© Libro N° 4004. Flor De Loto. Molinero, Rafael. Colección E.O. Julio 22 de
2017.
Título
original: © Flor De Loto. Rafael
Molinero
Versión Original: © Flor De Loto. Rafael
Molinero
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Guillermo Molina Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
FLOR DE LOTO
Rafael Molinero
El hombre se detuvo y miró a su alrededor. La calle estaba
completamente desierta. Alzó la mirada. Ni una sola persona asomaba a ninguno
de los balcones de la casa de cuatro pisos ante la que acababa de detenerse. Se
encogió de hombros y siguió su camino.
Sin embargo, no lograba desterrar el presentimiento de que
un grave peligro le amenazaba. Era este presentimiento el que le había hecho
detenerse y el que logró ahora que se detuviera por segunda vez. Acababa de
herir su oído una especie de zumbido lejano, muy leve aún, pero cuyo volumen
aumentaba por instantes.
Flor de loto
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
notes
Flor de loto
G. L. Hipkiss
(como Rafael Molinero)
Yuma/9
CAPÍTULO I
EL hombre se detuvo y miró a su alrededor. La calle estaba
completamente desierta. Alzó la mirada. Ni una sola persona asomaba a ninguno
de los balcones de la casa de cuatro pisos ante la que acababa de detenerse. Se
encogió de hombros y siguió su camino.
Sin embargo, no lograba desterrar el presentimiento de que
un grave peligro le amenazaba. Era este presentimiento el que le había hecho
detenerse y el que logró ahora que se detuviera por segunda vez. Acababa de
herir su oído una especie de zumbido lejano, muy leve aún, pero cuyo volumen
aumentaba por instantes.
El instinto le impulsó a retroceder un paso.
Aunque momentáneamente desorientado, no tardó en darse
cuenta de que el extraño sonido procedía de arriba. Alzó la cabeza. A la altura
del segundo piso algo giraba vertiginosamente en el aire.
Le era imposible distinguir qué objeto producía el zumbido
aquel y, antes de que hubiera podido determinar su tamaño, el objeto pasó
rozándole la cara y cayó a sus pies.
Lo miró, extrañado. Era una flor de loto tallada en
madera. ¿De dónde había caído? Volvió a dirigir la mirada hacia arriba.
Nadie.
Las ventanas seguían desiertas. Las persianas cerradas.
Dejó que su mirada se elevara aún más, pero si había
esperado hacer algún descubrimiento escudriñando el alero, sus esperanzas
quedaron defraudadas. Desde la planta baja hasta la vetusta chimenea que
asomaba tras el parapeto del tejado, la fachada del edificio presentaba el
mismo aspecto de abandono, la misma gris expresión de todo edificio sin
habitar.
Malden volvió a encogerse de hombros. Bajó la mirada y
contempló durante unos instantes la misteriosa flor.
Aun sin inclinarse, su extraordinaria belleza le
sorprendió. Las maravillosas líneas de las flores de loto que en sus viajes de
egiptólogo, había observado en los capiteles de las columnas del famoso templo
de Karnac, cerca del delta del Nilo, no superaban en simetría los de aquella
minúscula flor que había caído a sus pies.
Decidió por fin, recogerla y examinarla de cerca, en
espera de que, algo en ella le suministrara un indicio susceptible de aclararle
el misterio de su procedencia. Se agachó y extendió la mano. Sus dedos rozaron
los pétalos en forma de cáliz. Asió la flor y empezó a enderezarse de nuevo.
No llegó a completar el movimiento, sin embargo. Le
invadió una sensación inexplicable. Fue algo así como si dos chorros de fuego
se le introdujeran por las fosas nasales y le abrasaran el cerebro.
Durante unos segundos se dio cuenta, vagamente, de que en
lugar de producirle agudo dolor, como había esperado, sus facultades mentales
alcanzaban una excitación tal que hubiera sido capaz de resolver los más
intrincados problemas.
Esta exaltación fue en aumento. El cerebro pareció
liberarse del cuerpo, flotar en el espacio, alcanzar niveles jamás soñados. Y,
como si tal desarrollo fuera incompatible con las posibilidades de un ser
humano, el cerebro pareció estallar de pronto y el cuerpo de Peter Malden cayó
exánime sobre la acera sin que la agarrotada mano hubiese soltado la flor de
loto, presunta causa de todos sus males.
Unos minutos después, una mujer que pasaba descubrió el
cuerpo sin vida y, a sus gritos de alarma, acudió un policía, que avisó
inmediatamente al forense.
Media hora más tarde, los restos del que fuera en vida
eminente egiptólogo descansaban sobre una losa en el depósito de cadáveres. El
resultado de la autopsia fue publicado al día siguiente por todos los
periódicos. Malden había muerto como consecuencia de un ataque cerebral.
La familia se hizo cargo de los despojos mortales del
egiptólogo, dándoles cristiana sepultura con asistencia de una nutrida comisión
de miembros de la Sociedad de Arqueología; la Sección Necrológica de todos los
periódicos publicó datos biográficos del difunto y un resumen de la labor
científica que llevara a cabo en vida, y ahí terminó el asunto. La muerte había
sido natural. ¿Qué había, pues, que investigar?
*****
En el despacho del director del Instituto de Inventores e
Investigaciones Científicas de Barcelona había dos hombres sentados. Uno, que
lo mismo podía tener treinta que cuarenta años, era seco de rostro, tenía
tostado el cutis, aguileña la nariz, negra como ala de cuervo la cabellera. Sus
facciones formaban un conjunto exótico, acentuado por el rescoldo que,
dormitando en el fondo de sus pupilas, convertíase en llama a voluntad.
El rostro del otro era de acusadas facciones, ojos grises
muy vivos, que parecían incapaces de fijar la mirada un instante, pero que a
veces sorprendían, inmovilizándose. En tales momentos adquirían un brillo
extraño; como el del hielo y, como si de hielo fueran, daban frío a aquel en
quien se clavaban.
La cuadrada mandíbula expresaba determinación, testarudez
incluso. Le clareaban los cabellos, cubriéndole escasamente la parte superior
de la cabeza. Andaba más cerca de los cuarenta que de los treinta y ser voz era
enérgica, pero agradable.
—No me gusta ni pizca este asunto, Garvez-dijo el primero
de los dos —. Tome, lea.
Le entregó al otro el periódico que había sobre la mesa,
señalando con el índice la breve noticia en que se daba cuenta de la defunción
de Peter Malden.
Garvez leyó atentamente la noticia y luego miró al
director del Instituto, interrogador.
—¿Qué opina usted de eso? —le preguntó este último.
El otro le miró, un tanto desconcertado.
—¿Es importante? —inquirió—. Confieso que no veo...
—Este señor formaba parte de la expedición Thorndown.
—¿De la que descubrió la tumba del famoso faraón de la
tercera dinastía?
—De la misma.
—Es raro que los periódicos no digan nada de eso,
Trévelez.
—Lo dirán mañana. Se ve que han recibido la noticia
demasiado tarde para publicarla con mucha extensión y no han dado suficiente
importancia a la cosa para decidirse a lanzar un número extraordinario.
¿Recuerda usted el contenido del papiro que encontraron en la caja de la momia?
—Algo me parece recordar. ¿No maldecía a los que turbaran
su reposo?
—Los jeroglíficos decían, textualmente, lo siguiente: «Oh,
tú que osaste turbar mi milenario reposo. ¡Guárdete de llevar más lejos tu
sacrilegio sacándome de mi última morada! Si lo hicieras, la Flor Sagrada será
tu muerte». El faraón ese parece haber prevista que algún día seria profanada
su tumba. Sea como fuere, la maldición se cumple.
»La expedición se componía de seis hombres. Tres de ellos
han muerto ya: el primero perdió la vida en la misma tumba, al caerle encima
una estela en la que, por cierto, figuraba esculpida una flor de loto; el
segundo se ahogó en el Nilo creando intentaba coger un loto, y el tercero es
Malden.
—Según el periódico-objetó Garvez —, murió de un ataque
cerebral.
—En efecto, el médico forense asegura que la muerte
sobrevino como consecuencia de una hemorragia, es decir, que se trata de un
caso de muerte natural. Por consiguiente, la policía no considera que el asunto
sea de su competencia y se ha limitado a notificar a la familia para que
disponga del cadáver.
—... ¿usted no está de acuerdo con ella?
—Lo estaría si la muerte fuese natural, en efecto. Pero la
policía no parece haber dado importancia a la flor de loto en su mano.
—Estaría examinándola cuando le dio el ataque.
—Es muy posible. No obstante, hay que tener en cuenta que,
según el papiro, Malden, igual que sus compañeros, debía hallar, la muerte por
medio de una flor de loto.
—¿Así, usted cree en los maleficios y en el poder de las
maldiciones?
—Ni creo ni dejo de creer. En esas cosas conservo la mente
abierta: estoy dispuesto a creer que eso es posible si me lo demuestran. Pero,
en el caso que nos ocupa, me inclino a creer que se trata de un simple
asesinato.
—¿Asesinato? —exclamó Garvez, con asombro—. ¿En qué se
basa usted para decir eso?
—En el hallazgo de la flor de loto principalmente. Sin
embargo, no pasa la cosa de ser una creencia mía y quisiera conocer un poco más
el asunto antes de emitir juicio definitivo. No obstante, si, como temo, se
trata de un asesinato, es muy posible que vaya seguido de otros. Hay que
impedirlo a toda costa.
—¿Cómo? —inquirió Garvez.
Antes de contestar, Trévelez se acercó a la estantería y
volvió a la mesa con un folleto en la mano.
—Esta-dijo —, es la memoria publicarla por la expedición
Thorndown y en ella se hace una relación de sus hallazgos. Lo que más nos
interesa, de momento, sin embargo, es el nombre de los componentes de la
misma... mejor dicho, de los únicos tres que quedan con vida.
Abrió el folleto. Empezó a leer:
—Robert Thorndown... Peter Malden... Stephen Gonder...
Stanley Bevan... John Swansea... Hubert Lowther... Los muertos son Gonder,
Malden y Swansea. Quedan Thorndown, Bevan y Lowther. Estos tres corren peligro.
Hay que avisar a Surrey, Leighton y Malone como primera providencia. Después...
después ya veremos.
CAPÍTULO II
EL ROBO EN EL MUSEO BRITÁNICO
EL día quince de marzo, a las nueve de la mañana, un
camión se detuvo en Great Russell Street, a la puerta del Museo Británico, y se
apearon de él cinco hombres, tres de los cuales llevaban uniforme de empleados
del Museo.
Se hallaba a la sazón un policía en la vecindad y uno de
los hombres se acercó a él, mientras los otros entraban en el edificio.
—Le agradeceré que no se aleje de aquí hasta dentro de
unos minutos, guardia-dijo.
Y exhibió, rápidamente, una credencial de agente de la C.
I.. D., o Brigada de Investigación Criminal de Scotland Yard.
El guardia enarcó las cejas y miró a su interlocutor.
—¿Pasa algo? —inquirió.
—No, pero puede pasar.
Y como el otro le mirara interrogador, aclaró:
—Las autoridades del Museo quieren trasladar una momia y
no sé qué más. Por lo visto temen que se intente algo contra ella... tal vez
que la roben o algo así, aunque maldito si veo yo por qué ha de querer robar
nadie uno de esos trastos... Sea como fuere, el caso es que pidieron dos
agentes para custodiar la momia todo el camino. Mi compañero ha entrado con los
empleados. Yo me quedo aquí de guardia... pero no estaría de más que me hiciera
usted compañía, por si acaso.
—¿Y para qué van a sacar la momia de aquí? —preguntó el
guardia, extrañado.
—Quizá para restaurarla, ¿qué demonio sé yo? A mí no me ha
dado explicaciones el jefe.
—Para restaurarla, no-dijo el guardia, sacudiendo la
cabeza —. Esas cosas las hacen aquí mismo.
Se apostó ante la puerta con el detective.
Mientras los dos hombres hablaban, los otros cuatro se
dirigían, apresuradamente, hacia la Sección de Egiptología.
La hora había sido calculada bien. La Sala de Lectura del
Museo se abría a las nueve de la mañana, pero todo lo demás permanecía cerrado
hasta las diez, de forma que se cruzaron con muy pocos empleados, y éstos,
viendo de reojo los uniformes, no se fijaron mucho en ellos.
La puerta de la Sección de Egiptología estaba cerrada,
pero iban preparados para eso. Parecían duchos en el manejo de la ganzúa y no
tardaron en franquear la entrada, cerrando la puerta nuevamente tras ellos,
dejando al otro detective de guardia.
Los tres presuntos empleados parecían saber dónde estaba
lo que buscaban. Marcharon derechos hacia un punto de la sala en que se
encontraban y se detuvieron ante una vitrina que contenía una momia, sobre la
que campeaba un letrero con las palabras:
Tut-Ammon-Hotep
Faraón de la III Dinastía
Memphis.
En aquel momento apareció un empleado que, al verles, se acercó
a ellos. Aún no había dado dos pasos cuando uno de los hombres saltó sobre él,
descargándole tan fuerte golpe en la cabeza con una porra que apareció, como
por ensalmo, en su mano. El empleado cayó pesadamente al suelo y el hombre de
inclinó sobre él.
—Tardará por lo menos media hora en recobrar el
conocimiento-anunció —. Más vale que nos demos prisa. Pudiera presentarse otro
y dar la alarma.
Volvió al lado de sus compañeros, uno de los cuales estaba
examinando ya el cierre de la vitrina.
—Iremos más aprisa si cortamos el cristal-dijo.
—No hay necesidad-contestó el otro —. Ya está abierto.
Se oyó, en efecto, un chasquido y la vitrina se abrió.
La caja de la momia estaba abierta, pero la tapa estaba al
lado. La taparon apresuradamente y la sacaron, depositándola momentáneamente en
el suelo.
—¿Qué hacemos del tipo ese? —preguntó uno.
—Meterle en la vitrina y cerrarla-contestó el que dejara
sin sentido al empleado auténtico.
—¿Quién tiene un trozo de cuerda?
—¿Para qué?
—Para atarle.
—No es necesario. Perderíamos tiempo No volverá en sí en
bastante rato.
No se discutió más. El empleado fue metido en la vitrina,
siendo cerrada ésta a continuación.
Uno de los hombres se quedó de guardia junto a la momia.
Los otros dos se dirigieron a las vitrinas horizontales en que se guardaban
papiros y objetos pequeños.
Fueron examinándolas una por uno, hasta dar con lo que les
interesaba. Fue obra de un momento extraer los papiros y recoger varias figuras
de la vitrina contigua.
De otro lugar tomaron cuatro vasos canopes, tapados con la
imagen de los cuatro Genios funerarios hijos de Horus, a cuya guardia se
confiaban las entrañas y las vísceras del egipcio momificado.
Después volvieron al sitio en que habían dejado a su
compañero.
—¿Lo tenéis todo ya? —preguntó éste.
—Todo lo que hemos podido encontrar. Jack llevará los
vasos, los papiros y las figurillas. Ayúdame tú con la momia.
—No vamos a poder entre los dos.
—Aguardad un poco-dijo el tercero: —tal vez quepan los
vasos en la caja de la momia y podré ayudaros.
Se intentó. No podía cerrarse la tapa del todo, sin
embargo.
—Es igual-dijo el llamado Jack —. Mientras no se haga
presión sobre la tapa, no hay peligro de que se rompan. Vamos.
Se colocó, a un extremo de la caja y los otros se pusieron
uno a cada lado, pero la momia pesaba mucho más, dentro de su estuche, de lo
que habían imaginado.
—Hay que hacer un esfuerzo-anunció Jack —. Walter podrá
echarnos una mano cuando lleguemos a la puerta.
Avanzaron por la sala con dificultad, dejando atrás al
empleado que seguía dentro de la vitrina, sin conocimiento.
El que se había quedado a la entrada de la sala abrió la
puerta y, cuando hubieron salido, volvió a cerrarla y ayudó a sus compañeros.
Llegaron a la puerta de la calle sin novedad y el propio
guardia les ayudó a subir la momia al camión. El detective dio las gracias al
policía y el vehículo se puso en marcha, encaminándose a Tottenham Court Road.
Apenas hubo doblado la esquina, desapareciendo de vista,
se oyeron pasos presurosos y apareció un empleado del Museo, jadeando. Vio al
policía que estaba a punto de marcharse, y le asió del brazo.
—¡Guardia! —exclamó, con voz ahogada—. ¿Ha visto sacar por
aquí, una momia?
El policía lo miró con sorpresa.
—Naturalmente. La que había orden de trasladar esta
mañana.
—¿Orden de trasladar? Pero... ¿es posible que haya dejado
usted sacar de aquí una momia sin decir nada?
El policía empezó a sobresaltarse.
—Qué quiere usted decir con eso-preguntó —. La han sacado
tres empleados del Museo escoltados por dos detectives. Uno de ellos me enseñó
sus credenciales.
—¡Serían falsas! ¡No hemos recibido orden de dejar salir
ninguna momia de aquí! Y... ¡se han llevado la más valiosa de toda la
colección! ¿Por dónde han ido? ¡Hay que detener a esa gente, guardia!
Hay que reconocer, en justicia, que el policía no perdió
el tiempo haciendo preguntas, Le aterraba en pensar que él mismo había ayudado
a unos ladrones a despojar el Museo. Entró en el edificio y corrió al teléfono,
poniéndose en comunicación inmediatamente con Scotland Yard.
Se había fijado, distraídamente, en el número de matrícula
del camión y lo recordaba.
—Camión con matrícula de Londres-dijo, en cuanto le
contestaron —. Tome nota.
Dio el número de matrícula y prosiguió:
—Marca «Tilling». Van cinco hombres en él, junto con una
momia que acaban de robar en el Museo Británico.
—Descripción de los hombres-le ordenaron.
Describió aproximadamente a los cinco, y agregó:
—Bajó por Great Russell Street dobló a la derecha por
Tottenham Court Road...
Le interrumpieron.
—Bien; no corte la comunicación, pero aguarde.
Aguardó mientras Scotland Yard hacía circular la
descripción del vehículo y sus ocupantes. Luego:
—Han sido avisados por radio todos los coches de la
Brigada Volante. No es fácil que se escape. Y es difícil esconder una momia.
Ahora deme detalles.
El guardia contó cuanto sabía. Después hizo ponerse al
teléfono al empleado que había denunciado el robo para que diera más detalles.
—Entré en la Sala Egipcia-explicó éste —, y encontré al
empleado de guardia dentro de una vitrina, sin conocimiento. No me paré a nada.
Vi que faltaba la momia y salí corriendo por si encontraba a los que se la
habían llevado. Di con el policía a la puerta y le conté lo ocurrido.
—¿Faltaba algo más aparte de la momia?
—No tuve tiempo de verlo.
—¿Qué momia era esa?
—La del faraón de la III Dinastía... la que trajo de
Egipto la expedición Thorndown...
—Vuelva a la sala, vea si falta algo más, entérese del
estado del empleado. Que le acompañe el policía para tomarle declaración.
Dígale que vuelva a ponerse al aparato.
El guardia tomó el auricular y escachó las instrucciones
que se le daban, pero, antes de que hubiera vuelto a la sala, ya habían llegado
de Scotland Yard un inspector y varios agentes para llevar a cabo la
investigación.
Entretanto, un coche de la Brigada Volante había visto
pasar al camión de los ladrones y había emprendido su persecución, tras radiar
la dirección en que huía. Desde aquel momento ya no se le perdió de vista, pero
era tan potente el motor del vehículo fugitivo, que no lograron darle alcance.
Se hizo una llamada para que acudieran en aquella
dirección coches más veloces y, entretanto, se hizo lo único posible:
mantenerle siempre a la vista, cosa no muy difícil, puesto que los del camión
no intentaban meterse por callejuelas para despistar, sino que seguían por las
calles más anchas, sin preocuparse en absoluto del tráfico.
Desembocaron en Hampstead Road y, sin detenerse, siguieron
por Chalk Farm Road y Haverstock Hill, en dirección a Hampstead, sin que
hubiera aparecido en escena ninguno de los coches de gran velocidad de la
Brigada Volante, pero, de trecho en trecho, un nuevo coche se agregaba a la
procesión.
Por fin, al llegar a Rosslyn Hill, el camión torció a la
derecha, por Downshire Hill, y cuando llegó a dicha calle el primer automóvil
policíaco, vio que el vehículo perseguido se había parado al otro extremo, ante
una casa y que los cinco hombres entraban en ella en aquel momento con la
momia.
—¡Ya no puede escapársenos! —exclamó el conductor.
Los cuatro automóviles se pusieron de acuerdo por radio, y
mientras uno de ellos seguía hasta donde se hallaba parado el camión, el
primero seguía adelante para acercarse a la casa por el otro extremo y los
otros dos iban a situarse en la parte de atrás y en el lado restante.
La policía echó pie a tierra. La casa quedaba acordonada y
ninguno podría salir de ella solo, cuanto más cargado con una momia. Era segura
la captura de los malhechores.
En cuanto estuvieron todos en sus puestos se dio la señal
y los que estaban delante se acercaron a la entrada de la casa y golpearon la
puerta, exigiendo les fuera abierta en nombre de la ley..
Por la parte de atrás del edificio había un patio grande,
rodeado de paredes, demasiado altas para que pudiera verse el interior. Cuando
los de delante, al no recibir contestación a sus llamadas, decidieron echar la
puerta abajo, se oyó un zumbido extraño en el patio en cuestión y, a los pocos
instantes, los policías por allí estacionados soltaron una exclamación de
asombro y de rabia.
¡Los malhechores les habían burlado después de todo!
Acababa de asomar por encima de la tapia un autogiro que
se elevaba, rápida y verticalmente, en el aire.
Uno de los policías sacó una pistola y disparó contra el
aparato, ejemplo que fue seguido por los demás. Pero podían haberse ahorrado la
molestia.
Los tripulantes, no se molestaron en contestar al fuego
siquiera y, a los pocos minutos, el autogiro se hallaba demasiado alto para que
pudieran alcanzarle las balas.
CAPÍTULO III
EL PROFESOR VARDO SALE DE VIAJE
NO hubo periódico londinense que no publicara un número
extraordinario para dar la noticia del sensacional y atrevido robo cometido
aquella mañana.
Los malhechores seguían en libertad. Al dar cuenta la
policía de lo ocurrido, varios aviones habían despegado para salir en
persecución del autogiro, pero lo hicieron demasiado tarde. El misterioso
aparato había desaparecido por completo.
Al conocerse la noticia, varios ciudadanos telefonearon a
Scotland Yard asegurando haber visto algo que les pareció un autogiro. Unos
decían haberle visto volando en dirección Norte, otros afirmaban que se dirigía
al Este, pero ninguno lo había visto descender.
Se buscó el aparato por los, suburbios de Londres, sobre
todo por los del Norte y del Este y hasta se notificó a los pueblos inmediatos
para que se indagara si el autogiro había sido visto por las cercanías. Todas
las pesquisas resultaron infructuosas, sin embargo. El autogiro había
desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra.
Se averiguó quiénes, entre los que poseían licencia de
piloto, eran propietarios de autogiros y se les visitó, pero todos ellos
pudieron demostrar satisfactoriamente que su aparato no se había hallado en las
cercanías de Hampstead a la hora en que fuera visto el de los ladrones.
La policía estaba desorientada, tanto más cuanto que el
objeto del robo resultaba inexplicable. ¿Qué pensarían los ladrones hacer con
la momia y los vasos canopes y los papiros robados? ¿Qué provecho podían
esperar sacar de todo ello? A menos que tuviera la intención de exigir una
fuerte suma a cambio de su devolución, suma que el Museo Británico se mostró
dispuesto a pagar desde el primer momento.
Porque para el Museo la momia tenía una importancia
enorme. Hasta su hallazgo, la más antigua conocida era la de Mirinri Sokar
lmsaf, hijo de Papi I y hermano mayor de Papi II, de la Sexta Dinastía
elephantina, o sea de unos dos mil seiscientos años antes de la Era Cristiana.
Tal momia, aparte de ser mucho más reciente que la desaparecida, estaba
mutilada y se guardaba en el Museo de El Cairo.
Se ofrecieron recompensas. El propio profesor Thorndown
anunció su propósito de pagar mil libras esterlinas de su bolsillo, aparte de
cuantas recompensas dieran otros, a quien diera noticias del paradero de la
momia, pero ninguno de los premios fue reclamado.
Mientras esto sucedía en Londres, don Ramón Trévelez se
hallaba sentado en su despacho del Instituto de Inventores y de Investigaciones
Científicas, con un libro abierto delante de la mesa. Era éste el informe
presentado por la Expedición Thorndown a la Real Sociedad Británica de Estudios
Arqueológicos, en el que se daba detallada cuenta de los hallazgos de la
expedición, junto con las deducciones que éstos, permitían hacer acerca de la
vida en Egipto durante la III Dinastía.
No era la primera vez que el director del Instituto leía
aquella monografía, pero deseaba refrescarse la memoria. Terminó de hacerlo, la
cerró, se puso en pie, se acercó a la pared. Sus dedos tocaron una moldura en
dos sitios distintos y toda la estantería giró silenciosamente, dejando al
descubierto una puerta. Se introdujo por ella, sonó un chasquido, el estante
volvió a ocupar su primitivo sitio.
Se encontró en un pasillo corto y estrecho. Al fondo del
mismo había una puerta. La abrió, pasando a una habitación pequeña amueblada
como despacho. Sobre la mesa había dos teléfonos, uno de ellos con disco de
números para poder marcar la comunicación deseada, el otro sin él.
Descolgó el segundo.
—Garvez-dijo una voz, inmediatamente.
—Informe-ordenó Trévelez.
—C. no ha perdido a Thorndown de vista ni un momento desde
que le fue dada la orden de vigilarle. No ha visto a nadie que pareciera tener
en observación la casa. Anuncia que hace pocas horas ha tenido lugar un robo en
el Museo Británico. Los ladrones, en número de cinco, se han apoderado de la
momia de Tut-Ammon-Hotep, llevándose al propio tiempo varios objetos y papiros
relacionados con la misma. Huyeron en autogiro y, hasta la fecha, no han sido
habidos.
Dio, a continuación, cuantos detalles había podido
averiguar el agente, y agregó:
—Al conocer la noticia, Thorndown acudió al Museo y, más
tarde, a Scotland Yard. Parece ser que está disgustadísimo con lo ocurrido y,
aparte de la recompensa ofrecida por las autoridades del Museo, ha ofrecido él,
de su bolsillo, mil libras esterlinas a quien pueda dar informes que permitan
dar con el paradero de la momia.
»Poco después de su regreso a casa, tras su visita a la
policía, llegaron varios agentes y, mediante preguntas discretas, C pudo
averiguar que durante la ausencia de Thorndown, alguien se había introducido en
su domicilio. La habitación en que tiene numerosos objetos de arte procedentes,
en su mayoría de Egipto, había sufrido un minucioso registro y los objetos
habían sido dejados de cualquier manera. Los intrusos, evidentemente, no habían
tenido tiempo para disimular su visita, No faltaba allí nada, sin embargo,
según pudo comprobarse tras hacer un inventario.
—¡Hurra! —murmuró Trévelez—. La cosa empieza a hacerse
interesante. ¿Algo más?
—C ha prometido enviar un nuevo informe en cuanto conozca
el resultado de las pesquisas que se hacen para dar con el autogiro.
—Continúe.
—B sigue vigilando a Bevan. Nadie se ha acercado a la casa
hasta ahora, excepción hecha de Lowther. Éste se presentó poco después de
conocerse la noticia del robo, del que también da cuenta B. Los dos hombres
salieron juntos, a continuación, y se dirigieron a casa de Thorndown, pero éste
se hallaba ausente; conque fueron al museo a ver qué era lo que se habían
llevado los ladrones. Durante la ausencia de Bevan, alguien se introdujo en su
casa y la registró de arriba abajo. También fue avisada la policía.
—Prosiga.
—V sigue vigilando a Lowther. Le siguió hasta la casa de
Bevan y hasta el Museo Británico luego. Durante la ausencia de Lowther, alguien
le registró la casa también.
—¿Algo más?
—Nada más.
—Órdenes.
—Escucho.
—Que S se encargue de que sean relevados los tres agentes
esos. A continuación, es preciso que se investigue la vida privada de Peter
Malden desde el día en que llegó a Inglaterra, procedente de Egipto, hasta
aquel en que halló la muerte. Cuando se haya hecho podrá usted recibir el
informe en Londres, para donde saldrá usted inmediatamente. Ya se encontrará
allí con un antiguo conocido.
—Conforme.
—Sería conveniente que X se trasladara a la capital de
Inglaterra también. Habla perfectamente el inglés y es el mejor de todos
nuestros agentes. Empiezo a ver algo de luz en este asunto. Creo que X nos será
muy útil.
—Le avisaré.
—Si antes de su marcha recibiera algún informe nuevo, no
haga usted uso del teléfono: recurra al reloj. ¿Ha comprendido?
—Perfectamente.
Trévelez colgó el aparato. El reloj a que se refería era
uno igual al que llevaba él puesto en la muñeca. La maquinaria de dicho reloj,
que era un poco más grande y grueso de lo corriente, ocupaba apenas la tercera
parte de la caja.
Debajo de la esfera, una serie de minúsculos electroimanes
y piezas extrañas lo convertían en maravilloso transmisor y receptor
radiotelegráfico.
Una minúscula palanca, que sobresalía por la parte de
atrás, deletreaba en morse el mensaje, ejerciendo una presión más o menos
prolongada sobre la piel.
El reloj era invento del propio Trévelez y todos sus
agentes iban equipados con él, pero, así como el de Garvez, igual que el del
director del Instituto, recibían en todas las longitudes de onda, cada uno de
los otros tenía una onda distinta, y sólo en ella podía recibir normalmente. En
determinadas ocasiones, sin embargo, cuando uno de los agentes era enviado al
extranjero y pudiera tener necesidad de comunicar con otros agentes, además de
su jefe, Trévelez le proporcionaba un reloj distinto para que pudiera hacerlo.
Después de haber dado sus órdenes, Trévelez regresó a su
despacho oficial, donde estuvo leyendo y reflexionando hasta la hora de comer.
No bajó al comedor, sino que se hizo servir en su despacho y, una vez hubo
terminado, volvió al despacho secreto.
Esta vez, sin embargo, no se detuvo allí más que un
instante, el preciso para tirar con fuerza de la lámpara que colgaba sobre la
mesa. Inmediatamente se descorrió un entrepaño de la pared y apareció la
entrada de un cuarto ropero bastante grande.
De una de las perchas colgaba una capa negra de tan
finísimo material que, una vez doblada, apenas ocupaba sitio. La tomó, la plegó
y la metió en el bolsillo.
En el fondo del cuarto ropero había un armario. Se metió
en él, cerró la puerta y oprimió un botón. El fondo empezó a descender en
seguida, deteniéndose al cabo de un rato. Abrió la puerta que había ante él y
salió.
Se encontraba ahora muy por debajo de los sótanos del
Instituto, en otros sótanos, cuya existencia nadie sospechaba. Allá abajo había
un laboratorio magnífico, cuyo equipo podía rivalizar con los que había a nivel
de tierra en el edificio y en ciertos detalles hasta los superaba incluso.
Permaneció un buen rato trabajando y allí recibió un nuevo
informe de Garvez, por el que supo que las gestiones de la policía londinense
habían fracasado por completo.
Entonces descolgó uno de los dos teléfonos que había sobre
un banco de trabajo y que eran prolongación de los instalados en su despacho y
habló unos momentos. Cuando colgó el auricular cruzó el laboratorio y pasó a un
pequeño taller, que atravesó también. En el fondo había una puerta de acero.
Pasó por ella y la cerró tras sí.
*****
Pocos minutos más tarde se abrió la puerta del jardín de
una casita situada al pie de la colina en que se alzaba el Instituto, y salió
por ella un automóvil. Lo conducía un anciano de cabello blanco, encorvadas
espaldas, pómulos salientes y hundidas mejidas, que llevaba echada sobre los
hombros una negra capa.
El hombre se apeó, cerró la puerta del jardín, volvió al
automóvil y lo puso en marcha, avanzando por el Paseo del Valle Hebrón.
Aquel anciano, en quien nuestros lectores habrán
reconocido ya, sin duda alguna, al profesor Vardo, se dirigió, velozmente, al
aeródromo del Prat, donde, obedeciendo instrucciones recibidas por teléfono,
los mecánicos le tenían preparada ya la avioneta de su propiedad que
acostumbraba usar para hacer viajes largos.
Dejó su coche en manos de los mecánicos, recibió una copia
del parte meteorológico y, momentos más tarde, se elevó, describió varios
círculos sobre el aeródromo y acabó partiendo en dirección Norte.
—El famoso arqueólogo, cuya casa había sido volada por los
secuaces de Fegor1 tan poco tiempo antes y que varias sociedades científicas se
habían empeñado en reconstruir por su cuenta, había decidido hacer un viaje a
Inglaterra.
CAPÍTULO IV
VARDO SE TRANSFORMA
DOS hombres se hallaban sentados en la salita de la casa
de Jermyn Street que ya conocen nuestros lectores. El uno, de cerca de cuarenta
años, tenía rostro de acusadas facciones, ojos grises muy vivos que parecían
incapaces de fijar la mirada un instante, pero que sorprendían a veces
inmovilizándose. En tales momentos adquirían un brillo extraño, como el del
hielo, y, como si de hielo fueran, daban frío a aquel en quien se clavaban.
La cuadrada mandíbula expresaba determinación, testarudez
incluso. Le clareaban los cabellos, cubriéndole escasamente la parte superior
de la cabeza. Su voz era enérgica, pero agradable. Innecesario es decir que se
trataba de Garvez, quien, obedeciendo las instrucciones recibidas, se había
trasladado a Londres.
El segundo personaje era aquel, a quien Trévelez le había
anunciado que se encontraría: el anciano de blanca cabellera, encorvadas
espaldas, pómulos salientes y hundidas mejillas, famoso por sus investigaciones
arqueológicas, el profesor Vardo.
—El doctor Price-anunció Garvez, paladeando el café que
acababa de preparar para su compañero y para él con ayuda de la cafetera
eléctrica instalada en un rincón del cuarto —, ha puesto en movimiento a toda
nuestra organización londinense. Hasta ahora, sin embargo, los resultados han
sido pobres. Malden vivía solo y, por consiguiente, resulta más laborioso
averiguar sus costumbres.
—No debe abandonarse la investigación, no
obstante-contestó Vardo —. Tengo grandes esperanzas puestas en ella.
Apuró la taza de café y se puso en pie.
—Siga en contacto con los agentes-agregó —, y téngame al
corriente de cuanto suceda. Yo voy a iniciar ciertas pesquisas por mi cuenta.
Se dirigió al fondo de la casa y entró en una alcoba
sobriamente amueblada. Abrió un armario antiguo, dentro del cual colgaban
numerosas prendas de vestir, y se introdujo en él, cerrando la puerta tras sí.
Apartó los trajes, oprimió la parte de atrás del armario y toda ella giró sobre
un eje.
Vardo pasó sin vacilar por el hueco, yendo a salir a un
cuarto ropero muy bien surtido en el que había, por añadidura, una mesita baja
con un espejo grande por encima, y unos estantes llenos de frascos y tarros..
Unos momentos más tarde Vardo había desaparecido. En su
lugar se veía reflejada en el espejo la imagen de un hombre moreno, alto, de
cabello entrecano y porte militar. Se le hubiera tomado por un oficial del
Ejército inglés que hubiese pasado mucho tiempo destacado en las colonias-en la
India, por ejemplo-lo que explicaría lo atezado de su rostro.
El nuevo personaje abrió la puerta del cuarto y salió a
una alcoba tan lujosa y cómodamente amueblada como sobria era la que había
abandonado instantes antes. De la alcoba salió a un ancho corredor de encerado
suelo, bajó una escalera monumental y, al llegar al vestíbulo, se introdujo por
la primera puerta a la derecha, pasando a una especie de despacho, muy amplio,
donde, además de la consabida mesa y los sillones de rigor, veíanse numerosas
vitrinas llenas de objetos de arte procedentes de Oriente y de Occidente.
Tomó asiento e hizo sonar un timbre. Un criado se presentó
en seguida y, sin dar muestras de la menor sorpresa al verle, inquirió:
—¿Señor?
—Necesito el automóvil en seguida, Michael-anunció el
hombre, hablando en inglés.
El criado hizo una pequeña reverencia y se retiró. Unos
minutos más tarde volvió a presentarse.
—El automóvil aguarda a la puerta, señor-dijo.
El hombre se puso en pie, tomó un sombrero en el vestíbulo
y salió por la puerta que el criado acababa de abrir. Bajó los tres escalones
que le separaban de la calle.
Pegado al bordillo había un lujoso automóvil junto al que
aguardaba un conductor de uniforme que, al verle, se quitó la gorra y abrió la
portezuela.
—A Montague Street, Stanley-ordenó el hombre, subiendo al
coche.
La casa de la que acababa de salir tocaba, por su parte de
atrás con la parte posterior del edificio de Jermyn Street, lo que equivale a
decir que la puerta de la primera daba a Piccadilly. El automóvil arrancó,
Piccadilly arriba, cruzó Piccadilly Circus, se introdujo por Shaftesbury
Avenue, atravesó New Oxford Street y, entrando por Bury Street, no tardó en
llegar a Montague Street, calle situada a la derecha del Museo Británico.
Se detuvo ante una casita situada a mediados de la calle,
se apeó y dio orden al conductor de que esperara.
Abrió la verja, cruzó el jardín y llamó a la puerta, que
le fue abierta por un criado.
—¿Está el señor Todnor? —inquirió.
—Sí, señor Welsey-contestó el hombre, que pareció
reconocerle en seguida —. Tenga la amabilidad de pasar y avisaré al señor.
Le condujo a un saloncito donde, a los pocos momentos, se
reunió con él un hombre de edad madura, rubio, delgado, alto, sin una sola
cana, muy nervioso, de palabra lenta y mirada abstraída. No hacía más que
empujarse los lentes, que parecían empeñados en resbalarle por la larga nariz.
Era evidente que, la visita de Welsey le encantaba.
—¡Querido amigo! —exclamó, estrechándole efusivamente, no
una mano, sino las dos—. ¡Cuánto me alegro de verle! ¡Se vende usted muy caro!
—Llevo mucho tiempo ausente de Londres-le respondió Welsey
—. He llegado anoche y es usted la primera persona a quien visito.
—Aprecio el honor, en todo su valor-dijo Todnor —. Ni que
decir tiene que esta mañana se quedará a comer usted conmigo.
—Falta mucho tiempo para la hora de comer, amigo
Todnor-exclamó Welsey, riendo.
—Se pasará en seguida, porque tengo muchas cosas que
enseñarle. ¡Hace tanto tiempo que no nos vemos...!
—Desde que tuvo usted la amabilidad de darme una carta de
presentación para Weng Hai, ¿recuerda? Aquí mismo fue donde recibimos la
noticia del secuestro de Flor de Almendro2. Y, a propósito, ¿cómo quedó ese
asunto? Tuve que ausentarme de Londres poco después y no me enteré del
desenlace.
—¡Ah! ¡No sabría decírselo, amigo Welsey! Hay algo
misterioso en ese asunto. A Flor de Almendro no ha vuelto a vérsela desde aquel
día. Ni a Weng Hai, tampoco. Dicen que Weng Hai, no pudiendo consolarse por la
muerte de su hija, decidió vender su tienda y regresar a China... Pero me
extraña, me extraña enormemente...
—¿Por qué?
—Porque la policía nunca la dio por muerta, sino por
desaparecida y, si hubieran encontrado su cadáver, lo hubieran publicado los
periódicos. Además, me sorprende que Weng Hai se marchara de Inglaterra sin
decirnos una palabra. Tenía cosas de mucho valor en su tienda, que siempre se
había negado a vender. Al deshacerse de ella, sin embargo, yo hubiera supuesto
que nos ofrecería a nosotros esos objetos antes que a nadie, puesto que se los
hubiéramos pagado bien.
—Sí que es raro, en efecto —murmuró Welsey—. ¡Pobre Flor
de Almendro! Pero, en fin, supongo que no se sabrá nunca la verdad del asunto y
es inútil que nos rompamos la cabeza haciendo conjeturas. Tengo ganas de ver
las cosas que ha adquirido usted durante mi ausencia. Lo que siento es no haber
llegado a tiempo para ver otras cosas que me hubieran interesado enormemente.
—¿A cuáles se refiere?
—A la momia de Tut-Ammon-Hotep y las cosas que con ella
desaparecieron.
—En efecto, llega usted tarde para eso. Aunque no
desconfiamos volver a recobrar la momia por lo menos. Ha siglo un verdadero
desastre. ¡La osadía de esos ladrones! No sé cómo ha podido salirles bien la
cosa.
—Usted mismo ha explicado cómo. La osadía lo explica todo.
¿Por qué dice usted que tienen esperanzas de que la momia vuelva a su poder?
¿Tiene algún indicio la policía?
—Ninguno. No obstante, es de suponer que el objeto del
robo sea exigir un rescate. ¿Qué iban a hacer los ladrones con una momia?
—No comparto yo sus esperanzas. Si tal hubiera sido su
propósito, lo hubiesen dado a conocer ya. Según tengo entendido, se han
ofrecido recompensas y, sin embargo, los ladrones no han dado señales de vida.
—Entonces, ¿cómo se explica usted el robo?
—Yo no me lo explico de ninguna manera. ¿Qué dicen los que
encontraron la momia?
—Están tan desorientados como todos los demás. Thorndown
ha ofrecido una recompensa por su cuenta... pero ya debe haberlo leído usted en
los periódicos.
—En efecto. Eran seis los componentes de la expedición que
descubrió la tumba, ¿verdad?
—Si, pero tres de ellos han muerto.
—En circunstancias misteriosas...
—Dos de ellos sí, pero el tercero no... si es que se
refiere usted a lo de la maldición.
—¿Por qué no el tercero también?
—Porque su muerte fue natural.
—Sí... una hemorragia... Oiga, amigo Todnor, ¿no le
encontraron a Malden una flor de loto en la mano?
Todnor le miró con viveza.
—En efecto, ¿por qué?
—¿Formaba esa florecilla parte de lo extraído de la tumba?
Aunque no recuerdo haberla visto mencionada en la lista publicada...
—No, no formaba parte de ello.
—Dicen que se trata de una flor exquisitamente tallada...
—Y no engañan. Es una verdadera obra de arte.
—¿Qué ha sido de ella?
—La conserva la policía, aunque, claro está, acabará
entregándosela a la familia de Malden. Nosotros estamos ya en contacto con
ella, pues nos gustaría adquirirla para el Museo.
—Luego, ¿Malden tenía familia?
—Si.
—Creí que vivía completamente solo.
—Hacia vida de ermitaño, pero eso no significa que no
tuviese trato con él en vida y que sólo se han acordado de él ahora, porque
quieren cobrar la herencia.
—Tengo ganas de ver esa flor. ¿Usted la ha visto?
—La policía me permitió examinarla.
—¿Qué opinión le mereció?
—Ya le he dicho que se trata de una verdadera obra de
arte. Creo, incluso, que es obra de algún artífice de Egipto, pero confieso que
no he conseguido formarme una idea de la época era que puede haber sido tallada
y, desde luego, Malden nunca me la había enseñado y había oído hablar nunca de
ella.
—Me gustaría verla-repitió Welsey.
—Si nosotros la adquirimos....
—Usted lo ha dicho: si la adquieren. Aparte de que, aunque
lo consigan, Dios sabe cuándo será eso. Me parece que corro el riesgo de no
poder llegar a admirar esa maravilla.
Todnor guardó silencio unos instantes.
—¿Le gustaría verla inmediatamente? —inquirió, de pronto.
—Ya lo creo que sí.
—Pues creo que podré darle ese gusto. La conserva
momentáneamente el inspector Farrell, con el que me une bastante amistad.
Aparte de que no creo que pusiera obstáculo alguno, siendo que la petición se
la hacía un funcionario del Museo Británico. Aguarde un momento, voy a llamarle
por teléfono.
Dejó solo a Welsey unos minutos y, cuando regresó, dijo:
—El inspector Farrell no tiene inconveniente en que usted
la vea y estará en su despacho de Scotland Yard toda la mañana. Tenemos tiempo
de acercarnos antes de la hora de comer. Voy a pedir un coche...
—No es necesario-le interrumpió Welsey —. El mío aguarda a
la puerta.
CAPÍTULO V
LA FLOR DE LOTO
EL inspector Farrell les esperaba y se les hizo pasar a su
despacho en cuanto llegaron.
Todnor hizo las presentaciones.
—El inspector Farrell-dijo —. El señor Welsey, eminente
arqueólogo, aunque no profesional. Es una verdadera enciclopedia en cuestiones
de arte antiguo y moderno y conoce al dedillo numerosas lenguas orientales,
muertas y vivas. Ha tenido la amabilidad de cooperar con nosotros en numerosas
ocasiones y más de una vez nos ha resuelto problemas que a nosotros nos
resultaban insolubles.
—Encantado de conocerle, señor Welsey-dijo Farrell,
estrechándole la mano —. ¿Tienen la bondad de tomar asiento, señores?
Les ofreció sendos sillones, que ambos hombres ocuparon.
Él tomó asiento a su mesa.
—Señor inspector-dijo Welsey: —pido su indulgencia.. He
sabido por el señor Todnor que era usted, el depositario de la flor de loto
hallada en la mano de Malden y es tal la curiosidad que en mí ha despertado la
descripción que de ella se ha hecho, que el señor Todnor accedió a molestarle a
usted para que pudiera satisfacer mi capricho. Yo le ruego...
El inspector hizo un gesto con la mano, como desterrando
las excusas.
—Se la enseñaré con sumo gusto, señor Welsey. La tengo
aquí preparada.
Abrió un cajón de la mesa, sacó la flor de loto y se la
entregó a Welsey.
Éste la miró con admiración. Todnor no había mentido. A
pesar de su pequeñez, no faltaba ni un detalle. El cáliz, compuesto de cuatro
hojas ovaladas, la flor en sí, con sus veinte pétalos un poco más largos que
los del cáliz; el ovario semiglobular del centro, todo ello estaba
maravillosamente tallado.
Ni siquiera faltaban los estambres (aunque algunos de
ellos se habían roto), ni el estigma. Era una flor de loto perfecta y, según
observó Welsey, estaba perfumada incluso.
La estuvo contemplando unos momentos con atención. Luego
alzó la cabeza, sin soltar la flor.
—Es maravillosa-dijo —. Y curiosa en extremo. Me parece
que nadie ha dado hasta ahora a esta flor toda la importancia que tiene.
El inspector le miró con sorpresa.
—¿Qué quiere usted decir con eso?
En lugar de responder a la pregunta, Welsey se volvió
hacía el funcionario del Museo Británico.
—No me extraña, Todnor-dijo —, que Malden no hablara de
esta flor. Estoy seguro de que él mismo desconocía por completo su existencia,
hasta segundos antes de su muerte.
—¿Pero cómo es posible que pueda usted saber eso? —exclamó
Todnor, con asombro.
Esta pregunta también quedó sin respuesta de momento,
porque Welsey se volvió hacia Farrell de nuevo.
—Celebro-anunció —, haber tenido ocasión de examinar esta
flor. Creo que antes de que me haya marchado tendrá usted ocasión de
felicitarse por haberme dejado verla.
—Es usted muy enigmático, señor Welsey-dijo el inspector
—.' ¿Qué sabe usted que no sepamos nosotros? ¿Ha descubierto algo que a
nosotros se nos ha escapado?
—Antes de que responda a sus preguntas, inspector,
permítame que le interrogue yo. Según tengo entendido, es usted el encargado
del caso de la momia robada, de modo que podrá contestar a ellas mejor que
nadie.
—Yo soy, en efecto, el que ha sido designado para
solucionar el asunto. ¿Qué deseaba usted saber?
—He leído esta mañana en la Prensa que, aprovechando la
ausencia de Thorndown, Bevan y Lowther, alguien se introdujo en sus respectivos
domicilios y llevó a cabo un concienzudo registro. ¿Es cierto eso?
—Completamente cierto.
—¿Sabe usted si ocurrió lo propio en casa de Malden?
—Nadie estuvo en casa de Malden. Eso puedo garantizárselo.
Mientras se aclara la cuestión de la herencia, la casa está ocupada por un
alguacil y se ha hecho inventario de todo su contenido. De haber entrado
alguien allí nos hubiera sido hecha la denuncia correspondiente.
—Eso-anunció Welsey —, confirma mis suposiciones.
—Acabemos, señor Welsey-dijo Farrell, con impaciencia:
—¿qué suposiciones son esas?
—Es evidente-respondió Welsey, sin inmutarse —, que los
ladrones no encontraron en el Museo Británico todo lo que buscaban.
—¿Por qué dice usted eso?
—Porque registraron luego la casa de Thorndown, la de
Bevan y la de Lowther. Creo que eso está bien claro.
—Tal vez. Pero también es posible que las dos cosas sean
obra de distintas personas y que no tengan relación alguna entre sí.
—Cabe esa posibilidad, en efecto, pero opino que puede
descartarse. Sería mucha casualidad y yo no creo en las casualidades. Dirá
usted quizá que me estoy metiendo en camisa de once varas. La verdad es, sin
embargo, que, como arqueólogo, aunque aficionado, lamento muy de veras la
pérdida de la momia y de los demás objetos robados. Por consiguiente, he
meditado mucho sobre el asunto y, aunque hasta ahora no contaba con cosa alguna
concreta que ofrecer en apoyo de mi tesis, creí deber mío, como ciudadano, ayudar,
si me era posible, a las autoridades.
»Pues bien, me llamó poderosamente la atención que fueran
registradas las casas de esos dos señores y, sin embargo, no se hablara de que
le hubiera sucedido lo propio a la casa de Malden. ¿Por qué? ¿No formaba él
también parte de la expedición? Por eso le pregunté a usted, para asegurarme.
Sin embargo, si no mienten los periódicos, no faltaba nada en ninguna de las
tres casas registradas...
—Los periódicos no mienten-aseguró el inspector.
—Eso demuestra dos cosas: que los ladrones buscaban una
cosa determinada y que no la encontraron, puesto que nada se ha echado de
menos...
—¿Bien?
—Puesto que primero se llevó a cabo el robo en el Museo y
los ladrones se llevaron precisamente todo lo relacionado con la momia de
Tut-Ammon-Hotep...
—Todo no-interrumpió Todnor: —se dejaron los muebles
hallados en el sepulcro.
—Esos no los tengo en cuenta. Me refiero a los papiros y
cosas pequeñas. Puesto que se llevaron todo eso, repito, parece bastante claro
que lo que les faltaba era algo pequeño, algo que no echaron de menos hasta más
tarde. Entonces fueron a ver si ese algo se lo había quedado alguno de los
expedicionarios.
—¿Y descubrieron que ninguno de ellos lo tenía? —sugirió
el inspector.
—Justo. Pero no fueron a visitar la casa de Malden, aunque
tantas probabilidades había de que lo tuviese él como Bevan o Lowther, pongo
por caso.
—¿Qué deduce usted de eso?
—Que estaban completamente seguras de que Malden no lo
tenía.
—¿Cómo podían estar seguros de eso?
Welsey se encogió de hombros.
—No pretendo saber contestar a esa pregunta-dijo: —por lo
menos con seguridad.
—¿Pero, tiene usted una teoría?
—Y la creo bastante aproximada a la verdad, por cierto.
—¿Cuál es?
—Que habían registrado la casa de Malden antes que
ninguna.
—Ya le he dicho que no fue registrada la casa de
Malden-respondió Farrell, con sequedad.
—Perdón. Usted me ha dicho que no ha sido registrada desde
su muerte, pero no puede asegurarme que no haya sucedido antes.
—En efecto. Sólo que, si lo que buscaban era algo que no
habían hallado en el Museo Británico, como usted pretende, no era fácil que
llevaran a cabo un registro en casa de Malden antes de su muerte. Olvida usted
que, según su propia teoría, los ladrones se enteraron de que lo que buscaban
no se hallaba en el Museo hasta después de haber cometido el robo y éste no se
perpetró hasta después de muerto Malden.
—Perdone. Es que me he explicado yo mal. Cuando
registraron la casa de Malden no buscaban una cosa determinada. Sólo echaban
una mirada por si acaso, aprovechando la mejor oportunidad que esperaban tener.
Sabían que después de muerto Malden no les sería tan fácil hacerlo y siempre
cabía la posibilidad de que alguna de las cosas que creían en el Museo
Británico se hallara en su casa. Prueba evidente de que nada encontraron es que
hicieran una visita después a casa de los expedicionarios supervivientes.
—Por lo visto, dota usted a esos ladrones de facultades
poco comunes. Tenían que haber sido clarividentes para saber que Malden iba a
morirse aquel día.
—No era necesario ser clarividente, puesto que Malden
murió asesinado.
El inspector Farrell se puso en pie de un brinco.
—Señor Welsey-dijo, con voz que temblaba de ira: —yo no sé
si quiere usted divertirse a costa mía. El señor Malden murió víctima de una
hemorragia cerebral y no de un asesinato.
—Nada más lejos de mi ánimo que burlarme de usted,
inspector. Dije que Malden murió asesinado y estoy dispuesto a demostrarlo.
CAPÍTULO VI
EL SECUESTRO DE THORNDOWN
EL inspector se dejó caer nuevamente en su asiento,
estupefacto. Todnor miró a su amigo, boquiabierto.
—Si... si el forense dijo que había muerto de un ataque
cerebral! —tartajeó.
—Y estoy dispuesto a creer que no se equivocaba-contestó
Welsey —. Sólo que no tuvo nadie en cuenta que los ataques cerebrales pueden
provocarse para producir, la muerte de un hombre.
—¿Es eso lo que pretende usted que sucedió en este caso?
—inquirió el inspector, recobrando el uso de la palabra.
Welsey movió afirmativamente la cabeza.
—Sí, señor-dijo: —y usted tenía la prueba de ello
encerrada en su cajón. La clave de todo era la flor de loto; pero ninguno
parece haber sabido entenderla, Mire. (Acercó la flor de loto a Farreil. Todnor
se puso en pie para mirar al mismo tiempo). ¿No nota usted nada anormal en
ella?
—No-anunció el inspector, después de examinarla
detenidamente.
—Ni yo-repuso Todnor.
—Fíjense bien en el ovario del centro... por entre los estambres.
—¿Se refiere a esos agujeritos como los de la rosa de una
regadera? —preguntó Farell.
—A ellos me refiero,. Observarán ustedes que el
desconocido artífice que talló esta flor lo hizo primorosamente, sin olvidar ni
falsear un detalle. Sin embargo, ha puesto en el ovario unos agujeros que no
verán ustedes en ninguna flor de loto. ¿Por qué?
—Posiblemente-sugirió Todnor —, para dar paso al perfume
que encerraron en ella. ¿No se ha dado cuenta de que despide cierto aroma?
—No sólo me he dado cuenta, sino que lo he reconocido. A
pesar del perfume auténtico que se introdujo en la flor, no se ha conseguido
disimular del todo el olor de cierto gas que, de ser respirado estimula tan
poderosamente el cerebro, que éste no puede resistirlo, y sobreviene,
invariablemente, la rotura de un vaso. Aguarden un momento. El gas no puede
haberse introducido por esos agujeros.
Dio vueltas a la flor, examinándola con una lupa. Luego
asió cuidadosamente el tallo con una mano y el ovario con la otra, haciéndoles
girar en sentido contrario. El cáliz completo se separó de la flor, quedando
sólo los veinte pétalos exteriores unidos al tallo. Al suceder esto, unos
trocitos de vidrio muy fino cayeron sobre la mesa del inspector.
—Ahí tienen, ustedes descubierto todo el misterio-dijo
Welsey —. Dentro del ovario había una ampolla de vidrio muy fino que, al
romperse, liberó el gas encerrado en ella. ¿Se habían dado cuenta ustedes de
que los pétalos son semiflexibles?
—Si-respondió Farrell; —pero supuse que sería porque son
muy delgados.
—No, eso ha sido estudiado también. Fíjense que las hojas
ceden muy levemente por muy ligera que sea la presión. En cuanto Malden tocó
los pétalos, esa presión hizo que estallara el vidrio. Era una trampa que no
podía fallar.
Toda la ira del inspector había desaparecido y el brillo
de sus ojos denotaba ahora su excitación.
—Señor Welsey-dijo: —le felicito y le doy las gracias en
nombre de toda la nación. Creo que ha acertado usted. Por lo menos, a mí me ha
dejado convencido de que, en efecto, hemos sido ciegos. Si quiere que le diga
la verdad, yo no sabía bastante de las flores de loto para darme cuenta de que
los agujeros esos sobraban. ¿Cómo cree usted que se perpetró el asesinato?
—No lo sé. Es posible que, minutos antes de pasar Malden,
dejaran la flor en el suelo, confiando en que la viera y la recogiese, pero no
me convence mucho esa explicación. Siempre cabía la posibilidad de que Malden
pasara de largo, sin verla, y se me antoja que estos criminales no dejaban nada
al azar. Lo más probable es que se le acercara alguien y se la ofreciera.
»De lo que no cabe la menor duda, a mi juicio, es de que
la cosa sucedió en el lugar en que le encontraron muerto. No pudo haber dado
muchos pasos con esa flor en la mano sin tocar, poco o mucho, los pétalos. No
estaría de más que procurara enterarse usted si se le vio en compañía de
alguien por allí. Y quizá fuera bueno investigar en las casas cercanas al lugar
en que murió.
—Se investigará, no lo dude-aseguró Farell —. Aunque la
cosa no es tan fácil como parece. El cadáver fue hallado en St. George's
Square, delante de un enorme edificio que está deshabitado desde hace años. Al
otro lado no hay más que jardines, conque, a menos que hubiera alguien en éstos
y podamos dar con él, difícilmente averiguaremos nada.
»Pero pienso entregar la flor, junto con estos trozos de
vidrio, al laboratorio para que los examinen. Tal vez el gas empleado nos ponga
sobre la pista, ya que no será éste un producto que se venda todos los días ni
a todo el mundo.
»Le repito mi agradecimiento, señor Welsey. Tuvo usted
razón al decir que, antes de que saliera usted de aquí, me felicitaría de
haberle dado permiso para examinar la flor. Estoy seguro que, de no haberlo
hecho, la muerte de Malden hubiera figurado siempre como una simple muerte
natural.
Los dos amigos permanecieron un rato más en Scotland Yard
y se despidieron luego del inspector, que les acompañó hasta la puerta. Era ya
cerca de la hora de comer y ambos se dirigieron a casa de Todnor, donde Welsey
despidió a su conductor, ordenándole que volviera a recogerle con el coche a
las tres de la tarde.
—¿Tan pronto va a dejarme usted? —exclamó Todnor—.
Esperaba que se pasara usted el día entero en mi compañía. No tendrá tiempo de
ver gran cosa en tan poco rato.
—Lo siento, amigo Todnor, pero ya pasaré a verle otro día.
Hace tanto tiempo que falto de Londres que tengo muchos asuntos urgentes que
resolver y no puedo aplazarlos por más tiempo.
Y con eso hubo de conformarse el funcionario del Museo
Británico.
Comieron temprano y Todnor aprovechó el poco tiempo que
quedaba enseñando a su visitante algunos de los objetos de arte que había
adquirido en los últimos tiempos.
—La próxima vez que venga a verme-le dijo —, le llevaré al
museo a enseñarle algunas cosas que aún no han sido expuestas al público. Creo
que encontrará algunas de ellas muy interesantes.
—No lo dudo. Y le aseguro que no dejaré de volver a la
primera oportunidad. Entretanto, le agradecería que me telefonease si surgiera
algún nuevo incidente relacionado con la momia. Usted, que tan ardiente geólogo
es, comprenderá perfectamente el interés que ha despertado en mi el asunto.
—Sí que lo comprendo, y le prometo tenerle al corriente de
cuanto suceda.
A las tres en punto se presentó el automóvil del señor
Welsey, y éste, tras lamentar de nuevo que asuntos urgentes le obligaran a
marcharse tan temprano, salió de la casa y se hizo conducir de nuevo a
Piccadilly.
No paró ni un momento en aquella casa, sin embargo. Se
dirigió inmediatamente a la alcoba, entró en el cuarto ropero y, unos momentos
después, el profesor Vardo se reunía con Garvez en la sala de la casita de
Jermyn Street.
Garvez no tenía nada nuevo que decirle y, mientras
esperaban noticias, el profesor empezó a contar a Garvez el resultado de la
entrevista que había tenido Welsey con el inspector Farell, aquella mañana.
Antes de que hubiera terminadlo, una presión sobre la
muñeca le anunció que alguien deseaba comunicar con él. Oprimió la corona de su
reloj de pulsera para señalar que estaba dispuesto a recibir el mensaje.
«X», deletreó la palanquita.
ACABO LLEGAR LONDRES. AGUARDO INSTRUCCIONES.»
Vardo se encaró con Garvez.
—¿Conoce X el asunto de la momia? —preguntó.
—Sabe todo lo que yo he podido decirle-contestó el otro.
—Bien.
Vardo empezó a transmitir su respuesta al mensaje.
«MALDEN FUE HALLADO MUERTO EN ST. GEORGES SQUARE-deletreó
—. JUNTO EDIFICIO DESHABITADO. INVESTIGUE ALREDEDORES. TH.»
Y, a continuación, se puso en contacto con el doctor
Price, al que dio otras instrucciones relacionadas con el mismo asunto.
Después dio fin a su relato, agregando:
—Eso fue cuanto le dije a Farrell. Le di una base para que
iniciara una investigación más completa. Le hice ver algo que a él se le había
pasado por alto. Lo demás corre de mi cuenta. Si sabe razonar cómo es debido,
debiera hacer algún descubrimiento.
—Lo cual quiere decir-observó Garvez —, que usted ha hecho
algún descubrimiento ya.
—Llamémoslo deducción más que descubrimiento. Fíjese en
estos detalles: Malden muere asesinado, pero tan ingeniosamente que hasta la
policía se deja engañar y cree que se trata de una muerte natural. Los
supersticiosos, sin embargo, achacan el suceso a la maldición del egipcio al
enterarse de que ha muerto el arqueólogo con una flor de loto en la mano. La
Prensa se agarra también a eso para poder llenar más espacio. Y yo creo que los
asesinos escogieron ese medio de matar precisamente para que se diera al asunto
toda la publicidad que se le ha dado.
»De los seis hombres sobre los que pesa la maldición, tres
han hallado la muerte en circunstancias relacionadas más o menos directamente
con la flor de loto. Si los seis hubieran muerto de igual o parecida manera se
hubiese dicho que la maldición se había cumplido en su totalidad, y hasta los
más incrédulos hubieran llegado a dudar, en vista de que no se podía explicar
lo ocurrido, aparentemente, más que con la intervención de una fuerza
sobrenatural..
»No obstante, a pesar de que no les ha faltado ocasión ni
ambiente, los asesinos sólo han eliminado a Malden, conformándose con registrar
la casa de los otros tres, sin matarlos. Eso del registro, por cierto, ha sido
un error. Debían haber hecho desaparecer toda huella de su visita para evitar
que se hicieran cábalas. Pero también es cierto que las cosas no les han salido
a esos hombres tan bien, como debieron esperar.
—Tal vez tuvieran la intención de matar a todos
escalonadamente... dejar transcurrir un intervalo más o menos largo entre
muerte y muerte...
—Es posible que tal fuera su intención primera, aunque,
cuando se tiene la intención de matar a una persona, lo lógico es aprovechar la
primera oportunidad buena qué se presente, por si no se vuelve a presentar
otra. Éstos han tenido la oportunidad y no la han aprovechado. No sólo no la
han aprovechado, sino que han dejado ver que buscaban algo y, además han robado
la momia.
—Si los tres hombres murieran ahora, sería más difícil que
se creyera en la maldición. La policía se inclinaría a relacionar una cosa con
otra... lo que siempre representaría un peligro. Cuando mataron a Malden, su
mejor plan hubiera sido matar a todos los demás para afianzar la creencia en la
maldición.
—Confieso que no veo claro dónde quiere ir usted a parar
con sus razonamientos-reconoció Garvez.
—Son muy pocos los hombres-dijo Vardo —, que matan por el
gusto de matar. Generalmente el asesino tiene un motivo más o menos bueno en su
opinión, para cometer el crimen. En el caso que nos ocupa, yo opino que, aunque
los malhechores esos estaban dispuestos a matar si era preciso, no entraba en
sus planes hacerlo, por lo menos de momento. En efecto, si en su plan original
estaba prevista la muerte de todos, ¿por qué no empezaron por Thorndown, que
era el jefe de la expedición? Hubiera sido más fácil hacer creer a la gente en
la maldición si caía primero el responsable principal y no el más
insignificante de todos ellos.
—Entonces, ¿por qué cree usted que murió Malden?
—Porque se había hecho peligroso. Seguramente, descubriría
algo comprometedor para aquella gente y ésta no halló más recurso que
eliminarle para taparle la boca. De no haber sido por eso, Malden hubiese
estado vivo, probablemente, en estos momentos.
»Cuando adquirí esa convicción ordené que se investigara,
la vida de Malden durante los últimos tiempos. Era la mejor base de
investigación que teníamos... y sigue siéndolo. Si averiguamos con qué personas
se relacionaba, qué lugares visitaba con preferencia, es posible que demos con
algo que nos aclare el misterio.
Como si sólo hubiera estado aguardando a que diera fin a
sus explicaciones, sonó en aquel momento un timbre de esos que, en lugar de
alborotar con estridentes notas, emite un zumbido sordo. Vardo se puso en pie y
se acercó a la pared, descolgando el auricular de un aparato supletorio,
prolongación de la línea de la casa de Piccadilly.
—El señor Todnor del Museo Británico, desea hablar con
usted, señor-dijo una voz.
—Póngame la comunicación.
—¿Welsey? —inquirió una voz agitada, a los pocos
instantes.
—Yo soy. ¿Qué ocurre, amigo Todnor?
—Le prometí que le avisarla si sucedía algo nuevo...
—Sí, sí... ¿Qué ha sucedido?
—Algo horrible. El señor Thorndown ha sido secuestrado
hace unos momentos... ¡y en mis propias narices!
—¿Cómo ha sido eso?
—Vino a visitarme poco después de haberse marchado usted.
Estuvo hablando un rato conmigo acerca de algunos asuntos del Museo y luego le
acompañé yo hasta la misma puerta del jardín.
»Había un coche parado delante de la puerta y yo creí que
era el suyo, conque no le presté mucha atención. Thorndown, sin embargo, torció
a la izquierda, con el evidente objeto de bajar la calle, y comprendí que me
había equivocado..
»Ya iba a retirarme cuando noté que un hombre saltaba del
automóvil y corría hacia Thorndown. Vi que llevaba una pistola en la mano y di
un grito de alarma. Thorndown, me oyó, pero no le sirvió de nada. El hombre
estaba ya junto a él y le encañonaba con el arma. Le obligó a dar media vuelta
y dirigirse al coche parado. Al llegar junto a la portezuela y, sin previo
aviso, alzó la pistola y le dio un fuerte culatazo en la nuca. Le cogió antes
de que pudiera caer al suelo y le metió en el coche, que se puso inmediatamente
en movimiento. A pesar del rato que yo he necesitado para contarlo, todo
ocurrió tan a prisa que, cuando llegó una persona que había oído mi grito, el
automóvil había desaparecido ya por el otro extremo de la calle. Acabo de
telefonear a la policía y estoy esperando a que llegue alguien, aunque dudo que
encuentren ya a los autores del secuestro.
CAPÍTULO VII
¿UN DESCUBRIMIENTO?
EL profesor Vardo colgó el auricular y volvió a sentarse
junto a Garvez.
—Acaban de secuestrar a Thorndown-dijo.
Garvez soltó una exclamación de sorpresa.
—Pero... ¿qué ha sido entonces de Surrey? ¿Cómo es que no
nos ha dicho nada aún? Él era quien estaba encargado de la vigilancia de
Thorndown.
Vardo se encogió de hombros.
—Alguna razón habrá para que no lo haya notificado.
Aguardaremos unos minutos.. Si no tenemos noticias suyas intentaremos ponernos
en contacto con él.
Aguardaron unos minutos en silencio. Garvez estaba
visiblemente nervioso. Se puso en pie y empezó a pasear por el cuarto.
Los minutos transcurrieron lentamente. Cinco... diez...
—Creo que será prudente ver si nos contesta-dijo Vardo,
por fin, llevando la mano derecha hacia el reloj de pulsera.
Pero, antes de que pudiera llamar, sintió, igual que
Garvez, una leve presión en la muñeca. Oprimió la corona del reloj.
—C... —deletreó la palanquita. THORNDOWN SECUESTRADO SIN
QUE PUDIERA INTERVENIR YO A TIEMPO. PUDE AGARRARME PORTAEQUIPAJES. COCHE SIGUIÓ
HASTA AFUERAS, DONDE THORNDOWN FUE SACADO SIN CONOCIMIENTO. MIENTRAS INTENTABA
HALLAR MANERA INTRODUCIRME CASA, SECUESTRADORES HUYERON CON THORNDOWN EN
AUTOGIRO APARCADO PATIO CASA. INVESTIGO ALREDEDORES BUSCANDO ALGUNA PISTA.
Vardo contestó:
—INTERROGUE VECINDAD. INFORME TAN PRONTO SEA POSIBLE. TH.
—Así se explica que no avisara Garvez —. Tenía las dos
manos ocupadas. Las necesitaba para no caerse del coche.
—Aparece por segunda vez ese autogiro-murmuró Garvez.
—Si, pero no es eso lo más interesante. Creo que lo
ocurrido demuestra que mi teoría era cierta. Los ladrones buscaban algo que no
encontraron. Seguramente han secuestrado a Thorndown para obligarle a decir
dónde está lo que buscan.
—Es una lástima que no hayamos podido hablar con él
antes-exclamó Garvez —. Si hubiéramos sabido lo que buscaban...
—No creo que Thorndown hubiese podido decírnoslo. Ni él
mismo debía saberlo, de lo contrario, algo hubiese dicho a Todnor.
—¿Qué hacemos ahora?
—Exactamente lo mismo que si no hubiera ocurrido nada.
Dudo que se descubra el lugar de destino del autogiro. Para cuando despegue un
avión, habrá desaparecido y, por lo ocurrido la vez anterior, es de suponer que
tampoco será visto esta vez dónde aterriza. Deben tener estudiado todo eso bien
para no ser descubiertos.
Reinó el silencio unos instantes. Luego:
—Pero... ¿por qué diablos se habrán llevado esa momia?
—exclamó Garvez.
—Y las estatuillas... y los vasos canopes... —dijo Vardo—.
Eso es importante... muy importante.
—Las estatuillas y los vasos, pase. No es tan difícil
deshacerse de esas cosas, convertirlas en dinero, pero la momia...
—No sé por qué me parece que aquí no se trata de un robo
vulgar. Hay algo más... Se llevaron la momia... se llevaron los vasos canopes,
no por lo que pudieran valer los vasos en sí, sino por lo que contenían: las
vísceras de Tut-Ammon-Hotep... Y las estatuillas...
—Sólo es concebible que las robaran por su
valor-interrumpió Garvez.
Vardo movió negativamente la cabeza.
—No-dijo: —para los egipcios, las estatuas funerarias eran
inseparables de las momias. Ya sabe que se tenía la creencia de que el hombre
continuaba su vida terrena dentro de la tumba, por eso se conservaba su momia.
Pero el hombre tenía para ellos un doble, un ser más sutil, de materia
invisible, parecido en todo a él, dotado de sus mismas cualidades y defectos,
que podía sustituirle si el cuerpo, más denso, quedaba destruido.
»El doble, o sea, como ellos lo llamaban, permanecía en el
sepulcro con la momia. Era preciso, sin embargo, proporcionarle alojamiento
para que allí permaneciese. La idea de las estatuas funerarias era ésa:
proporcionarle al doble otro cuerpo. Empiezo a creer que es por eso por lo que
fueron robadas.
—No logro comprender adónde quiere conducirme con sus
razonamientos... —murmuró Garvez.
—A ninguna parte, de momento. Le hablo de ideas que se me
ocurren, pero que, en realidad, aún no han tomado del todo cuerpo. Mientras
esperamos, voy a hacer algo que debía haber hecho hace tiempo.
Se levantó y tomó un librito de un estante.
—Esto-dijo —, es una copia de la memoria presentada por la
expedición Thorndown a la Real Sociedad. Me la traje a Inglaterra conmigo.
Contiene, entre otras cosas, una lista completa de cuantos objetos fueron
hallados en la tumba del faraón. Vamos a comprobar ciertos extremos.
Se acercó a la pared y descolgó el teléfono, pidiendo que
le pusieran en comunicación con el señor Todnor.
Cuando lo hubo conseguido, dijo:
—Habla Welsey, amigo Todnor. Quiero hacerle unas
preguntas.
—Contestaré a ellas con mucho gusto. ¿Qué desea saber?
—En primo lugar: ¿se sabe algo nuevo de Thorndown?
—Nada. Ha estado ya la policía. Los coches de la Brigada
Volante recorren las calles de la metrópoli en este momento buscando una pista,
sin encontrarla. Se ha encontrado el coche usado por los secuestradores, pero
resulta que se trata de un coche robado, como ocurrió en el caso del robo de la
momia.
»Estaba abandonado delante de una casa de las afueras, de
cuyo patio, según los vecinos, se elevó, no hace mucho, un autogiro. Creo que
vuela por ahí un avión, intentando dar con su paradero. Hasta ahora, su trabajo
resulta tan inútil como la primera vez. El autogiro no aparece por ninguna
parte ni hay quien pueda dar detalles concretos que nos permitan establecer
dónde ha aterrizado. Eso es cuanto puedo decirle del asunto, de momento.
—Gracias. Deseo preguntarle otra cosa. ¿Tiene usted a mano
una lista de los objetos que desaparecieron con la momia?
—Creo que se lo podría decir de memoria, pero no será
necesario. Si aguarda usted unos instantes, iré a buscar una lista que tengo
aquí, para mayor seguridad.
—Bien, espero.
Y, mientras lo hacía, Vardo abrió el librito, buscó la
página en que empezaba la lista y sacó un lápiz.
En cuanto Todnor volvió a ponerse en el aparato y dio
principio a la lectura de la lista de objetos robados, Vardo fue poniendo una
cruz al lado del articulo correspondiente del librito. Cuando hubo terminado,
echó una mirada al conjunto.
—¡Caramba! —dijo—. ¡No han dejado más que los muebles!
—Nada más-asintió Todnor.
—¿Está usted seguro de que la lista publicada en el
informe de la Expedición es completa?
—Por completa la he tenido siempre. ¿Por qué lo pregunta?
—Porque no puedo creerlo. Recuerde nuestra conversación
con el inspector Farrell esta mañana. Habíamos quedado de acuerdo en que los
ladrones andaban buscando algo, que no habían hallado en el museo.
—En efecto.
—¿Cómo es posible que echaran de menos algo si se lo
habían llevado todo?
—No me lo explico. A lo mejor lo perdieron ellos mismos en
sus prisas.
—Esa explicación no me convence. Llevarían las cosas con
demasiado cuidado para que se les perdiera ninguna de ellas. No, Todnor, estoy
seguro de que, Dios sabe por qué motivo, Thorndown no presentó una lista
completa... a menos que se dejara olvidado algo en la tumba, algo que le pasara
inadvertido.
—No es imposible, claro está-asintió el funcionario del
Museo Británico —. Pero eso sólo podría aclarárnoslo el propio Thorndown y es
demasiado tarde ya para averiguarlo.
—Es cierto-murmuró Vardo; —pero ya que él está fuera de
nuestro alcance, ¿por qué no preguntarles a Bevan y a Lowther si saben algo?
¿Querría encargarse usted de eso? Le será más fácil que a mí, que no los
conozco. Empieza a intrigarme enormemente este asunto.
—Y a mí también-confesó el otro —. Iré a ver a esos dos
hombres y le comunicaré el resultado.
—¿Cuándo piensa usted hacerlo?
—Dentro de media hora. Me es imposible hacerlo antes.
Claro que a lo mejor, no los encuentro en casa cuando vaya, pero volveré si no
los encuentro ahora. Le telefonearé en cuanto les haya visto.
—Gracias. Esperaré con verdadero interés sus noticias.
Colgó el auricular. Y, casi inmediatamente, empezaron a
llegar informes de los agentes.
El primero en enviar un mensaje fue el doctor Price.
—S... —anunció.— CASA DESOCUPADA ST. GEORGES SQUARE.
ADQUIRIDA HACE SEIS MESES POR BYRON FIELD, QUE PAGÓ CANTIDAD CONVENIDA AL
CONTADO. ANUNCIÓ SU PROPÓSITO DE DERRIBAR LA CASA Y CONSTRUIR UN EDIFICIO
MODERNO PARA DESPACHOS EN SU LUGAR. SE IGNORA. SU PARADERO. AL EFECTUAR COMPRA
DIO SEÑAS UN HOTEL DE LUJO. INVESTIGACIÓN DEMUESTRA BYRON FIELD ABANDONÓ DICHO
HOTEL SIN DEJAR SEÑAS HACE MÁS DE CINCO MESES. SE SIGUE BUSCANDO SU RASTRO.
¿HAY ALGUNA ORDEN NUEVA?
—NINGUNA-respondió Vardo —. CONTINÚE SIGUIENDO
INSTRU-CCIONES RECIBIDAS.
Apenas hubo terminado de hablar el doctor Price, volvió a
funcionar la palanquita del reloj de pulsera. Esta vez se trataba de Surrey.
Anunciaba que sus pesquisas habían resultado inútiles. Varios vecinos habían
visto elevarse el autogiro. Nadie parecía haberle visto aterrizar en el patio
de la casa, sin embargo. Pedía nuevas instrucciones.
—DIRIGETE AFUERAS LONDRES —le ordenó Vardo—. PRIMERA VEZ,
AUTOGIRO FUE VISTO VOLANDO DIRECCIÓN NORTE Y ESTE. AVERIGUA SI SE LE HA VISTO
POR ALLÍ. RECOGE CUANTOS RUMORES Y CHISMES DE VECINDAD OIGAS. INVESTÍGALOS SI
PARECEN TENER RELACIÓN POSIBLE CON UN AUTOGIRO O CON ALGÚN VECINO MISTERIOSO, O
CON IDAS Y VENIDAS INEXPLICABLES. EN FIN, USA TU CRITERIO. INFORMA EN CUANTO
TENGAS ALGO QUE DECIR. PH.
Hubo unos minutos de silencio. Vardo se acercó a la mesita
del rincón, enchufó la cafetera, colocó dos tazas para recibir el café.
—Supongo que tomará usted también una taza-le dijo a
Garvez.
Este movió afirmativamente la cabeza.
Empezaba, a salir el café por el pitorro de la cafetera,
cuando la palanquita del reloj de pulsera se puso a funcionar de nuevo.
—TH... TH... TH...
Vardo contestó a la llamada.. Era Manrique quien hablaba.
—X... INVESTIGADA PLAZA ST. GEORGES INFRUCTUOSAMENTE.
HECHO DISCRETAS PESQUISAS EN ALMACENES INTENDENCIA AL OTRO LADO JARDINES SIN
AVERIGUAR NADA. AGUARDO INSTRUCCIONES.
—PERMANEZCA ALREDEDORES-contestó Vardo. Echó una mirada al
reloj y vio que pasaban de las cinco —. TOMA TÉ POR ALLÍ. TE DARÉ NUEVAS
INSTRUCCIONES MÁS TARDE. TH.
—No parecemos estar haciendo muchos progresos por
ahora-agregó luego, acercándose a la mesa con las dos tazas de café, después de
haber desenchufado la cafetera —. De momento no sé qué hacer de X. Esperaremos
a ver qué noticias recibimos de Todnor.
Pero no fue Todnor el primero en llamar, sino Price. Y lo
hizo por teléfono.
—Acabo de recibir los informes de los agentes encargados
de investigar la vida de Malden, jefe-dijo.
—Bien, puede leérmelos.
—Todos dicen, poco más o menos, lo mismo. Malden era poco
gregario, al parecer. Recibía muy pocas visitas y él hacía muy pocas también.
Asistía, principalmente, a conferencias sobre cuestiones arqueológicas, y
especialmente a aquellas que versaban sobre asuntos egipcios. Se sabe que iba
con frecuencia al Museo Británico, donde pasaba horas y horas examinando y
descifrando jeroglíficos. También visitó, alguna que otra vez, a los hombres
que luego formaron parte de la expedición Thorndown.
»Después de volver de Egipto con Thorndown pareció
volverse un poco más amigo de las diversiones. Empezó a vérsele, de vez en
cuando, por cabarets y estuvo, incluso, en casas de juego clandestinas. Eso es
cuanto ha podido averiguarse hasta la fecha, aunque se sigue investigando.
—¿Te han dado los agentes el nombre y las señas de los
cabarets y casas de juego en cuestión?
—Sí. ¿Quiere que sé la mande?
—No es necesario. Díctamela ahora mismo.
Sacó un librito de notas y un lápiz.
—Puedes empezar cuando quieras-agregó.
Anotó los nombres y direcciones que le fueron dando y
cortó luego la comunicación..
Se sentó a la mesa con el librito de notas delante.
—Aquí tengo-dijo —, los nombres de cuatro sitios que,
según Price, frecuentaba últimamente Malden. Dos de ellos los conozco ya: The
Laughing Fish y Bubbie an Squeak. Se encuentran en los alrededores del West End
y han sido visitados por la policía más de una vez por sospecharse que se juega
en ellos. Nunca los han podido pillar en flagrante, sin embargo.
»Los otros dos ni los he oído nombrar siquiera. ¿Los
conoce usted, por casualidad? Son el Thebas y el Clarion.
Garvez movió negativamente la cabeza.
—Son nombres nuevos para mí-dijo.
—Tampoco sé dónde están estas calles-prosiguió Vardo —. El
primero se encuentra en Aylesford Street. Me suena, pero nada más. El otro
parece hallarse en Elim Street, que ni me suena siquiera. Vamos a ver...
Se acercó de nuevo al estante en busca de una guía de
Londres. Abrió el índice y empezó a buscar.
—Aybrook... Aycliffe... Aylesbury... Aquí está. Aylesford
Street... S. W. 1... Mapa 50 N13.
Buscó el mapa cincuenta y el cuadro N13 del mismo.
—¡Caramba! ¡Mucha casualidad parece esta! ¿Sabe cuál es la
calle Aylesford? ¡La siguiente a Saint Georges Square!
—Sí que es casualidad.
—Tanta, que vale la pena investigar ese sitio con especial
cuidado. Encargaremos de ello a Manrique de momento.. Vamos a ver dónde está
Elim Street.
Volvió a consultar el índice.
—Está en el Borough-dijo, por fin —. Es una bocacalle de
Weston Street. Parece un sitio raro para un cabaret. Seguramente tendrá juego
también.
Se levantó. Descolgó el teléfono. Pidió un número a la
casa contigua.
—¿Price? ¿Qué sabe del Thebas de Aylesford Street?
—Es un club que se ha hecho muy popular en estos últimos
tiempos-respondió el médico —. No he estado nunca, pero aseguran que es muy
llamativo. Está decorado al estilo del Egipto de los faraones y los camareros
parecen salidos de un bajorrelieve de la misma época.
»Esa no es su mayor atracción, sin embargo. Según rumores,
sus mayores ingresos los deriva del juego. Tan insistentes han sido éstos, que
cuenta ya en su haber con tres visitas policíacas... aunque todas ellas
resultaron infructuosas. Si hay sala de juego en esa casa, la tienen muy bien
escondida.
—¿Qué probabilidades cree que hay de que pueda
introducirse en ella uno de los agentes?
—Ninguna. Si no mienten los rumores de que ya he hablado,
sólo tienen entrada los de absoluta confianza y sólo éstos pueden presentar a
nuevos socios... puesto que como socios figuran todos ellos.
—Es preciso que encuentre una persona que sea socio y que
se preste a presentar a un socio nuevo. Cuando hayas conseguido dar con uno,
avísame inmediatamente.
—Bien, jefe. ¿Algo más?
—Si. Manda agentes a los otros tres lugares cuyos nombres
me diste. Que vean si se recuerda a Malden y averigüen lo que puedan. Nada más.
Espero que me anuncies pronto haber encontrado a la persona que necesito.
Colgó el auricular. Se encaró con Garvez.
—Si el club ese se hubiese llamado Memphis, me hubiera
sentido la mar de optimista. Aun así, se me antoja que hemos hecho un
descubrimiento.
CAPÍTULO VIII
LAS TRES MOMIAS
«X... X... X...»
«X...» contestó la palanquita del reloj de pulsera del
profesor Vardo.
—Procede después de cenar Club Thebas Aylesford Street.
Averigua
lo que puedas. Muchísima discreción. Lugar peligroso
posiblemente.
X dio la señal de haber recibido la comunicación.
Preguntó:
—¿Algo más?
—Nada. Estás libre hasta entonces.
—Podemos salir a cenar-dijo Vardo, después de haber
radiado el mensaje.
—¿Dónde? —inquirió Garvez.
—No es necesario que nos alejemos mucho. Vamos al
restaurante español de Piccadilly, por ejemplo... a Casa Martínez.
Garvez consultó el reloj.
—Aún es temprano-dijo.
—Pero, usted no se ha movido de casa en todo el día.
Podemos dar una vuelta para estirar las piernas.
—¿Y si telefoneara Todnor durante su ausencia?
—Tomarán el recado en la casa de Piccadilly. No se apure
por eso.
Garvez tomó el sombrero. En la escalera, recibieron el
informe de dos agentes, uno de ellos C.. No tenían nada nuevo que decir.
Salieron a Jermyn Street y torcieron a la derecha en
dirección a Trafalgar Square y, de allí, al Strand. Después de pasear un rato
volvieron atrás hacia Piccadilly y se instalaron en una mesa de Casa Martínez,
pidiendo la carta.
Estaban en plena cena cuando el doctor Price se puso en
contacto con ellos por medio del reloj. El mensaje que tenía que dar, sin
embargo, era largo y propuso que se le llamara por teléfono, cosa que Vardo
prometió hacer en cuanto volviese a casa después de la cena, puesto que el
mensaje no era urgente.
Cuando regresaron al piso de Jermyn Street, Vardo pidió la
comunicación con el doctor en seguida.
—Se trata del Club Thebas, jefe —dijo éste—. He encontrado
algo mejor de lo que esperaba.
—¿Bien?
—Empecé a hacer averiguaciones y descubrí que, aunque es
difícil que logre acceso a la sala de juego el que se presente en el local,
éste tiene por ahí una serie de ganchos encargados de atraer gente de dinero
que, a juicio de ellos, sea discreta.
—¿Y has logrado establecer contacto con uno de esos
ganchos?
—Si, indirectamente. Con una mujer. Uno de los agentes la
conoce. La ha hablado de cierto señor acaudalado que se halla de paso en
Londres y que es muy aficionado a tirarle de la oreja a Jorge. Ella le preguntó
si se trataba de una persona de discreción y, al contestarle él que por tal la
había tenido siempre, la mujer le dijo que, por tratarse de un amigo suyo,
procuraría introducirle en un club al que muy poca gente tiene el privilegio de
poder entrar. Se refería al Thebas, naturalmente.
»EI agente la dijo que vería a su conocido mañana y quedó
con ella para poder hacer las presentaciones. En cuanto usted me diga a qué
hora quiere que el agente recoja al que haya de ir al Thebas y dónde, dará las
órdenes oportunas.
—¿A qué hora empieza a funcionar el club?
—El club, propiamente dicho, abre sus puertas a las nueve,
pero está bastante desanimado hasta eso de las diez, que empieza a animarse. En
cuanto a la sala clandestina, creo que las mesas no funcionan antes de las
doce.
—Bien, puedes decirle al agente que se encuentre con el
señor Wenning, a las nueve, en la botillería del Savoy. Puede ir acompañado ya
de esa mujer, si quiere. ¿Cuál es el agente?
—Preston.
—Ya, pues conocerá al señor Wenning porque vestirá de
etiqueta, llevará una gardenia en la mano y estará de pie junto al mostrador,
al fondo del todo. Wenning es alto, ancho, rubio, usa monóculo. Si, antes de
llegar a su lado, Preston le llama diciendo: «Hola, Wennie», Wenning le
contestará: «¡Hola, Peggy!» Ello será una prueba de que no se ha equivocado.
¿Comprendes?
—Perfectamente.
—¿Hay algo más?
—Nada más.
Vardo colgó el teléfono.
Aquella noche no salió ya, ni ocurrió nada digno de
mención. Hubo un mensaje del agente encargado de vigilar a Bevan, diciendo que
no había novedad, y otro del que vigilaba a Lowther, anunciando que éste había
recibido la visita del señor Todnor del Museo Británico.
Todnor, sin embargo, no llamó, prueba evidente de que no
había averiguado nada, o consideraba la hora algo intempestiva para llamar al
señor Welsey, o esperaba a entrevistarse con Bevan al día siguiente.
Vardo se despidió de Garvez a las doce y se retiró a
dormir: no creía que valiese la pena permanecer en vela.
Allá a las once de la mañana siguiente, Todnor llamó por
teléfono.
—Perdone usted que no le llamara ayer, amigo Welsey-dijo
—. Estuve intentado toda la tarde ponerme en contacto con Bevan y Lowther, pero
no pude encontrar a ninguno de los dos. Por fin, a la noche, pude localizar a
Lowther, pero, cuando salí de su casa, era demasiado tarde para molestarle a
usted y decidí esperar hasta esta mañana para hacerlo. Además, así he tenido
ocasión de hablar con Bevan también.
—No se preocupe-le respondió Vardo —. Se trataba de simple
curiosidad por mi parte, de manera que lo mismo da un poco antes que un poco
después. ¿Cuál fue el resultado de sus entrevistas?
—Lowther empezó asegurando de que la memoria publicada
contenía la lista completa, pero cuando le expuse nuestras razones para
dudarlo, pareció recordar que había habido alguna cosa más... unas estatuas
funerarias... Aseguró, sin embargo, que no tenía la menor idea de lo que había
sido de ellas. Dijo que tal vez supiera algo Bevan y me aconsejó que le
hablase, cosa que, claro está, pensaba hacer yo de todas maneras.
—¿Qué dijo Bevan? ¿Pudo darle más detalles que el otro?
—Sí. Según él, faltan tres estatuas funerarias en la
lista. Se trata de unas figurillas de madera tallada, cada una de las cuales
representa una momia. Miden, al parecer, unos veinticinco centímetros de altura
cada una de ellas.
—¿Qué ha sido de esas figuras?
—No las trajeron a Inglaterra.
—¿Las dejaron en Egipto?
—Si. El director del Museo de El Cairo expresó su
admiración al verlas y, como había prestado mucha ayuda a la expedición.
Thorndown decidió regalárselas. Era lo menos que podía hacer.
—Ya. Así, pues, que Bevan sepa, las figuras esas se
encuentran en El Cairo, en el Museo o en casa del director, a estas horas, ¿no
es eso?
—Así parece.
—Entonces no hay peligro de que se pierdan. Bien, amigo
Todnor, le estoy muy agradecido. Ya pasaré a charlar un rato con usted en
cuanto pueda quitarme los asuntos más urgentes del paso.
Colgó el teléfono y volvió a descolgarlo y, al contestar
el criado de la casa de Piccadilly, le ordenó:
—Busca un papel y un lápiz. Quiero dictarte un telegrama
que harás expedir inmediatamente.
Aguardó unos instantes a que el criado estuviese
preparado. Luego dictó:
«Director, Museo de El Cairo, Egipto: Suplico fotografía y
detalles tres estatuas forma momia regaladas por Thorndown. Aconsejo mucha
vigilancia y especial cuidarlo. Imágenes corren riesgo perderse.»
—¿Lo has entendido bien? —preguntó luego.
—Si, señor.
—Léemela.
El criado lo hizo.
—Bien, fírmalo y expídelo sin perder un instante. Cuando
llegue contestación, comunícamela en seguida, sea la hora que sea, de día o de
noche. ¿Comprendes?
—Perfectamente, señor.
—Nada más, pues.
Colgó el auricular.
CAPÍTULO IX
EL CLUB TEBHAS
A las nueve en punto de la noche, un hombre alto, rubio,
ancho de espaldas, paladeaba un combinado junto al mostrador, en el extremo más
apartado de la puerta de la botillería del Savoy. Tenía una gardenia en la mano
izquierda, y se la acercaba de vez en cuando a la cara como aspirando su aroma
exquisito.
Un joven de aniñado rostro entró en la botillería
acompañado de una mujer elegantemente vestida, de unos treinta años de edad,
bastante linda, pero con la mirada dura de quien no ha hallado la vida un
camino de rosas precisamente.
El joven miró a su alrededor, vio al hombre de la gardenia
y, haciendo una seña a su compañera, echó a andar hacia él.
—¡Hola, Wennie! —exclamó, cuando aún se hallaba a unos
pasos de distancia.
El hombre se volvió, se encajó el monóculo, dijo, con voz
indolente:
—¡Hola, Peggy!
Luego pareció fijarse en la mujer y un leve interés brilló
en sus ojos. Preston pareció darse cuenta de ello.
—Sheila-dijo, volviéndose hacia su compañera: —te presento
a mi amigo John Wenning, el hombre más vago, más hastiado de la vida y más
podrido de dinero que conozco... Wennie, la señorita Sheila Bransard, amante de
las emociones fuertes, a cuya busca dedica la mayor parte de su vida.
Wenning se cuadró e hizo una leve reverencia.
—Señorita...
—Encantada de conocerle, señor Wenning-murmuró la mujer
con una sonrisa, tendiéndole la mano.
Wenning la tomó y la besó.
—Si me hicieran el honor de aceptar un combinado y...
Preston le interrumpió.
—Con una condición tan sólo-dijo: —que a cambio, aceptes
tú comer con nosotros. ¿Supongo que no habrás comido?
—¿Tan temprano? —exclamó Wenning, calándose el monóculo
otra vez, y mirándole horrorizado.
—No lo es tanto ¿Aceptas o no?
Antes de contestar, Wenning miró a Sheila. Ésta le dirigió
una sonrisa deslumbradora, que pareció decidirle.
—No puedo negarme, Peggy. No puedo negarme...
Condujo a la pareja a una mesa y pidió que sirvieran
combinados.
Permanecieron muy poco tiempo allí, sin embargo. Sheila
expresó deseos de que fueran a comer. Quería aprovechar la noche, según ella, y
allí no se divertía.
—¿Dónde queréis que comamos? —preguntó Preston.
—En el Waldorf-Astoria-dijo Sheila, sin vacilar.
Estaba visto que tenía gustos caros.
—Señorita-protestó Wenning, con perezosa voz: —si hemos de
comer allí, tendrán que ser ustedes mis invitados. Yo no me dejo invitar en mi
propia casa.
—¡Ah! ¿Se aloja usted allí? —murmuró la mujer, mirándole
con más interés que nunca—. En tal caso, vayamos al Carlton: No quiero
obligarle a Frank a que sea invitado, cuando su deseo es ser anfitrión.
Se levantó el trío y, tomando el coche que aguardaba a la
puerta, se hizo conducir al Carlton.
Durante la cena, Sheila se desvivió por hacerse
interesante y deslumbrar a Wenning, cosa que pareció conseguir bastante bien
porque, poco a poco, la expresión de hastío había ido desapareciendo de su
rostro y hasta la voz llegó a cobrar cierta leve animación de que había
carecido.
—¿Dónde vas a llevarnos luego, Frankie? —inquirió la
mujer, cuando servían los postres.
—Donde tú quieras, hija mía. Sólo que no te acompañaré más
que hasta la puerta. Me esperan en casa a las once esta noche. Llega familia de
fuera y se exige mi presencia.
—Ya podían haberlo dejado para mejor ocasión-murmuró ella.
Y su rostro se ensombreció —. Había esperado que me acompañases al Club Thebas.
—¿Qué necesidad tienes de que te acompañe yo más allá de
la puerta? Wenning te hará compañía, ¿eh, Wenning?
Sheila le miró con ansiedad, como si temiera una negativa.
El interpelado, sin embargo, no parecía estar deseando otra cosa.
—¡Claro que la acompañaré!
Y, como si él mismo se diera cuenta de la innecesaria
vehemencia con que había hablado, se puso un poco encarnado y agregó,
apresuradamente:
—Es decir, si la señorita me lo permite. Después de
todo...
Sheila, cuyo semblante había vuelto a iluminarse, le calló
con un mohín.
—Por Dios, señor Wenning-murmuró: —¿cómo quiere que
rechace tan galante ofrecimiento? ¿Ha estado usted ya en ese club?
Wenning movió negativamente la cabeza.
—No, señorita.
—Pues estoy segura de que ha de gustarle. Es distinto a
los demás. Tiene un ambiente propio, algo exótico, algo... Pero ya lo verá
usted mismo.
Preston pidió la cuenta, pagó. Salieron todos y subieron
al automóvil. Éste se detuvo de nuevo en Aylesford Street, ante una puerta
sobre la que brillaba, en tubos neón, el nombre: Thebas Club.
La entrada no era muy atractiva en verdad, y Wenning hizo
una mueca.
—¡Oh! —se apresuró a decir Sheila, dándose cuenta:— no
juzgue usted por las apariencias exteriores, señor Wenning. El interior va a
sorprenderle.
Se apearon del coche.
—¿No entras un rato, Frankie? Aún es temprano.
Preston vaciló, luego dijo:
—Bueno, pero nada más que unos minutos. No quiero tener
disgustos en casa.
Dio instrucciones al conductor para que le aguardara y
entró con sus compañeros.
Sheila no había mentido. El exterior no permitía sospechar
siquiera cómo era el club por dentro. Una vez franqueada la entrada, se
encontraron en un amplio vestíbulo, de piso de arena. A los lados se alzaban
algunas palmeras, la iluminación era indirecta y tan bien graduada que producía
la impresión de una noche en el desierto. En el azulado techo titilaban unas
estrellas y, por encima de una palmera, asomaba una luna en cuarto menguante.
A la derecha se encontraba la puerta de entrada al club
propiamente dicho. Ésta parecía ser una reproducción, en pequeño, de la
monumental entrada del templo de Khonsu, en Karnak. Las dos grandes columnas
cuadradas de los lados estaban cubiertas de jeroglíficos, como el dintel. El
resto de la pared parecía de piedra auténtica también, aunque, seguramente, se
trataría de una imitación.
Preston fue el primero en entrar, seguido de los otros
dos. Wenning se encontró en una habitación que parecía una cámara sepulcral.
Junto al sarcófago había un egipcio, desnudo de medio cuerpo para arriba,
tocado al estilo de los tiempos faraónicos. Éste se acercó a ellos al verles
entrar, les tomó los sombreros y los llevó tras el sarcófago, luego de haberles
entregado como contraseña un medallón con jeroglíficos a cada uno.
Pasaron por otra puerta custodiada por dos egipcios y
salieron a una enorme sala en la que los decoradores debían haberse gastado una
pequeña fortuna.
En el centro había un lago pequeño, en el que crecían
varias flores de loto. A los lados, grandes columnas, cuyos capiteles estaban
formados por flores de loto, llegaban hasta el elevado techo. Contra cada una
de ellas se apoyaba un coloso egipcio de piedra, parecido a los del patio del
templo de Ramsés III en Medinet-Habú.
El espacio libre entre las columnas estaba cubierto de
jeroglíficos en colores. Por un lado asomaba una pirámide medio incrustada en
la pared, una pirámide de gradas, sobre cada una de las cuales había instaladas
mesas que, en realidad, desentonaban un poco en aquel ambiente, a pesar de que
se había procurado estilizarlas.
Al pie y en la vecindad de la pirámide había más mesas,
casi todas ellas ocupadas.
Al fondo, aparecía una esfinge, vista de frente y, junto a
su base, una embarcación egipcia servía para acomodar a la orquesta que también
vestía a usanza de las tierras regadas por el Nilo.
Un egipcio auténtico se acercó al trío al verle entrar y
le preguntó si quería ocupar una mesa en la sala o en las gradas de la
pirámide.
—En la sala-se apresuró a decir Sheila —. Ahí arriba me
mareo.
El egipcio hizo una reverencia y les condujo a una mesa
desocupada, a la que acudió inmediatamente otro egipcio para servirles.
—No te conocía bajo ese aspecto, Sheila-dijo Preston, en
cuanto se hubo marchado el camarero —. No creí que fueras capaz de marearte por
muy alto que estuvieses...
—Tampoco lo creo yo-asintió la muchacha, con una sonrisa
—. Eso no fue más que una excusa. La verdad es que no quiero ser blanco de
todas las miradas. Y lo sería, indefectiblemente, si me sentara allí.
Bebieron y escucharon la plañidera música unos minutos.
—Lo único que impide que Wennie se aburra
soberanamente-dijo Preston, de pronto —, es tu presencia, Sheila. Estoy seguro
de que esto se le antoja muerto..
—Yo... —empezó Wenning.
—No te molestes en disimularlo-interrumpió el otro: —te
conozco demasiado. Sheila, ¿qué vas a hacer para que no se aburra tanto nuestro
amigo? Porque te advierto que yo no puedo quedarme más rato.
Sheila miró al hombre, pensativa.
—Si conociera sus gustos... —empezó.
—Le pasa lo que a ti. Le gustan las emociones fuertes. O
ha cambiado mucho desde que le vi la última vez, o lo que más le emociona es
exponerse a perder hasta la camisa. Es un jugador empedernido.
—Peggy exagera un poco-murmuró el aludido: —me gusta
jugar, es cierto, pero...
—No le hagas caso. Es capaz de jugarse hasta las pestañas.
Seguramente estaría pidiendo limosna ya, si no fuera porque tiene demasiado
dinero para que las pérdidas le afecten.
—Si lo que quiere es jugar-dijo Sheila —, quizá pueda
arreglarse. Digo que quizá sólo. Eso depende de si sabe ser discreto.
—Soy el hombre más discreto del mundo-aseguró Wenning.
—Sé donde se juega-anunció la mujer muy despacio —, y
bastante fuerte por añadidura. Pero, no todo el mundo tiene entrada. Yo, como
soy bastante aficionada también, he conseguido tener pase a ciertos lugares...
—Le aseguro que puede contar con mi discreción
absoluta-dijo Wenning, con avidez.
El oír hablar de juego le había animado. Le brillaban los
ojos y hasta se notaba cierto temblor en sus manos.
—Oh, es discreto, no te preocupes, Sheila-aseguró Preston.
—Bueno-dijo ésta: —procuraré que se le admita, aunque no
garantizo nada.
Preston se puso en pie.
—En tal caso-dijo —, os dejo. Ya os divertiréis vosotros
solos.
Se levantó y abandonó la mesa. En cuanto se hubo ido,
Sheila llamó al camarero y le dijo algo en voz baja. Éste movió,
afirmativamente, la cabeza.
—Si los señores desean un reservado-dijo —, ¿tienen la
amabilidad de seguirme?
Se levantaron los dos y siguieron al camarero hasta el pie
de la pirámide. En ésta, y junto a la pared, se abría una puerta. Pasaron por
ella y subieron unos escalones, encontrándose en un cuarto bien iluminado. En
el centro, sentado a una mesa, había un hombre con fez. Sheila se acercó a él.
—Este amigo mío —anunció—, desea hacerse socio.
—¿Quién le presenta? —inquirió el hombre.
—Yo misma-respondió ella, sacando de su bolso una chapa de
metal, rectangular como la que había grabada una serie de jeroglíficos dentro
de un cartucho, de la manera empleada por los egipcios para escribir nombres.
El hombre le echó una mirada y, sin decir una palabra,
sacó de un cajón una chapa parecida y se la entregó a Wenning.
—No la pierda usted-le susurró Sheila —. Con ella tendrá
abierta la puerta siempre aquí.
Subieron una escalera hasta cerca del ápice de la
pirámide. Ésta terminaba en un cuarto pequeño, que contenía varias sillas y una
mesa, pero estaba desierto. No parecía tener salida por parte alguna, no
obstante.
Sheila se acercó a una pared cubierta de jeroglíficos.
Entre ellos figuraban algunas escenas de la vida en Egipto, copiadas de
pinturas murales halladas en las ruinas a orillas del Nilo.
—Fíjese bien en esta escena de pesca-dijo.
Wenning se acercó.
—¿Ve estas flores de loto?
El hombre movió, afirmativamente, la cabeza.
—Fíjese en la tercera.
Wenning la miró con atención y observó que la línea
trazada sobre la parte superior de ella disimulaba una ranura muy corta y
estrecha. De no haber sabido que estaba allí, hubiese sido preciso examinar
toda la pared cuidadosamente, milímetro a milímetro, para encontrarla.
—Es la cerradura-explicó Sheila —. Y ésta es la llave.
Al decir esto último, sacó la chapa rectangular y la
introdujo en la ranura.
—Si alguna vez viene usted solo-dijo —, haga lo que hago
yo ahora...
Empujó la chapa dentro del todo. Casi inmediatamente sonó
un chasquido y parte de la pared giró silenciosamente, revelando un pasillo
oscuro.
Sheila tiró de su compañero.
—Hay que pasar a prisa porque se cierra sola a los dos o
tres segundos-le dijo.
Hubo el tiempo justo para que pasaran antes de que el
trozo de pared volviera a ocupar su sitio. En el instante en que quedó cerrada
la puerta se encendieron luces que iluminaron brillantemente el pasillo. Sheila
se volvió hacia la pared por la que había pasado.
—Aquí puede usted recoger su llave-anunció.
En efecto, en la parte baja de la pared había una especie
de cuenco al que, después de hacer funcionar el mecanismo, la chapa había ido a
caer.
Sheila la recogió y siguió pasillo adelante, hasta llegar
a una puerta cerrada. Dio tres golpes cortos y rápidos con los nudillos. Luego
dos largos, más espaciados. En lugar de abrirse la puerta, cayó hacia adelante
una tablita. Sheila colocó su chapa encima de ella e indicó a Wenning„ que
debía hacer otro tanto. Éste obedeció. Sheila empujó entonces la tabla hacia
arriba, cerrando el hueco.
Unos instantes después se abrió la puerta. La pareja entró
y recibió de nuevo, de manos de un egipcio, las dos chapas que habían entregado
para que les fuera franqueada la entrada. Jamás había entrado Wenning en una
sala de juego en que tantas precauciones se tomaran.
Tras recorrer un corto pasillo, se encontraron en una sala
grande adornada a estilo egipcio, lo que hacía resultar más incongruentes las
dos mesas-una de treinta y cuarenta y la otra de bacará-que ocupaban su centro.
La sala estaba muy concurrida y todos los empleados, como
en el exterior, iban vestidos de egipcios. Tras vacilar unos instantes, Wenning
optó por la mesa de bacará, y a ella se sentaron los dos.
Jugaron diez o doce pases con variada suerte. Luego el
hombre se volvió hacia su compañera.
—Esto es demasiado lento-dijo, ahogando un bostezo —. ¿No
se juega a otra cosa aquí?
—¿Prefiere usted la ruleta?
—Mucho más.
—Vamos, pues.
Se levantaron. Sheila se dirigió a otra puerta. Un egipcio
la abrió al verles acercarse. Pasaron a otra sala, tan grande como la primera,
pero que sólo contenía una mesa grande, de ruleta. Allí se había intentado
—aunque con muy poco éxito— que la mesa estuviese más en consonancia con el
resto del cuarto.
Sobre la cruz de la ruleta había un disco solar. Alrededor
de los números, los paños estaban cubiertos de jeroglíficos. En el borde de la
mesa, delante de cada asiento, había un jeroglífico también.
Sheila se acercó a ella.
—Siéntese usted ya si quiere-la dijo Wenning —. Yo voy a
acercarme al lavabo primero... Supongo que habrá lavabo aquí, ¿no?
La mujer movió, afirmativamente, la cabeza. Llamó a un
empleado y éste acompañó a Wenning hasta una puerta, que abrió.
—Encontrará el lavabo a la derecha, señor-dijo —, al
doblar la esquina.
Wenning dio las gracias, se introdujo por el pasillo que,
a los dos metros, torcía a la derecha. Vio la puerta del lavabo. Entró.
Se aseguró, primero, de que no había nadie allí en aquel
momento. Luego sacó del bolsillo una tela plegada. La sacudió. Era una capa de
tan finísimo material que, doblada, apenas ocupaba sitio. Sin embargo, era tan
larga, que le llegaba al que se la pusiera hasta los pies.
Esta capa, además del poco espacio que ocupaba, poseía
otras cualidades maravillosas. Negra por un lado, era, por el otro, de una
sustancia extraña que refractaba la luz sin reflejarla. Es decir, que al tocar
los rayos de luz su superficie quedaban desviados por completo resultando la
capa, por consiguiente, invisible por aquel lado. Inútil es decir que todo
cuanto se cobijaba bajo aquella prenda resultaba igualmente invisible, cuando
la parte negra quedaba hacia adentro.
Wenning la volvió ahora de manera que su parte negra
quedara hacia adentro y se la echó sobre los hombros. Inmediatamente, todo su
cuerpo pareció desaparecer, quedando visible sólo su cabeza, que digiérase
suspendida en el aire. Entonces, una mano apareció, asió la capucha que colgaba
por la parte de atrás, y la echó sobre la cabeza, que desapareció a su vez.
Esta capucha tenía la particularidad de ser transparente de dentro para fuera.
O, lo que es lo mismo, que quien la llevara puesta podía ver través de ella sin
dificultad.
Invisible ya, Wenning se acercó a la puerta, la
entreabrió, atisbó por la rendija y, viendo desierto el pasillo, salió,
cerrando la puerta tras sí.
El pasillo aquel no terminaba en el lavabo, sino que
continuaba hacia el fondo. Bajó por él hasta descubrir una escalera, pero no se
decidió a bajar ni a subir por ella. Temía llamar la atención si prolongaba
demasiado su ausencia de la sala y se conformaba, de momento, con lo
descubierto: por el pasillo aquel podía pasarse a otros lugares del edificio.
Volvió a los lavabos, se quitó la capa apresuradamente y,
unos momentos después, se hallaba ya de nuevo en la sala de la ruleta. Sheila
no se había sentado aún. Le aguardaba de pie, hablando con uno de los
empleados, en voz baja al parecer. Pero, se apartó de él inmediatamente al ver
a Wenning, y salió a su encuentro.
—¿Dónde nos sentamos? —preguntó.
El joven echó una mirada a la mesa, contempló los
jeroglíficos, se acercó a un asiento. Un empleado acudió en seguida a apartar
la silla.
—¿En qué asiento deseaba sentarse el señor? —inquirió, con
la mano puesta sobre el respaldo de uno de ellos.
Wenning se caló el monóculo.
—¿Qué representa eso? —quiso saber, señalando una especie
de cruz, cuyo brazo superior estaba formado por un óvalo.
—Ese es el ankh —explicó el empleado—. Significa vida
eterna, señor.
—¿Y ese otro? —Wenning señaló el de al lado.
—La muerte-contestó el hombre, con singular entonación.
—Muy cerca está la vida de la muerte —observó Wenning,
sonriendo.
—Muy cerca, señor-asintió el empleado, con dulzura: —muy
cerca.
¿Fue imaginación de Wenning, o dio el empleado a sus
palabras más énfasis del necesario? Antes de que pudiera hacer observación
alguna, sin embargo, el empleado agregó, a guisa de explicación:
—Sólo a través de la muerte puede alcanzarse la eterna
vida.
—Escojo la vida eterna-anunció Wenning, dejándose caer en
el asiento: —la muerte no me seduce mientras tenga delante una ruleta.
CAPÍTULO X
EL PROFESOR VARDO INVESTIGA
EN la sala de la casa de Jermyn Street, Garvez estaba
leyendo reclinado en un sillón. Era ya tarde, pero estaba decidido a no
acostarse mientras no volviese el profesor Vardo, que había salido a primera
hora de la noche.
Recibió informes de varios agentes, todos ellos negativos.
Ninguno de ellos había logrado dar con pista alguna.
A las dos de la madrugada, cuando empezaba a creer que ya
no se presentaría el profesor en toda la noche, oyó que abrían la puerta del
piso y, poco después, el profesor, en persona entraba en la sala.
—¿Hay algo nuevo? —inquirió inmediatamente éste.
—Nada-respondió Garvez —. Ninguno de los agentes ha
descubierto nada.
—¿No hay contestación de Egipto?
—No.
—¡Hum! Supongo que no la recibiremos ya hasta mañana.
Bien. Escuche unos momentos, porque voy a volverme a marchar. En primer lugar,
¿dónde está Manrique?
—Durmiendo. Usted mismo me dijo que le dijera que
descansase antes de marcharse.
—Es cierto. Es posible que le necesite esta noche, sin
embargo. Bueno, ya le hablaré de eso cuando haya acabado de darle
instrucciones.
—Escucho.
Vardo sacó del bolsillo una chapa rectangular, cubierta de
jeroglíficos y la echó sobre la mesa.
—Esta chapa-dijo —, da acceso a la sala de juego del Club
Thebas. Guárdesela.
Garvez se la metió en el bolsillo.
—¿Conoce el club ese? —inquirió Vardo.
—No.
Vardo le explicó, en pocas palabras, el aspecto exterior
del mismo y el de la sala de la pirámide.
—Al pie de la pirámide, junto a la pared-prosiguió —, hay
una puerta. Se entra por ella, se suben unos escalones y se encuentra uno en un
cuarto pequeño, donde hay un hombre sentado a una mesa. Enseñándole esa chapa
no pondrá inconveniente alguno a que pase quien la presente.
»Se sube entonces la escalera hasta el fin. Ésta muere en
un cuarto cuadrado, sin salida, al parecer. En la pared de la izquierda hay
muchos jeroglíficos y escenas egipcias. Una de ellas es de pesca. Hay un hombre
pescando en una barca y, al pie de la misma, se ven seis flores de loto. En la
parte superior de la tercera de éstas hay una ranura estrecha. ¿Me entiende
usted bien?
Garvez movió afirmativamente la cabeza.
—Esa ranura es lo bastante ancha para que pase por ella la
chapa que le he dado. Ha de meterse dentro del todo. En cuanto cae en el
interior, funciona un mecanismo y se abre un trozo de pared. Por el hueco se ve
un pasillo oscuro. Al pasar al pasillo, la puerta se cierra y se ilumina el
pasillo. En la parte de atrás de la puerta hay un cuenco. En él cae la chapa,
después de haber abierto la puerta. Hay que recogerla de nuevo. ¿Me entiende?
—Perfectamente.
—Tenga en cuenta una cosa. Es preciso que el que sea entre
inmediatamente que se abra la puerta, de lo contrario, ésta se volverá a
cerrar. La cosa está muy bien estudiada. Suponiendo que la policía lograra, de
alguna manera, descubrir la forma de abrir la puerta secreta... si se apoderara
de una de esas chapas, por ejemplo... lo más natural es que vacilara antes de
introducirse por un pasillo oscuro como boca de lobo.
»Unos segundos de vacilación bastarían para dar tiempo a
la gente esa a hacer desaparecer todo rastro de mesas de juego, porque la
puerta se volvería a cerrar y, tras ella, quedaría la chapa. De forma que, para
volver a abrir, la policía tendría que disponer de otra chapa, o si no, echar
la puerta abajo, cosa bastante difícil, porque ésta está acorazada.
»Al cerrarse la puerta, acciona un timbre de aviso, de
forma que el portero espera la llegada de un cliente. Si este no aparece,
supone que ocurre algo anormal y da la alarma. El hecho de que se abriera la
puerta inmediatamente por segunda vez (si la policía contaba con una segunda
chapa), sólo servirla para acrecentar la alarma. Por consiguiente, es preciso
no vacilar en cuanto se abre la puerta; ¿Está eso bien claro?
—Sí.
—Bien... Al final del pasillo aquel hay otra puerta
cerrada. Hay que dar, tres golpes rápidos y cortos sobre ella y luego dos
largos y espaciados. Entonces cae una tabula en la parte de delante de la
puerta. Hay que depositar en ella la chapa y cerrar la tablilla. ¿Comprende?
Garvez movió afirmativamente la cabeza.
—El portero examina la chapa y, cuando la encuentra en
regla, abre la puerta, deja pasar al que la ha presentado y se la devuelve. Se
pasa entonces a una sala grande que tiene una mesa de treinta y cuarenta y otra
de bacará. Más allá, hay otra sala con ruleta. En esta última hay la entrada de
un pasillo en el lado derecho del cual están los lavabos. Más allá de los
lavabos hay una escalera que viene de abajo y continúa hacia el piso superior.
¿Se forma una idea clara de la distribución?
—Sí.
—Bien. Wenning pudo llegar hasta la escalera, pero no se
atrevió a entretenerse más, puesto que su prolongada ausencia pudiera llamar la
atención. No cabe la menor duda de que la sala de juego secreta se halla, no en
Aylesford Street, sino en St. Georges Square. Es decir, en la supuesta casa
vacía. Ésta fue adquirida, evidentemente, por el Club Thebas, bajo nombre
supuesto y se hizo desaparecer todo rastro del comprador para que no pudiera
adivinarse que tenía relación alguna con el club.
»A la luz de este descubrimiento es evidente que la flor
de loto que mató a Malden salió de la parte de atrás del Club Thebas.
Seguramente sería arrojada a la calle desde alguna ventana del edificio de St.
George's Square en el momento en que pasaba el arqueólogo. Se supondría que
éste no dejaría de recogerla, sobre todo tratándose de semejante obra de arte.
—Si la hubiesen tirado a la calle desde el edificio-objetó
Garvez —, el golpe hubiera hecho que se rompiera la ampolla de cristal antes de
tiempo. Usted mismo dijo que los pétalos cedían al menor contacto..
—En efecto. Eso no importa, sin embargo. El gas empleado
era muy denso y tardaría un rato en disiparse. Aun suponiendo que se hubiera
roto la ampolla con el choque, Malden respiraría el gas en cuanto se agachara.
Es más, casi estoy por asegurar que fue eso lo que sucedió Así se explicaría
que tuviese el cadáver sujeta tan fuertemente la flor en la mano.
.»No obstante, si el plan hubiera fracasado, ya hubiesen
empleado otro procedimiento. Lo más probable es que Malden acabara de salir del
Club Thebas. Tendría costumbre de marchar siempre por Saint George's Square y
le estarían esperando.
»Sea como fuere, lo interesante ahora es registrar toda la
casa supuestamente desalquilada. No sé si se adelantará algo con ello, pero hay
que hacerlo. Bien pudiera ser que Thorndown fuese prisionero en ella, aunque,
con franqueza, no lo creo.
»Pienso registrar yo esa casa esta misma noche. Hubiera
podido entrar de la forma normal con esa chapa. Pero no podría desaparecer de
las salas sin llamar la atención. También hubiera podido ir Yuma, gracias a su
don de la invisibilidad, pero tampoco hubiese salido la cosa bien.
»En primer lugar, no es cosa fácil entrar en el club y
atravesar la sala de la pirámide, por entre las mesas, sin tropezar con algo o
alguien. Hay que apartar sillas en algunos sitios para pasar, y un hombre
invisible no puede hacer eso sin descubrirse.
»Aparte de eso, hubiera sido preciso después aguardar a
que entrara alguien en la sala de juego para seguirle. Sin embargo, el
mecanismo de la puerta está tan bien combinado, que sólo da el tiempo justo
para que pase una persona, y Yuma no hubiese podido entrar.
»No, no hay más remedio que hacerlo de otra manera. Me
propongo entrar en la sala por la parte de atrás... por St. George's Square. Me
expongo a que haya instaladas alarmas por ese lado, pero es un riesgo que no
hay más remedio que correr.
—¿Qué quiere usted que haga yo? —inquirió Garvez.
—De momento, nada. Deme usted cinco horas de tiempo. Ahora
son las dos aproximadamente. Si a las siete de la mañana no ha recibido ninguna
noticia mía, puede suponer que me ha ocurrido algo grave. Entonces, su mejor
plan será ponerse en contacto con el inspector Farrell, contarle el cuento que
usted quiera y explicarle lo de la sala de juego.
»Él mismo se encargará de idear un plan para pillar a los
jugadores por sorpresa y no dar tiempo a que se hagan desaparecer las mesas.
Adviértale que lo mejor será forzar la entrada de la casa de St. George's
Square al mismo tiempo que se entra por el Club Thebas, para impedir que se
escape nadie. También será conveniente que registre todo el edificio y hasta
los sótanos. Puede usted decirle que un amigo suyo que fue a jugar al Club
Thebas ha desaparecido y que cree usted que lo tienen prisionero en el edificio.
Así lo registrarán bien. Pero no diga usted una palabra a la policía a menos
que no reciba noticias mías antes de las siete. ¿Está eso bien claro ya?
—Muy claro-asintió Garvez.
—Cuando yo haya salido, avise a Manrique. Dígale que vaya
a St. Georges Square otra vez y que aguarde órdenes allí. Si saliera alguien de
la casa desocupada debe seguir a dicha persona e informarle a usted
inmediatamente. De momento, nada más. Tal vez modifique yo esas instrucciones
más tarde. Eso depende de las circunstancias.
Dicho lo cual, el profesor Vardo volvió a salir de la
casa.
***
Vardo se detuvo ante el edificio. Le era imposible ver
claramente las ventanas de los cuatro pisos, porque la luz de los faroles no
daba para tanto, pero no era fácil que estuviera abierta ninguna de ellas.
Había entrado en la plaza por el lado del río y siguió adelante, sin detenerse,
sin fijarse, al parecer en lo que le rodeaba, aunque sin perder detalle en
realidad.
La casa tenía dos puertas. Una de ellas, grande, tenía
puesto un fuerte candado que, con el tiempo, estaba completamente oxidado. Era
evidente que llevaba mucho tiempo sin abrir. La otra, más pequeña, no parecía
cerrada más que con llave.
Cuando llegó al otro extremo de la plaza, se metió entre
los árboles, se aseguró de que nadie le veía y, sacando del bolsillo la
maravillosa capa, se la puso, desapareciendo inmediatamente de vista. Entonces
deshizo lo andado, deteniéndose ante la mencionada puertecilla.
Después de examinar detenidamente la cerradura y mirar a
su alrededor, sacó del bolsillo una herramienta y no tardó en descorrer el
cerrojo. Volvió a mirar hacía los árboles, hacia arriba, hacia abajo. Y,
satisfecho por fin, empujó la puerta, entró, la cerró de nuevo tras sí y se
detuvo a escuchar.
La oscuridad era completa, el silencio opresivo. Sacó una
lámpara de bolsillo. Se hallaba en un vestíbulo pequeño, con una puerta a un
lado y una escalera ascendente. Probó la puerta. Tenía echada la llave también.
Aplicó el oído a la cerradura. Silencio.
El instrumento de acero volvió a funcionar. La puerta se
abrió. Se encontró en una habitación grande, desamueblada, cubierta de polvo y
de telarañas. Una por una recorrió todas las habitaciones cerradas con llave,
todas desamuebladas.
En el vestíbulo principal descubrió, debajo de la
escalera, una puertecilla que conducía a los sótanos. Bajó a éstos, observando
en seguida que no estaban tan sucios como el resto de la casa. Tras examinar
cuidadosamente las paredes, halló otra puerta secreta, por la que se introdujo
tras descubrir cómo funcionaba desde el otro lado.
Pasó a los sótanos de la casa contigua y en ellos
descubrió un pasadizo que, cruzando por debajo de la calle Aylesford,
desembocaba en los sótanos de una casa de Pulford Street, que tenían salida, a
su vez, a un callejón.
Retrocedió de nuevo hacia la casa de la plaza, y, por el
camino, fue comunicando a Garvez, por medio del reloj, su descubrimiento para
que, en caso de ser asaltado el club, fueran vigiladas todas las salidas.
Volvió al vestíbulo de la puertecilla pequeña. Recordaba
que la escalera vista por Wenning cerca de los lavabos era estrecha y, por lo
tanto, no podía tratarse de la principal.
Subió por ella cautelosamente, llegando sin novedad al
piso en que se hallaba la sala de juego, pero, como ya sabía lo que había allí,
no se detuvo, sino que siguió subiendo.
El pasillo del piso siguiente estaba iluminado y por
debajo de una de las puertas que a él daban se escapaba un rayo de luz. Se
acercó a ella. No era posible mirar por la cerradura, porque estaba puesta la
llave. Aplicó la oreja contra la puerta.
Dentro hablaban dos hombres, en árabe. Llegó, por lo
visto, en el momento en que terminaban su conversación, porque uno de ellos
dijo:
—No lo olvides. Estarás allí a las nueve en punto de la
mañana. La Esposa del Nilo te aguarda. Ahora, márchate a dormir.
Sonaron pasos que se dirigían a la puerta. El hombre
invisible se echó a un lado. La puerta se abrió. Apareció en el umbral un
hombre vestido de egipcio, en el que Vardo se fijó bien para no olvidarlo.
El hombre tiró pasillo arriba y entró en otro cuarto.
Durante el momento en que estuvo la puerta abierta, Vardo vio que se trataba de
una especie de cuarto guardarropa y no intentó entrar siquiera. Aguardó.
A los pocos momentos el egipcio salió, vestido al estilo
occidental, y volvió atrás, hacia la escalera, pero, en lugar de bajar, subió.
El piso de arriba parecía completamente desamueblado a la luz de la lámpara de
bolsillo que encendió el hombre, porque no había luz.
Vardo le siguió al interior del primer cuarto que tenía la
puerta abierta y que el otro no se molestó en cerrar. El disco de luz cayó
sobre una de las paredes. Una mano se alzó y tocó un resorte y se abrió un
hueco en la pared. Aquella casa estaba llena de puertas secretas y pasadizos.
Por lo visto, los propietarios habían tomado precauciones inverosímiles para
que en ningún caso pudiera pillarles la policía.
Puesto que el pasadizo abierto también estaba a oscuras,
Vardo sólo aguardó unos segundos antes de abrir la puerta aquella y seguir al
otro, guiándose por el resplandor de su lámpara.
El hombre atravesó dos habitaciones, llegó a una escalera
y empezó a bajar, hasta llegar al final. Abrió una puerta y salió a la calle.
Vardo aguardó unos segundos más y le siguió.
La casa de la que acababan de salir estaba en Aylesford
Street, junto al Club Thebas. El hombre tiró hacia arriba, en dirección a Lupus
Street. Mientras le seguía, Vardo empezó a mandar un mensaje.
—X... X... X...
—X... —le contestaron.
—ESQUINA LUPUS PULFORD. SIGUE HOMBRE MORENO. TH.
Antes de que hubiera acabado su mensaje, Manrique debía
haberse puesto en movimiento, porque, cuando el egipcio tiró por Lupus Street,
en dirección al Puente de Vauxhall, se le vio aparecer.
—SÍGUELE-continuó radiando Vardo entonces —. COMUNÍCAME
DÓNDE SE METE. VIGILA LA CASA Y, SI VUELVE A SALIR, NO LE PIERDAS DE VISTA.
SEGURAMENTE IRA A ACOSTARSE. PERMANECE EN GUARDIA TODA LA NOCHE. TE RELEVARÉ A
LAS SIETE Y MEDIA, A MENOS QUE OCURRA ALGO ANTES. TH.
X dio la señal de haber recibido el mensaje. Vardo,
satisfecho de que no hubiera peligro de perder a aquel hombre ya, volvió al
Club Thebas y terminó de investigar el resto del edificio sin hallar nada
nuevo. Desde luego, Thorndown no estaba allí dentro.
Eran las cinco de la mañana cuando regresó a la casa de
Jermyn Street. Garvez aún estaba en vela. Le dio a conocer la nueva entrada del
club que había descubierto y se echó a dormir. Tenía dos horas para descansar y
no sabía la falta que pudieran hacerle las fuerzas al día siguiente ni cuándo
le tocaría volver a acostarse.
Pero, antes de quedar dormido, recibió un mensaje de
Manrique.
El egipcio no había ido muy lejos. Había cruzado el puente
y se hallaba en aquellos momentos en una casa de Auckland Street. Todo parecía
indicar que no tenía la menor intención de volver a salir.
CAPÍTULO XI
LA PRISIÓN DE THORNDOWN
A las siete y media de la mañana, Manrique, que estaba
oculto tras una esquina, sintió que le tocaban en el hombro y una voz conocida
le dijo al oído:
—Puedes retirarte... Acuéstate ahora. Pudiera necesitarte
más tarde y quiero que estés descansado.
—Bien, jefe.
El agente dio media vuelta y desapareció, calle abajo.
Yuma le había relevado.
Transcurrieron los minutos lentamente. Dieron las ocho
menos cuarto en un reloj cercano... las ocho...
A las ocho y cuarto se abrió la puerta y salió el egipcio.
Vardo, tras asegurarse de que nadie le veía, se había quitado la capa,
echándosela sobre los hombros con la parte negra para fuera. Siguió al hombre a
distancia. Éste bajó por Harleyford Road, pasó de largo Kennington Oval y
desembocó en Kennington Park Road, donde se metió en la estación del
Metropolitano.
Aún pudo acercarse a tiempo para oírle pedir un billete
para Hendon Central, y sacó él uno para el mismo sitio. Una vez en Hendon, el
egipcio empezó a atajar por bocacalles en dirección a Edgware Road, saliendo a
ella a la altura de Cool Oak Lane, por la que se metió.
Apenas había gente por allí, y Vardo comprendió que,
dentro de pocos momentos, se destacaría demasiado, y podría desconfiar el
hombre, conque aprovechó la primera coyuntura para dar la vuelta a la capa y
calarse la capucha, haciéndola de nuevo invisible.
El egipcio cruzó el puente que hay sobre el depósito de
aguas de Brent y, una vez al otro lado, se desvió, caminando apresuradamente
hacía un bosquecillo que había a la derecha, más allá del campo de recreo.
Vardo sabía ya, que en el centro del bosque en cuestión se
alzaba un magnífico edificio, propiedad de un tal Sheldon Fane, al que nunca
había visto, pero que tenía fama de ser hombre de mucho dinero. ¿Era posible
que el hombre aquel le condujese a la casa en cuestión?
No permaneció en duda mucho tiempo. El egipcio atravesó el
bosque sin vacilar y, al llegar a la verja que rodeaba el parque de la casa de
Fane, llamó al timbre. El portero salió del pabellón de la entrada y le abrió
la verja en seguida. Era evidente que se trataba de persona conocida.
Mientras el egipcio se perdía por la avenida orillada de
frondosos árboles, Vardo, comprendiendo que le sería poco menos que imposible
pasar por la puerta, buscó un lugar de la verja que no pudiera ser visto desde
el pabellón del portero y donde los árboles le ocultaran de todo posible
observador.
Se quitó la capa, la plegó cuidadosamente y se la metió en
el bolsillo. No quería correr el riesgo de desgarrarla. Luego, con una agilidad
sorprendente en un hombre de sus años, escaló los barrotes. Éstos remataban en
agudos pinchos que hubieran asustado a cualquiera. Seguramente, Sheldon Fane
consideraba que nadie podría pasar por encima de ellos sin quedarse clavado, y
tal vez tuviese razón tratándose de otro que no fuera Vardo.
Éste dio ahora pruebas, no sólo de agilidad, sino de tener
un pulso magnífico y unos músculos de hierro. Asió uno de los pinchos con cada
mano y empezó a levantarse a pulso. Cuando habiendo estirado por completo los
brazos tras alzarse, se encontró con los pinchos un poco más abajo de la
cintura, echó el cuerpo hacia adelante, alzó las piernas y se mantuvo unos
instantes en posición completamente vertical sobre la verja, es decir, hizo lo
que vulgarmente se llama «la plancha».
Una vez en esa posición, hizo girar lentamente el cuerpo y
empezó a bajar las piernas por el otro lado de la verja. Hubo un momento en que
aguantó a pulso todo el peso del cuerpo con una sola mano para poder cambiar de
lado la otra. Lo demás fue fácil y a los pocos segundos, se hallaba ya en el
parque.
Se puso la capa de nuevo y, cruzando por entre los
árboles, se acercó a la avenida. Siguió el curso de ésta andando por encima de
la hierba, porque se le hubiera oído andar sobre la grava del camino.
Cuando llegó al edificio, el egipcio había desaparecido.
Empezó a dar la vuelta al mismo, atisbando por las ventanas, pero no pudo
descubrir en ninguna de las habitaciones que vio, al hombre a quien había
seguido.
Por detrás de la casa, y no muy lejos de ella, había una
gran piscina. Por tres de sus lados se veía una escalerilla, sin duda para que
pudieran salir de ella los bañistas. Por el cuarto lado, el más alejado de la
casa, se alzaba una especie de torre de gran altura, de la que sobresalía, a
mitad de camino, una plancha.
De la cima de la torre arrancaba una especie de canal que
descendía, en pendiente, hasta cosa de dos metros y medio de la plancha. Era un
tobogán para los que prefirieran tirarse al agua así, en lugar de emplear la
plancha o saltar desde el suelo al agua.
En el momento en que Vardo se hallaba por detrás del
edificio, vio salir de éste a un hombre con un cesto en la mano, y dirigirse
hacia la torre. Se acercó rápidamente a él y vio que el cesto llevaba comida.
¿Por qué llevaba el hombre comida a la torre aquella? Sólo se le ocurría a
Vardo una explicación.
¿Sería posible que Thorndown estuviese encerrado allí? Sin
embargo, la construcción parecía demasiado estrecha para que, además de la
escalera que condujese a la cima, contuviese sitio alguno en que tener metido a
un preso.
Siguió, no obstante, al hombre y estaba muy cerca de él
cuando entró en la torre. No se atrevió a subir la escalera tras él, sin
embargo, porque ésta era demasiado estrecha y, cuando volviera a bajar el otro,
habría de tropezar con él, forzosamente.
La escalera era de caracol y no había modo de ver, desde
abajo, hasta dónde subía el otro. Pero fue muy poca distancia, porque Vardo oyó
en seguida un ruido especial, que no logró explicarse de momento y, unos
instantes después, el hombre volvió a bajar. Sólo que entonces llevaba una
cesta vacía y... no era la misma que subiera.
En cuanto se hubo alejado el hombre, Vardo empezó a subir
la escalera pero, aunque subió hasta, donde se abría la puerta que daba a la
plancha, no encontró nada por el camino. ¿Dónde habría dejado aquel hombre la
cesta?
De pronto se le ocurrió la explicación. Tenía que ser ésa,
porque ninguna otra era posible. El nabo o ánima de la escalera de caracol era
de gran diámetro. Empezó a bajar, examinándolo palmo a palmo. Y encontró lo que
buscaba: una puertecilla disimulada. Era, simplemente, una sección que podía
descorrerse.
La abrió sin dificultad. El nabo era hueco. El ruido que
oyera desde abajo era el de una polea, colgada un poco más arriba, de la que
pendía una cuerda con gancho en el extremo que estaba a la altura de la
puertecilla.
Sacó su lámpara de bolsillo y examinó el interior del
hueco, procurando no dirigir la luz hacia abajo. Descubrió, a un lado, el
pulsador de un timbre. Era evidente que, al descolgar la cesta de corrida, el
hombre tocaba el timbre para que alguien acudiera a recogerla y dejar en su
lugar la cesta vacía. Por lo tanto, no cabía la menor duda de que, allá abajo,
había una habitación o varias y que, en ella o ellas, había por lo menos un
hombre suelto, de lo contrario no podría ser retirada la cesta del gancho. Y la
habitación, o las habitaciones, estaba, o estaban, bajo el nivel de tierra
porque en la torrecilla aquella no había sitio para ellas.
¿Por dónde se entraría a los sótanos de la torre? No era
posible que se entrase por aquella pequeña compuerta. Tenía que haber otro
camino. Lo curioso del caso era que, habiéndola, se emplease aquel
procedimiento para alimentar a quien estuviera abajo. Vardo estaba seguro de
que aquello no obedecía a simple capricho, sino que tenía una explicación
lógica, pero no podía perder el tiempo intentando adivinarla en aquellos
momentos.
Apagó la lámpara de bolsillo y asomó la cabeza al hueco,
mirando hacia abajo. No pudo ver nada, sin embargo. La oscuridad era completa
en el tubo. Vaciló unos instantes y luego decidió arriesgarse. Encendió la
lámpara de nuevo y dirigió la luz hacia abajo. El pozo era bastante profundo y,
desde allá arriba, no se notaba solución alguna de continuidad en él.
Debía haber, abajo, una puertecilla parecida a la de
arriba. No era de suponer que los sótanos aquellos estuvieran sin luz. Sin
embargo, no se filtraba ni un rayo hacia el interior del tubo.
Vardo tomó una determinación un poco temeraria. Asió los
dos lados de la cuerda con ambas manos y tiró con todas sus fuerzas para probar
la resistencia de la polea. Ésta se mantuvo firme. Sujetó bien el gancho para
que no resbalase y, agarrándose al otro extremo del cabo, se descolgó
silenciosamente hueco abajo.
Cuando sus pies tocaron fondo, encendió la lámpara de
bolsillo y examinó con cuidado la pared del tubo. No se había equivocado. Allí
había una puertecilla y no le costaría trabajo abrirla si se le antojaba.
Aplicó la oreja contra ella y escuchó. De momento no oyó
nada. Luego:
—¿Cuánto tiempo se me piensa tener aquí? —preguntó una voz
lejana, en inglés.
—Come y calla-contestó en árabe otra voz, mucho más cerca.
—Se me prometió la libertad en seguida-insistió la voz
primera.
Y esta vez hablaba en árabe también.
—En seguida quiere decir mañana por la mañana. Yo no sé
nada de eso. Es La Esposa del Nilo quien ha de ordenarlo. Pero, no lo hará
mientras no haya recibido noticias y sepa que no la has engañado.
Volvió a reinar el silencio. Vardo no esperó más. Por lo
oído estaba seguro de que Thorndown, pues no le cabía la menor duda de que de
Thorndown se trataba, no corría peligro alguno hasta la mañana siguiente.
Después de eso sí que lo correría, y grave. Creía empezar a comprender.
Thorndown, sometido a tortura quizá, había acabado por decir dónde estaban las
tres momias, no podía ser otra la cosa que buscaban, y la misteriosa Esposa del
Nilo no le quitaría del paso hasta estar segura de que había dicho la verdad.
Pero después... después le mataría sin escrúpulos, como
había matado a Malden. Tal vez supiera Thorndown dónde le habían llevado, o
podría suponérselo. No era fácil que se le permitiera vivir.
Gateó, rápidamente, por la cuerda, salió a la escalera,
cerró la puertecilla tras sí, salió al jardín. ¿Tendría aquel encierro la
entrada por los sótanos de la casa? Era poco probable. De haber sido así, ¿qué
necesidad de cruzar el jardín con una cesta de comida para mandarla al preso y
a su guardián de aquel modo?
Se sentó entre los árboles de un punto desde el que
pudiera vigilar la parte de atrás de la casa y se puso a mandar una serie de
mensajes a Garvez, dándole instrucciones y pidiéndole que hiciera nuevas
investigaciones.
Garvez no tenía nada nuevo que decirle, salvo que Egipto
no había contestado aún al telegrama.
—Póngase en contacto con Q-ordenó Vardo —. Dígale que
visite personalmente al director del Museo y le ponga en guardia si es que no
resulta ya demasiado tarde. Th.
Se pasó el resto de la mañana rondando por los alrededores
de la casa. Dos veces aprovechó el encontrar puertas abiertas para entrar y
examinar distintas partes del edificio, pero nada descubrió. Por los lugares
que había visitado sólo circulaba algún que otro criado, pero no vio a nadie
que pudiera ser Sheldon Fane, y mucho menos a La Esposa del Nilo.
A la hora de comer, un hombre se dirigió a la torre con
una cesta llena y volvió con otra vacía. Y, poco después, la palanquita del
reloj de pulsera del profesor empezó a funcionar.
Th... Th... Th...
—Th-respondió Vardo.
—A.
Vardo hizo la señal para que hablase Garvez. Éste anunció:
—Comunica director Museo ausente. Llegó esta mañana. Leyó
telegrama demasiado tarde. Las tres momias fueron robadas durante su ausencia.
—A.
CAPÍTULO XII
LA ESPOSA DEL NILO
—¿HA hecho investigaciones Q? —inquirió Vardo.
—Puesto que usted me dio a entender que corría prisa que
las momias llegaran a Inglaterra, Q supuso que el ladrón procuraría hacer el
viaje en aeroplano. Visitó los aeródromos. Parece ser que salió un avión para
Londres y escalas con cinco pasajeros. Tres de ellos viajan hasta el final.
Habrá vigilancia en Croydon y, cuando aterrice el avión, se seguirá a los tres
a ver cuál de ellos se dirige al Club Thebas o allá.
—Bien. ¿A qué hora se espera el avión?
—A las once de la noche, si no hay novedad.
—Instrucciones.
—Escucho.
Vardo dio una serie de órdenes.. Luego se puso a dar otra
vuelta por el parque en busca de algo que, hasta aquel momento, no había
logrado encontrar: el autogiro. Estaba seguro de que debía estar allí, pero
estaba tan bien escondido, que todos sus esfuerzos por dar con él resultaron vanos.
A última hora de la tarde, decidió empezar a poner en
práctica su plan.
Se dirigió a la torre de la piscina, subió la escalera y
abrió la puertecilla. Sujetó el gancho como la vez anterior y se deslizó por la
cuerda hasta el fondo. Allí permaneció acurrucado, escuchando, pero hubo de
esperar mucho rato antes de que sonara ninguna voz. Por fin oyó un murmullo
lejano, pero tan confuso, que no le fue posible distinguir las palabras.
Aquello era lo que había esperado. El hecho de que no
pudiera entender demostraba que ambos hombres se hallaban un poco alejados de
la puertecilla. Buscó el borde de ésta y la descorrió sin dificultad, saltando
en seguida por el hueco para que no le pillaran en una ratonera si era
descubierto. No obstante, no hizo el menor ruido.
El peligro estaba en que el guardián hubiera visto abrirse
la puertecilla, pero, afortunadamente, éste no se había dado cuenta de nada.
Vardo se encontró en una habitación cuadrada, bastante
grande, a uno de cuyos lados había una puerta de acero, cerrada. Al fondo había
otro cuarto y era de éste de donde salían las voces. Una bombilla eléctrica
iluminaba el recinto y, otra, el cuarto donde hablaban dos personas.
Se acercó a la puerta del cuarto, que estaba abierta, y
vio dentro a dos hombres. Uno de ellos estaba sujeto a una argolla de la pared
con una cadena que le daba la vuelta a la cintura, pero que era lo bastante
larga para permitirle llegar hasta la puerta, Vardo, que había visto numerosas
fotografías de Thorndown, le reconoció en seguida. El otro era árabe o egipcio
y le estaba amenazando con una pistola.
Algún ruido debió hacer Vardo al acercarse, porque el
hombre se volvió, bruscamente, colocándose con la espalda contra la pared de
forma que pudiera ver a Thorndown y, al propio tiempo, la puerta. Pero, al no
ver nada, exclamó:
—Me estoy volviendo más nervioso que una vieja. Creí oír
un paso. Pero, ¿quién iba a poder entrar aquí?
—Yuma-dijo una voz cavernosa que hizo dar al hombre un
brinco de sorpresa.
Y, antes que de ella hubiera podido reponerse, la
imponente voz ordenó:
—¡Suelta esa pistola si no quieres morir aquí mismo!
El árabe o egipcio no era cobarde, pero sí supersticioso.
Aquella voz incorpórea le hizo temblara.
—¿Quién eres? —preguntó, luchando en vano por sobreponerse
a su temor—. ¿Dónde estás?
—Yuma-repitió la voz —. ¿No me conoces? Todos los
malhechores me temen porque soy la voz de la Justicia. ¡Aquí me tienes!
Pareció como si algo revoloteara en el aire y apareció una
faz. Pero no la del profesor Vardo.
Era aquél un rostro flotante, horrible, cubierta de
cadavérica palidez y los ojos brillaban como dos carbunclos.
El hombre soltó una exclamación de espanto y se llevó las
manos a la cara, como si pensara que tapándose los ojos haría desaparecer tan
terrible visión.
El gesto fue acogido con una carcajada siniestra. La voz
tronó:
—¡Te he ordenado que sueltes la pistola!
Y era tal el estado del hombre, que dejó caer el arma sin
protestar. Entonces desapareció Yuma y, un instante después, el malhechor
sintió un leve pinchazo en el brazo.
—¡No! —gimió—. ¡Piedad!
No pudo decir más. Se le doblaron las piernas, abrió la
boca para gritar, pero cayó pesadamente al suelo sin conocimiento antes de
haberlo podido soltar.
Thorndown, que había contemplado toda la escena en
silencio y con más asombro que temor, exclamó entonces:
—He oído hablar de ti, Yuma. No sé quién eres, pero sí sé
que eres el amigo de todos los que te necesitan y te doy las gracias. ¿Está
muerto ese hombre?
—No-respondió la voz —. Le he dado una inyección que le ha
privado del conocimiento. Permanecerá así dos horas por lo menos. Antes de
salir de aquí, sin embargo, le daré otra que le tenga sin sentido alrededor de
ocho horas para que no nos estorbe. ¿Tiene él las llaves de esta cadena?
—No-respondió Thorndown: —no querían correr riesgos
innecesarios. Aunque hubiese podido reducirle a la impotencia en alguno de los
muchos momentos en que se acercaba a mi nada hubiese adelantado, porque no
lleva las llaves encima.
—Nos arreglaremos sin ellas-anunció la voz.
Apareció, de pronto una mano armada con una herramienta
extraña. Otra mano asió la cadena. La herramienta se introdujo en el candado
que la sujetaba y, al cabo de unos momentos, éste se abrió.
—Ahora-ordenó Yuma —, dime cómo te trajeron aquí. No he
podido descubrirlo. Yo he entrado por donde entraba tu comida.
Al decir esto, pareció recordar algo y, antes de que el
otro le contestara, agregó:
—Aguarda. Es preciso que deje todo como lo encontré para
que nadie sospeche lo ocurrido.
Se introdujo por el agujero, gateó por la cuerda, salió a
la escalera de caracol. Quitó el gancho de donde lo tenía sujeto y luego lo
hizo bajar hacía el fondo, hasta que los dos lados de la cuerda fueron iguales.
Luego se agarró a las dos extremidades, se introdujo de nuevo por la
puertecilla y, antes de descolgarse, cerró la compuerta desde dentro.
Cuando estuvo abajo otra vez, fijé tirando de la cuerda
hasta, que el gancho quedó arriba, como había estado al principio. Pasó luego
al sótano y cerró la compuerta de abajo también.
—Si viene alguien ahora-explicó —, no notará nada anormal.
Habla. ¿Por dónde entraste aquí?
—Me trajeron por esa puerta-contestó Thorndown, señalando
la puerta de acero.
—Y... ¿ésa da...?
—A la piscina.
—Me lo suponía. Así, para entrar aquí, no hay más que un
camino, si exceptuamos el que yo he usado...
—Nada más que uno-asintió el arqueólogo: —la piscina. La
vacían por completo. Esta puerta no tiene llave ni cerrojo de ninguna clase, ni
la necesita. Encaja perfectamente y la presión del agua de la piscina impide
que pueda abrirse.
—¿No puede vaciarse desde aquí dentro?
—No. Ya dije que esta gente no corre riesgos innecesarios.
Sólo puede vaciarse desde fuera, pero no sé exactamente desde dónde.
—Bien. Voy a decirte en las menos palabras posibles lo que
yo sé de este asunto. Tú agregarás los detalles que me faltan. Iremos más
aprisa así que si me cuentas todo desde un principio.
Thorndown movió afirmativamente la cabeza.
—En primer lugar, ¿sabes quiénes te han secuestrado?
—Si. Y, por lo tanto, sé que no tienen la menor intención
de dejarme en libertad. No pueden dejarme vivo ya.
—No, claro que no. Bueno, pues voy a empezar. Sheldon Fane
es un hombre muy poco escrupuloso, que tiene fama de rico, pero que hace tiempo
se arruinó y vive haciendo equilibrios para que no se descubra su verdadera
situación.
»Es aficionado a la arqueología, aunque no muy entendido.
Hace unos años, conoció a una joven egipcia que poseía ciertos bienes de
fortuna y se casó con ella con la intención de apoderarse de su dinero y luego
abandonarla.
»Después de casado, sin embargo, hizo un descubrimiento.
Su mujer, que se llamaba Flor de Loto y a la que todos daban el nombre de los
antiguos egipcios daban a dicha flor, es decir, La Esposa del Nilo, decía ser
descendiente directa de un faraón de la III Dinastía de Memphis, llamado
Tut-Ammon-Hotep. Poseía ciertos papiros que hablaban de algunos de sus
antepasados y, entre ellos, figuraba uno en que se describía la ceremonia del
entierro de Tut-Ammon-Hotep junto con una lista de las cosas que con él se habían
enterrado. Al parecer, había tres estatuas funerarias en forma de momia que
poseían mucho valor. La intención de Fane era volver a Egipto y, guiándose por
las indicaciones, bastante incompletas por cierto, que contenían los papiros,
buscar la momia del antepasado de su mujer. Para ello, sin embargo, necesitaba
dinero y no tenía más dinero que el de Flor de Loto.
»Se lo pidió, diciéndola, con franqueza, su propósito.
Entonces se llevó un chasco. La Esposa del Nilo no estaba dispuesta a permitir
que fuera turbado el reposo de su antepasado. Pasó el tiempo sin que hubiera
logrado nada. Entonces pensó sacar el dinero de otra manera: abriendo una sala
de juego. Flor de Loto no tuvo inconveniente en darle el dinero para ello,
aunque exigió que admitiera como empleados a una serie de egipcios que, soñando
en las grandezas pasadas, seguían considerándola como una reina.
»Fane cedió porque eso le dio una idea: fundar un club
distinto a los demás, un club egipcio en el que hasta los servidores fueran
egipcios. Buscó sitio, adquirió varios edificios con distintos nombres con el
fin de tener varias puertas de escape, si algún día hacían las autoridades una
visita a su sala de juego y ya se disponía a inaugurar el club, cuando llegó la
noticia a Inglaterra de que la expedición Thorndown había descubierto la momia
de Tut-Ammon-Hotep.
»La noticia fue un golpe para Fane, pero no lo fue menos
para su mujer, aunque por distinta causa. Para él, aquello representaba el fin
de sus esperanzas de riqueza, para ella, el disgusto de saber que la tumba de
su antepasado había sido profanada y que su momia sería trasladada,
seguramente, a Inglaterra.
Lo que Fane había creído golpe mortal a sus esperanzas,
sin embargo, resultó todo lo contrario. La Esposa del Nilo sólo soñaba ya con
poder apoderarse de la momia de nuevo y volverla a enterrar en tierra egipcia
y, para conseguirlo, estaba dispuesta a todo. Fane vio las puertas del Cielo
abiertas. Ahora no sólo podía contar con el dinero de su esposa, sino con el
apoyo de una serie de egipcios fanáticos, que obedecerían, ciegamente, las
órdenes de La Esposa del Nilo.
»Inauguró el club mientras esperaba el regreso de la
expedición, pero, en lugar de darle el nombre que había pensado al principio,
le bautizó con el de Thebas. Le pareció que, según fueran las cosas, el de
Memphis pudiera comprometerle. Tenías razón al decir que Fane no corre riesgos
innecesarios.
»La expedición regresó y la momia y todo lo con ella
hallado fue cedido al Museo Británico. Uno de los miembros de la expedición,
Malden, empezó a frecuentar el Club Thebas y Fane fue notificado de ello.
Seguramente dio entonces orden de que se procurara hacer perder fuertemente a
Malden y que se le diera crédito, obligándole a firmar pagarés.
»El plan salió a pedir de boca al principio y, cuando se
consideró llegado el momento, quiso recurrirse a la ayuda de Malden para entrar
en posesión de la momia, aplicando presión por medio de los pagarés. Ese fue un
error por parte de Fane. Malden no era hombre que se dejase hacer víctima de un
chantaje ni se dejase coaccionar por nadie.
»Se rebeló y, como se le había dicho ya más de la cuenta,
fue preciso quitarle del paso. Lo hicieran empleando una flor de loto
envenenada, justicia que a La Esposa del Nilo debió parecerle muy poética.
»Entretanto, Fane había contratado a algunos hombres para
llevar a cabo el robo en el Museo. Hubiese preferido hacer uso de los egipcios,
pero éstos hubieran llamado demasiado la atención. Trazó sus planes y le
salieron bien. Los hombres tenían órdenes de apoderarse de todo lo relacionado
con la momia, además de ésta, menos los muebles, que a ninguno interesaban.
Ellos cumplieron al pie de la letra, pero, al presentarse aquí, se comprobó que
faltaban, precisamente, las únicas cosas que interesaban a Fane: las tres
estatuas funerarias en forma de momia.
»La Esposa del Nilo se hubiera conformado con lo
conseguido. Tenía la momia y los vasos canopes que contenían las vísceras.
Además, había varios papiros y algunas estatuas de las colocadas en la tumba
para servir de albergue al kha o doble.
»Fane, sin embargo, insistió en que había de recobrar las
tres momias, alegando además que sería un sacrilegio que éstas, que
representaban la fortuna del difunto, no fuesen enterradas también con él. Sus
argumentos convencieron a La Esposa del Nilo y a sus incondicionales. Los
domicilios de los supervivientes de la expedición fueron registrados y, al no
hallarse las momias, se te secuestró a ti para que dijeras dónde estaban.
»Tú, para ganar tiempo, decidiste decir la verdad,
creyendo que el director del Museo de El Cairo las tendría en lugar seguro y no
se las podrían quitar. Te equivocaste. Le han sido robadas ya y esta noche
llegarán a Inglaterra, ¿He olvidado algo?
—Sabes bastante más que yo del asunto-confesó Thorndown —,
y no sé cómo has podido averiguarlo. Pareces conocer la parte que yo sé y mucho
más. Yo no sabía una palabra del Club Thebas, por ejemplo.
»Lo único que puedo agregar es que, cuando recobré el
conocimiento, me encontraba en casa de Sheldon Fane y que éste no se recató de
hablar conmigo. En cuanto se presentó y me dijo lo que quería, comprendí que
mis días estaban contados. Desde el momento en que no hacía nada por ocultarse,
que se había mostrado a mi innecesariamente, puesto que hubiese podido hablarme
por mediación de otra persona, no me cupo la menor duda de que su intención era
asesinarme en cuanto hubiera conseguido de mi lo que deseaba.
»No obstante, como le vi dispuesto a someterme a toda
suerte de torturas, decidí decirle la verdad para ganar tiempo y librarme del
tormento, seguro de que, de todas formas, no podría apoderarse de las momias.
De haber sabido que lo conseguiría, me hubiese negado a hablar.
—No te preocupes-le consoló Yuma: —aunque él no lo sabe
aún, todos sus planes han fracasado. Lo siento por La Esposa del Nilo más que
nada. Después de todo, su única intención era apoderarse de la momia de su
antepasado para volverla a enterrar y, mientras sólo hubiese hecho eso, yo, por
mi parte, hubiera hallado justificado, incluso, el robo cometido en el Museo
Británico. Si alguien se introdujese en un cementerio, aquí en Inglaterra y
robase un cadáver, ¿podría culpársele a su familia de que intentara rescatarlo
para volverlo a enterrar?
»Lo malo es que en este caso se ha cometido ya un
asesinato y ha estado a punta de cometerse el segundo en la persona tuya. Si
pudiera demostrarse que La Esposa del Nilo es completamente inocente del
asesinato, quizá pudiera hacerse algo por ella. De lo contrario...
En aquel momento sonó un timbre en los sótanos.
—Traen la comida-dijo Thorndown.
Yuma se acercó a la puertecilla, la abrió y descolgó la
cesta de la cuerda. Luego colgó en su lugar la vacía, que le entregó Thorndown,
volviendo a cerrar.
—¿Dónde tienen escondido el autogiro en que te trajeron?
—preguntó después.
—¿Me trajeron en autogiro? —contestó el arqueólogo—. No lo
sabía. Sólo recuerdo que me obligaron a dirigirme a un automóvil y que, cuando
me acercaba a él, me dieron un golpe en la cabeza. Cuando recobré el
conocimiento me hallaba en casa de Fane, como ya te dicho. No tengo la menor
idea de dónde guardan el autogiro.
—Bien. Voy a marcharme de aquí. De momento es preferible
que no se mueva. Si le sacara, no sabría dónde meterle para que no corriera
peligro. Este es el lugar más seguro, puesto que no se acercarán para nada
hasta por la mañana.
»Quédese con la pistola de ese hombre por lo que pudiera
suceder. Ya le vendrán a buscar cuando sea el momento oportuno. Entretanto, me
aseguraré de que el individuo ese permanezca en el mismo estado unas ocho horas
más.
Entró en el otro cuarto, se inclinó sobre el egipcio y le
dio otra inyección.
—Aún no sé si podré salir de la misma forma en que
entré-advirtió —. Tal vez se caiga la cuerda.
Abrió la compuerta, asió la cuerda y tiró. Confiaba que la
cuerda correría hasta llegar al gancho y que éste quedaría encallado en la
polea y resistiría su peso, pero no tenía la seguridad de que fuera así.
La cuerda corrió un poco y luego se encalló. Tiró con
fuerza sin lograr desalojar el gancho.
—Adiós y buena suerte. Antes de amanecer estarás en
libertad-dijo.
Thorndown estrechó la mano que apareció de pronto flotando
hacia él. Unos momentos después Yuma había desaparecido por la compuerta, que
el arqueólogo cerró en cuanto comprobó que su salvador había logrado salir sin
dificultad. Esto lo dedujo al ver que se abría y cerraba la compuerta superior.
CAPÍTULO XIII
EL SECRETO DE LAS TRES MOMIAS
A las doce en punto de la noche, un automóvil se detuvo
ante la verja del parque de Sheldon Fane y un hombre se apeó de él, tocando el
timbre. El portero salió de su pabellón, reconoció al conductor y al viajero
que iba dentro y abrió de par en par la verja, dándole paso.
Lo que el portero no vio cuando cerraba de nuevo la verja,
fue el bulto negro que saltaba del portaequipajes del coche cuando éste se
internaba por la avenida en dirección a la casa. Un momento después, cuando se
disponía a entrar en el pabellón de nuevo, recibió un fuerte golpe en la cabeza
y perdió el sentido, sin saber lo que le había pegado.
Su atacante le esposó inmediatamente las manos y le puso
un pañuelo en la boca para que no pudiese gritar cuando recobrase el
conocimiento. Después le quitó la llave de la verja y escondió a su prisionero
dentro del pabellón, en el que no había ninguna otra persona.
Entretanto, el coche habla llegado a la casa. El egipcio
que lo ocupaba se apeó y llamó a la puerta que le fue franqueada por un
occidental. Éste, sin decir una palabra, precedió al recién llegado, metiéndose
en la biblioteca. Allí retiró un libro de un estante e introdujo la mano en el
hueco. Inmediatamente giró un trozo de estantería descubriendo una escalera,
por la que los dos hombres bajaron.
Antes de que la estantería volviera a cerrarse, otro
hombre pisó la escalera, un hombre invisible que había seguido a los otros dos
desde el vestíbulo.
Al final de la escalera había un pasillo que desembocaba
en una gran cámara, sorprendentemente decorada.
A un extremo, pegada a la pared, había una plataforma con
tres gradas. Encima de la plataforma se veía una especie de trono con dosel.
Sentada en él, una mujer morena, joven aún, de sorprendente hermosura, con un
vestido que recordaba algo el que acostumbra verse en las representaciones de
Cleopatra, contemplaba, con tristeza, lo que tenía delante de ella. Tenía el
cabello peinado al estilo egipcio y completaba su tocado una serpiente de oro,
símbolo de la soberanía.
A cada lado suyo había un flabeligero o porta-abanicos
egipcio desnudo de medio cuerpo para arriba, empuñando una larga vara adornada
de plumas de avestruz y flores de loto de oro.
En el centro del cuarto, sobre una especie de mesa baja,
se hallaba la momia de Tut-Ammon-Hotep, con los vasos canopes y varias estatuas
funerarias al lado.
Cerca de la puerta de entrada estaba Sheldon Fane y, junto
a él, dos de sus secuaces europeos.
Cuando entraron los dos hombres se volvió vivamente hacia
el egipcio, y preguntó:
—¿Los traes?
El interpelado contestó afirmativamente.
—¿Dónde están?
El egipcio, aunque no hacía frío, llevaba puesto un abrigo
de mucho vuelo. Lo desabrochó. El abrigo tenía por dentro tres bolsillos
especiales, dos a la izquierda y uno a la derecha, y cada uno de ellos contenía
una de las estatuas.
Fane dio un paso hacia él para recoger las tres momias,
pero el otro le esquivó y, dirigiéndose al trono, se dejó caer de rodillas
sobre las gradas, sacó las tres momias y, tendiéndolas hacia la mujer, inclinó
la cabeza, murmurando:
—He aquí lo que me ordenaste que trajera, oh Esposa del
Nilo.
—Colócalas junto a las otras-ordenó la mujer.
El egipcio se alzó y, andando hacia atrás, llegó hasta la
momia y depositó las tres figuras junto a ella.
Fane, inmediatamente, dio un paso hacia el lugar.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó La Esposa del Nilo, con
viveza.
—Comprobar si las estatuas contienen lo que debieran
contener.
—¿Es preciso eso? ¿Qué importa después de todo?
—Es preciso que las cosas se hagan como es debido-insistió
el esposo.
—Sea —repuso ella:— examínalas.
El hombre no se lo hizo repetir. Se acercó a la mesa sobre
la que reposaba la momia, tomó, una tras otra, las tres estatuas, sopesándolas.
—Ésta es la que pesa menos-dijo —. Es la momia maestra.
La cogió entre las manos, quiso hacer girar la parte
superior y la inferior en direcciones opuestas. No pasó nada. Probó de dos o
tres maneras más y, cuando empezaba a impacientarse, la pequeña momia pareció
partirse en dos entre sus dedos, quedando dividida en dos cortes
longitudinales.
Con dedos que le temblaban, tomó otra de las momias, la
cubrió con las dos mitades de la primera y oprimió con fuerza. La segunda momia
se partió a su vez y cayó sobre la mesa un chorro de policromada luz. ¡Una
fortuna en piedras precisas!
Excitado, el hombre recogió las mitades de la primera
momia y las aplicó a la tercera, volviendo a apretar. Una nueva nube de piedras
centelleantes cayó sobre el primer montón.
—¡El rescate de un rey! —exclamó, ebrio de codicia—. ¡Es
un tesoro mucho mayor del que yo me había esperado!
Empezó a coger las piedras y a metérselas en los
bolsillos.
—¿Qué haces? ¡Vuelve a ponerlas donde estaban!
Fane se volvió hacia ella como una fiera.
—¿Enterrar esto con ese montón de huesos? —exclamó—. ¡Tú
estás loca! ¡Estas piedras son mías ¡Estoy harto ya de tus estúpidas ilusiones!
Puesto que tanto apego tienes a las momias de tus antepasados, ¡vete a reunirte
con ellas!
Rápidamente, antes de que nadie pudiera adivinar sus
intenciones, sacó una pistola y disparó contra su esposa.
La Esposa del Nilo le miró estupefacta, mientras una
mancha roja aparecía en su pecho y se extendía rápidamente. Luego soltó un
gemido y rodó del trono al suelo.
Un grito de rabia se escapó de la garganta de los egipcios
y todos ellos hicieron un movimiento hacia Sheldon Fane. Pero éste había
provisto aquel desenlace y por eso había procurado que hubiese hombres suyos
presentes. Los tres occidentales tenían ya la pistola en la mano.
Yuma tampoco había previsto lo ocurrido, pero aún llegó a
tiempo para estorbar los planes del hombre. Apareció su pistola como suspendida
en el aire, sonó un disparo y Fane rodó por el suelo a su vez.
Entretanto, uno de los secuaces de Fane había derribado ya
a uno de los egipcios de un balazo, al segundo le había fallado el tiro y cayó
herido por Yuma, el tercero se debatía en manos del que trajera las estatuas,
que se le había echado encima.
Yuma no se atrevió a disparar por tercera vez por no dar
al egipcio, pero su rasgo de humanidad de nada sirvió. El pistolero, a pesar de
hallarse debajo, logró disparar la pistola y herir mortalmente al otro. Se le
quitó de encima rápidamente y, antes de que el tercer egipcio pudiera
alcanzarle, corrió al otro extremo de la cámara y cerró dos interruptores de
cuchillo que había en un cuadro, contra la pared.
Inmediatamente dio media vuelta y se dirigió a la
escalera, pero una voz terrible le hizo pararse en seco.
—Aquí no hay paso para los asesinos-dijo.
Y una mano invisible le empujó violentamente hacia atrás.
El egipcio que quedaba y el otro occidental habían estado, mientras tanto,
luchando, pero abandonaron la pelea al oír aquella voz.
—¡Yuma! —exclamó el que había recibido el empujón.
—Si, Yuma-repuso la voz.
Y apareció, de pronto, la cadavérica faz flotando en el
aire, más horrible que nunca.
Uno de los dos hombres alzó la mano.
—¡Si eres mortal, muerto estás! —gritó.
Pero antes de que oprimiera el gatillo, Yuma disparó,
arrancándole la pistola de entre las manos e hiriéndole. A pesar de que no le
había hecho más que un rasguño, el hombre cayó pesadamente al suelo.
En aquel momento se oyeron, pasos presurosos en la
escalera. Al oírlos el último pistolero, creyendo que eran compañeros suyos los
que llegaban, quiso aprovechar la ocasión.
Yuma, sin embargo, no se movió. Volvió a aparecer su
pistola.
—¡Atrás! —tronó.
Aún no había acabado de hablar cuando irrumpió Manrique en
la cámara, seguido del inspector Farrell y varios agentes.
—¿Qué ha sucedido aquí? —exclamó el inspector,
contemplando con asombro el número de cuerpos que yacían en el suelo.
—No gran cosa-respondió Yuma, que no se había ocultado el
rostro —. Tres de estos hombres por lo menos están vivos y no tienen más que
leves rasguños. Mis balas no matan. Sólo hacen perder el conocimiento durante
dos horas.
»Ahí tiene a Sheldon Fane, inspector. Él lo provocó todo
disparando contra su esposa. Pero hay que cuidar de ella. Tal vez no esté
muerta. Ya le contaré lo ocurrido después.
Corrió al lado de La Esposa del Nilo, la alzó con dulzura
y acercó a sus labios un frasquito que contenía un potentísimo elixir. La mujer
abrió los ojos y miró al rostro que se cernía sobre ella.
—No sé quién eres-susurró —. Pero, sé que has querido
salvarme. Sólo que has llegado demasiado tarde.
Una mueca de dolor contrajo su semblante.
—Nada puedes hacer ya por mí-prosiguió —. Las piedras por
las que me mató mi esposo, tuyas son. Las mereces. Sólo un favor te pido: Que,
si es posible, vuelva mi antepasado a descansar en tierra egipcia.
—Yo te prometo, Flor de Loto-respondió Yuma, con voz
solemne —, que, si ello es posible, Tut-Ammon-Hotep descansará en tierra
egipcia y tu cuerpo yacerá a su lado.
Una expresión de alegría infinita iluminó el semblante de
la moribunda, y cuando Yuma volvió a dejarla dulcemente en el suelo ya estaba
muerta.
El cadavérico rostro de brillantes ojos se volvió hacia el
inspector. La voz explicó, pausadamente, lo ocurrido.
—El resto de la historia-terminó diciendo —, se lo contaré
después, cuando hayamos sacado a Thorndown de su encierro. Creo que el camino
estará libre ahora. Este hombre (señaló a uno de los pistoleros) cerró los
interruptores hace un momento e intentó huir. Uno de ellos debe ser el que
controla el desagüe de la piscina, aunque no sé con qué objeto la vaciaría.
Subieron a la biblioteca, dejando atrás unos hombres para
que se encargaran de los presos, y salieron al jardín, corriendo hacia la
piscina.
Entonces comprendieron con qué objeto había vaciado el
pistolero la piscina y por qué eran dos los interruptores que había cerrado.
La piscina estaba completamente seca, pero, además de eso,
el fondo había desaparecido, dejando al descubierto el hangar secreto en que se
hallaba el autogiro. Por eso no había logrado dar con él Yuma. El agua había
servido para encerrar a Thorndown y al aparato al mismo tiempo.
Aún quedaba suficiente espacio sólido por las orillas del
fondo, sin embargo, para poder caminar por él hasta la puerta que se veía al
pie de la torre.
—Es preferible que lo usemos-dijo Yuma —. Si mandamos
abrir uno de los interruptores, nos exponemos a abrir el del agua e inundar
esto. Ya probaremos cuando el autogiro esté fuera.
La puerta de acero tenía una anilla por fuera y la
abrieron sin dificultad.
El arqueólogo les estaba esperando.
—Oí escaparse el agua de la piscina-dijo —, pero no me
atreví a salir mientras no me lo ordenaran ustedes.
Volvieron a la casa y Yuma contó al inspector todo lo que
aún no sabía. Cuando hubo terminado, Farrell dijo:
—Las piedras preciosas esas son suyas, Yuma. No creo que
podemos negar que La Esposa del Nilo tenía más derecho a ellas que nadie y ella
se las ha legado en presencia de testigos. Yo, como usted, simpatizo con ella y
no hallo, en conciencia, manera de culparla por haber querido que su antepasado
volviera a descansar tranquilo en su tumba.
»Me inclino a creer que ella nada tuvo que ver con los
asesinatos, aunque su marido empleara su nombre para que los egipcios
obedeciesen sus órdenes. Si alguna ilegalidad ha cometido, con su vida lo ha
pagado. He escuchado su promesa, Yuma, y puede contar con mi apoyo, en lo poco
que vale.
—Y can el mío también-intervino Thorndown —. No sólo por
lo mucho que todos le debemos, sino porque comprendo y simpatizo con el punto
de vista de la malograda Flor de Loto.
—¿Hicieron ustedes la visita que propuse al Club Thebas?
—inquirió Yuma, volviéndose hacia el inspector.
—Sí, tomamos todas las salidas que usted indicó y no se
escapó ni una rata. Esa es otra cosa que tenemos que agradecerle. Y aquí,
gracias a su agente, que se encargó de apresar al portero, pudimos entrar sin
dificultad y sorprender a cuantos se hallaban en la casa.
—En tal caso-dijo Yuma —, creo que ya nada me queda que
hacer aquí. Thorndown, ¿quieres encárgate, en mi nombre, de que sean cumplidos
los deseos de La Esposa del Nilo?
Thorndown respondió afirmativamente.
—Bien: en tal caso, hazte cargo de las piedras preciosas.
Quiero, además, que sea embalsamado el cadáver de Flor de Loto. Recibirás
mañana el dinero necesario para atender a eso, así como un cheque en blanco
para pagarle al Museo Británico lo que considere justo por la momia de
Tut-Ammon-Hotep y los vasos canopes y figurillas.
El arqueólogo movió negativamente la cabeza.
—No es cuestión de dinero lo del Museo Británico-anunció
—. Su interés es puramente científico y lamentará mucho tener que, deshacerse
de la momia... si es que llega a decidirse a hacerlo. Pero, si lo hiciera, lo
más que aceptará será lo que me ha pagado a mí por ella... y eso estoy
dispuesto a devolverlo yo, sin necesidad de que desembolse usted más dinero.
—No; lo pagaré yo, que puedo hacerlo. Tú no eres rico. Sé
que no te sobra el dinero.
—Es cierto, pero...
—Lo pagaré yo-insistió la Voz, con firmeza.
—Estamos discutiendo por discutir-dijo, de pronto,
Thorndown —. ¿No puede pagarse todo eso del importe de las piedras preciosas?
—No-contestó Yuma: —tengo otros proyectos para ellas.
Mañana te los daré a conocer por teléfono. Si puedes llevarlos a cabo, me lo
dices; si no puedes, buscaré a otro que lo haga.
—Conforme.
—En cuanto a las dificultades con el Museo, haz tú lo que
puedas. Yo no intervendré, pero te aseguro que otras personas que tienen
influencia con las autoridades del Museo te apoyarán y entre todos lo
conseguiréis. Adiós, señores.
La cabeza desapareció bruscamente y, unos minutos más
tarde, el profesor Vardo aparecía junto al coche que, conducido por Garvez, le
aguardaba, según lo convenido, no muy lejos de la casa de Sheldon Fane.
*****
Thorndown contó la historia de la Esposa del Nilo a las
autoridades del Museo Británico y solicitó le fuera cedida nuevamente la momia.
En su súplica se vio apoyado por numerosas personalidades con cuyo apoyo jamás
hubiera soñado. Entre ellas figuraban grandes estadistas y famosos arqueólogos
como Welsey y el profesor Vardo.
El Museo no podía negarse ante tanta insistencia y
Thorndown se hizo cargo de la momia, aunque dejándola unos días en el Museo
para que pudieran estudiarla los egiptólogos, cuanto quisieran mientras
preparaba la que había de ser su última morada.
También se encargó de embalsamar el cadáver de la Esposa
del Nilo y, siguiendo las instrucciones recibidas de Yuma por escrito, adquirió
en El Cairo un terreno y alzó en él un magnífico edificio, destinado a la
enseñanza gratuita de todos los niños egipcios.
El edificio llevaba en la fachada una hermosa flor de loto
y, en la parte superior, en grandes letras, se leía:
INSTITUTO DE LA ESPOSA DEL NILO.
Debajo de los cimientos del Instituto, en una cripta
construida exactamente igual que las tumbas del Valle de los Reyes en Luxor y
herméticamente cerrada, reposaban los restos de La Esposa del Nilo, junto a la
momia de su antepasado Tut-Ammon-Hotep.
Yuma no sólo había cumplido su promesa, sino que había
alzado a la desgraciada descendiente de faraones un monumento perdurable, que
había de servir para dar a conocer a las nuevas generaciones, la antigua
cultura egipcia a la par que la cultura moderna.
FIN
Publicado por: Editorial Molino, octubre de 1944
notes
Notas a pie de página
1 Véase “Crimen organizado” Nº 8
2 Véase “El hombre luminoso” Nº 1


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