© Libro N° 4006. El Pirata Fantasma. Molinero, Rafael. Colección E.O. Julio 22 de
2017.
Título
original: © El Pirata Fantasma. Rafael
Molinero
Versión Original: © El Pirata Fantasma. Rafael
Molinero
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL PIRATA FANTASMA
Rafael Molinero
(Yuma 06) El pirata fantasma
Rafael Molinero
G. L. Hipkiss
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III UN DESCUBRIMIENTO
CAPÍTULO IV LA MUERTE ACECHA
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPITULO VII HIRAM K. HARRIS
CAPÍTULO VIII
CAPITULO IX JUNTO AL LAGO DE ASFALTO
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
EPÍLOGO
FIN
CAPÍTULO I
EL PIRATA FANTASMA
La Islas de Cabo Verde habían quedado atrás. El “D-104”,
habiendo llevado a cabo la misión especial que se le había encomendado,
regresaba de Sierra Leona a Gibraltar a reunirse con la flotilla de
destructores a la que pertenecía. De pronto se abrió la cabina del telegrafista
y salió éste excitado, con un papel la mano, dirigiéndose al cuarto de derrota
en el que, a la sazón, se encontraba el comandante del destructor.
-Acaba de llegar esta llamada-dijo el joven cuadrándose y
entregando el papel a su superior.
El comandante lo tomó y leyó lo siguiente:
“S O S... VAPOR «SEABORNE» ATACADO PIRATAS LAT. 263 N.
LONG. 483 W... S O S... IMPOSIBLE RESISTENCIA”
Y, sin pararse a hacer comentarios, salió al puente y
empezó a dar órdenes.
-¡Caña a estribor!... ¡Rumbo al Nornoroeste!
Obedeciendo a la mano del timonel, la proa de la nave viró
hacia babor. El comandante asió el mango del telégrafo de máquinas y se oyó el
tintineo del mismo, Inmediatamente se aceleró el ritmo de éstas, el destructor
avanzaba a toda marcha.
Se tocó a zafarrancho de combate y los marineros corrieron
a ocupar sus puestos, quitándose en un santiamén, las fundas de los cañones.
Todo quedaba dispuesto para entrar en liza en cuanto se avistara al pirata.
-¡Manténgase en contacto con el «Seaborne» y téngame al
corriente de lo que sucede! -ordenó el comandante al telegrafista.
Y mientras éste corría a cumplir la orden, el oficial tomó
un catalejo y se puso a otear el horizonte.
Unos momentos después volvía el telegrafista con otro
mensaje. Decía:
«EL PIRATA...»
Nada más,
-El «Seaborne» empezó a hablar y paró de pronto-anunció el
telegrafista-. No sé lo que pasaría. He intentado restablecer contacto, pero
todo ha sido inútil. O se ha hundido el buque o ha muerto el telegrafista, o se
ha estropeado el aparato.
-Bien... Vuelva a su puesto. Si hay algo nuevo
comuníquemelo-ordenó su superior.
Luego, volviéndose hacia el oficial que tenía a su lado,
agregó:
-Me temo que vamos a llegar demasiado tarde.
-Para ayudar al “Seaborne”, tal vez-asintió el oficial-.
Pero, quizá lleguemos a punto para mandar, al pirata al fondo del mar.
-¡Barco a babor!-gritó, de pronto, el vigía desde la cofa.
-¡Dos barcos!-exclamó, casi inmediatamente.
El comandante se llevó el catalejo a los ojos.
Allá a lo lejos, a babor, vejase una masa roja pardusca
que se extendía sobre la superficie del mar hasta perderse en el horizonte. Era
el Mar de los Sargazos, flotante masa de algas fucáceas que hace intransitable
aquel trozo del Atlántico para la navegación.
A un lado flotaba un barco mercante el «Seaborne» con toda
seguridad-y en aquel instante se separaba de él otro que parecía un yate. En el
mástil de este último ondeaba una bandera negra, y aunque el destructor se
hallaba aún demasiado lejos para poder distinguir detalles, el comandante
estaba seguro de que en su centro había una calavera con dos tibias
entrecruzadas. ¡La bandera pirata!
A una orden suya, el cañón de caza de proa hizo un disparo
por delante del yate conminándole a detenerse. Este, sin embargo, ni se detuvo
ni respondió al fuego.
-¡Otro disparo!-ordenó el comandante.
-Aún no estamos a tiro-advirtió un oficial.
-Ya lo sé, pero tal vez consigamos intimidar al pirata así
y conseguir que se detenga.
Gracias a la velocidad del destructor, se hallaban ya lo bastante
cerca para poder distinguir algunos detalles. Era la bandera pirata, en efecto,
la que enarbolaba el yate y llevaba cuatro cañones en torres giratorias.
Al sonar el segundo disparo del destructor, el mástil del
yate osciló y cayó sobre cubierta.
El oficial soltó una exclamación.
-¡No es posible!-dijo.
-Estoy de acuerdo con usted-afirmó el comandante-. Es
imposible que le hayamos tocado, porque aún no estamos a tiro. Es más, he visto
caer el proyectil a bastante distancia del pirata.
-¿Qué significa eso, entonces?
El otro se encogió de hombros.
-No lo sé. Ya lo veremos cuando le echemos el guante.
Apenas acabó de hablar, empezaron a salir unos chorros de
humo de los costados de la misteriosa nave.
-¡Debe haber un incendio a bordo!-exclamó el oficial.
-¿Incendio? ¡Quiá!... ¡Está tendiendo una cortina de humo!
¡Ordene que fuercen las máquinas todo lo posible! ¡Estaría bueno que se nos
escapase!
Mientras el oficial daba la orden, el comandante siguió
vigilando. Los chorros de humo, dejaron de salir a los pocos segundos. La nube
que se había formado apenas bastaba para cubrir el yate.
-Si esperan huir con cortina tan pequeña, no saben lo que
se hacen-comentó.
El oficial, que había vuelto a su lado, dijo:
-No es fácil que crean tener bastante con la cortina que
han tendido. Deben haber tenido alguna avería. En cuanto intenten avanzar o
retroceder un metro quedarán al descubierto otra vez.
-Y no es posible que quieran alejarse conservando la nube
entre ellos y nosotros. Detrás de esa cortina están los sargazos.
-En efecto. Aún cazaremos al pirata.
-Diga al telegrafista que pida su rendición. Si se niegan
a entregarse, dispararemos una andanada contra el humo. Ya estamos a tiro y
algunos de los proyectiles han de dar al yate forzosamente.
Marchó el oficial, volviendo a los pocos instantes.
-No contesta el yate-anunció-. He dado orden de que se
dispare.
El destructor empezó a virar hasta ponerse de costado.
-¡Fuego!
Sonó una descarga cerrada y el navío se estremeció de proa
a popa.
-¡Sólo un proyectil ha caído a la derecha, en el
agua!-anunció el comandante, que no se había apartado los catalejos de los
ojos-. Todos los demás han dado de lleno en la nube de humo! ¡Que telegrafíen
otra vez a ver si se entrega! ¡Debe estar completamente inutilizado!
Pero fue inútil. El pirata no respondió a la llamada,
-¡A la vía!
El destructor se enderezó, enfilando la nube de humo con
su proa.
-¡A toda máquina! ¡Vamos a embestir al yate!
Vibrando toda su quilla por el esfuerzo a que se estaba
sometiendo a la máquina, el destructor hendió con su proa la cortina de humo.
-¡Marcha atrás!-aulló en seguida el oficial-. ¡Nos vamos
derechos al sargazo!
La brusquedad con que se detuvieron las máquinas y dieron
luego marcha atrás hizo que la nave sufriera unas violenta sacudida. Los
oficiales tuvieron que agarrarse para no rodar por el puente. La proa se había
metido ya entre los sargazos, pero la rápida maniobra les había salvado. Un
poco más, y la hélice se hubiera trabado.
Los oficiales se enjugaron la frente y luego se miraron.
-Si alguien me hubiese contado esto, le hubiera llamado
embustero-dijo el comandante,
El oficial no contestó de momento. Estaba mirando a su
alrededor, boquiabierto. La cortina de humo se iba deshaciendo poco a poco,
pero... ¡el barco pirata había desaparecido!
-No es posible-dijo el oficial, por fin-. Un barco no
desaparece de esa manera.
-Pues éste lo ha hecho. No hemos perdido de vista la
cortina de humo un instante y el barco no ha salido ni por la derecha ni por la
izquierda. En cuanto a retroceder... como no le hubieran salido alas, no sé por
dónde iba a haber tirado. No hay barco capaz de atravesar esta masa de
sargazos... aparte de que aún no se habría perdido de vista.
Al decir esto, paseó la mirada por la inmensa llanura roja
pardusca en la que no se advertía, la menor solución de continuidad ni se
observaba rastro alguno de ningún navío,
-¿Le habremos echado a pique con nuestra andanada?-murmuró
el oficial.
-Hemos disparado demasiado alto para eso. Además, si se
hubiera hundido, algo quedaría flotando, y aquí no se ve nada.
En efecto, salvo alguna alga desprendida de la masa
principal, nada flotaba en las cercanías.
-No obstante-prosiguió el comandante-, yo no creo en
milagros. No puede andar muy lejos de aquí el yate. Vamos a ver si lo
encontramos. Entretanto, más vale que mande un oficial con unos cuantos hombres
a bordo del «Seaborne», por si hay alguien allí que necesite ayuda. Ya los
recogeremos más tarde.
Se dieron las órdenes oportunas y despegó una chalupa con
cinco marineros y un oficial, dirigiéndose al «Seaborne».
El destructor partió entonces, navegando a lo largo de la
orilla de los sargazos, sin dejar de examinar los alrededores con ayuda de
catalejos.
Fue una pérdida de tiempo, sin embargo. No hallaron rastro
del pirata por parte alguna. Parecía como si se lo hubiese tragado el mar.
Convencido al fin de la inutilidad de sus esfuerzos, el
comandante dio una orden, el destructor viró en redondo y, al cabo de unas
horas, llegó al lugar en que había quedado el «Seaborne». Faltaba ya poco para
que anocheciera cuando el barco de guerra atracó contra el costado del
mercante.
El oficial encargado de abordarle se acercó a su superior,
saludó e hizo su informe.
-El «Seaborne» está completamente desierto-anunció-. No
hemos encontrado a bordo persona alguna, ni viva ni muerta. No tiene ninguna
avería, ni siquiera en la cabina del telegrafista, hay señales de lucha en
algunos sitios, pero no hemos descubierto mancha alguna de sangre. La carga
parece intacta, porque las bodegas siguen tapadas.
-Entonces, ¿qué buscarían los piratas?
-No lo sé, pero lo que fuera se encontraba en la caja de
caudales del sobrecargo. La puerta de ésta ha sido arrancada con una carga
explosiva.
-¡Ah! ¿Ha encontrado usted la documentación de a bordo?
Tal vez descubramos algo por ella.
El oficial movió negativamente la cabeza.
-El cuaderno de bitácora, manifiestos y demás
documentación han desaparecido. Deben habérselo llevado todo los piratas.
El comandante se quedó un rato pensativo,
-Bien-dijo, por fin:- mande a bordo unta tripulación de
presa. Lo remolcaremos a puerto ayudados por sus propias máquinas... ¿Están en
estado de funcionar?
-Parece que sí. Eso lo dirá el maquinista.
-Que les dé un repaso.
Se volvió a otro oficial.
-Ordene al telegrafista que comunique lo sucedido a la
superioridad y que anuncie nuestros propósitos. Aguardaremos aquí hasta recibir
órdenes concretas.
El oficial saludó y se fue.
Unos minutos más tarde el «D-104» se ponía en marcha
remolcando al vapor «Seaborne», con el asentimiento de las autoridades de
Marina.
CAPÍTULO II
EL RELATO DE SIMPSON
-¡Bueno, días, señor Trévelez! ¡Qué agradable sorpresa!
El director del Instituto de Inventores e Investigaciones
Científicas de Barcelona alzó la mirada del periódico que estaba leyendo y, al
reconocer al que le había saludado, se puso en pie y se acercó a él con la mano
tendida.
-¡Buenos días, amigo Simpson!-contestó, cordialmente-. Le
aseguro que no es menos agradable para mí este encuentro.
-No tenía la menor noticia de que se hallara usted en
Londres y tampoco sabía que fuera usted socio de este Club.
-Llegué anoche-anunció Trévelez:- soy socio del Travellers
Club desde hace muchos años y acudo con frecuencia a él cuando me encuentro en
esta capital.
-¿Piensa estar mucho tiempo entre nosotros?
-Unos días nada más. He de solucionar unos asuntos y, en
cuanto lo tenga hecho, regresaré a España.
Los dos hombres se sentaron y Trévelez soltó el periódico
que había estado leyendo.
-Veo que ha estado usted leyendo el reportaje que publican
sobre ese acto de piratería. ¿Qué opina de todo eso?-inquirió Simpson, tocando
el timbre que había junto a la chimenea monumental.
-Resulta bastante sorprendente, pero, la verdad, no me
atrevo a formular una teoría, carezco de elementos de juicio. ¿De dónde
procedía el «Seaborne»? ¿A qué puesto se dirigía? ¿Qué cosas de valor había
encerradas en su caja de caudales?
Simpson pidió dos aperitivos al camarero que acababa de
presentarse en contestación a su llamada y esperó a que fueran servidos antes
de contestar.
-Esas mismas preguntas-dijo, por fin-, debió de dirigirse
el periodista que escribió ese artículo. Y, naturalmente, no supo encontrarles
contestación. Usted, sin embargo, será más afortunado que él, yo le
suministraré datos que son totalmente desconocidos del público. El «Seaborne»
salió de un puerto brasileño, tocó en Venezuela y se dispuso a cruzar el
Atlántico. Su puerto de destino era Londres. No había de hacer escala alguna,
porque no llevaba carga para puertos intermedios.
-Muy enterado parece usted-observó Trévelez, con evidente
interés.
-Mucho más de lo que usted supone. El abordaje del
«Seaborne» por un barco pirata va a costarme, o, mejor dicho, va a costarle a
la compañía que presido, una verdadera fortuna.
Su interlocutor emitió un silbido de sorpresa. Sin darle
tiempo a decir una palabra, Simpson consultó el reloj..
-Es usted un hombre discreto y no tengo inconveniente en
contarle la historia. Tenemos tiempo antes de la hora de comer. Supongo que me
hará el honor de comer conmigo hoy, ¿verdad?
-Con muchísimo gusto-respondió Trévelez.
Tomó un sorbo de aperitivo y se arrellanó en su sillón
para escuchar el relato de su amigo.
Éste guardó silencio unos instantes. Luego dijo:
-Creo que será mejor que empiece por el principio.
Sacó una cigarrera y ofreció un puro a su amigo, que lo
aceptó.
Cuando hubieron encendido los dos, volvió a hablar:
-Hace unos meses-dijo-, recibí una carta de un amigo mío
del que hacía mucho tiempo que no tenía noticias. Se hallaba en el Brasil, al
parecer, y había tenido suerte, era, y es, propietario de una mina de
diamantes.
Se interrumpió para beber un sorbo.
-Según su carta, poseía unza veintena de piedras de
extraordinario tamaño y era su propósito remitirlas a Inglaterra lo más aprisa
posible, pues, por razones que no me explicó, temía que le fuesen robadas.
Usted ya sabe que soy presidente de una Compañía de seguros que cuenta con
sucursales por todo América del Sur. Mi amigo, que no lo ignoraba tampoco,
quería asegurar los diamantes en cuestión, pero sólo por un plazo de tiempo que
cubriera el intervalo comprendido entre el momento en que fueran entregados a
bordo del barco en que pensaba enviarlos y el instante en que yo,
personalmente, los entregara a cierto joyero famoso que había de darme un
recibo por ellos.
»Le extrañará a usted, señor Trévelez, que me escribiera a
mí para eso cuando, como he dicho, nuestra casa cuenta con sucursales en
América. Él esperaba que me extrañara a mí también y, por lo tanto, me explicó
los motivos que le impulsaban a hacerlo.
»Cuando adquirió el convencimiento de que los diamantes
peligraban, se puso a pensar en la forma de sacarlos del país y trasladarlos a
Londres sin que se enterara nadie o, por lo menos, sin que lo supiera mayor
número de personas del absolutamente necesario.
»Es evidente que hubiera podido traerlos él en persona,
pero, de haber emprendido el viaje, se hubiera supuesto que llevaba él los
diamantes y no hubiera estado libre de que intentaran robárselos.
-Eso se comprende-asintió Trévelez.
-Se le ocurrió entonces expedirlos por un vapor,
asegurándolos previamente. Usted ya sabe que las piedras preciosas de mucho
valor son como las armas de fuego, necesitan guía, no pueden circular sin ella.
Mi amigo había tenido la precaución de registrar sus características y poseía
las correspondientes guías, pero su valor era tan grande y las condiciones que
él pedía se salían tanto de lo corriente, que nuestras sucursales no hubieran
aceptado el riesgo sin consultar, con anterioridad, a la central. Por consiguiente,
si se dirigía, a una de las sucursales, habría bastantes personas que
conocerían sus propósitos mucho antes de que pudiese ponerlos en práctica,
puesto que nada haría hasta saber que el riesgo era aceptado por la Compañía de
seguros.
»Por otra parte, confiando en mi amistad, esperaba
conseguir que yo me hiciera cargo de las piedras a su llegada a Londres y las
entregase a los joyeros que me nombraba, de ahí que decidiera prescindir por
completo de las sucursales y escribirme a mí directamente. Esto suponía,
además, que sólo él y yo conoceríamos con exactitud lo que iba a ser de las
piedras, por lo que el riesgo sería menor.
-Y... ¿usted aceptó el riesgo en nombre de su Compañía?
-Si, señor.
-¿Sin que hubiese ningún otro intermediario?
-Sin que hubiese ningún otro intermediario. Así nadie
sabría más que yo (exceptúo a su dueño, naturalmente), cómo iban a ser
expedidas las piedras.
¿Y la Compañía de vapores?
-No sabría una palabra tampoco. Se limitaría a aceptar un
paquete dirigido a mí, sin conocer su contenido.
-¿Quién había de entregar ese paquete?
-Mi amigo, personalmente,
-Dio usted pruebas de tener mucha confianza en su amigo al
aceptar semejante riesgo sin que usted ni ninguno de sus agentes, hubiese visto
la mercancía asegurada. ¿O cabía la posibilidad de una estafa? ¿Está usted
seguro de que los diamantes fueron embarcados?
-Yo, personalmente, tenía suficiente confianza en mi
amigo, para fiarme de su palabra, pero, claro está, no podía consentir que la
Compañía aseguradora corriese el menor riesgo, una cosa es la amistad y otra
los negocios. Yo podría arriesgar mi dinero, pero no el ajeno.
-¿Qué hizo entonces?
-Nada. Mi amigo había pensado en eso también y me proponía
una solución que esperaba resultara satisfactoria para todos. Yo la encontré
buena, y la acepté.
-¿Qué solución era ésa?
-Mi amigo se presentó en la Jefatura de Policía de la
población brasileña más cercana, enseñó las guías de los diamantes y, Dios sabe
con qué excusa, consiguió que allí cotejaran las guías con las piedras,
hicieron meter los diamantes en una caja en presencia suya, la cerraran, ataran
y lacraran, y aplicasen, además, el sello de Jefatura como garantía. Hecho
esto, expidieron un certificado haciendo constar cuál era él contenido del
paquete. Mi amigo, sin embargo, no dijo con qué objeto tomaba todas esas precauciones.
Dicho certificado se encuentra en mi poder ya.
-¿Le consta qué es la misma caja la que fue entregada a la
Compañía de vapores?
-Se extendió la póliza de seguro con una cláusula
suplementaria en la que se advertía que el contrato sólo sería válido, si se
recibía un certificado de la Compañía de vapores declarando haber recibido una
caja de las características indicadas y con el sello de la Jefatura de Policía.
Se acordó, asimismo, que la caja saldría a bordo del vapor «Seaborne», cuya
fecha de partida daba amplio lugar a efectuar los preparativos.
-Veo que su amigo no olvidó detalle-murmuró Trévelez-. ¿Ha
recibido ya ese certificado?
-Aún no. No ha tenido tiempo de llegar, pero espero
recibirlo de un momento a otro.
-¿Y si no lo recibiera?
-Lo recibiré, por desgracia. Por lo que le he contado
habrá podido usted apreciar que mi amigo hace las cosas bien. ¡Ojalá no se
recibiese! Sin su presentación el contrato de seguro es nulo y no tendríamos
que abonar cantidad alguna,
-Es cierto.
Trévelez guardó silencio unos instantes, contemplando el
humo que ascendía de su puro.
-Es evidente-dijo por fin-, que, a pesar de todas las
precauciones, alguien se enteró de que los diamantes viajaban a bordo del
«Seaborne». El barco pirata no tocó la carga del vapor, prueba de que no le
interesaba. Los piratas se fueron derechos a la caja de caudales y la
descerrajaron, sabían que allí iba algo de valor.
-¿Pero cómo pueden haberse enterado?-exclamó Simpson-.
Nadie lo sabía, nadie puede habernos hecho traición.
-¿Está usted seguro de que nadie más conocía el secreto?
¿Extendió usted, personalmente, la póliza de seguro? ¿Contestó usted mismo a la
carta?
-No.
-!Ah!
-No lo hice yo personalmente-se apresuró a aclarar el
otro-. Pero, para el caso es como si lo hubiera hecho. Dicté la contestación a
la carta y la cláusula que había que agregar al contrato, a mi secretario
particular, hombre de quien respondo como de mí mismo. Está a mi servicio desde
hace muchos años y es hijo de un íntimo amigo mío. Por si eso fuera poco, es el
prometido de mi hija y yo le quiero como si hijo mío fuese. No, por ese lado no
hay nada que temer.
-Si está usted tan seguro de ello... ¿Dónde escribió la
carta? ¿No cabe la posibilidad de que la viera alguna otra persona?
-No. Se la dicté en mi despacho particular y la escribió
allí mismo, en mi presencia. Firmé el contrato y la carta inmediatamente, lo
metí todo en un sobre y, como iba a salir en aquel momento, me encargué yo de
certificarlo. De manera que puedo asegurar que en ningún momento estuvo al
alcance de persona extraña,
-Sin embargo, habrá usted de reconocer que alguien estaba
enterado de lo que se preparaba.
-No cabe la menor duda de ello, pero no logro explicarme
cómo ha podido saberse el secreto. Como no se le fuera la lengua a Parkham...
-¿Quién es Parkham?
-El dueño de los diamantes.
-Cabe esa posibilidad, claro está, pero, después de todo
lo que me ha contado usted, creo que su amigo tomaría todas las precauciones
habidas y por haber para impedirlo. ¿No se ha puesto en contacto con la
policía?
-Naturalmente. En cuanto me enteré de lo sucedido en alta
mar hice una visita a Scotland Yard y expuse el caso.
-¿Qué le dijeron?
-Que no dijese una palabra a nadie. El relato publicado
por los periódicos bastaba para el público. No había necesidad de que se
publicaran más detalles de momento. A pesar de cuanto les dije, sin embargo, se
obstinan en sospechar de mi secretario y le están vigilando.
-Eso es natural... Escuche, Simpson... A usted lo que le
interesa es recobrar los diamantes si es posible, ¿no es eso?
-Claro.
-El hecho de que los ladrones dispongan de un yate hace
suponer que se trata de una cuadrilla numerosa y bien organizada. Todos esos
preparativos no los hubieran hecho exclusivamente para apoderarse de los
diamantes.
-Eso opino yo también.
-Sin embargo, hasta la fecha no tenemos noticias de que se
haya cometido ningún otro acto de piratería en tiempos recientes. ¿Le dice algo
eso?
-¿Qué ha de decirme?
-Que se trata de una cuadrilla nueva. Es posible que sus
componentes, sean criminales profesionales conocidos ya de la policía, pero
también puede ser que se trate de gente nueva.
-¿Qué quiere usted decir con todo eso?
-Que la policía podrá hacer mucho, pero que creo que se
adelantaría mucho más encargando de esta investigación a un detective
particular que sea hábil y discreto...
-La Mutua de Compañías de Seguros ya cuenta con una
organización bastante completa. Ella se encarga de efectuar las investigaciones
en los casos en que se sospecha que una reclamación es fraudulenta, pero...
-No le recomiendo que recurra a ella. Lo que usted
necesita es un hombre que pueda obrar con entera libertad sin tener que dar
cuenta a nadie de sus actos.
-¿Y dónde encontraré yo a un hombre de esos?
-Yo se lo proporcionaré si le interesa.
-¿Usted?
-Sí. En cierta ocasión tuve yo necesidad de un buen
detective, me recomendaron uno y, resultó tan hábil, que siempre se lo
recomiendo a mis amigos y hago yo uso de él cuando me hace falta. ¿Quiere que
se lo mande?
-Le estaré muy agradecido.
-Bien, esta tarde hablaré con él. Supongo que irá a
visitarle en seguida. Háblele con entera franqueza, No tenga miedo a una
indiscreción por su parte. Está acostumbrado a hacer investigaciones de
carácter mucho más delicado que ésta y todos cuantos han hecho uso de sus
servicios le han encontrado de confianza absoluta. Y ahora, amigo, me parece
que ya ha llegado el momento de la comida.
-¡Es verdad! -exclamó Simpson, consultando el reloj-. No
me había dado cuenta de lo aprisa que pasaba el tiempo.
-Vamos al comedor y prométame una cosa, olvide el asunto
de los diamantes de momento. Si el detective que voy a recomendarle no le halla
la solución del asunto, diga usted que no hay quien sea capaz de solucionarlo
en este mundo.
CAPÍTULO III UN DESCUBRIMIENTO
Terminada la comida, Trévelez se despidió de su amigo,
salió a Pall Mall, cruzó Waterloo Place y, subiendo por Regent Street, torció a
la izquierda antes de llegar a Piccadilly.
Se detuvo ante un edificio situado a mediados de Jermyn
Street, entró y tomó el ascensor hasta el segundo piso. Sacó una llave del
bolsillo y abrió la puerta de uno de los pisitos de soltero, cerrándola
nuevamente tras sí.
Su primer cuidado al entrar en el piso fue sentarse en un
sillón del gabinete y oprimió la corona del reloj de pulsera que llevaba y en
cuyo estuche, como no ignoran nuestros lectores, se ocultaba un minúsculo
aparato transmisor y receptor de radio que deletreaba los mensajes en Morse
mediante ligeras presiones hechas por una palanquita contra la muñeca del que lo
llevaba puesto.
Inmediatamente sintió una presión muy suave y la
palanqueta oculta deletreó: «G-A-R-V-E-Z »
-Informe -ordenó Trévelez, por medio del reloj.
-Sin novedad.
-Órdenes.
-Tomo nota.
-Parkham, Belem, Estado de Pará. Brasil... ¿Ha anotado
eso?
-Sí.
-¿Ha leído en los periódicos lo ocurrido en la vecindad
del Mar de los Sargazos al vapor «Seaborne»?
-Si.
-Voy a darle los datos que desconoce.
Y Trévelez le comunicó cuanto le había contado Simpson
aquella mañana.
-¿Ha entendido bien?-acabó preguntando.
-Sí.
-Mande a X al Brasil. Que averigüe cuanto pueda acerca de
Parkham y de quiénes le rodean. Que use su criterio. Ya sabe lo que nos
interesa averiguar. Si hace algún descubrimiento que haga necesaria ayuda, que
recurra, alguno de los agentes locales.
-Conforme.
-Que se mantenga en contacto con usted y conmigo por medio
del reloj.
-Así lo hará. ¿Algo más?
-De momento, nada más.
Cortó la comunicación y se puso en pie.
Durante un buen rato se paseó de uno a otro lado del
cuarto pensando. Luego se metió en una especie de tocador y cuarto ropero.
Cuando volvió a abrirse la puerta, no fue Trévelez quien salió o, por lo menos,
no lo parecía. Era más bajo, y algo cargado de espaldas. El cabello, negro como
ala de cuervo en Trévelez, estaba salpicado de canas en el nuevo personaje. El
rostro mofletudo de aquel hombre en nada se parecía al del director del
Instituto de Inventores.
Cruzó el gabinete y se dirigió a la puerta. Salió a Jermyn
Street, volvió a Regent Street y tomó el metropolitano en Piccadilly Circus. Se
apeó en la estación de Old Street y, momentos después, entraba en el edificio
propiedad de la compañía de seguros World Wide Insurance Company Limited.
Subió al primer piso y, al acercársele un ordenanza,
anunció su deseo de ver al presidente, entregando una tarjeta en la que anotó
en lápiz:
«De parte del señor Trévelez».
-Pásele esta tarjeta al señor Simpson-ordenó-. Creo que me
está esperando.
El ordenanza tomó la tarjeta y se alejó. Pocos momentos
después volvió a aparecer.
-El señor Simpson le recibirá, caballero-anunció-. Tenga
la bondad de seguirme.
Echó a andar por un largo pasillo, al final del cual había
una puerta de vidrio esmerilado sobre la que se leía:
W. G. SIMPSON Presidente
El ordenanza llamó con los nudillos.
-¡Adelante!-dijo una voz.
El hombre abrió la puerta, anunciando:
-El señor Reming.
Reming entró en el despacho y la puerta se cerró tras él.
Simpson se puso en pie y se adelantó hacia él con la mano
extendida..
-Muy buenas tardes, señor Reming. El señor Trévelez me
había anunciado que le mandaría. Tenga usted la bondad de tomar asiento.
El detective estrechó la mano que le tendían y se dejó
caer en una butaca.
-¿Conoce usted ya de qué se trata?-inquirió el presidente
de la Compañía de Seguros.
-Sí, señor. El señor Trévelez me ha contado todo lo que
usted le dijo.
-Y, ¿está usted dispuesto a hacerse cargo de la
investigación?
-Me gustan los casos difíciles, y éste parece reunir una
serie de características interesantes. Si desde que habló usted con el señor
Trévelez ha recordado algún detalle que no le haya contado, le agradeceré que
me lo diga. Ya sabe que, a veces, las cosas que más insignificantes parecen,
son las que más ayudan a resolver un asunto complicado.
-No creo haber olvidado detalle alguno. No obstante, hay
otra cosa de la que quisiera hablar primero.
-Usted dirá.
-Se trata de sus honorarios. Como usted comprenderá, mi
deber para con la Compañía que presido es averiguar de antemano la que va a
costarnos la investigación. La cifra pudiera ser demasiado elevada y no
convenirnos.
-Por eso no se preocupe -respondió Reming, sonriendo-. Yo
no cobro más que por resultados. Si no lograra hallar solución al asunto, no
les presentaría factura de ninguna clase.
-Pero la investigación le acarreará gastos, señor Reming,
y ésos supongo que tendremos que reembolsárselos, por lo menos.
-Supone usted mal, señor Simpson. Hasta los gastos corren
de mi cuenta si no obtengo un resultado positivo.
-No esperaba condiciones tan... tan generosas-confesó
Simpson, favorablemente impresionado.
-No son tan generosas como parecen. No tengo la costumbre
de fracasar y, por consiguiente, no espero tener que pagar gasto alguno de mi
bolsillo.
-¿Qué emolumentos exigiría usted, caso de resolver
satisfactoriamente el asunto?-inquirió Simpson con cierta inquietud.
Se estaba diciendo que quien corre el riesgo de no cobrar
nada, es porque cobra honorarios muy crecidos y puede permitirse ese lujo.
Reming se apresuró a tranquilizarle.
-Aun en tal caso-contestó-, no le fijaría honorarios. Me
limitaría a cobrarle los gastos, dejando que usted, por su cuenta, pagara la
cantidad que creyera justa.
-Eso es muy elástico-protestó Simpson.
-Veo que el señor Trévelez no le ha hablado mucho de
mí-rió el detective-. De lo contrario, no diría usted eso. Yo no me dedico a
hacer investigaciones como medio de ganarme la vida. Poseo una fortuna
suficiente para no tener necesidad de eso. Lo hago por la aventura y por el
gusto de medir mi inteligencia con la de los criminales. Para mí, el triunfo es
la mayor recompensa, la parte monetaria es, lo que menos me interesa. Puede
encomendarme el asunto sin temor. Como ya he dicho, usted mismo fijará mis honorarios,
y le aseguro que, sean éstos cuales fueren, los aceptaré sin protesta.
-Pues es usted único en su género, señor Reming. De todas
formas, procuraré que no tenga motivos para quedar descontento. Lo interesante
ahora es que tenga usted éxito, ¿Cree usted, por lo que ha oído, poder
encontrar los diamantes robados?
-En realidad, los datos que poseemos son demasiado pocos
para que podamos opinar sobre el asunto. No obstante, quiero advertirle una
cosa, señor Simpson: es muy probable que, de encontrar los diamante no se
encuentren tal como se perdieron.
-¿Qué quiere usted decir con eso?
-Que, tratándose de piedras glandes, existe la posibilidad
de que los ladrones las partan para que sea, más difícil reconocerlas, Eso,
como es natural, les quitaría valor. ¿A propósito, ¿se ha hecho circular la
descripción de las piedras?
-Sí, señor. Entregué a Scotland Yard un duplicado de la
lista que me fue remitida y ya han sido avisados los joyeros y los traficantes
en piedras preciosas. Sin embargo, no creo que estoy yo tan seguro de que los
ladrones piensen partirlas.
-¿Por qué?
-Porque, se trataba de diamantes en bruto. Tal vez se
limiten a tallarlos, confiando en que la diferencia de peso y el aspecto de la
piedra labradas sea suficiente disfraz para ellas.
-¡Hum! No le aconsejo que cuente usted con eso. Es un poco
expuesto lo que dice... a no ser que los ladrones cuenten ya con un cliente y
quieran sacar a las piedras el mayor provecho posible. De todas formas, se me
antoja que hay tiempo de sobra para hablar de eso. Ahora, quiero dar principio
a mis investigaciones. ¿Está usted seguro de no poder aportar ningún otro dato
a los que ya conozco?
-Segurísimo.
-¿Fue en este mismo despacho donde dictó usted la carta y
el contrato?
-Sí.
-El señor Trévelez me ha dicho que tiene usted confianza
absoluta en su secretario. -Y no le ha engañado.
-Cabe, claro está, que alguien haya hablado en América.
Ese punto ya la investigaremos también. De momento, sin embargo, hemos de
estudiar las posibilidades de este lado. ¿Se le ha ocurrido que algún empleado
pudiera haber estado escuchando por la cerradura?
-Nada hubiera adelantado. Como a veces he de discutir
asuntos muy delicados en mi despacho, tengo tomadas las precauciones necesarias
para que eso no sea posible. En primer lugar, observará que la puerta no tiene
cerradura... por este lado al menos. Sólo puede echarse la llave desde fuera.
Estando yo dentro, no necesito la llave para nada, puedo echar el cerrojo si se
me antoja. Desde fuera, por muy buen oído que se tenga, no puede oírse una
palabra, de la que se habla dentro, eso lo tengo comprobado. Además, notará que
tengo instalada la mesa lo más lejos posible de la puerta, lo que aún dificulta
más la labor de quien quiera sorprender mi conversación,
-Ya... Hay otro medio, sin embargo, que tal vez no se le
haya ocurrido...
-¿Cuál?
-El empleo de un micrófono... o de un simple diafragma...
¿Ha registrado el despacho para asegurarse de que no ha sido instalado ninguno
en él sin su conocimiento?
-No... La verdad es que no se me había ocurrido semejante
posibilidad.
-Pues vamos a registrarlo ahora mismo. Claro está que,
aunque tal procedimiento se hubiera empleado, tiempo ha habido de que lo
volvieran a quitar... a menos que pensaran conservarlo por si descubrían así
algún otro secreto interesante. Sea como fuere, es cosa de asegurarse. Con su
permiso...
Reming se puso en pie y empezó a examinar detenidamente la
pared, levantando los cuadros, escudriñando los rincones oscuros.
-¿Tiene la amabilidad de ayudarme a mover la estantería
esa?-dijo, de pronto.
-¿Cree usted que pueda haber escondido ahí algún
micrófono?
-Yo no creo nada, pero hay que examinarlo todo palmo a
palmo. Hemos de mover la estantería y todos los demás muebles. Con moverlos
bastará, sin necesidad de examinar los cajones, la parte inferior de la mesa y
todo eso. Si hay un micrófono, tiene que haber cables que lo conecten y
descubriremos dichos cables en cuanto movamos las cosas. Es mucho más rápido y
más seguro que examinar los muebles milímetro a milímetro.
-Tiene razón-reconoció Simpson, ayudando al detective.
Fueron movidos los muebles sin el menor resultado.
-Me parece que, si hubo alguna vez algún micrófono, ya no
se encuentra en mi despacho-dijo el presidente.
-Aún no hemos terminado-respondió Reming-. Pudiera estar
escondido por encima de la lámpara, cerca del techo, por ejemplo.
-Tendremos que hacer traer una escalera.
-No es necesario. Nos arreglaremos sin ella. Pondremos una
silla encima de la mesa, usted puede sujetarla y yo me subiré a ella. Pedir
escaleras ahora sería llamar la atención, cosa que hemos de procurar evitar.
Cogió una silla y la puso encima de la mesa. Simpson la
sujetó. Pero la lámpara no ocultaba micrófono alguno.
-Ahora no nos falta examinar más que el suelo-anunció
Reming, bajando de la silla.
Y poniéndose a gatas, fue buscando todo a lo largo de la
pared. Ésta tenía un zócalo de madera que el detective examinó con especial
cuidado.
Cuando ya había dado casi la vuelta completa al cuarto,
notó de pronto, algo en la mano. En el primer momento no supo a qué achacarlo
ni definir, siquiera, la sensación que había experimentado.
Retrocedió lentamente, pasando con cuidado la mano por la
parte de abajo. Se detuvo bruscamente. Había vuelto a experimentar la misma
sensación y esta vez ya sabía a qué atenerse.
Sin, decir una palabra, siguió a lo largo de la pared
hasta llegar a la puerta. Luego se puso en pie.
-Veamos ahora el centro del cuarto-dijo.
Y alzó la alfombra redonda que lo cubría después de haber
retirado la mesita con el juego de fumador que había encima.
-Nada-murmuró Simpson:- eso debía haberse buscado hace
muchísimo tiempo.
-Es cierto-afirmó Reming-. ¿Qué vamos a hacerle? No se
desanime, sin embargo, señor Simpson, aún no hemos hecho más que empezar y las
cosas no se resuelven tan fácilmente.
-¿Qué piensa hacer ahora?
-Marcharme. Aquí ya no hay nada que hacer, pero se me han
ocurrido unas cuantas ideas mientras buscaba. ¿Dónde puedo encontrarle si
necesito verle con urgencia?
-Estoy en mi despacho de nueve a una y de tres a cinco
todos los días, menos el sábado. A cualquier otra hora me encontrará en mi
casa, si no, allí sabrán decirle dónde estoy. Aquí tiene mi tarjeta con las
señas de mi domicilio particular y mi teléfono.
-Muchas gracias-dijo el detective, guardándose la
tarjeta-. Le dejaré yo, a mi vez, mi teléfono para que comunique conmigo si
recibe alguna noticia de América, descubre usted algo o recuerda algún otro
dato susceptible de serme útil.
Tomó de la mesa la tarjeta que entregara al ordenanza y
anotó en ella un número de teléfono.
-Hasta la vista, señor Simpson-dijo, tendiendo la mano-.
No le digo cuándo volveré a verle. Puede ser pronto o puede transcurrir mucho
tiempo. No se preocupe si no tiene noticias mías, eso no querrá decir que no
estoy trabajando en el asunto.
Y salió del despacho, dejando a Simpson un poco
decepcionado. No había creído necesario decirle, de momento, que estaba
bastante satisfecho. Había descubierto una pista.
Y la pista era una simple corriente de aire.
CAPÍTULO IV LA MUERTE ACECHA
Trévelez oprimió la corona de su reloj de pulsera.
-B... B... B...-marcó.
A los pocos momentos sintió la presión de la palanca en su
muñeca.
-B escucha-deletreó.
-Órdenes.
Una nueva presión indicó que el agente llamado escuchaba.
-Diríjase a City Road. Deténgase ante las oficinas de la
World Wide Insurance Company. Hay un edificio destinado exclusivamente a
despachos a la izquierda del mismo. Fíjese en la última ventana del primer
piso... la que está más cerca de las oficinas de la Compañía de Seguros.
-Sí, señor.
-Averigüe quién ocupa ese despacho.
-¿Algo más?
-De momento, no. Comuníqueme inmediatamente el resultado
de su investigación.
Terminada la comunicación, Trévelez volvió a oprimir el
pulsador.
-A... A... A...
-Garvez-deletreó la palanquita.
-Informe.
-X tomado avión Brasil.
-¿Nada más?
-Nada más.
-Bien, órdenes.
-Escucho.
-Un hilo del ovillo está en Londres. Necesito su
presencia.
-Saldré en el primer avión.
-Deje encargada a R de lo que allí haya pendiente.
-De acuerdo.
-Nada más.
Trévelez se arrellanó cómodamente en un sillón de su
pisito de Jermyn Street y se dispuso a esperar.
Transcurrió una hora antes de que recibiera comunicación
alguna. De pronto, la palanquita del reloj de pulsera se puso a funcionar.
Contestó a la llamada.
-B-anunció el mensaje-. City Road. Despacho alquilado hace
un par de meses por un tal Lightfoot. Pagó un trimestre por anticipado, pero
jamás se le ha visto en el edificio. Unos hombres trasladaron una mesa, unas
sillas y un mueble archivador al despacho a los dos días de haber sido
alquilado. Dijeron que el señor Lightfoot iría al día siguiente. Aún le espera
el conserje para conocerle. Si cuando transcurran los tres meses no ha
aparecido, piensan alquilar el despacho a quien se presente. En todo este
tiempo no se ha recibido correspondencia alguna para ese señor.
-¿A qué dijo que se dedicaba?
-Al negocio de importación y exportación.
-Bien. Es preciso que intente introducirse en ese despacho
y que lo registre.
-Conforme.
-Examine cuidadosamente la pared que toca con el edificio
de al lado, especialmente cerca del suelo. Si hay muebles contra la pared,
retírelos.
-Bien. ¿Algo más?
-Nada más. Cuando haya efectuado el registro, comuníqueme
su resultado.
El director del Instituto de Inventores e Investigaciones
Científicas se puso en pie, paseó unos momentos por el cuarto, pensativo y, por
fin, consultó el reloj. Se aproximaba la hora en que tenía que hacer una visita
relacionada con el asunto que le había llevado a Londres.
Bajó a la calle y tomó un taxi, dirigiéndose a casa del
famoso profesor Bington, cuyos últimos descubrimientos en el campo de la
electroquímica habían causado, enorme revuelo en el mundo científico.
Entretanto B, siguiendo las órdenes recibidas, subía al
primer piso del edificio de City Road.
Torció a la derecha al llegar el descansillo y tiró por el
largo pasillo a ambos lados del cual se abrían las puertas de numerosas
oficinas.
No se detuvo hasta encontrarse en el fondo, ante una
puerta sobre la que no figuraba nombre alguno.
Miró a su alrededor para asegurarse de que no era
observado. En aquel momento el corredor estaba desierto. Sacó un instrumento
metálico del bolsillo y lo introdujo en la cerradura. Al cabo de unos instantes
sonó un leve chasquido.
Echó otra mirada pasillo arriba, hizo girar el tirador,
entró en el despacho y cerró, inmediatamente, tras él.
La habitación en que se encontró y que, en otros
despachos, hacía de oficina general, estaba desamueblada por completo. La cruzó
sin detenerse, no era aquél el cuarto contiguo al edificio de la Compañía de
seguros.
Abrió la puerta que encontró en la pared izquierda y entró
en un cuarto menor, amueblado como despacho particular.
Cerca de la ventana había una mesa de escritorio con un
sillón a cada lado. Junto a la pared se veían varias sillas y un archivador
vertical, metálico. Las persianas de la ventana estaban levemente entornadas,
de manera que no pudiera observarse desde la casa de enfrente lo que sucedía
allí.
Después de una rápida mirada para dar se cuenta de todo lo
que contenía el despacho, se acercó a la pared y empezó a quitar sillas,
examinando, cuidadosamente, el zócalo cerca del suelo. No encontró cosa alguna
anormal. Sin embargo-se dijo-algo debe haber. Cuando el jefe me ha ordenado que
haga esto, por algo será. Nunca manda una cosa sin tener sus razones para ello.
Sólo le quedaba un trozo de pared por examinar-la que
pillaba detrás del mueble archivador.
Procurando hacer el menor ruido posible, se puso a
separarlo lo suficiente para poder introducirse tras él.
En cuanto lo hubo logrado, se dejó caer de rodillas y sacó
una lámpara de bolsillo. No había suficiente luz allí para poder ver bien.
De pronto soltó una exclamación de triunfo. Acababa de
encontrar algo-un agujero cuadrado de dos centímetros y medio de lado
aproximadamente, muy cerca del suelo. Sin duda, era aquello lo que había
esperado que encontrase su jefe.
Dirigió los rayos de su lámpara hacía el interior del
mismo. Era bastante profundo y estaba completamente vacío. Allá en el fondo
parecía estar tapado con madera, pero no lo veía lo suficientemente bien para
estar seguro de ello.
Convencido de que no había nada más que descubrir allí,
volvió a poner el archivador en su sitio. Antes de marcharse, pensó que no
estaría de más registrar los muebles y puso manos a la obra.
Los cajones del archivador nada contenían más que polvo,
prueba evidente de que no se habían utilizado en mucho tiempo.
Se acercó a la mesa y fue abriendo, uno por uno, todos los
cajones, que estaban igualmente vacíos. El último del lado derecho, sin
embargo, no cedió cuando agarró el tirador, estaba cerrado con llave.
Sacó de nuevo el instrumento metálico que le había servido
para abrir la puerta y, en un instante, la cerradura del cajón cedió.
Dentro halló una especie de tubo del que salían dos
cables. A las extremidades de éstos iban conectados unos auriculares.
Los contempló, durante unos momentos, intrigado. ¿Qué
sería aquello y para qué serviría? ¿Qué objeto tendría el agujero que había
descubierto detrás del mueble archivador?
Fue instinto lo que le hizo volver la cabeza e intentas
enderezarse, porque no había oído el menor sonido, pero lo hizo demasiado
tarde. Sintió que un brazo de hierro le rodeaba el cuello, le oprimía para
impedir que gritase, echándole atrás la cabeza.
Alzó los ojos y se dio por perdido. Un rayo de sol que se
filtraba por entre las entornadas persianas arrancó un metálico reflejo al
cuchillo que la mano de su misterioso asaltante esgrimía.
Intentó hablar y no pudo. Estaba medio ahogado. Reuniendo
todas sus energías hizo un violento esfuerzo por desasirse, por librarse del
acero homicida, pero su enemigo era demasiado fuerte. La mano descendió por
delante de él y, a pesar de la terrible situación en que se encontraba, su
mente registró, por instinto, un hecho que de nada había de valerle ya, era una
mano izquierda la que asía el cuchillo.
Tuvo el tiempo justo de darse cuenta de eso antes de que
experimentara un dolor agudo en el pecho, algo así como si le estuvieran
desgarrando las carnes. El brazo que le rodeaba el cuello se retiró, el
desconocido dio un paso atrás sin molestarse en sacar el cuchillo de la herida.
B exhaló un gemido ahogado y rodó por el suelo. Estaba
convencido de que le quedaban muy pocos segundos de vida y aun, en tan amargo
trance, no olvidó que tenía un deber que cumplir.
Buscó, con dedos que rápidamente iban quedándose sin
fuerzas, la corona del reloj de pulsera y empezó a transmitir un mensaje:
-B... S... O... S... M... E...
No pudo terminar. Notó que se le nublaba la vista, que las
tinieblas se agolpaban a su alrededor... Luchó, desesperadamente, por conservar
el conocimiento unos instantes más, pero todo fue inútil. Sintió que hundía en
un abismo sin fondo y las tinieblas se cerraron sobre él.
CAPÍTULO V
YUMA
El policía sacó una libreta y apuntó el número del coche
que acababa de pasar a toda velocidad. Era un automóvil negro, bajo, cerrado,
de matrícula española, lo que hizo murmurar al guardia:
-Estos extranjeros nunca parecen enterarse de que la ley
prohíbe que se viaje a esas velocidades por la ciudad. No llegará muy lejos, ya
le parará algún compañero por el camino
Cerró la libreta y se la guardó.
Al conductor del coche negro parecía tenerle completamente
sin cuidado lo que la policía opinara o quisiera hacer. Tenía prisa y no le
preocupaba una multa más o menos.
En el cruce siguiente, un policía vio acercarse al anciano
de pelo blanco, encorvadas espaldas, pómulos salientes y hundidas mejillas, con
una larga capa negra sobre las espaldas que, inclinado sobre el volante,
parecía dispuesto a no detenerse aunque le apareciera un muro en medio de la
calle.
Salió al centro del arroyo y agitó los brazos, intentando
detenerle, pero, al ver que, lejos de frenar, el otro parecía haber pisado el
acelerador, se echó a un lado, limitándose a tomarle el número.
El profesor Vardo, a quien ya habrán reconocido nuestros
lectores, continuó su carrera par Clerkenwell Road y su continuación-Old
Street-hasta el cruce de ésta con City Road, torciendo luego a la izquierda y
deteniéndose ante el edificio vecino al de la World Wide Insurance Company.
Se apeó del coche y entró en el portal. El conserje no
estaba en aquel momento y, aprovechando su ausencia y el hecho de que no
hubiera nadie por allí, se quitó la capa y le dio media vuelta.
Aquella capa tenía la particularidad de que, siendo negra
por un lado, componíase por el otro de una substancia incolora que refractaba
los rayos luminosos sin reflejarlos y que, por consiguiente, no sólo era
invisible, sino que hacía invisible a todo el que la llevara puesta con aquel
lado para afuera.
Inmediatamente desapareció su cuerpo como por arte de
magia, viéndose tan sólo la cabeza, que parecía flotar en el aire. Esta no
tardó en desaparecer también, sin embargo, al ser cubierta, por una larga
capucha que llevaba la capa y que resultaba transparente mirando a través de
ella desde dentro.
Invisible ya, el misterioso personaje subió la escalera
hasta el primer piso y avanzó por el corredor con sumo cuidado para que no
tropezaran con él los que, en aquellas momentos, salían de los distintos
despachos.
Llegó a la puerta del fondo y la probó, estaba cerrada con
llave. Poco trabajo, le costó abrirla, sin embargo. El cuarto primero estaba
vacío como lo encontrara el agente B.
Cruzó hacia la puerta del despacho particular, la abrió y
se detuvo en el umbral. Todo estaba en orden, pero en el suelo, junto a la mesa
de escritorio, yacía un hombre boca arriba, sobresaliéndole del pecho el mango
de un cuchillo.
El hombre invisible se acercó, se dejó caer de rodillas
junto a él y apoyó la cabeza en el pecho después de haber colocado un pañuelo
encima para no mancharse, El corazón latía débilmente, tan débilmente que
apenas lograba oírlo.
El herido había perdido mucha sangre. Tenia el chaleco
empapado y se veía un charco en el suelo, pero aún vivía.
Extrajo, cuidadosamente, el cuchillo y lo dejó en el
suelo. Luego desabrochó el chaleco y rasgó camisa y camiseta, dejando al
descubierto la herida, que había dejado de sangrar de momento. Su aspecto era
bastante feo. La inclinación del cuchillo, que había sacado y dos o tres
detalles más le indicaban dos cosas: primera, que la intención del asesino
había sido alcanzarle de lleno en el corazón a B, cosa que no había logrado por
verdadero milagro; segundo, era obra de un zurdo.
No tenía tiempo para averiguar la gravedad exacta de la
herida. Lo esencial era sacar de allí a B lo más aprisa posible sin que le
viera nadie y ponerle en manos de un médico.
Sacó de debajo de la capa un estuche lleno de pomos y
ampollas y que contenía también una jeringa de dar inyecciones. Con la tira de
su pañuelo y líquido de uno de los pomos limpió la herida lo mejor que pudo.
Luego, rasgando por completo la camisa del herido, improvisó una venda y se la
puso.
Por último, cargó la jeringa y le inyectó en el brazo un
potente estimulante. A los pocos segundos el herido abrió los ojos.
Entonces observó una especie de revoloteo en el aire por
encima de él, y apareció una cabeza flotante. No era ya la cara de Vardo la que
se veía, sin embargo. Aquél era un rostro horrible, cubierto de una palidez
cadavérica en el que brillaban dos ojos como ascuas.
-¡Yuma!-exclamó B al verle.
Su voz, lejos de indicar terror, parecía expresar la más
viva alegría. Intentó incorporarse. Una mano invisible le contuvo.
-Descansa un poco-ordenó Yuma-. ¿Respiras sin dificultad?
-Sí-contestó el hombre, con voz débil.
-Menos mal. Aunque no esperaba que hubieran perforado un
pulmón, porque no tienes sangre en la boca. Te he inyectado un estimulante.
Dentro de unos segundos te daré otra dosis para ver si consigo ponerte en pie y
que puedas bajar, poco a poco, hasta donde tengo el coche. Es preciso que
obtengas asistencia facultativa cuanto antes. Ya me contarás lo ocurrido más
tarde. Ahora, sólo quiero saber una cosa: ¿has descubierto algo aquí?
-Un agujero cuadrado detrás del mueble.
-Me lo esperaba.
Yuma se echó, nuevamente, la capucha y desapareció la
horrible cabeza que tanto terror inspiraba a los criminales. El archivador
pareció apartarse solo de la pared.
Luego:
-¿Encontraste algo más?
-Unos auriculares conectados a un tubo dentro del último
cajón de la derecha de la mesa.
Se oyó abrirse un cajón y cerrarse nuevamente.
-¡Hum!-dijo la voz.
B sintió que le asían el brazo y que le daban otra
inyección. Inmediatamente experimentó la sensación de que cursaba por sus venas
fuego líquido, y que recobraba, paulatinamente, las fuerzas.
-Procura ponerte en pie-ordenó Yuma, ayudándole.
B logró levantarse, pero palideció intensamente y estuvo a
punto de caer de nuevo.
-Es inútil-observó Yuma-. Veo que no estás en condiciones
de andar, ni aun con ayuda del estimulante. Has perdido demasiada sangre.
Tendré que llevarte en brazos.
-No es necesario. Probaré...
-No tenemos tiempo para andar con discusiones. No puedes
hacerlo-le interrumpió el hombre invisible.
Abrió la capa, sacó los brazos, y levantó a B como si
fuera un niño.
-Cierra la capa-ordenó-, de forma que quedemos los dos
tapados.
El hombre obedeció. Afortunadamente, la misteriosa prenda
tenía mucho vuelo. Ambos quedaron invisibles. Cruzaron el despacho exterior y
se detuvieron junto a la puerta que daba al pasillo. Escucharon un rato sin oír
rumor alguno y Yuma se decidió a abrir, cosa que logró a pesar de su carga. El
corredor estaba desierto. Cerró tras sí, pero no pudo entretenerse en echar
nuevamente la llave. Avanzó por el pasillo lo más aprisa que pudo, viéndose
obligado una vez a detenerse para no tropezar con un hombre que salió de uno de
los despachos.
Bajaron la escalera y llegaron al vestíbulo sin tropiezos,
pero, una vez allí, toparon con la primera dificultad. La puerta del edificio
era de hierro, con cristales y, en aquel momento, estaba cerrada. El conserje,
por añadidura, se hallaba cerca de ella.
No tenían más remedio que esperar a que se moviese. Era
demasiado arriesgado permitir que la viera abrirse sin que, al parecer, la
tocase persona alguna. Yuma se acercó con su carga todo lo que pudo, dispuesto
a aprovechar el instante en que el conserje volviera la espalda. Éste, sin
embargo, no parecía tener la menor intención de hacerlo.
Transcurrieron diez minutos. Yuma, en vista de que el
conserje no se movía, decidió no esperar más. Ya alargaba la mano hacia la
puerta, cuando sonaron pasos en la escalera.
Volvió la cabeza, bajaban dos hombres. El primero se
dirigió derecho a la puerta, el segundo fue interceptado por el conserje, que
le entregó una carta. Aprovechando el momento, Yuma se deslizó con su carga
tras el primero.
Se acercó al coche y aguardó a que no hubiera nadie por
allí. Abrió la portezuela y depositó a B en el interior lo más cómodamente que
pudo.
A continuación se sentó él al volante y, tras asegurarse
de que no era observado, se quitó la capa y se la volvió a poner con la parte
negra para afuera. Volvía a tener el conocido rostro del profesor Vardo.
El automóvil se puso en marcha y, un cuarto de hora
después, se detenía ante la casa residencia de B. Cogió de nuevo en brazos al
agente, entró con él, le desnudó y le metió en el lecho.
En previsión de sucesos como aquél, Yuma contaba con un
médico entre sus agentes, única manera de que pudieran ser asistidos los que
sufrieran alguna herida, sin que la cosa llegara a oídos de la policía.
-S...-deletreó, con ayuda del reloj transmisor:- son
requeridos urgentemente sus servicios en casa de B.
Recibió respuesta, inmediatamente. S se iba a poner en
camino sin perder instante.
Mientras aguardaba su llegada, Yuma escuchó de labios de B
todo lo ocurrido.
-¿No pudiste verle la cara a tu agresor?-inquirió, cuando
el hombre hubo terminado.
-No, me atacó por la espalda y me sujetó demasiado bien
para que pudiera moverme. Lo único que observé fue que era zurdo y que llevaba
la mano enguantada.
-Eso ya la había deducido yo por la posición de la herida.
Bueno, no hables más. No tardará en llegar el doctor Price. Ya veremos la que
dice él.
En efecto, cosa de cinco minutos más tarde llamaron a la
puerta y entró un hombre de edad madura y mirada viva. Se limitó a saludar,
dirigiéndose inmediatamente al lecho. Le quitó a B el vendaje, examinó
cuidadosamente la herida y pidió una jofaina de agua que el propio profesor
Vardo se encargó de proporcionarle.
Durante unos minutos trabajó en silencio, desinfectando,
curando, poniendo gasa, algodón y venda que extrajo del maletín que llevaba.
Auscultó a su paciente y le hizo un examen concienzudo, dirigiéndole entretanto
a B una serie de preguntas.
Cuando hubo terminado, se irguió.
-No es tan grave la cosa como había creído en un
principio, pero está vivo de milagro. Unos milímetros más y no hubiese tenido
salvación posible.
-Así, pues-inquirió el profesor-, ¿sanará? ¿Para cuánto
tiempo tiene?
-Si no hay complicaciones, estará en pie otra vez antes de
un mes. Le mandaré una enfermera de confianza para que le asista y pasaré yo a
visitarle todos los días. En cuanto esté algo restablecido, será mejor que vaya
a pasarse una temporada al campo para recuperar las fuerzas.
-Le dejo a usted encargado de dar todos los pasos
necesarios para ello-anunció Vardo-. Yo tengo que irme, pero permaneceré aquí
hasta que llegue otra agente a relevarme.
Y mientras se despedía el médico, recurrió al reloj para
llamar a C.
-Surrey estará aquí dentro de unos momentos, Leighton-le
dijo al herido-. Ahora no se preocupe usted de nada más que ponerse bueno.
Aguardó a que llegara C, le dio instrucciones y abandonó
la casa.
CAPÍTULO VI
TRÉVELEZ EXPONE SU PLAN
Habían transcurrido varios días desde los sucesos
relatados en el capítulo anterior, sin que Scotland Yard pareciera haber hecho
grandes progresos en sus investigaciones:
La posibilidad de que el secretario de Simpson, estuviese
complicado en el robo de los diamantes no había sido descartada del todo, pero
acontecimientos posteriores obligaban a la policía a buscar una solución más
complicada.
En efecto, en pocos días, tres nuevos barcos habían sido
asaltados por el yate pirata. Las características de los abordajes eran las
mismas que en el caso del «Seaborne». Los piratas no se habían preocupado de la
carga, sino de la caja de caudales, que en los tres casos, hallóse destrozada.
Toda la tripulación parecía haber sido apresada, por añadidura, y se desconocía
por completo su paradero.
En dos de los casos, se había comprobado que los vapores
llevaban piedras preciosas a bordo. Por falta de detalles se ignoraba aún qué
faltaría del último, pero se tenía la convicción de que sería algún paquete de
piedras preciosas o algo por el estilo. Mientras tanto, Garvez había llegado a
Londres, instalándose en el piso que ocupaba Trévelez en Jermyn Street.
Trévelez había creído conveniente darle a conocer en seguida la situación,
empezando por lo que sabía respecto al abordaje del «Seaborne».
-Ahora, amigo Garvez-dijo al terminar-, conoce usted punto
por punto cuanto me contó Simpson al día siguiente de mi llegada a Londres.
-Muy bien informados parecían estar esos piratas-comentó
Garvez.
-Bastante. Lo propio ha sucedido con los otros tres
barcos. Eso supone una organización muy completa y perfecta. Ya, en el primer
momento, creí en la existencia de tal organización, puesto que sólo así podía
explicarse lo ocurrido con el «Seaborne» y me puse a trabajar para dar con
ella.
-¿Usted personalmente?
-Le recomendé a Simpson un detective particular y él
contrató sus servicios en seguida. Dicho detective fue a verle, le interrogó
sin lograr descubrir ningún dato nuevo y luego solicitó permiso para registrar
el despacho en que se había redactado la póliza de seguro.
-¿Qué esperaba encontrar allí?
-Un micrófono tal vez. De alguna manera tenían que haberse
enterado los piratas de los planes de Parkham.
-¿No podían haberlo hecho en el Brasil?
-Existía esa posibilidad, naturalmente-asintió Trévelez-.
Por eso sugerí que enviase a X a Pará. No obstante, había que averiguar si el
aviso podía haber salido de aquí.
-¿Descubrió el detective algo?
-Micrófonos... ninguno. Pero, el examinar la pared, notó,
cerca del suelo, una corriente de aire.
-No fue gran cosa.
-Perdón... fue mucho. Fue tanto, que a punto estuvo de
costarle la vida a Leighton.
Garvez emitió un silbido de sorpresa, pero nada dijo.
-Aquella corriente de aire que se filtraba por los
intersticios de las tablas del arrimadero indicaba que en aquel lugar había un
hueco. Ordené a Leighton que se dirigiera al edificio de al lado, entrara en
las oficinas, cuya pared tocaba con la del primer piso de la Compañía de
seguros, y examinara detenidamente la pared en cuestión. Así lo hizo y, el
apartar un mueble de la pared, encontró un agujero que se prolongaba hasta el
arrimadero del despacho del señor Simpson. Luego, al registrar los cajones de una
mesa de escritorio, descubrió un micrófono tubular y unos auriculares. No cabía
ya la menor duda de que aquél era el sistema, de que se había valido la
organización pirata para descubrir que las piedras iban a salir del Brasil a
bordo del «Seaborne».
»Leighton no pudo llevar más allá sus investigaciones. Fue
sorprendido en el momento en que examinaba los auriculares y recibió una
puñalada en el pecho sin que le fuera posible ver a su contrincante. Antes de
perder el conocimiento pidió auxilio.
-¿Lo recibió a tiempo?
-Yuma se encargó de ello-contestó el otro, con una
sonrisa-. Le encontró con un puñal clavado en el pecho y, después de limpiarle
un poco la herida y darle un estimulante, supo que lo único que había podido
notar era que el que le había atacado era zurdo.
»Comunicó a Yuma su descubrimiento y éste quiso
comprobarlo con sus propios ojos. Llegó tarde. El agujero ya no existía, había
sido tapado con mucha habilidad. Mirando can cuidado, sin embargo, se notaba
dónde había estado.
-¿Y los auriculares?
-Habían desaparecido también.
-Trabajó aprisa el desconocido ése. ¿Cómo se le ocurriría
dejar vivo a Leighton?
-Yo creo que le supuso muerto. Su idea era partirle el
corazón de una puñalada y faltó muy poco para que lo consiguiera. Es evidente
que no era la primera vez que manejaba un cuchillo y estaría tan acostumbrado a
dar las puñaladas esas con éxito, que creería haberlo logrado aquella vez
también.
-¿Está muy grave Leighton?
-No, según me dice el médico, ya está fuera de peligro. Es
cuestión de tiempo ¿Descubrió quién ocupaba aquellas oficinas?
-Para el caso es como si no lo hubiera descubierto. Las
alquiló un individuo hace unos meses, dando un nombre falso seguramente. A los
pocos días llegaron unos muebles, pero el individuo en cuestión no ha aparecido
una sola vez por su despacho, después de haber pagado unos meses por
anticipado. No obstante, en eso mismo tenemos una explicación de lo sucedido.
-¿Qué explicación es esa?
-El despacho fue alquilado poco antes de que Simpson
recibiera la carta de Parkham anunciándole sus propósitos respecto a las
piedras. Eso quiere decir que los que vigilaban a Parkham en Brasil y no habían
conseguido averiguar cuáles eran sus planes, pero sí se enteraron de que
escribía a Londres, al presidente de la World Wide Insurance Company. No
necesitaban ser muy linces para comprender que una carta dirigida a una
compañía de seguros debía estar relacionada con los diamantes.
»Inmediatamente, telegrafiarían a Londres para que aquí
procuraran descubrir el contenido de la carta. Los miembros de la organización
aquí tuvieron la suerte de encontrar desalquilado el despacho ese y lo tomaron.
Si no hubiese sido por eso, hubieran ideado otro medio. Esperarían a la noche,
seguramente, para practicar el agujero en la pared. Hasta en eso tuvieron
suerte. No sé si contarían con ello, lo que sí es evidente es que sabían dónde
estaba el despacho particular de Simpson. Digo que tuvieron suerte, porque el
arrimadero les permitía perforar la pared por completo sin que se viera agujero
alguno por el otro lado y, además, gracias a eso, no podía caer yeso o polvo de
ladrillo en el despacho de Simpson, lo que hubiera hecho que se descubriese
todo.
»Desde aquel momento, debía pasarse alguien la mayor parte
del tiempo, en el despacho que todos creían vacío, con los auriculares puestos,
escuchando todo lo que pasaba en la habitación de al lado con ayuda del
micrófono tubular que metería en el hueco hasta el mismo arrimadero.
-¿Por qué no lo taparían una vez logrados sus propósitos?
-Porque pensarían que, teniéndolo ya hecho, quizá pudiera,
servirles para descubrir alguna otra cosa interesante. Lo sucedido con
Leighton, sin embargo, les habrá hecho cambiar de planes, por lo menos de
momento.
-¿Usted cree que pensaban dejar a Leighton allí?
-No sé qué creer. Al principio supuse que esperarían una
ocasión favorable para sacar el cadáver. Precisamente por eso, ordené a un
agente que vigilara día y noche, para que siguiera a quien se presentase, pero,
hasta la fecha, nadie se ha acercado al despacho ese para nada. Me inclino a
creer, sin embargo, que alguien iría al despacho momentos después de haberse
llevado Vardo a Leighton y, al encontrarse con que el supuesto cadáver había
desaparecido, no haya querido volver a acercarse. Es una lástima que no hiciera
montar guardia a alguien antes de marcharme, pero ya no tiene remedio la cosa.
-Sí creo que tiene usted razón, es la única explicación
plausible, por lo menos. ¿Qué habrán pensado al no encontrar a Leighton?
-Es difícil saberlo con exactitud, pero procuraré ponerme
en su lugar y aun razonar la cosa tal como es de suponer que la razonarían
ellos. Primero: Leighton es un vulgar ladrón. Se enteró de que no había nadie
en el despacho y se introdujo en él para robar lo que encontrase de valor. Al
registrar la mesa de escritorio no encontró más que los auriculares y, cuando
los examinaba, fue sorprendido. No sabía una palabra del agujero. Un ladrón no
busca cosas de valor detrás de los muebles.
-Sí, pero eso no es más que una teoría acerca de su
identidad, y no explica su desaparición.
-Lo primero que querría esa gente seria formarse una idea
de quién era el hombre a quien habían sorprendido.
-Cierto. Continúe.
-Esa era una de las posibilidades. Segunda: Leighton es un
agente de policía. Sospecha la existencia del agujero. Entra, lo descubre,
encuentra también los auriculares y es sorprendido.
-También puede ser.
-Tercera: Leighton es un criminal que se ha enterado de
algo por casualidad. Visita el despacho para asegurarse. Piensa recurrir
después al chantaje, exigir dinero para no decir lo que sabe. No creo que se
les ocurriera a los criminales ninguna otra posibilidad.
-Dando eso por sentado, ¿qué explicación encuentra a lo
demás?
-Leighton no ha muerto. Cuando se marcha su agresor,
recobra el conocimiento, se arrastra fuera del despacho y logra refugiarse en
alguna parte.
-Un poco dificilillo resulta eso...
-Estamos examinando todas las posibilidades-respondió
Trévelez:- luego empezaremos a descartar.
-Ya.
-Prosigo. Leighton ha muerto y no ha muerto, es igual.
Tiene un cómplice, alguien que está vigilando. Al ver que tarda, va a buscarle,
le encuentra, le saca como puede...
-Eso ya es más fácil.
-Leighton es agente de policía. Trabaja con otro agente
que, al no verle volver, va en su busca y le saca. Me parece que, poco más o
menos, esas serían las teorías que se les ocurrirían a los criminales.
-Eso opino yo también.
-Empecemos a analizar las teorías. La primera queda
descartada. Me refiero a las teorías de cómo desapareció del despacho. Ya
hablaremos luego de la identidad.
»Suponiendo que no estuviera muerto, Leighton tenía que
hallarse gravemente herido, por haber perdido demasiada sangre para poder
arrastrarse sin ayuda fuera del despacho, bajar la escalera y salir a la calle,
aun suponiendo-que no hubiese habido nadie en el corredor, en la escalera, ni
en el vestíbulo.
-Es lógico.
-Las segunda es plausible: un cómplice puede haberle
sacado, vivo o muerto.
-Puede admitirse también.
-Y la tercera es igualmente plausible... en principio.
Admitamos, pues, que Leighton ha sido sacado del despacho por otra persona. ¿Es
posible que se trate de un agente de policía?
-¿Opina usted que lo es?
-No. Si un agente de policía hubiera muerto asesinado o
sufrido una herida como la de Leighton, Scotland Yard no hubiera dejado parar
ahí la cosa. Se hubiese hecho un registro del despacho, y sometido al conserje
y a todos los que se hallaran en los despachos del mismo corredor a un
interrogatorio. Seguramente hubiera quedado vigilado el despacho y Dios sabe
cuántas sosas más.
-Es cierto.
-Luego lo más probable es que Leighton no sea agente de
policía.
-¿No cabe la posibilidad que la policía prefiriera callar
el hecho para, mejor pillar a los autores?
-No es de creer qué la policía dejara de hacer una
investigación por leve que fuera. Aun suponiendo que no quisiera dar publicidad
al asunto de momento, escogerían horas en que no hubiese nadie para, para
efectuar un registro y no dejarían de interrogar al conserje, aunque fuera con
disimulo, ni de montar una guardia. Es seguro que los criminales habrán estado
vigilando el despacho día y noche desde que ocurrió el hecho para salir de
dudas y que no habrán perdido de vista al conserje,
-Suena plausible todo eso.
-A estas horas, por consiguiente, deben estar convencidos
de que el hombre a quien sorprendieron era un criminal y que, por consiguiente,
no habrá dicho una palabra de lo que sucedió, porque no le interesa ser
interrogado por la policía.
-Creo que tiene usted razón.
-Les falta decidir una cosa: ¿era Leighton un vulgar
ladrón, o uno que aspiraba a convertirse en chantajista? Los criminales se
inclinarían a creerlo lo segundo al principio, pero, a medida que transcurran
los días sin que se presente nadie intentando sacarles dinero, aumentará su
convencimiento de que se trataba de un vulgar ladrón que creyó poder encontrar
algo le valor en el despacho y salió chasqueado.
-Tardarán mucho en tener la completa seguridad de
eso-arguyó Garvez-. El hombre a quien sorprendieron quedó demasiado mal herido
para hallarse en condiciones de hacer visitas.
-Olvida usted que hemos quedado en que tenía un cómplice.
Él no podría hacer visitas, pero su cómplice sí. Aunque opino que, en un caso
así, los criminales esperarían recibir el primer aviso de lo que, se intentaba,
por escrito.
-Me parece que ha logrado usted razonar tal y como
hubieran razonado los criminales, Trévelez.
-Sí, yo creo que no tenemos por qué preocuparnos de esa
parte del asunto. No obstante, un agente seguirá vigilando, por si acaso. AL
propio tiempo, he ordenado que se recojan todos los datos posibles en cuanto se
refiere a las oficinas instaladas en el primer piso de ese edificio.
-¿Sospecha de alguna de ellas?
-Es algo más que sospechas lo que tengo. Si alguien se ha
encargado de estar escuchando por los auriculares días enteros, lo más probable
es que ese alguien saliera de algún otro despacho del mismo piso. Estaría más a
mano y sería menos peligroso. A pesar de tratarse de un edificio dedicado
exclusivamente a despachos, hay muy poco movimiento de gente allí, y si un
hombre entrara por la mañana, saliera al mediodía, volviera por la tarde y
saliera a última hora y lo hiciese unos cuantos días seguidos, el conserje
acabaría fijándose y, sabiendo que no era inquilino, le llamaría lo bastante la
atención para que investigase. La cuadrilla esta parece bastante bien
organizada y no creo que dejara de pensar en ese detalle.
-¡Hum! Es verdad eso.
-De todas formas, voy a dejarle a usted encargado de esos
detalles. No los considero de suficiente interés pera preocuparme yo de ellos.
No dudo que, por ese camino, acabaríamos descubriendo algo interesante, pero el
procedimiento es demasiado lento para que me satisfaga. Quiero hallar una
solución más aprisa.
-Tal vez contribuya a hallarla X en Brasil, aunque...
-¿Aunque qué?
-He estado pensando que le hemos dado al pobre un encargo
un poco difícil. Ha marchado sin saber nada, casi más, que el nombre de Parkham
y...
-No se preocupe. Está en mejores condiciones de lo que
usted se supone. El detective Reming visitó a Simpson y le pidió una carta
dirigida a Parkham presentándole a su agente Manrique y rogándole que le
ayudase todo lo que pudiera en sus investigaciones. Esa carta salió
inmediatamente por avión y supongo que Manrique la tendrá a estas horas.
Recordará, usted que, según Simpson, Parkham tenía razones para temer un robo.
Manrique se encargará de averiguar qué razones eran ésas.
-Eso es otra cosa. ¿Qué piensa hacer ahora?
-Dejarle a usted encargado del asunto en Londres, como ya
le he dicho. Cuanto más lo pienso, mas convencido quedo de que aquí sólo
encontraremos un ramal de la organización. La mente directora, en mi opinión,
hay que buscarla en otro sitio.
-¿En Brasil?
-Tal vez, pero no estoy muy seguro de ello. Me intriga ese
yate pirata. Esa forma de desaparecer tan misteriosa, que nadie ha sabido
explicarse se me antoja a mí la verdadera solución del asunto. Sea como fuere,
pienso dedicarme al yate.
-¿Cómo?
-Recurriendo al único procedimiento que brinda
probabilidades de éxito de momento. Voy a hacer un viaje en un barco que sea
atacado por el pirata. .
-Corre usted el riesgo de embarcar en uno que no sea
molestado.
-Tomaré mis precauciones. La organización parece tener
espías en todas partes. Si llega a sus oídos que un individuo cualquiera
adquiere alguna cosa de gran valor y emprende el viaje con ella hacia el otro
lado del Atlántico, no creo que el pirata fantasma desaproveche la ocasión.
-El caso es dar con un individuo que tenga esos
propósitos.
-Hace algún tiempo, amigo Garvez; que siento unos deseos
enormes de adquirir joyas de precio. Me parece que me daré una vuelta por
Hatton Garden, a ver si encuentro algo que me plazca.
CAPITULO VII HIRAM K. HARRIS
Dos días más tarde se apeaba en la estación de Victoria un
hombre alto, más bien grueso, de rostro, atezado y cabello blanco, que armó una
revolución en cuanto pisó el andén.
A fuerza de prometer propinas puso en movimiento a todos
los mozos, y en cortísimo tiempo tuvo reunido a su alrededor todo su equipaje,
que no era poco ni pequeño, por cierto.
Su voz era gangosa, ruidosa y sonora y daba órdenes como
quien está acostumbrado a que le obedezcan, aunque no sea más que por su
dinero.
-Vosotros ya no me hacéis falta-dijo, repartiendo dinero
entre tres de los que le habían buscado el equipaje-. Ya podéis marcharos.
Luego se volvió a los restantes.
-¡Usted!-le gritó a uno.
-¿Señor?
-Búsqueme un taxi. Diga que le necesito para que me lleve
al Hotel Cecil.
-El Hotel Cecil tiene coche propio a la puerta de la
estación, señor.
-¿Sí? Pues coged el equipaje entre todos y llevadlo al
coche. ¡Vamos!
Un empleado del hotel que se hallaba en el andén y oyó,
como todo el mundo (porque la voz de aquel hombre había que oírla, aunque no se
quisiera) sus palabras, se acercó y ayudó a los mozos a trasladar el equipaje.
El viajero dio una serie de propinas que hizo que los
mozos se deshicieran en reverencias. Luego subió al automóvil.
Al llegar al hotel, entró en el vestíbulo, se acercó al
mostrador, tras el cual se hallaba el conserje, y dijo, alzando la voz en
grito:
-¡Quiero la mejor habitación que tengan disponible!
Algunos de los que se hallaban en el vestíbulo en aquel
momento le dirigieron miradas muy poco amistosas, mirándose después unos a
otros, como diciendo: «¡Qué ordinario es este hombre!» Pero el recién llegado
no se dio cuenta o, si lo vio, se hizo el desentendido.
Le fue presentado el registro de viajeros, en el que
escribió: «Hiram K. Harris, Nueva Orleans». Luego se hizo enseñar su cuarto.
Aún no llevaba dos horas en el hotel, cuando toda la
servidumbre andaba de cabeza cumpliendo sus órdenes. Premiaba los servicios que
se le hacían con tanta largueza que los botones no le perdían de vista,
esperando la menor señal suya para correr a su lado.
El señor Harris no tenía nada de modesto. Cantaba a voz en
grito, a todo el que quería escucharle, que era un genio financiero, que había
amasado millones y que no le dolía gastarse el dinero.
Al día siguiente de su llegada, le preguntó al conserje:
-Oiga, no quiero marcharme de este pueblecito sin llevarme
un regalo para mi mujer y otro para mi hija. Algo bueno. Para eso tengo dinero.
Unos cuantos collares, por ejemplo. ¿Dónde se compra eso?
Al conserje, que era londinense de pura cepa, le hizo muy
poca gracia eso de que llamaran a Londres un pueblecito, pero aguantó lo que él
consideraba un insulto, y contestó:
-Lo que usted busca es una buena joyería, ¿no es eso,
señor?
El norteamericano dijo que sí, aunque empleó lo menos
veinte o treinta palabras para decirlo,
-En tal caso, mejor será que vaya a Hatton Garden, que es
el barrio de los joyeros y Bolsa de brillantes. Allí encontrará todo lo que
quiera.
-¿Y dónde está Hatton Garden?
-Puede usted tomar el metro, señor, y...
-¿El metro yo? ¿Para qué me sirve el metro? ¡Tomaré un
taxi!
-El conductor le llevará, entonces. ¿Piensa ir usted
ahora?
-Sí, así me quitaré esa preocupación de encima.
El conserje hizo una seña el botones cercano.
-Búscale un taxi al señor Harris.
Antes de que hubiera acabado de hablar, el botones ya
había salido como una centella, cosa que el señor Harris supo premiarle en
cuanto regresó diciendo que el taxi estaba a la puerta.
Harris salió, subió al taxi, y dijo:
-¡A Hatton Garden!
El conductor se detuvo ante la primera joyería que
encontró en el barrio aquel y Harris le ordenó que se esperara. Se acercó al
escaparate, examinó su contenido y luego entró en el establecimiento.
-Quiero comprar algo para un regalo-anunció.
-¿Ha visto el señor algo que le gustara en el
escaparate?-inquirió el dependiente.
-¿En el escaparate? ¡Quiá! ¡Todo eso es calderilla!
-¿Cómo dice, señor?-preguntó el otro, creyendo no haber
oído bien.
-Que todo eso es, chatarrería.
-Perdone, señor-dijo el dependiente, con cierta altivez-.
Aquí no vendemos más que pedrería legítima.
-Nadie dice lo contrario, pero todo eso es pedrería de
pobre. Yo quiero algo bueno. Para eso soy millonario.
-Si el señor dijera exactamente lo que deseaba...
-¿Y yo qué sé?¿Qué tienen ustedes que ofrecerme?
-Si me dijese para quién es el regalo...
-Para mi mujer y para mi hija,
-¿Unos pendientes?... ¿Anillos?-sugirió el dependiente.
-Me parece que preferiría, otra cosa. ¿No tienen collares
o algo así?
-Sí, señor. Aguarde un momento.
Se dirigió a la trastienda y volvió a los pocos instantes
con una bandeja, forrada de terciopelo, en la que, reposaban varios collares.
El norteamericano, apenas los miró.
-Quiero algo mejor-dijo.
Otro hombre que estaba detrás del mostrador y que hasta
aquel momento no había abierto la boca intervino de pronto. Era evidente que se
trataba del dueño.
-Si desea algo verdaderamente escogido, le enseñaré otras
cosas-dijo.
-Me parece que desde que he entrado, he hecho más que
pedir lo mejor que tuvieran-contestó Harris.
-Perdone a mi dependiente-murmuró el hombre-. Como usted
no había dicho la cantidad que quería gastarse... Le advierto que lo que voy a
enseñarle vale bastante dinero.
-Eso es lo de menos. Yo quiero algo fuera de lo corriente.
El dueño se acercó a una caja de caudales que había detrás
del mostrador, la abrió y sacó un estuche.
Oprimió, un resorte y se alzó la tapa, exhibiendo un
magnífico collar de perlas.
Harris le echó una mirada, pero alzó inmediatamente la
vista, atraído por algo que centelleaba dentro de la caja de caudales, cuya
puerta había quedado entreabierta.
-¿Qué es eso que brilla?-preguntó, señalando.
El joyero siguió la dirección de su dedo.
-¡Ah! Es una tiara.
-Enséñemela.
-Lo siento, señor, pero no está en venta.
-Eso no es razón pare, que no pueda verla.
El hombre vaciló unos instantes, se encogió de hombros y
sacó la joya.
Era una tiara magnífica, de oro y platino, cuajada de
piedras preciosas. En cuanto la vio, Harris se encaprichó de ella.
-¡Eso es lo que yo quiero!-anunció.
-Ya le he dicho que no está en venta, señor. No es
nuestra. Nos la han entregada para que la limpiemos y sujetemos bien algunas de
las piedras.
-Pues eso es lo único que me gusta. ¿No podrían hacerme
una igual?
-Podrías hacerse... si se conformara usted con las piedras
que encontráramos.
-¿En seguida?
-Es un trabajo muy delicado y necesitaríamos tiempo para
hacerlo.
-No puedo esperar. Me vuelvo a Nueva Orleáns dentro de
unos días.
-Entonces lo siento, señor. Lo que usted pide no es
posible.
-¿Cuánto valdría una tiara así?
-Está valorada en veinte mil libras esterlinas.
-Dígale usted a su dueña que estoy dispuesto a pagar
veinticinco mil por ella.
-Perdería el tiempo. Su dueña no necesita dinero.
-Dígale que se trata de un americano que quiere comprarla
para su hija y que no puede esperar a que le hagan una igual. Si vale veinte
mil libras, como usted dice, vendiéndomela a mí, podrá mandarse hacer otra y
aún le sobrarán cinco mil. Por mucho dinero que tenga, me parece que es un buen
negocio.
-Lo siento, pero...
-¡Oh!-le interrumpió el otro-. No crea que quiero que
sirva de intermediario gratis. Me cobra usted la comisión que le parezca. Y,
para que se tome más interés, le ofrezco otra cosa: si me consigue esa tiara,
le compraré también este collar de perlas. ¿Cuánto vale?
-Quince mil libras esterlinas-contestó el joyero, un poco
más respetuoso al ver la prodigalidad con que aquel hombre estaba dispuesto a
gastar el dinero.
-Bien. Si usted consigue comprarme la tiara, telefonéeme
diciéndome el importe total de tiara, comisión y collar y le tendré preparado
el importe de la factura en dinero contante y sonante cuando se presente en el
hotel con las joyas y el recibo. ¿De acuerdo?
-Pondré de mi parte todo lo posible para convencer a la
dueña de esa joya-aseguró el joyero-. Pero no puedo prometerle nada.
-¿Cuándo podrá darme una contestación?
-Mañana por la mañana.
-Entonces esperaré a recibirla antes de visitar ninguna
otra joyería. Aquí tiene usted mi tarjeta. Hiram K. Harris, de Nueva Orleans.
Me hospedo en el Hotel Cecil. Muy buenos días.
El joyero le acompañó hasta la puerta y no se movió de
ella hasta haber visto marchar el taxi.
-Veremos a ver si conseguimos convencer a la
condesa-murmuró, al entrar nuevamente en la tienda-. Ese hombre tiene razón,
después, de todo. Cinco mil libras, son cinco mil libras. Y si lo consigo, voy
a hacerle pagar caro el capricho.
*****
Eran las diez de la mañana cuando Hiram K. Harris, que
estaba en el vestíbulo del hotel hablando a voz en grito, como de costumbre,
fue llamado al teléfono.
-¿El señor Harris de Nueva Orleáns?-inquirió una voz.
-Yo mismo. ¿Quién habla?
-El joyero Pattan. Me entrevisté ayer con la dueña de la
tiara. No quería venderla. No obstante, a fuerza de razonar, de discutir...
-Saltémonos todo eso-le interrumpió Harris, con
brusquedad-. ¿Le vendió la tiara o no se la vendió?
-Me la ha vendido.
-¿A cuánto ascenderá su factura, en total?
-A cuarenta y una mil libras esterlinas. Veinticinco mil
de la tiara, quince mil del collar y mil de comisión. La comisión podrá
parecerle elevada, pero si tiene usted en cuenta...
-No quiero tener en cuenta nada. Ya le dije que pagaría la
comisión.
-¿Cuándo quiere usted que le mandemos las joyas?
-Dentro de una hora. Mandaré ahora mismo al Banco en busca
del dinero.
-Pero, señor Harris, tuna cantidad así, en efectivo...
-Es preferible. Ustedes no me conocen de nada. Si les pago
en cheque querrán asegurarse de que es bueno antes de entregarme las joyas y,
yo no tengo ganas de esperar. El mismo trabajo me cuesta tener aquí el dinero.
El joyero estuvo a punto de decirle que a él le hacía muy
poca gracia ir cargado con semejante cantidad en efectivo, pero lo pensó mejor.
Si al millonario se le había metido en la cabeza hacer las cosas así, no
convenía llevarle la contraria, no fuera que anulase una compra que iba dejarle
a él un beneficio mucho mayor del que había soñado.
En cuanto salió del teléfono, Harris se acercó a un
pupitre y extendió un cheque. Luego se dirigió al conserje.
-Quiero que vaya alguien a cobrar este cheque.
El conserje fue a hacer una seña al botones cuando acertó
a bajar la mirada y se fijó en la cantidad de que se trataba.
Parpadeó rápidamente y volvió a mirar.
-Pe... pero señor Harris-balbució, aturdido:- una cantidad
así...
-La necesito. He comprado unas joyas. Las van a traer
dentro de una hora y quiero pagar en efectivo.
-Es que... es que...
El conserje se pasó una mano por la frente, se humedeció
los labios, miró de un lado a otro, como asustado.
-A... aguarde un momento-dijo, por fin.
Y marchó en busca del gerente.
-Ese norteamericano está loco-dijo, en cuanto entró en el
despacho de su jefe-. ¡Quiere que mandemos a cobrar un cheque de cuarenta y una
mil libras esterlinas al Banco!
-¿Qué norteamericano?
-Hiram K. Harris.
-Eso es absurdo. ¿Para qué quiere tanto dinero?
-Dice que van a traerle unas joyas y quiere pagarlas en
efectivo. ¿Qué hacemos?
-Si se le ha metido en la cabeza, no tendremos más remedio
que mandar a alguien. Después de todo, es un señor que paga con esplendidez y
no podemos ofenderle. Más vale que vaya usted mismo.
-Es que me da miedo ir por la calle con tanto dinero,
señor gerente.
-Que le acompañen dos mozos. Le cargaremos eso en cuenta.
¿Ha dicho en qué clase de billetes quiere ese dinero?
-No. Sólo quiere que se cobre.
-Menos mal. Si le llega a dar el capricho de pedirlo en
billetes de libra.... Diga que se lo den en billetes de mil libras. Así no
abultará gran cosa. ¡Que extravagantes son algunas de estos norteamericanos!
El conserje volvió a su puesto y anunció al señor Harris
que, tratándose de cantidad, tan importante, la gerencia le había autorizado
para que fuese él a presentar el cheque.
-Me tiene sin cuidado quién vaya-dijo Harris-. Lo que ya
quiero es el dinero. Y no se preocupe, sabré agradecérselo.
No muy tranquilo, el conserje marchó acompañado de dos
mozos, después de haber avisado a otro empleado para que le relevará. Al cabo
de media hora volvió al hotel, exhalando un suspiro de alivio en cuanto se
encontró en el vestíbulo.
-Ya tengo el dinero, señor Harris-dijo, disponiéndose a
entregárselo.
El norteamericano le contuvo con un gesto.
-No me lo dé-ordenó-. Métalo en le caja de caudales hasta
que se lo pida.
Entretanto, todo el hotel se había enterado de la
excentricidad del millonario y por todas partes se le saludaba con sonrisas
despectivas y se oían comentarios muy poco halagüeños.
-Ese hombre se ha creído que el dinero da derecho a todo y
nos está metiendo sus millones por las narices a cada paso-observó uno de los
huéspedes, con indignación.
-Pues no anda descaminado-comentó un cínico, que le
escuchaba-. Usted lo desprecia, porque no lo tiene. Me gustaría verle la cara
si le regalaran de pronto esas cuarenta y una mil libras.
El otro le miró con altivez.
-Esa observación tan necia-dijo-, sólo merece ser
contestada con el desprecio. En realidad, debía darme por insultado, pero las
cosas hay que tomarlas según vienen. No ofende quien quiere, sino quien puede.
Y se marchó, más indignado que nunca. El cínico le vio
alejarse con una sonrisa, se encogió de hombros y se puso a leer el periódico.
A las once en punto llegó el joyero con un maletín en la
mano, acompañado de dos dependientes, y preguntó por el señor Harris. Este se
encontraba, por casualidad, en su cuarto, El conserje le telefoneó, avisándole.
-Que aguarde. Ahora mismo bajo-contestó el norteamericano.
Cuando se presentó en el vestíbulo, el joyero echó a andar
hacia él.
-Señor Harris-dijo:- traigo las joyas.
-Me alegro. Vamos a verlas y se las pagaré en
seguida-respondió el otro, moviéndose en dirección al conserje.
-¿Aquí abajo?-exclamó el joyero, con cierta alarma-. ¿No
sería mejor que subiéramos a su habitación?
-¿Para qué?-inquirió el otro, con extrañeza-. ¿Qué más da
que sea abajo que arriba?
-Aquí hay mucha gente. Uno no sabe quién está observando.
Tratándose de cosas de tanto valor...
-Eso debiera preocuparme a mí si acaso -dijo el
millonario-. Y le aseguro que no me preocupa en absoluto.
El joyero no insistió. Se acercó al mostrador y dejó el
maletín encima. De muy mala gana, lo abrió y sacó dos estuches.
-Aquí tiene, señor Harris.
El millonario, oprimió el resorte de uno de los estuches.
Abrióse la tapa y apareció la tiara.
-¡Es maravillosa!-exclamó, alzándola y contemplándola con
embeleso-. No me pesa haber pagado un precio tan elevado por ella.
El conserje la miró con ojos como platos. Todos los que se
hallaban en el vestíbulo dirigieron, instintivamente, la mirada hacia la joya
al oír las palabras de Harris, que, como siempre, hablaba a voz en grito.
Como si estuviera solo y aquello no fuera más que un
artículo de bisutería, el norteamericano dejó la tiara encima del mostrador y
se puso a contemplar el collar, mientras el joyero y sus dependientes
aguardaban, con todos los nervios de punta. De buena gana hubieran cogido al
millonario del cuello y le hubiesen sacudido para que acabara de una vez,
guardase las joyas y no las exhibiese tan imprudentemente.
Harris, sin embargo, no parecía tener prisa. Examinó a su
gusto sus dos adquisiciones. Luego:
-¿Quiere usted traer el dinero para estos señores,
conserje?
El conserje marchó a la gerencia. Harris miró al joyero.
-¿Trae usted la factura, señor Patton-preguntó.
El hombre sacó un sobre del bolsillo y se lo entregó.
Volvió el conserje con el montón de billetes de mil libras
y se lo dio al millonario,
-Vamos a ver si están aquí todos-dijo éste.
Y, con una lentitud exasperante, los fue contando y
depositando, uno por uno, sobre el mostrador, a la vista de todo el mundo.
-Cuarenta y uno-dijo-. Cuarenta y una mil libras
esterlinas justas. ¿Quiere usted contarlos, señor Patton?.
-Gracias-contestó el hombre, que estaba sobre ascuas-. Los
he contado ya al mismo tiempo que usted. Aquí tiene el recibo. Si no desea nada
más, le ruego que me excuse, Quiero quitarme de encima este dinero lo más
aprisa posible.
-Nada más, señor Patton. No olvidaré lo bien que ha sabido
servirme en lo que a la tiara se refiere, y, si alguna otra vez deseo comprar
algo, acudiré a su establecimiento.
-Muchas gracias, señor Harris. Me encontrará siempre
dispuesto a servirle.
El joyero y sus ayudantes se marcharon con toda la
precipitación compatible con su dignidad y subieron al automóvil que les
aguardaba a la puerta.
Harris echó otra mirada a las joyas, las metió en sus
estuches y se las entregó al conserje como si no tuvieran la menor importancia.
-¿Quiere guardarme esto en la caja hasta que se lo pida?
El conserje tomó los estuches con manos que temblaban.
-Si el señor aguarda un momento, le traeré un recibo de la
gerencia.
-Ya me lo mandará usted a mi cuarto. No tengo prisa.
Durante el resto del día, Harris no supo hablar de otra
cosa que de su tiara, de su collar de perlas y de la mujer y la hija que iban a
lucirlas en América. Antes, que llegara la noche estaban todos hartos de él y
de sus joyas y deseando que llegara el día en que se fuese.
CAPÍTULO VIII
“X” TRABAJA
Manrique llegó a Pará con una idea muy leve de lo que
tenía que hacer. Los detalles que Garvez había podido darle eran tan pocos, que
se había ido preguntando durante todo el viaje cómo diablos iba a componérselas
para averiguar lo que se esperaba que averiguase.
De no haber sido por la fe tan grande que tenía en su
misterioso jefe y amigo, jamás hubiese cruzado el Atlántico tan desorientado.
Se dijo, sin embargo, que cuando Yuma le hacía dar tal orden, él se encargaría
de que supiese todo lo necesario a su debido tiempo.
Abandonó el aeródromo y se dirigió al hotel cuyo nombre le
había dado Garvez por orden de Yuma. Conocía divinamente el portugués y la
llamada lingua geral, combinación de los idiomas indios tupí y guaraní, con la
que es posible entenderse con todas las tribus del Brasil, y seguramente por
eso había sido escogido para aquella misión.
El primer día no hizo más que pasearse por la población,
para formarse una idea del lugar en que debía desarrollar sus actividades.
Pensaba dedicar el día siguiente a buscar a Parkham, cosa que no esperaba le
costase mucho trabajo. Aunque Belem o Pará, como quiera llamársela, es una
población de alrededor de trescientos mil habitantes, no abundan tanto en ella
los ingleses para que resulte difícil dar con uno de ellos.
El segundo día, antes de salir, se le ocurrió consultar un
anuario y encontró en seguida las señas del hombre que buscaba. Se dirigió
entonces a dichas señas y rondó por los alrededores la mayor parte de la
mañana. Prefería no visitar a Parkham, por que ello le impediría seguirle
después sin ser reconocido. Al cabo de cuatro horas, sin embargo, se encaminó
de nuevo al hotel para comer sin haber visto salir ni entrar a nadie, que
pareciera, ni remotamente, de nacionalidad inglesa.
Cuando salía del comedor dispuesto a reanudar su
vigilancia, se le acercó el conserje y le entregó una voluminosa carta que vio,
por los sellos, que venía de Londres y por avión.
La tomó y subió a su cuarto. Estaba seguro de que era de
su jefe y que en ella recibiría instrucciones que facilitarían su trabajo. No
se equivocaba. El sobre contenía una carta, de presentación dirigida al señor
Parkham y otra carta en que se le daban a Manrique cuantos datos necesitaba
conocer para llevar a feliz término su misión, así como instrucciones
concretas.
Soltó un suspiro de alivio al leerla. Por lo menos ya
sabía cómo poner manos a la obra. Leyó por segunda vez la carta de su jefe y
luego la quemó, deshaciendo después las cenizas. La carta de Simpson se la
metió en el bolsillo y se fue a un café a matar el tiempo hasta la hora que le
pareció prudente para visitar al dueño de los diamantes robados.
En cuanto le vio, comprendió por qué no se había fijado en
él aquella mañana. Herbert Parkham tenía el cabello castaño, los ojos pardos y
el cutis quemado por el sol. Hubiera podido pasar divinamente por un brasileño.
Parkham le preguntó en portugués el objeto de su visita y
Manrique le respondió en inglés, que deseaba hablar con él unos momentos. El
hombre le hizo pasar a su despacho y, una vez allí, el agente de Yuma sacó la
carta de Simpson y se la entregó.
-¡Caramba!-murmuró Parkham, al leerla-. Veo que el amigo
Simpson no pierde el tiempo. Supongo que usted es detective, ¿verdad?
-Pertenezco a una agencia dé investigaciones de Londres.
La Compañía de Seguros que preside el señor Simpson nos ha encargado de la
busca de las piedras, si es posible dar con ellas. Mi jefe está trabajando en
Inglaterra y yo he sido enviado aquí para ver si doy con una pista.
-Cuente con mi cooperación incondicional. Estoy dispuesto
a ayudarle en todo lo que sea posible, aunque, francamente, no veo en qué voy a
poder, facilitar su labor. ¿Qué creen poder averiguar aquí?
-Si no me equivoco, usted le dijo al señor Simpson que
temía que le robaran los diamantes y por eso había tomado tantas precauciones.
¿Por qué temía usted eso? Sus motivos tendría para ello. Esos motivos pueden
ser una pista.
-No creo que tenga que ver nada de eso con lo
ocurrido-afirmó Parkham-. Pero no tengo inconveniente en darle a conocer mis
razones para hablar de esa manera. Los diamantes que me han robado salieron de
una mina que tengo en el Matto Grosso. Tuve que despedir al capataz de la mina
por ladrón. Le pillé varias veces llevándose piedras, las dos primeras le
perdoné, á la tercera le eché a cajas destempladas.
-Y ¿temía usted que el capataz intentara robarle los
diamantes esos como venganza?
-Eso temí. A pesar de estar despedido y de no tener nada
que hacer por allí, el hombre ese no hacía más que rondar por las cercanías de
la mina. Le encontré varias veces cerca de mi despacho de allá y le prohibí que
volviera a acercarse. Tenía unos cuantos diamantes en la caja de caudales y no
me fiaba de él. Observé que se reunía con gente sospechosa también, y cuando
decidí trasladar a Pará las piedras de más valor, me le encontré a él en el
tren. Reconocerá usted que era como para ponerse en guardia.
Manrique asintió, con un movimiento de cabeza.
-Aquí le perdí momentáneamente de vista-prosiguió
Parkham-. Pero una noche, al pasar por la calle, le vi parado a la puerta de
esta casa, mirando hacia las ventanas del despacho. Me vio él a mí antes de que
pudiera acercarme, y desapareció por una bocacalle. Fue entonces cuando decidí
quitarme los diamantes de encima y usé todas las precauciones que usted sabe.
-Y ¿dice usted que eso no es una pista? -exclamó
Manrique-. ¿Quién le asegura que no está complicado él en el robo?
-Hombre, como asegurármelo, no me lo asegura nadie, pero
da la casualidad de que, desde entonces, le veo casi todos los días y su
situación no parece haber mejorado. Sigue yendo a un cafetín de mala muerte que
hay aquí cerca y va bastante desastrado.
-Me gustaría que me señalara usted a ese hombre.
-Cuando usted quiera. Está en el establecimiento ese todas
las tardes a eso de las cinco.
-Si usted no tiene inconveniente, haremos una cosa. Me
dice qué cafetín es ése y voy yo primero, luego se presenta usted y...
-Comprendo. Usted no quiere que nos vea juntos.
-Naturalmente. A pesar de lo que usted dice, voy a
vigilarle unos días a ver lo qué hace. Si me ve en compañía suya, desconfiará
cada vez que se encuentre conmigo. Además, se fijará mucho más en mí que si
estoy solo.
-Bien. En tal caso, haremos como usted dice.
-¿Cómo sabré cuál es su ex capataz?
-Muy sencillo. Me acercaré a él y le hablaré para que no
haya la menor duda.
Estuvieron hablando un rato más sin que Manrique pudiera
obtener ningún otra detalle susceptible de serle útil. Luego se levantaron y
salieron a la calle. Parkham le enseñó desde lejos el cafetín y Manrique se
dirigió a él, mientras su compañero daba una vuelta para darle tiempo a, que se
instalara.
El cafetín era bastante pequeño. Había cinco masas dentro,
dos de ellas desocupadas. El agente de Yuma se sentó a una de ellas y pidió
café y coñac, pagando en cuanto le sirvieron para poderse marchar cuando le
conviniese. A los pocos momentos entró Parkham y pidió una copa de coñac que se
tomó en el mostrador.
Cuando la apuraba, echó una mirada casual a su alrededor.
-¡Caramba!-exclamó, soltando la copa y dirigiéndose a la
mesa ocupada por un hombre de unos treinta años, de cara famélica, morena, que
parecía aún más delgada por el enorme bigote que le adornaba-. ¿Todavía, andas
rondando por aquí? ¿Hasta cuándo piensas estar espiándome?
El hombre, que llevaba el pelo largo como un indio y un
sombrero bastante grasiento, alzó la cabeza y masculló una maldición.
-¿A usted qué le importa lo que haga? Ya ando por donde me
da la gana y no tengo que darle cuenta a nadie. Y que conste que no le estoy
espiando. Sus asuntos me tienen completamente sin cuidado.
-Procura que sigan teniéndote sin cuidado, pues, porque
empiezo ya a hartarme de verte y sólo estoy esperando una excusa para darte el
disgusto que te mereces.
Y, sin aguardar contestación, Parkham dio media vuelta,
echó una moneda sobre el mostrador y salió del establecimiento.
El ex capataz le dirigió una mirada de odio reconcentrado
y, durante un momento, pareció a punto de levantarse y atacar a Parkham por la
espalda. Pero lo pensó mejor y se contuvo, limitándose a pedir de beber otra
vez.
Manrique se tomó el café y la copa y en vista de que el ex
capataz no se movía, pidió otro coñac.
Al cabo de una hora, entraron dos hombres bastante mal
encarados, charlaron con el ex capataz un rato y luego se volvieron a marchar.
Media hora después, el hombre se levantó y salió del
establecimiento sin molestarse en pagar. Era evidente que tenía crédito, pues
nadie le dijo nada.
Manrique le siguió a otro establecimiento adonde habló con
otro hombre. Por último se fue a cenar, dio unas cuantas vueltas por la ciudad
deteniéndose de vez en cuando a echar una copa y acabó metiéndose en una casa
que, según el letrero pintado en la fachada, se dedicaba a alquilar camas.
Esperó un buen rato abajo, y al ver que no salía, dedujo
que se había ido a acostar y decidió irse a cenar y a dormir él también,
prometiéndose estar a la puerta de la fonda a primera hora de la mañana para no
perder de vista al hombre.
Durante tres días le siguió a todas partes sin lograr
averiguar nada. Sólo notó que todos las días por la mañana se entrevistaba con
un hombre bien trajeado que le daba dinero.
Comprendió que, de aquella manera, no llegaría a ninguna
parte. Necesitaba ayuda. Recordó que Yuma tenía un agente domiciliado en Pará,
y con ayuda del reloj le pidió que fuera, a verle al hotel.
En cuanto el hombre se presentó le explicó lo que estaba
haciendo allí y le pidió que se encargara él de vigilar al ex capataz. Su
propósito era entrevistarse nuevamente con Parkham y, luego, seguir a alguno de
los hombres con quienes se entrevistaba dicho ex capataz mientras el otro
agente se dedicaba a éste.
El cuarto día, después de haber dado instrucciones a su
compañero, se dirigió al despacho de Parkham. Este tenía visita y tuvo que
esperar en una especie de salita, unos minutos.
Al cabo de un rato se abrió la puerta del despacho
particular de Parkham y, salió éste acompañado de un hombre.
-Descuide, señor Marques-le dijo, al ir a abrir la puerta
de la calle:- ya le avisaré en cuanto necesite algo.
En aquel momento, el visitante volvió la cabeza y Manrique
le reconoció. Era el hombre bien trajeado con el que el ex capataz se
entrevistaba todas las mañanas.
En cuanto se hubo marchado, Parkham entró en la salita,
saludó a Manrique y le hizo pasar a su despacho.
-Perdone que le haya hecha esperar-dijo-. Ese individuo
parece empeñado en venderme asfalto suficiente para arreglar todas las
carreteras del Brasil y no encuentro manera de quitármelo de encima.
Manrique sonrió.
-Hay que perdonarle-dijo:- los agentes comerciales sólo se
ganan la vida a fuerza de importunar a la gente.
-Pues podía irse a importunar a otro. Le compré asfalto
una vez para unas obras que estaba haciendo allá en la mina y, desde entonces,
no me deja a sol ni a sombra.
-¡Ah! Pero, ¿viene desde el Matto Grosso a ofrecerle a
usted asfalto?
-¡Quiá! Es director de la Compañía Cinifer de Asfaltos o,
por lo menos, de la sucursal que esa Compañía tiene en Pará.
-¿Fue él mismo al Matto Grosso cuando usted le hizo el
pedido?
-Sí, aunque maldita la falta que hacía. ¿Por qué lo
pregunta?
-Estaba pensando si conocería ese hombre a su ex capataz.
-Conocerle, sí. Le vería en la mina. Ahora, si lo que
quiere usted decir es que si tiene amistad con él, eso ya es otra cosa. No creo
que la tenga ni que se conozcan de nada, aparte de lo que le he dicho. ¿Es que
desconfía usted de él también?
-Hombre, tanto como desconfiar, no, pero es conveniente
conocer a todos los que tienen o hayan tenido tratos con usted.
-Es evidente que no ha tenido usted mucho éxito en sus
investigaciones hasta la fecha. Empiezan a antojársele los dedos huéspedes.
-Todo buen detective-observó Manrique, sonriendo-,
desconfía hasta de su sombra. Pero tiene usted razón, no he tenido mucho éxito
hasta ahora. Por eso he venido a verle. Quería que, cuando tuviese usted un
rato, me diese una lista de gente que crea pueda haber sabido que tenía esos
diamantes. Al mismo tiempo, le agradecería que anotase al lado de sus nombres
el concepto que de cada uno de ellos tiene.
-Lo haré, si eso ha de servirle de algo. Después de todo,
no eran muchos los que la sabían. De todas formas, nadie tenía la menor idea de
que iba a mandarlos fuera, mucho menos por el vapor que fueron.
-Es igual. Nunca está demás hacer una cuantas
comprobaciones. ¿Podrá tenerme esa lista para dentro de un par de días?
-Si no ocurre nada anormal, sí.
-Bien, pues ya volveré por ella y le suplico que perdone
la serie de molestias que le estoy ocasionando.
-Al contrario. Ya sabe que me tiene completamente a su
disposición. Aunque la pérdida de los diamantes no me afecta gran cosa
materialmente, puesto que los tenía asegurados, tengo mucho interés en que se
descubra la solución del asunto, pues siento que, por hacerme un favor, Simpson
ha expuesto a su Compañía a perder una cantidad tan grande. Además, es posible
que se me ocurra mandar piedras preciosas otra vez y no voy a encontrar quién
quiera correr el riesgo de asegurarlas si este robo queda impune.
-¿Tiene usted más piedras?
-Siempre tengo. Lo que pasa es que las de menos valor las
coloco aquí mismo. Sólo mando al extranjero las que son de tamaño excepcional.
-Y ¿tiene alguna de esas grandes ahora?
-Un par de ellas. No las mandaré fuera hasta que tenga
unas cuantas más. Mientras están aquí el riesgo es relativamente pequeño. Tengo
una caja de caudales bastante fuerte y, por añadidura, si me las robaran, no
tendrían tiempo de sacarlas del país. En cuanto denunciara el hecho, no
dejarían salir a un viajero sin registrarle hasta con rayos X. Sería muy
expuesto para el ladrón. Le resultaría menos arriesgado robar las piedras fuera
de aquí, como se ha hecho con las otras. ¿Puedo hacer algo más por usted?
-No, gracias. Volveré a verle dentro de un par de días si
no hay novedad para que me entregue usted esa lista. Hasta la vista, señor
Parkham.
Salió de la casa muy pensativo. ¿Qué clase de relaciones
existían entre el director de la Compañía de Asfaltos y el ex capataz de
Parkham? ¿Por qué le daba el primero al segundo dinero? ¿Habría dado por fin
con una pista?
Decidió no perder de vista al señor Marques por si acaso.
CAPITULO IX JUNTO AL LAGO DE ASFALTO
Tan convencido estaba Manrique de haber dado con una
pista, por fin, que decidió no perder de vista ya a Marques, sin sospechar lo
lejos que éste iba a conducirle.
En efecto, el segundo día de su vigilancia, observó
preparativos que parecían indicar que el director de la Compañía de Asfaltos se
disponía a abandonar Pará.
Inmediatamente se puso en contacto con el otro agente y le
comunicó sus intenciones de seguir a Marques adondequiera que fuere, le dio
nuevas instrucciones y le dijo que, si surgiera algo durante su ausencia de lo
que se viera incapaz de hacer frente, que comunicara con él por medio del reloj
que todos los agentes de Yuma poseían.
No hubo de esperar mucho. Marques abandonó Pará de pronto,
con rumbo desconocido. Manrique le siguió, sin molestarse en llevar equipaje,
pensando que, si la ausencia se prolongaba, siempre podría en el lugar donde se
dirigiera adquirir lo que necesitase.
Seguido y seguidor bordearon las Guayanas yendo a parar a
Maturin, en Venezuela, de donde partieron, finalmente, con dirección a Guiria
en el Golfo de Paria. Allí permanecieron varios días, durante los cuales,
Marques visitó con frecuencia la sucursal que la Compañía de Asfaltos tenía.
Todos los esfuerzos del agente de Yuma por averiguar el
objeto del largo viaje de Marques, sin embargo, fueron vanos..
Cierta mañana vio el hombre hablando con el capitán de un
barco pequeño, unas horas más tarde, le vio dirigirse a bordo con una simple
maleta. Comprendió que era inútil seguirle en el mismo barco, puesto que no
llevaba más pasajero que él. Y se limitó a hacer discretas averiguaciones,
enterándose de que el barco en cuestión iba a zarpar con rumbo al puerto de La
Brea, de la isla de Trinidad.
Con eso tuvo que conformarse de momento. En cuanto el
vapor se hubo hecho ala mar, sin embargo, se puso a buscar otro que le llevara,
al mismo sitio, cosa que no pudo lograr hasta el día siguiente. Como medida de
precaución, mandó un mensaje a su compañero de Pará, diciéndole, dónde se
encontraba y cuáles eran sus propósitos antes de embarcarse.
Cuando el barco en que viajaba, llegó a La Brea, Manrique
pudo comprobar que jamás ha recibido sitio alguno nombre más apropiado.
El barco ancló en brea, saltó a tierra en un muelle de
brea y vio montones de brea por todo el puerto. Por doquiera miraba, no veía
más que brea. La pequeña población estaba rodeada del mismo mineral y sus
habitantes no parecían saber de otra cosa que brea y su precio en el mercado.
Encontró muy pocos europeos por allí y todos ellos hacían
cara de ser víctimas de fiebres intermitentes. Ni los propios negros parecían
haberse podido acostumbrar a la atmósfera del lugar.
Buscó una fonda donde comer algo, luego se puso a buscar a
Marques, no ocurriéndosete otro medio de hacerlo que pasear por las calles.
Empezaba a preguntarse si no habría hecho el largo viaje en vano. Hasta aquel
momento, no había visto que Marques hiciera nada que no pareciera relacionado
con su negocio. Había visitado la sucursal de su casa en Guiria y luego se
había trasladado a Trinidad, de donde, evidentemente, salía el asfalto a cuyo
tráfico se dedicaba.
Puesto a ello, sin embargo, decidió que pasara, lo que pasara, seguiría tras aquel hombre
hasta que regresase a Pará nuevamente.
Tuvo mucha más suerte de la que se esperaba, teniendo en
cuenta que había llegado allí un día más tarde que el otro.
Cuando empezaba a temer que Marques habría abandonado la
población para irse a alguna otra parte de la isla, se tropezó con él, de manos
a boca, al doblar una esquina.
Desde aquel momento, ya no le perdió de vista, pero llegó
la noche sin que hubiera dado el menor paso sospechoso.
A la mañana siguiente, Marques echó a andar hacia las
afueras, cruzando un trecho desierto por el Manrique que se vio y deseó para
seguirlo sin ser visto. En otros tiempos había habido árboles por allí, como lo
demostraban las raíces que aún asomaban por todas partes, pero habían sido
cortados para leña.
Recorrieron así unos dos kilómetros aproximadamente. De
pronto apareció delante de ellos un magnifico lago, rodeado de juncal y
cañaverales y en cuyo centro se alzaban varias islas cubiertas de bosques.
Marques llegó hasta ella y, con gran sorpresa del agente
de Yuma, siguió andando lago adentro.
En cuanto se acercó a él, comprendió el misterio. Aquel
lago no era de agua, sino de asfalto y su superficie era lo bastante dura en
casi todas partes para sostener el peso de un cuerpo.
De trecho en trecho se veían enormes grietas, donde la
brea no había ligado.
Aguardó a que Marques diera la vuelta a una de las islas y
desapareciera de vista para aventurarse él por aquella extraña superficie,
caminando con cuidado, pues en algunos puntos el asfalto estaba casi líquido.
Cuando vio que Marques había cruzado del todo y se
internaba en el bosque que había al otro lado, salió de detrás de la isla que
había servido para ocultarle y cruzó a su vez.
Al otro lado descubrió «volcanes de asfalto»: pequeños
montículos de alrededor de un metro de altura con una abertura de unos quince
centímetros de diámetro en el centro. En estos cráteres se encuentra el asfalto
en estado líquido, rebosando en algunos de ellos por la abertura y
esparciéndose por los lados del cono.
Un poco más allá vio un pozo de petróleo, cuyo olor le
resultó casi insoportable, y cerca de él un trecho en que había salido asfalto
de la tierra en gran escala recientemente. El suelo estaba muy blando por allí
y no tuvo más remedio que dar un rodeo. No hacían más que oírse pequeñas
explosiones de gas en la hirviente masa, al estallar las burbujas, de las que
salían unos vapores de insoportable olor.
Por fin dejó toda eso atrás y se encontró en pleno bosque,
pero el ruido de las explosiones no le había permitido oír el paso de Marques,
por entre la maleza y ya no se veía por parte alguna.
De todas formas, se dijo que no podía andar muy lejos y se
puso a buscar entre los árboles.
Todo lo que de horrible tenía la Naturaleza por la
vecindad del lago, lo tenía de hermoso en el bosque. La vegetación era
exuberante. Se veían elevadísimos árboles con la copa cubierta de flores
brillantemente coloridas y, entre ellos, de vez en cuando, extensos cacahuales
y limonares y grandes macizos de bambúes. Mirtos, palmeras achaparradas y
numerosos arbustos y plantas menores rellenaban los huecos que no ocupaban los
árboles, dificultando el paso.
Al cabo de un rato de caminar sin haber dado con el hombre
que buscaba, llegó a un claro del bosque en cuyo centro se alzaba una casa,
pero ¡qué casa!
Si se hubiera tratado de una cabaña o de una casita
humilde, no le hubiese extrañado tanto. Aquello, sin embargo, más parecía un
palacio.
No le era posible ver todo el edificio, porque estaba
rodeado de parque y sólo asomaba algún trozo de él por entre los árboles. No
obstante, lo que veía era lo bastante para darle una idea de sus proporciones.
¿Quién sería el excéntrico que se había hecho construir
semejante casa en medio de la selva? ¿Habría ido allí Marques?
La segunda pregunta era, más fácil de contestar que la
primera. Puesto que Marques había desaparecido por aquellas inmediaciones, era
de suponer que aquel era el lugar a que se había dirigido.
Se acercó a la verja. Estaba cerrada. A un lado había una
placa de bronce en la que se leía: «Laboratorios Knowles». La avenida que
partía de la puerta de la verja serpenteaba por el parque, de forma que era
imposible ver desde fuera, la entrada del edificio.
Dio la vuelta a la verja buscando el sido donde la
vegetación del parque fuera más tupida. Se quitó la chaqueta, la echó sobre los
pinchos de hierro que la remataban y saltó al otro lado.
Se abrió paso entre los arbustos y árboles con precaución.
No sabía si habría vigilancia por allí y no quería correr, riesgos
innecesarios.
Por fin llegó a un punto en que cesaban los árboles y
empezaron unos cuantos cuadros de césped que llegaban hasta la propia casa.
Para acercarse más, no había más remedio que cruzar al descubierto,
exponiéndose a ser visto desde alguna de las ventanas.
Desde donde se encontraba, Manrique vio que la casa era
aún más grande de lo que se había él supuesto. Tenía planta baja y dos pisos y
se alzaba sobre un trozo de terreno un poco más elevado que el colindante. Una
escalinata de mármol conducía a la puerta principal.
Detrás del edificio principal y a un lado observó otros
más pequeños: dependencias con toda seguridad.
Dio la vuelta completa al edificio, observando las
ventanas. Por la parte de atrás el espacio abierto era mucho menor y, tras
vacilar unos instantes, decidió arriesgarse. Se agachó de pronto y echó a
correr hasta guarecerse en el porche de la puerta que había por aquel lado.
Permaneció allí unos minutos, aguardando. Si había sido
visto, saldrían a ver quién era y qué buscaba. Su maniobra había sido lo
bastante sospechosa para llamar la atención a cualquiera.
Transcurrieron los minutos sin que se oyera el menor
ruido. No lo había visto nadie, al parecer. Asomó al porche y echó una mirada a
las ventanas de la planta baja. A poca distancia vio una, entreabierta.
Sin pensarlo dos veces, corrió hacia ella, escuchó unos
instantes, atisbó por la rendija sin ver a persona alguna en el cuarto y,
abriéndola del todo, entró por ella.
Se encontró en una biblioteca cuyos numerosos volúmenes
llenaban las estanterías que daban la vuelta completa al cuarto.
En el centro había una mesa larga y varios sillones.
La puerta de la habitación estaba aproximadamente enfrente
de la ventana. Se dirigió a ella, procurando no hacer ruido.
Se paró unos instantes con el oído pegado a la cerradura
y, no oyendo nada, abrió y salió. Miró a derecha e izquierda, del largo
pasillo, no sabiendo hacia qué lado tirar.
Por fin torció a la derecha y se paró a escuchar junto a
la primera puerta. Hizo girar lentamente el tirador, la abrió poco a poco... y
se inmovilizó, bruscamente.
Frente a la puerta misma, sentado a una mesa de despacho,
había un hombre con una pistola en la mano y una sonrisa en los labios.
-Pase, amigo-le dijo:- estoy esperándole desde hace mucho
rato.
Manrique elevó las manos y entró, con pausado paso, en el
cuarto.
CAPÍTULO IX
EL ABORDAJE
El vapor “Lorring” acababa de salir del Támesis y
desembocar en mar abierto. Aun que era, en realidad, barco de carga, tenía
debajo del puente camarotes para cinco pasajeros. Éstos estaban ocupados. Dos
de ellos volverían a quedar libres en Lisboa, otro en Canarias. De los dos
pasajeros restantes, el uno pensaba quedarse en Puerto Rico y el otro en Nueva
Orleáns.
Como habrán adivinado nuestros lectores, el viajero de
Nueva Orleáns era Hiram K. Harris. Habiendo ultimado sus preparativos, el
norteamericano se había embarcado, entregando sus joyas al sobrecargo para que
las encerrara en la caja, de caudales del barco.
El capitán, al saber que llevaba a bordo cosas de valor,
hizo un mohín.
-Me hace muy poca gracia eso-le dijo al piloto-. Si yo
llego a saberlo a tiempo, la pido a la Compañía que no le venda pasaje.
-¿Por qué?
-Porque ese pirata fantasma parece enterarse siempre que
hay algo de valor en un barco y estoy temiendo que nos salga al paso.
-Han pasado muchos barcos con cosas de valor sin que les
haya sucedido nada-observó el piloto.
-Bien pocos han sido de algún tiempo a esta parte. Sea
como fuere, no estaré tranquilo hasta que hayamos pasado de Cuba por lo menos.
Mientras los dos hombres sostenían esta conversación en la
cámara, Hiram K. Harris sostenía otra, a larga distancia, desde su camarote.
Acababa de sentir una leve presión en la muñeca y, al contestar a ella, supo
que era un agente suyo del Brasil el que le llamaba.
-Manrique ha desaparecido-le dijo éste-, y llamo para
pedirle instrucciones.
-¿Había solicitado tu ayuda X?
-Si, jefe.
-Dame un informe completo.
Estaba vigilando al ex capataz de la mina de Parkham a
quien éste había despedido, por ladrón. Al parecer, Parkham se refería a ese
hombre al decir que temía ser víctima de un robo. El ex capataz siempre andaba
rondando por los alrededores de Parkham. X descubrió que recibía dinero todos
los días del director de la Compañía de Asfaltos Cinifer, sin que pudiera poner
en claro por qué.
-¿Ha tenido trato la Compañía esa con Parkham?
-Sí, señor. Le vendió unas partida de asfalto.
-Ya... Prosiga.
-X decidió vigilar al individuo ese que se llama Marques
y, para poder hacerlo, me llamó y me pidió que le relevara, explicándome lo que
pensaba hacer. Al cabo de dos días, Marques marchó de Pará y le siguió. Las
últimas noticias que tuve de él procedían de Venezuela, de la población de
Guiria, situada en el Golfo de Paria. Me anunciaba que Marques había cruzado a
la isla de Trinidad y que él pensaba hacer lo propio. Desde ese momento no he
vuelto a saber de él. He intentado establecer contacto por este procedimiento
varias veces, sin conseguirlo. Aun cuando me extrañaba y alarmaba incluso su
silencio, me dije que, a lo mejor, estaría esperando poder dar mayores detalles
antes de comunicar conmigo y aguardé. Ahora, sin embargo, he perdido la
esperanza.
-¿Por qué?
-Porque Marques ha regresado a Pará y X no. Si hubiera
estado siguiéndole todo el camino, estaría de vuelta a estas horas. Supongo que
le habrá sucedido algo tal vez que le haya sorprendido en el momento en que
hacía un descubrimiento peligroso para los ladrones de los diamantes. En vista
de eso, he decidido llamarle a usted para saber cuáles son sus órdenes.
Harris se quedó pensativo unos instantes.
-Continúa en tu puesto-ordenó por fin-. Avisaré a
Pernambuco para que vayan dos agentes más a Pará por si te hacen falta para
vigilar a Marques y a alguna otra persona. Daré órdenes a los agentes de
Venezuela para que inicien sus investigaciones en Guiria con el fin de
averiguar la suerte de X. A ellos les pillará más cerca y, además, conocerán
mejor el país. Si hubiese algo nuevo importante, comunícamelo.
-Bien, jefe. ¿Algo más?
-Nada más.
En cuanto terminó la conversación, Harris llamó a
Pernambuco y a Venezuela y dio las órdenes oportunas. De momento no podía hacer
más. En sorprendente contraste con la verborrea de que había hecho alarde en el
Hotel Cecil de Londres, Harris se mostró más bien reservado desde el momento en
que se halló a bordo. Se pasaba la mayor parte del tiempo en su camarote y el
resto paseando sobre cubierta. No tenía más contacto con los demás pasajeros
que el rato que estaban juntos en el comedor.
Al principio, alguno que otro se había acercado a él
cuando paseaba, entablando conversación, pero le encontraba tan poco dispuesto
a hablar que acababa aburriéndose y dejándole.
Al quinto día de viaje llegaron a Pasajes, puerto para el
que el vapor llevaba carga. Allí permaneció un día descargando. A continuación
marchó a La Coruña, descargó y cargó, y no hizo escala antes de llegar a
Lisboa, donde los dos pasajeros de que hemos hablado abandonaron el barco. Ya
no tocaron tierra, hasta Cádiz y, desde allí, fueron directos a Las Palmas,
donde quedó el tercer viajero. Desde este puerto la travesía sería directa
hasta Puerto Rico.
No bien quedó Canarias atrás, el capitán empezó a pasar
más tiempo del acostumbrada en el puente, oteando el horizonte con un potente
catalejo. Se iban acercando a la zona de peligro y estaba inquieto.
Dos o tres veces hizo cambiar levemente el rumbo para
alejarse lo más posible del Mar de los Sargazos, aunque con ello alargara algo
la ruta.
Hacía un tiempo magnífico. La visibilidad era perfecta. Ni
una sola vela, ni un solo mástil se veía en la enorme extensión de agua que
abarcaba la mirada.
Al llegar a los 45 grados de longitud, la nerviosidad del
capitán aumentó enormemente. Hizo variar el rumbo de nuevo. El piloto, al darse
cuenta, corrió al lado de su superior.
-¡Capitán! -exclamó-. ¿Qué pasa? ¿Por qué ha hecho cambiar
el rumbo?
-Estamos navegando por las aguas que acostumbra frecuentar
el pirata. No quiero correr riesgos.
-Es que, si seguimos así, nos alejaremos de Puerto Rico...
¡Ni siquiera tocaremos en Cuba!
-Ya bajaremos. Es preferible dar un rodeo a correr
riesgos.
-Haga usted lo que quiera, pero, me parece que está
perdiendo el tiempo. Si el pirata piensa abordarnos, igual lo hará aquí que más
abajo.
El capitán no contestó, seguía oteando el horizonte.
Transcurrió el tiempo. Empezó a divisarse a babor, allá lejos, una especie de
alfombra, rojiza que flotaba sobre el mar y se perdía de vista en el horizonte.
De pronto, el capitán soltó una exclamación.
El piloto corrió a su lado.
-¿Qué pasa?-preguntó.
-¡Mire allá! ¡A babor! ¿No ve usted nada?
El piloto cogió otro catalejo y escudriñó el mar en la
dirección que le indicaban.
-Veo los Sargazos-dijo-. ¿Es eso lo que quiere decir?
-No, más cerca. Hace un momento no había nada, pero
juraría, que ahora se ve un mástil.
El oficial examinó el mar.
-No sé... Sí... ahora lo veo... Es un mástil, en efecto,
pero... ¡No!... ¡Ahora veo un barco, entero!... ¿Lo ve usted también?
-Sí... y juraría que hace un segundo allí no había nada...
Sólo un barco es capaz de aparecer y desaparecer de esa manera... ¡Es el pirata
fantasma!
Se volvió al timonel.
-¡Cambie el rumbo! –ordenó-. ¡Ponga proa, a...
No pudo acabar la frase. El telegrafista irrumpió en el
puente con un papel en la mano, gritando:
-!El pirata fantasma!
Y le entregó un telegrama a su superior. Éste lo leyó y se
lo dio luego al piloto.
Decía:
«PÓNGANSE AL PAIRO Y AGUARDEN A QUE ABORDEMOS»
-¡Qué frescura!-exclamó-. ¡Dé usted la orden de avante a
toda máquina!
Volvió a examinar el barco pirata, que se había ido
acercando. Entonces observó que estaban izando banderas de señales, y leyó:
«AL PAIRO O DISPARAMOS»
El piloto, que había visto e interpretado los gallardetes
también, detuvo al capitán cuando corría al telégrafo de máquinas.
-Perdone, capitán, va usted a hacer una tontería. Ese yate
desarrolla una velocidad muy superior a la nuestra. No podríamos huir de él. Y,
además, va artillado.
Como en confirmación de lo que había dicho el oficial,
sonó una explosión y un proyectil se hundió en el agua, a proa del “Lorring”.
Simultáneamente apareció el telegrafista en el puente otra
vez, con un nuevo mensaje.
-¡Dicen que la próxima vez tirarán a dar! ¡Nos dan un
minuto para parar las máquinas!
El capitán masculló una blasfemia.
-¡Yo no obedezco órdenes de piratas!
Y marcó en el telégrafo: “Avante a toda máquina”
La orden fue obedecida enseguida. El ritmo de las máquinas
cambió. La velocidad del «Lorring» aumentó sensiblemente.
El piloto se encogió de hombres.
-Eso es suicida, capitán-dijo-Pero usted manda.
¡Buuum!... Sssssss... ¡Crac!
Un segundo proyectil silbó por encima de ellos e hizo
añicos el cuarto de derrota.
«LA PRÓXIMA VEZ SERÁ ALCANZADO POR DEBAJO DE LA LÍNEA DE
FLOTACIÓN» -anunció el mensaje radiotelegráfico que presentó el telegrafista al
capitán.
-Tienen demasiado buena puntería-observó el piloto-. No
hay más remedio que dejar que nos aborden.
El capitán miró hacia el yate, que se hallaba ya a muy
poca distancia de ellos. Sobre la cubierta, que más que de yate parecía de
barco de guerra, había una veintena de hombres armados hasta los dientes. Otros
aguardaban junto a los cañones.
Comprendió que era inútil resistirse y, tartamudeando de
rabia, cambió las órdenes. El “Lorring” empezó a virar y se puso al pairo. El
yate se detuvo y botó dos chalupas llenas de hombres armados, a la par que
anunciaban por radio:
«ECHEN LA ESCALA. A LA MENOR MANIOBRA SOSPECHOSA ABRIMOS
FUEGO CON TODA NUESTRA ARTILLERÍA»
Llegaron las chalupas y atracaron al costado del vapor. Un
hombre vestido de oficial subió por la escala, seguido de los tripulantes de
las embarcaciones.
-Capitán-dijo el oficial, subiendo al puente:- dé la orden
de toda el mundo a cubierta.
El capitán echó una mirada a los piratas armados y decidió
obedecer. Harris y otro pasajero se hallaban sobre cubierta ya. Habían salido
al oír el primer disparo. Los tripulantes fueron apareciendo poco a poco y los
piratas se encargaron de ponerlos en fila y vigilarles.
-Ahora-anunció el jefe de los piratas-, haga el favor de
entregarme el libro de navegación, los manifiestos, la lista de la tripulación
y todos los demás documentos de a bordo.
-¡Esto es insoportable! -exclamó el capitán, enfurecido-.
¡Van a pagar ustedes caro este acto de piratería!
-Cuando seamos apresados, estaremos dispuestos a pagar el
precio de nuestras hazañas-respondió el pirata-. Entretanto, no olvide que es
usted prisionero y que no tenemos inconveniente en usar las armas si se nos
obliga.
El capitán se mordió los labios y no se atrevió a
protestar más. Acompañado de dos piratas, fue en busca de los documentos
pedidos y los entregó. El jefe tomó el libro primero y pasó lista a los
tripulantes, para asegurarse de que todos estaban sobre cubierta. Luego abrió
el cuaderno de navegación.
-Salió usted de Inglaterra con cinco pasajeros-dijo-. No
veo más que dos aquí.
-Si sigue examinando el libro, verá que tres de ellos
desembarcaron por el camino.
El hombre fue buscando hasta cerciorarse de que era verdad
lo que le decían. Entonces hizo seña a los que había sobre cubierta y tres de
ellos se hicieron acompañar por un marinero hasta donde se hallaba la caja de
caudales.
No se preocuparon en pedir la llave y preguntar cuál era
la combinación. Hicieron unos agujeros en la puerta, con unas barrenas que
llevaban, los llenaron de nitroglicerina y volaron la puerta. No tocaron nada
más que el paquete en que iban las joyas de Harris.
En cuanto las tuvieron en su poder, el jefe ordenó al
capitán y a los dos oficiales que había en el puente que bajaran a reunirse con
los tripulantes.
Inmediatamente, los que habían cogido las joyas embarcaron
en una de las chalupas y empezaron a remar hacia el yate. Los que custodiaban
la otra chalupa hicieron lo propio. El yate entonces se puso en movimiento, en
dirección al «Lorring», y recogió a los piratas de las embarcaciones por el
camino, izando a bordo las chalupas.
Entretanto, en el «Lorring», tripulantes y pasajeros
habían sido agrupados y rodeados por los piratas.
El yate maniobró hasta, hallarse paralelo con el vapor y
lanzó garfios de abordaje. En cuanto tocaron los dos costados, el jefe dio una
orden y los piratas obligaron a ponerse en marcha a los marineros.
-Pero ¿no se han llevado ya lo que querían?-protestó el
capitán-. ¿Qué quieren hacer de nosotros ahora?
-Eso ya lo verán ustedes-respondió el jefe-. ¡En marcha!
¡A bordo del yate todos!
CAPÍTULO XI
EL SECRETO DEL YATE PIRATA
Mientras se desarrollaban los sucesos relatados en el
capítulo anterior Harris no había quitado la vista del yate pirata. Desde el
primer momento empezó a hacer descubrimientos interesantes.
El yate estaba construido de planchas de acero, soldadas,
sin un solo remache. La cubierta, de acero también, era levemente convexa y sus
orillas estaban redondeadas. De éstas salían unos postes de acero con
travesaños que servían de soporte a laborda. Es decir, que la cubierta quedaba
completamente abierta, de suerte que los golpes de mar la barrían por completo.
Las torres giratorias de los cañones tenían, por delante y
por detrás, unas prolongaciones a cada lado, cuyo objeto era difícil de
adivinar a primera vista, pero que creaban la sensación de que se había
intentado proporcionar a los artilleros una coraza y a los cañones también.
Puente y entrepuente tenían una forma muy rara, por la
parte de proa, y de popa acababan en afilada punta y, por babor y estribor,
eran panzudos, de suerte que por el lado de la cubierta las puertas de las
cámaras resultaban convexas.
El mástil era también de acero, por lo que supuso Harris
que sería hueco, de lo contrario, su peso hubiese sido enorme. Al lado de éste
había otro menor, cuyo objeto tampoco se comprendía.
Todo esto, que resultaba extraño para la mayoría, no lo
fue tanto para Harris, que creyó empezar a comprender.
Pasó a bordo del yate con los demás y sus sospechas
adquirieron cuerpo cuando se abrieron las puertas de la cámara para darles
paso. Éstas eran de un grueso enorme y se movían por medio de palancas. Se les
hizo, entrar en una amplia cámara y, una vez estuvieron dentro todos, los
piratas incluso, las puertas se cerraron herméticamente.
De la cámara bajaron por una escala a un pasillo que podía
aislarse por completo de la parte de arriba por medio de compuertas. Allí se
les repartió en grupos, cada uno de los cuales fue encerrado en un camarote
grande, que contenía diez literas.
Al grupo en que quedó Harris le tocó un camarote próximo a
la proa, que recibía luz por dos portillos. Harris intentó abrir el cristal de
uno de ellos y comprobó que no era posible hacerlo.
Sus compañeros, después de discutir un buen rato y tratar
de adivinar qué iban a hacer con ellos, acabaron por echarse.
Él, sin embargo, siguió atisbando por el portillo y vio
que el yate se dirigía en línea recta a los Sargazos.
Ya cerca de ellos, cuando parecía que estaba a punto de
meterse entre las algas, perdió algo de velocidad y se oyó un ruido nuevo, que
no era ya el de las máquinas.
Al propio tiempo, el yate comenzó a sumergirse y se
encendió una bombilla eléctrica, en el camarote. Lo que había sospechado Harris
desde el primer momento era cierto.
Se hallaban a bordo de un submarino de construcción
especial que parecía un yate cuando navegaba por la superficie.
Así quedaba explicado el misterio de la desaparición del
pirata en cuanto se veía perseguido. Y así se explicaba también el hecho de que
la cubierta fuese abierta, para que escapara el agua, al salir a flote el
barco, que las puertas de cubierta cerrasen herméticamente, que puente y
entrepuente tuviesen una forma que ofreciera poca resistencia al agua y que las
torres giratorias tuviesen aquellas prolongaciones, éstas eran simplemente
corazas que, cerrándose por ambos lados, no sólo servían para encerrar herméticamente
a los cañones, sino para dar a las torres una forma parecida a la del
entrepuente.
Recordó Harris haber leído que al disparar el
contratorpedero contra el yate, al recibir la llamada de socorro del
«Seaborne», se había observado, con sorpresa, la caída del mástil, aunque no le
había alcanzado el disparo. Se comprendía. El mástil era plegable y se doblaba
sobre cubierta al empezar a sumergirse el barco. El otro mástil pequeño debía
ser, en realidad, un periscopio.
La oscuridad se había hecho completa fuera. Era inútil
intentar ver por el portillo. Seguramente estarían viajando por debajo de los
Sargazos. El ruido extraño que habían oído era, simplemente, el producido por
el agua al llenarse las lastreras.
Harris buscó una litera vacía y se echó en ella,
aprovechando el momento para hablar con sus agentes. Oprimió el pulsador del
reloj y, a los pocos segundos, estaba en comunicación con Garvez.
-Informe-le ordenó.
-Sin novedad. B se halla ya convaleciente. Ha ido más
aprisa de lo que el doctor esperaba. No hemos descubierto nada nuevo en los
despachos. Nadie se ha acercado al que usted sabe aún. Tengo ya una relación
completa de las casas que tienen despacho en el edificio, pero no he
descubierto detalle alguno sospechoso en los informes. La única que parece
merecer que se la investigue un poco más es una sociedad americana que ha
abierto despacho aquí hace relativamente poco tiempo.
-¿Qué sociedad es esa?
-Una Compañía de Asfaltos.
-¿La Compañía Cinifer?
-En efecto. ¿Cómo lo sabe usted?
-Esta es la Compañía que nos interesa. Hay que vigilar
estrechamente a todo el que, salga y entre en su despacho, a su gerente y a sus
empleados.
“Para que se dé cuenta de la importancia de eso, voy a
contarle cuanto sé de ella.
Y le comunicó todo lo que había sabido por el agente de
Pará.
-¿Ha comprendido bien?-acabó diciendo.
-Sí.
-Bien. Ahora tome nota de esto: el yate pirata es un
sumergible construido de forma que parezca un yate cuando se halla a flote. Eso
me lo había supuesto ya desde un principio, pero ahora lo sé de cierto.
-¿Se han encontrado con él?
-Sí y en este momento me encuentro a bordo de él, viajando
por debajo, del Mar de los Sargazos con rumbo desconocido. Toda la tripulación
del «Lorring» se encuentra conmigo. Es conveniente que lo sepa por lo que
pudiera ser. Aún no sabemos dónde vamos ni lo que pasará. Mi estratagema tuvo
éxito. Ya le daré instrucciones más tarde, cuando vea más clara la cosa. Voy a
avisar ahora a Venezuela y Brasil para que le envíen a usted los informes desde
este instante.
-¿Hay alguna otra orden?
-Ninguna de momento.
Harris aguardó unos segundos, pensativo, y volvió a usar
el reloj. No consiguió ninguna noticia nueva de los agentes de América, sin
embargo. En Pará todo seguía igual. En Venezuela los agentes habían iniciado
sus investigaciones. Uno de ellos estaba en Guiria, otro había cruzado a
Trinidad. Hasta el momento, ninguno de ellos había dado con la pista de
Manrique.
Terminada la comunicación, saltó de la litera y se acercó
al portillo. La oscuridad seguía siendo absoluta. Si el submarino había de
recorrer toda la longitud del Mar de los Sargazos sumergido, aún tenía para
tiempo.
Se pasó horas enteras paseando de un lado a otro de su
encierro. Por fin se oyó ruido de cerrojos y se abrió la puerta del camarote.
Entraron dos marineros armados acompañando a otros dos que
llevaban una caldera, unos platos, una jarra con agua y pan.
-Aquí tenéis la cena-dijo uno de ellos.
Lo depositaron todo en el suelo y se volvieron a marchar,
echando de nuevo los cerrojos. A pesar de su situación, los prisioneros venían
apetito y el olor del rancho no era desagradable.
Cada uno cogió un plato, lo llenó y se puso a comer.
Intentaron animarse unos a otros mientras tanto, pero no
estaban de humor para nada y acabaron por callarse todos.
Por fin dijo uno:
-Yo voy a dormirme. Por lo menos estaré descansado si se
presenta una ocasión de escapar.
A todos les pareció buena la idea y, uno a uno, se fueron
acostando. Hasta el propio Harris se echó en su litera y, al poco rato, se
quedó dormido.
Cuando al fin despertó, calculó que sería de día en la
superficie del mar. Allá abajo, sin embargo, la oscuridad seguía siendo tan
profunda como antes.
Le hubiera gustado saber dónde se encontraban ya, pero
como desconocía la velocidad a que viajaba el submarino, era difícil saberlo.
Aún tardaron bastante rato en traerles el desayuno. Cuando
llegó, vieron que se componía tan sólo de un poco de pan y un jarro de café.
Este estaba muy caliente, sin embargo, y no era malo, de forma que sirvió para
templarles un poco. Los marineros se llevaran el caldero al propio tiempo, y
todo lo que había sobrado de la noche anterior, dejando, no obstante, otra
jarra con agua.
Algún tiempo después, un sonido nuevo se mezcló con el de
los motores del submarino: parecía el de bombas que achicaran el agua. ¿Estaban
vaciando las lastreras? ¿Irían a salir a la superficie de nuevo?
Mientras Harris se hacía, estas preguntas, se había ido
acercando al portillo. No vio nada por él, sin embargo. Iba a apartarse de
nuevo y ponerse a pasear otro rato, cuando se iluminó levemente el mar, como si
se hubiera encendido un potente reflector en la proa de la nave, que era,
precisamente, lo que había sucedido.
Entonces pudo notar que, efectivamente, que estaban
ascendiendo, aunque poco a poco. El ruido de las bombas cesó, de pronto, y paró
el ascenso. ¿Qué significaría aquello?
Poniéndose de lado y esforzando la vista, intentó ver algo
de lo que había por proa. Al principio vio nada, luego vio alzarse ante la nave
una especie de montaña submarina hacía la que corría rápidamente, con riesgo de
estrellarse.
La montaña se acercaba más y más por momentos sin que el
submarino cambiara de rumbo. ¿Qué pasaba? ¿Era posible que quien estuviese al
timón, que el oficial de guardia no lo hubiera visto?
Cuando el choque parecía inminente, vio algo más oscuro en
la ladera de la montaña y, al herirlo los rayos de luz, comprendió lo que
ocurría.
El sumergible se estaba introduciendo por la boca de una
caverna submarina.
CAPÍTULO XII
EN LA CAVERNA SUBMARINA
Poco después de introducirse por la abertura de aquella
montaña, las luces se apagaron, pero Harris no se movió de su puesto. Viajaron
durante cerca de media hora en la oscuridad. La caverna debía ser inmensa. Por
fin el reflector volvió a encenderse y la velocidad del sumergible fue
disminuyendo, cosa que se apreciaba por el ruido de las máquinas.
Harris observó que se acercaban a otra abertura de la
pared de la caverna, más pequeña que la primera. Era una especie de corredor a
cuyo extremo se veían unas pesadas compuertas.
Desembocaron en otra caverna y mirando hacia atrás, el
millonario observó que las compuertas se cerraban tras la nave. Las máquinas
dejaron de funcionar por completo. El submarino sólo se movía ya gracias al
impulso que llevaba.
De pronto empezaron a funcionar las bombas y empezaron a
elevarse. Pero volvieron a parar antes de que hubiesen llegado a la superficie.
Miró de nuevo hacia adelante, á tiempo para ver abrirse
una compuerta en la pared, por la que se precipitó el agua. Con ella pasó el
submarino por un corredor a una tercera caverna. Las bombas funcionaban otra
vez a toda marcha.
Era evidente que la tercera caverna había estado seca
hasta ser abiertas las compuertas, pera se estaba llenando rápidamente.
Cuando el volumen líquido se equilibró entre las dos
cuevas, el submarino se hallaba ya en la superficie.
Transcurrió bastante tiempo antes de que se notara
movimiento alguno a bordo, cosa que Harris comprendió perfectamente. Al
irrumpir el agua en la última caverna, el aire que había en ésta quedaba
comprimido enormemente, de manera que hubiese resultado suicida salir del
submarino, pues la excesiva presión hubiera reventado a quien se hubiese
atrevido a hacerlo.
Estaba seguro de que allá afuera estaría funcionando
alguna válvula que rebajara la presión y la dejara normal,
Al cabo de un buen rato se oyeron pasos y órdenes en el
pasillo del submarino. Los compañeros de Harris se habían despertado ya y se
miraban unos a otros.
-Hemos llegado a la guarida de los piratas-anunció el
norteamericano.
Apenas hubo pronunciado estas palabras, se descorrieron
los cerrojos de la puerta del camarote y entraron varios marineros armados.
-Vayan saliendo todos-ordenó uno-, y procuren no hacer
tonterías, si en algo aprecian la vida.
Salieron y fueron conducidos a la cámara superior, de
donde pasaron a cubierta.
Se hallaban en una caverna de regulares dimensiones y alta
bóveda, iluminada tan sólo por la luz del reflector que el submarino llevaba en
la proa. Todo alrededor había una especie de muelle de roca.
Por un lado, el muelle se ensanchaba, formando una especie
de plazoleta de la que partía una escalera de piedra que llegaba hasta cerca
del techo.
El submarino había atracado al muelle y, al salir de la
cámara, Harris vio que los demás prisioneros habían desembarcado ya,
acompañados de algunos hombres armados que no les vigilaban mucho, puesto que
sabían que de allí no podían escaparse. Se les obligó a ellos a desembarcar y
reunirse con los demás.
-Hay que registrar a toda esta gente antes de sacarla de
aquí-dijo el jefe de los piratas, de pronto.
Hasta, aquel momento no se les había ocurrido hacerlo, tal
vez por considerarlo innecesario.
En cuanto Harris oyó aquello, procuró colocarse detrás de
los demás. El reflector del submarino proyectaba la luz hacia adelante, y donde
se hallaban la iluminación era casi nula.
Aprovechando esta circunstancia, sacó del bolsillo un
envoltorio y lo sacudió. Era una capa negra, de un tejido tan fino que apenas
ocupaba espacio cuando estaba doblada.
Nadie se fijó en la maniobra. Los prisioneros estaban
mirando hacia el submarino, renegando algunos de ellos, taciturnos otros.
Harris, después de echar una mirada a los piratas, que se disponían a cumplir
la orden de su jefe, se agachó un poco para no ser visto y se puso la capa con
la parte negra, para adentro, echándose en seguida la capucha sobre la cabeza.
Desapareció de vista en el preciso instante en que gritaba
el jefe:
-¡No seáis adoquines! Movedlos a todos hacia donde hay más
luz. Ahí no podéis registrarlos bien.
Los prisioneros se dejaron empujar hacia el trecho más
iluminado sin oponer resistencia. Hubiera sido una locura intentar nada. El
único que no se movió fue Harris, que ya se había hecho invisible.
Vio como registraban, uno por uno, a sus compañeros.
Encontraron varias pistolas y algunos cuchillos, de los cuales se apoderaron.
De momento, nadie pareció darse cuenta de que faltaba un pasajero.
Cuando se terminó el registro, el jefe dio una nueva
orden. Fueron formados toba los tripulantes del «Lorring»; un grupo de piratas
se puso a la cabeza y echaron andar todos hacia la escalera. Los restantes
piratas cerraban la marcha. Harris se dispuso a seguirles.
La escalera era muy ancha e iba a parar a una puerta
abierta en la pared cerca del techo de la caverna. Fueron subiendo por ella de
dos en dos.
Cuando se encontraban ya cerca de la parte de arriba,
Harris logró adelantarse a los últimos piratas y meterse entre ellos y los
prisioneros sin que se dieran cuenta, pues se habían rezagado un poco para
tener más sitio en que sacar las armas y emplearlas si se desmandaba alguno de
los cautivos.
Pasaron todos por la puerta y Harris volvió a rezagarse.
Vio que los últimos piratas cerraban la puerta por medio de palancas, porque
era parecida a las compuertas de abajo, sin duda como precaución por si algún
día sufrían avería las de abajo y subía el nivel del agua más de la cuenta.
Esta acción sirvió para indicarle que no quedaba nadie a
bordo del submarino, pues de lo contrario no hubiesen cerrado la puerta de
aquella manera.
Subieron por un pasillo muy pendiente, iluminado, de
trecho en trecho, por bombillas eléctricas. No era recto ni mucho menos. Tan
pronto torcía a la derecha como a la izquierda, describía una curva o formaba
ángulo recto.
Al cabo de unos quince minutos de camino, desembocaron en
una cámara que Harris calculó se hallaba, aproximadamente, sobre la caverna. El
único objeto de todo el camino recorrido, evidentemente, era ganar altura.
Del otro lado de la cámara partía una escalera ascendente,
bastante ancha, tallada en la roca viva. A un lado se veía otra escalera,
descendente ésta. Frente a la misma bahía un ascensor eléctrico de gran
capacidad.
Uno de los piratas abrió las puertas del mismo e hizo
entrar a la mayor parte de los prisioneros. Los otros tuvieron que aguardar a
que volviera a bajar, cosa que tardó muchísimo rato en hacer.
Al subir a él los demás cautivos junto con los piratas que
quedaban, Harris logró introducirse y meterse en un rincón. Confiaba que, como
había sitio de sobra, nadie se dirigiría allí y tropezaría con él. En eso
estuvo de suerte, porque nadie se le acercó.
Cuando se aproximaban al primer piso, empezó a oírse el
rumor de motores que, poco a poco, fue haciéndose ensordecedor. Aunque el
ascensor pasó de largo, Harris pudo ver, durante un instante, que aquello era
una central eléctrica, la que suministraba luz y fuerza a todo aquel laberinto
subterráneo.
No pararon hasta llegar al quinto piso, donde estaban
reunidos los demás prisioneros aguardando a sus compañeros. Una vez juntos
todos, fueron conducidos por un pasillo a una amplia cámara subterránea donde
había cinco hombres, armados, sentados en sillas a una mesa. Cuatro de ellos
estaban jugando a las cartas. En la extremidad del pasillo por el que habían
entrado, había apostado un centinela y, en la continuación del corredor, más
allá de la cámara, había otro colocado de tal suerte que obstruía el paso.
-¿Más gente?-dijo uno de ellos, levantándose-. Habrá que
ponerlos con los otros, ¿verdad?
-Es de suponer-respondió el jefe de los marineros, con
sequedad-. A menos que prefiráis tenerles a vuestro lado.
El otro, en lugar de contestar, se acercó a una puerta que
había cerca del pasillo y descorrió los cerrojos.
-Adelante, muchachos-dijo:- éste es vuestro palacio.
Empujados por sus guardianes, los prisioneros entraron en
una habitación enorme, abierta en la roca viva.
Harris pudo ver algún trozo del cuarto que estaba
iluminado por electricidad. En la pared visible, había literas-tres pisos de
ellas-y, sentados en torno a una mesa, vio a varios hombres leyendo. No tuvo
tiempo de ver más, porque la puerta volvió a cerrarse.
-Bueno-dijo el jefe entonces, dirigiéndose a sus hombres:-
haced lo que os dé la gana ahora. No os necesito ya. Estáis libres de servicio.
Algunos de los marineros, se quedaron allí, otros se
alejaron por el pasillo de enfrente. El jefe volvió al ascensor y abrió la
puerta. Harris logró introducirse antes que él, aunque no pudo impedir que le
rozara la capa levemente.
El hombre miró a su alrededor extrañado. Hubiese jurado
que había pasado alguien junto a él, pero, como a nadie vio, se encogió de
hombros y se metió en el ascensor, del que bajó en el piso superior, seguido
siempre del hombre invisible.
Allí entró en un cuarto equipado de toda clase de aparatos
y herramientas para el tallado y pulimentado de piedras preciosas.
Un hombre estaba sentado a un banco y alzó la cabeza el
entrar el otro.
-¿Hay algo nuevo?-preguntó.
-Lo que esperaba el jefe-contestó el marino, echando sobre
el banco el paquete en que iban las joyas de Hiram K. Harris.
-¿Ha avisado usted al jefe?
-No, supuse que lo haría usted desde aquí.
-Bien, ya lo haré.
Desató el paquete y sacó los dos estuches. Los abrió y
examinó con ayuda de una lupa la tiara. Luego miró atentamente el collar y
acabó metiéndose una de las perlas en la boca.
-Es una lástima que haya que deshacer la tiara-dijo, por
fin;- perderá mucho de su valor. Las perlas, claro está, tendrán que quedar
igual. Afortunadamente, creo que el jefe tiene buen mercado para ellas.
-Bueno, me voy-dijo el marino-. No he dormido anoche y,
tengo ganas de descansar. Si el jefe me necesita, ya sabe dónde encontrarme.
Harris no le siguió. Le pareció mucho más interesante el
taller.
El otro hombre, al quedarse solo, cogió los dos estuches
y, acercándose a una gran caja de caudales que había en un rincón del taller,
la abrió y dejó las joyas en uno de los departamentos. Después descolgó un
teléfono.
-Ponme con el jefe-dijo.
Unos momentos después:
-Las joyas están aquí ya, jefe... No, no valen lo que nos
han dicho que se ha pagado por ellas, pero, en fin... ¿Cómo?... ¿Que quiere
usted verlas? Ahora voy allá.
Harris se dispuso a seguirle. Por fin iba a saber quién
era el jefe de aquella banda de piratas. El hombre sacó los estuches de la caja
de caudales otra vez, se los metió en los bolsillos y se acercó a una de las
paredes. Apretó un resorte y se abrió un hueco. Era evidente que contaba con un
camino secreto para llegar al jefe, un camino que sólo él empleaba, lo que
hacía suponer que gozaba de una situación privilegiada entre la banda.
Harris entró antes que él y luego se aplastó contra la
pared para dejarle paso.
Subieron los dos una escalera bien iluminada, que
presentaba la particularidad de estar mejor construida que las otras de aquel
laberinto subterráneo.
Sólo tuvieron que subir dos tramos antes de encontrarse
frente a otra pared. El hombre alzó la mano, rebuscó con los dedos, sonó un
chasquido y se abrió una puerta por la que Harris se introdujo antes de que
hubiera tenido tiempo de dar un paso el otro. Lo primero que notó, fue que al
otro lado de la puerta secreta, había una estantería llena de libros que se
había movido con ella. Aquella salida estaba oculta de la misma manera que la
del despacho secreto de Trévelez, en el Instituto de Inventores de Barcelona.
Se encontraba en un amplio despacho, muy bien amueblado. No tuvo tiempo de
fijarse en detalles, sin embargo, porque, sentado a la mesa, vio a un hombre.
Y, si Harris no hubiera sabido dominarse mejor que la
mayoría de los humanos, hubiese soltado una exclamación.
CAPÍTULO XIII
EMPIEZA A DESPEJARSE LA INCOGNITA
Harris conocía perfectamente al hombre que estaba sentado
allí y, en verdad, había poca gente en el mundo científico que no le conociera.
Era el profesor Knowles, cuyas asombrosas teorías acerca de la formación de la
tierra y de las radiaciones cósmicas habían causado profunda sensación en los
medios científicos.
Se sabía que estaba trabajando sin cesar para dar pruebas
de que sus teorías eran ciertas. Ningún hombre de ciencia ignoraba que el
profesor había hecho construir un gran laboratorio en una de las islas de Barlovento-en
Trinidad para ser exacto-donde vivía entregado a las investigaciones que
absorbían toda su existencia.
Y no había escogido Trinidad al azar. Su lago de asfalto,
único en el mundo, sus volcanes del mismo mineral, tenían para él un interés
enorme, pues pensaba valerse de ellos para demostrar, en parte sus teorías.
Pero, ¿qué significaba aquella de que el famoso profesor, admirado, en el mundo
entero, socio de una docena de academias científicas, fuese jefe de una
cuadrilla de piratas? El profesor poseía cuantiosos bienes de fortuna. Siempre
se le había considerado uno de los hombres más ricos de Inglaterra.
El descubrimiento aquel, a la par que le asombraba, le
hacía suponer que la caverna por la cual se había introducido el submarino se
abría en las laderas de la montaba cuya cima, asomando, del mar, era la isla de
Trinidad. Aunque, como ya se ha dicho, le había sido imposible calcular la
distancia que recorría la nave, por no conocer su velocidad, sabía que era
posible recorrer la distancia comprendida entre el punto del Mar de los
Sargazos en que se habían sumergido y la isla Trinidad aproximadamente en el tiempo
que habían estado viajando, y el hecho de encontrar a Knowles allí, parecía
dejar fuera de dudas que era, efectivamente, en dicha isla donde se
encontraban. La rápida mirada que dirigió a la ventana le permitió observar que
la vegetación podía ser la de la isla. Esta deducción llevaba consigo otra: que
Manrique debía hallarse prisionero en los subterráneos. Era evidente ahora que
el agente X, al trasladarse a La Brea, había sido sorprendido y apresado.
Estos pensamientos pasaron por la mente de Harris en unos
segundos, los que necesitó el tallador de piedras para cerrar la puerta secreta
y dirigirse a la mesa, donde echó los dos estuches, diciendo:
-Aquí están, jefe.
Knowles, hombre de cabello entrecano, delgado, de gesto
duro, labios delgados y rectos, ojos brillantes, de unos cincuenta años de
edad, tomó los estuches y los abrió.
-Es cierto-dijo, examinando las joyas:- a ese
norteamericano le han engañado. No debía de haber pagado más de treinta mil
libras por esto.
-De todas formas-agregó, después de unos instantes de
silencio-, contribuirán a buena obra.
Cerró los estuches y se los devolvió al otro.
En aquel momento llamaron a la puerta, el hombre hizo
ademán de marcharse, pero Knowles le contuvo:
-No se vaya-ordenó:- tenemos que hablar todavía.
Y gritó:
-¡Adelante!
Entró un hombre, que se acercó a la mesa, muy excitado.
-¡Ha habido otro accidente, jefe!-exclamó.
-¿Cuántos han muerto?-preguntó el profesor, fríamente.
-Cinco. Y otros tres están a punto de morirse
-¿Cómo ha sido?
-En la galería más baja. Se calculó mal el grueso de la
pared intermedia. Al ir a hacer el agujero de prueba, la presión reventó el
tabique y el asfalto irrumpió en la galería.
-¿Se cerró inmediatamente la compuerta?-interrogó Knowles.
-Sí, jefe. Pero el asfalto mató a cinco que quedaron
sepultados. Tres más sufrieron quemadura graves antes de poder escapar. Los
otros los arrastraron hacia fuera y cerraron a tiempo la compuerta.
-¡Hum! Es una lástima. Habrá que reanudar el trabajo por
debajo de esa galería. Afortunadamente, tenemos obreros nuevos ahora.
-Pero, jefe, si esto continúa...
-¡Silencio! ¿Qué importa la vida de unos cuantos hombres
ante la grandiosidad del descubrimiento que con su muerte harán posible? ¡Serán
mártires de la ciencia! Puede usted irse y dar las órdenes oportunas para que
se reanude el trabajo de acuerdo con mis instrucciones. Nada más.
El hombre se fue, sin replicar.
-¡Qué gente, Smithers, qué gente!-exclamó el profesor
cuando quedó a solas con el otro-. ¿Por qué no habré podido encontrar más
hombres como usted? Es usted el único en quien puedo depositar mi confianza
entera... el único que es capaz de sacrificarse por la ciencia, de comprender
que los sacrificios son necesarios para que el mundo progrese. ¿Ha tomado usted
la presión en los nuevos agujeros de ensayo?
-Sí, jefe. Ha aumentado sensiblemente. El asfalto extraído
de esos agujeros es completamente liquido.
-¡Nos vamos acercando!-exclamó Knowles, con expresión de
fanático-. ¡Un poco más, Smithers, un poco más y andaremos cerca de la clave!
Los que admiran mis teorías aún no las conocen por completo. ¿Qué dirán cuando
sepan hasta dónde he llegado? ¡El triunfo está cercano! ¡Dentro de poco daremos
con el asfalto en estado gaseoso! Luego...
Hizo un gesto.
-¡Y esos imbéciles se atreven a discutir mis órdenes! ¡Mis
órdenes! ¡Las de un hombre a quien toda la ciencia, venera! ¡Las del hombre que
va a causar la estupefacción del mundo con sus descubrimientos!
A medida que hablaba se iba exaltando. Los ojos le
centelleaban, jadeaba, se había levantarlo en su asiento.
-¿Qué me importa a mí la vida, de unos cuantos hombres
ante una cosa tan grandiosa? Después de todo, ¿para qué sirven? ¿Qué mejor fin
pueden pedir que morir para que la ciencia dé un paso de gigante? ¡Será obra
nuestra, Smithers...! ¡Obra suya y mía!... Porque, usted participará en ella...
Usted, que ha sido un ayudante modelo, que ha sabido sacrificarse, que ha
sabido comprenderme...
Se calmó un poco, y continuó:
-Ya sé lo que les pasa a ésos. Tienen miedo. No es que les
importe la vida de los obreros, es la suya la que les preocupa. Temen que un
día les toque a ellos... Y si, les ocurre, ¿qué? (Empezó a exaltarse otra vez)
¿Acaso no les pago para que corran riesgos? ¡He gastado toda mi fortuna en
estos experimentos, Smithers! Tenía millones y hoy no tengo un chelín. Me he
visto obligado a robar para poder continuar mi trabajo. ¡A robar! ¿No es mucho
mayor sacrificio ese que todos cuantos hagan los demás? ¡Yo ladrón! ¡Con qué
incredulidad reiría el mundo si alguien se atreviera a decirlo! Pero no me pesa
serlo. Si yo he dado mi fortuna para seguir adelante con mis descubrimientos,
¿quiénes son, los demás para negarse a contribuir a mi obra en beneficio de
todos? Además, ¿para qué sirven las joyas? ¡Para halagar la vanidad de alguna
mujer estúpida! ¿No es mucho mejor emplearlas para lo que yo las empleo?
-¡Vamos!-dijo, cambiando bruscamente de tono-. Quiero
arreglar unas cosas en mi despacho de abajo.
Se acercó al estante y oprimió un resorte. Harris los
siguió de nuevo hasta el taller. Smithers se quedó allí. Knowles pasó por otra
puerta secreta a una habitación Era un cuarto más pequeño que el de arriba,
arriba, pero arreglado aproximadamente igual. Había unos estantes, una mesa,
algunos sillones y, empotrada en la pared, una caja de caudales pequeña.
Knowles se dirigió a esta última y se puso a hacer girar
los discos de la combinación. Harris se aproximó lo bastante para poder tomar
nota, por encima de su hombro, de las letras que iba marcando. Abrió la caja y
sacó un libro que llevó a la mesa. El hombre invisible pudo ver que estaba
lleno de fórmulas químicas y una serie de notas relacionadas, seguramente, con
experimentos. El profesor tomó un papel que había sobre la mesa y que, a no
dudar, contenía las notas de los últimos experimentos Y, después de estudiarlo
con satisfacción unos instantes, lo copió en el libro, tras lo cual sacó una
cerilla y quemó el papel.
Hecho este, volvió a guardar el libro en la caja de
caudales, cerró y salió al taller.
-Ya es hora de que comamos-dijo-. ¿Sube usted, Smithers?
El interpelado movió, afirmativamente, la cabeza, dejó lo
que estaba haciendo y marchó por la puerta secreta hacia el despacho de arriba.
Harris no les siguió aquella vez. Aguardó unos instantes
para asegurarse de que no iban a volver en seguida, y luego buscó el resorte
que abría la puerta del despacho. No tardó en encontrarlo, entró y cerró tras
de él.
Cruzó inmediatamente a la caja de caudales y marcó la
combinación que había marcado Knowles.
Dentro de aquella caja no había más que libros. Los sacó
todos, los colocó sobre la mesa y se puso a hojearlos.
Dejó a un lado enseguida el de las fórmulas y examinó
otro. Éste contenía una lista completa de todos les hombres que trabajaban a
las órdenes del científico loco en aquel laberinto, sus nombres, sus cargos y
las cantidades que les pagaba. Harris observó que éstas eran bastante elevadas.
Knowles era un hombre muy ordenado, por lo visto, porque, en el tercer libro,
figuraban los nombres de los prisioneros, la fecha en que habían sido apresados
y el trabajo a que se les había dedicado. De vez en cuando aparecía un nombre
tachado, con otra fecha al margen. Era evidente que se trataba de la fecha de
su muerte, ocurrida en algún accidente similar al que había costado la vida a
tantos aquel mismo día. Can toda seguridad le sería entregada al profesor una
lista con los nombres de ellos más tarde y los tacharía.
Los de la tripulación del «Lorring» no habían sido
anotados aún o, por lo menos, así lo suponía. Dio la vuelta a la hoja para
cerciorarse, y vio que no había más que un nombre escrito en ella: ¡el de
Manrique! A su lado había una nota. Decía:
«Relevo para la galería 4».
¿Sería Manrique uno de los que habían muerto en el
accidente? No quiso pararse a pensar eso. Aún no había terminado lo que quería
hacer y la cosa corría prisa. Le quedaban dos libros por ver. El primero de
ellos contenía una lista de joyas y piedras preciosas robadas, con notas acerca
de la transformación que habían sufrido y la forma en que se habían vendido
después, junto con la cantidad obtenida.
En la lista figuraban los diamantes de Parkham, con la
fecha, pero sin nota alguna. Al parecer, aún no les había tocado el turno de
ser cortados.
Lo que le llamó la atención a Harris, sin embargo, fue que
figuraban en el libro una serie de joyas cuyo robo había causado sensación,
pero que no habían sido robadas en alta mar. Es más, en algunos casos la
policía sospechaba quiénes eran los autores del robo, pero no había podido
hacer detención alguna por falta de pruebas. ¿Cómo habían ido a parar allí?
La contestación la halló en el último libro, que era el
más interesante de todos.
Contenía una lista completa de las sucursales de la
Compañía Cinifer de Asfaltos en América y Europa, los nombres de todos sus
empleados y la parte que cada uno de ellos había tenido en el robo de las joyas
que se citaban. Por las notas comprendió que, aparte del sueldo que cobraban,
recibían una cantidad determinada por cada robo que se cometía con su concurso,
y de ahí que Knowles anotara tantos detalles.
Pero no eran los empleados de la Compañía de Asfaltos los
únicos que figuraban allí. Había una serie de nombres, algunos de ellos
conocidos por la policía, junto con las señas en que podía encontrárseles y los
robos que habían cometido por cuenta de Knowles.
De buena gana se hubiera llevado todos aquellos libros.
Sin embargo, comprendió que sería una imprudencia hacerlo en aquel momento. Lo
más probable sería que, después de comer, la manía del orden que tenía el
profesor Knowles le impulsara, a bajar para anotar en los libros el nombre de
los nuevos prisioneros, las joyas, los datos respecto a las mismas, y tachar
los nombres de los trabajadores muertos.
Tendría que dejarlos. No obstante, algo podía hacer y lo
hizo. Alguno de los agentes venezolanos debía hallarse en Trinidad en aquel
momento. Decidió llamarlo.
No tardó en obtener contestación.
-Órdenes-dijo.
-Escucho-contestó el agente.
-¿Dónde te encuentras ahora?.
-En La Brea.
-¿En la calle o en algún edificio?
-En la calle.
-Entra en un establecimiento o en alguna parte donde
puedas escribir. Tengo mucho que dictarte.
Transcurrieron unos minutos.
-Estoy en un café, sentado en un rincón. Puede empezar
cuando quiera.
Harris le dictó, inmediatamente, todos los nombres de los
agentes de Knowles y sus señas. Cuando hubo terminado, agregó:
-No es necesario que busques más a X. Le he encontrado yo
ya.
-Bíen.
-¿No hay ningún otro agente contigo?
-Aquí mismo, no. N está en Puerto de España.
-Lástima que no se me ocurriera llamarle, hubiéramos
ahorrado tiempo. Bueno, es igual. Tú no puedes hacer nada con esos nombres en
La Brea. Sin embargo, guárdalos por lo que pueda ser. Son los de los
complicados en los robos y actos de piratería. Ya comunicaré yo con N. Necesito
hacer otras llamadas también que hubieras podido hacer tú, pero la onda de tu
reloj no alcanzaría. Por consiguiente, sólo quiero que hagas una cosa: Contrata
una lancha automóvil y tenla preparada para cruzar con ella al Continente. Ya
te avisaré cuando la necesite.
-¿Algo más?
-Nada más.
Harris llamó a continuación a N y, al contestar éste, le
dictó todos los nombres que dictara al otro agente.
Cuando hubo terminado, dijo:
-Órdenes.
-Escucho.
-Ve a visitar a Max Gowan. No sé dónde vive, pero todo el
mundo le conoce en esa capital.
-Le encontraré.
-Le dices que vas a verle de parte del profesor Vardo. Es
preciso. A Vardo le debe la vida y algo más. Te atenderá. Si no fuera por eso,
no te haría caso, porque vas decirle algo que le va a costar trabajo creer.
-Bien.
-Dile que supones que habrá oído hablar de los actos de
piratería que se han cometido en estos últimos tiempos. Di que tú has
descubierto quiénes son los culpables y dónde está su guarida. Eres detective
particular y amigo del profesor Vardo. Él fue quien te aconsejó que vieras a
Max Gowan. Vas a pedirle que hable con las autoridades en Puerto de España.
Tiene suficiente influencia para que se le atienda.
-¿Le he de dar esta lista?
-Sí. Le dices que es la lista de toda la organización
criminal. Son los agentes que se encargan de avisar a los piratas cuando hay
algo que valga la pena robar. Algunos de ellos roban en tierra por cuenta del
jefe de los piratas también. Dile que pida a las autoridades que den las
órdenes oportunas para que sean detenidos los que se hallen en la isla y que
avisen a Inglaterra para que se haga lo propio con los que se encuentran en las
islas Británicas y en las colonias y dominios. También pueden avisar a las
autoridades de los demás países para que hagan lo propio. Es decir, de todos
los países europeos menos España. No es necesario que se ocupen de América ni
de la Península Ibérica. Di que las autoridades españolas y las de todo el
Continente americano están ya avisadas y efectuarán inmediatamente las
detenciones. De eso pienso encargarme yo.
-¿Algo más?
-Sí. Ahora viene lo más gordo. Dile que pida a las
autoridades inglesas de Puerto de España que manden marinería o soldados a La
Brea, que rodeen por completo la finca del profesor Knowles para que no pueda
escapar nadie, que entren luego en la casa y detengan a cuantos encuentren.
Asegúrale que, con toda seguridad, parte de los que viven en la misma habrán
sido reducidos ya a la impotencia. Dile que debajo de la casa hay todo un
laberinto de galerías subterráneas con salida al mar, que en ellas se encuentran
prisioneros los tripulantes de todos los barcos abordados por los piratas, pero
que alguien se encargará de ponerles en libertad para que ayuden a apoderarse
de los criminales desde dentro. La mayor parte de las joyas robadas se
encuentran aún en dicha casa, así como una serie de documentos que servirán
para demostrar la culpabilidad del propio profesor Knowles, al que no deben
dejar escapar, porque es el jefe de toda la cuadrilla. Adviértele que el
profesor está loco.
“Encontrarán allí a todos los piratas. El yate pirata es,
en realidad, un submarino disfrazado y se encuentra en estos momentos en unas
cavernas debajo de la finca de Knowles. Puedes asegurarle que los prisioneros
se encargarán de impedir que pueda utilizar nadie el submarino para huir. Lo
más difícil de todo esto es convencerle de que el profesor Knowles pueda tener
nada que ver con el asunto. Seguramente, Max Gowan no sabrá si dar crédito a lo
que le dices o no, puede dudar, incluso, que vayas de parte del profesor Vardo.
-¿Qué hago entonces?
-Decirle lo siguiente: «El profesor Vardo me dijo que las
autoridades inglesas conceden suficiente importancia a sus palabras para creer
cuanto usted les diga. Me dijo también que bastaba que el profesor Vardo le
dijera que cuanto yo le contara era cierto para que usted no dudara ya un
instante. Para garantizarme a mí y para que tuviera fe ciega usted en mis
palabras, me contó lo siguiente: En cierta ocasión le hice yo unos favores al
señor Gowan. Me prometió entonces que si alguna vez le necesitaba, no tenía más
que avisarle y que, si yo no podía hacerlo en persona y mandaba a alguien,
bastaba que mi mensajero dijera: «Recuerde el suplicio de Tántalo y la caja de
Pandora». En cuanto oyera pronunciar estas palabras, se pondría
incondicionalmente a mi disposición. ¿Has tomado nota?
-Sí, jefe.
-Cuando oiga eso, ya no vacilará, hará lo que le pides.
-Bien.
-Dile que es conveniente que las fuerzas que vengan, lo
hagan durante la noche para no llamar la atención y que, cuando amanezca, debe
estar acordonada la finca.
-¿Algo más?
-Nada más,
-Cumpliré sus órdenes inmediatamente.
En cuanto hubo terminado de hablar con N, Harris habló con
Guatemala. Allí conocía a quien podía poner en movimiento a todo el Continente.
Se limitó a comunicar los nombres de los agentes de Knowles que se hallaban en
territorio americano. Luego hizo lo propio con España y, metiendo los libros en
la caja de caudales de la misma forma en que los había encontrado, la cerró y
salió del despacho secreto.
No tenia el menor apetito. Tenía demasiadas cosas que
hacer aún para acordarse de comer.
Se pasó la tarde recorriendo galerías para familiarizarse
con ellas. Una de las cosas que más le interesaba encontrar era el lugar, en
que se hallaba la central telefónica, pues recordaba que Smithers no había
hablado directamente con su jefe, sino, que había pedido la comunicación con
él. Cuando llegara el momento de obrar, tenía que asegurarse de que no pudiera
darse la alarma inmediatamente, que no hubiese forma de comunicar órdenes por
teléfono.
Encontró el cuarto, por fin, donde estaba instalada una
centralita. No había más que un hombre de guardia allí.
También descubrió un pequeño arsenal de armas modernas y
municiones en uno de los pisos y tomó buena nota de dónde se encontraba. Visitó
la central eléctrica, las habitaciones de los piratas y una serie de sitios
más, entre ellos un laboratorio con todos los adelantos modernos.
Vio y examinó las galerías en que trabajaban los
prisioneros, deduciendo de su examen que el propósito de Knowles era llegar al
punto de origen del asfalto, por medio de sondeos en las paredes de roca. Tenía
calculado, aproximadamente, por dónde pasaba el asfalto líquido que salía a la
superficie de la isla y obligaba a los trabajadores a rebajar las paredes hasta
dejar un tabique delgado, nada más que lo bastante fuerte para resistir la
presión. Luego mandaba hacer un par de agujeros con aparatos especiales que
ejercían sobre el hueco una presión superior para contener al líquido
hirviente, del que extraía una muestra después de haber medido su fuerza con
precisión.
Como es natural, sus cálculos fallaban a veces, con
fatales consecuencias para los obreros.
Cuando terminó su inspección, vio por su reloj que debía
ser de noche. Le convenía descansar un poco y pensó que el mejor sitio para
hacerlo era una de las galerías inferiores, donde nadie se acercaría a
semejantes horas. Por consiguiente, se acurrucó en un rincón y, a los pocos
segundos, estaba completamente dormido.
CAPÍTULO XIV
MOVILIZACIÓN NOCTURNA
Serian las tres de la madrugada cuando despertó Harris.
Consultó su reloj. Ya era hora de poner en práctica su plan.
Se dirigió al piso quinto.
En la cámara en que se hallaba la puerta del calabozo no
había más que tres hombres de vigilancia en aquellos instantes. Los tres
estaban sentados a la mesa. Uno de ellos, con la cabeza apoyada en los brazos,
parecía dormir, los otros dos jugaban a las cartas para pasar el tiempo.
Se acercó silenciosamente a ellos. En la mano llevaba una
jeringa que había sacado de un estuche que siempre llevaba encima-esta contenía
un líquido que, al ser inyectado, hacía perder el conocimiento
instantáneamente.
Une de los jugadores sintió, de pronto, un leve pinchazo
en el brazo y, creyendo que se trataba de un insecto, alzó la mano. Antes de
que hubiera podido tocarse el sitio dolorido, sin embargo, cayó de bruces sobre
la mesa.
-Oye-dijo el otro, asiéndole de un hombro y sacudiéndole:-
¿tanto sueño tienes? Pareces...
No acabó la frase, había sentido un pinchazo a su vez y la
droga surtió efecto enseguida.
El hombre invisible inyectó parte del líquido también al
que dormía, para asegurarse de que no despertara. Luego se acercó al pasillo y
miró a derecha e izquierda. No se veía a nadie ni se oía rumor alguno.
Se acercó al calabozo y descorrió los cerrojos. Abrió.
La mayoría de los prisioneros se habían acostado, pero
algunos de los tripulantes del «Lorring» estaban sentados cerca de la mesa
leyendo y hablando.
Al oír los cerrojos, todos ellos se volvieron.
-Oye -dijo uno- Se ha abierto la puerta y no hay ninguno
fuera.
-No andarán muy lejos los centinelas. Las puertas no se
abren solas, sobre todo cuando tienen cerrojos tan fuertes como ésta.
Entretanto, el hombre invisible estaba escudriñando la
habitación. Era enorme y todo a su alrededor, había literas y alguna que otra
mesa, así como sillas y estantes con libros. Por lo visto, Knowles quería que
sus prisioneros gozaran de cierta comodidad cuando no estuviesen trabajando.
No viendo a quién buscaba, Harris llamó:
-¡Manrique!
-¿Quién me llama?-preguntó una voz desde una de las
literas.
Y se incorporó Manrique. Pero, ¡qué Manrique!
Tenía el traje hecho jirones, había perdido la corbata,
estaba desgreñado, con la cabeza llena de barro y un corte en la cara.
-¡Yo!-contestó Harris.
Se notó como un revoloteo en el aire y apareció el rostro
horrible, cubierto de palidez cadavérica, que ya conocemos.
-¡Yuma!-exclamó el agente, asombrado y lleno de alegría.
-¡Yuma!-repitieron los marinos despiertos, retrocediendo,
espantados, al ver el horrible rostro.
Algunos de ellos habían oído el nombre del misterioso
personaje en otras ocasiones, y aunque se decía que ayudaba a los que
necesitaban auxilio, el aspecto de su faz les imponía, sobre todo viéndola
suspendida, al parecer, en el aire.
-¿Por qué tembláis?-preguntó Yuma, mirando a los hombres-.
Sólo los criminales tienen por qué temblar ante mí.
-¡No teman! -exclamó X, con alegría-. ¡Viene a salvarnos!
¿Qué hemos de hacer?-preguntó, volviéndose hacía su jefe.
-Lo primero de todo, salir y meter aquí dentro a los tres
centinelas.
Manrique hizo una seña a los marineros despiertos que le
siguieron. A los pocos instantes, los tres hombres se hallaban en el calabozo.
-Despertad a los demás. Tengo que daros instrucciones a
todos.
Mientras los hombres corrían a obedecer, la cabeza de Yuma
desapareció de nuevo. Fue preciso poner en guardia a todos a medida que se
despertaban, para que no les llamara la atención aquella voz que,
aparentemente, salía del aire.
-Atad a esos hombres-ordenó las Voz-. Tardarán alrededor
de dos horas en despertarse, pero no podemos estar pendientes de ellos.
Se arrancaron tiras de los petates y fueron atados
fuertemente con nudos marineros. No había peligro de que ninguno de ellos
pudiera desatarse si se despertara.
-Vosotros tres-dijo la Voz, señalando a tres de ellos-,
tenéis aproximadamente la misma talla que los guardianes. Coged sus armas y
ocupad sus puestos. Sentaos a la mesa, No creo que se acerque nadie, aún, pero,
si alguien se acercara, es mejor que vea a alguien de guardia. Así se acercará
sin recelo y podréis apresarle y meterlo aquí con éstos. No disparéis a menos
que sea absolutamente necesario. Cuanto menos ruido hagamos, mejor.
Los tres hombres tomaron las armas de los guardianes y se
sentaron a la mesa de la cámara exterior.
-Manrique, ¿cuántos prisioneros hay?
-Alrededor de cincuenta. Había más, pero creo que han
muerto siete hoy en un accidente,
-Bien. La mayor parte tendrá que quedarse aquí unos
minutos. Escoge diez hombres que te acompañen. Vamos a buscar armas para todos.
Manrique y diez hombres más salieron tras la Voz. Yuma
volvió a quitarse la capucha para que pudieran seguirle.
Les condujo al arsenal y todos cogieron cinco o seis
pistolas y las municiones necesarias, llenándose los bolsillos y los
cinturones.
-Antes de volver adonde están los otros, quiero tomar una
precaución necesaria-dijo Yuma.
Pareció indeciso un momento. Luego:
-Hay una central telefónica aquí. Es preciso quitar del
paso al encargado de ella para que no pueda ser dada la alarma. Dejaremos a dos
hombres en su lugar. ¿Hay, dos voluntarios aquí para quedarse de guardia junto
a la centralita?
-Yo seré uno de ellos-contestó Manrique.
-No, a ti te necesito para otra cosa.
Todos se ofrecieron voluntario. Yuma escogió dos. Les
dijo:
-Uno de vosotros se pondrá los auriculares. El otro
vigilará. Si se acerca alguien allí, debéis procurar apresarle. No le costará
trabajo. Le pillará por sorpresa porque todos se creen seguros aquí abajo. Él
que esté sentado a la central, debe responder a las llamadas para no despertar
sospechas, pero no las ha de cursar. Puede decir que está comunicando esa línea
para ganar tiempo. Si quien llama, sin embargo, da la contraseña «Yuma», quiere
decir que es uno de nosotros y, por consiguiente, debe dar la comunicación que
le pida. De esa forma, dispondremos nosotros del teléfono, pero nuestros
enemigos no. ¿Está entendido?
-Si, señor.
-Adelante, pues. Entregad las armas que os estorben a
vuestros compañeros. Será necesario que vengan dos más para cargar con el
telefonista y meterle en el calabozo con los demás. Yo me encargaré de dejarle
sin conocimiento.
Los cuatro hombres siguieron a Yuma. Cuando estuvieron
cerca de la centralita, Yuma les ordenó que le esperaran, entró él solo y, a
los pocos momentos, volvió a salir, llamando a los hombres.
El telefonista estaba ya sin conocimiento. Dos de los
hombres cargaron con él. Los otros dos se quedaron allí.
Se reunieron con Manrique y los otros y regresaron todos
al calabozo.
Los centinelas anunciaron que no había novedad. Las armas
fueron repartidas y el telefonista quedó atado como sus tres compañeros.
-Cinco de vosotros se quedarán aquí preparados para ayudar
a los de afuera si hiciese falta. Los demás podéis acompañarme. Vamos a visitar
las habitaciones de los tripulantes del submarino. Tendremos que sorprenderles
y apoderarnos de ellos si es posible sin hacer un solo disparo: Vamos.
Bajaron andando al piso inferior. Les pareció menos
peligroso que, usar el ascensor a aquellas horas de la madrugada. Yuma iba
delante enseñándoles el camino y explorando el terreno. No se encontraron con
nadie.
Los marineros ocupaban cuatro habitaciones distintas y fue
fácil sorprenderlos. Las puertas no estaban cerradas con llave y, abriéndolas
sin hacer ruido, se colocó un hombre, pistola en mano, al lado de cada litera.
Al despertarse los piratas, se vieron encañonados por las pistolas y se
entregaron sin resistencia.
Se les ató fuertemente y se les metió a todos en el único
cuarto que parecía poder cerrarse por fuera. Los oficiales sufrieron la misma
suerte y fueron encerrados con sus hombres.
Según los cálculos de Yuma, quedaban aún veinte hombres
libres. Algunos de ellos estarían de guardia en la central eléctrica, los demás
no tenía la menor idea de dónde se podían encontrar.
Comunicó todo eso a sus compañeros, agregando:
-Es muy posible que en estos momentos las fuerzas del
Ejército inglés de guarnición en la isla, estén acordonando el edificio que se
alza sobre este laberinto. Al amanecer entrarán y podréis entregar a los
prisioneros que habéis hecho, contar lo que os ha sucedido. Entretanto, tenemos
que tomar precauciones para que no se escape nadie.
»No apresaremos a los de la central eléctrica, porque los
necesitamos para que sigan cuidando las dínamos y no falte luz ni fuerza, pero
se quedará de guardia un grupo cerca de ella para detener a todo el que entre o
salga e impedir que se dé la alarma.
»Otro grupo montará guardia junto a la compuerta que da
paso a la caverna en que se encuentra el submarino y no dejará entrar a nadie.
Así no podrán usarlo para la fuga. Vamos.
Bajaron al piso de la central eléctrica Y dejaron seis
hombres a pocos pasos de la entrada, tres a cada lado. Los demás continuaron
bajando sin encontrarse con nadie.
Cuando llegaron a la compuerta de la caverna, Yuma la
examinó unos momentos para averiguar cómo funcionaba.
-Para mayor seguridad-dijo-, voy a bajar yo un momento a
ver si puedo hacer algo más.
Abrió, bajó la escalera y subió a bordo del sumergible.
Consiguió entrar en la cámara de cubierta sin dificultad y, a fuerza de
asomarse por uno y otro sitio, dio con la sala de las máquinas. Trabajó unos
minutos retirando una de las piezas principales que escondió luego en el
camarote en que había viajado, debajo de una litera. Luego volvió adonde había
dejado a los otros.
-Decid a las autoridades, cuando se presenten, que la
pieza que he quitado a la máquina del submarino se encuentra en uno de los
camarotes de proa, en el que iban prisioneros los que estaban con el millonario
norteamericano, debajo de una litera. Ahora, aunque lograran llegar hasta el
submarino los piratas, no podrían escaparse en él, porque no funcionará la
máquina. Podéis quedaros catorce aquí para estar más acompañados. Es preferible
guardar bien este extremo. No sabemos si tienen piezas de repuesto por aquí
cerca y si lograrían hacer algo de encontrar esto poco guardado. De todas
formas, pocas horas tendréis que estar aquí ya.
Se marchó con los veinte hombres restantes. Empezaba a
hacerse tarde y decidió correr un riesgo.
-Vamos a subir en el ascensor al quinto piso-dijo-. Aún
quiero hacer unas cuantas cosa antes de que amanezca.
En el quinto piso todo seguía igual. La tranquilidad era
absoluta. Dejó otros cinco hombres de los veinte que llevaba y continuó por la
escalera hasta el piso de arriba.
Los dos de la centralita tampoco tenían nada nuevo que
contar. Yuma estacionó cinco hombres más por los alrededores y se dirigió al
taller con Manrique, dejando a los otros diez a la puerta con orden de acudir,
si se les llamaba.
Una vez dentro, le explicó a Manrique toda la historia y
le enseñó la caja de caudales del taller, cuya combinación también había
averiguado.
-Aquí está la mayor parte de lo robado-dijo-. Yo
desapareceré en el último momento. Tú quedarás encargado de enseñarles todo
esto a las autoridades. Les dices que eres detective. ¿Te encontraron la carta
de presentación de Simpson cuando te registraron?
-No, la llevaba muy bien escondida.
-Pues te servirá ahora como documento de identidad. ¿Cómo
es que no avisaste lo que te había ocurrido? Veo que llevas el reloj.
-Se conoce que le daría un golpe fuerte y se estropearía.
Quise avisar, pero el reloj no funcionaba.
-Ya... Bueno, fíjate en la combinación de esta caja. Voy a
abrirla porque sacaré las piedras de Parkham para entregárselas a Simpson.
También voy a recoger las mías, las que usé como cebo para poder llegar hasta
aquí.
Encontró las suyas en seguida, y las de Parkham las
reconoció porque seguían metidas en una caja que llevaba el sello de la policía
brasileña.
-Ahora voy a enseñarte lo más importante-dijo,
conduciéndole a la pared.
Le enseñó dónde estaba el resorte que abría la puerta del
despacho secreto y le dio la combinación de la caja de caudales, abriéndola
para enseñarle los libros.
-Más vale que los dejemos aquí de momento. Pondremos cinco
hombres de guardia dentro del taller para que nadie pueda llevarse nada.
Salieron del despacho, cerró la puerta y fue en busca de
cinco hombres que apostó en el taller. Consultó el reloj.
-Es más tarde de lo que yo creía-dijo-. Empieza a amanecer
ya. La casa debe estar acordonada. Ven conmigo.
Le enseñó el resorte que había en la otra puerta secreta y
le hizo pasar a la escalera que conducía al despacho de Knowles.
-¿Te bajaron a ti por aquí?-preguntó.
-No-contestó Manrique:- hay otro pasadizo. Creo que lo
podré encontrar yo sin dificultad.
-Sea como fuere, ahora no hay tiempo de irlo a investigar.
Yo voy a pasar al despacho. Tú quédate aquí. No entres aún. Yo mismo te abriré
desde el otro lado en cuanto crea llegado el momento oportuno.
Salió al despacho. Estaba desierto. La luz del día lo
iluminaba. Había amanecido ya.
Miró por la ventana. Un comandante inglés, de uniforme,
acompañado de dos capitanes, cruzaba el jardín en dirección a la casa. Todo iba
saliendo de acuerdo con el plan trazado.
CAPÍTULO XV
EL FIN DEL PROFESOR KNOWLES
El profesor acudió a su despacho envuelto en una bata y de
un humor de mil diablos. Le hacía muy poca gracia que le despertaran a
semejante hora.
Al ver que los que le esperaban eran tres oficiales del
Ejército, se quedó asombrado y procuró dominar su ira y hablar con cortesía
-¿A qué obedece tan intempestiva visita,
señores?-preguntó-. No tengo la costumbre de levantarme tan temprano.
-Perdone usted, profesor-contestó el comandante-.
-Obedezco, simplemente, las órdenes que he recibido.
El profesor le miró, boquiabierto.
-Si expone usted el objeto de su visita, comandante,
acabaremos más aprisa y podré volverme a la cama. He estado trabajando hasta
muy tarde y ando falto de descanso.
-Acabaremos todo lo aprisa que usted quiera, profesor.
Vengo a pedirle que me dé ciertos detalles acerca de sus investigaciones.
-¿A estas horas? Mis investigaciones son conocidas del
mundo entero. No hacía falta que se me molestase para eso.
-Hay algunas de las que jamás ha dado cuenta
oficialmente-respondió el comandante, sin inmutarse-. Las que lleva a cabo en
los subterráneos de esta casa, por ejemplo.
-¿Subterráneos?-exclamó el otro-. ¡Usted está loco! ¡En
esta casa no hay subterráneos!
-En tal caso, no tendrá inconveniente en que la registre.
Se llevó un silbato a los labios y, antes de que el
profesor adivinara lo que iba a hacer, lo sopló con fuerza.
-Ninguno-contestó el profesor.
Y, al mirar por la ventana, vio que se acercaba un piquete
de soldados.
-¿Qué significa eso?-preguntó, con voz que temblaba de
ira,
-Que el registro va a ser completo-anunció el comandante..
-¡Esto es un atropello! ¡Va usted a pagarlo muy caro,
amigo! ¡No soy un cualquiera para que se allane mi morada de semejante modo!
Afortunadamente, puedo permitirme el lujo de protestar con la seguridad de que
serán atendidas mis quejas. Yo le hubiera enseñado toda mi casa por
condescendencia y sin obligación alguna, pero no estoy dispuesto a tolerar que
entren aquí soldados y mucho menos con armas.
-Puede protestar todo lo que se le antoje, profesor. He
recibido órdenes concretas y pienso cumplirlas. Esta casa será registrada de
arriba abajo con su permiso o sin él.
-Pues se hará sin él. Y le hago una advertencia,
comandante. Aquí hay aparatos muy delicados y de gran precio que empleo en mis
experimentos. Si alguno de ellos se rompiera, le haré a usted responsable de
ello.
-Acepto la responsabilidad, profesor-contestó el oficial,
haciendo una reverencia.
En aquel momento dieron unos golpes discretos en la
puerta.
-¡Adelante! -ordenó Knowles, con voz colérica.
Entró un criado.
-Señor -anunció: -unos soldados quieren entrar.
-Que pasen aquí inmediatamente-ordenó el comandante, sin
dar tiempo al profesor a que contestara-. Y... vuelva usted con ellos.
Marchó el criado y volvió a los pocos momentos con cinco
soldados. Entretanto, el comandante dijo unas palabras en voz en baja a uno de
los capitanes, que salió en seguida del cuarto. Se le vio cruzar el jardín unos
momentos después.
El comandante se volvió al criado.
-Enséñenos usted la entrada de los subterráneos-ordenó.
-¿A los subterráneos, señor?-exclamó el hombre, dirigiendo
una rápidas mirada al profesor.
-A éstos señores se les ha metido en la cabeza que en esta
casa hay subterráneos, John-se apresuró a explicar Knowles, antes de que,
hablara el oficial-. Conque más vale que llame al jardinero y que cave unos
cuantos para que se vayan satisfechos,
-Así, pues, ¿se niega a ayudarnos?-inquirió el comandante.
-Rotundamente-respondió el profesor-. Este es un atropello
incalificable. No pienso aguantarlo. Presentaré una queja que le va a costar a
usted la carrera por lo menos. Y, desde luego, me niego a darle facilidades de
ninguna clase. Registre la casa por su cuenta. Que le sirva de provecho, lo que
encuentre, pero ¡mucho cuidado con mis instrumentos!
-Bien-dijo, fríamente, el otro:- ya registraremos por
nuestra cuenta. No obstante, usted nos acompañará a todas partes, profesor. Con
razón a sin ella, no pienso perderle a usted de vista.
-En cuanto a usted-agregó, dirigiéndose al criado-, nos
estorba, aquí más que otra cosa, puesto que se niega a ayudarnos. ¡A ver,
muchachos! Encargaos de él dos de vosotros y lleváosle fuera. Cuando le hayáis
entregado, volved a montar guardia, junto a las puertas.
-¡Esto es una vergüenza!-bramó el profesar, con ojos
centelleantes-. ¡No puedo tolerarlo!
-Cálmese, profesor, y saldrá ganando.
Dos soldados se llevaron al criado. Regresó el capitán
acompañado de treinta hombres, que dejó en las puertas de momento.
-Pero, ¿está usted loco?-exclamó Knowles-. ¿Aún trae más
soldados?
-No sé por qué me parece que voy a necesitarlos. ¿Por
dónde empezamos?
-¡Por donde les dé la gana!
-Tal vez sea preferible que les enseñe yo el camino,
comandante-dijo una voz.
Todos miraron hacia el punto de donde había salido y
vieron girar el estante dejando, al descubierto una puerta en la que se hallaba
Manrique.
El capitán miró al profesor, vio que éste palidecía
levemente y se colocó de forma que le quedara cortada a Knowles la retirada.
-¿Quién es usted?-preguntó el comandante, mirando a
Manrique, cuyo aspecto no era nada tranquilizador.
-Un detective que cayó prisionero de este
asesino-contestó, señalando a Knowles-. Esta carta que, por casualidad, no me
quitaron al registrarme, me servirá de identificación.
El comandante tomó la carta y la leyó.
-¿Conoce los subterráneos de esta casa?
-Pienso conducirle a ellos. Primero, sin embargo, voy a
enseñarle otra entrada para que puedan vigilarla los soldados.
El capitán le acompañó con unos soldados. Manrique les
enseñó la entrada y cómo funcionaba. Luego volvió al despacho.
-Se acabó su carrera, Knowles-dijo-. No se haga usted
ilusiones. Conozco todos sus secretos. No espere ayuda de su cuadrilla.
Miró al comandante,
-Durante la noche, todos los prisioneros hemos logrado
libertarnos, conseguir armas y apresar a la mayor parte de los criminales.
Tenemos a toda la tripulación del submarino encerrada y a unos cuantos hombres
más. Calculamos que quedan aún libres unos veinte, algunos de los cuales se
hallan en la central eléctrica que hay en una de las galerías. Supongo que le
advertirían ya que gran parte de los secuaces de este hombre estarían presos
cuando llegara.
-En efecto. Pero ¿cómo sabe usted eso?
-Me lo ha contado el que avisó a las autoridades y nos
libertó a todos.
-¿Dónde está ese hombre?
-Una vez nos hubo ayudado a organizarnos y nos enseñó
dónde estaban los piratas, desapareció. Es un ser de quien todo el mundo habla,
pero que nadie parece conocer, un hombre que tiene declarada la guerra al
crimen.
-¿Qué hombre es ése?
-Yuma. ¿No le ha oído usted nombrar?
-En efecto, pero siempre había creído que lo que de él se
contaba era pura fantasía.
-Todo lo que se cuenta de él es poco. Es mucho más
fantástico aún de lo que se supone, pero... ¿no quieren ustedes seguirme?
-Encárguese de que nos siga también el profesor,
capitán-ordenó el comandante, bajando tras Manrique por la escalera.
Llegaron al taller.
-Estos son algunos de los prisioneros libertados-dijo
Manrique, señalando, a los que estaban allí de guardia.
Luego se acercó a la caja de caudales.
-Aquí están casi todas las joyas robadas, Ya se harán
ustedes cargo de ellas más tarde. De momento, voy a enseñarle lo más importante
que hay aquí y que Knowles ni sospechaba que pudiera conocer nadie.
Tocó el resorte que abría la puerta del despacho secreto.
Knowles nada dijo. Comprendía que estaba perdido. Los ojos le brillaban como
ascuas.
Entraron. X se
acercó a la caja de caudales, la abrió y sacó los libros.
-Aquí encontrará usted la historia completa-dijo-. EL
profesor es un hombre tan meticuloso, que no deja de apuntar detalle en sus
libros. Encontrará en uno de ellos la lista de los prisioneros... hasta, de los
que este hombre ha mandado a la muerte. Hoy mismo, por culpa suya, han perdido
la vida siete.
»Otra de los libros contiene la lista de todos los
secuaces suyos que viven en la casa o en las galerías. Con ella podrá saber si
se ha escapado alguno de la redada... aunque ninguno lo hará en el submarino.
Yuma se encargó de quitarle una pieza a la máquina, por si acaso, aparte de
dejar hombres de guardia.
Knowles pareció perder todo dominio sobre sí, de pronto.
Con el brillo de la locura en los ojos, cubiertos de espuma los labios, soltó
un aullido de furia y se abalanzó sobre Manrique, asiéndole por la garganta,
como si le hiciera a él, responsable de todo lo que estaba sucediendo.
Los tres soldados que corrieron en auxilio del agente de
Yuma tuvieron que luchar un buen rato para poder dominar al profesor, pues la
locura centuplicaba sus fuerzas.
Cuando lo consiguieron, el científico dejó caer la cabeza
sobre el pecho, como si le hubieran abandonado las fuerzas, al hacerlo, dobló
las piernas, como si le fallaran. Su cabeza estuvo durante un instante a la
altura de la mesa, y fue Manrique quien le vio sacar, bruscamente, la lengua.
-¡Cuidado!-gritó-. ¡Ha cogido algo con la lengua! ¡Cójanle
por la garganta para que no pueda tragarla!
Pero ya era tarde. El profesor se irguió.
-Estaba preparado para esta contingencia. He perdido. Yo
solo me juzgo y me ejecuto.
Y cayó hacia delante. El capitán corrió inmediatamente a
él, le tomó el pulso, le examinó... Estaba muerto. Había ingerido un veneno
potente, de acción casi instantánea que tenía sobre la mesa.
Le depositaron con cuidado en el suelo
Había cosas urgentes que hacer y no podían preocuparse de
un cadáver, de momento.
Es innecesario relatar, punto por punto, el registro.
Fueran hallados y apresados los veinte hombres que
faltaban. Gracias a los libros del profesor, no cabía la menor duda de que la
redada había sido completa. Las autoridades militares se hicieron cargo de los
piratas y de las joyas robadas, así como de todos los documentos.
Más tarde, fuerzas de la marina tripularon el sumergible y
lo sacaron de las cavernas siguiendo las instrucciones que recibieron, en una
carta firmada por Yuma.
Gracias al hallazgo de los libros, fue posible juzgar y
condenar a todos los agentes de Knowles que había por el mundo y que habían
sido detenidos simultáneamente, para no dar lugar a que pudiera escapar
ninguno.
La intervención de Yuma había esclarecido un misterio más,
dando más realce a su nombre, porque pronto se supo la parte que él había
desempeñado en el asunto, al contar los tripulantes de los barcos apresados
cómo habían sido libertados.
EPÍLOGO
El señor Simpson estaba sentado en su despacho cuando le
fue anunciada la visita del detective Reming.
-Que pase inmediatamente-ordenó.
Cuando entró el detective, le suplicó que tomase asiento.
-Ya he leído en los periódicos-dijo-, que han sido
apresados los piratas y recuperadas gran parte de las joyas. También sé que se
sabe quiénes compraron las que faltan y que, por lo tanto, sus dueños pueden
tener la esperanza de recuperarlas también, aunque hayan sido transformadas y,
por consiguiente, no valgan la que antes. La verdad es, señor Reming, que no
esperaba volverle a ver. Está visto que estaba yo destinado a ser la única
víctima de los piratas, pues, según me dicen, las piedras del señor Parkham son
las únicas cuyo paradero se ignora por completo.
Reming sonrió.
Usted podrá decir a las autoridades y a la Prensa, señor
Simpson, que los diamantes en cuestión no se han perdido, sino que se hallan en
manos de sus legítimos dueños.
Una expresión de incredulidad apareció en el rostro del
director de la Compañía de Seguros.
-Pero... pero...-empezó a decir.
-Le advertí a usted, cuando tuvo a bien encargarme del
asunto-prosiguió el detective-, que, hasta la fecha, jamás había tenido un
fracaso en mi profesión. Pues bien... sigo sin tenerlo.
Y, sacando un paquete del bolsillo, lo puso sobre la mesa.
Sin poder dar crédito a sus ojos, Simpson examinó el envoltorio. Le iba
dirigido a él y llevaba el sello de la policía brasileña,
Quitó el papel con mano temblorosa, abrió la caja y
contempló las piedras. Luego abrió un cajón de la mesa, sacó una lista, y
comprobó el número de diamantes que debía haber. Estaban justos. Emocionado, se
puso en pie y asió las dos manos del detective, estrechándolas con fuerza.
-Le felicito, señor Reming-dijo-, y me felicito de haber
escuchado a quien me recomendó que hiciera caso de sus servicios.
-Gracias-respondió Reming, con modestia:- ha sido un
asunto relativamente fácil.
Se levantó.
-Bien, señor Simpson, me alegro mucho de haberle conocido.
Tengo mucho que hacer y no puedo entretenerme más tiempo. Ya he cumplido mi
cometido.
-Un momento, amigo mío-exclamó Simpson-. Aún falta, lo más
interesante. Ha de presentarme la cuenta de gastos y decirme cuáles son sus
honorarios. Se los tiene usted bien ganados.
Reming, que ya estaba cerca de la puerta, se volvió, con
una mano en el tirador.
-Señor Simpson, recordará que le dije que yo aceptaba
estos asuntos simplemente por la aventura. Le aseguré que poseía una fortuna
bastante grande. No me interesan los honorarios.
-!Eso es absurdo!-exclamó el otro-. ¿Y los gastos que ha
hecho usted?
-Los pago, gustoso, de mi bolsillo. Pero, para evitar
discusiones, voy a proponerle una cosa, yo no quiero cobrar eso, por
descontado. Decida usted, no obstante, la cantidad que hubiese estado dispuesto
a pagar por ahorrar a su Compañía esas pérdida y, en lugar de dármela a mí,
regálesela al instituto benéfico que usted crea pueda hacer mejor empleo de ese
dinero.
-Bien, haré lo que usted me pide. No es justo, sin
embargo, que la Compañía que presido yo, personalmente, figuremos como
donantes. ¿En nombre de quién he de hacer el donativo? ¿En el suyo, por
ejemplo?
-Si es preciso que dé algún nombre y no quiere dar el
suyo, dé por ejemplo...
-¿Cuál?
- El de Yuma - respondió Reming, con una sonrisa.
Y, antes de que Simpson hubiera salido de su asombro,
cerró la puerta tras si y abandonó el edificio.
FIN
Publicado por: Editorial Molino, diciembre de 1943


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