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Libro N° 4003. La Casa Del Cráter. Molinero, Rafael.

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© Libro N° 4003. La Casa Del Cráter. Molinero, Rafael. Colección E.O. Julio 22 de 2017.

Título original: ©  La Casa Del Cráter. Rafael Molinero

 

Versión Original: © La Casa Del Cráter. Rafael Molinero

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA CASA DEL CRÁTER

Rafael Molinero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un coche se detuvo a la puerta del palacete del marqués de Bitalvo, en las proximidades del Paseo de la Bonanova. El conductor bajó de su asiento, abrió la portezuela, quitándose respetuosamente la gorra de uniforme al descender del vehículo un hombre alto, de rostro seco y moreno, nariz aguileña y cabello negro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La casa del cráter

CAPÍTULO I

CAPÍTULO II

CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V

CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VII

CAPÍTULO VIII

CAPÍTULO IX

CAPÍTULO IX

CAPÍTULO X

CAPÍTULO XI

CAPÍTULO XII

CAPÍTULO XIII

CAPÍTULO XIV

CAPÍTULO XV

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La casa del cráter

G. L. Hipkiss

(como Rafael Molinero)

 

Yuma/11

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

 

 

LA SUBASTA

UN coche se detuvo a la puerta del palacete del marqués de Bitalvo, en las proximidades del Paseo de la Bonanova. El conductor bajó de su asiento, abrió la portezuela, quitándose respetuosamente la gorra de uniforme al descender del vehículo un hombre alto, de rostro seco y moreno, nariz aguileña y cabello negro.

—No es necesario que me aguarde, Francisco-dijo el hombre —. Puede ser que tarde en salir. Volveré a casa a pie o en un taxi.

—Bien, señor-respondió el conductor, cerrando la portezuela y volviendo a su asiento.

El hombre cruzó la acera, franqueó la verja, atravesó el umbrío parque y llamó a la puerta de la casa. Un criado de librea le abrió.

—Pase, señor Trévelez-dijo, reconociendo al visitante —. Es en el salón. ¿Desea que le acompañe?

El director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas movió, negativamente, la cabeza.

—No es necesario, Marcial-le contestó.

Parecía muy bien conocer la casa. Se dirigió, sin vacilar, a una de las puertas que daban al espacioso vestíbulo y entró en el salón.

La subasta había empezado ya. Una veintena de personas se hallaban diseminadas por el cuarto. En el extremo más apartado, tras una mesa, había un hombre, con una maceta en la mano. Dos criados acababan de colocar cerca de él, y de forma que las asistentes pudieran verlo claramente, un bargueño.

—Lote número diez-cantó el hombre de la maceta —. Magnifico bargueño cuya historia...

—¡Mil pesetas! —le interrumpió una voz.

Era evidente que los concurrentes habían ido a comprar y no a escuchar la propaganda que quisiera hacer el subastador.

—¡Mil quinientas! —dijo otro, sin dar tiempo al subastador a abrir la boca siquiera.

—¡Dos mil!

—¡Quinientas más!

La cantidad fue subiendo paulatinamente, llegó a las cinco mil pesetas, pasó... Trévelez se había dejado caer en una butaca, sin dar muestras de interés. No era aquello lo que él había ido a comprar.

Mientras unos y otros continuaban pujando, echó una mirada a su alrededor. Vio a los que asistían a la subasta, eran, en su mayoría anticuarios y algún que otro coleccionista entre ellos. Los conocía a todos a todos... menos a uno. El desconocido estaba sentado en un rincón y parecía interesarse tan poco como el propio Trévelez. Era un hombre delgado, muy delgado, muy moreno, de apergaminado rostro, que estaba consultando en aquellos momentos el catálogo.

Parecía extranjero —posiblemente oriundo del Próximo Oriente. El director del Instituto estaba seguro de que no era un anticuario-no un anticuario de Barcelona por lo menos. Era Trévelez demasiado aficionado a coleccionar antigüedades para no conocer a todos los de la población. Tampoco le había visto en subasta alguna hasta aquel día a pesar de que él solía asistir a todas las que le era posible.

La voz del subastador sonó de nuevo.

—Dan nueve mil pesetas-decía —. ¿No hay quien dé más?

Empezó a hacer el panegírico del mueble, y una vez convencido de que nadie pujaría ya, dio un golpe con la maceta sobre la mesa, adjudicando el bargueño al coleccionista que había hecho la oferta.

Fue retirado el bargueño y otro lote ocupó su lugar. Los herederos del difunto marqués de Bitalvo habían decidido hacer liquidación total de los objetos de arte que tan amorosamente, en vida, el marqués se había dedicado a coleccionar.

Trévelez siguió contemplando la subasta sin hablar. El lote que a él le interesaba era el que figuraba en el catálogo en vigésimo lugar-unos papiros egipcios que el marqués le enseñara en vida y que había encontrado lo bastante interesantes para desear adquirirlos ya que se le presentaba la ocasión.

Observó, subconscientemente, que el desconocido tampoco parecía dispuesto a ofrecer nada por ninguno de los lotes que se iban presentando; él y Trévelez eran los únicos que no habían pujado hasta aquel momento.

—¡Lote diecinueve! —contó por fin el subastador—. ¡Momia no identificada de la IV dinastía! ¡Se la supone...

—¡Doscientas pesetas! —le interrumpió el desconocido, pareciendo despertar.

—¡Doscientas cincuenta! —ofreció uno de los anticuarios.

—¡Trescientas! —ofreció otro.

—¡Ochocientas! —exclamó el desconocido.

La brusca subida sorprendió a todo el mundo, incluso al propio subastador.

—¡Ochocientas pesetas! —dijo—. ¡Dan ochocientas pesetas! ¡Ochocientas pesetas por una momia que...

—¡Ochocientas cincuenta! —ofreció un coleccionista.

—¡Mil quinientas! —dijo el desconocido, sin pestañear.

El director del Instituto le miró con curiosidad. El hombre parecía dispuesto a llevarse aquella momia a toda costa. Sin embargo, él, que la había visto de cerca y que de boca del propio marqués había oído su historia, sabía que tenía muy poco valor-desde el punto de vista de un arqueólogo por lo menos. ¿Por qué tenía tantos deseos de comprarla el desconocido? ¿Cómo se le ocurría doblar casi el precio que ofreciera el coleccionista?

Esa misma pregunta se haría el coleccionista sin duda y, a buen seguro, llegaría a la conclusión de que la momia tendría mucho más valor de lo que había supuesto en un principio. Posiblemente, se diría, ¿tendría algo que él no había sabido ver? Vaciló unos instantes —los suficientes para que el subastador empezara otra vez...!

—¡Dan mil quinientas, señores! ¡Dan mil quinientas...!

—¡Mil seiscientas! —exclamó, por fin.

No fue el único, sin embargo. Algún otro coleccionista debió hacerse las mismas reflexiones que él. Porque sonaron dos voces más, una tras otra.

—¡Mil setecientas!

—¡Mil ochocientas!

Trévelez miró al desconocido. Ente echó una mirada escudriñadora a los que pujaban, y no habló. Dejó que pujaran solos.

El precio llegó a las dos mil pesetas y allí se estancó.

—¡Dos mil pesetas! —dijo el subastados—. ¡Dan dos mil pesetas! ¡Dos mil pesetas por una momia de la cuarta dinastía! ¿No hay quien dé más?

Nadie contestó. El subastador alzó la maceta.

—¡Tres mil! —exclamó el desconocido, antes de que pudiera descargar el golpe contra la mesa.

Nadie lo pujó ya. La momia le fue adjudicada. El hombre se acercó a la mesa, pagó en billetes y sacó una tarjeta de visita, en la que anotó una dirección. No esperó a que saliera ningún lote más. Dio media vuelta y se marchó después de haberse asegurado de que su adquisición le sería enviada al domicilio que había dado, a primera hora del día siguiente.

El lote número veinte salió a subasta. Trévelez consiguió que le fuera adjudicado y, no quedando ya en el catalogo cosa alguna que le interesara, se levantó a su vez. Estaba muy satisfecho de su compra y, sin embargo, casi la olvidó por completo cuando se puso a caminar, lentamente, en dirección al Instituto. Sin saber por qué, no lograba desenterrar de sus pensamientos el incidente de la momia. ¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué había tenido tanto empeño en adquirir los anónimos restos de un egipcio de la cuarta dinastía?

Y, al entrar en el Instituto y dirigirse a su despacho, la pregunta seguía obstinándose en surgir a pesar de sus esfuerzos por desterrarla.

¿Por qué?

CAPÍTULO II

 

 

LA MOMIA VIVIENTE

SONÓ un golpecito discreto en la puerta. La doctora Arana alzó la cabeza.

—¡Adelante! —dijo.

Entró la doncella con una bandeja en la mano. Sobre la bandeja se veía una tarjeta de visita.

—Un caballero pregunta por usted, señorita.

La doctora tomó la tarjeta y leyó:

 

Balahmut Bey

 

Miró a la doncella.

—¿Qué desea este señor? —preguntó.

—No ha querido decírmelo, señorita. Asegura que se trata de algo muy urgente. Desea verla.

La doctora vaciló unos instantes. Luego se encogió de hombros.

—Que pase-ordenó.

La doncella se retiró, volviendo a los pocos momentos acompañada de un hombre muy moreno, de apergaminado rostro-el mismo que asistiera a la subasta de los efectos del difunto marqués de Bitalvo el día anterior.

—¿En qué puedo servirle, caballero? —inquirió Dolores, invitándole a que se sentara, con un gesto.

—Quiero suplicarle que acuda a mi casa, doctora. Mi esposa...

—¿Viene usted a verme en mi capacidad profesional?

—Naturalmente-asintió el hombre, mirándola con sorpresa —. He visto...

—Lo siento, señor... —consultó la tarjeta—, Balahmut. No ejerzo fuera de la Clínica. ¿Cómo se le ha ocurrido venir a mí? Habrá usted observado que no hay placa alguna en mi puerta. ¿Quién le ha dado mi dirección?

—La encontré en el listín de teléfonos y...

—Soy subdirectora de la Clínica del doctor Prensa y es necesaria mi presencia allí. Estaba a punto de marchar cuando me anunciaron su visita. Mis obligaciones me impiden aceptar pacientes particularmente. Pero en esta misma casa, en el piso primero, hay un doctor. ¿Por qué no se dirige a él?

—Doctora, mi esposa se ha puesto repentinamente enferma. Temo que se trate de algo grave. Soy mahometano. Por consiguiente, no creo necesario decirla que deseo que la asista una mujer y no un hombre. He buscado en el listín el nombre de una doctora; el de usted es el primero que he visto y no me he parado a buscar más. Le agradeceré que haga una excepción en este caso. Si usted se niega a complacerme, me veré obligado a buscar otra doctora. No creo que éstas abunden. Tardaré quizá mucho rato en dar con otra. Entretanto, el estado de mi esposa puede agravarse y...

La doctora Arana se quedó pensativa unos instantes. Era cierto que había estado a punto de marchar a la Clínica del doctor Prensa. Como subdirectora y en parte dueña de la misma, acostumbraba a pasarse gran parte de su tiempo en ella. No obstante, comprendía perfectamente que al otro le repugnara llamar a un médico para asistir a su esposa en vista de sus creencias.

—Estoy dispuesto a pagar lo que sea preciso, doctora-insistió el hombre —. No puede usted negarse a la llamada de un enfermo...

—No se trata de dinero, señor Balahmut-respondió la joven —. Como le he dicho, la Clínica absorbe todo mi tiempo. No puedo, en realidad, asistir a otros enfermos. Sin embargo, en vista de las circunstancias...

—¿Cuándo se puso enferma su esposa?

Consultó su reloj de pulsera.

—¿Está muy lejos? —inquirió.

—En la Avenida de Chile-contestó el otro.

—Voy a avisar para que preparen mi coche.

—No es necesario, doctora. Tengo el mío a la puerta. Si no tiene inconveniente...

—Perdone un momento, pues.

Descolgó el teléfono, marcó el número de la Clínica.

—Habla la doctora Arana-dijo —. ¿Hay algo importante ahí?

La contestaron que no, evidentemente.

—En tal caso, no me esperen. No sé a qué hora iré esta tarde. Tal vez no vaya siquiera. ¿Comprende?

Colgó el auricular.

—Vamos-dijo, volviéndose al visitante.

Salieron del piso. Bajaron la escalera. El coche de Balahmut Bey aguardaba a la puerta como había dicho el hombre. El conductor, tan moreno como su amo, abrió la portezuela. Subió la doctora seguida de su visitante. El automóvil se puso en marcha.

—¿Cuándo se puso enferma su esposa? —inquirió Dolores, por el camino.

—Poco después de comer.

—¿Qué síntomas tiene?

—Se queja de dolores insoportables en el estómago. Ha tenido vómitos de un color verdusco.

—¿Qué comieron ustedes?

—Sopa, verduras, pescado...

—¿Estaba el pescado fresco?

—Lo parecía. Yo no he notado nada, por lo menos.

—¿No han tomado ninguna otra cosa susceptible de producir una intoxicación?

—No lo creo, doctora.

—¿Dulces?

—Sí, pero hechos en casa.

—¿Qué dulces?

—Flan...

—¿Estaban en buen estado los moldes empleados?

—Supongo que sí. No obstante, eso es cosa del cocinero.

La doctora hizo algunas preguntas más. Luego ambos guardaron silencio hasta llegar a la Avenida de Chile.

—Ahí es-dijo, de pronto Balahmut, señalando una casita aislada, rodeada de jardines.

Paróse el coche. El conductor se apeó y abrió la verja, volviendo luego a su asiento. El vehículo entró en el jardín y fue a detenerse junto a la puerta del edificio, que se abrió inmediatamente, apareciendo otro hombre moreno en el umbral.

Balahmut se apeó, ayudó a la doctora a hacer lo propio y la hizo entrar en la casa.

—Por aquí, doctora-dijo, precediéndola por un pasillo.

Se detuvo ante la puerta de un cuarto. La abrió. Se echó a un lado.

—¿Tiene la bondad de pasar? —dijo.

La doctora entró y se detuvo bruscamente.

¡La habitación estaba completamente desierta y desamueblada!

Se dio cuenta demasiado tarde de que había caído en una trampa. Sintió que la sujetaban fuertemente por los brazos, que una mano la cubría boca y nariz con un paño. Hirió su olfato un olor dulzón, inconfundible y forcejeó desesperadamente por desasirse antes de que el cloroformo surtiera efecto. Todos sus esfuerzos resultaron vanos. Le pareció como si su cuerpo perdiera peso, flotara en el aire para sumirse luego en un lago de tinieblas.

Balahmut dio una orden. El criado que había estado sosteniendo el paño empapado en cloroformo lo dejó caer en el suelo y ayudó a su amo a alzar el cuerpo exánime de la muchacha. Lo trasladaron a otro cuarto, desamueblado también en uno de cuyos rincones se veía, abierta, la caja de la momia adquirida el día anterior por el hombre. La momia yacía en el suelo y, cerca de ella, otra momia del mismo tamaño.

Sin hablar palabra, amo y criado depositaron el cuerpo de Dolores Arana en la caja. Balahmut se agachó, a continuación, y alzó la segunda momia, qua no resultó ser, en realidad, más que una serie de vendas pegadas a un estuche de cartón piedra en forma de cuerpo humano y abierto por detrás.

La falsa momia fue colocada sobre el cuerpo de Dolores, tapándolo. Cualquiera que abriese la caja tomaría aquello por una momia auténtica y no se molestaría en buscar más allá. Cerróse la caja, que fue cosida inmediatamente en un envoltorio de tela.

Sin perder instante, el bulto fue trasladado al jardín, sujetado con correas encima del automóvil. El conductor seguía en su puesto: Balahmut abrió la portezuela y subió. El coche se puso en marcha, salió a la Avenida de Chile, aguardó. El criado cerró con llave la puerta de la casa, hizo lo propio con la del jardín, tomó asiento al lado del conductor.

El vehículo no paró ya hasta llegar al aeródromo del Prat, donde un avión aguardaba su llegada. Fue descargado el bulto y trasladado al despacho de Aduanas del aeródromo. Conocedor de las restricciones existentes sobre la exportación de objetos de arte, Balahmut iba prevenido. Presentó la autorización que había conseguido para sacar del país la momia adquirida en la subasta.

—Lo siento, caballero-dijo uno de los vistas —; tendremos que pedirle que quite la tela en que va envuelta. Es nuestra obligación asegurarnos de que es una momia lo que contiene la caja.

—Lo comprendo perfectamente-contestó el hombre, poniéndose a descoser el envoltorio —. Sólo les pido una cosa si han de tocar la momia, háganlo con mucho cuidado. Es muy antigua y podría deshacerse por completo.

—No se preocupe-le respondieron —; tendremos cuidado.

Balahmut acabó de quitar la tela, abrió la caja, exhibiendo la supuesta momia.

—¿Es necesario que la saque? —inquirió, haciendo un ademán de meter las manos en la caja.

—No, no es necesario. Puede usted cerrar la caja otra vez si quiere-dijo el empleado, dándose por satisfecho —. Es una lástima correr el riesgo de que se estropee. Ya se ve que eso es todo lo que hay dentro.

El hombre se deshizo en expresiones de agradecimiento.

—Se trata de uno de mis antepasados-confesó —. He venido a España con el exclusivo objeto de comprar la momia si me era posible para darla sepultura, nuevamente, en Egipto.

Mientras hablaba, el criado cosía nuevamente el envoltorio y, cuando hubo terminado, lo trasladó a bordo con ayuda del conductor del automóvil. Este volvió a su vehículo y se alejó a toda velocidad del aeródromo mientras el avión despegaba y se perdía en lontananza con el cuerpo de la doctora Arana convertido en momia viviente.

CAPÍTULO III

 

 

LOS BOTONES MARAVILLOSOS

MIENTRAS tenían lugar los sucesos relatados en el capítulo anterior, allá en el laboratorio secreto, bajo los cimientos del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas, Trévelez trabajaba afanosamente introduciendo modificaciones en su último y sorprendente invento.

Nadie hubiera podido sospechar su naturaleza observando las manipulaciones que llevaba a cabo. Sobre uno de los grandes bancos tenía instalada una especie de pantalla fluorescente a cuyo pie se veían varios botones de control. La pantalla, sobre la que campeaba un altavoz, iba conectada a un complicado aparato colocado en un rincón y compuesto de amplificadores, lámparas enormes con refrigeración por agua, discos giratorios y un motor que, en aquellos momentos, se hallaba en marcha.

Trévelez, con ayuda de una lupa, montaba microscópicas piezas en minúsculos estuches del tamaño de un botón. Cuando terminó el delicado trabajo, consultó su reloj: eran las ocho-mucho más tarde de lo que se había imaginado. Recogió todos los botoncillos aquellos y se dirigió al ascensor secreto. Cruzó el cuarto guardarropa al salir de él y descolgó uno de los teléfonos instalados en el despachito contiguo. Inmediatamente le contestó una voz.

—Garvez-dijo.

—¿Tiene usted montada ya la pantalla de acuerdo con las instrucciones que le di? —inquirió Trévelez.

—Sí.

—Bien. Esta noche haremos las primeras pruebas. Pero, quiero yo ver el resultado también. Dentro de media hora recibirá usted uno de los botones. A las nueve y cuarto probaremos.

—De acuerdo. ¿Nada más?

—Nada más-contestó el director del Instituto.

Colgó el aparato. Salió al corto pasillo. Tocó un resorte. La pared del fondo giró, silenciosamente, dejando una abertura por la que pasó a su despacho oficial del Instituto. Empujó la estantería que había girado con la pared y la puerta secreta se cerró sin que pudiera observarse después ni rastro de su existencia.

Encendió la luz, tomó una cajita de cartón, introdujo en ella uno de los botones que había preparado, lo envolvió todo y escribió sobre el envoltorio unas señas. Luego descolgó el teléfono.

—¿Diga, señor Director? —inquirió la voz del conserje desde la centralilla.

—Dígale a Francisco que suba a mi despacho-ordenó.

—Enseguida, señor Director.

Unos minutos más tarde llamaron a la puerta y, en contestación a una orden de Trévelez, entró el conductor de su automóvil particular. Le entregó la cajita.

—Llévele esta caja inmediatamente al señor Garvez, Francisco.

—Sí, señor. ¿He de esperar alguna contestación?

—No. En cuanto haya cumplido este encargo, queda libre para hacer lo que se le antoje. No le necesitaré esta noche.

—Bien, señor.

Se guardó el paquetito en el bolsillo y se dirigió a la puerta.

—Francisco.

—Señor-inquirió el hombre, deteniéndose.

—Diga abajo que pueden servirme la cena cuando quieran. La tomaré aquí mismo.

—Sí, señor.

El hombre se fue.

A las nueve menos cuarto había terminado ya su frugal cena. Aguardó a que se llevaran los platos, y cuando se vio solo de nuevo, tocó una moldura de la pared en dos sitios distintos. Toda la estantería giró sobre ocultos goznes, franqueándole el paso al despacho secreto. Entró en el corto pasillo y cerró la puerta tras él. No paró en el primer despacho, sin embargo, sino que entró en el cuarto ropero, introduciéndose en el ascensor, que, como ya saben nuestros lectores, nadie hubiera supuesto otra cosa que un armario.

Una vez en el laboratorio, descolgó el auricular de uno de los teléfonos que tenía sobre el banco de trabajo y que eran simples extensiones de los dos aparatos del despacho secreto. Como la vez anterior, le contestó una voz:

—Garvez.

—¿Está preparado?

—Lo estaré dentro de unos segundos. No esperaba su llamada hasta las nueve y cuarto.

—¿Ha cenado ya?

—Sí.

—En este caso no hay necesidad de que aguardemos. Quiero dejarlo resuelto todo esta noche.

—Bien, jefe.

—¿Recuerda mis instrucciones?

—Perfectamente.

—Adelante, pues.

Colgó el aparato y se volvió a la pantalla. Dio a un interruptor. La pantalla adquirió un brillo semejante al del fósforo. Sacó del bolsillo uno de los botones y lo colocó al pie de la pantalla, frente a él. Luego se puso a manipular los controles. Algo oscuro apareció en la fluorescente superficie. Poco a poco, a medida que dio vueltas a los botones de reóstatos y condensadores, la mancha fue adquiriendo forma hasta aparecer en la pantalla el busto de un hombre.

—La recepción no es clara-dijo.

—No-le contestó la imagen por el altavoz —; parece una fotografía desenfocada. No se aprecian los detalles.

—Tiene usted razón. Tampoco es clara la voz. Supongo que ocurrirá lo propio con todos los botones, pero vamos a probarlo.

Quitó el que tenía delante y puso otro en su lugar. Garvez anunció que la recepción continuaba igual. Lo mismo sucedió con los demás.

—Aguarde unos momentos-ordenó Trévelez —. Creo que podremos arreglarlo.

Sujetó uno de los botones en un minúsculo tornillo, tomó una lupa y unas herramientas de relojero y se puso a repasar las microscópicas piezas. Al cabo de un cuarto de hora, sacó el botón del tornillo y lo colocó al pie de la pantalla.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Bastante mejor. Pero aún no es todo lo clara que fuera de desear.

Durante cerca de dos horas Trévelez estuvo desmontando y montando el mismo botón, hasta que por fin.

—¡Magnífico! —dijo la voz de Garvez—. Lo ha logrado usted, jefe. No puede pedirse más. Distingo hasta los detalles más insignificantes.

Trévelez consultó su reloj.

—Son las once-dijo —. ¿Puede usted mandarme alguien aquí?

—Sí, jefe.

—Hágalo inmediatamente, pues. Le entregaré el botón ajustado. Quiero darme cuenta por mí mismo del resultado.

—En seguida, jefe.

La imagen de Garvez desapareció de la pantalla. Trévelez se levantó de su asiento, y volvió a su despacho oficial. Desde allí llamó al conserje.

—Tome-le dijo, cuando se presentó, entregándole un paquetito —; dentro de un rato vendrá un mensajero del señor Garvez. Le dará esto de mi parte.

—Sí, señor. ¿Desea alguna cosa más?

—No, Juan. Puede retirarse.

El hombre se fue y Trévelez volvió al laboratorio. La imagen de Garvez se veía, nuevamente en la pantalla.

—Ahora mismo salen a buscar eso-dijo una voz.

—Ya lo tiene el conserje para entregárselo-anunció el director del Instituto, entreteniéndose en desmontar uno por uno todos los botones que tenía preparados, menos el que se hallaba al pie de la pantalla.

Durante tres cuartos de hora, aproximadamente, estuvo repasando las minúsculas piezas. De pronto desapareció la imagen de la pantalla. Unos momentos después, volvió a aparecer, pero no como antes. Ahora, la figura se veía claramente, hasta en sus más mínimos detalles. Detrás de la cabeza de Garvez se distinguía un cuadro colgado en la pared, del que se destacaban, claramente, las figuras.

—¿Qué le parece, jefe? —inquirió la voz de Garvez, tan clara ya, que parecía hallarse en el laboratorio, al lado de Trévelez.

—Muy bien-respondió éste —; pero creo que aun puede mejorarse un poco.

Acabó de preparar uno dedos botones y se lo colocó delante.

—¿Cómo está ahora?

—Mejor si cabe-asintió Garvez —; aunque, la verdad, la diferencia es poca, ya que era imposible mejorar mucho lo que ya había logrado.

—Bien. Lo daremos por definitivo, pues. Es conveniente que podamos hacer uso de esto lo más aprisa posible. No sabemos cuándo nos veremos metidos en un caso en el que estos botoncitos puedan sernos de inestimable valor. Esta misma noche dejaré preparados los necesarios para que pueda efectuarse su distribución. Mañana a primera hora se los mandaré. No se mueva de ahí. Mientras trabajo, le iré explicando su funcionamiento y le daré las instrucciones oportunas. Así ahorraremos tiempo por lo menos.

Tomó uno de los botones y se puso a trabajar.

—En el paquete que le mandaré mañana-prosiguió —, encontrará usted, además de los botones, algunos gemelos para puños, alfileres de corbata y algunas otras cosas por el estilo. Los botones deben ser cosidos con cuidado. En realidad, cada uno de los cuatro agujeros que tienen es doble. Existe, en el interior, una minúscula bifurcación. La cosa no ofrece dificultad, sin embargo, porque la aguja resbalará por el ramal que le corresponde, ya que el otro está obturado. Este último lleva una pequeña lente que condensa y enfoca los rayos luminosos sobre una célula fotoeléctrica microscópica de mi invención. Empleo en ella un procedimiento nuevo. No es de selenio, potasio ni ninguno de esos minerales empleados hasta la fecha. Posee una sensibilidad extraordinaria y diversas otras propiedades que no hacen al caso.

«La emisión de las imágenes se hace con onda corta... la onda más corta que se ha empleado hasta el momento. Gracias a ello, es capaz de penetrar capas que para otras ondas resultarían aislantes. Las propiedades del terreno, la presencia de minerales de cualquier naturaleza y cuantas otras cosas son susceptibles de anular o estropear la emisión o recepción de las ondas empleadas normalmente, apenas ejercen influencia alguna sobre las que yo empleo.

»A pesar de que, por fuerza, la emisión es debilísima, nuestros aparatos la recogen sin distorsión alguna y sólo es cuestión de amplificarla, cosa que hacen nuestros aparatos a la maravilla. Mi objeto al enviarle gemelos, alfileres y todo eso además de botones es asegurar que el campo visual sea el mayor posible. La pedrería que sirve de adorno a tales objetos se compone, en realidad, de una serie de lentes que hacen de visores. Los botones nos permitirán ver lo que pueda ver el que los lleva desde la altura a que éstos se encuentren cosidos; los alfileres de corbata radiarán lo que pueda verse desde mayor altura; los gemelos nos proporcionarán un medio de ver lo que hay o sucede a los lados de aquél que los use. Ni que decir tiene que el agente podrá hacernos ver, con ayuda de los televisores que lleva, todo aquello que sea de mayor interés para nosotros. Y aun en el supuesto de que no pueda moverse, siempre podremos obtener una idea de lo que le rodea y de las circunstancias en que se encuentra.

—¿No existe el peligro-objetó Garvez —, de que haya confusión de imágenes si cada agente lleva más de uno de esos televisores?

—Ninguno-aseguró Trévelez, sin dejar de trabajar —. Esa posibilidad estaba prevista. Cada uno de los botones, alfileres, o lo que sea que reciba usted esta mañana, irá envuelto en un papel sobre el que encontrará escrito el nombre del agente a quien debe entregarse junto con la longitud de su onda emisora. Observará, entonces, que no hay dos objetos que tengan la misma. La diferencia de longitud entre los objetos de cada lote es pequeña; la existencia entre los lotes completos es mayor. Puede usted sintonizar con cualquiera de los objetos excluyendo las emisiones de todos los demás. La pantalla de usted no es capaz de recibir la emisión de más de uno de ellos a la vez; pero ya remediaremos ese inconveniente. La mía está dispuesta de forma que pueda recibir simultáneamente las emisiones de todos los televisores de un mismo agente y formar con ellas una imagen compuesta.

Para R, le incluyo un medallón y un adorno que pueda llevar en el cabello, así como unos pendientes. Encontrará también anillos para todos. ¿Quiere preguntarme algo más?

—De momento, sólo se me ocurre una cosa y, aun ésa por curiosidad.

—¿De qué se trata?

—¿De dónde sale la corriente para hacer las emisiones? Es imposible que, en una cosa tan pequeña, haya aparato alguno generador de fluido eléctrico.

—No hay nada imposible, Garvez. Esa palabra la he borrado yo de mi diccionario. Hay cosas más difíciles y menos difíciles, pero imposible nada. De todas formas, los botones, en cuestión no contienen generador alguno. En primer lugar, no lo he considerado necesario. ¿Cómo cree usted que funcionan los relojes que llevan todos los agentes?

—He supuesto siempre que se producían su propia corriente. Son grandes en comparación con los botones y...

—Ha supuesto usted mal. En ellos se emplea el mismo procedimiento que en los televisores, sólo que mucho menos perfeccionado. Espero, dentro de poco, construir otros en los que vaya incorporado también un televisor.

«Ya sabe usted que el cuerpo humano genera y acumula fuerza. Dicha fuerza ha recibido numerosos nombres, entre ellos el de fuerza vital, fuerza nerviosa, etc. El nombre es lo de menos. Lo cierto es que se trata de una fuerza eléctrica que ha sido registrada ya por numerosos científicos con ayuda de aparatos especiales. Yo he hecho numerosos experimentos con ella también y he encontrado una forma de aprovecharla.

«Los relojes, como los botones, llevan un dispositivo especial que recoge las radiaciones órficas y las emplea para hacer las emisiones. Ese es todo el secreto. En el caso de los botones he llegado lejos. Gracias a su construcción, es posible usar las propias ondas que radian la imagen como vehículo para la voz. De ahí que nosotros, al propio tiempo que nos vemos, podamos sostener una conversación sin ayuda de más aparatos.

—El invento es maravilloso, jefe. ¡Lástima que no podamos hablar con los agentes por el mismo medio también!

—¿Quién ha dicho que no podemos?

—¡Ah! ¿Es posible?

—Sí, aunque sólo a medias, de momento. Puesto que, como he dicho, la onda emisora sirve de vehículo para la voz, cuanto se diga en la proximidad de los televisores será radiado, junto con la imagen. Podemos, no sólo ver, sino oír lo que hablan nuestros agentes.

—Pero... ¿no podremos hablarles nosotros?

—No. De momento, tendremos que conformarnos con usar el reloj como hemos hecho siempre. Para que los agentes pudieran oír nuestra voz, sería necesario que contaran con un receptor... por lo menos de sonido, ya que no de imagen. Esto último, desde luego, resulta bastante difícil, puesto que exige el empleo de una pantalla fluorescente y un amplificador especial... lo que no significa que no acabaré resolviendo la dificultad. En cuanto al sonido, no necesitarían más que un auricular que conectar al televisor y un medio de amplificación. Cuando tenga preparados los nuevos relojes, los prepararé de manera que sea posible establecer dicha conexión. Los agentes recibirán un auricular especial, del tamaño de una avellana, que ya tengo hecho y probado. Obtendrán la amplificación con la ayuda de una simple batería de bolsillo. De eso ya me cuidaré más adelante. ¿Tiene algo más que preguntarme?

—No se me ocurre nada de momento-contestó Garvez.

—En tal caso, puede usted retirarse a descansar si quiere. Yo aún tengo para bastante rato. Mañana recibirá los televisores junto con mis últimas instrucciones.

—Buenas noches, pues-dijo Garvez.

—Buenas noches respondió Trévelez.

Y, una vez hubo visto retirarse de la pantalla la imagen del otro, cerró los interruptores de la suya y se dispuso a terminar el trabajo que tenía empezado.

CAPÍTULO IV

 

 

LA ALARMA

A las once de la mañana, cuando se hallaba sentado en su despacho oficial del instituto, Trévelez sintió una leve presión sobre la muñeca. Apretó la corona de su reloj de pulsera dando la señal de que había recibido la llamada. Inmediatamente, la palanquita que sobresalía por la parte de atrás del reloj empezó a moverse rápidamente, deletreando en morse, contra la piel de la muñeca, el siguiente mensaje:

«A —R Ha desaparecido»

Trévelez se levantó de su asiento. «A» era la contraseña del que enviaba el mensaje es decir, Garvez.

«Aguarde» —contestó.

Y se dirigió a su despacho secreto.

Descolgó uno de los auriculares.

—Garvez-anunció una voz.

—Informe.

—R. —Telefoneé a la Clínica para saber si estaba allí antes de enviar los televisores. Me dijeron que aún no había llegado. Suponían que se hallaría en su casa a menos que hubiera salido a visitar a algún enfermo. Llamé a su casa. No estaba. La doncella me aseguró que la encontraría en la Clínica. Le contesté que había llamado ya allí y que no había llegado. Pareció extrañarse.

»No ha venido a dormir a casa esta noche-me dijo —. Creí que se habría quedado a dormir en la Clínica.

» —¿A qué hora salió ayer de casa?— le pregunté.

» —A eso de las tres de la tarde.

» —¿Dijo dónde iba?

» —Marchó con un señor que vino a visitarla; me dijo que iba a visitar a un paciente cerca de la Diagonal y que después iría a la Clínica si le daba tiempo.

» —Y, ¿no ha vuelto?

» —No, señor.

» —¿No sabe si fue a la Clínica después de todo?

» —No tengo la menor idea. Yo había supuesto que si y que se habría quedado allí. No sería la primera vez que lo hiciese. Cuando hay algún caso urgente, se pasa días enteros sin aparecer por casa, por lo que no le he dado importancia. ¿Está usted seguro de que no ha estado?

» —Volveré a telefonear para asegurarme.

» —Lo hice. Al parecer, R. había telefoneado a eso de las tres diciendo que iría tarde a la Clínica o que tal vez no fuera. Desde entonces no habían vuelto a saber de ella. Me alarmé. Volví a llamar a su casa. La doncella se alarmó a su vez al saber, lo que me habían dicho en la Clínica.

» —¿Quién era la persona con quien se marchó?— la pregunté —. ¿La conocía usted?

» —Era la primera vez que la veía en mi vida. ¿Cree usted que puede haberle sucedido algo a la señorita?

» —No lo sé. Eso es lo que estoy procurando averiguar. Serénese y conteste a mis preguntas. Cuénteme exactamente lo ocurrido.

» —Poco puedo contar. Llamaron a la puerta a eso de las dos y media. Abrí y me encontré con un señor que dijo deseaba hablar con la doctora. Le pregunté si la señorita le esperaba y él me dijo que no, pero, que necesitaba verla con urgencia. Le dije que no sabía si podría recibirlo la señorita, pero, le pasé la tarjeta que me entregó...

» —¿Le conocía la doctora?

» —Por lo visto, no señor. Preguntó si el señor aquel había dicho lo que deseaba, pero cuando le dije que aseguraba que se trataba de algo de mucha urgencia, me ordenó que le hiciera pasar. Estuvo con él un buen rato. Después salieron juntos y me dijo lo que ya le he dicho... que iba a la Diagonal a ver a un paciente. Desde entonces no la he vuelto a ver.

« —¿Dice usted que la visita entregó su tarjeta? ¿Recuerda qué nombre iba impreso en ella?

» —Era un nombre extranjero muy raro y no lo recuerdo... por lo menos el primero, el segundo era más fácil de recordar.

» —¿Cuál era el segundo nombre?

» —Bey.

» —Eso no es un nombre, sino un rango... una especie de gobernador turco... Dígame, ¿cree usted que era un turco el que estuvo?

» —No lo sé, señor. Yo no entiendo de eso. Sólo sé que era extranjero.

» —¿Podría describírmelo aproximadamente?

» —Era delgado y muy moreno.

» —¿Eso es lo único que puede decir?

» —No me fijé en más.

» —¿Qué clase de traje llevaba?

» —Un traje azul con raya blanca... si mal no recuerdo, la americana era cruzada.

» —¿Notó alguna cosa más?

» —Sólo la sortija. Llevaba un anillo de oro con un rubí... un rubí grande... ancho y largo, con una especie de garabato en medio.

» —¿No sería escritura árabe?

» —Puede.

» —¿Salieron a pie? ¿Se llevó la señorita su coche?

» —No, señor, ni una cosa ni otra. La visita había llegado en un automóvil particular que le esperaba a la puerta. Atisbé por la ventana y los vi subir a él.

» —¿No puede decirme nada más? Haga memoria. Tal vez dependa la seguridad de su señorita de lo que usted pueda decirme...

»Reflexionó unos instantes. Luego:

» —Le he dicho todo lo que recuerdo. No sé nada más.

»Ordené a X que indagara por los alrededores si alguien había visto parado un coche ante el portal de la casa, Él se encargó de interrogar al portero incluso. Éste y varias personas se habían fijado en él, más que nada porque su conductor era muy moreno y parecía extranjero... asiático según el parecer de algunos. Ninguno se había fijado en el número de matrícula. Sin embargo, X sigue indagando. Y ronda por la Diagonal buscando rastro de un coche conducido por un hombre muy moreno. Ninguno de los dos parece haber hecho grandes progresos hasta la fecha. Por eso he decidido avisarle.

Trévelez guardó silencio unos momentos. A pesar de lo inescrutable que resultaba normalmente su semblante, allí, que nadie le veía, se molestó menos en disimular. Era evidente que la desaparición de la doctora le afectaba profundamente-más de lo que le hubiera gustado confesar.

—¿Ha repartido usted los televisores a los demás agentes? —preguntó, por fin, sin dejar que trasluciera su verdadero estado de animo.

—Los de Barcelona los llevan todos ya. Los demás los recibirán por correo aéreo. Ya han sido expedidos. Sólo falta R.

—Bien, El visitante de R. Puede ser turco o no serlo. El título nada quiere decir. Lo han llevado muchos en Egipto también. No creo que sean muchos los egipcios y turcos que haya en Barcelona. No obstante, el investigarlos a todos requeriría tiempo y, si como suponemos le ha sucedido algo a R, no hay tiempo que perder. Afortunadamente, el anillo de que habla la doncella es un detalle de importancia. Recuerdo haber visto uno así hace poco tiempo. Sería una casualidad que no fuera el mismo... Órdenes.

—Escucho.

—Mande a X a visitar a la familia del marqués de Bitalvo. Es preciso que averigüe el nombre de la persona a quien se encargó de la subasta de los efectos del marqués anteayer. ¿Entiende?

—Perfectamente. ¿Qué más?

—Debe ir a ver a dicha persona y, con cualquier excusa, pedirle las señas del extranjero que adquirió una momia de la cuarta Dinastía en la subasta. Se la hizo mandar a casa. Conque ha de conservar nombre y señas, pero, si no fuera así, que pregunte quién fue el encargado de llevarla. Ese individuo podrá dar las señas sin duda alguna.

—¿Ha de dirigirse X a esas señas cuándo las conozca?

—Sí, pero no debe hacer más que vigilar la casa. Quiero que se me avise a mí inmediatamente. Iré yo mismo allá. Si necesito a X para algo entonces, ya se lo diré.

—Bien, jefe. ¿Algo más?

—Sí. En cuanto conozca el nombre del comprador de la momia, llame a la doncella de R y pregúntele si lo reconoce. De todas formas, si se trata de un Bey, seguramente será el mismo. Será mucha casualidad que haya dos en Barcelona. Nada más. Que se haga eso lo más aprisa posible. Y procure estar en contacto con la doncella y con la Clínica por si reciben alguna noticia.

Colgó el teléfono y tiró con fuerza de la lámpara que colgaba por encima de la mesa. Inmediatamente se descorrió un trozo de la pared y apareció la entrada del cuarto ropero. Descolgó de una percha la famosa capa de material tan fino que, una vez doblada, apenas ocupaba sitio. Se la metió en el bolsillo y entró en el armario del fondo del ropero.

El ascensor secreto le condujo al laboratorio de los sótanos situados debajo de los sótanos conocidos del Instituto. Se sentó delante de la pantalla fluorescente, dio a un interruptor y empezó a sintonizar. Si X llevaba los televisores, podría seguirle en sus gestiones. La seguridad de la doctora Dolores Arana le preocupaba demasiado, para que pudiera dedicar su mente a otros asuntos en aquellos momentos.

CAPÍTULO V

 

 

SOBRE LA PISTA

X no comió aquel día. Pero tampoco comió Trévelez, que siguió, paso a paso, todas sus gestiones con ayuda de la pantalla fluorescente.

La cosa no fue tan rápida como había esperado. Fue preciso buscar al administrador de los herederos del marqués para saber el nombre y la dirección del subastador y, una vez obtenido esto, X se encontró con que el hombre no se hallaba en su domicilio.

Le siguió al otro extremo de Barcelona, donde se había encargado de otra subasta y, buscando una ocasión propicia, interrogó al hombre antes de que hubiera terminado la venta. Este, o no recordaba las señas o había perdido la tarjeta, o no tenía ganas de molestarse en aquel momento. Lo cierto es que aseguró no tener la menor idea del nombre ni del domicilio del extranjero.

Lo único que pudo averiguar X fue que había sido uno de los jardineros de la familia Bitalvo el que se había encargado de entregar la momia. X volvió rápidamente a la Bonanova y eran las tres dadas cuando pudo entrevistarse con el hombre.

—Sí, señor-dijo éste —; fui yo quien llevó la momia a casa de ese extranjero.

—Necesito verle con urgencia-le aseguró X —. Se trata de un asunto de vital importancia. ¿Puede usted darme sus señas?

El jardinero se rascó la cabeza, perplejo.

—La verdad, señor... Yo no sé si debo...

El billete que le metió X en la mano le convenció de que sí debía. Las palabras de X se lo confirmaron.

—Le aseguro-le dijo —, que se trata de algo de suma importancia. No tengo inconveniente en decirle, incluso, que es cosa de vida o muerte y que, si no me da usted esas señas, le haré responsable de las consecuencias.

—La cosa es, señor-dijo el hombre, guardándose el billete —, que no sé si voy a saber dárselas bien.

—¿Por qué?

—Porque no recuerdo el número.

—¿No se lo dieron apuntado?

—Iba apuntado en el papel en que envolvieron la caja y, claro, el papel se quedó allí, con ella.

—¿A qué calle la llevó? ¿No recuerda eso tampoco?

—Eso, sí señor. A la Avenida de Chile.

—Haga usted memoria. Procure recordar el número.

—Ahora que lo pienso mejor, creo que no lo tenía. Era una casa que se llamaba Villa no sé cuántos. Pero puedo explicarle hacia dónde cae...

Y el jardinero, afortunadamente, pudo explicarlo con suficiente claridad para que fuera posible dar con la casa.

Trévelez no se entretuvo en seguir los pasos de X por más tiempo. Se levantó, cerró los interruptores y cruzó el laboratorio. En lugar de dirigirse al ascensor, sin embargo, abrió una puerta y pasó a otro cuarto subterráneo-taller magníficamente equipado. En el fondo de esta segunda habitación había urna puerta de acero, sin cerradura visible. El director del Instituto la abrió pasando la mano por encima del marco y volvió a cerrarla tras sí.

Unos minutos más tarde salía un automóvil pequeño de los jardines de la casita edificada al pie de la colina en que se alzaba el Instituto. Iba conducido por un anciano de cabello blanco, encorvadas espaldas, pómulos salientes y hundidas mejillas, cuyos hombros cubría una negra capa. Nuestros lectores habrán reconocido ya en él al famoso arqueólogo profesor Vardo.

El automóvil avanzó a toda velocidad por la carretera del Valle de Hebrón, torció por el Paseo de San Gervasio y continuó por él hasta introducirse por el Paseo de la Bonanova. Al llegar a Sarriá, siguió por el Paseo de la Reina Elisenda, torció a la izquierda y fue a salir a la Diagonal a la altura del Palacio de Pedralbes. La Avenida de Chile se encontraba casi frente del mismo.

Por el camino había ido madurando su plan de acción. Había decidido presentarse abiertamente, como arqueólogo, para decirle al Bey que, habiéndose enterado de que él había adquirido la momia en la subasta, deseaba saber si estaría dispuesto a vendérsela o, en caso negativo, si le permitiría estudiarla.

Encontró el hotelito sin dificultad. Era el único en un buen trecho. Detuvo el coche ante la puerta del jardín, se apeó e hizo sonar el timbre. Nadie le contestó. Probó otra vez, con idéntico resultado. O no había nadie en el edificio o no querían recibir visitas.

Volvió al coche y lo puso en marcha, pero no fue muy lejos. Un poco más allá lo detuvo y, tras cerciorarse de que nadie le veía, se quitó la capa y la volvió del revés. La capa aquella, negra por un lado, era, por el otro, de una sustancia extraña que refractaba la luz sin reflejarla. Es decir, los rayos de luz se desviaban al tocar su superficie, por lo que ella y cuanto cubriera resultaba invisible, de suerte que, al echársela el profesor nuevamente sobre los hombros, desapareció su cuerpo inmediatamente, quedando tan sólo visible su cabeza. Esta desapareció a su vez al calarse Vardo el capuchón de la misteriosa prenda.

Invisible ya, Vardo retrocedió hasta el hotelito, buscó la parte más baja del muro y más oculta a posibles miradas indiscretas y saltó al jardín.

Dio la vuelta por completo a la casa. Atisbó por una de las ventanas de la parte de atrás y, una vez se hubo cerciorado de que la habitación a que daba se hallaba desierta, sacó un instrumento de acero, lo manipuló con destreza y abrió la ventana en unos segundos.

Entró por ella y la cerró, silenciosamente, tras sí. El cuarto en que se encontraba no contenía ni un mueble. Salió al corredor, probando puerta tras puerta.

En una de las habitaciones halló un paño en el suelo. Lo recogió y lo volvió a dejar. Olía a cloroformo. En el cuarto siguiente halló la momia abandonada por Balahmut. No había ninguna cosa más. Si alguien había pasado alguna noche allí, habría tenido que dormir en el suelo.

Lo hallado, sin embargo, bastaba para que Vardo se formara una idea exacta de lo ocurrido. Era evidente que el paño aquel había sido empleado para cloroformizar a una persona y no cabía la menor duda de que la persona en cuestión era la doctora Dolores Arana. Balahmut la habría llevado allí engañada, haciéndole creer que iba a asistir a una persona enferma. La habrían cloroformizado en cuanto entrara en el cuarto.

La desaparición de la caja de la momia y la presencia de la momia en sí explicaba con harta frecuencia de qué medio se había valido el secuestrador para sacarla de la casa.

El hombre invisible salió por la puerta, cruzó el jardín y saltó la tapia. Cerca de su automóvil encontró a un joven de veintiséis o veintiocho años, estatura regular, cabello castaño y rostro risueño que se hubiera destacado muy poco, por su, aspecto, entre otros jóvenes de su edad, Era Manrique-uno de los mejores agentes de Yuma. Había reconocido el coche de Vardo y aguardaba.

—¿Has venido en coche? —preguntó, de pronto, una voz a su oído.

El hecho de que se oyera una voz sin que se viera a persona alguna por los alrededores no pareció extrañar al joven.

—Lo tengo cerca de aquí-contestó.

—Vuelve a él. Ve inmediatamente a todas las estaciones, una tras otra, y averigua si ha salido por alguna de ellas el hombre a quien buscas. No será difícil saberlo, porque llevaba consigo una momia egipcia y tiene que haberse fijado en eso alguien. Comunica inmediatamente lo que averigües.

—Bien-contestó el joven.

Y, sin entretenerse más, se dirigió al lugar en que tenía el coche.

En cuarto se hubo marchado se notó una especie de revoloteo en el aire y apareció, como flotando, la cabeza de Vardo. A continuación apareció el cuerpo al quitarse el profesor la capa. Le dio la vuelta, dejando la parte negra para fuera, se la echó de nuevo sobre los hombros y subió a su automóvil. Antes de ponerlo en marcha, se llevó la mano al reloj de pulsera y apretó la corona, transmitiendo en morse.

 

—A...A...A... —

 

Le contestaron. Transmitió entonces:

 

—T H... PANTALLA —

 

Quitó el freno y empezó a rodar el coche. Cuando hubo dado la vuelta y arrancado a toda marcha hacia la Diagonal, preguntó en alta voz:

—¿Me oye?

Le contestaron afirmativamente por medio de la palanquita del reloj. Garvez había sintonizado la pantalla fluorescente con uno de los televisores del profesor, por lo que a éste no le era necesario ya el reloj para hablar con el otro.

—¿Hay algo nuevo? —preguntó Vardo.

—Doncella reconoció nombre-respondió Garvez.

—Era de esperar. El hombre ese consiguió que R le acompañara, sin duda haciéndola creer que había de asistir a una persona gravemente enferma. Una vez la tuvo en la casa la cloroformizó, la metió en la caja de una momia y se fue con ella. He mandado a X a que averigüe si ha salido de Barcelona por alguna de las estaciones. Aparte de que se distingue por su aspecto, facilita la investigación el que se haya llevado la caja esa. Telefonee usted entretanto al aeródromo por si acaso ha salido por ahí. En el caso de que resultaran infructuosas las pesquisas suyas y las de X, será preciso recorrer las casetas de Consumos de todas las carreteras que salgan de Barcelona, para preguntar si ha pasado por alguna de ellas. De no haberle visto nadie en ninguno de esos sitios, ello significaría que aún se halla en la ciudad y tendremos que recurrir a otros procedimientos. ¿Ha entendido?

La palanquita del reloj dio una contestación afirmativa.

—Nada más, pues. No podemos hacer nada hasta que conozcamos el resultado de las indagaciones. Esperaré sus noticias en casa.

Y, echando el acelerador a fondo, Vardo se dirigió nuevamente a su casa de las inmediaciones del Tibidabo.

CAPÍTULO VI

 

 

VARDO SALE DE VIAJE

LAS indagaciones hechas por X en las estaciones de ferrocarril habían resultado estériles. Nadie recordaba haber visto que saliera por ninguna de ellas, fardo alguno que se asemejara ni remotamente a una momia. Tampoco pudo reconocer ningún mozo la descripción que hizo de Balahmut.

Garvez había telefoneado al aeródromo siguiendo las instrucciones de Vardo, pero, como quiera que ninguno de los que se hallaban allí aquel día había estado de guardia el anterior, perdió el tiempo miserablemente.

Trévelez, sentado nuevamente ante la pantalla de su laboratorio secreto, empezó a dar nuevas órdenes.

—X-dijo —, debe marchar inmediatamente al Prat y obtener los nombres y señas de cuantos empleados se hallaban de guardia ayer, especialmente de los vistas de Aduana. Si Balahmut salió por ahí con la momia, habrán querido saber lo que llevaba antes de dejarle salir del país.

«En cuanto averigüe todo eso, es preciso que visite a los vistas de Aduana, y si éstos no pueden darle noticia alguna, a todos los empleados del aeródromo, uno por uno. Entretanto, para perder el menor tiempo posible, es conveniente que T, U e Y empiecen a recorrer las casetas de Consumos. Explíqueles lo que han de hacer.»

Mientras Garvez obedecía, Trévelez se puso a completar un trabajo que emprendiera algún rato antes y que lo había abandonado momentáneamente: la instalación de dos pantallas nuevas, una a cada lado de la ya montada. Su propósito era colocar dos más cuando tuviera tiempo, una a su derecha y otra a su izquierda, para poder tener a la vista a cinco personas al mismo tiempo cuando fuera preciso.

En cuanto terminó de instalar las dos pantallas sintonizó con X y la otra con Y, viendo cómo ambos se disponían a obedecer las órdenes que acababa de enviarles Garvez.

Mientras observaba y escuchaba las conversaciones de sus agentes su mente no estaba ociosa. ¿Con qué objeto-se preguntaba-habría sido secuestrada la doctora Arana?

La primera contestación que acudió a la mente ante esta pregunta era que se la había hecho víctima de un secuestro con el exclusivo objeto de pedir rescate. Pero no podía ser así. Lo natural hubiera sido que los secuestradores dieran a conocer inmediatamente sus pretensiones, cosa que no se había hecho.

Podría saberse que la doctora tenía invertido capital en la Clínica del doctor Prensa, y, por consiguiente, deducirse que disfrutaba de una posición holgada por lo menos. ¿Era esto suficiente, sin embargo, para que persona alguna creyera justificado el riesgo del secuestro?

¿Quién garantizaba a los secuestradores que la doctora poseía otro capital que el invertido en la Clínica?

El hecho de que los secuestradores conocieran la dirección de Dolores Arana no tenía nada de particular. Verdad era que en la Clínica se hubieran negado a dar sus señas si se las hubieran pedido, pero el nombre de la doctora figuraba en el listín de Teléfonos, con lo que era fácil averiguar dónde vivía.

Una cosa le extrañaba a Trévelez, sin embargo. ¿Cómo había conseguido Balahmut que la joven le acompañase? Dolores no ejercía más que en la Clínica y sólo asistía fuera de ella a los que habían sido o eran pacientes de la misma, pero a nadie más. ¿La convencería el hombre alegando que se trataba de un caso grave y urgente? No, porque Dolores le hubiera dicho que avisara a otro médico, cosa que podía hacer el otro sin perder tiempo porque había uno en el piso de debajo de la doctora. Entonces, ¿cómo había podido convencerla?

Renunció a hallar contestación a esta pregunta de momento. Y había conseguido ya las señas de todo el personal del aeródromo gracias a que era muy conocido en la Dirección.

En la pantalla de la izquierda pudo verle dirigirse al domicilio del primero de ellos, escuchó sus palabras y las de la mujer que le abrió y supo que se hallaba ausente.

Mientras X volvía a su coche, Trévelez vio en la pantalla de la derecha a Y que interrogaba a un consumero con resultado negativo. Manipuló los controles de la pantalla central y desapareció la imagen de Garvez. Estaba sintonizada ahora con los televisores del agente T que, en aquellos momentos, hacía preguntas en una caseta de Consumos con idéntico resultado que Y.

X, entretanto, llegó a casa del segundo empleado de Aduanas, a quien tampoco encontró, pero supo allí que con toda seguridad se encontraría en el Oro del Rhin. Dio las gracias y marchó a toda velocidad al café en cuestión. Dejó el coche en la Gran vía, cerca de la Rambla de Cataluña, y entró en el café.

Se sentó a una mesa y, al acercarse el camarero, le preguntó si se hallaba allí, en aquellos momentos, un tal señor Duranes, de Aduanas. El camarero contestó afirmativamente, e indicó que se encontraba en una mesa vecina, acompañado de varios otros señores.

—¿Tiene la bondad de decirle que deseo hablarle con urgencia? —le suplicó X.

—Sí señor, ahora mismo se lo diré.

Se acercó a la otra mesa y dijo unas palabras en voz baja a uno de los que la ocupaban. Éste se levantó, un poco extrañado, y se trasladó a la de X.

—Me ha dicho el camarero que tenía usted necesidad de hablarme-dijo —. ¿En qué puedo servirle? La verdad, no creo tener el gusto de conocerlo...

—Le ruego que perdone la molestia que le ocasiono-le contestó Manrique —. Se trata de algo, no obstante, que tiene mucha importancia para mí. Aquí tiene usted una carta de presentación de la Dirección del aeródromo. ¿Tiene la bondad de leerla?

El hombre la tomó, la leyó en silencio. Dijo, tornándose más amable:

—No me es desconocido su nombre. Lo he visto numerosas veces en las notas de sociedad. Desde luego no tengo inconveniente en servirle en lo que pueda, máxime en vista del interés con que me piden desde el aeródromo que le atienda a usted todo lo mejor que pueda. ¿Qué es lo que deseaba usted?

—Quiero que me saque de una duda-contestó Manrique —. Necesito dar con el paradero de un señor con quien debía haber tenido una entrevista ayer. Por desgracia, una serie de circunstancias imprevistas me impidieron que acudiera a la entrevista y, al dirigirme hoy a su casa, he descubierto que está cerrada. El señor en cuestión parece haberse ausentado de Barcelona...

—Y ¿en qué puedo yo ayudarle? —inquirió Duranes.

—Ese señor poseía una cosa que yo tenía mucho interés en comprarle. Le convencí a. medias. Quedé en verle ayer con el fin de llegar a un acuerdo sobre el precio. Me advirtió que pensaba marcharse de Barcelona, pero yo no creí que lo hiciera tan aprisa. No me dijo dónde pensaba marcharse y quisiera encontrarle. Usted podrá decirme si salió por aire, ya que lo que llevaba, que es lo que yo quería comprar, forzosamente le llamaría la atención si estuvo en el Prat.

—¿Qué cosa era ésa?

—Una momia egipcia. El hombre que la llevaba se llamaba Balahmut Bey.

—¡Ah! —exclamó Duranes—. Le recuerdo perfectamente. Sí que salió por el aire. Y por cierto que le obligué a abrir la caja, para asegurarme de que era una momia lo que se llevaba, puesto que solamente para sacar una momia tenía permiso.

—¿A dónde dijo que iba?

—A Egipto. Y su pasaporte lo confirmaba.

—¿Viajó en avión propio?

—No, alquiló uno en el aeródromo. Lo tenía va contratado desde el día anterior.

—Ya... Supongo que no sabrá a qué parte de Egipto se dirigía, claro está.

—No tengo la menor idea. Tal vez lo sepa el piloto que le condujo.

—Tiene usted razón. ¿Podría darme las señas de ese aviador?

—Lo siento. No las conozco. Pero pueden dárselas en el aeródromo. Lo único que sé es que se llama Francisco Verdier.

—Muchas gracias, señor Duranes-dijo Manrique, tomando nota del nombre —. Le estoy muy agradecido por su amabilidad y le suplico nuevamente que me perdone las molestias que le he ocasionado.

—No me ha causado molestia alguna y celebro haberle podido ser de alguna utilidad. Si no desea nada más...

—Nada-respondió Manrique, levantándose al ver que se ponía en pie el otro —. Si alguna vez puedo serle yo útil en algo...

Se estrecharán la mano. Duranes volvió a su mesa. Manrique se dirigió a la cabina telefónica y pidió comunicación inmediatamente con el aeródromo. Esta vez tuvo suerte. El piloto que había conducido a Balahmut acababa de regresar. Pidió que le interrogaran por cuenta suya, pero, en lugar de eso, llamaron al piloto para que se pusiera al aparato después de haberle dicho que podía contestar sin reservas a lo que le preguntaran.

Por él supo Manrique que Balahmut se había hecho conducir a Alejandría, junto con su compañero y la momia.

—¿Su compañero? Sería el conductor de su automóvil, ¿no? —inquirió X.

—No señor, el conductor volvió a marcharse con el coche después de haber subido a bordo los dos hombres.

No pudo averiguar nada más y colgó el aparato, repitiendo en alta voz en la cabina cuanto le había dicho el hombre para que le oyera Trévelez.

—Averigua si alguien se fijó en el número de matrícula del coche y si vio en qué dirección marchaba-le ordenaron —. Más vale que vuelvas al aeródromo para eso. Te resultará más fácil.

Una vez dada esta orden, Trévelez cerró el interruptor de la pantalla de la izquierda y habló con Garvez.

—No es necesario que retire usted a T, Y y U-dijo —. Limítese a decirles que el hombre por quien han de preguntar no llevaba la momia. A lo mejor dan con el rastro del conductor del coche. Lo más probable es que éste haya marchado de Barcelona y se disponga a ir a reunirse con Balahmut partiendo desde otro sitio. Si dan con él, que le sigan e informen. Podría conducirnos a la guarida del secuestrador. Ya me tendrá usted al corriente. Creo que ha llegado el momento de que el profesor Vardo emprenda un viaje. Entretanto, sin embargo, comunique con Q. Debe encontrarse en El Cairo. Ordénele que se vaya a Alejandría y procure dar con la pista de Balahmut. Tal vez sepan en el aeródromo a dónde marchó desde allí. Cuando X informe, dígale que salga para Alejandría y aguarde allí órdenes... a menos que haya descubierto algo de importancia que crea usted deba atender él.

—De acuerdo-contestó Garvez —. ¿Nada más?

—Nada más de momento.

Trévelez cerró los interruptores de todas las pantallas y volvió a introducirse por la puerta de acero del taller. Unas horas más tarde el profesor Vardo aterrizaba en Roma, donde hizo su primera comida del día en un hotel.

CAPÍTULO VII

 

 

UNA DEDUCCION SORPRENDENTE

AUN no había amanecido cuando el avión de pasajeros aterrizó en el aeródromo de El Cairo, pero faltaba poco para que rayara la aurora. Desde un alminar cercano flotaba la voz del almuédano llamando a los fieles a la oración:

—¡Al-lah akbar (¡Dios es el más grande!) ¡Al-lah akbar! ¡Al-lah akbar!... ¡Al-lah akbar!...

Los viajeros empezaron a bajar de la aeronave. La voz del almuédano seguía sonando:

—¡La Il-lah il Al-lah! (¡No hay más Dios que Dios!)... ¡La Il-lah il Al-lah!

¡Mohamed rasul Al-lah! (¡Mahoma es el profeta de Alá!)... ¡Mohamed rasul Al-lah... ¡Haye ala es salah! (¡Acudid a la oración!)... ¡Haye ala es salah!... ¡Al-lah akbar!... ¡Al-lah akbar!... ¡La Il-lah il Al-lah!... ¡La Il-lah il Al-lah!

A pesar de ser tan temprano, habían acudido al aeródromo los coches de algunos de los hoteles de El Cairo, entre ellos el del Shepheard's, el del Semiramis, el del New Khedivial y el del Mena House, hotel situado al pie mismo de las Pirámides.

No eran muchos los pasajeros. La mayor parte se componía de turistas. Uno se destacaba, sin embargo, de los demás por su elevada estatura. Era un hombre rubio, vestido de dril, con salacot. El bronceado rostro le colocaba en una categoría distinta a la de los demás. Era evidente que no se trataba de un turista, sino de un hombre avezado al clima de los trópicos.

Este, no bien se halló en tierra, se dirigió sin vacilar al coche del Semiramis y subió a él. En cuanto llegó al hotel y se vio solo en su cuarto, se dio un baño y pidió, luego, que le sirvieran de desayunar. Mientras aguardaba, llevó una mano a su reloj de pulsera, oprimió la Corona del mismo, y empezó a llamar:

—Q... Q... Q...

—Q-le respondieron a los pocos instantes.

—TH-deletreó —. Informa.

—Llegaron anteayer dos hombres cuya descripción corresponde a la de los que se busca-le anunciaron —. Llevaban un bulto. No cabe la menor duda de que se trataba de una momia. Un hombre los aguardaba en el aeródromo. Marcharon juntos. Aun no he podido averiguar dónde fueron, pero la impresión que tengo es que salieron de Alejandría en seguida, porque diríase, que han desaparecido. Sigo investigando.

—Bien. Aguardaré en El Cairo nuevas noticias. Es inútil que vaya a Alejandría si esos hombres no están ya allí.

—¿Nada más?

—De momento, no-respondió el hombre rubio.

Y, cambiando la longitud de onda de su reloj marcó:

—X... X... X...

—X.

—Informa.

—El piloto no sabe nada. Condujo a los hombres a Alejandría donde aterrizó de noche. Un hombre esperaba en el aeródromo y se fue con ellos. Informé a A y, obedeciendo instrucciones, salí inmediatamente para Alejandría, donde me encuentro. Hotel Windsor.

—Tus informes confirman los de Q. Este sabe lo mismo que tú. No ha podido dar con la pista después de la salida del aeródromo, aunque tiene la impresión de que esos hombres no se hallan ya en la población. Yo no me moveré de El Cairo, hasta que sepa en qué dirección marcharon. Investiga tú también, a ver si eres más afortunado que Q.

—Bien, jefe. ¿Algo más?

—Nada.

Llamaron a la puerta.

—¡Adelante!

Entró un criado con una bandeja que dejó sobre la mesa.

—El desayuno, señor Swindon-dijo.

—Gracias.

—¿Desea alguna cosa más? ¿Quiere un trujamán para que le enseñe la población?

—Gracias-repitió Swindon —; no necesito intérprete ni guía. Hablo el idioma y conozco perfectamente el país. Si quiero ver algo, iré solo.

—Perdone el señor. No sabía...

—Claro que no-le interrumpió Swindon —. Usted no podía saberlo. Ya le llamaré si necesito algo más.

El hombre se retiró, algo corrido. Swindon no se puso a desayunar inmediatamente, sin embargo. Le faltaba expedir otro mensaje primero. Volvió a usar el reloj.

—A... A... A...

—A.

—Ya está.

—Pantalla.

—Informe-ordenó entonces Swindon, abandonando el reloj y usando la onda del televisor como vehículo para su voz.

—Se ha completado el recorrido de las casetas de Consumos. No ha sido visto ningún hombre que corresponda a la descripción dada. Debe encontrarse en Barcelona aún.

—A menos que haya marchado en avión particular que estuviera aparcado en algún lugar oculto-repuso Swindon, poniéndose a desayunar mientras hablaba.

—Es una posibilidad-asintió Garvez.

—No obstante, si hubieran tenido esos hombres un avión escondido, lo lógico hubiese sido que lo emplearan todos para salir de Barcelona en lugar de recurrir al aeródromo oficial. Allí una momia había de llamar forzosamente la atención. Si su avión particular era demasiado pequeño para llevarlos a todos, hubiera podido con la momia por lo menos, aunque los demás tuviesen que fletar otro avión. Se me antoja que el hecho de que cargaran con la momia, para salir por el Prat, es una prueba concluyente de que no poseían medio alguno de huida como el que usted insinúa.

—A menos que sea una prueba concluyente de todo lo contrario —respondió Swindon.

—¿Qué quiere usted decir con eso? —inquirió Garvez.

Y en su voz se notaba un dejo de sorpresa.

—Nada de momento. Pero empiezo a tener una teoría extraña, de la que, posiblemente, le hablaré más tarde. ¿Se han recibido noticias de R?

—No. Le pedí a la doncella que se pusiera en comunicación conmigo en cuanto supiera algo. En vista de que no recibía noticias suyas, sin embargo, telefoneé. R no ha dado señales de vida hasta la fecha. Hay varias cosas extrañas en este asunto. Si la secuestraron para exigir rescate, ¿por qué no han dejado alguna nota ya los secuestradores? Y ¿por qué se la han llevado tan lejos? Igual hubieran podido tenerla prisionera algún tiempo en Barcelona. Además, ¿cómo es que R no ha hecho uso de su reloj?

—La más fácil de contestar de esas preguntas es la última-dijo Swindon —. R no ha hecho uso del reloj por la sencilla razón que no le ha sido posible. La pillaron por sorpresa. La cloroformizaron antes de que pudiera hacer el menor movimiento para alcanzar el reloj. Mientras permaneció bajo los efectos de la droga, no pudo usarlo, como es natural. Si ha recobrado ya el conocimiento, su silencio puede explicarse de tres maneras; o se encuentra aún dentro de la caja de la momia, y no hay espacio suficiente para qué pueda alcanzarse una mano con la otra; o está atada de pies y manos; o le han quitado el reloj de pulsera... siempre suponiendo que no haya muerto, cosa que me resisto a creer que haya sucedido.

—Sólo se concibe que le quitaran el reloj si conocían su verdadera naturaleza-objetó Garvez —. Y...

—No necesariamente. Claro que cabe esa posibilidad. Pero también es posible que se lo quitaran como cualquier otra cosa de valor que llevara encima, simplemente por robarla. No olvide que el reloj de R es de oro y que lo hice adornar con pedrería para que pareciese más femenino y llamase menos la atención en su muñeca.

—Es cierto.

—Sea como fuere, nada adelantamos teorizando. ¿Se puso usted en comunicación con la Clínica?

—Sí, pero aun saben menos que la doncella. No han vuelto a tener noticias de ella desde que telefoneó para decir que quizá no iría la tarde en que fue secuestrada.

—Bien. Es posible que necesite a T y a Y. Por si acaso, dígales que salgan lo más aprisa posible de Barcelona. No sé dónde pueden hacerme falta y no quiero concentrarlos a todos en el mismo sitio. Que se instalen en el Hotel Marina Palace, en Port-Said, y aguarden órdenes allí. ¿Ha comprendido?

—Perfectamente.

—Nada más, pues.

Terminó Swindon el desayuno, pero no se movió de su asiento. Estaba reflexionando y el tema de sus reflexiones era la extraña teoría de que le hablara a Garvez.

Cuanto más lo pensaba, más se convencía de que el secuestro de la doctora Dolores Arana obedecía a un plan mucho más complejo y de mucho mayor alcance de lo que en un principio habían supuesto. Al propio Garvez se le habían ocurrido algunas preguntas difíciles de contestar. Las mismas preguntas, y muchas más por añadidura, se había hecho ya Swindon hacía tiempo. Por eso había empezado a forjar lo que él llamaba una “teoría extraña", pero que, lejos de ser tal, era, en realidad, una serie de deducciones lógicas, basadas en un concienzudo análisis de los hechos conocidos.

Tres cosas habían llamado poderosamente su atención en los primeros momentos.

1.° La presencia de Balahmut en la subasta.

2.° La visita de Balahmut a la doctora.

3.° La llegada de Balahmut al aeródromo del Prat.

A ellas podía agregar ahora una cuarta que reforzaba sus deducciones de las tres primeras y que pertenecía al mismo orden de ideas: la aparición de Balahmut en Alejandría.

Y era el mismo hecho el que le había llamado la atención en los cuatro casos, Balahmut había usado el mismo nombre y conservado el mismo aspecto en todos ellos.

¿Por qué?

El hombre que se dispone a cometer un delito procura hacer desaparecer sus huellas, no dejar rastro alguno que pueda servir para dar con su paradero, no dejarse ver por persona alguna que pueda reconocerla después.

Admitiendo que Balahmut asistiera a la subasta con este nombre y aspecto, ¿por qué no había adoptado un disfraz cualquiera y usado un nombre distinto para ir a casa de Dolores? Y, ya que tampoco lo había hecho, ¿por qué no se había disfrazado y empleado nombre distinto para ir al aeródromo?

Todo ello parecía indicar que le tenía completamente sin cuidado que le reconociesen.

Aun había más, sin embargo. En la subasta, había atraído hacia sí todas las miradas pujando de una manera absurda, doblando innecesariamente las cantidades ofrecidas por otros postores. Había creado la impresión de que la momia le interesaba tanto, que estaba dispuesto a llevársela costara lo que costase.

Un hombre que está a punto de cometer un delito no llama la atención de manera semejante y mucho menos deja su nombre verdadero y sus señas para que le manden a casa el objeto que ha comprado. Balahmut podía haberse llevado la momia en su automóvil y no hubiera tenido necesidad de que nadie se enterase de su nombre ni de su domicilio.

Bien mirado, todo parecía indicar no sólo que a Balahmut no le importaba que pudiera identificársele, sino que había hecho todo lo posible para que resultara muy fácil seguir su rastro.

En efecto, si se hubiera denunciado el secuestro de la doctora, la policía, con ayuda de la descripción que les diera la doncella, no hubiese tardado en saber que un individuo cuyas señas correspondían a las del secuestrador había adquirido una momia en pública subasta. La doncella hubiera reconocido el nombre y se hubiese registrado la casa de la Avenida de Chile. El hecho de que Trévelez se hallara en la subasta había precipitado los acontecimientos; he ahí todo. El descubrimiento se hubiera hecho igual aunque él no hubiese asistido; sólo que con un poco más de retraso. Balahmut debía haberlo comprendido así.

Para dar mayores facilidades, el secuestrador se había dejado en la Avenida de Chile la momia, que tanto parecía codiciar, llevándose únicamente lo que valía menos: la caja. Y para que no cupiera la menor duda acerca del uso que había hecho de ella, se había dejado también un paño empapado en cloroformo. No le hubiera costado nada hacer desaparecer momia y paño, que, después de todo, le comprometían. Pero no lo había hecho.

En el aeródromo había abierto la caja en Aduanas, exhibiendo una momia. ¿Qué momia? ¿No se la había dejado acaso en el hotelito? La policía hubiera deducido en seguida que lo que había pasado por la Aduana era una persona cloroformizada —envuelta en vendajes para que pareciese una momia.

La desaparición del conductor del automóvil de Barcelona sin usar estaciones de ferrocarril, aeródromo, ni carreteras, parecía indicar la existencia de un avión, oculto en alguna parte, que le había servido para escaparse. ¿Por qué no se había empleado para sacar en él la momia? Porque así se hubiera perdido todo rastro de ella.

Esta resultaba la única explicación plausible. Es decir, Balahmut había salido por el Prat nada más para que se viese la momia y se supiera que había salido por allí. Y sólo con ese fin, se había comprado la momia, evidentemente. No hacía falta para nada si se empleaba el avión oculto, puesto que hubiera cabido en él la doctora, y mucho más fácilmente, sin el engorro de la caja.

Pero, más. En lugar de fletar el avión, depositar su valor, y llevar él su propio piloto, Balahmut había alquilado avión y piloto medio infalible para que se supiera donde se había dirigido. Era una manera de ahorrar trabajo y tiempo a sus posibles perseguidores listos hubieran podido averiguar con tiempo dónde había aterrizado, si lo hacía en un aeródromo público, porque es imposible ocultar una momia en semejantes circunstancias. Hubiese sido preciso comunicar con todos los aeródromos del mundo, sin embargo, y la cosa hubiera ido más despacio.

En resumen, que un secuestrador corriente, por poco inteligente que fuese, se hubiera abstenido de llamar la atención, asistiendo a una subasta y comprando una momia, hubiese buscado una oportunidad de pillar a la doctora a solas, para secuestrarla sin testigos; la hubiera llevado a su avión y hubiese desaparecido con ella sin dejar rastro.

Con lo que quedaba demostrado que el propósito de Balahmut al secuestrar a Dolores Arana era asegurarse de que le siguieran. ¿Quién? ¿La policía? No, evidentemente. ¿Qué interés podía tener el hombre aquel en que le siguiera la policía? Ninguno. El hecho de que no hubiese mandado nota alguna exigiendo rescate por la joven, sólo podía querer decir una cosa si se tomaba en conjunto con los demás detalles conocidos: Dolores no era más que el cebo que se empleaba para atraer a otra persona.

Y como a la doctora no se la conocía persona lo bastante allegada a ella para ser capaz de emprender personalmente la persecución del secuestrador, en lugar de hacer uso de las autoridades (las que, por añadidura, tenían más medios para hacerlo con éxito), era preciso suponer que Balahmut había logrado penetrar el secreto de la joven. Balahmut sabía que la doctora Dolores Arana era agente de Yuma. Más aún: sabía que la joven inspiraba a Yuma un afecto más profundo que el de la simple amistad y que no se conformaría con dejar que sus agentes rescataran a la muchacha, sino que se encargaría él, personalmente, de acudir en su socorro.

¿Quién era aquél hombre? ¿Cómo había averiguado la clase de lazos que unían a la joven y al misterioso ser ante cuyo solo nombre temblaban los criminales del mundo? ¿Habría descubierto asimismo la verdadera identidad de Yuma?

Swindon se levantó de su asunto, con una expresión dura en el semblante. La contestación a todas aquellas preguntas podía aguardar. Los planes, de Balahmut se verían coronados por el éxito, por lo menos en parte. Yuma acudiría en socorro de Dolores Arana, en efecto, pero iría prevenido y no caería en una trampa.

Nada pensaba hacer de momento. Se limitaría a esperar. O mucho se equivocaba, o el propio secuestrador se encargaría de suministrar la pista que condujera a su guarida.

CAPÍTULO VIII

 

 

EL DESPERTAR DE DOLORES

DOLORES Arana exhaló un suspiro, se pasó la mano por la frente, abrió lentamente los ojos... Se hallaba tendida boca arriba, bajo... ¿un palio? Lo parecía, Parpadeó. Volvió a mirar. No era un palio, sino un dosel. De raso. Volvió la mirada hacia la izquierda. Unas cortinas, de raso también, le impedían ver más allá, pero se filtraba por ellas luz suficiente para que se diera cuenta de lo que había a su alrededor.

Estaba completamente vestida y echada sobre mullidos cojines. ¿Qué lugar era aquél? ¿Cómo había llegado allí? ¿Qué había sucedido? Volvió a cerrar los ojos para coordinar mejor. Poco a poco lo fue recordando todo; la visita de Balahmut, la llegada a la casa de la Avenida de Chile, el paño empapado de cloroformo...

Al comprender que se hallaba prisionera, su primer impulso fue apresurarse a dar a conocer su situación. Llevó la mano a la muñeca y... ¡no llevaba el reloj! Experimentó cierta sensación de alarma en los primeros momentos. ¿Era posible que su secuestrador hubiera descubierto que, además de marcar la hora, servía para transmitir mensajes? Luego, pensándolo mejor, se tranquilizó. No podía saber Balahmut eso. Sólo se lo habría quitado al ver que era de oro y brillantes.

¿Por qué la habrían secuestrado? Para pedir rescate por ella, seguramente. En tal caso, habrían mandado una nota a su casa, o a la Clínica, y Yuma se hallaría ya sobre la pista. Pero ¿dónde se encontraba? ¿Cuánto tiempo había estado sin conocimiento? Sentía náuseas como consecuencia del cloroformo que aspirara. Lo que la extrañaba era aquel dosel, aquellos cojines, aquellas cortinas... ¿Sería aquella una de las habitaciones de la casa de la Avenida de Chile? Si no se encontraba allí, no podía estar muy lejos de dicho sitio; el tiempo que duraran los efectos del cloroformo no podía haber sido muy grande y su traslado se había llevado a cabo hallándose ella sin conocimiento.

Decidió investigar y alargó una mano, apartando las cortinas. Su lecho se hallaba en una habitación grande, cuyas paredes estaban cubiertas de tapices orientales. En el centro del cuarto había una mesita moruna y unos cuantos cojines a su alrededor.

Al moverse la cortina, una mujer, vestida a la usanza oriental, que estaba junto a una ventana con celosía, acudió presurosa a su lado e hizo una reverencia.

—¿En dónde estoy? —preguntó Dolores—. ¿Quién me ha traído aquí?

La mujer movió negativamente la cabeza. Abrió la boca y señaló. La doctora se estremeció de horror. ¡La infeliz aquella no podía contestarle, porque carecía de lengua! No obstante, mediante señas, le dio a entender que debía aguardar unos momentos e inmediatamente se dirigió a la puerta de la estancia. Abrió, asomó la cabeza, agitó un brazo y volvió al lado de Dolores, quedando junto a ella con los brazos cruzados.

La joven se incorporó, pero empezó a darle vueltas la cabeza y tuvo que echarse de nuevo. La muda pareció comprender lo que le ocurría. Se cercó a la mesita y volvió con un vaso, que le dio a beber. Contenía éste un líquido de sabor agradable y olor balsámico, y Dolores, después de vacilar unos instantes, lo apuró de un trago. No tardó en quedar demostrada la eficacia del cordial. La cabeza se la despejó por completo; desaparecieron las náuseas y, cuando intentó incorporarse de nuevo, pudo hacerlo sin dificultad.

Apenas hubo saltado del lecho, se abrió la puerta del cuarto y entró Balahmut Bey, acompañado de un gigantesco negro que se quedó junto a la entrada.

—¡Ah, doctora! —dijo el hombre, adelantándose con una sonrisa—. ¡Cuánto celebro que haya recobrado usted el conocimiento!

—¿Qué significa esto, caballero? —exclamó ella—. ¿Dónde estoy? ¿Por qué se me ha traído aquí?

—Lamento mucho haber tenido que recurrir a métodos tan poco caballerescos para que me acompañase-respondió él —; pero estoy seguro que no hubiera accedido usted a hacerlo si se lo hubiera pedido.

—Pero, ¿por qué se me ha secuestrado? ¿Cuánto tiempo he estado sin conocimiento? ¿Dónde estoy?

—Sólo a una de esas preguntas puedo contestar. Ha estado dos días sin darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor...

—¡Dos días! —exclamó la joven, con asombro—. ¡Imposible! ¡No puedo haber estado dos días bajo los efectos del cloroformo!

—Del cloroformo, no-asintió Balahmut —. La cantidad que absorbió usted hubiera sido insuficiente para mantenerla sin conocimiento más de quince o veinte minutos. La suplí con una inyección cuyos efectos duran, sin poner en peligro la vida ni la salud de quien la recibe, de cuarenta y ocho a setenta y dos horas.

—¿Qué pretende hacer de mí?

—¿Yo, doctora? ¡Nada! No podría aunque quisiera. ¿Ve usted ese gigantesco negro? Es un eunuco que ha sido designado como guardián suyo. Permanece en guardia al otro lado de la puerta. Pero tiene orden de no dejarla sola con nadie más que con Zoraida.

—¿Orden de quién?

—Del mismo que ordenó vuestro secuestro y del que yo no soy más que un simple servidor... aunque de confianza. Ya le conoceréis. Es su deseo hablaros. Tal vez él sea más explícito que yo. Sólo él puede serlo. ¿Habéis visto la boca de Zoraida? Así castiga mi señor al que le desobedece y habla. Yo no quiero verme con la lengua cortada como ella... y como el eunuco que os guarda. Nada más os puedo decir. He venido con el exclusivo objeto de advertiros que no tardará mi señor en llamaros y que, entretanto, todo lo que necesitéis os será traído y se os servirá de comer cuando tengáis apetito. Pedidlo. Zoraida no puede hablar, pero tiene un oído muy fino y ha recibido orden de obedeceros... hasta cierto punto, naturalmente.

—¿Entiende el español también? —inquirió la doctora.

—No. Ni es necesario que lo entienda. Con el árabe le basta. No ignoro que habláis a la perfección ese idioma.

—Quien eso os dijo...

Balahmut la interrumpió con un gesto.

—Fingid desconocerlo si queréis-murmuró —. Tanto peor será, puesto que sólo con ese idioma podéis haceros entender de vuestros servidores. Adiós, doctora. He cumplido mis órdenes y me retiro.

—Aguardad. Es preciso...

—Perdonad mi sordera, doctora-contestó el hombre —. Tengo mis órdenes y las cumplo. ¡Guárdeme Alá de incurrir en las iras de quien me manda!

Y salió del cuarto, seguido del eunuco, que seguramente quedaría apostado fuera.

Dolores volvió a dejarse caer sobre los cojines que la habían servido de lecho.

¡Dos días! ¡Cuarenta y ocho horas sin conocimiento! El saber eso, lejos de apenarla, la daba ánimos nuevos. Porque en dos días Yuma habría tenido tiempo de hacer investigaciones, de ponerse sobre su pista. Y era posible que se hallara muy cerca de ella en aquellos instantes.

Por su parte, nada podía hacer ella de momento. Ignoraba dónde se encontraba y, además, mal podría escapar de aquel cuarto, sin armas. ¿Quién era el misterioso señor que la había hecho secuestrar? ¿Con qué objeto lo había hecho? Era inútil devanarse los sesos intentando adivinarlo. Tal vez, cuando hablase con ella, él mismo aclararía el misterio. Posiblemente también, si se la sacaba, de aquel cuarto para conducirla a su presencia, podría formarse una idea del lugar en que estaba encerrada y hacer luego sus planes con mayores probabilidades de éxito. Transcurrió, lentamente, el tiempo, tanto más lentamente para ella cuanto que carecía de medios para medirlo. Se levantó de los cojines y se acercó a la ventana, atisbando por la celosía. Desde allí no se veían más que unos árboles y, aun éstos, confusamente. Pensó en interrogar a Zoraida, pero desechó la idea. Si tanto temía Balahmut a su señor, como él le llamaba, más le temería la infeliz mujer aquella, sobre todo si, en efecto, era él quien le había hecho arrancar la lengua.

Vino a sacarla de su abstracción el ruido que hizo la puerta al abrirse. El eunuco había vuelto a entrar en la estancia, y Balahmut con él.

—¿Habéis vuelto? —exclamó Dolores—. ¿Estáis dispuesto a...?

—Sólo como mensajero, señora-la interrumpió él —. Mi señor desea hablaros. Vengo, por lo tanto, a conduciros a su presencia.

Se inclinó ante ella y fue a colocarse a un lado de la puerta, invitándola, con un gesto, a que saliera.

Dolores alzó la cabeza muy alta y salió como una reina. Balahmut se colocó a su lado. El eunuco, fiel a su consigna, cerró la marcha.

Avanzaron por un corto pasillo, cruzaron varias habitaciones desiertas, llegaron a una puerta junto a la que dos nubienses, sin más prenda que un taparrabos, montaban guardia. Ante ella se detuvieron.

Los nubienses, como si hubieran recibido órdenes con anticipación, apartaron las cortinas de la entrada a uno y otro lado.

—Adelante, doctora-dijo Balahmut —; mi señor os espera.

Dolores vaciló un instante. Luego, se cuadró de hombros y entró decidida. El hombre la siguió. Los nubienses dejaron caer las cortinas.

CAPÍTULO IX

 

 

EL MISTERIOSO "TUAREG"

LA habitación en que se encontró la doctora estaba amueblada a la europea, pero el hombre que se alzó de la cómoda butaca para salirle al encuentro vestía como los nómadas del desierto. El clásico velo de los tuaregs le cubría el rostro, dejándole destapados los ojos tan sólo: unos ojos grandes, negros, penetrantes, cuya mirada causaba desasosiego. Mediría unos dos metros de estatura y su indumentaria no lograba disimular la anchura de sus espaldas.

—Bienvenida a mi morada, señora-dijo —, llevándose las manos a la frente y pecho en oriental saludo—. Mis agentes no supieron haceros justicia. Sois aún más bella que cuantas descripciones de vos me habían hecho.

—Si esperáis hacerme olvidar vuestra conducta con halagos-respondió Dolores en árabe, que era el idioma en que le había hablado el otro —, podéis ahorraros la molestia. ¿Quién sois? ¿Por qué me habéis secuestrado?

—¡Ah, señora! ¿Qué importa mi nombre? Llamadme Amri. No es mi nombre, pero vale tanto como cualquier otro. Dignaos tomar asiento, os lo suplico, y seré complaciente. Responderé a vuestra segunda pregunta y disiparé las dudas que os atormentan.

Señaló uno de los sillones con una leve reverencia y Dolores, tras dudar unos instantes, acabó aceptando la invitación. El tuareg se dejó caer en un asiento, frente a ella. Durante unos momentos contempló, en silencio, los candorosos ojos azules, los labios gordezuelos y rojos; el blanco y ovalado rostro nimbado por rubia cabellera, recreándose en su exquisita hermosura.

—¡Lástima-dijo por fin —, que una mujer de vuestra belleza e inteligencia pierda el tiempo amando a un hombre que ni de ella se acuerda!

—No os entiendo.

—Conozco vuestro secreto. Es inútil todo disimulo conmigo. Aquél a quien amáis ha sido muy poderoso, es cierto, pero la rueda de la Fortuna gira y nadie puede detenerla. El punto que antaño estuvo en el cenit, hogaño toca al ocaso y mañana llegará a la nada. Pero vos... vos no tenéis necesidad de hundiros con él. No os afiancéis en punto alguno de la rueda, señora... dejad que ruede sola bajo vuestros pies.

—Repito que no os entiendo-dijo la doctora, ocultando la alarma que empezaba a sentir.

—¿Os empeñáis en disimular? Sea. Hablaré más claro para que comprendáis cuán inútil es vuestra absurda actitud.

Hizo una pausa. Luego, sin apartar la mirada de la joven, prosiguió:

—Hubo un hombre que se creyó superior al resto de la Humanidad. Ese hombre, cuya inteligencia no niego, se propuso reformar a todos aquellos cuyos principios morales no estuvieran de acuerdo con los suyos. Muchos otros lo han intentado, me diréis. ¡Ah, sí! Pero ninguno de ellos contaba con los medios de que dispone el hombre de que os hablo. Vos conocéis la Historia, señora. Sabéis que hubo civilizaciones cuyo esplendor vuestra civilización occidental aún no ha podido igualar, cuanto menos eclipsar. ¿Qué ha sido de todos esos imperios? Lemuria y Atlantis yacen en el fondo del mar; la arena del Sahara, del desierto líbico y del desierto del Gobi sirven de sudario a otras tantas civilizaciones; la selva se tragó los restos del imperio maya y el esplendor del Indostán. Todos ellos, cual si fueran seres orgánicos, nacieron, se desarrollaron, alcanzaron la madurez, conocieron la decadencia y la muerte. Pero al desaparecer uno, siempre hubo otro que ocupara su lugar.

»Igual les sucede a los hombres. La persona de que os hablo, señora, osó mucho y mucho subió. Llegó a hacerse famoso en el mundo entero, porque declaró la guerra a lo que él llamaba la clase criminal. Fue afortunado, porque sus adversarios fueron siempre inferiores a él en inteligencia y nunca supieron unirse, organizarse para aplastarle. ¿Que quién es ese hombre? Vos, que sois su agente además de estar enamorada de él, le conocéis tan bien como yo. Son muchos los nombres que usa, pero hay uno, el único por el que el mundo lo conoce y lo llama. ¿Es necesario que os diga cuál es?

Dolores, que mientras Amri hablaba había estado luchando por conservar impasible la fisonomía, no pudo ocultar del todo su angustia y la penetrante mirada de su interlocutor lo observó.

—Veo que no-dijo —. Por fin habéis comprendido que el secreto de Yuma ha dejado de serlo para mí. En buena hora, Sabed, pues, señora, que para vuestro jefe la hora ya sonó. Otro se apresta a substituirle... otro que arrancará el cetro de su mano y sabrá esgrimirlo con mayor provecho de que lo supo hacer hacer él.

—¿Seréis vos ese otro, quizá? —inquirió Dolores con ironía, renunciando ya a todo disimulo, pensando tan sólo que Yuma corría peligro y que tal vez ella si sabía manejar a aquel hombre, le podría salvar.

—Yo-asintió el tuareg, llevándose una mano al pecho y haciendo una leve inclinación.

—Yuma es inteligente, según vos mismo confesáis. ¿Cómo esperáis poderlo dominar?

—Desde el momento que os tuve en mi poder, Yuma quedó virtualmente dominado. Vos no sois más qué el cebo señora, y podéis creer que lamento tener que obligaros a hacer semejante papel. Yuma os seguirá y caerá, al fin, en mis manos.

—Os equivocáis. Yuma no me seguirá. Bastarán sus agentes para librarme de vuestras garras.

—La equivocada sois vos, señora. Hace mucho tiempo que maduro mi plan y lo he estudiado hasta en sus más mínimos detalles. Yuma podría hacer uso de sus agentes, pero no por eso dejará de seguiros en persona. Sé que le inspiráis afecto a pesar de todo y me consta que es capaz de abandonarlo todo por acudir en vuestro auxilio. Cuando os secuestré, tuve buen cuidado de dejar un rastro que él pudiera fácilmente seguir... por lo menos parte del camino. Estáis muy lejos de España, señora... mucho más lejos de lo que suponéis. No es necesario que os diga qué lugar es éste. Basta con que os advierta que mi rastro conduce a Alejandría y que nos encontramos muy lejos también de esa ciudad. Aun os diré más. Yuma ha encontrado ese rastro ya, y ha mandado a Egipto agentes suyos. Éstos no son tan hábiles como su jefe y, aunque por orden suya se han mantenido alejados de Alejandría de momento, he dado con su paradero en un hotel de Port-Said.

»Ahí los he dejado porque pienso hacer uso de ellos para cazar a su amo. En cuanto a Yuma, aun no sé si se ha puesto personalmente sobre la pista o no. Ahora mismo lo sabré, sin embargo. Y vos misma vais a tener el honor de ver cómo me las compongo para conseguirlo. Tal vez así comprendáis cuánto mayor es mi poder y decidáis transferir de él a mí vuestra lealtad.

Se puso en pie. Dolores le imitó. Jamás había experimentado congoja mayor. El peligro que ella pudiera correr no la asustaba; el que amenazaba la su jefe, no obstante, la llenaba de terror.

Se daba cuenta, con todo que sólo conservando la serenidad podría servirle de ayuda. Nada adelantaría negándose a escuchar al tuareg. Por el contrario, era siguiéndole la corriente como lograría enterarse de sus planes, único medio de hacerlos fracasar.

El hombre cruzó el cuarto, apartó unas cortinas y pasó a una habitación contigua. Ni siquiera se volvió a ver si la joven le seguía. Contaba seguramente con que Balahmut le indicaría la conveniencia de hacerlo, si dudaba. Porque Balahmut había presenciado la entrevista, de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y sin despegar los labios. Ahora, al echar a andar la muchacha, fue él detrás de ella con el beneplácito, evidentemente, de Amri.

Aquella segunda habitación estaba ocupada, exclusivamente, con toda suerte de aparatos eléctricos y una potente estación emisora y receptora de telegrafía sin hilos. Sobre un tablero había sujeto un mapa del Mediterráneo y partes de África y del Próximo Oriente. Junto al tablero se veía un aparato que Dolores reconoció en seguida.

—Un radiogoniómetro-anunció Amri, viendo la dirección de su mirada —. Y es evidente que conocéis su funcionamiento y su objeto. Tanto mejor. Así me evitaréis muchas explicaciones. Si vos, señora, expidierais un mensaje ahora mismo, y vuestro jefe os contestará, ese aparato me indicaría de qué punto cardinal procedía la respuesta. Eso, en sí, resultaría insuficiente, claro está. Tengo, no obstante, un agente en Alejandría que me daría a conocer inmediatamente la dirección que señalara su radiogoniómetro. No ignoráis que, con esas dos indicaciones, tengo suficiente para conocer el actual paradero de vuestro ingenuo Yuma.

Dolores se mordió los labios. Dijo:

—Y ¿cómo mandaríais ese mensaje?

—Con vuestro reloj de pulsera, naturalmente-respondió el otro —. ¿Creíais que no conocía su objeto?

—No averiguaríais con eso el paradero de Yuma. Lo más probable es que os conteste algún otro agente.

—Os he dicho antes, señora, que hace tiempo maduré mis planes. Agregaré ahora que durante mucho tiempo he estudiado los procedimientos de Yuma, he investigado y he averiguado muchísimas cosas de él. Debierais suponerlo, puesto que he sabido descubrir su identidad no menos que la vuestra.

«Entre otras cosas he sabido que los agentes de Yuma llevan un reloj cuyas emisiones sólo pueden ser recogidas por dos aparatos: el del propio Yuma y el del jefe de sus agentes. Sólo en casos en que pueda existir posibilidad de que sea necesaria la comunicación entre sus agentes, entrega Yuma a éstos unos relojes distintos, de mayor autonomía. Eso no ha ocurrido en el caso vuestro. Se os pilló desprevenida. Vuestro reloj, por lo tanto, sólo puede emitir señales al alcance de esos dos aparatos que he mencionado.

—Veo que, en efecto, estáis muy bien informado-asintió la doctora —. Me doy por vencida. Devolvedme mi reloj y transmitiré el mensaje que me dictéis.

—¡Por Alá, señora! No llega a tanto mi ingenuidad. Seré yo quien transmita el mensaje.

—Perderéis el tiempo. Ni uno ni otro os contestará siquiera.

—A fuerza de experimentos-observó el tuareg, serenamente —, logré construir un aparato capaz de recoger las ondas de todos los relojes de Yuma. Estudié los mensajes y vi la forma en que eran expedidos y recibidos. Confieso, sin embargo, que no pude descubrir a quién pertenecía cada contraseña...

Dolores sintió un alivio enorme, que se reflejó en su semblante sin que ella pudiera evitarlo.

—Noté, no obstante-prosiguió Amri —, que todos los mensajes firmados por TH contenían órdenes, por lo que deduje que TH era la contraseña de Yuma.

Dirigió una penetrante mirada a Dolores, que se sobresaltó visiblemente.

—No era necesario vuestro sobresalto para que supiera que no me equivocaba-observó —. Como veis, poseo los medios para asegurarme de que sea él quien conteste a la llamada.

—Llamada que él reconocerá como falsa inmediatamente y se pondrá en guardia.

—Comprendo lo que queréis decir. Sólo puede ser auténtico un mensaje si va firmado. Si yo firmo con una contraseña al azar, me expongo a emplear la de algún agente que no tenga por qué llamarle y despertar sospechas. Olvidé decir una cosa, señora. En la época en que me dedicaba yo a estudiar los mensajes en cuestión, observé que, cada vez que se refería al agente R, Yuma, no menos que el jefe de sus agentes, empleaba el género femenino. Nunca oí que emplearan el género ese para ningún otro agente. Creo innecesario deciros que es ésa la contraseña con la que pienso firmar vuestro mensaje.

Dolores estaba consternada. Se devanaba los sesos buscando un medio de impedir que Amri llevara a cabo sus propósitos y, no hallándolo de momento, optó por intentar ganar tiempo.

—Si disponéis de un aparato capaz de captar todos los mensajes, y de transmitirlos-dijo —, ¿qué necesidad tenéis de hacer uso de mi reloj? ¿Por qué no usáis vuestro aparato?

—¡Ah, señora! ¡Ha transcurrido macho tiempo desde que hice esos experimentos! Cierto día cometí la imprudencia de expedirle un mensaje a Yuma para que supiera que ese secreto suyo, por lo menos, había dejado de serlo. ¿Adivináis lo qué ocurrió entonces? ¡Yuma me destruyó el aparato a distancia! Por eso me he abstenido de ponerme vuestro reloj, no fuera que, al echaros de menos, se le ocurriera repetir la proeza.

«Después de eso, vuestro jefe cambió por completo el funcionamiento de sus relojes y confieso que, hasta la fecha, me ha sido imposible dar con su secreto. Ahora que cuento con el vuestro como muestra, sin embargo no tardaré mucho en poder duplicarle. Pero estamos perdiendo tiempo. No os quejaréis de mí. He satisfecho por completo vuestra curiosidad. Vamos a proceder a dar con el paradero de Yuma.

Preparó el radiogoniómetro. Dolores echó una mirada hacia el mapa. Vio dos alfileres clavados en él: uno cerca de la costa egipcia; el otro más al interior y a la izquierda. Calculó que el primero señalaría la posición de Alejandría. El segundo andaba por los alrededores de Eritrea. El extremo de un hilo negro iba atado a cada uno de dos alfileres.

El tuareg se acercó a la estación emisora e hizo funcionar el manipulador. No cabía la menor duda de que las letras que transmitía en morse eran la contraseña de su estación en Alejandría. Tomó nota de ellas y las archivó en su memoria. El mensaje transmitido a continuación, sin embargo, la resultó ininteligible. Amri debía estar usando una clave particular.

Por fin dejó el hombre el aparato.

—Todo está preparado-anunció.

Abrió una caja que había sobre la mesa y sacó algo envuelto en amianto. Era el reloj de Dolores. Esta, viendo que iba a ser enviado el mensaje a su jefe, dio un paso hacia el tuareg, impulsivamente.. Unos dedos férreos la sujetaron fuertemente los brazos. La reacción de la doctora había sido prevista; Balahmut vigilaba y cumplía las órdenes que había recibido.

Amri apretó la corona del reloj, diciendo al propio tiempo en alta voz, para que se enterara la muchacha, lo que iba transmitiendo:

—TH... TH... TH...

—Contesta, TH-advirtió a los pocos segundos —. Transmito: R. Secuestrada, ignoro dónde me encuentro... Contesta Yuma: Animo. Nada más. Veamos el radiogoniómetro... °

Observó el aparato y, sin decir palabra, tomó el hilo de uno de los alfileres y lo cruzó sobre el mapa en dirección noroeste, sujetándolo con otro alfiler en pleno Mediterráneo.

—Vamos a ver lo que dice Alejandría ahora-murmuró.

Volvió a la emisora. Movió el manipulador unos instantes, recibió contestación, regresó al tablero, sujetó el segundo hilo.

—Si ello puede serviros de consuelo, señora-anunció —, sabed que Yuma en persona se halla sobre vuestra pista. ¿Veis las hebras? Su punto de intersección se encuentra en El Cairo, que es desde donde acaba de contestaros vuestro jefe. Es hábil. Reconozco que no esperaba que se encontrase allí. Ahora que lo sé, sin embargo, daré órdenes para que se le encuentre y no se le pierda de vista.

Envolvió el reloj nuevamente en el amianto y lo encerró en la caja.

—Soltadla, Balahmut. Puesto que Yuma ha llegado a Egipto, es hora de poner en práctica la segunda parte de nuestro plan. Encargaos vos mismo de transmitir las órdenes oportunas.

CAPÍTULO IX

 

 

EL CAZADOR DE SERPIENTES

YA que se veían condenados, aunque no fuera más que temporalmente, a la inactividad. Santos y Marcos decidieron pasar los días de su estancia en Port-Said haciendo el papel de turistas. En realidad, Port-Said tiene muy poco que ver. Los barcos paran allí más que nada para hacer carbón o con el fin de aguardar turno para entrar en el camal de Suez. Hay, sin embargo, numerosas tiendas donde el viajero puede adquirir toda clase de géneros orientales.

Santos y Marcos hicieron una visita al muelle occidental a ver la estatua que allí se alza a Fernando de Lesseps, constructor del canal, y pasaron el resto del primer día jugando al golf en el International Sporting Club.

El segundo se dedicaron a visitar tiendas y comprar algunas chucherías por seguir en su papel, viéndose acosados continuamente por dragomanes que se empeñaban en ofrecerles sus servicios como intérpretes y guías. Uno de ellos les importunó tanto y con tanta gracia que Santos acabó diciendo a su compañero, en un susurro:

—Casi será mejor que lo tomemos. Si se nos ve por ahí acompañados por un dragomán inspiraremos menos desconfianza. ¿Qué te parece?

Marcos se encogió de hombros.

—Como tú quieras-dijo.

—¿Cómo te llamas? —inquirió Santos, volviéndose al indígena, que, más que cara de fela (campesino egipcio), tenía la de un árabe de pura cepa.

—Alí-contestó el hombre.

—Pues bien, Alí, aceptamos tus servicios. ¿Dónde vas a llevarnos?

—A todas partes; el effendi no quedará descontento.

Recorrieron las afueras, hallando más entretenidos los comentarios de Alí que las cosas que les enseñaba. Por fin, cuando se aproximaba la hora de comer, el dragomán preguntó:

—¿Han visto los effendis capturar serpientes alguna vez?

—No.

—¿Les gustaría verlo? Conozco a uno que lo hace...

La verdad era que aunque ambos hombres habían oído hablar de los indígenas que se ganaban la vida capturando serpientes, nunca habían visto actuar a. ninguno de ellos y tanto les importaba matar el tiempo viendo eso como cualquier otra cosa.

—Condúcenos ante ese capturador de serpientes-dijo Santos.

—Después de comer, effendi —contestó Alí—. Iré a ver si le encuentro. Tiene mucho olfato. Las huele de lejos.

Los dos agentes de Yuma se mostraron conformes. Alí les acompañó hasta el hotel y, a eso de las cuatro, volvió a buscarles acompañado de un hombre alto, moreno, de nariz gruesa y abultados labios. Llevaba turbante y cubría su cuerpo con una galabía o camisa egipcia.

—Es el capturador de serpientes-explicó Alí, presentando a sus compañeros con una reverencia.

—Y ¿dónde va a capturarlas? —preguntó Santos.

—Donde las haya-contestó Alí, muy serio —. Tal vez fuera mejor, effendis, que saliéramos con él a las afueras.

—Vamos, pues-dijo Marcos.

Y los cuatro hombres salieron, dirigiéndose a los barrios apartados.

—Huelo una serpiente-dijo, de pronto, el hombre, parándose en seco.

—¿Dónde?

—Allí-contestó el cazador, señalando hacia el jardín que rodeaba una casita abandonada.

—Captúrala-dijo Marcos.

—Primero quiero bakshish (una propina, limosna o recompensa) —contestó el indígena.

Marcos se echó a reír. Le dio cinco piastras egipcias.

—¿No la llevarás tú escondida encima? —dijo.

El hombre le miró con altanería, como si se sintiera ofendido por la insinuación.

Sin decir una palabra, se quitó el turbante y lo sacudió, para demostrar que no llevaba nada dentro. Luego volvió a arrollárselo a la cabeza y se quitó la galabia, sacudiéndola a su vez y volviéndosela a poner. A continuación le pidió a Alí un saco que éste llevaba y lo volvió del revés.

—¿El effendi está satisfecho? —inquirió.

—Perfectamente-respondió Marcos, con una sonrisa —. Ahora, a ver si pillas a esa serpiente que has olido.

El hombre se metió en el jardín, seguido de cerca por los agentes de Yuma, que no querían perderle de vista para prevenir cualquier superchería.

Emitió un silbido y fijó la mirada en una mata.

—Ahí está-aseguró, aunque ninguno de sus compañeros veía nada.

Y empezó a entonar un conjuro con voz solemne.

«¡En nombre del mayor juramento y del grandísimo juramento!

¡En nombre de mi caid y señor Ahmed-el-Refahi!

¡En nombre de los cuatro poseedores del Universo, benditos sean!

¡En nombre del caid Tayha Yasine, auxilio de la religión!

¡En nombre del libro y de los portadores del libro del profeta, cuyas peticiones reciben favorable acogida, de los conjuros y de los signos, de aquél que ocupa el lugar del grande que es el manantial de su grandeza, que conoce mi estado, que te ha condenado a la pena de arrastrarte por el polvo!

¡Ante su nombre el agua se seca y el fuego se extingue!

¡En nombre de mi señor Salomón!

¿Eres dañina? Vendrás a mi aquí. ¿Eres traidora? Vendrás a mí aquí.

Si desobedeces, te arrepentirás.

¡Sal! ¡Abandona ese lugar!...

Aquella fórmula mágica pareció surtir muy poco efecto. Siguió sin verse serpiente por parte alguna. El indígena clamó entonces:

—¡Oh serpiente desobediente! ¡Sal! En nombre del mayor juramento...

Y repitió todo el conjuro de nuevo, afinándose poco a poco su voz hasta convertirse en imperiosa. Seguía con la mirada fija en la mata y había cogido una vara con la mano derecha, empleándola para enseñar a la invisible serpiente el camino que debía seguir.

—¡Ensa! ¡Ensa! (¡Sal! ¡Sal!) —gritó de pronto.

Tiró la vara lejos de sí, se agachó, adelantó, una tras otra, las dos manos, las retiró vivamente, como temiendo ser mordido, acabó metiendo una entre las matas y la sacó de nuevo, con una serpiente entre los dedos.

Esta se retorcía irritada, intentando morder al que la había apresado. El hombre la acercó al borde de la galabía, dejándola morder allí y, cuando el reptil se hubo aferrado a la tela, dio un fuerte tirón que la dejó sin dientes. Una vez indefensa, la depositó en el suelo y le aplastó la cabeza, echándola luego al saco que Alí le acercó.

—¿No hay más? —inquirió Santos, que había seguido atentamente toda la operación sin lograr descubrir truco alguno.

El hombre olfateó.

—Hay otra-dijo —. Allí.

Señaló otra mata a dos pasos de la casa.

—Cázala-dijo Santos.

—Bakshish —contestó él.

Santos le dio cinco piastras más. El hombre empezó a caminar hacia la casa, recitando nuevamente el conjuro y acabó sacando otra serpiente de las matas en cuestión, sin que Santos pudiera pillarle en un renuncio aquella vez tampoco.

—¿Para qué guardas todas esas serpientes muertas? —le preguntó Marcos.

—Los farmacéuticos de Port-Said, de El Cairo y Alejandría me las compran-contestó el cazador de reptiles —. Huelo otra... Dentro... En la casa.

—¿Puedes entrar?

—No está habitada-intervino Alí.

—Búscala, pues-ordenó Santos, plantándose a su lado.

Entraron en la casa. El hombre sacó dos serpientes de un rincón. Pasó a la habitación siguiente y encontró otra. Allí no pudo seguir tan de cerca sus movimientos Santos, la habitación carecía de ventanas y reinaba la oscuridad.

El cazador silbó.

—Otra más-dijo.

Y echó a andar hacia el cuarto del fondo. Santos pasó tras él y sintió, de pronto, que unos brazos hercúleos le rodeaban en la oscuridad. Forcejeó por desasirse, pero fue en vano. Alguien le introdujo un trapo nauseabundo en la boca para evitar que gritara. Los brazos le fueron atados fuertemente a los costados, de tal suerte, que le era imposible moverlos lo bastante para poder hacer uso del reloj. La única esperanza que le quedaba era Marcos.

No sabía sin embargo que éste no había llegado a entrar, siquiera, en el cuarto. Cuando se disponía a hacerlo, un golpe, dado en la nuca, le había dejado sin sentido y se hallaba, en aquellos momentos, atado de pies y manos y con una mordaza en la boca lo mismo que su compañero.

CAPÍTULO X

 

 

SE VUELVE A ENCONTRAR LA PISTA

SANTOS fue arrojado en un rincón de la oscura estancia mientras esperaba, en vano, que acudiera en socorro suyo su compañero. Como Marcos no le hubiera abandonado jamás y no acababa de presentarse, hubo de convencerse, por fin, de que debía haber sufrido la misma suerte que él, si no peor.

Aguzó el oído. Aunque oía pasos en la habitación contigua, el más profundo silencio parecía reinar en la que él se encontraba. ¿Le habrían dejado solo y colocado a Marcos en otro cuarto? Pero quizá le pusieran con él más tarde. Era su única esperanza. Las ligaduras eran fuertes y no lograba hacerlas ceder. De haber estado allí su compañero, sin embargo, hubiera podido, quizá, si ambos maniobraban convenientemente, alcanzar el reloj del otro, ya que le era imposible tocar el suyo.

Había dos hombres allá afuera, por lo menos. Les oía cuchichear. Por fin uno de ellos alzó la voz. Dijo, en árabe:

—¿Qué necesidad hay de que hablemos tan bajo? Los rumies no nos entienden.

—¿Cómo sabes tú que no entienden el árabe? —repuso el otro.

—¿Qué necesidad hubiesen tenido del trujamán si lo hubiesen entendido? —arguyó el primero—. ¿Cuándo se ha visto que use intérprete quien conoce un idioma? ¿Les has oído tú hablar árabe acaso?

—No, pero...

—Habla tranquilo. No conocen nuestro idioma y soy demasiado duro de oído para poder entender bien tus susurros. ¿Qué me decías?

—Que aquí estamos perdiendo el tiempo. ¿Qué adelantamos haciendo caer a un par de rumíes en una trampa de vez en cuando? Unas miserables piastras para vivir unos días.. Después... Después, ¿qué? No son muchos los que por aquí caen y menos es lo que podemos sacarles.

—Estos no son como los otros que han caído en nuestras manos, Idris. Tienen dinero, no hay más que verlos. En cuanto haya recobrado el conocimiento el que con tan dura mano has golpeado, hablaremos con ellos. Los haremos pagar bien. Tendremos dinero para mucho tiempo.

Un ruido que sonó en aquel momento en el rincón opuesto de su cuarto hizo comprender a Santas que Marcos se hallaba allí después de todo y que el golpe no debía de haber sido muy fuerte porque había vuelto en sí ya. Empezó a rodar en disección al ruido, único modo de que podía moverse, sin dejar por eso de escuchar la conversación de las árabes para averiguar cómo se proponían cobrarse el rescate.

Lo que oyó luego, sin embargo, le hizo inmovilizarse de repente, aguzar aún más el oído y contener la respiración, excitado.

—¡Por Iblis, que si fueras hombre, otra sería tu suerte! —exclamó aquél que había querido hablar en susurros—. ¡Balahmut nunca promete en balde!

—¡Shaitan! ¿Por qué no dijiste su nombre antes? ¿Qué quiere Balahmut? ¿Qué es ese plan de que me hablas?

—Balahmut me ha mandado aviso, Yussef... Necesita hombres de confianza... cuenta conmigo y quiere que le busque otros... Por eso vine a verte y tú, en lugar de escucharme, te empeñaste en meterme en este asunto tan miserable...

—¿Para qué los quiere?

—¿Qué importa? ¡Shaitan! ¿No tienes bastante con que te lo paguen? Es algo grande... Ni yo mismo sé de qué se trata... Sólo sé que me ofrecen una fortuna lo mismo que a todos los que escuchen su llamada...

—¿Dónde está el bey?

—Lejos... Hemos de ir a donde se encuentra... ¿Estás tú dispuesto a ir conmigo?

—Por una fortuna voy yo a cualquier parte.

—Hay que ir a Danakil...

—¡Por Iblis, eso es demasiado! ¡No saldremos de allí con vida!

—No temas. Tendremos el paso franco porque Balahmut mandará a alguien a nuestro encuentro. Los indígenas le creen un ser sobrenatural y no se atreven a molestarle ni a atacar a los que él protege. Sus enviados nos guiarán hasta donde él está, cerca del lago Assale.

Santos se puso a rodar de nuevo, temblando de excitación. Si lograba escapar, tendrían noticias que darle a Yuma: las noticias que él estaba aguardando.

—Iré contigo-dijo Yussef, después de unos instantes de silencio —; pero acabaremos este asunto primero. Necesitaremos dinero para recorrer parte del camino por lo menos. Estos rumíes nos pagarán el viaje.

Muy cerca, Santos oyó la respiración de Marcos. Los árabes seguían hablando, pero su conversación había dejado de ser interesante. El tiempo apremiaba. Era necesario que pudiera hacer uso del reloj de su compañero siquiera, comunicarle a Yuma lo que habían descubierto. Después de todo, si era preciso pagar rescate para verse libres de nuevo, ¿qué importaba?

Encontró el cuerpo del otro. Marcos pareció comprender su intención en seguida, porque empezó a moverse, buscando colocarse de forma que el reloj fuera asequible. Ambos saludaban copiosamente, como consecuencia de sus esfuerzos y lo malo del caso era que, aunque habían logrado ya juntarse, estaban atados de tal manera que no conseguían mover las manos lo suficiente para poder llevar a cabo sus planes.

Cambiaron de postura; volvieron a cambiar. La conversación de sus carceleros no podía durar mucho. Si ésta cesaba y se veían obligados a esperar a que les interrogaran y discutieran las condiciones en que estaban dispuestos a soltarles, se perdería un tiempo precioso. Tal vez un minuto de retraso representara la muerte para Dolores, si no había muerto ya.

Un leve susurro les obligó, de nuevo, a inmovilizarse. Algo se arrastraba hacia ellos silenciosamente. ¿Qué o quién era?

Marcos sintió que una mano le asía del brazo. Una voz susurró a su oído:

—¡Silencio! ¡Vengo a salvaron, efendi!

Igual dijo la voz al oído de Santos.

Una mano invisible cortó las ligaduras que les aprisionaban. Ambos se quitaron, con asco, los trapos sucios que les servían de mordaza.

—Seguidme, effendis —dijo la voz—. Esos perros hablan como viejas. Están demasiado distraídos para vernos. Si avanzamos pegados a la pared, podremos salir sin ser vistos.

La suerte parecía haberles vuelto la espalda, sin embargo. Cuando se disponían a seguir las instrucciones de su salvador, cesó la conversación. Los árabes se pusieron en pie. Dijo uno:

—Ya debe haber vuelto en sí el rumí. Vamos a sacarles de aquí y acabar de una vez.

Fue Marcos quien tomó la iniciativa entonces.

—Quieto-susurró al oído del desconocido —. Quienquiera que seáis, dejad esto ahora de nuestra cuenta.

No les habían quitado nada al atarlos, y ambos hombres, como todos los agentes de Yuma, llevaban pistolas cargadas con las balas invento del misterioso ser, que sólo dejaban sin conocimiento un par de horas al que herían, sin jamás quitar la vida ni causar, por lo tanto, herida grave.

Aguardaron a que los árabes se acercaran a la puerta del cuarto, donde se destacaron sus figuras contra el fondo, menos oscuro, de la habitación contigua. Las dos pistolas dispararon simultáneamente. Idris y Yussef sólo tuvieron tiempo para exhalar un gemido de dolor y de sorpresa antes de rodar por el suelo, sin conocimiento.

Unos momentos más tarde salían de la casa. Había anochecido, pero la luz aún era suficiente para que reconocieran a su salvador. Era Alí, el dragomán.

—¡Alí! —exclamó Marcos—. ¡Hubiera jurado que fuiste tú quien me dio el golpe en la cabeza!

—¿Yo, effendi? —exclamó el dragomán, con sorpresa—. Mi única culpa es haber tenido miedo y haber huido al veros caer.

—¿Qué sucedió? ¿Quiénes fueron los que nos apresaron?

—Idris, el cazador de serpientes con quien Iblis, padre de shaitanes, cargue, me ha traicionado. Yussef estaba oculto en la casa y fue él quien golpeó al effendi mientras Idris se encargaba de su compañero. Yo vi el golpe. Me di cuenta de que el effendi había perdido el conocimiento y, comprendiendo que nada podía hacer solo para ayudaros, salí corriendo. Aunque cuando os presenté al cazador ese, nunca soñé que pudiera ocurrir semejante cosa, puesto que yo os lo había presentado, me consideraba culpable y decidí volver y aprovechar la primera ocasión que se me presentara para libertaros.

—¿Por qué no avisaste a la Policía? Hubiera sido mucho menos peligroso para ti que arriesgarte a venir solo.

—¿Menos riesgo, effendi? —murmuró el dragomán—. Si hubiese avisado a la policía, Idris y Yussef hubieran sido detenidos. Pero, puesto que nada les había ocurrido a los effendis, poco podía, sucederles a ellos. ¿Cárcel? Posiblemente. ¿Y cuándo salieran, effendi? ¿Creéis que iban a perdonarme ellos la vida? Más vale que hayan muerto.

—No han muerto, Alí. Sólo están sin conocimiento. Dentro de dos horas despertarán tan sanos como antes de que disparáramos contra ellos. Y no pueden sospechar que hayas tenido tú nada que ver con el asunto. No han sospechado tu presencia siquiera. Creerán que no nos ataron lo bastante fuerte y que logramos desatarnos.

—¡Alá! ¡Alá sea bendito! ¡Me alegro de no tener su muerte sobre mi conciencia!

Mientras Marcos hablaba con Alí, Santos había aprovechado el tiempo poniéndose en comunicación con Yuma para explicarle todo lo ocurrido. Antes de que hubiera terminado su mensaje llegaron al hotel, donde Marcos dio bahshish a Alí y le despidió hasta el día siguiente. Pero, por lo visto, Yuma tenía otros planes para ellos. Su respuesta a la comunicación de T, decía:

«Desconfiad del dragomán. Preparadlo todo para abandonar Port-Said al primer aviso. Andad alerta entretanto. Habéis dejado de serme útiles de momento, Porque aunque no lo sepáis vuestra verdadera personalidad es conocida.»

CAPÍTULO XI

 

 

TOMA DE POSICIONES

JAMÁS hubiera podido sospechar el tuareg las consecuencias que iba a tener el supuesto mensaje de Dolores, que tan cuidadosamente había él preparado. Swindon lo interceptó en su cuarto del Semiramis y, no bien lo hubo contestado como ya sabemos, bajó al vestíbulo, pagó la cuenta, y abandonó el hotel, dirigiéndose a la Avenida de Chubra, magnífico paseo de seis kilómetros de longitud, bordeado de sicomoros y acacias gigante, que sirve de nexo de unión entre la ciudad y el palacio de Mehemet-Ali.

Para él, aquél mensaje con el que había querido engañársele, sólo podía significar dos cosas. Primera: que su paradero era conocido. Segunda: que estaba a punto de encontrar la pista que le condujera al lugar en que se hallaba prisionera la doctora.

El razonamiento no podía ser más lógico. El prolongado silencio de Dolores Arana, sólo podía obedecer a una de tres causas, cómo ya hemos tenido ocasión de decir: o seguía bajo la influencia de una droga, o estaba atada de suerte que le fuera imposible mandar un mensaje, o le habían quitado el reloj.

Admitiendo como buena una de las dos primeras explicaciones, era evidente que, en cuanto la doctora hubiese vuelto en sí, o se hubiera librado de sus ligaduras, lo primero que haría sería expedir un mensaje. Ahora bien, ¿cuál sería el texto del mismo?

Los agentes de Yuma eran todos personas de cultura nada vulgar. Tenían, por añadidura, órdenes bien definidas. Sabían, además, que, en caso de apremio, lo que procedía era dar los detalles importantes, los que pudieran servir para acelerar una investigación, y no aquellos que resultaban innecesarios o pudieran deducirse fácilmente. Si disponían de tiempo ilimitado, podían extenderse a su antojo-cosas que, no obstante, ningún agente solía hacer por resultar engorroso transmitir mensajes largos por medio del alfabeto morse.

Cuando Swidon sintió que la palanquita de su reloj marcaba «TH... TH...» con insistencia, respondió inmediatamente a la llamada. No tenía medio de saber si ésta era auténtica o no; mejor dicho, no tenía por qué dudar que lo fuera, ya que se empleaba bien la doble consonante que lo distinguía. El que la transmitía podía ser cualquiera, de sus agentes, o el propio Garvez. Por consiguiente, no vaciló en contestarla, como decimos. A continuación, había recibido la R, contraseña de Dolores y, durante un instante, creyó en la posibilidad de que, después de todo, ésta hubiera encontrado, por fin, medio de usar su reloj de pulsera.

Durante un instante nada más. No bien hubo recibido toda la comunicación, comprendió que no era su agente la que llamaba. Pero para no despertar sospechas, para hacer creer que se dejaba engañar, había contestado: Animo.

¿Qué contenía el mensaje para que Swindon comprendiera que se trataba de una superchería?

Como ya recordarán nuestros lectores, Amri había transmitido: «R secuestrada. Ignoro dónde me encuentro».

A Dolores no se le hubiera ocurrido nunca decir que la habían secuestrado. ¿Para qué, si el hecho era bien evidente? La segunda frase hubiera podido pasar si la hubiese seguido alguna otra; pero así, sola, no. En cualquier caso, la obligación de Dolores era dar primero de todo el nombre de su secuestrador, puesto que lo sabía, y luego cualquier otro detalle susceptible de facilitar su hallazgo. Una vez hecho esto, podía extenderse todo lo que quisiera si la daba tiempo. Primero, los datos de importancia, luego, las explicaciones, ésa era la regla.

Por estas razones Swindon estaba convencido de que no era la doctora quien había expedido el mensaje. ¿Quién entonces? Su secuestrador, evidentemente. Y el hecho de que conociera las contraseñas y el uso del reloj no hacía más que confirmar su teoría, que ya conocemos.

¿Con qué objeto lo había expedido, sin embargo? Sólo había uno o, por lo menos, era el único lógico que se le ocurría a Swindon. El hombre había querido cerciorarse de si Yuma había caído en la trampa y emprendido personalmente la persecución del secuestrador. Y ¿cómo podía saberlo, aun recibiendo contestación? Por radiogoniometría. El mismo hubiese empleado ese procedimiento en caso análogo; lo hubiera empleado, incluso, para dar con el paradero de Dolores si hubiese tenido ocasión de hacerlo. Era de suponer que el secuestrador habría hecho lo propio. De lo cual se deducía que, a aquellas horas, Balahmut sabría ya que Yuma se hallaba en El Cairo. Por consiguiente, no tardarían en recibir órdenes todos los agentes de Balahmut en la ciudad para que investigaran la identidad de cuantos viajeros hubiesen llegado últimamente a El Cairo. Uno de ellos tenía que ser Yuma. Los vigilarían a todos y Swindon no estaba dispuesto a someterse a vigilancia. Por eso se había ido retirado del hotel inmediatamente.

Afortunadamente, él tenía numerosos amigos en El Cairo. Se detuvo ante una de las casas de la Avenida y llamó. A unas palabras suyas, el criado que le abrió la puerta se echó a un lado y le dejó pasar. Tres cuartos de hora más tarde volvía a salir, pero nadie le hubiera reconocido. El cabello, rubio antes, era ahora negro como el azabache, rizado, coronado con un fez. Los rasgos de su fisonomía habían cambiado sorprendentemente. La tez, antes bronceada, habíase oscurecido más, hasta ser casi negra. Un traje azul oscuro y botas de color completaban, con el fez, su indumentaria.

Se dirigió, apresuradamente, a la estación, después de haber consultado su reloj; aún tenía tiempo de coger el tren de la tarde. En el tren se hallaba, camino de Alejandría, cuando recibió el informe de Santos y Marcos y contestó en la forma que ya sabemos.

No le cabía la menor duda de que la identidad de los dos agentes había sido descubierta desde el primer momento. El dragomán a sueldo de Balahmut se había encargado de vigilarles y, al recibir la orden de su amo, les había hecho caer en una trampa, con el exclusivo objeto de proporcionarles la pista de Dolores, una vez seguro Balahmut de que Yuma estaba dispuesto a seguirla personalmente.

La forma en que habían escapado era una simple comedia representada para que los dos agentes siguieran confiando en Alí y éste pudiera continuar vigilándoles sin inspirar sospechas.

De todo lo sucedido, Yuma sacó numerosas conclusiones. En primer lugar, el hecho de que la pista hubiera aparecido en Port-Said parecía indicar una cosa: que Balahmut ignoraba que Yuma tenía agentes ya en Alejandría. Eso era interesante, puesto que podría seguir usando a Fayum y a Manrique sin peligro.

No dudaba, ni por un momento, que Balahmut y Dolores se hallaran en cl Danakil. Y como era imposible que en el tiempo transcurrido hubieran podido llegar allí por medios normales, forzoso era creer que disponían de un avión por lo menos. Era indudable, por añadidura, que Balahmut había logrado dominar, por medio de un terror supersticioso, seguramente, a las tribus vecinas al lugar en que se había instalado. Sólo así se explicaba que pudiera permanecer allí. De cuantos habían intentado entrar en el inhospitalario país, sólo el inglés Nesbitt en 1928 y los dos italianos Pastori y Rosina, compañeros suyos, habían logrado salir con vida. Tres expediciones anteriores-la de Munzinger en 1875, la de Giulietti en 1881 y la de Bianchi en el año 1884, habían sido aniquiladas por completo.

Teniendo esto en cuenta, no resultaría difícil dar con el paradero de Balahmut una vez se encontrara en el Danakil. Un hombre que logra imponerse de tal suerte a tribus salvajes, suele ser conocido en muchas leguas a la redonda.

Pero, ¿quién era Balahmut? ¿Por qué le inspiraba Yuma un odio tan profundo? Y de que se lo inspiraba no cabía la menor duda. Mucho ha de odiar un hombre para pasarse años-como tenía que habérselos pasado Balahmut-investigando sin cesar, analizando los hechos más insignificantes, enlazándolos unos con otros hasta establecer la identidad de un ser que nadie antes que él había logrado conocer. Mucho odio y mucha paciencia para saber esperar hasta el momento en que lo que sabe de su enemigo pueda ser empleado sin temor al fracaso. En esto último solo ya se veía que se trataba de aun oriental. Y oriental era, en efecto, a juzgar por la descripción que de él tenía. Poco importaba que se llamara Balahmut o no, que fuera oriundo del próximo o del lejano Oriente.

Lo que a Yuma le chocaba no era eso, sino él hecho de que no recordaba haber tenido encuentro alguno jamás con persona que correspondiera a su descripción. Podía ser, naturalmente, que Balahmut no hubiera tenido encuentros con él. Cabía en lo posible que, conociendo la existencia de Yuma, creyese conveniente eliminarle antes de iniciar su carrera como delincuente de grandes vuelos; pero la inteligencia de Yuma desechaba semejante explicación como inadmisible.

Llegó a Alejandría y se hizo conducir al Hotel Windsor, pasando inmediatamente al comedor. Manrique ocupaba una mesita allí ya y, aunque alzó la cabeza al oír pasos cerca de él, no sospechó ni un instante que el hombre del fez que había ido a sentarse a una mesa vecina era su jefe.

Imaru, para darle el nombre con que se había hecho inscribir en el registro del hotel, se retiró a su cuarto después de la cena. Tenía ya trazado su plan y se puso, sin demora, a cursar órdenes a sus, agentes.

—X... X... —llamó.

—X.

—TH. Sal en avión esta misma noche para el Yemen. Cuando llegues allí, cruza el Mar Rojo y aguarda en Asmara.

X dio la señal de haber entendido. Imaru llamó entonces a Y.

—Salid esta noche los dos en avión para Chipre. Visitad al agente Niscosia. Que os procure la documentación necesaria para que podáis pasar por dos ingenieros italianos que se dirigen a Eritrea a inspeccionar unas minas. Disfrazaos convenientemente. Esperad nuevas órdenes en Massaua.

Después le tocó el turno a Garvez.

—A-llamó.

—A.

—Pantalla.

—Está.

—Haga una visita a casa del profesor Vardo. Use la llave que tiene. En el sótano, en el sitio que usted sabe, encontrará un maletín bastante pesado. Tómelo. Necesito que me lo mande inmediatamente de forma que lo tenga aquí mañana por la mañana a más tardar. Que un agente salga con uno de nuestros aeroplanos. ¿Ha comprendido?

—Perfectamente.

—En cuanto se halle sobre el aeródromo, debe avisarme. Cuando aterrice encontrará allí, esperándole, un hombre casi negro, de traje azul, con fez. Que le pregunte quién es. El hombre le contestará: «Imaru». «¿Qué desea de mí? debe preguntarle entonces. Y el hombre le dirá: «Quiero ir a Damasco». Subirá a bordo del avión. El agente debe llevarle a Damasco y dejarle allí con el maletín. ¿Está claro?

—Si.

—Nada más, pues.

Por último, Imaru llamó a Q.

—¿Hablas amhari? —le preguntó.

—Y tigré y tigriñá —le contestaran.

—Sal inmediatamente para Assab, Eritrea, empleando los medios de locomoción más rápidos que encuentres. Avisa en cuanto llegues.

—Bien, jefe.

Imaru descolgó el teléfono y llamó abajo, al conserje. Dio su nombre y el número de la habitación.

—Téngame preparada la nota-dijo —. Seguramente me marcharé antes del amanecer.

—Bien, señor-le contestaron.

Cortó la comunicación, se desnudó y se metió en la cama. Si descansaba unas horas, eso tendría adelantado.

Cinco horas más tarde se despertó, se dio un baño, se vistió y bajó al vestíbulo. Pagó la nota y salió del hotel. No sabía cuánto tardaría en llegar su agente, pero quería hallarse preparado para recibirle. Sin prisas, echó a andar en dirección al aeródromo y fue a sentarse en un restaurante próximo a él que estaba abierto toda la noche. Se hizo servir algo de comer y una taza de café.

No llevaba muchos minutos allí, cuando la palanquita del reloj de pulsera empezó a funcionar. El avión pilotado por su agente volaba ya sobre la ciudad. Llamó al camarero, pagó, y entró en el aeródromo, cuyas luces de aterrizaje se acababan de encender. Cuando el avión, después de rodar un poco por la pista, se inmovilizó, el piloto vio a un hombre con fez parado cerca de la cabina.

—¿Quién es usted? —preguntó.

—Imaru.

—¿Qué desea de mí?

—Quiero ir a Damasco.

El piloto movió, afirmativamente, cabeza.

—Suba-dijo.

Entretanto, varios empleados del aeródromo habían acudido. El piloto saltó a tierra.

—Necesito combustible y aceite-dijo.

Imaru subió al avión. El agente, luego de ver que le ponían lo que había pedido, se acercó a las oficinas a pagar los derechos de aterrizaje y el combustible. Media hora más tarde, volvía a despegar el aeroplano, poniéndose rumbo a Damasco.

CAPÍTULO XII

 

 

LA HISTORIA DEL SEÑOR DEL FUEGO

APENAS habían tenido tiempo Marcos y Santos de llegar a Eritrea procedentes de Chipre, cuando un nuevo mensaje de Yuma les puso en movimiento otra vez. Recibieron la orden de arribar a Kululli, presentar allí sus credenciales al representante de la Compañía, explotadora de las minas de potasa, decirle que les enviaba la central para estudiar las posibilidades del terreno, y pedirle un guía. A continuación debían tomar el ferrocarril minero hasta el final de la línea, o sea hasta Puntafierro.

Entre dicho lugar y la colina de Dallol verían dos columnas de roca-las columnas que señalaban la frontera del Danakit. Antes de llegar a éstas encontrarían una colina pequeña a cuyo pie no faltarían trabajadores, puesto que la potasa afloraba por los alrededores. Con el pretexto de examinar el terreno, podían andar por entre los trabajadores indígenas y averiguar si hasta allí había llegado rumor alguno que pudiera relacionarse con Balahmut.

Mientras tanto, allá en Damasco, en el palacio del jefe de sus agentes de Oriente, cuyos sótanos contenían magníficos laboratorios y talleres, Imaru trabajaba con el maletín que pidiera a Garvez. Éste contenía una reproducción, en miniatura, del complicado aparato de televisión instalado en el Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas de Barcelona. Lo único que faltaba era acoplarle un altavoz o unos auriculares e Imaru le dotó de ambas cosas en muy poco rato.

A continuación, ayudado por una serie de agentes cuyo trabajo dirigió él, terminó de construir suficientes auriculares, del tamaño de una avellana cada uno, para los agentes que había enviado a Eritrea y para sí mismo y dio las instrucciones oportunas al jefe para que pudiera instalar pantallas fluorescentes y fabricar nuevos auriculares para los agentes a sus órdenes.

Llamó a Garvez y le anunció que, en adelante, a menos que le diera indicación contraria, no era preciso que usara el reloj de pulsera más que para llamarle, ya que contaba con auriculares para poder escuchar su voz transmitida con la onda televisora. Luego transmitió sus órdenes a Marcos y Santos y, con ayuda de la pantalla del maletín y el altavoz, siguió todos sus pasos.

El resultado de las conversaciones de los agentes con los obreros indígenas fue mejor de lo que había esperado. Estos aseguraban que, al otro lado del Lago Assale, vivía el Señor de la Montaña, que incendiaba las aguas y hacía vomitar fuego a los montes. Cuando Marcos les preguntó que cómo sabían ellos eso, contestaron que por algunos que habían venido del interior y que contaban grandes prodigios del misterioso ser a quien las tribus de Afar temían y obedecían.

La existencia del Lago Assale había sido desconocida por los europeos hasta la expedición de Nesbitt que ya hemos mencionado y muy poca gente se había atrevido a llegar hasta él siquiera y mucho menos internarse más allá. Aparte del peligro que las tribus de la región representaban, había que luchar con la escasez de agua. Aún los conocedores del terreno-los qué sabían dónde había pozos permanentes-vacilaban en hacer excursiones, ya que muchas veces los pozos quedaban secos y no contenían más que barro.

La distancia desde Kilulli hasta Assale, por añadidura, era demasiado grande. Aunque no era posible establecerla con exactitud, no bajaría de los trescientos kilómetros-demasiada distancia para recorrer a pie o aun en camello. Por esta razón Imaru decidió modificar sus planes.

Marcos y Santos recibieron la orden de seguir rondando por los alrededores de Kilulli y comunicar cualquier cosa nueva que descubrieran. Fayum y Manrique fueron llamados a Damasco y, mientras los esperaba, Imaru recogió todos los informes que pudo sobre la parte oriental del Danakil y sus habitantes.

Comprendió en seguida, que era inútil intentar ir hasta el lago desde el lado de Kilulli. Sería por allí por donde esperaría la llegada de Yuma y sus agentes y les resultaría imposible burlar su vigilancia. El riesgo de morir de sed o asesinado por los indígenas era muy grande. Era mejor emplear otro sistema. Se acercarían lo más posible a su objetivo en avión. El resto del camino lo recorrerían a pie. Un aeroplano que volara desde Eritrea a Assale, sin embargo, llamaría demasiado la atención, Balahmut se enteraría y estaría preparado para recibir a sus ocupantes. Por consiguiente, el único plan factible era volar desde el otro lado, aterrizando entre las montañas Doga, las estribaciones de cuya cordillera llegaban, en un punto, hasta cerca del montecillo llamado Kebrit Ale y los depósitos de lava que rodeaban a éste y a gran parte del lago Assale.

Al Norte del Lago en cuestión hay grandes depósitos de sal gema. Estos ocupan una extensión aproximada de dos mil millas cuadradas y, donde hay grietas, ha podido comprobarse que tiene una profundidad no inferior a doscientos pies (o sea unos sesenta metros). Lo que quiere decir que hay sal suficiente para las necesidades de una población enorme durante siglos y siglos.

La sal es compacta y parece mármol. Su superficie presenta el aspecto de un mar helado. Es durísima. Los buscadores de sal la cortan en barras rectangulares, de unos treinta centímetros de longitud y cerca de cuatro de grueso. Estas barras reciben el nombre de molí y se emplean como moneda en la Planicie Abisinia. Su valor aumenta cuanto más lejos se llevan de su lugar de procedencia.

A pesar de su abundancia, cuantas tribus moran en la vecindad de los depósitos se hallan en lucha continua por disfrutar del derecho a explotarlos. Era esta rivalidad entre las tribus la que llamó la atención de Imaru, que decidió sacarla provecho si veía la manera de hacerlo. Según sus noticias, la tribu de los indertas era una de las que luchaban por la sal y que no era tan sanguinaria como las otras. Al parecer, se trataba de indígenas bastante pacíficos normalmente.

Cuando Fayum y Manrique llegaron a Damasco, Imaru se limitó a prepararles los relojes para que pudieran conectar a ellos sin dificultad los minúsculos auriculares, les explicó su funcionamiento, les condujo a renglón seguido, al lugar en que tenía ya aguardando el aeroplano que había de conducirles a su destino.

El vuelo se efectuó sin novedad y el avión-de un tipo especial que participaba de las ventajas del autogiro, pudiendo aterrizar en muy poco espacio-tomó tierra en una meseta, entre dos picachos. Imaru tomó unos anteojos de larga vista y miró hacia abajo. El sol arrancaba destellos a la superficie del lago Assale y a los cristales blancos depositados en la orilla de lava por sus saladas aguas. En el centro del lago se alzaba una isla pequeña. Su presencia le bastaba a Imaru para saber que no se había equivocado de lago. Era la isla Maraho Karum que mencionaba Nesbitt en el relato de su expedición.

Mas cerca de los picachos en que se hallaban, Imaru vio un grupo de indígenas congregados en el profundo cauce de un arroyo seco. Entregó el anteojo a Fayum.

—Mira ahí abajo, entre donde estamos y el lago... ¿Ves esos hombres agrupados en el cauce seco?

—Sí, jefe.

—Vamos a bajar los tres de aquí. Tú procurarás acercarte a esos hombres sin ser visto. Nosotras te esperaremos ocultos entre las rocas, al pie. Escucha su conversación. Tú conoces su idioma. Si ves que son indertas, preséntate a ellos como mejor se te ocurra, entabla conversación; averigua lo que puedas de Balahmut y de la situación creada por su presencia. Entérate en dónde tiene su guarida. No puede estar muy lejos de aquí, pero no la veo por parte alguna. ¿Has comprendido?

—Sí, jefe.

—Creo que en ese cauce debe haber un pozo. Eso puede servirte de excusa. Ponte el auricular antes de marchar. Yo seguiré la conversación y te daré órdenes según las circunstancias.

—Bien, jefe.

Imaru saltó a tierra, sacó consigo el maletín que contenía la pantalla, empezó a bajar la ladera, seguido de los dos agentes. Al pie de la montaña se instaló entre unos peñascos, con Manrique, depositando el maletín en el suelo. Fayum conectó el auricular a su reloj de pulsera. El cable era finísimo y muy largo, lo bastante para que pudiera introducírselo por la manga y sacarlo por el cuello. El auricular era tan pequeño y estaba hecho de tal forma, que podía introducirse en el oído, donde quedaba sujeto. Otro lo conectaba con la pila seca que llevaba en el bolsillo. Hubiera sido preciso mirarle con mucha atención para darse cuenta de que lo llevaba.

Una vez preparado, se deslizó en dirección al cauce con cautela, aunque, dada la profundidad de éste, no le era posible ver a los indígenas. Imaru abrió el maletín; sintonizó con los televisores de Fayum.

El egipcio se tendió al borde del cauce, escuchó unos minutos. Eran indertas. Saltó al cauce entre ellos, que le miraron maravillados, sin saber si correr o prosternarse ante él. Parecían creer que había caído del cielo.

Fayum supo sacar la máxima ventaja de la impresión que había creado.

—Mi señor-dijo —, ha oído vuestro llanto y vuestras quejas y me envía para que os traiga consuelo. ¿Por qué lloráis, oh, indertas?

El indígena que parecía el más viejo de todos contestó a la pregunta con otra, aunque con voz no exenta de cierto respeto y temor.

—¿Quién es tu Señor?

—Uno qué sabe que sufrís y que quiere aliviar vuestros sufrimientos...

—Muy poderoso ha de ser para conseguirlo-dijo el anciano —, porque son, muy poderosos nuestros enemigos.

—Muy poderoso es-afirmó Fayum —. Contadme vuestras cuitas.

—Señor, ved la sal que hay en estos alrededores. Hay para todos. Pero los feroces afar quieren ser los únicos en disfrutarla y nos han atacado siempre que nos han visto, disputando nuestro derecho a llevarnos sal de aquí.

—Y ¿por qué no habéis rechazado sus ataques?

—Lo hemos hecho mas de una vez, aunque ellos son muchos y nosotros pocos. Ahora ya no podemos. Cuentan con el apoyo del Señor de la montaña, que ha decretado que los afar podrán cortar sal veintisiete días seguidos y nosotros tres nada más de cada treinta.

—¿Quién es ese Señor de la Montaña?

—El Señor del Fuego-contestó el indígena, bajando la voz con supersticioso, temor.

—¿El Señor del Fuego? —exclamó Fayum—. ¡Un impostor querréis decir!

—¡No! ¡Todos lo hemos visto!

—¿Qué es lo que visteis?

—Le vimos bajar del cielo con sus servidores-anunció el anciano —. Acudimos aquí a contemplarle, pero llegaron antes que nosotros los afar, lanzando gritos feroces. Alzó la mano imponiéndoles silencio. «Yo soy el Señor del Fuego» les dijo. «Desde este momento obedeceréis mis órdenes si no queréis que el fuego os consuma. ¡Mirad!» Tendió la mano sobre el lago y... ¡Las aguas ardieron! Surgió una llamarada espantosa primero. Luego siguió flotando el fuego sobre la superficie un buen rato.

»Los afar retrocedieron y nosotros también. Él dio un paso hacia ellos. ¿Hay alguno entre vosotros, preguntó, que se atreva a discutir mi autoridad? Alzó la mano al decirlo y todos retrocedieron aún más. Se volvió hacía uno de sus servidores y le dijo algo en un idioma desconocido. El servidor marchó corriendo, sin que nadie se atreviera a detenerle. Ordenó a los afar que mandaran a sus jefes a hablar con él, y lo mismo nos dijo a nosotros. Yo fui uno de los que acudieron. Antes de que nos acercáramos a él, nos obligó a postrarnos delante suyo, con la frente contra el suelo. Luego nos hizo levantar y dijo que, en adelante, obedeceríamos las órdenes que él diese personalmente o por medio de sus servidores.

»Nos quedaba prohibido hablarle directamente ya. Dijo que cuantas quejas tuviéramos se las diéramos a sus representantes y muchas otras cosas por el estilo. Mientras hablaba, volvió su servidor y le dijo algo que no entendimos. Entonces él nos dijo; «Dice mi siervo que en ese monte (se refería a Kebrit Ale, señor... ése que hay junto al lago), hubo en otros tiempos un volcán que ha tiempo se apagó. Ahí construiré mi morada. Pero antes haré que escupa fuego de nuevo, para que se purifique su cráter y se haga digno de quien ha de habitarle»

»Nos volvimos todos hacia el monte, con temor. El Señor alzó la mano y dijo unas palabras extrañas. Inmediatamente la boca del monte escupió fuego y continuó escupiéndolo un, buen rato. «Ya habéis visto mi poder», dijo entonces. «Si alguna vez os atrevéis a alzaros contra mí, haré que la tierra escupa fuego bajo vuestros pies y os consuma.»

»Desde entonces nadie se ha atrevido a desobedecerle. Los afar, como de costumbre, volvieron a atacarnos cuando cortábamos sal. Fuimos a quejarnos al Señor. Su representante preguntó: «¿Quiénes son más fuertes y numerosos? ¿Ellos o vosotros?» Contestamos que ellos. Entró a ver al Señor, y volvió. «Esto dice mi Señor», nos anunció. «Veintisiete días cortarán la sal los de Afar, puesto que son más. Y tres días cortarán los indertas, puesto que son menos, de cada treinta.» Y eso hemos tenido que hacer, señor.

—¿Qué aspecto tiene ese señor del fuego? —preguntó Fayum—. ¿Es así?

Y describió a Balahmut.

—No. El que describes más parece ser el servidor que siempre le acompaña. El Señor del Fuego es mucho más alto, pero nadie le ha visto la cara. Un velo negro la cubre toda, menos los ojos.

—Aguardad un momento-exclamó de pronto Fayum —. Mi señor me habla (Yuma, en efecto, le estaba hablando). Dice que conoce vuestra historia y que se apiada de vuestros sufrimientos. No debéis temer al Señor del Fuego. Mi señor es mucho más poderoso que él y os ayudará a combatirle.

Mientras Fayum daba este mensaje, Imaru estaba dando instrucciones, rápidamente, a Manrique. Por lo que había escuchado era evidente que, a su llegada; el llamado Señor del Fuego había vertido combustible del avión en el lago al ver acercarse a los Afar. Una cerilla encendida con las uñas y dejada caer de pronto, había provocado la llamarada que tanto había espantado a los indígenas. Lo de la montaña era más fácil de comprender aún. Uno de sus hombres habría colocado explosivos en el cráter, dejando encendida una mecha. Él había esperado el tiempo necesario a que se consumiera para representar la comedia.

—Ya sabes lo que tienes que hacer-le dijo a Manrique —. En el avión encontrarás una caja con dinamita y otras dos con granadas de mano y de gases lacrimógenos y algunas cosas más. Procura no matar a nadie con ellos.

Sacó del bolsillo la maravillosa capa, la desplegó sacudiéndola y se la puso con el lado negro para adentro. Hizo una seña a Manrique y se caló la capucha.

Fayum, entretanto, seguía hablando.

—Tanto se ha apiadado de vosotros que seguramente se presentará él mismo a infundiros confianza.

—Yo soy el Señor del Trueno-decía —, y me he apiadado de los indertas. No quiero que sigan padeciendo. Destruiré el poder del Señor del Fuego y los indertas saldrán victoriosos de sus enemigos los de Afar.

Los indígenas miraban a su alrededor, boquiabiertos, tratando de averiguar de dónde salía aquella voz solemne, misteriosa. De pronto, se notó como un revoloteo en el aire y apareció un rostro flotante horrible, cubierto de una palidez cadavérica, en el que brillaban los ojos como ascuas-la cabeza de Yuma, cuyo espantoso aspecto hacía estremecerse al que la contemplaba.

Instintivamente, los indígenas se postraron ante ella.

—Levantaos-habló la faz —. Levantaos digo, y escuchad mis palabras.

Lentamente fueron levantándose todos, aterrados.

—Habéis escuchado las palabras de mi enviado-prosiguió Yuma —. Estoy dispuesto a ayudaros. Mi enviado quedará entre vosotros y, como merced especial, os daré un jefe que os conduzca. Él os llevará a la victoria si obedecéis sus órdenes.

—Obedeceremos-respondió el anciano, temblando.

—Pero no debéis dirigirle la palabra. Él tampoco os la dirigirá a vosotros. Os dará sus órdenes por mediación de mi enviado.

—No le dirigiremos la palabra y le obedeceremos ciegamente-prometió el anciano.

—He aquí, pues, el jefe que os envío-dijo Yuma.

 

Notóse un nuevo revoloteo y apareció Manrique, que había estado oculto bajo la capa.

Fue tan viva la impresión que causó al presentarse de aquella manera, que los indígenas volvieron a prosternarse y fue preciso que Yuma les ordenara otra vez que se alzaran.

—Mandaréis-dijo —, mensajeros a lo de vuestra tribu para que acudan a reunirse con vosotros. Y obraréis siempre de acuerdo con las órdenes del jefe que os he dado. Con él os dejo. Aunque invisible, nunca estaré muy lejos de vosotros.

La cabeza desapareció tan misteriosamente como había aparecido.

CAPÍTULO XIII

 

 

LA CASA DEL CRÁTER

IMARU, escondido entre las peñas, escudriñó las laderas y la cima de Kebrit Ale con su catalejo. ¿Quién sería el misterioso Señor del Fuego? Era evidente ya, por lo que contara el indígena, que Balahmut no había sido más que un agente y no la inteligencia directora de aquella empresa. El verdadero jefe había permanecido lejos mientras sus secuaces llevaban a cabo sus órdenes.

Ahora ya conocía su guarida, pero aún no sabía cómo iba a entrar en ella. Estaba seguro de que nadie le privaría la entrada si se presentaba abiertamente, puesto que para que fuera allí se había preparado todo aquel complicadísimo plan. Pero su propósito era introducirse sin ser visto, sin que se sospechara su presencia.

El misterioso Señor del Fuego parecía conocer la mayoría de sus secretos. Por consiguiente, no podía ignorar que poseía el don de tornarse invisible. También era lógico que esperase que cuando acudiera siguiendo la pista que se le había proporcionado, haría uso de su invisibilidad. Cabía, por lo tanto, suponer que habría tomado sus medidas para que la invisibilidad de Yuma no le sirviese de protección.

¿Qué medidas podían ser esas?

El hecho de que no lograra descubrir por parte alguna de la montaña señal de que hubiera centinelas apostados, le sugería la única protección posible para el cráter en ausencia de ellos: células fotoeléctricas. Tendría que ir con cuidado por si acaso. ¿Qué otra medida de seguridad podían haberse tomado?

En cierta ocasión se habían empleado contra él unos dispositivos que registraban la presencia de una persona, aun que fuera invisible, por ser sensibles a las emanaciones órficas. El Señor del Fuego tal vez hubiera instalado dispositivos semejantes en su guarida. Pero de nada le servirían. Después de la experiencia que había estado a punto de costarle la vida. Yuma había ido siempre prevenido. Llevaba en aquellos momentos el cinturón, inventado por él, que, mediante una serie de radiaciones eléctricas muy débiles, neutralizaba por completo las despedidas por el cuerpo humano.

Imaru se guardó el catalejo, se introdujo en el oído uno de sus auriculares tras acoplarlo al reloj y a una batería de bolsillo, se envolvió en la capa y salió de su escondite. El maletín quedó oculto bajo unas rocas, en el sitio convenido anteriormente con Manrique. Pesaba demasiado y quería tener las manos libres para hacer frente a los peligros en que pudiera encontrarse.

Inició la ascensión del monte, procediendo con cautela. Si se habían instalado células fotoeléctricas, no esperaba encontrarlas antes de llegar al borde del cráter: pero no quería correr riesgos. Por consiguiente, subió con lentitud y tardó bastante en llegar a la cima. Sus precauciones, sin embargo, resultaron justificadas como no tardó en descubrir. Había células fotoeléctricas como había supuesto y encontró la primera disimulada sobre una roca.

Estaba colocada a unos setenta y cinco centímetros del suelo y, de haber seguido adelante Yuma, su cuerpo hubiera cortado el paso a los rayos infrarrojos dirigidos hacia ella haciendo sonar la alarma. Se tendió en el suelo y empezó a arrastrarse lentamente hacia delante hasta hallarse todo su cuerpo más allá de la línea de la célula. Aun entonces, examinó atentamente las rocas a ambos lados suyos para asegurarse de que no hubiera otra por allí antes de levantarse.

Se hallaba ahora al borde mismo del cráter y le era posible ver, por completo, su interior. Tenía la forma de un embudo y por la parte de arriba era de una anchura sorprendente. La pendiente de las laderas no era muy pronunciada y éstas se distinguían del exterior en que mientras el monte era pelado por fuera (ya que estaba revestido de una capa de lava endurecida), poseía, por dentro, una vegetación relativamente exuberante, aunque Dios sabía de dónde había salido la tierra en que habían arraigado las plantas. Se veían sicomoros, acacias, numerosos cafetales silvestres, palmeras, áloes y tamariscos y gran número de zarzas y arbustos floridos.

Un poco más allá de donde se encontraba Imaru, arrancaba un sendero que descendía, serpenteando, por entre la vegetación. Colocado junto al camino, le era posible ver, por encima de los árboles, allá en el fondo del cráter, el tejado plano de un edificio. Dos hombres se paseaban por él-montando guardia, evidentemente. Y en cada uno de los cuatro ángulos de aquella especie de azotea, se alzaba una garita.

Yuma no se fió del camino. Era muy probable que a lo largo de él hubiera instaladas más células y otras trampas para el extraño que por él se aventurara. Aunque el descenso resultaba más difícil y no dejaba por ello de seguir existiendo el peligro de caer en una trampa, prefirió introducirse por entre árboles y arbustos, aunque procurando permanecer siempre cerca del sendero. Razonaba que el Señor del Fuego no habría dejado de prevenirse contra la posibilidad de que alguno intentara sorprenderle bajando por entre las plantas. Pero habría instalado sus trampas más al centro arguyendo que, quien no empleara el camino procuraría mantenerse alejado lo más posible de él, por lo que las orillas del sendero serían los puntos que ofrecerían mayor seguridad.

Por fin, al cabo de unos minutos, llegó al terreno, relativamente llano, del fondo. No podía ver ya la casa, porque los árboles se lo impedían. Avanzó por entre ellos y se encontró, de pronto, al borde de un precipicio. Miró a derecha e izquierda. A la derecha, un paso más allí de donde se encontraba, había un puente que cruzaba la brecha y por el que se paseaba un negro gigantesco. Si hubiera tenido la seguridad de que sólo el negro guardaba el puente, Yuma se hubiese atrevido a cruzarlo. Después de lo que había visto en la vecindad del cráter, sin embargo, se inclinaba a creer que el misterioso jefe no se habría fiado, exclusivamente, de seres humanos para vigilar la entrada de su guarida.

El precipicio era demasiado ancho para que pudiera intentar saltarlo. Por consiguiente, torció a la izquierda en busca del final del mismo. Estaba seguro de que la grieta aquella no cruzaba, por completo la montaña y, tarde o temprano, encontraría un sitio por el que poder pasar sin necesidad de usar el puente.

Tuvo más suerte de la que esperaba.. No tuvo necesidad de buscar el final, porque, un poco más allá, llegó a un lugar en que la hendidura se hacía muy estrecha, para volver a ensancharse, luego. Saltó por aquel punto y retrocedió en dirección al puente por el otro lado. Antes de llegar a él hizo un nuevo descubrimiento.

Se había internado un poco por el bosquecillo de aquel lado y, de pronto, vio por entre los árboles parte de un edificio. Torció hacia él. El edificio, que parecía un cobertizo, se hallaba pegado al bosque. Por delante, se veía una especie de plaza bastante grande. Salió a ella, examinó el edificio y comprendió en seguida el uso a que se le destinaba. Aquello, no era otra cosa que un hangar y la plaza era un campo de aterrizaje, pero un campo tan pequeño, que sólo un avión de tipo especial hubiera podido aterrizar en él.

Las grandes puertas del hangar estaban cerradas. En una de ellas se había practicado una puerta menor para entrar y salir sin necesidad de mover las grandes. Se acercó, escuchó unos momentos, no oyó nada ni vio a nadie por los alrededores. La probó. Cedió a su empuje. La posibilidad de que algún dispositivo especial delatase su presencia no le hizo retroceder ya. Si allí había un avión era preciso inutilizarle para privar a los secuestradores de todo medio de huida. Valía la pena correr el riesgo de ser descubierto para lograr eso.

En el interior reinaba la más profunda oscuridad. Encendió su lámpara de bolsillo miró a su alrededor. En el centro del cobertizo se encontraba un modernísimo autogiro. Unos instantes le bastaron a Yuma para romper conexiones, retirar piezas vitales y salir a la plaza de nuevo. El autogiro había quedado completamente inutilizado. Aún cuando los hombres poseyeran piezas de repuesto, necesitarían semanas para dejar el aparato en condiciones de funcionar de nuevo.

Cruzó la plaza, atravesó una triple hilera de árboles y se halló al pie de la casa. Esta se componía de planta baja y un piso y todas las ventanas tenían celosías. Dio la vuelta completa buscando un medio de introducirse en el edificio. Era de forma rectangular y tenía dos puertas: una que miraba hacía el puente y otra por el lado de atrás.

Las celosías impedían ver el interior de las habitaciones y descubrir si estaban desiertas o no, de manera que el intentar quitar una de ellas resultaba peligrosísimo, puesto que se exponía a escoger una que estuviera llena de gente.

Después de reflexionar unos instantes, decidió que lo mejor que podía hacer era subir a la azotea si le era posible. Los hombres que montaban la guardia allí tendrían que subir por algún lado y era posible que le fuese a él más fácil entrar en la casa sin ser visto por el sitio que utilizaban ellos para salir. Estaba dispuesto a intentarlo, por lo menos.

Antes, sin embargo, usó el reloj de pulsera para llamar a X. Éste había recibido la orden de ir a recoger el maletín unos minutos después de la marcha de Yuma y, evidentemente, había obedecido al pie de la letra porque, en lugar de recibir contestación por medio del reloj, Yuma oyó que le contestaban por el auricular que se había sujetado al oído:

—X.

—¿Hace mucho rato que tienes el maletín? —le preguntó Yuma.

—Hace ya bastantes minutos. Desde el momento en que se tiró usted al suelo al borde del cráter, jefe.

Yuma le explicó por qué lo había hecho y le dio una idea de las trampas que creía posible se hubieran instalado por el interior del cráter.

—Voy a intentar introducirme en la casa por el tejado-terminó diciendo —. No te apartes ni un momento del maletín ya. Sigue paso a paso todo lo que yo haga. Escucha bien mi conversación si hablo con alguien. Pudiera ser necesario que te diera órdenes indirectamente... insinuar algo, por ejemplo... y quiero que estés preparado para obedecerlas instantáneamente.

—Bien, jefe.

Yuma dio la vuelta a la casa en busca de un sitio que se prestara a ello para escalar la fachada hasta la azotea. Encontró que los huecos entre las piedras de uno de los ángulos del edificio y las propias ventanas le proporcionarían medios suficientes para apoyar los pies e introducir los dedos.

Echó una mirada a su alrededor para asegurarse de que no había nadie por las cercanías. En cuanto empezara la ascensión, su peligro sería mayor, puesto que habría perdido, en parte, la invisibilidad. Cualquiera que mirara desde abajo le vería los pies, ya que, naturalmente, la capa no le tapaba la suela de los zapatos. Era un riesgo que había que correr, no obstante.

Introdujo las uñas en una de las grietas y empezó la ascensión. El peligro de que alguien saliera y le viese hizo que gateara lo más aprisa posible sin detenerse. Hacía todo el uso que podía de las ventanas, pero sin pasar por delante de ellas, ya que si su cuerpo tapaba la luz unos instantes, pudiera despertar las sospechas de los que se hallaran dentro.

Al cabo de unos minutos, durante los cuales, entre el intenso calor del día y el ejercicio, sudó copiosamente, llegó al borde de la azotea, cerca de una de las garitas que había visto desde lejos. Los centinelas se hallaban en medio de la azotea, uno de ellos de espaldas, el otro medio vuelto. Aprovechó el momento para saltar sobre el tejado plano sin riesgo de que se le vieran los pies.

No se veía abertura alguna en todo el tejado como no fuera la de cada una de las garitas. Era de suponer, pues, que si había comunicación entre la azotea y el resto de la casa, ésta se hallaría a través de las mismas.

Se introdujo en la que tenía a su lado. Descubrió que, en efecto, allí había una escalera descendente. La única forma de cercar aquella entrada era cerrar la puerta de la garita, y, como parecía imposible que pudiera llegar nadie allí sin haber sido descubierto en todo el camino desde el cráter ni al escalar la casa, a nadie se le había ocurrido cerrarla, máxime habiendo dos hombres de guardia en la azotea.

Yuma se envolvió bien en su capa y puso pie en el primer escalón.

Allá entre las rocas, arrodillado delante del maletín, Manrique seguía los pasos de su jefe conteniendo el aliento de emoción mientras en el cauce seco entre las peñas vecinas, los indertas iban ocupando los puestos que, en nombre del jefe enviado por el Señor del Trueno, les iba asignando Fayum.

CAPÍTULO XIV

 

 

EL PLAN DEL TUAREG

—¿HABÉIS estado alguna vez en el Danakil, señora? —inquirió Amri, haciendo una seña a Dolores para que se sentase.

—¿Por qué me lo preguntáis? —respondió ésta, ocupando un sillón.

—Desde la frontera de Eritrea hasta el Lago Assale, o Karumbae Bad, como lo llaman los indígenas-continuó Amri, haciendo caso omiso de su pregunta —, se extiende una enorme planicie de sal. Parece un mar helado en el que reverbera el tórrido sol y son muy pocos los que se atreven a aventurarse por él, porque el agua escasea, y aun los que conocen los contados pozos que en ciertos lugares se encuentran, hallan con frecuencia al llegar a ellos que los ha secado el calor...

—¿Para decirme eso me habéis hecho venir aquí? —exclamó Dolores.

—Tened paciencia, señora: todo relato requiere un prefacio y lo que os digo no es más que la introducción. Repito que esa planicie, cortada de vez en cuando por bancos de arena y rocas volcánicas, es difícil de cruzar. Por añadidura; tribus feroces la recorren... tribus que no vacilan en atacar y dar muerte a cuantos extraños se cruzan en su camino... Esta casa, señora, se encuentra a orillas del Lago Assale.

Dolores alzó, vivamente, la cabeza.

—¿Junto al Lado Assale? —exclamó.

—Lejos, muy lejos de la moderna ciudad en que transcurría, plácidamente, vuestra existencia cuando decidí invitaron a que visitarais mi humilde morada.

—Tenéis una forma extraña de extender vuestras invitaciones-observó la joven, con ironía.

—¡Ah, señora! ¡Somos esclavos de las circunstancias! ¿Quién puede sustraerse a su Destino? Pero me hacéis divagar... Antes de irrumpir en la planicie de sal, es preciso salvar una barrera de montañas, tanto por el Este como por Occidente. Sólo por el Norte se hace más asequible nuestra ciudadela.. En cambio, la distancia es mucho mayor...

«Allá en el Norte, un ferrocarril minero conduce desde la costa del Mar Rojo hasta Kilulli, donde unos indígenas trabajan sacando potasa del suelo. Hasta allí llega a veces, procedente del interior del Danakil, algún afar errante, o algún inderta, que tiene a los trabajadores al corriente de lo que ocurre en el interior. Los acontecimientos sufren siempre distorsión cuando corren de boca en boca, señora, y aunque mi importancia es grande aquí, alcanza cumbres insospechadas allá, si se da crédito a lo que cuentan los mineros...

—¿A qué conduce preámbulo tan largo? —quiso saber la doctora—. ¿Qué queréis decirme con todo eso?

—La primera parte de nuestro plan ha salido a maravilla...

—¿Nuestro plan?

—Perdonad, señora; estoy tan seguro de que acabaréis aceptando la protección que os brindo, que inconscientemente hablo de mi plan como si fuera vuestro también. Digo que la primera parte ha salido bien: Yuma, vuestro jefe y señor, ha caído en la trampa... hasta cierto punto.

—¿Hasta cierto punto nada más? —inquirió la joven con sorna.

—Sólo hasta cierto punto, ¡ay de mí! —confesó Amri—; pero, lo hará del todo sin tardar.

Dolores nada dijo. El tuareg prosiguió:

—Las instrucciones que di a mis agentes fueron obedecidas. Yuma descubrió la pista que buscaba.

—Muy seguro parecéis estar de ello.

—Lo estoy. Los dos agentes que tenía en Port-Said marcharon inmediatamente a Chipre, obedeciendo órdenes suyas, evidentemente, con objeto de despistar. No podía saber él que hasta Chipre alcanzaba mi brazo y que allí no me faltaban medios de información.

»Los dos agentes cambiaron de identidad, se trasladaron a Eritrea fingiendo ser ingenieros de minas de nacionalidad italiana. Allí, mis agentes, que les esperaban, se encargaron de no perderles de vista. Hace ya varios días que llegaron a Kilulli y empezaron a hacer excursiones so pretexto de examinar la formación geológica del terreno. En realidad se dedicaron a hablar con los trabajadores indígenas y a recoger rumores, que sin duda tenían orden de transmitir a su jefe.

»Este, sin embargo, parece no haber encontrado suficiente lo que los supuestos ingenieros le han dicho, porque aun no se ha acercado a Eritrea. Los dos agentes siguen haciendo excursiones, pero nunca se atreven a internarse más allá de las minas de potasa de Dallol. Yuma se presentará por fin, no hay duda; no me impaciento. Quiero acortar la espera. Tenerle en mi poder lo más aprisa posible. Por eso os he llamado.

—¿A mí?

—A vos, señora.

—¿Creéis, acaso, que voy ayudaros a hacerle caer en vuestras garras?

—Estoy convencido de ello.

—¡Sois un iluso!

—Perdonad que os contradiga: soy un positivista. Por eso, no he pensado consultaros sobre el particular, sino deciros que vais a ayudarme.

—¿Y si me niego?

El tuareg se encogió de hombros.

—Sabía que os ibais a negar; pero ¿qué importa eso? Me ayudaréis, mal que os pese. Os hice venir para deciros que vais a partir de aquí inmediatamente y dirigiros a Kilulli. Podéis hacerlo de buen grado y me ahorraréis el trabajo de mandaros atada de pies y manos: eso vos misma lo habréis de decir.

—Y ¿qué he de hacer en Kilulli-contemporizó la doctora.

—¿Vos? Nada, señora. Ni siquiera llegaréis a ese lugar. Todo lo más, os aproximaréis a Dallol, donde vuestra escolta acampará. Correrá entre los mineros el rumor de que un grupo afar se halla acampado cerca y que parecen llevar consigo una mujer blanca, prisionera. Los dos agentes de vuestro jefe oirán el rumor. Sin duda alguna uno de ellos por lo menos se aventurará a acercarse para indagar. Os reconocerá, señora, porque estaréis bien visible y se le allanará a él todo lo posible el camino para que pueda acercarse. Una vez os haya visto, volveréis aquí con vuestra escolta. Yuma, conocerá la noticia al poco rato y ya no habrá razón alguna para que vacile más. En cuanto él llegue a Kilulli, lo sabré. En cuanto emprenda la marcha en dirección al Lago Assale mis agentes me darán la noticia y, aunque a él le parezca imposible, estará vigilado la mayor parte del camino... Porque tendrá que renunciar a su invisibilidad para hacer el viaje, señora. No puede intentar hacerlo a pie, porque el camino es largo y ha de ir cargado con víveres y agua abundante por lo menos. Tendrá que hacer uso de un camello aunque acuda solo.

—¿Y si muriera en el camino?

—No morirá. Los indígenas me obedecen. Les daré orden de que no le molesten. Más aún, si el agua le faltara, se le presentará, inesperadamente para él, algún indígena amigo que le proporcione tan precioso líquido o le enseñe dónde encontrarlo. No quiero que muera así. Ha de morir por mis propias manos: sólo de esa manera quedaré satisfecho.

Y un odio intenso brilló en sus ojos al decir esto.

—Yuma no necesita ir a pie ni en camello para llegar hasta aquí-dijo Dolores —. Cuenta con otros medios.

—¿Un aeroplano, quizá? —sugirió Amri—. Tanto mejor. Un aeroplano no es invisible, señora... ni silencioso. Estaríamos preparados para recibirle. Pero ya hemos hablado bastante-agregó, poniéndose en pie —. Dentro de media hora estarán preparados los camellos y vuestra escolta. De ese tiempo disponéis para decidir cómo se os ha de llevar.

Balahmut que, como de costumbre, había escuchado la conversación de pie, dio un paso hacia la muchacha.

—Lo tengo decidido ya-dijo ésta —. Tendrán que llevarme atada si os empeñáis que haga el viaje de Dallol.

—En ese caso, señora, no tenemos nada más que hablar.

—Por el contrario, amigo mío, ahora es cuando empieza en serio la conversación-dijo una voz singular.

Simultáneamente se oyó un gemido y, al volverse Amri con sorpresa, vio flotando por encima de su caído servidor una espantosa y cadavérica faz.

CAPÍTULO XV

 

 

UN MUERTO QUE VUELVE

—¡YUMA! —exclamó el tuareg, con feroz alegría.

—Yuma soy-contestó la aparición —. ¿No me esperabas? Aquí me tienes.

—No sé cómo lías podido cruzar el desierto sin conocimiento mío-dijo el otro —. No sé cómo has podido llegar al cráter sin anunciar tu presencia, ni bajar por las laderas sin hacer sonar la alarma, ni penetrar en la casa sin delatarte a pesar de tu invisibilidad, pero sí sé una cosa... ¡No volverás a salir de aquí con vida!

Se dejó caer, nuevamente, en su sillón.

—Cuida las manos-ordenó Yuma —. No hagas con ellas el menor movimiento en falso. Te estoy apuntando aunque tú no lo veas.

—¿Temes, acaso, que dispare contra ti? —murmuró el tuareg—. ¿Crees que quedaría satisfecho mi odio con verte morir tan aprisa? No, Yuma... He de verte morir poco a poco... recrearme contemplando tus sufrimientos... Has podido entrar en mi casa sin ser visto. Igual hubieras podido hacerlo presentándote abiertamente. Nadie te hubiese cerrado el paso. Todos tenían orden de franquearte las puertas para que pudieras llegar hasta mi... Sí, Yuma: entrar había de serte fácil, pero ¡salir! ¡Eso no lo lograrás nunca!

»Imaginabas tenerme en tu poder porque me apuntas con una pistola; pero eres tú quien no puede escaparse ya de mis garras. ¡Por fin te tengo, Yuma! —El hombre iba alzando la voz a medida que crecía su exaltación—. ¡Por fin te tengo!

»¡Años y años llevo trabajando para este día! He tenido que luchar continuamente para contener mi impaciencia, para no dar un paso antes de tiempo y comprometer la obra. He sufrido horrores. Pero ahora... ahora que sé que no puedes escaparte... ahora que te veo aquí confiado dentro de mi propia casa... ¡ahora doy todo ese tiempo por bien empleado!

»Mucho daño me has hecho en esta vida, Yuma... Muchas veces has hecho fracasar todos mis planes... De no haber sido por ti, hoy sería el amo del Universo... Pero no has conseguido más que aplazar el día de mi triunfo... Nada puede detenerme ya. Tú, el único que me estorbaba, has venido como un cordero, te has dejado engañar por unas cuantas pistas hábilmente preparadas para que te sirvieran de cebo. ¡Tu carrera ha terminado, Yuma! Osaste alzarte contra mí y, vas a pagar las consecuencias... ¡Mira!

Con un brusco movimiento se arrancó el negro velo que le cubría el rostro, exhibiendo las facciones de un eurasio contraídas en tan maligna expresión, que Dolores no pudo contener un grito de terror.

—¡Fegor! —exclamó, reconociéndole.

—Me lo suponía-anunció Yuma —. Sólo a Fegor podía corresponder tu talla; sólo Fegor aspiró más de una vez a conquistar el mundo. Pero has vuelto a equivocarte. No me conseguiste engañar ni un instante con tu estratagema. Comprendí desde el primer momento que el secuestro de Dolores no era más que la primera jugada en un plan encaminado a hacerme caer a mí en una trampa.

»Por eso has vuelto ha fracasar. Por eso he podido llegar hasta aquí sin que sospecharas mi presencia, mientras tú te entretenías haciendo vigilar a los agentes a quienes dejé en Kilulli con ese exclusivo objeto. No es Yuma quien ha terminado su carrera, sino Fegor. Creí haberte dejado muerto en las islas del Ártico. Puesto que vives, aún espera poder hacer de ti un hombre de provecho para la Humanidad. Yo no pienso matarte, Fegor. Sería una lástima que se perdiera para siempre un cerebro tan privilegiado como él tuvo.

—No se perderá, Yuma, ni serás tú quien dirija sus actividades. Pareces no haber comprendido bien mis palabras. Te dije que no saldrías de aquí con vida y le repito. ¿Sabes por qué me dejé caer en este asiento? Mira... Lo tenía todo previsto... En este brazo hay un timbre. Al sentarme lo hice sonar. ¿Sabes lo que ha ocurrido al oír mis hombres la señal?

¡Han cerrado todas las puertas de la casa! ¡Han montado guardia atrás, delante y a los lados para que nadie pueda salir por las ventanas sin ser descubierto! ¡Se han concentrado todos en espera de mis órdenes! ¡Bari! ¡Nused!

—¿A quiénes llamas? —inquirió Yuma, sin inmutarse—. ¿A tus dos gigantescos nubienses acaso? Pierdes el tiempo. Los dejé como a tu esbirro Balahmut antes de entrar en este cuarto. Duermen. Dos horas por lo menos tardarán en despertarse.

Fegor pareció desconcertarse momentáneamente. Luego:

—¿Qué has adelantado con ello? Tengo el dedo sobre el timbre. Aunque dispares sobre mí no podrás impedir que lo oprima. Al oírlo, mis hombres acudirán hacia aquí y te harán prisionero.

—Tus hombres no podrán llegar hasta aquí a menos que yo lo desee-anunció Yuma —: Hiciste construir puertas fuertes para que resistieran posibles acometidas. Tu principal propósito era impedir que yo pudiera salir si algún día llegaba a entrar en tu guarida. Has perdido, Fegor. Tus propias armas se vuelven contra ti. Si yo no puedo salir, tampoco pueden ellos entrar.

—Ellos poseen las llaves para franquearlas.

—De nada han de servirles. Imité tu voz y ordené a tus esclavos negros que cerraran las puertas que conducen a este lado de la casa después... de haber hecho retirar a cuantos por aquí hubiera. Por orden tuya, según ellos creyeron, echaron cerrojos y barrotes aislándonos por completo. Cuando hubieron terminado, una inyección bastó para que se desmoronaran sin sentido. Eres mi prisionero, Fegor. Nadie puede ayudarte. Estamos aislados de los demás. Dolores, tú, Balahmut y yo...

Centellearon de rabia los ojos del Señor del Fuego.

—¡No has ganado, Yuma! ¡Aun quedan muchas cartas por jugar! ¡Tú mismo reconoces que no puedes salir de aquí! En cuanto mis hombres se den cuenta de la situación, entrarán por las ventanas.

—Yo me encargaré de inutilizarles a medida que vayan entrando contestó Yuma.

Dejó caer una pistola a los pies de Dolores y otra apareció, flotando en el aire a poca distancia de la cabeza de Fegor.

—Recoge esa pistola, Dolores-dijo —. Puede haber necesidad de que me ayudes.

Por las celosías empezó a filtrarse, de pronto, un rumor sordo que acabó convirtiéndose en feroz griterío.

—¡Los indígenas! —exclamó Dolores.

—Los afar —asintió Fegor.

Y volvió a notarse nuevamente un deje de triunfo en la voz.

—Mis súbditos-dijo —, súbditos feroces que se dejarán matar por aquel que ellos conocen bajo el nombre del Señor del Fuego. Están rodeando la casa, Yuma. Ellos eran el triunfo que me reservaba en esta partida. Han acudido llamados por mis hombres al dar yo la alarma. ¡No podrás salir vivo de aquí! ¡Asaltarán la casa si no salgo yo pronto a hablarles!

—Llegarán tarde-contestó Yuma —. Si tú, titulándote Señor del Fuego, sometiste a una tribu, yo, como Señor del Trueno, he alzado otra tribu contra ella y contra ti. Dentro de unos momentos tus servidores se dispersarán aterrados ante los truenos que los míos desencadenarán contra ellos. ¡Vas a quedar más solo que nunca, Fegor!

Apenas hubo acabado de hablar, cuando allá, junto al borde del cráter, sonó una violenta explosión que despertó los ecos.

—¡El trueno habla! —exclamó Yuma—. ¡Todo ha terminado para ti, Fegor!

La algarabía que sonara fuera cesó de pronto y, tras la primera explosión, reinó un silencio mortal.

¡BUUUUM!

Las paredes de la casa retemblaron al estallar una barra de dinamita dentro del propio cráter.

Rasgóse el silencio, luego, como por ensalmo. Las voces volvieron a oírse fuera, pero ahora sólo articulaban gritos de terror. Una tercera explosión, más cerca aún, impulsó a Fegor a ponerse en pie de un brinco y llevarse bruscamente la mano al pecho. No pasó de ahí su gesto. La pistola flotante habló. Fegor abrió desmesuradamente los ojos y lanzó un grito terrible, que se cortó en seco de pronto, como si hubieran asido por la garganta al que lo exhalaba. El eurasio aun hizo un esfuerzo supremo por terminar el movimiento que había iniciado y sacar la pistola. No tuvo tiempo. Las piernas se negaron a sostenerle, las rodillas se le doblaron, y cayó, pesadamente, al suelo.

—Tiene para dos horas por lo menos-murmuró Yuma —. Más vale que le dé la inyección ahora, para prevenirnos contra toda contingencia.

Una hipodérmica apareció en el aire, se clavó en el brazo de Fegor. Cuando volvió a retirarse, la carrera criminal del eurasio había terminado para siempre. Recobraría el conocimiento horas más tarde; pero habría perdido la memoria. Yuma le mandaría, como a otros tantos, a una colonia secreta de América del Sur, donde se le volvería a educar y se le enseñaría a aprovechar su talento para bien de la Humanidad.

—Manrique-dijo Yuma, en alta voz.

—Escucho, jefe. Lo he oído todo. ¿Inicio el ataque?

—Suelta unas cuantas barras de dinamita más, primero para acabar de desmoralizar a los afar. Luego, ataca con las granadas de gases lacrimógenos. Haya que procurar coger a todos los que vivieron aquí con Fegor. No deben ser muchos.

—Bien, jefe. No se mueva de donde está para evitar accidentes.

Yuma se inclinó sobre el cuerpo de Balahmut y le dio una inyección también para que, cuando volviera en sí hubiera perdido la memoria también. Luego se volvió a la muchacha que había escuchado, extrañada, lo que a ella, que no conocía aún la invención de su jefe, le había parecido un monólogo.

La entregó un broche que llevaba en el bolsillo y la explicó su objeto. Después la dio uno de los minúsculos auriculares y una pila seca.

—¿Sabes dónde guardó Fegor tu reloj? —le preguntó a continuación.

—Sí-respondió ella —. ¡Oh, jefe!— agregó bruscamente, quebrándosele la voz —. ¡Las angustias... que he pasado temiendo que cayera usted en la trampa de verdad!

—Has sido valiente, Dolores-repuso, con dulzura Yuma —. En realidad, nunca existió peligro alguno de que cayera en la trampa. A pesar de su inteligencia, Fegor empleó procedimientos muy burdos para que me pudiera engañar. ¿Dónde está el reloj?

Ella le condujo a la habitación del telégrafo. El reloj seguía en la caja en que lo metiera Fegor. Lo sacó y se lo puso y, al mismo tiempo, recordó una cosa.

—El agente de Fegor en Alejandría-dijo —, tiene estación transmisora y receptora. Le habló desde aquí dándole órdenes. Usó clave y no las entendí; pero pude darme cuenta de cuáles eran las letras de llamada de la estación y me las aprendí de memoria.

—Bien —dijo Yuma—. ¿Cuáles son?

La muchacha se las dijo.

—Bien. Ya probaremos localizarla en Alejandría mismo, o encargar de ello a nuestros agentes, para que ese hombre siga la misma suerte de su jefe.

Mientras hablaban, se habían oído varias explosiones más, cada vez más cercanas. Por último oyeron gritos lejanos que, poco a poco, se iban aproximando. Manrique atacaba con los indertas. Momentos más tarde, se oyó la explosión, contra las paredes de la casa, de las primeras granadas.

El aire se pobló de gritos y ayes de terror al hacer efecto los gases lacrimógenos. Se alzaron, a continuación, los alaridos victoriosos de los indertas que, gradualmente, se fueron retirando.

—Los de Afar huyen-comentó Yuma —. Los indertas los persiguen.

Sonó ruido de una celosía que se astillaba y una serie de explosiones seguidas en la planta baja de la casa. El griterío que siguió demostró, con harta elocuencia, la eficacia de los gases. Las puertas se abrieron y, aunque no los veían, Yuma y Dolores se imaginaron a los secuaces de Fegor, escocidos los ojos, saliendo a ciegas en busca del aire.

Yuma sacó del bolsillo unas gafas cerradas a las que iba acoplado una especie de depósito pequeño, hecho de forma que tapara la boca y la nariz.

—Ponte esto-le dijo a Dolores —. Parte de los gases pueden filtrarse hasta aquí. También lo necesitarás para cruzar las habitaciones de la planta baja.

Dolores lo tomó.

—Manrique-llamó Yuma.

—Soy Fayum-contestó una voz —. Manrique está cuidándose de los prisioneros en este momento.

—¿Han salido todos de la casa?

—Creo que sí. Si alguno queda, debe encontrarse sin sentido. No es posible que haya quien resista la cantidad de gases que hemos echado dentro.

—Entra con unos cuantos indertas. Tenemos que sacar los cuerpos de Fegor, Balahmut y dos nubienses por lo menos.

—Ahora mismo voy.

Tardó unos minutos en llegar. Le había costado trabajo convencer a los indertas para que se dejaran poner gafas. Uno había insistido en entrar sin ellas y había vuelto a salir aterrado.

Los cuatro cuerpos fueron sacados por los indertas, que quisieron postrarse ante Yuma al ver la cabeza flotante.

En el exterior encontraron a Manrique con seis hombres y dos mujeres en hilera delante de él. Les había dado una inyección a todos.

—¿Falta alguno? —inquirió Yuma.

—Ninguno, jefe. Fayum ordenó a los indertas que no dejaran escapar a ninguno de los hombres de Fegor, pero que se limitaran a hacerlos prisioneros. Aseguran que aquí están todos los que vinieron con ese hombre.

No había más que una veintena de indertas allí, todos ellos atemorizados por la presencia del Señor del Trueno.

—Es preciso registrar la casa-dijo Yuma —, para asegurarnos de que nadie queda aquí. Buscaremos si hay papeles por alguna parte. Luego destruiremos el edificio con dinamita. Antes de eso, sin embargo, voy a emplear la estación de radio para pedir que se nos mande un avión lo bastante grande para dar cabida a toda esta gente.

Volvió a entrar en la casa y mientras Manrique y Fayum la registraban de arriba abajo, se dirigió al cuarto de telegrafía, donde permaneció un buen rato comunicando. No se limitó a pedir un avión tan sólo, sino que dio la contraseña de la estación de Alejandría para que se llamara y calculara el punto en que estaba enclavada después de haberlo dispuesto todo para caer sobre ella y apresar a cuantos hubiera dentro. Transmitió asimismo los nombres y direcciones que encontró anotados en una libreta y luego bajó a reunirse con sus agentes.

—No hemos encontrado absolutamente nada-anunció Manrique —. Ni personas ni documentos.

—Bien. Hay en total diez hombres que transportar. Los indertas que hay aquí son veinte y todos ellos parecen fuertes. Podrán con ellos. Dos para cada hombre. Seguramente nos iremos encontrando otros indertas por el camino que podrán relevarles si se cansan. Así, cargados, tardarán alrededor de media hora en salir del cráter. Vamos a colocar la dinamita. Pondremos una mecha lenta que tarde dos horas en consumirse. Hay que dar un golpe de efecto.

Metieron la dinamita que quedaba, en la casa, colocaron detonadores, encendieron la mecha. Yuma consultó su reloj.

—En marcha-dijo.

*****

 

 

Faltaban cinco minutos para las dos horas calculadas por Yuma. Los indertas, obedeciendo orden de Manrique, transmitida por Fayum, se habían congregado cerca de los bordes del cráter.

En el espacio que Fayum había hecho dejar libre, se notó un revoloteo en el aire y apareció la cabeza de Yuma.

—¡Oh indertas! —dijo éste—. ¡Muchos sufrimientos os ha causado el vil Señor del Fuego! ¡Merece un castigo ejemplar y, para dárselo, le llevaré conmigo a las regiones del trueno! Pero no es justo que siga existiendo esa casa como monumento, a sus días de opresión. En vuestra presencia, descargaré mis rayos sobre ella para destruirla.

Apareció una mano en el aire cerca del rostro. Se alzó lentamente. Aún no había alcanzado su máxima altura cuando una llamarada cegadora surgió del fondo del cráter y una violentísima explosión hizo que temblara toda la montaña. Árboles arrancados de cuajo y trozos de roca se elevaron a gran altura, volviendo a caer y arrasándolo todo. Algunos indertas cayeron al suelo; otros se taparon la cara atemorizados.

Una densa humareda llenaba la hondonada.

El fino oído de Yuma percibió un rumor lejano.

—¡Buscadores de sal! —dijo—. ¡Os di un jefe y su misión se ha cumplido! Llamaré a un carro del cielo para que venga a recogerle!

Alzó la mano de nuevo. Un punto apareció en lontananza, acercándose por momentos a medida que el rumor crecía.

Los indígenas llenos de supersticioso temor, miraron hacia el lugar que la mano del Señor del Trueno señalaba. Vieron agrandarse el punto hasta convertirse en un avión de dos motores que, tras describir un par de círculos en el aire fue a aterrizar en la planicie de sal.

Todos descendieron por la ladera de Kebrit Ale, hacía el punto en que habían dejado a los prisioneros. Yuma les había dado otra invención poco antes y continuaban sin conocimiento custodiados por un grupo de indertas.

A una orden de Yuma los indígenas cargaron con los hombres y avanzaron hasta el punto en que se hallaba el avión, al que se acercaron con evidente temor. Sólo las palabras de Yuma consiguieron darles ánimos para trasladar su carga al interior del mismo.

Manrique y Fayum subieron a bordo también. Dolores se quedó en tierra con Yuma, por orden de éste.

Volvió a alzar la mano el Señor del Trueno. El avión despegó, ganó altura... Los indertas lo miraron con nostalgia hasta que se perdió de vista.

—Ven, Dolores-ordenó Yuma —; falta el último acto de esta obra.

Echó a andar hacia el lugar de la montaña en que había dejado su avión, llevando en una mano el maletín, del que había vuelto a hacerse cargo.

Ya cerca del punto que le sirvió para aterrizar, se volvió hacía los indígenas que les habían seguido a cierta distancia.

—Deteneos aquí-ordenó.

Le obedecieron.

Ascendió, acompañado de Dolores, el picacho tras el cual estaba su aeroplano. Una vez arriba, miró hacia abajo.

—¡Adiós, pueblo de buscadores de sal!

La cabeza flotante desapareció al calarse él la capucha. Dolores permaneció visible unos instantes más, hasta que la capa de Yuma se cerró sobre ella.

Bajaron el picacho por el otro lado. Minutos más tarde, un avión pequeño se elevaba sobre las montañas Doga. Lo pilotaba Imaru y, a su lado, mirándole con ojos que no sabían disimular su admiración y su cariño, iba Dolores.

No había hecho pregunta alguna. Ignoraba dónde la llevaban. Sólo sabía que se hallaba junto a su jefe y que hubiera querido que el viaje se prolongara siglos y siglos si era aquella la única manera de poder estar a su lado eternamente.

 

 

 

FIN

 

 

 

Publicado por: Editorial Molino, junio de 1945

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