© Libro N° 4008. Cuentos Esenciales V. De Maupassant, Guy. Colección E.O. Julio 22 de
2017.
Título
original: © Cuentos Esenciales V.
Guy de Maupassant
Versión Original: © Cuentos Esenciales V. Guy de
Maupassant
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CUENTOS ESENCIALES V
Guy de Maupassant
EL PECIO*
Ayer fue 31 de diciembre.
Acababa yo de desayunar con mi viejo amigo Georges Garin.
El criado le trajo una carta repleta de sellos y de timbres extranjeros.
Georges me dijo:
—¿Me permites?
—Por supuesto.
Y se puso a leer ocho páginas escritas en inglés con una
letra grande, trazada en todas direcciones. Las leía lentamente, con seria
atención, con ese interés que se pone en las cosas que le conmueven a uno.
Luego dejó la carta en una esquina de la chimenea y dijo:
*
Mira, ésta es una curiosa historia que no te he contado
nunca, una historia sentimental, ¡que me sucedió precisamente a mí! Fue en
verdad una extraña Nochevieja la de aquel año. ¡Hará de ello ya veinte años…
pues yo tenía treinta, y ahora tengo ya cincuenta!…
Era yo por aquel entonces inspector de la Compañía de
Seguros Marítimos, que actualmente dirijo. Me disponía a pasar en París la
festividad de Año Nuevo, puesto que se ha convenido en hacer de este día un día
festivo, cuando recibí una carta del director en la que me ordenaba partir de
inmediato hacia la isla de Ré, donde acababa de encallar un buque de tres palos
de Saint-Nazaire, asegurado por nosotros. En ese momento eran las ocho de la
mañana. Llegué a la Compañía a las diez para recibir instrucciones; y, esa
misma tarde, tomaba el expreso que me dejaba en La Rochelle al día siguiente,
31 de diciembre.
Disponía de dos horas antes de subir a bordo del barco que
hacía la travesía a Ré, el Jean-Guiton. Di una vuelta por la ciudad. La
Rochelle es una ciudad extraña, con carácter, con sus calles enredadas como un
laberinto y cuyas aceras corren bajo unas galerías sin fin, galerías con
arcadas como las de la rue de Rivoli, pero bajas, esas galerías y esas arcadas
rebajadas, misteriosas, que se dirían construidas, y luego conservadas, como un
decorado de conspiradores, el decorado antiguo y sorprendente de las guerras de
antaño, de las guerras de religión heroicas y salvajes. Es la vieja ciudad
hugonote, grave, discreta, sin ninguno de esos admirables monumentos que hacen
tan magnífica a Ruán, pero notable por su severa fisonomía, un tanto burlona
también, una ciudad de guerreros empecinados, donde deben de proliferar los
fanatismos, la ciudad donde se exaltó la fe de los calvinistas y donde se tramó
la conjura de los cuatro sargentos.1
Tras haber vagado un rato por esas calles singulares, subí
a bordo de un pequeño buque de vapor, negro y panzudo, que había de llevarme a
la isla de Ré. Zarpó resoplando, con aire colérico, pasó por entre las dos
torres antiguas que guardan el puerto, atravesó la rada, salió del dique
construido por Richelieu y cuyas enormes piedras se ven a flor de agua, piedras
que encierran la ciudad como un inmenso collar; luego dobló a la derecha.
Era uno de esos días tristes que oprimen, aplastan el
ánimo, encogen el corazón, extinguen en nosotros toda fuerza y energía; un día
gris, glacial, enmugrecido por una pesada bruma, húmeda como de lluvia, fría
como escarcha, fétida como las emanaciones de un albañal.
Bajo ese techo de niebla baja y siniestra, la mar
amarilla, la mar poco profunda y arenosa de esas playas infinitas, permanecía
sin un rizo, sin un movimiento, sin vida, un mar de agua turbia, de agua
oleosa, de agua estancada. El Jean-Guiton la surcaba balanceándose ligeramente,
por costumbre, hendiendo esa extensión opaca y tersa, dejando luego tras de sí
algunas olas, algún chapaleo, alguna ondulación que no tardaban en calmarse.
Yo me puse a charlar con el capitán, un hombrecillo casi
sin piernas, tan rechoncho como su barco y bamboleante como él. Quería conocer
algunos detalles acerca del siniestro que iba a comprobar. Un gran buque
cuadrado de tres palos de Saint-Nazaire, el Marie-Joseph, había encallado,
durante una noche de huracán, en las arenas de la isla de Ré.
La tempestad había lanzado tan lejos a dicha embarcación,
escribía el armador, que había sido imposible reflotarla y habían tenido que
llevarse lo más rápidamente posible todo cuanto podía ser desprendido. Iba a
tener, pues, que comprobar la situación del pecio, apreciar cuál debía de ser
su estado antes del naufragio, juzgar si se habían hecho todos los esfuerzos
posibles para reflotarlo. Iba yo como agente de la Compañía para, si fuera
preciso, ser posteriormente testigo de cargo durante el proceso.
A la recepción de mi informe, el director tomaría las
medidas que considerara oportunas para salvaguardar nuestros intereses.
El capitán del Jean-Guiton conocía perfectamente el
asunto, tras haber sido llamado a tomar parte, con su navío, en los intentos de
salvamento.
Me contó el siniestro, muy simple por otra parte. El
Marie-Joseph, empujado por una furiosa ventolera, perdido en la noche,
navegando al azar por un mar espumoso —«un mar de sopa de leche», como decía el
capitán—, había acabado encallando en esos inmensos bancos de arena que
convierten las costas de esa región, en las horas de marea baja, en verdaderos
Saharas ilimitados.
Mientras hablábamos, yo miré alrededor y delante de mí.
Entre el océano y el cielo plomizo había un espacio libre en el que la mirada
alcanzaba lejos. Estábamos costeando una zona de tierra. Pregunté:
«¿Es la isla de Ré?».
«Sí, señor.»
De improviso el capitán, alargando la mano derecha delante
de nosotros, me indicó, en pleno mar, una cosa casi imperceptible, y me dijo:
«¡Ahí tiene su barco!».
«¿El Marie-Joseph?…»
«Sí.»
Yo estaba estupefacto. Ese punto negro, casi invisible,
que habría tomado por un escollo, me parecía situado a tres kilómetros como
mínimo de la costa.
Proseguí:
«Pero, capitán, ¡el lugar que me indica parece de una
profundidad de por lo menos cien brazas!».
Él se echó a reír.
«¿Cien brazas, amigo?… ¡Ni dos brazas, se lo aseguro!…»
Era un bordelés. Continuó:
«Tenemos marea alta, son las nueve y cuarenta minutos.
Después de haber comido en el Hotel del Delfín, vaya por la playa con las manos
en los bolsillos y le garantizo que, a las dos y cincuenta minutos o, a lo más
tardar, a las tres, llegará al pecio con los pies secos, amigo, y dispondrá de
una hora y tres cuartos a dos horas para permanecer en él, no más, porque de lo
contrario sería una trampa. Cuanto más lejos se va el mar, más deprisa vuelve.
¡Esta costa es llana como una mesa! Regrese a las cinco menos diez, hágame
caso; y a las siete y media embarque de nuevo en el Jean-Guiton que le llevará
de vuelta esta misma noche al puerto de La Rochelle».
Yo le di las gracias al capitán y fui a sentarme en la
proa del vapor, para observar la pequeña ciudad de Saint-Martin, a la que nos
acercábamos rápidamente.
Se parecía a todos los puertos en miniatura que hacen de
capital de todas las islitas diseminadas a lo largo de los continentes. Era un
gran pueblo de pescadores, con un pie en el agua y otro en tierra, que vivía de
la pesca y de las aves de corral, de las verduras y de los moluscos, de los
rábanos y de los mejillones. La isla es muy baja, está poco cultivada, y parece
no obstante muy poblada; pero yo no me adentré en ella.
Tras haber comido, superé un pequeño promontorio; a
continuación, como el mar descendía rápidamente, me dirigí, a través de la
arena, hacia una especie de roca negra que divisaba por encima del agua, a lo
lejos, a lo lejos.
Iba deprisa por esa extensión llana, amarilla, elástica
como si fuera carne y que parecía sudar bajo mis pies. Momentos antes estaba
allí el mar, y ahora lo veía huir lejos, hasta donde se perdía la vista, y ya
no distinguía la línea que separaba la arena del océano. Me parecía asistir a
un gigantesco espectáculo, mágico y sobrenatural. Hacía un rato tenía delante
de mí el Atlántico, y luego éste había desaparecido en la arena, como los
escenarios teatrales en los escotillones, y ahora caminaba en medio de un
desierto. Sólo me quedaba la sensación, el aliento del agua salada. Percibía el
olor a algas, el olor a olas, el olor áspero y saludable de las costas. Iba
deprisa, no tenía frío: miraba el pecio que se agrandaba a medida que avanzaba
y ahora parecía una enorme ballena naufragada.
Parecía brotar del suelo y, en aquella inmensa extensión
llana y amarilla, adquiría proporciones extraordinarias. Llegué al cabo de una
hora de caminata. Yacía sobre un costado, reventado, quebrado, mostrando, como
el costillar de una bestia, sus huesos rotos, sus huesos de madera embreada,
horadados por unos clavos enormes. Lo había invadido ya la arena, que había
penetrado por todas las hendiduras, y lo sujetaba, lo poseía, no lo dejaría ya,
como si hubiera echado raíces. La proa se había adentrado profundamente en esa
playa suave y pérfida, mientras que la popa, levantada, parecía arrojar hacia
el cielo, como un grito de llamada desesperada, esas dos palabras blancas en la
borda negra: Marie-Joseph.
Escalé ese cadáver de navío por su lado más bajo; luego,
tras llegar a la cubierta, penetré en su interior. La luz, que entraba por las
escotillas hundidas y por las rendijas de los costados, iluminaba tristemente
esa suerte de bodegas alargadas y oscuras, recubiertas de maderas destrozadas.
No había allí dentro más que arena que servía de suelo a ese subterráneo de
tablas.
Me puse a tomar notas sobre el estado de la embarcación.
Me había sentado sobre un barril vacío y roto, y escribía al resplandor de una
ancha abertura por donde podía ver la extensión ilimitada de la playa. Un
singular estremecimiento de frío y de soledad recorría mi piel de tanto en
tanto; y a ratos dejaba de escribir para escuchar el ruido vago y misterioso
del pecio: un ruido de cangrejos que raspaban el revestimiento con sus
ganchudas pinzas, el ruido de los mil pobladores del mar instalados ya dentro de
aquel cadáver y también el ruido tenue y regular de la taraza que roe sin
cesar, con su chirrido de tijera, todos los viejos maderámenes, que agujerea y
devora.
Y, de pronto, oí unas voces humanas muy cerca de mí. Di un
salto como ante una aparición. Creí realmente, durante un segundo, que iba a
ver levantarse, del fondo de la siniestra cala, a dos ahogados que me contarían
su muerte. No tardé mucho, en verdad, en trepar a la cubierta a fuerza de
brazos: y vi de pie, en la proa del navío, a un señor alto con tres muchachas,
o más bien, a un inglés alto con tres misses. Sintieron, seguramente, más miedo
aún ellos que yo al ver surgir rápidamente a ese ser sobre el buque de tres
palos abandonado. La más joven de las muchachas echó a correr; las otras dos se
cogieron a su padre de una brazada; en cuanto a él, se quedó con la boca
abierta; fue el único signo que dejó traslucir su emoción.
Luego, tras unos segundos, dijo:
«Ooh, señor, ¿ser usted el propietario de esta
embarcación?».
«Sí, señor.»
«¿Poder visitarla?»
«Sí, señor.»
Entonces pronunció una larga frase inglesa de la que sólo
capté esta palabra: gracious, repetida varias veces.
Como buscaba un lugar por el que trepar, le indiqué el
mejor y le tendí la mano. Subió; luego ayudamos a las tres chicas,
tranquilizadas. ¡Eran encantadoras, sobre todo la mayor, una rubiecita de unos
dieciocho años, lozana como una flor, y tan fina, tan graciosa! Es cierto que
las inglesas bonitas tienen aspecto de tiernos frutos de mar. Se hubiera dicho
que ésta acababa de salir de la arena y que sus cabellos habían conservado su
matiz. Hacen pensar, con su exquisita lozanía, en los delicados colores de las
conchas rosáceas y en las perlas nacaradas, raras, misteriosas, abiertas en las
profundidades ignotas de los océanos.
Hablaba un poco mejor que su padre; y nos hizo de
intérprete. Hubo que contar con todo pormenor el naufragio, que me inventé,
como si hubiera asistido a la catástrofe. Luego, la familia al completo
descendió al interior del pecio. Una vez que hubieron penetrado en esa sombría
galería, apenas iluminada, lanzaron unos gritos de asombro y de admiración; y
de repente el padre y las tres hijas tenían en sus manos unos cuadernos, que
llevaban escondidos sin duda dentro de sus grandes ropas impermeables, y comenzaron
al mismo tiempo cuatro croquis a lápiz de aquel lugar triste y extraño.
Se habían sentado, unos al lado de los otros, sobre una
viga que sobresalía, y los cuatro cuadernos, sobre las ocho rodillas, se
cubrían de pequeñas líneas negras que debían de representar el vientre
entreabierto del Marie-Joseph.
Mientras trabajaban, la mayor de las muchachas charlaba
conmigo, que seguía inspeccionando el esqueleto del navío.
Me enteré de que pasaban el invierno en Biarritz y que
habían venido expresamente a la isla de Ré para contemplar ese buque de tres
palos embarrancado. Esa gente no tenía nada de la altivez inglesa; eran
sencillos y honestos chiflados, de esos eternos seres errabundos de los que
Inglaterra llena el mundo. El padre alto, enjuto, con el semblante colorado
enmarcado por unas patillas canosas, verdadero sándwich viviente, una loncha de
jamón cortada a modo de cabeza humana entre dos cojinetes de pelos; las hijas,
talluditas, pequeñas zancudas en fase de crecimiento, también enjutas, salvo la
primogénita, y las tres amables, pero sobre todo la mayor.
Tenía ésta una manera tan graciosa de hablar, de contar,
de reír, de comprender y de no comprender, de levantar la mirada para
preguntarme, unos ojos azules como el agua profunda, de dejar de dibujar para
imaginar, de ponerse de nuevo al trabajo y de decir yes o no, que me habría
quedado un tiempo indefinido escuchándola y mirándola.
De repente, murmuró:
«Yo sentir un pequeño movimiento en el barco».
Presté oídos; y enseguida distinguí un ligero ruido,
singular, continuo. ¿Qué era? Me levanté para ir a mirar por la abertura, y
lancé un fuerte grito. ¡El mar nos había alcanzado; iba a rodearnos!
Nos fuimos inmediatamente a cubierta. Era demasiado tarde.
El agua nos rodeaba, y corría hacia la costa con una rapidez prodigiosa. No,
correr no corría, se deslizaba, se arrastraba, se extendía como una mancha
desmesurada. Apenas unos centímetros de agua cubrían la arena; pero ya no se
veía la línea fugitiva del imperceptible oleaje.
El inglés quiso lanzarse al agua; yo le retuve; la huida
era imposible, a causa de las marismas profundas que habíamos tenido que
circundar a la ida y en las que caeríamos a la vuelta.
Hubo, en nuestros corazones, un minuto de horrible
angustia. Luego la pequeña inglesa se puso a sonreír y murmuró:
«¡Nosotros ser los náufragos!».
Me dieron ganas de reír; pero me oprimía el miedo, un
miedo cobarde, espantoso, ruin y solapado como ese oleaje. Todos los peligros
que corríamos se me representaron al mismo tiempo. Tenía ganas de gritar:
«¡Socorro!». Pero ¿a quién?
Las dos jóvenes inglesas estaban acurrucadas contra su
padre, que miraba, con ojos consternados, el mar desmesurado en torno a
nosotros.
Y caía la noche, tan rápida como el océano ascendente, una
noche plomiza, húmeda, helada.
Dije:
«No queda más remedio que quedarse en este barco».
El inglés respondió:
«Oh, yes!»
Y allí nos quedamos un cuarto de hora, una media hora, no
sé, la verdad, cuánto tiempo mirando, a nuestro alrededor, esa agua amarilla
que se adensaba, remolineaba, parecía burbujear, parecía jugar sobre la inmensa
playa reconquistada.
Una de las muchachas tuvo frío, y se nos ocurrió la idea
de volver a bajar para ponernos al abrigo de la brisa ligera, pero helada, que
nos rozaba y nos punzaba la piel.
Me incliné sobre la escotilla. El navío estaba lleno de
agua. Entonces tuvimos que acurrucarnos contra la borda de popa, que nos servía
un poco de resguardo.
Ahora nos envolvían las tinieblas, y permanecimos
apretados los unos contra los otros, rodeados de sombra y de agua. Yo sentía
temblar, contra mi hombro, el de la pequeña inglesa, cuyos dientes
castañeteaban a ratos; pero también sentía el dulce calor de su cuerpo a través
de las telas, y este calor me resultaba delicioso como un beso. No hablábamos
ya; permanecíamos inmóviles, mudos, agazapados como bestias dentro de una zanja
en las horas de huracán. Y, sin embargo, a pesar de todo, a pesar de la noche,
a pesar del peligro terrible y creciente, yo comenzaba a sentirme feliz de
estar allí, feliz del frío y del peligro, feliz de esas largas horas de sombra
y de angustia que había que pasar sobre aquella tablazón tan cerca de esa linda
y graciosa muchacha.
Me preguntaba por qué me embargaba esa extraña sensación
de bienestar y de alegría.
¿Por qué? ¿Quién sabe? ¿Porque ella estaba allí? ¿Quién
era ella? ¿Una joven inglesa desconocida? ¡No la amaba, ni siquiera la conocía,
y sin embargo me sentía enternecido, conquistado! ¡Me hubiera gustado salvarla,
consagrarme a ella, hacer mil locuras! ¡Qué cosa más extraña! ¿Cómo es posible
que la presencia de una mujer nos trastorne de tal modo? ¿Acaso es el poder de
su gracia que nos envuelve? ¿La seducción de la preciosura y de la juventud que
nos embriaga como lo haría el vino?
¿No es más bien una especie de contacto del amor, del amor
misterioso, que busca sin descanso unir a los seres, que pone a prueba su poder
apenas ha puesto frente a frente al hombre y a la mujer, llenándoles de
emoción, de una emoción confusa, secreta, profunda, tal como se riega la tierra
para que broten las flores?
Pero el silencio de las tinieblas se tornaba pavoroso, el
silencio del cielo, pues oíamos en torno a nosotros, incierto, un ligero,
infinito rumor, el rumor vago del mar que subía y el chapaleo monótono de la
corriente contra el barco.
De repente, oí unos sollozos. La más pequeña de las
inglesas lloraba. Entonces su padre quiso consolarla, y se pusieron a hablar en
su lengua, que yo no comprendía. Adiviné que intentaba tranquilizarla y que
ella seguía teniendo miedo.
Le pregunté a mi vecina:
«¿Tiene usted frío, miss?».
«¡Oh, sí! Tener frío mucho.»
Quise dejarle mi abrigo, pero ella rehusó; pero yo me lo
había quitado ya; la cubrí con él a pesar suyo. En la breve lucha, toqué su
mano, lo cual me provocó un estremecimiento agradabilísimo en todo el cuerpo.
Desde hacía unos minutos, el aire se estaba volviendo más
impetuoso, el chapaleo del agua más fuerte contra los costados del navío. Me
enderecé; un gran soplo rozó mi rostro. ¡Se estaba levantando el viento!
El inglés se dio cuenta de ello al mismo tiempo que yo, y
se limitó a decir:
«No pintar nada bien esto para nosotros…».
Seguramente no pintaba nada bien, era la muerte segura si
unas olas, aunque fuesen unas olas débiles, venían a batir y sacudir el pecio,
tan roto y desencajado que la primera ola algo fuerte lo haría papilla.
Entonces nuestra angustia fue en aumento segundo a segundo
con las ráfagas cada vez más fuertes. Ahora, la mar rompía un poco, y yo veía
en las tinieblas unas líneas blancas aparecer y desaparecer, líneas de espuma,
mientras que cada ola golpeaba la quilla del Marie-Joseph, la agitaba con un
breve estremecimiento que nos llegaba hasta el corazón.
La inglesa temblaba; yo la sentía estremecerse contra mí,
y tenía unas ganas locas de cogerla entre mis brazos.
Allá lejos, delante de nosotros, a derecha e izquierda, y
también detrás, brillaban unos faros en la costa, unos faros blancos,
amarillos, rojos, giratorios, semejantes a unos ojos enormes, a unos ojos de
gigante que nos miraban, nos acechaban, esperaban ávidamente que
desapareciéramos. Uno de ellos sobre todo me irritaba. Se apagaba cada treinta
segundos para volver a encenderse a continuación; era exactamente como un ojo
con su párpado que bajaba sin cesar sobre su mirada de fuego.
De rato en rato, el inglés encendía una cerilla para
consultar la hora; luego volvía a guardarse su reloj en el bolsillo. De
repente, me dijo, por encima de las cabezas de sus hijas, con una soberana
seriedad:
«Señor, le deseo buen año».
Era medianoche. Yo le tendí la mano, que él apretó; luego
pronunció una frase en inglés, y de repente sus hijas y él se pusieron a cantar
el God save the Queen, que ascendió por la negrura del aire, por el aire mudo,
y se evaporó a través del espacio.
Primero me dieron ganas de reír; pero luego me embargó una
emoción intensa y extraña.
Era algo siniestro y soberbio ese canto de náufragos, de
condenados, algo como una oración, y también algo más grande, comparable al
antiguo y sublime Ave, Caesar, morituri te salutant.
Cuando hubieron terminado, pedí a mi vecina que cantara
sola una balada, una leyenda, lo que ella quisiera, para hacernos olvidar
nuestras angustias. Ella aceptó y enseguida su voz clara y joven voló en la
noche. Cantaba algo triste sin duda, pues las notas se prolongaban largamente,
salían lentas de su boca y revoloteaban, como pájaros malheridos, por encima de
las olas.
El mar crecía, batía ahora nuestro pecio. Yo y a no
pensaba más que en esa voz. Y también en las sirenas. Si hubiera pasado una
barca cerca de nosotros, ¿qué habrían dicho los marineros? ¡Mi espíritu
atormentado se extraviaba en el sueño! ¡Una sirena! ¿No era, en efecto, una
sirena, esa hija de los mares, la que me había retenido en ese navío carcomido
y que, dentro de un rato, iba a hundirse conmigo entre las olas?…
Pero de repente rodamos los cinco por la cubierta, pues el
Marie-Joseph se había asentado sobre su costado derecho. La inglesita me había
caído encima y yo, locamente, sin saber ni comprender, convencido de que había
llegado mi última hora, la besaba con ardor en la mejilla, en la sien, en los
cabellos. El barco no se movía ya, así como tampoco nosotros.
El padre dijo: «¡Kate!». La que yo sujetaba respondió yes,
e hizo un movimiento para desprenderse. Cierto que en ese momento hubiera
querido que el barco se hubiera partido en dos para caer en el agua con ella.
El inglés prosiguió:
«Un pequeño balanceo, no ser nada. Yo tener a mis tres
hijas a salvo».
¡Inicialmente, al no ver ya a la mayor, había creído que
la había perdido!
Yo me levanté lentamente, y percibí, de repente, una luz
en el mar, muy cerca de nosotros. Grité; respondieron. Era una barca que nos
buscaba, al haber previsto el director del hotel nuestra imprudencia.
Estábamos salvados. ¡Yo me sentía desolado! Nos recogieron
de dentro de nuestra balsa y nos llevaron a Saint-Martin.
El inglés, ahora, se frotaba las manos y murmuraba:
«¡Buena cena!, ¡buena cena!».
Cenamos, en efecto. Yo no estuve alegre, echaba de menos
el Marie-Joseph.
Hubo que separarse, al día siguiente, tras muchos abrazos
y promesas de escribirse. Ellos partieron para Biarritz. Poco faltó para que yo
les siguiera.
Estaba enamorado perdido; a punto estuve de pedir la mano
de esa muchacha. ¡Cierto que, de haber pasado ocho días juntos, me habría
casado con ella! ¡Qué débil e incomprensible es, a veces, el hombre!
Pasaron dos años sin que tuviera noticias de ellos; luego
recibí una carta de Nueva York. Ella se había casado, y me lo comunicaba. Y,
desde entonces, nos escribimos cada año el uno de enero. Ella me cuenta su
vida, me habla de sus hijos, de sus hermanas, ¡nunca de su marido! ¿Por qué?
¡Ah!, ¿por qué?… Y yo no le hablo sino del Marie-Joseph… Quizá sea la única
mujer a la que he amado…, no…, a la que habría amado… ¡Ah!…, eso es…, ¿saben?…
Los acontecimientos nos arrastran… Y luego… y luego… todo pasa. Ella debe de
ser actualmente vieja…, no la reconocería… ¡Ah!, ¡la de otro tiempo…, la del
pecio…, qué criatura… divina! Me escribe que ya tiene todos los cabellos canos…
¡Ah!, ¡sus rubios cabellos!… No, la mía ya no existe… ¡Qué triste es… todo
esto!…
ROSALIE PRUDENT*
Había verdaderamente en aquel caso un misterio que ni los
propios miembros del jurado ni el presidente, ni tampoco el mismo fiscal,
conseguían comprender.
La joven Prudent (Rosalie), criada en casa de los
Varambot, en Mantes, tras quedarse embarazada sin que sus amos lo supieran,
había dado a luz, de noche, en su buhardilla, matando y enterrando luego a su
hijo en el huerto.
Era uno de tantos infanticidios perpetrados por las
sirvientas. Pero un hecho seguía siendo inexplicable. El registro practicado en
el cuarto de la joven Prudent había llevado a descubrir un ajuar completo de
niño, realizado por la propia Rosalie, que se había pasado las noches
cortándolo y cosiéndolo por espacio de tres meses. El tendero al que había
comprado las velas, que ella había pagado con su salario para hacer ese largo
trabajo, había ido a testificar. Además, había sido probado asimismo que la comadrona
del pueblo, a la que había informado de su estado, le había dado todas las
indicaciones y todos los consejos prácticos por si tenía un parto prematuro en
un momento en que no fuera posible prestarle ayuda alguna. Le había buscado
además una colocación en Poissy, en previsión de su despido, pues el matrimonio
Varambot no bromeaba con cuestiones de moral.
Estaban allí, asistiendo a las sesiones, el hombre y la
mujer, pequeños rentistas de provincias, furiosos contra aquella pelandusca que
había mancillado su casa. Hubieran querido verla guillotinada en el acto, sin
juicio siquiera, y hacían declaraciones venenosas contra ella que se convertían
en su boca en acusaciones.
La culpable, una guapa y alta joven de la baja Normandía,
bastante instruida para su condición, lloraba sin parar y no respondía nada.
Como todo parecía indicar que esperaba conservar y criar a
su hijo, se suponía que había cometido su bárbara acción en un momento de
desesperación y de locura.
El presidente trató una vez más de hacerla hablar, de
conseguir una confesión y, tras habérselo pedido con gran dulzura, le hizo
comprender finalmente que todos los hombres allí reunidos para juzgarla no
querían su muerte y que incluso podían compadecerse de ella.
Entonces ella se decidió.
Él preguntó:
—Veamos, díganos en primer lugar quién es el padre de la
criatura.
Hasta ese momento lo había ocultado con obstinación.
Respondió de repente, mirando a sus amos que acababan de
calumniarla con rabia.
—Es el señor Joseph, el sobrino del señor Varambot.
El matrimonio tuvo un sobresalto y exclamaron al unísono:
—¡Eso es falso! Miente. Es una infamia.
El presidente les hizo callar y prosiguió:
—Continúe, por favor, y díganos cómo ocurrió.
Entonces ella se puso a hablar atropelladamente, aliviando
su cerrado corazón, su pobre corazón solitario y destrozado, desahogando ahora
su tristeza, toda su tristeza delante de aquellos hombres severos a los que
había tomado hasta ese momento por unos enemigos y unos jueces inflexibles.
—Sí, fue el señor Joseph Varambot, cuando vino de
vacaciones el año pasado.
—¿Qué es lo que hizo el señor Joseph Varambot?
—Es suboficial de artillería, señor. Se quedó dos meses en
casa. Dos meses de verano. Yo no desconfié cuando él empezó a mirarme y luego a
decirme halagos y ternezas durante todo el día. Y yo me lo acabé creyendo,
señor. Y él no paraba de repetirme lo guapa, lo agradable que yo era y que le
gustaba… También él a mí me gustaba, por supuesto… ¿Qué quieren…? Cuando se
está sola se presta oídos a estas cosas…, cuando se está sola, sin nadie…, como
lo estaba yo. Yo estoy sola en el mundo, señor…, no tengo a nadie con quién
hablar, nadie a quien contarle mis problemas… Ya no tengo ni padre ni madre, ni
hermanos ni hermanas…, ¡nadie! Y para mí fue como si hubiera recuperado a un
hermano cuando empezó a hablar conmigo. Luego, una tarde, me pidió que fuera
con él a la orilla del río, para charlar sin dar que hablar. Y yo fui… ¿Qué sé
yo?… ¿Quién podía pensar en lo que sucedería después?… Él me cogía de la
cintura… Yo no quería, claro que no…, no…, no… Pero no pude… Yo estaba al borde
de las lágrimas por el tiempo delicioso que hacía… Había un claro de luna… No
pude… No…, se lo juro…, no pude…, él hizo conmigo lo que quiso… Y la cosa
siguió tres semanas más, todo el tiempo que él se quedó… Yo le hubiera seguido
a los confines del mundo…, pero él se fue… ¡Yo no sabía que estaba embarazada!…
No lo supe hasta el mes siguiente…
Rompió a llorar tan ruidosamente que hubo que dejarla un
rato para que se recuperara.
Luego el presidente prosiguió con el tono de un sacerdote
en el confesionario:
—Vamos, continúe.
Ella siguió diciendo:
—Cuando me di cuenta de que estaba embarazada, avisé a la
señora Boudin, la comadrona, quien puede confirmarlo. Y le pregunté qué debía
hacer si me ponía de parto sin que ella estuviera presente. Y luego, todas las
noches hasta la una, estuve preparando el ajuar; y me busqué otra colocación,
porque estaba segura de que me despedirían, pero yo quería quedarme hasta el
final en esa casa con el fin de ahorrar, pues tengo poco dinero y me hacía
falta para el pequeño…
—Por tanto, ¿no quería usted matarle?
—¡Por supuesto que no, señor!
—Y, entonces, ¿por qué le mató?
—Les contaré cómo fue. Me puse de parto antes de lo que yo
creía. Fue en la cocina, cuando estaba terminando de fregar los platos.
»Los señores Varambot estaban ya acostados; subo, no sin
esfuerzo, agarrándome al pasamano, luego me tumbo en el suelo, para no manchar
la cama. Y me estuve así quizá una hora, o quizá dos, o tres; no lo sé
exactamente, ¡pues era tanto el dolor que sentía! Pero yo empujaba con todas
mis fuerzas, sentí que salía y lo recogí.
»¡Ah, qué contenta estaba, de verdad! ¡Hice todo lo que me
había indicado la señora Boudin, todo! ¡Y luego lo puse sobre mi cama! Pero he
aquí que me vuelven los dolores, pero ¡qué dolores! ¡Si ustedes supieran lo que
son esos dolores, no harían tantos hijos, se lo aseguro! ¡Me caí de rodillas,
luego de espaldas, en el suelo; y entonces me empieza de nuevo, quizá una hora,
o dos, allí completamente sola… y luego sale otro…, otro pequeñín…, dos…, sí…,
dos…, ¡como les digo! Lo recogí como al primero, y lo puse sobre la cama, al
lado del otro, dos. Díganme ustedes, ¿cómo es posible? ¡Dos niños! ¡Yo que gano
veinte francos al mes! Dígame…, ¿cómo es posible? Uno, sí, puede una con él, a
base de privaciones… ¡pero dos no! Perdí la cabeza. ¿Qué podía hacer? ¿Qué otra
elección me quedaba?
»¿Qué podía hacer? ¡Me parecía haber llegado al final de
mis días! Sin darme cuenta, les puse la almohada encima…, no podía quedarme con
los dos… y me tumbé encima. Luego me quedé retorciéndome y llorando hasta que
vi por la ventana que se hacía de día; habían muerto los dos debajo de la
almohada, por supuesto. Entonces les cogí en mis brazos, bajé por la escalera,
me fui al huerto, cogí la azada del hortelano y los enterré bajo tierra, lo más
hondo que pude, uno aquí y otro allá, pero no juntos, para que no hablasen
entre sí de su madre, si es que los pequeños muertos hablan. ¿Qué sé yo?
»Y luego, en la cama, me sentí tan mal que no conseguí
levantarme. Llamé al médico, que lo comprendió todo. Ésta es la pura verdad,
señor juez. Haga usted lo que quiera, estoy preparada para todo.
La mitad de los miembros del jurado se sonaban una vez
tras otra para no llorar. Unas mujeres sollozaban entre los asistentes.
El presidente preguntó:
—¿En qué lugar enterró usted al otro?
Ella preguntó:
—¿Cuál encontraron ustedes?
—Pues… el… el que estaba entre las alcachofas.
—Pues el otro está entre los fresales, junto al pozo.
Y ella se puso a sollozar tan fuerte que sus gemidos
partían el alma.
La joven Rosalie Prudent fue absuelta.
VIAJE DE SALUD*
El señor Panard era un hombre prudente temeroso de todo en
la vida. Le temía a las tejas, a las caídas, a los coches de punto, a los
ferrocarriles, a todos los accidentes posibles, pero sobre todo a las
enfermedades.
Había comprendido, con suma previsión, cuán amenazada está
sin cesar nuestra vida por todo cuanto nos rodea. Al ver un escalón pensaba en
una torcedura, en el riesgo de romperse un brazo o una pierna; al ver una
ventana, en las horrendas heridas que podía producir el cristal; al ver un
gato, en que podía sacarle los ojos; y vivía con una prudencia meticulosa, una
prudencia reflexiva, paciente, absoluta.
Le decía a su mujer, una buena mujer que transigía con sus
manías: «Piensa, querida, lo poco que hace falta para lisiar o para acabar con
la vida de un hombre. Sólo de pensarlo da espanto. Sale uno de casa con buena
salud, cruza la calle y le aplasta un coche; o bien se para durante cinco
minutos debajo de un portal para charlar con un amigo y no nota la pequeña
corriente de aire que le roza la espalda y pesca una congestión pulmonar. Y
basta con esto. Se acabó».
Se interesaba de modo especial por la sección Salud
pública de los diarios; conocía la cifra media de defunciones en los períodos
normales, según las estaciones, la evolución y los cambios imprevisibles de las
epidemias, sus síntomas, su probable duración, la manera de prevenirlas, de
evitarlas, de curarlas. Contaba con toda una biblioteca médica que reunía todas
las obras relativas a los tratamientos puestos al alcance del público por los
médicos vulgarizadores y prácticos.
Había creído en Raspail, en la homeopatía, en la medicina
dosimétrica, en la metaloterapia, en la electricidad, en el masaje, en todos
los sistemas considerados infalibles, durante seis meses, contra todos los males.1
Pero ahora había perdido parte de su confianza y pensaba sensatamente que la
mejor manera de evitar las enfermedades consistía en huir de ellas.
Hacia principios del invierno pasado, el señor Panard se
enteró por su diario de que en París se había extendido una ligera epidemia de
tifus. El desasosiego que enseguida le dominó no tardó en convertirse en
obsesión. Todas las mañanas compraba dos o tres periódicos para sacar un
promedio con sus informaciones contradictorias; y pronto quedó convencido de
que en su barrio estaba particularmente expuesto.
Entonces fue a ver a su médico para pedirle consejo. ¿Qué
debía hacer? ¿Quedarse o irse? Ante las respuestas evasivas del médico, el
señor Panard llegó a la conclusión de que el peligro existía y decidió irse.
Volvió, pues, a su casa para deliberar con su mujer. ¿Adónde irían?
Preguntaba:
—¿Tú crees, querida, que Pau es lo que nos conviene?
Ella tenía ganas de ver Niza y respondió:
—Dicen que hace bastante frío por estar cerca de los
Pirineos. Cannes debe de ser más salubre, pues van los príncipes de Orleans.
Este razonamiento convenció a su marido; sin embargo, aún
estaba un poco dubitativo:
—Sí, pero en el Mediterráneo hay cólera desde hace dos
años.
—¡Ah!, querido, no se declara nunca durante el invierno.
Piensa que todo el mundo se cita en esa costa.
—Es cierto. De todas formas, no dejes de llevarte unos
desinfectantes y ocúpate de completar mi farmacopea de viaje.
Partieron un lunes por la mañana. Al llegar a la estación,
la señora Panard entregó a su marido su maletín personal:
—Toma —dijo ella—, aquí tienes en orden todas tus cosas
para la salud.
—Gracias, querida.
Y subieron al tren.
Tras haber leído muchas obras sobre los balnearios del
Mediterráneo, obras escritas por los médicos de cada ciudad del litoral, en las
que cada uno de ellos exaltaba su playa en detrimento de las ajenas, el señor
Panard, que había pasado por las mayores perplejidades, acababa por fin de
decidirse por Saint-Raphaël, por la sola razón de que, entre los nombres de los
principales propietarios, había visto los de varios profesores de la Facultad
de Medicina de París.
Si residían allí era seguramente porque el lugar era
saludable.
Así pues, se apeó en Saint-Raphaël y se dirigió
inmediatamente a un hotel cuyo nombre había leído en la guía Sarty,2 que es el
Conty3 de las estaciones invernales de esa costa.
Pero le asaltaban ya nuevas preocupaciones. ¿Qué hay menos
seguro que un hotel, sobre todo en esa zona frecuentada por los tísicos?
¿Cuántos enfermos, y qué enfermos, han dormido en esos colchones, entre esas
mantas, con esas almohadas, dejando en la lana, en el plumón, en las telas, mil
imperceptibles gérmenes provenientes de su piel, de su aliento, de sus fiebres?
¿Cómo atreverse a tumbarse en esas camas sospechosas, a dormir con la pesadilla
de un agonizante en la misma yacija unos días antes?
Entonces se le ocurrió una idea: pediría una habitación
que diera al norte, completamente al norte, sin nada de sol, convencido de que
ningún enfermo habría podido hospedarse allí.
Le abrieron una gran habitación glacial, que él juzgó, a
primera vista, que presentaba una seguridad total y absoluta, de tan fría e
inhóspita como parecía.
Hizo encender la chimenea. Luego subió su equipaje.
Se paseaba a paso rápido, a lo largo y a lo ancho, un
tanto inquieto por la idea de un posible reuma, y le decía a su mujer:
—¿Ves, querida? El peligro de este tipo de sitios es tener
que vivir en aposentos frescos que raramente se ocupan. Pueden entrarte
dolores. ¿Te importaría deshacer tú las maletas?
Ella había empezado, en efecto, a vaciar las maletas y a
llenar los armarios y la cómoda cuando el señor Panard se detuvo de sopetón en
su paseo y se puso a olisquear tenazmente como un perro que huele la presa.
Prosiguió, turbado de repente:
—Pero se nota aquí…, se nota la enfermedad…, se nota el
olor a medicamentos…, estoy seguro de que se nota el olor a medicamentos…, sin
duda, ha habido un…, un… enfermo del pecho en esta habitación. Dime, ¿tú no lo
notas, querida?
La señora Panard olfateaba a su vez. Respondió:
—Sí, se nota un poco el…, el…, no reconozco muy bien el
olor, pero huele a remedio.
Él se abalanzó hacia el timbre, llamó; y al aparecer el
mozo dijo:
—Haga venir enseguida al director, por favor.
El director acudió casi al instante, saludando, con una
sonrisa en los labios.
El señor Panard, mirándole de hito en hito, le preguntó
bruscamente:
—¿Quién fue el último cliente que se hospedó aquí?
El director del hotel, sorprendido de entrada, trataba de
comprender la intención, la idea, o la sospecha de su cliente; luego, como era
preciso dar una respuesta y nadie se había hospedado en aquella habitación
desde hacía varios meses, dijo:
—Fue el señor conde de La Roche-Limonière.
—¡Ah!, ¿un francés?
—No, señor, un…, un belga.
—¡Ah!, ¿y se encontraba bien?
—Sí, es decir, no, padecía mucho al llegar aquí; pero se
fue totalmente restablecido.
—¡Ah! ¿Y de qué padecía?
—De dolores.
—¿Qué tipo de dolores?
—De dolores…, de dolores de hígado.
—Muy bien, señor, le doy las gracias. Pensaba quedarme
algún tiempo aquí; pero acabo de cambiar de idea. Me iré inmediatamente con la
señora Panard.
—Pero… señor…
—Es inútil, señor, nos vamos. Mándeme la cuenta, ómnibus,
habitación y servicio.
El dueño, desconcertado, se retiró, mientras el señor
Panard le decía a su mujer:
—¿Has visto, querida, cómo le he pillado? ¿Has visto cómo
dudaba?…, dolores…, dolores…, dolores de hígado…, ¡yo sí que le daré a ése
dolores de hígado!
El señor y la señora Panard llegaron a Cannes por la
noche, cenaron y se acostaron enseguida.
Pero apenas estuvieron en la cama, cuando el señor Panard
exclamó:
—Eh, el olor, ¿no lo notas esta vez? Pero…, pero si es
ácido fénico, querida…, han desinfectado este aposento.
Y salió precipitadamente de la cama, volvió a vestirse
rápidamente, y, como era demasiado tarde para llamar a nadie, decidió enseguida
pasar la noche en un sillón. La señora Panard, a pesar de las exhortaciones de
su marido, se negó a imitarle y permaneció en la cama donde durmió felizmente,
mientras él murmuraba con los riñones rotos:
—¡Pero qué país!, ¡qué espanto de país! No hay más que
enfermos en todos estos hoteles.
Al alba mandó llamar al director del hotel.
—¿Quién fue el último cliente que pasó la noche en este
aposento?
—El gran duque de Bade y Magdeburgo, señor, un primo del
emperador de…, de… Rusia.
—¡Ah!, ¿y se encontraba bien?
—Muy bien, señor.
—¿Completamente bien?
—Completamente bien.
—Es suficiente, señor director, la señora y yo nos iremos
para Niza a mediodía.
—Como usted guste, señor.
Y el director, furioso, se retiró, mientras el señor
Panard le decía a su señora:
—¿Eh?, ¡menudo farsante! ¡Se ha negado incluso a confesar
que su cliente estaba enfermo! ¡Enfermo! ¡Ah, sí, enfermo! ¡Te garantizo yo que
ése ahora está muerto! Dime, ¿no notas tú el ácido fénico, no lo notas?
—¡Sí, querido!
—¡Qué caraduras son estos directores de hotel! ¡No estaba
ni enfermo, ni siquiera enfermo, ese fiambre! Pero ¡qué caraduras!
Tomaron el tren de la una y media. El olor les persiguió
en el vagón.
Muy inquieto, el señor Panard murmuraba:
—Lo sigo notando. Debe de ser una medida higiénica
generalizada en la región. Es probable que rocíen las calles, los entarimados y
los vagones con fenol por orden de los médicos y de los ayuntamientos.
Pero cuando estuvieron en el hotel de Niza, el olor se
volvió insoportable.
Panard, aterrado, daba vueltas por la habitación, abriendo
los cajones, hurgando en los rincones oscuros, buscando dentro de los muebles.
En el armario de luna descubrió un viejo periódico, le echó una ojeada al azar
y leyó: «Los rumores malintencionados difundidos sobre la situación higiénica
de nuestra ciudad carecen de fundamento. Ningún caso de cólera ha sido
comprobado en Niza o en los alrededores…».
Dio un salto y exclamó:
—Señora Panard…, señora Panard…, es el cólera…, el
cólera…, estoy seguro… No deshaga las maletas…, regresamos a París de
inmediato…, de inmediato.
Una hora más tarde, volvían a tomar el rápido, envueltos
en un olor asfixiante a fenol.
Apenas entraron en su casa, Panard consideró conveniente
tomar algunas gotas de un anticolérico enérgico y abrió el maletín que contenía
sus medicamentos. Un vapor sofocante se escapó de él. Su frasco de ácido fénico
se había roto y el líquido derramado había quemado todo el forro.
Entonces su mujer, presa de un ataque de risa loca,
exclamó:
—¡Ja, ja, ja…, querido…, aquí tienes…, aquí tienes tu
cólera!…
LA SEÑA*
La joven marquesa de Rennedon dormía aún, en su alcoba
cerrada y perfumada, en su gran cama agradable y baja, entre sus sábanas de
batista ligera, finas como un encaje, acariciantes como un beso; dormía sola,
tranquila, con el feliz y profundo sueño de las divorciadas.
La despertaron unas voces que hablaban animadamente en el
saloncito azul. Reconoció a su querida amiga, la joven baronesa de Grangerie,
que estaba discutiendo porque quería entrar con la doncella que defendía la
puerta de su ama.
Entonces la joven marquesa se levantó, descorrió el
pestillo, dio vuelta a la llave, levantó la cortina y asomó la cabeza, nada más
que su rubia cabeza, oculta bajo una nube de cabellos.
—¿A qué se debe —preguntó— el que hayas venido tan
temprano? No son todavía las nueve.
La joven baronesa, muy pálida, nerviosa, afiebrada,
respondió:
—Tengo que hablar contigo. Me ha ocurrido una cosa
horrible.
—Entra, querida.
Entró, se besaron; y la joven marquesa volvió a acostarse
mientras la doncella abría las ventanas para que entrara el aire y la luz.
Luego, cuando la criada se hubo ido, la señora de Rennedon prosiguió:
—Vamos, cuenta.
La señora de Grangerie se echó a llorar, derramando esas
bonitas lágrimas claras que vuelven más encantadoras a las mujeres, y balbució
sin secarse los ojos para no enrojecerlos:
—Oh, querida, es algo horrible, horrible, lo que me pasa.
No he dormido en toda la noche, pero ni un minuto; ¿comprendes?, ni un minuto.
Mira, toca mi corazón para que veas cómo late.
Y, tomando la mano de su amiga, se la posó sobre el pecho,
sobre ese revestimiento redondo y firme del corazón de las mujeres, que a los
hombres les basta a menudo y les impide buscar nada debajo. Su corazón latía
fuerte, en efecto.
Continuó:
*
Me sucedió durante el día de ayer…, hacia las cuatro… o
las cuatro y media. No lo sé con exactitud. Ya conoces mi piso, sabes que mi
saloncito, ese en el que estoy siempre, da a la rue Saint-Lazare, en el primer
piso; y que tengo la manía de ponerme en la ventana para ver pasar a la gente.
Es tan alegre ese barrio de la estación, tan animado y lleno de vida… En fin,
¡es algo que me gusta! Pues bien, estaba ayer sentada en la silla baja que me
hice instalar en el hueco de mi ventana; esa ventana estaba abierta, y yo no
pensaba en nada: respiraba el aire azul. ¿Te acuerdas de que ayer hacía un día
precioso?
De pronto, observo que, en el otro lado de la calle, había
también una mujer en la ventana, una mujer vestida de rojo; yo iba de lila, ya
sabes, mi bonito vestido lila. No conocía a esa mujer, una nueva inquilina,
instalada allí desde hacía un mes; y como lleva un mes lloviendo, todavía no la
había visto. Pero enseguida me di cuenta de que era una mujer vulgar. Primero
me sentí muy disgustada y herida por el hecho de que estuviera ella como yo en
la ventana; y luego, poco a poco, me pareció divertido observarla. Estaba de
codos, y acechaba a los hombres, y los hombres también la miraban a ella, todos
o casi todos. Se hubiera dicho que advertían algo al acercarse a la casa, que
la olían como los perros huelen la caza, pues levantaban de repente la cabeza e
intercambiaban muy rápidamente una mirada con ella, una mirada de inteligencia.
La suya decía: «¿Quiere?».
La de ellos le respondía: «No tengo tiempo» o bien: «Otra
vez será» o: «No tengo dinero» o: «¡Quieres esconderte, miserable!». Eran los
ojos de los padres de familia los que decían esta última frase.
No te imaginas lo divertido que era verla dedicarse a sus
tejemanejes o, más bien, a su oficio.
A veces ella cerraba de repente la ventana y yo veía a un
señor entrar por su portal. Le había echado el anzuelo como un pescador coge
con la caña un gobio. Yo me ponía entonces a mirar mi reloj. Se quedaban de
doce a veinte minutos, nunca más. La verdad, esa especie de araña me tenía
fascinada, después de todo. Y, además, no era fea la muchacha.
Me preguntaba: «¿Cómo hace para hacerse entender tan bien,
tan rápido y sin equívocos? ¿Acompañaba su mirada con un signo de la cabeza o
con un movimiento de la mano?».
Y cogí mi anteojo de teatro para darme cuenta de su forma
de proceder. ¡Oh!, era muy sencillo: primero un guiño, luego una sonrisa y acto
seguido un pequeño gesto de la cabeza que quería decir: «¿Sube?». Pero tan
ligero, tan vago, tan discreto, que hacía falta realmente mucho estilo para
conseguir hacerlo como ella.
Y me preguntaba: «¿Podría hacerlo yo igual de bien ese
pequeño vaivén de abajo arriba, atrevido y gracioso?». Pues era realmente un
gesto gracioso.
Y me fui a ensayarlo delante del espejo. ¡Querida, yo lo
hacía mejor que ella, mucho mejor! Estaba encantada; y volví a ponerme en la
ventana.
Pero ahora la pobre no pescaba ya a nadie, lo que se dice
a nadie. La verdad, no tenía suerte. Qué horrible debe de ser ganarse la vida
de ese modo, terrible y divertido a veces, porque en el fondo alguno de esos
hombres pescados por la calle no está nada mal.
Ahora pasaban todos por mi acera, y ninguno por la suya.
Habían cambiado las tornas. Llegaban uno tras otro, jóvenes, viejos, morenos,
rubios, entrecanos, con el pelo blanco.
Los había guapos, pero realmente guapos, querida, bastante
más que mi marido, y que el tuyo, que tu ex marido en vista de que estás
divorciada. Ahora tú puedes elegir.
Pensaba: «Si les hiciera la seña, ¿me entenderían también
a mí, que soy una mujer respetable?». Y he aquí que me entraron unas ganas
locas de hacer esa seña, pero unas ganas, unas ganas de mujer embarazada…, unas
ganas terribles, unas de esas ganas…, ya sabes… ¡a las que una no puede
resistirse! Algunas veces las he sentido… ¡Qué tontas son estas cosas! Creo que
nosotras las mujeres tenemos almas de simio. Por lo demás, me han dicho (me lo
dijo un médico) que el cerebro de los simios se parece mucho al nuestro.
Siempre tenemos que imitar a alguien. Imitamos a nuestros maridos, cuando les
queremos, en el primer mes de casados, luego a nuestros amantes, a nuestras
amigas, a nuestros confesores, cuando son como Dios manda. Adoptamos su manera
de pensar, de expresarse, sus palabras, sus gestos, todo. Es realmente algo
estúpido.
Pero yo, cuando tengo muchas ganas de hacer algo, no dejo
de hacerlo nunca.
Y pensé: «Vamos, ¿por qué no probar con uno, uno solo,
para ver qué pasa? ¿Qué podía pasarme? ¡Nada! Intercambiaremos una sonrisa y se
acabó, no volveré a verle nunca más; y, si le vuelvo a ver, no me reconocerá y,
si me reconoce, lo negaré, por supuesto».
Empecé, pues, a elegir. Quería a uno que estuviera bien,
muy bien. De repente veo venir a un rubio esbelto, muy buen mozo. A mí me
gustan los rubios, ya sabes.
Le miro. Él me mira. Sonrío; él sonríe; le hago el gesto;
¡oh!, apenas, apenas; responde él con un «sí» con la cabeza y ¡hele aquí que
entra, querida! Entra por el portal de mi casa.
¡No te puedes imaginar lo que se me pasó por la cabeza en
ese momento! Creí que iba a volverme loca. ¡Oh! ¡Qué miedo! ¡Imagínate,
hablaría con los criados! ¡Con Joseph, que es devotísimo de mi marido! Joseph
creería sin duda que yo conocía a ese señor desde hacía tiempo.
¿Qué hacer? Dime tú, ¿qué hacer? E iba a llamar, de un
momento a otro, en cuestión de segundos. ¿Qué hacer? Pensé que lo mejor era
salir corriendo a su encuentro, decirle que se equivocaba, suplicarle que se
fuera. ¡Se apiadaría de una mujer, de una pobre mujer! Me precipito, pues, a la
puerta y abro justo en el momento en que él echaba mano al timbre.
Balbuceé, loca por completo:
«Váyase, señor, váyase, se equivoca usted, yo soy una
mujer decente, una mujer casada. Ha sido un error, un lamentable error; le he
tomado por uno de mis amigos al que se parece usted mucho. Compadézcase de mí,
señor».
Y he aquí que él se echa a reír, querida, y responde:
«Buenos días, gatita mía. ¿Sabes?, me conozco ya tu
historia. Si estás casada, son dos luises en vez de uno. Los tendrás. Vamos,
indícame el camino».
Y me empuja; cierra la puerta, y como yo permanecía,
espantada, delante de él, me abraza, me coge de la cintura y me hace entrar en
el salón que había quedado abierto.
Y luego se pone a mirarlo todo como un perito tasador; y
prosigue:
«Caramba, ¡qué bonita es tu casa, muy elegante! ¡Tienes
que estar pasando ahora por muchos apuros para ponerte a trabajar en la
ventana!».
Entonces yo comienzo de nuevo a suplicarle:
«¡Oh, señor, váyase usted!, ¡váyase! ¡Mi marido está a
punto de llegar! ¡Llegará de un momento a otro, es su hora de llegada! ¡Le juro
que está usted en un error!».
Y me responde él tan tranquilo:
«Vamos, hermosa, déjate de melindres. Si vuelve tu marido,
le daré cien sueldos para que se vaya a tomar algo enfrente».
Al ver sobre la chimenea la fotografía de Raoul, me
pregunta:
«¿Es… tu marido?».
«Sí, es él.»
«Pues tiene una bonita jeta… ¿Y ésta, ésta quién es, una
amiga tuya?»
Era una fotografía tuya, ya sabes, esa en que llevas un
vestido de gala. Yo no sabía ya lo que me decía. Balbucí:
«Sí, es una de mis amigas…».
«Guapa de verdad. Ya me la presentarás.»
¡Y he aquí que el reloj empieza a dar las cinco; y Raoul
vuelve todos los días a las cinco y media! ¡Si se presentaba antes de que el
otro se hubiera ido, imagínate! Entonces…, entonces…, perdí la cabeza…
completamente…, pensé…, pensé… que… lo mejor… era… quitarme de encima a ese
hombre… cuanto antes… Cuanto antes se terminara…, ¿comprendes?…, y… y he aquí…
he aquí…, dado que era preciso… y lo era, querida…, pues no se iría sin eso…
Así que yo…, yo… eché el pestillo a la puerta del salón… Y eso fue todo.
*
La joven marquesa de Rennedon se había echado a reír, pero
a reír como una loca, la cabeza contra la almohada, sacudiendo la cama por
completo.
Cuando se hubo calmado un poco, preguntó:
«¿Y… y… era buen mozo…?».
«Sí.»
«¿Y te quejas?»
«Pues…, pues… verás, querida, es que… dijo… que volvería
mañana…, a la misma hora…, y yo tengo…, tengo un miedo atroz… No puedes hacerte
una idea de lo tenaz… e impositivo… ¿Qué puedo hacer?…, dime…, ¿qué puedo
hacer?»
La joven marquesa se sentó en su cama para reflexionar,
luego declaró de repente:
«Manda que lo detengan».
La joven baronesa se quedó estupefacta. Balbució:
—Pero ¡cómo! ¿Qué dices? ¡Qué cosas se te ocurren! ¿Hacer
que le detengan? ¿Bajo qué pretexto?
—Oh, es muy sencillo. Ve a la comisaría; diles que un
señor te sigue desde hace tres meses; que tuvo la insolencia de subir a tu casa
ayer; que te amenaza con una nueva visita mañana, y que pides la protección de
la autoridad. Pondrán a tu disposición a dos agentes que le detendrán.
—Pero, querida, si cuenta…
—No le creerán, tonta, toda vez que le habrás contado tu
historia al comisario. Y te creerán a ti, que eres una mujer de mundo
irreprochable.
—Oh, no me atreveré nunca.
—Tienes que atreverte, o bien estás perdida.
—Piensa que va…, que va a insultarme… cuando lo detengan.
—Pues bien, tendrás testigos y harás que lo condenen.
—¿Condenen a qué?
—A pagar una reparación por el daño moral. ¡En estos
casos, hay que ser implacable!
—¡Ah!, a propósito de reparación…, hay una cosa que me
incomoda mucho…, pero que mucho… Me dejó… dos luises… sobre la chimenea.
—¿Dos luises?
—Sí.
—¿Tan sólo?
—Tan sólo.
—Es poco. Ves, a mí eso me habría humillado. ¿Y bien?
—¿Y qué debo hacer con este dinero?
La joven marquesa dudó unos segundos, luego respondió con
tono serio:
—Querida… Tienes…, tienes… que hacerle un regalito a tu
marido…, es de estricta justicia.
EN EL BOSQUE*
Se disponía el alcalde a sentarse a la mesa para comer
cuando le avisaron de que un guardia rural le esperaba en el Ayuntamiento con
dos detenidos.
Se dirigió hacia allí inmediatamente y vio, en efecto, que
su guarda rural, el compadre Hochedur, estaba de pie y vigilando con aire
severo a una pareja de burgueses entrados en años.
El hombre, un hombre gordo, de roja nariz y pelo cano,
parecía abochornado, mientras que la mujer, una mujerona endomingada, muy
redonda, gordinflona, de mejillas relucientes, miraba con cara de desafío al
agente de la autoridad que les había aprehendido.
El alcalde preguntó:
—¿Qué sucede, compadre Hochedur?
El guarda rural hizo su deposición.
Había salido por la mañana, a la hora habitual, para hacer
su ronda por la parte de los bosques Champioux hasta la linde de Argenteuil. No
había observado nada raro en los campos, salvo que hacía buen tiempo y que el
trigo crecía bien, cuando el hijo de los Bredel, que estaba escardando su viña,
gritó:
—Eh, compadre Hochedur, vaya a ver a la linde del bosque,
en el primer soto, y encontrará allí a una pareja de pichoncitos que entre los
dos suman ciento treinta años.
Se había ido en la dirección indicada; y al penetrar en la
espesura había oído unas palabras y unos suspiros que le hicieron suponer que
se trataba de un flagrante atentado contra las buenas costumbres.
Así pues, avanzando a gatas como si quisiera sorprender a
un cazador furtivo, aprehendió a la pareja que allí estaba en el momento en que
se entregaba a sus bajos instintos.
El alcalde, estupefacto, observó a los culpables. El
hombre contaba ya sesenta años y la mujer por lo menos cincuenta y cinco.
Se puso a interrogarles, empezando por el varón, que
respondía con voz tan débil que apenas si se le oía.
—¿Su nombre?
—Nicolas Beaurain.
—¿Profesión?
—Mercero de la rue des Martyrs, en París.
—¿Qué hacían ustedes en ese bosque?
El mercero permaneció mudo, los ojos gachos mirando su
gruesa barriga, las manos planas sobre sus muslos.
El alcalde prosiguió:
—¿Niega usted lo que afirma el agente de la autoridad
municipal?
—No, señor.
—Entonces, ¿lo confiesa?
—Sí, señor.
—¿Qué tiene que alegar en su defensa?
—Nada, señor.
—¿Dónde conoció usted a su cómplice?
—Es mi mujer, señor.
—¿Su mujer?
—Sí, señor.
—Entonces…, entonces…, ¿no viven ustedes juntos… en París?
—¡Perdón, señor, sí que vivimos juntos!
—Pero…, entonces… están ustedes locos, locos de atar, mi
querido señor, por dejarse coger así, en pleno campo, a las diez de la mañana.
El mercero parecía a punto de romper a llorar de la
vergüenza. Murmuró:
—¡Ha sido ella quien lo ha querido! Pues yo ya le decía
que era una estupidez. Pero cuando a una mujer se le mete algo en la cabeza…,
ya sabe…, no hay quien se lo quite.
El alcalde, que apreciaba el ingenio picante, sonrió y
contestó:
—Pues, en su caso, hubiera tenido que ser al contrario. Y
ahora no estarían aquí de haberlo tenido sólo ella en la cabeza.
Entonces Beaurain montó en cólera y, volviéndose hacia su
mujer, dijo:
—¿Ves a qué nos ha llevado tu maldita poesía? ¿Eh, dónde
estamos? ¡Y ahora, a nuestra edad, nos veremos ante los tribunales por atentado
contra las buenas costumbres! ¡Y habrá que cerrar la tienda, traspasarla y
cambiar de barrio! ¿Ves adónde hemos ido a parar?
La señora Beaurain se levantó y, sin mirar a su marido, se
explicó sin embarazo, sin falsos pudores, casi sin vacilación.
—Dios mío, señor alcalde, soy consciente de lo ridículos
que resultamos. ¿Me permite defender mi causa como si fuera mi propio abogado,
o mejor dicho, como la pobre mujer que soy? Y espero que luego nos deje irnos a
casa, ahorrándonos la vergüenza de la denuncia.
»Cuando yo era joven conocí al señor Beaurain precisamente
en este pueblo, un domingo. Él trabajaba en una mercería y yo era empleada en
un taller de confección. Lo recuerdo como si fuera ayer. Yo venía a pasar de
vez en cuando los domingos aquí con una amiga mía, Rose Levêque, con quien
vivía en la rue Pigalle. Rose tenía un enamorado, y yo no. Fue él quien nos
trajo aquí. Un sábado, me anunció, entre risas, que se traería a un compañero
al día siguiente. Yo entendí perfectamente cuáles eran sus intenciones; pero
respondí que era inútil. Yo era una persona sensata, señor.
»Al día siguiente, pues, pasamos a recoger por la estación
al señor Beaurain. En esa época era un joven bien parecido. Pero yo estaba
decidida a no ceder, y no cedí en absoluto.
»Llegamos a Bézons. Hacía un día espléndido, uno de esos
que te cosquillean el corazón. Y yo, cuando hace buen tiempo, hoy como ayer, me
pongo tierna, y cuando estoy en el campo pierdo la cabeza. ¡El verdor, los
pájaros que cantan, los trigos que se mecen al viento, las golondrinas que
vuelan tan rápido, el olor de la hierba, las amapolas, las margaritas, todo eso
me vuelve loca! ¡Es como el champán cuando no se está acostumbrado!
»Así pues, hacía un tiempo magnífico, agradable y claro,
que a una le entra en el cuerpo por los ojos al mirar y por la boca al
respirar. ¡Rose y Simon se besaban a cada minuto! Verles me producía un cierto
efecto. Beaurain y yo caminábamos detrás de ellos, sin hablar. Cuando la gente
no se conoce, no sabe qué decirse. Ese muchacho parecía muy tímido, y me
gustaba verle azorado. Llegamos al bosquecillo. Se estaba tan fresco allí como
en un baño, y nos sentamos todos en la hierba. Rose y su amigo bromeaban conmigo
por mi cara seria; como comprenderá usted, no podía ser de otro modo. Y he aquí
que se ponen de nuevo a darse besos sin preocuparles que estuviéramos nosotros
presentes; y a continuación se dicen algo muy bajito, se levantan y se pierden
entre el follaje sin decir ni pío. Figúrese cómo me sentía yo delante de aquel
joven al que veía por primera vez. Estaba tan turbada al verles irse de ese
modo, que ello me infundió valor y me puse a hablar. Le pregunté a qué se
dedicaba: era empleado en una mercería, como le he dicho antes. Hablamos un
poco y ello le volvió atrevido, tanto que quiso tomarse confianzas, pero yo le
puse en su sitio sin cumplidos. ¿O no es así, señor Beaurain?
El señor Beaurain, que se miraba los pies, avergonzado, no
respondió.
Ella prosiguió:
—Entonces el chico comprendió que yo era prudente, y se
puso a hacerme la corte caballerosamente, como una persona decente. A partir de
ese día volvió a venir todos los domingos. Él estaba muy enamorado de mí,
señor. Y también yo le quería mucho, pero ¡que muchísimo!, pues era un buen
mozo, en otros tiempos.
»En resumidas cuentas, me casé con él en septiembre y
abrimos nuestro negocio en la rue des Martyrs.
»Durante unos años fue duro, señor. El negocio no
marchaba; y no nos podíamos permitir hacer salidas al campo. Y luego perdimos
la costumbre de hacerlo. Teníamos otras cosas en la cabeza; en el mundo del
comercio, piensa uno más en la caja que en las florecillas. Fuimos
envejeciendo, poco a poco, sin darnos cuenta, como la gente de vida tranquila
que no piensa ya en absoluto en el amor. No se echa algo de menos hasta que no
se da cuenta uno de que le falta.
»¡Y luego, señor, nos fue yendo mejor el negocio y nos
tranquilizamos respecto al futuro! Mire, entonces no sé muy bien qué me pasó
por dentro, no, ¡la verdad, no lo sé!
»Sí, me puse a soñar de nuevo como una colegiala. El ver
los carritos de flores de los que tiran por las calles me hacía asomar las
lágrimas a los ojos. ¡El olor de las violetas llegaba hasta mi asiento detrás
de la caja y me hacía latir el corazón! Entonces me levantaba y me acercaba a
la puerta de la calle para mirar el azul del cielo entre los tejados. Cuando se
contempla el cielo en una calle, éste toma el aspecto de un río, de un largo
río que desciende serpenteando sobre París; y las golondrinas lo atraviesan
como si fueran peces. ¡Todo esto son auténticas tonterías a mi edad! ¿Qué
quiere, señor? Cuando se ha trabajado toda la vida, llega un momento en que te
das cuenta de que hubieras podido hacer otra cosa, y, entonces, sientes
añoranza, ¡oh, sí, sientes añoranza! Piense que, durante veinte años, habría
podido ir en busca de besos a los bosques, como todas las demás mujeres. Yo
pensaba en lo bonito que era estarse tumbada bajo los árboles con alguien que
te quiere. Y pensaba en ello día y noche, soñaba con claros de luna sobre las
aguas hasta sentir ganas de ahogarme.
»Al principio, no me atrevía a decirle nada de todo eso al
señor Beaurain. ¡Sabía perfectamente que él se burlaría de mí y que me mandaría
a vender agujas e hilo! Y además, para decir la verdad, el señor Beaurain ya no
me decía gran cosa; pero, cuando yo me miraba al espejo, comprendía que tampoco
yo le decía ya nada a nadie.
»Así pues, me decidí y le propuse una salida al campo para
ir al lugar donde nos habíamos conocido. Él aceptó sin ninguna desconfianza y
hemos llegado, esta mañana, hacia las nueve.
»Al meterme entre los trigales me he sentido totalmente
trastornada. ¡El corazón de las mujeres no envejece jamás! ¡Y, la verdad, no
veía a mi marido tal como es ahora, sino como era en otro tiempo! Se lo juro,
señor. Es la pura verdad, estaba embriagada. Me he puesto a besarle; él estaba
más asombrado que si hubiera querido asesinarle. Me repetía:“Pero te has vuelto
loca. Esta mañana te has vuelto completamente loca. Pero ¿qué te pasa…?”. Pero
yo no le hacía caso, no escuchaba más que a mi corazón. Y le he hecho entrar en
el bosque… ¡Y eso es todo!…, lo que le he contado es la verdad, señor alcalde,
la pura verdad.
El alcalde era un hombre agudo. Se levantó, sonrió y dijo:
—Puede irse tranquila, señora, y no peque más… bajo el
follaje.
UNA FAMILIA*
Iba a volver ver a mi amigo Simon Radevin, a quien no veía
desde hacía quince años.
En otro tiempo era mi mejor amigo, mi amigo del alma,
aquel con el que se pasan largas veladas tranquilas y alegres, a quien se hacen
las confidencias más íntimas, a quien se expresan, en agradable charla, las
ideas extravagantes, sutiles, ingeniosas, delicadas, nacidas de la afinidad que
excita el espíritu y le hace sentir a sus anchas.
Durante muchos años no nos habíamos separado casi nunca.
Habíamos vivido, viajado, soñado, fantaseado juntos, amando las mismas cosas
con el mismo amor, admirando los mismos libros, estudiando las mismas obras,
vibrando con las mismas sensaciones y riéndonos de las mismas personas tan a
menudo, que nos entendíamos a la perfección con una simple mirada.
Luego él se casó. Se casó de buenas a primeras con una
jovencita de provincias llegada a París a la caza de marido. ¿Cómo se las había
ingeniado aquella joven rubia, flaca, con unas manos feas, unos ojos claros e
inexpresivos, una voz sin calor humano y de boba, parecida a otras cien mil
muñecas en edad de merecer, para pescar a ese muchacho inteligente y fino? Son
cosas incomprensibles. Él había esperado encontrar sin duda la felicidad, la
felicidad sencilla, dulce y larga entre los brazos de una buena mujer, cariñosa
y fiel; y había entrevisto todo ello en la mirada transparente de esa pilluela
de pálidos cabellos.
No se le había ocurrido pensar que el hombre activo,
animado y vibrante se cansa de todo apenas se da cuenta de lo estúpida que es
la realidad, a menos que se embrutezca hasta el punto de no entender ya nada.
¿Cómo le encontraría? ¿Siempre animoso, ingenioso, risueño
y entusiasta, o bien adormecido por la vida de provincias? ¡Un hombre puede
cambiar en quince años!
El tren se detuvo en un apeadero. Cuando bajé del vagón,
un hombre gordo, gordísimo, de mejillas coloradas, panza redonda, se precipitó
hacia mí con los brazos abiertos, exclamando: «Georges». Yo le abracé, pero no
le había reconocido. Luego murmuré, estupefacto: «Caramba, no has adelgazado».
Él respondió entre risas: «¿Qué quieres? ¡La buena vida! ¡La buena mesa! ¡Los
felices sueños! ¡Comer y dormir, ésta es mi vida!».
Yo le contemplaba, tratando de encontrar en esa cara
abultada los rasgos queridos. Sólo sus ojos no habían cambiado; pero no
reconocía ya su mirada y me decía: «Si es cierto que la mirada es el reflejo
del pensamiento, el pensamiento de esta cabeza ya no es el de otros tiempos, el
que yo conocía tan bien».
Sin embargo, sus ojos brillaban de alegría y de amistad;
pero no tenían ya esa lucidez que expresa, tanto como la palabra, la valía de
un espíritu.
De repente, Simon me dijo:
—Mira, aquí tienes a mis dos hijos mayores.
Una jovencita de catorce años, hecha casi una mujer, y un
muchacho de trece, vestido de colegial, avanzaron con aire tímido y azarado.
Yo murmuré:
—¿Son tuyos?
Él respondió entre risas:
—Pues sí.
—¿Cuántos tienes?
—¡Cinco! ¡Los otros tres se han quedado en casa!
Lo había dicho con un aire de orgullo, contento, casi
triunfante; y yo me sentía dominado por una profunda compasión, mezclada de un
vago desprecio, hacia ese reproductor orgulloso e ingenuo que se pasaba las
noches haciendo hijos entre un sueño y otro, en su casa de provincias, como un
conejo en su jaula.
Subí a un coche que conducía él mismo y atravesamos la
ciudad, una ciudad triste, soñolienta y aburrida, sin nada de vida en las
calles, salvo algún que otro perro y dos o tres criadas. De vez en cuando, un
tendero, en su puerta, se quitaba el sombrero; Simon devolvía el saludo y me
decía cómo se llamaba para demostrarme sin duda que conocía a todos los
habitantes por su nombre. Se me ocurrió pensar que se proponía presentarse a
diputado, ese sueño de todos los enterrados en provincias.
Atravesamos deprisa la ciudad y el coche entró en un
jardín con pretensiones de parque, luego se detuvo delante de una casa con unas
torrecillas que trataba de pasar por un castillo.
—Éste es mi agujero —dijo Simon para obtener un cumplido.
Yo respondí:
—Es delicioso.
En la escalinata, apareció una dama, engalanada para la
visita, tocada para la visita, con el repertorio de frases hechas para la
visita. Ya no era la mocita rubia y sosa que había visto en la iglesia quince
años atrás, sino una rolliza señora emperifollada y con rizos, una de esas
damas sin edad, sin carácter, sin elegancia, sin ingenio, sin nada de cuanto
constituye una mujer. Era una madre, en fin, una obesa madre banal, la
ponedora, la yegua de vientre humana, la máquina de carne que procrea sin otra
inquietud espiritual que sus hijos y su libro de cocina.
Me daba la bienvenida y entré en el vestíbulo donde tres
mocosos alineados por orden de estatura parecían puestos allí para pasar
revista como los bomberos delante del alcalde.
Dije:
—¡Ajá, ajá!, ¿así que éstos son los otros?
Simon, radiante, los nombró:
—Jean, Sophie y Gontran.
La puerta del salón estaba abierta. Entré y vi arrellanado
en un sillón algo que temblaba, un hombre, un anciano temblón.
La señora Radevin se adelantó:
—Es mi abuelo, señor. Tiene ochenta y siete años.
Luego exclamó al oído del anciano trepidante:
—Es un amigo de Simon, papá.
El abuelo hizo un esfuerzo para desearme los buenos días y
dijo en una especie de vagido: «Ua, ua, ua», agitando su mano. Yo respondí: «Es
usted muy amable, señor», y me dejé caer en una silla.
Simon acababa de entrar; reía:
—¡Ja, ja! Has conocido al abuelo. Este viejo es impagable;
es la distracción de los niños. Es tan glotón, amigo mío, que casi está a punto
de espicharla cada vez que come. No te puedes hacer una idea de lo que se
comería si se le diera carta blanca. Pero ya verás, ya verás. Les guiña el ojo
a los dulces como si de señoritas se tratara. Te aseguro que no has visto nunca
nada más divertido, ya verás dentro de un rato…
Me llevaron a mi habitación para que me aseara, pues era
ya casi la hora de la cena. En la escalera oí un gran ruido de pasos y me di la
vuelta. Todos los niños me seguían en procesión, detrás de su padre, sin duda
para hacerme los honores.
Mi habitación daba al llano, un llano sin fin, totalmente
desnudo, un océano de hierba, de trigo y de avena, sin un sotillo ni una
colina, imagen sobrecogedora y triste de la vida que debía de llevarse en
aquella casa.
Sonó una campanilla. Avisaba de que era la hora de la
cena. Bajé.
La señora Radevin me cogió del brazo con un aire
ceremonioso y pasamos al comedor. Un criado empujaba el sillón del anciano,
que, apenas colocado delante de su plato, paseó una mirada ávida y de
curiosidad por los postres, moviendo con esfuerzo la cabeza temblona de un
plato a otro.
Entonces Simon se frotó las manos:
—Te divertirás —me dijo.
Y todos los niños, comprendiendo que iban a ofrecerme el
espectáculo del abuelo glotón, rompieron a reír al unísono, mientras su madre
se limitaba a sonreír con un encogimiento de hombros.
Radevin se puso a vociferarle al anciano haciendo bocina
con las manos:
—Esta noche tenemos arroz con leche.
La cara arrugada del abuelo se iluminó y tembló más
fuerte, de arriba abajo, para indicar que había comprendido y que estaba
contento.
Dio comienzo la cena.
—Tú observa —murmuró Simon.
Al abuelo no le gustaba la sopa y se negaba a tomársela.
Se le forzaba a hacerlo por su salud; y el criado le hundía a la fuerza en la
boca la cuchara llena mientras él soplaba con energía para no tragarse el
caldo, que era espurreado así sobre la mesa y sobre las personas que tenía a
los lados.
Los nietos se retorcían de risa, mientras su padre, muy
contento, repetía:
—¿No tiene gracia este viejo?
Y durante toda la cena no se ocuparon sino de él. Él se
comía con los ojos los platos puestos sobre la mesa; y con su mano locamente
agitada trataba de cogerlos y de acercárselos. Se los ponían casi a su alcance
para ver sus inútiles esfuerzos, su impulso temblequeante hacia ellos, la
atracción desolada de todo su ser, de su mirada, de su boca, de su nariz que
los olía. Y babeaba de las ganas en su servilleta mientras lanzaba gruñidos
inarticulados. Y toda la familia se alegraba de este suplicio odioso y grotesco.
Luego le servían en su plato una pequeña porción, que él
se zampaba con febril glotonería para que le pusieran enseguida otra.
Cuando llegó al arroz con leche, sufrió casi una
convulsión. Gemía de deseo.
Gontran le gritó:
—Ha comido usted ya demasiado, así que no le vamos a dar
postre.
Y fingieron no servírselo.
Entonces él rompió a llorar. Lloraba temblando más que
antes, mientras todos los niños se reían.
Por fin le dieron su parte, una porción pequeñísima, y él,
tras engullir el primer bocado, dejó escapar de su garganta un cómico ruido de
avidez e hizo un movimiento con el cuello semejante al de un pato cuando se
traga un pedazo demasiado grande.
Cuando se lo hubo terminado, se puso a patalear para que
le sirvieran más.
Compadecido ante la tortura de aquel Tántalo entristecedor
y ridículo, imploré por él:
—Vamos, dale un poco más de arroz con leche.
Simon respondió:
—Oh, no, amigo, si comiera demasiado a su edad, podría
sentarle mal.
Yo me callé ante aquella frase. ¡Qué moral, qué lógica,
qué sabiduría! ¡A su edad! Le privaban del único placer que le quedaba, ¡por
razones de salud! ¡La salud! ¿De qué le servía a aquella ruina humana inerte y
temblorosa? Alargaban sus días, ¿no se dice así? ¿Sus días? ¿Cuántos días,
diez, veinte, cincuenta o cien? ¿Para qué? ¿Por él o por conservar en la
familia durante más tiempo el espectáculo de aquella impotente glotonería?
Ya no tenía nada que hacer en la vida, nada. Sólo le
quedaba un deseo, una única alegría. ¿Por qué no dársela toda esa postrera
alegría, dársela hasta que se muriera?
Luego, tras una larga partida de cartas, subí a la
habitación para acostarme; ¡estaba triste, triste, triste!
Me asomé a la ventana. No se oía nada, salvo el
ligerísimo, delicioso, bellísimo gorjeo de un pájaro en un árbol, en alguna
parte. Ese pájaro debía de cantar así, en voz baja, en la noche, para acunar a
su hembra dormida sobre sus huevos.
Y pensé en los cinco hijos de mi pobre amigo, que debía de
estar roncando ahora al lado del coco de su mujer.
EL ALBERGUE*
Como todas las hospederías de madera que se encuentran en
los Hautes-Alpes, al pie de los glaciares, en esos rocosos y desnudos pasadizos
que cortan las blancas cimas de las montañas, el albergue de Schwarenbach sirve
de refugio a los viajeros que siguen el paso de la Gemmi.
Permanece abierto durante seis meses, habitado por la
familia de Jean Hauser; luego, cuando se acumulan las nieves, llenando el valle
y haciendo impracticable el descenso a Loëche, las mujeres, el padre y los tres
hijos se marchan, y dejan para guardar la casa al viejo guía Gaspard Hari con
el joven guía Ulrich Kunsi, y Sam, el perrazo montañés.
Los dos hombres y el animal permanecen hasta la primavera
en esa cárcel de nieve, sin tener ante los ojos más que la inmensa y blanca
pendiente del Balmhorn, rodeados de cumbres pálidas y brillantes, encerrados,
bloqueados, enterrados bajo la nieve que asciende en torno a ellos, envuelve,
aprisiona, aplasta la casita, se amontona sobre la techumbre, llega hasta las
ventanas y tapia la puerta.
Aquél era el día en que la familia Hauser iba a regresar a
Loëche, pues tenían el invierno encima y el descenso se volvía peligroso.
Tres mulos partieron por delante, cargados de hatos de
ropa y de equipajes y conducidos por los tres hijos. Luego la madre, Jeanne
Hauser, y su hija Louise se montaron en el cuarto mulo, y se pusieron a su vez
en camino.
El padre les seguía acompañado de dos guardas que tenían
que escoltar a la familia hasta lo alto de la pendiente.
Primero bordearon la laguna, helada ahora al fondo de la
gran hondonada de rocas que se extiende delante del albergue, luego siguieron
el valle blanco como una sábana y dominado por todas partes por las cumbres
nevadas.
Inundaba el sol aquel albo desierto refulgente y helado,
encendiéndolo de una llama cegadora y fría; ningún signo de vida aparecía en
aquel océano montañoso; ningún movimiento en aquella inmensa soledad; ningún
ruido que turbara el profundo silencio.
Poco a poco, el joven guía Ulrich Kunsi, un suizo alto de
esbeltas piernas, dejó atrás a Hauser padre y al viejo Gaspard Hari para
alcanzar al mulo que llevaba a las dos mujeres.
La más joven le miraba llegar, parecía llamarle con su
triste mirada. Era una joven campesina rubia, cuyas mejillas lechosas y pálidos
cabellos parecían descoloridos por su larga permanencia en medio de los hielos.
Una vez que hubo alcanzado a la bestia que la llevaba,
apoyó una mano sobre la grupa y demoró el paso. La madre se puso a hablar con
él, enumerando con infinitos detalles todas las recomendaciones que había que
tener en cuenta en la hibernación. Era la primera vez que se quedaba allá
arriba, mientras que el viejo Hari había pasado ya catorce inviernos bajo la
nieve en el albergue de Schwarenbach.
Ulrich Kunsi escuchaba, sin dar la impresión de entender,
y miraba sin cesar a la muchacha. De vez en cuando respondía: «Sí, señora
Hauser». Pero parecía ausente y su sereno rostro permanecía impasible.
Llegaron al lago de Daube, cuya vasta superficie helada se
extendía, totalmente llana, al fondo del valle. A la derecha, el Daubenhorn
mostraba sus negras rocas que se alzaban verticales al lado de las enormes
morrenas del glaciar de Lœmmern que dominaba el Wildstrubel.
Cuando se acercaban al puerto de la Gemmi, donde comienza
la bajada a Loëche, descubrieron de repente el inmenso horizonte de los Alpes
del Valais, de los que los separaba el profundo y amplio valle del Ródano.
Había, a lo lejos, una multitud de blancas cumbres,
desiguales, chatas o puntiagudas y relucientes bajo el sol: el Mischabel, con
sus dos cuernos, el imponente macizo del Wissehorn, el amazacotado
Brunnegghorn, la alta y temible pirámide del Cervin, ese asesino de hombres, y
el Dent-Blanche, esa monstruosa coqueta.
Luego, por debajo de ellos, en un inmenso pozo, al fondo
de una sima pavorosa, vieron Loëche, cuyas casas parecían granitos de arena
arrojados en esa grieta enorme que limita y cierra la Gemmi, y que se abre,
allí abajo, al Ródano.
El mulo se detuvo al borde del sendero que va,
serpenteando con continuas vueltas y revueltas, fantástico y maravilloso, a lo
largo de la montaña cortada a pico, hasta ese pueblecito casi invisible, a su
pie. Las mujeres saltaron a la nieve.
Los dos viejos les habían dado alcance.
—Vamos —dijo Hauser padre—, adiós y ánimo, hasta el año
que viene, amigos.
Gaspard Hari repitió:
—Hasta el año que viene.
Se abrazaron. Luego la señora Hauser presentó, a su vez,
las mejillas; y la muchacha hizo otro tanto.
Cuando le llegó la vez a Ulrich Kunsi, murmuró al oído de
Louise:
—No olvidéis a los de ahí arriba.
Ella respondió un «no» tan quedo que él lo intuyó sin
oírlo.
—Bueno, adiós —repitió Jean Hauser— y cuidaos mucho.
Y, pasando por delante de las mujeres, inició el descenso.
No tardaron en desaparecer los tres en el primer recodo
del camino.
Y los dos hombres iniciaron el regreso hacia el albergue
de Schawarenbach.
Caminaban despacio, cuesta tras cuesta, sin decirse nada.
Se había acabado, se quedarían solos, cara a cara, cuatro o cinco meses.
Luego Gaspard Hari se puso a contar su vida durante el
invierno anterior. Se había quedado con Michel Canol, demasiado mayor ya para
empezar de nuevo, pues durante esa larga soledad puede producirse algún
accidente. No se habían aburrido, por lo demás; todo consistía en verle el lado
bueno desde el primer día; y uno terminaba por inventarse distracciones,
juegos, muchos pasatiempos.
Ulrich Kunsi le escuchaba, con la mirada gacha, siguiendo
en su imaginación a los que descendían hacia el pueblo por todas las
recortaduras de la Gemmi.
No tardaron en divisar el albergue, apenas visible, tan
diminuto, un punto negro al pie de la monstruosa ola de nieve.
Cuando abrieron, Sam, el perrazo de rizada pelambre, se
puso a dar saltos en torno a ellos.
—Vamos, hijo —dijo el viejo Gaspard—, ahora ya no tenemos
a las mujeres y hay que preparar la cena, así que pela tú las patatas.
Y los dos, sentándose en unos taburetes de madera,
comenzaron a echar caldo a las sopas.
La mañana del día siguiente le pareció larga a Ulrich
Kunsi. El viejo Hari fumaba y escupía dentro del hogar, mientras el joven
miraba por la ventana la deslumbrante montaña que había enfrente de la casa.
Salió por la tarde y, rehaciendo el trayecto de la
víspera, buscaba en el suelo el rastro de los cascos del mulo que había llevado
a las dos mujeres. Luego, tras llegar al puerto de la Gemmi, se tumbó boca
abajo al borde del abismo y contempló Loëche.
No estaba aún el pueblo, en su pozo rocoso, sepultado por
la nieve, por más que estuviera ya muy cerca, pero detenida en seco por los
bosques de abetos que protegían los alrededores. Sus casas bajas parecían,
desde allí arriba, piedras en un prado.
La joven de los Hauser se encontraba, en aquel momento, en
una de esas casas grises. ¿Cuál? Ulrich Kunsi estaba demasiado lejos para
distinguir unas de otras. ¡Cuánto le hubiera gustado bajar mientras ello era
aún posible!
Pero el sol había desaparecido ya tras la gran cima del
Wildstrubel; y el joven regresó. Gaspard Hari estaba fumando. Al ver de vuelta
a su compañero, le propuso jugar una partida a las cartas; y se sentaron uno
enfrente del otro a ambos lados de la mesa.
Jugaron largo rato a un sencillo juego llamado la brisca,
y luego, tras haber cenado, se acostaron.
Los días siguientes fueron parecidos al primero, claros y
fríos, sin nieve nueva. El viejo Gaspard se pasaba las tardes observando las
águilas y las raras aves que se aventuran por aquellas cimas heladas, mientras
que Ulrich volvía habitualmente al puerto de la Gemmi para contemplar el
pueblo. Luego jugaban a las cartas, a los dados, al dominó, ganaban y perdían
pequeños objetos para dar aliciente a la partida.
Una mañana, Hari, tras levantarse el primero, llamó a su
compañero. Una blanca nube algodonosa, movediza, enorme y ligera, se abatía
sobre ellos, en torno a ellos, sin ruido, los sepultaba poco a poco bajo un
tupido y sordo colchón de espuma. Ello duró cuatro días y cuatro noches. Fue
preciso liberar puerta y ventanas, abrir un pasillo y hacer unos escalones para
salir de entre aquel polvo de hielo que doce horas de helada había vuelto más
duro que el granito de las morrenas.
Entonces vivieron como prisioneros, sin aventurarse ya
casi nunca fuera de su morada. Se habían repartido las tareas domésticas que
cumplían regularmente. Ulrich Kunsi se ocupaba de la limpieza, de la colada, de
todos los cuidados y de todos los trabajos de saneamiento. Era también quien
cortaba la leña, mientras que Gaspard Hari se encargaba de la cocina y mantenía
vivo el fuego. Sus labores, regulares y monótonas, se veían interrumpidas por
las largas partidas de cartas o de dados. Nunca se peleaban, eran los dos
tranquilos y plácidos. Tampoco nunca mostraban impaciencia, mal humor, ni
soltaban palabras agrias, pues habían hecho provisión de resignación para esa
hibernación en las cumbres.
A veces, el viejo Gaspard cogía su rifle y se iba en busca
de gamuzas; mataba alguna de tanto en tanto. Había entonces fiesta en el
albergue de Schwarenbach y un gran festín de carne fresca.
Una mañana, partió así. El termómetro del exterior marcaba
dieciocho grados bajo cero. No había salido aún el sol, el cazador esperaba
sorprender a los animales en las inmediaciones del Wildstrubel.
Tras quedarse solo, Ulrich permaneció acostado hasta las
diez. Era un dormilón nato; pero no se hubiera atrevido a entregarse de aquel
modo a su inclinación en presencia del viejo guía siempre muy activo y
madrugador.
Desayunó sin prisas con Sam, que pasaba también sus días y
sus noches dormitando delante del fuego; luego se sintió triste, incluso
asustado de la soledad, y dominado por la necesidad de la diaria partida de
cartas, como se está dominado por el deseo de un hábito invencible.
Entonces salió para ir al encuentro de su compañero, que
tenía que regresar a las cuatro.
La nieve había nivelado todo el profundo valle, colmando
las grietas, borrando los dos lagos, acolchando las rocas, formando, entre las
altísimas cimas, una vastísima cuenca blanca regular, deslumbrante y helada.
Hacía tres semanas que Ulrich no había vuelto al borde del
abismo desde donde contemplaba el pueblo. Quiso volver allí antes de subir las
pendientes que llevaban al Wildstrubel. Ahora también Loëche estaba bajo la
nieve y resultaban ya irreconocibles las casas, enterradas bajo el pálido
manto.
Luego, torciendo a la derecha, llegó al glaciar de
Lœmmern. Caminaba con su paso largo de montañero, golpeando con su bastón
herrado la nieve tan dura como la piedra. Y buscaba con su mirada penetrante el
puntito negro y móvil, a lo lejos, sobre aquel inmenso manto.
Cuando estuvo al borde del glaciar, se detuvo,
preguntándose si el viejo había tomado ese camino; luego echó a andar a lo
largo de las morrenas con paso más rápido y más inquieto.
Disminuía la luz; la nieve se volvía rosácea; soplaba un
viento seco y helado en bruscas ráfagas sobre su superficie de cristal. Ulrich
lanzó un grito de llamada agudo, vibrante, prolongado. La voz voló en el
silencio sepulcral en que dormían las montañas; corrió a lo lejos, sobre las
olas inmóviles y profundas de algodón helado, como un grito de ave sobre las
olas del mar; luego se apagó y nadie le respondió.
Echó a andar de nuevo. El sol se había puesto, allá lejos,
tras las cimas que los reflejos del cielo empurpuraban aún; pero las
profundidades del valle se tornaban grises. Y el joven tuvo de repente miedo.
Le pareció que el silencio, el frío, la soledad, la muerte invernal de esos
montes penetraban en él, iban a detener y helar su sangre, a enrigidecer sus
miembros, a hacer de él un ser inmóvil y helado. Y echó a correr, huyendo hacia
su morada. El viejo, pensaba, habría vuelto durante su ausencia. Debía de haber
tomado otro camino; estaría sentado delante del fuego con una gamuza muerta a
sus pies.
No tardó en ver el albergue. No salía nada de humo de él.
Ulrich corrió más rápido, abrió la puerta. Sam se precipitó hacia él para
hacerle fiestas, pero Gaspard Hari no había vuelto.
Espantado, Kunsi daba vueltas sobre sí mismo, como
esperando descubrir a su compañero escondido en algún rincón. Luego encendió el
fuego e hizo las sopas, esperando en todo momento ver volver al anciano.
De vez en cuando, salía para mirar si aparecía. Había
caído la noche, la noche macilenta de las montañas, la noche pálida, la noche
lívida que iluminaba, al borde del horizonte, una media luna amarilla y fina
presta a desaparecer tras las cumbres.
Luego el joven volvía adentro, se sentaba, se calentaba
los pies y las manos pensando en los posibles accidentes.
Gaspard había podido romperse una pierna, caer en un hoyo,
dar un paso en falso que le habría torcido el tobillo. Y permanecería tendido
en la nieve, apresado, rígido por el frío, el alma llena de angustia, perdido,
pidiendo quizá auxilio a gritos, llamando con toda la fuerza de su garganta en
medio del silencio de la noche.
Pero ¿dónde? La montaña era tan vasta, tan escabrosa, tan
peligrosa en los alrededores, sobre todo en esa estación, que habrían hecho
falta diez o veinte guías y caminar durante ocho días en todas direcciones para
dar con un hombre en esa inmensidad.
Ulrich Kunsi, sin embargo, se decidió a partir con Sam si
Gaspard Hari no volvía entre medianoche y la una de la mañana.
E hizo los preparativos.
Metió víveres para dos días en una alforja, cogió sus
botas con crampones, enrolló en torno a su cintura una larga cuerda, delgada y
resistente, comprobó el estado de su bastón alpino y del pico que sirve para
hacer escalones en el hielo. Luego esperó. El fuego ardía en el hogar; el
perrazo roncaba ante la claridad de la llama; el reloj latía como un corazón
con sus golpes regulares en su caja de madera sonora.
Esperaba, aguzando el oído a los ruidos lejanos,
estremeciéndose cuando un ligero viento rozaba la techumbre y los muros.
Cuando el reloj dejó oír el tintineo de la una, se puso en
pie, despertó a Sam, abrió la puerta y marchó en dirección al Wildstrubel.
Durante cinco horas, subió, escalando rocas con la ayuda de sus crampones,
cortando el hielo, avanzando siempre y a veces jalando, con el cabo de su
cuerda, al perro que había quedado abajo de una escarpadura demasiado empinada.
Serían en torno a las seis cuando alcanzó una de las cumbres adonde el viejo
Gaspard iba a menudo en busca de gamuzas.
Y esperó a que se hiciera de día.
El cielo palidecía sobre su cabeza; y de repente un
extraño resplandor, surgido de quién sabe dónde, iluminó de súbito el inmenso
océano de las cimas pálidas que se extendían a cien leguas en torno a él. Se
hubiera dicho que aquella vaga claridad surgía de la nieve misma para
expandirse por el espacio. Las cumbres lejanas más altas se volvieron todas
poco a poco de un rosa suave como el de la carne, y el rojo sol apareció detrás
de los pesados gigantes de los Alpes berneses.
Ulrich Kunsi reanudó su camino. Iba como un cazador,
encorvado, observando los rastros, diciéndole a su perro:
—Busca, gordinflón, busca.
Ahora volvía a bajar la montaña, escrutando con la mirada
las simas y a veces llamando, lanzando un grito prolongado, que no tardaba en
morir en la muda inmensidad. Entonces pegaba el oído al suelo para escuchar;
creía distinguir una voz, echaba a correr, llamaba de nuevo, no oía ya nada y
se sentaba, agotado, desesperado. Hacia mediodía, desayunó y dio de comer a
Sam, que estaba tan cansado como él. Luego reanudó su búsqueda.
Cuando llegó la tarde, aún seguía caminando, tras haber
recorrido cincuenta kilómetros de montaña. Como se encontraba demasiado lejos
de su casa para regresar a ella, y demasiado fatigado para seguir andando por
más tiempo, abrió un hoyo en la nieve y se acurrucó dentro de él con su perro,
bajo una manta que se había traído. Y se acostaron el uno contra el otro,
hombre y animal, calentando mutuamente sus cuerpos, pero, no obstante, helados
hasta los tuétanos.
Ulrich apenas si durmió, la mente asaltada por visiones,
los miembros recorridos por escalofríos.
Se estaba haciendo de día cuando se levantó. Tenía las
piernas rígidas como barras de hierro, la moral baja como para gritar de
angustia, el corazón palpitándole casi hasta el punto de hacerle desvanecerse
de la emoción apenas le parecía que oía un ruido cualquiera.
De repente pensó que también él moriría de frío en aquella
soledad, y el miedo a una muerte semejante, acicateando su energía, despertó su
vigor.
Ahora descendía hacia el albergue, cayendo, levantándose,
seguido de lejos por Sam, que cojeaba sobre tres patas.
No llegaron a Schwarenbach hasta las cuatro de la tarde.
La casa estaba vacía. El joven encendió el fuego, comió y se durmió, tan
agotado que no pensaba ya en nada.
Durmió largas horas con un sueño invencible. Pero de
repente una voz, un grito, un nombre: «Ulrich», sacudió su profundo sopor y le
hizo levantarse. ¿Había soñado? ¿Era una de esas extrañas llamadas que cruzan
por los sueños de las almas inquietas? No, oía aún ese grito vibrante, que
había penetrado en su oído y se había quedado en su carne hasta en la yema de
sus dedos nerviosos. Sin duda, habían gritado; habían llamado: «¡Ulrich!».
Había alguien allí, cerca de la casa. No cabía duda. Abrió, pues, la puerta y
gritó: «¿Eres tú, Gaspard?» con toda la potencia de su garganta.
Nadie respondió; ningún sonido, ningún murmullo, ningún
gemido, nada. Era de noche. La nieve estaba muy pálida.
Se había levantado viento, el viento helado que quiebra
las piedras y no deja nada vivo en esas alturas abandonadas. Pasaba con bruscos
soplos más desecadores y mortales que el viento de fuego del desierto. Ulrich
gritó de nuevo:
—¡Gaspard! ¡Gaspard! ¡Gaspard!
Luego esperó. ¡Todo permaneció mudo en la montaña!
Entonces, el espanto le hizo estremecerse hasta los huesos. Entró de un salto
en el albergue, cerró la puerta y echó el cerrojo; luego cayó tiritando sobre
una silla, convencido de que acababa de ser llamado por su compañero en el
momento en que entregaba su espíritu.
Estaba seguro de ello, como se está seguro de estar vivo o
de comer pan. El viejo Gaspard Hari había agonizado durante dos días y tres
noches en alguna parte, en un hoyo, en una de esas profundas barrancas
inmaculadas cuya blancura es más siniestra que las tinieblas de los sótanos.
Había agonizado durante dos días y tres noches, y acababa de morir hacía poco
pensando en su compañero. Y su alma, apenas liberada, había volado hacia el
albergue donde Ulrich dormía, y le había llamado merced a esa facultad misteriosa
y terrible que poseen las almas de los muertos de perseguir a los vivos. Había
gritado, esa alma sin voz, en el alma abrumada del durmiente; había gritado su
último adiós, o su reproche, o su maldición sobre el hombre que no le había
buscado lo bastante.
Y Ulrich la notaba allí cerca, detrás del muro, detrás de
la puerta que acababa de cerrar. Rodaba, como un ave nocturna que roza con su
plumaje una ventana iluminada; y el joven extraviado estaba a punto de aullar
de horror. Quería escapar y no se atrevía a salir; no se atrevía y ya no se
atrevería, pues el fantasma permanecería allí, día y noche, en torno al
albergue, mientras el cuerpo del viejo guía no fuera reencontrado y descansara
en la tierra bendecida de un cementerio.
Se hizo de día y Kunsi recuperó un poco de seguridad con
el retorno luminoso del sol. Se preparó su comida, hizo unas sopas para el
perro y a continuación se quedó sentado en una silla, inmóvil, el corazón
torturado, pensando en el viejo tendido en la nieve.
Luego, en cuanto la noche cubrió la montaña con sus
sombras, le asaltaron nuevos terrores. Ahora andaba por la cocina oscura,
apenas iluminada por la llama de una candela, andaba de un extremo al otro de
la estancia, a grandes pasos, escuchando, escuchando si el grito espantoso de
la noche pasada se escucharía de nuevo en el silencio lúgubre del exterior. ¡Y
se sentía solo, el pobre miserable, como hombre alguno lo ha estado jamás!
¡Estaba solo en ese inmenso desierto de nieve, solo a dos mil metros por encima
de la tierra habitada, por encima de toda morada humana, por encima de la vida
que se agita, murmura y palpita, solo bajo el cielo helado! Le dominaban unas
ganas locas de largarse donde fuera y como fuera, de bajar a Loëche arrojándose
al abismo; pero ni siquiera se atrevía a abrir la puerta, convencido de que el
otro, el muerto, le impediría el paso, para no quedarse tampoco él solo allá
arriba.
Hacia medianoche, cansado de andar, abrumado de angustia y
de miedo, se amodorró finalmente en una silla, pues temía su cama como se teme
un lugar encantado.
Y de repente el grito estridente de la noche pasada le
desgarró los oídos, tan sobreagudo que Ulrich extendió los brazos para rechazar
al aparecido y cayó de espaldas con su asiento.
Sam, despertado por el ruido, se puso a aullar como aúllan
los perros espantados, y daba vueltas por la habitación buscando de dónde venía
el peligro. Al llegar cerca de la puerta, olfateó por debajo, resoplando y
aspirando con fuerza, la pelambre erizada, el rabo derecho y gruñendo.
Kunsi, despavorido, se había levantado y, sujetando por
una pata su silla, exclamó: «No entres, no entres, no entres o te mato». Y el
perro, excitado por esta amenaza, ladraba furioso contra el enemigo invisible
que desafiaba la voz de su amo.
Poco a poco, Sam se calmó y volvió a extenderse cerca del
hogar, pero permanecía inquieto, la cabeza levantada, los ojos relucientes y
gañendo entre sus patas.
Ulrich, a su vez, recobró la razón, pero como se sentía
desfallecer de terror, fue a buscar una botella de aguardiente en el aparador,
y se tomó, una tras otra, varias copas. Sus ideas se volvían vagas; su valor se
hacía más firme; una fiebre de fuego corría por sus venas.
Apenas si probó bocado al día siguiente, limitándose a
tomar alcohol. Y durante varios días seguidos vivió en un estado continuo de
embriaguez, como un bruto. Apenas volvía a su mente el pensamiento de Gaspard
Hari, empezaba a beber de nuevo hasta el momento en que se caía al suelo,
abatido por la borrachera. Y allí se quedaba, con la cara contra el suelo,
borracho perdido, los miembros molidos, roncando, de bruces. Pero apenas había
digerido el líquido enloquecedor y abrasador, cuando el grito siempre el mismo
«¡Ulrich!» le despertaba como una bala que atravesara su cráneo; y se
enderezaba tambaleándose aún, extendiendo las manos para no caer, llamando en
su ayuda a Sam. Y el perro, que parecía estar volviéndose loco como su amo, se
precipitaba contra la puerta, la arañaba con sus uñas, la roía con sus largos
colmillos blancos, mientras el joven, con el cuello doblado y la cabeza echada
hacia atrás, se mandaba al coleto a grandes sorbos, como si fuera agua fresca
tras una carrera, el aguardiente que no tardaría en volver a adormecer su
mente, sus recuerdos y su miedo loco.
En tres semanas dio buena cuenta de toda su provisión de
alcohol. Pero esta borrachera continua no hacía sino amodorrar su espanto, que
se despertó más furioso tan pronto como le fue imposible calmarlo. Entonces la
idea fija, exasperada durante un mes de embriaguez, y creciendo sin cesar en la
absoluta soledad, se hundía en él a la manera de una barrena. Y ahora andaba
por su morada igual que una bestia por su jaula, pegando el oído a la puerta
para escuchar si el otro estaba allí y desafiándole a través de la pared.
Luego, en cuanto se amodorraba, vencido por la fatiga, oía
la voz que le hacía ponerse en pie de un salto.
Una noche, por fin, como los cobardes en las situaciones
límites, se precipitó hacia la puerta y la abrió para ver al que le llamaba y
obligarle a callarse.
Recibió en pleno rostro un aire frío que le heló hasta los
tuétanos, volvió a cerrar la hoja y echó el cerrojo, sin ver que Sam se había
lanzado afuera. Luego, temblando, echó leña al fuego y se sentó delante para
calentarse, pero de repente se estremeció, porque alguien arañaba la pared
llorando.
Gritó despavorido: «Vete». Le respondió un lamento,
prolongado y doliente.
Entonces lo que le quedaba de razón sucumbió ante el
pavor. Repetía «Vete» girando sobre sí mismo para dar con un rincón en el que
esconderse. El otro, llorando en todo momento, pasaba a lo largo de la casa
frotándose contra el muro. Ulrich se lanzó hacia el aparador de roble lleno de
vajilla y de provisiones, y, levantándolo con una fuerza sobrehumana, lo
arrastró hasta la puerta para hacer con él una barricada. Luego, amontonando
uno sobre otro todos los muebles, los colchones, los somieres, las sillas, clausuró
la ventana como se hace cuando asedia el enemigo.
Pero el del exterior lanzaba ahora grandes gemidos
lúgubres a los que el joven se puso a responder mediante gemidos parecidos.
Y pasaron días y noches sin que dejaran de aullar uno y
otro. El uno daba vueltas sin cesar alrededor de la casa y hurgaba con tal
fuerza al pie de la pared con sus uñas que parecía querer demolerla; el otro,
dentro, seguía todos sus movimientos, encorvado, el oído pegado contra la
piedra, y respondía a todas sus llamadas con gritos espantosos.
Una tarde, Ulrich no oyó ya nada; y se sentó tan roto de
cansancio que no tardó en dormirse.
Se despertó sin un recuerdo, sin un pensamiento, como si
toda su cabeza se hubiera vaciado durante ese sueño extenuado. Tenía hambre y
comió.
Había terminado el invierno. El paso de la Gemmi resultaba
practicable de nuevo; y la familia Hauser se puso en camino para volver a su
albergue.
Tan pronto como hubieron alcanzado la parte alta de la
subida, las mujeres se montaron en su mulo y se pusieron a hablar de los dos
hombres con los que iban a reencontrarse dentro de poco.
Estaban extrañadas de que uno de ellos no hubiera bajado
algunos días antes, tan pronto como el camino se había vuelto practicable, para
dar noticias de su larga hibernación.
Por fin divisaron el albergue cubierto y acolchado aún de
nieve. La puerta y la ventana estaban cerradas; un humillo salía del tejado, lo
cual tranquilizó a Hauser padre. Pero, al acercarse, vio en el umbral un
esqueleto de animal despedazado por las águilas, un gran esqueleto que yacía de
costado.
Todos lo examinaron.
—Debe de ser Sam —dijo la madre. Y llamó—: Eh, Gaspard.
Un grito respondió en el interior, un grito agudo, que se
hubiera dicho lanzado por una bestia. Hauser padre repitió:
—Eh, Gaspard.
Se dejó oír otro grito semejante al primero.
Entonces, los tres hombres, el padre y los dos hijos,
trataron de abrir la puerta. Ésta resistió. Cogieron del establo vacío una
larga viga a modo de ariete y la lanzaron con gran ímpetu. La madera crujió,
cedió, las tablas volaron hechas pedazos; luego un gran ruido estremeció la
casa y vieron dentro, detrás del aparador derribado, a un hombre de pie, con
unos cabellos que le llegaban hasta los hombros, una barba hasta el pecho, unos
ojos brillantes y unos harapos sobre el cuerpo.
No le reconocían, pero Louise Hauser exclamó:
—Es Ulrich, mamá.
Y la madre comprobó que era Ulrich, aunque sus cabellos
fueran blancos.
Él les dejó acercarse; se dejó tocar; pero no respondió
nada a las preguntas que le hicieron; y hubo que llevarle a Loëche, donde los
médicos constataron que se había vuelto loco.
Y nadie supo jamás qué se había hecho de su compañero.
La joven Hauser estuvo a punto de morir ese verano de una
enfermedad de languidez que atribuyeron al frío de la montaña.
EL MARQUÉS DE FUMEROL*
Roger de Tourneville, en medio del corro de sus amigos,
hablaba, a horcajadas de una silla, sosteniendo un cigarro en la mano, y, de
vez en cuando, aspiraba y soplaba una pequeña nube de humo.
*
… Estábamos a la mesa cuando trajeron una carta. Papá la
abrió. Ya conocen ustedes perfectamente a papá, que está convencido de hacer
las veces del rey en Francia. Yo le llamo don Quijote, porque durante doce años
ha luchado contra los molinos de viento de la República sin saber si lo hacía
en nombre de los Borbones o de los Orleans. Actualmente sólo rompe una lanza
por los Orleans, pues ya no existen más que ellos.1 En cualquier caso, papá se
cree el primer gentilhombre de Francia, el más conocido, el más influyente,
considera a los reyes de los países de nuestro entorno como tronos poco
seguros.
En cuanto a mamá, es el alma de papá, es el alma de la
monarquía y de la religión, el brazo derecho de Dios en la tierra y el azote de
los malpensantes.
Así pues, trajeron una carta mientras estábamos en la
mesa. Papá la abrió y la leyó; luego miró a mamá y le dijo: «Tu hermano está in
articulo mortis». Mamá palideció. Casi nunca se hablaba de mi tío en casa. Yo
no le conocía en absoluto. Solamente sabía por la vox pópuli que había llevado
y llevaba una vida de juerguista. Tras haberse comido su fortuna con un número
incalculable de mujeres, no había conservado más que dos amantes, con las que
vivía en un pisito de la rue des Martyrs.
Antiguo par de Francia, ex coronel de caballería, no
creía, según se decía, ni en Dios ni en el diablo. Dudando, pues, de la vida
futura, había abusado, bajo todas sus formas, de la vida presente; y se había
convertido en la llaga viva del corazón de mamá.
Ella dijo:
«Deme esa carta, Paul».
Cuando ella hubo terminado de leerla, se la pedí a mi vez.
Decía lo siguiente:
Señor conde: Creo que es mi deber hacerle saber que su
hermano el marqués de Fumerol va a morir. Tal vez desee usted tomar algunas
disposiciones, y no olvide que le he avisado.
Su segura servidora,
Mélanie
Papá murmuró:
«Hay que pensar en lo que conviene hacer. En mi situación,
debo ir a velar los últimos momentos de su hermano».
Mamá prosiguió:
«Mandaré llamar al reverendo Poivron y le pediré consejo.
Luego iré a ver a mi hermano con el reverendo y Roger. Usted, Paul, quédese
aquí. No debe comprometerse. Estas cosas puede y debe hacerlas una mujer. Pero
para un político en su situación es otra cosa. Pues a un adversario le sería
fácil utilizar en su contra su acción más meritoria».
«Tiene razón —dijo mi padre—. Actúe según su inspiración,
querida.»
Un cuarto de hora después, el reverendo Poivron entraba en
el salón, y se le expuso la situación, que se analizó y se discutió desde todos
los puntos de vista.
Si el marqués de Fumerol, uno de los grandes nombres de
Francia, moría sin el auxilio de la religión, el golpe sería seguramente
tremendo para la nobleza en general y para el conde de Tourneville en
particular. Los librepensadores triunfarían. Los malvados periódicos cantarían
victoria durante seis meses; el nombre de mi madre se vería enlodado por la
prosa de los diarios socialistas; el de mi padre mancillado. No se podía
permitir que ocurriera algo semejante.
Así pues, se decidió inmediatamente una cruzada que sería
capitaneada por el reverendo Poivron, un cura menudo, gordo y pulcro, vagamente
perfumado, un verdadero vicario de parroquia grande en un barrio noble y rico.
Se enganchó un landó y partimos los tres, mamá, el párroco
y yo, para administrar los sacramentos a mi tío.
Se había decidido que veríamos primero a la señora
Mélanie, quien había escrito la carta y que debía de ser la portera o la
sirvienta de mi tío.
Me apeé en calidad de explorador delante de una casa, de
siete plantas, y entré en un pasillo oscuro donde me costó encontrar el agujero
oscuro del portero. Ese hombre me miró de arriba abajo con desconfianza.
Pregunté:
«¿La señora Mélanie, por favor?».
«¡No la conozco!»
«Pero si he recibido una carta suya.»
«Es posible, pero yo no la conozco. ¿Pregunta usted por
una mantenida?»
«No, probablemente una criada. Me escribió para una
colocación.»
«¿Una criada?… ¿Una criada?… Puede ser la del marqués.
Vaya a ver, quinto piso a la izquierda.»
Dado que no preguntaba por una mantenida, se había vuelto
más amable y me acompañó hasta el pasillo. Era un larguirucho con unas patillas
blancas, aire de bedel y gestos majestuosos.
Subí a toda prisa por una larga escalera de caracol
polvorienta cuyo pasamano no me atrevía a tocar y llamé con tres golpes
discretos a la puerta de la izquierda del quinto piso.
Se abrió enseguida; y me encontré delante a una mujer
desaliñada, enorme, impidiéndome el paso con sus brazos abiertos que se
apoyaban en las dos jambas.
Gruñó:
«¿Por quién pregunta?».
«¿Es usted la señora Mélanie?»
«Sí.»
«Soy el vizconde de Tourneville.»
«Ah, bien. Entre.»
«Es que… mamá está abajo con un sacerdote.»
«Ah, bien… Vaya a buscarles. Pero tenga cuidado con el
portero.»
Bajé y volví a subir con mamá, a quien seguía el
reverendo. Me pareció que oía otros pasos detrás de nosotros.
En cuanto estuvimos en la cocina, Mélanie nos ofreció unas
sillas y nos sentamos los cuatro para deliberar.
«¿Está mal?», preguntó mamá.
«Oh, sí, señora, no durará mucho.»
«¿Cree que está dispuesto a recibir la visita de un
sacerdote?»
«Oh…, no creo.»
«¿Puedo verle?»
«Pues… sí…, señora…, sólo que…, sólo que… hay unas
señoritas con él.»
«¿Qué señoritas?»
«Pues…, pues… sus amiguitas.»
«¡Ah!»
Mamá se había puesto como la grana.
El reverendo Poivron había bajado los ojos.
La situación comenzaba a divertirme y dije:
«¿Y si entro yo primero? Veré cómo me recibe y tal vez
pueda preparar su corazón».
Mamá, que no captó la malicia, respondió:
«Sí, hijo mío.»
Pero se abrió una puerta en alguna parte y una voz, una
voz de mujer, exclamó:
«¡Mélanie!».
La gordinflona criada se precipitó y respondió:
«¿Qué necesita, señorita Claire?».
«La tortilla, rápido.»
«En un minuto, señorita.»
Y, volviendo a donde estábamos nosotros, dio una
explicación a esa llamada:
«Es una tortilla de queso que me encargaron para las dos
como colación».
E inmediatamente rompió los huevos dentro de un cuenco y
se puso a batir con energía.
Yo salí a la escalera y tiré de la campanilla a fin de
anunciar mi llegada oficial.
Mélanie me abrió, me hizo tomar asiento en una antesala,
fue a decirle a mi tío que estaba allí y luego regresó para rogarme que
entrara.
El padre se escondió detrás de la puerta para aparecer a
la primera seña.
No cabe duda de que me llevé una sorpresa al ver a mi tío.
Ese viejo vividor era muy apuesto, muy solemne, muy elegante.
Sentado, casi acostado en un gran sillón, con las piernas
envueltas en una manta, las manos, unas largas manos pálidas, colgantes sobre
los brazos del asiento, esperaba la muerte con una dignidad bíblica. Su barba
blanca caía sobre su pecho, y sus cabellos, también totalmente blancos, le
llegaban a las mejillas.
De pie, detrás de su sillón, como para defenderle contra
mí, dos jóvenes, dos gordas jóvenes, me miraban con los ojos de mirada atrevida
de las mujerzuelas. En falda y bata, los brazos desnudos, con unos cabellos
negros que les caían de cualquier modo sobre la nuca, calzadas con babuchas
orientales con bordados de oro que dejaban ver los tobillos y las medias de
seda, tenían el aspecto, junto a aquel moribundo, de las figuras inmorales de
una pintura simbólica. Entre el sillón y la cama, una mesita cubierta con un
mantel, con dos platos, dos vasos, dos tenedores y dos cuchillos, esperaba la
tortilla de queso encargada hacía un rato a Mélanie.
Mi tío dijo con una voz débil, sin aliento, pero clara:
«Buenos días, hijo mío. Es tarde para venir a verme. No
nos conoceremos por mucho tiempo».
Balbucí:
«Tío, no es por culpa mía…»
Respondió:
«No. Lo sé. Es por culpa de tu padre y de tu madre más que
tuya… ¿Cómo están?».
«No están mal, gracias. Cuando han sabido que estaba
enfermo, me han mandado para tener noticias de usted.»
«¡Ah! ¿Por qué no han venido también ellos?»
Yo levanté los ojos hacia las dos muchachas y dije bajito:
«No es culpa suya el que no hayan podido venir, tío. Pero
sería difícil para mi padre e imposible para mi madre entrar aquí…».
El anciano no respondió nada, pero levantó su mano hacia
la mía. Yo cogí esa mano pálida y fría y la mantuve en la mía.
Se abrió la puerta: entró Mélanie con la tortilla y la
dejó sobre la mesa. Las dos mujeres se sentaron enseguida delante de sus platos
y se pusieron a comer sin apartar los ojos de mí.
Dije:
«Tío, sería una gran alegría para mi madre darle un
abrazo».
Murmuró:
«También a mí… me gustaría…».
Y se calló. No encontraba nada que proponerle, y ya no oía
más que el ruido de los tenedores sobre la porcelana y ese vago movimiento de
las bocas que mastican.
Ahora bien, el reverendo, que escuchaba detrás de la
puerta, viendo nuestro embarazo y creyendo ganada la partida, juzgó llegado el
momento de intervenir, y se mostró.
Mi tío se quedó tan estupefacto por esta aparición que
permaneció primero inmóvil; luego abrió la boca como si quisiera tragarse al
cura; a continuación gritó con voz fuerte, profunda y furiosa:
«¿Qué viene a hacer usted aquí?».
El reverendo, acostumbrado a las situaciones difíciles,
seguía avanzando mientras murmuraba:
«Vengo de parte de su hermana, señor marqués. Es ella
quien me manda… Se sentiría tan dichosa, señor marqués…».
Pero el marqués no escuchaba. Alzando una mano que
señalaba la puerta con un gesto trágico y soberbio, decía irritado, jadeando:
«¡Salga de aquí…, salga de aquí…, ladrón de almas!… ¡Salga
de aquí, violador de conciencias!… ¡Salga de aquí, forzador de puertas de
moribundos!».
Y el reverendo retrocedía, y también yo lo hacía en
dirección a la puerta, batiéndome en retirada con mi clérigo; y, vengadas, las
dos jovencitas se habían levantado, dejando su tortilla a medio comer, y se
habían colocado a ambos lados del sillón de mi tío, posando sus manos sobre sus
brazos para calmarle, para protegerle contra las empresas criminales de la
Familia y de la Religión.
El reverendo y yo nos reunimos con mamá en la cocina. Y
Mélanie de nuevo nos ofreció unas sillas.
«Sabía perfectamente que no sería fácil —decía—. Hay que
pensar en otra cosa, de lo contrario se nos escapará de las manos.»
Y empezamos a deliberar de nuevo. Mamá era de una opinión,
el reverendo de otra. Yo proponía otra cosa.
Departíamos en voz baja desde hacía quizá una media hora
cuando un gran ruido de muebles removidos y de gritos lanzados por mi tío,
todavía más vehementes y terribles que los primeros, nos hicieron levantar a
los cuatro.
Escuchamos a través de las puertas y los tabiques:
«Fuera de aquí…, fuera de aquí…, patanes…, groseros…,
fuera de aquí bribones…, fuera…, fuera».
Mélanie acudió corriendo, luego regresó enseguida para
pedirme ayuda. Yo acudí. Delante de mi tío levantado por la cólera, casi de pie
y vociferando, dos hombres, uno detrás del otro, parecían esperar que se
muriera del ataque de furia.
En su larga levita ridícula, en sus largos zapatos
ingleses, en su aire de maestro de escuela sin empleo, en su cuello recto y en
su corbata blanca, en sus cabellos lisos, en su semblante humilde de falso
sacerdote de una religión bastarda, reconocí enseguida en el primero a un
pastor protestante.
El segundo era el portero de la casa, que, seguidor del
culto reformado, había venido detrás de nosotros, había asistido a nuestra
derrota y corrido a llamar a su pastor con la esperanza de tener más suerte.
¡Mi tío parecía loco de la rabia! Si el ver al sacerdote
católico, al sacerdote de sus antepasados, había irritado al marqués de Fumerol
vuelto librepensador, el aspecto del pastor de su portero le había sacado
completamente de sus casillas.
Yo cogí del brazo a los dos hombres y los eché fuera tan
bruscamente que se abrazaron con violencia dos veces seguidas al pasar por las
dos puertas que conducían a la escalera.
Luego desaparecí a mi vez y volví a la cocina, nuestro
cuartel general, a fin de recibir consejo de mi madre y del reverendo.
Pero Mélanie, espantada, volvió a entrar gimiendo:
«Se muere…, se muere…, vengan rápido…, se muere…».
Mi madre salió corriendo. Mi tío se había caído al suelo,
cuan largo era sobre el parqué, y ya no se movía. Creo que estaba ya muerto.
¡Mamá estuvo soberbia en ese momento! Se fue directa hacia
las dos mujerzuelas arrodilladas junto al cuerpo y que trataban de levantarle.
Y, señalándoles la puerta con una autoridad, una dignidad y una majestad
irresistibles, dijo:
«Ahora os corresponde salir a vosotras».
Y ellas salieron, sin protestar, sin decir una palabra.
Hay que añadir que yo me disponía a expulsarlas con la misma energía que al
pastor y al portero.
Entonces el reverendo Poivron administró los sacramentos a
mi tío con todas las oraciones de rigor, y le absolvió de sus pecados.
Mamá sollozaba, prosternada cerca de su hermano.
De pronto exclamó:
«Me ha reconocido. Me ha apretado la mano. ¡Estoy segura
de que me ha reconocido… y que me ha dado las gracias! ¡Oh, Dios mío! ¡Qué
alegría!».
¡Pobre mamá! ¡Si hubiera comprendido o adivinado a quién y
a qué debía ir dirigido ese agradecimiento!
Acostaron al tío en su cama. Estaba muerto de verdad esta
vez.
«Señora —dijo Mélanie—, no tenemos sábanas para
enterrarlo. Toda la ropa de cama pertenece a esas señoritas.»
Yo miré la tortilla que ellas no habían terminado de
comerse, y tenía ganas de llorar y de reír a un tiempo. ¡En la vida hay, a
veces, momentos y sensaciones graciosos de verdad!
Ahora bien, organizamos a mi tío un funeral magnífico, con
cinco discursos en la tumba. El senador y barón de Croisselles probó, en
palabras admirables, que Dios siempre logra la victoria en las almas de raza
que se han extraviado momentáneamente. Todos los miembros del partido
monárquico y católico seguían el cortejo con un entusiasmo de triunfadores,
hablando de esa hermosa muerte tras una vida un tanto turbulenta.
*
El vizconde Roger se había callado. La gente reía a su
alrededor. Alguien dijo:
—¡Bah! Ésta es la historia de todas las conversiones in
extremis.
EL APARCERO*
El barón René du Treilles me había dicho:
—¿Quiere venir conmigo al levantamiento de la veda en mi
finca de Marinville? Me encantaría que lo hiciera, amigo. Por otra parte, estoy
completamente solo. La caza es de un acceso tan difícil y la casa donde paso la
noche tan primitiva que no puedo invitar más que a los amigos muy íntimos.
Acepté.
Partimos, pues, el sábado en tren, tomando la línea férrea
de Normandía. Nos apeamos en la estación de Alvimare, y el barón René,
señalándome una galera enganchada a un asustadizo caballo, sujeto por un alto
campesino de blancos cabellos, me dijo:
—Aquí tiene nuestro carruaje, amigo.
El hombre le dio la mano a su amo, y el barón se la
estrechó con fuerza al tiempo que preguntaba:
—¿Qué?, compadre Lebrument, ¿cómo anda todo?
—Como siempre, señor barón.
Montamos en esa especie de gallinero suspendido y sacudido
sobre dos enormes ruedas. Y el joven caballo, tras una violenta reparada,
partió al galope haciéndonos saltar por los aires como balas, y cada recaída en
el asiento de madera me hacía un daño horrible.
El campesino repetía con su voz calma y monótona:
—Vamos, vamos, tranquilo, Moutard, tranquilo.
Pero Moutard no hacía ningún caso y daba saltos como un
cabrito.
Nuestros dos perros, detrás de nosotros, en la parte vacía
de la caja, se habían enderezado y olisqueaban el aire de los llanos por los
que cruzaba el olor de la caza.
El barón miraba a lo lejos, con ojos tristes, la gran
campiña normanda, ondulante y melancólica, semejante a un inmenso parque
inglés, a un parque desmesurado, donde los patios de las alquerías rodeados de
dos o cuatro hileras de árboles, con manzanos achaparrados que vuelven
invisibles las casas, dibujan hasta donde se pierde la vista unas perspectivas
de sotos, de bosquecillos y de macizos que persiguen los jardineros artistas al
diseñar las propiedades principescas. Y René du Treilles murmuró de repente:
—Me gusta esta tierra; aquí tengo mis raíces.
Era un normando de pura cepa, alto y fornido, un poco
panzón, de la vieja casta de los aventureros que iban a fundar reinos en las
riberas de todos los océanos. Tenía unos cincuenta años, diez años menos quizá
que el aparcero que nos llevaba. Éste era un tipo flaco, un campesino que era
un costal de huesos cubiertos de piel sin carne, uno de esos hombres que viven
un siglo.
Tras dos horas de marcha por unos caminos pedregosos, a
través de aquella verde planicie siempre igual, la galera entró en uno de esos
patios con manzanos y se detuvo delante de un viejo edificio ruinoso en el que
una vieja sirvienta esperaba al lado de un mozo que cogió el caballo.
Entramos en la alquería. La cocina ahumada era alta y
espaciosa. Los objetos de cobre y las lozas brillaban, iluminados por los
reflejos del hogar. Un gato dormitaba sobre una silla; un perro dormía debajo
de la mesa. Olía, allí dentro, a leche, a manzana, a humo y a ese olor
innombrable de las viejas casas de campo, olor a suelo, a paredes, a muebles,
olor a viejas sopas derramadas, a viejos fregados y a viejos moradores, olor a
bestias y a personas mezcladas, a cosas y a seres, olor del tiempo, del tiempo
pasado.
Volví a echar un vistazo al patio. Éste era muy grande,
lleno de manzanos añosos, chaparros y retorcidos, y cubiertos de frutos, que
caían en la hierba, en derredor de ellos. En aquel patio, el aroma normando a
manzana era tan intenso como el de los naranjos floridos en las riberas del
Sur.
Cuatro ringleras de hayas rodeaban este recinto. Eran tan altas
que parecían alcanzar las nubes a esa hora del ocaso, y sus copas, por entre
las que pasaba el viento del atardecer, se agitaban y dejaban escapar un
lamento interminable y triste.
Volví adentro. El barón se estaba calentando los pies y
escuchaba a su aparcero hablar de las cosas del lugar. Hablaba de matrimonios,
de nacimientos, de muertos y luego de la baja de los precios de los cereales y
de las noticias relativas al ganado. La Veularde (una vaca comprada en Veules)
había tenido su becerro a mediados de junio. La producción de sidra no había
sido gran cosa el año anterior. Las manzanas reinetas continuaban
desapareciendo en la comarca.
Luego cenamos. Fue una buena cena campestre, sencilla y
abundante, larga y tranquila. Y, mientras duró la cena, observé la especie de
particular familiaridad amistosa que me había sorprendido de entrada entre el
barón y el campesino.
Fuera, las hayas seguían gimiendo bajo el empuje de las
ventoleras nocturnas, y nuestros dos perros, encerrados en un establo, plañían
y ladraban de un modo siniestro. El fuego se apagó en la gran chimenea. La
sirvienta había ido a acostarse. El compadre Lebrument dijo a su vez:
—Si me permite, señor barón, iré a acostarme. No tengo
costumbre de recogerme tarde.
El barón le dio la mano y le dijo:
—Vaya, amigo —con un tono tan cordial que le pregunté
cuando hubo desaparecido el hombre:
—Le es fiel ese aparcero, ¿no?
—Más que eso, amigo, es un drama, un viejo drama muy
sencillo y muy triste el que me une a él. Le contaré la historia…
*
Ya sabe usted que mi padre fue coronel de caballería.
Había tenido de ordenanza a este mozo, hoy un anciano, hijo de un aparcero.
Luego, al retirarse mi padre, tomó como criado a ese soldado que contaba unos
cuarenta años. Yo tenía treinta. Vivíamos entonces en nuestro castillo de
Valrenne, cerca de Caudebec-en-Caux.
En aquel tiempo, la doncella de mi madre era una de las
más bonitas que imaginarse pueda, rubia, espabilada, animosa, delgada, una
verdadera doncella, la antigua doncella hoy día desaparecida. Actualmente,
estas criaturas no tardan en convertirse en mujerzuelas. París, merced a los
ferrocarriles, las atrae, las llama, se apodera de ellas no bien florecen, esas
reales mozas que antaño seguían siendo simples sirvientas. Cualquier hombre de
paso, como en otro tiempo los sargentos reclutadores buscaban quien se
alistara, se las camela y corrompe, y no nos quedan ya como criadas más que los
desechos de la raza femenina, todo cuanto es tosco, vulgar, ordinario, deforme,
demasiado feo para la galantería.
Así pues, esta muchacha era encantadora, y yo la besaba
algunas veces en los rincones oscuros. Nada más; oh, nada más, se lo juro. Ella
era decente, por otra parte; y yo respetaba la casa de mamá, cosa que ya no
hacen los granujas de hoy día.
Ahora bien, sucedió que el ayuda de cámara de papá, el
antiguo veterano, el viejo aparcero que acaba usted de ver, se enamoró
perdidamente de esta muchacha, pero enamorado de una manera inconcebible. Al
principio, notaron que se olvidaba de todo, que no pensaba ya en nada.
Mi padre le repetía sin cesar:
«Vamos, Jean, pero ¿qué te pasa? ¿Estás enfermo?».
Él respondía:
«No, no, señor barón. No me pasa nada».
Adelgazó; luego rompió vasos mientras servía la mesa y
dejó caer platos. Pensaron que estaba aquejado de una enfermedad nerviosa y se
hizo venir al médico, que creyó observar los síntomas de una afección de la
médula espinal. Entonces mi padre, lleno de solicitud para con su servidor, se
decidió a mandarle a una casa de salud. El hombre, ante esta noticia, confesó.
Eligió una mañana mientras su amo se afeitaba y con voz
tímida dijo:
«Señor barón…».
«Sí, mozo.»
«Lo que yo necesitaría, ¿sabe?, no son medicamentos…»
«Ah, ¿qué, pues?»
«Casarme.»
Mi padre, estupefacto, se dio la vuelta:
«Pero ¿qué dices? ¿Qué dices?…, ¿eh?«
«Casarme.»
«¿Casarte? Entonces, ¿estás… enamorado…, pillo?»
«Así es, señor barón.»
Y mi padre rompió a reír con tal falta de moderación, que
mi madre gritó desde el otro lado de la pared:
«¿Qué te pasa, Gontran?».
Él respondió:
«Ven aquí, Catherine».
Y cuando ella hubo entrado, le contó, con los ojos
inundados de lágrimas de alegría, que el tontaina de su ayuda de cámara estaba
simplemente enfermo de amor.
En lugar de reír, mamá se enterneció.
«¿A quién quieres así, mozo?»
Él declaró sin vacilar:
«A Louise, señora baronesa».
Y mamá prosiguió con semblante serio:
«Vamos a tratar de arreglarlo del mejor modo posible».
Se llamó, pues, a Louise, que fue sondeada por mi madre; y
ella respondió que conocía perfectamente la pasión de Jean, que éste se le
había declarado varias veces, pero que ella no le quería. Se negó a decir el
porqué.
Y pasaron dos meses, durante los cuales papá y mamá no
dejaron de presionar a la muchacha para que se casara con Jean. Como ella
juraba que no amaba a ningún otro, no podía aducir ninguna razón seria en favor
de su negativa. Papá venció, finalmente, su resistencia gracias a un gran
regalo en dinero, y se acordó establecerlos, como aparceros, en las tierras en
que hoy nos encontramos. Dejaron el castillo, y no los volví a ver por espacio
de tres años.
Al cabo de tres años, supe que Louise había muerto del
pecho. Pero mi padre y mi madre murieron a su vez, y pasaron otros dos años sin
que volviera a ver a Jean.
Finalmente, un otoño, hacia finales de octubre, se me
ocurrió venir a cazar a esta propiedad, mantenida con esmero, y que mi aparcero
afirmaba era muy abundante en caza.
Llegué, pues, una tarde, una tarde de lluvia, a esta casa.
Me quedé estupefacto al encontrar al antiguo soldado de mi padre totalmente
canoso, por más que no tuviera más que cuarenta y cinco o cuarenta y seis años.
Le hice cenar enfrente de mí, en esta misma mesa donde nos
encontramos ahora. Llovía a cántaros. Se oía percutir el agua sobre el tejado,
los muros y los cristales, caer en forma de diluvio en el patio, y mi perro
ladraba en el establo, como hacen los nuestros esta noche.
De repente, después de que la sirvienta se hubiera ido a
acostarse, el hombre murmuró:
«Señor barón…».
«¿Qué, compadre Jean?»
«Tengo una cosa que decirle.»
«Di, Jean.»
«Es que es… difícil.»
«Habla igualmente.»
«Recordará usted a Louise, mi mujer.»
«Por supuesto que la recuerdo.»
«Pues bien, me encargó una cosa para usted.»
«¿Qué cosa?»
«Una…, una…, ¿cómo diría?, una confesión…»
«¡Ah!…, ¿el qué, pues?»
«Es…, es…, me gustaría no tener que decírselo a pesar de
todo…, pero tengo que hacerlo…, tengo que hacerlo…, en fin…, ella no murió de
mal de pecho…, sino…, sino… de disgusto… Eso es, ahora se lo explico mejor.
»Desde que vinimos aquí empezó a adelgazar; cambió,
después de seis meses estaba irreconocible, señor barón. Estaba como yo antes
de casarme con ella, sólo que a la inversa, completamente a la inversa.
»Llamé al médico. Éste dijo que ella estaba enferma del
hígado, que tenía una…, una hepatitis. Entonces yo compré medicamentos y más
medicamentos por valor de unos trescientos francos. Pero ella no quería
tomárselos, no quería en modo alguno; decía: “No vale la pena, mi pobre Jean.
No van a servir de nada”.
»Yo veía que tenía un mal dentro. En una ocasión me la
encontré llorando y no sabía qué hacer, no lo sabía. Le compré cofias,
vestidos, pomadas para el cabello, pendientes. No sirvió de nada. Comprendí que
iba a morir.
»Una noche de finales de noviembre, una noche en que
nevaba, en que ella no se había levantado de la cama durante todo el día, me
dijo que fuera a llamar al cura. Fui.
»Apenas hubo llegado, me dijo:“Jean, escucha”, me
dijo,“quiero hacerte una confesión. Te la debo. Escucha, Jean. Nunca te he
engañado, nunca. Ni antes ni después de casarnos, nunca. El señor cura aquí
presente puede decírtelo, él que conoce mi alma. Pues bien, escucha. Jean, si
yo me muero es porque no he podido consolarme de no seguir en el castillo…
porque… tenía…, sentía mucha amistad por el señor barón René. Mucha amistad,
quiero decir que nada más que amistad. Por esto me muero. Cuando dejé de verle,
sentí que me moría. De haber podido verle, no me habría muerto. Verle
solamente, nada más. Debes decírselo algún día, una vez que yo ya no esté.
Díselo. Júramelo…, júramelo… Jean, delante del señor cura. Es un consuelo saber
que un día lo sabrá, que habré muerto por esto… Sí…, júramelo…”.
»Se lo prometí, señor barón. Y he mantenido la palabra
dada.
Calló, con los ojos fijos en los míos.
¡Por Cristo bendito!, amigo, no puede hacerse una idea de
la conmoción que me produjo oír a ese pobre diablo, a cuya mujer yo había
matado sin saberlo, contármelo así, en esa noche de lluvia y en esta cocina.
Balbuceé:
«¡Mi pobre Jean!, ¡mi pobre Jean!».
Él murmuró:
«Así son las cosas, señor barón. No podemos hacer nada, ni
uno… ni otro… Eso es lo que sucedió…».
Yo le cogí las manos a través de la mesa y me eché a
llorar.
Él preguntó:
«¿Quiere venir a la tumba?».
Yo asentí con la cabeza, pues ya no podía hablar.
Él se levantó, encendió un farol, y partimos en medio de
la lluvia, cuyas gotas oblicuas, rápidas como flechas, iluminaba bruscamente
nuestra luz.
Abrió una puerta y vi unas cruces de madera negra.
Dijo de repente: «Ahí está», delante de una lápida de
mármol, y colocó encima su farol para que yo pudiera leer la inscripción:
A LOUISE HORTENSE MARINET
Esposa de Jean-François Lebrument
hacendado
FUE UNA FIEL ESPOSA. ¡QUE DIOS LA TENGA EN SU GLORIA!
Estábamos de rodillas en el barro, él y yo, con el farol
entre nosotros, y yo miraba cómo percutía la lluvia sobre el mármol blanco,
rebotaba en forma de polvillo de agua y luego chorreaba por los cuatro bordes
de la piedra impenetrable y fría. Y pensé en el corazón de la que había muerto.
¡Oh, pobre corazón!, ¡pobre corazón!…
*
Desde entonces, vuelvo aquí todos los años. Y, no sé por
qué, me siento turbado como un culpable delante de ese hombre que tiene siempre
el aire de perdonarme.
EL HORLA*
(Primera versión)
El doctor Marrande, el más ilustre y eminente de los
alienistas, les había rogado a tres de sus colegas y a cuatro sabios, que se
ocupaban de las ciencias naturales, que fueran a pasar una hora a la casa de
salud que él dirigía, porque quería que conocieran a uno de sus enfermos.
Tan pronto como sus amigos se hubieron reunido, les dijo:
—Voy a someterles el caso más extraño e inquietante con el
que me he topado nunca. Por otra parte, no tengo nada que decirles de mi
cliente. Él mismo les hablará.
Entonces el doctor llamó. Un criado hizo entrar a un
hombre. Era muy flaco, de una flaqueza cadavérica, como son flacos algunos
locos a los que corroe un pensamiento, pues el pensamiento enfermo devora la
carne del cuerpo más que la fiebre o la tisis.
Tras haber saludado y haber tomado asiento, dijo:
*
Señores, sé por qué están ustedes aquí reunidos, y estoy
dispuesto a contarles mi historia, como me lo ha pedido mi amigo el doctor
Marrande. Durante mucho tiempo, me tuvo por loco. Actualmente tiene sus dudas.
Dentro de un rato sabrán todos ustedes que tengo una mente tan sana, lúcida y
clarividente como las suyas, por desgracia para mí, para ustedes y para la
Humanidad entera.
Pero quisiera empezar por los propios hechos, simplemente
por los hechos. Éstos son:
Tengo cuarenta y dos años. No estoy casado, mi fortuna me
basta para vivir con un cierto lujo. Así pues, vivía en una propiedad a orillas
del Sena, en Biessard, cerca de Ruán. Me gusta la caza y la pesca. Ahora bien,
tenía detrás de mi casa, por encima de las grandes peñas que la dominaban, uno
de los bosques más bonitos de Francia, el de Roumare, y delante uno de los más
bellos ríos del mundo.
Mi casa es espaciosa, pintada exteriormente de blanco,
bonita, antigua, en medio de un gran jardín, lleno de espléndidos árboles, que
sube hasta el bosque, escalando las enormes peñas a las que me acabo de
referir.
Mi personal se compone, o mejor dicho, se componía de un
cochero, un jardinero, un ayuda de cámara, una cocinera y una costurera, que
era al propio tiempo una especie de mujer de servicio. Llevaban todos en mi
casa de diez a dieciséis años, me conocían, conocían la vivienda, el lugar y
todo lo referente a mi vida. Eran servidores buenos y pacíficos. Esto es
importante para lo que voy a contar.
Añadiré que el Sena, que bordea mi jardín, es navegable
hasta Ruán, como sin duda ya saben ustedes; y que todos los días veía pasar
grandes barcos de vela o de vapor, procedentes de todas partes del mundo.
Así pues, en el otoño del año pasado, empecé a sentir de
repente unos extraños e inexplicables malestares. Se iniciaron con una especie
de inquietud nerviosa que me tenía despierto durante noches enteras, un frenesí
que me hacía estremecerme al mínimo ruido. Mi humor se agrió. Sufría súbitos
ataques de cólera inexplicables. Llamé a un médico, que me prescribió bromuro
de potasio y tomar duchas.
Empecé, pues, a tomar duchas mañana y tarde, y a tomarme
también el bromuro. No tardé, en efecto, en dormir de nuevo, pero con un sueño
más terrible que el insomnio. Apenas me acostaba, cerraba los ojos y me quedaba
aniquilado. Sí, caía en la nada, en una nada absoluta, en una muerte del ser
entero del que me veía sacado brusca y horriblemente por la espantosa sensación
de un peso que me aplastaba el pecho y de una boca que me devoraba la vida,
sobre mi boca. ¡Oh! ¡Esas conmociones! No conozco nada más espantoso.
Imagínense un hombre que es asesinado mientras duerme, que
se despierta con un cuchillo en la garganta y que está, con los estertores de
la agonía, cubierto de sangre, y que ya no puede respirar, y que se va a morir,
y que no comprende lo que le pasa, ¡eso es!
Yo adelgazaba de manera inquietante, continua y de repente
me di cuenta de que mi cochero, que era muy gordo, comenzaba a enflaquecer
igual que yo.
Le pregunté finalmente:
«¿Qué le pasa, Jean? Está usted enfermo».
Él respondió:
«Creo que he contraído la misma enfermedad que el señor.
Mis noches hacen que mis días sean insoportables».
Pensé, pues, que había en la casa una calentura debida a
la cercanía del río e iba a irme para dos o tres meses, por más que estábamos
en plena temporada de caza, cuando un pequeño hecho muy extraño, observado por
casualidad, me llevó a una serie tal de descubrimientos increíbles,
fantásticos, aterradores, que me quedé.
Una noche que tenía sed, me tomé medio vaso de agua y
observé que mi botella, puesta sobre la cómoda enfrente de mi cama, estaba
llena hasta el tapón de cristal.
Durante la noche, tuve uno de esos despertares espantosos
a los que acabo de aludir. Encendí mi bujía, presa de una terrible angustia, y,
cuando quise beber de nuevo, me percaté con asombro de que mi botella estaba
vacía. No podía dar crédito a lo que veían mis ojos. O bien alguien había
entrado en mi habitación, o bien yo era un sonámbulo.
A la noche siguiente, quise hacer la misma prueba. Cerré,
pues, mi puerta con llave para estar seguro de que nadie podría entrar en mi
cuarto. Me dormí y me desperté como cada noche. Se habían bebido toda el agua
que yo había visto dos horas antes.
¿Quién se había bebido esa agua? Yo, sin duda, y sin
embargo creía estar seguro, absolutamente seguro, de no haberme movido durante
mi sueño profundo y doloroso.
Entonces recurrí a una astucia para convencerme de que no
era yo quien llevaba a cabo tales actos inconscientes. Puse una noche al lado
de la botella, una botella de viejo burdeos, una taza de leche que detesto y
unos pasteles de chocolate que me encantan.
El vino y los pasteles permanecieron intactos. La leche y
el agua habían desaparecido. Entonces, cada día, cambié el tipo de bebidas y de
alimentos. Nunca tocaron las cosas sólidas, compactas, y, en cuanto a los
líquidos, sólo se bebieron la leche fresca y sobre todo el agua.
Pero quedaba una acuciante duda en mi espíritu. ¿No podía
ser que yo me levantaba, sin tener conciencia de ello, e incluso me bebía lo
que detestaba porque mis sentidos, entorpecidos por el sueño de sonámbulo,
habían cambiado, habían perdido ciertas repulsiones y adquirido nuevos gustos?
Entonces recurrí a una nueva astucia contra mí mismo.
Envolví todos los objetos que era inevitable tocar con unas telas de muselina
blanca y los recubrí también con un lienzo de batista.
Luego, en el momento de meterme en la cama, me embadurné
las manos, los labios y los bigotes con grafito.
Al despertar, todos los objetos habían permanecido
inmaculados, si bien habían sido tocados porque el lienzo no estaba como yo la
había puesto y, además, se habían bebido la leche y el agua. Y, sin embargo, la
puerta, cerrada con una llave de seguridad, y mis postigos cerrados con cadenas
por una cuestión de prudencia, no habían podido dejar penetrar a nadie.
Entonces, me hice esta temible pregunta: ¿Quién estaba
allí, pues, todas las noches, cerca de mí?
Tengo la impresión, señores, de que les cuento todo esto
demasiado deprisa. Se sonríen ustedes, tienen formada ya su opinión: «Es un
loco». Hubiera tenido que describir largamente esa emoción de un hombre que,
encerrado en su casa, sano de mente, mira, a través del cristal de la botella,
un poco de agua desaparecida mientras dormía. Hubiera tenido que hacerles
comprender ese tormento, renovado cada noche y cada mañana, y ese invencible
sueño y esos despertares todavía más espantosos.
Pero continúo.
De repente, cesó el prodigio. Ya no tocaban nada en mi
habitación. La cosa se había acabado. Me sentía mejor, por lo demás. Estaba
recuperando la alegría cuando me enteré de que uno de mis vecinos, el señor
Legite, se encontraba exactamente en el estado en que yo mismo me había visto.
Creí de nuevo que había una especie de calentura en aquel lugar. Mi cochero me
había dejado desde hacía un mes, muy enfermo.
Había pasado el invierno, comenzaba la primavera. Ahora
bien, una mañana, mientras paseaba cerca de mi arriate de rosales, vi, vi
claramente romperse, muy cerca de mí, el tallo de una de las más bellas rosas
como si una mano invisible la hubiera cogido; luego la flor siguió la curva que
hubiera descrito un brazo llevándosela hacia una boca, y permaneció suspendida
en el aire diáfano, totalmente sola, inmóvil, espantosa, a tres pasos de mis
ojos.
Presa de una espantosa locura, me lancé sobre ella para
cogerla. No encontré nada. Había desaparecido. Entonces, me entró una ira
furiosa contra mí mismo. ¡No le está permitido a un hombre razonable y serio
tener semejantes alucinaciones!
Pero ¿era una alucinación? Busqué el tallo. Lo encontré
inmediatamente sobre el arbusto, acabado de romper, entre otras dos rosas que
habían permanecido en la rama; pues eran tres que yo había visto perfectamente.
Entonces volví a mi casa con el alma trastornada. Señores,
escúchenme, soy una persona tranquila; no creía en lo sobrenatural, y ni
siquiera creo hoy; pero, desde ese momento, estuve seguro, seguro como de que
hay día y hay noche, de que existía cerca de mí un ser invisible que me había
perseguido, luego me había dejado y que retornaba.
Un poco más tarde tuve la prueba de ello.
Empezaron a estallar entre mis criados furiosas disputas
por mil causas en apariencia fútiles, pero llenas de sentido para mí ahora.
Un jarrón, un bonito jarrón veneciano se rompió solo en el
aparador de mi comedor, en pleno día.
Mi ayuda de cámara acusó de ello a la cocinera, quien
acusó a su vez a la costurera, que acusó a no sé quién.
Unas puertas cerradas por la noche estaban abiertas por la
mañana. Robaban leche, cada noche, en la antecocina. ¡Ay!
¿Quién era? ¿De qué naturaleza? Una curiosidad irritada,
mezcla de cólera y de espanto, me mantenía día y noche en un estado de extrema
agitación.
Pero en la casa volvió a reinar la calma una vez más; y yo
creía de nuevo que no se trataba más que de sueños cuando pasó lo siguiente:
Fue el 20 de julio, a las nueve de la noche. Hacía mucho
calor; había dejado yo mi ventana abierta de par en par, mi lámpara encendida
sobre mi mesa, iluminando un libro de Musset abierto por la página de La noche
de mayo; y me había tumbado en un gran sillón en el que me dormí.
Ahora bien, tras haber dormido cerca de cuarenta minutos,
volví a abrir los ojos, sin moverme, despertado por no sé qué confusa y extraña
turbación. Primero no vi nada, pero luego me pareció de golpe que una página
del libro acababa de volverse sola. Por la ventana no había entrado ningún
soplo de aire. Me quedé sorprendido; y esperé. Al cabo de unos cuatro minutos,
vi, sí, vi, señores, con mis propios ojos que se levantaba otra página y caía
sobre la anterior como si la hubiera vuelto un dedo. Mi sillón parecía vacío,
pero comprendí que ¡él! estaba allí. De un bote me planté en el otro extremo de
la habitación para atraparle, para palparle, para estrecharle, si ello era
posible… Pero, antes de que yo le hubiera dado alcance, se derribó mi sillón
como si alguien hubiera huido; también mi lámpara se cayó y se apagó,
rompiéndose el cristal; y la ventana golpeó bruscamente, como si un ladrón la
hubiera empujado en su huida… ¡Ay!
Me lancé hacia el timbre y lo pulsé. Cuando apareció el
criado le dije:
«He derribado y roto todo. Tráigame otra luz».
No pegué ojo aquella noche. Y, sin embargo, podía haber
sido otra vez víctima de una ilusión. Al despertar los sentidos siguen todavía
alterados. ¿No había sido yo quien había derribado mi sillón y mi luz al
precipitarme como un loco?
¡No, no era yo! Tenía el pleno convencimiento de ello. Y,
sin embargo, quería creerlo.
Ahí estaba. ¡Él! ¿Cómo llamarle? El Invisible. No, no es
suficiente. Lo bauticé el Horla.1 ¿Por qué? No lo sé. Así pues, el Horla no me
dejaba un solo momento. Tenía día y noche la sensación, la certeza de la
presencia de ese inasible vecino, así como el convencimiento de que se adueñaba
de mi vida, hora tras hora, minuto tras minuto.
La imposibilidad de verle me irritaba y yo encendía todas
las luces de la habitación como si, multiplicando la claridad, pudiera
descubrirle.
Al final le vi.
No me creerán. Sin embargo, le vi.
Estaba yo sentado delante de un libro, el que fuere, sin
leer, pero acechando con todos mis sentidos sobreexcitados, espiándole a él, al
que sentía cerca. Sí, estaba allí. Pero ¿dónde? ¿Qué hacía? ¿Cómo echarle el
guante?
Enfrente de mí mi cama, una vieja cama de roble con
columnas. A la derecha, mi chimenea. A la izquierda, mi puerta que yo había
cerrado con cuidado. Detrás de mí, un gran armario de luna que me servía cada
día para afeitarme, para vestirme, en el que tenía la costumbre de mirarme de
pies a cabeza cada vez que pasaba por delante de él.
Así pues, fingía estar leyendo para engañarle, porque
también él me espiaba; y de hecho lo sentí, estaba seguro de que estaba leyendo
sobre mi espalda, rozándome el oído.
Me levanté, dándome la vuelta tan rápidamente que estuve a
punto de caerme. Pues bien… Se veía como en pleno día… ¡y yo no me vi en mi
espejo! Estaba vacío, claro, lleno de luz. Mi imagen no se veía en él… Y yo
estaba enfrente… ¡Veía la gran luna, cristalina de arriba abajo! Y yo miraba
aquello con ojos de loco, y no me atrevía a avanzar, notando perfectamente que
él se encontraba entre nosotros, él, y que se me escaparía de nuevo, pero que
su cuerpo imperceptible había absorbido mi reflejo.
¡Qué miedo pasé! Luego, he aquí que de golpe empecé a
percibirme envuelto en una bruma en el fondo del espejo, en una bruma vista
como a través de una capa de agua; y me parecía que aquella agua se desplazaba
lentamente de derecha a izquierda, volviendo más precisa mi imagen segundo tras
segundo. Era como el final de un eclipse. Lo que me ocultaba no parecía poseer
unos contornos claramente definidos, sino más bien una especie de transparencia
opaca que se iba aclarando poquito a poco.
Finalmente, pude verme por completo, como cada día cuando
me miro al espejo.
Lo había visto. Me quedó en el cuerpo un espanto que
todavía me produce escalofríos.
Al día siguiente estaba aquí, donde rogué que me
mantuvieran encerrado.
Concluyo ya, señores.
El doctor Marrande, tras haber dudado largamente, decidió
hacer solo un viaje a mi región.
Hoy, tres de mis vecinos están en afectados por lo mismo
que sufrí yo. ¿No es cierto?
El médico respondió:
—Lo es.
—Usted les aconsejó que dejaran cada noche en la
habitación leche y agua para ver si estos líquidos desaparecían. Ellos así lo
hicieron, ¿y no desaparecieron la leche y el agua como en mi caso?
El médico respondió con solemne gravedad:
—Desaparecieron.
Por tanto, señores, un Ser, un Ser nuevo acaba de aparecer
sobre la faz de la tierra, que en breve se multiplicará como lo hemos hecho
nosotros.
¡Ah, se sonríen! ¿Por qué? ¿Por qué este Ser es invisible?
Pero nuestros ojos, señores, son unos órganos tan elementales que a duras penas
si son capaces de distinguir lo que es indispensable a nuestra vida. Se les
escapa lo demasiado pequeño, se les escapa lo demasiado grande, se les escapa
lo demasiado lejano. Ignoran los miles de millones de seres que viven en una
gota de agua. Ignoran los habitantes, las plantas y el suelo de las estrellas
vecinas; no ven siquiera lo que es transparente.
Pónganles delante un cristal sin el estaño que hace que
sea un espejo y no lo verán, haciendo que nos golpeemos contra él como el
pájaro encerrado dentro de una casa se rompe la cabeza contra los cristales.
Por tanto, no ven los cuerpos sólidos y transparentes que existen; no ven el
aire del que nos alimentamos, no ven el viento que es la mayor fuerza de la
naturaleza, que derriba a los hombres, abate los edificios, arranca los árboles
de raíz, hace alzarse el mar en montañas de agua que destruyen los acantilados
de granito.
¿Qué tiene de extraño que no vean un cuerpo nuevo, a quien
falta sin duda la propiedad de ser opaco ante la luz?
¿Pueden ver la electricidad? ¡Y, sin embargo, existe!
Este ser, que he llamado el Horla, también existe.
¿Quién es? ¡El que la tierra espera después del hombre!
¡El que viene a destronarnos, a someternos, a sojuzgarnos, a alimentarse de
nosotros quizá, como nosotros nos alimentamos de los bueyes y de los jabalíes.
¡Desde hace siglos, se le presiente, se le teme y se le
anuncia! El miedo a lo Invisible persiguió siempre a nuestros padres.
Ha venido.
Todas las leyendas sobre las hadas, los gnomos, los
maléficos e inasibles pobladores del aire, hablaban de él, de él, presentido
por el hombre que tiembla ya de miedo.
¡Y todo cuanto ustedes mismos, señores, hacen desde hace
algunos años, lo que denominan el hipnotismo, la sugestión, el magnetismo, es a
él a quien anuncian, a quien profetizan!
Les digo que ha venido. Merodea inquieto también él igual
que los primeros hombres, ignorante aún de su fuerza y de su poder, de los que
no tardará en tener conciencia, demasiado pronto.
Y he aquí, señores, para terminar, un fragmento de
periódico que cayó en mis manos y que proviene de Río de Janeiro. Leo: «Una
especie de epidemia de locura parece hacer estragos desde hace algún tiempo en
la provincia de São Paulo. Los habitantes de varios pueblos han huido
abandonando sus tierras y sus casas, afirmando que son perseguidos y devorados
por unos vampiros invisibles que se nutren de su respiración mientras ellos
duermen y que sólo beben agua y a veces leche».
Añado: «Algunos días antes del primer ataque de la
enfermedad que casi me llevó a la tumba, recuerdo perfectamente haber visto
pasar entre los árboles un gran buque de tres palos brasileño con su pabellón
desplegado… Ya les he dicho que mi casa está a orillas del agua…, pintada
totalmente de blanco… Iba escondido sin duda en ese barco…».
No tengo nada más que añadir, señores.
*
El doctor Marrande se levantó y murmuró:
—Tampoco yo. No sé si este hombre está loco o si lo
estamos los dos…, o si…, si nuestro sucesor ha llegado realmente.
LA POZA*
Por golpes y heridas causantes de la muerte. Tal era el
cargo de acusación por el que comparecía ante la Sala de lo Criminal el señor
Léopold Renard, tapicero de profesión.
En torno a él, los testigos principales, la señora
Flamèche, viuda de la víctima, Louis Ladureau, ebanista, y Jean Durdent,
fontanero.
Cerca del acusado, su mujer, toda de negro, menuda, fea,
especie de adefesio vestido de señora.
Y he aquí como Renard (Léopold) cuenta el drama:
*
¡Dios mío!, fue una desgracia cuya primera víctima fui yo
y totalmente ajena a mi voluntad. Los hechos hablan por sí solos, señor
presidente. Yo soy una persona honrada, trabajadora, un tapicero que llevo
dieciséis años en la misma calle, conocido, querido, respetado y gozo de la
consideración general, como han atestiguado mis vecinos, hasta la portera que
gasta casi siempre muy malas pulgas. Me gusta el trabajo, el ahorro, las
personas honradas y las diversiones decentes. Esto es lo que me perdió, para
desdicha mía; y como todo ello fue ajeno a mi voluntad, sigo teniéndome por una
persona respetable.
Así pues, todos los domingos, mi mujer aquí presente y yo
vamos desde hace cinco años a pasar el día a Poissy. Así tomamos el aire, para
no hablar de que nos gusta pescar con caña, ¡oh!, eso nos gusta con locura. Fue
la muy bruja de Mélie la que me pegó esta pasión, pues ella es más fanática que
yo, la muy arpía, y la culpable de todo lo que pasó, como verán seguidamente.
Yo, aunque fuerte, soy bonachón, nada malo. Pero ella, en
cambio, ¡ay, ella!, parece una mosquita muerta, porque es pequeñaja y
flacucha…, pero es más mala que la tiña. No niego que tenga sus cualidades, que
las tiene, e importantes para una comerciante. Pero ¡qué carácter! Pregunte a
la gente de nuestro alrededor e incluso a la portera que hace un momento me ha
exculpado… y oirán cosas gordas.
Todos los días me reprochaba que yo era demasiado bueno.
«¡Yo no permitiría que me hicieran eso! ¡Yo no permitiría que me hicieran lo
otro!» De haberle hecho caso, señor presidente, habría tenido por lo menos dos
o tres combates de boxeo al mes…
La señora Renard le interrumpió:
—Paparruchas, paparruchas… Quien ríe el último ríe mejor.
Él se dio la vuelta hacia ella con candor:
—Puedo meterme contigo porque no eres tú la que estás
sentada en el banquillo de los acusados…
Luego, volviéndose de nuevo hacia el presidente, dijo:
Continúo. Íbamos, pues, a Poissy todos los sábados por la
tarde para pescar desde el amanecer del día siguiente. Es para nosotros una
costumbre que ha acabado por convertirse en una segunda naturaleza, como se
dice. Yo había descubierto, hará ya tres años este verano, un sitio, pero ¡qué
sitio! ¡Oh, a la sombra, de una profundidad por lo menos de unos ocho pies, o
tal vez de diez, una poza, con escondrijos debajo de la orilla, una verdadera
madriguera de peces, un paraíso para el pescador. Esa poza, señor presidente,
podía considerarla como algo mío, porque era su Cristóbal Colón. Todos lo
sabían, todos sin discusión. Decían: «Es el sitio de Renard»; y a nadie se le
habría pasado por la cabeza ir allí, ni siquiera al señor Plumeau, que es
conocido, dicho sea sin ánimo de ofender, por birlarles los sitios a los demás.
Así pues, seguro de mi sitio, volvía yo allí como un
propietario. No bien llegaba, el sábado, subía a bordo del Dalila, con mi
esposa. El Dalila es mi bote, una embarcación que me hice construir por
Fournaise, ligera y segura. Decía que nos subíamos a bordo del Dalila, y nos
íbamos a preparar los cebos. Poniendo cebos, no hay otro como yo, y mis
compañeros bien que lo saben. Me preguntará usted con qué cebo yo. Pero no
puedo contestarle, porque ello no tiene nada que ver con el accidente; y
tampoco puedo hacerlo porque es mi secreto. Son ya más de doscientos los que me
lo han preguntado. ¡Me han invitado a copas, a fritadas y a calderetas para
hacerme hablar! Pero mucho van a tener que esperar para que piquen los mújoles.
Ah, sí, me han puesto a prueba para que cantase, para conocer mi secreto… Pero
sólo mi mujer lo conoce… ¡y tampoco ella dirá nada, como yo! ¿Verdad, Mélie?…
El presidente le interrumpió:
—Al grano cuanto antes.
El acusado prosiguió:
Ya voy, ya voy. El sábado, pues, 8 de julio, tras salir en
el tren de las cinco y veinticinco, fuimos, antes de cenar, a preparar los
cebos como todos los sábados. Se anunciaba buen tiempo. Yo le decía a Mélie:
«¡Qué bien, qué bien, para mañana!». Y ella respondía: «Esto promete». No
hablamos de otra cosa cuando estamos juntos.
Y luego nos volvimos para cenar. Yo estaba contento y
tenía sed. Y he aquí la causa de todo, señor presidente. Le digo a Mélie: «Oye,
Mélie, se está bien aquí, voy a descorchar una botella de casque à mèche».1 Es
un vino blanco joven al que nosotros bautizamos así, porque, si tomas demasiado
se te sube a la cabeza y sustituye al gorro de dormir. Ya me entiende usted.
Ella me responde: «Haz lo que te parezca, pero a ver si
mañana te sientes mal y no te levantas». Lo que me decía era cierto, sensato,
prudente, perspicaz, lo confieso. Pero, pese a todo, yo no fui capaz de
contenerme; y me tomé la botella. Todo vino de ahí.
Así pues, no pude pegar ojo. ¡Cristo bendito! Hasta las
dos de la noche me duró la cogorza. Y luego paf, me duermo con un sueño que no
hubiera oído ni la trompeta del ángel del Juicio Final.
En resumen, me despierta mi mujer a las seis. Yo salto de
la cama, me pongo rápidamente el pantalón y la marinera; me remojo un poco la
cara y ya nos tiene a bordo del Dalila. Demasiado tarde. Cuando llego a mi
poza, ¡estaba ocupada! ¡Era algo que no me había ocurrido nunca, señor
presidente, pero nunca desde hacía tres años! Me causó el mismo efecto que si
me hubieran robado ante mis propios ojos. Dije: «¡Caramba, caramba, caramba!».
Y mi mujer empieza a pincharme. «¡Ah, tu mala cabeza! Borrachín, ¿estás contento
ahora, tonto más que tonto?»
Yo no rechistaba; tenía más razón que un santo.
Desembarco a pesar de todo cerca del sitio para tratar de
aprovechar las sobras. ¿Quién sabe? Tal vez ése no pescaría nada y se largaría…
Era un tipo pequeñajo y flacucho, con un traje de dril
blanco y un gran sombrero de paja. También estaba su mujer, una gorda que hacía
calceta detrás de él.
Al ver ella que nos instalábamos cerca del sitio, va y
murmura:
«¿Es que no hay otro sitio en el río?».
Y la mía, que estaba rabiosa, responde:
«La gente que sabe comportarse se informa de las
costumbres del lugar antes de ocupar los sitios reservados».
Como yo no quería historias, le dije:
«Estate calladita, Mélie, déjalo estar, déjalo estar. Ya
veremos qué pasa».
Así, dejamos el Dalila bajo los árboles, bajamos y Mélie y
yo nos pusimos a pescar, codo con codo con esos dos.
En este punto, señor presidente, es preciso que entre en
detalles.
Llevábamos allí menos de cinco minutos cuando el sedal de
mi vecino se sumerge dos, tres veces; ¡y he aquí que luego saca un mújol grande
como mi muslo, o quizá un poco menos, pero casi! A mí me palpitaba el corazón;
me sudaban las sienes, y Mélie va y me dice: «Eh, borrachín, ¿has visto tú
eso?».
En esto, el señor Bru, el mercero de Poissy, que es un
gran aficionado a pescar gobios, pasa por allí en barca y me grita: «¿Así que
les han cogido el sitio, señor Renard?». Y yo le respondo: «Sí, señor Bru, hay
gente en este mundo tan poco delicada que hace caso omiso de las costumbres».
¡El pequeñajo del traje de dril que tenía a mi lado fingía
no oír, lo mismo que su mujer, su rolliza mujer, esa vaca!
El presidente interrumpió una segunda vez:
—¡Mida sus palabras! Ofende usted a la señora viuda
Flamèche, aquí presente.
Renard se disculpó:
—Perdón, perdón, es que me dejo llevar por la pasión.
Así pues, no había pasado un cuarto de hora cuando el
pequeñajo del dril pescó otro mújol, y casi al poco otro, y uno más a los cinco
minutos.
Yo estaba a punto de echarme a llorar. Y notaba además que
mi señora estaba que trinaba; no paraba de pincharme: «¡Ah, maldita sea! ¿No
crees que te roba tu pesca? ¿No crees? No pescarás nada, ni una rana, nada de
nada, nada. Vamos, me arden las manos sólo de pensarlo».
Yo me decía: «Esperemos a mediodía. Este pescador furtivo
seguro que se va a comer, y entonces recuperaré mi sitio». Pues yo, señor
presidente, como en el lugar todos los domingos. Nos traemos las provisiones en
el Dalila.
¡Ah, pero qué va! ¡Dan las doce! Él llevaba un pollo
envuelto en un periódico, el muy pícaro, y mientras se lo come, ¡he aquí que
pesca otro mújol!
Mélie y yo nos tomamos también un bocado, poca cosa,
porque no nos pasaba.
Entonces, para hacer la digestión, cojo mi periódico. Pues
todos los domingos me leo el Gil Blas, a la sombra, a orillas del río. Es el
día de Colombine, como usted debe de saber, Colombine, que escribe artículos en
el Gil Blas.2 Yo tenía por costumbre hacer rabiar a mi señora afirmando que
conocía a esa Colombine. Pero no es cierto, no la conozco, ni la he visto
nunca, pero eso no importa, escribe bien; y escribe además cosas que tienen
mucha miga para ser una mujer. A mí me gusta, no hay muchas como ella.
Entonces me pongo a chinchar a mi mujer, que se enfada
enseguida, pero mucho esta vez. Así que me callo.
Fue en ese momento cuando aparecieron al otro lado del río
nuestros dos testigos aquí presentes, el señor Ladureau y el señor Durdent. Nos
conocíamos de vista.
El pequeñajo se había puesto a pescar de nuevo. Pescaba
tanto que me hacía temblar. Y su mujer se pone a decir: «¡Es un sitio realmente
bueno, volveremos siempre aquí, Désiré!».
Yo siento que un escalofrío me recorre el espinazo. Y mi señora
repetía: «No eres hombre, no eres hombre. Debes de tener la sangre de
horchata».
Yo le digo de repente: «Vayámonos, prefiero irme antes que
hacer una tontería».
Y va ella y me suelta, como si me hubiera puesto un hierro
candente debajo de la nariz: «No eres hombre. ¡Mira que huir ahora y dejar tu
sitio! ¡Vamos, Bazaine!».3
Esto me hirió, aunque no dije nada.
Pero justo en ese momento el otro saca una brema, ¡oh!,
como no había visto nunca otra igual. ¡Nunca!
Y entonces mi mujer se pone a hablar como si pensara en
voz alta. Eso le dará la medida de su malicia. Decía: «A esto se puede llamar
robar la pesca, pues hemos sido nosotros los que pusimos los cebos. Deberían
devolvernos al menos el dinero que nos han costado».
Entonces, la gorda del pequeñajo del traje de dril se puso
a decir a su vez: «¿Acaso la tiene tomada con nosotros, señora?».
«Con quien la tengo tomada es con quienes se dedican a
robar la pesca ajena aprovechándose del dinero gastado por el prójimo.»
«¿Acaso nos está llamando ladrones?»
Así comenzaron con las explicaciones hasta llegar a las
palabrotas. ¡Cristo bendito, menudo par de deslenguadas, cuántas se sabían y
cómo las soltaban! Daban tales gritos que nuestros dos testigos, que estaban en
la otra orilla, se pusieron a gritar en son de broma: «¡Eh, las de ahí, un poco
de silencio! Que no van a dejar pescar a sus maridos».
El caso es que el pequeñajo del traje de dril y yo nos
estábamos quietos como postes. Permanecimos allí, mirando el agua, como si no
oyéramos.
Pero, ¡maldita sea!, bien que oíamos: «¡Embustera!
¡Perdida! ¡Suripanta! ¡Buscona!». Y así sucesivamente. Un marinero no conoce
más.
De repente oigo un ruido detrás de mí. Me doy la vuelta.
Era la otra, la gorda, que se abalanzaba sobre mi mujer a paraguazo limpio.
¡Pam, pam! Mélie se llevó dos. Pero he aquí que Mélie se enrabia y, cuando
Mélie se enrabia, arrea duro. Cogió a la gorda por los pelos y toma, toma y
toma, las tortas llovían que daba gusto.
Yo las habría dejado que se las apañaran. Las mujeres por
un lado y los hombres por el otro. No hay que mezclar las bofetadas. Pero el
pequeñajo del traje de dril se levanta como un demonio y quiere saltar sobre mi
mujer. ¡Ah!, ¡eso sí que no!, ni hablar, amigo. Y le propino un puñetazo a ese
pájaro. Un porrazo y otro. Uno en la nariz, otro en el estómago. Él levanta los
brazos, luego una pierna y se cae hacia atrás dentro del río, justo en la poza.
Seguro que le habría repescado, señor presidente, de
haberme dado tiempo a hacerlo enseguida. Pero, para colmo de males, la gorda
llevaba las de ganar y le atizaba a Mélie de lo lindo. Ahora me doy cuenta de
que no hubiera tenido que prestarle ayuda mientras ese otro estaba tragando
agua. Pero no pensé que se ahogaría; lo único que pensé fue: «Así se refrescará
un poco».
Acudo corriendo donde estaban las dos mujeres para
separarlas, y me gano unos cuantos puñetazos, arañazos y mordiscos. ¡Demonios,
menudo par de malas brujas!
Me vuelvo. Y nada. El agua estaba en calma como un lago. Y
esos otros, en la otra orilla, que gritaban: «¡Repéscalo, repéscalo!».
Es fácil decirlo, pero yo no sé nadar, y menos aún
zambullirme, ¡se lo aseguro!
Por fin llegaron los de la presa y dos señores más con
unos bicheros, y tuvieron que emplearse un buen cuarto de hora. ¡Estaba en el
fondo de la poza, debajo de ocho pies de agua, como he dicho antes, allí estaba
el pequeñajo del traje de dril!
Éstos son los hechos tal como ocurrieron, se lo juro. Soy
inocente, palabra de honor.
*
Tras haber declarado los testigos en el mismo sentido, el
acusado fue absuelto.
EL VAGABUNDO*
Llevaba caminando, en busca de trabajo por todas partes,
desde hacía cuatro días. Había dejado su tierra, Ville-Avaray, en la Manche,
porque allí no lo había. Carpintero de obra, de veintisiete años, buena
persona, trabajador, se había quedado durante dos meses a cargo de su familia,
él, el primogénito, teniendo que estarse de brazos cruzados por el paro
general. En casa comenzaba a faltar el pan; las dos hermanas iban al jornal,
pero ganaban poco; y él, Jacques Randel, el más fuerte, no hacía nada porque no
tenía nada que hacer, y comía la sopa de los demás.
Entonces se informó en el Ayuntamiento; y el secretario le
dijo que se encontraba trabajo en el centro de Francia.
Se había ido, pues, provisto de documentos y certificados,
con siete francos en el bolsillo y, al hombro, en un pañuelo azul atado en la
punta de su bastón, un par de zapatos de recambio, unos pantalones y una
camisa.
Había caminado sin descanso, día y noche, por las
interminables carreteras, bajo el sol y la lluvia, sin llegar nunca a ese lugar
misterioso donde los obreros encontraban trabajo.
Primero se empecinó en la idea de que tenía que hacer sólo
trabajos de carpintería, porque tal era su oficio. Pero en todos los astilleros
en que se presentó le respondieron que habían tenido que despedir a parte del
personal por falta de encargos, y entonces se decidió, ya sin un céntimo en el
bolsillo, a aceptar cualquier trabajo que encontrara por el camino.
Hizo, pues, de jornalero en los desmontes, de mozo de
cuadra, de picapedrero; cortó leña, podó árboles, abrió un pozo, mezcló
mortero, ató gavillas, guardó cabras en el monte, todo ello por un mísero
jornal, pues no conseguía más que, ocasionalmente, dos o tres días de trabajo
ofreciéndose a un precio ínfimo para tentar la avaricia de patronos y
campesinos.
Y, desde hacía una semana, ya no encontraba nada, ya no
tenía nada, y comía un poco de pan gracias a la caridad de las mujeres a las
que imploraba en el umbral de las puertas, a su paso por las carreteras.
Caía la noche, y Jacques Randel, agotado, con las piernas
molidas, el estómago vacío, el ánimo dominado por el desaliento, caminaba
descalzo por la hierba del borde del camino, para no gastar su último par de
zapatos, pues el otro ya no existía desde hacía tiempo. Era un sábado, hacia
finales de otoño. Las nubes grises corrían, pesadas y raudas, por el cielo,
empujadas por las ráfagas de viento que soplaban entre los árboles. Amenazaba
lluvia. El campo estaba desierto en aquel final de día, víspera de un domingo.
A trechos se alzaban en los campos, semejantes a monstruosas setas amarillas,
unos almiares; y las tierras, sembradas ya para el año siguiente, parecían
desnudas.
Randel tenía hambre, un hambre canina, una de esas hambres
que hacen lanzarse a los lobos sobre los hombres. Extenuado, alargaba las
piernas para dar menos pasos y, con la cabeza pesada, la sangre pulsándole en
las sienes, los ojos enrojecidos, la boca seca, apretaba en su mano el bastón
con un vago deseo de golpear con toda su fuerza al primer caminante que
encontrara de vuelta a su casa para tomarse las sopas.
Miraba a ambos lados de la carretera con la imagen en la
mente de las patatas que habían quedado en la tierra removida. De haber
encontrado alguna, habría recogido un poco de madera seca y hecho un pequeño
fuego en la cuneta, y así habría cenado estupendamente con el tubérculo
caliente y redondo, manteniéndolo primero, abrasador, entre sus manos frías.
Pero ya no era la temporada y tendría que contentarse,
como la noche anterior, con roer una remolacha cruda, arrancada de un surco.
Hablaba solo desde hacía dos días y apretaba el paso
obsesionado por sus ideas. No se había parado hasta entonces apenas a pensar,
pues concentraba toda su energía mental, todas sus simples facultades, en sus
tareas profesionales. Pero he aquí que la fatiga, esa búsqueda encarnizada de
un trabajo inencontrable, el rechazo, los desaires, las noches pasadas en la
hierba, el ayuno, el visible desprecio de los sedentarios por el vagabundo, esa
pregunta que le hacían cada día: «¿Por qué no se ha quedado usted en su casa?»,
la tristeza de no poder hacer uso de sus brazos vigorosos que sentía llenos de
energía, el recuerdo de sus padres que se habían quedado en casa y que tampoco
tenían dinero, le iban cargando de una ira paulatina, acumulada día tras día,
hora tras hora, minuto tras minuto y que se le escapaba involuntariamente de la
boca en frases breves y amenazantes.
Al tropezar con las piedras que rodaban bajo sus pies
desnudos, refunfuñaba: «¡Por una miseria…, una miseria…, hatajo de cerdos…,
mira que dejar morir de hambre a un hombre…, a un carpintero…, hatajo de
cerdos…, ni cuatro cuartos…, ni cuatro cuartos…, y ahora se pone a llover…,
hatajo de cerdos!…».
Se indignaba por lo injusto de su sino y la emprendía con
los hombres, con todos los hombres, porque la naturaleza, la gran madre ciega,
es inicua, feroz y pérfida.
Repetía con los dientes apretados: «Hatajo de cerdos»
mientras miraba el delgado hilo de humo gris que salía de los tejados, a esa
hora de la cena. Y, sin pensar en esa otra injusticia, ésta humana, llamada
violencia y hurto, ganas le daban de entrar en una de esas casas, matar a sus
habitantes y sentarse a la mesa en su lugar.
Decía: «¡Ahora no tengo derecho a vivir…, pues dejan que
me muera de hambre… y yo no pido más que trabajar…, hatajo de cerdos!». Y el
dolor de sus miembros, el dolor de estómago, el dolor de su alma se le subían a
la cabeza como una borrachera peligrosa y engendraban en su mente esta simple
idea: «Tengo derecho a vivir, puesto que respiro y el aire es de todos. ¡No
tienen derecho, por tanto, a dejarme sin pan!».
Caía una lluvia fina, recia, helada. Se detuvo y murmuró:
«Pobre de mí…, aún me queda un mes de camino antes de llegar a mi casa…».
Regresaba, en efecto, ahora a su hogar, tras comprender que le sería más fácil
encontrar una ocupación en su ciudad natal, donde le conocían, haciendo
cualquier cosa, que en las carreteras generales donde todo el mundo sospechaba
de él.
Si no podía hacer de carpintero, haría de peón, de
amasador, de terraplenador, de picapedrero. Aunque no ganara más que veinte
sueldos diarios, siempre tendría para comer.
Se anudó en torno al cuello lo que le quedaba del último
pañuelo, a fin de impedir que el agua le resbalara por la espalda y el pecho.
Pero no tardó en sentir que calaba ya la fina tela de sus ropas y echó una
mirada de angustia a su alrededor, de ser perdido que ya no sabe dónde guarecer
su cuerpo, dónde reposar su cabeza, que no tiene un amparo en el mundo.
Caía la noche, cubriendo los campos de sombra. A lo lejos,
en un prado, vio una mancha oscura en la hierba, era una vaca. Salvó la cuneta
del camino y se dirigió hacia ella, sin saber muy bien lo que hacía.
Cuando estuvo cerca, y ella levantó la testuz hacia él,
pensó: «Si al menos tuviera un cuenco, podría beber un poco de leche».
Miraba a la vaca; y la vaca le miraba a él. De golpe le
soltó un puntapié en el costado:
—¡De pie! —dijo.
La bestia se enderezó lentamente, dejando pender debajo de
ella su pesada ubre; entonces el hombre se tumbó de espaldas, entre las patas
del animal, y bebió largamente, apretando con ambas manos la ubre henchida,
cálida y olorosa a establo. Bebió hasta que ya no quedó leche en esa fuente
viva.
Pero la lluvia helada arreciaba, y la llanura entera era
una extensión sin refugio alguno. Tenía frío; y miraba una luz que brillaba
entre los árboles, en la ventana de una casa.
La vaca se había vuelto a echar pesadamente. Él se sentó a
su lado, acariciándole la cabeza, agradecido por haberle alimentado. El profuso
y fuerte aliento de la bestia, saliendo de sus ollares como dos chorros de
vapor en el aire del atardecer, rozaba la cara del obrero, que empezó a decir:
—Tú no tienes frío por dentro.
Ahora le pasaba las manos por el pecho, por las patas, en
busca de calor. Entonces se le ocurrió tumbarse y pasar la noche al arrimo de
aquella panza tibia. Trató de acomodarse y reposó la cabeza justo sobre la
imponente ubre que poco antes le había dado de beber. Muerto de cansancio como
estaba, se durmió de inmediato.
Pero se despertó varias veces, con la espalda o el vientre
helados, según que pegara la una o el otro contra el costado del animal;
entonces se daba la vuelta para calentarse de nuevo y secar la parte de su
cuerpo que había quedado expuesta al aire de la noche; y no tardaba en volver a
dormirse con un sueño pesado.
El canto de un gallo le puso en pie. Era casi el alba, ya
no llovía, el cielo estaba despejado.
La vaca reposaba con el morro en tierra. Él se agachó,
apoyándose en sus manos para besar ese gran hocico de carne húmeda y dijo:
—Adiós, hermosa…, hasta la próxima…, eres un animal bueno…
Adiós…
Se puso los zapatos y se fue.
Caminó recto durante dos horas, siguiendo en todo momento
el mismo camino; luego le dominó un cansancio tan intenso que se sentó en la
hierba.
Se había hecho de día; repicaban las campanas de las
iglesias, hombres en blusón azul, mujeres con gorritos blancos, a pie o
montadas en carretas, comenzaban a transitar los caminos, yendo a los pueblos
vecinos a festejar el domingo en casa de amigos o parientes.
Apareció un campesino gordo, acicateando delante de él a
una veintena de corderos inquietos y baladores que un perro veloz mantenía
agrupados en rebaño.
Randel se levantó y saludó:
—¿No tendría usted trabajo para un obrero que se muere de
hambre? —preguntó.
El otro respondió lanzando al vagabundo una mirada
malvada:
—Yo no tengo trabajo para la gente que encuentro por los
caminos.
Y el carpintero volvió a sentarse en la cuneta.
Esperó largo rato, mientras miraba desfilar delante de él
a los campesinos, y tratando de encontrar un rostro bondadoso, un rostro
compasivo para volver a hacer su petición.
Eligió a una especie de burgués enlevitado, con la panza
adornada con una cadena de oro.
—Busco trabajo desde hace dos meses —dijo—. No encuentro
nada; y no tengo ya un céntimo en el bolsillo.
El señorón replicó:
—Hubiera tenido que leer usted el aviso que hay colgado a
la entrada del pueblo. La mendicidad está prohibida en este término municipal.
Sepa que yo soy el alcalde, y, si no se larga pronto de aquí, haré que le
encierren.
Randel, a quien ganaba la cólera, murmuró:
—Hágame encarcelar si usted quiere, lo preferiría a esto,
al menos así no me moriría de hambre.
Y volvió a sentarse en la cuneta.
Al cabo de un cuarto de hora, en efecto, aparecieron dos
gendarmes en la carretera. Caminaban despacio, lado a lado, bien a la vista,
relucientes al sol con sus sombreros acharolados, sus correajes amarillos y sus
botones metálicos, como si quisieran espantar a los maleantes y ponerles en
fuga de lejos, de muy lejos.
El carpintero comprendió enseguida que venían a por él;
pero no se movió, presa de repente de unas sordas ganas de enfrentarse a ellos,
de que le prendieran y de vengarse después.
Se acercaban sin dar la impresión de haber reparado en su
presencia, andando con su paso militar, pesado y balanceado como los andares de
las ocas. Pero de pronto, al pasar por delante de él, fingieron descubrirle, se
detuvieron y se pusieron a mirarle de arriba abajo con mirada amenazadora y
furiosa.
Y el cabo se adelantó preguntando:
—¿Qué hace usted aquí?
El hombre repuso tan tranquilo:
—Descanso.
—¿De dónde viene?
—Si tuviera que decir todos los pueblos por los que he
pasado, no tendría bastante con una hora.
—¿Adónde va?
—A Ville-Avaray.
—¿Dónde está eso?
—En la Manche.
—¿Es su pueblo?
—Sí, lo es.
—¿Por qué se fue?
—Para buscar trabajo.
El cabo se volvió hacia el gendarme y, con el tono rabioso
de la persona irritada por el consabido truco, dijo:
—Todos los tipos como él dicen lo mismo. Pero ya me los
conozco.
Luego prosiguió:
—¿Tiene la documentación?
—Sí, por supuesto.
—Enséñemela.
Randel se sacó del bolsillo sus documentos, sus
certificados, unos pobres papeles manoseados y sucios que se deshacían en
pedazos, y se los alargó al agente.
El otro los hojeó deletreando y, tras haber visto que
estaban en orden, se los devolvió con el aire descontento de quien se ha visto
burlado por alguien más listo que él.
Tras haber reflexionado durante unos instantes, volvió a
preguntar:
—¿Tiene dinero?
—No.
—¿Nada?
—Nada.
—¿Ni un céntimo?
—Ni un céntimo.
—¿Cómo se las apaña para sobrevivir?
—Vivo con lo que me dan.
—Entonces, ¿pide limosna?
Randel respondió con decisión:
—Sí, cuando puedo.
Pero el gendarme declaró:
—Le he cogido en flagrante delito de vagabundaje y de
mendicidad, sin recursos y sin profesión, por el camino, y le ordeno que me
siga.
—Como usted quiera —dijo.
Y, colocándose entre los dos agentes antes incluso de
recibir la orden, añadió:
—Vamos, métanme en chirona. Al menos así tendré un techo
bajo el que guarecerme cuando llueva.
Y se encaminaron hacia el pueblo, cuyos tejados se veían a
través de los árboles desnudos, a un kilómetro aproximadamente.
Era la hora de misa cuando cruzaron el pueblo. La plaza
estaba llena de gente y no tardó en formarse dos filas para ver pasar al
malhechor, a quien seguía una cuadrilla de niños excitados. Campesinos y
campesinas miraban a aquel detenido, entre dos gendarmes, con los ojos
encendidos de odio, y ganas de tirarle piedras, de arrancarle la piel con sus
uñas, de aplastarle bajo sus pies. Se preguntaban si había robado y si había
matado. El carnicero, antiguo spahi, afirmó: «Es un desertor». El estanquero le
reconoció como la persona que, esa misma mañana, le había endilgado una moneda
falsa de cincuenta céntimos y el ferretero vio en él sin ningún tipo de dudas
al inencontrable asesino de la viuda Malet, que la policía andaba buscando
desde hacía seis meses.
En la sala de juntas del Ayuntamiento, donde sus
guardianes le hicieron entrar, Randel se encontró de nuevo con el alcalde,
sentado delante de la mesa de deliberaciones y flanqueado por el maestro.
—¡Ajá, ajá! —exclamó el magistrado—, usted de nuevo,
jovenzuelo. Ya le dije que le metería en chirona. Vamos a ver, cabo, ¿de qué se
trata?
El cabo respondió:
—Un vagabundo sin casa ni hogar, señor alcalde, sin
recursos ni dinero encima, por lo que afirma, detenido en estado de mendicidad
y de vagabundaje, provisto de unos certificados válidos y de papeles en regla.
—Enséñeme esos papeles —dijo el alcalde. Los cogió, los
leyó, los releyó, se los devolvió y luego ordenó—: Regístrenle.
Registraron a Randel; no le encontraron nada.
El alcalde parecía perplejo. Preguntó al obrero:
—¿Qué hacía usted, esta mañana, por la carretera?
—Buscaba trabajo.
—¿Trabajo?… ¿En la carretera general?
—¿Cómo quiere que lo encuentre? ¿Escondido en los bosques?
Se miraron los dos con un odio de bestias pertenecientes a
razas enemigas. El magistrado prosiguió:
—Voy a dejarle en libertad, pero ¡que no le vuelva a
coger!
El carpintero respondió:
—Preferiría que me detuviera. Ya estoy harto de recorrer
caminos.
El alcalde adoptó un aire severo:
—Cállese.
Luego ordenó a los gendarmes:
—Conduzcan a este hombre a doscientos metros fuera del
pueblo, y déjenle que siga su camino.
El obrero dijo:
—Mande que me den al menos de comer.
El otro se indignó:
—¡Sólo faltaría que tuviéramos que alimentarle! ¡Ja, ja,
ja! ¡Esto ya pasa de castaño oscuro!
Pero Randel prosiguió con firmeza:
—Si deja que continúe muriéndome de hambre, me obligará a
cometer una fechoría. Será peor para ustedes, la gente pudiente.
El alcalde se había levantado y repitió:
—Llévenselo cuanto antes, porque acabaré por cabrearme.
Los dos gendarmes cogieron, pues, al carpintero de los
brazos y se lo llevaron. Él no opuso resistencia, volvió a cruzar el pueblo, se
encontró nuevamente en la carretera; y tras haberle conducido los dos hombres a
doscientos metros del mojón kilométrico, el cabo declaró:
—Vamos, largo de aquí y que no vuelva a verle por estos
lugares, pues tendrá noticias mías.
Y Randel se puso en camino sin responder nada y sin saber
adónde se dirigía. Siguió camino adelante un cuarto de hora o veinte minutos,
tan anonadado que no pensaba ya en nada.
Pero de pronto, al pasar por delante de una casita que
tenía la ventana entreabierta, un olor a puchero penetró en su pecho y le hizo
detenerse en seco delante de la vivienda.
Y, enseguida, el hambre, un hambre canina, devoradora,
enloquecedora, le hizo sublevarse y estuvo a punto de lanzarse como un bruto
contra las paredes de aquella casa.
Dijo, en voz alta, con tono amenazante:
—¡Por Dios, esta vez tienen que darme un poco de comida!
—Y se puso a llamar con grandes bastonazos en la puerta. Nadie respondió; llamó
más fuerte, vociferando—: ¡Eh, eh, los de ahí dentro! ¡Abran!
No hubo ningún movimiento en el interior; entonces,
acercándose a la ventana, la empujó con la mano y el aire cerrado de la cocina,
el aire tibio, oloroso a caldo caliente, a carne cocida y a col escapó hacia el
aire frío del exterior.
El carpintero se plantó de un salto dentro de la estancia.
Estaba la mesa puesta con dos cubiertos. Los propietarios, que habían ido sin
duda a misa, habían dejado la comida en el fuego, el buen cocido de los
domingos, con la sopa de puchero de verduras.
Un pan recién sacado del horno esperaba en la chimenea,
entre dos botellas que parecían llenas.
Randel se lanzó primero sobre el pan, lo rompió con tanta
fuerza como si hubiera estrangulado a un hombre, luego empezó a comérselo con
voracidad, a grandes bocados que engullía rápido. Pero el olor de la carne le
atrajo casi enseguida hacia la chimenea, y, tras haber destapado la olla,
introdujo dentro un tenedor y sacó un gran pedazo de buey bridado. Luego cogió
también unas coles, zanahorias, cebollas, hasta que estuvo su plato lleno y,
tras haberlo puesto sobre la mesa, se sentó delante de él, trinchó la carne en
cuatro partes y comió como si hubiera estado en su casa. Una vez que hubo
devorado el trozo casi entero, más una buena cantidad de verdura, se sintió
sediento y fue a por una de las botellas que había en la repisa de la chimenea.
Apenas vio el líquido en su vaso, reconoció que era
aguardiente. Mejor, así le haría entrar en calor, le encendería la sangre, lo
que no le vendría mal, tras el mucho frío que había pasado; y bebió.
Lo encontró, efectivamente, bueno, pues había perdido la
costumbre; llenó de nuevo su vaso, que se mandó al coleto de un par de tragos.
Y, casi enseguida, se sintió alegre, regocijado por el alcohol como si una gran
felicidad hubiera descendido a su estómago.
Siguió comiendo, pero menos deprisa, masticando despacio y
mojando su pan en el caldo. Toda la piel de su cuerpo abrasaba y sobre todo la
frente, en la que le pulsaba la sangre.
Pero, de repente, sonó una campana a lo lejos. Indicaba el
final de misa; y más un instinto que un temor, el instinto de la prudencia que
guía y vuelve perspicaces a todos los seres en peligro, hizo enderezarse al
carpintero, que se metió en un bolsillo el resto del pan y en el otro la
botella de aguardiente y se dirigió, sigilosamente, hacia la ventana y miró a
la carretera.
Ésta estaba todavía completamente desierta. Saltó y echó a
andar; pero, en vez de seguir la carretera general, huyó a campo traviesa hacia
un bosque que divisó.
Se sentía vivo, fuerte, alegre, contento de lo que había
hecho y tan ágil que saltaba los vallados de los campos, a pie juntillas, de un
solo brinco.
Una vez que se encontró bajo los árboles, se sacó de nuevo
la botella del bolsillo, y se puso a beber, a lingotazos, mientras caminaba.
Entonces se le confundieron las ideas, sus ojos se volvieron turbios, sus
piernas elásticas como resortes.
Cantaba la vieja tonadilla popular:
Ah! qu’il fait donc bon
qu’il fait donc bon
cueillir la fraise.1
Ahora caminaba sobre un musgo espeso, húmedo y fresco, y
aquella alfombra suave bajo sus pies despertó en él unas ganas locas de pegar
una cabriola, como un niño.
Tomó impulso, dio una voltereta, volvió a levantarse, y
empezó de nuevo. Y, entre una pirueta y otra, se ponía a cantar:
Ah! qu’il fait donc bon
qu’il fait donc bon
cueillir la fraise.
De repente se encontró al borde de un camino encajonado y
divisó, al fondo, a una muchacha alta, una sirvienta que regresaba al pueblo,
llevando en las manos dos cubos de leche, separados del cuerpo por un aro de
barrica.
La acechaba, agachado, con los ojos encendidos como los de
un perro que ve una codorniz.
Ella le descubrió, levantó la cabeza, se echó a reír y
exclamó:
—¿Es usted quien cantaba así?
Él no respondió y saltó a la hondonada, aunque el ribazo
fuera de seis pies de alto por lo menos.
Ella dijo, al verle de repente de pie delante de ella:
—¡Dios santo, me ha dado usted miedo!
Pero él no la oía, pues estaba borracho, enloquecido,
trastornado por otra rabia más devoradora que el hambre, febril por el alcohol,
por la irresistible furia de un hombre falto de todo, desde hacía dos meses, y
que está ebrio, y es joven, ardiente, encendido por todos los apetitos que la
naturaleza despierta en la carne vigorosa de los varones.
La muchacha retrocedía delante de él, aterrada por su
expresión, por sus ojos, por su boca entreabierta, por sus manos extendidas.
La cogió por los hombros, y, sin decir palabra, la tumbó
boca arriba en el camino.
Ella dejó caer sus cubos que rodaron con gran ruido
derramándose la leche que contenían, a continuación se puso a dar alaridos y,
comprendiendo que no le serviría de nada clamar en aquel desierto, y viendo
ahora claramente que no quería quitarle la vida, cedió, sin oponer demasiada
resistencia, no muy molesta, pues era un joven robusto y no demasiado brutal.
Cuando se hubo levantado, la idea de sus cubos derramados
la hizo montar de repente en cólera y, quitándose un zueco de un pie, se arrojó
a su vez sobre el hombre para romperle la cabeza si no le pagaba la leche.
Pero él, malinterpretando aquel violento ataque, un poco
desembriagado ya, enloquecido y espantado por lo que había hecho, escapó a todo
correr mientras ella le lanzaba piedras, algunas de las cuales le alcanzaron en
la espalda.
Corrió largo rato, y luego se sintió cansado como no lo
había estado nunca. Le flaqueaban tanto las piernas que ya no le sostenían;
tenía una gran confusión mental, no recordaba ya nada, ni conseguía pensar en
nada.
Se sentó al pie de un árbol.
Al cabo de cinco minutos dormía.
Le despertó un gran golpe y, al abrir los ojos, vio dos
tricornios acharolados inclinados sobre él y a los dos gendarmes de la mañana
que le maniataban.
—Estaba seguro de que te cogería de nuevo —dijo el cabo
con tono burlón.
Randel se levantó sin decir palabra. Los dos lo
zarandeaban, dispuestos a maltratarlo al mínimo gesto, porque ahora era su
presa, se había convertido en carne de prisión, apresado por los cazadores de
criminales que ya no lo soltarían.
—¡En marcha! —ordenó el cabo.
Partieron. Caía la noche, extendiendo sobre la tierra un
crepúsculo de otoño, pesado y siniestro.
Al cabo de media hora, llegaron al pueblo.
Todas las puertas estaban abiertas, pues la gente estaba
al corriente de los acontecimientos. Campesinos y campesinas sublevados de ira,
como si cada uno de ellos hubiera sido robado, como si cada una de ellas
hubiera sido violada, querían ver entrar en el pueblo al miserable para
soltarle sus insultos.
Se produjo un griterío que comenzó en la primera casa para
terminar en el Ayuntamiento, donde el alcalde también esperaba, vengado él
mismo de aquel vagabundo.
En cuanto le vio, exclamó de lejos:
—¡Ah, pájaro! Ya te tenemos.
Y se frotaba las manos, contento como lo estaba pocas
veces.
Prosiguió:
—Ya lo dije yo, ya lo dije yo, apenas lo vi en la
carretera.
Luego, con redoblada alegría, agregó:
—¡Ah, granuja, granuja asqueroso, nadie te va a quitar
veinte años a la sombra!
LA SEÑORA HERMET*
Los locos me atraen. Son personas que viven en un mundo
misterioso de sueños extraños, en esa nube impenetrable de la demencia donde
todo lo que han visto sobre la tierra, todo lo que han amado, todo lo que han
hecho vuelve a empezar para ellos en una existencia imaginada al margen de
todas las leyes que gobiernan las cosas y rigen el pensamiento humano.
Para ellos lo imposible ya no existe, lo inverosímil
desaparece, lo mágico se convierte en constante y lo sobrenatural, en familiar.
Esa vieja barrera, la lógica, esa vieja muralla, la razón, ese viejo baluarte
de las ideas, el buen sentido, se rompen, se derrumban, se vienen abajo ante su
imaginación dejada en libertad, escapada al país ilimitado de la fantasía, y
que avanza a saltos de gigante sin que nadie la pare. Para ellos todo sucede y
todo puede suceder. No se esfuerzan en absoluto en superar los acontecimientos,
en vencer las resistencias, en derribar los obstáculos. ¡Basta con un capricho
de su voluntad que los ilusiona para que sean príncipes, emperadores o dioses,
para que posean todas las riquezas del mundo, todas las delicias de la vida,
disfruten de todos los placeres, para que sean siempre fuertes, siempre
hermosos, siempre jóvenes, siempre amados! Sólo ellos pueden ser felices en la
tierra, puesto que la Realidad ya no existe para ellos. Me gusta asomarme a su
mente errática, como se asoma uno a un abismo sin fondo en el que bulle un
torrente desconocido, que no se sabe de dónde viene ni adónde va.
Pero de nada sirve asomarse a estas simas, porque nunca se
conseguirá saber de dónde viene esa agua ni adónde va. A fin de cuentas, es un
agua semejante a la que corre a la luz del día y verla no nos diría gran cosa.
De nada sirve tampoco asomarse al espíritu de los locos,
pues sus ideas más extravagantes no son, en suma, sino ideas ya conocidas,
extrañas únicamente por no estar ya eslabonadas por la Razón. Su fuente
caprichosa nos sorprende y nos confunde porque no la vemos brotar. Pero, ha
bastado, sin duda, con una simple piedrecilla caída en su curso para producir
todo ese rebullir.
Sin embargo, los locos siempre me han atraído, y siempre
vuelvo a ellos, llamado a mi pesar por ese misterio banal de la demencia.
Así pues, un día en que visitaba uno de sus asilos, el
médico que me acompañaba me dijo:
—Venga, voy a mostrarle un caso interesante.
E hizo abrir una celda en la que una mujer de unos
cuarenta años, bella todavía, sentada en un gran sillón, se miraba
persistentemente el rostro en un espejito de mano.
En cuanto nos vio, se levantó, corrió al fondo del cuarto
a buscar un velo echado sobre una silla, se envolvió el rostro con gran
cuidado, luego regresó, respondiendo con un cabeceo a nuestros saludos.
—Bien —dijo el doctor—, ¿cómo se encuentra esta mañana?
Ella dejó escapar un profundo suspiro:
—Oh, mal, muy mal, señor, las marcas aumentan cada día.
Él respondió con aire convencido:
—No, no, le aseguro que se equivoca.
Ella se acercó a él para murmurar:
—No. Estoy segura de ello. He contado diez hoyos más esta
mañana, tres en la mejilla derecha, cuatro en la mejilla izquierda y tres en la
frente. ¡Es espantoso, espantoso! ¡No tengo valor para dejar que me vea nadie,
ni siquiera mi hijo, no, ni siquiera él! Estoy perdida, estoy desfigurada para
siempre.
Se derrumbó sobre su sillón y rompió a sollozar.
El médico cogió una silla, se sentó a su lado y con dulce
y consoladora voz dijo:
—Veamos, enséñemelo, le aseguro que no es nada. Con una
pequeña cauterización haré que desaparezca todo.
Ella denegó con la cabeza, sin decir una palabra. Él quiso
tocar su velo, pero ella lo aferró con tal fuerza con ambas manos que sus dedos
lo atravesaron.
Él se puso a exhortarla de nuevo y a tranquilizarla.
—Vamos, sabe perfectamente que le quito todas las veces
esos feos hoyos y que ya no se ven en absoluto cuando le aplico el tratamiento.
Si no me los enseña, no podré curárselos.
Ella murmuró:
—A usted sí, pero a ese señor que le acompaña no lo
conozco.
—También es médico, capaz de curarlos mejor que yo.
Entonces aceptó descubrir su rostro, pero el miedo, la
turbación, la vergüenza de que la vieran la habían hecho sonrojarse hasta el
cuello. Bajaba los ojos, volvía el rostro a derecha e izquierda para evitar
nuestras miradas y balbuceaba:
—¡Oh! Sufro terriblemente dejando que me vean así. ¡Es
horrible, la verdad, es horrible!
La observaba pasmado porque en su rostro no había nada, ni
una marca, ni una mácula, ni una cicatriz.
Se volvió hacia mí, con los ojos gachos en todo momento y
me dijo:
—Fue por cuidar a mi hijo, señor, por lo que contraje esta
terrible enfermedad. Le salvé, pero yo estoy desfigurada. Sacrifiqué mi belleza
a mi pobre hijo. A fin de cuentas, cumplí con mi deber y tengo la conciencia
tranquila. Lo que yo sufro, sólo Dios lo sabe.
El doctor había sacado de su bolsillo un delgado pincel de
acuarelista.
—Permítame —dijo—, voy a arreglarle todo esto.
Ella presentó su mejilla derecha y comenzó a tocarla con
ligeros golpecitos, como si hubiera posado encima unos puntitos de color. Hizo
otro tanto con la mejilla izquierda, luego con la barbilla y seguidamente con
la frente; luego exclamó:
—¡Mire, ya no tiene nada, nada en absoluto!
Ella cogió el espejo, se contempló largo rato con profunda
atención, una atención exhaustiva, con un esfuerzo mental intenso, para
descubrir algo, luego suspiró:
—No. No se ve ya mucho. Se lo agradezco infinitamente.
El médico se había levantado. Se despidió, me hizo salir y
luego me siguió; y, una vez cerrada la puerta, manifestó:
—Le contaré la historia atroz de esta pobre desgraciada.
*
Se llamaba señora Hermet. Había sido muy bella, muy
coqueta, muy amada y muy feliz en su vida.
Era una de esas mujeres de mundo que tienen su belleza y
su deseo de agradar como único sostén, como única guía o único consuelo en su
existencia. La preocupación constante por su lozanía, los cuidados del rostro,
de las manos, de los dientes, de todas las partes de su cuerpo que podía
mostrar, ocupaban todas sus horas y su exclusiva atención.
Quedó viuda, con un hijo. El niño fue criado como todos
los niños de mujeres de mundo muy admiradas. Ella lo quiso, sin embargo.
Él creció y ella envejeció. Si ella vio llegar la crisis
fatal, no lo sé. ¿Se observó ella, como tantas otras, cada mañana durante horas
y horas la piel antaño tan tersa, tan transparente y clara, que comenzaba a
tener patas de gallo, a arrugarse con mil frunces imperceptibles aún, pero que
se irían acentuando día tras día, mes tras mes? ¿Vio también agrandarse, sin
cesar, de manera lenta pero segura las largas arrugas de la frente, esas
delgadas sierpes a las que nada detiene? ¿Sufrió el tormento, el abominable
tormento del espejo, del espejito de mango de plata que no se puede volver a
dejar sobre la mesa, y que luego se rechaza con rabia para volver a cogerlo
enseguida, para volver a ver, de cerca, de más cerca, la odiosa y tranquila
devastación de la ya cercana vejez? ¿Se encerró diez, veinte veces al día,
dejando sin motivo el salón donde charlan unos amigos, para volver a subir a su
alcoba y, protegida por pestillos y cerraduras, mirar de nuevo la labor de
destrucción de la carne madura que se marchita, para comprobar con
desesperación el ligero avance del mal que, aunque nadie parece advertir aún,
ella conoce perfectamente? Ella sabe dónde están las agresiones más serias, el
deterioro más profundo de la edad. Y el espejo, el espejito redondo en su marco
de plata cincelada, le dice cosas horribles, pues parece que hable, que ría,
que se ría burlonamente y le anuncie todo cuanto está por llegar, todas sus
miserias físicas, y el atroz suplicio de su pensamiento hasta el día de su
muerte, que será el de su liberación.
¿Habrá llorado, espantada, arrodillada con la frente en
tierra, y rezado, rezado, rezado a Aquel que mata así a sus criaturas,
concediéndoles la juventud sólo para hacer más dura la vejez, concediéndoles la
belleza para arrebatársela bien pronto? ¿Le habrá rezado, suplicado que haga
por ella lo que no ha hecho nunca por nadie: dejarle hasta el último día la
seducción, la lozanía, la gracia?
Sin duda sufrió estos tormentos. Pues, he aquí, en efecto,
lo que sucedió.
Un día (contaba ella treinta y cinco años) su hijo, de
quince, cayó enfermo.
Éste guardó cama sin que se pudiera determinar de entrada
la causa y la naturaleza de su mal.
Un sacerdote, que era su preceptor, le velaba sin dejarle
nunca, mientras la señora Hermet iba mañana y tarde a informarse sobre su
estado.
Entraba por la mañana, en bata, sonriente, toda perfumada
ya, y preguntaba desde la puerta:
«Eh, Georget, ¿estamos mejor?».
El adolescente, colorado, con el rostro hinchado y minado
por la fiebre, respondía:
«Sí, querida mamá, un poco mejor».
Ella se quedaba unos instantes en la habitación, miraba
los frascos de medicamentos haciendo «puaf» con la punta de los labios, para
exclamar luego de repente: «¡Ah!, me olvidaba de una cosa muy urgente»; y se
iba corriendo, dejando tras de sí unos finos olores de tocador.
Por la noche comparecía con trajes escotados, con más prisas
aún, porque siempre llevaba retraso; y apenas si tenía tiempo de preguntar:
«¿Qué ha dicho el doctor?».
El sacerdote respondía:
«No ha hecho aún un diagnóstico».
Pero una tarde le respondió:
«Señora, el chico tiene la viruela».
Ella profirió un gran grito de miedo y se fue.
Cuando la doncella entró en su habitación al día
siguiente, sintió primero en la habitación un fuerte olor a azúcar quemado, y
encontró a su ama, con los ojos abiertos, el semblante pálido por el insomnio y
temblando de angustia en la cama.
Una vez que fueron abiertas las contraventanas, la señora
Hermet preguntó:
«¿Cómo está Georges?».
«¡Oh! No se encuentra nada bien hoy, señora.»
Ella no se levantó hasta mediodía, se comió dos huevos y
se tomó una taza de té, como si ella misma estuviera enferma, luego salió y se
informó en una botica acerca de los métodos que preservaban contra el contagio
de la viruela.
No regresó hasta la hora de la cena, cargada de frascos, y
se encerró enseguida en su habitación, donde se impregnó de desinfectantes.
El sacerdote esperaba en el comedor.
Tan pronto como lo vio, exclamó con un tono de voz lleno
de emoción:
«¿Qué?».
«No está mejor. El doctor está muy preocupado.»
Rompió a llorar y, de tan agitada como estaba, no
consiguió hacerse pasar bocado.
Al día siguiente, al amanecer, mandó a pedir noticias, que
no fueron en absoluto mejores, y se pasó el día en su habitación, donde ardían
unos braserillos que difundían fuertes olores.
Su criada afirmó, además, que se la oyó gemir durante toda
la noche.
Pasó toda una semana así sin que ella hiciera otra cosa
que salir una hora o dos para tomar el aire, a media tarde.
Ahora pedía noticias cada hora, y sollozaba cuando éstas
eran peores. El undécimo día por la mañana, el sacerdote, tras hacerse
anunciar, entró en su habitación con el rostro serio y pálido, y le dijo,
rehusando el asiento que ella le ofrecía:
«Señora, su hijo está muy mal y desea verla».
Ella se arrodilló exclamando:
«¡Ah, Dios mío! ¡Dios mío! ¡No me atreveré nunca! ¡Dios
mío! ¡Dios mío! ¡Socórreme!».
El sacerdote prosiguió:
«¡El médico tiene pocas esperanzas, señora, y Georges la
espera!».
Luego salió.
Dos horas después, como el joven, sintiéndose morir,
reclamaba de nuevo la presencia de su madre, el sacerdote regresó a su
habitación y la encontró todavía de rodillas, llorando y repitiendo:
«No puedo…, no puedo… Tengo demasiado miedo…, no puedo».
Él trató de hacerla decidirse, de infundirle fuerzas, de
llevársela. Pero lo único que consiguió fue provocarle una crisis de nervios
que duró largo rato y le hizo dar alaridos.
Tras haber vuelto el médico por la noche, fue informado de
esta cobardía, y declaró que la llevaría hasta él de buen grado o a la fuerza.
Pero, tras haberlo intentado con todo tipo de argumentos,
cuando la levantaba por la cintura para llevarla al lado de su hijo, ella se
agarró a la puerta, aferrándose a ella con tal fuerza que no pudieron sacarla
de la habitación.
Luego, cuando la dejaron, se prosternó a los pies del
médico, pidiendo perdón, acusándose de ser una miserable. Y exclamaba: «¡Oh! No
se morirá, dígame que no se morirá, se lo ruego, dígale que le quiero, que le
adoro…».
El joven agonizaba. Al verse en las últimas, suplicó que
hicieran decidirse a su madre para que viniera a decirle adiós.
Con esa especie de presentimiento que tienen a veces los
moribundos, él lo había comprendido todo, intuido todo y decía: «Si ella no se
atreve a entrar, ruéguenle tan sólo que venga por el balcón hasta mi ventana
para que yo la vea al menos, para que pueda decirle adiós con una mirada,
puesto que no puedo besarla».
El médico y el sacerdote volvieron de nuevo a donde estaba
la mujer: «No corre usted riesgo alguno —afirmaban—, pues habrá un cristal
entre él y usted».
Ella aceptó, se cubrió la cara, tomó un frasco de sales,
dio tres pasos por el balcón, luego de repente, llevándose las manos al rostro,
gimió: «No…, no…, no me atreveré nunca a verle…, nunca…, siento demasiada
vergüenza…, tengo demasiado miedo…, no, no puedo».
Quisieron arrastrarla, pero ella se sujetaba con ambas
manos a los barrotes y soltaba tales lamentos que los viandantes, en la calle,
levantaban la cabeza.
Y el moribundo esperaba, con los ojos vueltos hacia esa
ventana, esperaba, para morir, a haber visto por última vez el rostro dulce y
querido, el rostro sagrado de su madre.
Esperó largo rato, y se hizo de noche. Entonces se volvió
hacia la pared y no pronunció ya una palabra.
Cuando se hizo de día, había muerto.
Al día siguiente, ella enloqueció.
LA PUERTA*
—¡Ah! —exclamó Karl Massouligny—, ¡esta de los maridos
complacientes es un asunto peliagudo! Sí, los he conocido de todo pelaje, pero
no sabría emitir un juicio sobre ninguno de ellos. A menudo he tratado de
determinar si son ciegos, perspicaces o débiles. Creo que los hay de estas tres
categorías.
Pasemos por alto a los ciegos. No puede decirse, en
puridad, que sean complacientes, ya que no lo saben, sino más bien bonachones
que nunca ven más allá de sus narices. Por otra parte, es curioso e interesante
observar con qué facilidad los hombres, todos los hombres, y también las
mujeres, todas las mujeres, se dejan engañar. Caemos en la trampa de las
menores astucias de quienes tenemos a nuestro alrededor: hijos, amigos,
criados, proveedores. La humanidad es crédula; y nosotros, para sospechar,
descubrir y desbaratar las artimañas ajenas, no recurrimos ni a la décima parte
de la agudeza que empleamos cuando a nuestra vez queremos engañar a alguien.
Los maridos perspicaces son de tres tipos. Los que tienen
interés, por razones de dinero, de ambición o por cualquier otro motivo, en que
su mujer tenga uno o más amantes. Sólo piden que se respeten, más o menos, las
apariencias, y en lo demás están satisfechos.
Los que montan en cólera. Sobre éstos podría escribirse
una bonita novela.
Y, por último, los débiles, los que temen un escándalo.
Están también los impotentes, o mejor dicho, los cansados,
que evitan el lecho conyugal por temor a una ataxia o a una apoplejía, y se
resignan a ver exponerse a este peligro a un amigo.
Por lo que a mí respecta, conocí a un marido de una raza
rarísima, que se defendió de la común desgracia de modo ingenioso e insólito.
Había conocido yo en París a una pareja elegante, mundana,
muy introducida. La mujer, una inquieta, alta, espigada, muy cortejada, se
decía que había tenido sus aventuras. Me gustó por su ingenio y creo que yo
también le gusté. Le hice la corte, una corte a la que ella correspondió con
claras provocaciones. No tardamos en llegar a las miradas lánguidas, a los
apretones de mano y a todas las pequeñas galanterías que preceden al gran
ataque.
Sin embargo, yo dudaba. Estoy convencido de que la mayor
parte de las relaciones mundanas, incluso las muy breves, no valen el esfuerzo
que nos cuestan ni todas las molestias que pueden acarrearnos. Estaba sopesando
mentalmente los atractivos y los inconvenientes que cabía esperar y temer,
cuando me pareció advertir que el marido sospechaba de mí y me vigilaba.
Una noche, durante un baile, mientras susurraba dulces
palabras a la joven en un saloncito contiguo a los grandes salones donde se
bailaba, de repente descubrí en un espejo el reflejo de un rostro que nos
espiaba. Era él. Nuestras miradas se cruzaron y acto seguido, en el mismo
espejo, vi que volvía la cabeza y se iba.
Murmuré:
«Su marido nos espía».
Ella pareció asombrada.
«¿Mi marido?»
«Sí, nos está observando desde hace un tiempo.»
«Pero ¿qué dice? ¿Está seguro?»
«Segurísimo.»
«Es muy extraño. Normalmente es muy gentil con mis
amigos.»
«¡Tal vez ha comprendido que la amo!»
«Pero ¿qué dice? No es usted el primero en hacerme la
corte. Cualquier mujer que llame un poco la atención siempre tiene detrás a un
rebaño de pretendientes.»
«Sí. Pero yo la amo apasionadamente.»
«Admitiendo que ello sea cierto, ¿cuándo adivina un marido
estas cosas?»
«Entonces, ¿no es celoso?»
«No…, no…»
Ella reflexionó unos instantes y luego prosiguió:
«No… Nunca he advertido que fuera celoso».
«¿Nunca la ha… vigilado?»
«No, como le decía, es muy gentil con mis amigos.»
A partir de aquel día, hice una corte más habitual. No es
que la mujer me gustara más, pero los probables celos del marido eran un
excitante muy tentador.
En cuanto a ella, me puse a juzgarla con frialdad y
lucidez. Poseía un cierto encanto mundano que le venía de un ingenio vivo,
alegre, amable y superficial, pero ninguna seducción real y profunda. Era, como
ya le he dicho, una inquieta, pura exterioridad, de una elegancia un tanto
chillona. ¿Cómo explicároslo bien? Era…, era un decorado…, no una verdadera
construcción.
Ahora bien, he aquí que un día que había cenado en su
casa, su marido, en el momento de retirarme, me dijo:
«Amigo mío (me trataba de amigo desde hacía algún tiempo),
saldremos pronto para el campo. Pues bien, es, para mi mujer y para mí, un gran
placer recibir allí a la gente que apreciamos. ¿Aceptaría venir a pasar un mes
con nosotros? Sería muy amable por su parte».
Yo me quedé estupefacto, pero acepté.
Así pues, un mes más tarde, llegué a su casa en sus
posesiones de Vertcresson, en la Turena.
Me esperaban en la estación, a cinco kilómetros del
castillo. Eran tres, ella, el marido y un señor desconocido, el conde de
Morterade, a quien fui presentado. Éste parecía encantado de conocerme; y se me
pasaron por la cabeza las ideas más peregrinas mientras avanzábamos a trote
largo por un bonito camino encajonado, entre dos setos de vegetación. Me decía:
«Veamos, ¿qué quiere decir esto? He aquí un marido que puede temer que su mujer
y yo tengamos un romance, y me invita a su casa, me recibe como a un íntimo,
con aire de decirme:“¡Vamos, vamos, amigo, tiene usted vía libre!”.
»Luego me presenta a un señor de lo más respetable, ya
instalado en su casa, el cual… tal vez trataba de conseguir salir de ésta y
parece no menos contento que el marido de mi llegada.
»¿Se trata acaso de un ex que quiere retirarse? Es lo que
parece. ¿Y entonces qué? ¿Es posible que los dos hombres estén de acuerdo,
tácitamente, unidos por uno de esos pactos infames tan frecuentes entre la
gente del gran mundo? Y me proponen, sin decirme nada, formar parte de su
sociedad, sucediéndoles. Me tienden las manos, me abren los brazos. Me abren
todas las puertas y todos los corazones.
»¿Y ella? Un enigma. No debe ni puede ignorar nada de todo
esto. Y sin embargo…, y sin embargo… ¡No entiendo nada!».
La cena fue muy alegre y cordial. Cuando nos levantamos de
la mesa, el marido y su amigo se pusieron a jugar a las cartas mientras la
señora y yo nos fuimos hasta la escalinata para contemplar el claro de luna.
Ella parecía emocionadísima por la naturaleza y yo pensé que el momento de mi
felicidad estaba muy cerca. Aquella noche me pareció verdaderamente seductora.
El campo la había enternecido, o mejor dicho, puesto lánguida. Su esbelto talle
resultaba hermoso en la escalinata de piedra, al lado del gran jarrón con una
planta. Tenía ganas de llevarla bajo los árboles y echarme a sus pies
murmurándole palabras de amor.
La voz del marido llamó:
«¿Louise?».
«Sí, querido.»
«Te olvidas del té.»
«Ya voy, querido.»
Volvimos adentro y ella sirvió el té. Los dos hombres, una
vez terminada la partida de cartas, parecían visiblemente soñolientos. Era hora
de subir a nuestras habitaciones. Me costó conciliar el sueño y dormí muy mal.
Al día siguiente, por la tarde, decidimos hacer una
excursión, y partimos en coche descubierto para ir a visitar unas ruinas. En el
coche, ella y yo nos sentamos en el asiento de atrás y teníamos a los otros dos
enfrente, de espaldas al cochero.
Hablábamos animadamente, con simpatía, con confianza. Yo
soy huérfano, y me parecía que acababa de encontrar a mi familia, pues me
sentía con ellos como en mi casa.
De repente, tras estirar ella un pie entre las piernas de
su marido, éste murmuró con aire de reproche:
«Louise, por favor, no use sus viejos zapatos. No hay
razón para cuidarse más en París que en el campo».
Yo bajé la mirada. Ella llevaba, en efecto, unos viejos
botines echados a perder y advertí que tenía las medias aflojadas.
Ella se había sonrojado y retirado su pie debajo de su
falda. El amigo miraba a lo lejos con aire indiferente y ajeno a todo.
El marido me ofreció un cigarro que yo acepté. Durante
varios días, me fue imposible quedarme a solas con ella ni dos minutos, tanto
nos seguía él a todas partes. Se mostraba muy gentil conmigo, por otra parte.
Ahora bien, una mañana, en que había venido a buscarme
para dar un paseo a pie antes de la comida, nos pusimos a hablar del
matrimonio. Yo le dije algunas frases sobre la soledad y algunas otras sobre la
vida en común, vuelta encantadora por el afecto de una mujer. Él me interrumpió
bruscamente:
«Amigo mío, no hable de lo que no conoce. Una mujer que no
tenga ya interés en amarle no tardará en dejar de hacerlo. Todas esas
coqueterías que las hacen deliciosas cuando ellas no son nuestras para siempre,
se acaban cuando se vuelven nuestras. Y además… las mujeres honestas, o sea las
nuestras… son…, no son…, no tienen…, en fin, no conocen lo bastante su oficio
de mujer. Sí… y sé lo que me digo».
No añadió nada más, y no conseguí comprender con claridad
lo que quería decir.
Dos días después de esta conversación me llamó a su
habitación, muy temprano, para enseñarme una colección de grabados.
Me senté en un sillón, delante de la gran puerta que
separaba su habitación de la de su mujer, y oía andar, moverse detrás de la
puerta, y no pensaba en absoluto en los grabados, pese a exclamar: «¡Oh,
delicioso! ¡Estupendo! ¡Estupendo!».
De repente me dijo:
«¡Oh!, pero si aquí al lado tengo una maravilla. Voy a
buscarla».
Se precipitó hacia la puerta y se abrieron las dos hojas
de par en par como por un efecto teatral.
En una gran alcoba desordenada, entre faldas, cuellos de
encaje, blusas que cubrían el suelo, una gran criatura enjuta, despeinada, con
la parte inferior del cuerpo cubierta por una vieja falda de seda deslucida que
ceñía sus flacos costados, se estaba peinando delante del espejo sus cabellos
rubios, cortos y ralos.
Sus brazos formaban dos ángulos agudos; y, en el momento
en que se dio la vuelta espantada, pude ver, debajo de una camisa de tela
vulgar, un cementerio de costillas disimuladas en público por unos falsos
pechos de algodón.
El marido profirió un grito muy espontáneo, volvió tras
cerrar la puerta y, con aire desconsolado, dijo:
«¡Oh, Dios mío, qué estúpido soy! ¡Oh, realmente un
idiota! ¡Es un error que mi mujer no me perdonará jamás!»
Yo tenía ganas de darle las gracias.
Partí tres días más tarde, tras haber estrechado
enérgicamente las manos de los dos hombres y besado la de la mujer, que se
despidió de mí fríamente.
*
Karl Massouligny se calló.
Le dijeron:
—Pero ¿y el amigo quién era?
—No lo sé… Pero…, pero no parecía muy contento de verme
partir tan pronto…
EL HORLA*
8 de mayo. ¡Qué espléndido día! Me he pasado toda la
mañana tumbado en la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la
cubre, la abriga y le da sombra por completo. Me gusta este lugar, y me gusta
vivir en él porque aquí tengo mis raíces, esas raíces profundas y delicadas que
vinculan a una persona a la tierra en que han nacido y muerto sus antepasados,
que la vinculan a lo que allí se piensa y se come, tanto a las costumbres como
a los alimentos, a los giros locales, a las inflexiones de los campesinos, a
los olores de la tierra, de las ciudades y del mismo aire.
Me gusta mi casa donde yo crecí. Desde mis ventanas, veo
correr el Sena a lo largo de mi jardín, detrás de la carretera, casi por dentro
de casa, el Sena grande y anchuroso, que va de Ruán a Le Havre, cubierto de
barcos que pasan.
A la izquierda, al fondo, Ruán, la vasta ciudad de tejados
azules, bajo la multitud puntiaguda de campanarios góticos. Éstos son
innumerables, anchos o estrechos, dominados por la aguja de hierro colado de la
catedral, y llenos de campanas que suenan en el aire azul de las hermosas
mañanas, haciendo llegar hasta mí su dulce y lejano tañido de hierro, su canto
broncíneo que me trae la brisa, unas veces más fuerte y otras más debilitado,
según que se desencadene o amaine.
¡Qué bonita mañana hacía!
Hacia las once, desfiló por delante de mi verja un largo
tren de navíos, arrastrados por un remolcador, del tamaño de un bateau-mouche,
que gruñía por el esfuerzo mientras vomitaba un denso humo.
Detrás de dos goletas inglesas, cuyo pabellón rojo ondeaba
en el cielo, venía un magnífico buque de tres palos brasileño, todo blanco,
admirablemente limpio y reluciente. Le hice un saludo, no sé por qué, de tanto
como me gustó verlo.
12 de mayo. Desde hace unos días tengo unas décimas de
fiebre; no me siento bien, o mejor dicho, me siento triste.
Pero ¿de dónde vienen estas influencias misteriosas que
mudan nuestra felicidad en desaliento y nuestra confianza en desesperación? Se
diría que el aire invisible está lleno de Potencias incognoscibles cuya
misteriosa proximidad acusamos. Me despierto lleno de alegría, con ganas de
cantar. ¿Por qué? Sigo el curso del agua; y de repente, tras un corto paseo,
vuelvo afligido como si en casa me esperase una desgracia. ¿Por qué? ¿Acaso un
escalofrío, al rozarme la piel, me ha alterado los nervios y entristecido el
alma? ¿Acaso es la forma de las nubes, o el color de la luz, el color de las
cosas, tan variable, que, al pasar a través de mis ojos, me ha turbado la
mente? ¡Quién sabe! ¿Acaso todo cuanto nos rodea, todo cuanto vemos sin mirar,
todo cuanto rozamos sin conocerlo, todo cuanto tocamos sin palparlo, todo
cuanto encontramos sin distinguirlo, produce en nosotros, en nuestros órganos y
en nuestras ideas, incluso en nuestro corazón, efectos inmediatos,
sorprendentes e inexplicables?
¡Qué profundo el misterio de lo Invisible! No conseguimos
verlo con nuestros pobres sentidos, con nuestros ojos que son incapaces de
percibir lo demasiado pequeño, lo demasiado grande, lo demasiado próximo o lo
demasiado lejano, los habitantes de una estrella, ni tampoco los de una gota de
agua…, con nuestros oídos engañosos, pues nos transmiten las vibraciones del
aire en notas sonoras. ¡Son como hadas que obran el milagro de trocar en ruido
ese movimiento y mediante esta metamorfosis dan nacimiento a la música, que
torna cantarina la muda agitación de la naturaleza…, con nuestro olfato, más
débil que el del perro… con nuestro gusto, que apenas si puede discernir la
edad de un vino!
¡Ah, si tuviéramos otros órganos que obrasen en nuestro
favor otros milagros, cuántas cosas podríamos aún descubrir a nuestro
alrededor!
16 de mayo. ¡Estoy sin duda enfermo! ¡Me sentía tan bien
el mes pasado! ¡Tengo fiebre, una fiebre terrible, o mejor dicho, un
enervamiento febril que aflige tanto mi alma como mi cuerpo! Tengo de forma
permanente esa sensación espantosa de un peligro amenazador, esa percepción de
una desgracia o de la muerte próximas, ese presentimiento que es sin duda
efecto de un mal todavía desconocido, que germina en la sangre y en la carne.
18 de mayo. Acabo de ir a consultar a mi médico, pues no
conseguía ya dormir. Me ha encontrado el pulso acelerado, las pupilas
dilatadas, los nervios alterados, pero ningún síntoma preocupante. Tendré que
tomar duchas y beber bromuro de potasio.
25 de mayo. ¡Ningún cambio! Mi estado es en verdad
extraño. A medida que se acerca la noche, me invade una inquietud
incomprensible, como si la noche escondiera para mí una amenaza terrible. Ceno
deprisa, luego trato de leer; pero no comprendo las palabras; a duras penas si
distingo las letras. Comienzo a pasear adelante y atrás por el salón, oprimido
por un vago e invencible temor: el temor al sueño y a la cama.
Hacia las diez subo a mi cuarto. Apenas entrar, doy una
doble vuelta de llave, y echo el pestillo; tengo miedo…, ¿de qué?… No temía
nada hasta ahora…, abro mis armarios, miro debajo de la cama; escucho…,
escucho…, ¿el qué?… ¿No es extraño que un simple malestar, quizá un trastorno
circulatorio, la irritación de una fibra nerviosa, una ligera congestión, una
mínima perturbación en el funcionamiento tan imperfecto y delicado de nuestro
mecanismo vital, puedan transformar en melancólico al hombre más alegre, en
cobarde al más valiente? Luego me meto en la cama y espero el sueño, como si
esperase al verdugo. Lo espero y tiemblo por su llegada, me palpita el corazón
y me tiemblan las piernas; y todo mi cuerpo se sobresalta entre el calor de las
sábanas, hasta que de repente me caigo de sueño, como si cayera para ahogarme
dentro de un pozo de agua estancada. No lo siento llegar, como antes, a ese
pérfido sueño, oculto cerca de mí, que me espía, que va a cogerme de la cabeza,
a cerrarme los ojos, a aniquilarme.
Duermo —bastante— dos o tres horas —luego sueño— no —una
pesadilla me atenaza. Percibo perfectamente que estoy acostado y que duermo…,
lo siento y lo sé…, y siento también que alguien se acerca a mí, me mira, me
palpa, sube a mi cama, se arrodilla sobre mi pecho, me coge del cuello con sus
manos y aprieta…, aprieta…, con todas sus fuerzas para estrangularme.
¡Me debato, presa de esa impotencia atroz que nos paraliza
en los sueños; quiero gritar, pero no puedo; trato de moverme, pero no puedo;
trato, con esfuerzos tremendos, jadeando, de darme la vuelta, de rechazar a ese
ser que me aplasta y me ahoga, pero no puedo!
De golpe me despierto, aterrado, sudoroso. Enciendo una
vela. No hay nadie.
Tras esta crisis, que se repite todas las noches, duermo
por fin tranquilo hasta el amanecer.
2 de junio. He empeorado. ¿Qué tengo, pues? El bromuro no
me hace nada, ni tampoco las duchas. Hace un rato, para cansarme un poco,
aunque estoy ya agotado, me he ido a dar una vuelta por el bosque de Roumare.
Al principio me ha parecido que el aire fresco, suave y ligero, oloroso a
hierbas y a hojas, me devolvía una sangre nueva a las venas, nueva energía al
corazón. He tomado por una gran pista de caza, luego he torcido hacia La
Bouille, por un sendero entre dos ejércitos de árboles altísimos que formaban
una techumbre verde, tupida, casi negra, entre el cielo y yo.
De repente me he sentido estremecer, no por el frío, sino
por una extraña angustia.
He apretado el paso, turbado por hallarme solo en el
bosque, atemorizado, sin motivo y neciamente, por esa profunda soledad. De
pronto me ha parecido que alguien me seguía, que alguien me pisaba los talones,
cerca, tan cerca de mí que hubiera podido tocarme.
Me he dado la vuelta bruscamente. No había nadie. Detrás
de mí, no he visto más que la recta y ancha alameda, desierta, alta,
temiblemente desierta; y del otro lado también se extendía hasta donde se
perdía la vista, toda igual, aterradora.
He cerrado los ojos. ¿Por qué? Y he empezado a girar sobre
un talón, muy rápido, como una peonza. A punto he estado de caer; he abierto de
nuevo los ojos; los árboles bailaban, la tierra flotaba; he tenido que
sentarme. Y luego, ¡ay!, ¡ya no sabía por dónde había venido! ¡Extraña idea!
¡Extraña! ¡Extraña idea! No había manera de saberlo. He tomado hacia el lado de
la derecha, y he vuelto a la alameda que me había llevado al interior del
bosque.
3 junio. La noche ha sido horrible. Voy a ausentarme por
unas semanas. Un corto viaje, sin duda, hará que me restablezca.
2 de julio. De vuelta en casa. Estoy curado. He hecho, por
otra parte, una excursión encantadora. He visitado el monte Saint-Michel, que
no conocía.
¡Qué vista, cuando llega uno, como yo, a Avranches, hacia
el final del día! La ciudad está sobre una colina; y me llevaron al parque
público, al fondo del casco antiguo. Solté un grito de asombro. Delante de mí
se extendía hasta donde se pierde la vista una inmensa bahía, entre dos amplias
costas que se perdían a lo lejos entre las brumas; y en medio de esa inmensa
bahía amarilla, bajo un cielo de oro y de luz, se alzaba, entre la arena, un
extraño monte oscuro y puntiagudo. El sol acababa de ponerse, y en el horizonte
llameante aún se dibujaba el perfil de esa roca fantástica rematada en su cima
por un monumento fantástico.
Tan pronto como amaneció me fui hacia él. La mar estaba
baja, como la noche antes, y veía alzarse delante de mí, a medida que me
acercaba a ella, la sorprendente abadía. Tras varias horas de marcha, llegué al
enorme bloque de piedras en que se asienta la pequeña ciudad dominada por su
gran iglesia. Después de haber trepado la calle estrecha y muy empinada, entré
en la más admirable morada gótica construida por Dios en la tierra, vasta como
una ciudad, llena de salas bajas que parecen aplastadas por unas bóvedas y unas
altas galerías que sostienen frágiles columnas. Entré en esa gigantesca joya de
granito, ligera como un encaje, cubierta de torres, de esbeltos campaniles, por
donde ascienden escaleras tortuosas, y que proyectan en el cielo azul del día,
y en el cielo negro de la noche, sus extrañas cabezas erizadas de quimeras, de
diablos, de animales fantásticos, de flores monstruosas, unidas entre sí por
unos finos arcos labrados.
Cuando estuve en lo alto, le dije al fraile que me
acompañaba: «Padre, ¡qué bien debe de encontrarse aquí!».
Él me respondió: «Hace mucho viento, señor»; y nos pusimos
a charlar mientras mirábamos cómo subía la marea, que se deslizaba por la arena
y la cubría de una coraza de acero.
Y el fraile me contó historias, todas las viejas historias
del lugar, leyendas, siempre leyendas.
Una de ellas me causó gran impresión. Afirma la gente del
pueblo, los montañeses, que de noche se oye hablar en el arenal y balar a dos
cabras, una con un timbre sonoro, la otra con uno débil. Dicen los incrédulos
que se trata de gritos de las aves marinas, semejantes unas veces a balidos,
otras a quejidos humanos; pero los pescadores que regresan a hora tardía juran
haber encontrado, vagando por las dunas, entre una y otra marea, en torno a la
pequeña ciudad construida fuera del mundo, a un viejo pastor con la cabeza
siempre cubierta por su capote, que lleva tras de sí un cabrito con rostro de
hombre y una cabra con rostro de mujer, ambos de largos cabellos blancos, que
hablan sin descanso, discutiendo en una lengua desconocida, y que de repente
dejan de gritar para ponerse a balar con todas sus fuerzas.
Le pregunté al fraile: «¿Y usted se lo cree?».
Él murmuró: «No lo sé».
Yo proseguí: «Si de verdad existieran otros seres en la
tierra, ¿cómo es posible que no los conozcamos desde hace mucho tiempo? ¿Es
posible que no los hayamos visto ni usted ni yo?».
Respondió: «¿Acaso conseguimos ver la cienmilésima parte
de lo que existe? Piense en el viento, la mayor fuerza de la naturaleza, que
derriba a los hombres, abate los edificios, arranca de raíz los árboles, hace
alzarse el mar en montañas de agua, destruye los acantilados, hace pedazos los
barcos; el viento que mata, que silba, que gime, que ruge. ¿Acaso lo ha visto
alguna vez?, ¿puede verlo? Y, sin embargo, existe».
Me callé ante aquel simple argumento. Aquel hombre era un sabio,
o tal vez un necio. No habría sabido decirlo a ciencia cierta; pero me callé.
Lo que él decía yo lo había pensado con frecuencia.
3 de julio. He dormido mal, debido sin duda a una especie
de calentura, pues mi cochero sufre del mismo mal que yo. Al volver ayer a
casa, observé su singular palidez. Le pregunté:
«¿Qué le pasa, Jean?»
«No puedo descansar, señor, mis noches vuelven mis días
horribles. Desde que el señor se fue, ha sido como un maleficio».
Los otros criados están bien sin embargo, pero yo tengo un
gran miedo de que vuelva a cogerme.
4 de julio. Decididamente, me ha cogido otra vez. Retornan
las viejas pesadillas. Esta noche he sentido que alguien estaba echado sobre
mí, y que, con su boca sobre la mía, me succionaba la vida entre los labios.
Sí, me la succionaba en la garganta, como habría hecho una sanguijuela. Luego
se ha levantado, ya saciado, y yo me he despertado tan postrado, hecho polvo,
aniquilado, que ya no era capaz de moverme. Si esto dura unos pocos días más,
me tendré que ir de nuevo.
5 de julio. ¿He perdido la razón? ¡Lo que ha pasado, lo
que he visto la noche pasada es tan extraño, que desbarro cuando pienso en
ello!
Como hago ahora cada noche, había cerrado mi puerta con
llave; luego, como tenía sed, me tomé medio vaso de agua y observé por
casualidad que mi botella estaba llena hasta el tapón de cristal.
A continuación me acosté y caí en unos de mis sueños
espantosos, del que me sacó al cabo de unas dos horas una sacudida más tremenda
aún.
Imaginaos a un hombre dormido que se ve asaltado en sueños
y se despierta con un cuchillo clavado en los pulmones y que agoniza cubierto
de sangre y no puede ya respirar, y va a morir, sin comprender nada. Ha sido
algo así.
Tras haber recobrado la razón, sentí sed de nuevo; encendí
una vela y me fui hacia la mesa donde tenía la botella. La levanté inclinándola
sobre mi vaso; no salió nada. ¡Estaba vacía! ¡Totalmente vacía! ¡Al principio,
no entendí nada; luego, de repente, sentí una emoción tan terrible que tuve que
sentarme, o más bien, me derrumbé sobre una silla! ¡Luego me enderecé de un
salto para mirar a mi alrededor! ¡A continuación me volví a sentar, loco de
asombro y de miedo delante del cristal transparente! Lo contemplé con la mirada
fija, tratando de adivinar. ¡Me temblaban las manos! ¡Se habían bebido el agua!
¿Quién? ¿Yo? ¡Yo, sin duda! ¡No podía ser otro que yo! Entonces, era un
sonámbulo, vivía, sin saberlo, esa doble vida misteriosa que hace dudar de si
no hay dos seres en nosotros, o si un ser extraño, incognoscible e invisible,
anima, a veces, cuando nuestro espíritu está amodorrado, nuestro cuerpo
prisionero que obedece a este otro igual que a nosotros, e incluso más.
¿Quién podrá comprender mi espantosa angustia? ¿Quién
podrá comprender la emoción de una persona sana de mente, totalmente despierta,
en pleno uso de su razón, que mira aterrorizada, a través del cristal de la
botella, un poco de agua desaparecida mientras dormía? Me quedé así hasta el
amanecer, sin tener el valor de volver a la cama.
6 de julio. Estoy enloqueciendo. Esta noche se han bebido
de nuevo el agua de la botella, mejor dicho, me la he bebido.
¿Soy yo? ¿Yo? ¿O quién si no? ¡Dios mío! ¿Estoy
enloqueciendo? ¿Quién me salvará?
10 de julio. Acabo de hacer unas pruebas sorprendentes.
¡Estoy decididamente loco! ¡Y sin embargo!…
El 6 de julio, antes de acostarme, puse sobre mi mesa
vino, leche, agua, pan y unas fresas.
Se bebieron, me bebí, toda el agua y un poco de leche. No
tocaron ni el vino, ni el pan, ni las fresas.
El 7 de julio repetí la misma prueba, que dio el mismo
resultado.
El 8 de julio suprimí el agua y la leche. No tocaron nada.
El 9 de julio, finalmente, puse de nuevo únicamente sobre
mi mesa agua y leche, procurando envolver las botellas con unas telas de
muselina blanca y atar los tapones con un cordel. Luego me froté los labios, la
barba, las manos con grafito y me acosté.
Me dominó el mismo sueño invencible, seguido al cabo de
poco del mismo atroz despertar. Yo no me había movido; mis sábanas no mostraban
mancha alguna. Me fui hacia la mesa. Las telas que encerraban las botellas
habían permanecido inmaculadas. Desaté los nudos, palpitando de miedo. ¡Se
habían bebido toda el agua! ¡Se habían bebido toda la leche! ¡Ah! ¡Dios mío!…
Partiré hoy mismo hacia París.
12 de julio. París. ¡Había perdido la cabeza en los
últimos días! Me he convertido en el juguete de mi fantasía sobreexcitada, o
bien seré realmente un sonámbulo, habré sido víctima de esos influjos
verificados, pero inexplicables por el momento, llamados sugestiones. En
cualquier caso, mi enloquecimiento estaba llegando a la demencia, y
veinticuatro horas en París han bastado para devolverme la seguridad en mí
mismo.
Ayer, después de ir de compras y de hacer unas visitas,
que fueron como una bocanada de aire fresco y vivificador, acabé la velada en
el Théâtre-Français. Representaban una obra de Alejandro Dumas hijo; y ese
espíritu alerta y poderoso ha acabado de curarme. Ciertamente, la soledad es
peligrosa para las inteligencias que trabajan. Necesitamos a nuestro alrededor
hombres que piensen y que hablen. Cuando estamos solos largo tiempo, poblamos
el vacío de fantasmas.
He vuelto muy alegre por los bulevares al hotel. Iba
pensando, no sin ironía, al rozarme con la multitud, en mis terrores, en mis
suposiciones de la semana pasada, pues llegué a creer, sí, llegué a creer que
un ser invisible habitaba bajo mi tejado. ¡Qué débil es nuestra cabeza y cómo
se asusta, no tarda en extraviarse, tan pronto como nos impresiona un hecho
cualquiera incomprensible!
En vez de llegar a esta simple conclusión: «No comprendo
por qué se me escapa la causa», enseguida nos imaginamos unos misterios
espantosos y unas potencias sobrenaturales.
14 de julio. Fiesta de la República. Me he paseado por las
calles. Los petardos y las banderas me divirtieron como a un niño. Sin embargo,
es una gran necedad gozar a fecha fija, por decreto del Gobierno. El pueblo es
un rebaño imbécil, unas veces estúpidamente paciente y otras ferozmente
rebelde. Se le dice: «Diviértete». Y él se divierte. Se le dice: «Vota por el
Emperador». Y vota por el Emperador. Luego se le dice: «Vota por la República».
Y vota por la República.
Y no menos necios son quienes lo dirigen; pero en vez de
obedecer a unos hombres, lo hacen a unos principios, los cuales no pueden ser
sino estúpidos, estériles y falsos, por el hecho mismo de ser principios, es
decir, ideas reputadas como ciertas e inmutables, en este mundo en que no se
está seguro de nada, pues la luz es una ilusión, así como también el ruido.
16 de julio. Ayer vi cosas que me perturbaron mucho.
Cené en casa de una prima mía, la señora Sablé, cuyo
marido está al mando del 76.º de Cazadores en Limoges. Me encontraba yo en su
casa con unas jóvenes, una de las cuales está casada con un médico, el doctor
Parent, especializado en enfermedades nerviosas y que se interesa por las
manifestaciones extraordinarias a las que dan lugar actualmente las
experiencias sobre la hipnosis y la sugestión.
Durante un buen rato nos estuvo contando los prodigiosos
resultados obtenidos por unos sabios ingleses y por los médicos de la escuela
de Nancy.1
Se refirió a unos hechos que me parecieron tan extraños
que le confesé mi absoluta incredulidad.
«Estamos —afirmaba— a punto de descubrir uno de los más
importantes secretos de la naturaleza, quiero decir, uno de sus secretos más
importantes en esta tierra, porque ciertamente habrá otros igual de importantes
en los cielos, en las estrellas. Desde que el hombre piensa, desde que consigue
expresar y escribir su pensamiento, se siente rozar por un misterio que sus
groseros e imperfectos sentidos no consiguen penetrar, por lo que trata de
suplir la impotencia de sus órganos mediante los esfuerzos de su inteligencia.
Cuando esta inteligencia permanecía aún en estado rudimentario, la obsesión por
los fenómenos invisibles adquirió formas estúpidamente espantosas. Ellas dieron
origen a las creencias populares en lo sobrenatural, a las leyendas de los
espíritus que merodean en torno a nosotros, de las hadas, de los gnomos, de los
fantasmas y también a la leyenda de Dios, porque nuestra concepción del Sumo
Hacedor, provenga de la religión que provenga, es la invención más mediocre,
más estúpida e inadmisible nacida del cerebro asustado de los seres humanos. No
hay nada más cierto que esta frase de Voltaire: “Dios hizo al hombre a su
imagen y semejanza, pero el hombre le ha pagado con la misma moneda”.
»Y he aquí que, desde hace poco más de un siglo, parece
que se presenta el acontecimiento de algo nuevo. Mesmer y algunos otros nos han
situado en un camino impredecible y, sobre todo desde hace cuatro o cinco años,
hemos logrado unos resultados extraordinarios».
Mi prima, también ella muy incrédula, se sonreía. El
doctor Parent le dijo: «¿Quiere que trate de dormirla, señora?».
«Sí, no tengo inconveniente.»
Ella se sentó en un sillón y él se puso a mirarla
fijamente fascinándola. Yo me sentí de repente un tanto turbado, con el corazón
palpitándome y un nudo en la garganta. Veía entornarse los ojos de la señora
Sablé, crisparse su boca y jadear su pecho.
Al cabo de diez minutos, estaba dormida.
«Póngase detrás de ella», dijo el médico.
Y yo me senté detrás de ella. Le puso en las manos una
tarjeta de visita diciéndole: «Esto es un espejo; ¿qué ve en él?».
Ella respondió:
«Veo a mi primo».
«¿Qué está haciendo?»
«Retorcerse el bigote.»
«¿Y ahora?»
«Se saca una fotografía del bolsillo.»
«¿Qué fotografía es ésa?»
«Un retrato suyo.»
¡Era cierto! Y esa fotografía acababa de serme entregada,
esa misma tarde, en el hotel.
«¿Cómo está en ese retrato?»
«De pie, con el sombrero en la mano.»
Así pues, veía en esa tarjeta, en esa cartulina blanca,
como hubiera visto en un espejo.
Las jóvenes, espantadas, decían: «¡Ya basta! ¡Ya basta!
¡Ya basta!».
Pero el doctor ordenó: «Se levantará usted mañana a las
ocho; luego irá a ver a su primo al hotel, y le suplicará que le preste cinco
mil francos que le ha pedido su marido y que él le reclamará en su próximo
viaje».
Luego la despertó.
Mientras volvía al hotel, me puse a pensar en esa curiosa
sesión y me asaltaron dudas, no sobre la absoluta, la incuestionable buena fe
de mi prima, a la que conocía como a una hermana desde mi infancia, sino sobre
una posible superchería del doctor. ¿No disimularía en su mano un espejo que
mostraba a la joven dormida, al mismo tiempo que su tarjeta de visita?
Volví, pues, y me acosté.
Ahora bien, esa mañana, hacia las ocho y media, mi ayuda
de cámara me despertó y me dijo:
«Es la señora Sablé, quien pide hablar enseguida con el
señor».
Me vestí a toda prisa y la recibí.
Ella se sentó muy alterada, con los ojos gachos, y, sin
levantarse el velo, me dijo:
«Querido primo, tengo que pedirle un gran favor».
«¿Cuál, prima?»
«Me incomoda mucho decírselo, pero tengo que hacerlo.
Necesito, imperiosamente, cinco mil francos.»
«Pero ¡cómo! ¿Usted?»
«Sí, yo, o mejor dicho, mi marido, que me ha encargado que
viniera a verle.»
Yo estaba tan estupefacto que balbuceé mis respuestas. Me
preguntaba si realmente no se estaba burlando de mí en complicidad con el
doctor Parent, si no era aquello una simple broma preparada de antemano y muy
bien representada.
Pero, al mirarla con atención, se disiparon todas mis
dudas. Ella temblaba de angustia, tan dolorosa le resultaba la gestión, y
comprendí que estaba a punto de ponerse a sollozar.
Yo sabía que era muy rica y proseguí:
«Pero ¡cómo! ¡Su marido no puede disponer de cinco mil
francos! Vamos, reflexione. ¿Está segura de que le ha encargado que me los pida
a mí?».
Ella dudó unos segundos como si hubiera hecho un gran
esfuerzo por buscar en su memoria, luego respondió:
«Sí…, sí…, estoy segura».
«¿Le ha escrito?»
Ella dudó de nuevo, reflexionando. Intuí el esfuerzo
torturador de su pensamiento. No lo sabía. Lo único que sabía era que tenía que
pedirme prestados cinco mil francos para su marido. Así pues, se atrevió a
mentir.
«Sí, me ha escrito.»
«¿Cuándo? Ayer no me dijo nada de ello.»
«He recibido una carta esta mañana.»
«¿Puede enseñármela?»
«No…, no…, no…, contenía cosas íntimas…, demasiado
personales…, la he…, la he quemado.»
«Entonces, es que su marido tiene deudas.»
Ella dudó de nuevo, luego murmuró:
«No lo sé».
Yo manifesté bruscamente:
«Es que yo no puedo disponer de cinco mil francos en estos
momentos, querida prima».
Ella lanzó una especie de grito de dolor.
«¡Oh!, ¡oh!, se lo suplico, encuéntrelos…»
¡Se exaltaba, juntaba las manos en ademán de súplica! La
oía cambiar de tono su voz; lloraba y farfullaba, acosada, dominada por la
orden irresistible que había recibido.
«¡Oh!, ¡oh!, se lo suplico…, si supiera cuánto sufro…, los
necesito para hoy.»
Sentí lástima de ella.
«Los tendrá dentro de un rato, se lo juro.»
Ella exclamó:
«¡Oh!, ¡gracias, gracias! Qué bueno es usted».
Yo proseguí: «¿Recuerda lo que pasó ayer por la tarde en
su casa?».
«Sí.»
«¿Recuerda que el doctor Parent la durmió?»
«Sí.»
«Pues bien, le ordenó que viniera a pedirme prestados esta
mañana cinco mil francos, y usted obedece en este momento a esa sugestión.»
Ella reflexionó unos segundos y repuso:
«Es mi marido quien los pide».
Durante una hora, traté de convencerla, pero sin
conseguirlo.
Cuando se hubo ido, corrí a casa del doctor. Él se
disponía a salir, y me escuchó con una sonrisa. Luego dijo:
«¿Está convencido ahora?».
«Sí, me rindo a la evidencia.»
«Vayamos a casa de su pariente.»
Ella dormitaba en una tumbona, derrengada de cansancio. El
médico le tomó el pulso, la miró un rato, con una mano levantada hacia sus ojos
que ella fue cerrando poco a poco ante el esfuerzo insostenible de esa potencia
magnética.
Una vez que ella estuvo dormida, dijo:
«Su marido no necesita cinco mil francos. Olvidará, pues,
que le ha rogado a su primo que se los preste, y, si él le habla de ellos, no
entenderá nada».
Luego la despertó. Yo me saqué el billetero del bolsillo:
«Aquí tiene, querida prima, lo que me pidió esta mañana».
Ella se quedó tan sorprendida que no me atreví a insistir.
Traté, sin embargo, de refrescarle la memoria, pero negó con energía, creyó que
me burlaba de ella, y poco faltó para que se ofendiese.
¡Heme aquí! Acabo de volver al hotel; y no he podido
comer, de tanto como me ha trastornado esa experiencia.
19 de julio. Muchas personas a las que les he contado esta
aventura se han burlado de mí. Ya no sé qué pensar. El prudente dice: «Tal
vez».
21 de julio. Fui a cenar a Bougival, luego he pasado la
velada en el baile de los remeros. Decididamente, todo depende de los lugares y
de los ambientes. Creer en lo sobrenatural, en la isla de la Grenouillère,
sería el colmo de la locura…, pero ¿y en la cima del Mont Saint-Michel?…, ¿y en
las Indias? Acusamos horriblemente la influencia de lo que nos rodea. Volveré a
mi casa la próxima semana.
30 de julio. Regresé a casa ayer. Todo va bien.
2 de agosto. Nada nuevo; hace un tiempo magnífico. Paso
mis días viendo correr el Sena.
4 de agosto. Disputas entre mis criados. Afirman que, por
la noche, se rompen los vasos en los armarios. El ayuda de cámara acusa a la
cocinera, que a su vez acusa a la costurera, quien acusa a los otros dos.
¿Quién es el culpable? Felicidades a quien lo adivine.
6 de agosto. Esta vez no estoy loco. ¡Pues he visto…, he
visto…, he visto!… No puedo ya dudar… ¡He visto!… ¡Todavía me dura el frío
hasta en las uñas…, todavía tengo el miedo hasta en los tuétanos…, pues he
visto!…
Me paseaba a las dos, a pleno sol, por mi arriate de
rosales…, por la rosaleda de otoño que comienzan a florecer.
Al pararme a contemplar un géant des batailles,2 que tenía
tres hermosísimas flores, ¡vi, vi claramente, muy cerca de mí, doblarse el
tallo de una de estas rosas, como si una mano lo hubiera torcido, luego
romperse como si esta mano hubiera cogido la flor! Luego ésta se elevó,
siguiendo la curva que habría descrito un brazo al llevársela a la boca, y
permaneció suspendida en el aire diáfano, totalmente sola, inmóvil, espantosa
mancha roja a tres pasos de mis ojos.
Fuera de mí, ¡me arrojé sobre ella para cogerla! Pero no
encontré nada; había desaparecido. Entonces, me entró una ira furiosa contra mí
mismo, pues no le está permitido a un hombre razonable y serio tener semejantes
alucinaciones.
Pero ¿era una alucinación? Me volví para buscar el tallo,
y lo encontré de inmediato sobre el arbusto, acabado de romper, entre las otras
dos rosas que habían quedado en la rama.
Entonces, me volví a casa con la mente trastornada; pues
estoy seguro, ahora, seguro como de la alternancia de los días y de las noches,
de que existe cerca de mí un ser invisible, que se nutre de leche y de agua,
que puede tocar las cosas, cogerlas y cambiarlas de sitio, dotado por
consiguiente de una naturaleza material, aunque imperceptible para nuestros
sentidos, y que habita, como yo, bajo mi techo…
7 de agosto. He dormido tranquilo. Ha bebido agua de mi
botella, pero no ha turbado mi sueño.
Me pregunto si no estaré loco. Al pasear hace un rato a
pleno sol a lo largo del río, me han entrado dudas sobre mi razón, no ya vagas
dudas como las tenía hasta ahora, sino dudas concretas, absolutas. He visto
locos; he conocido a algunos que seguían siendo inteligentes, lúcidos, incluso
clarividentes respecto a todas las cosas de la vida, salvo en un punto.
Hablaban de todo con lucidez, con soltura, con profundidad, y de repente su
pensamiento, al topar con el escollo de su locura, se rompía contra él hecho
pedazos, disgregándose y hundiéndose en ese océano espantoso y furioso, lleno
de olas saltarinas, de brumas, de borrascas, llamado «demencia».
Me creería sin duda loco, totalmente loco, si no fuera
consciente, si no conociera perfectamente mi estado, si no lo sondeara
analizándolo con absoluta lucidez. En suma, no sería, pues, más que un
alucinado razonador. Podría haberse producido en mi cerebro un desorden
desconocido, uno de esos desórdenes que los fisiólogos tratan actualmente de
descubrir y de esclarecer; y este desorden habría provocado en mi mente, en el
orden y en la lógica de mis ideas, una grieta profunda. Fenómenos similares
ocurren en los sueños, cuando nos movemos entre las más increíbles
fantasmagorías sin sorprendernos, porque el aparato de verificación, porque el
sentido del control está adormecido, mientras que la imaginación vela y
trabaja. ¿No podría ser que una minúscula tecla de mi teclado cerebral se
hubiera paralizado? Hay personas que, tras un accidente, pierden la memoria de
los nombres propios, de los verbos o de los números, o sólo de las fechas. Hoy
se ha demostrado la posición de cada una de las partículas del pensamiento. ¡No
sería, por tanto, nada extraño que mi capacidad de comprobar la irrealidad de
ciertas alucinaciones en este momento se viera paralizada en mí!
Pensaba en todo esto mientras seguía la orilla del río. El
sol cubría de luz el agua, volvía deliciosa la tierra, llenaba mi mirada de
amor por la vida, por las golondrinas, cuya agilidad es una alegría para mis
ojos, por la hierba de la orilla, cuyo estremecimiento es un motivo de
felicidad para mis oídos.
Poco a poco, sin embargo, me empezó a invadir un
inexplicable malestar. Me parecía que una fuerza, una fuerza secreta me
entorpecía, me paraba, me impedía seguir más lejos, me impulsaba a retroceder.
Sentía esa necesidad dolorosa de volver a casa que nos oprime cuando se ha
dejado allí a un enfermo querido y se tiene el presentimiento de que se ha
agravado su mal.
Así pues, he vuelto a pesar mío, convencido de que me
encontraría, en mi casa, una mala noticia, una carta o un telegrama. No había
nada de ello; y me he quedado más sorprendido y turbado que si hubiera tenido
alguna otra fantástica visión.
8 de agosto. Ayer pasé una velada horrible. Él ya no se
muestra, pero presiento que se halla cerca, me espía, me mira, entra dentro de
mí, me domina, más temible, al esconderse así, que si revelara su presencia
invisible y permanente por medio de fenómenos sobrenaturales.
A pesar de ello, he dormido.
9 de agosto. Nada, pero tengo miedo.
10 de agosto. Nada; ¿qué sucederá mañana?
11 de agosto. Nada todavía; pero no puedo seguir en mi
casa con este pensamiento y este temor que me han entrado en el alma. Partiré.
12 de agosto, diez de la noche. Durante todo el día he
tratado de irme, pero no he podido. Hubiera querido llevar a cabo ese gesto de
libertad tan fácil y simple que es salir y subir a mi coche para ir a Ruán.
Pero no he podido. ¿Por qué?
13 de agosto. Cuando se padecen ciertas enfermedades
parece que todos los resortes del ser físico se hayan roto, todas las energías
anulado, todos los músculos aflojado, los huesos vueltos como carne y la carne
licuado como agua. Siento esto en mi ser moral, de un modo extraño y desolador.
No tengo ya ninguna fuerza ni valor, ni dominio de mí mismo, ni siquiera la
capacidad de activar mi voluntad. No consigo ya querer; pero hay alguien que
quiere por mí, y yo obedezco.
14 de agosto. ¡Estoy perdido! ¡Alguien posee y gobierna mi
alma! Alguien manda sobre todas mis acciones, todos mis movimientos, todos mis
pensamientos. Yo no soy ya nada en mí mismo, salvo un espectador esclavo y
aterrado de cuanto hago. Quiero salir pero no puedo. Él no quiere; y
permanezco, espantado y tembloroso, en el sillón donde me obliga a estar
sentado. Sólo quisiera levantarme, alzarme, para creer que sigo siendo dueño de
mí mismo. Pero no lo consigo. Estoy como anclado en el sillón, y éste está pegado
al suelo, de modo que ninguna fuerza podría levantarnos.
Luego, de golpe, se impone en mí la necesidad de ir al
fondo del huerto para coger unas pocas fresas y comérmelas. Voy. Cojo las
fresas y me las como. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Existe un Dios?
¡Si existe, que me libere, que me salve, que me socorra! ¡Perdón! ¡Piedad!
¡Clemencia! ¡Sálvame! ¡Qué sufrimiento! ¡Qué tormento! ¡Qué horror!
15 de agosto. Ahora comprendo cómo estaba poseída,
dominada, mi pobre prima, cuando vino a pedirme cinco mil francos prestados.
Estaba poseída por una voluntad extraña que había entrado en ella, como otra
alma, como otra alma parásita y dominadora. ¿Acaso se acerca el fin del mundo?
Pero ¿quién es el que me gobierna a mí?, ¿quién es ese
invisible, ese incognoscible, ese merodeador de una raza sobrenatural?
¡Por tanto los Invisibles existen! ¿Por qué, entonces,
desde el principio del mundo no se habían manifestado todavía de forma
concreta, como hacen conmigo? Nunca he leído nada parecido a lo sucedido en mi
casa. ¡Oh!, si pudiera irme, si pudiera escapar y ya no volver. Estaría
salvado. Pero no puedo.
16 de agosto. Hoy he conseguido escapar durante un par de
horas, como un prisionero que encuentra abierta por casualidad la puerta de su
celda. De repente me he dado cuenta de que estaba liberado y que él se hallaba
lejos. He ordenado que engancharan rápido y me he dirigido a Ruán. ¡Oh! ¡Qué
alegría poder decirle a un hombre que obedece: «¡A Ruán!»!
He mandado parar delante de la biblioteca y he pedido
prestado el gran tratado del doctor Hermann Herestauss sobre los habitantes
desconocidos del mundo antiguo y moderno.
Luego, a la hora de volver a montar en mi cupé, ganas
tenía de decir: «¡A la estación!» y he exclamado —no lo he dicho, sino
exclamado— con una voz tan fuerte que los viandantes han vuelto la cabeza: «A
casa», y he caído, enloquecido de angustia, sobre el cojín de mi coche. Él me
había vuelto a encontrar y se había enseñoreado de mí otra vez.
17 de agosto. ¡Ah! ¡Qué noche! Y, sin embargo, me parece
que debería alegrarme. ¡Me quedé leyendo hasta la una de la noche! Hermann
Herestauss, doctor en filosofía y teogonía, ha escrito la historia y las
manifestaciones de todos los seres invisibles que merodean en torno al hombre o
son producto de su imaginación. Describe sus orígenes, su dominio, su poder.
Pero ninguno de ellos se parece al que me acosa a mí. Se diría que el hombre,
desde que piensa, ha presentido y temido un ser nuevo, más fuerte que él, su
sucesor en este mundo, y que al sentirle cerca y no poder prever la naturaleza
de este amo, ha creado, en su terror, todo el pueblo fantástico de los seres
ocultos, fantasmas fruto del miedo.
Así pues, tras haber leído hasta la una de la noche, fui a
sentarme a continuación frente a mi ventana abierta para refrescar mi frente y
mi pensamiento con el viento calmo de la oscuridad.
¡Hacía bueno, el aire era tibio! ¡Cómo me habría gustado
una noche así en otro tiempo!
No había luna. En lo alto del cielo negro las estrellas
despedían unos centelleos estremecedores. ¿Quién habita esos mundos? ¿Qué
formas, qué seres vivos, qué animales, qué plantas hay ahí? Quienes piensan, en
esos universos lejanos, ¿qué saben más que nosotros? ¿Qué pueden más que
nosotros? ¿Qué ven que nosotros no conozcamos en absoluto? Un día u otro,
¿acaso uno de ellos, atravesando el espacio, no aparecerá en la Tierra para
conquistarla, como en los tiempos pasados los normandos atravesaban los mares para
subyugar a los pueblos más débiles?
¡Somos tan débiles, tan inermes, ignorantes y pequeños,
nosotros que vivimos en esta partícula de barro que gira disuelta en una gota
de agua!
Me amodorré fantaseando de este modo al fresco viento de
la noche.
Pues bien, después de haber dormido alrededor de cuarenta
minutos, volví a abrir los ojos sin hacer un movimiento, despertado por no sé
qué emoción confusa y extraña. Al principio no vi nada, luego, de repente, me
pareció que una página del libro que había quedado abierta sobre mi mesa
acababa de volverse sola. Por la ventana no había entrado soplo alguno de aire.
Me quedé sorprendido y esperé. Al cabo de unos cuatro minutos, vi, sí, vi con
mis propios ojos otra página levantarse y caer sobre la anterior, como si un
dedo la hubiera pasado. Mi sillón estaba vacío, parecía vacío; pero comprendí
que él estaba allí, sentado en mi lugar, y que leía. ¡De un salto furioso, de
un salto de bestia enfurecida, que va a desgarrar a su domador, crucé mi
habitación para atraparle, para alcanzarle, para matarle!… Pero mi asiento,
antes de que yo lo hubiera alcanzado, fue derribado como si alguien hubiera
huido delante de mí…, mi mesa se tambaleó, mi lámpara cayó y se apagó, y mi
ventana se cerró como si un ladrón sorprendido se hubiera lanzado a la noche,
cerrando tras de sí los postigos.
¡Así pues, había huido; él había tenido miedo, miedo de
mí!
¡Entonces…, entonces…, mañana… o más tarde… el día que
fuera, podría apresarle con mis manos y aplastarle contra el suelo! ¿No ocurre
que los perros, a veces, muerden y estrangulan a sus amos?
18 de agosto. He meditado durante todo el día. Sí, sí, voy
a obedecerle, a seguir sus impulsos, haré todo lo que él quiera, seré humilde,
sumiso, cobarde. Él es más fuerte. Pero llegará un momento en que…
19 de agosto. ¡Lo sé…, lo sé…, lo sé todo! He aquí lo que
acabo de leer en la Revue du Monde Scientifique: «Nos llega una noticia
bastante curiosa de Río de Janeiro. Una locura, una epidemia de locura,
comparable a las demencias contagiosas que afectaron a los pueblos de Europa en
la Edad Media, hace estragos actualmente en la provincia de São Paulo. Los
habitantes, espantados, dejan sus hogares, desertan de sus pueblos, abandonan
sus cultivos, se dicen perseguidos, poseídos, gobernados como un ganado humano
por unos seres invisibles aunque tangibles, especie de vampiros que se
alimentan de su vida, durante su sueño, y que además beben agua y leche sin
parecer tocar ningún otro alimento.
»El señor profesor don Pedro Henriquez, acompañado de
varios sabios médicos, ha partido para la provincia de São Paulo, a fin de
estudiar sobre el terreno los orígenes y las manifestaciones de esta
sorprendente locura, y proponer al emperador las medidas que considere más
oportunas para hacer recuperar la razón a estas poblaciones en estado de
delirio».
¡Ah! ¡Ah!, ¡me acuerdo del buque de tres palos brasileño
que pasó por debajo de mis ventanas remontando el Sena el 8 de mayo último! ¡Me
pareció tan bonito, tan blanco, tan alegre! ¡El Ser iba en él, venía de allí,
donde nació su raza! ¡Me vio! Y vio mi casa, también blanca. Saltó del barco a
la orilla. ¡Oh! ¡Dios mío!
Ahora lo sé, comprendo. El reinado del hombre ha tocado a
su fin.
Ha llegado Aquel que temían los primeros terrores de los
pueblos crédulos,Aquel que los inquietos sacerdotes exorcizaban, que los brujos
evocaban en las noches oscuras sin verle aparecer todavía, Aquel a quien los
presentimientos de los dueños y señores provisionales del mundo han atribuido
las formas monstruosas o graciosas de los gnomos, de los elfos, de los genios,
de las hadas, de los duendes. Tras las burdas concepciones del terror
primitivo, hombres más sagaces lo han percibido con mayor lucidez. Mesmer lo
había intuido, y, desde hace ya diez años, los médicos han descubierto con
precisión la naturaleza de su poder antes incluso de que lo ejerciera. Se han
divertido con el arma del nuevo Señor, el dominio de una misteriosa voluntad
sobre el alma humana convertida en esclava. La han llamado magnetismo,
hipnotismo, sugestión…, ¿qué sé yo? ¡Les he visto jugar como niños imprudentes
con ese horrendo poder! ¡Ay de nosotros! ¡Ay del hombre! Ha llegado el… el…
como se llame…, me parece que me está gritando su nombre y yo no lo comprendo…,
el…, sí…, lo grita… Escucho…, no consigo…, repite… el Horla… Entendido… El
Horla… es él… ¡El Horla… ha venido!…
¡Ah!, el buitre se ha comido a la paloma, el lobo se ha
comido a la oveja; el león ha devorado al búfalo de afilados cuernos; el hombre
ha matado al león con la flecha, con la espada, con el rifle. Ahora el Horla
hará con el hombre lo que nosotros hemos hecho con el caballo y con el buey:
algo suyo, su criado y su alimento, con el solo poder de su voluntad. ¡Ay de
nosotros!
Y, sin embargo, a veces el animal se rebela y mata a quien
lo ha domado… ¡También yo quiero hacerlo…, podría…, pero debo conocerlo,
tocarlo, verlo! Los científicos dicen que el ojo del animal, tan distinto del
nuestro, no ve como nosotros… Así mi ojo no consigue distinguir al recién
llegado que me oprime.
¿Por qué? ¡Ah!, ahora me acuerdo de las palabras del
fraile de Mont Saint-Michel: «¿Acaso conseguimos ver la cienmilésima parte de
lo que existe? Piense en el viento, la mayor fuerza de la naturaleza, que
derriba a los hombres, abate los edificios, arranca de raíz los árboles, hace
alzarse el mar en montañas de agua, destruye los acantilados, hace pedazos los
grandes barcos; el viento que mata, que silba, que gime, que ruge. ¿Acaso lo ha
visto alguna vez?, ¿puede verlo? Y, sin embargo, existe».
Seguía pensando: mi ojo es tan débil, tan imperfecto, que
no consigue distinguir siquiera cuerpos duros cuando son transparente como el
cristal. Basta con que un espejo sin azogue se interponga en mi camino para que
yo me golpee contra él, como el pájaro que ha entrado en una habitación se
rompe la cabeza contra el cristal. ¡Otras mil cosas engañan a la vista y la
extravían! ¿Cómo asombrarse, pues, de que no consiga ver un cuerpo nuevo que la
luz atraviesa?
¡Un ser nuevo! ¿Por qué no? ¡Sin duda tenía que venir!
¿Por qué íbamos a ser nosotros los últimos? ¿Que no conseguimos verlo, como a
todos los demás seres creados antes que nosotros? Ello se debe a que su
naturaleza es más perfecta, su cuerpo más sutil y evolucionado que el nuestro,
el nuestro que es tan mediocre, tan torpemente concebido, lleno de órganos
siempre fatigados, siempre forzados, como mecanismos demasiado complicados; el
nuestro que vive como una planta y como un animal, nutriéndose a duras penas de
aire, hierba y carne, máquina animal víctima de enfermedades, de deformaciones,
de putrefacciones, que se ahoga, mal regulada, ingenua y extraña,
ingeniosamente mal hecha, obra grosera y delicada, esbozo de un ser que podría
volverse inteligente y magnífico.
Desde la ostra hasta el hombre, somos pocos, muy pocos en
este mundo. ¿Por qué no uno más, una vez cumplido el período que separa las
apariciones sucesivas de todas las diversas especies?
¿Por qué no uno más? ¿Por qué no otros árboles de flores
inmensas y lustrosas que aromaticen regiones enteras? ¿Por qué no otros
elementos aparte del fuego, el aire, la tierra y el agua? ¡Son cuatro, nada más
que cuatro, esos padres nutricios de los seres! ¡Qué lástima! ¡Porque no son
cuarenta, cuatrocientos, cuatro mil! ¡Qué pobre, mezquino, miserable, es todo,
dado con avaricia, inventado con mediocridad, hecho con pesadez! ¡Ah, el
elefante, el hipopótamo, cuánta gracia tienen! ¡El camello, qué elegancia!
Pero, diréis vosotros, ¡la mariposa! ¡Una flor que vuela!
Yo he soñado con una que sería grande como cien universos, con unas alas de una
belleza, un color y un movimiento indescriptibles. Pero la veo…, va de una
estrella a otra, refrigerándolas y embalsamándolas con el leve y armonioso aire
de su vuelo… ¡Y los pueblos de las alturas la miran pasar, extasiados y
embelesados!…
……………………………………………………………………
¿Qué me pasa? ¡Es él, el Horla, que me atormenta y me hace
pensar en estas locuras! Está dentro de mí, se está convirtiendo en mi
espíritu. ¡Le mataré!
19 de agosto. Le mataré. ¡Le he visto! Ayer por la noche
me senté a mi mesa, fingiendo que escribía con una gran atención. ¡Sabía que
vendría a merodear en torno a mí, muy cerca, tan cerca que quizá podría
tocarle, apresarle! ¡Y entonces…!, entonces tendría la fuerza de los
desesperados; tendría mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi frente, mis dientes
para estrangularle, aplastarle, morderle, desgarrarle.
Y yo le acechaba con todos mis órganos sobreexcitados.
Había encendido dos lámparas y las ocho velas de la
chimenea, como si hubiera podido descubrirle con esa claridad.
Enfrente de mí, mi cama, una vieja cama de roble con
columnas; a la derecha, mi chimenea; a la izquierda, mi puerta cerrada con
cuidado, tras haberla dejado largo rato abierta, a fin de atraerle; detrás de
mí, un armario de luna altísimo, que cada día me servía para afeitarme y
vestirme, y en el que tenía costumbre de mirarme, de pies a cabeza, cada vez
que pasaba por delante.
Así pues, aparentaba estar escribiendo, para engañarle,
pues también él me estaba espiando; y de repente, sentí, estoy seguro, que leía
por encima de mi hombro, que estaba allí, rozando mi oreja.
Me incorporé, con las manos extendidas, dándome la vuelta
tan rápido que a punto estuve de caer. Pues… se veía como en pleno día, ¡y no
me vi en el espejo!… ¡Estaba vacío, luminoso, profundo, lleno de luz! ¡Mi
imagen no estaba en él… y yo me hallaba delante! Veía la gran luna nítida de
arriba abajo. Y la miraba con unos ojos de loco; y ya no me atrevía a avanzar,
ya no me atrevía a hacer un movimiento, aunque sentía perfectamente que él
estaba allí, pero que se me iba a escapar de nuevo, él cuyo cuerpo imperceptible
había devorado mi reflejo.
¡Qué miedo pasé! Luego, de repente, comencé a percibirme
en medio de una bruma, en el fondo del espejo, de una bruma como vista a través
de una capa de agua; y me parecía que esta agua se desplazaba de izquierda a
derecha, despacio, volviendo más precisa mi imagen segundo a segundo. Era como
el final de un eclipse. Lo que me escondía no parecía tener perfiles claramente
definidos, sino una especie de transparencia opaca, que se aclaraba poco a
poco.
Finalmente, pude distinguirme por completo, tal como lo
hago cada día, al mirarme a la luz del día.
¡Le había visto! Me ha quedado el espanto, que todavía me
hace estremecer.
20 de agosto. Matarlo, pero ¿cómo? Puesto que no puedo
apresarlo. ¿El veneno? Pero él me vería mezclarlo con agua; y ¿tendrían
nuestros venenos, por otra parte, un efecto seguro sobre su cuerpo
imperceptible? No…, no…, sin ninguna duda… Pues, ¿entonces?…, ¿entonces qué?…
21 de agosto. He hecho venir a un cerrajero de Ruán, y le
he mandado hacer para mi habitación unas persianas metálicas, como tienen en la
planta baja algunas casas particulares en París, por temor a los ladrones. Me
hará, además, una puerta similar. ¡He pasado por un cobarde, pero me importa un
comino!…
……………………………………………………………………
10 de septiembre. Ruán, hotel Continental. Está hecho…,
está hecho…, pero ¿ha muerto? Tengo trastornado el espíritu por lo que he
visto.
Ayer, tras haber instalado el cerrajero la persiana y la
puerta de hierro, lo dejé todo completamente abierto hasta medianoche, aunque
comenzaba a hacer frío.
De repente, sentí que estaba allí, y me dominó una alegría,
una alegría loca. Me levanté lentamente, y estuve andando de un lado a otro
largo rato para que él no intuyera nada; luego me quité los botines y me puse
desganadamente las zapatillas; acto seguido cerré la ventana de hierro y, yendo
tranquilamente hacia la puerta, cerré también la puerta con doble vuelta de
llave. Tras volver entonces hacia la ventana, la fijé con un candado,
guardándome la llave en el bolsillo.
De pronto comprendí que se estaba agitando en torno a mí,
que tenía miedo a su vez, que me ordenaba abrirle. A punto estuve de ceder;
pero no lo hice, sino que, pegándome contra la puerta, la entreabrí lo justo
para pasar yo andando hacia atrás; y como soy muy alto mi cabeza rozaba el
dintel. Yo estaba seguro de que no se había podido escapar y lo encerré,
totalmente solo, totalmente solo. ¡Qué alegría! ¡Le tenía cogido! Entonces,
bajé corriendo; cogí en mi salón, que está debajo de mi habitación, mis dos lámparas
y derramé todo el aceite sobre la alfombra, sobre los muebles, por todas
partes; luego les prendí fuego, y me largué, tras haber cerrado bien, con doble
vuelta, el portón de entrada.
Y fui a esconderme al fondo de mi jardín, entre un macizo
de laureles. ¡Qué largo se me hizo! ¡Pero qué largo! Todo estaba oscuro, mudo,
inmóvil; ni un soplo de aire, ni una estrella, aborregamientos de nubes que no
se veían pero que me pesaban en el alma mucho, muchísimo.
Miraba mi casa, y esperaba. ¡Qué largo se me hizo! Ya
creía que el fuego se había apagado solo, o que lo había apagado, Él, cuando
una de las ventanas de abajo estalló ante el arreciar del incendio, y una
llama, una gran llama roja y amarilla, larga, indolente, acariciante, subió por
la blanca pared y la besó hasta el tejado. Se propagó un resplandor entre los
árboles, entre las ramas, entre las hojas, y también un estremecimiento, un
estremecimiento de miedo. Los pájaros se despertaban; un perro se puso a ladrar;
¡me pareció que empezaba a despuntar el día! Se iluminaron otras dos ventanas y
vi que toda la planta baja de la casa se había convertido en un espantoso
brasero. Pero un grito, un grito horrible, sobreagudo, desgarrador, un grito de
mujer resonó en la noche, ¡y se abrieron dos buhardillas! ¡Me había olvidado de
mis criados! ¡Vi sus caras enloquecidas, y sus brazos que se agitaban!…
Entonces, loco de horror, me puse a correr hacia el pueblo
dando gritos: «¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Fuego! ¡Fuego!». ¡Me encontré con gente que
ya venía y me volví con ellos para ver!
¡La casa, ahora, no era más que una hoguera horrible y
magnífica, una hoguera monstruosa, que iluminaba la tierra entera, una hoguera
en la que ardían unos hombres, y donde también ardía Él, mi prisionero, el Ser
nuevo, el nuevo señor, el Horla!
De repente el tejado entero se hundió entre los muros, y
un volcán de llamas brotó hasta el cielo. Por todas las ventanas que se abrían
sobre aquel horno veía la pira de fuego, y pensaba que él estaba allí, dentro
de aquel horno, muerto…
¿Muerto? ¿Era posible?… ¿Su cuerpo, el cuerpo que podía
ser atravesado por la luz, podía destruirse con los medios que matan a los
nuestros?
¿Y si no estaba muerto? Tal vez sólo el tiempo pueda algo
contra este Ser Invisible y Temible. ¿Por qué ese cuerpo transparente, ese
cuerpo incognoscible, ese cuerpo espiritual, habría de temer también él las
enfermedades, las heridas, los achaques, un final prematuro?
¿Un final prematuro? De él nace todo el miedo del hombre.
Después del hombre, el Horla. ¡Después de aquel que puede morir cada día, a
cada hora, a cada momento, por cualquier accidente, ha llegado aquel que no
morirá hasta que haya llegado su día, su hora y su momento, por haber tocado a
su fin su existencia!
¡No…, no…, sin duda…, no ha muerto… Entonces, entonces…
tendré que matarme yo!…
LA MUERTA*
¡Yo la había querido locamente! ¿Por qué se ama? ¿No es
algo extraño no ver ya en el mundo más que a un ser, no tener en la mente más
que un pensamiento, en el corazón más que un deseo, y en la boca más que un
nombre: un nombre que sube sin cesar, que sube, como el agua de un manantial,
de lo profundo del alma, que sube a los labios, y que se dice, se repite, se
murmura sin descanso, por todas partes, como una plegaria?
No contaré nuestra historia. El amor no tiene más que una,
que es siempre la misma. La había conocido y querido. Eso es todo. Y durante un
año viví en su afecto, entre sus brazos, en sus caricias, en su mirada, en sus
trajes, en sus palabras, envuelto, atado, aprisionado por todo cuanto venía de
ella, de un modo tan completo que no sabía ya si era de día o de noche, si
estaba vivo o muerto, si estaba en nuestra vieja Tierra o en otra parte.
Y he aquí que se murió. ¿Cómo? No lo sé, ya no lo sé.
Volvió a casa empapada, una noche de lluvia, y al día
siguiente tosía. Tosió durante una semana aproximadamente y guardó cama.
¿Qué pasó? Ya no lo sé.
Los médicos venían, extendían recetas, se iban. Traían
medicinas; una mujer se las hacía tomar. Tenía las manos calientes, la frente
ardiente y húmeda, los ojos relucientes y tristes. Yo le hablaba, ella me
respondía. ¿Qué nos dijimos? Ya no lo sé. ¡Lo he olvidado todo, todo! Se murió,
recuerdo perfectamente ese ligero resuello, ese ligero resuello tan débil, el
último. La enfermera dijo: «¡Ah!». ¡Lo comprendí, lo comprendí!
No supe nada más. Nada más. Vi a un sacerdote que
pronunció estas palabras: «Su amante». Me pareció que la ofendía. Una vez
muerta ella nadie tenía derecho a enterarse de eso. Lo eché con cajas
destempladas. Se presentó otro, que fue muy bueno y amable. Lloré cuando me
habló de ella.
Me consultaron mil cosas sobre el entierro. Ya no sé qué.
Pero sí recuerdo perfectamente el ataúd, el ruido del martillear cuando la
clavaban dentro. ¡Ah! ¡Dios mío!
¡Fue enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel hoyo!
Vinieron algunas personas, amigas. Yo me largué. Me fui corriendo. Anduve largo
rato por las calles. Luego volví a mi casa. Al día siguiente emprendí un viaje.
Ayer regresé a París.
Cuando volví a ver mi habitación, nuestra habitación,
nuestra cama, nuestros muebles, toda esa casa donde había quedado lo que queda
de la vida de una persona después de su muerte, tuve una recaída en la tristeza
tan fuerte que poco faltó para que abriera la ventana y me tirara a la calle.
Al no poder ya permanecer entre aquellas cosas, aquellas paredes que la habían
encerrado, resguardado, y que debían de guardar en sus imperceptibles grietas
mil átomos de ella, de su carne y de su aliento, cogí mi sombrero para salir
huyendo de allí. Pero de repente, cuando llegaba a la puerta, pasé por delante
del gran espejo del vestíbulo que ella había hecho colocar allí para verse, de
cuerpo entero, cada día, al salir, para ver si le sentaba bien su atavío, si
era correcto y bonito, de los botines al peinado.
Y me detuve en seco enfrente de aquel espejo que la había
reflejado tan a menudo. Tan a menudo, tanto, que debía de haber conservado
también su imagen.
Yo estaba allí de pie, temblando, con la mirada fija en el
cristal, en el cristal plano, profundo, vacío, pero que la había contenido a
ella por completo, la había poseído tanto como yo, tanto como mi mirada
apasionada. ¡Me pareció que quería a ese espejo —lo toqué—, estaba frío! ¡Oh!
¡El recuerdo! ¡El recuerdo! ¡Espejo doloroso, espejo abrasador, espejo
viviente, espejo horrible, que hace sufrir todas las torturas! ¡Dichosos los
hombres cuyo corazón, como un espejo en el que resbalan los reflejos y se borran,
olvida todo cuanto lo ha llenado, todo cuanto ha pasado por delante de él, todo
cuanto se ha contemplado y observado en su afecto, en su amor! ¡Qué doloroso!
Salí y, a mi pesar, involuntaria, inconscientemente, me
dirigí hacia el cementerio. Encontré su tumba, muy sencilla, una cruz de mármol
con estas palabras: «Amó, fue amada y murió».
¡Ella estaba allí, allí debajo, podrida! ¡Qué horror! Me
puse a sollozar con la frente en tierra.
Me quedé así un largo rato, un largo rato. Luego me di
cuenta de que se acercaba la noche. Entonces un deseo extraño, loco, un deseo
de amante desesperado se apoderó de mí. Quise pasar la noche cerca de ella, la
última noche, llorando sobre su tumba. Pero me verían y me echarían. ¿Qué podía
hacer? Fui listo. Me puse en pie y comencé a vagar por esa ciudad de
desaparecidos. Andaba y andaba. ¡Qué pequeña es esa ciudad en comparación con
la otra, esa donde se vive! Y, sin embargo, cuánto más numerosos que los vivos
son los muertos. Nosotros necesitamos casas altas, calles, mucho espacio, para
las cuatro generaciones que miran la luz del día al mismo tiempo, que se beben
el agua de las fuentes, el vino de las viñas y se comen el pan de los llanos.
Y para todas las generaciones de muertos, para toda la
cadena humana que llega hasta nosotros, casi nada, un simple campo, casi nada.
La tierra se los reapropia, el olvido los borra. ¡Adiós!
Al fondo del cementerio habitado, vi de repente el
cementerio abandonado, aquel donde los antiguos difuntos acaban por mezclarse
con la tierra, donde hasta las cruces se pudren, donde mañana se colocará a los
recién llegados. Está lleno de rosas silvestres, de negros y vigorosos
cipreses, un jardín triste y hermosísimo, alimentado de carne humana.
Yo estaba solo, totalmente solo. Me agazapé contra un
árbol verde. Me escondí totalmente detrás de él, entre esas ramas recias y
oscuras.
Esperé, agarrado al tronco como un náufrago a un pecio.
Cuando fue noche oscura, muy oscura, dejé mi refugio y
eché a andar despacio, a paso lento, con sigilo, por la superficie de aquella
tierra llena de muertos.
Anduve errante mucho rato, mucho, mucho. No la encontraba.
Con los brazos extendidos, los ojos abiertos, topándome con las tumbas con las
manos, con los pies, con las rodillas, con el pecho, incluso con la cabeza,
andaba sin encontrarla. ¡Toqué, palpé como un ciego que busca su camino, palpé
piedras, cruces, verjas de hierro, coronas de cristal, coronas de flores
marchitas! Yo leía los nombres con mis dedos, paseándolos por encima de las
letras. ¡Qué noche! ¡Pero qué noche! ¡No la encontraba!
¡No había luna! ¡Qué noche! ¡Tenía miedo, un miedo
espantoso en esos estrechos senderos, entre dos filas de tumbas! ¡Tumbas,
tumbas y más tumbas! ¡Siempre tumbas! ¡A derecha e izquierda, delante de mí, a
mi alrededor, por todas partes, tumbas! Me senté encima de una de ellas, pues
ya no podía andar de tanto como se me aflojaban las rodillas. ¡Oía latir mi
corazón! ¡También oía otra cosa! ¿Qué? ¡Un ruido confuso indecible! ¿Estaba en
mi cabeza enloquecida, en la noche impenetrable, o bajo la tierra misteriosa,
bajo la tierra sembrada de cadáveres humanos, ese ruido? ¡Miraba alrededor de
mí!
¿Cuánto tiempo permanecí allí? No lo sé. Estaba paralizado
por el terror, estaba ebrio de espanto, presto a gritar, presto a morir.
Y de repente me pareció que la lápida de mármol sobre la
que me hallaba sentado se movía. Indudablemente se movía, como si la hubieran
levantado. De un salto me lancé sobre la tumba vecina, y vi, sí, vi la losa que
acababa de abandonar alzarse toda derecha; y apareció el muerto, un esqueleto
desnudo que, con su espalda encorvada, la empujaba. Veía, veía perfectamente,
aunque fuera noche cerrada. Pude leer en la cruz:
«Aquí yace Jacques Olivant, muerto a la edad de cincuenta
y un años. Quería a los suyos, fue honesto y bueno, y murió en la paz del
Señor».
Ahora también el muerto leía lo que había escrito en su
tumba. Luego cogió una piedra del camino, una piedrecilla cortante, y se puso a
raspar con cuidado las letras. Las borró por completo, lentamente, mientras
miraba con sus ojos vacuos el lugar en que hacía un momento estaban grabadas; y
con la punta del hueso que había sido su dedo índice escribió con letras
luminosas como esas líneas que se trazan en las paredes con el cabo de una
cerilla:
«Aquí yace Jacques Olivant, muerto a la edad de cincuenta
y un años. Con sus duras palabras apresuró la muerte de su padre, de quien
quería heredar, torturó a su mujer, atormentó a sus hijos, engañó a sus
vecinos, robó cuanto pudo y murió en la miseria».
Cuando hubo terminado de escribir, el muerto, inmóvil,
contempló su obra. Y, dándome la vuelta, me di cuenta de que todas las tumbas
estaban abiertas, que todos los cadáveres habían salido de ellas, que todos
habían borrado, para restablecer la verdad, las mentiras inscritas por los
parientes en la lápida sepulcral.
Y veía que todos habían sido los verdugos de sus
allegados, odiosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, pérfidos,
maldicientes, envidiosos, que habían robado, engañado, llevado a cabo todo tipo
de actos vergonzosos, todo tipo de actos abominables, esos buenos padres, esas
esposas fieles, esos hijos abnegados, esas muchachas castas, esos comerciantes
probos, esos hombres y esas mujeres irreprochables.
Escribían todos al mismo tiempo, en el umbral de su morada
eterna, la cruel, terrible y santa verdad que todo el mundo ignora o finge
ignorar sobre la tierra.
Pensé que también ella debía de haberla escrito sobre su
tumba. Y ahora ya sin temor, corriendo en medio de los féretros entreabiertos,
en medio de los cadáveres, en medio de los esqueletos, fui hacia ella, seguro
de encontrarla enseguida.
La reconocí de lejos, sin ver el rostro envuelto por el
sudario.
Y en la cruz de mármol, donde hacía poco decía:
«Amó, fue amada y murió».
Leí:
«Tras haber salido un día para engañar a su amante, cogió
frío bajo la lluvia y se murió».
Al parecer, me recogieron, desvanecido, al despuntar el
día, junto a una tumba.
LA NOCHE*
Pesadilla
Me gusta la noche con pasión. Me gusta como nos gusta
nuestra tierra natal o nuestra amante, con un amor instintivo, profundo,
invencible. Me gusta con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi
olfato que la respira, con mis oídos que escuchan su silencio, con toda mi
carne que es acariciada por las tinieblas. Las golondrinas cantan al sol, en el
aire azul, en el aire cálido, en el aire ligero de las claras madrugadas. El
búho huye en la noche, mancha negra que pasa a través del negro espacio, y,
regocijado, emborrachado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y
siniestro.
El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me
levanto con esfuerzo, me visto con desgana, salgo con pesar, y cada paso, cada
movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si
levantara un fardo aplastante.
Pero cuando se pone el sol, me invade una confusa alegría,
una alegría de todo el cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que aumenta la
sombra, me siento completamente otro, más joven, más vigoroso, más activo y más
feliz. Miro cómo se espesa esa gran sombra agradable descendida del cielo:
inunda la ciudad, como una ola inasible e impenetrable, oculta, borra, elimina
los colores, las formas, abraza las casas, los seres, los monumentos con su
tacto imperceptible.
Entonces me dan ganas de gritar de gusto como las
lechuzas, de correr por los tejados como los gatos; y un impetuoso e invencible
deseo de amar corre por mis venas.
Camino y vago por los suburbios oscuros o por los bosques
de alrededor de París, por donde oigo merodear a mis hermanas las bestias y a
mis hermanos los cazadores furtivos.
Lo que amamos con más apasionamiento siempre acaba por
destruirnos. Pero ¿cómo podría explicar lo que me sucede? ¿Cómo hacer
comprender incluso que pueda contarlo? No lo sé, ya no lo sé, lo único que sé
es que es así. Eso es todo.
Así pues, ayer —¿era ayer?—, sí, sin duda, a menos que
fuera antes, otro día, otro mes, otro año, no lo sé. Debió de ser ayer, sin
embargo, porque no amaneció, porque el sol no salió. Pero ¿cuánto hace que dura
la noche? ¿Cuánto?… ¿Quién sabe? ¿Quién lo sabrá jamás?
Así pues, ayer, salí como hago todas las noches, después
de cenar. Hacía muy buen tiempo, un tiempo muy agradable, muy cálido. Al
dirigirme hacia los bulevares, miré por encima de mi cabeza el río negro y
lleno de estrellas que se recortaba en el cielo merced a los tejados de la
calle que torcía y hacía ondular como un verdadero río ese móvil arroyo de los
astros.
Todo era claro en el aire ligero, desde los planetas hasta
los mecheros de gas. Allá en lo alto y en la ciudad brillaban tantas luces que
las tinieblas parecían resplandecer por ello. Las noches luminosas son más
alegres que los días de mucho sol.
En el bulevar, los cafés refulgían; la gente reía, pasaba,
bebía. Entré en el teatro unos momentos; ¿en qué teatro? Ya no lo sé. Había
tanta luz que me entristeció y salí con el corazón algo apesadumbrado por ese
impacto de luz brutal sobre los dorados del piso principal, por el centelleo
artificial de la enorme araña de cristal, por la barrera de luces de las
candilejas, por la melancolía de esa claridad falsa y violenta. Llegué a los
Campos Elíseos, donde los cafés concierto parecían focos de incendio entre el
follaje. Parecía que los castaños hubiesen sido frotados con luz amarilla,
pintados, como árboles fosforescentes. Y los globos eléctricos, parecidos a
lunas resplandecientes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a
monstruosas perlas vivas, hacían palidecer con su claridad nacarada, misteriosa
y regia, los hilos de gas, el horrible y sucio gas, y las guirnaldas de vidrios
de colores.
Me detuve debajo del Arco de Triunfo para contemplar la
avenida, ¡la larga y admirable avenida estrellada, que va hacia París entre dos
líneas de fuego, y los astros! Los astros allá arriba, los astros desconocidos
lanzados al azar en la inmensidad, donde dibujan esas figuras extrañas, que
hacen soñar y pensar tanto.
Entré en el Bois de Boulogne y me quedé allí largo rato.
Me había dominado un estremecimiento curioso, una emoción imprevista y
poderosa, una exaltación de mi pensamiento rayana en la locura.
Anduve largo, largo rato. Luego regresé.
¿Qué hora era cuando volví a pasar por debajo del Arco de
Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía, y unas nubes, unos negros nubarrones se
extendían lentamente por el cielo.
Por primera vez, sentí que iba a suceder algo extraño,
algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche,
que mi amada noche se tornaba pesada en mi corazón. La avenida estaba ahora
desierta. Dos alguaciles se paseaban, solos, junto a la parada de coches de
plaza, y, en la calzada apenas iluminada por los mecheros de gas que parecían
moribundos, una fila de carros de verduras se dirigía hacia Les Halles.
Avanzaban lentos, cargados de zanahorias, de nabos y de coles. Los conductores
dormían, invisibles, los caballos andaban al mismo paso, siguiendo al vehículo
de delante, sin hacer ruido, por el pavimento de madera. Delante de cada luz de
la acera, las zanahorias se encendían de rojo, los nabos se iluminaban de
blanco, las coles se iluminaban de verde; y pasaban uno detrás de otro esos
vehículos rojos, de un rojo de fuego, blancos de un blanco de plata, verdes de
un verde de esmeralda. Los seguí, luego doblé por la rue Royale y volví a los
bulevares. No había ya nadie, ni luz en los cafés, sólo algunos rezagados que
se apresuraban. Nunca había visto París tan muerto, tan desértico. Saqué mi
reloj. Eran las dos.
Me impulsaba una fuerza, una necesidad de caminar. Fui,
pues, hasta la Bastilla. Allí me di cuenta de que no había visto jamás una
noche tan oscura, pues ni siquiera distinguía la Columna de Julio, con su ángel
de oro perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la
inmensidad, había sumergido las estrellas y parecía descender sobre la tierra
para aniquilarla.
Volví atrás. Ya no había nadie a mi alrededor. Y, sin
embargo, en la place du Château-d’Eau, a punto estuvo un borracho de tropezarse
conmigo y luego desapareció. Continué oyendo su paso desigual y resonante
durante unos momentos. Caminaba. A la altura del faubourg Montmartre pasó un
coche que bajaba hacia el Sena. Le llamé, pero el cochero no respondió. Una
mujer merodeaba cerca de la rue Drouot: «Oiga, señor». Yo apresuré el paso para
evitar su mano tendida. Luego ya nada. Delante del Vaudeville, un trapero
rebuscaba en el arroyo. Su farolillo flotaba a ras del suelo. Le pregunté:
«¿Qué hora es, buen hombre?».
Él rezongó: «¡Cómo voy a saberlo! No tengo reloj».
Entonces, me di cuenta de repente de que los mecheros de
gas estaban apagados. Sé que se apagan temprano, antes de que amanezca, en esta
estación, para economizar; pero ¡faltaba mucho aún para que se hiciera de día,
pero que mucho!
«Iré a Les Halles —pensé—, al menos allí encontraré vida.»
Me puse en camino, pero veía tan poco que no conseguía
orientarme. Avanzaba lentamente, como se hace en un bosque, y reconocía las
calles contándolas.
Delante del Crédit Lyonnais, gruñó un perro. Torcí por la
rue de Grammont, me perdí; anduve errante, luego reconocí la Bolsa con sus
enrejados de hierro que la rodean. París entero dormía, con un sueño profundo,
que daba miedo. A lo lejos, sin embargo, circulaba un coche de plaza, un solo
coche, tal vez el que había pasado por delante de mí hacía un rato. Traté de
alcanzarle, yendo hacia donde se oía el ruido de sus ruedas, a través de las
calles solitarias y negras, negras, negras como la muerte.
Me volví a perder. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan
pronto el gas! Ni un viandante, ni un rezagado, ni un vagabundo, ni un maullido
de gato en celo. Nada.
¿Dónde, pues, estaban los alguaciles? Me dije:
«Gritaré y se presentarán». Grité. Nadie respondió.
Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada,
aplastada por la noche, por esa noche impenetrable.
Vociferé: «¡Auxilio! ¡Socorro! ¡Socorro!».
Mi llamada desesperada quedó sin respuesta. ¿Qué hora
sería? Me saqué el reloj, pero no tenía cerillas. Escuché el ligero tictac del
pequeño mecanismo con una alegría desconocida y extraña. Parecía tener vida.
Estaba menos solo. ¡Qué misterio! Me puse de nuevo en camino como un ciego,
tanteando las paredes con mi bastón, y alzaba en todo momento los ojos hacia el
cielo, en espera de que el día fuera a aparecer por fin; pero el espacio estaba
negro, totalmente negro, más profundamente negro que la ciudad.
¿Qué hora podía ser? Anduve, me parece, un tiempo
infinito, pues mis piernas se me aflojaban, mi pecho jadeaba y tenía un hambre
canina.
Me decidí a llamar a la primera puerta cochera. Pulsé el
botón de cobre, y el timbre sonó en la resonante casa; sonó extrañamente como
si ese ruido vibrante fuera lo único que existía en aquella casa.
Esperé, no respondieron, no abrieron la puerta. Llamé de
nuevo; seguí esperando, ¡nada!
¡Sentí miedo! Corrí a la casa siguiente, y veinte veces
seguidas hice sonar el timbre en el pasillo oscuro donde debía de dormir el
portero. Pero éste no se despertó, y yo me fui más lejos, tirando con todas mis
fuerzas de las anillas o pulsando los timbres, golpeando con mis pies, con mi
bastón y con mis manos las puertas obstinadamente cerradas.
Y de repente me di cuenta de que llegaba a Les Halles. Les
Halles estaban desiertas, sin un ruido, sin un movimiento, sin un vehículo, sin
un hombre, sin un manojo de verdura o de flores. ¡Estaban vacías, inmóviles,
abandonadas, muertas!
Me dominó un espanto horrible. ¿Qué estaba pasando? ¡Oh!
¡Dios mío! ¿Qué estaba pasando?
Volví a ponerme en camino. Pero ¿y la hora? ¿La hora?
¿Quién me diría la hora? Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los
monumentos. Pensé: «Abriré la esfera de mi reloj y palparé la aguja con mis
dedos». Saqué el reloj…, ya no latía…, se había parado. Ya nada, nada, ni un
estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni un roce de sonido en el
aire. ¡Nada! ¡Ya nada! ¡Ni siquiera el rodar lejano del coche de plaza, ya
nada!
Estaba en los muelles, y un frescor glacial subía del río.
¿Seguía corriendo aún el Sena?
Quise saber, encontré la escalera, bajé… No oía borbotear
la corriente bajo los arcos del puente… Unos escalones más…, luego arena…,
cieno…, luego agua…, empapé mi brazo en ella…, corría…, corría… fría…, fría…,
fría…, casi helada…, casi agotada…, casi muerta.
Y sentía perfectamente que no tendría ya nunca fuerzas
para volver a subir… y que iba a morir allí… también yo, de hambre, de fatiga y
de frío.
EL ORDENANZA*
El cementerio, lleno de oficiales, parecía un campo
florido. Los quepis y los pantalones rojos, los galones y los botones dorados,
los sables, los cordones de los oficiales del Estado Mayor, los alamares de los
cazadores y de los húsares pasaban por entre las tumbas, sobre las que las
cruces blancas o negras abrían sus brazos lastimeros, sus brazos de hierro, de
mármol o de madera sobre la desaparecida población de los muertos.
Acababan de enterrar a la mujer del coronel de Limousin.
Se había ahogado dos días antes, mientras se daba un chapuzón.
La ceremonia había terminado, los representantes del clero
se habían ido, pero el coronel, sostenido por dos oficiales, permanecía de pie
delante de la fosa en cuyo fondo se podía ver todavía la caja de madera que
escondía, ya descompuesto, el cuerpo de su joven mujer.
Él era casi un anciano, un larguirucho de canos bigotes
que se había casado, tres años antes, con la hija de un camarada, que se había
quedado huérfana tras la muerte de su padre, el coronel Sortis.
El capitán y el teniente en los que se apoyaba su jefe
trataban de llevárselo de allí. Él se resistía, con los ojos anegados de
lágrimas que no dejaba brotar por heroísmo, y, murmurando muy bajito: «No, no,
un poco más», se obstinaba en permanecer allí, con las piernas que se le
doblaban, al borde de esa hoya, que le parecía sin fondo, un abismo en el que
habían caído su corazón y su vida, todo cuanto le quedaba sobre la tierra.
De repente el general Ormont se acercó, cogió del brazo al
coronel y, llevándoselo casi a la fuerza, dijo: «Vamos, vamos, mi viejo
camarada, no hay que quedarse aquí». Entonces el coronel obedeció, y regresó a
su casa.
En el momento en que abría la puerta de su gabinete, vio
una carta sobre su mesa de trabajo. Tras haberla cogido, estuvo a punto de
desplomarse de la sorpresa y de la emoción. Había reconocido la escritura de su
mujer. Y la carta llevaba el timbre de correos con fecha de ese mismo día.
Desgarró el sobre y leyó.
Querido padre:
Permítame llamarle una vez más padre, como en otro tiempo.
Cuando reciba esta carta, estaré muerta y bajo tierra. Entonces tal vez pueda
perdonarme.
No es mi intención tratar de conmoverle ni de atenuar mi
culpa. Sólo quisiera contar, con toda la sinceridad de una mujer que va a
quitarse la vida dentro de una hora, toda la verdad.
Cuando se casó conmigo, por generosidad, me entregué a
usted por gratitud y le quise con todo mi corazón de muchacha. Le quise como
quise a mi papá, casi tanto; y un día, en que me tenía sobre sus rodillas, y me
besaba usted, le llamé «padre», a mi pesar. Fue un grito del corazón,
instintivo, espontáneo. La verdad, usted era para mí un padre, nada más que un
padre. Usted se rió y me dijo: «Llámame siempre así, hija mía, pues me gusta».
Vinimos a esta ciudad y —perdóneme, padre— me enamoré.
¡Oh!, me resistí a ello por mucho tiempo, casi dos años, ha leído bien, casi
dos años, y luego cedí, me convertí en culpable, me convertí en una perdida.
Quién era él no conseguirá adivinarlo. Estoy muy tranquila
a este respecto, pues eran doce los oficiales que siempre tenía a mi alrededor
y conmigo, a los que usted llamaba mis doce constelaciones.
Padre, no trate de averiguar quién es y no le odie. Él
hizo lo que habría hecho cualquier otro en su lugar, y además estoy segura de
que me quería también de todo corazón.
Pero, escuche, un día, teníamos una cita en la isla de las
Bécasses, ya sabe a qué islita me refiero, pasado el molino. Tenía yo que
llegar allí a nado, y él tenía que esperarme entre la maleza, donde luego se
quedaría hasta la noche para no ser visto. Apenas acabábamos de encontrarnos,
cuando las ramas se abren y veo a Philippe, su ordenanza, que nos había
sorprendido. Me di cuenta de que estábamos perdidos y lancé un gran grito;
entonces me dijo —¡él, mi amigo!—: «Váyase a nado, poquito a poco, querida, y
déjeme con este hombre».
Yo me fui, tan conmocionada que a punto estuve de
ahogarme, y volví con usted, esperándome algo espantoso.
Una hora después, Philippe me decía, en voz baja, en el
pasillo del salón donde me lo encontré: «Estoy a las órdenes de la señora, si
tiene alguna carta que darme». Entonces comprendí que se había vendido, y que
mi amigo le había comprado.
Le di unas cartas, en efecto, todas mis cartas. Él las
llevaba y me traía las respuestas.
Esto se prolongó por espacio de unos dos meses. Teníamos
confianza en él, como la tenía también usted.
Ahora bien, padre, he aquí lo que sucedió. Un día, en la
misma isla a la que había ido a nado, pero, sola, esta vez, me encontré a su
ordenanza. Este hombre me estaba esperando y me avisó de que iba a denunciarnos
a usted y a entregarle unas cartas que tenía en su poder, robadas, si no cedía
a sus deseos.
¡Oh!, padre, padre mío, sentí miedo, un miedo cobarde,
indigno, miedo a usted sobre todo, a usted que tan bueno es, y al que yo había
engañado, miedo también por él —usted le hubiera matado—, y quizá también a mí,
¿qué sé yo?, y estaba enloquecida, fuera de mí, creí comprarle una vez más a
ese miserable que también me amaba, ¡qué vergüenza!
Somos tan débiles, nosotras las mujeres, que perdemos la
cabeza con mucha mayor frecuencia que los hombres. Y además, una vez que hemos
caído, caemos cada vez más bajo, más bajo. Yo no sabía ya lo que me hacía. De
lo único que era consciente era de que uno de ustedes dos y yo moriríamos, y
entonces me entregué a ese bruto.
Como puede ver, padre, no trato de justificarme.
Desde entonces —cosa que hubiera tenido que prever— me
poseyó cuantas veces quiso, aterrándome. Fue también mi amante, como el otro,
todos los días. ¿No es abominable? Y qué castigo, padre mío…
Entonces tomé la decisión de morir. En vida no me habría
atrevido a confesarle un crimen semejante. Una vez muerta puedo atreverme a
todo. No podía hacer otra cosa que morir; nada habría podido lavar mi
ignominia, pues era una mancilla demasiado grande. Ya no podía amar, ni ser
amada; me parecía que ensuciaba a todo el mundo con el simple hecho de dar la
mano.
Dentro de poco iré a darme un chapuzón y no volveré.
Esta carta para usted será enviada a casa de mi amante. La
recibirá después de mi muerte y, sin comprender nada, se la hará llegar,
cumpliendo mi último deseo. Y usted la leerá al volver del cementerio.
Adiós, padre, no tengo nada más que decirle. Haga lo que
quiera, y perdóneme.
El coronel se secó la frente perlada de sudor. Su sangre
fría, la sangre fría de los días de batalla le había vuelto de golpe.
Llamó.
Apareció un criado.
—Mande venir a Philippe —dijo.
Luego entreabrió el cajón de su mesa.
El hombre entró casi enseguida, un soldado alto, de
bigotes pelirrojos, aspecto de tunante y mirada falsa.
El coronel le miró directamente a los ojos.
—Quiero que me digas el nombre del amante de mi mujer.
—Pero, mi coronel…
El oficial cogió su revólver del cajón entreabierto.
—Vamos, y rápido, sabes que no bromeo.
—Bien…, mi coronel… Es el capitán Saint-Albert.
Apenas hubo pronunciado aquel nombre, cuando una llama le
abrasó los ojos y se desplomó hacia delante con la frente traspasada por una
bala.
MOIRON*
Como se estaba hablando aún de Pranzini,1 el señor
Maloureau que había sido fiscal general bajo el Imperio, nos dijo:
—¡Oh!, yo tuve que encargarme, en otro tiempo, de un caso
bien curioso, curioso desde varios puntos de vista, como verán.
*
Era yo en ese momento fiscal imperial en provincias, y
estaba muy bien considerado en la corte gracias a mi padre, presidente primero
en París. Tomé parte en un proceso que se hizo célebre como «el caso del
maestro Moiron».
El señor Moiron, maestro de primaria en el norte de
Francia, gozaba, en toda la región, de una excelente reputación. Hombre
inteligente, razonable, muy religioso, un poco taciturno, se había casado en el
municipio de Boislinot, donde ejercía su profesión. Había tenido tres hijos,
muertos uno tras otro del pecho. A partir de ese momento, pareció volcar en la
chiquillería que había sido confiada a su cuidado todo el afecto que guardaba
en su corazón. Compraba, con dinero de su bolsillo, juguetes para sus mejores
alumnos, para los más juiciosos y amables; organizaba para ellos meriendas,
atiborrándoles de dulces, de golosinas y de pasteles. Todo el mundo quería y
alababa a ese buen hombre, a ese buen corazón, cuando, uno tras otro, cinco de
sus alumnos fueron muriendo en extrañas circunstancias. Se creyó que había sido
una epidemia causada por el agua corrompida por la sequía, se buscaron las
causas sin descubrirlas, tanto más cuanto que los síntomas parecían de lo más
extraños. Los niños parecían aquejados de languidez, dejaban de comer, tenían
dolores de estómago, tiraban durante algún tiempo, para luego expirar en medio
de terribles sufrimientos.
Se hizo la autopsia del último fallecido sin encontrar
nada. Las entrañas enviadas a París fueron analizadas y no revelaron la
presencia de sustancia tóxica alguna.
Durante un año, no pasó nada más, luego dos chiquillos,
los mejores de la clase, los predilectos de Moiron, murieron en cuatro días. Se
prescribió de nuevo el examen de los cuerpos, descubriéndose, tanto en uno como
en otro, trocitos de cristal triturado incrustados en los órganos. Se llegó a
la conclusión de que esos dos chiquillos debían de haber comido imprudentemente
algún alimento no bien lavado. Habría sido suficiente con la rotura de un vaso
sobre un tazón de leche para provocar ese horrible accidente. Las cosas no
habrían pasado de aquí, si mientras tanto la criada de Moiron no hubiera caído
enferma. Tras llamarse al médico, éste constató los mismos síntomas detectados
en los niños, la interrogó y consiguió que confesara que había robado y comido
de los dulces comprados por el maestro para sus alumnos.
Por orden del tribunal, se realizó un registro en la
escuela y se descubrió un armario lleno de juguetes y de golosinas destinados a
los niños. Ahora bien, casi todos estos dulces contenían trocitos de cristal o
de agujas rotas.
Detenido inmediatamente, Moiron se mostró tan indignado y
asombrado por las sospechas que recaían sobre él que estuvieron a punto de
soltarle. Y, sin embargo, los indicios de su culpabilidad eran evidentes y
pugnaban en mí contra mi primer convencimiento fundado en su excelente
reputación, en su vida entera y en lo inverosímil y en la absoluta falta de
móvil para un crimen semejante.
¿Por qué aquel buen hombre, sencillo, religioso, habría
matado a unos niños, y precisamente a aquellos a los que tenía más apego, que
cubría de regalos y atiborraba de golosinas, por los que gastaba en juguetes y
caramelos la mitad de su sueldo?
¡Para admitir semejante modo de actuar había que concluir
que estaba loco! Ahora bien, Moiron parecía tan razonable, tan sereno, tan
coherente y equilibrado, que la locura parecía imposible de demostrar en su
caso.
¡Y, sin embargo, las pruebas se acumulaban! Se comprobó
que caramelos, pasteles, melcochas y otros dulces comprados a los proveedores
habituales del maestro de escuela contenían algunos ingredientes sospechosos.
Entonces Moiron sostuvo que algún enemigo suyo desconocido
debía de haber abierto su armario con una llave falsa para introducir el
cristal y las agujas en las golosinas. Y se inventó toda una historia sobre una
herencia supeditada a la muerte de un niño, decidida y perpetrada por algún
campesino que obtendría aquélla en la medida en que consiguiera hacer recaer
las sospechas sobre él. A aquel monstruo, dijo, no le había preocupado que
fueran a morir también otros pobres niños.
Era posible. El hombre parecía tan seguro de sí y apenado
que le habría dejado en libertad sin lugar a dudas, a pesar de los cargos
contra él, de no haberse hecho, uno tras otro, dos descubrimientos
irrefutables.
El primero, una tabaquera llena de cristal triturado, ¡su
tabaquera!, en el interior de un cajón secreto del escritorio donde guardaba el
dinero.
De nuevo encontró una explicación para justificar el
hallazgo de forma más o menos plausible, como una última astucia del verdadero
culpable desconocido, cuando un mercero de Saint-Marlouf se presentó ante el
juez de instrucción para contar que un señor había comprado en su tienda unas
agujas, en varias ocasiones, las agujas más finas que había podido encontrar,
rompiéndolas para ver si eran las que le convenían.
El mercero, tras realizar una rueda de reconocimiento de
una docena de personas, identificó sin vacilar a Moiron. Y la investigación
reveló que el maestro, en efecto, había ido a Saint-Marlouf en los días
indicados por el comerciante.
Paso por alto las terribles declaraciones de los niños
sobre la elección de las golosinas y el cuidado que ponía Moiron en que se las
comieran en presencia suya y en hacer desaparecer los menores restos.
La opinión pública, enfurecida, pedía la pena capital con
una vehemencia que el horror no hacía sino aumentar, venciendo toda resistencia
o vacilación.
Moiron fue condenado a muerte. La apelación fue rechazada;
sólo le quedaba la petición de gracia. Por mi padre me enteré de que el
Emperador no la concedería.
Una mañana que estaba trabajando en mi gabinete, se me
anunció la visita del capellán de la cárcel.
Era un anciano sacerdote con un gran conocimiento de los
hombres y acostumbrado a tratar con criminales. Parecía turbado, incómodo,
inquieto. Tras haber charlado algunos minutos de todo un poco, me dijo de
sopetón mientras se levantaba:
«Si Moiron es decapitado, señor fiscal imperial, habrá
dejado ejecutar usted a un inocente».
Luego, sin saludar, salió, dejándome con la profunda
impresión de estas palabras. Las había pronunciado de forma conmovedora y
solemne, entreabriendo, para salvar una vida, sus labios cerrados y sellados
por el secreto de confesión.
Una hora después partía yo para París, y mi padre, al que
había dado aviso, solicitó inmediatamente una audiencia al Emperador.
Se me recibió al día siguiente. Su Majestad estaba
trabajando en un pequeño salón cuando se nos introdujo. Yo expuse todo el caso
hasta la visita del sacerdote, y estaba contando ésta cuando se abrió una
puerta situada detrás del sillón del soberano, y apareció la emperatriz,
creyendo que estaba solo. Su Majestad Napoleón la consultó. Tan pronto como
estuvo al corriente de los hechos, exclamó:
«Hay que conceder el perdón a este hombre. ¡Hay que
hacerlo, puesto que es inocente!
¿Cómo era posible que la repentina convicción de una mujer
tan piadosa despertara en mí una terrible duda?
Yo había ardido en deseos hasta ese momento de que se
conmutara la pena. Pero de pronto me sentí la víctima, el juguete de un astuto
criminal que había utilizado a un sacerdote y la confesión como último recurso
de defensa.
Expuse mis dudas a Sus Majestades. El emperador estaba
indeciso, incitado por su bondad natural y refrenado por el temor a verse
burlado por un ser despreciable. En cambio, la emperatriz, convencida de que el
sacerdote había obedecido a una instancia divina, repetía: «¡Pero qué importa!
¡Siempre es preferible perdonar la vida a un culpable que dar muerte a un
inocente!». Su opinión se impuso y la pena de muerte fue conmutada por la de
trabajos forzados.
Unos años después supe que Moiron, cuyo comportamiento
ejemplar en la penitenciaría de Toulon había sido señalado nuevamente al
Emperador, se había convertido en criado del director de la cárcel.
Tras lo cual no volví a oír hablar por mucho tiempo de ese
hombre.
Hará un par de años, mientras estaba pasando el verano en
Lille, en casa de mi primo de Larielle, una noche, justo cuando nos disponíamos
a sentarnos a la mesa para cenar, me avisaron de que un joven sacerdote deseaba
hablar conmigo.
Dije que le hicieran entrar; me suplicó que fuera con él a
ver a un moribundo que quería hablar conmigo a toda costa. En mi larga carrera
de magistrado me había visto en varias ocasiones en semejantes tesituras y,
aunque relegado por la República, de vez en cuando todavía me llamaban en
análogas circunstancias.
Seguí, pues, al sacerdote, que me hizo subir hasta un
miserable alojamiento, en lo alto de una casa de obreros.
En un jergón de paja vi a un extraño agonizante, sentado,
con la espalda apoyada en la pared para poder respirar.
Era una especie de esqueleto gesticulante, con unos ojos
profundos y brillantes.
Apenas verme, murmuró:
«Me reconoce usted, ¿no?»
«Pues no».
«Soy Moiron».
Tuve un sobresalto y pregunté:
«¿El maestro de escuela?»
«Sí».
«¿Y qué hace aquí?»
«Sería demasiado largo de contar. No tengo tiempo… Voy a morir…,
me han traído a este cura… y como sabía que estaba usted aquí, le he mandado
llamar… Es a usted a quien quiero confesarme…, ya que me salvó la vida… en otro
tiempo».
Apretaba con sus manos crispadas la paja de su jergón a
través de la tela. Y prosiguió con una voz ronca, enérgica y queda:
«Mire…, le debo la verdad… a usted…, pues es preciso que
se la cuente a alguien antes de dejar este mundo.
»Fui yo quien mató a los niños…, a todos… Fui yo… ¡por
venganza!
»Escuche. Era yo un hombre honrado, honradísimo…,
honradísimo…, muy puro, que adoraba a Dios, a ese Dios bueno, el Dios que nos
enseñan a querer, y no al Dios falso, al verdugo, al ladrón, al asesino que
gobierna la tierra. No había hecho nunca mal alguno, ni cometido nunca ninguna
mala acción. Era yo puro como no se es, señor.
»Cuando me casé, tuve hijos y los quise como nunca ningún
padre o madre han querido a los suyos. No vivía más que para ellos. Estaba loco
por ellos. ¡Se me murieron los tres! ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué había hecho yo?
Me rebelé, pero con una rebelión furiosa; y de repente abrí los ojos como
cuando uno se despierta; y comprendí que Dios es malvado. ¿Por qué había matado
a mis hijos? Me quité la venda de los ojos y vi que le gusta matar. Es lo único
que le gusta, señor. ¡Da vida con el solo fin de destruir! Dios, señor, es un
exterminador. Todos los días necesita muertos. Y los mata de todas las maneras
posibles por mera diversión. Ha inventado las enfermedades, los accidentes,
para entretenerse durante meses y años; y luego, cuando se aburre, tiene las
epidemias, la peste, el cólera, las anginas, las viruelas; ¡y qué sé yo cuántas
cosas más ha inventado ese monstruo! Pero ¡como no tenía bastante, porque todos
esos males se parecen, entonces se regala ocasionalmente con alguna guerra,
para ver doscientos mil soldados caídos, amontonados en medio de la sangre y
del barro, reventados, con los brazos y las piernas hechos pedazos, la cabeza
rota por las balas como los huevos que se caen al suelo.
»Y esto no es todo. Ha hecho que los hombres se coman
entre sí. Y además, como los hombres se volvían mejores que él, creó a las
bestias para ver cómo los hombres las cazan, las degüellan y se las comen. Pero
no acaba aquí la cosa. Creó a los insectos que viven un día, a las moscas que
mueren a millares en una hora, a las hormigas que aplastamos y a otros seres,
tantos como no podemos imaginarnos. Y todos se matan entre sí, se dan caza, se
devoran y mueren de continuo. Y el buen Dios mira y se divierte, porque los ve
a todos, a los más grandes y a los más pequeños, a los que viven en una gota de
agua y a los de los otros astros. Los observa y se divierte. ¡Ah, qué canalla!
»Entonces, yo, señor, también maté niños. ¡Se la jugué
bien jugada! Ésos no se los llevó él; me los llevé yo. ¡Y a cuántos más habría
matado si no me hubiera descubierto usted!
»Iba a morir guillotinado. ¡Yo! ¡Cómo se hubiera reído el
muy miserable! Entonces solicité la presencia de un sacerdote y le mentí. Me
confesé. Mentí, y así salvé mi vida.
»Ahora se acabó, ya no puedo escapar de él. Pero no le
tengo miedo, pues le desprecio demasiado…».
Era horrendo ver a aquel miserable que jadeaba, hablaba
con hipidos, abría la boca de par en par para vomitar unas palabras apenas
audibles, y que agonizaba, arrancaba la tela de su jergón y, bajo una manta
casi negra, agitaba las piernas como para escapar.
¡Qué ser más espantoso, y qué horrible recuerdo!
Le pregunté:
«¿No tiene nada más que decir?»
«No, señor».
«Entonces, adiós».
«Adiós, señor, un día u otro…»
Me volví hacia el sacerdote, el cual, lívido, alzaba
contra la pared su figura alta y oscura, y le pregunté:
«¿Usted se queda, reverendo?»
«Sí, me quedo».
Entonces el moribundo dijo sarcásticamente:
«Sí, sí, manda a sus cuervos a por los cadáveres».
Yo ya tenía bastante; abrí la puerta y me largué.
EL AHOGADO*
I
Todo el mundo, en Fécamp, conocía la historia de la tía
Patin. Es cierto que la tía Patin no había sido feliz con su hombre, pues éste
la golpeaba, en vida, como se golpea el trigo en la era.
Él era patrón de una barca de pesca, y se había casado con
ella, en otro tiempo, porque era graciosa, aunque fuera pobre.
Patin, buen marinero, pero brutal, frecuentaba la taberna
del compadre Auban, donde se tomaba, los días de cada día, cuatro o cinco copas
de aguardiente y, en los que había habido una buena pesca, ocho o diez, e
incluso más, si se lo pedía el cuerpo, decía.
El aguardiente era servido a los clientes por la hija del
compadre Auban, una morena de buen ver y que atraía a la gente al local
únicamente por su buena presencia, pues nunca había dado que hablar.
A Patin, cuando entraba en la taberna, le gustaba
mirársela y le hablaba con cortesía, diciéndole cosas en tono tranquilo de mozo
formal. Pero cuando se había tomado la primera copa, ya la encontraba más
graciosa; a la segunda, le guiñaba el ojo; a la tercera, decía: «Si usted
quisiera, señorita Désirée…», sin acabar nunca su frase; a la cuarta, trataba
de retenerla por la falda para besarla; y, cuando llevaba ya diez copas, era el
compadre Auban quien le servía las demás.
El viejo tabernero, que podía poner cátedra en astucias,
hacía circular a Désirée por entre las mesas para aumentar así las
consumiciones; y Désirée, que no por nada era la hija del compadre Auban,
paseaba su falda en torno a los parroquianos, y bromeaba con ellos, con una
sonrisa en los labios y una mirada maliciosa.
A fuerza de tomarse copas de aguardiente, Patin se
acostumbró tanto al rostro de Désirée, que pensaba en él incluso en el mar,
cuando largaba sus redes, mar adentro, durante las noches de viento o las
noches de mar calma, durante las noches de luna o las noches de tinieblas.
Pensaba en ella mientras estaba al timón, en la popa de la barca, mientras sus
cuatro compañeros dormitaban con la cabeza recostada en sus brazos. La veía
siempre sonreírle, servirle el aguardiente amarillento con un movimiento del hombro,
y luego irse diciendo:
—¿Qué? ¿Contento?
A fuerza de tener siempre sus ojos puestos en ella y de
tenerla en su pensamiento, le entraron tales ganas de tomarla por esposa, que,
no pudiendo aguantarse más, pidió su mano.
Él era rico, propietario de su embarcación, de sus redes y
de una casa al pie de la cuesta de la Retenue, mientras que el compadre Auban
no tenía nada. Por lo que su petición fue aceptada inmediatamente y la boda se
celebró lo más pronto posible, teniendo ambas partes prisa por cerrar el asunto
por diferentes motivos.
Pero, tres días después de celebrada la boda, Patin ya no
comprendía en absoluto cómo podía haber creído que Désirée era distinta del
resto de las mujeres. Muy embobado tenía que estar, en verdad, para liarse con
una pobretona que seguro que le había engatusado con el aguardiente, un
aguardiente en el que había puesto alguna asquerosa droga.
Y, cada vez que salía a pescar, juraba todo el tiempo,
rompía la pipa con los dientes, maltrataba a la tripulación y, tras haber
maldecido a voz en grito con todas las expresiones habituales y contra todo
bicho viviente, desembuchaba cuanto le quedaba en el cuerpo contra los peces y
los bogavantes que iba sacando uno por uno de las redes y no los tiraba ya
dentro de las cestas sin acompañar su gesto de insultos y palabrotas.
Luego, de vuelta a casa, teniendo al alcance de su boca y
de su mano a su mujer, la hija del compadre Auban, no tardó en tratarla como a
un estropajo. Como además ella le escuchaba resignada, acostumbrada como estaba
a la violencia paterna, él se irritó por su pachorra; y, una noche, la
maltrató. A partir de entonces, la vida se volvió horrible en su casa.
Durante diez años no se habló en la Retenue de otra cosa
que de las palizas que Patin propinaba a su mujer y de su manera de blasfemar,
con cualquier pretexto, cuando le dirigía la palabra. En efecto, blasfemaba de
un modo especial, con una riqueza de léxico y una sonoridad vocal que nadie más
tenía en Fécamp. Apenas aparecía su barca en la bocana del puerto, de regreso
de la pesca, la gente esperaba la primera andanada que lanzaría, desde la
cubierta al malecón, no bien hubiera visto el gorrito blanco de su compañera.
De pie, en popa, maniobraba, en los días de mar gruesa,
con la mirada hacia proa y la vela, y, pese al cuidado que exigía el paso
estrecho y difícil, pese a las olas de fondo que entraban como montañas en el
estrecho canal, trataba de reconocer, en medio del mujerío que esperaba a los
marineros, ante la espuma de las olas, a la suya, a la hija del compadre Auban,
¡la pordiosera!
Entonces, apenas verla, no obstante el ruido de las olas y
del viento, le echaba tal bronca, con semejante vozarrón, que todo el mundo
rompía a reír, pese a no dejar de compadecerla mucho. Luego, llegada la barca
al muelle, su forma de soltar el lastre de galanterías, como él decía, mientras
desembarcaba el pescado, atraía en torno a sus amarras a todos los granujas y a
todos los desocupados del puerto.
A veces los improperios salían de su boca como cañonazos,
terribles y breves, otras como rugientes truenos de cinco minutos, era un
huracán tal de palabrotas que parecía que guardara en sus pulmones todas las
tormentas de Dios Padre.
Luego, cuando había dejado la barca y se encontraba
delante de ella en medio de los curiosos y de las vendedoras de arenques,
sacaba del fondo de la bodega todo un nuevo cargamento de maldiciones y de
duras palabras, y así se iban para casa, ella delante y él detrás, ella llorosa
y él gritón.
Entonces, a solas con ella, a puerta cerrada, le arreaba
al menor pretexto. Cualquier excusa era buena para levantarle la mano y, una
vez que había empezado, ya no paraba, vomitándole entonces a la cara los
verdaderos motivos de su odio. A cada bofetada, a cada mamporrazo, vociferaba:
«¡Ah, la zarrapastrosa, la pobretona, la muerta de hambre, buena la hice el día
que mojé el gaznate con el matarratas del fullero de tu padre!».
La pobre mujer vivía ahora presa de un espanto incesante,
en un temblor continuo de alma y de cuerpo, en una espera pavorosa de insultos
y de bastonazos.
Y esto duró diez años. Estaba tan amedrentada que
palidecía al hablar con cualquiera, y no pensaba ya en nada más que en los
golpes que la amenazaban y en que se había vuelto más delgada, amarilla y seca
que un arenque ahumado.
II
Una noche en que su hombre se hallaba faenando en el mar,
fue despertada de repente por ese gruñido de bestia que hace el viento cuando
llega como un perro suelto. Se sentó en su cama, alterada, luego, al no oír ya
nada, volvió a acostarse; pero, casi de inmediato, se oyó en la chimenea un
mugido que sacudía la casa por entero, el cual se extendió por todo el cielo
como si un rebaño de animales furioso hubiera atravesado el espacio bufando y
bramando.
Entonces se levantó y corrió hacia el puerto. De todas
partes llegaban otras mujeres con faroles. Los hombres acudían corriendo y
todos miraban cómo se encendía en la noche, en el mar, la espuma en lo alto de
las olas.
La tempestad duró quince horas. Once marineros no
regresaron, y Patin fue uno de ellos.
Encontraron, en la costa de Dieppe, restos de la
Jeune-Amélie, su barca. Recogieron, hacia Saint-Valéry, los cuerpos de sus
marineros, pero nunca se encontró el suyo. Como el casco de la embarcación
parecía haberse partido en dos, su mujer esperó y temió su vuelta durante mucho
tiempo, pues, de haberse producido un abordaje, era posible que el barco
abordador le hubiera recogido, a él solo, y llevado lejos.
Luego, poco a poco, se acostumbró a la idea de que era
viuda, sin dejar de estremecerse cada vez que una vecina, que un pobre o que un
vendedor ambulante entraban repentinamente en su casa.
Ahora bien, una tarde, unos cuatro años después de la
desaparición de su hombre, ella se detuvo, siguiendo la calle de los judíos,
delante de la casa de un viejo capitán, muerto recientemente, cuyo mobiliario
era sacado a la venta.
Justo en ese momento estaban subastando un papagayo verde
de cabeza azul, que miraba a todos con aire descontento e inquieto.
—¡Tres francos! —exclamaba el vendedor—; ¡un pájaro que
habla como un sacamuelas, tres francos!
Una amiga de la Patin le dio con el codo:
—Debería usted comprarlo, rica como es —le dijo—. Le haría
compañía; vale más de treinta francos ese pájaro. ¡Siempre puede revenderlo por
veinte o veinticinco!
—¡Cuatro francos, señoras, cuatro francos! —repetía el
hombre—. Canta vísperas y predica como el señor cura. ¡Es un fenómeno…, un
prodigio!
La Patin añadió cincuenta céntimos y le entregaron, dentro
de una jaulita, el pájaro de pico encorvado, que ella se llevó.
Luego lo instaló en su casa y, cuando abría la puerta de
tela metálica para dar de beber al ave, recibió un picotazo en el dedo que le
desgarró la piel y la hizo sangrar.
—¡Ah, qué mala bestia! —exclamó.
No obstante, le dio cañamón y maíz, y luego dejó que se
alisara el plumaje mientras miraba con aire burlón su nueva casa y a su nueva
ama.
Al día siguiente, al amanecer, la Patin oyó con gran
claridad una fuerte voz, sonora y vibrante, la voz de Patin que gritaba:
—¿Quieres levantarte, golfa?
Fue tal su espanto que escondió la cabeza debajo de las
sábanas, pues, todas las mañanas, en otro tiempo, apenas había abierto los
ojos, su difunto marido le gritaba al oído estas tres palabras que ella se
conocía a la perfección.
Temblando, ovillada, con la espalda ofrecida a la paliza
que ya esperaba, murmuraba, el rostro escondido en la cama:
—¡Santo Dios, ahí está! ¡Santo Dios, ahí está! ¡Ha vuelto,
santo Dios!
Pasaban los minutos; ningún ruido turbaba ya el silencio
de la habitación. Entonces, estremeciéndose, asomó la cabeza fuera de la cama,
segura de que estaba allí, acechando, dispuesto a darle una azotaina.
Ella no vio nada, nada más que un rayo de sol que se
filtraba por la ventana y pensó: «Está escondido, seguro».
Esperó largo rato, luego, algo tranquilizada, pensó: «Hay
que creer que lo he soñado, pues no aparece».
Volvió a cerrar los ojos, más calmada, cuando estalló, muy
cerca, la voz furiosa, la voz tonante del ahogado que vociferaba:
—¡Rediós, rediós, rediós, pero quieres levantarte, c…!
Ella saltó de la cama, levantada por la obediencia, por su
pasiva obediencia de mujer molida a golpes, que se acuerda aún de ellos después
de cuatro años y que se acordará siempre y que siempre obedecerá a esa voz. Y
dijo:
—Aquí me tienes, Patin. ¿Qué quieres?
Pero Patin no respondió.
Entonces, enloquecida, miró a su alrededor, luego buscó
por todas partes, dentro de los armarios, en la chimenea, debajo de la cama,
sin encontrar a nadie, y por último se derrumbó sobre una silla, loca de
angustia, convencida de que era el alma de Patin la que estaba allí, a su lado
y que había vuelto para torturarla.
De pronto, le vino a la mente el desván, al que se podía
acceder exteriormente por una escalera. Seguro que se había escondido allí para
sorprenderla. Los salvajes debían de haberle tenido prisionero en alguna parte
de la costa y él, que no había conseguido escapar hasta entonces, había vuelto
ahora más malo que nunca. No cabía duda con sólo oír el timbre de su voz.
Con la cabeza levantada hacia el techo preguntó:
—¿Estás ahí, Patin?
Patin no respondió.
Entonces salió, sacudida por un terrible miedo, subió la
escalera, abrió el ventanillo, miró, no vio nada, entró, buscó y no le
encontró.
Sentada sobre un haz de paja, rompió a llorar y mientras
sollozaba, embargada de un terror lacerante y sobrenatural, oyó, en su
habitación, justo debajo de donde estaba, a Patin que estaba contando algo.
Ahora parecía menos rabioso, más tranquilo, decía:
—¡Qué tiempo de perros! ¡Fuerte viento! ¡Un tiempo de
perros! ¡No he comido nada, rediós!
Ella gritó desde el desván:
—Ya voy, ya voy, Patin. Ahora te preparo las sopas, no te
enojes.
Volvió a bajar a toda prisa.
Pero abajo no había nadie.
Se sintió desfallecer como si la Muerte la tocara, y
estaba a punto de escapar para pedir socorro a los vecinos, cuando la voz, muy
cerca de su oído, exclamó:
—¡No he desayunado, rediós!
Y el papagayo, en su jaula, la miraba con su mirada de
ojos redondos, burlones y malvados.
También ella lo miró, enloquecida, murmurando:
—¡Ah, eres tú!
Y el papagayo prosiguió, meneando la cabeza:
—¡Espera, espera, espera, ya te enseñaré yo a holgazanear!
¿Qué pasó dentro de ella? Sintió, comprendió que era
precisamente él, el muerto, que había vuelto, que se había escondido dentro del
plumaje de aquella bestia para empezar a atormentarla de nuevo, que iba a
jurar, como en otro tiempo, todo el santo día, y a atacarla, a gritarle
insultos para que los oyeran los vecinos y hacerles reír. Entonces se
precipitó, abrió la jaula, cogió al pájaro que se defendía, arrancándole la
piel con el pico y las zarpas. Pero ella lo sujetaba fuerte con ambas manos y,
echándose al suelo, rodó por encima de él con un frenesí de posesa, lo aplastó,
hizo de él un pingajo de carne, una cosita blanda, verde, que ya no se movía,
que ya no hablaba y que colgaba; luego, tras haberlo envuelto con un trapo de
cocina como si fuera un lienzo, salió, en camisa, descalza como iba, atravesó
el muelle, que el mar azotaba con cortas olas y, sacudiendo el hato, dejó caer
en el agua aquella cosita muerta que parecía un manojo de hierba; luego volvió
a su casa, se postró de rodillas delante de la jaula vacía, y, trastornada por
lo que había hecho, pidió perdón a Dios, sollozando, como si acabara de cometer
un horrible crimen.
HAUTOT PADRE E HIJO*
I
Delante de la puerta de la casa, medio alquería, medio
casa de campo, una de esas viviendas rurales mixtas que fueron casi señoriales
y que ocupan hoy grandes terratenientes, los perros, atados a los manzanos del
patio, ladraban y aullaban al ver los morrales que traían el guarda y unos
chiquillos. En la gran sala que hacía las veces de cocina comedor, Hautot
padre, Hautot hijo, el señor Bermont, el recaudador, y el señor Mondaru, el
notario, estaban tomando un bocado y un vaso de vino antes de ir de caza, pues
era el día que se levantaba la veda.
Hautot padre, orgulloso de cuanto poseía, ponderaba por
adelantado la caza que encontrarían sus invitados en sus tierras. Era un
normando alto, uno de esos hombres imponentes, sanguíneos, huesudos, que cargan
sobre sus hombros carretadas de manzanas. Medio campesino, medio señor, rico,
respetado, influyente, autoritario, había hecho cursar estudios, hasta tercero,
a su hijo César Hautot, a fin de que recibiera instrucción, y había hecho que
los interrumpiera entonces por temor a que se convirtiese en un señor
indiferente a la tierra.
César Hautot, casi tan alto como su padre, pero más
delgado, era un buen hijo, dócil, siempre contento de todo, lleno de
admiración, respeto y deferencia a la voluntad y a las opiniones de Hautot
padre.
El señor Bermont, el recaudador, un hombre achaparrado que
mostraba en sus rojas mejillas una fina trama de venillas moradas semejantes a
los afluentes y a los cursos tortuosos de los ríos en los mapas de geografía,
preguntó:
—Y liebres, ¿las hay?…
Hautot padre respondió:
—Tantas como usted quiera, sobre todo en los terrenos
bajos del Puysatier.
—¿Por dónde empezamos? —preguntó el notario, un notario
regalón, gordo y pálido, así como tripudo y embutido en un traje de caza recién
estrenado, comprado la semana anterior en Ruán.
—Pues por ahí, por los terrenos bajos. Ojearemos a las
perdices hasta el llano y luego caeremos sobre ellas.
Y Hautot padre se levantó. Todos le imitaron, cogieron sus
escopetas de los rincones, examinaron el mecanismo, patearon en el suelo para
ajustarse bien las botas algo duras, que no habían sido aún ablandadas por el
calor de la sangre; luego salieron, y los perros, alzándose en el extremo de
sus cadenas, lanzaron ladridos agudos mientras azotaban el aire con sus patas.
Se pusieron en camino hacia los terrenos bajos. Era un
vallecito, o mejor dicho, una gran ondulación de tierras de mala calidad, que
habían quedado yermas por esta razón, surcadas por torrenteras, cubiertas de
helechos, excelente reserva de caza.
Los cazadores se espaciaron, Hautot padre por la derecha,
Hautot hijo por la izquierda, y los dos invitados por en medio. El guarda y los
que llevaban los morrales les seguían. Era el momento solemne en que se espera
el primer escopetazo, en que el corazón golpetea un poco, mientras el dedo
nervioso palpa en todo momento el gatillo.
De súbito, ¡se oyó un disparo! Hautot padre había hecho
fuego. Todos se pararon y vieron una perdiz que, separándose del grupo que huía
con raudo vuelo, caía en una hondonada dentro de una maleza espesa. El cazador,
excitado, echó a correr, pasando por encima y arrancando las zarzas que le
retenían, y desapareció a su vez en la espesura en busca de la pieza cobrada.
Casi al punto se oyó un segundo disparo.
—¡Ja, ja!, el muy tunante —exclamó el señor Bermont—,
habrá levantado una liebre ahí abajo.
Todos esperaban con los ojos clavados en aquel montón de
ramas impenetrables a la mirada.
El notario, haciendo bocina con las manos, vociferó: «¿Las
tiene?». Pero Hautot padre no respondió; entonces, César, volviéndose hacia el
guarda, le dijo:
—Vaya usted a echarle una mano, Joseph. Hay que caminar en
línea. Nosotros esperaremos.
Y Joseph, un viejo tronco de hombre seco, nudoso, con
todas las articulaciones llenas de protuberancias, se fue con paso tranquilo y
bajó a la hondonada, buscando los boquetes practicables con precauciones de
zorro. Luego, de inmediato, exclamó:
—Oh, vengan, vengan, ha ocurrido una desgracia.
Acudieron todos y se metieron por entre las zarzas. Hautot
padre, caído de costado, desvanecido, se aguantaba con ambas manos el vientre
del que brotaban a través de su chaqueta de tela desgarrada por el plomo unos
largos hilillos de sangre sobre la hierba. Al dejar su escopeta para coger la
perdiz muerta al alcance de su mano, había dejado caer el arma cuyo segundo
disparo, saliendo por el impacto contra el suelo, le había reventado las
entrañas. Le sacaron del hoyo, le desvistieron, y vieron una herida espantosa
por la que se le salían las tripas. Entonces, tras hacerle una ligadura como
pudieron, le llevaron a su casa y esperaron al médico al que se había mandado
llamar, con un sacerdote.
En cuanto llegó el doctor, éste meneó la cabeza con aire
grave y, volviéndose hacia Hautot hijo que sollozaba en una silla, le dijo:
—Mi pobre muchacho, esto no pinta nada bien.
Pero cuando hubieron terminado de vendarle, el herido
movió los dedos, abrió la boca, luego los ojos, lanzó delante de sí unas
miradas turbias, extraviadas, y a continuación pareció hurgar en su memoria,
acordarse, comprender y murmuró:
—¡Rediós, esto se acabó!
El médico le sostenía la mano.
—No, no, unos pocos días de reposo y no será nada.
Hautot prosiguió:
—¡Se acabó! ¡Tengo el estómago reventado! Bien lo sé.
Luego de repente agregó:
—Quisiera hablar con mi hijo, si me da tiempo.
Hautot hijo, a su pesar, lloriqueaba y repetía como un
niño pequeño:
—¡Papá, papá, pobre papá!
Pero el padre, con un tono más firme, dijo:
—Vamos, deja de llorar, no es éste el momento. Tengo que
hablar contigo. Ponte aquí, muy cerca, acabaremos pronto, y yo me sentiré más
tranquilo. Ustedes, déjennos un minuto, por favor.
Todos salieron dejando al hijo enfrente del padre.
Una vez que estuvieron solos, el padre dijo:
—Escucha, hijo, ya tienes veinticuatro años, y se te
pueden decir las cosas. Y, además, en este tipo de asuntos el misterio somos
nosotros quienes lo añadimos. Sabes que tu madre murió hace siete años, ¿no es
cierto?, y que yo tengo actualmente cuarenta y cinco, pues me casé a los
diecinueve. ¿No es así?
El hijo balbució:
—Sí, así es.
—Así pues, tu madre murió hace siete años y yo me quedé
viudo. Pues bien, un hombre como yo no puede permanecer viudo a los treinta y
siete años, ¿no es así?
El hijo respondió:
—Sí, así es.
El padre, jadeando, todo pálido y con el rostro crispado,
continuó:
—¡Dios, cómo me duele! Lo comprendes, pues. No está el
hombre hecho para vivir solo, pero yo no quería tomar otra mujer porque así se
lo prometí a tu madre. Entonces…, ¿comprendes?
—Sí, padre.
—Así que tomé a una jovencita de Ruán, de la rue de
l’Éperlan, número dieciocho, tercero, segunda puerta. Te doy esta información,
no la olvides. Pero una jovencita que ha sido sumamente amable conmigo,
amorosa, abnegada, una mujer de verdad. ¿Comprendes, muchacho?
—Sí, padre.
—Por tanto, si ha llegado mi hora, le debo algo, pero algo
como Dios manda que la libere de la penuria, ¿entendido?
—Sí, padre.
—Te digo que es una buena chica, buena de verdad, y que de
no haber sido por ti y por la memoria de tu madre, así como por la casa donde
hemos vivido los tres juntos, me la habría traído aquí, y luego me habría
casado con ella, seguro…, escucha…, escucha…, hijo mío…, habría podido hacer
testamento…, pero no lo he hecho. No he querido…, porque estas cosas no deben
ponerse por escrito…, estas cosas…, pues perjudican demasiado a los legítimos…
y todo se complica además…, ¡y no es bueno para nadie! ¿Sabes?, olvídate del
papel timbrado, no sirve para nada, no lo emplees jamás. Si yo soy rico es
porque durante toda mi vida no lo he usado nunca. ¿Comprendes, hijo?
—Sí, padre.
—Escucha…, escúchame bien… Así que no he hecho
testamento…, no he querido. Porque, además, te conozco, sé que tienes buen
corazón, que no eres ni tacaño ni mezquino. Me dije que, al final de mis días,
te lo contaría todo y te rogaría que no olvidaras a la pequeña: Caroline Donet,
rue de l’Éperlan, número dieciocho, tercero, segunda puerta, no lo olvides. Y
escucha también lo que te voy a decir. Ve enseguida apenas yo haya dejado este
mundo y actúa de forma que no tenga un mal recuerdo de mí. Tú tienes lo suficiente.
Puedes hacerlo, pues te dejo bastante… Escucha…, durante la semana no está
nunca, porque trabaja con la señora Moreau, en la rue Beauvoisine. Ve un
jueves. Es el día que me espera. Es mi día desde hace seis años. ¡Pobre
pequeña, cuánto va a llorar!… Si te cuento todo esto es porque te conozco bien,
hijo mío. No son cosas que se cuenten a la gente, ni al notario ni al cura. Se
hacen, todos lo saben, pero que no se cuentan, salvo que sea necesario. Por eso
no quiero que ningún extraño esté en el secreto, nadie que no sea de la
familia, porque la familia son todos en uno, ¿entendido?
—Sí, padre.
—¿Me lo prometes?
—Sí, padre.
—¿Lo juras?
—Sí, padre.
—Hijo, te lo ruego, te lo suplico, no lo olvides. Es de
suma importancia para mí.
—No, padre.
—Irás tú mismo. Quiero que te asegures de todo.
—Sí, padre.
—Y luego verás…, verás lo que ella te explica. Nada más
puedo añadir. Lo has jurado.
—Sí, padre.
—Está bien, hijo mío. Dame un beso. Adiós. Voy a palmarla,
estoy seguro. Diles a los otros que entren.
Hautot hijo dio un beso a su padre entre gemidos, luego,
siempre dócil, abrió la puerta y apareció el cura, en roquete blanco, trayendo
los sagrados óleos.
Pero el moribundo había cerrado los ojos y se negó a
volver a abrirlos, se negó a responder, se negó a demostrar, mediante un signo
siquiera, que comprendía.
Mucho había hablado aquel hombre, y no podía más. Se
sentía, por otra parte, ahora con el corazón tranquilo, quería morir en paz.
¿Qué necesidad tenía de confesarse al delegado de Dios en la tierra, puesto que
acababa de confesarse con su hijo, que era de la familia?
Recibió los sacramentos, fue purificado y absuelto en
medio de sus amigos y de sus servidores postrados de rodillas, sin que un solo
movimiento de su rostro revelase que seguía todavía con vida.
Murió hacia medianoche, tras cuatro horas de
estremecimientos que indicaban unos dolores atroces.
II
Le enterraron el martes, tras haberse levantado la veda el
domingo. Después de volver a su casa, una vez que había acompañado a su padre
al cementerio, César Hautot se pasó el resto de la jornada llorando. Apenas si
durmió a la noche siguiente y se sintió tan triste al despertar que se
preguntaba cómo iba a poder seguir viviendo.
De todos modos, pensó hasta la noche una y otra vez que,
si quería respetar las últimas voluntades de su padre, tenía que ir a ver al
día siguiente a Ruán a esa muchacha Caroline Donet, que vivía en la rue de
l’Éperlan, número 18, tercero, segunda puerta. Había repetido, muy bajito, como
se murmura una oración, ese nombre y esa dirección un número incalculable de
veces, a fin de no olvidarlos, y acabó por balbucearlos indefinidamente, sin
poder parar o pensar en nada, de tanto como su lengua y su mente estaban
poseídas por esta frase.
Así pues, al día siguiente hacia las ocho, ordenó
enganchar a Graindorge al tílburi y partió al trote largo del pesado caballo
normando por la carretera general de Ainville a Ruán. Llevaba puesta su levita
negra y sus pantalones con trabillas e iba tocado con un gran sombrero de seda,
y no había querido, dadas las circunstancias, ponerse encima de su bonito traje
el sobretodo azul que se hincha al viento, protege la tela del polvo y de las
manchas y se quita rápidamente a la llegada, tan pronto como se ha saltado del
coche.
Entró en Ruán cuando daban las diez, se apeó como siempre
en el Hôtel des Bons-Enfants de la rue des Trois-Mares, soportó los grandes
abrazos del director, de su mujer y de sus cinco hijos, pues conocían la triste
noticia; luego tuvo que dar detalles sobre el accidente, lo cual le hizo
llorar, rehusar los servicios de toda esa gente, solícita porque sabían que era
rico, y rechazar hasta su invitación a comer, cosa que les picó.
Tras haber quitado el polvo de su sombrero, cepillado la
chaqueta y lustrado sus botines, se puso a buscar la rue de l’Éperlan, sin
atreverse a preguntarle a nadie por temor a ser reconocido y a despertar
sospechas.
Finalmente, como no daba con ella, al ver a un cura,
fiándose de la discreción profesional de todo eclesiástico, le preguntó a él.
La tenía a sólo cien pasos, era justo la segunda calle a
la derecha.
Entonces, vaciló. Hasta ese momento había obedecido como
un manso cordero a la voluntad de su difunto padre. Pero ahora se sentía
totalmente agitado, avergonzado, humillado ante la idea de encontrarse, él, el
hijo, delante de esa mujer que había sido la amante de su padre. Toda la moral
que subyace en nosotros, acumulada en el fondo de nuestros sentimientos durante
siglos de enseñanza hereditaria, todo cuanto había aprendido desde el catecismo
sobre las mujeres de mala vida, el desprecio instintivo que todo hombre siente
por ellas, incluso si se casa con una, toda su honestidad estrecha de
campesino, todo ello se agitaba en su interior, le retenía, le hacía
avergonzarse y enrojecer.
Pero pensó: «Se lo prometí a mi padre. No puedo dejar de
hacerlo». Entonces empujó la puerta entreabierta de la casa señalada con el
número 18, descubrió una escalera oscura, subió tres pisos, vio una puerta,
luego una segunda, encontró un cordón de campanilla y tiró de él.
El ding dong que resonó en la habitación vecina le provocó
un estremecimiento. La puerta se abrió y se encontró delante de una joven
señora muy bien vestida, morena, de tez colorada, que le miraba con ojos de
pasmo.
No sabía qué decirle, y ella, que no sospechaba nada, y
que esperaba al otro, no le invitaba a entrar. Se contemplaron así durante
cerca de medio minuto. Finalmente ella preguntó:
—¿Qué desea, señor?
Él murmuró:
—Soy Hautot hijo.
Ella tuvo un sobresalto, palideció y balbució como si le
conociera desde hacía tiempo:
—¿El señor César?
—Sí…
—¿Qué pasa?
—Tengo que hablar con usted de parte de mi padre.
Ella dijo:
—¡Oh, Dios mío! —Y retrocedió para que entrase. Él cerró
la puerta y la siguió.
Entonces vio a un niño pequeño de unos cuatro o cinco
años, que estaba jugando con un gato, sentado en el suelo delante de un horno
del que subía un humo de platos mantenidos calientes.
—Siéntese —dijo ella.
Y se sentó… Ella preguntó:
—¿Y bien?
Él no se atrevía a hablar, con los ojos clavados en la
mesa puesta en medio del piso y en la que había tres cubiertos, uno de ellos
para un niño. Miraba la silla vuelta de espaldas al fuego, el plato, la
servilleta, los vasos, la botella de vino tinto empezada y la botella de vino
blanco intacta. ¡Era el lugar de su padre, de espaldas al fuego! Le esperaban.
Era su pan el que veía, que reconocía al lado del tenedor, pues le habían
quitado la corteza debido a los malos dientes de Hautot. Luego, alzando la vista,
vio, en la pared, su retrato, la gran fotografía hecha en París el año de la
Exposición, la misma que colgaba encima de la cabecera en el dormitorio de
Ainville.
La joven prosiguió:
—¿Y bien, señor César?
Él la miró. La angustia la había hecho ponerse lívida y
esperaba con las manos temblándole de miedo.
Entonces él se atrevió.
—Pues bien, señorita, papá murió el domingo, mientras
cazaba.
Ella se sintió tan trastornada que se quedó inmóvil. Tras
unos instantes de silencio, murmuró con voz casi inaudible:
—¡Oh, no es posible!
Luego, de repente, asomaron unas lágrimas a sus ojos, y
levantando sus manos se cubrió el rostro y empezó a sollozar.
Entonces, el pequeño volvió la cabeza y, al ver derramar
unas lágrimas a su madre, se puso a berrear. Pero luego, comprendiendo que esa
tristeza repentina tenía por causa a ese desconocido, se abalanzó sobre César,
asió con una mano su pantalón y con la otra le pegó en el muslo con todas sus
fuerzas. Y César se quedó desconcertado, emocionado, entre aquella mujer que
lloraba a su padre y ese niño que defendía a su madre. Él mismo se sentía
dominado por la emoción, con los ojos henchidos de lágrimas por la tristeza; y,
para recobrar el dominio de sí, comenzó a hablar.
—Sí —dijo—, la desgracia ocurrió el domingo por la mañana,
a eso de las ocho… —Y contó, como si ella escuchara, sin olvidar ningún
detalle, refiriendo las más pequeñas cosas con una minuciosidad de campesino. Y
el pequeño le seguía pegando, propinándole ahora puntapiés en los tobillos.
Cuando llegó al momento en que Hautot padre le había
hablado de ella, oyó su nombre, descubrió su rostro y preguntó:
—Perdón, no le seguía, quisiera saber… Si no le importa
volver a empezar.
Él volvió a empezar con los mismos términos: «La desgracia
ocurrió el domingo por la mañana a eso de las ocho…».
Lo contó todo, detenidamente, con interrupciones,
recapitulaciones, ocasionales reflexiones propias. Ella le escuchaba con
avidez, percibiendo con su sensibilidad nerviosa de mujer todas las peripecias
que contaba y estremeciéndose de horror, mientras decía a veces: «¡Oh, Dios
mío!». El pequeño, creyendo que se había calmado, había dejado de pegarle a
César para coger la mano de su madre, y también escuchaba, como si hubiera
comprendido.
Terminado el relato, Hautot hijo prosiguió:
—Ahora, vamos a arreglar las cosas entre usted y yo, de
acuerdo con su deseo. Escuche, yo tengo una posición desahogada, me ha dejado
un cierto patrimonio. No quiero que tenga usted motivos de queja…
Pero ella le interrumpió vivamente.
—Oh, señor César, señor César, hoy no. Tengo el corazón
destrozado… Otro día será, otro día… No, hoy no… Si lo acepto, sepa… que no es
por mí…, no, no, no, se lo juro, sino por este pequeño. Por lo demás, lo
pondremos a su nombre.
Entonces César, aterrado, intuyó y dijo entre balbuceos:
—Así pues…, ¿el pequeño… es de él?
—Sí —dijo ella.
Y Hautot hijo miró a su hermanito con una emoción confusa,
intensa y penosa.
Tras un largo silencio, pues ella lloraba de nuevo, César,
muy incómodo, prosiguió:
—Bien, pues entonces, señorita Donet, voy a irme. Cuando
usted quiera hablaremos del asunto.
Ella exclamó:
—¡Oh, no, no se vaya, no se vaya, no me deje completamente
sola con Émile! Me moriría de tristeza. Ahora no tengo a nadie más que a mi
pequeño. ¡Oh, qué triste vida, qué triste vida, señor César! Venga, siéntese.
Siga hablándome. Cuénteme qué hacía él, allí, durante toda la semana.
Y César se sentó, acostumbrado como estaba a obedecer.
Ella acercó, para sí, otra silla a la suya, delante del
horno donde los platos seguían calentándose, cogió a Émile sobre sus rodillas y
le preguntó a César mil cosas sobre su padre, cosas íntimas que dejaban
entrever lo mucho que había querido a Hautot con todo su pobre corazón de
mujer.
Él, por una concatenación natural de sus ideas, más bien
escasas, volvió al accidente y empezó a contarlo de nuevo con los mismos
detalles.
Cuando dijo: «Tenía un agujero tan grande en el estómago
que habrían cabido las dos manos», ella soltó una especie de grito y de nuevo
los sollozos le hicieron brotar las lágrimas de los ojos. Contagiado, también
César rompió a llorar, y dado que las lágrimas tocan siempre la fibra sensible,
se inclinó hacia Émile cuya frente tenía al alcance de la boca y le dio un
beso.
La madre, recobrando el aliento, murmuró:
—Pobre niño, ahora es huérfano…
—También yo —dijo César.
No dijeron nada más.
Pero de repente, el instinto práctico del ama de casa,
habituada a pensar en todo, se despertó en la joven.
—Tal vez no ha tomado nada desde la mañana, señor César.
—No, señorita.
—¡Oh!, debe de tener hambre. Tomará usted un bocado.
—Gracias —dijo—, pero no tengo hambre, estoy demasiado
apenado.
Ella prosiguió:
—¡A pesar de la pena, la vida sigue, y no puede decirme
usted que no! Y luego se quedará un ratito más. Cuando se vaya, no sé lo que
será de mí.
Él cedió, tras cierta resistencia aún, y, sentándose de
espaldas al fuego, enfrente de ella, se comió un plato de callos que crepitaban
en el horno y se tomó un vaso de vino tinto. Pero no permitió que descorchara
el blanco.
Repetidas veces él le limpió la boca al pequeño, que se
había manchado de salsa toda la barbilla.
Cuando se levantaba para irse, preguntó:
—¿Cuándo quiere que vuelva para hablar del asunto,
señorita Donet?
—Si no tiene inconveniente, el próximo jueves, señor
César. Así no perderé tiempo. Tengo siempre los jueves libres.
—El jueves próximo me va bien.
—Vendrá usted a comer, ¿no?
—¡Oh!, en cuanto a eso, no puedo prometérselo.
—Es que se charla mejor comiendo. Se dispone además de más
tiempo.
—Bien, de acuerdo. Hasta mediodía, entonces.
Y se fue después de haber besado otra vez al pequeño Émile
y estrechado la mano de la señorita Donet.
III
La semana se le hizo larga a César Hautot. Nunca se había
encontrado solo y el aislamiento le parecía insoportable. Hasta entonces, vivía
al lado de su padre, como si fuera su sombra, le seguía a los campos, vigilaba
el cumplimiento de sus órdenes y, cuando se había separado de él durante largas
horas, volvía a verle para cenar. Pasaban las veladas fumando con sus pipas el
uno enfrente del otro, charlando de caballos, de vacas y de corderos; y el
apretón de manos que se daban al despertar parecía el intercambio de un afecto
familiar y profundo.
Ahora César estaba solo. Vagaba por las tierras labrantías
del otoño, esperando siempre ver alzarse en el extremo de un llano la gran
silueta gesticulante de su padre. Para matar el tiempo, entraba en casa de los
vecinos, contaba el accidente a todos los que todavía no lo habían oído contar,
lo repetía a veces a los demás. Luego, sin tener ya nada que hacer ni en que
pensar, se sentaba a la vera de un camino preguntándose si aquella vida iba a
durar por mucho tiempo.
Pensó a menudo en la señorita Donet. Le había gustado. Le
había parecido una persona formal, dulce y buena muchacha, como había dicho su
padre. Sí, una buena muchacha de verdad. Había decidido hacer las cosas a lo
grande y concederle dos mil francos de renta, poniendo el capital a nombre del
niño. Sentía incluso un cierto placer en pensar que el jueves siguiente
volvería a verla y solventarían las cosas conjuntamente. Y, además, la idea de
aquel hermanito, de aquel niño de cinco años, que era hijo de su padre, le
atormentaba, no dejaba de causarle una cierta incomodidad, pero al mismo tiempo
le infundía calor humano. Aquel hijo clandestino que nunca se llamaría Hautot
era para él como una familia, una familia que podía coger o dejar, a su antojo,
pero que le recordaba a su padre.
Así, el jueves por la mañana, al verse de camino a Ruán,
llevado por el trote resonante de Graindorge, sentía más ligero y apaciguado su
corazón de lo que lo había sentido desde su desgracia.
Al entrar en el piso de la señorita Donet, vio la mesa
puesta como el jueves anterior, con la sola diferencia de que al pan no le
había sido quitada la corteza.
Estrechó la mano de la joven, besó a Émile en las mejillas
y se sentó, un poco como si estuviera en su casa, aunque con el corazón algo
oprimido. Encontró a la señorita Donet ligeramente más delgada y un tanto
pálida. Debía de haber llorado mucho. Tenía ahora ante él un aire de
incomodidad como si hubiera comprendido lo que no había sentido la semana
anterior ante la primera impresión de su desgracia, y le trataba con excesivos
miramientos, con una humildad penosa y unas atenciones conmovedoras como para
pagarle en deferencias y abnegación las bondades que tenía con ella. La comida
se prolongó durante largas horas, hablando del asunto que motivaba la visita.
Ella no quería tanto dinero. Era demasiado, demasiado. Ganaba lo suficiente
para vivir, y únicamente deseaba que Émile se encontrara con un poco de dinero
cuando fuera mayor. César se resistió a ello, y añadió también un regalo de mil
francos para ella, para el luto.
Después del café, ella preguntó:
—¿Fuma usted?
—Sí…, tengo mi pipa.
Se rebuscó en el bolsillo. ¡Canastos, la había olvidado!
Empezaba a sentirse contrariado, cuando ella le ofreció una pipa de su padre
que guardaba en un armario. Él aceptó el ofrecimiento, la cogió, la reconoció,
la olfateó, proclamó su calidad con voz emocionada, la rellenó de tabaco y la
encendió. A continuación puso a Émile a horcajadas sobre una de sus piernas y
le hizo jugar al caballito mientras ella recogía la mesa y guardaba, en la
parte baja del aparador, la vajilla sucia para lavarla después, cuando él se
hubiera ido.
Hacia las tres, él se levantó a su pesar, disgustado por
la idea de tener que irse.
—Bien, señorita Donet —dijo—, que tenga un buen día, ha
sido un placer conocerla.
Ella permanecía delante de él, colorada, muy emocionada, y
le miraba pensando en el otro.
—¿No volveremos a vernos más? —preguntó ella.
Él se limitó a responder:
—Sí, señorita, si usted gusta.
—Por supuesto, señor César. Entonces, el jueves próximo,
¿le iría bien?
—Sí, señorita Donet.
—¿Le parece bien venir a comer?
—Pues… si usted quiere, no digo que no.
—De acuerdo, señor César, el próximo jueves a mediodía,
como hoy.
—¡Hasta el próximo jueves a mediodía, señorita Donet!
BOITELLE*
A Robert Pinchon
El compadre Boitelle (Antoine) estaba especializado, en
toda la región, en tareas de limpiar inmundicias. Cada vez que había que
limpiar una zanja, un estercolero, un pozo negro, una cloaca, un hoyo fangoso
era a él a quien llamaban.
Llegaba con sus útiles de pocero y sus zuecos mugrientos,
y se ponía a la tarea sin dejar de quejarse de su oficio. Cuando le preguntaban
por qué, pues, se dedicaba a aquel trabajo repugnante, él respondía con
resignación:
—¿Por qué va a ser? Por mis hijos a los que tengo que dar
de comer. Con esto se gana más que con otra cosa.
Tenía, en efecto, catorce hijos. Si le preguntaban qué
había sido de ellos, respondía con tono indiferente:
—En casa no quedan más que ocho. Uno está en el servicio y
cinco se han casado.
Si le preguntaban si se habían casado bien, añadía con
vehemencia:
—Yo no me he opuesto. No me he opuesto a nada. Se han
casado con quien ellos han querido. No hay que oponerse a las inclinaciones de
cada uno, pues si no la cosa acaba mal. Si yo soy un limpiamierdas es porque
mis padres se opusieron a mis inclinaciones. De lo contrario, habría sido un
obrero como los demás.
He aquí en qué sus padres no habían accedido a sus
inclinaciones.
Soldado a la sazón, prestaba servicio en Le Havre, ni más
tonto ni más listo que cualquier otro, pero, eso sí, un poco simplón. Durante
las horas de salida, su mayor placer consistía en pasear por el muelle, a lo
largo de los puestos de los pajareros. Unas veces solo, otras con un paisano,
pasaba despacio por delante de las jaulas donde los papagayos de dorso verde y
cabeza amarilla de la Amazonia, los papagayos de dorso gris y cabeza roja del
Senegal, los enormes guacamayos con su aspecto de aves criadas en cautividad,
con su plumaje florido, sus penachos y copetes, las cotorras de todo tamaño,
que se dirían coloreadas con minucioso cuidado por un Dios miniaturista, y las
pequeñas, pequeñísimas avecillas saltarinas, rojas, amarillas, azules y de
colores abigarrados, mezclando sus chillidos al ruido del muelle, añaden al
estruendo de los barcos descargados, de los paseantes y de los carruajes, una
algarabía estridente, aguda, chillona, ensordecedora, de bosque lejano y
sobrenatural.
Boitelle se paraba, con ojos como platos y la boca
abierta, sonriente y embelesado, enseñando sus dientes a las cacatúas
prisioneras que saludaban con su copete blanco o amarillo al rojo
resplandeciente de su pantalón y al cobre de su cinturón. Cuando daba con un
pájaro parlero, le hacía preguntas; y si el ave estaba ese día dispuesta a
responder y a dialogar con él, se sentía feliz y contento hasta la noche.
También le divertía muchísimo mirar a los monos, siendo para él el mayor lujo
de un hombre rico tener uno de esos animales, lo mismo que se tienen perros y
gatos. Aquel gusto, el gusto por lo exótico, lo llevaba en la sangre como se
lleva el de la caza, de la medicina o del sacerdocio. Cada vez que se abrían
las puertas del cuartel, no podía dejar de volver al muelle como arrastrado por
un fuerte deseo.
Pues bien, en una ocasión, tras haberse detenido casi en
éxtasis delante de una arara monstruosa que ahuecaba su plumaje, se inclinaba,
se enderezaba, parecía hacer reverencias cortesanas del país de los papagayos,
vio abrirse la puerta de un cafetín contiguo a la pajarería, y apareció una
joven negra, tocada con un pañuelo rojo, que barría hacia la calle corchos y
arenilla del establecimiento.
La atención de Boitelle se vio al punto dividida entre el
pájaro y la mujer, y no habría sabido decir realmente a cuál de estos dos seres
contemplaba con más asombro y placer.
La negra, tras haber echado fuera las barreduras del café,
alzó la vista y quedó a su vez deslumbrada por el uniforme del soldado.
Permanecía de pie, enfrente de él, con su escoba en las manos como si
sostuviera un fusil, mientras que la arara continuaba con sus inclinaciones.
Ahora bien, al cabo de unos instantes el soldado se sintió incómodo por aquella
atención y se fue andando despacio para no dar la impresión de que se batía en
retirada.
Pero volvió. Pasó casi a diario por delante del Café des
Colonies, y vio a menudo a través de los cristales a la moza de negra piel que
servía cañas o aguardiente a los marineros del puerto. Tampoco era raro que
ella saliera al verle; y pronto, sin haber cruzado nunca una palabra, se
sonreían como verdaderos conocidos; y Boitelle sentía que se le aceleraba el
corazón al ver relucir de repente, entre los oscuros labios de la muchacha, la
hilera resplandeciente de sus dientes. Hasta que, un buen día, entró por fin, y
se quedó muy sorprendido al comprobar que hablaba francés como todo el mundo.
La botella de limonada, de la que ella aceptó tomarse un vaso, quedó grabada,
en la memoria del soldado, como algo memorablemente delicioso; y adquirió así
la costumbre de ir a sorber, en aquel cafetín del puerto, todos los líquidos
dulces que le permitía su bolsillo.
Era para él una fiesta, un motivo de felicidad en el que
pensaba sin cesar, mirar la mano negra de la moza sirviéndole algo en su vaso,
mientras los dientes reían, más claros que los ojos. Al cabo de dos meses de
frecuentación, se hicieron buenos amigos, y Boitelle, tras la primera sorpresa
de ver que las ideas de aquella negra no diferían de las buenas ideas de las
chicas del lugar, que sentía respeto por el ahorro, el trabajo, la religión y
la buena conducta, la quiso más por ello, enamorándose hasta el punto de querer
hacerla su esposa.
Él le comunicó sus planes, cosa que la hizo bailar de
alegría. Por lo demás, ella contaba con algún dinero, dinero que le había
dejado una vendedora de ostras que la había recogido al ser abandonada en el
muelle de Le Havre por un capitán americano. Dicho capitán la había conocido a
la edad de aproximadamente seis años, acurrucada sobre unas balas de algodón en
la bodega de su barco, unas horas después de zarpar de Nueva York. Al recalar
en Le Havre, dejó a los cuidados de esa ostrera compasiva a aquella bestezuela
negra escondida a bordo, no sabía por quién ni cómo. Tras morir la vendedora de
ostras, la moza se había convertido en camarera del Café des Colonies.
Antoine Boitelle añadió:
—Así se hará siempre y cuando mis padres no se opongan a
ello. ¡Has de saber que nunca haré nada que ellos no quieran, nunca! La próxima
vez que vaya al pueblo les hablaré del asunto.
A la semana siguiente, tras obtener un permiso de
veinticuatro horas, se fue a ver a su familia, que cultivaba una pequeña
hacienda en Tourteville, cerca de Yvetot.
Esperó al final de la comida, al momento en que el café,
bautizado con aguardiente, volvía más abiertos los corazones, para informar a
sus ascendientes de que había encontrado a una muchacha que respondía tan
plenamente a sus expectativas, a todas, que no podía haber sobre la faz de la
tierra otra que le conviniera tanto como ella.
Al oír esto, los viejos adoptaron enseguida una actitud
circunspecta y pidieron explicaciones. Él no ocultó nada, por lo demás, salvo
el color de su piel.
Era una criada, sin muchos posibles, pero hacendosa,
ahorradora, aseada, de buena conducta y juiciosa. Cosas todas ellas que valían
mucho más que el dinero que pudiera tener una mala ama de casa. Tenía algún
dinero por lo demás, dinero que le había dejado la mujer que la había criado,
una buena suma, casi una pequeña dote, mil quinientos francos en la caja de
ahorros. Los viejos, conquistados por sus palabras, confiando por lo demás en
su buen juicio, iban cediendo poco a poco, cuando llegó al punto delicado.
Riendo con una risa un poco forzada, dijo:
—Sólo hay una cosa que podría contrariaros. Es que no es
ni pizca blanca.
Como ellos no comprendían, tuvo que explicarles largamente
con mil precauciones, para no ponerles a la defensiva, que pertenecía a la raza
negra cuyas muestras sólo habían visto en las estampas populares.
Entonces ellos se mostraron inquietos, perplejos,
temerosos, como si les hubiera propuesto una unión con el mismísimo diablo.
La madre decía:
—¿Negra? Pero ¿cómo de negra? ¿Del todo?
Él respondía:
—Por supuesto: ¡del todo, como tú eres blanca del todo!
El padre proseguía:
—¿Negra? ¿Negra como el carbón?
El hijo respondía:
—¡Tal vez un poquito menos! Es negra, aunque no de un
negro que resulte desagradable. La sotana del señor cura bien negra que es,
pero no por ello es más fea que un roquete blanco.
El padre decía:
—En su país, ¿las hay más negras que ella?
El hijo, convencido, respondía:
—¡Seguro que las hay!
El viejo meneaba la cabeza:
—Debe de ser desagradable.
A lo que replicaba el hijo:
—No es más desagradable que cualquier otra cosa, porque te
acostumbras enseguida.
La madre preguntaba:
—¿No ensucian esas pieles la ropa blanca más que las
demás?
—No más que la tuya, ya que es su color.
Así pues, tras muchas preguntas más, convinieron en que
los padres conocerían a esa muchacha antes de tomar una decisión, y que él, que
iba a terminar el servicio militar dentro de un mes, la traería a casa para que
pudieran examinarla y decidir, charlando con ella, si no era demasiado negra
para entrar a formar parte de la familia de los Boitelle.
Entonces Antoine anunció que el domingo 22 de mayo, día de
su licenciamiento, partiría para Tourteville con su enamorada.
Ella se había puesto para aquel viaje a casa de los padres
de su enamorado sus mejores y más llamativas galas, en las que dominaban el
amarillo, el rojo y el azul, de suerte que tenía el aspecto de haberse
engalanado para una fiesta nacional.
En la estación, a la salida de Le Havre, la gente no le
quitó los ojos de encima, y Boitelle estaba orgulloso de dar el brazo a una
persona que llamaba tanto la atención. Luego, en el vagón de tercera clase,
donde ella ocupó un asiento a su lado, fue tal la sorpresa que causó a los
campesinos, que los de los compartimientos contiguos se subieron a sus asientos
para examinarla por encima del tabique de madera que dividía la caja rodante.
Ante su aspecto, un niño se puso a berrear del miedo, otro escondió el rostro
en el delantal de su madre.
Todo discurrió a pedir de boca, sin embargo, hasta la
estación de llegada. Pero cuando el tren demoró su marcha al acercarse a
Yvetot, Antoine se sintió incómodo, como en el momento de una inspección cuando
no se sabía la teórica. Luego, asomándose a la ventanilla, reconoció a lo lejos
a su padre, que sujetaba de la brida al caballo enganchado al carricoche, y a
su madre, que se había acercado hasta la reja que contenía a los curiosos.
Él bajó el primero, tendió la mano a su enamorada, y,
erguido, como si escoltara a un general, se fue en dirección a su familia.
Al ver llegar a aquella dama negra y abigarrada en
compañía de su hijo, la madre se quedó tan atónita que era incapaz de abrir la
boca, y el padre apenas si conseguía sujetar al caballo al que hacían
encabritarse alternativamente la locomotora o la negra. Pero Antoine, dominado
de pronto por la sincera alegría de volver a ver a sus padres, se lanzó con los
brazos abiertos, besó a su madre, besó a su padre a pesar del espanto del rocín
y luego, volviéndose hacia su compañera, que los viandantes, embobados, se
paraban a mirar, se explicó:
—¡Aquí la tenéis! Ya os dije que resultaba a primera vista
una pizca defraudante, pero en cuanto se la conoce, de veras, no hay nada más
encantador sobre la tierra. Saludadla, para que no se sienta violenta.
Entonces la señora Boitelle, intimidada hasta el punto de
perder la razón, hizo una especie de reverencia, mientras el padre se quitaba
la gorra murmurando: «Le deseo que pase un buen día». Luego, sin pérdida de
tiempo, subieron al carricoche, las dos mujeres en el fondo en unas sillas que
las hacían saltar por los aires a cada bache que encontraba la rueda, y los dos
hombres delante, en la banqueta.
Nadie decía nada. Antoine, inquieto, silbaba una canción
cuartelera, el padre fustigaba a la jaca, y la madre miraba de reojo, lanzando
ojeadas de garduña a la negra, cuya frente y pómulos relucían bajo el sol como
zapatos bien lustrados.
Queriendo romper el hielo, Antoine se volvió.
—Bien —dijo—, ¿no se charla?
—Se requiere tiempo —respondió la vieja.
Él prosiguió:
—Vamos, cuenta la anécdota de tu gallina de los ocho huevos.
Era una bufonada célebre en la familia. Pero como su madre
seguía callada, paralizada por la emoción, tomó él mismo la palabra y contó,
entre muchas risas, la memorable aventura. El padre, que se la sabía de
memoria, desfrunció el ceño a las primeras palabras; su mujer no tardó en
seguir su ejemplo, y la propia negra, en el momento más gracioso, estalló de
súbito en una carcajada tan ruidosa, contagiosa y torrencial, que el excitado
caballo emprendió por unos momentos el galope.
Habían entablado relación. Charlaron.
Una vez que hubieron llegado y se hubieron apeado todos, y
Antoine hubo llevado a su enamorada a la habitación para que se quitara el
vestido que podía mancharse cocinando una de sus especialidades destinada a
ganarse a los viejos por el estómago, se llevó a sus padres delante de la
puerta y les preguntó con el corazón palpitándole:
—Bien, ¿qué os parece?
El padre guardó silencio. La madre, más atrevida,
manifestó:
—¡Es demasiado negra! Sí, la verdad, lo es demasiado. Me
ha helado la sangre.
—Os acostumbraréis —dijo Antoine.
—Es posible, pero no por el momento.
Entraron y la buena de la mujer se emocionó al ver cocinar
a la negra. Entonces ella la ayudó, arremangándose la falda, activa pese a sus
años.
La comida fue buena, larga, alegre. Cuando fueron a dar
todos juntos un paseo, Antoine hizo un aparte con su padre:
—Entonces, papá, ¿qué me dices?
El campesino no se comprometía nunca.
—Yo no digo nada. Pregúntale a tu madre.
Entonces Antoine se acercó a su madre, haciendo un aparte
con ella:
—¿Qué, madre? ¿Qué te parece?
—Pobre muchacho, la verdad es que es demasiado negra. Si
lo fuera un poquito menos, no me opondría, pero lo es demasiado. ¡Si parece el
mismísimo demonio!
Él no insistió, sabiendo que la vieja no daba nunca su
brazo a torcer, pero sentía su corazón embargado de una tempestad de tristeza.
Pensaba qué podía hacer, qué podía inventarse, sorprendido, por otra parte, por
el hecho de que ella no les hubiera conquistado lo mismo que le había
conquistado a él. Y andaban los cuatro a paso lento por entre los trigales,
habiendo vuelto poco a poco a caer en el silencio. Cuando bordeaban un vallado,
los campesinos se acercaban a la cancela, los niños trepaban a los ribazos,
todo el mundo corría hacia el camino para ver pasar a la «negra» que se había
traído el hijo de los Boitelle. A lo lejos se veía correr gente campo a
traviesa, como se acude cuando bate el tambor anunciando los fenómenos de
feria. El padre y la madre Boitelle, espantados por esta curiosidad que iban
sembrando por los campos a medida que se acercaban, apresuraban el paso, lado a
lado, precediendo de lejos a su hijo, a quien su compañera preguntaba qué
pensaban sus padres de ella.
Él respondió, vacilando, que todavía no habían tomado una
decisión.
Pero en la plaza del pueblo se produjo una salida en masa
de todas las casas con gran agitación, y, ante aquella aglomeración creciente,
los viejos Boitelle emprendieron la huida y se dirigieron a su casa, mientras
Antoine, airado, cogido del brazo de su enamorada, avanzaba con andares
majestuosos ante los ojos desorbitados por el pasmo.
Comprendía que todo se había acabado, que no había ya
esperanza, que no se casaría con su negra; también ella lo comprendía; y los
dos se echaron a llorar al acercarse a la alquería. En cuanto hubieron entrado,
ella se quitó de nuevo el vestido para ayudar a la vieja a hacer las tareas
domésticas, siguiéndola a todas partes, a la bodega, al establo, al gallinero,
realizando la parte más pesada de todas ellas, sin dejar de repetir: «Deje que
lo haga yo, señora Boitelle», hasta el punto de que por la noche la vieja,
conmovida e inexorable, le dijo a su hijo:
—Es una buena chica, lástima que sea tan negra. La verdad
es que lo es demasiado. No conseguiría acostumbrarme nunca, tiene que irse,
pues es demasiado negra.
Boitelle hijo le dijo a su enamorada:
—No es que la tenga tomada contigo, pero dice que eres
demasiado negra. Tienes que irte. Te acompañaré a la estación. Pero no te
preocupes, hablaré con ellos una vez que tú te hayas ido.
Él la llevó a la estación dándole de nuevo esperanzas y,
tras besarla, la hizo subir al tren, que vio alejarse con los ojos henchidos de
lágrimas.
Por más que imploró a los viejos, éstos no dieron nunca su
consentimiento.
Y tras haber contado esta historia, que todo el pueblo
conocía, Antoine Boitelle añadía siempre:
—A partir de aquel día perdí el gusto por todo, por todo.
No me gustaba ningún oficio y me convertí en lo que soy, un limpiamierdas.
Le decían:
—Pero usted se casó.
—Sí, y no puedo decir que mi mujer no me gustara, pues he
tenido catorce hijos con ella, pero no es como la otra, ¡oh!, la verdad es que
no. Esa otra, mi negra, bastaba con que me mirase para que me sintiera volar…
EL PUERTO*
I
Tras salir de Le Havre, el 3 de mayo de 1882, para un
viaje por los mares de la China, el buque de tres palos de velas cuadradas
Notre-Dame-des-Vents entró en el puerto de Marsella el 8 de agosto de 1886,
tras cuatro años de travesías. Tras descargar su primer cargamento en el puerto
chino al que se dirigía, encontró en el acto un nuevo flete para Buenos Aires,
donde cargó otras mercancías para el Brasil.
Otras travesías, nuevas averías, reparaciones, calmas
chichas de varios meses, los vendavales que hacen perder el rumbo, todos los
accidentes, aventuras y desventuras del mar, en fin, habían mantenido lejos de
su patria a aquel buque de tres palos normando que volvía a Marsella con la
panza llena de latitas de latón conteniendo conservas de América.
A su partida, iban a bordo, aparte del capitán y del
segundo, catorce marineros, ocho normandos y seis bretones. A la vuelta no
quedaban más que cinco bretones y cuatro normandos, el bretón había muerto en
plena navegación, y los cuatro normandos desaparecidos en distintas
circunstancias habían sido reemplazados por dos americanos, un negro y un
noruego reclutado, una noche, en una taberna de Singapur.
El gran navío, de velas cargadas, vergas de cruz en su
arboladura, tirado por un remolcador marsellés que resoplaba delante de él,
moviéndose sobre un resto de marejada que la calma sobrevenida dejaba morir
paulatinamente, pasó por delante del castillo de If, luego bajo todas las rocas
grises de la rada que el sol poniente cubría de un vaho dorado, y entró en el
viejo puerto donde se amontonan, uno al costado de otro, a lo largo de los
muelles, todos los navíos del mundo, en desorden, grandes y pequeños, de toda
forma y aparejo, inmersos como una bullabesa de barcos en esa dársena en exceso
estrecha, llena de agua pútrida donde los cascos se rozan, se frotan, parecen
dejados en remojo en un jugo de flota.
El Notre-Dame-des-Vents ocupó su lugar, entre un brick
italiano y una goleta inglesa que se apartaron para dejar paso a su compañero;
luego, una vez cumplidas todas las formalidades aduaneras y portuarias, el
capitán autorizó a los dos tercios de su tripulación a pasar la noche fuera.
Anochecía. Marsella se iluminaba. En el calor de aquel
atardecer estival, un aroma a cocina a base de ajo flotaba sobre la ruidosa
ciudad, llena de voces, de ruido de ruedas, de palmas, de alegría meridional.
Apenas se vieron en el puerto, los diez hombres que el mar
llevaba de aquí para allá desde hacía meses echaron a andar despacio, con una
indecisión propia de forasteros, desacostumbrados a las ciudades, de dos en
dos, en procesión.
Vacilaban, se orientaban, se olían las callejuelas que
iban a dar al puerto, excitados por un hambre de amor que les había crecido en
el cuerpo durante los últimos sesenta y seis días de vida marinera. Los
normandos andaban a la cabeza, guiados por Célestin Duclos, un mocetón alto y
malicioso que se erigía en capitán de los demás cada vez que desembarcaban. Él
intuía los buenos lugares, se ingeniaba bromas pesadas y no se aventuraba
demasiado en las grescas tan frecuentes entre marineros en los puertos. Pero
cuando se veía en medio de una no le temía a nadie.
Tras dudar un poco entre todas las calles oscuras que
descienden hacia el mar como cloacas y de las que salen unos olores viciados,
una especie de aliento a tugurio, Célestin se decidió por una especie de
pasadizo tortuoso donde brillaban, por encima de las puertas, unos faroles en
saledizo que ostentaban unos números enormes en sus cristales deslustrados y
coloreados. Bajo la estrecha bovedilla de las entradas, las mujeres en
delantal, semejantes a criadas, sentadas en sillas de paja, se levantaban al verles
venir, daban tres pasos hasta el arroyo que dividía la calle en dos y cortaban
el camino a aquella fila de hombres que avanzaban despacio, canturreando y
riendo sarcásticamente, encendidos ya por la proximidad de aquellas cárceles de
prostitutas.
A veces aparecía, en el fondo de un vestíbulo, detrás de
una segunda puerta revestida de cuero pardo que se abría repentinamente, una
mujerzuela gorda desvestida, cuyos muslos pesados y pantorrillas gruesas se
dibujaban bruscamente bajo un basto maillot de algodón blanco. Su faldilla
semejaba una cintura hinchada; y la carne fofa de su pecho, de sus hombros y
brazos, creaba una mancha rosa sobre un corsé de terciopelo negro bordado con
un galón dorado. Les llamaba de lejos: «¿Venís, buenos mozos?», y a veces salía
ella misma para echarle el guante a alguno de ellos y atraerlo hacia su puerta
con todas sus fuerzas, prendida a él como una araña que arrastra a una bestia
más gruesa que ella. El hombre, excitado por aquel contacto, se resistía
blandamente, y los demás se paraban a mirar, dudando entre las ganas de entrar
enseguida y las de seguir prolongando aquel apetecible paseo. Luego, cuando la
mujer, tras encarnizados esfuerzos, había atraído al marinero hasta el umbral
de su habitáculo, donde toda la banda iba a introducirse detrás de él, Célestin
Duclos, que era ducho en estas lides, gritaba: «No entres, Marchand, que éste
no es el sitio adecuado».
Entonces el hombre, obedeciendo a esta voz, se desprendía
de una sacudida brutal y los amigos volvían a reunirse en cuadrilla,
perseguidos por los insultos inmundos de la mujerzuela exasperada, mientras
otras mujeres, a lo largo de toda la callejuela, delante de ellos, salían de
sus puertas, atraídas por el ruido, y lanzaban con voces enronquecidas llamadas
llenas de promesas. Iban, pues, cada vez más encendidos, entre las zalamerías y
las seducciones anunciadas por el coro de porteras del amor de toda la parte
alta de la calle, y las innobles maldiciones lanzadas contra ellos por el coro
de las de abajo, por el coro despreciado de las mujerzuelas defraudadas. De vez
en cuando se encontraban con otra pandilla, soldados que caminaban con un
golpeteo metálico contra las piernas, otros marineros, burgueses solitarios,
empleados de comercio. Por todas partes se abrían nuevas calles estrechas,
consteladas de faroles equívocos. No paraban de andar por ese laberinto de
tugurios, por esos empedrados pringosos donde rezumaban aguas pútridas, entre
aquellos muros llenos de carne de mujer.
Finalmente, Duclos se decidió y, deteniéndose delante de
una casa de bastante bonita apariencia, hizo entrar a toda su gente.
II
¡La fiesta salió redonda! Durante cuatro horas, los diez
marineros se cebaron de amor y de vino. Volaron seis meses de paga.
Se habían instalado como dueños y señores en la gran sala
del café, mirando con ojos maliciosos a los clientes habituales que se
acomodaban en las mesitas, en los rincones, donde alguna de las muchachas que
habían quedado libres, vestida como un baby gordinflón o como una cantante de
café concierto, corría a servirles, para sentarse luego con ellos.
Cada hombre, al llegar, había elegido a su compañera, que
conservó durante toda la velada, pues la gente de pueblo no es dada a cambiar.
Habían juntado tres mesas y, tras el primer gran trago, el redoblado desfile,
acrecido por tantas mujeres como lobos de mar había, había vuelto a formarse en
la escalera. Los cuatro pies de cada pareja sonaron largo rato en los escalones
de madera, mientras esa larga fila de enamorados enfilaba la puerta estrecha
que conducía a las habitaciones.
Luego volvieron a bajar para beber, subieron otra vez y
bajaron de nuevo.
¡Ahora, casi borrachos, vociferaban! Cada uno, con los
ojos enrojecidos y su favorita sobre las rodillas, cantaba o gritaba,
descargaba puñetazos sobre la mesa, se mandaba al coleto un vaso de vino, daba
rienda suelta a la brutalidad humana. En medio de ellos, Célestin Duclos,
estrechando contra sí a una moza alta de mejillas coloradas, a horcajadas de
sus piernas, la miraba con ardor. Menos borracho que los otros, no es que
hubiera bebido menos, sino que le movían otros pensamientos, y, más afectuoso, trataba
de charlar. Sus ideas eran un poco erráticas, iban y venían y desaparecían sin
ser capaz de acordarse con exactitud de lo que había querido decir.
Reía, repitiendo:
—Así que…, así que… llevas aquí bastante.
—Unos seis meses —respondió la muchacha.
Se alegró por ella, como si hubiera sido una prueba de
buena conducta, y agregó:
—¿Te gusta esta vida?
Ella dudó, luego, con tono resignado, dijo:
—Una se acostumbra. No es peor que cualquier otra cosa.
Hacer de criada o hacer de puta es siempre un oficio asqueroso.
De nuevo pareció que él aprobase ese razonamiento.
—¿No eres de aquí? —preguntó.
Ella denegó con la cabeza, sin responder.
—¿Eres de lejos?
Ella asintió de igual modo.
—¿De dónde?
Pareció que ella pensase, haciendo acopio de sus
recuerdos, luego murmuró:
—De Perpiñán.
De nuevo él pareció muy satisfecho y dijo:
—Ah, ¿sí?
A su vez ella preguntó:
—¿Tú eres marinero?
—Sí, guapa.
—¿Vienes de lejos?
—¡Ah, pues sí! He visto países, puertos y de todo.
—¿Acaso has dado la vuelta al mundo?
—Ya lo creo, y no una, sino dos veces.
De nuevo ella pareció dudar, buscar mentalmente una cosa
olvidada, luego, con un tono de voz un poco diferente, más serio, dijo:
—¿Te has encontrado con muchos barcos en tus viajes?
—Ya lo creo, guapa.
—Por casualidad, ¿no habrás visto al Notre-Dame-des-Vents?
Él se rió burlonamente:
—No hace ni una semana.
Ella palideció, retirándosele toda la sangre de las
mejillas, y preguntó:
—¿De veras? ¿Lo dices de veras?
—Tan cierto como que te estoy hablando.
—¿No me engañas?
Él levantó la mano.
—¡Lo juro por Dios! —dijo.
—Pues, entonces, dime si Célestin Duclos iba en él.
Sorprendido y turbado, antes de responder quiso saber más:
—¿Le conoces?
Ahora fue ella quien se mostró desconfiada.
—¡No, yo no! Hay una mujer que le conoce.
—¿Una mujer de aquí?
—No, de aquí cerca.
—¿De esta calle?
—No, de otra.
—¿Qué mujer?
—Bah…, una mujer, una como yo.
—¿Y qué quiere esa mujer de él?
—¿Qué quieres que sepa yo? Será una paisana.
Se miraron fijamente, para escrutarse, presintiendo,
intuyendo que algo serio iba a surgir entre ellos.
Él dijo:
—¿Puedo ver a esa mujer?
—¿Para decirle qué?
—Que…, que… he visto a Célestin Duclos.
—¿Estaba bien al menos?
—Como tú y como yo…, ¡ése es un fortachón!
Ella se calló de nuevo, haciendo acopio de sus ideas,
luego dijo pausadamente:
—¿Adónde iba el Notre-Dame-des-Vents?
—Pues a Marsella.
Ella no pudo reprimir un sobresalto.
—¿Lo dices en serio?
—¡Completamente en serio!
—¿Le conoces tú a Duclos?
—Sí, le conozco.
Ella dudó de nuevo, luego dijo muy quedo:
—Bueno. ¡Está bien!
—¿Qué quieres de él?
—Escucha, ¡le dirás…, no, nada!
Él la miraba cada vez más incómodo. Finalmente quiso
saber:
—Pero ¿tú le conoces?
—No —dijo ella.
—Pues ¿qué quieres de él?
Ella tomó de súbito una resolución, se levantó, corrió al
mostrador donde dominaba la figura de la madame, cogió un limón que partió y
cuyo jugo exprimió dentro de un vaso, luego lo llenó de agua pura y,
trayéndolo, dijo:
—¡Bébete esto!
—¿Por qué?
—Para que se te pase la curda. Luego hablaré contigo.
Él se lo tomó dócilmente, se secó los labios con el dorso
de la mano y acto seguido anunció:
—Ya está, te escucho.
—Tienes que prometerme que no vas a contarle que me has
visto, ni que sabes lo que voy a decirte. Tienes que jurármelo.
Él levantó la mano, burlón.
—Sí, lo juro.
—¿Por Dios?
—Por Dios.
—Pues bien, le dirás que su padre murió, y también su
madre y su hermano, los tres en un mes, de tifus, en enero de mil ochocientos
ochenta y tres, hace tres años y medio.
Él sintió a su vez que se le helaba la sangre en las
venas, y durante unos instantes se quedó tan conmocionado que era incapaz de
responder nada; luego dudó y preguntó:
—¿Estás segura?
—Lo estoy.
—¿Quién te lo ha dicho?
Ella puso las manos sobre sus hombros y, mirándole de hito
en hito, dijo:
—Has jurado no irte de la lengua.
—Lo juro.
—¡Yo soy su hermana!
Él dejó escapar este nombre, a su pesar:
—¿Françoise?
Ella le miró de nuevo fijamente, luego, trastornada por un
loco espanto, por un profundo horror, murmuró quedamente, casi en su boca:
—Oh, oh, ¿tú eres Célestin?
No se movieron ya, mirándose fijamente.
En torno a ellos, los compañeros seguían gritando. El
ruido de los vasos, de los puñetazos, de los talones llevando el ritmo de las
tonadillas y los gritos agudos de las mujeres se mezclaban con la vocinglería
de los cánticos.
¡Él sentía contra él, enlazada a él, cálida y aterrada, a
su hermana! Entonces, bajito, por miedo a que alguien le escuchara, tan bajito
que ella misma apenas si le oyó, exclamó:
—¡Maldición! ¡Buena la hemos hecho!
En un segundo, los ojos de ella se inundaron de lágrimas y
balbució:
—¿Es por culpa mía?
Pero él de repente dijo:
—Entonces, ¿han muerto?
—Han muerto.
—¿Papá, mamá y nuestro hermano?
—Los tres en un mes, como te he dicho. Yo me quedé sola,
sin nada excepto lo puesto, pues le debíamos al farmacéutico, al médico y
también el entierro de los tres difuntos, que pagué con los muebles.
«Entonces entré a servir en casa del compadre Cacheux,
¿sabes?, el cojo. Yo tenía quince años recién cumplidos, pues cuando tú
partiste yo no había cumplido aún los catorce. Cometí mi primer error con él.
Cuando se es joven se es muy estúpido. Luego pasé a servir en casa de un
notario que también me corrompió y me llevó a Le Havre a una habitación. Pronto
él no volvió. Entonces pasé tres días sin comer y luego, como no conseguía
encontrar trabajo, entré en una casa, como hacen tantas otras. ¡Y cuántas vueltas
he dado, y qué feos lugares he conocido! Ruán, Évreux, Lille, Burdeos,
Perpiñán, Niza y luego Marsella, ¡y aquí me tienes!
Las lágrimas brotaban de sus ojos y de su nariz, mojaban
sus mejillas y se deslizaban en su boca.
Luego prosiguió:
—Creía que también tú habías muerto, mi pobre Célestin.
Él dijo:
—Sin duda no te habría reconocido, eras tan pequeña en esa
época, y ahora ¡qué grande te has vuelto! Pero ¿cómo es posible que no me hayas
reconocido?
Ella hizo un gesto desesperado:
—¡Veo a tantos hombres que me parecen todos iguales!
Él seguía mirándola fijamente, presa de una emoción
confusa y tan intensa que le venían ganas de gritar como un niño al que se da
unos azotes. La sostenía aún entre los brazos, a horcajadas sobre la pierna,
con las manos abiertas sobre la espalda de la muchacha, y a fuerza de mirarla
al final la reconoció, la hermanita dejada en el pueblo con todos aquellos que
ella había visto morir, mientras él andaba por los mares. Entonces, cogiendo de
repente entre sus manazas de marinero aquel rostro reencontrado, se puso a
besarla como se besa la carne fraterna. Luego le subieron a la garganta unos
grandes sollozos de hombre, largos como olas, semejantes a hipos de embriaguez.
Balbuceaba:
—Aquí estás, aquí estás otra vez, Françoise, mi pequeña
Françoise…
Luego se levantó de golpe y se puso a blasfemar con voz
espantosa, descargando sobre la mesa tal puñetazo que los vasos se volcaron,
rompiéndose. Luego dio tres pasos, se tambaleó, extendió los brazos y se
desplomó de bruces. Se revolvía por los suelos gritando, golpeando el suelo con
manos y pies y soltando gemidos que parecían los estertores de la agonía.
Todos sus compañeros le miraban riendo.
—Está como una cuba —dijo uno.
—Hay que meterlo en la cama —dijo otro—, si sale así
acabará en el trullo.
Entonces, puesto que tenía dinero en el bolsillo, la
madame ofreció una cama y los compañeros, también tan borrachos que no se
aguantaban de pie, le llevaron por la estrecha escalera a la habitación de la
mujer con la que había estado antes, y que se quedó en una silla, a los pies de
la cama criminal, llorando como él, hasta el amanecer.
ALEXANDRE*
Aquel día, a las cuatro, como a diario, Alexandre condujo
hasta delante de la puerta de la casita del matrimonio Maramballe la silla de
paralítico de tres ruedas con la que llevaba de paseo hasta las seis, siguiendo
la prescripción del médico, a su vieja e inválida ama.
Después de haber arrimado aquel vehículo ligero al
escalón, en el punto en que podía hacer subir fácilmente a la obesa señora,
entró de nuevo en la casa y no tardó en oírse en el interior la voz furiosa,
una voz bronca de viejo militar, que vociferaba juramentos; era la del amo, el
ex capitán de infantería retirado Joseph Maramballe. Luego se oyó ruido de
portazos, de sillas apartadas violentamente, de pasos apresurados, seguidamente
un silencio y, al poco, apareció Alexandre en el umbral, sosteniendo con todas
las fuerzas a la señora Maramballe extenuada por haber bajado la escalera. Una
vez acomodada, no sin esfuerzo, en la silla de ruedas, Alexandre se colocó
detrás, cogió la pieza encorvada que servía para empujarla y se encaminó hacia
la orilla del río.
Cruzaban la pequeña ciudad todos los días, entre los
saludos respetuosos que iban dirigidos tal vez tanto al servidor como al ama,
porque aunque ella era muy querida y apreciada por todos, él, aquel viejo
soldado de barba blanca, una verdadera barba de patriarca, era considerado el
criado modelo.
El sol de julio caía a plomo sobre la calle, inundando las
casas bajas bajo su luz triste a fuerza de ser abrasadora y directa. Algunos
perros dormían en las aceras, en la franja de sombra que arrojaban las paredes,
y Alexandre, jadeando ligeramente, apretaba el paso para llegar más deprisa a
la avenida que lleva al río.
La señora Maramballe ya dormitaba bajo su sombrilla blanca
cuya contera abandonada acababa a veces apoyándose en el rostro impasible del
hombre. Una vez que hubieron llegado a la Alameda de los Tilos, a la sombra de
los árboles, ella se despertó por completo y dijo con voz benévola:
—Vaya más despacito, mi pobre muchacho, pues con este
calor va a acabar agotado.
La buena de la señora no pensaba, en su ingenuo egoísmo,
que si ahora deseaba andar menos deprisa era precisamente porque había llegado
al abrigo del follaje.
Cerca de aquel camino cubierto por los viejos tilos
recortados en forma de bóveda, el Navette discurría por un lecho tortuoso entre
dos setos de sauces. Los gluglús de los remolinos, de los saltos sobre las
rocas, de los bruscos giros de la corriente, difundían, a lo largo de todo
aquel paseo, una dulce canción de agua y un frescor de vapor acuoso.
Tras haber aspirado y saboreado largo rato el encanto
húmedo del lugar, la señora Maramballe murmuró:
—Vamos, ahora se está mejor. Pero él hoy no se levantó con
buen pie.
Alexandre respondió:
—Oh, no, señora.
Desde hacía treinta y cinco años estaba al servicio de
aquel matrimonio, primero como ordenanza del oficial, luego como simple criado
que no ha querido dejar a sus amos; y desde hacía seis años, sacaba cada tarde
a su ama a pasear por los estrechos caminos de alrededor de la ciudad.
De ese largo servicio abnegado, de ese diario estar a
solas, había nacido entre la vieja señora y el viejo servidor una cierta
familiaridad, afectuosa por parte de ella, deferente por parte de él.
Hablaban de los asuntos de casa como se hace entre
iguales. Por otra parte, su tema principal de conversación y de preocupación
era el mal carácter del capitán, avinagrado por una larga carrera comenzada de
modo brillante, pasada sin promociones y concluida sin gloria.
La señora Maramballe siguió diciendo:
—No cabe duda de que hoy se ha levantado con mal pie. Pero
eso le pasa demasiado a menudo desde que dejó el servicio.
Y Alexandre, con un suspiro, completó el pensamiento de su
ama.
—¡Oh!, debería decir la señora que eso le pasa todos los
días y que también le pasaba antes de haber dejado el ejército.
—Es cierto. Pero hay que reconocer que no tuvo fortuna.
Comenzó con un acto de valor que le hizo ganar una condecoración a los veinte
años, y luego, de los veinte a los cincuenta, no pudo ascender más que a
capitán, cuando él contaba al comienzo con retirarse al menos como coronel.
—También podría decir la señora que fue, al fin y al cabo,
por culpa suya. Si no hubiera sido siempre rígido como una fusta, sus jefes le
habrían querido y protegido más. No sirve de nada ser duro, hay que gustar a la
gente para estar bien visto.
—Es culpa nuestra que nos trate así, pues decidimos
quedarnos con él; pero para los demás es distinto.
La señora Maramballe reflexionaba. ¡Oh! Desde cuántos años
hacía que pensaba a diario en la brutalidad de su marido con el que se había
casado hacía tanto, tanto tiempo, porque era un apuesto oficial, condecorado
muy joven y con un gran futuro, por lo que decían. ¡Cómo se equivoca uno en la
vida!
Murmuró:
—Paremos un momento, mi pobre Alexandre, y descanse un
poco en su banco.
Era un banquito de madera medio podrido colocado en la
curva de la alameda para los que van de paseo los domingos. Todas las veces que
llegaban a aquel sitio Alexandre tenía la costumbre de pararse y de recuperar
el aliento.
Se sentó, se cogió con ambas manos, con gesto habitual y
complacido, su bonita barba blanca abierta en abanico, la estrechó entre los
dedos alisándosela hasta la punta, que retuvo unos instantes en la boca del
estómago como para fijarla allí y comprobar una vez más la gran extensión de
aquella vegetación.
La señora prosiguió:
—¡Yo me casé con él y, por tanto, es justo y natural que
tenga que aguantar sus injusticias, pero lo que no comprendo es que también
usted, mi buen Alexandre, las haya aguantado!
Él hizo un leve encogimiento de hombros y se limitó a
decir:
—¡Oh!, yo…, señora.
Ella continuó:
—He pensado a menudo en ello. Era usted su ordenanza
cuando él se casó conmigo, y tenía que aguantarlo a la fuerza. Pero después,
¿por qué se quedó con nosotros, que le pagamos tan poco y le tratamos tan mal,
en vez de hacer como hace todo el mundo, buscarse una colocación, casarse,
tener hijos, formar una familia?
Él repitió:
—Para mí, señora, es otra cosa.
No dijo nada más; y se tiraba de la barba como si tocase
una campana que le resonaba dentro, como si quisiera arrancársela, y miraba a
su alrededor con mirada perdida de persona que se siente incómoda.
La señora Maramballe seguía con sus pensamientos:
—No es usted un campesino. Es una persona instruida…
Él la interrumpió, orgulloso:
—Estudié para perito agrimensor, señora.
—Pues, entonces, ¿por qué se quedó con nosotros,
arruinando su vida?
Él balbuceó:
—¡Así es! ¡Así es! Es por culpa de mi forma de ser.
—¿Cómo que su forma de ser?
—Sí, cuando me apego a algo, me apego y se acabó.
Ella se echó a reír.
—Vamos, no querrá hacerme creer que los buenos modales y
la dulzura de Maramballe le han hecho apegarse a él de por vida.
Él se agitaba en su banco, la cabeza visiblemente
trastornada, y farfulló entre los largos pelos de sus bigotes:
—No es a él…, sino a usted.
La vieja señora, que tenía un rostro dulcísimo, coronado
entre la frente y el tocado de una línea nívea de cabellos rizados
cuidadosamente a diario con papillotes y relucientes como plumas de cisne, hizo
un movimiento en su silla de ruedas y contempló a su criado con ojos de gran
sorpresa.
—¿A mí, mi pobre Alexandre? ¿Cómo es eso?
Él se puso a mirar al aire, luego a un lado, seguidamente
a lo lejos, volviendo la cabeza, como hacen los tímidos que se ven obligados a
confesar secretos vergonzosos. Acto seguido declaró con un valor de soldado al
que se ordena enfrentarse al fuego enemigo:
—Así es. La primera vez que le llevé a la señorita una
carta del teniente y que la señorita me dio veinte sueldos con una sonrisa, la
cosa estuvo clara para mí.
Ella insistió, sin comprender muy bien.
—Vamos, explíquese.
Entonces él soltó con el espanto de un pobre miserable que
confiesa un crimen y que se pierde:
—Empecé a sentir algo por la señora. ¡Eso es todo!
Ella no respondió, dejó de mirarle, bajó la cabeza y se
quedó pensativa. Era buena, toda rectitud, dulzura, juicio y sensibilidad. En
un instante consideró la inmensa devoción de aquel pobre hombre que había
renunciado a todo por vivir a su lado, sin decir nunca nada. Y le vinieron
ganas de llorar.
Luego, adoptando una expresión seria, pero no ofendida,
dijo:
—Volvamos a casa.
Él se levantó, se colocó detrás de la silla de ruedas y
comenzó a empujar de nuevo.
Mientras se acercaban al pueblo, vieron en medio de la
calle al capitán Maramballe que venía hacia ellos.
Tan pronto como les hubo alcanzado preguntó a su mujer con
la clara intención de enfadarse:
—¿Qué hay para cenar?
—Un pequeño pollo y judías pochas.
Él se enfureció.
—¡Pollo, otra vez pollo, siempre pollo, maldita sea! Estoy
harto de tu pollo. ¿Es posible que no seas capaz de pensar en otra cosa? ¡Me
haces comer siempre lo mismo!
Ella respondió con resignación.
—Pero, querido, sabes que te lo ha ordenado el médico. Es
también lo mejor para tu estómago. Si no tuvieras problemas de estómago, te
daría de comer muchas cosas que no me atrevo a servirte.
Entonces él, fuera de sí, se plantó delante de Alexandre.
—Es culpa de esta mala bestia si estoy enfermo del
estómago. Hace treinta y cinco años que me envenena con su asquerosa comida.
La señora Maramballe volvió de repente la cabeza hacia
atrás para mirar al viejo criado. Sus ojos se encontraron y se dijeron
mutuamente, en esa sola mirada: «Gracias».
LA ADORMECEDORA*
El Sena se extendía delante de mi casa, sin un rizo, y
centelleante por el sol de la mañana. Era una bonita, ancha, lenta y larga
corriente argentada, teñida aquí y allá de púrpura; y del otro lado del río,
unos grandes árboles alineados formaban en toda la orilla una inmensa cortina
de vegetación.
La sensación de vida que vuelve a empezar cada día, de
vida recién estrenada, alegre, enamorada, tremolaba entre las hojas, palpitaba
en el aire, espejeaba en el agua.
Me dieron los periódicos que acababa de traer el cartero y
me fui con paso tranquilo a leerlos a la orilla.
En el primero que abrí leí estas palabras: «Estadística de
suicidios» y me enteré de que ese año más de ocho mil quinientos seres humanos
se habían quitado la vida.
¡Inmediatamente los vi! Vi esa carnicería, horrenda y
voluntaria, de los desesperados cansados de vivir. Vi personas ensangrentadas,
con la mandíbula rota, el cráneo hundido, el pecho traspasado por una bala, que
agonizaban lentamente, solos en una habitación de hotel, pensando no en sus
heridas sino en su desventura.
Vi a otros con la garganta abierta o el vientre rajado,
que sostenían aún en la mano el cuchillo de cocina o la navaja de afeitar.
Vi a otros, sentados unos delante de un vaso con fósforos
en remojo, otros delante de un frasquito con una etiqueta roja.
Miraban aquello fijamente, sin moverse; luego bebían y
esperaban: una mueca deformaba sus mejillas, crispaba sus labios; un espanto
extraviaba sus ojos, pues no sabían que se sufre tanto antes del fin.
Se levantaban, se paraban, caían y, con ambas manos sobre
el estómago, sentían sus órganos abrasados, sus entrañas corroídas por el fuego
del líquido, antes de que su pensamiento empezara a opacarse.
Vi a otros colgados de un clavo de la pared, de la falleba
de la ventana, de un gancho del techo, de una viga del desván, de la rama de un
árbol, bajo la lluvia de la noche. E intuí todo lo que habían hecho antes de
permanecer así, con la lengua fuera, inmóviles. Intuí la angustia de su
corazón, sus dudas últimas, sus movimientos para atar la cuerda, comprobar que
aguantaba bien, pasársela por el cuello y dejarse caer.
Vi a otros acostados en camas miserables, a madres con sus
hijos pequeños, a ancianos muriéndose de hambre, a muchachas desgarradas por
cuitas de amor, todos rígidos, ahogados, asfixiados, mientras en medio de la
habitación humeaba aún el calientapiés de carbón.
Y vi a algunos que se paseaban en la noche sobre unos
puentes desiertos. Eran los más siniestros. El agua corría bajo los arcos con
un blando ruido. ¡No la veían…, la adivinaban aspirando su olor frío! Tenían
ganas, pero también miedo. ¡No se atrevían! Sin embargo, tenían que hacerlo. A
lo lejos, en algún campanario, sonaba la hora y de repente, en el vasto
silencio de las tinieblas, se oían, pronto ahogados, el ruido de un cuerpo
caído en el río, algún grito, un chapaleo de agua golpeada con las manos. A veces
se oía tan sólo la zambullida de su caída, si se habían maniatado o atado una
piedra a los pies.
¡Oh, pobres, pobres, pobres gentes, cómo he sentido sus
angustias, cómo he muerto de su muerte! He pasado por todas sus miserias, he
sufrido, en una hora, todas sus torturas. He conocido todos los dolores que las
han llevado a ese extremo; porque yo siento la infamia falaz de la vida más que
cualquier otra persona en el mundo.
Cómo he comprendido a esos que, débiles, atormentados por
la desventura, por haber perdido a sus seres queridos, despertados del sueño de
una recompensa futura, de la ilusión de otra vida en la que finalmente Dios,
tras haber sido feroz, se muestra justo, y desengañados de los espejismos de la
felicidad, ya no pueden más y quieren poner punto final a ese drama sin tregua
o a esa vergonzosa comedia.
¡El suicidio! ¡Pues es la fuerza de los que ya no tienen
ninguna, es la esperanza de los que ya no creen, es el sublime valor de los
vencidos! Sí, existe en esta vida al menos una puerta que nosotros podemos
abrir para pasar al otro lado. La naturaleza ha tenido una forma de piedad; no
nos ha aprisionado. ¡Gracias en nombre de los desesperados!
En cuanto a los simples desilusionados, que sigan adelante
con el alma libre y el corazón tranquilo. Nada tienen que temer, puesto que
pueden irse, puesto que detrás de ellos siempre hay esa puerta que ni siquiera
pueden cerrar los dioses soñados.
Pensaba yo en esa multitud de muertos voluntarios: más de
ocho mil quinientos en un año. Y me parecía que se habían reunido para
dirigirle al mundo una plegaria, para gritar un deseo, para pedir algo,
realizable más tarde, cuando se comprenda mejor. Me parecía que todos esos
supliciados, esos degollados, esos envenenados, esos ahorcados, esos ahogados,
venían, horda espantosa, como ciudadanos que votan, a decirle a la sociedad:
«¡Concedednos al menos una muerte dulce, ayudadnos a morir, vosotros que no nos
habéis ayudado a vivir! Ved, somos muchos, tenemos derecho a hablar, en esta
época de libertad, de independencia filosófica y de sufragio universal. Dad a
los que renuncian a vivir la limosna de una muerte que no sea repugnante o
espantosa».
Me puse a fantasear, dejando vagar mi pensamiento sobre
este asunto en ensoñaciones extrañas y misteriosas.
Me vi en un momento determinado en una hermosa ciudad. Era
París: pero ¿en qué período? Iba por las calles, mirando las casas, los
teatros, los edificios públicos, y he aquí que en una plaza descubrí un gran
edificio, muy elegante, coquetón y bonito.
Me quedé sorprendido, pues en la fachada se podía leer en
letras doradas: «Obra de la muerte voluntaria». ¡Oh, extrañeza de los sueños
despiertos en los que el espíritu emprende el vuelo hacia un mundo irreal y
posible! Nada asombra en él; nada resulta chocante; y la fantasía desatada no
distingue ya lo cómico de lo lúgubre.
Me acerqué a ese edificio, donde unos criados en calzón
corto estaban sentados en un vestíbulo, delante de un guardarropa, como en la
entrada de un círculo.
Entré para ver. Uno de ellos, levantándose, me dijo:
—¿Qué desea el señor?
—Deseo saber qué es este lugar.
—¿Nada más?
—Pues no.
—Entonces, señor, ¿quiere que le lleve a ver al secretario
de la Obra?
Yo dudaba, por lo que seguí preguntando:
—¿No será una molestia?
—Oh, no, señor, está aquí para recibir a las personas que
desean informarse.
—Vamos, le sigo.
Me hizo atravesar unos pasillos en los que algunos viejos
señores charlaban; luego fui introducido en un bonito gabinete, un poco oscuro,
todo amueblado de madera negra. Un joven, gordo, barrigudo, estaba escribiendo
una carta mientras se fumaba un puro cuyo aroma me reveló su calidad superior.
Se levantó. Nos saludamos y, cuando el criado se hubo ido,
preguntó:
—¿En qué puedo servirle?
—Señor —le respondí—, perdone mi indiscreción. Nunca había
visto este establecimiento. Esas pocas palabras inscritas en la fachada me han
sorprendido mucho y desearía saber qué se hace aquí.
Él sonrió antes de responder, luego, a media voz, con un
aire de satisfacción, dijo:
—Dios mío, señor, pues se mata limpia y suavemente, no me
atrevería a decir agradablemente, a la gente que desea morir.
Ello no me conmovió en exceso, ya que me pareció de lo más
natural y justo. Estaba sobre todo asombrado de que se hubiera podido, en este
planeta de bajas ideas, utilitarias, humanitarias, egoístas y coercitivas de
toda libertad real, osar una empresa semejante, digna de una humanidad
emancipada.
Proseguí:
—¿Cómo se les ocurrió semejante cosa?
Él respondió:
—Señor, la cifra de suicidios ha aumentado tanto durante
los cinco años siguientes a la Exposición Universal de mil ochocientos ochenta
y nueve que era urgente tomar medidas al respecto. La gente se mataba en las
calles, en las fiestas, en los restaurantes, en el teatro, en los vagones, en
las recepciones del presidente de la República, por todas partes.
»No sólo era un feo espectáculo para quienes les gusta
vivir como a mí, sino también un mal ejemplo para la infancia. De modo que se
hizo necesario centralizar los suicidios.
—¿Qué ha provocado esta recrudescencia?
—No lo sé. Pero creo que, en el fondo, el mundo está
envejeciendo. Se comienza a ver claro, y la gente no se resigna. Hoy sucede con
el destino lo mismo que con el gobierno; sabemos de qué se trata; comprobamos
que se nos engaña por todas partes, y dejamos este mundo. Cuando tomamos
conciencia de que la Providencia miente, engaña, roba, estafa a los humanos
como un diputado cualquiera hace con sus electores, nos enfurecemos y, dado que
no nos es posible elegir otra cada tres meses, como hacemos con nuestros
representantes, uno abandona este mundo que es decididamente horrendo.
—¿De veras?
—¡Oh, yo no me quejo!
—¿Le importaría decirme cómo funciona su Obra?
—Con mucho gusto. Por otra parte, puede usted entrar a
formar parte de ella cuando quiera. Es un círculo.
—¡Un círculo!
—Sí, señor, fundado por las personalidades más eminentes
del país, por sus mejores mentes, por las inteligencias más preclaras.
Añadió, riendo con ganas:
—Y le garantizo que se está muy bien.
—¿Aquí?
—Sí, aquí.
—Me asombra usted.
—Santo cielo, se está bien porque los miembros del círculo
no le tienen ese miedo a la muerte que es el mayor aguafiestas sobre la tierra.
—Pero ¿por qué son miembros del círculo si no se matan?
—Uno puede ser miembro del círculo sin estar obligado a
matarse.
—Pero ¿entonces?
—Me explico. Ante el número desmesuradamente creciente de
suicidios, ante los espectáculos horrendos que nos daban, se creó una sociedad
de pura beneficencia, protectora de los desesperados, que ha puesto a su
disposición una muerte tranquila e insensible, si no imprevista.
—¿Quién ha podido autorizar semejante obra?
—El general Boulanger, durante su breve paso por el poder.
Era incapaz de negar nada. Sólo hizo eso de bueno, por lo demás. Así pues, se
creó una sociedad de hombres clarividentes, desengañados, escépticos, que han
querido levantar en pleno París una especie de templo del desprecio por la
muerte. Al principio esta casa fue un lugar temido, al que nadie se acercaba.
Entonces los fundadores, que se reunían aquí, organizaron una gran velada de
inauguración con las señoras Sarah Bernhardt, Judic, Théo, Granier y otras
veinte; los señores Reszké, Coquelin, Mounet-Sully, Paulus, etcétera; luego
conciertos, comedias de Dumas, de Meilhac, de Halévy, de Sardou. Sólo hubo un
fracaso, una pieza del señor Becque, que fue juzgada triste, pero que tuvo a
continuación un éxito enorme en la Comédie-Française. En fin, vino todo París.
Y la cosa fue dada a conocer.
—¡En medio de fiestas! ¡Qué broma más macabra!
—En absoluto. La muerte no tiene por qué ser triste, es
preciso que sea indiferente. Nosotros hemos alegrado la muerte, la hemos hecho
florecer, la hemos perfumado, la hemos vuelto fácil. Se aprende a ayudar a los
demás dando ejemplo; puede verse que no es nada.
—Comprendo perfectamente que la gente viniera por las
fiestas, pero ¿ha venido luego por… Ella?
—No de inmediato, pues desconfiaba.
—¿Y más tarde?
—Ha venido.
—¿Mucha?
—En masa. Tenemos más de cuarenta por día. Ya casi no se
encuentra ahogados en el Sena.
—¿Quién fue el que empezó?
—Un miembro del círculo.
—¿Un abnegado?
—No lo creo. Un entrampado, un arruinado, que había tenido
enormes pérdidas durante tres meses en el juego del bacará.
—¿De veras?
—El segundo fue un inglés, un excéntrico. Entonces hicimos
publicidad en los periódicos, contamos nuestro procedimiento, nos inventamos
muertes capaces de atraer. Pero el gran impulso lo dio la gente humilde.
—¿Cómo proceden ustedes?
—¿Quiere hacer una visita? Así se lo explicaré mientras se
lo enseño.
—Con mucho gusto.
Tomó su sombrero, abrió la puerta, me hizo pasar y luego
entrar en una sala de juego donde unos hombres estaban jugando como se juega en
todos los garitos. Cruzamos seguidamente varios salones. Se charlaba
animadamente en ellos, alegremente. Yo raras veces había visto un círculo tan
lleno de vida, tan animado, tan risueño.
Como mostré mi asombro, el secretario prosiguió:
—¡Oh!, la Obra goza de un favor inaudito. Todo el mundo
distinguido del universo entero forma parte de ella para aparentar que
desprecia la muerte. Luego, una vez que están aquí, se creen obligados a estar
alegres para no parecer aterrados. Así que bromean, ríen, cuentan chistes,
hacen gala de ingenio y aprenden a tenerlo. Es cierto que hoy es el lugar más
frecuentado y divertido de París. Las mujeres mismas se ocupan en estos
momentos de crear un anexo para ellas.
—Y a pesar de ello, ¿tienen muchos suicidios en la casa?
—Como le he dicho, en torno a cuarenta o cincuenta por
día.
»La gente de mundo escasea; pero los pobres diablos
abundan. La clase media también aporta mucho.
—¿Y cómo… lo hacen?
—Se asfixian… muy lentamente.
—¿Por medio de qué procedimiento?
—Un gas de nuestra invención. Tenemos una patente. En la
otra parte del edificio están las puertas del público. Tres pequeñas puertas
dan a unas callejuelas. Cuando se presentan un hombre o una mujer, se empieza
por interrogarles; luego se les presta socorro, ayuda, protección. Si el
cliente acepta, se hacen averiguaciones y a menudo les hemos salvado.
—¿De dónde sacan el dinero?
—Tenemos mucho. La cotización de los miembros es muy
elevada. Además, es de buen tono hacer donaciones a la Obra. Los nombres de
todos los donantes se imprimen en el Figaro. Por otra parte, todo suicidio de
un hombre rico cuesta mil francos. Y mueren posando. Los de los pobres son
gratuitos.
—¿Cómo reconocen a los pobres?
—¡Oh, oh, señor, eso se intuye! Y tienen además que
aportar un certificado de indigencia del comisario de policía de su barrio. ¡Si
supiera lo siniestro que es verles entrar! He visitado sólo en una ocasión esa
parte de nuestro establecimiento, y no volveré a hacerlo nunca más. Las
instalaciones son bonitas como ésta, casi tan lujosas y cómodas, pero ellos…
¡Oh, ellos! Si les viera llegar, a viejas harapientas que vienen a morir, gente
que se muere de hambre desde hace meses, a los que se arroja un mendrugo de pan
en las esquinas de las calles, como a los perros callejeros; mujeres andrajosas
y descarnadas, que están enfermas, paralizadas, incapaces de ganarse el pan y
que dicen, tras haber contado su historia: «Como ve, no puedo seguir así, no
consigo ya trabajar ni ganar nada».
»Vino una que tenía ochenta y siete años, se le habían
muerto todos los hijos y nietos, y desde hacía seis semanas dormía al sereno.
Me puse enfermo de la pena.
»Pero tenemos casos de todo tipo, para no hablar de los
que no dicen nada y se limitan a preguntar:“¿Dónde se hace?”. A éstos se les
hace entrar y se acaba enseguida.
Repetí con el corazón encogido:
—¿Y… dónde se hace?
—Aquí.
Abrió una puerta, añadiendo:
—Entre, es la parte reservada a los socios del círculo, la
que funciona menos. Tan sólo ha habido once aniquilamientos.
—¡Ah!, ¿ahora los llama… aniquilamientos?
—Sí, señor. Pero entre.
Dudaba, pero entré: era una galería deliciosa, una especie
de invernadero que unas vidrieras azul pálido, rosa suave y verde claro
circundaban poéticamente de paisajes de tapiz. Había, en aquel bonito salón,
divanes, palmeras magníficas, flores, sobre todo rosas aromáticas, libros sobre
las mesas, la Revue des Deux Mondes, cigarros en cajas de la Tabacalera y, cosa
que me sorprendió, pastillas de Vichy dentro de una bombonera.
Como mostré mi asombro, dijo mi guía:
—¡Oh! La gente viene a menudo aquí a charlar.
Y prosiguió:
—Aunque las salas del público son parecidas, están más sencillamente
amuebladas.
Yo pregunté:
—¿Cómo se lleva a cabo?
Él señaló con el dedo una tumbona, cubierta de crespón de
China de color crema, con bordados blancos, bajo un gran arbusto desconocido, a
cuyo pie había un redondo arriate de reseda.1
El secretario añadió con un tono de voz más bajo:
—Se cambia a voluntad la flor y el aroma, pues nuestro
gas, completamente imperceptible, da a la muerte el olor de la flor que más nos
guste. Se la volatiliza con unas esencias. ¿Quiere que se la haga aspirar un
segundo?
—Gracias —le dije vivamente—, aún no…
Y se echó a reír.
—¡Oh!, señor, no corre ningún peligro. Yo mismo lo he
probado varias veces.
Tuve miedo de pasar por un cobarde. Proseguí:
—Con mucho gusto.
—Túmbese en la adormecedora.2
Un poco inquieto, me senté en la silla baja de crespón de
China, luego me estiré, y casi enseguida me vi envuelto por un delicioso olor a
reseda. Abrí la boca para beberlo mejor, pues mi espíritu se había amodorrado,
olvidaba, saboreaba, en la primera turbación de la asfixia, la embrujadora
ebriedad de un opio encantador y fulminante.
Fui sacudido por un brazo.
—¡Oh!, oh señor —decía riendo el secretario—, me parece
que le está tomando usted gusto.
*
Pero una voz, una verdadera voz, y no ya la de las
ensoñaciones, me saludaba con un timbre aldeano:
—Buenos días, señor. ¿Qué tal va?
Mi sueño se desvaneció. Vi el Sena claro bajo el sol, y,
llegando por un sendero, al guarda rural del pueblo, que tocaba con su mano
derecha su quepis negro galoneado de plata. Respondí:
—Buenos días, Marinel. ¿Adónde va?
—Voy a hacer el atestado de un ahogado que han sacado de
las aguas cerca de Morillons. Otro que se ha tirado al río. Se quitó hasta los
pantalones para atarse las piernas con ellos.
EL OLIVAR*
I
Cuando los hombres del puerto, del pequeño puerto
provenzal de Garandou, al fondo de la bahía de Pisca, entre Marsella y Toulon,
vieron la barca del reverendo Vilbois que volvía de pescar, bajaron a la playa
para ayudarle a ponerla en seco.
El reverendo iba solo en ella y remaba como un verdadero
marinero, con una rara energía pese a sus cincuenta y ocho años. Con las mangas
arremangadas sobre sus brazos musculosos, la sotana recogida y apretada entre
sus rodillas, algo desabrochada en el pecho, el bonete dejado sobre el asiento
a su lado, y tocado con un sombrero chambergo de corcho recubierto de tela
blanca, parecía un robusto e insólito sacerdote de países cálidos, con un
aspecto más para vivir aventuras que para decir misa.
De vez en cuando echaba una mirada atrás para reconocer
bien el punto de atraque, volviendo luego a remar con ritmo, método y vigor,
para demostrar, una vez más, a esos malos marineros del Sur cómo saben navegar
los hombres del Norte.
La barca, lanzada, tocó la arena, deslizándose sobre ella
como si fuera a atravesar, hundiendo la quilla, toda la playa; se paró de golpe
y los cinco hombres que estaban viendo llegar al párroco se acercaron a él
afables, contentos y alegres.
—¿Qué? —dijo uno con su marcado acento provenzal—, ¿ha
habido buena pesca, señor cura?
El reverendo Vilbois metió dentro los remos, se quitó el
sombrero chambergo para cubrirse con el bonete, se desarremangó las mangas, se
volvió a abotonar la sotana y acto seguido, tras recobrar el porte y la
prestancia de cura de pueblo, respondió con orgullo:
—Sí, sí, muy buena, tres lubinas, dos murenas y unos
cuantos budiones.
Los cinco pescadores se habían acercado a la barca e,
inclinados por encima de la borda, examinaban con aire de expertos los peces
muertos, las gruesas lubinas, las murenas de cabeza chata, horrendas serpientes
marinas, y los budiones violeta con estrías en zigzag de franjas doradas del
color de las pieles de naranja.
Uno de ellos dijo:
—Se los llevo hasta su casita, señor cura.
—Gracias, hijo.
Tras haber estrechado las manos, el cura echó a andar,
seguido de un hombre y dejando a los otros ocupados en su embarcación.
Caminaba a grandes pasos lentos, con aire de fuerza y de
dignidad. Acalorado aún por haber remado con tanto vigor, se descubría a veces
al pasar por debajo de la débil sombra de los olivos, para presentar al aire
del atardecer, tibio aún pero mitigado por una ligera brisa de alta mar, su
frente cuadrada, cubierta de blancos cabellos cortos y tiesos, una frente de
oficial más que de sacerdote. El pueblo se alzaba sobre un cerro, en medio de
un amplio valle que descendía en llana pendiente hacia el mar.
Era una tarde de julio. El sol deslumbrador, a punto de
alcanzar la cresta dentada de unas colinas lejanas, proyectaba transversalmente
sobre la blanca carretera, sepultada bajo un sudario de polvo, la sombra
interminable del eclesiástico cuyo desproporcionado bonete paseaba por el campo
vecino una gran mancha oscura que se hubiera dicho que jugaba a trepar
rápidamente por todos los troncos de los olivos que encontraba, para volver a
caer acto seguido por tierra, donde reptaba entre los árboles.
Bajo los pies del reverendo Vilbois, una nube de fino
polvo, de esa impalpable harina que en verano cubre los caminos provenzales, se
alzaba, humeando en torno a su sotana, velándola y cubriéndola, en la parte
baja, de un color gris cada vez más claro. Avanzaba, ya refrescado, las manos
en los bolsillos, con el lento y poderoso andar del montañés que lleva a cabo
una ascensión. Con su mirar sereno contemplaba el pueblo, su pueblo, del que
era párroco desde hacía veinte años, que él había elegido y que había obtenido
como un gran favor, y donde esperaba morir. La iglesia, su iglesia, coronaba el
gran cono de casas aglomeradas en torno a ella, con sus dos campanarios de
piedra parda, desiguales y cuadrados, que alzaban en aquel hermoso valle
meridional sus siluetas antiguas más parecidas a bastiones de fortaleza que a
campanarios de monumento sagrado.
El reverendo estaba contento, pues había pescado tres
lubinas, dos murenas y unos cuantos budiones.
Una vez más obtendría un pequeño triunfo entre sus
parroquianos, él, que era respetado sobre todo por ser, quizá, y a pesar de sus
años, el hombre más musculoso del pueblo. Aquellas pequeñas vanidades inocentes
eran su mayor placer. Era capaz de cortar el tallo de las flores de un disparo
de pistola, a veces practicaba la esgrima con su vecino el tabaquero, ex
maestro armero, y nadaba mejor que nadie de la costa.
Había sido, por otra parte, una vieja personalidad del
gran mundo, muy conocido en su tiempo, muy elegante, el barón de Vilbois, que a
los treinta y dos años se había hecho sacerdote por un desengaño amoroso.
Nacido en el seno de una vieja familia picarda, monárquica
y religiosa, que desde hacía varios siglos consagraba sus hijos al ejército, a
la magistratura o al clero, pensó primero en entrar en religión por consejo de
su madre, pero luego a instancias de su padre se decidió por ir simplemente a
París, estudiar leyes y conseguir a continuación algún empleo importante en la
Corte Suprema.
Pero mientras terminaba sus estudios, su padre sucumbió a
una neumonía contraída por cazar en los pantanos, y su madre, presa de la
tristeza, murió al poco. Así pues, tras haber heredado de repente una gran
fortuna, renunció a todo plan de hacer una carrera para limitarse a llevar la
vida de un ricachón.
Buen mozo, inteligente, aunque de mente estrecha debido a
las creencias, tradiciones y principios heredados al igual que sus músculos de
nobilucho picardo, gustó, tuvo éxito en la buena sociedad y gozó de la vida
como hombre joven, rígido, opulento y considerado que era.
Pero he aquí que, a raíz de algunos encuentros en casa de
un amigo, se enamoró de una joven actriz, de una joven alumna del
Conservatorio, que hacía su debut de forma brillante en el Odéon.
Se enamoró perdidamente y con todo el arrebato de un
hombre nacido para creer en las ideas absolutas. Se enamoró al verla en el
papel novelesco que consiguió, el mismo día en que ella hacía su aparición por
primera vez en público, un gran éxito.
Era linda, de natural perverso, con un aire de niña
ingenua que él calificaba de aire angelical. Supo conquistarlo completamente,
le transformó en uno de esos locos furiosos, uno de esos dementes extasiados a
quienes una mirada o unas faldas de mujer hacen arder en la pira de las
Pasiones Mortales. Se convirtió en su amante, la hizo dejar el teatro y durante
cuatro años la amó con una pasión creciente. Y ciertamente, pese a su nombre y
a las tradiciones de honor de su familia, se habría casado finalmente con ella
si un día no hubiera descubierto que desde hacía tiempo le traicionaba
precisamente con el amigo que se la había presentado.
El drama fue tanto más terrible cuanto que ella estaba
embarazada y esperaba el nacimiento del hijo para decidirse a casarse con ella.
Cuando él tuvo las pruebas en su poder, unas cartas,
descubiertas en una gaveta, le reprochó su infidelidad, su perfidia, su
ignominia con toda la brutalidad del semisalvaje que era.
Pero ella, hija de la calle de París, tan descarada como
impúdica, segura del otro hombre como de éste, atrevida, por otra parte, como
esas hijas del pueblo que suben a las barricadas por simple bravuconería, le
desafió e insultó; y, en el momento en que él le levantaba la mano, le enseñó
la tripa.
Él se detuvo, palideciendo, pensó que ahí dentro, en esa
carne deshonrada, en ese cuerpo vil, en esa criatura inmunda, había un
descendiente suyo, ¡un hijo suyo! Y se abalanzó sobre ella para aplastarles a
ambos, para aniquilar aquella doble ignominia. Ella, sintiéndose perdida, tuvo
miedo y, caída al suelo por los puñetazos, vio su pie a punto de patear el
flanco hinchado en el que vivía ya un embrión humano, y le gritó con los brazos
extendidos para parar los golpes:
—No me mates. No es tuyo, es de él.
Él dio un salto hacia atrás, tan estupefacto, tan
trastornado que su furor quedó en suspenso como su talón, y balbució:
—Pero ¿qué dices?
Ella, loca de repente de miedo ante la muerte entrevista
en los ojos y en el gesto aterradores de aquel hombre, repitió:
—No es tuyo, es de él.
Él murmuró, con los dientes apretados, anonadado:
—¿El hijo?
—Sí.
—¡Mientes!
Y, de nuevo, hizo un amago con el pie de aplastar a
alguien, mientras su amante, incorporada de rodillas, trataba de retroceder,
sin dejar de balbucir:
—Te digo que es de él. Si fuera tuyo, hace tiempo que lo
habría tenido.
Este argumento le impresionó como la verdad misma. En uno
de esos pensamientos fulgurantes en que todos los razonamientos aparecen al
mismo tiempo con esclarecedora lucidez, precisos, irrefutables, concluyentes,
irresistibles, se convenció, no le cupo duda de que no era el padre del
miserable niño que aquella zarrapastrosa llevaba en su seno; y, aliviado,
liberado, casi apaciguado de súbito, renunció a acabar con aquel infame ser.
Entonces él dijo con un tono de voz más calmo:
—Levántate y vete, y que no te vuelva a ver nunca más.
Ella obedeció, vencida, y se fue.
Y no la volvió a ver nunca más.
Él se fue por su lado. Bajó al Sur, hacia el sol, y se
detuvo en un pueblo que se alzaba en medio de un valle, ribereño del
Mediterráneo. Le gustó una posada con vistas al mar. Tomó una habitación y se
instaló en ella. Y allí se quedó dieciocho meses, sumido en la tristeza, en la
desesperación, en un aislamiento absoluto. Vivió con el recuerdo devastador de
la mujer traicionera, de su encanto, de su embeleso, de su hechizo
inconfesable, y con la nostalgia de su presencia y de sus caricias.
Andaba errante por los valles provenzales, paseando al sol
tamizado por las grisáceas hojitas de los olivos, su pobre cabeza enferma donde
anidaba una obsesión.
Pero sus antiguas ideas piadosas, el ardor algo apaciguado
de su fe primera volvieron poco a poco a su corazón en aquella soledad
dolorosa. La religión, que le había parecido en otro tiempo como un refugio
contra la vida desconocida, se le antojaba ahora como un refugio contra la vida
falaz y atormentadora. Había conservado la costumbre de rezar. Y en su tristeza
se apegó a ella, y fue a menudo, a la hora de la puesta del sol, a arrodillarse
en la iglesia oscurecida donde no brillaba, al fondo del coro, más que el foco
de luz de la lámpara, guardiana sagrada del sagrario, símbolo de la presencia
divina.
Confió su pena a ese Dios, a su Dios, y le contó toda su
miseria. Le pedía consejo, compasión, auxilio, protección, consuelo y, en su
oración repetida cada día de forma más ferviente, ponía cada vez una emoción
más intensa.
Su corazón malherido, corroído por el amor de una mujer,
permanecía abierto y palpitante, ávido siempre de afecto; y poco a poco, a
fuerza de orar, de vivir como un ermitaño con unas costumbres piadosas que no
hacían sino crecer, de entregarse a esa comunicación secreta de las almas
devotas con el Salvador que consuela y atrae a los miserables, el amor místico
de Dios entró en él y ganó al otro.
Entonces retomó sus primeros planes y decidió ofrecer a la
Iglesia una vida rota que había estado a punto de ofrecerle virgen.
Y así se hizo sacerdote. Gracias a su familia y a sus
relaciones consiguió ser nombrado cura párroco de aquel pueblo provenzal al que
le había llevado el azar, y, tras haber consagrado a obras de beneficencia gran
parte de su fortuna, sin guardar para sí más que lo que le permitiera seguir
siendo hasta su muerte útil y beneficioso para los pobres, se refugió en una
vida tranquila de prácticas piadosas y de dedicación a sus semejantes.
Fue un sacerdote de miras estrechas, pero bueno, una
especie de guía religioso con temperamento de soldado, un guía eclesiástico que
conducía a la fuerza por el recto camino a la humanidad descaminada, ciega,
perdida en esa selva de la vida donde todos nuestros instintos, nuestras
inclinaciones, nuestros deseos, son senderos que extravían. Pero mucho del
hombre de antaño pervivía en él. No dejaron de gustarle los ejercicios
violentos, los deportes nobles, las armas, y detestaba a las mujeres, a todas,
con un temor pueril ante un misterioso peligro.
II
El marinero que seguía al sacerdote sentía unas ganas muy
meridionales de darle a la sinhueso. Pero no se atrevía, pues el párroco
infundía mucho respeto a su grey. Al final se aventuró.
—Señor cura —dijo—, ¿se encuentra a gusto en su casita de
campo?
Aquella casita de campo era una de esas casas minúsculas
en las que los provenzales de ciudad y de pueblo van a refugiarse en verano
para tomar el aire. El párroco había alquilado aquel chamizo en medio de un
campo, a cinco minutos de la rectoría, que era demasiado pequeña y estaba
aprisionada en el centro de la parroquia, adosada a la iglesia.
No vivía habitualmente, ni siquiera en verano, en el
campo; sólo iba a pasar allí algunos días de vez en cuando para vivir en plena
naturaleza y disparar con su pistola.
—Sí, amigo —dijo el sacerdote—, estoy muy bien en ella.
Aquella vivienda baja había sido construida en medio de
los árboles, pintada de color rosa, y se la veía rayada de líneas cruzadas,
entrecortada, dividida en pequeños fragmentos por las ramas y hojas de los
olivos de que estaba plantado el campo sin cercado en el que parecía haber
crecido como una seta de Provenza.
También se veía una mujerona que circulaba por delante de
la puerta preparando una mesita para la cena en la que dejaba cada vez que
volvía, con metódica lentitud, un solo cubierto, un plato, una servilleta, un
trozo de pan, un vaso. Iba tocada con un gorrito de arlesiana, un cono
puntiagudo de seda o de terciopelo negro en el que florece un hongo blanco.
Cuando la tuvo al alcance de la voz, el sacerdote le
gritó:
—¡Eh, Marguerite!
Ella se detuvo para mirar y, al reconocer a su amo, dijo:
—¿Es usted, señor cura?
—Sí. Le traigo una buena pesca, prepáreme enseguida una
lubina, una lubina con mantequilla, nada más que mantequilla, ¿entendido?
La sirvienta, que había ido al encuentro de los hombres,
miró con ojo experto el pescado traído por el marinero.
—Es que ya tenemos pollo con arroz —dijo ella.
—No importa, el pescado no es tan bueno al día siguiente
como acabado de pescar. Me daré un banquete de glotón, cosa que no sucede todos
los días; y, además, no se trata de un pescado grande.
La mujer escogió la lubina y, mientras se iba con ella, se
volvió:
—¡Ah!, señor cura, ha venido por tres veces un hombre
preguntando por usted.
Él inquirió con tono indiferente:
—¿Un hombre? ¿Qué tipo de hombre?
—Yo diría que uno de esos que no inspiran mucha confianza…
—Pero ¡cómo! ¿Un mendigo?
—Quizá, puede ser. Pero yo diría más bien un maoufatan.
Don Vilbois se echó a reír por aquel término provenzal que
significa malhechor, vagabundo, conociendo la índole temerosa de Marguerite,
que no podía estar en la casita sin imaginarse todo el santo día, y sobre todo
de noche, que iban a ser asesinados.
Dio unas pocas monedas al marinero, que se fue, y, cuando
decía, pues había conservado todas sus costumbres de aseo personal y de
indumentaria de cuando era persona de mundo: «Voy a lavarme un poco la cara y
las manos», Marguerite le gritó desde la cocina, donde estaba raspando a
contrapelo, con un cuchillo, el dorso del pescado, cuyas escamas, algo
manchadas de sangre, se separaban como moneditas de plata:
—¡Mírelo, ahí lo tiene!
El sacerdote se dio la vuelta hacia la carretera y vio, en
efecto, a un hombre que, de lejos, le pareció bastante mal vestido y que se
dirigía pasito a paso hacia la casa. Se quedó allí a esperarle, sonriéndose aún
del terror de la criada y pensando: «Pues no le falta razón, tiene pinta de
maoufatan».
El desconocido se acercaba con las manos en los bolsillos
y los ojos clavados en el párroco, sin prisas. Era joven, llevaba una larga
barba rubia totalmente rizada; y unos mechones de pelo en forma de bucles se le
escapaban de un sombrero de fieltro blando, tan mugriento y abollado que nadie
hubiera podido adivinar su color y forma primitivos. Llevaba un largo gabán
pardo, pantalones desflecados en torno a los tobillos y calzaba alpargatas, lo
cual imprimía a sus andares un ritmo pausado, silencioso, inquietante, con un
paso imperceptible de merodeador.
Cuando estuvo a sólo unos metros del eclesiástico se quitó
el andrajo que cubría su frente, descubriéndose con un gesto un tanto teatral y
mostrando una cabeza marchita, algo crapulosa y hermosa, que empezaba a clarear
en la coronilla, indicio de cansancio o de intemperancias precoces, pues aquel
hombre tenía a lo sumo veinticinco años.
También el sacerdote se descubrió enseguida, intuyendo y
presintiendo que no se trataba de un vagabundo cualquiera, del obrero
desocupado o del apercibido por la justicia que anda de prisión en prisión y no
conoce más lenguaje que el misterioso de la cárcel.
—Buenos días, señor cura —dijo el hombre.
El sacerdote se limitó a responder: «Buenos días nos dé
Dios», ya que no quería llamar «señor» a aquel caminante sospechoso y
andrajoso. Se miraban fijamente y el reverendo Vilbois, ante la mirada de aquel
merodeador, se sentía turbado, emocionado como ante un enemigo desconocido,
invadido por una de esas inquietudes extrañas que penetran en la carne y en la
sangre haciéndolas estremecerse.
Al final, el vagabundo prosiguió:
—Bien, ¿me reconoce?
El sacerdote, muy asombrado, respondió:
—Pues no, no le conozco en absoluto.
—Ah, no me conoce. ¡Míreme mejor!
—Por más que le mire, no le he visto jamás.
—Eso es cierto —prosiguió el otro, irónico—, pero voy a
enseñarle a alguien que conoce mejor que a mí.
Volvió a ponerse el sombrero y se desabrochó el gabán.
Debajo había un torso desnudo. Un cinturón rojo, atado en torno a su flaco
vientre, sujetaba su pantalón por encima de las caderas.
Sacó de su bolsillo un sobre, uno de esos increíbles
sobres jaspeados de todas las manchas posibles, uno de esos sobres que sirven
para guardar, en los forros de las ropas de los pordioseros errabundos, los
papeles, verdaderos o falsos, robados o legítimos, que son los preciosos
defensores de la libertad contra el gendarme que puede salir al paso. Sacó de
él una fotografía, una de ésas en formato de cartulina bastante corrientes en
otro tiempo, amarillenta, gastada, llevada largo tiempo a todas partes, calentada
por el contacto con la carne de aquel hombre y desvaída por su calor.
Entonces, poniéndola a la altura de su rostro, preguntó:
—¿Y a éste le conoce?
El reverendo dio dos pasos para ver mejor y se quedó
pálido, trastornado, pues era su propio retrato, hecho por Ella en la época
lejana de su amor.
No respondía nada, sin entender.
El vagabundo repitió:
—¿A éste le reconoce?
Y el sacerdote balbució:
—Sí.
—¿Quién es?
—Soy yo.
—¿Está seguro de que es usted?
—Pues sí.
—Bien, mírenos a los dos ahora, a su retrato y a mí.
Había visto ya al miserable hombre, había visto que
aquellos dos seres, el de la cartulina y el que reía a su lado, se parecían
igual que dos hermanos, pero seguía sin entender, y farfulló:
—¿Qué quiere usted de mí, a fin de cuentas?
Entonces, el pordiosero, con voz malvada, dijo:
—Quiero ante todo que usted me reconozca.
—¿Quién es usted, pues?
—¿Que quién soy? Pregúntele a cualquiera que pase por el
camino, pregúntele a su criada, vayamos a preguntárselo al alcalde del pueblo
si quiere, enseñándole esto; y bien que se va a reír, ya se lo digo yo. ¡Ah!,
¿no quiere usted reconocer que soy su hijo, papá cura?
Entonces, el anciano, levantando sus brazos en un gesto
bíblico y desesperado, gimió:
—No es cierto.
El hombre se acercó a él, casi cara a cara:
—¡Ah!, así que no es cierto. ¡Ah!, reverendo, tiene que
dejar de mentir, ¿entendido?
Tenía una expresión amenazadora y los puños apretados, y
hablaba con un convencimiento tan vehemente que el sacerdote, retrocediendo en
todo momento, se preguntaba cuál de los dos estaba equivocado en ese momento.
Una vez más, sin embargo, afirmó:
—Yo no he tenido ningún hijo.
El otro rebatió:
—¿Y acaso tampoco ninguna amante?
El anciano pronunció resueltamente una sola palabra, una
orgullosa confesión:
—Sí.
—¿Y esa amante no estaba embarazada cuando usted la echó?
De repente, la vieja ira, ahogada veinticinco años antes,
ahogada no, sino contenida en el fondo del corazón del amante, rompió las
esclusas de la fe, de la devoción resignada, de la renuncia a todo, que había
construido sobre ella, y, fuera de sí, exclamó:
—La eché porque me engañó y llevaba en su seno al hijo de
otro, sin lo cual la habría matado, señor, y a usted con ella.
El joven dudó, sorprendido a su vez por el arrebato
sincero del párroco; luego replicó más suavemente:
—¿Quién le dijo que yo era hijo de otro?
—Pues ella, ella misma, en actitud de desafío.
Entonces, el vagabundo, sin responder a esta afirmación,
concluyó con un tono indiferente de granuja que juzga una causa:
—Pues bien, mamá se equivocó al decírselo cuando le
provocó, eso es todo.
Al haber recuperado un cierto dominio de sí, tras aquel
arranque de furia, el reverendo preguntó a su vez:
—¿Y quién le ha dicho a usted que es hijo mío?
—Ella, al morir, señor cura… ¡y luego esto!
Y alargó, ante los ojos del sacerdote, la pequeña
fotografía.
El anciano la cogió, y lenta, largamente, con el corazón
embargado de angustia, comparó a aquel ser errátil desconocido con su antigua
imagen, y ya no le cupo ninguna duda de que era su hijo.
Una sensación de angustia embargó su alma, una emoción
inexplicable, terriblemente penosa, como el remordimiento de un antiguo crimen.
Comprendía un poco, intuía el resto, volvía a ver la escena brutal de la
separación. Había sido con el fin de salvar su vida, amenazada por el hombre
ultrajado, por lo que la mujer, la traicionera y pérfida hembra, le había
soltado aquella mentira. Y la mentira había logrado su propósito. Y un hijo
suyo había nacido, crecido y se había convertido en aquel sórdido correcaminos,
que olía a vicio como un chivo huele a bestia.
Murmuró:
—¿Quiere andar un poco conmigo para explicarnos mejor?
El otro se echó a reír sarcásticamente.
—Por Dios, si he venido precisamente para eso.
Se fueron juntos, lado a lado, por el olivar. El sol se
había puesto. El gran fresco de los crepúsculos del Sur extendía sobre los
campos un frío manto invisible. El reverendo se estremecía y, alzando de
repente la vista, en un impulso habitual de celebrante, vio por todas partes en
torno a sí, temblando contra el cielo, el pequeño follaje grisáceo del árbol
sagrado que había albergado bajo su débil sombra el mayor de los dolores, el
único desfallecimiento de Cristo.
Una súplica brotó de sus adentros, breve y desesperada,
pronunciada con esa voz interior que no rebasa la boca y con la que los
creyentes imploran al Señor: «¡Dios mío, auxíliame!».
Luego, volviéndose hacia su hijo, manifestó:
—¿Así que su madre ha muerto?
Una nueva pena se despertó en él, encogiéndole el corazón,
mientras pronunciaba las palabras: «Su madre ha muerto» y una extraña miseria
de la carne del hombre que nunca ha olvidado del todo, y un cruel eco del
tormento sufrido, pero más aún quizá, puesto que ella había muerto, un
estremecimiento de esa delirante y breve felicidad juvenil de la que ahora no
quedaba nada más que la herida de su recuerdo.
El joven respondió:
—Sí, señor cura, mi madre ha muerto.
—¿Hace mucho?
—Sí, hará ya tres años.
Una nueva duda asaltó al sacerdote.
—¿Y cómo es que no vino a verme antes?
El otro dudó.
—No pude. Me surgieron impedimentos… Pero, perdone que
interrumpa estas confidencias que ya le haré más tarde, todo lo detalladas que
usted quiera, para decirle que no he comido nada desde ayer por la mañana.
Un repentino sentimiento compasivo se apoderó del anciano,
y, tendiendo de repente las dos manos, exclamó:
—¡Oh!, pobre hijo mío.
El joven recibió esas grandes manos tendidas, que
envolvieron sus dedos, más delgados, tibios y febriles.
Luego respondió con ese aire bromista que ya no abandonaba
nunca sus labios:
—Pues bien, la verdad, empiezo a creer que acabaremos por
entendernos.
El párroco echó a andar.
—Vamos a cenar —dijo.
Y de súbito pensó, en un impulso de alegría instintiva,
confusa y extraña, en el bonito pez que había pescado, que, junto con el pollo
con arroz, sería una comida excelente para aquel joven desventurado.
La arlesiana, preocupada, estaba ya refunfuñando,
esperando delante de la puerta.
—Marguerite —exclamó el sacerdote—, retira la mesa y
llévala a la sala, pero rápido, y prepárala para dos, pero rápido.
La criada estaba espantada sólo de pensar que su amo
comería con aquel maleante.
Entonces, el reverendo Vilbois se puso él mismo a retirar
la mesa y a trasladar, a la única estancia de la planta baja, el cubierto
preparado para él.
Cinco minutos después estaba sentado enfrente del
vagabundo, delante de la sopera llena de sopa de col, que desprendía, entre los
dos rostros, una nubecilla de hirviente vapor.
III
Una vez llenos los platos, el vagabundo empezó a zamparse
la sopa ávidamente con rápidas cucharadas. El reverendo no tenía ya hambre, y
sorbía con lentitud tan sólo el sabroso caldo de col, dejando el pan en el
fondo del plato.
De repente preguntó:
—¿Cómo se llama usted?
El hombre rió, satisfecho de poder saciar su hambre.
—Padre desconocido —dijo—, sin otro apellido que el de mi
madre, que probablemente no ha olvidado aún. En cambio, tengo dos nombres, que,
dicho sea entre paréntesis, no cuadran en absoluto conmigo, Philippe-Auguste.
El sacerdote palideció y preguntó con un nudo en la
garganta:
—¿Por qué le pusieron estos dos nombres?
El vagabundo se encogió de hombros.
—Debería usted adivinarlo. Después de haber dejado a mamá,
le quiso hacer creer a su rival que yo era hijo suyo y él se lo creyó, más o
menos, hasta que cumplí los quince años. A esa edad empecé a parecerme
demasiado a usted y él, ese canalla, renegó de mí. Me habían puesto sus dos
nombres de pila, Philippe-Auguste; y si hubiera tenido la fortuna de no
parecerme a nadie, o bien la de ser hijo de un tercer seductor que no se
hubiera dado a conocer, hoy sería el vizconde Philippe-Auguste de Pravallon,
hijo reconocido tardíamente del conde del mismo nombre, senador. Por eso yo me
puse el apodo de Malafortuna.
—¿Cómo sabe usted todo esto?
—Porque él tuvo, por supuesto, unas explicaciones conmigo,
y unas duras explicaciones, no se vaya a creer. Ay, de esas que te enseñan lo
que es la vida…
El sacerdote se sentía oprimido por algo que era más
penoso y atormentador que lo que había sentido y sufrido desde hacía media
hora. Era como una especie de ahogo que empezaba, iba a ir en aumento y
acabaría finalmente con él, provocado, no tanto por las cosas que oía, sino por
la manera en que éstas eran dichas y por el rostro de crápula del granuja que
las pronunciaba. Entre aquel hombre y él, entre su hijo y él, empezaba ahora a
percibir ese sumidero de inmundicias morales que son, para algunas almas, venenos
letales. ¿Era ése su hijo? Todavía no podía creerlo. Quería todas las pruebas,
todas; saberlo todo, oírlo todo, escucharlo todo, sufrirlo todo. Pensó de nuevo
en los olivos que rodeaban su casita de campo y murmuró por segunda vez: «¡Oh,
Dios mío, auxíliame!».
Philippe-Auguste se había acabado la sopa. Preguntó:
—¿No hay nada más para comer, reverendo?
Como la cocina se hallaba en el exterior de la casa, en un
edificio anejo, y Marguerite no podía oír la voz de su cura, la llamaba dando
unos golpecitos en un gong chino colgado de la pared que tenía a sus espaldas.
Cogió la maza de cuero y golpeó varias veces la redonda
placa metálica. Primero se oyó un sonido débil, luego aumentó, se acentuó,
vibrante, agudo, sobreagudo, desgarrador, horrible lamento de cobre herido.
Apareció la criada. Tenía un semblante crispado y lanzaba
miradas furiosas al maoufatan como si hubiera comprendido con su instinto de
perro fiel el drama que se le había venido encima a su amo. Sostenía en sus
manos la lubina asada que desprendía un sabroso olor a mantequilla derretida.
El reverendo hendió el pescado con una cuchara de un extremo al otro y, tras
ofrecer el filete del lomo al hijo de su juventud, dijo con un resabio de
orgullo que aún le quedaba en medio de su desazón:
—La he pescado yo hace un rato.
Marguerite no se iba.
El sacerdote prosiguió:
—Tráigame vino del bueno, vino blanco de Cabo Corso.
Ella hizo una especie de gesto de rebeldía y él tuvo que
repetirle con aire severo: «Coja dos botellas». Porque cuando ofrecía vino a
alguien, raro placer, se regalaba también él con una botella.
Philippe-Auguste, radiante, murmuró:
—Excelente. Buena idea. Hacía mucho tiempo que no comía
así.
La criada volvió al cabo de un par de minutos que al
sacerdote le parecieron dos eternidades, porque ahora una necesidad de saber le
abrasaba la sangre, devorándole como un fuego infernal.
Aunque habían sido descorchadas las botellas, la criada no
se iba, con los ojos fijos en el hombre.
—Déjenos —dijo el párroco.
Ella fingió no haber oído.
Él dijo casi con rudeza:
—Le he dicho que nos deje solos.
Entonces se fue.
Philippe-Auguste se comía el pescado ávidamente; y su
padre le miraba, cada vez más sorprendido y disgustado por la bajeza que
descubría en aquel rostro que tanto se le parecía. Los pequeños bocados que el
reverendo Vilbois se llevaba a los labios se le quedaban en la boca, porque la
encogida garganta se negaba a dejarlos pasar, y masticaba despacio, buscando,
entre todas las preguntas que le venían a la mente, aquellas cuya respuesta le
urgía.
Al final murmuró:
—¿De qué murió?
—De mal de pecho.
—¿Estuvo enferma mucho tiempo?
—Unos dieciocho meses más o menos.
—¿Cómo contrajo la enfermedad?
—No se sabe.
Guardaron silencio. El reverendo estaba pensativo. Muchas
eran las cosas opresivas que le hubiera gustado saber, pues, desde el día de la
ruptura, desde aquel día en que había estado a punto de matarla, no había
vuelto a saber nada de ella. Verdad es que tampoco había querido saber nada,
que la había echado resueltamente en una fosa de olvido, a ella y a sus días
felices; pero ahora que estaba muerta sentía nacer en su interior un ardiente
deseo de saber, un deseo celoso, casi un deseo de amante.
Prosiguió:
—¿No estaba sola, verdad?
—No, seguía viviendo con él.
El viejo se estremeció:
—¿Con él? ¿Con Pravallon?
—Pues sí.
El hombre antaño traicionado calculó que la mujer que le había
engañado había permanecido más de treinta años con su rival.
Balbució casi a su pesar:
—¿Fueron felices juntos?
Riendo sarcásticamente, el joven respondió:
—¡Pues sí, con altibajos! Les habría ido mucho mejor sin
mí. Yo siempre lo estropeé todo.
—¿Cómo y por qué? —preguntó el sacerdote.
—Ya se lo he contado. Porque él creyó que yo era hijo suyo
hasta que cumplí los quince años. Pero el viejo no era tonto, y descubrió por
sí solo el parecido, y entonces hubo escenas. Yo escuchaba detrás de las
puertas. Él acusaba a mamá de haberle engañado. Mamá respondía: «¿Acaso es
culpa mía? Sabías perfectamente, cuando me aceptaste, que yo era la amante del
otro». El otro era usted.
—¡Ah!, ¿hablaban de mí en alguna ocasión?
—Pues sí, pero sin mencionarle nunca delante de mí, salvo
al final, muy al final, en los últimos días, cuando mamá se sintió perdida. No
se fiaban.
—¿Y usted…, usted supo pronto que su madre estaba en una
situación irregular?
—¡Por Dios! No soy un alma cándida, y nunca lo he sido.
Uno intuye enseguida estas cosas, tan pronto como se comienza a conocer el
mundo.
Philippe-Auguste se ponía de beber una vez tras otra. Sus
ojos se encendían, haciendo que, a causa de su largo ayuno, se emborrachara
enseguida.
El sacerdote se dio cuenta; estuvo a punto de pararle,
pero luego se le ocurrió pensar que la embriaguez le volvía imprudente y
charlatán, y, tomando la botella, llenó de nuevo el vaso del joven.
Marguerite trajo el pollo con arroz. Después de haberlo
dejado sobre la mesa, clavó de nuevo los ojos en el vagabundo y acto seguido le
dijo a su amo con aire indignado:
—Pero mire lo borracho que está, señor cura.
—Déjanos tranquilos —prosiguió el sacerdote— y vete.
Ella salió dando un portazo.
Él preguntó:
—¿Qué decía su madre de mí?
—Pues lo que se acostumbra a decir de un hombre al que se
ha dejado: que no era usted fácil de llevar, que tenía un carácter difícil para
una mujer y que con sus ideas le habría creado siempre problemas.
—¿Lo decía a menudo?
—Sí, a veces con subterfugios, para que yo no comprendiera,
pero lo entendía todo.
—¿Y cómo le trataban en esa casa?
—¿A mí? Al principio muy bien, pero después muy mal.
Cuando mamá vio que yo arruinaba su relación, me echó a la calle.
—Pero ¡cómo!
—¿Que cómo? Muy sencillo. Yo hice algunas barrabasadas a
los dieciséis años; entonces los muy granujas me metieron en un correccional
para quitárseme de encima.
Clavó los codos sobre la mesa, apoyó las mejillas en sus
manos y, completamente ebrio, la mente trastornada por el vino, le entró de
repente una de esas ganas irresistibles de hablar de sí mismo que hacen divagar
a los borrachos con fantásticas jactancias.
Y sonreía plácidamente, con una gracia femenina en los
labios, una gracia perversa que el sacerdote no pudo dejar de reconocer. No
sólo la reconoció, sino que sintió, odiosa y acariciante, esa gracia que le
había conquistado y perdido a él en otro tiempo. Era a su madre a quien su hijo
se parecía más ahora, no por los rasgos del rostro, sino por la mirada
cautivadora e hipócrita y sobre todo por la seducción de la falaz sonrisa que
parecía abrir la puerta de la boca a todas las infamias del interior.
Philippe-Auguste contó:
—¡Ja, ja, ja! Menuda vida la mía desde que salí del
correccional, una vida realmente agitada por la que un gran novelista pagaría
mucho dinero. La verdad, Dumas padre, con su Conde de Montecristo, no ha
inventado cosas más chuscas que las que me han ocurrido a mí.
Se calló con la filosófica seriedad del hombre ebrio que
reflexiona, pero luego dijo hablando despacio:
—Si se quiere que un muchacho no acabe mal, no se le
debería encerrar nunca en un correccional, sea lo que sea lo que haya hecho,
debido a la gente que se conoce allí dentro. Se me ocurrió una buena, pero
acabó mal. Una noche, hacia las nueve, yendo de paseo con tres compañeros, los
cuatro un poco alegres, por la carretera general que pasa cerca del vado de
Folac, vemos un vehículo en el que estaban todos durmiendo, el cochero y su
familia, una gente de Martinon que volvían de cenar de la ciudad. Cojo el caballo
de la brida, lo hago subir a la chalana que cruza el río y empujo ésta dentro
de la corriente. Como ello arma ruido, el cochero se despierta y, al no ver
nada, da un latigazo. El caballo parte y se hunde en el agua con el carruaje.
¡Todos ahogados! Mis compañeros me denunciaron. Y eso que al principio se
rieron con ganas al verme gastar la broma. Lo cierto es que no pensamos que la
cosa acabaría tan mal. Creíamos que se darían sólo un remojón, para reírnos un
rato.
»Tras esto, he hecho cosas peores para vengarme de la
primera, pues no merecía el correccional, palabra de honor. Pero no vale la
pena contarlas. Le contaré la última nada más, porque ésa seguro que le hará
gracia. Le vengué, papá.
El reverendo miraba a su hijo con ojos aterrados y ya no
comía nada.
Philippe-Auguste se disponía a hablar de nuevo.
—No —dijo el sacerdote—, ahora no, un poco más tarde.
Volviéndose, golpeó e hizo sonar el estridente címbalo
chino.
Marguerite no tardó en entrar.
Y su amo mandó, con una voz tan ruda que ella bajó la
cabeza, espantada y dócil:
—Tráenos la lámpara y todo cuanto tengas que traer aún a
la mesa, y luego no vuelvas a aparecer más hasta que yo haga sonar de nuevo el
gong.
Ella salió, volvió y dejó sobre el mantel una lámpara de
porcelana blanca, cubierta con una pantalla verde, un grueso pedazo de queso,
fruta, y se fue.
El sacerdote dijo con tono resuelto:
—Ahora le escucho.
Philippe-Auguste se llenó tranquilamente el plato y el
vaso. La segunda botella estaba casi vacía, por más que el párroco no la
hubiera tocado.
El joven siguió hablando entre balbuceos, la boca llena de
comida y de embriaguez:
*
He aquí la última. Es realmente fuerte. Había vuelto a
casa…, seguía allí a pesar de ellos porque sabía que me temían…, me temían…
¡Ah!, no es buena cosa fastidiarme…, pues soy capaz de todo cuando me
fastidian… ¿Sabe?…, ellos vivían medio juntos. Él tenía dos domicilios, uno de
senador y otro de amante. Pero estaba más a menudo en casa de mamá que en la
suya, porque no podía prescindir de ella. ¡Ay, no era astuta ni nada, y
fuerte…, mamá…, sabía cómo tener cogido a un hombre! Le tenía atrapado en cuerpo
y alma, y lo conservó hasta el final. ¡Menudos necios son los hombres! Así
pues, yo había vuelto y les tenía dominados por el miedo. Sé ser listo cuando
es preciso, y en cuanto a malicia, artimañas y también los puños, no le temo a
nadie. He aquí que mamá cae enferma y él la instala en una bonita propiedad
próxima a Meulan, en medio de un parque grande como un bosque. Como le he
dicho…, siguió así por espacio de unos dieciocho meses. Luego nos dimos cuenta
de que el final estaba cerca. Él venía todos los días de París y se le veía
sufrir, pero de verdad.
Así pues, una mañana, habían estado hablando casi una hora
y yo me preguntaba de qué podían charlar tanto rato, cuando me llaman. Y mamá
me dice:
«Estoy a punto de morir y hay una cosa que quisiera
revelarte, en contra de la opinión del conde». Ella le llamaba siempre «el
conde» al referirse a él. «Es el nombre de tu padre, que todavía vive.»
Yo se lo había preguntado más de cien veces…, más de cien
veces…, el nombre de mi padre…, más de cien veces… y ella siempre se había
negado a decirlo… Creo incluso que un día le di unas bofetadas para hacerla
hablar, pero no sirvió de nada. Y luego, para quitárseme de encima, me anunció
que usted había muerto sin un céntimo, que era usted un don nadie, un error de
juventud, un paso en falso de virgen. Supo contármelo tan bien lo de su muerte
que yo me lo tragué totalmente.
Así pues, ella me dijo:
«Es el nombre de tu padre».
El otro, que estaba sentado en un sillón, replica lo
siguiente tres veces:
«Comete un error, comete un error, comete un error,
Rosette».
Mamá se sienta en su cama. La veo aún con sus pómulos
colorados y sus ojos brillosos, pues me quería mucho a pesar de todo; y va y le
dice:
«¡Pues entonces haga algo por él, Philippe!»
Al dirigirse a él le llamaba «Philippe» y a mí «Auguste».
Y él se puso a gritar como un condenado:
«¡Por este crápula, nunca!, por este golfo, por este
maleante, este…, este…, este…»
Y se le ocurrieron otros mil nombres para calificarme como
si no hubiera hecho otra cosa en toda su vida.
Yo estaba a punto de amoscarme, cuando mamá me mandó
callar y luego le dijo:
«Pues, entonces, quiere que se muera de hambre, ya que yo
no poseo nada».
Él replicó sin inmutarse:
«Rosette, le he dado treinta y cinco mil francos por año,
desde hace treinta, lo cual asciende a más de un millón. Ha vivido usted
gracias a mí como una mujer rica, como una mujer amada y, me atrevería a decir,
como una mujer feliz. Yo no le debo nada a este pordiosero que ha arruinado
nuestros últimos años; y no tendrá nada de mí. Es inútil insistir. Dígale el
nombre del otro, si quiere. Lo siento, pero yo me lavo las manos».
Entonces, mamá se vuelve hacia mí. Yo me decía entre mí:
«Bueno…, al menos conoceré a mi verdadero padre…, y si tiene cuartos, estoy
salvado…».
Ella continuó:
«Tu padre, el barón de Vilbois, se llama actualmente el
reverendo Vilbois, cura de Garandou, cerca de Toulon. Era mi amante cuando le
dejé por éste».
Y he aquí que ella me lo cuenta todo, excepto que le
engañó respecto a su embarazo. Pero las mujeres, como ve, no dicen nunca la
verdad.
Se reía sarcásticamente, dando rienda suelta a toda su
abyección. Bebió de nuevo y, con el semblante en todo momento risueño,
continuó:
Mamá murió dos días…, dos días más tarde. Habíamos
acompañado su ataúd hasta el cementerio, él y yo…, tiene gracia… ¿no?…, él y
yo… y tres criados…, eso es todo… Él lloraba a moco tendido…, estábamos uno al
lado del otro…, se hubiera dicho papá y el hijo de papá.
Luego regresamos a casa. Nada más que nosotros dos. Yo me
decía: «Tengo que largarme, sin un céntimo». No tenía más que cincuenta
francos. ¿Qué podía hacer para vengarme?
Él me toca el brazo y me dice:
«Tengo que hablar con usted».
Le seguí a su gabinete. Se sentó a su mesa, y luego,
barbotando entre lágrimas, me dice que no quiere ser tan malo conmigo como le
decía a mamá; me ruega que no le moleste a usted… «Es algo entre usted y yo…» Y
me ofrece un billete de mil…, mil…, mil…, ¿qué podía hacer yo con mil
francos?…, yo…, un hombre como yo. Vi que tenía más en el cajón, un verdadero
montón. Al ver todo aquel papel moneda me dieron ganas de acuchillarle. Alargo
la mano para coger el que me ofrecía, pero, en vez de recibir su limosna, le
salto encima, le arrojo al suelo y le aprieto la garganta hasta hacerle revirar
los ojos; luego, cuando vi que iba a palmarla, le amordazo, le ato, le desnudo,
le doy la vuelta y luego… ¡ja, ja, ja!…, ¡le vengué a usted a base de bien!…
Philippe-Auguste tosía, atosigándose de la alegría, y, en
el labio alzado en un rictus feroz y alegre, el reverendo Vilbois descubría de
nuevo la vieja sonrisa de la mujer que le había hecho perder la cabeza.
—¿Y después qué? —preguntó.
Después…. ¡Ja, ja, ja!… Había un gran fuego en la
chimenea, era diciembre…, por el frío… había muerto…, mamá…, un gran fuego de
carbón… Cojo el atizador…, lo pongo al rojo vivo… y le hago unas cruces en la
espalda, ocho, diez, no sé ya cuántas, luego le doy la vuelta y le hago otras
tantas en el vientre. ¡Tiene gracia, ¿eh?, papá! Así es como se marcaba a los
forzados en otros tiempos. Él se retorcía igual que una anguila…, pero yo le
había amordazado bien y no podía gritar. A continuación cogí los billetes,
doce, que con el mío hacían trece… Lo cual no me trajo suerte. Y me largué
diciéndoles a los criados que no molestaran al señor conde hasta la hora de la
cena porque dormía.
Pensé que no diría nada por temor a armar un escándalo,
puesto que es senador… Pero me equivoqué. Cuatro días después me pescaban en un
restaurante de París. Estuve tres años en prisión. Por eso no pude venir a
conocerle antes.
*
Bebió de nuevo, y dijo, ahora farfullando a duras penas
las palabras:
—Ahora…, papá…, ¡papá cura!… ¡Es gracioso tener por padre
a un cura!… ¡Ja, ja, ja! Tiene que ser bueno, muy bueno con el menda, porque el
menda no es una persona corriente… y le hizo una buena…, de veras…, una buena…
al viejo…
La misma cólera que había enloquecido en otro tiempo al
reverendo Vilbois ante la amante traicionera le hacía sublevarse ahora ante
aquel ser abominable.
Él, que tanto había perdonado, en nombre de Dios, los
secretos infames bisbiseados en el misterio del confesionario, se sentía
incapaz de piedad y de clemencia, en su propio nombre, y en ese momento no se
dirigía ya para que le auxiliase a ese Dios caritativo y misericordioso, porque
comprendía que ninguna protección celestial o terrenal puede salvar en este
mundo a quienes sufren semejantes desgracias.
Todo el ardor de su corazón apasionado y de su sangre
violenta, apagada por el sacerdocio, se despertaba en una irrefrenable rebeldía
contra aquel miserable que era su hijo, contra aquel parecido con él, y también
contra la madre, la indigna madre que lo había engendrado semejante a ella, y
contra la fatalidad que ataba a aquel pordiosero a su pie paterno, como la bola
al pie del galeote.
Veía y preveía todo con súbita lucidez, despertado por
aquella sacudida de sus veinticinco años de tranquilidad y de piadoso sueño.
Convencido de repente de que era necesario hablar de forma
enérgica y clara para que aquel delincuente le temiera y aterrorizarle de
entrada, le dijo con los dientes apretados por la furia, sin pensar que estaba
borracho:
—Ahora que me lo ha contado todo, escúcheme. Partirá usted
mañana. Se irá a un pueblo que le diré y que no dejará nunca sin una orden mía.
Le pasaré una pensión suficiente para vivir, pero pequeña, porque no tengo
dinero. Si desobedece una sola vez, se acabó y tendrá que vérselas conmigo…
Aunque aturdido por el vino, Philippe-Auguste captó la
amenaza y el criminal que había dentro de él se despertó de improviso.
Desembuchó estas palabras, entre hipos:
—¡Ah!, papá, no debes hacerme una jugada… Tú eres
párroco…, te tengo cogido…, y te someterás, igual que los demás.
El sacerdote se sobresaltó; y en sus músculos de antiguo
hércules nació una necesidad invencible de coger a aquel monstruo, de doblarlo
como una caña para hacerle comprender que debía ceder.
Le gritó, sacudiendo la mesa y empujándola contra su
pecho:
—¡Ah!, ten cuidado, ten cuidado…, que yo no le temo a
nadie…
El borracho, perdiendo el equilibrio, se tambaleaba en su
silla. Al ver que iba a caerse y que estaba a merced del sacerdote, alargó la
mano, con mirada asesina, hacia uno de los cuchillos que había sobre el mantel.
El reverendo Vilbois vio el gesto, y dio tal empellón a la mesa que su hijo se
cayó de espaldas y acabó por los suelos. La lámpara se volcó y se apagó.
Durante unos segundos, se dejó oír en la sombra un ligero
tintineo de vasos que entrechocan; luego se oyó como el arrastrarse de un
cuerpo blando por el suelo, luego ya nada.
Rota la lámpara, una súbita noche se había extendido sobre
ellos tan rápida, inesperada y profunda que quedaron estupefactos como ante un
acontecimiento aterrador. El borracho, acurrucado contra la pared, ya no se
movía; y el sacerdote permanecía en su silla, sumido en aquellas tinieblas, que
ahogaban su cólera. Aquel velo oscuro arrojado sobre él, deteniendo su
arrebato, inmovilizó también el impulso furioso de su alma; y le asaltaron
otras ideas, negras y tristes como la oscuridad.
Se hizo el silencio, un silencio denso de tumba cerrada,
en el que ya nada parecía vivir y respirar. Tampoco llegaba nada del exterior,
ni el paso de un carruaje en la lejanía, ni el ladrar de algún perro, ni el
susurro entre las ramas o contra las paredes de un ligero soplo de viento.
Aquello duró largo rato, mucho rato, quizá una hora.
Luego, ¡de repente resonó el gong! Resonó percutido por un solo golpe duro,
seco y fuerte, al que siguió un gran ruido extraño de caída y de silla
derribada.
Marguerite, que estaba al acecho, acudió presurosa; pero
apenas hubo abierto la puerta, retrocedió espantada ante la sombra
impenetrable. Luego, temblando, el corazón acelerado y la voz jadeante y baja,
llamó:
—¡Señor cura, señor cura!
Nadie respondió, nada se movió.
«Dios mío, Dios mío —pensó—, ¿qué han hecho?, ¿qué ha
pasado?»
No se atrevía a avanzar ni a darse la vuelta para ir a
buscar una luz; y le dominaron unas ganas locas de ponerse a salvo, de huir y
de gritar, por más que sintiera flaquear sus piernas rotas hasta el punto casi
de desplomarse al suelo. Repetía:
—Señor cura, señor cura, soy yo, Marguerite.
Pero de súbito, pese a su miedo, un deseo instintivo de
socorrer a su amo y una de esas valentías de las mujeres que las hacen a veces
heroicas invadieron su alma de una audacia aterrada, y, tras correr hacia la
cocina, trajo su quinqué.
Se detuvo ante la puerta de la sala. Primero vio al
vagabundo, tumbado contra la pared, y que dormía o fingía dormir, luego la
lámpara rota, y a continuación, debajo de la mesa, los dos pies negros y las
piernas con los calcetines negros del reverendo Vilbois, que debía de haberse
caído de espaldas golpeándose la cabeza contra el gong.
Palpitando de terror, las manos temblorosas, repetía:
—Dios mío, Dios mío, pero ¿qué es esto?
Y cuando avanzaba a pequeños pasos, con lentitud, pisó
algo grasiento y estuvo a punto de caerse.
Entonces, tras haberse inclinado, vio que, por el suelo
rojo, manaba un líquido asimismo rojo, que se extendía en torno a sus pies y
corría rápido hacia la puerta. Intuyó que era sangre.
Enloquecida, salió huyendo, tirando su luz para no ver ya
nada, y se precipitó campo traviesa hacia el pueblo. Iba, topándose contra los
árboles, con los ojos fijos en las luces lejanas y dando alaridos.
Su voz aguda asaeteaba la noche como un siniestro grito de
lechuza y clamaba sin interrupción:
—¡El maoufatan…, el maoufatan…, el maoufatan!…
Cuando llegó a las primeras casas, salieron unos hombres
asustados y la rodearon, pero ella se debatía sin responder, fuera de sí.
Al final comprendieron que había ocurrido una desgracia en
el olivar del párroco, y un grupo se armó para correr en su ayuda.
En medio del olivar, la casita pintada de rosa resultaba
invisible y negra en la noche profunda y silenciosa. Desde que la única
claridad de la ventana iluminada se había apagado como un ojo cerrado,
permanecía sumida en la oscuridad, perdida en las tinieblas, ilocalizable para
cualquiera que no fuese del lugar.
Pronto corrieron unas luces a ras de tierra, a través de
los árboles, dirigiéndose hacia ella. Se paseaban por la hierba seca unas
grandes franjas de luz amarillenta; y, con los errátiles resplandores, los
troncos atormentados de los olivos semejaban a veces monstruos, serpientes
infernales entrelazadas y retorcidas. Los reflejos proyectados a lo lejos
hicieron surgir de súbito en la oscuridad una cosa blancuzca y vaga, y pronto
el muro bajo y cuadrado de la casita se tornó de nuevo de color rosa delante de
las linternas. Las llevaban algunos campesinos, escoltando a dos gendarmes,
pistola en mano, al guarda rural, al alcalde y a una Marguerite desfalleciente
a la que sostenían unos hombres.
Delante de la puerta abierta, aterradora, hubo un momento
de vacilación. Pero el cabo cogió un farol y entró seguido de los demás.
La criada no había mentido. La sangre, ya coagulada,
cubría el suelo como una alfombra. Había manado hasta donde estaba el
vagabundo, mojando una de sus piernas y una de sus manos.
Padre e hijo dormían, uno con la garganta cortada, el
sueño eterno; el otro, el sueño de los borrachos. Los dos gendarmes se
abalanzaron sobre este último y, antes de que se hubiera despertado, tenía
esposadas las muñecas. Se frotó los ojos, estupefacto, anonadado por el vino; y
cuando vio el cadáver del sacerdote, adoptó una expresión aterrada y de no
entender nada.
—Pero ¿cómo no se ha largado? —preguntó el alcalde.
—Estaba demasiado borracho —replicó el cabo.
Y todo el mundo fue de su misma opinión, pues a nadie se
le habría pasado por la cabeza la idea de que el reverendo Vilbois quizá podía
haberse quitado la vida.
¿QUIÉN SABE?*
I
¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Por fin voy a escribir lo que me
sucedió! Pero ¿seré capaz? ¿Me atreveré? ¡Pues es algo tan extraño, tan
inexplicable, tan incomprensible, tan loco!
Si no estuviera seguro de lo que vi, seguro de que no hubo
ningún desfallecimiento, ningún fallo en mis razonamientos, en mis
constataciones, ninguna laguna en el inflexible encadenamiento de mis
observaciones, me creería un simple alucinado, el juguete de una extraña
visión. Después de todo, ¿quién sabe?
Actualmente me encuentro en una casa de salud; pero
¡ingresé en ella por propia voluntad, por prudencia, por temor! Sólo una
persona conoce mi historia. El médico de aquí. Voy a escribirla. No sé muy bien
por qué. Para liberarme de ella, pues la siento en mí como una insoportable
pesadilla.
Hela aquí:
Yo he sido siempre un solitario, un soñador, una especie
de filósofo aislado, bondadoso, contento con poco, sin acritud hacia los
hombres y sin rencor contra el cielo. He vivido solo, ininterrumpidamente, por
una especie de incomodidad que me provoca la presencia de los demás. ¿Cómo
explicarlo? No sabría hacerlo. No me niego a ver gente, a hablar, a cenar con
amigos, pero cuando los siento demasiado tiempo cerca de mí, incluso a los más
íntimos, me cansan, me fatigan, me enervan, me ponen nervioso, y me entran unas
enormes ganas, obsesivas, de verles marcharse o de irme, de estar solo.
Estas ganas son más que una necesidad, son una necesidad
irresistible. Y si la presencia de las personas con las que me encuentro se
prolongase, si tuviera, no ya que escuchar, sino seguir oyendo largo rato sus
conversaciones, estoy seguro de que me daría algo. ¿El qué? ¿Quién sabe? ¿Un
simple síncope, tal vez? ¡Sí, probablemente!
Me gusta tanto estar solo que no puedo soportar siquiera
la cercanía de otras personas durmiendo bajo mi techo; no puedo vivir en París
porque es para mí una agonía continua. Me siento morir moralmente, y también
martirizado física y anímicamente por esa inmensa multitud hormigueante que
vive a mi alrededor, incluso cuando duerme. ¡Ay, el sueño ajeno me hace sufrir
aún más que sus palabras! Nunca consigo encontrar el descanso cuando sé, cuando
siento que, detrás de la pared, hay unas existencias interrumpidas por esos
eclipses regulares de la razón.
¿Por qué soy así? ¿Quién sabe? Tal vez la causa sea muy
sencilla; me canso enseguida de todo cuanto no sucede dentro de mí. Y hay
muchas personas en mi situación.
Hay dos razas sobre la tierra. La de aquellos que
necesitan a los demás, a los que los otros distraen, tienen ocupados, les
sirven de descanso, y a quienes la soledad abruma, agota, aniquila, como la
ascensión de un terrible glaciar o la travesía de un desierto, y la de aquellos
a los que, por el contrario, los otros cansan, aburren, molestan, fatigan,
mientras que el aislamiento les calma, sumiéndoles en el reposo merced a la
independencia y a la fantasía de su pensamiento.
Se trata, en suma, de un fenómeno psíquico normal. Los
unos están dotados para vivir hacia fuera, los otros para vivir hacia dentro.
En cuanto a mí, mi atención hacia el exterior es de corta duración y no tarda
en agotarse y, tan pronto como llega al límite, noto en todo mi cuerpo y en
toda mi mente un malestar insoportable.
Ello hace que me apegue, que me hubiera apegado mucho a
los objetos inanimados que adquieren, para mí, una importancia de seres, y que
mi casa se haya convertido, se hubiera convertido, en un mundo en el que
llevaba una vida solitaria y activa, en medio de cosas, de muebles, de
chucherías familiares, simpáticas a mis ojos como si fueran rostros. La había
llenado poco a poco, la había alhajado, y me sentía, dentro de ella, contento,
satisfecho, muy feliz como entre los brazos de una mujer amorosa cuyas caricias
habituales se han vuelto una calma y grata necesidad.
Había hecho construir esa casa en un bello jardín que la
aislaba de todo camino, y a escasa distancia de una ciudad donde podía
encontrar, llegado el caso, esos recursos de compañía de los que sentía a veces
deseos. Todos mis criados dormían en un edificio distante, al fondo del huerto,
circundado por un alto muro. Las noches envolventes y oscuras, en el silencio
de mi casa retirada, escondida, inundada por las hojas de los altos árboles,
eran para mí tan gratas y restauradoras que cada noche demoraba varias horas el
meterme en la cama para saborearlas más largamente.
Aquel día habían representado Sigurd1 en el teatro de la
ciudad. Era la primera vez que escuchaba aquel bello drama musical y mágico, y
me había gustado mucho.
Volví a pie, a paso alegre, la cabeza llena de frases
sonoras y los ojos de hermosas imágenes. Era noche cerrada, tanto que apenas si
distinguía la carretera general y en más de un momento estuve a punto de acabar
en la cuneta. Del fielato a mi casa hay cerca de un kilómetro, quizá un poco
más, o sea, veinte minutos yendo sin prisas. Era la una de la noche, la una o
la una y media. El cielo se iluminó un poco delante de mí y asomó la hoz de la
luna, la triste hoz del cuarto menguante. La del cuarto creciente, que aparece
a las cuatro o las cinco de la tarde, es clara, alegre, argentada, pero la que
se alza después de medianoche es rojiza, tétrica, inquietante: la verdadera hoz
del sabbat. Todos los noctámbulos deben de haberlo observado. La primera,
aunque sea más fina que un hilo, despide una tenue luz alegre que regocija el
corazón y traza en la tierra nítidas sombras; la última apenas si difunde un
destello moribundo, tan mortecino que casi no da sombra.
Descubrí a lo lejos la masa oscura de mi jardín y no sé de
dónde me vino una especie de malestar ante la idea de entrar allí dentro.
Demoré el paso. Hacía muy buen tiempo. El gran hacinamiento de árboles parecía
una tumba en la que mi casa estuviera enterrada.
Abrí la cancela y entré en la larga alameda de sicómoros
que, arqueada a manera de bóveda como un alto túnel, lleva a la casa,
atravesando macizos opacos y bordeando céspedes en los que los arriates
floridos formaban, en las pálidas tinieblas, manchas ovales de matices
indistintos.
Al acercarme a la casa me dominó una extraña turbación. Me
detuve. No se oía nada. Ni siquiera un soplo de aire entre las hojas. «¿Qué me
pasa?», pensé. Desde hacía diez años volvía tarde, sin que nunca me hubiera
perturbado la más mínima inquietud. No tenía miedo. No he tenido nunca miedo a
la noche. De haber visto a un hombre, a un vagabundo, a un ladrón me habría
enfurecido y le habría saltado encima sin vacilar. Y, por otra parte, iba
armado; tenía mi revólver. Pero no lo toqué, porque quería resistir a ese
principio de temor que nacía dentro de mí.
¿Qué era? ¿Un presentimiento? ¿Ese misterioso
presentimiento que se apodera de los sentidos de los hombres cuando están a
punto de ver lo inexplicable? Tal vez. ¿Quién sabe?
Conforme avanzaba, sentí que me recorrían la piel unos
estremecimientos, y cuando estuve delante de la fachada de mi vasta morada, con
todos los postigos cerrados, sentí que tendría que esperar unos minutos antes
de abrir la puerta y entrar. Entonces me senté en un banco, bajo las ventanas
del salón y así me quedé, un poco tenso, con la cabeza apoyada en la pared y
los ojos abiertos a la sombra del follaje. De entrada no noté nada de insólito
en torno a mí. Sentía unos zumbidos en los oídos; pero es algo que me sucede a
menudo. A veces me parece oír pasar trenes, o repicar campanas, o una multitud
que camina.
Pero luego aquellos zumbidos se volvieron más claros, más
precisos, más reconocibles. Me había equivocado. No era el acostumbrado ruido
de mis arterias el que traía a mis oídos aquellos rumores, sino un ruido muy
particular, muy confuso sin embargo, proveniente, sin lugar a dudas, del
interior de la casa.
Ese ruido continuo lo distinguía a través del muro, más
una agitación que un ruido, el vago movimiento de un montón de cosas, como si
poco a poco zarandearan, desplazaran, arrastraran despacio todos mis muebles.
¡Oh!, durante un buen rato no di crédito a mis oídos. Pero
tras haber pegado la oreja contra un postigo para percibir mejor la extraña
agitación de mi casa, me convencí, sin que me cupiera la menor duda, de que
dentro estaba sucediendo algo anormal e incomprensible. No tenía miedo, pero
estaba…, ¿cómo decirlo?…? espantado de asombro. No amartillé el revólver,
intuyendo perfectamente que no había necesidad de hacerlo. Esperé.
Esperé largo rato, incapaz de decidirme a nada, con la
mente lúcida, pero terriblemente agitado. Esperé, de pie, mientras seguía
escuchando aquel ruido creciente y que a veces era de una violenta intensidad,
y que parecía volverse un rugido de impaciencia, de cólera, de misterioso
tumulto.
De súbito, avergonzándome de mi cobardía, cogí el mazo de
las llaves, elegí la que necesitaba, la introduje en la cerradura, di dos
vueltas y, empujando la puerta con todas mis fuerzas, la estampé contra la
pared.
El golpe resonó como un escopetazo, y he aquí que a aquel
ruido de explosión respondió, de arriba abajo de la casa, un formidable
estruendo. Éste fue tan súbito, tan terrible, tan ensordecedor, que retrocedí
unos pasos y, pese a seguir pareciéndome innecesario, saqué el revólver de la
funda.
Seguí esperando, ¡oh!, pero no mucho. Ahora distinguía un
extraordinario pisoteo por los peldaños de la escalera, por los entarimados,
por las alfombras, pero no un pisoteo de calzado, de zapatos humanos, sino de
muletas, muletas de madera y muletas de hierro que vibraban como címbalos. Y de
pronto vi en el umbral un sillón, mi gran sillón de lectura, que salía
contoneándose y se dirigía hacia el jardín. Le siguieron otros, los del salón,
luego los canapés bajos que se arrastraban como cocodrilos sobre sus patas
cortas, luego todas mis sillas, con saltos de carnero, y los taburetes que
correteaban como conejos.
¡Oh, qué emoción! Me acurruqué en un macizo para
contemplar este desfile de mis muebles que se estaban yendo todos, uno tras
otro, garbosos o lentos, según su tamaño y peso. El piano, mi gran piano de
cola, pasó con un galope como de caballo desbocado y acompañado de un murmullo
musical, los menores objetos se deslizaban sobre la arena como hormigas:
cepillos, cristales, copas, que el claro de luna volvía fosforescentes como
luciérnagas. Las telas reptaban, extendiéndose cual pulpos. Vi venir mi escritorio,
pieza rara de la pasada centuria que contenía todas las cartas que yo había
recibido, toda mi historia sentimental, una vieja historia que me había hecho
sufrir mucho. Y dentro había también fotografías.
De pronto perdí el miedo, y me lancé sobre él, aferrándolo
como se aferra a un ladrón o a una mujer que huye; pero su carrera era
irrefrenable y, a pesar de mis esfuerzos y de mi cólera, ni siquiera conseguí
hacerle demorar la marcha. Como yo resistía como un condenado a aquella fuerza
espantosa, me caí al suelo luchando con él. Entonces me hizo rodar, me arrastró
por la arena y los muebles que le seguían comenzaron a venírseme encima,
pisándome las piernas y produciéndome morados; luego, cuando finalmente lo
solté, los otros pasaron sobre mi cuerpo como una carga de caballería sobre un
soldado desarzonado.
Finalmente, muerto de miedo, conseguí arrastrarme fuera de
la gran alameda y esconderme de nuevo entre los árboles para ver irse hasta el
más ínfimo objeto, los más pequeños, los más modestos, los más desconocidos
incluso para mí, pero que me habían pertenecido.
Luego oí también, a lo lejos, en mi alojamiento vuelto
resonante como todas las casas vacías, un ruido muy fuerte de puertas que se
cierran. Golpearon en toda la casa, de arriba abajo, y hasta la del vestíbulo,
que yo mismo, insensato de mí, había abierto para aquella marcha, se cerró, la
última.
También yo huí, corriendo hacia la ciudad, y no me calmé
hasta que empecé a encontrar a los últimos rezagados por las calles. Fui a
llamar a un hotel donde me conocían. Me había sacudido el traje con las manos
para quitarle el polvo, y conté que había perdido las llaves, incluida la del
huerto, donde descansaban mis criados en una casa apartada, detrás del muro que
protegía mis árboles frutales y mis verduras de las visitas de los
ladronzuelos.
Me metí en la cama tapándome hasta los ojos, pero no pude
pegar ojo y esperé a que se hiciera de día escuchando los latidos de mi
corazón. Había ordenado que mi servidumbre fuera avisada al amanecer, y a las
siete mi ayuda de cámara llamó a mi puerta.
Parecía trastornado.
—Señor, esta noche ha sucedido una gran desgracia —dijo.
—¿El qué?
—Han robado todos los muebles del señor, todos, hasta los
más pequeños objetos.
Aquella noticia fue de mi agrado. ¿Por qué? ¿Quién sabe?
Me sentía muy dueño de mí, seguro de saber disimular, de no decir nada a nadie
de lo que había visto y de ocultarlo, enterrarlo en mi conciencia como un
espantoso secreto. Respondí:
—Seguro que son las mismas personas que me han robado las
llaves. Hay que avisar enseguida a la policía. Ahora me levanto y me reúno con
vosotros.
La investigación se prolongó por espacio de cinco meses.
No se descubrió nada, no se encontró ni la más mínima chuchería ni el menor
rastro de los ladrones. ¡Diantre! De haber dicho lo que sabía…, de haberlo
dicho…, habrían encerrado no a los ladrones, sino a mí, a la persona que había
visto una cosa semejante.
¡Oh!, supe callarme. Pero no volví a amueblar la casa. Era
inútil. La cosa se habría reiniciado siempre. Yo no quería volver a ella más.
No volví. No he vuelto a verla nunca más.
Fui a París, a un hotel, y consulté a unos médicos sobre
el estado de mis nervios, que me preocupaba mucho después de aquella lamentable
noche.
Me aconsejaron viajar. Seguí su consejo.
II
Empecé con un viaje a Italia. El sol me sentó bien.
Durante seis meses, vagué de Génova a Venecia, de Venecia a Florencia, de
Florencia a Roma, de Roma a Nápoles. Luego recorrí Sicilia, tierra admirable
por su naturaleza y sus monumentos, reliquias dejadas por los griegos y los
normandos. Crucé a África, atravesé sin incidentes ese gran desierto amarillo y
calmo, por donde andan errantes camellos, gacelas y árabes nómadas, donde, en
el aire ligero y diáfano, no flota obsesión alguna, ni de día ni de noche.
Regresé a Francia por Marsella, y pese a la alegría
provenzal, la luz atenuada del cielo me entristeció. Sentí, al volver al
continente, la extraña impresión de un enfermo que se cree curado y al que un
sordo dolor avisa de que el foco infeccioso no se ha extinguido.
Luego regresé a París. Al cabo de un mes, me aburría. Era
otoño, y quise hacer, antes del invierno, una excursión a Normandía, que no
conocía.
Naturalmente, empecé por Ruán, y durante ocho días, anduve
distraído, encantado, entusiasmado en esa ciudad medieval, en ese sorprendente
museo de extraordinarios monumentos góticos.
Ahora bien, una tarde, a eso de las cuatro, cuando tomaba
por una calle increíble, por donde corre un río negro como la tinta llamado
«Eau de Robec», mi atención, completamente centrada en el extraño y antiguo
aspecto de las casas, se vio atraída de repente por una serie de tiendas de
chamarileros que se sucedían de puerta en puerta.
¡Ah! ¡Cómo habían sabido elegir su lugar, esos sórdidos
traficantes de antiguallas, en aquella fantástica callejuela, por encima de ese
curso de agua siniestro, bajo esos tejados puntiagudos de tejas y de pizarras
en los que rechinaban todavía las veletas del pasado!
Al fondo de esos oscuros almacenes, se veía amontonados
arcones tallados, lozas de Ruán, de Nevers, de Moustiers, esculturas
policromadas, otras de roble, Cristos, Vírgenes, santos, paramentos
sacerdotales, casullas, capas pluviales, incluso objetos litúrgicos y un viejo
tabernáculo de madera dorada que Dios ya no ocupaba. ¡Oh, qué extrañas covachas
en aquellas casas altas, en aquellas casonas, llenas, desde el sótano hasta el
desván, de objetos de todo tipo cuya existencia parecía acabada, que sobrevivían
a sus propietarios naturales, a su siglo, a su tiempo, a sus modas, para ser
adquiridos como curiosidades por las nuevas generaciones.
Mi afición por los objetos artísticos se despertaba en esa
ciudad de anticuarios. Iba de tienda en tienda, cruzando, de dos zancadas, los
puentes hechos con cuatro tablas podridas tendidas sobre la corriente
nauseabunda del Eau de Robec.
¡Misericordia! ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando uno de
mis armarios más bonitos se me apareció al borde de una bóveda atestada de
objetos y que parecía la entrada de las catacumbas de un cementerio de muebles
antiguos! Me acerqué temblando de pies a cabeza, temblando a tal punto que no
me atrevía a tocarlo. Adelanté la mano, vacilé. Era él, sin embargo: un armario
Luis XIII único, reconocible para cualquiera que lo hubiera visto una sola vez.
Alzando luego la vista un poco más lejos, hacia las profundidades más sombrías
de aquella galería, vi tres de mis sillones con una tapicería de petit point,
luego, un poco más allá, mis dos mesas Enrique II, tan raras que la gente venía
de París para verlas.
¡Podéis imaginaros en qué estado de ánimo me hallaba!
Y avancé, con un nudo en la garganta, abrumado por la
emoción, pero avancé, porque soy valiente, avancé como un caballero de las
edades oscuras que penetrara en una mansión llena de sortilegios. Encontraba a
cada paso todo lo que me había pertenecido: mis arañas, mis libros, mis
cuadros, mis telas, mis armas, todo, excepto el escritorio lleno de cartas
mías, que no vi.
Iba descendiendo a unas oscuras galerías para volver a
subir a continuación a los pisos superiores. Estaba solo. Llamé, no
respondieron. Estaba solo; no había nadie en aquella casa vasta y tortuosa como
un laberinto.
Se hizo de noche, y tuve que sentarme, en las tinieblas,
en una de mis sillas, pues no quería irme de aquel lugar.
Debía de llevar allí, sin duda, más de una hora cuando oí
unos pasos, unos pasos afelpados, lentos, no sé dónde. Estuve a punto de salir
huyendo, pero, manteniéndome firme, llamé de nuevo, y percibí un resplandor en
la habitación de al lado.
—¿Quién hay ahí? —preguntó una voz.
Contesté:
—Un comprador.
Respondieron:
—Es muy tarde para entrar así en las tiendas.
Proseguí yo:
—Llevo esperando desde hace más de una hora.
—Puede volver usted mañana.
—Mañana tengo que irme de Ruán.
No me atrevía a avanzar más, y él no venía. Seguía viendo
el resplandor de su luz iluminando un tapiz en el que dos ángeles volaban por
encima de los muertos de un campo de batalla. También era propiedad mía. Dije:
—Pues bien, ¿viene?
Él respondió:
—Le espero.
Me levanté y fui hacia él.
En medio de una gran estancia había un hombrecillo, menudo
y gordinflón, gordinflón como un fenómeno, un fenómeno repugnante.
Llevaba una barba rala, de pelos desiguales, escasos y
amarillentos, ¡y ni un pelo en la cabeza! ¡Ni uno! Cuando sostenía alzada la
vela con el brazo para verme, su cráneo me pareció como una pequeña luna en
aquella enorme estancia llena de cachivaches. Tenía el semblante arrugado y
abotargado, los ojos imperceptibles.
Regateé por tres sillas que habían sido mías, y le pagué a
tocateja una bonita suma, limitándome a dar el número de mi habitación de
hotel. Tenían que ser entregadas al día siguiente antes de las nueve.
Luego salí. Me acompañó hasta la puerta con suma cortesía.
Me dirigí de inmediato a ver al comisario de policía, a
quien le conté el robo de mi mobiliario y el descubrimiento que acababa de
hacer.
Él solicitó enseguida información por telégrafo a las
autoridades judiciales que habían llevado el caso de aquel robo, rogándome que
esperase la respuesta. Una hora después llegaba ésta, totalmente satisfactoria
para mí.
—Haré detener inmediatamente a ese hombre para
interrogarle —me dijo—, porque podría haber sospechado algo y hacer desaparecer
cuanto le pertenece. ¿Quiere ir a cenar y volver dentro de un par de horas?
Haré que le traigan aquí y le interrogaré de nuevo en su presencia.
—Con mucho gusto, señor. Mis más sinceras gracias.
Me fui a cenar al hotel y comí mejor de lo que había
pensado. Estaba bastante contento, a pesar de todo. Ya le tenían.
Dos horas después volví a ver al comisario de policía, que
me estaba esperando.
—Pues bien, señor —me dijo al verme—, no se ha encontrado
a ese hombre. Mis agentes no han conseguido echarle el guante.
¡Ay! Me sentí desfallecer.
—Pero… ¿han dado con su casa? —pregunté.
—Sin problemas. Va a ser incluso vigilada y custodiada
hasta que vuelva. En cuanto a él, ha desaparecido.
—¿Desaparecido?
—Desaparecido. Normalmente pasa sus veladas en casa de su
vecina, también chamarilera, una especie de bruja, la viuda Bidoin. No le ha
visto esta noche y no puede dar ninguna información sobre él. Habrá que esperar
a mañana.
Me fui. ¡Ay! Las calles de Ruán me parecieron siniestras,
inquietantes, hechizadas.
Dormí muy mal, con un sueño poblado de pesadillas.
Como no quería dar la impresión de que estaba demasiado
inquieto o ansioso, esperé hasta las diez, al día siguiente, para dirigirme a
la comisaría.
El comerciante no había reaparecido. Su tienda permanecía
cerrada.
El comisario me dijo:
—He hecho todas las gestiones necesarias. Las autoridades
judiciales están al corriente del asunto; vamos a ir juntos a esa tienda y
hacerla abrir, y usted me indicará todo lo que es suyo.
Un cupé nos llevó hasta allí. Delante de la puerta de la
tienda, unos agentes, con un cerrajero, nos estaban aguardando. La puerta fue
abierta.
Al entrar no vi ni mi armario, ni mis sillones, ni mis
mesas, ni nada, nada de todo lo que alhajaba mi casa, pero lo que se dice nada
de nada, mientras que la tarde anterior no conseguía dar un paso sin tropezar
con algo mío.
El comisario, sorprendido, me miró de entrada con
desconfianza.
—Dios mío —le dije—, la desaparición de los muebles
coincide extrañamente con la del vendedor.
Él sonrió.
—Es cierto. Ayer se equivocó usted comprando y pagando
cosas suyas. Pues esto le puso la mosca tras la oreja.
Proseguí:
—Pero ¿cómo es posible que el sitio que ocupaban ayer mis
muebles esté ocupado ahora por otros muebles?
—¡Oh! —repuso el comisario—, ha tenido toda la noche de
tiempo y cuenta sin duda con cómplices. Esta casa debe de comunicarse con las
casas vecinas. Pero no tema, señor, me ocuparé sin pérdida de tiempo de este
asunto. Este malhechor no escapará por mucho tiempo, ya que tenemos vigilada su
guarida.
¡Ah, mi corazón, mi corazón, mi pobre corazón, cómo latía!
Permanecí quince días en Ruán. El hombre no volvió.
¡Caramba! ¡Caramba! ¿Quién sería capaz de poner en un aprieto o sorprender a un
hombre como aquél?
Pues bien, dieciséis días más tarde, por la mañana, recibí
de mi jardinero, guardián de mi casa saqueada y que había quedado vacía, la
extraña carta que transcribo:
Estimado señor:
Tengo el honor de hacerle saber que la noche pasada
ocurrió algo que nadie comprende, y tampoco la policía. Todos los muebles han
vuelto, todos sin excepción, todos, hasta los más pequeños objetos. La casa
está ahora tal como estaba la víspera del robo. Es como para perder la cabeza.
Esto ocurrió la noche del viernes al sábado. Las vías de acceso están llenas de
socavones como si lo hubieran arrastrado todo desde la cancela hasta la puerta.
Así estaban también el día de su desaparición.
En espera de la llegada del señor, le saluda su humilde
servidor,
Philippe Raudin
¡Ah, no! ¡No, no! ¡No regresaré allí!
Le llevé la carta al comisario de Ruán.
—Es una restitución, muy hábil por cierto —dijo—. Hagamos
como si no nos hubiéramos enterado. Cogeremos a ese hombre uno de estos días.
Pero no le cogieron. No. No le han cogido, y yo le temo,
ahora, como si fuera una bestia feroz que hubieran soltado detrás de mí.
¡En paradero desconocido! ¡Ese monstruo de cabeza de luna
está en paradero desconocido! No le cogerán nunca. No volverá a su casa. ¿Qué
le importa a él? Sólo yo puedo dar con él, y no quiero.
¡No quiero! ¡No quiero! ¡No quiero!
Y aunque volviera, aunque volviera a su tienda, ¿quién
podría probar que mis muebles estaban en su casa? No hay contra él más que mi
testimonio; y soy consciente de que empieza a resultar sospechoso.
¡Ah, no! Una existencia semejante no era ya posible. Y no
podía guardar el secreto de lo que había visto. No podía seguir viviendo como
todo el mundo con el temor a que se reiniciaran semejantes cosas.
Me vine a ver al médico que dirige esta casa de salud, y
se lo conté todo.
Tras haberme hecho muchas preguntas, me dijo:
—¿Aceptaría usted, señor, quedarse algún tiempo aquí?
—Con mucho gusto, señor.
—¿Cuenta usted con medios?
—Sí, señor.
—¿Quiere usted una habitación individual?
—Sí, señor.
—¿Querrá recibir amigos?
—No, señor, no, a nadie. El hombre de Ruán podría
atreverse, por venganza, a perseguirme hasta aquí.
Y aquí estoy solo, completamente solo, desde hace tres
meses. Estoy más o menos tranquilo. Sólo tengo un miedo… Si el anticuario se
volviera loco… y si le trajeran a esta casa de salud… Ni siquiera las cárceles
son seguras.
LAS SEPULCRALES*
Los cinco amigos, cinco hombres de la buena sociedad,
maduros, ricos, tres de ellos casados y dos que se habían quedado solteros,
estaban acabando de cenar. Se reunían todos los meses, en recuerdo de su
juventud, y, tras la cena, charlaban hasta las dos de la noche. Seguían siendo
íntimos amigos que se encontraban bien juntos, pasaban de aquel modo las que
eran quizá las mejores veladas de su vida. Conversaban de todo, de todo cuanto
ocupa y divierte a los parisinos; y se producía entre ellos, como en la mayoría
de los salones por lo demás, una especie de prolongación verbal de la lectura
de los periódicos de la mañana.
Uno de los más alegres era Joseph de Bardon, un soltero
que vivía la vida parisina intensamente y siguiendo el capricho de su fantasía.
No era un libertino ni un depravado, sino un simple curioso, un gozador joven
todavía, pues no había cumplido aún los cuarenta años. Hombre de mundo en el
sentido más lato y benévolo que pueda darse a esta palabra, dotado de un gran
ingenio sin gran profundidad, de una cultura variada sin verdadera erudición,
de una mente ágil sin una seria penetración, extraía de sus observaciones, de
sus aventuras, de todo cuanto veía, conocía y encontraba, anécdotas de novela
cómica y filosófica a la par, y observaciones humorísticas que le habían hecho
ganarse una gran fama de inteligente en la ciudad.
Era el orador de las cenas. Tenía preparada cada vez su
historia, con la que se contaba. Se puso a relatarla sin necesidad de que se lo
hubieran pedido.
Fumando, de codos sobre la mesa, con una copa de coñac
medio llena delante de su plato, amodorrado en una atmósfera de tabaco
aromatizado por el café caliente, parecía sentirse como en su casa, como
algunas personas se sienten en la suya en determinados lugares y momentos, como
una devota en una capilla o un pez rojo en su pecera.
Dijo entre dos bocanadas de humo:
—Hace un tiempo me ocurrió una singular aventura.
Todas las bocas pidieron casi al unísono:
—Cuente.
Él prosiguió:
*
Con mucho gusto. Ya saben que me paseo mucho por París,
como los compradores de chucherías que andan buscando en los escaparates. Yo
ando al acecho de los espectáculos, de la gente, de todo lo que pasa, y de todo
lo que acontece.
Pues bien, hacia mediados de septiembre, hacía muy buen
tiempo en esos días, salí de mi casa, una tarde, sin saber adónde iría. Tenemos
siempre un vago deseo de ir a ver a alguna bonita mujer. Elegimos entre las de
nuestra colección, establecemos mentalmente comparaciones, sopesamos el interés
que nos inspiran, la atracción que sentimos y, al final, decidimos según la
inspiración del momento. Pero cuando luce un bonito sol y el aire es tibio, se
le van a uno a menudo las ganas de tales visitas.
Lucía un bonito sol y el aire era tibio; me encendí un
puro y me fui pasito a paso hacia el bulevar exterior. Y mientras callejeaba,
se me ocurrió la idea de acercarme hasta el cementerio de Montmartre y entrar
allí.
Me gustan mucho los cementerios, pues me dan una sensación
de quietud y de melancolía que me es necesaria. Y además hay allí buenos
amigos, aquellos a los que no se va a volver a ver; y yo, de vez en cuando, voy
allí.
Y precisamente en ese cementerio de Montmartre tenía yo
una historia de amor, una amante que me había tenido muy cautivado, muy
inflamado, una encantadora mujercita cuyo recuerdo, al tiempo que me apena
enormemente, me hace sentir añoranza…, toda clase de añoranzas… Y yo voy a su
tumba a soñar… Para ella se acabó.
Y los cementerios me gustan también porque son ciudades
monstruosas, enormemente pobladas. Piensen en la de muertos que hay en ese
reducido espacio, en todas las generaciones de parisinos alojados allí para
siempre, trogloditas establecidos definitivamente, encerrados en sus pequeños
panteones, en sus pequeños hoyos cubiertos con una losa o indicados con una
cruz, mientras que los vivos ocupan tanto espacio y hacen tanto ruido, los muy
imbéciles.
Y, además, en los cementerios, hay monumentos casi tan
interesantes como en los museos. La tumba de Cavaignac me hizo pensar, lo
confieso, sin ánimo de comparación, en esa obra maestra de Jean Goujon: el
cuerpo de Louis de Brézé, que reposa en la capilla subterránea de la catedral
de Ruán; todo el arte llamado moderno y realista viene de ahí, señores. Ese
muerto, Louis de Brézé, es más verdadero, más terrible, más hecho de carne
inanimada, convulsa aún por la agonía, que todos los cadáveres atormentados a los
que hacen retorcerse hoy sobre las tumbas.
Pero en el cementerio de Montmartre se puede admirar
también el monumento de Baudin, que tiene su grandeza; el de Gautier, el de
Mürger, donde vi el otro día una sola pobre corona de siemprevivas amarillas,
¿traída por quién? ¿Acaso por la más ínfima de las modistillas, muy anciana ya,
y portera en los alrededores? Se trata de una bonita estatuilla de Millet, pero
que destruyen el abandono y la suciedad. ¡Cántale a la juventud, oh Mürger!
He ahí, pues, que entraba en el cementerio de Montmartre y
de pronto me sentí embargado de tristeza, de una tristeza que no hacía sufrir
mucho, por otra parte, de una de esas tristezas que hacen pensar, cuando se
está bien: «No es éste un lugar muy alegre, pero no ha llegado aún mi hora…».
La impresión del otoño, de esa tibia humedad olorosa a
hojas muertas y a sol debilitado, cansado, anémico, acrecentaba, poetizándola,
la sensación de soledad y de fin definitivo que flota en aquel lugar, que huele
a muerte de los hombres.
Iba yo pasito a paso por esas calles de tumbas, donde los
vecinos no se tratan, no se acuestan ya juntos y no leen los periódicos. Y me
puse a leer los epitafios, lo cual es la cosa más divertida del mundo. Nunca
Labiche ni Meilhac me han hecho reír tanto como la comicidad de la prosa
sepulcral. ¡Ah, qué libros superiores a los de Paul de Kock para provocar la
risa son esas placas de mármol y esas cruces en las que los parientes de los
muertos han desahogado su añoranza, hecho sus votos por la felicidad del
desaparecido en el otro mundo y expresado su esperanza de reunirse con él,
menudos bromistas!
Pero lo que sobre todo me encanta, en ese cementerio, es
la parte abandonada, solitaria, llena de grandes tejos y de cipreses, viejo
lugar de descanso de los antiguos muertos que no tardará en convertirse en una
morada nueva, cuyos verdes árboles serán talados, alimentados de cadáveres
humanos, para alinear a los difuntos recientes bajo pequeñas lápidas de mármol.
Una vez que hube vagado por allí el tiempo suficiente para
descansar mi espíritu, comprendí que me iba a aburrir y que lo mejor sería ir a
llevar al último lecho de mi amiguita el homenaje fiel de mi recuerdo. Se me
encogía el corazón conforme me acercaba a su tumba. Pobre querida, era tan
graciosa, tan amorosa, tan blanca, tan lozana… y ahora… si hubieran abierto
eso…
Inclinado sobre la verja de hierro, le hice saber en voz
baja mi dolor, que sin duda no oyó, y me disponía a irme cuando vi a una mujer
vestida de negro, de luto riguroso, arrodillarse ante la tumba vecina. Su velo
de gasa alzado dejaba ver una linda cabeza rubia, cuyos cabellos en bandós
parecían iluminados por una luz auroral bajo la noche de su tocado. Me quedé.
Debía de sufrir, con toda seguridad, de un profundo dolor.
Había ocultado su mirada entre las manos, y, rígida, en una actitud meditativa
de estatua, sumida en sus cuitas, desgranando en la sombra de sus ojos ocultos
y cerrados el rosario atormentador de los recuerdos, parecía ser ella misma una
muerta que pensara en un muerto. Luego intuí de repente que iba a ponerse a
llorar, lo intuí por un pequeño estremecimiento de la espalda parecido a un
temblor de viento en un sauce. Lloró primero quedamente, luego más fuerte, con
rápidos movimientos del cuello y de los hombros. De repente descubrió sus ojos.
Estaban inundados de lágrimas y de encanto, unos ojos de loca que paseó en
torno a sí, en una especie de despertar de pesadilla. Vio que yo la miraba,
pareció avergonzada y ocultó nuevamente todo su rostro entre sus manos.
Entonces sus sollozos se volvieron convulsos y su cabeza se inclinó lentamente
hacia el mármol. Recostó su frente en él, y su velo, extendiéndose a su
alrededor, cubrió las blancas esquinas de la amada sepultura, como un nuevo
duelo. La oí gemir, luego se postró, con la mejilla contra la losa, y
permaneció inmóvil, sin conocimiento.
Yo me precipité hacia ella, le di unos golpecitos en las
manos, soplé sobre sus párpados, mientras leía el sencillísimo epitafio: «Aquí
yace Louis-Théodore Carrel, capitán de infantería de Marina, muerto por el
enemigo en Tonkín. Rogad por su alma».
Esta muerte se remontaba a unos meses atrás. Me emocioné
hasta las lágrimas, y redoblé mis atenciones. Éstas dieron resultado; ella
volvió en sí. Tenía yo aspecto de alguien muy afectado, aunque no soy mal
parecido, pues no tengo aún cuarenta años. A su primera mirada comprendí que se
mostraría cortés y agradecida. Y así lo hizo, en medio de nuevas lágrimas,
contándome su historia, que surgía a borbotones de su pecho jadeante, la muerte
del oficial caído en Tonkín tras un año de matrimonio, un matrimonio por amor,
porque ella, huérfana de padre y de madre, justo podía contar con la dote
reglamentaria.
La consolé, la reconforté, la levanté y la ayudé a
incorporarse. Luego le dije:
«No se quede aquí. Venga».
Ella murmuró:
«Me siento incapaz de caminar».
«Yo la sostendré».
«Gracias, señor, es usted muy bueno. ¿Viene aquí también a
llorar a alguien?»
«Sí, señora».
«¿A una muerta?»
«Sí, señora».
«¿Su mujer?»
«Una amiga».
«Se puede querer a una amiga tanto como a la propia mujer,
pues la pasión no conoce ley».
«Sí, señora».
Y nos fuimos juntos, ella apoyada en mí, yo llevándola
casi en volandas por los caminos del cementerio. Una vez que estuvimos fuera,
ella murmuró, desfallecida:
«Creo que voy a sentirme mal».
«¿Quiere usted que entremos en algún sitio a tomar algo?»
«Sí, señor».
Vi un restaurante, uno de esos restaurantes en los que los
amigos de los muertos van a festejar el final de la pesadez del entierro.
Entramos allí. Y le hice tomar una taza de té muy caliente que pareció
reanimarla. Una vaga sonrisa asomó a sus labios. Y me habló de ella. Estaba tan
triste, tan triste de estar completamente sola en la vida, completamente sola
en su casa, noche y día, de no tener ya a nadie a quien dar su cariño, su
confianza, su intimidad.
Parecían palabras sinceras y dulces en su boca. Me
enternecí. Era muy joven, unos veinte años tal vez. Le dije algunos cumplidos
que acogió de buen grado. Luego, como pasaba el tiempo, le propuse acompañarla
de vuelta a casa en un coche. Ella aceptó y, en el interior, estábamos tan
apretados el uno contra el otro, hombro con hombro, que nuestro calor corporal
se mezclaba a través de los trajes, y no hay nada más turbador en este mundo.
Cuando el coche se detuvo en su casa, ella murmuró: «No me
siento capaz de subir sola la escalera, vivo en el cuarto. Ya que ha sido tan
gentil conmigo, ¿le importaría darme el brazo hasta mi piso?».
Acepté solícito. Ella subió despacio, no sin un gran
esfuerzo. Luego, delante de su puerta, añadió:
«Entre un momentito para que se lo pueda agradecer».
Y entré, caramba que si entré.
Era una casa modesta, incluso tirando a pobre, pero
sencilla y bien arreglada.
Nos sentamos uno al lado del otro en un pequeño canapé, y
ella me habló de nuevo de su soledad.
Llamó a su criada para que me ofreciera algo de beber. La
criada no se presentó. Yo me sentí encantado suponiendo que la tal criada no
debía de estar más que por las mañanas: lo que se llama una mujer de la
limpieza.
Ella se había quitado el sombrero. Estaba en verdad
graciosa con sus ojos claros clavados en mí, tan clavados y tan claros que
sentí una tentación terrible y sucumbí. La cogí entre mis brazos, y en sus
párpados que se cerraron de repente, deposité besos…, besos…, besos… y más
besos.
Ella se debatía rechazándome y repetía:
«Acabe usted…, acabe…, acabe».
Pero ¿qué sentido daba ella a esa palabra? En tales
situaciones, «acabar» puede tener por lo menos dos. Para hacerla callar pasé de
los ojos a la boca y di a la palabra «acabar» la conclusión que yo prefería.
Ella no se resistió demasiado, y cuando nos miramos de nuevo, tras aquel
ultraje a la memoria del capitán muerto en Tonkín, tenía un aire lánguido,
tierno, resignado, que disipó mis inquietudes.
Entonces, me mostré galante, obsequioso y agradecido. Y
tras una nueva charla de una hora aproximadamente, le pregunté:
«¿Dónde cena usted?»
«En un pequeño restaurante de los alrededores».
«¿Sola?»
«Pues sí».
«¿Querría cenar conmigo?»
«¿Dónde?»
«En un buen restaurante del bulevar».
Ella se resistió un poco. Insistí: cedió, dándose a sí
misma este argumento: «Me aburro tanto…, tanto»; luego agregó: «Es preciso que
me ponga un traje menos oscuro».
Y entró en su dormitorio.
Cuando salió vestía de medio luto, estaba encantadora,
fina y esbelta en un bonito traje gris muy sencillo. Evidentemente tenía un
traje de cementerio y un traje de calle.
La cena fue muy cordial. Tomó champaña, se encendió, se
animó y volví a su casa con ella.
Esta relación estrechada entre las tumbas duró por espacio
de cerca de tres semanas. Pero uno se cansa de todo y principalmente de las
mujeres. La dejé con la excusa de un viaje improrrogable. Fui muy generoso al
despedirme y ella me estuvo muy agradecida. Me hizo prometer, me hizo jurar que
daría señales de vida a mi vuelta, pues parecía en verdad que sintiera un
cierto apego por mí.
Yo corrí detrás de otros afectos, y pasó alrededor de un
mes sin que la idea de volver a ver a esa joven enamorada funeraria fuera lo
bastante fuerte como para que sucumbiera a ella. Sin embargo, no la olvidaba…
Su recuerdo me perseguía como un misterio, como un problema de psicología, como
una de esas cuestiones inexplicables cuya solución nos atormenta.
No sé por qué, un buen día me imaginé que me la volvería a
encontrar en el cementerio de Montmartre y para allí me fui.
Llevaba un buen rato paseando sin encontrar a otras
personas que a los visitantes habituales de ese lugar, los que no han roto
todavía toda relación con sus muertos. La tumba del capitán muerto en Tonkín no
tenía plañidera en su mármol, ni flores, ni coronas.
Pero mientras me perdía en otra zona de aquella gran
ciudad de difuntos, vi de pronto, en el extremo de una estrecha avenida de
cruces, viniendo hacia mí, a una pareja de luto riguroso, el hombre y la mujer.
¡Oh estupor! Cuando se acercaron, la reconocí. ¡Era ella!
Me vio, se sonrojó y, cuando me rocé con ella al
cruzarnos, me hizo una pequeña señal, una miradita que quería decir: «No me
reconozca»; pero que parecía decir también: «Venga a verme, querido mío».
El hombre era de buena presencia, distinguido, elegante,
oficial de la Legión de Honor, de unos cincuenta años de edad.
Y la sostenía como la había sostenido también yo al abandonar
el cementerio.
Yo me fui estupefacto, haciendo cábalas sobre lo que
acababa de ver, preguntándome a qué raza de gente pertenecía aquella cazadora
sepulcral. ¿Era una simple mujerzuela, una prostituta inspirada que iba a
pescar junto a las tumbas a los hombres tristes, obsesionados por una mujer,
esposa o querida, y turbados aún por el recuerdo de las caricias esfumadas?
¿Era la única? ¿Son varias? ¿Es una profesión? ¿Trabajan en el cementerio lo
mismo que hacen la calle? ¡Las sepulcrales! ¿O bien sólo ella había tenido esa
idea admirable, de una filosofía profunda, de explotar las penas de amor que se
reavivan en esos fúnebres lugares?
Y también me hubiera gustado saber de quién había
enviudado aquel día.
CRÓNICA*
¡Por fin! ¡Por fin! Honor a la justicia de nuestro país;
resulta casi asombrosa. En quince días, ha practicado dos detenciones
sorprendentes.
Ha condenado a un año de cárcel a una joven furia que
había desfigurado con vitriolo el rostro de su rival.
Luego, ocho días después, aplicó idéntico castigo a un
marido, primero complaciente, luego celoso, que había alojado una bala de
revólver en el vientre de su feliz competidor.
Esta nueva forma de apreciar este tipo de delitos es
seguramente preferible a la antigua. Pero deja aún que desear.
En el primer caso, un médico, que hacía la corte a dos
mujeres, es la causa de esta espantosa venganza, peor que la misma muerte. Una
pobre muchacha, desfigurada, vuelta repulsiva, llevará hasta el final de sus
días las marcas horribles de la infidelidad perfectamente excusable de un
hombre.
¿Quién es, por tanto, el culpable, si es que lo hay?
¡Seguro que el hombre!
Viene, como testigo, a deponer sobre los hechos.
Pues bien, la única, la verdadera condenada, la gran
castigada, es la inocente.
Un año de cárcel, muy bien. No es nada. Por un año de
cárcel, se puede privar de nariz y orejas y abrasar los ojos a una rival cuya
belleza os molesta. ¿Acaso la única forma de castigar esta confusión en la
elección de la víctima y este error sobre el culpable no sería condenar a una
reparación pecuniaria, la única a la que se muestra profundamente sensible la
Humanidad? ¿No debería ordenarse que, durante diez, veinte años, hasta la
muerte, ya que las atroces heridas duran hasta la descomposición final, que,
hasta la muerte, la que ha mutilado así a su rival, en vez de castigar al
amante, le pague una pensión, le pase una renta, le dé, si es una trabajadora,
la mitad de lo que gana y, si es rica, una suma considerable?
La otra podría donarlo a los pobres, si tal es su deseo.
En el segundo caso, el marido, un obrero, había tolerado
todas las aventuras de su mujer. Diez veces la recuperó y diez veces volvió
ella a irse. Llevó su complacencia hasta el punto de decirle al abrir la
puerta: «Te concedo ocho días, no más. En ocho días, tienes tiempo de
satisfacer tu capricho. Luego debes volver y portarte con sensatez».
Ella respondió: «Sí, mi querido ogro». Hizo su petate para
una semana, y luego se puso en camino, muy contenta, porque él había confiado
en la palabra dada.
Al entrar en casa de su amigo, ella le dijo sin duda:
«¿Sabes?, dispongo de ocho días».
El otro debió de responder: «¡Vaya, pues muy bien! Tu
marido es muy amable. Le invitaré a una copa la próxima vez que le vea».
También ese hombre dormía tranquilo. Ahora bien, una
mañana, se topa con el marido. Va a su encuentro, le da la mano, para
proponerle que entren en la taberna de enfrente. ¿Qué podía temerse? ¡Aún tenía
tres días por delante!
Pero el marido, faltando a su palabra, violando el acuerdo
al que había llegado con su mujer, traidor como un general que, durante el
armisticio, mientras ondea la bandera blanca sobre las murallas, dispara contra
el enemigo confiado e inerme, el marido le dio la mano, pero la mano armada con
un revólver e hizo fuego.
Veamos, ¿es esto honesto y leal?
Y la culpable, la única, la verdadera culpable, la esposa
infiel, vuelve tan tranquila al domicilio conyugal. ¡Por si fuera poco, va a
tener un año de libertad! ¡Los señores miembros del jurado acaban, finalmente,
por recompensarla! ¡El marido le concedía ocho días, ellos le conceden un año!
¡Pero, en tales condiciones, todo son ventajas al engañar al marido! Cuántas
mujeres conozco que reflexionarán… y tal vez…
No conviene olvidar, sin embargo, que, desde hace seis
meses, la moral ha cambiado en Francia. Las jóvenes que recurren al vitriolo y
los maridos que recurren a la pistola están expuestos actualmente a ir a dormir
durante un tiempo sobre la paja húmeda de una mazmorra. ¡Bueno, mejor así!
¿Quién sabe? Tal vez, dentro de un año, se les condene a
trabajos forzados, y, dentro de cinco, al no estar ya el señor Grévy, se les
guillotine.
De modo que lo que era perfectamente excusable hace poco,
ya no lo es. Mejor no caer jamás bajo las garras de la justicia, hermanos.
Lo que resultaría interesante, por ejemplo, es saber cómo
actuarían, ante los mismos casos y en las mismas circunstancias, los jueces de
los principales pueblos del mundo.
¿Cómo sería tratado ese marido veleidoso e imprevisible
por un tribunal inglés, por un tribunal español, por los tribunales italianos,
alemanes, rusos, musulmanes, daneses o escandinavos?
Apostaría ciento contra uno a que el mismo hombre, por ese
idéntico crimen, sería condenado a muerte aquí, puesto en libertad allá,
simplemente apercibido en tal latitud y felicitado en tal otra.
La acción es la misma, pero la manera de juzgar difiere
tanto, por tantas razones, según los lugares y las costumbres, que el Judío
Errante, por ejemplo, no debe de saber nunca si ha hecho algo bueno o malo, si
merece ser alentado o bien castigado.
Recuerdo haber leído un día el relato de un crimen
espantoso, de un crimen contra natura, cometido en Italia, y se me ocurrió
pensar, mientras leía los horribles detalles, que era un delito muy italiano,
el fruto que puede dar la herencia de una raza.
Un criminal inglés, un criminal francés, no menos feroces,
pero diferentes, éste con un escepticismo insolente, aquél con un cinismo
sombrío, no habrían tenido esa suerte de fanatismo supersticioso, esa crueldad
convencida.
Me dirigía yo de Génova a Marsella, solo en mi vagón. Era
en primavera, hacía calor. Los deliciosos aromas de los naranjos, de los
limoneros y de los rosales de que está cubierta esa costa, entraban,
adormecedores y embriagadores, por las ventanillas bajadas.
Dos señoras, que se habían apeado en Bordighera, habían
dejado en el asiento un viejo periódico desgarrado, un periódico italiano, del
mes de agosto de 1882.
Lo cogí, sin ninguna intención, y me puse a hojearlo. Y he
aquí que encontré este artículo de la crónica negra:
En los alrededores de San Remo vivía una viuda con su
único hijo. La mujer era una persona de edad, de condición humilde, y quería a
su pequeño como a lo único que tenía en este mundo.
Cayó enfermo, de una enfermedad desconocida, que los
médicos fueron incapaces de diagnosticar. Se desmejoraba, cada día más pálido y
débil. Se moría.
Finalmente, fue declarado incurable, desahuciado sin
esperanza. La madre, loca de dolor, había llamado a todos los curanderos de la
región, rezado a todas las Vírgenes, dicho rosarios en todas las capillas.
Por último, fue a ver a una especie de brujo, un anciano
temido que echaba suertes, practicaba la magia negra y la medicina, prestaba
clandestinamente a la gente todas las ayudas perseguidas por la ley, y que
conocía, decían, remedios secretos maravillosos.
Ella le suplicó que fuera con ella, prometiéndole que si
curaba a su pobre hijo, le daría todo cuanto le pidiera, todo, incluso su vida,
prodigando las más exaltadas promesas, tan fáciles de hacer en los momentos de
enloquecimiento, y, por otra parte, tan propias del amable pueblo italiano, que
recurre en toda ocasión a los adjetivos calificativos más expresivos.
El brujo la siguió. Y, ya sea porque fue más clarividente
que los médicos, ya porque tuvo la suerte de cara, lo cierto es que el niño se
curó, gracias a sus cuidados o, quizá, a pesar de ellos.
Cuando ella le vio de nuevo levantarse, caminar, correr y
alegre como en otro tiempo, la madre, delirando de alegría, volvió a ver al
salvador: «Vengo a mantener mi promesa —dijo—; ¿qué quiere que le dé?».
Él exigió todo cuanto poseía, todo. Campo, huerto, casa,
mobiliario, dinero, todo, excepto lo que llevaban puesto la mujer y su
chiquillo.
Ella se quedó aterrada ante aquella imprevista y terrible
pretensión.
«¡Pero todo no puedo dárselo! Pues soy vieja y no puedo
trabajar. Él es demasiado joven aún para hacer nada. ¿Es que vamos a tener que
mendigar?»
Ella le suplicó, le demostró que para ellos suponía la
muerte: para ella debilitada, para su hijo recién curado; que no podía
llevárselo así por los caminos, pidiendo, sin un techo para pasar la noche, sin
una silla para sentarse, sin una mesa para comer.
Ella le ofreció la mitad de sus bienes, las tres cuartas
partes, reservándose tan sólo lo imprescindible para vivir durante unos años,
hasta que el pequeño fuera mayor.
El hombre, obstinado, inflexible, se negó y la echó
amenazándola con su próxima venganza, «que la haría llorar sangre», decía.
Y ella regresó a su casa espantada.
Algunos días más tarde, le trajeron a su hijo agonizante,
retorciéndose de unos dolores espantosos. Murió tras haber balbuceado que el
brujo, habiéndole encontrado por la calle, le había hecho ingerir unas grageas.
El hombre fue detenido. Confesó su crimen con aplomo, con
orgullo.
«Sí —dijo—, le envenené. Me pertenecía, puesto que yo le
había salvado. ¿Qué pueden reprocharme? La madre no mantuvo su promesa: por lo
que yo deshice lo que había hecho, le arrebaté la vida de su hijo que ella me
debía. Estaba en mi derecho.»
Trataron de hacerle comprender la horrible, la monstruosa
acción que había cometido.
Permaneció inconmovible en su razonamiento.
«El niño me pertenecía, puesto que yo le había salvado.»
No sé cuál fue el fallo al haber aplazado el tribunal para
ocho días más tarde la sentencia.
Una causa similar se habría convertido, en Francia, en una
causa célebre, como la de La Pommerais o la de la señora Lafarge. En Italia
pasó inadvertida. Entre nosotros, este hombre habría sido sin duda condenado a
muerte. Allí, quizá ha sido condenado a un año de cárcel como lo han sido aquí
este mes la mujer del vitriolo o el marido armado.
Notas
(1) Perfume a base de flores de azahar, rosa, sándalo,
lavanda, verbena, más bergamota, clavel, canela y otras esencias, que se decía
era parecido al olor de la piel humana. (N. del T.)
(2) La línea París-Lyon-Marsella, construida entre 1842 y
1852. (N. del T.)
(*) «Boitelle», L’Écho de Paris, 22 de enero de 1889;
incluido en La main gauche (1889).
(*) «Boule de suif», aparecido en el volumen colectivo Les
Soirées de Médan (1880).
(1) Juego de palabras con el doble sentido equívoco de
Loiseau (l’oiseau, «el pájaro») y voler («volar» y «robar»). (N. del T.)
(2) Día de la proclamación de la República. (N. del T.)
(3) Badinguet es el nombre de un albañil que, en 1846,
cedió al futuro emperador Napoleón III, prisionero a la sazón en Ham, el traje
que le permitió evadirse. (N. del T.)
(4) Como ya ha hecho con los nombres de Cornudet (especie
de diminutivo de «cornudo») y de Loiseau, Maupassant bromea con el nombre del
hotelero. Follenvie equivale a «Ganas locas». (N. del T.)
(*) «Châli», Gil Blas, 15 de abril de 1884, firmado
Maufrigneuse; incluido en Les soeurs Rondoli (1884).
(*) «Coco», Le Gaulois, 21 de enero de 1884; incluido en
Contes du jour et de la nuit (1885).
(*) «Confessions d’une femme», Gil Blas, 28 de junio de
1882, firmado Maufrigneuse; incluido en el volumen póstumo Le père Milon
(1899).
(*) «Conflits pour rire», Gil Blas, 1 de mayo de 1882,
firmado Maufrigneuse; incluido por primera vez en la edición Forestier.
(1) Ernest Pinard (1822-1909), fue ministro del Interior y
de una gran intransigencia con la prensa. Jacques Bétolaud (1828-1925), uno de
los más brillantes abogados de finales de siglo. (N. del T.)
(*) «Chronique», Le Gaulois, 14 de abril de 1884; incluido
por primera vez en la edición Forrestier.
(*) «En voyage», Gil Blas, 10 de mayo de 1882, firmado
Maufrigneuse; incluido en apéndice de la edición Conard de Clair de lune
(1888).
(*) «Denis», Le Gaulois, 28 de junio de 1883; incluido en
Miss Harriet (1884).
(1) Esencia de alquitrán usada como antiséptico y
desinfectante. (N. del T.)
(*) «Deux amis», Gil Blas, 5 de febrero de 1883, firmado
Maufrigneuse; incluido en la segunda edición de Mademoiselle Fifi (1883).
(*) «Le noyé», Le Gaulois, 16 de agosto de 1888; incluido
en L’Inutile Beauté (1890).
(*) «L’auberge», Les Lettres et les arts, 1 de septiembre
de 1886; incluido en Le Horla (1887).
(*) «L’ami Joseph», Le Gaulois, 3 de junio de 1883;
incluido en Le père Milon (1899).
(1) En la división administrativa francesa, persona que
gobierna varios pueblos de un mismo cantón. (N. del T.)
(2) Todos periódicos republicanos. (N. del T.)
(3) Radical y socialista. (N. del T.)
(4) Henri Rochefort (1831-1913), condenado por la Comuna,
fundador de L’Intransigeant, violento y polemista. (N. del T.)
(5) Dos periódicos monárquicos. (N. del T.)
(*) «Le fermier», Le Gaulois, 11 de octubre de 1886;
incluido en el volumen póstumo Le colporteur (1900).
(*) «L’armoire», Gil Blas, 16 de diciembre de 1884,
firmado Maufrigneuse; incluido en Toine (1886).
(*) «Le baptême», Gil Blas, 13 de enero de 1885; incluido
en Monsieur Parent (1885).
(*) «L’ivrogne», Le Gaulois, 20 de abril de 1884; incluido
en Contes du jour et de la nuit (1885).
(*) «Le cas de Mme. Luneau», Gil Blas, 21 de agosto de
1883, firmado Maufrigneuse; incluido en Les soeurs Rondoli (1884).
(*) «Le verrou», Gil Blas, 25 de julio de 1882, firmado
Maufrigneuse; incluido en Les soeurs Rondoli (1884).
(1) Dispositivo situado a la entrada de los hospicios de
niños encontrados para acoger a los que se quería abandonar sin darse a
conocer. (N. del T.)
(2) La mujer, ¡criatura enferma y doce veces impura! (N.
del T.)
(*) «L’aveugle», Le Gaulois, 31 de marzo de 1882; incluido
en el volumen póstumo Le père Milon (1899).
(*) «La parure», Le Gaulois, 17 de febrero de 1884;
incluido en Contes du jour et de la nuit (1885).
(*) «Le père Milon», Le Gaulois, 22 de mayo de 1883,
firmado Maufrigneuse; incluido en Les soeurs Rondoli (1884).
(*) «La ficelle», Le Gaulois, 25 de noviembre de 1883;
incluido en Miss Harriet (1884).
(*) «Le Horla», Gil Blas, 26 de octubre de 1886; incluido
por primera vez en la edición Conard en apéndice a Le Horla.
(1) Nombre inventado, que M.-C. Banquart considera formado
«a partir del alemán Her[r], «señor», «amo», y aus, «fuera». Herestauss es el
Horla, el que «viene de fuera». Pero esta etimología, como recuerda L.
Forestier, es discutible.(N. del T.)
(*) «Le Horla» da título a la colección publicada por la
editorial Ollendorf en mayo de 1887.
(1) La escuela de Nancy había sido fundada en 1866 por A.
Liébeaut y continuada, en tiempos de Maupassant, por H. Beaunis y por H.
Bernheim. Los médicos de esta escuela se oponían, en la definición y en la
práctica del hipnotismo, a Charcot, que en la Salpêtrière practicaba el grand
hypnotisme. (N. del T.)
(2) Variedad de laurel también conocido como «comandante
Barthélemy». Da flores rojas perfumadas, a veces listadas de blanco. (N. del
T.)
(*) «L’orphelin», Le Gaulois, 15 de junio de 1883; incluido
en Le père Milon (1899).
(*) «Petit soldat», Le Figaro, 13 de abril de 1885;
incluido en Monsieur Parent (1885).
(*) «Le loup», Le Gaulois, 14 de noviembre de 1882;
incluido en Clair de lune (1884).
(1) La festividad de este santo, patrón de los cazadores.
(N. del T.)
(2) El toque de acoso, que anuncia la inminente captura, y
por tanto la muerte, del animal cazado. (N. del T.)
(3) Trampa formada con losas pequeñas. (N. del T.)
(*) «Le marquis de Fumerol», Gil Blas, 5 de octubre de
1886; incluido en Le Horla (1887).
(1) El último de los Borbones, el conde de Chambord, había
muerto, sin descendencia, en 1883. Desde ese momento, había quedado como
pretendiente al trono de Francia la rama de los Orleans, con el conde de París.
(N. del T.)
(*) «La peur», Le Gaulois, 23 de octubre de 1882; incluido
en Contes de la bécasse (1883).
(*) «Le champ d’oliviers», Le Figaro, del 19 al 23 de
febrero de 1890; incluido en L’Inutile Beauté (1890).
(*) «L’ordonnance», Gil Blas, 23 de agosto de 1887;
incluido en La main gauche (1889).
(*) «Le papa de Simon», La Réforme politique et
littéraire, 1 de diciembre de 1879; incluido en La Maison Tellier (1881).
(*) «Le gâteau», Gil Blas, 19 de enero de 1882; incluido
en el volumen póstumo Le père Milon (1899).
(*) «L’épave», Le Gaulois, 1 de enero de 1886; incluido en
La petite Roque (1886).
(1) Referencia a cuatro soldados franceses afiliados al
carbonarismo, que, tras haber participado en 1822 en las tentativas de derrocar
la monarquía, ese mismo año fueron condenados a muerte. (N. del T.)
(*) «Le pardon», Le Gaulois, 16 de octubre de 1882;
incluido en Clair de lune (1884).
(*) «Le protecteur», Gil Blas, 5 de febrero de 1884,
firmado Maufrigneuse; incluido en Toine (1886).
(1) Nombres ridículos por su falta de eufonía, como
Lerepère, o por su sentido, como Savon («jabón»), Petitpas («pasito») y, más
adelante, Ceinture («cintura»). (N. del T.)
(*) «Le port», L’Écho de Paris, 15 de marzo de 1889;
incluido en La main gauche (1889).
(*) «Le Saut du berger», Gil Blas, 9 de marzo de 1882,
firmado Maufrigneuse; incluido en el volumen póstumo Le père Milon (1899).
(*) «Monsieur Parent» da título a la colección publicada
por la casa editora Ollendorff. La fecha del depósito legal (18 de febrero de
1886) no concuerda con la aparición en librerías del volumen, atestiguada en la
prensa desde diciembre de 1885.
(*) «Le testament», Gil Blas, 7 de noviembre de 1882;
incluido en Contes de la bécasse (1883).
(*) «Le vagabond», La Nouvelle Revue, 1 de enero de 1887;
incluido en Le Horla (1887).
(1) ¡Ah, qué placentero, qué placentero es recoger fresas!
(N. del T.)
(*) «La veillée», Gil Blas, 7 de junio de 1882, firmado
Maufrigneuse; incluido en el volumen póstumo Le père Milon (1899).
(*) «Le vengeur», Gil Blas, 6 de noviembre de 1883,
firmado Maufrigneuse; incluido en el volumen póstumo Le colporteur (1900).
(*) «Au bois», Gil Blas, 22 de junio de 1886; incluido en
Le Horla (1887).
(*) «Aux champs», Le Gaulois, 31 de octubre de 1882;
incluido en Contes de la bécasse (1883).
(*) «En mer», Gil Blas, 12 de febrero de 1883, firmado
Maufrigneuse; incluido en Contes de la bécasse (1883).
(1) La gangrena. (N. del T.)
(*) «En famille», La Nouvelle Revue, 15 de febrero de
1881; incluido en La Maison Tellier (1881).
(1) Existían en la época los periódicos de opinión, más
minoritarios, y los periódicos de gran tirada (feuilles d’un sou), que tiraban
500.000 ejemplares. Maupassant indica con el precio, pues, una cierta categoría
social. (N. del T.)
(2) Juego muy en boga consistente en una bola de madera
agujereada y sostenida con una cuerda a un mango puntiagudo; la bola lanzada al
aire debe insertarse en el mango. (N. del T.)
(*) «Ce cochon de Morin», Gil Blas, 21 de noviembre de
1882, firmado Maufrigneuse; incluido en Contes de la bécasse (1883).
(1) Para la cabal comprensión de la situación, hay que
tener presente que los trenes de la época, al ser de vagones separados, no
podían recorrerse en un sentido longitudinal, pues sólo se podía acceder a los
compartimientos desde el andén. (N. del T.)
(*) «Hautot père et fils», L’Écho de Paris, 5 de enero de
1889; incluido en La main gauche (1889).
(*) «Histoire d’une fille de ferme», Revue politique et
littéraire, 26 de marzo de 1881; incluido en La Maison Tellier (1881).
(*) «Idylle», Gil Blas, 12 de febrero de 1884, firmado
Maufrigneuse; incluido en Miss Harriet (1884).
(*) «L’enfant», Gil Blas, 18 de septiembre de 1883,
firmado Maufrigneuse; incluido en apéndice en la edición Conard de Clair de
lune (1888).
(1) Catalina la Grande, emperatriz de Rusia (1729-1796).
(N. del T.)
(*) «L’endormeuse», L’Écho de Paris, 16 de septiembre de
1889; incluido por primera vez en la edición Conard, en apéndice a La main
gauche.
(1) La reseda es una planta sedativa, como revela su
nombre, que viene del latín resedare. (N. del T.)
(2) El término endormeuse encierra un juego de palabras.
En francés tiene una doble acepción: persona que es hábil en adormecer, como un
hipnotizador, o que engaña, como un charlatán. Además, la palabra endormeuse
contiene el término dormeuse con el que se designaba una silla o tumbona
destinada al descanso diurno en el siglo XVIII. Ambas acepciones se funden en
el término elegido por el autor como título de su relato. (N. del T.)
(*) «L’aventure de Walter Schnaffs», Le Gaulois, 11 de
abril de 1883; incluido en Contes de la bécasse (1883).
(*) «Le lit 29», Gil Blas, 8 de julio de 1884, firmado
Maufrigneuse; incluido en Toine (1886).
(1) Charles Bourbaki (1816-1897) se había dado a conocer
por sus hazañas durante la guerra de Crimea. En enero de 1871, como jefe del
ejército del Este, había tenido que refugiarse en Suiza. Por el deshonor, había
intentado suicidarse. (N. del T.)
(*) «La Maison Tellier», publicado por primera vez en 1881
en la colección homónima.
(1) En aquellos años había entrado en el argot pompes con
el significado de «zapatos»; pero aquí, naturalmente, es una alusión obscena.
(N. del T.)
(2) El himno de la Marina. (N. del T.)
(3) Se trata del instructor, que, en la enseñanza laica,
impuesta en la III República, acompañaba a los niños en los oficios religiosos.
(N. del T.)
(4) Habiendo bebido mi abuela, el día de su santo, dos
dedos de vino, meneando la cabeza decía: «¡Cuántos pretendientes tuve en mis
tiempos! ¡Cómo echo de menos mis brazos rollizos, mis piernas bien hechas y el
tiempo perdido!». (N. del T.)
(5) «Pero cómo, mamá, ¿no era usted buena?» «¡No, ésa es
la verdad! Pues a los quince años aprendí por mí misma a hacer uso de mis
encantos, y me pasaba las noches en blanco.» (N. del T.)
(6) En argot, pompier tiene la acepción de gran bebedor.
(N. del T.)
(*) «La femme de Paul», incluido directamente en La Maison
Tellier (1881).
(*) La más conocida prisión de mujeres de París. (N. del
T.)
(*) «La confession», Le Gaulois, 21 de octubre de 1883;
incluido en Contes du jour et de la nuit (1885).
(*) «La confession de Théodule Sabot», Gil Blas, 9 de
octubre de 1883, firmado Maufrigneuse; incluido en Toine (1886).
(1) Como aclara Louis Forestier, en la edición de la
Pléiade, «lo que es aquí una impropiedad es, al mismo tiempo, una palabra
pertinente; pues, en efecto, si Théodule Sabot siguiera “sin aceptar la
religión”, sería un acto redhibitorio respecto al encargo de carpintero que
podría hacerle el padre Maritime». (N. del T.)
(*) «L’aveu», Gil Blas, 22 de julio de 1884; incluido en
Contes du jour et de la nuit (1885).
(*) «La dot», Gil Blas, 9 de septiembre de 1884; incluido
en Toine (1886).
(*) «Le mal d’André», Gil Blas, 24 de julio de 1883,
firmado Maufrigneuse; incluido en Les soeurs Rondoli (1884).
(*) «L’héritage», La Vie militaire, publicado por entregas
desde el 15 de marzo hasta el 26 de abril de 1884; incluido en Miss Harriet
(1884).
(*) «La rouille», Gil Blas, 14 de septiembre de 1882, con
el título de M. de Coutelier, firmado Maufrigneuse; incluido en la segunda
edición de Mademoiselle Fifi (1883).
(*) «La légende du Mont Saint-Michel», Gil Blas, 19 de
diciembre de 1882, firmado Maufrigneuse; incluido en Clair de lune (1884).
(1) Voltaire, Le sottisier, XXXII: «Si Dieu nous a fait à
son image, nous le lui avons bien rendu». (N. del T.)
(*) «La folle», Le Gaulois, 5 de diciembre de 1882;
incluido en Contes de la bécasse (1883).
(*) «La mère aux monstres», Gil Blas, 12 de junio de 1883,
firmado Maufrigneuse; incluido en Toine (1886).
(*) «La main», Le Gaulois, 23 de diciembre de 1883;
incluido en Contes du jour et de la nuit (1885).
(1) El afeitado completo del rostro caracterizaba a los
sacerdotes, a los magistrados y también a los actores cómicos. (N. del T.)
(*) «La morte», Gil Blas, 31 de mayo de 1887; incluido en
La main gauche (1889).
(*) «La nuit», Gil Blas, 14 de junio de 1887; incluido en
Clair de lune (1888).
(*) «La patronne», Gil Blas, 1 de abril de 1884, firmado
Maufrigneuse; incluido en Les soeurs Rondoli (1884).
(1) El precedente de las actuales cerillas, también
llamado «eslabones químicos», que consistían en una mezcla de clorato potásico
y de azúcar o de polvos de licopodio aglutinados en una disolución de goma
arábiga y puestos en el extremo de un trocito de pasta impregnada de azufre; la
inflamación se obtenía introduciendo el extremo de la pajuela en un frasquito
de amianto impregnado de ácido sulfúrico. (N. del T.)
(*) «La petite Roque», Gil Blas, del 18 al 23 de diciembre
de 1885; da título a la colección homónima publicada por Havard en mayo de
1886.
(1) De renard, «zorro» en francés. (N. del T.)
(2) «Mosca» (mouche) es aquí un lunar, pedacito de tafetán
negro preparado que las mujeres se ponían en el rostro para realzar su belleza.
(N. del T.)
(*) «Le trou», Gil Blas, 9 de noviembre de 1886; incluido
en Le Horla (1887).
(1) Es el gorro de dormir, de ahí el nombre del vino que
puede subirse a la cabeza. (N. del T.)
(2) Alias de Henry Fouquier (1838-1901), autor de una
crónica dominical en el Gil Blas sobre temas de actualidad. (N. del T.)
(3) Referencia al mariscal Bazaine, el gran derrotado de
Sedán. (N. del T.)
(*) «La porte», Gil Blas, 3 de mayo de 1887; incluido en
Clair de lune (1888).
(*) «La relique», Gil Blas, 17 de octubre de 1882, firmado
Maufrigneuse; incluido en la segunda edición de Mademoiselle Fifi (1883).
(*) «Le signe», Gil Blas, 27 de abril de 1886; incluido en
Le Horla (1887).
(*) «Madame Baptiste», Gil Blas, 28 de noviembre de 1882;
incluido en la segunda edición de Mademoiselle Fifi (1883).
(*) «Madame Hermet», Gil Blas, 18 de enero de 1887;
incluido por primera vez en la edición Conard, en apéndice a La main gauche.
(*) «Mademoiselle Cocotte», Gil Blas, 20 de marzo de 1883,
firmado Maufrigneuse; incluido en Clair de lune (1884).
(*) «La rempailleuse», Le Gaulois, 17 de septiembre de
1882; incluido en Contes de la bécasse (1883).
(*) «La toux», Panurge, 28 de enero de 1883; incluido por
primera vez en la edición Forestier.
(1) «La tos en cuestión no proviene precisamente de la
garganta.» (N. del T.)
(*) «Les bijoux», Gil Blas, 27 de marzo de 1883, firmado
Maufrigneuse; incluido en Clair de lune (1884).
(*) «Les tombales», Gil Blas, 9 de enero de 1891; incluido
en La Maison Tellier (1891).
(*) «L’horrible», Le Gaulois, 18 de mayo de 1884; incluido
por primera vez en el volumen póstumo Le colporteur (1900).
(1) La expedición al mando del coronel Paul Flatters
enviada a África, a finales de 1880, que tuvo un trágico final, con la masacre
por parte de los tuaregs de casi todos sus integrantes. Flatters mismo perdió
la vida. (N. del T.)
(2) Originariamente, este término designaba a un jinete
turco. Pero, en el siglo XIX, se refiere a un soldado de los cuerpos de
caballería indígenas organizados por el ejército francés del Norte de África.
(N. del T.)
(*) «Fou?», Gil Blas, 23 de agosto de 1882, firmado
Maufrigneuse; incluido en la segunda edición de Mademoiselle Fifi (1883).
(*) «Les sabots», Gil Blas, 21 de enero de 1883, firmado
Maufrigneuse; incluido en Contes de la bécasse (1883).
(1) En Normandía, mêler ses sabots es una expresión para
indicar acostarse con una mujer. (N. del T.)
(*) «Mademoiselle Fifi», Gil Blas, 23 de marzo de 1882,
firmado Maufrigneuse. Dio título a la colección aparecida en 1882.
(1) Interjección para expresar repugnancia o desagrado.
(N. del T.)
(2) De la dinastía Qing (1736-1796). (N. del T.)
(3) Durante la guerra franco-prusiana, las ciudades
alsacianas de Estrasburgo y Belfort resistieron al asedio. (N. del T.)
(*) «La Martine», Gil Blas, 11 de septiembre de 1883,
firmado Maufrigneuse; incluido en Le rosier de Mme. Husson (1888).
(*) «Ma femme», Gil Blas, 5 de diciembre de 1882; firmado
Maufrigneuse; incluido en apéndice, en la edición Conard, a La Maison Tellier.
(*) «Miss Harriet», Le Gaulois, 9 de julio de 1883;
incluido en el volumen del mismo título (1884).
(1) El duque de Richelieu (1696-1788), sobrino del famoso
cardenal, personificó en su larga y aventurera vida el alma galante del siglo
XVIII. (N. del T.)
(2) Especie de telégrafo establecido sobre las costas
marítimas. (N. del T.)
(*) «Moiron», Gil Blas, 27 de septiembre de 1887; incluido
en Clair de lune (1888).
(1) Pranzini había sido condenado a muerte por el triple
asesinato de Marie Regnault, una joven de ligeras costumbres, conocida con el
nombre de Régine de Montille, de su doncella y de la hija de ésta. La ejecución
había tenido lugar el 3 de septiembre de 1887. (N. del T.)
(*) «Autres temps», Gil Blas, 14 de junio de 1882, firmado
Maufrigneuse; incluido por primera vez en la edición Schmidt.
(1) Cita reducida de un célebre versículo de los Salmos
(2, 10): «Ahora, pues, ¡oh reyes!, obrad prudentemente, dejaos persuadir,
rectores todos de la tierra». (N. del T.)
(*) «Pierrot», Le Gaulois, 9 de octubre de 1882; incluido
en Contes de la bécasse (1883).
(*) «Qui sait?», L’Écho de Paris, 6 de abril de 1890;
incluido en L’Inutile Beauté (1890).
(1) Ópera de Reyer (1823-1909), compositor francés. Es el
ejemplo mejor de wagnerismo en Francia. (N. del T.)
(*) «Rosalie Prudent», Gil Blas, 2 de marzo de 1886;
incluido en La petite Roque (1886).
(*) «Rose», Gil Blas, 29 de enero de 1884, firmado
Maufrigneuse; incluido en Contes du jour et de la nuit (1885).
(*) «Saint-Antoine», Gil Blas, 3 de abril de 1883, firmado
Maufrigneuse; incluido en Contes de la bécasse (1883).
(*) «Toine», Gil Blas, 6 de enero de 1885, firmado
Maufrigneuse. Da título a la colección aparecida en enero de 1886 en la casa
editora Marpon y Flammarion.
(*) «Un bandit corse», Gil Blas, 25 de mayo de 1882,
firmado Maufrigneuse; incluido en el volumen póstumo Le père Milon (1899).
(*) «Un duel», Le Gaulois, 14 de agosto de 1883; incluido
en el volumen póstumo Le colporteur (1900).
(*) «Un coq chanta», Gil Blas, 5 de julio de 1882, firmado
Maufrigneuse; incluido en los Contes de la bécasse (1883).
(*) «Un coup d’État», publicado por primera vez en Clair
de lune (1884).
(*) «Un fils», Gil Blas, 19 de abril de 1882, firmado
Maufrigneuse; incluido en Contes de la bécasse (1883).
(*) «Un fou», Le Gaulois, 2 de septiembre de 1885;
incluido en Monsieur Parent (1885).
(*) «Un normand», Gil Blas, 10 de octubre de 1882, firmado
Maufrigneuse; incluido en Contes de la bécasse (1883).
(1) Cierta medida de capacidad en Normandía y en Flandes,
equivalente a medio hectolitro. (N. del T.)
(*) «Un parricide», Le Gaulois, 25 de septiembre de 1882;
incluido en Contes du jour et de la nuit (1885).
(1) Léon Gambetta (1838-1882) fue líder de la izquierda
republicana y uno de los fundadores de la III República. (N. del T.)
(2) Jules Grévy (1807-1891), presidente de la República
(1879-1887), había obligado a dimitir al Gobierno de Gambetta. (N. del T.)
(3) Por las consecuencias del movimiento revolucionario
que, tras la derrota de Sedán, trastornó París durante setenta días, con miles
de muertos. (N. del T.)
(*) «Une ruse», Gil Blas, 25 de septiembre de 1882,
firmado Maufrigneuse; incluido en la segunda edición de Mademoiselle Fifi
(1883).
(1) Adaptación de una máxima de Chamfort: «El amor, tal
como existe en sociedad, no es más que un intercambio de dos fantasías y el
contacto de dos epidermis». (N. del T.)
(2) Fundada en 1798, la perfumería Lubin, todavía hoy en
activo, producía agua olorosa llamada simplemente Lubin. (N. del T.)
(*) «Une aventure parisienne», Gil Blas, 22 de diciembre
de 1881, firmado Maufrigneuse; incluido en Mademoiselle Fifi (1882).
(*) «Farce normande», Gil Blas, 8 de agosto de 1882,
firmado Maufrigneuse; incluido en Contes de la bécasse (1883).
(1) El trou normand es el aguardiente que se toma entre
dos platos para estimular el apetito. (N. del T.)
(2) Localidad del distrito normando de Calvados, que en el
contexto toma una connotación burlescamente licenciosa. (N. del T.)
(*) «Une famille», Gil Blas, 3 de agosto de 1886; incluido
en Le Horla (1887).
(*) «Une partie de campagne», La Vie moderne, 2 y 9 de
abril de 1881; incluido en La Maison Tellier (1881).
(1) Dames, cuya traducción española sería «escálamos» o
«toletes». (N. del T.)
(*) «Une passion», Gil Blas, 22 de agosto de 1882, firmado
Maufrigneuse; incluido en el volumen póstumo Le père Milon (1899).
(*) «Rouerie», Gil Blas, 12 de diciembre de 1882, firmado
Maufrigneuse; incluido en el volumen póstumo Le père Milon (1899).
(*) «Une vendetta», Le Gaulois, 14 de octubre de 1883;
incluido en Contes du jour et de la nuit (1885).
(*) «Une vente», Gil Blas, 22 de febrero de 1884, firmado
Maufrigneuse; incluido en Le rosier de Mme. Husson (1888).
(*) «Voyage de santé», suplemento del Petit Journal, 18 de
abril de 1886; incluido por primera vez en la edición Schmidt.
(1) El químico François Vincent Raspail (1794-1878),
conocido por su actividad política, había preparado una cura a base de
alcanfor. La homeopatía, fundada por Hahnemann a finales del siglo XVIII, no
era aún muy practicada en la época de Maupassant. La dosimetría, que consistía
en la utilización de la única sustancia activa, de acuerdo con una dosificación
matemática, de los productos, en particular de los alcaloides, databa de 1870.
El doctor Burq dirigía, al servicio de Charcot en la Salpêtrière, experimentos
de metaloterapia: se trataba de aplicar sobre el cuerpo metales específicos. En
cuanto a las curas con electricidad estaban en pleno desarrollo, mientras que
los médicos comenzaban entonces a ocuparse también de los masajes. (N. del T.)
(2) Las guías Léon Sarty (seudónimo de Mme. Z. De
Sauteyron de Saint-Clément) se publicaban en Niza con el título de Stations de
la Méditerranée et environs. (N. del T.)
(3) Henry-A. de Conty había publicado una serie de «guías
prácticas» para viajar por Europa. (N. del T.)
(*) «Alexandre», L’Écho de Paris, 2 de septiembre de 1889;
incluido por primera vez en la edición Conard, en apéndice a L’Inutile Beauté.
(*) «Notes d’un voyageur», Le Gaulois, 4 de febrero de
1884; incluido en la edición Conard, en apéndice a Contes de la bécasse.


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