© Libro N° 4002. La Espada Del Samurai. Molinero, Rafael. Colección E.O. Julio 22 de
2017.
Título
original: © La Espada Del Samurai.
Rafael Molinero
Versión Original: © La Espada Del Samurai.
Rafael Molinero
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LA ESPADA DEL SAMURAI
Rafael Molinero
¡Clang!
El estridente sonido metálico repercutió por toda la casa
en el silencio de la noche.
Vargas se incorporó, sobresaltado. Sacó una pistola de la
mesa de noche, saltó al suelo, abrió la puerta de su alcoba y salió, en pijama,
al pasillo, deteniéndose a escuchar.
Durante unos segundos ni el más leve rumor turbó el
silencio. Convencido de que había estado soñando, se disponía ya a volver al
cuarto y acostarse de nuevo cuando empezó a oír movimientos cautelosos en el
vestíbulo.
La espada del samurai
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
CAPÍTULO XVI
CAPÍTULO XVII
La espada del samurai
Rafael Molinero
(G. L. Hipkiss)
Yuma/2
CAPÍTULO I
ROBO FRUSTRADO
¡CLANG!
El estridente sonido metálico repercutió por toda la casa
en el silencio de la noche.
Vargas se incorporó, sobresaltado. Sacó una pistola de la
mesa de noche, saltó al suelo, abrió la puerta de su alcoba y salió, en pijama,
al pasillo, deteniéndose a escuchar.
Durante unos segundos ni el más leve rumor turbó el
silencio. Convencido de que había estado soñando, se disponía ya a volver al
cuarto y acostarse de nuevo cuando empezó a oír movimientos cautelosos en el
vestíbulo.
Avanzó por el corredor pistola en mano, procurando no
hacer el menor ruido para no alarmar al intruso. Al llegar al final del mismo,
hizo una pausa, y asomó, poco a poco, la cabeza. Lo primero que llamó su
atención fue la puerta; estaba entreabierta, aun cuando se había cuidado de
asegurarse de que estaba cerrada antes de retirarse.
Luego, al dejar vagar su mirada por el vestíbulo,
descubrió a un hombre, parado ante la panoplia qué adornaba una de las paredes,
con el brazo extendido y la mano posada sobre una espada que intentaba
descolgar.
A sus pies yacía otra espada más corta que era
evidentemente la que había despertado a Vargas al caer al suelo.
—¡Manos arriba! —gritó Vargas, alzando la pistola.
El desconocido se quedó inmóvil, con el brazo extendido
aun, sin volver la cabeza siquiera. Durante unos segundos, Vargas vaciló entre
acercarse a la puerta y cerrarla, o aproximarse al hombre para quitarle las
armas que pudiera llevar.
Aquel segundo bastó para que el intruso tomara una
determinación.
Rápido como el pensamiento, dio un salto, hacia la salida.
Vargas apretó el gatillo de la pistola; pero el proyectil fue a incrustarse en
la puerta que se cerraba en aquel instante tras el desconocido.
Mascullando una maldición, Vargas corrió hacia la puerta,
la abrió y salió al descansillo. El hombre había desaparecido. Aguzó el oído.
Por el tramo superior de la escalera se oían pasos
amortiguados, como de alguien que llevara suela de goma pero anduviese
precipitadamente.
Sin acordarse de la puerta, echó a correr escalera arriba.
Vivía en el segundo piso. Había dos más antes de llegar a la azotea y confiaba
que, alarmado por el disparo, saldría algún vecino y cortara el paso al
fugitivo.
Vana resultó su esperanza, sin embargo. El hombre llegó a
la azotea sin que nadie se le hubiera interpuesto en el camino. Cuando Vargas
salió tras él, le vio cerca de los lavaderos.
—¡Alto o disparo! —volvió a gritar.
Por toda contestación, el desconocido saltó a la casa
vecina, desapareciendo en la oscuridad, perseguido por un tiro cuyo único
efecto fue alarmar al vecindario. La noche era muy oscura, demasiado para que
hubiese la menor esperanza de hacer blanco sobre un hombre en movimiento.
Poco dispuesto a dejar escapar tan fácilmente al ladrón
Vargas pasó a la azotea vecina. Se detuvo un instante para orientarse, pero no
logró percibir el menor sonido que le indicase la dirección que había seguido
el otro y la oscuridad no le permitía ver más allá de dos o tres metros de
distancia.
Toda esperanza que hubiera podido tener de oír los
movimientos del hombre se desvanecieron al empezar a sonar los gritos de los
serenos, que golpeaban el suelo con los chuzos, a la par que daban voces
intentando averiguar de donde había partido el disparo.
Comprendiendo que nada adelantaría ya, puesto que el
fugitivo había tenido tiempo de sobra para meterse en cualquiera de las casas
de la manzana, regresó, malhumorado, a la azotea de la suya, dándose cuenta por
primera vez, de que hacía frío y de que el pijama le protegía muy poco contra
el relente de la noche.
Al bajar nuevamente la escalera, interceptaron su paso los
vecinos que habían salido, tardíamente, a averiguar qué sucedía. Explicó,
lacónicamente, que había sorprendido a un ladrón en su casa y que éste se había
dado a la fuga por los tejados sin tener tiempo de llevarse nada.
Cuando llegó a su piso, hizo un descubrimiento que le
llenó de rabia. La puerta, que dejara entornada, se había cerrado sola durante
su ausencia. Ni que decir tiene, que no llevaba llave y, por consiguiente, se
le presentaba la perspectiva de pasarse el resto de la noche en el descansillo
y en pijama, a menos que uno de los vecinos se decidiera a socorrerle.
Llamó a la puerta de al lado, cada vez de peor humor, y
hubo de esperar más de un cuarto de hora a que le abriesen, pues aquel vecino,
al parecer, tenía un sueño muy pesado y no se había enterado de nada.
Cuando por fin se descorrieron los cerrojos y asomó una
cara soñolienta por la rendija de la puerta, a la par que una voz irritada
inquiría qué motivos podía tener una persona en su sano juicio para llamar a
hora tan intempestiva, trabajo le costó convencer al hombre que era su vecino y
conseguir de él que abriese de par en par la puerta y le permitiese entrar
antes de que quedase helado en la escalera.
Mientras contaba lo sucedido, el otro le miraba de pies a
cabeza con desconfianza, no muy seguro de no tener que habérselas con un
lunático.
—Puedo prestarle un traje y un abrigo, sí, usted
quiere-dijo por fin, aunque a regañadientes—. Y hasta una cama para que
descanse hasta que venga el cerrajero, si es que consigo despertar a la criada
para que se la haga.
—Gracias, señor Becquer-respondió Vargas;—pero me conformo
con mucho menos. Tengo abiertas las ventanas de la galería, seguramente por eso
se cerraría la puerta. Y si usted me lo permite, intentaré entrar por ellas
desde la galería de su piso.
—Le costará menos trabajo hacerlo por los balcones de
delante.
—En efecto, pero no está tan desierta la calle como para
que no me vea alguien. Y le aseguro que no estoy de humor para recibir visitas
y contestar preguntas. Si le es a usted lo mismo...
—¿A mí? Naturalmente que sí. Lo decía por evitarle un
disgusto. Si resbala, las visitas que no quiere recibir en su casa las recibirá
en el hospital... o en el depósito de cadáveres. Por mi parte, ¡haga de su capa
un sayo!
Y, refunfuñando, le condujo hasta la galería.
Vargas era joven y ágil, lo bastante para que el pasarse
de una a otra galería resultara cosa relativamente fácil.
Una vez en su casa, cruzó el piso y echó los cerrojos a la
puerta, medida de precaución que no recordaba haber tornado en su vida hasta
aquel momento, por creerla completamente innecesaria.
Luego volvió a su cuarto, se puso un batín, regresó al
vestíbulo y miró a su alrededor. Que él notase, no faltaba nada. Recogió del
suelo la espada corta que había caído y la colocó en la panoplia de nuevo. La
espada larga qué el desconocido había intentado llevarse era japonesa, como
todas las demás armas que la rodeaban.
—¿Qué querría este hombre con esta espada? —se preguntó,
intrigado.
Y, como no lograra hallar contestación satisfactoria a su
pregunta, decidió echar una mirada al resto de la casa para ver si se notaba
desorden en alguna parte y acostarse de nuevo.
Cuando se quitaba el batín y se metía en el lecho, recordó
un detalle en el que no había parado mientes antes. En ningún momento, ni aún
en el de ser sorprendido, había vuelto el ladrón la cabeza.
Vargas se había dado cuenta de que era un individuo de
estatura regular, irás bien delgado que gordo, con una gorra encasquetada hasta
las orejas, traje oscuro y sin abrigo, a pesar del frío, pero no le había visto
la cara.
¿Por qué habría tenido tan buen cuidado el hombre de que
no le viese la cara? ¿Sería una simple medida de precaución para evitar que
pudiera reconocerle si se acertara a cruzar con él en la calle alguna vez, o...
se trataría de alguien que le fuese conocido ya?
Esta última posibilidad abría ante él tan vasto campo de
conjeturas, que se quedó dormido profundamente antes de haberlo podido explorar
ni siquiera en parte.
CAPÍTULO II
LA ESPADA DEL SAMURAI
—EL suceso-murmuró Trévelez, sacudiendo la ceniza del
puro—, no deja de resultar bastante singular.
—Lo es hasta tal punto, que no logro explicarme su
significado-aseguró Vargas, inclinándose hacia adelante en su butaca y tomando
la taza de café que acababa de depositar un criado sobre la mesilla de la
salita.
Trévelez movió afirmativamente la cabeza. Era un hombre de
treinta a cuarenta años de edad, negra cabellera, seco rostro, tostado cutis,
nariz aguileña y ojos en el fondo de cuyas pupilas se adivinaba un fuego
latente presto a estallar en llama. El rostro parecía tallado en piedra y tenía
cierta semejanza con el de algunas esculturas halladas en los templos mayas del
Yucatán. Decíase que sus antepasados eran oriundos del Nuevo Mundo, cosa a la
que el conjunto de sus facciones daba ciertos visos de verosimilitud. Director
del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas de Barcelona, poseía
una cuantiosa fortuna y dedicaba la vida al estudio y al fomento de las
ciencias, siendo conocidísimo por sus descubrimientos, su inventiva y su
privilegiada inteligencia.
Conocía a Vargas parque éste se había presentado en cierta
ocasión en el Instituto a solicitar ayuda para sacar adelante un invento, ayuda
que le había sido concedida y gracias a la cual el invento en cuestión había
logrado perfeccionarse y proporcionar al inventor pingües beneficios en el
momento en que más necesitado andaba de dinero.
Julio Vargas, hijo del gran etnólogo doctor Vargas, había
vivido, ya que no en la opulencia, por lo menos acomodadamente mientras vivió
su padre. A la muerte de éste, descubrió que los gastos hechos por el doctor
Vargas en sus viajes por Asia, para estudiar las razas y los pueblos, se habían
comido la mayor parte de su fortuna, y estaba Julio a punto de vender los pocos
bienes que le habían cabido en herencia cuando el éxito de su invento le sacó
de apuros.
Tendría entonces unos veinticinco años. Era de estatura
regular, fuerte, ágil, de cabello castaño, ojos grises, cara de asceta.
De vez en cuando visitaba el Instituto o era visitado por
Trévelez, y, al día siguiente de lo narrado en el primer capítulo, el director
del Instituto había aceptado su invitación a comer.
Hallábanse ahora los dos hombres sentados en la salita,
después de la comida, tomando café y fumando, y Vargas acababa de contarle a su
invitado la aventura del día anterior.
—¿Ha descubierto usted cómo pudo entrar el hombre ese en
su piso? —preguntó Trévelez.
—Parece ser qué entró por la puerta, valiéndose de una
ganzúa.
—Con una ganzúa no se descorren los cerrojos.
—No los tenía echados. Nunca había soñado con la
posibilidad de que intentara nadie forzar la entrada a mi casa y he creído
suficiente tener echada la llave. No recuerdo haber echado los cerrojos a la
puerta jamás.
—¿Le ha preguntado usted al vigilante si le abrió la
puerta del portal anoche a alguna persona que le fuese desconocida?
—Confieso que no tenía ganas de andar contando lo ocurrido
y contestando preguntas a semejantes horas de la noche. No llamé al vigilante
siquiera.
—No estaría de más que lo hiciera esta noche... aunque no
creo que descubra usted nada.
¿Por qué?
—Porque, por poco inteligente que fuera el presunto
ladrón, comprendería que, no siendo inquilino de la casa, tendría que
justificar su deseo de entrar antes de que el vigilante consintiera en
franquearle la entrada. Y, aun así, lo más probable es que el vigilante
acompañara a un extraño que insistiera en entrar en la casa a hora tan
intempestiva, no dejándole hasta que el inquilino del piso a que se dirigiera,
hubiese garantizado al extraño.
—Es cierto.
—Por eso digo que no es fácil que se saque nada en limpio
interrogando al vigilante, pero nunca está de más tomar todas las precauciones
posibles.
—¿Cómo opina usted que entraría ese hombre, entonces?
—Puede haber entrado antes de que cerrasen el portal y
haberse escondido en la azotea hasta que le creyera a usted dormido. O puede
haber entrado por la azotea incluso, procedente de otra casa. Y hasta cabe la
posibilidad... ¡Oiga! ¿Usted conoce a todas los inquilinos de la casa?
Vargas pareció asombrarse un poco por la pregunta.
—Sí...—respondió;— de vista por lo menos.
—En tal caso, haga memoria. ¿No le recordó á nadie el
individuo a quien sorprendió en el vestíbulo?
—No, señor Trévelez. A nadie en particular. Comprendo lo
que usted quiere insinuar; pero, se me antoja imposible. Claro está que el
intruso era de estatura y corpulencia corrientes y, por consiguiente, se
parecía a muchos de los inquilinos de esta casa en figura, pero olvida que
llevaba gorra.
—Y que no llevaba gabán-le interrumpió Trévelez—. Es
evidente que el único objeto de la gorra era ocultarle la cara en lo posible,
cosa que parece indicar, incluso, que le fuera a usted conocida o que temiese
que pudiera reconocerle más adelante. Por otra parte, la noche era lo bastante
fría para que a nadie se le ocurriera salir sin abrigo...
—Sin embargo, huyó por los tejados..
—Eso tampoco demuestra nada. Es lógico que, si era
inquilino de esta casa, no se metiera en su piso. De haberlo hecho, hubiera
usted descubierto en seguida su identidad.
—No se me había ocurrido mirarlo desde ese punto de vista.
Ahora que lo pienso...
—¡Cuidado! —exclamó Trévelez, riendo—. No sea usted
precipitado en sus juicios. Lo que le he dicho no significa que crea que el
aspirante a ladrón fuera vecino suyo. Es tan sólo una posibilidad que debe
tenerse en cuenta. Yo, en su lugar, haría una cosa.
—¿Qué?
—Haga una lista de todos los inquilinos que, en su
opinión, tengan algún parecido en estatura, etc., con el intruso de anoche. A
continuación, procure averiguar, discretamente, si se hallaban en su casa
anoche. Luego reflexione y calcule si alguno de ellos, en su opinión, pudiera
tener interés alguno en poseer la espada que parece haber sido el botín que
deseaba llevarse el desconocido.
—Lo haré... lo haré... Pero me parece que voy a perder el
tiempo.
—Por pura distracción, estoy dispuesto a perder yo el
tiempo en su compañía. Proporcióneme una copia de esa lista cuando la haga.
Deme a conocer la profesión y cuantos datos conozca acerca de cada uno de los
que en ella figuren. Soy aficionado a los problemas.
—Sentiría molestarle á usted por una cosa tan...
—No me molestará-le atajó Trévelez—. Soy aficionado a los
misterios y me distraerá intentar hallar la solución de éste. Ahora le
agradecería mucho que me enseñase esta espada.
—Con mucho gusto-contestó Vargas, poniéndose en pie—.
Tenga la bondad de seguirme.
Salieron al vestíbulo. Vargas se acercó a la panoplia,
descolgó la espada y la puso en manos de su amigo. Tendría un metro veinte de
largo, y era casi recta, aunque estaba levemente curvada cerca de la punta, la
hoja era gruesa y tenía el filo romo. Carecía de vaína.
—¡Magnífica katana! —exclamó Trévelez al verla.
—Confieso que sé muy poco de esas cosas-dijo Vargas—. Mi
padre era una autoridad en esas cuestiones, pero yo nunca me he preocupado de
ellas. ¿Qué es una katana?
Trévelez guardó silencio unos instantes.. Luego respondió:
—No creo necesario entrar en detalles de la historia del
Japón, pues, no sólo le aburrirían si usted no es aficionado a ella, sino que
le resultarían un poco complicados. Sin embargo, supongo que habrá oído hablar
de la clase guerrera feudal, llamada samurai, a la que el propio shogun Ieyasu,
o Toshogu tanto ensalzó en el siglo XVII...
—Sí que he oído hablar de ella.
—Pues bien, el samurai tenía el privilegio de poder llevar
dos espadas. La principal y más larga se llamaba katana y se lucía en una
vaína, con el corte hacia arriba, colgada del obi o cinturón, al costado
izquierdo. La más corta recibía el nombre de uakizashi y apenas alcanzaba la
longitud de un cuarto de metro. Veo que en la panoplia figura una de éstas
también. Ésta, amigo mío, es la espada de un samurai y, o mucho me equivoco, o
es obra de un espadero japonés famoso. Vamos a verlo ahora mismo.
La hoja de las espadas japonesas iba sujeta a la
empuñadura por medio de una clavija de madera. En la parte de la hoja
introducida en dicha empuñadura, el espadero acostumbraba a grabar su nombre.
Trévelez extrajo la clavija, quitó la empuñadura y examino
la parte de la hoja que había estado cubierta.
—¡Munechika! —leyó—. No me equivocaba en mi suposición.
Munechika fue uno de los espaderos más famosos del siglo diez. Tiene usted aquí
una verdadera joya, Julio. Estoy seguro que un coleccionista o un museo se la
pagaría a muy buen precio. Pero, no sé por qué me parece que el desconocido ese
no buscaba la espada por el valor que pudiera tener en sí. De haberla robado,
no hubiese podido venderla. Se encuentran muy pocas de éstas para que las
compre nadie a un cualquiera y, en cuanto hubiese denunciado usted el robo, no
hubiera tenido medio ese hombre de deshacerse de ella. Otro sería su objeto,
pero... ¿cuál?
Empezó a dar vueltas a la espada, contemplándola con el
entrecejo fruncido.
De pronto se detuvo y examinó la hoja con atención.
—Vamos a la sala-dijo—. Aquí no hay suficiente luz. Me
parece que lleva una inscripción.
Volvieron a la sala. Trévelez, se acercó a la ventana.
—Mire-dijo, inclinando, la hoja de manera que le diera
bien la luz—, ¿se había fijado usted en esto antes?
Vargas movió negativamente la cabeza, contemplando con
curiosidad diversos caracteres, grabados en el centro de la espada:
—Todas esas armas están en la panoplia tal como las dejó
mi padre. Nunca me he molestado en descolgarlas —contestó—. ¿Qué es eso? Veo
que es escritura china o japonesa, pero no la entiendo.
—Entre los conocimientos más o menos útiles que
poseo-anunció Trévelez—, figura el japonés, de manera que podré decirle lo que
estos signos significan. La hilera larga de la derecha es poesía y dice, poco
más o menos, lo siguiente: “¡Cielos! ¡No destruyáis a Kosen que a él no le
falta un Hanrei!”
—¡Magnífico! Sólo que, para mí, sigue siendo tan japonés
como si usted no me lo hubiese interpretado. ¿Qué Kosen es ése y cuál es el
Hanrei que no le falta?
—Alude a cierto rey chino de la antigüedad que, después de
guerrear veinte años, obtuvo la victoria final gracias a la ayuda de un vasallo
fiel. Se trata del fragmento de un poema.
—Y... ¿por qué cree usted que han grabado eso en la
espada?
—Confieso que, de momento, tampoco caigo yo en la cuenta
de cuál puede ser su objeto. Pero aun hay algo más raro.
—¿Cuál?
—¿Ve usted esos caracteres inscritos dentro de una especie
de cartucho al lado izquierdo de la poesía?
—Si.
—Son lo que los japoneses llaman Nengo, es decir, «nombres
de año». El primero es Gen-o; el segundo, Ko-koku. Gen-o es el año 1979 de la
Era japonesa, o sea del primer Mikado, Jimmu Tenno. Equivale, aproximadamente,
a nuestro año 1319. Koko-ku es el año 1999 de Jimmu, o sea 1339. Digo que son
éstas las fechas, aproximadamente, porque hay que tener en cuenta que el año
japonés empezaba unas seis semanas antes que el nuestro antiguamente y, además,
el calendario era lunar, pero puede, usted dar las fechas que he mencionado por
buenas.
—Y ¿qué es lo que encuentra raro en eso?
—Primero, fíjese que se hace alusión a un hecho histórico
chino en una espada japonesa, segundo, observe que, aunque el incidente de que
se habla es bastante antiguo, figuran a su lado dos fechas posteriores al
acontecimiento, muy posteriores por cierto.
—¿Qué consecuencias saca usted de eso?
—Ninguna de momento. No veo la relación que pueda existir
entre la poesía, las fechas y la espada en que están inscritas. Tal vez me
ayudaría a entenderlo si pudiera contarme la historia de esta arma.
—La desconozco por completo. Sólo sé que mi padre la trajo
del Japón al volver de uno de sus viajes, pero no recuerdo haberle oído hablar
nunca de ella. Por mi parte, ya le digo que nunca la había mirado de cerca
hasta éste momento.
Iba a decir algo Trévelez, cuando le interrumpió la
llamada del teléfono, cuyo timbre sonó con insistencia en el vestíbulo. Unos
segundos después llamaron a la puerta de la sala y entró el criado.
—Le llaman al teléfono, señor.
—Voy en seguida. ¿Sabe usted quién es?
—La señorita Moreno.
—Con su permiso, señor Trévelez-dijo Vargas, dirigiéndose
a la puerta.
—Vaya, amigo mío, aquí le espero.
El joven salió apresuradamente y regresó, con no menos
precipitación, a los pocos momentos.
—Me temo que ha sucedido una desgracia, señor
Trévelez-dijo, con visible preocupación—. ¿Tendría usted inconveniente en
acompañarme y hablaremos por el camino?
—¿Adónde?
—A casa de un íntimo amigo de mi difunto padre, del
profesor Moreno. Acaba de telefonearme su hija, diciéndome que ha desaparecido.
CAPÍTULO III
¡LA ESPADA ES LA CLAVE!
—TENGO el automóvil a la puerta-dijo Trévelez, poniéndose
el abrigo, mientras el joven volvía a colgar la espada en la panoplia y se
preparaba a salir también—. ¿Hemos de ir muy lejos?
Salieron ambos del piso, cerró Vargas la puerta con llave,
bajaron apresuradamente la escalera y, a los pocos momentos, cruzaban la Plaza
de Cataluña y se dirigían, por la Ronda de la Universidad, hacia la calle
Muntaner. Conducía Trévelez y Vargas iba sentado a su lado.
—Una cosa se me había olvidado preguntarle y quiero
hacerlo ahora, mientras me acuerdo-dijo el director del Instituto—. ¿Cómo es
que tuvo usted que introducirse por la galería anoche, cuando se le cerró la
puerta? ¿Por qué no le abrió el criado? ¿No duerme en su casa?
—Normalmente, sí, pero anoche no estaba. Pidió permiso
para visitar a un pariente enfermo y estuvo ausente todo el día y toda la
noche. No regresó hasta las nueve de esta mañana.
—Ya. Y, ahora, ¿tiene la bondad de explicarme exactamente
lo ocurrido en casa del profesor Moreno?
—No lo sé a ciencia cierta. Llamó su hija Margarita para
preguntar si había estado anoche su padre en mi casa y si seguía estando
conmigo. Cuando le dije que ni estaba ni había estado, se alarmó. Según parece,
salió anoche diciendo que tenía que venme con urgencia y que probablemente
volvería tarde. Cuando se levantó Margarita esta mañana y descubrió que su
padre no había dormido en casa, creyó que se habría quedado en la mía. No sería
la primera vez que ocurriera una cosa así. Pero, al ver que no se presentaba a
comer tampoco, decidió llamarme. No le he preguntado más por teléfono. He
preferido acudir a su lado y que me lo cuente ella personalmente.
—El nombre del profesor Moreno no me es
desconocido-murmuró Trévelez—. ¿No ha escrito ese señor varias obras sobre el
Japón y el idioma japonés?
—Sí, señor.
—¡Hum! —exclamó Trévelez, muy pensativo—. ¿Eran muy amigos
su padre y el profesor Moreno?
—Seguramente, mi padre no tenía amigo mejor. Se tenían
mucho afecto y hasta creo que habían hecho varios viajes juntos al Japón.
—¡Lástima que haya desaparecido! Es probable que conociese
la historia de esa espada. En fin, aun puede ser que aparezca a tiempo para
ayudarnos.
Vargas movió, afirmativamente, la cabeza y ya no se habló
más. Llegaron al apeadero de la Bonanova y torcieron por la calle del Carril,
deteniéndose ante un hotelito (o torre, como los llaman en Cataluña), bastante
grande.
Julio se apeó y llamó al timbre. Un criado acudió,
reconoció al joven, abrió la verja para que pasara el automóvil y dijo:
—La señorita le espera, señorito Julio.
Volvió Vargas al coche, que entró por la avenida orillada
de árboles y se detuvo ante la entrada principal. Al oír el ruido del motor,
una criada había abierto la puerta y les condujo inmediatamente al saloncillo
en que aguardaba la hija del profesor.
Margarita se levantó de un sillón y salió a su encuentro.
Era una joven de veintidós o veintitrés años, más bien baja que alta, morena,
de ojos muy grandes y expresivos y facciones regulares. Vestía con sencillez,
pero con elegancia. Reflejaba su semblante, bastante lindo por cierto, vivísima
preocupación, pero pareció animarse al ver a Vargas.
—¡Julio! —exclamó, tendiéndole las dos manos—. ¡Cuánto me
alegro de que hayas venido!
Trévelez, que les observaba, se dijo qué, lo supieran
ellos aún o no, algo más profunda que la simple amistad les unía.
—He venido lo más aprisa posible, querida-contestó
Vargas—.Y me acompaña un amigo que estaba conmigo cuando me llamaste. El señor
Trévelez, director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas
(presentó)... la señorita Moreno.
—Celebro conocerle, señor Trévelez-dijo la muchacha—. He
oído hablar mucho de usted y de su Instituto.
—Y yo, señorita-respondió él—, he tenido el gusto de leer
las abras de su padre.
El semblante de la muchacha se nubló.
—¡Dios sabe lo qué habrá sido de él! —exclamó.
Y dos lágrimas, resbalaron por sus mejillas.
—No te tomes las cosas tan a lo trágico-la amonestó
Julio—. Cuando menos te lo esperes, se presentará y nos dará una explicación
tan sencilla de su ausencia, que nos asombrará el que no se nos haya ocurrido a
nosotros desde el primer momento.
—¡Dios quiera que tengas razón! —contestó ella, con un
suspiro—. Tengo el presentimiento, sin embargo, de que le ha ocurrido alguna
desgracia.
—¡No seas agorera, Margarita! —dijo Julio, rodeándola con
un brazo—. ¡Vamos! ¡Anímate!
—¡Qué poco cortés me debe creer usted, señor Trévelez!
—murmuró ella, contrita, volviéndose hacia el director del Instituto—. ¡Ni
siquiera le he ofrecido asiento! Tenga la amabilidad de sentarse, se lo
suplico, y perdone mi aturdimiento. ¡Me tiene tan preocupada la ausencia de
papá...!
Fue ella a sentarse en el diván y Julio se dejó caer a su
lado. Trévelez ocupó un sillón.
—¿A qué hora salió su padre de casa anoche, señorita?
—inquirió éste.
La muchacha dirigió una mirada a Vargas. El joven movió,
afirmativamente, la cabeza y dijo:
—Puedes hablar con entera confianza. El señor Trévelez es
un buen amigo mío y hará todo la que pueda por ayudar.
—Serían las nueve aproximadamente-contestó entonces
Margarita—, habíamos cenado más temprano que de costumbre. Dijo que tenía que
ver a Julio con urgencia y que no me asustase si tardaba. Incluso insinuó la
posibilidad de que se quedase a dormir en casa del señor Vargas si se le hacía
un poco tarde. Por eso no me preocupé gran cosa al principio. Ya ha hecho eso
otras veces. Pero al llegar la hora de comer y no verle, me extrañó, no tanto
porque faltara como porque no había mandado ningún recado diciendo que no
vendría.
—¿Dices que no estuvo a verte, Julio?
—No, querida.
—¿Qué puede haberle sucedido?
—¿Tiene usted idea de por qué deseaba ver al señor Vargas
con tanta urgencia en lugar de esperar hasta hoy para visitarle?
—No, no me dijo una palabra, pero creo que estaría
relacionado con una carta que recibió momentos antes de marcharse.
—¿Una carta? —preguntaron Trévelez y Vargas a un tiempo.
—Si.
—¿Sabe usted de dónde venía?
—Ahí está lo raro. Estaba lacrado el sobre y franqueado
con sellos chinos, pero la trajeron a mano.
El rostro de Vargas reflejó extrañeza. El de Trévelez, sin
embargo, seguía tan inescrutable como siempre. Sólo el fuego que dormitaba en
el fondo de sus pupilas parecía haberse avivado levemente. Preguntó:
—¿Quién la trajo, señorita?
—Un hombre que parecía marinero. Se empeñó en no
entregársela a la servidumbre. Dijo que se le había ordenado que la diera al
profesor Moreno personalmente y á ninguna otra persona, fuera quien fuese. Salí
yo misma a ver si le convencía y no hubo manera. Tuvo que ir mi padre a la
puerta. El marinero se la entregó y, en cuanto papá echó una mirada al sobre,
pareció excitarse y le dijo al hombre que pasara.
»—¿De quién es esta carta? —le preguntó.
»—Me han dicho que usted lo sabría sin que yo se la
dijera.
»—¿Has de esperar contestación?
»—No, señor.
»Mi padre quiso darle algún, dinero; pero el hombre lo
rechazó...
»—Gracias, profesor-dijo;— pero no puedo aceptarlo. Si no
tiene nada que mandar, me marcho.
»Y se fue.
»Aun no habíamos terminado de cenar, que mi padre volvió
al comedor. Vi entonces, de refilón, que el sobre le iba dirigido, pero a unas
señas chinas. Se sentó a la mesa y rasgó el sobre. Sacó de él un pliego
doblado. Al abrirlo, cayó sobre la mesa una hoja de papel amarillento llena de
caracteres chinos. Leyó la carta de cabo a rabo. Luego recogió el papel y, al
leer los signos, exclamó:
»—¡La espada es la clave! ¡Hay que presentarla al
sacerdote!
»Volvió a meter los papeles en el sobre, se lo guardó en
el bolsillo y me dijo:
»—Tengo que salir ahora mismo, Margarita. Es preciso que
vea a Vargas esta misma noche.
»—¿Por qué no esperas ya hasta mañana? —le pregunté.
»—No-me dijo;— es demasiado urgente. Es posible que vuelva
tarde o que no vuelva hasta mañana, conque no te asustes si tardo. Julio
siempre tiene una cama disponible.
»—¿No vas a terminar de cenar, papá?
»—Ya he comido bastante, hija mía. Y el asunto éste no
admite demora.
»—Pero, ¿qué sucede? —le pregunté, extrañada.
»—Ya te lo contaré todo cuando regrese. Ahora no puedo
entretenerme.
»Se levantó de la mesa, salió al vestíbulo, se puso el
abrigo y el sombrero y marchó de casa. No le he vuelto a ver desde entonces.
Julio Vargas había escuchado todo el relato asombrado y
sin comprender, ni remotamente, lo que todo aquello pudiera significar.
—¿Usted entiende una palabra de todo eso, amigo Trévelez?
¿Qué puede haber querido de mi a semejantes horas el profesor? ¿Qué ocurriría
para que no llegase a mi casa como era su propósito? ¿Qué querría decir eso de
la espada? ¿Se referiría a la mía?
Trévelez sonrió levemente.
—Aquí lo que ocurre, amigo Julio-contestó—, es que he sido
un poco torpe hasta este momento. Por fortuna, el relato de la señorita Moreno
ha tenido la virtud de despejarme por completo el cerebro.
Se volvió hacia la muchacha.
—Señorita-dijo—, supongo que en casa del profesor Moreno
no pueden faltar libros sobre el Japón.
—Hay una infinidad de ellos en nuestra biblioteca.
—¿Tiene usted la amabilidad de traer una historia, buscar
la tabla cronológica de los emperadores y ver en qué año reinó el mikado
Go-Daigo?
Aunque extrañada, la muchacha salió del salón volviendo a
los pocos minutos con un grueso tomo en la mano. Lo hojeó rápidamente, halló
las tablas cronológicas y, tras consultarlas, dijo:
—Desde el año 1319 hasta 1339.
Y miró a Trévelez, interrogadora.
Vargas soltó una exclamación de sorpresa.
—¿No es ésa la fecha que hay grabada en mi espada?
—preguntó.
—La misma-contestó el otro, con una sonrisa.
—Pues entonces... entonces...
—Entonces, queda demostrado que el profesor Moreno tenía
muchísima razón. ¡La espada es la clave, amigo mío!
CAPÍTULO IV
LAS DESGRACIAS DE GO-DAIGO
—¿QUÉ misterio es ése? —preguntó Margarita, para quien las
palabras de los dos hombres resultaban incomprensibles—. ¿De qué están ustedes
hablando?
—Creo-dijo Trévelez—, que antes de que yo entre en
explicaciones será preferible que le cuente usted a esta señorita todo lo que
le ha ocurrido y la conversación que hemos sostenido antes de venir a verla,
Julio.
—Tiene usted razón-contestó Vargas.
Y, en breves palabras, relató a la muchacha los sucesos de
la noche anterior y cuanto hablara con el director del Instituto después de
comer, aquel mismo día.
Las exclamaciones de Margarita, el cariño con que amonestó
a Julio por haber corrido riesgos persiguiendo la noche anterior al desconocido
y un sin fin de detalles más, confirmaron la opinión que había formado Trévelez
desde el primer momento, aquellos jóvenes se interesaban mutuamente, mucho más
de lo que ellos mismos se suponían.
—Y ahora que ya sabes tanto como yo, Margarita-acabó
diciendo Julio—, escuchemos lo que tiene que decirnos el señor Trévelez.
—Será preciso que se armen ustedes de paciencia-empezó
éste—, pues es necesario que haga historia, aun cuando procuraré ser lo más
breve posible.
»Go-Daigo Tenno, fue un mikado famoso por sus desgracias.
Ya en los albores de su reinado vio pisoteado el trono y la nación por los
regentes Hojo en Kamakura. Intentó sacudirse su yugo, logrando tan sólo que se
derramara mucha sangre y que cayera él prisionero de sus enemigos, tras lo cual
se le desterró a las islas Oki. No acaba aquí a historia de Go-Daigo ni mucho
menos. Aun volvió del destierro y pasó calamidades sin cuento. Pero no es
necesario que pase de esa fecha, puesto que lo que a nosotros nos interesa es
lo sucedido por entonces.
»Contaba el mikado con un noble guerrero cuya romántica
fidelidad le hizo célebre. Llamábase éste Kojima Takanori, aunque también se le
daba el nombre de Bingo-no-Saburo.
»Por la época en que los secuaces de los Hojo conducían a
Go-Daigo al destierro, el guerrero intentó salvarle por el camino, pero
fracasaron sus planes y ni siquiera pudo acercarse a la persona de su
emperador.
»Entonces se le ocurrió un sistema para comunicar con él.
El grupo que conducía prisionero al mikado, se había parado a hacer noche en
una especie de hostelería. Takanori, aprovechando la oscuridad, se introdujo en
el jardín. Escogió un cerezo que, en el Japón, como tal vez sepan ustedes, es
emblema de patriotismo y lealtad, raspó la corteza y escribió en el tronco una
línea de poesía, la siguiente:»¡Cielos! ¡No destruyáis a Kosen, que a él no le
falta un Hanrei!»
Margarita y Julia soltaron una exclamación.
—¡La misma que lleva tu espada! —dijo Margarita.
Trévelez asintió, con un movimiento de cabeza.
—Cuando rompió el día-continuó—, los soldados vieron la
escritura, pero, como eran demasiado ignorantes para entenderla, se la
enseñaron a su cautivo y éste comprendió que le iba dirigida a él para que
supiera que aún tenía amigos fieles dispuestos a defenderle.
»Esto es cuanto nos interesa del asunto. Takanori murió
más tarde luchando por su soberano Go-Daigo sufrió muchas otras vicisitudes,
pero, como no hacen al caso, no les aburriré contándoselas.
—Todo eso es muy interesante-observó Julio;— Pero aun no
veo...
Trévelez le interrumpió.
—Es evidente-dijo—, que el que grabó el verso en la espada
quería asegurarse de que no se tomara como relato de las aventuras del rey
chino, sino que se recordara la ocasión en que un patriota japonés lo había
usado. Por eso estampó al lado la fecha correspondiente al reinado del
emperador Go-Daigo. Si me hubiese detenido a pensar la primera vez que lo leí,
lo hubiera comprendido.
—Pero, ¿con qué objeto quería hacer constar eso? —insistió
Julio.
—Si no hubiésemos tenido más que eso como guía, difícil
nos hubiera resultado comprenderlo. Pero, por fortuna, contamos con otros
detalles: las palabras del profesor. Moreno. Hemos de partir de una base: el
que grabó el verso quería hacer constar algo relacionado con el reinado de
Go-Daigo. Es, muy posible que la espada esa haya sido propiedad del propio
Kojima Takanori. Vanos a suponer por un instante que Takanori tuviese algo de
valor cuya seguridad le preocupara. Siendo tan azarosa su vida por las circunstancias,
no podía guardarla él personalmente. Entonces, se le ocurrió la idea de
esconderla en alguna parte. Pero no bastaba con esto, quien vive en continua
lucha tiene que prever la posibilidad de una muerte violenta. Hasta puede ser
tan repentina, que no le dé a uno tiempo de hablar con nadie, de dejar ningún
mensaje. Y lo más lógico es que quien esconda una cosa de valor, se las arregle
de manera que, si no le es posible a él recogerla, puedan hacerlo por él sus
herederos. Si admitimos esta teoría, hemos de admitir también que Takanori,
después de los desengaños que había sufrido, no se fiara de nadie. Por
consiguiente, en lugar de decirle de palabra a ninguna persona dónde había
ocultado lo que deseaba conservar, grabaría las palabras que hemos leído en la
espada.
»Este procedimiento tendría una ventaja: resultaría
ininteligible para el profano. Sólo aquel que supiera que Takanori había
escondido algo y que la espada era la clave, podía llegar a posesionarse de lo
que fuera. Pero sólo si conocía los incidentes de la vida de Takanori o
Go-Daigo y se daba cuenta al leer el verso de la que con él quería decirse. La
clave verdadera del verso era la fecha, como ya hemos visto.
»Cuanto más tiempo transcurriera después de su muerte,
menos probabilidades había de que el secreto fuera conocido de extraños. Por lo
menos, así opinaría él, porque no podía prever que sus actos pasaran a la
historia y fueran relatados como ejemplos de lealtad.
»Una vez, grabada la espada, lo más probable es que se la
entregara a alguien de cuya integridad no dudara, pero opino que, aun así, no
le comunicaría a dicha persona el objeto de su encargo. Tan sólo le encargaría
que la espada le fuese entregada a él cuando la reclamase y, de hallar él la
muerte, que se la diera a quien acudiese en su nombre y diera pruebas de ello,
cosa que podía hacerse mediante una contraseña convenida.
»Los presuntos herederos recibirían orden de Takanori de
presentarse, caso de morir él, en casa de la persona depositaria de la espada,
dar la contraseña y recoger el arma.
»Todo lo que he dicho no es más que una teoría, pero, a
falta de explicación mejor, me parece que es la que mejor sirve para explicar
los hechos que conocemos.
—Su reconstrucción de lo ocurrido se me antoja
maravillosa, señor Trévelez-dijo Margarita—. Comprendo que las palabras de mi
padre «La espada es la clave», hayan servido para que usted comprendiera el
significado de la inscripción. Pero hay dos cosas que no acabo de comprender.
—¿Cuáles son?
—Primera: Si usted no se equivoca en sus suposiciones,
¿cómo ha podido saber mi padre que la espada era la clave?
—Y, ¿cuál la segunda?
—¿Qué quiso decir con «Hay que presentarla al sacerdote»?
Y ¿quién le dijo a él que tal cosa era necesaria?
—Es lícito suponer, señorita, que su padre recibiría toda
esa información en la carta que abrió en su presencia.
—Pero, si tan grande era el secreto que rodeaba al asunto,
¿cómo puede haberlo sabido nadie seiscientos años más tarde para decírselo?
—Me hace usted preguntas, señorita Moreno, a las que no
puedo contestarle.
Tengo mis, teorías, es cierto, pero, no vale la pena
perder el tiempo exponiéndolas en estos momentos. Creo preferible pasar a
explicarle la segunda frase de su padre, que para mí resulta verdaderamente
luminosa.
—¿Se refiere a lo de presentar la espada al sacerdote?
—Sí. Creo que la historia nos dará la clave de eso
también. Además, veo en esa frase una prueba de que Takanori, si de él se
trata, no se conformó con tomar las precauciones qué insinué en mi teoría. La
espada había de ser presentada a un sacerdote, lo que supone que ésta también
hacía veces de contraseña y con ella podía obtenerse algún dato más. Lo que
falta saber es si muerto el sacerdote en cuestión, quedaría un sucesor que
conociese, como él, lo que debía decirle a quien con la espada se presentase.
Yo opino que ese conocimiento no se ha perdido, sino, que ha ido pasando de
sacerdote en sacerdote hasta nuestros días.
—Pero, ¿qué sacerdote será ése? —preguntó Vargas.
—Repito que seguramente hallaremos la explicación en la
historia. Go-Daigo, al caer Hojo víctima de la espada del patriota Yashisada en
1333, fue llamado nuevamente del destierro y ocupó el trono hasta que la
traición de uno de los suyos le obligó a huir de nuevo con las que le
permanecieron fieles, refugiándose en la montaña. La guerra entre la Corte del
Sur (llamada así porque se estableció en Yoshino, en la montaña, al sur de
Kioto) y la Corte del Norte (la usurpadora), duró sesenta años, pero Go-Daigo murió
al principio de la lucha.
»En Yoshino se alzan varios templos. Sólo pienso ocuparme
de dos de ellos ahora: Yoshimizu Jinja, templo pequeño en el que vivió
Go-Daigo, y Nyoirin-ji, que se alza en la colina de enfrente y que es el templo
en que GoDaigo se halla enterrado y donde, aun hoy día, se enseñan reliquias
suyas.
—Y, ¿usted cree que habrá que presentarle la espada a un
sacerdote de uno de esos templos? —inquirió Margarita.
Antes de que Trévelez pudiera contestar, Vargas intervino:
—¡No es posible que sea uno de esos templos! Takanori
murió mucho antes que Go-Daigo al parecer. ¿Cómo iba a saber él que el mikado
iba a vivir y ser enterrado allí?
—Es de suponer que Go-Daigo se refugiaría en Yoshino por
saber que los habitantes de dicho lugar le eran fieles, lo que supone, a su
vez, que conocía aquello muy bien. Siendo así, nada de particular tendría que
Takanori lo conociera también y que, al buscar un sacerdote a quien comunicarle
su secreto, escogiera alguno de Yoshino precisamente. Pero hay algo más que
parece indicar Yoshino como el lugar probable. Takanori era un gran patriota y,
por consiguiente, no podía desconocer el nombre de Benkei, el famoso guerrero
de Yoshitsune a quien la tradición popular dota de fuerza equivalente a la de
un centenar de hombres y supone de una estatura de dos metros y medio. Era tan
famoso, que hasta se ha escrito un drama titulado Kanjin-cho, basado en una de
sus aventuras.
»Pues bien, Yoshitsune y Benkei pasaron tres años en
Yoshimizu Jinja también.
»No pretendo que éstas sean pruebas definitivas, pero son
datos que bien merecen ser tenidos en cuenta y, a falta de mejores indicios, me
inclinaría a creer que Yoshimizu Jinja es el lugar en que ha de ser presentada
la espada. No obstante, señorita Moreno, esperemos que aparezca pronto su
padre, pues no cabe la menor duda de que él podrá darnos muchos más detalles.
—¡Dios le oiga! —contestó la muchacha con fervor—. Empiezo
a temer algo horrible.
Vargas le oprimió la mano con simpatía. Trévelez consultó
su reloj.
—Lo siento mucho, amigos míos-dijo;— pero tengo que
marcharme. Antes de hacerlo, sin embargo, voy a permitirme darles un consejo.
Usted, Julio, debe volver a su casa inmediatamente, retirar la espada de la
panoplia y colocarla en lugar más seguro. En vista de lo que hemos averiguado,
es de suponer qué no tardarán en hacer otra intentona para apoderarse de ella.
Entretanto, la señorita puede aguardar aquí por si regresa su padre. Si cuando
usted haya puesto a buen recaudo la espada no ha vuelto el profesor, vayan los
dos a la policía y den cuenta de la desaparición del señor Moreno. A
continuación, comuniquen conmigo. Me pueden telefonear al Instituto. Ya saben
que pueden contar conmigo incondicionalmente. Haré cuanto esté en mi poder por
ayudarles.
Estrechó la mano de los dos jóvenes y salió de la casa.
*****
Cuando Trévelez llegó al Instituto, se dirigió
inmediatamente a su despacho, cerró la puerta tras sí y, sin perder momento,
oprimió el resorte que hacía girar la estantería de libros y abría la puerta de
su despacho secreto.
Cerró la estantería, recorrió el corto pasillo y se sentó
a la mesa, descolgando el auricular de uno de los dos teléfonos que sobre ella
había.
—Garvez-dijo, inmediatamente, una voz a su oído.
—Informe-ordenó. Ramón Trévelez.
—Sin novedad.
—Ordenes. Tome nota.
—Escucho.
—Calle de Pelayo, 112. Mande a T. Que vigile la casa hasta
nueva orden. Si sale alguien de ella con un envoltorio de un metro y cuarto de
longitud aproximadamente, que le siga y averigüe dónde va. El envoltorio que
nos interesa, contendrá una espada japonesa. Que apele a la estratagema que
quiera para cerciorarse y no perder el tiempo.
—Comprendido.
—Calle del Carril, 432. Mande a X y a U. Residencia del
profesor Moreno y de su hija Margarita. Cuando lleguen, seguramente estará sola
la señorita Moreno. X no debe perder de vista a la señorita ni un momento y
seguirla a todas partes para protegerla si es necesario. Dentro de un rato irá
a la casa don Julio Vargas, que reside en la calle Pelayo. U no debe perder de
vista a Vargas y cuando se separe de la señorita Moreno debe seguirle. Si fuera
atacado Vargas por alguien, U no debe intervenir a menos que vea que peligra su
vida. Si ve que se trata de un simple secuestro, que deje que se lleve a cabo y
siga a los secuestradores para que podamos descubrir su identidad y refugio.
—Comprendido.
—Puerto. Mande a Y. Debe haber un barco recién llegado de
Oriente. Que lo busque, se entere del nombre y averigüe de qué puertos viene.
Que lo comunique en seguida. Luego, que procure hacer amistad con tripulantes y
los sonsaque. Uno de ellos estuvo anoche en casa del profesor Moreno a entregar
una carta procedente de la China. Si hay posibilidad de saber cuál ha sido, que
lo descubra, se granjee sus simpatías y averigüe cuanto pueda del asunto.
—Comprendido.
—Quiero que todos vayan dando cuenta de cuantos incidentes
ocurran. Nada más.
—Se cumplirán sus órdenes.
Trévelez colgó el auricular. Luego se dirigió a la pared,
abrió la puerta secreta y salió de nuevo a su despacho del Instituto. Apenas se
hubo sentado, empezó a sonar el timbre del teléfono.
—¿Quién es? —preguntó, descolgando.
Le respondió la voz del conserje Juan:
—Pregunta por usted el señor Vargas.
—¿Está ahí abajo?
—No, llama por teléfono.
—Bien. Póngame la comunicación.
Sonó un chasquido en el auricular.
—¿Hablo con el señor Trévelez? —preguntó una voz.
—Sí, yo soy, amigo Vargas. ¿Qué sucede? Parece que tiene
usted la voz alterada.
—Nuestro gozo en un pozo, señor Trévelez. ¡Ha desaparecido
la espada del samurai!
CAPÍTULO V
SE ACENTÚA EL MISTERIO
NI un solo músculo del rostro de Trévelez se alteró al
escuchar la noticia.
—¿Dónde está usted ahora? —preguntó.
—En mi casa de la calle de Pelayo-respondió Vargas.
—Bien. No se mueva usted de ahí.
—Le voy a contar...
—No me cuente usted nada. Ya me lo dirá todo personalmente.
Salgo a reunirme con usted ahora mismo. ¡Hasta ahora!
Y, antes de que Vargas pudiera agregar una palabra, cortó
la comunicación.
Aguardó unos instantes, con el dedo apoyado en el gancho
del auricular. Luego volvió a retirarlo.
—¿Juan? —dijo.
—Mande.
—Mi coche.
Colgó.
Permaneció pensativo unos instantes, consultó el reloj y,
a continuación, bajó. Un Hispano-Suiza magnífico le aguardaba a la puerta.
—A la calle de Pelayo, Francisco-le dijo al conductor,
tomando asiento en el interior del automóvil.
Instantes después el vehículo pasaba por Los Penitentes y
Casa Gomis y se introducía por el Paseo de San Gervasio para coger la calle de
Balmes.
Pocos minutos más tarde de haber hablado por teléfono con
Vargas, llamaba a la puerta de su piso, que abrió el propio joven.
—¡Mire! —dijo, señalando la panoplia—. ¡Así me la encontré
al llegar a casa después de haberme despedido de usted!
Trévelez dirigió una mirada a las armas. Sólo faltaba una:
la espada.
Se encogió de hombros.
—No creo que averigüemos nada examinando la
panoplia-dijo—. Más vale que nos sentemos y que me explique usted exactamente
lo ocurrido.
Julio le condujo al salón y ambos tomaron asiento, aunque
el muchacho estaba demasiado nervioso para poder estarse quieto.
—En realidad, no hay nada que contar. Poco después de
haberse usted marchado, me despedí de la señorita Moreno para venir aquí y
retirar la espada de acuerdo con sus consejos En cuanto entré en el vestíbulo,
miré, instintivamente, hacia la panoplia. La espada ya no se hallaba en su
sitio. Entonces le llamé a usted por teléfono. Eso es todo cuanto puedo
decirle.
—¿No había sido forzada la puerta?
—No, pero eso no me extraña, porque si pudieron entrar
anoche sin fractura, igual pueden haberlo hecho hoy.
—¿Ha examinado las ventanas, para asegurarse de que no
hayan entrado por alguna de ellas en lugar de hacer uso de la puerta?
—Sí. Están todas cerradas.
—¿Dónde estaba su criado durante la ausencia de usted?
—Se lo he preguntado y me ha dicho que no se ha movido de
aquí.
—¿Y no se ha enterado de nada?
—En absoluto. Dice que, si entró alguien, lo haría sin
hacer el menor ruido y en un momento en que se encontrara él al otro extremo
del piso. No oyó nada sospechoso, y, si yo no se lo hubiese hecho notar, es
posible que hubiera tardado días en darse cuenta de que la espada había
desaparecido.
—¡Hum!
—¿Qué cree usted que debo hacer, señor Trévelez?
—Fuera de prepararme la lista de inquilinos que yo le
pedí, no veo que pueda usted hacer cosa alguna. No tenemos la menor idea, de
momento de quien puede tener tanto interés en adueñarse de la espada. Pero,
confío en averiguarlo, ahora que sabemos que es la clave, posiblemente, del
paradero de algún tesoro.
Se quedó pensativo unos momentos.
—Me parece que, estamos perdiendo el tiempo
miserablemente-dijo, por fin—. Vine aquí en la creencia de que podría darme
usted algún otro detalle de interés, pero, por lo que veo, podía haberme
ahorrado la molestia.
Vargas abrió la boca para contestarle, pero el otro le
impuso silencio con un gesto.
—¿Tiene usted papel y tinta a mano? —le preguntó.
—Sí.
—Bien. Póngase a hacerme ahora mismo la lista de
inquilinos que le he pedido. Anote los nombres, profesión, familia y cuantos
datos conozca acerca de cada uno de ellos. No sé si nos servirá de algo. No
obstante, bueno será no dejar nada por investigar.
—Apenas si sé de algunos de ellos...
—Lo mismo da. Usted ponga lo qué sepa y no se preocupe.
Mientras hace eso, me dedicaré yo a pensar.
Vargas llamó al criado y le pidió papel y pluma. Durante
unos minutos escribió rápidamente, deteniéndose de vez en cuando para hacer
memoria.
Por fin soltó un suspiro de satisfacción.
—Ya está-dijo—. Tal vez no resulte tan detallada como
fuera de desear, pero digo cuanto sé de cada uno.
Trévelez tomó la lista, le echó una mirada y luego se la
metió en el bolsillo.
—Veremos si saco algo en limpio de ella-dijo, poniéndose
en pie—. Me marcho ahora, amigo Julio. Usted váyase ahora mismo a ver a la
señorita Moreno y, si su padre no se ha presentado aún, acompáñela a la
comisaría. Una vez hayan dado parte de la desaparición del profesor, vuelva
usted con ella a su casa y aguárdeme allí.
Consultó su reloj de pulsera.
—Ahora son las cinco-agregó—. Creo que con una hora y
media tendrán, de sobra para todo eso. A las seis y media estaré en casa de la
señorita Moreno.
Le tendió la mano al joven, que la estrechó con efusión.
—Le estoy muy agradecido por la mucho que se está usted
molestando por mí, señor Trévelez-dijo Julio—. A las seis y media le
aguardaremos en casa de la señorita Moreno.
—Si ocurriera algo nuevo entretanto, puede usted
telefonearme al Instituto. Tengo que liquidar unos asuntos y no espero moverme
de allí hasta que salga para entrevistarme con ustedes.
Salió de la casa, subió a su automóvil y regresó,
rápidamente, al Instituto. Una vez en su despacho, sacó la lista que le había
entregado Vargas y la estudió atentamente, haciendo anotaciones en el mismo
papel. Luego consulto, diversos libros que sacó de la vecina estantería.
Por fin, a eso de las seis menos cuarto, se levantó de su
asiento, hizo girar la estantería y entró en el despacho secreto. Se sentó a la
mesa y descolgó el auricular del teléfono que comunicaba directamente con el
jefe de sus agentes.
—Garvez-dijo, en seguida, una voz.
—Informe-ordenó.
—Calle de Pelayo. Informe de T. Llegó Vargas pocos
momentos después de iniciar la vigilancia. Media hora más tarde se presentó el
director del Instituto de Inventores. Permaneció un rato en casa de Vargas y
volvió a marcharse. Vargas salió, casi pisándole los talones. No ha vuelto
Vargas. Continúa vigilancia.
—Siga.
—Carril 432. X y U en sus puestos Poco antes de las cinco
y media llegó Vargas. Aun está con la señorita Moreno... Un momento... Nuevo
informe..
Interrumpió Garvez la conversación unos instantes. Por fin
dijo:
—La señorita Moreno y Vargas acaban de salir juntos. X y U
les siguen.
—Bien.
—Puerto. Informe de Y. Único barco que procede de Oriente
es el “Stella”. Viene de Yokohama con escala en puertos de China. Y en contacto
con marineros. Nada más que señalar aún.
—Bien. Instrucciones.
—Tomo nota.
—Quiero que se me tenga al corriente de todo lo que ocurra
de importancia. Que se me comunique al momento. Si no me encuentra por
teléfono, emplee el reloj.
—Entendido.
—Recoja en el sitio de costumbre un sobre. Encontrará
dentro una lista. Necesito todos los datos obtenibles acerca de cuantas
personas figuran en ella. Ríjase por las observaciones que he anotado en la
misma.
—De acuerdo.
—Nada más de momento.
Colgó nuevamente el auricular. Si acababa de salir Vargas
con la señorita Moreno, era demasiado pronto para dirigiese a casa de esta
última.
Se acercó a una de las paredes del despacho secreto,
oprimió un resorte y entró por el hueco que apareció en la misma. La habitación
en que se encontró era una especie de cuarto ropero muy bien surtido. En el
rincón del mismo abrió una puerta más pequeña, se introdujo en lo que parecía
un cubícalo y cerró la puerta tras sí. Apretó un botón y el cubícalo empezó a
descender. Era un ascensor eléctrico que conducía a su laboratorio secreto y
talleres situados muy por debajo del nivel de los cimientos del edificio.
Una vez se detuvo el ascensor, cruzó el espacioso
laboratorio y se dirigió a un banco del taller donde tenía instalado un
voluminoso aparato compuesto de pantallas fluorescentes, tubos neón, un motor,
células fotoeléctricas y una serie de discos llenos de ranuras.
Hizo unos ajustes en el aparato, conectó unos botones
pequeños que más, que tales, parecían obturadores de una maquina fotográfica, y
se puso a probarlos. El resultado de su experimento debió ser negativo, porque
sacudió la cabeza.
Empleando una lupa de relojero y minúsculos instrumentos,
desmontó los botones, fue examinando el delicado mecanismo que contenían y
efectuó unos cambios, volviendo a probarlos luego. Tampoco quedó satisfecho.
Tomó un papel y, durante unos momentos, estuvo haciendo
complicadísimos cálculos.
—¡Ah! —murmuró, de pronto.
Y, como si se le hubiera ocurrido el por qué de su
fracaso, tachó todo lo que había hecho, tomó otra hoja de papel e hizo varias
operaciones. Luego hizo un gesto de satisfacción.
Iba a ponerse a desmontar los botones de nuevo, cuando
empezó a sonar el timbre del teléfono que había sobre una mesa cercana y que
era una simple extensión de uno de los que tenía instalados en el despacho
secreto.
Se acercó a él y se aplicó el auricular al oído.
—Garvez.
—Informe.
—Puerto. Y anuncia una tragedia. Un marinero del “Stella”
ha muerto en circunstancias sospechosas. Ha sido avisada la policía. No sabe si
el hecho puede tener importancia o no en el asunto que se investiga. Por si
acaso, avisa. Sigue haciendo averiguaciones y presentará informe completo más
tarde.
—Tome nota.
—Escucho.
—Que Y haga todo lo posible por conseguir fotografía del
muerto. Qué la tome él mismo si es preciso, donde sea. Quiero que lo haga
inmediatamente y que me la mande. Si no estoy aquí, hágala usted llegar a mis
manos sin perder un instante. Marcho ahora mismo a casa del profesor Moreno,
donde espero estar bastante rato.
—Entendido.
Al colgar el aparato, Trévelez consultó su reloj: eran las
seis y media.
Dejó todo lo que estaba haciendo, subió al despacho, pidió
el coche y marchó a la calle del Carril.
Vargas y Margarita estaban de vuelta ya y le aguardaban.
La muchacha a duras penas podía contener las lágrimas. No tenía aún noticia
alguna de su padre. La policía se había mostrado muy amable y se habían dado
inmediatamente las órdenes oportunas para buscar al profesor.
—No comprendo lo que puede haber sucedido-terminó diciendo
la muchacha—. ¿Qué le habrá sucedido a mi padre? No tenía enemigo alguno, que
yo sepa.
—Tranquilícese, señorita-le dijo Trévelez—. No creo que le
haya ocurrido nada grave a su padre. Estoy seguro de que no tardaremos en tener
noticias suyas directa o indirectamente. ¿Ha examinado usted los papeles de su
padre para ver si entre ellos encontraba algo que pudiera proporcionarnos una
pista?
—Sí. Lo hice más bien por asegurarme de que no se había
dejado la misteriosa carta en alguna parte antes de salir. Pensé que tal vez
hallara en ella algo que me indicara sus propósitos. Pero ni encontré esa carta
ni nada que hiciera referencia al asunto. No obstante, voy a echar otra mirada,
por si acaso.
Dejó a los dos hombres solos un buen rato mientras
registraba de nuevo el despacho de su padre. Cuando al fin regresó, Trévelez
comprendió, por su gesto de desaliento, que el registro había resultado,
infructuoso.
—¡Nada! —exclamó Margarita—. ¡Ni la menor pista!
Se dejó caer en un sillón y sepultó el rostro entre las
manos. En aquel momento alguien llamó con los nudillos en la puerta de la sala
en que se hallaban.
Margarita hizo un esfuerzo por dominar su emoción, alzó la
cabeza, y dijo:
—¡Adelante!
Entró el criado con una bandeja en la mano. Sobre la misma
se veía una carta.
—Han traído esto para el señor Trévelez-dijo—. No hay
contestación.
El director del Instituto rasgó el sobre en cuanto se hubo
marchado el hombre y sacó del mismo dos hojas de papel secante. Entre ellas
había una fotografía recién revelada. Se la habían mandado sin pararse a
secarla siquiera, para no perder tiempo, de ahí los secantes.
Se disponía a sacarla de entre las hojas, cuando sintió
una leve presión sobre la muñeca y se detuvo, fingiendo que contemplaba el
retrato. Lo que llevaba Trévelez en la muñeca era algo más que un reloj; era un
aparato receptor y transmisor de radio, invención suya. Por debajo y a los
lados de la maquinaria del reloj, reducida a la mínima expresión, había un
complicado mecanismo que permitía la transmisión de mensajes en morse. Dicho
mecanismo accionaba también una palanquita receptora que deletreaba en morse
los mensajes que captaba por medio de una serie de presiones sobre la muñeca,
que hacían las veces de puntos y rayas.
Al sentir la presión, oprimió la corona que servía para
dar cuerda al reloj, transmitiendo así la señal de que estaba escuchando.
Durante unos, momentos la palanquita funcionó con rapidez, luego se detuvo.
Trévelez transmitió entonces su contestación, terminado lo cual se levantó de
su asiento y se acercó a Margarita con el retrato en la mano.
—¿Conoce usted a ese hombre, señorita? —preguntó.
La muchacha tomó la fotografía y, al mirarla, se abrieron
desmesuradamente sus ojos.
—¡Este es el marinero que le trajo la carta a mi padre!
—exclamó, excitada—. Pero ¡qué cara más rara tiene aquí! Como si... como si...
—¿Como si estuviera espantado? —sugirió Trévelez. El
hombre tenía los ojos abiertos a pesar de estar muerto, pero no creía prudente
decirle la verdad a Margarita, de momento, para no asustarla—. La mayor parte
de la gente pone una cara así cuando le toman una fotografía por sorpresa.
¿Está usted segura de que éste es el portador de la carta?
—Completamente segura. ¿Cómo ha conseguido este retrato?
Si el hombre ha sido encontrado, tal vez pueda decirnos él algo que nos permita
encontrar a mi padre.
—Creo que su hallazgo simplificará mucho las cosas, en
efecto-contestó, ambiguamente, Trévelez—. Pero no es ésta la única noticia que
tengo para ustedes.
Se volvió hacia Vargas.
—Amigo Julio-dijo—, es conveniente que vuelva usted a su casa
sin perder momento. O mucho me equivoco, o se llevará una agradable sorpresa
cuando llegue.
—Y ¿qué agradable sorpresa es ésa? —inquirió Julio,
intrigado.
—Encontrará colgada, en el sitio de costumbre, la
desaparecida espada del samurai.
CAPÍTULO VI
REAPARECE LA ESPADA
—¡NO es posible! —exclamó Vargas con asombro.
—No sólo es posible, sino que casi estoy convencido de que
la espada ha vuelto a aparecer-contestó Trévelez, sonriendo—. Sea como fuere,
le agradeceré que me telefonee diciéndome si me he equivocado.
—Lo haré, no lo dude.
—Otra cosa quiero recomendarle-sugirió Trévelez—. Esta vez
procure guardarla en un sitio donde no sea tan asequible.
—Lo que no logro explicarme es cómo sospecha usted que ha
sido devuelta y...
—Y ¿qué?
—¿Para qué me robaron la espada si ahora me la devuelven,
según usted?
—Se me ocurren muchas explicaciones, pero con una bastará.
En primer lugar, permítame que le haga una pregunta: ¿si usted supiera que con
presentarse en un templo del Japón y presentar la espada iba a recibir un
tesoro, qué haría?
—Lo más natural sería que me dirigiera al Japón y la
presentara.
—En efecto. Pero supongamos ahora que, sabiendo usted
todas esas cosas y no ignorando que la espada es la clave, no logra encontrarle
pies ni cabeza a la inscripción que lleva. ¿Qué proceder adoptaría?
—Hacer investigaciones. Procurar encontrar a alguien que
supiera descifrar la inscripción y comprender su significado.
—¿Y si no lo consiguiera?
—Tendría que darme por vencido.
—Pero si la espada no fuera suya y supiese, o creyese, que
el dueño de ella había sabido descifrar el enigma, ¿qué haría?
—¡Caramba! ¡No se me había ocurrido pensar en eso!
—exclamó Vargas—. Tiene usted muchísima razón, amigo Trévelez.
—Tú lo habrás comprendido muy bien, Julio-intervino
Margarita;— pero confieso que yo sigo sin entender una palabra.
—Es muy sencillo, querida. Como quien me robó la espada ha
sido incapaz de entender el mensaje que su inscripción contiene, me la ha
devuelto. Sospecha que yo sé dónde debe entregarse y, por consiguiente, no
tiene más que vigilarme estrechamente y seguirme a todas partes. Si sé de qué
templo se trata, le conduciré a él inconscientemente.
—Y cuando esté seguro el ladrón de cuál es el lugar a que
debe dirigirse-agregó Trévelez—, buscará la manera de volverle a quitar la
espada para adelantarse y presentarla él.
—Es cierto-respondió Vargas.
—O, lo que es lo mismo-dijo la muchacha—, que la posesión
de esa espada constituye un gran peligro.
—De momento, no-dijo el director del Instituto—. Si
nuestra teoría es acertada, nadie molestará a Julio por ahora. Es más, el
desconocido que robó la espada será el primer interesado en que no le suceda
nada. Le necesita vivo y en buen estado de salud, para que se decida a
emprender el viaje. Hasta le defenderá, si es necesario, contra toda agresión y
procurará que no sea víctima de ningún accidente.. Podrá hacer el viaje al
Japón con toda la tranquilidad del mundo. Pero, en la última etapa..., (Trévelez
se encogió de hombros), en la última etapa tendrá que tener ojos hasta en la
nuca y no fiarse ni de su propia sombra.
—¿Qué propone usted?
—De momento sólo le propongo una cosa: que marche a casa,
compruebe si mis suposiciones son ciertas y ponga a buen recaudo la espada, si
la encuentra, aunque, como digo, no creo que intenten robársela otra vez, a
menos que se les ocurra el verdadero significado de la inscripción, cosa que
dudo mucho. Pensándolo mejor, en lugar de aguardar a que usted me telefonee,
voy a llevarle yo mismo a su casa en mi coche.
Se volvió hacia la muchacha.
—Por su parte, señorita, le suplico que no se
intranquilice demasiado. Tengo el presentimiento de que no tardará en reunirse
con su padre.
Margarita soltó una exclamación de alegría y corrió a él,
asiéndole los brazos.
—¡Señor Trévelez! ¡Dígame dónde está! ¡Dígame lo que le ha
ocurrido! Usted sabe algo que no nos ha dicho.
El director del Instituto la miró, con una sonrisa.
—Le aseguro que no sé nada concreto, señorita, pero creo
comprender perfectamente a qué obedece la ausencia de su padre. Por lo tanto,
confío en que ésta no ha de prolongarse. Perdónenos ahora. Hemos de marcharnos.
No se desanime.
Se desasió suavemente de la muchacha y se dirigió a la
puerta.
—Le espero en el coche, Julio-dijo, saliendo.
Vargas no tardó en reunirse con él y el automóvil arrancó.
Recorrieron la calle del Carril en silencio, pero, al
desembocar en Muntaner, Trévelez salió de su mutismo.
—No he querido hablar demasiado claro delante de la
señorita Moreno-anunció;— pero voy a explicarle a usted los motivos que tengo
para creer que al profesor Moreno no le ha sucedido nada aún, aunque tal vez
ahora corra más peligro que nunca.
—¡Ah! ¡Conque sabe usted algo después de todo! ¡Creí que
todo eso lo había dicho usted para animar, a Margarita!
—¿Á usted no le extraña que desapareciera el profesor
precisamente después de haber recibido una carta misteriosa y de haber salido
con la intención de visitarle?
—En efecto, resulta extraño. Sobre todo teniendo en cuenta
que horas después de su desaparición intentaron robarme la espada de que él
venía a hablarme.
—Precisamente. Mi teoría es que alguien se enteró del
valor que tenía la espada y que decidió robar. Esa persona, sin embargo, no
conocía suficientemente bien el Japonés para poder descifrar la inscripción.
Además, sólo tenía una idea del valor de la espada. Por consiguiente,
necesitaba, no sólo averiguar algo más acerca de ella, sino encontrar una
persona que pudiera traducir los caracteres japoneses. El que se hallaba en
mejores condiciones para sacarle de dudas y para hacer de traductor, era,
evidentemente, el profesor Moreno, puesto que había recibido una carta acerca
del asunto. Conque lo esperaron y le hicieron prisionero.
—¿En qué se funda usted para creer que se sabía que había
recibido una carta?
—La señorita Moreno reconoció en la fotografía que le
enseñé al mensajero que la había entregado.
—¿Fue él quien se lo dijo?
—Cuando se tomó la fotografía no se hallaba en condiciones
de decirle nada a nadie: estaba muerto.
Vargas emitió un silbido de sorpresa.
—Sería mucha casualidad-prosiguió Trévelez—, que su
asesino fuera una persona ajena a todo cuanto está pasando. Yo estoy convencido
de que le mataron para taparle la boca... aunque primeramente intentarían
hacerle hablar, sin conseguirlo.
—Comprendo su razonamiento. Pero ¿por qué me habrán
devuelto la espada?
—Porque el profesor se habrá negado a decirles una palabra
de su historia. Puede que les tradujera la inscripción, convencido de que no
sabrían entenderla. Pero también es posible que se negara a hacer incluso eso.
Sea como fuere, yo creo que está prisionero. Corre peligro, es cierto, pero no
tanto como parece. Si sus secuestradores tuvieran la seguridad de que no iba a
servirles para nada, le matarían y le quitarían así del paso. Sin embargo, aún
puede serles útil y no le matarán hasta haber intentado aprovecharle. Si usted
diera, muestras de estar preparándose para hacer un viaje al Japón, por ejemplo
yo creo que con ello firmaría la sentencia de muerte del profesor.
—¿Por qué?
—Porque tal actividad por parte suya demostraría que
estaba usted enterado de lo que tenía que hacer con la espada. Siendo así, los
criminales sólo tendrían que seguirle y, por lo tanto, el profesor no les haría
falta para nada. Mejor dicho, les resultaría una carga inútil y peligrosa.
Deben saber a estas horas (y si no lo saben deben suponérselo) que su hija ha
dado parte a la policía y que se anda buscando al profesor por todas partes.
—No existe la menor probabilidad de que intente marcharme
mientras no haya aparecido el profesor Moreno. ¿Cómo quiere que dejara a la
pobre Margarita sola?
—Me figuraba que iba usted a decir eso-sonrió Trévelez.
—Sin embargo, aunque yo no me vaya, ¿no sigue corriendo
peligro de muerte el profesor?
—Sí, pero no de momento. Mientras no le vean a usted
dispuesto a marcharse, creerán que desconoce usted el secreto, como ellos. Su
única esperanza, por lo tanto, será el profesor. No le matarán sin haber
apelado a todos los medios para hacerle hablar. Sólo le asesinarán en último
extremo. Muerto, el profesor no les sirve para nada. Vivo, siempre queda la
esperanza de que se convenza de que más cuenta le tiene hablar que permanecer
callado.
—Es cierto.
Discutiendo el asunto, llegaron por fin a la calle de
Pelayo y se apearon.
Trévelez subió con Vargas al piso. Al abrir la puerta, la
mirada de ambos se posó en la panoplia. Trévelez sonrió y Vargas exhaló una
exclamación de sorpresa.
La espada del samurai ocupaba su sitio entre las demás
armas, como si jamás hubiera sido arrancada de allí.
CAPÍTULO VII
T HACE UN DESCUBRIMIENTO
ERA de noche ya cuando Trévelez salió de casa de Vargas.
Al llegar al portal echó una mirada a su alrededor con disimulo. T había
desaparecido, pero, no muy lejos, observó a un hombre en quien reconoció al
agente U.
Satisfecho de que se estaban obedeciendo sus órdenes al
pie de la letra, subió a su automóvil y partió en dirección al Instituto.
*****
De acuerdo con las instrucciones recibidas, T se había
instalado frente al número 112 de la calle de Pelayo para observar quién
entraba y salía. Vio entrar a Vargas y, poco después, al director del
Instituto. Luego salieron los dos, uno detrás de otro.
Continuó vigilando. Aunque entraron y salieron varias
personas en la casa, no se preocupó de ellas. Cabía la posibilidad de que
alguna se dirigiese al piso de Vargas, pero a él sólo le habían dado la orden
de que siguiera a quienes viese salir con una espada. Como quiera que el arma
en cuestión había desaparecido ya antes de que él montase guardia (aunque él,
como es natural, no lo sabía), a nadie vio salir con un paquete o envoltorio
que pudiese contener el objeto de que le habían hablado.
Ya tarde, paró un taxi frente al 112 y descendió de él un
hombre.
Normalmente, T no le hubiera prestado la menor atención,
puesto que le interesaban más los que salían que los que entraban, pero se le
antojó tan rara la forma de proceder del desconocido, que se despertaron sus
sospechas.
El hombre cruzó la acera, lentamente, hacia el portal,
mirando a su alrededor con disimulo. Una vez en la casa, echó una mirada a la
portería y a la escalera (cosa que desde el lugar en que se hallaba T se
distinguía perfectamente) y, con gran sorpresa del agente, volvió a salir,
abrió la puerta del taxi, sacó una especie de funda alargada y echó a andar
hacia el portal, otra vez mientras el taxi se iba.
Si el desconocido hubiera saltado del taxi desde el primer
momento con aquella funda, T hubiese supuesto que se trataba de una caña de
pescar telescópica o algo por el estilo. Pero la serie de precauciones que el
hombre tomara le decidieron á investigar un poco más el asunto.
Cruzó la calle tranquilamente y se introdujo en el portal
a su vez. Aunque había ascensor, el hombre no lo había tomado, prefiriendo sin
duda la escalera para no ser oído en la portería.
T, que llevaba suela de goma en los zapatos, subió a su
vez sin hacer ruido, deteniéndose en el primer piso. No necesitó subir más para
darse cuenta de hombre en cuestión se había parado en el piso superior y le oyó
abrir la puerta del piso de Vargas.
Sin aguardar más, T bajó la escalera, dirigiéndose al
mismo punto en que había estado vigilando. Por el camino, y haciendo uso del
reloj de pulsera receptor-transmisor, notificó a su jefe lo qué acababa de
descubrir. Trévelez, que se hallaba en aquellos momentos en casa del doctor
Moreno, le ordenó que siguiese al desconocido.
No había hecho más que recibir el mensaje, cuando apareció
el hombre en el portal de nuevo. No llevaba ya la funda.. Era evidente, que se
la había dejado en casa de Vargas.
Sin vacilar un instante, torció en dirección a la Plaza de
Cataluña, seguido de T, que, para no perderle de vista entre la mucha gente que
había por allí a aquella hora, había vuelto a cruzar la calle.
El hombre le condujo Ramblas abajo y, al pasar por delante
de un quiosco, pudo verle con mayor detenimiento. Por su forma de andar se
notaba que era marino. Iba bastante bien vestido, pero con descuido, y la
cicatriz que le rozaba la mejilla le daba un aspecto siniestro que las pobladas
cejas, la estrecha frente y los labios delgados y crueles acentuaban.
No se detuvo el hombre hasta llegar al Llano de la
Boquería. Allí vaciló unos instantes y acabó introduciéndose por la calle de
San Pablo. Torció por un callejón oscuro que T aprovechó para quitarse el
sombrero, doblarlo, metérselo en el bolsillo y ponerse la boina que siempre
llevaba consigo. A continuación, se quitó la corbata, que también se guardó, se
desabrochó el cuello de la camisa, se deshizo la raya y se peinó el pelo hacia
atrás con los dedos. Una pasta que llevaba en un estuche le sirvió para azularse
un poco la mandíbula y crear la impresión de que estaba sin afeitar.
Cuando perseguido y perseguidor desembocaron en la calle
de Barbará, T había cambiado por completo de aspecto, no desentonando ya con el
barrio a donde veía que iba a conducirle el otro.
Siguieron por la calle Barbará hasta llegar a la de San
Ramón, por la que bajaron a la del Conde de Asalto. El hombre de la cicatriz no
vacilaba ya. Marchó derecho al Arco de San Agustín, se abrió paso por entre los
vendedores de toda clase y acabó entrando en una taberna del Arco del Teatro.
T vio que se acercaba al mostrador y le decía algo al
tabernero. Luego siguió hacia el fondo del establecimiento. Sin vacilar, entró
a su vez y, fue a sentarse en una mesa desde la que pudiera observar la puerta
por la que había visto perderse al hombre de la cicatriz y, al acercarse a él
un mozo, le pidió una jarra de vino.
Una vez le hubieron servido, oprimió la corona del reloj
de pulsera y aguardó a que la leve presión de la palanca le anunciara que había
sido oída su llamada. Luego comunicó su paradero y lo que había hecho hasta
entonces.
Había esperado que le contestara Galvez, pero fue Trévelez
quien le contestó:
«SALGO EN SEGUIDA A REUNIRME CONTIGO. SI ANTES DE LLEGAR
YO MARCHA HOMBRE, SÍGUELE Y AVÍSAME. A.»
T acusó recepción del mensaje y se puso a beber vino sin
quitar ojo a la puerta. Puesto que su jefe no le había ordenado que intentara
averiguar dónde se había metido el hombre de la cicatriz, su deber era esperar.
Mientras tanto, en el Instituto de Inventores e
Investigaciones Científicas. Trévelez se había introducido en su despacho
secreto donde había descolgado el teléfono que comunicaba directamente con
Garvez. Éste estaba dándole un nuevo informe recibido de Y.
—Ha descubierto que el marinero asesinado no formaba parte
de la tripulación en el viaje de ida a Oriente. Subió a bordo en un puerto
pequeño del Golfo de Pe-che-le, en que tocó el “Stella”, ocupando el puesto de
un timonel que se puso muy enfermo y tuvo que quedarse en tierra. Nadie sabe
gran cosa de él. Era hombre muy reservado, hablaba lo menos posible con sus
compañeros y, desde el momento de embarcar en China hasta tocar en Barcelona,
no volvió a pisar tierra. Aun cuando sus compañeros le propusieron más de una
vez que fuera a tierra con ellos en distintos puertos para que se animase un
poco (porque parecía la mar de taciturno), se negó rotundamente a hacerlo en
todas las ocasiones. Sólo saben que se llamaba Anteras, o decía llamarse eso
por lo menos. La policía no encontró documento alguno en sus bolsillos ni entre
los efectos que tenía a bordo, ni cosa alguna que permitiera establecer su
identidad con certidumbre.
—¿Nada más?
—Eso es todo lo que ha conseguido averiguar Y. hasta la
fecha, pero sigue investigando por si acaso. Informe de T.
—Es innecesario. Ya lo he recibido directamente. ¿Ha dicho
algo nuevo alguno de los otros?
—Nada.
—Bien. Voy a salir. Si hubiera algo importante,
comuníquemelo por medio del reloj.
—¿Hay alguna orden?
—Ninguna de momento.
—Entendidos.
Trévelez colgó el aparato, se dirigió a la pared y abrió
la puerta secreta que daba al guardarropa. Descolgó una capa negra de una
percha, la dobló cuidadosamente y se la metió en el bolsillo.
Era la capa de un tejido tan delgado y liviano, que, a
pesar de su gran longitud, su capucha y su amplio vuelo, apenas ocupaba sitio
una vez doblada.
Se introdujo en el ascensor y bajó al laboratorio. Pero,
en lugar de detenerse en éste o en el taller, cruzó ambas salas, abrió una
puerta que había en el fondo de la segunda y desapareció por ella.
Momentos después, salió de una casita situada en las
faldas del Tibidabo.
Un anciano de cabello blanco, encorvadas espaldas, pómulos
salientes, hundidas mejillas, que, con una larga capa sobre los hombros,
conducía un automóvil pequeño, cerrado, en dirección a la Avenida de la
Republica Argentina.
Siguió toda la avenida abajo hasta la Plaza de Lessepss,
continuó por la calle Mayor de Gracia y el Paseo del mismo nombre, cruzando la
Plaza de Cataluña e internándose por las Ramblas.
Paró el coche junto al Mercado de San José, se apeó, cerró
la portezuela con llave y siguió a pie hasta la calle Conde del Asalto. Torció
por la calle del Este y, al llegar al Arco del Teatro, se introdujo en un
portal oscuro y solitario.
Si alguien le hubiera observado en aquellos momentos, se
hubiese llevado una sorpresa enorme. El anciano se quitó la capa negra, la
volvió del revés y se la echó nuevamente sobre los hombros. El resultado fue
sorprendente: ¡su cuerpo desapareció como por ensalmo!
De todo el hombre, no quedaba más que la cabeza suspendida
en el aire, y aun ésta desapareció por completo al caer sobre ella la capucha.
El anciano había desaparecido. Y, con la desaparición, había renacido Yuma, Voz
Misteriosa que sonaba en el espacio, la Voz que sembraba el terror entre la
gente del hampa y que todo criminal asociaba con el rostro terrible con que en
ocasiones se presentaba Yuma ante los desorbitados ojos de los malhechores.
CAPÍTULO VIII
EN LA GUARIDA
T empezaba a preguntarse si le habría ocurrido algo a su
jefe qué le impidiera presentarse, cuando oyó que una voz le preguntaba al
oído:
—¿Por qué puerta desapareció ese hombre, Santos?
Volvió la cabeza con disimulo y no vio a nadie a su lado.
Esto, que hubiera causado extrañeza a cualquier otro, no le produjo la menor
sorpresa.
Conocía la capa de su jefe, aquella capa maravillosa que,
siendo negra y visible por un lado, tenía por el otro, la propiedad de
refractar los rayos luminosos sin reflejarlos, por lo que todo lo que bajo ella
se hallaba resultaba invisible.
—Por ésa-contestó, señalando con disimulo—. No he
intentado seguirle yo por ahí porque sólo, tenía órdenes de seguirle hasta
donde fuera, pero no entrar. Además, esa puerta está demasiado a la vista.
En efecto, la puerta en cuestión podía verse desde casi
cualquier punto del establecimiento, lo que significaba que hasta para el
misterioso Yuma resultaba peligroso intentar entrar, puesto que, aunque a él no
se le viera no tenía más remedió qué abrirla, y ello causaría extrañeza.
—Aparte del hombre de la cicatriz, ¿ha entrado alguno más
desde que estás aquí? —preguntó la Voz—.
—Han entrado y salido varios.
—En tal caso aprovecharé el momento en que entre o salga
alguno para pasar yo. Ahora escucha mis instrucciones.
Le habló a Santos al oído durante un rato, luego se acercó
a la puerta y esperó.
No fue preciso que aguardara mucho. Llevaba menos de cinco
minutos apostado allí cuando se abrió la puerta y salió un hombre que, dirigió
una mirada a su alrededor. En el momento en que iba a cerrar, Yuma pasó por su
lado y entró.
El hombre sufrió un sobresalto momentáneo. Hubiera jurado
que le había rozado alguien, pero no era posible que hubiese sucedido semejante
cosa, puesto que no había nadie cerca de él. Se encogió de hombros, achacando a
su imaginación aquello, cerró la puerta y salió de la taberna, tras decirle
unas palabras al oído al tabernero.
T, que le había estado observando, comprendió por su
visible sobresalto y mirada de desconfianza que dirigió en torno suyo, que su
jefe había logrado entrar.
Yuma, entretanto, se encontró en una escalera débilmente
iluminada que conducía, aparentemente, a los sótanos. Estaba desierta en aquel
momento y bajó sin vacilar. Sus pies, enfundados en chanclos de goma, no hacían
el menor ruido.
Al llegar al pie de la escalera, vio que se hallaba en una
bodega llena de barriles y botellas de todas clases. Pasando por la puerta del
fondo, entró en una segunda bodega tan abarrotada como la primera, pero sin más
salida visible.
No obstante, el hecho de que hubiera entrado y salido
gente por allí era prueba evidente de que debía comunicar con algún otro sitio
y se puso a buscar la puerta secreta que no dudaba existiría.
Resultó mucho más fácil hallarla de lo que se había
imaginado. Iba empujando todos los barriles por pura fórmula, cuando sintió que
uno de ellos cedía. Empujó con más fuerza y aquel barril, junto con el que
había encima, giró sobre ocultos goznes, descubriendo una entrada baja y
estrecha. Era un pasillo sin luz, apenas. Se internó por él, luego de haber
cerrado la puerta de barriles tras sí.
Al final del pasillo encontró otra puerta cerrada, por
debajo de la cual se escapaban unos rayos de luz. Acercó el oído y escuchó. Un
rumor de voces le hizo comprender que no era prudente abrir aquella puerta de
momento. Era preferible esperar a que entrara o saliera alguien.
Aguardó un buen rato y ya iba a decidirse a correr el
riesgo de abrirla, cuando oyó que se descorrían los barriles y apareció un
hombre en el que reconoció al que saliera momentos antes.
Este, cuando estuvo cerca de Yuma, se puso un antifaz. Dio
unos golpes con los nudillos y abrió la puerta, logrando Yuma introducirse tras
él con dificultad, pero sin rozarle esta vez.
El cuarto en que se encontró era de reducidas dimensiones
y no contenía más que una mesa, alrededor de la cual estaban sentados tres
hombres bebiendo y hablando. Uno de ellos tenía la cicatriz de que le había
hablado Santos. El recién llegado fue a reunirse con ellos.
—No se ha recibido ninguna orden nueva aún-dijo—. Dice
Pepe que avisará él mismo en cuanto haya algo. No es preciso que nos movamos
nosotros de aquí.
—Ya va siendo hora de que tome el jefe una
determinación-refunfuñó uno de los que estaban sentados a la mesa—. Ese imbécil
de profesor se niega a decir una palabra. Si no ha de hablar, sólo nos sirve de
estorbo. ¿Por qué no da la orden el jefe de que se le liquide de una vez?
—Cuando él no lo hace, Marín-dijo otro—, por algo será.
—Estoy de acuerdo con Zara-anunció el recién llegado—.
Tampoco entiendo yo por qué le ha mandado al Negro que vuelva a dejar la espada
en su sitio, pero reconozco que el jefe tiene más inteligencia que nosotros y
que todo ello debe obedecer a un plan. Se me ocurre que, mientras esperamos,
podríamos aprovechar el tiempo.
—¿Cómo? —preguntó el hombre de la cicatriz, a quien el
recién llegado había llamado el Negro.
—Probando suerte otra vez. Quizá, si usáramos medios un
poco más fuertes, consiguiéramos hacerle hablar.
—No estaría de más intentarlo. ¿Qué medios propones?
—¿Hay alguna vela por aquí?
—Creo que en el cajón de la mesa hay una.
—Pues enciéndela. Probaré un sistema que, aunque está muy
gastado, acostumbra dar buenos resultados.
—¿Quemarle?
—Con la hoja de la navaja al rojo vivo. Y, si se resiste,
lo amenazaré con aplicarle el mismo procedimiento a los ojos. Que escoja entre
quedar ciego y hablar.
El que había hablado primero intervino. Estaba menos
endurecido que sus compañeros y aquello le repugnaba.
—Más vale qué os limitéis a hacer lo que se os
ordena-dijo—. El jefe no os ha autorizado para hacer eso.
—Si con ello conseguimos que hable el profesor, el jefe no
sólo no se enfadará, sino que nos lo agradecerá. ¿Es que tienes miedo, acaso?
—No-dijo el Negro, riendo;— lo que le pasa es que se
siente damisela. ¿No te das cuenta de lo pálido que se ha puesto en cuanto nos
ha oído hablar del fuego?
En el otro pudo más su deseo de no hacer el ridículo que
los pocos sentimientos buenos que le quedaban.
—¡Haced lo que os dé la gana! —dijo—. Por mi parte, yo no
pienso ayudaros. Hace dos noches que no duermo y, mientras aguardamos, voy a
descabezar un sueño.
Bostezó, puso los brazos en la mesa y apoyó la cabeza en
ellos. El que no había hablado aún se encogió de hombros.
—Me parece que vamos a perder el tiempo otra vez-dijo;—
pero por mí no hay inconveniente.
El Negro abrió el cajón de la mesa y sacó una vela,
mientras su compañero se acercaba a la puerta que había en un rincón y hacía
girar la llave que había en la cerradura.
Yuma había aprovechado el momento de ponerse a dormir el
primero para acercarse a él con una jeringa en la imano. Un rápido pinchazo
bastó para asegurar que aquel hombre durmiese de veras durante dos horas por lo
menos y que nada de lo que ocurriese lo despertase.
La puerta que había abierto el último en llegar daba a un
cuarto pequeño sobre cuyo suelo yacía un hombre atado de pies y manos y
amordazado. Lo sacó a rastras hasta dejarle al pie de la mesa y encendió la
vela.
Era el prisionero un hombre de unos cincuenta y tantos
años, cabello entrecano y barba y bigote del mismo color. Cuando el Negro se
agachó y le quitó la mordaza, le miró con ojos fulgurantes en los que no se
leía ni sombra de miedo, y dijo:
—Si vais a intentar otra vez hacerme hablar, podéis
ahorraros la molestia. No pienso decir una palabra.
—Eso ya lo veremos-contestó el Negro, que, como su
compañero Zara, se había puesto antifaz antes de sacar al prisionero. Zara,
entretanto, había sacado una navaja cuya punta puso a calentar sobre la llama
de la vela.
—Ayúdame a descalzarle, Verna —dijo el Negro, dirigiéndose
al que había propuesto el martirio.
Entre los dos le quitaron los zapatos al profesor.
—Aún tienes tiempo de hablar-anunció Zara—. Cuando la
navaja esté al rojo vivo, te daremos unos taquecitos para que se te suelte la
lengua.
—No me podéis asustar a mi con eso-respondió el
prisionero, con desprecio.
—Pues lo sentiremos por ti, porque, si los toques en las
plantas de los pies no bastan, probaremos suerte con los ojos. Primero con el
izquierdo, y si el quedarte tuerto no te asusta, tal vez no te ocurra lo mismo
cuando veas que vas a quedarte ciego.
El profesor Moreno palideció levemente, pero comprimió los
labios y no dijo una palabra.
—Alzadle el pie-dijo Zara, de pronto, acercándose con la
navaja al rojo.
El Negro se apresuró a obedecerle, pero antes de que la
hoja hubiese podido tocar la piel del profesor, el hombre rodó por el suelo.
El Negro y Verna se miraron.
—¿Qué demonio te pasa? —exclamó el primero, dándole un
puntapié—. ¡Levántate!
El otro no se movió. Olvidando al prisionero
momentáneamente, los dos hombres se inclinaron sobre Zara.
—¡Ha perdido el conocimiento! —exclamó Verna—. ¿Qué rayos
le habrá sucedido?
—Yuma-asintió la cabeza con una horrible mueca—. ¡No os
mováis!
—No lo sé-respondió el Negro—. ¿Tú sabes si padece de
ataques de alguna clase?
—Que yo sepa, no.
—Mira, si ha de salir de ésta, ya saldrá-dijo el Negro,
con cinismo—. Y, si no, que le entierren. Lo que siento es que haya ido a darle
el patatús ese en ente momento. No podemos hacer nada, conque, ¿qué te parece
si continuamos la que hemos empezado?
Zara asintió, con un movimiento de cabeza.
Se volvieron hacia el profesor de nuevo, y entonces se
llevaron una sorpresa: el prisionero tenía desatadas las manos y se estaba
cortando las cuerdas de los tobillos con una navaja.
Fue tan grande su estupefacción que quedaron inmóviles un
instante, lo bastante para que el profesor acabara de libertarse. En el preciso
momento en que iban a abalanzarse sobre él para reducirle nuevamente a la
impotencia, una voz terrible los contuvo.
—¡Ni un paso más! —decía.
Simultáneamente, apareció una pistola en el aire, a pocos
pasos del profesor. Por encima de ella se notó una especie de revoloteo y
apareció, suspendida en el aire, una cabeza, un rostro horrible, cadavérico, de
ojos centelleantes.
—¡Yuma! —exclamaron, involuntariamente, ambos criminales.
—Yuma-asintió la cabeza, con una horrible mueca—. ¡No os
mováis!
El Negro hizo un leve movimiento. Tal vez fuera producto
de su sorpresa o de su temor y no obedeciera a deseo alguno de sacar un arma.
Pero Yuma no se paró en averiguarlo. El dedo invisible que descansaba sobre el
gatillo de la pistola, se contrajo.
¡Pum! ¡Pum!
Sonaron dos disparos seguidos. Cada uno de los proyectiles
hizo blanco en uno de los hombres. Sin una queja siquiera, ambas rodaron por el
suelo.
La pistola desapareció inmediatamente y, con ella, el
rostro horrible.
—Profesor-preguntó la voz—, ¿se encuentra usted en
condiciones de andar... y de correr si es preciso?
El prisionero se había estado dando masaje en muñecas y
tobillos para restablecer la circulación.
—Creo que sí-dijo—. No sé quién...
Yuma le interrumpió.
—No es éste el momento más indicado para entrar en
explicaciones-atajó—. Escuche bien mis instrucciones. Voy a llevarle del brazo
a través de estos sótanos y escalera arriba. Le soltaré en cuanto estemos en la
taberna. Usted echará a andar entonces en línea recta hacia la puerta. Si
alguien intenta cerrarle el paso, échele a un lado de un empujón sin más
explicaciones y corra si es preciso. Una vez fuera, diríjase a la calle Conde
del Asalto y salga a las Ramblas. No se atreverán a perseguirle por las calles
frecuentadas. Vaya andando hasta el Mercado de San José. Delante de la primera
entrada, verá parado un coche negro cerrado, pequeño. Es un Fiat. Suba usted a
él. Métase dentro. A lo mejor estoy yo ya al volante cuando usted llegue. Si no
estoy, no tardaré en llegar. Hay un tubo acústico en el interior del coche: le
hablaré por él cuando estemos en marcha. ¿Ha comprendido bien?
—Si-contestó el profesor que estaba aún un poco aturdido
por la milagrosa manera en que le habían salvado de la tortura y la misteriosa
naturaleza de su salvador.
—Vamos, pues-dijo la voz.
Sintió que le asían del brazo y le empujaban hacia la
puerta. Echó una mirada a los cuatro criminales, pero todos ellos parecían
muertos, conque echó a andar.
Cruzaron el cuarto, el pasillo y la bodega y empezaron a
subir la escalera. Al llegar al último peldaño, Yuma obligó a su compañero a
detenerse.
—¿Está usted preparado? —preguntó.
—Cuando usted quiera.
Yuma empujó la puerta y ambos salieron a la taberna.
CAPÍTULO IX
UNA AYUDA OPORTUNA
EN cuanto se abrió la puerta y apareció el profesor Moreno
en el establecimiento, Santos, que había pagado ya la cuenta, se puso en pie y
echó a andar, lentamente, hacia la salida. El profesor hizo lo propio sin
vacilar. Se alarmó un poco al principio, creyendo que el otro iba a cortarle el
paso, pero, al convencerse de que no tenía tal intención, comprendió que su
mejor plan era seguirle tan de cerca como le fuera posible, puesto que el
cuerpo del otro contribuiría a ocultarle.
Yuma, iba cerca de ambos, aunque nadie le veía.
Habían cruzado la mitad de la taberna, cuando el tabernero
se fijó en el profesor. Durante un momento pareció no dar crédito a sus ojos,
luego hizo una seña a los que ocupaban una mesa cerca de la puerta de la calle.
Uno de ellos se levantó.
—¡Eh, amigo! —llamó, haciendo ademán de echar a andar
hacia el fugitivo.
Santos, rápido como un relámpago, se encaró con él,
echando chispas por los ojos.
—¿Me decía usted a mí? —preguntó, con truculencia.
—¡Quítese usted del paso! —contestó el otro, intentando
apartarle de un empujón.
—¡A mí no me empuja usted ni nadie! —exclamó Santos,
esquivando al otro y dándole él un violento empujón que le hizo retroceder.
El hombre soltó una maldición y echó mano al bolsillo.
Pero Santos no le dio tiempo a sacar un arma. Le propinó tan soberbio puñetazo
que fue a caer contra una mesa, derribándola y derramando el contenido de los
vasos sobre los ocupantes de la misma que se levantaron mascullando
maldiciones.
Entretanto, Yuma le había dado un empujón al profesor para
hacerle comprender que debía aprovechar la ocasión. Los compañeros del hombre a
quien había derribado el agente de Yuma, se levantaron a su vez e intentaron
cortarle el paso a Moreno que ya estaba cerca de la puerta.
Santos, dejando qué el otro se las arreglara con los
parroquianos a quienes había tirado la mesa, corrió a la puerta a su vez, se
interpuso entre el profesor y los que hacía él se dirigían, fingió tropezar con
el fugitivo.
—¡Quítese usted de delante! —exclamó, con fingida ira,
echándole a la calle de un empujón—. ¿Es que piensan meterse todos conmigo esta
noche?
—¡El que tiene que quitarse del paso es usted, amigo!
—dijo uno de los compañeros del caído, intentando apartar a Santos de la puerta
a viva fuerza.
—¿Usted también? —gritó éste, con rabia.
Asió bruscamente una silla y empezó a hacer molinetes con
ella alrededor de la cabeza.
—¡A ver quién es el guapo que se mete conmigo!
El primero de los hombres se detuvo, echando espumarajos
de rabia.
—¡Imbécil! —aulló—. ¡El que se está metiendo con todo el
mundo es usted! ¿Querrá hacerme el santísimo favor de largarse de aquí con
viento fresco?
—Yo me iré cuando me salga de las narices.
—Se las voy a romper ahora mismo como no se quite del
paso.
—¡Inténtelo si se atreve!
El hombre no se lo hizo repetir. Corrió hacia Santos y
recibió un silletazo que le hizo rodar de narices en el suelo. Pero los otros
aprovecharon el momento para atacar al agente de Yuma por el otro lado y éste
rodó por el suelo a su vez.
Uno de los hombres iba a echársele encima, cuando el que
parecía jefe exclamó:
—¡Déjale! ¿No ves que está borracho? ¡No pierdas el tiempo
en eso, que tenemos que alcanzar al otro!
Dejaron a Santos en el suelo y salieron a la calle. El
agente se levantó, se sacudió el polvo con exagerados gestos y, tras dirigir
una mirada de desafío a toda la clientela, salió a su vez del establecimiento,
satisfecho de haber podido cumplir las órdenes que Yuma le había dado, con
tanto éxito y tan poco peligro.
Cuando los hombres salieron a la calle, vieron que el
profesor se hallaba ya muy cerca de la calle Conde del Asalto; pero intentaron
alcanzarle. Por mucho qué corrieron, sin embargo, Moreno llegó antes de que
pudieran hacerlo y tuvieron que limitarse a seguirle sin perderle de vista,
porque abundaban los transeúntes y se veían varios policías por los
alrededores.
El profesor, siguiendo las instrucciones recibidas, caminó
rápidamente, hacia las Ramblas y subió por ellas hasta llegar frente a la
primera entrada del mercado. Dio la casualidad que, en aquel momento, no había
mas coche parado allí que un Fiat, conque cruzó a él, abrió la portezuela y
subió.
Yuma, habiendo llegado segundos antes que él y abierto la
portezuela con la llave que llevaba en el bolsillo para que pudiera subir su
protegido, se hallaba ya sentado al volante, aunque invisible.
En cuanto el profesor ocupó su asiento, Yuma se quitó la
capucha y se abrió la capa para que se viera que no estaba el coche abandonado.
No quería que le viera el profesor, pero no podía conducir el coche sin ser
visible, puesto que hubiesen creído que se le habían roto los frenos al
automóvil o algo así y era seguro que hubieran intentado pararlo.
No obstante, como seguía con la capa echada sobre los
hombros, el profesor no podía verle la espalda y le hacía el efecto de que solo
una cabeza flotaba en el aire, sobre el volante.
Los perseguidores del fugitivo se hallaban aún a cosa de
veinte metros de distancia cuando arrancó el automóvil y, por consiguiente, no
pudieron detenerle. Mientras corría el coche en dirección a la Puerta de la
Paz, Yuma le habló a su pasajero por el tubo acústico.
—Le llevo a usted a Jefatura-dijo—. Su hija Margarita ha
dado cuenta de su desaparición esta tarde y tendrá usted que presentarse para
dar a la policía, la explicación que crea más conveniente. Desde allí, será
preciso que tome un taxi o se las arregle como quiera para volver a su casa.
—No sé cómo agradecerle lo que ha hecho por mí esta
noche-dijo el profesor—. Había oído ya su nombre en otras ocasiones, pero nunca
pude creer que existiera un ser llamado Yuma, que poseyera tan maravillosas
facultades y se dedicara a hacer la guerra al crimen. ¿Estaban muertos esos
hombres que hemos dejado en la bodega?
—No, si ha oído hablar usted de mí, debe saber que no
tengo por costumbre matar a nadie. Quité el conocimiento a dos de ellos
inyectándoles un producto cuyos efectos durarán un par de horas
aproximadamente. Los otros dos fueron alcanzados por balas que no profundizan,
pero que contienen, el mismo producto que las inyecciones. Dentro de dos horas,
todos ellos se hallarán tan sanos como si nada les hubiera sucedido. Perdóneme
que no haga más extensa ésta conversación, profesor, pero creo más prudente
concentrarme en el camino que seguimos, no sea que, después de haberse salvado
de manos de esos malhechores, vaya usted a morir en un accidente de
automovilismo.
Torcieron por el Paseo, de Colón en silencio, subieron por
la Vía Layetana y se detuvieron ante Jefatura.
—Buenas noches, profesor y buena suerte-dijo Yuma.
—Gracias. Le repito mi agradecimiento.
Aguardó a que su pasajero hubiera entrado en la Dirección
General de Seguridad. Luego puso el coche en marcha otra vez, se metió por la
primera calle oscura que encontró, volvióse la capa del revés y, convertido de
nuevo en el anciano de pelo blanco y pómulos salientes, emprendió el regreso a
su casita de las faldas del Tibidabo.
Mientras tanto, el profesor Moreno se presentó en el
cuerpo de guardia, se dio a conocer, dijo que un asunto inesperado le había
obligado a ausentarse de la población momentáneamente sin darle tiempo a avisar
a su hija y que, habiéndose enterado de que ésta había denunciado su
desaparición, se presentaba para que supieran que se hallaba de vuelta.
Después salió a la calle y, no viendo taxi alguno por
allí, decidió meterse por las calles de detrás de Jefatura y dirigirse a la
Puerta del Ángel a ver si allí o en la Plaza de Cataluña encontraba un vehículo
que le llevara a su casa. Era ya medianoche y no le parecía oportuno despertar
a Vargas para hablarle.
Absorto en sus pensamientos caminaba por una de las calles
cuando, al pasar junto a un automóvil que estaba parado junto al bordillo con
las luces apagadas, se le plantó un hombre delante. En cuanto se dio cuenta de
que llevaba antifaz, comprendió que había caído en un lazo e intentó volver
atrás pero otro hombre saltó del interior del coche y le cerró el paso.
—¡Esta vez no te escapas! —dijo.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué desean? —preguntó el profesor
para ganar tiempo.
—De sobra sabes quiénes somos. ¡Sube al coche!
—¿Para qué?
Uno de los hombres sacó una pistola.
—¿Subes o prefieres quedarte tendido en el suelo?
—preguntó, con gesto amenazador.
El profesor vaciló un instante. De pronto oyó el ruido de
un motor que se acercaba.
—¡No os atreveréis, a disparar aquí! —contestó, haciendo
un esfuerzo desesperado para dar tiempo a que el automóvil que oía llegara—.
Estamos demasiado cerca de Jefatura.
—Para cuando lleguen aquí al oír el tiro-contestó uno de
ellos—, nosotros estaremos lejos.
—¡Viene un automóvil! —gritó el otro, dándose cuenta
entonces de lo que el profesor había notado momentos antes—. ¡No nos andemos en
contemplaciones!
Corrió hacia el profesor con la pistola alzada, dispuesto
a darle un golpe con ella en la cabeza. Comprendiendo su intención, éste le
salió al encuentro y le sujetó el brazo, forcejeando con él. El otro hombre
acudió en auxilio de su compañero, mascullando maldiciones.
Entre los dos intentaron empujar hacia el coche al
profesor que, a pesar de sus años, luchaba como un tigre. Antes de que pudieran
llevar a cabo su propósito, las luces de un automóvil que desembocó en la calle
iluminaron brillantemente la escena.
Chirriaron los frenos, detúvose el coche y un hombre saltó
a tierra, corriendo en auxilio del profesor. Al ver que llegaban refuerzos, los
dos enmascarados renunciaron a la lucha, subieron a su automóvil y lo pusieron
en marcha en el preciso momento en que el desconocido se inclinaba sobre el
profesor, que había sido tirado a tierra con violencia por sus asaltadores al
emprender éstos la huida.
—¡Profesor Moreno! —exclamó el hombre, con evidente
sorpresa, ayudándole a levantarse del suelo—. ¿Usted por aquí a estas horas?
¿Qué le ha sucedido?
El profesor le miró, no menos sorprendido.
—¡El doctor Pacheco! —exclamó—. ¡El cielo le envía! Su
intervención no puede haber sido más oportuna. ¡Estoy convencido de que me ha
salvado usted la vida!
CAPÍTULO X
LA HISTORIA DEL PROFESOR MORENO
A pesar de lo avanzado de la hora, Trévelez no se había
retirado á dormir aún. Estaba sentado en su despacho secreto con el auricular
en la mano, hablando con Garvez.
—T está disponible. ¿Ha relevado a X. y a U.?
—Sí.
—¿Hay novedad en alguna de las dos casas?
—Ninguna por ahora.
—Bien. ¿Qué progresos ha hecho Y?
—Ninguno. No ha podido averiguar más de lo que ya le he
dicho.
—Bueno. Retírale de ese trabajo. Quedará disponible de
momento.
—Conforme.
—He recibido su informe acerca de los inquilinos de la
calle de Pelayo. No creo que ninguno de ellos nos interese. Por consiguiente,
puede retirar todos los agentes que se encargaban de ésas investigaciones.
—Así lo haré.
—Órdenes. De aquí en adelante, los que vigilen las dos
casas deben estar dispuestos a intervenir si se intentara secuestrar a alguno
de los personajes. No creo que eso suceda, pero hay que estar prevenido por si
acaso.
—Serán cursadas sus órdenes. ¿Nada más?... Un momento.
Llega un informe.
Hubo unos instantes de silencio. Luego:
—Informé de Z-dijo Garvez.
—Hable.
—Acaba de detenerse un automóvil ante la casa de la Calle
del Carril. Se han apeado de él dos hombres. Uno de ellos es el profesor
Moreno. Z le conoce de vista. El otro es un desconocido para él Ambos han
entrado en la casa. Unos momentos mas tarde, ha salido un criado, ha abierto la
verja y metido el automóvil en el garaje, por lo que deduce que el desconocido
va a pasar la noche en casa del profesor.
—Bien. Que continúe vigilando. Buenas noches.
Colgó el auricular y aguardó la llamada que presentía.
Transcurrió cerca de un cuarto de hora antes de que el
timbre del segundo teléfono empezara a sonar. Este era una extensión del que
tenía instalado en el otro despacho.
—¿El señor Trévelez? —inquirió una voz femenina.
—Yo soy.
—Habla Margarita Moreno. Tengo una noticia sensacional,
señor Trévelez. ¡Mi padre ha vuelto!
—La felicito, señorita. Veo que he resultado algo profeta.
¿A qué ha obedecido su ausencia? ¿Tuvo que salir de Barcelona inesperadamente?
—No, señor... ¡ha estado prisionero!
—¡Cómo!
—Mañana se lo contará él mismo todo, señor Trévelez. Está
bastante cansado y va a acostarse en seguida. Ha vuelto con un amigo suyo que
parece haberle salvado la vida. Le esperamos aquí a usted mañana por la mañana
a las nueve si le es posible venir.
—Iré con mucho gusto. ¿Le ha comunicado ya usted la grata
nueva a Vargas?
—Sí, señor. También vendrá él mañana a la misma hora.
—Bien. Buenas noches pues, y repito mi felicitación.
—Gracias, señor Trévelez. Buenas noches y hasta mañana.
El director del Instituto colgó el auricular, entró en el
cuarto ropero, bajó al laboratorio y estuvo trabajando dos horas antes de
retirarse a descansar.
*****
—Le estoy agradecido, señor Trévelez-dijo el profesor
Moreno—. Mi hija me ha contado todo lo que usted ha hecho por ella y celebro
conocerle, por añadidura. El Instituto que usted dirige está haciendo una labor
muy buena.
—Yo ya le conocía, profesor, a través de sus
escritos-contestó Trévelez—, y me encanta esta ocasión de hacerlo
personalmente. En cuanto a lo hecho por mí, la verdad es que no he hecho nada.
Casi me he limitado a dar consejos y a exponer teorías.
—Teorías bastante acertadas por cierto. He hablado ya con
Vargas, que ha podido darme más detalles que mi hija. Bien, ante todo, voy a
presentarle al doctor Pacheco que me honra con su amistad desde hace muchísimos
años. Nos conocimos en China donde él ejercía su profesión en constante pugna
con los médicos del país, que no veían con buenos ojos su empeño en introducir
en Asia la farmacopea occidental.
Estrechó Trévelez la mano que el doctor le tendía. Tendría
el hombre poco más o menos la misma edad que el profesor, pero llevaba el
rostro completamente afeitado. Su semblante reflejaba un humor excelente y la
risa parecía estar bailando siempre en sus pupilas. A pesar de los años, no
tenía una sola cana y el negro cabello le daba un aspecto juvenil que la
elasticidad de su paso y la ligereza de sus movimientos acentuaban.
—Tanto gusto en conocerle, señor Trévelez.
—Lo mismo le digo, doctor.
Tomó asiento en el sillón que le ofrecieron.
Se hallaba en la sala de la calle del Carril, a la que
había acudido a las nueve en punto. Vargas, que llevaba ya media hora allí,
ocupaba un asiento en el diván, junto a Margarita. El doctor se dejó caer en
otro sillón y el profesor ofreció unos magníficos cigarros puros a todos antes
de sentarse.
—En primer lugar-dijo Moreno, encendiendo el puro y
exhalando una nube de humo—, voy a contarle a usted a grandes rasgos lo que me
ha sucedido desde el momento en que salí de casa para visitar a Vargas. Luego
hablaré del asunto más detalladamente.
»Salí de casa, como he dicho, con el propósito de visitar
a Vargas, porque tenía algo importante que decirle. Fui a pie, pensando tomar
el tren en el Apeadero de Muntaner hasta la Plaza de Cataluña, pero, antes de
haber dado muchos pasos, alguien se me acercó por la espalda y me tapó la boca
para que no pudiera gritar, mientras otro hombre me amenazaba con una pistola.
Yo forcejeé a pesar de todo al ver que me empujaban hacia un automóvil que
estaba parado allí cerca. Entonces me descargaron un culatazo sobre la cabeza
que, aunque no me hizo perder el conocimiento del todo, me aturdió lo bastante
para que fuese incapaz de ofrecer resistencia.
»Cuando me metieron en el coche, que arrancó en seguida,
vi que no era yo el único prisionero. El que me había traído la carta y de cuyo
triste fin ya me ha hablado Vargas, estaba atado de pies y manos, amordazado y
tirado en el suelo.
»Nos condujeron a los dos al Arco del Teatro siguiendo las
calles más oscuras y, una vez allí, nos llevaron a una taberna donde la poca
clientela que había no pareció extrañarse de que metieran a dos hombres atados.
»Fuimos recluidos en los sótanos, se nos quitó todo lo que
llevábamos encima y luego se nos sometió a interrogatorio. Tanto mi compañero
de prisión como yo, nos negamos a decir una palabra. A mí me metieron en un
cuarto pequeño y me encerraron con llave sin haberme desatado. Mi compañero
quedó fuera y no le he vuelto a ver más desde entonces. Supongo que le
interrogarían de nuevo, se darían cuenta de que nada sacarían de él y le
matarían, dejando luego abandonado su cadáver donde fue hallado por la policía.
»Por mi parte, se me amenazó varias veces para que
hablara, aunque sin resultado. Esta noche, los que me custodiaban decidieron
hacer un último esfuerzo. Me sacaron del cuartito, calentaron la hoja de una
navaja y me dijeron que, si no hablaba, me quemarían los pies y, si aun así nos
hablaba, me quemarían los ojos.
Margarita, que estaba pendiente de las palabras de su
padre, se estremeció de horror. Julio la oprimió la mano cariñosamente.
—No sé cómo hubiera acabado la cosa-prosiguió el
profesor—, si por entonces no hubiese sucedido algo tan extraordinario, que aun
ahora me parece haberlo soñado. El hombre que se inclinaba hacia mí con la hoja
candente para atormentarme, cayó inesperadamente de bruces.
»Sus dos compañeros corrieron a socorrerle, descubriendo
que había perdido, misteriosamente, el conocimiento. Durante los instantes en
que los hombres no se fijaban en mí, vi una navaja que se alzaba sola en el
aire y cortaba las cuerdas que me sujetaban las manos. A continuación, sentí
como si una mano me introdujese la navaja entre los dedos y me obligara a
tomarla. Sin embargo, no se veía mano ni persona alguna cerca de mí.
»Aun cuando no cabía en mí de asombro, comprendí que no
era momento para intentar investigar el misterio, tomé la navaja y empecé a
cortar la cuerda que me sujetaba los tobillos. En aquel momento, los hombres se
volvieron y se dieron cuenta de que estaba libre. Iban a abalanzarse sobre mí y
sujetarme de nuevo, cuando apareció una pistola flotando en el aire. Luego una
cabeza terrible. Y una voz ordenó a los hombres que se detuvieran.
»Ambos parecieron reconocer a la aparición, porque
exclamaron: “¡Yuma!” con horror, la pistola disparó dos veces entonces y los
dos hombres cayeron al suelo.
Contó, a continuación, lo sucedido, que ya conocen
nuestros lectores y acabó relatando su aventura a la salida de la Dirección.
General de Seguridad.
—La oportuna llegada del doctor Pacheco me salvó la
vida-dijo—. En cuanto nos reconocimos, me invitó a subir a su coche y él mismo
me acompañó hasta casa, donde ha pasado la noche.
—¿Vio usted, en algún momento, la cara de sus guardianes?
—inquirió Trévelez, cuando el profesor hubo terminado.
—No, señor. Siempre que vi a los que me custodiaban tenían
antifaz puesto y hasta los que me atacaron en la calle iban enmascarados.
Solamente oí sus nombres.
—Es de suponer-intervino Pacheco—, que si tantas
precauciones tomaron para no ser reconocidos, pensarían también en usar nombres
supuestos.
—En efecto-asintió Trévelez—, y eso me convence de que no
tiene usted nada que temer de ellos de momento.
—¿Por qué?
—Estaban prevenidos contra la posibilidad de que pudiera
usted reconocerlos si por casualidad lograba escaparse, conque su huida no
representa peligro alguno para ellos. Aun más, puesto que usted se empeñaba en
no hablar, tal vez le consideren más útil en libertad.
—Entonces, ¿por qué me persiguieron?
—Porque querían impedirle que llegase a dar cuenta a la
policía de lo que le había ocurrido. A ellos no podría reconocerles, pero la
denuncia les echaba a perder una buena guarida, cosa que querrían impedir a
toda costa. Estoy seguro de que, a estas horas, no queda ni rastro de su
estancia en la taberna y el tabernero estará ya preparado para el registro que
creerá va a hacerle la policía.
—Sin embargo, intentaron secuestrarme otra vez después de
salir de Jefatura-objetó el profesor.
—De lo que usted nos ha contado deduzco que esos hombres
no obraban por su cuenta, sino que obedecían las órdenes de un jefe. Aunque
había estada ya usted en Jefatura, creyeron oportuno volverle a secuestrar
hasta que su jefe les dijera que podían soltarle.
—Es que a la policía le di una excusa cualquiera para no
tener que andar con declaraciones que, a fin de cuentas, comprendí que de nada
servirían, puesto que mis secuestradores no se quedarían en la taberna.
—Pero, los hombres no sabían eso. No. Yo creo que cuando
el jefe de esa cuadrilla se haya enterado de lo ocurrido, habrá dado las
órdenes oportunas para que no se le moleste a usted por ahora.
—Mi hija me ha contado las teorías que usted expuso y los
razonamientos que adujo y le felicito, señor Trévelez. Se ha aproximado usted
tanto a la verdad, que me maravillo. La devolución de la espada, por otra
parte, parece confirmar, en efecto, que a la cuadrilla le interesa, por ahora,
que no nos suceda nada a ninguno. Pero ¿quién sería ese misterioso Yuma que me
ha salvado?
—¡Ah! —murmuró Trévelez—. He ahí una pregunta que se está
haciendo medio mundo sin lograr hallar una contestación satisfactoria. Lo único
que parece saberse, es que posee el don de hacerse invisible a voluntad, cosa
que parece poco menos que imposible. Se asegura, por añadidura, que hace la
guerra a los criminales y que, en lugar de matarles, les hace perder la
memoria, los conduce Dios sabe dónde, y procura educarlos de nuevo, hacerlos
hombres de provecho. Pero nadie puede decir con seguridad, que eso es cierto.
—¡Curioso personaje! Había oído hablar de él, pero jamás
creí en su existencia hasta anoche. Sea quien fuere, lo cierto es que he
contraído con él una deuda de agradecimiento.
Reinó, el silencio durante unos minutos. Moreno tocó el
timbre y se presentó el criado, a quien encargó que trajera licores y copas.
Cuando el servicio estuvo en la mesa y se hubo retirado de nuevo el hombre,
tomó la palabra:
—Supongo-dijo—, que estarán ustedes esperando que les
cuente la historia de la espada.
—No me he atrevido a insinuarlo siquiera-dijo Trévelez—,
porque sólo usted puede juzgar si es oportuno y conveniente dárnosla a conocer,
pero, desde luego, me gustaría escucharla.
—No creo que exista el menor inconveniente en contarla en
presencia suya y del doctor Pacheco, puesto que ambos son de absoluta
confianza, pero, en realidad, quien ha de decidirlo en último término es
Vargas, puesto que es á él a quien alcanza más de cerca.
Miró a Julio al decir esto.
—Por mi parte puede hablar-dijo éste—. El señor Trévelez
goza de todo mi confianza y, por lo que veo, el doctor Pacheco es amigo antiguo
de usted.
—En tal caso, diré lo que sé acerca del caso, aunque, en
realidad, es mucho menos de lo que ustedes se creen. Hace muchos años, el
profesor Vargas y yo hicimos un viaje juntos por el Japón, para hacer unos
estudios. Uno de los últimos puntos que tocamos fue Osiima, una de las Gato o
Cinco Islas; Durante nuestra estancia en Ponuya, capital de Osima, el profesor
Vargas salvó la vida a un rico japonés y éste, en agradecimiento, le regaló una
espada diciéndole: «No te separes nunca de ella. Es la espada de un samurai que
murió defendiendo una causa justa. Día llegará en que ella labre tu fortuna».
No le dijo más. Vargas la guardó como recuerdo. Me la enseñó a mí a raíz del
suceso y, al darme cuenta yo por el nombre del espadero que era una espada de
enorme valor por su antigüedad, quise saber cómo había llegado a sus manos. Él
me lo contó y más de una vez nos distrajimos intentando adivinar lo que el
japonés había querido decir con sus enigmáticas palabras. Tampoco lográbamos
comprender qué querría decir la inscripción de la hoja y, después de devanarnos
mucho los sesos, acabamos por cansarnos y dejarlo. Terminados nuestros estudios
en Osima, pasamos a Corea y, andando el tiempo, llegamos a Pekín, donde
permanecimos una larga temporada.
»Después regresamos a España, Vargas colocó la espada en
una panoplia entre otras armas orientales y ni él ni yo volvimos a acordarnos
de ella para nada.
»Esa es todo cuanto el profesor Vargas supo jamás de la
espada del samurai.
—Pero usted...—empezó a decir el doctor Pacheco.
—Yo no he sabido más que eso hasta la noche de mi
secuestro-le interrumpió Moreno—. Aquella noche, como ustedes saben, se
presentó un hombre en mi casa con una carta y no quiso entregársela a nadie más
que a mí. Al mirarla, noté que llevaba sellos chinos y que había pasado por el
correo. Observé, al propio tiempo, que la dirección que figuraba en el sobre
era la del hotel de Pekín en que nos habíamos hospedado el profesor Vargas y
yo. Es más, la carta iba dirigida a Vargas y no a mí. Sin embargo, alguien había
tachado el nombre y puesto el mío, agregando mis señas de Barcelona.
»Me figuré lo ocurrido. Alguien había escrito al profesor
empleando las últimas señas que de él conocía. El dueño del hotel, al que en
cierta ocasión hice un favor, no quiso que se perdiera la carta. No conocía las
señas del señor Vargas, pero sí las mías, porque estuve posteriormente en Pekín
y se las di para que pudiera enviarme una cosa que me interesaba. Como nos
había visto juntos, supuso que si me mandaba a mí la carta, yo se la entregaría
a Vargas. Conque puso mi nombre y mis señas. Debió creerlo algo muy importante,
porque procuró encontrar quién me la trajese a mano en lugar de remitirla por
correo.
»Sea como fuere, dudé un momento antes de abrir el sobre.
Pensé que tal vez debiera entregarle la carta a Julio, puesto que estaba
convencido de que era para su padre. Sin embargo, el hecho de que se hubiese
puesto mi nombre y de que conociera yo los asuntos del profesor Vargas en China
mejor que su hijo, me indujeron a abrirla, cosa que espero que Julio sabrá
perdonarme y de la que yo, por mi parte, no me arrepiento en vista de las
circunstancias.
—Hizo usted muy bien en abrirla, profesor. Yo no la
hubiera entendido siquiera.
—Dentro del sobre encontré una carta y una hoja con
caracteres japoneses. La carta que, como yo me había supuesto iba dirigida a
Vargas, decía, aproximadamente, lo que sigue:
»El japonés que regalara a Vargas la espada, había muerto.
Entre sus papeles se había encontrado una nota en la que ordenaba a sus
herederos que enviasen al profesor Vargas la hoja con la inscripción japonesa
que le remitían. Según dichos papeles, el profesor vivía temporalmente en un
pueblo de Corea y allí mandaban la hoja en la esperanza de que le alcanzaría.
—Es evidente que, al llegar la carta al pueblo de Corea,
alguien tacharía las señas y pondría las del lugar siguiente a que nos habíamos
dirigido. En éste harían lo propio y la carta iría viajando hasta llegar a
Pekín. Por el camino, ya sea por curiosidad, ya porque estuviera lleno de
tachaduras, alguien cambió el sobre, poniendo uno nuevo.
—¿No pudo usted leer el nombre del lugar en el matasellos?
—No tuve tiempo de hacerlo. La idea se me ocurrió al salir
de casa, pero pensé mirarlo en casa de Vargas. Ahora ya es demasiado tarde para
averiguarlo.
—Es una lástima. Si supiéramos dónde se cambió el sobre,
quizá adivináramos quién es el jefe de la cuadrilla que le ha secuestrado. ¿Qué
decía la hoja escrita en caracteres japoneses?
—Dos frases: «La espada es la clave. Hay que entregarla al
sacerdote».
—¿Nada más?
—Eso y una fecha.
—¿La recuerda?
—Si no me equivoco, era el nengo o nombre del año Kenkiu
equivalente a nuestro año 1190 sobre poco más o menos. En cuanto leí la hoja,
comprendí que debía ponerme en contacto con Julio inmediatamente. Quería
pedirle que, guardara la espada con mayor cuidado que nunca y, al propio
tiempo, deseaba echar una nueva mirada a la inscripción cuya fecha no recordaba
con exactitud.
»Como ya saben, no tuve ocasión de verla por entonces. Al
día siguiente de mi secuestro, sin embargo, vi con sorpresa que unos de mis
guardianes se presentaba con la espada, cuya inscripción me pidió que le
leyera. Me advirtió que era inútil que intentara engañarles, pues tenían medios
de comprobar lo que yo dijera.
»En cuanto vi la fecha, caí en la cuenta del significado
de la frase, igual que le sucedió a usted, señor Trévelez, en cuanto mi hija le
comunicó las palabras que había yo pronunciado antes de salir de casa. Ni qué
decir tiene que me abstuve de participar mi descubrimiento a los que me habían
secuestrado. Pero no tuve inconveniente en traducirles la frase, puesto que
estaba convencido de que nada sacarían en limpio de ello a menos que conocieran
muy bien la historia del Japón. El hecho de que me hubieran secuestrado,
presuponía que, si bien su jefe pudiera entender el japonés, no conocía
bastante historia para interpretar su significado oculto. Lo demás ya lo saben
ustedes. Sólo he de agregar una cosa: que no vi nunca al jefe de la cuadrilla,
ni enmascarado ni sin enmascarar.
—Así-inquirió el director del Instituto—, ¿es usted del
mismo parecer que a en lo que se refiere al significado de la inscripción?
—Exactamente del mismo-asintió el profesor—. Me intriga
una cosa, sin embargo: ¿qué querrá decir esa fecha que aparecía en la hoja que
contenía la carta?
—Pero, ¿no la ha comprendido usted ya? —preguntó Trévelez
extrañado.
—Confieso que no.
—Y, sin embargo-dijo el director del Instituto
lentamente—, la verdadera clave del misterio es ésa.
CAPÍTULO XI
PREPARATIVOS DE VIAJE
TODOS miraron a Trévelez con asombro. El doctor Pacheco
fue el primero en romper el silencio.
—Pero, ¿no estábamos todos de acuerdo en que la espada era
la clave? —preguntó.
—En efecto-asintió el otro;— la espada es la clave, pero
no la clave completa. El profesor se ha mostrado de acuerdo con mi
interpretación del verso que figura grabado en la espada, lo que equivale a
reconocer que la espada no señala con exactitud el lugar en que ha de ser
presentada. Yo me he permitido hacer unas cuantas deducciones en ese sentido,
sentando unas premisas que andaban muy lejos de quedar probadas. La nueva
fecha, sin embargo, disipa toda duda. Ya sabemos a ciencia cierta dónde hemos
de dirigirnos.
El profesor le miró con vivo interés.
—¿Qué consecuencia saca usted de esa fecha? —preguntó.
—La que usted sacaría si se parara a pensar un poquito.
Creo suficientemente demostrado que, en caso particular, las fechas se han
empleado con el exclusivo objeto de señalar acontecimientos conocidos por la
historia, acontecimiento que, a su vez, sirven para fijar épocas y lugares.
—Es cierto.
—En el caso de la espada, la fecha nos ha hecho comprender
que donde hay que dirigirse con ella es a Yoshino. ¿Estamos de acuerdo?
—Completamente.
—Pero, según nuestras deducciones, hay dos templos
distintos a los que puede referirse el escrito al decir que hay que entregar la
espada al sacerdote, aunque ello no excluye la posibilidad de que nos
equivoquemos y que no se trata de ninguno de esos dos, sino de cualquier otro
de los muchos que se alzan en la montaña.
—Sigo estando de acuerdo con usted.
—Pues bien, apliquemos el procedimiento de la espada para
descifrar el significado del escrito. ¿Qué suceso conmemora el año 1190?
—Y ¿cuál conmemora en su opinión?
—No puede tratarse de cosa alguna de Go-Daigo, porque éste
vivió en época más moderna. Tampoco conozco cosa alguna histórica que relacione
la fecha en cuestión con el templo en que está enterrado Go-Daigo.
—Entonces, ¿usted opina que hay que eliminar el templo de
Nyoirin-ji?
—Si, señor. Ahora, estudiemos las posibilidades en el caso
de Yoshimizu Jinja. En él vivió Go-Daigo en el siglo catorce. Por ese lado no
nos interesa. Es una fecha demasiado moderna. Pero hete aquí que en el siglo
doce... en el siglo doce, profesor, Yoshitsune y Benkei pasaron en él tres
años.
—¡Qué torpe soy! —exclamó el profesor—. Tiene usted razón,
señor Trévelez, ¡muchísima razón! Takanori no puede haber previsto lo que
sucedería a la muerte de su mikado. Como es natural, escogería un
acontecimiento ligado con personajes famosos cuyo recuerdo era difícil que se
perdiera.
—No tenemos ninguna prueba de que fuera en el año 1190
precisamente cuando Yoshitsune y Benkei estuvieran en el templo, pero sabemos
con seguridad que fue en el siglo doce, lo que ya resulta suficiente. No me
cabe la menor duda de que Yoshimizu Jinja es el templo en que ha de ser
presentada la espada.
—Ni a mi tampoco, después de haberle escuchado-contestó el
profesor.
—Por mi parte-dijo Pacheco—, le felicito, señor Trévelez,
por sus profundos conocimientos de la historia del Japón y por la aplastante
lógica de sus razonamientos.
—Y, ahora que conoce usted el secreto de la espada,
profesor, ¿qué piensa hacer? —inquirió Trévelez.
—No soy yo quien ha de decidir eso-respondió el
interpelado—. Julio es el dueño de la espada y es él quien debe tomar una
determinación.
Miró a Vargas al decir esto y el joven contestó:
—Yo entiendo muy poco de estas cosas, pero, por lo que
ustedes dicen, se me antoja que lo mejor sería hacer un viaje al Japón y
entregar la espada...
—Eso opino yo también-asintió Moreno.
—Lo malo del caso-prosiguió Julio—, es que yo ni conozco
ese país, ni hablo el idioma, lo que me dejaría a merced de cualquier
aventurero. Si yo me atreviese...
—¿A qué?
—Quisiera pedirle que me acompañara, profesor. Usted
conoce divinamente todo eso. Ya sé que es mucho pedirle. No dejo de comprender
que habremos de vencer muchos peligros...
—¡Bah! Eso no me asunta. He corrido ya muchos en mi
vida-aseguró el profesor—. Por mi parte no habría el menor inconveniente, pero
no quiero dejar sola a Margarita. Si encontráramos una familia amiga a cuyos
cuidados encomendarla...
—¿Á mí? —exclamó Margarita, con indignación—. Pero, ¿os
habéis creído que voy a dejaros marchar solos? No os hagáis ilusiones. Ni tú ni
Julio os marcharéis sin mí.
—No puede ser, Margarita-intervino Julio—. Es una misión
peligrosa y no podemos consentir...
—¡Hombre! ¡Me gusta eso! ¿Tú quién eres para consentir a
dejar de consentir que haga un viaje adónde se me antoje?
Julio se puso colorado y Trévelez, que observaba a los dos
jóvenes, sonrió.
—Mira, Margarita...—empezó a decir el profesor.
—Es inútil, papá. Si no voy yo, no os dejo moveros de aquí
a ninguno de los dos.
Moreno miró a Vargas con un gesto de impotencia.
—Yo no sé a quién ha salido esta muchacha-dijo—. No
recuerdo haber sido tan testarudo en mi vida.
El doctor Pacheco se echó a reír.
—Me parece que no va usted a tener más remedio que
llevársela-dijo.
—De eso ya hablaremos.
—Papá... ¿no comprendes que no puedes irte solo? ¿Qué
quieres que haga yo aquí sola? Me consumiría pensando que podría haberte pasado
algo lejos de mí. No podemos separarnos. Prefiero estar a tu lado. Si sucediera
algo...
—Nada sucederá, hija mía. Pero ya que tanto empeño tienes,
nos acompañarás al Japón.
—¡Papá! —exclamó la muchacha, corriendo a él y dándole un
abrazo—. ¡Qué bueno eres!
—Tanto-contestó el profesor con una sonrisa—, que una vez
allí te dejaré en una ciudad mientras nosotros vamos a Yoshino. Una mujer no
puede soportar ciertas penalidades.
—Mira, eso ya lo discutiremos en el Japón, ¿no te parece?
A lo mejor cambias de opinión por el camino. Es tan largo el viaje-murmuró
Margarita.
—Bien, dejémoslo para entonces-asintió el profesor.
Luego, volviéndose hacia Pacheco, le preguntó:
—¿Y usted, doctor? ¿No se anima a acompañarnos?
—Le aseguro que no me disgustaría-contestó éste—. Hace
mucho tiempo que no he estado por Oriente y me agradaría hacer una nueva
visita. Dudo que mis ocupaciones me lo permitan, sin embargo. Estoy agobiado de
trabajo. Lo estudiaré no obstante, y si veo manera de poder hacerlo... ¿Cuándo
piensan ustedes marcharse?
—Aun hemos de discutir eso. Pero siempre transcurrirán
unos días antes de que sea posible. Piénselo, doctor. No sólo me encantaría su
compañía como amigo, sino que, tal vez, necesitemos sus servicios
profesionales.
—¡Dios no lo quiera! —contestó el otro—. Ya le contestaré,
sin embargo.
—¿Y usted, señor Trévelez? —preguntó Moreno.
Trévelez movió, negativamente, la cabeza.
—En mi caso sí que no hay solución posible. Estoy
demasiado atado para poder hacer viajes tan largos. Espero, sin embargo, que a
su vuelta me telefoneen para que venga a verles y me cuenten qué tal les ha
ido. Tengo curiosidad por saber en qué queda todo este asunto.
—Eso, desde luego, puede usted contar con ello. Es lástima
que, habiendo seguido el asunto tan de cerca, no acabe viéndolo resuelto
personalmente. Pero, claro está, si sus ocupaciones no se lo permiten...
—En absoluto-contestó Trévelez, con una sonrisa.
—Ahora nos falta decidir el itinerario-dijo Julio.
—Si no me equivoco-anunció el director del Instituto—,
salen barcos de Marsella con frecuencia. Me parece que encontrarán ustedes que
las Messageries Maritimes, tendrán algún buque que toque en Osaka. Este ese el
puerto que más conveniente les será para dirigirse a Yoshino.
—Es cierto-asintió el profesor—. Procuraré enterarme de la
fecha en que sale el primer vapor. Luego saldremos de compras. Necesitamos un
equipo especial para el viaje, aunque parte de él lo adquiriremos en el propio
Japón.
Trévelez se puso en pie.
—Les dejo a ustedes que discutan los pormenores del
asunto-dijo—, yo me despido ahora por si no tuviera ocasión de verles antes de
que se marchen. ¡Mucha suerte!
Estrechó la mano a todos y tras un intercambio de frases
cordiales, salió de la casa.
***
Media hora más tarde se hallaba en su despacho secreto
hablando con Garvez.
—El único informe que tengo es el de T-anunció éste.
—T no estaba de servicio ya.
—No, pero acertó a ver al hombre de la cicatriz por la
calle y supuso que le interesaría a usted que le siguiera para averiguar su
nueva guarida.
—Hizo bien. ¿Ha descubierto algo?
—Aun no tengo más informe que ése. Vio al hombre y le
siguió. Espero noticias de un momento a otro.
—,Bien. Ahora, escúcheme con atención, que tengo que darle
muchas instrucciones nuevas.
—Escucho.
Trévelez estuvo hablando más de una hora. Luego colgó el
aparato, entró en el cuarto ropero y bajo al laboratorio.
CAPÍTULO XII
EL ASALTO AL BARCO
PASAREMOS por alto los preparativos hechos por el profesor
Moreno y sus acompañantes, la salida de Marsella y los largos días de viaje que
transcurrieron sin novedad.
El profesor y Pacheco se pasaban las horas discutiendo
detalles y planes y haciendo conjeturas acerca del resultado de su aventura,
mientras que Margarita y Julio, encontrando algo nuevo que admirar en cada
puerto, no perdonaban ocasión de pisar tierra.
Al propio tiempo, la amistad de los dos jóvenes se iba
convirtiendo en algo más profundo sin que ellos mismos se hieran cuenta, aun
cuando el profesor Moreno se dio cuenta de ello muy pronto, absteniéndose de
decir una palabra, porque nada le hubiera encantado tanto como ver unidos a
Margarita y Julio y no quería correr el riesgo de estropear el idilio
inmiscuyéndose en él antes de tiempo.
Al tocar el barco en Singapur, subieron a bordo numerosos
viajeros-la mayoría de ellos chinos. Margarita observó que los culíes eran
registrados todos antes de embarcar, pero que no se molestaba a los chinos bien
vestidos ni a los europeos.
—¿Por qué hacen eso, papá? —preguntó.
—Para asegurarse de que ninguno de ellos lleve
armas-explicó el padre—. Nos encontramos ahora en un mar en el que aun abundan
los piratas y su forma favorita de obrar es mezclarse entre los pasajeros y
asaltar el barco en cuanto se les presenta una ocasión propicia. Pero no se
adelanta gran cosa con el registro, porque a veces los dirigentes son los
chinos bien vestidos a los que nadie se atreve a registrar. Siempre es una
precaución, sin embargo.
—Yo creí que en el sigo veinte ya no existían piratas-dijo
Julio.
—En China no ha habido manera de exterminarlos. O, mejor
dicho, no creo que se haya intentado hacerlo en serio. Sea como fuere, el caso
es que medran., ¡Dios quiera que no tengamos ocasión de comprobarlo en nuestro
viaje!
Entre los pasajeros embarcados en aquel puerto, había un
entomólogo cuya única preocupación en la vida parecía ser clasificar insectos y
descubrir especies nuevas.
Eran tan pocos los europeos que quedaban ya a bordo del
buque, que todos ellos se conocían y se frecuentaban para hacer menos monótono
el viaje y, como es lógico, el entomólogo no tardó en hacer amistad con Moreno
y sus compañeros, amistad que creció de punto al enterarse de que ambos eran
hombres de ciencia.
Se dirigía al Japón, según explicó, en busca de nuevos
ejemplares para su colección y para hacer un estudio completo de los insectos
de aquellas islas que, en su opinión, no habían sido estudiados a fondo por
nadie hasta entonces.
Fuera de su manía de hablar continuamente de ortópteros,
neurópteros, estrepsipteros, hemípteros, dípteros, lepidópteros, coléópteros e
himenópteros resultaba un hombre simpatiquísimo, y sus excentricidades y
distracciones sirvieron para hacer más interesante el viaje, por lo que todos
le recibieron con los brazos abiertos.
El profesor Duchien era francés, pero había viajado mucho
por España y América y hablaba perfectamente el español. De sus palabras se
deducía que pasaba de los sesenta años, pero, según él, se sentía más joven que
a los treinta, afirmación que su agilidad, su vivacidad y su energía en nada
desmentían, tanto era así, que apenas se daba uno cuenta, viéndole moverse, que
tenía el cabello blanco como la nieve.
Entró el barco en una zona de calma y la superficie del
mar se presentaba tan lisa, que de no haber sido por la estela que dejaba tras
sí la hélice, hubiérase creído que estaban parados. Era de noche Se hallaban a
la altura del Golfo de Tonkin. Todo el mundo se había retirado ya a descansar.
En el puente, el vigía no se dio cuenta de que sucedía
nada anormal hasta que se sintió asido por la garganta desde atrás. Intentó
defenderse, desasirse de aquellas manos que le cortaban la respiración, pero
fue inútil. A los pocos momentos había perdido el conocimiento y el chino que
tan sigilosamente le atacara le depositó, cuidadosamente sobre las planchas.
Luego se arrastró en silencio hacia el cuarto de derrota
donde el oficial de guardia, bien ajeno a lo que ocurría, examinaba unas cartas
de navegar.
Aunque pillado por sorpresa, el oficial ofreció
resistencia.
No tuvo tiempo de hacer nada.
El capitán, que dormía en su camarote, oyó ruido de lucha,
se levantó apresuradamente y salió justamente a tiempo para ver caer al oficial
desde el puente a la cubierta.
No tuvo tiempo de hacer nada, porque se le echaron encima
otros dos hombres y le redujeron a la impotencia.
Entretanto, cierto numero de los culíes que habían subido
a bordo en Singapur fueron colocándose en puntos estratégicos, revólver en
mano.
Algunos de los pasajeros se vieron encerrados en sus
propios camarotes. Otros, hacinados en los salones de primera y segunda, con
una guardia compuesta de cantoneses de aspecto brutal que parecían dispuestos a
degollar a todos si era preciso.
Los piratas se hicieron dueños absolutos del barco en muy
poco tiempo, obligando a los maquinistas a que dieran toda la marcha,
apuntándoles con revólveres y amenazándoles con la muerte si desobedecían.
Navegaron así durante unos veinte minutos. De pronto
aparecieron tres juncos chinos, que se fueron acercando al vapor. Los
maquinistas, obedeciendo a una orden, acortaron la marcha, permitiendo que los
juncos abordasen.
Haciendo uso de cabos y escalas descolgadas por los chinos
de a bordo, los nuevos piratas saltaron a cubierta armados de espadas,
revólveres y mazas, y dieron principio al saqueo.
Asustados por el criminal aspecto de los invasores,
algunos pasajeros, intentaron defender a sus mujeres al ponerse los piratas a
quitarles, las joyas que llevaban.
Seis de ellos cayeron bajo los mazazos y los tiros de los
chinos, que se ensañaban enormemente en los cadáveres. A los demás no les
quedaron ganas de protestar siquiera.
Cuando hubieron saqueado el barco a su antojo, hicieron
parar las máquinas del todo, desmontaron una pieza del timón, metieron a
maquinistas y fogoneros en la bodega, junto con los pasajeros que no se
hallaban ya encerrados en algún camarote, y embarcaron todos en los juncos,
abandonando el buque, que quedó en idénticas condiciones que si no llevara
tripulación a bordo.
Al amanecer, otro barco que pasaba lo vio, abandonado al
parecer. Hizo señales y, al no recibir contestación, botó una chalupa y mandó a
un oficial, acompañado de unos marineros, a que investigara.
Estos, guiándose por los golpes que los prisioneros
descargaban en las puertas y los que sonaban en la bodega, fueron poniendo en
libertad a todos y se enteraron de lo sucedido, cosa que, después de todo, no
era nueva en aquellos mares.
Fue arreglado el timón y el barco pudo continuar su viaje
mientras, telegrafiaba a la China y al Japón lo ocurrido, avisando al propio
tiempo a cuantos barcos pudieran hallarse por los alrededores por si habían
sido avistados los juncos de los piratas.
A pesar de lo avanzado de la hora, Julio y el profesor
Moreno habían estado hablando en el camarote de este último al producirse el
ataque, y, por consiguiente, habían quedado encerrados juntos. Fácil es de
comprender cuán angustiosa sería la noche para ellos puesto qué ignoraban lo
que podía haberle sucedido a Margarita.
En cuanto les fue abierta la puerta, corrieron al camarote
de la muchacha. La puerta estaba abierta. Entraron. No había nadie. Ambos se
miraron con el horror reflejado en el semblante. Ni uno ni otro se atrevía a
expresar lo que estaba pensando.
En aquel memento llegó el doctor Pacheco y, por su
semblante, comprendió que algo grave sucedía.
—¿Qué les pasa a ustedes? —preguntó.
—¡Margarita! —exclamó Julio.
—¿Ha visto usted a mi hija? —inquirió Moreno, con voz que
en vano intentaba hacer tranquila.
—¿No está en su camarote?
—No.
—No se preocupe por eso. A lo mejor saldría al oír ruido y
la meterían en la bodega, con los otros. Vamos a buscarla.
Corrieron a la bodega. Ya habían salido todos y Margarita
no se encontraba entre ellos. Locos de ansiedad ya, fueron en busca del capitán
y le participaron sus temores.
—En una parte u otra estará encerrada-contestó éste—. ¿Qué
creen ustedes que puede haber sido de ella?
—He oído decir que ha habido varios muertos-murmuró
Moreno, emocionado—. Tal vez...
—Puedo asegurarle que no figura mujer alguna entre los
muertos. Por lo menos, no tengo noticia de que haya mujeres entre las víctimas.
Son hombres todos.
—Entonces... pero ¡no! ¡Eso sería horrible!
—¿Qué quiere decir con eso?
—Que si no está a bordo, tienen que habérsela llevado los
piratas.
—¿Para qué? —preguntó el capitán—. ¿Qué van a hacer los
piratas con una mujer? Sólo puede servirles de estorbo.
—Entonces, ¿dónde se ha metido? —exclamó Julio, que estaba
sufriendo tanto como el padre.
—Eso vamos a averiguarlo en seguida. Voy a tomar la lista
del pasaje y de la tripulación y ver si se encuentran todos a bordo. Al mismo
tiempo haré correr la voz de que ha desaparecido su hija, por si alguna la ha
visto, y, si no aparece, registraremos todo el barco de proa a popa y desde el
puente hasta la sentina. Entretanto, ¿no les parece que sería conveniente que
volvieran a su camarote a asegurarse de que no está allí ella?
Comprendiendo que el capitán tenía razón, volvieron al
camarote del profesor pero Margarita no había aparecido.
Mientras el barco continuaba su marcha, fue pasada lista,
descubriéndose qué, además de los seis hombres muertos, habían desaparecido dos
personas Margarita y el profesor Duchien.
Nadie parece haber visto a ninguno de los dos durante el
asalto y, como todos habían estado encerrados, nadie podía asegurar tampoco que
se los hubiesen llevado los piratas.
Ante la posibilidad de que hubieran hallado la muerte en
algún rincón del buque, se organizaron grupos encargados de efectuar un
registro y, se hizo con tal habilidad, que no quedó hueco ni lugar alguno que
no fuera examinado.
El resultado fue nulo, sin embargo. Ni Margarita ni el
profesor se hallaban a bordo, muertos ni vivos.
Con la muerte en el alma, Julio se dirigió a su camarote
mientras el profesor redactaba un telegrama ofreciendo una recompensa por la
devolución de su hija, que quería qué el capitán hiciese transmitir.
El muchacho se dejó caer en la litera y sepultó el rostro
entre las manos. Hasta aquel momento no se había dado cuenta de lo mucho que
quería a Margarita. En su desesperación, se maldijo a sí mismo por haber tenido
la ocurrencia de hacer aquel viaje fatídico y, especialmente, por no haberse
opuesto con más energía a que la joven les acompañase.
No obstante, aquel estado de postración le duró poco. La
desesperación misma le dio nuevas energías. No podía estar parado mientras
Margarita se alejaba. Era preciso que hiciera algo para librarla de aquel
terrible peligro.
Se puso en pie y empezó a pasear de un lado a otro del
camarote. Era preciso hacer algo, sí; pero ¿qué? Si hubiese tenido a su
disposición un barco, hubiera registrado los mares en busca de los juncos.
Aunque comprendía que semejante procedimiento difícilmente le permitiría
encontrarla. Los piratas habían tenido toda la noche para alejarse, para
dirigirse al lugar en que tuviesen su guarida. Sin embargo, había oído hablar
de la Bahía de Bias, en la provincia china de Cantón, donde, segura rumores, se
refugiaban todos los piratas de aquellos mares. Pero, aun cuando estuviera allí
Margarita, sólo un barco de guerra podría acercarse, y, aun así, se corría el
riesgo de que los piratas mataran a la muchacha antes de que pudiese ser
rescatada.
Trató de recordar cuanto había oído acerca de los piratas
chinos. Había una esperanza: que pidieran rescate por ella. Cuanto más lo
pensó, más certidumbre adquirió de que la habrían secuestrado con el único
objeto de pedir rescate. ¿Para qué se la hubieran llevado si no?
Al ocurrírsele esta idea, se dijo que si el rescate pedido
era superior a sus posibilidades, no le faltaría un amigo que le prestase la
diferencia. Aparte de que contaba con que la espada le hiciese dueño de una
fortuna.
Al pensar en la espada, alzó la cabeza y miró hacia el
rincón del camarote en que la había dejado. El acto fue instintivo e instintivo
también el salto que dio hacia el lugar que ahora aparecía vacío.
¡La espada había desaparecido!
Sin poder dar crédito a sus ojos, se agachó para mirar
debajo de la litera, por si había resbalado en aquella dirección. Entonces vio
un papel sujeto al mamparo y lo arrancó, acercándose con él a la luz.
«Margarita no corre el mentor peligro, —leyó—, si son
obedecidas mis instrucciones. Desembarcad en Osaka, alojaos en el hotel que
habíais escogido y no intentéis acercaros a Yoshino Desde el momento en que
pongáis pie en tierra, seréis vigilados noche y día. Un paso fuera de Osaka y
Margarita pagará vuestra temeridad con la vida. Por el contrario, si obedecéis,
Margarita volverá sana y salva a vuestro lado en cuanto haya entregado yo la
espada. No amenazo en balde. Mi poder es grande, como creo haber demostrado al
preparar el asalto al barco. No me busquéis. ¡No olvidéis que la menor
desobediencia por vuestra parte representa la muerte para ella!
Y, con rabia y sorpresa, Julio vio que el papel iba
firmado por Duchien.
CAPÍTULO XIII
EN MANOS DE LOS PIRATAS
JULIO corrió al camarote del profesor Moreno y abrió
violentamente la puerta. El profesor, sentado en su litera, alzó la cabeza con
un brillo de esperanza en los ojos, que pronto volvió a desaparecer al darse
cuenta de la emoción que embargaba al muchacho.
—¿Una nueva desgracia? —preguntó, con voz opaca, como si
ya todo le diera lo mismo.
—¡Nos hemos dejado engañar miserablemente! —contestó
Julio, agitando el mensaje—. ¡Ese Duchien nos ha vendido!
—¿Duchien? —exclamó Moreno—. ¿El entomólogo?
—El mismo. ¡Tome! ¡Lea! Acabo de encontrármelo en mi
camarote.
El profesor leyó la nota.
—¿Y la espada? —preguntó.
—¡Ha desaparecido!
—¿Desaparecido?
—Sí, pero ¿qué importa la espada? ¡Margarita es mas
importante que todas las espadas y todas las riquezas del mundo.
El profesor le dirigió una mirada de agradecimiento.
—Gracias-dijo, simplemente, pero de todo corazón.
—¿Gracias? Y ¿qué tiene usted que agradecerme? ¿Que le
haya embarcado en una aventura que amenaza con costarle la vida a su hija?
¡Lástima no se perdiera esta carta por el camino y siguiéramos ignorando lo que
la espada significa!
Y, después de este arranque, se echó a llorar como un
niño. Moreno se puso de pie y le dio unas palmadas cariñosas en el hombro.
—Vamos, Julio, ten un poco de calma-dijo, con dulzura—. Tú
no tienes la menor, culpa de lo ocurrido.
—Es que... ¡es que la quiero, profesor! ¡Y no me había
dado cuenta de cuánto hasta enterarme de que había desaparecido!
—Julio, si no fueran tan tristes las circunstancias en que
me lo dices, tus palabras me hubieran hecho el hombre más feliz del mundo. Era
mi secreta aspiración que, algún día, Margarita llegara a casarse con el hijo
de mi mejor amigo. Pero ahora... (A pesar suyo, dos lágrimas le brotaron de las
ojos y le resbalaron por las mejillas. Hizo un esfuerzo y se sobrepuso). Es
preciso que nos serenemos, que pensemos con calma. Hay que trazar un plan y hay
que seguirlo.
—No hay que trazar plan alguno-respondió el muchacho;— nos
lo han dado trazado ya. Nos quedaremos en Osaka y aguardaremos. No veo otro
recurso. Si intentamos buscar a Margarita, nos exponemos a que la maten. No, lo
mejor será avisar al capitán que anule todas las recompensas ofrecidas. Es
demasiado arriesgado que la busquen. Vamos.
Juntos se dirigieron al puente donde, en aquel momento, el
capitán estaba dando órdenes.
*****
Entretanto, Margarita se hallaba sentada bajo un toldo en
la cubierta de uno de los juncos piratas. Había abierto la puerta de su
camarote la noche anterior al oír inusitado ruido y unos hombres la habían
asido, sacándola del vapor y sentándola en el mismo sitio en que se encontraba
en aquel momento y al lado del profesor Duchien, que a su lado seguía.
Estaba llorando con amargura y el profesor intentaba
consolarla, aunque con bastante poco resultado. Su llanto, más que a miedo por
lo que a ella pudiera ocurrirle, obedecía a su sentimiento por la angustia que
debían estar pasando Julio y su padre al darse cuenta de su desaparición.
¡Julio y su padre! Ella misma se asombraba de que, en sus pensamientos, Julio
hubiera figurado primero y, al analizar sus sensaciones, descubrió que Julio
representaba para ella mucho más de lo que en momento alguno se había supuesto.
Y, pensando, pensando, empezó a dar un verdadero significado a los actos de
Julio durante las últimas semanas, a comprender qué Julio la amaba y que ella
sentía por él no menos cariño.
La voz de Duchien irrumpió en sus pensamientos.
—Señorita... señorita... Tranquilícese, se lo suplico. El
llanto a nada conduce. En trances orno éste, es preciso conservar la serenidad,
tener el cerebro despejado para hacer frente a la situación y salvarse de
ella..
Por primera vez, las palabras de Duchien surtieron efecto.
Ya no tenía que pensar sólo en las angustias de su padre, sino en Julio, y por
ellos sería valiente.
—Tiene usted razón, profesor-dijo, dominándose mediante un
esfuerzo y secándose las lágrimas—. Hay que ser fuertes. Quiero estar preparada
para aprovechar la primera ocasión de escapar que se me presente.
—Muy bien hablado-aprobó el otro—. Por otra parte, no creo
que corramos peligro. Es evidente que los piratas nos conducen a su guarida, lo
que supone que no es su intención matarnos. Hubieran podido hacerlo ya si ese
hubiese sido su deseo. Además, ¿por qué habían de matarnos a nosotros
precisamente de entre todos los tripulantes del barco?
—Entonces, ¿con qué fin cree usted que nos han
secuestrado?
—Conociendo de oídas las hazañas de esta gente, me imagino
que no les guía más fin que el de exigir un rescate. La verdad es que en mi
caso se han equivocado. Yo no poseo grandes bienes de fortuna ni tengo familia
que se moleste en pagar una crecida suma por verme de nuevo. Pero, en su
caso... Claro, yo no sé si su padre será rico, pero supongo que los piratas
creen que lo es, por lo menos.
A Margarita acababa de ocurrírsele que, con toda
seguridad, aquel secuestro estaría relacionado con la espada del samurai, pero
no exteriorizó sus pensamientos. Aunque el profesor parecía muy buena persona,
no le conocía lo suficiente para comunicarle un secreto que, al fin y al cabo,
tampoco le pertenecía.
—Estaba pensando-prosiguió el profesor—, que es posible
que no fuera a mí a quien quisieran llevarse, sino a su padre, y que me
tomarían por él. De lo contrario, no me explico...
—No había pensado yo en eso-confesó Margarita, para quien
las palabras de Duchien habían resultado un rayo de luz en las tinieblas;— pero
ahora que lo dice usted, empiezo a creer que tiene razón.
Uno de los piratas, que les había estado observando un
buen rato, se acercó de pronto a ellos y les dijo unas palabras en un idioma
que Margarita no conocía.
—¿Qué dice? —le preguntó al profesor.
—Confieso, señorita, que yo tampoco lo entiendo. Desde
luego puedo asegurarle que no es japonés ni chino.
El hombre, al ver que no le hacían el menor caso, dio una
voz, a la que acudieron otros tres chinos.
Duchien fue asido por los dos brazos y alzado del suelo.
Entretanto, obedeciendo a las señales que se le hacían, se acercó uno, de los
otros dos juncos y lanzó los garfios de abordaje que llevaba para juntar ambas
embarcaciones.
Comprendiendo que iban a separarle de la muchacha, el
profesor le gritó:
—¡Animo, señorita!
Luego fue empujado hacía la borda y trasladado de un barco
a otro, tras lo cual se recogieron los garfios y ambos juncos continuaron como
antes.
No tuvo mucho tiempo Margarita para preocuparse de su
soledad. Estaba amaneciendo y allá, delante del junco, vio alzarse unos
farallones bajos que daban a la bahía que rodeaban un aspecto siniestro.
Aunque ella no lo sabía, se hallaba ante la famosa Bahía
de Bias, cuyos numerosos bajíos y escollos ocultos impedían que se atreviese a
acercarse a ella marino alguno que no llevase a bordo un hombre bien conocedor
de la región.
A aquel lugar iba a parar el botín de cuantas presas
hacían los piratas y de allí salía luego para ser repartido entre los
dirigentes, muchos de los cuales vivían en distintas ciudades, fingiéndose
mercaderes o pasando por ser respetables y acaudalados ciudadanos.
Después de zigzaguear entre los invisibles escollos, el
junco atracó al pie de un farallón y desembarcaron los piratas, cargando con lo
que habían robado a bordo del vapor. A pesar de su temible aspecto, los
hombres, obedeciendo sin duda órdenes superiores, guardaron a la muchacha toda
suerte de miramientos, ayudándola a saltar a tierra y escoltándola, aunque sin
tocarla, por un camino que, subiendo por la pendiente superficie del farallón,
conducía a una especie de poblada compuesto de chozas de bambú.
Pronto supo que una de aquellas chozas había de ser su
prisión, pero observó que sus guardianes eran mujeres, aunque no por serlo
parecían estar menos alerta ni menos dispuestas a hacer abortar todo intento de
evasión. En realidad, Margarita no soñaba con evadirse de momento, ya que
comprendía que correría más riesgos sola por un país desconocido que en manos
de aquella gente.
Intentó entablar conversación con sus centinelas en la
esperanza de averiguar qué había sido del profesor y, si era posible, cuáles
eran los planes de los piratas respecto a ella, pero, aunque las mujeres no
parecían tener inconveniente en hablar con ella, se encerraban en el mutismo
más absoluto en cuanto abordaba los dos temas que más le interesaban, por lo
que acabó resignándose a no hacer más preguntas sobre dichos asuntos.
Transcurrieron varios días durante los cuales le fueron
servidas comidas bastante aceptables. Parecían haber sido escogidos los platos,
teniendo en cuenta la repugnancia que ciertos manjares que los chinos
consideran exquisitos inspiran al paladar de los occidentales.
Se le permitía salir de la choza y pasear, pero siempre
acompañada de varias mujeres que no la perdían de vista un solo instante.
Cada día que transcurría, sin embargo, eran mayores los
sufrimientos de Margarita, porque no podía olvidar que Julio y su padre debían
estar sufriendo lo indecible por su ausencia. No tenía apetito y hubiera dejado
de comer del todo, pero su deseo de hallarse lo suficiente fuerte para intentar
la huida si se le presentaba una ocasión favorable la impulsaba a hacer un
esfuerzo y tragarse sin ganas los alimentos.
Siempre que salía de paseo echaba a andar en dirección al
mar, porque le parecía que, si algún día lograba escapar, sería por aquel lado.
Había soñado más de una vez intentar bajar por el acantilado con la excusa de
querer tomar un baño, y si las mujeres se lo consentían, aprovechar la ocasión
para alejarse de la costa a nado.
Pero, reflexionando después, comprendía que no podría ir
muy lejos sin que le dieran alcance, aparte de que tampoco tendría fuerzas
suficientes para poder escapar a nado, a menos que hubiera algún buque cerca,
al que acogerse.
Las mujeres la acompañaban siempre hasta la choza después
del paseo, pero no entraban nunca en ella más que para llevarle la comida,
permaneciendo el resto del tiempo en el exterior. Eran cuatro y cada una de
ellas se colocaba por un lado de la estructura, de manera que no pudiese abrir
un agujero y escapar sin ser vista.
Cierta tarde en que era mayor su desaliento que de
costumbre, regresó a la choza y se echó sobre la alfombra de hierbas que cubría
el suelo entregándose a tristes cavilaciones, ¿Cuánto tiempo tendría que
permanecer allí aún? Y, como respuesta a sus pensamientos, una voz misteriosa
sonó a su lado, diciendo:
—El momentos de tu libertad se acerca.
Alzó Margarita la cabeza con sobresalto y, no viendo a
nadie a su alrededor, volvió a bajarla, creyendo habérselo imaginado.
—No, mi voz no es figuramento de tu imaginación-le oyó
decir—. He dicho que el momento de tu libertad se acerca.
Y como Margarita, entre temerosa y esperanzada,
preguntase:
—¿Quién eres? ¿Dónde estás? ¿Quién me habla?
La voz extraña replicó:
—Los hombres me llaman Yuma.
CAPÍTULO XIV
LA HUIDA
AL oír aquel nombre, Margarita se sintió inundada de
esperanza y de alegría.
—¡Yuma! —exclamó—. ¡El extraño ser invisible que salvó a
mi padre!
—El mismo-respondió la Voz—. Y hoy vengo a salvarte a ti.
—¿Qué he de hacer?
—Escucharme y seguir al pie de la letra mis instrucciones.
—Lo haré.
—Algunos días has salido dos veces a pasear.
—Sí.
—Hoy volverás a salir.
—Es tarde. Tendré que hacerlo pronto. No me dejan salir
después del anochecer.
—Sal de día, pero hazlo lo más tarde que puedas.
—Lo haré.
—Dirígete al mar otra vez.
—Bien. ¿Qué hago una vez al borde del farallón?
—Ya te lo indicaré yo. Estaré a tu lado como he estado
muchos otros días sin que tú me vieras. Pero escúchame bien: haz cuanto yo te
ordene sin rechistar. ¿Tienes confianza en mí?
—Has salvado a mi padre. ¿Por qué he de dudar? —contestó
la muchacha, simplemente.
—Bien. Entonces, no lo olvides. Obedece mis órdenes
ciegamente, sean éstas cuales fueren. Sólo así puedo salvarte.
—Obedeceré.
—Adiós, pues. Y no temas. Aunque no te hable, estoy
siempre a tu lado dispuesto a ayudarte.
Calló la Voz.
No sabía Margarita si aquel ser misterioso se hallaría aún
en la choza o habría salido, pero sus palabras le habían infundido tales
alientos, que estaba segura de que nada podía asustarla ya.
Permaneció cerca de una hora en la choza antes de intentar
salir. Hubiera aguardado más, pero no se atrevía, ante él temor de que le
dijesen que era demasiado tarde ya para pasearse. Como de costumbre, al verla
salir, las mujeres se colocaron una a cada lado y las otras dos detrás, sin
decirle una palabra. Sólo le hablaban cuando ella les dirigía la palabra,
respetando su silencio cuando ella no parecía tener ganas de conversación.
Se dirigió en línea recta al mar, no entreteniéndose
demasiado en el camino por si se hacía demasiado tarde y la obligaban a volver
atrás antes de haber llegado al sitio convenido.
Una vea al barde del acantilado, de pie junto al sendero
que por la cara del mismo serpenteaba hacia la playa, se sentó en el suelo y se
puso a contemplar el horizonte, decidida a no moverse de allí hasta que las
mujeres la obligaran.
Empezaba a anochecer ya cuando una de ellas le dijo:
—Hora de volver ya.
Porque hablaban así, y con un acento filipino que indicaba
dónde habían aprendido a hablar el poco español que sabían.
Margarita hizo una mueca de disgusto.
—Me gustaría ver caer la noche sobre el mar-dijo.
—Prohibido-contestó la mujer.
—¿Por qué?
—Orden.
—¿Temen que me escape?
—Orden. Caer noche en choza. Hora de volver ya-insistió la
mujer.
Viendo que no podía ganar más tiempo ya con discusiones,
Margarita se encogió de hombros y se puso en, pie. Había hecho todo lo posible
por alargar la espera. No podía hacer más. Si Yuma no hacía algo, tendría que
volver a la choza.
De pronto sonó una carcajada a pocos pasos de ella, una
carcajada tan espantosa, tan diabólica, que dio un salto de terror.
Si grande fue el efecto que le hizo a ella, no fue mayor
el que a sus guardianas produjo. El espanto las dejó como paralizadas,
incapaces de hacer el menor movimiento.
—¡La noche es mía! —clamó una voz tonante—. ¡Y esta mujer
es de la noche!
Al propio tiempo apareció, flotando en el aire, ante los
horrorizados ojos de las mujeres, un rostro horrible, cubierto de palidez
cadavérica, en el que brillaban dos ojos como ascuas.
Y, por si esto fuera poco, flotó en dirección a Margarita,
que no huyó al verlo, porque percibió un susurro que le ordenaba:
—¡No te muevas!
El temible semblante quedó suspendido sobre la cabeza de
la joven.
—¡Esta mujer es mía! —dijo.
Se notó algo tan rápido que fue como un parpadeo. Cuando
cesó, Margarita había desaparecido.
Una nueva carcajada atronó el espacio. Las cuatro mujeres,
vencida la parálisis del miedo por un miedo mayor, huyeron despavoridas en
dirección al poblado, lanzando penetrantes gritos.
—Bajemos por el sendero hacia la playa-le dijo Yuma a
Margarita—. Mientras permanezcas bajo mi capa eres invisible como yo. En cuanto
hayamos bajado un poco, sin embargo, será preferible que salgas, porque podrás
andar mejor.
La muchacha, que no cabía en sí de asombro, obedeció. A
pesar de que Yuma la estaba protegiendo, las cosas que había presenciado le
producían cierto temor. No acababa de convencerse de que Yuma era un mortal
como ella. Se empeñaba en creerle un ser sobrenatural.
Cuando estuvieron por debajo del nivel del poblado, Yuma
abrió la capa, y, le dijo:
—No es necesario que seas invisible de momento. Basta con
que lo sea yo. Baja aprisa. Es preciso que lleguemos a la playa cuanto antes.
No tardaron mucho rato en pisar la arena.
—¿No vendrán a buscarme otra vez? —inquirió Margarita.
—Después de lo que esas mujeres hayan contado a los
piratas, dudo que se atreva ninguno de ellos a acercarse por aquí de noche. Son
muy supersticiosos y has de tener en cuenta que esas que te custodiaban han
visto mi cara flotar en el aire y te han visto a ti desaparecer, como si se te
hubiera llevado un demonio.
—Sí-asintió Margarita;— creo que a mí me hubiera ocurrido
exactamente lo que a ellas si llego a encontrarme en igual caso. Aun ahora, no
crea que las tengo todas conmigo. Sus poderes me han atemorizado.
—No temas. Mis poderes, como tú los llamas, sólo los he
usado para ayudarte.
—Y ahora, ¿qué hemos de hacer?
—Esperar. Por conversaciones que, gracias a mi
invisibilidad, he sorprendido, sé que esta noche ha de llegar alguien, un
enviado del que ordenó tu secuestro. No sé quién es ni de dónde viene. Sólo sé
que vendrá en una lancha automóvil de gran potencia. En el momento en que se
acerque aquí, te cubriré en mi capa. Cuando él se aleje de la lancha,
embarcaremos nosotros. Conozco estas aguas. Te acompañaré hasta que estés al
lado de tu padre.
Cayó del todo la noche sin que hubiesen acudido del
poblado en busca de Margarita, prueba evidente de que Yuma había tenido mucha
razón al suponer que lo que contaran las mujeres impediría que se acercara
nadie hasta que fuese de día.
De pronto sonó en la lejanía el zumbido de un motor que,
poco a poco, se fue acercando. Yuma ordenó a Margarita que se metiera debajo de
su capa.
A los pocos minutos atracó una lancha en la playa y un
hombre saltó a tierra, metiendo la uña del ancla de la embarcación en la grieta
de una roca para que sirviera de amarra.
La oscuridad no era tan profunda que no pudiese darse
cuenta Margarita de que miraba a su alrededor. No encontrando a nadie, dio un
grito y, al ver que no era contestado, masculló una maldición y se dirigió al
sendero, empezando a subir solo el acantilado.
Yuma no se movió hasta que el hombre se hubo perdido de
vista en la planicie superior.
—Vamos-dijo entonces, separando la capa—. Sube a la lancha
mientras yo retiro el ancla.
Margarita saltó a bordo. Yuma recogió el ancla y subió
tras ella. Luego examinó el motor sin parecer tener la menor prisa. La muchacha
estaba como sobre ascuas, temiendo ser descubierta de un momento a otro.
Por fin, satisfecho al parecer, el hombre invisible puso
el motor en marcha y agarró la caña del timón.
La canoa se alejó de la playa como una flecha, sorteando
los escollos gracias a su poco calado y a la habilidad de quien la guiaba.
Margarita, con la mirada fija en tierra, no pudo distinguir, a la incierta luz
de las estrellas, si el desconocido que subiera el acantilado había vuelto
atrás al oír el ruido del motor.
De todas formas-pensó— lo mismo daba. Una vez fuera de la
bahía, mal podían darles alcance disponiendo sólo de juncos para emprender la
persecución.
Además, tenía fe ciega en el misterioso Yuma. Y Yuma
empuñaba el timón.
CAPÍTULO XV
EL MENSAJE DE YUMA
ERA tan grande el temor suyo de que cualquier paso que
dieran fuese interpretado como un intento de abandonar la ciudad, que ni Julio
ni el profesor Moreno se atrevían a salir del hotel siquiera.
Julio, que en su vida había estado en el Japón, seguía sin
conocer otra cosa de él que el camino del puerto al hotel y la calle que desde
la ventana de su cuarto veía.
Se pasaba la mayor parte del tiempo asomado a ella, en
compañía del profesor, escudriñando cuantas jinrickishas pasaban, en la
esperanza de reconocer en el pasajero de alguna de ellas a su amada. Pero
transcurrían los días y Margarita seguía sin aparecer. Desde el día en que
desembarcaran, no había recibido la menor noticia ni aviso de Duchien que les
permitiera deducir cuándo les sería devuelta Margarita.
El doctor Pacheco, sin embargo, salía de vez en cuando y,
cada vez que volvía a entrar en el hotel, los dos hombres le asediaban a
preguntas. El doctor había ejercido en Osaka y aún le recordaban algunos de sus
antiguos pacientes, por lo que había procurado descubrir si alguno tenía
noticia de una muchacha blanca que fuese prisionera en alguna parte.
Pasan muchas cosas en Oriente que los orientales conocen y
callan y que jamás llegan a oídos de los occidentales que allí residen, a menos
que gocen de la confianza de los enterados.
Al principio habían tenido la esperanza de que Pacheco
descubriera algo, pero, poco a poco, la habían ido perdiendo. El doctor parecía
haber envejecido veinte años durante los últimos días. Y lo malo del caso era
que Julio no podía animarle porque estaba tan desanimado como él.
Hasta que un día, cuando el mirar por la ventana se había
convertido en simple costumbre de la que ningún resultado práctico se esperaba,
Julio se levantó de la silla, se frotó los ojos y volvió a mirar. Luego, dando
un rito de alegría, que hizo ponerse en pie al profesor, con el corazón en la
boca, exclamó:
—¡Margarita!
Y, sin esperar a nada, abrió la puerta del cuarto y bajó
corriendo la escalera, seguido, mucho más despacio, por el profesor, al que la
emoción no dejaba respirar y apenas moverse.
Julio llegó al vestíbulo en el preciso momento en que
entraba Margarita, y ambos jóvenes, sin decirse una palabra, se precipitaron el
uno en brazos del otro ante los disgustados ojos de un par de japoneses, que no
comprendían la estúpida costumbre que tenían los diablos extranjeros en andar
con sentimentalismos en público.
Llegó el profesor y la muchacha se desasió con dulzura de
Julio para abrazar a su padre, que la estrechó tan emocionado contra su pecho,
que no pudo hablar y dos gruesas lágrimas le resbalaron por las mejillas.
Volvieron los tres, juntos al cuarto del profesor, donde,
tras nuevos abrazos, la muchacha contó sus aventuras desde el momento en que
fuera secuestrada.
En la lancha automóvil habían llegado a Macao, donde,
siguiendo las instrucciones de Yuma, consiguió que las autoridades portuguesas
le permitieran fletar un aeroplano, en el que había llegado al Japón,
acompañada siempre de Yuma, que en todo momento permaneció invisible. Yuma le
había dado el dinero para pagar al piloto. No se había separado de ella hasta
llegar a la puerta del hotel y estaba segura de que la habría seguido dentro
para asegurarse de que se reunía con su padre.
Al decir esto, se acordó de la escena del vestíbulo, miró
a Julio de reojo y se ruborizó. Julio, que leyó su pensamiento, se puso
colorado a su vez, y el padre, para quien no había pasado inadvertido el fuego,
sonrió, y dijo:
—¿De qué os avergonzáis? ¿De quereros?
Y Margarita bajó la mirada, y Julio no supo para dónde
mirar.
—A ti no te pregunto si la quieres, Julio, porque ya me lo
dijiste bien claro cuando desapareció y diste pruebas de la sinceridad de tus
palabras. Pero tú, Margarita... ¿quieres a Julio?
—¡Papá! ¡Por Dios! —exclamó la muchacha, riendo y
echándole los brazos al cuello al profesor para ocultar su confusión—. Pero ¿te
has creído, acaso, que somos del tiempo de Maricastaña como tú? Nosotros no
necesitamos intermediarios para hacernos el amor. Además, haces unas preguntas
muy indiscretas. Eso no le interesa a nadie más que a él... Y no creo que él
necesite que se lo diga más claro de lo que ya lo he hecho. Pero, oye, ahora
que estoy aquí, ¿cuándo nos vamos a Yoshino?
El profesor y Julio se miraron.
—No iremos ya a Yoshino, hija mía-contestó el primero.
—¿Por qué? —inquirió Margarita, con sorpresa.
—Porque no tenemos la espada. Duchien se la llevó, al
mismo tiempo que te secuestraba.
—¿Duchien? —exclamó ella, dándose una palmada en la
frente—. ¡Pobre hombre! ¡Le había olvidado por completo! ¡Eso sí que es el
colmo del egoísmo! Pero..., ¿qué es eso que dices de Duchien? ¿Que me secuestró
y se llevó la espada?
—Sí.
—¡Qué disparate! ¡Si le hicieron prisionero, como a mí!
—¿Estás segura de ello? ¿Tú le has visto prisionero?
—preguntó el padre.
—Pues... verás...
—Enséñale la carta, Julio-la interrumpió el profesor.
Vargas le dio a leer el papel que había encontrado en su
camarote y Margarita se enteró de su contenido con verdadera sorpresa. Entonces
contó cómo había estado con ella Duchien en el junco y lo que sabía sucedido a
continuación.
—Si la carta que has visto no te bastara-dijo su padre—,
lo que acabas de contarnos puede servirte de confirmación. Es evidente que
Duchien desempeñaba un papel. Había dado la orden ya de que se le tratara como
si fuese prisionero y que, en cuanto vieran que hablaba demasiado contigo, le
cambiaran de junco. Preferiría hablar poco para no delatarse. Si no fuera así,
¿quieres decirme qué ha sido de él? Según tu propia confesión, no has vuelto a
verle desde aquel momento. Y no tienes noticias de que hubiese ningún otro
prisionero. Es más, ahora dices, que las mujeres que te guardaban se negaron
siempre a hablar de él. ¿Por que? Si hubiera sido prisionero, ¿por qué no
habían de querer mencionarle?
—Después de ver esta carta, papá, y de oír todos tus
razonamientos, empiezo a creer que tienes razón, pero, la verdad, jamás se me
hubiese ocurrido soñar que pudiera ser un traidor.
—Tampoco a nosotros, Margarita. Cuando hablábamos con él a
bordo, lo que menos suponíamos es que estuviese preparándolo todo para
secuestrarte y robarnos. Sea como fuere, el daño está hecho ya. A estas horas,
Duchien debe haber entregado la espada. Tiempo ha tenido para ello.
—De provecho le sirva-dijo Julio—. Por mi parte, la doy
por bien perdida. Si no hubiese sido por ella, no hubiésemos hecho este viaje
y, sin él, tal vez hubiera tardado más en darme cuenta de que, Margarita es la
mujer que yo he soñado. He perdido una fortuna, pero he encontrado a Margarita.
¿No le parece a usted que he salido ganando?
Y dirigió una mirada afectuosa a la muchacha, que le
contestó con una sonrisa cariñosa.
De pronto llamaron a la puerta.
—¡Adelanté! —gritó el profesor.
Entró un criado con una bandeja en la mano. En la bandeja
se veía un sobre.
—Acaban de traer está carta para don Julio Vargas-dijo.
Julio la cogió. El criado hizo una reverencia y se fue.
—¿Quién puede haberme escrito aquí? —murmuró el muchacho,
intrigado, mirando las señas.
—¿No te parece que la mejor manera de averiguarlo sería
leer la carta? —dijo Margarita.
—No deja de ser una idea-contestó él, riendo.
Rasgó el sobre, sacó la hoja que contenía, la leyó y se
puso ene pie de un brinco.
—¡Caramba! —exclamó, con alegría—. ¡Ese hombre merece un
monumento!
—¿De quién es? —preguntó Margarita, con asombro.
—De tu amigo. Del que salvó a tu padre, del que te salvó a
ti, del que parece dispuesto a salvarnos a todos si hace falta.
—¡De Yuma!
—Del mismo. Leed esto.
Padre e hija tomaron la carta, uno por cada lado y,
juntando las cabezas, la leyeron a un tiempo. Decía:
La espada está en mi poder. La conservo. Así no volverá a
desaparecer. Diríjanse inmediatamente a Yoshino. Les entregaré la espada en la
puerta misma del templo.
Yuma
CAPÍTULO XVI
LA ENTREGA DE LA ESPADA
ANTES de que pudieran hacer comentario alguno, volvieron a
llamar a la puerta y entró el doctor Pacheco.
Al ver a Margarita, corrió a ella con las manos extendidas
y fue preciso que la muchacha contara de nuevo la historia antes de darle a
leer la misiva que acababan de recibir del misterioso hombre invisible.
—Ese singular personaje-comentó el doctor riendo—, parece
empeñado en proteger la empresa. La verdad es que tenemos mucho que
agradecerle. De no haber sido por él, seguiría usted prisionera y, después de
tantas penalidades, nuestro viaje resultaría inútil.
—Mucho tenemos que agradecerle, en efecto-asintió Moreno—.
Quisiera poder corresponder de alguna manera a sus favores.
—Si todo lo que de él se cuenta es cierto, va usted a
perder el tiempo intentándolo. En primer lugar, es muy posible que no vuelva a
encontrarse con él después de terminada la aventura. Ahora, yo creo que lo que
procede es obedecer sus instrucciones y salir inmediatamente para Yoshino.
—Aguardaremos a mañana-contestó el profesor—. Margarita
debe estar cansada. Además, estamos cerca. Saldremos a primera hora y tomaremos
el tren hasta Voshinoguchi. Desde allí, iremos en jinrikishai a Muda, donde
cruzaremos el río Yoshino-gawa al poblado de Saso. Yendo a pie, tardaremos
aproximadamente una hora en recorrer la distancia que media entre Saso y
Yoshino. Ya nos enteraremos de la hora de los trenes.
Y así quedó convenido.
Aquella tarde compraron algunas cosas que necesitaban,
entre ellas un par de polainas azules, de algodón, para cada uno. Los japoneses
las llaman kyahaet y las emplean como protección contra moscas y mosquitos y la
maleza que abunda en las laderas de las montañas del país.
A la mañana siguiente, a primera hora, vestidos todos
convenientemente para el viaje (Margarita se había puesto pantalón de montar),
se dirigieron a la estación.
Llegaron por la tarde a Yoshinoguchi, continuando su
camino a Muda en jinirikishai. Allí despidieron los dos vehículos que habían
empleado, pagando un yen y medio por cada uno de ellos y dando a los culíes
cincuenta sen de sakate o propina, con lo que quedaron éstos encantados.
Cruzaron el río hasta Saso y, una hora más tarde, después
de subir la ladera, entraron en Yoshino que se alza sobre un estrecho espolón
cubierto de cerezos en flor.
Estos árboles, que son famosos en todo el Japón, tienen
tan exquisita belleza, forman un conjunto tan maravilloso con sus sonrosadas
flores, que nada puede compararse a ellos en todo el país.
Están agrupados en tres macizos de un millar de árboles
cada uno y se llaman, respectivamente, Shimo-no-Sembon (Millar de Abajo),
Naka-no-Sembon (Millar de Centro), y Oku-no-Sembon (Millar Más Lejano). Los
tres grupos no florecen simultáneamente, sino uno tras otro.
A mitad del camino de la población se alza un enorme toril
de bronce, especie de puerta cuyo significado se desconoce, pero que sirve para
distinguir un templo sintoísta del templo budista. El toril en cuestión
indicaba la proximidad del templo de Zopo-do, que pasaron de largo para
dirigirse a una especie de hostelería japonesa, llamada Titsumi-ya.
Antes de entrar, el profesor Moreno avisó a su hija y a
Julio:
—No olvidéis que ahora no nos encontramos en Osaka, ciudad
en que prevalecen ya muchas costumbres occidentales. Aquí no hay camas ni
asientos. Se duerme sobre una alfombra y una alfombra sirve también de asiento.
No sólo hemos de descalzarnos al entrar en los templos, sino al entrar en las
casas.
Descalzáronse todos y entraron en la hospedería donde
consiguieron agua para lavarse un poco después del paseo y dos habitaciones,
una de las cuales le fue asignada a Margarita mientras que los hombres tuvieron
que resignarse a ocupar juntos la otra.
—Ya estamos en Yoshino-dijo Julio, cuando estuvieron
solos—. Pero, nada podemos hacer mientras no tengamos la espada.
—No nos queda mas remedio qué esperar a que Yuma nos dé
instrucciones —asintió el profesor—. Seguramente sabrá ya que hemos llegado.
Como en contestación a sus palabras, sonó un discreto
golpe en la puerta y una mano empujó una carta por debajo. El doctor Pacheco,
que se hallaba más cerca, la recogió del suelo y se asomó luego al pasillo,
pero éste estaba desierto.
Entregó el sobre a Julio, que era a quien iba dirigido,
observando:
—Debe de ser una comunicación de Yuma.
Y lo era, en efecto. Decía:
Permanezcan aquí esta noche. Mañana a las nueve diríjanse
a Yoshimizu Jinja. A la puerta del templo les será entregada la espada.
Yuma
No quedaba más remedio que esperar al día siguiente.
—Creo muy prudente y acertado lo que dice Yuma-anunció el
profesor—. Es demasiado tarde para emprender hoy el camino de regreso a Osaka y
es mucho mejor que no tengamos esta noche ni la espada ni lo que ella
represente en nuestro poder. No podríamos conciliar el sueño por miedo a que se
nos robase. Creo que nuestro mejor plan es salir a dar un paseo antes de cenar
y acostarnos. Así podréis ver algo de la población.
Y aquello fue lo que hicieron.
*****
Faltaban unos minutos para las nueve cuando el grupo
entero se detuvo ante el toril del pequeño templo de Yoshimizu.
Julio, que se había rezagado un poco con Margarita,
sintió, de pronto, que le asían del brazo. Se volvió y no vio a nadie, pero una
mano invisible introdujo algo en la suya y bruscamente, notó una especie de
revoloteo indescriptible, bajó la vista y se encontró con que lo que asía
instintivamente era la espada.
—¡Profesor! ¡Profesor! —exclamó, excitado—. ¡Aquí está la
espada del samurai!
Moreno y Pacheco acudieron a su lado, no menos emocionados
que él.
—¿Dónde está el que la trajo? —preguntó Pacheco, mirando a
su alrededor, con extrañeza.
—No lo sé-contestó Julio—. Noté que un ser invisible me
metía algo en la mano y, cuando miré, me encontré con la espada.
—Indudablemente ha sido Yuma. Bueno, no nos entretengamos
haciendo cábalas. Entremos en el recinto del templo.
—Pero, ¿dónde hemos de presentar la espada? —preguntó el
muchacho, desconcertado al pasar por el toril y ver la cantidad de pabellones
de que se componía el templo.
—Ese pabellón que ves delante-contestó Moreno—, es el
Oratorio o, haiden. El de la izquierda es el shamusho u Oficina del Templo,
donde seguramente vivirán algunos de los sacerdotes. Entremos en él.
Guiados por el profesor, se acercaron al pabelloncito, del
que salió un sacerdote a recibirles, preguntándoles si era su deseo ver el
templo.
El profesor movió, negativamente, la cabeza.
—Traemos la espada del samurai-dijo.
Y Julio se adelantó, ofreciendo el arma al sacerdote.
Éste la rechazó.
—No es a mí a quien corresponde aceptarla si es la que
supongo-dijo—. Aguardad un momento.
Volvió a entrar en el pabellón, saliendo de nuevo a los
pocos momentos.
—El Guardián de la Espada os espera-anunció.
Y les indicó, con una seña, que debían seguirle. Entraron
tras él en el pabellón donde, sentado sobre una esterilla en el suelo, había
otro sacerdote, increíblemente viejo.
—¿Traéis, la espada? —preguntó.
—Aquí está-dijo Julio.
El anciano la tomó, examinó la hoja, leyó la inscripción,
devolvió el arma a Julio y se puso en pie.
—Es ella-dijo—. Hace cuatro siglos que la espero. La vida
se me hace pesada, pero por fin voy a poder abandonarla habiendo cumplido la
misión que me fue encomendada.
Los cuatro le miraron con incredulidad y asombro. Verdad
era que el hombre parecía ser centenario, pero... ¡cuatro siglos! ¡No era
posible!
El anciano pareció leer sus pensamientos:
—Nada hay imposible para Izanagi (el Creador)—dijo, como
un reproche—. No podía morir mientras mi deber no estuviese cumplido. Seguidme.
En lugar de dirigirse a la puerta del segundo recinto en
que se alzaba el altar principal, torció a la izquierda por entre el muro
exterior y el interior y, pasando junto a otros dos pabellones pequeños, se
detuvo ante un tercero en el que el profesor Moreno reconoció la Casa de los
Tesoros o, para darle su nombre japonés, el nozo.
Entraron y, haciendo caso omiso de las numerosas obras de
arte allí reunidas, se acercaron al rincón ante el que se había detenido el
sacerdote, señalando una inscripción hecha en la pared.
El profesor se encargó de interpretarla y traducirla para
que la comprendieran todos. Decía:
¡Detente, peregrino, y saluda! Esta es la espada de Kojima
Takanori, llamado también Bingo-no-Saburo, cuya abnegación y lealtad han dado
el ejemplo al mundo. Jamás pudo traición alguna mancillar su pureza. Sólo fue
desenvainada para proteger al oprimido y defender la causa del micado legitimo.
Si algunas vez necesita de ella la patria, peregrino, ¡arráncala del su secular
reposo, que el brazo de Takanori dará bríos al tuyo para que puedas esgrimirla!
Debajo de la inscripción, había una hendidura en la
piedra.
—¡Introduce la espada en su pétrea vaína, extranjero!
—dijo el sacerdote, señalándola—. ¡Colócala en el lugar que ha siglos la está
destinado! ¡Ella misma dará, su premio a quien la restituya!
Y se echó a un lado.
Embargado de emoción por lo que acababa de leer Moreno y
por las palabras del sacerdote, Julio alzó la espada e introdujo la extremidad
en la hendidura, que parecía hecha del tamaño justo para darle cabida. Vaciló
un instante, luego la empujó hasta que entró toda la hoja, quedando fuera la
empuñadura tan sólo.
Al introducirse por completo, sonó un chasquido y un trozo
de pared giró sobre invisible eje, dejando al descubierto un hueco.
—Tuyo es-anunció el sacerdote—. Mi misión está cumplida.
Y como si, en efecto, hubiera estado aguardando aquel
instante durante cuatro siglos, el sacerdote se desplomó en el suelo.
El doctor Pacheco se inclinó sobre él y le auscultó.
—Es inútil-dijo, alzándose de nuevo—. Está muerto. Vamos a
ver lo que hay dentro de ese hueco y salgamos de aquí. Nada podemos hacer por
él.
Lo sucedido había hecho olvidar a todos, de momento, el
objeto de su visita allí. El profesor Moreno fue el primero en examinar el
nicho secreto. En el fondo se veía una extraña arquilla, primorosamente
esculpida, que valía, en sí, una fortuna.
—Sácala, Julio-dijo—. Es tuya.
El muchacho introdujo las manos y la sacó con dificultad,
porque, a pesar de no ser muy grande, pesaba mucho.
Aun cuando temblaba de excitación. Julio no olvidó las
circunstancias.
—¿No existe el peligro de que los sacerdotes nos culpen de
la muerte de éste? —preguntó.
Antes de que pudiera responderle el profesor, una voz
dijo, desde la puerta:
—Nadie puede culparos de su muerte. Debía haber muerto
hace siglos, sólo la necesidad de cumplir su misión le mantenía vivo. Una vez
hecho lo que juró hacer, la vida era una carga que para nada quería.
Un sacerdote entró en la estancia y se acercó a ellos.
—Luego nos cuidaremos de su cuerpo-dijo—. Ahora,
acompañadme al shamusho y traed la arquilla. No podéis sacarla así porque
despertaría la codicia de cuantos la viesen.
Le siguieron hasta la Oficina del Templo donde la arquilla
fue envuelta en trapos y se despidieron del sacerdote, dándole las gracias.
CAPÍTULO XVII
LA ÚLTIMA INTENTONA
—YO creo-dijo el profesor cuando se hallaron de nuevo en
la calle—, que lo mejor que podemos hacer es salir inmediatamente para
Yoshinoguchi. Cuanto antes lleguemos a Osaka, más tranquilos estaremos llevando
esa arquilla.
—¿Por qué no vamos a la hospedería primero y miramos su
contenido? —propuso Margarita.
—Tiempo de sobra tendremos para ello. Más vale que nos
vayamos.
—Estoy completamente de acuerdo con tu padre, Margarita.
Yo, por mi parte, no estaré tranquilo hasta que nos encontremos en España de
nuevo.
—Comparto su parecer-intervino Pacheco—. Emprendamos la
marcha a Saso sin perder momento. Llevaremos la arquilla por turnos para que no
resulte tan pesado el camino.
Y, como antes de salir aquella mañana habían pagado la
cuenta de la hospedería, echaron a andar inmediatamente en dirección a Saso.
Hacía un tiempo excelente y el anclar resultaba una delicia. El paisaje era
precioso y la marcha resultaba fácil por ser ahora cuesta abajo.
Al cabo de media hora, cuando llevaban recorrido ya la
mitad del camino aproximadamente, se sentaron a descansar en un soto, a orillas
de un riachuelo, más que nada porque Margarita se quejaba de que le hacían daño
las botas. Acababa de machacar con una piedra un clavo, que era lo que la
estaba molestando y Julio la calzaba de nuevo, cuando sonó una voz entre los
árboles:
—¡Manos arriba todos!
Fue tan grande la sorpresa de los cuatro, que ni
obedecieron la orden siquiera. Julio volvió la cabeza. Unos diez hombres habían
salido de entre los árboles, formando semicírculo para cortarles la retirada.
Cuatro de ellos eran occidentales, los otros seis,
japoneses. Todos iban armados y el blanco que parecía jefe de ellos empuñaba
una pistola.
—Siento mucho turbar su reposo-dijo, con una sonrisa;—
pero me temo que voy a tener que oprimir el gatillo si no obedecen pronto la
orden, que acabo de darles.
El doctor Pacheco alzó lentamente las manos y los otros,
comprendiendo que era inútil toda resistencia, le imitaron.
—¿Qué desean de nosotros? —preguntó Moreno.
—Poca cosa-respondió el jefe de los salteadores:— nada más
que ese montón de trapos que tratan ustedes con tanto cuidado.
—Esos trapos...—empezó a decir el profesor.
—No necesitamos explicaciones-le interrumpió el otro,
cambiando de tono—. Sabemos lo que hay dentro.
A una orden suya, uno de los hombres se acercó y recogió
la arquilla, retirándose, después, al lado de sus compañeros. Luego, haciendo
acercarse uno por uno a los del grupo del profesor, los registró a todos,
quitándoles las armas que llevaban.
—Es lamentable-continuó el jefe—, pero nuestra seguridad
personal exige que no quede persona que pueda contar el cuento.
—¿Os atreveréis a matarnos? —exclamó el profesor.
—Póngase usted en nuestro caso, profesor-contestó el
hombre—. ¿Qué otra cosa quiere que hagamos? Si les ponemos en libertad, tarde o
temprano podemos tropezarnos por el mundo y, francamente, yo quiero vivir
tranquilo.
—Quédense con la arquilla en hora buena-exclamó Julio—.
Yo, que soy su dueño, le garantizo que nadie se meterá con ustedes, si nos
ponen en libertad.
—Es triste tener que rechazar la palabra de un
caballero-contestó el otro, simulando un suspiro;— pero las circunstancias lo
exigen. No conozco más que una clase de hombres que nunca rechistan: los
muertos. Me perdonarán ustedes que les mande a engrosar sus filas.
—¡Basta ya de comedia! —exclamó el doctor, colérico.
—Basta ya, en efecto, doctor Pacheco. Estos hermosos
árboles cuya sombra nos cobija, poseen excelentes ramas para sostener grandes
frutos... ¡frutos de horca, doctor Pacheco!
Calló un instante como si esperara una contestación del
otro, pero éste, aunque le fulguraban los ojos, no dijo una palabra.
—No obstante-prosiguió el salteador—, jamás me perdonaría
haberles estirado el cuello sin proporcionarles la ocasión de admirar el tesoro
que para mí han conseguido con sus desvelos. ¡Abrid la arquilla!
Uno de sus hombres obedeció y, ante los atónitos ojos de
todos apareció la arquilla repleta de piedras preciosas y adornos antiguos de
oro y plata, de incalculable valor.
—Aun es mayor el tesoro de lo que yo me suponía-dijo el
bandido, cogiendo las piedras a puñados y dejándolas resbalar luego por entre
sus dedos, aunque sin perder de vista a sus prisioneros—. Era rico el guerrero
cuya espada os fue legada, señor Vargas.
Todos miraban las piedras como hipnotizados. El único que
parecía sereno era el que estaba habando. Cerró bruscamente la argolla y se
irguió.
—Estamos perdiendo el tiempo-dijo.
—Ya habéis contemplado el tesoro. Cumplamos la segunda
parte del programa.
A una voz suya los cuatro prisioneros fueron maniatados,
tras lo cual varios hombres gatearon por los árboles colgando cuerdas con nudos
corredizos.
—No os quejaréis-dijo el jefe—. Os hago la muerte lo más
agradable posible. Vuestro último recuerdo de este valle de lágrimas será el de
este paisaje magnífico. Exhalaréis el postrer aliento contemplando los cerezos
en flor y aspirando su exquisito aroma... ¡Vos primero, doctor Pacheco!
Dos hombres empujaron al doctor hacia una de las cuerdas.
Este, cuya expresión había cambiado extraordinariamente durante los últimos
momentos, estalló por fin, espumarajeando de rabia, con estupefacción de Julio,
del profesor Moreno y de su hija.
—¿Estás loco, Coliño? ¿Son éstas las instrucciones que yo
te he dado? ¿Quieres perder la cabeza?
Coliño rompió a reír a carcajada limpia.
—¡Cuídate de tu cabeza y no te preocupes de la mía! ¡Es la
tuya la que corre peligro en estos instantes!
—¡Cómo! ¿Te atreves a traicionarme?
—No debe extrañarte a ti eso, puesto que estás
acostumbrado a traicionar a todo el mundo. ¿Creías, acaso, que no conocía tus
intenciones? Yo sé que no pensabas compartir este tesoro con nosotros, que
cuando lo hubieses tenido en tus manos nos hubieras pagado con cuatro cuartos,
para procurar ir eliminándonos después, poco a poco, del mundo de los vivos. No
te interesaba que viviéramos. Nuestra existencia amenazaba continuamente la
tuya. Pensabas cerrarnos la boca en cuanto te fuera posible. Y, ya ves, doctor
Pacheco, el tiro te ha salido por la culata. Somos nosotros los que te
sellaremos la boca a ti. Te hemos obedecido mientras nos ha convenido. Sabes
organizar mejor que nosotros y te necesitábamos hasta que fuera nuestro el
tesoro. Ahora, nos estorbas. ¡Echadle la cuerda al cuello, muchachos!
El doctor prorrumpió en denuestos y amenazas que Coliño
escuchó impávido.
—Mal te cuadra amenazar-dijo—, cuando estás a dos dedos
del sepulcro. ¿Por qué no suplicas, a ver si me enterneces?
El lazo se apretó a la garganta de Pacheco, ahogando su
contestación. Pero, antes de que pudiera ser izado ante los horrorizados ojos
de los que habían sido víctimas de su traición, sonó otra voz, terrible y
amenazadora, que le heló a Coliño la risa en la garganta.
—Permitidme-dijo la voz—, que desempeñe yo un papel
también en esta tragicomedia.
Una pistola apareció, suspendida en el aire, apuntando a
Coliño. Un rostro espantoso se materializó, bruscamente, sobre la misma.
—¡Yuma! —exclamó el hombre, sobrecogido.
Luego, armándose de valor mediante un esfuerzo:
—¡A mí, muchachos! ¡Hombre o demonio, hay que
exterminarlo!
Una horrible carcajada le contestó.
—Mira a tu alrededor-dijo la voz—. ¡Mira y verás cómo son
cumplidas tus órdenes!
—¡Traición! —exclamó el otro, al volverse.
Los seis japoneses se habían acercado, rodeando a sus
otros tres compañeros, a los que ya habían desarmado.
—En efecto-contestó Yuma—, el encadenamiento de traiciones
se complica.
—¡Atadlos a todos! —ordenó, dirigiéndose a los japoneses—.
Y no olvidéis al doctor Pacheco.
Mientras los japoneses cumplían sus órdenes, la voz habló
de nuevo:
—Señorita... profesor... señor Vargas... Tengan la bondad
de sentarse. Dentro de poco podrán reanudar su camino completamente libres y
llevaré la arquilla.
Habían ocurrido tantas cosas tan aprisa, que los tres
estaban aturdidos. Se sentaron sin haber despegados los labios.
Reinó el silencio unos instantes.
—Cuando el doctor Pacheco llegó tan oportunamente para
salvarle a su salida de Jefatura, profesor, lo encontré tan extraño, qué decidí
someterle a vigilancia especial, mientras mis agentes se encargaban de buscar
datos que permitieran reconstruir su historia. Acabé convenciéndome de que el
instigador de cuantos ataques sufrieron usted y el señor Vargas era el propio
doctor, que él le había hecho secuestrar, que, al enterarse de su huida, había
intentado interceptarle antes de que llegase a Jefatura y que, viendo que no
había llegado a tiempo había fingido salvarle para lograr así acompañarle a su
casa, recordarle su amistad pasada y conseguir que le hiciera su confidente y
acabara invitándole a que le acompañara. Así podía dirigir mucho mejor a sus
hombres sin que de él se desconfiara y conocer siempre los planes que usted
tuviera.
»No obstante, no me conformaba yo con saberlo, sino que
quería que usted se convenciese del verdadero carácter de su supuesto amigo.
Por eso dejé que siguiera la cosa delante, limitándome tan sólo a reunirme con
ustedes cuando me imaginé que empezaba el peligro verdadero.
»Me adelanté a todos para hacer unas investigaciones en
China y en los Estados Malayos, descubriendo lo que ya sospechaba. El doctor
Pacheco se había dedicado al tráfico de estupefacientes y por eso contaba con
numerosos amigos entre los contrabandistas y traficantes de drogas. El hecho de
que fuera médico le ayudaba bastante y él supo sacarle todo el provecho
posible.
»Uno de sus agentes en China poseía un hotel en el que
usted y el profesor Vargas estuvieron alojados. Al recibir la carta para Vargas
reexpedida del hotel anterior, rompió el sobre, se enteró de su contenido y se
lo comunicó inmediatamente a Pacheco, dándole al propio tiempo el nombre y las
señas de la persona a quien la había dirigido. Como consecuencia, Pacheco supo
antes que ustedes que la espada era la clave de algo y por eso intentó robarlo
y acabó consiguiéndolo.
»Sabía que su amigo en China había reexpedido la carta al
hotel a que se habían dirigido ustedes al marcharse del suyo y no ignoraba que
la carta acabaría par ser enviada a Barcelona, aun cuando no sabía la fecha.
»Desde aquel momento, sin embargo, usted y Vargas fueron
vigilados día y noche. Si llegó usted a recibir la carta siquiera, fue porque
no había previsto Pacheco la posibilidad de que fuera entregada a mano. Creía
que llegaría por correo y esperaba robársela entonces de una manera u otra.
»Cuando se dio cuenta, era demasiado tarde para impedir
que usted la leyese, pero no para capturar al mensajero y a usted cuando salió
de su casa.
»Sabiendo yo el barco en que cruzaban ustedes, procuré
hallarme en Singapur a tiempo para embarcarme en él cuando hiciera escala y me
presenté a ustedes con el nombre de profesor Duchien, excéntrico entomólogo
francés.
Julio soltó una exclamación de sorpresa al oírle.
—Pero si Duchien...—empezó a decir.
—Ya sé lo que va usted a decir-le interrumpió la voz—. Fue
una estratagema de Pacheco. Yo no escribí la nota que usted encontró. Pero el
doctor, para mayor seguridad suya, pensó en hacer desaparecer a otro pasajero y
usar su nombre para firmar el mensaje. Así esperaba hacer creer a todo el mundo
que dicho pasajero era el jefe de los piratas. Su intención era matar a dicho
hombre y echarle al agua para que nunca pudiera desmentir lo que con su nombre
se había hecho. Le convenía más secuestrar a alguien que careciese de familia
que se preocupara en investigar su paradero y me escogió a mí como el más
indicado. Yo, que de todas formas me hubiera marchado con los piratas para
proteger a Margarita, encontré así, facilitado mi trabajo.
»Me separaron de ella porque hablaba demasiado y temían
que dijese algo que más tarde estropeara toda la historia preparada por
Pacheco. Cuando estábamos cerca de la Bahía de Bias, fingí un ataque de locura
y me tiré al agua.
»Los piratas me buscaron, pero, no viéndome salir a la
superficie, creyeron que me había ahogado, cosa que les tenía completamente sin
cuidado, puesto que tenían órdenes de matarme tarde o temprano y así les había
ahorrado yo trabajo. Sin embargo, para producir la ilusión de que yo era el
misterioso jefe, las mujeres encargadas de custodiar a Margarita recibieron la
orden de rehuir toda conversación relacionada conmigo, procurando fomentar la
creencia de que me tenían demasiado miedo para hablar. No creo que tuvieran
mucho éxito en eso, sin embargo, porque no conocían lo bastante el español para
poder crear semejante impresión.
»Tengo muchos agentes en el Japón y en China y quiso la
casualidad que seis de ellos lograran introducirse en la cuadrilla que Pacheco
había organizado aquí. Sabía que serían ellos los empleados para efectuar
cualquier ataque que se meditara, conque procuré fijar yo el momento en que
habría de efectuarse la intentona mediante el sencillo expediente de quedarme
con la espada hasta última hora. Así, el único momento que podía parecerle
verdaderamente favorable a Pacheco seria aquél en que se hallaran caminando de
Yoshino a Saso con la arquilla y no dudé que lo aprovecharía. Por consiguiente,
di la orden a los japoneses de que hicieran todo lo que les mandase Coliño
hasta que yo interviniese, asegurándoles que me hallaría cerca en todo momento.
»En cuanto les dejé a ustedes en el templo, vine a
esperarles al camino y les he seguido hasta este soto. Al darme cuenta de las
intenciones de Coliño, no intervine tan pronto como había pensado hacerlo,
porque quería proporcionarle a Pacheco una oportunidad para que se delatara
ante ustedes, cosa que, como han visto he logrado plenamente.
Debió notar que tanto Julio, como el profesor y Margarita,
ardían en deseos de dirigirle preguntas, porque les cortó en seco con estas
palabras:
—Es tarde. No hay tiempo de hablar mucho y tampoco
respondería a sus preguntas. Todas estos hombres quedan bajo mi guarda. Ninguno
de ellos volverá a dedicarse a actividades criminales. Les haré perder la
memoria y procuraré educarles de nuevo para qué se conviertan en ciudadanos de
provecho. Más vale que cojan la arquilla y se vayan. Si no se dan prisa, no
podrán tomar el tren para Osaka hoy y tendrán que quedarse en cualquier pueblo
hasta mañana. Viajen sin temor. Nadie les molestará ya.
Calló la voz y, como nadie respondiera a las preguntas
que, a pesar de sus observaciones, se empeñaron en dirigirle, optaron por
seguir su consejo, reanudando el camino seguido de las miradas de odio de
Pacheco a quien los japoneses custodiaban igual que a Coliño y sus hombres.
*****
Trévelez apartó la memoria que estaba estudiando en su
despacho del Instituto y descolgó el teléfono, que tocaba con insistencia.
—¿Diga? —preguntó.
—Soy yo, señor Trévelez-dijo una voz conocida—. ¡Vargas!
—¡Como! ¿Ya están ustedes de vuelta?
—Sí, señor.
—Y ¿qué tal les ha ida la aventura?
—¡Magníficamente!
—¿Han encontrado un tesoro?
—Un tesoro maravilloso que quiero enseñarle y otro más
maravilloso todavía.
—¡Caramba! Y ¿qué tesoros son esos?
—Uno, el del samurai, y el mayor...
—¿Cuál?
—Margarita. Nos casamos a principios del mes que viene,
señor Trévelez, y contamos con usted para padrino. Venga en seguida, que
tenemos muchas casas que contarle.
—Dentro de media hora estaré con ustedes-prometió el
director del Instituto.
Y, con una singular sonrisa, avisó al conserje para que le
aguardara cl automóvil a la puerta.
FIN
Editado por: Editorial Molino, mayo de 1943


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