© Libro N° 4007. El Hombre Luminoso. Molinero, Rafael. Colección E.O. Julio 22 de
2017.
Título
original: © El Hombre Luminoso. Rafael
Molinero
Versión Original: © El Hombre Luminoso. Rafael
Molinero
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Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL HOMBRE LUMINOSO
Rafael Molinero
Yuma es la versión hispánica de La Sombra
La verdadera identidad de Yuma era Ramón Trévelez, un
español evidentemente millonario, de origen americano. Trévelez ha construido
en Barcelona el Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas, para
patrocinar por amor a la ciencia, toda clase de experimentos.
Pero, en realidad, el Instituto, ubicado en el monte
Tibidabo es, además, la tapadera del cuartel general de Yuma, alter-ego de
Trévelez, poseedor de una capa con capucha capaz de volver invisible a quien se
la ponga, amen de todo tipo de gadgets cientificos que desarrolla en los
portentosos laboratorios que alberga su morada.
El hombre luminoso
PRÓLOGO
CAPÍTULO PRIMERO
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO Y
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
CAPÍTULO XVI
El hombre luminoso
Rafael Molinero
(Guillermo López Hipkiss)
Yuma/1
PRÓLOGO
—LA investigación criminal —aseguró Manrique, arrellanándose
más cómodamente en su asiento y saboreando el exquisito vinillo de Jerez que
acababan de servirle—, ofrece un extensísimo campo a todo aquel que siente sed
de emociones.
—No cabe la menor duda de que difícilmente podrán
superarse las que experimenta un detective-asintió Santos.
—Para mí-intervino Garvez —, el seguir una pista, el
reconstruir hechos basándose en indicios que, al parecer, carecen de
importancia, ejerce un atractivo irresistible.
—Hay algo que me resulta a mí más atractivo aún —observó
Trévelez:— la parte psicológica del asunto. He tenido la ocurrencia de hacer un
estudio detallado del criminal y sus métodos y he llegado a dos conclusiones:
primera, que, por muy listo que sea un criminal, siempre comete algún error que
le pierda; segunda, que, en determinadas circunstancias, el criminal es
susceptible de redimirse.
—¡Hum! —exclamó Marcos—. Permítame que lo ponga en duda.
Genio y figura, hasta la sepultura. Y hasta me atrevo a agregar el sabido y
sobado proverbio que me enseñaron en verso cuando niño: «Quien un mal hábito
adquiere, esclavo de él vive y muere.»
—Reconozco que esos adagios encierran mucha
verdad-contestó Trévelez; —pero ando muy lejos de creerlos axiomáticos. Tanto
es así, que tentado estuve más de una vez de poner mi teoría a prueba.
Los que hablaban se hallaban reunidos en una salita,
cómodamente amueblada, del hotelito que Garvez poseía en el aristocrático
barrio barcelonés de la Bonanova.
Manrique tendría unos veintiséis o veintisiete años,
estatura regular, cabello castaño, rostro risueño y se hubiera destacado muy
poco por su aspecto entre otros jóvenes de su edad. Poseía una cuantiosa
fortuna heredada de sus padres y se aburría soberanamente. El gastar dinero,
acudir a reuniones de sociedad, frecuentar salas de espectáculos y cuantas
otras cosas hubieran hecho la delicia de un joven de sus años le dejaban a él
completamente frío. Sentía una nostalgia enorme; pero, si le hubieran preguntado
qué era lo que anhelaba, no hubiese sabido responder á la pregunta. Los amigos
le consideraban un inadaptado, así lo decían, y no se rompían la cabeza
intentando profundizar más en el asunto.
Santos, dos o tres años más viejo que él, había llegado a
hacerse muy amigo suyo por la similaridad de su carácter: Tendría la misma
estatura que el otro, era moreno, ni delgado ni grueso, nariz bastante larga y
cara solemne a la que rara vez iluminaba una sonrisa.
El rostro de Garvez era de acusadas facciones, ojos grises
muy vivos que parecían incapaces de fijar la mirada un instante; pero que
sorprendían a veces inmovilizándose. En tales momentos adquirían un brillo
extraño, como el del hielo, y, como si de hielo fuera, daban frío a aquel en
quien se clavaban. La cuadrada mandíbula expresaba determinación, testarudez
incluso le clareaban los cabellos, cubriéndole escasamente la parte superior de
la cabeza. Andaba más cerca de los cuarenta que de los treinta y su voz era
enérgica, pero agradable.
Marcos, con su metro ochenta de estatura, patilargo,
delgado hasta el punto de parecer cadavérico, gozaba de saneadas rentas que no
bastaban para hacerle feliz. Aun cuando sus movimientos eran más bien lentos,
ocultaba, bajo su aparente torpeza, un caudal inagotable de energías y unos
vivísimos deseos de darle salida luchando, corriendo aventuras, haciendo lo que
fuera. Quien, viéndole tan parado creyera poder insultarle con impunidad,
descubría, con gran sorpresa suya, que el supuesto perezoso se convertía en un
verdadero remolino humano. No pasaría de los veintiséis años; pero su estatura
le hacía parecer más viejo a primera vista.
El que más llamaba la atención de todo el grupo, sin
embargo, era Trévelez. Hubiera sido difícil calcular su edad con exactitud. Era
uno de esos hombres que lo mismo pueden tener treinta que cuarenta años y que
nunca parecen envejecer. Negra como ala de cuervo la cabellera, seco el rostro,
tostado el cutis, aguileña la nariz, sus facciones formaban un conjunto exótico
acentuado por el rescoldo que, dormitando en el fondo de sus pupilas,
convertíase en llama a voluntad. El rostro carecía, normalmente, de expresión.
Parecía tallado en piedra y recordaba el de ciertas esculturas de la patria de
sus antepasados, pues Trévelez era de ascendencia americana aunque nacido en
España.
Siendo mayor su estatura a la de Marcos, se notaba menos,
por lo bien proporcionado que era su cuerpo. El traje que llevaba era incapaz
de disimular la anchura de sus hombros y se adivinaba bajo el tejido una
musculatura recia, poco corriente en las hombres que, como él, se habían
consagrado a la ciencia.
Miembro de numerosas academias y sociedades científicas
del viejo y nuevo Continente, gozaba de bien merecida fama por sus
descubrimientos en física, química y electro-química, por su inventiva; por su
privilegiada inteligencia.
Regentaba en Barcelona el Instituto de Inventores e
Investigaciones Científicas y era de observar que, mientras él tuteaba a todos
sus compañeros-menos a Garvez-ellos le trataban siempre de usted.
El padre de Manrique, íntimo amigo suyo, le había pedido,
en su lecho de muerte, que velara por su hijo; Y conocía a Marcos y a Santos
desde haría años. Esto le daba derecho a tratarles de tú; pero los jóvenes
siempre habían sentido por él demasiado respeto —y admiración para que se
permitieran tutearle a su vez.
Se sentían todos unidos por lazos de simpatía que las
reuniones periódicas en casa de uno u otro de ellos iban haciendo aún más
fuertes.
Aquel día le había tocado a Garvez hacer de anfitrión y,
al discutirse un crimen cometido por entonces, la conversación había ido
derivando, insensiblemente, hacia el tópico de la investigación en general.
—Es posible-dijo Marcos, pensativo —, que algunos se
redimieran, pero... ¡serían tan pocos!...
—¿A qué achacas tú las tendencias criminales de algunos
individuos? —inquirió Trévelez.
—¡Pueden obedecer a tantos motivos!... Pero opino que, en
la mayoría de los casos, se deben al ambiente en que el individuo se ha
criado... a las malas compañías...
—Si aciertas en tu suposición, si los instintos criminales
no son congénitos, hay un procedimiento para eliminarlos hacer que el hombre
olvide su vida pasada y volverle a educar.
—No quiero discutir la eficacia semejante
procedimiento-intervino Manrique; —pero...
—Veo que no os he convencido-sonrió Trévelez —, y creo que
perdería el tiempo si insistiese en hacerlo con simples argumentos. No pienso
intentarlo, sin embargo; prefiero demostrároslo con hechos concretos.
—¿Cómo ha dicho? —exclamó Santos, alzando la cabeza.
—Con hechos concretos. Vamos a ver, Manrique: o mucho me
equivoco, o cada día estás más hastiado de tu existencia. Tú lo que necesitas
es algo que te saque de tu apatía, un fin en la vida, una ambición, una meta...
—Algo hay de eso-reconoció Manrique.
—¿Quieres que adivine lo que tú estás anhelando?
—Si es usted capaz de diagnosticar mis sentimientos, le
agradeceré que lo haga. Confieso que apenas consigo analizarlos yo mismo. ¿Qué
es lo que yo anhelo en su opinión?
—Emociones, Manrique, emociones... Eso te daría nueva
vida.
—Hay veces que opino yo lo mismo; pero, ¿dónde he de
encontrar esas emociones que usted me receta?
—¿Y si yo te propusiera el medio de conseguirlas?
Animóse la mirada de Manrique. Apareció en su semblante la
expresión nostálgica que, poco a poco, amenazaba con convertirse en su
principal característica.
—Consideraría que me había dado usted una nueva prueba de
su estima.
Sonrió, levemente, Trévelez; paseó la mirada a su
alrededor, posándola por turnos en Marcos, Santos y Garvez. Dijo:
—¿Me equivoco al creer que sentís vosotros la misma
comezón que Manrique?
—No tal-se apresuró a contestar Santos; —para mí las
emociones son la esencia de la vida.
—El amigo Santos ha expresado con una exactitud pasmosa
mis sentimientos-aseguró Mareos.
—Confieso que yo no estoy del todo de acuerdo con los
jóvenes-dijo Garvez —. Mi interés en esas cosas, como el de usted, es puramente
psicológico. Aparte de ello, mi estado de salud no es tan bueno que me permita
correr aventuras con la impunidad que la envidiable salud de ustedes les
asegura.
—¿Qué era lo que usted pensaba, señor Trévelez? —inquirió
Manrique, con avidez.
El interpelado guardó silencio unos instantes, como
reflexionando. Luego dijo:
—A todos nosotros nos ha sonreído la fortuna. Contamos con
medios suficientes para vivir holgadamente y hasta permitirnos algún derroche.
Ello implica que nuestro tiempo es nuestro, que podemos disponer de él a
nuestro antojo...
Todos estaban pendientes de sus labios. Ninguno habló,
limitándose cada uno de ellos a asentir con un movimiento de cabeza.
—La discusión de esta noche-prosiguió Trévelez —, nos ha
permitido determinar cuáles son nuestras aficiones y qué camino seguiríamos con
gusto. No todos buscamos lo mismo; pero todos creemos poder encontrar lo que
buscamos en la misma cosa: en la investigación que pudiéramos llamar policíaca
aunque tal vez no sea ése el mejor nombre con que describirla. ¿No es cierto?
Nuevo gesto de asentimiento por parte de sus oyentes.
—Si yo decidiera-dijo Trévelez, lentamente —, dedicarme a
esa clase de investigaciones con el único fin de poner a prueba mi teoría,
¿podría contar con la colaboración de todos vosotros?
—Incondicionalmente —respondió Manrique, sin vacilar.
Y los demás expresaron idénticos sentimientos.
—Una organización del género que contemplo precisa un
jefe...
—¿Quién mejor qué usted para ocupar ese puesto?
—interrumpió Garvez.
—¿Estáis dispuestos a obedecer mis órdenes en todo momento
para que nuestras investigaciones se vean coronadas por el éxito? —inquirió
Trévelez.
—Al pie de la letra-contestó Santos.
—Tenemos suficiente confianza en usted para hacerlo sin
vacilar un solo momento-aseguró Manrique.
—Estoy completamente dispuesto —afirmó Marcos.
—Sea, pues. Desde este momento nuestra organización será
un hecho. Usted, Garvez, será mi lugarteniente, el encargado de recibir y
transmitir mis órdenes. Puesto que no puede tomar parte tan activa como usted
quisiese en nuestras investigaciones, se mantendrá en contacto continuo conmigo
por mediación de un teléfono directo que haré instalar inmediatamente. Haré uso
de ciertos inventos míos para facilitar nuestra labor y cada uno de mis
colaboradores tendrá una contraseña para darse a conocer sin necesidad de
emplear su nombre. No seremos solos. Tengo otros amigos aquí y en el extranjero
que aportarán gustosos, su colaboración. Mañana mismo volveremos a reunirnos
para ultimar los detalles. Quiero, al propio tiempo, dar a todos un relojillo,
invento mío, que os permitirá poneros en contacto conmigo en cualquier momento.
¡Garvez! ¡Saque una botella de champaña!
Una vez llenas las copas del efervescente líquido,
Trévelez se puso en pie.
—Señores-dijo —, un brindis. ¡Que nuestra colaboración sea
larga y fructífera!
Así nació la Voz Misteriosa, aquella Voz terrible y
fantástica que habían de aprender a temer todos los malhechores.
La Voz Misteriosa sonaba en el espacio sin que su
procedencia fuera visible y cuando alguna vez, por excepción, aparecía flotando
en el aire Yuma —la cabeza de cuyos labios salía la Voz temible-su espantoso
aspecto hacía estremecerse al criminal más empedernido.
¿Qué era la Voz? La indicación única de la presencia de
Trévelez que, valiéndose de la maravillosa capa por él inventada, se hacía
invisible a voluntad.
Negra por un lado, la capa refractaba los rayos luminosos
por el otro, sin reflejarlos, por lo que todo lo que bajo ella se hallara
desaparecía de vista. Bastaba que volviese la capa del revés o del derecho para
hacerse visible o desaparecer como humo disipado por el viento.
Muchos otros hombres de dinero ofrecieron su cooperación y
hasta hubo quien suplicó que se le permitiera compartir la vida de aventuras de
Yuma y sus agentes.
El nombre de Yuma, rostro horrible de cadavérica palidez y
centelleantes ojos, se hizo famoso en el mundo entero por el espanto que
provocaba entre la gente del hampa a la que tan inexorablemente perseguía.
Quiso la suerte que el diario secreto de Trévelez cayera
en nuestras manos y de él extractamos las aventuras que iremos presentando a
nuestros lectores.
¡He aquí la primera!
La Voz suena. Los aires vibran. La aventura empieza.
CAPÍTULO PRIMERO
PRISIONERO
EL partido había terminado.
El hombre se quedó unos momentos indeciso junto a la
entrada del campo de cricket en la calle Dreadnought, mirando por turnos hacía
Blackwall Lane y la Avenida del Túnel.
Empezaba a anochecer. Un autobús pasó por la avenida en
dirección al túnel de Blackwall, que pasa por debajo del Támesis hasta la
llamada Isla de Perros, en cuya extremidad superior se encuentran los muelles
de las Indias.
Durante unos momentos pareció como si fuera a decidirse
por la avenida, pero cambió de parecer. Sentía ganas de contemplar un rato las
turbias aguas del río por donde fuera menor el movimiento.
Torció a la izquierda por Blackwall Lane, luego a la
izquierda otra vez hasta encontrarse por la parte de atrás del campo de
cricket. Al llegar a la primera y única calle que hay a la derecha, llamada
River Way, o sea Camino del Río, se internó por ella, bordeando las marismas de
Greenwich hasta llegar a la central eléctrica que hay al final.
Enfrente de él, al otro lado del río, empezaban a
encenderse las luces en Silvertown. Algunas barcas se deslizaban por el agua
con las luces de situación encendidas.
Torció a la derecha por las marismas y caminó despacio,
contemplando las embarcaciones sin gran interés. De pronto vio que un
vaporcito, con la pintura del costado bastante descascarillada, empezaba a
perder velocidad.
Tal vez no se hubiera dado cuenta de ello siquiera de no
haber sido porque vio que los barcos que el vaporcito había ido dejando atrás
durante los últimos momentos iban alcanzándole de nuevo.
Miró con curiosidad, preguntándose por qué pararía el
barco en aquel sitio precisamente y en el centro del río por añadidura. Se
observaba bastante movimiento a bordo, aunque las sombras, que se iban haciendo
más intensas, no permitían distinguir qué ocurría.
Ya iba a proseguir el desconocido su camino, cuando los
marineros izaron algo a la borda y lo dejaron caer al agua. La corriente lo
cogió enseguida, empujándolo, precisamente, hacía las marismas. Sin poder
dominar su curiosidad, el hombre calculó, aproximadamente, dónde iría a
encallar el objeto aquel y se dirigió al lugar, decidido a averiguar de qué se
trataba.
No habría dado más de cuatro pasos en dicha dirección,
cuando sonaron varias chapuzones seguidos y otros tantos bultos sospechosos
flotaron tras el que primero había caído. Seguro ya de que aquí se ocultaba
algún misterio, el hombre apretó el paso. Antes de llegar al punto en qué un
ramal del ferrocarril desemboca a la altura del muelle de Christie, vio que uno
de los bultos tocaba tierra a pocos pasos de él.
Se paró asombrado. Estaba lo bastante cerca para reconocer
de qué se trataba. Era el cadáver de una oveja. Un instante después, otra oveja
muerta encallaba a pocos metros de la primera.
¿Qué significaría aquello? ¿Por qué habrían escogido aquel
sitio para tirar los cadáveres cuando podían haberlo hecho en alta mar?
¿Llevaría aquel barco un cargamento de ovejas y habría tirado aquéllas al agua
porque se habían muerto por el camino? Pero... el vaporcito no tenía aspecto de
barco ganadero. No parecía reunir condiciones para transportar animales vivos.
Cuanto más pensaba el desconocido, más misterioso le
resultaba todo aquello y mayor era su curiosidad por examinar los cadáveres de
cerca.
Se aproximó, presuroso, al primero. Era ya noche cerrada y
aún no había salido la luna. Resultaba imposible distinguir otra cosa salvo que
se trataba de una oveja.
Sacó una lámpara de bolsillo, la encendió y dirigió la luz
hacia el animal.
A primera vista no se le veía al cadáver nada de anormal.
Asió una pata y tiró de él basta sacarlo del agua del todo. Se inclinó luego y
lo examinó con más detención, haciendo un descubrimiento que le hizo soltar una
exclamación de sorpresa.
—¡Qué torpe soy! —murmuró—. ¿Cómo no se me habrá ocurrido
eso antes?
De pronto tuvo el presentimiento de que un peligro muy
grande le amenazaba. Apagó la lámpara e intentó volverse.
Era tarde, sin embargo. Antes de que hubiera podido
erguirse siquiera, sintió como si le hubiera caído sobre la nuca un terrible
peso; el suelo pareció subir a su encuentro; las tinieblas le envolvieron. El
desconocido había perdido el conocimiento.
CAPÍTULO II
EL AGENTE B NO CONTESTA
YUMA acababa de colgar el auricular del teléfono instalado
en el despacho secreto del Instituto de Inventores e Investigaciones
Científicas cuando sintió una leve presión sobre la muñeca.
Se disponía a contestar a la llamada oprimiendo la corona
del reloj de pulsera en cuyo estuche, como ya saben nuestros lectores, se
ocultaba un aparato minúsculo, transmisor y receptor de radio que deletreaba
los mensajes en morse mediante ligeras presiones hechas por una palanqueta
contra la muñeca del que lo llevaba puesto, cuando se repitió la presión.
Luego, con gran sorpresa del director del Instituto, la
palanca le apretó la muñeca y permaneció así un buen rato, para después
repiquetear precipitadamente con el mismo ritmo que el redoble de un tambor.
Al cabo de unos momentos de moverse sin orden ni
concierto, el aparato dejó de funcionar. Sin comprender lo que aquello
significaba, pero figurándose que nada bueno auguraría, Yuma descolgó uno de
los dos teléfonos que tenía sobre la mesa.
—Garvez-dijo, inmediatamente, una voz.
—Informe-ordenó Yuma.
—Sin novedad.
—¿Sabe usted dónde están todos los agentes?
—Sí.
—¿No tiene la menor idea de sí alguno de ellos esperaba o
temía encontrarse en peligro?
—No, señor.
—La palanquita de mi reloj ha estado moviéndose, hace unos
instantes, sin orden ni concierto. No he conseguido sacar nada en limpio.
Póngase en contacto con todos los agentes. Averigüe si alguno de ellos me ha
hecho últimamente alguna señal. Notifíqueme enseguida el resultado de su
investigación.
—Entendido.
—Temo que uno de los agentes no conteste. Algo debe
haberle sucedido a alguno. Averigüe cuál es. Nada más. Espero.
—Es cuestión de pocos minutos-contestó la voz.
Y se cortó la comunicación.
Yuma colgó el aparato y se acercó a la pared. Oprimió una
moldura y una sección de entrepaño giró sobre un eje oculto. Se introdujo por
la abertura y cerró la pared tras él. Se hallaba en un pasillo corto, sin
salida al parecer; pero, al tocar un resorte, la pared de enfrente giró como lo
había hecho la otra.
Salió por aquella puerta a su despacho oficial del
Instituto. Empujó la estantería que ocultaba la puerta secreta y la cerró. A
continuación descolgó el aparato de telefonía interior que había sobre la mesa
del lujoso despacho y llamó al conserje.
—¿Juan?
—¿Señor?
—Que no se me moleste hasta nueva orden. Si viene alguien
a verme, que aguarde a que yo avise o que vuelva otro rato. ¿Comprende?
—Sí, señor.
—Nada más.
Después de haber dado esta orden, el director del
Instituto volvió al despacho secreto y, sentándose a la mesa, se puso a
esperar. Transcurrió una hora completa antes de que sonara un zumbido sordo.
Yuma descolgó uno de los aparatos.
—Garvez —dijo una voz.
—Informe.
—Todos los agentes, menos uno, contestan y se hallan en
sus respectivos puestos.
¿Cuál es el que no contesta?
—X.
¿Ha probado usted todos los medios?
—Sí.
—¿Dónde estaba?
—Se disponía a volver a España después de cumplir una
misión. Estaba en Londres.
—¿Cuándo se recibieron las últimas noticias suyas?
—Esta mañana. Dijo que esperaba salir mañana para
Barcelona.
—¿Se ha puesto usted en contacto con el jefe de los
agentes de Inglaterra?
—Sí, señor. Nada sabía. Esperé a que se pusiera en contacto
con todos los demás agentes. Parece ser que B. estuvo hablando con X. esta
tarde a primera hora. B. era el que había usted nombrado ayudante de X. para la
misión que le fue confiada. Dice que X. salió con la intención de ver un
partido de cricket. No ha vuelto a saber de él desde entonces.
—¿Sabe B. adónde se jugaba ese partido?
—No lo he preguntado aún. Si no lo sabe, no creo que sea
difícil averiguarlo.
—Bien. Atienda. Instrucciones.
—Escucho.
—Ordene a B. que procure dar con el paradero de X. Lo
primero que ha de hacer es dirigirse al campo de cricket en que se jugara el
partido. Si no sabe cuál es, que lo averigüe. Que empiece a investigar desde
ese punto. El encargo parece un poco difícil; pero tal vez no lo sea tanto.
Todo depende del punto de Londres en que desapareciera y la compañía en que se
hallara. Sea como fuere, es lo único que podemos hacer de momento. Aún es
temprano. B. puede ponerse a trabajar ahora mismo. Cuanto antes busquemos la
pista, mejor. No hay que dar tiempo a que se enfríe. Avísele. Ordénele que no
dé un paso sin notificárnoslo. En cuanto se mueva, que diga dónde va. De esa
manera, si le sucediera algo siempre será más fácil encontrarle. Que comunique
inmediatamente el nombre del campo de cricket y dónde se encuentra. Cuando
llegue a dicho campo, debe avisarnos que ha llegado. Si descubre rastro alguno
de X. allí, que lo avise enseguida. Si desde allí se dirige a alguna otra
parte, debe decirlo y anunciar también su llegada a dicho lugar. ¿Comprende?
—Sí, señor. ¿Algo más?
—De momento, no. Sería perder tiempo precioso entretenerse
ahora. Avíseme en cuanto B. haya salido en busca de X. Entonces le daré más
instrucciones.
—Entendido.
Yuma colgó el aparato y, mientras esperaba a que Garvez
volviera a llamarle, sacó de un estante una guía de Londres y la puso sobre la
mesa.
No tardó en volver a llamar el jefe de sus agentes.
—B. ha salido ahora mismo para el campo de cricket
—anunció—. Se trata del campo de la calle de Dreadnought, en Greenwich. Avisará
en cuanto llegue.
—Bien; aguardemos noticias de B. Si él lograra encontrar
la pista obraremos en consecuencia. En caso contrario, avisará usted al agente
H. y le dará las instrucciones que voy a darle.
—Escucho.
—Ha de averiguar qué policías estaban de guardia esta
tarde en el campo, de cricket y sus alrededores y enterarse de si alguno de
ellos vio a un hombre que correspondiera a la descripción de X. Si logra
averiguar algo, que lo comunique y recibirá nuevas instrucciones. Nada más.
—Un momento. Llegan noticias.
—Aguardo.
Hubo unos minutos de silencio. Luego volvió a sonar la voz
de Garvez:
—B. ha llegado al campo. Ha tenido la suerte de encontrar
al policía que estaba de guardia cerca de allí. Le acaban de relevar y se
marchaba. Un hombre cuya descripción corresponde a la de X. salió del campo de
cricket y estuvo un rato parado, como sin saber qué camino tomar. Por fin
torció a la izquierda, por Blackwall Lane.
Mientras hablaba Garvez, Yuma buscaba en el mapa el barrio
de Greenwich.
—Dígale a B. —ordenó, cuando el jefe de los agentes hubo
acabado de hablar—, que tire por River Way a ver si descubre algo nuevo. Si X.
se metió por Blackwall Lane sólo puede haber seguido por esa calle, porque no
hay otra, a menos que quisiera salir a la Avenida del Túnel, cosa muy poco
probable, porque para eso no tenía necesidad de dar tanto rodeo. Transmita mis
órdenes. No me moveré ya del aparato. Vaya dándome las noticias a medida que
las reciba.
Al cabo de un rato, Garvez anunció que B., al llegar al
final de River Way, había encontrado junto al río a uno de los obreros de la
central eléctrica que había allí cerca. El obrero aseguraba haber visto a un
hombre torcer a la derecha por las marismas en dirección al muelle de Christie.
Hubo otro intervalo durante el cual Yuma estudió el plano
de Londres, tratando de adivinar que podía haber sido de su agente. No se quitó
el auricular del oído ni un instante.
—B. ha descubierto una cabaña próxima al ramal del
ferrocarril. Hay luz dentro. Se nota bastante movimiento por la parte de atrás.
Le inspira sospechas. Vigila.
Silencio. Luego:
—Dice que van entrando hombres con ovejas muertas. Les
abren el vientre.
Nuevo intervalo, tan largo esta vez, que Yuma sacudió el
gancho del teléfono.
—¿Garvez? ¿Qué sucede?
—No lo sé. Todos mis esfuerzos por comunicar resultan
vanos. El agente B. no contesta.
CAPÍTULO III
LA LUCHA EN LAS MARISMAS
EL agente B., siguiendo las instrucciones recibidas, había
bajado por River. Way y, después de haber hablado con el obrero, torcido a la
derecha por las marismas.
La oscuridad era profunda. Muy pocas luces brillaban por
aquel lado del río y tenía que caminar con cautela. Como no sabía qué peligros
podían amenazarle, no se atrevía a hacer uso de la lámpara de bolsillo.
Figurándose que X, habría avanzado por la orilla, ateníase a ésta, esperando
tropezarse de un momento a otro con el cadáver de X., porque una desaparición a
semejantes horas en lugar tan solitario era de bastante mal agüero.
Allá, a lo lejos, una luz roja señalaba la vía del
ferrocarril cerca del muelle de Christie.
Había recorrido casi toda la distancia que le separaba de
la misma, cuando vio un poco apartada de la playa, una lucecilla. Echó a andar
hacia ella, decidido a investigar de dónde procedía, y no tardó en distinguir
los contornos de una casita por una de cuyas ventanas se escapaba la luz que
había visto.
Al mismo tiempo se dio cuenta de que unas sombras negras
entraban por la puerta cargadas con algo voluminoso. Se acercó con cautela
amparado por la oscuridad, se acurrucó junto a la ventana y fue alzando
lentamente la cabeza hasta poder examinar el interior.
Era una habitación grande, completamente desamueblada. En
el centro había apiladas unas cuantas ovejas muertas y observó que entraban
varios hombres con una oveja cada uno y que las iban dejando encima de las
otras.
Intrigado, contempló la escena con curiosidad. Dos de los
hombres se habían inclinado sobre el montón de cadáveres, rasgándoles el
vientre y sacando de ellos unos paquetes muy bien envueltos en un tejido que
parecía impermeable.
Estos paquetes los iban depositando a un lado, pero, como
no fue abierto ninguno de ellos, le fue imposible adivinar cuál sería su
contenido.
No bien hubo comunicado a Garvez con ayuda del reloj de
pulsera lo que había descubierto, los hombres empezaron a recoger los paquetes
y sacarlos por otra puerta.
Tan enfrascado estaba B. en su contemplación, que no se
dio cuenta de que había salido la luna. En unos momentos, la oscuridad se había
disipado por completo. La luna era llena e iluminaba las marismas casi como si
fuera de día.
Ni él mismo hubiera sabido explicar por qué volvió la
cabeza de pronto. Lo cierto es que la volvió, encontrándose completamente
iluminado y viendo que uno de los hombres que había salido de la casa corría
hacia él silenciosamente esperando, sin duda, pillarle desprevenido.
Al verse descubierto, miró a su alrededor. No había lugar
alguno donde ocultarse. Si intentaba huir, no les costaría el menor trabajo
alcanzarle con un balazo. No obstante, tal vez se hubiera decidido a intentarlo
de no haber sido porque el hombre, viendo que había sido observada su presencia
y que, por lo tanto, era innecesario ya guardar silencio, dio un grito de
alarma que hizo salir corriendo a sus compañeros.
Ninguno de ellos intentó disparar, sin embargo. No
parecían tener deseos de hacer ruido. Esto envalentonó un tanto a B. que, no
teniendo por qué guardar silencio, sacó su pistola dispuesto a abrirse paso.
Pero no llegó a apretar el gatillo. Había cometido la
imprudencia de seguir al lado de la ventana y uno de los hombres, que se había
quedado dentro de la casa, asomó de pronto por ella y, de un brusco tirón, le
dejó desarmado.
Inmediatamente convergieron hombres sobre B. por todos los
lados. Sin duda estaban seguros de poderle dominar por pura superioridad
numérica, porque ninguno de ellos sacó a relucir arma alguna.
B., que al quedarse desarmado había retrocedido fuera del
alcance de la ventana, alzó las manos, dispuesto a defenderse a puñetazo
limpio. El primero que cayó sobre él recibió tal golpe en la mandíbula, que
rodó por el suelo completamente aturdido. Esto hizo que los otros se acercaran
con más cuidado y, al propio tiempo, sirvió para que B., animándose,
arremetiera contra ellos repartiendo puñetazos a diestro y siniestro sin
miramientos.
Eran seis sus enemigos; pero tres de ellos estaban
demasiado aturdidos para que pudieran ser considerados como serios
contrincantes de momento. B. dio un formidable salto y echó a correr en
dirección al río, aprovechando la confusión del momento. Su intención era
tirarse al agua y escapar a nado como medio más seguro.
Los hombres le siguieron, mascullando blasfemias. Por
desgracia para el colaborador de Yuma, el jaleo había atraído a otros dos
hombres que se hallaban detrás de la casa. Estos le cortaron la retirada y, mientras
luchaba con ellos, llegaron los otros y se le echaron encima por detrás,
derribándole.
B., sin embargo, no se dio todavía por vencido. Usando
pies y manos se defendió como gato panza arriba, dando puntapiés y puñetazos
donde podía. Antes de que los hombres hubieran podido reducirle a la
impotencia, había saltado dos dientes a uno de ellos, hinchado la nariz de otro
mientras que un tercero gemía, doblado, con las manos en el vientre, donde B.
le había alcanzado con una rodilla.
Una vez atado de pies y manos e introducida una mordaza en
su boca, el colaborador de Yuma fue conducido al interior de la casa, donde los
hombres se enjuagaron la cara y procuraron hacer desaparecer en lo posible
todas las señales de la refriega.
—Yo no sé por qué le hemos guardado tantas
consideraciones-dijo uno de ellos, acariciándose la dolorida barbilla —. Con un
cuchillo hubiéramos dado cuenta de él enseguida. El río está bien a mano y la
corriente le hubiese arrastrado mucho más abajo.
—De sobra sabes las órdenes que tenemos-contestó uno que
parecía ejercer cierta autoridad sobre sus compañeros —. El jefe nos ha
prohibido terminantemente matar, mientras sea humanamente posible evitarlo.
Quiere que todo el que nos estorbe sea hecho prisionero.
—Pues no se quejará por el trabajo de esta noche-aseguró
un tercero —. Hemos pillado a dos entrometidos. Pero, ¿por qué quiere que
hagamos prisioneros, cuando es mucho más fácil liquidarlos... y menos
comprometido por añadidura? Si alguno de ellos llegara a escaparse, se nos
estropearía la combinación aquí. Tendríamos que buscar otros procedimientos.
—No sé por que quiere que hagamos prisioneros; pero estoy
seguro de que tendrá muy buenas razones para ello. Además, lo manda él y basta.
No creo que hayas olvidado lo que les pasa a cuantos le desobedecen. Y no
parece poderse hacer nada sin que él se entere.
—Y, ¿qué les pasa a los que le desobedecen? —preguntó uno,
con curiosidad—. Porque hasta la fecha no me he enterado. Sólo sé que
desaparecen misteriosamente; pero nunca he oído decir que haya sido encontrado
su cadáver en parte alguna.
Evidentemente, el que mandaba no podía o no quería
responder a la pregunta, porque se limitó a encogerse de hombros y cambiar de
conversación.
—Estamos perdiendo el tiempo-dijo —. Es mucho mejor que
nos vayamos con todo esto. No sabemos si los hombres a quienes hemos capturado
esta noche tienen amigos que saben dónde han venido.
De pronto, uno que había estado asegurándose de que B.
estaba bien atado, soltó una exclamación.
—¡Los dos hombres que hemos capturado esta noche deben
conocerse o ser de la misma cuadrilla! —dijo.
El jefe del grupo se volvió bruscamente.
—¿Por qué dices eso?
—¡Mira! —respondió el que había hablado primero, alzando
el reloj de pulsera que acababa de quitarle a B.—. Es igual que el que llevaba
el otro.
El jefe tomó el reloj, le dio la vuelta y lo examinó con
curiosidad.
—Es cierto-dijo —. Tú, Cojo, sal a echar una mirada para
asegurarte de que no haya algún otro espía emboscado por ahí. No sé para qué
sirven estos relojes tan complicados, ni me interesa. Se los entregaremos al
jefe que, si no lo sabe, se encargará de averiguarlo.
Se metió el reloj en el bolsillo y, a una orden suya, B,
fue levantado y sacado de la casita hasta un «auto» grande, cerrado, que
aguardaba en la parte de atrás.
Unos hombres estaban bajando en aquel momento la tapa del
asiento interior, debajo del cual habían introducido la mayor parte de los
paquetes sacados de las entrañas de las ovejas muertas. Otros terminaban de
llenar el espacio comprendido debajo del asiento del conductor con los paquetes
que quedaban.
B. fue tirado al sucio y, unos momentos después, echaron
sobre él otro cuerpo atado. Aunque no estaba en situación de hacer
comprobaciones, dedujo que aquel otro prisionero sería X., cosa en la que no se
equivocaba. Cuatro de los hombres, entre ellos el jefe del grupo, se acomodaron
en el interior y en el pescante, y el coche se puso en marcha, quedándose los
otros hombres en la casita.
El automóvil estuvo andando durarte más de media hora sin
detenerse y sin que B., que era el único de los dos cautivos que conservaba el
conocimiento, supiese en qué dirección iba.
Al cabo de unos minutos había oído resonar el motor como
dentro de un espacio cerrado, por lo que suponía que se habían introducido por
el túnel de Blackwall. Una vez al otro lado del río, sin embargo, se desorientó
por completo.
Cuando parecía como si nunca fueran a llegar a su destino,
detúvose el coche y se apeó uno de los hombres. Se oyeron unos golpes secos,
siguiendo un ritmo especial y, poco después, cuchicheo.
El que se había apeado dio una voz e, inmediatamente, se
apearon los demás hombres, sacando consigo a los prisioneros. B. se vio echado
sobre el hombro de uno de ellos como si hubiera sido un saco de patatas. No
tuvo tiempo más que de fijarse en que se hallaban en un callejón sin salida, a
uno de cuyos lados se abría una oscura puerta. Luego fue introducido por ella,
le llevaron a través de una serie de pasillos completamente oscuros, y le
echaron dentro de un cuarto. El ruido de algo pesado que caía al suelo le
anunció que X. había sido abandonado en el mismo lugar. Luego se cerró una
puerta de golpe y reino el más profundo silencio.
CAPÍTULO IV
EL MENSAJE FALSO
AMANECÍA. Sentado en el sillón del despacho secreto en que
se había pasado toda la noche, Yuma descolgó, por centésima vez, el teléfono.
—Garvez-dijo la voz del jefe de los agentes.
—Informe.
—C. tiene muy poco que contar. Acudió a la casita de las
marismas de Greenwich en cuanto le transmití la orden. Llegó en el preciso
momento en que se alejaba de la casa un automóvil cerrado. Le fue imposible
subirse a la trasera y no encontró ningún taxi en que seguir al vehículo.
Empezó á tomar atajos para llegar a la Avenida del Túnel lo más aprisa posible
con la esperanza de que el coche misterioso siguiera aquella dirección. Pensaba
tomar un taxi allí si lo encontraba y recorrer la avenida a toda velocidad por
si veía rastro del automóvil, cuyo número de matrícula logró anotar. En la
avenida no encontró taxi alguno; pero pasaba un autobús y subió a él. Al pasar
por el túnel de Blackwall creyó ver el coche que perseguía delante de ellos
pero lo perdió de vista en Poplar, donde se apeó. Después de pasarse unas horas
buscándolo por callejuelas, hubo de darse por vencido. Le pareció más prudente
volver a la casita por si encontraba allí algún indicio que le permitiera saber
dónde había ido a parar el automóvil. Además, aunque estaba convencido de que
por lo menos B, iba prisionero en el coche, cabía la posibilidad de que se
equivocara y que él o X., o ambos, estuvieran aún en la casa de la marisma.
—¿Descubrió algo?
—Nada en absoluto. La casa estaba desierta. No sólo eso,
sino que habían desaparecido los cadáveres de ovejas de que hizo B. mención. No
sabe qué hacer ya y espera órdenes.
—Que procure averiguar qué barcos han pasado por ese trozo
de río esta noche desde la hora en que acabó el partido de cricket hasta el
momento de desaparecer B. ¿Qué más?
—Ninguno de los demás agentes ha logrado descubrir nada.
Siguieron las instrucciones recibidas, todas ellas con resultado negativo.
—Bien; que continúen buscando. En cuanto tenga noticias de
C. o de alguno de los otros, comuníquemelo enseguida. Sería conveniente que C.
averiguara a quién le ha sido expedida matrícula del número que llevaba el
coche que estaba en las marismas. Nada más.
—Entendido.
Yuma colgó de nuevo el aparato, estudiando, el plano de
Londres que tenía delante, especialmente el barrio de Poplar.
De pronto sintió una leve presión en la muñeca Respondió a
ella oprimiendo la corona de su reloj de pulsera. Inmediatamente la palanquita
se puso a deletrear un mensaje:
«HEMOS CAÍDO PRISIONEROS. NOS TIENEN ENCERRADOS EN UNA
CASITA DE LAS MARISMAS DE GREENWICH, CERCA DE LA PLAYA Y DEL RAMAL DEL
FERROCARRIL.
M.»
Apenas hubo terminado el mensaje, sonó el timbre del
teléfono.
—Garvez.
—Informe.
—C. El número de matrícula del coche es falso. No existe
tal número en el registro.
—Me lo figuraba.
—Sigue sin saber noticias de los demás agentes.
—¿No hay más noticias?
—Acabo de recibir un mensaje firmado M. anunciando que se
halla prisionero en la casa de la marisma.
—Ya hE interceptado yo ese mensaje.
—Ni que decir tiene que es falso.
—Naturalmente. Quien lo ha enviado ignora que hay que dar
primero la contraseña que indica quién es el agente. Al registrar a X. han
encontrado sus documentos y creído que con dar la inicial de su apellido habría
bastante.
—¿Cuáles son sus órdenes?
—Mande un agente a investigar. Es evidente que se trata de
una trampa; pero tal vez nos sirva a nosotros para pillar a los que la han
preparado. Que el agente no se acerque para nada a la casa ni a sus alrededores
si puede ser. Debe llevarse unas prismáticos y vigilarla desde lejos para ver
quién entra y sale. Tiene que haber gente emboscada en los alrededores para
apresar a aquel de nosotros que se atreva a acercarse. Cuando alguna de estos
hombres se vaya, es preciso que se le siga. Pensándolo mejor, creo que será
preferible que se encarguen de la vigilancia dos agentes. Que cada uno de ellos
siga a un hombre distinto. Así hay más probabilidades de dar con la guarida de
los que han capturado a. X. y a B.
—Entendido. Daré las instrucciones oportunas y exigiré a
los agentes que nos vayan comunicando sus pasos a medida que los den, por si
desaparece algún otro.
—Han de ir con cuidado. Tenemos que habérnoslas con un
criminal muy inteligente. Ha dado pruebas de ello al descubrir para qué sirven
los relojes de pulsera de los agentes. El objeto de su mensaje es evidente. Al
descubrir a dos hombres con la misma clase de reloj, ha deducido que se trata
de una organización de la que ellos no son más que agentes. Para el criminal,
esto sólo puede significar una cosa: Que una cuadrilla (que supondrá criminal
también, seguramente) intenta despojarle de los beneficios que está obteniendo
con el tráfico de estupefacientes.
—¿Con el tráfico de estupefacientes? —exclamó Garvez.
—Sí; en cuanto B. comunicó lo que había visto, comprendí
enseguida lo ocurrido. Se trata de una estratagema muy usada en Egipto,
especialmente por las contrabandistas. Estudian las corrientes y las aprovechan
para desembarcar su mercancía de una manera que no llame la atención.
Introducen el opio, la cocaína o lo que sea en el vientre de un animal muerto,
lo cosen y luego lo tiran al agua. El cadáver flota, arrastrada por la
corriente, hasta el lugar en que aguardan los cómplices del contrabandista que se
encargan de sacar las drogas. Este procedimiento tiene muchas ventajas. Un
barco no puede atracar sin que la policía o los vistas de Aduana se acerquen,
pero nadie se fija en un cadáver flotante y mucho menos por la noche. Además,
suponiendo que alguien lo viera y sospechara, lo más que puede ocurrir es que
se pierda el contenido del vientre del animal. Al contrabandista no se le coge.
Estoy seguro de que X. iría a dar una vuelta por la orilla del río y
descubriría algún cadáver flotante. Se acercaría a él para examinarlo y sería
sorprendido por los que aguardaban en tierra para retirarlo.
—Lo raro es que no le mataran entonces-observó Garvez —.
Teniendo el río tan a mano, el riesgo no era grande. El cadáver hubiera sido
hallado lejos de allí y nadie hubiese sabido a ciencia cierta de dónde habría
partido.
—Eso, precisamente, es lo que me llama la atención-aseguró
Yuma —, y lo que confirma mi idea de que se trata de un criminal muy hábil e
inteligente. No pretendo comprender, de momento, qué objeto persigue llevándose
prisioneros a hombres que le darían menos quehacer y serian menos peligrosos
muertos.
»Hay otra cosa que demuestra el temple de ese hombre.
Hubiera podido mandar un mensaje haciendo creer que X. y B. se hallaban en
libertad y no presos. Así, un aviso de ellos diciéndonos que nos esperaban en
un sitio determinado, hubiera podido tener la virtud de hacernos acudir al
sitio en cuestión sin el menor recelo; que hubiese facilitado mucho nuestro
apresamiento. Pero, aun suponiendo que no hubiera intentando ocultar que los
agentes estaban cautivos, cualquier otro hubiese escogido otro sitio a que llamarnos.
Al mencionar la casita de las marismas, la inutiliza por completo. No podrá ya
utilizarla en lo sucesivo para sus fines criminales a menos que esté
completamente seguro de que no queda ni uno de nosotros.
—¿Y a eso le llama usted inteligencia?
—Inteligencia y muy grande. El criminal más torpe no
hubiera incurrido en la estupidez de inutilizar una de sus bases cuando le
costaba el mismo trabajo proponer cualquier otro lugar.
—¿Entonces...?
—Ese hombre, en cuanto se dio cuenta de para qué servían
los relojes de pulsera, comprendió que los agentes los habrían empleado para
comunicar a su jefe el lugar en que se encontraban. Ello suponía que B. había
notificado ya el hallazgo de la casita y lo que por la ventana había visto. No
podía tener la seguridad de que fuera así; pero era lo bastante probable para
que no se atreviera a usar la casita mientras existiera la organización a la
que sus prisioneros pertenecían.
»Si el segundo de los dos agentes había advertido dónde se
encontraba, era seguro que habría notificado también la desaparición de su
compañero, pues seguramente creería el criminal que iban los dos juntos. Por
consiguiente resultaba inútil intentar ocultar que ambos se hallaban
prisioneros y el hablarnos de un lugar que no fuera la casita podía hacernos
desconfiar. Un hombre que se da cuenta de todas estas cosas no tiene ni un pelo
de tonto.
—Es cierto. ¿Cuáles son sus órdenes?
—De momento, ninguna. Voy a trasladarme yo a Londres y
tomar parte activa en el asunto. Ese criminal es demasiado peligroso para que
los agentes luchen solos con él. Además, se me antoja que hay algo más que un
simple contrabando de drogas en este asunto.
»En cuanto a los relojes de B, y X., no se preocupe de
ellos. Su existencia en manos extrañas no puede perjudicarnos en realidad,
puesto que no conociendo los criminales las contraseñas, les resultará
imposible engañarnos; pero no dejan de constituir una molestia, ya que, al
mandar un mensaje, pudiera retrasar el envío de otro por parte de alguno de
nuestros agentes. Existe otra posibilidad también, y el hombre ese es lo
bastante listo para darse cuenta de ella y aprovecharla. Si encarga a alguno de
sus hombres que mande mensajes continuamente, nuestros relojes no servirán para
nada. Y si se le ocurriera entregarlos a algún técnico para que los examinara y
construyese unos cuantos iguales, habrían dejado de tener utilidades para
nosotros los nuestros.
»Afortunadamente, no debe haber descubierto aún que dichos
relojes son de onda fija y de distinta onda cada uno de ellos. No tendrán
ocasión de usarlos mucho rato. Voy a destruirlos ahora mismo.
Colgó el aparato, plegó el plano de Londres y volvió a
dejar la guía en el estante. A continuación se acercó a la pared y oprimió un
resorte. Descorrióse inmediatamente todo un lado, dejando al descubierto una
especie de cuarto ropero. Entró y cerró la puerta tras sí.
En el fondo del cuartito abrió otra puertecilla secreta y
se introdujo en un cubícalo de reducidas dimensiones. Era un ascensor que le
condujo por debajo de los sótanos del Instituto, a otros sótanos cuya
existencia nadie sospechaba. Al salir del ascensor se encontró en un magnífico
laboratorio, cuyo equipo podía rivalizar con los que había a nivel de tierra en
el edificio.
Se acercó a un banco sobre el cual estaba instalado un
cuadro de interruptores eléctricos y enchufes.
Se quitó el reloj de pulsera que llevaba. Este, en
apariencia, era igual que el que llevaban todos sus agentes; pero, en realidad,
poseía cualidades de las que carecían los otros. Los relojes de los agentes
podían recibir y transmitir en una sola longitud de onda y no había dos de
ellos que tuvieran la misma. Los de Yuma y Garvez recibían y transmitían en
todas las longitudes extra cortas.
Por consiguiente, los agentes podían comunicar con su jefe
y con Garvez, pero les era imposible hacerlo entre sí.
Esta particularidad era la que se disponía a aprovechar
Yuma para impedir que el criminal desconocido pudiera hacer uso de los relojes
de B. y de X. Había previsto la posibilidad de que algún día ocurriera algo así
y estaba reparado para hacer frente a la contingencia.
Abrió la tapa de su reloj y extrajo, cuidadosamente, una
de las piezas. Luego se acercó a una extensión del teléfono de su despacho
secreto que se hallaba en uno de los bancos y descolgó el aparato.
—Garvez.
—Quítese el reloj de pulsera. Abra la tapa y saque con
mucho cuidado, un taponcito encarnado que verá en el lado derecho. No está
sujeto, sino enchufado simplemente. No vuelva a ponerlo en su sitio hasta que
yo le avise.
—Entendido.
—Hágalo ahora mismo y dígame cuándo lo tenga hecho.
Hubo unos instantes de silencio. Luego:
—Ya está.
—Bien. Ya le avisaré.
Colgó el aparato y volvió al banco. Cerca de un cuadro de
interruptores había un complicado aparato conectado con una lámpara enorme,
instalada en un rincón del laboratorio, con refrigeración de agua.
Hizo unos ajustes y cerró un interruptor de cuchillo. A
continuación, posó la mano sobre un manipulador parecido a los empleados para
transmitir morse y lo oprimió, manteniendo la presión unos segundos.
Abrió el interruptor de nuevo para hacer un nuevo ajuste,
tras lo cual repitió la operación con el pulsador. Una vez hecho esto, se
acercó al teléfono y, al recibir contestación, dijo:
—Puede usted introducir el tapón en el reloj otra vez.
Todo ha terminado. Los aparatos de B. y de Z. han dejado de existir.
***
Mientras esto sucedía en Barcelona, allá en Londres, en
una habitación oculta, un hombre soltaba un alarido al fundírsele el reloj de
pulsera qué llevaba puesto y producirle una profunda y dolorosa quemadura el
hirviente metal.
A su grito acudieron varios hombres a tiempo para ver
deshacerse otro reloj que había sobre la mesa y estallar ésta en llamas Uno
corrió a alzar del suelo, desmayado por el dolor, al que había soltado el
grito. Los otros se cuidaron de sofocar el fuego que amenazaba propagarse a los
muebles cercanos.
A pesar de la distancia, Yuma había logrado destruir por
completo los relojes que sus agentes habían perdido.
CAPÍTULO Y
WENG HAI
EN East Commercial Road, muy cerca de la esquina de Salmon
Lane, donde el canal de Limehouse cruza para desembocar en el Támesis, había
una tienda ante cuya entrada colgaban sendos letreros anunciando, en chino e
inglés, que allí podían adquirirse finísimas porcelanas, magníficas lacas,
abanicos, sedas, curiosidades de todas clases procedentes del Celeste Imperio
a, precios muy razonables.
Aunque el exterior del establecimiento era de tan pobre
aspecto como la mayoría de las tiendas de aquella parte del barrio chino de
Londres, su interior estaba abarrotado de géneros orientales de todas clases,
algunos de ellos de valor muy grande.
Nadie hubiera dicho, sin embargo, que tras aquella fachada
y aquel hacinamiento de objetos de arte, podía ocultarse tan suntuosa morada
como la que en realidad existía detrás del establecimiento.
Una puertecilla abierta a espaldas del chino que se pasaba
las horas muertas sentado tras un mostrador, sin moverse, como si fuera uno de
los muchos ídolos orientales expuestos para la venta, conducía a una trastienda
tan abarrotada de género como la parte exterior.
Cruzando ésta se llegaba a una sala en la que el
propietario del lugar tenía almacenadas las piezas de mayor precio y a la que
sólo tenían acceso los clientes conocidos o que hacían cara de estar dispuestos
a gastar dinero en cantidad. De aquel cuarto partía un pasillo en cuyo fondo se
encontraba la puerta de la casa propiamente dicha.
Esta puerta-que no para todo el mundo se abría-tenía una
especie de ventanillo por el que atisbaba un chino y preguntaba el nombre del
visitante para transmitírselo a su señor antes de franquear la entrada, si es
que llegaba a franquearla.
Quien conseguía gozar del privilegio de pasar, se
encontraba en un verdadero palacio, amueblado con lujo, al estilo oriental. Más
de uno se había preguntado por qué viviría un hombre, que tanta riqueza poseía,
en un barrio semejante, y por qué se dedicaba al comercio siquiera.
A alguno que se había atrevido a expresar en palabras
semejante pensamiento, Weng Hai le había contestado, diciendo:
—Los objetos de arte son mi mayor ilusión. Reunir en mi
humilde morada las obras más valiosas del genio de mis antepasados es mi
ambición suprema. Comerciando en curiosidades orientales, se me presentan
muchas ocasiones de adquirir cosas que, de otra manera, no llegarían a mis
manos. Lo mejor me lo reservo; lo que no quiero, vuelvo a venderlo. Y si quería
hacer un honor a su visitante, Weng Hai agregaba:
—Venta. Lo que habéis visto carece de valor. Yo os
enseñaré cosas que os alegraran el alma y os llenarán de sorpresa.
Y entonces le iba conduciendo de aposento en aposento,
exhibiéndole jarrones de incalculable precio de la dinastía de los Ming,
tapices, sedas, figurillas, objetos en que artesanos muertos miles de años
antes habían derrochado todo su arte, su ingenio, su habilidad.
Y el visitante salía deslumbrado, porque ni en el museo
mejor surtido podía admirarse colección tan completa, tan extraordinaria. Si
alguno le preguntaba por qué vivía allí, respondía, invariablemente:
—Me gusta el aislamiento dentro de un ambiente que más se
parezca al de mi patria.
Y hablaba así porque Weng Hai no tenía el menor acento
extranjero cuando era su voluntad hablar inglés.
Por el botón de rubíes que llevaba en la parte alta de su
sombrero oriental, por la forma de ave de la hebilla de su cinturón y por las
aves bordadas en su túnica, se veía que era mandarín, y de primera clase, por
añadidura.
Tenía amigos en todas las capas sociales. Las autoridades
del Museo Británico le consultaban siempre que se trataba de adquirir alguna
obra de arte china o de hacer la clasificación de las que ya poseía el Museo.
No puede decirse que Weng Hai fuera querido, porque no
frecuentaba la sociedad de sus semejantes lo suficiente para poder despertar en
ellos sentimientos de simpatía o antipatía; pero no cabía la menor duda que era
respetado y que eran admirados no poco sus conocimientos..
Tal era el personaje que, cierta mañana, se vio turbado en
la tranquilidad de su despacho por un criado que, tras una profunda reverencia,
le tendió una bandeja en la que yacía una carta.
Tomóla Weng Hai y desgarró el sobre. El servidor aguardó
en silencio las órdenes de su amo.
La carta llevaba el membrete del Museo Británico e iba
firmada por uno de sus más altos funcionarios. Su objeto era hacer la
presentación de un hombre y rogar a Weng Hai que tuviera la amabilidad de
atenderle y hacer todo lo que pudiera en su obsequio.
—Que pase-ordenó Weng, hablando en dialecto fokeen.
El servidor hizo una nueva reverencia y se fue, regresando
al poco rato con un occidental-hombre moreno, alto, de cabello entrecano, porte
militar. Hubiérasele tomado por un oficial del Ejército inglés que hubiese
pasado mucho tiempo destacado en las colonias en la India por ejemplo-lo que
explicaría lo atezado de su rostro.
El chino se levantó y tendió la mano a su visitante al
estilo occidental: preguntando al propio tiempo en inglés perfecto:
—¿El señor Welsey?
—Vuestro humilde servidor-respondió el recién llegado en
no menos correcto mandarín, estrechando la mano que se le tendía —. Pero podéis
hablar libremente en vuestro idioma, que seguramente os será más fácil que el
inglés.
El rostro del chino no cambió de expresión, aun cuando
debió sorprenderle enormemente oír hablar con tan impecable acento a un
extranjero el idioma que los altos dignatarios y gente de gran cultura son casi
los únicos en hablar en China. No obstante, se permitió decir:
—Confieso que pocas veces he oído hablar el mandarín tan
correctamente a un extranjero. Os felicito, señor Welsey.
—He vivido mucho tiempo en Oriente, me gusta conocer
idiomas y tengo facilidad para ello.
—Es evidente. Bien señor Welsey; la carta del señor
Todnor...
—Se trata de un buen amigo que ha querido proporcionarme
el medio de averiguar algo que me interesa en gran manera.
—Contad con mi ayuda si en algo puedo serviros-dijo Weng
Hai, brindándole una silla con un gesto y ocupando él otro asiento —. ¿Me
honraréis tomando una taza de té conmigo?
Y, sin esperar a que contestara, dio unas palmadas.
Presentóse inmediatamente un criado, al que ordenó:
—Que mi honorable hija nos sirva el té aquí.
Y volviéndose de nuevo a Welsey:
—Olvidaba preguntaros cómo os gusta el té.
—Al estilo chino, Weng Hai.
El chino hizo una leve reverencia y ya no se habló hasta
que fue servido el brebaje.
Entró con él una joven lindísima, con rico kimono de seda.
—He aquí-dijo Weng —, la flor más preciada de mi jardín:
Flor de Almendro.
—Que muchos años os haga compañía y sea el consuelo de
vuestra vejez —contestó Welsey.
La muchacha había bajado la mirada, tímidamente, y no se
puso a servir el té hasta que se lo ordenó su padre. Welsey, al igual que Weng,
lo tomó solo y sin azúcar, como es costumbre entre los chinos.
Cuando la joven se hubo retirado, Welsey dijo:
—Corren muchos rumores en el barrio chino, Weng Hai.
—¡Ah! Eso es cosa que en cualquier parte sucede.
—Aquí, sin embargo, nunca faltan oídos que los recojan ni
labios que los repitan.
—¿No ocurre lo propio en cuantas partes un rumor se
propala?
—Tal vez; pero en estos barrios sólo corren de boca en
boca entre los orientales En presencia de un occidental, las bocas enmudecen.
—Está escrito que la prudencia es madre de la sabiduría.
—Corren rumores que jamás llegan a oídos de un occidental,
pero que ningún oriental ignora... por muy aislado que se encuentre.
—Es bueno saber lo que sucede en el ambiente en que se
vive.
—Estoy seguro, Weng, que esos rumores también habrán
llegado hasta vuestro retiro.
—Si algún rumor llega hasta mí, aquí muere, pues mis
labios se resisten a repetirlo.
—Han desaparecido dos amigos míos, Weng.
—¿Dónde?
—No muy lejos de este barrio ha sido.
—Son muchos los que desaparecen aquí cuando intentan
profundizar demasiado en la vida de los que en este barrio habitan.
—Si alguno de sus habitantes quisiera, el misterio de esas
desapariciones se disiparía.
—Pero aquí nadie quiere. Existe una especie de acuerdo
tácito según el cual todos se protegen. Nadie despega los labios para informar
contra su vecino, porque así se asegura de que su vecino no despegue los suyos
e informe contra él si el caso llegara.
—Me han dicho que vos podríais darme una guía, Weng Hai.
Aprecio mucho a mis amigos.
—Quisiera complaceros, pero lo que me pedís es difícil.
—No para vos.
—A pesar de ser quien soy, si yo hablase pagaría cara mi
indiscreción.
—¿Quién iba a saberlo?
—En este barrio todo se sabe. Hasta las paredes de mi
propia casa tienen oídos. Además, ¿quien os garantiza que sepa yo algo de
vuestros amigos?
—Todo se sabe, como decís. Alguien habrá visto trasladar a
dos occidentales. Habrá corrido el rumor. ¿No tenéis tan buenos oídos como el
resto de vuestros compatriotas, Weng Hai?
—Aunque os parezca mentira, es tan grande mi aislamiento
que sólo llegan aquí tenues susurros, vagos rumores que a veces resultan casi
ininteligibles. Uno llegó no ha mucho, mas tan confuso, que sólo puedo hacer
conjeturas y no afirmaciones concretas.
—¿Es de interés para mí?
—Juzgad de ello. Dicen que dos hombres fueron sorprendidos
al otro lado del río. No se especifica qué hacían ni por qué fue necesario
sorprenderlos.
—Pudiera tratarse de ellos.
—Es posible. Aun esto vacilaría en deciros normalmente. La
recomendación del señor Todnor, sin embargo, hace que me aparte de mi
costumbre... aunque sólo porque no ha intervenido en el asunto ninguno de mis
compatriotas.
—¡Cómo!
—Hay una casa en las afueras del barrio de Poplar, no muy
lejos de aquí, que lleva por nombre la «Casa de las Delicias».
—¿Y creéis que allí...?
—Pese al nombre y a que en la casa hay algunos chinos, su
dueño es un blanco de nacionalidad desconocida.
—Os agradezco la indicación.
—No me lo agradezcáis. Voy a confesaros una cosa: En esa
casa han entrado muchos compatriotas míos que jamás han salido. Por eso me
decido a haceros la confidencia. No obstante, os ruego que seáis discreto.
—Descuidad, nadie sabrá nada por boca mía.
El chino se puso en pie e hizo una reverencia.
—Transmitidle mis más expresivos saludos al señor Todnor,
¿Deseáis algo más de mí?
—Nada, Weng Hai. No olvidaré vuestra complacencia.
El chino dio unas palmadas y, al presentarse un criado, le
ordenó que acompañara al señor Welsey hasta la puerta.
CAPÍTULO VI
EL SECUESTRO DE FLOR DE ALMENDRO
EL señor Welsey había oído hablar ya de la Casa de las
Delicias, evidentemente, porque no se detuvo a preguntarle a nadie su paradero.
En cuanto salió del establecimiento de Weng Hai, echó a
andar por el East India Dock Road y no se detuvo hasta llegar a la estación de
Poplar. Una vez allí, torció por Newby Place. En el East India. Dock Road,
entre Newby Place y Bow Lane, hay una iglesia rodeada por un jardín, que en
otros tiempos fue camposanto y que aún conserva lápidas y monumentos funerarios
en pie. Este jardín ocupa todo el trozo comprendido entre ambas calles,
prolongándose luego hasta más de la mitad de las mismas, donde se abre una
callejuela que pone a las dos calles en comunicación. Al llegar a esta
callejuela, Welsey se detuvo, entró por ella y se paró con la intención de
saltar la verja e introducirse en el camposanto. Antes de hacerlo, sin embargo,
miró a su alrededor para asegurarse de que nadie le observaba.
Esta precaución le salvó la vida porque, en aquel, mismo
instante, un chino, aprovechando la soledad, se abalanzaba sobre él esgrimiendo
un afilado cuchillo.
Welsey saltó a un lado al ver el peligro, pero no pudo
impedir que la afilada hoja le rozara el brazo rasgándole la manga de arriba
abajo. Antes de que el chino pudiera rehacerse, Welsey alzó el brazo y le
propinó tan formidable puñetazo que le hizo rodar por tierra.
A cualquier otro hombre, aquel puñetazo le hubiera dejado
sin conocimiento; pero al misterioso chino, fuera de tirarle al suelo, no
pareció afectarle en absoluto. Con una agilidad increíble se puso en pie de
nuevo y, emitiendo un extraño silbido, corrió otra vez al ataque.
No bien hubo sonado la señal, aparecieron varios chinos
por ambas extremidades de la callejuela y cerraron contra Welsey, que, mientras
procuraba mantener —a raya a su atacante a fuerza de puñetazos, valiéndose de
una sola mano, se rebuscaba, con la otra, en el bolsillo.
Eran cuatro los que acudían en auxilio del chino armado;
pero antes de que pudieran alcanzar a los que luchaban, Welsey logró sacar la
pistola y derribar a su contrincante descerrajándole un tiro a bocajarro.
Inmediatamente se volvió hacia los otros; derribó a uno de
ellos, obligando a los otros a detenerse un momento, indecisos, al ver que el
hombre estaba armado y no vacilaba en disparar, y antes de que acabaran de
llegar a un acuerdo sobre lo que debían hacer, dio un salto, asió la parte
superior de la verja, se izó por ella y se dejó caer dentro del cementerio.
Oculto tras un mausoleo en ruinas, sacó del bolsillo un
envoltorio pequeño y, sacudiéndolo, lo desplegó.
Era una larguísima capa, completamente negra por un lado y
de un material tan fino, que apenas hacía bulto cuando estaba doblada.
Rápidamente se la echó sobre los hombros con el lado negro hacia adentro.
Aquella capa tenía la particularidad de que, siendo negra
por un lado, componíase por el otro de una sustancia incolora que refractaba
los rayos luminosos sin reflejarlas y que, por consiguiente, no sólo era
invisible, sino que hacía invisible a todo el que la llevara puesta por aquel
lado para afuera.
En un instante, el cuerpo de Welsey desapareció, no
tardando en hacer lo propio la cabeza al ser cubierta por una larga capucha que
llevaba la capa y que resultaba transparente mirando por ella desde dentro.
Ya invisible, Welsey se dirigió, de nuevo, a la verja y
atisbó por entre los barrotes. Los chinos estaban inclinados sobre sus dos
compañeros caídos, hablando excitadamente entre sí, aunque lo hacían demasiado
bajo para que el hombre invisible pudiera distinguir las palabras.
Al cabo de un rato, parecieron tomar una determinación.
Dos de ellos cargaron con los compañeros caídos y el otro se quedó vigilando.
Los dos caídos no estaban muertos, sin embargo. El que,
disfrazado de señor Welsey, había disparado contra ellos, no era otro que Yuma.
Y Yuma no tenía por costumbre matar a nadie. Sus proyectiles sólo hacían perder
el conocimiento durante un par de horas aproximadamente, transcurrido cuyo
intervalo, el herido volvía en sí tan sano como si nada le hubiera ocurrido.
Welsey, que quería salir por aquella callejuela
precisamente, aguardó a que las otros se hubieran perdido de vista. Luego hizo
un ruido sibilante que atrajo la atención del que vigilaba. El hombre se acercó
a la verja y miró por entre los barrotes.
En aquel preciso instante y casi pegada a sus narices,
apareció una cara horrible, cubierta de una palidez cadavérica, en la que
brillaban dos ojos como ascuas. ¡La cara que el misterioso Yuma presentaba
siempre a los criminales!
Es más fácil de comprender que de describir el espanto del
chino al encontrarse con tan pavorosa faz junto a la suya. Abrió la boca para
gritar; pero la voz se le heló en la garganta. Retrocedió, lentamente, con los
ojos desorbitados. Hubiera huido ante aquella cabeza sin cuerpo cuya mirada
parecía abrasarle los ojos; el temblor de las piernas se lo impedía, sin
embargo:
Cayó de rodillas ante la verja, pegó la frente al suelo, y
empezó a mascullar oraciones mágicas de las que le enseñaran en su infancia
para ahuyentar, a los malos espíritus.
Yuma, hablando el dialecto fokeen, ordenó:
—¡Marcha inmediatamente de aquí, impío! ¡No te atrevas a
profanar el reposo de los muertos!
El tono sepulcral en que fueron pronunciadas las palabras
aumentaron de tal suerte el supersticioso temor del chino, que en él halló
fuerzas para dominar la flaqueza de sus piernas, alzarse y salir corriendo sin
dirigir una mirada hacia atrás siquiera.
Yuma escaló la verja, saltó a la callejuela y se metió en
un callejón cercano donde un letrero en chino e inglés colgado sobre un vetusto
edificio, anunciaba que aquélla era la Casa de las Delicias.
Hubo de aguardar un rato en las cercanías hasta que
entrara alguien para aprovechar el momento y entrar él inadvertido.
Cuando estuvo dentro comprobó que como había supuesto, se
trataba de un fumadero de opio frecuentado por chinos y gente de mar de todas
las nacionalidades. Durante unos momentos tuvo que permanecer en una sala llena
de literas ocupadas por marinos, asiáticos en su mayoría, mientras el chino
encargado tostaba una bolita de opio, en la punta de una aguja, sobre la llama
de una lamparilla antes de introducirla en la pipa de un láscar.
Terminada esta operación, el chino se retiró de la
estancia, seguido de cerca por Yuma. Así llegó a un largo corredor con
numerosas puertas, por una de las cuales se metió el chino, después de llamar.
Penetró en el cuarto con él, hallándose en una estancia
bastante grande. Los muebles eran orientales en su mayor parte, pero había
algún que otro mueble europeo moderno que desentonaba enormemente con los que
tenía a su alrededor.
Sentado a una mesa de despacho tipo ministro, había un
hombre blanco, pelirrojo, barbudo, de rostro atezado. Tenía la muñeca izquierda
envuelta en una venda y no parecía del mejor de los humores.
—¿Qué quieres? —preguntó en inglés, pero con acento
extranjero, alzando malhumorado la cabeza al entrar el chino.
—Hay calne, señol, hay calne —contestó el oriental.
—¿Cuántos?
—Tles.
—¿Dónde están?
—Los he metido en el cualto de siemple, señol.
—¿Son fuertes?
—Mucho. Y ya están completamente dolmidos.
¿Ha venido mucha gente?
—La casa está llena.
—Y, ¿no hay más que tres aprovechables?
El chino se encogió de hombros y extendió las manos.
—No acostumblan sel muy fueltes los fumadoles de opio.
—¿Han sido llevados los demás al «Primrose»?
—Todos.
—Avisa y que se lleven a esos. Esperaremos unos días a ver
si caen unos cuantos más.
—Está bien, señol.
El chino hizo una profunda reverencia y se retiró, seguido
del hombre invisible, que a punto estuvo de quedarse dentro del cuarto por la
precipitación con que el chino cerró la puerta.
Hubiera podido quedarse en la Casa de las Delicias hasta
ver retirar a los tres hombres de que había hablado el chino; pero no lo creyó
necesario. Había averiguado cuanto le interesaba saber de momento y se iba
haciendo tarde. El señor Todnor le había invitado a comer y no quería
desairarle.
Aprovechó la primera oportunidad que se le presentó para
salir de la casa y, un cuarto de hora más tarde, lejos ya de Poplar, recobró su
personalidad de Wesley y se dirigió sin interrupción a casa de Todnor.
—¿Consiguió usted algo en casa de Weng Hai, querido amigo?
—preguntó Todnor, ajustándose los lentes que parecían estar empeñados en
resbalarle por la larga nariz.
Era un hombre de edad madura, rubio, delgado, alto, sin
una sola cana, muy nervioso, de palabra lenta y mirada abstraída.
—Aun cuando no quiso hablarme claro, me dio una indicación
que espero me bastará para dar con mis compañeros desaparecidos.
—Ya es algo. Mejor dicho, es mucho, tratándose de un
chino. No sabe usted lo reservados que son cuando hablan con alguno que no es
de su raza.
—Lo sé, lo sé... Y le estoy muy agradecido a él... y a
usted también por haberme recomendado.
—No podía hacer menos, señor Wesley. Usted se ha molestado
muchas veces en descifrarnos algún escrito que no lográbamos entender y en
sacarnos de apuros en muchas cuestiones orientales. Sus conocimientos en ese
ramo son sorprendentes.
—Mis conocimientos están completamente a su disposición y
a la del Museo Británico, señor Todnor. Siempre que pueda serles de utilidad,
no tiene más que avisarme.
—Muchas gracias.
—Sólo que le advierto lo de siempre. Ya sabe que soy muy
aficionado a los viajes y ando corriendo, continuamente, de un sitio a otro.
Puede pasarle, como en otras ocasiones, que no me encuentre en mi casa de
Londres, pero la servidumbre se encargará de avisarme, como de costumbre, y de
hacer llegar a mis manos cualquier mensaje.
—Le repito mi agradecimiento y el del Museo. Ahora
sentémonos a la mesa. Quiero enseñarle algunos objetos que he comprado, después
de la comida, para que me dé su opinión sobre ellos.
La comida transcurrió casi en silencio. Luego, después de
haber tomado café y fumado un magnífico habano en el saloncito, Todnor se
dispuso a enseñar a Wesley las obras de arte que había adquirido.
En aquel preciso momento, sonó el timbre del teléfono.
Todnor descolgó el aparato.
—¿Diga?... Sí, Todnor al habla... ¿Cómo dice?...
¡Imposible!... Pero... ¡No!... ¿Cómo ha sucedido?...
Wesley, que contemplaba el rostro de su anfitrión, vio que
se le abrían desmesuradamente los ojos y que todo su semblante reflejaba
sorpresa.
Todnor seguía escuchando y hablando por turnos.
—Estoy seguro de que el señor Wesley se llevará un
disgusto enorme cuando lo sepa... Si yo pudiera hacer algo... ¿Ha dado
parte?... ¿No?... Pues yo creo... ¡Ah!, Sí, claro, tal vez tenga usted razón...
No deje de avisarme en cuanto tenga alguna noticia. Esto es terrible.
Colgó el aparato y se volvió hacia Welsey.
—Alguien le siguió a usted cuando estuvo en casa de Weng
Hai. Alguien se enteró de la conversación que con él sostuvo.
—¿Está usted completamente seguro de eso?
—Weng Hai ha recibido una nota amenazadora poco después de
haberse usted marchado.
—¿Qué le decían en la nota?
—Que aquél era el castigo de haber cometido una traición.
La firmaba Tale-sze. Es decir, Tribunal de Justicia.
—¿Aquel castigo? ¿De qué castigo me está usted hablando?
—Es cierto. Perdone, pero la noticia me ha producido tal
impresión, que me vuelvo un poco incoherente: ¡Flor de Almendro ha sido
secuestrada! ¡Weng Hai está revolviendo todo el barrio chino para dar con su
paradero; Pero, en vista del aviso recibido, teme mucho no llegar a tiempo para
salvarla la vida!
CAPÍTULO VII
A BORDO DEL «PRIMROSE»
B. y X. permanecieron muy poco tiempo en el cuarto oscuro
en que les habían metido al sacarles del camión. Apenas había recobrado X. el
conocimiento cuando se encendió una bombilla y rechinó una llave en la
cerradura.
B. y X. sólo tuvieron lugar a verse el uno al otro,
reconocerse, y darse cuenta de que se hallaban en una habitación completamente
desamueblada. La puerta se abrió y entraron cuatro hombres, todos ellos gente
de mar a juzgar por su aspecto.
Sin decir una palabra, alzaron a los dos agentes de Yuma,
asiéndolos por los hombros y por las piernas y los volvieron a sacar por el
camino que les habían traído.
A la puerta aguardaba un automóvil cerrado en el que
fueron metidos y cosa de tres cuartos de hora más tarde, él coche se detuvo en
un muelle desierto donde estaba atracado un barco. X. creyó reconocer en él
aquel vaporcito del que viera tirar los cadáveres de oveja a la altura de las
marismas de Greenwich.
Se les trasladó a bordo y encerró, inmediatamente, en la
bodega. No tardaron en darse cuenta, por los movimientos y gemidos que oyeron a
su alrededor, de que no eran ellos los únicos prisioneros que había a bordo.
Todas debían estar atados y amordazados, sin embargo.
Durante un buen rato tanto B. como X. se esforzaron por
deshacer sus ligaduras, sin conseguirlo. Luego, convencidos de que lo mejor era
descansar para rehacer sus fuerzas y hallarse en condiciones de hacer frente a
lo que pudiera esperarles, dieron media vuelta y se quedaron dormidos.
Cuando se despertaron, dedujeron que era de día por el
movimiento que se notaba sobre cubierta. Para ellos, metidos en el fondo de la
oscura bodega, noche y día eran lo mismo. Nadie se preocupó de ellos durante
toda la mañana; pero, allá al mediodía, abrieron la escotilla y bajaron unos
hombres por una escala, con varios calderos.
A la luz de las linternas que llevaban, los colaboradores
de Yuma vieron que eran unos veinte los prisioneros que les hacían compañía.
Fueron quitando la mordaza a los cautivos de tres en tres y alimentándoles como
si fueran niños. Al que, viéndose con la boca destapada, intentaba gritar o
armar escándalo, volvían a amordazarle y a dejarle sin comer.
Después de haber hecho eso con dos, los demás prefirieron
comer de momento y dejar los gritos para mejor ocasión. Una vez hubieron comido
todos, los hombres se retiraron, cerrando la escotilla tras ellos.
A eso de media tarde volvió a abrirse la escotilla; pero
sólo fue para encerrar a otro prisionero, que, poco más tarde, fue seguido de
otros tres. A la hora de cenar, a la luz de las linternas, B, y X. vieron, con
sorpresa, que C. figuraba entre los últimos capturados.
Aquello, que hubiera servido para desmoralizar a otros,
sólo consiguió darles a ellos nuevos ánimos. La caída de C. en poder de los
contrabandistas era prueba evidente de que Yuma no les abandonaba. Si C. había
caído, otro ocuparía su lugar. Su jefe no cejaría en su empeño hasta haberles
libertado a todos.
Transcurrieron cuatro días más, durante los cuales
llegaron dos o tres presos nuevos. Las comidas eran su único medio de calcular
el tiempo. Les habían aflojado las ligaduras varias veces, permitiéndoles
pasear de dos en dos por la bodega vigilados por hombres armados, con el fin de
que desentumecieran un poco los miembros y se restableciera la circulación en
ellos. Se les había asegurado en cada ocasión que el menor intento de fuga, de
dar gritos o de hablar entre si, sería castigado con la muerte inmediata.
La madrugada del día quinto, la máquina empezó a
funcionar; se oyó izar amarras y el vapor empezó a deslizarse Támesis abajo.
Aquel día no comieron hasta las tres de la tarde; pero,
cuando bajaron con los calderos de rancho, se les anunció que iban a ser
desatados todos y que se les permitiría pasear por cubierta de das en dos. Se
les advirtió que, a la menor intentona de amotinamiento, serían exterminados.
Antes de retirarse, desataron a uno de los prisioneros y
le dejaron encargado de desatar a los otros. Este escogió al que tenía más
cerca.
Cada uno de los prisioneros, a medida que iba siendo
liberado, ayudaba a desatar a los demás; pero estaban todos tan entumecidos,
que transcurrió bastante tiempo antes de que se vieran todos sueltos.
Se abrió por fin la escotilla, asomó una cabeza y dijo:
—¡Que suban dos! Arreglaos como queráis. Echadlo a suertes
o hacedlo como se os antoje; pero sólo han de subir dos. Si intenta salir
alguno más, quedaréis encerrados todos y no paseará ninguno.
—¡Dadnos una linterna siquiera! —gritó uno desde la
bodega, soltando una maldición—. ¿Cómo queréis que nos pongamos de acuerdo en
la oscuridad?
Hubo una viva discusión sobre cubierta tras la cual una
linterna fue atada a un cabo y descolgada por la escotilla.
—Mucho cuidado con ella-gritó uno de los marinos —.
Estamos dispuestos a daros toda la libertad que sea posible dentro de límites
razonables, pero, si intentáis algo, lo perderéis todo.
Desde abajo contestaron con un gruñido. Alguien desató la
linterna y todos los prisioneros formaron corro. Después de mucho discutir,
decidieron que lo mejor era numerarse e ir saliendo por orden. Esto se llevó a
cabo echando a suertes.
—¿Os habéis puesto de acuerdo ya? —gritaron desde arriba.
—Sí.
—Pues que suban los dos primeros.
Subieron dos por la escalerilla de hierro que habían
empleado los marineros para bajar el rancho. En cuanto estuvieron fuera, fue
cerrada la escotilla de nuevo.
Los prisioneros fueron conducidos, inmediatamente, hacia
la toldilla donde se les dejó pasear libremente, aunque vigilados sin cesar.
Transcurrida media hora, volvió a llevárseles a la bodega y otros dos salieron
en su lugar.
Entretanto, allá en la bodega, mientras unos discutían,
otros renegaban y algunos proferían terribles amenazas, los tres agentes de
Yuma se retiraron un poco de los demás y se pusieron a hablar en susurros.
X. explicó a sus dos compañeros lo que le había sucedido.
B, dio a conocer el resultado de sus pesquisas en busca de X. C. contó cuanto
había hecho por dar con el paradero de ambos, confesando su fracaso. Más tarde,
obedeciendo una orden del jefe, había acudido al muelle en que se hallaba
atracado el “Primrose”, que tal era el nombre del vapor en que se encontraban.
Por orden de Yuma, había ido allí sin el reloj de pulsera.
No había recibido más instrucciones que las de vigilar y tomar nota de quien
subiera y bajara, pero apenas se había instalado en las proximidades del barco,
fue sorprendido por un marinero que, aplicándole el cañón de una pistola a la
espalda, le obligó a subir a bordo, donde se le ató, amordazó y echó a la
bodega. Aquello era cuanto él sabía.
—No es tan negra la situación como parece-opinó X. —. Si
el jefe te mandó al muelle, es evidente que sospechaba que nos hallábamos a
bordo de este vapor. Por consiguiente, al desaparecer tú también, comprenderá
que sus sospechas son fundadas y ya se las compondrá para hacer detener el
barco por el camino. Pero, ¿por qué se me ordenaría que viniese sin el reloj de
pulsera?
—Sus razones habrá. Nosotros hemos perdido los nuestros.
Tal vez tenga eso algo que ver con el asunto.
B. tenía el número cuatro y salió a cubierta con otro al
volver la primera pareja. La suerte no había querido que les tocara salir
juntos a los agentes. X. tenía el quince y a C. le había cabido en suerte el
dieciocho.
Estando B. en la toldilla, se suscitó una discusión entre
los marineros acerca de los prisioneros. Unos opinaban que debían dejarlos
pasear de cuatro en cuatro porque, de lo contrario, apenas harían ejercicio.
Así habría tiempo suficiente para que todos ellos salieran dos veces al día.
Otros, sin embargo, objetaban que era peligroso dejar a cuatro de ellos juntos
sobre cubierta.
Al ser consultado el capitán, éste contestó que poco daño
podían hacer cuatro hombres sin armas contra una tripulación armada y, como
consecuencia de ello, cuando B. y su compañero volvieron a la bodega, salió un
turno de cuatro hombres. Pese a ello, X. y C. no pudieron salir juntos porque
les correspondió en dos grupos distintos.
A la hora de cenar, los que se hallaban paseando por
cubierta en aquellos momentos fueron los encargados de bajar el rancho a sus
compañeros y, los que salieron a pasear después, tuvieron que subir los
calderos vacíos.
Transcurrieron así los días sin que variara lo más mínimo
el programa. Como quiera que los prisioneros tenían que limitarse a pasear por
la toldilla, no había ni la menor probabilidad de que pudiera ninguno de ellos
acercarse a la bitácora y descubrir el rumbo que llevaba el barco. No obstante,
entre los secuestrados figuraban algunos marinos que aseguraban que el barco
navegaba hacia el Sur, en dirección a las costas de España.
Esta noticia animó bastante a los agentes de Yuma que
creyeron que, al llegar frente a las costas españolas, su jefe podría
libertarles con mayor facilidad.
Pero pasaron los días, las costas de España —si de España
eran-quedaron atrás y nada turbó la monotonía dcl viaje.
Llegó un día en qué no les cupo la menor duda a los
prisioneros de que estaban entrando por el Estrecho de Gibraltar. El peñón
tiene características lo bastante definidas para que no pueda confundírsele.
—¿Adónde se nos lleva? —preguntó X. un día a uno de los
marineros.
—Eso ya lo veréis cuando lleguemos-contestó el hombre,
riendo.
—¿Qué se pretende hacer de nosotros?
—Debieras darte por satisfecho con que no se te haya
quitado la vida. ¿Qué más quieres? Voy a darte un consejo: no seas tan curioso
si quieres evitarte disgustos en esta vida.
Algunos otros de los prisioneros intentaron interrogar
también a sus guardianes con el mismo éxito que había tenido Fueron dejando
atrás Cerdeña, Sicilia, Creta... Y un día avistaron la delta del Nilo y la
entrada del canal de Suez.
Inmediatamente cambió el ritmo de las máquinas y el
vaporcito empezó a perder velocidad.
—O estamos a punto de entrar en el canal-dijo X., que se
hallaba sobre cubierta en aquel momento —, o andamos muy cerca de nuestro
destino.
—En cualquiera de los dos casos-contestó uno de sus
compañeros, bajando la voz —, se aproxima el momento de obrar y de recobrar la
libertad.
—¡Rancho! —gritó de pronto el marmitón, asomando la cabeza
a la puerta de la cocina.
Los cuatro prisioneros cruzaron la cubierta en dirección a
la cocina, acompañados de los centinelas. Tomó cada uno un caldero y echó a
andar hacia la bodega. No había uno entre ellos que no hubiera sacrificado
gustoso la comida por permanecer sobre cubierta en aquellos momentos, pero
hubiese sido suicida empeñarse en no bajar a su encierro. Era preciso que
discutieran todos juntos la situación e idearan un plan de campaña.
—¡Estamos a la altura de Port Said! —anunció X. cuando se
vio en la bodega—. El barco ha amainado la marcha. Desde este momento en
adelante hay que estar preparados para aprovechar la primera oportunidad que se
nos presente de huir o de apoderarnos del barco.
—Antes de discutir todo eso, será mejor que comamos-dijo
uno —. Se hacen planes con más facilidad teniendo el estómago lleno.
Este parecía ser el parecer general, conque se repartió el
rancho que fue consumido en silencio, aunque era evidente que todos estaban
excitados.
Una vez satisfecho el apetito, formaron los prisioneros,
corro, pero ninguno pareció dispuesto a ser el primero en hablar. Una agradable
sensación de bienestar les invadía a todos. El sueño empezaba a pesar sobre sus
párpados. Sólo sentían ganas de dejarse caer sobre el suelo de la bodega y
descansar.
C., haciendo un poderoso esfuerzo por dominar la modorra
que se apoderaba de él, se puso en pie. Había comprendido la verdad. Pero la
cosa ya no tenía remedio.
—¡Nos han echado un narcótico en el rancho! —exclamó, con
voz ronca.
Nadie le hizo caso. La mayoría estaba ya durmiendo. Las
piernas se negaron a sostenerle. Se sentó en el suelo y cayó de costado. Un
instante después dormía tan profundamente como sus compañeros.
Sería por entonces, aproximadamente, que un avión voló
sobre el barco, pasó por encima de Port Said y continuó su marcha tierra
dentro, en dirección a Transjordania. En la carlinga, junto al piloto, y
dormida o sin conocimiento, iba una muchacha.
¡Era Flor de Almendro!
CAPÍTULO VIII
CAMINO DE PETRA
CUANDO los prisioneros recobraron el conocimiento, se
dieron cuenta que el barco estaba anclado. No tenían la menor idea de cuánto
tiempo habían durado los efectos del narcótico; Pero había sido lo bastante
para que se les volviera a atar a todos de pies y manos y se les amordazara.
Aún no se les había despejado la cabeza del todo cuando se
abrió la escotilla, bajaron unos hombres y fue descolgada una cuerda. Une por
uno los prisioneros fueron izados a cubierta. Era de noche, pero la luna
iluminaba un trecho de playa desierta. Desierta en cuanto a vegetación y
edificios se refiere porque, a poca distancia de la embarcación, había parado
un automóvil grande —especie de autocar— con el motor en marcha. Lo conducía un
árabe y dos beduinos aguardaban en la playa.
Después de las amenazas y advertencias de rigor, les
fueron soltadas las piernas a todos los prisioneros para que pudieran anclar,
se les desembarcó y se les condujo al vehículo.
Un hombre, al que no habían visto hasta entonces a pesar
de que era evidente que había viajado con ellos en el barco, asumió el mando y
empezó a dar órdenes. Seguramente habría quedado acordado todo de antemano
porque, sin discusión de ninguna clase, seis de los marineros desembarcaron con
los prisioneros y subieron con ellos al autocar, instalándose tres de ellos en
la parte de atrás y otros tres en la de delante. Los cautivos ocuparon la parte
central del vehículo, de manera que pudieran ser vigilados estrechamente.
Hubo unos instantes de espera mientras el jefe hablaba con
el capitán del barco, dándole instrucciones al parecer. Luego subió al autocar
también y se senté en la parte delantera, junto a los tres marineros, mientras
uno de los beduinos ocupaba un asiento junto a loas marineros de la parte de
atrás y el otro subía a sentarse junto al conductor.
Aunque los prisioneros no lo sabían, habían desembarcado
en plena Judea, entre Port Said y Jafa, más cerca de esta última población que
de la primera. Fue dada la orden de marcha y el vehículo avanzó hasta meterse
en la carretera que conduce de Jerusalén a Matan.
La suerte había querido que C. y X. fueran colocados
juntos, frente a los marineros de atrás que parecían hallarse de un humor
excelente y no dejaban de hablar.
Distinguíase entre ellos, por las burlas de que hacía
objeto a los indefensos prisioneros, uno al que sus compañeros llamaban
“Rojo", tal vez por el color de la poblada barba que adornaba su
patibularia faz.
C., que había logrado aflojar un poco la mordaza sin que
se fijaran sus guardianes en ello, le susurró a X. que aquél era el hombre que
le había hecho prisionero.
Al cabo de unas horas llegaron a Matan, poblado de adobe
lleno de jardines de palmeras e higueras y rodeado de desierto.
El vehículo, sin embargo, no se detuvo sino que, tirando
hacia el Noroeste por una carretera mucho peor que la que habían dejado,
pasaron de largo junto al manantial de Ain Musa (Manantial de Moisés) y,
continuaron hacia Elji, poblado de chozas que hacen veces de almacenes, porque
los habitantes viven en tiendas de campaña hechas de pelo de cabra.
El automóvil no podía ir más allá, porque allí moría la
carretera, pero era evidente que se les esperaba porque, en las afueras mismas
de Elji, donde se detuvieron, aguardaba un grupo de beduinos con caballos.
Se obligó a los prisioneros a montar, sujetándolos a la
silla para que no cayeran.
Siguieron, resbaladizos caminos, que sólo un potro beduino
hubiera sido capaz de recorrer sin estrellarse, hasta llegar al lecho del Wadi
Musa, Allí se decidió acampar y hacer noche. No se prestaban, aquellos lugares
para andar por ellos en la oscuridad.
Cenaron de las provisiones traídas del barco y se echaron
a dormir.
No bien amaneció, les fue quitada la mordaza a los
prisioneros.
—Ahora-dijo el Rojo riendo —, ya podéis gritar hasta
desgañitaras si os da la gana. Nadie ha de oíros. Y, si intentáis escaparos, no
os arriendo la ganancia.
Pero ninguno se sentía con ánimos para intentar nada de
momento. Aún no se les habían pasado del todo los efectos del narcótico, a
pesar de la cena y de haber dormido un rato.
Reanudaren la marcha por el Wadi Musa, cuyo lecho se iba
haciendo más profundo a medida que avanzaban. Llegó un momento incluso en que
parecían haberse metido en un callejón sin salida, pero, cuando menos lo
esperaban, apareció ante ellos una estrecha abertura en la roca. Era la llamada
Es Siq por los árabes, es decir, Una Hendidura.
Se introdujeron por ella, impresionados por su
grandiosidad. En los puntos más estrechos, apenas medía cinco metros y en los
más anchos, jamás pasaba de quince. Les lados eran tan elevados y escarpados,
que los hombres parecían hormigas en el fondo de un precipicio.
Era imposible ver muy lejos delante de ellos, porque la
grieta serpenteaba enormemente. Por encima de sus cabezas, muy lejos, veían una
cinta de cielo. De vez en cuando, a lo largo del camino, encontraban pequeños
nichos abiertos en los lados en los que andaban imágenes de deidades. El suelo
estaba cubierto de peñascos que hacían penosísima y muy peligrosa la marcha.
Alguna que otra vez, uno de los caballos, a pesar de su extraordinaria agilidad
y seguridad, daba un traspiés, poniendo en peligro a su jinete.
Durante unos veinte minutos continuaron cabalgando por la
hendidura aquella tan aislados del mundo exterior como si se hallaran bajo
tierra.
Cuando menos se lo esperaban, Es Siq desembocó,
bruscamente, en un desfiladero que se extendía a derecha e izquierda, cruzando
la hendidura. Frente a la boca de Es Siq, vieron algo tan hermoso, tan
maravilloso, tan impresionante, que los prisioneros se quedaron boquiabiertos,
mudos, paralizados por la sorpresa y la admiración.
En la roca viva, sobre la que la Naturaleza había
prodigado todos los matices del encarnado, desde el color rosa al rojo más
subido, veíase tallada la fachada de un templo grandioso.
El pronaos de seis columnas tenía una de ellas rota. Por
encima del frontón y de la acrótera había otro a modo de piso, con medio
frontón a cada lado, sostenido por dos columnas y una especie de pabellón,
templete o urna en el centro. Había nueve figuras talladas en la fachada de lo
que pudiéramos llamar segundo piso. Era tan enorme el templo, que un hombre
parecía un insecto al lado de una de sus columnas.
—¡Ahora ya sé dónde estamos! —exclamó X., cuando recobró
el uso de la voz—. ¡Son las ruinas de Petra, la famosa ciudad de los edomitas
citada en la Biblia con el nombre de Selah! ¡Ese es El Khazna, el templo alzado
al dios desconocido, el que llaman también Tesorería de Faraón!
El jefe de la expedición se acercó.
—¡Adelante! —dijo—. ¡Tiempo de sobra tendréis para conocer
el templo y hasta para cansaros de él!
Siguieron adelante pasando cerca del circo que los romanos
abrieron, destruyendo tumbas nabateas para hacer sitio. Más allá encontraron
los restos de un triple arco triunfal y por fin llegaron al único edificio
aislado, no construido en la roca viva, que hay en pie en Petra: el templo de
Qasr el Bint o Palacio de la Doncella, llamado también Castillo de la hija de
Faraón.
Allí, junto a los medio derruidos muros, los beduinos
alzaron tiendas de campaña, se apearon todos y se acampó.
X., B. y C., que habían logrado sentarse juntos, hablaban.
—¿Para qué nos habrán traído aquí? ¿Qué pretenderán hacer
con nosotros? —decía B.
—Me parece que ya no tardaremos mucho en saberlo-contestó
Y.
—Lo que a mí me extraña es que el jefe no haya dado
señales de vida-dijo el cautivo C.
—No te preocupes, que ya las dará a su debido tiempo. A lo
mejor le tenemos cerca en estos momentos.
—¡Dios quiera que así sea!
Mientras tanto, los beduinos habían estado preparando la
comida para todo el campamento y los seis marineros se habían colocado en
lugares estratégicos para poder vigilar a los prisioneros con la menor cantidad
de molestia posible.
El Rajo, sentado en la base de una columna del Palacio de
la Doncella, miraba con curiosidad a su alrededor.
—Escucha, Tuerto-le dijo a otro marinero que estaba
sentado cerca de él y, como daba a entender su apodo, no tenía más que un ojo:—
¿tú habías estado aquí ya alguna vez?
—No, pero no pienso marcharme sin conocer un poco mejor
este sitio.
—Lo mismo digo yo. Y... se me ha estado ocurriendo una
cosa.
—¿Qué?
—Ninguno de nuestros compañeros parece haber venido aquí
antes.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada, sólo que se me antoja un poco raro.
—¿Por qué?
—¿Has trabajado bastante con los demás muchachos en
Londres?
—Sí.
—¿Has encontrado alguna vez a alguno que haya estado aquí?
—Sin embargo, alguien tiene que haber estado. Este no es
el primer viaje que se hace.
—Claro.
—¿Qué opinas de todo eso?
—No te entiendo.
—Te lo diré de otra manera. ¿Tú sabes para qué traemos a
estos hombres aquí?
—No.
—Pero... ¿te lo supones?
—Hombre...
—Te lo supones igual que yo. Han escogido hombres fuertes.
¿Por qué? Los hemos traído basta esta ciudad muerta corriendo riesgos por todo
el camino, que no ha sido corto por cierto. Y todo ello, ¿para qué?
—Supongo que será para que trabajen.
—¿Lo ves como estamos de acuerdo? Pero, para que
trabajen... ¿en qué? Aquí no se ve nada en que puedan trabajar ni se ve rastro
de los que vinieron antes.
—Los tendrán escondidos en alguna parte.
—¿A ellos solos?
—¿Eh?
—Pregunto si a ellos solos Si andan tan faltos de brazos
aquí... ¿tú puedes creer que nos dejen regresar tranquilamente a Inglaterra a
nosotros?
Era evidente, que al Tuerto no se le había ocurrido pensar
en la situación desde aquel punto de vista y que las palabras de su compañero
le impresionaban.
—No se atreverán a intentar semejante cosa con nosotros.
Estamos armados y daríamos un disgusto a quien lo intentara. Supongo que el
jefe y esos beduinos no se creerán con fuerzas para poder dominarnos. Yo creo
que tú estás viendo visiones, que se te antojan los dedos huéspedes.
—¿Sí? ¿Querrás decirme qué ha sido de los que vinieron
antes de nosotros entonces?
Al no contestarle el otro, el Rojo prosiguió:
—En Londres, ninguno sabe una palabra de esto. Sólo saben
que el jefe ha dado la orden de que no se mate a nadie mientras haya la
posibilidad de hacerle prisionero y que quiere que esos prisioneros se los
lleven donde tú sabes. A todos les extraña ese empeño del jefe en hacer
prisioneros, porque ninguno logra explicarse el motivo. Pero cumplen la orden,
apresan al que pueden, le entregan y ya no vuelven a saber una palabra del
cautivo.
»En cuanto a los que, como nosotros, han de encargarse de
transportarlos luego, ninguno sabe una palabra tampoco hasta el último momento.
Se les manda a bordo con los prisioneros sin que ninguno tenga la menor idea
sólo el capitán y quizá alguno de su mayor confianza, sabe el rumbo que
llevamos. Hasta llegar aquí, ninguno de nosotros sabía que era aquí donde
venía. ¿No es cierto?
—Sí...
—Todo eso indica que se quiere guardar a toda costa el
secreto de estos viajes y, si tantas precauciones se toman para que no nos
enteremos a dónde vos, ¿cómo puedes creer que van a dejarnos volver a Londres
ahora sabiendo todo lo que sabemos?
La aplastante lógica de aquellas palabras convenció por
fin al Tuerto.
—¿Qué crees tú que debemos hacer? —preguntó.
—De momento, estar siempre alerta por lo que pudiera
suceder. En cuanto el jefe se mueva, hay que seguirle y averiguar lo que hace
y, si es posible, escuchar lo que dice. Según se presente la cosa, obraremos.
En aquel momento anunciaron que la comida estaba hecha.
Los prisioneros fueron hacinados para que los marineros pudieran comer juntos
sin perderlos de vista. Todos los centinelas se retiraron, momentáneamente, de
sus puestos.
Los beduinos se habían sentado aparte, reunidos en torno
de una fuente enorme de cobre sobre la que había apilado cerca de un metro de
arroz.
—¡En el nombre de Alá! —dijo su jefe.
Y, al oír estas palabras, todos empezaron a comer con las
manos, continuando hasta que uno de ellos, harto, se levantó. Entonces se
levantaron todos porque la etiqueta exige, entre ellos, que abandonen la comida
en cuanto uno de ellos la deje.
CAPÍTULO IX
EL HOMBRE LUMINOSO
ACABADA la comida, los marineros se retiraron a ocupar sus
respectivos puestos de vigilancia. Poco tiempo después, el jefe del grupo se
levantó, dijo a los hombres que tenía más cerca que no tardaría en volver y se
alejó del campamento.
El Rojo y el Tuerto le siguieron con la mirada. Luego,
procurando que nadie se diera cuenta de sus propósitos, echaron a andar en la
misma dirección:
Al principio, el Tuerto iba el primero, pero, cuando
llegaron a las ruinas del circo romano, el Rojo se le adelantó un poco, se
aseguró de que el jefe marchaba en dirección a El Khazna y se escondió en una
de las tumbas nabateas cuya entrada había quedado al descubierto al ser
construirlo el anfiteatro.
Allí se sacó rápidamente del bolsillo un envoltorio y lo
sacudió, desplegándolo. Era una capa. Se la echó sobre los hombros con el lado
negro para adentro. Se caló el capuchón. El Rojo había desaparecido. Ahora era
el fantástico Yuma quien ocupaba su lugar.
Para poder descubrir los planes de los criminales, había
mandado a C. a vigilar el barco, encargándose él mismo de apresarlo para
granjearse así la confianza de aquellos hombres y poder entrar a formar parte
de la tripulación.
De esta manera, no sólo había estado siempre cerca de sus
agentes para protegerlos en caso necesario, sino que le había sido posible
averiguar el punto a que eran llevados los prisioneros hechos en Londres.
Lo que más le preocupaba de momento, sin embargo, era
saber qué había sido de Flor de Almendro, que parecía haber desaparecido de
Londres sin dejar rastro.
Sus pesquisas a bordo del «Primrose» habían resultado
infructuosas. Después de una serie de investigaciones discretas, adquirió el
convencimiento de que no se hallaba en el barco. Ello no obstante, estaba
seguro de que, de una manera o de otra, habría sido trasladada ya a Petra o lo
sería muy pronto.
Aunque, gracias a la invisibilidad de que gozaba por estar
envuelto en su misteriosa capa podía avanzar ya sin miedo a ser sorprendido, no
por eso logró adelantarse al Tuerto.
Éste, sin pararse a pensar en el peligro que el ser
descubierto pudiera representar para él, había apretado el paso con el
propósito de llegar a donde el jefe fuera casi al mismo tiempo que él para
estar seguro de no equivocarse de camino.
Afortunadamente, el jefe no esperaba ser seguido (y mucho
menos por sus propios hombres), de manera que ni se molestó en volver una sola
vez la cabeza.
Iba a El Khazna, como se habían supuesto y, cuando entró
en el templo, el Tuerto estaba ya junto a las columnas y escondido detrás de
una de ellas.
Dentro, hay una gran habitación central y dos cámaras
laterales pequeñas. En una de éstas entró el jefe y el Tuerto le siguió sin
vacilar. La oscuridad era absoluta, pero el hombre parecía conocer muy bien el
camino y cruzó el cuarto sin vacilar.
El Tuerto, guiándose por el ruido de las pisadas del otro,
intentó hacer lo propio, pero se detuvo de pronto, como paralizado.
Delante de él, a la altura de sus ojos, apareció de pronto
un punto luminoso que fue aumentando, rápidamente, de tamaño hasta convertirse
en una figura gigantesca:
Al principio, su contorno era confuso, pero poco a poco se
fue precisando hasta destacarse claramente la figura de un hombre cuya cabeza
llegaba a unos tres metros del suelo. Su cuerpo tenía un brillo fosforescente y
sus ojos eran rojos como ascuas.
El Tuerto sintió que se le ponían de punta los pelos de la
nuca y que un escalofrío recorría todo su cuerpo. Quiso gritar, pero la voz se
ahogó en su garganta.
La aparición se le fue acercando, con los brazos
extendidos. Se hallaba en el mismo caso que un pajarillo mesmerizado por una
serpiente. Quería huir, pero sus pies parecían haber echado raíces y carecía de
fuerzas para apartar la mirada de aquellos ojos terribles.
El avance del gigante fue lento, pero seguro. Estaba a un
paso del Tuerto cuando empezó a cerrar los brazos para acoger al intruso a su
seno.
Este, medio muerto de espanto, hizo un esfuerzo supremo
para salir de la terrible cámara. Era tal la fuerza que la desesperación le
daba, que logró mover uno de los pies y, se disponía a dar la espalda a la
aparición, cuando el brillo de los ojos de ésta aumentó enormemente.
Al mismo tiempo, el Tuerto experimentó una sensación que
le hubiera resultado imposible describir con exactitud. Fue algo así como si su
cuerpo entero se hinchara, como si su cerebro alcanzara una exaltación y una
clarividencia insospechadas.
Durante unos instantes se quedó completamente rígido, con
todos los músculos en tensión, alzada la cabeza, levemente arqueado el cuerpo.
Luego, sintió como si le hubiesen agarrado por el cabello y sacudido igual que
la tralla de un látigo.
Los ojos terribles, parecidos a dos torbellinos de fuego,
se inclinaron hacia él, sufrió una nueva sacudida de indecible intensidad, un
millar de cuchillos de fuego le atravesó el cerebro, sintió que se sumía en una
profunda sima y las tinieblas le envolvieron.
Yuma, que había seguido de cerca al Tuerto, presenció toda
la escena desde la puerta de la cámara. Al sufrir el marinero la última
sacudida, el hombre luminoso desapareció tan misteriosamente como había
aparecido, volviendo a reinar las tinieblas en la habitación.
Pensando auxiliar al hombre, Yuma sacó una lámpara de
bolsillo, barriendo el cuarto con el haz luminoso. Pero, por más que la luz
viajó por el suelo, las paredes y el techo, nada encontró que le permitiera
deducir la suerte que había corrido el imprudente intruso, El Tuerto había
desaparecido sin dejar rastro. La cámara estaba tan vacía como si jamás hubiera
entrado nadie en ella.
***
Mientras ocurría esto en la segunda cámara del templo, el
jefe de los marineros avanzaba por una galería abierta en la roca viva en
dirección al corazón de la montaña.
De vez en cuando se detenía al llegar a un cruce y
examinaba la pared en busca de una señal. Cuando la encontraba, se introducía
por el nuevo corredor y seguía avanzando.
Así llegó a una cámara de reducidas dimensiones en la que
dos chinos, vestidos a la usanza de su país, parecían montar guardia. Era
evidente que el misterioso jefe supremo tenía más confianza en los naturales
del Celeste Imperio que en la mayoría de los blancos.
El jefe de los marineros no debía serles desconocido a los
guardianes, porque ninguno de ellos se movió al verle llegar.
—Decidle al jefe que he llegado-dijo el hombre.
Sin decir una palabra, uno de los chinos se dirigió a un
altar que había en un rincón, hizo algo con una de las figuras que sobre él
había, y el altar entero giró, dejando al descubierto un oscuro pasadizo, por
el que el chino desapareció, cerrando la puerta secreta tras si.
Al cabo de un rato volvió a aparecer.
—Aquel-a quien nadie puede ver cara a cara y vivir, te
espera-dijo, haciendo una reverencia.
En la abertura detrás del altar, iluminada ya, otro chino
aguardaba. El jefe de los marineros le siguió sin decir una palabra. El pasillo
aquel era corto y desembocaba en otra cámara que parecía fiel reproducción de
la primera.
Sólo que allí, una gigantesca figura del dios egipcio
Osiris era la que ocultaba la puerta secreta. Pasó el hombre por un corredor,
precedido por un chino, hasta llegar a una estancia enorme.
Una imagen del buey Apis giró, tapando la entrada del
pasadizo por el que había llegado. El hombre se detuvo unos instantes y miró a
su alrededor. Aunque no era la primera vez que entraba en aquel lugar, le
producía siempre tal impresión su grandiosidad, que nunca se cansaba de
contemplarla..
El techo era tan alto, que las lámparas de petróleo que
suministraban el alumbrado en todo aquel dédalo de pasillos subterráneos no
lograban, disipar por completo las sombras que se cernían sobre el aposento.
Tres de las paredes estaban cubiertas de jeroglíficos
egipcios entre los que descollaban extractos del Libro de los Muertos. De vez
en cuando, veíanse esculpidas, escenas de la vida egipcia, de ceremonias
religiosas, de diversiones del pueblo.
De trecho en trecho aparecían enormes imágenes de todo el
panteón egipcio —Isis, Horo, Osiris, Tot Hernies, Apis, Serapis y una serie de
divinidades más.
Por el cuarto lado, en el centro mismo, ocupando
aproximadamente la tercera parte de la pared, había una escalinata a ambos
lados de la cual unos pebeteros perfumaban el ambiente con aromático vaho. El
lugar a que conducía dicha escalinata, estaba oculto por un velo que colgaba
desde donde había un enorme disco solar alado esculpido en la roca, hasta la
quinta grada.
A derecha e izquierda, una hilera de columnas gigantescas,
semejantes a las del templo de Karnak en Egipto, llegaba hasta los dos extremos
del cuarto. El jefe de los marineros hizo una profunda reverencia ante el velo
y aguardó unos momentos.
—¿Qué quieres de Aquél a quien nadie puede ver cara a
cara? —preguntó en inglés una voz que surgía de detrás del velo.
—Traigo trabajadores, señor-respondió el hombre.
—¿Dónde los tienes?
—Junto al Palacio de la Doncella.
—Hay entre ellos tres a quienes deseo interrogar. Los dos
hombres que fueron apresados en las marismas de Greenwich y el que fue
sorprendido cerca del barco. Los dos primeros llevaban un reloj extraño ¿Sabes
a quiénes me refiero?
El rostro del jefe de los marineros reflejó estupor y,
como si lo viera a través del velo, el personaje misterioso continuó:
—No te asombre que lo sepa. Aquél a quien nadie puede ver
cara a cara está en todas partes, sus ojos escudriñan todos los rincones y
hasta leen el pensamiento de sus enemigos. Es mi voluntad que esos hombres sean
conducidos a mi presencia.
—Lo serán, señor.
—Los seis marineros que te han acompañado son fuertes. Se
quedarán a trabajar también.
—Serán obedecidas vuestras órdenes.
—Bien; te mandaré hombres que se harán cargo de los tres
prisioneros que deseo ver. Lleva los otros al sitio que les está reservado... y
que los cinco marineros los acompañen.
—Son seis, señor.
—Son cinco. Uno te siguió. El guardián de la cámara se ha
encargado de él.
—Seréis obedecido.
—Así lo espero.
Calló la voz. El jefe de los marineros hizo una profunda
reverencia. Uno de los chinos le tocó en el brazo. Había terminado la
entrevista.
Asombrado aun por la facilidad con que su misterioso jefe
parecía enterarse de todo lo que sucedía en el exterior, el hombre dio media
vuelta y salió por el pasadizo que el chino ya había abierto un momento antes.
CAPÍTULO X
LA SUERTE DE LOS MARINEROS
YUMA no había creído prudente investigar a fondo lo
sucedido en la segunda cámara del templo. El jefe de los marineros volvería de
un momento a otro y no era aquel el momento más oportuno. Estaba convencido de
que el Tuerto estaría vivo. El misterioso criminal cuya influencia llegaba
desde aquel apartado rincón hasta el propio barrio chino de Londres y tal vez
más lejos, no era, evidentemente, partidario de matar a un hombre que pudiera
serle de utilidad y el Tuerto, a pesar de su defecto físico y de cierta afición
a la cocaína, no se había estragado aún lo bastante para no ser de gran
utilidad a quien necesitase hombres de recia musculatura.
Aunque, al examinar la cámara desde la puerta con ayuda de
la lámpara de bolsillo no había encontrado rastro del marinero, ciertos
detalles le llamaron la atención convenciéndole de que, llegado el caso, podría
entrar en la cámara sin correr la suerte del Tuerto.
Su primer pensamiento fue emboscarse en el templo y
aguardar a que saliera el jefe de los marineros. Pero, después de reflexionar
unos instantes, cambió de parecer y, saliendo, echó a correr hacia el
campamento.
No se detuvo hasta llegar al Palacio de la Doncella, entre
cuyas ruinas se metió. Allí, a cubierto de toda mirada indiscreta, se quitó la
capa, se la metió cu el bolsillo y salió otra vez con su personalidad de antes.
Un marinero, apostado allí cerca, le vio salir.
—¡Hola, Rojo! Creíamos que habías desaparecido. ¿Qué has
estado haciendo ahí dentro?
—Pensar-contestó el Rojo, secamente, sin dar importancia a
la pregunta.
—¿Pensar? —el hombre se echó a reír estrepitosamente—.
¿Con qué?
—No lo entenderías si te lo dijese. Se trata de algo que
tú nunca has tenido en la cabeza.
El hombre echó la cosa a broma y volvió a reír.
El Rojo había ido caminando, entretanto, hacia el lugar en
que se hallaban los prisioneros. Recordaba que sus agentes tenían por costumbre
llevar zapatos con suela de goma siempre que salían a cumplir alguna misión,
Los de B. y C, no le servían para nada; pero X. tenía, aproximadamente, el
mismo pie que él. Y quería apoderarse de sus zapatos.
Los tres hombres estaban juntos, sentados en el suelo. El
Rojo se detuvo ante ellos y les miró de pies a cabeza, con insolencia.
—Vais muy bien arregladitos, amigos-dijo; —demasiado bien
arreglados para lo que os espera.
Ninguno de los tres hombres le contestó, limitándose todos
a mirarle torvamente.
—¡Calla! —exclamó el Rojo—. Pero... ¡si llevan zapatos con
suela de goma y todo...! ¿Para qué creéis que van a serviros en este sitio? ¿A
ver? ¡Hombre! ¡Me gustan!
Se inclinó sobre los pies de X, y ya se disponía éste
alargarle un puntapié en pleno rostro y arrostrar las consecuencias, cuando oyó
que el supuesto marino decía, en voz baja:
—¡Quieto, X.! ¡Diles a B. y C, que tengan fe en mí!
X. tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no
exteriorizar su sorpresa. Habló con el fin de disimular mejor.
—¡Déjanos en paz! ¿No estáis satisfechos aún con todo lo
que nos habéis hecho?
—Satisfechísimos, pero tus zapatos me interesan... ¡Te los
cambio por los míos!
—¡Acércate a mis pies y te desharé esa cara tan
patibularia que tienes! —exclamó X., fingiendo ira.
Por toda contestación, el Rojo se inclinó de pronto, se
sentó sobre las piernas de X. y, mientras le sujetaba con una mano, empezó a
desatarle los zapatos. X fingió forcejear, aunque procuró no estorbar demasiado
lo que estaba haciendo el otro.
B. y C. se dispusieron a abalanzarse sobre el marinero y
emprenderla a puntapiés con él, ya que tenían las manos atadas. Pero X. les
ordenó en voz baja que se estuvieran quietos y, aunque no acababan de
comprender la actitud de su compañero, obedecieron.
El Rojo se quitó las botas y se las puso a X., calzándose
a continuación los zapatos de su agente. Luego, contoneándose como chiquillo
con zapatos nuevos, echó a andar hacia el Palacio de la Doncella de nuevo.
—Ya decía yo que tú, no estabas bien de la cabeza-exclamó
uno de los marineros, que había contemplado toda la escena sin moverse —. ¿Para
qué quieres esos zapatos? ¿No andabas mejor con las botas que llevabas puestas?
—Es que nunca he tenido unos zapatos como estos-contestó
el Rojo, mirándolos con admiración —. Deben costar la mar de dinero.
—Y pueden costarte a ti un disgusto bastante serio-dijo el
otro —. No sé cómo tomará eso el jefe en cuanto ce entere.
—¿Vas a decírselo tú, acaso?
—¿Yo? Ya se encargará de hacerlo el perjudicado.
El Rojo se sentó sobre una de las columnas rotas, junto a
las ruinas del Palacio. En cuanto vio que nadie le miraba, volvió a meterse en
el interior y echarse la capa sobre los hombros.
Una vez invisible, volvió a salir, mirando hacia el punto
por donde debía volver el jefe de los marineros.
Entretanto, B. y C. se habían vuelto, indignados, hacia X.
—¿Por qué no nos dejaste que te ayudáramos a quitarte de
encima a ese individuo?
—Por dos razones. Primera: ¿Qué hubierais adelantado con
lo que queríais hacer? Se nos hubieran echado encima los demás marineros, nos
hubiesen dado una soberbia paliza a las tres y yo me hubiera quedado sin los
zapatos igual.
—Pero, al menos, hubiésemos tenido el gusto de hacerle
papilla la cara al individuo ese.
—Ya iba a hacerle yo papilla la cara por mi cuenta, pero,
cuando me disponía a darle un puntapié, oí que me decía, en voz, baja “¡Quieto,
X.! ¡Diles a B. y C. que tengan fe en mí!”
Los otros dos agentes le miraron boquiabiertos.
—¿Estás seguro de que dijo eso? —exclamó B.
—Segurísimo.
—Pero... ¡si fue él quien me hizo prisionero junto al
barco! —objetó C.
—Con su cuenta y razón lo haría. Sólo puede ser el jefe u
otro agente. Si no ¿cómo queréis que supiera quienes somos? Podía haber
averiguado nuestro nombre por los papeles que llevábamos, pero la contraseña,
no.
—Es cierto-se vio obligado a reconocer C.; —pero no puedo
quitarme de la cabeza que fue él quien me apresó.
—¿No recibiste la orden de ir sin reloj de pulsera?
—Sí.
—¿Por qué crees que se te daría esa orden?
—Ahora comprendo que sería para evitar que cayese en manos
de esta gente, como ocurrió, con los vuestros.
—O, lo que es lo mismo, que, cuando se te envió al muelle,
se te mandaba ya para que cayeras prisionero.
—Pero... ¿por qué?
—Cuando el jefe hace una cosa, la hace porque la cree
necesaria. Yo no sé lo que pensaría, pero ahora, después de lo sucedido,
sospecho que lo que quería era inspirar confianza a los criminales
presentándose con un prisionero. Seguramente a eso debe el haber podido viajar
con nosotros y velar por nuestra seguridad. Es evidente que él sabía que nada
iba a ocurrirnos de momento, conque no tuvo inconveniente en sacrificarte para
bien de todos.
—Empiezo a creer que tienes razón-afirmó C.
—Yo estoy completamente seguro de que la tiene-anunció B
—. El jefe nunca abandona a sus agentes y acaba de dar una nueva prueba de
ello. Ahora ya no temo nada de lo que pueda ocurrir.
En aquel momento llegó el jefe de los marineros y empezó a
dar una serie de órdenes que pusieron a todos en movimiento.
—¿Cuál es el que falta de entre vosotros? —preguntó,
dirigiéndose al que se había burlado del Rojo.
—Ninguno, que yo sepa.
—¿Ninguno? Pues ¿dónde están el Rojo y el Tuerto?
El hombre miró a su alrededor.
—El Rojo debe estar dentro de esas ruinas. Parece que les
ha cogido cariño. No hace un minuto que estaba ahí, hablando conmigo.
—Bueno, pues ve a buscarle. Tenemos que hacer entrega de
los prisioneros. Del Tuerto no te preocupes; ahora me acuerdo que le encargué
yo de cierto trabajo.
El hombre corrió al Palacio de la Doncella y lo registró
de cabo a rabo.
—¡Aquí no está! —anunció al salir.
Se le buscó por los alrededores sin que se encontrara
rastro suyo. Si el Rojo había estado hablando con uno de los marineros hacía un
momento, no podía ser él quien le había seguido. Por consiguiente, el hombre de
quien el guardián de la cámara se había encargado era el Tuerto a no dudar.
Pero, ¿qué había sido del Rojo?
Cuando todos los esfuerzos por encontrarle resultaron
inútiles, el hombre se encogió de hombros. Si al Rojo, se le había ocurrido
seguir el ejemplo del Tuerto, el guardián de la cámara se encargaría de él. Si,
por el contrario, andaba por allí contemplando monumentos, ya le encontrarían y
apresarían los beduinos.
—Bueno-dijo; —no podemos entretenernos en buscarle. Ya
aparecerá luego. Entretanto, vamos a entregar los prisioneros al jefe.
Fueron formados todos en fila india, con el jefe y un
marinero delante y los otros tres marineros detrás. Los beduinos vigilaban por
los lados. En ese orden avanzaron hasta llegar al templo, a cuya puerta se
detuvieron.
—Iré yo delante con éste-dijo el jefe, indicando al
marinero que iba a su lado —. Vosotros-agregó, dirigiéndose a los tres que iban
detrás—, encargaos de que todos los prisioneros sigan. Si alguno intenta huir,
dadle un culatazo con la pistola, pero procurad no matarle.
—¿Hemos de entrar nosotros también? —inquirió uno de los
tres.
—Naturalmente. Hasta que los hayamos entregado a los que
se han de hacer cargo de ellos no podemos perderlos le vista.
Entró el jefe en el templo, dirigiéndose a la segunda
cámara.
Los beduinos se habían quedado junto a las columnas de la
entrada, vigilando desde allí. Era evidente que les hacía muy poca gracia
meterse en la llamada Tesorería de Faraón.
Alguna señal haría el jefe á alguien vigilaría en el
interior, porque el hombre luminoso no apareció.
Cruzaron todos la estancia en hilera. Una tenue luz, cuya
procedencia no se adivinaba, sumía a la cámara en una especie de penumbra que
permitía distinguir, con dificultad, las siluetas de los que iban entrando.
El jefe caminó, derecho, a la pared del fondo y, antes de
que hubiera llegado a ella, giró un bloque de piedra silenciosamente,
apareciendo un pasillo iluminado por el que se introdujo sin vacilar.
Todos los prisioneros le siguieron y, tras ellos, los tres
marineros. No bien estuvieron éstos dentro, cerróse la pared tras ellos y,
simultáneamente, se apagó la luz.
—¿Qué pasa? —preguntó uno de ellos.
Luego, presintiendo que un peligro les amenazaba, gritó:
—¡Cuidado, muchachos! ¡Esta luz no se ha apagado
accidentalmente!
—¡Hombro a hombro los tres! —gritó otro—. ¡Formemos un
triángulo! ¡Me da en los huesos que van a atacarnos!
Los tres se juntaron, hombro a hombro, formando un
triángulo, para protegerse mutuamente las espaldas. Estaban seguros de que
habían caído en una trampa. Por primera vez se les ocurrió a ellos lo que el
Rojo le insinuara al Tuerto. Sabían demasiado ya para que se les permitiera
salir de los pasadizos secretos del templo.
Pistola en mano, aguardaron durante unos instantes en
tensión. Fuera de ellos, nadie había proferido un grito ni emitido el menor
murmullo. Reinaba en el pasillo un silencio ominoso.
De pronto, tres gritos de terror sonaron a coro. ¡El suelo
cedía bajo sus pies!
—¡Saltad! —exclamó uno de ellos—. ¡Tal vez lleguemos a
terreno firme!
Y saltó al decirlo.
Pero era demasiado tarde. El suelo cedió más aprisa, de
manera que no pudo adquirir impulso suficiente. Intentó luego alcanzar el borde
del agujero con las manos, pero tampoco lo consiguió.
Era evidente, sin embargo, que no se trataba de matar a
los tres hombres. El suelo descendía aprisa, es cierto, mas su velocidad era
como la de un ascensor.
En cuanto se dieron cuenta de ello uno dijo:
—¡Preparad las pistolas! En algún sitio parará esto y
alguien se acercará a sacarnos. En cuanto asome alguien la cara, ¡duro con él!
No tardó en parar aquella especie de ascensor. Se hallaban
en la más completa oscuridad, pero estaban seguros de que alguna luz se
encendería para que pudieran verles les que habían de sacarles de allí.
Transcurrieron unos segundos que parecieron siglos. Nada
se movió.
—¿Es que van a dejarnos encerrados aquí? —exclamó uno de
los hombres.
—¡Escucha! —ordenó otro, asiéndole del brazo con fuerza.
Callaron todos y aguzaron el oído. Por encima de ellos se
oía un ruido sibilante, como si se escapara el aire de un neumático.
—¿Qué es eso? —preguntó el que primero había hablado.
Y, no bien hubo hecho la pregunta, la contestación le
acudió al cerebro con la fuerza de un mazazo.
—¡Nos quieren asfixiar! —gritó, aterrado—. ¡Nos van a
matar como a perros!
Estas palabras fueron saludadas con una serie de
blasfemias. Los tres hombres se pusieron a golpear las paredes, desesperados,
pidiendo a gritos que se les sacara de aquella ratonera. Sólo el silencio
respondió a sus gritos y quejas. Las paredes, de roca sólida al parecer, ni
resonaron siquiera.
Probaron los cuatro costados con el mismo resultado.
Entretanto, las voces habían ido perdiendo fuerza, debilitándose a medida que
el gas aquel, o lo que fuera, se iba introduciendo en sus pulmones.
Poco a poco se fueron apagando los gritos y cesando los
movimientos. Aún, no habían transcurrido cinco minutos de su llegada al fondo
de aquel pozo, cuando los tres hombres yacían, en posiciones grotescas, sin
vida o sin conocimiento.
CAPÍTULO XI
EN LOS PASADIZOS DEL TEMPLO
CUANDO los prisioneros habían salido del campamento con su
escolta, Yuma, envuelto en su capa, había caminado muy cerca de ellos. La
posibilidad de que algún trozo de roca se desprendiera bajo sus pies y llamara
la atención de los beduinos, le había obligado a rezagarse un poco. No tenía el
menor deseo de sembrar la alarma y el hecho inexplicable de que se desprendiera
roca o tierra sin que se viera a persona alguna cerca, hubiera darlo al traste
con la serenidad de los supersticiosos beduinos, que tal vez se hubieran negado
a dar un paso adelante, atribuyendo el suceso a los espíritus de los muertos
que velaban sobre la ciudad y que expresaban así su disgusto al ver turbado su
reposo.
Esto no hubiera impedido que los prisioneros hubiesen sido
transportados al templo, pero hubiera podido despertar las sospechas de la
mente maestra que dirigía todas aquellas operaciones. Y, si dicha mente maestra
se ponía a reflexionar y a atar cabos, era muy posible que cayera en la cuenta
de que tenía que habérselas con Yuma, cuyo nombre era tan conocido como sus
hazañas en el mundo entero, aun cuando su verdadera personalidad seguía siendo
un misterio.
Si el hombre en cuestión había llegado a concebir dicha
sospecha ya al examinar los relojes de sus agentes o tener noticia de su
hallazgo aunque él no los hubiese visto, sólo le faltaría, saber que las
piedras se movían solas para deducir que el hombre que poseía el don de la
invisibilidad se hallaba cerca. En tal caso, le prepararía una serie de trampas
de las que difícilmente podría librarse.
Por consiguiente, optó por no correr riesgos innecesarios.
Así fue que, al llegar al templo, le fue imposible entrar con los prisioneros
porque, al quedarse los beduinos fuera, se alinearon de tal suerte que sólo
quitando a uno de ellos de allí hubiera podido pasar.
No tuvo más remedio que resignarse a esperar a que alguno
se moviera de su sitio dejando espacio suficiente para que pasara, cosa que
tardó un rato en suceder.
Creyendo, sin duda, innecesaria aquella formación cerrada,
los beduinos acabaron por descomponerse en grupos y tomar asiento en el suelo,
aunque de tal forma que, mientras unos vigilaran la entrada del templo, los
otros pudieran hacer lo propio con los alrededores.
Yuma aprovechó la ocasión para introducirse en el templo y
dirigirse a la segunda cámara. Recordando lo qué había visto la vez anterior
que estuviera, entró con cautela, manteniéndose bien pegado a la pared hasta
llegar cerca del fondo. Una vez allí, se arriesgó a encender la lámpara de
bolsillo, procurando que la luz no diera en dirección a la puerta para que no
fuese vista desde el exterior.
No temía la posibilidad de que se asomara beduino alguno
al cuarto, porque había observado que el templo les inspiraba cierto temor
supersticioso y estaba seguro de que no se atreveríais a entrar en él mientras
no ocurriese algo tan insólito que les obligara a hacerlo.
Examinó de nuevo el suelo. Como había creído ver la
primera vez que lo hiciera, el piso del centro de la cámara se componía de una
plancha metálica disimulada. Por eso, al entrar él, había procurado no
acercarse al centro para nada.
Se aproximó a la plancha buscando, cerca de ella, algo que
debía existir si no se había equivocado él en su teoría. No tardó en
encontrarlo. A muy poca distancia del borde del metal había una serie de
agujeros tan pequeños que, aun con ayuda de la lámpara de bolsillo, apenas se
notaban.
Sólo le faltaba encontrar una cosa para estar seguro de
que había comprendido bien el misterio. Volvió al lado de la pared del fondo y
la fue examinando cuidadosamente. Al cabo de unos momentos descubrió lo que
buscaba: un agujero pequeño al que la luz de su lámpara arrancó reflejos.
Apagó la luz, maravillado del ingenio del hombre que había
preparado aquella trampa. Para Yuma, el misterio del Hombre Luminoso había
dejado de serlo.
Quien pisaba la plancha metálica, cerraba un circuito
eléctrico. Al cerrarse el circuito, los agujeritos que había visto en el suelo
empezaban a emitir chorros de humo o vapor espeso. Simultáneamente, una
maquinita de proyección se ponía a funcionar detrás de la pared, proyectando la
imagen del gigante sobre la pantalla de humo. El reflejo que viera en el
agujero de la pared era el despedido por un objetivo especial, de gran
potencia, calculado matemáticamente para lograr semejante multiplicación de la imagen
a una distancia tan corta.
La película proyectada estaría montada en bucle, es decir,
con las extremidades unidas, formando una película sin fin, de manera que, al
terminar de proyectarse la escena, volviera a aparecer el principio. De esa
manera, después de haber funcionado la máquina una vez, quedaba con la película
a punto para empezar de nuevo cuando hiciera falta.
En los puntos convenientes de la escena, se establecería
un nuevo contacto eléctrico que haría pasar por la plancha metálica una
corriente de suficiente fuerza para darle una potente descarga a la víctima. La
última descarga —la recibida cuando la imagen del gigante parecía abrazar al
intruso-sería lo bastante enérgica para hacer perder el conocimiento a quien se
hubiera dejado pillar en la trampa.
Una rueda con un tope para establecer contacto, calculada
para dar el número de revoluciones necesarias durante la proyección de la
película, se encargaría de dar paso a la corriente... si es que no se empleaba
algún otro de los muchos métodos posibles.
La última parte-la desaparición de la víctima-era la más
sencilla. Una vez terminada la proyección, la plancha metálica se abriría bajo
los pies del intruso precipitándole en algún sitio en el que, con toda
seguridad, le estarían aguardando, pues era de suponer que cada vez que
funcionase la trampa sonaría una señal en alguna parte.
Una cosa sorprendía a Yuma en todo esto. ¿De dónde se
obtendría la fuerza eléctrica necesaria para dejar sin conocimiento a un hombre
o, por lo menos, para inutilizarle?
La luz necesaria para la proyección podía obtenerse con un
simple acumulador, pero lo otro era algo de mayor envergadura, algo que parecía
superior a las posibilidades del lugar.
No era aquel, sin embargo, el momento más adecuado para
entregarse a semejantes reflexiones. Quería descubrir el secreto del templo,
penetrar en su laberinto subterráneo y era preciso que encontrara la entrada.
Empezó a examinar minuciosamente las paredes,
escudriñándolas con la mirada, recorriéndolas con las yemas de los dedos en
busca de desigualdades que pudieran ocultar un resorte, pero, al cabo de un
buen rato, hubo de reconocer que, si allí había alguna entrada (cosa que no
dudaba), estaba tan bien disimulada que sólo la casualidad podría permitirle
descubrirla.
Convencido de la inutilidad de sus esfuerzos, pensó
utilizar la trampa como medio de acceso. Era una posibilidad que se le había
ocurrido la primera vez. Por eso había vuelto al campamento en busca de los
zapatos de goma de X. Por las sacudidas del cuerpo del Tuerto, por la forma en
que se había arqueado, comprendió enseguida que era una descarga eléctrica lo
que producía, tales efectos. Con los zapatos de goma quedaría aislado. Podía
ponerse en pie sobre la plancha metálica sin temor a los efectos.
El humo saldría del suelo la máquina de proyección
funcionaria, la trampa se abriría bajo sus pies... Caería a donde hubiese caído
el Tuerto, con la diferencia que él no habría perdido el conocimiento ni habría
quedado inutilizado por la corriente.
Pero semejante procedimiento no dejaba de tener
inconvenientes. Al abrirse la trampa sonaría el aviso de que había caído
alguien en ella y acudirían en su busca. Claro que, dada su invisibilidad, no
le encontrarían, pero ¿sería eso una ventaja?
¿Cómo era posible que funcionase la trampa y sonara el
aviso si no aparecía una víctima que lo justificase?
Los guardianes sólo podrían concebir dos explicaciones
lógicas: que la víctima, en el último instante, hubiera podido reponerse y
hallar fuerzas para escapar, o que, habiendo caído en la trampa, hubiese
logrado salir de ella por su propio esfuerzo y se hallara vagando por los
pasillos subterráneos.
En, el primer caso saldría alguien a interrogar a los
beduinos. Éstos asegurarían no haber visto salir a nadie del templo. Entonces
se registraría la estancia central y la otra cámara lateral. Con ello quedaría
demostrado que la víctima no se había escapado de la trampa.
El segundo caso era inverosímil a más no poder.
Difícilmente podría escaparse un intruso por los pasillos sin ser visto porque,
aun suponiendo que, por su naturaleza, la corriente eléctrica no hubiera
llegado a reducirle a la impotencia (hay hombres que resisten descargas que
matarían a otros), lo más probable era que los guardianes de la trampa se
hallarían lo bastante cerca de ella para que nadie pudiera salir de la misma
sin ser visto.
Quedaba un recurso. Conseguir que, cuando acudieran al
aviso, los guardianes de la trampa encontraran una victima. Para eso había que
lograr que entrase alguien en la cámara y, cuando funcionase la trampa, saltar
sobre la plancha metálica y caer por el hueco con la víctima.
Esta solución se le ocurrió a Yuma, pero la desechó no
bien le hubo apuntado la idea.
En efecto, ¿a quién podía usar para ello? Sólo a un
beduino. No había más que beduinos por allí cerca. Podía hacer ruido, encender
la luz, hacer algo que atrajese a alguno de ellos, pero ¿conseguiría que
entrase en la cámara? Lo dudaba.
El temor de que daban muestras aquellos hombres se le
antojaba demasiado fuerte para no estar fundado en algo concreto.
Era muy posible que, en los primeros tiempos de haberse
instalado allí la mente maestra, los beduinos hubiesen intentado penetrar en la
cámara. Alguno de ellos caería víctima del guardián de la cámara. Otros
presenciarían el suceso. La desaparición total de un compañero, después de tan
terrible escena, les convencería del peligro que el meterse allí representaba
para ellos.
Desde entonces, creyéndolo todo, a buen seguro, obra de
alguna agencia sobrenatural, se habrían negado a entrar en el templo siquiera,
cuanto más en aquella cámara.
No obstante, Yuma estaba dispuesto a intentarlo si no
encontraba pronto otro procedimiento.
Aún reflexionaba intentando dar con una solución más
práctica, cuando sonó un chasquido tan cerca de él, que hubo de echarse
rápidamente a un lado. A un palmo del lugar en que había estado apoyado,
acababa de girar un enorme bloque de piedra, dejando al descubierto un
pasadizo.
A la luz que por la abertura se filtraba, vio la silueta
de un chino que salía a la cámara, la cruzaba y pasaba al templo. Jamás
volvería a presentársele a Yuma una ocasión como aquella. Tentado estuvo de
seguir al chino para averiguar qué iba a hacer, pero decidió que era más
importante aprovechar la oportunidad.
Gracias a los zapatos de X., sus pisadas no hacían el
menor ruido y pudo deslizarse por el pasadizo sin que el menor ruido alarmara
al que acababa de salir.
Una vez dentro, sin embargo, creyó prudente aguardar a que
regresara el otro, puesto que, siguiéndole, correría menos riesgo de caer en
alguna nueva trampa. No le cabía la menor duda de que el chino volvería
enseguida, pues de lo contrario se hubiera cerrado la puerta tras él, cosa que
no había sucedido.
Suponía que habría salido con el único objeto de
transmitir alguna orden a los beduinos, cosa en la que no se equivocaba, como
más adelante veremos.
Al cabo de dos o tres minutos, el oriental volvió y la
puerta se cerró tras él. Yuma le siguió, procurando mantenerse siempre lo más
cerca de él posible, pues las lámparas de petróleo que iluminaban los pasadizos
proyectaban una luz tan mortecina, que las sombras se hacían engañosas y se
corría el riesgo de perder de vista a una persona a los pocos pasos.
No dejó de extrañarle, por cierto, que un hombre que
disponía de corrientes lo bastante fuertes para inutilizar a un hombre
recurriera al petróleo como medio de alumbrado, pero acabó por decirse que, con
toda seguridad, generaría tan poca fuerza con los medios a su disposición, que
sólo la emplearía para las cosas más necesarias.
Durante un buen rato siguió al chino por una galería tras
otra hasta ir a parar a la cámara que ya conocen nuestros lectores. Una vez
allí, se dirigió a uno de los guardianes de la estancia, diciendo en fokeen, o
sea el dialecto hablado par la mayoría de los habitantes del Celeste Imperio:
—Decidle a Aquél a quien nadie puede ver cara a cara y
vivir que ha sido dada la orden de que se busque al marinero que falta y que se
le traiga.
Dicho, lo cual, volvió a retirarse por donde hasta allí
había llegado.
Yuma comprendió enseguida que era a él a quien habían dado
la orden de buscar y permaneció en la cámara con el fin de averiguar donde
estaba el misterioso personaje a quien llamaban «Aquel a quien nadie puede ver
cara a cara y vivir», puesto que no cabía la menor duda de que sería la
inteligencia oculta tras todos aquellos manejos.
Trabajo le costó introducirse por detrás del chino que
abrió la puerta secreta tras el altar del rincón, pero lo consiguió y tras él
llegó a la antecámara, donde fue repetido el mensaje, pasando el nuevo
mensajero por el pasadizo oculto tras la estatua de Osiris, seguido también por
Yuma.
Cuando llegaron a la gran sala y se hubo cerrado la
entrada, el hombre invisible miró a su alrededor. No había esperado hallar
lugar tan magnífico oculto en las entrañas de la tierra bajo el templo de El
Khazna, y, al verlo, presintió más que comprendió el verdadero significado de
todo lo sucedido hasta aquel momento.
Pero no tenía tiempo de pararse a pensar en eso. En el
centro de la estancia, frente al velo suspendido sobre las gradas, se hallaban
sus tres agentes, con las manos atadas a la espalda como cuando les viera la
última vez.
Un chino montaba guardia a cada lado y dos detrás. Los
cuatro llevaban las manos metidas en las mangas de sus kimonos, al estilo
oriental, y no parecían armados. Pero Yuma estaba seguro de que, bajo las
anchas mangas, la mano de cada uno de ellos empuñaría un cuchillo, que los
chinos usarían sin vacilar si se veían obligados a ello.
Acercóse lo más que pudo, dispuesto a intervenir si notaba
el menor movimiento sospechoso. Era evidente que Z., B. y C. estaban siendo
sometidos a un interrogatorio y que no hacía mucho que éste había empezado.
La voz de allende el velo había cesado en el momento de
abrirse la puerta disimulada tras el buey Apis, mas, una vez hubo dado el
oriental el mensaje y salido de la estancia, dejose oír de nuevo:
—A dos de vosotros os fueron encontrados unos aparatitos
muy ingeniosos en forma de reloj, que os permitían transmitir y recibir
mensajes. Eso es prueba evidente que obedecéis las órdenes del mismo jefe.
Hasta el momento de incautarse mis agentes de esos relojes, no conocía la
existencia de aparatos semejantes... aun cuando puedo aseguraros que pocas
cosas se inventan de las que no tenga yo conocimiento.
Ninguno de los tres hombres dijo una palabra. La voz
prosiguió:
—Había dado la orden de que fueran examinados los aparatos
por una persona competente con el fin de poder fabricar otros similares. A
continuación, era mi deseo que fuese enviado un mensaje encaminado a hacer caer
en mis manos al jefe de una organización que de tan buenos medios disponía. Por
desgracia, mi agente entendió mal mis órdenes y expidió primero el mensaje.
Como consecuencia, ambos relojes fueron destruidos por una potentísima onda que
los convirtió en una masa de metal fundido que poco faltó para que le costara
un brazo a uno de mis agentes principales. En el pecado halló la penitencia.
Los tres agentes empezaban a comprender muchas cosas, pero
siguieron sin despegar los labios.
—Fue sin duda por eso por lo que un nuevo agente, que fue
enviado a vigilar el barco, recibió la orden de acudir sin reloj. El mismo
error no se hubiera cometido dos veces. En cuanto ese agente, hecho a su vez
prisionero, tuvo los pies libres, se reunió con vosotros y, desde aquel
momento, los tres habéis estado siempre juntos. Si hubiera existido alguna duda
acerca de la identidad de ese hombre, semejante proceder hubiese bastado para
disiparla. Los tres sois agentes de la misma organización. ¿Qué organización es
ésa y cuál es su jefe? ¿Con qué fin ha querido inmiscuirse en mis asuntos?
X. habló al fin:
—Si tanto has podido averiguar sin ayuda, ¿por qué no
averiguas lo demás sin la nuestra?
—Acepto el reto. Y voy a intentarlo ahora mismo por un
proceso de razonamientos lógico-contestó la voz, sin que variara su tono —.
Aunque no sé si son los vuestros verdaderos los nombres que en los documentos
que os encontraron rezan, ello importa muy poco. Pueden servir, divinamente,
para designaros de momento. Empezaremos por Surrey.
Hizo una breve pausa. C. se movió inquieto. La voz
prosiguió:
—Surrey fue enviado a vigilar el “Primrose” sin reloj de
pulsera. ¿Por qué? Por si caía prisionero, Pero ¿por qué había de caer
prisionero si tomaba las debidas precauciones? Por lo visto, su jefe sabía muy
bien dónde lo enviaba. Por cierto que no comprendo para qué quería vigilar el
barco. O mucho me equivoco, o no tenía necesidad de ello habiendo llegado tan
adelante en sus descubrimientos. Por consiguiente, el hecho de que fuera
enviado sin reloj se debía a que el jefe tenía la completa seguridad de que iba
a ser apresado.
»¿Cómo podía tener seguridad semejante? Sólo de una
manera. Su jefe quería que cayese prisionero y estaba decidido a que eso
sucediera. ¿Qué esperaba adelantar con ello? Surrey, prisionero, de nada le
servía. Pero el acto de caer prisionero podía suministrarle el medio de
introducir un agente a bordo del «Primrose», un agente que gozase de libertad
completa. Bastaba con que dicho agente apresara a Surrey, lo entregase a bordo
y utilizara el favor hecho para ganar la confianza de la tripulación y llegar,
incluso, a formar parte de ella.
Los tres agentes sintieron que una viva inquietud se
apoderaba de ellos. La voz misteriosa estaba dando pruebas de que su dueño
poseía la rara facultad de razonar con frialdad y exactitud. La voz siguió
hablando:
—EL agente escogido fue el Rojo. Desempeñó a maravilla su
cometido. Hizo prisionero a Surrey. Convenció al capitán del barco de su buena
fe y de lo dispuesto que estaba a emprender cualquier negocio que pudiera
rendirle buenos beneficios. Total que fue admitido a bordo como cualquier otro
de los tripulantes. No obstante, como nada de lo que sucede entre mis gentes se
me oculta, también el detalle ese me fue comunicado. Y, como yo no soy tan
confiado como ellos, tomé mis medidas, para prevenirme contra cualquier
sorpresa.
»No había inconveniente en que el Rojo siguiera a bordo.
Después de todo, aun cuando gozase de libertad, no por eso dejaba de ser un
prisionero también. Si hubiese intentado algo, mis hombres de confianza se le
hubieran echado encima. Al llegar el barco a su destino, di la orden de que el
Rojo figurara entre los escogidos para acompañar hasta aquí a los prisioneros.
Los que hasta aquí llegan, no vuelven, se convierten en prisioneros también.
Los hombres de mi absoluta confianza se quedan a bordo del «Primrose». Si
llegaran hasta, aquí, sabrían demasiado también y, aunque deposito mi confianza
en ellos para muchas cosas, no estoy dispuesto a hacerlo en lo que a este
retiro se refiere. De manera que, desde el momento que se le permitió al Rojo
que os acompañara, se convirtió él en un prisionero en perspectiva..
Hubo una nueva pausa antes de que continuara hablando
“Aquél a quien nadie puede ver cara a cara y vivir”.
—Todos los marineros que os acompañaron-prosiguió al fin
—, son a estas horas tan prisioneros como vosotros.
Los tres agentes se miraron, espantados.
—Todos-prosiguió la voz —, menos uno: el Rojo.
X., B. y C. volvieron a respirar.
—Os alivia saberlo, ¿eh? —rió la voz—. Poco durará vuestra
alegría. Los beduinos le buscan. Ellos conocen estos alrededores como la palma
de su ruano. No hay grieta en la montaña, tumba, mata, ruina ni wadi que no
hayan explorado mil veces. Ni una rata podría escapárseles. Caerá en mis manos
como habéis caído vosotros.
X. habló otra vez.
—Si tanta seguridad tienes-preguntó la voz —, ¿para qué
nos interrogas a nosotros?
—Quiero saber quién es vuestro jefe.
—¿Y si nos negamos a decirlo?
—Sentiré mucho tener que ordenar la muerte de tres hombres
tan fuertes.
—¿Quieres decir con eso que nos pondrías en libertad si
supieras quién es aquél a quien obedecemos?
—¿En libertad?... Sí, pero no inmediatamente. Tendréis que
aguardar. Pero podéis contribuir con vuestro esfuerzo a que el tiempo se
acorte.
—¿Como?
—Trabajando. ¿No habéis oído hablar nunca de esta ciudad
muerta en que os encontráis?
—Sí, es Petra.
X. estaba hablando con un doble objeto a la vista, ganar
tiempo y averiguar todo lo que le fuera posible del misterio que les rodeaba.
—En tal caso conoceréis el nombre del templo por el que
habéis entrado? —dijo la voz.
—Los árabes le llaman El Khazna.
—Y también la Tesorería del Faraón-agregó la voz.
—Cuentos de árabes-dijo X.
—Historia con fundamento-enmendó la voz —. Los árabes han
buscado el tesoro del faraón en el templete que hay sobre el frontón del
templo, sin encontrarlo. Era difícil que dieran con él allí, puesto que allí
nunca ha estado. Ellos desconocen lo que se encuentra debajo del templo, porque
nunca han pisado estos subterráneos. Me estaba destinado a mí encontrar un
papiro en que un escriba del templo contaba sus glorias pasadas. En él se
hablaba del dédalo de corredores abiertos debajo del templo y de la forma de
entrar en ellos, de las cámaras y sus pasadizos para llegar a ésta, la gran
sala en que el faraón quiso pasar sus últimos tiempos. Y en el papiro se
hablaba del cuantioso tesoro que los sacerdotes enterraron con la momia del
faraón en estos pasadizos. Por desgracia, el papiro estaba en tan final estado
cuando llegó a mis manos, que le faltaba el trozo en que figuraban las
instrucciones para dar con la tumba del faraón. La lista de las riquezas con él
enterradas, sin embargo, representaba una fortuna tan inmensa, que bien valía
la pena pasarse años si era preciso buscando su paradero.
»Las paredes son recias. Si os habéis fijado en los
lugares, por los que habéis pasado, habréis visto que las puertas secretas son
moles enormes de roca, imposibles de descubrir golpeándolas porque son
demasiado gruesas para que suenen a huecas. El resorte que las abre es tan
ingenioso en todos los casos, que es inútil buscarlo a menos que se conozca su
paradero. Por consiguiente, sólo había un medio de descubrir la tumba: abriendo
agujeros lo bastante profundos para asegurarse que no existía hueco alguno tras
el lugar en que se buscaba. Tarde o temprano, probando todas las paredes,
acabaré por dar con el pasadizo que busco. Mientras tanto, necesito hombres
fuertes que taladrad la roca. Cuantos más tenga, más pronto encontraré la
cámara del tesoro. Si vosotros me decís quién es vuestro jefe, os, perdonaré la
vida. Iréis con los demás prisioneros a hacer agujeros en la roca. El día en
que el tesoro aparezca, quedaréis todos libres.
Calló la voz. Reinó el silencio.
—¿Qué pruebas tenemos de que cumplirás tu palabra si te
decimos lo que quieres saber? —preguntó X.—. ¿Quién eres?
Sonó una risa detrás del velo.
—Yo soy Aquél a quien nadie puede ver cara a cara y vivir.
Y mi palabra es sagrada.
—Pues bien, tú que tan altisonante nombre te das, nos
negamos rotundamente a contestar a tu pregunta.
En aquel preciso instante se abrió la puerta secreta y
entró, apresuradamente, un chino que corrió, sin detenerse, a la orilla misma
del velo, subiendo las cuatro primeras gradas para hacerlo. Habló un rato en
voz tan baja que, pese a todos los esfuerzos de Yuma por oírle, no pudo
conseguirlo y no tuvo tiempo de acercarse lo bastante, porque el chino hizo, de
pronto, una reverencia y volvió a salir de la estancia tan apresuradamente como
había entrado.
La voz volvió a alzarse y esta vez su tono era triunfal y
terrible.
—¡Para nada os necesito! —dijo—. Ya sé quién es vuestro
jefe y pronto sabré su verdadera identidad! ¡El Rojo ha desaparecido! ¡No ha
sido hallado en toda la ciudad muerta! ¡Sólo un hombre invisible sería capaz de
escapar a la vigilancia de mis beduinos!
Los tres agentes se miraron. La perspicacia de aquel
hombre oculto les aturdía y daba miedo.
—Sólo conozco a un hombre capaz de hacerse invisible a
voluntad: ¡Yuma! Debí comprenderlo antes. Yuma no os abandonará. Procurará
introducirse hasta mi propia presencia. Y llegará hasta aquí... pero como
vosotros habéis llegado. Si intenta entrar por el templo, el guardián de la
cámara se encargará de él. Es un guardián que no hace distingos entre seres
visibles e invisibles. Contra todos lucha y vence. Ni unos ni otros le pasan
inadvertidos. Y, si por un verdadero milagro, en el que no creo, lograra burlar
su vigilancia, otros peligros mayores le aguardan, de los que nada podrá
librarle.
Cambió de tono. Tornóse amenazadora, e irónica, a veces,
la voz.
—¡Para nada os necesito ya! Os hago el honor de
consideraros un estorbo. Mientras no tenga la noticia de que vuestro jefe se
halla en mis manos, cabe la posibilidad, aunque lejana, de que logre libertaros
y me deis algo que hacer antes de que logre reduciros nuevamente a la
impotencia. No quiero correr riesgos innecesarios. Pero no dejo de ser algo
humorista. Quiera que sea poética mi justicia. Os quitaré la vida con vuestras
propias armas.
Y, antes de que comprendiera ninguno de ellos el
significado de sus palabras, sonaron tres disparos; tres proyectiles agujerearon
el velo; los tres agentes rodaron por tierra, víctimas de la certera puntería
del desconocido.
CAPÍTULO XII
PELIGRO IMPREVISTO
HABÍA sucedido todo tan rápidamente, que ni el propio Yuma
pudo hacer nada por proteger a sus agentes.
Otro, en su lugar, hubiera arremetido contra el velo,
rasgándolo para abalanzarse sobre el misterioso hombre que tras él se cobijaba.
Pero Yuma no era un hombre impulsivo, afortunadamente. Era su clara
inteligencia, su serenidad, su voluntad férrea, el dominio tan perfecto que
ejercía sobre sí lo que le convertía en el poderoso ser cuyo nombre bastaba
para sembrar el terror en cl pecho de los malhechores.
Con la misma tranquilidad que si lo ocurrido fuera una
cosa sin importancia, se acercó al lugar en que yacían los hombres antes de que
los chinos que había a su alrededor se hubieran movido siguiera. Tomó el pulso
de cada uno de ellos, les posó, incluso, la mano sobre el corazón. Los tres
habían recibido el balazo en pleno pecho.
Volvió a erguirse y apartarse del grupo. La voz de Aquél a
quien nadie puede ver cara a cara y vivir volvió a sonar:
—Que sean trasladados esos tres cadáveres al nicho del
fondo de la galería en que se está trabajando. Cuando llegue la noche pueden
ser sacados junto con los que hayan caído de los trabajadores.
Los chinos cogieron los tres cuerpos y salieron con ellos
de la estancia, seguidos de Yuma, que, fijándose con cuidado en el primero de
ellos, había descubierto el medio de abrir y cerrar la puerta del pasadizo por
aquel lado, como descubriera la forma de abrirla por el otro a su llegada.
Igual hizo en la antecámara y en la cámara siguiente. Una
vez fuera de esta última, fue señalando las esquinas de todas las galerías por
que torcían para estar seguro de saber volver a la sala secreta, cuando
quisiera.
De pronto, al volver el recodo de la galería por la que
iban avanzando, vio Yuma un espectáculo capaz de helarle la sangre en las venas
al hombre más templado. Una veintena de desgraciados, desnudos de media cintura
para arriba, trabajaban con barras de hierro y pesados martillos abriendo
agujeros en la pared del corredor.
Llevaban grilletes en los pies y la cadena que unía ambos
tobillos era lo bastante larga para permitir que en su centro fuera sujeta una
pesada bola de hierro. Detrás de ellos, tres chinos se paseaban, látigo en
mano, flagelando sin piedad a todo el que, en —su opinión, no daba el
rendimiento que debía.
No había uno de aquellos esclavos que no tuviera la
espalda cruzada y entrecruzada de cicatrices. Y la sangre que los últimos
latigazos habían hecho brotar aún se deslizaba por el lomo de algunos de ellos,
cuyas salientes costillas les daban aspecto de esqueletos vivientes.
En el momento de pasar la comitiva a la que acompañaba
Yuma por detrás de aquellos trabajadores, un brutal latigazo hizo rodar a uno
de ellos por tierra y, como no se levantase a una orden, llovieron sobre él los
trallazos. Al ver que ni así se alzaba del suelo, el guardián se inclinó sobre
él, comprobó que estaba muriéndose y, sin estremecerse siquiera, sacó una
llave, le quitó los grilletes, le asió por un pie y le arrastró hacia una
especie de nicho que había en el fondo de la galería.
Los demás siguieron trabajando como si no se hubieran dado
cuenta del incidente. Si alguno lo vio por el rabillo del ojo, se guardó muy
bien de cesar en su tarea y de pronunciar palabra alguna ofensiva, más valía
callar que sufrir la suerte de su compañero.
Los tres agentes de Yuma fueron tirados encima del
moribundo. Los que hasta allí los habían llevado dieron media vuelta y se
dispusieron a alejarse.
Yuma vaciló unos instantes. Los prisioneros entrados allí
aquel día no figuraban entre los trabajadores que había visto. Ello suponía que
tendrían recluidos en algún otro sitio a los que no estuvieran trabajando.
Hubiera querido averiguar dónde estaba ese lugar pero dudaba que los hombres a
quienes había acompañado se dirigiesen a él en aquellos momentos. Si esperaba
donde se hallaba, sin embargo, tal vez fueran aquellos pobres diablos
relevados, en cuyo caso le bastaría seguirlos para descubrir su prisión y darse
cuenta del número y estado de los que había. Si no los relevaban pronto, estaba
seguro de que ninguno de ellos pasaría del día. Estaban todos demasiado
reventados para eso.
De pronto, sin embargo, por unas palabras pronunciadas por
uno de los guardianes, comprendió todo el horror de la situación. A aquellos
hombres se les consideraba gastados, incapaces de resistir mucho más tiempo y
sin fuerzas para dar gran rendimiento en lo poco que les quedaba de vida. Por
consiguiente, estaban de más allí. Querían deshacerse de ellos por completo. Y
habían escogido como medio el hacerles trabajar como bestias hasta que cayeran
muertos. Ni uno de ellos volvería a su encierro. Había trabajadores nuevos,
aquellos fueron a parar al nicho e hicieron sitio a los brazos capaces de
continuar la obra con más bríos.
Hay veces en que el dejarse llevar por los sentimientos
humanitarios produce más males que beneficios. Así lo comprendió Yuma y, a
pesar del dolor que aquel sufrimiento le producía, decidió permitir que
continuara el suplicio en la esperanza de poderle poner fin antes de que fuera
demasiado tarde.
Si intentaba algo en aquel momento, sembraría la alarma en
toda aquella red de pasillos, expondría la vida, comprometería irremisiblemente
el éxito de sus planes, lo que representaría igual suplicio para mayor número
de desgraciados.
Necesitaba saber dónde estaban los prisioneros y conocer
unas cuantas cosas más de aquel laberinto antes de poder intentar nada con
éxito.
Decidió tirar por el camino que habían seguido los que
trajeran los cadáveres de sus tres agentes en la esperanza de que así podría
averiguar algo nuevo. Éstos se habían perdido de vista ya, pero, apretando el
paso y guiándose por las señales que él mismo había ido dejando, esperaba poder
darles alcance. Echó a andar rápidamente y, no había hecho más que dejar atrás
la primera galería que desembocaba en la que se encontraba, cuando oyó pasos
por ella y, volviendo la cabeza, observo que aparecía un tártaro gigantesco que
se detuvo de pronto y olfateó el aire como un perro.
—¿Quién anda por ahí? —gritó el hombre con voz profunda,
empleando el dialecto fokeen, aunque era evidente que se trataba de una lengua
extranjera para él.
Yuma siguió andando, aunque con mayor cautela que nunca.
Le parecía imposible que hubiera podido hacer ruido alguno capaz de ser oído
por un ser humano.
El gigante repitió la pregunta y, al no obtener
contestación, sacó una pistola e hizo un disparo que le pasó rozando al hombre
invisible. Éste se volvió para ver contra quién: disparaba el hombre pero la
galería estaba completamente desierta.
El tártaro, dando un grito de rabia, echó a correr derecho
hacia Yuma como si le distinguiera claramente, disparando al propio tiempo con
tan buena puntería, que Yuma se vio obligado a saltar de un lado para otro para
esquivar las balas.
Lleno de sorpresa, se echó una mirada a la capa,
preguntándose si se le habría roto por algún lado, exponiendo su cuerpo. Pero
la capa estaba intacta. Sin embargo, no cabía la menor duda de que el tártaro
corría hacia él ni de que los disparos le iban dirigidos.
Recordó entonces las palabras del misterioso jefe que se
hacía llamar “Aquel a quien nadie ve cara a cara y vive”, acerca de los
guardianes que no hacían distingos entre seres visibles e invisibles. Aquél,
por lo visto, era uno de ellos. Pero, ¿cómo era posible que poseyera el don de
verle?
Atraídos por los disparos, varios chinos habían aparecido
por las galerías y, al ver lo que hacía el tártaro, empezaron a burlarse de él,
llamándole loco.
—¿Contra quien truenas? —le preguntaron—. ¿A quién diriges
tus disparos? ¡No hay nadie en toda la galería!
—¡Lo hay! ¡Lo siento! —afirmó el hombre—. ¡A mí dio me
engaña mi instinto, aunque a vosotros os engañen vuestros ojos!
Y entonces comprendió Yuma la verdad. Ante aquel tártaro
de nada servía su invisibilidad. Era tan vulnerable como si se hallara sin capa
en medio de la galería. ¡El gigante era ciego y se guiaba por su finísimo oído
y por su desarrollado instinto!
El peligro de Yuma era mortal. La necesidad le obligaba a
dar un paso del que hasta entonces había huido, para no delatar su presencia en
aquel mundo subterráneo. Sacó la pistola e hizo fuego.
El tártaro, alcanzado de lleno, se detuvo en seco, soltó
un gemido y cayó al suelo. El hombre invisible se había librado de un enemigo
terrible durante dos horas, que era el tiempo que duraban los efectos de sus
balas especiales, pero, durante dichas dos horas, tendría que luchar con todos
los habitantes de los subterráneos, que le buscarían ferozmente, guiados por
los consejos de su jefe.
De momento, tenía el campo libre. Los testigos del suceso,
poseídos de un terror supersticioso, sólo pensaron en huir, al ver una pistola
suspendida en el aire cuyo disparo había hecho morder el polvo al ciego.
Pero correrían a comunicar lo ocurrido a su jefe y éste
comprendería enseguida que, pese a todas sus precauciones, Yuma se hallaba en
las galerías. Inmediatamente pondría en juego todos sus recursos para
atraparle. ¿De qué recursos dispondría aquel hombre? ¿Figurarían más ciegos
entre sus secuaces?
Mientras se hacía estas reflexiones, caminaba al azar por
una de las galerías, con la esperanza de encontrar el lugar en que se hallaban
los prisioneros antes de que empezara la caza en serio. Lo sucedido había dado
al traste con todos sus planes. Era preciso que los modificara por completo
para hacer frente a las nuevas circunstancias.
CAPÍTULO XIII
EL TESORO DEL FARAÓN
AVANZABA rápidamente por la galería combinando sus planes,
cuando tres figuras desembocaron en ella por un corredor lateral. Estaba un
poco distanciado de ellas para poderlas distinguir con claridad, pero le
parecieron tres chinos y decidió seguirles para ver dónde le conducían.
Apretó el paso. Si no se acercaba más a ellos, corría el
riesgo de perderlos de vista. Poco a poco fue alcanzándolos y no tardó en darse
cuenta de que se trataba de dos hombres y una mujer. Ésta iba en el centro y
cada uno de los chinos la sujetaba por un brazo.
La mujer parecía avanzar de muy —mala gana y no hacía más
que volver la cabeza. Una de las veces que lo hizo, Yuma se hallaba lo bastante
cerca para distinguir sus facciones y la reconoció enseguida: ¡Era Flor de
Almendro!
De haberla encontrado así antes de su aventura con el
ciego, se hubiera limitado a seguir al trío, de momento. Pero las cosas habían
variado desde entonces. Ya no disponía del tiempo necesario para entretenerse.
Sin pensarlo dos veces, sacó la pistola y disparó contra
el chino de la derecha y cuando el otro, al ver caer a su compañero, se volvió
como un relámpago, le derribó de otro tiro sin darle tiempo a sacar la mano de
la manga donde debía tener escondida un arma.
Al encontrarse libre, Flor de Almendro miró a su alrededor
y, no descubriendo a nadie, estaba a punto de huir cuando la voz de su
invisible liberador la dijo, hablando en mandarín:
—¡No temas, Flor de Almendro!
La muchacha se detuvo, temerosa.
—¿Quién es el que puede hablarme y ser invisible a mis
ojos?
—Uno que quiere y puede salvarte si tú le ayudas. Soy
Yuma. ¿No oíste nunca pronunciar mi nombre?
Pareció aclararse la mirada de la china y disiparse un
tanto su temor.
Dijo:
—Conozco tu nombre. Siempre oí decir que eras enemigo de
los criminales y que ayudabas a sus víctimas.
—Oíste bien. Dime, ¿qué sabes de estos pasillos?
—Algo, aunque no mucho. Me secuestraron en Londres y me
trajeron aquí. Al principio me encerraron, pero sólo durante unas horas. Sin
duda no me creyeron peligrosa y me dejaron errar por las galerías a mi antojo.
Pero hoy... No sé lo que pasará. Parece haber mucho revuelo. Me buscaron. Me
cogieron esos chinos con la intención de volverme a encerrar. Dijeron que sólo
era de momento, que dentro de poco me dejarían otra vez salir.
—¿Has visto alguna vez a los prisioneros cuando errabas
por estos pasillos, Flor de Almendro?
—Sí, he visto dónde llevaban a los nuevos que han traído.
—¿Sabrías conducirme a ellos?
—Sí.
—Es preciso que lo hagas enseguida. Los pondremos en
libertad. Todos juntos podremos hacernos dueños de esta madriguera. Volverás a
Londres, Flor de Almendro.
—Lo haré. Pero, ¿es necesario que permanezcas invisible?
Iré con miedo. Temeré continuamente que ya no estés a mi lado, que haya vuelto
a quedarme yola en este lugar terrible.
—No temas. Estaré junto a ti. No es conveniente que se me
vea. Si alguno se cruzara en nuestro camino, te creerá sola. Tal vez se trate
de alguien que no sepa que has de ser encerrada de nuevo, en cuyo caso podemos
evitarnos la necesidad de lucha. Pero, si alguno intentara detenerte, podré
defenderte mucho mejor siendo invisible.
—Es cierto-asintió la china —. Vamos ahora.
Y echó a andar seguida de cerca por Yuma. Torcieron por
una de las galerías laterales. La muchacha hablaba casi continuamente, aunque
en voz baja, para asegurarse por las contestaciones de su compañero de que éste
seguía a su lado.
De pronto, cuando Flor de Almendro le contaba con mayor
lujo de detalles la forma en que la habían secuestrado, Yuma sintió que el
suelo cedía bajo sus pies. El rumor de un torrente subterráneo llegó a sus
oídos, hizo violentos esfuerzos por saltar fuera de aquel abismo, por asirse al
borde de la abertura que se había abierto debajo de él. Pero fue inútil. Se
sintió precipitado en el vacío. El estruendo del agua se hizo mayor al cerrarse
de nueva la trampa sobre su cabeza.
Enarcando el cuerpo, procuró proyectarse contra una de las
paredes de la sima, con los brazos extendidos, curvados los dedos, preparado
para asirse a cualquier saliente que le ofreciera la roca detener su caída.
Sus dedos rascaron la pared de piedra que parecía
completamente lisa, pero, cuando ya desesperaba, tocaron en hueco. Durante unos
instantes siguió cayendo con los brazos extendidos delante de él dentro de
aquel hueco que parecía interminable. ¿Quedaría cortada allí la pared de roca
por completo hasta llegar a las aguas que cada vez sonaban más cerca?
Un fuerte golpe en las muñecas le sacó de dudas. Las manos
le resbalaron por una superficie lisa y seca, pero logró hacer presa en la
roca, casi descoyuntándose los brazos por la violencia con la que quedó
interrumpida su caída.
Descansó así unos segundos. Luego, reuniendo todas sus
energías, fue izándose hacia la repisa. Varias veces estuvo a punto de resbalar
hacia el abismo, mas un esfuerzo sobrehumano le salvó justamente a tiempo.
Por fin, agotado, cubierto su cuerpo de sudor, dejóse caer
sobre lo que supuso saliente de roca y permaneció inmóvil tratando de reponer
sus fuerzas antes de estudiar su situación. Entre tanto, estaba pensando en
Flor de Almendro. ¿Qué haría la muchacha cuando se diera cuenta de su
desaparición?
Acabaría cayendo en manos de los chinos otra vez. Pero,
bien mirado, tal vez no ocurriera así. ¿No cabía la posibilidad de que lo
sucedido hubiera sido presenciado por alguien que, no atreviéndose a
intervenir, les hubiese seguido y hecho funcionar la trampa después de haber
pasado Flor de Almendro en la esperanza de que él iría detrás y caería? Si así
había sido, a aquellas horas ya sabrían que había tenido éxito la intentona
porque habrían comprobado que la china se hallaba nuevamente sola.
En tal caso, le darían por muerto y podría obrar con más
tranquilidad si lograba salir de aquel atolladero. Se incorporó con cuidado,
pues aún no sabía si el lugar en que se encontraba ofrecía seguridad. Sacó la
lámpara de bolsillo y miró a su alrededor.
A sus pies se abría la sima en cuyo fondo, muy abajo,
corría el agua. Pero no le era posible verla porque la luz no alcanzaba tan
lejos. Se hallaba en la boca de un túnel, labrado por la mano del hombre y muy
parecido a los del nivel superior. Dirigió la luz hacia adentro. El pasillo
formaba un recodo.
Renació en su pecho la esperanza. Era muy posible que
hubiera una salida por allí. Echó a andar, dobló el recodo y se quedó parado.
Una sonrisa sombría se dibujó en sus labios. ¡Qué ironías tenía el Destino!
Se encontraba en la entrada de la antecámara de un
sepulcro egipcio. Al quererle mandar a la muerte sus enemigos, le habían
enseñado el camino de la cámara del tesoro que tantas vidas estaban
sacrificando por encontrar.
Entró. En todo a su alrededor había una serie de muebles
egipcios de incalculable valor artístico y antigüedad, figurillas de oro,
jarrones exquisitos, cuantas cosas acostumbraban ponerse en la antecámara del
sepulcro de un faraón. Yuma apenas se molestó en mirarlas. Sabía que lo más
preciado se hallaría en la cámara sepulcral, cerca de la momia. Pero tampoco le
interesaban a él las riquezas ni tenía el menor deseo de turbar el milenar
reposo de quién la ocupara.
No obstante, pasó a la cámara. Buscaba algo que tal vez
encontrara allí. Dirigió una fugaz mirada a las riquezas allí reunidas. Luego,
reverentemente, se acercó a la caja de la momia, la abrió y pasó los dedos,
cuidadosamente, por las vendas.
No se había equivocado. Sus dedos extrajeron un rollo de
papiro cubierto de jeroglíficos. Volvió a cerrar la caja y regresó a la
antecámara.
Allí depositó el papiro sobre uno de los muebles, colocó
la lámpara de bolsillo de manera que cayera la luz sobre él y se puso a
estudiar, atentamente, los jeroglíficos.
Era la historia del faraón allí enterrado y la descripción
de la obra llevada a cabo por él bajo el templo que hoy han dado en llamar El
Khazna. Al cabo de una hora de concentración, Yuma conocía toda la red
subterránea mejor que el misterioso criminal que andaba buscando el tesoro.
Este no tenía conocimiento más que de los corredores del nivel en que él se
había instalado. Pero, debajo de ése, había otra red de galerías que
comunicaban con las de arriba y de cuya existencia no tenía la menor idea por ser
incompleto el papiro quo había caído en sus manos.
Enrolló, nuevamente, el pergamino y se lo metió en el
bolsillo. Salió de la antecámara y volvió al recodo del pasillo por el que
había llegado. Allí encontró el resorte que buscaba y se introdujo por la
galería que se abrió ante él, cerrando la puerta secreta tras sí.
Con los conocimientos adquiridos en la tumba del faraón,
estaba trazando ya su plan. Conociendo los pasillos de un nivel, se conocían
perfectamente todos los del otro, porque ambas redes eran exactamente iguales y
se correspondían con exactitud, teniendo comunicación entre sí todos los
pasillos y todas las cámaras de amibos niveles, excepción hecha de la cámara
sepulcral y un par de galerías secundarias más.
Así, recorriendo toda la red subterránea del nivel en que
se encontraba, Yuma podía conocer exactamente toda la de arriba, pero no tenía
tiempo para entretenerse en eso. De momento, lo que le interesaba era llegar a
la galería en que trabajaban los condenados a muerte por agotamiento y en esa
dirección echó a andar.
CAPÍTULO XIV
EL RESCATE DE LOS PRISIONEROS
EL fondo de la galería era demasiado oscuro para que los
guardianes pudieran darse cuenta, de que había girado un bloque de piedra
dejando al descubierto un pasadizo.
Yuma se acercó al nicho que servía de depósito de
cadáveres, rebuscó entre ellos, encontró el de X. y lo trasladó hacia el fondo
de la galería. Hizo dos nuevos viajes para sacar de allí los cadáveres de B. y
C. y un tercero para asegurarse de que entre los restantes cuerpos amontonados
no quedara ninguno con vida.
Había cinco muertos, lo que suponía que quedaban quince
trabajando.
Se acercó al lugar en que los tres guardianes se paseaban
látigo en mano. No tendría más remedio, que usar la pistola para eliminarlos
rápidamente, aun cuándo se exponía a que fueran oídos los disparos, acudiera
gente y no pudiera llevar a cabo sus planes.
Aguardó el momento oportuno e hizo tres disparos
consecutivos desde tan cerca, que difícilmente hubiera marrado el blanco. Los
tres guardianes cayeron y, sin perder un instante, Yuma se apoderó de las
llaves de los grilletes, al propio tiempo que gritaba, a los estupefactos
prisioneros:
—¡Aprisa! ¡Hacía el fondo de la galería todos! ¡Voy a
poneros en libertad!
Los hombres, aturdidos, miraron a su alrededor y, no
viendo a nadie, no se movieron.
—¡Aprisa! —repitió—. ¿Queréis morir como vuestros
compañeros? ¡Ya os quitaré los grilletes luego!
Y, al decir estas palabras, empezó a empujarlos hacia la
puerta secreta.
Aunque tardos en comprender y sin lograr explicarse la
invisibilidad de su salvador, los hombres empezaron a moverse, como en sueños,
en la dirección que se les empujaba. Andaban muy despacio, sin embargo,
impedidos por la bola de hierro que cada uno llevaba sujeta.
Yuma no se había querido entretener en quitarles los
grilletes allí mismo por dos razones: primero, porque aunque fueran despacio
con ellos, irían más aprisa que si tuvieran que esperar a que les hubiera
libertado a todos; y, segundo, porque prefería que, cuando fuesen hallados los
guardianes, se creyera que los prisioneros habían marchado de allí por su
cuenta, si es que no habían sido conducidos ya a su encierro, cosa inverosímil
si se encontraban sus grilletes en el suelo. No quería alarmar a los criminales
más de lo necesario pues, cuanto más seguros se sintieran, más fácil le sería
derrotarlos. Por fin estuvieron todos los prisioneros dentro del pasadizo, la
puerta se cerró y Yuma respiró con alivio. Aquella parte del programa le había
salido bien después de todo.
Había descubierto de trecho en trecho, en las galerías de
abajo, una especie de nichos con antorchas que, a pesar de su antigüedad-o
quizá por ella-ardían divinamente. También había en las paredes unos agujeros
para meterlas. Encendió ahora unas cuantas de ellas para ahorrar la pila de su
lámpara que pudiera hacerle más falta en otras ocasiones.
Se quitó la capa, la dobló y se la metió en el bolsillo,
apareciendo bajo el aspecto del Rojo.
—Ahora os atenderé a vosotros-les dijo, a los maravillados
prisioneros —. Aguardad a que termine con éstos.
Y se inclinó sobre los cadáveres de sus agentes. Se sacó
del bolsillo un minúsculo botiquín de excursionista, dejó al descubierto el
pecho de X. y, con unas pinzas, le extrajo los trozos del proyectil. Le
desinfectó la herida y la cubrió con un trocito de gasa y esparadrapo. A
continuación, le alzó la manga y, con una hipodérmica, le dio una inyección.
El efecto fue instantáneo. Los párpados del agente se
movieron, abrió los ojos, miró a su alrededor aturdido, vio al Rojo delante de
él y, de pronto, se acordó de lo sucedido.
—¿No estoy muerto? —preguntó, innecesariamente.
—No lo pareces por lo menos-respondió Yuma —. Si hubieras
prestado atención a las palabras que dijo el que te pegó el tiro, no te
extrañaría nada de esto. ¿No recuerdas que dijo: «Os quitaré la vida con
vuestras propias armas»? Pues eso es lo que hizo. No sé cómo habrían llegado a
sus manos vuestras pistolas, pero con una de ellas disparó contra vosotros. No
sabía él que vuestras balas no matan, que sólo atraviesan la piel antes de
reventar y que su único efecto es dejar sin conocimiento durante dos horas aproximadamente.
Aunque no me hubiese preocupado de vosotros ahora, dentro de media hora a lo
sumo hubierais recobrado solos el conocimiento... pero en muy desagradable
compañía.
Mientras hablaba, había estado tratando a los otros dos
agentes, que no tardaron en volver a la vida tan asombrados como su compañero.
Luego, al mismo tiempo que iba quitando los grilletes a los quince prisioneros,
les fue contando todo lo ocurrido durante el tiempo transcurrido desde su
interrogatorio.
—Y ahora-acabó diciendo —, vamos a disponernos a acabar de
una vez con este nido de criminales. Atended a estos infelices unos momentos.
Yo voy a ver si llego a tiempo para recoger a los tres guardianes y eliminar
así a tres enemigos.
Se envolvió de nuevo en la capa y abrió la puerta secreta.
Nadie se había acercado por allí. No debían haber sido oídos los disparos.
Salió y, uno tras otro, fue arrastrando a los chinos hacia el pasadizo. Llamó a
sus agentes, una vez dentro, para que le ayudaran, a bajarlos la escalera de
piedra que conducía de un nivel a otro.
—Nos aseguraremos que duerman diez o doce horas por lo
menos-dijo, dándoles una minúscula inyección en el brazo —. Así no podrán
estorbarnos.
Las dejaron echados en un rincón. Luego se volvió hacia
los prisioneros.
—Más vale que vosotros os quedéis aquí, descansando. No
tenéis fuerzas para ayudarnos en nada. En cuanto hayamos acabado con las
actividades de estos criminales, volveremos a buscaros para sacaros de esta
ciudad y cuidaros en una ciudad civilizada donde podáis reponeros de vuestros
sufrimientos. Sólo necesito que el que se sienta con más fuerzas me guíe al
lugar en que acostumbran tener encerrados a los prisioneros cuando no trabajan.
Estos pasillos son exactamente iguales que los de arriba. Ahora os encontráis
debajo mismo del lugar en que estabais trabajando. Haceos cuenta de que estáis
en él. ¿Por dónde os conducían a vuestro encierro?
—Yo les guiaré-dijo uno de ellos —. Pero, ¿están seguros
los otros aquí?
—Nadie conoce esta segunda red de galerías más que yo.
Aquí estarán completamente seguros hasta que volvamos a buscarlos.
Sacó tres pistolas y se las entregó a sus agentes.
—Tomad. Las traigo desde Inglaterra para vosotros. Id con
tiento al usarlas, sin embargo. No puedo daros más que un cargador de repuesto
a cada uno.
Se pusieron los cuatro en marcha. El ex prisionero, a
pesar de su buena voluntad, iba bastante despacio, pero no vacilaba un instante
al llegar a cada nuevo pasillo. Por fin se detuvo en el fondo de uno de ellos.
—Aquí es-dijo —. Arriba han alzado una verja que cierra la
mitad de este pasillo y en él meten a todos los prisioneros. Hemos visto a los
nuevos y ellos nos han visto a nosotros con horror, comprendiendo la suerte que
les aguardaba. Aún no les habían puesto grilletes cuando nos sacaron a
nosotros. No quedan más de los prisioneros antiguos. Han ido muriendo todos a
fuerza de trabajar como bestias. Hoy querían liquidarnos a nosotros antes de
poner a trabajar a los nuevos. Los guardianes están al otro lado de la verja.
—Magnífico-murmuró el Rojo —. Saldremos a la extremidad
del pasillo superior y si vamos con cuidado, es posible que nos llevemos a
todos los prisioneros sin que se enteren los guardianes siquiera. Quedaos
vosotros aquí. Ya subiré yo solo.
Se puso la capa, pero con el lado negro por fuera, Unos
momentos después se abría la extremidad del pasillo superior y el Rojo aparecía
entre los prisioneros. El primero en verle fue uno de los marineros que habían
sido hechos prisioneros a ultima hora.
—¡Rojo! —exclamó—. ¿De dónde has salido?
—¡Chitón! ¡Vengo a salvaros! No hagas el menor ruido. Haz
correr la voz entre todos de que caminen en silencio hacia la extremidad de
este encierro. El menor ruido pudiera echarlo a perder todo. ¡Vamos! ¡No hay
que perder tiempo!
Dicho esto, volvió al lado de la puerta secreta y aguardó.
Los prisioneros fueron acudiendo casi con el aliento contenido, emocionados por
lo que el marinero les había dicho. El Rojo los fue haciendo pasar y, cuando
estuvieron todos, cerró nuevamente la puerta.
Bajaron la escalera y se reunieron con los tres agentes.
—¿Estáis todos aquí? —preguntó cl Rojo.
Se miraron unos a otros, se contaron: No faltaba ninguno.
Los que desde Inglaterra habían salido prisioneros se
apartaron de los cinco marinero, mirándoles a ellos y al Rojo con desconfianza.
—El Rojo no es marinero-dijo X., dándose cuenta de la
situación —. Salió de Inglaterra a bordo con el exclusivo objeto de salvarnos a
todos.
—Sería una estupidez que os mirarais unos a otros de reojo
ahora-agregó el Rojo —. Todos os encontráis en el mismo trance y si los marinos
hicieron de guardianes vuestros al principio, bien caro lo han pagado y ya
deben estar escarmentados. Sea como fuere, aun no hemos salido del atolladero y
nos falta bastante para conseguirlo.
—¿Cuáles son sus órdenes, jefe? —preguntó X.
El Rojo se volvió al que les había servido de guía hasta
allí:
—Tú puedes volver a reunirte con tus compañeros si quieres
y descansar hasta que vayamos a buscaros. Si prefieres acompañarnos, hazlo.
Ahora, seré yo quien guíe.
—Me quedaré a descansar. No mc siento con fuerzas para
seguiros y menos para luchar. Pudiera resultar un estorbo.
—Bien. Seguidme los demás.
Con antorchas encendidas le siguió la comitiva. El Rojo
sólo se detuvo unos instantes a consultar el papiro. Luego se puso en marcha en
dirección a la gran sala en la que Aquél a quien nadie puede ver cara a cara y
vive daba audiencia sentado tras el velo.
CAPÍTULO XV
DETRÁS DEL VELO
NO tardaron en llegar a una cámara pequeña, con un altar
en el rincón, copia fiel de la cámara de encima. El Rojo manipuló una de las
figuras del altar y éste se descorrió. Toda la comitiva penetró por el pasadizo
y fue a desembocar en la antecámara.
Allí, la gran estatua de Osiris cedió a una presión. El
pasillo aquel, como el de arriba, iba a salir por detrás del buey Apis a la
gran sala ante cuya arquitectura, todos los prisioneros quedaron maravillados.
Era exactamente igual que la de arriba, salvo que, claro
está, no había velo alguno que ocultara la parte superior de las gradas. El
número de éstas era siete y, al final de ellas, había una especie de escenario
sobre el que se alzaba un trono monumental de piedra jaspeada. Un trono así
debía ser el que ocupaba el jefe de la organización siniestra. Por encima del
trono campeaba un sol alado y, a los lados, figuraban numerosas escenas de la
vida egipcia esculpidas sobre la roca, igual que en las otras dos paredes.
—Tú-le dijo el Rojo a C. —, te quedarás aquí con toda esta
gente. No subas hasta que yo te llame. Si oyeras mi llamada o la de tus
compañeros, sube con toda la gente. Encontrarás las puertas abiertas.
Se acercó a un rincón y abrió una puerta secreta por la
que se introdujo seguido de N. y de B., dejándola abierta tras sí. Cuando ya no
pudieron verle, se puso la capa con el lado negro para dentro y se caló la
capucha.
Subieron una escalera.
—Quedaos aquí hasta que yo os avise-ordenó Yuma.
Oprimió un resorte. Giró la pared. Yuma salió al rincón
del lugar ocupado por el trono tras el velo.
Un hombre ocupaba el trono, pero se estaba levantando en
aquel momento para acercarse más a la gasa que, mientras impedía que a él le
viesen por hallarse en la semi-oscuridad, no era obstáculo para que él pudiese
ver a los que en la sala se hallaban.
Era un europeo a juzgar por su traje y, a la incierta luz,
se notaba que un antifaz le cubría la cara. Era evidente que no estaba
dispuesto a correr más riesgos de los absolutamente necesarios. Si alguna vez,
cosa poco probable, algún osado se atrevía a mirar más allá del velo, su
identidad seguiría siendo un misterio. La puerta secreta se había abierto tan
silenciosamente, que ni el menor rumor llegó a sus oídos. Estaba demasiado
atento a las palabras del mensajero que acababa de ser admitido, agitadísimo, a
su presencia.
—¿Qué quieres de Aquél a quien nadie puede ver cara a cara
y vivir? —preguntó.
—Señor-dijo el hombre, haciendo una profunda reverencia —,
los trabajadores de la galería y sus guardianes han desaparecido.
—¿Estás seguro de lo que dices?
—Los que fueron a relevar a los guardianes sólo
encontraron sus látigos y los muertos amontonados en el nicho. Los guardianes
no se hubieran atrevido a retirarse sin permiso y no hubiesen dejado
abandonados los látigos.
—¿Qué ha sido de ellos?
—No lo sé, señor. Se les busca por todas las galerías. No
pueden haber ido lejos los trabajadores con grilletes y bolas.
—¿Hay más?
—Señor...
—¡Habla de una vez!
—Buscando a los trabajadores, se fue al lugar de encierro
por si habían sido llevados allí a pesar de vuestras órdenes.
—Y, ¿lo habían sido?
—No, pero entonces descubrieron los guardianes que todos
sus prisioneros habían desaparecido misteriosamente.
El misterioso jefe soltó una exclamación de ira.
—¿Cómo es posible que desaparezcan tantos hombres sin que
se enteren sus carceleros?
El chino hizo una profunda reverencia, sin contestar.
—O bien han sido culpables de un descuido imperdonable, o
se han permitido ellos mismos ayudarles-prosiguió el jefe —. En cualquiera de
los dos casos, han de ser castigados severamente. Quiero hacer de ellos un
ejemplo para que, en adelante, mis siervos muestren más celo en el cumplimiento
de su deber.
El chino hizo otra reverencia.
—Detened a esos guardianes y traedlos a mi presencia.
Llamad a todos para que acudan a presenciar el castigo. Que no falte ninguno.
No es tan necesaria la vigilancia ahora que Yuma ha muerto en el torrente. Los
prisioneros aparecerán. No pueden salir de estas galerías. Y del exterior,
nadie puede penetrar mientras el guardián de la cámara actúe. ¡Obedeced!
—Seréis obedecido, señor-respondió el chino, retirándose
tras una nueva reverencia.
A pesar de sus palabras, el enmascarado se estaba
mordiendo los labios, visiblemente inquieto. Pero no lo estuvo durante mucho
tiempo. Yuma, se había ido acercando a él cautelosamente y, de pronto, le
descargó un culatazo detrás de la oreja, dejándole sin conocimiento. Le recogió
en sus brazos antes de que tocara el suelo. Con paso presuroso se dirigió a la
puerta secreta con su carga y la cerró tras sí.
—La suerte nos protege-les dijo a sus agentes —. No sólo
he apresado al jefe, sino, que él mismo, antes de caer en mis manos, ha
ordenado que todos sus hombres se reúnan inmediatamente en esta cámara. Hemos
de arreglárnoslas de forma que todos ellos caigan en nuestras manos. Vamos
abajo. Pero primero quiero darle a este hombre una inyección que le mantenga
dormido unas horas. Y dejaré escondido su cuerpo en este recodo. No quiero
tener que discutir con los de abajo que querrían destrozarle si le vieran.
Le dio la inyección, le escondió en el recodo y bajó la
escalera.
—Todo se está preparando para que podarnos apoderarnos de
cuantos forman parte de la banda. Vosotros dos-les dijo a X. y a C. os
apostaréis en la antecámara de arriba con diez o doce hombres, vigilando la
entrada y la salida que yo os indicaré. A medida que aparezca un hombre por
cualquiera de los dos pasadizos, le reducís a la impotencia. Dejadle sin
conocimiento si queréis, atadle, valeos del medio que queráis: pero no matéis a
ninguno. Los quiero vivos a todos.
Se volvió a C.
—Tú me acompañarás a la sala con unos cuantos hombres. Los
demás establecerán una cadena entre la antecámara y la sala para que yo sepa en
todo momento el número de prisioneros que tenemos. También se encargarán de
irlos sacando de la antecámara y metiéndolos provisionalmente aquí abajo para
que no estorben. ¿Queda eso entendido?
Al recibir una contestación afirmativa, prosiguió:
—Primeramente, iré yo a la antecámara para prepararas el
camino quitando del paso a los que allí estén de guardia. Vosotros dos me
acompañaréis-les dijo a X. y a B., —para quedaros luego por si entra alguien
antes de que lleguen los hombres que han de acompañaros. Vamos.
Cruzó la sala en dirección a la antecámara inferior, tocó
un resorte una vez en ella y abrió la puerta que daba acceso a la escalera de
comunicación entre los das niveles. Como la vez anterior, ordenó a sus agentes
que esperaran.
Los dos guardianes prestaban más atención a las entradas
de los pasadizos que conocían que a ninguna otra parte de la estancia, de forma
que no vieron abrirse la pared en un rincón.
Yuma dio un culatazo al primero y cuando el segundo,
oyendo ruido, se volvió y fue a inclinarse sobre su compañero para averiguar lo
que le había pasado, se deshizo de él de la misma manera. X, y B, entraron a
continuación, y le ayudaron a retirar los exámines cuerpos, quedándose a ocupar
el lugar de los guardianes.
Unos momentos más tarde, una docena de hombres se reunía
con los agentes de Yuma y montaba guardia sobre las dos entradas.
Yuma les enseñó a abrir y cerrar las puertas de los
pasadizos por si algo imprevisto les obligaba a huir, se encargó de que
estuviera bien establecida la cadena entre antecámara y salón, confió a unos
cuantos la custodia de los prisioneros que fueran llegando, obra en la que los
que formaban la cadena podían ayudarles y volvió con C. y un puñado de hombres
al lugar situado tras el velo.
Su primer cuidado fue acompañar a C. hasta un punto de la
pared y susurrarle:
—No pierdas este trecho de vista. Aquí hay una puerta
secreta. Si antes de haberse terminado todo aquí se abriera, tápale la boca a
la persona que asome y redúcela a la impotencia sin miramientos, sea quien sea.
C., asintió, con un movimiento de cabeza. Durante la
ausencia de Yuma, habían ido llegando chinos a la sala obedeciendo la orden
dada por su jefe. Entre ellos figuraban dos hombres que, por la forma en que
habían sido colocados ante el velo, se comprendía eran los guardianes
encargados de la custodia de los prisioneros. Aunque debían comprender que una
suerte terrible les esperaba, su semblante permanecía inescrutable. Como buenos
orientales, estaban dispuestos a sufrir su castigo con estoicismo, a pesar de
considerarlo injusta.
—¿Por qué se hace esperar tanto a Aquél a quien nadie
puede ver cara a cara y vivir? —inquirió Yuma con voz tonante, perfecta
imitación de la del jefe.
—Han sido avisados todos, señor-contestó uno de los
guardianes de la sala —. Van llegando tan aprisa como pueden.
—¿Cuántos faltan?
Hubo un momento de silencio mientras el chino contaba a
los allí reunidos.
—Somos catorce aquí, señor-contestó por fin —. Aún faltan
dieciséis.
Transcurrieron los minutos sin que apareciera ninguno más.
Por la cadena establecida, Yuma sabía que habían caído prisioneros ocho que,
con los dos guardianes de la antecámara apresadas por él, sumaban diez.
Faltaban, por consiguiente, seis.
—¿Dieciséis y los tres guardianes desaparecidos?
—inquirió.
—No, trece y los tres guardianes, señor. Estamos catorce
aquí-repitió el hombre, algo extrañado.
¡No faltaban más que tres!
Y a los pocos instantes supo que dichos tres habían sitio
apresados. Mandó aviso a sus agentes de que ya no quedaban más hombres fuera y
les ordenó que, dentro de cinco minutos justos, abrieran la puerta del pasadizo
que ocultaba la estatua de Osiris y entraran por allí en la sala para ayudar a
hacer prisioneros a los chinos que quedaban. Antes, sin embargo, haría salir
unos cuantos por dicho pasadizo para que los apresaran ellos.
Inmediatamente alzó la voz nuevamente:
—¿Cómo hay quien se atreva a hacer esperar a Aquél a quien
nadie puede ver cara a cara y vivir —tronó.
Nadie osó responder.
—¡Que salgan cuatro de vosotros en busca de los rezagados!
Cuatro chinos se dirigieron a la estatua del buey Apis y
salieron de la estancia. Ya no quedaban más que diez.
Yuma aguardó un minuto escaso antes de volver a hablar.
—¡Estoy harto de esta espera! ¡No estoy dispuesto a
aguardar más! ¡Que comparezcan los prisioneros!
Los dos guardianes fueron empujados hacia el velo.
—¿Cómo habéis permitido que se os escapen los presos? ¿No
sabíais que respondíais de ellos con vuestra propia vida?
—Señor-contestó uno de ellos, dejándose caer de rodillas y
dando con la frente en el suelo —, no es nuestra la culpa. Desaparecieron como
por arte de magia.
—¡En la que vosotros tendríais parte seguramente!
—contestó la voz con aspereza—. ¡No puedo admitir disculpas! ¡He de poner fin a
estos descuidos!
—¡Piedad, señor! —suplicó el otro chino, desapareciendo
todo su estoicismo.
—La tendré. Vuestra muerte será ejemplar. ¡Veréis cara a
cara a Aquél a quien nadie puede ver cara a cara y vivir!
—¡Piedad, señor! ¡Piedad!
—¡Metedles por debajo del velo! —ordenó Yuma.
Los dos infelices empezaron a forcejear, pero los que
tenían a su lado los asieron con fuerza y los empujaron por debajo del velo,
donde un par de culatazos pusieron fin a sus gritos.
Simultáneamente —mientras los que acompañaban a Yuma
retiraban los cuerpos exánimes— el velo se rasgó, con ruidoso chasquido de
arriba abajo.
—¡Se ha rasgado el velo! —tronó Yuma, con voz terrible—.
¡Hay de quién se atreva a mirar a Aquél a quien nadie puede ver cara a cara y
vivir!
Era un recurso que se le había ocurrido a última hora y de
cuyo resultado no estaba muy seguro. Pero su efecto fue fulminante. Dando
gritos de espanto, los ocho chinos que quedaban se dejaron caer de rodillas y
hundieron el rostro en cl suelo.
Aquél fue el momento en que empezaran a entrar X., B. y
sus hombres en la sala.
La cosa resultó absurdamente sencilla. Ni Yuma ni los que
se hallaban junto al trono tuvieron que intervenir para nada. En un santiamén
los ocho hombres quedaban prisioneros y desarmados. La banda entera estaba en
poder del hombre invisible y de sus aliados.
En el momento de su triunfo, notó que la puerta secreta
junto a la que bahía estacionado a C., empezaba a abrirse e hizo una seña a su
agente para que se retirara. Se había quitado la capa y vuelto a convertir en
el Rojo. Dijo:
—¡Pasa, linda Flor de Almendro, preciada flor del jardín
de Weng Hai!
CAPÍTULO XVI
LA REVELACIÓN
LA puerta secreta se había abierto del todo. Era Flor de
Almendro, en efecto, la que entraba.
Se detuvo unos instantes en el umbral, contemplando la
escena con asombro. Pareció a punto, incluso, de volver atrás. No lo llegó a
intentar sin embargo, ni de nada la hubiera valido, pues se había colocado de
forma que le quedaba cortada la retirada. C. había obrado instintivamente, pues
no sabía quién pudiera ser aquella mujer que tan inesperadamente —por lo menos
para él— aparecía en aquel lugar.
La china miró a su alrededor, dilatadas sus pupilas por el
miedo.
—¿Quién eres? —preguntó, dirigiéndose al Rojo—. ¿Qué ha
pasado aquí?
—¿No sabes quién soy? ¿Ni mi voz reconoces siquiera? ¡Soy
Yuma!
Un destello de alegría brilló en los ojos de la muchacha,
que corrió a él, con los brazos extendidos.
—¡Yuma! ¡Creí que te habrían matado! Cuando vi que unos
chinos se echaban sobre mí en la galería y tú no acudías en mi ayuda ni
respondías a mis gritos, creí que habrías caído en alguna de sus terribles
trampas. Me sentí más sola que nunca... más abandonada. Las esperanzas que
había concebido se disiparon como el humo al primer soplo del huracán. Mi alma,
se alegra como las flores al volar sobre ellas los colibríes. Mis esperanzas
resurgen como el sol tras las tormentas de estío. ¿Has venido a salvarme, Yuma?
¿Has venido a llevarme de nuevo al lado de mi padre?
Una sonrisa se dibujó en los labios del Rojo. Hasta aquel
momento toda la conversación se había hablado en mandarín, idioma del que
ninguno de los presentes —ni los propios agentes de Yuma conocía una palabra.
El Rojo optó por cambiar de idioma ahora y habló en inglés
de forma que todos pudieran entenderle.
—¿Me preguntas si he venido a salvarte, Flor de Almendro?
¿Quieres saber si voy a llevarte de nuevo al lado de tu padre?
—¿No es esa tu intención? —preguntó la muchacha,
deteniéndose extrañada por el cambio de idioma, pero hablando en inglés a su
vez, con un acento casi imperceptible que añadía encanto a su seductora voz.
—Sí. Ahora misma irás a su lado.
Y, asiéndola de la mano, tiró de ella hacia el pasadizo
abierto en el rincón. Dejóla a la entrada, penetró solo y regresó con la figura
de Aquél a quien nadie puede ver cara a cara y vivir, en sus brazos.
Bruscamente le arrancó el antifaz y dijo:
—¡Aquí tienes a tu padre!
Todo el encanto desapareció del rostro de Flor de
Almendro, que pareció convertirse en el de una tigresa.
—¡Le has matado! —rugió, llevándose bruscamente una mano
al pecho.
Pero el Rojo adivinó su intención y se anticipó a ella.
Rápido como un relámpago extendió la mano, asió la muñeca de la joven y la
retorció vivamente. Un afilado puñal tintineó al rebotar contra el suelo.
Aun desarmada, sin embargo, Flor de Almendro no era fácil
de dominar. Se abalanzó sobre el Rojo como una fiera, alzadas las largas uñas
para arrancarle los ojos.
Los hombres que había alrededor y a quienes el inesperado
arranque de la muchacha había dejado estupefactos, salieron de su inmovilidad y
se echaron sobre ella, logrando sujetarla aunque sólo tras una lucha terrible.
Flor de Almendro parecía poseer la fuerza de tres hombres y luchó mientras tuvo
alientos para hacerlo. Luego, impotente, se limitó a escupir insultos y
amenazas contra Yuma, en mandarín.
—Tu padre no ha muerto, víbora-la dijo el Rojo —. Está sin
conocimiento, pero su carrera de crímenes ha terminado. Has querido engañarme
por segunda vez y por segunda vez has fracasado. No creí una palabra de cuanto
me dijiste cuando te encontré en los pasillos. Me figuraba ya quién era el jefe
de esta cuadrilla y comprendí que, después del fracaso de sus intentonas por
eliminarme, había recurrido a ti, paseándote por las galerías agarrada por dos
chinos para que yo te creyera prisionera, te intentara salvar y pudieras tú
hacerme caer en alguna de las muchas trampas que tenía preparadas. Fingí
creerte porque esperaba averiguar algo por mediación tuya antes de que se
intentara nada contra mí. No conseguí lo que me proponía, pero logré
inesperadamente mucho más de lo que jamás hubiera soñado conseguir. Asimismo,
sin saberlo, me proporcionaste los medios para vencer a tu padre.
Al acabar de hablar, el Rojo sacó una jeringa y, antes de
que la muchacha pudiera adivinar su intención, la dio un pinchazo en el brazo.
—Así descansarás tú y descansaremos todos-dijo.
En efecto, la china no tardó en quedar tan exánime como su
padre.
—Quedaos vosotros aquí con los prisioneros-les dijo el
Rojo luego a X. y C. —. Preparaos todos para salir de aquí. Mandad en busca de
los pobres que dejamos en las galerías de abajo demasiado cansados para moverse
y recoged a los tres guardianes que dejamos allá con ellos, sin conocimiento.
No tardaremos ya en marcharnos.
—Ahora-agregó, mirando a B. —, escoge cuatro hombres
fuertes que nos acompañen. Tenemos que hacer.
B. obedeció, seleccionando los que a su juicio, tenían más
recia musculatura. Con ellos siguió al Rojo por el pasadizo que había empleado
Flor de Almendro como medio de acceso.
—Vamos en plan de destrucción-dijo por el camino —. Quiero
inutilizar este guarida de una vez para siempre.
Al final del pasillo encontraron una cámara amueblada con
lujo y comodidad, al estilo oriental. Una serie de detalles hacían comprender
claramente que se trataba del cuarto de una mujer: Flor de Almendro.
—Esta era la supuesta prisión de la muchacha-dijo el Rojo.
Una puerta secreta se abrió a un toque suyo y pasaron a
otra cámara —la de Weng Hai, evidentemente. Más allá aún, se ofreció a su vista
la explicación de cómo se enteraba Weng Hai de todo la que sucedía.
Se encontraron en un cuarto de telegrafía sin hilos
magníficamente equipado. Sin duda Flor de Almendro habría hecho veces de
operadora para recibir y transmitir los mensajes de su padre.
El Rojo se sentó en el sillón que había delante de la
mesa, cerró una serie de interruptores de cuchillo y examinó los aparatos,
afinándolos luego. A continuación, posó la mano en el pulsador y empezó a hacer
una llamada en morse; Al cabo de un rato recibió contestación y, entonces,
estuvo transmitiendo un buen rato. Cuando hubo terminado, escuchó lo que le
decían y volvió a transmitir un mensaje más corto. Esta vez, cuando le
contestaron anunciándole, evidentemente, que habían sido recibidas y entendidas
sus órdenes, se levantó del asiento, abrió los interruptores y, enarbolando el
sillón, hizo añicos todos los aparatos.
—Vamos-dijo.
Nueva puerta secreta y nuevo pasillo. Aquella vez tuvieron
que caminar más tiempo, pero, desde que entraran en el cuarto de Flor de
Almendro, todo el camino lo habían recorrido con una espléndida iluminación
eléctrica que tampoco, faltaba en la galería que estaban recorriendo. Empezaba
a oírse ya un rumor lejano que a C. le recordaba algo, aunque no lograba saber
qué.
Llegaron al final de la galería sin que hubiera aumentado
sensiblemente el sonido.
—Saca la pistola-le dijo el Rojo a C. —. Es posible que
encontremos a gente aquí. Por esta sección de las galerías no entraba ninguno
de los chinos que hemos capturado de manera que, cuando dijeron que eran
treinta en total, sólo hablaban de la parte que ellos conocían. No creo que
esté esta parte completamente abandonada. Sea coma fuere, seré yo el primero en
entrar. Vosotros no habéis venido aquí a luchar, sino a destruir.
Se envolvió de nuevo en la capa y se caló el capuchón,
desapareciendo de vista cono gran asombro de los cuatro hombres que no
figuraban entre los pocos que le habían visto hacer lo propio anteriormente,
puesto que, hasta entonces, había procurado hacerlo en presencia de la menor
cantidad de gente posible.
Oprimió el resorte secreto, giró la pared y C. comprendió
por qué le había parecido conocer el extraño sonido. Ahora se oía claramente el
funcionamiento de transformadores y dinamos. Aquello era una fábrica de
electricidad, en miniatura.
Yuma se introdujo en la gran sala instalada como una
central eléctrica y miró a su alrededor. No se había equivocado. Había un
hombre limpiando una dinamo y otro contemplando un cuadro de instrumentos.
Se acercó silenciosamente al primero y le derribó
pinchándole con la jeringa que llevaba en la mano. El segundo corrió la misma
suerte.
A continuación dio la vuelta completa a la sala,
encontrando una cámara más pequeña en la que había echados cuatro hombres más.
Los cuatro dormían. Entró en la cámara y se aseguró de que les duraría el
sueño, recurriendo a la aguja.
Volvió a salir y reunirse con sus compañeros.
—Ahora podéis entrar con tranquilidad-dijo —. Cuando
salgamos, sin embargo, tendremos que cargar con seis hombres que encontré
dentro y que he dejado dormidos. Llevaremos uno cada uno. Sólo será necesario
trasladarlos hasta el cuarto de telegrafía, de momento.
Entraron todos. Antes de hacer nada, Yuma examinó los
cuadros de instrumentes. Satisfecho de lo que vio, hizo una seña a los otros
para que le siguieran al otro extremo de la sala donde se alzaba una especie de
balconcillo que parecía fuera de lugar, pero al llegar allí, comprendieron
enseguida su significado y objeto.
El cuarto cesaba de pronto al borde de un profundo abismo.
Enfrente, un ancho río subterráneo surgía de la roca para precipitarse en el
vacío con un estruendo que ni dinamos ni transformadores lograban ahogar con su
ruido.
Después de contemplarlo un momento, Yuma les hizo una seña
para que le siguieran y les condujo al cuarto en que dormían los electricistas.
Los cuatro hombres cargaron con ellos y Yuma y C. recogieron a los otros dos
que había dentro de la sala, saliendo después todos al pasillo, donde volvió el
Rojo a cerrar la puerta secreta.
—¿No íbamos a destruir todo eso? —inquirió C., extrañado.
—Cuando salí del lugar del trono, mi intención era
esa-contestó su jefe; —pero al llegar al cuarto de telegrafía se me ocurrió una
idea mejor. Somos cuarenta ocho y llevamos treinta y ocho prisioneros. A muchos
de esos treinta y ocho habrá que llevarlos como fardos, porque están sin
conocimiento y quince de los nuestros apenas pueden moverse, conque no puede
esperarse ayuda alguna de ellos. Si destruimos ahora la central, nos quedaremos
a oscuras y creo mucho más prudente aprovechar la luz de estos pasillos en
lugar de recurrir a las antorchas en vista de las circunstancias. Sacaremos a
los prisioneros primero, luego entraré yo solo con estos cuatro hombres á
inutilizar todo esto mientras los demás nos esperáis fuera.
—Pero, ¿y los beduinos? —inquirió C.—. ¿Cómo es posible
que siendo tantos podamos pasar entre ellos sanos y salvos?
El Rojo sonrió.
—Todo eso lo tenía yo previsto. No tenía la menor
intención de pasar por entre los beduinos porque, aunque lográramos hacerlo,
perderíamos muchos la vida... o todos, porque si se emboscan en Es Siq por
ejemplo, pueden acabar con todos nosotros sin que nosotros podamos hacerles
daño alguno. No, no saldremos por el templo. Ya dije que aprovecharíamos la
luz. Y eso significa que saldremos por este extremo. No temas. Todo está
previsto.
Mientras hablaban habían estado caminando. Al llegar al
cuarto de telegrafía abandonaron su carga y regresaron a toda prisa al lugar
del trono, donde todos estaban ya reunidos, aguardándoles.
Durante la espera, habían logrado encontrar, cuerdas y
atar a todos los que no estaban sin conocimiento, pero éstos no eran muchos y
había algunos que, no sólo no lo habían recobrado, sino que tardarían muchas
horas en hacerlo y el Rojo no llevaba suficiente cantidad de inyectables para
poder devolvérselo enseguida a mas de dos o tres, por lo que prefería
guardársela para un caso de mayor apuro.
Se procedió al traslado de los prisioneros haciendo varios
viajes, hasta reunirlos a todos en el cuarto de telegrafía. Luego se hizo el
recuento para asegurarse que no faltaba nadie antes de iniciar la segunda etapa
del viaje.
Una vez hecho esto, se organizó la primera expedición al
exterior, que había de componerse de los quince flagelados, ocho de los
dieciséis prisioneros que podían andar, X. y quince hombres más entre los que
transportarían a diez de los que estaban sin conocimiento, turnándose para que
no fuera tan pesado. El Rojo iría a la cabeza de la procesión para enseñarles
el camino. En total, cincuenta hombres.
Así, pues, quedarían en el cuarto de telegrafía treinta y
seis hombres, de los cuales veinte eran prisioneros.
El Rojo dio la orden de marcha, abrió la puerta secreta, y
salieron los cincuenta al corredor, pero, en lugar de seguir por él hasta la
fábrica de electricidad, tiraron por una galería lateral, oculta por una puerta
secreta.
El camino no era muy largo, pero sí bastante pesado por lo
pendiente. Después de subir cosa de un cuarto de hora, llegaron a una pared
que, al ser abierta por el Rojo, les condujo a una especie de cueva abierta en
la montaña.
Era de noche, pero había salido la luna y pudieron ver
ante ellos una extensísima planicie, casi redonda, en el centro del macizo
montañoso. No tenía, al parecer, más salida que la cueva por la que habían
llegado. La montaña caía como cortada a pico por todas partes y parecía
humanamente imposible salir de ella.
Todos se quedaron asombrados y desilusionados.
—¿Y es por aquí por dónde hemos de salvarnos? —exclamó uno
de los hombres.
—Por aquí, sí-contestó el Rojo con una sonrisa —. Hay que
tener un poco de paciencia. Hubiéramos podido salir por las galerías de abajo
al borde mismo del desierto, pero para eso hubiesen sido necesarias varias
horas de marcha y no estabais en condiciones de resistirlas, sobre todo los
prisioneros.
Se volvió luego a X, y le dijo en voz baja:
—Aquí cerca tiene que haber un aeroplano. Estoy seguro de
que Weng Hai empleaba este camino para venir a Petra. No vale la pena buscarlo
ahora porque con un aparato pequeño no haríamos nada. Desde el cuarto de
telegrafía pedí a mis agentes que mandaran aviones aquí a toda prisa desde
Damasco, Jerusalén o donde pudieran. Les advertí que se trataba de trasladar a
ochenta y tantos hombres, de forma que consiguieran aviones grandes o se las
compusieran como mejor les viniera para retirar todos de aquí con el menor
número posible de viajes. Quédate aquí con estos. Yo me llevo otra vez a seis
de los hombres para ayudar a los que quedan. Si durante mi ausencia llegaran
los aviones, puedes ir subiendo a la gente a bordo. Ya sabes lo que tienes que
hacer con ella.
X. movió, afirmativamente, la cabeza.
El Rojo escogió cinco hombres y volvió a meterse por la
caverna con ellos.
En el cuarto de telegrafía se les esperaba con
impaciencia. B. y C., durante su ausencia habían ido escogiendo los hombres que
consideraban más indicados para formar pareja, buscando compensar las fuerzas.
Con la llegada de los cinco que acompañaban al Rojo,
tocaban a dos por prisionero sin conocimiento, y aún sobraba uno para vigilar a
los ocho que andarían por su propio pie. C. fue el designado para este último
menester, los demás cargaron con los prisioneros que habían que llevar y
salieron todos, encontrándose reunidos con sus compañeros en la planicie
exterior pocos minutos más tarde.
Aún hubieron de aguardar media hora antes de que un
zumbido lejano anunciara la proximidad del primer avión. Entretanto, el Rojo
había descubierto el hangar abierto en la montaña por Weng Hai y el aeroplano
que había empleado para sus viajes. Este, sin embargo, sólo tenía dos asientos
y podía servirles de muy poco en aquellas circunstancias.
El zumbido se fue precisando, adquiriendo mayor volumen,
y, con gran asombro, los prisioneros vieron describir círculos en el aire por
encima de ellos a un magnífico avión de dos motores que se disponía a aterrizar
sobre la planicie.
Momentos después tomaba tierra al otro extremo, rodaba
sobre la llanura y se detenía a poca distancia de donde estaban todos
concentrados.
El Rojo se acercó al piloto y preguntó:
—¿Cuántos más vienen?
—Dos.
—¿Qué capacidad tiene esté aparato?
—De veintidós a veinticinco hombres como máximo. Por
fortuna hemos podido conseguir tres que se emplean normalmente para el servicio
de pasajeros.
—Uno de ellos tendrá que hacer otro viaje.
—No hay más remedio.
—¿Traes lo que pedí?
—Sí.
Entregó al Rojo una caja pequeña, pero muy pesada y otra
más pequeña y que pesaba poco.
—Bien-dijo el Rojo; —escucha ahora mis instrucciones.
Y le dijo al piloto en voz baja lo que debía hacer con sus
pasajeros en cuanto llegasen al punto de aterrizaje. El piloto movió,
afirmativamente, la cabeza.
—¿Han recibido los demás agentes la orden de aguardar el
regreso de los aviones?
—Sí, jefe. Se harán cargo de todos en cuanto lleguen.
Mientras se sostenía esta conversación, había tomado
tierra otro bimotor y un tercero se disponía a imitarle.
Trasladóse el Rojo a hablar con los pilotos de ambos,
repitiendo las instrucciones que había dado al primero.
Luego formó tres grupos de veintidós hombres y los embarcó
en los tres aviones que despegaron inmediatamente. Quedaron en tierra los tres
agentes suyos y dieciséis hombres más, que aguardarían el regreso de uno de los
aparatos.
—Dentro de un par de horas a lo sumo estará uno de ellos
de vuelta-anunció Yuma, cuando se hallaron de nuevo solos —. Antes de entonces,
sin embargo, prepararemos la destrucción de la central ésa, según habíamos
convenido. Me he hecho traer dinamita, detonadores y mechas calculadas ya para
que duren una hora. Si empezamos cuando llegue el avión, tendremos tiempo de
sobra de colocar la dinamita y estar lejos de aquí antes de que explote.
A continuación habló a solas con sus tres agentes:
—Vosotros, B. y C., volveréis a Inglaterra. Tú, X. te
presentarás de nuevo en España. Mis agentes de Damasco y Jerusalén se
encargarán de liquidar este asunto. Weng Hai y su hija serán enviados a
Guatemala, sin memoria, a aprender a ser útiles a la Humanidad. Lo mismo le
ocurrirá a la mayoría de los prisioneros... y hasta es posible que a alguno que
no lo es. Los demás serán advertidos que Yuma les vigila y les castigará si
reinciden en su vida de antaño. Creo que gran número de ellos cambiará de vida
después de lo ocurrido. En cuanto a los quince desgraciados esos que casi han
muerto a fuerza de latigazos, serán cuidados hasta que recobren la salud por
completo, si eso es posible, momento en que se les harán las mismas
advertencias que a sus compañeros, puesto que no cabe la menor duda que
salieron también de los bajos fondos. Si no tienen cura, se les ayudará todo lo
que se pueda para que no carezcan de medios de vida.
»Recibiréis nuevas instrucciones en vuestras respectivos
países. Yo no marcharé de aquí con vosotros. Me iré solo a bordo del aeroplano
de Weng Hai.
Al cabo de las dos horas previstas regresó uno de los
bimotores, a bordo del cual subieron todos los hombres que quedaban menos
cuatro y X., que acompañaron al Rojo cueva adentro, llevando la dinamita. El
avión aguardó su regreso. Fue obra de media hora escasa colocar la dinamita en
la central y encender las mechas.
Mientras tanto, B. sacó el aparato de Weng Hai del hangar,
se aseguró de que el depósito estaba lleno de gasolina, calentó el motor y lo
tuvo preparado para cuando saliera su jefe.
Este apareció por fin junto con los que le habían
acompañado y, cuando despegó el bimotor con todos los demás a bordo, subió él a
su aeroplano sin prisas, despegó a su vez, buscó altura y se dispuso a esperar
el resultado de la inminente explosión.
A la hora justa de haber sido encendidas las mechas, la
dinamita estalló con tal estrépito, que el ruido llegó, aunque débilmente,
hasta donde Yuma aguardaba. Toda aquella parte de la montaña pareció resentirse
y, al perder altura para comprobar los efectos, pudo observar que la cueva de
entrada había desaparecido y que un enorme cráter se había abierto a poca
distancia de ella.
Satisfecho de su obra, Yuma manipuló el timón de
profundidad e hizo ascender rápidamente su aparato. Luego voló en dirección al
Mediterráneo y acabó perdiéndose de vista por encima de las islas del
Dodecaneso en el archipiélago Egeo.
FIN
Publicado por: Editorial Molino, abril 1943


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