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© Libro N° 4005. El Prisionero De Teocali. Molinero, Rafael. Colección E.O. Julio 22 de 2017.

Título original: ©  El Prisionero De Teocali. Rafael Molinero

 

Versión Original: © El Prisionero De Teocali. Rafael Molinero

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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EL PRISIONERO DE TEOCALI

Rafael Molinero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Existe un edificio grandioso, rodeado de jardines, que ningún hombre de ciencia deja de visitar cuando pasa por Barcelona, y que, goza de merecida fama en el mundo entero. Se halla en las afueras de la ciudad, sobre una colina próxima al monte del Tibidabo y la estructura central del mismo consta de seis pisos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El prisionero del Teocali

CAPÍTULO I

CAPÍTULO II

CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V

CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VII

CAPÍTULO VIII

CAPÍTULO IX

CAPÍTULO X

CAPÍTULO XI

CAPÍTULO XII

Notes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El prisionero del Teocali

G. L. Hipkiss

(como Rafael Molinero)

Yuma/12

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

 

 

EL SECUESTRO DE TRÉVELEZ

EXISTE un edificio grandioso, rodeado de jardines, que ningún hombre de ciencia deja de visitar cuando pasa por Barcelona, y que, goza de merecida fama en el mundo entero. Se halla en las afueras de la ciudad, sobre una colina próxima al monte del Tibidabo y la estructura central del mismo consta de seis pisos.

Una biblioteca, que figura entre las mejores del mundo, ocupa por completo la planta baja. El primer piso contiene una serie de juegos de habitaciones, compuestas de alcoba y despacho. En los demás se alojan, estudian y trabajan, especialistas en todos los ramos del saber humano. Esta estructura es completamente cuadrada y en el centro de la misma hay un gran patio estilo árabe, con palmeras, arcadas, flores, bancos de azulejos y un surtidor central cuyas aguas refrescan el ambiente en verano.

Gracias a la conformación de la casa, todas las habitaciones de la misma están muy bien ventiladas y gozan de abundante luz.

De la fachada posterior y de los dos lados parten dos amplias y largas naves-seis en total-que albergan talleres muy bien equipados, laboratorios dotados de todos los adelantos modernos, salas de maquinaria de todas clases, etc.

Completamente apartado del resto, en el fondo de un bosquecillo, anida otro laboratorio taller destinado a los experimentos de índole peligrosa.

Nuestros lectores habrán reconocido ya, sin duda, el edificio: se trata del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas, fundación destinada a proteger a inventores en ciernes e investigadores científicos cuyos medios no les permitan llevar a cabo sus trabajos.

El Instituto, único en su género, no sólo pone todo su material a disposición de los inventores e investigadores, sino que sus ingenieros y especialistas les ayudan a resolver sus dificultades y, una vez perfeccionado un invento, se encarga de hallarle mercado, limitándose a cobrar al inventor un tanto por ciento insignificante del importe de la venta, para subvenir a los gastos de sostenimiento.

Son famosas las exposiciones que la fundación celebra periódicamente y a ellas acuden representantes de todas las industrias en busca de ideas nuevas y de inventos que incrementen y mejoren la producción de sus fábricas.

Cuando se trata de investigaciones de orden abstracto, el Instituto publica memorias, folletos, monografías u obras voluminosas por su cuenta, deduciendo siempre un tanto de los beneficios para contribuir a los gastos que su sostenimiento representa.

Al fijar su residencia en la Ciudad Condal, Ramón Trévelez-español de origen americano-decidió realizar el proyecto que había estado acariciando toda su vida, dedicando una parte de su cuantiosa fortuna a la fundación del Instituto en colaboración con el Estado. Gracias a él, España pudo beneficiarse de muchas invenciones que, de lo contrario, hubieran ido a parar al extranjero o que el inventor jamás hubiese podido perfeccionar por falta de medios.

Detrás del edificio que hemos descrito, y a continuación de los jardines, hay un extenso parque, con avenidas umbrías. Una de éstas conduce a un bosque, en el que predominan los alerces, los abetos los pinos, por entre los que serpentea convertida ya en simple sendero. Desemboca en un gran claro, a uno de cuyos lados se alza una estructura larga y baja con numerosas puertas que dan a cuartitos individuales.

En el centro del claro hay una gran piscina de límpidas aguas, a ambos extremos de la cual hay instalados trampolines y toboganes. Trévelez tenía por costumbre acudir allí todas las mañanas a pasar un rato y hacer después un poco de ejercicio en el gimnasio vecino, apenas visible por entre los árboles del otro lado.

En la mañana en que damos principio a muestro relato, llegó poco después del amanecer, como solía, y se introdujo en uno de los cuartitos a desnudarse.

No bien se hubo cerrado la puerta tras él, abrióse la del cuartito contiguo y salieron dos hombres. Ambos llevaban la cara cubierta hasta los ojos por un pañuelo. Se estacionaron uno a cada lado de la salida del cuarto del director del Instituto y aguardaron. Uno de ellos llevaba un paño grande en la mano.

Poco después se abrió la puerta y, antes de que Trévelez se diera cuenta de su peligro y pudiera hacer cosa alguna por defenderse, los dos hombres se abalanzaron sobre él. El paño, empapado en cloroformo, le cubrió la nariz y la boca; brazos fuertes intentaron sujetarle.

Las fuerzas del director del Instituto eran prodigiosas. Hubiera vencido fácilmente a los dos hombres a pesar de haber sido pillado desapercibido. Es más, llegó incluso a arrojarles a ambos lejos de sí, pero no lo hizo a tiempo para salvarse. El narcótico había surtido ya su efecto y, antes de que pudiera arrancarse el paño de la cara y hacer frente a los hombres que, levantándose del suelo, corrían de nuevo a atacarle, le fallaron las piernas. Unos segundos después había perdido el conocimiento.

Los desconocidos no se pararon a recoger la ropa de su cautivo. En traje de baño, como se encontraba, cargaron con él y se perdieron entre los pinos.

No haría veinte minutos que se habían marchado, cuando llegó uno de los ingenieros, se desnudó y se bañó. Durante la hora siguiente, el lugar no estuvo desierto ni un minuto siquiera, pero, cosa rara, a ninguno se le ocurrió usar el cuarto que había empleado el director del Instituto.

Trévelez no fue echado de menos hasta cerca de las once de la mañana, hora, en que uno de los ingenieros quiso consultarle. No encontrándole en su despacho, preguntó al portero, que aseguró no haberle visto desde que saliera a primera hora a bañarse, como de costumbre. Interrogados unos y otros, ninguno pudo dar razón de su paradero ni había quien le hubiera visto en toda la mañana, excepción hecha del mencionado portero.

No obstante, no se dio demasiada importancia al hecho. El señor Trévelez se ausentaba a veces sin previo aviso y se creyó que, después de bañarse, habría marchado a algún sitio con la intención de volver pronto y que algo le había retrasado.

Llegó la hora de comer sin que compareciese ni se supiera nada de él. A las cinco de la tarde se presentó un hombre a visitarle: era Garvez.

—Hola, Juan-le dijo al portero al entrar —. ¿Está en su despacho el señor Trévelez?

—No señor, debe de haber salido.

—¿No dijo a dónde iba? —inquirió Garvez, sin darse cuenta de la forma en que le habían contestado.

—No ha dicho nada, ni sabíamos que tuviese la intención de salir siquiera, no le hemos visto salir si a eso viene...

—Entonces, ¿cómo está usted tan seguro de que no se encuentra en su despacho?

El portero le explicó lo sucedido.

Garvez consultó su reloj.

—Es raro-dijo —. Si pensaba salir después del baño, lo más natural era que lo dijese. De todas formas, el camino más corto para él era volver a pasar por aquí y hubiera podido decir algo de paso. ¿Sabe usted si se llevó el automóvil?

—No lo oí y, además, el conductor está aquí en estos instantes. Uno de los químicos se asomó al garaje, sin embargo, y dice que el coche, sigue allí.

—Es raro-repitió Garvez, pensativo —. No creo que pueda tardar en regresar, sin embargo, puesto que nada ha dicho. Subiré a esperarle un rato a su despacho... si está abierto.

Subió en el ascensor. El despacho no estaba abierto, pero Trévelez le había dado una llave para que pudiese entrar, si era preciso, en su ausencia-cosa que ni el portero ni nadie sabía. Abrió, por consiguiente, la puerta y entró.

Había subido no sólo para esperar a Trévelez como había dicho, sino para intentar ponerse en contacto con él. De momento, no se le había ocurrido pensar en la posibilidad de que le hubiera sucedido algo al director del Instituto. No obstante, el hecho de que se hubiese ausentado durante tantas horas no dejaba de extrañarle. Cierto era que había marchado muchas veces del Instituto sin decir allí una palabra-mejor dicho, eso lo hacía con frecuencia. Pero, si nada decía allí, avisaba por lo menos a Garvez y aquella vez no lo había hecho.

Ni siquiera le había telefoneado para enterarse de si había algo nuevo en ciertas investigaciones que estaban haciendo.

Tomó asiento en el sillón de su amigo y jefe y, oprimiendo la corona de su reloj de pulsera que, como ya saben nuestros lectores, era al propio tiempo que reloj, aparato transmisor y receptor radiotelegráfico, radió la contraseña a la que Trévelez respondía siempre sin demora.

Aquella vez, sin embargo, Garvez no obtuvo la menor respuesta. Repitió la llamada varias veces con idéntico resultado y entonces empezó a alarmarse.

¿Cómo era posible que Trévelez dejase de responder a menos que le hubiese sucedido algo?

Se levantó de su asiento, salió al pasillo, cerró la puerta nuevamente con llave y bajó a la portería.

—¿Está usted seguro-le preguntó al portero —, que nadie ha visto al señor Trévelez después de salir de aquí para irse a la piscina?

—Completamente seguro, señor Garvez. Precisamente anduvimos buscando por todas partes e interrogando a todo el mundo.

—¿Se han asegurado de que no se encuentra en ninguno de los camerinos de la piscina? Pudiera haberle dado un ataque o algo así...

—No, señor. A nadie se le ha ocurrido mirar. ¿Cómo iba a darle un ataque al señor Trévelez con lo sano que está? Además, ya sabe usted que no tiene nada de particular que se vaya y esté ausente días enteros, incluso sin decir una palabra.

—A pesar de todo-anunció Garvez —; yo no estaré tranquilo hasta que haya examinado esos cuartos. Voy a darme un paseo hasta la piscina. ¿Sabe usted cuál es el cuarto que suele él usar?

—No creo que tenga preferencia por ninguno. Usa cualquiera de ellos, indistintamente.

Garvez salió del edificio, cruzó por entre los cuadros de flores y llegó al parque. Se encaminó al bosquecillo de que ya hemos hablado, sin dejar de mirar a su alrededor por si veía aparecer al hombre a quien buscaba por algún lado.

Al encontrarse en el claro, se acercó al primer camarín y lo abrió. Sólo encontró en él toallas, un traje de baño y unos taburetes. Probó el siguiente, con igual resultado. El tercero era el que había ocupado Trévelez aquella mañana. No hacía falta que nadie se lo dijera a Garvez. Allí estaba todavía el traje del director, colgado de la percha, los zapatos en el suelo, el reloj (igual al que llevaba él) descansaba sobre un taburete.

Cuando hizo el descubrimiento, sintió como si una mano le oprimiera el corazón. Se metió el reloj de su jefe en el bolsillo, miró cuidadosamente a su alrededor en busca de algún indicio que le permitiera adivinar lo ocurrido y, no hallando nada, salió de nuevo y se encaminó al gimnasio. Allí había instalado un teléfono conectado con la centralilla del Instituto.

Ya no era de extrañar que Trévelez no hubiese contestado a su llamada. Había desaparecido de allí sin otra cosa que un traje de baño al parecer, cosa que, para Garvez, sólo podía tener un significado.

Telefoneó al Instituto, dio a conocer al portero su hallazgo y le pidió que mandara inmediatamente gente que le ayudase a explorar los alrededores, por si el director había sufrido algún accidente en las cercanías. Cabía la posibilidad de que hubiese ido a dar una vuelta por el bosque en traje de baño y que le hubiera ocurrido algo. Podía haber perdido el conocimiento al darse un golpe y no haber vuelto en si aun para pedir socorro si no le era posible ponerse en pie de nuevo. Cabía la posibilidad esa, como decimos, pero Garvez no creía en ella. No obstante era preciso cerciorarse.

No esperó él a que llegara nadie del Instituto: se metió en el bosquecillo sin perder momento y lo fue recorriendo, buscando huellas.

Todos sus esfuerzos por dar con su paradero fueron vamos. Y la media docena de personas que acudieron del Instituto no obtuvieron mayor éxito. Trévelez había desaparecido por completo, sin dejar rastro.

No le cabía la menor duda ya a Garvez de que su jefe había sido secuestrado. Sólo así podía explicarse que hubiera dejado reloj y traje. Pero, ¿quién le habría secuestrado y para qué? ¿Dónde le habrían llevado?

Recurrió al empleo de perros sabuesos, con la esperanza de que éstos pudieran seguirle la pista, pero resultó tan inútil como todos los demás procedimientos. Trévelez no había dejado rastro que puliesen seguir los perros, lo que constituía una prueba más de que había sido secuestrado. Sus pies no habían tocado el suelo-eso era evidente, porque los sabuesos no podían olfatearle. No quedaba más explicación que una: le habían trasladado de allí en brazos.

Por aquel lado, cosa de un kilómetro más allá, la finca propiedad del Instituto lindaba con un camino de segundo orden. El secuestrador, o los secuestradores, tenían que haber salido por aquel punto, que era el más solitario. Jamás se hubiesen atrevido a pasar por ningún otro lado en pleno día con un hombre sin conocimiento y en traje de baño.

Examinando aquel camino, se descubrieron huellas de neumáticos-lo que, a fin de cuentas, nada significaba: más de un automóvil debía pasar por allí al cabo del día.

Garvez puso en movimiento a todos les agentes de Yuma y se encerró en su casa para dirigir sus actividades-lo que no impidió que fuese denunciaría la desaparición a la policía: el director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas era un personaje demasiado conocido, demasiado apreciado para que pudiera guardarse el secreto de lo que le había sucedido.

El mismo día de su desaparición, centenares de personas estaban ya investigando. Y, como consecuencia de ello, se supo que aquella mañana temprano, un peón caminero había visto, en una explanada del otro lado de la colina, un avión bimotor que aguardaba con los motores en marcha. Le había llamado la atención por dos razones: primera, porque en su vida había visto un aeroplano parado fuera de un aeródromo; segunda, porque era la primera vez que veía al natural un avión de dos motores. No obstante, tenía prisa y no se paró a ver si se acercaba alguien, o si despegaba. Tampoco se había fijado qué señales llevaba en las alas o en el fuselaje.

La policía se puso en contacto inmediatamente con el aeropuerto. Dio la descripción que el peón caminero había proporcionado y preguntó si se sabía si algún avión bimotor había andado por los alrededores del Tibidabo aquella mañana.

Las autoridades del aeropuerto contestaron negativamente. Daba la casualidad, incluso, que aquel día ni había despegado ni aterrizado en el Prat avión alguno que se pareciera al que les habían descrito. No obstante, pidieron unos minutos para interrogar al personal y averiguar si alguien había oído o visto algo.

El resultado de este interrogatorio no fue del todo nulo. Uno de los mecánicos del campo aseguraba haber visto pasar, a primera hora de la mañana, un avión que volaba a gran altura. Picada su curiosidad, lo examinó con ayuda de unos gemelos y pudo comprobar que se trataba de un bimotor; pero que no llevaba señal alguna que permitiera establecer su nacionalidad. En el momento de ser descubierto, parecía volar en dirección Sudeste.

Y aquel día ya no se pudo averiguar más.

CAPÍTULO II

 

 

YUMA APARECE EN PÚBLICO

LOS periódicos del mundo entero publicaron la noticia con grandes titulares. Ramón Trévelez, el hombre a cuya ayuda tenían que agradecer muchos el haber salido de la miseria, el hombre cuyos conocimientos científicos habían prestado tantos servicios a la Humanidad, el hombre a quien todo el mundo admiraba, respetaba y quería había sido secuestrado.

¿Qué fin perseguían sus secuestradores? ¿Rescate? No lo parecía. No se había recibido noticia alguna de ellos. Fuera como fuese, muy listos habían de ser para poder permanecer inmunes. A Ramón Trévelez no podía secuestrársele sin que el mundo entero se sublevase. La policía de todos los países le buscaba. No eran ya instituciones, sino gobiernos los que dirigían las investigaciones que por todo el mundo se llevaban a cabo.

Y se recibían datos, aunque escasos. Se había visto aterrizar un avión bimotor misterioso en Persia, y aunque de momento no se había dado demasiada importancia a la cosa, al conocerse la noticia de la desaparición del director del Instituto y saberse que se suponía viajaba con sus secuestradores en un bimotor, se había acudido al desierto lugar en que se viera aterrizar el bimotor. Allí se hallaron pruebas de que los planes para su secuestro habían sido preparados hasta en su último detalle de antemano. Unos cuantos bidones vacíos no dejaban lugar a dudas acerca de lo que había ido a buscar allí el aeroplano. Era evidente que en aquel lugar, como en otros, posiblemente, se había colocado con anticipación gasolina suficiente para cargar sus depósitos.

Procuró averiguarse quiénes se habían encargado de hacerlo. Pero nada se adelantó. Los agentes de los secuestradores habrían aprovechado la noche y obtenido poco a poco el combustible para no llamar la atención.

La próxima noticia llegó de Mongolia, donde un avión bimotor había tomado tierra para aprovisionarse. Pero tampoco allí pudo descubrirse quién se había encargado de preparar el aprovisionamiento. Sólo se sabía que el aeroplano había continuado su vuelo hacia el Sudeste.

Y allí se perdió por completo la pista. Nadie parecía haber vuelto a verle y todos los esfuerzos que se hicieron por desenterrar nuevos indicios fueron vanos.

Entretanto, los agentes de Yuma frecuentaban los bajos fondos, escuchaban conversaciones, recogían y analizaban rumores con la esperanza de que, tarde o temprano, alguno se iría de la lengua y se sabría algo concreto.

En Persia, todos los esfuerzos se concentraron en descubrir a los que habían dejado la gasolina para el avión; pero, o los culpables no se hallaban ya allí, o guardaban muy bien su secreto.

Entretanto, en Barcelona, reinaba gran consternación. Garvez se consumía porque nada podía hacer para auxiliar a su amigo y jefe. Varias veces estuvo a punto de abandonarlo todo y marchar personalmente a Mongolia a ver si allí encontraba él una pista que seguir, aunque los demás no habían logrado hacerlo. Cualquier cosa, pensaba, menos aquella inactividad. Pero se sobrepuso su sentido común. Era mucho más útil su presencia en Barcelona, puesto que allí podía recibir los informes de todos los agentes y dirigir las operaciones.

Santos, Rodrigo, Manrique, Marcos y Reyes apenas dormían. Estaban seguros de que en España habría agentes de los secuestradores y, si era humanamente posible, pensaban dar con ellos tarde o temprano.

Dos personas había cuyo pesar era, quizá, mucho más profundo que el de todos los demás, a pesar de ser la pesadumbre de todos muy grande. Una de ellas era la doctora Dolores Arana.

Se presentó en casa de Garvez con los ojos azules enrojecidos por el llanto, el rostro demacrado por la preocupación continua y la falta de dormir.

—¿Nada? —inquirió al ver al jefe de los agentes de Yuma.

—Nada-respondió éste, sacudiendo tristemente, la cabeza.

—¡Hay que hacer algo!

—Se está haciendo todo lo humanamente posible, doctora. Siéntese...

—No puedo estar sentada, no puedo estarme quieta un momento sabiendo que él corre peligro. He hablado con el doctor Prensa. Le he dicho que, de momento, no puedo ocuparme de la clínica. No estoy en condiciones de atender a los enfermos, de ocuparme de nada hasta que sepamos algo... Lo dejo todo para dedicarme por completo a esto, a dar con su paradero...

—¿Y qué va usted a hacer, doctora? El mundo entero se preocupa de eso y ya ve usted lo poco que se ha conseguido... Se hace todo lo humanamente posible.

—Hay que hacer lo sobrehumanamente posible, pues... ¡A lo mejor ha muerto a estas horas! —agregó con un gemido.

—Tranquilícese, doctora. Eso no es de esperar que haya sucedido ni que suceda... de momento.

—¿Por qué?... ¿Quién le garantiza que...?

—No se exalte. Es cuestión de sentido común-la interrumpió Garvez —. Si hubieran querido matarle, lo hubiesen hecho aquí mismo. ¿Qué necesidad tenían de cargar con él? Es evidente que le necesitan para algo y, mientras tengan la esperanza de conseguir lo que se propongan, Trévelez no corre peligro.

—É no cederá nunca a sus exigencias.

—Pero, es lo bastante inteligente para ganar tiempo... y es tiempo lo que se necesita. Hay demasiada gente buscándole para que no den con su paradero tarde o temprano. Créame, doctora, todos daríamos la vida por él si fuera preciso y, ni qué decir tiene, no sosegamos. También nosotros le profesamos cariño y sentimos profundamente lo ocurrido.

—Lo sé-murmuró la joven —. Perdóneme, Garvez. No he dudado ni un momento que se hace todo lo posible. Pero estoy trastornada y no sé lo que me digo. Si a él le ocurriera algo...

Garvez le dio unas palmaditas cariñosas en el hombro.

—Tenga usted valor-dijo —, y confianza. Trévelez se ha encontrado en situaciones muy difíciles durante su existencia y siempre ha salido bien de ellas. Ésta (agregó con una confianza que andaba muy lejos de sentir) no será excepción de la regla.

La segunda persona que hemos mencionado era Samara. Si exceptuamos a Dolores Arana, tal vez no hubiera entre los agentes de Yuma uno solo cuyo cariño por Trévelez fuera más profundo ni cuya admiración, como la de él, rayara en la idolatría. El caso era tanto más curioso cuanto que Samara era relativamente recién llegado a España. El agente K era un gigantesco eurasiático de una capacidad mental extraordinaria. La inteligencia de que continuamente daba pruebas, sus conocimientos científicos, la habilidad con que sabía aplicarlos y los revolucionarios inventos de que era autor, le colocaban a una altura que, a decir de los hombres de ciencia, sólo Trévelez superaba.

Llevaba, como decimos, muy poco tiempo en España, pero ese poco tiempo había bastado no sólo para que Trévelez viera en él a un amigo fiel hasta la muerte, sino para que adquiriera tal confianza en su integridad y en su prudencia, que no tuvo ya para él secreto alguno, equiparándole en eso a Garvez, Marcos y Santos, cuya amistad inquebrantable, los peligros corridos juntos y los muchos años que se conocían, habían demostrado fuera de toda duda.

Si los fuertes lazos de amistad qué unían a los dos hombres resultaban verdaderamente admirables para el mundo en general lo eran, mucho más aún, para los agentes de Yuma, que conocían, mejor que el propio interesado, la verdadera historia de Samara.

Este había sido en otros tiempos uno de los adversarios más terribles de Yuma. Era el único que podía preciarse de haber llegado incluso a penetrar su secreto. Y más de una vez Yuma había estado a punto de perecer a sus manos o a las de sus agentes.

Por fin, sin embargo, como todos los enemigos de la sociedad que se enfrentaban con Yuma, Samara había caído. El misterioso ser invisible, tras haberle vencido, le había quitado la memoria inyectándole una droga por él inventada.

Para Yuma, ningún hombre era esencialmente malo. Las circunstancias, el ambiente, la crianza, las malas doctrinas podrían pervertirle, pero opinaba que la maldad no era congénita en ninguno y que, por muy bajo que hubiese caído, siempre quedaba en él una chispa de bondad que, cuidada y alimentada, podía convertirse en regeneradora hoguera.

Una cosa podía dificultar la regeneración y convertirla en ardua empresa: el recuerdo de los actos delictivos cometidos, la costumbre creada por el ejercicio de los malos instintos, la violencia que el cambio pudiera suponer para quien se había habituado a vivir fuera de la Ley y no se sintiera con fuerzas para abrirse un nuevo surco. Este inconveniente lo había obviado Yuma haciendo perder la memoria a cuantos malhechores caían en sus manos.

Era un gran experimento el que Yuma estaba llevando a cabo y, hasta el momento, no podía quejarse de sus resultados.

Allá en el continente americano, en el Yucatán, no muy lejos de Piedras Negras y oculto en el corazón de un macizo montañoso, hay un valle cuya existencia jamás sospechó explorador alguno.

Grandes edificios lo pueblan y en él vive una comunidad singular-no por su aspecto, sino por los fines que persigue.

Figuran, entre los mencionados edificios, grandes laboratorios, talleres, escuelas, gimnasios, lugares de recreo, casas destinadas a vivienda y unas construcciones pequeñas, aisladas, donde residen los que del mundo exterior llegan.

En este valle-que pudiéramos llamar feudo de Yuma-todos los que entran carecen de memoria. Ninguno sabe quién es, qué ha sido, dónde ha desarrollado sus actividades, ni si éstas fueron malas o buenas.

Pudiera llamarse “Valle de los Niños”, porque cuantos a él son enviados, por muy viejos que sean, tienen el cerebro tan limpio de impresiones como niños recién nacidos, y como tales han de ser educados.

En realidad, aquél es el «Valle de la Regeneración» y el objeto que persiguió Yuma al fundarlo fue educar de nuevo a los que, antes de morir su memoria, fueron criminales.

Allí se les enseña un oficio que esté en consonancia con sus aptitudes, se les inculca un profundo amor al trabajo y se despierta en ellos el deseo de vivir en un mundo libre de crímenes y de todas las bajas pasiones.

Se les enseña que amor engendra amor, que la solución de todos los problemas del mundo yace en la capacidad que tenga el hombre para amar y ayudar a sus semejantes y que sólo trabajando con ahínco y amando con desinterés puede llegar la Humanidad al pináculo del progreso y de la felicidad.

Una vez regenerado por completo, el hombre es enviado al mundo de nuevo, donde Yuma o sus agentes se encargan de situarle donde pueda ganarse honrosamente la vida.

A aquel valle había llegado cierto día Fegor, verdadero genio del mal, cuyas terribles hazañas ya conocen nuestros lectores. Fegor, privado de la memoria por Yuma tras su último encuentro con él en la Casa del Cráter, conservaba intactas sus extraordinarias facultades. Como consecuencia de ello, fue tarea fácil darle de nuevo los conocimientos científicos que antes de perder la memoria había poseído.

Al cabo de unos años, sus instructores, asombrados de los fantásticos progresos que había hecho, notificaron a Yuma que se hallaba en condiciones de volver nuevamente a habitar entre sus semejantes.

Normalmente, el misterioso personaje se hubiese encargado de encontrarle un empleo para que se ganara la vida honradamente. Las facultades de Fegor, sin embargo, eran demasiado excepcionales para correr el riesgo de que la Humanidad no se beneficiara todo lo posible de ellas. Por consiguiente, decidió ponerle en contacto con Ramón Trévelez, para que éste le encomendara investigaciones científicas susceptibles de mejorar la suerte de sus semejantes.

Fegor, que ignoraba quién era y qué era lo que había hecho antes de llegar al valle, recibió el nombre de Samara, a cuyo nombre se le extendieron documentos y fue enviado a España, donde, como ya hemos dicho, no tardó en convertirse en persona de confianza de aquel a quien con tanta saña había combatido.

Samara llegó a casa de Garvez poco después de haberse marchado Dolores, y el objeto de su visita era el mismo que el de la doctora. Nada delataba en su semblante la angustia que la desaparición de su jefe y amigo le producía, pero Garvez, que había llegado a conocer bien y a apreciar al nuevo ayudante de Yuma, no necesitaba de señales exteriores para comprender los sentimientos de su visitante. Sin esperar a que el otro le interrogara, movió negativamente la cabeza.

—No se sabe nada-dijo.

Samara se dejó caer en un sillón. Guardó silencio unos momentos, con la mirada fija en la lejanía.

—No creo que haya muerto-dijo, por fin, repitiendo, inconscientemente, los argumentos que esgrimiera el propio Garvez al hablar con la doctora —. Le han secuestrado con un fin determinado y, mientras tengan la esperanza de poder conseguir sus propósitos, la vida de Trévelez no corre peligro.

—Eso es lo que yo opino también-asintió Garvez.

—Pero existe un peligro en el que no sé si se le habrá ocurrido a usted pensar-prosiguió el eurasiático.

—¿Cuál?

—Si, en cualquier momento, sus secuestradores llegan a adivinar, a sospechar siquiera toda la verdad acerca de su prisionero, le matarán sin perder momento. Comprenderán que es inútil esperar, puesto que Trévelez jamás se prestará a facilitar la ejecución de sus planes.

—Ese peligro-contestó Garvez, lentamente —, no se me había pasado por alto. Pero nada podemos hacer nosotros por conjurarla.

—Sí que podemos-dijo el otro.

—¿Qué?

—Yuma tiene que aparecer de nuevo... y hacerlo públicamente esta vez.

Garvez le miró con viveza.

—Quizá tenga usted razón-asintió.

—Estoy seguro de que la tengo. Si Yuma aparece como he dicho, la Prensa hablará de ello, los secuestradores se enterarán, si alguna sospecha hubieran concebido, se desvanecerá inmediatamente. Trévelez tendrá más probabilidades de vida.

—Es cierto... ¿Qué plan propone, Samara?

—Esta tarde se celebrará una reunión en el Olimpia, a la que asistirán representantes de las autoridades y de la Prensa. Alguien debe aprovechar el momento oportuno para aparecer en la plataforma como si fuera Yuma.

—¿So pretexto de qué? Tiene que haber alguna excusa para que Yuma se presente así en público.

—¿Qué mejor pretexto que la desaparición de Trévelez? Puede anunciar públicamente que piensa él poner en juego todos sus recursos para dar con su paradero y castigar a los que le han secuestrado.

—¿Quién propone usted que haga papel de Yuma, Samara?

—Eso lo dejo a su elección, Garvez.

—Creo-dijo éste, lentamente —, que es usted el más indicado. Trévelez tiene confianza ilimitada en usted, no he de ser yo menos. Vuelva usted a su casa. Iré yo a visitarle más tarde.

Los dos hombres se estrecharon la mano. Samara se fue y, unos minutos más tarde, Garvez abandonaba su hotelito y se dirigía apresuradamente al Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas. Subió rápidamente al despacho del director, entró, haciendo uso de su llave, oprimió las molduras que hacían girar la estantería y pasó al despacho secreto.

Una vez allí, tiró de la colgante lámpara y, en cuanto se descorrió la pared que daba al guardarropa, pasó al interior y descolgó la capa negra que pendía de un gancho. La dobló y se la metió en el bolsillo, cerró todas las puertas de nuevo, y a continuación, se dispuso a hacerle a Samara la visita prometida.

*****

 

 

Eran las cuatro de la tarde. El público había acudido can interés a escuchar la conferencia que sobre la cuarta dimensión había de dar un conocido hombre de ciencia, como toda la Prensa había anunciado que el gran matemático explicaría el tema de una forma que resultara comprensible para el más-profano en la materia, el local estaba lleno de bote en bote.

Antes de presentar al conferenciante, un científico barcelonés soltó un pequeño discurso, a modo de introducción.

—Señores-dijo —: Cuando bajo los auspicios de las autoridades se acordó dar un ciclo de conferencias de vulgarización científica, se decidió, por unanimidad, que el más indicado para presidirlas era nuestro ilustre conciudadano, el doctor Ramón Trévelez, director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas. Él aceptó gustoso el nombramiento y hasta ofreció dar él mismo una de las conferencias anunciadas, prestándose, en el transcurso de ella, a contestar á cuantas preguntas relacionadas con el tema se le dirigieran.

»Por desgracia, la suerte„ no ha querido que nos viéramos honrados con su presencia. Ha sido víctima, como todos, ustedes saben, de unos secuestradores e ignoramos, de momento, su paradero. Aun tenemos todos la esperanza, sin embargo, de que se le encuentre a tiempo para que asista a alguna de estas conferencias por lo menos y...

Una voz tonante le interrumpió:

—¡Ramón Trévelez será hallado y rescatado! —sonó en la plataforma, muy cerca del que hablaba, aunque no había allí ninguna persona visible.

El orador volvió la cabeza, frunciendo lentamente el entrecejo. A punto estaba de hablar con dureza a los que ocupaban las sillas más cercanas, creyendo que alguno de sus ocupantes había hablado con el único fin de interrumpirle, cuando la voz tonante habló de nuevo.

—Ramón Trévelez-anunció —, es un hombre demasiado necesario a la ciencia para que pueda permitirse que sus secuestradores permanezcan impunes. Serán hallados y castigados.

—Pero, ¿quién habla? —inquirió el orador, desconcertado, mirando a su alrededor—. ¿Quién es el que dice todo eso?

Y se inmovilizó de pronto, dilatadas las pupilas, al ver aparecer, como flotando en el aire, una cabeza en cuyo terrible rostro, cubierto de cadavérica palidez, brillaban como carbunclos dos ojos.

—¡Yuma! —exclamó, sobrecogido.

Y su exclamación fue coreada por muchos de los que asistían a la conferencia.

—Yuma-asintió la voz —; Yuma, que declara públicamente su intención de movilizar todos sus recursos para dar con el paradero de don Ramón Trévelez.

Durante unos momentos siguió viéndose la horrible cabeza, cuya mirada de fuego se paseó por el auditorio. Luego, mientras unos la contemplaban con terror y otros con asombro, desapareció de nuevo para no reaparecer más.

La conferencia perdió inmediatamente todo interés para la mayoría de los concurrentes. El matemático, comprendiéndolo así, anunció que, en vista de las circunstancias, había decidido suspender su exposición, cosa que el presidente escuchó con enorme alivio. Viendo el humor del público, había temido que éste se fuera retirando de la sala poco a poco, lo que hubiera resultado bochornoso para el conferenciante.

Se advirtió que se daría a conocer en la Prensa para qué día se aplazaría el acto y el público fue desfilando de la sala, siendo los periodistas los primeros en salir paró correr a sus respectivas Redacciones y preparar la noticia.

Y aquella noche todos publicaron la nueva de que Yuma había aparecido en plena conferencia para anunciar su propósito de encargarse de buscar a Trévelez.

CAPÍTULO III

 

 

TRÉVELEZ HACE UN DESCUBRIMIENTO

LOS efectos del cloroformo fueron desvaneciéndose lentamente. Trévelez, con los ojos cerrados, hizo un esfuerzo por recordar lo que le había pasado. La experiencia le había demostrado que no siempre es conveniente dar a conocer, que ha recobrado uno el conocimiento hasta haberse preparado para posibles sorpresas.

Poco a poco, a medida que los vapores se disipaban, la memoria fue volviendo. Recordó haber salido del cuartito para meterse en la piscina y el ataque de que había sido objeto. Sabía que el cloroformo le había dejado sin sentido antes de que hubiese podido retirarse el paño de la cara.

Más tarde... Lo sucedido más tarde resultaba nebuloso. Lo recordaba como un sueño confuso. Había abierto los ojos, visto que se hallaba a bordo de un avión e inmediatamente un hombre sentado cerca de él le había vuelto a dar un anestésico. Esto sucedió dos veces. La tercera le quitaron el conocimiento mediante una inyección, temiendo, sin duda, que usar nuevamente cloroformo pudiera llegar a costarle la vida.

Mientras pensaba todo esto, se dio cuenta de dos cosas; primera, estaba tendido cuan largo era sobre un suelo de piedra; segunda, seguía sin más ropa que el traje de baño con el que le sorprendieran. Para entonces, ya se consideraba con fuerzas suficientes para hacer frente a la situación. Puso en tensión todos sus músculos, preparado para ponerse en pie de un brinco y abrió muy despacio los ojos.

El resultado no fue el que había esperado. Veía tanto con los ojos abiertos como si los hubiese tenido cerrados. Se encontraba envuelto en las más profundas tinieblas. Durante unos instantes llevó a temer que la administración de tanta droga le hubiese dejado ciego y acabó diciéndose, más bien porque tal era su esperanza que por verdadero convencimiento, que se hallaba en una habitación sin ventana de ninguna clase.

Se levantó, no obstante, y echó a andar con cautela hasta que sus manos, extendidas, tropezaron con una pared, de piedra también, como el suelo. Examinó ésta minuciosamente, valiéndose del tacto, y luego la fue siguiendo, sin dejar de mover la mano arriba y abajo en busca de alguna abertura.

Por fin, al cabo de un buen rato, dio con el hueco de una puerta que, o cerraba herméticamente (en cuyo caso debía haber huecos de ventilación por algún otro lado, ya que el aire era respirable), o daba a algún otro cuarto oscuro, porque no se filtraba por ella ni el menor rayo de luz.

Una vez allí, se colocó de espaldas a la puerta y echó a andar hacia adelante tan en línea recta como le fue posible, hasta dar con la pared. Desde allí, siguió andando, pegado a la pared, hacia la izquierda, que era el mismo camino que siguiera la primera vez. Contó cuatro pasos antes de llegar a la esquina, ocho pasos más hasta la esquina siguiente y poco más de tres hasta la puerta.

Repitió la operación anterior. De espaldas contra la puerta, cruzó de nuevo el cuarto en línea recta. Esta vez, sin embargo, torció hacia la derecha en lugar de hacia la izquierda, sin dejar de tantear la pared.

Gracias a esta maniobra, descubrió que se hallaba en un cuarto cuadrado, de ocho pasos de lado, de paredes y suelo de piedra, sin más solución de continuidad que la puerta cerrada.

Examinó luego todo el suelo de la habitación, andando a gatas. Estaba completamente vacía.

Había llegado a ese punto de sus investigaciones, cuando oyó ruido por el lado de la puerta. Se pegó inmediatamente a la pared del mismo lado. La puerta se abrió y entró un hombre con una linterna encendida. A pesar de que ésta no daba mucha luz, tan acostumbrado estaba ya Trévelez a la oscuridad que quedó momentáneamente deslumbrado.

Antes de que la vista se le acostumbrara lo bastante a la claridad, oyó una voz que decía:

—¡Ah! ¡Ha recobrado el conocimiento! Coma, que pronto le sacaremos de aquí.

Algo tintineó contra el suelo y la puerta volvió a cerrarse en el preciso momento en que el director del Instituto se disponía a abalanzarse sobre su carcelero.

Cerca de la puerta y siempre a tientas, encontró un cacharro con agua y un trozo de pan con carne dentro. Entonces se dio cuenta, por primera vez, de que tenía hambre, y comió y bebió. Aquello pareció darle nuevas energías El desconocido había dicho que pronto le sacarían de allí, pero prefería salir solo si le era posible. Volvió a situarse junto a la puerta a esperar.

No tenía medio alguno de medir el tiempo, pero calculó que habría transcurrido cosa de un cuarto de hora cuando volvió a abrirse la puerta de su encierro. Estaba preparado para abalanzarse sobre el primero que se presentara, pero los secuestradores eran demasiado inteligentes para no comprender que tal sería su intento.

Unos rayos de luz entraron en el cuarto, pero no asomó nadie. Una voz dijo:

—¡Salga!

Y, puesto que nadie entraba, Trévelez salió, dispuesto a aprovechar la primera oportunidad que se le presentara.

Pero no se le presentó ninguna. La puerta daba a un pasillo, y en éste, contra la pared de enfrente y un poco a la izquierda, estaba el hombre que había hablado y que llevaba la linterna en una mano y en la otra un revólver que apuntaba al prisionero.

Al otro lado de la puerta y contra la pared de enfrente también había otro hombre con otra linterna y otro revólver.

—Eche usted a andar hacia la derecha-ordenó el que hablara primero.

Y, como para indicarle el camino, el otro hombre echó a andar delante de él.

En cuanto Trévelez se puso en marcha, el segundo hombre caminó tras él, sin dejar de apuntarle con el revólver. No había la menor probabilidad de poder escaparse de momento. El intentarlo hubiera sido suicida, ya que, aunque lograra dominar y desarmar al que iba delante, el de detrás le hubiera matado de un tiro.

No fueron muy lejos. Un poco más allá se abría otra puerta de la que salía bastante claridad. En ella metieron a Trévelez.

Encontróse éste en un cuarto de aproximadamente las mismas dimensiones que el que acababa de abandonar, sólo que estaba amueblado, aunque toscamente. Una mesa larga, de construcción casera, ocupaba el centro de la estancia. Había, además, siete a ocho sillas, dos de ellas ocupadas por dos hombres en mangas de camisa.

—Puede usted sentarse-dijo uno de ellos.

Trévelez se dejó caer en una de las sillas desocupadas. Los dos hombres que le habían acompañado se situaron cerca de la puerta-único medio de salida de allí, dejando las linternas en el suelo.

El recinto aquel estaba iluminado por cuatro lámparas-una colgada en cada pared.

—Señor Trévelez-dijo el hombre que le había invitado a sentarse —, lamento mucho haber tenido que someterle a hacer un viaje tan largo en tan desagradables condiciones, pero, cuando conozca usted mis motivos, comprenderá que no había más remedio que hacerlo para conseguir lo que necesito.

—No ha escogido usted el mejor medio para conseguir de mí nada-le respondió el director del Instituto —. Si lo que usted quiere es algo injusto, nada obtendrá de mí ni por las buenas ni por las malas. De tratarse de algo justo, no hubiera tenido inconveniente en acceder a sus deseos, de habérmelo pedido usted como es debido. Pedido ahora, no lo conseguiría usted tampoco.

—No le voy a pedir nada que represente pérdida alguna para usted ni que esté fuera de su alcance. Si le he hecho traer hasta aquí, ha sido porque estaba convencido de que nada lograría hablando con usted en España.

—Eso quiere decir que no nos hallamos en España.

—No tengo inconveniente en decirle que se encuentra usted muy lejos de su patria, señor Trévelez. No tengo inconveniente... porque no le creo a usted tan tonto que no lo haya adivinado ya. Según me han dicho, recobró usted varias veces el conocimiento por el camino, Estoy seguro que se habrá usted dado cuenta de que viajaba en avión, y como sabe perfectamente el tiempo que pueden durar los efectos del cloroformo, guiándose por las veces que ha sido necesario cloroformizarle, puede tener una idea bastante aproximada del tiempo transcurrido. Si ese tiempo lo multiplica por la velocidad de un avión, tendrá una idea aproximada de la distancia que ha recorrido.

—Y... ¿con qué fin me ha traído usted tan lejos?

—A mi compañero y a mí-contestó el hombre —, nos interesan mucho las cuestiones científicas. Estamos haciendo investigaciones aquí, por nuestra cuenta... Investigaciones que esperamos que cambien la faz del mundo. Usted puede ayudarnos mucho, dándonos detalles de algunas cosas que conoce y que nosotros no hemos resuelto del todo aún...

Aunque Trévelez no tenía la menor intención de acceder a lo que le pedían, quiso saber qué era lo que interesaba a aquellos hombres y preguntó:

—¿En qué puedo ayudarles?

—Tuvo usted en el Instituto, en cierta ocasión, a un joven llamado Deusto...

El nombre aquel puso en guardia a Trévelez, que contestó, no obstante:

—En efecto.

—Ese joven inventó un aparato emisor de ciertas ondas...

—Aparato que estuvo a punto de cambiar la faz del mundo también —observó Trévelez1.

—¡Oh! —se apresuró a decir su interlocutor—. No es nuestro propósito seguir los pasos de los que robaron el aparato aquel. Nuestros fines son más elevados.

—Así lo espero. ¿Bien?

—Necesitamos que nos describa usted el funcionamiento de ese aparato, que nos haga unos planos de él... Preferiríamos, claro está, que dirigiera usted su construcción, pero no insistimos sobre ese particular.

—Lo siento mucho, señores, pero han perdido ustedes el tiempo trayéndome aquí. Como dicen, el aparato en cuestión fue inventado por un tal Deusto, es a él a quien deben dirigirse ustedes.

—No ignoramos que Deusto murió asesinado.

—Pero pueden tratar con sus herederos.

—No es necesario. Usted puede resolvernos ese problema.

—Yo no intervine para nada en su construcción. Ni siquiera me comunicó el inventor todos los detalles de su descubrimiento.

—Sabemos perfectamente, señor Trévelez, que antes de recibir la ayuda del Instituto, el inventor ha de enterarle a usted de que ha inventado algo, en efecto, y de que no solicita la ayuda del Instituto simplemente por vivir gratis una temporada.

—Es cierto, pero un inventor no necesita revelarnos todo su secreto para convencernos de su buena fe. En el caso de Deusto bastaron ciertos detalles para convencerme de que sabía lo que se hacía y de que iba por buen camino.

—Señor Trévelez, usted es inventor. Es, por añadidura, un hombre de ciencia que goza de fama universal. No querrá, por consiguiente, hacerme creer que por los datos que Deusto dio no pudo usted deducir los que se callaba.

—Lo siento, señores, ya he dicho que no puedo ayudarles.

—Piénselo usted bien. No deseamos hacerle daño alguno. En cuanto no haya proporcionado los datos que necesitamos, será conducido nuevamente a España. Eso puedo garantizárselo. Lo único que pudiera inducirnos, muy á pesar nuestro, a quitarle la vida, sería que usted averiguara dónde se encuentra, cosa esta completamente imposible. También cabría la posibilidad de que nos cansáramos de tenerle aquí encerrado si usted se negara a hablar; pero creo que, si recapacita, comprenderá que nada adelantará con ello. Tarde o temprano daremos con el secreto, con su ayuda o sin ella. Vamos por muy buen camino. Si le hemos secuestrado ha sido, simplemente, para ganar tiempo. No obstante, no nos apremia éste tanto que no podamos esperar unos días. Volverá a su encierro, y, en cuanto cambie usted de opinión, no tiene más que comunicárselo al que le lleva de comer.

Se puso en pié. Trévelez le imitó. Uno de los hombres parados junto a la puerta dio un paso hacia él.

—¡Ah! —agregó el desconocido—. Olvidaba hacerle una advertencia. Si alguna vez llega a creer que, con un poco de cautela, puede sorprender al que entre a llevarle la comida y reducirle a la impotencia, más vale que se le quite la idea de la cabeza. Aun en el supuesto de que lograra hacerlo, nada adelantaría. No conseguiría salir de donde se encuentra. Y si por una de esas casualidades increíbles pudiera salir, sería lo mismo. Le daríamos caza en seguida... si no acababa con usted antes alguna serpiente o algún habitante de la casi impenetrable selva que nos rodea.

Trévelez se echó a reír.

—¿Pretende usted asustarme, acaso con fantasías?

—No se trata de fantasías, señor Trévelez y...

Se volvió y habló en voz baja unos momentos con su compañero. Este dijo en voz alta:

—Tal vez sea mejor. Hazlo.

El hombre volvió a encararse con su cautivo.

—Para que se convenza de que para usted no hay más salvación que hablar, voy a dejarle asomarse unos momentos al exterior-dijo.

Hizo una señal a los dos hombres armados.

—Vamos-ordenó.

Ambos cogieron las linternas. Uno echó a andar delante y el otro detrás de Trévelez y su acompañante.

Tiraron en dirección contraria al lugar en que se encontraba el cuarto destinado a encierro del cautivo. Las puertos, las formas y dirección de los pasillos que cruzaron llamaron poderosamente la atención del director del Instituto, que creyó reconocer en ellos un estilo determinado.

Desembocaron en un pasillo corto, ascendente, que murió al pie de una escalera de piedra. Subieron las gradas. La oscuridad no era completa allí, y cuando llegaron a la parte superior, la luz de las linternas no fue necesaria para ver dónde se encontraban. Era un cuarto pequeño. Parte de la pared en que se hallaba la puerta estaba derruida. El cuarto se hallaba en el rincón de una gran sala cuyo techo estaba hundido en su mayor parte y sembrado el suelo de piedras. Un sol abrasador se filtraba por los agujeros, caldeando los escombros y el piso.

Atravesaron por entre los escombros hasta una puerta monumental, que se hallaba casi por completo en pie. Pasaron por ella al exterior.

Estaban ahora sobre una meseta artificial, de piedra. Los árboles de la espesa selva que les rodeaba llegaban hasta las mismas laderas del montículo en que se hallaba la meseta, creciendo algunos, incluso sobre las laderas mismas. Pero, de trecho en trecho veíase por entre la maleza algún trozo de escalinata de piedra por los lados.

—Mire usted en todas direcciones-le invitó el desconocido —. Resultaría imposible alejarse de aquí sin un guía. Para el que desconoce la región, esa selva es una ratonera en la que ha de dejar forzosamente la vida.

Le permitió permanecer unos minutos allí, mirando a su alrededor, antes de obligarle a bajar al interior del montículo de nuevo y recluirle en el oscuro cuarto. Pero Trévelez bajó con mucha más esperanza de la que había subido. En lugar de hacerle comprender con aquello lo desesperado de su situación, los desconocidos habían hecho todo lo contrario. Las esperanzas del director del Instituto habían renacido. Se alegraba de volver a su encierro para poder pensar tranquilo y trazarse un plan de campaña.

CAPÍTULO IV

 

 

TRÉVELEZ TRAZA SUS PLANES

UNA vez le metieron en el cuarto y cerraron la puerta, tras él, Trévelez fue a sentarse en un rincón y se puso a reflexionar. La estructuración del interior del montículo le había hecho concebir una sospecha. La salida al exterior la había confirmado. Se encontraba prisionero en el interior de un teocalí —uno de los templos mayas cuyas ruinas salpican la selva en Méjico y Guatemala.

Los trozos de escalinata vistos eran, en realidad, parte de la pirámide gradada que habían ido cubriendo tierra y maleza en el transcurso de los siglos.

El hecho de que sus secuestradores le hubiesen permitido ver el exterior, demostraba que habrían oído hablar de Trévelez, sabrían muchas cosas de él, pero ignoraban otras que les hubiera convenido mucho saber en aquellos instantes. De haberse fijado bien en su seco rostro, su tostado cutis, la nariz aguileña y el conjunto de sus facciones, no hubiera dejado de llamarles poderosamente la atención la similitud de tales características con las de los rostros esculpidos en las ruinas mayas de Uzual, lzamal y Chitchen-Itza.

Trévelez, en efecto, como ya saben nuestros lectores, era de ascendencia americana. Lo que tal vez no sepan es que descendía en línea recta de mayas también y que había heredado de sus antepasados un conocimiento sorprendente del idioma, las costumbres y la historia del desaparecido pueblo. Estos conocimientos iban a servirle de mucho en la situación en que se encontraba.

El hecho de que le hubieran apresado en traje de baño le había incomunicado por completo con sus amigos, pero, estaba seguro ya de que, si sabía jugar bien sus cartas, no sólo podría salvarse, sino tener probabilidades de hacer fracasar todos los planes de sus secuestradores.

En vista del descubrimiento hecho, ya no le interesaba salir de la pirámide, si no conseguir que le encerraran aun más profundamente en ella, y a conseguir este fin tendían los planes que en aquel momento empezaba a trazar.

Llegó la hora de la cena. La puerta se abrió.

Mientras un hombre colocaba en el suelo las provisiones y el agua, Trévelez dijo:

—Necesito hablar con su jefe. Dígale que he reflexionado y tomado una resolución.

El hombre contestó con un gruñido pero era evidente que cumplió el encargo del prisionero, porque un cuarto de hora más tarde estaba de regreso, acompañado de otro. Trévelez fue conducido inmediatamente al mismo cuarto que la vez anterior.

—Me dicen que ha reflexionado usted y que necesita verme-dijo el hombre, al verle entrar —. ¿Qué resolución ha tomado, señor Trévelez?

Éste se dejó caer en un asiento.

—Comprendo que es difícil escaparse de aquí. Reconozco también que la selva que nos rodea no sólo es casi impenetrable, sino que el aventurarse por ella ofrece incontables peligros...

—¿Bien?

—No puedo permanecer mucho tiempo lejos del Instituto. Mi presencia allí es necesaria. Estoy seguro de que se está revolviendo el mundo para encontrarme.

—Si ello puede servirle de consuelo-dijo el desconocido —, le diré qué el mundo entero, en efecto, anda buscándole, aunque sin la menor esperanza de dar con su paradero. Nadie tiene la menor idea de dónde se encuentra, no se ha hallado aún el menor indicio. Hasta el propio Yuma ha aparecido en público para anunciar que va a movilizar todos sus recursos para encontrarle... Soy lo bastante sensato para reconocer que Yuma es un enemigo peligroso, pero en este caso está destinado a fracasar al igual que las autoridades de todos los países.

Si la noticia de la aparición de Yuma sorprendió a Trévelez, no dio la menor muestra de ello. Es muy posible que comprendiera en seguida que en ello andaba la mano de Garvez, que había querido protegerle con ello. Dijo:

—Es difícil, en efecto, que lleguen a sospechar siquiera dónde me encuentro. Por eso precisamente quiero ver si consigo que ustedes me suelten.

—En su mano está conseguirlo. No sólo le soltaremos, sino que volveremos a llevarle a España. Sigue en pie la promesa que le hice.

—No sé si podré ceder a sus exigencias.

—¿Por qué?

—Recuerdo perfectamente los datos que nos proporcionó Deusto, pero nunca me he parado a pensar en ellos, a seguir sus razonamientos ni a sacar las consecuencias.

—Puede usted hacerlo ahora.

—No donde me encuentro.

—¿Por qué no? Igual se puede pensar en una parte que en otra.

—Para que resuelva el problema es preciso que haga algo más que pensar, Necesito hacer cálculos, comprobaciones...

—¿Qué necesita?

—Lo primero de todo, quiero que se me proporcione un lugar decente en que dormir. El suelo es un poco duro para ser cómodo y estoy demasiado molesto tendido en él, y descanso demasiado mal para poder pensar con la claridad que el caso requiere.

—¿Qué más desea?

—Luz, una mesa, en silla, lápices, papel, regla, compases... Eso, de momento. Después... después ya veremos.

—Pide usted cosas que pueden convertirse en armas. Aunque no por tenerlas podría usted escapar, podría hacer daño a alguno de mis hombres, cosa que quiero impedir, puesto que a todos los necesito.

—Sin esas cosas no puedo hacer nada. Y aun con ellas no garantizo que me sea posible hacerlo.

—Tendremos que estudiarlo.

—Como ustedes quieran. Pero estúdienlo aprisa. Me interesa volver al Instituto cuanto antes. Si temen que con ayuda de las cosas que pido pueda construir algo, que me permita escapar sin haberles revelado lo que desean saber, ¿por qué no me encierran en un lugar más seguro a su juicio?

—Es una idea-dijo el hombre —. ¿Cuánto tiempo necesitaría para hacer lo que le pido?

—No puedo decírselo con exactitud. Puede ser que tres días basten para que, con los datos que poseo, descubra los que me falta conocer. No obstante, puede suceder que tarde más en completar mis cálculos. Después de logrado eso, he de dibujar los planos del aparato, cosa que también requerirá tiempo, puesto que he de estudiar la mejor manera de aplicar lo que haya descubierto. Lo malo es que, cuando estén terminados, no podrán ustedes hacer gran cosa con ellos.

—¿Por qué?

—¿De dónde sacarán el material y las herramientas para construirlo?

—Lo tenemos aquí todo ya. No se preocupe por eso. En cuanto tengamos los planos, empezaremos a construirlo.

—Y ¿cómo lo probarán?

—Si usted ha pensado engañarnos, señor Trévelez, confiando en que no podremos comprobar lo que usted nos diga, más vale que se le quite eso de la cabeza. No saldrá usted de aquí hasta que hayamos comprobado la eficacia del aparato. Para tranquilidad suya (agregó con sorna), le diremos que hasta hemos previsto la necesidad de corriente eléctrica y ésta no ha de faltarnos cuando llegue el momento oportuno.

—Tanto mejor-anunció Trévelez —. ¿Qué deciden ustedes?

—Eso ya lo veremos. Por lo pronto, volverá usted a su encierro. Mañana le daremos a conocer nuestra decisión.

Y Trévelez fue conducido nuevamente a la habitación que le servía de calabozo.

Se tumbó en el suelo dispuesto a dormirse y, mientras conciliaba el sueño, examinó la situación a la luz de lo que el desconocido había dicho.

Según él, tenían allí ya todo el material que pudiera hacer falta para construir un aparato igual al inventado por el difunto Deusto. Ello suponía que el mismo habría sido trasladado hasta allí por aire, como lo había sido él. Y, como no era fácil que se hubieran arriesgado a tirarlo a la selva en paracaídas, preciso era que hubiese algún claro bastante grande por allí cerca en suficientes buenas condiciones para que aterrizara un aeroplano. Y, por idénticas razones, había que creer que existiera un camino practicable desde dicho campo de aterrizaje hasta la pirámide, aunque él no había visto ni rastro de uno desde la meseta.

El material, una vez trasladado a la pirámide, habría sido almacenado en alguna de las cámaras. Había la cuestión de la electricidad también. Si disponían de corriente como había dicho el hombre, preciso era que contasen con algún medio de generarla. Y ese medio debía hallarse allá adentro también.

O mucho se equivocaba o, por añadidura, debía existir una estación de radiotelegrafía en la pirámide. No era de creer que aquellos hombres se hallasen completamente incomunicados con el exterior. Y el hecho de que supieran que el mundo entero le andaba buscando y de que Yuma hubiese aparecido en público para dar a conocer sus intenciones, era una prueba más de la existencia, por lo menos, de una estación receptora, puesto que no hubieran podido enterarse tan pronto de las noticias, de lo contrario.

Le hubiera gustado poder dar con ella y emplearla para dar a conocer su paradero, pero, de momento, eso era soñar. Se daría por satisfecho si lograba que le cambiaran de habitación y le diesen todo cuanto había pedido.

Y, así pensando, acabó por quedarse dormido.

CAPÍTULO V

 

 

TRIUNFA LA ESTRATEGIA DE TRÉVELEZ

DESPERTÓ de pronto para encontrarse, como siempre, envuelto en las más profundas tinieblas. No tenía la menor idea del tiempo que llevaba dormido, pero se sentía descansado.

Se incorporó en el suelo, dispuesto a esperar a que le fuera dada a conocer la decisión de sus secuestradores.

Transcurrió muchísimo rato, sin embargo, antes de que se abriera la puerta.

Cuando, por fin, se entreabrió ésta y rasgaron las tinieblas los resplandores de una linterna, se puso en pie y, obedeciendo a una orden, salió del cuarto. Se encontró con los mismos dos hombres del día anterior que, con las mismas precauciones de siempre, le llevaron por pasillos subterráneos hasta un punto en que éstos se tornaban pendientes y empezaban a descender.

Al cabo de unos minutos de viajar y serpentear por aquellos pasadizos, sus guías se detuvieron ante una puerta recientemente reconstruida al parecer. Esta fue abierta y se le hizo pasar a una estancia bastante grande. A un extremo de ella, pegado a la pared, había une especie de altar parecido al que había visto arriba, en la sala de la meseta. Por encima de él se veía esculpida en la pared una reproducción de la serpiente con plumas de los mayas y, debajo, una serie de jeroglíficos.

Al otro extremo había sido instalada una mesa muy tosca, construida con madera de árboles de la selva. Encima de ésta, sin embargo, habían colocado un tablero liso, con una hoja de papel de dibujo sujeta a él con chinches. A un lado se veía un montoncito de hojas de repuesto, un bloc de papel, lápices, afila lápices, tinta china, una caja de compases, cartabón, escuadra y regla. A otro lado había una linterna apagada y una caja de cerillas. Cerca de la mesa había una tosca silla y, en un rincón, una cama de campaña.

—Aquí tiene usted lo que pedía-anunció uno de los hombres —. Le dejaré mi linterna y, si no tiene bastante con su luz, puede encender la otra. Junto a la cama encontrará provisiones. Han de servirle de desayuno y comida. Ya no volveremos a traerle nada hasta la noche. Mañana vendrá el jefe a ver qué tal marcha y si tiene todo lo que necesita.

—¿Dice que ha de servirme eso para desayuno y comida?

—Sí.

—¿Qué hora es?

—Las once aproximadamente. No valía la pena hacer dos viajes. Si quiere comérselo todo ahora puede usted hacerlo. Pero ya sabe que no volveremos a traerle nada hasta las diez, y son muchas horas las que ha de esperar.

—Gracias. Procuraré alargar lo que me han traído.

—Es lo mejor que puede hacer.

El hombre dejó la linterna encima de la mesa y marchó con su compañero, cerrando la puerta tras sí.

A Trévelez le había salido bien la primera parte de sus planes. Había querido que le colocaran en la cámara más profunda de la pirámide y lo había conseguido.

En cuanto se quedó solo, se dirigió a la cama, se sentó en ella y se puso a comer. Tenía apetito y quería hacer acopio de fuerzas. Una vez satisfecho, se puso en pie de nuevo y se acercó al altar.

Arriba, en la meseta, había encontrado señales inconfundibles para él, de que aquella pirámide había sido empleada en tiempos antiguos como observatorio astronómico por los mayas. La entrada, por añadidura, estaba orientada hacia el Este, según había podido deducir por la posición del sol. Al notar esto y mirar a su alrededor obedeciendo las instrucciones de sus secuestradores, había buscado, por el lado oriental, la estela que, de ser ciertas sus deducciones, tenía que hallarse allí.

No podía asegurar que la hubiese encontrado, pero abajo y delante, medio oculto por la vegetación, creía haber visto el extremo de una piedra. Para él, aquello confirmaba sus sospechas.

Ahora bien, si la pirámide en que se encontraba había sido empleada como observatorio, si lo que había visto abajo era una estela como suponía, tenían que existir, no muy lejos y por el lado oriental, tres templos más, alzados sobre sus respectivos teocalís. Estos eran necesarios para fijar la posición de los equinocios y solsticios según el procedimiento maya.

Este no podía ser más sencillo. Colocándose en las gradas de la pirámide por detrás de la estela, se veía salir el sol por el lado izquierdo del templo de la izquierda el día veintidós de junio, solsticio de verano. El veintiuno de marzo y el veintitrés de septiembre, el sol salía por encima del templo central, marcando así la llegada de los equinoccios vernal y otoñal, respectivamente. Y el veintidós de diciembre, el sol salía por el lado derecho del templo de la derecha, señalando la llegada del solsticio de invierno.

Por lo tanto, Trévelez estaba seguro de que a cierta distancia de allí tenían que hallarse los templos o sus ruinas. No era esto lo más interesante, sin embargo. Había sido costumbre de los mayas enlazar tales templos con la pirámide por medio de pasadizos subterráneos, y eran éstos los que quería buscar el director del Instituto. Conociendo como conocía, las costumbres de sus antepasados, esperaba lograrlo sin dificultad. Por eso había maniobrado de suerte que le instalaran en la cámara profunda.

Subsistía la posibilidad, naturalmente, de que tales pasadizos se hubiesen hundido o cegado con el tiempo, pero era un riesgo que había que correr.

Examinó detenidamente todo lo esculpido alrededor del altar. Luego metió los dedos en los huecos que servían de ojos a la escultura de una cabeza que parecía estar saliendo de la boca de una serpiente. Tiró con fuerza y, tras repetidos esfuerzos, consiguió que el bloque de piedra entero se moviera. Introdujo la mano en la cavidad y buscó, en ella durante unos momentos. Luego, exhalando un suspiro de satisfacción, volvió a tapar tal hueco.

Se apoyó contra la mesa del altar y empujó. Se había sabido hallar tan bien el punto de equilibrio, que la enorme mole de piedra giró sin dificultad, a pesar de haber transcurrido siglos, seguramente, desde que mano humana la tocara por última vez.

Tomó la linterna encendida de encima de la mesa, las cerillas y un compás para usarlo a modo de puñal si se veía obligado a ello y, con todas estas cosas, se introdujo por el oscuro pasadizo y cerró nuevamente el altar tras sí.

Dejó la lámpara en el suelo unos instantes. La caja de cerillas estaba llena y se arriesgó a desperdiciar una de ellas. La encendió con cuidado, quitó la mano de delante. La llama osciló y acabó apagándose. Había corriente de aire. Los huecos abiertos por los constructores de los pasadizos en tiempos remotos seguían cumpliendo su misión de ventilar los subterráneos-por lo menos algunos de ellos.

Trévelez volvió a tomar la linterna y echó a andar. Por allí, por lo menos, el túnel estaba en perfecto estado y el suelo era llano. Antes de haber dado muchos pasos, llegó a un punto en que se veía la boca de una galería a derecha e izquierda de la que había recorrido hasta aquel momento. Era fácil de comprender que conducían a los teocalís de derecha e izquierda.

Optó por continuar andando por el central, ya que éste resultaría un poco más corto, mas hubo de abandonar su intento. A los pocos metros se encontró ante un montón de piedras que obstruía el paso. No habían caído del techo, sino de los lados, pero representaba una labor muy grande abrirse paso por entre ellas y desistió, retrocediendo sobre sus pasos.

Probó suerte por la galería de la derecha y, aunque encontró hundimientos de trecho en trecho, éstos fueron demasiado pequeños para impedirle el paso, y al cabo de unos minutos, se halló ante una pared de piedra.

Examinó los lados detenidamente:. Encontró, en un hueco, las cuñas que la sujetaban a modo de cerrojos, las retiró y empujó. El muro cedió, franqueándole el paso a una cámara semejante a aquella de la que había partido, pero más pequeña.

Entró en la cámara y cerró el altar tras sí. Luego salió al pasillo. Los corredores eran una reproducción exacta de los de la pirámide en que había estado prisionero y no se había producido hundimiento alguno en ellos. Tras un rato de andar, llegó al pie de una escalera donde tropezó con las primeras dificultades.

Seguramente, la techumbre del templo de la meseta se habría hundido años antes, dejando la parte superior de la escalera al descubierto y los elementos se habían encargado de lo demás. Faltaban piedras en varios sitios y había montones de tierra y piedras en otros, de suerte que se veía obligado a subir con mucho cuidado para no pisar en falso y sufrir una caída.

Aun necesitaba la linterna, porque, a pesar de hallarse cerca de la superficie, la oscuridad era casi completa. Cuando llegó arriba, comprendió a qué se debía aquello. La selva había logrado adueñarse por completo del teocalí, cubriéndole por completo de vegetación. Hubo de abrirse paso por entre las ramas y maleza antes de ver la luz del sol y, aun entonces, apenas le era posible ver rastro alguno del monumento sobre el que se hallaba. De haberse acercado a él desde el exterior, seguramente no hubiese sospechado siquiera su existencia.

Dos veces se vio asaltado por serpientes, de cuya picadura se libró tan sólo gracias a su agilidad. A una de ellas pudo asirla por la cola y estrellarle la cabeza contra una piedra.

En cuanto sus ojos se hubieron acostumbrado un poco al brillo del sol, se encaramó a un árbol que había echado raíces por entre las grietas de las piedras del teocalí y miró a su alrededor. No vio nada más que las copas de los árboles. Los otros dos templos debían haber sufrido la misma suerte que aquél.

Bajó del árbol, apagó la linterna y la dejó escondida cerca de la escalera. No había más que un medio para orientarse: el sol. Aun no había alcanzado su cenit y brillaba alto-pero detrás del templo aún, puesto que éste estaba orientado hacia el Oeste.

Se abrió paso por entre árboles y maleza y empezó a bajar del montículo en que se había convertido el monumento. Avanzaba con lentitud, porque la selva era espesísima y hubiera sido necesario usar un machete para abrirse camino. Afortunadamente para él, no iba cargado con nada, lo que le permitía introducirse por espacios estrechos y, gracias a su agilidad, hacer progresos a veces por las copas de los árboles cuyas ramas se entrelazaban. Más veces empleaba este último procedimiento quo el primero, a que la maleza dificultaba también el paso por el suelo y brindaba escondite a insectos y reptiles cuya mordedura era venenosa.

De vez en cuando se detenía a escuchar, para continuar su camino luego. Una vez creyó distinguir movimiento entre los árboles, y le pareció que se trataba de un ser humano; pero cuando se acercó, no halló a nadie.

El sol siguió ascendiendo, alcanzó el cenit e inició el descenso por el lado en que debía hallarse la pirámide. Trévelez calculó, aproximadamente, el tiempo transcurrido desde que abandonara su encierro. Tenía el propósito de volver, por raro que parezca, y no quería que fuese advertida su ausencia. Era preciso que calculase mayor tiempo para el regreso que para la salida, puesto que podía suceder que se extraviara algo y tardara en dar con el teocalí enterrado.

Por fin vio brillar entre las hojas las aguas de un lago, llegó hasta la orilla y permaneció oculto subido entre las ramas. El lago era grande y árboles y maleza llegaban hasta su orilla por todos los lados. Hallara allí lo que buscara o no, tendría que ser el límite de su excursión. No podía arriesgarse a ir más lejos. Calculaba que podría perder allí una hora a lo sumo antes de emprender el regreso y se instaló en el árbol lo más cómodamente posible.

Hasta aquel momento, fuera de dos o tres reptiles, no había tropezado con más animal que un jaguar, y éste, que rara vez ataca al hombre, no quiso hacer excepción en su caso. Desde su altura vio acercarse varias veces animales que iban a beber, pero ni un solo ser humano.

Por fin, cuando empezaba a decirse que tendría que volver a la pirámide sin haber adelantado nada, vio aparecer un grupo de indios al borde del lago, no muy lejos del lugar en que se hallaba. No sabía que acogida le dispensarían estos cuando se presentara, pero, estaba decidido a correr el riesgo.

Se descolgó del árbol y, con los brazos en alto y las manos abiertas para demostrar que iba en son de paz (se había enganchado al traje de baño el compás, en una de cuyas puntas iba atravesada la caja de cerillas), empezó a andar hacia ellos.

Los indios iban armados de machetes solamente, y el primero que le vio, desenvainó prontamente el suyo, pero viendo que iba con los brazos en alto y que no llevaba nada en las manos, volvió a envainarlo y dijo algo a sus compañeros, que se volvieron y aguardaron.

Trévelez siguió andando hasta hallarse a pocos pasos de ellos. Luego se detuvo en seco y los miró detenidamente. Quería ver si distinguía por sus facciones qué tribu pertenecían para hablarles en su idioma si le era conocido. Por último, en la duda, decidió hablarles en español primero y uno de los indios le contestó en el mismo idioma, intercalando ciertas palabras indígenas era las que Trévelez reconoció, con agradable sorpresa, el nahuatle, idioma en el que, desde aquel momento, continuó su conversación.

—¿Dónde estamos? —preguntó.

—Cerca del río Usamacinta-le contestaron.

—¿Por el lado de Méjico o Guatemala?

—Méjico.

—¿Sabéis dónde está Piedras Negras?

Le contestaron afirmativamente.

—¿Querréis llevar allí un menaje?

Los indios vacilaron, se miraron...

—Recibiréis una buena recompensa-prometió Yuma.

Parecieron ablandarse. Hubieran rechazado de plano la petición de un extraño normalmente, pero el hecho de que aquel desconocido hablara con tanta facilidad su idioma, su gran talla y la recia musculatura que se le veía, influyeron mucho en el resultado.

—¿Qué mensaje? —preguntó el que parecía el jefe de ellos.

Trévelez, antes de salir de su encierro, había escrito rápidamente una nota por si tenía ocasión de mandarla. Era demasiado grande el papel para poderle meter en la caja de cerillas, pero, doblándole varias veces a lo largo, había podido introducirle entre el cajoncito y la parte exterior de la caja. Sacóla ahora y se lo entregó al indio.

Éste lo desplegó, aunque estaba seguro Trévelez de que no sabría leer... y mucho menos lo que allí iba. Vio diez o doce líneas escritas en cursiva corriente, que evidentemente no entendió. Tampoco entendió lo que iba debajo, pero no debía ser la primera vez que veía algo así, porque se volvió, excitado, hacia sus compañeros, y señaló la serie de jeroglíficos mayas que Trévelez había puesto al pie de la carta.

—¿Estáis dispuestos a llevarlo? —preguntó.

El indio, mirándole con cierto temor supersticioso, contestó afirmativamente.

—¿A Piedras Negras? —dijo.

—Lo más cerca posible.

—Y, ¿a quién lo hemos de entregar?

—Al primer maya que encontréis. Enseñadle el papel. En cuanto él vea los símbolos, sabrá a quién ha de ser entregado. Decidle que se os ha prometido una recompensa por entregar el mensaje y, si él no puede dárosla, os conducirá a quien pueda. ¿Habéis comprendido?

—Si.

—Decidle al propio tiempo en dónde me habéis encontrado. Viajando hacia allá (señaló con la mano), llegarán al sitio que menciono. Decidle que es el de la derecha. ¿Lo recordaréis?

Los indios contestaron afirmativamente. Trévelez se despidió de ellos, se encaramó a un árbol y emprendió el camino de regreso. Tendría que darse prisa para estar de vuelta a tiempo.

Afortunadamente, tuvo bastante acierto, y aunque se desvió un poco del camino, no fue tanto como había temido en un principio. Llegó al teocalí, recogió la linterna, y cuando a las diez de la noche entraron en su encierro a llevarle la cena, le encontraron sentado ante la mesa con una hoja llena de números.

CAPÍTULO VI

 

 

SE DESARROLLAN LOS PLANES

TRÉVELEZ, antes de ser trasladado a la cámara más profunda de la pirámide, había reflexionado mucho acerca de las ventajas e inconvenientes de su plan y creía haber previsto todas las contingencias.

Los secuestradores le habían dicho que habían transportado allá todo el material necesario para construir un aparato igual al del difunto Deusto. Habíanle asegurado, por añadidura, que dispondrían de la cantidad de energía eléctrica que fuera preciso para su buen funcionamiento.

Esto no sólo demostraba que hacía tiempo que preparaban aquello y habían ido trasladando cuanto les hiciera falta paulatinamente antes de secuestrarle, sino que suponía en uno o varios de los hombres conocimientos científicos. No podían haber escogido el material necesario a menos de tener una idea bastante acertada de lo que era el aparato en cuestión. Y el jefe de la banda, al mencionar el material de que disponían, había hablado con la seguridad de quien sabe lo que hace falta y lo tiene todo preparado.

Todo lo _cual convencía a Trévelez de que no sería cosa fácil engañarles presentando fórmulas y cálculos falsos que hubieran bastado para engañar a un profano.

Desde el primer momento había supuesto que necesitaría días para desarrollar su plan y sólo podía esperar ganar dicho tiempo si lograba convencer a sus secuestradores que había cedido, sin reservas, ante sus exigencias.

Por consiguiente, no había soñado ni por un momento engañarles-por lo menos al principio. Más adelante y según se presentaran las cosas, reflexionaría de nuevo sobre el asunto.

De ahí que, sabiendo que el jefe iba a hacerle una visita al día siguiente, hiciera todo lo necesario para que éste viera que se ocupaba, en efecto, de estudiar la cuestión, procurando que nada en sus cálculos fuera sospechoso.

Preparó, pues, un estudio concienzudamente razonado, ateniéndose a la verdad. Ya podía tener aquel hombre los conocimientos científicos que tuviera, no había peligro de que sospechase nada, puesto que ninguna trampa habría en ellos.

De haber querido, aquella noche misma hubiese podido tener terminado por completo el estudio y al día siguiente hubiera podido empezarse a construir el aparato. Eso no pensaba hacerlo, sin embargo. Su intención era hacer el desarrollo de las teorías de Deusto de la manera más lenta posible para disponer del tiempo necesario para sus planes.

Puso, pues, manos a la obra después de cenar, y dejó preparado lo suficiente para convencer a quien se presentara de que obraba de buena fe, y, seguro de que lo conseguiría, se quedó dormido como un bendito no bien se dejó caer en la cama.

Estaba un poco dolorido. No le había sido posible avanzar por la selva sin más protección que el traje de baño sin cubrirse de arañazos y había sentido la picadura del sol en el cuerpo desnudo. No obstante, no era tan buena la luz que iluminaba el cuarto para que pudieran verse demasiado bien esos detalles. El encargado de llevarle la comida no había notado en él nada anormal y confiaba que el otro tampoco se fijaría en nada cuando se presentara al día siguiente. Y si se fijaba, sólo podría creer que le habían sido producidos al ser trasladado desde el avión hasta la pirámide. ¿Cómo iba a poder suponer que podía salirse de la pirámide desde aquel cuarto y menos que, habiendo salido, regresase Trévelez a su encierro en lugar de huir lo más lejos posible?

Fuera como fuese, la cosa preocupaba muy poco al director del Instituto y, como ya hemos dicho, se echó a dormir completamente tranquilo.

Mientras esto sucedía en la pirámide, los indios con los que se entrevistara en la selva habían llegado a las inmediaciones de Piedras Negras. Encontrar a un indio de raza maya fue algo más difícil, sin embargo. Y acercarse a él cuando le encontraron lo iba a ser mucho más aún. Tenían que convencerle primero de que iban en son de paz, cosa un poco delicada si se encontraban con un indio solo, siendo ellos tres.

Les ayudó la necesidad de separarse y buscar cada uno por su lado, puesto que uno hace menos ruido y puede disimular su proximidad mucho mejor que tres. El primero que descubrió a un maya se alejó nuevamente sin revelar su presencia, yendo en busca del que llevaba la carta de Trévelez, y fue éste quien finalmente se dirigió al indio con las manos en alto en son de paz y le presentó la carta.

La desconfianza que el maya podía haber experimentado se desvaneció en cuanto vio los jeroglíficos. Interrogó al portador del mensaje y éste le dio a conocer todo lo sucedido, repitiendo al propio tiempo las instrucciones que les diera Trévelez y la promesa de recompensa quo les había hecho.

—Tendréis vuestra recompensa-aseguró el maya —. Pero sólo uno de vosotros puede entregar personalmente este mensaje y cobrar la recompensa. Los otros tendrán que aguardar aquí. Llámalos.

Fueron llamados los dos compañeros del mensajero y se les comunicó la necesidad de que dos de ellos aguardaran. Se pusieron los tres de acuerdo y decidieron cuál de ellos había de acompañar al maya. Una vez hecho esto, este último dio un grito singular y, en contestación a él, aparecieron por entre los árboles otros cuatro indígenas.

Tras unos momentos de conversación, dos de ellos se quedaron a hacer compañía a los que habían de aguardar, otro volvió a desaparecer por entre los árboles y los dos restantes hicieron una seña al mensajero para que se preparara a seguirles.

—El que acaba de marchar-explicó uno de ellos —, corre a anunciar nuestra llegada y a abrirnos el camino.

Se internaron en la selva en fila india, yendo el mensajero entre los otros dos y, al cabo de algún tiempo, la comitiva se detuvo.

—Ningún extraño puede entrar donde has de ir ni conocer el camino-dijo uno de los mayas —. Tendremos que taparte los ojos.

El indio vaciló unos instantes, pero acabó dejándose vendar los ojos con un trapo.

No supo dónde le llevaban. Sólo se dio cuenta de que caminaba sobre piedras a veces y que en varias ocasiones tuvieron que sujetarle sus compañeros para que no cayera. Tuvo, en ciertos momentos, la sensación de que caminaba bajo tierra por el olor y por la diferencia de temperatura, pero no hubiera podido asegurarlo. Subió y bajó varias veces por lugares muy pendientes y, por fin, le hicieron detenerse y le quitaron la venda.

Se hallaba parado ante una casa ante un valle poblado de grandes edificios. Miró a su alrededor con asombro. En su vida había sospechado la existencia de semejante lugar siquiera.

No le dieron mucho tiempo para maravillarse, sin embargo. Sus guías le hicieron entrar en la casa, cuya puerta había sido abierta, y fue conducido inmediatamente a presencia de un hombre de venerable aspecto, a quien hubo de repetirle lo que había dicho a los mayas.

El desconocido aceptó el mensaje que le entregó, dio las gracias al indio y ordenó que se le diera algo de comer, así como una buena recompensa, tras lo cual debía ser conducido nuevamente al lugar en que lo aguardaban sus compañeros.

No habían hecho más que llevarse al indio, cuando el anciano leyó el mensaje y, sin perder momento, se dispuso a seguir al pie de la letra las instrucciones que éste contenía.

El resultado de ello fue que, unos minutos más tarde, cuatro hombres escogidos salían del valle con dos maletines uno, con las cosas que ellos necesitaban, el otro, para ser entregado a Trévelez.

*****

 

 

Trévelez se levantó al despertarse sin tener la menor noción de la hora que era. Encendió la linterna que había apagado al echarse y repasó lo que había hecho el día anterior. En ello estaba ocupado cuando se abrió la puerta y, con gran sorpresa suya, le sirvieron desayuno, cosa que era la primera vez que hacían.

Consistía éste en una taza de café caliente, una torta de maíz y un poco de carne. Sin duda, en vista de que había decidido amoldarse a sus antojos, sus secuestradores habían decidido mejorar su dieta. No había hecho más que consumirlo, cuando volvió a abrirse la puerta para dar paso al jefe.

—Buenos días, señor Trévelez-le dijo, con amabilidad —. Espero que habrá encontrado todo a satisfacción suya y que habrá descansado bien en esa cama.

—He descansado divinamente, gracias. Y la tranquilidad de que se goza aquí abajo es un aliciente para el trabajo intelectual. Pero no puedo decir que haya encontrado aquí todo lo que esperaba.

—¿Qué le falta?

—Un medio de medir el tiempo, en primer lugar. Es un poco desconcertante no saber cuándo es de noche y cuándo de día. No tengo más guía que la llegada del carcelero con mi comida. Y por la noche, cuando me despierto, no sé si lo hago porque ha llegado la hora en que tengo por costumbre levantarme, o si es que algo ha interrumpido momentáneamente mi sueño. Tengo que guiarme por el estado en que me encuentro para levantarme o dar media vuelta y volverme a dormir. ¿Qué inconveniente hay en que tenga aquí un reloj?

—Ninguno-se apresuró a decir el hombre —, salvo que no sé si podré encontrar uno disponible que prestarle. Lo miraré, y, si hay manera, cuente usted con él. ¿Qué mas ha echado de menos?

—Un traje. Hubieran hecho bien con traerse el mío cuando me secuestraron. Empiezo a cansarme de ir en traje de baño.

—No trajeron su traje por dos razones-contestó el jefe de los secuestradores —. En primer lugar, temían ser descubiertos si se entretenían. En segundo lugar, tenían que, si se llevaban su traje, hubiera algo oculto en él que, más adelante, pudiera servirle para hacerles daño o para facilitarle a usted la fuga.

—Eso era fácil de comprobar, registrándolo.

—Pueden ocultarse algunas cosas tan bien, que no se encuentran al hacer el registro.

—¿Y mis zapatos?

—Los dejaron atrás por idéntico motivo. De todas formas, si el clima no hubiera sido benigno, le hubiéramos proporcionado con qué cubrirse. No obstante, si usted quiere, le mandaré un pantalón y una camisa... aunque yo, en su lugar, preferiría ir como va. Desde luego se encontrará más fresco.

—Le agradeceré que me mande la camisa y el pantalón que me ofrece. En cuanto a zapatos...

—Eso es más difícil. Sería una casualidad que le fueran bien los zapatos de ninguno de nosotros... Advirtiéndole que somos pocos los que tenemos aquí más de un par de zapatos. Haremos lo que podamos. Ahora hablemos de otra cosa que nos interesa más a ambos. ¿Ha empezado usted a hacer sus cálculos?

—Sí.

—¿Ha adelantado mucho?

—No más de lo que yo esperaba. Ya le dije que necesitaba unos días para completarlos. No quiero que haya un fallo a última hora y lo achaque usted a mala fe por mi parte. Hasta ahora, no he hecho más que desarrollar el razonamiento de Deusto, probando y comprobando las operaciones a cada paso y no dando un paso adelante hasta estar seguro de que lo que llevo hecho, está de acuerdo con los principios fundamentales de la cuestión que se ha de resolver.

—Me gustaría ver esos cálculos.

—No tengo inconveniente en enseñárselos... aunque dudo que saque usted nada en limpio de ellos.

Si con esta afirmación esperaba averiguar los conocimientos que el jefe de la cuadrilla tenía del asunto, fracasó por completo. Este no dijo nada que le sacara de dudas. Le enseñó dos o tres papeles cubiertos de cifras.

—Aquí los tiene-dijo.

El hombre tomó los papeles y los examinó atentamente. Estuvo haciéndolo tanto rato, que Trévelez se alegró de no haber intentado engañarle. Era evidente que sabía lo que se traía entre manos.

—Por lo que veo-anunció, por fin —, ha empezado usted sentando un caso hipotético. Ha supuesto que se desea obtener ondas de una frecuencia determinada y ha calculado el potencial eléctrico necesario para producirlas, la capacidad de los condensadores, las resistencias, transformadores y todo eso...

—En efecto-asintió Trévelez —. Veo que entiende usted algo de eso.

—Mucho más de lo que usted se supone-respondió el otro, con sequedad —. Lo bastante, incluso, para darme cuenta de que aquí no hay más que fórmulas para obtener distintas frecuencias, sin que, en ningún caso, haya abordado la cuestión principal: la forma de emitir esas ondas sin que haya desperdicio y el procedimiento para dirigirlas contra un objeto determinado y concentrarlas en él. Tampoco ha tocado otro punto: el de conseguir cambiar la frecuencia de las ondas a voluntad en plena transmisión. Hasta ahora no ha hecho más que exponer datos que nosotros conocemos ya.

—La culpa es suya y no mía-respondió Trévelez —. No tenía la menor idea de lo que pudieran ustedes conocer. Si me lo hubieran dicho, y explicado hasta dónde habían llegado en sus experimentos, hubiera podido yo seguir adelante desde ese punto y ahorrar tiempo. Lo natural era que empezase yo por el principio para que comprendiesen mejor. De no hacerlo así, me exponía a que me dijeran que no comprendían cómo había llegado yo a las conclusiones que les presentara, e incluso que, sospechasen que intentaba engañarles.

El hombre pareció comprender que a Trévelez le asistía la razón, porque no insistió sobre ese punto, limitándose a preguntar:

—¿Qué fue, exactamente, lo que dijo Deusto cuando solicitó la ayuda del Instituto? ¿Tiene inconveniente en decirlo?

—Puesto que he decidido ayudarles a construir el aparato, no veo razón para ocultarle eso. Me dijo que estaba haciendo ciertos estudios relacionados con la teoría atómica y con las propiedades y su potencia vibratoria. Me aseguró que había partido de los últimos descubrimientos hechos por la Ciencia, ampliándolos y que, gracias a ello, esperaba poder dotar a los barcos con un medio para luchar contra los témpanos de hielo, escollos y bajíos. Era posible que su invento tuviera muchas otras aplicaciones, pero su primera idea había sido ésa.

—Y... ¿le bastó a usted eso para brindarle protección? —exclamó el otro, con incredulidad.

—Me hubiera bastado si hubiese estado seguro de que conocía él las propiedades de los cuerpos tan a fondo como pretendía.

—Pero usted no tenía esa seguridad.

—No.

—¿Cómo pudo usted adquirirla?

—Le dije que me tratara como si no tuviera yo la menor noción de esas cosas y que me explicara, de forma que pudiera entenderla un profano, la teoría de las vibraciones y la aplicación que él pensaba hacer de ella. Mi objeto, naturalmente, era descubrir si conocía lo bastante el asunto para tener probabilidades de perfeccionar el invento de que hablaba. Las explicaciones que me dio me convencieron y ya no tuve inconveniente en ayudarle.

—¿Qué explicaciones fueron ésas?

—Si ha entendido mis anotaciones, debe usted conocer, divinamente, esas teorías. Sería una pérdida de tiempo repetirlas.

—No obstante, quisiera escucharlas. Le digo lo que dijo usted al inventor, señor Trévelez. Haga como si hablara con un profano. Es posible que en su explicación haya algún dato que a mí se me escapara y que, escuchándole, vea más clara la solución del asunto.

—Como usted guste-repuso Trévelez, cuyo principal objeto era lograr que el hombre confiara en él si ello era posible —. Emplearé, tan aproximadamente como me sea posible, las mismas palabras que empleó Deusto. Empezó hablando del tan sabido experimento de la copa de cristal. ¿Es necesario que lo repita?

—Ya le he dicho que debe hablar como si a un profano se dirigiera-le respondió el otro.

—Sea. Si he de hablarle como quien habla a un profano, señor Trévelez, me dijo, he de principiar hablando de los que, con sólo cantar unas notas determinadas, rompen una copa de cristal fino. Quien conoce la nota vibratoria de una cosa, conoce el medio de destruirla. Eso es lo que hacen esos señores.

»Si toma una copa de cristal y le da un golpe, observará que emite una nota musical. Esa nota la emite el cristal al vibrar. Si vibrara a esa misma velocidad o frecuencia durante un rato, el cristal no podría resistirlo y estallaría. Pues bien, si una persona acierta a cantar esa misma nota y prolongarla, hará que el cristal, afectado por la vibración de su voz, vibre a su vez y acabe estallando. Ese es el secreto de romper copas con la voz.

—Hasta ahí-interrumpió el jefe de los secuestradores —, no he sacado ninguna idea nueva.

—Ya se lo advertí-dijo Trévelez —. Pero, usted insistió en que se lo contara.

—Sí, y sigo insistiendo. Continúe.

—Todas las cosas vibran. Todas las cosas tienen su nota característica. Mientras la vibración de un objeto sea normal, el objeto subsiste. Si lográramos, sin embargo, elevar la frecuencia de sus vibraciones, llegaría un momento en que la capacidad vibratoria del objeto sería rebasada. La vibración sería tan fuerte, que sería impotente contra ella la ley de cohesión, que es la que hace que las moléculas permanezcan unidas y, al disgregarse éstas, el objeto se convertiría en polvo. Hay medios científicos para conseguir, ese fin. Si se logra emitir una serie de ondas de la misma frecuencia vibratoria que el objeto que se quiere destruir, se establece con él una especie de relación simpática. Basta ir aumentando poco a poco la frecuencia de las ondas para que el objeto, en simpatía ya con ellas, vibre al unísono y así se va consiguiendo que sea el objeto mismo el que emita su propia nota, hasta destruirse.

—Y ¿cómo puede conseguirse eso? —inquirió el hombre, interrumpiendo de nuevo.

—Eso mismo le pregunté yo a Deusto. Y él me contestó que en ello consistía su invento. Creía haber descubierto un medio de emitir ondas de elevadísima frecuencia en una dirección determinada.

—¿Cómo dijo que lograba eso?

—No lo dijo, ni insistí yo en que me lo dijera. Con lo dicho me demostraba que no hablaba por hablar, que tenía suficientes conocimientos para llevar a cabo el trabajo que se proponía. Le extendí, por consiguiente, todas las facilidades que podía brindarle el Instituto.

—Y ¿es eso todo cuanto pudo averiguar? —inquirió el otro, con evidente desilusión.

—No. De vez en cuando me daba yo una vuelta por los talleres y laboratorios para hablar con los inventores que había por entonces alojados en el instituto. En el curso de estas vueltas, vi trabajar a Deusto y presencié, en parte, la construcción del aparato, que, como usted no ignora, dio un resultado magnífico.

—¿Espera usted poder reproducirlo?

—Con tiempo, sí. Estoy completamente seguro de que cuando haya terminado de hacer cálculos podré dibujar los planos de un aparato que haga todo lo que hacía el de Deusto... teóricamente, por lo menos. Después será cuestión de construirlo y probarlo. Claro está que será preciso afinarlo. Ya sabe que siempre se presentan ciertas dificultades en la práctica, pero es fácil superarlas.

—¿Cuándo cree usted que tendrá listos los cálculos?

—Le repito lo que ya le dije. Aseguré que necesitaba tres días por la menos, aunque bien pudieran ser más. Es posible que mañana haya resuelto la parte teórica. No obstante, si quiere pasar a verme mañana a estas horas, le enseñaré hasta dónde he llegado para entonces. También creo que podré, en ese momento, decirle con mayor seguridad cuándo quedará terminado todo.

—Bien, volveré mañana a estas horas entonces. Haga un esfuerzo por terminarlo todo pronto•

—Le aseguro-contestó Trévelez —, que tengo más ganas que usted de completar mi trabajo. No encuentro nada agradable tener que permanecer aquí encerrado y quiero conseguir que se me ponga en libertad lo más aprisa posible.

CAPÍTULO VII

 

 

NOTICIAS POR FIN

TRÉVELEZ estaba satisfecho del resultado de la visita. Había podido observar que el jefe de los secuestradores, se marchaba convencido de que su prisionero estaba dispuesto a cooperar con él hasta el fin. Y este convencimiento lo había adquirido no tanto por las cifras que había visto inscritas en las hojas de papel, sino por la facilidad con que Trévelez había hablado de sus conversaciones con Deusto. Ahora estaba seguro el director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas que podría ganar todo el tiempo que necesitara para madura sus planes.

Que la aparente sinceridad de Trévelez había causado una agradable impresión en los secuestradores, quedó demostrado unos minutos después. Se presentó uno de los hombres con un reloj de bolsillo, un pantalón, una camisa y unos zapatos.

La camisa le venía bien de todo menos de cuello, pero podía llevarla con el cuello desabrochado. El pantalón era un poco corto y estrecho, lo que no impidió que se lo pusiese. Los zapatos, en cambio, resultaron un poco grandes, cosa afortunadamente remediable, pues tenía papel suficiente allí para hacerse plantillas que le permitieron ponérselos.

Dejó el reloj sobre la mesa y, a las doce en punto del mismo, le llevaron de comer. Se alimentó sin prisas. Su intención era salir de nuevo por la galería de detrás del altar, pero no sabía si los indios a quienes diera el mensaje habían podido encontrar a su llegada a maya alguno o si habrían tenido que rondar toda la noche por los alrededores de Piedras Negras. Quería dar tiempo a que su mensaje fuera recibido y contestado.

Sería un poco más de la una cuando volvió a tomar la linterna, se guardó el reloj en el bolsillo e hizo girar el altar. No siguió la galería de la derecha esta vez, sin embargo, sino la de la izquierda. Quería saber en qué estado se encontraba, por si tenía necesidad de hacer uso de ella alguna vez.

Pocos metros de ella había recorrido, cuando hizo un descubrimiento. La pared derecha del túnel estaba hundida, pero hacía el otro lado, de suerte que no obstruía el paso. En lugar de seguir por la galería, se introdujo por el agujero y, haciendo equilibrios sobre los escombros, pronto se dio cuenta de que lo que había sospechado era cierto. Era de aquel lado de donde procedían los escombros que tapiaban la galería central, pero habían caído de tal forma, que no impedían el paso de una galería a otra y, lo que era más importante, el hueco quedaba por detrás de la obstrucción. Decidió, por consiguiente, explorar la galería central, ya que se le presentaba ocasión de hacerlo.

No encontró más lugares desmoronados en todo el camino y, al desembocar en la cámara del templo central, encontró que todo el teocalí se hallaba en mejor estado de conservación que el que visitara el día anterior.

Recorrió los pasillos hasta la escalera ascendente, por la que subió sin tropiezo. La cámara de arriba tenía techumbre y paredes y la gran sala de la meseta, aunque hundida en algunos lados, estaba poco menos que intacta comparado con la del templo de la derecha y la de la pirámide.

Salió a la meseta. Ésta no se había librado de la invasión de la selva, y de tal suerte habían arraigado árboles y plantas sobre la propia meseta y los lados, que, a pesar de hallarse mejor conservado, el templo estaba mucho más oculto que los otros. Pudo observar incluso que encima del mismo habían echado raíces tres árboles que contribuían en gran manera a esconderlo.

Bajó de nuevo y volvió a la galería, recorriéndola hasta llegar a la obstrucción. Al pasar a la galería de la izquierda, consultó el reloj. Más valdría, pensó, dar un poco de tiempo más a los que esperaba. Con esta intención, echó a andar por el túnel aquel, decidido a explorarlo también. Era el único que le faltaba conocer. Tenía tiempo para hacerlo.

Estaba bastante deteriorado, pero transitable. Llegó al final, quitó las cuñas, empujó el muro. No bien se abrió la puerta secreta y cuando estaba a punto de entrar en la cámara, oyó un ruido lejano que le obligó a detenerse y prestar atención. El sonido era demasiado débil para que pudiera identificarlo con seguridad, pero le pareció algo así como el de un motor.

Aquel ruido suponía la proximidad de seres humanos. Hubiera querido investigarlo, pero comprendía que era una imprudencia hacerlo. Si avanzaba con la linterna, ésta sería visible a gran distancia en la oscuridad. Si lo hacía sin ella, se exponía a caer en algún hoyo, a tropezar con escombros, a producir ruido que delatara su presencia. Y, de ser sorprendido allí, no sólo se echarían a perder todos sus planes, sino que correría peligro de muerte.

Optó por dejar la exploración del tercer templo para más adelante, cerró el muro y deshizo lo andado hasta llegar al punto de conjunción de las tres galerías. Luego tiró por la de la derecha, como el día anterior.

Nada obstruyó su paso. El muro del fondo cedió a la presión de su cuerpo. Pasó a la cámara, recorrió los pasillos. Llegó a la estropeada escalera.

Apenas se abrió paso por entre la maleza y salió a las ruinas de la cámara superior, cuando una voz dijo a su oído:

—Aquí estamos, jefe.

El hecho de qué la voz pareciera surgir del aire, de que no hubiera persona alguna visible, no pareció extrañar a Trévelez.

—¿Habéis traído lo que os pedí? —inquirió.

—Aquí está todo-le respondió la voz.

Y sintió que le acercaban un maletín a la mano.

Lo tomó y dijo:

—¿Cuántos sois?

—Los que pidió usted, jefe. Cuatro.

Y al decir esto, aparecieron de pronto como suspendidas en el aire, cuatro cabezas. Los enviados del valle oculto parecían ir envueltos en capas iguales a las de Yuma-capas que habrían transportado hasta allí dentro del segundo maletín, seguramente.

—Bien-dijo Trévelez —. Tú (señaló a uno de ellos), vas a encargarte de buscar un campo de aterrizaje que debe haber por los alrededores. Entérate de lo que hay en él y avísame. Si hay algún avión allí, aprovecha la primera ocasión que se te presente para inutilizarle. Hazlo de manera que cueste trabajo averiguar lo que le pasa y arreglarlo, pero de tal forma que, de necesitarlo nosotros, podamos tenerle en condiciones de volar en unos minutos. ¿Comprendes?

—Sí, jefe.

—Permanece vigilándolo si lo encuentras. Notifícame el número de hombres que hay en él o que se acerquen a él.

—Bien, jefe.

—Nada más. Ya te daré nuevas instrucciones si es preciso. Puedes marcharte.

La cabeza desapareció y, aunque se oyó un leve rumor entre las ramas, delatando el paso del que había marchado, no se vio en ningún momento parte alguna de su cuerpo, cosa extraña, puesto que lo más natural era que las ramas separaran alguna vez la capa o que, al alzar el hombre los pies, ésta se enganchara. Tampoco esto pareció llamar la atención del director del Instituto, que, encarándose con los otros tres hombres, les dijo:

—Seguidme.

Bajó la escalera, recorrió los pasillos, volvió a la cámara de abajo, abrió la puerta secreta.

Caminó en silencio seguido de los tres hombres. Al llegar a la confluencia de las tres galerías, se detuvo. Explicó primeramente lo que había oído al final del túnel de la izquierda. Luego ordenó a uno de los tres:

—Ve a ver qué hay allí. Ten cuidado. Si eres descubierto fracasará mi plan.

—No seré descubierto, jefe.

El hombre marchó.

Antes de seguir adelante, Trévelez depositó el maletín en el suelo y lo abrió. Estaba lleno. Contenía, entre otras cosas, una pistola, municiones, varios estuches, un reloj de pulsera, una pila eléctrica de bolsillo, un auricular del tamaño de una avellana, de los que había inventado, el propio Trévelez y... algo que merece párrafo aparte.

En un rincón del maletín había dos prendas. Una de ellas era una copia exacta de la maravillosa capa inventada por el director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas, capa que tenía la virtud de hacerle invisible.

Negra por un lado, la capa refractaba los rayos luminosos por el otro sin reflejarlos, por lo que todo lo que bajo ella se hallaba desaparecía de la vista. Bastaba que, volviese la capa del revés del derecho para hacerse visible o desaparecer como humo disipado por el viento. Y era de un tejido tan tenue, a pesar de ser muy fuerte, que una vez doblada, apenas ocupaba sitio y podía meterse holgadamente en un bolsillo.

Eso fue lo que hizo Trévelez con ella en aquel momento. La sacó, la dobló y la guardó en el bolsillo del pantalón, donde ni siquiera se notó su bulto.

La segunda prenda explicaba por qué el roce de las ramas no había dejado parte alguna visible del cuerpo del recién llegado del valle. Era una especie de mono, mejor dicho, una especie de traje de buzo, puesto que el pantalón terminaba en unas botas que formaban parte integrante del conjunto. Este traje, que tenía las mismas propiedades que la capa, reunía en sí algunas otras ventajas. Tenía la consistencia del cuero, pero era flexible como piel de ante. Las extremidades eran mucho más gruesas aún, hasta cerca de la rodilla, y la bota era tan invisible por la parte de la suela como todo el resto del traje.

Gracias a todo esto, el que lo llevara puesto podía moverse con entera libertad, sin temor a que movimiento alguno suyo, por brusco que fuera, pudiera dejarle al descubierto. Podía subirse a los árboles sin perder su invisibilidad y era el traje lo bastante grueso para resistir el roce de las ramas sin rasgarse y para proteger a quien lo llevara contra las mordeduras de serpientes y los zarpazos de las fieras, cuyas garras, por afiladas que fueran, no podían perforarlo.

Era el traje ideado por Trévelez para poder viajar, invisible, por la selva. Y, naturalmente, carecía de una de las propiedades de la capa, no podía doblarse, como ella, hasta quedar reducido al bulto de un pañuelo. Era voluminoso, pero, teniendo en cuenta el uso a que estaba destinado, eso era lo de menos.

Dejó el traje de momento dentro del maletín y sacó el reloj. Para los lectores de esta colección, el reloj en cuestión no tiene ya secretos. Es un poco más grande y bastante más grueso que un reloj de pulsera corriente, pese a lo cual, su maquinaria ocupa escasamente la tercera parte de la caja. Debajo de la esfera, una serie de minúsculos electroimanes y de piezas extrañas convertían el reloj en maravilloso receptor y transmisor radiotelegráfico. Sólo recibía y transmitía en Morse, y una pequeña palanca que sobresalía de la parte de atrás marcaba los puntos y las rayas haciendo una leve presión sobre la piel.

Últimamente, Trévelez lo había dotado de un nuevo perfeccionamiento. Acoplando al reloj el minúsculo auricular que hemos mencionado, podía recibir los mensajes que fueran «hablados» ante un micrófono en el punto de emisión, lo que resultaba más rápido y menos engorroso que el procedimiento de puntos y rayas. Y si se llevaban puestos al propio tiempo los botones o adornos televisores, invención del propio Trévelez, toda conversación sostenida en sus inmediaciones era captada por dichos botones y transmitidas en la misma onda televisora, de suerte que, allá en casa de Garvez, en Barcelona, o, en cualquier otra parte que hubiese una instalación adecuada, no solamente podían escucharse tales conversaciones, sino que podía verse el lugar en que se celebraban en una pantalla fluorescente. Este invento le había hecho posible a Trévelez conversar normalmente con los agentes de Yuma y ver, al propio tiempo, todo lo que ellos vieran. Cuando las circunstancias no permitían hacer uso del televisor o del auricular, siempre quedaba el recurso de emplear el procedimiento Morse.

Trévelez, en aquellos momentos, no podía llevar cosa alguna a la vista que no le hubiera sido dada por el jefe de los secuestradores, pero, como no quería hallarse por más tiempo sin el reloj por lo menos, había encontrado una manera de solucionar el problema. Creyendo que tendría que conformarse con ir en traje de baño, había pedido que el reloj que le enviasen llevara una correa larga, lo bastante para darle la vuelta al cuerpo. Lo llevaría a la cintura, debajo del traje de baño, y recibiría los mensajes que se le enviaran por presión contra la piel del vientre.

En vista de que le habían dado un pantalón, sin embargo, cortó parte de la correa y, en lugar de sujetárselo a la cintura, se alzó la pernera del pantalón y se lo colocó en el muslo. Esto tenía la ventaja que había menos peligro de que fuera descubierto y, sin embargo, dejaba el reloj en un lugar fácilmente asequible sin llamar la atención para expedir él mensajes si le convenía.

Como aún tenía tiempo antes de que le llevaran la cena, decidió expedir su primer mensaje desde la galería misma, para poder hacerlo hablando en lugar de recurrir al Morse.

Con dicho fin, acopló el auricular al reloj y a la pila eléctrica de bolsillo, se lo encajó en el oído y usó uno de los botones televisores que había en el maletín para hablar él y permitir que su interlocutor pudiera verle la cara.

Hecho esto, oprimió la corona del reloj de pulsera, llamando:

—A... A... A...

Comprendía que Garvez y los demás agentes estarían consternados por su desaparición y quería tranquilizarles.

No tardó en recibir contestación.

—A-marcó la palanquita.

—Use pantalla-ordenó Trévelez.

—Ya-le respondieron a los pocos instantes.

El hecho de que la pantalla funcionara, suponía que Garvez podía oír cuanto dijese, conque, abandonando el reloj, dijo:

—Puede usted hablarme, Garvez. Llevo auricular de momento.

Sonó en sus oídos la voz del jefe de los agentes, voz que en vano intentaba disimular su emoción y su alegría.

—¡Jefe! ¡Si no lo estuviera viendo no creería que era usted! ¡Hemos pasado momentos muy amargos! Pudimos dar con sus huellas parte del camino, pero las perdimos...

—Dispongo de poco tiempo ahora, Garvez, informe.

Trévelez cambió de tono, convirtiéndose en el disciplinado jefe de agentes de siempre. En pocas palabras explicó cómo había sido descubierta su desaparición, todo cuanto se había hecho por dar con su paradero, lo que habían podido averiguar de la ruta seguida por el avión en que le llevaban los secuestradores. Terminó mencionando la preocupación que habían tenido todos, en especial la doctora Arana y Samara, que no hacían más que presentarse en su casa a proponerle nuevos medios para encontrarle.

—La doctora se halla aquí en este momento-terminó diciendo —. Le está viendo en la pantalla. Y en mi vida he visto mayor alegría reflejada en un semblante.

Trévelez sonrió con ternura, a pesar suyo.

—Ánimo, Dolores-dijo, con dulzura —. Estoy sano y salvo. No es tan fácil matarme a mí, como algunos creen.

La doctora le contestó con unas palabras casi ininteligibles. Era tan grande su emoción que apenas podía hablar.

—Y ahora-prosiguió Trévelez —, voy a contarles en breves palabras lo sucedido. El tiempo apremia. Escuchen.

Contó lo más concisamente posible cuanto le había ocurrido.

—¿Qué órdenes hay? —inquirió Garvez, cuando hubo terminado.

—De momento, ninguna. Es decir, sí, hay una. Que nadie, fuera de los agentes, sepa una palabra de que se conoce ya mi paradero. Avise a todos. Estos hombres deben tener agentes en España, y si corriera la noticia de que se sabe dónde estoy, llegaría inmediatamente a sus oídos y todo se echaría a perder. Tengo indicios de que poseen una estación radiotelegráfica.

—Alguien debiera marchar allá, jefe. Cuando Samara se entere, trabajo me va a costar sujetarle.

—Perdería el tiempo viniendo. Antes de que él o ningún otro pueda llegar, es muy posible que esta aventura haya tenido ya su desenlace. En cuanto a ayuda se refiere, ya la tengo. Me hice mandar hombres del valle junto con el reloj y el televisor que estoy usando. Tengo a cuatro a mi lado en este instante. Que no se mueva nadie de allí a menos que dé yo órdenes contrarias. Es muy posible que haya que cazar a alguno allí también dentro de poco. ¿Ha comprendido?

—Sí, jefe.

—Si tuviera algo que decirme en algún momento, recurra al Morse. No podré usar el televisor ni el auricular mientras finja ser prisionero.

—Bien, jefe.

—Adiós, pues... Adiós, Dolores...

—Hasta pronto, jefe. Si no vuelve pronto iremos a buscarle.

Trévelez volvió a sonreír. Luego soltó el televisor y desconectó el auricular.

Tomó la pistola y dijo, entregándosela a uno de los agentes que tenía a su lado.

—Tú permanecerás cerca de mí en todo momento a menos que te ordene yo lo contrario. Guárdame la pistola. Es conveniente que la tenga a mano, pero, no puedo llevarla yo encima.

El hombre obedeció.

Trévelez cerró la maleta de nuevo y los tres volvieron a ponerse en marcha.

Al llegar a la pared del fondo, depositó el maletín a un lado y, abriendo la puerta secreta, entró en la cámara que le servía de encierro, acompañado de los dos agentes.

CAPÍTULO VIII

 

 

PRIMEROS RESULTADOS

UNA vez vuelto el altar a su sitio, Trévelez le dijo al agente a quien había entregado la pistola:

—Como ya te he dicho, tú no debes moverte de mi lado. En cuanto a ti (agregó dirigiéndose al otro), aprovecharás el momento en que me traigan de comer para salir de aquí. Has de seguir al que me traiga la comida y ver dónde va. Necesito saber cuántos hombres hay en este sitio y todo lo que se pueda averiguar de ellos. También conviene que sepamos qué instalaciones hay aquí... a qué se dedica cada uno de los cuartos.

—Bien, jefe.

—Tal vez sea mejor que no salgas hoy. Puedes esperar hasta mañana por la mañana, salir a la hora del desayuno y volver aquí a la hora de cenar, a menos que por lo que averigües parezca conveniente que permanezcas fuera. No obstante, habrá que resolver el problema de la comida para vosotros...

—La cuestión de la comida es fácil de resolver, jefe. En primer lugar, todos llevamos alimentos concentrados para tres días, que podernos usar en caso de apuro. De todas formas, andando por el interior de la pirámide, puedo dar con la despensa de esta gente y ahorrar lo que llevo. En cuanto a esperar hasta mañana no es necesario. Supongo que a usted le interesa averiguar esas cosas lo más aprisa posible. Puedo permanecer toda la noche fuera. Creo que será más fácil explorar la pirámide mientras todos duermen. Yo, por mi parte, no tengo sueño.

—Bien. En tal caso sal esta noche.

Así quedó acordado, y el director del Instituto volvió a ocupar la silla junto a la mesa para hacer una serie de cifras nuevas. Había tomado una determinación ya. Daría la verdadera explicación a los secuestradores y se ofrecería él mismo a construirles el aparato emisor. Con ello ganaría todo el tiempo que fuera preciso. Riesgo no corría ninguno. No pensaba dar lugar a los hombres a que aprovecharan lo que él les revelara.

No obstante, aun en el supuesto de que alguno de ellos pudiera escapar con el secreto, de nada le serviría. De la conversación sostenida con el jefe, Trévelez había deducido que éste creía que bastaba el aparato emisor para conseguir los resultados apetecidos. Creía que el aparato condensaría las ondas y las proyectaría directamente. En realidad, como no ignoran aquellos de nuestros lectores que han leído «Una conspiración diabólica», era preciso hacer uso de un condensador en el punto en, que se concentraran los rayos, detalle que no se les había ocurrido a los desconocidos.

Por consiguiente, aun construyendo un aparato enteramente igual al de Deusto, ningún daño podría hacerse con él. Si era preciso llegar a hacer pruebas para ganar aún más tiempo, ya se las arreglaría para salir airoso de ellas o, si esto no era posible, encontraría una excusa que convenciera a sus secuestradores.

Éstos no desconfiarían ya de él, puesto que no habrían podido hallar intento alguno de engañar ni en sus cálculos ni en sus planos.

Continuó trabajando hasta la hora de cenar. El agente señalado para llevar a cabo esa tarea salió inmediatamente que se abrió la puerta.

Aun no había tenido tiempo de empezar a cenar Trévelez, sin embargo, cuando sintió contra el muslo la presión de la palanquita del reloj de pulsera. Se metió la mano en el bolsillo y, por el agujero que había hecho en el forro, alcanzó la corona del reloj y dio la contraseña que anunciaba que estaba preparado para recibir el mensaje.

La palanquita se puso a deletrear:

—XV... Grupo electro generador a gasolina instalado teocalí izquierda. Habitaciones sirven almacén gasolina, municiones, provisiones, piezas distintas clases. Hay camas para cuatro hombres. Sigo investigando.

—Bien.

—¿Ordenes?

—Ninguna nueva. Continúe e informe.

Terminó la comunicación. El agente la cerró —emitiendo de nuevo las mismas dos consonantes que al principio. La X era la contraseña del agente; la V indicaba que pertenecía al valle. Así no había peligro que se le confundiera con el agente X de cualquier otro sitio.

De lo que había dicho, Trévelez sacó varias conclusiones. Era evidente que el ruido que oyera él al abrir la puerta secreta de la cámara era el del motor de gasolina. Así resultaba que la electricidad de que había hablado el jefe de los secuestradores se generaba en el templo de la izquierda y no en la pirámide. ¿Por qué? Seguramente porque éste resultaba más asequible desde el lugar de aterrizaje de los aviones..

El trasladar el grupo generador y el combustible desde el aeródromo hasta la pirámide resultaría muy pesado y difícil y por eso se habría escogido el teocalí aquel para la instalación. No era de creer, sin embargo, que la estación radiotelegráfica estuviera instalada cerca del grupo generador. El jefe y algunos de los hombres se habían trasladado a la pirámide por estar más escondida y ofrecer un refugio más seguro, pero no se resignarían a estar incomunicados con el mundo exterior. La estación de radio tenía que estar allí-lo que suponía que había sido tendido un cable desde el teocalí para suministrar la corriente. No recordaba haber visto rastro alguno del cable en cuestión al salir a la meseta en compañía de sus carceleros, pero eso no quería decir nada. Resultaba muy fácil ocultar una cosa así entre la maleza.

Mucho hubieran dado aquellos hombres por conocer la existencia de los pasadizos subterráneos que establecían comunicación entre los dos monumentos Era evidente que no tenían la menor noticia de ello. Hubiera sido imposible tender un cable por la galería sin que se viese y, además, éste hubiese tenido que entrar en la pirámide por el altar... y allí no había ningún cable. Además se había cedido a la petición suya, encerrándole en aquella cámara. De haber sabido los secuestradores que existía comunicación entre ésta y el exterior, jamás le hubieran permitido ocuparla. Un detalle más: para pasar de un monumento a otro por los túneles, era preciso cruzar la cámara en que se hallaba Trévelez-y nadie había cruzado por allá.

Terminó de cenar en el momento en que la palanquita marcaba una nueva llamada. Aquella vez era el agente BV el que había recibido la orden, allá en teocalí de la derecha, de buscar el aeródromo y vigilarlo.

El mensaje suyo acabó de aclarar muchos puntos. Decía:

 

—Hallado campo aterrizaje. Es un claro en la selva delante mismo del templo de la izquierda. Templo parece servir de almacén. He visto a dos hombres. Tardé en descubrir avión porque está metido en un hangar construido entre árboles al borde del claro y tan bien disimulado que parece parte de la selva misma. Templo resultará invisible desde el aire también por estar cubierto de maleza. Los dos hombres limpian y engrasan avión. Aguardo ocasión propicia para inutilizarlo, pero ésta no ha llegado aún. Órdenes. BV.

 

La contestación de Trévelez fue breve.

—Continúa vigilando-dijo —. Inutiliza al avión cuando puedas. No es necesario entres en teocalí izquierda. XV allí ya. Si hay algo nuevo notifícamelo. De lo contrario, aguarda a que yo te mande instrucciones. TH.

Con los datos recibidos de los dos agentes podía formarse una idea de la situación. Los aviones aterrizaban en el claro y su carga era trasladada al teocalí donde se guardaba también el combustible necesario para aprovisionar al propio avión y para el funcionamiento del grupo electro generador. Los cuatro hombres allí alojados cuidarían, por turnos, del motor y se encargarían de llevar a la pirámide lo que en ésta se pudiera necesitar, conservando lo demás allá.

La pirámide servía de albergue al jefe a los técnicos, posiblemente, así como algunos hombres para escoltarles y hacer las guardias. Podría comprender mejor la organización cuando tuviese novicias del tercer agente, que no había dado aún señales de vida-ni era fácil que las diera hasta transcurrido algún tiempo.

*****

 

 

A eso de las once, XV volvió a llamar anunciando que había podido asomarse al exterior del teocalí. Describió el campo de aterrizaje que había delante del mismo aproximadamente igual que lo había hecho EV. Por lo demás, no tenía nada nuevo que decir. Los hombres que ocupaban la antigua construcción de piedra medio sepultada bajo la vegetación, eran cuatro, en efecto, como dedujera del número de camas encontrado. Dos de ellos se habían acostado ya. Los otros dos parecían a punto de imitarles. XV pedía nuevas órdenes.

—Tu compañero vigila el teocalí y campo de aterrizaje desde fuera. Nada puedes hacer de momento. Mejor será que te retires a la galería y duermas. Alguien tendrá que relevar a los que vigilan. Duerme cuatro horas. A las tres de la mañana baja al aeródromo y vigila desde fuera, teniéndome al corriente de si llega algún otro avión o de cualquier movimiento que observes. Avisaré a BV para que a las tres se retire a dormir. Así descansaréis algo los dos. Puede hacer falta, en cualquier momento, que estemos todos lo más descansados posible.

—Bien, jefe.

Trévelez se puso en contacto con BV y le dijo que se retirara a dormir a las tres de la madrugada, puesto que a esa hora habría otro vigilando. Luego aconsejó al agente que le acompañaba que se echara a dormir debajo de la mesa y se acostó él también. Si el que rondaba por el interior de la pirámide tenía algo urgente que comunicarle, ya le despertaría a la presión de la palanquita, porque tenía el sueño ligero. Si no había nada de particular, BV no daría su informe hasta la mañana siguiente.

A las once y media, el director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas se había quedado dormido.

A la mañana siguiente, cuando estaba desayunando, oyó una voz que le decía al oído:

—SV está de vuelta, jefe.

—Informa-respondió él.

—Durante la noche, he podido recorrer todo el interior de la pirámide. Hay seis hombres en total. Uno al que llaman el jefe, otro al que se refieren con el nombre de “El Profesor”; al tercero le llaman «Mecánico», y es una especie de carpintero y mecánico en una pieza; el cuarto es el radiotelegrafista, y le llaman “Chispas”. Los otros dos sirven para todo, haciendo más bien de escolta y de guardianes. Los llaman, respectivamente, “Vigilante” y “Sereno”. Por lo visto, son poco amigos de pronunciar nombres, aun entre ellos. Tal vez sea una precaución para que se acostumbren y no se le escape a ninguno el nombre verdadero de otro ante extraños.

—Seguramente-insistió Trévelez —. ¿Qué más?

—En una de las habitaciones duermen el jefe, el profesor y el telegrafista.

En otra tienen camas los guardianes y el mecánico. El cuarto en que está instalada la estación emisora y receptora es, al propio tiempo, taller, aunque no se ven muestras de que se haya usado como tal aún. Seguramente lo tienen preparado para construir el aparato. Es el único cuarto que tiene instalada luz eléctrica, pero no se usa apenas, de momento, para ahorrar corriente.

«El telegrafista está generalmente ante su aparato, pero no siempre. (Y digo eso porque esta mañana, cuando yo entré aquí, él no se había acercado al aparato aún). Seguramente no esperan mensajes de importancia, de lo contrario habría alguien de guardia allí día y noche. El mecánico es telegrafista también. Anoche fue él quien estuvo sentado hasta la hora de acostarse ante el aparato.

»Hay una cámara que hace veces de almacén. En ella tienen algunas piezas sueltas, armas, municiones y provisiones. Abunda la carne seca o tasajo y las conservas entre estas últimas. Cuando quieren hacer algo caliente preparan fuego fuera o cocinan con una estufa de gasolina en el cuarto-almacén. He visto la estufa y también he hallado cenizas y tizones en la meseta de la cima. Los demás cuartos están vacíos.»

—Mucho has descubierto en una noche.

—No he parado. Por suerte las puertas de todos los cuartos están abiertas menos la de éste. He hecho numerosas visitas a uno y otro.

—¿No has sorprendido conversación alguna que nos dé una idea de los planes que tiene esta gente?

—No. Mi principal empeño ha sido enterarme de lo que había dentro de la pirámide primero. He oído hablar a unos y otros, claro está, antes de que se acostaran, pero nunca de nada interesante. Lo que he escuchado sólo ha servido para que sepa cómo se llaman los unos a los otros.

—¿No tienes ninguna otra cosa más que decir?

—No, jefe. Espero sus órdenes.

—Explícale a tu compañero exactamente dónde está cada una de las cosas que me has dicho, y el aspecto de los distintos personajes. Él ha descansado y puede pasarse el día, o parte de él por lo menos, vagando por los pasillos. Cuando lo hayas hecho, hazte cargo de mi pistola, tiéndete bajo la mesa y descansa. Si te necesitara para algo ya te despertaría.

—No necesito dormir, jefe.

—Puede ser necesario quedarse sin dormir más adelante y quiero que estés en condiciones de hacerlo. Ahora que puedes, duerme.

SV no discutió más la orden recibida. Explicó rápidamente a su compañero todo lo que había visto, aceptó la pistola de Trévelez que éste le entregaba y se tendió debajo de la mesa.

KV, el agente que se había pasado la noche en la cámara con Trévelez, observó:

—Supongo que no podré salir hasta que le traigan a usted la comida.

—Creo que podrás salir antes. El jefe prometió acercarse esta mañana a ver qué progresos había hecho. Prepárate a salir. No creo que tarde ya.

CAPÍTULO IX

 

 

LOS PLANES EMPIEZAN A DAR FRUTO

HARÍA cosa de media hora que se había dormido SV, cuando se abrió la puerta y entró el jefe en la cámara. Aprovechando el momento, KV salió antes de que volvieran a cerrar.

—Quedamos, señor Trévelez-dijo el hombre —, que viniera a verle esta mañana.

—En eso quedamos, en efecto.

—Veo que le han entregado las cosas que mandé para usted. Y observo que ha podido ponérselas.

—No me están a medida, precisamente-sonrió Trévelez —; pero, sirven para tapar mis desnudeces por lo menos. Los zapatos son grandes, pero estoy mejor con ellos que descalzo.

—Me dijo usted ayer... —empezó a decir el hombre.

—Que hoy podría darle, probablemente, una idea del tiempo que iba a tardar en tener mis cálculos hechos-dijo Trévelez, sin dejarle terminar.

—Y... ¿puede hacerlo?

—Puedo hacer mucho más. Creo poder prometerle no sólo que terminaré los cálculos hoy mismo, sino que mañana tendré hechos los planos del aparato, de forma que, por la tarde, puede iniciarse su construcción si usted quiere.

—¡Magnífico! —exclamó el hombre, con evidente satisfacción—. ¿Puedo ver hasta dónde ha llegado?

Trévelez le entregó unas hojas de papel, que el jefe de los secuestradores examinó atentamente, devolviéndoselas después sin hacer comentario alguno referente a ellas.

—¿Cuándo puedo volver por aquí? —preguntó.

—Será mucho mejor que me deje completamente tranquilo ya hasta que haya terminado. Si sufro interrupciones tardaré mucho más.

—¿A qué hora cree usted que será eso?

—Mañana al mediodía lo tendré todo terminado.

—¿Los planos también?

—Los planos también.

—¿Cuándo puede empezar su construcción?

—Después de comer mismo si ustedes quieren y están preparados.

—¿Si estamos preparados?

—Quiero decir si tienen todo lo necesario para que se empiece.

—Ya... Es posible que no tengamos aquí todas las piezas, en efecto, pero es cuestión de media hora traer aquí las que falten. Naturalmente, hasta que nos dé los planos, no podemos saber con exactitud las piezas que va a necesitar.

—Ya le he dicho que se los entregaré mañana al mediodía.

—A esa hora veremos qué es lo que nos falta para poder trabajar. ¿Le parece bien que le lleve al taller mañana a las tres?

—Cuanto antes mejor. Tengo ganas de salir de aquí.

—Eso dependerá de usted. En cuanto hayamos visto funcionar el aparato, cumpliremos nuestra promesa. Será trasladado a España. ¿Cuánto tiempo cree que tardará en construirlo?

—Dos o tres días... siempre que tenga todo lo que necesite.

—Naturalmente.

—Luego habrá que probarlo.

—Sí..

—Y afinarlo. Es muy probable, que al ponerlo en marcha nos veamos obligados a introducir algunas leves modificaciones antes de que cumpla su misión como es debido.

—Eso es cosa prevista.

—Si, todo marcha bien, calculo que dentro de tres días... cuatro, alargándolo mucho, habrá llegado el momento de que cumplan su parte del contrato.

—Lo cumpliremos, pierda cuidado.

—Y ahora-prosiguió Trévelez —, opino que sería mejor que me dejara solo. Queda bastante que hacer para tenerlo todo listo para mañana al mediodía y no es cosa de perder tiempo.

—Tiene razón-asintió el jefe —. Hasta mañana, pues. Y afine mucho, señor Trévelez, para que pueda volver a España lo antes posible.

Se marchó, cosa que Trévelez había estado deseando porque hacía un rato que notaba la presión de la palanquita del reloj.

En cuanto estuvo solo contestó. Era BV el que llamaba. Pedía órdenes.

—Vuelva a vigilar el campo de aterrizaje-le contestó.

Y a continuación llamó a XV, ordenándole que volviese al teocalí si le era posible y pasara el tiempo escuchando la conversación de los cuatro hombres allí alojados. No había ninguna otra cosa que hacer de momento.

Llegó la hora de comer sin que KV hubiese hecho acto de presencia. SV se había despertado ya y paseaba su invisible cuerpo por el cuarto.

A las dos, Trévelez contestó a una llamada de KV.

—Por lo que oigo-dijo éste —, parece ser que ha de llegar un avión esta tarde de la ciudad de Méjico. No sé lo que traerá ni a qué viene, pero he creído conveniente notificárselo en seguida.

—Has hecho bien, gracias-respondió él.

—Ordenes.

—Siguen en pie las que le di.

KV se retiró. Trévelez empezó a marcar:

—AV... AV... AV...

AV era el anciano al que los indios habían entregado el mensaje de Trévelez en el valle oculto.

—AV-llegó la contestación.

—Avión próximo llegar procedente Ciudad de Méjico. Avise allá. Cuando aterrice aquí y sepa sus características se las comunicaré, así como hora en que despegue de aquí. Transmítalas entonces a Ciudad Méjico para que se vigile. Si logran verle llegar, que descubran dónde aterrizó y de quién es. TH.

En cuanto hubo cortado la comunicación se puso en contacto con BV nuevamente.

—Se espera-le dijo —, la llegada avión Ciudad de Méjico. Notifícame en cuanto aparezca dándome sus características, Y, en cuanto vuelva a despegar, avísamelo también.

—Bien, jefe.

XV recibió el mismo aviso aunque al hablar con éste agregó:

—Si descarga algo, procura enterarte de lo que es y comunícamelo. Supongo que lo meterán en el teocalí.

—Bien, jefe. ¿Algo más?

—Nada más.

A media tarde BV anunció la llegada de un avión monomotor tripulado por dos hombres. Llevaba los colores mejicanos en el fuselaje y debajo de las alas. El agente pudo dar su número incluso. Trévelez transmitió inmediatamente dichos detalles al valle, y no había hecho más que terminar, cuando XV le comunicó desde el teocalí que sólo había descargado un bidón grande de gasolina y unas cajas que debían contener algo frágil, porque las movían con mucho cuidado. Aun no había podido averiguar su contenido.

En cuanto se hubo completado la descarga, el avión emprendió el vuelo de nuevo, cosa que Trévelez comunicó al valle en seguida que lo supo.

Algún tiempo después, supo que las cajas contenían lámparas especiales, al parecer. De ello dedujo que, para mayor seguridad, el jefe de los secuestradores había radiado un mensaje a la Ciudad de Méjico pidiendo más lámparas, en cuanto supo que estarían los planos preparados para el día siguiente. Quería que el aparato estuviera construido lo más aprisa posible y había aumentado su surtido de lámparas para que entre ellas encontrara Trévelez las que necesitara para montar el emisor de ondas de alta frecuencia.

Se acercaba ya la hora de cenar. SV dijo:

—Jefe, supongo que será mejor que esconda su pistola debajo de la cama ahora para que la coja KV cuando vuelva. Yo saldré en cuanto se abra la puerta.

—No-le respondió Trévelez —; no creo necesario que salgas esta noche por la pirámide. Ya has averiguado cuanto puede averiguarse durante la noche, y por lo poco que puedas escuchar antes de que los hombres se acuesten, no vale la pena que salgas. Mejor será que descanséis los dos, por lo que pueda ser.

—No estoy cansado. Después de todo no hace tanto rato que he dormido.

—Sigo creyendo que no es necesario que andes por la pirámide esta noche, no obstante. Pero, si no quieres dormir aún, puedes relevar a XV y que él duerma un rato. Cuando se despierte, puede ir á relevar a BV para que descanse él, y como no hará falta guardia en el teocalí tampoco, vuelves tu aquí a dormir.

El agente asintió y se dispuso a esperar a que volviera su compañero. Cuando, tras haber sido entrada la cena quedaron solos, BV dio a conocer su presencia. SV aguardó tan sólo a entregarle la pistola de Trévelez y luego marchó por la puerta secreta al teocalí para relevar a XV que ya había sido avisado.

—Informa-ordenó Trévelez a BV.

—Todos los hombres parecen muy animados. Seguramente les habrá dicho ya el jefe que están a punto de realizar todos sus sueños, aunque lo habrá hecho en algún momento en que estuviera yo en otra parte, porque nada he oído. Estando yo cerca del jefe más tarde, se acercó el telegrafista para decirle que ya había avisado y que el avión llegaría esta tarde. El profesor, que estaba presente, quiso saber de qué se trataba. El jefe le contestó que quería ir sobre seguro y que había pedido más material a Ciudad de Méjico. Sé que el material ha llegado ya.

—¿Qué más?

—El profesor dijo que, según fueran los resultados obtenidos entre mañana y pasado, habría que empezar a trazar planes definitivos. El otro le contestó que no corría prisa. Tiempo tendrían de trazar planes cuando estuvieran completamente seguros del éxito.

—¿Oíste algo más?

—Nada, hasta última hora. Es decir, nada que tuviera nada que ver con el asunto. Simples comentarios sobre cosas vulgares.

—Y... ¿a última hora?

—“Chispas” preguntó al jefe si debía radiar a España.

—¡Ah! ¿Qué contestó él?

—Que aun no había llegado el momento.

—¿No se dijo nada que permitiera formarse una idea del lugar de España a donde quería radiar “Chispas”?

—Nada.

—Esa es una de las cosas que nos interesa averiguar. ¿Qué más oyó?

—Ninguna otra cosa.

Trévelez se quedó pensativo unos momentos.

—Jefe... —dijo el agente, de pronto—.

—¿Qué?

—Podríamos terminar la cosa hoy mismo. Sabemos la gente que hay aquí y la que se encuentra en el teocalí. Con dar una inyección a cada uno de ellos mientras duermen...

—Habríamos dejado el trabajo a medio hacer-le interrumpió Trévelez —. Si hacemos lo que tú dices esta noche, perderemos toda probabilidad de saber cuántos agentes tienen y dónde se encuentran. Ha sido ese pensamiento el que ha detenido mi mano desde un principio. Quiero pillarlos a todos. Si me hubiera conformado con ellos, no hubiera tenido necesidad de haceros vigilar tanto. No... Hemos de esperar hasta que no haya posibilidad de que se escape ninguno.

Se sentó a la mesa y se puso a trabajar rápidamente. A las once tenía terminados ya todos los cálculos. A las doce, los planos habían quedado hechos también. Quería dejarlo todo preparado aquella misma noche, por si surgía algo al día siguiente que le impidiese trabajar.

Una vez hubo terminado y puesto que no esperaba mensaje alguno, decidió acostarse. El agente le imitó.

CAPÍTULO X

 

 

EL LIBRITO DE NOTAS

A pesar de haberse despertado mucho antes, Trévelez no se movió de la cama hasta que le trajeron el desayuno. Desde allí, echado, había recibido ya mensajes de los otros tres agentes, dando instrucciones a cada uno de ellos.

Como consecuencia de esto KV y SV se hallaban con él y este último salió a la pirámide en cuanto se abrió la puerta. Sus instrucciones habían sido bien claras. Podía rondar por donde quisiera durante la mañana, escuchando conversaciones con el principal objeto de ver si podía averiguar algo de los agentes que los secuestradores tenían en el exterior.

En el momento en que sacaran a Trévelez de la cámara, sin embargo, debía acercarse él al taller y rondar por los alrededores por si ocurriera algo imprevisto y fuera necesaria su ayuda.

KV, por su parte, debía seguir a su jefe al taller y colocarse en un sitio en que no estorbase, llevando consigo la pistola de Trévelez y unas jeringas que habían sacado del maletín oculto en la galería por si hacían falta.

Desayunó el director del Instituto y la mañana transcurrió sin novedad.

A la hora de comer, el jefe de los secuestradores se presentó con el guardián.

—¿Está todo hecho? —fue su primera pregunta.

—Le prometí que se lo tendría todo preparado y he cumplido mi palabra-le contestó Trévelez.

Y le enseñó las notas y los planos.

—¿Puedo levármelos ya? —inquirió el hombre en seguida.

—Sí.

—Quiero las notas también. No le oculto, señor Trévelez, que me las voy a llevar para que las lea mi compañero, que tiene conocimientos más profundos del asunto que yo. No desconfío de usted, pero deseo tener la completa seguridad de que no nos engaña.

—Puede usted llevárselo todo sin inconveniente alguno. No les engaño. Usted no ha podido descubrir trampa alguna en mis cálculos porque no la hay. Su compañero le dirá lo mismo. ¿Cuándo piensa empezar la construcción del aparato?

—Necesito un rato para que mi compañero examine todo esto. En cuanto él haya dado su visto bueno, examinaremos los planos e iremos reuniendo el material para que pueda empezar usted a trabajar. Calculo que, para cuando haya acabado usted de comer, estará todo listo y podrá empezar usted cuando quiera. Ni que decir tiene que no es preciso que monte usted el aparato con sus propias manos. Bastará con que lo dirija.

—Bien. Espero a que vuelva usted, pues. Por mi parte no tengo inconveniente en empezar el montaje sin perder instante. Cuanto antes quede acabado todo, mejor.

El jefe volvió a marcharse y Trévelez se puso a comer. Desde que su agente le había dicho que a uno de los hombres le llamaban el Profesor, había supuesto que aquél sería el verdadero científico de la cuadrilla y que nada se haría sin haberlo consultado a él. Por consiguiente, las palabras del hombre no le habían sorprendido.

Interrumpió su comida para advertirle a KV que, como medida de precaución, debía salir él en cuanto se volviera a abrir la puerta. Si esperaba a salir al mismo tiempo que su jefe, se exponía a tener algún tropezón que delatara su presencia. Sabiendo los hombres que Yuma había anunciado públicamente su intención de buscar a Trévelez, y no ignorando las facultades del misterioso personaje, cualquier roce con algo invisible les haría suponer que era el propio Yuma quien se hallaba allí, con el consiguiente quebranto para sus planes.

Una vez dadas estas últimas instrucciones terminó la comida. Pero no volvió el jefe de los secuestradores tan pronto como había dicho. Hubieron de esperarle durante cerca de una hora más.

Cuando apareció en la cámara, sin embargo, rebosaba satisfacción. El profesor debía de haberle dicho que las notas parecían una exposición sincera y perfecta y que los planos parecían estar hechos a conciencia también.

—Cuando usted quiera, señor Trévelez-dijo —, iremos al taller.

—Podemos ir ahora mismo, por mí-anunció el interpelado —. ¿Están ustedes satisfechos ya de que no he tenido ni por un momento la intención de engañarles?

—Mi compañero parece creerlo así-confesó el hombre —; y yo tampoco he encontrado nada sospechoso en sus cálculos. Tendrá usted que examinar el material, que tenemos. Está todo en el taller ya.

—Vamos allá, pues.

A pesar de la confianza que el hombre decía tener en Trévelez ya, no por eso dejó de tomar sus precauciones para que no intentara escaparse. Dejó que el guardián fuera delante con la linterna, Trévelez detrás, y él cerró la marcha. Así recorrieron algunos pasillos hasta llegar al taller.

Era éste una especie de sala subterránea, poco más o menos cuadrada. No tenía puerta. Y estaba brillantemente iluminada por electricidad. Por lo visto la habían encendido entonces para que Trévelez pudiera trabajar mejor, aunque éste, acostumbrado a la mortecina luz de las linternas, quedó deslumbrado al principio y no pudo distinguir nada.

Cuando se le acostumbraron los ojos a la inusitada luz, observó que contra la pared del fondo había una gran mesa sobre la qué estaba la instalación radiotelegráfica. La silla colocada delante de ella estaba vacía en aquellos momentos.

Á uno de los lados había una mesa larga pegada a la pared. En ella se veían toda clase de herramientas y una potente bombilla la iluminaba. Contra la pared opuesta había otro banco de trabajo y encima de éste y en el suelo, alrededor, había piezas de hierro de diversos tamaños, tubos, planchas de caucho para aislar, lámparas, carretes, y cien mil otras cosas.

Junto a ellas había dos hombres que, por la descripción de sus agentes, Trévelez comprendió eran el «Profesor» y «El Mecánico», aun antes de que le fueran presentados.

—Vea usted el material que hay aquí, señor Trévelez-dijo el «Profesor» —. Si falta algo, lo mandaremos buscar inmediatamente.

El director del Instituto se acercó y fue examinando, pieza por pieza, todo lo que allí había.

—La mayor parte de estas lámparas-dijo por fin —, no sirven para nada. Pero veo que, con las pocas que sirven, hay lo suficiente para nuestro propósito... Hará falta más cable. Y...

Tomó los carretes de pronto y, tras examinarlos todos, hizo una mueca.

—Ninguno de éstos-anunció —, reúne las condiciones necesarias.

El jefe de los secuestradores soltó una exclamación.

—¿No es posible aprovechar ninguno de ellos? —inquirió, decepcionado—. De ésos sí que no tenemos ninguno más. Había tomado toda clase de precauciones en cuanto a las lámparas se refiere, para asegurarme de que no faltara la clase que usted necesitase, pero confieso que no había pensado en la posibilidad de que los carretes fueran inútiles.

—Lo son. Y por completo-aseguró Trévelez.

—Habrá que pedir otros-dijo el “Profesor”.

—Pero no podremos tenerlos aquí ya hasta mañana. Hay que tener en cuenta...

—¿Para qué vamos a perder el tiempo discutiendo? —le interrumpió el “Profesor”—. Si no sirven, no sirven. No hay más que hablar. El señor Trévelez nos dirá exactamente lo que necesita y mañana lo tendremos. Esperaremos hasta entonces para empezar.

—No es necesario-intervino Trévelez —; podemos empezar hoy mismo de todas formas. Los carretes empezaremos a montarlos cuando lleguen. De todas formas, hay muchas otras cosas que hacer antes de que se los pueda colocar en el aparato y, aunque los tuviéramos, no los necesitaríamos de momento.

—Mejor que mejor-dijo el jefe, con evidente alivio —. Voy a pedirlos ahora mismo, ¿Quiere usted decirme sus características exactas?

Trévelez lo hizo. El hombre se acercó a la mesa de radio. También él sabía usarlo, al parecer. Sacó una libreta de notas del bolsillo del pantalón, la colocó abierta sobre la mesa, posó los dedos en el pulsador y empezó a llamar.

Mientras seguía examinando el material, Trévelez aguzó el oído, y tomó nota, mentalmente, de la contraseña de la estación a que se llamaba. Cuando ésta contestó, el jefe empezó a transmitir, pero Trévelez no entendió una palabra del mensaje. Evidentemente lo estaba transmitiendo en clave.

Terminó el hombre y volvió a acercarse al grupo.

—Mañana tendremos esos carretes aquí sin falta-aseguró.

El director del Instituto movió la cabeza en señal de asentimiento.

—Con eso no basta-dijo —. ¿Dónde están los planos que les di?

—Tome-dijo el profesor, entregándoselos.

—Aquí he dibujado el bastidor que ha de Servir de base al aparato. Creo que este señor podrá hacerlo sin ayuda mía-dijo Trévelez, mirando al mecánico.

—Es cierto-asintió éste, después de haber echado una mirada al dibujo —. Voy a poner manos a la obra en seguida.

Con el plano delante, empezó a serrar tubos de metal a medida, mientras Trévelez hacía una selección de los materiales que allí había.

—Vamos a trasladar todo lo que nos sirva al banco de enfrente-dijo —. Lo demás sólo sirve de estorbo. Pueden llevárselo ya de aquí, o dejarlo en este banco si quieren.

Empezó a trasladar piezas, y cuando tuvo todas las que le interesaban al otro lado, empezó a comprobar el estado de las lámparas, los condensadores, resistencias, etc., con ayuda de los instrumentos de medición eléctricos y el cuadro de interruptores y de pruebas que había sido instalado por encima del banco.

Luego, mientras fingía observar los progresos que hacía el mecánico, se metió la mano en el bolsillo y, oprimiendo la corona del reloj con disimulo, ordenó al agente que se hallaba en el taller con él:

—No vuelvas a la cámara esta noche. Aguarda fuera. Ya te daré instrucciones.

El Profesor se ofreció a ayudarle en sus comprobaciones y, entre los dos, no tardaron en repasar todos los dispositivos eléctricos.

—Más vale-dijo entonces Trévelez —, que ayude ahora al mecánico a terminar. No puedo hacer nada mientras ese bastidor no esté un poco más adelantado.

Cuando llegó la hora de la cena, el bastidor había quedado completamente terminado y habían podido montarse en él ya varias piezas. Se abandonó el trabajo para cenar y le preguntaron a Trévelez si pensaba trabajar después. Él respondió negativamente.

—No se adelantaría gran cosa-dijo —. Sería sacrificar horas de sueño en balde. Continuaremos mañana. Espero que, para pasado, todo esté dispuesto para empezar a funcionar. El trabajar demasiadas horas sería forzar la máquina, y cuando llegara el momento de las pruebas definitivas, estaría demasiado cansado para resolver dificultades si se presentaran.

No se discutió su decisión y fue acompañado de nuevo a la cámara, donde no tardaron en servirle la cena.

Antes de sentarse a ella, sin embargo, tenía que hacer algo importante. Llamó a KV por medio del reloj.

—¿Te fijaste en el librito de notas que sacó el jefe cuando se puso a radiar el mensaje? —le preguntó.

—Sí, jefe.

—Es preciso que te apoderes de él en cuanto ese hombre se haya dormido. Cuando lo tengas, tráemelo inmediatamente. No tendrás más remedio que salir de la pirámide con él, atravesar por la selva hasta el aeródromo, entrar por el teocalí y pasar por la galería. Es muy expuesto intentar abrir esta puerta. Hace demasiado ruido y podría acudir alguien. No vale la pena correr el riesgo. ¿Has comprendido?

—Sí.

—Hazlo lo más pronto posible. Tendrás que volverla a dejar en su sitio antes de la mañana y, entretanto, necesitamos copiar su contenido.

—Bien, jefe. Lo haré tan pronto como pueda. Ahora todo depende de la hora a que se acueste y de si me es posible meterle la mano en el bolsillo sin despertarle.

En cuanto hubo acabado de hablar con KV, llamó a SV.

—Quédate toda la noche fuera-le ordenó —. Vigila, especialmente, el cuarto en que duerme el jefe. KV va a quitarle un librito del bolsillo. Se lo devolverá antes del amanecer. Pero pudiera despertarse antes de eso y echarle de menos. Si tal sucediese avisa en seguida y procuraremos arreglar las cosas de forma que no sospeche lo sucedido.

—Bien, jefe.

Esta precaución de Trévelez no era tan tonta como parecía. Si el jefe se despertaba y echaba de menos la libreta, lo más probable era que creyese habérsela dejado caer en algún sitio y que la buscase, sobre todo en el taller, donde recordaría haberla sacado.

Si Trévelez sabía que la andaba buscando, podría mandar á su agente con ella para que la dejase caer por alguna de los lugares en que hubiese estado el hombre, éste, al encontrarla de nuevo, se tranquilizaría. Jamás se le ocurriría pensar, ni remotamente, en la verdadera explicación de lo sucedido.

CAPÍTULO XI

 

 

SE ADELANTAN LOS ACONTECIMIENTOS

TRÉVELEZ calculaba que el jefe no se acostaría antes de las doce, y teniendo en cuenta que KV tendría que aguardar a que se durmiese y aprovechar una ocasión propicia para quitarle la libreta, no era de esperar, aún en el mejor de los casos, que KV pudiera presentarse en la cámara antes de las doce y media o la una. Era muy posible que, después de eso, no tuviese tiempo de dormir y, por consiguiente, decidió aprovechar el tiempo. Se echó inmediatamente después de cenar, y era tal la costumbre que tenía de dormir cuando se le presentaba la ocasión, que no le costó el menor trabajo conciliar el sueño.

Le despertó el propio KV con unos golpecitos en el hombro.

—Traigo la libreta, jefe-anunció.

—¿Qué hora es?

—La una y cuarto.

Trévelez se levantó de la cama. Dijo:

—Vamos a la galería.

Abrió la puerta secreta. Pasaron a la galería. Volvieron a cerrar el paso. Trévelez buscó la maleta, la abrió y sacó una lámpara eléctrica de bolsillo. A su luz ojeó la libreta.

—Aquí tenemos la clave que empleó ese hombre para transmitir su mensaje-dijo —. Y hay dos grupos de letras al lado de las cuales no hay significado alguno... Uno de ellos lo reconozco: es la contraseña que empleó el jefe cuando hizo su llamada. Por consiguiente, hemos de suponer que el otro grupo es una contraseña también.

»Sabemos seguro que esta gente está en comunicación con una emisora de la ciudad de Méjico y con otra emisora instalada en España. Puesto que aquí no hay más que esos dos grupos, ello significa que no tienen agentes más que en esos dos sitios... a menos que comuniquen con ellos por algún otro procedimiento.

»Ya que las lámparas y la gasolina las trajeron de Méjico, es lógico creer que los carretes han sido pedidos al mismo sitio... sobre todo teniendo en cuenta que esperan recibirlos mañana. Por consiguiente, el otro grupo corresponde a la emisora receptora que tienen en España.

Hojeó y hojeó toda la libreta sin hallar ninguna otra cosa.

—Mi primera intención-anunció —, había sido copiar todo esto esta noche, pero he cambiado de opinión. Hay un procedimiento mejor. Voy a radiar desde aquí el contenido de esta libreta al valle. Lo puedo hacer yo solo. Mientras lo hago, vuelve tú a la cámara y acuéstate. Ya te despertaré cuando haya terminado.

—Puedo radiar yo eso, jefe-protestó el agente.

—He de radiar instrucciones al propio tiempo, conque he de hacerlo yo. De todas formas, yo ya he dormido un rato y podré dormir cuando acabe si quiero. Tú, sin embargo, has de volver a dejar esta libreta donde la encontraste. Ve y descansa. Puede ser que cambie por completo mis planes y que tengamos que hacer muchas cosas antes de que amanezca. Todo depende del tiempo que tarde en radiar mi mensaje. Ve... El tiempo vuela.

El agente no se hizo repetir la orden. Volvió a la cámara y se echó en la cama de su jefe. Éste, entretanto, había conectado el reloj al auricular y a la pila de bolsillo. Se puso el auricular y tomó uno de los botones televisores. Empezó a llamar:

 

AV... AV... AV...

 

—AV-le contestaron.

—Pantalla-ordenó.

—Está puesta-le contestaron al cabo de unos instantes —. ¿Lleva puesto el auricular?

Trévelez dejó el reloj y contestó, oralmente:

—Sí.

Agregando luego:

—Ordenes.

—Escucho.

—Prepare papel y pluma. Va a tener que escribir mucho.

Un momento de silencio. Luego:

—Estoy preparado.

—La organización esta tiene agentes en la ciudad de Méjico y en España; no sé en qué población de ésta, pero seguramente en Barcelona.

—Ya.

—No creo que tenga agentes en ninguna otra parte, porque se hubiera preocupado de dotarles de estación radiotelegráfica como a los demás.

—¿Está seguro de que tales estaciones no existen?

—Por completo, no. Pero en una libreta de la que he podido apoderarme figuran dos contraseñas nada más. Es de suponer que, si dispusieran de otras estaciones, estarían apuntadas en ella también.

—Cierto.

—¿Se ha averiguado el paradero del avión que dije?

—Sí. Está vigilado. Los tripulantes han sido seguidos. Se conoce su domicilio y se sabe ya el nombre de todas las personas con quienes están en contacto. Se ha descubierto, por añadidura, el lugar en que tienen emplazada su emisora.

—Magnífico. Esta tarde han mandado a ella un mensaje desde aquí.. Estaba yo delante y he oído la contraseña. Tome nota de ella.

Citó la contraseña. El otro dijo:

—Ya está anotada.

—En la libreta figuran dos contraseñas, como le he dicho Esa es una de ellas. Por consiguiente, la otra tiene que ser la de España. Tome nota.

Le dictó la otra contraseña también.

—El mensaje radiado desde aquí lo fue en clave. Pero sé que en él se daban instrucciones para que se adquirieran unos carretes que yo había pedido y que esos carretes serán enviados mañana. La libreta que poseo contiene la clave completa.

»No sabía yo que hubieran dado ya con el emplazamiento de la emisora. Mi plan era que, usando la contraseña, la llamara usted desde allí y sostuviera una conversación cualquiera con ella empleando la clave para no despertar sospechas. Con ayuda de radiogoniómetros hubiera podido, entonces, localizarla. Eso es ya innecesario, afortunadamente, puesto que se sabe dónde está. Pero la clave y la contraseña nos servirán para dar con el lugar en que se encuentra la estación española.

—En efecto.

—No obstante, ya que le he llamado a usted y para no perder tiempo dando dos veces las explicaciones, voy a dictarle la clave entera. Por fortuna no es demasiado larga ni complicada. Usted puede transmitírselo directamente a Garvez y darle las explicaciones oportunas. Si me queda tiempo después de dictársela, adelantaré mis planes y daremos el golpe definitivo esta noche en lugar de aguardar más. ¿Está preparado?

Trévelez empezó a dictar. La operación fue más rápida de lo que se había esperado. Al terminar, consultó el reloj. Eran las tres y media. Dijo:

—Hay tiempo para todo. Empiece a transmitir en seguida a España. Pero antes avise a Ciudad de Méjico para que dentro de una hora empiecen a hacer limpieza allí. No creo que tenga yo tiempo de acabar aquí antes.

Cortó la comunicación. Pero antes de volver a la cámara, sacó el traje invisible del maletín y se lo puso, calándose la capucha y poniéndose los finísimos y largos guantes que cubrían las manos y parte del brazo. Anteriormente se había quitado el reloj del muslo, y tras cortar nuevamente la correa, se lo había puesto en la muñeca.

Se metió en los bolsillos interiores las demás cosas que contenía el maletín-la pila eléctrica entre ellas-y tras conectar el auricular de nuevo, se lo encajó en el oído. El traje llevaba varios botones televisores de forma que no necesitaba el que había suelto.

Una vez preparado, entró en la cámara, se acercó a la cama y despertó a KV.

—Levanta-ordenó —. No es necesario que esperemos más. Vamos a terminar esta noche.

KV se levantó.

—¿Tienes las hipodérmicas?

—Sí.

—Bien. Vamos a salir los dos por la galería al teocalí y, desde allí, cruzaremos la selva hasta la pirámide. Tú me conducirás a la puerta de la cámara en que duermen los guardianes y el mecánico. Luego te diriges a la cámara del jefe, el Profesor y Chispas. SV está montando guardia a la puerta de ese cuarto. Le entregas a SV una de las hipodérmicas y, entre los dos, dejáis sin conocimiento a los tres hombres. Yo me encargo de los otros tres. ¿Has comprendido?

—Sí, jefe.

—Ahora, aguarda un momento. Hemos de avisar a todos antes de salir.

Llamó a XV y a BV, ordenándoles que se reunieran ambos en el teocalí. Ninguno de los dos tenía hipodérmicas, por lo que Trévelez ordenó a BV que bajara a la galería, donde él se las proporcionaría. SV fue advertido también de las intenciones de su jefe y una vez tomadas estas medidas, Trévelez y KV abrieron la puerta secreta otra vez, y lámpara de bolsillo en mano, torcieron por la galería de la izquierda.

Cerca del final les salió al encuentro BV, guiado por la luz de su lámpara, recibió de sus manos las hipodérmicas y les acompañó teocalí adentro, sirviéndoles de guía, hasta dejarles en la meseta exterior.

Mientras él volvía atrás para reunirse con su compañero, el director del Instituto y el otro agente bajaron al campo de aterrizaje, lo cruzaron y se metieron por la selva.

La distancia entre el teocalí y la pirámide no era muy grande, en realidad, pero la espesura de la selva hacía penosa la marcha, de suerte que tardaron bastante en llegar a su meta.

KV, que conocía mejor el interior, guió a su jefe hasta la puerta del cuarto en que dormían los guardianes y el mecánico y le dejó allí, marchando a reunirse con SV.

Trévelez aguardó unos momentos para darle tiempo a llegar. Luego entró silenciosamente en la cámara, aguzando el oído. Después de escuchar unos instantes para asegurarse, por el sonido de la respiración, de que los tres hombres dormían, se decidió a encender unos segundos la luz para ver dónde se hallaba cada uno de ellos.

Llevaba ya la hipodérmica en la mano, y no bien hubo encendido, la clavó en el más cercano, inyectándole la mitad de su contenido. A renglón seguido, acabó de vaciar la jeringa en el cuerpo de otro de los hombres. Ambos habían pasado del sueño natural al inducido por el narcótico que acababan de administrarles.

Con la luz apagada, atento el oído, Trévelez trató de averiguar si el que quedaba sé había despertado. Entretanto, se guardó la jeringa vacía y sacó otra cargada.

Cuando, transcurrido un minuto completo, no hubo notado más ruido que la respiración acompasada del durmiente se acercó a él en la oscuridad y encendió la luz de pronto, con la hipodérmica preparada. El hombre, turbado sin duda por la luz, pareció a punto de despertarse. No llegó a hacerlo, sin embargo, porque, rápido como el pensamiento, el director del Instituto le vació media jeringuilla en el cuerpo.

No se paró a mirar nada. Aunque no había oído alboroto por parte alguna, no estaría tranquilo hasta saber cómo les había ido a sus agentes. Bajó al pasillo sin hacer ruido, pero con la luz encendida, porque no conocía bien el camino. Y por la luz se enteraron de su presencia SV y KV, quienes temiendo que alguno de los guardianes o el mecánico se hubiera despertado antes de tiempo, acudían en su ayuda.

También ellos habían llevado a cabo bien su trabajo. El jefe y sus compañeros se hallaban sumidos en un sueño del que tardarían en salir doce horas por lo menos.

Trévelez empezó a llamar a los agentes del teocalí. La contestación de éstos fue satisfactoria. Los cuatro que les habían sido encomendados dormían también profundamente.

CAPÍTULO XII

 

 

GOLPE FINAL

EMPEZABA a amanecer cuando Trévelez y sus agentes, libres ya de los trajes que les habían hecho invisibles, terminaron la tarea de dar a cada uno de los hombres una nueva inyección que asegurara que, al salir de su sueño, hubieran perdido por completo la memoria.

Todos ellos habían sido trasladados al teocali, pasándoles por la galería subterránea, tarea mucho más fácil que tener que transportarlos a través de la selva.

Trévelez y el agente que se había encargado de inutilizar el avión bimotor, apartado junto al claro, se dirigieron al hangar y, tras un cuarto de hora de trabajo, dejaron el aparato en condiciones de emprender el vuelo inmediatamente. A continuación lo sacaron del hangar y bajaron del teocalí a los diez durmientes. Sólo cuatro de ellos fueron embarcados en el avión, junto con dos agentes, uno de los cuales hizo de piloto.

El aeroplano alzó inmediatamente el vuelo, y tras describir unos círculos por encima de la pirámide, puso rumbo al Valle de la Regeneración.

Unas horas más tarde regresaba vacío, con un solo agente a bordo. Fueron cargados cuatro durmientes más y un agente, y en su tercer viaje se llevó a los dos restantes junto con el último agente y Trévelez, que era el que iba sentado a los mandos esta vez.

Cuando el bimotor hizo un aterrizaje perfecto en el pequeño aeródromo del Valle, el anciano de quien ya hemos hablado estaba esperándole.

—¡Bienvenido, jefe! —saludó, al ver saltar a tierra a Trévelez—. Nos ha tenido usted angustiados. Ha corrido más riesgo del que era necesario.

—Era imprescindible que lo corriese para poder pillar a toda la cuadrilla-contestó Trévelez —. ¿Qué noticias hay de la capital?

—Inmejorables. Todos los cómplices de estos hombres han sido sorprendidos. Espero su llegada aquí dentro de muy poco rato.

—¿España?

—Cumplí sus instrucciones. Radié la clave completa y la contraseña. Aun no tengo noticias. Pero creo, jefe, que es hora de que desayune.

—Primero, amigo mío-respondió el director del Instituto de Inventores —, necesito algo que hace tiempo que no me he dado, a pesar de llevar debajo de este pantalón un traje de baño. Proporcióneme ropa. Deme jabón. En mi vida me he sentido más sucio.

*****

 

 

Desde el momento en que Garvez y Dolores vieran el rostro de su jefe en la pantalla fluorescente, no habían vuelto a tener noticias suyas. Por disciplina aguardaban, que no por ganas. Todos ellos hubieran corrido a su lado, de no haberlo prohibido él expresamente. Y su desasosiego y su angustia aumentaban cuando pasaba otro día sin que nada se hubiera sabido de él.

Jamás había saltado Garvez de la cama con mayor alegría que la noche en que, por orden del jefe, le radiaban desde el valle oculto. Corrió a la habitación en que tenía instalada la pantalla, dio a los interruptores y anotó cuanto le fueron dictando tras haberle explicado lo que de él esperaba Trévelez.

A pesar de lo avanzado de la hora, Garvez llamó a todos los agentes para comunicarles la grata nueva de qué el jefe estaba a punto de volver a España. A los primeros que llamó fue a Samara y a Dolores, porque sabía que a ellos les produciría mayor alegría que a nadie.

Dolores, al saberlo, le acribilló a preguntas y Garvez tuvo que jurarle solemnemente que no sabía más que lo que había dicho, para evitar que la joven se presentara en su casa.

A todos les dijo, sin embargo, que era posible que tuvieran que movilizarse dentro de unas horas para asistir al último acto del drama iniciado en el bosquecillo del parque del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas.

A los últimos que avisó fue a Manrique y Marcos, porque éstos eran los que mejor situados estaban para lo que tenía que hacer. A ellos les comunicó las instrucciones del jefe y les dijo que, dentro de una hora, debían estar preparados para sintonizar sus aparatos con la emisora a la que él iba a llamar, y descubrir con sus radiogoniómetros la dirección de donde procedía la emisión.

Y una hora más tarde, según lo convenido, Garvez empezó a radiar la contraseña de la emisora clandestina. No debía haber nadie de guardia en aquel momento, porque nadie contestó. El caso estaba previsto, sin embargo, y no por eso se desanimó. Desde el momento señalado; continuó radiando la llamada con diez minutos hasta que, al cabo de cerca de dos horas, recibió contestación.

Con la clave que había recibido, delante, y de acuerdo con los datos que le habían sido proporcionados, anunció a la emisora, fingiendo radiar desde América, que todo marchaba bien. Trévelez había acabado por ceder. El aparato se estaba construyendo. Dentro de muy pocos días podrían empezar a desarrollar sus planes de acuerdo con lo previsto.

A las preguntas que hizo la emisora contestó con bastante tino y prolongó la conversación hasta tener la completa seguridad de que Manrique y Marcos habían tenido tiempo más que sobrado para captar la onda de la estación aquella.

Terminada la conversación, llamó inmediatamente a ambos, que le transmitieron la dirección señalada por sus respectivos radiogoniómetros.

Estos datos, junto con los que él había adquirido, le bastaron para descubrir, en el plano de Barcelona, que la estación clandestina se hallaba en Sarria, dentro de una manzana de casas de la carretera del mismo nombre.

Marcos se encargó de dirigirse allí, y una vez se hubo asegurado de que, en efecto, allí existía una emisora bastante bien disimulada, Garvez siguió la segunda parte de sus instrucciones..

Radió una nueva llamada, y cuando recibió contestación, hizo saber que era conveniente que todos los agentes de la cuadrilla en Barcelona debían reunirse en la casa de Sarria, a las once de la mañana, hora en que recibirían allí instrucciones importantísimas y urgentísimas para empezar a poner en práctica los planes trazados.

Después de eso, los agentes de Yuma fueron llegando a Sarria y acordonando el edificio sin llamar la atención.

Los miembros de la cuadrilla acudieron a la cita aisladamente, y a las once en punto había unas doce personas rea unidas en una sala de la casa del representante del Jefe y del Profesor.

A las once en punto también, Garvez lanzó su llamada de nuevo. Y empezó, a continuación, a transmitir.

El radiotelegrafista descifró el mensaje y palideció. Acudió, corriendo con él, a la sala en que todos esperaban las instrucciones importantes y urgentes. El jefe tomó el papel de sus temblorosas manos y leyó en alta voz:

 

«Otros, antes que vosotros, se apoderaron del invento de Deusto y con él sembraron el terror. Los crímenes que ellos cometieron queréis repetirlos vosotros, aumentándolos y corrigiéndolos. Cuando los asesinos aquellos se exaltaron creyéndose dueños del mundo, alguien hizo mil añicos todas sus ilusiones; alguien que velaba por la Humanidad, que perseguía al criminal, que le tenía declarada guerra sin cuartel y que salió victorioso siempre de todos los encuentros que tuvo con los que del crimen quisieron vivir.

«Vosotros, aun menos afortunados que aquellos asesinos, habéis fracasado antes de empezar. El que hizo añicos las ilusiones de los asesinos de Deusto ha pulverizado las vuestras, aun sólo en ciernes. Habéis fracasado vosotros, que soñasteis con ser dueños del mundo y que estáis a punto de purgar nuestra maldad.»

 

—¿Quién firma eso? —preguntó, entre iracundo y temeroso, uno de los concurrentes.

Y antes de que pudiera contestarle su jefe, una voz terrible dio la contestación:

—¡YUMA!

Un rostro horrible apareció flotando en el aire. Los ojos, de siniestro brillo, pasearon su mirada por la sala. Una mano sin brazo surgió, de pronto, de la nada. Y los dedos blanqueaban oprimiendo la culata de una pistola.

En el silencio que la sorpresa impuso, sonaron unos golpes en la puerta de la sala.

La cabeza se desplazó. La mano también, aunque sin dejar nunca de apuntar a los reunidos. Una segunda mano, salida del aire al parecer, descorrió el cerrojo, hizo girar el tirador.

Entraron cinco hombres armados de pistolas y ocuparon puntos estratégicos del cuarto. Las manos flotantes desaparecieron. La horrible cabeza también.

Sonó una carcajada horrible y, simultáneamente, uno de los criminales sintió un pinchazo y rodó sin conocimiento por tierra. Repitióse la carcajada, y otro cayó.

Los asistentes a la reunión empezaron a sentirse invadidos por el pánico. Aquel ser invisible que derribaba hombres como si el rayo obedeciera a su conjura, les desmoralizaba.

Hubo una carrera general hacia la puerta. Hubiera sido imposible contener el alud valiéndose sólo de manos y brazos. Los cinco recién llegados empezaron a disparar fríamente, como si su propósito fuera acabar de una vez con los doce malhechores. Todo el que era alcanzado caía, por muy leve que fuese la herida.

Al propio tiempo, el invisible ser seguía atronando el cuarto con sus horribles carcajadas y cooperando con los tiradores. Tantos derribaban sus pinchazos como las balas de los otros.

Pocos momentos duró aquello. Ni uno de los doce se hallaba en pie al cabo de unos minutos. Pero ninguno estaba muerto, ni gravemente herido siquiera. Las balas de los agentes de Yuma no mataban. Y no tenían fuerza para hacer más que heridas superficiales. Pero contenían un líquido que privaba del conocimiento en cuanto rasgaba la piel. Y, como la hipodérmica que había hecho caer a algunos, producía un sueño que duraba doce horas aproximadamente.

Antes de que éstas hubieran transcurrido, todos aquellos hombres habían sido sacados de allí y se hallaban preparados para hacer un viaje al valle donde llegara horas antes su jefe.

Allá en el Valle, Trévelez conoció el resultado de su plan de labios de la doctora Arana, que quiso ser quien se lo comunicara, como excusa para verle y para hablarle.

Y la expresión de Trévelez reflejada en la fluorescente pantalla mientras la miraba a su vez y la escuchaba, hicieron dar un vuelco al corazón de la doctora, que ya no podía disimular por más tiempo el profundo amor que la inspiraba.

 

 

 

FIN

 

 

 

Publicado por: Editorial Molino, octubre de 1945

notes

 

Notas a pie de página

 

1 Véase Nº 5 de esta colección

 

 

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