CANAL EMANCIPACIÓN, OTRA MANERA DE VER LA REALIDAD

Emancipación N° 1048: Neofacismo, resistencia y ciencia

Emancipación N° 1048: Neofacismo, resistencia y ciencia

Emancipación N° 1047: Neofacismo, resistencia y ciencia

Emancipación N° 1046: Neofacismo, resistencia y ciencia

Los Dominios del Poder 2026

Progreso, IA y Mundial 2026

Ciencia y Poder 2026

Libros Más Recientes

Libro N° 4008. Cuentos Esenciales V. De Maupassant, Guy.

Libro N° 4008. Cuentos Esenciales V. De Maupassant, Guy.

 


© Libro N° 4008. Cuentos Esenciales V. De Maupassant, Guy. Colección E.O. Julio 22 de 2017.

Título original: ©  Cuentos Esenciales V. Guy de Maupassant

 

Versión Original: © Cuentos Esenciales V. Guy de Maupassant

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2015/03/cuentos-esenciales-v-guy-de-maupassant.html#more

 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.  

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

Portada E.O. de Imagen original:

https://imagessl9.casadellibro.com/a/l/t0/89/9788499081489.jpg

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

    LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CUENTOS ESENCIALES V

Guy de Maupassant

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PECIO*

 

Ayer fue 31 de diciembre.

Acababa yo de desayunar con mi viejo amigo Georges Garin. El criado le trajo una carta repleta de sellos y de timbres extranjeros.

Georges me dijo:

—¿Me permites?

—Por supuesto.

Y se puso a leer ocho páginas escritas en inglés con una letra grande, trazada en todas direcciones. Las leía lentamente, con seria atención, con ese interés que se pone en las cosas que le conmueven a uno.

Luego dejó la carta en una esquina de la chimenea y dijo:

*

Mira, ésta es una curiosa historia que no te he contado nunca, una historia sentimental, ¡que me sucedió precisamente a mí! Fue en verdad una extraña Nochevieja la de aquel año. ¡Hará de ello ya veinte años… pues yo tenía treinta, y ahora tengo ya cincuenta!…

Era yo por aquel entonces inspector de la Compañía de Seguros Marítimos, que actualmente dirijo. Me disponía a pasar en París la festividad de Año Nuevo, puesto que se ha convenido en hacer de este día un día festivo, cuando recibí una carta del director en la que me ordenaba partir de inmediato hacia la isla de Ré, donde acababa de encallar un buque de tres palos de Saint-Nazaire, asegurado por nosotros. En ese momento eran las ocho de la mañana. Llegué a la Compañía a las diez para recibir instrucciones; y, esa misma tarde, tomaba el expreso que me dejaba en La Rochelle al día siguiente, 31 de diciembre.

Disponía de dos horas antes de subir a bordo del barco que hacía la travesía a Ré, el Jean-Guiton. Di una vuelta por la ciudad. La Rochelle es una ciudad extraña, con carácter, con sus calles enredadas como un laberinto y cuyas aceras corren bajo unas galerías sin fin, galerías con arcadas como las de la rue de Rivoli, pero bajas, esas galerías y esas arcadas rebajadas, misteriosas, que se dirían construidas, y luego conservadas, como un decorado de conspiradores, el decorado antiguo y sorprendente de las guerras de antaño, de las guerras de religión heroicas y salvajes. Es la vieja ciudad hugonote, grave, discreta, sin ninguno de esos admirables monumentos que hacen tan magnífica a Ruán, pero notable por su severa fisonomía, un tanto burlona también, una ciudad de guerreros empecinados, donde deben de proliferar los fanatismos, la ciudad donde se exaltó la fe de los calvinistas y donde se tramó la conjura de los cuatro sargentos.1

Tras haber vagado un rato por esas calles singulares, subí a bordo de un pequeño buque de vapor, negro y panzudo, que había de llevarme a la isla de Ré. Zarpó resoplando, con aire colérico, pasó por entre las dos torres antiguas que guardan el puerto, atravesó la rada, salió del dique construido por Richelieu y cuyas enormes piedras se ven a flor de agua, piedras que encierran la ciudad como un inmenso collar; luego dobló a la derecha.

Era uno de esos días tristes que oprimen, aplastan el ánimo, encogen el corazón, extinguen en nosotros toda fuerza y energía; un día gris, glacial, enmugrecido por una pesada bruma, húmeda como de lluvia, fría como escarcha, fétida como las emanaciones de un albañal.

Bajo ese techo de niebla baja y siniestra, la mar amarilla, la mar poco profunda y arenosa de esas playas infinitas, permanecía sin un rizo, sin un movimiento, sin vida, un mar de agua turbia, de agua oleosa, de agua estancada. El Jean-Guiton la surcaba balanceándose ligeramente, por costumbre, hendiendo esa extensión opaca y tersa, dejando luego tras de sí algunas olas, algún chapaleo, alguna ondulación que no tardaban en calmarse.

Yo me puse a charlar con el capitán, un hombrecillo casi sin piernas, tan rechoncho como su barco y bamboleante como él. Quería conocer algunos detalles acerca del siniestro que iba a comprobar. Un gran buque cuadrado de tres palos de Saint-Nazaire, el Marie-Joseph, había encallado, durante una noche de huracán, en las arenas de la isla de Ré.

La tempestad había lanzado tan lejos a dicha embarcación, escribía el armador, que había sido imposible reflotarla y habían tenido que llevarse lo más rápidamente posible todo cuanto podía ser desprendido. Iba a tener, pues, que comprobar la situación del pecio, apreciar cuál debía de ser su estado antes del naufragio, juzgar si se habían hecho todos los esfuerzos posibles para reflotarlo. Iba yo como agente de la Compañía para, si fuera preciso, ser posteriormente testigo de cargo durante el proceso.

A la recepción de mi informe, el director tomaría las medidas que considerara oportunas para salvaguardar nuestros intereses.

El capitán del Jean-Guiton conocía perfectamente el asunto, tras haber sido llamado a tomar parte, con su navío, en los intentos de salvamento.

Me contó el siniestro, muy simple por otra parte. El Marie-Joseph, empujado por una furiosa ventolera, perdido en la noche, navegando al azar por un mar espumoso —«un mar de sopa de leche», como decía el capitán—, había acabado encallando en esos inmensos bancos de arena que convierten las costas de esa región, en las horas de marea baja, en verdaderos Saharas ilimitados.

Mientras hablábamos, yo miré alrededor y delante de mí. Entre el océano y el cielo plomizo había un espacio libre en el que la mirada alcanzaba lejos. Estábamos costeando una zona de tierra. Pregunté:

«¿Es la isla de Ré?».

«Sí, señor.»

De improviso el capitán, alargando la mano derecha delante de nosotros, me indicó, en pleno mar, una cosa casi imperceptible, y me dijo:

«¡Ahí tiene su barco!».

«¿El Marie-Joseph?…»

«Sí.»

Yo estaba estupefacto. Ese punto negro, casi invisible, que habría tomado por un escollo, me parecía situado a tres kilómetros como mínimo de la costa.

Proseguí:

«Pero, capitán, ¡el lugar que me indica parece de una profundidad de por lo menos cien brazas!».

Él se echó a reír.

«¿Cien brazas, amigo?… ¡Ni dos brazas, se lo aseguro!…»

Era un bordelés. Continuó:

«Tenemos marea alta, son las nueve y cuarenta minutos. Después de haber comido en el Hotel del Delfín, vaya por la playa con las manos en los bolsillos y le garantizo que, a las dos y cincuenta minutos o, a lo más tardar, a las tres, llegará al pecio con los pies secos, amigo, y dispondrá de una hora y tres cuartos a dos horas para permanecer en él, no más, porque de lo contrario sería una trampa. Cuanto más lejos se va el mar, más deprisa vuelve. ¡Esta costa es llana como una mesa! Regrese a las cinco menos diez, hágame caso; y a las siete y media embarque de nuevo en el Jean-Guiton que le llevará de vuelta esta misma noche al puerto de La Rochelle».

Yo le di las gracias al capitán y fui a sentarme en la proa del vapor, para observar la pequeña ciudad de Saint-Martin, a la que nos acercábamos rápidamente.

Se parecía a todos los puertos en miniatura que hacen de capital de todas las islitas diseminadas a lo largo de los continentes. Era un gran pueblo de pescadores, con un pie en el agua y otro en tierra, que vivía de la pesca y de las aves de corral, de las verduras y de los moluscos, de los rábanos y de los mejillones. La isla es muy baja, está poco cultivada, y parece no obstante muy poblada; pero yo no me adentré en ella.

Tras haber comido, superé un pequeño promontorio; a continuación, como el mar descendía rápidamente, me dirigí, a través de la arena, hacia una especie de roca negra que divisaba por encima del agua, a lo lejos, a lo lejos.

Iba deprisa por esa extensión llana, amarilla, elástica como si fuera carne y que parecía sudar bajo mis pies. Momentos antes estaba allí el mar, y ahora lo veía huir lejos, hasta donde se perdía la vista, y ya no distinguía la línea que separaba la arena del océano. Me parecía asistir a un gigantesco espectáculo, mágico y sobrenatural. Hacía un rato tenía delante de mí el Atlántico, y luego éste había desaparecido en la arena, como los escenarios teatrales en los escotillones, y ahora caminaba en medio de un desierto. Sólo me quedaba la sensación, el aliento del agua salada. Percibía el olor a algas, el olor a olas, el olor áspero y saludable de las costas. Iba deprisa, no tenía frío: miraba el pecio que se agrandaba a medida que avanzaba y ahora parecía una enorme ballena naufragada.

Parecía brotar del suelo y, en aquella inmensa extensión llana y amarilla, adquiría proporciones extraordinarias. Llegué al cabo de una hora de caminata. Yacía sobre un costado, reventado, quebrado, mostrando, como el costillar de una bestia, sus huesos rotos, sus huesos de madera embreada, horadados por unos clavos enormes. Lo había invadido ya la arena, que había penetrado por todas las hendiduras, y lo sujetaba, lo poseía, no lo dejaría ya, como si hubiera echado raíces. La proa se había adentrado profundamente en esa playa suave y pérfida, mientras que la popa, levantada, parecía arrojar hacia el cielo, como un grito de llamada desesperada, esas dos palabras blancas en la borda negra: Marie-Joseph.

Escalé ese cadáver de navío por su lado más bajo; luego, tras llegar a la cubierta, penetré en su interior. La luz, que entraba por las escotillas hundidas y por las rendijas de los costados, iluminaba tristemente esa suerte de bodegas alargadas y oscuras, recubiertas de maderas destrozadas. No había allí dentro más que arena que servía de suelo a ese subterráneo de tablas.

Me puse a tomar notas sobre el estado de la embarcación. Me había sentado sobre un barril vacío y roto, y escribía al resplandor de una ancha abertura por donde podía ver la extensión ilimitada de la playa. Un singular estremecimiento de frío y de soledad recorría mi piel de tanto en tanto; y a ratos dejaba de escribir para escuchar el ruido vago y misterioso del pecio: un ruido de cangrejos que raspaban el revestimiento con sus ganchudas pinzas, el ruido de los mil pobladores del mar instalados ya dentro de aquel cadáver y también el ruido tenue y regular de la taraza que roe sin cesar, con su chirrido de tijera, todos los viejos maderámenes, que agujerea y devora.

Y, de pronto, oí unas voces humanas muy cerca de mí. Di un salto como ante una aparición. Creí realmente, durante un segundo, que iba a ver levantarse, del fondo de la siniestra cala, a dos ahogados que me contarían su muerte. No tardé mucho, en verdad, en trepar a la cubierta a fuerza de brazos: y vi de pie, en la proa del navío, a un señor alto con tres muchachas, o más bien, a un inglés alto con tres misses. Sintieron, seguramente, más miedo aún ellos que yo al ver surgir rápidamente a ese ser sobre el buque de tres palos abandonado. La más joven de las muchachas echó a correr; las otras dos se cogieron a su padre de una brazada; en cuanto a él, se quedó con la boca abierta; fue el único signo que dejó traslucir su emoción.

Luego, tras unos segundos, dijo:

«Ooh, señor, ¿ser usted el propietario de esta embarcación?».

«Sí, señor.»

«¿Poder visitarla?»

«Sí, señor.»

Entonces pronunció una larga frase inglesa de la que sólo capté esta palabra: gracious, repetida varias veces.

Como buscaba un lugar por el que trepar, le indiqué el mejor y le tendí la mano. Subió; luego ayudamos a las tres chicas, tranquilizadas. ¡Eran encantadoras, sobre todo la mayor, una rubiecita de unos dieciocho años, lozana como una flor, y tan fina, tan graciosa! Es cierto que las inglesas bonitas tienen aspecto de tiernos frutos de mar. Se hubiera dicho que ésta acababa de salir de la arena y que sus cabellos habían conservado su matiz. Hacen pensar, con su exquisita lozanía, en los delicados colores de las conchas rosáceas y en las perlas nacaradas, raras, misteriosas, abiertas en las profundidades ignotas de los océanos.

Hablaba un poco mejor que su padre; y nos hizo de intérprete. Hubo que contar con todo pormenor el naufragio, que me inventé, como si hubiera asistido a la catástrofe. Luego, la familia al completo descendió al interior del pecio. Una vez que hubieron penetrado en esa sombría galería, apenas iluminada, lanzaron unos gritos de asombro y de admiración; y de repente el padre y las tres hijas tenían en sus manos unos cuadernos, que llevaban escondidos sin duda dentro de sus grandes ropas impermeables, y comenzaron al mismo tiempo cuatro croquis a lápiz de aquel lugar triste y extraño.

Se habían sentado, unos al lado de los otros, sobre una viga que sobresalía, y los cuatro cuadernos, sobre las ocho rodillas, se cubrían de pequeñas líneas negras que debían de representar el vientre entreabierto del Marie-Joseph.

Mientras trabajaban, la mayor de las muchachas charlaba conmigo, que seguía inspeccionando el esqueleto del navío.

Me enteré de que pasaban el invierno en Biarritz y que habían venido expresamente a la isla de Ré para contemplar ese buque de tres palos embarrancado. Esa gente no tenía nada de la altivez inglesa; eran sencillos y honestos chiflados, de esos eternos seres errabundos de los que Inglaterra llena el mundo. El padre alto, enjuto, con el semblante colorado enmarcado por unas patillas canosas, verdadero sándwich viviente, una loncha de jamón cortada a modo de cabeza humana entre dos cojinetes de pelos; las hijas, talluditas, pequeñas zancudas en fase de crecimiento, también enjutas, salvo la primogénita, y las tres amables, pero sobre todo la mayor.

Tenía ésta una manera tan graciosa de hablar, de contar, de reír, de comprender y de no comprender, de levantar la mirada para preguntarme, unos ojos azules como el agua profunda, de dejar de dibujar para imaginar, de ponerse de nuevo al trabajo y de decir yes o no, que me habría quedado un tiempo indefinido escuchándola y mirándola.

De repente, murmuró:

«Yo sentir un pequeño movimiento en el barco».

Presté oídos; y enseguida distinguí un ligero ruido, singular, continuo. ¿Qué era? Me levanté para ir a mirar por la abertura, y lancé un fuerte grito. ¡El mar nos había alcanzado; iba a rodearnos!

Nos fuimos inmediatamente a cubierta. Era demasiado tarde. El agua nos rodeaba, y corría hacia la costa con una rapidez prodigiosa. No, correr no corría, se deslizaba, se arrastraba, se extendía como una mancha desmesurada. Apenas unos centímetros de agua cubrían la arena; pero ya no se veía la línea fugitiva del imperceptible oleaje.

El inglés quiso lanzarse al agua; yo le retuve; la huida era imposible, a causa de las marismas profundas que habíamos tenido que circundar a la ida y en las que caeríamos a la vuelta.

Hubo, en nuestros corazones, un minuto de horrible angustia. Luego la pequeña inglesa se puso a sonreír y murmuró:

«¡Nosotros ser los náufragos!».

Me dieron ganas de reír; pero me oprimía el miedo, un miedo cobarde, espantoso, ruin y solapado como ese oleaje. Todos los peligros que corríamos se me representaron al mismo tiempo. Tenía ganas de gritar: «¡Socorro!». Pero ¿a quién?

Las dos jóvenes inglesas estaban acurrucadas contra su padre, que miraba, con ojos consternados, el mar desmesurado en torno a nosotros.

Y caía la noche, tan rápida como el océano ascendente, una noche plomiza, húmeda, helada.

Dije:

«No queda más remedio que quedarse en este barco».

El inglés respondió:

«Oh, yes!»

Y allí nos quedamos un cuarto de hora, una media hora, no sé, la verdad, cuánto tiempo mirando, a nuestro alrededor, esa agua amarilla que se adensaba, remolineaba, parecía burbujear, parecía jugar sobre la inmensa playa reconquistada.

Una de las muchachas tuvo frío, y se nos ocurrió la idea de volver a bajar para ponernos al abrigo de la brisa ligera, pero helada, que nos rozaba y nos punzaba la piel.

Me incliné sobre la escotilla. El navío estaba lleno de agua. Entonces tuvimos que acurrucarnos contra la borda de popa, que nos servía un poco de resguardo.

Ahora nos envolvían las tinieblas, y permanecimos apretados los unos contra los otros, rodeados de sombra y de agua. Yo sentía temblar, contra mi hombro, el de la pequeña inglesa, cuyos dientes castañeteaban a ratos; pero también sentía el dulce calor de su cuerpo a través de las telas, y este calor me resultaba delicioso como un beso. No hablábamos ya; permanecíamos inmóviles, mudos, agazapados como bestias dentro de una zanja en las horas de huracán. Y, sin embargo, a pesar de todo, a pesar de la noche, a pesar del peligro terrible y creciente, yo comenzaba a sentirme feliz de estar allí, feliz del frío y del peligro, feliz de esas largas horas de sombra y de angustia que había que pasar sobre aquella tablazón tan cerca de esa linda y graciosa muchacha.

Me preguntaba por qué me embargaba esa extraña sensación de bienestar y de alegría.

¿Por qué? ¿Quién sabe? ¿Porque ella estaba allí? ¿Quién era ella? ¿Una joven inglesa desconocida? ¡No la amaba, ni siquiera la conocía, y sin embargo me sentía enternecido, conquistado! ¡Me hubiera gustado salvarla, consagrarme a ella, hacer mil locuras! ¡Qué cosa más extraña! ¿Cómo es posible que la presencia de una mujer nos trastorne de tal modo? ¿Acaso es el poder de su gracia que nos envuelve? ¿La seducción de la preciosura y de la juventud que nos embriaga como lo haría el vino?

¿No es más bien una especie de contacto del amor, del amor misterioso, que busca sin descanso unir a los seres, que pone a prueba su poder apenas ha puesto frente a frente al hombre y a la mujer, llenándoles de emoción, de una emoción confusa, secreta, profunda, tal como se riega la tierra para que broten las flores?

Pero el silencio de las tinieblas se tornaba pavoroso, el silencio del cielo, pues oíamos en torno a nosotros, incierto, un ligero, infinito rumor, el rumor vago del mar que subía y el chapaleo monótono de la corriente contra el barco.

De repente, oí unos sollozos. La más pequeña de las inglesas lloraba. Entonces su padre quiso consolarla, y se pusieron a hablar en su lengua, que yo no comprendía. Adiviné que intentaba tranquilizarla y que ella seguía teniendo miedo.

Le pregunté a mi vecina:

«¿Tiene usted frío, miss?».

«¡Oh, sí! Tener frío mucho.»

Quise dejarle mi abrigo, pero ella rehusó; pero yo me lo había quitado ya; la cubrí con él a pesar suyo. En la breve lucha, toqué su mano, lo cual me provocó un estremecimiento agradabilísimo en todo el cuerpo.

Desde hacía unos minutos, el aire se estaba volviendo más impetuoso, el chapaleo del agua más fuerte contra los costados del navío. Me enderecé; un gran soplo rozó mi rostro. ¡Se estaba levantando el viento!

El inglés se dio cuenta de ello al mismo tiempo que yo, y se limitó a decir:

«No pintar nada bien esto para nosotros…».

Seguramente no pintaba nada bien, era la muerte segura si unas olas, aunque fuesen unas olas débiles, venían a batir y sacudir el pecio, tan roto y desencajado que la primera ola algo fuerte lo haría papilla.

Entonces nuestra angustia fue en aumento segundo a segundo con las ráfagas cada vez más fuertes. Ahora, la mar rompía un poco, y yo veía en las tinieblas unas líneas blancas aparecer y desaparecer, líneas de espuma, mientras que cada ola golpeaba la quilla del Marie-Joseph, la agitaba con un breve estremecimiento que nos llegaba hasta el corazón.

La inglesa temblaba; yo la sentía estremecerse contra mí, y tenía unas ganas locas de cogerla entre mis brazos.

Allá lejos, delante de nosotros, a derecha e izquierda, y también detrás, brillaban unos faros en la costa, unos faros blancos, amarillos, rojos, giratorios, semejantes a unos ojos enormes, a unos ojos de gigante que nos miraban, nos acechaban, esperaban ávidamente que desapareciéramos. Uno de ellos sobre todo me irritaba. Se apagaba cada treinta segundos para volver a encenderse a continuación; era exactamente como un ojo con su párpado que bajaba sin cesar sobre su mirada de fuego.

De rato en rato, el inglés encendía una cerilla para consultar la hora; luego volvía a guardarse su reloj en el bolsillo. De repente, me dijo, por encima de las cabezas de sus hijas, con una soberana seriedad:

«Señor, le deseo buen año».

Era medianoche. Yo le tendí la mano, que él apretó; luego pronunció una frase en inglés, y de repente sus hijas y él se pusieron a cantar el God save the Queen, que ascendió por la negrura del aire, por el aire mudo, y se evaporó a través del espacio.

Primero me dieron ganas de reír; pero luego me embargó una emoción intensa y extraña.

Era algo siniestro y soberbio ese canto de náufragos, de condenados, algo como una oración, y también algo más grande, comparable al antiguo y sublime Ave, Caesar, morituri te salutant.

Cuando hubieron terminado, pedí a mi vecina que cantara sola una balada, una leyenda, lo que ella quisiera, para hacernos olvidar nuestras angustias. Ella aceptó y enseguida su voz clara y joven voló en la noche. Cantaba algo triste sin duda, pues las notas se prolongaban largamente, salían lentas de su boca y revoloteaban, como pájaros malheridos, por encima de las olas.

El mar crecía, batía ahora nuestro pecio. Yo y a no pensaba más que en esa voz. Y también en las sirenas. Si hubiera pasado una barca cerca de nosotros, ¿qué habrían dicho los marineros? ¡Mi espíritu atormentado se extraviaba en el sueño! ¡Una sirena! ¿No era, en efecto, una sirena, esa hija de los mares, la que me había retenido en ese navío carcomido y que, dentro de un rato, iba a hundirse conmigo entre las olas?…

Pero de repente rodamos los cinco por la cubierta, pues el Marie-Joseph se había asentado sobre su costado derecho. La inglesita me había caído encima y yo, locamente, sin saber ni comprender, convencido de que había llegado mi última hora, la besaba con ardor en la mejilla, en la sien, en los cabellos. El barco no se movía ya, así como tampoco nosotros.

El padre dijo: «¡Kate!». La que yo sujetaba respondió yes, e hizo un movimiento para desprenderse. Cierto que en ese momento hubiera querido que el barco se hubiera partido en dos para caer en el agua con ella.

El inglés prosiguió:

«Un pequeño balanceo, no ser nada. Yo tener a mis tres hijas a salvo».

¡Inicialmente, al no ver ya a la mayor, había creído que la había perdido!

Yo me levanté lentamente, y percibí, de repente, una luz en el mar, muy cerca de nosotros. Grité; respondieron. Era una barca que nos buscaba, al haber previsto el director del hotel nuestra imprudencia.

Estábamos salvados. ¡Yo me sentía desolado! Nos recogieron de dentro de nuestra balsa y nos llevaron a Saint-Martin.

El inglés, ahora, se frotaba las manos y murmuraba:

«¡Buena cena!, ¡buena cena!».

Cenamos, en efecto. Yo no estuve alegre, echaba de menos el Marie-Joseph.

Hubo que separarse, al día siguiente, tras muchos abrazos y promesas de escribirse. Ellos partieron para Biarritz. Poco faltó para que yo les siguiera.

Estaba enamorado perdido; a punto estuve de pedir la mano de esa muchacha. ¡Cierto que, de haber pasado ocho días juntos, me habría casado con ella! ¡Qué débil e incomprensible es, a veces, el hombre!

Pasaron dos años sin que tuviera noticias de ellos; luego recibí una carta de Nueva York. Ella se había casado, y me lo comunicaba. Y, desde entonces, nos escribimos cada año el uno de enero. Ella me cuenta su vida, me habla de sus hijos, de sus hermanas, ¡nunca de su marido! ¿Por qué? ¡Ah!, ¿por qué?… Y yo no le hablo sino del Marie-Joseph… Quizá sea la única mujer a la que he amado…, no…, a la que habría amado… ¡Ah!…, eso es…, ¿saben?… Los acontecimientos nos arrastran… Y luego… y luego… todo pasa. Ella debe de ser actualmente vieja…, no la reconocería… ¡Ah!, ¡la de otro tiempo…, la del pecio…, qué criatura… divina! Me escribe que ya tiene todos los cabellos canos… ¡Ah!, ¡sus rubios cabellos!… No, la mía ya no existe… ¡Qué triste es… todo esto!…

 

ROSALIE PRUDENT*

 

Había verdaderamente en aquel caso un misterio que ni los propios miembros del jurado ni el presidente, ni tampoco el mismo fiscal, conseguían comprender.

La joven Prudent (Rosalie), criada en casa de los Varambot, en Mantes, tras quedarse embarazada sin que sus amos lo supieran, había dado a luz, de noche, en su buhardilla, matando y enterrando luego a su hijo en el huerto.

Era uno de tantos infanticidios perpetrados por las sirvientas. Pero un hecho seguía siendo inexplicable. El registro practicado en el cuarto de la joven Prudent había llevado a descubrir un ajuar completo de niño, realizado por la propia Rosalie, que se había pasado las noches cortándolo y cosiéndolo por espacio de tres meses. El tendero al que había comprado las velas, que ella había pagado con su salario para hacer ese largo trabajo, había ido a testificar. Además, había sido probado asimismo que la comadrona del pueblo, a la que había informado de su estado, le había dado todas las indicaciones y todos los consejos prácticos por si tenía un parto prematuro en un momento en que no fuera posible prestarle ayuda alguna. Le había buscado además una colocación en Poissy, en previsión de su despido, pues el matrimonio Varambot no bromeaba con cuestiones de moral.

Estaban allí, asistiendo a las sesiones, el hombre y la mujer, pequeños rentistas de provincias, furiosos contra aquella pelandusca que había mancillado su casa. Hubieran querido verla guillotinada en el acto, sin juicio siquiera, y hacían declaraciones venenosas contra ella que se convertían en su boca en acusaciones.

La culpable, una guapa y alta joven de la baja Normandía, bastante instruida para su condición, lloraba sin parar y no respondía nada.

Como todo parecía indicar que esperaba conservar y criar a su hijo, se suponía que había cometido su bárbara acción en un momento de desesperación y de locura.

El presidente trató una vez más de hacerla hablar, de conseguir una confesión y, tras habérselo pedido con gran dulzura, le hizo comprender finalmente que todos los hombres allí reunidos para juzgarla no querían su muerte y que incluso podían compadecerse de ella.

Entonces ella se decidió.

Él preguntó:

—Veamos, díganos en primer lugar quién es el padre de la criatura.

Hasta ese momento lo había ocultado con obstinación.

Respondió de repente, mirando a sus amos que acababan de calumniarla con rabia.

—Es el señor Joseph, el sobrino del señor Varambot.

El matrimonio tuvo un sobresalto y exclamaron al unísono:

—¡Eso es falso! Miente. Es una infamia.

El presidente les hizo callar y prosiguió:

—Continúe, por favor, y díganos cómo ocurrió.

Entonces ella se puso a hablar atropelladamente, aliviando su cerrado corazón, su pobre corazón solitario y destrozado, desahogando ahora su tristeza, toda su tristeza delante de aquellos hombres severos a los que había tomado hasta ese momento por unos enemigos y unos jueces inflexibles.

—Sí, fue el señor Joseph Varambot, cuando vino de vacaciones el año pasado.

—¿Qué es lo que hizo el señor Joseph Varambot?

—Es suboficial de artillería, señor. Se quedó dos meses en casa. Dos meses de verano. Yo no desconfié cuando él empezó a mirarme y luego a decirme halagos y ternezas durante todo el día. Y yo me lo acabé creyendo, señor. Y él no paraba de repetirme lo guapa, lo agradable que yo era y que le gustaba… También él a mí me gustaba, por supuesto… ¿Qué quieren…? Cuando se está sola se presta oídos a estas cosas…, cuando se está sola, sin nadie…, como lo estaba yo. Yo estoy sola en el mundo, señor…, no tengo a nadie con quién hablar, nadie a quien contarle mis problemas… Ya no tengo ni padre ni madre, ni hermanos ni hermanas…, ¡nadie! Y para mí fue como si hubiera recuperado a un hermano cuando empezó a hablar conmigo. Luego, una tarde, me pidió que fuera con él a la orilla del río, para charlar sin dar que hablar. Y yo fui… ¿Qué sé yo?… ¿Quién podía pensar en lo que sucedería después?… Él me cogía de la cintura… Yo no quería, claro que no…, no…, no… Pero no pude… Yo estaba al borde de las lágrimas por el tiempo delicioso que hacía… Había un claro de luna… No pude… No…, se lo juro…, no pude…, él hizo conmigo lo que quiso… Y la cosa siguió tres semanas más, todo el tiempo que él se quedó… Yo le hubiera seguido a los confines del mundo…, pero él se fue… ¡Yo no sabía que estaba embarazada!… No lo supe hasta el mes siguiente…

Rompió a llorar tan ruidosamente que hubo que dejarla un rato para que se recuperara.

Luego el presidente prosiguió con el tono de un sacerdote en el confesionario:

—Vamos, continúe.

Ella siguió diciendo:

—Cuando me di cuenta de que estaba embarazada, avisé a la señora Boudin, la comadrona, quien puede confirmarlo. Y le pregunté qué debía hacer si me ponía de parto sin que ella estuviera presente. Y luego, todas las noches hasta la una, estuve preparando el ajuar; y me busqué otra colocación, porque estaba segura de que me despedirían, pero yo quería quedarme hasta el final en esa casa con el fin de ahorrar, pues tengo poco dinero y me hacía falta para el pequeño…

—Por tanto, ¿no quería usted matarle?

—¡Por supuesto que no, señor!

—Y, entonces, ¿por qué le mató?

—Les contaré cómo fue. Me puse de parto antes de lo que yo creía. Fue en la cocina, cuando estaba terminando de fregar los platos.

»Los señores Varambot estaban ya acostados; subo, no sin esfuerzo, agarrándome al pasamano, luego me tumbo en el suelo, para no manchar la cama. Y me estuve así quizá una hora, o quizá dos, o tres; no lo sé exactamente, ¡pues era tanto el dolor que sentía! Pero yo empujaba con todas mis fuerzas, sentí que salía y lo recogí.

»¡Ah, qué contenta estaba, de verdad! ¡Hice todo lo que me había indicado la señora Boudin, todo! ¡Y luego lo puse sobre mi cama! Pero he aquí que me vuelven los dolores, pero ¡qué dolores! ¡Si ustedes supieran lo que son esos dolores, no harían tantos hijos, se lo aseguro! ¡Me caí de rodillas, luego de espaldas, en el suelo; y entonces me empieza de nuevo, quizá una hora, o dos, allí completamente sola… y luego sale otro…, otro pequeñín…, dos…, sí…, dos…, ¡como les digo! Lo recogí como al primero, y lo puse sobre la cama, al lado del otro, dos. Díganme ustedes, ¿cómo es posible? ¡Dos niños! ¡Yo que gano veinte francos al mes! Dígame…, ¿cómo es posible? Uno, sí, puede una con él, a base de privaciones… ¡pero dos no! Perdí la cabeza. ¿Qué podía hacer? ¿Qué otra elección me quedaba?

»¿Qué podía hacer? ¡Me parecía haber llegado al final de mis días! Sin darme cuenta, les puse la almohada encima…, no podía quedarme con los dos… y me tumbé encima. Luego me quedé retorciéndome y llorando hasta que vi por la ventana que se hacía de día; habían muerto los dos debajo de la almohada, por supuesto. Entonces les cogí en mis brazos, bajé por la escalera, me fui al huerto, cogí la azada del hortelano y los enterré bajo tierra, lo más hondo que pude, uno aquí y otro allá, pero no juntos, para que no hablasen entre sí de su madre, si es que los pequeños muertos hablan. ¿Qué sé yo?

»Y luego, en la cama, me sentí tan mal que no conseguí levantarme. Llamé al médico, que lo comprendió todo. Ésta es la pura verdad, señor juez. Haga usted lo que quiera, estoy preparada para todo.

La mitad de los miembros del jurado se sonaban una vez tras otra para no llorar. Unas mujeres sollozaban entre los asistentes.

El presidente preguntó:

—¿En qué lugar enterró usted al otro?

Ella preguntó:

—¿Cuál encontraron ustedes?

—Pues… el… el que estaba entre las alcachofas.

—Pues el otro está entre los fresales, junto al pozo.

Y ella se puso a sollozar tan fuerte que sus gemidos partían el alma.

La joven Rosalie Prudent fue absuelta.

 

VIAJE DE SALUD*

 

El señor Panard era un hombre prudente temeroso de todo en la vida. Le temía a las tejas, a las caídas, a los coches de punto, a los ferrocarriles, a todos los accidentes posibles, pero sobre todo a las enfermedades.

Había comprendido, con suma previsión, cuán amenazada está sin cesar nuestra vida por todo cuanto nos rodea. Al ver un escalón pensaba en una torcedura, en el riesgo de romperse un brazo o una pierna; al ver una ventana, en las horrendas heridas que podía producir el cristal; al ver un gato, en que podía sacarle los ojos; y vivía con una prudencia meticulosa, una prudencia reflexiva, paciente, absoluta.

Le decía a su mujer, una buena mujer que transigía con sus manías: «Piensa, querida, lo poco que hace falta para lisiar o para acabar con la vida de un hombre. Sólo de pensarlo da espanto. Sale uno de casa con buena salud, cruza la calle y le aplasta un coche; o bien se para durante cinco minutos debajo de un portal para charlar con un amigo y no nota la pequeña corriente de aire que le roza la espalda y pesca una congestión pulmonar. Y basta con esto. Se acabó».

Se interesaba de modo especial por la sección Salud pública de los diarios; conocía la cifra media de defunciones en los períodos normales, según las estaciones, la evolución y los cambios imprevisibles de las epidemias, sus síntomas, su probable duración, la manera de prevenirlas, de evitarlas, de curarlas. Contaba con toda una biblioteca médica que reunía todas las obras relativas a los tratamientos puestos al alcance del público por los médicos vulgarizadores y prácticos.

Había creído en Raspail, en la homeopatía, en la medicina dosimétrica, en la metaloterapia, en la electricidad, en el masaje, en todos los sistemas considerados infalibles, durante seis meses, contra todos los males.1 Pero ahora había perdido parte de su confianza y pensaba sensatamente que la mejor manera de evitar las enfermedades consistía en huir de ellas.

Hacia principios del invierno pasado, el señor Panard se enteró por su diario de que en París se había extendido una ligera epidemia de tifus. El desasosiego que enseguida le dominó no tardó en convertirse en obsesión. Todas las mañanas compraba dos o tres periódicos para sacar un promedio con sus informaciones contradictorias; y pronto quedó convencido de que en su barrio estaba particularmente expuesto.

Entonces fue a ver a su médico para pedirle consejo. ¿Qué debía hacer? ¿Quedarse o irse? Ante las respuestas evasivas del médico, el señor Panard llegó a la conclusión de que el peligro existía y decidió irse. Volvió, pues, a su casa para deliberar con su mujer. ¿Adónde irían?

Preguntaba:

—¿Tú crees, querida, que Pau es lo que nos conviene?

Ella tenía ganas de ver Niza y respondió:

—Dicen que hace bastante frío por estar cerca de los Pirineos. Cannes debe de ser más salubre, pues van los príncipes de Orleans.

Este razonamiento convenció a su marido; sin embargo, aún estaba un poco dubitativo:

—Sí, pero en el Mediterráneo hay cólera desde hace dos años.

—¡Ah!, querido, no se declara nunca durante el invierno. Piensa que todo el mundo se cita en esa costa.

—Es cierto. De todas formas, no dejes de llevarte unos desinfectantes y ocúpate de completar mi farmacopea de viaje.

Partieron un lunes por la mañana. Al llegar a la estación, la señora Panard entregó a su marido su maletín personal:

—Toma —dijo ella—, aquí tienes en orden todas tus cosas para la salud.

—Gracias, querida.

Y subieron al tren.

Tras haber leído muchas obras sobre los balnearios del Mediterráneo, obras escritas por los médicos de cada ciudad del litoral, en las que cada uno de ellos exaltaba su playa en detrimento de las ajenas, el señor Panard, que había pasado por las mayores perplejidades, acababa por fin de decidirse por Saint-Raphaël, por la sola razón de que, entre los nombres de los principales propietarios, había visto los de varios profesores de la Facultad de Medicina de París.

Si residían allí era seguramente porque el lugar era saludable.

Así pues, se apeó en Saint-Raphaël y se dirigió inmediatamente a un hotel cuyo nombre había leído en la guía Sarty,2 que es el Conty3 de las estaciones invernales de esa costa.

Pero le asaltaban ya nuevas preocupaciones. ¿Qué hay menos seguro que un hotel, sobre todo en esa zona frecuentada por los tísicos? ¿Cuántos enfermos, y qué enfermos, han dormido en esos colchones, entre esas mantas, con esas almohadas, dejando en la lana, en el plumón, en las telas, mil imperceptibles gérmenes provenientes de su piel, de su aliento, de sus fiebres? ¿Cómo atreverse a tumbarse en esas camas sospechosas, a dormir con la pesadilla de un agonizante en la misma yacija unos días antes?

Entonces se le ocurrió una idea: pediría una habitación que diera al norte, completamente al norte, sin nada de sol, convencido de que ningún enfermo habría podido hospedarse allí.

Le abrieron una gran habitación glacial, que él juzgó, a primera vista, que presentaba una seguridad total y absoluta, de tan fría e inhóspita como parecía.

Hizo encender la chimenea. Luego subió su equipaje.

Se paseaba a paso rápido, a lo largo y a lo ancho, un tanto inquieto por la idea de un posible reuma, y le decía a su mujer:

—¿Ves, querida? El peligro de este tipo de sitios es tener que vivir en aposentos frescos que raramente se ocupan. Pueden entrarte dolores. ¿Te importaría deshacer tú las maletas?

Ella había empezado, en efecto, a vaciar las maletas y a llenar los armarios y la cómoda cuando el señor Panard se detuvo de sopetón en su paseo y se puso a olisquear tenazmente como un perro que huele la presa.

Prosiguió, turbado de repente:

—Pero se nota aquí…, se nota la enfermedad…, se nota el olor a medicamentos…, estoy seguro de que se nota el olor a medicamentos…, sin duda, ha habido un…, un… enfermo del pecho en esta habitación. Dime, ¿tú no lo notas, querida?

La señora Panard olfateaba a su vez. Respondió:

—Sí, se nota un poco el…, el…, no reconozco muy bien el olor, pero huele a remedio.

Él se abalanzó hacia el timbre, llamó; y al aparecer el mozo dijo:

—Haga venir enseguida al director, por favor.

El director acudió casi al instante, saludando, con una sonrisa en los labios.

El señor Panard, mirándole de hito en hito, le preguntó bruscamente:

—¿Quién fue el último cliente que se hospedó aquí?

El director del hotel, sorprendido de entrada, trataba de comprender la intención, la idea, o la sospecha de su cliente; luego, como era preciso dar una respuesta y nadie se había hospedado en aquella habitación desde hacía varios meses, dijo:

—Fue el señor conde de La Roche-Limonière.

—¡Ah!, ¿un francés?

—No, señor, un…, un belga.

—¡Ah!, ¿y se encontraba bien?

—Sí, es decir, no, padecía mucho al llegar aquí; pero se fue totalmente restablecido.

—¡Ah! ¿Y de qué padecía?

—De dolores.

—¿Qué tipo de dolores?

—De dolores…, de dolores de hígado.

—Muy bien, señor, le doy las gracias. Pensaba quedarme algún tiempo aquí; pero acabo de cambiar de idea. Me iré inmediatamente con la señora Panard.

—Pero… señor…

—Es inútil, señor, nos vamos. Mándeme la cuenta, ómnibus, habitación y servicio.

El dueño, desconcertado, se retiró, mientras el señor Panard le decía a su mujer:

—¿Has visto, querida, cómo le he pillado? ¿Has visto cómo dudaba?…, dolores…, dolores…, dolores de hígado…, ¡yo sí que le daré a ése dolores de hígado!

El señor y la señora Panard llegaron a Cannes por la noche, cenaron y se acostaron enseguida.

Pero apenas estuvieron en la cama, cuando el señor Panard exclamó:

—Eh, el olor, ¿no lo notas esta vez? Pero…, pero si es ácido fénico, querida…, han desinfectado este aposento.

Y salió precipitadamente de la cama, volvió a vestirse rápidamente, y, como era demasiado tarde para llamar a nadie, decidió enseguida pasar la noche en un sillón. La señora Panard, a pesar de las exhortaciones de su marido, se negó a imitarle y permaneció en la cama donde durmió felizmente, mientras él murmuraba con los riñones rotos:

—¡Pero qué país!, ¡qué espanto de país! No hay más que enfermos en todos estos hoteles.

Al alba mandó llamar al director del hotel.

—¿Quién fue el último cliente que pasó la noche en este aposento?

—El gran duque de Bade y Magdeburgo, señor, un primo del emperador de…, de… Rusia.

—¡Ah!, ¿y se encontraba bien?

—Muy bien, señor.

—¿Completamente bien?

—Completamente bien.

—Es suficiente, señor director, la señora y yo nos iremos para Niza a mediodía.

—Como usted guste, señor.

Y el director, furioso, se retiró, mientras el señor Panard le decía a su señora:

—¿Eh?, ¡menudo farsante! ¡Se ha negado incluso a confesar que su cliente estaba enfermo! ¡Enfermo! ¡Ah, sí, enfermo! ¡Te garantizo yo que ése ahora está muerto! Dime, ¿no notas tú el ácido fénico, no lo notas?

—¡Sí, querido!

—¡Qué caraduras son estos directores de hotel! ¡No estaba ni enfermo, ni siquiera enfermo, ese fiambre! Pero ¡qué caraduras!

Tomaron el tren de la una y media. El olor les persiguió en el vagón.

Muy inquieto, el señor Panard murmuraba:

—Lo sigo notando. Debe de ser una medida higiénica generalizada en la región. Es probable que rocíen las calles, los entarimados y los vagones con fenol por orden de los médicos y de los ayuntamientos.

Pero cuando estuvieron en el hotel de Niza, el olor se volvió insoportable.

Panard, aterrado, daba vueltas por la habitación, abriendo los cajones, hurgando en los rincones oscuros, buscando dentro de los muebles. En el armario de luna descubrió un viejo periódico, le echó una ojeada al azar y leyó: «Los rumores malintencionados difundidos sobre la situación higiénica de nuestra ciudad carecen de fundamento. Ningún caso de cólera ha sido comprobado en Niza o en los alrededores…».

Dio un salto y exclamó:

—Señora Panard…, señora Panard…, es el cólera…, el cólera…, estoy seguro… No deshaga las maletas…, regresamos a París de inmediato…, de inmediato.

Una hora más tarde, volvían a tomar el rápido, envueltos en un olor asfixiante a fenol.

Apenas entraron en su casa, Panard consideró conveniente tomar algunas gotas de un anticolérico enérgico y abrió el maletín que contenía sus medicamentos. Un vapor sofocante se escapó de él. Su frasco de ácido fénico se había roto y el líquido derramado había quemado todo el forro.

Entonces su mujer, presa de un ataque de risa loca, exclamó:

—¡Ja, ja, ja…, querido…, aquí tienes…, aquí tienes tu cólera!…

 

LA SEÑA*

 

La joven marquesa de Rennedon dormía aún, en su alcoba cerrada y perfumada, en su gran cama agradable y baja, entre sus sábanas de batista ligera, finas como un encaje, acariciantes como un beso; dormía sola, tranquila, con el feliz y profundo sueño de las divorciadas.

La despertaron unas voces que hablaban animadamente en el saloncito azul. Reconoció a su querida amiga, la joven baronesa de Grangerie, que estaba discutiendo porque quería entrar con la doncella que defendía la puerta de su ama.

Entonces la joven marquesa se levantó, descorrió el pestillo, dio vuelta a la llave, levantó la cortina y asomó la cabeza, nada más que su rubia cabeza, oculta bajo una nube de cabellos.

—¿A qué se debe —preguntó— el que hayas venido tan temprano? No son todavía las nueve.

La joven baronesa, muy pálida, nerviosa, afiebrada, respondió:

—Tengo que hablar contigo. Me ha ocurrido una cosa horrible.

—Entra, querida.

Entró, se besaron; y la joven marquesa volvió a acostarse mientras la doncella abría las ventanas para que entrara el aire y la luz. Luego, cuando la criada se hubo ido, la señora de Rennedon prosiguió:

—Vamos, cuenta.

 

La señora de Grangerie se echó a llorar, derramando esas bonitas lágrimas claras que vuelven más encantadoras a las mujeres, y balbució sin secarse los ojos para no enrojecerlos:

—Oh, querida, es algo horrible, horrible, lo que me pasa. No he dormido en toda la noche, pero ni un minuto; ¿comprendes?, ni un minuto. Mira, toca mi corazón para que veas cómo late.

Y, tomando la mano de su amiga, se la posó sobre el pecho, sobre ese revestimiento redondo y firme del corazón de las mujeres, que a los hombres les basta a menudo y les impide buscar nada debajo. Su corazón latía fuerte, en efecto.

Continuó:

*

Me sucedió durante el día de ayer…, hacia las cuatro… o las cuatro y media. No lo sé con exactitud. Ya conoces mi piso, sabes que mi saloncito, ese en el que estoy siempre, da a la rue Saint-Lazare, en el primer piso; y que tengo la manía de ponerme en la ventana para ver pasar a la gente. Es tan alegre ese barrio de la estación, tan animado y lleno de vida… En fin, ¡es algo que me gusta! Pues bien, estaba ayer sentada en la silla baja que me hice instalar en el hueco de mi ventana; esa ventana estaba abierta, y yo no pensaba en nada: respiraba el aire azul. ¿Te acuerdas de que ayer hacía un día precioso?

De pronto, observo que, en el otro lado de la calle, había también una mujer en la ventana, una mujer vestida de rojo; yo iba de lila, ya sabes, mi bonito vestido lila. No conocía a esa mujer, una nueva inquilina, instalada allí desde hacía un mes; y como lleva un mes lloviendo, todavía no la había visto. Pero enseguida me di cuenta de que era una mujer vulgar. Primero me sentí muy disgustada y herida por el hecho de que estuviera ella como yo en la ventana; y luego, poco a poco, me pareció divertido observarla. Estaba de codos, y acechaba a los hombres, y los hombres también la miraban a ella, todos o casi todos. Se hubiera dicho que advertían algo al acercarse a la casa, que la olían como los perros huelen la caza, pues levantaban de repente la cabeza e intercambiaban muy rápidamente una mirada con ella, una mirada de inteligencia. La suya decía: «¿Quiere?».

La de ellos le respondía: «No tengo tiempo» o bien: «Otra vez será» o: «No tengo dinero» o: «¡Quieres esconderte, miserable!». Eran los ojos de los padres de familia los que decían esta última frase.

No te imaginas lo divertido que era verla dedicarse a sus tejemanejes o, más bien, a su oficio.

A veces ella cerraba de repente la ventana y yo veía a un señor entrar por su portal. Le había echado el anzuelo como un pescador coge con la caña un gobio. Yo me ponía entonces a mirar mi reloj. Se quedaban de doce a veinte minutos, nunca más. La verdad, esa especie de araña me tenía fascinada, después de todo. Y, además, no era fea la muchacha.

Me preguntaba: «¿Cómo hace para hacerse entender tan bien, tan rápido y sin equívocos? ¿Acompañaba su mirada con un signo de la cabeza o con un movimiento de la mano?».

Y cogí mi anteojo de teatro para darme cuenta de su forma de proceder. ¡Oh!, era muy sencillo: primero un guiño, luego una sonrisa y acto seguido un pequeño gesto de la cabeza que quería decir: «¿Sube?». Pero tan ligero, tan vago, tan discreto, que hacía falta realmente mucho estilo para conseguir hacerlo como ella.

Y me preguntaba: «¿Podría hacerlo yo igual de bien ese pequeño vaivén de abajo arriba, atrevido y gracioso?». Pues era realmente un gesto gracioso.

Y me fui a ensayarlo delante del espejo. ¡Querida, yo lo hacía mejor que ella, mucho mejor! Estaba encantada; y volví a ponerme en la ventana.

Pero ahora la pobre no pescaba ya a nadie, lo que se dice a nadie. La verdad, no tenía suerte. Qué horrible debe de ser ganarse la vida de ese modo, terrible y divertido a veces, porque en el fondo alguno de esos hombres pescados por la calle no está nada mal.

Ahora pasaban todos por mi acera, y ninguno por la suya. Habían cambiado las tornas. Llegaban uno tras otro, jóvenes, viejos, morenos, rubios, entrecanos, con el pelo blanco.

Los había guapos, pero realmente guapos, querida, bastante más que mi marido, y que el tuyo, que tu ex marido en vista de que estás divorciada. Ahora tú puedes elegir.

Pensaba: «Si les hiciera la seña, ¿me entenderían también a mí, que soy una mujer respetable?». Y he aquí que me entraron unas ganas locas de hacer esa seña, pero unas ganas, unas ganas de mujer embarazada…, unas ganas terribles, unas de esas ganas…, ya sabes… ¡a las que una no puede resistirse! Algunas veces las he sentido… ¡Qué tontas son estas cosas! Creo que nosotras las mujeres tenemos almas de simio. Por lo demás, me han dicho (me lo dijo un médico) que el cerebro de los simios se parece mucho al nuestro. Siempre tenemos que imitar a alguien. Imitamos a nuestros maridos, cuando les queremos, en el primer mes de casados, luego a nuestros amantes, a nuestras amigas, a nuestros confesores, cuando son como Dios manda. Adoptamos su manera de pensar, de expresarse, sus palabras, sus gestos, todo. Es realmente algo estúpido.

Pero yo, cuando tengo muchas ganas de hacer algo, no dejo de hacerlo nunca.

Y pensé: «Vamos, ¿por qué no probar con uno, uno solo, para ver qué pasa? ¿Qué podía pasarme? ¡Nada! Intercambiaremos una sonrisa y se acabó, no volveré a verle nunca más; y, si le vuelvo a ver, no me reconocerá y, si me reconoce, lo negaré, por supuesto».

Empecé, pues, a elegir. Quería a uno que estuviera bien, muy bien. De repente veo venir a un rubio esbelto, muy buen mozo. A mí me gustan los rubios, ya sabes.

Le miro. Él me mira. Sonrío; él sonríe; le hago el gesto; ¡oh!, apenas, apenas; responde él con un «sí» con la cabeza y ¡hele aquí que entra, querida! Entra por el portal de mi casa.

¡No te puedes imaginar lo que se me pasó por la cabeza en ese momento! Creí que iba a volverme loca. ¡Oh! ¡Qué miedo! ¡Imagínate, hablaría con los criados! ¡Con Joseph, que es devotísimo de mi marido! Joseph creería sin duda que yo conocía a ese señor desde hacía tiempo.

¿Qué hacer? Dime tú, ¿qué hacer? E iba a llamar, de un momento a otro, en cuestión de segundos. ¿Qué hacer? Pensé que lo mejor era salir corriendo a su encuentro, decirle que se equivocaba, suplicarle que se fuera. ¡Se apiadaría de una mujer, de una pobre mujer! Me precipito, pues, a la puerta y abro justo en el momento en que él echaba mano al timbre.

Balbuceé, loca por completo:

«Váyase, señor, váyase, se equivoca usted, yo soy una mujer decente, una mujer casada. Ha sido un error, un lamentable error; le he tomado por uno de mis amigos al que se parece usted mucho. Compadézcase de mí, señor».

Y he aquí que él se echa a reír, querida, y responde:

«Buenos días, gatita mía. ¿Sabes?, me conozco ya tu historia. Si estás casada, son dos luises en vez de uno. Los tendrás. Vamos, indícame el camino».

Y me empuja; cierra la puerta, y como yo permanecía, espantada, delante de él, me abraza, me coge de la cintura y me hace entrar en el salón que había quedado abierto.

Y luego se pone a mirarlo todo como un perito tasador; y prosigue:

«Caramba, ¡qué bonita es tu casa, muy elegante! ¡Tienes que estar pasando ahora por muchos apuros para ponerte a trabajar en la ventana!».

Entonces yo comienzo de nuevo a suplicarle:

«¡Oh, señor, váyase usted!, ¡váyase! ¡Mi marido está a punto de llegar! ¡Llegará de un momento a otro, es su hora de llegada! ¡Le juro que está usted en un error!».

Y me responde él tan tranquilo:

«Vamos, hermosa, déjate de melindres. Si vuelve tu marido, le daré cien sueldos para que se vaya a tomar algo enfrente».

Al ver sobre la chimenea la fotografía de Raoul, me pregunta:

«¿Es… tu marido?».

«Sí, es él.»

«Pues tiene una bonita jeta… ¿Y ésta, ésta quién es, una amiga tuya?»

Era una fotografía tuya, ya sabes, esa en que llevas un vestido de gala. Yo no sabía ya lo que me decía. Balbucí:

«Sí, es una de mis amigas…».

«Guapa de verdad. Ya me la presentarás.»

¡Y he aquí que el reloj empieza a dar las cinco; y Raoul vuelve todos los días a las cinco y media! ¡Si se presentaba antes de que el otro se hubiera ido, imagínate! Entonces…, entonces…, perdí la cabeza… completamente…, pensé…, pensé… que… lo mejor… era… quitarme de encima a ese hombre… cuanto antes… Cuanto antes se terminara…, ¿comprendes?…, y… y he aquí… he aquí…, dado que era preciso… y lo era, querida…, pues no se iría sin eso… Así que yo…, yo… eché el pestillo a la puerta del salón… Y eso fue todo.

*

La joven marquesa de Rennedon se había echado a reír, pero a reír como una loca, la cabeza contra la almohada, sacudiendo la cama por completo.

Cuando se hubo calmado un poco, preguntó:

«¿Y… y… era buen mozo…?».

«Sí.»

«¿Y te quejas?»

«Pues…, pues… verás, querida, es que… dijo… que volvería mañana…, a la misma hora…, y yo tengo…, tengo un miedo atroz… No puedes hacerte una idea de lo tenaz… e impositivo… ¿Qué puedo hacer?…, dime…, ¿qué puedo hacer?»

La joven marquesa se sentó en su cama para reflexionar, luego declaró de repente:

«Manda que lo detengan».

La joven baronesa se quedó estupefacta. Balbució:

—Pero ¡cómo! ¿Qué dices? ¡Qué cosas se te ocurren! ¿Hacer que le detengan? ¿Bajo qué pretexto?

—Oh, es muy sencillo. Ve a la comisaría; diles que un señor te sigue desde hace tres meses; que tuvo la insolencia de subir a tu casa ayer; que te amenaza con una nueva visita mañana, y que pides la protección de la autoridad. Pondrán a tu disposición a dos agentes que le detendrán.

—Pero, querida, si cuenta…

—No le creerán, tonta, toda vez que le habrás contado tu historia al comisario. Y te creerán a ti, que eres una mujer de mundo irreprochable.

—Oh, no me atreveré nunca.

—Tienes que atreverte, o bien estás perdida.

—Piensa que va…, que va a insultarme… cuando lo detengan.

—Pues bien, tendrás testigos y harás que lo condenen.

—¿Condenen a qué?

—A pagar una reparación por el daño moral. ¡En estos casos, hay que ser implacable!

—¡Ah!, a propósito de reparación…, hay una cosa que me incomoda mucho…, pero que mucho… Me dejó… dos luises… sobre la chimenea.

—¿Dos luises?

—Sí.

—¿Tan sólo?

—Tan sólo.

—Es poco. Ves, a mí eso me habría humillado. ¿Y bien?

—¿Y qué debo hacer con este dinero?

La joven marquesa dudó unos segundos, luego respondió con tono serio:

—Querida… Tienes…, tienes… que hacerle un regalito a tu marido…, es de estricta justicia.

 

EN EL BOSQUE*

 

Se disponía el alcalde a sentarse a la mesa para comer cuando le avisaron de que un guardia rural le esperaba en el Ayuntamiento con dos detenidos.

Se dirigió hacia allí inmediatamente y vio, en efecto, que su guarda rural, el compadre Hochedur, estaba de pie y vigilando con aire severo a una pareja de burgueses entrados en años.

El hombre, un hombre gordo, de roja nariz y pelo cano, parecía abochornado, mientras que la mujer, una mujerona endomingada, muy redonda, gordinflona, de mejillas relucientes, miraba con cara de desafío al agente de la autoridad que les había aprehendido.

El alcalde preguntó:

—¿Qué sucede, compadre Hochedur?

El guarda rural hizo su deposición.

Había salido por la mañana, a la hora habitual, para hacer su ronda por la parte de los bosques Champioux hasta la linde de Argenteuil. No había observado nada raro en los campos, salvo que hacía buen tiempo y que el trigo crecía bien, cuando el hijo de los Bredel, que estaba escardando su viña, gritó:

—Eh, compadre Hochedur, vaya a ver a la linde del bosque, en el primer soto, y encontrará allí a una pareja de pichoncitos que entre los dos suman ciento treinta años.

Se había ido en la dirección indicada; y al penetrar en la espesura había oído unas palabras y unos suspiros que le hicieron suponer que se trataba de un flagrante atentado contra las buenas costumbres.

Así pues, avanzando a gatas como si quisiera sorprender a un cazador furtivo, aprehendió a la pareja que allí estaba en el momento en que se entregaba a sus bajos instintos.

El alcalde, estupefacto, observó a los culpables. El hombre contaba ya sesenta años y la mujer por lo menos cincuenta y cinco.

Se puso a interrogarles, empezando por el varón, que respondía con voz tan débil que apenas si se le oía.

—¿Su nombre?

—Nicolas Beaurain.

—¿Profesión?

—Mercero de la rue des Martyrs, en París.

—¿Qué hacían ustedes en ese bosque?

El mercero permaneció mudo, los ojos gachos mirando su gruesa barriga, las manos planas sobre sus muslos.

El alcalde prosiguió:

—¿Niega usted lo que afirma el agente de la autoridad municipal?

—No, señor.

—Entonces, ¿lo confiesa?

—Sí, señor.

—¿Qué tiene que alegar en su defensa?

—Nada, señor.

—¿Dónde conoció usted a su cómplice?

—Es mi mujer, señor.

—¿Su mujer?

—Sí, señor.

—Entonces…, entonces…, ¿no viven ustedes juntos… en París?

—¡Perdón, señor, sí que vivimos juntos!

—Pero…, entonces… están ustedes locos, locos de atar, mi querido señor, por dejarse coger así, en pleno campo, a las diez de la mañana.

El mercero parecía a punto de romper a llorar de la vergüenza. Murmuró:

—¡Ha sido ella quien lo ha querido! Pues yo ya le decía que era una estupidez. Pero cuando a una mujer se le mete algo en la cabeza…, ya sabe…, no hay quien se lo quite.

El alcalde, que apreciaba el ingenio picante, sonrió y contestó:

—Pues, en su caso, hubiera tenido que ser al contrario. Y ahora no estarían aquí de haberlo tenido sólo ella en la cabeza.

Entonces Beaurain montó en cólera y, volviéndose hacia su mujer, dijo:

—¿Ves a qué nos ha llevado tu maldita poesía? ¿Eh, dónde estamos? ¡Y ahora, a nuestra edad, nos veremos ante los tribunales por atentado contra las buenas costumbres! ¡Y habrá que cerrar la tienda, traspasarla y cambiar de barrio! ¿Ves adónde hemos ido a parar?

La señora Beaurain se levantó y, sin mirar a su marido, se explicó sin embarazo, sin falsos pudores, casi sin vacilación.

—Dios mío, señor alcalde, soy consciente de lo ridículos que resultamos. ¿Me permite defender mi causa como si fuera mi propio abogado, o mejor dicho, como la pobre mujer que soy? Y espero que luego nos deje irnos a casa, ahorrándonos la vergüenza de la denuncia.

»Cuando yo era joven conocí al señor Beaurain precisamente en este pueblo, un domingo. Él trabajaba en una mercería y yo era empleada en un taller de confección. Lo recuerdo como si fuera ayer. Yo venía a pasar de vez en cuando los domingos aquí con una amiga mía, Rose Levêque, con quien vivía en la rue Pigalle. Rose tenía un enamorado, y yo no. Fue él quien nos trajo aquí. Un sábado, me anunció, entre risas, que se traería a un compañero al día siguiente. Yo entendí perfectamente cuáles eran sus intenciones; pero respondí que era inútil. Yo era una persona sensata, señor.

»Al día siguiente, pues, pasamos a recoger por la estación al señor Beaurain. En esa época era un joven bien parecido. Pero yo estaba decidida a no ceder, y no cedí en absoluto.

»Llegamos a Bézons. Hacía un día espléndido, uno de esos que te cosquillean el corazón. Y yo, cuando hace buen tiempo, hoy como ayer, me pongo tierna, y cuando estoy en el campo pierdo la cabeza. ¡El verdor, los pájaros que cantan, los trigos que se mecen al viento, las golondrinas que vuelan tan rápido, el olor de la hierba, las amapolas, las margaritas, todo eso me vuelve loca! ¡Es como el champán cuando no se está acostumbrado!

»Así pues, hacía un tiempo magnífico, agradable y claro, que a una le entra en el cuerpo por los ojos al mirar y por la boca al respirar. ¡Rose y Simon se besaban a cada minuto! Verles me producía un cierto efecto. Beaurain y yo caminábamos detrás de ellos, sin hablar. Cuando la gente no se conoce, no sabe qué decirse. Ese muchacho parecía muy tímido, y me gustaba verle azorado. Llegamos al bosquecillo. Se estaba tan fresco allí como en un baño, y nos sentamos todos en la hierba. Rose y su amigo bromeaban conmigo por mi cara seria; como comprenderá usted, no podía ser de otro modo. Y he aquí que se ponen de nuevo a darse besos sin preocuparles que estuviéramos nosotros presentes; y a continuación se dicen algo muy bajito, se levantan y se pierden entre el follaje sin decir ni pío. Figúrese cómo me sentía yo delante de aquel joven al que veía por primera vez. Estaba tan turbada al verles irse de ese modo, que ello me infundió valor y me puse a hablar. Le pregunté a qué se dedicaba: era empleado en una mercería, como le he dicho antes. Hablamos un poco y ello le volvió atrevido, tanto que quiso tomarse confianzas, pero yo le puse en su sitio sin cumplidos. ¿O no es así, señor Beaurain?

El señor Beaurain, que se miraba los pies, avergonzado, no respondió.

Ella prosiguió:

—Entonces el chico comprendió que yo era prudente, y se puso a hacerme la corte caballerosamente, como una persona decente. A partir de ese día volvió a venir todos los domingos. Él estaba muy enamorado de mí, señor. Y también yo le quería mucho, pero ¡que muchísimo!, pues era un buen mozo, en otros tiempos.

»En resumidas cuentas, me casé con él en septiembre y abrimos nuestro negocio en la rue des Martyrs.

»Durante unos años fue duro, señor. El negocio no marchaba; y no nos podíamos permitir hacer salidas al campo. Y luego perdimos la costumbre de hacerlo. Teníamos otras cosas en la cabeza; en el mundo del comercio, piensa uno más en la caja que en las florecillas. Fuimos envejeciendo, poco a poco, sin darnos cuenta, como la gente de vida tranquila que no piensa ya en absoluto en el amor. No se echa algo de menos hasta que no se da cuenta uno de que le falta.

»¡Y luego, señor, nos fue yendo mejor el negocio y nos tranquilizamos respecto al futuro! Mire, entonces no sé muy bien qué me pasó por dentro, no, ¡la verdad, no lo sé!

»Sí, me puse a soñar de nuevo como una colegiala. El ver los carritos de flores de los que tiran por las calles me hacía asomar las lágrimas a los ojos. ¡El olor de las violetas llegaba hasta mi asiento detrás de la caja y me hacía latir el corazón! Entonces me levantaba y me acercaba a la puerta de la calle para mirar el azul del cielo entre los tejados. Cuando se contempla el cielo en una calle, éste toma el aspecto de un río, de un largo río que desciende serpenteando sobre París; y las golondrinas lo atraviesan como si fueran peces. ¡Todo esto son auténticas tonterías a mi edad! ¿Qué quiere, señor? Cuando se ha trabajado toda la vida, llega un momento en que te das cuenta de que hubieras podido hacer otra cosa, y, entonces, sientes añoranza, ¡oh, sí, sientes añoranza! Piense que, durante veinte años, habría podido ir en busca de besos a los bosques, como todas las demás mujeres. Yo pensaba en lo bonito que era estarse tumbada bajo los árboles con alguien que te quiere. Y pensaba en ello día y noche, soñaba con claros de luna sobre las aguas hasta sentir ganas de ahogarme.

»Al principio, no me atrevía a decirle nada de todo eso al señor Beaurain. ¡Sabía perfectamente que él se burlaría de mí y que me mandaría a vender agujas e hilo! Y además, para decir la verdad, el señor Beaurain ya no me decía gran cosa; pero, cuando yo me miraba al espejo, comprendía que tampoco yo le decía ya nada a nadie.

»Así pues, me decidí y le propuse una salida al campo para ir al lugar donde nos habíamos conocido. Él aceptó sin ninguna desconfianza y hemos llegado, esta mañana, hacia las nueve.

»Al meterme entre los trigales me he sentido totalmente trastornada. ¡El corazón de las mujeres no envejece jamás! ¡Y, la verdad, no veía a mi marido tal como es ahora, sino como era en otro tiempo! Se lo juro, señor. Es la pura verdad, estaba embriagada. Me he puesto a besarle; él estaba más asombrado que si hubiera querido asesinarle. Me repetía:“Pero te has vuelto loca. Esta mañana te has vuelto completamente loca. Pero ¿qué te pasa…?”. Pero yo no le hacía caso, no escuchaba más que a mi corazón. Y le he hecho entrar en el bosque… ¡Y eso es todo!…, lo que le he contado es la verdad, señor alcalde, la pura verdad.

El alcalde era un hombre agudo. Se levantó, sonrió y dijo:

—Puede irse tranquila, señora, y no peque más… bajo el follaje.

 

UNA FAMILIA*

 

Iba a volver ver a mi amigo Simon Radevin, a quien no veía desde hacía quince años.

En otro tiempo era mi mejor amigo, mi amigo del alma, aquel con el que se pasan largas veladas tranquilas y alegres, a quien se hacen las confidencias más íntimas, a quien se expresan, en agradable charla, las ideas extravagantes, sutiles, ingeniosas, delicadas, nacidas de la afinidad que excita el espíritu y le hace sentir a sus anchas.

Durante muchos años no nos habíamos separado casi nunca. Habíamos vivido, viajado, soñado, fantaseado juntos, amando las mismas cosas con el mismo amor, admirando los mismos libros, estudiando las mismas obras, vibrando con las mismas sensaciones y riéndonos de las mismas personas tan a menudo, que nos entendíamos a la perfección con una simple mirada.

Luego él se casó. Se casó de buenas a primeras con una jovencita de provincias llegada a París a la caza de marido. ¿Cómo se las había ingeniado aquella joven rubia, flaca, con unas manos feas, unos ojos claros e inexpresivos, una voz sin calor humano y de boba, parecida a otras cien mil muñecas en edad de merecer, para pescar a ese muchacho inteligente y fino? Son cosas incomprensibles. Él había esperado encontrar sin duda la felicidad, la felicidad sencilla, dulce y larga entre los brazos de una buena mujer, cariñosa y fiel; y había entrevisto todo ello en la mirada transparente de esa pilluela de pálidos cabellos.

No se le había ocurrido pensar que el hombre activo, animado y vibrante se cansa de todo apenas se da cuenta de lo estúpida que es la realidad, a menos que se embrutezca hasta el punto de no entender ya nada.

¿Cómo le encontraría? ¿Siempre animoso, ingenioso, risueño y entusiasta, o bien adormecido por la vida de provincias? ¡Un hombre puede cambiar en quince años!

El tren se detuvo en un apeadero. Cuando bajé del vagón, un hombre gordo, gordísimo, de mejillas coloradas, panza redonda, se precipitó hacia mí con los brazos abiertos, exclamando: «Georges». Yo le abracé, pero no le había reconocido. Luego murmuré, estupefacto: «Caramba, no has adelgazado». Él respondió entre risas: «¿Qué quieres? ¡La buena vida! ¡La buena mesa! ¡Los felices sueños! ¡Comer y dormir, ésta es mi vida!».

Yo le contemplaba, tratando de encontrar en esa cara abultada los rasgos queridos. Sólo sus ojos no habían cambiado; pero no reconocía ya su mirada y me decía: «Si es cierto que la mirada es el reflejo del pensamiento, el pensamiento de esta cabeza ya no es el de otros tiempos, el que yo conocía tan bien».

Sin embargo, sus ojos brillaban de alegría y de amistad; pero no tenían ya esa lucidez que expresa, tanto como la palabra, la valía de un espíritu.

De repente, Simon me dijo:

—Mira, aquí tienes a mis dos hijos mayores.

Una jovencita de catorce años, hecha casi una mujer, y un muchacho de trece, vestido de colegial, avanzaron con aire tímido y azarado.

Yo murmuré:

—¿Son tuyos?

Él respondió entre risas:

—Pues sí.

—¿Cuántos tienes?

—¡Cinco! ¡Los otros tres se han quedado en casa!

Lo había dicho con un aire de orgullo, contento, casi triunfante; y yo me sentía dominado por una profunda compasión, mezclada de un vago desprecio, hacia ese reproductor orgulloso e ingenuo que se pasaba las noches haciendo hijos entre un sueño y otro, en su casa de provincias, como un conejo en su jaula.

Subí a un coche que conducía él mismo y atravesamos la ciudad, una ciudad triste, soñolienta y aburrida, sin nada de vida en las calles, salvo algún que otro perro y dos o tres criadas. De vez en cuando, un tendero, en su puerta, se quitaba el sombrero; Simon devolvía el saludo y me decía cómo se llamaba para demostrarme sin duda que conocía a todos los habitantes por su nombre. Se me ocurrió pensar que se proponía presentarse a diputado, ese sueño de todos los enterrados en provincias.

Atravesamos deprisa la ciudad y el coche entró en un jardín con pretensiones de parque, luego se detuvo delante de una casa con unas torrecillas que trataba de pasar por un castillo.

—Éste es mi agujero —dijo Simon para obtener un cumplido.

Yo respondí:

—Es delicioso.

En la escalinata, apareció una dama, engalanada para la visita, tocada para la visita, con el repertorio de frases hechas para la visita. Ya no era la mocita rubia y sosa que había visto en la iglesia quince años atrás, sino una rolliza señora emperifollada y con rizos, una de esas damas sin edad, sin carácter, sin elegancia, sin ingenio, sin nada de cuanto constituye una mujer. Era una madre, en fin, una obesa madre banal, la ponedora, la yegua de vientre humana, la máquina de carne que procrea sin otra inquietud espiritual que sus hijos y su libro de cocina.

Me daba la bienvenida y entré en el vestíbulo donde tres mocosos alineados por orden de estatura parecían puestos allí para pasar revista como los bomberos delante del alcalde.

Dije:

—¡Ajá, ajá!, ¿así que éstos son los otros?

Simon, radiante, los nombró:

—Jean, Sophie y Gontran.

La puerta del salón estaba abierta. Entré y vi arrellanado en un sillón algo que temblaba, un hombre, un anciano temblón.

La señora Radevin se adelantó:

—Es mi abuelo, señor. Tiene ochenta y siete años.

Luego exclamó al oído del anciano trepidante:

—Es un amigo de Simon, papá.

El abuelo hizo un esfuerzo para desearme los buenos días y dijo en una especie de vagido: «Ua, ua, ua», agitando su mano. Yo respondí: «Es usted muy amable, señor», y me dejé caer en una silla.

Simon acababa de entrar; reía:

—¡Ja, ja! Has conocido al abuelo. Este viejo es impagable; es la distracción de los niños. Es tan glotón, amigo mío, que casi está a punto de espicharla cada vez que come. No te puedes hacer una idea de lo que se comería si se le diera carta blanca. Pero ya verás, ya verás. Les guiña el ojo a los dulces como si de señoritas se tratara. Te aseguro que no has visto nunca nada más divertido, ya verás dentro de un rato…

Me llevaron a mi habitación para que me aseara, pues era ya casi la hora de la cena. En la escalera oí un gran ruido de pasos y me di la vuelta. Todos los niños me seguían en procesión, detrás de su padre, sin duda para hacerme los honores.

Mi habitación daba al llano, un llano sin fin, totalmente desnudo, un océano de hierba, de trigo y de avena, sin un sotillo ni una colina, imagen sobrecogedora y triste de la vida que debía de llevarse en aquella casa.

Sonó una campanilla. Avisaba de que era la hora de la cena. Bajé.

La señora Radevin me cogió del brazo con un aire ceremonioso y pasamos al comedor. Un criado empujaba el sillón del anciano, que, apenas colocado delante de su plato, paseó una mirada ávida y de curiosidad por los postres, moviendo con esfuerzo la cabeza temblona de un plato a otro.

Entonces Simon se frotó las manos:

—Te divertirás —me dijo.

Y todos los niños, comprendiendo que iban a ofrecerme el espectáculo del abuelo glotón, rompieron a reír al unísono, mientras su madre se limitaba a sonreír con un encogimiento de hombros.

Radevin se puso a vociferarle al anciano haciendo bocina con las manos:

—Esta noche tenemos arroz con leche.

La cara arrugada del abuelo se iluminó y tembló más fuerte, de arriba abajo, para indicar que había comprendido y que estaba contento.

Dio comienzo la cena.

—Tú observa —murmuró Simon.

Al abuelo no le gustaba la sopa y se negaba a tomársela. Se le forzaba a hacerlo por su salud; y el criado le hundía a la fuerza en la boca la cuchara llena mientras él soplaba con energía para no tragarse el caldo, que era espurreado así sobre la mesa y sobre las personas que tenía a los lados.

Los nietos se retorcían de risa, mientras su padre, muy contento, repetía:

—¿No tiene gracia este viejo?

Y durante toda la cena no se ocuparon sino de él. Él se comía con los ojos los platos puestos sobre la mesa; y con su mano locamente agitada trataba de cogerlos y de acercárselos. Se los ponían casi a su alcance para ver sus inútiles esfuerzos, su impulso temblequeante hacia ellos, la atracción desolada de todo su ser, de su mirada, de su boca, de su nariz que los olía. Y babeaba de las ganas en su servilleta mientras lanzaba gruñidos inarticulados. Y toda la familia se alegraba de este suplicio odioso y grotesco.

Luego le servían en su plato una pequeña porción, que él se zampaba con febril glotonería para que le pusieran enseguida otra.

Cuando llegó al arroz con leche, sufrió casi una convulsión. Gemía de deseo.

Gontran le gritó:

—Ha comido usted ya demasiado, así que no le vamos a dar postre.

Y fingieron no servírselo.

Entonces él rompió a llorar. Lloraba temblando más que antes, mientras todos los niños se reían.

Por fin le dieron su parte, una porción pequeñísima, y él, tras engullir el primer bocado, dejó escapar de su garganta un cómico ruido de avidez e hizo un movimiento con el cuello semejante al de un pato cuando se traga un pedazo demasiado grande.

Cuando se lo hubo terminado, se puso a patalear para que le sirvieran más.

Compadecido ante la tortura de aquel Tántalo entristecedor y ridículo, imploré por él:

—Vamos, dale un poco más de arroz con leche.

Simon respondió:

—Oh, no, amigo, si comiera demasiado a su edad, podría sentarle mal.

Yo me callé ante aquella frase. ¡Qué moral, qué lógica, qué sabiduría! ¡A su edad! Le privaban del único placer que le quedaba, ¡por razones de salud! ¡La salud! ¿De qué le servía a aquella ruina humana inerte y temblorosa? Alargaban sus días, ¿no se dice así? ¿Sus días? ¿Cuántos días, diez, veinte, cincuenta o cien? ¿Para qué? ¿Por él o por conservar en la familia durante más tiempo el espectáculo de aquella impotente glotonería?

Ya no tenía nada que hacer en la vida, nada. Sólo le quedaba un deseo, una única alegría. ¿Por qué no dársela toda esa postrera alegría, dársela hasta que se muriera?

Luego, tras una larga partida de cartas, subí a la habitación para acostarme; ¡estaba triste, triste, triste!

Me asomé a la ventana. No se oía nada, salvo el ligerísimo, delicioso, bellísimo gorjeo de un pájaro en un árbol, en alguna parte. Ese pájaro debía de cantar así, en voz baja, en la noche, para acunar a su hembra dormida sobre sus huevos.

Y pensé en los cinco hijos de mi pobre amigo, que debía de estar roncando ahora al lado del coco de su mujer.

 

EL ALBERGUE*

 

Como todas las hospederías de madera que se encuentran en los Hautes-Alpes, al pie de los glaciares, en esos rocosos y desnudos pasadizos que cortan las blancas cimas de las montañas, el albergue de Schwarenbach sirve de refugio a los viajeros que siguen el paso de la Gemmi.

Permanece abierto durante seis meses, habitado por la familia de Jean Hauser; luego, cuando se acumulan las nieves, llenando el valle y haciendo impracticable el descenso a Loëche, las mujeres, el padre y los tres hijos se marchan, y dejan para guardar la casa al viejo guía Gaspard Hari con el joven guía Ulrich Kunsi, y Sam, el perrazo montañés.

Los dos hombres y el animal permanecen hasta la primavera en esa cárcel de nieve, sin tener ante los ojos más que la inmensa y blanca pendiente del Balmhorn, rodeados de cumbres pálidas y brillantes, encerrados, bloqueados, enterrados bajo la nieve que asciende en torno a ellos, envuelve, aprisiona, aplasta la casita, se amontona sobre la techumbre, llega hasta las ventanas y tapia la puerta.

Aquél era el día en que la familia Hauser iba a regresar a Loëche, pues tenían el invierno encima y el descenso se volvía peligroso.

Tres mulos partieron por delante, cargados de hatos de ropa y de equipajes y conducidos por los tres hijos. Luego la madre, Jeanne Hauser, y su hija Louise se montaron en el cuarto mulo, y se pusieron a su vez en camino.

El padre les seguía acompañado de dos guardas que tenían que escoltar a la familia hasta lo alto de la pendiente.

Primero bordearon la laguna, helada ahora al fondo de la gran hondonada de rocas que se extiende delante del albergue, luego siguieron el valle blanco como una sábana y dominado por todas partes por las cumbres nevadas.

Inundaba el sol aquel albo desierto refulgente y helado, encendiéndolo de una llama cegadora y fría; ningún signo de vida aparecía en aquel océano montañoso; ningún movimiento en aquella inmensa soledad; ningún ruido que turbara el profundo silencio.

Poco a poco, el joven guía Ulrich Kunsi, un suizo alto de esbeltas piernas, dejó atrás a Hauser padre y al viejo Gaspard Hari para alcanzar al mulo que llevaba a las dos mujeres.

La más joven le miraba llegar, parecía llamarle con su triste mirada. Era una joven campesina rubia, cuyas mejillas lechosas y pálidos cabellos parecían descoloridos por su larga permanencia en medio de los hielos.

Una vez que hubo alcanzado a la bestia que la llevaba, apoyó una mano sobre la grupa y demoró el paso. La madre se puso a hablar con él, enumerando con infinitos detalles todas las recomendaciones que había que tener en cuenta en la hibernación. Era la primera vez que se quedaba allá arriba, mientras que el viejo Hari había pasado ya catorce inviernos bajo la nieve en el albergue de Schwarenbach.

Ulrich Kunsi escuchaba, sin dar la impresión de entender, y miraba sin cesar a la muchacha. De vez en cuando respondía: «Sí, señora Hauser». Pero parecía ausente y su sereno rostro permanecía impasible.

Llegaron al lago de Daube, cuya vasta superficie helada se extendía, totalmente llana, al fondo del valle. A la derecha, el Daubenhorn mostraba sus negras rocas que se alzaban verticales al lado de las enormes morrenas del glaciar de Lœmmern que dominaba el Wildstrubel.

Cuando se acercaban al puerto de la Gemmi, donde comienza la bajada a Loëche, descubrieron de repente el inmenso horizonte de los Alpes del Valais, de los que los separaba el profundo y amplio valle del Ródano.

Había, a lo lejos, una multitud de blancas cumbres, desiguales, chatas o puntiagudas y relucientes bajo el sol: el Mischabel, con sus dos cuernos, el imponente macizo del Wissehorn, el amazacotado Brunnegghorn, la alta y temible pirámide del Cervin, ese asesino de hombres, y el Dent-Blanche, esa monstruosa coqueta.

Luego, por debajo de ellos, en un inmenso pozo, al fondo de una sima pavorosa, vieron Loëche, cuyas casas parecían granitos de arena arrojados en esa grieta enorme que limita y cierra la Gemmi, y que se abre, allí abajo, al Ródano.

El mulo se detuvo al borde del sendero que va, serpenteando con continuas vueltas y revueltas, fantástico y maravilloso, a lo largo de la montaña cortada a pico, hasta ese pueblecito casi invisible, a su pie. Las mujeres saltaron a la nieve.

Los dos viejos les habían dado alcance.

—Vamos —dijo Hauser padre—, adiós y ánimo, hasta el año que viene, amigos.

Gaspard Hari repitió:

—Hasta el año que viene.

Se abrazaron. Luego la señora Hauser presentó, a su vez, las mejillas; y la muchacha hizo otro tanto.

Cuando le llegó la vez a Ulrich Kunsi, murmuró al oído de Louise:

—No olvidéis a los de ahí arriba.

Ella respondió un «no» tan quedo que él lo intuyó sin oírlo.

—Bueno, adiós —repitió Jean Hauser— y cuidaos mucho.

Y, pasando por delante de las mujeres, inició el descenso.

No tardaron en desaparecer los tres en el primer recodo del camino.

Y los dos hombres iniciaron el regreso hacia el albergue de Schawarenbach.

Caminaban despacio, cuesta tras cuesta, sin decirse nada. Se había acabado, se quedarían solos, cara a cara, cuatro o cinco meses.

Luego Gaspard Hari se puso a contar su vida durante el invierno anterior. Se había quedado con Michel Canol, demasiado mayor ya para empezar de nuevo, pues durante esa larga soledad puede producirse algún accidente. No se habían aburrido, por lo demás; todo consistía en verle el lado bueno desde el primer día; y uno terminaba por inventarse distracciones, juegos, muchos pasatiempos.

Ulrich Kunsi le escuchaba, con la mirada gacha, siguiendo en su imaginación a los que descendían hacia el pueblo por todas las recortaduras de la Gemmi.

No tardaron en divisar el albergue, apenas visible, tan diminuto, un punto negro al pie de la monstruosa ola de nieve.

Cuando abrieron, Sam, el perrazo de rizada pelambre, se puso a dar saltos en torno a ellos.

—Vamos, hijo —dijo el viejo Gaspard—, ahora ya no tenemos a las mujeres y hay que preparar la cena, así que pela tú las patatas.

Y los dos, sentándose en unos taburetes de madera, comenzaron a echar caldo a las sopas.

La mañana del día siguiente le pareció larga a Ulrich Kunsi. El viejo Hari fumaba y escupía dentro del hogar, mientras el joven miraba por la ventana la deslumbrante montaña que había enfrente de la casa.

Salió por la tarde y, rehaciendo el trayecto de la víspera, buscaba en el suelo el rastro de los cascos del mulo que había llevado a las dos mujeres. Luego, tras llegar al puerto de la Gemmi, se tumbó boca abajo al borde del abismo y contempló Loëche.

No estaba aún el pueblo, en su pozo rocoso, sepultado por la nieve, por más que estuviera ya muy cerca, pero detenida en seco por los bosques de abetos que protegían los alrededores. Sus casas bajas parecían, desde allí arriba, piedras en un prado.

La joven de los Hauser se encontraba, en aquel momento, en una de esas casas grises. ¿Cuál? Ulrich Kunsi estaba demasiado lejos para distinguir unas de otras. ¡Cuánto le hubiera gustado bajar mientras ello era aún posible!

Pero el sol había desaparecido ya tras la gran cima del Wildstrubel; y el joven regresó. Gaspard Hari estaba fumando. Al ver de vuelta a su compañero, le propuso jugar una partida a las cartas; y se sentaron uno enfrente del otro a ambos lados de la mesa.

Jugaron largo rato a un sencillo juego llamado la brisca, y luego, tras haber cenado, se acostaron.

Los días siguientes fueron parecidos al primero, claros y fríos, sin nieve nueva. El viejo Gaspard se pasaba las tardes observando las águilas y las raras aves que se aventuran por aquellas cimas heladas, mientras que Ulrich volvía habitualmente al puerto de la Gemmi para contemplar el pueblo. Luego jugaban a las cartas, a los dados, al dominó, ganaban y perdían pequeños objetos para dar aliciente a la partida.

Una mañana, Hari, tras levantarse el primero, llamó a su compañero. Una blanca nube algodonosa, movediza, enorme y ligera, se abatía sobre ellos, en torno a ellos, sin ruido, los sepultaba poco a poco bajo un tupido y sordo colchón de espuma. Ello duró cuatro días y cuatro noches. Fue preciso liberar puerta y ventanas, abrir un pasillo y hacer unos escalones para salir de entre aquel polvo de hielo que doce horas de helada había vuelto más duro que el granito de las morrenas.

Entonces vivieron como prisioneros, sin aventurarse ya casi nunca fuera de su morada. Se habían repartido las tareas domésticas que cumplían regularmente. Ulrich Kunsi se ocupaba de la limpieza, de la colada, de todos los cuidados y de todos los trabajos de saneamiento. Era también quien cortaba la leña, mientras que Gaspard Hari se encargaba de la cocina y mantenía vivo el fuego. Sus labores, regulares y monótonas, se veían interrumpidas por las largas partidas de cartas o de dados. Nunca se peleaban, eran los dos tranquilos y plácidos. Tampoco nunca mostraban impaciencia, mal humor, ni soltaban palabras agrias, pues habían hecho provisión de resignación para esa hibernación en las cumbres.

A veces, el viejo Gaspard cogía su rifle y se iba en busca de gamuzas; mataba alguna de tanto en tanto. Había entonces fiesta en el albergue de Schwarenbach y un gran festín de carne fresca.

Una mañana, partió así. El termómetro del exterior marcaba dieciocho grados bajo cero. No había salido aún el sol, el cazador esperaba sorprender a los animales en las inmediaciones del Wildstrubel.

Tras quedarse solo, Ulrich permaneció acostado hasta las diez. Era un dormilón nato; pero no se hubiera atrevido a entregarse de aquel modo a su inclinación en presencia del viejo guía siempre muy activo y madrugador.

Desayunó sin prisas con Sam, que pasaba también sus días y sus noches dormitando delante del fuego; luego se sintió triste, incluso asustado de la soledad, y dominado por la necesidad de la diaria partida de cartas, como se está dominado por el deseo de un hábito invencible.

Entonces salió para ir al encuentro de su compañero, que tenía que regresar a las cuatro.

La nieve había nivelado todo el profundo valle, colmando las grietas, borrando los dos lagos, acolchando las rocas, formando, entre las altísimas cimas, una vastísima cuenca blanca regular, deslumbrante y helada.

Hacía tres semanas que Ulrich no había vuelto al borde del abismo desde donde contemplaba el pueblo. Quiso volver allí antes de subir las pendientes que llevaban al Wildstrubel. Ahora también Loëche estaba bajo la nieve y resultaban ya irreconocibles las casas, enterradas bajo el pálido manto.

Luego, torciendo a la derecha, llegó al glaciar de Lœmmern. Caminaba con su paso largo de montañero, golpeando con su bastón herrado la nieve tan dura como la piedra. Y buscaba con su mirada penetrante el puntito negro y móvil, a lo lejos, sobre aquel inmenso manto.

Cuando estuvo al borde del glaciar, se detuvo, preguntándose si el viejo había tomado ese camino; luego echó a andar a lo largo de las morrenas con paso más rápido y más inquieto.

Disminuía la luz; la nieve se volvía rosácea; soplaba un viento seco y helado en bruscas ráfagas sobre su superficie de cristal. Ulrich lanzó un grito de llamada agudo, vibrante, prolongado. La voz voló en el silencio sepulcral en que dormían las montañas; corrió a lo lejos, sobre las olas inmóviles y profundas de algodón helado, como un grito de ave sobre las olas del mar; luego se apagó y nadie le respondió.

Echó a andar de nuevo. El sol se había puesto, allá lejos, tras las cimas que los reflejos del cielo empurpuraban aún; pero las profundidades del valle se tornaban grises. Y el joven tuvo de repente miedo. Le pareció que el silencio, el frío, la soledad, la muerte invernal de esos montes penetraban en él, iban a detener y helar su sangre, a enrigidecer sus miembros, a hacer de él un ser inmóvil y helado. Y echó a correr, huyendo hacia su morada. El viejo, pensaba, habría vuelto durante su ausencia. Debía de haber tomado otro camino; estaría sentado delante del fuego con una gamuza muerta a sus pies.

No tardó en ver el albergue. No salía nada de humo de él. Ulrich corrió más rápido, abrió la puerta. Sam se precipitó hacia él para hacerle fiestas, pero Gaspard Hari no había vuelto.

Espantado, Kunsi daba vueltas sobre sí mismo, como esperando descubrir a su compañero escondido en algún rincón. Luego encendió el fuego e hizo las sopas, esperando en todo momento ver volver al anciano.

De vez en cuando, salía para mirar si aparecía. Había caído la noche, la noche macilenta de las montañas, la noche pálida, la noche lívida que iluminaba, al borde del horizonte, una media luna amarilla y fina presta a desaparecer tras las cumbres.

Luego el joven volvía adentro, se sentaba, se calentaba los pies y las manos pensando en los posibles accidentes.

Gaspard había podido romperse una pierna, caer en un hoyo, dar un paso en falso que le habría torcido el tobillo. Y permanecería tendido en la nieve, apresado, rígido por el frío, el alma llena de angustia, perdido, pidiendo quizá auxilio a gritos, llamando con toda la fuerza de su garganta en medio del silencio de la noche.

Pero ¿dónde? La montaña era tan vasta, tan escabrosa, tan peligrosa en los alrededores, sobre todo en esa estación, que habrían hecho falta diez o veinte guías y caminar durante ocho días en todas direcciones para dar con un hombre en esa inmensidad.

Ulrich Kunsi, sin embargo, se decidió a partir con Sam si Gaspard Hari no volvía entre medianoche y la una de la mañana.

E hizo los preparativos.

Metió víveres para dos días en una alforja, cogió sus botas con crampones, enrolló en torno a su cintura una larga cuerda, delgada y resistente, comprobó el estado de su bastón alpino y del pico que sirve para hacer escalones en el hielo. Luego esperó. El fuego ardía en el hogar; el perrazo roncaba ante la claridad de la llama; el reloj latía como un corazón con sus golpes regulares en su caja de madera sonora.

Esperaba, aguzando el oído a los ruidos lejanos, estremeciéndose cuando un ligero viento rozaba la techumbre y los muros.

Cuando el reloj dejó oír el tintineo de la una, se puso en pie, despertó a Sam, abrió la puerta y marchó en dirección al Wildstrubel. Durante cinco horas, subió, escalando rocas con la ayuda de sus crampones, cortando el hielo, avanzando siempre y a veces jalando, con el cabo de su cuerda, al perro que había quedado abajo de una escarpadura demasiado empinada. Serían en torno a las seis cuando alcanzó una de las cumbres adonde el viejo Gaspard iba a menudo en busca de gamuzas.

Y esperó a que se hiciera de día.

El cielo palidecía sobre su cabeza; y de repente un extraño resplandor, surgido de quién sabe dónde, iluminó de súbito el inmenso océano de las cimas pálidas que se extendían a cien leguas en torno a él. Se hubiera dicho que aquella vaga claridad surgía de la nieve misma para expandirse por el espacio. Las cumbres lejanas más altas se volvieron todas poco a poco de un rosa suave como el de la carne, y el rojo sol apareció detrás de los pesados gigantes de los Alpes berneses.

Ulrich Kunsi reanudó su camino. Iba como un cazador, encorvado, observando los rastros, diciéndole a su perro:

—Busca, gordinflón, busca.

Ahora volvía a bajar la montaña, escrutando con la mirada las simas y a veces llamando, lanzando un grito prolongado, que no tardaba en morir en la muda inmensidad. Entonces pegaba el oído al suelo para escuchar; creía distinguir una voz, echaba a correr, llamaba de nuevo, no oía ya nada y se sentaba, agotado, desesperado. Hacia mediodía, desayunó y dio de comer a Sam, que estaba tan cansado como él. Luego reanudó su búsqueda.

Cuando llegó la tarde, aún seguía caminando, tras haber recorrido cincuenta kilómetros de montaña. Como se encontraba demasiado lejos de su casa para regresar a ella, y demasiado fatigado para seguir andando por más tiempo, abrió un hoyo en la nieve y se acurrucó dentro de él con su perro, bajo una manta que se había traído. Y se acostaron el uno contra el otro, hombre y animal, calentando mutuamente sus cuerpos, pero, no obstante, helados hasta los tuétanos.

Ulrich apenas si durmió, la mente asaltada por visiones, los miembros recorridos por escalofríos.

Se estaba haciendo de día cuando se levantó. Tenía las piernas rígidas como barras de hierro, la moral baja como para gritar de angustia, el corazón palpitándole casi hasta el punto de hacerle desvanecerse de la emoción apenas le parecía que oía un ruido cualquiera.

De repente pensó que también él moriría de frío en aquella soledad, y el miedo a una muerte semejante, acicateando su energía, despertó su vigor.

Ahora descendía hacia el albergue, cayendo, levantándose, seguido de lejos por Sam, que cojeaba sobre tres patas.

No llegaron a Schwarenbach hasta las cuatro de la tarde. La casa estaba vacía. El joven encendió el fuego, comió y se durmió, tan agotado que no pensaba ya en nada.

Durmió largas horas con un sueño invencible. Pero de repente una voz, un grito, un nombre: «Ulrich», sacudió su profundo sopor y le hizo levantarse. ¿Había soñado? ¿Era una de esas extrañas llamadas que cruzan por los sueños de las almas inquietas? No, oía aún ese grito vibrante, que había penetrado en su oído y se había quedado en su carne hasta en la yema de sus dedos nerviosos. Sin duda, habían gritado; habían llamado: «¡Ulrich!». Había alguien allí, cerca de la casa. No cabía duda. Abrió, pues, la puerta y gritó: «¿Eres tú, Gaspard?» con toda la potencia de su garganta.

Nadie respondió; ningún sonido, ningún murmullo, ningún gemido, nada. Era de noche. La nieve estaba muy pálida.

Se había levantado viento, el viento helado que quiebra las piedras y no deja nada vivo en esas alturas abandonadas. Pasaba con bruscos soplos más desecadores y mortales que el viento de fuego del desierto. Ulrich gritó de nuevo:

—¡Gaspard! ¡Gaspard! ¡Gaspard!

Luego esperó. ¡Todo permaneció mudo en la montaña! Entonces, el espanto le hizo estremecerse hasta los huesos. Entró de un salto en el albergue, cerró la puerta y echó el cerrojo; luego cayó tiritando sobre una silla, convencido de que acababa de ser llamado por su compañero en el momento en que entregaba su espíritu.

Estaba seguro de ello, como se está seguro de estar vivo o de comer pan. El viejo Gaspard Hari había agonizado durante dos días y tres noches en alguna parte, en un hoyo, en una de esas profundas barrancas inmaculadas cuya blancura es más siniestra que las tinieblas de los sótanos. Había agonizado durante dos días y tres noches, y acababa de morir hacía poco pensando en su compañero. Y su alma, apenas liberada, había volado hacia el albergue donde Ulrich dormía, y le había llamado merced a esa facultad misteriosa y terrible que poseen las almas de los muertos de perseguir a los vivos. Había gritado, esa alma sin voz, en el alma abrumada del durmiente; había gritado su último adiós, o su reproche, o su maldición sobre el hombre que no le había buscado lo bastante.

Y Ulrich la notaba allí cerca, detrás del muro, detrás de la puerta que acababa de cerrar. Rodaba, como un ave nocturna que roza con su plumaje una ventana iluminada; y el joven extraviado estaba a punto de aullar de horror. Quería escapar y no se atrevía a salir; no se atrevía y ya no se atrevería, pues el fantasma permanecería allí, día y noche, en torno al albergue, mientras el cuerpo del viejo guía no fuera reencontrado y descansara en la tierra bendecida de un cementerio.

Se hizo de día y Kunsi recuperó un poco de seguridad con el retorno luminoso del sol. Se preparó su comida, hizo unas sopas para el perro y a continuación se quedó sentado en una silla, inmóvil, el corazón torturado, pensando en el viejo tendido en la nieve.

Luego, en cuanto la noche cubrió la montaña con sus sombras, le asaltaron nuevos terrores. Ahora andaba por la cocina oscura, apenas iluminada por la llama de una candela, andaba de un extremo al otro de la estancia, a grandes pasos, escuchando, escuchando si el grito espantoso de la noche pasada se escucharía de nuevo en el silencio lúgubre del exterior. ¡Y se sentía solo, el pobre miserable, como hombre alguno lo ha estado jamás! ¡Estaba solo en ese inmenso desierto de nieve, solo a dos mil metros por encima de la tierra habitada, por encima de toda morada humana, por encima de la vida que se agita, murmura y palpita, solo bajo el cielo helado! Le dominaban unas ganas locas de largarse donde fuera y como fuera, de bajar a Loëche arrojándose al abismo; pero ni siquiera se atrevía a abrir la puerta, convencido de que el otro, el muerto, le impediría el paso, para no quedarse tampoco él solo allá arriba.

Hacia medianoche, cansado de andar, abrumado de angustia y de miedo, se amodorró finalmente en una silla, pues temía su cama como se teme un lugar encantado.

Y de repente el grito estridente de la noche pasada le desgarró los oídos, tan sobreagudo que Ulrich extendió los brazos para rechazar al aparecido y cayó de espaldas con su asiento.

Sam, despertado por el ruido, se puso a aullar como aúllan los perros espantados, y daba vueltas por la habitación buscando de dónde venía el peligro. Al llegar cerca de la puerta, olfateó por debajo, resoplando y aspirando con fuerza, la pelambre erizada, el rabo derecho y gruñendo.

Kunsi, despavorido, se había levantado y, sujetando por una pata su silla, exclamó: «No entres, no entres, no entres o te mato». Y el perro, excitado por esta amenaza, ladraba furioso contra el enemigo invisible que desafiaba la voz de su amo.

Poco a poco, Sam se calmó y volvió a extenderse cerca del hogar, pero permanecía inquieto, la cabeza levantada, los ojos relucientes y gañendo entre sus patas.

Ulrich, a su vez, recobró la razón, pero como se sentía desfallecer de terror, fue a buscar una botella de aguardiente en el aparador, y se tomó, una tras otra, varias copas. Sus ideas se volvían vagas; su valor se hacía más firme; una fiebre de fuego corría por sus venas.

Apenas si probó bocado al día siguiente, limitándose a tomar alcohol. Y durante varios días seguidos vivió en un estado continuo de embriaguez, como un bruto. Apenas volvía a su mente el pensamiento de Gaspard Hari, empezaba a beber de nuevo hasta el momento en que se caía al suelo, abatido por la borrachera. Y allí se quedaba, con la cara contra el suelo, borracho perdido, los miembros molidos, roncando, de bruces. Pero apenas había digerido el líquido enloquecedor y abrasador, cuando el grito siempre el mismo «¡Ulrich!» le despertaba como una bala que atravesara su cráneo; y se enderezaba tambaleándose aún, extendiendo las manos para no caer, llamando en su ayuda a Sam. Y el perro, que parecía estar volviéndose loco como su amo, se precipitaba contra la puerta, la arañaba con sus uñas, la roía con sus largos colmillos blancos, mientras el joven, con el cuello doblado y la cabeza echada hacia atrás, se mandaba al coleto a grandes sorbos, como si fuera agua fresca tras una carrera, el aguardiente que no tardaría en volver a adormecer su mente, sus recuerdos y su miedo loco.

En tres semanas dio buena cuenta de toda su provisión de alcohol. Pero esta borrachera continua no hacía sino amodorrar su espanto, que se despertó más furioso tan pronto como le fue imposible calmarlo. Entonces la idea fija, exasperada durante un mes de embriaguez, y creciendo sin cesar en la absoluta soledad, se hundía en él a la manera de una barrena. Y ahora andaba por su morada igual que una bestia por su jaula, pegando el oído a la puerta para escuchar si el otro estaba allí y desafiándole a través de la pared.

Luego, en cuanto se amodorraba, vencido por la fatiga, oía la voz que le hacía ponerse en pie de un salto.

Una noche, por fin, como los cobardes en las situaciones límites, se precipitó hacia la puerta y la abrió para ver al que le llamaba y obligarle a callarse.

Recibió en pleno rostro un aire frío que le heló hasta los tuétanos, volvió a cerrar la hoja y echó el cerrojo, sin ver que Sam se había lanzado afuera. Luego, temblando, echó leña al fuego y se sentó delante para calentarse, pero de repente se estremeció, porque alguien arañaba la pared llorando.

Gritó despavorido: «Vete». Le respondió un lamento, prolongado y doliente.

Entonces lo que le quedaba de razón sucumbió ante el pavor. Repetía «Vete» girando sobre sí mismo para dar con un rincón en el que esconderse. El otro, llorando en todo momento, pasaba a lo largo de la casa frotándose contra el muro. Ulrich se lanzó hacia el aparador de roble lleno de vajilla y de provisiones, y, levantándolo con una fuerza sobrehumana, lo arrastró hasta la puerta para hacer con él una barricada. Luego, amontonando uno sobre otro todos los muebles, los colchones, los somieres, las sillas, clausuró la ventana como se hace cuando asedia el enemigo.

Pero el del exterior lanzaba ahora grandes gemidos lúgubres a los que el joven se puso a responder mediante gemidos parecidos.

Y pasaron días y noches sin que dejaran de aullar uno y otro. El uno daba vueltas sin cesar alrededor de la casa y hurgaba con tal fuerza al pie de la pared con sus uñas que parecía querer demolerla; el otro, dentro, seguía todos sus movimientos, encorvado, el oído pegado contra la piedra, y respondía a todas sus llamadas con gritos espantosos.

Una tarde, Ulrich no oyó ya nada; y se sentó tan roto de cansancio que no tardó en dormirse.

Se despertó sin un recuerdo, sin un pensamiento, como si toda su cabeza se hubiera vaciado durante ese sueño extenuado. Tenía hambre y comió.

Había terminado el invierno. El paso de la Gemmi resultaba practicable de nuevo; y la familia Hauser se puso en camino para volver a su albergue.

Tan pronto como hubieron alcanzado la parte alta de la subida, las mujeres se montaron en su mulo y se pusieron a hablar de los dos hombres con los que iban a reencontrarse dentro de poco.

Estaban extrañadas de que uno de ellos no hubiera bajado algunos días antes, tan pronto como el camino se había vuelto practicable, para dar noticias de su larga hibernación.

Por fin divisaron el albergue cubierto y acolchado aún de nieve. La puerta y la ventana estaban cerradas; un humillo salía del tejado, lo cual tranquilizó a Hauser padre. Pero, al acercarse, vio en el umbral un esqueleto de animal despedazado por las águilas, un gran esqueleto que yacía de costado.

Todos lo examinaron.

—Debe de ser Sam —dijo la madre. Y llamó—: Eh, Gaspard.

Un grito respondió en el interior, un grito agudo, que se hubiera dicho lanzado por una bestia. Hauser padre repitió:

—Eh, Gaspard.

Se dejó oír otro grito semejante al primero.

Entonces, los tres hombres, el padre y los dos hijos, trataron de abrir la puerta. Ésta resistió. Cogieron del establo vacío una larga viga a modo de ariete y la lanzaron con gran ímpetu. La madera crujió, cedió, las tablas volaron hechas pedazos; luego un gran ruido estremeció la casa y vieron dentro, detrás del aparador derribado, a un hombre de pie, con unos cabellos que le llegaban hasta los hombros, una barba hasta el pecho, unos ojos brillantes y unos harapos sobre el cuerpo.

No le reconocían, pero Louise Hauser exclamó:

—Es Ulrich, mamá.

Y la madre comprobó que era Ulrich, aunque sus cabellos fueran blancos.

Él les dejó acercarse; se dejó tocar; pero no respondió nada a las preguntas que le hicieron; y hubo que llevarle a Loëche, donde los médicos constataron que se había vuelto loco.

Y nadie supo jamás qué se había hecho de su compañero.

La joven Hauser estuvo a punto de morir ese verano de una enfermedad de languidez que atribuyeron al frío de la montaña.

 

EL MARQUÉS DE FUMEROL*

 

Roger de Tourneville, en medio del corro de sus amigos, hablaba, a horcajadas de una silla, sosteniendo un cigarro en la mano, y, de vez en cuando, aspiraba y soplaba una pequeña nube de humo.

*

… Estábamos a la mesa cuando trajeron una carta. Papá la abrió. Ya conocen ustedes perfectamente a papá, que está convencido de hacer las veces del rey en Francia. Yo le llamo don Quijote, porque durante doce años ha luchado contra los molinos de viento de la República sin saber si lo hacía en nombre de los Borbones o de los Orleans. Actualmente sólo rompe una lanza por los Orleans, pues ya no existen más que ellos.1 En cualquier caso, papá se cree el primer gentilhombre de Francia, el más conocido, el más influyente, considera a los reyes de los países de nuestro entorno como tronos poco seguros.

En cuanto a mamá, es el alma de papá, es el alma de la monarquía y de la religión, el brazo derecho de Dios en la tierra y el azote de los malpensantes.

Así pues, trajeron una carta mientras estábamos en la mesa. Papá la abrió y la leyó; luego miró a mamá y le dijo: «Tu hermano está in articulo mortis». Mamá palideció. Casi nunca se hablaba de mi tío en casa. Yo no le conocía en absoluto. Solamente sabía por la vox pópuli que había llevado y llevaba una vida de juerguista. Tras haberse comido su fortuna con un número incalculable de mujeres, no había conservado más que dos amantes, con las que vivía en un pisito de la rue des Martyrs.

Antiguo par de Francia, ex coronel de caballería, no creía, según se decía, ni en Dios ni en el diablo. Dudando, pues, de la vida futura, había abusado, bajo todas sus formas, de la vida presente; y se había convertido en la llaga viva del corazón de mamá.

Ella dijo:

«Deme esa carta, Paul».

Cuando ella hubo terminado de leerla, se la pedí a mi vez. Decía lo siguiente:

Señor conde: Creo que es mi deber hacerle saber que su hermano el marqués de Fumerol va a morir. Tal vez desee usted tomar algunas disposiciones, y no olvide que le he avisado.

Su segura servidora,

Mélanie

Papá murmuró:

«Hay que pensar en lo que conviene hacer. En mi situación, debo ir a velar los últimos momentos de su hermano».

Mamá prosiguió:

«Mandaré llamar al reverendo Poivron y le pediré consejo. Luego iré a ver a mi hermano con el reverendo y Roger. Usted, Paul, quédese aquí. No debe comprometerse. Estas cosas puede y debe hacerlas una mujer. Pero para un político en su situación es otra cosa. Pues a un adversario le sería fácil utilizar en su contra su acción más meritoria».

«Tiene razón —dijo mi padre—. Actúe según su inspiración, querida.»

Un cuarto de hora después, el reverendo Poivron entraba en el salón, y se le expuso la situación, que se analizó y se discutió desde todos los puntos de vista.

Si el marqués de Fumerol, uno de los grandes nombres de Francia, moría sin el auxilio de la religión, el golpe sería seguramente tremendo para la nobleza en general y para el conde de Tourneville en particular. Los librepensadores triunfarían. Los malvados periódicos cantarían victoria durante seis meses; el nombre de mi madre se vería enlodado por la prosa de los diarios socialistas; el de mi padre mancillado. No se podía permitir que ocurriera algo semejante.

Así pues, se decidió inmediatamente una cruzada que sería capitaneada por el reverendo Poivron, un cura menudo, gordo y pulcro, vagamente perfumado, un verdadero vicario de parroquia grande en un barrio noble y rico.

Se enganchó un landó y partimos los tres, mamá, el párroco y yo, para administrar los sacramentos a mi tío.

Se había decidido que veríamos primero a la señora Mélanie, quien había escrito la carta y que debía de ser la portera o la sirvienta de mi tío.

Me apeé en calidad de explorador delante de una casa, de siete plantas, y entré en un pasillo oscuro donde me costó encontrar el agujero oscuro del portero. Ese hombre me miró de arriba abajo con desconfianza.

Pregunté:

«¿La señora Mélanie, por favor?».

«¡No la conozco!»

«Pero si he recibido una carta suya.»

«Es posible, pero yo no la conozco. ¿Pregunta usted por una mantenida?»

«No, probablemente una criada. Me escribió para una colocación.»

«¿Una criada?… ¿Una criada?… Puede ser la del marqués. Vaya a ver, quinto piso a la izquierda.»

Dado que no preguntaba por una mantenida, se había vuelto más amable y me acompañó hasta el pasillo. Era un larguirucho con unas patillas blancas, aire de bedel y gestos majestuosos.

Subí a toda prisa por una larga escalera de caracol polvorienta cuyo pasamano no me atrevía a tocar y llamé con tres golpes discretos a la puerta de la izquierda del quinto piso.

Se abrió enseguida; y me encontré delante a una mujer desaliñada, enorme, impidiéndome el paso con sus brazos abiertos que se apoyaban en las dos jambas.

Gruñó:

«¿Por quién pregunta?».

«¿Es usted la señora Mélanie?»

«Sí.»

«Soy el vizconde de Tourneville.»

«Ah, bien. Entre.»

«Es que… mamá está abajo con un sacerdote.»

«Ah, bien… Vaya a buscarles. Pero tenga cuidado con el portero.»

Bajé y volví a subir con mamá, a quien seguía el reverendo. Me pareció que oía otros pasos detrás de nosotros.

En cuanto estuvimos en la cocina, Mélanie nos ofreció unas sillas y nos sentamos los cuatro para deliberar.

«¿Está mal?», preguntó mamá.

«Oh, sí, señora, no durará mucho.»

«¿Cree que está dispuesto a recibir la visita de un sacerdote?»

«Oh…, no creo.»

«¿Puedo verle?»

«Pues… sí…, señora…, sólo que…, sólo que… hay unas señoritas con él.»

«¿Qué señoritas?»

«Pues…, pues… sus amiguitas.»

«¡Ah!»

Mamá se había puesto como la grana.

El reverendo Poivron había bajado los ojos.

La situación comenzaba a divertirme y dije:

«¿Y si entro yo primero? Veré cómo me recibe y tal vez pueda preparar su corazón».

Mamá, que no captó la malicia, respondió:

«Sí, hijo mío.»

Pero se abrió una puerta en alguna parte y una voz, una voz de mujer, exclamó:

«¡Mélanie!».

La gordinflona criada se precipitó y respondió:

«¿Qué necesita, señorita Claire?».

«La tortilla, rápido.»

«En un minuto, señorita.»

Y, volviendo a donde estábamos nosotros, dio una explicación a esa llamada:

«Es una tortilla de queso que me encargaron para las dos como colación».

E inmediatamente rompió los huevos dentro de un cuenco y se puso a batir con energía.

Yo salí a la escalera y tiré de la campanilla a fin de anunciar mi llegada oficial.

Mélanie me abrió, me hizo tomar asiento en una antesala, fue a decirle a mi tío que estaba allí y luego regresó para rogarme que entrara.

El padre se escondió detrás de la puerta para aparecer a la primera seña.

No cabe duda de que me llevé una sorpresa al ver a mi tío. Ese viejo vividor era muy apuesto, muy solemne, muy elegante.

Sentado, casi acostado en un gran sillón, con las piernas envueltas en una manta, las manos, unas largas manos pálidas, colgantes sobre los brazos del asiento, esperaba la muerte con una dignidad bíblica. Su barba blanca caía sobre su pecho, y sus cabellos, también totalmente blancos, le llegaban a las mejillas.

De pie, detrás de su sillón, como para defenderle contra mí, dos jóvenes, dos gordas jóvenes, me miraban con los ojos de mirada atrevida de las mujerzuelas. En falda y bata, los brazos desnudos, con unos cabellos negros que les caían de cualquier modo sobre la nuca, calzadas con babuchas orientales con bordados de oro que dejaban ver los tobillos y las medias de seda, tenían el aspecto, junto a aquel moribundo, de las figuras inmorales de una pintura simbólica. Entre el sillón y la cama, una mesita cubierta con un mantel, con dos platos, dos vasos, dos tenedores y dos cuchillos, esperaba la tortilla de queso encargada hacía un rato a Mélanie.

Mi tío dijo con una voz débil, sin aliento, pero clara:

«Buenos días, hijo mío. Es tarde para venir a verme. No nos conoceremos por mucho tiempo».

Balbucí:

«Tío, no es por culpa mía…»

Respondió:

«No. Lo sé. Es por culpa de tu padre y de tu madre más que tuya… ¿Cómo están?».

«No están mal, gracias. Cuando han sabido que estaba enfermo, me han mandado para tener noticias de usted.»

«¡Ah! ¿Por qué no han venido también ellos?»

Yo levanté los ojos hacia las dos muchachas y dije bajito:

«No es culpa suya el que no hayan podido venir, tío. Pero sería difícil para mi padre e imposible para mi madre entrar aquí…».

El anciano no respondió nada, pero levantó su mano hacia la mía. Yo cogí esa mano pálida y fría y la mantuve en la mía.

Se abrió la puerta: entró Mélanie con la tortilla y la dejó sobre la mesa. Las dos mujeres se sentaron enseguida delante de sus platos y se pusieron a comer sin apartar los ojos de mí.

Dije:

«Tío, sería una gran alegría para mi madre darle un abrazo».

Murmuró:

«También a mí… me gustaría…».

Y se calló. No encontraba nada que proponerle, y ya no oía más que el ruido de los tenedores sobre la porcelana y ese vago movimiento de las bocas que mastican.

Ahora bien, el reverendo, que escuchaba detrás de la puerta, viendo nuestro embarazo y creyendo ganada la partida, juzgó llegado el momento de intervenir, y se mostró.

Mi tío se quedó tan estupefacto por esta aparición que permaneció primero inmóvil; luego abrió la boca como si quisiera tragarse al cura; a continuación gritó con voz fuerte, profunda y furiosa:

«¿Qué viene a hacer usted aquí?».

El reverendo, acostumbrado a las situaciones difíciles, seguía avanzando mientras murmuraba:

«Vengo de parte de su hermana, señor marqués. Es ella quien me manda… Se sentiría tan dichosa, señor marqués…».

Pero el marqués no escuchaba. Alzando una mano que señalaba la puerta con un gesto trágico y soberbio, decía irritado, jadeando:

«¡Salga de aquí…, salga de aquí…, ladrón de almas!… ¡Salga de aquí, violador de conciencias!… ¡Salga de aquí, forzador de puertas de moribundos!».

Y el reverendo retrocedía, y también yo lo hacía en dirección a la puerta, batiéndome en retirada con mi clérigo; y, vengadas, las dos jovencitas se habían levantado, dejando su tortilla a medio comer, y se habían colocado a ambos lados del sillón de mi tío, posando sus manos sobre sus brazos para calmarle, para protegerle contra las empresas criminales de la Familia y de la Religión.

El reverendo y yo nos reunimos con mamá en la cocina. Y Mélanie de nuevo nos ofreció unas sillas.

«Sabía perfectamente que no sería fácil —decía—. Hay que pensar en otra cosa, de lo contrario se nos escapará de las manos.»

Y empezamos a deliberar de nuevo. Mamá era de una opinión, el reverendo de otra. Yo proponía otra cosa.

Departíamos en voz baja desde hacía quizá una media hora cuando un gran ruido de muebles removidos y de gritos lanzados por mi tío, todavía más vehementes y terribles que los primeros, nos hicieron levantar a los cuatro.

Escuchamos a través de las puertas y los tabiques:

«Fuera de aquí…, fuera de aquí…, patanes…, groseros…, fuera de aquí bribones…, fuera…, fuera».

Mélanie acudió corriendo, luego regresó enseguida para pedirme ayuda. Yo acudí. Delante de mi tío levantado por la cólera, casi de pie y vociferando, dos hombres, uno detrás del otro, parecían esperar que se muriera del ataque de furia.

En su larga levita ridícula, en sus largos zapatos ingleses, en su aire de maestro de escuela sin empleo, en su cuello recto y en su corbata blanca, en sus cabellos lisos, en su semblante humilde de falso sacerdote de una religión bastarda, reconocí enseguida en el primero a un pastor protestante.

El segundo era el portero de la casa, que, seguidor del culto reformado, había venido detrás de nosotros, había asistido a nuestra derrota y corrido a llamar a su pastor con la esperanza de tener más suerte.

¡Mi tío parecía loco de la rabia! Si el ver al sacerdote católico, al sacerdote de sus antepasados, había irritado al marqués de Fumerol vuelto librepensador, el aspecto del pastor de su portero le había sacado completamente de sus casillas.

Yo cogí del brazo a los dos hombres y los eché fuera tan bruscamente que se abrazaron con violencia dos veces seguidas al pasar por las dos puertas que conducían a la escalera.

Luego desaparecí a mi vez y volví a la cocina, nuestro cuartel general, a fin de recibir consejo de mi madre y del reverendo.

Pero Mélanie, espantada, volvió a entrar gimiendo:

«Se muere…, se muere…, vengan rápido…, se muere…».

Mi madre salió corriendo. Mi tío se había caído al suelo, cuan largo era sobre el parqué, y ya no se movía. Creo que estaba ya muerto.

¡Mamá estuvo soberbia en ese momento! Se fue directa hacia las dos mujerzuelas arrodilladas junto al cuerpo y que trataban de levantarle. Y, señalándoles la puerta con una autoridad, una dignidad y una majestad irresistibles, dijo:

«Ahora os corresponde salir a vosotras».

Y ellas salieron, sin protestar, sin decir una palabra. Hay que añadir que yo me disponía a expulsarlas con la misma energía que al pastor y al portero.

Entonces el reverendo Poivron administró los sacramentos a mi tío con todas las oraciones de rigor, y le absolvió de sus pecados.

Mamá sollozaba, prosternada cerca de su hermano.

De pronto exclamó:

«Me ha reconocido. Me ha apretado la mano. ¡Estoy segura de que me ha reconocido… y que me ha dado las gracias! ¡Oh, Dios mío! ¡Qué alegría!».

¡Pobre mamá! ¡Si hubiera comprendido o adivinado a quién y a qué debía ir dirigido ese agradecimiento!

Acostaron al tío en su cama. Estaba muerto de verdad esta vez.

«Señora —dijo Mélanie—, no tenemos sábanas para enterrarlo. Toda la ropa de cama pertenece a esas señoritas.»

Yo miré la tortilla que ellas no habían terminado de comerse, y tenía ganas de llorar y de reír a un tiempo. ¡En la vida hay, a veces, momentos y sensaciones graciosos de verdad!

Ahora bien, organizamos a mi tío un funeral magnífico, con cinco discursos en la tumba. El senador y barón de Croisselles probó, en palabras admirables, que Dios siempre logra la victoria en las almas de raza que se han extraviado momentáneamente. Todos los miembros del partido monárquico y católico seguían el cortejo con un entusiasmo de triunfadores, hablando de esa hermosa muerte tras una vida un tanto turbulenta.

*

El vizconde Roger se había callado. La gente reía a su alrededor. Alguien dijo:

—¡Bah! Ésta es la historia de todas las conversiones in extremis.

 

EL APARCERO*

 

El barón René du Treilles me había dicho:

—¿Quiere venir conmigo al levantamiento de la veda en mi finca de Marinville? Me encantaría que lo hiciera, amigo. Por otra parte, estoy completamente solo. La caza es de un acceso tan difícil y la casa donde paso la noche tan primitiva que no puedo invitar más que a los amigos muy íntimos.

Acepté.

Partimos, pues, el sábado en tren, tomando la línea férrea de Normandía. Nos apeamos en la estación de Alvimare, y el barón René, señalándome una galera enganchada a un asustadizo caballo, sujeto por un alto campesino de blancos cabellos, me dijo:

—Aquí tiene nuestro carruaje, amigo.

El hombre le dio la mano a su amo, y el barón se la estrechó con fuerza al tiempo que preguntaba:

—¿Qué?, compadre Lebrument, ¿cómo anda todo?

—Como siempre, señor barón.

Montamos en esa especie de gallinero suspendido y sacudido sobre dos enormes ruedas. Y el joven caballo, tras una violenta reparada, partió al galope haciéndonos saltar por los aires como balas, y cada recaída en el asiento de madera me hacía un daño horrible.

El campesino repetía con su voz calma y monótona:

—Vamos, vamos, tranquilo, Moutard, tranquilo.

Pero Moutard no hacía ningún caso y daba saltos como un cabrito.

Nuestros dos perros, detrás de nosotros, en la parte vacía de la caja, se habían enderezado y olisqueaban el aire de los llanos por los que cruzaba el olor de la caza.

El barón miraba a lo lejos, con ojos tristes, la gran campiña normanda, ondulante y melancólica, semejante a un inmenso parque inglés, a un parque desmesurado, donde los patios de las alquerías rodeados de dos o cuatro hileras de árboles, con manzanos achaparrados que vuelven invisibles las casas, dibujan hasta donde se pierde la vista unas perspectivas de sotos, de bosquecillos y de macizos que persiguen los jardineros artistas al diseñar las propiedades principescas. Y René du Treilles murmuró de repente:

—Me gusta esta tierra; aquí tengo mis raíces.

Era un normando de pura cepa, alto y fornido, un poco panzón, de la vieja casta de los aventureros que iban a fundar reinos en las riberas de todos los océanos. Tenía unos cincuenta años, diez años menos quizá que el aparcero que nos llevaba. Éste era un tipo flaco, un campesino que era un costal de huesos cubiertos de piel sin carne, uno de esos hombres que viven un siglo.

Tras dos horas de marcha por unos caminos pedregosos, a través de aquella verde planicie siempre igual, la galera entró en uno de esos patios con manzanos y se detuvo delante de un viejo edificio ruinoso en el que una vieja sirvienta esperaba al lado de un mozo que cogió el caballo.

Entramos en la alquería. La cocina ahumada era alta y espaciosa. Los objetos de cobre y las lozas brillaban, iluminados por los reflejos del hogar. Un gato dormitaba sobre una silla; un perro dormía debajo de la mesa. Olía, allí dentro, a leche, a manzana, a humo y a ese olor innombrable de las viejas casas de campo, olor a suelo, a paredes, a muebles, olor a viejas sopas derramadas, a viejos fregados y a viejos moradores, olor a bestias y a personas mezcladas, a cosas y a seres, olor del tiempo, del tiempo pasado.

Volví a echar un vistazo al patio. Éste era muy grande, lleno de manzanos añosos, chaparros y retorcidos, y cubiertos de frutos, que caían en la hierba, en derredor de ellos. En aquel patio, el aroma normando a manzana era tan intenso como el de los naranjos floridos en las riberas del Sur.

Cuatro ringleras de hayas rodeaban este recinto. Eran tan altas que parecían alcanzar las nubes a esa hora del ocaso, y sus copas, por entre las que pasaba el viento del atardecer, se agitaban y dejaban escapar un lamento interminable y triste.

Volví adentro. El barón se estaba calentando los pies y escuchaba a su aparcero hablar de las cosas del lugar. Hablaba de matrimonios, de nacimientos, de muertos y luego de la baja de los precios de los cereales y de las noticias relativas al ganado. La Veularde (una vaca comprada en Veules) había tenido su becerro a mediados de junio. La producción de sidra no había sido gran cosa el año anterior. Las manzanas reinetas continuaban desapareciendo en la comarca.

Luego cenamos. Fue una buena cena campestre, sencilla y abundante, larga y tranquila. Y, mientras duró la cena, observé la especie de particular familiaridad amistosa que me había sorprendido de entrada entre el barón y el campesino.

Fuera, las hayas seguían gimiendo bajo el empuje de las ventoleras nocturnas, y nuestros dos perros, encerrados en un establo, plañían y ladraban de un modo siniestro. El fuego se apagó en la gran chimenea. La sirvienta había ido a acostarse. El compadre Lebrument dijo a su vez:

—Si me permite, señor barón, iré a acostarme. No tengo costumbre de recogerme tarde.

El barón le dio la mano y le dijo:

—Vaya, amigo —con un tono tan cordial que le pregunté cuando hubo desaparecido el hombre:

—Le es fiel ese aparcero, ¿no?

—Más que eso, amigo, es un drama, un viejo drama muy sencillo y muy triste el que me une a él. Le contaré la historia…

*

Ya sabe usted que mi padre fue coronel de caballería. Había tenido de ordenanza a este mozo, hoy un anciano, hijo de un aparcero. Luego, al retirarse mi padre, tomó como criado a ese soldado que contaba unos cuarenta años. Yo tenía treinta. Vivíamos entonces en nuestro castillo de Valrenne, cerca de Caudebec-en-Caux.

En aquel tiempo, la doncella de mi madre era una de las más bonitas que imaginarse pueda, rubia, espabilada, animosa, delgada, una verdadera doncella, la antigua doncella hoy día desaparecida. Actualmente, estas criaturas no tardan en convertirse en mujerzuelas. París, merced a los ferrocarriles, las atrae, las llama, se apodera de ellas no bien florecen, esas reales mozas que antaño seguían siendo simples sirvientas. Cualquier hombre de paso, como en otro tiempo los sargentos reclutadores buscaban quien se alistara, se las camela y corrompe, y no nos quedan ya como criadas más que los desechos de la raza femenina, todo cuanto es tosco, vulgar, ordinario, deforme, demasiado feo para la galantería.

Así pues, esta muchacha era encantadora, y yo la besaba algunas veces en los rincones oscuros. Nada más; oh, nada más, se lo juro. Ella era decente, por otra parte; y yo respetaba la casa de mamá, cosa que ya no hacen los granujas de hoy día.

Ahora bien, sucedió que el ayuda de cámara de papá, el antiguo veterano, el viejo aparcero que acaba usted de ver, se enamoró perdidamente de esta muchacha, pero enamorado de una manera inconcebible. Al principio, notaron que se olvidaba de todo, que no pensaba ya en nada.

Mi padre le repetía sin cesar:

«Vamos, Jean, pero ¿qué te pasa? ¿Estás enfermo?».

Él respondía:

«No, no, señor barón. No me pasa nada».

Adelgazó; luego rompió vasos mientras servía la mesa y dejó caer platos. Pensaron que estaba aquejado de una enfermedad nerviosa y se hizo venir al médico, que creyó observar los síntomas de una afección de la médula espinal. Entonces mi padre, lleno de solicitud para con su servidor, se decidió a mandarle a una casa de salud. El hombre, ante esta noticia, confesó.

Eligió una mañana mientras su amo se afeitaba y con voz tímida dijo:

«Señor barón…».

«Sí, mozo.»

«Lo que yo necesitaría, ¿sabe?, no son medicamentos…»

«Ah, ¿qué, pues?»

«Casarme.»

Mi padre, estupefacto, se dio la vuelta:

«Pero ¿qué dices? ¿Qué dices?…, ¿eh?«

«Casarme.»

«¿Casarte? Entonces, ¿estás… enamorado…, pillo?»

«Así es, señor barón.»

Y mi padre rompió a reír con tal falta de moderación, que mi madre gritó desde el otro lado de la pared:

«¿Qué te pasa, Gontran?».

Él respondió:

«Ven aquí, Catherine».

Y cuando ella hubo entrado, le contó, con los ojos inundados de lágrimas de alegría, que el tontaina de su ayuda de cámara estaba simplemente enfermo de amor.

En lugar de reír, mamá se enterneció.

«¿A quién quieres así, mozo?»

Él declaró sin vacilar:

«A Louise, señora baronesa».

Y mamá prosiguió con semblante serio:

«Vamos a tratar de arreglarlo del mejor modo posible».

Se llamó, pues, a Louise, que fue sondeada por mi madre; y ella respondió que conocía perfectamente la pasión de Jean, que éste se le había declarado varias veces, pero que ella no le quería. Se negó a decir el porqué.

Y pasaron dos meses, durante los cuales papá y mamá no dejaron de presionar a la muchacha para que se casara con Jean. Como ella juraba que no amaba a ningún otro, no podía aducir ninguna razón seria en favor de su negativa. Papá venció, finalmente, su resistencia gracias a un gran regalo en dinero, y se acordó establecerlos, como aparceros, en las tierras en que hoy nos encontramos. Dejaron el castillo, y no los volví a ver por espacio de tres años.

Al cabo de tres años, supe que Louise había muerto del pecho. Pero mi padre y mi madre murieron a su vez, y pasaron otros dos años sin que volviera a ver a Jean.

Finalmente, un otoño, hacia finales de octubre, se me ocurrió venir a cazar a esta propiedad, mantenida con esmero, y que mi aparcero afirmaba era muy abundante en caza.

Llegué, pues, una tarde, una tarde de lluvia, a esta casa. Me quedé estupefacto al encontrar al antiguo soldado de mi padre totalmente canoso, por más que no tuviera más que cuarenta y cinco o cuarenta y seis años.

Le hice cenar enfrente de mí, en esta misma mesa donde nos encontramos ahora. Llovía a cántaros. Se oía percutir el agua sobre el tejado, los muros y los cristales, caer en forma de diluvio en el patio, y mi perro ladraba en el establo, como hacen los nuestros esta noche.

De repente, después de que la sirvienta se hubiera ido a acostarse, el hombre murmuró:

«Señor barón…».

«¿Qué, compadre Jean?»

«Tengo una cosa que decirle.»

«Di, Jean.»

«Es que es… difícil.»

«Habla igualmente.»

«Recordará usted a Louise, mi mujer.»

«Por supuesto que la recuerdo.»

«Pues bien, me encargó una cosa para usted.»

«¿Qué cosa?»

«Una…, una…, ¿cómo diría?, una confesión…»

«¡Ah!…, ¿el qué, pues?»

«Es…, es…, me gustaría no tener que decírselo a pesar de todo…, pero tengo que hacerlo…, tengo que hacerlo…, en fin…, ella no murió de mal de pecho…, sino…, sino… de disgusto… Eso es, ahora se lo explico mejor.

»Desde que vinimos aquí empezó a adelgazar; cambió, después de seis meses estaba irreconocible, señor barón. Estaba como yo antes de casarme con ella, sólo que a la inversa, completamente a la inversa.

»Llamé al médico. Éste dijo que ella estaba enferma del hígado, que tenía una…, una hepatitis. Entonces yo compré medicamentos y más medicamentos por valor de unos trescientos francos. Pero ella no quería tomárselos, no quería en modo alguno; decía: “No vale la pena, mi pobre Jean. No van a servir de nada”.

»Yo veía que tenía un mal dentro. En una ocasión me la encontré llorando y no sabía qué hacer, no lo sabía. Le compré cofias, vestidos, pomadas para el cabello, pendientes. No sirvió de nada. Comprendí que iba a morir.

»Una noche de finales de noviembre, una noche en que nevaba, en que ella no se había levantado de la cama durante todo el día, me dijo que fuera a llamar al cura. Fui.

»Apenas hubo llegado, me dijo:“Jean, escucha”, me dijo,“quiero hacerte una confesión. Te la debo. Escucha, Jean. Nunca te he engañado, nunca. Ni antes ni después de casarnos, nunca. El señor cura aquí presente puede decírtelo, él que conoce mi alma. Pues bien, escucha. Jean, si yo me muero es porque no he podido consolarme de no seguir en el castillo… porque… tenía…, sentía mucha amistad por el señor barón René. Mucha amistad, quiero decir que nada más que amistad. Por esto me muero. Cuando dejé de verle, sentí que me moría. De haber podido verle, no me habría muerto. Verle solamente, nada más. Debes decírselo algún día, una vez que yo ya no esté. Díselo. Júramelo…, júramelo… Jean, delante del señor cura. Es un consuelo saber que un día lo sabrá, que habré muerto por esto… Sí…, júramelo…”.

»Se lo prometí, señor barón. Y he mantenido la palabra dada.

Calló, con los ojos fijos en los míos.

¡Por Cristo bendito!, amigo, no puede hacerse una idea de la conmoción que me produjo oír a ese pobre diablo, a cuya mujer yo había matado sin saberlo, contármelo así, en esa noche de lluvia y en esta cocina.

Balbuceé:

«¡Mi pobre Jean!, ¡mi pobre Jean!».

Él murmuró:

«Así son las cosas, señor barón. No podemos hacer nada, ni uno… ni otro… Eso es lo que sucedió…».

Yo le cogí las manos a través de la mesa y me eché a llorar.

Él preguntó:

«¿Quiere venir a la tumba?».

Yo asentí con la cabeza, pues ya no podía hablar.

Él se levantó, encendió un farol, y partimos en medio de la lluvia, cuyas gotas oblicuas, rápidas como flechas, iluminaba bruscamente nuestra luz.

Abrió una puerta y vi unas cruces de madera negra.

Dijo de repente: «Ahí está», delante de una lápida de mármol, y colocó encima su farol para que yo pudiera leer la inscripción:

A LOUISE HORTENSE MARINET

Esposa de Jean-François Lebrument

hacendado

FUE UNA FIEL ESPOSA. ¡QUE DIOS LA TENGA EN SU GLORIA!

Estábamos de rodillas en el barro, él y yo, con el farol entre nosotros, y yo miraba cómo percutía la lluvia sobre el mármol blanco, rebotaba en forma de polvillo de agua y luego chorreaba por los cuatro bordes de la piedra impenetrable y fría. Y pensé en el corazón de la que había muerto. ¡Oh, pobre corazón!, ¡pobre corazón!…

*

Desde entonces, vuelvo aquí todos los años. Y, no sé por qué, me siento turbado como un culpable delante de ese hombre que tiene siempre el aire de perdonarme.

 

EL HORLA*

 

(Primera versión)

El doctor Marrande, el más ilustre y eminente de los alienistas, les había rogado a tres de sus colegas y a cuatro sabios, que se ocupaban de las ciencias naturales, que fueran a pasar una hora a la casa de salud que él dirigía, porque quería que conocieran a uno de sus enfermos.

Tan pronto como sus amigos se hubieron reunido, les dijo:

—Voy a someterles el caso más extraño e inquietante con el que me he topado nunca. Por otra parte, no tengo nada que decirles de mi cliente. Él mismo les hablará.

Entonces el doctor llamó. Un criado hizo entrar a un hombre. Era muy flaco, de una flaqueza cadavérica, como son flacos algunos locos a los que corroe un pensamiento, pues el pensamiento enfermo devora la carne del cuerpo más que la fiebre o la tisis.

Tras haber saludado y haber tomado asiento, dijo:

*

Señores, sé por qué están ustedes aquí reunidos, y estoy dispuesto a contarles mi historia, como me lo ha pedido mi amigo el doctor Marrande. Durante mucho tiempo, me tuvo por loco. Actualmente tiene sus dudas. Dentro de un rato sabrán todos ustedes que tengo una mente tan sana, lúcida y clarividente como las suyas, por desgracia para mí, para ustedes y para la Humanidad entera.

Pero quisiera empezar por los propios hechos, simplemente por los hechos. Éstos son:

Tengo cuarenta y dos años. No estoy casado, mi fortuna me basta para vivir con un cierto lujo. Así pues, vivía en una propiedad a orillas del Sena, en Biessard, cerca de Ruán. Me gusta la caza y la pesca. Ahora bien, tenía detrás de mi casa, por encima de las grandes peñas que la dominaban, uno de los bosques más bonitos de Francia, el de Roumare, y delante uno de los más bellos ríos del mundo.

Mi casa es espaciosa, pintada exteriormente de blanco, bonita, antigua, en medio de un gran jardín, lleno de espléndidos árboles, que sube hasta el bosque, escalando las enormes peñas a las que me acabo de referir.

Mi personal se compone, o mejor dicho, se componía de un cochero, un jardinero, un ayuda de cámara, una cocinera y una costurera, que era al propio tiempo una especie de mujer de servicio. Llevaban todos en mi casa de diez a dieciséis años, me conocían, conocían la vivienda, el lugar y todo lo referente a mi vida. Eran servidores buenos y pacíficos. Esto es importante para lo que voy a contar.

Añadiré que el Sena, que bordea mi jardín, es navegable hasta Ruán, como sin duda ya saben ustedes; y que todos los días veía pasar grandes barcos de vela o de vapor, procedentes de todas partes del mundo.

Así pues, en el otoño del año pasado, empecé a sentir de repente unos extraños e inexplicables malestares. Se iniciaron con una especie de inquietud nerviosa que me tenía despierto durante noches enteras, un frenesí que me hacía estremecerme al mínimo ruido. Mi humor se agrió. Sufría súbitos ataques de cólera inexplicables. Llamé a un médico, que me prescribió bromuro de potasio y tomar duchas.

Empecé, pues, a tomar duchas mañana y tarde, y a tomarme también el bromuro. No tardé, en efecto, en dormir de nuevo, pero con un sueño más terrible que el insomnio. Apenas me acostaba, cerraba los ojos y me quedaba aniquilado. Sí, caía en la nada, en una nada absoluta, en una muerte del ser entero del que me veía sacado brusca y horriblemente por la espantosa sensación de un peso que me aplastaba el pecho y de una boca que me devoraba la vida, sobre mi boca. ¡Oh! ¡Esas conmociones! No conozco nada más espantoso.

Imagínense un hombre que es asesinado mientras duerme, que se despierta con un cuchillo en la garganta y que está, con los estertores de la agonía, cubierto de sangre, y que ya no puede respirar, y que se va a morir, y que no comprende lo que le pasa, ¡eso es!

Yo adelgazaba de manera inquietante, continua y de repente me di cuenta de que mi cochero, que era muy gordo, comenzaba a enflaquecer igual que yo.

Le pregunté finalmente:

«¿Qué le pasa, Jean? Está usted enfermo».

Él respondió:

«Creo que he contraído la misma enfermedad que el señor. Mis noches hacen que mis días sean insoportables».

Pensé, pues, que había en la casa una calentura debida a la cercanía del río e iba a irme para dos o tres meses, por más que estábamos en plena temporada de caza, cuando un pequeño hecho muy extraño, observado por casualidad, me llevó a una serie tal de descubrimientos increíbles, fantásticos, aterradores, que me quedé.

Una noche que tenía sed, me tomé medio vaso de agua y observé que mi botella, puesta sobre la cómoda enfrente de mi cama, estaba llena hasta el tapón de cristal.

Durante la noche, tuve uno de esos despertares espantosos a los que acabo de aludir. Encendí mi bujía, presa de una terrible angustia, y, cuando quise beber de nuevo, me percaté con asombro de que mi botella estaba vacía. No podía dar crédito a lo que veían mis ojos. O bien alguien había entrado en mi habitación, o bien yo era un sonámbulo.

A la noche siguiente, quise hacer la misma prueba. Cerré, pues, mi puerta con llave para estar seguro de que nadie podría entrar en mi cuarto. Me dormí y me desperté como cada noche. Se habían bebido toda el agua que yo había visto dos horas antes.

¿Quién se había bebido esa agua? Yo, sin duda, y sin embargo creía estar seguro, absolutamente seguro, de no haberme movido durante mi sueño profundo y doloroso.

Entonces recurrí a una astucia para convencerme de que no era yo quien llevaba a cabo tales actos inconscientes. Puse una noche al lado de la botella, una botella de viejo burdeos, una taza de leche que detesto y unos pasteles de chocolate que me encantan.

El vino y los pasteles permanecieron intactos. La leche y el agua habían desaparecido. Entonces, cada día, cambié el tipo de bebidas y de alimentos. Nunca tocaron las cosas sólidas, compactas, y, en cuanto a los líquidos, sólo se bebieron la leche fresca y sobre todo el agua.

Pero quedaba una acuciante duda en mi espíritu. ¿No podía ser que yo me levantaba, sin tener conciencia de ello, e incluso me bebía lo que detestaba porque mis sentidos, entorpecidos por el sueño de sonámbulo, habían cambiado, habían perdido ciertas repulsiones y adquirido nuevos gustos?

Entonces recurrí a una nueva astucia contra mí mismo. Envolví todos los objetos que era inevitable tocar con unas telas de muselina blanca y los recubrí también con un lienzo de batista.

Luego, en el momento de meterme en la cama, me embadurné las manos, los labios y los bigotes con grafito.

Al despertar, todos los objetos habían permanecido inmaculados, si bien habían sido tocados porque el lienzo no estaba como yo la había puesto y, además, se habían bebido la leche y el agua. Y, sin embargo, la puerta, cerrada con una llave de seguridad, y mis postigos cerrados con cadenas por una cuestión de prudencia, no habían podido dejar penetrar a nadie.

Entonces, me hice esta temible pregunta: ¿Quién estaba allí, pues, todas las noches, cerca de mí?

Tengo la impresión, señores, de que les cuento todo esto demasiado deprisa. Se sonríen ustedes, tienen formada ya su opinión: «Es un loco». Hubiera tenido que describir largamente esa emoción de un hombre que, encerrado en su casa, sano de mente, mira, a través del cristal de la botella, un poco de agua desaparecida mientras dormía. Hubiera tenido que hacerles comprender ese tormento, renovado cada noche y cada mañana, y ese invencible sueño y esos despertares todavía más espantosos.

Pero continúo.

De repente, cesó el prodigio. Ya no tocaban nada en mi habitación. La cosa se había acabado. Me sentía mejor, por lo demás. Estaba recuperando la alegría cuando me enteré de que uno de mis vecinos, el señor Legite, se encontraba exactamente en el estado en que yo mismo me había visto. Creí de nuevo que había una especie de calentura en aquel lugar. Mi cochero me había dejado desde hacía un mes, muy enfermo.

Había pasado el invierno, comenzaba la primavera. Ahora bien, una mañana, mientras paseaba cerca de mi arriate de rosales, vi, vi claramente romperse, muy cerca de mí, el tallo de una de las más bellas rosas como si una mano invisible la hubiera cogido; luego la flor siguió la curva que hubiera descrito un brazo llevándosela hacia una boca, y permaneció suspendida en el aire diáfano, totalmente sola, inmóvil, espantosa, a tres pasos de mis ojos.

Presa de una espantosa locura, me lancé sobre ella para cogerla. No encontré nada. Había desaparecido. Entonces, me entró una ira furiosa contra mí mismo. ¡No le está permitido a un hombre razonable y serio tener semejantes alucinaciones!

Pero ¿era una alucinación? Busqué el tallo. Lo encontré inmediatamente sobre el arbusto, acabado de romper, entre otras dos rosas que habían permanecido en la rama; pues eran tres que yo había visto perfectamente.

Entonces volví a mi casa con el alma trastornada. Señores, escúchenme, soy una persona tranquila; no creía en lo sobrenatural, y ni siquiera creo hoy; pero, desde ese momento, estuve seguro, seguro como de que hay día y hay noche, de que existía cerca de mí un ser invisible que me había perseguido, luego me había dejado y que retornaba.

Un poco más tarde tuve la prueba de ello.

Empezaron a estallar entre mis criados furiosas disputas por mil causas en apariencia fútiles, pero llenas de sentido para mí ahora.

Un jarrón, un bonito jarrón veneciano se rompió solo en el aparador de mi comedor, en pleno día.

Mi ayuda de cámara acusó de ello a la cocinera, quien acusó a su vez a la costurera, que acusó a no sé quién.

Unas puertas cerradas por la noche estaban abiertas por la mañana. Robaban leche, cada noche, en la antecocina. ¡Ay!

¿Quién era? ¿De qué naturaleza? Una curiosidad irritada, mezcla de cólera y de espanto, me mantenía día y noche en un estado de extrema agitación.

Pero en la casa volvió a reinar la calma una vez más; y yo creía de nuevo que no se trataba más que de sueños cuando pasó lo siguiente:

Fue el 20 de julio, a las nueve de la noche. Hacía mucho calor; había dejado yo mi ventana abierta de par en par, mi lámpara encendida sobre mi mesa, iluminando un libro de Musset abierto por la página de La noche de mayo; y me había tumbado en un gran sillón en el que me dormí.

Ahora bien, tras haber dormido cerca de cuarenta minutos, volví a abrir los ojos, sin moverme, despertado por no sé qué confusa y extraña turbación. Primero no vi nada, pero luego me pareció de golpe que una página del libro acababa de volverse sola. Por la ventana no había entrado ningún soplo de aire. Me quedé sorprendido; y esperé. Al cabo de unos cuatro minutos, vi, sí, vi, señores, con mis propios ojos que se levantaba otra página y caía sobre la anterior como si la hubiera vuelto un dedo. Mi sillón parecía vacío, pero comprendí que ¡él! estaba allí. De un bote me planté en el otro extremo de la habitación para atraparle, para palparle, para estrecharle, si ello era posible… Pero, antes de que yo le hubiera dado alcance, se derribó mi sillón como si alguien hubiera huido; también mi lámpara se cayó y se apagó, rompiéndose el cristal; y la ventana golpeó bruscamente, como si un ladrón la hubiera empujado en su huida… ¡Ay!

Me lancé hacia el timbre y lo pulsé. Cuando apareció el criado le dije:

«He derribado y roto todo. Tráigame otra luz».

No pegué ojo aquella noche. Y, sin embargo, podía haber sido otra vez víctima de una ilusión. Al despertar los sentidos siguen todavía alterados. ¿No había sido yo quien había derribado mi sillón y mi luz al precipitarme como un loco?

¡No, no era yo! Tenía el pleno convencimiento de ello. Y, sin embargo, quería creerlo.

Ahí estaba. ¡Él! ¿Cómo llamarle? El Invisible. No, no es suficiente. Lo bauticé el Horla.1 ¿Por qué? No lo sé. Así pues, el Horla no me dejaba un solo momento. Tenía día y noche la sensación, la certeza de la presencia de ese inasible vecino, así como el convencimiento de que se adueñaba de mi vida, hora tras hora, minuto tras minuto.

La imposibilidad de verle me irritaba y yo encendía todas las luces de la habitación como si, multiplicando la claridad, pudiera descubrirle.

Al final le vi.

No me creerán. Sin embargo, le vi.

Estaba yo sentado delante de un libro, el que fuere, sin leer, pero acechando con todos mis sentidos sobreexcitados, espiándole a él, al que sentía cerca. Sí, estaba allí. Pero ¿dónde? ¿Qué hacía? ¿Cómo echarle el guante?

Enfrente de mí mi cama, una vieja cama de roble con columnas. A la derecha, mi chimenea. A la izquierda, mi puerta que yo había cerrado con cuidado. Detrás de mí, un gran armario de luna que me servía cada día para afeitarme, para vestirme, en el que tenía la costumbre de mirarme de pies a cabeza cada vez que pasaba por delante de él.

Así pues, fingía estar leyendo para engañarle, porque también él me espiaba; y de hecho lo sentí, estaba seguro de que estaba leyendo sobre mi espalda, rozándome el oído.

Me levanté, dándome la vuelta tan rápidamente que estuve a punto de caerme. Pues bien… Se veía como en pleno día… ¡y yo no me vi en mi espejo! Estaba vacío, claro, lleno de luz. Mi imagen no se veía en él… Y yo estaba enfrente… ¡Veía la gran luna, cristalina de arriba abajo! Y yo miraba aquello con ojos de loco, y no me atrevía a avanzar, notando perfectamente que él se encontraba entre nosotros, él, y que se me escaparía de nuevo, pero que su cuerpo imperceptible había absorbido mi reflejo.

¡Qué miedo pasé! Luego, he aquí que de golpe empecé a percibirme envuelto en una bruma en el fondo del espejo, en una bruma vista como a través de una capa de agua; y me parecía que aquella agua se desplazaba lentamente de derecha a izquierda, volviendo más precisa mi imagen segundo tras segundo. Era como el final de un eclipse. Lo que me ocultaba no parecía poseer unos contornos claramente definidos, sino más bien una especie de transparencia opaca que se iba aclarando poquito a poco.

Finalmente, pude verme por completo, como cada día cuando me miro al espejo.

Lo había visto. Me quedó en el cuerpo un espanto que todavía me produce escalofríos.

Al día siguiente estaba aquí, donde rogué que me mantuvieran encerrado.

Concluyo ya, señores.

El doctor Marrande, tras haber dudado largamente, decidió hacer solo un viaje a mi región.

Hoy, tres de mis vecinos están en afectados por lo mismo que sufrí yo. ¿No es cierto?

El médico respondió:

—Lo es.

—Usted les aconsejó que dejaran cada noche en la habitación leche y agua para ver si estos líquidos desaparecían. Ellos así lo hicieron, ¿y no desaparecieron la leche y el agua como en mi caso?

El médico respondió con solemne gravedad:

—Desaparecieron.

Por tanto, señores, un Ser, un Ser nuevo acaba de aparecer sobre la faz de la tierra, que en breve se multiplicará como lo hemos hecho nosotros.

¡Ah, se sonríen! ¿Por qué? ¿Por qué este Ser es invisible? Pero nuestros ojos, señores, son unos órganos tan elementales que a duras penas si son capaces de distinguir lo que es indispensable a nuestra vida. Se les escapa lo demasiado pequeño, se les escapa lo demasiado grande, se les escapa lo demasiado lejano. Ignoran los miles de millones de seres que viven en una gota de agua. Ignoran los habitantes, las plantas y el suelo de las estrellas vecinas; no ven siquiera lo que es transparente.

Pónganles delante un cristal sin el estaño que hace que sea un espejo y no lo verán, haciendo que nos golpeemos contra él como el pájaro encerrado dentro de una casa se rompe la cabeza contra los cristales. Por tanto, no ven los cuerpos sólidos y transparentes que existen; no ven el aire del que nos alimentamos, no ven el viento que es la mayor fuerza de la naturaleza, que derriba a los hombres, abate los edificios, arranca los árboles de raíz, hace alzarse el mar en montañas de agua que destruyen los acantilados de granito.

¿Qué tiene de extraño que no vean un cuerpo nuevo, a quien falta sin duda la propiedad de ser opaco ante la luz?

¿Pueden ver la electricidad? ¡Y, sin embargo, existe!

Este ser, que he llamado el Horla, también existe.

¿Quién es? ¡El que la tierra espera después del hombre! ¡El que viene a destronarnos, a someternos, a sojuzgarnos, a alimentarse de nosotros quizá, como nosotros nos alimentamos de los bueyes y de los jabalíes.

¡Desde hace siglos, se le presiente, se le teme y se le anuncia! El miedo a lo Invisible persiguió siempre a nuestros padres.

Ha venido.

Todas las leyendas sobre las hadas, los gnomos, los maléficos e inasibles pobladores del aire, hablaban de él, de él, presentido por el hombre que tiembla ya de miedo.

¡Y todo cuanto ustedes mismos, señores, hacen desde hace algunos años, lo que denominan el hipnotismo, la sugestión, el magnetismo, es a él a quien anuncian, a quien profetizan!

Les digo que ha venido. Merodea inquieto también él igual que los primeros hombres, ignorante aún de su fuerza y de su poder, de los que no tardará en tener conciencia, demasiado pronto.

Y he aquí, señores, para terminar, un fragmento de periódico que cayó en mis manos y que proviene de Río de Janeiro. Leo: «Una especie de epidemia de locura parece hacer estragos desde hace algún tiempo en la provincia de São Paulo. Los habitantes de varios pueblos han huido abandonando sus tierras y sus casas, afirmando que son perseguidos y devorados por unos vampiros invisibles que se nutren de su respiración mientras ellos duermen y que sólo beben agua y a veces leche».

Añado: «Algunos días antes del primer ataque de la enfermedad que casi me llevó a la tumba, recuerdo perfectamente haber visto pasar entre los árboles un gran buque de tres palos brasileño con su pabellón desplegado… Ya les he dicho que mi casa está a orillas del agua…, pintada totalmente de blanco… Iba escondido sin duda en ese barco…».

No tengo nada más que añadir, señores.

*

El doctor Marrande se levantó y murmuró:

—Tampoco yo. No sé si este hombre está loco o si lo estamos los dos…, o si…, si nuestro sucesor ha llegado realmente.

 

LA POZA*

 

Por golpes y heridas causantes de la muerte. Tal era el cargo de acusación por el que comparecía ante la Sala de lo Criminal el señor Léopold Renard, tapicero de profesión.

En torno a él, los testigos principales, la señora Flamèche, viuda de la víctima, Louis Ladureau, ebanista, y Jean Durdent, fontanero.

Cerca del acusado, su mujer, toda de negro, menuda, fea, especie de adefesio vestido de señora.

Y he aquí como Renard (Léopold) cuenta el drama:

*

¡Dios mío!, fue una desgracia cuya primera víctima fui yo y totalmente ajena a mi voluntad. Los hechos hablan por sí solos, señor presidente. Yo soy una persona honrada, trabajadora, un tapicero que llevo dieciséis años en la misma calle, conocido, querido, respetado y gozo de la consideración general, como han atestiguado mis vecinos, hasta la portera que gasta casi siempre muy malas pulgas. Me gusta el trabajo, el ahorro, las personas honradas y las diversiones decentes. Esto es lo que me perdió, para desdicha mía; y como todo ello fue ajeno a mi voluntad, sigo teniéndome por una persona respetable.

Así pues, todos los domingos, mi mujer aquí presente y yo vamos desde hace cinco años a pasar el día a Poissy. Así tomamos el aire, para no hablar de que nos gusta pescar con caña, ¡oh!, eso nos gusta con locura. Fue la muy bruja de Mélie la que me pegó esta pasión, pues ella es más fanática que yo, la muy arpía, y la culpable de todo lo que pasó, como verán seguidamente.

Yo, aunque fuerte, soy bonachón, nada malo. Pero ella, en cambio, ¡ay, ella!, parece una mosquita muerta, porque es pequeñaja y flacucha…, pero es más mala que la tiña. No niego que tenga sus cualidades, que las tiene, e importantes para una comerciante. Pero ¡qué carácter! Pregunte a la gente de nuestro alrededor e incluso a la portera que hace un momento me ha exculpado… y oirán cosas gordas.

Todos los días me reprochaba que yo era demasiado bueno. «¡Yo no permitiría que me hicieran eso! ¡Yo no permitiría que me hicieran lo otro!» De haberle hecho caso, señor presidente, habría tenido por lo menos dos o tres combates de boxeo al mes…

La señora Renard le interrumpió:

—Paparruchas, paparruchas… Quien ríe el último ríe mejor.

Él se dio la vuelta hacia ella con candor:

—Puedo meterme contigo porque no eres tú la que estás sentada en el banquillo de los acusados…

Luego, volviéndose de nuevo hacia el presidente, dijo:

Continúo. Íbamos, pues, a Poissy todos los sábados por la tarde para pescar desde el amanecer del día siguiente. Es para nosotros una costumbre que ha acabado por convertirse en una segunda naturaleza, como se dice. Yo había descubierto, hará ya tres años este verano, un sitio, pero ¡qué sitio! ¡Oh, a la sombra, de una profundidad por lo menos de unos ocho pies, o tal vez de diez, una poza, con escondrijos debajo de la orilla, una verdadera madriguera de peces, un paraíso para el pescador. Esa poza, señor presidente, podía considerarla como algo mío, porque era su Cristóbal Colón. Todos lo sabían, todos sin discusión. Decían: «Es el sitio de Renard»; y a nadie se le habría pasado por la cabeza ir allí, ni siquiera al señor Plumeau, que es conocido, dicho sea sin ánimo de ofender, por birlarles los sitios a los demás.

Así pues, seguro de mi sitio, volvía yo allí como un propietario. No bien llegaba, el sábado, subía a bordo del Dalila, con mi esposa. El Dalila es mi bote, una embarcación que me hice construir por Fournaise, ligera y segura. Decía que nos subíamos a bordo del Dalila, y nos íbamos a preparar los cebos. Poniendo cebos, no hay otro como yo, y mis compañeros bien que lo saben. Me preguntará usted con qué cebo yo. Pero no puedo contestarle, porque ello no tiene nada que ver con el accidente; y tampoco puedo hacerlo porque es mi secreto. Son ya más de doscientos los que me lo han preguntado. ¡Me han invitado a copas, a fritadas y a calderetas para hacerme hablar! Pero mucho van a tener que esperar para que piquen los mújoles. Ah, sí, me han puesto a prueba para que cantase, para conocer mi secreto… Pero sólo mi mujer lo conoce… ¡y tampoco ella dirá nada, como yo! ¿Verdad, Mélie?…

El presidente le interrumpió:

—Al grano cuanto antes.

El acusado prosiguió:

Ya voy, ya voy. El sábado, pues, 8 de julio, tras salir en el tren de las cinco y veinticinco, fuimos, antes de cenar, a preparar los cebos como todos los sábados. Se anunciaba buen tiempo. Yo le decía a Mélie: «¡Qué bien, qué bien, para mañana!». Y ella respondía: «Esto promete». No hablamos de otra cosa cuando estamos juntos.

Y luego nos volvimos para cenar. Yo estaba contento y tenía sed. Y he aquí la causa de todo, señor presidente. Le digo a Mélie: «Oye, Mélie, se está bien aquí, voy a descorchar una botella de casque à mèche».1 Es un vino blanco joven al que nosotros bautizamos así, porque, si tomas demasiado se te sube a la cabeza y sustituye al gorro de dormir. Ya me entiende usted.

Ella me responde: «Haz lo que te parezca, pero a ver si mañana te sientes mal y no te levantas». Lo que me decía era cierto, sensato, prudente, perspicaz, lo confieso. Pero, pese a todo, yo no fui capaz de contenerme; y me tomé la botella. Todo vino de ahí.

Así pues, no pude pegar ojo. ¡Cristo bendito! Hasta las dos de la noche me duró la cogorza. Y luego paf, me duermo con un sueño que no hubiera oído ni la trompeta del ángel del Juicio Final.

En resumen, me despierta mi mujer a las seis. Yo salto de la cama, me pongo rápidamente el pantalón y la marinera; me remojo un poco la cara y ya nos tiene a bordo del Dalila. Demasiado tarde. Cuando llego a mi poza, ¡estaba ocupada! ¡Era algo que no me había ocurrido nunca, señor presidente, pero nunca desde hacía tres años! Me causó el mismo efecto que si me hubieran robado ante mis propios ojos. Dije: «¡Caramba, caramba, caramba!». Y mi mujer empieza a pincharme. «¡Ah, tu mala cabeza! Borrachín, ¿estás contento ahora, tonto más que tonto?»

Yo no rechistaba; tenía más razón que un santo.

Desembarco a pesar de todo cerca del sitio para tratar de aprovechar las sobras. ¿Quién sabe? Tal vez ése no pescaría nada y se largaría…

Era un tipo pequeñajo y flacucho, con un traje de dril blanco y un gran sombrero de paja. También estaba su mujer, una gorda que hacía calceta detrás de él.

Al ver ella que nos instalábamos cerca del sitio, va y murmura:

«¿Es que no hay otro sitio en el río?».

Y la mía, que estaba rabiosa, responde:

«La gente que sabe comportarse se informa de las costumbres del lugar antes de ocupar los sitios reservados».

Como yo no quería historias, le dije:

«Estate calladita, Mélie, déjalo estar, déjalo estar. Ya veremos qué pasa».

Así, dejamos el Dalila bajo los árboles, bajamos y Mélie y yo nos pusimos a pescar, codo con codo con esos dos.

En este punto, señor presidente, es preciso que entre en detalles.

Llevábamos allí menos de cinco minutos cuando el sedal de mi vecino se sumerge dos, tres veces; ¡y he aquí que luego saca un mújol grande como mi muslo, o quizá un poco menos, pero casi! A mí me palpitaba el corazón; me sudaban las sienes, y Mélie va y me dice: «Eh, borrachín, ¿has visto tú eso?».

En esto, el señor Bru, el mercero de Poissy, que es un gran aficionado a pescar gobios, pasa por allí en barca y me grita: «¿Así que les han cogido el sitio, señor Renard?». Y yo le respondo: «Sí, señor Bru, hay gente en este mundo tan poco delicada que hace caso omiso de las costumbres».

¡El pequeñajo del traje de dril que tenía a mi lado fingía no oír, lo mismo que su mujer, su rolliza mujer, esa vaca!

El presidente interrumpió una segunda vez:

—¡Mida sus palabras! Ofende usted a la señora viuda Flamèche, aquí presente.

Renard se disculpó:

—Perdón, perdón, es que me dejo llevar por la pasión.

Así pues, no había pasado un cuarto de hora cuando el pequeñajo del dril pescó otro mújol, y casi al poco otro, y uno más a los cinco minutos.

Yo estaba a punto de echarme a llorar. Y notaba además que mi señora estaba que trinaba; no paraba de pincharme: «¡Ah, maldita sea! ¿No crees que te roba tu pesca? ¿No crees? No pescarás nada, ni una rana, nada de nada, nada. Vamos, me arden las manos sólo de pensarlo».

Yo me decía: «Esperemos a mediodía. Este pescador furtivo seguro que se va a comer, y entonces recuperaré mi sitio». Pues yo, señor presidente, como en el lugar todos los domingos. Nos traemos las provisiones en el Dalila.

¡Ah, pero qué va! ¡Dan las doce! Él llevaba un pollo envuelto en un periódico, el muy pícaro, y mientras se lo come, ¡he aquí que pesca otro mújol!

Mélie y yo nos tomamos también un bocado, poca cosa, porque no nos pasaba.

Entonces, para hacer la digestión, cojo mi periódico. Pues todos los domingos me leo el Gil Blas, a la sombra, a orillas del río. Es el día de Colombine, como usted debe de saber, Colombine, que escribe artículos en el Gil Blas.2 Yo tenía por costumbre hacer rabiar a mi señora afirmando que conocía a esa Colombine. Pero no es cierto, no la conozco, ni la he visto nunca, pero eso no importa, escribe bien; y escribe además cosas que tienen mucha miga para ser una mujer. A mí me gusta, no hay muchas como ella.

Entonces me pongo a chinchar a mi mujer, que se enfada enseguida, pero mucho esta vez. Así que me callo.

Fue en ese momento cuando aparecieron al otro lado del río nuestros dos testigos aquí presentes, el señor Ladureau y el señor Durdent. Nos conocíamos de vista.

El pequeñajo se había puesto a pescar de nuevo. Pescaba tanto que me hacía temblar. Y su mujer se pone a decir: «¡Es un sitio realmente bueno, volveremos siempre aquí, Désiré!».

Yo siento que un escalofrío me recorre el espinazo. Y mi señora repetía: «No eres hombre, no eres hombre. Debes de tener la sangre de horchata».

Yo le digo de repente: «Vayámonos, prefiero irme antes que hacer una tontería».

Y va ella y me suelta, como si me hubiera puesto un hierro candente debajo de la nariz: «No eres hombre. ¡Mira que huir ahora y dejar tu sitio! ¡Vamos, Bazaine!».3

Esto me hirió, aunque no dije nada.

Pero justo en ese momento el otro saca una brema, ¡oh!, como no había visto nunca otra igual. ¡Nunca!

Y entonces mi mujer se pone a hablar como si pensara en voz alta. Eso le dará la medida de su malicia. Decía: «A esto se puede llamar robar la pesca, pues hemos sido nosotros los que pusimos los cebos. Deberían devolvernos al menos el dinero que nos han costado».

Entonces, la gorda del pequeñajo del traje de dril se puso a decir a su vez: «¿Acaso la tiene tomada con nosotros, señora?».

«Con quien la tengo tomada es con quienes se dedican a robar la pesca ajena aprovechándose del dinero gastado por el prójimo.»

«¿Acaso nos está llamando ladrones?»

Así comenzaron con las explicaciones hasta llegar a las palabrotas. ¡Cristo bendito, menudo par de deslenguadas, cuántas se sabían y cómo las soltaban! Daban tales gritos que nuestros dos testigos, que estaban en la otra orilla, se pusieron a gritar en son de broma: «¡Eh, las de ahí, un poco de silencio! Que no van a dejar pescar a sus maridos».

El caso es que el pequeñajo del traje de dril y yo nos estábamos quietos como postes. Permanecimos allí, mirando el agua, como si no oyéramos.

Pero, ¡maldita sea!, bien que oíamos: «¡Embustera! ¡Perdida! ¡Suripanta! ¡Buscona!». Y así sucesivamente. Un marinero no conoce más.

De repente oigo un ruido detrás de mí. Me doy la vuelta. Era la otra, la gorda, que se abalanzaba sobre mi mujer a paraguazo limpio. ¡Pam, pam! Mélie se llevó dos. Pero he aquí que Mélie se enrabia y, cuando Mélie se enrabia, arrea duro. Cogió a la gorda por los pelos y toma, toma y toma, las tortas llovían que daba gusto.

Yo las habría dejado que se las apañaran. Las mujeres por un lado y los hombres por el otro. No hay que mezclar las bofetadas. Pero el pequeñajo del traje de dril se levanta como un demonio y quiere saltar sobre mi mujer. ¡Ah!, ¡eso sí que no!, ni hablar, amigo. Y le propino un puñetazo a ese pájaro. Un porrazo y otro. Uno en la nariz, otro en el estómago. Él levanta los brazos, luego una pierna y se cae hacia atrás dentro del río, justo en la poza.

Seguro que le habría repescado, señor presidente, de haberme dado tiempo a hacerlo enseguida. Pero, para colmo de males, la gorda llevaba las de ganar y le atizaba a Mélie de lo lindo. Ahora me doy cuenta de que no hubiera tenido que prestarle ayuda mientras ese otro estaba tragando agua. Pero no pensé que se ahogaría; lo único que pensé fue: «Así se refrescará un poco».

Acudo corriendo donde estaban las dos mujeres para separarlas, y me gano unos cuantos puñetazos, arañazos y mordiscos. ¡Demonios, menudo par de malas brujas!

Me vuelvo. Y nada. El agua estaba en calma como un lago. Y esos otros, en la otra orilla, que gritaban: «¡Repéscalo, repéscalo!».

Es fácil decirlo, pero yo no sé nadar, y menos aún zambullirme, ¡se lo aseguro!

Por fin llegaron los de la presa y dos señores más con unos bicheros, y tuvieron que emplearse un buen cuarto de hora. ¡Estaba en el fondo de la poza, debajo de ocho pies de agua, como he dicho antes, allí estaba el pequeñajo del traje de dril!

Éstos son los hechos tal como ocurrieron, se lo juro. Soy inocente, palabra de honor.

*

Tras haber declarado los testigos en el mismo sentido, el acusado fue absuelto.

 

EL VAGABUNDO*

 

Llevaba caminando, en busca de trabajo por todas partes, desde hacía cuatro días. Había dejado su tierra, Ville-Avaray, en la Manche, porque allí no lo había. Carpintero de obra, de veintisiete años, buena persona, trabajador, se había quedado durante dos meses a cargo de su familia, él, el primogénito, teniendo que estarse de brazos cruzados por el paro general. En casa comenzaba a faltar el pan; las dos hermanas iban al jornal, pero ganaban poco; y él, Jacques Randel, el más fuerte, no hacía nada porque no tenía nada que hacer, y comía la sopa de los demás.

Entonces se informó en el Ayuntamiento; y el secretario le dijo que se encontraba trabajo en el centro de Francia.

Se había ido, pues, provisto de documentos y certificados, con siete francos en el bolsillo y, al hombro, en un pañuelo azul atado en la punta de su bastón, un par de zapatos de recambio, unos pantalones y una camisa.

Había caminado sin descanso, día y noche, por las interminables carreteras, bajo el sol y la lluvia, sin llegar nunca a ese lugar misterioso donde los obreros encontraban trabajo.

Primero se empecinó en la idea de que tenía que hacer sólo trabajos de carpintería, porque tal era su oficio. Pero en todos los astilleros en que se presentó le respondieron que habían tenido que despedir a parte del personal por falta de encargos, y entonces se decidió, ya sin un céntimo en el bolsillo, a aceptar cualquier trabajo que encontrara por el camino.

Hizo, pues, de jornalero en los desmontes, de mozo de cuadra, de picapedrero; cortó leña, podó árboles, abrió un pozo, mezcló mortero, ató gavillas, guardó cabras en el monte, todo ello por un mísero jornal, pues no conseguía más que, ocasionalmente, dos o tres días de trabajo ofreciéndose a un precio ínfimo para tentar la avaricia de patronos y campesinos.

Y, desde hacía una semana, ya no encontraba nada, ya no tenía nada, y comía un poco de pan gracias a la caridad de las mujeres a las que imploraba en el umbral de las puertas, a su paso por las carreteras.

Caía la noche, y Jacques Randel, agotado, con las piernas molidas, el estómago vacío, el ánimo dominado por el desaliento, caminaba descalzo por la hierba del borde del camino, para no gastar su último par de zapatos, pues el otro ya no existía desde hacía tiempo. Era un sábado, hacia finales de otoño. Las nubes grises corrían, pesadas y raudas, por el cielo, empujadas por las ráfagas de viento que soplaban entre los árboles. Amenazaba lluvia. El campo estaba desierto en aquel final de día, víspera de un domingo. A trechos se alzaban en los campos, semejantes a monstruosas setas amarillas, unos almiares; y las tierras, sembradas ya para el año siguiente, parecían desnudas.

Randel tenía hambre, un hambre canina, una de esas hambres que hacen lanzarse a los lobos sobre los hombres. Extenuado, alargaba las piernas para dar menos pasos y, con la cabeza pesada, la sangre pulsándole en las sienes, los ojos enrojecidos, la boca seca, apretaba en su mano el bastón con un vago deseo de golpear con toda su fuerza al primer caminante que encontrara de vuelta a su casa para tomarse las sopas.

Miraba a ambos lados de la carretera con la imagen en la mente de las patatas que habían quedado en la tierra removida. De haber encontrado alguna, habría recogido un poco de madera seca y hecho un pequeño fuego en la cuneta, y así habría cenado estupendamente con el tubérculo caliente y redondo, manteniéndolo primero, abrasador, entre sus manos frías.

Pero ya no era la temporada y tendría que contentarse, como la noche anterior, con roer una remolacha cruda, arrancada de un surco.

Hablaba solo desde hacía dos días y apretaba el paso obsesionado por sus ideas. No se había parado hasta entonces apenas a pensar, pues concentraba toda su energía mental, todas sus simples facultades, en sus tareas profesionales. Pero he aquí que la fatiga, esa búsqueda encarnizada de un trabajo inencontrable, el rechazo, los desaires, las noches pasadas en la hierba, el ayuno, el visible desprecio de los sedentarios por el vagabundo, esa pregunta que le hacían cada día: «¿Por qué no se ha quedado usted en su casa?», la tristeza de no poder hacer uso de sus brazos vigorosos que sentía llenos de energía, el recuerdo de sus padres que se habían quedado en casa y que tampoco tenían dinero, le iban cargando de una ira paulatina, acumulada día tras día, hora tras hora, minuto tras minuto y que se le escapaba involuntariamente de la boca en frases breves y amenazantes.

Al tropezar con las piedras que rodaban bajo sus pies desnudos, refunfuñaba: «¡Por una miseria…, una miseria…, hatajo de cerdos…, mira que dejar morir de hambre a un hombre…, a un carpintero…, hatajo de cerdos…, ni cuatro cuartos…, ni cuatro cuartos…, y ahora se pone a llover…, hatajo de cerdos!…».

Se indignaba por lo injusto de su sino y la emprendía con los hombres, con todos los hombres, porque la naturaleza, la gran madre ciega, es inicua, feroz y pérfida.

Repetía con los dientes apretados: «Hatajo de cerdos» mientras miraba el delgado hilo de humo gris que salía de los tejados, a esa hora de la cena. Y, sin pensar en esa otra injusticia, ésta humana, llamada violencia y hurto, ganas le daban de entrar en una de esas casas, matar a sus habitantes y sentarse a la mesa en su lugar.

Decía: «¡Ahora no tengo derecho a vivir…, pues dejan que me muera de hambre… y yo no pido más que trabajar…, hatajo de cerdos!». Y el dolor de sus miembros, el dolor de estómago, el dolor de su alma se le subían a la cabeza como una borrachera peligrosa y engendraban en su mente esta simple idea: «Tengo derecho a vivir, puesto que respiro y el aire es de todos. ¡No tienen derecho, por tanto, a dejarme sin pan!».

Caía una lluvia fina, recia, helada. Se detuvo y murmuró: «Pobre de mí…, aún me queda un mes de camino antes de llegar a mi casa…». Regresaba, en efecto, ahora a su hogar, tras comprender que le sería más fácil encontrar una ocupación en su ciudad natal, donde le conocían, haciendo cualquier cosa, que en las carreteras generales donde todo el mundo sospechaba de él.

Si no podía hacer de carpintero, haría de peón, de amasador, de terraplenador, de picapedrero. Aunque no ganara más que veinte sueldos diarios, siempre tendría para comer.

Se anudó en torno al cuello lo que le quedaba del último pañuelo, a fin de impedir que el agua le resbalara por la espalda y el pecho. Pero no tardó en sentir que calaba ya la fina tela de sus ropas y echó una mirada de angustia a su alrededor, de ser perdido que ya no sabe dónde guarecer su cuerpo, dónde reposar su cabeza, que no tiene un amparo en el mundo.

Caía la noche, cubriendo los campos de sombra. A lo lejos, en un prado, vio una mancha oscura en la hierba, era una vaca. Salvó la cuneta del camino y se dirigió hacia ella, sin saber muy bien lo que hacía.

Cuando estuvo cerca, y ella levantó la testuz hacia él, pensó: «Si al menos tuviera un cuenco, podría beber un poco de leche».

Miraba a la vaca; y la vaca le miraba a él. De golpe le soltó un puntapié en el costado:

—¡De pie! —dijo.

La bestia se enderezó lentamente, dejando pender debajo de ella su pesada ubre; entonces el hombre se tumbó de espaldas, entre las patas del animal, y bebió largamente, apretando con ambas manos la ubre henchida, cálida y olorosa a establo. Bebió hasta que ya no quedó leche en esa fuente viva.

Pero la lluvia helada arreciaba, y la llanura entera era una extensión sin refugio alguno. Tenía frío; y miraba una luz que brillaba entre los árboles, en la ventana de una casa.

La vaca se había vuelto a echar pesadamente. Él se sentó a su lado, acariciándole la cabeza, agradecido por haberle alimentado. El profuso y fuerte aliento de la bestia, saliendo de sus ollares como dos chorros de vapor en el aire del atardecer, rozaba la cara del obrero, que empezó a decir:

—Tú no tienes frío por dentro.

Ahora le pasaba las manos por el pecho, por las patas, en busca de calor. Entonces se le ocurrió tumbarse y pasar la noche al arrimo de aquella panza tibia. Trató de acomodarse y reposó la cabeza justo sobre la imponente ubre que poco antes le había dado de beber. Muerto de cansancio como estaba, se durmió de inmediato.

Pero se despertó varias veces, con la espalda o el vientre helados, según que pegara la una o el otro contra el costado del animal; entonces se daba la vuelta para calentarse de nuevo y secar la parte de su cuerpo que había quedado expuesta al aire de la noche; y no tardaba en volver a dormirse con un sueño pesado.

El canto de un gallo le puso en pie. Era casi el alba, ya no llovía, el cielo estaba despejado.

La vaca reposaba con el morro en tierra. Él se agachó, apoyándose en sus manos para besar ese gran hocico de carne húmeda y dijo:

—Adiós, hermosa…, hasta la próxima…, eres un animal bueno… Adiós…

Se puso los zapatos y se fue.

Caminó recto durante dos horas, siguiendo en todo momento el mismo camino; luego le dominó un cansancio tan intenso que se sentó en la hierba.

Se había hecho de día; repicaban las campanas de las iglesias, hombres en blusón azul, mujeres con gorritos blancos, a pie o montadas en carretas, comenzaban a transitar los caminos, yendo a los pueblos vecinos a festejar el domingo en casa de amigos o parientes.

Apareció un campesino gordo, acicateando delante de él a una veintena de corderos inquietos y baladores que un perro veloz mantenía agrupados en rebaño.

Randel se levantó y saludó:

—¿No tendría usted trabajo para un obrero que se muere de hambre? —preguntó.

El otro respondió lanzando al vagabundo una mirada malvada:

—Yo no tengo trabajo para la gente que encuentro por los caminos.

Y el carpintero volvió a sentarse en la cuneta.

Esperó largo rato, mientras miraba desfilar delante de él a los campesinos, y tratando de encontrar un rostro bondadoso, un rostro compasivo para volver a hacer su petición.

Eligió a una especie de burgués enlevitado, con la panza adornada con una cadena de oro.

—Busco trabajo desde hace dos meses —dijo—. No encuentro nada; y no tengo ya un céntimo en el bolsillo.

El señorón replicó:

—Hubiera tenido que leer usted el aviso que hay colgado a la entrada del pueblo. La mendicidad está prohibida en este término municipal. Sepa que yo soy el alcalde, y, si no se larga pronto de aquí, haré que le encierren.

Randel, a quien ganaba la cólera, murmuró:

—Hágame encarcelar si usted quiere, lo preferiría a esto, al menos así no me moriría de hambre.

Y volvió a sentarse en la cuneta.

Al cabo de un cuarto de hora, en efecto, aparecieron dos gendarmes en la carretera. Caminaban despacio, lado a lado, bien a la vista, relucientes al sol con sus sombreros acharolados, sus correajes amarillos y sus botones metálicos, como si quisieran espantar a los maleantes y ponerles en fuga de lejos, de muy lejos.

El carpintero comprendió enseguida que venían a por él; pero no se movió, presa de repente de unas sordas ganas de enfrentarse a ellos, de que le prendieran y de vengarse después.

Se acercaban sin dar la impresión de haber reparado en su presencia, andando con su paso militar, pesado y balanceado como los andares de las ocas. Pero de pronto, al pasar por delante de él, fingieron descubrirle, se detuvieron y se pusieron a mirarle de arriba abajo con mirada amenazadora y furiosa.

Y el cabo se adelantó preguntando:

—¿Qué hace usted aquí?

El hombre repuso tan tranquilo:

—Descanso.

—¿De dónde viene?

—Si tuviera que decir todos los pueblos por los que he pasado, no tendría bastante con una hora.

—¿Adónde va?

—A Ville-Avaray.

—¿Dónde está eso?

—En la Manche.

—¿Es su pueblo?

—Sí, lo es.

—¿Por qué se fue?

—Para buscar trabajo.

El cabo se volvió hacia el gendarme y, con el tono rabioso de la persona irritada por el consabido truco, dijo:

—Todos los tipos como él dicen lo mismo. Pero ya me los conozco.

Luego prosiguió:

—¿Tiene la documentación?

—Sí, por supuesto.

—Enséñemela.

Randel se sacó del bolsillo sus documentos, sus certificados, unos pobres papeles manoseados y sucios que se deshacían en pedazos, y se los alargó al agente.

El otro los hojeó deletreando y, tras haber visto que estaban en orden, se los devolvió con el aire descontento de quien se ha visto burlado por alguien más listo que él.

Tras haber reflexionado durante unos instantes, volvió a preguntar:

—¿Tiene dinero?

—No.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Ni un céntimo?

—Ni un céntimo.

—¿Cómo se las apaña para sobrevivir?

—Vivo con lo que me dan.

—Entonces, ¿pide limosna?

Randel respondió con decisión:

—Sí, cuando puedo.

Pero el gendarme declaró:

—Le he cogido en flagrante delito de vagabundaje y de mendicidad, sin recursos y sin profesión, por el camino, y le ordeno que me siga.

—Como usted quiera —dijo.

Y, colocándose entre los dos agentes antes incluso de recibir la orden, añadió:

—Vamos, métanme en chirona. Al menos así tendré un techo bajo el que guarecerme cuando llueva.

Y se encaminaron hacia el pueblo, cuyos tejados se veían a través de los árboles desnudos, a un kilómetro aproximadamente.

Era la hora de misa cuando cruzaron el pueblo. La plaza estaba llena de gente y no tardó en formarse dos filas para ver pasar al malhechor, a quien seguía una cuadrilla de niños excitados. Campesinos y campesinas miraban a aquel detenido, entre dos gendarmes, con los ojos encendidos de odio, y ganas de tirarle piedras, de arrancarle la piel con sus uñas, de aplastarle bajo sus pies. Se preguntaban si había robado y si había matado. El carnicero, antiguo spahi, afirmó: «Es un desertor». El estanquero le reconoció como la persona que, esa misma mañana, le había endilgado una moneda falsa de cincuenta céntimos y el ferretero vio en él sin ningún tipo de dudas al inencontrable asesino de la viuda Malet, que la policía andaba buscando desde hacía seis meses.

En la sala de juntas del Ayuntamiento, donde sus guardianes le hicieron entrar, Randel se encontró de nuevo con el alcalde, sentado delante de la mesa de deliberaciones y flanqueado por el maestro.

—¡Ajá, ajá! —exclamó el magistrado—, usted de nuevo, jovenzuelo. Ya le dije que le metería en chirona. Vamos a ver, cabo, ¿de qué se trata?

El cabo respondió:

—Un vagabundo sin casa ni hogar, señor alcalde, sin recursos ni dinero encima, por lo que afirma, detenido en estado de mendicidad y de vagabundaje, provisto de unos certificados válidos y de papeles en regla.

—Enséñeme esos papeles —dijo el alcalde. Los cogió, los leyó, los releyó, se los devolvió y luego ordenó—: Regístrenle.

Registraron a Randel; no le encontraron nada.

El alcalde parecía perplejo. Preguntó al obrero:

—¿Qué hacía usted, esta mañana, por la carretera?

—Buscaba trabajo.

—¿Trabajo?… ¿En la carretera general?

—¿Cómo quiere que lo encuentre? ¿Escondido en los bosques?

Se miraron los dos con un odio de bestias pertenecientes a razas enemigas. El magistrado prosiguió:

—Voy a dejarle en libertad, pero ¡que no le vuelva a coger!

El carpintero respondió:

—Preferiría que me detuviera. Ya estoy harto de recorrer caminos.

El alcalde adoptó un aire severo:

—Cállese.

Luego ordenó a los gendarmes:

—Conduzcan a este hombre a doscientos metros fuera del pueblo, y déjenle que siga su camino.

El obrero dijo:

—Mande que me den al menos de comer.

El otro se indignó:

—¡Sólo faltaría que tuviéramos que alimentarle! ¡Ja, ja, ja! ¡Esto ya pasa de castaño oscuro!

Pero Randel prosiguió con firmeza:

—Si deja que continúe muriéndome de hambre, me obligará a cometer una fechoría. Será peor para ustedes, la gente pudiente.

El alcalde se había levantado y repitió:

—Llévenselo cuanto antes, porque acabaré por cabrearme.

Los dos gendarmes cogieron, pues, al carpintero de los brazos y se lo llevaron. Él no opuso resistencia, volvió a cruzar el pueblo, se encontró nuevamente en la carretera; y tras haberle conducido los dos hombres a doscientos metros del mojón kilométrico, el cabo declaró:

—Vamos, largo de aquí y que no vuelva a verle por estos lugares, pues tendrá noticias mías.

Y Randel se puso en camino sin responder nada y sin saber adónde se dirigía. Siguió camino adelante un cuarto de hora o veinte minutos, tan anonadado que no pensaba ya en nada.

Pero de pronto, al pasar por delante de una casita que tenía la ventana entreabierta, un olor a puchero penetró en su pecho y le hizo detenerse en seco delante de la vivienda.

Y, enseguida, el hambre, un hambre canina, devoradora, enloquecedora, le hizo sublevarse y estuvo a punto de lanzarse como un bruto contra las paredes de aquella casa.

Dijo, en voz alta, con tono amenazante:

—¡Por Dios, esta vez tienen que darme un poco de comida! —Y se puso a llamar con grandes bastonazos en la puerta. Nadie respondió; llamó más fuerte, vociferando—: ¡Eh, eh, los de ahí dentro! ¡Abran!

No hubo ningún movimiento en el interior; entonces, acercándose a la ventana, la empujó con la mano y el aire cerrado de la cocina, el aire tibio, oloroso a caldo caliente, a carne cocida y a col escapó hacia el aire frío del exterior.

El carpintero se plantó de un salto dentro de la estancia. Estaba la mesa puesta con dos cubiertos. Los propietarios, que habían ido sin duda a misa, habían dejado la comida en el fuego, el buen cocido de los domingos, con la sopa de puchero de verduras.

Un pan recién sacado del horno esperaba en la chimenea, entre dos botellas que parecían llenas.

Randel se lanzó primero sobre el pan, lo rompió con tanta fuerza como si hubiera estrangulado a un hombre, luego empezó a comérselo con voracidad, a grandes bocados que engullía rápido. Pero el olor de la carne le atrajo casi enseguida hacia la chimenea, y, tras haber destapado la olla, introdujo dentro un tenedor y sacó un gran pedazo de buey bridado. Luego cogió también unas coles, zanahorias, cebollas, hasta que estuvo su plato lleno y, tras haberlo puesto sobre la mesa, se sentó delante de él, trinchó la carne en cuatro partes y comió como si hubiera estado en su casa. Una vez que hubo devorado el trozo casi entero, más una buena cantidad de verdura, se sintió sediento y fue a por una de las botellas que había en la repisa de la chimenea.

Apenas vio el líquido en su vaso, reconoció que era aguardiente. Mejor, así le haría entrar en calor, le encendería la sangre, lo que no le vendría mal, tras el mucho frío que había pasado; y bebió.

Lo encontró, efectivamente, bueno, pues había perdido la costumbre; llenó de nuevo su vaso, que se mandó al coleto de un par de tragos. Y, casi enseguida, se sintió alegre, regocijado por el alcohol como si una gran felicidad hubiera descendido a su estómago.

Siguió comiendo, pero menos deprisa, masticando despacio y mojando su pan en el caldo. Toda la piel de su cuerpo abrasaba y sobre todo la frente, en la que le pulsaba la sangre.

Pero, de repente, sonó una campana a lo lejos. Indicaba el final de misa; y más un instinto que un temor, el instinto de la prudencia que guía y vuelve perspicaces a todos los seres en peligro, hizo enderezarse al carpintero, que se metió en un bolsillo el resto del pan y en el otro la botella de aguardiente y se dirigió, sigilosamente, hacia la ventana y miró a la carretera.

Ésta estaba todavía completamente desierta. Saltó y echó a andar; pero, en vez de seguir la carretera general, huyó a campo traviesa hacia un bosque que divisó.

Se sentía vivo, fuerte, alegre, contento de lo que había hecho y tan ágil que saltaba los vallados de los campos, a pie juntillas, de un solo brinco.

Una vez que se encontró bajo los árboles, se sacó de nuevo la botella del bolsillo, y se puso a beber, a lingotazos, mientras caminaba. Entonces se le confundieron las ideas, sus ojos se volvieron turbios, sus piernas elásticas como resortes.

Cantaba la vieja tonadilla popular:

Ah! qu’il fait donc bon

qu’il fait donc bon

cueillir la fraise.1

Ahora caminaba sobre un musgo espeso, húmedo y fresco, y aquella alfombra suave bajo sus pies despertó en él unas ganas locas de pegar una cabriola, como un niño.

Tomó impulso, dio una voltereta, volvió a levantarse, y empezó de nuevo. Y, entre una pirueta y otra, se ponía a cantar:

Ah! qu’il fait donc bon

qu’il fait donc bon

cueillir la fraise.

De repente se encontró al borde de un camino encajonado y divisó, al fondo, a una muchacha alta, una sirvienta que regresaba al pueblo, llevando en las manos dos cubos de leche, separados del cuerpo por un aro de barrica.

La acechaba, agachado, con los ojos encendidos como los de un perro que ve una codorniz.

Ella le descubrió, levantó la cabeza, se echó a reír y exclamó:

—¿Es usted quien cantaba así?

Él no respondió y saltó a la hondonada, aunque el ribazo fuera de seis pies de alto por lo menos.

Ella dijo, al verle de repente de pie delante de ella:

—¡Dios santo, me ha dado usted miedo!

Pero él no la oía, pues estaba borracho, enloquecido, trastornado por otra rabia más devoradora que el hambre, febril por el alcohol, por la irresistible furia de un hombre falto de todo, desde hacía dos meses, y que está ebrio, y es joven, ardiente, encendido por todos los apetitos que la naturaleza despierta en la carne vigorosa de los varones.

La muchacha retrocedía delante de él, aterrada por su expresión, por sus ojos, por su boca entreabierta, por sus manos extendidas.

La cogió por los hombros, y, sin decir palabra, la tumbó boca arriba en el camino.

Ella dejó caer sus cubos que rodaron con gran ruido derramándose la leche que contenían, a continuación se puso a dar alaridos y, comprendiendo que no le serviría de nada clamar en aquel desierto, y viendo ahora claramente que no quería quitarle la vida, cedió, sin oponer demasiada resistencia, no muy molesta, pues era un joven robusto y no demasiado brutal.

Cuando se hubo levantado, la idea de sus cubos derramados la hizo montar de repente en cólera y, quitándose un zueco de un pie, se arrojó a su vez sobre el hombre para romperle la cabeza si no le pagaba la leche.

Pero él, malinterpretando aquel violento ataque, un poco desembriagado ya, enloquecido y espantado por lo que había hecho, escapó a todo correr mientras ella le lanzaba piedras, algunas de las cuales le alcanzaron en la espalda.

Corrió largo rato, y luego se sintió cansado como no lo había estado nunca. Le flaqueaban tanto las piernas que ya no le sostenían; tenía una gran confusión mental, no recordaba ya nada, ni conseguía pensar en nada.

Se sentó al pie de un árbol.

Al cabo de cinco minutos dormía.

Le despertó un gran golpe y, al abrir los ojos, vio dos tricornios acharolados inclinados sobre él y a los dos gendarmes de la mañana que le maniataban.

—Estaba seguro de que te cogería de nuevo —dijo el cabo con tono burlón.

Randel se levantó sin decir palabra. Los dos lo zarandeaban, dispuestos a maltratarlo al mínimo gesto, porque ahora era su presa, se había convertido en carne de prisión, apresado por los cazadores de criminales que ya no lo soltarían.

—¡En marcha! —ordenó el cabo.

Partieron. Caía la noche, extendiendo sobre la tierra un crepúsculo de otoño, pesado y siniestro.

Al cabo de media hora, llegaron al pueblo.

Todas las puertas estaban abiertas, pues la gente estaba al corriente de los acontecimientos. Campesinos y campesinas sublevados de ira, como si cada uno de ellos hubiera sido robado, como si cada una de ellas hubiera sido violada, querían ver entrar en el pueblo al miserable para soltarle sus insultos.

Se produjo un griterío que comenzó en la primera casa para terminar en el Ayuntamiento, donde el alcalde también esperaba, vengado él mismo de aquel vagabundo.

En cuanto le vio, exclamó de lejos:

—¡Ah, pájaro! Ya te tenemos.

Y se frotaba las manos, contento como lo estaba pocas veces.

Prosiguió:

—Ya lo dije yo, ya lo dije yo, apenas lo vi en la carretera.

Luego, con redoblada alegría, agregó:

—¡Ah, granuja, granuja asqueroso, nadie te va a quitar veinte años a la sombra!

 

LA SEÑORA HERMET*

 

Los locos me atraen. Son personas que viven en un mundo misterioso de sueños extraños, en esa nube impenetrable de la demencia donde todo lo que han visto sobre la tierra, todo lo que han amado, todo lo que han hecho vuelve a empezar para ellos en una existencia imaginada al margen de todas las leyes que gobiernan las cosas y rigen el pensamiento humano.

Para ellos lo imposible ya no existe, lo inverosímil desaparece, lo mágico se convierte en constante y lo sobrenatural, en familiar. Esa vieja barrera, la lógica, esa vieja muralla, la razón, ese viejo baluarte de las ideas, el buen sentido, se rompen, se derrumban, se vienen abajo ante su imaginación dejada en libertad, escapada al país ilimitado de la fantasía, y que avanza a saltos de gigante sin que nadie la pare. Para ellos todo sucede y todo puede suceder. No se esfuerzan en absoluto en superar los acontecimientos, en vencer las resistencias, en derribar los obstáculos. ¡Basta con un capricho de su voluntad que los ilusiona para que sean príncipes, emperadores o dioses, para que posean todas las riquezas del mundo, todas las delicias de la vida, disfruten de todos los placeres, para que sean siempre fuertes, siempre hermosos, siempre jóvenes, siempre amados! Sólo ellos pueden ser felices en la tierra, puesto que la Realidad ya no existe para ellos. Me gusta asomarme a su mente errática, como se asoma uno a un abismo sin fondo en el que bulle un torrente desconocido, que no se sabe de dónde viene ni adónde va.

Pero de nada sirve asomarse a estas simas, porque nunca se conseguirá saber de dónde viene esa agua ni adónde va. A fin de cuentas, es un agua semejante a la que corre a la luz del día y verla no nos diría gran cosa.

De nada sirve tampoco asomarse al espíritu de los locos, pues sus ideas más extravagantes no son, en suma, sino ideas ya conocidas, extrañas únicamente por no estar ya eslabonadas por la Razón. Su fuente caprichosa nos sorprende y nos confunde porque no la vemos brotar. Pero, ha bastado, sin duda, con una simple piedrecilla caída en su curso para producir todo ese rebullir.

Sin embargo, los locos siempre me han atraído, y siempre vuelvo a ellos, llamado a mi pesar por ese misterio banal de la demencia.

Así pues, un día en que visitaba uno de sus asilos, el médico que me acompañaba me dijo:

—Venga, voy a mostrarle un caso interesante.

E hizo abrir una celda en la que una mujer de unos cuarenta años, bella todavía, sentada en un gran sillón, se miraba persistentemente el rostro en un espejito de mano.

En cuanto nos vio, se levantó, corrió al fondo del cuarto a buscar un velo echado sobre una silla, se envolvió el rostro con gran cuidado, luego regresó, respondiendo con un cabeceo a nuestros saludos.

—Bien —dijo el doctor—, ¿cómo se encuentra esta mañana?

Ella dejó escapar un profundo suspiro:

—Oh, mal, muy mal, señor, las marcas aumentan cada día.

Él respondió con aire convencido:

—No, no, le aseguro que se equivoca.

Ella se acercó a él para murmurar:

—No. Estoy segura de ello. He contado diez hoyos más esta mañana, tres en la mejilla derecha, cuatro en la mejilla izquierda y tres en la frente. ¡Es espantoso, espantoso! ¡No tengo valor para dejar que me vea nadie, ni siquiera mi hijo, no, ni siquiera él! Estoy perdida, estoy desfigurada para siempre.

Se derrumbó sobre su sillón y rompió a sollozar.

El médico cogió una silla, se sentó a su lado y con dulce y consoladora voz dijo:

—Veamos, enséñemelo, le aseguro que no es nada. Con una pequeña cauterización haré que desaparezca todo.

Ella denegó con la cabeza, sin decir una palabra. Él quiso tocar su velo, pero ella lo aferró con tal fuerza con ambas manos que sus dedos lo atravesaron.

Él se puso a exhortarla de nuevo y a tranquilizarla.

—Vamos, sabe perfectamente que le quito todas las veces esos feos hoyos y que ya no se ven en absoluto cuando le aplico el tratamiento. Si no me los enseña, no podré curárselos.

Ella murmuró:

—A usted sí, pero a ese señor que le acompaña no lo conozco.

—También es médico, capaz de curarlos mejor que yo.

Entonces aceptó descubrir su rostro, pero el miedo, la turbación, la vergüenza de que la vieran la habían hecho sonrojarse hasta el cuello. Bajaba los ojos, volvía el rostro a derecha e izquierda para evitar nuestras miradas y balbuceaba:

—¡Oh! Sufro terriblemente dejando que me vean así. ¡Es horrible, la verdad, es horrible!

La observaba pasmado porque en su rostro no había nada, ni una marca, ni una mácula, ni una cicatriz.

Se volvió hacia mí, con los ojos gachos en todo momento y me dijo:

—Fue por cuidar a mi hijo, señor, por lo que contraje esta terrible enfermedad. Le salvé, pero yo estoy desfigurada. Sacrifiqué mi belleza a mi pobre hijo. A fin de cuentas, cumplí con mi deber y tengo la conciencia tranquila. Lo que yo sufro, sólo Dios lo sabe.

El doctor había sacado de su bolsillo un delgado pincel de acuarelista.

—Permítame —dijo—, voy a arreglarle todo esto.

Ella presentó su mejilla derecha y comenzó a tocarla con ligeros golpecitos, como si hubiera posado encima unos puntitos de color. Hizo otro tanto con la mejilla izquierda, luego con la barbilla y seguidamente con la frente; luego exclamó:

—¡Mire, ya no tiene nada, nada en absoluto!

Ella cogió el espejo, se contempló largo rato con profunda atención, una atención exhaustiva, con un esfuerzo mental intenso, para descubrir algo, luego suspiró:

—No. No se ve ya mucho. Se lo agradezco infinitamente.

El médico se había levantado. Se despidió, me hizo salir y luego me siguió; y, una vez cerrada la puerta, manifestó:

—Le contaré la historia atroz de esta pobre desgraciada.

*

Se llamaba señora Hermet. Había sido muy bella, muy coqueta, muy amada y muy feliz en su vida.

Era una de esas mujeres de mundo que tienen su belleza y su deseo de agradar como único sostén, como única guía o único consuelo en su existencia. La preocupación constante por su lozanía, los cuidados del rostro, de las manos, de los dientes, de todas las partes de su cuerpo que podía mostrar, ocupaban todas sus horas y su exclusiva atención.

Quedó viuda, con un hijo. El niño fue criado como todos los niños de mujeres de mundo muy admiradas. Ella lo quiso, sin embargo.

Él creció y ella envejeció. Si ella vio llegar la crisis fatal, no lo sé. ¿Se observó ella, como tantas otras, cada mañana durante horas y horas la piel antaño tan tersa, tan transparente y clara, que comenzaba a tener patas de gallo, a arrugarse con mil frunces imperceptibles aún, pero que se irían acentuando día tras día, mes tras mes? ¿Vio también agrandarse, sin cesar, de manera lenta pero segura las largas arrugas de la frente, esas delgadas sierpes a las que nada detiene? ¿Sufrió el tormento, el abominable tormento del espejo, del espejito de mango de plata que no se puede volver a dejar sobre la mesa, y que luego se rechaza con rabia para volver a cogerlo enseguida, para volver a ver, de cerca, de más cerca, la odiosa y tranquila devastación de la ya cercana vejez? ¿Se encerró diez, veinte veces al día, dejando sin motivo el salón donde charlan unos amigos, para volver a subir a su alcoba y, protegida por pestillos y cerraduras, mirar de nuevo la labor de destrucción de la carne madura que se marchita, para comprobar con desesperación el ligero avance del mal que, aunque nadie parece advertir aún, ella conoce perfectamente? Ella sabe dónde están las agresiones más serias, el deterioro más profundo de la edad. Y el espejo, el espejito redondo en su marco de plata cincelada, le dice cosas horribles, pues parece que hable, que ría, que se ría burlonamente y le anuncie todo cuanto está por llegar, todas sus miserias físicas, y el atroz suplicio de su pensamiento hasta el día de su muerte, que será el de su liberación.

¿Habrá llorado, espantada, arrodillada con la frente en tierra, y rezado, rezado, rezado a Aquel que mata así a sus criaturas, concediéndoles la juventud sólo para hacer más dura la vejez, concediéndoles la belleza para arrebatársela bien pronto? ¿Le habrá rezado, suplicado que haga por ella lo que no ha hecho nunca por nadie: dejarle hasta el último día la seducción, la lozanía, la gracia?

Sin duda sufrió estos tormentos. Pues, he aquí, en efecto, lo que sucedió.

Un día (contaba ella treinta y cinco años) su hijo, de quince, cayó enfermo.

Éste guardó cama sin que se pudiera determinar de entrada la causa y la naturaleza de su mal.

Un sacerdote, que era su preceptor, le velaba sin dejarle nunca, mientras la señora Hermet iba mañana y tarde a informarse sobre su estado.

Entraba por la mañana, en bata, sonriente, toda perfumada ya, y preguntaba desde la puerta:

«Eh, Georget, ¿estamos mejor?».

El adolescente, colorado, con el rostro hinchado y minado por la fiebre, respondía:

«Sí, querida mamá, un poco mejor».

Ella se quedaba unos instantes en la habitación, miraba los frascos de medicamentos haciendo «puaf» con la punta de los labios, para exclamar luego de repente: «¡Ah!, me olvidaba de una cosa muy urgente»; y se iba corriendo, dejando tras de sí unos finos olores de tocador.

Por la noche comparecía con trajes escotados, con más prisas aún, porque siempre llevaba retraso; y apenas si tenía tiempo de preguntar:

«¿Qué ha dicho el doctor?».

El sacerdote respondía:

«No ha hecho aún un diagnóstico».

Pero una tarde le respondió:

«Señora, el chico tiene la viruela».

Ella profirió un gran grito de miedo y se fue.

Cuando la doncella entró en su habitación al día siguiente, sintió primero en la habitación un fuerte olor a azúcar quemado, y encontró a su ama, con los ojos abiertos, el semblante pálido por el insomnio y temblando de angustia en la cama.

Una vez que fueron abiertas las contraventanas, la señora Hermet preguntó:

«¿Cómo está Georges?».

«¡Oh! No se encuentra nada bien hoy, señora.»

Ella no se levantó hasta mediodía, se comió dos huevos y se tomó una taza de té, como si ella misma estuviera enferma, luego salió y se informó en una botica acerca de los métodos que preservaban contra el contagio de la viruela.

No regresó hasta la hora de la cena, cargada de frascos, y se encerró enseguida en su habitación, donde se impregnó de desinfectantes.

El sacerdote esperaba en el comedor.

Tan pronto como lo vio, exclamó con un tono de voz lleno de emoción:

«¿Qué?».

«No está mejor. El doctor está muy preocupado.»

Rompió a llorar y, de tan agitada como estaba, no consiguió hacerse pasar bocado.

Al día siguiente, al amanecer, mandó a pedir noticias, que no fueron en absoluto mejores, y se pasó el día en su habitación, donde ardían unos braserillos que difundían fuertes olores.

Su criada afirmó, además, que se la oyó gemir durante toda la noche.

Pasó toda una semana así sin que ella hiciera otra cosa que salir una hora o dos para tomar el aire, a media tarde.

Ahora pedía noticias cada hora, y sollozaba cuando éstas eran peores. El undécimo día por la mañana, el sacerdote, tras hacerse anunciar, entró en su habitación con el rostro serio y pálido, y le dijo, rehusando el asiento que ella le ofrecía:

«Señora, su hijo está muy mal y desea verla».

Ella se arrodilló exclamando:

«¡Ah, Dios mío! ¡Dios mío! ¡No me atreveré nunca! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Socórreme!».

El sacerdote prosiguió:

«¡El médico tiene pocas esperanzas, señora, y Georges la espera!».

Luego salió.

Dos horas después, como el joven, sintiéndose morir, reclamaba de nuevo la presencia de su madre, el sacerdote regresó a su habitación y la encontró todavía de rodillas, llorando y repitiendo:

«No puedo…, no puedo… Tengo demasiado miedo…, no puedo».

Él trató de hacerla decidirse, de infundirle fuerzas, de llevársela. Pero lo único que consiguió fue provocarle una crisis de nervios que duró largo rato y le hizo dar alaridos.

Tras haber vuelto el médico por la noche, fue informado de esta cobardía, y declaró que la llevaría hasta él de buen grado o a la fuerza.

Pero, tras haberlo intentado con todo tipo de argumentos, cuando la levantaba por la cintura para llevarla al lado de su hijo, ella se agarró a la puerta, aferrándose a ella con tal fuerza que no pudieron sacarla de la habitación.

Luego, cuando la dejaron, se prosternó a los pies del médico, pidiendo perdón, acusándose de ser una miserable. Y exclamaba: «¡Oh! No se morirá, dígame que no se morirá, se lo ruego, dígale que le quiero, que le adoro…».

El joven agonizaba. Al verse en las últimas, suplicó que hicieran decidirse a su madre para que viniera a decirle adiós.

Con esa especie de presentimiento que tienen a veces los moribundos, él lo había comprendido todo, intuido todo y decía: «Si ella no se atreve a entrar, ruéguenle tan sólo que venga por el balcón hasta mi ventana para que yo la vea al menos, para que pueda decirle adiós con una mirada, puesto que no puedo besarla».

El médico y el sacerdote volvieron de nuevo a donde estaba la mujer: «No corre usted riesgo alguno —afirmaban—, pues habrá un cristal entre él y usted».

Ella aceptó, se cubrió la cara, tomó un frasco de sales, dio tres pasos por el balcón, luego de repente, llevándose las manos al rostro, gimió: «No…, no…, no me atreveré nunca a verle…, nunca…, siento demasiada vergüenza…, tengo demasiado miedo…, no, no puedo».

Quisieron arrastrarla, pero ella se sujetaba con ambas manos a los barrotes y soltaba tales lamentos que los viandantes, en la calle, levantaban la cabeza.

Y el moribundo esperaba, con los ojos vueltos hacia esa ventana, esperaba, para morir, a haber visto por última vez el rostro dulce y querido, el rostro sagrado de su madre.

Esperó largo rato, y se hizo de noche. Entonces se volvió hacia la pared y no pronunció ya una palabra.

Cuando se hizo de día, había muerto.

Al día siguiente, ella enloqueció.

 

LA PUERTA*

 

—¡Ah! —exclamó Karl Massouligny—, ¡esta de los maridos complacientes es un asunto peliagudo! Sí, los he conocido de todo pelaje, pero no sabría emitir un juicio sobre ninguno de ellos. A menudo he tratado de determinar si son ciegos, perspicaces o débiles. Creo que los hay de estas tres categorías.

Pasemos por alto a los ciegos. No puede decirse, en puridad, que sean complacientes, ya que no lo saben, sino más bien bonachones que nunca ven más allá de sus narices. Por otra parte, es curioso e interesante observar con qué facilidad los hombres, todos los hombres, y también las mujeres, todas las mujeres, se dejan engañar. Caemos en la trampa de las menores astucias de quienes tenemos a nuestro alrededor: hijos, amigos, criados, proveedores. La humanidad es crédula; y nosotros, para sospechar, descubrir y desbaratar las artimañas ajenas, no recurrimos ni a la décima parte de la agudeza que empleamos cuando a nuestra vez queremos engañar a alguien.

Los maridos perspicaces son de tres tipos. Los que tienen interés, por razones de dinero, de ambición o por cualquier otro motivo, en que su mujer tenga uno o más amantes. Sólo piden que se respeten, más o menos, las apariencias, y en lo demás están satisfechos.

Los que montan en cólera. Sobre éstos podría escribirse una bonita novela.

 

Y, por último, los débiles, los que temen un escándalo.

Están también los impotentes, o mejor dicho, los cansados, que evitan el lecho conyugal por temor a una ataxia o a una apoplejía, y se resignan a ver exponerse a este peligro a un amigo.

Por lo que a mí respecta, conocí a un marido de una raza rarísima, que se defendió de la común desgracia de modo ingenioso e insólito.

Había conocido yo en París a una pareja elegante, mundana, muy introducida. La mujer, una inquieta, alta, espigada, muy cortejada, se decía que había tenido sus aventuras. Me gustó por su ingenio y creo que yo también le gusté. Le hice la corte, una corte a la que ella correspondió con claras provocaciones. No tardamos en llegar a las miradas lánguidas, a los apretones de mano y a todas las pequeñas galanterías que preceden al gran ataque.

Sin embargo, yo dudaba. Estoy convencido de que la mayor parte de las relaciones mundanas, incluso las muy breves, no valen el esfuerzo que nos cuestan ni todas las molestias que pueden acarrearnos. Estaba sopesando mentalmente los atractivos y los inconvenientes que cabía esperar y temer, cuando me pareció advertir que el marido sospechaba de mí y me vigilaba.

Una noche, durante un baile, mientras susurraba dulces palabras a la joven en un saloncito contiguo a los grandes salones donde se bailaba, de repente descubrí en un espejo el reflejo de un rostro que nos espiaba. Era él. Nuestras miradas se cruzaron y acto seguido, en el mismo espejo, vi que volvía la cabeza y se iba.

Murmuré:

«Su marido nos espía».

Ella pareció asombrada.

«¿Mi marido?»

«Sí, nos está observando desde hace un tiempo.»

«Pero ¿qué dice? ¿Está seguro?»

«Segurísimo.»

«Es muy extraño. Normalmente es muy gentil con mis amigos.»

«¡Tal vez ha comprendido que la amo!»

«Pero ¿qué dice? No es usted el primero en hacerme la corte. Cualquier mujer que llame un poco la atención siempre tiene detrás a un rebaño de pretendientes.»

«Sí. Pero yo la amo apasionadamente.»

«Admitiendo que ello sea cierto, ¿cuándo adivina un marido estas cosas?»

«Entonces, ¿no es celoso?»

«No…, no…»

Ella reflexionó unos instantes y luego prosiguió:

«No… Nunca he advertido que fuera celoso».

«¿Nunca la ha… vigilado?»

«No, como le decía, es muy gentil con mis amigos.»

A partir de aquel día, hice una corte más habitual. No es que la mujer me gustara más, pero los probables celos del marido eran un excitante muy tentador.

En cuanto a ella, me puse a juzgarla con frialdad y lucidez. Poseía un cierto encanto mundano que le venía de un ingenio vivo, alegre, amable y superficial, pero ninguna seducción real y profunda. Era, como ya le he dicho, una inquieta, pura exterioridad, de una elegancia un tanto chillona. ¿Cómo explicároslo bien? Era…, era un decorado…, no una verdadera construcción.

Ahora bien, he aquí que un día que había cenado en su casa, su marido, en el momento de retirarme, me dijo:

«Amigo mío (me trataba de amigo desde hacía algún tiempo), saldremos pronto para el campo. Pues bien, es, para mi mujer y para mí, un gran placer recibir allí a la gente que apreciamos. ¿Aceptaría venir a pasar un mes con nosotros? Sería muy amable por su parte».

Yo me quedé estupefacto, pero acepté.

Así pues, un mes más tarde, llegué a su casa en sus posesiones de Vertcresson, en la Turena.

Me esperaban en la estación, a cinco kilómetros del castillo. Eran tres, ella, el marido y un señor desconocido, el conde de Morterade, a quien fui presentado. Éste parecía encantado de conocerme; y se me pasaron por la cabeza las ideas más peregrinas mientras avanzábamos a trote largo por un bonito camino encajonado, entre dos setos de vegetación. Me decía: «Veamos, ¿qué quiere decir esto? He aquí un marido que puede temer que su mujer y yo tengamos un romance, y me invita a su casa, me recibe como a un íntimo, con aire de decirme:“¡Vamos, vamos, amigo, tiene usted vía libre!”.

»Luego me presenta a un señor de lo más respetable, ya instalado en su casa, el cual… tal vez trataba de conseguir salir de ésta y parece no menos contento que el marido de mi llegada.

»¿Se trata acaso de un ex que quiere retirarse? Es lo que parece. ¿Y entonces qué? ¿Es posible que los dos hombres estén de acuerdo, tácitamente, unidos por uno de esos pactos infames tan frecuentes entre la gente del gran mundo? Y me proponen, sin decirme nada, formar parte de su sociedad, sucediéndoles. Me tienden las manos, me abren los brazos. Me abren todas las puertas y todos los corazones.

»¿Y ella? Un enigma. No debe ni puede ignorar nada de todo esto. Y sin embargo…, y sin embargo… ¡No entiendo nada!».

La cena fue muy alegre y cordial. Cuando nos levantamos de la mesa, el marido y su amigo se pusieron a jugar a las cartas mientras la señora y yo nos fuimos hasta la escalinata para contemplar el claro de luna. Ella parecía emocionadísima por la naturaleza y yo pensé que el momento de mi felicidad estaba muy cerca. Aquella noche me pareció verdaderamente seductora. El campo la había enternecido, o mejor dicho, puesto lánguida. Su esbelto talle resultaba hermoso en la escalinata de piedra, al lado del gran jarrón con una planta. Tenía ganas de llevarla bajo los árboles y echarme a sus pies murmurándole palabras de amor.

La voz del marido llamó:

«¿Louise?».

«Sí, querido.»

«Te olvidas del té.»

«Ya voy, querido.»

Volvimos adentro y ella sirvió el té. Los dos hombres, una vez terminada la partida de cartas, parecían visiblemente soñolientos. Era hora de subir a nuestras habitaciones. Me costó conciliar el sueño y dormí muy mal.

Al día siguiente, por la tarde, decidimos hacer una excursión, y partimos en coche descubierto para ir a visitar unas ruinas. En el coche, ella y yo nos sentamos en el asiento de atrás y teníamos a los otros dos enfrente, de espaldas al cochero.

Hablábamos animadamente, con simpatía, con confianza. Yo soy huérfano, y me parecía que acababa de encontrar a mi familia, pues me sentía con ellos como en mi casa.

De repente, tras estirar ella un pie entre las piernas de su marido, éste murmuró con aire de reproche:

«Louise, por favor, no use sus viejos zapatos. No hay razón para cuidarse más en París que en el campo».

Yo bajé la mirada. Ella llevaba, en efecto, unos viejos botines echados a perder y advertí que tenía las medias aflojadas.

Ella se había sonrojado y retirado su pie debajo de su falda. El amigo miraba a lo lejos con aire indiferente y ajeno a todo.

El marido me ofreció un cigarro que yo acepté. Durante varios días, me fue imposible quedarme a solas con ella ni dos minutos, tanto nos seguía él a todas partes. Se mostraba muy gentil conmigo, por otra parte.

Ahora bien, una mañana, en que había venido a buscarme para dar un paseo a pie antes de la comida, nos pusimos a hablar del matrimonio. Yo le dije algunas frases sobre la soledad y algunas otras sobre la vida en común, vuelta encantadora por el afecto de una mujer. Él me interrumpió bruscamente:

«Amigo mío, no hable de lo que no conoce. Una mujer que no tenga ya interés en amarle no tardará en dejar de hacerlo. Todas esas coqueterías que las hacen deliciosas cuando ellas no son nuestras para siempre, se acaban cuando se vuelven nuestras. Y además… las mujeres honestas, o sea las nuestras… son…, no son…, no tienen…, en fin, no conocen lo bastante su oficio de mujer. Sí… y sé lo que me digo».

No añadió nada más, y no conseguí comprender con claridad lo que quería decir.

Dos días después de esta conversación me llamó a su habitación, muy temprano, para enseñarme una colección de grabados.

Me senté en un sillón, delante de la gran puerta que separaba su habitación de la de su mujer, y oía andar, moverse detrás de la puerta, y no pensaba en absoluto en los grabados, pese a exclamar: «¡Oh, delicioso! ¡Estupendo! ¡Estupendo!».

De repente me dijo:

«¡Oh!, pero si aquí al lado tengo una maravilla. Voy a buscarla».

Se precipitó hacia la puerta y se abrieron las dos hojas de par en par como por un efecto teatral.

En una gran alcoba desordenada, entre faldas, cuellos de encaje, blusas que cubrían el suelo, una gran criatura enjuta, despeinada, con la parte inferior del cuerpo cubierta por una vieja falda de seda deslucida que ceñía sus flacos costados, se estaba peinando delante del espejo sus cabellos rubios, cortos y ralos.

Sus brazos formaban dos ángulos agudos; y, en el momento en que se dio la vuelta espantada, pude ver, debajo de una camisa de tela vulgar, un cementerio de costillas disimuladas en público por unos falsos pechos de algodón.

El marido profirió un grito muy espontáneo, volvió tras cerrar la puerta y, con aire desconsolado, dijo:

«¡Oh, Dios mío, qué estúpido soy! ¡Oh, realmente un idiota! ¡Es un error que mi mujer no me perdonará jamás!»

Yo tenía ganas de darle las gracias.

Partí tres días más tarde, tras haber estrechado enérgicamente las manos de los dos hombres y besado la de la mujer, que se despidió de mí fríamente.

*

Karl Massouligny se calló.

Le dijeron:

—Pero ¿y el amigo quién era?

—No lo sé… Pero…, pero no parecía muy contento de verme partir tan pronto…

 

EL HORLA*

 

8 de mayo. ¡Qué espléndido día! Me he pasado toda la mañana tumbado en la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la abriga y le da sombra por completo. Me gusta este lugar, y me gusta vivir en él porque aquí tengo mis raíces, esas raíces profundas y delicadas que vinculan a una persona a la tierra en que han nacido y muerto sus antepasados, que la vinculan a lo que allí se piensa y se come, tanto a las costumbres como a los alimentos, a los giros locales, a las inflexiones de los campesinos, a los olores de la tierra, de las ciudades y del mismo aire.

Me gusta mi casa donde yo crecí. Desde mis ventanas, veo correr el Sena a lo largo de mi jardín, detrás de la carretera, casi por dentro de casa, el Sena grande y anchuroso, que va de Ruán a Le Havre, cubierto de barcos que pasan.

A la izquierda, al fondo, Ruán, la vasta ciudad de tejados azules, bajo la multitud puntiaguda de campanarios góticos. Éstos son innumerables, anchos o estrechos, dominados por la aguja de hierro colado de la catedral, y llenos de campanas que suenan en el aire azul de las hermosas mañanas, haciendo llegar hasta mí su dulce y lejano tañido de hierro, su canto broncíneo que me trae la brisa, unas veces más fuerte y otras más debilitado, según que se desencadene o amaine.

¡Qué bonita mañana hacía!

Hacia las once, desfiló por delante de mi verja un largo tren de navíos, arrastrados por un remolcador, del tamaño de un bateau-mouche, que gruñía por el esfuerzo mientras vomitaba un denso humo.

Detrás de dos goletas inglesas, cuyo pabellón rojo ondeaba en el cielo, venía un magnífico buque de tres palos brasileño, todo blanco, admirablemente limpio y reluciente. Le hice un saludo, no sé por qué, de tanto como me gustó verlo.

12 de mayo. Desde hace unos días tengo unas décimas de fiebre; no me siento bien, o mejor dicho, me siento triste.

Pero ¿de dónde vienen estas influencias misteriosas que mudan nuestra felicidad en desaliento y nuestra confianza en desesperación? Se diría que el aire invisible está lleno de Potencias incognoscibles cuya misteriosa proximidad acusamos. Me despierto lleno de alegría, con ganas de cantar. ¿Por qué? Sigo el curso del agua; y de repente, tras un corto paseo, vuelvo afligido como si en casa me esperase una desgracia. ¿Por qué? ¿Acaso un escalofrío, al rozarme la piel, me ha alterado los nervios y entristecido el alma? ¿Acaso es la forma de las nubes, o el color de la luz, el color de las cosas, tan variable, que, al pasar a través de mis ojos, me ha turbado la mente? ¡Quién sabe! ¿Acaso todo cuanto nos rodea, todo cuanto vemos sin mirar, todo cuanto rozamos sin conocerlo, todo cuanto tocamos sin palparlo, todo cuanto encontramos sin distinguirlo, produce en nosotros, en nuestros órganos y en nuestras ideas, incluso en nuestro corazón, efectos inmediatos, sorprendentes e inexplicables?

¡Qué profundo el misterio de lo Invisible! No conseguimos verlo con nuestros pobres sentidos, con nuestros ojos que son incapaces de percibir lo demasiado pequeño, lo demasiado grande, lo demasiado próximo o lo demasiado lejano, los habitantes de una estrella, ni tampoco los de una gota de agua…, con nuestros oídos engañosos, pues nos transmiten las vibraciones del aire en notas sonoras. ¡Son como hadas que obran el milagro de trocar en ruido ese movimiento y mediante esta metamorfosis dan nacimiento a la música, que torna cantarina la muda agitación de la naturaleza…, con nuestro olfato, más débil que el del perro… con nuestro gusto, que apenas si puede discernir la edad de un vino!

¡Ah, si tuviéramos otros órganos que obrasen en nuestro favor otros milagros, cuántas cosas podríamos aún descubrir a nuestro alrededor!

16 de mayo. ¡Estoy sin duda enfermo! ¡Me sentía tan bien el mes pasado! ¡Tengo fiebre, una fiebre terrible, o mejor dicho, un enervamiento febril que aflige tanto mi alma como mi cuerpo! Tengo de forma permanente esa sensación espantosa de un peligro amenazador, esa percepción de una desgracia o de la muerte próximas, ese presentimiento que es sin duda efecto de un mal todavía desconocido, que germina en la sangre y en la carne.

18 de mayo. Acabo de ir a consultar a mi médico, pues no conseguía ya dormir. Me ha encontrado el pulso acelerado, las pupilas dilatadas, los nervios alterados, pero ningún síntoma preocupante. Tendré que tomar duchas y beber bromuro de potasio.

25 de mayo. ¡Ningún cambio! Mi estado es en verdad extraño. A medida que se acerca la noche, me invade una inquietud incomprensible, como si la noche escondiera para mí una amenaza terrible. Ceno deprisa, luego trato de leer; pero no comprendo las palabras; a duras penas si distingo las letras. Comienzo a pasear adelante y atrás por el salón, oprimido por un vago e invencible temor: el temor al sueño y a la cama.

Hacia las diez subo a mi cuarto. Apenas entrar, doy una doble vuelta de llave, y echo el pestillo; tengo miedo…, ¿de qué?… No temía nada hasta ahora…, abro mis armarios, miro debajo de la cama; escucho…, escucho…, ¿el qué?… ¿No es extraño que un simple malestar, quizá un trastorno circulatorio, la irritación de una fibra nerviosa, una ligera congestión, una mínima perturbación en el funcionamiento tan imperfecto y delicado de nuestro mecanismo vital, puedan transformar en melancólico al hombre más alegre, en cobarde al más valiente? Luego me meto en la cama y espero el sueño, como si esperase al verdugo. Lo espero y tiemblo por su llegada, me palpita el corazón y me tiemblan las piernas; y todo mi cuerpo se sobresalta entre el calor de las sábanas, hasta que de repente me caigo de sueño, como si cayera para ahogarme dentro de un pozo de agua estancada. No lo siento llegar, como antes, a ese pérfido sueño, oculto cerca de mí, que me espía, que va a cogerme de la cabeza, a cerrarme los ojos, a aniquilarme.

Duermo —bastante— dos o tres horas —luego sueño— no —una pesadilla me atenaza. Percibo perfectamente que estoy acostado y que duermo…, lo siento y lo sé…, y siento también que alguien se acerca a mí, me mira, me palpa, sube a mi cama, se arrodilla sobre mi pecho, me coge del cuello con sus manos y aprieta…, aprieta…, con todas sus fuerzas para estrangularme.

¡Me debato, presa de esa impotencia atroz que nos paraliza en los sueños; quiero gritar, pero no puedo; trato de moverme, pero no puedo; trato, con esfuerzos tremendos, jadeando, de darme la vuelta, de rechazar a ese ser que me aplasta y me ahoga, pero no puedo!

De golpe me despierto, aterrado, sudoroso. Enciendo una vela. No hay nadie.

Tras esta crisis, que se repite todas las noches, duermo por fin tranquilo hasta el amanecer.

2 de junio. He empeorado. ¿Qué tengo, pues? El bromuro no me hace nada, ni tampoco las duchas. Hace un rato, para cansarme un poco, aunque estoy ya agotado, me he ido a dar una vuelta por el bosque de Roumare. Al principio me ha parecido que el aire fresco, suave y ligero, oloroso a hierbas y a hojas, me devolvía una sangre nueva a las venas, nueva energía al corazón. He tomado por una gran pista de caza, luego he torcido hacia La Bouille, por un sendero entre dos ejércitos de árboles altísimos que formaban una techumbre verde, tupida, casi negra, entre el cielo y yo.

De repente me he sentido estremecer, no por el frío, sino por una extraña angustia.

He apretado el paso, turbado por hallarme solo en el bosque, atemorizado, sin motivo y neciamente, por esa profunda soledad. De pronto me ha parecido que alguien me seguía, que alguien me pisaba los talones, cerca, tan cerca de mí que hubiera podido tocarme.

Me he dado la vuelta bruscamente. No había nadie. Detrás de mí, no he visto más que la recta y ancha alameda, desierta, alta, temiblemente desierta; y del otro lado también se extendía hasta donde se perdía la vista, toda igual, aterradora.

He cerrado los ojos. ¿Por qué? Y he empezado a girar sobre un talón, muy rápido, como una peonza. A punto he estado de caer; he abierto de nuevo los ojos; los árboles bailaban, la tierra flotaba; he tenido que sentarme. Y luego, ¡ay!, ¡ya no sabía por dónde había venido! ¡Extraña idea! ¡Extraña! ¡Extraña idea! No había manera de saberlo. He tomado hacia el lado de la derecha, y he vuelto a la alameda que me había llevado al interior del bosque.

3 junio. La noche ha sido horrible. Voy a ausentarme por unas semanas. Un corto viaje, sin duda, hará que me restablezca.

2 de julio. De vuelta en casa. Estoy curado. He hecho, por otra parte, una excursión encantadora. He visitado el monte Saint-Michel, que no conocía.

¡Qué vista, cuando llega uno, como yo, a Avranches, hacia el final del día! La ciudad está sobre una colina; y me llevaron al parque público, al fondo del casco antiguo. Solté un grito de asombro. Delante de mí se extendía hasta donde se pierde la vista una inmensa bahía, entre dos amplias costas que se perdían a lo lejos entre las brumas; y en medio de esa inmensa bahía amarilla, bajo un cielo de oro y de luz, se alzaba, entre la arena, un extraño monte oscuro y puntiagudo. El sol acababa de ponerse, y en el horizonte llameante aún se dibujaba el perfil de esa roca fantástica rematada en su cima por un monumento fantástico.

Tan pronto como amaneció me fui hacia él. La mar estaba baja, como la noche antes, y veía alzarse delante de mí, a medida que me acercaba a ella, la sorprendente abadía. Tras varias horas de marcha, llegué al enorme bloque de piedras en que se asienta la pequeña ciudad dominada por su gran iglesia. Después de haber trepado la calle estrecha y muy empinada, entré en la más admirable morada gótica construida por Dios en la tierra, vasta como una ciudad, llena de salas bajas que parecen aplastadas por unas bóvedas y unas altas galerías que sostienen frágiles columnas. Entré en esa gigantesca joya de granito, ligera como un encaje, cubierta de torres, de esbeltos campaniles, por donde ascienden escaleras tortuosas, y que proyectan en el cielo azul del día, y en el cielo negro de la noche, sus extrañas cabezas erizadas de quimeras, de diablos, de animales fantásticos, de flores monstruosas, unidas entre sí por unos finos arcos labrados.

Cuando estuve en lo alto, le dije al fraile que me acompañaba: «Padre, ¡qué bien debe de encontrarse aquí!».

Él me respondió: «Hace mucho viento, señor»; y nos pusimos a charlar mientras mirábamos cómo subía la marea, que se deslizaba por la arena y la cubría de una coraza de acero.

Y el fraile me contó historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, siempre leyendas.

Una de ellas me causó gran impresión. Afirma la gente del pueblo, los montañeses, que de noche se oye hablar en el arenal y balar a dos cabras, una con un timbre sonoro, la otra con uno débil. Dicen los incrédulos que se trata de gritos de las aves marinas, semejantes unas veces a balidos, otras a quejidos humanos; pero los pescadores que regresan a hora tardía juran haber encontrado, vagando por las dunas, entre una y otra marea, en torno a la pequeña ciudad construida fuera del mundo, a un viejo pastor con la cabeza siempre cubierta por su capote, que lleva tras de sí un cabrito con rostro de hombre y una cabra con rostro de mujer, ambos de largos cabellos blancos, que hablan sin descanso, discutiendo en una lengua desconocida, y que de repente dejan de gritar para ponerse a balar con todas sus fuerzas.

Le pregunté al fraile: «¿Y usted se lo cree?».

Él murmuró: «No lo sé».

Yo proseguí: «Si de verdad existieran otros seres en la tierra, ¿cómo es posible que no los conozcamos desde hace mucho tiempo? ¿Es posible que no los hayamos visto ni usted ni yo?».

Respondió: «¿Acaso conseguimos ver la cienmilésima parte de lo que existe? Piense en el viento, la mayor fuerza de la naturaleza, que derriba a los hombres, abate los edificios, arranca de raíz los árboles, hace alzarse el mar en montañas de agua, destruye los acantilados, hace pedazos los barcos; el viento que mata, que silba, que gime, que ruge. ¿Acaso lo ha visto alguna vez?, ¿puede verlo? Y, sin embargo, existe».

Me callé ante aquel simple argumento. Aquel hombre era un sabio, o tal vez un necio. No habría sabido decirlo a ciencia cierta; pero me callé. Lo que él decía yo lo había pensado con frecuencia.

3 de julio. He dormido mal, debido sin duda a una especie de calentura, pues mi cochero sufre del mismo mal que yo. Al volver ayer a casa, observé su singular palidez. Le pregunté:

«¿Qué le pasa, Jean?»

«No puedo descansar, señor, mis noches vuelven mis días horribles. Desde que el señor se fue, ha sido como un maleficio».

Los otros criados están bien sin embargo, pero yo tengo un gran miedo de que vuelva a cogerme.

4 de julio. Decididamente, me ha cogido otra vez. Retornan las viejas pesadillas. Esta noche he sentido que alguien estaba echado sobre mí, y que, con su boca sobre la mía, me succionaba la vida entre los labios. Sí, me la succionaba en la garganta, como habría hecho una sanguijuela. Luego se ha levantado, ya saciado, y yo me he despertado tan postrado, hecho polvo, aniquilado, que ya no era capaz de moverme. Si esto dura unos pocos días más, me tendré que ir de nuevo.

5 de julio. ¿He perdido la razón? ¡Lo que ha pasado, lo que he visto la noche pasada es tan extraño, que desbarro cuando pienso en ello!

Como hago ahora cada noche, había cerrado mi puerta con llave; luego, como tenía sed, me tomé medio vaso de agua y observé por casualidad que mi botella estaba llena hasta el tapón de cristal.

A continuación me acosté y caí en unos de mis sueños espantosos, del que me sacó al cabo de unas dos horas una sacudida más tremenda aún.

Imaginaos a un hombre dormido que se ve asaltado en sueños y se despierta con un cuchillo clavado en los pulmones y que agoniza cubierto de sangre y no puede ya respirar, y va a morir, sin comprender nada. Ha sido algo así.

Tras haber recobrado la razón, sentí sed de nuevo; encendí una vela y me fui hacia la mesa donde tenía la botella. La levanté inclinándola sobre mi vaso; no salió nada. ¡Estaba vacía! ¡Totalmente vacía! ¡Al principio, no entendí nada; luego, de repente, sentí una emoción tan terrible que tuve que sentarme, o más bien, me derrumbé sobre una silla! ¡Luego me enderecé de un salto para mirar a mi alrededor! ¡A continuación me volví a sentar, loco de asombro y de miedo delante del cristal transparente! Lo contemplé con la mirada fija, tratando de adivinar. ¡Me temblaban las manos! ¡Se habían bebido el agua! ¿Quién? ¿Yo? ¡Yo, sin duda! ¡No podía ser otro que yo! Entonces, era un sonámbulo, vivía, sin saberlo, esa doble vida misteriosa que hace dudar de si no hay dos seres en nosotros, o si un ser extraño, incognoscible e invisible, anima, a veces, cuando nuestro espíritu está amodorrado, nuestro cuerpo prisionero que obedece a este otro igual que a nosotros, e incluso más.

¿Quién podrá comprender mi espantosa angustia? ¿Quién podrá comprender la emoción de una persona sana de mente, totalmente despierta, en pleno uso de su razón, que mira aterrorizada, a través del cristal de la botella, un poco de agua desaparecida mientras dormía? Me quedé así hasta el amanecer, sin tener el valor de volver a la cama.

6 de julio. Estoy enloqueciendo. Esta noche se han bebido de nuevo el agua de la botella, mejor dicho, me la he bebido.

¿Soy yo? ¿Yo? ¿O quién si no? ¡Dios mío! ¿Estoy enloqueciendo? ¿Quién me salvará?

10 de julio. Acabo de hacer unas pruebas sorprendentes.

¡Estoy decididamente loco! ¡Y sin embargo!…

El 6 de julio, antes de acostarme, puse sobre mi mesa vino, leche, agua, pan y unas fresas.

Se bebieron, me bebí, toda el agua y un poco de leche. No tocaron ni el vino, ni el pan, ni las fresas.

El 7 de julio repetí la misma prueba, que dio el mismo resultado.

El 8 de julio suprimí el agua y la leche. No tocaron nada.

El 9 de julio, finalmente, puse de nuevo únicamente sobre mi mesa agua y leche, procurando envolver las botellas con unas telas de muselina blanca y atar los tapones con un cordel. Luego me froté los labios, la barba, las manos con grafito y me acosté.

Me dominó el mismo sueño invencible, seguido al cabo de poco del mismo atroz despertar. Yo no me había movido; mis sábanas no mostraban mancha alguna. Me fui hacia la mesa. Las telas que encerraban las botellas habían permanecido inmaculadas. Desaté los nudos, palpitando de miedo. ¡Se habían bebido toda el agua! ¡Se habían bebido toda la leche! ¡Ah! ¡Dios mío!…

Partiré hoy mismo hacia París.

12 de julio. París. ¡Había perdido la cabeza en los últimos días! Me he convertido en el juguete de mi fantasía sobreexcitada, o bien seré realmente un sonámbulo, habré sido víctima de esos influjos verificados, pero inexplicables por el momento, llamados sugestiones. En cualquier caso, mi enloquecimiento estaba llegando a la demencia, y veinticuatro horas en París han bastado para devolverme la seguridad en mí mismo.

Ayer, después de ir de compras y de hacer unas visitas, que fueron como una bocanada de aire fresco y vivificador, acabé la velada en el Théâtre-Français. Representaban una obra de Alejandro Dumas hijo; y ese espíritu alerta y poderoso ha acabado de curarme. Ciertamente, la soledad es peligrosa para las inteligencias que trabajan. Necesitamos a nuestro alrededor hombres que piensen y que hablen. Cuando estamos solos largo tiempo, poblamos el vacío de fantasmas.

He vuelto muy alegre por los bulevares al hotel. Iba pensando, no sin ironía, al rozarme con la multitud, en mis terrores, en mis suposiciones de la semana pasada, pues llegué a creer, sí, llegué a creer que un ser invisible habitaba bajo mi tejado. ¡Qué débil es nuestra cabeza y cómo se asusta, no tarda en extraviarse, tan pronto como nos impresiona un hecho cualquiera incomprensible!

En vez de llegar a esta simple conclusión: «No comprendo por qué se me escapa la causa», enseguida nos imaginamos unos misterios espantosos y unas potencias sobrenaturales.

14 de julio. Fiesta de la República. Me he paseado por las calles. Los petardos y las banderas me divirtieron como a un niño. Sin embargo, es una gran necedad gozar a fecha fija, por decreto del Gobierno. El pueblo es un rebaño imbécil, unas veces estúpidamente paciente y otras ferozmente rebelde. Se le dice: «Diviértete». Y él se divierte. Se le dice: «Vota por el Emperador». Y vota por el Emperador. Luego se le dice: «Vota por la República». Y vota por la República.

Y no menos necios son quienes lo dirigen; pero en vez de obedecer a unos hombres, lo hacen a unos principios, los cuales no pueden ser sino estúpidos, estériles y falsos, por el hecho mismo de ser principios, es decir, ideas reputadas como ciertas e inmutables, en este mundo en que no se está seguro de nada, pues la luz es una ilusión, así como también el ruido.

16 de julio. Ayer vi cosas que me perturbaron mucho.

Cené en casa de una prima mía, la señora Sablé, cuyo marido está al mando del 76.º de Cazadores en Limoges. Me encontraba yo en su casa con unas jóvenes, una de las cuales está casada con un médico, el doctor Parent, especializado en enfermedades nerviosas y que se interesa por las manifestaciones extraordinarias a las que dan lugar actualmente las experiencias sobre la hipnosis y la sugestión.

Durante un buen rato nos estuvo contando los prodigiosos resultados obtenidos por unos sabios ingleses y por los médicos de la escuela de Nancy.1

Se refirió a unos hechos que me parecieron tan extraños que le confesé mi absoluta incredulidad.

«Estamos —afirmaba— a punto de descubrir uno de los más importantes secretos de la naturaleza, quiero decir, uno de sus secretos más importantes en esta tierra, porque ciertamente habrá otros igual de importantes en los cielos, en las estrellas. Desde que el hombre piensa, desde que consigue expresar y escribir su pensamiento, se siente rozar por un misterio que sus groseros e imperfectos sentidos no consiguen penetrar, por lo que trata de suplir la impotencia de sus órganos mediante los esfuerzos de su inteligencia. Cuando esta inteligencia permanecía aún en estado rudimentario, la obsesión por los fenómenos invisibles adquirió formas estúpidamente espantosas. Ellas dieron origen a las creencias populares en lo sobrenatural, a las leyendas de los espíritus que merodean en torno a nosotros, de las hadas, de los gnomos, de los fantasmas y también a la leyenda de Dios, porque nuestra concepción del Sumo Hacedor, provenga de la religión que provenga, es la invención más mediocre, más estúpida e inadmisible nacida del cerebro asustado de los seres humanos. No hay nada más cierto que esta frase de Voltaire: “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero el hombre le ha pagado con la misma moneda”.

»Y he aquí que, desde hace poco más de un siglo, parece que se presenta el acontecimiento de algo nuevo. Mesmer y algunos otros nos han situado en un camino impredecible y, sobre todo desde hace cuatro o cinco años, hemos logrado unos resultados extraordinarios».

Mi prima, también ella muy incrédula, se sonreía. El doctor Parent le dijo: «¿Quiere que trate de dormirla, señora?».

«Sí, no tengo inconveniente.»

Ella se sentó en un sillón y él se puso a mirarla fijamente fascinándola. Yo me sentí de repente un tanto turbado, con el corazón palpitándome y un nudo en la garganta. Veía entornarse los ojos de la señora Sablé, crisparse su boca y jadear su pecho.

Al cabo de diez minutos, estaba dormida.

«Póngase detrás de ella», dijo el médico.

Y yo me senté detrás de ella. Le puso en las manos una tarjeta de visita diciéndole: «Esto es un espejo; ¿qué ve en él?».

Ella respondió:

«Veo a mi primo».

«¿Qué está haciendo?»

«Retorcerse el bigote.»

«¿Y ahora?»

«Se saca una fotografía del bolsillo.»

«¿Qué fotografía es ésa?»

«Un retrato suyo.»

¡Era cierto! Y esa fotografía acababa de serme entregada, esa misma tarde, en el hotel.

«¿Cómo está en ese retrato?»

«De pie, con el sombrero en la mano.»

Así pues, veía en esa tarjeta, en esa cartulina blanca, como hubiera visto en un espejo.

Las jóvenes, espantadas, decían: «¡Ya basta! ¡Ya basta! ¡Ya basta!».

Pero el doctor ordenó: «Se levantará usted mañana a las ocho; luego irá a ver a su primo al hotel, y le suplicará que le preste cinco mil francos que le ha pedido su marido y que él le reclamará en su próximo viaje».

Luego la despertó.

Mientras volvía al hotel, me puse a pensar en esa curiosa sesión y me asaltaron dudas, no sobre la absoluta, la incuestionable buena fe de mi prima, a la que conocía como a una hermana desde mi infancia, sino sobre una posible superchería del doctor. ¿No disimularía en su mano un espejo que mostraba a la joven dormida, al mismo tiempo que su tarjeta de visita?

Volví, pues, y me acosté.

Ahora bien, esa mañana, hacia las ocho y media, mi ayuda de cámara me despertó y me dijo:

«Es la señora Sablé, quien pide hablar enseguida con el señor».

Me vestí a toda prisa y la recibí.

Ella se sentó muy alterada, con los ojos gachos, y, sin levantarse el velo, me dijo:

«Querido primo, tengo que pedirle un gran favor».

«¿Cuál, prima?»

«Me incomoda mucho decírselo, pero tengo que hacerlo. Necesito, imperiosamente, cinco mil francos.»

«Pero ¡cómo! ¿Usted?»

«Sí, yo, o mejor dicho, mi marido, que me ha encargado que viniera a verle.»

Yo estaba tan estupefacto que balbuceé mis respuestas. Me preguntaba si realmente no se estaba burlando de mí en complicidad con el doctor Parent, si no era aquello una simple broma preparada de antemano y muy bien representada.

Pero, al mirarla con atención, se disiparon todas mis dudas. Ella temblaba de angustia, tan dolorosa le resultaba la gestión, y comprendí que estaba a punto de ponerse a sollozar.

Yo sabía que era muy rica y proseguí:

«Pero ¡cómo! ¡Su marido no puede disponer de cinco mil francos! Vamos, reflexione. ¿Está segura de que le ha encargado que me los pida a mí?».

Ella dudó unos segundos como si hubiera hecho un gran esfuerzo por buscar en su memoria, luego respondió:

«Sí…, sí…, estoy segura».

«¿Le ha escrito?»

Ella dudó de nuevo, reflexionando. Intuí el esfuerzo torturador de su pensamiento. No lo sabía. Lo único que sabía era que tenía que pedirme prestados cinco mil francos para su marido. Así pues, se atrevió a mentir.

«Sí, me ha escrito.»

«¿Cuándo? Ayer no me dijo nada de ello.»

«He recibido una carta esta mañana.»

«¿Puede enseñármela?»

«No…, no…, no…, contenía cosas íntimas…, demasiado personales…, la he…, la he quemado.»

«Entonces, es que su marido tiene deudas.»

Ella dudó de nuevo, luego murmuró:

«No lo sé».

Yo manifesté bruscamente:

«Es que yo no puedo disponer de cinco mil francos en estos momentos, querida prima».

Ella lanzó una especie de grito de dolor.

«¡Oh!, ¡oh!, se lo suplico, encuéntrelos…»

¡Se exaltaba, juntaba las manos en ademán de súplica! La oía cambiar de tono su voz; lloraba y farfullaba, acosada, dominada por la orden irresistible que había recibido.

«¡Oh!, ¡oh!, se lo suplico…, si supiera cuánto sufro…, los necesito para hoy.»

Sentí lástima de ella.

«Los tendrá dentro de un rato, se lo juro.»

Ella exclamó:

«¡Oh!, ¡gracias, gracias! Qué bueno es usted».

Yo proseguí: «¿Recuerda lo que pasó ayer por la tarde en su casa?».

«Sí.»

«¿Recuerda que el doctor Parent la durmió?»

«Sí.»

«Pues bien, le ordenó que viniera a pedirme prestados esta mañana cinco mil francos, y usted obedece en este momento a esa sugestión.»

Ella reflexionó unos segundos y repuso:

«Es mi marido quien los pide».

Durante una hora, traté de convencerla, pero sin conseguirlo.

Cuando se hubo ido, corrí a casa del doctor. Él se disponía a salir, y me escuchó con una sonrisa. Luego dijo:

«¿Está convencido ahora?».

«Sí, me rindo a la evidencia.»

«Vayamos a casa de su pariente.»

Ella dormitaba en una tumbona, derrengada de cansancio. El médico le tomó el pulso, la miró un rato, con una mano levantada hacia sus ojos que ella fue cerrando poco a poco ante el esfuerzo insostenible de esa potencia magnética.

Una vez que ella estuvo dormida, dijo:

«Su marido no necesita cinco mil francos. Olvidará, pues, que le ha rogado a su primo que se los preste, y, si él le habla de ellos, no entenderá nada».

Luego la despertó. Yo me saqué el billetero del bolsillo:

«Aquí tiene, querida prima, lo que me pidió esta mañana».

Ella se quedó tan sorprendida que no me atreví a insistir. Traté, sin embargo, de refrescarle la memoria, pero negó con energía, creyó que me burlaba de ella, y poco faltó para que se ofendiese.

¡Heme aquí! Acabo de volver al hotel; y no he podido comer, de tanto como me ha trastornado esa experiencia.

19 de julio. Muchas personas a las que les he contado esta aventura se han burlado de mí. Ya no sé qué pensar. El prudente dice: «Tal vez».

21 de julio. Fui a cenar a Bougival, luego he pasado la velada en el baile de los remeros. Decididamente, todo depende de los lugares y de los ambientes. Creer en lo sobrenatural, en la isla de la Grenouillère, sería el colmo de la locura…, pero ¿y en la cima del Mont Saint-Michel?…, ¿y en las Indias? Acusamos horriblemente la influencia de lo que nos rodea. Volveré a mi casa la próxima semana.

30 de julio. Regresé a casa ayer. Todo va bien.

2 de agosto. Nada nuevo; hace un tiempo magnífico. Paso mis días viendo correr el Sena.

4 de agosto. Disputas entre mis criados. Afirman que, por la noche, se rompen los vasos en los armarios. El ayuda de cámara acusa a la cocinera, que a su vez acusa a la costurera, quien acusa a los otros dos. ¿Quién es el culpable? Felicidades a quien lo adivine.

6 de agosto. Esta vez no estoy loco. ¡Pues he visto…, he visto…, he visto!… No puedo ya dudar… ¡He visto!… ¡Todavía me dura el frío hasta en las uñas…, todavía tengo el miedo hasta en los tuétanos…, pues he visto!…

Me paseaba a las dos, a pleno sol, por mi arriate de rosales…, por la rosaleda de otoño que comienzan a florecer.

Al pararme a contemplar un géant des batailles,2 que tenía tres hermosísimas flores, ¡vi, vi claramente, muy cerca de mí, doblarse el tallo de una de estas rosas, como si una mano lo hubiera torcido, luego romperse como si esta mano hubiera cogido la flor! Luego ésta se elevó, siguiendo la curva que habría descrito un brazo al llevársela a la boca, y permaneció suspendida en el aire diáfano, totalmente sola, inmóvil, espantosa mancha roja a tres pasos de mis ojos.

Fuera de mí, ¡me arrojé sobre ella para cogerla! Pero no encontré nada; había desaparecido. Entonces, me entró una ira furiosa contra mí mismo, pues no le está permitido a un hombre razonable y serio tener semejantes alucinaciones.

Pero ¿era una alucinación? Me volví para buscar el tallo, y lo encontré de inmediato sobre el arbusto, acabado de romper, entre las otras dos rosas que habían quedado en la rama.

Entonces, me volví a casa con la mente trastornada; pues estoy seguro, ahora, seguro como de la alternancia de los días y de las noches, de que existe cerca de mí un ser invisible, que se nutre de leche y de agua, que puede tocar las cosas, cogerlas y cambiarlas de sitio, dotado por consiguiente de una naturaleza material, aunque imperceptible para nuestros sentidos, y que habita, como yo, bajo mi techo…

7 de agosto. He dormido tranquilo. Ha bebido agua de mi botella, pero no ha turbado mi sueño.

Me pregunto si no estaré loco. Al pasear hace un rato a pleno sol a lo largo del río, me han entrado dudas sobre mi razón, no ya vagas dudas como las tenía hasta ahora, sino dudas concretas, absolutas. He visto locos; he conocido a algunos que seguían siendo inteligentes, lúcidos, incluso clarividentes respecto a todas las cosas de la vida, salvo en un punto. Hablaban de todo con lucidez, con soltura, con profundidad, y de repente su pensamiento, al topar con el escollo de su locura, se rompía contra él hecho pedazos, disgregándose y hundiéndose en ese océano espantoso y furioso, lleno de olas saltarinas, de brumas, de borrascas, llamado «demencia».

Me creería sin duda loco, totalmente loco, si no fuera consciente, si no conociera perfectamente mi estado, si no lo sondeara analizándolo con absoluta lucidez. En suma, no sería, pues, más que un alucinado razonador. Podría haberse producido en mi cerebro un desorden desconocido, uno de esos desórdenes que los fisiólogos tratan actualmente de descubrir y de esclarecer; y este desorden habría provocado en mi mente, en el orden y en la lógica de mis ideas, una grieta profunda. Fenómenos similares ocurren en los sueños, cuando nos movemos entre las más increíbles fantasmagorías sin sorprendernos, porque el aparato de verificación, porque el sentido del control está adormecido, mientras que la imaginación vela y trabaja. ¿No podría ser que una minúscula tecla de mi teclado cerebral se hubiera paralizado? Hay personas que, tras un accidente, pierden la memoria de los nombres propios, de los verbos o de los números, o sólo de las fechas. Hoy se ha demostrado la posición de cada una de las partículas del pensamiento. ¡No sería, por tanto, nada extraño que mi capacidad de comprobar la irrealidad de ciertas alucinaciones en este momento se viera paralizada en mí!

Pensaba en todo esto mientras seguía la orilla del río. El sol cubría de luz el agua, volvía deliciosa la tierra, llenaba mi mirada de amor por la vida, por las golondrinas, cuya agilidad es una alegría para mis ojos, por la hierba de la orilla, cuyo estremecimiento es un motivo de felicidad para mis oídos.

Poco a poco, sin embargo, me empezó a invadir un inexplicable malestar. Me parecía que una fuerza, una fuerza secreta me entorpecía, me paraba, me impedía seguir más lejos, me impulsaba a retroceder. Sentía esa necesidad dolorosa de volver a casa que nos oprime cuando se ha dejado allí a un enfermo querido y se tiene el presentimiento de que se ha agravado su mal.

Así pues, he vuelto a pesar mío, convencido de que me encontraría, en mi casa, una mala noticia, una carta o un telegrama. No había nada de ello; y me he quedado más sorprendido y turbado que si hubiera tenido alguna otra fantástica visión.

8 de agosto. Ayer pasé una velada horrible. Él ya no se muestra, pero presiento que se halla cerca, me espía, me mira, entra dentro de mí, me domina, más temible, al esconderse así, que si revelara su presencia invisible y permanente por medio de fenómenos sobrenaturales.

A pesar de ello, he dormido.

9 de agosto. Nada, pero tengo miedo.

10 de agosto. Nada; ¿qué sucederá mañana?

11 de agosto. Nada todavía; pero no puedo seguir en mi casa con este pensamiento y este temor que me han entrado en el alma. Partiré.

12 de agosto, diez de la noche. Durante todo el día he tratado de irme, pero no he podido. Hubiera querido llevar a cabo ese gesto de libertad tan fácil y simple que es salir y subir a mi coche para ir a Ruán. Pero no he podido. ¿Por qué?

13 de agosto. Cuando se padecen ciertas enfermedades parece que todos los resortes del ser físico se hayan roto, todas las energías anulado, todos los músculos aflojado, los huesos vueltos como carne y la carne licuado como agua. Siento esto en mi ser moral, de un modo extraño y desolador. No tengo ya ninguna fuerza ni valor, ni dominio de mí mismo, ni siquiera la capacidad de activar mi voluntad. No consigo ya querer; pero hay alguien que quiere por mí, y yo obedezco.

14 de agosto. ¡Estoy perdido! ¡Alguien posee y gobierna mi alma! Alguien manda sobre todas mis acciones, todos mis movimientos, todos mis pensamientos. Yo no soy ya nada en mí mismo, salvo un espectador esclavo y aterrado de cuanto hago. Quiero salir pero no puedo. Él no quiere; y permanezco, espantado y tembloroso, en el sillón donde me obliga a estar sentado. Sólo quisiera levantarme, alzarme, para creer que sigo siendo dueño de mí mismo. Pero no lo consigo. Estoy como anclado en el sillón, y éste está pegado al suelo, de modo que ninguna fuerza podría levantarnos.

Luego, de golpe, se impone en mí la necesidad de ir al fondo del huerto para coger unas pocas fresas y comérmelas. Voy. Cojo las fresas y me las como. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Existe un Dios? ¡Si existe, que me libere, que me salve, que me socorra! ¡Perdón! ¡Piedad! ¡Clemencia! ¡Sálvame! ¡Qué sufrimiento! ¡Qué tormento! ¡Qué horror!

15 de agosto. Ahora comprendo cómo estaba poseída, dominada, mi pobre prima, cuando vino a pedirme cinco mil francos prestados. Estaba poseída por una voluntad extraña que había entrado en ella, como otra alma, como otra alma parásita y dominadora. ¿Acaso se acerca el fin del mundo?

Pero ¿quién es el que me gobierna a mí?, ¿quién es ese invisible, ese incognoscible, ese merodeador de una raza sobrenatural?

¡Por tanto los Invisibles existen! ¿Por qué, entonces, desde el principio del mundo no se habían manifestado todavía de forma concreta, como hacen conmigo? Nunca he leído nada parecido a lo sucedido en mi casa. ¡Oh!, si pudiera irme, si pudiera escapar y ya no volver. Estaría salvado. Pero no puedo.

16 de agosto. Hoy he conseguido escapar durante un par de horas, como un prisionero que encuentra abierta por casualidad la puerta de su celda. De repente me he dado cuenta de que estaba liberado y que él se hallaba lejos. He ordenado que engancharan rápido y me he dirigido a Ruán. ¡Oh! ¡Qué alegría poder decirle a un hombre que obedece: «¡A Ruán!»!

He mandado parar delante de la biblioteca y he pedido prestado el gran tratado del doctor Hermann Herestauss sobre los habitantes desconocidos del mundo antiguo y moderno.

Luego, a la hora de volver a montar en mi cupé, ganas tenía de decir: «¡A la estación!» y he exclamado —no lo he dicho, sino exclamado— con una voz tan fuerte que los viandantes han vuelto la cabeza: «A casa», y he caído, enloquecido de angustia, sobre el cojín de mi coche. Él me había vuelto a encontrar y se había enseñoreado de mí otra vez.

17 de agosto. ¡Ah! ¡Qué noche! Y, sin embargo, me parece que debería alegrarme. ¡Me quedé leyendo hasta la una de la noche! Hermann Herestauss, doctor en filosofía y teogonía, ha escrito la historia y las manifestaciones de todos los seres invisibles que merodean en torno al hombre o son producto de su imaginación. Describe sus orígenes, su dominio, su poder. Pero ninguno de ellos se parece al que me acosa a mí. Se diría que el hombre, desde que piensa, ha presentido y temido un ser nuevo, más fuerte que él, su sucesor en este mundo, y que al sentirle cerca y no poder prever la naturaleza de este amo, ha creado, en su terror, todo el pueblo fantástico de los seres ocultos, fantasmas fruto del miedo.

Así pues, tras haber leído hasta la una de la noche, fui a sentarme a continuación frente a mi ventana abierta para refrescar mi frente y mi pensamiento con el viento calmo de la oscuridad.

¡Hacía bueno, el aire era tibio! ¡Cómo me habría gustado una noche así en otro tiempo!

No había luna. En lo alto del cielo negro las estrellas despedían unos centelleos estremecedores. ¿Quién habita esos mundos? ¿Qué formas, qué seres vivos, qué animales, qué plantas hay ahí? Quienes piensan, en esos universos lejanos, ¿qué saben más que nosotros? ¿Qué pueden más que nosotros? ¿Qué ven que nosotros no conozcamos en absoluto? Un día u otro, ¿acaso uno de ellos, atravesando el espacio, no aparecerá en la Tierra para conquistarla, como en los tiempos pasados los normandos atravesaban los mares para subyugar a los pueblos más débiles?

¡Somos tan débiles, tan inermes, ignorantes y pequeños, nosotros que vivimos en esta partícula de barro que gira disuelta en una gota de agua!

Me amodorré fantaseando de este modo al fresco viento de la noche.

Pues bien, después de haber dormido alrededor de cuarenta minutos, volví a abrir los ojos sin hacer un movimiento, despertado por no sé qué emoción confusa y extraña. Al principio no vi nada, luego, de repente, me pareció que una página del libro que había quedado abierta sobre mi mesa acababa de volverse sola. Por la ventana no había entrado soplo alguno de aire. Me quedé sorprendido y esperé. Al cabo de unos cuatro minutos, vi, sí, vi con mis propios ojos otra página levantarse y caer sobre la anterior, como si un dedo la hubiera pasado. Mi sillón estaba vacío, parecía vacío; pero comprendí que él estaba allí, sentado en mi lugar, y que leía. ¡De un salto furioso, de un salto de bestia enfurecida, que va a desgarrar a su domador, crucé mi habitación para atraparle, para alcanzarle, para matarle!… Pero mi asiento, antes de que yo lo hubiera alcanzado, fue derribado como si alguien hubiera huido delante de mí…, mi mesa se tambaleó, mi lámpara cayó y se apagó, y mi ventana se cerró como si un ladrón sorprendido se hubiera lanzado a la noche, cerrando tras de sí los postigos.

¡Así pues, había huido; él había tenido miedo, miedo de mí!

¡Entonces…, entonces…, mañana… o más tarde… el día que fuera, podría apresarle con mis manos y aplastarle contra el suelo! ¿No ocurre que los perros, a veces, muerden y estrangulan a sus amos?

18 de agosto. He meditado durante todo el día. Sí, sí, voy a obedecerle, a seguir sus impulsos, haré todo lo que él quiera, seré humilde, sumiso, cobarde. Él es más fuerte. Pero llegará un momento en que…

19 de agosto. ¡Lo sé…, lo sé…, lo sé todo! He aquí lo que acabo de leer en la Revue du Monde Scientifique: «Nos llega una noticia bastante curiosa de Río de Janeiro. Una locura, una epidemia de locura, comparable a las demencias contagiosas que afectaron a los pueblos de Europa en la Edad Media, hace estragos actualmente en la provincia de São Paulo. Los habitantes, espantados, dejan sus hogares, desertan de sus pueblos, abandonan sus cultivos, se dicen perseguidos, poseídos, gobernados como un ganado humano por unos seres invisibles aunque tangibles, especie de vampiros que se alimentan de su vida, durante su sueño, y que además beben agua y leche sin parecer tocar ningún otro alimento.

»El señor profesor don Pedro Henriquez, acompañado de varios sabios médicos, ha partido para la provincia de São Paulo, a fin de estudiar sobre el terreno los orígenes y las manifestaciones de esta sorprendente locura, y proponer al emperador las medidas que considere más oportunas para hacer recuperar la razón a estas poblaciones en estado de delirio».

¡Ah! ¡Ah!, ¡me acuerdo del buque de tres palos brasileño que pasó por debajo de mis ventanas remontando el Sena el 8 de mayo último! ¡Me pareció tan bonito, tan blanco, tan alegre! ¡El Ser iba en él, venía de allí, donde nació su raza! ¡Me vio! Y vio mi casa, también blanca. Saltó del barco a la orilla. ¡Oh! ¡Dios mío!

Ahora lo sé, comprendo. El reinado del hombre ha tocado a su fin.

Ha llegado Aquel que temían los primeros terrores de los pueblos crédulos,Aquel que los inquietos sacerdotes exorcizaban, que los brujos evocaban en las noches oscuras sin verle aparecer todavía, Aquel a quien los presentimientos de los dueños y señores provisionales del mundo han atribuido las formas monstruosas o graciosas de los gnomos, de los elfos, de los genios, de las hadas, de los duendes. Tras las burdas concepciones del terror primitivo, hombres más sagaces lo han percibido con mayor lucidez. Mesmer lo había intuido, y, desde hace ya diez años, los médicos han descubierto con precisión la naturaleza de su poder antes incluso de que lo ejerciera. Se han divertido con el arma del nuevo Señor, el dominio de una misteriosa voluntad sobre el alma humana convertida en esclava. La han llamado magnetismo, hipnotismo, sugestión…, ¿qué sé yo? ¡Les he visto jugar como niños imprudentes con ese horrendo poder! ¡Ay de nosotros! ¡Ay del hombre! Ha llegado el… el… como se llame…, me parece que me está gritando su nombre y yo no lo comprendo…, el…, sí…, lo grita… Escucho…, no consigo…, repite… el Horla… Entendido… El Horla… es él… ¡El Horla… ha venido!…

¡Ah!, el buitre se ha comido a la paloma, el lobo se ha comido a la oveja; el león ha devorado al búfalo de afilados cuernos; el hombre ha matado al león con la flecha, con la espada, con el rifle. Ahora el Horla hará con el hombre lo que nosotros hemos hecho con el caballo y con el buey: algo suyo, su criado y su alimento, con el solo poder de su voluntad. ¡Ay de nosotros!

Y, sin embargo, a veces el animal se rebela y mata a quien lo ha domado… ¡También yo quiero hacerlo…, podría…, pero debo conocerlo, tocarlo, verlo! Los científicos dicen que el ojo del animal, tan distinto del nuestro, no ve como nosotros… Así mi ojo no consigue distinguir al recién llegado que me oprime.

¿Por qué? ¡Ah!, ahora me acuerdo de las palabras del fraile de Mont Saint-Michel: «¿Acaso conseguimos ver la cienmilésima parte de lo que existe? Piense en el viento, la mayor fuerza de la naturaleza, que derriba a los hombres, abate los edificios, arranca de raíz los árboles, hace alzarse el mar en montañas de agua, destruye los acantilados, hace pedazos los grandes barcos; el viento que mata, que silba, que gime, que ruge. ¿Acaso lo ha visto alguna vez?, ¿puede verlo? Y, sin embargo, existe».

Seguía pensando: mi ojo es tan débil, tan imperfecto, que no consigue distinguir siquiera cuerpos duros cuando son transparente como el cristal. Basta con que un espejo sin azogue se interponga en mi camino para que yo me golpee contra él, como el pájaro que ha entrado en una habitación se rompe la cabeza contra el cristal. ¡Otras mil cosas engañan a la vista y la extravían! ¿Cómo asombrarse, pues, de que no consiga ver un cuerpo nuevo que la luz atraviesa?

¡Un ser nuevo! ¿Por qué no? ¡Sin duda tenía que venir! ¿Por qué íbamos a ser nosotros los últimos? ¿Que no conseguimos verlo, como a todos los demás seres creados antes que nosotros? Ello se debe a que su naturaleza es más perfecta, su cuerpo más sutil y evolucionado que el nuestro, el nuestro que es tan mediocre, tan torpemente concebido, lleno de órganos siempre fatigados, siempre forzados, como mecanismos demasiado complicados; el nuestro que vive como una planta y como un animal, nutriéndose a duras penas de aire, hierba y carne, máquina animal víctima de enfermedades, de deformaciones, de putrefacciones, que se ahoga, mal regulada, ingenua y extraña, ingeniosamente mal hecha, obra grosera y delicada, esbozo de un ser que podría volverse inteligente y magnífico.

Desde la ostra hasta el hombre, somos pocos, muy pocos en este mundo. ¿Por qué no uno más, una vez cumplido el período que separa las apariciones sucesivas de todas las diversas especies?

¿Por qué no uno más? ¿Por qué no otros árboles de flores inmensas y lustrosas que aromaticen regiones enteras? ¿Por qué no otros elementos aparte del fuego, el aire, la tierra y el agua? ¡Son cuatro, nada más que cuatro, esos padres nutricios de los seres! ¡Qué lástima! ¡Porque no son cuarenta, cuatrocientos, cuatro mil! ¡Qué pobre, mezquino, miserable, es todo, dado con avaricia, inventado con mediocridad, hecho con pesadez! ¡Ah, el elefante, el hipopótamo, cuánta gracia tienen! ¡El camello, qué elegancia!

Pero, diréis vosotros, ¡la mariposa! ¡Una flor que vuela! Yo he soñado con una que sería grande como cien universos, con unas alas de una belleza, un color y un movimiento indescriptibles. Pero la veo…, va de una estrella a otra, refrigerándolas y embalsamándolas con el leve y armonioso aire de su vuelo… ¡Y los pueblos de las alturas la miran pasar, extasiados y embelesados!…

……………………………………………………………………

¿Qué me pasa? ¡Es él, el Horla, que me atormenta y me hace pensar en estas locuras! Está dentro de mí, se está convirtiendo en mi espíritu. ¡Le mataré!

19 de agosto. Le mataré. ¡Le he visto! Ayer por la noche me senté a mi mesa, fingiendo que escribía con una gran atención. ¡Sabía que vendría a merodear en torno a mí, muy cerca, tan cerca que quizá podría tocarle, apresarle! ¡Y entonces…!, entonces tendría la fuerza de los desesperados; tendría mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi frente, mis dientes para estrangularle, aplastarle, morderle, desgarrarle.

Y yo le acechaba con todos mis órganos sobreexcitados.

Había encendido dos lámparas y las ocho velas de la chimenea, como si hubiera podido descubrirle con esa claridad.

Enfrente de mí, mi cama, una vieja cama de roble con columnas; a la derecha, mi chimenea; a la izquierda, mi puerta cerrada con cuidado, tras haberla dejado largo rato abierta, a fin de atraerle; detrás de mí, un armario de luna altísimo, que cada día me servía para afeitarme y vestirme, y en el que tenía costumbre de mirarme, de pies a cabeza, cada vez que pasaba por delante.

Así pues, aparentaba estar escribiendo, para engañarle, pues también él me estaba espiando; y de repente, sentí, estoy seguro, que leía por encima de mi hombro, que estaba allí, rozando mi oreja.

Me incorporé, con las manos extendidas, dándome la vuelta tan rápido que a punto estuve de caer. Pues… se veía como en pleno día, ¡y no me vi en el espejo!… ¡Estaba vacío, luminoso, profundo, lleno de luz! ¡Mi imagen no estaba en él… y yo me hallaba delante! Veía la gran luna nítida de arriba abajo. Y la miraba con unos ojos de loco; y ya no me atrevía a avanzar, ya no me atrevía a hacer un movimiento, aunque sentía perfectamente que él estaba allí, pero que se me iba a escapar de nuevo, él cuyo cuerpo imperceptible había devorado mi reflejo.

¡Qué miedo pasé! Luego, de repente, comencé a percibirme en medio de una bruma, en el fondo del espejo, de una bruma como vista a través de una capa de agua; y me parecía que esta agua se desplazaba de izquierda a derecha, despacio, volviendo más precisa mi imagen segundo a segundo. Era como el final de un eclipse. Lo que me escondía no parecía tener perfiles claramente definidos, sino una especie de transparencia opaca, que se aclaraba poco a poco.

Finalmente, pude distinguirme por completo, tal como lo hago cada día, al mirarme a la luz del día.

¡Le había visto! Me ha quedado el espanto, que todavía me hace estremecer.

20 de agosto. Matarlo, pero ¿cómo? Puesto que no puedo apresarlo. ¿El veneno? Pero él me vería mezclarlo con agua; y ¿tendrían nuestros venenos, por otra parte, un efecto seguro sobre su cuerpo imperceptible? No…, no…, sin ninguna duda… Pues, ¿entonces?…, ¿entonces qué?…

21 de agosto. He hecho venir a un cerrajero de Ruán, y le he mandado hacer para mi habitación unas persianas metálicas, como tienen en la planta baja algunas casas particulares en París, por temor a los ladrones. Me hará, además, una puerta similar. ¡He pasado por un cobarde, pero me importa un comino!…

……………………………………………………………………

10 de septiembre. Ruán, hotel Continental. Está hecho…, está hecho…, pero ¿ha muerto? Tengo trastornado el espíritu por lo que he visto.

Ayer, tras haber instalado el cerrajero la persiana y la puerta de hierro, lo dejé todo completamente abierto hasta medianoche, aunque comenzaba a hacer frío.

De repente, sentí que estaba allí, y me dominó una alegría, una alegría loca. Me levanté lentamente, y estuve andando de un lado a otro largo rato para que él no intuyera nada; luego me quité los botines y me puse desganadamente las zapatillas; acto seguido cerré la ventana de hierro y, yendo tranquilamente hacia la puerta, cerré también la puerta con doble vuelta de llave. Tras volver entonces hacia la ventana, la fijé con un candado, guardándome la llave en el bolsillo.

De pronto comprendí que se estaba agitando en torno a mí, que tenía miedo a su vez, que me ordenaba abrirle. A punto estuve de ceder; pero no lo hice, sino que, pegándome contra la puerta, la entreabrí lo justo para pasar yo andando hacia atrás; y como soy muy alto mi cabeza rozaba el dintel. Yo estaba seguro de que no se había podido escapar y lo encerré, totalmente solo, totalmente solo. ¡Qué alegría! ¡Le tenía cogido! Entonces, bajé corriendo; cogí en mi salón, que está debajo de mi habitación, mis dos lámparas y derramé todo el aceite sobre la alfombra, sobre los muebles, por todas partes; luego les prendí fuego, y me largué, tras haber cerrado bien, con doble vuelta, el portón de entrada.

Y fui a esconderme al fondo de mi jardín, entre un macizo de laureles. ¡Qué largo se me hizo! ¡Pero qué largo! Todo estaba oscuro, mudo, inmóvil; ni un soplo de aire, ni una estrella, aborregamientos de nubes que no se veían pero que me pesaban en el alma mucho, muchísimo.

Miraba mi casa, y esperaba. ¡Qué largo se me hizo! Ya creía que el fuego se había apagado solo, o que lo había apagado, Él, cuando una de las ventanas de abajo estalló ante el arreciar del incendio, y una llama, una gran llama roja y amarilla, larga, indolente, acariciante, subió por la blanca pared y la besó hasta el tejado. Se propagó un resplandor entre los árboles, entre las ramas, entre las hojas, y también un estremecimiento, un estremecimiento de miedo. Los pájaros se despertaban; un perro se puso a ladrar; ¡me pareció que empezaba a despuntar el día! Se iluminaron otras dos ventanas y vi que toda la planta baja de la casa se había convertido en un espantoso brasero. Pero un grito, un grito horrible, sobreagudo, desgarrador, un grito de mujer resonó en la noche, ¡y se abrieron dos buhardillas! ¡Me había olvidado de mis criados! ¡Vi sus caras enloquecidas, y sus brazos que se agitaban!…

Entonces, loco de horror, me puse a correr hacia el pueblo dando gritos: «¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Fuego! ¡Fuego!». ¡Me encontré con gente que ya venía y me volví con ellos para ver!

¡La casa, ahora, no era más que una hoguera horrible y magnífica, una hoguera monstruosa, que iluminaba la tierra entera, una hoguera en la que ardían unos hombres, y donde también ardía Él, mi prisionero, el Ser nuevo, el nuevo señor, el Horla!

De repente el tejado entero se hundió entre los muros, y un volcán de llamas brotó hasta el cielo. Por todas las ventanas que se abrían sobre aquel horno veía la pira de fuego, y pensaba que él estaba allí, dentro de aquel horno, muerto…

¿Muerto? ¿Era posible?… ¿Su cuerpo, el cuerpo que podía ser atravesado por la luz, podía destruirse con los medios que matan a los nuestros?

¿Y si no estaba muerto? Tal vez sólo el tiempo pueda algo contra este Ser Invisible y Temible. ¿Por qué ese cuerpo transparente, ese cuerpo incognoscible, ese cuerpo espiritual, habría de temer también él las enfermedades, las heridas, los achaques, un final prematuro?

¿Un final prematuro? De él nace todo el miedo del hombre. Después del hombre, el Horla. ¡Después de aquel que puede morir cada día, a cada hora, a cada momento, por cualquier accidente, ha llegado aquel que no morirá hasta que haya llegado su día, su hora y su momento, por haber tocado a su fin su existencia!

¡No…, no…, sin duda…, no ha muerto… Entonces, entonces… tendré que matarme yo!…

 

LA MUERTA*

 

¡Yo la había querido locamente! ¿Por qué se ama? ¿No es algo extraño no ver ya en el mundo más que a un ser, no tener en la mente más que un pensamiento, en el corazón más que un deseo, y en la boca más que un nombre: un nombre que sube sin cesar, que sube, como el agua de un manantial, de lo profundo del alma, que sube a los labios, y que se dice, se repite, se murmura sin descanso, por todas partes, como una plegaria?

No contaré nuestra historia. El amor no tiene más que una, que es siempre la misma. La había conocido y querido. Eso es todo. Y durante un año viví en su afecto, entre sus brazos, en sus caricias, en su mirada, en sus trajes, en sus palabras, envuelto, atado, aprisionado por todo cuanto venía de ella, de un modo tan completo que no sabía ya si era de día o de noche, si estaba vivo o muerto, si estaba en nuestra vieja Tierra o en otra parte.

Y he aquí que se murió. ¿Cómo? No lo sé, ya no lo sé.

Volvió a casa empapada, una noche de lluvia, y al día siguiente tosía. Tosió durante una semana aproximadamente y guardó cama.

¿Qué pasó? Ya no lo sé.

Los médicos venían, extendían recetas, se iban. Traían medicinas; una mujer se las hacía tomar. Tenía las manos calientes, la frente ardiente y húmeda, los ojos relucientes y tristes. Yo le hablaba, ella me respondía. ¿Qué nos dijimos? Ya no lo sé. ¡Lo he olvidado todo, todo! Se murió, recuerdo perfectamente ese ligero resuello, ese ligero resuello tan débil, el último. La enfermera dijo: «¡Ah!». ¡Lo comprendí, lo comprendí!

No supe nada más. Nada más. Vi a un sacerdote que pronunció estas palabras: «Su amante». Me pareció que la ofendía. Una vez muerta ella nadie tenía derecho a enterarse de eso. Lo eché con cajas destempladas. Se presentó otro, que fue muy bueno y amable. Lloré cuando me habló de ella.

Me consultaron mil cosas sobre el entierro. Ya no sé qué. Pero sí recuerdo perfectamente el ataúd, el ruido del martillear cuando la clavaban dentro. ¡Ah! ¡Dios mío!

¡Fue enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel hoyo! Vinieron algunas personas, amigas. Yo me largué. Me fui corriendo. Anduve largo rato por las calles. Luego volví a mi casa. Al día siguiente emprendí un viaje.

Ayer regresé a París.

Cuando volví a ver mi habitación, nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, toda esa casa donde había quedado lo que queda de la vida de una persona después de su muerte, tuve una recaída en la tristeza tan fuerte que poco faltó para que abriera la ventana y me tirara a la calle. Al no poder ya permanecer entre aquellas cosas, aquellas paredes que la habían encerrado, resguardado, y que debían de guardar en sus imperceptibles grietas mil átomos de ella, de su carne y de su aliento, cogí mi sombrero para salir huyendo de allí. Pero de repente, cuando llegaba a la puerta, pasé por delante del gran espejo del vestíbulo que ella había hecho colocar allí para verse, de cuerpo entero, cada día, al salir, para ver si le sentaba bien su atavío, si era correcto y bonito, de los botines al peinado.

Y me detuve en seco enfrente de aquel espejo que la había reflejado tan a menudo. Tan a menudo, tanto, que debía de haber conservado también su imagen.

Yo estaba allí de pie, temblando, con la mirada fija en el cristal, en el cristal plano, profundo, vacío, pero que la había contenido a ella por completo, la había poseído tanto como yo, tanto como mi mirada apasionada. ¡Me pareció que quería a ese espejo —lo toqué—, estaba frío! ¡Oh! ¡El recuerdo! ¡El recuerdo! ¡Espejo doloroso, espejo abrasador, espejo viviente, espejo horrible, que hace sufrir todas las torturas! ¡Dichosos los hombres cuyo corazón, como un espejo en el que resbalan los reflejos y se borran, olvida todo cuanto lo ha llenado, todo cuanto ha pasado por delante de él, todo cuanto se ha contemplado y observado en su afecto, en su amor! ¡Qué doloroso!

Salí y, a mi pesar, involuntaria, inconscientemente, me dirigí hacia el cementerio. Encontré su tumba, muy sencilla, una cruz de mármol con estas palabras: «Amó, fue amada y murió».

¡Ella estaba allí, allí debajo, podrida! ¡Qué horror! Me puse a sollozar con la frente en tierra.

Me quedé así un largo rato, un largo rato. Luego me di cuenta de que se acercaba la noche. Entonces un deseo extraño, loco, un deseo de amante desesperado se apoderó de mí. Quise pasar la noche cerca de ella, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero me verían y me echarían. ¿Qué podía hacer? Fui listo. Me puse en pie y comencé a vagar por esa ciudad de desaparecidos. Andaba y andaba. ¡Qué pequeña es esa ciudad en comparación con la otra, esa donde se vive! Y, sin embargo, cuánto más numerosos que los vivos son los muertos. Nosotros necesitamos casas altas, calles, mucho espacio, para las cuatro generaciones que miran la luz del día al mismo tiempo, que se beben el agua de las fuentes, el vino de las viñas y se comen el pan de los llanos.

Y para todas las generaciones de muertos, para toda la cadena humana que llega hasta nosotros, casi nada, un simple campo, casi nada. La tierra se los reapropia, el olvido los borra. ¡Adiós!

Al fondo del cementerio habitado, vi de repente el cementerio abandonado, aquel donde los antiguos difuntos acaban por mezclarse con la tierra, donde hasta las cruces se pudren, donde mañana se colocará a los recién llegados. Está lleno de rosas silvestres, de negros y vigorosos cipreses, un jardín triste y hermosísimo, alimentado de carne humana.

Yo estaba solo, totalmente solo. Me agazapé contra un árbol verde. Me escondí totalmente detrás de él, entre esas ramas recias y oscuras.

Esperé, agarrado al tronco como un náufrago a un pecio.

Cuando fue noche oscura, muy oscura, dejé mi refugio y eché a andar despacio, a paso lento, con sigilo, por la superficie de aquella tierra llena de muertos.

Anduve errante mucho rato, mucho, mucho. No la encontraba. Con los brazos extendidos, los ojos abiertos, topándome con las tumbas con las manos, con los pies, con las rodillas, con el pecho, incluso con la cabeza, andaba sin encontrarla. ¡Toqué, palpé como un ciego que busca su camino, palpé piedras, cruces, verjas de hierro, coronas de cristal, coronas de flores marchitas! Yo leía los nombres con mis dedos, paseándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Pero qué noche! ¡No la encontraba!

¡No había luna! ¡Qué noche! ¡Tenía miedo, un miedo espantoso en esos estrechos senderos, entre dos filas de tumbas! ¡Tumbas, tumbas y más tumbas! ¡Siempre tumbas! ¡A derecha e izquierda, delante de mí, a mi alrededor, por todas partes, tumbas! Me senté encima de una de ellas, pues ya no podía andar de tanto como se me aflojaban las rodillas. ¡Oía latir mi corazón! ¡También oía otra cosa! ¿Qué? ¡Un ruido confuso indecible! ¿Estaba en mi cabeza enloquecida, en la noche impenetrable, o bajo la tierra misteriosa, bajo la tierra sembrada de cadáveres humanos, ese ruido? ¡Miraba alrededor de mí!

¿Cuánto tiempo permanecí allí? No lo sé. Estaba paralizado por el terror, estaba ebrio de espanto, presto a gritar, presto a morir.

Y de repente me pareció que la lápida de mármol sobre la que me hallaba sentado se movía. Indudablemente se movía, como si la hubieran levantado. De un salto me lancé sobre la tumba vecina, y vi, sí, vi la losa que acababa de abandonar alzarse toda derecha; y apareció el muerto, un esqueleto desnudo que, con su espalda encorvada, la empujaba. Veía, veía perfectamente, aunque fuera noche cerrada. Pude leer en la cruz:

«Aquí yace Jacques Olivant, muerto a la edad de cincuenta y un años. Quería a los suyos, fue honesto y bueno, y murió en la paz del Señor».

Ahora también el muerto leía lo que había escrito en su tumba. Luego cogió una piedra del camino, una piedrecilla cortante, y se puso a raspar con cuidado las letras. Las borró por completo, lentamente, mientras miraba con sus ojos vacuos el lugar en que hacía un momento estaban grabadas; y con la punta del hueso que había sido su dedo índice escribió con letras luminosas como esas líneas que se trazan en las paredes con el cabo de una cerilla:

«Aquí yace Jacques Olivant, muerto a la edad de cincuenta y un años. Con sus duras palabras apresuró la muerte de su padre, de quien quería heredar, torturó a su mujer, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó cuanto pudo y murió en la miseria».

Cuando hubo terminado de escribir, el muerto, inmóvil, contempló su obra. Y, dándome la vuelta, me di cuenta de que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los cadáveres habían salido de ellas, que todos habían borrado, para restablecer la verdad, las mentiras inscritas por los parientes en la lápida sepulcral.

Y veía que todos habían sido los verdugos de sus allegados, odiosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, pérfidos, maldicientes, envidiosos, que habían robado, engañado, llevado a cabo todo tipo de actos vergonzosos, todo tipo de actos abominables, esos buenos padres, esas esposas fieles, esos hijos abnegados, esas muchachas castas, esos comerciantes probos, esos hombres y esas mujeres irreprochables.

Escribían todos al mismo tiempo, en el umbral de su morada eterna, la cruel, terrible y santa verdad que todo el mundo ignora o finge ignorar sobre la tierra.

Pensé que también ella debía de haberla escrito sobre su tumba. Y ahora ya sin temor, corriendo en medio de los féretros entreabiertos, en medio de los cadáveres, en medio de los esqueletos, fui hacia ella, seguro de encontrarla enseguida.

La reconocí de lejos, sin ver el rostro envuelto por el sudario.

Y en la cruz de mármol, donde hacía poco decía:

«Amó, fue amada y murió».

Leí:

«Tras haber salido un día para engañar a su amante, cogió frío bajo la lluvia y se murió».

Al parecer, me recogieron, desvanecido, al despuntar el día, junto a una tumba.

 

LA NOCHE*

 

Pesadilla

Me gusta la noche con pasión. Me gusta como nos gusta nuestra tierra natal o nuestra amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. Me gusta con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos que escuchan su silencio, con toda mi carne que es acariciada por las tinieblas. Las golondrinas cantan al sol, en el aire azul, en el aire cálido, en el aire ligero de las claras madrugadas. El búho huye en la noche, mancha negra que pasa a través del negro espacio, y, regocijado, emborrachado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.

El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desgana, salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara un fardo aplastante.

Pero cuando se pone el sol, me invade una confusa alegría, una alegría de todo el cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que aumenta la sombra, me siento completamente otro, más joven, más vigoroso, más activo y más feliz. Miro cómo se espesa esa gran sombra agradable descendida del cielo: inunda la ciudad, como una ola inasible e impenetrable, oculta, borra, elimina los colores, las formas, abraza las casas, los seres, los monumentos con su tacto imperceptible.

Entonces me dan ganas de gritar de gusto como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos; y un impetuoso e invencible deseo de amar corre por mis venas.

Camino y vago por los suburbios oscuros o por los bosques de alrededor de París, por donde oigo merodear a mis hermanas las bestias y a mis hermanos los cazadores furtivos.

Lo que amamos con más apasionamiento siempre acaba por destruirnos. Pero ¿cómo podría explicar lo que me sucede? ¿Cómo hacer comprender incluso que pueda contarlo? No lo sé, ya no lo sé, lo único que sé es que es así. Eso es todo.

Así pues, ayer —¿era ayer?—, sí, sin duda, a menos que fuera antes, otro día, otro mes, otro año, no lo sé. Debió de ser ayer, sin embargo, porque no amaneció, porque el sol no salió. Pero ¿cuánto hace que dura la noche? ¿Cuánto?… ¿Quién sabe? ¿Quién lo sabrá jamás?

Así pues, ayer, salí como hago todas las noches, después de cenar. Hacía muy buen tiempo, un tiempo muy agradable, muy cálido. Al dirigirme hacia los bulevares, miré por encima de mi cabeza el río negro y lleno de estrellas que se recortaba en el cielo merced a los tejados de la calle que torcía y hacía ondular como un verdadero río ese móvil arroyo de los astros.

Todo era claro en el aire ligero, desde los planetas hasta los mecheros de gas. Allá en lo alto y en la ciudad brillaban tantas luces que las tinieblas parecían resplandecer por ello. Las noches luminosas son más alegres que los días de mucho sol.

En el bulevar, los cafés refulgían; la gente reía, pasaba, bebía. Entré en el teatro unos momentos; ¿en qué teatro? Ya no lo sé. Había tanta luz que me entristeció y salí con el corazón algo apesadumbrado por ese impacto de luz brutal sobre los dorados del piso principal, por el centelleo artificial de la enorme araña de cristal, por la barrera de luces de las candilejas, por la melancolía de esa claridad falsa y violenta. Llegué a los Campos Elíseos, donde los cafés concierto parecían focos de incendio entre el follaje. Parecía que los castaños hubiesen sido frotados con luz amarilla, pintados, como árboles fosforescentes. Y los globos eléctricos, parecidos a lunas resplandecientes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a monstruosas perlas vivas, hacían palidecer con su claridad nacarada, misteriosa y regia, los hilos de gas, el horrible y sucio gas, y las guirnaldas de vidrios de colores.

Me detuve debajo del Arco de Triunfo para contemplar la avenida, ¡la larga y admirable avenida estrellada, que va hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros! Los astros allá arriba, los astros desconocidos lanzados al azar en la inmensidad, donde dibujan esas figuras extrañas, que hacen soñar y pensar tanto.

Entré en el Bois de Boulogne y me quedé allí largo rato. Me había dominado un estremecimiento curioso, una emoción imprevista y poderosa, una exaltación de mi pensamiento rayana en la locura.

Anduve largo, largo rato. Luego regresé.

¿Qué hora era cuando volví a pasar por debajo del Arco de Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía, y unas nubes, unos negros nubarrones se extendían lentamente por el cielo.

Por primera vez, sentí que iba a suceder algo extraño, algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, que mi amada noche se tornaba pesada en mi corazón. La avenida estaba ahora desierta. Dos alguaciles se paseaban, solos, junto a la parada de coches de plaza, y, en la calzada apenas iluminada por los mecheros de gas que parecían moribundos, una fila de carros de verduras se dirigía hacia Les Halles. Avanzaban lentos, cargados de zanahorias, de nabos y de coles. Los conductores dormían, invisibles, los caballos andaban al mismo paso, siguiendo al vehículo de delante, sin hacer ruido, por el pavimento de madera. Delante de cada luz de la acera, las zanahorias se encendían de rojo, los nabos se iluminaban de blanco, las coles se iluminaban de verde; y pasaban uno detrás de otro esos vehículos rojos, de un rojo de fuego, blancos de un blanco de plata, verdes de un verde de esmeralda. Los seguí, luego doblé por la rue Royale y volví a los bulevares. No había ya nadie, ni luz en los cafés, sólo algunos rezagados que se apresuraban. Nunca había visto París tan muerto, tan desértico. Saqué mi reloj. Eran las dos.

Me impulsaba una fuerza, una necesidad de caminar. Fui, pues, hasta la Bastilla. Allí me di cuenta de que no había visto jamás una noche tan oscura, pues ni siquiera distinguía la Columna de Julio, con su ángel de oro perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había sumergido las estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.

Volví atrás. Ya no había nadie a mi alrededor. Y, sin embargo, en la place du Château-d’Eau, a punto estuvo un borracho de tropezarse conmigo y luego desapareció. Continué oyendo su paso desigual y resonante durante unos momentos. Caminaba. A la altura del faubourg Montmartre pasó un coche que bajaba hacia el Sena. Le llamé, pero el cochero no respondió. Una mujer merodeaba cerca de la rue Drouot: «Oiga, señor». Yo apresuré el paso para evitar su mano tendida. Luego ya nada. Delante del Vaudeville, un trapero rebuscaba en el arroyo. Su farolillo flotaba a ras del suelo. Le pregunté: «¿Qué hora es, buen hombre?».

Él rezongó: «¡Cómo voy a saberlo! No tengo reloj».

Entonces, me di cuenta de repente de que los mecheros de gas estaban apagados. Sé que se apagan temprano, antes de que amanezca, en esta estación, para economizar; pero ¡faltaba mucho aún para que se hiciera de día, pero que mucho!

«Iré a Les Halles —pensé—, al menos allí encontraré vida.»

Me puse en camino, pero veía tan poco que no conseguía orientarme. Avanzaba lentamente, como se hace en un bosque, y reconocía las calles contándolas.

Delante del Crédit Lyonnais, gruñó un perro. Torcí por la rue de Grammont, me perdí; anduve errante, luego reconocí la Bolsa con sus enrejados de hierro que la rodean. París entero dormía, con un sueño profundo, que daba miedo. A lo lejos, sin embargo, circulaba un coche de plaza, un solo coche, tal vez el que había pasado por delante de mí hacía un rato. Traté de alcanzarle, yendo hacia donde se oía el ruido de sus ruedas, a través de las calles solitarias y negras, negras, negras como la muerte.

Me volví a perder. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ni un viandante, ni un rezagado, ni un vagabundo, ni un maullido de gato en celo. Nada.

¿Dónde, pues, estaban los alguaciles? Me dije:

«Gritaré y se presentarán». Grité. Nadie respondió.

Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esa noche impenetrable.

Vociferé: «¡Auxilio! ¡Socorro! ¡Socorro!».

Mi llamada desesperada quedó sin respuesta. ¿Qué hora sería? Me saqué el reloj, pero no tenía cerillas. Escuché el ligero tictac del pequeño mecanismo con una alegría desconocida y extraña. Parecía tener vida. Estaba menos solo. ¡Qué misterio! Me puse de nuevo en camino como un ciego, tanteando las paredes con mi bastón, y alzaba en todo momento los ojos hacia el cielo, en espera de que el día fuera a aparecer por fin; pero el espacio estaba negro, totalmente negro, más profundamente negro que la ciudad.

¿Qué hora podía ser? Anduve, me parece, un tiempo infinito, pues mis piernas se me aflojaban, mi pecho jadeaba y tenía un hambre canina.

Me decidí a llamar a la primera puerta cochera. Pulsé el botón de cobre, y el timbre sonó en la resonante casa; sonó extrañamente como si ese ruido vibrante fuera lo único que existía en aquella casa.

Esperé, no respondieron, no abrieron la puerta. Llamé de nuevo; seguí esperando, ¡nada!

¡Sentí miedo! Corrí a la casa siguiente, y veinte veces seguidas hice sonar el timbre en el pasillo oscuro donde debía de dormir el portero. Pero éste no se despertó, y yo me fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las anillas o pulsando los timbres, golpeando con mis pies, con mi bastón y con mis manos las puertas obstinadamente cerradas.

Y de repente me di cuenta de que llegaba a Les Halles. Les Halles estaban desiertas, sin un ruido, sin un movimiento, sin un vehículo, sin un hombre, sin un manojo de verdura o de flores. ¡Estaban vacías, inmóviles, abandonadas, muertas!

Me dominó un espanto horrible. ¿Qué estaba pasando? ¡Oh! ¡Dios mío! ¿Qué estaba pasando?

Volví a ponerme en camino. Pero ¿y la hora? ¿La hora? ¿Quién me diría la hora? Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Abriré la esfera de mi reloj y palparé la aguja con mis dedos». Saqué el reloj…, ya no latía…, se había parado. Ya nada, nada, ni un estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni un roce de sonido en el aire. ¡Nada! ¡Ya nada! ¡Ni siquiera el rodar lejano del coche de plaza, ya nada!

Estaba en los muelles, y un frescor glacial subía del río.

¿Seguía corriendo aún el Sena?

Quise saber, encontré la escalera, bajé… No oía borbotear la corriente bajo los arcos del puente… Unos escalones más…, luego arena…, cieno…, luego agua…, empapé mi brazo en ella…, corría…, corría… fría…, fría…, fría…, casi helada…, casi agotada…, casi muerta.

Y sentía perfectamente que no tendría ya nunca fuerzas para volver a subir… y que iba a morir allí… también yo, de hambre, de fatiga y de frío.

 

EL ORDENANZA*

 

El cementerio, lleno de oficiales, parecía un campo florido. Los quepis y los pantalones rojos, los galones y los botones dorados, los sables, los cordones de los oficiales del Estado Mayor, los alamares de los cazadores y de los húsares pasaban por entre las tumbas, sobre las que las cruces blancas o negras abrían sus brazos lastimeros, sus brazos de hierro, de mármol o de madera sobre la desaparecida población de los muertos.

Acababan de enterrar a la mujer del coronel de Limousin. Se había ahogado dos días antes, mientras se daba un chapuzón.

La ceremonia había terminado, los representantes del clero se habían ido, pero el coronel, sostenido por dos oficiales, permanecía de pie delante de la fosa en cuyo fondo se podía ver todavía la caja de madera que escondía, ya descompuesto, el cuerpo de su joven mujer.

Él era casi un anciano, un larguirucho de canos bigotes que se había casado, tres años antes, con la hija de un camarada, que se había quedado huérfana tras la muerte de su padre, el coronel Sortis.

El capitán y el teniente en los que se apoyaba su jefe trataban de llevárselo de allí. Él se resistía, con los ojos anegados de lágrimas que no dejaba brotar por heroísmo, y, murmurando muy bajito: «No, no, un poco más», se obstinaba en permanecer allí, con las piernas que se le doblaban, al borde de esa hoya, que le parecía sin fondo, un abismo en el que habían caído su corazón y su vida, todo cuanto le quedaba sobre la tierra.

De repente el general Ormont se acercó, cogió del brazo al coronel y, llevándoselo casi a la fuerza, dijo: «Vamos, vamos, mi viejo camarada, no hay que quedarse aquí». Entonces el coronel obedeció, y regresó a su casa.

En el momento en que abría la puerta de su gabinete, vio una carta sobre su mesa de trabajo. Tras haberla cogido, estuvo a punto de desplomarse de la sorpresa y de la emoción. Había reconocido la escritura de su mujer. Y la carta llevaba el timbre de correos con fecha de ese mismo día. Desgarró el sobre y leyó.

Querido padre:

Permítame llamarle una vez más padre, como en otro tiempo. Cuando reciba esta carta, estaré muerta y bajo tierra. Entonces tal vez pueda perdonarme.

No es mi intención tratar de conmoverle ni de atenuar mi culpa. Sólo quisiera contar, con toda la sinceridad de una mujer que va a quitarse la vida dentro de una hora, toda la verdad.

Cuando se casó conmigo, por generosidad, me entregué a usted por gratitud y le quise con todo mi corazón de muchacha. Le quise como quise a mi papá, casi tanto; y un día, en que me tenía sobre sus rodillas, y me besaba usted, le llamé «padre», a mi pesar. Fue un grito del corazón, instintivo, espontáneo. La verdad, usted era para mí un padre, nada más que un padre. Usted se rió y me dijo: «Llámame siempre así, hija mía, pues me gusta».

Vinimos a esta ciudad y —perdóneme, padre— me enamoré. ¡Oh!, me resistí a ello por mucho tiempo, casi dos años, ha leído bien, casi dos años, y luego cedí, me convertí en culpable, me convertí en una perdida.

Quién era él no conseguirá adivinarlo. Estoy muy tranquila a este respecto, pues eran doce los oficiales que siempre tenía a mi alrededor y conmigo, a los que usted llamaba mis doce constelaciones.

Padre, no trate de averiguar quién es y no le odie. Él hizo lo que habría hecho cualquier otro en su lugar, y además estoy segura de que me quería también de todo corazón.

Pero, escuche, un día, teníamos una cita en la isla de las Bécasses, ya sabe a qué islita me refiero, pasado el molino. Tenía yo que llegar allí a nado, y él tenía que esperarme entre la maleza, donde luego se quedaría hasta la noche para no ser visto. Apenas acabábamos de encontrarnos, cuando las ramas se abren y veo a Philippe, su ordenanza, que nos había sorprendido. Me di cuenta de que estábamos perdidos y lancé un gran grito; entonces me dijo —¡él, mi amigo!—: «Váyase a nado, poquito a poco, querida, y déjeme con este hombre».

Yo me fui, tan conmocionada que a punto estuve de ahogarme, y volví con usted, esperándome algo espantoso.

Una hora después, Philippe me decía, en voz baja, en el pasillo del salón donde me lo encontré: «Estoy a las órdenes de la señora, si tiene alguna carta que darme». Entonces comprendí que se había vendido, y que mi amigo le había comprado.

Le di unas cartas, en efecto, todas mis cartas. Él las llevaba y me traía las respuestas.

Esto se prolongó por espacio de unos dos meses. Teníamos confianza en él, como la tenía también usted.

Ahora bien, padre, he aquí lo que sucedió. Un día, en la misma isla a la que había ido a nado, pero, sola, esta vez, me encontré a su ordenanza. Este hombre me estaba esperando y me avisó de que iba a denunciarnos a usted y a entregarle unas cartas que tenía en su poder, robadas, si no cedía a sus deseos.

¡Oh!, padre, padre mío, sentí miedo, un miedo cobarde, indigno, miedo a usted sobre todo, a usted que tan bueno es, y al que yo había engañado, miedo también por él —usted le hubiera matado—, y quizá también a mí, ¿qué sé yo?, y estaba enloquecida, fuera de mí, creí comprarle una vez más a ese miserable que también me amaba, ¡qué vergüenza!

Somos tan débiles, nosotras las mujeres, que perdemos la cabeza con mucha mayor frecuencia que los hombres. Y además, una vez que hemos caído, caemos cada vez más bajo, más bajo. Yo no sabía ya lo que me hacía. De lo único que era consciente era de que uno de ustedes dos y yo moriríamos, y entonces me entregué a ese bruto.

Como puede ver, padre, no trato de justificarme.

Desde entonces —cosa que hubiera tenido que prever— me poseyó cuantas veces quiso, aterrándome. Fue también mi amante, como el otro, todos los días. ¿No es abominable? Y qué castigo, padre mío…

Entonces tomé la decisión de morir. En vida no me habría atrevido a confesarle un crimen semejante. Una vez muerta puedo atreverme a todo. No podía hacer otra cosa que morir; nada habría podido lavar mi ignominia, pues era una mancilla demasiado grande. Ya no podía amar, ni ser amada; me parecía que ensuciaba a todo el mundo con el simple hecho de dar la mano.

Dentro de poco iré a darme un chapuzón y no volveré.

Esta carta para usted será enviada a casa de mi amante. La recibirá después de mi muerte y, sin comprender nada, se la hará llegar, cumpliendo mi último deseo. Y usted la leerá al volver del cementerio.

Adiós, padre, no tengo nada más que decirle. Haga lo que quiera, y perdóneme.

El coronel se secó la frente perlada de sudor. Su sangre fría, la sangre fría de los días de batalla le había vuelto de golpe.

Llamó.

Apareció un criado.

—Mande venir a Philippe —dijo.

Luego entreabrió el cajón de su mesa.

El hombre entró casi enseguida, un soldado alto, de bigotes pelirrojos, aspecto de tunante y mirada falsa.

El coronel le miró directamente a los ojos.

—Quiero que me digas el nombre del amante de mi mujer.

—Pero, mi coronel…

El oficial cogió su revólver del cajón entreabierto.

—Vamos, y rápido, sabes que no bromeo.

—Bien…, mi coronel… Es el capitán Saint-Albert.

Apenas hubo pronunciado aquel nombre, cuando una llama le abrasó los ojos y se desplomó hacia delante con la frente traspasada por una bala.

 

MOIRON*

 

Como se estaba hablando aún de Pranzini,1 el señor Maloureau que había sido fiscal general bajo el Imperio, nos dijo:

—¡Oh!, yo tuve que encargarme, en otro tiempo, de un caso bien curioso, curioso desde varios puntos de vista, como verán.

*

Era yo en ese momento fiscal imperial en provincias, y estaba muy bien considerado en la corte gracias a mi padre, presidente primero en París. Tomé parte en un proceso que se hizo célebre como «el caso del maestro Moiron».

El señor Moiron, maestro de primaria en el norte de Francia, gozaba, en toda la región, de una excelente reputación. Hombre inteligente, razonable, muy religioso, un poco taciturno, se había casado en el municipio de Boislinot, donde ejercía su profesión. Había tenido tres hijos, muertos uno tras otro del pecho. A partir de ese momento, pareció volcar en la chiquillería que había sido confiada a su cuidado todo el afecto que guardaba en su corazón. Compraba, con dinero de su bolsillo, juguetes para sus mejores alumnos, para los más juiciosos y amables; organizaba para ellos meriendas, atiborrándoles de dulces, de golosinas y de pasteles. Todo el mundo quería y alababa a ese buen hombre, a ese buen corazón, cuando, uno tras otro, cinco de sus alumnos fueron muriendo en extrañas circunstancias. Se creyó que había sido una epidemia causada por el agua corrompida por la sequía, se buscaron las causas sin descubrirlas, tanto más cuanto que los síntomas parecían de lo más extraños. Los niños parecían aquejados de languidez, dejaban de comer, tenían dolores de estómago, tiraban durante algún tiempo, para luego expirar en medio de terribles sufrimientos.

Se hizo la autopsia del último fallecido sin encontrar nada. Las entrañas enviadas a París fueron analizadas y no revelaron la presencia de sustancia tóxica alguna.

Durante un año, no pasó nada más, luego dos chiquillos, los mejores de la clase, los predilectos de Moiron, murieron en cuatro días. Se prescribió de nuevo el examen de los cuerpos, descubriéndose, tanto en uno como en otro, trocitos de cristal triturado incrustados en los órganos. Se llegó a la conclusión de que esos dos chiquillos debían de haber comido imprudentemente algún alimento no bien lavado. Habría sido suficiente con la rotura de un vaso sobre un tazón de leche para provocar ese horrible accidente. Las cosas no habrían pasado de aquí, si mientras tanto la criada de Moiron no hubiera caído enferma. Tras llamarse al médico, éste constató los mismos síntomas detectados en los niños, la interrogó y consiguió que confesara que había robado y comido de los dulces comprados por el maestro para sus alumnos.

Por orden del tribunal, se realizó un registro en la escuela y se descubrió un armario lleno de juguetes y de golosinas destinados a los niños. Ahora bien, casi todos estos dulces contenían trocitos de cristal o de agujas rotas.

Detenido inmediatamente, Moiron se mostró tan indignado y asombrado por las sospechas que recaían sobre él que estuvieron a punto de soltarle. Y, sin embargo, los indicios de su culpabilidad eran evidentes y pugnaban en mí contra mi primer convencimiento fundado en su excelente reputación, en su vida entera y en lo inverosímil y en la absoluta falta de móvil para un crimen semejante.

¿Por qué aquel buen hombre, sencillo, religioso, habría matado a unos niños, y precisamente a aquellos a los que tenía más apego, que cubría de regalos y atiborraba de golosinas, por los que gastaba en juguetes y caramelos la mitad de su sueldo?

¡Para admitir semejante modo de actuar había que concluir que estaba loco! Ahora bien, Moiron parecía tan razonable, tan sereno, tan coherente y equilibrado, que la locura parecía imposible de demostrar en su caso.

¡Y, sin embargo, las pruebas se acumulaban! Se comprobó que caramelos, pasteles, melcochas y otros dulces comprados a los proveedores habituales del maestro de escuela contenían algunos ingredientes sospechosos.

Entonces Moiron sostuvo que algún enemigo suyo desconocido debía de haber abierto su armario con una llave falsa para introducir el cristal y las agujas en las golosinas. Y se inventó toda una historia sobre una herencia supeditada a la muerte de un niño, decidida y perpetrada por algún campesino que obtendría aquélla en la medida en que consiguiera hacer recaer las sospechas sobre él. A aquel monstruo, dijo, no le había preocupado que fueran a morir también otros pobres niños.

Era posible. El hombre parecía tan seguro de sí y apenado que le habría dejado en libertad sin lugar a dudas, a pesar de los cargos contra él, de no haberse hecho, uno tras otro, dos descubrimientos irrefutables.

El primero, una tabaquera llena de cristal triturado, ¡su tabaquera!, en el interior de un cajón secreto del escritorio donde guardaba el dinero.

De nuevo encontró una explicación para justificar el hallazgo de forma más o menos plausible, como una última astucia del verdadero culpable desconocido, cuando un mercero de Saint-Marlouf se presentó ante el juez de instrucción para contar que un señor había comprado en su tienda unas agujas, en varias ocasiones, las agujas más finas que había podido encontrar, rompiéndolas para ver si eran las que le convenían.

El mercero, tras realizar una rueda de reconocimiento de una docena de personas, identificó sin vacilar a Moiron. Y la investigación reveló que el maestro, en efecto, había ido a Saint-Marlouf en los días indicados por el comerciante.

Paso por alto las terribles declaraciones de los niños sobre la elección de las golosinas y el cuidado que ponía Moiron en que se las comieran en presencia suya y en hacer desaparecer los menores restos.

La opinión pública, enfurecida, pedía la pena capital con una vehemencia que el horror no hacía sino aumentar, venciendo toda resistencia o vacilación.

Moiron fue condenado a muerte. La apelación fue rechazada; sólo le quedaba la petición de gracia. Por mi padre me enteré de que el Emperador no la concedería.

Una mañana que estaba trabajando en mi gabinete, se me anunció la visita del capellán de la cárcel.

Era un anciano sacerdote con un gran conocimiento de los hombres y acostumbrado a tratar con criminales. Parecía turbado, incómodo, inquieto. Tras haber charlado algunos minutos de todo un poco, me dijo de sopetón mientras se levantaba:

«Si Moiron es decapitado, señor fiscal imperial, habrá dejado ejecutar usted a un inocente».

Luego, sin saludar, salió, dejándome con la profunda impresión de estas palabras. Las había pronunciado de forma conmovedora y solemne, entreabriendo, para salvar una vida, sus labios cerrados y sellados por el secreto de confesión.

Una hora después partía yo para París, y mi padre, al que había dado aviso, solicitó inmediatamente una audiencia al Emperador.

Se me recibió al día siguiente. Su Majestad estaba trabajando en un pequeño salón cuando se nos introdujo. Yo expuse todo el caso hasta la visita del sacerdote, y estaba contando ésta cuando se abrió una puerta situada detrás del sillón del soberano, y apareció la emperatriz, creyendo que estaba solo. Su Majestad Napoleón la consultó. Tan pronto como estuvo al corriente de los hechos, exclamó:

«Hay que conceder el perdón a este hombre. ¡Hay que hacerlo, puesto que es inocente!

¿Cómo era posible que la repentina convicción de una mujer tan piadosa despertara en mí una terrible duda?

Yo había ardido en deseos hasta ese momento de que se conmutara la pena. Pero de pronto me sentí la víctima, el juguete de un astuto criminal que había utilizado a un sacerdote y la confesión como último recurso de defensa.

Expuse mis dudas a Sus Majestades. El emperador estaba indeciso, incitado por su bondad natural y refrenado por el temor a verse burlado por un ser despreciable. En cambio, la emperatriz, convencida de que el sacerdote había obedecido a una instancia divina, repetía: «¡Pero qué importa! ¡Siempre es preferible perdonar la vida a un culpable que dar muerte a un inocente!». Su opinión se impuso y la pena de muerte fue conmutada por la de trabajos forzados.

Unos años después supe que Moiron, cuyo comportamiento ejemplar en la penitenciaría de Toulon había sido señalado nuevamente al Emperador, se había convertido en criado del director de la cárcel.

Tras lo cual no volví a oír hablar por mucho tiempo de ese hombre.

Hará un par de años, mientras estaba pasando el verano en Lille, en casa de mi primo de Larielle, una noche, justo cuando nos disponíamos a sentarnos a la mesa para cenar, me avisaron de que un joven sacerdote deseaba hablar conmigo.

Dije que le hicieran entrar; me suplicó que fuera con él a ver a un moribundo que quería hablar conmigo a toda costa. En mi larga carrera de magistrado me había visto en varias ocasiones en semejantes tesituras y, aunque relegado por la República, de vez en cuando todavía me llamaban en análogas circunstancias.

Seguí, pues, al sacerdote, que me hizo subir hasta un miserable alojamiento, en lo alto de una casa de obreros.

En un jergón de paja vi a un extraño agonizante, sentado, con la espalda apoyada en la pared para poder respirar.

Era una especie de esqueleto gesticulante, con unos ojos profundos y brillantes.

Apenas verme, murmuró:

«Me reconoce usted, ¿no?»

«Pues no».

«Soy Moiron».

Tuve un sobresalto y pregunté:

«¿El maestro de escuela?»

«Sí».

«¿Y qué hace aquí?»

«Sería demasiado largo de contar. No tengo tiempo… Voy a morir…, me han traído a este cura… y como sabía que estaba usted aquí, le he mandado llamar… Es a usted a quien quiero confesarme…, ya que me salvó la vida… en otro tiempo».

Apretaba con sus manos crispadas la paja de su jergón a través de la tela. Y prosiguió con una voz ronca, enérgica y queda:

«Mire…, le debo la verdad… a usted…, pues es preciso que se la cuente a alguien antes de dejar este mundo.

»Fui yo quien mató a los niños…, a todos… Fui yo… ¡por venganza!

»Escuche. Era yo un hombre honrado, honradísimo…, honradísimo…, muy puro, que adoraba a Dios, a ese Dios bueno, el Dios que nos enseñan a querer, y no al Dios falso, al verdugo, al ladrón, al asesino que gobierna la tierra. No había hecho nunca mal alguno, ni cometido nunca ninguna mala acción. Era yo puro como no se es, señor.

»Cuando me casé, tuve hijos y los quise como nunca ningún padre o madre han querido a los suyos. No vivía más que para ellos. Estaba loco por ellos. ¡Se me murieron los tres! ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué había hecho yo? Me rebelé, pero con una rebelión furiosa; y de repente abrí los ojos como cuando uno se despierta; y comprendí que Dios es malvado. ¿Por qué había matado a mis hijos? Me quité la venda de los ojos y vi que le gusta matar. Es lo único que le gusta, señor. ¡Da vida con el solo fin de destruir! Dios, señor, es un exterminador. Todos los días necesita muertos. Y los mata de todas las maneras posibles por mera diversión. Ha inventado las enfermedades, los accidentes, para entretenerse durante meses y años; y luego, cuando se aburre, tiene las epidemias, la peste, el cólera, las anginas, las viruelas; ¡y qué sé yo cuántas cosas más ha inventado ese monstruo! Pero ¡como no tenía bastante, porque todos esos males se parecen, entonces se regala ocasionalmente con alguna guerra, para ver doscientos mil soldados caídos, amontonados en medio de la sangre y del barro, reventados, con los brazos y las piernas hechos pedazos, la cabeza rota por las balas como los huevos que se caen al suelo.

»Y esto no es todo. Ha hecho que los hombres se coman entre sí. Y además, como los hombres se volvían mejores que él, creó a las bestias para ver cómo los hombres las cazan, las degüellan y se las comen. Pero no acaba aquí la cosa. Creó a los insectos que viven un día, a las moscas que mueren a millares en una hora, a las hormigas que aplastamos y a otros seres, tantos como no podemos imaginarnos. Y todos se matan entre sí, se dan caza, se devoran y mueren de continuo. Y el buen Dios mira y se divierte, porque los ve a todos, a los más grandes y a los más pequeños, a los que viven en una gota de agua y a los de los otros astros. Los observa y se divierte. ¡Ah, qué canalla!

»Entonces, yo, señor, también maté niños. ¡Se la jugué bien jugada! Ésos no se los llevó él; me los llevé yo. ¡Y a cuántos más habría matado si no me hubiera descubierto usted!

»Iba a morir guillotinado. ¡Yo! ¡Cómo se hubiera reído el muy miserable! Entonces solicité la presencia de un sacerdote y le mentí. Me confesé. Mentí, y así salvé mi vida.

»Ahora se acabó, ya no puedo escapar de él. Pero no le tengo miedo, pues le desprecio demasiado…».

Era horrendo ver a aquel miserable que jadeaba, hablaba con hipidos, abría la boca de par en par para vomitar unas palabras apenas audibles, y que agonizaba, arrancaba la tela de su jergón y, bajo una manta casi negra, agitaba las piernas como para escapar.

¡Qué ser más espantoso, y qué horrible recuerdo!

Le pregunté:

«¿No tiene nada más que decir?»

«No, señor».

«Entonces, adiós».

«Adiós, señor, un día u otro…»

Me volví hacia el sacerdote, el cual, lívido, alzaba contra la pared su figura alta y oscura, y le pregunté:

«¿Usted se queda, reverendo?»

«Sí, me quedo».

Entonces el moribundo dijo sarcásticamente:

«Sí, sí, manda a sus cuervos a por los cadáveres».

Yo ya tenía bastante; abrí la puerta y me largué.

 

EL AHOGADO*

 

I

Todo el mundo, en Fécamp, conocía la historia de la tía Patin. Es cierto que la tía Patin no había sido feliz con su hombre, pues éste la golpeaba, en vida, como se golpea el trigo en la era.

Él era patrón de una barca de pesca, y se había casado con ella, en otro tiempo, porque era graciosa, aunque fuera pobre.

Patin, buen marinero, pero brutal, frecuentaba la taberna del compadre Auban, donde se tomaba, los días de cada día, cuatro o cinco copas de aguardiente y, en los que había habido una buena pesca, ocho o diez, e incluso más, si se lo pedía el cuerpo, decía.

El aguardiente era servido a los clientes por la hija del compadre Auban, una morena de buen ver y que atraía a la gente al local únicamente por su buena presencia, pues nunca había dado que hablar.

A Patin, cuando entraba en la taberna, le gustaba mirársela y le hablaba con cortesía, diciéndole cosas en tono tranquilo de mozo formal. Pero cuando se había tomado la primera copa, ya la encontraba más graciosa; a la segunda, le guiñaba el ojo; a la tercera, decía: «Si usted quisiera, señorita Désirée…», sin acabar nunca su frase; a la cuarta, trataba de retenerla por la falda para besarla; y, cuando llevaba ya diez copas, era el compadre Auban quien le servía las demás.

El viejo tabernero, que podía poner cátedra en astucias, hacía circular a Désirée por entre las mesas para aumentar así las consumiciones; y Désirée, que no por nada era la hija del compadre Auban, paseaba su falda en torno a los parroquianos, y bromeaba con ellos, con una sonrisa en los labios y una mirada maliciosa.

A fuerza de tomarse copas de aguardiente, Patin se acostumbró tanto al rostro de Désirée, que pensaba en él incluso en el mar, cuando largaba sus redes, mar adentro, durante las noches de viento o las noches de mar calma, durante las noches de luna o las noches de tinieblas. Pensaba en ella mientras estaba al timón, en la popa de la barca, mientras sus cuatro compañeros dormitaban con la cabeza recostada en sus brazos. La veía siempre sonreírle, servirle el aguardiente amarillento con un movimiento del hombro, y luego irse diciendo:

—¿Qué? ¿Contento?

A fuerza de tener siempre sus ojos puestos en ella y de tenerla en su pensamiento, le entraron tales ganas de tomarla por esposa, que, no pudiendo aguantarse más, pidió su mano.

Él era rico, propietario de su embarcación, de sus redes y de una casa al pie de la cuesta de la Retenue, mientras que el compadre Auban no tenía nada. Por lo que su petición fue aceptada inmediatamente y la boda se celebró lo más pronto posible, teniendo ambas partes prisa por cerrar el asunto por diferentes motivos.

Pero, tres días después de celebrada la boda, Patin ya no comprendía en absoluto cómo podía haber creído que Désirée era distinta del resto de las mujeres. Muy embobado tenía que estar, en verdad, para liarse con una pobretona que seguro que le había engatusado con el aguardiente, un aguardiente en el que había puesto alguna asquerosa droga.

Y, cada vez que salía a pescar, juraba todo el tiempo, rompía la pipa con los dientes, maltrataba a la tripulación y, tras haber maldecido a voz en grito con todas las expresiones habituales y contra todo bicho viviente, desembuchaba cuanto le quedaba en el cuerpo contra los peces y los bogavantes que iba sacando uno por uno de las redes y no los tiraba ya dentro de las cestas sin acompañar su gesto de insultos y palabrotas.

Luego, de vuelta a casa, teniendo al alcance de su boca y de su mano a su mujer, la hija del compadre Auban, no tardó en tratarla como a un estropajo. Como además ella le escuchaba resignada, acostumbrada como estaba a la violencia paterna, él se irritó por su pachorra; y, una noche, la maltrató. A partir de entonces, la vida se volvió horrible en su casa.

Durante diez años no se habló en la Retenue de otra cosa que de las palizas que Patin propinaba a su mujer y de su manera de blasfemar, con cualquier pretexto, cuando le dirigía la palabra. En efecto, blasfemaba de un modo especial, con una riqueza de léxico y una sonoridad vocal que nadie más tenía en Fécamp. Apenas aparecía su barca en la bocana del puerto, de regreso de la pesca, la gente esperaba la primera andanada que lanzaría, desde la cubierta al malecón, no bien hubiera visto el gorrito blanco de su compañera.

De pie, en popa, maniobraba, en los días de mar gruesa, con la mirada hacia proa y la vela, y, pese al cuidado que exigía el paso estrecho y difícil, pese a las olas de fondo que entraban como montañas en el estrecho canal, trataba de reconocer, en medio del mujerío que esperaba a los marineros, ante la espuma de las olas, a la suya, a la hija del compadre Auban, ¡la pordiosera!

Entonces, apenas verla, no obstante el ruido de las olas y del viento, le echaba tal bronca, con semejante vozarrón, que todo el mundo rompía a reír, pese a no dejar de compadecerla mucho. Luego, llegada la barca al muelle, su forma de soltar el lastre de galanterías, como él decía, mientras desembarcaba el pescado, atraía en torno a sus amarras a todos los granujas y a todos los desocupados del puerto.

A veces los improperios salían de su boca como cañonazos, terribles y breves, otras como rugientes truenos de cinco minutos, era un huracán tal de palabrotas que parecía que guardara en sus pulmones todas las tormentas de Dios Padre.

Luego, cuando había dejado la barca y se encontraba delante de ella en medio de los curiosos y de las vendedoras de arenques, sacaba del fondo de la bodega todo un nuevo cargamento de maldiciones y de duras palabras, y así se iban para casa, ella delante y él detrás, ella llorosa y él gritón.

Entonces, a solas con ella, a puerta cerrada, le arreaba al menor pretexto. Cualquier excusa era buena para levantarle la mano y, una vez que había empezado, ya no paraba, vomitándole entonces a la cara los verdaderos motivos de su odio. A cada bofetada, a cada mamporrazo, vociferaba: «¡Ah, la zarrapastrosa, la pobretona, la muerta de hambre, buena la hice el día que mojé el gaznate con el matarratas del fullero de tu padre!».

La pobre mujer vivía ahora presa de un espanto incesante, en un temblor continuo de alma y de cuerpo, en una espera pavorosa de insultos y de bastonazos.

Y esto duró diez años. Estaba tan amedrentada que palidecía al hablar con cualquiera, y no pensaba ya en nada más que en los golpes que la amenazaban y en que se había vuelto más delgada, amarilla y seca que un arenque ahumado.

II

Una noche en que su hombre se hallaba faenando en el mar, fue despertada de repente por ese gruñido de bestia que hace el viento cuando llega como un perro suelto. Se sentó en su cama, alterada, luego, al no oír ya nada, volvió a acostarse; pero, casi de inmediato, se oyó en la chimenea un mugido que sacudía la casa por entero, el cual se extendió por todo el cielo como si un rebaño de animales furioso hubiera atravesado el espacio bufando y bramando.

Entonces se levantó y corrió hacia el puerto. De todas partes llegaban otras mujeres con faroles. Los hombres acudían corriendo y todos miraban cómo se encendía en la noche, en el mar, la espuma en lo alto de las olas.

La tempestad duró quince horas. Once marineros no regresaron, y Patin fue uno de ellos.

Encontraron, en la costa de Dieppe, restos de la Jeune-Amélie, su barca. Recogieron, hacia Saint-Valéry, los cuerpos de sus marineros, pero nunca se encontró el suyo. Como el casco de la embarcación parecía haberse partido en dos, su mujer esperó y temió su vuelta durante mucho tiempo, pues, de haberse producido un abordaje, era posible que el barco abordador le hubiera recogido, a él solo, y llevado lejos.

Luego, poco a poco, se acostumbró a la idea de que era viuda, sin dejar de estremecerse cada vez que una vecina, que un pobre o que un vendedor ambulante entraban repentinamente en su casa.

Ahora bien, una tarde, unos cuatro años después de la desaparición de su hombre, ella se detuvo, siguiendo la calle de los judíos, delante de la casa de un viejo capitán, muerto recientemente, cuyo mobiliario era sacado a la venta.

Justo en ese momento estaban subastando un papagayo verde de cabeza azul, que miraba a todos con aire descontento e inquieto.

—¡Tres francos! —exclamaba el vendedor—; ¡un pájaro que habla como un sacamuelas, tres francos!

Una amiga de la Patin le dio con el codo:

—Debería usted comprarlo, rica como es —le dijo—. Le haría compañía; vale más de treinta francos ese pájaro. ¡Siempre puede revenderlo por veinte o veinticinco!

—¡Cuatro francos, señoras, cuatro francos! —repetía el hombre—. Canta vísperas y predica como el señor cura. ¡Es un fenómeno…, un prodigio!

La Patin añadió cincuenta céntimos y le entregaron, dentro de una jaulita, el pájaro de pico encorvado, que ella se llevó.

Luego lo instaló en su casa y, cuando abría la puerta de tela metálica para dar de beber al ave, recibió un picotazo en el dedo que le desgarró la piel y la hizo sangrar.

—¡Ah, qué mala bestia! —exclamó.

No obstante, le dio cañamón y maíz, y luego dejó que se alisara el plumaje mientras miraba con aire burlón su nueva casa y a su nueva ama.

Al día siguiente, al amanecer, la Patin oyó con gran claridad una fuerte voz, sonora y vibrante, la voz de Patin que gritaba:

—¿Quieres levantarte, golfa?

Fue tal su espanto que escondió la cabeza debajo de las sábanas, pues, todas las mañanas, en otro tiempo, apenas había abierto los ojos, su difunto marido le gritaba al oído estas tres palabras que ella se conocía a la perfección.

Temblando, ovillada, con la espalda ofrecida a la paliza que ya esperaba, murmuraba, el rostro escondido en la cama:

—¡Santo Dios, ahí está! ¡Santo Dios, ahí está! ¡Ha vuelto, santo Dios!

Pasaban los minutos; ningún ruido turbaba ya el silencio de la habitación. Entonces, estremeciéndose, asomó la cabeza fuera de la cama, segura de que estaba allí, acechando, dispuesto a darle una azotaina.

Ella no vio nada, nada más que un rayo de sol que se filtraba por la ventana y pensó: «Está escondido, seguro».

Esperó largo rato, luego, algo tranquilizada, pensó: «Hay que creer que lo he soñado, pues no aparece».

Volvió a cerrar los ojos, más calmada, cuando estalló, muy cerca, la voz furiosa, la voz tonante del ahogado que vociferaba:

—¡Rediós, rediós, rediós, pero quieres levantarte, c…!

Ella saltó de la cama, levantada por la obediencia, por su pasiva obediencia de mujer molida a golpes, que se acuerda aún de ellos después de cuatro años y que se acordará siempre y que siempre obedecerá a esa voz. Y dijo:

—Aquí me tienes, Patin. ¿Qué quieres?

Pero Patin no respondió.

Entonces, enloquecida, miró a su alrededor, luego buscó por todas partes, dentro de los armarios, en la chimenea, debajo de la cama, sin encontrar a nadie, y por último se derrumbó sobre una silla, loca de angustia, convencida de que era el alma de Patin la que estaba allí, a su lado y que había vuelto para torturarla.

De pronto, le vino a la mente el desván, al que se podía acceder exteriormente por una escalera. Seguro que se había escondido allí para sorprenderla. Los salvajes debían de haberle tenido prisionero en alguna parte de la costa y él, que no había conseguido escapar hasta entonces, había vuelto ahora más malo que nunca. No cabía duda con sólo oír el timbre de su voz.

Con la cabeza levantada hacia el techo preguntó:

—¿Estás ahí, Patin?

Patin no respondió.

Entonces salió, sacudida por un terrible miedo, subió la escalera, abrió el ventanillo, miró, no vio nada, entró, buscó y no le encontró.

Sentada sobre un haz de paja, rompió a llorar y mientras sollozaba, embargada de un terror lacerante y sobrenatural, oyó, en su habitación, justo debajo de donde estaba, a Patin que estaba contando algo. Ahora parecía menos rabioso, más tranquilo, decía:

—¡Qué tiempo de perros! ¡Fuerte viento! ¡Un tiempo de perros! ¡No he comido nada, rediós!

Ella gritó desde el desván:

—Ya voy, ya voy, Patin. Ahora te preparo las sopas, no te enojes.

Volvió a bajar a toda prisa.

Pero abajo no había nadie.

Se sintió desfallecer como si la Muerte la tocara, y estaba a punto de escapar para pedir socorro a los vecinos, cuando la voz, muy cerca de su oído, exclamó:

—¡No he desayunado, rediós!

Y el papagayo, en su jaula, la miraba con su mirada de ojos redondos, burlones y malvados.

También ella lo miró, enloquecida, murmurando:

—¡Ah, eres tú!

Y el papagayo prosiguió, meneando la cabeza:

—¡Espera, espera, espera, ya te enseñaré yo a holgazanear!

¿Qué pasó dentro de ella? Sintió, comprendió que era precisamente él, el muerto, que había vuelto, que se había escondido dentro del plumaje de aquella bestia para empezar a atormentarla de nuevo, que iba a jurar, como en otro tiempo, todo el santo día, y a atacarla, a gritarle insultos para que los oyeran los vecinos y hacerles reír. Entonces se precipitó, abrió la jaula, cogió al pájaro que se defendía, arrancándole la piel con el pico y las zarpas. Pero ella lo sujetaba fuerte con ambas manos y, echándose al suelo, rodó por encima de él con un frenesí de posesa, lo aplastó, hizo de él un pingajo de carne, una cosita blanda, verde, que ya no se movía, que ya no hablaba y que colgaba; luego, tras haberlo envuelto con un trapo de cocina como si fuera un lienzo, salió, en camisa, descalza como iba, atravesó el muelle, que el mar azotaba con cortas olas y, sacudiendo el hato, dejó caer en el agua aquella cosita muerta que parecía un manojo de hierba; luego volvió a su casa, se postró de rodillas delante de la jaula vacía, y, trastornada por lo que había hecho, pidió perdón a Dios, sollozando, como si acabara de cometer un horrible crimen.

 

HAUTOT PADRE E HIJO*

 

I

Delante de la puerta de la casa, medio alquería, medio casa de campo, una de esas viviendas rurales mixtas que fueron casi señoriales y que ocupan hoy grandes terratenientes, los perros, atados a los manzanos del patio, ladraban y aullaban al ver los morrales que traían el guarda y unos chiquillos. En la gran sala que hacía las veces de cocina comedor, Hautot padre, Hautot hijo, el señor Bermont, el recaudador, y el señor Mondaru, el notario, estaban tomando un bocado y un vaso de vino antes de ir de caza, pues era el día que se levantaba la veda.

Hautot padre, orgulloso de cuanto poseía, ponderaba por adelantado la caza que encontrarían sus invitados en sus tierras. Era un normando alto, uno de esos hombres imponentes, sanguíneos, huesudos, que cargan sobre sus hombros carretadas de manzanas. Medio campesino, medio señor, rico, respetado, influyente, autoritario, había hecho cursar estudios, hasta tercero, a su hijo César Hautot, a fin de que recibiera instrucción, y había hecho que los interrumpiera entonces por temor a que se convirtiese en un señor indiferente a la tierra.

César Hautot, casi tan alto como su padre, pero más delgado, era un buen hijo, dócil, siempre contento de todo, lleno de admiración, respeto y deferencia a la voluntad y a las opiniones de Hautot padre.

El señor Bermont, el recaudador, un hombre achaparrado que mostraba en sus rojas mejillas una fina trama de venillas moradas semejantes a los afluentes y a los cursos tortuosos de los ríos en los mapas de geografía, preguntó:

—Y liebres, ¿las hay?…

Hautot padre respondió:

—Tantas como usted quiera, sobre todo en los terrenos bajos del Puysatier.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó el notario, un notario regalón, gordo y pálido, así como tripudo y embutido en un traje de caza recién estrenado, comprado la semana anterior en Ruán.

—Pues por ahí, por los terrenos bajos. Ojearemos a las perdices hasta el llano y luego caeremos sobre ellas.

Y Hautot padre se levantó. Todos le imitaron, cogieron sus escopetas de los rincones, examinaron el mecanismo, patearon en el suelo para ajustarse bien las botas algo duras, que no habían sido aún ablandadas por el calor de la sangre; luego salieron, y los perros, alzándose en el extremo de sus cadenas, lanzaron ladridos agudos mientras azotaban el aire con sus patas.

Se pusieron en camino hacia los terrenos bajos. Era un vallecito, o mejor dicho, una gran ondulación de tierras de mala calidad, que habían quedado yermas por esta razón, surcadas por torrenteras, cubiertas de helechos, excelente reserva de caza.

Los cazadores se espaciaron, Hautot padre por la derecha, Hautot hijo por la izquierda, y los dos invitados por en medio. El guarda y los que llevaban los morrales les seguían. Era el momento solemne en que se espera el primer escopetazo, en que el corazón golpetea un poco, mientras el dedo nervioso palpa en todo momento el gatillo.

De súbito, ¡se oyó un disparo! Hautot padre había hecho fuego. Todos se pararon y vieron una perdiz que, separándose del grupo que huía con raudo vuelo, caía en una hondonada dentro de una maleza espesa. El cazador, excitado, echó a correr, pasando por encima y arrancando las zarzas que le retenían, y desapareció a su vez en la espesura en busca de la pieza cobrada.

Casi al punto se oyó un segundo disparo.

—¡Ja, ja!, el muy tunante —exclamó el señor Bermont—, habrá levantado una liebre ahí abajo.

Todos esperaban con los ojos clavados en aquel montón de ramas impenetrables a la mirada.

El notario, haciendo bocina con las manos, vociferó: «¿Las tiene?». Pero Hautot padre no respondió; entonces, César, volviéndose hacia el guarda, le dijo:

—Vaya usted a echarle una mano, Joseph. Hay que caminar en línea. Nosotros esperaremos.

Y Joseph, un viejo tronco de hombre seco, nudoso, con todas las articulaciones llenas de protuberancias, se fue con paso tranquilo y bajó a la hondonada, buscando los boquetes practicables con precauciones de zorro. Luego, de inmediato, exclamó:

—Oh, vengan, vengan, ha ocurrido una desgracia.

Acudieron todos y se metieron por entre las zarzas. Hautot padre, caído de costado, desvanecido, se aguantaba con ambas manos el vientre del que brotaban a través de su chaqueta de tela desgarrada por el plomo unos largos hilillos de sangre sobre la hierba. Al dejar su escopeta para coger la perdiz muerta al alcance de su mano, había dejado caer el arma cuyo segundo disparo, saliendo por el impacto contra el suelo, le había reventado las entrañas. Le sacaron del hoyo, le desvistieron, y vieron una herida espantosa por la que se le salían las tripas. Entonces, tras hacerle una ligadura como pudieron, le llevaron a su casa y esperaron al médico al que se había mandado llamar, con un sacerdote.

En cuanto llegó el doctor, éste meneó la cabeza con aire grave y, volviéndose hacia Hautot hijo que sollozaba en una silla, le dijo:

—Mi pobre muchacho, esto no pinta nada bien.

Pero cuando hubieron terminado de vendarle, el herido movió los dedos, abrió la boca, luego los ojos, lanzó delante de sí unas miradas turbias, extraviadas, y a continuación pareció hurgar en su memoria, acordarse, comprender y murmuró:

—¡Rediós, esto se acabó!

El médico le sostenía la mano.

—No, no, unos pocos días de reposo y no será nada.

Hautot prosiguió:

—¡Se acabó! ¡Tengo el estómago reventado! Bien lo sé.

Luego de repente agregó:

—Quisiera hablar con mi hijo, si me da tiempo.

Hautot hijo, a su pesar, lloriqueaba y repetía como un niño pequeño:

—¡Papá, papá, pobre papá!

Pero el padre, con un tono más firme, dijo:

—Vamos, deja de llorar, no es éste el momento. Tengo que hablar contigo. Ponte aquí, muy cerca, acabaremos pronto, y yo me sentiré más tranquilo. Ustedes, déjennos un minuto, por favor.

Todos salieron dejando al hijo enfrente del padre.

Una vez que estuvieron solos, el padre dijo:

—Escucha, hijo, ya tienes veinticuatro años, y se te pueden decir las cosas. Y, además, en este tipo de asuntos el misterio somos nosotros quienes lo añadimos. Sabes que tu madre murió hace siete años, ¿no es cierto?, y que yo tengo actualmente cuarenta y cinco, pues me casé a los diecinueve. ¿No es así?

El hijo balbució:

—Sí, así es.

—Así pues, tu madre murió hace siete años y yo me quedé viudo. Pues bien, un hombre como yo no puede permanecer viudo a los treinta y siete años, ¿no es así?

El hijo respondió:

—Sí, así es.

El padre, jadeando, todo pálido y con el rostro crispado, continuó:

—¡Dios, cómo me duele! Lo comprendes, pues. No está el hombre hecho para vivir solo, pero yo no quería tomar otra mujer porque así se lo prometí a tu madre. Entonces…, ¿comprendes?

—Sí, padre.

—Así que tomé a una jovencita de Ruán, de la rue de l’Éperlan, número dieciocho, tercero, segunda puerta. Te doy esta información, no la olvides. Pero una jovencita que ha sido sumamente amable conmigo, amorosa, abnegada, una mujer de verdad. ¿Comprendes, muchacho?

—Sí, padre.

—Por tanto, si ha llegado mi hora, le debo algo, pero algo como Dios manda que la libere de la penuria, ¿entendido?

—Sí, padre.

—Te digo que es una buena chica, buena de verdad, y que de no haber sido por ti y por la memoria de tu madre, así como por la casa donde hemos vivido los tres juntos, me la habría traído aquí, y luego me habría casado con ella, seguro…, escucha…, escucha…, hijo mío…, habría podido hacer testamento…, pero no lo he hecho. No he querido…, porque estas cosas no deben ponerse por escrito…, estas cosas…, pues perjudican demasiado a los legítimos… y todo se complica además…, ¡y no es bueno para nadie! ¿Sabes?, olvídate del papel timbrado, no sirve para nada, no lo emplees jamás. Si yo soy rico es porque durante toda mi vida no lo he usado nunca. ¿Comprendes, hijo?

—Sí, padre.

—Escucha…, escúchame bien… Así que no he hecho testamento…, no he querido. Porque, además, te conozco, sé que tienes buen corazón, que no eres ni tacaño ni mezquino. Me dije que, al final de mis días, te lo contaría todo y te rogaría que no olvidaras a la pequeña: Caroline Donet, rue de l’Éperlan, número dieciocho, tercero, segunda puerta, no lo olvides. Y escucha también lo que te voy a decir. Ve enseguida apenas yo haya dejado este mundo y actúa de forma que no tenga un mal recuerdo de mí. Tú tienes lo suficiente. Puedes hacerlo, pues te dejo bastante… Escucha…, durante la semana no está nunca, porque trabaja con la señora Moreau, en la rue Beauvoisine. Ve un jueves. Es el día que me espera. Es mi día desde hace seis años. ¡Pobre pequeña, cuánto va a llorar!… Si te cuento todo esto es porque te conozco bien, hijo mío. No son cosas que se cuenten a la gente, ni al notario ni al cura. Se hacen, todos lo saben, pero que no se cuentan, salvo que sea necesario. Por eso no quiero que ningún extraño esté en el secreto, nadie que no sea de la familia, porque la familia son todos en uno, ¿entendido?

—Sí, padre.

—¿Me lo prometes?

—Sí, padre.

—¿Lo juras?

—Sí, padre.

—Hijo, te lo ruego, te lo suplico, no lo olvides. Es de suma importancia para mí.

—No, padre.

—Irás tú mismo. Quiero que te asegures de todo.

—Sí, padre.

—Y luego verás…, verás lo que ella te explica. Nada más puedo añadir. Lo has jurado.

—Sí, padre.

—Está bien, hijo mío. Dame un beso. Adiós. Voy a palmarla, estoy seguro. Diles a los otros que entren.

Hautot hijo dio un beso a su padre entre gemidos, luego, siempre dócil, abrió la puerta y apareció el cura, en roquete blanco, trayendo los sagrados óleos.

Pero el moribundo había cerrado los ojos y se negó a volver a abrirlos, se negó a responder, se negó a demostrar, mediante un signo siquiera, que comprendía.

Mucho había hablado aquel hombre, y no podía más. Se sentía, por otra parte, ahora con el corazón tranquilo, quería morir en paz. ¿Qué necesidad tenía de confesarse al delegado de Dios en la tierra, puesto que acababa de confesarse con su hijo, que era de la familia?

Recibió los sacramentos, fue purificado y absuelto en medio de sus amigos y de sus servidores postrados de rodillas, sin que un solo movimiento de su rostro revelase que seguía todavía con vida.

Murió hacia medianoche, tras cuatro horas de estremecimientos que indicaban unos dolores atroces.

II

Le enterraron el martes, tras haberse levantado la veda el domingo. Después de volver a su casa, una vez que había acompañado a su padre al cementerio, César Hautot se pasó el resto de la jornada llorando. Apenas si durmió a la noche siguiente y se sintió tan triste al despertar que se preguntaba cómo iba a poder seguir viviendo.

De todos modos, pensó hasta la noche una y otra vez que, si quería respetar las últimas voluntades de su padre, tenía que ir a ver al día siguiente a Ruán a esa muchacha Caroline Donet, que vivía en la rue de l’Éperlan, número 18, tercero, segunda puerta. Había repetido, muy bajito, como se murmura una oración, ese nombre y esa dirección un número incalculable de veces, a fin de no olvidarlos, y acabó por balbucearlos indefinidamente, sin poder parar o pensar en nada, de tanto como su lengua y su mente estaban poseídas por esta frase.

Así pues, al día siguiente hacia las ocho, ordenó enganchar a Graindorge al tílburi y partió al trote largo del pesado caballo normando por la carretera general de Ainville a Ruán. Llevaba puesta su levita negra y sus pantalones con trabillas e iba tocado con un gran sombrero de seda, y no había querido, dadas las circunstancias, ponerse encima de su bonito traje el sobretodo azul que se hincha al viento, protege la tela del polvo y de las manchas y se quita rápidamente a la llegada, tan pronto como se ha saltado del coche.

Entró en Ruán cuando daban las diez, se apeó como siempre en el Hôtel des Bons-Enfants de la rue des Trois-Mares, soportó los grandes abrazos del director, de su mujer y de sus cinco hijos, pues conocían la triste noticia; luego tuvo que dar detalles sobre el accidente, lo cual le hizo llorar, rehusar los servicios de toda esa gente, solícita porque sabían que era rico, y rechazar hasta su invitación a comer, cosa que les picó.

Tras haber quitado el polvo de su sombrero, cepillado la chaqueta y lustrado sus botines, se puso a buscar la rue de l’Éperlan, sin atreverse a preguntarle a nadie por temor a ser reconocido y a despertar sospechas.

Finalmente, como no daba con ella, al ver a un cura, fiándose de la discreción profesional de todo eclesiástico, le preguntó a él.

La tenía a sólo cien pasos, era justo la segunda calle a la derecha.

Entonces, vaciló. Hasta ese momento había obedecido como un manso cordero a la voluntad de su difunto padre. Pero ahora se sentía totalmente agitado, avergonzado, humillado ante la idea de encontrarse, él, el hijo, delante de esa mujer que había sido la amante de su padre. Toda la moral que subyace en nosotros, acumulada en el fondo de nuestros sentimientos durante siglos de enseñanza hereditaria, todo cuanto había aprendido desde el catecismo sobre las mujeres de mala vida, el desprecio instintivo que todo hombre siente por ellas, incluso si se casa con una, toda su honestidad estrecha de campesino, todo ello se agitaba en su interior, le retenía, le hacía avergonzarse y enrojecer.

Pero pensó: «Se lo prometí a mi padre. No puedo dejar de hacerlo». Entonces empujó la puerta entreabierta de la casa señalada con el número 18, descubrió una escalera oscura, subió tres pisos, vio una puerta, luego una segunda, encontró un cordón de campanilla y tiró de él.

El ding dong que resonó en la habitación vecina le provocó un estremecimiento. La puerta se abrió y se encontró delante de una joven señora muy bien vestida, morena, de tez colorada, que le miraba con ojos de pasmo.

No sabía qué decirle, y ella, que no sospechaba nada, y que esperaba al otro, no le invitaba a entrar. Se contemplaron así durante cerca de medio minuto. Finalmente ella preguntó:

—¿Qué desea, señor?

Él murmuró:

—Soy Hautot hijo.

Ella tuvo un sobresalto, palideció y balbució como si le conociera desde hacía tiempo:

—¿El señor César?

—Sí…

—¿Qué pasa?

—Tengo que hablar con usted de parte de mi padre.

Ella dijo:

—¡Oh, Dios mío! —Y retrocedió para que entrase. Él cerró la puerta y la siguió.

Entonces vio a un niño pequeño de unos cuatro o cinco años, que estaba jugando con un gato, sentado en el suelo delante de un horno del que subía un humo de platos mantenidos calientes.

—Siéntese —dijo ella.

Y se sentó… Ella preguntó:

—¿Y bien?

Él no se atrevía a hablar, con los ojos clavados en la mesa puesta en medio del piso y en la que había tres cubiertos, uno de ellos para un niño. Miraba la silla vuelta de espaldas al fuego, el plato, la servilleta, los vasos, la botella de vino tinto empezada y la botella de vino blanco intacta. ¡Era el lugar de su padre, de espaldas al fuego! Le esperaban. Era su pan el que veía, que reconocía al lado del tenedor, pues le habían quitado la corteza debido a los malos dientes de Hautot. Luego, alzando la vista, vio, en la pared, su retrato, la gran fotografía hecha en París el año de la Exposición, la misma que colgaba encima de la cabecera en el dormitorio de Ainville.

La joven prosiguió:

—¿Y bien, señor César?

Él la miró. La angustia la había hecho ponerse lívida y esperaba con las manos temblándole de miedo.

Entonces él se atrevió.

—Pues bien, señorita, papá murió el domingo, mientras cazaba.

Ella se sintió tan trastornada que se quedó inmóvil. Tras unos instantes de silencio, murmuró con voz casi inaudible:

—¡Oh, no es posible!

Luego, de repente, asomaron unas lágrimas a sus ojos, y levantando sus manos se cubrió el rostro y empezó a sollozar.

Entonces, el pequeño volvió la cabeza y, al ver derramar unas lágrimas a su madre, se puso a berrear. Pero luego, comprendiendo que esa tristeza repentina tenía por causa a ese desconocido, se abalanzó sobre César, asió con una mano su pantalón y con la otra le pegó en el muslo con todas sus fuerzas. Y César se quedó desconcertado, emocionado, entre aquella mujer que lloraba a su padre y ese niño que defendía a su madre. Él mismo se sentía dominado por la emoción, con los ojos henchidos de lágrimas por la tristeza; y, para recobrar el dominio de sí, comenzó a hablar.

—Sí —dijo—, la desgracia ocurrió el domingo por la mañana, a eso de las ocho… —Y contó, como si ella escuchara, sin olvidar ningún detalle, refiriendo las más pequeñas cosas con una minuciosidad de campesino. Y el pequeño le seguía pegando, propinándole ahora puntapiés en los tobillos.

Cuando llegó al momento en que Hautot padre le había hablado de ella, oyó su nombre, descubrió su rostro y preguntó:

—Perdón, no le seguía, quisiera saber… Si no le importa volver a empezar.

Él volvió a empezar con los mismos términos: «La desgracia ocurrió el domingo por la mañana a eso de las ocho…».

Lo contó todo, detenidamente, con interrupciones, recapitulaciones, ocasionales reflexiones propias. Ella le escuchaba con avidez, percibiendo con su sensibilidad nerviosa de mujer todas las peripecias que contaba y estremeciéndose de horror, mientras decía a veces: «¡Oh, Dios mío!». El pequeño, creyendo que se había calmado, había dejado de pegarle a César para coger la mano de su madre, y también escuchaba, como si hubiera comprendido.

Terminado el relato, Hautot hijo prosiguió:

—Ahora, vamos a arreglar las cosas entre usted y yo, de acuerdo con su deseo. Escuche, yo tengo una posición desahogada, me ha dejado un cierto patrimonio. No quiero que tenga usted motivos de queja…

Pero ella le interrumpió vivamente.

—Oh, señor César, señor César, hoy no. Tengo el corazón destrozado… Otro día será, otro día… No, hoy no… Si lo acepto, sepa… que no es por mí…, no, no, no, se lo juro, sino por este pequeño. Por lo demás, lo pondremos a su nombre.

Entonces César, aterrado, intuyó y dijo entre balbuceos:

—Así pues…, ¿el pequeño… es de él?

—Sí —dijo ella.

Y Hautot hijo miró a su hermanito con una emoción confusa, intensa y penosa.

Tras un largo silencio, pues ella lloraba de nuevo, César, muy incómodo, prosiguió:

—Bien, pues entonces, señorita Donet, voy a irme. Cuando usted quiera hablaremos del asunto.

Ella exclamó:

—¡Oh, no, no se vaya, no se vaya, no me deje completamente sola con Émile! Me moriría de tristeza. Ahora no tengo a nadie más que a mi pequeño. ¡Oh, qué triste vida, qué triste vida, señor César! Venga, siéntese. Siga hablándome. Cuénteme qué hacía él, allí, durante toda la semana.

Y César se sentó, acostumbrado como estaba a obedecer.

Ella acercó, para sí, otra silla a la suya, delante del horno donde los platos seguían calentándose, cogió a Émile sobre sus rodillas y le preguntó a César mil cosas sobre su padre, cosas íntimas que dejaban entrever lo mucho que había querido a Hautot con todo su pobre corazón de mujer.

Él, por una concatenación natural de sus ideas, más bien escasas, volvió al accidente y empezó a contarlo de nuevo con los mismos detalles.

Cuando dijo: «Tenía un agujero tan grande en el estómago que habrían cabido las dos manos», ella soltó una especie de grito y de nuevo los sollozos le hicieron brotar las lágrimas de los ojos. Contagiado, también César rompió a llorar, y dado que las lágrimas tocan siempre la fibra sensible, se inclinó hacia Émile cuya frente tenía al alcance de la boca y le dio un beso.

La madre, recobrando el aliento, murmuró:

—Pobre niño, ahora es huérfano…

—También yo —dijo César.

No dijeron nada más.

Pero de repente, el instinto práctico del ama de casa, habituada a pensar en todo, se despertó en la joven.

—Tal vez no ha tomado nada desde la mañana, señor César.

—No, señorita.

—¡Oh!, debe de tener hambre. Tomará usted un bocado.

—Gracias —dijo—, pero no tengo hambre, estoy demasiado apenado.

Ella prosiguió:

—¡A pesar de la pena, la vida sigue, y no puede decirme usted que no! Y luego se quedará un ratito más. Cuando se vaya, no sé lo que será de mí.

Él cedió, tras cierta resistencia aún, y, sentándose de espaldas al fuego, enfrente de ella, se comió un plato de callos que crepitaban en el horno y se tomó un vaso de vino tinto. Pero no permitió que descorchara el blanco.

Repetidas veces él le limpió la boca al pequeño, que se había manchado de salsa toda la barbilla.

Cuando se levantaba para irse, preguntó:

—¿Cuándo quiere que vuelva para hablar del asunto, señorita Donet?

—Si no tiene inconveniente, el próximo jueves, señor César. Así no perderé tiempo. Tengo siempre los jueves libres.

—El jueves próximo me va bien.

—Vendrá usted a comer, ¿no?

—¡Oh!, en cuanto a eso, no puedo prometérselo.

—Es que se charla mejor comiendo. Se dispone además de más tiempo.

—Bien, de acuerdo. Hasta mediodía, entonces.

Y se fue después de haber besado otra vez al pequeño Émile y estrechado la mano de la señorita Donet.

III

La semana se le hizo larga a César Hautot. Nunca se había encontrado solo y el aislamiento le parecía insoportable. Hasta entonces, vivía al lado de su padre, como si fuera su sombra, le seguía a los campos, vigilaba el cumplimiento de sus órdenes y, cuando se había separado de él durante largas horas, volvía a verle para cenar. Pasaban las veladas fumando con sus pipas el uno enfrente del otro, charlando de caballos, de vacas y de corderos; y el apretón de manos que se daban al despertar parecía el intercambio de un afecto familiar y profundo.

Ahora César estaba solo. Vagaba por las tierras labrantías del otoño, esperando siempre ver alzarse en el extremo de un llano la gran silueta gesticulante de su padre. Para matar el tiempo, entraba en casa de los vecinos, contaba el accidente a todos los que todavía no lo habían oído contar, lo repetía a veces a los demás. Luego, sin tener ya nada que hacer ni en que pensar, se sentaba a la vera de un camino preguntándose si aquella vida iba a durar por mucho tiempo.

Pensó a menudo en la señorita Donet. Le había gustado. Le había parecido una persona formal, dulce y buena muchacha, como había dicho su padre. Sí, una buena muchacha de verdad. Había decidido hacer las cosas a lo grande y concederle dos mil francos de renta, poniendo el capital a nombre del niño. Sentía incluso un cierto placer en pensar que el jueves siguiente volvería a verla y solventarían las cosas conjuntamente. Y, además, la idea de aquel hermanito, de aquel niño de cinco años, que era hijo de su padre, le atormentaba, no dejaba de causarle una cierta incomodidad, pero al mismo tiempo le infundía calor humano. Aquel hijo clandestino que nunca se llamaría Hautot era para él como una familia, una familia que podía coger o dejar, a su antojo, pero que le recordaba a su padre.

Así, el jueves por la mañana, al verse de camino a Ruán, llevado por el trote resonante de Graindorge, sentía más ligero y apaciguado su corazón de lo que lo había sentido desde su desgracia.

Al entrar en el piso de la señorita Donet, vio la mesa puesta como el jueves anterior, con la sola diferencia de que al pan no le había sido quitada la corteza.

Estrechó la mano de la joven, besó a Émile en las mejillas y se sentó, un poco como si estuviera en su casa, aunque con el corazón algo oprimido. Encontró a la señorita Donet ligeramente más delgada y un tanto pálida. Debía de haber llorado mucho. Tenía ahora ante él un aire de incomodidad como si hubiera comprendido lo que no había sentido la semana anterior ante la primera impresión de su desgracia, y le trataba con excesivos miramientos, con una humildad penosa y unas atenciones conmovedoras como para pagarle en deferencias y abnegación las bondades que tenía con ella. La comida se prolongó durante largas horas, hablando del asunto que motivaba la visita. Ella no quería tanto dinero. Era demasiado, demasiado. Ganaba lo suficiente para vivir, y únicamente deseaba que Émile se encontrara con un poco de dinero cuando fuera mayor. César se resistió a ello, y añadió también un regalo de mil francos para ella, para el luto.

Después del café, ella preguntó:

—¿Fuma usted?

—Sí…, tengo mi pipa.

Se rebuscó en el bolsillo. ¡Canastos, la había olvidado! Empezaba a sentirse contrariado, cuando ella le ofreció una pipa de su padre que guardaba en un armario. Él aceptó el ofrecimiento, la cogió, la reconoció, la olfateó, proclamó su calidad con voz emocionada, la rellenó de tabaco y la encendió. A continuación puso a Émile a horcajadas sobre una de sus piernas y le hizo jugar al caballito mientras ella recogía la mesa y guardaba, en la parte baja del aparador, la vajilla sucia para lavarla después, cuando él se hubiera ido.

Hacia las tres, él se levantó a su pesar, disgustado por la idea de tener que irse.

—Bien, señorita Donet —dijo—, que tenga un buen día, ha sido un placer conocerla.

Ella permanecía delante de él, colorada, muy emocionada, y le miraba pensando en el otro.

—¿No volveremos a vernos más? —preguntó ella.

Él se limitó a responder:

—Sí, señorita, si usted gusta.

—Por supuesto, señor César. Entonces, el jueves próximo, ¿le iría bien?

—Sí, señorita Donet.

—¿Le parece bien venir a comer?

—Pues… si usted quiere, no digo que no.

—De acuerdo, señor César, el próximo jueves a mediodía, como hoy.

—¡Hasta el próximo jueves a mediodía, señorita Donet!

 

BOITELLE*

 

A Robert Pinchon

El compadre Boitelle (Antoine) estaba especializado, en toda la región, en tareas de limpiar inmundicias. Cada vez que había que limpiar una zanja, un estercolero, un pozo negro, una cloaca, un hoyo fangoso era a él a quien llamaban.

Llegaba con sus útiles de pocero y sus zuecos mugrientos, y se ponía a la tarea sin dejar de quejarse de su oficio. Cuando le preguntaban por qué, pues, se dedicaba a aquel trabajo repugnante, él respondía con resignación:

—¿Por qué va a ser? Por mis hijos a los que tengo que dar de comer. Con esto se gana más que con otra cosa.

Tenía, en efecto, catorce hijos. Si le preguntaban qué había sido de ellos, respondía con tono indiferente:

—En casa no quedan más que ocho. Uno está en el servicio y cinco se han casado.

Si le preguntaban si se habían casado bien, añadía con vehemencia:

—Yo no me he opuesto. No me he opuesto a nada. Se han casado con quien ellos han querido. No hay que oponerse a las inclinaciones de cada uno, pues si no la cosa acaba mal. Si yo soy un limpiamierdas es porque mis padres se opusieron a mis inclinaciones. De lo contrario, habría sido un obrero como los demás.

He aquí en qué sus padres no habían accedido a sus inclinaciones.

Soldado a la sazón, prestaba servicio en Le Havre, ni más tonto ni más listo que cualquier otro, pero, eso sí, un poco simplón. Durante las horas de salida, su mayor placer consistía en pasear por el muelle, a lo largo de los puestos de los pajareros. Unas veces solo, otras con un paisano, pasaba despacio por delante de las jaulas donde los papagayos de dorso verde y cabeza amarilla de la Amazonia, los papagayos de dorso gris y cabeza roja del Senegal, los enormes guacamayos con su aspecto de aves criadas en cautividad, con su plumaje florido, sus penachos y copetes, las cotorras de todo tamaño, que se dirían coloreadas con minucioso cuidado por un Dios miniaturista, y las pequeñas, pequeñísimas avecillas saltarinas, rojas, amarillas, azules y de colores abigarrados, mezclando sus chillidos al ruido del muelle, añaden al estruendo de los barcos descargados, de los paseantes y de los carruajes, una algarabía estridente, aguda, chillona, ensordecedora, de bosque lejano y sobrenatural.

Boitelle se paraba, con ojos como platos y la boca abierta, sonriente y embelesado, enseñando sus dientes a las cacatúas prisioneras que saludaban con su copete blanco o amarillo al rojo resplandeciente de su pantalón y al cobre de su cinturón. Cuando daba con un pájaro parlero, le hacía preguntas; y si el ave estaba ese día dispuesta a responder y a dialogar con él, se sentía feliz y contento hasta la noche. También le divertía muchísimo mirar a los monos, siendo para él el mayor lujo de un hombre rico tener uno de esos animales, lo mismo que se tienen perros y gatos. Aquel gusto, el gusto por lo exótico, lo llevaba en la sangre como se lleva el de la caza, de la medicina o del sacerdocio. Cada vez que se abrían las puertas del cuartel, no podía dejar de volver al muelle como arrastrado por un fuerte deseo.

Pues bien, en una ocasión, tras haberse detenido casi en éxtasis delante de una arara monstruosa que ahuecaba su plumaje, se inclinaba, se enderezaba, parecía hacer reverencias cortesanas del país de los papagayos, vio abrirse la puerta de un cafetín contiguo a la pajarería, y apareció una joven negra, tocada con un pañuelo rojo, que barría hacia la calle corchos y arenilla del establecimiento.

La atención de Boitelle se vio al punto dividida entre el pájaro y la mujer, y no habría sabido decir realmente a cuál de estos dos seres contemplaba con más asombro y placer.

La negra, tras haber echado fuera las barreduras del café, alzó la vista y quedó a su vez deslumbrada por el uniforme del soldado. Permanecía de pie, enfrente de él, con su escoba en las manos como si sostuviera un fusil, mientras que la arara continuaba con sus inclinaciones. Ahora bien, al cabo de unos instantes el soldado se sintió incómodo por aquella atención y se fue andando despacio para no dar la impresión de que se batía en retirada.

Pero volvió. Pasó casi a diario por delante del Café des Colonies, y vio a menudo a través de los cristales a la moza de negra piel que servía cañas o aguardiente a los marineros del puerto. Tampoco era raro que ella saliera al verle; y pronto, sin haber cruzado nunca una palabra, se sonreían como verdaderos conocidos; y Boitelle sentía que se le aceleraba el corazón al ver relucir de repente, entre los oscuros labios de la muchacha, la hilera resplandeciente de sus dientes. Hasta que, un buen día, entró por fin, y se quedó muy sorprendido al comprobar que hablaba francés como todo el mundo. La botella de limonada, de la que ella aceptó tomarse un vaso, quedó grabada, en la memoria del soldado, como algo memorablemente delicioso; y adquirió así la costumbre de ir a sorber, en aquel cafetín del puerto, todos los líquidos dulces que le permitía su bolsillo.

Era para él una fiesta, un motivo de felicidad en el que pensaba sin cesar, mirar la mano negra de la moza sirviéndole algo en su vaso, mientras los dientes reían, más claros que los ojos. Al cabo de dos meses de frecuentación, se hicieron buenos amigos, y Boitelle, tras la primera sorpresa de ver que las ideas de aquella negra no diferían de las buenas ideas de las chicas del lugar, que sentía respeto por el ahorro, el trabajo, la religión y la buena conducta, la quiso más por ello, enamorándose hasta el punto de querer hacerla su esposa.

Él le comunicó sus planes, cosa que la hizo bailar de alegría. Por lo demás, ella contaba con algún dinero, dinero que le había dejado una vendedora de ostras que la había recogido al ser abandonada en el muelle de Le Havre por un capitán americano. Dicho capitán la había conocido a la edad de aproximadamente seis años, acurrucada sobre unas balas de algodón en la bodega de su barco, unas horas después de zarpar de Nueva York. Al recalar en Le Havre, dejó a los cuidados de esa ostrera compasiva a aquella bestezuela negra escondida a bordo, no sabía por quién ni cómo. Tras morir la vendedora de ostras, la moza se había convertido en camarera del Café des Colonies.

Antoine Boitelle añadió:

—Así se hará siempre y cuando mis padres no se opongan a ello. ¡Has de saber que nunca haré nada que ellos no quieran, nunca! La próxima vez que vaya al pueblo les hablaré del asunto.

A la semana siguiente, tras obtener un permiso de veinticuatro horas, se fue a ver a su familia, que cultivaba una pequeña hacienda en Tourteville, cerca de Yvetot.

Esperó al final de la comida, al momento en que el café, bautizado con aguardiente, volvía más abiertos los corazones, para informar a sus ascendientes de que había encontrado a una muchacha que respondía tan plenamente a sus expectativas, a todas, que no podía haber sobre la faz de la tierra otra que le conviniera tanto como ella.

Al oír esto, los viejos adoptaron enseguida una actitud circunspecta y pidieron explicaciones. Él no ocultó nada, por lo demás, salvo el color de su piel.

Era una criada, sin muchos posibles, pero hacendosa, ahorradora, aseada, de buena conducta y juiciosa. Cosas todas ellas que valían mucho más que el dinero que pudiera tener una mala ama de casa. Tenía algún dinero por lo demás, dinero que le había dejado la mujer que la había criado, una buena suma, casi una pequeña dote, mil quinientos francos en la caja de ahorros. Los viejos, conquistados por sus palabras, confiando por lo demás en su buen juicio, iban cediendo poco a poco, cuando llegó al punto delicado. Riendo con una risa un poco forzada, dijo:

—Sólo hay una cosa que podría contrariaros. Es que no es ni pizca blanca.

Como ellos no comprendían, tuvo que explicarles largamente con mil precauciones, para no ponerles a la defensiva, que pertenecía a la raza negra cuyas muestras sólo habían visto en las estampas populares.

Entonces ellos se mostraron inquietos, perplejos, temerosos, como si les hubiera propuesto una unión con el mismísimo diablo.

La madre decía:

—¿Negra? Pero ¿cómo de negra? ¿Del todo?

Él respondía:

—Por supuesto: ¡del todo, como tú eres blanca del todo!

El padre proseguía:

—¿Negra? ¿Negra como el carbón?

El hijo respondía:

—¡Tal vez un poquito menos! Es negra, aunque no de un negro que resulte desagradable. La sotana del señor cura bien negra que es, pero no por ello es más fea que un roquete blanco.

El padre decía:

—En su país, ¿las hay más negras que ella?

El hijo, convencido, respondía:

—¡Seguro que las hay!

El viejo meneaba la cabeza:

—Debe de ser desagradable.

A lo que replicaba el hijo:

—No es más desagradable que cualquier otra cosa, porque te acostumbras enseguida.

La madre preguntaba:

—¿No ensucian esas pieles la ropa blanca más que las demás?

—No más que la tuya, ya que es su color.

Así pues, tras muchas preguntas más, convinieron en que los padres conocerían a esa muchacha antes de tomar una decisión, y que él, que iba a terminar el servicio militar dentro de un mes, la traería a casa para que pudieran examinarla y decidir, charlando con ella, si no era demasiado negra para entrar a formar parte de la familia de los Boitelle.

Entonces Antoine anunció que el domingo 22 de mayo, día de su licenciamiento, partiría para Tourteville con su enamorada.

Ella se había puesto para aquel viaje a casa de los padres de su enamorado sus mejores y más llamativas galas, en las que dominaban el amarillo, el rojo y el azul, de suerte que tenía el aspecto de haberse engalanado para una fiesta nacional.

En la estación, a la salida de Le Havre, la gente no le quitó los ojos de encima, y Boitelle estaba orgulloso de dar el brazo a una persona que llamaba tanto la atención. Luego, en el vagón de tercera clase, donde ella ocupó un asiento a su lado, fue tal la sorpresa que causó a los campesinos, que los de los compartimientos contiguos se subieron a sus asientos para examinarla por encima del tabique de madera que dividía la caja rodante. Ante su aspecto, un niño se puso a berrear del miedo, otro escondió el rostro en el delantal de su madre.

Todo discurrió a pedir de boca, sin embargo, hasta la estación de llegada. Pero cuando el tren demoró su marcha al acercarse a Yvetot, Antoine se sintió incómodo, como en el momento de una inspección cuando no se sabía la teórica. Luego, asomándose a la ventanilla, reconoció a lo lejos a su padre, que sujetaba de la brida al caballo enganchado al carricoche, y a su madre, que se había acercado hasta la reja que contenía a los curiosos.

Él bajó el primero, tendió la mano a su enamorada, y, erguido, como si escoltara a un general, se fue en dirección a su familia.

Al ver llegar a aquella dama negra y abigarrada en compañía de su hijo, la madre se quedó tan atónita que era incapaz de abrir la boca, y el padre apenas si conseguía sujetar al caballo al que hacían encabritarse alternativamente la locomotora o la negra. Pero Antoine, dominado de pronto por la sincera alegría de volver a ver a sus padres, se lanzó con los brazos abiertos, besó a su madre, besó a su padre a pesar del espanto del rocín y luego, volviéndose hacia su compañera, que los viandantes, embobados, se paraban a mirar, se explicó:

—¡Aquí la tenéis! Ya os dije que resultaba a primera vista una pizca defraudante, pero en cuanto se la conoce, de veras, no hay nada más encantador sobre la tierra. Saludadla, para que no se sienta violenta.

Entonces la señora Boitelle, intimidada hasta el punto de perder la razón, hizo una especie de reverencia, mientras el padre se quitaba la gorra murmurando: «Le deseo que pase un buen día». Luego, sin pérdida de tiempo, subieron al carricoche, las dos mujeres en el fondo en unas sillas que las hacían saltar por los aires a cada bache que encontraba la rueda, y los dos hombres delante, en la banqueta.

Nadie decía nada. Antoine, inquieto, silbaba una canción cuartelera, el padre fustigaba a la jaca, y la madre miraba de reojo, lanzando ojeadas de garduña a la negra, cuya frente y pómulos relucían bajo el sol como zapatos bien lustrados.

Queriendo romper el hielo, Antoine se volvió.

—Bien —dijo—, ¿no se charla?

—Se requiere tiempo —respondió la vieja.

Él prosiguió:

—Vamos, cuenta la anécdota de tu gallina de los ocho huevos.

Era una bufonada célebre en la familia. Pero como su madre seguía callada, paralizada por la emoción, tomó él mismo la palabra y contó, entre muchas risas, la memorable aventura. El padre, que se la sabía de memoria, desfrunció el ceño a las primeras palabras; su mujer no tardó en seguir su ejemplo, y la propia negra, en el momento más gracioso, estalló de súbito en una carcajada tan ruidosa, contagiosa y torrencial, que el excitado caballo emprendió por unos momentos el galope.

Habían entablado relación. Charlaron.

Una vez que hubieron llegado y se hubieron apeado todos, y Antoine hubo llevado a su enamorada a la habitación para que se quitara el vestido que podía mancharse cocinando una de sus especialidades destinada a ganarse a los viejos por el estómago, se llevó a sus padres delante de la puerta y les preguntó con el corazón palpitándole:

—Bien, ¿qué os parece?

El padre guardó silencio. La madre, más atrevida, manifestó:

—¡Es demasiado negra! Sí, la verdad, lo es demasiado. Me ha helado la sangre.

—Os acostumbraréis —dijo Antoine.

—Es posible, pero no por el momento.

Entraron y la buena de la mujer se emocionó al ver cocinar a la negra. Entonces ella la ayudó, arremangándose la falda, activa pese a sus años.

La comida fue buena, larga, alegre. Cuando fueron a dar todos juntos un paseo, Antoine hizo un aparte con su padre:

—Entonces, papá, ¿qué me dices?

El campesino no se comprometía nunca.

—Yo no digo nada. Pregúntale a tu madre.

Entonces Antoine se acercó a su madre, haciendo un aparte con ella:

—¿Qué, madre? ¿Qué te parece?

—Pobre muchacho, la verdad es que es demasiado negra. Si lo fuera un poquito menos, no me opondría, pero lo es demasiado. ¡Si parece el mismísimo demonio!

Él no insistió, sabiendo que la vieja no daba nunca su brazo a torcer, pero sentía su corazón embargado de una tempestad de tristeza. Pensaba qué podía hacer, qué podía inventarse, sorprendido, por otra parte, por el hecho de que ella no les hubiera conquistado lo mismo que le había conquistado a él. Y andaban los cuatro a paso lento por entre los trigales, habiendo vuelto poco a poco a caer en el silencio. Cuando bordeaban un vallado, los campesinos se acercaban a la cancela, los niños trepaban a los ribazos, todo el mundo corría hacia el camino para ver pasar a la «negra» que se había traído el hijo de los Boitelle. A lo lejos se veía correr gente campo a traviesa, como se acude cuando bate el tambor anunciando los fenómenos de feria. El padre y la madre Boitelle, espantados por esta curiosidad que iban sembrando por los campos a medida que se acercaban, apresuraban el paso, lado a lado, precediendo de lejos a su hijo, a quien su compañera preguntaba qué pensaban sus padres de ella.

Él respondió, vacilando, que todavía no habían tomado una decisión.

Pero en la plaza del pueblo se produjo una salida en masa de todas las casas con gran agitación, y, ante aquella aglomeración creciente, los viejos Boitelle emprendieron la huida y se dirigieron a su casa, mientras Antoine, airado, cogido del brazo de su enamorada, avanzaba con andares majestuosos ante los ojos desorbitados por el pasmo.

Comprendía que todo se había acabado, que no había ya esperanza, que no se casaría con su negra; también ella lo comprendía; y los dos se echaron a llorar al acercarse a la alquería. En cuanto hubieron entrado, ella se quitó de nuevo el vestido para ayudar a la vieja a hacer las tareas domésticas, siguiéndola a todas partes, a la bodega, al establo, al gallinero, realizando la parte más pesada de todas ellas, sin dejar de repetir: «Deje que lo haga yo, señora Boitelle», hasta el punto de que por la noche la vieja, conmovida e inexorable, le dijo a su hijo:

—Es una buena chica, lástima que sea tan negra. La verdad es que lo es demasiado. No conseguiría acostumbrarme nunca, tiene que irse, pues es demasiado negra.

Boitelle hijo le dijo a su enamorada:

—No es que la tenga tomada contigo, pero dice que eres demasiado negra. Tienes que irte. Te acompañaré a la estación. Pero no te preocupes, hablaré con ellos una vez que tú te hayas ido.

Él la llevó a la estación dándole de nuevo esperanzas y, tras besarla, la hizo subir al tren, que vio alejarse con los ojos henchidos de lágrimas.

Por más que imploró a los viejos, éstos no dieron nunca su consentimiento.

Y tras haber contado esta historia, que todo el pueblo conocía, Antoine Boitelle añadía siempre:

—A partir de aquel día perdí el gusto por todo, por todo. No me gustaba ningún oficio y me convertí en lo que soy, un limpiamierdas.

Le decían:

—Pero usted se casó.

—Sí, y no puedo decir que mi mujer no me gustara, pues he tenido catorce hijos con ella, pero no es como la otra, ¡oh!, la verdad es que no. Esa otra, mi negra, bastaba con que me mirase para que me sintiera volar…

 

EL PUERTO*

 

I

Tras salir de Le Havre, el 3 de mayo de 1882, para un viaje por los mares de la China, el buque de tres palos de velas cuadradas Notre-Dame-des-Vents entró en el puerto de Marsella el 8 de agosto de 1886, tras cuatro años de travesías. Tras descargar su primer cargamento en el puerto chino al que se dirigía, encontró en el acto un nuevo flete para Buenos Aires, donde cargó otras mercancías para el Brasil.

Otras travesías, nuevas averías, reparaciones, calmas chichas de varios meses, los vendavales que hacen perder el rumbo, todos los accidentes, aventuras y desventuras del mar, en fin, habían mantenido lejos de su patria a aquel buque de tres palos normando que volvía a Marsella con la panza llena de latitas de latón conteniendo conservas de América.

A su partida, iban a bordo, aparte del capitán y del segundo, catorce marineros, ocho normandos y seis bretones. A la vuelta no quedaban más que cinco bretones y cuatro normandos, el bretón había muerto en plena navegación, y los cuatro normandos desaparecidos en distintas circunstancias habían sido reemplazados por dos americanos, un negro y un noruego reclutado, una noche, en una taberna de Singapur.

El gran navío, de velas cargadas, vergas de cruz en su arboladura, tirado por un remolcador marsellés que resoplaba delante de él, moviéndose sobre un resto de marejada que la calma sobrevenida dejaba morir paulatinamente, pasó por delante del castillo de If, luego bajo todas las rocas grises de la rada que el sol poniente cubría de un vaho dorado, y entró en el viejo puerto donde se amontonan, uno al costado de otro, a lo largo de los muelles, todos los navíos del mundo, en desorden, grandes y pequeños, de toda forma y aparejo, inmersos como una bullabesa de barcos en esa dársena en exceso estrecha, llena de agua pútrida donde los cascos se rozan, se frotan, parecen dejados en remojo en un jugo de flota.

El Notre-Dame-des-Vents ocupó su lugar, entre un brick italiano y una goleta inglesa que se apartaron para dejar paso a su compañero; luego, una vez cumplidas todas las formalidades aduaneras y portuarias, el capitán autorizó a los dos tercios de su tripulación a pasar la noche fuera.

Anochecía. Marsella se iluminaba. En el calor de aquel atardecer estival, un aroma a cocina a base de ajo flotaba sobre la ruidosa ciudad, llena de voces, de ruido de ruedas, de palmas, de alegría meridional.

Apenas se vieron en el puerto, los diez hombres que el mar llevaba de aquí para allá desde hacía meses echaron a andar despacio, con una indecisión propia de forasteros, desacostumbrados a las ciudades, de dos en dos, en procesión.

Vacilaban, se orientaban, se olían las callejuelas que iban a dar al puerto, excitados por un hambre de amor que les había crecido en el cuerpo durante los últimos sesenta y seis días de vida marinera. Los normandos andaban a la cabeza, guiados por Célestin Duclos, un mocetón alto y malicioso que se erigía en capitán de los demás cada vez que desembarcaban. Él intuía los buenos lugares, se ingeniaba bromas pesadas y no se aventuraba demasiado en las grescas tan frecuentes entre marineros en los puertos. Pero cuando se veía en medio de una no le temía a nadie.

Tras dudar un poco entre todas las calles oscuras que descienden hacia el mar como cloacas y de las que salen unos olores viciados, una especie de aliento a tugurio, Célestin se decidió por una especie de pasadizo tortuoso donde brillaban, por encima de las puertas, unos faroles en saledizo que ostentaban unos números enormes en sus cristales deslustrados y coloreados. Bajo la estrecha bovedilla de las entradas, las mujeres en delantal, semejantes a criadas, sentadas en sillas de paja, se levantaban al verles venir, daban tres pasos hasta el arroyo que dividía la calle en dos y cortaban el camino a aquella fila de hombres que avanzaban despacio, canturreando y riendo sarcásticamente, encendidos ya por la proximidad de aquellas cárceles de prostitutas.

A veces aparecía, en el fondo de un vestíbulo, detrás de una segunda puerta revestida de cuero pardo que se abría repentinamente, una mujerzuela gorda desvestida, cuyos muslos pesados y pantorrillas gruesas se dibujaban bruscamente bajo un basto maillot de algodón blanco. Su faldilla semejaba una cintura hinchada; y la carne fofa de su pecho, de sus hombros y brazos, creaba una mancha rosa sobre un corsé de terciopelo negro bordado con un galón dorado. Les llamaba de lejos: «¿Venís, buenos mozos?», y a veces salía ella misma para echarle el guante a alguno de ellos y atraerlo hacia su puerta con todas sus fuerzas, prendida a él como una araña que arrastra a una bestia más gruesa que ella. El hombre, excitado por aquel contacto, se resistía blandamente, y los demás se paraban a mirar, dudando entre las ganas de entrar enseguida y las de seguir prolongando aquel apetecible paseo. Luego, cuando la mujer, tras encarnizados esfuerzos, había atraído al marinero hasta el umbral de su habitáculo, donde toda la banda iba a introducirse detrás de él, Célestin Duclos, que era ducho en estas lides, gritaba: «No entres, Marchand, que éste no es el sitio adecuado».

Entonces el hombre, obedeciendo a esta voz, se desprendía de una sacudida brutal y los amigos volvían a reunirse en cuadrilla, perseguidos por los insultos inmundos de la mujerzuela exasperada, mientras otras mujeres, a lo largo de toda la callejuela, delante de ellos, salían de sus puertas, atraídas por el ruido, y lanzaban con voces enronquecidas llamadas llenas de promesas. Iban, pues, cada vez más encendidos, entre las zalamerías y las seducciones anunciadas por el coro de porteras del amor de toda la parte alta de la calle, y las innobles maldiciones lanzadas contra ellos por el coro de las de abajo, por el coro despreciado de las mujerzuelas defraudadas. De vez en cuando se encontraban con otra pandilla, soldados que caminaban con un golpeteo metálico contra las piernas, otros marineros, burgueses solitarios, empleados de comercio. Por todas partes se abrían nuevas calles estrechas, consteladas de faroles equívocos. No paraban de andar por ese laberinto de tugurios, por esos empedrados pringosos donde rezumaban aguas pútridas, entre aquellos muros llenos de carne de mujer.

Finalmente, Duclos se decidió y, deteniéndose delante de una casa de bastante bonita apariencia, hizo entrar a toda su gente.

II

¡La fiesta salió redonda! Durante cuatro horas, los diez marineros se cebaron de amor y de vino. Volaron seis meses de paga.

Se habían instalado como dueños y señores en la gran sala del café, mirando con ojos maliciosos a los clientes habituales que se acomodaban en las mesitas, en los rincones, donde alguna de las muchachas que habían quedado libres, vestida como un baby gordinflón o como una cantante de café concierto, corría a servirles, para sentarse luego con ellos.

Cada hombre, al llegar, había elegido a su compañera, que conservó durante toda la velada, pues la gente de pueblo no es dada a cambiar. Habían juntado tres mesas y, tras el primer gran trago, el redoblado desfile, acrecido por tantas mujeres como lobos de mar había, había vuelto a formarse en la escalera. Los cuatro pies de cada pareja sonaron largo rato en los escalones de madera, mientras esa larga fila de enamorados enfilaba la puerta estrecha que conducía a las habitaciones.

Luego volvieron a bajar para beber, subieron otra vez y bajaron de nuevo.

¡Ahora, casi borrachos, vociferaban! Cada uno, con los ojos enrojecidos y su favorita sobre las rodillas, cantaba o gritaba, descargaba puñetazos sobre la mesa, se mandaba al coleto un vaso de vino, daba rienda suelta a la brutalidad humana. En medio de ellos, Célestin Duclos, estrechando contra sí a una moza alta de mejillas coloradas, a horcajadas de sus piernas, la miraba con ardor. Menos borracho que los otros, no es que hubiera bebido menos, sino que le movían otros pensamientos, y, más afectuoso, trataba de charlar. Sus ideas eran un poco erráticas, iban y venían y desaparecían sin ser capaz de acordarse con exactitud de lo que había querido decir.

Reía, repitiendo:

—Así que…, así que… llevas aquí bastante.

—Unos seis meses —respondió la muchacha.

Se alegró por ella, como si hubiera sido una prueba de buena conducta, y agregó:

—¿Te gusta esta vida?

Ella dudó, luego, con tono resignado, dijo:

—Una se acostumbra. No es peor que cualquier otra cosa. Hacer de criada o hacer de puta es siempre un oficio asqueroso.

De nuevo pareció que él aprobase ese razonamiento.

—¿No eres de aquí? —preguntó.

Ella denegó con la cabeza, sin responder.

—¿Eres de lejos?

Ella asintió de igual modo.

—¿De dónde?

Pareció que ella pensase, haciendo acopio de sus recuerdos, luego murmuró:

—De Perpiñán.

De nuevo él pareció muy satisfecho y dijo:

—Ah, ¿sí?

A su vez ella preguntó:

—¿Tú eres marinero?

—Sí, guapa.

—¿Vienes de lejos?

—¡Ah, pues sí! He visto países, puertos y de todo.

—¿Acaso has dado la vuelta al mundo?

—Ya lo creo, y no una, sino dos veces.

De nuevo ella pareció dudar, buscar mentalmente una cosa olvidada, luego, con un tono de voz un poco diferente, más serio, dijo:

—¿Te has encontrado con muchos barcos en tus viajes?

—Ya lo creo, guapa.

—Por casualidad, ¿no habrás visto al Notre-Dame-des-Vents?

Él se rió burlonamente:

—No hace ni una semana.

Ella palideció, retirándosele toda la sangre de las mejillas, y preguntó:

—¿De veras? ¿Lo dices de veras?

—Tan cierto como que te estoy hablando.

—¿No me engañas?

Él levantó la mano.

—¡Lo juro por Dios! —dijo.

—Pues, entonces, dime si Célestin Duclos iba en él.

Sorprendido y turbado, antes de responder quiso saber más:

—¿Le conoces?

Ahora fue ella quien se mostró desconfiada.

—¡No, yo no! Hay una mujer que le conoce.

—¿Una mujer de aquí?

—No, de aquí cerca.

—¿De esta calle?

—No, de otra.

—¿Qué mujer?

—Bah…, una mujer, una como yo.

—¿Y qué quiere esa mujer de él?

—¿Qué quieres que sepa yo? Será una paisana.

Se miraron fijamente, para escrutarse, presintiendo, intuyendo que algo serio iba a surgir entre ellos.

Él dijo:

—¿Puedo ver a esa mujer?

—¿Para decirle qué?

—Que…, que… he visto a Célestin Duclos.

—¿Estaba bien al menos?

—Como tú y como yo…, ¡ése es un fortachón!

Ella se calló de nuevo, haciendo acopio de sus ideas, luego dijo pausadamente:

—¿Adónde iba el Notre-Dame-des-Vents?

—Pues a Marsella.

Ella no pudo reprimir un sobresalto.

—¿Lo dices en serio?

—¡Completamente en serio!

—¿Le conoces tú a Duclos?

—Sí, le conozco.

Ella dudó de nuevo, luego dijo muy quedo:

—Bueno. ¡Está bien!

—¿Qué quieres de él?

—Escucha, ¡le dirás…, no, nada!

Él la miraba cada vez más incómodo. Finalmente quiso saber:

—Pero ¿tú le conoces?

—No —dijo ella.

—Pues ¿qué quieres de él?

Ella tomó de súbito una resolución, se levantó, corrió al mostrador donde dominaba la figura de la madame, cogió un limón que partió y cuyo jugo exprimió dentro de un vaso, luego lo llenó de agua pura y, trayéndolo, dijo:

—¡Bébete esto!

—¿Por qué?

—Para que se te pase la curda. Luego hablaré contigo.

Él se lo tomó dócilmente, se secó los labios con el dorso de la mano y acto seguido anunció:

—Ya está, te escucho.

—Tienes que prometerme que no vas a contarle que me has visto, ni que sabes lo que voy a decirte. Tienes que jurármelo.

Él levantó la mano, burlón.

—Sí, lo juro.

—¿Por Dios?

—Por Dios.

—Pues bien, le dirás que su padre murió, y también su madre y su hermano, los tres en un mes, de tifus, en enero de mil ochocientos ochenta y tres, hace tres años y medio.

Él sintió a su vez que se le helaba la sangre en las venas, y durante unos instantes se quedó tan conmocionado que era incapaz de responder nada; luego dudó y preguntó:

—¿Estás segura?

—Lo estoy.

—¿Quién te lo ha dicho?

Ella puso las manos sobre sus hombros y, mirándole de hito en hito, dijo:

—Has jurado no irte de la lengua.

—Lo juro.

—¡Yo soy su hermana!

Él dejó escapar este nombre, a su pesar:

—¿Françoise?

Ella le miró de nuevo fijamente, luego, trastornada por un loco espanto, por un profundo horror, murmuró quedamente, casi en su boca:

—Oh, oh, ¿tú eres Célestin?

No se movieron ya, mirándose fijamente.

En torno a ellos, los compañeros seguían gritando. El ruido de los vasos, de los puñetazos, de los talones llevando el ritmo de las tonadillas y los gritos agudos de las mujeres se mezclaban con la vocinglería de los cánticos.

¡Él sentía contra él, enlazada a él, cálida y aterrada, a su hermana! Entonces, bajito, por miedo a que alguien le escuchara, tan bajito que ella misma apenas si le oyó, exclamó:

—¡Maldición! ¡Buena la hemos hecho!

En un segundo, los ojos de ella se inundaron de lágrimas y balbució:

—¿Es por culpa mía?

Pero él de repente dijo:

—Entonces, ¿han muerto?

—Han muerto.

—¿Papá, mamá y nuestro hermano?

—Los tres en un mes, como te he dicho. Yo me quedé sola, sin nada excepto lo puesto, pues le debíamos al farmacéutico, al médico y también el entierro de los tres difuntos, que pagué con los muebles.

«Entonces entré a servir en casa del compadre Cacheux, ¿sabes?, el cojo. Yo tenía quince años recién cumplidos, pues cuando tú partiste yo no había cumplido aún los catorce. Cometí mi primer error con él. Cuando se es joven se es muy estúpido. Luego pasé a servir en casa de un notario que también me corrompió y me llevó a Le Havre a una habitación. Pronto él no volvió. Entonces pasé tres días sin comer y luego, como no conseguía encontrar trabajo, entré en una casa, como hacen tantas otras. ¡Y cuántas vueltas he dado, y qué feos lugares he conocido! Ruán, Évreux, Lille, Burdeos, Perpiñán, Niza y luego Marsella, ¡y aquí me tienes!

Las lágrimas brotaban de sus ojos y de su nariz, mojaban sus mejillas y se deslizaban en su boca.

Luego prosiguió:

—Creía que también tú habías muerto, mi pobre Célestin.

Él dijo:

—Sin duda no te habría reconocido, eras tan pequeña en esa época, y ahora ¡qué grande te has vuelto! Pero ¿cómo es posible que no me hayas reconocido?

Ella hizo un gesto desesperado:

—¡Veo a tantos hombres que me parecen todos iguales!

Él seguía mirándola fijamente, presa de una emoción confusa y tan intensa que le venían ganas de gritar como un niño al que se da unos azotes. La sostenía aún entre los brazos, a horcajadas sobre la pierna, con las manos abiertas sobre la espalda de la muchacha, y a fuerza de mirarla al final la reconoció, la hermanita dejada en el pueblo con todos aquellos que ella había visto morir, mientras él andaba por los mares. Entonces, cogiendo de repente entre sus manazas de marinero aquel rostro reencontrado, se puso a besarla como se besa la carne fraterna. Luego le subieron a la garganta unos grandes sollozos de hombre, largos como olas, semejantes a hipos de embriaguez.

Balbuceaba:

—Aquí estás, aquí estás otra vez, Françoise, mi pequeña Françoise…

Luego se levantó de golpe y se puso a blasfemar con voz espantosa, descargando sobre la mesa tal puñetazo que los vasos se volcaron, rompiéndose. Luego dio tres pasos, se tambaleó, extendió los brazos y se desplomó de bruces. Se revolvía por los suelos gritando, golpeando el suelo con manos y pies y soltando gemidos que parecían los estertores de la agonía.

Todos sus compañeros le miraban riendo.

—Está como una cuba —dijo uno.

—Hay que meterlo en la cama —dijo otro—, si sale así acabará en el trullo.

Entonces, puesto que tenía dinero en el bolsillo, la madame ofreció una cama y los compañeros, también tan borrachos que no se aguantaban de pie, le llevaron por la estrecha escalera a la habitación de la mujer con la que había estado antes, y que se quedó en una silla, a los pies de la cama criminal, llorando como él, hasta el amanecer.

 

ALEXANDRE*

 

Aquel día, a las cuatro, como a diario, Alexandre condujo hasta delante de la puerta de la casita del matrimonio Maramballe la silla de paralítico de tres ruedas con la que llevaba de paseo hasta las seis, siguiendo la prescripción del médico, a su vieja e inválida ama.

Después de haber arrimado aquel vehículo ligero al escalón, en el punto en que podía hacer subir fácilmente a la obesa señora, entró de nuevo en la casa y no tardó en oírse en el interior la voz furiosa, una voz bronca de viejo militar, que vociferaba juramentos; era la del amo, el ex capitán de infantería retirado Joseph Maramballe. Luego se oyó ruido de portazos, de sillas apartadas violentamente, de pasos apresurados, seguidamente un silencio y, al poco, apareció Alexandre en el umbral, sosteniendo con todas las fuerzas a la señora Maramballe extenuada por haber bajado la escalera. Una vez acomodada, no sin esfuerzo, en la silla de ruedas, Alexandre se colocó detrás, cogió la pieza encorvada que servía para empujarla y se encaminó hacia la orilla del río.

Cruzaban la pequeña ciudad todos los días, entre los saludos respetuosos que iban dirigidos tal vez tanto al servidor como al ama, porque aunque ella era muy querida y apreciada por todos, él, aquel viejo soldado de barba blanca, una verdadera barba de patriarca, era considerado el criado modelo.

El sol de julio caía a plomo sobre la calle, inundando las casas bajas bajo su luz triste a fuerza de ser abrasadora y directa. Algunos perros dormían en las aceras, en la franja de sombra que arrojaban las paredes, y Alexandre, jadeando ligeramente, apretaba el paso para llegar más deprisa a la avenida que lleva al río.

La señora Maramballe ya dormitaba bajo su sombrilla blanca cuya contera abandonada acababa a veces apoyándose en el rostro impasible del hombre. Una vez que hubieron llegado a la Alameda de los Tilos, a la sombra de los árboles, ella se despertó por completo y dijo con voz benévola:

—Vaya más despacito, mi pobre muchacho, pues con este calor va a acabar agotado.

La buena de la señora no pensaba, en su ingenuo egoísmo, que si ahora deseaba andar menos deprisa era precisamente porque había llegado al abrigo del follaje.

Cerca de aquel camino cubierto por los viejos tilos recortados en forma de bóveda, el Navette discurría por un lecho tortuoso entre dos setos de sauces. Los gluglús de los remolinos, de los saltos sobre las rocas, de los bruscos giros de la corriente, difundían, a lo largo de todo aquel paseo, una dulce canción de agua y un frescor de vapor acuoso.

Tras haber aspirado y saboreado largo rato el encanto húmedo del lugar, la señora Maramballe murmuró:

—Vamos, ahora se está mejor. Pero él hoy no se levantó con buen pie.

Alexandre respondió:

—Oh, no, señora.

Desde hacía treinta y cinco años estaba al servicio de aquel matrimonio, primero como ordenanza del oficial, luego como simple criado que no ha querido dejar a sus amos; y desde hacía seis años, sacaba cada tarde a su ama a pasear por los estrechos caminos de alrededor de la ciudad.

De ese largo servicio abnegado, de ese diario estar a solas, había nacido entre la vieja señora y el viejo servidor una cierta familiaridad, afectuosa por parte de ella, deferente por parte de él.

Hablaban de los asuntos de casa como se hace entre iguales. Por otra parte, su tema principal de conversación y de preocupación era el mal carácter del capitán, avinagrado por una larga carrera comenzada de modo brillante, pasada sin promociones y concluida sin gloria.

La señora Maramballe siguió diciendo:

—No cabe duda de que hoy se ha levantado con mal pie. Pero eso le pasa demasiado a menudo desde que dejó el servicio.

Y Alexandre, con un suspiro, completó el pensamiento de su ama.

—¡Oh!, debería decir la señora que eso le pasa todos los días y que también le pasaba antes de haber dejado el ejército.

—Es cierto. Pero hay que reconocer que no tuvo fortuna. Comenzó con un acto de valor que le hizo ganar una condecoración a los veinte años, y luego, de los veinte a los cincuenta, no pudo ascender más que a capitán, cuando él contaba al comienzo con retirarse al menos como coronel.

—También podría decir la señora que fue, al fin y al cabo, por culpa suya. Si no hubiera sido siempre rígido como una fusta, sus jefes le habrían querido y protegido más. No sirve de nada ser duro, hay que gustar a la gente para estar bien visto.

—Es culpa nuestra que nos trate así, pues decidimos quedarnos con él; pero para los demás es distinto.

La señora Maramballe reflexionaba. ¡Oh! Desde cuántos años hacía que pensaba a diario en la brutalidad de su marido con el que se había casado hacía tanto, tanto tiempo, porque era un apuesto oficial, condecorado muy joven y con un gran futuro, por lo que decían. ¡Cómo se equivoca uno en la vida!

Murmuró:

—Paremos un momento, mi pobre Alexandre, y descanse un poco en su banco.

Era un banquito de madera medio podrido colocado en la curva de la alameda para los que van de paseo los domingos. Todas las veces que llegaban a aquel sitio Alexandre tenía la costumbre de pararse y de recuperar el aliento.

Se sentó, se cogió con ambas manos, con gesto habitual y complacido, su bonita barba blanca abierta en abanico, la estrechó entre los dedos alisándosela hasta la punta, que retuvo unos instantes en la boca del estómago como para fijarla allí y comprobar una vez más la gran extensión de aquella vegetación.

La señora prosiguió:

—¡Yo me casé con él y, por tanto, es justo y natural que tenga que aguantar sus injusticias, pero lo que no comprendo es que también usted, mi buen Alexandre, las haya aguantado!

Él hizo un leve encogimiento de hombros y se limitó a decir:

—¡Oh!, yo…, señora.

Ella continuó:

—He pensado a menudo en ello. Era usted su ordenanza cuando él se casó conmigo, y tenía que aguantarlo a la fuerza. Pero después, ¿por qué se quedó con nosotros, que le pagamos tan poco y le tratamos tan mal, en vez de hacer como hace todo el mundo, buscarse una colocación, casarse, tener hijos, formar una familia?

Él repitió:

—Para mí, señora, es otra cosa.

No dijo nada más; y se tiraba de la barba como si tocase una campana que le resonaba dentro, como si quisiera arrancársela, y miraba a su alrededor con mirada perdida de persona que se siente incómoda.

La señora Maramballe seguía con sus pensamientos:

—No es usted un campesino. Es una persona instruida…

Él la interrumpió, orgulloso:

—Estudié para perito agrimensor, señora.

—Pues, entonces, ¿por qué se quedó con nosotros, arruinando su vida?

Él balbuceó:

—¡Así es! ¡Así es! Es por culpa de mi forma de ser.

—¿Cómo que su forma de ser?

—Sí, cuando me apego a algo, me apego y se acabó.

Ella se echó a reír.

—Vamos, no querrá hacerme creer que los buenos modales y la dulzura de Maramballe le han hecho apegarse a él de por vida.

Él se agitaba en su banco, la cabeza visiblemente trastornada, y farfulló entre los largos pelos de sus bigotes:

—No es a él…, sino a usted.

La vieja señora, que tenía un rostro dulcísimo, coronado entre la frente y el tocado de una línea nívea de cabellos rizados cuidadosamente a diario con papillotes y relucientes como plumas de cisne, hizo un movimiento en su silla de ruedas y contempló a su criado con ojos de gran sorpresa.

—¿A mí, mi pobre Alexandre? ¿Cómo es eso?

Él se puso a mirar al aire, luego a un lado, seguidamente a lo lejos, volviendo la cabeza, como hacen los tímidos que se ven obligados a confesar secretos vergonzosos. Acto seguido declaró con un valor de soldado al que se ordena enfrentarse al fuego enemigo:

—Así es. La primera vez que le llevé a la señorita una carta del teniente y que la señorita me dio veinte sueldos con una sonrisa, la cosa estuvo clara para mí.

Ella insistió, sin comprender muy bien.

—Vamos, explíquese.

Entonces él soltó con el espanto de un pobre miserable que confiesa un crimen y que se pierde:

—Empecé a sentir algo por la señora. ¡Eso es todo!

Ella no respondió, dejó de mirarle, bajó la cabeza y se quedó pensativa. Era buena, toda rectitud, dulzura, juicio y sensibilidad. En un instante consideró la inmensa devoción de aquel pobre hombre que había renunciado a todo por vivir a su lado, sin decir nunca nada. Y le vinieron ganas de llorar.

Luego, adoptando una expresión seria, pero no ofendida, dijo:

—Volvamos a casa.

Él se levantó, se colocó detrás de la silla de ruedas y comenzó a empujar de nuevo.

Mientras se acercaban al pueblo, vieron en medio de la calle al capitán Maramballe que venía hacia ellos.

Tan pronto como les hubo alcanzado preguntó a su mujer con la clara intención de enfadarse:

—¿Qué hay para cenar?

—Un pequeño pollo y judías pochas.

Él se enfureció.

—¡Pollo, otra vez pollo, siempre pollo, maldita sea! Estoy harto de tu pollo. ¿Es posible que no seas capaz de pensar en otra cosa? ¡Me haces comer siempre lo mismo!

Ella respondió con resignación.

—Pero, querido, sabes que te lo ha ordenado el médico. Es también lo mejor para tu estómago. Si no tuvieras problemas de estómago, te daría de comer muchas cosas que no me atrevo a servirte.

Entonces él, fuera de sí, se plantó delante de Alexandre.

—Es culpa de esta mala bestia si estoy enfermo del estómago. Hace treinta y cinco años que me envenena con su asquerosa comida.

La señora Maramballe volvió de repente la cabeza hacia atrás para mirar al viejo criado. Sus ojos se encontraron y se dijeron mutuamente, en esa sola mirada: «Gracias».

 

LA ADORMECEDORA*

 

El Sena se extendía delante de mi casa, sin un rizo, y centelleante por el sol de la mañana. Era una bonita, ancha, lenta y larga corriente argentada, teñida aquí y allá de púrpura; y del otro lado del río, unos grandes árboles alineados formaban en toda la orilla una inmensa cortina de vegetación.

La sensación de vida que vuelve a empezar cada día, de vida recién estrenada, alegre, enamorada, tremolaba entre las hojas, palpitaba en el aire, espejeaba en el agua.

Me dieron los periódicos que acababa de traer el cartero y me fui con paso tranquilo a leerlos a la orilla.

En el primero que abrí leí estas palabras: «Estadística de suicidios» y me enteré de que ese año más de ocho mil quinientos seres humanos se habían quitado la vida.

¡Inmediatamente los vi! Vi esa carnicería, horrenda y voluntaria, de los desesperados cansados de vivir. Vi personas ensangrentadas, con la mandíbula rota, el cráneo hundido, el pecho traspasado por una bala, que agonizaban lentamente, solos en una habitación de hotel, pensando no en sus heridas sino en su desventura.

Vi a otros con la garganta abierta o el vientre rajado, que sostenían aún en la mano el cuchillo de cocina o la navaja de afeitar.

Vi a otros, sentados unos delante de un vaso con fósforos en remojo, otros delante de un frasquito con una etiqueta roja.

Miraban aquello fijamente, sin moverse; luego bebían y esperaban: una mueca deformaba sus mejillas, crispaba sus labios; un espanto extraviaba sus ojos, pues no sabían que se sufre tanto antes del fin.

Se levantaban, se paraban, caían y, con ambas manos sobre el estómago, sentían sus órganos abrasados, sus entrañas corroídas por el fuego del líquido, antes de que su pensamiento empezara a opacarse.

Vi a otros colgados de un clavo de la pared, de la falleba de la ventana, de un gancho del techo, de una viga del desván, de la rama de un árbol, bajo la lluvia de la noche. E intuí todo lo que habían hecho antes de permanecer así, con la lengua fuera, inmóviles. Intuí la angustia de su corazón, sus dudas últimas, sus movimientos para atar la cuerda, comprobar que aguantaba bien, pasársela por el cuello y dejarse caer.

Vi a otros acostados en camas miserables, a madres con sus hijos pequeños, a ancianos muriéndose de hambre, a muchachas desgarradas por cuitas de amor, todos rígidos, ahogados, asfixiados, mientras en medio de la habitación humeaba aún el calientapiés de carbón.

Y vi a algunos que se paseaban en la noche sobre unos puentes desiertos. Eran los más siniestros. El agua corría bajo los arcos con un blando ruido. ¡No la veían…, la adivinaban aspirando su olor frío! Tenían ganas, pero también miedo. ¡No se atrevían! Sin embargo, tenían que hacerlo. A lo lejos, en algún campanario, sonaba la hora y de repente, en el vasto silencio de las tinieblas, se oían, pronto ahogados, el ruido de un cuerpo caído en el río, algún grito, un chapaleo de agua golpeada con las manos. A veces se oía tan sólo la zambullida de su caída, si se habían maniatado o atado una piedra a los pies.

¡Oh, pobres, pobres, pobres gentes, cómo he sentido sus angustias, cómo he muerto de su muerte! He pasado por todas sus miserias, he sufrido, en una hora, todas sus torturas. He conocido todos los dolores que las han llevado a ese extremo; porque yo siento la infamia falaz de la vida más que cualquier otra persona en el mundo.

Cómo he comprendido a esos que, débiles, atormentados por la desventura, por haber perdido a sus seres queridos, despertados del sueño de una recompensa futura, de la ilusión de otra vida en la que finalmente Dios, tras haber sido feroz, se muestra justo, y desengañados de los espejismos de la felicidad, ya no pueden más y quieren poner punto final a ese drama sin tregua o a esa vergonzosa comedia.

¡El suicidio! ¡Pues es la fuerza de los que ya no tienen ninguna, es la esperanza de los que ya no creen, es el sublime valor de los vencidos! Sí, existe en esta vida al menos una puerta que nosotros podemos abrir para pasar al otro lado. La naturaleza ha tenido una forma de piedad; no nos ha aprisionado. ¡Gracias en nombre de los desesperados!

En cuanto a los simples desilusionados, que sigan adelante con el alma libre y el corazón tranquilo. Nada tienen que temer, puesto que pueden irse, puesto que detrás de ellos siempre hay esa puerta que ni siquiera pueden cerrar los dioses soñados.

Pensaba yo en esa multitud de muertos voluntarios: más de ocho mil quinientos en un año. Y me parecía que se habían reunido para dirigirle al mundo una plegaria, para gritar un deseo, para pedir algo, realizable más tarde, cuando se comprenda mejor. Me parecía que todos esos supliciados, esos degollados, esos envenenados, esos ahorcados, esos ahogados, venían, horda espantosa, como ciudadanos que votan, a decirle a la sociedad: «¡Concedednos al menos una muerte dulce, ayudadnos a morir, vosotros que no nos habéis ayudado a vivir! Ved, somos muchos, tenemos derecho a hablar, en esta época de libertad, de independencia filosófica y de sufragio universal. Dad a los que renuncian a vivir la limosna de una muerte que no sea repugnante o espantosa».

Me puse a fantasear, dejando vagar mi pensamiento sobre este asunto en ensoñaciones extrañas y misteriosas.

Me vi en un momento determinado en una hermosa ciudad. Era París: pero ¿en qué período? Iba por las calles, mirando las casas, los teatros, los edificios públicos, y he aquí que en una plaza descubrí un gran edificio, muy elegante, coquetón y bonito.

Me quedé sorprendido, pues en la fachada se podía leer en letras doradas: «Obra de la muerte voluntaria». ¡Oh, extrañeza de los sueños despiertos en los que el espíritu emprende el vuelo hacia un mundo irreal y posible! Nada asombra en él; nada resulta chocante; y la fantasía desatada no distingue ya lo cómico de lo lúgubre.

Me acerqué a ese edificio, donde unos criados en calzón corto estaban sentados en un vestíbulo, delante de un guardarropa, como en la entrada de un círculo.

Entré para ver. Uno de ellos, levantándose, me dijo:

—¿Qué desea el señor?

—Deseo saber qué es este lugar.

—¿Nada más?

—Pues no.

—Entonces, señor, ¿quiere que le lleve a ver al secretario de la Obra?

Yo dudaba, por lo que seguí preguntando:

—¿No será una molestia?

—Oh, no, señor, está aquí para recibir a las personas que desean informarse.

—Vamos, le sigo.

Me hizo atravesar unos pasillos en los que algunos viejos señores charlaban; luego fui introducido en un bonito gabinete, un poco oscuro, todo amueblado de madera negra. Un joven, gordo, barrigudo, estaba escribiendo una carta mientras se fumaba un puro cuyo aroma me reveló su calidad superior.

Se levantó. Nos saludamos y, cuando el criado se hubo ido, preguntó:

—¿En qué puedo servirle?

—Señor —le respondí—, perdone mi indiscreción. Nunca había visto este establecimiento. Esas pocas palabras inscritas en la fachada me han sorprendido mucho y desearía saber qué se hace aquí.

Él sonrió antes de responder, luego, a media voz, con un aire de satisfacción, dijo:

—Dios mío, señor, pues se mata limpia y suavemente, no me atrevería a decir agradablemente, a la gente que desea morir.

Ello no me conmovió en exceso, ya que me pareció de lo más natural y justo. Estaba sobre todo asombrado de que se hubiera podido, en este planeta de bajas ideas, utilitarias, humanitarias, egoístas y coercitivas de toda libertad real, osar una empresa semejante, digna de una humanidad emancipada.

Proseguí:

—¿Cómo se les ocurrió semejante cosa?

Él respondió:

—Señor, la cifra de suicidios ha aumentado tanto durante los cinco años siguientes a la Exposición Universal de mil ochocientos ochenta y nueve que era urgente tomar medidas al respecto. La gente se mataba en las calles, en las fiestas, en los restaurantes, en el teatro, en los vagones, en las recepciones del presidente de la República, por todas partes.

»No sólo era un feo espectáculo para quienes les gusta vivir como a mí, sino también un mal ejemplo para la infancia. De modo que se hizo necesario centralizar los suicidios.

—¿Qué ha provocado esta recrudescencia?

—No lo sé. Pero creo que, en el fondo, el mundo está envejeciendo. Se comienza a ver claro, y la gente no se resigna. Hoy sucede con el destino lo mismo que con el gobierno; sabemos de qué se trata; comprobamos que se nos engaña por todas partes, y dejamos este mundo. Cuando tomamos conciencia de que la Providencia miente, engaña, roba, estafa a los humanos como un diputado cualquiera hace con sus electores, nos enfurecemos y, dado que no nos es posible elegir otra cada tres meses, como hacemos con nuestros representantes, uno abandona este mundo que es decididamente horrendo.

—¿De veras?

—¡Oh, yo no me quejo!

—¿Le importaría decirme cómo funciona su Obra?

—Con mucho gusto. Por otra parte, puede usted entrar a formar parte de ella cuando quiera. Es un círculo.

—¡Un círculo!

—Sí, señor, fundado por las personalidades más eminentes del país, por sus mejores mentes, por las inteligencias más preclaras.

Añadió, riendo con ganas:

—Y le garantizo que se está muy bien.

—¿Aquí?

—Sí, aquí.

—Me asombra usted.

—Santo cielo, se está bien porque los miembros del círculo no le tienen ese miedo a la muerte que es el mayor aguafiestas sobre la tierra.

—Pero ¿por qué son miembros del círculo si no se matan?

—Uno puede ser miembro del círculo sin estar obligado a matarse.

—Pero ¿entonces?

—Me explico. Ante el número desmesuradamente creciente de suicidios, ante los espectáculos horrendos que nos daban, se creó una sociedad de pura beneficencia, protectora de los desesperados, que ha puesto a su disposición una muerte tranquila e insensible, si no imprevista.

—¿Quién ha podido autorizar semejante obra?

—El general Boulanger, durante su breve paso por el poder. Era incapaz de negar nada. Sólo hizo eso de bueno, por lo demás. Así pues, se creó una sociedad de hombres clarividentes, desengañados, escépticos, que han querido levantar en pleno París una especie de templo del desprecio por la muerte. Al principio esta casa fue un lugar temido, al que nadie se acercaba. Entonces los fundadores, que se reunían aquí, organizaron una gran velada de inauguración con las señoras Sarah Bernhardt, Judic, Théo, Granier y otras veinte; los señores Reszké, Coquelin, Mounet-Sully, Paulus, etcétera; luego conciertos, comedias de Dumas, de Meilhac, de Halévy, de Sardou. Sólo hubo un fracaso, una pieza del señor Becque, que fue juzgada triste, pero que tuvo a continuación un éxito enorme en la Comédie-Française. En fin, vino todo París. Y la cosa fue dada a conocer.

—¡En medio de fiestas! ¡Qué broma más macabra!

—En absoluto. La muerte no tiene por qué ser triste, es preciso que sea indiferente. Nosotros hemos alegrado la muerte, la hemos hecho florecer, la hemos perfumado, la hemos vuelto fácil. Se aprende a ayudar a los demás dando ejemplo; puede verse que no es nada.

—Comprendo perfectamente que la gente viniera por las fiestas, pero ¿ha venido luego por… Ella?

—No de inmediato, pues desconfiaba.

—¿Y más tarde?

—Ha venido.

—¿Mucha?

—En masa. Tenemos más de cuarenta por día. Ya casi no se encuentra ahogados en el Sena.

—¿Quién fue el que empezó?

—Un miembro del círculo.

—¿Un abnegado?

—No lo creo. Un entrampado, un arruinado, que había tenido enormes pérdidas durante tres meses en el juego del bacará.

—¿De veras?

—El segundo fue un inglés, un excéntrico. Entonces hicimos publicidad en los periódicos, contamos nuestro procedimiento, nos inventamos muertes capaces de atraer. Pero el gran impulso lo dio la gente humilde.

—¿Cómo proceden ustedes?

—¿Quiere hacer una visita? Así se lo explicaré mientras se lo enseño.

—Con mucho gusto.

Tomó su sombrero, abrió la puerta, me hizo pasar y luego entrar en una sala de juego donde unos hombres estaban jugando como se juega en todos los garitos. Cruzamos seguidamente varios salones. Se charlaba animadamente en ellos, alegremente. Yo raras veces había visto un círculo tan lleno de vida, tan animado, tan risueño.

Como mostré mi asombro, el secretario prosiguió:

—¡Oh!, la Obra goza de un favor inaudito. Todo el mundo distinguido del universo entero forma parte de ella para aparentar que desprecia la muerte. Luego, una vez que están aquí, se creen obligados a estar alegres para no parecer aterrados. Así que bromean, ríen, cuentan chistes, hacen gala de ingenio y aprenden a tenerlo. Es cierto que hoy es el lugar más frecuentado y divertido de París. Las mujeres mismas se ocupan en estos momentos de crear un anexo para ellas.

—Y a pesar de ello, ¿tienen muchos suicidios en la casa?

—Como le he dicho, en torno a cuarenta o cincuenta por día.

»La gente de mundo escasea; pero los pobres diablos abundan. La clase media también aporta mucho.

—¿Y cómo… lo hacen?

—Se asfixian… muy lentamente.

—¿Por medio de qué procedimiento?

—Un gas de nuestra invención. Tenemos una patente. En la otra parte del edificio están las puertas del público. Tres pequeñas puertas dan a unas callejuelas. Cuando se presentan un hombre o una mujer, se empieza por interrogarles; luego se les presta socorro, ayuda, protección. Si el cliente acepta, se hacen averiguaciones y a menudo les hemos salvado.

—¿De dónde sacan el dinero?

—Tenemos mucho. La cotización de los miembros es muy elevada. Además, es de buen tono hacer donaciones a la Obra. Los nombres de todos los donantes se imprimen en el Figaro. Por otra parte, todo suicidio de un hombre rico cuesta mil francos. Y mueren posando. Los de los pobres son gratuitos.

—¿Cómo reconocen a los pobres?

—¡Oh, oh, señor, eso se intuye! Y tienen además que aportar un certificado de indigencia del comisario de policía de su barrio. ¡Si supiera lo siniestro que es verles entrar! He visitado sólo en una ocasión esa parte de nuestro establecimiento, y no volveré a hacerlo nunca más. Las instalaciones son bonitas como ésta, casi tan lujosas y cómodas, pero ellos… ¡Oh, ellos! Si les viera llegar, a viejas harapientas que vienen a morir, gente que se muere de hambre desde hace meses, a los que se arroja un mendrugo de pan en las esquinas de las calles, como a los perros callejeros; mujeres andrajosas y descarnadas, que están enfermas, paralizadas, incapaces de ganarse el pan y que dicen, tras haber contado su historia: «Como ve, no puedo seguir así, no consigo ya trabajar ni ganar nada».

»Vino una que tenía ochenta y siete años, se le habían muerto todos los hijos y nietos, y desde hacía seis semanas dormía al sereno. Me puse enfermo de la pena.

»Pero tenemos casos de todo tipo, para no hablar de los que no dicen nada y se limitan a preguntar:“¿Dónde se hace?”. A éstos se les hace entrar y se acaba enseguida.

Repetí con el corazón encogido:

—¿Y… dónde se hace?

—Aquí.

Abrió una puerta, añadiendo:

—Entre, es la parte reservada a los socios del círculo, la que funciona menos. Tan sólo ha habido once aniquilamientos.

—¡Ah!, ¿ahora los llama… aniquilamientos?

—Sí, señor. Pero entre.

Dudaba, pero entré: era una galería deliciosa, una especie de invernadero que unas vidrieras azul pálido, rosa suave y verde claro circundaban poéticamente de paisajes de tapiz. Había, en aquel bonito salón, divanes, palmeras magníficas, flores, sobre todo rosas aromáticas, libros sobre las mesas, la Revue des Deux Mondes, cigarros en cajas de la Tabacalera y, cosa que me sorprendió, pastillas de Vichy dentro de una bombonera.

Como mostré mi asombro, dijo mi guía:

—¡Oh! La gente viene a menudo aquí a charlar.

Y prosiguió:

—Aunque las salas del público son parecidas, están más sencillamente amuebladas.

Yo pregunté:

—¿Cómo se lleva a cabo?

Él señaló con el dedo una tumbona, cubierta de crespón de China de color crema, con bordados blancos, bajo un gran arbusto desconocido, a cuyo pie había un redondo arriate de reseda.1

El secretario añadió con un tono de voz más bajo:

—Se cambia a voluntad la flor y el aroma, pues nuestro gas, completamente imperceptible, da a la muerte el olor de la flor que más nos guste. Se la volatiliza con unas esencias. ¿Quiere que se la haga aspirar un segundo?

—Gracias —le dije vivamente—, aún no…

Y se echó a reír.

—¡Oh!, señor, no corre ningún peligro. Yo mismo lo he probado varias veces.

Tuve miedo de pasar por un cobarde. Proseguí:

—Con mucho gusto.

—Túmbese en la adormecedora.2

Un poco inquieto, me senté en la silla baja de crespón de China, luego me estiré, y casi enseguida me vi envuelto por un delicioso olor a reseda. Abrí la boca para beberlo mejor, pues mi espíritu se había amodorrado, olvidaba, saboreaba, en la primera turbación de la asfixia, la embrujadora ebriedad de un opio encantador y fulminante.

Fui sacudido por un brazo.

—¡Oh!, oh señor —decía riendo el secretario—, me parece que le está tomando usted gusto.

*

Pero una voz, una verdadera voz, y no ya la de las ensoñaciones, me saludaba con un timbre aldeano:

—Buenos días, señor. ¿Qué tal va?

Mi sueño se desvaneció. Vi el Sena claro bajo el sol, y, llegando por un sendero, al guarda rural del pueblo, que tocaba con su mano derecha su quepis negro galoneado de plata. Respondí:

—Buenos días, Marinel. ¿Adónde va?

—Voy a hacer el atestado de un ahogado que han sacado de las aguas cerca de Morillons. Otro que se ha tirado al río. Se quitó hasta los pantalones para atarse las piernas con ellos.

 

EL OLIVAR*

 

I

Cuando los hombres del puerto, del pequeño puerto provenzal de Garandou, al fondo de la bahía de Pisca, entre Marsella y Toulon, vieron la barca del reverendo Vilbois que volvía de pescar, bajaron a la playa para ayudarle a ponerla en seco.

El reverendo iba solo en ella y remaba como un verdadero marinero, con una rara energía pese a sus cincuenta y ocho años. Con las mangas arremangadas sobre sus brazos musculosos, la sotana recogida y apretada entre sus rodillas, algo desabrochada en el pecho, el bonete dejado sobre el asiento a su lado, y tocado con un sombrero chambergo de corcho recubierto de tela blanca, parecía un robusto e insólito sacerdote de países cálidos, con un aspecto más para vivir aventuras que para decir misa.

De vez en cuando echaba una mirada atrás para reconocer bien el punto de atraque, volviendo luego a remar con ritmo, método y vigor, para demostrar, una vez más, a esos malos marineros del Sur cómo saben navegar los hombres del Norte.

La barca, lanzada, tocó la arena, deslizándose sobre ella como si fuera a atravesar, hundiendo la quilla, toda la playa; se paró de golpe y los cinco hombres que estaban viendo llegar al párroco se acercaron a él afables, contentos y alegres.

—¿Qué? —dijo uno con su marcado acento provenzal—, ¿ha habido buena pesca, señor cura?

El reverendo Vilbois metió dentro los remos, se quitó el sombrero chambergo para cubrirse con el bonete, se desarremangó las mangas, se volvió a abotonar la sotana y acto seguido, tras recobrar el porte y la prestancia de cura de pueblo, respondió con orgullo:

—Sí, sí, muy buena, tres lubinas, dos murenas y unos cuantos budiones.

Los cinco pescadores se habían acercado a la barca e, inclinados por encima de la borda, examinaban con aire de expertos los peces muertos, las gruesas lubinas, las murenas de cabeza chata, horrendas serpientes marinas, y los budiones violeta con estrías en zigzag de franjas doradas del color de las pieles de naranja.

Uno de ellos dijo:

—Se los llevo hasta su casita, señor cura.

—Gracias, hijo.

Tras haber estrechado las manos, el cura echó a andar, seguido de un hombre y dejando a los otros ocupados en su embarcación.

Caminaba a grandes pasos lentos, con aire de fuerza y de dignidad. Acalorado aún por haber remado con tanto vigor, se descubría a veces al pasar por debajo de la débil sombra de los olivos, para presentar al aire del atardecer, tibio aún pero mitigado por una ligera brisa de alta mar, su frente cuadrada, cubierta de blancos cabellos cortos y tiesos, una frente de oficial más que de sacerdote. El pueblo se alzaba sobre un cerro, en medio de un amplio valle que descendía en llana pendiente hacia el mar.

Era una tarde de julio. El sol deslumbrador, a punto de alcanzar la cresta dentada de unas colinas lejanas, proyectaba transversalmente sobre la blanca carretera, sepultada bajo un sudario de polvo, la sombra interminable del eclesiástico cuyo desproporcionado bonete paseaba por el campo vecino una gran mancha oscura que se hubiera dicho que jugaba a trepar rápidamente por todos los troncos de los olivos que encontraba, para volver a caer acto seguido por tierra, donde reptaba entre los árboles.

Bajo los pies del reverendo Vilbois, una nube de fino polvo, de esa impalpable harina que en verano cubre los caminos provenzales, se alzaba, humeando en torno a su sotana, velándola y cubriéndola, en la parte baja, de un color gris cada vez más claro. Avanzaba, ya refrescado, las manos en los bolsillos, con el lento y poderoso andar del montañés que lleva a cabo una ascensión. Con su mirar sereno contemplaba el pueblo, su pueblo, del que era párroco desde hacía veinte años, que él había elegido y que había obtenido como un gran favor, y donde esperaba morir. La iglesia, su iglesia, coronaba el gran cono de casas aglomeradas en torno a ella, con sus dos campanarios de piedra parda, desiguales y cuadrados, que alzaban en aquel hermoso valle meridional sus siluetas antiguas más parecidas a bastiones de fortaleza que a campanarios de monumento sagrado.

El reverendo estaba contento, pues había pescado tres lubinas, dos murenas y unos cuantos budiones.

Una vez más obtendría un pequeño triunfo entre sus parroquianos, él, que era respetado sobre todo por ser, quizá, y a pesar de sus años, el hombre más musculoso del pueblo. Aquellas pequeñas vanidades inocentes eran su mayor placer. Era capaz de cortar el tallo de las flores de un disparo de pistola, a veces practicaba la esgrima con su vecino el tabaquero, ex maestro armero, y nadaba mejor que nadie de la costa.

Había sido, por otra parte, una vieja personalidad del gran mundo, muy conocido en su tiempo, muy elegante, el barón de Vilbois, que a los treinta y dos años se había hecho sacerdote por un desengaño amoroso.

Nacido en el seno de una vieja familia picarda, monárquica y religiosa, que desde hacía varios siglos consagraba sus hijos al ejército, a la magistratura o al clero, pensó primero en entrar en religión por consejo de su madre, pero luego a instancias de su padre se decidió por ir simplemente a París, estudiar leyes y conseguir a continuación algún empleo importante en la Corte Suprema.

Pero mientras terminaba sus estudios, su padre sucumbió a una neumonía contraída por cazar en los pantanos, y su madre, presa de la tristeza, murió al poco. Así pues, tras haber heredado de repente una gran fortuna, renunció a todo plan de hacer una carrera para limitarse a llevar la vida de un ricachón.

Buen mozo, inteligente, aunque de mente estrecha debido a las creencias, tradiciones y principios heredados al igual que sus músculos de nobilucho picardo, gustó, tuvo éxito en la buena sociedad y gozó de la vida como hombre joven, rígido, opulento y considerado que era.

Pero he aquí que, a raíz de algunos encuentros en casa de un amigo, se enamoró de una joven actriz, de una joven alumna del Conservatorio, que hacía su debut de forma brillante en el Odéon.

Se enamoró perdidamente y con todo el arrebato de un hombre nacido para creer en las ideas absolutas. Se enamoró al verla en el papel novelesco que consiguió, el mismo día en que ella hacía su aparición por primera vez en público, un gran éxito.

Era linda, de natural perverso, con un aire de niña ingenua que él calificaba de aire angelical. Supo conquistarlo completamente, le transformó en uno de esos locos furiosos, uno de esos dementes extasiados a quienes una mirada o unas faldas de mujer hacen arder en la pira de las Pasiones Mortales. Se convirtió en su amante, la hizo dejar el teatro y durante cuatro años la amó con una pasión creciente. Y ciertamente, pese a su nombre y a las tradiciones de honor de su familia, se habría casado finalmente con ella si un día no hubiera descubierto que desde hacía tiempo le traicionaba precisamente con el amigo que se la había presentado.

El drama fue tanto más terrible cuanto que ella estaba embarazada y esperaba el nacimiento del hijo para decidirse a casarse con ella.

Cuando él tuvo las pruebas en su poder, unas cartas, descubiertas en una gaveta, le reprochó su infidelidad, su perfidia, su ignominia con toda la brutalidad del semisalvaje que era.

Pero ella, hija de la calle de París, tan descarada como impúdica, segura del otro hombre como de éste, atrevida, por otra parte, como esas hijas del pueblo que suben a las barricadas por simple bravuconería, le desafió e insultó; y, en el momento en que él le levantaba la mano, le enseñó la tripa.

Él se detuvo, palideciendo, pensó que ahí dentro, en esa carne deshonrada, en ese cuerpo vil, en esa criatura inmunda, había un descendiente suyo, ¡un hijo suyo! Y se abalanzó sobre ella para aplastarles a ambos, para aniquilar aquella doble ignominia. Ella, sintiéndose perdida, tuvo miedo y, caída al suelo por los puñetazos, vio su pie a punto de patear el flanco hinchado en el que vivía ya un embrión humano, y le gritó con los brazos extendidos para parar los golpes:

—No me mates. No es tuyo, es de él.

Él dio un salto hacia atrás, tan estupefacto, tan trastornado que su furor quedó en suspenso como su talón, y balbució:

—Pero ¿qué dices?

Ella, loca de repente de miedo ante la muerte entrevista en los ojos y en el gesto aterradores de aquel hombre, repitió:

—No es tuyo, es de él.

Él murmuró, con los dientes apretados, anonadado:

—¿El hijo?

—Sí.

—¡Mientes!

Y, de nuevo, hizo un amago con el pie de aplastar a alguien, mientras su amante, incorporada de rodillas, trataba de retroceder, sin dejar de balbucir:

—Te digo que es de él. Si fuera tuyo, hace tiempo que lo habría tenido.

Este argumento le impresionó como la verdad misma. En uno de esos pensamientos fulgurantes en que todos los razonamientos aparecen al mismo tiempo con esclarecedora lucidez, precisos, irrefutables, concluyentes, irresistibles, se convenció, no le cupo duda de que no era el padre del miserable niño que aquella zarrapastrosa llevaba en su seno; y, aliviado, liberado, casi apaciguado de súbito, renunció a acabar con aquel infame ser.

Entonces él dijo con un tono de voz más calmo:

—Levántate y vete, y que no te vuelva a ver nunca más.

Ella obedeció, vencida, y se fue.

Y no la volvió a ver nunca más.

Él se fue por su lado. Bajó al Sur, hacia el sol, y se detuvo en un pueblo que se alzaba en medio de un valle, ribereño del Mediterráneo. Le gustó una posada con vistas al mar. Tomó una habitación y se instaló en ella. Y allí se quedó dieciocho meses, sumido en la tristeza, en la desesperación, en un aislamiento absoluto. Vivió con el recuerdo devastador de la mujer traicionera, de su encanto, de su embeleso, de su hechizo inconfesable, y con la nostalgia de su presencia y de sus caricias.

Andaba errante por los valles provenzales, paseando al sol tamizado por las grisáceas hojitas de los olivos, su pobre cabeza enferma donde anidaba una obsesión.

Pero sus antiguas ideas piadosas, el ardor algo apaciguado de su fe primera volvieron poco a poco a su corazón en aquella soledad dolorosa. La religión, que le había parecido en otro tiempo como un refugio contra la vida desconocida, se le antojaba ahora como un refugio contra la vida falaz y atormentadora. Había conservado la costumbre de rezar. Y en su tristeza se apegó a ella, y fue a menudo, a la hora de la puesta del sol, a arrodillarse en la iglesia oscurecida donde no brillaba, al fondo del coro, más que el foco de luz de la lámpara, guardiana sagrada del sagrario, símbolo de la presencia divina.

Confió su pena a ese Dios, a su Dios, y le contó toda su miseria. Le pedía consejo, compasión, auxilio, protección, consuelo y, en su oración repetida cada día de forma más ferviente, ponía cada vez una emoción más intensa.

Su corazón malherido, corroído por el amor de una mujer, permanecía abierto y palpitante, ávido siempre de afecto; y poco a poco, a fuerza de orar, de vivir como un ermitaño con unas costumbres piadosas que no hacían sino crecer, de entregarse a esa comunicación secreta de las almas devotas con el Salvador que consuela y atrae a los miserables, el amor místico de Dios entró en él y ganó al otro.

Entonces retomó sus primeros planes y decidió ofrecer a la Iglesia una vida rota que había estado a punto de ofrecerle virgen.

Y así se hizo sacerdote. Gracias a su familia y a sus relaciones consiguió ser nombrado cura párroco de aquel pueblo provenzal al que le había llevado el azar, y, tras haber consagrado a obras de beneficencia gran parte de su fortuna, sin guardar para sí más que lo que le permitiera seguir siendo hasta su muerte útil y beneficioso para los pobres, se refugió en una vida tranquila de prácticas piadosas y de dedicación a sus semejantes.

Fue un sacerdote de miras estrechas, pero bueno, una especie de guía religioso con temperamento de soldado, un guía eclesiástico que conducía a la fuerza por el recto camino a la humanidad descaminada, ciega, perdida en esa selva de la vida donde todos nuestros instintos, nuestras inclinaciones, nuestros deseos, son senderos que extravían. Pero mucho del hombre de antaño pervivía en él. No dejaron de gustarle los ejercicios violentos, los deportes nobles, las armas, y detestaba a las mujeres, a todas, con un temor pueril ante un misterioso peligro.

II

El marinero que seguía al sacerdote sentía unas ganas muy meridionales de darle a la sinhueso. Pero no se atrevía, pues el párroco infundía mucho respeto a su grey. Al final se aventuró.

—Señor cura —dijo—, ¿se encuentra a gusto en su casita de campo?

Aquella casita de campo era una de esas casas minúsculas en las que los provenzales de ciudad y de pueblo van a refugiarse en verano para tomar el aire. El párroco había alquilado aquel chamizo en medio de un campo, a cinco minutos de la rectoría, que era demasiado pequeña y estaba aprisionada en el centro de la parroquia, adosada a la iglesia.

No vivía habitualmente, ni siquiera en verano, en el campo; sólo iba a pasar allí algunos días de vez en cuando para vivir en plena naturaleza y disparar con su pistola.

—Sí, amigo —dijo el sacerdote—, estoy muy bien en ella.

Aquella vivienda baja había sido construida en medio de los árboles, pintada de color rosa, y se la veía rayada de líneas cruzadas, entrecortada, dividida en pequeños fragmentos por las ramas y hojas de los olivos de que estaba plantado el campo sin cercado en el que parecía haber crecido como una seta de Provenza.

También se veía una mujerona que circulaba por delante de la puerta preparando una mesita para la cena en la que dejaba cada vez que volvía, con metódica lentitud, un solo cubierto, un plato, una servilleta, un trozo de pan, un vaso. Iba tocada con un gorrito de arlesiana, un cono puntiagudo de seda o de terciopelo negro en el que florece un hongo blanco.

Cuando la tuvo al alcance de la voz, el sacerdote le gritó:

—¡Eh, Marguerite!

Ella se detuvo para mirar y, al reconocer a su amo, dijo:

—¿Es usted, señor cura?

—Sí. Le traigo una buena pesca, prepáreme enseguida una lubina, una lubina con mantequilla, nada más que mantequilla, ¿entendido?

La sirvienta, que había ido al encuentro de los hombres, miró con ojo experto el pescado traído por el marinero.

—Es que ya tenemos pollo con arroz —dijo ella.

—No importa, el pescado no es tan bueno al día siguiente como acabado de pescar. Me daré un banquete de glotón, cosa que no sucede todos los días; y, además, no se trata de un pescado grande.

La mujer escogió la lubina y, mientras se iba con ella, se volvió:

—¡Ah!, señor cura, ha venido por tres veces un hombre preguntando por usted.

Él inquirió con tono indiferente:

—¿Un hombre? ¿Qué tipo de hombre?

—Yo diría que uno de esos que no inspiran mucha confianza…

—Pero ¡cómo! ¿Un mendigo?

—Quizá, puede ser. Pero yo diría más bien un maoufatan.

Don Vilbois se echó a reír por aquel término provenzal que significa malhechor, vagabundo, conociendo la índole temerosa de Marguerite, que no podía estar en la casita sin imaginarse todo el santo día, y sobre todo de noche, que iban a ser asesinados.

Dio unas pocas monedas al marinero, que se fue, y, cuando decía, pues había conservado todas sus costumbres de aseo personal y de indumentaria de cuando era persona de mundo: «Voy a lavarme un poco la cara y las manos», Marguerite le gritó desde la cocina, donde estaba raspando a contrapelo, con un cuchillo, el dorso del pescado, cuyas escamas, algo manchadas de sangre, se separaban como moneditas de plata:

—¡Mírelo, ahí lo tiene!

El sacerdote se dio la vuelta hacia la carretera y vio, en efecto, a un hombre que, de lejos, le pareció bastante mal vestido y que se dirigía pasito a paso hacia la casa. Se quedó allí a esperarle, sonriéndose aún del terror de la criada y pensando: «Pues no le falta razón, tiene pinta de maoufatan».

El desconocido se acercaba con las manos en los bolsillos y los ojos clavados en el párroco, sin prisas. Era joven, llevaba una larga barba rubia totalmente rizada; y unos mechones de pelo en forma de bucles se le escapaban de un sombrero de fieltro blando, tan mugriento y abollado que nadie hubiera podido adivinar su color y forma primitivos. Llevaba un largo gabán pardo, pantalones desflecados en torno a los tobillos y calzaba alpargatas, lo cual imprimía a sus andares un ritmo pausado, silencioso, inquietante, con un paso imperceptible de merodeador.

Cuando estuvo a sólo unos metros del eclesiástico se quitó el andrajo que cubría su frente, descubriéndose con un gesto un tanto teatral y mostrando una cabeza marchita, algo crapulosa y hermosa, que empezaba a clarear en la coronilla, indicio de cansancio o de intemperancias precoces, pues aquel hombre tenía a lo sumo veinticinco años.

También el sacerdote se descubrió enseguida, intuyendo y presintiendo que no se trataba de un vagabundo cualquiera, del obrero desocupado o del apercibido por la justicia que anda de prisión en prisión y no conoce más lenguaje que el misterioso de la cárcel.

—Buenos días, señor cura —dijo el hombre.

El sacerdote se limitó a responder: «Buenos días nos dé Dios», ya que no quería llamar «señor» a aquel caminante sospechoso y andrajoso. Se miraban fijamente y el reverendo Vilbois, ante la mirada de aquel merodeador, se sentía turbado, emocionado como ante un enemigo desconocido, invadido por una de esas inquietudes extrañas que penetran en la carne y en la sangre haciéndolas estremecerse.

Al final, el vagabundo prosiguió:

—Bien, ¿me reconoce?

El sacerdote, muy asombrado, respondió:

—Pues no, no le conozco en absoluto.

—Ah, no me conoce. ¡Míreme mejor!

—Por más que le mire, no le he visto jamás.

—Eso es cierto —prosiguió el otro, irónico—, pero voy a enseñarle a alguien que conoce mejor que a mí.

Volvió a ponerse el sombrero y se desabrochó el gabán. Debajo había un torso desnudo. Un cinturón rojo, atado en torno a su flaco vientre, sujetaba su pantalón por encima de las caderas.

Sacó de su bolsillo un sobre, uno de esos increíbles sobres jaspeados de todas las manchas posibles, uno de esos sobres que sirven para guardar, en los forros de las ropas de los pordioseros errabundos, los papeles, verdaderos o falsos, robados o legítimos, que son los preciosos defensores de la libertad contra el gendarme que puede salir al paso. Sacó de él una fotografía, una de ésas en formato de cartulina bastante corrientes en otro tiempo, amarillenta, gastada, llevada largo tiempo a todas partes, calentada por el contacto con la carne de aquel hombre y desvaída por su calor.

Entonces, poniéndola a la altura de su rostro, preguntó:

—¿Y a éste le conoce?

El reverendo dio dos pasos para ver mejor y se quedó pálido, trastornado, pues era su propio retrato, hecho por Ella en la época lejana de su amor.

No respondía nada, sin entender.

El vagabundo repitió:

—¿A éste le reconoce?

Y el sacerdote balbució:

—Sí.

—¿Quién es?

—Soy yo.

—¿Está seguro de que es usted?

—Pues sí.

—Bien, mírenos a los dos ahora, a su retrato y a mí.

Había visto ya al miserable hombre, había visto que aquellos dos seres, el de la cartulina y el que reía a su lado, se parecían igual que dos hermanos, pero seguía sin entender, y farfulló:

—¿Qué quiere usted de mí, a fin de cuentas?

Entonces, el pordiosero, con voz malvada, dijo:

—Quiero ante todo que usted me reconozca.

—¿Quién es usted, pues?

—¿Que quién soy? Pregúntele a cualquiera que pase por el camino, pregúntele a su criada, vayamos a preguntárselo al alcalde del pueblo si quiere, enseñándole esto; y bien que se va a reír, ya se lo digo yo. ¡Ah!, ¿no quiere usted reconocer que soy su hijo, papá cura?

Entonces, el anciano, levantando sus brazos en un gesto bíblico y desesperado, gimió:

—No es cierto.

El hombre se acercó a él, casi cara a cara:

—¡Ah!, así que no es cierto. ¡Ah!, reverendo, tiene que dejar de mentir, ¿entendido?

Tenía una expresión amenazadora y los puños apretados, y hablaba con un convencimiento tan vehemente que el sacerdote, retrocediendo en todo momento, se preguntaba cuál de los dos estaba equivocado en ese momento.

Una vez más, sin embargo, afirmó:

—Yo no he tenido ningún hijo.

El otro rebatió:

—¿Y acaso tampoco ninguna amante?

El anciano pronunció resueltamente una sola palabra, una orgullosa confesión:

—Sí.

—¿Y esa amante no estaba embarazada cuando usted la echó?

De repente, la vieja ira, ahogada veinticinco años antes, ahogada no, sino contenida en el fondo del corazón del amante, rompió las esclusas de la fe, de la devoción resignada, de la renuncia a todo, que había construido sobre ella, y, fuera de sí, exclamó:

—La eché porque me engañó y llevaba en su seno al hijo de otro, sin lo cual la habría matado, señor, y a usted con ella.

El joven dudó, sorprendido a su vez por el arrebato sincero del párroco; luego replicó más suavemente:

—¿Quién le dijo que yo era hijo de otro?

—Pues ella, ella misma, en actitud de desafío.

Entonces, el vagabundo, sin responder a esta afirmación, concluyó con un tono indiferente de granuja que juzga una causa:

—Pues bien, mamá se equivocó al decírselo cuando le provocó, eso es todo.

Al haber recuperado un cierto dominio de sí, tras aquel arranque de furia, el reverendo preguntó a su vez:

—¿Y quién le ha dicho a usted que es hijo mío?

—Ella, al morir, señor cura… ¡y luego esto!

Y alargó, ante los ojos del sacerdote, la pequeña fotografía.

El anciano la cogió, y lenta, largamente, con el corazón embargado de angustia, comparó a aquel ser errátil desconocido con su antigua imagen, y ya no le cupo ninguna duda de que era su hijo.

Una sensación de angustia embargó su alma, una emoción inexplicable, terriblemente penosa, como el remordimiento de un antiguo crimen. Comprendía un poco, intuía el resto, volvía a ver la escena brutal de la separación. Había sido con el fin de salvar su vida, amenazada por el hombre ultrajado, por lo que la mujer, la traicionera y pérfida hembra, le había soltado aquella mentira. Y la mentira había logrado su propósito. Y un hijo suyo había nacido, crecido y se había convertido en aquel sórdido correcaminos, que olía a vicio como un chivo huele a bestia.

Murmuró:

—¿Quiere andar un poco conmigo para explicarnos mejor?

El otro se echó a reír sarcásticamente.

—Por Dios, si he venido precisamente para eso.

Se fueron juntos, lado a lado, por el olivar. El sol se había puesto. El gran fresco de los crepúsculos del Sur extendía sobre los campos un frío manto invisible. El reverendo se estremecía y, alzando de repente la vista, en un impulso habitual de celebrante, vio por todas partes en torno a sí, temblando contra el cielo, el pequeño follaje grisáceo del árbol sagrado que había albergado bajo su débil sombra el mayor de los dolores, el único desfallecimiento de Cristo.

Una súplica brotó de sus adentros, breve y desesperada, pronunciada con esa voz interior que no rebasa la boca y con la que los creyentes imploran al Señor: «¡Dios mío, auxíliame!».

Luego, volviéndose hacia su hijo, manifestó:

—¿Así que su madre ha muerto?

Una nueva pena se despertó en él, encogiéndole el corazón, mientras pronunciaba las palabras: «Su madre ha muerto» y una extraña miseria de la carne del hombre que nunca ha olvidado del todo, y un cruel eco del tormento sufrido, pero más aún quizá, puesto que ella había muerto, un estremecimiento de esa delirante y breve felicidad juvenil de la que ahora no quedaba nada más que la herida de su recuerdo.

El joven respondió:

—Sí, señor cura, mi madre ha muerto.

—¿Hace mucho?

—Sí, hará ya tres años.

Una nueva duda asaltó al sacerdote.

—¿Y cómo es que no vino a verme antes?

El otro dudó.

—No pude. Me surgieron impedimentos… Pero, perdone que interrumpa estas confidencias que ya le haré más tarde, todo lo detalladas que usted quiera, para decirle que no he comido nada desde ayer por la mañana.

Un repentino sentimiento compasivo se apoderó del anciano, y, tendiendo de repente las dos manos, exclamó:

—¡Oh!, pobre hijo mío.

El joven recibió esas grandes manos tendidas, que envolvieron sus dedos, más delgados, tibios y febriles.

Luego respondió con ese aire bromista que ya no abandonaba nunca sus labios:

—Pues bien, la verdad, empiezo a creer que acabaremos por entendernos.

El párroco echó a andar.

—Vamos a cenar —dijo.

Y de súbito pensó, en un impulso de alegría instintiva, confusa y extraña, en el bonito pez que había pescado, que, junto con el pollo con arroz, sería una comida excelente para aquel joven desventurado.

La arlesiana, preocupada, estaba ya refunfuñando, esperando delante de la puerta.

—Marguerite —exclamó el sacerdote—, retira la mesa y llévala a la sala, pero rápido, y prepárala para dos, pero rápido.

La criada estaba espantada sólo de pensar que su amo comería con aquel maleante.

Entonces, el reverendo Vilbois se puso él mismo a retirar la mesa y a trasladar, a la única estancia de la planta baja, el cubierto preparado para él.

Cinco minutos después estaba sentado enfrente del vagabundo, delante de la sopera llena de sopa de col, que desprendía, entre los dos rostros, una nubecilla de hirviente vapor.

III

Una vez llenos los platos, el vagabundo empezó a zamparse la sopa ávidamente con rápidas cucharadas. El reverendo no tenía ya hambre, y sorbía con lentitud tan sólo el sabroso caldo de col, dejando el pan en el fondo del plato.

De repente preguntó:

—¿Cómo se llama usted?

El hombre rió, satisfecho de poder saciar su hambre.

—Padre desconocido —dijo—, sin otro apellido que el de mi madre, que probablemente no ha olvidado aún. En cambio, tengo dos nombres, que, dicho sea entre paréntesis, no cuadran en absoluto conmigo, Philippe-Auguste.

El sacerdote palideció y preguntó con un nudo en la garganta:

—¿Por qué le pusieron estos dos nombres?

El vagabundo se encogió de hombros.

—Debería usted adivinarlo. Después de haber dejado a mamá, le quiso hacer creer a su rival que yo era hijo suyo y él se lo creyó, más o menos, hasta que cumplí los quince años. A esa edad empecé a parecerme demasiado a usted y él, ese canalla, renegó de mí. Me habían puesto sus dos nombres de pila, Philippe-Auguste; y si hubiera tenido la fortuna de no parecerme a nadie, o bien la de ser hijo de un tercer seductor que no se hubiera dado a conocer, hoy sería el vizconde Philippe-Auguste de Pravallon, hijo reconocido tardíamente del conde del mismo nombre, senador. Por eso yo me puse el apodo de Malafortuna.

—¿Cómo sabe usted todo esto?

—Porque él tuvo, por supuesto, unas explicaciones conmigo, y unas duras explicaciones, no se vaya a creer. Ay, de esas que te enseñan lo que es la vida…

El sacerdote se sentía oprimido por algo que era más penoso y atormentador que lo que había sentido y sufrido desde hacía media hora. Era como una especie de ahogo que empezaba, iba a ir en aumento y acabaría finalmente con él, provocado, no tanto por las cosas que oía, sino por la manera en que éstas eran dichas y por el rostro de crápula del granuja que las pronunciaba. Entre aquel hombre y él, entre su hijo y él, empezaba ahora a percibir ese sumidero de inmundicias morales que son, para algunas almas, venenos letales. ¿Era ése su hijo? Todavía no podía creerlo. Quería todas las pruebas, todas; saberlo todo, oírlo todo, escucharlo todo, sufrirlo todo. Pensó de nuevo en los olivos que rodeaban su casita de campo y murmuró por segunda vez: «¡Oh, Dios mío, auxíliame!».

Philippe-Auguste se había acabado la sopa. Preguntó:

—¿No hay nada más para comer, reverendo?

Como la cocina se hallaba en el exterior de la casa, en un edificio anejo, y Marguerite no podía oír la voz de su cura, la llamaba dando unos golpecitos en un gong chino colgado de la pared que tenía a sus espaldas.

Cogió la maza de cuero y golpeó varias veces la redonda placa metálica. Primero se oyó un sonido débil, luego aumentó, se acentuó, vibrante, agudo, sobreagudo, desgarrador, horrible lamento de cobre herido.

Apareció la criada. Tenía un semblante crispado y lanzaba miradas furiosas al maoufatan como si hubiera comprendido con su instinto de perro fiel el drama que se le había venido encima a su amo. Sostenía en sus manos la lubina asada que desprendía un sabroso olor a mantequilla derretida. El reverendo hendió el pescado con una cuchara de un extremo al otro y, tras ofrecer el filete del lomo al hijo de su juventud, dijo con un resabio de orgullo que aún le quedaba en medio de su desazón:

—La he pescado yo hace un rato.

Marguerite no se iba.

El sacerdote prosiguió:

—Tráigame vino del bueno, vino blanco de Cabo Corso.

Ella hizo una especie de gesto de rebeldía y él tuvo que repetirle con aire severo: «Coja dos botellas». Porque cuando ofrecía vino a alguien, raro placer, se regalaba también él con una botella.

Philippe-Auguste, radiante, murmuró:

—Excelente. Buena idea. Hacía mucho tiempo que no comía así.

La criada volvió al cabo de un par de minutos que al sacerdote le parecieron dos eternidades, porque ahora una necesidad de saber le abrasaba la sangre, devorándole como un fuego infernal.

Aunque habían sido descorchadas las botellas, la criada no se iba, con los ojos fijos en el hombre.

—Déjenos —dijo el párroco.

Ella fingió no haber oído.

Él dijo casi con rudeza:

—Le he dicho que nos deje solos.

Entonces se fue.

Philippe-Auguste se comía el pescado ávidamente; y su padre le miraba, cada vez más sorprendido y disgustado por la bajeza que descubría en aquel rostro que tanto se le parecía. Los pequeños bocados que el reverendo Vilbois se llevaba a los labios se le quedaban en la boca, porque la encogida garganta se negaba a dejarlos pasar, y masticaba despacio, buscando, entre todas las preguntas que le venían a la mente, aquellas cuya respuesta le urgía.

Al final murmuró:

—¿De qué murió?

—De mal de pecho.

—¿Estuvo enferma mucho tiempo?

—Unos dieciocho meses más o menos.

—¿Cómo contrajo la enfermedad?

—No se sabe.

Guardaron silencio. El reverendo estaba pensativo. Muchas eran las cosas opresivas que le hubiera gustado saber, pues, desde el día de la ruptura, desde aquel día en que había estado a punto de matarla, no había vuelto a saber nada de ella. Verdad es que tampoco había querido saber nada, que la había echado resueltamente en una fosa de olvido, a ella y a sus días felices; pero ahora que estaba muerta sentía nacer en su interior un ardiente deseo de saber, un deseo celoso, casi un deseo de amante.

Prosiguió:

—¿No estaba sola, verdad?

—No, seguía viviendo con él.

El viejo se estremeció:

—¿Con él? ¿Con Pravallon?

—Pues sí.

El hombre antaño traicionado calculó que la mujer que le había engañado había permanecido más de treinta años con su rival.

Balbució casi a su pesar:

—¿Fueron felices juntos?

Riendo sarcásticamente, el joven respondió:

—¡Pues sí, con altibajos! Les habría ido mucho mejor sin mí. Yo siempre lo estropeé todo.

—¿Cómo y por qué? —preguntó el sacerdote.

—Ya se lo he contado. Porque él creyó que yo era hijo suyo hasta que cumplí los quince años. Pero el viejo no era tonto, y descubrió por sí solo el parecido, y entonces hubo escenas. Yo escuchaba detrás de las puertas. Él acusaba a mamá de haberle engañado. Mamá respondía: «¿Acaso es culpa mía? Sabías perfectamente, cuando me aceptaste, que yo era la amante del otro». El otro era usted.

—¡Ah!, ¿hablaban de mí en alguna ocasión?

—Pues sí, pero sin mencionarle nunca delante de mí, salvo al final, muy al final, en los últimos días, cuando mamá se sintió perdida. No se fiaban.

—¿Y usted…, usted supo pronto que su madre estaba en una situación irregular?

—¡Por Dios! No soy un alma cándida, y nunca lo he sido. Uno intuye enseguida estas cosas, tan pronto como se comienza a conocer el mundo.

Philippe-Auguste se ponía de beber una vez tras otra. Sus ojos se encendían, haciendo que, a causa de su largo ayuno, se emborrachara enseguida.

El sacerdote se dio cuenta; estuvo a punto de pararle, pero luego se le ocurrió pensar que la embriaguez le volvía imprudente y charlatán, y, tomando la botella, llenó de nuevo el vaso del joven.

Marguerite trajo el pollo con arroz. Después de haberlo dejado sobre la mesa, clavó de nuevo los ojos en el vagabundo y acto seguido le dijo a su amo con aire indignado:

—Pero mire lo borracho que está, señor cura.

—Déjanos tranquilos —prosiguió el sacerdote— y vete.

Ella salió dando un portazo.

Él preguntó:

—¿Qué decía su madre de mí?

—Pues lo que se acostumbra a decir de un hombre al que se ha dejado: que no era usted fácil de llevar, que tenía un carácter difícil para una mujer y que con sus ideas le habría creado siempre problemas.

—¿Lo decía a menudo?

—Sí, a veces con subterfugios, para que yo no comprendiera, pero lo entendía todo.

—¿Y cómo le trataban en esa casa?

—¿A mí? Al principio muy bien, pero después muy mal. Cuando mamá vio que yo arruinaba su relación, me echó a la calle.

—Pero ¡cómo!

—¿Que cómo? Muy sencillo. Yo hice algunas barrabasadas a los dieciséis años; entonces los muy granujas me metieron en un correccional para quitárseme de encima.

Clavó los codos sobre la mesa, apoyó las mejillas en sus manos y, completamente ebrio, la mente trastornada por el vino, le entró de repente una de esas ganas irresistibles de hablar de sí mismo que hacen divagar a los borrachos con fantásticas jactancias.

Y sonreía plácidamente, con una gracia femenina en los labios, una gracia perversa que el sacerdote no pudo dejar de reconocer. No sólo la reconoció, sino que sintió, odiosa y acariciante, esa gracia que le había conquistado y perdido a él en otro tiempo. Era a su madre a quien su hijo se parecía más ahora, no por los rasgos del rostro, sino por la mirada cautivadora e hipócrita y sobre todo por la seducción de la falaz sonrisa que parecía abrir la puerta de la boca a todas las infamias del interior.

Philippe-Auguste contó:

—¡Ja, ja, ja! Menuda vida la mía desde que salí del correccional, una vida realmente agitada por la que un gran novelista pagaría mucho dinero. La verdad, Dumas padre, con su Conde de Montecristo, no ha inventado cosas más chuscas que las que me han ocurrido a mí.

Se calló con la filosófica seriedad del hombre ebrio que reflexiona, pero luego dijo hablando despacio:

—Si se quiere que un muchacho no acabe mal, no se le debería encerrar nunca en un correccional, sea lo que sea lo que haya hecho, debido a la gente que se conoce allí dentro. Se me ocurrió una buena, pero acabó mal. Una noche, hacia las nueve, yendo de paseo con tres compañeros, los cuatro un poco alegres, por la carretera general que pasa cerca del vado de Folac, vemos un vehículo en el que estaban todos durmiendo, el cochero y su familia, una gente de Martinon que volvían de cenar de la ciudad. Cojo el caballo de la brida, lo hago subir a la chalana que cruza el río y empujo ésta dentro de la corriente. Como ello arma ruido, el cochero se despierta y, al no ver nada, da un latigazo. El caballo parte y se hunde en el agua con el carruaje. ¡Todos ahogados! Mis compañeros me denunciaron. Y eso que al principio se rieron con ganas al verme gastar la broma. Lo cierto es que no pensamos que la cosa acabaría tan mal. Creíamos que se darían sólo un remojón, para reírnos un rato.

»Tras esto, he hecho cosas peores para vengarme de la primera, pues no merecía el correccional, palabra de honor. Pero no vale la pena contarlas. Le contaré la última nada más, porque ésa seguro que le hará gracia. Le vengué, papá.

El reverendo miraba a su hijo con ojos aterrados y ya no comía nada.

Philippe-Auguste se disponía a hablar de nuevo.

—No —dijo el sacerdote—, ahora no, un poco más tarde.

Volviéndose, golpeó e hizo sonar el estridente címbalo chino.

Marguerite no tardó en entrar.

Y su amo mandó, con una voz tan ruda que ella bajó la cabeza, espantada y dócil:

—Tráenos la lámpara y todo cuanto tengas que traer aún a la mesa, y luego no vuelvas a aparecer más hasta que yo haga sonar de nuevo el gong.

Ella salió, volvió y dejó sobre el mantel una lámpara de porcelana blanca, cubierta con una pantalla verde, un grueso pedazo de queso, fruta, y se fue.

El sacerdote dijo con tono resuelto:

—Ahora le escucho.

Philippe-Auguste se llenó tranquilamente el plato y el vaso. La segunda botella estaba casi vacía, por más que el párroco no la hubiera tocado.

El joven siguió hablando entre balbuceos, la boca llena de comida y de embriaguez:

*

He aquí la última. Es realmente fuerte. Había vuelto a casa…, seguía allí a pesar de ellos porque sabía que me temían…, me temían… ¡Ah!, no es buena cosa fastidiarme…, pues soy capaz de todo cuando me fastidian… ¿Sabe?…, ellos vivían medio juntos. Él tenía dos domicilios, uno de senador y otro de amante. Pero estaba más a menudo en casa de mamá que en la suya, porque no podía prescindir de ella. ¡Ay, no era astuta ni nada, y fuerte…, mamá…, sabía cómo tener cogido a un hombre! Le tenía atrapado en cuerpo y alma, y lo conservó hasta el final. ¡Menudos necios son los hombres! Así pues, yo había vuelto y les tenía dominados por el miedo. Sé ser listo cuando es preciso, y en cuanto a malicia, artimañas y también los puños, no le temo a nadie. He aquí que mamá cae enferma y él la instala en una bonita propiedad próxima a Meulan, en medio de un parque grande como un bosque. Como le he dicho…, siguió así por espacio de unos dieciocho meses. Luego nos dimos cuenta de que el final estaba cerca. Él venía todos los días de París y se le veía sufrir, pero de verdad.

Así pues, una mañana, habían estado hablando casi una hora y yo me preguntaba de qué podían charlar tanto rato, cuando me llaman. Y mamá me dice:

«Estoy a punto de morir y hay una cosa que quisiera revelarte, en contra de la opinión del conde». Ella le llamaba siempre «el conde» al referirse a él. «Es el nombre de tu padre, que todavía vive.»

Yo se lo había preguntado más de cien veces…, más de cien veces…, el nombre de mi padre…, más de cien veces… y ella siempre se había negado a decirlo… Creo incluso que un día le di unas bofetadas para hacerla hablar, pero no sirvió de nada. Y luego, para quitárseme de encima, me anunció que usted había muerto sin un céntimo, que era usted un don nadie, un error de juventud, un paso en falso de virgen. Supo contármelo tan bien lo de su muerte que yo me lo tragué totalmente.

Así pues, ella me dijo:

«Es el nombre de tu padre».

El otro, que estaba sentado en un sillón, replica lo siguiente tres veces:

«Comete un error, comete un error, comete un error, Rosette».

Mamá se sienta en su cama. La veo aún con sus pómulos colorados y sus ojos brillosos, pues me quería mucho a pesar de todo; y va y le dice:

«¡Pues entonces haga algo por él, Philippe!»

Al dirigirse a él le llamaba «Philippe» y a mí «Auguste».

Y él se puso a gritar como un condenado:

«¡Por este crápula, nunca!, por este golfo, por este maleante, este…, este…, este…»

Y se le ocurrieron otros mil nombres para calificarme como si no hubiera hecho otra cosa en toda su vida.

Yo estaba a punto de amoscarme, cuando mamá me mandó callar y luego le dijo:

«Pues, entonces, quiere que se muera de hambre, ya que yo no poseo nada».

Él replicó sin inmutarse:

«Rosette, le he dado treinta y cinco mil francos por año, desde hace treinta, lo cual asciende a más de un millón. Ha vivido usted gracias a mí como una mujer rica, como una mujer amada y, me atrevería a decir, como una mujer feliz. Yo no le debo nada a este pordiosero que ha arruinado nuestros últimos años; y no tendrá nada de mí. Es inútil insistir. Dígale el nombre del otro, si quiere. Lo siento, pero yo me lavo las manos».

Entonces, mamá se vuelve hacia mí. Yo me decía entre mí: «Bueno…, al menos conoceré a mi verdadero padre…, y si tiene cuartos, estoy salvado…».

Ella continuó:

«Tu padre, el barón de Vilbois, se llama actualmente el reverendo Vilbois, cura de Garandou, cerca de Toulon. Era mi amante cuando le dejé por éste».

Y he aquí que ella me lo cuenta todo, excepto que le engañó respecto a su embarazo. Pero las mujeres, como ve, no dicen nunca la verdad.

Se reía sarcásticamente, dando rienda suelta a toda su abyección. Bebió de nuevo y, con el semblante en todo momento risueño, continuó:

Mamá murió dos días…, dos días más tarde. Habíamos acompañado su ataúd hasta el cementerio, él y yo…, tiene gracia… ¿no?…, él y yo… y tres criados…, eso es todo… Él lloraba a moco tendido…, estábamos uno al lado del otro…, se hubiera dicho papá y el hijo de papá.

Luego regresamos a casa. Nada más que nosotros dos. Yo me decía: «Tengo que largarme, sin un céntimo». No tenía más que cincuenta francos. ¿Qué podía hacer para vengarme?

Él me toca el brazo y me dice:

«Tengo que hablar con usted».

Le seguí a su gabinete. Se sentó a su mesa, y luego, barbotando entre lágrimas, me dice que no quiere ser tan malo conmigo como le decía a mamá; me ruega que no le moleste a usted… «Es algo entre usted y yo…» Y me ofrece un billete de mil…, mil…, mil…, ¿qué podía hacer yo con mil francos?…, yo…, un hombre como yo. Vi que tenía más en el cajón, un verdadero montón. Al ver todo aquel papel moneda me dieron ganas de acuchillarle. Alargo la mano para coger el que me ofrecía, pero, en vez de recibir su limosna, le salto encima, le arrojo al suelo y le aprieto la garganta hasta hacerle revirar los ojos; luego, cuando vi que iba a palmarla, le amordazo, le ato, le desnudo, le doy la vuelta y luego… ¡ja, ja, ja!…, ¡le vengué a usted a base de bien!…

Philippe-Auguste tosía, atosigándose de la alegría, y, en el labio alzado en un rictus feroz y alegre, el reverendo Vilbois descubría de nuevo la vieja sonrisa de la mujer que le había hecho perder la cabeza.

—¿Y después qué? —preguntó.

Después…. ¡Ja, ja, ja!… Había un gran fuego en la chimenea, era diciembre…, por el frío… había muerto…, mamá…, un gran fuego de carbón… Cojo el atizador…, lo pongo al rojo vivo… y le hago unas cruces en la espalda, ocho, diez, no sé ya cuántas, luego le doy la vuelta y le hago otras tantas en el vientre. ¡Tiene gracia, ¿eh?, papá! Así es como se marcaba a los forzados en otros tiempos. Él se retorcía igual que una anguila…, pero yo le había amordazado bien y no podía gritar. A continuación cogí los billetes, doce, que con el mío hacían trece… Lo cual no me trajo suerte. Y me largué diciéndoles a los criados que no molestaran al señor conde hasta la hora de la cena porque dormía.

Pensé que no diría nada por temor a armar un escándalo, puesto que es senador… Pero me equivoqué. Cuatro días después me pescaban en un restaurante de París. Estuve tres años en prisión. Por eso no pude venir a conocerle antes.

*

Bebió de nuevo, y dijo, ahora farfullando a duras penas las palabras:

—Ahora…, papá…, ¡papá cura!… ¡Es gracioso tener por padre a un cura!… ¡Ja, ja, ja! Tiene que ser bueno, muy bueno con el menda, porque el menda no es una persona corriente… y le hizo una buena…, de veras…, una buena… al viejo…

La misma cólera que había enloquecido en otro tiempo al reverendo Vilbois ante la amante traicionera le hacía sublevarse ahora ante aquel ser abominable.

Él, que tanto había perdonado, en nombre de Dios, los secretos infames bisbiseados en el misterio del confesionario, se sentía incapaz de piedad y de clemencia, en su propio nombre, y en ese momento no se dirigía ya para que le auxiliase a ese Dios caritativo y misericordioso, porque comprendía que ninguna protección celestial o terrenal puede salvar en este mundo a quienes sufren semejantes desgracias.

Todo el ardor de su corazón apasionado y de su sangre violenta, apagada por el sacerdocio, se despertaba en una irrefrenable rebeldía contra aquel miserable que era su hijo, contra aquel parecido con él, y también contra la madre, la indigna madre que lo había engendrado semejante a ella, y contra la fatalidad que ataba a aquel pordiosero a su pie paterno, como la bola al pie del galeote.

Veía y preveía todo con súbita lucidez, despertado por aquella sacudida de sus veinticinco años de tranquilidad y de piadoso sueño.

Convencido de repente de que era necesario hablar de forma enérgica y clara para que aquel delincuente le temiera y aterrorizarle de entrada, le dijo con los dientes apretados por la furia, sin pensar que estaba borracho:

—Ahora que me lo ha contado todo, escúcheme. Partirá usted mañana. Se irá a un pueblo que le diré y que no dejará nunca sin una orden mía. Le pasaré una pensión suficiente para vivir, pero pequeña, porque no tengo dinero. Si desobedece una sola vez, se acabó y tendrá que vérselas conmigo…

Aunque aturdido por el vino, Philippe-Auguste captó la amenaza y el criminal que había dentro de él se despertó de improviso. Desembuchó estas palabras, entre hipos:

—¡Ah!, papá, no debes hacerme una jugada… Tú eres párroco…, te tengo cogido…, y te someterás, igual que los demás.

El sacerdote se sobresaltó; y en sus músculos de antiguo hércules nació una necesidad invencible de coger a aquel monstruo, de doblarlo como una caña para hacerle comprender que debía ceder.

Le gritó, sacudiendo la mesa y empujándola contra su pecho:

—¡Ah!, ten cuidado, ten cuidado…, que yo no le temo a nadie…

El borracho, perdiendo el equilibrio, se tambaleaba en su silla. Al ver que iba a caerse y que estaba a merced del sacerdote, alargó la mano, con mirada asesina, hacia uno de los cuchillos que había sobre el mantel. El reverendo Vilbois vio el gesto, y dio tal empellón a la mesa que su hijo se cayó de espaldas y acabó por los suelos. La lámpara se volcó y se apagó.

Durante unos segundos, se dejó oír en la sombra un ligero tintineo de vasos que entrechocan; luego se oyó como el arrastrarse de un cuerpo blando por el suelo, luego ya nada.

Rota la lámpara, una súbita noche se había extendido sobre ellos tan rápida, inesperada y profunda que quedaron estupefactos como ante un acontecimiento aterrador. El borracho, acurrucado contra la pared, ya no se movía; y el sacerdote permanecía en su silla, sumido en aquellas tinieblas, que ahogaban su cólera. Aquel velo oscuro arrojado sobre él, deteniendo su arrebato, inmovilizó también el impulso furioso de su alma; y le asaltaron otras ideas, negras y tristes como la oscuridad.

Se hizo el silencio, un silencio denso de tumba cerrada, en el que ya nada parecía vivir y respirar. Tampoco llegaba nada del exterior, ni el paso de un carruaje en la lejanía, ni el ladrar de algún perro, ni el susurro entre las ramas o contra las paredes de un ligero soplo de viento.

Aquello duró largo rato, mucho rato, quizá una hora. Luego, ¡de repente resonó el gong! Resonó percutido por un solo golpe duro, seco y fuerte, al que siguió un gran ruido extraño de caída y de silla derribada.

Marguerite, que estaba al acecho, acudió presurosa; pero apenas hubo abierto la puerta, retrocedió espantada ante la sombra impenetrable. Luego, temblando, el corazón acelerado y la voz jadeante y baja, llamó:

—¡Señor cura, señor cura!

Nadie respondió, nada se movió.

«Dios mío, Dios mío —pensó—, ¿qué han hecho?, ¿qué ha pasado?»

No se atrevía a avanzar ni a darse la vuelta para ir a buscar una luz; y le dominaron unas ganas locas de ponerse a salvo, de huir y de gritar, por más que sintiera flaquear sus piernas rotas hasta el punto casi de desplomarse al suelo. Repetía:

—Señor cura, señor cura, soy yo, Marguerite.

Pero de súbito, pese a su miedo, un deseo instintivo de socorrer a su amo y una de esas valentías de las mujeres que las hacen a veces heroicas invadieron su alma de una audacia aterrada, y, tras correr hacia la cocina, trajo su quinqué.

Se detuvo ante la puerta de la sala. Primero vio al vagabundo, tumbado contra la pared, y que dormía o fingía dormir, luego la lámpara rota, y a continuación, debajo de la mesa, los dos pies negros y las piernas con los calcetines negros del reverendo Vilbois, que debía de haberse caído de espaldas golpeándose la cabeza contra el gong.

Palpitando de terror, las manos temblorosas, repetía:

—Dios mío, Dios mío, pero ¿qué es esto?

Y cuando avanzaba a pequeños pasos, con lentitud, pisó algo grasiento y estuvo a punto de caerse.

Entonces, tras haberse inclinado, vio que, por el suelo rojo, manaba un líquido asimismo rojo, que se extendía en torno a sus pies y corría rápido hacia la puerta. Intuyó que era sangre.

Enloquecida, salió huyendo, tirando su luz para no ver ya nada, y se precipitó campo traviesa hacia el pueblo. Iba, topándose contra los árboles, con los ojos fijos en las luces lejanas y dando alaridos.

Su voz aguda asaeteaba la noche como un siniestro grito de lechuza y clamaba sin interrupción:

—¡El maoufatan…, el maoufatan…, el maoufatan!…

Cuando llegó a las primeras casas, salieron unos hombres asustados y la rodearon, pero ella se debatía sin responder, fuera de sí.

Al final comprendieron que había ocurrido una desgracia en el olivar del párroco, y un grupo se armó para correr en su ayuda.

En medio del olivar, la casita pintada de rosa resultaba invisible y negra en la noche profunda y silenciosa. Desde que la única claridad de la ventana iluminada se había apagado como un ojo cerrado, permanecía sumida en la oscuridad, perdida en las tinieblas, ilocalizable para cualquiera que no fuese del lugar.

Pronto corrieron unas luces a ras de tierra, a través de los árboles, dirigiéndose hacia ella. Se paseaban por la hierba seca unas grandes franjas de luz amarillenta; y, con los errátiles resplandores, los troncos atormentados de los olivos semejaban a veces monstruos, serpientes infernales entrelazadas y retorcidas. Los reflejos proyectados a lo lejos hicieron surgir de súbito en la oscuridad una cosa blancuzca y vaga, y pronto el muro bajo y cuadrado de la casita se tornó de nuevo de color rosa delante de las linternas. Las llevaban algunos campesinos, escoltando a dos gendarmes, pistola en mano, al guarda rural, al alcalde y a una Marguerite desfalleciente a la que sostenían unos hombres.

Delante de la puerta abierta, aterradora, hubo un momento de vacilación. Pero el cabo cogió un farol y entró seguido de los demás.

La criada no había mentido. La sangre, ya coagulada, cubría el suelo como una alfombra. Había manado hasta donde estaba el vagabundo, mojando una de sus piernas y una de sus manos.

Padre e hijo dormían, uno con la garganta cortada, el sueño eterno; el otro, el sueño de los borrachos. Los dos gendarmes se abalanzaron sobre este último y, antes de que se hubiera despertado, tenía esposadas las muñecas. Se frotó los ojos, estupefacto, anonadado por el vino; y cuando vio el cadáver del sacerdote, adoptó una expresión aterrada y de no entender nada.

—Pero ¿cómo no se ha largado? —preguntó el alcalde.

—Estaba demasiado borracho —replicó el cabo.

Y todo el mundo fue de su misma opinión, pues a nadie se le habría pasado por la cabeza la idea de que el reverendo Vilbois quizá podía haberse quitado la vida.

 

¿QUIÉN SABE?*

 

I

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Por fin voy a escribir lo que me sucedió! Pero ¿seré capaz? ¿Me atreveré? ¡Pues es algo tan extraño, tan inexplicable, tan incomprensible, tan loco!

Si no estuviera seguro de lo que vi, seguro de que no hubo ningún desfallecimiento, ningún fallo en mis razonamientos, en mis constataciones, ninguna laguna en el inflexible encadenamiento de mis observaciones, me creería un simple alucinado, el juguete de una extraña visión. Después de todo, ¿quién sabe?

Actualmente me encuentro en una casa de salud; pero ¡ingresé en ella por propia voluntad, por prudencia, por temor! Sólo una persona conoce mi historia. El médico de aquí. Voy a escribirla. No sé muy bien por qué. Para liberarme de ella, pues la siento en mí como una insoportable pesadilla.

Hela aquí:

Yo he sido siempre un solitario, un soñador, una especie de filósofo aislado, bondadoso, contento con poco, sin acritud hacia los hombres y sin rencor contra el cielo. He vivido solo, ininterrumpidamente, por una especie de incomodidad que me provoca la presencia de los demás. ¿Cómo explicarlo? No sabría hacerlo. No me niego a ver gente, a hablar, a cenar con amigos, pero cuando los siento demasiado tiempo cerca de mí, incluso a los más íntimos, me cansan, me fatigan, me enervan, me ponen nervioso, y me entran unas enormes ganas, obsesivas, de verles marcharse o de irme, de estar solo.

Estas ganas son más que una necesidad, son una necesidad irresistible. Y si la presencia de las personas con las que me encuentro se prolongase, si tuviera, no ya que escuchar, sino seguir oyendo largo rato sus conversaciones, estoy seguro de que me daría algo. ¿El qué? ¿Quién sabe? ¿Un simple síncope, tal vez? ¡Sí, probablemente!

Me gusta tanto estar solo que no puedo soportar siquiera la cercanía de otras personas durmiendo bajo mi techo; no puedo vivir en París porque es para mí una agonía continua. Me siento morir moralmente, y también martirizado física y anímicamente por esa inmensa multitud hormigueante que vive a mi alrededor, incluso cuando duerme. ¡Ay, el sueño ajeno me hace sufrir aún más que sus palabras! Nunca consigo encontrar el descanso cuando sé, cuando siento que, detrás de la pared, hay unas existencias interrumpidas por esos eclipses regulares de la razón.

¿Por qué soy así? ¿Quién sabe? Tal vez la causa sea muy sencilla; me canso enseguida de todo cuanto no sucede dentro de mí. Y hay muchas personas en mi situación.

Hay dos razas sobre la tierra. La de aquellos que necesitan a los demás, a los que los otros distraen, tienen ocupados, les sirven de descanso, y a quienes la soledad abruma, agota, aniquila, como la ascensión de un terrible glaciar o la travesía de un desierto, y la de aquellos a los que, por el contrario, los otros cansan, aburren, molestan, fatigan, mientras que el aislamiento les calma, sumiéndoles en el reposo merced a la independencia y a la fantasía de su pensamiento.

Se trata, en suma, de un fenómeno psíquico normal. Los unos están dotados para vivir hacia fuera, los otros para vivir hacia dentro. En cuanto a mí, mi atención hacia el exterior es de corta duración y no tarda en agotarse y, tan pronto como llega al límite, noto en todo mi cuerpo y en toda mi mente un malestar insoportable.

Ello hace que me apegue, que me hubiera apegado mucho a los objetos inanimados que adquieren, para mí, una importancia de seres, y que mi casa se haya convertido, se hubiera convertido, en un mundo en el que llevaba una vida solitaria y activa, en medio de cosas, de muebles, de chucherías familiares, simpáticas a mis ojos como si fueran rostros. La había llenado poco a poco, la había alhajado, y me sentía, dentro de ella, contento, satisfecho, muy feliz como entre los brazos de una mujer amorosa cuyas caricias habituales se han vuelto una calma y grata necesidad.

Había hecho construir esa casa en un bello jardín que la aislaba de todo camino, y a escasa distancia de una ciudad donde podía encontrar, llegado el caso, esos recursos de compañía de los que sentía a veces deseos. Todos mis criados dormían en un edificio distante, al fondo del huerto, circundado por un alto muro. Las noches envolventes y oscuras, en el silencio de mi casa retirada, escondida, inundada por las hojas de los altos árboles, eran para mí tan gratas y restauradoras que cada noche demoraba varias horas el meterme en la cama para saborearlas más largamente.

Aquel día habían representado Sigurd1 en el teatro de la ciudad. Era la primera vez que escuchaba aquel bello drama musical y mágico, y me había gustado mucho.

Volví a pie, a paso alegre, la cabeza llena de frases sonoras y los ojos de hermosas imágenes. Era noche cerrada, tanto que apenas si distinguía la carretera general y en más de un momento estuve a punto de acabar en la cuneta. Del fielato a mi casa hay cerca de un kilómetro, quizá un poco más, o sea, veinte minutos yendo sin prisas. Era la una de la noche, la una o la una y media. El cielo se iluminó un poco delante de mí y asomó la hoz de la luna, la triste hoz del cuarto menguante. La del cuarto creciente, que aparece a las cuatro o las cinco de la tarde, es clara, alegre, argentada, pero la que se alza después de medianoche es rojiza, tétrica, inquietante: la verdadera hoz del sabbat. Todos los noctámbulos deben de haberlo observado. La primera, aunque sea más fina que un hilo, despide una tenue luz alegre que regocija el corazón y traza en la tierra nítidas sombras; la última apenas si difunde un destello moribundo, tan mortecino que casi no da sombra.

Descubrí a lo lejos la masa oscura de mi jardín y no sé de dónde me vino una especie de malestar ante la idea de entrar allí dentro. Demoré el paso. Hacía muy buen tiempo. El gran hacinamiento de árboles parecía una tumba en la que mi casa estuviera enterrada.

Abrí la cancela y entré en la larga alameda de sicómoros que, arqueada a manera de bóveda como un alto túnel, lleva a la casa, atravesando macizos opacos y bordeando céspedes en los que los arriates floridos formaban, en las pálidas tinieblas, manchas ovales de matices indistintos.

Al acercarme a la casa me dominó una extraña turbación. Me detuve. No se oía nada. Ni siquiera un soplo de aire entre las hojas. «¿Qué me pasa?», pensé. Desde hacía diez años volvía tarde, sin que nunca me hubiera perturbado la más mínima inquietud. No tenía miedo. No he tenido nunca miedo a la noche. De haber visto a un hombre, a un vagabundo, a un ladrón me habría enfurecido y le habría saltado encima sin vacilar. Y, por otra parte, iba armado; tenía mi revólver. Pero no lo toqué, porque quería resistir a ese principio de temor que nacía dentro de mí.

¿Qué era? ¿Un presentimiento? ¿Ese misterioso presentimiento que se apodera de los sentidos de los hombres cuando están a punto de ver lo inexplicable? Tal vez. ¿Quién sabe?

Conforme avanzaba, sentí que me recorrían la piel unos estremecimientos, y cuando estuve delante de la fachada de mi vasta morada, con todos los postigos cerrados, sentí que tendría que esperar unos minutos antes de abrir la puerta y entrar. Entonces me senté en un banco, bajo las ventanas del salón y así me quedé, un poco tenso, con la cabeza apoyada en la pared y los ojos abiertos a la sombra del follaje. De entrada no noté nada de insólito en torno a mí. Sentía unos zumbidos en los oídos; pero es algo que me sucede a menudo. A veces me parece oír pasar trenes, o repicar campanas, o una multitud que camina.

Pero luego aquellos zumbidos se volvieron más claros, más precisos, más reconocibles. Me había equivocado. No era el acostumbrado ruido de mis arterias el que traía a mis oídos aquellos rumores, sino un ruido muy particular, muy confuso sin embargo, proveniente, sin lugar a dudas, del interior de la casa.

Ese ruido continuo lo distinguía a través del muro, más una agitación que un ruido, el vago movimiento de un montón de cosas, como si poco a poco zarandearan, desplazaran, arrastraran despacio todos mis muebles.

¡Oh!, durante un buen rato no di crédito a mis oídos. Pero tras haber pegado la oreja contra un postigo para percibir mejor la extraña agitación de mi casa, me convencí, sin que me cupiera la menor duda, de que dentro estaba sucediendo algo anormal e incomprensible. No tenía miedo, pero estaba…, ¿cómo decirlo?…? espantado de asombro. No amartillé el revólver, intuyendo perfectamente que no había necesidad de hacerlo. Esperé.

Esperé largo rato, incapaz de decidirme a nada, con la mente lúcida, pero terriblemente agitado. Esperé, de pie, mientras seguía escuchando aquel ruido creciente y que a veces era de una violenta intensidad, y que parecía volverse un rugido de impaciencia, de cólera, de misterioso tumulto.

De súbito, avergonzándome de mi cobardía, cogí el mazo de las llaves, elegí la que necesitaba, la introduje en la cerradura, di dos vueltas y, empujando la puerta con todas mis fuerzas, la estampé contra la pared.

El golpe resonó como un escopetazo, y he aquí que a aquel ruido de explosión respondió, de arriba abajo de la casa, un formidable estruendo. Éste fue tan súbito, tan terrible, tan ensordecedor, que retrocedí unos pasos y, pese a seguir pareciéndome innecesario, saqué el revólver de la funda.

Seguí esperando, ¡oh!, pero no mucho. Ahora distinguía un extraordinario pisoteo por los peldaños de la escalera, por los entarimados, por las alfombras, pero no un pisoteo de calzado, de zapatos humanos, sino de muletas, muletas de madera y muletas de hierro que vibraban como címbalos. Y de pronto vi en el umbral un sillón, mi gran sillón de lectura, que salía contoneándose y se dirigía hacia el jardín. Le siguieron otros, los del salón, luego los canapés bajos que se arrastraban como cocodrilos sobre sus patas cortas, luego todas mis sillas, con saltos de carnero, y los taburetes que correteaban como conejos.

¡Oh, qué emoción! Me acurruqué en un macizo para contemplar este desfile de mis muebles que se estaban yendo todos, uno tras otro, garbosos o lentos, según su tamaño y peso. El piano, mi gran piano de cola, pasó con un galope como de caballo desbocado y acompañado de un murmullo musical, los menores objetos se deslizaban sobre la arena como hormigas: cepillos, cristales, copas, que el claro de luna volvía fosforescentes como luciérnagas. Las telas reptaban, extendiéndose cual pulpos. Vi venir mi escritorio, pieza rara de la pasada centuria que contenía todas las cartas que yo había recibido, toda mi historia sentimental, una vieja historia que me había hecho sufrir mucho. Y dentro había también fotografías.

De pronto perdí el miedo, y me lancé sobre él, aferrándolo como se aferra a un ladrón o a una mujer que huye; pero su carrera era irrefrenable y, a pesar de mis esfuerzos y de mi cólera, ni siquiera conseguí hacerle demorar la marcha. Como yo resistía como un condenado a aquella fuerza espantosa, me caí al suelo luchando con él. Entonces me hizo rodar, me arrastró por la arena y los muebles que le seguían comenzaron a venírseme encima, pisándome las piernas y produciéndome morados; luego, cuando finalmente lo solté, los otros pasaron sobre mi cuerpo como una carga de caballería sobre un soldado desarzonado.

Finalmente, muerto de miedo, conseguí arrastrarme fuera de la gran alameda y esconderme de nuevo entre los árboles para ver irse hasta el más ínfimo objeto, los más pequeños, los más modestos, los más desconocidos incluso para mí, pero que me habían pertenecido.

Luego oí también, a lo lejos, en mi alojamiento vuelto resonante como todas las casas vacías, un ruido muy fuerte de puertas que se cierran. Golpearon en toda la casa, de arriba abajo, y hasta la del vestíbulo, que yo mismo, insensato de mí, había abierto para aquella marcha, se cerró, la última.

También yo huí, corriendo hacia la ciudad, y no me calmé hasta que empecé a encontrar a los últimos rezagados por las calles. Fui a llamar a un hotel donde me conocían. Me había sacudido el traje con las manos para quitarle el polvo, y conté que había perdido las llaves, incluida la del huerto, donde descansaban mis criados en una casa apartada, detrás del muro que protegía mis árboles frutales y mis verduras de las visitas de los ladronzuelos.

Me metí en la cama tapándome hasta los ojos, pero no pude pegar ojo y esperé a que se hiciera de día escuchando los latidos de mi corazón. Había ordenado que mi servidumbre fuera avisada al amanecer, y a las siete mi ayuda de cámara llamó a mi puerta.

Parecía trastornado.

—Señor, esta noche ha sucedido una gran desgracia —dijo.

—¿El qué?

—Han robado todos los muebles del señor, todos, hasta los más pequeños objetos.

Aquella noticia fue de mi agrado. ¿Por qué? ¿Quién sabe? Me sentía muy dueño de mí, seguro de saber disimular, de no decir nada a nadie de lo que había visto y de ocultarlo, enterrarlo en mi conciencia como un espantoso secreto. Respondí:

—Seguro que son las mismas personas que me han robado las llaves. Hay que avisar enseguida a la policía. Ahora me levanto y me reúno con vosotros.

La investigación se prolongó por espacio de cinco meses. No se descubrió nada, no se encontró ni la más mínima chuchería ni el menor rastro de los ladrones. ¡Diantre! De haber dicho lo que sabía…, de haberlo dicho…, habrían encerrado no a los ladrones, sino a mí, a la persona que había visto una cosa semejante.

¡Oh!, supe callarme. Pero no volví a amueblar la casa. Era inútil. La cosa se habría reiniciado siempre. Yo no quería volver a ella más. No volví. No he vuelto a verla nunca más.

Fui a París, a un hotel, y consulté a unos médicos sobre el estado de mis nervios, que me preocupaba mucho después de aquella lamentable noche.

Me aconsejaron viajar. Seguí su consejo.

II

Empecé con un viaje a Italia. El sol me sentó bien. Durante seis meses, vagué de Génova a Venecia, de Venecia a Florencia, de Florencia a Roma, de Roma a Nápoles. Luego recorrí Sicilia, tierra admirable por su naturaleza y sus monumentos, reliquias dejadas por los griegos y los normandos. Crucé a África, atravesé sin incidentes ese gran desierto amarillo y calmo, por donde andan errantes camellos, gacelas y árabes nómadas, donde, en el aire ligero y diáfano, no flota obsesión alguna, ni de día ni de noche.

Regresé a Francia por Marsella, y pese a la alegría provenzal, la luz atenuada del cielo me entristeció. Sentí, al volver al continente, la extraña impresión de un enfermo que se cree curado y al que un sordo dolor avisa de que el foco infeccioso no se ha extinguido.

Luego regresé a París. Al cabo de un mes, me aburría. Era otoño, y quise hacer, antes del invierno, una excursión a Normandía, que no conocía.

Naturalmente, empecé por Ruán, y durante ocho días, anduve distraído, encantado, entusiasmado en esa ciudad medieval, en ese sorprendente museo de extraordinarios monumentos góticos.

Ahora bien, una tarde, a eso de las cuatro, cuando tomaba por una calle increíble, por donde corre un río negro como la tinta llamado «Eau de Robec», mi atención, completamente centrada en el extraño y antiguo aspecto de las casas, se vio atraída de repente por una serie de tiendas de chamarileros que se sucedían de puerta en puerta.

¡Ah! ¡Cómo habían sabido elegir su lugar, esos sórdidos traficantes de antiguallas, en aquella fantástica callejuela, por encima de ese curso de agua siniestro, bajo esos tejados puntiagudos de tejas y de pizarras en los que rechinaban todavía las veletas del pasado!

Al fondo de esos oscuros almacenes, se veía amontonados arcones tallados, lozas de Ruán, de Nevers, de Moustiers, esculturas policromadas, otras de roble, Cristos, Vírgenes, santos, paramentos sacerdotales, casullas, capas pluviales, incluso objetos litúrgicos y un viejo tabernáculo de madera dorada que Dios ya no ocupaba. ¡Oh, qué extrañas covachas en aquellas casas altas, en aquellas casonas, llenas, desde el sótano hasta el desván, de objetos de todo tipo cuya existencia parecía acabada, que sobrevivían a sus propietarios naturales, a su siglo, a su tiempo, a sus modas, para ser adquiridos como curiosidades por las nuevas generaciones.

Mi afición por los objetos artísticos se despertaba en esa ciudad de anticuarios. Iba de tienda en tienda, cruzando, de dos zancadas, los puentes hechos con cuatro tablas podridas tendidas sobre la corriente nauseabunda del Eau de Robec.

¡Misericordia! ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando uno de mis armarios más bonitos se me apareció al borde de una bóveda atestada de objetos y que parecía la entrada de las catacumbas de un cementerio de muebles antiguos! Me acerqué temblando de pies a cabeza, temblando a tal punto que no me atrevía a tocarlo. Adelanté la mano, vacilé. Era él, sin embargo: un armario Luis XIII único, reconocible para cualquiera que lo hubiera visto una sola vez. Alzando luego la vista un poco más lejos, hacia las profundidades más sombrías de aquella galería, vi tres de mis sillones con una tapicería de petit point, luego, un poco más allá, mis dos mesas Enrique II, tan raras que la gente venía de París para verlas.

¡Podéis imaginaros en qué estado de ánimo me hallaba!

Y avancé, con un nudo en la garganta, abrumado por la emoción, pero avancé, porque soy valiente, avancé como un caballero de las edades oscuras que penetrara en una mansión llena de sortilegios. Encontraba a cada paso todo lo que me había pertenecido: mis arañas, mis libros, mis cuadros, mis telas, mis armas, todo, excepto el escritorio lleno de cartas mías, que no vi.

Iba descendiendo a unas oscuras galerías para volver a subir a continuación a los pisos superiores. Estaba solo. Llamé, no respondieron. Estaba solo; no había nadie en aquella casa vasta y tortuosa como un laberinto.

Se hizo de noche, y tuve que sentarme, en las tinieblas, en una de mis sillas, pues no quería irme de aquel lugar.

Debía de llevar allí, sin duda, más de una hora cuando oí unos pasos, unos pasos afelpados, lentos, no sé dónde. Estuve a punto de salir huyendo, pero, manteniéndome firme, llamé de nuevo, y percibí un resplandor en la habitación de al lado.

—¿Quién hay ahí? —preguntó una voz.

Contesté:

—Un comprador.

Respondieron:

—Es muy tarde para entrar así en las tiendas.

Proseguí yo:

—Llevo esperando desde hace más de una hora.

—Puede volver usted mañana.

—Mañana tengo que irme de Ruán.

No me atrevía a avanzar más, y él no venía. Seguía viendo el resplandor de su luz iluminando un tapiz en el que dos ángeles volaban por encima de los muertos de un campo de batalla. También era propiedad mía. Dije:

—Pues bien, ¿viene?

Él respondió:

—Le espero.

Me levanté y fui hacia él.

En medio de una gran estancia había un hombrecillo, menudo y gordinflón, gordinflón como un fenómeno, un fenómeno repugnante.

Llevaba una barba rala, de pelos desiguales, escasos y amarillentos, ¡y ni un pelo en la cabeza! ¡Ni uno! Cuando sostenía alzada la vela con el brazo para verme, su cráneo me pareció como una pequeña luna en aquella enorme estancia llena de cachivaches. Tenía el semblante arrugado y abotargado, los ojos imperceptibles.

Regateé por tres sillas que habían sido mías, y le pagué a tocateja una bonita suma, limitándome a dar el número de mi habitación de hotel. Tenían que ser entregadas al día siguiente antes de las nueve.

Luego salí. Me acompañó hasta la puerta con suma cortesía.

Me dirigí de inmediato a ver al comisario de policía, a quien le conté el robo de mi mobiliario y el descubrimiento que acababa de hacer.

Él solicitó enseguida información por telégrafo a las autoridades judiciales que habían llevado el caso de aquel robo, rogándome que esperase la respuesta. Una hora después llegaba ésta, totalmente satisfactoria para mí.

—Haré detener inmediatamente a ese hombre para interrogarle —me dijo—, porque podría haber sospechado algo y hacer desaparecer cuanto le pertenece. ¿Quiere ir a cenar y volver dentro de un par de horas? Haré que le traigan aquí y le interrogaré de nuevo en su presencia.

—Con mucho gusto, señor. Mis más sinceras gracias.

Me fui a cenar al hotel y comí mejor de lo que había pensado. Estaba bastante contento, a pesar de todo. Ya le tenían.

Dos horas después volví a ver al comisario de policía, que me estaba esperando.

—Pues bien, señor —me dijo al verme—, no se ha encontrado a ese hombre. Mis agentes no han conseguido echarle el guante.

¡Ay! Me sentí desfallecer.

—Pero… ¿han dado con su casa? —pregunté.

—Sin problemas. Va a ser incluso vigilada y custodiada hasta que vuelva. En cuanto a él, ha desaparecido.

—¿Desaparecido?

—Desaparecido. Normalmente pasa sus veladas en casa de su vecina, también chamarilera, una especie de bruja, la viuda Bidoin. No le ha visto esta noche y no puede dar ninguna información sobre él. Habrá que esperar a mañana.

Me fui. ¡Ay! Las calles de Ruán me parecieron siniestras, inquietantes, hechizadas.

Dormí muy mal, con un sueño poblado de pesadillas.

Como no quería dar la impresión de que estaba demasiado inquieto o ansioso, esperé hasta las diez, al día siguiente, para dirigirme a la comisaría.

El comerciante no había reaparecido. Su tienda permanecía cerrada.

El comisario me dijo:

—He hecho todas las gestiones necesarias. Las autoridades judiciales están al corriente del asunto; vamos a ir juntos a esa tienda y hacerla abrir, y usted me indicará todo lo que es suyo.

Un cupé nos llevó hasta allí. Delante de la puerta de la tienda, unos agentes, con un cerrajero, nos estaban aguardando. La puerta fue abierta.

Al entrar no vi ni mi armario, ni mis sillones, ni mis mesas, ni nada, nada de todo lo que alhajaba mi casa, pero lo que se dice nada de nada, mientras que la tarde anterior no conseguía dar un paso sin tropezar con algo mío.

El comisario, sorprendido, me miró de entrada con desconfianza.

—Dios mío —le dije—, la desaparición de los muebles coincide extrañamente con la del vendedor.

Él sonrió.

—Es cierto. Ayer se equivocó usted comprando y pagando cosas suyas. Pues esto le puso la mosca tras la oreja.

Proseguí:

—Pero ¿cómo es posible que el sitio que ocupaban ayer mis muebles esté ocupado ahora por otros muebles?

—¡Oh! —repuso el comisario—, ha tenido toda la noche de tiempo y cuenta sin duda con cómplices. Esta casa debe de comunicarse con las casas vecinas. Pero no tema, señor, me ocuparé sin pérdida de tiempo de este asunto. Este malhechor no escapará por mucho tiempo, ya que tenemos vigilada su guarida.

¡Ah, mi corazón, mi corazón, mi pobre corazón, cómo latía!

Permanecí quince días en Ruán. El hombre no volvió. ¡Caramba! ¡Caramba! ¿Quién sería capaz de poner en un aprieto o sorprender a un hombre como aquél?

Pues bien, dieciséis días más tarde, por la mañana, recibí de mi jardinero, guardián de mi casa saqueada y que había quedado vacía, la extraña carta que transcribo:

Estimado señor:

Tengo el honor de hacerle saber que la noche pasada ocurrió algo que nadie comprende, y tampoco la policía. Todos los muebles han vuelto, todos sin excepción, todos, hasta los más pequeños objetos. La casa está ahora tal como estaba la víspera del robo. Es como para perder la cabeza. Esto ocurrió la noche del viernes al sábado. Las vías de acceso están llenas de socavones como si lo hubieran arrastrado todo desde la cancela hasta la puerta. Así estaban también el día de su desaparición.

En espera de la llegada del señor, le saluda su humilde servidor,

Philippe Raudin

¡Ah, no! ¡No, no! ¡No regresaré allí!

Le llevé la carta al comisario de Ruán.

—Es una restitución, muy hábil por cierto —dijo—. Hagamos como si no nos hubiéramos enterado. Cogeremos a ese hombre uno de estos días.

Pero no le cogieron. No. No le han cogido, y yo le temo, ahora, como si fuera una bestia feroz que hubieran soltado detrás de mí.

¡En paradero desconocido! ¡Ese monstruo de cabeza de luna está en paradero desconocido! No le cogerán nunca. No volverá a su casa. ¿Qué le importa a él? Sólo yo puedo dar con él, y no quiero.

¡No quiero! ¡No quiero! ¡No quiero!

Y aunque volviera, aunque volviera a su tienda, ¿quién podría probar que mis muebles estaban en su casa? No hay contra él más que mi testimonio; y soy consciente de que empieza a resultar sospechoso.

¡Ah, no! Una existencia semejante no era ya posible. Y no podía guardar el secreto de lo que había visto. No podía seguir viviendo como todo el mundo con el temor a que se reiniciaran semejantes cosas.

Me vine a ver al médico que dirige esta casa de salud, y se lo conté todo.

Tras haberme hecho muchas preguntas, me dijo:

—¿Aceptaría usted, señor, quedarse algún tiempo aquí?

—Con mucho gusto, señor.

—¿Cuenta usted con medios?

—Sí, señor.

—¿Quiere usted una habitación individual?

—Sí, señor.

—¿Querrá recibir amigos?

—No, señor, no, a nadie. El hombre de Ruán podría atreverse, por venganza, a perseguirme hasta aquí.

Y aquí estoy solo, completamente solo, desde hace tres meses. Estoy más o menos tranquilo. Sólo tengo un miedo… Si el anticuario se volviera loco… y si le trajeran a esta casa de salud… Ni siquiera las cárceles son seguras.

 

LAS SEPULCRALES*

 

Los cinco amigos, cinco hombres de la buena sociedad, maduros, ricos, tres de ellos casados y dos que se habían quedado solteros, estaban acabando de cenar. Se reunían todos los meses, en recuerdo de su juventud, y, tras la cena, charlaban hasta las dos de la noche. Seguían siendo íntimos amigos que se encontraban bien juntos, pasaban de aquel modo las que eran quizá las mejores veladas de su vida. Conversaban de todo, de todo cuanto ocupa y divierte a los parisinos; y se producía entre ellos, como en la mayoría de los salones por lo demás, una especie de prolongación verbal de la lectura de los periódicos de la mañana.

Uno de los más alegres era Joseph de Bardon, un soltero que vivía la vida parisina intensamente y siguiendo el capricho de su fantasía. No era un libertino ni un depravado, sino un simple curioso, un gozador joven todavía, pues no había cumplido aún los cuarenta años. Hombre de mundo en el sentido más lato y benévolo que pueda darse a esta palabra, dotado de un gran ingenio sin gran profundidad, de una cultura variada sin verdadera erudición, de una mente ágil sin una seria penetración, extraía de sus observaciones, de sus aventuras, de todo cuanto veía, conocía y encontraba, anécdotas de novela cómica y filosófica a la par, y observaciones humorísticas que le habían hecho ganarse una gran fama de inteligente en la ciudad.

Era el orador de las cenas. Tenía preparada cada vez su historia, con la que se contaba. Se puso a relatarla sin necesidad de que se lo hubieran pedido.

Fumando, de codos sobre la mesa, con una copa de coñac medio llena delante de su plato, amodorrado en una atmósfera de tabaco aromatizado por el café caliente, parecía sentirse como en su casa, como algunas personas se sienten en la suya en determinados lugares y momentos, como una devota en una capilla o un pez rojo en su pecera.

Dijo entre dos bocanadas de humo:

—Hace un tiempo me ocurrió una singular aventura.

Todas las bocas pidieron casi al unísono:

—Cuente.

Él prosiguió:

*

Con mucho gusto. Ya saben que me paseo mucho por París, como los compradores de chucherías que andan buscando en los escaparates. Yo ando al acecho de los espectáculos, de la gente, de todo lo que pasa, y de todo lo que acontece.

Pues bien, hacia mediados de septiembre, hacía muy buen tiempo en esos días, salí de mi casa, una tarde, sin saber adónde iría. Tenemos siempre un vago deseo de ir a ver a alguna bonita mujer. Elegimos entre las de nuestra colección, establecemos mentalmente comparaciones, sopesamos el interés que nos inspiran, la atracción que sentimos y, al final, decidimos según la inspiración del momento. Pero cuando luce un bonito sol y el aire es tibio, se le van a uno a menudo las ganas de tales visitas.

Lucía un bonito sol y el aire era tibio; me encendí un puro y me fui pasito a paso hacia el bulevar exterior. Y mientras callejeaba, se me ocurrió la idea de acercarme hasta el cementerio de Montmartre y entrar allí.

Me gustan mucho los cementerios, pues me dan una sensación de quietud y de melancolía que me es necesaria. Y además hay allí buenos amigos, aquellos a los que no se va a volver a ver; y yo, de vez en cuando, voy allí.

Y precisamente en ese cementerio de Montmartre tenía yo una historia de amor, una amante que me había tenido muy cautivado, muy inflamado, una encantadora mujercita cuyo recuerdo, al tiempo que me apena enormemente, me hace sentir añoranza…, toda clase de añoranzas… Y yo voy a su tumba a soñar… Para ella se acabó.

Y los cementerios me gustan también porque son ciudades monstruosas, enormemente pobladas. Piensen en la de muertos que hay en ese reducido espacio, en todas las generaciones de parisinos alojados allí para siempre, trogloditas establecidos definitivamente, encerrados en sus pequeños panteones, en sus pequeños hoyos cubiertos con una losa o indicados con una cruz, mientras que los vivos ocupan tanto espacio y hacen tanto ruido, los muy imbéciles.

Y, además, en los cementerios, hay monumentos casi tan interesantes como en los museos. La tumba de Cavaignac me hizo pensar, lo confieso, sin ánimo de comparación, en esa obra maestra de Jean Goujon: el cuerpo de Louis de Brézé, que reposa en la capilla subterránea de la catedral de Ruán; todo el arte llamado moderno y realista viene de ahí, señores. Ese muerto, Louis de Brézé, es más verdadero, más terrible, más hecho de carne inanimada, convulsa aún por la agonía, que todos los cadáveres atormentados a los que hacen retorcerse hoy sobre las tumbas.

Pero en el cementerio de Montmartre se puede admirar también el monumento de Baudin, que tiene su grandeza; el de Gautier, el de Mürger, donde vi el otro día una sola pobre corona de siemprevivas amarillas, ¿traída por quién? ¿Acaso por la más ínfima de las modistillas, muy anciana ya, y portera en los alrededores? Se trata de una bonita estatuilla de Millet, pero que destruyen el abandono y la suciedad. ¡Cántale a la juventud, oh Mürger!

He ahí, pues, que entraba en el cementerio de Montmartre y de pronto me sentí embargado de tristeza, de una tristeza que no hacía sufrir mucho, por otra parte, de una de esas tristezas que hacen pensar, cuando se está bien: «No es éste un lugar muy alegre, pero no ha llegado aún mi hora…».

La impresión del otoño, de esa tibia humedad olorosa a hojas muertas y a sol debilitado, cansado, anémico, acrecentaba, poetizándola, la sensación de soledad y de fin definitivo que flota en aquel lugar, que huele a muerte de los hombres.

Iba yo pasito a paso por esas calles de tumbas, donde los vecinos no se tratan, no se acuestan ya juntos y no leen los periódicos. Y me puse a leer los epitafios, lo cual es la cosa más divertida del mundo. Nunca Labiche ni Meilhac me han hecho reír tanto como la comicidad de la prosa sepulcral. ¡Ah, qué libros superiores a los de Paul de Kock para provocar la risa son esas placas de mármol y esas cruces en las que los parientes de los muertos han desahogado su añoranza, hecho sus votos por la felicidad del desaparecido en el otro mundo y expresado su esperanza de reunirse con él, menudos bromistas!

Pero lo que sobre todo me encanta, en ese cementerio, es la parte abandonada, solitaria, llena de grandes tejos y de cipreses, viejo lugar de descanso de los antiguos muertos que no tardará en convertirse en una morada nueva, cuyos verdes árboles serán talados, alimentados de cadáveres humanos, para alinear a los difuntos recientes bajo pequeñas lápidas de mármol.

Una vez que hube vagado por allí el tiempo suficiente para descansar mi espíritu, comprendí que me iba a aburrir y que lo mejor sería ir a llevar al último lecho de mi amiguita el homenaje fiel de mi recuerdo. Se me encogía el corazón conforme me acercaba a su tumba. Pobre querida, era tan graciosa, tan amorosa, tan blanca, tan lozana… y ahora… si hubieran abierto eso…

Inclinado sobre la verja de hierro, le hice saber en voz baja mi dolor, que sin duda no oyó, y me disponía a irme cuando vi a una mujer vestida de negro, de luto riguroso, arrodillarse ante la tumba vecina. Su velo de gasa alzado dejaba ver una linda cabeza rubia, cuyos cabellos en bandós parecían iluminados por una luz auroral bajo la noche de su tocado. Me quedé.

Debía de sufrir, con toda seguridad, de un profundo dolor. Había ocultado su mirada entre las manos, y, rígida, en una actitud meditativa de estatua, sumida en sus cuitas, desgranando en la sombra de sus ojos ocultos y cerrados el rosario atormentador de los recuerdos, parecía ser ella misma una muerta que pensara en un muerto. Luego intuí de repente que iba a ponerse a llorar, lo intuí por un pequeño estremecimiento de la espalda parecido a un temblor de viento en un sauce. Lloró primero quedamente, luego más fuerte, con rápidos movimientos del cuello y de los hombros. De repente descubrió sus ojos. Estaban inundados de lágrimas y de encanto, unos ojos de loca que paseó en torno a sí, en una especie de despertar de pesadilla. Vio que yo la miraba, pareció avergonzada y ocultó nuevamente todo su rostro entre sus manos. Entonces sus sollozos se volvieron convulsos y su cabeza se inclinó lentamente hacia el mármol. Recostó su frente en él, y su velo, extendiéndose a su alrededor, cubrió las blancas esquinas de la amada sepultura, como un nuevo duelo. La oí gemir, luego se postró, con la mejilla contra la losa, y permaneció inmóvil, sin conocimiento.

Yo me precipité hacia ella, le di unos golpecitos en las manos, soplé sobre sus párpados, mientras leía el sencillísimo epitafio: «Aquí yace Louis-Théodore Carrel, capitán de infantería de Marina, muerto por el enemigo en Tonkín. Rogad por su alma».

Esta muerte se remontaba a unos meses atrás. Me emocioné hasta las lágrimas, y redoblé mis atenciones. Éstas dieron resultado; ella volvió en sí. Tenía yo aspecto de alguien muy afectado, aunque no soy mal parecido, pues no tengo aún cuarenta años. A su primera mirada comprendí que se mostraría cortés y agradecida. Y así lo hizo, en medio de nuevas lágrimas, contándome su historia, que surgía a borbotones de su pecho jadeante, la muerte del oficial caído en Tonkín tras un año de matrimonio, un matrimonio por amor, porque ella, huérfana de padre y de madre, justo podía contar con la dote reglamentaria.

La consolé, la reconforté, la levanté y la ayudé a incorporarse. Luego le dije:

«No se quede aquí. Venga».

Ella murmuró:

«Me siento incapaz de caminar».

«Yo la sostendré».

«Gracias, señor, es usted muy bueno. ¿Viene aquí también a llorar a alguien?»

«Sí, señora».

«¿A una muerta?»

«Sí, señora».

«¿Su mujer?»

«Una amiga».

«Se puede querer a una amiga tanto como a la propia mujer, pues la pasión no conoce ley».

«Sí, señora».

Y nos fuimos juntos, ella apoyada en mí, yo llevándola casi en volandas por los caminos del cementerio. Una vez que estuvimos fuera, ella murmuró, desfallecida:

«Creo que voy a sentirme mal».

«¿Quiere usted que entremos en algún sitio a tomar algo?»

«Sí, señor».

Vi un restaurante, uno de esos restaurantes en los que los amigos de los muertos van a festejar el final de la pesadez del entierro. Entramos allí. Y le hice tomar una taza de té muy caliente que pareció reanimarla. Una vaga sonrisa asomó a sus labios. Y me habló de ella. Estaba tan triste, tan triste de estar completamente sola en la vida, completamente sola en su casa, noche y día, de no tener ya a nadie a quien dar su cariño, su confianza, su intimidad.

Parecían palabras sinceras y dulces en su boca. Me enternecí. Era muy joven, unos veinte años tal vez. Le dije algunos cumplidos que acogió de buen grado. Luego, como pasaba el tiempo, le propuse acompañarla de vuelta a casa en un coche. Ella aceptó y, en el interior, estábamos tan apretados el uno contra el otro, hombro con hombro, que nuestro calor corporal se mezclaba a través de los trajes, y no hay nada más turbador en este mundo.

Cuando el coche se detuvo en su casa, ella murmuró: «No me siento capaz de subir sola la escalera, vivo en el cuarto. Ya que ha sido tan gentil conmigo, ¿le importaría darme el brazo hasta mi piso?».

Acepté solícito. Ella subió despacio, no sin un gran esfuerzo. Luego, delante de su puerta, añadió:

«Entre un momentito para que se lo pueda agradecer».

Y entré, caramba que si entré.

Era una casa modesta, incluso tirando a pobre, pero sencilla y bien arreglada.

Nos sentamos uno al lado del otro en un pequeño canapé, y ella me habló de nuevo de su soledad.

Llamó a su criada para que me ofreciera algo de beber. La criada no se presentó. Yo me sentí encantado suponiendo que la tal criada no debía de estar más que por las mañanas: lo que se llama una mujer de la limpieza.

Ella se había quitado el sombrero. Estaba en verdad graciosa con sus ojos claros clavados en mí, tan clavados y tan claros que sentí una tentación terrible y sucumbí. La cogí entre mis brazos, y en sus párpados que se cerraron de repente, deposité besos…, besos…, besos… y más besos.

Ella se debatía rechazándome y repetía:

«Acabe usted…, acabe…, acabe».

Pero ¿qué sentido daba ella a esa palabra? En tales situaciones, «acabar» puede tener por lo menos dos. Para hacerla callar pasé de los ojos a la boca y di a la palabra «acabar» la conclusión que yo prefería. Ella no se resistió demasiado, y cuando nos miramos de nuevo, tras aquel ultraje a la memoria del capitán muerto en Tonkín, tenía un aire lánguido, tierno, resignado, que disipó mis inquietudes.

Entonces, me mostré galante, obsequioso y agradecido. Y tras una nueva charla de una hora aproximadamente, le pregunté:

«¿Dónde cena usted?»

«En un pequeño restaurante de los alrededores».

«¿Sola?»

«Pues sí».

«¿Querría cenar conmigo?»

«¿Dónde?»

«En un buen restaurante del bulevar».

Ella se resistió un poco. Insistí: cedió, dándose a sí misma este argumento: «Me aburro tanto…, tanto»; luego agregó: «Es preciso que me ponga un traje menos oscuro».

Y entró en su dormitorio.

Cuando salió vestía de medio luto, estaba encantadora, fina y esbelta en un bonito traje gris muy sencillo. Evidentemente tenía un traje de cementerio y un traje de calle.

La cena fue muy cordial. Tomó champaña, se encendió, se animó y volví a su casa con ella.

Esta relación estrechada entre las tumbas duró por espacio de cerca de tres semanas. Pero uno se cansa de todo y principalmente de las mujeres. La dejé con la excusa de un viaje improrrogable. Fui muy generoso al despedirme y ella me estuvo muy agradecida. Me hizo prometer, me hizo jurar que daría señales de vida a mi vuelta, pues parecía en verdad que sintiera un cierto apego por mí.

Yo corrí detrás de otros afectos, y pasó alrededor de un mes sin que la idea de volver a ver a esa joven enamorada funeraria fuera lo bastante fuerte como para que sucumbiera a ella. Sin embargo, no la olvidaba… Su recuerdo me perseguía como un misterio, como un problema de psicología, como una de esas cuestiones inexplicables cuya solución nos atormenta.

No sé por qué, un buen día me imaginé que me la volvería a encontrar en el cementerio de Montmartre y para allí me fui.

Llevaba un buen rato paseando sin encontrar a otras personas que a los visitantes habituales de ese lugar, los que no han roto todavía toda relación con sus muertos. La tumba del capitán muerto en Tonkín no tenía plañidera en su mármol, ni flores, ni coronas.

Pero mientras me perdía en otra zona de aquella gran ciudad de difuntos, vi de pronto, en el extremo de una estrecha avenida de cruces, viniendo hacia mí, a una pareja de luto riguroso, el hombre y la mujer. ¡Oh estupor! Cuando se acercaron, la reconocí. ¡Era ella!

Me vio, se sonrojó y, cuando me rocé con ella al cruzarnos, me hizo una pequeña señal, una miradita que quería decir: «No me reconozca»; pero que parecía decir también: «Venga a verme, querido mío».

El hombre era de buena presencia, distinguido, elegante, oficial de la Legión de Honor, de unos cincuenta años de edad.

Y la sostenía como la había sostenido también yo al abandonar el cementerio.

Yo me fui estupefacto, haciendo cábalas sobre lo que acababa de ver, preguntándome a qué raza de gente pertenecía aquella cazadora sepulcral. ¿Era una simple mujerzuela, una prostituta inspirada que iba a pescar junto a las tumbas a los hombres tristes, obsesionados por una mujer, esposa o querida, y turbados aún por el recuerdo de las caricias esfumadas? ¿Era la única? ¿Son varias? ¿Es una profesión? ¿Trabajan en el cementerio lo mismo que hacen la calle? ¡Las sepulcrales! ¿O bien sólo ella había tenido esa idea admirable, de una filosofía profunda, de explotar las penas de amor que se reavivan en esos fúnebres lugares?

Y también me hubiera gustado saber de quién había enviudado aquel día.

 

CRÓNICA*

 

¡Por fin! ¡Por fin! Honor a la justicia de nuestro país; resulta casi asombrosa. En quince días, ha practicado dos detenciones sorprendentes.

Ha condenado a un año de cárcel a una joven furia que había desfigurado con vitriolo el rostro de su rival.

Luego, ocho días después, aplicó idéntico castigo a un marido, primero complaciente, luego celoso, que había alojado una bala de revólver en el vientre de su feliz competidor.

Esta nueva forma de apreciar este tipo de delitos es seguramente preferible a la antigua. Pero deja aún que desear.

En el primer caso, un médico, que hacía la corte a dos mujeres, es la causa de esta espantosa venganza, peor que la misma muerte. Una pobre muchacha, desfigurada, vuelta repulsiva, llevará hasta el final de sus días las marcas horribles de la infidelidad perfectamente excusable de un hombre.

¿Quién es, por tanto, el culpable, si es que lo hay? ¡Seguro que el hombre!

Viene, como testigo, a deponer sobre los hechos.

Pues bien, la única, la verdadera condenada, la gran castigada, es la inocente.

Un año de cárcel, muy bien. No es nada. Por un año de cárcel, se puede privar de nariz y orejas y abrasar los ojos a una rival cuya belleza os molesta. ¿Acaso la única forma de castigar esta confusión en la elección de la víctima y este error sobre el culpable no sería condenar a una reparación pecuniaria, la única a la que se muestra profundamente sensible la Humanidad? ¿No debería ordenarse que, durante diez, veinte años, hasta la muerte, ya que las atroces heridas duran hasta la descomposición final, que, hasta la muerte, la que ha mutilado así a su rival, en vez de castigar al amante, le pague una pensión, le pase una renta, le dé, si es una trabajadora, la mitad de lo que gana y, si es rica, una suma considerable?

La otra podría donarlo a los pobres, si tal es su deseo.

En el segundo caso, el marido, un obrero, había tolerado todas las aventuras de su mujer. Diez veces la recuperó y diez veces volvió ella a irse. Llevó su complacencia hasta el punto de decirle al abrir la puerta: «Te concedo ocho días, no más. En ocho días, tienes tiempo de satisfacer tu capricho. Luego debes volver y portarte con sensatez».

Ella respondió: «Sí, mi querido ogro». Hizo su petate para una semana, y luego se puso en camino, muy contenta, porque él había confiado en la palabra dada.

Al entrar en casa de su amigo, ella le dijo sin duda: «¿Sabes?, dispongo de ocho días».

El otro debió de responder: «¡Vaya, pues muy bien! Tu marido es muy amable. Le invitaré a una copa la próxima vez que le vea».

También ese hombre dormía tranquilo. Ahora bien, una mañana, se topa con el marido. Va a su encuentro, le da la mano, para proponerle que entren en la taberna de enfrente. ¿Qué podía temerse? ¡Aún tenía tres días por delante!

Pero el marido, faltando a su palabra, violando el acuerdo al que había llegado con su mujer, traidor como un general que, durante el armisticio, mientras ondea la bandera blanca sobre las murallas, dispara contra el enemigo confiado e inerme, el marido le dio la mano, pero la mano armada con un revólver e hizo fuego.

Veamos, ¿es esto honesto y leal?

Y la culpable, la única, la verdadera culpable, la esposa infiel, vuelve tan tranquila al domicilio conyugal. ¡Por si fuera poco, va a tener un año de libertad! ¡Los señores miembros del jurado acaban, finalmente, por recompensarla! ¡El marido le concedía ocho días, ellos le conceden un año! ¡Pero, en tales condiciones, todo son ventajas al engañar al marido! Cuántas mujeres conozco que reflexionarán… y tal vez…

No conviene olvidar, sin embargo, que, desde hace seis meses, la moral ha cambiado en Francia. Las jóvenes que recurren al vitriolo y los maridos que recurren a la pistola están expuestos actualmente a ir a dormir durante un tiempo sobre la paja húmeda de una mazmorra. ¡Bueno, mejor así!

¿Quién sabe? Tal vez, dentro de un año, se les condene a trabajos forzados, y, dentro de cinco, al no estar ya el señor Grévy, se les guillotine.

De modo que lo que era perfectamente excusable hace poco, ya no lo es. Mejor no caer jamás bajo las garras de la justicia, hermanos.

Lo que resultaría interesante, por ejemplo, es saber cómo actuarían, ante los mismos casos y en las mismas circunstancias, los jueces de los principales pueblos del mundo.

¿Cómo sería tratado ese marido veleidoso e imprevisible por un tribunal inglés, por un tribunal español, por los tribunales italianos, alemanes, rusos, musulmanes, daneses o escandinavos?

Apostaría ciento contra uno a que el mismo hombre, por ese idéntico crimen, sería condenado a muerte aquí, puesto en libertad allá, simplemente apercibido en tal latitud y felicitado en tal otra.

La acción es la misma, pero la manera de juzgar difiere tanto, por tantas razones, según los lugares y las costumbres, que el Judío Errante, por ejemplo, no debe de saber nunca si ha hecho algo bueno o malo, si merece ser alentado o bien castigado.

Recuerdo haber leído un día el relato de un crimen espantoso, de un crimen contra natura, cometido en Italia, y se me ocurrió pensar, mientras leía los horribles detalles, que era un delito muy italiano, el fruto que puede dar la herencia de una raza.

Un criminal inglés, un criminal francés, no menos feroces, pero diferentes, éste con un escepticismo insolente, aquél con un cinismo sombrío, no habrían tenido esa suerte de fanatismo supersticioso, esa crueldad convencida.

Me dirigía yo de Génova a Marsella, solo en mi vagón. Era en primavera, hacía calor. Los deliciosos aromas de los naranjos, de los limoneros y de los rosales de que está cubierta esa costa, entraban, adormecedores y embriagadores, por las ventanillas bajadas.

Dos señoras, que se habían apeado en Bordighera, habían dejado en el asiento un viejo periódico desgarrado, un periódico italiano, del mes de agosto de 1882.

Lo cogí, sin ninguna intención, y me puse a hojearlo. Y he aquí que encontré este artículo de la crónica negra:

En los alrededores de San Remo vivía una viuda con su único hijo. La mujer era una persona de edad, de condición humilde, y quería a su pequeño como a lo único que tenía en este mundo.

Cayó enfermo, de una enfermedad desconocida, que los médicos fueron incapaces de diagnosticar. Se desmejoraba, cada día más pálido y débil. Se moría.

Finalmente, fue declarado incurable, desahuciado sin esperanza. La madre, loca de dolor, había llamado a todos los curanderos de la región, rezado a todas las Vírgenes, dicho rosarios en todas las capillas.

Por último, fue a ver a una especie de brujo, un anciano temido que echaba suertes, practicaba la magia negra y la medicina, prestaba clandestinamente a la gente todas las ayudas perseguidas por la ley, y que conocía, decían, remedios secretos maravillosos.

Ella le suplicó que fuera con ella, prometiéndole que si curaba a su pobre hijo, le daría todo cuanto le pidiera, todo, incluso su vida, prodigando las más exaltadas promesas, tan fáciles de hacer en los momentos de enloquecimiento, y, por otra parte, tan propias del amable pueblo italiano, que recurre en toda ocasión a los adjetivos calificativos más expresivos.

El brujo la siguió. Y, ya sea porque fue más clarividente que los médicos, ya porque tuvo la suerte de cara, lo cierto es que el niño se curó, gracias a sus cuidados o, quizá, a pesar de ellos.

Cuando ella le vio de nuevo levantarse, caminar, correr y alegre como en otro tiempo, la madre, delirando de alegría, volvió a ver al salvador: «Vengo a mantener mi promesa —dijo—; ¿qué quiere que le dé?».

Él exigió todo cuanto poseía, todo. Campo, huerto, casa, mobiliario, dinero, todo, excepto lo que llevaban puesto la mujer y su chiquillo.

Ella se quedó aterrada ante aquella imprevista y terrible pretensión.

«¡Pero todo no puedo dárselo! Pues soy vieja y no puedo trabajar. Él es demasiado joven aún para hacer nada. ¿Es que vamos a tener que mendigar?»

Ella le suplicó, le demostró que para ellos suponía la muerte: para ella debilitada, para su hijo recién curado; que no podía llevárselo así por los caminos, pidiendo, sin un techo para pasar la noche, sin una silla para sentarse, sin una mesa para comer.

Ella le ofreció la mitad de sus bienes, las tres cuartas partes, reservándose tan sólo lo imprescindible para vivir durante unos años, hasta que el pequeño fuera mayor.

El hombre, obstinado, inflexible, se negó y la echó amenazándola con su próxima venganza, «que la haría llorar sangre», decía.

Y ella regresó a su casa espantada.

Algunos días más tarde, le trajeron a su hijo agonizante, retorciéndose de unos dolores espantosos. Murió tras haber balbuceado que el brujo, habiéndole encontrado por la calle, le había hecho ingerir unas grageas.

El hombre fue detenido. Confesó su crimen con aplomo, con orgullo.

«Sí —dijo—, le envenené. Me pertenecía, puesto que yo le había salvado. ¿Qué pueden reprocharme? La madre no mantuvo su promesa: por lo que yo deshice lo que había hecho, le arrebaté la vida de su hijo que ella me debía. Estaba en mi derecho.»

Trataron de hacerle comprender la horrible, la monstruosa acción que había cometido.

Permaneció inconmovible en su razonamiento.

«El niño me pertenecía, puesto que yo le había salvado.»

No sé cuál fue el fallo al haber aplazado el tribunal para ocho días más tarde la sentencia.

Una causa similar se habría convertido, en Francia, en una causa célebre, como la de La Pommerais o la de la señora Lafarge. En Italia pasó inadvertida. Entre nosotros, este hombre habría sido sin duda condenado a muerte. Allí, quizá ha sido condenado a un año de cárcel como lo han sido aquí este mes la mujer del vitriolo o el marido armado.

 

Notas

 

(1) Perfume a base de flores de azahar, rosa, sándalo, lavanda, verbena, más bergamota, clavel, canela y otras esencias, que se decía era parecido al olor de la piel humana. (N. del T.)

(2) La línea París-Lyon-Marsella, construida entre 1842 y 1852. (N. del T.)

(*) «Boitelle», L’Écho de Paris, 22 de enero de 1889; incluido en La main gauche (1889).

(*) «Boule de suif», aparecido en el volumen colectivo Les Soirées de Médan (1880).

(1) Juego de palabras con el doble sentido equívoco de Loiseau (l’oiseau, «el pájaro») y voler («volar» y «robar»). (N. del T.)

(2) Día de la proclamación de la República. (N. del T.)

(3) Badinguet es el nombre de un albañil que, en 1846, cedió al futuro emperador Napoleón III, prisionero a la sazón en Ham, el traje que le permitió evadirse. (N. del T.)

(4) Como ya ha hecho con los nombres de Cornudet (especie de diminutivo de «cornudo») y de Loiseau, Maupassant bromea con el nombre del hotelero. Follenvie equivale a «Ganas locas». (N. del T.)

(*) «Châli», Gil Blas, 15 de abril de 1884, firmado Maufrigneuse; incluido en Les soeurs Rondoli (1884).

(*) «Coco», Le Gaulois, 21 de enero de 1884; incluido en Contes du jour et de la nuit (1885).

(*) «Confessions d’une femme», Gil Blas, 28 de junio de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en el volumen póstumo Le père Milon (1899).

(*) «Conflits pour rire», Gil Blas, 1 de mayo de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido por primera vez en la edición Forestier.

(1) Ernest Pinard (1822-1909), fue ministro del Interior y de una gran intransigencia con la prensa. Jacques Bétolaud (1828-1925), uno de los más brillantes abogados de finales de siglo. (N. del T.)

(*) «Chronique», Le Gaulois, 14 de abril de 1884; incluido por primera vez en la edición Forrestier.

(*) «En voyage», Gil Blas, 10 de mayo de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en apéndice de la edición Conard de Clair de lune (1888).

(*) «Denis», Le Gaulois, 28 de junio de 1883; incluido en Miss Harriet (1884).

(1) Esencia de alquitrán usada como antiséptico y desinfectante. (N. del T.)

(*) «Deux amis», Gil Blas, 5 de febrero de 1883, firmado Maufrigneuse; incluido en la segunda edición de Mademoiselle Fifi (1883).

(*) «Le noyé», Le Gaulois, 16 de agosto de 1888; incluido en L’Inutile Beauté (1890).

(*) «L’auberge», Les Lettres et les arts, 1 de septiembre de 1886; incluido en Le Horla (1887).

(*) «L’ami Joseph», Le Gaulois, 3 de junio de 1883; incluido en Le père Milon (1899).

(1) En la división administrativa francesa, persona que gobierna varios pueblos de un mismo cantón. (N. del T.)

(2) Todos periódicos republicanos. (N. del T.)

(3) Radical y socialista. (N. del T.)

(4) Henri Rochefort (1831-1913), condenado por la Comuna, fundador de L’Intransigeant, violento y polemista. (N. del T.)

(5) Dos periódicos monárquicos. (N. del T.)

(*) «Le fermier», Le Gaulois, 11 de octubre de 1886; incluido en el volumen póstumo Le colporteur (1900).

(*) «L’armoire», Gil Blas, 16 de diciembre de 1884, firmado Maufrigneuse; incluido en Toine (1886).

(*) «Le baptême», Gil Blas, 13 de enero de 1885; incluido en Monsieur Parent (1885).

(*) «L’ivrogne», Le Gaulois, 20 de abril de 1884; incluido en Contes du jour et de la nuit (1885).

(*) «Le cas de Mme. Luneau», Gil Blas, 21 de agosto de 1883, firmado Maufrigneuse; incluido en Les soeurs Rondoli (1884).

(*) «Le verrou», Gil Blas, 25 de julio de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en Les soeurs Rondoli (1884).

(1) Dispositivo situado a la entrada de los hospicios de niños encontrados para acoger a los que se quería abandonar sin darse a conocer. (N. del T.)

(2) La mujer, ¡criatura enferma y doce veces impura! (N. del T.)

(*) «L’aveugle», Le Gaulois, 31 de marzo de 1882; incluido en el volumen póstumo Le père Milon (1899).

(*) «La parure», Le Gaulois, 17 de febrero de 1884; incluido en Contes du jour et de la nuit (1885).

(*) «Le père Milon», Le Gaulois, 22 de mayo de 1883, firmado Maufrigneuse; incluido en Les soeurs Rondoli (1884).

(*) «La ficelle», Le Gaulois, 25 de noviembre de 1883; incluido en Miss Harriet (1884).

(*) «Le Horla», Gil Blas, 26 de octubre de 1886; incluido por primera vez en la edición Conard en apéndice a Le Horla.

(1) Nombre inventado, que M.-C. Banquart considera formado «a partir del alemán Her[r], «señor», «amo», y aus, «fuera». Herestauss es el Horla, el que «viene de fuera». Pero esta etimología, como recuerda L. Forestier, es discutible.(N. del T.)

(*) «Le Horla» da título a la colección publicada por la editorial Ollendorf en mayo de 1887.

(1) La escuela de Nancy había sido fundada en 1866 por A. Liébeaut y continuada, en tiempos de Maupassant, por H. Beaunis y por H. Bernheim. Los médicos de esta escuela se oponían, en la definición y en la práctica del hipnotismo, a Charcot, que en la Salpêtrière practicaba el grand hypnotisme. (N. del T.)

(2) Variedad de laurel también conocido como «comandante Barthélemy». Da flores rojas perfumadas, a veces listadas de blanco. (N. del T.)

(*) «L’orphelin», Le Gaulois, 15 de junio de 1883; incluido en Le père Milon (1899).

(*) «Petit soldat», Le Figaro, 13 de abril de 1885; incluido en Monsieur Parent (1885).

(*) «Le loup», Le Gaulois, 14 de noviembre de 1882; incluido en Clair de lune (1884).

(1) La festividad de este santo, patrón de los cazadores. (N. del T.)

(2) El toque de acoso, que anuncia la inminente captura, y por tanto la muerte, del animal cazado. (N. del T.)

(3) Trampa formada con losas pequeñas. (N. del T.)

(*) «Le marquis de Fumerol», Gil Blas, 5 de octubre de 1886; incluido en Le Horla (1887).

(1) El último de los Borbones, el conde de Chambord, había muerto, sin descendencia, en 1883. Desde ese momento, había quedado como pretendiente al trono de Francia la rama de los Orleans, con el conde de París. (N. del T.)

(*) «La peur», Le Gaulois, 23 de octubre de 1882; incluido en Contes de la bécasse (1883).

(*) «Le champ d’oliviers», Le Figaro, del 19 al 23 de febrero de 1890; incluido en L’Inutile Beauté (1890).

(*) «L’ordonnance», Gil Blas, 23 de agosto de 1887; incluido en La main gauche (1889).

(*) «Le papa de Simon», La Réforme politique et littéraire, 1 de diciembre de 1879; incluido en La Maison Tellier (1881).

(*) «Le gâteau», Gil Blas, 19 de enero de 1882; incluido en el volumen póstumo Le père Milon (1899).

(*) «L’épave», Le Gaulois, 1 de enero de 1886; incluido en La petite Roque (1886).

(1) Referencia a cuatro soldados franceses afiliados al carbonarismo, que, tras haber participado en 1822 en las tentativas de derrocar la monarquía, ese mismo año fueron condenados a muerte. (N. del T.)

(*) «Le pardon», Le Gaulois, 16 de octubre de 1882; incluido en Clair de lune (1884).

(*) «Le protecteur», Gil Blas, 5 de febrero de 1884, firmado Maufrigneuse; incluido en Toine (1886).

(1) Nombres ridículos por su falta de eufonía, como Lerepère, o por su sentido, como Savon («jabón»), Petitpas («pasito») y, más adelante, Ceinture («cintura»). (N. del T.)

(*) «Le port», L’Écho de Paris, 15 de marzo de 1889; incluido en La main gauche (1889).

(*) «Le Saut du berger», Gil Blas, 9 de marzo de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en el volumen póstumo Le père Milon (1899).

(*) «Monsieur Parent» da título a la colección publicada por la casa editora Ollendorff. La fecha del depósito legal (18 de febrero de 1886) no concuerda con la aparición en librerías del volumen, atestiguada en la prensa desde diciembre de 1885.

(*) «Le testament», Gil Blas, 7 de noviembre de 1882; incluido en Contes de la bécasse (1883).

(*) «Le vagabond», La Nouvelle Revue, 1 de enero de 1887; incluido en Le Horla (1887).

(1) ¡Ah, qué placentero, qué placentero es recoger fresas! (N. del T.)

(*) «La veillée», Gil Blas, 7 de junio de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en el volumen póstumo Le père Milon (1899).

(*) «Le vengeur», Gil Blas, 6 de noviembre de 1883, firmado Maufrigneuse; incluido en el volumen póstumo Le colporteur (1900).

(*) «Au bois», Gil Blas, 22 de junio de 1886; incluido en Le Horla (1887).

(*) «Aux champs», Le Gaulois, 31 de octubre de 1882; incluido en Contes de la bécasse (1883).

(*) «En mer», Gil Blas, 12 de febrero de 1883, firmado Maufrigneuse; incluido en Contes de la bécasse (1883).

(1) La gangrena. (N. del T.)

(*) «En famille», La Nouvelle Revue, 15 de febrero de 1881; incluido en La Maison Tellier (1881).

(1) Existían en la época los periódicos de opinión, más minoritarios, y los periódicos de gran tirada (feuilles d’un sou), que tiraban 500.000 ejemplares. Maupassant indica con el precio, pues, una cierta categoría social. (N. del T.)

(2) Juego muy en boga consistente en una bola de madera agujereada y sostenida con una cuerda a un mango puntiagudo; la bola lanzada al aire debe insertarse en el mango. (N. del T.)

(*) «Ce cochon de Morin», Gil Blas, 21 de noviembre de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en Contes de la bécasse (1883).

(1) Para la cabal comprensión de la situación, hay que tener presente que los trenes de la época, al ser de vagones separados, no podían recorrerse en un sentido longitudinal, pues sólo se podía acceder a los compartimientos desde el andén. (N. del T.)

(*) «Hautot père et fils», L’Écho de Paris, 5 de enero de 1889; incluido en La main gauche (1889).

(*) «Histoire d’une fille de ferme», Revue politique et littéraire, 26 de marzo de 1881; incluido en La Maison Tellier (1881).

(*) «Idylle», Gil Blas, 12 de febrero de 1884, firmado Maufrigneuse; incluido en Miss Harriet (1884).

(*) «L’enfant», Gil Blas, 18 de septiembre de 1883, firmado Maufrigneuse; incluido en apéndice en la edición Conard de Clair de lune (1888).

(1) Catalina la Grande, emperatriz de Rusia (1729-1796). (N. del T.)

(*) «L’endormeuse», L’Écho de Paris, 16 de septiembre de 1889; incluido por primera vez en la edición Conard, en apéndice a La main gauche.

(1) La reseda es una planta sedativa, como revela su nombre, que viene del latín resedare. (N. del T.)

(2) El término endormeuse encierra un juego de palabras. En francés tiene una doble acepción: persona que es hábil en adormecer, como un hipnotizador, o que engaña, como un charlatán. Además, la palabra endormeuse contiene el término dormeuse con el que se designaba una silla o tumbona destinada al descanso diurno en el siglo XVIII. Ambas acepciones se funden en el término elegido por el autor como título de su relato. (N. del T.)

(*) «L’aventure de Walter Schnaffs», Le Gaulois, 11 de abril de 1883; incluido en Contes de la bécasse (1883).

(*) «Le lit 29», Gil Blas, 8 de julio de 1884, firmado Maufrigneuse; incluido en Toine (1886).

(1) Charles Bourbaki (1816-1897) se había dado a conocer por sus hazañas durante la guerra de Crimea. En enero de 1871, como jefe del ejército del Este, había tenido que refugiarse en Suiza. Por el deshonor, había intentado suicidarse. (N. del T.)

(*) «La Maison Tellier», publicado por primera vez en 1881 en la colección homónima.

(1) En aquellos años había entrado en el argot pompes con el significado de «zapatos»; pero aquí, naturalmente, es una alusión obscena. (N. del T.)

(2) El himno de la Marina. (N. del T.)

(3) Se trata del instructor, que, en la enseñanza laica, impuesta en la III República, acompañaba a los niños en los oficios religiosos. (N. del T.)

(4) Habiendo bebido mi abuela, el día de su santo, dos dedos de vino, meneando la cabeza decía: «¡Cuántos pretendientes tuve en mis tiempos! ¡Cómo echo de menos mis brazos rollizos, mis piernas bien hechas y el tiempo perdido!». (N. del T.)

(5) «Pero cómo, mamá, ¿no era usted buena?» «¡No, ésa es la verdad! Pues a los quince años aprendí por mí misma a hacer uso de mis encantos, y me pasaba las noches en blanco.» (N. del T.)

(6) En argot, pompier tiene la acepción de gran bebedor. (N. del T.)

(*) «La femme de Paul», incluido directamente en La Maison Tellier (1881).

(*) La más conocida prisión de mujeres de París. (N. del T.)

(*) «La confession», Le Gaulois, 21 de octubre de 1883; incluido en Contes du jour et de la nuit (1885).

(*) «La confession de Théodule Sabot», Gil Blas, 9 de octubre de 1883, firmado Maufrigneuse; incluido en Toine (1886).

(1) Como aclara Louis Forestier, en la edición de la Pléiade, «lo que es aquí una impropiedad es, al mismo tiempo, una palabra pertinente; pues, en efecto, si Théodule Sabot siguiera “sin aceptar la religión”, sería un acto redhibitorio respecto al encargo de carpintero que podría hacerle el padre Maritime». (N. del T.)

(*) «L’aveu», Gil Blas, 22 de julio de 1884; incluido en Contes du jour et de la nuit (1885).

(*) «La dot», Gil Blas, 9 de septiembre de 1884; incluido en Toine (1886).

(*) «Le mal d’André», Gil Blas, 24 de julio de 1883, firmado Maufrigneuse; incluido en Les soeurs Rondoli (1884).

(*) «L’héritage», La Vie militaire, publicado por entregas desde el 15 de marzo hasta el 26 de abril de 1884; incluido en Miss Harriet (1884).

(*) «La rouille», Gil Blas, 14 de septiembre de 1882, con el título de M. de Coutelier, firmado Maufrigneuse; incluido en la segunda edición de Mademoiselle Fifi (1883).

(*) «La légende du Mont Saint-Michel», Gil Blas, 19 de diciembre de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en Clair de lune (1884).

(1) Voltaire, Le sottisier, XXXII: «Si Dieu nous a fait à son image, nous le lui avons bien rendu». (N. del T.)

(*) «La folle», Le Gaulois, 5 de diciembre de 1882; incluido en Contes de la bécasse (1883).

(*) «La mère aux monstres», Gil Blas, 12 de junio de 1883, firmado Maufrigneuse; incluido en Toine (1886).

(*) «La main», Le Gaulois, 23 de diciembre de 1883; incluido en Contes du jour et de la nuit (1885).

(1) El afeitado completo del rostro caracterizaba a los sacerdotes, a los magistrados y también a los actores cómicos. (N. del T.)

(*) «La morte», Gil Blas, 31 de mayo de 1887; incluido en La main gauche (1889).

(*) «La nuit», Gil Blas, 14 de junio de 1887; incluido en Clair de lune (1888).

(*) «La patronne», Gil Blas, 1 de abril de 1884, firmado Maufrigneuse; incluido en Les soeurs Rondoli (1884).

(1) El precedente de las actuales cerillas, también llamado «eslabones químicos», que consistían en una mezcla de clorato potásico y de azúcar o de polvos de licopodio aglutinados en una disolución de goma arábiga y puestos en el extremo de un trocito de pasta impregnada de azufre; la inflamación se obtenía introduciendo el extremo de la pajuela en un frasquito de amianto impregnado de ácido sulfúrico. (N. del T.)

(*) «La petite Roque», Gil Blas, del 18 al 23 de diciembre de 1885; da título a la colección homónima publicada por Havard en mayo de 1886.

(1) De renard, «zorro» en francés. (N. del T.)

(2) «Mosca» (mouche) es aquí un lunar, pedacito de tafetán negro preparado que las mujeres se ponían en el rostro para realzar su belleza. (N. del T.)

(*) «Le trou», Gil Blas, 9 de noviembre de 1886; incluido en Le Horla (1887).

(1) Es el gorro de dormir, de ahí el nombre del vino que puede subirse a la cabeza. (N. del T.)

(2) Alias de Henry Fouquier (1838-1901), autor de una crónica dominical en el Gil Blas sobre temas de actualidad. (N. del T.)

(3) Referencia al mariscal Bazaine, el gran derrotado de Sedán. (N. del T.)

(*) «La porte», Gil Blas, 3 de mayo de 1887; incluido en Clair de lune (1888).

(*) «La relique», Gil Blas, 17 de octubre de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en la segunda edición de Mademoiselle Fifi (1883).

(*) «Le signe», Gil Blas, 27 de abril de 1886; incluido en Le Horla (1887).

(*) «Madame Baptiste», Gil Blas, 28 de noviembre de 1882; incluido en la segunda edición de Mademoiselle Fifi (1883).

(*) «Madame Hermet», Gil Blas, 18 de enero de 1887; incluido por primera vez en la edición Conard, en apéndice a La main gauche.

(*) «Mademoiselle Cocotte», Gil Blas, 20 de marzo de 1883, firmado Maufrigneuse; incluido en Clair de lune (1884).

(*) «La rempailleuse», Le Gaulois, 17 de septiembre de 1882; incluido en Contes de la bécasse (1883).

(*) «La toux», Panurge, 28 de enero de 1883; incluido por primera vez en la edición Forestier.

(1) «La tos en cuestión no proviene precisamente de la garganta.» (N. del T.)

(*) «Les bijoux», Gil Blas, 27 de marzo de 1883, firmado Maufrigneuse; incluido en Clair de lune (1884).

(*) «Les tombales», Gil Blas, 9 de enero de 1891; incluido en La Maison Tellier (1891).

(*) «L’horrible», Le Gaulois, 18 de mayo de 1884; incluido por primera vez en el volumen póstumo Le colporteur (1900).

(1) La expedición al mando del coronel Paul Flatters enviada a África, a finales de 1880, que tuvo un trágico final, con la masacre por parte de los tuaregs de casi todos sus integrantes. Flatters mismo perdió la vida. (N. del T.)

(2) Originariamente, este término designaba a un jinete turco. Pero, en el siglo XIX, se refiere a un soldado de los cuerpos de caballería indígenas organizados por el ejército francés del Norte de África. (N. del T.)

(*) «Fou?», Gil Blas, 23 de agosto de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en la segunda edición de Mademoiselle Fifi (1883).

(*) «Les sabots», Gil Blas, 21 de enero de 1883, firmado Maufrigneuse; incluido en Contes de la bécasse (1883).

(1) En Normandía, mêler ses sabots es una expresión para indicar acostarse con una mujer. (N. del T.)

(*) «Mademoiselle Fifi», Gil Blas, 23 de marzo de 1882, firmado Maufrigneuse. Dio título a la colección aparecida en 1882.

(1) Interjección para expresar repugnancia o desagrado. (N. del T.)

(2) De la dinastía Qing (1736-1796). (N. del T.)

(3) Durante la guerra franco-prusiana, las ciudades alsacianas de Estrasburgo y Belfort resistieron al asedio. (N. del T.)

(*) «La Martine», Gil Blas, 11 de septiembre de 1883, firmado Maufrigneuse; incluido en Le rosier de Mme. Husson (1888).

(*) «Ma femme», Gil Blas, 5 de diciembre de 1882; firmado Maufrigneuse; incluido en apéndice, en la edición Conard, a La Maison Tellier.

(*) «Miss Harriet», Le Gaulois, 9 de julio de 1883; incluido en el volumen del mismo título (1884).

(1) El duque de Richelieu (1696-1788), sobrino del famoso cardenal, personificó en su larga y aventurera vida el alma galante del siglo XVIII. (N. del T.)

(2) Especie de telégrafo establecido sobre las costas marítimas. (N. del T.)

(*) «Moiron», Gil Blas, 27 de septiembre de 1887; incluido en Clair de lune (1888).

(1) Pranzini había sido condenado a muerte por el triple asesinato de Marie Regnault, una joven de ligeras costumbres, conocida con el nombre de Régine de Montille, de su doncella y de la hija de ésta. La ejecución había tenido lugar el 3 de septiembre de 1887. (N. del T.)

(*) «Autres temps», Gil Blas, 14 de junio de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido por primera vez en la edición Schmidt.

(1) Cita reducida de un célebre versículo de los Salmos (2, 10): «Ahora, pues, ¡oh reyes!, obrad prudentemente, dejaos persuadir, rectores todos de la tierra». (N. del T.)

(*) «Pierrot», Le Gaulois, 9 de octubre de 1882; incluido en Contes de la bécasse (1883).

(*) «Qui sait?», L’Écho de Paris, 6 de abril de 1890; incluido en L’Inutile Beauté (1890).

(1) Ópera de Reyer (1823-1909), compositor francés. Es el ejemplo mejor de wagnerismo en Francia. (N. del T.)

(*) «Rosalie Prudent», Gil Blas, 2 de marzo de 1886; incluido en La petite Roque (1886).

(*) «Rose», Gil Blas, 29 de enero de 1884, firmado Maufrigneuse; incluido en Contes du jour et de la nuit (1885).

(*) «Saint-Antoine», Gil Blas, 3 de abril de 1883, firmado Maufrigneuse; incluido en Contes de la bécasse (1883).

(*) «Toine», Gil Blas, 6 de enero de 1885, firmado Maufrigneuse. Da título a la colección aparecida en enero de 1886 en la casa editora Marpon y Flammarion.

(*) «Un bandit corse», Gil Blas, 25 de mayo de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en el volumen póstumo Le père Milon (1899).

(*) «Un duel», Le Gaulois, 14 de agosto de 1883; incluido en el volumen póstumo Le colporteur (1900).

(*) «Un coq chanta», Gil Blas, 5 de julio de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en los Contes de la bécasse (1883).

(*) «Un coup d’État», publicado por primera vez en Clair de lune (1884).

(*) «Un fils», Gil Blas, 19 de abril de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en Contes de la bécasse (1883).

(*) «Un fou», Le Gaulois, 2 de septiembre de 1885; incluido en Monsieur Parent (1885).

(*) «Un normand», Gil Blas, 10 de octubre de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en Contes de la bécasse (1883).

(1) Cierta medida de capacidad en Normandía y en Flandes, equivalente a medio hectolitro. (N. del T.)

(*) «Un parricide», Le Gaulois, 25 de septiembre de 1882; incluido en Contes du jour et de la nuit (1885).

(1) Léon Gambetta (1838-1882) fue líder de la izquierda republicana y uno de los fundadores de la III República. (N. del T.)

(2) Jules Grévy (1807-1891), presidente de la República (1879-1887), había obligado a dimitir al Gobierno de Gambetta. (N. del T.)

(3) Por las consecuencias del movimiento revolucionario que, tras la derrota de Sedán, trastornó París durante setenta días, con miles de muertos. (N. del T.)

(*) «Une ruse», Gil Blas, 25 de septiembre de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en la segunda edición de Mademoiselle Fifi (1883).

(1) Adaptación de una máxima de Chamfort: «El amor, tal como existe en sociedad, no es más que un intercambio de dos fantasías y el contacto de dos epidermis». (N. del T.)

(2) Fundada en 1798, la perfumería Lubin, todavía hoy en activo, producía agua olorosa llamada simplemente Lubin. (N. del T.)

(*) «Une aventure parisienne», Gil Blas, 22 de diciembre de 1881, firmado Maufrigneuse; incluido en Mademoiselle Fifi (1882).

(*) «Farce normande», Gil Blas, 8 de agosto de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en Contes de la bécasse (1883).

(1) El trou normand es el aguardiente que se toma entre dos platos para estimular el apetito. (N. del T.)

(2) Localidad del distrito normando de Calvados, que en el contexto toma una connotación burlescamente licenciosa. (N. del T.)

(*) «Une famille», Gil Blas, 3 de agosto de 1886; incluido en Le Horla (1887).

(*) «Une partie de campagne», La Vie moderne, 2 y 9 de abril de 1881; incluido en La Maison Tellier (1881).

(1) Dames, cuya traducción española sería «escálamos» o «toletes». (N. del T.)

(*) «Une passion», Gil Blas, 22 de agosto de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en el volumen póstumo Le père Milon (1899).

(*) «Rouerie», Gil Blas, 12 de diciembre de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en el volumen póstumo Le père Milon (1899).

(*) «Une vendetta», Le Gaulois, 14 de octubre de 1883; incluido en Contes du jour et de la nuit (1885).

(*) «Une vente», Gil Blas, 22 de febrero de 1884, firmado Maufrigneuse; incluido en Le rosier de Mme. Husson (1888).

(*) «Voyage de santé», suplemento del Petit Journal, 18 de abril de 1886; incluido por primera vez en la edición Schmidt.

(1) El químico François Vincent Raspail (1794-1878), conocido por su actividad política, había preparado una cura a base de alcanfor. La homeopatía, fundada por Hahnemann a finales del siglo XVIII, no era aún muy practicada en la época de Maupassant. La dosimetría, que consistía en la utilización de la única sustancia activa, de acuerdo con una dosificación matemática, de los productos, en particular de los alcaloides, databa de 1870. El doctor Burq dirigía, al servicio de Charcot en la Salpêtrière, experimentos de metaloterapia: se trataba de aplicar sobre el cuerpo metales específicos. En cuanto a las curas con electricidad estaban en pleno desarrollo, mientras que los médicos comenzaban entonces a ocuparse también de los masajes. (N. del T.)

(2) Las guías Léon Sarty (seudónimo de Mme. Z. De Sauteyron de Saint-Clément) se publicaban en Niza con el título de Stations de la Méditerranée et environs. (N. del T.)

(3) Henry-A. de Conty había publicado una serie de «guías prácticas» para viajar por Europa. (N. del T.)

(*) «Alexandre», L’Écho de Paris, 2 de septiembre de 1889; incluido por primera vez en la edición Conard, en apéndice a L’Inutile Beauté.

(*) «Notes d’un voyageur», Le Gaulois, 4 de febrero de 1884; incluido en la edición Conard, en apéndice a Contes de la bécasse.

 

 

Publicar un comentario

Copyright © BIBLIOTECA EMANCIPACIÓN . Designed by OddThemes