavis en presencia de La Antorcha, justo sería que analizara los sentimientos hacia La Antorcha en presencia de Mavis para que la comparación fuese exacta y significara algo el resultado.

Trató de imaginarse a La Antorcha en un trance del que sólo pudiera sacarle la protección de su nombre. Y se hizo a la idea, por añadidura, de que era Mavis quien le pedía que se casara con la desconocida. Tampoco por ese medio pudo llegar a una conclusión que le resultara convincente.

Paseó, con desasosiego, de un lado a otro de la biblioteca. El tiempo volaba y seguía sin saber a qué atenerse. Probó otra vez, cambiando de táctica.

¿Amaba de veras a La Antorcha?

Su primer impulso fue responder a la presunta con una afirmación categórica. Pero se contuvo. No se trataba de hacer afirmaciones rotundas, sino de analizar sentimientos.

¿Era posible, en realidad, enamorarse de otra persona a la que jamás se había visto la cara? Y, en caso afirmativo, ¿de qué se enamoraba uno? ¿De su tipo...? ¿De su voz...? ¿De sus cualidades? De uno o de las tres cosas tenia que ser. Pero, si eso era cierto, ¿no se enamoraría uno igual de dicha persona viéndola sin antifaz? Porque el tipo sería el mismo. Y las cualidades no habrían variado. Lo único que podría cambiar seria la voz puesto que, evidentemente, La Antorcha la disfrazaba al hablar.

Estaba convencido de que conocía a La Antorcha. Era una de las muchachas que frecuentaban la misma sociedad que él. Ella misma le había dado a entender que no se equivocaba al creerlo así. ¿Por qué, pues, no se había enamorado de ella aun sin saber que era La Antorcha?

La misteriosa mujer podía ser cualquiera de sus amigas. Doris, por ejemplo. Y de Doris ni estaba enamorado, ni existía la menor probabilidad de que se enamorara jamás. A pesar de su indiscutible belleza, no era muchacha a la que pudiera profesar un afecto que no fuera fraternal. Si La Antorcha era Doris y se quitaba la máscara, ¿qué haría al reconocerla? Sufrir una desilusión. Desde luego, tenía el convencimiento de que su amor se desvanecería con el misterio que la había rodeado.

De todo ello sacaba una conclusión. Sólo le atraía el misterio. Sólo le fascinaba su disfraz. Y puesto que de un disfraz no puede una enamorarse, se veía obligado a reconocer que "no estaba enamorado de La Antorcha" ni mucho menos. Mejor dicho: amaba a La Antorcha, pero no a la mujer que su disfraz encubría. Bastaba eliminar el disfraz para eliminar, por completo, todo su amor.

Creyó estar pisando terreno firme al fin. De aquel minucioso examen de sus sentimientos, Mavis parecía haber salido vencedora en toda la línea. Sus dudas se disiparon. Podía aspirar a la mano de la sobrina de Clarkson sin hacerse reo de traición.

No se detuvo a pensarlo más. El tiempo apremiaba. Se conformó con él resultado obtenido. Salió de la biblioteca, llamó a su secretario, y se hizo conducir Peabody Heights.

***

Milton entró en la sala como un torbellino, asió a la sorprendida muchacha, la hizo dar dos vueltas completas, la estrechó contra su pecho, y le dio un beso en los labios.

-Mavis -anunció-, vengo rebosante de alegría.

-Vienes con muchos bríos, por lo menos -respondió ella, casi sin aliento-. ¿A qué obedece tan tempestuoso saludo?

-Es el natural desahogo de quien ha tomado una decisión vital.

-Más parece la efervescencia de quien ha vaciado una botella de champaña.

-Mavis -dijo el multimillonario con sentenciosa voz-, soy un estúpido completo.

-Haber guardado el secreto. Es muy posible que yo hubiese tardado algún tiempo en darme cuenta.

-Se me ocurrió de pronto -aseguró el joven, haciendo como si no hubiera oído-. Mi vida era una equivocación. Y, como yo nunca persisto en mis errores cuando me doy cuenta de que los cometo...

-¿Has decidido suicidarte?

-He decidido sanar un billete para la gloria.

-¿No es eso lo mismo?

-Los suicidas -contestó Milton, dejándose caer en el sofá-, van de cabeza al infierno.

-Y ¿cómo esperas ser tú una excepción a la regla?

-Mavis, me voy a enfadar contigo. Nadie ha hablado de suicidio que yo sepa.

-¿No dices que es una equivocación tu vida?

-Me refiero a mi vida de soltero.

La muchacha se echó a reír.

-¿Tan joven y ya te aburres? -inquirió-. ¡Consecuencias de tener tanto dinero! ¿Qué piensas hacer?

-Casarme.

-¡Caramba! ¡Si que recurres a remedios extremos! ¿Con quién?

-Contigo.

La joven le miró con sorpresa.

-Supongo que tendrás la intención de consultarme antes de llevar a cabo tus propósitos -dijo, no sin cierta ironía.

-¿Crees tú que será necesario? -preguntó el multimillonario, poniéndose en pie de nuevo, asiéndola los brazos y obligándola a alzar la barbilla.

La muchacha fingió enfadarse, se desasió, le volvió la espalda.

-En mi vida -anunció con indignación- he conocido caso mayor de egolatría. ¿Quién te ha hecho creer que eres irresistible?

Milton la asió otra vez. La hizo volverse de nuevo.

-Mavis -dijo-, te hablo en serio.

-Pues cualquiera hubiese dicho que estabas representando una comedia. ¿Cuándo llegaste a la conclusión de que la soltería era un craso error por tu parte?

-Hace un cuarto de hora escaso.

-Y te ha faltado tiempo para venir a comunicármelo.

-¿A qué querías que esperase? Los errores se subsanan cuentes antes.

-Tienes una forma muy original de declararte, por lo menos. ¿Qué esperas que yo te conteste?

-Tu respuesta la doy por descontada. Un "Sí" como una casa. Porque, claro está, no puedes desairarme.

-No, ¿eh? Pues eso es lo que pienso hacer, precisamente. Mi respuesta es rotunda y totalmente negativa.

-No la admito. Me quieres y te quiero. ¿Cómo he de pedirte que te cases conmigo? ¿De rodillas...? ¿He de decirte que te adoro, que no puedo vivir sin ti, que te necesito, que sin ti la vida es un desierto? Huelgan tantas palabras. Conoces mis sentimientos...

-¡Ahí le duele!

-¿Dudas de mi amor?

-¿Puedo confiar en él acaso?

-¿Por qué dices eso?

-Porque jamás llegarás a convencerme de que eres capaz de querer a dos mujeres.

-¿Dos mujeres?

-Creo que La Antorcha y yo podemos vanagloriarnos de serlo.

-¡La Antorcha! -Milton se echó a reír-. ¿Querrás creer que no me acordaba de ella en estos momentos?

-No; no querré creerlo.

-Y, sin embargo -aseguró el multimillonario, como si le encantara comprobarlo-, puedo asegurarte que es cierto. Es curioso, ¿verdad? Aunque no tan curioso después de todo. No creo que me haya acordado de ella gran cosa nunca hallándome a tu lado. Ella sólo puede vencerte en tu ausencia...

-En lo que, si no me equivoco, estamos las dos iguales. ¿No has sido tú mismo quien me ha dicho que yo sólo puedo vencerla a ella cuando no se halla delante?

-Es posible. Pero eso era antes. Ahora...

-¿Qué ha sucedido ahora para que adquiera yo mayor preponderancia? -preguntó Mavis, riendo a su vez.

-He reflexionado, Mavis. Hace tiempo que lucho por poner en claro mis sentimientos. Me encontraba en un dilema. Si me casaba contigo, temía que el recuerdo de La Antorcha se interpusiera entre ambos. Si me casaba con La Antorcha, seria tu recuerdo el que me amargara la existencia. Decidí salir de dudas de una vez para siempre. Me puse a meditar esta tarde... analicé fríamente el caso. El resultado ya lo conoces. Eres tú la mujer a quien quiero. La Antorcha no es más que una sombra cuya aureola de misterio me ha fascinado.

-¿Estás seguro de que no te equivocas, Milton?

-Creo no equivocarme, Mavis.

-Luego, ¿confiesas que no tienes la seguridad absoluta?

Milton se puso en pie a su vez. La puso las manos en los hombros.

-No, Mavis -dijo con urgencia-. Quiero conocer tu contestación ahora, este instante.

-¿Por qué tantas prisas? -inquirió ella, con extrañeza-. ¿Qué trabajo te cuesta esperar hasta mañana?

La pregunta no le extrañó al multimillonario, porque la había estado esperando. Pero no tenía respuesta para ella. No una convincente, por lo menos. Había confiado en que, en el instante preciso, tendría una inspiración, que le sacara del paso. Y había confiado en vano.

Recurrió a la única excusa que se le ocurrió.

-He de salir de viaje, Mavis. Y quiero que, cuando me vaya, tú me acompañes... como esposa.

-¡Oh, supongo que habrá tiempo de sobra para eso! ¿Cuándo te marchas?

-Es muy posible que lo haga mañana por la tarde.

-¡Mañana por la tarde! -la muchacha le miró, boquiabierta-. ¡Eso es imposible!

-¿Por qué? -quiso saber Milton.

-¡Por Dios, Milton! ¿Cuándo quieres que haya tiempo? ¡Estás delirando!

-Para mandar invitaciones y hacer la boda con toda ceremonia, no. Pero... ¿es necesario que hagamos todo eso ahora? Después de todo...

-¡Milton! ¡Eres absurdo! ¡Ni que fuéramos dos chiquillos que huyéramos de casa para casarnos a escondidas!

-Y... ¿por qué no? Me gustaría darles esa sorpresa a todas nuestras amistades. ¿Tú sabes la de disgustos que nos ahorraríamos haciendo las cosas sin previo aviso? ¿Quieres quedarte viuda antes de haber contraído matrimonio? Porque te advierto que es uno de los riesgos que corres. ¿Tú crees qué Doris y Lilian van a consentir que se les quite toda esperanza de pescarme por marido? O me raptan, o me asesinan coma las des tiempo... Eso si no se les ocurre eliminarte a ti... Si tú fueras un poquito amable siquiera...

-¿Qué pasaría?

-Que te sentarías otra vez a escucharme. Estoy seguro de que acabaré convenciéndote.

-Eso es lo que temo -contestó Mavis, riendo-. ¡Pero te advierto que te va a costar mucho trabajo!

Y si que le costó, aunque acabó venciendo.

-Has ganado -anunció Mavis, por fin-; me venciste por cansancio. Ahora supongo que no tendré más remedio que decírselo a mis tíos. ¡La que se va a armar! No me va a ser a mí tan fácil convencerles a ellos como te ha sido a ti convencerme a mí.

-No veo la necesidad de que les consultes siquiera -respondió el multimillonario-. Creí que habíamos quedado en que nos casaríamos con el mismo sigilo que si te hubiera raptado. Y su autorización no la necesitas para nada. ¿No eres mayor de edad acaso? Que sea para ellos una sorpresa tan grande como para los otros.

-Lo que tú quieras -dijo Mavis, exhalando un suspiro-. Ya puesta a ceder, ¿por qué no he de ceder en eso también? Estoy viendo vas a ser un marido muy exigente.

Milton se puso en pie. Consultó el reloj.

-Puesto que ya he conseguido lo que me proponía -anunció-, me marcho, Mavis.

-¿Qué tienes que hacer ahora?

-Entre otras cosas, preocuparme de obtener la licencia especial para contraer matrimonio. No nos veremos ya hasta mañana. Vendré a buscarte a las nueve.

La rodeó con un brazo. La atrajo hacia si. La miró unos instantes con emoción que no supo disimular.

-Mavis -preguntó de pronto, en voz muy queda-, ¿no te arrepentirás?

La joven le miró con sorpresa.

-¡Qué pregunta más extraordinaria! ¿De qué he de arrepentirme?

-De haber cedido a mis ruegos, de haber asentido a casarte con tanta precipitación.

-¡Qué tontería! ¿Por qué había de arrepentirme?

-Tal vez debiera haberte dado más tiempo para pensarlo. Obligarte a tomar una decisión así...

Mavis sonrió.

-Sobre ese punto puedes estar completamente tranquilo -le aseguró-. Por mucho que me hayas acosado, jamás hubiese accedido a una cosa que estuviera en pugna con mis deseos. Pero tus palabras despiertan en mí la duda. ¿No serás tú quien se haya arrepentido?

-¿Yo? -exclamó el multimillonario.

La estrujó de pronto con vehemencia. La besó en los ojos. Dijo -y su voy temblaba ligeramente:

-¡Que Dios me haga digno de ti, Mavis! ¡Que no permita...!

Ella le tapó la boca con un beso, para que no pudiera acabar la frase.

-Hasta, mañana, Milton -dijo luego, empujándole suavemente.

La soltó. Dominó el temblor de su voz.

 -Hasta las nueve -repuso-. ¿Estarás preparada?

-Te estaré esperando -contestó ella.

Milton vaciló unos instantes, como si fuera a decir algo más. Pero debió cambiar de parecer porque giró, de pronto, sobre sus talones y, repitiendo:

-¡Hasta mañana, Mavis!

Salió apresuradamente del cuarto, sin fijarse en la extraña expresión que había aparecido en el rostro de la muchacha.

 

 

 

CAPÍTULO VI

EN CASA DE WILBUR TERRACE

 

-He recibido tu aviso y he aguardado, ¿Qué quieres?

El hombre hablaba con dureza. No se había movido de su asiento y tenía la mano derecha metida en el cajón abierto.

Kenneth Clarkson sonrió al darse cuenta de este detalle. Se dejó caer en una silla frente a su compañero. Preguntó:

-¿Es necesario que lo diga?

Una mueca de ira contrajo el rostro del hombre huesudo en cuyo despacho se encontraba.

-O interpreto mal tus palabras -dijo-, o vuelves a tocar un punto en el que creí que habíamos quedado de acuerdo hace muchos años.

-Es la última vez que te lo pido, Wilbur.

-Es la última vez que te lo niego, Clarkson.

-No estaría de más que reflexionases. Ten en cuenta...

El otro se puso en pie bruscamente.

-Si es eso todo lo que venías a decirme, Clarkson, no veo la necesidad de prolongar esta entrevista.

El otro no se movió. Acentuóse su sonrisa.

-Siéntate, Wilbur -le aconsejó-. Traigo dinero. Sería la primera vez que lo rechazases.

-No es la fecha convenida -respondió el otro, ocupando un sillón de nuevo.

-Las circunstancias me obligan a prescindir de ella, como he prescindido de mi habitual mensajero. ¿Quieres el dinero, o no?

-Lo mismo da hoy que dentro de una semana -respondió el otro-. ¿Dónde está?

-Antes de dártelo quiero hacerte una advertencia.

-Habla; pero no olvides...

-No olvido nada. Quiero que sepas que éste será el último pago.

-Tú sabrás lo que haces -dijo Wilbur, encogiéndose de hombros-. Lo que en otras ocasiones te dije, sigue en pie. Si alguna vez fallas...

-Vengo dispuesto a doblar la cantidad esta vez a cambio de que me devuelvas las pruebas.

-Estás perdiendo el tiempo. Demasiado sabes que no te las venderé. Mientras las posea, tengo la vida asegurada. ¿Por qué había de renunciar a mis rentas?

-Llevas muchos años cobrándola, Wilbur Terrace.

-Aun la cobraré muchos años.

-Te equivocas. Como te he dicho antes, el que te haga ahora será el último que recibas. Su cuantía depende de ti.

El hombre consultó su reloj.

-Se va haciendo tarde, Kenneth. ¿Quieres pagar y marcharte de una vez?

-Me parece que no me has entendido. Para mi siguen teniendo valor esas pruebas. Para ti lo han perdido del todo.

-¿Por qué?

-La suerte me ha sido poco propicia en estos últimos tiempos. Alguien sabe la verdad. Una serie de papeles comprometedores han caído en manos de un enemigo mío. Sólo le faltan las pruebas que tú posees para acabar conmigo. Si no las consigue, me hará meter en la cárcel. Eso no podré evitarlo y me he resignado a ello. Quiero asegurarme, sin embargo, de que no pueda pasar de ahí la cosa. De la cárcel se sale, Wilbur...

-Tu enemigo tiene tan pocas probabilidades como tú de obtener esas pruebas, Clarkson. Llevas muchos años intentando quitármelas por la astucia y por la fuerza. Has fracasado siempre. ¿Crees que tu enemigo será más afortunado?

-Existe esa posibilidad y quiero eliminarla. ¿Cuánto quieren por devolvérmelas, Wilbur?

Wilbur Terrace guardó silencio unos minutos, como reflexionando... Tardó tanto en contestar, que Clarkson repitió su pregunta.

-Díme una cosa primero - respondió el otro-. ¿Quién es tu enemigo?

-Eso no creo que pueda interesarte.

Wilbur rió silenciosamente.

-Gracias por tu ingenuidad, Kenneth -dijo-. Tus palabras me indican que, lejos de perder su valor, las pruebas que tengo han adquirido una importancia mayor de la que tenían.

-¿Qué quieres decir con eso?

-Que, de hoy en adelante, voy a cobrar el triple de lo que hasta ahora te había pedido.

-¡Estás loco! ¿No te he dicho ya...?

-Parece mentira –le interrumpió el otro-, que no me conozcas al cabo de tantos años de tratar conmigo. Aunque haya envejecido, mi mente sigue tan alerta como siempre. Sólo una persona puede haber sospechado la existencia de los documentos que has perdido. Sólo una persona puede habértelos arrebatado. Sólo una persona puede tener idea de que poseo yo ciertas pruebas... ¿Quieres que te diga quién es?

Un brillo ominoso apareció en les ojos de Kenneth Clarkson.

-Nos estamos apartando de la cuestión, Wilbur -anunció.

-Al contrario -respondió el obro-, ahora es cuando más nos ceñimos a ella. A tu enemigo le interesan "todos" los documentos para proceder contra ti. No hará nada con los que tiene, y eso lo sabes tú muy bien,

-¿Por qué no?

-Porque nada adelantará metiéndote en la cárcel mientras no pueda ocupar tu lugar. Y eso no puede hacerlo mientras yo posea los documentos que me pides. Para él son de tanta importancia como para ti... o más.

-¿Qué adelantarás con que él te los quite?

-No pienso dejármelos quitar. Tú nunca pudiste conseguirle y, como ya he dicho, tampoco él los conseguirá. Pero, la existencia de esa persona, las actividades que está desarrollando, van a proporcionarme un arma que hasta ahora no poseía. Estoy seguro de que, si me pongo en contacto con ella, se mostrará dispuesta a pagarlos muy bien.

-Y, ¿por qué has de ofrecérselos a un enemigo mío cuando yo estoy dispuesto a pagártelos tan bien como pueda pagártelos él?

-¡Oh, no tengo el menor deseo de vendérselos a uno u otro, te lo aseguro! -respondió Wilbur Terrace-. Tengo un plan mucho más bonito.

-¿Sí? -murmuró Kenneth, con sorna ahora-. Y ¿estás seguro de que te saldrá bien?

-No puede fallar. De aquí en adelante, vas a multiplicar por tres la cantidad que me pagabas. Empezarás a efectuar el pago con ese aumento desde esta misma noche. Mientras cumplas, la situación continuará igual. El día que no lo hagas, vendo los documentos a tu enemigo. ¿Qué te parece la idea?

Kenneth Clarkson cruzó los brazos, los apoyó sobre la mesa y se inclinó hacia delante.

-Exiges demasiado, Wilbur -anunció-. Todo tiene su límite. Esta noche te puedo pagar tres veces más de lo convenido, en efecto... pero no podría sostenerlo.

-Puedes pagar eso y mucho más... y lo harás, por la cuenta que te tiene.

Se puso en pie, sin apartar la mano del cajón.

-Es muy tarde, Kenneth, y ya lo hemos hablado todo. Dame el dinero, puesto que lo has traído. Y, en adelante, ya sabes lo que tienes que hacer.

-Piénsalo bien, Wilbur. Estaría dispuesto a darte…

-No me interesa -le respondió el otro-. ¿Pagas... o no?

Kenneth Clarkson respiró profundamente. Se puso en pie a su vez.

-Tú ganas -anunció-, por esta vez. Pero no me doy por vencido. Reflexiona. Vendré a verte dentro de una semana para ver si has cambiado de opinión.

-Puedes ahorrarte la visita.

Tendió la mano izquierda.

-¡El dinero! -exigió.

Kenneth se llevó la mano al bolsillo.

-¡Toma! -exclamó.

¡Crac! Una llamarada surgió de su mano.

Wilbur Terrace masculló una maldición y retrocedió, con el brazo derecho perforado. Había visto la pistola demasiado tarde para poder defenderse contra ella.

-¡Caro vas a pagar esto, Kenneth! -exclamó con rabia.

-Al contrario -respondió éste, con una sonrisa siniestra-. Me va a resultar mucho más barato de lo que había esperado.

Lo que ocurrió después debía de haberse convenido ya todo de antemano, porque no mediaron palabras. La puerta del despacho se abrió, entró un hombre, cacheó a Wilbur para asegurarse de quo no llevaba arma alguna, sacó un bramante y, sin preocuparse de la herida de la que manaba bastante sangre, le maniató. Luego le alzó en vilo y le condujo al vecino sofá, tumbándole en él de cara a su agresor.

-¡Conque esperabas cobrarme el triple! -exclamó Kenneth, contemplándole-. ¡Imbécil! ¿Creías que iba a venir aquí personalmente sin tomar las medidas necesarias para hacerte entrar en razón?

Wilbur le escupió un insulto que hizo que el dedo le temblara en el gatillo. A punto estuvo de disparar de nuevo, pero se contuvo.

-¿Dónde están los documentos, Wilbur? -quiso saber.

-¡Donde nunca los podrás tú encontrar!

Kenneth miró á su secuaz.

-¡Ya sabes lo que hacer, Bardon!

El hombre movió afirmativamente la cabeza. Se acercó a su prisionero. Empezó a quitarle los zapatos.

-Wilbur -prosiguió el otro-, no tengo tiempo que perder. ¿Piensas hablar o no?

Terrace no se dignó contestar siguiera. Bardon le había descalzado ya. A una señal de su jefe, sacó una caja de cerillas, encendió una y la acercó a la suela del pie. Wilbur dobló bruscamente las rodillas, volvió a enderezarlas, alcanzó a Bardon en el pecho y le lanzó contra la mesa.

El hombre se levantó del suelo mascullando maldiciones. Se fue derecho al prisionero y le cruzó la cara con rabia. Wilbur escupió un diente. Su rostro se congestionó. Las venas del cuello se le hincharon como cuerdas. Parecía a punto de reventar.

-¡Te cargo ese golpe en cuenta, Bardon! -exclamó, con voz ahogada por la rabia-. Y... ¡no tardaré en pasarte factura!

-Olvidas -intervino Kenneth-, que no te encuentras en situación de amenazar. Siéntate encima de sus piernas, Bardon, para qué no pueda repetir la hazaña. De la demás me encargo yo.

Bardon se sentó encima de las piernas del otro. Kenneth encendió una cerilla.

-¿Dónde están las documentos; Wilbur? -volvió a preguntar.

-¡Búscalos!

La llama le lamió los pies. Un leve tufo a carne quemada llenó el cuarto. El atormentado se mordió los labios, pero no rechistó. Kenneth apagó la cerilla y encendió otra, repitiendo de vez en cuando su pregunta. Gastó media caja sin haber obtenido contestación. El hombre se había encerrado en un mutismo absoluto, concentrando todas sus fuerzas en la tarea de contener el dolor.

Clarkson se guardó la caja de cerillas, sacando, en su lugar, un puñado de minúsculas astillas.

-¿Te resistes a hablar aún? -inquirió.

Y, al no recibir contestación alguna, agregó:

-Veremos si esto te lubrifica la lengua mejor.

Colocó una de las astillas por debajo de la uña del dedo gordo del pie. Cogió un pisapapeles de encima de la mesa y empezó a, golpear.

Wilbur sorbió el aliento. Gruesas gotas de sudor penaron su frente. Se mordió el labio hasta hacerlo sangrar. Pero no habló. Le pusieron una astilla más. A la tercera, dijo Bardon:

-Se ha desmayado, jefe. Tendremos que aguardar.

Kenneth exhaló una exclamación de ira.

-El tiempo vuela -anunció-, y hay que encontrar esos documentos. Ayúdame a buscar.

Abandonaron al hombre momentáneamente y empezaran a registrar el cuarto. Vaciaron todos los cajones de la mesa y la destrozaron en busca de cajones secretos. Destriparon sillas y sillones y depositaron a Wilbur en el suelo mientras reventaban el sofá. Arrancaron la madera del zócalo. Golpearon los ladrillos. Miraron detrás de los cuadros, arrancando las pinturas de los marcos.

-Aquí no están -dijo Kenneth, por fin.

Wilbur Terrace seguía sin conocimiento.

-Monta guardia aquí -ordenó el jefe-. Yo voy a examinar el resto de la casa.

Terrace era soltero y vivía solo. El piso tenía cuatro habitaciones además del despacho. Al cabo de dos horas de buscar, Kenneth hubo de darse por vencido. Volvió al despacho. Su víctima había recobrado el conocimiento ya.

-Esta noche te jugaste la cabeza, Clarkson -anunció-. Y la has perdido. Sométeme a los tormentos que quieras; no podrás desatar mi lengua.

-¿No? -murmuró Clarkson, apretando los dientes-. ¡Ya veremos cuál de los dos resiste más!

Reanudó la tortura con salvaje frenesí, introduciendo astilla tras astilla hasta conseguir arrancar a su víctima el primer ¡ay! Se detuvo entonces para volverle a interrogar y, obstinándose éste en su silencio, alternó cerillas y astillas hasta que se volvió a desmayar. Consiguió volverle en sí derramándole por encima el contenido de una jarra de agua que encontró en un rincón. Pero, al introducir otra astilla, volvió a perderlo. Le reavivó vertiéndole en la boca un frasquito de "whisky" que llevaba en el bolsillo, pero una nueva astilla le provocó otro desmayo, del que ya no le pudo sacar.

Se paseó por el cuarto como una fiera. Era tal su aspecto, que ni el propio Bardon se atrevió a molestarle con sugerencia alguna. Por fin se detuvo, se inclinó sobre Wilbur Terrace y le tomó el pulso.

-Me parece, jefe -dijo entonces Bardon-, que tiene para rato. Y creo yo que se dejará matar antes que decir dónde tiene lo que usted busca.

-Estoy seguro de que guarda esas pruebas aquí -anunció Clarkson-; pero podríamos tardar días enteros en dar con ellas y habría que destrozar toda la casa para conseguirlo.

-¿Qué hacemos, jefe?

-Lo que debíamos haber hacho desde un principio. Destruir las pruebas, ya que no podemos dar con su paradero.

-¿Cómo?

-Prendiendo fuego a la casa. Hay mucha madera y arderá enseguida. Los otros dos pisos están desalquilados. Cuando quieran darse cuenta los vecinos y avisen a los bomberos, ya no habrá posibilidad de que se salve la casa.

-¿Y Wilbur Terrace?

-¡Que arda! -contestó Clarkson, con saña.

Empezó a amontonar los papeles de encima de la mesa y los que había dentro de los cajones. Arrancó cortinas. Apiló el relleno de los sillones.

Luego corrió a los otros cuartos y reunió todos los materiales inflamables en torno de los muebles y de las puertas para asegurarse de que agarrara bien el fuego.

Encendió una cerilla y fue prendiéndolo todo. Cuando vio que ya no había peligro de que se apagase, volvió al despacho y pegó fuego a los montones.

-¡Vamos! -le dijo a Bardon-. ¡Dentro de unos minutos esto será un infierno! Y no conviene que nos vea salir nadie.

-El fuego consumirá el bramante... quizá de tiempo a Terrace para salvar las pruebas y salvarse...

-Está demasiado débil para eso -contestó Clarkson-; pero, por si acaso...

Alzó la pistola y disparó contra el exánime cuerpo.

-De ésta -anunció con satisfacción-, no se salva.

Unos momentos más tarde salían de la casa, montaban al automóvil que les aguardaba a poca distancia y se alejaban de allí a toda marcha.

 

 

 

CAPÍTULO VII

¡ADIÓS, ANTORCHA!

 

Oculto entre las sombras, Milton Drake consultó su reloj. Las diez. Llevaba una hora justa en Goodberry, vigilando el domicilio de Peter Swinburn en Maple Avenue, de acuerdo con las instrucciones que recibiera de La Antorcha. Durante todo aquel tiempo, ni una sola luz había aparecido en las ventanas, ni había transitado un alma por la calle.

Al dar las diez y media sin que la situación hubiera cambiado, empezó a temer haber sufrido una equivocación. Sacó el papel que le diera la misteriosa mujer y lo volvió a consultar. No había duda. Aquélla era la calle y aquella la casa.

Empezaba a impacientarse cuando, por el otro extremo de Maple Avenue, apareció una figura caminando lentamente. Vestía de negro y no tardó en darse cuenta de que un tupido velo del mismo color sobria sus facciones. Salió de su escondite para que le viese, porque estaba seguro de que era La Antorcha.

La mujer se detuvo al llegar a su lado. Preguntó:

-¿No ha entrado nadie por este lado?

El multimillonario movió negativamente la cabeza.

-Eres la primera persona que veo en esta calle -anunció.

La Antorcha dio muestras de inquietud.

-No lo comprendo -dijo-. Mis noticias...

Se interrumpió. Dijo:

-No te muevas de aquí. Tengo otros medios de información. Voy a telefonear.

Siguió andando hasta la primera esquina. Dobló por ella y se acercó a la estación de servicio, cuyo foco brillaba cerca de la carretera. Pasó por detrás de la bomba de gasolina y entró en la cabina telefónica. Echó una ficha. Marcó un número. Pronunció un nombre.

Un instante después, una voz femenina le contestaba.

Hizo una pregunta.

-Salió hace dos horas aproximadamente -le contestaron.

-¡Hace dos horas! -exclamó La Antorcha-. Pero... ¡no es posible! Llevo vigilando la Casa de Swinburn...

-¿Swinburn? -la voz tenía un dejo de extrañeza.

-¿No me dijiste que era a Swinburn a quien había telefoneado?

-¿Swinburn? -repitió la voz-. ¡No! ¡Wilbur!

-¡Wilbur! -exclamó La Antorcha con desaliento-. ¿Estás segura?

-Por completo.

-Te entendí mal. Seguramente, ya es demasiado tarde. Pero... gracias.

Colgó el auricular.

¡Wilbur! ¿Qué Wilbur? Conocía a cuatro o cinco de ese nombre. Hizo un desesperado esfuerzo para recordar qué era cada uno de ellos y qué posible relación existiría entre ellos y Clarkson. Un apellido acudió a su memoria: Terrace. Lo recordó, simplemente, como uno de los que habían figurado poco o mucho en el asunto que estaba intentando desenredar.

Wilbur Terrace. Tenía que ser él. Pero, ¿dónde vivía? Junto al aparato colgaba un listín. ¿Tendría teléfono? Pasó rápidamente las hojas. Recorrió la columna de nombres con el dedo. Tern... Ternswith... Ternton... Terwood... Terwynn... ¡Terrace!

Wilbur Terrace vivía al otro extremo de Baltimore. Tomó nota de las señas, colgó el listín y volvió precipitadamente al lugar en quo había dejado a Milton.

-Nos hemos equivocado –dijo-. Dudo que lleguemos a tiempo ya; pero hay que intentarlo. ¿Dónde tienes el coche? Iremos juntos.

Milton la condujo al lugar en que había dejado su automóvil.

-¿Dónde? -inquirió, cuando estuvieron sentados.

La Antorcha le dio las señas. El vehículo se puso en marcha.

-¿Qué ha ocurrido? -quiso saber el multimillonario.

-He sido una estúpida -confesó su compañera-. Descubrí que Clarkson pasaba todos los meses cierta cantidad a Peter Swinburn desde hacía años, y supuse, inmediatamente, que era éste quien le estaba haciendo víctima de un chantaje. Tan convencida estaba de eso que, cuando me dijeron que Clarkson se había citado con Wilbur, entendí ya Swinburn porque era éste el nombre en que estaba pensando. No se me había ocurrido pensar que Clarkson pudiera emplear un intermediario y que anotara a nombre del mismo las cantidades que iba entregando.

-¿Clarkson salió a la cita?

-Hace dos horas por lo menos -respondió la muchacha, con desconsuelo-. Si fracaso, seré yo la única culpable y jamás podré perdonármelo.

-No hay que desanimarse aún -dijo Milton-. Si Terrace ha sido tan astuto como para conservar los documentos durante tantos años a pesar de los esfuerzos de Clarkson por quitárselos, es muy probable que los conserve aún,

-Esta vez no se irá Clarkson sin ellos. Sabe que poseo todas las demás pruebas. Tiene necesidad absoluta de asegurarse de que las últimas no caigan en mi poder.

-A lo mejor encontramos a tu enemigo en casa de Terrace. Si tanto empeño tiene en conseguirlos, y si Terrace tiene no menos empeño en conservarlos...

-Dios te oiga -murmuró la mujer-; pero tengo muy pocas esperanzas.

No volvieron a hablar ya hasta haber cruzado Baltimore.

-Para aquí -ordenó La Antorcha de pronto.

Milton se detuvo.

-Sígueme... pero no te acerques demasiado. Si hay alguien vigilando...

-Comprendo.

La mujer se apeó. Dio la vuelta al vehículo. Al salir por el otro lado iba vestida ya de rojo y con el antifaz puesto.

Se alejó del "auto" seguida de su compañero. Dobló una esquina y se paró en seco, sonando una exclamación.

-¡Mira! -dijo.

Señalaba las ventanas de una casa vecina, a través de las cuales empezaba a verse un resplandor rojizo.

-¡Tarde! ¡Tarde! -exclamó.

Y rompió a correr.

Una ventana se abrió de pronto y dos hombres saltaron por ella.

-¡Clarkson! -murmuró Milton, reconociendo a uno de ellos-. ¡Aun podemos alcanzarle!

Se oyó el ruido de un motor que se ponía en marcha.

-¡No nos da tiempo! ¡Antes de que hayamos llegado a tu "auto" habrán desaparecido! -contestó La Antorcha-. ¡Hay que entrar en la casa y ver qué ha sido de Terrace!

Entraron por la misma ventana que emplearon los dos hombres para huir. El humo hacía la atmósfera irrespirable. Las llamas habían prendido demasiado bien para que pudieran soñar con apagarlas. Milton apartó a La Antorcha y, agachando la cabeza, intentó atravesar la habitación. Sus pies tropezaron con algo blando y se detuvo a tiempo para no perder el equilibrio.

Se inclinó. Vio el cuerpo de Terrace. Lo asió y lo arrastró hacia la ventana.

-¡Ayúdame, Antorcha! -exclamó-. ¡No podemos permanecer aquí un momento más!

Entre los dos sacaron al hombre a la calle. Le depositaron sobre la acera. Milton sacó una navaja y le cortó las ligaduras. Luego lo examinó rápidamente.

-Le han dado un balazo en el pecho -anunció-, y otro en el brazo. No creo que tenga salvación posible.

-Y le han estado torturando -anunció la muchacha, con horror-. ¿Has visto cómo tiene los pies?

Terrace abrió los ojos. Vio un rastro enmascarado cerca del suyo.

-La... Antorcha -murmuró en voz tan débil que, de no haber estado inclinada sobre él, no le hubiese oído-. Tú... puedes... vengarme... Clarkson... Bardon...

-Sí, sí, lo sabemos -le interrumpió La Antorcha-. ¿Se ha llevado las pruebas?

El hombre intentó reír, y una bocanada de sangre le ahogó. Creyeron que había muerto y la muchacha miró a su compañero con desesperación.

-¡Demasiado tarde! –exclamó-. ¡Ya decía yo que sería demasiado tarde!

Milton sacó un frasco del bolsillo. Lo acercó a los labios del moribundo.

El hombre abrió los ojos de nuevo.

-Bolsillo... -dijo, en un susurro-. Banking Trust...

Una nueva bocanada de sangre le hizo callar. Milton le tomó el pulso. Alzó la cabeza.

-Ha muerto, Antorcha -anunció.

La mujer hincó una rodilla en tierra, Registró, rápidamente, los bolsillos del cadáver. En el chaleco encontró lo que buscaba.

Alguien debía haber visto el fuego y avisado a los bomberos, porque se oyó, de pronto, ruido de sirenas que me acercaban. La Antorcha se puso en pie y asió a su compañero del brazo.

-¡Aprisa! -ordenó-. ¡No deben encontrarnos aquí!

Corrieron hacia donde habían dejado el automóvil.

-¿Dónde? -preguntó Milton.

-A casa de Sonia. Nos espera. La advertí que le haríamos una visita esta noche para darle a conocer el resultado de nuestra empresa.

Sonia les esperaba, en efecto, y abrió en cuanto llamaron a la puerta.

Dirigió una mirada interrogadora a la pareja en cuanto estuvieron en la salita.

-Creo -anunció La Antorcha, que estaba muy emocionada, aunque intentaba disimularlo-, qué hemos sido mucho más afortunados de lo que yo me esperaba. Terrace ha muerto... después de decirnos que Clarkson y Bardon eran sus asesinos.

-¿Qué quería decir con eso del bolsillo? -inquirió Milton.

-¿No lo comprendes? ¡Mira!

Sacó una llave pequeña y se la enseñó.

-La saqué del bolsillo de su chaleco. Si te fijas verás que lleva un número. Es la llave de una caja de alquiler. Y ya nos dijo en qué Banco estaba... Sabía que Clarkson intentaría apoderarse de las pruebas -ya lo había intentado varias veces antes- conque no las tenía en su casa. Vas a tener que encargarte tú de lo que falta, Milton...

-¿Qué quieres que haga?

-Toma la llave... ¿Has hablada ya con Mavis?

-Nos casamos mañana a las nueve -anunció, con voz que tembló de una manera extraña.

La enmascarada le dirigió una mirada penetrante y dijo:

-Después de la boda, deja a Mavis en su casa y dirígete al Ranking Trust. ¿Te conocen allí?

-Tengo yo también una caja alquilada en ese Banco.

-En tal caso, no te costará ningún trabajo entrar en la cámara y abrir la caja de Terrace.

-¿Qué he de sacar de allí?

-Si no me equivoco, encontrarás un paquete de regulares dimensiones. Llévalo con cuidado, pues debe contener unos cilindros de cera y unas placas. De todas formas, es posible que haya algunos papeles también. Si los hay, recógelos por si acaso.

-¿Qué he de hacer con todo eso?

-Lo traes aquí y se lo entregas a Sonia. Ella ya sabe lo que tiene que hacer con ello.

-Y, ¿después?

-Vuelve por Mavis, a quien ya debes haber advertido de antemano que prepare el equipaje. Llévatela a Florida, o donde se te antoje, para que no esté aquí cuando caiga el golpe...

-Perdona, Antorcha -intervino Sonia en aquel momento-, no creo que me necesites y tengo que preparar unas cosas. Vosotros podéis seguir hablando entretanto. Hasta ahora.

Les dejó solos en la sala.

En cuanto la puerta se hubo cerrado tras ella, Milton se acercó a su compañera y le asió los brazos.

-¡Antorcha! -dijo, con emoción.

-¡Milton! -respondió ella, reconviniéndole-. No olvides...

-Es inútil, Antorcha -contestó el joven, con agitación-; por eso tengo que hablarte. Me he engañado a mí mismo. Creí que podría olvidarte; me convencí, a fuerza de razonamientos, de que lo que por ti sentía, más que amor, era capricho. Estaba equivocado. Mi dilema sigue siendo el mismo… Podré olvidarte... desterrarte de mi pensamiento... cuando esté al lado de Mavis y no te vea. Pero el día que volvamos a encontrarnos, recobrarás todo el influjo que sobre mí posees...

-Mañana vas a casarte con Mavis, Milton...

-Pero no me he casado todavía. ¡Oh, no temas! Cumpliré mi palabra. Quiero demasiado a Mavis Donovan para no cumplirla. Y, una vez casado, jamás tendrá motivo alguno de queja. Lucharé contra mis sentimientos que tú me inspiras cuando te veo. Seré un marido modelo. Pero esta noche... esta noche aun soy libre para hablarte. ¡No seas dura conmigo, Antorcha, hoy que renuncio por completo a un sueño!

En los ojos de La Antorcha apareció un destello singular. Dijo:

-Esta noche no estás libre, Milton. Desde el momento en que pediste a Mavis que se casara contigo y ella asintió, estás tan ligado a ella como si te hubieras casado ya. Sé leal...

El brusco abrazo del multimillonario le cortó el aliento. Un beso la selló los labios.

Hizo un esfuerzo y logró desasirse.

-¡Vete, Milton! -dijo-. ¡Vete! No me obligues a creer que es equivocado el elevado concepto que de ti tengo.

El joven se dominó mediante un esfuerzo.

-Perdona, Antorcha -dijo, humildemente-. Te doy mi palabra que esta escena no volverá a repetirse.

La enmascarada le tendió la mano.

-Adiós, Milton -dijo, en voz muy baja-. Pase lo que pase, quiero estar siempre orgullosa de haberte conocido.

El multimillonario tomó la mano. Y, en lugar de estrecharla, se la llevó a los labios. Por eso no vio la mirada de ternura quo la otra le dirigía.

Soltó la mano, giró sobre los talones, y se dirigió a la puerta. Salió del cuarto sin haber vuelto la cabeza. Porque no se sentía con fuerzas para mirar cara a cara a la mujer a la que, en aquél instante, renunciaba para siempre.

 

 

 

CAPÍTULO VIII

GOLPE Y CONTRAGOLPE

 

Cuando el golpe cayó, el flamante matrimonio se hallaba en Miami y no cabe la menor duda de que, por extraño que parezca, fue Milton el más sorprendido de los dos.

Ocupaban habitaciones independientes. Milton había insistido en ello mientras la boda no se celebrara con toda ceremonia y publicidad.

Legalmente eran marido y mujer. Pero legalmente nada más.

El periódico traía la noticia con grandes titulares. Kenneth Clarkson, conocido millonario, hombre de negocios retirado, había sido detenido en su casa de Baltimore el día anterior. Se le acusaba de conspiración y estafa de momento. Pero se insinuaba que pesaban sobre él cargos más graves que no se habían formulado aún.

Había llegado a este punto de la información, cuando irrumpió Mavis en su cuarto, radiante de alegría, le echó los brazos al cuello, y le besó,

-¡Oh Milton, Milton! -exclamó-. ¡Empezaba a temer ya que este día no llegara jamás!

El multimillonario la miró con sorpresa, sin comprender a qué podía referirse. Hasta hizo ademán de ocultar el diario para no aguar su alegría dejándole ver la noticia de sopetón. Por eso quedó estupefacto cuando la otra le preguntó:

-¿No has leído la noticia?

-¿La… la noticia? -exclamó el joven, aturdido-. ¿Cuál?

-¡Ésta! -respondió Mavis, quitándole el periódico do la mano y doblándolo por donde había estado leyendo Milton.

-No comprendo -dijo éste, más asombrado cada vez-. ¿Te alegra la detención de tu tío?

-Veo -le contestó ella-, que no la has leído aún. Termínalo de hacer y entonces comprenderás.

Se sentó a su lado, mirándole con los ojos muy brillantes, mientras su esposo reanudaba la interrumpida lectura. De pronto, exhaló el joven una exclamación de sorpresa.

-¡Donovan! -murmuró-. ¡Laurel Donovan!

-Mi padre -asintió la muchacha.

-¡Tu padre! Pero, ¿no eras huérfana, Mavis?

-Mucha gente lo creía. Y yo, durante una temporada, lo creí también. Pero hace años que sé que no es así. Hasta le pude ver en dos o tres ocasiones... a escondidas, claro está. Tenía grandes esperanzas de llegar un día a poder demostrar su inocencia... pero ese día tardaba mucho en llegar. Hasta es posible…

-¿Qué? -preguntó Milton, que aun no había salido de su sorpresa.

-Que jamás hubiera logrado demostrarla sin ayuda ajena. Hubo alguien que consagró su vida a demostrar la inocencia de mi padre. Una persona a quien tú conoces... que es muy amiga tuya... que ha sido, incluso, mi rival y que, a pesar de los pesares, no creo que hayas olvidado por completo, Milton...

-¿La Antorcha?

-La misma.

-Y, ¿tú sabías eso?

-Mi padre la conoce. Tuvo un encuentro con ella. Le dijo que confiaba reunir todos los documentos. Entretanto, le aconsejó que permaneciera oculto.

Milton Drake guardó silencio unos momentos. Le daba vueltas la cabeza. Hubiera querido estar solo unos minutos para reflexionar. Por primera vez desde que la conociera, La Antorcha le había engañado. Porque a eso equivalía lo que había hecho. ¿Qué fines había perseguido al inducirle a casarse con Mavis? No asegurar a la muchacha la protección de su nombre, como le había dado a entender, puesto que Mavis no necesitaba para nada de semejante protección. El encarcelamiento de su tío no suponía deshonra alguna para ella, que, después de todo, no había sido más que una de sus víctimas. Por el contrario, demostrada la culpabilidad de Clarkson, resplandecería la inocencia de Donovan que podría volver de nuevo al lado de su hija, y, seguramente, recobrar su fortuna.

La voz de Mavis irrumpió en sus pensamientos.

-Es preciso que volvamos a Baltimore, Milton. Mi padre se pondrá en camino en cuanto lea la noticia. Tengo muchas ganas de volverle a ver.

El multimillonario movió la cabeza, afirmativamente. Apenas se daba cuenta de lo que su esposa le decía. El recuerdo de La Antorcha llenaba por completo su pensamiento en aquellos instantes. Mavis pareció fijarse en su abstracción por primera vez.

-¿Qué te ocurre, Milton? ¿Por qué te has quedado tan callado de pronto? ¿En qué estás pensando?

-¡Es tan sorprendente todo esto! -murmuró el joven-. Perdóname, Mavis. Estoy un poco aturdido... ¿Dónde está tu padre ahora?

-Estaba en Nueva York. Supongo que a estas horas habrá salido ya en dirección a Baltimore. Y, si no lo ha hecho, no tardará en hacerlo. ¿Cuándo marchamos nosotros?

-En cuanto hayamos desayunado. Más vale que preparemos el equipaje. Iremos por carretera. ¿Lo tienes todo listo?

-Lo tendré en un momento. Hasta ahora, Milton.

Le dio un beso y salió corriendo del cuarto. Jamás la había visto tan animada y tan hermosa.

Exhaló un suspiro y se puso a pasear de un lado a otro de la habitación. El proceder de La Antorcha le intrigaba, atormentaba y enfurecía.

No estaba arrepentido de haberse casado con Mavis; pero sí le indignaba que La Antorcha hubiera recurrido a una estratagema para decidirle.

Por fin dejó de pasear. La denuncia, al parecer, había, sido presentada por mediación de un abogado que aseguraba obrar en nombre de Laurel Donovan. No era difícil adivinar que sus poderes emanaban de la misteriosa mujer de encarnado que habría colocado el asunto y las pruebas en sus manos. Iría a verle a su regreso a Baltimore. Procuraría ponerse en contacto con La Antorcha por mediación suya o de Sonia. "Tenía" que hablar con ella. Necesitaba una explicación y la obtendría.

Empezó a recoger la ropa, y echarla en las maletas. Se interrumpió unos instantes para telefonear a la gerencia del hotel, pedir que prepararan la cuenta, que subieran a recoger el equipaje, y que lo cargaran en su coche.

Subió un mozo poco después y, tras él, un botones.

-Acaba de llegar esto para el señor -anunció este último, tendiéndole un voluminoso sobre lacrado.

Milton lo tomó, vio su nombre escrito en tinta roja, y le dio un vuelco el corazón. Dio una propina al botones y, mientras el mozo cogía las maletas, se dispuso a abrir la carta. Pero se la guardó, precipitadamente, al ver aparecer a Mavis en la puerta.

Milton afirmó con la cabeza y, tras dar las necesarias instrucciones al mozo, bajó con su mujer al comedor. Y, tres cuartos de hora más tarde, el matrimonio viajaba a toda velocidad por la carretera de la costa sin que Milton hubiera tenido ocasión de abrir el misterioso sobre. Adivinaba su contenido, sin embargo, Y, precisamente por eso, no tenía tantas prisas en leerlo como hubiera tenido en otros tiempos. Por su volumen, no podía ser otra cosa que la historia que La Antorcha había prometido relatarle[3]. Tiempo habría para que la leyese. Ya no podía afectar gran cosa al resultado.

***

-Lo siento mucho, señor Drake -dijo el abogado-; pero no puedo complacerle. Mi cliente es el propio señor Donovan. Recibí instrucciones suyas por telégrafo. De la persona quo me entregó ciertos documentos en su nombre, no sé ni una palabra. Era una mujer. No la vi la cara. No dejó señas. Ni dio nombre alguno. Ni ha vuelto a visitarme. Por consiguiente, por muy buenos deseos que tuviera nada me servirían en este caso.

Milton le dio las gracias. Tendría que recurrir a Sonia.

Garth le aguardaba en la calle con el coche. Mavis había decidido instalarse de nuevo en su casa de Peabody Heights, convencida de que sería allí donde iría su padre a buscarla cuando llegara a Baltimore.

Sonia acababa de regresar a su pisito cuando se presentó Milton y la visita del joven pareció sorprenderla.

-¿Qué ocurre? -preguntó-. ¿Cómo has venido en estos momentos?

El multimillonario estaba demasiado obsesionado por su idea para dar todo su valor a estas preguntas. Cogió a Sonia de las manos. Dijo:

-¡Sonia! ¡Es preciso que vea a La Antorcha! ¡Tú puedes conseguirme esa entrevista...! ¡TÚ la conoces...! ¡Tú sabrás dónde vive!

-Pero, Milton...

-¡No me lo niegues, Sonia! ¡Es preciso que la vea cuanto antes! ¡Estoy atormentado! ¡Nunca creí que ella fuera capaz de engañarme! ¡Quiero que me…!

Sonia le interrumpió.

-¿Engañarte? -preguntó con sorpresa-. ¿Por qué crees que te ha engañado?

-¡Me aseguró que era preciso que me casara con Mavis para protegerla! ¡Me dijo...!

Sonia, no le dejó terminar.

-Si no hubieras venido tan aprisa -dijo-, tal vez te hubieras ahorrado el viaje. ¡Toma!

Recogió un periódico de la tarde que había abierto sobre la mesa y se lo entregó:

Milton lo tomó sin comprender. Echó una mirada a la página:

"Laurel Donovan sale de Nueva York con pruebas suficientes para llevar a Clarkson a la silla eléctrica", leyó, en grandes titulares.

Y, un poco mas abajo: "Clarkson se fuga de la cárcel".

-Ahí tienes el peligro -dijo Sonia-. ¿Qué crees que hará Clarkson ahora que se encuentra en libertad? ¡Necesita impedir, a toda costa, que Donovan presente las pruebas que posee! ¿Cuál será el mejor medio para obligarle a que las destruyese...? ¿Sigues creyendo que te ha engañado La Antorcha?

Milton palideció. Dejó caer el periódico sin preocuparse de leer la noticia completa. Dio media vuelta. Echó a andar hacia la puerta. Se dio cuenta, de pronto, de que no se había despedido siquiera. Volvió sobre sus pasos. Estrechó, fuertemente, las manos de la muchacha.

-Gracias, Sonia -dijo-. Me voy. Pero volveré a verte.

-Cuídala, Milton -murmuró la mujer-. Se lo merece.

Pero el multimillonario estaba demasiado lejos ya para oírla -cuanto más para observar la singular sonrisa que había acompañado a sus palabras.

***

El repartidor de Telégrafos puso pie en tierra, apoyó la bicicleta contra el muro y se dirigió a la verja. Si oyó el silbido que sonó al otro lado de la carretera, no le dio importancia alguna. Ni halló extraño que un hombre de librea se acercara a los barrotes antes de que hubiera llamado siquiera.

-Telegrama -dijo el muchacho.

-¿Para la señorita Donovan? -preguntó el lacayo, sin abrir la puerta.

-Si, señor.

-Démelo.

La mano del hombre asomó por entre los barrotes.

-Hay que firmar -dijo el repartidor.

-Lo sé. Firmaré yo por ella. Lo espera.

El muchacho entregó el telegrama sin sospechar nada. El lacayo firmó el resguardo y se lo entregó junto con una moneda de veinticinco centavos, retirándose después parque adentro.

Transcurrieron unos momentos. Volvió a sonar el silbido. El lacayo apareció encima del muro, saltó a la carretera, se reunió con el que había silbado y juntos abrieron el telegrama.

-Ya es nuestro -dijo uno de ellos.

-Vamos a llevárselo al jefe.

***

El hombre descendió del tren. Miró a su alrededor sin descubrir a persona alguna conocida.

Un chofer de librea ce le acercó. Se llevó la mano a la visera.

-¿El señor Donovan? -quiso saber.

El hombre contestó afirmativamente.

-La señorita Mavis me ha mandado a esperarle. No le ha sido posible venir personalmente. Le aguarda en el despacho de su abogado.

-¿Ha traído usted el coche? -inquirió Laurel Donovan, sin la menor desconfianza.

-Aguarda fuera -le contestaron.

Salieron juntos de la estación. El chofer se detuvo ante un coche cerrado. Abrió la portezuela y se echó a un lado, respetuosamente. Donovan, puso el pie en el estribo. Agachó la cabeza para subir.

¡Crac! Algo duro cayó sobre su nuca. Sintió que unas manos fuertes le asían... le arrastraban hacia el interior. La portezuela se cerró tras él. Allá lejos, y como a través de un velo, le pareció oír una voz.

El automóvil se puso en marcha. Y ya no se enteró de nada de lo que ocurrió después.

 

 

 

CAPÍTULO IX

 

EN LAS GARRAS DE CLARKSON

 

Laurel Donovan abrió los ojos y los volvió a cerrar con rapidez. La luz le hacía daño. Le dolía enormemente la cabeza y no podía coordinar. Estaba sentado -de eso se daba cuenta. Pero, ¿dónde estaba y cómo había llegado hasta allí? Hizo un esfuerzo por recordar. Había tomado el tren en Nueva York. Había llegado a Baltimore. El chofer de Mavis había salido a recibirle a la estación. Al subir al coche…

Descorrió los párpados otra vez. El cuarto, sin ventanas, estaba brillantemente iluminado con luz artificial. El chofer, aun de librea, le estaba contemplando. Dio una voz al verle abrir los ojos y mover la cabeza y otro hombre, que se había estado paseando, se detuvo y se volvió.

A pesar de los años transcurridos desde que le viera la última vez, le reconoció.,

-¡Kenneth! -dijo.

Él otro enseñó los dientes en feroz sonrisa.

-Veo -dijo-, que la memoria te es fiel.

-¿Qué significa esto? ¿Por qué me has tirado aquí?

-¿Es necesario que te lo diga?

-Leí en Nueva York que estabas en la cárcel.

-Y te apresuraste a venir para asegurarte que no pudiera, volver a salir de ella con vida.

-¿Qué querías? ¿Que me dejase yo matar en tu lugar?

-Hubiera sido mucho menos dolorosa para mí -aseguró Clarkson.

-¿Dónde está mi hija?

-Desde que las autoridades, a instigación tuya y de La Antorcha, me privaron de la dicha de ser su tutor, no la he vuelto a ver.

-¿Cómo sabías que venía a Baltimore?

-No hacia falta ser un lince para comprenderlo. Pero, los diarios me sacaron de dudas anunciando tu próxima llegada.

-Pero... ¿la hora del tren?

-Eso fue lo más fácil. Comprendí que telegrafiarías a Mavis. Mis hombres vigilaron la casa e interceptaron al repartidor. Mavis no recibió el telegrama: lo recibí yo,

-¿Qué quieres de mí?

-El golpe debe haberte aturdido más de lo que yo me suponía para que tengas que hacer semejante pregunta. ¿Dónde están las pruebas que traías de Nueva York?

-¿Las pruebas? -exclamó Laurel.

-Ya me has oído. Encima no las llevas, porque te he registrado. Y en tu equipaje, del que por cierto me adueñé, no he encontrado nada siquiera. ¿Dónde están? -repitió, con aspereza,

-¿Cómo quieres que lo sepa yo?

Kenneth Clarkson dio un paso amenazador hacia él. Donovan intentó incorporarse y se dio cuenta entonces, por primera vez, de que tenía los brazos atados a los del sillón, y las piernas a las patas del mismo.

-No tengo tiempo que perder, Laurel -advirtió Kenneth, con voz ominosa-, ni humor pasa andarme en contemplaciones. Necesito esas pruebas. Y tú vas a decirme dónde las escondiste.

-Ni las tengo ni las he tenido nunca.

-Es inútil que mientas. La prensa, al anunciar tu próxima llegada, advirtió también que traías pruebas suficientes para llevarme a la silla eléctrica. ¿Dónde están?

-Los periódicos se han equivocado.

Kenneth dio una orden. El chofer se retiró, volviendo a los pocos momentos con un braserillo encendido y unos instrumentos de hierro.

-Te he dicho, Laurel -anunció-, que no tengo tiempo que perder. Si te niegas a hablar voluntariamente, apelaré a otros métodos de persuasión.

Laurel Donovan contempló el braserillo. Vio cómo el chofer introducía los instrumentos de hierro entre las brasas. Se le había despejado la cabeza del todo ya y se daba perfecta cuenta de su situación. Kenneth Clarkson recurriría a todos los medios para hacerle revelar el lugar en que se encontraban las pruebas. No le dejaría en libertad sin haberse apoderado de ellas. Y, lo curioso del caso, era que había dicho la verdad al asegurar que jamás las había tenido en su poder.

Mientras se hacían los preparativos para someterle a suplicio, su inteligencia, aguzada por la necesidad, intentó formular un plan. Pero apremiaba el tiempo y acabó decidiendo que su única salvación era decir la verdad.

-Kenneth -dijo-, todos esos preparativos de nada te servirán. Si recapacitaras un poco comprenderías que los documentos a que te refieres no puedo tenerlos yo.

-¿Por qué?

-¿Qué necesidad había de mandármelos a Nueva York para que volviera a traerlos yo aquí?

-Suena razonable -asintió el hombre-. ¿Dónde están, pues?

-Los tiene La Antorcha.

-¿Por qué se ha dicho, entonces, que los tenias tú?

-Olvidas que pesa sobre mí una acusación y que ésta no será retirada hasta que haya sido demostrada mi inocencia y tu culpabilidad.

-¿Qué tiene que ver eso con el asunto?

-Al venir a Baltimore, podía ser detenido y encarcelado y quería evitárseme tener que pasar por ese trance si era posible. Fue idea de La Antorcha. Si se me consideraba portador de documentos de tanta importancia, seguramente se me permitiría llegar a Baltimore y presentarme a la policía sin molestarme. Una vez aquí, se esperaba conseguir que se me dejara en libertad bajo fianza hasta que estuviera resuelto el asunto.

-Si te hubieras presentado sin los documentos...

-Ahí está la cosa. Los hubiera llevado cuando me presentara. ¿Cuánto tiempo hace que llegué?

-Has estado sin conocimiento cinco horas.

-En tal caso hemos perdido la ocasión.

-La ocasión... ¿de qué?

-Una hora después de mi llegada a Baltimore, debía de entrevistarme con La Antorcha para que ésta me entregara los documentos con los que me había de presentar al capitán Rawlings.

-¿Dónde?

-En el parque de Peabody Heights. Junto al surtidor central.

-Bardon -ordenó Clarkson, volviéndose hacia el chofer-: que salga un hombre inmediatamente para Peabody Heights. Es posible que La Antorcha esté esperando y…

-¿Cuatro horas? -sonrió Donovan-. No, Kenneth. Manda si quieres; pero te anticipo que tu agente no encontrará a nadie. No era eso lo convenido.

-No puede tener esa mujer la seguridad de que no te retrases por una u otra causa ajena a tu voluntad.

-No -asintió Donovan-; pero el caso estaba previsto. Era demasiado arriesgado para ella rondar por el parque esperándome. Convinimos en que aguardara media hora tan sólo. Si transcurrido ese tiempo yo no me había presentado, se marcharía y aguardaría a que yo me pusiese, nuevamente, en contacto con ella.

-¿Cómo? ¿Dónde?

-¡Ah, mi querido primo! -murmuró Laurel Donovan-. Ahora es cuando nos toca negociar.

-¿Negociar?

-Naturalmente. Si permito que te adueñes de esas pruebas, tú no te salvarás de la cárcel; pero sí de la silla eléctrica. Yo, en cambio, no podré entrar en posesión de lo mío. Seguiré siendo un fugitivo. ¿Cómo piensas arreglar eso?

-No pienso arreglarlo de ninguna manera -respondió el otro, con dureza-. Bastante haré con dejarte en libertad una vez tenga los documentos y los haya destruido. Vuelve a marcharte de Baltimore... emigra si quieres... ¿A mí qué me importa? No puedo prometerte ninguna otra cosa.

-En tal caso -anunció el hombre, con firmeza-, puedes empezar a torturarme cuando quieras. No lograrás hacerme decir una palabra. Si he de pasar el resto de mi existencia huyendo de la ley, lo mismo me da que me tortures hasta que muera.

Clarkson volvió a sonreír, con ferocidad

-¿Sabes que creo que serías muy capaz de soportar el tormento sin decir una palabra?

-¿Que si soy capaz? ¡Pruébalo y verás!

-No, Laurel... Tengo un plan mucho mejor que ése. ¡Bardon! -se volvió hacia el chofer-. ¡Que vayan a Peabody Heights! ¡Que secuestren a Mavis Donovan y me la traigan aquí!

Bardon hizo ademán de marcharse. Laurel intervino.

-¡Un momento! -exclamó.

Kenneth le miró, sin dejar de sonreír.

-¿Qué deseas? –continuó preguntando Laurel.

-Hacerte hablar, querido primo. Tú soportarás todas las torturas; pero... ¿seguirás guardando silencio cuando veas cómo desfiguro el cuerpo de Mavis con un hierro candente?

-¡Eres un monstruo, Kenneth! -exclamó el otro, horrorizado.

Kenneth se encogió de hombros.

-Defiendo mi vida como un gato panza arriba -contestó-. ¿Estás dispuesto a hablar o prefieres que mande buscar a tu hija?

Laurel vaciló un instante. Luego:

-Tú has ganado -dijo, con voz apagada-. Pero -agregó, con nuevos bríos-, solamente de momento. Te librarás de las garras de la ley, Kenneth... Nunca te librarás de las mías. Buscaré por todos los medios nuevas pruebas. Y, si no las consigo, ya mismo me erigiré en tribunal, te juzgaré y ejecutaré por mi propia mano sentencia.

Kenneth rió silenciosamente.

-Te desafío -dijo-, como te he desafiado durante todos estos años. ¿Dónde está La Antorcha? ¡Habla pronto!

-No tengo la menor idea.

-¿Cómo pensabas ponerte en contacto con ella entonces?

-Por teléfono. Dices que me has registrado. ¿No encontraste en mi bolsillo un librito de notas?

-Si.

-Busca en él. Encontrarás varios números. Junto a uno de ellos hay una señal en tinta encarnada. Ese es el teléfono de La Antorcha.

-¿De su casa?

-No lo creo. Es necesario llamar, preguntar por ella y volver a llamar media hora más tarde... el tiempo necesario para que vayan a avisarla, por lo visto.

-¿No se puedo dar el mensaje para que se lo transmitan?

Laurel negó con la cabeza.

-No lo admitiría. Lo convenido es que le hable yo mismo. Considerará falso todo otro mensaje.

-Pues tú mismo le hablarás, descuida.

Volvió a sacarle la libreta del bolsillo. La ojeó. Encontró el número con la señal en tinta encarnada. Salió del cuarto y volvió unos momentos después.

-Veo que no me has engañado -dijo-, y te felicito. Dentro de media hora hablarás tú con La Antorcha. ¿Quién es la mujer que ha tomado el mensaje? Su voz me ha parecido conocida.

Laurel se encogió de hombros.

-¿Qué sé yo? Ese número me lo han dado recientemente. Aun no había tenido ocasión de usarlo.

Kenneth hizo una seña a Bardon. Entre los dos cogieron el sillón y lo trasladaron al cuarto contiguo, dejándolo junto a la mesa en que había un teléfono

-Observarás -dijo Kenneth-, que este aparato tiene dos auriculares. Ni que decir tiene que pienso estar escuchando toda la conversación por uno de ellos. Dirás a La Antorcha que circunstancias imprevistas te han impedido acudir a la cita. Que necesitas que te traiga ella las pruebas. Dile que la explicarás detalladamente lo ocurrido en cuanto la veas. No tienes tiempo dé hacerlo ahora, ¿comprendes?

-Perfectamente. ¿Qué señas he de darle? No sé dónde me tienes.

-Ni es necesario que lo sepas. La Antorcha debe de proceder a North Avenue y detenerse delante del cementerio de Greenmount. Bardon la estará esperando allí con un coche. Le dirá que ha ido a buscarla de parte tuya y la traerá aquí. Una vez tenga las pruebas en mi poder, podéis marcharos los dos y hacer lo que os venga en gana.

-Tendrás que desatarme las manos para que coja el auricular.

-No pienso correr más riesgos que los absolutamente necesarios. Un hombre mío se encargará de acercarte el auricular al oído mientras hablas. Y... no lo olvides. Como intentes gastarme alguna jugarreta, cortaré la comunicación y mandaré en busca de Mavis.

       -¡Oh! -contestó Laurel-, no tengas cuidado: no intentaré nada. Quiero demasiado a mi hija para exponerme a que se ensañe en ella un desalmado.

No se habló más de momento. Transcurrieron los minutos. Kenneth había depositado su reloj sobre la mesa y le echaba una mirada de vez en cuando.

Por fin sacó la libreta que le había quitado a su cautivo. La abrió por la página en que estaba el número con la señal encarnada.

-Ha llegado el momento -anunció-. No olvides mis advertencias.

Marcó el número. Descolgó los auriculares. Bardon cogió uno de ellos y se lo acercó a Laurel a la oreja. Kenneth usó el otro.

Una voz femenina llegó a sus oídos.

-¿Diga?

-La Antorcha -dijo el prisionero-. La llama Laurel Donovan.

 

 

 

CAPÍTULO X

LA TRAMPA QUE FALLA

 

Sonia descolgó el auricular.

-¿Diga?

Una voz lejana respondió:

-La Antorcha... La llama Laurel Donovan.

Sonia se volvió.

-Es para ti -dijo-. Donovan, Laurel Donovan.

La mujer de negro se levantó del sillón. Tomó el auricular de manos de su amiga.

-La Antorcha -anunció.

Donovan no le dio tiempo a decir más.

-Lo siento, Antorcha -murmuró-. No pude acudir a la cita al lugar convenido.

Por debajo del tupido velo, la desconocida palideció. Aquellas palabras eran un toque de alarma, una advertencia. Porque Donovan no se había citado con ella en parte alguna.

Dijo, dominando su emoción:

-Te estuve esperando. ¿Qué ocurrió?

-No puedo explicártelo ahora. El tiempo apremia. Te lo contaré todo detalladamente cuando nos veamos. Ha sucedido algo que ninguno de los dos habíamos previsto. ¿Puedes hacerme un favor?

-Di.

-Cuánto tiempo necesitarías para ir desde donde te encuentras hasta el cementerio de Greenmount en North Avenue?

-Media hora aproximadamente.

-Bien. Escúchame con atención entonces. Quiero que recojas las pruebas y vayas con ellas, inmediatamente, a North Avenue. Encontrarás a mi chofer con el coche frente al cementerio. Te dirá que te está aguardando por orden mía. Sube al coche. Él te conducirá al lugar en que me encuentro. ¿Me entiendes?

-Perfectamente.

-Hasta luego. Antorcha. Es necesario que vengas lo más aprisa posible. Y ¡trae todas las pruebas!

Un chasquido anunció que había sido cortada la comunicación. La mujer colgó el auricular. Se quedó unos instantes inmóvil.

-¿Qué ocurre? -preguntó Sonia, notando algo anormal en su amiga.

-Un desastre -respondió ésta-. Me temo que Laurel Donovan haya caído en manos de Clarkson.

Repitió lo que Laurel le había dicho.

-¿Qué vas a hacer?

-Eso estaba pensando.

Guardó silencio unes segundos. Luego:

-¿Estás dispuesta a correr un grave riesgo por mí, Sonia?

-Ese no se pregunta siguiera.

-Somos poco más o menos de la misma talla. Te pondrás este vestido que llevo y mi velo. Vas a ir tú, a la cita en mi lugar.

-No tengo inconveniente.

-No estarás tan sola como pueda parecerte. Voy a avisar a Milton para que te siga. Y yo tampoco estaré lejos... Pero no puedes ir con las manos vacías... Aquí al lado tienes unos almacenes. ¿Quieres bajar a hacer unas compras mientras yo telefoneo?

-¿Qué he de comprar?

-Media docena de placas fotográficas... No sin usar, claro. Compra diapositivas de 9 x 12 ó un tamaño parecido.

-¿Qué más?

-Tres cilindros de dictáfono y una cartera en que meterlos junto con las placas. Date prisa, Sonia. Disponemos de minutos.

La muchacha no se hizo repetir la orden. Cogió el portamonedas y salió apresuradamente del piso.

La Antorcha descolgó el teléfono. Marcó un número.

-Dígale al señor Drake que se ponga al aparato -ordenó.

Una corta espera. Luego:

-¿Quién es? -preguntó la voz de Milton.

-La Antorcha. Escucha y no me interrumpas.

Le contó, en breves palabras, lo sucedido.

-Marcha inmediatamente a North Avenue. Esconde tu coche cerca del cementerio. Sonia irá en mi lugar. Cuando suba al "auto" que le espera, síguela. Obra después según aconsejen las circunstancias. ¿Comprendes?

-Sí.

-Hasta luego, Milton. No hay tiempo para hablar más ahora.

Cortó la comunicación y empezó a quitarse el vestido que llevaba. Había terminado ya y se había puesto uno de los vestidos de Sonia cuando regresó ésta de la calle.

-¿Lo has encontrado todo? -preguntó.

-Todo -asintió la muchacha.

-Ponte mi vestido y el sombrero -ordenó La Antorcha.

Y, mientras la muchacha obedecía, examinó ella el contenido de la cartera. Deshizo el paquete que contenía las placas y el de los cilindros.

-¿Sirven? -inquirió Sonia.

-Sí; pero no tan bien envueltos y atados. Eso resultaría sospechoso. ¿Puedo usar este periódico?

Cogió uno que había sobre la mesa. La otra contestó afirmativamente. En una hoja envolvió las placas. Cada uno de los cilindros formó un envoltorio aparte. Lo volvió a meter todo en la cartera. Sonia ya estaba dispuesta.

-¡Dios te bendiga, Sonia! -dijo La Antorcha, dándole un beso en la mejilla-. Y te proteja.

-No me ocurrirá nada, no temas. ¿Hasta luego?

-Hasta luego -asintió la muchacha.

Aguardó unos momentos, sola, después de haber marchado la otra. Luego salió del piso, cerrando tras sí la puerta.

***

Clarkson consultó el reloj.

-Si todo ha marchado bien -anunció-, Bardon debe estar a punto de regresar.

Laurel Donovan no contestó. Seguía atado al sillón y gruesas gotas de sudor perlaban su frente. ¿Habría comprendido La Antorcha su mensaje? ¿Tendría suficiente astucia para hacer fracasar los planea de Kenneth?

Se oyeron pasos presurosos fuera. Una voz femenina, preguntó:

-¿Dónde está el señor Donovan?

-Por aquí, señorita -respondió la voz de Bardon-. Ya debe estar impaciente por verla.

Se abrió la puerta del cuarto. Una mujer enlutada, cubierto el rostro por tupido velo, apareció en el umbral. Vio inmediatamente a Donovan. Se dio cuenta de que estaba atado. Se detuvo. Exclamó:

-¡Donovan! ¿Qué significa esto? ¿.Qué ha sucedido?

El hombre alzó la cabeza. Un brillo extraño apareció en sus ojos y le dio un vuelco el corazón. Aquélla no era la voz que él había esperado escuchar.

-Lo siento, Antorcha -dijo él-. Te he hecho caer en una trampa, pero no lo he podido remediar.

-¡Una trampa!

La mujer alzó rápidamente una mano hacia el pecho. Bardon la metió en el cuarto de tan violento empujón, que hubiera caído al suelo de no haber acudido en su auxilio Clarkson, quien, todo sonrisas, no sólo la sujetó, sino que aprovechó la ocasión para quitarle la pistola que había logrado sacar.

-Lamento -dijo-, que mi servidor haya tenido que dar muestras de tan poca galantería, señorita. Pero su deber era impedir que usted usara este juguete.

Se metió la pistola en el bolsillo. Asió la cartera.

-¿Me permite que le quite este peso de encima? -preguntó.

La enlutada hizo un esfuerzo por retirar la cartera. El otro, sin pararse en miramientos, se la quitó de un tirón. Y cuando ella, furiosa, intentó echársele encima, el contacto de la pistola de Bardon en la espalda le hizo comprender que el menor movimiento le costaría la vida y se inmovilizó.

 Clarkson, entretanto, estaba abriendo la cartera.

-Es usted mucho más ingenua de lo que yo había esperado, señorita -anunció, sacando los paquetes y depositándolos sobre la mesa-. Cosas de tanto valor no deben de trasladarse de un sitio a otro así como así.

-Te recuerdo tu promesa, Kenneth -intervino Donovan-. Tienes ya las pruebas en tus manos. Quedaste en ponernos en libertad a los dos.

-La cumpliré, Laurel, la cumpliré -contestó el otro, riendo con feroz alegría-. Te corté definitivamente las garras, y bien puedo permitirme ese lujo. Pero no sin tomar ciertas precauciones. La Antorcha puede ser muy peligrosa, mientras permanezca desconocida. Voy a reducirla a la impotencia ahora mismo, compartiendo can ella el secreto de su identidad.

Se irguió bruscamente y, asiendo el velo de la enlutada, se lo arrancó de un tirón.

El efecto en él fue teatral. Vio el rostro de Sonia. Lo reconoció. Durante unos momentos permaneció inmóvil, desorbitando los ojos, congestionado el rostro y a punto de estallar.

-¡Sonia! -aulló por fin, con increíble rabia-. ¡Sonia!

-Pues -respondió, impertérrita, la muchacha-, ¿por quién me habías tomado entonces?

El hombre se dominó mediante un esfuerzo.

-Me hiciste una vez traición -anunció-, y otra vez te cruzas en mi camino. Será la última. Al entrar aquí, tú misma sellaste tu destino.

-Y -preguntó de pronto una nueva voz-, ¿quién ha sellado el tuyo, amigo mío?

-¡El Encapuchado! -exclamó Clarkson, mirando hacia la amenazadora figura que, con una pistola en cada mano, había aparecido en la puerta.

-¡Ni un movimiento sospechoso, Kenneth...! ¡Suelta esa pistola, Bardon, si no quieres que utilice la mía!

La sorpresa había sido total. El Encapuchado se había hecho dueño de la situación. Ninguno se atrevió a desobedecerle. Bardon dejó caer la pistola al suelo y, siguiendo las instrucciones del recién llegado, fue a colocarse de espaldas a la pared, junto a su jefe.

-¡Desata al señor Donovan, Sonia!

-Encontrarás una navaja en mi bolsillo -le dijo el prisionero.

La muchacha encontró la navaja. La abrió. Cortó las cuerdas que ligaban los brazos. Algo le hizo levantar, de pronto, la cabeza y exhaló un grito de aviso. Pero no llegó a tiempo. El hombre que, procedente del pasillo, se había ido acercando sigilosamente a Milton, saltó sobre él de improviso. Y, antes de que éste pudiera apartarse a un lado, le echó un brazo al cuello y alzó la pistola que, agarrada por el cañón, llevaba en la mano para darle un culatazo.

Sonia olvidó a Donovan. Dejó caer la navaja. Dio un brinco hacia Milton para ayudarle. Clarkson le salió al paso y, sin andarse en miramientos, la tiró contra la pared de enfrente de un puñetazo. Bardon, entretanto, había logrado arrancarle a Milton las pistolas de las manos y procuraba ponerse fuera del alcance de sus nudillos.

El otro hombre había dado ya el primer culatazo, pero gracias a la rapidez con que El Encapuchado torció la cabeza, el golpe le alcanzó en el hombro, dejándoselo entumecido. Donovan, frenético, intentaba desatarse las piernas para tomar parte en la pelea.

       Clarkson recogió una de las pistolas del suelo. Apuntó a El Encapuchado. Ordenó:

-¡Manos arriba o disparo!

La respuesta vino de donde menos esperaba. Sonó una detonación y, la pistola le voló de las manos. Sonia, que se estaba levantando, la recogió.

-¡Quieto, Clarkson! -dijo.

Por el mismo sitio que habían empezado todos los personajes para entrar en escena apareció otro nuevo: una mujer enmascarada y vestida de encarnado.

-Parece que no te han ido saliendo muy bien tus planes, Kenneth -dijo, riendo-. ¿Era a mí a quien buscabas?

Clarkson masculló una maldición.

-¡Aun no hemos jugado todas las cartas, Antorcha! -dijo.

-Has perdido demasiadas bazas para que pueda ser tuya la partida -le contestaron.

Milton, libre del brazo que le apresara, se dejó caer al suelo para no meterse entre La Antorcha y los hombres a quienes, ayudada por Sonia, estaba apuntando.

Ayudó a Donovan a terminar de desatarse. Luego:

-¿Qué hacemos con esa gente, Antorcha? -preguntó.

-Entregarla a la policía para que la ponga a buen recaudo -respondió ésta-. Las ataremos de pies y manos. Donovan puede quedarse aquí con Sonia para hacer la entrega. Empieza por Kenneth: Usa las mismas cuerdas que usó él para su prisionero.

Milton dio un paso hacia él y, durante un instante, se metió en la línea de fuego. No fue más que un instante, pero le bastó a Kenneth paró hacer un último y desesperado esfuerzo. Bajó, bruscamente, las manos, asió los paquetes que sacara de la cartera y, agachando la cabeza, cargó en dirección a la puerta.

Nadie esperaba aquella intentona. Ni La Antorcha ni Sonia se atrevían a disparar por miedo a dar a Milton o a Donovan. Aprovechando aquel instante de indecisión, Bardon y el otro empezaron a ponerse en movimiento. Disparar contra el primero, sin embargo, no ofrecía para Sonia tantos peligros. Oprimió el gatillo. Bardon cayó al suelo. Milton derribó al otro de un puñetazo antes de que La Antorcha hubiese tomado determinación alguna y, recogiendo una pistola del suelo, salió en persecución de Clarkson. La poca ventaja que éste le llevaba, sin embargo, le había bastado para llegar a la calle, subir a un "auto" y desaparecer antes de que El Encapuchado hubiera encontrado la puerta de salida siquiera.

Volvió, pues, al cuarto y ayudó a las dos mujeres y a Donovan a atar a los prisioneros.

Una vez hecho esto, La Antorcha suplicó a Sonia que montara guardia sola unos instantes y condujo a los otros a la habitación contigua.

-Había sido mi intención -anunció, con tristeza-, que esta tarde cayera mi antifaz y me conocieras tal cual soy, Encapuchado. Pero las circunstancias no lo aconsejan.

-¿Por qué? -quiso saber Milton, con sorpresa.

-Clarkson ha huido. Es de suponer que, tarde o temprano, dará con él la policía. Sólo que, entretanto, constituyo un peligro para todos. Es preferible que conserve el incógnito para poder combatirle. Pero tú -prosiguió-, no tienes por qué conservarlo en este instante... ¡en presencia da tu suegro, por lo menos! Donovan... te presento a tu yerno… que no es la primera vez que acude en tu ayuda, por cierto.

Ella misma le despojó de la capucha.

-Milton Drake -anunció-, el hijo de uno de mis mejores amigos.

-¡Milton Drake! -exclamó Donovan, corriendo hacia él con los brazos abiertos-. ¡No hubiera podido desear para mi hija hombre mejor que el hijo de mi gran amigo!

La Antorcha intervino.

-He de marcharme, amigos -dijo-; quedan muchas cosas que hacer. Las pruebas auténticas están ya en manos del abogado y serán presentadas inmediatamente. Lo que Clarkson se ha llevado son cilindros sin estrenar y unas dispositivas que compró Sonia. Vete tú también, Milton. Avisa a la policía en cuanto salgas, para que venga a hacerse cargo de los prisioneros. Conque se queden Sonia y tu suegro, basta. Ha sido una suerte que Bardon cayera en nuestras manos. Si se le acusa a él del asesinato de Wilbur Terrace, cantará de plano y acusará a su jefe. Será un crimen más al que tenga que responder. Adiós, Donovan... Adiós, Milton…

Había un dejo de nostalgia en su despedida, un dejo que, sin saber por qué, conmovió hondamente al multimillonario y sorprendió sobremanera a Laurel Donovan, que aun parecía comprenderlo menos.

***

-Milton, he estado hablando con papá. Él opina que debemos notificar nuestro enlace a los amigos cuanto antes.

-Y... ¿tú qué opinas, Mavis?

-Estoy completamente de acuerdo con él. No obstante, creo qué, al propio tiempo, debemos invitar a todos a la boda canónica que celebraremos con todo boato uno de estos días.

-¿Se lo has dicho ya a tu padre?

-No sólo se lo he dicho, sino que le he exigido que dé una fiesta en nuestro honor a todas nuestras amistades.

-Y, ¿se ha mostrado conforme?

-¿Qué remedio le quedaba? Le advertí que no admitiría, so pretexto alguno, una negativa.

-Eres autoritaria, Mavis.

-A veces -aseguró la muchacha-, también sé ser muy humilde.

Milton dio un par de vueltas por el cuarto, pensativo. Luego se detuvo y fue a sentarse en el brazo del sillón en que estaba retrepada Mavis.

Le posó una mano en la cabeza y le acarició el cabello.

-Mavis -preguntó de pronto-, ¿qué opinas de Sonia?

-¡Qué pregunta más extraña! -exclamó la joven, mirándole vivamente-. ¿Por qué me preguntas eso?

-Porque me gustaría quo fueseis buenas amigas.

-¿Acaso hemos dejado alguna vez de serlo?

-Es muy buena, Mavis... mucho mejor de lo que la mayoría se supone…

-Lo sé, lo sé. Pero ¿a qué viene todo eso?

-Temí que la mirases con reparo por su pasado. Y... ¿sabes...? me consta que todo eso fue un error... que ha cambiado... ¡Ha hecho tanto bien desde entonces...! A mí me ha salvado la vida incluso.

-Nunca la he creído mala en el fondo -aseguró Mavis-. Aun en la época en que te refieres, la compadecí de verdad. Siempre le había tenido afecto. Y la prueba de que no te engaño es que, si miras la lista de invitados a nuestra boda, veras que su nombre la encabeza.

-Me alegro, Mavis.

Hubo un momento de silencio. Mavis alzó la cabeza para mirarle. Milton se inclinó para darle un beso. Sus dedos, resbalando por entre el cabello de su esposa, se detuvieron bruscamente. Se quedó inmóvil, con sus labios a dos dedos escasos de los de ella. Un brillo singular apareció en sus ojos. Se irguió, muy despacio, y, casi con miedo, miró el punto en que habían quedado detenidos sus dedos. Era algo en le que jamás había reparado hasta aquel momento; tal vez porque lo disimulaba muy bien el pelo. En una extensión de dos centímetros, el cuero cabelludo aparecía liso, estaba completamente calvo... La raya no tendría un grueso superior a un cuarto de centímetro. Y, mirándola cuidadosamente, se observaban señales que parecían indicar que se habían hecho esfuerzos por ocultar una herida mediante hábiles injertos.

-¿Qué te ocurre, Milton? -preguntó la joven, con sorpresa-. ¿Por qué me miras de esa manera?

Milton hizo un esfuerzo. Se echó a reír, aun cuando el corazón le palpitaba como golpes de martillo en yunque.

       -Es curioso -dijo-, nunca me había dado cuenta antes de que tenías una cicatriz entre el cabello, cerca de la frente.

-¡Oh!, ¿eso? -Mavis se rió a su vez, le echó los brazos al cuello, le bajó la cabeza y le dio un beso en los labios-. Una caída o un golpe lo sufre cualquiera.

-O un balazo que abra un surco en el cuero cabelludo -pensó Milton-. Un balazo que obligue a quien lo reciba a pasar diez o doce días en el Instituto McKinley[4].

Pero no lo dijo. Porque, naturalmente, era un absurdo pensarlo siquiera. Hay pensamientos que son puros desatinos.

 

 

 

FIN

 

 

Digitalización: Antonio González Vilaplana

Publicado en: El Encapuchado,  Ediciones Cliper, agosto 1947

Publicar un comentario

Suscripcion

📚 Biblioteca Emancipación

Accede y recibe automáticamente cada nuevo libro publicado

Suscríbete gratis

📩 Contacto: emancipacionbiblioteca@gmail.com

Copyright © BIBLIOTECA EMANCIPACIÓN . Designed by OddThemes