© Libro N° 4005. El Prisionero De Teocali. Molinero, Rafael. Colección E.O. Julio 22 de
2017.
Título
original: © El Prisionero De
Teocali. Rafael Molinero
Versión Original: © El Prisionero De Teocali.
Rafael Molinero
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2016/04/el-prisionero-de-teocali-rafael-molinero.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede
utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede
alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://damelibros.com/index.php?sec=libro&id=5923
© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL PRISIONERO DE TEOCALI
Rafael Molinero
Existe un edificio grandioso, rodeado de jardines, que
ningún hombre de ciencia deja de visitar cuando pasa por Barcelona, y que, goza
de merecida fama en el mundo entero. Se halla en las afueras de la ciudad,
sobre una colina próxima al monte del Tibidabo y la estructura central del
mismo consta de seis pisos.
El prisionero del Teocali
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
Notes
El prisionero del Teocali
G. L. Hipkiss
(como Rafael Molinero)
Yuma/12
CAPÍTULO I
EL SECUESTRO DE TRÉVELEZ
EXISTE un edificio grandioso, rodeado de jardines, que
ningún hombre de ciencia deja de visitar cuando pasa por Barcelona, y que, goza
de merecida fama en el mundo entero. Se halla en las afueras de la ciudad,
sobre una colina próxima al monte del Tibidabo y la estructura central del
mismo consta de seis pisos.
Una biblioteca, que figura entre las mejores del mundo,
ocupa por completo la planta baja. El primer piso contiene una serie de juegos
de habitaciones, compuestas de alcoba y despacho. En los demás se alojan,
estudian y trabajan, especialistas en todos los ramos del saber humano. Esta
estructura es completamente cuadrada y en el centro de la misma hay un gran
patio estilo árabe, con palmeras, arcadas, flores, bancos de azulejos y un
surtidor central cuyas aguas refrescan el ambiente en verano.
Gracias a la conformación de la casa, todas las
habitaciones de la misma están muy bien ventiladas y gozan de abundante luz.
De la fachada posterior y de los dos lados parten dos
amplias y largas naves-seis en total-que albergan talleres muy bien equipados,
laboratorios dotados de todos los adelantos modernos, salas de maquinaria de
todas clases, etc.
Completamente apartado del resto, en el fondo de un
bosquecillo, anida otro laboratorio taller destinado a los experimentos de
índole peligrosa.
Nuestros lectores habrán reconocido ya, sin duda, el
edificio: se trata del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas,
fundación destinada a proteger a inventores en ciernes e investigadores
científicos cuyos medios no les permitan llevar a cabo sus trabajos.
El Instituto, único en su género, no sólo pone todo su
material a disposición de los inventores e investigadores, sino que sus
ingenieros y especialistas les ayudan a resolver sus dificultades y, una vez
perfeccionado un invento, se encarga de hallarle mercado, limitándose a cobrar
al inventor un tanto por ciento insignificante del importe de la venta, para
subvenir a los gastos de sostenimiento.
Son famosas las exposiciones que la fundación celebra
periódicamente y a ellas acuden representantes de todas las industrias en busca
de ideas nuevas y de inventos que incrementen y mejoren la producción de sus
fábricas.
Cuando se trata de investigaciones de orden abstracto, el
Instituto publica memorias, folletos, monografías u obras voluminosas por su
cuenta, deduciendo siempre un tanto de los beneficios para contribuir a los
gastos que su sostenimiento representa.
Al fijar su residencia en la Ciudad Condal, Ramón
Trévelez-español de origen americano-decidió realizar el proyecto que había
estado acariciando toda su vida, dedicando una parte de su cuantiosa fortuna a
la fundación del Instituto en colaboración con el Estado. Gracias a él, España
pudo beneficiarse de muchas invenciones que, de lo contrario, hubieran ido a
parar al extranjero o que el inventor jamás hubiese podido perfeccionar por
falta de medios.
Detrás del edificio que hemos descrito, y a continuación
de los jardines, hay un extenso parque, con avenidas umbrías. Una de éstas
conduce a un bosque, en el que predominan los alerces, los abetos los pinos,
por entre los que serpentea convertida ya en simple sendero. Desemboca en un
gran claro, a uno de cuyos lados se alza una estructura larga y baja con
numerosas puertas que dan a cuartitos individuales.
En el centro del claro hay una gran piscina de límpidas
aguas, a ambos extremos de la cual hay instalados trampolines y toboganes.
Trévelez tenía por costumbre acudir allí todas las mañanas a pasar un rato y
hacer después un poco de ejercicio en el gimnasio vecino, apenas visible por
entre los árboles del otro lado.
En la mañana en que damos principio a muestro relato,
llegó poco después del amanecer, como solía, y se introdujo en uno de los
cuartitos a desnudarse.
No bien se hubo cerrado la puerta tras él, abrióse la del
cuartito contiguo y salieron dos hombres. Ambos llevaban la cara cubierta hasta
los ojos por un pañuelo. Se estacionaron uno a cada lado de la salida del
cuarto del director del Instituto y aguardaron. Uno de ellos llevaba un paño
grande en la mano.
Poco después se abrió la puerta y, antes de que Trévelez
se diera cuenta de su peligro y pudiera hacer cosa alguna por defenderse, los
dos hombres se abalanzaron sobre él. El paño, empapado en cloroformo, le cubrió
la nariz y la boca; brazos fuertes intentaron sujetarle.
Las fuerzas del director del Instituto eran prodigiosas.
Hubiera vencido fácilmente a los dos hombres a pesar de haber sido pillado
desapercibido. Es más, llegó incluso a arrojarles a ambos lejos de sí, pero no
lo hizo a tiempo para salvarse. El narcótico había surtido ya su efecto y,
antes de que pudiera arrancarse el paño de la cara y hacer frente a los hombres
que, levantándose del suelo, corrían de nuevo a atacarle, le fallaron las
piernas. Unos segundos después había perdido el conocimiento.
Los desconocidos no se pararon a recoger la ropa de su
cautivo. En traje de baño, como se encontraba, cargaron con él y se perdieron
entre los pinos.
No haría veinte minutos que se habían marchado, cuando
llegó uno de los ingenieros, se desnudó y se bañó. Durante la hora siguiente,
el lugar no estuvo desierto ni un minuto siquiera, pero, cosa rara, a ninguno
se le ocurrió usar el cuarto que había empleado el director del Instituto.
Trévelez no fue echado de menos hasta cerca de las once de
la mañana, hora, en que uno de los ingenieros quiso consultarle. No
encontrándole en su despacho, preguntó al portero, que aseguró no haberle visto
desde que saliera a primera hora a bañarse, como de costumbre. Interrogados
unos y otros, ninguno pudo dar razón de su paradero ni había quien le hubiera
visto en toda la mañana, excepción hecha del mencionado portero.
No obstante, no se dio demasiada importancia al hecho. El
señor Trévelez se ausentaba a veces sin previo aviso y se creyó que, después de
bañarse, habría marchado a algún sitio con la intención de volver pronto y que
algo le había retrasado.
Llegó la hora de comer sin que compareciese ni se supiera
nada de él. A las cinco de la tarde se presentó un hombre a visitarle: era
Garvez.
—Hola, Juan-le dijo al portero al entrar —. ¿Está en su
despacho el señor Trévelez?
—No señor, debe de haber salido.
—¿No dijo a dónde iba? —inquirió Garvez, sin darse cuenta
de la forma en que le habían contestado.
—No ha dicho nada, ni sabíamos que tuviese la intención de
salir siquiera, no le hemos visto salir si a eso viene...
—Entonces, ¿cómo está usted tan seguro de que no se
encuentra en su despacho?
El portero le explicó lo sucedido.
Garvez consultó su reloj.
—Es raro-dijo —. Si pensaba salir después del baño, lo más
natural era que lo dijese. De todas formas, el camino más corto para él era
volver a pasar por aquí y hubiera podido decir algo de paso. ¿Sabe usted si se
llevó el automóvil?
—No lo oí y, además, el conductor está aquí en estos
instantes. Uno de los químicos se asomó al garaje, sin embargo, y dice que el
coche, sigue allí.
—Es raro-repitió Garvez, pensativo —. No creo que pueda
tardar en regresar, sin embargo, puesto que nada ha dicho. Subiré a esperarle
un rato a su despacho... si está abierto.
Subió en el ascensor. El despacho no estaba abierto, pero
Trévelez le había dado una llave para que pudiese entrar, si era preciso, en su
ausencia-cosa que ni el portero ni nadie sabía. Abrió, por consiguiente, la
puerta y entró.
Había subido no sólo para esperar a Trévelez como había
dicho, sino para intentar ponerse en contacto con él. De momento, no se le
había ocurrido pensar en la posibilidad de que le hubiera sucedido algo al
director del Instituto. No obstante, el hecho de que se hubiese ausentado
durante tantas horas no dejaba de extrañarle. Cierto era que había marchado
muchas veces del Instituto sin decir allí una palabra-mejor dicho, eso lo hacía
con frecuencia. Pero, si nada decía allí, avisaba por lo menos a Garvez y aquella
vez no lo había hecho.
Ni siquiera le había telefoneado para enterarse de si
había algo nuevo en ciertas investigaciones que estaban haciendo.
Tomó asiento en el sillón de su amigo y jefe y, oprimiendo
la corona de su reloj de pulsera que, como ya saben nuestros lectores, era al
propio tiempo que reloj, aparato transmisor y receptor radiotelegráfico, radió
la contraseña a la que Trévelez respondía siempre sin demora.
Aquella vez, sin embargo, Garvez no obtuvo la menor
respuesta. Repitió la llamada varias veces con idéntico resultado y entonces
empezó a alarmarse.
¿Cómo era posible que Trévelez dejase de responder a menos
que le hubiese sucedido algo?
Se levantó de su asiento, salió al pasillo, cerró la
puerta nuevamente con llave y bajó a la portería.
—¿Está usted seguro-le preguntó al portero —, que nadie ha
visto al señor Trévelez después de salir de aquí para irse a la piscina?
—Completamente seguro, señor Garvez. Precisamente
anduvimos buscando por todas partes e interrogando a todo el mundo.
—¿Se han asegurado de que no se encuentra en ninguno de
los camerinos de la piscina? Pudiera haberle dado un ataque o algo así...
—No, señor. A nadie se le ha ocurrido mirar. ¿Cómo iba a
darle un ataque al señor Trévelez con lo sano que está? Además, ya sabe usted
que no tiene nada de particular que se vaya y esté ausente días enteros,
incluso sin decir una palabra.
—A pesar de todo-anunció Garvez —; yo no estaré tranquilo
hasta que haya examinado esos cuartos. Voy a darme un paseo hasta la piscina.
¿Sabe usted cuál es el cuarto que suele él usar?
—No creo que tenga preferencia por ninguno. Usa cualquiera
de ellos, indistintamente.
Garvez salió del edificio, cruzó por entre los cuadros de
flores y llegó al parque. Se encaminó al bosquecillo de que ya hemos hablado,
sin dejar de mirar a su alrededor por si veía aparecer al hombre a quien
buscaba por algún lado.
Al encontrarse en el claro, se acercó al primer camarín y
lo abrió. Sólo encontró en él toallas, un traje de baño y unos taburetes. Probó
el siguiente, con igual resultado. El tercero era el que había ocupado Trévelez
aquella mañana. No hacía falta que nadie se lo dijera a Garvez. Allí estaba
todavía el traje del director, colgado de la percha, los zapatos en el suelo,
el reloj (igual al que llevaba él) descansaba sobre un taburete.
Cuando hizo el descubrimiento, sintió como si una mano le
oprimiera el corazón. Se metió el reloj de su jefe en el bolsillo, miró
cuidadosamente a su alrededor en busca de algún indicio que le permitiera
adivinar lo ocurrido y, no hallando nada, salió de nuevo y se encaminó al
gimnasio. Allí había instalado un teléfono conectado con la centralilla del
Instituto.
Ya no era de extrañar que Trévelez no hubiese contestado a
su llamada. Había desaparecido de allí sin otra cosa que un traje de baño al
parecer, cosa que, para Garvez, sólo podía tener un significado.
Telefoneó al Instituto, dio a conocer al portero su
hallazgo y le pidió que mandara inmediatamente gente que le ayudase a explorar
los alrededores, por si el director había sufrido algún accidente en las
cercanías. Cabía la posibilidad de que hubiese ido a dar una vuelta por el
bosque en traje de baño y que le hubiera ocurrido algo. Podía haber perdido el
conocimiento al darse un golpe y no haber vuelto en si aun para pedir socorro
si no le era posible ponerse en pie de nuevo. Cabía la posibilidad esa, como
decimos, pero Garvez no creía en ella. No obstante era preciso cerciorarse.
No esperó él a que llegara nadie del Instituto: se metió
en el bosquecillo sin perder momento y lo fue recorriendo, buscando huellas.
Todos sus esfuerzos por dar con su paradero fueron vamos.
Y la media docena de personas que acudieron del Instituto no obtuvieron mayor
éxito. Trévelez había desaparecido por completo, sin dejar rastro.
No le cabía la menor duda ya a Garvez de que su jefe había
sido secuestrado. Sólo así podía explicarse que hubiera dejado reloj y traje.
Pero, ¿quién le habría secuestrado y para qué? ¿Dónde le habrían llevado?
Recurrió al empleo de perros sabuesos, con la esperanza de
que éstos pudieran seguirle la pista, pero resultó tan inútil como todos los
demás procedimientos. Trévelez no había dejado rastro que puliesen seguir los
perros, lo que constituía una prueba más de que había sido secuestrado. Sus
pies no habían tocado el suelo-eso era evidente, porque los sabuesos no podían
olfatearle. No quedaba más explicación que una: le habían trasladado de allí en
brazos.
Por aquel lado, cosa de un kilómetro más allá, la finca
propiedad del Instituto lindaba con un camino de segundo orden. El
secuestrador, o los secuestradores, tenían que haber salido por aquel punto,
que era el más solitario. Jamás se hubiesen atrevido a pasar por ningún otro
lado en pleno día con un hombre sin conocimiento y en traje de baño.
Examinando aquel camino, se descubrieron huellas de
neumáticos-lo que, a fin de cuentas, nada significaba: más de un automóvil
debía pasar por allí al cabo del día.
Garvez puso en movimiento a todos les agentes de Yuma y se
encerró en su casa para dirigir sus actividades-lo que no impidió que fuese
denunciaría la desaparición a la policía: el director del Instituto de
Inventores e Investigaciones Científicas era un personaje demasiado conocido,
demasiado apreciado para que pudiera guardarse el secreto de lo que le había
sucedido.
El mismo día de su desaparición, centenares de personas
estaban ya investigando. Y, como consecuencia de ello, se supo que aquella
mañana temprano, un peón caminero había visto, en una explanada del otro lado
de la colina, un avión bimotor que aguardaba con los motores en marcha. Le
había llamado la atención por dos razones: primera, porque en su vida había
visto un aeroplano parado fuera de un aeródromo; segunda, porque era la primera
vez que veía al natural un avión de dos motores. No obstante, tenía prisa y no
se paró a ver si se acercaba alguien, o si despegaba. Tampoco se había fijado
qué señales llevaba en las alas o en el fuselaje.
La policía se puso en contacto inmediatamente con el
aeropuerto. Dio la descripción que el peón caminero había proporcionado y
preguntó si se sabía si algún avión bimotor había andado por los alrededores
del Tibidabo aquella mañana.
Las autoridades del aeropuerto contestaron negativamente.
Daba la casualidad, incluso, que aquel día ni había despegado ni aterrizado en
el Prat avión alguno que se pareciera al que les habían descrito. No obstante,
pidieron unos minutos para interrogar al personal y averiguar si alguien había
oído o visto algo.
El resultado de este interrogatorio no fue del todo nulo.
Uno de los mecánicos del campo aseguraba haber visto pasar, a primera hora de
la mañana, un avión que volaba a gran altura. Picada su curiosidad, lo examinó
con ayuda de unos gemelos y pudo comprobar que se trataba de un bimotor; pero
que no llevaba señal alguna que permitiera establecer su nacionalidad. En el
momento de ser descubierto, parecía volar en dirección Sudeste.
Y aquel día ya no se pudo averiguar más.
CAPÍTULO II
YUMA APARECE EN PÚBLICO
LOS periódicos del mundo entero publicaron la noticia con
grandes titulares. Ramón Trévelez, el hombre a cuya ayuda tenían que agradecer
muchos el haber salido de la miseria, el hombre cuyos conocimientos científicos
habían prestado tantos servicios a la Humanidad, el hombre a quien todo el
mundo admiraba, respetaba y quería había sido secuestrado.
¿Qué fin perseguían sus secuestradores? ¿Rescate? No lo
parecía. No se había recibido noticia alguna de ellos. Fuera como fuese, muy
listos habían de ser para poder permanecer inmunes. A Ramón Trévelez no podía
secuestrársele sin que el mundo entero se sublevase. La policía de todos los
países le buscaba. No eran ya instituciones, sino gobiernos los que dirigían
las investigaciones que por todo el mundo se llevaban a cabo.
Y se recibían datos, aunque escasos. Se había visto
aterrizar un avión bimotor misterioso en Persia, y aunque de momento no se
había dado demasiada importancia a la cosa, al conocerse la noticia de la
desaparición del director del Instituto y saberse que se suponía viajaba con
sus secuestradores en un bimotor, se había acudido al desierto lugar en que se
viera aterrizar el bimotor. Allí se hallaron pruebas de que los planes para su
secuestro habían sido preparados hasta en su último detalle de antemano. Unos
cuantos bidones vacíos no dejaban lugar a dudas acerca de lo que había ido a
buscar allí el aeroplano. Era evidente que en aquel lugar, como en otros,
posiblemente, se había colocado con anticipación gasolina suficiente para
cargar sus depósitos.
Procuró averiguarse quiénes se habían encargado de
hacerlo. Pero nada se adelantó. Los agentes de los secuestradores habrían
aprovechado la noche y obtenido poco a poco el combustible para no llamar la
atención.
La próxima noticia llegó de Mongolia, donde un avión
bimotor había tomado tierra para aprovisionarse. Pero tampoco allí pudo
descubrirse quién se había encargado de preparar el aprovisionamiento. Sólo se
sabía que el aeroplano había continuado su vuelo hacia el Sudeste.
Y allí se perdió por completo la pista. Nadie parecía
haber vuelto a verle y todos los esfuerzos que se hicieron por desenterrar
nuevos indicios fueron vanos.
Entretanto, los agentes de Yuma frecuentaban los bajos
fondos, escuchaban conversaciones, recogían y analizaban rumores con la
esperanza de que, tarde o temprano, alguno se iría de la lengua y se sabría
algo concreto.
En Persia, todos los esfuerzos se concentraron en
descubrir a los que habían dejado la gasolina para el avión; pero, o los
culpables no se hallaban ya allí, o guardaban muy bien su secreto.
Entretanto, en Barcelona, reinaba gran consternación.
Garvez se consumía porque nada podía hacer para auxiliar a su amigo y jefe.
Varias veces estuvo a punto de abandonarlo todo y marchar personalmente a
Mongolia a ver si allí encontraba él una pista que seguir, aunque los demás no
habían logrado hacerlo. Cualquier cosa, pensaba, menos aquella inactividad.
Pero se sobrepuso su sentido común. Era mucho más útil su presencia en
Barcelona, puesto que allí podía recibir los informes de todos los agentes y dirigir
las operaciones.
Santos, Rodrigo, Manrique, Marcos y Reyes apenas dormían.
Estaban seguros de que en España habría agentes de los secuestradores y, si era
humanamente posible, pensaban dar con ellos tarde o temprano.
Dos personas había cuyo pesar era, quizá, mucho más
profundo que el de todos los demás, a pesar de ser la pesadumbre de todos muy
grande. Una de ellas era la doctora Dolores Arana.
Se presentó en casa de Garvez con los ojos azules
enrojecidos por el llanto, el rostro demacrado por la preocupación continua y
la falta de dormir.
—¿Nada? —inquirió al ver al jefe de los agentes de Yuma.
—Nada-respondió éste, sacudiendo tristemente, la cabeza.
—¡Hay que hacer algo!
—Se está haciendo todo lo humanamente posible, doctora.
Siéntese...
—No puedo estar sentada, no puedo estarme quieta un
momento sabiendo que él corre peligro. He hablado con el doctor Prensa. Le he
dicho que, de momento, no puedo ocuparme de la clínica. No estoy en condiciones
de atender a los enfermos, de ocuparme de nada hasta que sepamos algo... Lo
dejo todo para dedicarme por completo a esto, a dar con su paradero...
—¿Y qué va usted a hacer, doctora? El mundo entero se
preocupa de eso y ya ve usted lo poco que se ha conseguido... Se hace todo lo
humanamente posible.
—Hay que hacer lo sobrehumanamente posible, pues... ¡A lo
mejor ha muerto a estas horas! —agregó con un gemido.
—Tranquilícese, doctora. Eso no es de esperar que haya
sucedido ni que suceda... de momento.
—¿Por qué?... ¿Quién le garantiza que...?
—No se exalte. Es cuestión de sentido común-la interrumpió
Garvez —. Si hubieran querido matarle, lo hubiesen hecho aquí mismo. ¿Qué
necesidad tenían de cargar con él? Es evidente que le necesitan para algo y,
mientras tengan la esperanza de conseguir lo que se propongan, Trévelez no
corre peligro.
—É no cederá nunca a sus exigencias.
—Pero, es lo bastante inteligente para ganar tiempo... y
es tiempo lo que se necesita. Hay demasiada gente buscándole para que no den
con su paradero tarde o temprano. Créame, doctora, todos daríamos la vida por
él si fuera preciso y, ni qué decir tiene, no sosegamos. También nosotros le
profesamos cariño y sentimos profundamente lo ocurrido.
—Lo sé-murmuró la joven —. Perdóneme, Garvez. No he dudado
ni un momento que se hace todo lo posible. Pero estoy trastornada y no sé lo
que me digo. Si a él le ocurriera algo...
Garvez le dio unas palmaditas cariñosas en el hombro.
—Tenga usted valor-dijo —, y confianza. Trévelez se ha
encontrado en situaciones muy difíciles durante su existencia y siempre ha
salido bien de ellas. Ésta (agregó con una confianza que andaba muy lejos de
sentir) no será excepción de la regla.
La segunda persona que hemos mencionado era Samara. Si
exceptuamos a Dolores Arana, tal vez no hubiera entre los agentes de Yuma uno
solo cuyo cariño por Trévelez fuera más profundo ni cuya admiración, como la de
él, rayara en la idolatría. El caso era tanto más curioso cuanto que Samara era
relativamente recién llegado a España. El agente K era un gigantesco
eurasiático de una capacidad mental extraordinaria. La inteligencia de que
continuamente daba pruebas, sus conocimientos científicos, la habilidad con que
sabía aplicarlos y los revolucionarios inventos de que era autor, le colocaban
a una altura que, a decir de los hombres de ciencia, sólo Trévelez superaba.
Llevaba, como decimos, muy poco tiempo en España, pero ese
poco tiempo había bastado no sólo para que Trévelez viera en él a un amigo fiel
hasta la muerte, sino para que adquiriera tal confianza en su integridad y en
su prudencia, que no tuvo ya para él secreto alguno, equiparándole en eso a
Garvez, Marcos y Santos, cuya amistad inquebrantable, los peligros corridos
juntos y los muchos años que se conocían, habían demostrado fuera de toda duda.
Si los fuertes lazos de amistad qué unían a los dos
hombres resultaban verdaderamente admirables para el mundo en general lo eran,
mucho más aún, para los agentes de Yuma, que conocían, mejor que el propio
interesado, la verdadera historia de Samara.
Este había sido en otros tiempos uno de los adversarios
más terribles de Yuma. Era el único que podía preciarse de haber llegado
incluso a penetrar su secreto. Y más de una vez Yuma había estado a punto de
perecer a sus manos o a las de sus agentes.
Por fin, sin embargo, como todos los enemigos de la
sociedad que se enfrentaban con Yuma, Samara había caído. El misterioso ser
invisible, tras haberle vencido, le había quitado la memoria inyectándole una
droga por él inventada.
Para Yuma, ningún hombre era esencialmente malo. Las
circunstancias, el ambiente, la crianza, las malas doctrinas podrían
pervertirle, pero opinaba que la maldad no era congénita en ninguno y que, por
muy bajo que hubiese caído, siempre quedaba en él una chispa de bondad que,
cuidada y alimentada, podía convertirse en regeneradora hoguera.
Una cosa podía dificultar la regeneración y convertirla en
ardua empresa: el recuerdo de los actos delictivos cometidos, la costumbre
creada por el ejercicio de los malos instintos, la violencia que el cambio
pudiera suponer para quien se había habituado a vivir fuera de la Ley y no se
sintiera con fuerzas para abrirse un nuevo surco. Este inconveniente lo había
obviado Yuma haciendo perder la memoria a cuantos malhechores caían en sus
manos.
Era un gran experimento el que Yuma estaba llevando a cabo
y, hasta el momento, no podía quejarse de sus resultados.
Allá en el continente americano, en el Yucatán, no muy
lejos de Piedras Negras y oculto en el corazón de un macizo montañoso, hay un
valle cuya existencia jamás sospechó explorador alguno.
Grandes edificios lo pueblan y en él vive una comunidad
singular-no por su aspecto, sino por los fines que persigue.
Figuran, entre los mencionados edificios, grandes
laboratorios, talleres, escuelas, gimnasios, lugares de recreo, casas
destinadas a vivienda y unas construcciones pequeñas, aisladas, donde residen
los que del mundo exterior llegan.
En este valle-que pudiéramos llamar feudo de Yuma-todos
los que entran carecen de memoria. Ninguno sabe quién es, qué ha sido, dónde ha
desarrollado sus actividades, ni si éstas fueron malas o buenas.
Pudiera llamarse “Valle de los Niños”, porque cuantos a él
son enviados, por muy viejos que sean, tienen el cerebro tan limpio de
impresiones como niños recién nacidos, y como tales han de ser educados.
En realidad, aquél es el «Valle de la Regeneración» y el
objeto que persiguió Yuma al fundarlo fue educar de nuevo a los que, antes de
morir su memoria, fueron criminales.
Allí se les enseña un oficio que esté en consonancia con
sus aptitudes, se les inculca un profundo amor al trabajo y se despierta en
ellos el deseo de vivir en un mundo libre de crímenes y de todas las bajas
pasiones.
Se les enseña que amor engendra amor, que la solución de
todos los problemas del mundo yace en la capacidad que tenga el hombre para
amar y ayudar a sus semejantes y que sólo trabajando con ahínco y amando con
desinterés puede llegar la Humanidad al pináculo del progreso y de la
felicidad.
Una vez regenerado por completo, el hombre es enviado al
mundo de nuevo, donde Yuma o sus agentes se encargan de situarle donde pueda
ganarse honrosamente la vida.
A aquel valle había llegado cierto día Fegor, verdadero
genio del mal, cuyas terribles hazañas ya conocen nuestros lectores. Fegor,
privado de la memoria por Yuma tras su último encuentro con él en la Casa del
Cráter, conservaba intactas sus extraordinarias facultades. Como consecuencia
de ello, fue tarea fácil darle de nuevo los conocimientos científicos que antes
de perder la memoria había poseído.
Al cabo de unos años, sus instructores, asombrados de los
fantásticos progresos que había hecho, notificaron a Yuma que se hallaba en
condiciones de volver nuevamente a habitar entre sus semejantes.
Normalmente, el misterioso personaje se hubiese encargado
de encontrarle un empleo para que se ganara la vida honradamente. Las
facultades de Fegor, sin embargo, eran demasiado excepcionales para correr el
riesgo de que la Humanidad no se beneficiara todo lo posible de ellas. Por
consiguiente, decidió ponerle en contacto con Ramón Trévelez, para que éste le
encomendara investigaciones científicas susceptibles de mejorar la suerte de
sus semejantes.
Fegor, que ignoraba quién era y qué era lo que había hecho
antes de llegar al valle, recibió el nombre de Samara, a cuyo nombre se le
extendieron documentos y fue enviado a España, donde, como ya hemos dicho, no
tardó en convertirse en persona de confianza de aquel a quien con tanta saña
había combatido.
Samara llegó a casa de Garvez poco después de haberse
marchado Dolores, y el objeto de su visita era el mismo que el de la doctora.
Nada delataba en su semblante la angustia que la desaparición de su jefe y
amigo le producía, pero Garvez, que había llegado a conocer bien y a apreciar
al nuevo ayudante de Yuma, no necesitaba de señales exteriores para comprender
los sentimientos de su visitante. Sin esperar a que el otro le interrogara,
movió negativamente la cabeza.
—No se sabe nada-dijo.
Samara se dejó caer en un sillón. Guardó silencio unos
momentos, con la mirada fija en la lejanía.
—No creo que haya muerto-dijo, por fin, repitiendo,
inconscientemente, los argumentos que esgrimiera el propio Garvez al hablar con
la doctora —. Le han secuestrado con un fin determinado y, mientras tengan la
esperanza de poder conseguir sus propósitos, la vida de Trévelez no corre
peligro.
—Eso es lo que yo opino también-asintió Garvez.
—Pero existe un peligro en el que no sé si se le habrá ocurrido
a usted pensar-prosiguió el eurasiático.
—¿Cuál?
—Si, en cualquier momento, sus secuestradores llegan a
adivinar, a sospechar siquiera toda la verdad acerca de su prisionero, le
matarán sin perder momento. Comprenderán que es inútil esperar, puesto que
Trévelez jamás se prestará a facilitar la ejecución de sus planes.
—Ese peligro-contestó Garvez, lentamente —, no se me había
pasado por alto. Pero nada podemos hacer nosotros por conjurarla.
—Sí que podemos-dijo el otro.
—¿Qué?
—Yuma tiene que aparecer de nuevo... y hacerlo
públicamente esta vez.
Garvez le miró con viveza.
—Quizá tenga usted razón-asintió.
—Estoy seguro de que la tengo. Si Yuma aparece como he
dicho, la Prensa hablará de ello, los secuestradores se enterarán, si alguna
sospecha hubieran concebido, se desvanecerá inmediatamente. Trévelez tendrá más
probabilidades de vida.
—Es cierto... ¿Qué plan propone, Samara?
—Esta tarde se celebrará una reunión en el Olimpia, a la
que asistirán representantes de las autoridades y de la Prensa. Alguien debe
aprovechar el momento oportuno para aparecer en la plataforma como si fuera
Yuma.
—¿So pretexto de qué? Tiene que haber alguna excusa para
que Yuma se presente así en público.
—¿Qué mejor pretexto que la desaparición de Trévelez?
Puede anunciar públicamente que piensa él poner en juego todos sus recursos
para dar con su paradero y castigar a los que le han secuestrado.
—¿Quién propone usted que haga papel de Yuma, Samara?
—Eso lo dejo a su elección, Garvez.
—Creo-dijo éste, lentamente —, que es usted el más
indicado. Trévelez tiene confianza ilimitada en usted, no he de ser yo menos.
Vuelva usted a su casa. Iré yo a visitarle más tarde.
Los dos hombres se estrecharon la mano. Samara se fue y,
unos minutos más tarde, Garvez abandonaba su hotelito y se dirigía
apresuradamente al Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas. Subió
rápidamente al despacho del director, entró, haciendo uso de su llave, oprimió
las molduras que hacían girar la estantería y pasó al despacho secreto.
Una vez allí, tiró de la colgante lámpara y, en cuanto se
descorrió la pared que daba al guardarropa, pasó al interior y descolgó la capa
negra que pendía de un gancho. La dobló y se la metió en el bolsillo, cerró
todas las puertas de nuevo, y a continuación, se dispuso a hacerle a Samara la
visita prometida.
*****
Eran las cuatro de la tarde. El público había acudido can
interés a escuchar la conferencia que sobre la cuarta dimensión había de dar un
conocido hombre de ciencia, como toda la Prensa había anunciado que el gran
matemático explicaría el tema de una forma que resultara comprensible para el
más-profano en la materia, el local estaba lleno de bote en bote.
Antes de presentar al conferenciante, un científico
barcelonés soltó un pequeño discurso, a modo de introducción.
—Señores-dijo —: Cuando bajo los auspicios de las
autoridades se acordó dar un ciclo de conferencias de vulgarización científica,
se decidió, por unanimidad, que el más indicado para presidirlas era nuestro
ilustre conciudadano, el doctor Ramón Trévelez, director del Instituto de
Inventores e Investigaciones Científicas. Él aceptó gustoso el nombramiento y
hasta ofreció dar él mismo una de las conferencias anunciadas, prestándose, en
el transcurso de ella, a contestar á cuantas preguntas relacionadas con el tema
se le dirigieran.
»Por desgracia, la suerte„ no ha querido que nos viéramos
honrados con su presencia. Ha sido víctima, como todos, ustedes saben, de unos
secuestradores e ignoramos, de momento, su paradero. Aun tenemos todos la
esperanza, sin embargo, de que se le encuentre a tiempo para que asista a
alguna de estas conferencias por lo menos y...
Una voz tonante le interrumpió:
—¡Ramón Trévelez será hallado y rescatado! —sonó en la
plataforma, muy cerca del que hablaba, aunque no había allí ninguna persona
visible.
El orador volvió la cabeza, frunciendo lentamente el
entrecejo. A punto estaba de hablar con dureza a los que ocupaban las sillas
más cercanas, creyendo que alguno de sus ocupantes había hablado con el único
fin de interrumpirle, cuando la voz tonante habló de nuevo.
—Ramón Trévelez-anunció —, es un hombre demasiado
necesario a la ciencia para que pueda permitirse que sus secuestradores
permanezcan impunes. Serán hallados y castigados.
—Pero, ¿quién habla? —inquirió el orador, desconcertado,
mirando a su alrededor—. ¿Quién es el que dice todo eso?
Y se inmovilizó de pronto, dilatadas las pupilas, al ver
aparecer, como flotando en el aire, una cabeza en cuyo terrible rostro,
cubierto de cadavérica palidez, brillaban como carbunclos dos ojos.
—¡Yuma! —exclamó, sobrecogido.
Y su exclamación fue coreada por muchos de los que
asistían a la conferencia.
—Yuma-asintió la voz —; Yuma, que declara públicamente su
intención de movilizar todos sus recursos para dar con el paradero de don Ramón
Trévelez.
Durante unos momentos siguió viéndose la horrible cabeza,
cuya mirada de fuego se paseó por el auditorio. Luego, mientras unos la
contemplaban con terror y otros con asombro, desapareció de nuevo para no
reaparecer más.
La conferencia perdió inmediatamente todo interés para la
mayoría de los concurrentes. El matemático, comprendiéndolo así, anunció que,
en vista de las circunstancias, había decidido suspender su exposición, cosa
que el presidente escuchó con enorme alivio. Viendo el humor del público, había
temido que éste se fuera retirando de la sala poco a poco, lo que hubiera
resultado bochornoso para el conferenciante.
Se advirtió que se daría a conocer en la Prensa para qué
día se aplazaría el acto y el público fue desfilando de la sala, siendo los
periodistas los primeros en salir paró correr a sus respectivas Redacciones y
preparar la noticia.
Y aquella noche todos publicaron la nueva de que Yuma
había aparecido en plena conferencia para anunciar su propósito de encargarse
de buscar a Trévelez.
CAPÍTULO III
TRÉVELEZ HACE UN DESCUBRIMIENTO
LOS efectos del cloroformo fueron desvaneciéndose
lentamente. Trévelez, con los ojos cerrados, hizo un esfuerzo por recordar lo
que le había pasado. La experiencia le había demostrado que no siempre es
conveniente dar a conocer, que ha recobrado uno el conocimiento hasta haberse
preparado para posibles sorpresas.
Poco a poco, a medida que los vapores se disipaban, la
memoria fue volviendo. Recordó haber salido del cuartito para meterse en la
piscina y el ataque de que había sido objeto. Sabía que el cloroformo le había
dejado sin sentido antes de que hubiese podido retirarse el paño de la cara.
Más tarde... Lo sucedido más tarde resultaba nebuloso. Lo
recordaba como un sueño confuso. Había abierto los ojos, visto que se hallaba a
bordo de un avión e inmediatamente un hombre sentado cerca de él le había
vuelto a dar un anestésico. Esto sucedió dos veces. La tercera le quitaron el
conocimiento mediante una inyección, temiendo, sin duda, que usar nuevamente
cloroformo pudiera llegar a costarle la vida.
Mientras pensaba todo esto, se dio cuenta de dos cosas;
primera, estaba tendido cuan largo era sobre un suelo de piedra; segunda,
seguía sin más ropa que el traje de baño con el que le sorprendieran. Para
entonces, ya se consideraba con fuerzas suficientes para hacer frente a la
situación. Puso en tensión todos sus músculos, preparado para ponerse en pie de
un brinco y abrió muy despacio los ojos.
El resultado no fue el que había esperado. Veía tanto con
los ojos abiertos como si los hubiese tenido cerrados. Se encontraba envuelto
en las más profundas tinieblas. Durante unos instantes llevó a temer que la
administración de tanta droga le hubiese dejado ciego y acabó diciéndose, más
bien porque tal era su esperanza que por verdadero convencimiento, que se
hallaba en una habitación sin ventana de ninguna clase.
Se levantó, no obstante, y echó a andar con cautela hasta
que sus manos, extendidas, tropezaron con una pared, de piedra también, como el
suelo. Examinó ésta minuciosamente, valiéndose del tacto, y luego la fue
siguiendo, sin dejar de mover la mano arriba y abajo en busca de alguna
abertura.
Por fin, al cabo de un buen rato, dio con el hueco de una
puerta que, o cerraba herméticamente (en cuyo caso debía haber huecos de
ventilación por algún otro lado, ya que el aire era respirable), o daba a algún
otro cuarto oscuro, porque no se filtraba por ella ni el menor rayo de luz.
Una vez allí, se colocó de espaldas a la puerta y echó a
andar hacia adelante tan en línea recta como le fue posible, hasta dar con la
pared. Desde allí, siguió andando, pegado a la pared, hacia la izquierda, que
era el mismo camino que siguiera la primera vez. Contó cuatro pasos antes de
llegar a la esquina, ocho pasos más hasta la esquina siguiente y poco más de
tres hasta la puerta.
Repitió la operación anterior. De espaldas contra la
puerta, cruzó de nuevo el cuarto en línea recta. Esta vez, sin embargo, torció
hacia la derecha en lugar de hacia la izquierda, sin dejar de tantear la pared.
Gracias a esta maniobra, descubrió que se hallaba en un
cuarto cuadrado, de ocho pasos de lado, de paredes y suelo de piedra, sin más
solución de continuidad que la puerta cerrada.
Examinó luego todo el suelo de la habitación, andando a
gatas. Estaba completamente vacía.
Había llegado a ese punto de sus investigaciones, cuando
oyó ruido por el lado de la puerta. Se pegó inmediatamente a la pared del mismo
lado. La puerta se abrió y entró un hombre con una linterna encendida. A pesar
de que ésta no daba mucha luz, tan acostumbrado estaba ya Trévelez a la
oscuridad que quedó momentáneamente deslumbrado.
Antes de que la vista se le acostumbrara lo bastante a la
claridad, oyó una voz que decía:
—¡Ah! ¡Ha recobrado el conocimiento! Coma, que pronto le
sacaremos de aquí.
Algo tintineó contra el suelo y la puerta volvió a
cerrarse en el preciso momento en que el director del Instituto se disponía a
abalanzarse sobre su carcelero.
Cerca de la puerta y siempre a tientas, encontró un
cacharro con agua y un trozo de pan con carne dentro. Entonces se dio cuenta,
por primera vez, de que tenía hambre, y comió y bebió. Aquello pareció darle
nuevas energías El desconocido había dicho que pronto le sacarían de allí, pero
prefería salir solo si le era posible. Volvió a situarse junto a la puerta a
esperar.
No tenía medio alguno de medir el tiempo, pero calculó que
habría transcurrido cosa de un cuarto de hora cuando volvió a abrirse la puerta
de su encierro. Estaba preparado para abalanzarse sobre el primero que se
presentara, pero los secuestradores eran demasiado inteligentes para no
comprender que tal sería su intento.
Unos rayos de luz entraron en el cuarto, pero no asomó
nadie. Una voz dijo:
—¡Salga!
Y, puesto que nadie entraba, Trévelez salió, dispuesto a
aprovechar la primera oportunidad que se le presentara.
Pero no se le presentó ninguna. La puerta daba a un
pasillo, y en éste, contra la pared de enfrente y un poco a la izquierda,
estaba el hombre que había hablado y que llevaba la linterna en una mano y en
la otra un revólver que apuntaba al prisionero.
Al otro lado de la puerta y contra la pared de enfrente
también había otro hombre con otra linterna y otro revólver.
—Eche usted a andar hacia la derecha-ordenó el que hablara
primero.
Y, como para indicarle el camino, el otro hombre echó a
andar delante de él.
En cuanto Trévelez se puso en marcha, el segundo hombre
caminó tras él, sin dejar de apuntarle con el revólver. No había la menor
probabilidad de poder escaparse de momento. El intentarlo hubiera sido suicida,
ya que, aunque lograra dominar y desarmar al que iba delante, el de detrás le
hubiera matado de un tiro.
No fueron muy lejos. Un poco más allá se abría otra puerta
de la que salía bastante claridad. En ella metieron a Trévelez.
Encontróse éste en un cuarto de aproximadamente las mismas
dimensiones que el que acababa de abandonar, sólo que estaba amueblado, aunque
toscamente. Una mesa larga, de construcción casera, ocupaba el centro de la
estancia. Había, además, siete a ocho sillas, dos de ellas ocupadas por dos
hombres en mangas de camisa.
—Puede usted sentarse-dijo uno de ellos.
Trévelez se dejó caer en una de las sillas desocupadas.
Los dos hombres que le habían acompañado se situaron cerca de la puerta-único
medio de salida de allí, dejando las linternas en el suelo.
El recinto aquel estaba iluminado por cuatro lámparas-una
colgada en cada pared.
—Señor Trévelez-dijo el hombre que le había invitado a
sentarse —, lamento mucho haber tenido que someterle a hacer un viaje tan largo
en tan desagradables condiciones, pero, cuando conozca usted mis motivos,
comprenderá que no había más remedio que hacerlo para conseguir lo que
necesito.
—No ha escogido usted el mejor medio para conseguir de mí
nada-le respondió el director del Instituto —. Si lo que usted quiere es algo
injusto, nada obtendrá de mí ni por las buenas ni por las malas. De tratarse de
algo justo, no hubiera tenido inconveniente en acceder a sus deseos, de
habérmelo pedido usted como es debido. Pedido ahora, no lo conseguiría usted
tampoco.
—No le voy a pedir nada que represente pérdida alguna para
usted ni que esté fuera de su alcance. Si le he hecho traer hasta aquí, ha sido
porque estaba convencido de que nada lograría hablando con usted en España.
—Eso quiere decir que no nos hallamos en España.
—No tengo inconveniente en decirle que se encuentra usted
muy lejos de su patria, señor Trévelez. No tengo inconveniente... porque no le
creo a usted tan tonto que no lo haya adivinado ya. Según me han dicho, recobró
usted varias veces el conocimiento por el camino, Estoy seguro que se habrá
usted dado cuenta de que viajaba en avión, y como sabe perfectamente el tiempo
que pueden durar los efectos del cloroformo, guiándose por las veces que ha
sido necesario cloroformizarle, puede tener una idea bastante aproximada del
tiempo transcurrido. Si ese tiempo lo multiplica por la velocidad de un avión,
tendrá una idea aproximada de la distancia que ha recorrido.
—Y... ¿con qué fin me ha traído usted tan lejos?
—A mi compañero y a mí-contestó el hombre —, nos interesan
mucho las cuestiones científicas. Estamos haciendo investigaciones aquí, por
nuestra cuenta... Investigaciones que esperamos que cambien la faz del mundo.
Usted puede ayudarnos mucho, dándonos detalles de algunas cosas que conoce y
que nosotros no hemos resuelto del todo aún...
Aunque Trévelez no tenía la menor intención de acceder a
lo que le pedían, quiso saber qué era lo que interesaba a aquellos hombres y
preguntó:
—¿En qué puedo ayudarles?
—Tuvo usted en el Instituto, en cierta ocasión, a un joven
llamado Deusto...
El nombre aquel puso en guardia a Trévelez, que contestó,
no obstante:
—En efecto.
—Ese joven inventó un aparato emisor de ciertas ondas...
—Aparato que estuvo a punto de cambiar la faz del mundo
también —observó Trévelez1.
—¡Oh! —se apresuró a decir su interlocutor—. No es nuestro
propósito seguir los pasos de los que robaron el aparato aquel. Nuestros fines
son más elevados.
—Así lo espero. ¿Bien?
—Necesitamos que nos describa usted el funcionamiento de
ese aparato, que nos haga unos planos de él... Preferiríamos, claro está, que
dirigiera usted su construcción, pero no insistimos sobre ese particular.
—Lo siento mucho, señores, pero han perdido ustedes el
tiempo trayéndome aquí. Como dicen, el aparato en cuestión fue inventado por un
tal Deusto, es a él a quien deben dirigirse ustedes.
—No ignoramos que Deusto murió asesinado.
—Pero pueden tratar con sus herederos.
—No es necesario. Usted puede resolvernos ese problema.
—Yo no intervine para nada en su construcción. Ni siquiera
me comunicó el inventor todos los detalles de su descubrimiento.
—Sabemos perfectamente, señor Trévelez, que antes de
recibir la ayuda del Instituto, el inventor ha de enterarle a usted de que ha
inventado algo, en efecto, y de que no solicita la ayuda del Instituto
simplemente por vivir gratis una temporada.
—Es cierto, pero un inventor no necesita revelarnos todo
su secreto para convencernos de su buena fe. En el caso de Deusto bastaron
ciertos detalles para convencerme de que sabía lo que se hacía y de que iba por
buen camino.
—Señor Trévelez, usted es inventor. Es, por añadidura, un
hombre de ciencia que goza de fama universal. No querrá, por consiguiente,
hacerme creer que por los datos que Deusto dio no pudo usted deducir los que se
callaba.
—Lo siento, señores, ya he dicho que no puedo ayudarles.
—Piénselo usted bien. No deseamos hacerle daño alguno. En
cuanto no haya proporcionado los datos que necesitamos, será conducido
nuevamente a España. Eso puedo garantizárselo. Lo único que pudiera inducirnos,
muy á pesar nuestro, a quitarle la vida, sería que usted averiguara dónde se
encuentra, cosa esta completamente imposible. También cabría la posibilidad de
que nos cansáramos de tenerle aquí encerrado si usted se negara a hablar; pero
creo que, si recapacita, comprenderá que nada adelantará con ello. Tarde o
temprano daremos con el secreto, con su ayuda o sin ella. Vamos por muy buen
camino. Si le hemos secuestrado ha sido, simplemente, para ganar tiempo. No
obstante, no nos apremia éste tanto que no podamos esperar unos días. Volverá a
su encierro, y, en cuanto cambie usted de opinión, no tiene más que
comunicárselo al que le lleva de comer.
Se puso en pié. Trévelez le imitó. Uno de los hombres
parados junto a la puerta dio un paso hacia él.
—¡Ah! —agregó el desconocido—. Olvidaba hacerle una
advertencia. Si alguna vez llega a creer que, con un poco de cautela, puede
sorprender al que entre a llevarle la comida y reducirle a la impotencia, más
vale que se le quite la idea de la cabeza. Aun en el supuesto de que lograra
hacerlo, nada adelantaría. No conseguiría salir de donde se encuentra. Y si por
una de esas casualidades increíbles pudiera salir, sería lo mismo. Le daríamos
caza en seguida... si no acababa con usted antes alguna serpiente o algún
habitante de la casi impenetrable selva que nos rodea.
Trévelez se echó a reír.
—¿Pretende usted asustarme, acaso con fantasías?
—No se trata de fantasías, señor Trévelez y...
Se volvió y habló en voz baja unos momentos con su
compañero. Este dijo en voz alta:
—Tal vez sea mejor. Hazlo.
El hombre volvió a encararse con su cautivo.
—Para que se convenza de que para usted no hay más
salvación que hablar, voy a dejarle asomarse unos momentos al exterior-dijo.
Hizo una señal a los dos hombres armados.
—Vamos-ordenó.
Ambos cogieron las linternas. Uno echó a andar delante y
el otro detrás de Trévelez y su acompañante.
Tiraron en dirección contraria al lugar en que se
encontraba el cuarto destinado a encierro del cautivo. Las puertos, las formas
y dirección de los pasillos que cruzaron llamaron poderosamente la atención del
director del Instituto, que creyó reconocer en ellos un estilo determinado.
Desembocaron en un pasillo corto, ascendente, que murió al
pie de una escalera de piedra. Subieron las gradas. La oscuridad no era
completa allí, y cuando llegaron a la parte superior, la luz de las linternas
no fue necesaria para ver dónde se encontraban. Era un cuarto pequeño. Parte de
la pared en que se hallaba la puerta estaba derruida. El cuarto se hallaba en
el rincón de una gran sala cuyo techo estaba hundido en su mayor parte y
sembrado el suelo de piedras. Un sol abrasador se filtraba por los agujeros,
caldeando los escombros y el piso.
Atravesaron por entre los escombros hasta una puerta
monumental, que se hallaba casi por completo en pie. Pasaron por ella al
exterior.
Estaban ahora sobre una meseta artificial, de piedra. Los
árboles de la espesa selva que les rodeaba llegaban hasta las mismas laderas
del montículo en que se hallaba la meseta, creciendo algunos, incluso sobre las
laderas mismas. Pero, de trecho en trecho veíase por entre la maleza algún
trozo de escalinata de piedra por los lados.
—Mire usted en todas direcciones-le invitó el desconocido
—. Resultaría imposible alejarse de aquí sin un guía. Para el que desconoce la
región, esa selva es una ratonera en la que ha de dejar forzosamente la vida.
Le permitió permanecer unos minutos allí, mirando a su
alrededor, antes de obligarle a bajar al interior del montículo de nuevo y
recluirle en el oscuro cuarto. Pero Trévelez bajó con mucha más esperanza de la
que había subido. En lugar de hacerle comprender con aquello lo desesperado de
su situación, los desconocidos habían hecho todo lo contrario. Las esperanzas
del director del Instituto habían renacido. Se alegraba de volver a su encierro
para poder pensar tranquilo y trazarse un plan de campaña.
CAPÍTULO IV
TRÉVELEZ TRAZA SUS PLANES
UNA vez le metieron en el cuarto y cerraron la puerta,
tras él, Trévelez fue a sentarse en un rincón y se puso a reflexionar. La
estructuración del interior del montículo le había hecho concebir una sospecha.
La salida al exterior la había confirmado. Se encontraba prisionero en el
interior de un teocalí —uno de los templos mayas cuyas ruinas salpican la selva
en Méjico y Guatemala.
Los trozos de escalinata vistos eran, en realidad, parte
de la pirámide gradada que habían ido cubriendo tierra y maleza en el
transcurso de los siglos.
El hecho de que sus secuestradores le hubiesen permitido
ver el exterior, demostraba que habrían oído hablar de Trévelez, sabrían muchas
cosas de él, pero ignoraban otras que les hubiera convenido mucho saber en
aquellos instantes. De haberse fijado bien en su seco rostro, su tostado cutis,
la nariz aguileña y el conjunto de sus facciones, no hubiera dejado de
llamarles poderosamente la atención la similitud de tales características con
las de los rostros esculpidos en las ruinas mayas de Uzual, lzamal y Chitchen-Itza.
Trévelez, en efecto, como ya saben nuestros lectores, era
de ascendencia americana. Lo que tal vez no sepan es que descendía en línea
recta de mayas también y que había heredado de sus antepasados un conocimiento
sorprendente del idioma, las costumbres y la historia del desaparecido pueblo.
Estos conocimientos iban a servirle de mucho en la situación en que se
encontraba.
El hecho de que le hubieran apresado en traje de baño le
había incomunicado por completo con sus amigos, pero, estaba seguro ya de que,
si sabía jugar bien sus cartas, no sólo podría salvarse, sino tener
probabilidades de hacer fracasar todos los planes de sus secuestradores.
En vista del descubrimiento hecho, ya no le interesaba
salir de la pirámide, si no conseguir que le encerraran aun más profundamente
en ella, y a conseguir este fin tendían los planes que en aquel momento
empezaba a trazar.
Llegó la hora de la cena. La puerta se abrió.
Mientras un hombre colocaba en el suelo las provisiones y
el agua, Trévelez dijo:
—Necesito hablar con su jefe. Dígale que he reflexionado y
tomado una resolución.
El hombre contestó con un gruñido pero era evidente que
cumplió el encargo del prisionero, porque un cuarto de hora más tarde estaba de
regreso, acompañado de otro. Trévelez fue conducido inmediatamente al mismo
cuarto que la vez anterior.
—Me dicen que ha reflexionado usted y que necesita
verme-dijo el hombre, al verle entrar —. ¿Qué resolución ha tomado, señor
Trévelez?
Éste se dejó caer en un asiento.
—Comprendo que es difícil escaparse de aquí. Reconozco
también que la selva que nos rodea no sólo es casi impenetrable, sino que el
aventurarse por ella ofrece incontables peligros...
—¿Bien?
—No puedo permanecer mucho tiempo lejos del Instituto. Mi
presencia allí es necesaria. Estoy seguro de que se está revolviendo el mundo
para encontrarme.
—Si ello puede servirle de consuelo-dijo el desconocido —,
le diré qué el mundo entero, en efecto, anda buscándole, aunque sin la menor
esperanza de dar con su paradero. Nadie tiene la menor idea de dónde se
encuentra, no se ha hallado aún el menor indicio. Hasta el propio Yuma ha
aparecido en público para anunciar que va a movilizar todos sus recursos para
encontrarle... Soy lo bastante sensato para reconocer que Yuma es un enemigo
peligroso, pero en este caso está destinado a fracasar al igual que las autoridades
de todos los países.
Si la noticia de la aparición de Yuma sorprendió a
Trévelez, no dio la menor muestra de ello. Es muy posible que comprendiera en
seguida que en ello andaba la mano de Garvez, que había querido protegerle con
ello. Dijo:
—Es difícil, en efecto, que lleguen a sospechar siquiera
dónde me encuentro. Por eso precisamente quiero ver si consigo que ustedes me
suelten.
—En su mano está conseguirlo. No sólo le soltaremos, sino
que volveremos a llevarle a España. Sigue en pie la promesa que le hice.
—No sé si podré ceder a sus exigencias.
—¿Por qué?
—Recuerdo perfectamente los datos que nos proporcionó
Deusto, pero nunca me he parado a pensar en ellos, a seguir sus razonamientos
ni a sacar las consecuencias.
—Puede usted hacerlo ahora.
—No donde me encuentro.
—¿Por qué no? Igual se puede pensar en una parte que en
otra.
—Para que resuelva el problema es preciso que haga algo
más que pensar, Necesito hacer cálculos, comprobaciones...
—¿Qué necesita?
—Lo primero de todo, quiero que se me proporcione un lugar
decente en que dormir. El suelo es un poco duro para ser cómodo y estoy
demasiado molesto tendido en él, y descanso demasiado mal para poder pensar con
la claridad que el caso requiere.
—¿Qué más desea?
—Luz, una mesa, en silla, lápices, papel, regla,
compases... Eso, de momento. Después... después ya veremos.
—Pide usted cosas que pueden convertirse en armas. Aunque
no por tenerlas podría usted escapar, podría hacer daño a alguno de mis
hombres, cosa que quiero impedir, puesto que a todos los necesito.
—Sin esas cosas no puedo hacer nada. Y aun con ellas no
garantizo que me sea posible hacerlo.
—Tendremos que estudiarlo.
—Como ustedes quieran. Pero estúdienlo aprisa. Me interesa
volver al Instituto cuanto antes. Si temen que con ayuda de las cosas que pido
pueda construir algo, que me permita escapar sin haberles revelado lo que
desean saber, ¿por qué no me encierran en un lugar más seguro a su juicio?
—Es una idea-dijo el hombre —. ¿Cuánto tiempo necesitaría
para hacer lo que le pido?
—No puedo decírselo con exactitud. Puede ser que tres días
basten para que, con los datos que poseo, descubra los que me falta conocer. No
obstante, puede suceder que tarde más en completar mis cálculos. Después de
logrado eso, he de dibujar los planos del aparato, cosa que también requerirá
tiempo, puesto que he de estudiar la mejor manera de aplicar lo que haya
descubierto. Lo malo es que, cuando estén terminados, no podrán ustedes hacer
gran cosa con ellos.
—¿Por qué?
—¿De dónde sacarán el material y las herramientas para
construirlo?
—Lo tenemos aquí todo ya. No se preocupe por eso. En
cuanto tengamos los planos, empezaremos a construirlo.
—Y ¿cómo lo probarán?
—Si usted ha pensado engañarnos, señor Trévelez, confiando
en que no podremos comprobar lo que usted nos diga, más vale que se le quite
eso de la cabeza. No saldrá usted de aquí hasta que hayamos comprobado la
eficacia del aparato. Para tranquilidad suya (agregó con sorna), le diremos que
hasta hemos previsto la necesidad de corriente eléctrica y ésta no ha de
faltarnos cuando llegue el momento oportuno.
—Tanto mejor-anunció Trévelez —. ¿Qué deciden ustedes?
—Eso ya lo veremos. Por lo pronto, volverá usted a su
encierro. Mañana le daremos a conocer nuestra decisión.
Y Trévelez fue conducido nuevamente a la habitación que le
servía de calabozo.
Se tumbó en el suelo dispuesto a dormirse y, mientras
conciliaba el sueño, examinó la situación a la luz de lo que el desconocido
había dicho.
Según él, tenían allí ya todo el material que pudiera
hacer falta para construir un aparato igual al inventado por el difunto Deusto.
Ello suponía que el mismo habría sido trasladado hasta allí por aire, como lo
había sido él. Y, como no era fácil que se hubieran arriesgado a tirarlo a la
selva en paracaídas, preciso era que hubiese algún claro bastante grande por
allí cerca en suficientes buenas condiciones para que aterrizara un aeroplano.
Y, por idénticas razones, había que creer que existiera un camino practicable
desde dicho campo de aterrizaje hasta la pirámide, aunque él no había visto ni
rastro de uno desde la meseta.
El material, una vez trasladado a la pirámide, habría sido
almacenado en alguna de las cámaras. Había la cuestión de la electricidad
también. Si disponían de corriente como había dicho el hombre, preciso era que
contasen con algún medio de generarla. Y ese medio debía hallarse allá adentro
también.
O mucho se equivocaba o, por añadidura, debía existir una
estación de radiotelegrafía en la pirámide. No era de creer que aquellos
hombres se hallasen completamente incomunicados con el exterior. Y el hecho de
que supieran que el mundo entero le andaba buscando y de que Yuma hubiese
aparecido en público para dar a conocer sus intenciones, era una prueba más de
la existencia, por lo menos, de una estación receptora, puesto que no hubieran
podido enterarse tan pronto de las noticias, de lo contrario.
Le hubiera gustado poder dar con ella y emplearla para dar
a conocer su paradero, pero, de momento, eso era soñar. Se daría por satisfecho
si lograba que le cambiaran de habitación y le diesen todo cuanto había pedido.
Y, así pensando, acabó por quedarse dormido.
CAPÍTULO V
TRIUNFA LA ESTRATEGIA DE TRÉVELEZ
DESPERTÓ de pronto para encontrarse, como siempre,
envuelto en las más profundas tinieblas. No tenía la menor idea del tiempo que
llevaba dormido, pero se sentía descansado.
Se incorporó en el suelo, dispuesto a esperar a que le
fuera dada a conocer la decisión de sus secuestradores.
Transcurrió muchísimo rato, sin embargo, antes de que se
abriera la puerta.
Cuando, por fin, se entreabrió ésta y rasgaron las
tinieblas los resplandores de una linterna, se puso en pie y, obedeciendo a una
orden, salió del cuarto. Se encontró con los mismos dos hombres del día
anterior que, con las mismas precauciones de siempre, le llevaron por pasillos
subterráneos hasta un punto en que éstos se tornaban pendientes y empezaban a
descender.
Al cabo de unos minutos de viajar y serpentear por
aquellos pasadizos, sus guías se detuvieron ante una puerta recientemente
reconstruida al parecer. Esta fue abierta y se le hizo pasar a una estancia
bastante grande. A un extremo de ella, pegado a la pared, había une especie de
altar parecido al que había visto arriba, en la sala de la meseta. Por encima
de él se veía esculpida en la pared una reproducción de la serpiente con plumas
de los mayas y, debajo, una serie de jeroglíficos.
Al otro extremo había sido instalada una mesa muy tosca,
construida con madera de árboles de la selva. Encima de ésta, sin embargo,
habían colocado un tablero liso, con una hoja de papel de dibujo sujeta a él
con chinches. A un lado se veía un montoncito de hojas de repuesto, un bloc de
papel, lápices, afila lápices, tinta china, una caja de compases, cartabón,
escuadra y regla. A otro lado había una linterna apagada y una caja de
cerillas. Cerca de la mesa había una tosca silla y, en un rincón, una cama de
campaña.
—Aquí tiene usted lo que pedía-anunció uno de los hombres
—. Le dejaré mi linterna y, si no tiene bastante con su luz, puede encender la
otra. Junto a la cama encontrará provisiones. Han de servirle de desayuno y
comida. Ya no volveremos a traerle nada hasta la noche. Mañana vendrá el jefe a
ver qué tal marcha y si tiene todo lo que necesita.
—¿Dice que ha de servirme eso para desayuno y comida?
—Sí.
—¿Qué hora es?
—Las once aproximadamente. No valía la pena hacer dos
viajes. Si quiere comérselo todo ahora puede usted hacerlo. Pero ya sabe que no
volveremos a traerle nada hasta las diez, y son muchas horas las que ha de
esperar.
—Gracias. Procuraré alargar lo que me han traído.
—Es lo mejor que puede hacer.
El hombre dejó la linterna encima de la mesa y marchó con
su compañero, cerrando la puerta tras sí.
A Trévelez le había salido bien la primera parte de sus
planes. Había querido que le colocaran en la cámara más profunda de la pirámide
y lo había conseguido.
En cuanto se quedó solo, se dirigió a la cama, se sentó en
ella y se puso a comer. Tenía apetito y quería hacer acopio de fuerzas. Una vez
satisfecho, se puso en pie de nuevo y se acercó al altar.
Arriba, en la meseta, había encontrado señales
inconfundibles para él, de que aquella pirámide había sido empleada en tiempos
antiguos como observatorio astronómico por los mayas. La entrada, por
añadidura, estaba orientada hacia el Este, según había podido deducir por la
posición del sol. Al notar esto y mirar a su alrededor obedeciendo las
instrucciones de sus secuestradores, había buscado, por el lado oriental, la
estela que, de ser ciertas sus deducciones, tenía que hallarse allí.
No podía asegurar que la hubiese encontrado, pero abajo y
delante, medio oculto por la vegetación, creía haber visto el extremo de una
piedra. Para él, aquello confirmaba sus sospechas.
Ahora bien, si la pirámide en que se encontraba había sido
empleada como observatorio, si lo que había visto abajo era una estela como
suponía, tenían que existir, no muy lejos y por el lado oriental, tres templos
más, alzados sobre sus respectivos teocalís. Estos eran necesarios para fijar
la posición de los equinocios y solsticios según el procedimiento maya.
Este no podía ser más sencillo. Colocándose en las gradas
de la pirámide por detrás de la estela, se veía salir el sol por el lado
izquierdo del templo de la izquierda el día veintidós de junio, solsticio de
verano. El veintiuno de marzo y el veintitrés de septiembre, el sol salía por
encima del templo central, marcando así la llegada de los equinoccios vernal y
otoñal, respectivamente. Y el veintidós de diciembre, el sol salía por el lado
derecho del templo de la derecha, señalando la llegada del solsticio de
invierno.
Por lo tanto, Trévelez estaba seguro de que a cierta
distancia de allí tenían que hallarse los templos o sus ruinas. No era esto lo
más interesante, sin embargo. Había sido costumbre de los mayas enlazar tales
templos con la pirámide por medio de pasadizos subterráneos, y eran éstos los
que quería buscar el director del Instituto. Conociendo como conocía, las
costumbres de sus antepasados, esperaba lograrlo sin dificultad. Por eso había
maniobrado de suerte que le instalaran en la cámara profunda.
Subsistía la posibilidad, naturalmente, de que tales
pasadizos se hubiesen hundido o cegado con el tiempo, pero era un riesgo que
había que correr.
Examinó detenidamente todo lo esculpido alrededor del
altar. Luego metió los dedos en los huecos que servían de ojos a la escultura
de una cabeza que parecía estar saliendo de la boca de una serpiente. Tiró con
fuerza y, tras repetidos esfuerzos, consiguió que el bloque de piedra entero se
moviera. Introdujo la mano en la cavidad y buscó, en ella durante unos
momentos. Luego, exhalando un suspiro de satisfacción, volvió a tapar tal
hueco.
Se apoyó contra la mesa del altar y empujó. Se había
sabido hallar tan bien el punto de equilibrio, que la enorme mole de piedra
giró sin dificultad, a pesar de haber transcurrido siglos, seguramente, desde
que mano humana la tocara por última vez.
Tomó la linterna encendida de encima de la mesa, las
cerillas y un compás para usarlo a modo de puñal si se veía obligado a ello y,
con todas estas cosas, se introdujo por el oscuro pasadizo y cerró nuevamente
el altar tras sí.
Dejó la lámpara en el suelo unos instantes. La caja de
cerillas estaba llena y se arriesgó a desperdiciar una de ellas. La encendió
con cuidado, quitó la mano de delante. La llama osciló y acabó apagándose.
Había corriente de aire. Los huecos abiertos por los constructores de los
pasadizos en tiempos remotos seguían cumpliendo su misión de ventilar los
subterráneos-por lo menos algunos de ellos.
Trévelez volvió a tomar la linterna y echó a andar. Por
allí, por lo menos, el túnel estaba en perfecto estado y el suelo era llano.
Antes de haber dado muchos pasos, llegó a un punto en que se veía la boca de
una galería a derecha e izquierda de la que había recorrido hasta aquel
momento. Era fácil de comprender que conducían a los teocalís de derecha e
izquierda.
Optó por continuar andando por el central, ya que éste
resultaría un poco más corto, mas hubo de abandonar su intento. A los pocos
metros se encontró ante un montón de piedras que obstruía el paso. No habían
caído del techo, sino de los lados, pero representaba una labor muy grande
abrirse paso por entre ellas y desistió, retrocediendo sobre sus pasos.
Probó suerte por la galería de la derecha y, aunque
encontró hundimientos de trecho en trecho, éstos fueron demasiado pequeños para
impedirle el paso, y al cabo de unos minutos, se halló ante una pared de
piedra.
Examinó los lados detenidamente:. Encontró, en un hueco,
las cuñas que la sujetaban a modo de cerrojos, las retiró y empujó. El muro
cedió, franqueándole el paso a una cámara semejante a aquella de la que había
partido, pero más pequeña.
Entró en la cámara y cerró el altar tras sí. Luego salió
al pasillo. Los corredores eran una reproducción exacta de los de la pirámide
en que había estado prisionero y no se había producido hundimiento alguno en
ellos. Tras un rato de andar, llegó al pie de una escalera donde tropezó con
las primeras dificultades.
Seguramente, la techumbre del templo de la meseta se
habría hundido años antes, dejando la parte superior de la escalera al
descubierto y los elementos se habían encargado de lo demás. Faltaban piedras
en varios sitios y había montones de tierra y piedras en otros, de suerte que
se veía obligado a subir con mucho cuidado para no pisar en falso y sufrir una
caída.
Aun necesitaba la linterna, porque, a pesar de hallarse
cerca de la superficie, la oscuridad era casi completa. Cuando llegó arriba,
comprendió a qué se debía aquello. La selva había logrado adueñarse por
completo del teocalí, cubriéndole por completo de vegetación. Hubo de abrirse
paso por entre las ramas y maleza antes de ver la luz del sol y, aun entonces,
apenas le era posible ver rastro alguno del monumento sobre el que se hallaba.
De haberse acercado a él desde el exterior, seguramente no hubiese sospechado
siquiera su existencia.
Dos veces se vio asaltado por serpientes, de cuya picadura
se libró tan sólo gracias a su agilidad. A una de ellas pudo asirla por la cola
y estrellarle la cabeza contra una piedra.
En cuanto sus ojos se hubieron acostumbrado un poco al
brillo del sol, se encaramó a un árbol que había echado raíces por entre las
grietas de las piedras del teocalí y miró a su alrededor. No vio nada más que
las copas de los árboles. Los otros dos templos debían haber sufrido la misma
suerte que aquél.
Bajó del árbol, apagó la linterna y la dejó escondida
cerca de la escalera. No había más que un medio para orientarse: el sol. Aun no
había alcanzado su cenit y brillaba alto-pero detrás del templo aún, puesto que
éste estaba orientado hacia el Oeste.
Se abrió paso por entre árboles y maleza y empezó a bajar
del montículo en que se había convertido el monumento. Avanzaba con lentitud,
porque la selva era espesísima y hubiera sido necesario usar un machete para
abrirse camino. Afortunadamente para él, no iba cargado con nada, lo que le
permitía introducirse por espacios estrechos y, gracias a su agilidad, hacer
progresos a veces por las copas de los árboles cuyas ramas se entrelazaban. Más
veces empleaba este último procedimiento quo el primero, a que la maleza
dificultaba también el paso por el suelo y brindaba escondite a insectos y
reptiles cuya mordedura era venenosa.
De vez en cuando se detenía a escuchar, para continuar su
camino luego. Una vez creyó distinguir movimiento entre los árboles, y le
pareció que se trataba de un ser humano; pero cuando se acercó, no halló a
nadie.
El sol siguió ascendiendo, alcanzó el cenit e inició el
descenso por el lado en que debía hallarse la pirámide. Trévelez calculó,
aproximadamente, el tiempo transcurrido desde que abandonara su encierro. Tenía
el propósito de volver, por raro que parezca, y no quería que fuese advertida
su ausencia. Era preciso que calculase mayor tiempo para el regreso que para la
salida, puesto que podía suceder que se extraviara algo y tardara en dar con el
teocalí enterrado.
Por fin vio brillar entre las hojas las aguas de un lago,
llegó hasta la orilla y permaneció oculto subido entre las ramas. El lago era
grande y árboles y maleza llegaban hasta su orilla por todos los lados. Hallara
allí lo que buscara o no, tendría que ser el límite de su excursión. No podía
arriesgarse a ir más lejos. Calculaba que podría perder allí una hora a lo sumo
antes de emprender el regreso y se instaló en el árbol lo más cómodamente
posible.
Hasta aquel momento, fuera de dos o tres reptiles, no
había tropezado con más animal que un jaguar, y éste, que rara vez ataca al
hombre, no quiso hacer excepción en su caso. Desde su altura vio acercarse
varias veces animales que iban a beber, pero ni un solo ser humano.
Por fin, cuando empezaba a decirse que tendría que volver
a la pirámide sin haber adelantado nada, vio aparecer un grupo de indios al
borde del lago, no muy lejos del lugar en que se hallaba. No sabía que acogida
le dispensarían estos cuando se presentara, pero, estaba decidido a correr el
riesgo.
Se descolgó del árbol y, con los brazos en alto y las
manos abiertas para demostrar que iba en son de paz (se había enganchado al
traje de baño el compás, en una de cuyas puntas iba atravesada la caja de
cerillas), empezó a andar hacia ellos.
Los indios iban armados de machetes solamente, y el
primero que le vio, desenvainó prontamente el suyo, pero viendo que iba con los
brazos en alto y que no llevaba nada en las manos, volvió a envainarlo y dijo
algo a sus compañeros, que se volvieron y aguardaron.
Trévelez siguió andando hasta hallarse a pocos pasos de
ellos. Luego se detuvo en seco y los miró detenidamente. Quería ver si
distinguía por sus facciones qué tribu pertenecían para hablarles en su idioma
si le era conocido. Por último, en la duda, decidió hablarles en español
primero y uno de los indios le contestó en el mismo idioma, intercalando
ciertas palabras indígenas era las que Trévelez reconoció, con agradable
sorpresa, el nahuatle, idioma en el que, desde aquel momento, continuó su
conversación.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
—Cerca del río Usamacinta-le contestaron.
—¿Por el lado de Méjico o Guatemala?
—Méjico.
—¿Sabéis dónde está Piedras Negras?
Le contestaron afirmativamente.
—¿Querréis llevar allí un menaje?
Los indios vacilaron, se miraron...
—Recibiréis una buena recompensa-prometió Yuma.
Parecieron ablandarse. Hubieran rechazado de plano la
petición de un extraño normalmente, pero el hecho de que aquel desconocido
hablara con tanta facilidad su idioma, su gran talla y la recia musculatura que
se le veía, influyeron mucho en el resultado.
—¿Qué mensaje? —preguntó el que parecía el jefe de ellos.
Trévelez, antes de salir de su encierro, había escrito
rápidamente una nota por si tenía ocasión de mandarla. Era demasiado grande el
papel para poderle meter en la caja de cerillas, pero, doblándole varias veces
a lo largo, había podido introducirle entre el cajoncito y la parte exterior de
la caja. Sacóla ahora y se lo entregó al indio.
Éste lo desplegó, aunque estaba seguro Trévelez de que no
sabría leer... y mucho menos lo que allí iba. Vio diez o doce líneas escritas
en cursiva corriente, que evidentemente no entendió. Tampoco entendió lo que
iba debajo, pero no debía ser la primera vez que veía algo así, porque se
volvió, excitado, hacia sus compañeros, y señaló la serie de jeroglíficos mayas
que Trévelez había puesto al pie de la carta.
—¿Estáis dispuestos a llevarlo? —preguntó.
El indio, mirándole con cierto temor supersticioso,
contestó afirmativamente.
—¿A Piedras Negras? —dijo.
—Lo más cerca posible.
—Y, ¿a quién lo hemos de entregar?
—Al primer maya que encontréis. Enseñadle el papel. En
cuanto él vea los símbolos, sabrá a quién ha de ser entregado. Decidle que se
os ha prometido una recompensa por entregar el mensaje y, si él no puede
dárosla, os conducirá a quien pueda. ¿Habéis comprendido?
—Si.
—Decidle al propio tiempo en dónde me habéis encontrado.
Viajando hacia allá (señaló con la mano), llegarán al sitio que menciono.
Decidle que es el de la derecha. ¿Lo recordaréis?
Los indios contestaron afirmativamente. Trévelez se
despidió de ellos, se encaramó a un árbol y emprendió el camino de regreso.
Tendría que darse prisa para estar de vuelta a tiempo.
Afortunadamente, tuvo bastante acierto, y aunque se desvió
un poco del camino, no fue tanto como había temido en un principio. Llegó al
teocalí, recogió la linterna, y cuando a las diez de la noche entraron en su
encierro a llevarle la cena, le encontraron sentado ante la mesa con una hoja
llena de números.
CAPÍTULO VI
SE DESARROLLAN LOS PLANES
TRÉVELEZ, antes de ser trasladado a la cámara más profunda
de la pirámide, había reflexionado mucho acerca de las ventajas e
inconvenientes de su plan y creía haber previsto todas las contingencias.
Los secuestradores le habían dicho que habían transportado
allá todo el material necesario para construir un aparato igual al del difunto
Deusto. Habíanle asegurado, por añadidura, que dispondrían de la cantidad de
energía eléctrica que fuera preciso para su buen funcionamiento.
Esto no sólo demostraba que hacía tiempo que preparaban
aquello y habían ido trasladando cuanto les hiciera falta paulatinamente antes
de secuestrarle, sino que suponía en uno o varios de los hombres conocimientos
científicos. No podían haber escogido el material necesario a menos de tener
una idea bastante acertada de lo que era el aparato en cuestión. Y el jefe de
la banda, al mencionar el material de que disponían, había hablado con la
seguridad de quien sabe lo que hace falta y lo tiene todo preparado.
Todo lo _cual convencía a Trévelez de que no sería cosa
fácil engañarles presentando fórmulas y cálculos falsos que hubieran bastado
para engañar a un profano.
Desde el primer momento había supuesto que necesitaría
días para desarrollar su plan y sólo podía esperar ganar dicho tiempo si
lograba convencer a sus secuestradores que había cedido, sin reservas, ante sus
exigencias.
Por consiguiente, no había soñado ni por un momento
engañarles-por lo menos al principio. Más adelante y según se presentaran las
cosas, reflexionaría de nuevo sobre el asunto.
De ahí que, sabiendo que el jefe iba a hacerle una visita
al día siguiente, hiciera todo lo necesario para que éste viera que se ocupaba,
en efecto, de estudiar la cuestión, procurando que nada en sus cálculos fuera
sospechoso.
Preparó, pues, un estudio concienzudamente razonado,
ateniéndose a la verdad. Ya podía tener aquel hombre los conocimientos
científicos que tuviera, no había peligro de que sospechase nada, puesto que
ninguna trampa habría en ellos.
De haber querido, aquella noche misma hubiese podido tener
terminado por completo el estudio y al día siguiente hubiera podido empezarse a
construir el aparato. Eso no pensaba hacerlo, sin embargo. Su intención era
hacer el desarrollo de las teorías de Deusto de la manera más lenta posible
para disponer del tiempo necesario para sus planes.
Puso, pues, manos a la obra después de cenar, y dejó
preparado lo suficiente para convencer a quien se presentara de que obraba de
buena fe, y, seguro de que lo conseguiría, se quedó dormido como un bendito no
bien se dejó caer en la cama.
Estaba un poco dolorido. No le había sido posible avanzar
por la selva sin más protección que el traje de baño sin cubrirse de arañazos y
había sentido la picadura del sol en el cuerpo desnudo. No obstante, no era tan
buena la luz que iluminaba el cuarto para que pudieran verse demasiado bien
esos detalles. El encargado de llevarle la comida no había notado en él nada
anormal y confiaba que el otro tampoco se fijaría en nada cuando se presentara
al día siguiente. Y si se fijaba, sólo podría creer que le habían sido
producidos al ser trasladado desde el avión hasta la pirámide. ¿Cómo iba a
poder suponer que podía salirse de la pirámide desde aquel cuarto y menos que,
habiendo salido, regresase Trévelez a su encierro en lugar de huir lo más lejos
posible?
Fuera como fuese, la cosa preocupaba muy poco al director
del Instituto y, como ya hemos dicho, se echó a dormir completamente tranquilo.
Mientras esto sucedía en la pirámide, los indios con los
que se entrevistara en la selva habían llegado a las inmediaciones de Piedras
Negras. Encontrar a un indio de raza maya fue algo más difícil, sin embargo. Y
acercarse a él cuando le encontraron lo iba a ser mucho más aún. Tenían que
convencerle primero de que iban en son de paz, cosa un poco delicada si se
encontraban con un indio solo, siendo ellos tres.
Les ayudó la necesidad de separarse y buscar cada uno por
su lado, puesto que uno hace menos ruido y puede disimular su proximidad mucho
mejor que tres. El primero que descubrió a un maya se alejó nuevamente sin
revelar su presencia, yendo en busca del que llevaba la carta de Trévelez, y
fue éste quien finalmente se dirigió al indio con las manos en alto en son de
paz y le presentó la carta.
La desconfianza que el maya podía haber experimentado se
desvaneció en cuanto vio los jeroglíficos. Interrogó al portador del mensaje y
éste le dio a conocer todo lo sucedido, repitiendo al propio tiempo las
instrucciones que les diera Trévelez y la promesa de recompensa quo les había
hecho.
—Tendréis vuestra recompensa-aseguró el maya —. Pero sólo
uno de vosotros puede entregar personalmente este mensaje y cobrar la
recompensa. Los otros tendrán que aguardar aquí. Llámalos.
Fueron llamados los dos compañeros del mensajero y se les
comunicó la necesidad de que dos de ellos aguardaran. Se pusieron los tres de
acuerdo y decidieron cuál de ellos había de acompañar al maya. Una vez hecho
esto, este último dio un grito singular y, en contestación a él, aparecieron
por entre los árboles otros cuatro indígenas.
Tras unos momentos de conversación, dos de ellos se
quedaron a hacer compañía a los que habían de aguardar, otro volvió a
desaparecer por entre los árboles y los dos restantes hicieron una seña al
mensajero para que se preparara a seguirles.
—El que acaba de marchar-explicó uno de ellos —, corre a
anunciar nuestra llegada y a abrirnos el camino.
Se internaron en la selva en fila india, yendo el
mensajero entre los otros dos y, al cabo de algún tiempo, la comitiva se
detuvo.
—Ningún extraño puede entrar donde has de ir ni conocer el
camino-dijo uno de los mayas —. Tendremos que taparte los ojos.
El indio vaciló unos instantes, pero acabó dejándose
vendar los ojos con un trapo.
No supo dónde le llevaban. Sólo se dio cuenta de que
caminaba sobre piedras a veces y que en varias ocasiones tuvieron que sujetarle
sus compañeros para que no cayera. Tuvo, en ciertos momentos, la sensación de
que caminaba bajo tierra por el olor y por la diferencia de temperatura, pero
no hubiera podido asegurarlo. Subió y bajó varias veces por lugares muy
pendientes y, por fin, le hicieron detenerse y le quitaron la venda.
Se hallaba parado ante una casa ante un valle poblado de
grandes edificios. Miró a su alrededor con asombro. En su vida había sospechado
la existencia de semejante lugar siquiera.
No le dieron mucho tiempo para maravillarse, sin embargo.
Sus guías le hicieron entrar en la casa, cuya puerta había sido abierta, y fue
conducido inmediatamente a presencia de un hombre de venerable aspecto, a quien
hubo de repetirle lo que había dicho a los mayas.
El desconocido aceptó el mensaje que le entregó, dio las
gracias al indio y ordenó que se le diera algo de comer, así como una buena
recompensa, tras lo cual debía ser conducido nuevamente al lugar en que lo
aguardaban sus compañeros.
No habían hecho más que llevarse al indio, cuando el
anciano leyó el mensaje y, sin perder momento, se dispuso a seguir al pie de la
letra las instrucciones que éste contenía.
El resultado de ello fue que, unos minutos más tarde,
cuatro hombres escogidos salían del valle con dos maletines uno, con las cosas
que ellos necesitaban, el otro, para ser entregado a Trévelez.
*****
Trévelez se levantó al despertarse sin tener la menor
noción de la hora que era. Encendió la linterna que había apagado al echarse y
repasó lo que había hecho el día anterior. En ello estaba ocupado cuando se
abrió la puerta y, con gran sorpresa suya, le sirvieron desayuno, cosa que era
la primera vez que hacían.
Consistía éste en una taza de café caliente, una torta de
maíz y un poco de carne. Sin duda, en vista de que había decidido amoldarse a
sus antojos, sus secuestradores habían decidido mejorar su dieta. No había
hecho más que consumirlo, cuando volvió a abrirse la puerta para dar paso al
jefe.
—Buenos días, señor Trévelez-le dijo, con amabilidad —.
Espero que habrá encontrado todo a satisfacción suya y que habrá descansado
bien en esa cama.
—He descansado divinamente, gracias. Y la tranquilidad de
que se goza aquí abajo es un aliciente para el trabajo intelectual. Pero no
puedo decir que haya encontrado aquí todo lo que esperaba.
—¿Qué le falta?
—Un medio de medir el tiempo, en primer lugar. Es un poco
desconcertante no saber cuándo es de noche y cuándo de día. No tengo más guía
que la llegada del carcelero con mi comida. Y por la noche, cuando me
despierto, no sé si lo hago porque ha llegado la hora en que tengo por
costumbre levantarme, o si es que algo ha interrumpido momentáneamente mi
sueño. Tengo que guiarme por el estado en que me encuentro para levantarme o
dar media vuelta y volverme a dormir. ¿Qué inconveniente hay en que tenga aquí
un reloj?
—Ninguno-se apresuró a decir el hombre —, salvo que no sé
si podré encontrar uno disponible que prestarle. Lo miraré, y, si hay manera,
cuente usted con él. ¿Qué mas ha echado de menos?
—Un traje. Hubieran hecho bien con traerse el mío cuando
me secuestraron. Empiezo a cansarme de ir en traje de baño.
—No trajeron su traje por dos razones-contestó el jefe de
los secuestradores —. En primer lugar, temían ser descubiertos si se
entretenían. En segundo lugar, tenían que, si se llevaban su traje, hubiera
algo oculto en él que, más adelante, pudiera servirle para hacerles daño o para
facilitarle a usted la fuga.
—Eso era fácil de comprobar, registrándolo.
—Pueden ocultarse algunas cosas tan bien, que no se
encuentran al hacer el registro.
—¿Y mis zapatos?
—Los dejaron atrás por idéntico motivo. De todas formas,
si el clima no hubiera sido benigno, le hubiéramos proporcionado con qué
cubrirse. No obstante, si usted quiere, le mandaré un pantalón y una camisa...
aunque yo, en su lugar, preferiría ir como va. Desde luego se encontrará más
fresco.
—Le agradeceré que me mande la camisa y el pantalón que me
ofrece. En cuanto a zapatos...
—Eso es más difícil. Sería una casualidad que le fueran
bien los zapatos de ninguno de nosotros... Advirtiéndole que somos pocos los
que tenemos aquí más de un par de zapatos. Haremos lo que podamos. Ahora
hablemos de otra cosa que nos interesa más a ambos. ¿Ha empezado usted a hacer
sus cálculos?
—Sí.
—¿Ha adelantado mucho?
—No más de lo que yo esperaba. Ya le dije que necesitaba
unos días para completarlos. No quiero que haya un fallo a última hora y lo
achaque usted a mala fe por mi parte. Hasta ahora, no he hecho más que
desarrollar el razonamiento de Deusto, probando y comprobando las operaciones a
cada paso y no dando un paso adelante hasta estar seguro de que lo que llevo
hecho, está de acuerdo con los principios fundamentales de la cuestión que se
ha de resolver.
—Me gustaría ver esos cálculos.
—No tengo inconveniente en enseñárselos... aunque dudo que
saque usted nada en limpio de ellos.
Si con esta afirmación esperaba averiguar los
conocimientos que el jefe de la cuadrilla tenía del asunto, fracasó por
completo. Este no dijo nada que le sacara de dudas. Le enseñó dos o tres
papeles cubiertos de cifras.
—Aquí los tiene-dijo.
El hombre tomó los papeles y los examinó atentamente.
Estuvo haciéndolo tanto rato, que Trévelez se alegró de no haber intentado
engañarle. Era evidente que sabía lo que se traía entre manos.
—Por lo que veo-anunció, por fin —, ha empezado usted
sentando un caso hipotético. Ha supuesto que se desea obtener ondas de una
frecuencia determinada y ha calculado el potencial eléctrico necesario para
producirlas, la capacidad de los condensadores, las resistencias,
transformadores y todo eso...
—En efecto-asintió Trévelez —. Veo que entiende usted algo
de eso.
—Mucho más de lo que usted se supone-respondió el otro,
con sequedad —. Lo bastante, incluso, para darme cuenta de que aquí no hay más
que fórmulas para obtener distintas frecuencias, sin que, en ningún caso, haya
abordado la cuestión principal: la forma de emitir esas ondas sin que haya
desperdicio y el procedimiento para dirigirlas contra un objeto determinado y
concentrarlas en él. Tampoco ha tocado otro punto: el de conseguir cambiar la
frecuencia de las ondas a voluntad en plena transmisión. Hasta ahora no ha
hecho más que exponer datos que nosotros conocemos ya.
—La culpa es suya y no mía-respondió Trévelez —. No tenía
la menor idea de lo que pudieran ustedes conocer. Si me lo hubieran dicho, y
explicado hasta dónde habían llegado en sus experimentos, hubiera podido yo
seguir adelante desde ese punto y ahorrar tiempo. Lo natural era que empezase
yo por el principio para que comprendiesen mejor. De no hacerlo así, me exponía
a que me dijeran que no comprendían cómo había llegado yo a las conclusiones
que les presentara, e incluso que, sospechasen que intentaba engañarles.
El hombre pareció comprender que a Trévelez le asistía la
razón, porque no insistió sobre ese punto, limitándose a preguntar:
—¿Qué fue, exactamente, lo que dijo Deusto cuando solicitó
la ayuda del Instituto? ¿Tiene inconveniente en decirlo?
—Puesto que he decidido ayudarles a construir el aparato,
no veo razón para ocultarle eso. Me dijo que estaba haciendo ciertos estudios
relacionados con la teoría atómica y con las propiedades y su potencia
vibratoria. Me aseguró que había partido de los últimos descubrimientos hechos
por la Ciencia, ampliándolos y que, gracias a ello, esperaba poder dotar a los
barcos con un medio para luchar contra los témpanos de hielo, escollos y
bajíos. Era posible que su invento tuviera muchas otras aplicaciones, pero su
primera idea había sido ésa.
—Y... ¿le bastó a usted eso para brindarle protección?
—exclamó el otro, con incredulidad.
—Me hubiera bastado si hubiese estado seguro de que
conocía él las propiedades de los cuerpos tan a fondo como pretendía.
—Pero usted no tenía esa seguridad.
—No.
—¿Cómo pudo usted adquirirla?
—Le dije que me tratara como si no tuviera yo la menor
noción de esas cosas y que me explicara, de forma que pudiera entenderla un
profano, la teoría de las vibraciones y la aplicación que él pensaba hacer de
ella. Mi objeto, naturalmente, era descubrir si conocía lo bastante el asunto
para tener probabilidades de perfeccionar el invento de que hablaba. Las
explicaciones que me dio me convencieron y ya no tuve inconveniente en
ayudarle.
—¿Qué explicaciones fueron ésas?
—Si ha entendido mis anotaciones, debe usted conocer,
divinamente, esas teorías. Sería una pérdida de tiempo repetirlas.
—No obstante, quisiera escucharlas. Le digo lo que dijo
usted al inventor, señor Trévelez. Haga como si hablara con un profano. Es
posible que en su explicación haya algún dato que a mí se me escapara y que,
escuchándole, vea más clara la solución del asunto.
—Como usted guste-repuso Trévelez, cuyo principal objeto
era lograr que el hombre confiara en él si ello era posible —. Emplearé, tan
aproximadamente como me sea posible, las mismas palabras que empleó Deusto.
Empezó hablando del tan sabido experimento de la copa de cristal. ¿Es necesario
que lo repita?
—Ya le he dicho que debe hablar como si a un profano se
dirigiera-le respondió el otro.
—Sea. Si he de hablarle como quien habla a un profano,
señor Trévelez, me dijo, he de principiar hablando de los que, con sólo cantar
unas notas determinadas, rompen una copa de cristal fino. Quien conoce la nota
vibratoria de una cosa, conoce el medio de destruirla. Eso es lo que hacen esos
señores.
»Si toma una copa de cristal y le da un golpe, observará
que emite una nota musical. Esa nota la emite el cristal al vibrar. Si vibrara
a esa misma velocidad o frecuencia durante un rato, el cristal no podría
resistirlo y estallaría. Pues bien, si una persona acierta a cantar esa misma
nota y prolongarla, hará que el cristal, afectado por la vibración de su voz,
vibre a su vez y acabe estallando. Ese es el secreto de romper copas con la
voz.
—Hasta ahí-interrumpió el jefe de los secuestradores —, no
he sacado ninguna idea nueva.
—Ya se lo advertí-dijo Trévelez —. Pero, usted insistió en
que se lo contara.
—Sí, y sigo insistiendo. Continúe.
—Todas las cosas vibran. Todas las cosas tienen su nota
característica. Mientras la vibración de un objeto sea normal, el objeto
subsiste. Si lográramos, sin embargo, elevar la frecuencia de sus vibraciones,
llegaría un momento en que la capacidad vibratoria del objeto sería rebasada.
La vibración sería tan fuerte, que sería impotente contra ella la ley de
cohesión, que es la que hace que las moléculas permanezcan unidas y, al
disgregarse éstas, el objeto se convertiría en polvo. Hay medios científicos para
conseguir, ese fin. Si se logra emitir una serie de ondas de la misma
frecuencia vibratoria que el objeto que se quiere destruir, se establece con él
una especie de relación simpática. Basta ir aumentando poco a poco la
frecuencia de las ondas para que el objeto, en simpatía ya con ellas, vibre al
unísono y así se va consiguiendo que sea el objeto mismo el que emita su propia
nota, hasta destruirse.
—Y ¿cómo puede conseguirse eso? —inquirió el hombre,
interrumpiendo de nuevo.
—Eso mismo le pregunté yo a Deusto. Y él me contestó que
en ello consistía su invento. Creía haber descubierto un medio de emitir ondas
de elevadísima frecuencia en una dirección determinada.
—¿Cómo dijo que lograba eso?
—No lo dijo, ni insistí yo en que me lo dijera. Con lo
dicho me demostraba que no hablaba por hablar, que tenía suficientes
conocimientos para llevar a cabo el trabajo que se proponía. Le extendí, por
consiguiente, todas las facilidades que podía brindarle el Instituto.
—Y ¿es eso todo cuanto pudo averiguar? —inquirió el otro,
con evidente desilusión.
—No. De vez en cuando me daba yo una vuelta por los
talleres y laboratorios para hablar con los inventores que había por entonces
alojados en el instituto. En el curso de estas vueltas, vi trabajar a Deusto y
presencié, en parte, la construcción del aparato, que, como usted no ignora,
dio un resultado magnífico.
—¿Espera usted poder reproducirlo?
—Con tiempo, sí. Estoy completamente seguro de que cuando
haya terminado de hacer cálculos podré dibujar los planos de un aparato que
haga todo lo que hacía el de Deusto... teóricamente, por lo menos. Después será
cuestión de construirlo y probarlo. Claro está que será preciso afinarlo. Ya
sabe que siempre se presentan ciertas dificultades en la práctica, pero es
fácil superarlas.
—¿Cuándo cree usted que tendrá listos los cálculos?
—Le repito lo que ya le dije. Aseguré que necesitaba tres
días por la menos, aunque bien pudieran ser más. Es posible que mañana haya
resuelto la parte teórica. No obstante, si quiere pasar a verme mañana a estas
horas, le enseñaré hasta dónde he llegado para entonces. También creo que
podré, en ese momento, decirle con mayor seguridad cuándo quedará terminado
todo.
—Bien, volveré mañana a estas horas entonces. Haga un
esfuerzo por terminarlo todo pronto•
—Le aseguro-contestó Trévelez —, que tengo más ganas que
usted de completar mi trabajo. No encuentro nada agradable tener que permanecer
aquí encerrado y quiero conseguir que se me ponga en libertad lo más aprisa
posible.
CAPÍTULO VII
NOTICIAS POR FIN
TRÉVELEZ estaba satisfecho del resultado de la visita.
Había podido observar que el jefe de los secuestradores, se marchaba convencido
de que su prisionero estaba dispuesto a cooperar con él hasta el fin. Y este
convencimiento lo había adquirido no tanto por las cifras que había visto
inscritas en las hojas de papel, sino por la facilidad con que Trévelez había
hablado de sus conversaciones con Deusto. Ahora estaba seguro el director del
Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas que podría ganar todo el
tiempo que necesitara para madura sus planes.
Que la aparente sinceridad de Trévelez había causado una
agradable impresión en los secuestradores, quedó demostrado unos minutos
después. Se presentó uno de los hombres con un reloj de bolsillo, un pantalón,
una camisa y unos zapatos.
La camisa le venía bien de todo menos de cuello, pero
podía llevarla con el cuello desabrochado. El pantalón era un poco corto y
estrecho, lo que no impidió que se lo pusiese. Los zapatos, en cambio,
resultaron un poco grandes, cosa afortunadamente remediable, pues tenía papel
suficiente allí para hacerse plantillas que le permitieron ponérselos.
Dejó el reloj sobre la mesa y, a las doce en punto del
mismo, le llevaron de comer. Se alimentó sin prisas. Su intención era salir de
nuevo por la galería de detrás del altar, pero no sabía si los indios a quienes
diera el mensaje habían podido encontrar a su llegada a maya alguno o si
habrían tenido que rondar toda la noche por los alrededores de Piedras Negras.
Quería dar tiempo a que su mensaje fuera recibido y contestado.
Sería un poco más de la una cuando volvió a tomar la
linterna, se guardó el reloj en el bolsillo e hizo girar el altar. No siguió la
galería de la derecha esta vez, sin embargo, sino la de la izquierda. Quería
saber en qué estado se encontraba, por si tenía necesidad de hacer uso de ella
alguna vez.
Pocos metros de ella había recorrido, cuando hizo un
descubrimiento. La pared derecha del túnel estaba hundida, pero hacía el otro
lado, de suerte que no obstruía el paso. En lugar de seguir por la galería, se
introdujo por el agujero y, haciendo equilibrios sobre los escombros, pronto se
dio cuenta de que lo que había sospechado era cierto. Era de aquel lado de
donde procedían los escombros que tapiaban la galería central, pero habían
caído de tal forma, que no impedían el paso de una galería a otra y, lo que era
más importante, el hueco quedaba por detrás de la obstrucción. Decidió, por
consiguiente, explorar la galería central, ya que se le presentaba ocasión de
hacerlo.
No encontró más lugares desmoronados en todo el camino y,
al desembocar en la cámara del templo central, encontró que todo el teocalí se
hallaba en mejor estado de conservación que el que visitara el día anterior.
Recorrió los pasillos hasta la escalera ascendente, por la
que subió sin tropiezo. La cámara de arriba tenía techumbre y paredes y la gran
sala de la meseta, aunque hundida en algunos lados, estaba poco menos que
intacta comparado con la del templo de la derecha y la de la pirámide.
Salió a la meseta. Ésta no se había librado de la invasión
de la selva, y de tal suerte habían arraigado árboles y plantas sobre la propia
meseta y los lados, que, a pesar de hallarse mejor conservado, el templo estaba
mucho más oculto que los otros. Pudo observar incluso que encima del mismo
habían echado raíces tres árboles que contribuían en gran manera a esconderlo.
Bajó de nuevo y volvió a la galería, recorriéndola hasta
llegar a la obstrucción. Al pasar a la galería de la izquierda, consultó el
reloj. Más valdría, pensó, dar un poco de tiempo más a los que esperaba. Con
esta intención, echó a andar por el túnel aquel, decidido a explorarlo también.
Era el único que le faltaba conocer. Tenía tiempo para hacerlo.
Estaba bastante deteriorado, pero transitable. Llegó al
final, quitó las cuñas, empujó el muro. No bien se abrió la puerta secreta y
cuando estaba a punto de entrar en la cámara, oyó un ruido lejano que le obligó
a detenerse y prestar atención. El sonido era demasiado débil para que pudiera
identificarlo con seguridad, pero le pareció algo así como el de un motor.
Aquel ruido suponía la proximidad de seres humanos.
Hubiera querido investigarlo, pero comprendía que era una imprudencia hacerlo.
Si avanzaba con la linterna, ésta sería visible a gran distancia en la
oscuridad. Si lo hacía sin ella, se exponía a caer en algún hoyo, a tropezar
con escombros, a producir ruido que delatara su presencia. Y, de ser
sorprendido allí, no sólo se echarían a perder todos sus planes, sino que
correría peligro de muerte.
Optó por dejar la exploración del tercer templo para más
adelante, cerró el muro y deshizo lo andado hasta llegar al punto de conjunción
de las tres galerías. Luego tiró por la de la derecha, como el día anterior.
Nada obstruyó su paso. El muro del fondo cedió a la
presión de su cuerpo. Pasó a la cámara, recorrió los pasillos. Llegó a la
estropeada escalera.
Apenas se abrió paso por entre la maleza y salió a las
ruinas de la cámara superior, cuando una voz dijo a su oído:
—Aquí estamos, jefe.
El hecho de qué la voz pareciera surgir del aire, de que
no hubiera persona alguna visible, no pareció extrañar a Trévelez.
—¿Habéis traído lo que os pedí? —inquirió.
—Aquí está todo-le respondió la voz.
Y sintió que le acercaban un maletín a la mano.
Lo tomó y dijo:
—¿Cuántos sois?
—Los que pidió usted, jefe. Cuatro.
Y al decir esto, aparecieron de pronto como suspendidas en
el aire, cuatro cabezas. Los enviados del valle oculto parecían ir envueltos en
capas iguales a las de Yuma-capas que habrían transportado hasta allí dentro
del segundo maletín, seguramente.
—Bien-dijo Trévelez —. Tú (señaló a uno de ellos), vas a
encargarte de buscar un campo de aterrizaje que debe haber por los alrededores.
Entérate de lo que hay en él y avísame. Si hay algún avión allí, aprovecha la
primera ocasión que se te presente para inutilizarle. Hazlo de manera que
cueste trabajo averiguar lo que le pasa y arreglarlo, pero de tal forma que, de
necesitarlo nosotros, podamos tenerle en condiciones de volar en unos minutos.
¿Comprendes?
—Sí, jefe.
—Permanece vigilándolo si lo encuentras. Notifícame el
número de hombres que hay en él o que se acerquen a él.
—Bien, jefe.
—Nada más. Ya te daré nuevas instrucciones si es preciso.
Puedes marcharte.
La cabeza desapareció y, aunque se oyó un leve rumor entre
las ramas, delatando el paso del que había marchado, no se vio en ningún
momento parte alguna de su cuerpo, cosa extraña, puesto que lo más natural era
que las ramas separaran alguna vez la capa o que, al alzar el hombre los pies,
ésta se enganchara. Tampoco esto pareció llamar la atención del director del
Instituto, que, encarándose con los otros tres hombres, les dijo:
—Seguidme.
Bajó la escalera, recorrió los pasillos, volvió a la
cámara de abajo, abrió la puerta secreta.
Caminó en silencio seguido de los tres hombres. Al llegar
a la confluencia de las tres galerías, se detuvo. Explicó primeramente lo que
había oído al final del túnel de la izquierda. Luego ordenó a uno de los tres:
—Ve a ver qué hay allí. Ten cuidado. Si eres descubierto
fracasará mi plan.
—No seré descubierto, jefe.
El hombre marchó.
Antes de seguir adelante, Trévelez depositó el maletín en
el suelo y lo abrió. Estaba lleno. Contenía, entre otras cosas, una pistola,
municiones, varios estuches, un reloj de pulsera, una pila eléctrica de
bolsillo, un auricular del tamaño de una avellana, de los que había inventado,
el propio Trévelez y... algo que merece párrafo aparte.
En un rincón del maletín había dos prendas. Una de ellas
era una copia exacta de la maravillosa capa inventada por el director del
Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas, capa que tenía la virtud
de hacerle invisible.
Negra por un lado, la capa refractaba los rayos luminosos
por el otro sin reflejarlos, por lo que todo lo que bajo ella se hallaba
desaparecía de la vista. Bastaba que, volviese la capa del revés del derecho
para hacerse visible o desaparecer como humo disipado por el viento. Y era de
un tejido tan tenue, a pesar de ser muy fuerte, que una vez doblada, apenas
ocupaba sitio y podía meterse holgadamente en un bolsillo.
Eso fue lo que hizo Trévelez con ella en aquel momento. La
sacó, la dobló y la guardó en el bolsillo del pantalón, donde ni siquiera se
notó su bulto.
La segunda prenda explicaba por qué el roce de las ramas
no había dejado parte alguna visible del cuerpo del recién llegado del valle.
Era una especie de mono, mejor dicho, una especie de traje de buzo, puesto que
el pantalón terminaba en unas botas que formaban parte integrante del conjunto.
Este traje, que tenía las mismas propiedades que la capa, reunía en sí algunas
otras ventajas. Tenía la consistencia del cuero, pero era flexible como piel de
ante. Las extremidades eran mucho más gruesas aún, hasta cerca de la rodilla, y
la bota era tan invisible por la parte de la suela como todo el resto del
traje.
Gracias a todo esto, el que lo llevara puesto podía
moverse con entera libertad, sin temor a que movimiento alguno suyo, por brusco
que fuera, pudiera dejarle al descubierto. Podía subirse a los árboles sin
perder su invisibilidad y era el traje lo bastante grueso para resistir el roce
de las ramas sin rasgarse y para proteger a quien lo llevara contra las
mordeduras de serpientes y los zarpazos de las fieras, cuyas garras, por
afiladas que fueran, no podían perforarlo.
Era el traje ideado por Trévelez para poder viajar,
invisible, por la selva. Y, naturalmente, carecía de una de las propiedades de
la capa, no podía doblarse, como ella, hasta quedar reducido al bulto de un
pañuelo. Era voluminoso, pero, teniendo en cuenta el uso a que estaba
destinado, eso era lo de menos.
Dejó el traje de momento dentro del maletín y sacó el
reloj. Para los lectores de esta colección, el reloj en cuestión no tiene ya
secretos. Es un poco más grande y bastante más grueso que un reloj de pulsera
corriente, pese a lo cual, su maquinaria ocupa escasamente la tercera parte de
la caja. Debajo de la esfera, una serie de minúsculos electroimanes y de piezas
extrañas convertían el reloj en maravilloso receptor y transmisor
radiotelegráfico. Sólo recibía y transmitía en Morse, y una pequeña palanca que
sobresalía de la parte de atrás marcaba los puntos y las rayas haciendo una
leve presión sobre la piel.
Últimamente, Trévelez lo había dotado de un nuevo
perfeccionamiento. Acoplando al reloj el minúsculo auricular que hemos
mencionado, podía recibir los mensajes que fueran «hablados» ante un micrófono
en el punto de emisión, lo que resultaba más rápido y menos engorroso que el
procedimiento de puntos y rayas. Y si se llevaban puestos al propio tiempo los
botones o adornos televisores, invención del propio Trévelez, toda conversación
sostenida en sus inmediaciones era captada por dichos botones y transmitidas en
la misma onda televisora, de suerte que, allá en casa de Garvez, en Barcelona,
o, en cualquier otra parte que hubiese una instalación adecuada, no solamente
podían escucharse tales conversaciones, sino que podía verse el lugar en que se
celebraban en una pantalla fluorescente. Este invento le había hecho posible a
Trévelez conversar normalmente con los agentes de Yuma y ver, al propio tiempo,
todo lo que ellos vieran. Cuando las circunstancias no permitían hacer uso del
televisor o del auricular, siempre quedaba el recurso de emplear el
procedimiento Morse.
Trévelez, en aquellos momentos, no podía llevar cosa
alguna a la vista que no le hubiera sido dada por el jefe de los
secuestradores, pero, como no quería hallarse por más tiempo sin el reloj por
lo menos, había encontrado una manera de solucionar el problema. Creyendo que
tendría que conformarse con ir en traje de baño, había pedido que el reloj que
le enviasen llevara una correa larga, lo bastante para darle la vuelta al
cuerpo. Lo llevaría a la cintura, debajo del traje de baño, y recibiría los
mensajes que se le enviaran por presión contra la piel del vientre.
En vista de que le habían dado un pantalón, sin embargo,
cortó parte de la correa y, en lugar de sujetárselo a la cintura, se alzó la
pernera del pantalón y se lo colocó en el muslo. Esto tenía la ventaja que
había menos peligro de que fuera descubierto y, sin embargo, dejaba el reloj en
un lugar fácilmente asequible sin llamar la atención para expedir él mensajes
si le convenía.
Como aún tenía tiempo antes de que le llevaran la cena,
decidió expedir su primer mensaje desde la galería misma, para poder hacerlo
hablando en lugar de recurrir al Morse.
Con dicho fin, acopló el auricular al reloj y a la pila
eléctrica de bolsillo, se lo encajó en el oído y usó uno de los botones
televisores que había en el maletín para hablar él y permitir que su
interlocutor pudiera verle la cara.
Hecho esto, oprimió la corona del reloj de pulsera,
llamando:
—A... A... A...
Comprendía que Garvez y los demás agentes estarían
consternados por su desaparición y quería tranquilizarles.
No tardó en recibir contestación.
—A-marcó la palanquita.
—Use pantalla-ordenó Trévelez.
—Ya-le respondieron a los pocos instantes.
El hecho de que la pantalla funcionara, suponía que Garvez
podía oír cuanto dijese, conque, abandonando el reloj, dijo:
—Puede usted hablarme, Garvez. Llevo auricular de momento.
Sonó en sus oídos la voz del jefe de los agentes, voz que
en vano intentaba disimular su emoción y su alegría.
—¡Jefe! ¡Si no lo estuviera viendo no creería que era
usted! ¡Hemos pasado momentos muy amargos! Pudimos dar con sus huellas parte
del camino, pero las perdimos...
—Dispongo de poco tiempo ahora, Garvez, informe.
Trévelez cambió de tono, convirtiéndose en el disciplinado
jefe de agentes de siempre. En pocas palabras explicó cómo había sido
descubierta su desaparición, todo cuanto se había hecho por dar con su
paradero, lo que habían podido averiguar de la ruta seguida por el avión en que
le llevaban los secuestradores. Terminó mencionando la preocupación que habían
tenido todos, en especial la doctora Arana y Samara, que no hacían más que
presentarse en su casa a proponerle nuevos medios para encontrarle.
—La doctora se halla aquí en este momento-terminó diciendo
—. Le está viendo en la pantalla. Y en mi vida he visto mayor alegría reflejada
en un semblante.
Trévelez sonrió con ternura, a pesar suyo.
—Ánimo, Dolores-dijo, con dulzura —. Estoy sano y salvo.
No es tan fácil matarme a mí, como algunos creen.
La doctora le contestó con unas palabras casi
ininteligibles. Era tan grande su emoción que apenas podía hablar.
—Y ahora-prosiguió Trévelez —, voy a contarles en breves
palabras lo sucedido. El tiempo apremia. Escuchen.
Contó lo más concisamente posible cuanto le había
ocurrido.
—¿Qué órdenes hay? —inquirió Garvez, cuando hubo
terminado.
—De momento, ninguna. Es decir, sí, hay una. Que nadie,
fuera de los agentes, sepa una palabra de que se conoce ya mi paradero. Avise a
todos. Estos hombres deben tener agentes en España, y si corriera la noticia de
que se sabe dónde estoy, llegaría inmediatamente a sus oídos y todo se echaría
a perder. Tengo indicios de que poseen una estación radiotelegráfica.
—Alguien debiera marchar allá, jefe. Cuando Samara se
entere, trabajo me va a costar sujetarle.
—Perdería el tiempo viniendo. Antes de que él o ningún
otro pueda llegar, es muy posible que esta aventura haya tenido ya su
desenlace. En cuanto a ayuda se refiere, ya la tengo. Me hice mandar hombres
del valle junto con el reloj y el televisor que estoy usando. Tengo a cuatro a
mi lado en este instante. Que no se mueva nadie de allí a menos que dé yo
órdenes contrarias. Es muy posible que haya que cazar a alguno allí también
dentro de poco. ¿Ha comprendido?
—Sí, jefe.
—Si tuviera algo que decirme en algún momento, recurra al
Morse. No podré usar el televisor ni el auricular mientras finja ser
prisionero.
—Bien, jefe.
—Adiós, pues... Adiós, Dolores...
—Hasta pronto, jefe. Si no vuelve pronto iremos a
buscarle.
Trévelez volvió a sonreír. Luego soltó el televisor y
desconectó el auricular.
Tomó la pistola y dijo, entregándosela a uno de los
agentes que tenía a su lado.
—Tú permanecerás cerca de mí en todo momento a menos que
te ordene yo lo contrario. Guárdame la pistola. Es conveniente que la tenga a
mano, pero, no puedo llevarla yo encima.
El hombre obedeció.
Trévelez cerró la maleta de nuevo y los tres volvieron a
ponerse en marcha.
Al llegar a la pared del fondo, depositó el maletín a un
lado y, abriendo la puerta secreta, entró en la cámara que le servía de
encierro, acompañado de los dos agentes.
CAPÍTULO VIII
PRIMEROS RESULTADOS
UNA vez vuelto el altar a su sitio, Trévelez le dijo al
agente a quien había entregado la pistola:
—Como ya te he dicho, tú no debes moverte de mi lado. En
cuanto a ti (agregó dirigiéndose al otro), aprovecharás el momento en que me
traigan de comer para salir de aquí. Has de seguir al que me traiga la comida y
ver dónde va. Necesito saber cuántos hombres hay en este sitio y todo lo que se
pueda averiguar de ellos. También conviene que sepamos qué instalaciones hay
aquí... a qué se dedica cada uno de los cuartos.
—Bien, jefe.
—Tal vez sea mejor que no salgas hoy. Puedes esperar hasta
mañana por la mañana, salir a la hora del desayuno y volver aquí a la hora de
cenar, a menos que por lo que averigües parezca conveniente que permanezcas
fuera. No obstante, habrá que resolver el problema de la comida para
vosotros...
—La cuestión de la comida es fácil de resolver, jefe. En
primer lugar, todos llevamos alimentos concentrados para tres días, que
podernos usar en caso de apuro. De todas formas, andando por el interior de la
pirámide, puedo dar con la despensa de esta gente y ahorrar lo que llevo. En
cuanto a esperar hasta mañana no es necesario. Supongo que a usted le interesa
averiguar esas cosas lo más aprisa posible. Puedo permanecer toda la noche
fuera. Creo que será más fácil explorar la pirámide mientras todos duermen. Yo,
por mi parte, no tengo sueño.
—Bien. En tal caso sal esta noche.
Así quedó acordado, y el director del Instituto volvió a
ocupar la silla junto a la mesa para hacer una serie de cifras nuevas. Había
tomado una determinación ya. Daría la verdadera explicación a los
secuestradores y se ofrecería él mismo a construirles el aparato emisor. Con
ello ganaría todo el tiempo que fuera preciso. Riesgo no corría ninguno. No
pensaba dar lugar a los hombres a que aprovecharan lo que él les revelara.
No obstante, aun en el supuesto de que alguno de ellos
pudiera escapar con el secreto, de nada le serviría. De la conversación
sostenida con el jefe, Trévelez había deducido que éste creía que bastaba el
aparato emisor para conseguir los resultados apetecidos. Creía que el aparato
condensaría las ondas y las proyectaría directamente. En realidad, como no
ignoran aquellos de nuestros lectores que han leído «Una conspiración
diabólica», era preciso hacer uso de un condensador en el punto en, que se
concentraran los rayos, detalle que no se les había ocurrido a los
desconocidos.
Por consiguiente, aun construyendo un aparato enteramente
igual al de Deusto, ningún daño podría hacerse con él. Si era preciso llegar a
hacer pruebas para ganar aún más tiempo, ya se las arreglaría para salir airoso
de ellas o, si esto no era posible, encontraría una excusa que convenciera a
sus secuestradores.
Éstos no desconfiarían ya de él, puesto que no habrían
podido hallar intento alguno de engañar ni en sus cálculos ni en sus planos.
Continuó trabajando hasta la hora de cenar. El agente
señalado para llevar a cabo esa tarea salió inmediatamente que se abrió la
puerta.
Aun no había tenido tiempo de empezar a cenar Trévelez,
sin embargo, cuando sintió contra el muslo la presión de la palanquita del
reloj de pulsera. Se metió la mano en el bolsillo y, por el agujero que había
hecho en el forro, alcanzó la corona del reloj y dio la contraseña que
anunciaba que estaba preparado para recibir el mensaje.
La palanquita se puso a deletrear:
—XV... Grupo electro generador a gasolina instalado
teocalí izquierda. Habitaciones sirven almacén gasolina, municiones,
provisiones, piezas distintas clases. Hay camas para cuatro hombres. Sigo
investigando.
—Bien.
—¿Ordenes?
—Ninguna nueva. Continúe e informe.
Terminó la comunicación. El agente la cerró —emitiendo de
nuevo las mismas dos consonantes que al principio. La X era la contraseña del
agente; la V indicaba que pertenecía al valle. Así no había peligro que se le
confundiera con el agente X de cualquier otro sitio.
De lo que había dicho, Trévelez sacó varias conclusiones.
Era evidente que el ruido que oyera él al abrir la puerta secreta de la cámara
era el del motor de gasolina. Así resultaba que la electricidad de que había
hablado el jefe de los secuestradores se generaba en el templo de la izquierda
y no en la pirámide. ¿Por qué? Seguramente porque éste resultaba más asequible
desde el lugar de aterrizaje de los aviones..
El trasladar el grupo generador y el combustible desde el
aeródromo hasta la pirámide resultaría muy pesado y difícil y por eso se habría
escogido el teocalí aquel para la instalación. No era de creer, sin embargo,
que la estación radiotelegráfica estuviera instalada cerca del grupo generador.
El jefe y algunos de los hombres se habían trasladado a la pirámide por estar
más escondida y ofrecer un refugio más seguro, pero no se resignarían a estar
incomunicados con el mundo exterior. La estación de radio tenía que estar
allí-lo que suponía que había sido tendido un cable desde el teocalí para
suministrar la corriente. No recordaba haber visto rastro alguno del cable en
cuestión al salir a la meseta en compañía de sus carceleros, pero eso no quería
decir nada. Resultaba muy fácil ocultar una cosa así entre la maleza.
Mucho hubieran dado aquellos hombres por conocer la
existencia de los pasadizos subterráneos que establecían comunicación entre los
dos monumentos Era evidente que no tenían la menor noticia de ello. Hubiera
sido imposible tender un cable por la galería sin que se viese y, además, éste
hubiese tenido que entrar en la pirámide por el altar... y allí no había ningún
cable. Además se había cedido a la petición suya, encerrándole en aquella
cámara. De haber sabido los secuestradores que existía comunicación entre ésta
y el exterior, jamás le hubieran permitido ocuparla. Un detalle más: para pasar
de un monumento a otro por los túneles, era preciso cruzar la cámara en que se
hallaba Trévelez-y nadie había cruzado por allá.
Terminó de cenar en el momento en que la palanquita
marcaba una nueva llamada. Aquella vez era el agente BV el que había recibido
la orden, allá en teocalí de la derecha, de buscar el aeródromo y vigilarlo.
El mensaje suyo acabó de aclarar muchos puntos. Decía:
—Hallado campo aterrizaje. Es un claro en la selva delante
mismo del templo de la izquierda. Templo parece servir de almacén. He visto a
dos hombres. Tardé en descubrir avión porque está metido en un hangar
construido entre árboles al borde del claro y tan bien disimulado que parece
parte de la selva misma. Templo resultará invisible desde el aire también por
estar cubierto de maleza. Los dos hombres limpian y engrasan avión. Aguardo
ocasión propicia para inutilizarlo, pero ésta no ha llegado aún. Órdenes. BV.
La contestación de Trévelez fue breve.
—Continúa vigilando-dijo —. Inutiliza al avión cuando
puedas. No es necesario entres en teocalí izquierda. XV allí ya. Si hay algo
nuevo notifícamelo. De lo contrario, aguarda a que yo te mande instrucciones.
TH.
Con los datos recibidos de los dos agentes podía formarse
una idea de la situación. Los aviones aterrizaban en el claro y su carga era
trasladada al teocalí donde se guardaba también el combustible necesario para
aprovisionar al propio avión y para el funcionamiento del grupo electro
generador. Los cuatro hombres allí alojados cuidarían, por turnos, del motor y
se encargarían de llevar a la pirámide lo que en ésta se pudiera necesitar,
conservando lo demás allá.
La pirámide servía de albergue al jefe a los técnicos,
posiblemente, así como algunos hombres para escoltarles y hacer las guardias.
Podría comprender mejor la organización cuando tuviese novicias del tercer
agente, que no había dado aún señales de vida-ni era fácil que las diera hasta
transcurrido algún tiempo.
*****
A eso de las once, XV volvió a llamar anunciando que había
podido asomarse al exterior del teocalí. Describió el campo de aterrizaje que
había delante del mismo aproximadamente igual que lo había hecho EV. Por lo
demás, no tenía nada nuevo que decir. Los hombres que ocupaban la antigua
construcción de piedra medio sepultada bajo la vegetación, eran cuatro, en
efecto, como dedujera del número de camas encontrado. Dos de ellos se habían
acostado ya. Los otros dos parecían a punto de imitarles. XV pedía nuevas
órdenes.
—Tu compañero vigila el teocalí y campo de aterrizaje
desde fuera. Nada puedes hacer de momento. Mejor será que te retires a la
galería y duermas. Alguien tendrá que relevar a los que vigilan. Duerme cuatro
horas. A las tres de la mañana baja al aeródromo y vigila desde fuera,
teniéndome al corriente de si llega algún otro avión o de cualquier movimiento
que observes. Avisaré a BV para que a las tres se retire a dormir. Así
descansaréis algo los dos. Puede hacer falta, en cualquier momento, que estemos
todos lo más descansados posible.
—Bien, jefe.
Trévelez se puso en contacto con BV y le dijo que se
retirara a dormir a las tres de la madrugada, puesto que a esa hora habría otro
vigilando. Luego aconsejó al agente que le acompañaba que se echara a dormir
debajo de la mesa y se acostó él también. Si el que rondaba por el interior de
la pirámide tenía algo urgente que comunicarle, ya le despertaría a la presión
de la palanquita, porque tenía el sueño ligero. Si no había nada de particular,
BV no daría su informe hasta la mañana siguiente.
A las once y media, el director del Instituto de
Inventores e Investigaciones Científicas se había quedado dormido.
A la mañana siguiente, cuando estaba desayunando, oyó una
voz que le decía al oído:
—SV está de vuelta, jefe.
—Informa-respondió él.
—Durante la noche, he podido recorrer todo el interior de
la pirámide. Hay seis hombres en total. Uno al que llaman el jefe, otro al que
se refieren con el nombre de “El Profesor”; al tercero le llaman «Mecánico», y
es una especie de carpintero y mecánico en una pieza; el cuarto es el
radiotelegrafista, y le llaman “Chispas”. Los otros dos sirven para todo,
haciendo más bien de escolta y de guardianes. Los llaman, respectivamente,
“Vigilante” y “Sereno”. Por lo visto, son poco amigos de pronunciar nombres, aun
entre ellos. Tal vez sea una precaución para que se acostumbren y no se le
escape a ninguno el nombre verdadero de otro ante extraños.
—Seguramente-insistió Trévelez —. ¿Qué más?
—En una de las habitaciones duermen el jefe, el profesor y
el telegrafista.
En otra tienen camas los guardianes y el mecánico. El
cuarto en que está instalada la estación emisora y receptora es, al propio
tiempo, taller, aunque no se ven muestras de que se haya usado como tal aún.
Seguramente lo tienen preparado para construir el aparato. Es el único cuarto
que tiene instalada luz eléctrica, pero no se usa apenas, de momento, para
ahorrar corriente.
«El telegrafista está generalmente ante su aparato, pero
no siempre. (Y digo eso porque esta mañana, cuando yo entré aquí, él no se
había acercado al aparato aún). Seguramente no esperan mensajes de importancia,
de lo contrario habría alguien de guardia allí día y noche. El mecánico es
telegrafista también. Anoche fue él quien estuvo sentado hasta la hora de
acostarse ante el aparato.
»Hay una cámara que hace veces de almacén. En ella tienen
algunas piezas sueltas, armas, municiones y provisiones. Abunda la carne seca o
tasajo y las conservas entre estas últimas. Cuando quieren hacer algo caliente
preparan fuego fuera o cocinan con una estufa de gasolina en el cuarto-almacén.
He visto la estufa y también he hallado cenizas y tizones en la meseta de la
cima. Los demás cuartos están vacíos.»
—Mucho has descubierto en una noche.
—No he parado. Por suerte las puertas de todos los cuartos
están abiertas menos la de éste. He hecho numerosas visitas a uno y otro.
—¿No has sorprendido conversación alguna que nos dé una
idea de los planes que tiene esta gente?
—No. Mi principal empeño ha sido enterarme de lo que había
dentro de la pirámide primero. He oído hablar a unos y otros, claro está, antes
de que se acostaran, pero nunca de nada interesante. Lo que he escuchado sólo
ha servido para que sepa cómo se llaman los unos a los otros.
—¿No tienes ninguna otra cosa más que decir?
—No, jefe. Espero sus órdenes.
—Explícale a tu compañero exactamente dónde está cada una
de las cosas que me has dicho, y el aspecto de los distintos personajes. Él ha
descansado y puede pasarse el día, o parte de él por lo menos, vagando por los
pasillos. Cuando lo hayas hecho, hazte cargo de mi pistola, tiéndete bajo la
mesa y descansa. Si te necesitara para algo ya te despertaría.
—No necesito dormir, jefe.
—Puede ser necesario quedarse sin dormir más adelante y
quiero que estés en condiciones de hacerlo. Ahora que puedes, duerme.
SV no discutió más la orden recibida. Explicó rápidamente
a su compañero todo lo que había visto, aceptó la pistola de Trévelez que éste
le entregaba y se tendió debajo de la mesa.
KV, el agente que se había pasado la noche en la cámara
con Trévelez, observó:
—Supongo que no podré salir hasta que le traigan a usted
la comida.
—Creo que podrás salir antes. El jefe prometió acercarse
esta mañana a ver qué progresos había hecho. Prepárate a salir. No creo que
tarde ya.
CAPÍTULO IX
LOS PLANES EMPIEZAN A DAR FRUTO
HARÍA cosa de media hora que se había dormido SV, cuando
se abrió la puerta y entró el jefe en la cámara. Aprovechando el momento, KV
salió antes de que volvieran a cerrar.
—Quedamos, señor Trévelez-dijo el hombre —, que viniera a
verle esta mañana.
—En eso quedamos, en efecto.
—Veo que le han entregado las cosas que mandé para usted.
Y observo que ha podido ponérselas.
—No me están a medida, precisamente-sonrió Trévelez —;
pero, sirven para tapar mis desnudeces por lo menos. Los zapatos son grandes,
pero estoy mejor con ellos que descalzo.
—Me dijo usted ayer... —empezó a decir el hombre.
—Que hoy podría darle, probablemente, una idea del tiempo
que iba a tardar en tener mis cálculos hechos-dijo Trévelez, sin dejarle
terminar.
—Y... ¿puede hacerlo?
—Puedo hacer mucho más. Creo poder prometerle no sólo que
terminaré los cálculos hoy mismo, sino que mañana tendré hechos los planos del
aparato, de forma que, por la tarde, puede iniciarse su construcción si usted
quiere.
—¡Magnífico! —exclamó el hombre, con evidente
satisfacción—. ¿Puedo ver hasta dónde ha llegado?
Trévelez le entregó unas hojas de papel, que el jefe de
los secuestradores examinó atentamente, devolviéndoselas después sin hacer
comentario alguno referente a ellas.
—¿Cuándo puedo volver por aquí? —preguntó.
—Será mucho mejor que me deje completamente tranquilo ya
hasta que haya terminado. Si sufro interrupciones tardaré mucho más.
—¿A qué hora cree usted que será eso?
—Mañana al mediodía lo tendré todo terminado.
—¿Los planos también?
—Los planos también.
—¿Cuándo puede empezar su construcción?
—Después de comer mismo si ustedes quieren y están
preparados.
—¿Si estamos preparados?
—Quiero decir si tienen todo lo necesario para que se
empiece.
—Ya... Es posible que no tengamos aquí todas las piezas,
en efecto, pero es cuestión de media hora traer aquí las que falten.
Naturalmente, hasta que nos dé los planos, no podemos saber con exactitud las
piezas que va a necesitar.
—Ya le he dicho que se los entregaré mañana al mediodía.
—A esa hora veremos qué es lo que nos falta para poder
trabajar. ¿Le parece bien que le lleve al taller mañana a las tres?
—Cuanto antes mejor. Tengo ganas de salir de aquí.
—Eso dependerá de usted. En cuanto hayamos visto funcionar
el aparato, cumpliremos nuestra promesa. Será trasladado a España. ¿Cuánto
tiempo cree que tardará en construirlo?
—Dos o tres días... siempre que tenga todo lo que
necesite.
—Naturalmente.
—Luego habrá que probarlo.
—Sí..
—Y afinarlo. Es muy probable, que al ponerlo en marcha nos
veamos obligados a introducir algunas leves modificaciones antes de que cumpla
su misión como es debido.
—Eso es cosa prevista.
—Si, todo marcha bien, calculo que dentro de tres días...
cuatro, alargándolo mucho, habrá llegado el momento de que cumplan su parte del
contrato.
—Lo cumpliremos, pierda cuidado.
—Y ahora-prosiguió Trévelez —, opino que sería mejor que
me dejara solo. Queda bastante que hacer para tenerlo todo listo para mañana al
mediodía y no es cosa de perder tiempo.
—Tiene razón-asintió el jefe —. Hasta mañana, pues. Y
afine mucho, señor Trévelez, para que pueda volver a España lo antes posible.
Se marchó, cosa que Trévelez había estado deseando porque
hacía un rato que notaba la presión de la palanquita del reloj.
En cuanto estuvo solo contestó. Era BV el que llamaba.
Pedía órdenes.
—Vuelva a vigilar el campo de aterrizaje-le contestó.
Y a continuación llamó a XV, ordenándole que volviese al
teocalí si le era posible y pasara el tiempo escuchando la conversación de los
cuatro hombres allí alojados. No había ninguna otra cosa que hacer de momento.
Llegó la hora de comer sin que KV hubiese hecho acto de
presencia. SV se había despertado ya y paseaba su invisible cuerpo por el
cuarto.
A las dos, Trévelez contestó a una llamada de KV.
—Por lo que oigo-dijo éste —, parece ser que ha de llegar
un avión esta tarde de la ciudad de Méjico. No sé lo que traerá ni a qué viene,
pero he creído conveniente notificárselo en seguida.
—Has hecho bien, gracias-respondió él.
—Ordenes.
—Siguen en pie las que le di.
KV se retiró. Trévelez empezó a marcar:
—AV... AV... AV...
AV era el anciano al que los indios habían entregado el
mensaje de Trévelez en el valle oculto.
—AV-llegó la contestación.
—Avión próximo llegar procedente Ciudad de Méjico. Avise
allá. Cuando aterrice aquí y sepa sus características se las comunicaré, así
como hora en que despegue de aquí. Transmítalas entonces a Ciudad Méjico para
que se vigile. Si logran verle llegar, que descubran dónde aterrizó y de quién
es. TH.
En cuanto hubo cortado la comunicación se puso en contacto
con BV nuevamente.
—Se espera-le dijo —, la llegada avión Ciudad de Méjico.
Notifícame en cuanto aparezca dándome sus características, Y, en cuanto vuelva
a despegar, avísamelo también.
—Bien, jefe.
XV recibió el mismo aviso aunque al hablar con éste
agregó:
—Si descarga algo, procura enterarte de lo que es y
comunícamelo. Supongo que lo meterán en el teocalí.
—Bien, jefe. ¿Algo más?
—Nada más.
A media tarde BV anunció la llegada de un avión monomotor
tripulado por dos hombres. Llevaba los colores mejicanos en el fuselaje y
debajo de las alas. El agente pudo dar su número incluso. Trévelez transmitió
inmediatamente dichos detalles al valle, y no había hecho más que terminar,
cuando XV le comunicó desde el teocalí que sólo había descargado un bidón
grande de gasolina y unas cajas que debían contener algo frágil, porque las
movían con mucho cuidado. Aun no había podido averiguar su contenido.
En cuanto se hubo completado la descarga, el avión
emprendió el vuelo de nuevo, cosa que Trévelez comunicó al valle en seguida que
lo supo.
Algún tiempo después, supo que las cajas contenían
lámparas especiales, al parecer. De ello dedujo que, para mayor seguridad, el
jefe de los secuestradores había radiado un mensaje a la Ciudad de Méjico
pidiendo más lámparas, en cuanto supo que estarían los planos preparados para
el día siguiente. Quería que el aparato estuviera construido lo más aprisa
posible y había aumentado su surtido de lámparas para que entre ellas
encontrara Trévelez las que necesitara para montar el emisor de ondas de alta
frecuencia.
Se acercaba ya la hora de cenar. SV dijo:
—Jefe, supongo que será mejor que esconda su pistola
debajo de la cama ahora para que la coja KV cuando vuelva. Yo saldré en cuanto
se abra la puerta.
—No-le respondió Trévelez —; no creo necesario que salgas
esta noche por la pirámide. Ya has averiguado cuanto puede averiguarse durante
la noche, y por lo poco que puedas escuchar antes de que los hombres se
acuesten, no vale la pena que salgas. Mejor será que descanséis los dos, por lo
que pueda ser.
—No estoy cansado. Después de todo no hace tanto rato que
he dormido.
—Sigo creyendo que no es necesario que andes por la
pirámide esta noche, no obstante. Pero, si no quieres dormir aún, puedes
relevar a XV y que él duerma un rato. Cuando se despierte, puede ir á relevar a
BV para que descanse él, y como no hará falta guardia en el teocalí tampoco,
vuelves tu aquí a dormir.
El agente asintió y se dispuso a esperar a que volviera su
compañero. Cuando, tras haber sido entrada la cena quedaron solos, BV dio a
conocer su presencia. SV aguardó tan sólo a entregarle la pistola de Trévelez y
luego marchó por la puerta secreta al teocalí para relevar a XV que ya había
sido avisado.
—Informa-ordenó Trévelez a BV.
—Todos los hombres parecen muy animados. Seguramente les
habrá dicho ya el jefe que están a punto de realizar todos sus sueños, aunque
lo habrá hecho en algún momento en que estuviera yo en otra parte, porque nada
he oído. Estando yo cerca del jefe más tarde, se acercó el telegrafista para
decirle que ya había avisado y que el avión llegaría esta tarde. El profesor,
que estaba presente, quiso saber de qué se trataba. El jefe le contestó que
quería ir sobre seguro y que había pedido más material a Ciudad de Méjico. Sé
que el material ha llegado ya.
—¿Qué más?
—El profesor dijo que, según fueran los resultados
obtenidos entre mañana y pasado, habría que empezar a trazar planes
definitivos. El otro le contestó que no corría prisa. Tiempo tendrían de trazar
planes cuando estuvieran completamente seguros del éxito.
—¿Oíste algo más?
—Nada, hasta última hora. Es decir, nada que tuviera nada
que ver con el asunto. Simples comentarios sobre cosas vulgares.
—Y... ¿a última hora?
—“Chispas” preguntó al jefe si debía radiar a España.
—¡Ah! ¿Qué contestó él?
—Que aun no había llegado el momento.
—¿No se dijo nada que permitiera formarse una idea del
lugar de España a donde quería radiar “Chispas”?
—Nada.
—Esa es una de las cosas que nos interesa averiguar. ¿Qué
más oyó?
—Ninguna otra cosa.
Trévelez se quedó pensativo unos momentos.
—Jefe... —dijo el agente, de pronto—.
—¿Qué?
—Podríamos terminar la cosa hoy mismo. Sabemos la gente
que hay aquí y la que se encuentra en el teocalí. Con dar una inyección a cada
uno de ellos mientras duermen...
—Habríamos dejado el trabajo a medio hacer-le interrumpió
Trévelez —. Si hacemos lo que tú dices esta noche, perderemos toda probabilidad
de saber cuántos agentes tienen y dónde se encuentran. Ha sido ese pensamiento
el que ha detenido mi mano desde un principio. Quiero pillarlos a todos. Si me
hubiera conformado con ellos, no hubiera tenido necesidad de haceros vigilar
tanto. No... Hemos de esperar hasta que no haya posibilidad de que se escape
ninguno.
Se sentó a la mesa y se puso a trabajar rápidamente. A las
once tenía terminados ya todos los cálculos. A las doce, los planos habían
quedado hechos también. Quería dejarlo todo preparado aquella misma noche, por
si surgía algo al día siguiente que le impidiese trabajar.
Una vez hubo terminado y puesto que no esperaba mensaje
alguno, decidió acostarse. El agente le imitó.
CAPÍTULO X
EL LIBRITO DE NOTAS
A pesar de haberse despertado mucho antes, Trévelez no se
movió de la cama hasta que le trajeron el desayuno. Desde allí, echado, había
recibido ya mensajes de los otros tres agentes, dando instrucciones a cada uno
de ellos.
Como consecuencia de esto KV y SV se hallaban con él y
este último salió a la pirámide en cuanto se abrió la puerta. Sus instrucciones
habían sido bien claras. Podía rondar por donde quisiera durante la mañana,
escuchando conversaciones con el principal objeto de ver si podía averiguar
algo de los agentes que los secuestradores tenían en el exterior.
En el momento en que sacaran a Trévelez de la cámara, sin
embargo, debía acercarse él al taller y rondar por los alrededores por si
ocurriera algo imprevisto y fuera necesaria su ayuda.
KV, por su parte, debía seguir a su jefe al taller y
colocarse en un sitio en que no estorbase, llevando consigo la pistola de
Trévelez y unas jeringas que habían sacado del maletín oculto en la galería por
si hacían falta.
Desayunó el director del Instituto y la mañana transcurrió
sin novedad.
A la hora de comer, el jefe de los secuestradores se
presentó con el guardián.
—¿Está todo hecho? —fue su primera pregunta.
—Le prometí que se lo tendría todo preparado y he cumplido
mi palabra-le contestó Trévelez.
Y le enseñó las notas y los planos.
—¿Puedo levármelos ya? —inquirió el hombre en seguida.
—Sí.
—Quiero las notas también. No le oculto, señor Trévelez,
que me las voy a llevar para que las lea mi compañero, que tiene conocimientos
más profundos del asunto que yo. No desconfío de usted, pero deseo tener la
completa seguridad de que no nos engaña.
—Puede usted llevárselo todo sin inconveniente alguno. No
les engaño. Usted no ha podido descubrir trampa alguna en mis cálculos porque
no la hay. Su compañero le dirá lo mismo. ¿Cuándo piensa empezar la
construcción del aparato?
—Necesito un rato para que mi compañero examine todo esto.
En cuanto él haya dado su visto bueno, examinaremos los planos e iremos
reuniendo el material para que pueda empezar usted a trabajar. Calculo que,
para cuando haya acabado usted de comer, estará todo listo y podrá empezar usted
cuando quiera. Ni que decir tiene que no es preciso que monte usted el aparato
con sus propias manos. Bastará con que lo dirija.
—Bien. Espero a que vuelva usted, pues. Por mi parte no
tengo inconveniente en empezar el montaje sin perder instante. Cuanto antes
quede acabado todo, mejor.
El jefe volvió a marcharse y Trévelez se puso a comer.
Desde que su agente le había dicho que a uno de los hombres le llamaban el
Profesor, había supuesto que aquél sería el verdadero científico de la
cuadrilla y que nada se haría sin haberlo consultado a él. Por consiguiente,
las palabras del hombre no le habían sorprendido.
Interrumpió su comida para advertirle a KV que, como
medida de precaución, debía salir él en cuanto se volviera a abrir la puerta.
Si esperaba a salir al mismo tiempo que su jefe, se exponía a tener algún
tropezón que delatara su presencia. Sabiendo los hombres que Yuma había
anunciado públicamente su intención de buscar a Trévelez, y no ignorando las
facultades del misterioso personaje, cualquier roce con algo invisible les
haría suponer que era el propio Yuma quien se hallaba allí, con el consiguiente
quebranto para sus planes.
Una vez dadas estas últimas instrucciones terminó la
comida. Pero no volvió el jefe de los secuestradores tan pronto como había
dicho. Hubieron de esperarle durante cerca de una hora más.
Cuando apareció en la cámara, sin embargo, rebosaba
satisfacción. El profesor debía de haberle dicho que las notas parecían una
exposición sincera y perfecta y que los planos parecían estar hechos a
conciencia también.
—Cuando usted quiera, señor Trévelez-dijo —, iremos al
taller.
—Podemos ir ahora mismo, por mí-anunció el interpelado —.
¿Están ustedes satisfechos ya de que no he tenido ni por un momento la
intención de engañarles?
—Mi compañero parece creerlo así-confesó el hombre —; y yo
tampoco he encontrado nada sospechoso en sus cálculos. Tendrá usted que
examinar el material, que tenemos. Está todo en el taller ya.
—Vamos allá, pues.
A pesar de la confianza que el hombre decía tener en
Trévelez ya, no por eso dejó de tomar sus precauciones para que no intentara
escaparse. Dejó que el guardián fuera delante con la linterna, Trévelez detrás,
y él cerró la marcha. Así recorrieron algunos pasillos hasta llegar al taller.
Era éste una especie de sala subterránea, poco más o menos
cuadrada. No tenía puerta. Y estaba brillantemente iluminada por electricidad.
Por lo visto la habían encendido entonces para que Trévelez pudiera trabajar
mejor, aunque éste, acostumbrado a la mortecina luz de las linternas, quedó
deslumbrado al principio y no pudo distinguir nada.
Cuando se le acostumbraron los ojos a la inusitada luz,
observó que contra la pared del fondo había una gran mesa sobre la qué estaba
la instalación radiotelegráfica. La silla colocada delante de ella estaba vacía
en aquellos momentos.
Á uno de los lados había una mesa larga pegada a la pared.
En ella se veían toda clase de herramientas y una potente bombilla la
iluminaba. Contra la pared opuesta había otro banco de trabajo y encima de éste
y en el suelo, alrededor, había piezas de hierro de diversos tamaños, tubos,
planchas de caucho para aislar, lámparas, carretes, y cien mil otras cosas.
Junto a ellas había dos hombres que, por la descripción de
sus agentes, Trévelez comprendió eran el «Profesor» y «El Mecánico», aun antes
de que le fueran presentados.
—Vea usted el material que hay aquí, señor Trévelez-dijo
el «Profesor» —. Si falta algo, lo mandaremos buscar inmediatamente.
El director del Instituto se acercó y fue examinando,
pieza por pieza, todo lo que allí había.
—La mayor parte de estas lámparas-dijo por fin —, no
sirven para nada. Pero veo que, con las pocas que sirven, hay lo suficiente
para nuestro propósito... Hará falta más cable. Y...
Tomó los carretes de pronto y, tras examinarlos todos,
hizo una mueca.
—Ninguno de éstos-anunció —, reúne las condiciones
necesarias.
El jefe de los secuestradores soltó una exclamación.
—¿No es posible aprovechar ninguno de ellos? —inquirió,
decepcionado—. De ésos sí que no tenemos ninguno más. Había tomado toda clase
de precauciones en cuanto a las lámparas se refiere, para asegurarme de que no
faltara la clase que usted necesitase, pero confieso que no había pensado en la
posibilidad de que los carretes fueran inútiles.
—Lo son. Y por completo-aseguró Trévelez.
—Habrá que pedir otros-dijo el “Profesor”.
—Pero no podremos tenerlos aquí ya hasta mañana. Hay que
tener en cuenta...
—¿Para qué vamos a perder el tiempo discutiendo? —le
interrumpió el “Profesor”—. Si no sirven, no sirven. No hay más que hablar. El
señor Trévelez nos dirá exactamente lo que necesita y mañana lo tendremos.
Esperaremos hasta entonces para empezar.
—No es necesario-intervino Trévelez —; podemos empezar hoy
mismo de todas formas. Los carretes empezaremos a montarlos cuando lleguen. De
todas formas, hay muchas otras cosas que hacer antes de que se los pueda
colocar en el aparato y, aunque los tuviéramos, no los necesitaríamos de momento.
—Mejor que mejor-dijo el jefe, con evidente alivio —. Voy
a pedirlos ahora mismo, ¿Quiere usted decirme sus características exactas?
Trévelez lo hizo. El hombre se acercó a la mesa de radio.
También él sabía usarlo, al parecer. Sacó una libreta de notas del bolsillo del
pantalón, la colocó abierta sobre la mesa, posó los dedos en el pulsador y
empezó a llamar.
Mientras seguía examinando el material, Trévelez aguzó el
oído, y tomó nota, mentalmente, de la contraseña de la estación a que se
llamaba. Cuando ésta contestó, el jefe empezó a transmitir, pero Trévelez no
entendió una palabra del mensaje. Evidentemente lo estaba transmitiendo en
clave.
Terminó el hombre y volvió a acercarse al grupo.
—Mañana tendremos esos carretes aquí sin falta-aseguró.
El director del Instituto movió la cabeza en señal de
asentimiento.
—Con eso no basta-dijo —. ¿Dónde están los planos que les
di?
—Tome-dijo el profesor, entregándoselos.
—Aquí he dibujado el bastidor que ha de Servir de base al
aparato. Creo que este señor podrá hacerlo sin ayuda mía-dijo Trévelez, mirando
al mecánico.
—Es cierto-asintió éste, después de haber echado una
mirada al dibujo —. Voy a poner manos a la obra en seguida.
Con el plano delante, empezó a serrar tubos de metal a
medida, mientras Trévelez hacía una selección de los materiales que allí había.
—Vamos a trasladar todo lo que nos sirva al banco de
enfrente-dijo —. Lo demás sólo sirve de estorbo. Pueden llevárselo ya de aquí,
o dejarlo en este banco si quieren.
Empezó a trasladar piezas, y cuando tuvo todas las que le
interesaban al otro lado, empezó a comprobar el estado de las lámparas, los
condensadores, resistencias, etc., con ayuda de los instrumentos de medición
eléctricos y el cuadro de interruptores y de pruebas que había sido instalado
por encima del banco.
Luego, mientras fingía observar los progresos que hacía el
mecánico, se metió la mano en el bolsillo y, oprimiendo la corona del reloj con
disimulo, ordenó al agente que se hallaba en el taller con él:
—No vuelvas a la cámara esta noche. Aguarda fuera. Ya te
daré instrucciones.
El Profesor se ofreció a ayudarle en sus comprobaciones y,
entre los dos, no tardaron en repasar todos los dispositivos eléctricos.
—Más vale-dijo entonces Trévelez —, que ayude ahora al
mecánico a terminar. No puedo hacer nada mientras ese bastidor no esté un poco
más adelantado.
Cuando llegó la hora de la cena, el bastidor había quedado
completamente terminado y habían podido montarse en él ya varias piezas. Se
abandonó el trabajo para cenar y le preguntaron a Trévelez si pensaba trabajar
después. Él respondió negativamente.
—No se adelantaría gran cosa-dijo —. Sería sacrificar
horas de sueño en balde. Continuaremos mañana. Espero que, para pasado, todo
esté dispuesto para empezar a funcionar. El trabajar demasiadas horas sería
forzar la máquina, y cuando llegara el momento de las pruebas definitivas,
estaría demasiado cansado para resolver dificultades si se presentaran.
No se discutió su decisión y fue acompañado de nuevo a la
cámara, donde no tardaron en servirle la cena.
Antes de sentarse a ella, sin embargo, tenía que hacer
algo importante. Llamó a KV por medio del reloj.
—¿Te fijaste en el librito de notas que sacó el jefe
cuando se puso a radiar el mensaje? —le preguntó.
—Sí, jefe.
—Es preciso que te apoderes de él en cuanto ese hombre se
haya dormido. Cuando lo tengas, tráemelo inmediatamente. No tendrás más remedio
que salir de la pirámide con él, atravesar por la selva hasta el aeródromo,
entrar por el teocalí y pasar por la galería. Es muy expuesto intentar abrir
esta puerta. Hace demasiado ruido y podría acudir alguien. No vale la pena
correr el riesgo. ¿Has comprendido?
—Sí.
—Hazlo lo más pronto posible. Tendrás que volverla a dejar
en su sitio antes de la mañana y, entretanto, necesitamos copiar su contenido.
—Bien, jefe. Lo haré tan pronto como pueda. Ahora todo
depende de la hora a que se acueste y de si me es posible meterle la mano en el
bolsillo sin despertarle.
En cuanto hubo acabado de hablar con KV, llamó a SV.
—Quédate toda la noche fuera-le ordenó —. Vigila,
especialmente, el cuarto en que duerme el jefe. KV va a quitarle un librito del
bolsillo. Se lo devolverá antes del amanecer. Pero pudiera despertarse antes de
eso y echarle de menos. Si tal sucediese avisa en seguida y procuraremos
arreglar las cosas de forma que no sospeche lo sucedido.
—Bien, jefe.
Esta precaución de Trévelez no era tan tonta como parecía.
Si el jefe se despertaba y echaba de menos la libreta, lo más probable era que
creyese habérsela dejado caer en algún sitio y que la buscase, sobre todo en el
taller, donde recordaría haberla sacado.
Si Trévelez sabía que la andaba buscando, podría mandar á
su agente con ella para que la dejase caer por alguna de los lugares en que
hubiese estado el hombre, éste, al encontrarla de nuevo, se tranquilizaría.
Jamás se le ocurriría pensar, ni remotamente, en la verdadera explicación de lo
sucedido.
CAPÍTULO XI
SE ADELANTAN LOS ACONTECIMIENTOS
TRÉVELEZ calculaba que el jefe no se acostaría antes de
las doce, y teniendo en cuenta que KV tendría que aguardar a que se durmiese y
aprovechar una ocasión propicia para quitarle la libreta, no era de esperar,
aún en el mejor de los casos, que KV pudiera presentarse en la cámara antes de
las doce y media o la una. Era muy posible que, después de eso, no tuviese
tiempo de dormir y, por consiguiente, decidió aprovechar el tiempo. Se echó
inmediatamente después de cenar, y era tal la costumbre que tenía de dormir
cuando se le presentaba la ocasión, que no le costó el menor trabajo conciliar
el sueño.
Le despertó el propio KV con unos golpecitos en el hombro.
—Traigo la libreta, jefe-anunció.
—¿Qué hora es?
—La una y cuarto.
Trévelez se levantó de la cama. Dijo:
—Vamos a la galería.
Abrió la puerta secreta. Pasaron a la galería. Volvieron a
cerrar el paso. Trévelez buscó la maleta, la abrió y sacó una lámpara eléctrica
de bolsillo. A su luz ojeó la libreta.
—Aquí tenemos la clave que empleó ese hombre para
transmitir su mensaje-dijo —. Y hay dos grupos de letras al lado de las cuales
no hay significado alguno... Uno de ellos lo reconozco: es la contraseña que
empleó el jefe cuando hizo su llamada. Por consiguiente, hemos de suponer que
el otro grupo es una contraseña también.
»Sabemos seguro que esta gente está en comunicación con
una emisora de la ciudad de Méjico y con otra emisora instalada en España.
Puesto que aquí no hay más que esos dos grupos, ello significa que no tienen
agentes más que en esos dos sitios... a menos que comuniquen con ellos por
algún otro procedimiento.
»Ya que las lámparas y la gasolina las trajeron de Méjico,
es lógico creer que los carretes han sido pedidos al mismo sitio... sobre todo
teniendo en cuenta que esperan recibirlos mañana. Por consiguiente, el otro
grupo corresponde a la emisora receptora que tienen en España.
Hojeó y hojeó toda la libreta sin hallar ninguna otra
cosa.
—Mi primera intención-anunció —, había sido copiar todo
esto esta noche, pero he cambiado de opinión. Hay un procedimiento mejor. Voy a
radiar desde aquí el contenido de esta libreta al valle. Lo puedo hacer yo
solo. Mientras lo hago, vuelve tú a la cámara y acuéstate. Ya te despertaré
cuando haya terminado.
—Puedo radiar yo eso, jefe-protestó el agente.
—He de radiar instrucciones al propio tiempo, conque he de
hacerlo yo. De todas formas, yo ya he dormido un rato y podré dormir cuando
acabe si quiero. Tú, sin embargo, has de volver a dejar esta libreta donde la
encontraste. Ve y descansa. Puede ser que cambie por completo mis planes y que
tengamos que hacer muchas cosas antes de que amanezca. Todo depende del tiempo
que tarde en radiar mi mensaje. Ve... El tiempo vuela.
El agente no se hizo repetir la orden. Volvió a la cámara
y se echó en la cama de su jefe. Éste, entretanto, había conectado el reloj al
auricular y a la pila de bolsillo. Se puso el auricular y tomó uno de los
botones televisores. Empezó a llamar:
AV... AV... AV...
—AV-le contestaron.
—Pantalla-ordenó.
—Está puesta-le contestaron al cabo de unos instantes —.
¿Lleva puesto el auricular?
Trévelez dejó el reloj y contestó, oralmente:
—Sí.
Agregando luego:
—Ordenes.
—Escucho.
—Prepare papel y pluma. Va a tener que escribir mucho.
Un momento de silencio. Luego:
—Estoy preparado.
—La organización esta tiene agentes en la ciudad de Méjico
y en España; no sé en qué población de ésta, pero seguramente en Barcelona.
—Ya.
—No creo que tenga agentes en ninguna otra parte, porque
se hubiera preocupado de dotarles de estación radiotelegráfica como a los
demás.
—¿Está seguro de que tales estaciones no existen?
—Por completo, no. Pero en una libreta de la que he podido
apoderarme figuran dos contraseñas nada más. Es de suponer que, si dispusieran
de otras estaciones, estarían apuntadas en ella también.
—Cierto.
—¿Se ha averiguado el paradero del avión que dije?
—Sí. Está vigilado. Los tripulantes han sido seguidos. Se
conoce su domicilio y se sabe ya el nombre de todas las personas con quienes
están en contacto. Se ha descubierto, por añadidura, el lugar en que tienen
emplazada su emisora.
—Magnífico. Esta tarde han mandado a ella un mensaje desde
aquí.. Estaba yo delante y he oído la contraseña. Tome nota de ella.
Citó la contraseña. El otro dijo:
—Ya está anotada.
—En la libreta figuran dos contraseñas, como le he dicho
Esa es una de ellas. Por consiguiente, la otra tiene que ser la de España. Tome
nota.
Le dictó la otra contraseña también.
—El mensaje radiado desde aquí lo fue en clave. Pero sé
que en él se daban instrucciones para que se adquirieran unos carretes que yo
había pedido y que esos carretes serán enviados mañana. La libreta que poseo
contiene la clave completa.
»No sabía yo que hubieran dado ya con el emplazamiento de
la emisora. Mi plan era que, usando la contraseña, la llamara usted desde allí
y sostuviera una conversación cualquiera con ella empleando la clave para no
despertar sospechas. Con ayuda de radiogoniómetros hubiera podido, entonces,
localizarla. Eso es ya innecesario, afortunadamente, puesto que se sabe dónde
está. Pero la clave y la contraseña nos servirán para dar con el lugar en que
se encuentra la estación española.
—En efecto.
—No obstante, ya que le he llamado a usted y para no
perder tiempo dando dos veces las explicaciones, voy a dictarle la clave
entera. Por fortuna no es demasiado larga ni complicada. Usted puede
transmitírselo directamente a Garvez y darle las explicaciones oportunas. Si me
queda tiempo después de dictársela, adelantaré mis planes y daremos el golpe
definitivo esta noche en lugar de aguardar más. ¿Está preparado?
Trévelez empezó a dictar. La operación fue más rápida de
lo que se había esperado. Al terminar, consultó el reloj. Eran las tres y
media. Dijo:
—Hay tiempo para todo. Empiece a transmitir en seguida a
España. Pero antes avise a Ciudad de Méjico para que dentro de una hora
empiecen a hacer limpieza allí. No creo que tenga yo tiempo de acabar aquí
antes.
Cortó la comunicación. Pero antes de volver a la cámara,
sacó el traje invisible del maletín y se lo puso, calándose la capucha y
poniéndose los finísimos y largos guantes que cubrían las manos y parte del
brazo. Anteriormente se había quitado el reloj del muslo, y tras cortar
nuevamente la correa, se lo había puesto en la muñeca.
Se metió en los bolsillos interiores las demás cosas que
contenía el maletín-la pila eléctrica entre ellas-y tras conectar el auricular
de nuevo, se lo encajó en el oído. El traje llevaba varios botones televisores
de forma que no necesitaba el que había suelto.
Una vez preparado, entró en la cámara, se acercó a la cama
y despertó a KV.
—Levanta-ordenó —. No es necesario que esperemos más.
Vamos a terminar esta noche.
KV se levantó.
—¿Tienes las hipodérmicas?
—Sí.
—Bien. Vamos a salir los dos por la galería al teocalí y,
desde allí, cruzaremos la selva hasta la pirámide. Tú me conducirás a la puerta
de la cámara en que duermen los guardianes y el mecánico. Luego te diriges a la
cámara del jefe, el Profesor y Chispas. SV está montando guardia a la puerta de
ese cuarto. Le entregas a SV una de las hipodérmicas y, entre los dos, dejáis
sin conocimiento a los tres hombres. Yo me encargo de los otros tres. ¿Has
comprendido?
—Sí, jefe.
—Ahora, aguarda un momento. Hemos de avisar a todos antes
de salir.
Llamó a XV y a BV, ordenándoles que se reunieran ambos en
el teocalí. Ninguno de los dos tenía hipodérmicas, por lo que Trévelez ordenó a
BV que bajara a la galería, donde él se las proporcionaría. SV fue advertido
también de las intenciones de su jefe y una vez tomadas estas medidas, Trévelez
y KV abrieron la puerta secreta otra vez, y lámpara de bolsillo en mano,
torcieron por la galería de la izquierda.
Cerca del final les salió al encuentro BV, guiado por la
luz de su lámpara, recibió de sus manos las hipodérmicas y les acompañó teocalí
adentro, sirviéndoles de guía, hasta dejarles en la meseta exterior.
Mientras él volvía atrás para reunirse con su compañero,
el director del Instituto y el otro agente bajaron al campo de aterrizaje, lo
cruzaron y se metieron por la selva.
La distancia entre el teocalí y la pirámide no era muy
grande, en realidad, pero la espesura de la selva hacía penosa la marcha, de
suerte que tardaron bastante en llegar a su meta.
KV, que conocía mejor el interior, guió a su jefe hasta la
puerta del cuarto en que dormían los guardianes y el mecánico y le dejó allí,
marchando a reunirse con SV.
Trévelez aguardó unos momentos para darle tiempo a llegar.
Luego entró silenciosamente en la cámara, aguzando el oído. Después de escuchar
unos instantes para asegurarse, por el sonido de la respiración, de que los
tres hombres dormían, se decidió a encender unos segundos la luz para ver dónde
se hallaba cada uno de ellos.
Llevaba ya la hipodérmica en la mano, y no bien hubo
encendido, la clavó en el más cercano, inyectándole la mitad de su contenido. A
renglón seguido, acabó de vaciar la jeringa en el cuerpo de otro de los
hombres. Ambos habían pasado del sueño natural al inducido por el narcótico que
acababan de administrarles.
Con la luz apagada, atento el oído, Trévelez trató de
averiguar si el que quedaba sé había despertado. Entretanto, se guardó la
jeringa vacía y sacó otra cargada.
Cuando, transcurrido un minuto completo, no hubo notado
más ruido que la respiración acompasada del durmiente se acercó a él en la
oscuridad y encendió la luz de pronto, con la hipodérmica preparada. El hombre,
turbado sin duda por la luz, pareció a punto de despertarse. No llegó a
hacerlo, sin embargo, porque, rápido como el pensamiento, el director del
Instituto le vació media jeringuilla en el cuerpo.
No se paró a mirar nada. Aunque no había oído alboroto por
parte alguna, no estaría tranquilo hasta saber cómo les había ido a sus
agentes. Bajó al pasillo sin hacer ruido, pero con la luz encendida, porque no
conocía bien el camino. Y por la luz se enteraron de su presencia SV y KV,
quienes temiendo que alguno de los guardianes o el mecánico se hubiera
despertado antes de tiempo, acudían en su ayuda.
También ellos habían llevado a cabo bien su trabajo. El
jefe y sus compañeros se hallaban sumidos en un sueño del que tardarían en
salir doce horas por lo menos.
Trévelez empezó a llamar a los agentes del teocalí. La
contestación de éstos fue satisfactoria. Los cuatro que les habían sido
encomendados dormían también profundamente.
CAPÍTULO XII
GOLPE FINAL
EMPEZABA a amanecer cuando Trévelez y sus agentes, libres
ya de los trajes que les habían hecho invisibles, terminaron la tarea de dar a
cada uno de los hombres una nueva inyección que asegurara que, al salir de su
sueño, hubieran perdido por completo la memoria.
Todos ellos habían sido trasladados al teocali, pasándoles
por la galería subterránea, tarea mucho más fácil que tener que transportarlos
a través de la selva.
Trévelez y el agente que se había encargado de inutilizar
el avión bimotor, apartado junto al claro, se dirigieron al hangar y, tras un
cuarto de hora de trabajo, dejaron el aparato en condiciones de emprender el
vuelo inmediatamente. A continuación lo sacaron del hangar y bajaron del
teocalí a los diez durmientes. Sólo cuatro de ellos fueron embarcados en el
avión, junto con dos agentes, uno de los cuales hizo de piloto.
El aeroplano alzó inmediatamente el vuelo, y tras
describir unos círculos por encima de la pirámide, puso rumbo al Valle de la
Regeneración.
Unas horas más tarde regresaba vacío, con un solo agente a
bordo. Fueron cargados cuatro durmientes más y un agente, y en su tercer viaje
se llevó a los dos restantes junto con el último agente y Trévelez, que era el
que iba sentado a los mandos esta vez.
Cuando el bimotor hizo un aterrizaje perfecto en el
pequeño aeródromo del Valle, el anciano de quien ya hemos hablado estaba
esperándole.
—¡Bienvenido, jefe! —saludó, al ver saltar a tierra a
Trévelez—. Nos ha tenido usted angustiados. Ha corrido más riesgo del que era
necesario.
—Era imprescindible que lo corriese para poder pillar a
toda la cuadrilla-contestó Trévelez —. ¿Qué noticias hay de la capital?
—Inmejorables. Todos los cómplices de estos hombres han
sido sorprendidos. Espero su llegada aquí dentro de muy poco rato.
—¿España?
—Cumplí sus instrucciones. Radié la clave completa y la
contraseña. Aun no tengo noticias. Pero creo, jefe, que es hora de que
desayune.
—Primero, amigo mío-respondió el director del Instituto de
Inventores —, necesito algo que hace tiempo que no me he dado, a pesar de
llevar debajo de este pantalón un traje de baño. Proporcióneme ropa. Deme
jabón. En mi vida me he sentido más sucio.
*****
Desde el momento en que Garvez y Dolores vieran el rostro
de su jefe en la pantalla fluorescente, no habían vuelto a tener noticias
suyas. Por disciplina aguardaban, que no por ganas. Todos ellos hubieran
corrido a su lado, de no haberlo prohibido él expresamente. Y su desasosiego y
su angustia aumentaban cuando pasaba otro día sin que nada se hubiera sabido de
él.
Jamás había saltado Garvez de la cama con mayor alegría
que la noche en que, por orden del jefe, le radiaban desde el valle oculto.
Corrió a la habitación en que tenía instalada la pantalla, dio a los
interruptores y anotó cuanto le fueron dictando tras haberle explicado lo que
de él esperaba Trévelez.
A pesar de lo avanzado de la hora, Garvez llamó a todos
los agentes para comunicarles la grata nueva de qué el jefe estaba a punto de
volver a España. A los primeros que llamó fue a Samara y a Dolores, porque
sabía que a ellos les produciría mayor alegría que a nadie.
Dolores, al saberlo, le acribilló a preguntas y Garvez
tuvo que jurarle solemnemente que no sabía más que lo que había dicho, para
evitar que la joven se presentara en su casa.
A todos les dijo, sin embargo, que era posible que
tuvieran que movilizarse dentro de unas horas para asistir al último acto del
drama iniciado en el bosquecillo del parque del Instituto de Inventores e
Investigaciones Científicas.
A los últimos que avisó fue a Manrique y Marcos, porque
éstos eran los que mejor situados estaban para lo que tenía que hacer. A ellos
les comunicó las instrucciones del jefe y les dijo que, dentro de una hora,
debían estar preparados para sintonizar sus aparatos con la emisora a la que él
iba a llamar, y descubrir con sus radiogoniómetros la dirección de donde
procedía la emisión.
Y una hora más tarde, según lo convenido, Garvez empezó a
radiar la contraseña de la emisora clandestina. No debía haber nadie de guardia
en aquel momento, porque nadie contestó. El caso estaba previsto, sin embargo,
y no por eso se desanimó. Desde el momento señalado; continuó radiando la
llamada con diez minutos hasta que, al cabo de cerca de dos horas, recibió
contestación.
Con la clave que había recibido, delante, y de acuerdo con
los datos que le habían sido proporcionados, anunció a la emisora, fingiendo
radiar desde América, que todo marchaba bien. Trévelez había acabado por ceder.
El aparato se estaba construyendo. Dentro de muy pocos días podrían empezar a
desarrollar sus planes de acuerdo con lo previsto.
A las preguntas que hizo la emisora contestó con bastante
tino y prolongó la conversación hasta tener la completa seguridad de que
Manrique y Marcos habían tenido tiempo más que sobrado para captar la onda de
la estación aquella.
Terminada la conversación, llamó inmediatamente a ambos,
que le transmitieron la dirección señalada por sus respectivos
radiogoniómetros.
Estos datos, junto con los que él había adquirido, le
bastaron para descubrir, en el plano de Barcelona, que la estación clandestina
se hallaba en Sarria, dentro de una manzana de casas de la carretera del mismo
nombre.
Marcos se encargó de dirigirse allí, y una vez se hubo
asegurado de que, en efecto, allí existía una emisora bastante bien disimulada,
Garvez siguió la segunda parte de sus instrucciones..
Radió una nueva llamada, y cuando recibió contestación,
hizo saber que era conveniente que todos los agentes de la cuadrilla en
Barcelona debían reunirse en la casa de Sarria, a las once de la mañana, hora
en que recibirían allí instrucciones importantísimas y urgentísimas para
empezar a poner en práctica los planes trazados.
Después de eso, los agentes de Yuma fueron llegando a
Sarria y acordonando el edificio sin llamar la atención.
Los miembros de la cuadrilla acudieron a la cita
aisladamente, y a las once en punto había unas doce personas rea unidas en una
sala de la casa del representante del Jefe y del Profesor.
A las once en punto también, Garvez lanzó su llamada de
nuevo. Y empezó, a continuación, a transmitir.
El radiotelegrafista descifró el mensaje y palideció.
Acudió, corriendo con él, a la sala en que todos esperaban las instrucciones
importantes y urgentes. El jefe tomó el papel de sus temblorosas manos y leyó
en alta voz:
«Otros, antes que vosotros, se apoderaron del invento de
Deusto y con él sembraron el terror. Los crímenes que ellos cometieron queréis
repetirlos vosotros, aumentándolos y corrigiéndolos. Cuando los asesinos
aquellos se exaltaron creyéndose dueños del mundo, alguien hizo mil añicos
todas sus ilusiones; alguien que velaba por la Humanidad, que perseguía al
criminal, que le tenía declarada guerra sin cuartel y que salió victorioso
siempre de todos los encuentros que tuvo con los que del crimen quisieron vivir.
«Vosotros, aun menos afortunados que aquellos asesinos,
habéis fracasado antes de empezar. El que hizo añicos las ilusiones de los
asesinos de Deusto ha pulverizado las vuestras, aun sólo en ciernes. Habéis
fracasado vosotros, que soñasteis con ser dueños del mundo y que estáis a punto
de purgar nuestra maldad.»
—¿Quién firma eso? —preguntó, entre iracundo y temeroso,
uno de los concurrentes.
Y antes de que pudiera contestarle su jefe, una voz
terrible dio la contestación:
—¡YUMA!
Un rostro horrible apareció flotando en el aire. Los ojos,
de siniestro brillo, pasearon su mirada por la sala. Una mano sin brazo surgió,
de pronto, de la nada. Y los dedos blanqueaban oprimiendo la culata de una
pistola.
En el silencio que la sorpresa impuso, sonaron unos golpes
en la puerta de la sala.
La cabeza se desplazó. La mano también, aunque sin dejar
nunca de apuntar a los reunidos. Una segunda mano, salida del aire al parecer,
descorrió el cerrojo, hizo girar el tirador.
Entraron cinco hombres armados de pistolas y ocuparon
puntos estratégicos del cuarto. Las manos flotantes desaparecieron. La horrible
cabeza también.
Sonó una carcajada horrible y, simultáneamente, uno de los
criminales sintió un pinchazo y rodó sin conocimiento por tierra. Repitióse la
carcajada, y otro cayó.
Los asistentes a la reunión empezaron a sentirse invadidos
por el pánico. Aquel ser invisible que derribaba hombres como si el rayo
obedeciera a su conjura, les desmoralizaba.
Hubo una carrera general hacia la puerta. Hubiera sido
imposible contener el alud valiéndose sólo de manos y brazos. Los cinco recién
llegados empezaron a disparar fríamente, como si su propósito fuera acabar de
una vez con los doce malhechores. Todo el que era alcanzado caía, por muy leve
que fuese la herida.
Al propio tiempo, el invisible ser seguía atronando el
cuarto con sus horribles carcajadas y cooperando con los tiradores. Tantos
derribaban sus pinchazos como las balas de los otros.
Pocos momentos duró aquello. Ni uno de los doce se hallaba
en pie al cabo de unos minutos. Pero ninguno estaba muerto, ni gravemente
herido siquiera. Las balas de los agentes de Yuma no mataban. Y no tenían
fuerza para hacer más que heridas superficiales. Pero contenían un líquido que
privaba del conocimiento en cuanto rasgaba la piel. Y, como la hipodérmica que
había hecho caer a algunos, producía un sueño que duraba doce horas
aproximadamente.
Antes de que éstas hubieran transcurrido, todos aquellos
hombres habían sido sacados de allí y se hallaban preparados para hacer un
viaje al valle donde llegara horas antes su jefe.
Allá en el Valle, Trévelez conoció el resultado de su plan
de labios de la doctora Arana, que quiso ser quien se lo comunicara, como
excusa para verle y para hablarle.
Y la expresión de Trévelez reflejada en la fluorescente
pantalla mientras la miraba a su vez y la escuchaba, hicieron dar un vuelco al
corazón de la doctora, que ya no podía disimular por más tiempo el profundo
amor que la inspiraba.
FIN
Publicado por: Editorial Molino, octubre de 1945
notes
Notas a pie de página
1 Véase Nº 5 de esta colección


Publicar un comentario