© Libro N° 4003. La Casa Del Cráter. Molinero, Rafael. Colección E.O. Julio 22 de
2017.
Título
original: © La Casa Del Cráter. Rafael
Molinero
Versión Original: © La Casa Del Cráter. Rafael
Molinero
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LA CASA DEL CRÁTER
Rafael Molinero
Un coche se detuvo a la puerta del palacete del marqués de
Bitalvo, en las proximidades del Paseo de la Bonanova. El conductor bajó de su
asiento, abrió la portezuela, quitándose respetuosamente la gorra de uniforme
al descender del vehículo un hombre alto, de rostro seco y moreno, nariz
aguileña y cabello negro.
La casa del cráter
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
La casa del cráter
G. L. Hipkiss
(como Rafael Molinero)
Yuma/11
CAPÍTULO I
LA SUBASTA
UN coche se detuvo a la puerta del palacete del marqués de
Bitalvo, en las proximidades del Paseo de la Bonanova. El conductor bajó de su
asiento, abrió la portezuela, quitándose respetuosamente la gorra de uniforme
al descender del vehículo un hombre alto, de rostro seco y moreno, nariz
aguileña y cabello negro.
—No es necesario que me aguarde, Francisco-dijo el hombre
—. Puede ser que tarde en salir. Volveré a casa a pie o en un taxi.
—Bien, señor-respondió el conductor, cerrando la
portezuela y volviendo a su asiento.
El hombre cruzó la acera, franqueó la verja, atravesó el
umbrío parque y llamó a la puerta de la casa. Un criado de librea le abrió.
—Pase, señor Trévelez-dijo, reconociendo al visitante —.
Es en el salón. ¿Desea que le acompañe?
El director del Instituto de Inventores e Investigaciones
Científicas movió, negativamente, la cabeza.
—No es necesario, Marcial-le contestó.
Parecía muy bien conocer la casa. Se dirigió, sin vacilar,
a una de las puertas que daban al espacioso vestíbulo y entró en el salón.
La subasta había empezado ya. Una veintena de personas se
hallaban diseminadas por el cuarto. En el extremo más apartado, tras una mesa,
había un hombre, con una maceta en la mano. Dos criados acababan de colocar
cerca de él, y de forma que las asistentes pudieran verlo claramente, un
bargueño.
—Lote número diez-cantó el hombre de la maceta —.
Magnifico bargueño cuya historia...
—¡Mil pesetas! —le interrumpió una voz.
Era evidente que los concurrentes habían ido a comprar y
no a escuchar la propaganda que quisiera hacer el subastador.
—¡Mil quinientas! —dijo otro, sin dar tiempo al subastador
a abrir la boca siquiera.
—¡Dos mil!
—¡Quinientas más!
La cantidad fue subiendo paulatinamente, llegó a las cinco
mil pesetas, pasó... Trévelez se había dejado caer en una butaca, sin dar
muestras de interés. No era aquello lo que él había ido a comprar.
Mientras unos y otros continuaban pujando, echó una mirada
a su alrededor. Vio a los que asistían a la subasta, eran, en su mayoría
anticuarios y algún que otro coleccionista entre ellos. Los conocía a todos a
todos... menos a uno. El desconocido estaba sentado en un rincón y parecía
interesarse tan poco como el propio Trévelez. Era un hombre delgado, muy
delgado, muy moreno, de apergaminado rostro, que estaba consultando en aquellos
momentos el catálogo.
Parecía extranjero —posiblemente oriundo del Próximo
Oriente. El director del Instituto estaba seguro de que no era un anticuario-no
un anticuario de Barcelona por lo menos. Era Trévelez demasiado aficionado a
coleccionar antigüedades para no conocer a todos los de la población. Tampoco
le había visto en subasta alguna hasta aquel día a pesar de que él solía
asistir a todas las que le era posible.
La voz del subastador sonó de nuevo.
—Dan nueve mil pesetas-decía —. ¿No hay quien dé más?
Empezó a hacer el panegírico del mueble, y una vez
convencido de que nadie pujaría ya, dio un golpe con la maceta sobre la mesa,
adjudicando el bargueño al coleccionista que había hecho la oferta.
Fue retirado el bargueño y otro lote ocupó su lugar. Los
herederos del difunto marqués de Bitalvo habían decidido hacer liquidación
total de los objetos de arte que tan amorosamente, en vida, el marqués se había
dedicado a coleccionar.
Trévelez siguió contemplando la subasta sin hablar. El
lote que a él le interesaba era el que figuraba en el catálogo en vigésimo
lugar-unos papiros egipcios que el marqués le enseñara en vida y que había
encontrado lo bastante interesantes para desear adquirirlos ya que se le
presentaba la ocasión.
Observó, subconscientemente, que el desconocido tampoco
parecía dispuesto a ofrecer nada por ninguno de los lotes que se iban
presentando; él y Trévelez eran los únicos que no habían pujado hasta aquel
momento.
—¡Lote diecinueve! —contó por fin el subastador—. ¡Momia
no identificada de la IV dinastía! ¡Se la supone...
—¡Doscientas pesetas! —le interrumpió el desconocido,
pareciendo despertar.
—¡Doscientas cincuenta! —ofreció uno de los anticuarios.
—¡Trescientas! —ofreció otro.
—¡Ochocientas! —exclamó el desconocido.
La brusca subida sorprendió a todo el mundo, incluso al
propio subastador.
—¡Ochocientas pesetas! —dijo—. ¡Dan ochocientas pesetas!
¡Ochocientas pesetas por una momia que...
—¡Ochocientas cincuenta! —ofreció un coleccionista.
—¡Mil quinientas! —dijo el desconocido, sin pestañear.
El director del Instituto le miró con curiosidad. El
hombre parecía dispuesto a llevarse aquella momia a toda costa. Sin embargo,
él, que la había visto de cerca y que de boca del propio marqués había oído su
historia, sabía que tenía muy poco valor-desde el punto de vista de un
arqueólogo por lo menos. ¿Por qué tenía tantos deseos de comprarla el
desconocido? ¿Cómo se le ocurría doblar casi el precio que ofreciera el
coleccionista?
Esa misma pregunta se haría el coleccionista sin duda y, a
buen seguro, llegaría a la conclusión de que la momia tendría mucho más valor
de lo que había supuesto en un principio. Posiblemente, se diría, ¿tendría algo
que él no había sabido ver? Vaciló unos instantes —los suficientes para que el
subastador empezara otra vez...!
—¡Dan mil quinientas, señores! ¡Dan mil quinientas...!
—¡Mil seiscientas! —exclamó, por fin.
No fue el único, sin embargo. Algún otro coleccionista
debió hacerse las mismas reflexiones que él. Porque sonaron dos voces más, una
tras otra.
—¡Mil setecientas!
—¡Mil ochocientas!
Trévelez miró al desconocido. Ente echó una mirada
escudriñadora a los que pujaban, y no habló. Dejó que pujaran solos.
El precio llegó a las dos mil pesetas y allí se estancó.
—¡Dos mil pesetas! —dijo el subastados—. ¡Dan dos mil
pesetas! ¡Dos mil pesetas por una momia de la cuarta dinastía! ¿No hay quien dé
más?
Nadie contestó. El subastador alzó la maceta.
—¡Tres mil! —exclamó el desconocido, antes de que pudiera
descargar el golpe contra la mesa.
Nadie lo pujó ya. La momia le fue adjudicada. El hombre se
acercó a la mesa, pagó en billetes y sacó una tarjeta de visita, en la que
anotó una dirección. No esperó a que saliera ningún lote más. Dio media vuelta
y se marchó después de haberse asegurado de que su adquisición le sería enviada
al domicilio que había dado, a primera hora del día siguiente.
El lote número veinte salió a subasta. Trévelez consiguió
que le fuera adjudicado y, no quedando ya en el catalogo cosa alguna que le
interesara, se levantó a su vez. Estaba muy satisfecho de su compra y, sin
embargo, casi la olvidó por completo cuando se puso a caminar, lentamente, en
dirección al Instituto. Sin saber por qué, no lograba desenterrar de sus
pensamientos el incidente de la momia. ¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué había
tenido tanto empeño en adquirir los anónimos restos de un egipcio de la cuarta
dinastía?
Y, al entrar en el Instituto y dirigirse a su despacho, la
pregunta seguía obstinándose en surgir a pesar de sus esfuerzos por
desterrarla.
¿Por qué?
CAPÍTULO II
LA MOMIA VIVIENTE
SONÓ un golpecito discreto en la puerta. La doctora Arana
alzó la cabeza.
—¡Adelante! —dijo.
Entró la doncella con una bandeja en la mano. Sobre la
bandeja se veía una tarjeta de visita.
—Un caballero pregunta por usted, señorita.
La doctora tomó la tarjeta y leyó:
Balahmut Bey
Miró a la doncella.
—¿Qué desea este señor? —preguntó.
—No ha querido decírmelo, señorita. Asegura que se trata
de algo muy urgente. Desea verla.
La doctora vaciló unos instantes. Luego se encogió de
hombros.
—Que pase-ordenó.
La doncella se retiró, volviendo a los pocos momentos
acompañada de un hombre muy moreno, de apergaminado rostro-el mismo que
asistiera a la subasta de los efectos del difunto marqués de Bitalvo el día
anterior.
—¿En qué puedo servirle, caballero? —inquirió Dolores,
invitándole a que se sentara, con un gesto.
—Quiero suplicarle que acuda a mi casa, doctora. Mi
esposa...
—¿Viene usted a verme en mi capacidad profesional?
—Naturalmente-asintió el hombre, mirándola con sorpresa —.
He visto...
—Lo siento, señor... —consultó la tarjeta—, Balahmut. No
ejerzo fuera de la Clínica. ¿Cómo se le ha ocurrido venir a mí? Habrá usted
observado que no hay placa alguna en mi puerta. ¿Quién le ha dado mi dirección?
—La encontré en el listín de teléfonos y...
—Soy subdirectora de la Clínica del doctor Prensa y es
necesaria mi presencia allí. Estaba a punto de marchar cuando me anunciaron su
visita. Mis obligaciones me impiden aceptar pacientes particularmente. Pero en
esta misma casa, en el piso primero, hay un doctor. ¿Por qué no se dirige a él?
—Doctora, mi esposa se ha puesto repentinamente enferma.
Temo que se trate de algo grave. Soy mahometano. Por consiguiente, no creo
necesario decirla que deseo que la asista una mujer y no un hombre. He buscado
en el listín el nombre de una doctora; el de usted es el primero que he visto y
no me he parado a buscar más. Le agradeceré que haga una excepción en este
caso. Si usted se niega a complacerme, me veré obligado a buscar otra doctora.
No creo que éstas abunden. Tardaré quizá mucho rato en dar con otra.
Entretanto, el estado de mi esposa puede agravarse y...
La doctora Arana se quedó pensativa unos instantes. Era
cierto que había estado a punto de marchar a la Clínica del doctor Prensa. Como
subdirectora y en parte dueña de la misma, acostumbraba a pasarse gran parte de
su tiempo en ella. No obstante, comprendía perfectamente que al otro le
repugnara llamar a un médico para asistir a su esposa en vista de sus
creencias.
—Estoy dispuesto a pagar lo que sea preciso,
doctora-insistió el hombre —. No puede usted negarse a la llamada de un
enfermo...
—No se trata de dinero, señor Balahmut-respondió la joven
—. Como le he dicho, la Clínica absorbe todo mi tiempo. No puedo, en realidad,
asistir a otros enfermos. Sin embargo, en vista de las circunstancias...
—¿Cuándo se puso enferma su esposa?
Consultó su reloj de pulsera.
—¿Está muy lejos? —inquirió.
—En la Avenida de Chile-contestó el otro.
—Voy a avisar para que preparen mi coche.
—No es necesario, doctora. Tengo el mío a la puerta. Si no
tiene inconveniente...
—Perdone un momento, pues.
Descolgó el teléfono, marcó el número de la Clínica.
—Habla la doctora Arana-dijo —. ¿Hay algo importante ahí?
La contestaron que no, evidentemente.
—En tal caso, no me esperen. No sé a qué hora iré esta
tarde. Tal vez no vaya siquiera. ¿Comprende?
Colgó el auricular.
—Vamos-dijo, volviéndose al visitante.
Salieron del piso. Bajaron la escalera. El coche de
Balahmut Bey aguardaba a la puerta como había dicho el hombre. El conductor,
tan moreno como su amo, abrió la portezuela. Subió la doctora seguida de su
visitante. El automóvil se puso en marcha.
—¿Cuándo se puso enferma su esposa? —inquirió Dolores, por
el camino.
—Poco después de comer.
—¿Qué síntomas tiene?
—Se queja de dolores insoportables en el estómago. Ha
tenido vómitos de un color verdusco.
—¿Qué comieron ustedes?
—Sopa, verduras, pescado...
—¿Estaba el pescado fresco?
—Lo parecía. Yo no he notado nada, por lo menos.
—¿No han tomado ninguna otra cosa susceptible de producir
una intoxicación?
—No lo creo, doctora.
—¿Dulces?
—Sí, pero hechos en casa.
—¿Qué dulces?
—Flan...
—¿Estaban en buen estado los moldes empleados?
—Supongo que sí. No obstante, eso es cosa del cocinero.
La doctora hizo algunas preguntas más. Luego ambos
guardaron silencio hasta llegar a la Avenida de Chile.
—Ahí es-dijo, de pronto Balahmut, señalando una casita
aislada, rodeada de jardines.
Paróse el coche. El conductor se apeó y abrió la verja,
volviendo luego a su asiento. El vehículo entró en el jardín y fue a detenerse
junto a la puerta del edificio, que se abrió inmediatamente, apareciendo otro
hombre moreno en el umbral.
Balahmut se apeó, ayudó a la doctora a hacer lo propio y
la hizo entrar en la casa.
—Por aquí, doctora-dijo, precediéndola por un pasillo.
Se detuvo ante la puerta de un cuarto. La abrió. Se echó a
un lado.
—¿Tiene la bondad de pasar? —dijo.
La doctora entró y se detuvo bruscamente.
¡La habitación estaba completamente desierta y
desamueblada!
Se dio cuenta demasiado tarde de que había caído en una
trampa. Sintió que la sujetaban fuertemente por los brazos, que una mano la
cubría boca y nariz con un paño. Hirió su olfato un olor dulzón, inconfundible
y forcejeó desesperadamente por desasirse antes de que el cloroformo surtiera
efecto. Todos sus esfuerzos resultaron vanos. Le pareció como si su cuerpo
perdiera peso, flotara en el aire para sumirse luego en un lago de tinieblas.
Balahmut dio una orden. El criado que había estado
sosteniendo el paño empapado en cloroformo lo dejó caer en el suelo y ayudó a
su amo a alzar el cuerpo exánime de la muchacha. Lo trasladaron a otro cuarto,
desamueblado también en uno de cuyos rincones se veía, abierta, la caja de la
momia adquirida el día anterior por el hombre. La momia yacía en el suelo y,
cerca de ella, otra momia del mismo tamaño.
Sin hablar palabra, amo y criado depositaron el cuerpo de
Dolores Arana en la caja. Balahmut se agachó, a continuación, y alzó la segunda
momia, qua no resultó ser, en realidad, más que una serie de vendas pegadas a
un estuche de cartón piedra en forma de cuerpo humano y abierto por detrás.
La falsa momia fue colocada sobre el cuerpo de Dolores,
tapándolo. Cualquiera que abriese la caja tomaría aquello por una momia
auténtica y no se molestaría en buscar más allá. Cerróse la caja, que fue
cosida inmediatamente en un envoltorio de tela.
Sin perder instante, el bulto fue trasladado al jardín,
sujetado con correas encima del automóvil. El conductor seguía en su puesto:
Balahmut abrió la portezuela y subió. El coche se puso en marcha, salió a la
Avenida de Chile, aguardó. El criado cerró con llave la puerta de la casa, hizo
lo propio con la del jardín, tomó asiento al lado del conductor.
El vehículo no paró ya hasta llegar al aeródromo del Prat,
donde un avión aguardaba su llegada. Fue descargado el bulto y trasladado al
despacho de Aduanas del aeródromo. Conocedor de las restricciones existentes
sobre la exportación de objetos de arte, Balahmut iba prevenido. Presentó la
autorización que había conseguido para sacar del país la momia adquirida en la
subasta.
—Lo siento, caballero-dijo uno de los vistas —; tendremos
que pedirle que quite la tela en que va envuelta. Es nuestra obligación
asegurarnos de que es una momia lo que contiene la caja.
—Lo comprendo perfectamente-contestó el hombre, poniéndose
a descoser el envoltorio —. Sólo les pido una cosa si han de tocar la momia,
háganlo con mucho cuidado. Es muy antigua y podría deshacerse por completo.
—No se preocupe-le respondieron —; tendremos cuidado.
Balahmut acabó de quitar la tela, abrió la caja,
exhibiendo la supuesta momia.
—¿Es necesario que la saque? —inquirió, haciendo un ademán
de meter las manos en la caja.
—No, no es necesario. Puede usted cerrar la caja otra vez
si quiere-dijo el empleado, dándose por satisfecho —. Es una lástima correr el
riesgo de que se estropee. Ya se ve que eso es todo lo que hay dentro.
El hombre se deshizo en expresiones de agradecimiento.
—Se trata de uno de mis antepasados-confesó —. He venido a
España con el exclusivo objeto de comprar la momia si me era posible para darla
sepultura, nuevamente, en Egipto.
Mientras hablaba, el criado cosía nuevamente el envoltorio
y, cuando hubo terminado, lo trasladó a bordo con ayuda del conductor del
automóvil. Este volvió a su vehículo y se alejó a toda velocidad del aeródromo
mientras el avión despegaba y se perdía en lontananza con el cuerpo de la
doctora Arana convertido en momia viviente.
CAPÍTULO III
LOS BOTONES MARAVILLOSOS
MIENTRAS tenían lugar los sucesos relatados en el capítulo
anterior, allá en el laboratorio secreto, bajo los cimientos del Instituto de
Inventores e Investigaciones Científicas, Trévelez trabajaba afanosamente
introduciendo modificaciones en su último y sorprendente invento.
Nadie hubiera podido sospechar su naturaleza observando
las manipulaciones que llevaba a cabo. Sobre uno de los grandes bancos tenía
instalada una especie de pantalla fluorescente a cuyo pie se veían varios
botones de control. La pantalla, sobre la que campeaba un altavoz, iba
conectada a un complicado aparato colocado en un rincón y compuesto de
amplificadores, lámparas enormes con refrigeración por agua, discos giratorios
y un motor que, en aquellos momentos, se hallaba en marcha.
Trévelez, con ayuda de una lupa, montaba microscópicas
piezas en minúsculos estuches del tamaño de un botón. Cuando terminó el
delicado trabajo, consultó su reloj: eran las ocho-mucho más tarde de lo que se
había imaginado. Recogió todos los botoncillos aquellos y se dirigió al
ascensor secreto. Cruzó el cuarto guardarropa al salir de él y descolgó uno de
los teléfonos instalados en el despachito contiguo. Inmediatamente le contestó
una voz.
—Garvez-dijo.
—¿Tiene usted montada ya la pantalla de acuerdo con las
instrucciones que le di? —inquirió Trévelez.
—Sí.
—Bien. Esta noche haremos las primeras pruebas. Pero,
quiero yo ver el resultado también. Dentro de media hora recibirá usted uno de
los botones. A las nueve y cuarto probaremos.
—De acuerdo. ¿Nada más?
—Nada más-contestó el director del Instituto.
Colgó el aparato. Salió al corto pasillo. Tocó un resorte.
La pared del fondo giró, silenciosamente, dejando una abertura por la que pasó
a su despacho oficial del Instituto. Empujó la estantería que había girado con
la pared y la puerta secreta se cerró sin que pudiera observarse después ni
rastro de su existencia.
Encendió la luz, tomó una cajita de cartón, introdujo en
ella uno de los botones que había preparado, lo envolvió todo y escribió sobre
el envoltorio unas señas. Luego descolgó el teléfono.
—¿Diga, señor Director? —inquirió la voz del conserje
desde la centralilla.
—Dígale a Francisco que suba a mi despacho-ordenó.
—Enseguida, señor Director.
Unos minutos más tarde llamaron a la puerta y, en
contestación a una orden de Trévelez, entró el conductor de su automóvil
particular. Le entregó la cajita.
—Llévele esta caja inmediatamente al señor Garvez,
Francisco.
—Sí, señor. ¿He de esperar alguna contestación?
—No. En cuanto haya cumplido este encargo, queda libre
para hacer lo que se le antoje. No le necesitaré esta noche.
—Bien, señor.
Se guardó el paquetito en el bolsillo y se dirigió a la
puerta.
—Francisco.
—Señor-inquirió el hombre, deteniéndose.
—Diga abajo que pueden servirme la cena cuando quieran. La
tomaré aquí mismo.
—Sí, señor.
El hombre se fue.
A las nueve menos cuarto había terminado ya su frugal
cena. Aguardó a que se llevaran los platos, y cuando se vio solo de nuevo, tocó
una moldura de la pared en dos sitios distintos. Toda la estantería giró sobre
ocultos goznes, franqueándole el paso al despacho secreto. Entró en el corto
pasillo y cerró la puerta tras él. No paró en el primer despacho, sin embargo,
sino que entró en el cuarto ropero, introduciéndose en el ascensor, que, como
ya saben nuestros lectores, nadie hubiera supuesto otra cosa que un armario.
Una vez en el laboratorio, descolgó el auricular de uno de
los teléfonos que tenía sobre el banco de trabajo y que eran simples
extensiones de los dos aparatos del despacho secreto. Como la vez anterior, le
contestó una voz:
—Garvez.
—¿Está preparado?
—Lo estaré dentro de unos segundos. No esperaba su llamada
hasta las nueve y cuarto.
—¿Ha cenado ya?
—Sí.
—En este caso no hay necesidad de que aguardemos. Quiero
dejarlo resuelto todo esta noche.
—Bien, jefe.
—¿Recuerda mis instrucciones?
—Perfectamente.
—Adelante, pues.
Colgó el aparato y se volvió a la pantalla. Dio a un
interruptor. La pantalla adquirió un brillo semejante al del fósforo. Sacó del
bolsillo uno de los botones y lo colocó al pie de la pantalla, frente a él.
Luego se puso a manipular los controles. Algo oscuro apareció en la
fluorescente superficie. Poco a poco, a medida que dio vueltas a los botones de
reóstatos y condensadores, la mancha fue adquiriendo forma hasta aparecer en la
pantalla el busto de un hombre.
—La recepción no es clara-dijo.
—No-le contestó la imagen por el altavoz —; parece una
fotografía desenfocada. No se aprecian los detalles.
—Tiene usted razón. Tampoco es clara la voz. Supongo que
ocurrirá lo propio con todos los botones, pero vamos a probarlo.
Quitó el que tenía delante y puso otro en su lugar. Garvez
anunció que la recepción continuaba igual. Lo mismo sucedió con los demás.
—Aguarde unos momentos-ordenó Trévelez —. Creo que
podremos arreglarlo.
Sujetó uno de los botones en un minúsculo tornillo, tomó
una lupa y unas herramientas de relojero y se puso a repasar las microscópicas
piezas. Al cabo de un cuarto de hora, sacó el botón del tornillo y lo colocó al
pie de la pantalla.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Bastante mejor. Pero aún no es todo lo clara que fuera de
desear.
Durante cerca de dos horas Trévelez estuvo desmontando y
montando el mismo botón, hasta que por fin.
—¡Magnífico! —dijo la voz de Garvez—. Lo ha logrado usted,
jefe. No puede pedirse más. Distingo hasta los detalles más insignificantes.
Trévelez consultó su reloj.
—Son las once-dijo —. ¿Puede usted mandarme alguien aquí?
—Sí, jefe.
—Hágalo inmediatamente, pues. Le entregaré el botón
ajustado. Quiero darme cuenta por mí mismo del resultado.
—En seguida, jefe.
La imagen de Garvez desapareció de la pantalla. Trévelez
se levantó de su asiento, y volvió a su despacho oficial. Desde allí llamó al
conserje.
—Tome-le dijo, cuando se presentó, entregándole un
paquetito —; dentro de un rato vendrá un mensajero del señor Garvez. Le dará
esto de mi parte.
—Sí, señor. ¿Desea alguna cosa más?
—No, Juan. Puede retirarse.
El hombre se fue y Trévelez volvió al laboratorio. La
imagen de Garvez se veía, nuevamente en la pantalla.
—Ahora mismo salen a buscar eso-dijo una voz.
—Ya lo tiene el conserje para entregárselo-anunció el
director del Instituto, entreteniéndose en desmontar uno por uno todos los
botones que tenía preparados, menos el que se hallaba al pie de la pantalla.
Durante tres cuartos de hora, aproximadamente, estuvo
repasando las minúsculas piezas. De pronto desapareció la imagen de la
pantalla. Unos momentos después, volvió a aparecer, pero no como antes. Ahora,
la figura se veía claramente, hasta en sus más mínimos detalles. Detrás de la
cabeza de Garvez se distinguía un cuadro colgado en la pared, del que se
destacaban, claramente, las figuras.
—¿Qué le parece, jefe? —inquirió la voz de Garvez, tan
clara ya, que parecía hallarse en el laboratorio, al lado de Trévelez.
—Muy bien-respondió éste —; pero creo que aun puede
mejorarse un poco.
Acabó de preparar uno dedos botones y se lo colocó
delante.
—¿Cómo está ahora?
—Mejor si cabe-asintió Garvez —; aunque, la verdad, la
diferencia es poca, ya que era imposible mejorar mucho lo que ya había logrado.
—Bien. Lo daremos por definitivo, pues. Es conveniente que
podamos hacer uso de esto lo más aprisa posible. No sabemos cuándo nos veremos
metidos en un caso en el que estos botoncitos puedan sernos de inestimable
valor. Esta misma noche dejaré preparados los necesarios para que pueda
efectuarse su distribución. Mañana a primera hora se los mandaré. No se mueva
de ahí. Mientras trabajo, le iré explicando su funcionamiento y le daré las
instrucciones oportunas. Así ahorraremos tiempo por lo menos.
Tomó uno de los botones y se puso a trabajar.
—En el paquete que le mandaré mañana-prosiguió —,
encontrará usted, además de los botones, algunos gemelos para puños, alfileres
de corbata y algunas otras cosas por el estilo. Los botones deben ser cosidos
con cuidado. En realidad, cada uno de los cuatro agujeros que tienen es doble.
Existe, en el interior, una minúscula bifurcación. La cosa no ofrece
dificultad, sin embargo, porque la aguja resbalará por el ramal que le
corresponde, ya que el otro está obturado. Este último lleva una pequeña lente
que condensa y enfoca los rayos luminosos sobre una célula fotoeléctrica
microscópica de mi invención. Empleo en ella un procedimiento nuevo. No es de
selenio, potasio ni ninguno de esos minerales empleados hasta la fecha. Posee
una sensibilidad extraordinaria y diversas otras propiedades que no hacen al
caso.
«La emisión de las imágenes se hace con onda corta... la
onda más corta que se ha empleado hasta el momento. Gracias a ello, es capaz de
penetrar capas que para otras ondas resultarían aislantes. Las propiedades del
terreno, la presencia de minerales de cualquier naturaleza y cuantas otras
cosas son susceptibles de anular o estropear la emisión o recepción de las
ondas empleadas normalmente, apenas ejercen influencia alguna sobre las que yo
empleo.
»A pesar de que, por fuerza, la emisión es debilísima,
nuestros aparatos la recogen sin distorsión alguna y sólo es cuestión de
amplificarla, cosa que hacen nuestros aparatos a la maravilla. Mi objeto al
enviarle gemelos, alfileres y todo eso además de botones es asegurar que el
campo visual sea el mayor posible. La pedrería que sirve de adorno a tales
objetos se compone, en realidad, de una serie de lentes que hacen de visores.
Los botones nos permitirán ver lo que pueda ver el que los lleva desde la altura
a que éstos se encuentren cosidos; los alfileres de corbata radiarán lo que
pueda verse desde mayor altura; los gemelos nos proporcionarán un medio de ver
lo que hay o sucede a los lados de aquél que los use. Ni que decir tiene que el
agente podrá hacernos ver, con ayuda de los televisores que lleva, todo aquello
que sea de mayor interés para nosotros. Y aun en el supuesto de que no pueda
moverse, siempre podremos obtener una idea de lo que le rodea y de las
circunstancias en que se encuentra.
—¿No existe el peligro-objetó Garvez —, de que haya
confusión de imágenes si cada agente lleva más de uno de esos televisores?
—Ninguno-aseguró Trévelez, sin dejar de trabajar —. Esa
posibilidad estaba prevista. Cada uno de los botones, alfileres, o lo que sea
que reciba usted esta mañana, irá envuelto en un papel sobre el que encontrará
escrito el nombre del agente a quien debe entregarse junto con la longitud de
su onda emisora. Observará, entonces, que no hay dos objetos que tengan la
misma. La diferencia de longitud entre los objetos de cada lote es pequeña; la
existencia entre los lotes completos es mayor. Puede usted sintonizar con
cualquiera de los objetos excluyendo las emisiones de todos los demás. La
pantalla de usted no es capaz de recibir la emisión de más de uno de ellos a la
vez; pero ya remediaremos ese inconveniente. La mía está dispuesta de forma que
pueda recibir simultáneamente las emisiones de todos los televisores de un
mismo agente y formar con ellas una imagen compuesta.
Para R, le incluyo un medallón y un adorno que pueda
llevar en el cabello, así como unos pendientes. Encontrará también anillos para
todos. ¿Quiere preguntarme algo más?
—De momento, sólo se me ocurre una cosa y, aun ésa por
curiosidad.
—¿De qué se trata?
—¿De dónde sale la corriente para hacer las emisiones? Es
imposible que, en una cosa tan pequeña, haya aparato alguno generador de fluido
eléctrico.
—No hay nada imposible, Garvez. Esa palabra la he borrado
yo de mi diccionario. Hay cosas más difíciles y menos difíciles, pero imposible
nada. De todas formas, los botones, en cuestión no contienen generador alguno.
En primer lugar, no lo he considerado necesario. ¿Cómo cree usted que funcionan
los relojes que llevan todos los agentes?
—He supuesto siempre que se producían su propia corriente.
Son grandes en comparación con los botones y...
—Ha supuesto usted mal. En ellos se emplea el mismo
procedimiento que en los televisores, sólo que mucho menos perfeccionado.
Espero, dentro de poco, construir otros en los que vaya incorporado también un
televisor.
«Ya sabe usted que el cuerpo humano genera y acumula
fuerza. Dicha fuerza ha recibido numerosos nombres, entre ellos el de fuerza
vital, fuerza nerviosa, etc. El nombre es lo de menos. Lo cierto es que se
trata de una fuerza eléctrica que ha sido registrada ya por numerosos
científicos con ayuda de aparatos especiales. Yo he hecho numerosos
experimentos con ella también y he encontrado una forma de aprovecharla.
«Los relojes, como los botones, llevan un dispositivo
especial que recoge las radiaciones órficas y las emplea para hacer las
emisiones. Ese es todo el secreto. En el caso de los botones he llegado lejos.
Gracias a su construcción, es posible usar las propias ondas que radian la
imagen como vehículo para la voz. De ahí que nosotros, al propio tiempo que nos
vemos, podamos sostener una conversación sin ayuda de más aparatos.
—El invento es maravilloso, jefe. ¡Lástima que no podamos
hablar con los agentes por el mismo medio también!
—¿Quién ha dicho que no podemos?
—¡Ah! ¿Es posible?
—Sí, aunque sólo a medias, de momento. Puesto que, como he
dicho, la onda emisora sirve de vehículo para la voz, cuanto se diga en la
proximidad de los televisores será radiado, junto con la imagen. Podemos, no
sólo ver, sino oír lo que hablan nuestros agentes.
—Pero... ¿no podremos hablarles nosotros?
—No. De momento, tendremos que conformarnos con usar el
reloj como hemos hecho siempre. Para que los agentes pudieran oír nuestra voz,
sería necesario que contaran con un receptor... por lo menos de sonido, ya que
no de imagen. Esto último, desde luego, resulta bastante difícil, puesto que
exige el empleo de una pantalla fluorescente y un amplificador especial... lo
que no significa que no acabaré resolviendo la dificultad. En cuanto al sonido,
no necesitarían más que un auricular que conectar al televisor y un medio de
amplificación. Cuando tenga preparados los nuevos relojes, los prepararé de
manera que sea posible establecer dicha conexión. Los agentes recibirán un
auricular especial, del tamaño de una avellana, que ya tengo hecho y probado.
Obtendrán la amplificación con la ayuda de una simple batería de bolsillo. De
eso ya me cuidaré más adelante. ¿Tiene algo más que preguntarme?
—No se me ocurre nada de momento-contestó Garvez.
—En tal caso, puede usted retirarse a descansar si quiere.
Yo aún tengo para bastante rato. Mañana recibirá los televisores junto con mis
últimas instrucciones.
—Buenas noches, pues-dijo Garvez.
—Buenas noches respondió Trévelez.
Y, una vez hubo visto retirarse de la pantalla la imagen
del otro, cerró los interruptores de la suya y se dispuso a terminar el trabajo
que tenía empezado.
CAPÍTULO IV
LA ALARMA
A las once de la mañana, cuando se hallaba sentado en su
despacho oficial del instituto, Trévelez sintió una leve presión sobre la
muñeca. Apretó la corona de su reloj de pulsera dando la señal de que había
recibido la llamada. Inmediatamente, la palanquita que sobresalía por la parte
de atrás del reloj empezó a moverse rápidamente, deletreando en morse, contra
la piel de la muñeca, el siguiente mensaje:
«A —R Ha desaparecido»
Trévelez se levantó de su asiento. «A» era la contraseña
del que enviaba el mensaje es decir, Garvez.
«Aguarde» —contestó.
Y se dirigió a su despacho secreto.
Descolgó uno de los auriculares.
—Garvez-anunció una voz.
—Informe.
—R. —Telefoneé a la Clínica para saber si estaba allí
antes de enviar los televisores. Me dijeron que aún no había llegado. Suponían
que se hallaría en su casa a menos que hubiera salido a visitar a algún
enfermo. Llamé a su casa. No estaba. La doncella me aseguró que la encontraría
en la Clínica. Le contesté que había llamado ya allí y que no había llegado.
Pareció extrañarse.
»No ha venido a dormir a casa esta noche-me dijo —. Creí
que se habría quedado a dormir en la Clínica.
» —¿A qué hora salió ayer de casa?— le pregunté.
» —A eso de las tres de la tarde.
» —¿Dijo dónde iba?
» —Marchó con un señor que vino a visitarla; me dijo que
iba a visitar a un paciente cerca de la Diagonal y que después iría a la
Clínica si le daba tiempo.
» —Y, ¿no ha vuelto?
» —No, señor.
» —¿No sabe si fue a la Clínica después de todo?
» —No tengo la menor idea. Yo había supuesto que si y que
se habría quedado allí. No sería la primera vez que lo hiciese. Cuando hay
algún caso urgente, se pasa días enteros sin aparecer por casa, por lo que no
le he dado importancia. ¿Está usted seguro de que no ha estado?
» —Volveré a telefonear para asegurarme.
» —Lo hice. Al parecer, R. había telefoneado a eso de las
tres diciendo que iría tarde a la Clínica o que tal vez no fuera. Desde
entonces no habían vuelto a saber de ella. Me alarmé. Volví a llamar a su casa.
La doncella se alarmó a su vez al saber, lo que me habían dicho en la Clínica.
» —¿Quién era la persona con quien se marchó?— la pregunté
—. ¿La conocía usted?
» —Era la primera vez que la veía en mi vida. ¿Cree usted
que puede haberle sucedido algo a la señorita?
» —No lo sé. Eso es lo que estoy procurando averiguar.
Serénese y conteste a mis preguntas. Cuénteme exactamente lo ocurrido.
» —Poco puedo contar. Llamaron a la puerta a eso de las
dos y media. Abrí y me encontré con un señor que dijo deseaba hablar con la
doctora. Le pregunté si la señorita le esperaba y él me dijo que no, pero, que
necesitaba verla con urgencia. Le dije que no sabía si podría recibirlo la
señorita, pero, le pasé la tarjeta que me entregó...
» —¿Le conocía la doctora?
» —Por lo visto, no señor. Preguntó si el señor aquel
había dicho lo que deseaba, pero cuando le dije que aseguraba que se trataba de
algo de mucha urgencia, me ordenó que le hiciera pasar. Estuvo con él un buen
rato. Después salieron juntos y me dijo lo que ya le he dicho... que iba a la
Diagonal a ver a un paciente. Desde entonces no la he vuelto a ver.
« —¿Dice usted que la visita entregó su tarjeta? ¿Recuerda
qué nombre iba impreso en ella?
» —Era un nombre extranjero muy raro y no lo recuerdo...
por lo menos el primero, el segundo era más fácil de recordar.
» —¿Cuál era el segundo nombre?
» —Bey.
» —Eso no es un nombre, sino un rango... una especie de
gobernador turco... Dígame, ¿cree usted que era un turco el que estuvo?
» —No lo sé, señor. Yo no entiendo de eso. Sólo sé que era
extranjero.
» —¿Podría describírmelo aproximadamente?
» —Era delgado y muy moreno.
» —¿Eso es lo único que puede decir?
» —No me fijé en más.
» —¿Qué clase de traje llevaba?
» —Un traje azul con raya blanca... si mal no recuerdo, la
americana era cruzada.
» —¿Notó alguna cosa más?
» —Sólo la sortija. Llevaba un anillo de oro con un
rubí... un rubí grande... ancho y largo, con una especie de garabato en medio.
» —¿No sería escritura árabe?
» —Puede.
» —¿Salieron a pie? ¿Se llevó la señorita su coche?
» —No, señor, ni una cosa ni otra. La visita había llegado
en un automóvil particular que le esperaba a la puerta. Atisbé por la ventana y
los vi subir a él.
» —¿No puede decirme nada más? Haga memoria. Tal vez
dependa la seguridad de su señorita de lo que usted pueda decirme...
»Reflexionó unos instantes. Luego:
» —Le he dicho todo lo que recuerdo. No sé nada más.
»Ordené a X que indagara por los alrededores si alguien
había visto parado un coche ante el portal de la casa, Él se encargó de
interrogar al portero incluso. Éste y varias personas se habían fijado en él,
más que nada porque su conductor era muy moreno y parecía extranjero...
asiático según el parecer de algunos. Ninguno se había fijado en el número de
matrícula. Sin embargo, X sigue indagando. Y ronda por la Diagonal buscando
rastro de un coche conducido por un hombre muy moreno. Ninguno de los dos parece
haber hecho grandes progresos hasta la fecha. Por eso he decidido avisarle.
Trévelez guardó silencio unos momentos. A pesar de lo
inescrutable que resultaba normalmente su semblante, allí, que nadie le veía,
se molestó menos en disimular. Era evidente que la desaparición de la doctora
le afectaba profundamente-más de lo que le hubiera gustado confesar.
—¿Ha repartido usted los televisores a los demás agentes?
—preguntó, por fin, sin dejar que trasluciera su verdadero estado de animo.
—Los de Barcelona los llevan todos ya. Los demás los
recibirán por correo aéreo. Ya han sido expedidos. Sólo falta R.
—Bien, El visitante de R. Puede ser turco o no serlo. El
título nada quiere decir. Lo han llevado muchos en Egipto también. No creo que
sean muchos los egipcios y turcos que haya en Barcelona. No obstante, el
investigarlos a todos requeriría tiempo y, si como suponemos le ha sucedido
algo a R, no hay tiempo que perder. Afortunadamente, el anillo de que habla la
doncella es un detalle de importancia. Recuerdo haber visto uno así hace poco
tiempo. Sería una casualidad que no fuera el mismo... Órdenes.
—Escucho.
—Mande a X a visitar a la familia del marqués de Bitalvo.
Es preciso que averigüe el nombre de la persona a quien se encargó de la
subasta de los efectos del marqués anteayer. ¿Entiende?
—Perfectamente. ¿Qué más?
—Debe ir a ver a dicha persona y, con cualquier excusa,
pedirle las señas del extranjero que adquirió una momia de la cuarta Dinastía
en la subasta. Se la hizo mandar a casa. Conque ha de conservar nombre y señas,
pero, si no fuera así, que pregunte quién fue el encargado de llevarla. Ese
individuo podrá dar las señas sin duda alguna.
—¿Ha de dirigirse X a esas señas cuándo las conozca?
—Sí, pero no debe hacer más que vigilar la casa. Quiero
que se me avise a mí inmediatamente. Iré yo mismo allá. Si necesito a X para
algo entonces, ya se lo diré.
—Bien, jefe. ¿Algo más?
—Sí. En cuanto conozca el nombre del comprador de la
momia, llame a la doncella de R y pregúntele si lo reconoce. De todas formas,
si se trata de un Bey, seguramente será el mismo. Será mucha casualidad que
haya dos en Barcelona. Nada más. Que se haga eso lo más aprisa posible. Y
procure estar en contacto con la doncella y con la Clínica por si reciben
alguna noticia.
Colgó el teléfono y tiró con fuerza de la lámpara que
colgaba por encima de la mesa. Inmediatamente se descorrió un trozo de la pared
y apareció la entrada del cuarto ropero. Descolgó de una percha la famosa capa
de material tan fino que, una vez doblada, apenas ocupaba sitio. Se la metió en
el bolsillo y entró en el armario del fondo del ropero.
El ascensor secreto le condujo al laboratorio de los
sótanos situados debajo de los sótanos conocidos del Instituto. Se sentó
delante de la pantalla fluorescente, dio a un interruptor y empezó a
sintonizar. Si X llevaba los televisores, podría seguirle en sus gestiones. La
seguridad de la doctora Dolores Arana le preocupaba demasiado, para que pudiera
dedicar su mente a otros asuntos en aquellos momentos.
CAPÍTULO V
SOBRE LA PISTA
X no comió aquel día. Pero tampoco comió Trévelez, que
siguió, paso a paso, todas sus gestiones con ayuda de la pantalla fluorescente.
La cosa no fue tan rápida como había esperado. Fue preciso
buscar al administrador de los herederos del marqués para saber el nombre y la
dirección del subastador y, una vez obtenido esto, X se encontró con que el
hombre no se hallaba en su domicilio.
Le siguió al otro extremo de Barcelona, donde se había
encargado de otra subasta y, buscando una ocasión propicia, interrogó al hombre
antes de que hubiera terminado la venta. Este, o no recordaba las señas o había
perdido la tarjeta, o no tenía ganas de molestarse en aquel momento. Lo cierto
es que aseguró no tener la menor idea del nombre ni del domicilio del
extranjero.
Lo único que pudo averiguar X fue que había sido uno de
los jardineros de la familia Bitalvo el que se había encargado de entregar la
momia. X volvió rápidamente a la Bonanova y eran las tres dadas cuando pudo
entrevistarse con el hombre.
—Sí, señor-dijo éste —; fui yo quien llevó la momia a casa
de ese extranjero.
—Necesito verle con urgencia-le aseguró X —. Se trata de
un asunto de vital importancia. ¿Puede usted darme sus señas?
El jardinero se rascó la cabeza, perplejo.
—La verdad, señor... Yo no sé si debo...
El billete que le metió X en la mano le convenció de que
sí debía. Las palabras de X se lo confirmaron.
—Le aseguro-le dijo —, que se trata de algo de suma
importancia. No tengo inconveniente en decirle, incluso, que es cosa de vida o
muerte y que, si no me da usted esas señas, le haré responsable de las
consecuencias.
—La cosa es, señor-dijo el hombre, guardándose el billete
—, que no sé si voy a saber dárselas bien.
—¿Por qué?
—Porque no recuerdo el número.
—¿No se lo dieron apuntado?
—Iba apuntado en el papel en que envolvieron la caja y,
claro, el papel se quedó allí, con ella.
—¿A qué calle la llevó? ¿No recuerda eso tampoco?
—Eso, sí señor. A la Avenida de Chile.
—Haga usted memoria. Procure recordar el número.
—Ahora que lo pienso mejor, creo que no lo tenía. Era una
casa que se llamaba Villa no sé cuántos. Pero puedo explicarle hacia dónde
cae...
Y el jardinero, afortunadamente, pudo explicarlo con
suficiente claridad para que fuera posible dar con la casa.
Trévelez no se entretuvo en seguir los pasos de X por más
tiempo. Se levantó, cerró los interruptores y cruzó el laboratorio. En lugar de
dirigirse al ascensor, sin embargo, abrió una puerta y pasó a otro cuarto
subterráneo-taller magníficamente equipado. En el fondo de esta segunda
habitación había urna puerta de acero, sin cerradura visible. El director del
Instituto la abrió pasando la mano por encima del marco y volvió a cerrarla
tras sí.
Unos minutos más tarde salía un automóvil pequeño de los
jardines de la casita edificada al pie de la colina en que se alzaba el
Instituto. Iba conducido por un anciano de cabello blanco, encorvadas espaldas,
pómulos salientes y hundidas mejillas, cuyos hombros cubría una negra capa.
Nuestros lectores habrán reconocido ya en él al famoso arqueólogo profesor
Vardo.
El automóvil avanzó a toda velocidad por la carretera del
Valle de Hebrón, torció por el Paseo de San Gervasio y continuó por él hasta
introducirse por el Paseo de la Bonanova. Al llegar a Sarriá, siguió por el
Paseo de la Reina Elisenda, torció a la izquierda y fue a salir a la Diagonal a
la altura del Palacio de Pedralbes. La Avenida de Chile se encontraba casi
frente del mismo.
Por el camino había ido madurando su plan de acción. Había
decidido presentarse abiertamente, como arqueólogo, para decirle al Bey que,
habiéndose enterado de que él había adquirido la momia en la subasta, deseaba
saber si estaría dispuesto a vendérsela o, en caso negativo, si le permitiría
estudiarla.
Encontró el hotelito sin dificultad. Era el único en un
buen trecho. Detuvo el coche ante la puerta del jardín, se apeó e hizo sonar el
timbre. Nadie le contestó. Probó otra vez, con idéntico resultado. O no había
nadie en el edificio o no querían recibir visitas.
Volvió al coche y lo puso en marcha, pero no fue muy
lejos. Un poco más allá lo detuvo y, tras cerciorarse de que nadie le veía, se
quitó la capa y la volvió del revés. La capa aquella, negra por un lado, era,
por el otro, de una sustancia extraña que refractaba la luz sin reflejarla. Es
decir, los rayos de luz se desviaban al tocar su superficie, por lo que ella y
cuanto cubriera resultaba invisible, de suerte que, al echársela el profesor
nuevamente sobre los hombros, desapareció su cuerpo inmediatamente, quedando
tan sólo visible su cabeza. Esta desapareció a su vez al calarse Vardo el
capuchón de la misteriosa prenda.
Invisible ya, Vardo retrocedió hasta el hotelito, buscó la
parte más baja del muro y más oculta a posibles miradas indiscretas y saltó al
jardín.
Dio la vuelta por completo a la casa. Atisbó por una de
las ventanas de la parte de atrás y, una vez se hubo cerciorado de que la
habitación a que daba se hallaba desierta, sacó un instrumento de acero, lo
manipuló con destreza y abrió la ventana en unos segundos.
Entró por ella y la cerró, silenciosamente, tras sí. El
cuarto en que se encontraba no contenía ni un mueble. Salió al corredor,
probando puerta tras puerta.
En una de las habitaciones halló un paño en el suelo. Lo
recogió y lo volvió a dejar. Olía a cloroformo. En el cuarto siguiente halló la
momia abandonada por Balahmut. No había ninguna cosa más. Si alguien había
pasado alguna noche allí, habría tenido que dormir en el suelo.
Lo hallado, sin embargo, bastaba para que Vardo se formara
una idea exacta de lo ocurrido. Era evidente que el paño aquel había sido
empleado para cloroformizar a una persona y no cabía la menor duda de que la
persona en cuestión era la doctora Dolores Arana. Balahmut la habría llevado
allí engañada, haciéndole creer que iba a asistir a una persona enferma. La
habrían cloroformizado en cuanto entrara en el cuarto.
La desaparición de la caja de la momia y la presencia de
la momia en sí explicaba con harta frecuencia de qué medio se había valido el
secuestrador para sacarla de la casa.
El hombre invisible salió por la puerta, cruzó el jardín y
saltó la tapia. Cerca de su automóvil encontró a un joven de veintiséis o
veintiocho años, estatura regular, cabello castaño y rostro risueño que se
hubiera destacado muy poco, por su, aspecto, entre otros jóvenes de su edad,
Era Manrique-uno de los mejores agentes de Yuma. Había reconocido el coche de
Vardo y aguardaba.
—¿Has venido en coche? —preguntó, de pronto, una voz a su
oído.
El hecho de que se oyera una voz sin que se viera a
persona alguna por los alrededores no pareció extrañar al joven.
—Lo tengo cerca de aquí-contestó.
—Vuelve a él. Ve inmediatamente a todas las estaciones,
una tras otra, y averigua si ha salido por alguna de ellas el hombre a quien
buscas. No será difícil saberlo, porque llevaba consigo una momia egipcia y
tiene que haberse fijado en eso alguien. Comunica inmediatamente lo que
averigües.
—Bien-contestó el joven.
Y, sin entretenerse más, se dirigió al lugar en que tenía
el coche.
En cuarto se hubo marchado se notó una especie de
revoloteo en el aire y apareció, como flotando, la cabeza de Vardo. A
continuación apareció el cuerpo al quitarse el profesor la capa. Le dio la
vuelta, dejando la parte negra para fuera, se la echó de nuevo sobre los
hombros y subió a su automóvil. Antes de ponerlo en marcha, se llevó la mano al
reloj de pulsera y apretó la corona, transmitiendo en morse.
—A...A...A... —
Le contestaron. Transmitió entonces:
—T H... PANTALLA —
Quitó el freno y empezó a rodar el coche. Cuando hubo dado
la vuelta y arrancado a toda marcha hacia la Diagonal, preguntó en alta voz:
—¿Me oye?
Le contestaron afirmativamente por medio de la palanquita
del reloj. Garvez había sintonizado la pantalla fluorescente con uno de los
televisores del profesor, por lo que a éste no le era necesario ya el reloj
para hablar con el otro.
—¿Hay algo nuevo? —preguntó Vardo.
—Doncella reconoció nombre-respondió Garvez.
—Era de esperar. El hombre ese consiguió que R le
acompañara, sin duda haciéndola creer que había de asistir a una persona
gravemente enferma. Una vez la tuvo en la casa la cloroformizó, la metió en la
caja de una momia y se fue con ella. He mandado a X a que averigüe si ha salido
de Barcelona por alguna de las estaciones. Aparte de que se distingue por su
aspecto, facilita la investigación el que se haya llevado la caja esa.
Telefonee usted entretanto al aeródromo por si acaso ha salido por ahí. En el caso
de que resultaran infructuosas las pesquisas suyas y las de X, será preciso
recorrer las casetas de Consumos de todas las carreteras que salgan de
Barcelona, para preguntar si ha pasado por alguna de ellas. De no haberle visto
nadie en ninguno de esos sitios, ello significaría que aún se halla en la
ciudad y tendremos que recurrir a otros procedimientos. ¿Ha entendido?
La palanquita del reloj dio una contestación afirmativa.
—Nada más, pues. No podemos hacer nada hasta que
conozcamos el resultado de las indagaciones. Esperaré sus noticias en casa.
Y, echando el acelerador a fondo, Vardo se dirigió
nuevamente a su casa de las inmediaciones del Tibidabo.
CAPÍTULO VI
VARDO SALE DE VIAJE
LAS indagaciones hechas por X en las estaciones de
ferrocarril habían resultado estériles. Nadie recordaba haber visto que saliera
por ninguna de ellas, fardo alguno que se asemejara ni remotamente a una momia.
Tampoco pudo reconocer ningún mozo la descripción que hizo de Balahmut.
Garvez había telefoneado al aeródromo siguiendo las
instrucciones de Vardo, pero, como quiera que ninguno de los que se hallaban
allí aquel día había estado de guardia el anterior, perdió el tiempo
miserablemente.
Trévelez, sentado nuevamente ante la pantalla de su
laboratorio secreto, empezó a dar nuevas órdenes.
—X-dijo —, debe marchar inmediatamente al Prat y obtener
los nombres y señas de cuantos empleados se hallaban de guardia ayer,
especialmente de los vistas de Aduana. Si Balahmut salió por ahí con la momia,
habrán querido saber lo que llevaba antes de dejarle salir del país.
«En cuanto averigüe todo eso, es preciso que visite a los
vistas de Aduana, y si éstos no pueden darle noticia alguna, a todos los
empleados del aeródromo, uno por uno. Entretanto, para perder el menor tiempo
posible, es conveniente que T, U e Y empiecen a recorrer las casetas de
Consumos. Explíqueles lo que han de hacer.»
Mientras Garvez obedecía, Trévelez se puso a completar un
trabajo que emprendiera algún rato antes y que lo había abandonado
momentáneamente: la instalación de dos pantallas nuevas, una a cada lado de la
ya montada. Su propósito era colocar dos más cuando tuviera tiempo, una a su
derecha y otra a su izquierda, para poder tener a la vista a cinco personas al
mismo tiempo cuando fuera preciso.
En cuanto terminó de instalar las dos pantallas sintonizó
con X y la otra con Y, viendo cómo ambos se disponían a obedecer las órdenes
que acababa de enviarles Garvez.
Mientras observaba y escuchaba las conversaciones de sus
agentes su mente no estaba ociosa. ¿Con qué objeto-se preguntaba-habría sido
secuestrada la doctora Arana?
La primera contestación que acudió a la mente ante esta
pregunta era que se la había hecho víctima de un secuestro con el exclusivo
objeto de pedir rescate. Pero no podía ser así. Lo natural hubiera sido que los
secuestradores dieran a conocer inmediatamente sus pretensiones, cosa que no se
había hecho.
Podría saberse que la doctora tenía invertido capital en
la Clínica del doctor Prensa, y, por consiguiente, deducirse que disfrutaba de
una posición holgada por lo menos. ¿Era esto suficiente, sin embargo, para que
persona alguna creyera justificado el riesgo del secuestro?
¿Quién garantizaba a los secuestradores que la doctora
poseía otro capital que el invertido en la Clínica?
El hecho de que los secuestradores conocieran la dirección
de Dolores Arana no tenía nada de particular. Verdad era que en la Clínica se
hubieran negado a dar sus señas si se las hubieran pedido, pero el nombre de la
doctora figuraba en el listín de Teléfonos, con lo que era fácil averiguar
dónde vivía.
Una cosa le extrañaba a Trévelez, sin embargo. ¿Cómo había
conseguido Balahmut que la joven le acompañase? Dolores no ejercía más que en
la Clínica y sólo asistía fuera de ella a los que habían sido o eran pacientes
de la misma, pero a nadie más. ¿La convencería el hombre alegando que se
trataba de un caso grave y urgente? No, porque Dolores le hubiera dicho que
avisara a otro médico, cosa que podía hacer el otro sin perder tiempo porque
había uno en el piso de debajo de la doctora. Entonces, ¿cómo había podido
convencerla?
Renunció a hallar contestación a esta pregunta de momento.
Y había conseguido ya las señas de todo el personal del aeródromo gracias a que
era muy conocido en la Dirección.
En la pantalla de la izquierda pudo verle dirigirse al
domicilio del primero de ellos, escuchó sus palabras y las de la mujer que le
abrió y supo que se hallaba ausente.
Mientras X volvía a su coche, Trévelez vio en la pantalla
de la derecha a Y que interrogaba a un consumero con resultado negativo.
Manipuló los controles de la pantalla central y desapareció la imagen de
Garvez. Estaba sintonizada ahora con los televisores del agente T que, en
aquellos momentos, hacía preguntas en una caseta de Consumos con idéntico
resultado que Y.
X, entretanto, llegó a casa del segundo empleado de
Aduanas, a quien tampoco encontró, pero supo allí que con toda seguridad se
encontraría en el Oro del Rhin. Dio las gracias y marchó a toda velocidad al
café en cuestión. Dejó el coche en la Gran vía, cerca de la Rambla de Cataluña,
y entró en el café.
Se sentó a una mesa y, al acercarse el camarero, le
preguntó si se hallaba allí, en aquellos momentos, un tal señor Duranes, de
Aduanas. El camarero contestó afirmativamente, e indicó que se encontraba en
una mesa vecina, acompañado de varios otros señores.
—¿Tiene la bondad de decirle que deseo hablarle con
urgencia? —le suplicó X.
—Sí señor, ahora mismo se lo diré.
Se acercó a la otra mesa y dijo unas palabras en voz baja
a uno de los que la ocupaban. Éste se levantó, un poco extrañado, y se trasladó
a la de X.
—Me ha dicho el camarero que tenía usted necesidad de
hablarme-dijo —. ¿En qué puedo servirle? La verdad, no creo tener el gusto de
conocerlo...
—Le ruego que perdone la molestia que le ocasiono-le
contestó Manrique —. Se trata de algo, no obstante, que tiene mucha importancia
para mí. Aquí tiene usted una carta de presentación de la Dirección del
aeródromo. ¿Tiene la bondad de leerla?
El hombre la tomó, la leyó en silencio. Dijo, tornándose
más amable:
—No me es desconocido su nombre. Lo he visto numerosas
veces en las notas de sociedad. Desde luego no tengo inconveniente en servirle
en lo que pueda, máxime en vista del interés con que me piden desde el
aeródromo que le atienda a usted todo lo mejor que pueda. ¿Qué es lo que
deseaba usted?
—Quiero que me saque de una duda-contestó Manrique —.
Necesito dar con el paradero de un señor con quien debía haber tenido una
entrevista ayer. Por desgracia, una serie de circunstancias imprevistas me
impidieron que acudiera a la entrevista y, al dirigirme hoy a su casa, he
descubierto que está cerrada. El señor en cuestión parece haberse ausentado de
Barcelona...
—Y ¿en qué puedo yo ayudarle? —inquirió Duranes.
—Ese señor poseía una cosa que yo tenía mucho interés en
comprarle. Le convencí a. medias. Quedé en verle ayer con el fin de llegar a un
acuerdo sobre el precio. Me advirtió que pensaba marcharse de Barcelona, pero
yo no creí que lo hiciera tan aprisa. No me dijo dónde pensaba marcharse y
quisiera encontrarle. Usted podrá decirme si salió por aire, ya que lo que
llevaba, que es lo que yo quería comprar, forzosamente le llamaría la atención
si estuvo en el Prat.
—¿Qué cosa era ésa?
—Una momia egipcia. El hombre que la llevaba se llamaba
Balahmut Bey.
—¡Ah! —exclamó Duranes—. Le recuerdo perfectamente. Sí que
salió por el aire. Y por cierto que le obligué a abrir la caja, para asegurarme
de que era una momia lo que se llevaba, puesto que solamente para sacar una
momia tenía permiso.
—¿A dónde dijo que iba?
—A Egipto. Y su pasaporte lo confirmaba.
—¿Viajó en avión propio?
—No, alquiló uno en el aeródromo. Lo tenía va contratado
desde el día anterior.
—Ya... Supongo que no sabrá a qué parte de Egipto se
dirigía, claro está.
—No tengo la menor idea. Tal vez lo sepa el piloto que le
condujo.
—Tiene usted razón. ¿Podría darme las señas de ese
aviador?
—Lo siento. No las conozco. Pero pueden dárselas en el
aeródromo. Lo único que sé es que se llama Francisco Verdier.
—Muchas gracias, señor Duranes-dijo Manrique, tomando nota
del nombre —. Le estoy muy agradecido por su amabilidad y le suplico nuevamente
que me perdone las molestias que le he ocasionado.
—No me ha causado molestia alguna y celebro haberle podido
ser de alguna utilidad. Si no desea nada más...
—Nada-respondió Manrique, levantándose al ver que se ponía
en pie el otro —. Si alguna vez puedo serle yo útil en algo...
Se estrecharán la mano. Duranes volvió a su mesa. Manrique
se dirigió a la cabina telefónica y pidió comunicación inmediatamente con el
aeródromo. Esta vez tuvo suerte. El piloto que había conducido a Balahmut
acababa de regresar. Pidió que le interrogaran por cuenta suya, pero, en lugar
de eso, llamaron al piloto para que se pusiera al aparato después de haberle
dicho que podía contestar sin reservas a lo que le preguntaran.
Por él supo Manrique que Balahmut se había hecho conducir
a Alejandría, junto con su compañero y la momia.
—¿Su compañero? Sería el conductor de su automóvil, ¿no?
—inquirió X.
—No señor, el conductor volvió a marcharse con el coche
después de haber subido a bordo los dos hombres.
No pudo averiguar nada más y colgó el aparato, repitiendo
en alta voz en la cabina cuanto le había dicho el hombre para que le oyera
Trévelez.
—Averigua si alguien se fijó en el número de matrícula del
coche y si vio en qué dirección marchaba-le ordenaron —. Más vale que vuelvas
al aeródromo para eso. Te resultará más fácil.
Una vez dada esta orden, Trévelez cerró el interruptor de
la pantalla de la izquierda y habló con Garvez.
—No es necesario que retire usted a T, Y y U-dijo —.
Limítese a decirles que el hombre por quien han de preguntar no llevaba la
momia. A lo mejor dan con el rastro del conductor del coche. Lo más probable es
que éste haya marchado de Barcelona y se disponga a ir a reunirse con Balahmut
partiendo desde otro sitio. Si dan con él, que le sigan e informen. Podría
conducirnos a la guarida del secuestrador. Ya me tendrá usted al corriente.
Creo que ha llegado el momento de que el profesor Vardo emprenda un viaje.
Entretanto, sin embargo, comunique con Q. Debe encontrarse en El Cairo.
Ordénele que se vaya a Alejandría y procure dar con la pista de Balahmut. Tal
vez sepan en el aeródromo a dónde marchó desde allí. Cuando X informe, dígale
que salga para Alejandría y aguarde allí órdenes... a menos que haya
descubierto algo de importancia que crea usted deba atender él.
—De acuerdo-contestó Garvez —. ¿Nada más?
—Nada más de momento.
Trévelez cerró los interruptores de todas las pantallas y
volvió a introducirse por la puerta de acero del taller. Unas horas más tarde
el profesor Vardo aterrizaba en Roma, donde hizo su primera comida del día en
un hotel.
CAPÍTULO VII
UNA DEDUCCION SORPRENDENTE
AUN no había amanecido cuando el avión de pasajeros
aterrizó en el aeródromo de El Cairo, pero faltaba poco para que rayara la
aurora. Desde un alminar cercano flotaba la voz del almuédano llamando a los
fieles a la oración:
—¡Al-lah akbar (¡Dios es el más grande!) ¡Al-lah akbar!
¡Al-lah akbar!... ¡Al-lah akbar!...
Los viajeros empezaron a bajar de la aeronave. La voz del
almuédano seguía sonando:
—¡La Il-lah il Al-lah! (¡No hay más Dios que Dios!)... ¡La
Il-lah il Al-lah!
¡Mohamed rasul Al-lah! (¡Mahoma es el profeta de Alá!)...
¡Mohamed rasul Al-lah... ¡Haye ala es salah! (¡Acudid a la oración!)... ¡Haye
ala es salah!... ¡Al-lah akbar!... ¡Al-lah akbar!... ¡La Il-lah il Al-lah!...
¡La Il-lah il Al-lah!
A pesar de ser tan temprano, habían acudido al aeródromo
los coches de algunos de los hoteles de El Cairo, entre ellos el del
Shepheard's, el del Semiramis, el del New Khedivial y el del Mena House, hotel
situado al pie mismo de las Pirámides.
No eran muchos los pasajeros. La mayor parte se componía
de turistas. Uno se destacaba, sin embargo, de los demás por su elevada
estatura. Era un hombre rubio, vestido de dril, con salacot. El bronceado
rostro le colocaba en una categoría distinta a la de los demás. Era evidente
que no se trataba de un turista, sino de un hombre avezado al clima de los
trópicos.
Este, no bien se halló en tierra, se dirigió sin vacilar
al coche del Semiramis y subió a él. En cuanto llegó al hotel y se vio solo en
su cuarto, se dio un baño y pidió, luego, que le sirvieran de desayunar.
Mientras aguardaba, llevó una mano a su reloj de pulsera, oprimió la Corona del
mismo, y empezó a llamar:
—Q... Q... Q...
—Q-le respondieron a los pocos instantes.
—TH-deletreó —. Informa.
—Llegaron anteayer dos hombres cuya descripción
corresponde a la de los que se busca-le anunciaron —. Llevaban un bulto. No
cabe la menor duda de que se trataba de una momia. Un hombre los aguardaba en
el aeródromo. Marcharon juntos. Aun no he podido averiguar dónde fueron, pero
la impresión que tengo es que salieron de Alejandría en seguida, porque
diríase, que han desaparecido. Sigo investigando.
—Bien. Aguardaré en El Cairo nuevas noticias. Es inútil
que vaya a Alejandría si esos hombres no están ya allí.
—¿Nada más?
—De momento, no-respondió el hombre rubio.
Y, cambiando la longitud de onda de su reloj marcó:
—X... X... X...
—X.
—Informa.
—El piloto no sabe nada. Condujo a los hombres a
Alejandría donde aterrizó de noche. Un hombre esperaba en el aeródromo y se fue
con ellos. Informé a A y, obedeciendo instrucciones, salí inmediatamente para
Alejandría, donde me encuentro. Hotel Windsor.
—Tus informes confirman los de Q. Este sabe lo mismo que
tú. No ha podido dar con la pista después de la salida del aeródromo, aunque
tiene la impresión de que esos hombres no se hallan ya en la población. Yo no
me moveré de El Cairo, hasta que sepa en qué dirección marcharon. Investiga tú
también, a ver si eres más afortunado que Q.
—Bien, jefe. ¿Algo más?
—Nada.
Llamaron a la puerta.
—¡Adelante!
Entró un criado con una bandeja que dejó sobre la mesa.
—El desayuno, señor Swindon-dijo.
—Gracias.
—¿Desea alguna cosa más? ¿Quiere un trujamán para que le
enseñe la población?
—Gracias-repitió Swindon —; no necesito intérprete ni
guía. Hablo el idioma y conozco perfectamente el país. Si quiero ver algo, iré
solo.
—Perdone el señor. No sabía...
—Claro que no-le interrumpió Swindon —. Usted no podía
saberlo. Ya le llamaré si necesito algo más.
El hombre se retiró, algo corrido. Swindon no se puso a
desayunar inmediatamente, sin embargo. Le faltaba expedir otro mensaje primero.
Volvió a usar el reloj.
—A... A... A...
—A.
—Ya está.
—Pantalla.
—Informe-ordenó entonces Swindon, abandonando el reloj y
usando la onda del televisor como vehículo para su voz.
—Se ha completado el recorrido de las casetas de Consumos.
No ha sido visto ningún hombre que corresponda a la descripción dada. Debe
encontrarse en Barcelona aún.
—A menos que haya marchado en avión particular que
estuviera aparcado en algún lugar oculto-repuso Swindon, poniéndose a desayunar
mientras hablaba.
—Es una posibilidad-asintió Garvez.
—No obstante, si hubieran tenido esos hombres un avión
escondido, lo lógico hubiese sido que lo emplearan todos para salir de
Barcelona en lugar de recurrir al aeródromo oficial. Allí una momia había de
llamar forzosamente la atención. Si su avión particular era demasiado pequeño
para llevarlos a todos, hubiera podido con la momia por lo menos, aunque los
demás tuviesen que fletar otro avión. Se me antoja que el hecho de que cargaran
con la momia, para salir por el Prat, es una prueba concluyente de que no poseían
medio alguno de huida como el que usted insinúa.
—A menos que sea una prueba concluyente de todo lo
contrario —respondió Swindon.
—¿Qué quiere usted decir con eso? —inquirió Garvez.
Y en su voz se notaba un dejo de sorpresa.
—Nada de momento. Pero empiezo a tener una teoría extraña,
de la que, posiblemente, le hablaré más tarde. ¿Se han recibido noticias de R?
—No. Le pedí a la doncella que se pusiera en comunicación
conmigo en cuanto supiera algo. En vista de que no recibía noticias suyas, sin
embargo, telefoneé. R no ha dado señales de vida hasta la fecha. Hay varias
cosas extrañas en este asunto. Si la secuestraron para exigir rescate, ¿por qué
no han dejado alguna nota ya los secuestradores? Y ¿por qué se la han llevado
tan lejos? Igual hubieran podido tenerla prisionera algún tiempo en Barcelona.
Además, ¿cómo es que R no ha hecho uso de su reloj?
—La más fácil de contestar de esas preguntas es la
última-dijo Swindon —. R no ha hecho uso del reloj por la sencilla razón que no
le ha sido posible. La pillaron por sorpresa. La cloroformizaron antes de que
pudiera hacer el menor movimiento para alcanzar el reloj. Mientras permaneció
bajo los efectos de la droga, no pudo usarlo, como es natural. Si ha recobrado
ya el conocimiento, su silencio puede explicarse de tres maneras; o se
encuentra aún dentro de la caja de la momia, y no hay espacio suficiente para
qué pueda alcanzarse una mano con la otra; o está atada de pies y manos; o le
han quitado el reloj de pulsera... siempre suponiendo que no haya muerto, cosa
que me resisto a creer que haya sucedido.
—Sólo se concibe que le quitaran el reloj si conocían su
verdadera naturaleza-objetó Garvez —. Y...
—No necesariamente. Claro que cabe esa posibilidad. Pero
también es posible que se lo quitaran como cualquier otra cosa de valor que
llevara encima, simplemente por robarla. No olvide que el reloj de R es de oro
y que lo hice adornar con pedrería para que pareciese más femenino y llamase
menos la atención en su muñeca.
—Es cierto.
—Sea como fuere, nada adelantamos teorizando. ¿Se puso
usted en comunicación con la Clínica?
—Sí, pero aun saben menos que la doncella. No han vuelto a
tener noticias de ella desde que telefoneó para decir que quizá no iría la
tarde en que fue secuestrada.
—Bien. Es posible que necesite a T y a Y. Por si acaso,
dígales que salgan lo más aprisa posible de Barcelona. No sé dónde pueden
hacerme falta y no quiero concentrarlos a todos en el mismo sitio. Que se
instalen en el Hotel Marina Palace, en Port-Said, y aguarden órdenes allí. ¿Ha
comprendido?
—Perfectamente.
—Nada más, pues.
Terminó Swindon el desayuno, pero no se movió de su
asiento. Estaba reflexionando y el tema de sus reflexiones era la extraña
teoría de que le hablara a Garvez.
Cuanto más lo pensaba, más se convencía de que el
secuestro de la doctora Dolores Arana obedecía a un plan mucho más complejo y
de mucho mayor alcance de lo que en un principio habían supuesto. Al propio
Garvez se le habían ocurrido algunas preguntas difíciles de contestar. Las
mismas preguntas, y muchas más por añadidura, se había hecho ya Swindon hacía
tiempo. Por eso había empezado a forjar lo que él llamaba una “teoría
extraña", pero que, lejos de ser tal, era, en realidad, una serie de
deducciones lógicas, basadas en un concienzudo análisis de los hechos
conocidos.
Tres cosas habían llamado poderosamente su atención en los
primeros momentos.
1.° La presencia de Balahmut en la subasta.
2.° La visita de Balahmut a la doctora.
3.° La llegada de Balahmut al aeródromo del Prat.
A ellas podía agregar ahora una cuarta que reforzaba sus
deducciones de las tres primeras y que pertenecía al mismo orden de ideas: la
aparición de Balahmut en Alejandría.
Y era el mismo hecho el que le había llamado la atención
en los cuatro casos, Balahmut había usado el mismo nombre y conservado el mismo
aspecto en todos ellos.
¿Por qué?
El hombre que se dispone a cometer un delito procura hacer
desaparecer sus huellas, no dejar rastro alguno que pueda servir para dar con
su paradero, no dejarse ver por persona alguna que pueda reconocerla después.
Admitiendo que Balahmut asistiera a la subasta con este
nombre y aspecto, ¿por qué no había adoptado un disfraz cualquiera y usado un
nombre distinto para ir a casa de Dolores? Y, ya que tampoco lo había hecho,
¿por qué no se había disfrazado y empleado nombre distinto para ir al
aeródromo?
Todo ello parecía indicar que le tenía completamente sin
cuidado que le reconociesen.
Aun había más, sin embargo. En la subasta, había atraído
hacia sí todas las miradas pujando de una manera absurda, doblando
innecesariamente las cantidades ofrecidas por otros postores. Había creado la
impresión de que la momia le interesaba tanto, que estaba dispuesto a
llevársela costara lo que costase.
Un hombre que está a punto de cometer un delito no llama
la atención de manera semejante y mucho menos deja su nombre verdadero y sus
señas para que le manden a casa el objeto que ha comprado. Balahmut podía
haberse llevado la momia en su automóvil y no hubiera tenido necesidad de que
nadie se enterase de su nombre ni de su domicilio.
Bien mirado, todo parecía indicar no sólo que a Balahmut
no le importaba que pudiera identificársele, sino que había hecho todo lo
posible para que resultara muy fácil seguir su rastro.
En efecto, si se hubiera denunciado el secuestro de la
doctora, la policía, con ayuda de la descripción que les diera la doncella, no
hubiese tardado en saber que un individuo cuyas señas correspondían a las del
secuestrador había adquirido una momia en pública subasta. La doncella hubiera
reconocido el nombre y se hubiese registrado la casa de la Avenida de Chile. El
hecho de que Trévelez se hallara en la subasta había precipitado los
acontecimientos; he ahí todo. El descubrimiento se hubiera hecho igual aunque
él no hubiese asistido; sólo que con un poco más de retraso. Balahmut debía
haberlo comprendido así.
Para dar mayores facilidades, el secuestrador se había
dejado en la Avenida de Chile la momia, que tanto parecía codiciar, llevándose
únicamente lo que valía menos: la caja. Y para que no cupiera la menor duda
acerca del uso que había hecho de ella, se había dejado también un paño
empapado en cloroformo. No le hubiera costado nada hacer desaparecer momia y
paño, que, después de todo, le comprometían. Pero no lo había hecho.
En el aeródromo había abierto la caja en Aduanas,
exhibiendo una momia. ¿Qué momia? ¿No se la había dejado acaso en el hotelito?
La policía hubiera deducido en seguida que lo que había pasado por la Aduana
era una persona cloroformizada —envuelta en vendajes para que pareciese una
momia.
La desaparición del conductor del automóvil de Barcelona
sin usar estaciones de ferrocarril, aeródromo, ni carreteras, parecía indicar
la existencia de un avión, oculto en alguna parte, que le había servido para
escaparse. ¿Por qué no se había empleado para sacar en él la momia? Porque así
se hubiera perdido todo rastro de ella.
Esta resultaba la única explicación plausible. Es decir,
Balahmut había salido por el Prat nada más para que se viese la momia y se
supiera que había salido por allí. Y sólo con ese fin, se había comprado la
momia, evidentemente. No hacía falta para nada si se empleaba el avión oculto,
puesto que hubiera cabido en él la doctora, y mucho más fácilmente, sin el
engorro de la caja.
Pero, más. En lugar de fletar el avión, depositar su
valor, y llevar él su propio piloto, Balahmut había alquilado avión y piloto
medio infalible para que se supiera donde se había dirigido. Era una manera de
ahorrar trabajo y tiempo a sus posibles perseguidores listos hubieran podido
averiguar con tiempo dónde había aterrizado, si lo hacía en un aeródromo
público, porque es imposible ocultar una momia en semejantes circunstancias.
Hubiese sido preciso comunicar con todos los aeródromos del mundo, sin embargo,
y la cosa hubiera ido más despacio.
En resumen, que un secuestrador corriente, por poco
inteligente que fuese, se hubiera abstenido de llamar la atención, asistiendo a
una subasta y comprando una momia, hubiese buscado una oportunidad de pillar a
la doctora a solas, para secuestrarla sin testigos; la hubiera llevado a su
avión y hubiese desaparecido con ella sin dejar rastro.
Con lo que quedaba demostrado que el propósito de Balahmut
al secuestrar a Dolores Arana era asegurarse de que le siguieran. ¿Quién? ¿La
policía? No, evidentemente. ¿Qué interés podía tener el hombre aquel en que le
siguiera la policía? Ninguno. El hecho de que no hubiese mandado nota alguna
exigiendo rescate por la joven, sólo podía querer decir una cosa si se tomaba
en conjunto con los demás detalles conocidos: Dolores no era más que el cebo
que se empleaba para atraer a otra persona.
Y como a la doctora no se la conocía persona lo bastante
allegada a ella para ser capaz de emprender personalmente la persecución del
secuestrador, en lugar de hacer uso de las autoridades (las que, por añadidura,
tenían más medios para hacerlo con éxito), era preciso suponer que Balahmut
había logrado penetrar el secreto de la joven. Balahmut sabía que la doctora
Dolores Arana era agente de Yuma. Más aún: sabía que la joven inspiraba a Yuma
un afecto más profundo que el de la simple amistad y que no se conformaría con
dejar que sus agentes rescataran a la muchacha, sino que se encargaría él,
personalmente, de acudir en su socorro.
¿Quién era aquél hombre? ¿Cómo había averiguado la clase
de lazos que unían a la joven y al misterioso ser ante cuyo solo nombre
temblaban los criminales del mundo? ¿Habría descubierto asimismo la verdadera
identidad de Yuma?
Swindon se levantó de su asunto, con una expresión dura en
el semblante. La contestación a todas aquellas preguntas podía aguardar. Los
planes, de Balahmut se verían coronados por el éxito, por lo menos en parte.
Yuma acudiría en socorro de Dolores Arana, en efecto, pero iría prevenido y no
caería en una trampa.
Nada pensaba hacer de momento. Se limitaría a esperar. O
mucho se equivocaba, o el propio secuestrador se encargaría de suministrar la
pista que condujera a su guarida.
CAPÍTULO VIII
EL DESPERTAR DE DOLORES
DOLORES Arana exhaló un suspiro, se pasó la mano por la
frente, abrió lentamente los ojos... Se hallaba tendida boca arriba, bajo...
¿un palio? Lo parecía, Parpadeó. Volvió a mirar. No era un palio, sino un
dosel. De raso. Volvió la mirada hacia la izquierda. Unas cortinas, de raso
también, le impedían ver más allá, pero se filtraba por ellas luz suficiente
para que se diera cuenta de lo que había a su alrededor.
Estaba completamente vestida y echada sobre mullidos
cojines. ¿Qué lugar era aquél? ¿Cómo había llegado allí? ¿Qué había sucedido?
Volvió a cerrar los ojos para coordinar mejor. Poco a poco lo fue recordando
todo; la visita de Balahmut, la llegada a la casa de la Avenida de Chile, el
paño empapado de cloroformo...
Al comprender que se hallaba prisionera, su primer impulso
fue apresurarse a dar a conocer su situación. Llevó la mano a la muñeca y...
¡no llevaba el reloj! Experimentó cierta sensación de alarma en los primeros
momentos. ¿Era posible que su secuestrador hubiera descubierto que, además de
marcar la hora, servía para transmitir mensajes? Luego, pensándolo mejor, se
tranquilizó. No podía saber Balahmut eso. Sólo se lo habría quitado al ver que
era de oro y brillantes.
¿Por qué la habrían secuestrado? Para pedir rescate por
ella, seguramente. En tal caso, habrían mandado una nota a su casa, o a la
Clínica, y Yuma se hallaría ya sobre la pista. Pero ¿dónde se encontraba?
¿Cuánto tiempo había estado sin conocimiento? Sentía náuseas como consecuencia
del cloroformo que aspirara. Lo que la extrañaba era aquel dosel, aquellos
cojines, aquellas cortinas... ¿Sería aquella una de las habitaciones de la casa
de la Avenida de Chile? Si no se encontraba allí, no podía estar muy lejos de
dicho sitio; el tiempo que duraran los efectos del cloroformo no podía haber
sido muy grande y su traslado se había llevado a cabo hallándose ella sin
conocimiento.
Decidió investigar y alargó una mano, apartando las
cortinas. Su lecho se hallaba en una habitación grande, cuyas paredes estaban
cubiertas de tapices orientales. En el centro del cuarto había una mesita
moruna y unos cuantos cojines a su alrededor.
Al moverse la cortina, una mujer, vestida a la usanza
oriental, que estaba junto a una ventana con celosía, acudió presurosa a su
lado e hizo una reverencia.
—¿En dónde estoy? —preguntó Dolores—. ¿Quién me ha traído
aquí?
La mujer movió negativamente la cabeza. Abrió la boca y
señaló. La doctora se estremeció de horror. ¡La infeliz aquella no podía
contestarle, porque carecía de lengua! No obstante, mediante señas, le dio a
entender que debía aguardar unos momentos e inmediatamente se dirigió a la
puerta de la estancia. Abrió, asomó la cabeza, agitó un brazo y volvió al lado
de Dolores, quedando junto a ella con los brazos cruzados.
La joven se incorporó, pero empezó a darle vueltas la
cabeza y tuvo que echarse de nuevo. La muda pareció comprender lo que le
ocurría. Se cercó a la mesita y volvió con un vaso, que le dio a beber.
Contenía éste un líquido de sabor agradable y olor balsámico, y Dolores,
después de vacilar unos instantes, lo apuró de un trago. No tardó en quedar
demostrada la eficacia del cordial. La cabeza se la despejó por completo;
desaparecieron las náuseas y, cuando intentó incorporarse de nuevo, pudo
hacerlo sin dificultad.
Apenas hubo saltado del lecho, se abrió la puerta del
cuarto y entró Balahmut Bey, acompañado de un gigantesco negro que se quedó
junto a la entrada.
—¡Ah, doctora! —dijo el hombre, adelantándose con una
sonrisa—. ¡Cuánto celebro que haya recobrado usted el conocimiento!
—¿Qué significa esto, caballero? —exclamó ella—. ¿Dónde
estoy? ¿Por qué se me ha traído aquí?
—Lamento mucho haber tenido que recurrir a métodos tan
poco caballerescos para que me acompañase-respondió él —; pero estoy seguro que
no hubiera accedido usted a hacerlo si se lo hubiera pedido.
—Pero, ¿por qué se me ha secuestrado? ¿Cuánto tiempo he
estado sin conocimiento? ¿Dónde estoy?
—Sólo a una de esas preguntas puedo contestar. Ha estado
dos días sin darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor...
—¡Dos días! —exclamó la joven, con asombro—. ¡Imposible!
¡No puedo haber estado dos días bajo los efectos del cloroformo!
—Del cloroformo, no-asintió Balahmut —. La cantidad que
absorbió usted hubiera sido insuficiente para mantenerla sin conocimiento más
de quince o veinte minutos. La suplí con una inyección cuyos efectos duran, sin
poner en peligro la vida ni la salud de quien la recibe, de cuarenta y ocho a
setenta y dos horas.
—¿Qué pretende hacer de mí?
—¿Yo, doctora? ¡Nada! No podría aunque quisiera. ¿Ve usted
ese gigantesco negro? Es un eunuco que ha sido designado como guardián suyo.
Permanece en guardia al otro lado de la puerta. Pero tiene orden de no dejarla
sola con nadie más que con Zoraida.
—¿Orden de quién?
—Del mismo que ordenó vuestro secuestro y del que yo no
soy más que un simple servidor... aunque de confianza. Ya le conoceréis. Es su
deseo hablaros. Tal vez él sea más explícito que yo. Sólo él puede serlo.
¿Habéis visto la boca de Zoraida? Así castiga mi señor al que le desobedece y
habla. Yo no quiero verme con la lengua cortada como ella... y como el eunuco
que os guarda. Nada más os puedo decir. He venido con el exclusivo objeto de
advertiros que no tardará mi señor en llamaros y que, entretanto, todo lo que
necesitéis os será traído y se os servirá de comer cuando tengáis apetito.
Pedidlo. Zoraida no puede hablar, pero tiene un oído muy fino y ha recibido
orden de obedeceros... hasta cierto punto, naturalmente.
—¿Entiende el español también? —inquirió la doctora.
—No. Ni es necesario que lo entienda. Con el árabe le
basta. No ignoro que habláis a la perfección ese idioma.
—Quien eso os dijo...
Balahmut la interrumpió con un gesto.
—Fingid desconocerlo si queréis-murmuró —. Tanto peor
será, puesto que sólo con ese idioma podéis haceros entender de vuestros
servidores. Adiós, doctora. He cumplido mis órdenes y me retiro.
—Aguardad. Es preciso...
—Perdonad mi sordera, doctora-contestó el hombre —. Tengo
mis órdenes y las cumplo. ¡Guárdeme Alá de incurrir en las iras de quien me
manda!
Y salió del cuarto, seguido del eunuco, que seguramente
quedaría apostado fuera.
Dolores volvió a dejarse caer sobre los cojines que la
habían servido de lecho.
¡Dos días! ¡Cuarenta y ocho horas sin conocimiento! El
saber eso, lejos de apenarla, la daba ánimos nuevos. Porque en dos días Yuma
habría tenido tiempo de hacer investigaciones, de ponerse sobre su pista. Y era
posible que se hallara muy cerca de ella en aquellos instantes.
Por su parte, nada podía hacer ella de momento. Ignoraba
dónde se encontraba y, además, mal podría escapar de aquel cuarto, sin armas.
¿Quién era el misterioso señor que la había hecho secuestrar? ¿Con qué objeto
lo había hecho? Era inútil devanarse los sesos intentando adivinarlo. Tal vez,
cuando hablase con ella, él mismo aclararía el misterio. Posiblemente también,
si se la sacaba, de aquel cuarto para conducirla a su presencia, podría
formarse una idea del lugar en que estaba encerrada y hacer luego sus planes
con mayores probabilidades de éxito. Transcurrió, lentamente, el tiempo, tanto
más lentamente para ella cuanto que carecía de medios para medirlo. Se levantó
de los cojines y se acercó a la ventana, atisbando por la celosía. Desde allí
no se veían más que unos árboles y, aun éstos, confusamente. Pensó en
interrogar a Zoraida, pero desechó la idea. Si tanto temía Balahmut a su señor,
como él le llamaba, más le temería la infeliz mujer aquella, sobre todo si, en
efecto, era él quien le había hecho arrancar la lengua.
Vino a sacarla de su abstracción el ruido que hizo la
puerta al abrirse. El eunuco había vuelto a entrar en la estancia, y Balahmut
con él.
—¿Habéis vuelto? —exclamó Dolores—. ¿Estáis dispuesto
a...?
—Sólo como mensajero, señora-la interrumpió él —. Mi señor
desea hablaros. Vengo, por lo tanto, a conduciros a su presencia.
Se inclinó ante ella y fue a colocarse a un lado de la
puerta, invitándola, con un gesto, a que saliera.
Dolores alzó la cabeza muy alta y salió como una reina.
Balahmut se colocó a su lado. El eunuco, fiel a su consigna, cerró la marcha.
Avanzaron por un corto pasillo, cruzaron varias
habitaciones desiertas, llegaron a una puerta junto a la que dos nubienses, sin
más prenda que un taparrabos, montaban guardia. Ante ella se detuvieron.
Los nubienses, como si hubieran recibido órdenes con
anticipación, apartaron las cortinas de la entrada a uno y otro lado.
—Adelante, doctora-dijo Balahmut —; mi señor os espera.
Dolores vaciló un instante. Luego, se cuadró de hombros y
entró decidida. El hombre la siguió. Los nubienses dejaron caer las cortinas.
CAPÍTULO IX
EL MISTERIOSO "TUAREG"
LA habitación en que se encontró la doctora estaba
amueblada a la europea, pero el hombre que se alzó de la cómoda butaca para
salirle al encuentro vestía como los nómadas del desierto. El clásico velo de
los tuaregs le cubría el rostro, dejándole destapados los ojos tan sólo: unos
ojos grandes, negros, penetrantes, cuya mirada causaba desasosiego. Mediría
unos dos metros de estatura y su indumentaria no lograba disimular la anchura
de sus espaldas.
—Bienvenida a mi morada, señora-dijo —, llevándose las
manos a la frente y pecho en oriental saludo—. Mis agentes no supieron haceros
justicia. Sois aún más bella que cuantas descripciones de vos me habían hecho.
—Si esperáis hacerme olvidar vuestra conducta con
halagos-respondió Dolores en árabe, que era el idioma en que le había hablado
el otro —, podéis ahorraros la molestia. ¿Quién sois? ¿Por qué me habéis
secuestrado?
—¡Ah, señora! ¿Qué importa mi nombre? Llamadme Amri. No es
mi nombre, pero vale tanto como cualquier otro. Dignaos tomar asiento, os lo
suplico, y seré complaciente. Responderé a vuestra segunda pregunta y disiparé
las dudas que os atormentan.
Señaló uno de los sillones con una leve reverencia y
Dolores, tras dudar unos instantes, acabó aceptando la invitación. El tuareg se
dejó caer en un asiento, frente a ella. Durante unos momentos contempló, en
silencio, los candorosos ojos azules, los labios gordezuelos y rojos; el blanco
y ovalado rostro nimbado por rubia cabellera, recreándose en su exquisita
hermosura.
—¡Lástima-dijo por fin —, que una mujer de vuestra belleza
e inteligencia pierda el tiempo amando a un hombre que ni de ella se acuerda!
—No os entiendo.
—Conozco vuestro secreto. Es inútil todo disimulo conmigo.
Aquél a quien amáis ha sido muy poderoso, es cierto, pero la rueda de la
Fortuna gira y nadie puede detenerla. El punto que antaño estuvo en el cenit,
hogaño toca al ocaso y mañana llegará a la nada. Pero vos... vos no tenéis
necesidad de hundiros con él. No os afiancéis en punto alguno de la rueda,
señora... dejad que ruede sola bajo vuestros pies.
—Repito que no os entiendo-dijo la doctora, ocultando la
alarma que empezaba a sentir.
—¿Os empeñáis en disimular? Sea. Hablaré más claro para
que comprendáis cuán inútil es vuestra absurda actitud.
Hizo una pausa. Luego, sin apartar la mirada de la joven,
prosiguió:
—Hubo un hombre que se creyó superior al resto de la
Humanidad. Ese hombre, cuya inteligencia no niego, se propuso reformar a todos
aquellos cuyos principios morales no estuvieran de acuerdo con los suyos.
Muchos otros lo han intentado, me diréis. ¡Ah, sí! Pero ninguno de ellos
contaba con los medios de que dispone el hombre de que os hablo. Vos conocéis
la Historia, señora. Sabéis que hubo civilizaciones cuyo esplendor vuestra
civilización occidental aún no ha podido igualar, cuanto menos eclipsar. ¿Qué
ha sido de todos esos imperios? Lemuria y Atlantis yacen en el fondo del mar;
la arena del Sahara, del desierto líbico y del desierto del Gobi sirven de
sudario a otras tantas civilizaciones; la selva se tragó los restos del imperio
maya y el esplendor del Indostán. Todos ellos, cual si fueran seres orgánicos,
nacieron, se desarrollaron, alcanzaron la madurez, conocieron la decadencia y
la muerte. Pero al desaparecer uno, siempre hubo otro que ocupara su lugar.
»Igual les sucede a los hombres. La persona de que os
hablo, señora, osó mucho y mucho subió. Llegó a hacerse famoso en el mundo
entero, porque declaró la guerra a lo que él llamaba la clase criminal. Fue
afortunado, porque sus adversarios fueron siempre inferiores a él en
inteligencia y nunca supieron unirse, organizarse para aplastarle. ¿Que quién
es ese hombre? Vos, que sois su agente además de estar enamorada de él, le
conocéis tan bien como yo. Son muchos los nombres que usa, pero hay uno, el
único por el que el mundo lo conoce y lo llama. ¿Es necesario que os diga cuál
es?
Dolores, que mientras Amri hablaba había estado luchando
por conservar impasible la fisonomía, no pudo ocultar del todo su angustia y la
penetrante mirada de su interlocutor lo observó.
—Veo que no-dijo —. Por fin habéis comprendido que el
secreto de Yuma ha dejado de serlo para mí. En buena hora, Sabed, pues, señora,
que para vuestro jefe la hora ya sonó. Otro se apresta a substituirle... otro
que arrancará el cetro de su mano y sabrá esgrimirlo con mayor provecho de que
lo supo hacer hacer él.
—¿Seréis vos ese otro, quizá? —inquirió Dolores con
ironía, renunciando ya a todo disimulo, pensando tan sólo que Yuma corría
peligro y que tal vez ella si sabía manejar a aquel hombre, le podría salvar.
—Yo-asintió el tuareg, llevándose una mano al pecho y
haciendo una leve inclinación.
—Yuma es inteligente, según vos mismo confesáis. ¿Cómo
esperáis poderlo dominar?
—Desde el momento que os tuve en mi poder, Yuma quedó
virtualmente dominado. Vos no sois más qué el cebo señora, y podéis creer que
lamento tener que obligaros a hacer semejante papel. Yuma os seguirá y caerá,
al fin, en mis manos.
—Os equivocáis. Yuma no me seguirá. Bastarán sus agentes
para librarme de vuestras garras.
—La equivocada sois vos, señora. Hace mucho tiempo que
maduro mi plan y lo he estudiado hasta en sus más mínimos detalles. Yuma podría
hacer uso de sus agentes, pero no por eso dejará de seguiros en persona. Sé que
le inspiráis afecto a pesar de todo y me consta que es capaz de abandonarlo
todo por acudir en vuestro auxilio. Cuando os secuestré, tuve buen cuidado de
dejar un rastro que él pudiera fácilmente seguir... por lo menos parte del
camino. Estáis muy lejos de España, señora... mucho más lejos de lo que
suponéis. No es necesario que os diga qué lugar es éste. Basta con que os
advierta que mi rastro conduce a Alejandría y que nos encontramos muy lejos
también de esa ciudad. Aun os diré más. Yuma ha encontrado ese rastro ya, y ha
mandado a Egipto agentes suyos. Éstos no son tan hábiles como su jefe y, aunque
por orden suya se han mantenido alejados de Alejandría de momento, he dado con
su paradero en un hotel de Port-Said.
»Ahí los he dejado porque pienso hacer uso de ellos para
cazar a su amo. En cuanto a Yuma, aun no sé si se ha puesto personalmente sobre
la pista o no. Ahora mismo lo sabré, sin embargo. Y vos misma vais a tener el
honor de ver cómo me las compongo para conseguirlo. Tal vez así comprendáis
cuánto mayor es mi poder y decidáis transferir de él a mí vuestra lealtad.
Se puso en pie. Dolores le imitó. Jamás había
experimentado congoja mayor. El peligro que ella pudiera correr no la asustaba;
el que amenazaba la su jefe, no obstante, la llenaba de terror.
Se daba cuenta, con todo que sólo conservando la serenidad
podría servirle de ayuda. Nada adelantaría negándose a escuchar al tuareg. Por
el contrario, era siguiéndole la corriente como lograría enterarse de sus
planes, único medio de hacerlos fracasar.
El hombre cruzó el cuarto, apartó unas cortinas y pasó a
una habitación contigua. Ni siquiera se volvió a ver si la joven le seguía.
Contaba seguramente con que Balahmut le indicaría la conveniencia de hacerlo,
si dudaba. Porque Balahmut había presenciado la entrevista, de pie junto a la
ventana, con los brazos cruzados y sin despegar los labios. Ahora, al echar a
andar la muchacha, fue él detrás de ella con el beneplácito, evidentemente, de
Amri.
Aquella segunda habitación estaba ocupada, exclusivamente,
con toda suerte de aparatos eléctricos y una potente estación emisora y
receptora de telegrafía sin hilos. Sobre un tablero había sujeto un mapa del
Mediterráneo y partes de África y del Próximo Oriente. Junto al tablero se veía
un aparato que Dolores reconoció en seguida.
—Un radiogoniómetro-anunció Amri, viendo la dirección de
su mirada —. Y es evidente que conocéis su funcionamiento y su objeto. Tanto
mejor. Así me evitaréis muchas explicaciones. Si vos, señora, expidierais un
mensaje ahora mismo, y vuestro jefe os contestará, ese aparato me indicaría de
qué punto cardinal procedía la respuesta. Eso, en sí, resultaría insuficiente,
claro está. Tengo, no obstante, un agente en Alejandría que me daría a conocer
inmediatamente la dirección que señalara su radiogoniómetro. No ignoráis que,
con esas dos indicaciones, tengo suficiente para conocer el actual paradero de
vuestro ingenuo Yuma.
Dolores se mordió los labios. Dijo:
—Y ¿cómo mandaríais ese mensaje?
—Con vuestro reloj de pulsera, naturalmente-respondió el
otro —. ¿Creíais que no conocía su objeto?
—No averiguaríais con eso el paradero de Yuma. Lo más
probable es que os conteste algún otro agente.
—Os he dicho antes, señora, que hace tiempo maduré mis
planes. Agregaré ahora que durante mucho tiempo he estudiado los procedimientos
de Yuma, he investigado y he averiguado muchísimas cosas de él. Debierais
suponerlo, puesto que he sabido descubrir su identidad no menos que la vuestra.
«Entre otras cosas he sabido que los agentes de Yuma
llevan un reloj cuyas emisiones sólo pueden ser recogidas por dos aparatos: el
del propio Yuma y el del jefe de sus agentes. Sólo en casos en que pueda
existir posibilidad de que sea necesaria la comunicación entre sus agentes,
entrega Yuma a éstos unos relojes distintos, de mayor autonomía. Eso no ha
ocurrido en el caso vuestro. Se os pilló desprevenida. Vuestro reloj, por lo
tanto, sólo puede emitir señales al alcance de esos dos aparatos que he mencionado.
—Veo que, en efecto, estáis muy bien informado-asintió la
doctora —. Me doy por vencida. Devolvedme mi reloj y transmitiré el mensaje que
me dictéis.
—¡Por Alá, señora! No llega a tanto mi ingenuidad. Seré yo
quien transmita el mensaje.
—Perderéis el tiempo. Ni uno ni otro os contestará
siquiera.
—A fuerza de experimentos-observó el tuareg, serenamente
—, logré construir un aparato capaz de recoger las ondas de todos los relojes
de Yuma. Estudié los mensajes y vi la forma en que eran expedidos y recibidos.
Confieso, sin embargo, que no pude descubrir a quién pertenecía cada
contraseña...
Dolores sintió un alivio enorme, que se reflejó en su
semblante sin que ella pudiera evitarlo.
—Noté, no obstante-prosiguió Amri —, que todos los
mensajes firmados por TH contenían órdenes, por lo que deduje que TH era la
contraseña de Yuma.
Dirigió una penetrante mirada a Dolores, que se sobresaltó
visiblemente.
—No era necesario vuestro sobresalto para que supiera que
no me equivocaba-observó —. Como veis, poseo los medios para asegurarme de que
sea él quien conteste a la llamada.
—Llamada que él reconocerá como falsa inmediatamente y se
pondrá en guardia.
—Comprendo lo que queréis decir. Sólo puede ser auténtico
un mensaje si va firmado. Si yo firmo con una contraseña al azar, me expongo a
emplear la de algún agente que no tenga por qué llamarle y despertar sospechas.
Olvidé decir una cosa, señora. En la época en que me dedicaba yo a estudiar los
mensajes en cuestión, observé que, cada vez que se refería al agente R, Yuma,
no menos que el jefe de sus agentes, empleaba el género femenino. Nunca oí que
emplearan el género ese para ningún otro agente. Creo innecesario deciros que
es ésa la contraseña con la que pienso firmar vuestro mensaje.
Dolores estaba consternada. Se devanaba los sesos buscando
un medio de impedir que Amri llevara a cabo sus propósitos y, no hallándolo de
momento, optó por intentar ganar tiempo.
—Si disponéis de un aparato capaz de captar todos los
mensajes, y de transmitirlos-dijo —, ¿qué necesidad tenéis de hacer uso de mi
reloj? ¿Por qué no usáis vuestro aparato?
—¡Ah, señora! ¡Ha transcurrido macho tiempo desde que hice
esos experimentos! Cierto día cometí la imprudencia de expedirle un mensaje a
Yuma para que supiera que ese secreto suyo, por lo menos, había dejado de
serlo. ¿Adivináis lo qué ocurrió entonces? ¡Yuma me destruyó el aparato a
distancia! Por eso me he abstenido de ponerme vuestro reloj, no fuera que, al
echaros de menos, se le ocurriera repetir la proeza.
«Después de eso, vuestro jefe cambió por completo el
funcionamiento de sus relojes y confieso que, hasta la fecha, me ha sido
imposible dar con su secreto. Ahora que cuento con el vuestro como muestra, sin
embargo no tardaré mucho en poder duplicarle. Pero estamos perdiendo tiempo. No
os quejaréis de mí. He satisfecho por completo vuestra curiosidad. Vamos a
proceder a dar con el paradero de Yuma.
Preparó el radiogoniómetro. Dolores echó una mirada hacia
el mapa. Vio dos alfileres clavados en él: uno cerca de la costa egipcia; el
otro más al interior y a la izquierda. Calculó que el primero señalaría la
posición de Alejandría. El segundo andaba por los alrededores de Eritrea. El
extremo de un hilo negro iba atado a cada uno de dos alfileres.
El tuareg se acercó a la estación emisora e hizo funcionar
el manipulador. No cabía la menor duda de que las letras que transmitía en
morse eran la contraseña de su estación en Alejandría. Tomó nota de ellas y las
archivó en su memoria. El mensaje transmitido a continuación, sin embargo, la
resultó ininteligible. Amri debía estar usando una clave particular.
Por fin dejó el hombre el aparato.
—Todo está preparado-anunció.
Abrió una caja que había sobre la mesa y sacó algo
envuelto en amianto. Era el reloj de Dolores. Esta, viendo que iba a ser
enviado el mensaje a su jefe, dio un paso hacia el tuareg, impulsivamente..
Unos dedos férreos la sujetaron fuertemente los brazos. La reacción de la
doctora había sido prevista; Balahmut vigilaba y cumplía las órdenes que había
recibido.
Amri apretó la corona del reloj, diciendo al propio tiempo
en alta voz, para que se enterara la muchacha, lo que iba transmitiendo:
—TH... TH... TH...
—Contesta, TH-advirtió a los pocos segundos —. Transmito:
R. Secuestrada, ignoro dónde me encuentro... Contesta Yuma: Animo. Nada más.
Veamos el radiogoniómetro... °
Observó el aparato y, sin decir palabra, tomó el hilo de
uno de los alfileres y lo cruzó sobre el mapa en dirección noroeste,
sujetándolo con otro alfiler en pleno Mediterráneo.
—Vamos a ver lo que dice Alejandría ahora-murmuró.
Volvió a la emisora. Movió el manipulador unos instantes,
recibió contestación, regresó al tablero, sujetó el segundo hilo.
—Si ello puede serviros de consuelo, señora-anunció —,
sabed que Yuma en persona se halla sobre vuestra pista. ¿Veis las hebras? Su
punto de intersección se encuentra en El Cairo, que es desde donde acaba de
contestaros vuestro jefe. Es hábil. Reconozco que no esperaba que se encontrase
allí. Ahora que lo sé, sin embargo, daré órdenes para que se le encuentre y no
se le pierda de vista.
Envolvió el reloj nuevamente en el amianto y lo encerró en
la caja.
—Soltadla, Balahmut. Puesto que Yuma ha llegado a Egipto,
es hora de poner en práctica la segunda parte de nuestro plan. Encargaos vos
mismo de transmitir las órdenes oportunas.
CAPÍTULO IX
EL CAZADOR DE SERPIENTES
YA que se veían condenados, aunque no fuera más que
temporalmente, a la inactividad. Santos y Marcos decidieron pasar los días de
su estancia en Port-Said haciendo el papel de turistas. En realidad, Port-Said
tiene muy poco que ver. Los barcos paran allí más que nada para hacer carbón o
con el fin de aguardar turno para entrar en el camal de Suez. Hay, sin embargo,
numerosas tiendas donde el viajero puede adquirir toda clase de géneros
orientales.
Santos y Marcos hicieron una visita al muelle occidental a
ver la estatua que allí se alza a Fernando de Lesseps, constructor del canal, y
pasaron el resto del primer día jugando al golf en el International Sporting
Club.
El segundo se dedicaron a visitar tiendas y comprar
algunas chucherías por seguir en su papel, viéndose acosados continuamente por
dragomanes que se empeñaban en ofrecerles sus servicios como intérpretes y
guías. Uno de ellos les importunó tanto y con tanta gracia que Santos acabó
diciendo a su compañero, en un susurro:
—Casi será mejor que lo tomemos. Si se nos ve por ahí
acompañados por un dragomán inspiraremos menos desconfianza. ¿Qué te parece?
Marcos se encogió de hombros.
—Como tú quieras-dijo.
—¿Cómo te llamas? —inquirió Santos, volviéndose al
indígena, que, más que cara de fela (campesino egipcio), tenía la de un árabe
de pura cepa.
—Alí-contestó el hombre.
—Pues bien, Alí, aceptamos tus servicios. ¿Dónde vas a
llevarnos?
—A todas partes; el effendi no quedará descontento.
Recorrieron las afueras, hallando más entretenidos los
comentarios de Alí que las cosas que les enseñaba. Por fin, cuando se
aproximaba la hora de comer, el dragomán preguntó:
—¿Han visto los effendis capturar serpientes alguna vez?
—No.
—¿Les gustaría verlo? Conozco a uno que lo hace...
La verdad era que aunque ambos hombres habían oído hablar
de los indígenas que se ganaban la vida capturando serpientes, nunca habían
visto actuar a. ninguno de ellos y tanto les importaba matar el tiempo viendo
eso como cualquier otra cosa.
—Condúcenos ante ese capturador de serpientes-dijo Santos.
—Después de comer, effendi —contestó Alí—. Iré a ver si le
encuentro. Tiene mucho olfato. Las huele de lejos.
Los dos agentes de Yuma se mostraron conformes. Alí les
acompañó hasta el hotel y, a eso de las cuatro, volvió a buscarles acompañado
de un hombre alto, moreno, de nariz gruesa y abultados labios. Llevaba turbante
y cubría su cuerpo con una galabía o camisa egipcia.
—Es el capturador de serpientes-explicó Alí, presentando a
sus compañeros con una reverencia.
—Y ¿dónde va a capturarlas? —preguntó Santos.
—Donde las haya-contestó Alí, muy serio —. Tal vez fuera
mejor, effendis, que saliéramos con él a las afueras.
—Vamos, pues-dijo Marcos.
Y los cuatro hombres salieron, dirigiéndose a los barrios
apartados.
—Huelo una serpiente-dijo, de pronto, el hombre, parándose
en seco.
—¿Dónde?
—Allí-contestó el cazador, señalando hacia el jardín que
rodeaba una casita abandonada.
—Captúrala-dijo Marcos.
—Primero quiero bakshish (una propina, limosna o
recompensa) —contestó el indígena.
Marcos se echó a reír. Le dio cinco piastras egipcias.
—¿No la llevarás tú escondida encima? —dijo.
El hombre le miró con altanería, como si se sintiera
ofendido por la insinuación.
Sin decir una palabra, se quitó el turbante y lo sacudió,
para demostrar que no llevaba nada dentro. Luego volvió a arrollárselo a la
cabeza y se quitó la galabia, sacudiéndola a su vez y volviéndosela a poner. A
continuación le pidió a Alí un saco que éste llevaba y lo volvió del revés.
—¿El effendi está satisfecho? —inquirió.
—Perfectamente-respondió Marcos, con una sonrisa —. Ahora,
a ver si pillas a esa serpiente que has olido.
El hombre se metió en el jardín, seguido de cerca por los
agentes de Yuma, que no querían perderle de vista para prevenir cualquier
superchería.
Emitió un silbido y fijó la mirada en una mata.
—Ahí está-aseguró, aunque ninguno de sus compañeros veía
nada.
Y empezó a entonar un conjuro con voz solemne.
«¡En nombre del mayor juramento y del grandísimo
juramento!
¡En nombre de mi caid y señor Ahmed-el-Refahi!
¡En nombre de los cuatro poseedores del Universo, benditos
sean!
¡En nombre del caid Tayha Yasine, auxilio de la religión!
¡En nombre del libro y de los portadores del libro del
profeta, cuyas peticiones reciben favorable acogida, de los conjuros y de los
signos, de aquél que ocupa el lugar del grande que es el manantial de su
grandeza, que conoce mi estado, que te ha condenado a la pena de arrastrarte
por el polvo!
¡Ante su nombre el agua se seca y el fuego se extingue!
¡En nombre de mi señor Salomón!
¿Eres dañina? Vendrás a mi aquí. ¿Eres traidora? Vendrás a
mí aquí.
Si desobedeces, te arrepentirás.
¡Sal! ¡Abandona ese lugar!...
Aquella fórmula mágica pareció surtir muy poco efecto.
Siguió sin verse serpiente por parte alguna. El indígena clamó entonces:
—¡Oh serpiente desobediente! ¡Sal! En nombre del mayor
juramento...
Y repitió todo el conjuro de nuevo, afinándose poco a poco
su voz hasta convertirse en imperiosa. Seguía con la mirada fija en la mata y
había cogido una vara con la mano derecha, empleándola para enseñar a la
invisible serpiente el camino que debía seguir.
—¡Ensa! ¡Ensa! (¡Sal! ¡Sal!) —gritó de pronto.
Tiró la vara lejos de sí, se agachó, adelantó, una tras
otra, las dos manos, las retiró vivamente, como temiendo ser mordido, acabó
metiendo una entre las matas y la sacó de nuevo, con una serpiente entre los
dedos.
Esta se retorcía irritada, intentando morder al que la
había apresado. El hombre la acercó al borde de la galabía, dejándola morder
allí y, cuando el reptil se hubo aferrado a la tela, dio un fuerte tirón que la
dejó sin dientes. Una vez indefensa, la depositó en el suelo y le aplastó la
cabeza, echándola luego al saco que Alí le acercó.
—¿No hay más? —inquirió Santos, que había seguido
atentamente toda la operación sin lograr descubrir truco alguno.
El hombre olfateó.
—Hay otra-dijo —. Allí.
Señaló otra mata a dos pasos de la casa.
—Cázala-dijo Santos.
—Bakshish —contestó él.
Santos le dio cinco piastras más. El hombre empezó a
caminar hacia la casa, recitando nuevamente el conjuro y acabó sacando otra
serpiente de las matas en cuestión, sin que Santos pudiera pillarle en un
renuncio aquella vez tampoco.
—¿Para qué guardas todas esas serpientes muertas? —le
preguntó Marcos.
—Los farmacéuticos de Port-Said, de El Cairo y Alejandría
me las compran-contestó el cazador de reptiles —. Huelo otra... Dentro... En la
casa.
—¿Puedes entrar?
—No está habitada-intervino Alí.
—Búscala, pues-ordenó Santos, plantándose a su lado.
Entraron en la casa. El hombre sacó dos serpientes de un
rincón. Pasó a la habitación siguiente y encontró otra. Allí no pudo seguir tan
de cerca sus movimientos Santos, la habitación carecía de ventanas y reinaba la
oscuridad.
El cazador silbó.
—Otra más-dijo.
Y echó a andar hacia el cuarto del fondo. Santos pasó tras
él y sintió, de pronto, que unos brazos hercúleos le rodeaban en la oscuridad.
Forcejeó por desasirse, pero fue en vano. Alguien le introdujo un trapo
nauseabundo en la boca para evitar que gritara. Los brazos le fueron atados
fuertemente a los costados, de tal suerte, que le era imposible moverlos lo
bastante para poder hacer uso del reloj. La única esperanza que le quedaba era
Marcos.
No sabía sin embargo que éste no había llegado a entrar,
siquiera, en el cuarto. Cuando se disponía a hacerlo, un golpe, dado en la
nuca, le había dejado sin sentido y se hallaba, en aquellos momentos, atado de
pies y manos y con una mordaza en la boca lo mismo que su compañero.
CAPÍTULO X
SE VUELVE A ENCONTRAR LA PISTA
SANTOS fue arrojado en un rincón de la oscura estancia
mientras esperaba, en vano, que acudiera en socorro suyo su compañero. Como
Marcos no le hubiera abandonado jamás y no acababa de presentarse, hubo de
convencerse, por fin, de que debía haber sufrido la misma suerte que él, si no
peor.
Aguzó el oído. Aunque oía pasos en la habitación contigua,
el más profundo silencio parecía reinar en la que él se encontraba. ¿Le habrían
dejado solo y colocado a Marcos en otro cuarto? Pero quizá le pusieran con él
más tarde. Era su única esperanza. Las ligaduras eran fuertes y no lograba
hacerlas ceder. De haber estado allí su compañero, sin embargo, hubiera podido,
quizá, si ambos maniobraban convenientemente, alcanzar el reloj del otro, ya
que le era imposible tocar el suyo.
Había dos hombres allá afuera, por lo menos. Les oía
cuchichear. Por fin uno de ellos alzó la voz. Dijo, en árabe:
—¿Qué necesidad hay de que hablemos tan bajo? Los rumies
no nos entienden.
—¿Cómo sabes tú que no entienden el árabe? —repuso el
otro.
—¿Qué necesidad hubiesen tenido del trujamán si lo
hubiesen entendido? —arguyó el primero—. ¿Cuándo se ha visto que use intérprete
quien conoce un idioma? ¿Les has oído tú hablar árabe acaso?
—No, pero...
—Habla tranquilo. No conocen nuestro idioma y soy
demasiado duro de oído para poder entender bien tus susurros. ¿Qué me decías?
—Que aquí estamos perdiendo el tiempo. ¿Qué adelantamos
haciendo caer a un par de rumíes en una trampa de vez en cuando? Unas
miserables piastras para vivir unos días.. Después... Después, ¿qué? No son
muchos los que por aquí caen y menos es lo que podemos sacarles.
—Estos no son como los otros que han caído en nuestras
manos, Idris. Tienen dinero, no hay más que verlos. En cuanto haya recobrado el
conocimiento el que con tan dura mano has golpeado, hablaremos con ellos. Los
haremos pagar bien. Tendremos dinero para mucho tiempo.
Un ruido que sonó en aquel momento en el rincón opuesto de
su cuarto hizo comprender a Santas que Marcos se hallaba allí después de todo y
que el golpe no debía de haber sido muy fuerte porque había vuelto en sí ya.
Empezó a rodar en disección al ruido, único modo de que podía moverse, sin
dejar por eso de escuchar la conversación de las árabes para averiguar cómo se
proponían cobrarse el rescate.
Lo que oyó luego, sin embargo, le hizo inmovilizarse de
repente, aguzar aún más el oído y contener la respiración, excitado.
—¡Por Iblis, que si fueras hombre, otra sería tu suerte!
—exclamó aquél que había querido hablar en susurros—. ¡Balahmut nunca promete
en balde!
—¡Shaitan! ¿Por qué no dijiste su nombre antes? ¿Qué
quiere Balahmut? ¿Qué es ese plan de que me hablas?
—Balahmut me ha mandado aviso, Yussef... Necesita hombres
de confianza... cuenta conmigo y quiere que le busque otros... Por eso vine a
verte y tú, en lugar de escucharme, te empeñaste en meterme en este asunto tan
miserable...
—¿Para qué los quiere?
—¿Qué importa? ¡Shaitan! ¿No tienes bastante con que te lo
paguen? Es algo grande... Ni yo mismo sé de qué se trata... Sólo sé que me
ofrecen una fortuna lo mismo que a todos los que escuchen su llamada...
—¿Dónde está el bey?
—Lejos... Hemos de ir a donde se encuentra... ¿Estás tú
dispuesto a ir conmigo?
—Por una fortuna voy yo a cualquier parte.
—Hay que ir a Danakil...
—¡Por Iblis, eso es demasiado! ¡No saldremos de allí con vida!
—No temas. Tendremos el paso franco porque Balahmut
mandará a alguien a nuestro encuentro. Los indígenas le creen un ser
sobrenatural y no se atreven a molestarle ni a atacar a los que él protege. Sus
enviados nos guiarán hasta donde él está, cerca del lago Assale.
Santos se puso a rodar de nuevo, temblando de excitación.
Si lograba escapar, tendrían noticias que darle a Yuma: las noticias que él
estaba aguardando.
—Iré contigo-dijo Yussef, después de unos instantes de
silencio —; pero acabaremos este asunto primero. Necesitaremos dinero para
recorrer parte del camino por lo menos. Estos rumíes nos pagarán el viaje.
Muy cerca, Santos oyó la respiración de Marcos. Los árabes
seguían hablando, pero su conversación había dejado de ser interesante. El
tiempo apremiaba. Era necesario que pudiera hacer uso del reloj de su compañero
siquiera, comunicarle a Yuma lo que habían descubierto. Después de todo, si era
preciso pagar rescate para verse libres de nuevo, ¿qué importaba?
Encontró el cuerpo del otro. Marcos pareció comprender su
intención en seguida, porque empezó a moverse, buscando colocarse de forma que
el reloj fuera asequible. Ambos saludaban copiosamente, como consecuencia de
sus esfuerzos y lo malo del caso era que, aunque habían logrado ya juntarse,
estaban atados de tal manera que no conseguían mover las manos lo suficiente
para poder llevar a cabo sus planes.
Cambiaron de postura; volvieron a cambiar. La conversación
de sus carceleros no podía durar mucho. Si ésta cesaba y se veían obligados a
esperar a que les interrogaran y discutieran las condiciones en que estaban
dispuestos a soltarles, se perdería un tiempo precioso. Tal vez un minuto de
retraso representara la muerte para Dolores, si no había muerto ya.
Un leve susurro les obligó, de nuevo, a inmovilizarse.
Algo se arrastraba hacia ellos silenciosamente. ¿Qué o quién era?
Marcos sintió que una mano le asía del brazo. Una voz
susurró a su oído:
—¡Silencio! ¡Vengo a salvaron, efendi!
Igual dijo la voz al oído de Santos.
Una mano invisible cortó las ligaduras que les
aprisionaban. Ambos se quitaron, con asco, los trapos sucios que les servían de
mordaza.
—Seguidme, effendis —dijo la voz—. Esos perros hablan como
viejas. Están demasiado distraídos para vernos. Si avanzamos pegados a la
pared, podremos salir sin ser vistos.
La suerte parecía haberles vuelto la espalda, sin embargo.
Cuando se disponían a seguir las instrucciones de su salvador, cesó la
conversación. Los árabes se pusieron en pie. Dijo uno:
—Ya debe haber vuelto en sí el rumí. Vamos a sacarles de
aquí y acabar de una vez.
Fue Marcos quien tomó la iniciativa entonces.
—Quieto-susurró al oído del desconocido —. Quienquiera que
seáis, dejad esto ahora de nuestra cuenta.
No les habían quitado nada al atarlos, y ambos hombres,
como todos los agentes de Yuma, llevaban pistolas cargadas con las balas
invento del misterioso ser, que sólo dejaban sin conocimiento un par de horas
al que herían, sin jamás quitar la vida ni causar, por lo tanto, herida grave.
Aguardaron a que los árabes se acercaran a la puerta del
cuarto, donde se destacaron sus figuras contra el fondo, menos oscuro, de la
habitación contigua. Las dos pistolas dispararon simultáneamente. Idris y
Yussef sólo tuvieron tiempo para exhalar un gemido de dolor y de sorpresa antes
de rodar por el suelo, sin conocimiento.
Unos momentos más tarde salían de la casa. Había
anochecido, pero la luz aún era suficiente para que reconocieran a su salvador.
Era Alí, el dragomán.
—¡Alí! —exclamó Marcos—. ¡Hubiera jurado que fuiste tú
quien me dio el golpe en la cabeza!
—¿Yo, effendi? —exclamó el dragomán, con sorpresa—. Mi
única culpa es haber tenido miedo y haber huido al veros caer.
—¿Qué sucedió? ¿Quiénes fueron los que nos apresaron?
—Idris, el cazador de serpientes con quien Iblis, padre de
shaitanes, cargue, me ha traicionado. Yussef estaba oculto en la casa y fue él
quien golpeó al effendi mientras Idris se encargaba de su compañero. Yo vi el
golpe. Me di cuenta de que el effendi había perdido el conocimiento y,
comprendiendo que nada podía hacer solo para ayudaros, salí corriendo. Aunque
cuando os presenté al cazador ese, nunca soñé que pudiera ocurrir semejante
cosa, puesto que yo os lo había presentado, me consideraba culpable y decidí volver
y aprovechar la primera ocasión que se me presentara para libertaros.
—¿Por qué no avisaste a la Policía? Hubiera sido mucho
menos peligroso para ti que arriesgarte a venir solo.
—¿Menos riesgo, effendi? —murmuró el dragomán—. Si hubiese
avisado a la policía, Idris y Yussef hubieran sido detenidos. Pero, puesto que
nada les había ocurrido a los effendis, poco podía, sucederles a ellos.
¿Cárcel? Posiblemente. ¿Y cuándo salieran, effendi? ¿Creéis que iban a
perdonarme ellos la vida? Más vale que hayan muerto.
—No han muerto, Alí. Sólo están sin conocimiento. Dentro
de dos horas despertarán tan sanos como antes de que disparáramos contra ellos.
Y no pueden sospechar que hayas tenido tú nada que ver con el asunto. No han
sospechado tu presencia siquiera. Creerán que no nos ataron lo bastante fuerte
y que logramos desatarnos.
—¡Alá! ¡Alá sea bendito! ¡Me alegro de no tener su muerte
sobre mi conciencia!
Mientras Marcos hablaba con Alí, Santos había aprovechado
el tiempo poniéndose en comunicación con Yuma para explicarle todo lo ocurrido.
Antes de que hubiera terminado su mensaje llegaron al hotel, donde Marcos dio
bahshish a Alí y le despidió hasta el día siguiente. Pero, por lo visto, Yuma
tenía otros planes para ellos. Su respuesta a la comunicación de T, decía:
«Desconfiad del dragomán. Preparadlo todo para abandonar
Port-Said al primer aviso. Andad alerta entretanto. Habéis dejado de serme
útiles de momento, Porque aunque no lo sepáis vuestra verdadera personalidad es
conocida.»
CAPÍTULO XI
TOMA DE POSICIONES
JAMÁS hubiera podido sospechar el tuareg las consecuencias
que iba a tener el supuesto mensaje de Dolores, que tan cuidadosamente había él
preparado. Swindon lo interceptó en su cuarto del Semiramis y, no bien lo hubo
contestado como ya sabemos, bajó al vestíbulo, pagó la cuenta, y abandonó el
hotel, dirigiéndose a la Avenida de Chubra, magnífico paseo de seis kilómetros
de longitud, bordeado de sicomoros y acacias gigante, que sirve de nexo de
unión entre la ciudad y el palacio de Mehemet-Ali.
Para él, aquél mensaje con el que había querido
engañársele, sólo podía significar dos cosas. Primera: que su paradero era
conocido. Segunda: que estaba a punto de encontrar la pista que le condujera al
lugar en que se hallaba prisionera la doctora.
El razonamiento no podía ser más lógico. El prolongado
silencio de Dolores Arana, sólo podía obedecer a una de tres causas, cómo ya
hemos tenido ocasión de decir: o seguía bajo la influencia de una droga, o
estaba atada de suerte que le fuera imposible mandar un mensaje, o le habían
quitado el reloj.
Admitiendo como buena una de las dos primeras
explicaciones, era evidente que, en cuanto la doctora hubiese vuelto en sí, o
se hubiera librado de sus ligaduras, lo primero que haría sería expedir un
mensaje. Ahora bien, ¿cuál sería el texto del mismo?
Los agentes de Yuma eran todos personas de cultura nada
vulgar. Tenían, por añadidura, órdenes bien definidas. Sabían, además, que, en
caso de apremio, lo que procedía era dar los detalles importantes, los que
pudieran servir para acelerar una investigación, y no aquellos que resultaban
innecesarios o pudieran deducirse fácilmente. Si disponían de tiempo ilimitado,
podían extenderse a su antojo-cosas que, no obstante, ningún agente solía hacer
por resultar engorroso transmitir mensajes largos por medio del alfabeto morse.
Cuando Swidon sintió que la palanquita de su reloj marcaba
«TH... TH...» con insistencia, respondió inmediatamente a la llamada. No tenía
medio de saber si ésta era auténtica o no; mejor dicho, no tenía por qué dudar
que lo fuera, ya que se empleaba bien la doble consonante que lo distinguía. El
que la transmitía podía ser cualquiera, de sus agentes, o el propio Garvez. Por
consiguiente, no vaciló en contestarla, como decimos. A continuación, había
recibido la R, contraseña de Dolores y, durante un instante, creyó en la
posibilidad de que, después de todo, ésta hubiera encontrado, por fin, medio de
usar su reloj de pulsera.
Durante un instante nada más. No bien hubo recibido toda
la comunicación, comprendió que no era su agente la que llamaba. Pero para no
despertar sospechas, para hacer creer que se dejaba engañar, había contestado:
Animo.
¿Qué contenía el mensaje para que Swindon comprendiera que
se trataba de una superchería?
Como ya recordarán nuestros lectores, Amri había
transmitido: «R secuestrada. Ignoro dónde me encuentro».
A Dolores no se le hubiera ocurrido nunca decir que la
habían secuestrado. ¿Para qué, si el hecho era bien evidente? La segunda frase
hubiera podido pasar si la hubiese seguido alguna otra; pero así, sola, no. En
cualquier caso, la obligación de Dolores era dar primero de todo el nombre de
su secuestrador, puesto que lo sabía, y luego cualquier otro detalle
susceptible de facilitar su hallazgo. Una vez hecho esto, podía extenderse todo
lo que quisiera si la daba tiempo. Primero, los datos de importancia, luego,
las explicaciones, ésa era la regla.
Por estas razones Swindon estaba convencido de que no era
la doctora quien había expedido el mensaje. ¿Quién entonces? Su secuestrador,
evidentemente. Y el hecho de que conociera las contraseñas y el uso del reloj
no hacía más que confirmar su teoría, que ya conocemos.
¿Con qué objeto lo había expedido, sin embargo? Sólo había
uno o, por lo menos, era el único lógico que se le ocurría a Swindon. El hombre
había querido cerciorarse de si Yuma había caído en la trampa y emprendido
personalmente la persecución del secuestrador. Y ¿cómo podía saberlo, aun
recibiendo contestación? Por radiogoniometría. El mismo hubiese empleado ese
procedimiento en caso análogo; lo hubiera empleado, incluso, para dar con el
paradero de Dolores si hubiese tenido ocasión de hacerlo. Era de suponer que el
secuestrador habría hecho lo propio. De lo cual se deducía que, a aquellas
horas, Balahmut sabría ya que Yuma se hallaba en El Cairo. Por consiguiente, no
tardarían en recibir órdenes todos los agentes de Balahmut en la ciudad para
que investigaran la identidad de cuantos viajeros hubiesen llegado últimamente
a El Cairo. Uno de ellos tenía que ser Yuma. Los vigilarían a todos y Swindon
no estaba dispuesto a someterse a vigilancia. Por eso se había ido retirado del
hotel inmediatamente.
Afortunadamente, él tenía numerosos amigos en El Cairo. Se
detuvo ante una de las casas de la Avenida y llamó. A unas palabras suyas, el
criado que le abrió la puerta se echó a un lado y le dejó pasar. Tres cuartos
de hora más tarde volvía a salir, pero nadie le hubiera reconocido. El cabello,
rubio antes, era ahora negro como el azabache, rizado, coronado con un fez. Los
rasgos de su fisonomía habían cambiado sorprendentemente. La tez, antes
bronceada, habíase oscurecido más, hasta ser casi negra. Un traje azul oscuro y
botas de color completaban, con el fez, su indumentaria.
Se dirigió, apresuradamente, a la estación, después de
haber consultado su reloj; aún tenía tiempo de coger el tren de la tarde. En el
tren se hallaba, camino de Alejandría, cuando recibió el informe de Santos y
Marcos y contestó en la forma que ya sabemos.
No le cabía la menor duda de que la identidad de los dos
agentes había sido descubierta desde el primer momento. El dragomán a sueldo de
Balahmut se había encargado de vigilarles y, al recibir la orden de su amo, les
había hecho caer en una trampa, con el exclusivo objeto de proporcionarles la
pista de Dolores, una vez seguro Balahmut de que Yuma estaba dispuesto a
seguirla personalmente.
La forma en que habían escapado era una simple comedia
representada para que los dos agentes siguieran confiando en Alí y éste pudiera
continuar vigilándoles sin inspirar sospechas.
De todo lo sucedido, Yuma sacó numerosas conclusiones. En
primer lugar, el hecho de que la pista hubiera aparecido en Port-Said parecía
indicar una cosa: que Balahmut ignoraba que Yuma tenía agentes ya en
Alejandría. Eso era interesante, puesto que podría seguir usando a Fayum y a
Manrique sin peligro.
No dudaba, ni por un momento, que Balahmut y Dolores se
hallaran en cl Danakil. Y como era imposible que en el tiempo transcurrido
hubieran podido llegar allí por medios normales, forzoso era creer que
disponían de un avión por lo menos. Era indudable, por añadidura, que Balahmut
había logrado dominar, por medio de un terror supersticioso, seguramente, a las
tribus vecinas al lugar en que se había instalado. Sólo así se explicaba que
pudiera permanecer allí. De cuantos habían intentado entrar en el inhospitalario
país, sólo el inglés Nesbitt en 1928 y los dos italianos Pastori y Rosina,
compañeros suyos, habían logrado salir con vida. Tres expediciones
anteriores-la de Munzinger en 1875, la de Giulietti en 1881 y la de Bianchi en
el año 1884, habían sido aniquiladas por completo.
Teniendo esto en cuenta, no resultaría difícil dar con el
paradero de Balahmut una vez se encontrara en el Danakil. Un hombre que logra
imponerse de tal suerte a tribus salvajes, suele ser conocido en muchas leguas
a la redonda.
Pero, ¿quién era Balahmut? ¿Por qué le inspiraba Yuma un
odio tan profundo? Y de que se lo inspiraba no cabía la menor duda. Mucho ha de
odiar un hombre para pasarse años-como tenía que habérselos pasado
Balahmut-investigando sin cesar, analizando los hechos más insignificantes,
enlazándolos unos con otros hasta establecer la identidad de un ser que nadie
antes que él había logrado conocer. Mucho odio y mucha paciencia para saber
esperar hasta el momento en que lo que sabe de su enemigo pueda ser empleado sin
temor al fracaso. En esto último solo ya se veía que se trataba de aun
oriental. Y oriental era, en efecto, a juzgar por la descripción que de él
tenía. Poco importaba que se llamara Balahmut o no, que fuera oriundo del
próximo o del lejano Oriente.
Lo que a Yuma le chocaba no era eso, sino él hecho de que
no recordaba haber tenido encuentro alguno jamás con persona que correspondiera
a su descripción. Podía ser, naturalmente, que Balahmut no hubiera tenido
encuentros con él. Cabía en lo posible que, conociendo la existencia de Yuma,
creyese conveniente eliminarle antes de iniciar su carrera como delincuente de
grandes vuelos; pero la inteligencia de Yuma desechaba semejante explicación
como inadmisible.
Llegó a Alejandría y se hizo conducir al Hotel Windsor,
pasando inmediatamente al comedor. Manrique ocupaba una mesita allí ya y,
aunque alzó la cabeza al oír pasos cerca de él, no sospechó ni un instante que
el hombre del fez que había ido a sentarse a una mesa vecina era su jefe.
Imaru, para darle el nombre con que se había hecho
inscribir en el registro del hotel, se retiró a su cuarto después de la cena.
Tenía ya trazado su plan y se puso, sin demora, a cursar órdenes a sus,
agentes.
—X... X... —llamó.
—X.
—TH. Sal en avión esta misma noche para el Yemen. Cuando
llegues allí, cruza el Mar Rojo y aguarda en Asmara.
X dio la señal de haber entendido. Imaru llamó entonces a
Y.
—Salid esta noche los dos en avión para Chipre. Visitad al
agente Niscosia. Que os procure la documentación necesaria para que podáis
pasar por dos ingenieros italianos que se dirigen a Eritrea a inspeccionar unas
minas. Disfrazaos convenientemente. Esperad nuevas órdenes en Massaua.
Después le tocó el turno a Garvez.
—A-llamó.
—A.
—Pantalla.
—Está.
—Haga una visita a casa del profesor Vardo. Use la llave
que tiene. En el sótano, en el sitio que usted sabe, encontrará un maletín
bastante pesado. Tómelo. Necesito que me lo mande inmediatamente de forma que
lo tenga aquí mañana por la mañana a más tardar. Que un agente salga con uno de
nuestros aeroplanos. ¿Ha comprendido?
—Perfectamente.
—En cuanto se halle sobre el aeródromo, debe avisarme.
Cuando aterrice encontrará allí, esperándole, un hombre casi negro, de traje
azul, con fez. Que le pregunte quién es. El hombre le contestará: «Imaru».
«¿Qué desea de mí? debe preguntarle entonces. Y el hombre le dirá: «Quiero ir a
Damasco». Subirá a bordo del avión. El agente debe llevarle a Damasco y dejarle
allí con el maletín. ¿Está claro?
—Si.
—Nada más, pues.
Por último, Imaru llamó a Q.
—¿Hablas amhari? —le preguntó.
—Y tigré y tigriñá —le contestaran.
—Sal inmediatamente para Assab, Eritrea, empleando los
medios de locomoción más rápidos que encuentres. Avisa en cuanto llegues.
—Bien, jefe.
Imaru descolgó el teléfono y llamó abajo, al conserje. Dio
su nombre y el número de la habitación.
—Téngame preparada la nota-dijo —. Seguramente me marcharé
antes del amanecer.
—Bien, señor-le contestaron.
Cortó la comunicación, se desnudó y se metió en la cama.
Si descansaba unas horas, eso tendría adelantado.
Cinco horas más tarde se despertó, se dio un baño, se
vistió y bajó al vestíbulo. Pagó la nota y salió del hotel. No sabía cuánto
tardaría en llegar su agente, pero quería hallarse preparado para recibirle.
Sin prisas, echó a andar en dirección al aeródromo y fue a sentarse en un
restaurante próximo a él que estaba abierto toda la noche. Se hizo servir algo
de comer y una taza de café.
No llevaba muchos minutos allí, cuando la palanquita del
reloj de pulsera empezó a funcionar. El avión pilotado por su agente volaba ya
sobre la ciudad. Llamó al camarero, pagó, y entró en el aeródromo, cuyas luces
de aterrizaje se acababan de encender. Cuando el avión, después de rodar un
poco por la pista, se inmovilizó, el piloto vio a un hombre con fez parado
cerca de la cabina.
—¿Quién es usted? —preguntó.
—Imaru.
—¿Qué desea de mí?
—Quiero ir a Damasco.
El piloto movió, afirmativamente, cabeza.
—Suba-dijo.
Entretanto, varios empleados del aeródromo habían acudido.
El piloto saltó a tierra.
—Necesito combustible y aceite-dijo.
Imaru subió al avión. El agente, luego de ver que le
ponían lo que había pedido, se acercó a las oficinas a pagar los derechos de
aterrizaje y el combustible. Media hora más tarde, volvía a despegar el
aeroplano, poniéndose rumbo a Damasco.
CAPÍTULO XII
LA HISTORIA DEL SEÑOR DEL FUEGO
APENAS habían tenido tiempo Marcos y Santos de llegar a
Eritrea procedentes de Chipre, cuando un nuevo mensaje de Yuma les puso en
movimiento otra vez. Recibieron la orden de arribar a Kululli, presentar allí
sus credenciales al representante de la Compañía, explotadora de las minas de
potasa, decirle que les enviaba la central para estudiar las posibilidades del
terreno, y pedirle un guía. A continuación debían tomar el ferrocarril minero
hasta el final de la línea, o sea hasta Puntafierro.
Entre dicho lugar y la colina de Dallol verían dos
columnas de roca-las columnas que señalaban la frontera del Danakit. Antes de
llegar a éstas encontrarían una colina pequeña a cuyo pie no faltarían
trabajadores, puesto que la potasa afloraba por los alrededores. Con el
pretexto de examinar el terreno, podían andar por entre los trabajadores
indígenas y averiguar si hasta allí había llegado rumor alguno que pudiera
relacionarse con Balahmut.
Mientras tanto, allá en Damasco, en el palacio del jefe de
sus agentes de Oriente, cuyos sótanos contenían magníficos laboratorios y
talleres, Imaru trabajaba con el maletín que pidiera a Garvez. Éste contenía
una reproducción, en miniatura, del complicado aparato de televisión instalado
en el Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas de Barcelona. Lo
único que faltaba era acoplarle un altavoz o unos auriculares e Imaru le dotó
de ambas cosas en muy poco rato.
A continuación, ayudado por una serie de agentes cuyo
trabajo dirigió él, terminó de construir suficientes auriculares, del tamaño de
una avellana cada uno, para los agentes que había enviado a Eritrea y para sí
mismo y dio las instrucciones oportunas al jefe para que pudiera instalar
pantallas fluorescentes y fabricar nuevos auriculares para los agentes a sus
órdenes.
Llamó a Garvez y le anunció que, en adelante, a menos que
le diera indicación contraria, no era preciso que usara el reloj de pulsera más
que para llamarle, ya que contaba con auriculares para poder escuchar su voz
transmitida con la onda televisora. Luego transmitió sus órdenes a Marcos y
Santos y, con ayuda de la pantalla del maletín y el altavoz, siguió todos sus
pasos.
El resultado de las conversaciones de los agentes con los
obreros indígenas fue mejor de lo que había esperado. Estos aseguraban que, al
otro lado del Lago Assale, vivía el Señor de la Montaña, que incendiaba las
aguas y hacía vomitar fuego a los montes. Cuando Marcos les preguntó que cómo
sabían ellos eso, contestaron que por algunos que habían venido del interior y
que contaban grandes prodigios del misterioso ser a quien las tribus de Afar
temían y obedecían.
La existencia del Lago Assale había sido desconocida por
los europeos hasta la expedición de Nesbitt que ya hemos mencionado y muy poca
gente se había atrevido a llegar hasta él siquiera y mucho menos internarse más
allá. Aparte del peligro que las tribus de la región representaban, había que
luchar con la escasez de agua. Aún los conocedores del terreno-los qué sabían
dónde había pozos permanentes-vacilaban en hacer excursiones, ya que muchas
veces los pozos quedaban secos y no contenían más que barro.
La distancia desde Kilulli hasta Assale, por añadidura,
era demasiado grande. Aunque no era posible establecerla con exactitud, no
bajaría de los trescientos kilómetros-demasiada distancia para recorrer a pie o
aun en camello. Por esta razón Imaru decidió modificar sus planes.
Marcos y Santos recibieron la orden de seguir rondando por
los alrededores de Kilulli y comunicar cualquier cosa nueva que descubrieran.
Fayum y Manrique fueron llamados a Damasco y, mientras los esperaba, Imaru
recogió todos los informes que pudo sobre la parte oriental del Danakil y sus
habitantes.
Comprendió en seguida, que era inútil intentar ir hasta el
lago desde el lado de Kilulli. Sería por allí por donde esperaría la llegada de
Yuma y sus agentes y les resultaría imposible burlar su vigilancia. El riesgo
de morir de sed o asesinado por los indígenas era muy grande. Era mejor emplear
otro sistema. Se acercarían lo más posible a su objetivo en avión. El resto del
camino lo recorrerían a pie. Un aeroplano que volara desde Eritrea a Assale,
sin embargo, llamaría demasiado la atención, Balahmut se enteraría y estaría
preparado para recibir a sus ocupantes. Por consiguiente, el único plan
factible era volar desde el otro lado, aterrizando entre las montañas Doga, las
estribaciones de cuya cordillera llegaban, en un punto, hasta cerca del
montecillo llamado Kebrit Ale y los depósitos de lava que rodeaban a éste y a
gran parte del lago Assale.
Al Norte del Lago en cuestión hay grandes depósitos de sal
gema. Estos ocupan una extensión aproximada de dos mil millas cuadradas y,
donde hay grietas, ha podido comprobarse que tiene una profundidad no inferior
a doscientos pies (o sea unos sesenta metros). Lo que quiere decir que hay sal
suficiente para las necesidades de una población enorme durante siglos y
siglos.
La sal es compacta y parece mármol. Su superficie presenta
el aspecto de un mar helado. Es durísima. Los buscadores de sal la cortan en
barras rectangulares, de unos treinta centímetros de longitud y cerca de cuatro
de grueso. Estas barras reciben el nombre de molí y se emplean como moneda en
la Planicie Abisinia. Su valor aumenta cuanto más lejos se llevan de su lugar
de procedencia.
A pesar de su abundancia, cuantas tribus moran en la
vecindad de los depósitos se hallan en lucha continua por disfrutar del derecho
a explotarlos. Era esta rivalidad entre las tribus la que llamó la atención de
Imaru, que decidió sacarla provecho si veía la manera de hacerlo. Según sus
noticias, la tribu de los indertas era una de las que luchaban por la sal y que
no era tan sanguinaria como las otras. Al parecer, se trataba de indígenas
bastante pacíficos normalmente.
Cuando Fayum y Manrique llegaron a Damasco, Imaru se
limitó a prepararles los relojes para que pudieran conectar a ellos sin
dificultad los minúsculos auriculares, les explicó su funcionamiento, les
condujo a renglón seguido, al lugar en que tenía ya aguardando el aeroplano que
había de conducirles a su destino.
El vuelo se efectuó sin novedad y el avión-de un tipo
especial que participaba de las ventajas del autogiro, pudiendo aterrizar en
muy poco espacio-tomó tierra en una meseta, entre dos picachos. Imaru tomó unos
anteojos de larga vista y miró hacia abajo. El sol arrancaba destellos a la
superficie del lago Assale y a los cristales blancos depositados en la orilla
de lava por sus saladas aguas. En el centro del lago se alzaba una isla
pequeña. Su presencia le bastaba a Imaru para saber que no se había equivocado
de lago. Era la isla Maraho Karum que mencionaba Nesbitt en el relato de su
expedición.
Mas cerca de los picachos en que se hallaban, Imaru vio un
grupo de indígenas congregados en el profundo cauce de un arroyo seco. Entregó
el anteojo a Fayum.
—Mira ahí abajo, entre donde estamos y el lago... ¿Ves
esos hombres agrupados en el cauce seco?
—Sí, jefe.
—Vamos a bajar los tres de aquí. Tú procurarás acercarte a
esos hombres sin ser visto. Nosotras te esperaremos ocultos entre las rocas, al
pie. Escucha su conversación. Tú conoces su idioma. Si ves que son indertas,
preséntate a ellos como mejor se te ocurra, entabla conversación; averigua lo
que puedas de Balahmut y de la situación creada por su presencia. Entérate en
dónde tiene su guarida. No puede estar muy lejos de aquí, pero no la veo por
parte alguna. ¿Has comprendido?
—Sí, jefe.
—Creo que en ese cauce debe haber un pozo. Eso puede
servirte de excusa. Ponte el auricular antes de marchar. Yo seguiré la
conversación y te daré órdenes según las circunstancias.
—Bien, jefe.
Imaru saltó a tierra, sacó consigo el maletín que contenía
la pantalla, empezó a bajar la ladera, seguido de los dos agentes. Al pie de la
montaña se instaló entre unos peñascos, con Manrique, depositando el maletín en
el suelo. Fayum conectó el auricular a su reloj de pulsera. El cable era
finísimo y muy largo, lo bastante para que pudiera introducírselo por la manga
y sacarlo por el cuello. El auricular era tan pequeño y estaba hecho de tal
forma, que podía introducirse en el oído, donde quedaba sujeto. Otro lo
conectaba con la pila seca que llevaba en el bolsillo. Hubiera sido preciso
mirarle con mucha atención para darse cuenta de que lo llevaba.
Una vez preparado, se deslizó en dirección al cauce con
cautela, aunque, dada la profundidad de éste, no le era posible ver a los
indígenas. Imaru abrió el maletín; sintonizó con los televisores de Fayum.
El egipcio se tendió al borde del cauce, escuchó unos
minutos. Eran indertas. Saltó al cauce entre ellos, que le miraron
maravillados, sin saber si correr o prosternarse ante él. Parecían creer que
había caído del cielo.
Fayum supo sacar la máxima ventaja de la impresión que
había creado.
—Mi señor-dijo —, ha oído vuestro llanto y vuestras quejas
y me envía para que os traiga consuelo. ¿Por qué lloráis, oh, indertas?
El indígena que parecía el más viejo de todos contestó a
la pregunta con otra, aunque con voz no exenta de cierto respeto y temor.
—¿Quién es tu Señor?
—Uno qué sabe que sufrís y que quiere aliviar vuestros
sufrimientos...
—Muy poderoso ha de ser para conseguirlo-dijo el anciano
—, porque son, muy poderosos nuestros enemigos.
—Muy poderoso es-afirmó Fayum —. Contadme vuestras cuitas.
—Señor, ved la sal que hay en estos alrededores. Hay para
todos. Pero los feroces afar quieren ser los únicos en disfrutarla y nos han
atacado siempre que nos han visto, disputando nuestro derecho a llevarnos sal
de aquí.
—Y ¿por qué no habéis rechazado sus ataques?
—Lo hemos hecho mas de una vez, aunque ellos son muchos y
nosotros pocos. Ahora ya no podemos. Cuentan con el apoyo del Señor de la
montaña, que ha decretado que los afar podrán cortar sal veintisiete días
seguidos y nosotros tres nada más de cada treinta.
—¿Quién es ese Señor de la Montaña?
—El Señor del Fuego-contestó el indígena, bajando la voz
con supersticioso, temor.
—¿El Señor del Fuego? —exclamó Fayum—. ¡Un impostor
querréis decir!
—¡No! ¡Todos lo hemos visto!
—¿Qué es lo que visteis?
—Le vimos bajar del cielo con sus servidores-anunció el
anciano —. Acudimos aquí a contemplarle, pero llegaron antes que nosotros los
afar, lanzando gritos feroces. Alzó la mano imponiéndoles silencio. «Yo soy el
Señor del Fuego» les dijo. «Desde este momento obedeceréis mis órdenes si no
queréis que el fuego os consuma. ¡Mirad!» Tendió la mano sobre el lago y...
¡Las aguas ardieron! Surgió una llamarada espantosa primero. Luego siguió
flotando el fuego sobre la superficie un buen rato.
»Los afar retrocedieron y nosotros también. Él dio un paso
hacia ellos. ¿Hay alguno entre vosotros, preguntó, que se atreva a discutir mi
autoridad? Alzó la mano al decirlo y todos retrocedieron aún más. Se volvió
hacía uno de sus servidores y le dijo algo en un idioma desconocido. El
servidor marchó corriendo, sin que nadie se atreviera a detenerle. Ordenó a los
afar que mandaran a sus jefes a hablar con él, y lo mismo nos dijo a nosotros.
Yo fui uno de los que acudieron. Antes de que nos acercáramos a él, nos obligó
a postrarnos delante suyo, con la frente contra el suelo. Luego nos hizo
levantar y dijo que, en adelante, obedeceríamos las órdenes que él diese
personalmente o por medio de sus servidores.
»Nos quedaba prohibido hablarle directamente ya. Dijo que
cuantas quejas tuviéramos se las diéramos a sus representantes y muchas otras
cosas por el estilo. Mientras hablaba, volvió su servidor y le dijo algo que no
entendimos. Entonces él nos dijo; «Dice mi siervo que en ese monte (se refería
a Kebrit Ale, señor... ése que hay junto al lago), hubo en otros tiempos un
volcán que ha tiempo se apagó. Ahí construiré mi morada. Pero antes haré que
escupa fuego de nuevo, para que se purifique su cráter y se haga digno de quien
ha de habitarle»
»Nos volvimos todos hacia el monte, con temor. El Señor
alzó la mano y dijo unas palabras extrañas. Inmediatamente la boca del monte
escupió fuego y continuó escupiéndolo un, buen rato. «Ya habéis visto mi
poder», dijo entonces. «Si alguna vez os atrevéis a alzaros contra mí, haré que
la tierra escupa fuego bajo vuestros pies y os consuma.»
»Desde entonces nadie se ha atrevido a desobedecerle. Los
afar, como de costumbre, volvieron a atacarnos cuando cortábamos sal. Fuimos a
quejarnos al Señor. Su representante preguntó: «¿Quiénes son más fuertes y
numerosos? ¿Ellos o vosotros?» Contestamos que ellos. Entró a ver al Señor, y
volvió. «Esto dice mi Señor», nos anunció. «Veintisiete días cortarán la sal
los de Afar, puesto que son más. Y tres días cortarán los indertas, puesto que
son menos, de cada treinta.» Y eso hemos tenido que hacer, señor.
—¿Qué aspecto tiene ese señor del fuego? —preguntó Fayum—.
¿Es así?
Y describió a Balahmut.
—No. El que describes más parece ser el servidor que
siempre le acompaña. El Señor del Fuego es mucho más alto, pero nadie le ha
visto la cara. Un velo negro la cubre toda, menos los ojos.
—Aguardad un momento-exclamó de pronto Fayum —. Mi señor
me habla (Yuma, en efecto, le estaba hablando). Dice que conoce vuestra
historia y que se apiada de vuestros sufrimientos. No debéis temer al Señor del
Fuego. Mi señor es mucho más poderoso que él y os ayudará a combatirle.
Mientras Fayum daba este mensaje, Imaru estaba dando
instrucciones, rápidamente, a Manrique. Por lo que había escuchado era evidente
que, a su llegada; el llamado Señor del Fuego había vertido combustible del
avión en el lago al ver acercarse a los Afar. Una cerilla encendida con las
uñas y dejada caer de pronto, había provocado la llamarada que tanto había
espantado a los indígenas. Lo de la montaña era más fácil de comprender aún.
Uno de sus hombres habría colocado explosivos en el cráter, dejando encendida
una mecha. Él había esperado el tiempo necesario a que se consumiera para
representar la comedia.
—Ya sabes lo que tienes que hacer-le dijo a Manrique —. En
el avión encontrarás una caja con dinamita y otras dos con granadas de mano y
de gases lacrimógenos y algunas cosas más. Procura no matar a nadie con ellos.
Sacó del bolsillo la maravillosa capa, la desplegó
sacudiéndola y se la puso con el lado negro para adentro. Hizo una seña a
Manrique y se caló la capucha.
Fayum, entretanto, seguía hablando.
—Tanto se ha apiadado de vosotros que seguramente se
presentará él mismo a infundiros confianza.
—Yo soy el Señor del Trueno-decía —, y me he apiadado de
los indertas. No quiero que sigan padeciendo. Destruiré el poder del Señor del
Fuego y los indertas saldrán victoriosos de sus enemigos los de Afar.
Los indígenas miraban a su alrededor, boquiabiertos,
tratando de averiguar de dónde salía aquella voz solemne, misteriosa. De
pronto, se notó como un revoloteo en el aire y apareció un rostro flotante
horrible, cubierto de una palidez cadavérica, en el que brillaban los ojos como
ascuas-la cabeza de Yuma, cuyo espantoso aspecto hacía estremecerse al que la
contemplaba.
Instintivamente, los indígenas se postraron ante ella.
—Levantaos-habló la faz —. Levantaos digo, y escuchad mis palabras.
Lentamente fueron levantándose todos, aterrados.
—Habéis escuchado las palabras de mi enviado-prosiguió
Yuma —. Estoy dispuesto a ayudaros. Mi enviado quedará entre vosotros y, como
merced especial, os daré un jefe que os conduzca. Él os llevará a la victoria
si obedecéis sus órdenes.
—Obedeceremos-respondió el anciano, temblando.
—Pero no debéis dirigirle la palabra. Él tampoco os la
dirigirá a vosotros. Os dará sus órdenes por mediación de mi enviado.
—No le dirigiremos la palabra y le obedeceremos
ciegamente-prometió el anciano.
—He aquí, pues, el jefe que os envío-dijo Yuma.
Notóse un nuevo revoloteo y apareció Manrique, que había
estado oculto bajo la capa.
Fue tan viva la impresión que causó al presentarse de
aquella manera, que los indígenas volvieron a prosternarse y fue preciso que
Yuma les ordenara otra vez que se alzaran.
—Mandaréis-dijo —, mensajeros a lo de vuestra tribu para
que acudan a reunirse con vosotros. Y obraréis siempre de acuerdo con las
órdenes del jefe que os he dado. Con él os dejo. Aunque invisible, nunca estaré
muy lejos de vosotros.
La cabeza desapareció tan misteriosamente como había
aparecido.
CAPÍTULO XIII
LA CASA DEL CRÁTER
IMARU, escondido entre las peñas, escudriñó las laderas y
la cima de Kebrit Ale con su catalejo. ¿Quién sería el misterioso Señor del
Fuego? Era evidente ya, por lo que contara el indígena, que Balahmut no había
sido más que un agente y no la inteligencia directora de aquella empresa. El
verdadero jefe había permanecido lejos mientras sus secuaces llevaban a cabo
sus órdenes.
Ahora ya conocía su guarida, pero aún no sabía cómo iba a
entrar en ella. Estaba seguro de que nadie le privaría la entrada si se
presentaba abiertamente, puesto que para que fuera allí se había preparado todo
aquel complicadísimo plan. Pero su propósito era introducirse sin ser visto,
sin que se sospechara su presencia.
El misterioso Señor del Fuego parecía conocer la mayoría
de sus secretos. Por consiguiente, no podía ignorar que poseía el don de
tornarse invisible. También era lógico que esperase que cuando acudiera
siguiendo la pista que se le había proporcionado, haría uso de su
invisibilidad. Cabía, por lo tanto, suponer que habría tomado sus medidas para
que la invisibilidad de Yuma no le sirviese de protección.
¿Qué medidas podían ser esas?
El hecho de que no lograra descubrir por parte alguna de
la montaña señal de que hubiera centinelas apostados, le sugería la única
protección posible para el cráter en ausencia de ellos: células fotoeléctricas.
Tendría que ir con cuidado por si acaso. ¿Qué otra medida de seguridad podían
haberse tomado?
En cierta ocasión se habían empleado contra él unos
dispositivos que registraban la presencia de una persona, aun que fuera
invisible, por ser sensibles a las emanaciones órficas. El Señor del Fuego tal
vez hubiera instalado dispositivos semejantes en su guarida. Pero de nada le
servirían. Después de la experiencia que había estado a punto de costarle la
vida. Yuma había ido siempre prevenido. Llevaba en aquellos momentos el
cinturón, inventado por él, que, mediante una serie de radiaciones eléctricas muy
débiles, neutralizaba por completo las despedidas por el cuerpo humano.
Imaru se guardó el catalejo, se introdujo en el oído uno
de sus auriculares tras acoplarlo al reloj y a una batería de bolsillo, se
envolvió en la capa y salió de su escondite. El maletín quedó oculto bajo unas
rocas, en el sitio convenido anteriormente con Manrique. Pesaba demasiado y
quería tener las manos libres para hacer frente a los peligros en que pudiera
encontrarse.
Inició la ascensión del monte, procediendo con cautela. Si
se habían instalado células fotoeléctricas, no esperaba encontrarlas antes de
llegar al borde del cráter: pero no quería correr riesgos. Por consiguiente,
subió con lentitud y tardó bastante en llegar a la cima. Sus precauciones, sin
embargo, resultaron justificadas como no tardó en descubrir. Había células
fotoeléctricas como había supuesto y encontró la primera disimulada sobre una
roca.
Estaba colocada a unos setenta y cinco centímetros del
suelo y, de haber seguido adelante Yuma, su cuerpo hubiera cortado el paso a
los rayos infrarrojos dirigidos hacia ella haciendo sonar la alarma. Se tendió
en el suelo y empezó a arrastrarse lentamente hacia delante hasta hallarse todo
su cuerpo más allá de la línea de la célula. Aun entonces, examinó atentamente
las rocas a ambos lados suyos para asegurarse de que no hubiera otra por allí
antes de levantarse.
Se hallaba ahora al borde mismo del cráter y le era
posible ver, por completo, su interior. Tenía la forma de un embudo y por la
parte de arriba era de una anchura sorprendente. La pendiente de las laderas no
era muy pronunciada y éstas se distinguían del exterior en que mientras el
monte era pelado por fuera (ya que estaba revestido de una capa de lava
endurecida), poseía, por dentro, una vegetación relativamente exuberante,
aunque Dios sabía de dónde había salido la tierra en que habían arraigado las
plantas. Se veían sicomoros, acacias, numerosos cafetales silvestres, palmeras,
áloes y tamariscos y gran número de zarzas y arbustos floridos.
Un poco más allá de donde se encontraba Imaru, arrancaba
un sendero que descendía, serpenteando, por entre la vegetación. Colocado junto
al camino, le era posible ver, por encima de los árboles, allá en el fondo del
cráter, el tejado plano de un edificio. Dos hombres se paseaban por él-montando
guardia, evidentemente. Y en cada uno de los cuatro ángulos de aquella especie
de azotea, se alzaba una garita.
Yuma no se fió del camino. Era muy probable que a lo largo
de él hubiera instaladas más células y otras trampas para el extraño que por él
se aventurara. Aunque el descenso resultaba más difícil y no dejaba por ello de
seguir existiendo el peligro de caer en una trampa, prefirió introducirse por
entre árboles y arbustos, aunque procurando permanecer siempre cerca del
sendero. Razonaba que el Señor del Fuego no habría dejado de prevenirse contra
la posibilidad de que alguno intentara sorprenderle bajando por entre las
plantas. Pero habría instalado sus trampas más al centro arguyendo que, quien
no empleara el camino procuraría mantenerse alejado lo más posible de él, por
lo que las orillas del sendero serían los puntos que ofrecerían mayor
seguridad.
Por fin, al cabo de unos minutos, llegó al terreno,
relativamente llano, del fondo. No podía ver ya la casa, porque los árboles se
lo impedían. Avanzó por entre ellos y se encontró, de pronto, al borde de un
precipicio. Miró a derecha e izquierda. A la derecha, un paso más allí de donde
se encontraba, había un puente que cruzaba la brecha y por el que se paseaba un
negro gigantesco. Si hubiera tenido la seguridad de que sólo el negro guardaba
el puente, Yuma se hubiese atrevido a cruzarlo. Después de lo que había visto
en la vecindad del cráter, sin embargo, se inclinaba a creer que el misterioso
jefe no se habría fiado, exclusivamente, de seres humanos para vigilar la
entrada de su guarida.
El precipicio era demasiado ancho para que pudiera
intentar saltarlo. Por consiguiente, torció a la izquierda en busca del final
del mismo. Estaba seguro de que la grieta aquella no cruzaba, por completo la
montaña y, tarde o temprano, encontraría un sitio por el que poder pasar sin
necesidad de usar el puente.
Tuvo más suerte de la que esperaba.. No tuvo necesidad de
buscar el final, porque, un poco más allá, llegó a un lugar en que la hendidura
se hacía muy estrecha, para volver a ensancharse, luego. Saltó por aquel punto
y retrocedió en dirección al puente por el otro lado. Antes de llegar a él hizo
un nuevo descubrimiento.
Se había internado un poco por el bosquecillo de aquel
lado y, de pronto, vio por entre los árboles parte de un edificio. Torció hacia
él. El edificio, que parecía un cobertizo, se hallaba pegado al bosque. Por
delante, se veía una especie de plaza bastante grande. Salió a ella, examinó el
edificio y comprendió en seguida el uso a que se le destinaba. Aquello, no era
otra cosa que un hangar y la plaza era un campo de aterrizaje, pero un campo
tan pequeño, que sólo un avión de tipo especial hubiera podido aterrizar en él.
Las grandes puertas del hangar estaban cerradas. En una de
ellas se había practicado una puerta menor para entrar y salir sin necesidad de
mover las grandes. Se acercó, escuchó unos momentos, no oyó nada ni vio a nadie
por los alrededores. La probó. Cedió a su empuje. La posibilidad de que algún
dispositivo especial delatase su presencia no le hizo retroceder ya. Si allí
había un avión era preciso inutilizarle para privar a los secuestradores de
todo medio de huida. Valía la pena correr el riesgo de ser descubierto para
lograr eso.
En el interior reinaba la más profunda oscuridad. Encendió
su lámpara de bolsillo miró a su alrededor. En el centro del cobertizo se
encontraba un modernísimo autogiro. Unos instantes le bastaron a Yuma para
romper conexiones, retirar piezas vitales y salir a la plaza de nuevo. El
autogiro había quedado completamente inutilizado. Aún cuando los hombres
poseyeran piezas de repuesto, necesitarían semanas para dejar el aparato en
condiciones de funcionar de nuevo.
Cruzó la plaza, atravesó una triple hilera de árboles y se
halló al pie de la casa. Esta se componía de planta baja y un piso y todas las
ventanas tenían celosías. Dio la vuelta completa buscando un medio de
introducirse en el edificio. Era de forma rectangular y tenía dos puertas: una
que miraba hacía el puente y otra por el lado de atrás.
Las celosías impedían ver el interior de las habitaciones
y descubrir si estaban desiertas o no, de manera que el intentar quitar una de
ellas resultaba peligrosísimo, puesto que se exponía a escoger una que
estuviera llena de gente.
Después de reflexionar unos instantes, decidió que lo
mejor que podía hacer era subir a la azotea si le era posible. Los hombres que
montaban la guardia allí tendrían que subir por algún lado y era posible que le
fuese a él más fácil entrar en la casa sin ser visto por el sitio que
utilizaban ellos para salir. Estaba dispuesto a intentarlo, por lo menos.
Antes, sin embargo, usó el reloj de pulsera para llamar a
X. Éste había recibido la orden de ir a recoger el maletín unos minutos después
de la marcha de Yuma y, evidentemente, había obedecido al pie de la letra
porque, en lugar de recibir contestación por medio del reloj, Yuma oyó que le
contestaban por el auricular que se había sujetado al oído:
—X.
—¿Hace mucho rato que tienes el maletín? —le preguntó
Yuma.
—Hace ya bastantes minutos. Desde el momento en que se
tiró usted al suelo al borde del cráter, jefe.
Yuma le explicó por qué lo había hecho y le dio una idea
de las trampas que creía posible se hubieran instalado por el interior del
cráter.
—Voy a intentar introducirme en la casa por el
tejado-terminó diciendo —. No te apartes ni un momento del maletín ya. Sigue
paso a paso todo lo que yo haga. Escucha bien mi conversación si hablo con
alguien. Pudiera ser necesario que te diera órdenes indirectamente... insinuar
algo, por ejemplo... y quiero que estés preparado para obedecerlas
instantáneamente.
—Bien, jefe.
Yuma dio la vuelta a la casa en busca de un sitio que se
prestara a ello para escalar la fachada hasta la azotea. Encontró que los
huecos entre las piedras de uno de los ángulos del edificio y las propias
ventanas le proporcionarían medios suficientes para apoyar los pies e
introducir los dedos.
Echó una mirada a su alrededor para asegurarse de que no
había nadie por las cercanías. En cuanto empezara la ascensión, su peligro
sería mayor, puesto que habría perdido, en parte, la invisibilidad. Cualquiera
que mirara desde abajo le vería los pies, ya que, naturalmente, la capa no le
tapaba la suela de los zapatos. Era un riesgo que había que correr, no
obstante.
Introdujo las uñas en una de las grietas y empezó la
ascensión. El peligro de que alguien saliera y le viese hizo que gateara lo más
aprisa posible sin detenerse. Hacía todo el uso que podía de las ventanas, pero
sin pasar por delante de ellas, ya que si su cuerpo tapaba la luz unos
instantes, pudiera despertar las sospechas de los que se hallaran dentro.
Al cabo de unos minutos, durante los cuales, entre el
intenso calor del día y el ejercicio, sudó copiosamente, llegó al borde de la
azotea, cerca de una de las garitas que había visto desde lejos. Los centinelas
se hallaban en medio de la azotea, uno de ellos de espaldas, el otro medio
vuelto. Aprovechó el momento para saltar sobre el tejado plano sin riesgo de
que se le vieran los pies.
No se veía abertura alguna en todo el tejado como no fuera
la de cada una de las garitas. Era de suponer, pues, que si había comunicación
entre la azotea y el resto de la casa, ésta se hallaría a través de las mismas.
Se introdujo en la que tenía a su lado. Descubrió que, en
efecto, allí había una escalera descendente. La única forma de cercar aquella
entrada era cerrar la puerta de la garita, y, como parecía imposible que
pudiera llegar nadie allí sin haber sido descubierto en todo el camino desde el
cráter ni al escalar la casa, a nadie se le había ocurrido cerrarla, máxime
habiendo dos hombres de guardia en la azotea.
Yuma se envolvió bien en su capa y puso pie en el primer
escalón.
Allá entre las rocas, arrodillado delante del maletín,
Manrique seguía los pasos de su jefe conteniendo el aliento de emoción mientras
en el cauce seco entre las peñas vecinas, los indertas iban ocupando los
puestos que, en nombre del jefe enviado por el Señor del Trueno, les iba
asignando Fayum.
CAPÍTULO XIV
EL PLAN DEL TUAREG
—¿HABÉIS estado alguna vez en el Danakil, señora?
—inquirió Amri, haciendo una seña a Dolores para que se sentase.
—¿Por qué me lo preguntáis? —respondió ésta, ocupando un
sillón.
—Desde la frontera de Eritrea hasta el Lago Assale, o
Karumbae Bad, como lo llaman los indígenas-continuó Amri, haciendo caso omiso
de su pregunta —, se extiende una enorme planicie de sal. Parece un mar helado
en el que reverbera el tórrido sol y son muy pocos los que se atreven a
aventurarse por él, porque el agua escasea, y aun los que conocen los contados
pozos que en ciertos lugares se encuentran, hallan con frecuencia al llegar a
ellos que los ha secado el calor...
—¿Para decirme eso me habéis hecho venir aquí? —exclamó
Dolores.
—Tened paciencia, señora: todo relato requiere un prefacio
y lo que os digo no es más que la introducción. Repito que esa planicie,
cortada de vez en cuando por bancos de arena y rocas volcánicas, es difícil de
cruzar. Por añadidura; tribus feroces la recorren... tribus que no vacilan en
atacar y dar muerte a cuantos extraños se cruzan en su camino... Esta casa,
señora, se encuentra a orillas del Lago Assale.
Dolores alzó, vivamente, la cabeza.
—¿Junto al Lado Assale? —exclamó.
—Lejos, muy lejos de la moderna ciudad en que transcurría,
plácidamente, vuestra existencia cuando decidí invitaron a que visitarais mi
humilde morada.
—Tenéis una forma extraña de extender vuestras
invitaciones-observó la joven, con ironía.
—¡Ah, señora! ¡Somos esclavos de las circunstancias!
¿Quién puede sustraerse a su Destino? Pero me hacéis divagar... Antes de
irrumpir en la planicie de sal, es preciso salvar una barrera de montañas,
tanto por el Este como por Occidente. Sólo por el Norte se hace más asequible
nuestra ciudadela.. En cambio, la distancia es mucho mayor...
«Allá en el Norte, un ferrocarril minero conduce desde la
costa del Mar Rojo hasta Kilulli, donde unos indígenas trabajan sacando potasa
del suelo. Hasta allí llega a veces, procedente del interior del Danakil, algún
afar errante, o algún inderta, que tiene a los trabajadores al corriente de lo
que ocurre en el interior. Los acontecimientos sufren siempre distorsión cuando
corren de boca en boca, señora, y aunque mi importancia es grande aquí, alcanza
cumbres insospechadas allá, si se da crédito a lo que cuentan los mineros...
—¿A qué conduce preámbulo tan largo? —quiso saber la
doctora—. ¿Qué queréis decirme con todo eso?
—La primera parte de nuestro plan ha salido a maravilla...
—¿Nuestro plan?
—Perdonad, señora; estoy tan seguro de que acabaréis
aceptando la protección que os brindo, que inconscientemente hablo de mi plan
como si fuera vuestro también. Digo que la primera parte ha salido bien: Yuma,
vuestro jefe y señor, ha caído en la trampa... hasta cierto punto.
—¿Hasta cierto punto nada más? —inquirió la joven con
sorna.
—Sólo hasta cierto punto, ¡ay de mí! —confesó Amri—; pero,
lo hará del todo sin tardar.
Dolores nada dijo. El tuareg prosiguió:
—Las instrucciones que di a mis agentes fueron obedecidas.
Yuma descubrió la pista que buscaba.
—Muy seguro parecéis estar de ello.
—Lo estoy. Los dos agentes que tenía en Port-Said
marcharon inmediatamente a Chipre, obedeciendo órdenes suyas, evidentemente,
con objeto de despistar. No podía saber él que hasta Chipre alcanzaba mi brazo
y que allí no me faltaban medios de información.
»Los dos agentes cambiaron de identidad, se trasladaron a
Eritrea fingiendo ser ingenieros de minas de nacionalidad italiana. Allí, mis
agentes, que les esperaban, se encargaron de no perderles de vista. Hace ya
varios días que llegaron a Kilulli y empezaron a hacer excursiones so pretexto
de examinar la formación geológica del terreno. En realidad se dedicaron a
hablar con los trabajadores indígenas y a recoger rumores, que sin duda tenían
orden de transmitir a su jefe.
»Este, sin embargo, parece no haber encontrado suficiente
lo que los supuestos ingenieros le han dicho, porque aun no se ha acercado a
Eritrea. Los dos agentes siguen haciendo excursiones, pero nunca se atreven a
internarse más allá de las minas de potasa de Dallol. Yuma se presentará por
fin, no hay duda; no me impaciento. Quiero acortar la espera. Tenerle en mi
poder lo más aprisa posible. Por eso os he llamado.
—¿A mí?
—A vos, señora.
—¿Creéis, acaso, que voy ayudaros a hacerle caer en
vuestras garras?
—Estoy convencido de ello.
—¡Sois un iluso!
—Perdonad que os contradiga: soy un positivista. Por eso,
no he pensado consultaros sobre el particular, sino deciros que vais a
ayudarme.
—¿Y si me niego?
El tuareg se encogió de hombros.
—Sabía que os ibais a negar; pero ¿qué importa eso? Me
ayudaréis, mal que os pese. Os hice venir para deciros que vais a partir de
aquí inmediatamente y dirigiros a Kilulli. Podéis hacerlo de buen grado y me
ahorraréis el trabajo de mandaros atada de pies y manos: eso vos misma lo
habréis de decir.
—Y ¿qué he de hacer en Kilulli-contemporizó la doctora.
—¿Vos? Nada, señora. Ni siquiera llegaréis a ese lugar.
Todo lo más, os aproximaréis a Dallol, donde vuestra escolta acampará. Correrá
entre los mineros el rumor de que un grupo afar se halla acampado cerca y que
parecen llevar consigo una mujer blanca, prisionera. Los dos agentes de vuestro
jefe oirán el rumor. Sin duda alguna uno de ellos por lo menos se aventurará a
acercarse para indagar. Os reconocerá, señora, porque estaréis bien visible y
se le allanará a él todo lo posible el camino para que pueda acercarse. Una vez
os haya visto, volveréis aquí con vuestra escolta. Yuma, conocerá la noticia al
poco rato y ya no habrá razón alguna para que vacile más. En cuanto él llegue a
Kilulli, lo sabré. En cuanto emprenda la marcha en dirección al Lago Assale mis
agentes me darán la noticia y, aunque a él le parezca imposible, estará
vigilado la mayor parte del camino... Porque tendrá que renunciar a su
invisibilidad para hacer el viaje, señora. No puede intentar hacerlo a pie,
porque el camino es largo y ha de ir cargado con víveres y agua abundante por
lo menos. Tendrá que hacer uso de un camello aunque acuda solo.
—¿Y si muriera en el camino?
—No morirá. Los indígenas me obedecen. Les daré orden de
que no le molesten. Más aún, si el agua le faltara, se le presentará,
inesperadamente para él, algún indígena amigo que le proporcione tan precioso
líquido o le enseñe dónde encontrarlo. No quiero que muera así. Ha de morir por
mis propias manos: sólo de esa manera quedaré satisfecho.
Y un odio intenso brilló en sus ojos al decir esto.
—Yuma no necesita ir a pie ni en camello para llegar hasta
aquí-dijo Dolores —. Cuenta con otros medios.
—¿Un aeroplano, quizá? —sugirió Amri—. Tanto mejor. Un
aeroplano no es invisible, señora... ni silencioso. Estaríamos preparados para
recibirle. Pero ya hemos hablado bastante-agregó, poniéndose en pie —. Dentro
de media hora estarán preparados los camellos y vuestra escolta. De ese tiempo
disponéis para decidir cómo se os ha de llevar.
Balahmut que, como de costumbre, había escuchado la
conversación de pie, dio un paso hacia la muchacha.
—Lo tengo decidido ya-dijo ésta —. Tendrán que llevarme
atada si os empeñáis que haga el viaje de Dallol.
—En ese caso, señora, no tenemos nada más que hablar.
—Por el contrario, amigo mío, ahora es cuando empieza en
serio la conversación-dijo una voz singular.
Simultáneamente se oyó un gemido y, al volverse Amri con
sorpresa, vio flotando por encima de su caído servidor una espantosa y
cadavérica faz.
CAPÍTULO XV
UN MUERTO QUE VUELVE
—¡YUMA! —exclamó el tuareg, con feroz alegría.
—Yuma soy-contestó la aparición —. ¿No me esperabas? Aquí
me tienes.
—No sé cómo lías podido cruzar el desierto sin
conocimiento mío-dijo el otro —. No sé cómo has podido llegar al cráter sin
anunciar tu presencia, ni bajar por las laderas sin hacer sonar la alarma, ni
penetrar en la casa sin delatarte a pesar de tu invisibilidad, pero sí sé una
cosa... ¡No volverás a salir de aquí con vida!
Se dejó caer, nuevamente, en su sillón.
—Cuida las manos-ordenó Yuma —. No hagas con ellas el
menor movimiento en falso. Te estoy apuntando aunque tú no lo veas.
—¿Temes, acaso, que dispare contra ti? —murmuró el
tuareg—. ¿Crees que quedaría satisfecho mi odio con verte morir tan aprisa? No,
Yuma... He de verte morir poco a poco... recrearme contemplando tus
sufrimientos... Has podido entrar en mi casa sin ser visto. Igual hubieras
podido hacerlo presentándote abiertamente. Nadie te hubiese cerrado el paso.
Todos tenían orden de franquearte las puertas para que pudieras llegar hasta
mi... Sí, Yuma: entrar había de serte fácil, pero ¡salir! ¡Eso no lo lograrás
nunca!
»Imaginabas tenerme en tu poder porque me apuntas con una
pistola; pero eres tú quien no puede escaparse ya de mis garras. ¡Por fin te
tengo, Yuma! —El hombre iba alzando la voz a medida que crecía su exaltación—.
¡Por fin te tengo!
»¡Años y años llevo trabajando para este día! He tenido
que luchar continuamente para contener mi impaciencia, para no dar un paso
antes de tiempo y comprometer la obra. He sufrido horrores. Pero ahora... ahora
que sé que no puedes escaparte... ahora que te veo aquí confiado dentro de mi
propia casa... ¡ahora doy todo ese tiempo por bien empleado!
»Mucho daño me has hecho en esta vida, Yuma... Muchas
veces has hecho fracasar todos mis planes... De no haber sido por ti, hoy sería
el amo del Universo... Pero no has conseguido más que aplazar el día de mi
triunfo... Nada puede detenerme ya. Tú, el único que me estorbaba, has venido
como un cordero, te has dejado engañar por unas cuantas pistas hábilmente
preparadas para que te sirvieran de cebo. ¡Tu carrera ha terminado, Yuma!
Osaste alzarte contra mí y, vas a pagar las consecuencias... ¡Mira!
Con un brusco movimiento se arrancó el negro velo que le
cubría el rostro, exhibiendo las facciones de un eurasio contraídas en tan
maligna expresión, que Dolores no pudo contener un grito de terror.
—¡Fegor! —exclamó, reconociéndole.
—Me lo suponía-anunció Yuma —. Sólo a Fegor podía
corresponder tu talla; sólo Fegor aspiró más de una vez a conquistar el mundo.
Pero has vuelto a equivocarte. No me conseguiste engañar ni un instante con tu
estratagema. Comprendí desde el primer momento que el secuestro de Dolores no
era más que la primera jugada en un plan encaminado a hacerme caer a mí en una
trampa.
»Por eso has vuelto ha fracasar. Por eso he podido llegar
hasta aquí sin que sospecharas mi presencia, mientras tú te entretenías
haciendo vigilar a los agentes a quienes dejé en Kilulli con ese exclusivo
objeto. No es Yuma quien ha terminado su carrera, sino Fegor. Creí haberte
dejado muerto en las islas del Ártico. Puesto que vives, aún espera poder hacer
de ti un hombre de provecho para la Humanidad. Yo no pienso matarte, Fegor.
Sería una lástima que se perdiera para siempre un cerebro tan privilegiado como
él tuvo.
—No se perderá, Yuma, ni serás tú quien dirija sus
actividades. Pareces no haber comprendido bien mis palabras. Te dije que no
saldrías de aquí con vida y le repito. ¿Sabes por qué me dejé caer en este
asiento? Mira... Lo tenía todo previsto... En este brazo hay un timbre. Al
sentarme lo hice sonar. ¿Sabes lo que ha ocurrido al oír mis hombres la señal?
¡Han cerrado todas las puertas de la casa! ¡Han montado
guardia atrás, delante y a los lados para que nadie pueda salir por las
ventanas sin ser descubierto! ¡Se han concentrado todos en espera de mis
órdenes! ¡Bari! ¡Nused!
—¿A quiénes llamas? —inquirió Yuma, sin inmutarse—. ¿A tus
dos gigantescos nubienses acaso? Pierdes el tiempo. Los dejé como a tu esbirro
Balahmut antes de entrar en este cuarto. Duermen. Dos horas por lo menos
tardarán en despertarse.
Fegor pareció desconcertarse momentáneamente. Luego:
—¿Qué has adelantado con ello? Tengo el dedo sobre el
timbre. Aunque dispares sobre mí no podrás impedir que lo oprima. Al oírlo, mis
hombres acudirán hacia aquí y te harán prisionero.
—Tus hombres no podrán llegar hasta aquí a menos que yo lo
desee-anunció Yuma —: Hiciste construir puertas fuertes para que resistieran
posibles acometidas. Tu principal propósito era impedir que yo pudiera salir si
algún día llegaba a entrar en tu guarida. Has perdido, Fegor. Tus propias armas
se vuelven contra ti. Si yo no puedo salir, tampoco pueden ellos entrar.
—Ellos poseen las llaves para franquearlas.
—De nada han de servirles. Imité tu voz y ordené a tus
esclavos negros que cerraran las puertas que conducen a este lado de la casa
después... de haber hecho retirar a cuantos por aquí hubiera. Por orden tuya,
según ellos creyeron, echaron cerrojos y barrotes aislándonos por completo.
Cuando hubieron terminado, una inyección bastó para que se desmoronaran sin
sentido. Eres mi prisionero, Fegor. Nadie puede ayudarte. Estamos aislados de
los demás. Dolores, tú, Balahmut y yo...
Centellearon de rabia los ojos del Señor del Fuego.
—¡No has ganado, Yuma! ¡Aun quedan muchas cartas por
jugar! ¡Tú mismo reconoces que no puedes salir de aquí! En cuanto mis hombres
se den cuenta de la situación, entrarán por las ventanas.
—Yo me encargaré de inutilizarles a medida que vayan
entrando contestó Yuma.
Dejó caer una pistola a los pies de Dolores y otra
apareció, flotando en el aire a poca distancia de la cabeza de Fegor.
—Recoge esa pistola, Dolores-dijo —. Puede haber necesidad
de que me ayudes.
Por las celosías empezó a filtrarse, de pronto, un rumor sordo
que acabó convirtiéndose en feroz griterío.
—¡Los indígenas! —exclamó Dolores.
—Los afar —asintió Fegor.
Y volvió a notarse nuevamente un deje de triunfo en la
voz.
—Mis súbditos-dijo —, súbditos feroces que se dejarán
matar por aquel que ellos conocen bajo el nombre del Señor del Fuego. Están
rodeando la casa, Yuma. Ellos eran el triunfo que me reservaba en esta partida.
Han acudido llamados por mis hombres al dar yo la alarma. ¡No podrás salir vivo
de aquí! ¡Asaltarán la casa si no salgo yo pronto a hablarles!
—Llegarán tarde-contestó Yuma —. Si tú, titulándote Señor
del Fuego, sometiste a una tribu, yo, como Señor del Trueno, he alzado otra
tribu contra ella y contra ti. Dentro de unos momentos tus servidores se
dispersarán aterrados ante los truenos que los míos desencadenarán contra
ellos. ¡Vas a quedar más solo que nunca, Fegor!
Apenas hubo acabado de hablar, cuando allá, junto al borde
del cráter, sonó una violenta explosión que despertó los ecos.
—¡El trueno habla! —exclamó Yuma—. ¡Todo ha terminado para
ti, Fegor!
La algarabía que sonara fuera cesó de pronto y, tras la
primera explosión, reinó un silencio mortal.
¡BUUUUM!
Las paredes de la casa retemblaron al estallar una barra
de dinamita dentro del propio cráter.
Rasgóse el silencio, luego, como por ensalmo. Las voces
volvieron a oírse fuera, pero ahora sólo articulaban gritos de terror. Una
tercera explosión, más cerca aún, impulsó a Fegor a ponerse en pie de un brinco
y llevarse bruscamente la mano al pecho. No pasó de ahí su gesto. La pistola
flotante habló. Fegor abrió desmesuradamente los ojos y lanzó un grito
terrible, que se cortó en seco de pronto, como si hubieran asido por la
garganta al que lo exhalaba. El eurasio aun hizo un esfuerzo supremo por terminar
el movimiento que había iniciado y sacar la pistola. No tuvo tiempo. Las
piernas se negaron a sostenerle, las rodillas se le doblaron, y cayó,
pesadamente, al suelo.
—Tiene para dos horas por lo menos-murmuró Yuma —. Más
vale que le dé la inyección ahora, para prevenirnos contra toda contingencia.
Una hipodérmica apareció en el aire, se clavó en el brazo
de Fegor. Cuando volvió a retirarse, la carrera criminal del eurasio había
terminado para siempre. Recobraría el conocimiento horas más tarde; pero habría
perdido la memoria. Yuma le mandaría, como a otros tantos, a una colonia
secreta de América del Sur, donde se le volvería a educar y se le enseñaría a
aprovechar su talento para bien de la Humanidad.
—Manrique-dijo Yuma, en alta voz.
—Escucho, jefe. Lo he oído todo. ¿Inicio el ataque?
—Suelta unas cuantas barras de dinamita más, primero para
acabar de desmoralizar a los afar. Luego, ataca con las granadas de gases
lacrimógenos. Haya que procurar coger a todos los que vivieron aquí con Fegor.
No deben ser muchos.
—Bien, jefe. No se mueva de donde está para evitar
accidentes.
Yuma se inclinó sobre el cuerpo de Balahmut y le dio una
inyección también para que, cuando volviera en sí hubiera perdido la memoria
también. Luego se volvió a la muchacha que había escuchado, extrañada, lo que a
ella, que no conocía aún la invención de su jefe, le había parecido un
monólogo.
La entregó un broche que llevaba en el bolsillo y la
explicó su objeto. Después la dio uno de los minúsculos auriculares y una pila
seca.
—¿Sabes dónde guardó Fegor tu reloj? —le preguntó a
continuación.
—Sí-respondió ella —. ¡Oh, jefe!— agregó bruscamente,
quebrándosele la voz —. ¡Las angustias... que he pasado temiendo que cayera
usted en la trampa de verdad!
—Has sido valiente, Dolores-repuso, con dulzura Yuma —. En
realidad, nunca existió peligro alguno de que cayera en la trampa. A pesar de
su inteligencia, Fegor empleó procedimientos muy burdos para que me pudiera
engañar. ¿Dónde está el reloj?
Ella le condujo a la habitación del telégrafo. El reloj
seguía en la caja en que lo metiera Fegor. Lo sacó y se lo puso y, al mismo
tiempo, recordó una cosa.
—El agente de Fegor en Alejandría-dijo —, tiene estación
transmisora y receptora. Le habló desde aquí dándole órdenes. Usó clave y no
las entendí; pero pude darme cuenta de cuáles eran las letras de llamada de la
estación y me las aprendí de memoria.
—Bien —dijo Yuma—. ¿Cuáles son?
La muchacha se las dijo.
—Bien. Ya probaremos localizarla en Alejandría mismo, o
encargar de ello a nuestros agentes, para que ese hombre siga la misma suerte
de su jefe.
Mientras hablaban, se habían oído varias explosiones más,
cada vez más cercanas. Por último oyeron gritos lejanos que, poco a poco, se
iban aproximando. Manrique atacaba con los indertas. Momentos más tarde, se oyó
la explosión, contra las paredes de la casa, de las primeras granadas.
El aire se pobló de gritos y ayes de terror al hacer
efecto los gases lacrimógenos. Se alzaron, a continuación, los alaridos
victoriosos de los indertas que, gradualmente, se fueron retirando.
—Los de Afar huyen-comentó Yuma —. Los indertas los
persiguen.
Sonó ruido de una celosía que se astillaba y una serie de
explosiones seguidas en la planta baja de la casa. El griterío que siguió
demostró, con harta elocuencia, la eficacia de los gases. Las puertas se
abrieron y, aunque no los veían, Yuma y Dolores se imaginaron a los secuaces de
Fegor, escocidos los ojos, saliendo a ciegas en busca del aire.
Yuma sacó del bolsillo unas gafas cerradas a las que iba
acoplado una especie de depósito pequeño, hecho de forma que tapara la boca y
la nariz.
—Ponte esto-le dijo a Dolores —. Parte de los gases pueden
filtrarse hasta aquí. También lo necesitarás para cruzar las habitaciones de la
planta baja.
Dolores lo tomó.
—Manrique-llamó Yuma.
—Soy Fayum-contestó una voz —. Manrique está cuidándose de
los prisioneros en este momento.
—¿Han salido todos de la casa?
—Creo que sí. Si alguno queda, debe encontrarse sin
sentido. No es posible que haya quien resista la cantidad de gases que hemos
echado dentro.
—Entra con unos cuantos indertas. Tenemos que sacar los
cuerpos de Fegor, Balahmut y dos nubienses por lo menos.
—Ahora mismo voy.
Tardó unos minutos en llegar. Le había costado trabajo
convencer a los indertas para que se dejaran poner gafas. Uno había insistido
en entrar sin ellas y había vuelto a salir aterrado.
Los cuatro cuerpos fueron sacados por los indertas, que
quisieron postrarse ante Yuma al ver la cabeza flotante.
En el exterior encontraron a Manrique con seis hombres y
dos mujeres en hilera delante de él. Les había dado una inyección a todos.
—¿Falta alguno? —inquirió Yuma.
—Ninguno, jefe. Fayum ordenó a los indertas que no dejaran
escapar a ninguno de los hombres de Fegor, pero que se limitaran a hacerlos
prisioneros. Aseguran que aquí están todos los que vinieron con ese hombre.
No había más que una veintena de indertas allí, todos
ellos atemorizados por la presencia del Señor del Trueno.
—Es preciso registrar la casa-dijo Yuma —, para
asegurarnos de que nadie queda aquí. Buscaremos si hay papeles por alguna
parte. Luego destruiremos el edificio con dinamita. Antes de eso, sin embargo,
voy a emplear la estación de radio para pedir que se nos mande un avión lo
bastante grande para dar cabida a toda esta gente.
Volvió a entrar en la casa y mientras Manrique y Fayum la
registraban de arriba abajo, se dirigió al cuarto de telegrafía, donde
permaneció un buen rato comunicando. No se limitó a pedir un avión tan sólo,
sino que dio la contraseña de la estación de Alejandría para que se llamara y
calculara el punto en que estaba enclavada después de haberlo dispuesto todo
para caer sobre ella y apresar a cuantos hubiera dentro. Transmitió asimismo
los nombres y direcciones que encontró anotados en una libreta y luego bajó a
reunirse con sus agentes.
—No hemos encontrado absolutamente nada-anunció Manrique
—. Ni personas ni documentos.
—Bien. Hay en total diez hombres que transportar. Los
indertas que hay aquí son veinte y todos ellos parecen fuertes. Podrán con
ellos. Dos para cada hombre. Seguramente nos iremos encontrando otros indertas
por el camino que podrán relevarles si se cansan. Así, cargados, tardarán
alrededor de media hora en salir del cráter. Vamos a colocar la dinamita.
Pondremos una mecha lenta que tarde dos horas en consumirse. Hay que dar un
golpe de efecto.
Metieron la dinamita que quedaba, en la casa, colocaron
detonadores, encendieron la mecha. Yuma consultó su reloj.
—En marcha-dijo.
*****
Faltaban cinco minutos para las dos horas calculadas por
Yuma. Los indertas, obedeciendo orden de Manrique, transmitida por Fayum, se
habían congregado cerca de los bordes del cráter.
En el espacio que Fayum había hecho dejar libre, se notó
un revoloteo en el aire y apareció la cabeza de Yuma.
—¡Oh indertas! —dijo éste—. ¡Muchos sufrimientos os ha
causado el vil Señor del Fuego! ¡Merece un castigo ejemplar y, para dárselo, le
llevaré conmigo a las regiones del trueno! Pero no es justo que siga existiendo
esa casa como monumento, a sus días de opresión. En vuestra presencia,
descargaré mis rayos sobre ella para destruirla.
Apareció una mano en el aire cerca del rostro. Se alzó
lentamente. Aún no había alcanzado su máxima altura cuando una llamarada
cegadora surgió del fondo del cráter y una violentísima explosión hizo que
temblara toda la montaña. Árboles arrancados de cuajo y trozos de roca se
elevaron a gran altura, volviendo a caer y arrasándolo todo. Algunos indertas
cayeron al suelo; otros se taparon la cara atemorizados.
Una densa humareda llenaba la hondonada.
El fino oído de Yuma percibió un rumor lejano.
—¡Buscadores de sal! —dijo—. ¡Os di un jefe y su misión se
ha cumplido! Llamaré a un carro del cielo para que venga a recogerle!
Alzó la mano de nuevo. Un punto apareció en lontananza,
acercándose por momentos a medida que el rumor crecía.
Los indígenas llenos de supersticioso temor, miraron hacia
el lugar que la mano del Señor del Trueno señalaba. Vieron agrandarse el punto
hasta convertirse en un avión de dos motores que, tras describir un par de
círculos en el aire fue a aterrizar en la planicie de sal.
Todos descendieron por la ladera de Kebrit Ale, hacía el
punto en que habían dejado a los prisioneros. Yuma les había dado otra
invención poco antes y continuaban sin conocimiento custodiados por un grupo de
indertas.
A una orden de Yuma los indígenas cargaron con los hombres
y avanzaron hasta el punto en que se hallaba el avión, al que se acercaron con
evidente temor. Sólo las palabras de Yuma consiguieron darles ánimos para
trasladar su carga al interior del mismo.
Manrique y Fayum subieron a bordo también. Dolores se
quedó en tierra con Yuma, por orden de éste.
Volvió a alzar la mano el Señor del Trueno. El avión
despegó, ganó altura... Los indertas lo miraron con nostalgia hasta que se
perdió de vista.
—Ven, Dolores-ordenó Yuma —; falta el último acto de esta
obra.
Echó a andar hacia el lugar de la montaña en que había
dejado su avión, llevando en una mano el maletín, del que había vuelto a
hacerse cargo.
Ya cerca del punto que le sirvió para aterrizar, se volvió
hacía los indígenas que les habían seguido a cierta distancia.
—Deteneos aquí-ordenó.
Le obedecieron.
Ascendió, acompañado de Dolores, el picacho tras el cual
estaba su aeroplano. Una vez arriba, miró hacia abajo.
—¡Adiós, pueblo de buscadores de sal!
La cabeza flotante desapareció al calarse él la capucha.
Dolores permaneció visible unos instantes más, hasta que la capa de Yuma se
cerró sobre ella.
Bajaron el picacho por el otro lado. Minutos más tarde, un
avión pequeño se elevaba sobre las montañas Doga. Lo pilotaba Imaru y, a su
lado, mirándole con ojos que no sabían disimular su admiración y su cariño, iba
Dolores.
No había hecho pregunta alguna. Ignoraba dónde la
llevaban. Sólo sabía que se hallaba junto a su jefe y que hubiera querido que
el viaje se prolongara siglos y siglos si era aquella la única manera de poder
estar a su lado eternamente.
FIN
Publicado por: Editorial Molino, junio de 1945


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