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© Libro N° 4009. Cuentos Esenciales IV. De Maupassant, Guy. Colección E.O. Julio 22 de 2017.

Título original: ©  Cuentos Esenciales IV. Guy de Maupassant

 

Versión Original: © Cuentos Esenciales IV. Guy de Maupassant

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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CUENTOS ESENCIALES IV

Guy de Maupassant

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA HERENCIA*

 

A Catulle Mendès

I

Aunque no fueran todavía las diez, los empleados llegaban como una marea a la gran puerta del Ministerio de Marina, venidos a toda prisa de todos los rincones de París, pues se acercaba el día de Año Nuevo, época de celo y de promociones. Un ruido de pasos apresurados llenaba el vasto edificio tortuoso como un laberinto y que jalonaban inextricables pasillos, llenos de innumerables puertas que daban acceso a las oficinas.

Cada uno entraba en su subdivisión, daba la mano al colega que había llegado ya, se quitaba la chaqueta, se ponía la vieja vestimenta de trabajo y se sentaba delante de su mesa, donde le esperaban montones de papeles. Luego se iba a la caza de noticias a las oficinas contiguas. Primero se informaba uno de si el jefe había llegado ya, si estaba de buen humor, si el correo del día era voluminoso.

El oficial de entrada del «material general», el señor César Cachelin, un ex suboficial de infantería de Marina, convertido en oficial de primera por antigüedad, registraba en un gran libro todos los documentos que acababa de traer el ujier del gabinete. Enfrente de él, el escribiente, papá Savon, un viejo chocho célebre en todo el Ministerio por sus desdichas conyugales, transcribía, con mano lenta, un despacho del jefe, concentrándose, con el cuerpo ladeado, mirando de reojo, en una postura rígida de copista meticuloso.

El señor Cachelin, un gordinflón de pelo blanco que lo llevaba cortado a cepillo, hablaba mientras cumplía con su tarea diaria:

—Treinta y dos despachos de Tolón. Este puerto, por sí solo, nos manda tantos como los otros cuatro juntos. —Luego le hizo a papá Savon la pregunta que le hacía todas las mañanas—: ¿Cómo está, papá Savon, su señora?

El viejo, sin interrumpir su tarea, contestó:

—Sabe usted perfectamente, señor Cachelin, que éste es un asunto muy penoso para mí.

Y el oficial de entrada se echó a reír, como se reía todos los días, al oír esta misma frase.

Se abrió la puerta y entró el señor Maze. Era un buen mozo moreno, vestido con una elegancia exagerada, y que allí se consideraba fuera de lugar, pues estimaba su prestancia y maneras por encima de su posición. Lucía unas grandes sortijas, una gruesa leontina, un monóculo, sólo porque era chic, pues se lo quitaba para trabajar, y solía hacer con frecuencia con las muñecas un movimiento para exhibir sus puños de camisa adornados con unos gruesos gemelos relucientes.

Desde la puerta, preguntó:

—¿Hay mucho trabajo hoy?

El señor Cachelin respondió:

—Es siempre Tolón el que nos da que hacer. Se ve que se acerca el día de Año Nuevo; ésos se exceden en el celo.

Pero otro empleado, bromista y chistoso, el señor Pitolet, apareció a su vez y preguntó entre risas:

—¿Qué?, ¿acaso nosotros no mostramos celo?

Luego, sacándose el reloj, manifestó:

—¡Faltan siete minutos para las diez y ya todos en su sitio! ¡Caramba! ¿Cómo llamarían ustedes a esto? Apuesto a que el señor dignatario Lesable ha llegado a las nueve al mismo tiempo que nuestro ilustre jefe.

El oficial de entrada dejó de escribir, se colocó la pluma sobre la oreja y, clavando los codos sobre el pupitre, dijo:

—¡Oh!, ¡éste, por ejemplo, si no lo consigue, no será por falta de esfuerzo!

Y el señor Pitolet, sentándose en una esquina de la mesa y balanceando una pierna, respondió:

—Pero lo conseguirá, papá Cachelin, lo conseguirá, no le quepa la menor duda. Me juego veinte francos contra un sueldo a que será jefe antes de diez años.

El señor Maze, que estaba liando un pitillo mientras se calentaba los muslos cerca del fuego, manifestó:

—¡Jolín! Pues por lo que hace a mí, preferiría quedarme toda la vida con los dos mil cuatrocientos francos que partirme el pecho como él.

Pitolet giró sobre sus talones y, con tono guasón, dijo:

—Lo que no impide, amigo, que esté usted aquí, hoy día veinte de diciembre, antes de las diez.

Pero el otro se encogió de hombros con aire indiferente:

—¡Pues claro! ¡Porque tampoco quiero que todo el mundo se me adelante! Ya que vienen ustedes aquí a ver salir el sol, lo mismo hago yo, aunque deplorando su solicitud. Pero de ahí a llamar al jefe «estimado señor», como hace Lesable, salir a las seis y media, y llevarse trabajo a casa, hay un abismo. Por otra parte, yo pertenezco a la buena sociedad y tengo otros compromisos que llevan su tiempo.

El señor Cachelin había dejado de anotar en el registro y permanecía pensativo, con la mirada perdida delante de él. Finalmente preguntó:

—¿Creen que ascenderá de nuevo este año?

Pitolet exclamó:

—Ya lo creo que ascenderá, ¡y más diez puestos que uno! ¡Menudo zorro está hecho!

Y hablaron de la eterna cuestión de las promociones y de las gratificaciones, que, desde hacía un mes, traía loco a ese enjambre de burócratas, desde la planta baja hasta la más alta.

Se sopesaban las probabilidades, se barajaban cifras, se valoraban las cualificaciones, se indignaban por adelantado previendo injusticias. Empezaban de nuevo las interminables discusiones del día anterior, que se repetirían inmutables al siguiente, con las mismas razones, los mismos argumentos y las mismas palabras.

Entró un nuevo empleado, menudo, pálido, de aspecto enfermizo, el señor Boissel, para quien la vida era como una novela de Alejandro Dumas padre. Para él todo se convertía en aventura extraordinaria, y contaba cada mañana a Pitolet, su compañero, sus extraños encuentros de la víspera por la noche, los supuestos dramas de su casa, los gritos lanzados en la calle que le habían hecho abrir la ventana a las tres y veinte de la noche. Cada día había separado a unos que se estaban pegando, conseguido detener unos caballos, salvado a unas mujeres en peligro y, aunque de una deplorable debilidad física, citaba sin cesar, con tono cansino y convencido, unas hazañas llevadas a cabo con la fuerza de sus brazos.

En cuanto hubo comprendido que se hablaba de Lesable, manifestó:

—Algún día a ese mocoso le cantaré las cuarenta; ¡y, si se me adelanta, le sacudiré de lo lindo para que se le vayan las ganas de hacerlo de nuevo!

Maze, que seguía fumando, dijo con tono burlón:

—Haría usted bien empezando hoy mismo, pues sé de buena tinta que será usted relegado este año en favor de Lesable.

Boissel alzó una mano:

—Le juro que si…

La puerta se había abierto una vez más y un joven de baja estatura, que llevaba unas patillas de oficial de Marina o de abogado, un cuello duro muy alto, y que hablaba atropelladamente como si no fuera a tener nunca tiempo de terminar todo cuanto tenía que decir, entró rápidamente con aire de preocupación. Repartió unos apretones de manos como quien no tiene tiempo que perder y, acercándose al oficial de entrada, dijo:

—Amigo Cachelin, ¿le importaría darme el expediente Chapelou, filástica, Tolón, A. T. V., mil ochocientos setenta y cinco?

El empleado se levantó, alcanzó un cartapacio por encima de su cabeza, cogió de dentro un fajo de documentos guardados en una carpeta azul, y, entregándoselo, dijo:

—Aquí tiene, señor Lesable, sabrá usted que el jefe se llevó ayer tres escritos de este expediente.

—Sí. Los tengo, gracias.

Y el joven salió con paso apresurado.

Apenas se hubo ido, Maze declaró:

—¡Eh, qué elegancias! Juraría uno que ya es jefe.

Y Pitolet replicó:

—¡Paciencia!, ¡paciencia! Lo será antes que todos nosotros.

El señor Cachelin no se había puesto a escribir de nuevo. Se hubiera dicho que un pensamiento fijo le obsesionaba. Preguntó de nuevo:

—Tiene un futuro prometedor ese muchacho, ¿no?

Y Maze murmuró con tono desdeñoso:

—Para los que consideran el Ministerio una carrera, sí. Para los otros, es poco…

Pitolet le interrumpió:

—¿Acaso tiene usted intención de ser embajador?

El otro hizo un gesto de impaciencia:

—No se trata de mí. ¡A mí me trae sin cuidado! Lo que no es óbice para que el puesto de jefe de negociado nunca será gran cosa en la vida de mundo.

Papá Savon, el escribiente, no había dejado de copiar. Pero desde hacía unos instantes, mojaba una y otra vez su pluma en el tintero, después la secaba obstinadamente en la esponja embebida en agua que rodeaba el frasquito, sin conseguir trazar una letra. El negro líquido se deslizaba a lo largo de la punta metálica y caía, en manchitas redondas, sobre el papel. El buen hombre, desconcertado y desolado, miraba la copia que tendría que volver a empezar, como tantas otras desde hacía un tiempo, y dijo en voz baja y triste:

—¡Otra vez la tinta falsificada!

Un violento estallido de risas escapó de todas las bocas. Cachelin sacudía la mesa con su panza; Maze se doblaba en dos como si fuera a entrar a reculones en la chimenea; Pitolet pateaba, tosía, agitaba su mano derecha como si la tuviera mojada, y el propio Boissel se ahogaba, por más que se tomara generalmente las cosas más por el lado trágico que por el cómico.

Pero papá Savon, secando finalmente su pluma en el faldón de su chaqueta, agregó:

—No es cosa de risa. Tengo que rehacer dos o tres veces todo el trabajo.

Sacó de su cartapacio otra hoja, la ajustó a la plantilla y empezó de nuevo el encabezamiento: «Señor Ministro y querido colega…». Ahora la pluma conservaba la tinta y trazaba con claridad las letras. Y el viejo retomó su posición oblicua y prosiguió con su copia.

Los otros no habían dejado de reír. Se estaban ahogando. Y es que desde hacía casi seis meses le estaban haciendo la misma broma al buen hombre, que no se daba cuenta de nada. Ésta consistía en verter unas gotas de aceite en la esponja mojada con la que se limpiaban las plumas. El acero, bañado en un líquido graso, no retenía ya la tinta; y el escribiente se pasaba horas asombrándose y afligiéndose, empleaba cajas de plumas y de tinteros, para declarar finalmente que los suministros de material del negociado se habían vuelto una verdadera calamidad.

 

Las malas pasadas entonces se habían acabado convirtiendo en una obsesión, en un suplicio. Le mezclaban pólvora con el tabaco, le ponían drogas en su botella de agua, de la que se tomaba un vaso de vez en cuando, y le habían hecho creer que, desde la Comuna, la mayor parte de las materias de uso corriente habían sido adulteradas por los socialistas, para así echarle la culpa al Gobierno y propiciar una revolución.

Él había concebido un odio espantoso contra los anarquistas, a quienes creía emboscados por todas partes, escondidos por doquier, y al mismo tiempo un temor misterioso a una temible mano negra.

De repente tintineó una campanilla en el pasillo. Todos conocían perfectamente ese campanilleo rabioso del jefe, el señor Torchebeuf, y todos se precipitaron hacia la puerta para volver a sus respectivos departamentos.

Cachelin se puso de nuevo a tomar nota, luego dejó otra vez su pluma y se cogió la cabeza entre las manos para reflexionar.

Maduraba una idea que le venía atormentando desde hacía un tiempo. Ex oficial de infantería de Marina, dado de baja después de haber sido herido tres veces, una en Senegal y dos en la Cochinchina, tras entrar en el Ministerio por un favor especial había tenido que soportar muchas miserias, muchas penalidades y muchos sinsabores en su larga carrera de ínfimo subordinado; por ello consideraba la autoridad, la autoridad oficial, como lo más hermoso del mundo. Un jefe de negociado le parecía un ser excepcional, que vivía en una esfera superior; y los empleados de los que oía decir: «Es un zorro, ascenderá rápido», le parecían como de otra raza, de una naturaleza distinta a la suya.

Tenía, pues, por su colega Lesable una consideración superior que llegaba a la veneración, y alimentaba el deseo secreto, el deseo obstinado de hacerle casarse con su hija.

Ella sería un día rica, muy rica. Era algo sabido por todos en el Ministerio, pues una hermana suya, la señorita Cachelin, poseía un millón, un millón en cifras redondas, líquido y sólido, adquirido mediante el amor, se decía, pero purificado por una devoción tardía.

La vieja solterona, que había llevado una vida galante, se había retirado con quinientos mil francos, que había más que doblado en dieciocho años, a fuerza de un ahorro estricto y unas costumbres de vida más que modestas. Desde hacía tiempo vivía en casa de su hermano, que se había quedado viudo con una hija pequeña, Coralie, pero no contribuía más que con una ayuda insignificante a los gastos de la casa, guardando y acumulando su oro, y repitiéndole sin cesar a Cachelin: «No te preocupes, ya que todo es para tu hija; pero haz que se case pronto porque quiero conocer a mis sobrinitos. Ella me dará la alegría de abrazar a un niño de nuestra sangre».

Lo cual era algo sabido en la administración; y no faltaban los pretendientes. Se decía que Maze mismo, el apuesto Maze, el lion del negociado, andaba rondando a Cachelin con unas intenciones evidentes. Pero el ex sargento, un viejo zorro que había corrido mucho mundo, quería a un joven con porvenir, que llegara a ser jefe, cosa que haría que también tuvieran consideración por él, César, el viejo suboficial. Lesable respondía admirablemente a sus expectativas, y desde hacía tiempo buscaba una manera de atraerle a su casa.

De pronto, se levantó frotándose las manos. La había encontrado.

Conocía perfectamente el punto flaco de cada uno. No se podía coger a Lesable más que por el lado de la vanidad, la vanidad profesional. Iría a pedirle protección, como se hace con los senadores o con los diputados, como se hace con los personajes ilustres.

Dado que en cinco años no había tenido ninguna promoción, Cachelin estaba convencido de lograrla aquel año. Por tanto debía aparentar que creía que se la debía a Lesable e invitarle a cenar en muestra de agradecimiento.

Apenas hubo concebido su plan, empezó a ponerlo en práctica. Descolgó del armario su chaqueta de calle, se quitó la vieja, y, cogiendo todos los documentos registrados que eran de incumbencia de su colega, se dirigió al despacho que este empleado ocupaba él solo, por un favor especial, debido a su celo y a lo importante de sus atribuciones.

El joven estaba escribiendo en una gran mesa, en medio de unos expedientes abiertos y de papeles desparramados, numerados con tinta roja o azul.

En cuanto éste vio al oficial de entrada, preguntó, con un tono familiar que dejaba traslucir una cierta consideración:

—¿Qué, amigo, me trae usted muchos asuntos?

—Sí, no está mal. Y además quería hablar con usted.

—Siéntese, amigo, le escucho.

Cachelin tomó asiento, carraspeó, adoptó un aire intimidado y, con voz insegura, dijo:

—Lo que me trae, señor Lesable, es lo siguiente. No me andaré con rodeos. Le seré franco como un viejo soldado. Vengo a pedirle un favor.

—¿Cuál?

—En pocas palabras, necesito conseguir mi promoción este año. No tengo a ningún protector y he pensado en usted.

Lesable enrojeció ligeramente, asombrado, contento, lleno de una orgullosa confusión. Pero respondió:

—Pero si yo no pinto nada aquí, amigo. Soy mucho menos que usted, que va a llegar a ser oficial de primera. No puedo hacer nada. Créame que…

Cachelin le interrumpió con brusquedad llena de respeto:

—Vamos, vamos. El jefe a usted le escucha; y si le dice unas palabras en mi favor, la promoción es segura. Piense que dentro de dieciocho meses tendré derecho a la jubilación; y serían quinientos francos menos si no obtengo nada en enero. Sé muy bien que dicen: «Cachelin no anda apurado, pues su hermana posee un millón». Y es cierto que mi hermana posee el millón, pero aunque este millón genera intereses, a mí no me corresponde nada. Todo irá a parar a mi hija, cosa que no es menos cierta; pero una cosa es mi hija y otra muy distinta yo. Apañado estaré, cuando mi hija y mi yerno vayan en coche por ahí, mientras que yo no tendré nada a qué hincarle el diente. Comprende mi situación, ¿no?

Lesable asintió con la cabeza:

—Lo que dice es cierto, muy cierto. Su yerno podría no comportarse con usted como es debido. Y siempre es mejor no deberle nada a nadie. Por ello le prometo que haré cuanto esté en mis manos, hablaré con el jefe, le expondré su caso, insistiré si es preciso. Puede contar conmigo.

Cachelin se levantó, le tomó las manos a su colega, se las estrechó con un apretón militar y balbució:

—Gracias, gracias, le aseguro que si nunca se presenta la ocasión…, si nunca puedo…

No terminó, al no encontrar las palabras para concluir la frase, y se fue haciendo resonar en el pasillo su paso cadencioso de viejo soldado.

Pero oyó a lo lejos una campanilla rabiosa que tintineaba, y echó a correr, pues había reconocido su timbre. Era el jefe, el señor Torchebeuf, que preguntaba por el oficial de entrada.

Ocho días más tarde, Cachelin encontró una mañana encima de su escritorio una carta lacrada que decía:

Mi querido colega:

Me es grato comunicarle que el ministro, a propuesta de nuestro director y de nuestro jefe, firmó en el día de ayer su nombramiento a oficial de primera. Mañana recibirá usted la comunicación oficial. Hasta ese momento no sabe usted nada, ¿entendido?

Lesable

César corrió enseguida al despacho de su joven colega, le dio las gracias, se disculpó, se deshizo en expresiones de gratitud.

Al día siguiente se supo que los señores Lesable y Cachelin habían obtenido ambos la promoción. Los otros funcionarios tendrían que esperar a un año mejor y mientras tanto recibirían en compensación una gratificación que iba de los ciento cincuenta a los trescientos francos.

Boissel declaró que, una de esas noches, esperaría a Lesable, a medianoche, en la esquina de la calle donde vivía para darle una buena paliza y dejarle tieso en el sitio. Los otros funcionarios se callaron.

Al lunes siguiente, Cachelin, apenas llegar, se dirigió al despacho de su protector, entró con solemnidad y dijo con tono ceremonioso:

—Espero que me haga el honor de venir a cenar a mi casa para Reyes. Elija usted mismo el día que le vaya bien.

El joven, un poco sorprendido, levantó la cabeza y clavó sus ojos en los de su colega, luego contestó, sin apartar su mirada para leer bien en el pensamiento del otro:

—Verá, amigo, ocurre que… tengo todas mis noches comprometidas por un tiempo.

Cachelin insistió con tono bonachón:

—Vamos, vamos, no me hará el feo de negarse después del favor que me ha hecho. Se lo ruego, en nombre de mi familia y mío.

Lesable, indeciso, dudaba. Había comprendido, pero no sabía qué responder, al no darle tiempo a reflexionar y a sopesar los pros y los contras. Finalmente, pensó: «No me comprometo a nada yendo a cenar», y aceptó con aire satisfecho, eligiendo el sábado próximo. Añadió, sonriendo:

—Para no tener que levantarme demasiado pronto al día siguiente.

II

El señor Cachelin vivía en la parte alta de la rue Rochechouart, en un quinto piso, un pisito con terraza, desde donde se veía todo París. Tenía tres habitaciones, una para su hermana, otra para su hija y una para él; el comedor hacía las veces de cuarto de estar.

Durante toda la semana estuvo agitado pensando en esa cena. El menú fue largamente discutido para ofrecer al mismo tiempo una comida que fuera sencilla y refinada. Se decidieron por lo siguiente: un consomé con huevo, entremeses, gambas y salchichón, un bogavante, un hermoso pollo, guisantes en conserva, foie gras, una ensalada, helado y postre.

El foie gras fue comprado en un charcutero vecino, con el ruego de que fuera de primera calidad. La terrina costaba, por otra parte, tres francos y medio. En cuanto al vino, Cachelin se dirigió al bodeguero de la esquina que le proveía a granel del rojo brebaje que tomaba de ordinario. Razonó del siguiente modo para no ir a un gran establecimiento: «Los pequeños bodegueros tienen pocas ocasiones de vender sus buenos vinos, por lo que los conservan largo tiempo en la bodega y tienen algunos excelentes».

Aquel sábado volvió antes a casa para asegurarse de que todo estaba listo. La criada, que fue a abrirle, estaba más roja que un tomate, pues los fogones que había encendido a mediodía, por temor a que no le diera tiempo, le habían asado la cara durante toda la jornada; y también la emoción la tenía agitada.

Entró en el comedor para revisarlo todo. En medio de la pequeña estancia, la mesa redonda creaba una gran mancha blanca, bajo la viva luz de la lámpara cubierta por una pantalla verde.

Al lado de los cuatro platos, sobre los que había las servilletas dobladas en forma de mitra episcopal por la señorita Cachelin, la tía, estaban los cubiertos de plata, y delante los vasos, uno grande y otro pequeño. A César aquello no le satisfizo como presentación y llamó:

—¡Charlotte!

Se abrió la puerta de la izquierda y apareció una anciana menuda. Diez años mayor que su hermano, tenía un rostro enjuto enmarcado por unos blancos rizos que se hacía con papillotes. Su fina voz parecía muy débil para su cuerpecito encorvado, y caminaba con un paso un poco arrastrado, con torpes ademanes.

Decían de ella, en tiempos de su juventud: «¡Qué criatura más graciosa!».

Ahora era una anciana delgada, muy limpia por una vieja costumbre, cabezota, terca, de mente estrecha, meticulosa y fácilmente irritable. Tras volverse muy devota, parecía tener totalmente olvidadas las aventuras de antaño.

Ella preguntó:

—¿Qué quieres?

Él contestó:

—Mi impresión es que dos vasos no hacen gran efecto. Si servimos champán… No me costará en ningún caso más de tres o cuatro francos, y así podríamos poner también las copas altas. Cambiaría completamente el aspecto de la sala.

La señorita Charlotte prosiguió:

—No veo la utilidad de este gasto. Pero, allá tú, eres tú quien paga, es algo que no me atañe.

Él dudaba, tratando de convencerse a sí mismo:

—Te aseguro que sería mejor tal como te digo. Y, además, para el roscón de Reyes, eso animará.

Esta razón le había hecho decidirse. Cogió su sombrero y volvió a bajar la escalera, y regresó al cabo de cinco minutos con una botella que llevaba una ancha etiqueta blanca adornada con un escudo de armas enorme: «Gran vino espumoso de Champaña del conde de Chatel-Rénovau».

Y Cachelin declaró:

—No me ha costado más que tres francos y parece que es exquisito.

Él mismo cogió las copas de un armario y las colocó delante de donde se sentarían los comensales.

La puerta de la derecha se abrió. Entró su hija. Era alta, metida en carnes y sonrosada, una guapa muchacha de una raza robusta, de pelo castaño y ojos azules. Un vestido sencillo dibujaba su cintura redonda y flexible; su voz fuerte, casi una voz de hombre, tenía esas notas graves que hacen vibrar los nervios. Exclamó, batiendo palmas de una manera infantil:

—¡Dios mío! ¡Champán! ¡Qué felicidad!

Su padre le dijo:

—Sobre todo muéstrate amable con ese señor que me ha hecho muchos favores.

Ella rompió a reír con una risa sonora que quería decir: «Ya lo sé».

Sonó el timbre del vestíbulo, se abrieron y cerraron unas puertas. Apareció Lesable. Llevaba un frac negro, corbata blanca y guantes blancos. Causó sensación. Cachelin salió a su encuentro, confuso y encantado:

—Pero, amigo mío, si no era más que una cena íntima; como puede ver, yo voy con chaqueta.

El joven respondió:

—Lo sé, me lo dijo, pero tengo por costumbre vestir frac cuando salgo por la noche.

Saludaba con el sombrero de copa debajo del brazo y una flor en el ojal. César hizo las presentaciones:

—Mi hermana, la señorita Charlotte, mi hija, Coralie, a la que llamamos familiarmente Cora.

Todo el mundo se inclinó. Cachelin prosiguió:

—No tenemos salón. Es un poco incómodo, pero acaba uno por acostumbrarse.

Lesable replicó:

—¡Es encantador!

Luego le desembarazaron de su sombrero que no se quería quitar. Y enseguida se puso a descalzarse los guantes.

Se sentaron; se miraban a distancia, a través de la mesa, y no se decían ya nada. Cachelin preguntó:

—¿Se ha quedado hasta tarde el jefe? Yo me he ido pronto para ayudar a las señoras.

Lesable respondió con tono desenvuelto:

—No. Hemos salido juntos porque teníamos que hablar del asunto de las telas embreadas de Brest. Es un asunto muy complicado, que nos dará muchos quebraderos de cabeza.

Cachelin se creyó en la obligación de poner a su hermana al corriente y, volviéndose hacia ella, dijo:

—El señor Lesable es quien lleva todas las cuestiones difíciles del negociado. Se puede decir que es la persona de confianza del jefe.

La vieja solterona saludó cortésmente al declarar:

—¡Oh!, ya sé que el señor es una persona muy cualificada.

Entró la criada, empujando la puerta con la rodilla y sosteniendo en el aire, con ambas manos, una gran sopera. Entonces «el amo de casa» exclamó:

—¡Todos a la mesa! Siéntese allí, señor Lesable, entre mi hermana y mi hija. No creo que las señoras le den miedo.

Y dio comienzo la cena.

Lesable se hacía el amable, con unos pequeños aires de suficiencia, casi de condescendencia, y miraba con el rabillo del ojo a la muchacha, asombrándose de su lozanía, de su apetecible buena salud. La señorita Charlotte, conocedora de las intenciones de su hermano, hacía esfuerzos extraordinarios, y mantenía viva una conversación banal llena de todos los lugares comunes. Cachelin, radiante, hablaba alto, bromeaba, servía el vino comprado una hora antes en el bodeguero de la esquina:

—Un vaso de este modesto borgoña, señor Lesable. No le diré que sea un gran caldo, pero es bueno, envejecido en bodega y natural; eso se lo puedo asegurar. Lo hemos conseguido gracias a unos amigos que son de allí.

La muchacha no decía nada, un poco ruborizada, un poco tímida, incómoda por la proximidad de aquel hombre cuyos pensamientos se imaginaba.

Cuando apareció el bogavante, César declaró:

—Ganas tenía de vérmelas con este personaje.

Lesable, sonriendo, contó que un escritor había definido al bogavante como «el cardenal de los mares», sin saber que antes de ser cocido este animal es negro. Cachelin se echó a reír con todas sus fuerzas, repitiendo:

—¡Ja, ja, ja! Esto sí que tiene gracia.

Pero la señorita Charlotte, que se había puesto seria, se molestó:

—No veo qué relación puede haber. Ese señor no sabía lo que se decía. Admito todo género de bromas, pero no me gusta que en mi presencia se rían de los curas.

El joven, que quería resultar simpático a la vieja solterona, aprovechó la ocasión para hacer una profesión de fe católica y habló de la gente de mal gusto que trata a la ligera las grandes verdades, concluyendo:

—Yo respeto y venero la religión de mis padres, he sido educado en ella y seguiré siendo católico hasta mi muerte.

Cachelin ya no reía. Hacía bolitas de miga de pan murmurando:

—Exacto, exacto.

Luego cambió de tema de conversación, que le aburría, y, por una de esas inclinaciones naturales propias de todos aquellos que realizan cada día la misma tarea, preguntó:

—El apuesto Maze ha debido de rabiar por no haber conseguido su promoción, ¿eh?

Lesable respondió:

—¿Qué quiere? ¡A cada uno según sus obras!

Y se pusieron a hablar del Ministerio, lo que apasionaba a todo el mundo, pues las dos mujeres conocían a los empleados casi tanto como Cachelin mismo, a fuerza de oír hablar de ellos a diario. La señorita Charlotte se ocupaba mucho de Boissel, a causa de las aventuras que contaba y de su espíritu novelesco, y la señorita Cora se interesaba en secreto por el apuesto Maze. Ellas no les habían visto nunca, por otra parte.

Lesable hablaba de ellos con un tono de superioridad, como habría podido hacerlo un ministro juzgando a su personal.

Le escuchaban:

—Maze no carece de un cierto mérito; pero cuando se quiere llegar alto, hace falta trabajar más que él. Le gusta la buena sociedad, la diversión. Todas estas cosas turban el espíritu. No llegará nunca lejos, pero por culpa suya. Tal vez llegue a ser subjefe, gracias a sus influencias, pero nada más. En cuanto a Pitolet, redacta bien, hay que reconocerlo, posee una elegancia de estilo innegable, pero le falta sustancia. Todo en él es superficial. Un hombre así no podría estar a la cabeza de un departamento importante, si bien podría ser utilizado por un jefe inteligente para allanarle el camino.

La señorita Charlotte preguntó:

—¿Y el señor Boissel?

Lesable se encogió de hombros:

—Es un pobre hombre, un pobre hombre. No ve nada en su justa medida. Se imagina historias absolutamente inverosímiles. Para nosotros es un cero a la izquierda.

Cachelin se echó a reír y declaró:

—El mejor es papá Savon.

Y todo el mundo se rió.

Luego hablaron de los teatros y de las obras de ese año. Lesable juzgaba con la misma autoridad la literatura dramática, catalogando a los autores con rotundidad, determinando el punto fuerte o flaco de cada uno de ellos con la seguridad propia de los hombres que se sienten infalibles y omniscientes.

Se habían terminado el asado. César destapaba ahora la terrina de foie gras con delicadas precauciones que permitían juzgar acerca de su contenido. Dijo:

—No sé si éste saldrá bueno. Pero por lo general son perfectos. Nos los manda un primo que vive en Estrasburgo.

Y todos comieron con respetuosa lentitud el contenido de la terrina de barro amarillo.

Cuando apareció el helado fue un desastre: era una salsa, un caldo, un líquido blancuzco que flotaba en una compotera. La criada, temiendo no saber hacerlo, le había rogado al oficial pastelero, que había venido a las siete, que lo desmoldara él mismo.

Cachelin, desolado, quería devolverlo a la cocina, pero se calmó al pensar en el roscón de Reyes, que cortó con aire de misterio, como si encerrase un gran secreto. Todos miraban fijamente el simbólico pastel y se lo pasaron con el ruego de que cogieran una porción a ojos cerrados.

¿A quién le tocaría el haba? Una necia sonrisa asomaba a los labios. El señor Lesable lanzó un pequeño «¡ah!» de asombro y mostró entre su pulgar y su índice una gruesa judía blanca cubierta aún de pasta. Y Cachelin se puso a batir palmas, para exclamar a continuación:

—¡Elija la reina! ¡Elija la reina!

Hubo un breve momento de vacilación en la mente del rey. ¿No resultaría diplomático eligiendo a la señorita Charlotte? ¡Ella se sentiría halagada, conquistada, seducida! Luego pensó que, a fin de cuentas, había sido invitado por la señorita Cora y que pasaría por un estúpido si elegía a la tía. Por tanto se volvió hacia su joven vecina y, presentándole el haba real, dijo:

—¿Me permite, señorita, que se la ofrezca?

Se miraron a la cara por primera vez.

—¡Gracias, señor! —dijo ella recibiendo la prenda de la realeza.

Él pensaba: «Es verdaderamente bonita. ¡Tiene unos ojos magníficos, y es una real moza, ya lo creo que lo es!».

Una detonación hizo dar un brinco a las dos mujeres, Cachelin acababa de descorchar el champaña, que se escapaba con impetuosidad de la botella y manaba sobre el mantel. Luego las copas fueron llenadas de espuma, y el anfitrión declaró:

—Es de buena calidad, como puede ver.

Pero, cuando Lesable iba a beber para impedir que su copa siguiera desbordándose, César exclamó:

—¡El rey bebe! ¡El rey bebe! ¡El rey bebe!

Y la señorita Charlotte, también excitada, chilló con su voz aguda:

—¡El rey bebe! ¡El rey bebe!

Lesable vació su copa con aplomo y, dejándola sobre la mesa, dijo:

—¡Como ven, no me tiembla el pulso! —Luego, volviéndose hacia la señorita Cora, agregó—: ¡Brindemos por usted, señorita!

Ella quiso beber; pero al haber gritado todo el mundo: «¡La reina bebe! ¡La reina bebe!», enrojeció, rompió a reír y dejó la copa delante de ella.

El final de la cena fue de una alegría desbordante, el rey se mostraba solícito y galante con la reina. Luego, en el momento de los licores, Cachelin anunció:

—Ahora retiraremos la mesa para hacer sitio. Si no llueve, podemos salir un momento a la terraza.

Tenía interés en enseñar la vista, aunque fuera de noche.

Se abrió, pues, la puerta de cristales. Entró un airecillo húmedo. Fuera hacía un tiempo tibio, como en el mes de abril; y todos subieron el escalón que separaba el comedor del amplio balcón. No se veía más que un vago resplandor sobre la gran ciudad, como esas aureolas de llamas que se pone sobre la cabeza de los santos. De trecho en trecho esta claridad parecía más viva, y Cachelin se puso a explicar:

—Mire, lo que brilla así, ahí abajo, es el Edén. Ésa es la línea de los bulevares. Se distinguen a la perfección. De día la vista desde aquí es espléndida. Por más que viaje usted, no encontrará nunca nada mejor.

Lesable estaba de codos sobre la barandilla de hierro junto a Cora, que miraba al vacío, silenciosa, distraída, embargada de improviso por una de esas melancólicas languideces que atenazan a veces el alma. La señorita Charlotte volvió adentro por temor a la humedad. Cachelin seguía hablando, con el brazo extendido, indicando en qué dirección se encontraban Les Invalides, el Trocadero, el Arco de Triunfo de l’Étoile.

Lesable preguntó a media voz:

—¿Y a usted le gusta contemplar París desde aquí arriba, señorita Cora?

Ella se sobresaltó, como despertándose, y respondió:

—¿A mí?… Sí, sobre todo de noche. Pienso en todo lo que pasa aquí, delante de nosotros. ¡Cuánta gente feliz y desgraciada hay en esas casas! ¡Si uno pudiera verlo todo, cuántas cosas aprendería!

Él se había acercado tanto que codos y hombros se tocaban:

—¡Al claro de luna debe de ser mágico!

—Ya lo creo. Se diría un grabado de Gustave Doré. ¡Qué placer sería poder dar largos paseos por los tejados!

Entonces se interesó por sus aficiones, sus sueños, sus distracciones. Y ella respondía nada cohibida, como una muchacha seria, sensata, sin pájaros en la cabeza. A él le parecía llena de cordura, pensaba que sería verdaderamente agradable poder ceñir con su brazo aquella cintura redonda y firme y besar largamente con besos lentos, igual que se bebe a sorbitos un buen aguardiente, esa mejilla lozana, cerca de la oreja, que ahora iluminaba un reflejo de luz. Se sentía atraído y turbado por la sensación de tener tan próxima a una mujer, por la sed de carne madura y virgen, por la delicada seducción de la muchacha. Tenía la impresión de que se habría quedado allí durante horas, noches, semanas, apoyado cerca de ella, sintiéndola a su lado, embargado del encanto de su contacto. Y algo que se parecía a un sentimiento poético le hacía palpitar frente al gran París que se extendía delante de él, iluminado, en la plenitud de su vida nocturna, su vida de placeres y de libertinaje. Le parecía que dominaba la enorme ciudad, que planeaba sobre ella; y sentía que sería delicioso asomarse cada noche a aquel balcón junto a una mujer, y amarse, besarse en la boca, abrazarse por encima de aquella gran ciudad, por encima de todos los amores que encerraba, por encima de todas las satisfacciones vulgares, por encima de los deseos corrientes, muy cerca de las estrellas.

Hay noches en que las almas menos apasionadas comienzan a soñar, como si les salieran alas. Tal vez estaba un poco achispado.

Cachelin, que se había ido a buscar su pipa, volvió mientras se la encendía.

—Como sé que usted no fuma —dijo—, por eso no le he ofrecido un cigarrillo. No hay nada mejor que echarse un pitillo aquí. Yo no podría acostumbrarme a vivir en un piso bajo, si me viera obligado a hacerlo. Podríamos, porque la casa es de mi hermana, así como las dos de al lado, la de la izquierda y la de la derecha. Se saca una buena renta de ellas. Son casas que, en su día, no le salieron caras. —Volviéndose hacia el comedor, vociferó—: ¿Cuánto pagaste por estos terrenos, Charlotte?

Entonces se dejó oír la voz aguda de la solterona. Lesable no oía más que fragmentos de frase:

—… el de mil ochocientos sesenta y tres… treinta y cinco mil francos…, construido más tarde…, las tres casas…, un banquero…, revendido por lo menos en quinientos mil francos…

Daba detalles de su fortuna con la complacencia de un viejo soldado que cuenta sus campañas. Enumeraba sus compras, las propuestas que le habían hecho desde entonces, las plusvalías, etcétera.

Lesable, muy interesado, se dio la vuelta, apoyando ahora su espalda contra la barandilla de la terraza. Pero como aún no captaba más que retazos de explicación, dejó bruscamente a su joven acompañante y volvió adentro para oírlo todo; y, sentándose al lado de la señorita Charlotte, estuvo conversando largo y tendido con ella sobre el probable aumento de los alquileres y de lo que puede reportar el dinero bien invertido, en valores o en bienes inmuebles.

Se fue hacia medianoche, prometiendo volver.

Un mes más tarde, no se hablaba de otra cosa en el Ministerio que de la boda de Jacques-Léopold Lesable con la señorita Céleste-Coralie Cachelin.

III

El joven matrimonio se instaló en el mismo rellano que Cachelin y la señorita Charlotte, en un alojamiento parecido al suyo y del que echaron al inquilino.

Una inquietud, sin embargo, agitaba el espíritu de Lesable: la tía no había querido asegurar su herencia a Cora mediante ningún documento definitivo. Sin embargo, había aceptado jurar «por Dios» que su testamento estaba hecho y depositado en la notaría del señor Belhomme. Había prometido, además, que toda su fortuna iría a parar a su sobrina, pero con una condición. Presionada para que revelara cuál era dicha condición, se negó a dar explicaciones, por más que había jurado con una sonrisita benévola que no sería difícil de cumplir.

Ante tales explicaciones y la testarudez de la vieja beata, Lesable se creyó en la obligación de no insistir, y, puesto que la muchacha le gustaba mucho y su deseo era más fuerte que la incertidumbre, se rindió a los tenaces esfuerzos de Cachelin.

Ahora era feliz, aunque acosado siempre por una duda. Y quería a su mujer, que no había defraudado en absoluto sus expectativas. Su vida discurría tranquila y monótona. En pocas semanas se había acostumbrado a su nueva situación de hombre casado y seguía mostrándose el empleado lleno de celo de siempre.

Pasó un año. Volvió el día de Año Nuevo. Para su gran sorpresa no consiguió la promoción que se esperaba. Sólo Maze y Pitolet ascendieron de categoría; y Boissel le confió confidencialmente a Cachelin que se había prometido dar una buena paliza a sus dos colegas, una de esas tardes, a la salida, enfrente de la gran puerta, delante de todo el mundo. Pero no hizo nada.

Durante ocho días, Lesable no pegó ojo de angustia por no haber sido promocionado, pese a su celo. Y, sin embargo, trabajaba como un condenado; sustituía indefinidamente al subjefe, el señor Rabot, enfermo nueve meses al año en el hospital del Val-de-Grâce; llegaba todas las mañanas a las ocho y media; se iba todas las tardes a las seis y media. ¿Qué más querían? Si no estaban contentos de semejante dedicación y esfuerzo, haría como los demás, así de claro. A cada uno según sus obras. ¿Cómo había podido el señor Torchebeuf, que le trataba como a un hijo, sacrificarle? Quería saber la verdad. Iría a ver a su jefe, para que le diera una explicación.

Así, un lunes por la mañana, antes de que llegaran sus colegas, llamó a la puerta de aquel potentado.

Una voz chillona gritó: «Adelante». Entró.

Sentado ante una gran mesa cubierta de papeluchos, menudito con una cabezota que parecía puesta sobre su cartapacio, el señor Torchebeuf estaba escribiendo. Al ver a su empleado preferido, dijo:

—Buenos días, Lesable, ¿cómo está usted?

El joven respondió:

—Buenos días, estimado señor, muy bien, ¿y usted?

El jefe dejó de escribir e hizo girar en redondo su sillón. Su delgado cuerpo, enclenque, flaco, embutido en una levita negra de rígida hechura, parecía completamente desproporcionado con respecto al asiento de respaldo de cuero. Un rosetón de oficial de la Legión de Honor enorme, llamativo, también absolutamente desproporcionado para la persona que lo llevaba, brillaba como una brasa en el estrecho pecho, aplastado bajo un cráneo notable, como si todo el individuo se hubiera desarrollado en forma de cúpula, igual que un champiñón.

Tenía la mandíbula pronunciada, las mejillas hundidas, los ojos saltones y una frente desmedida cubierta de blancos pelos peinados hacia atrás.

El señor Torchebeuf dijo:

—Tome asiento, amigo, y dígame qué le trae.

Con todos los demás empleados se mostraba de una rudeza militar, al considerarse como un capitán a bordo, pues el Ministerio representaba para él una gran nave, la nave capitana de todas las flotas francesas.

Lesable, un tanto azorado y pálido, balbució:

—Estimado señor, vengo a preguntarle si he desmerecido en algo.

—Claro que no, amigo, ¿por qué me lo pregunta?

—Es que me he quedado un tanto sorprendido por no haber sido promocionado este año igual que los últimos. Permítame explicarme por completo, estimado señor, y perdone mi atrevimiento. Sé que he obtenido de usted favores excepcionales y ventajas inesperadas. Sé que se promociona a la gente, en general, cada dos o tres años; pero permítame también hacerle observar que yo aporto al negociado un trabajo equivalente más o menos al cuádruplo del trabajo de un empleado normal, y que hago al menos el doble de horario. Si se pusieran en un platillo de la balanza el producto de mis esfuerzos y en el otro el total de mi remuneración, se vería que el segundo es muy inferior al primero.

Había preparado con cuidado su discursito, que le parecía excelente.

El señor Torchebeuf, sorprendido, buscaba algo que responder. Por fin dijo, con tono más bien frío:

—Aunque no sea admisible, en principio, discutir de estas cosas entre superior y subalterno, por esta vez quiero responderle, en atención a sus muchos méritos.

»Yo le propuse para la promoción, como los años anteriores. Pero el director descartó su nombramiento fundándose en que su matrimonio le asegura un buen porvenir, una situación más que holgada, una fortuna que nunca les cabe esperar a sus modestos colegas. ¿No es equitativo, en suma, tener en cuenta también un poco la situación de cada uno? Será usted rico, muy rico. Trescientos francos más al año no sería mayor cosa para usted, mientras que este pequeño aumento supondrá mucho para el bolsillo de los demás. Ésta es, amigo mío, la razón de que haya sido pospuesto este año.

Lesable, confuso e irritado, se retiró.

Por la noche, durante la cena, estuvo desabrido con su mujer. Ella se mostraba normalmente alegre y de un humor bastante estable, aunque testaruda; no cedía nunca cuando deseaba mucho algo. No sentía ya por ella la atracción sensual de los primeros tiempos, y aunque él siempre tuviera despierto el deseo, pues era lozana y graciosa, sentía por momentos esa desilusión tan próxima al descorazonamiento que ocasiona la vida en común de dos seres. Los mil detalles triviales o grotescos de la existencia, la descuidada indumentaria de la mañana, la bata de lana vulgar, vieja y raída, el peinador ajado, pues no eran ricos, y también el ver de muy cerca a la mujer ocupada en las tareas propias de una familia pobre, despojaba para él al matrimonio de su barniz, marchitaba esa flor de poesía que seduce, a distancia, a los prometidos.

La tía Charlotte contribuía a hacerle desagradable la casa, pues ya no salía de ella; se inmiscuía en todo, quería mandar en todo, hacía observaciones acerca de todo, y como tenían un temor horrible a herirla, le aguantaban todo con resignación, pero también con una exasperación disimulada y creciente.

Se paseaba por el piso con su paso arrastrado de vieja; y su voz estridente decía continuamente:

—Deberías hacer esto…, deberías hacer lo otro…

Cuando los dos, marido y mujer, se encontraba a solas, Lesable gritaba, irritado:

—Tu tía se está volviendo insoportable. No puedo más. ¿Comprendes? No puedo más.

Y Cora replicaba con tono pacífico:

—¿Y qué puedo hacer yo?

Entonces él espetaba:

—¡Es odioso tener una familia así!

Ella replicaba, siempre con tono calmo:

—La familia será todo lo odiosa que tú quieras, pero la herencia no está nada mal, ¿verdad? Así que no hagas el imbécil. Tanto interés tienes tú como yo en tratar bien a la tía Charlotte.

Él callaba, sin saber qué responder.

La tía les perseguía ahora sin cesar con la idea fija de que debían tener un hijo. Se llevaba a Lesable a los rincones y le susurraba en la misma cara:

—Sobrino mío, me parece a mí que debería ser usted padre antes de que yo me muera. Quiero conocer a mi heredero. No me hará creer que Cora no puede ser madre. Basta con verla. Cuando uno se casa, sobrino mío, es para crear una familia, para tener descendencia. Nuestra Santa Madre Iglesia prohíbe los matrimonios estériles. Sé muy bien que no sois ricos y que un hijo trae gastos. Pero cuando yo no esté no os faltará de nada. Quiero un pequeño Lesable, lo quiero, ¿entendido?

Como, tras quince meses de matrimonio, su deseo no se había hecho aún realidad, había concebido dudas y se había vuelto insistente; y daba en voz baja consejos a Cora, consejos prácticos de mujer que ha conocido muchas cosas, en otro tiempo, y que sabe sacarlas a colación si la ocasión lo requiere.

Pero una mañana, sintiéndose indispuesta, no pudo levantarse. Como nunca había estado enferma, Cachelin, muy preocupado, fue a llamar a la puerta de su yerno:

—Vaya corriendo a llamar al doctor Barbette, y luego dígale al jefe que hoy, dadas las circunstancias, no iré a la oficina.

Lesable pasó un día de angustias, incapaz de trabajar, de redactar y de examinar los asuntos. El señor Torchebeuf, sorprendido, le comentó:

—Parece usted hoy distraído, señor Lesable.

Y Lesable, nervioso, respondió:

—Estoy muy fatigado, señor, pues he pasado toda la noche al lado de nuestra tía cuyo estado es muy grave.

Pero el jefe prosiguió con frialdad:

—Se ha quedado el señor Cachelin para cuidarla, lo cual debería bastar. No puedo permitir que mi oficina se torne un caos por cuestiones personales de mis empleados.

Lesable había dejado su reloj encima de su mesa delante de él, y esperaba que fueran las cinco con impaciencia febril. Apenas sonó el gran reloj del patio grande, se escapó, dejando, por primera vez, la oficina en el minuto reglamentario.

Tomó incluso de vuelta un coche de punto, tan viva era su inquietud; y subió la escalera a toda prisa.

La criada fue a abrirle; él balbució:

—¿Cómo se encuentra?

—El médico dice que está muy decaída.

Empezó a palpitarle el corazón y se quedó muy impresionado:

—Ah, ¿de veras?

¿Y, si por casualidad, fuera a morir?

No se atrevía a entrar ahora en la habitación de la enferma, y mandó llamar a Cachelin, que la cuidaba.

Apareció al punto su suegro, abriendo la puerta con precaución. Llevaba puesto su batín y su gorro griego como cuando pasaba agradables veladas al amor del fuego; y susurró en voz baja:

—Está mal, muy mal. Lleva inconsciente desde las cuatro. A primeras horas de la tarde ha recibido los sacramentos.

Entonces Lesable sintió que le flaqueaban las piernas y se sentó:

—¿Dónde está mi mujer?

—Está a su lado.

—¿Qué ha dicho exactamente el médico?

—Que se trata de un ataque. Puede volver en sí, como puede morir también esta misma noche.

—¿Me necesitan para algo? Si no me necesitan, preferiría no entrar. Me afectaría mucho verla en ese estado.

—No. Váyase a su casa. Si hay alguna novedad, le mandaré llamar enseguida.

Y Lesable volvió a su casa. El piso le pareció cambiado, más grande, más luminoso. Pero, como era incapaz de estarse quieto, salió a la terraza.

Estaban a últimos de julio, y el sol de justicia que estaba por desaparecer por detrás de las dos torres del Trocadero derramaba una lluvia de llamas sobre la inmensidad de tejados.

El espacio, de un rojo brillante a sus pies, se teñía más arriba de un color de oro pálido, luego de amarillo y de verde, de un verde tenue con toques de luz, luego se tornaba azul, de un azul puro y vivo sobre las cabezas.

Las golondrinas cruzaban como saetas, apenas visibles, trazando sobre el fondo bermejo del cielo el perfil afilado y fugitivo de sus alas. Y sobre la infinita multitud de casas, sobre el campo lejano, planeaba una nube rosa, un vapor de fuego en el que se erigían, como en una apoteosis, las puntas de los campanarios, las cúspides esbeltas de los monumentos. El Arco de Triunfo de l’Étoile aparecía enorme y negro en el incendio del horizonte y la cúpula de Les Invalides parecía otro sol caído del firmamento sobre la cubierta de un edificio.

Lesable se agarró con ambas manos a la barandilla de hierro, bebiendo el aire como si fuera vino, con ganas de saltar, de gritar, de hacer gestos violentos, a tal punto se sentía embargado de una profunda y triunfante alegría. ¡La vida le parecía radiante, el futuro lleno de felicidad! ¿Qué iba a hacer? Se puso a soñar.

Un ruido, detrás de él, le hizo estremecerse. Era su mujer. Tenía los ojos enrojecidos, las mejillas un tanto tumefactas, un aspecto de cansancio. Tras darle a besar su frente, dijo:

—Vamos a cenar a casa de papá para estar cerca de ella. La criada no la dejará mientras nosotros cenemos.

Y la siguió al piso vecino.

Cachelin estaba ya en la mesa, esperando a su hija y a su yerno. Encima del aparador había un pollo frío, una ensalada de patatas y una compotera llena de fresas, y la sopa humeaba en los platos.

Se sentaron. Cachelin declaró:

—Días así no quisiera muchos; son poco alegres.

Lo decía con tono indiferente en el acento y una especie de satisfacción en el semblante. Y se puso a devorar, como las personas de buen diente, encontrando el pollo exquisito y la ensalada de patatas muy refrescante.

En cambio, Lesable sentía encogido el estómago y el alma inquieta; apenas si comía, con el oído pendiente de la habitación de al lado, que estaba silenciosa como si no hubiera nadie. Tampoco Cora tenía apetito; emocionada y lacrimosa, se secaba de vez en cuando un ojo con el pico de su servilleta.

—¿Qué ha dicho el jefe? —preguntó Cachelin.

Lesable le dio detalles, que su suegro quería que fueran minuciosos, se los hacía repetir, insistiendo en saberlo todo como si llevara ausente del Ministerio un año.

—Habrá causado sensación, ¿no?, el saber que ella está enferma.

Y pensaba en su regreso glorioso una vez que hubiera muerto, en las caras que pondrían sus colegas; sin embargo, dijo como para responder a un remordimiento secreto:

—¡No es que yo le desee ningún mal a la pobre mujer! Bien sabe Dios que quisiera conservarla durante mucho tiempo, pero la noticia causará sensación de todos modos. Papá Savon olvidará la Comuna.

Habían empezado a comerse las fresas cuando la puerta de la enferma se entreabrió. La impresión fue tal que los tres se pusieron en pie de golpe, espantados. Apareció la criada, siempre con su aire plácido y de lela. Dijo tan tranquila:

—Ya no respira.

Cachelin tiró la servilleta sobre el plato y se precipitó como un loco; Cora le siguió, con el corazón palpitándole; pero Lesable permaneció plantado junto a la puerta, espiando a distancia la mancha clara de la cama apenas iluminada por el día que moría. Veía la espalda de su suegro inclinado sobre el lecho, sin moverse, examinando; y de repente oyó su voz que le pareció venir de lejos, de muy lejos, de los confines del mundo, una de esas voces a las que en sueños se oye decir cosas sorprendentes. Decía: «¡Se acabó! No se oye ya nada». Vio a su mujer caer de rodillas, sollozando, con la frente sobre la sábana. Entonces se decidió a entrar y, como Cachelin se había incorporado, vio en la blancura de la almohada el rostro de la tía Charlotte, con los ojos cerrados, tan demacrado, tan rígido y descolorido que parecía de cera.

Preguntó, angustiado:

—¿Se acabó?

Cachelin, que contemplaba también a su hermana, se volvió hacia él y los dos se miraron. Luego respondió: «Sí», tratando de adoptar una expresión cariacontecida, pero los dos hombres se habían comprendido con una simple mirada y, sin pensárselo, instintivamente, se estrecharon la mano como para darse las gracias por todo lo que habían hecho el uno por el otro.

A continuación, sin pérdida de tiempo, se ocuparon de forma activa de todas las tareas que reclama un muerto.

Lesable se encargó de ir a buscar al médico y de despachar a la mayor brevedad posible las cosas más urgentes.

Cogió el sombrero y bajó la escalera a toda prisa, ansioso por encontrarse en la calle, por estar solo, respirar, pensar, disfrutar en soledad de su felicidad.

Terminados los encargos, en vez de volver a casa se fue al bulevar, movido por el deseo de ver gente, de mezclarse con el tráfago y la vida feliz del atardecer. Tenía ganas de gritarles a los viandantes: «Tengo cincuenta mil libras de renta» y, con las manos en los bolsillos, fue deteniéndose delante de los escaparates, examinando las ricas telas, las joyas, los muebles de lujo, con este alegre pensamiento: «Ahora podría pagarme esto».

De repente pasó por delante de una empresa de pompas fúnebres y le asaltó una idea: «¿Y si no estuviera muerta? ¿Si se hubieran equivocado?».

Y emprendió camino de vuelta a casa, apretando el paso, con esa duda flotando en su mente.

Al entrar preguntó:

—¿Ha venido el doctor?

Cachelin respondió:

—Sí. Ha certificado el fallecimiento, y se ha encargado él de los trámites legales.

Volvieron a entrar en la habitación de la muerta. Cora seguía llorando, sentada en un sillón. Lloraba bajito, sin pena, casi sin tristeza ahora, con esa lágrima fácil de las mujeres.

Cuando se encontraron los tres en el piso, Cachelin manifestó en voz baja:

—Ahora que la criada ha ido a acostarse, podemos mirar si hay algo escondido en los muebles.

Y los dos hombres se pusieron manos a la obra. Vaciaron los cajones, rebuscaron en los bolsillos, desplegaron los menores papeles. A medianoche, no habían encontrado nada interesante. Cora se había amodorrado, y roncaba ligera, regularmente. César preguntó:

—¿Vamos a quedarnos aquí hasta que se haga de día?

Lesable, indeciso, opinaba que era lo más conveniente. Entonces el suegro se decidió:

—Traigamos entonces dos sillones aquí.

Y fueron a buscar los otros dos silloncitos tapizados del dormitorio de los jóvenes esposos.

Una hora más tarde, los tres parientes dormían con ronquidos desiguales ante el cadáver helado en su eterna inmovilidad.

Se despertaron con el día, cuando la criada entró en la habitación. Cachelin confesó enseguida, frotándose los párpados:

—Hace una media horita que me he adormilado.

En cambio, Lesable, que no había tardado ni un minuto en recobrar el dominio de sí, afirmó:

—Ya me he dado cuenta. Yo he permanecido todo el tiempo despierto; tenía los ojos cerrados sólo para que descansaran.

Cora volvió a su piso.

Lesable entonces preguntó con fingida indiferencia:

—¿Cuándo quieren que vayamos a ver al notario para el testamento?

—Si le parece…, esta misma mañana.

—¿Es necesario que venga también Cora?

—Tal vez sea mejor, pues al fin y al cabo la heredera es ella.

—Entonces la avisaré para que se vaya preparando.

Y Lesable salió con su paso vivo.

La notaría del señor Belhomme acababa de abrir sus puertas cuando Cachelin, Lesable y su mujer se presentaron, de luto riguroso, con semblantes afligidos.

El notario les recibió enseguida, les hizo sentarse. Cachelin tomó la palabra:

—Ya me conoce usted, señor notario: soy el hermano de la señorita Charlotte Cachelin. Éstos son mi hija y mi yerno. Mi pobre hermana murió ayer; la enterraremos mañana. Como es usted el depositario de su testamento, venimos a preguntarle si expresó alguna voluntad referente a su inhumación o si tiene alguna otra comunicación que hacernos.

El notario abrió un cajón, cogió un sobre, lo desgarró, sacó un papel y dijo:

—Aquí tiene, señor, una copia de este testamento que les puedo leer enseguida. La otra copia, idéntica a ésta, debe permanecer en mi poder.

Y leyó:

«Yo, la abajo firmante, Victorine-Charlotte Cachelin, expreso aquí mis últimas voluntades:

»Dejo toda mi fortuna, que asciende a cerca de un millón ciento veinte mil francos, a los hijos que nazcan del matrimonio de mi sobrina Céleste-Coralie Cachelin, con el usufructo de las rentas a los padres hasta la mayoría de edad del primogénito.

»Las disposiciones que siguen regulan la parte correspondiente a cada uno de los hijos y la parte restante para los parientes hasta el fin de sus días.

»En el caso de que mi muerte se produjera antes de que mi sobrina tuviese un heredero, toda mi fortuna quedará en manos de mi notario, por espacio de tres años, a fin de que mi voluntad expresada más arriba pueda verse cumplida si naciera un hijo durante ese período.

»Pero en el caso de que Coralie no obtuviera del Cielo un descendiente durante los tres años siguientes a mi muerte, mi patrimonio será repartido, bajo la supervisión de mi notario, entre los pobres y las casas de beneficencia cuya lista relaciono a continuación».

Seguía una serie interminable de nombres de comunidades, de cifras, de disposiciones y de recomendaciones.

Luego el señor Belhomme entregó educadamente el papel a Cachelin, que se había quedado de piedra del pasmo.

El notario creyó que era su obligación añadir unas explicaciones.

—La señorita Cachelin —dijo—, al hacerme el honor de hablarme por primera vez de su propósito de testar en este sentido, me expresó el ferviente deseo que tenía de conocer a un heredero de su linaje. Respondió a todos mis razonamientos con la cada vez más decidida confirmación de su voluntad, basada, por otra parte, en un sentimiento religioso, porque ella consideraba que toda unión estéril es señal de una maldición celestial. No pude cambiar en nada sus intenciones. Créanme que lo siento de veras. —Luego añadió, sonriendo hacia Coralie—: No me cabe ninguna duda de que el desideratum de la difunta se hará pronto realidad.

Y los tres parientes se fueron, demasiado pasmados para pensar en nada.

Regresaron a su domicilio, juntos, sin decir nada, avergonzados y furiosos, como si se hubieran robado unos a otros. Incluso todo el dolor de Cora se había disipado de repente, pues la ingratitud de su tía la dispensaba de llorar. Lesable, finalmente, cuyos pálidos labios estaban fruncidos por una crispación de despecho, le dijo a su suegro:

—Deme ese documento para que pueda examinarlo de visu.

Cachelin le alargó la hoja y el joven se puso a leer. Se había detenido en la acera y, a pesar de los empujones de los viandantes, se quedó parado, escudriñando entre las palabras con su penetrante y práctica mirada. Los otros dos esperaban, dos pasos más adelante, sin decir esta boca es mía.

Luego le devolvió el testamento declarando:

—No hay nada que hacer. ¡Nos la ha jugado bien!

Cachelin, irritado por el derrumbe de sus esperanzas, repuso:

—¡Os correspondía a vosotros tener un hijo, por Dios! Bien sabíais que lo deseaba desde hacía mucho tiempo.

Lesable se encogió de hombros sin replicar.

Al entrar en casa, encontraron a una multitud de gente esperándoles, esa gente cuyo oficio está relacionado con los muertos. Lesable se fue a su piso, pues no quería ocuparse ya de nada, y César trató con dureza a todo el mundo, gritando que le dejaran en paz, pidiendo que terminaran cuanto antes con todo aquello, y pareciéndole que tardaban mucho en desembarazarse de aquel cadáver.

Cora, encerrada en su habitación, no hacía ningún ruido. Pero, al cabo de una hora, Cachelin fue a llamar a la puerta de su yerno:

—Vengo —dijo—, mi querido Léopold, a someter algunas reflexiones a su consideración, porque, después de todo, habrá que ponerse de acuerdo. Mi idea es que, a pesar de todo, el funeral debe ser decoroso, para no despertar sospechas en el Ministerio. Ya nos pondremos de acuerdo en cuanto a los gastos. Y, además, no hay nada perdido. No lleváis casados mucho tiempo y muy desgraciados tendrías que ser para no tener hijos. Os pondréis a ello, ¿verdad? Ahora pensemos en lo que más urge. ¿Se encarga usted de pasar cuanto antes por el Ministerio? Yo voy a escribir las direcciones para las esquelas.

Lesable tuvo que reconocer no sin acritud que a su suegro no le faltaba razón, y se sentaron frente por frente en los dos extremos de una larga mesa para escribir las direcciones de los sobres para las esquelas.

Luego almorzaron. Reapareció Cora, indiferente, como si nada de todo ello fuera con ella, y comió mucho, pues la víspera había ayunado.

Terminada la comida, volvió a su aposento. Lesable salió para ir a la Marina, y Cachelin se instaló en su balcón a fin de fumar en pipa, a horcajadas de una silla. El sol de justicia de un día de verano caía sobre la multitud de tejados, algunos de los cuales, provistos de cristales, brillaban cual fuego, despidiendo rayos cegadores que la vista no podía soportar.

Y Cachelin, en mangas de camisa, observaba, con sus ojos parpadeantes bajo aquella tromba de luz, las verdes laderas, allá lejos, muy lejos, detrás de la gran ciudad, de las polvorientas afueras. Pensaba que el Sena corría, anchuroso, calmo y fresco, al pie de esas colinas de laderas cubiertas de árboles, y que se habría estado mucho mejor bajo aquel verdor, tendido boca abajo en la hierba, a orillas del río, escupiendo en el agua más que en el plomo abrasador de su terraza. Y le agobiaba un malestar, a causa del pensamiento obsesivo, de la dolorosa sensación de su desastre, de esta desgracia inesperada, tanto más amarga y brutal cuanto más viva y prolongada había sido la esperanza; y dijo en voz alta, como se hace en los momentos de gran trastorno mental, de obsesión por una idea fija:

—¡Mal bicho asqueroso!

Detrás de él, en la habitación, oía el trajín de los empleados de las pompas fúnebres, y el ruido continuo del martillo clavando el ataúd. No había vuelto a ver a su hermana desde su visita al notario.

Pero poco a poco la tibieza, la alegría, el encanto luminoso de aquel espléndido día de verano embargaron su carne y su alma, y pensó que no estaba todo perdido para él. ¿Por qué motivo su hija no iba a tener hijos? Su yerno parecía robusto, bien formado y con buena salud, aunque un poco menudo. ¡Claro que harían un hijo, por todos los santos! ¡Y, además, había que hacerlo!

Lesable se había introducido furtivamente en el Ministerio y entrado en su despacho. Encontró sobre la mesa un papel que decía así: «El jefe le reclama». Primero hizo un gesto de impaciencia, de rebelión contra aquel despotismo que volvería a caer sobre sus espaldas, luego le aguijoneó un súbito y violento deseo de ascender; también él sería un día jefe, y pronto; subiría más alto aún.

Sin quitarse siquiera la levita de calle, se fue a ver al señor Torchebeuf, presentándose con la expresión apesadumbrada de rigor en las circunstancias tristes, e incluso con algo más, con un signo de verdadero y profundo dolor, el involuntario abatimiento que imprimen en las facciones las grandes contrariedades.

La cabeza gorda del jefe, siempre inclinada sobre el papel, se enderezó, y le espetó con tono brusco:

—Le he necesitado a usted toda la mañana. ¿Por qué no ha venido?

Lesable respondió:

—Estimado señor, hemos tenido la desgracia de perder a mi tía, la señorita Cachelin, y precisamente venía a pedirle que asista a su inhumación, que será mañana.

El semblante del señor Torchebeuf se había serenado inmediatamente. Y respondió con un matiz de consideración:

—En ese caso, querido amigo, es otra cosa. No tiene importancia, y le dejo libre, pues debe de tener usted mucho que hacer.

Pero Lesable se empeñaba en demostrar su celo:

—Gracias, señor, todo se ha acabado ya y mi intención es quedarme aquí hasta la hora reglamentaria.

Y volvió a su despacho.

Había corrido la noticia, y venían de todas las oficinas a darle un pésame más de congratulación que de condolencia, así como para ver cuál era su actitud. Él soportaba las frases y las miradas con una máscara resignada de actor y un tacto del que la gente se asombraba. «Parece muy entero», decían unos. Y otros añadían: «Sí, pero por dentro debe de estar la mar de feliz».

Maze, el más atrevido de todos, le preguntó, con su aire desenvuelto de hombre de mundo:

—¿Sabe con exactitud a cuánto asciende la fortuna?

Lesable respondió con un tono perfecto de desinterés:

—No, no exactamente. El testamento dice que en torno al millón doscientos mil francos. Lo sé porque el notario ha tenido que comunicarnos inmediatamente determinadas cláusulas relativas al funeral.

Según la opinión general, Lesable no se iba a quedar en el Ministerio. Con sesenta mil libras de renta no se sigue haciendo de chupatintas. Se es alguien; y se puede llegar a donde se quiera. Algunos pensaban que apuntaba al Consejo de Estado; otros que quería ser diputado. El jefe se esperaba recibir su baja para transmitírsela al director.

Todo el Ministerio acudió al funeral, que fue considerado miserable. Pero corría un rumor: «Así lo ha querido la señorita Cachelin. Lo decía el testamento».

Al día siguiente, Cachelin volvió a su trabajo, y Lesable, tras una semana de indisposición, lo hizo a su vez, un poco pálido, pero asiduo y celoso como antes. Se hubiera dicho que no había ocurrido nada en su existencia. Únicamente observaron que fumaban con ostentación unos grandes puros, que hablaban de rentas, de los ferrocarriles, de los grandes valores, como las personas que poseen títulos en el bolsillo, y se supo, al cabo de un cierto tiempo, que habían alquilado una casa de campo en los alrededores de París, para ir a pasar allí el final del verano.

Pensaron: «Son avaros como la vieja; es algo que les viene de familia; tal para cual; no importa, no es chic seguir en el Ministerio con semejante fortuna».

Al cabo de cierto tiempo, no se pensó más en ello. Estaban catalogados y juzgados.

IV

Durante el entierro de la tía Charlotte, Lesable no hizo más que pensar en el millón, y, corroído por una rabia tanto más violenta cuanto que debía permanecer secreta, culpaba a todos de su deplorable malaventura.

También se preguntaba: «¿Por qué no he tenido un hijo después de dos años de casado?». Y el temor a ver quedar estéril su matrimonio le hacía palpitar el corazón.

Entonces, como el mozalbete que mira, en la extremidad del palo alto y reluciente de la cucaña, el tambor que hay que descolgar, y que se jura llegar a él, a fuerza de energía y de voluntad, teniendo el vigor y la tenacidad necesarios, Lesable tomó la decisión desesperada de ser padre. Tantos otros lo son, ¿por qué no iba a serlo también él? Quizá había sido negligente, despreocupado, ignorante de algo, como consecuencia de una indiferencia completa. Al no haber sentido nunca grandes ansias de tener un heredero, no había puesto nunca los cinco sentidos en lograr dicho resultado. Haría en adelante esfuerzos denodados; no descuidaría nada, y lo conseguiría porque tal era su deseo.

Pero al llegar a casa se sintió indispuesto y tuvo que meterse en cama. La decepción había sido excesiva, y acusaba sus consecuencias.

El médico consideró su estado tan serio como para prescribirle reposo absoluto y diagnosticó que necesitaría a continuación largos cuidados: temía una fiebre cerebral.

Pasados ocho días, abandonó el lecho, sin embargo, y volvió al trabajo del Ministerio.

Pero considerándose aún indispuesto, no se atrevía a acercarse al lecho conyugal. Dudaba y temblaba, como el general que se dispone a librar una batalla, una batalla de la que dependía su porvenir. Todas las noches lo dejaba para la siguiente, confiando en uno de esos momentos de salud, de bienestar y de energía, en los que uno se siente capaz de todo. Se tomaba continuamente el pulso y, como le parecía demasiado débil o agitado, tomaba reconstituyentes, comía carne cruda y antes de volver a casa hacía largas caminatas fortificantes.

Como no se sentía aún totalmente restablecido, se le ocurrió la idea de ir a pasar el final de la temporada estival a los alrededores de París. Y no tardó en convencerse de que el aire del campo tendría sobre su temperamento una influencia soberana. El campo produce efectos maravillosos, decisivos en una situación como la suya. Se tranquilizó por esa certeza del éxito próximo, y a su suegro, con sobreentendidos en la voz, le repetía:

—Cuando estemos en el campo, me sentiré mejor, y todo irá bien.

Le parecía que la palabra «campo» encerraba por sí sola un sentido misterioso.

Alquilaron, pues, una casita en el pueblo de Bezons y fueron a alojarse los tres en ella. Los dos hombres partían a pie, cada mañana, atravesando el llano, hacia la estación de Colombes, y no volvían hasta el atardecer.

Encantada de vivir así a riberas del agradable río, Cora iba a sentarse en la orilla, cogía flores, traía grandes ramos de finas hierbas, amarillas y temblorosas.

Cada atardecer paseaban los tres por la orilla del río hasta la presa del Morue, y entraban a tomarse una botella de cerveza en el restaurante de los Tilos. El río, contenido por la larga hilera de pilotes, corría por entre las junturas, saltaba, burbujeaba, espumaba, en una amplitud de cien metros; y el estruendo de la caída hacía estremecerse el suelo, mientras un fino vapor de agua, un vapor húmedo flotaba en el aire, se alzaba de la cascada como una ligera humareda, difundiendo en los alrededores un olor a agua agitada, una sensación de fango removido.

Caía la noche. A lo lejos, enfrente, un gran resplandor indicaba París y hacía repetir cada vez a Cachelin: «¡Pero qué ciudad, a pesar de todo!». De vez en cuando, el paso de un tren por el puente de hierro que corta el extremo de la isla producía un rugido atronador y no tardaba en desaparecer, ya hacia la izquierda, ya hacia la derecha, en dirección a París o hacia el mar.

Regresaban a paso lento, contemplando cómo salía a la luna, y se sentaban en una cuneta para ver más detenidamente cómo descendía sobre el río en calma su floja y amarillenta luz que parecía correr con sus aguas, que los rizos de la corriente agitaban como un muaré de fuego. Los sapos dejaban oír su canto metálico y breve. Los reclamos de las aves nocturnas atravesaban los aires. Y a veces una gran sombra silenciosa se deslizaba por el río, perturbando su luminoso y tranquilo curso. Era una barca de pescadores furtivos que lanzaban, de improviso, el esparavel y recogían sin ruido en su barca, en la extensa y oscura red, su pesca de gobios relucientes y estremecidos, como un tesoro sacado del fondo del agua, un tesoro vivo de peces de plata.

Cora, emocionada, se apoyaba cariñosamente en el brazo de su marido cuyas intenciones había adivinado, por más que no hubieran hablado nada al respecto. Para ellos era como un nuevo noviazgo, una segunda espera de la cópula amorosa. A veces él le hacía una caricia furtiva en la punta de la oreja, en el nacimiento de la nuca, en ese delicioso rinconcito de carne tierna en el que se rizan los primeros cabellos. Ella respondía apretándole la mano; y se deseaban, pese a rechazarse aún el uno al otro, movidos y refrenados por una voluntad más enérgica, por el fantasma del millón.

Cachelin, aplacado por la esperanza que sentía en torno a sí, vivía feliz, bebía y comía mucho, sintiendo que le daban, al crepúsculo, ataques de poesía, ese ingenuo enternecimiento que se apodera de las personas obtusas ante determinadas visiones campestres: un raudal de luz entre las ramas, una puesta de sol en las lejanas laderas, con reflejos purpúreos en el río. Y afirmaba: «Yo, cuando veo estas cosas, no puedo dejar de creer en Dios. Siento un pinchazo aquí —y señalaba la boca del estómago— y todo se me trastoca. Me siento raro, como si me hubieran sumergido en un baño que me hace sentir ganas de llorar».

Lesable, sin embargo, iba mejorando, y le dominaban repentinos ardores que tenía olvidados, la necesidad de correr como un potro, de revolcarse en la hierba, de lanzar gritos de alegría.

Consideró que había llegado el momento. Y fue una verdadera noche de bodas.

Luego tuvieron una luna de miel, llena de achuchones y de esperanzas.

Hasta que se dieron cuenta de que sus tentativas eran infructuosas y su confianza vana.

Fue una desesperación, un desastre. Pero Lesable no se desanimó, se obstinó con esfuerzos sobrehumanos. Su mujer, agitada por el mismo deseo, y temblando del mismo temor, más robusta también que él, se prestaba de buen grado a sus tentativas, reclamaba su coyunda, despertaba sin cesar su desfalleciente ardor.

Regresaron a París en los primeros días de octubre.

La vida se volvía dura para ellos. Ahora brotaban de sus labios palabras desagradables; y Cachelin, que intuía lo que estaba pasando, les convertía en el blanco de envenenadas y groseras burlas cuarteleras.

Un pensamiento incesante les perseguía, les minaba, aguijoneaba su rencor mutuo, el de la herencia inalcanzable. Cora se mostraba ahora arrogante y dura con su marido. Le trataba como a un muchachuelo, un mocoso, una nulidad. Y Cachelin repetía en todas las cenas: «Yo, si hubiera sido rico, habría tenido muchos hijos… En cambio, cuando se es pobre es preciso tener juicio». Luego, volviéndose hacia su hija, añadía: «Tú, tú debes de ser como yo, pero…». Y lanzaba a su yerno una elocuente mirada acompañada de un encogimiento de hombros lleno de desprecio.

Lesable no replicaba nada, como hombre superior que había acabado en una familia de palurdos. En el Ministerio les parecía que tenía mal aspecto. El jefe mismo, un día, le preguntó:

—¿No estará usted enfermo? Le encuentro un poco cambiado.

Él respondió:

—Por supuesto que no, estimado señor. Quizá es la fatiga. He trabajado mucho desde hace un tiempo, como usted ha podido ver.

Contaba, por supuesto, con su promoción a final de año, y había reanudado, con esta esperanza, su vida laboriosa de empleado modelo.

Recibió apenas una insignificante gratificación, menos que todos los demás. Su suegro Cachelin no tuvo ninguna.

Afectado por el golpe, Lesable fue a ver de nuevo a su jefe y, por primera vez, le llamó «señor» a secas.

—¿De qué me sirve, señor, trabajar como lo hago si no recojo fruto alguno?

La gorda cabeza del señor Torchebeuf pareció fruncir el ceño:

—Ya se lo dije, señor Lesable, que no admito discusiones de esta naturaleza entre nosotros. Le repito de nuevo que me parece inconveniente su reclamación, dado que su fortuna actual comparada con la pobreza de sus colegas…

Lesable no pudo contenerse:

—¡Pero, señor, si yo no tengo nada! Nuestra tía ha dejado su fortuna al primer hijo que nazca de nuestro matrimonio. Tanto mi suegro como yo vivimos de nuestros sueldos.

El jefe, sorprendido, replicó:

—Aunque no tenga nada hoy, será usted rico, en cualquier caso, un día de éstos. Lo que viene a ser lo mismo.

Lesable se retiró, más abatido por la promoción perdida que por la herencia inalcanzable.

Pero cuando Cachelin acababa de llegar a su oficina, unos días más tarde, el apuesto Maze entró con una sonrisa en los labios, luego apareció Pitolet, con ojos relucientes, y a continuación Boissel empujó la puerta y avanzó con aire excitado, riéndose sarcásticamente y lanzando a los demás miradas de inteligencia. Papá Savon, con la pipa de barro en la comisura de la boca, seguía copiando, sentado en su silla alta, con los dos pies en el travesaño, como hacen los niños pequeños.

Nadie decía nada. Parecían a la espera de algo, y Cachelin llevaba el registro de los documentos, anunciando en voz alta, como solía:

—Tolón. Suministros de fiambreras para la Richelieu. Lorient. Escafandras para el Desaix. Brest. Pruebas con lonas de procedencia inglesa.

Apareció Lesable. Se pasaba ahora todas las mañanas a buscar los asuntos que eran de su incumbencia, pues su suegro no se molestaba ya en hacérselos llegar por medio del ordenanza.

Mientras rebuscaba entre los papeles dispersos sobre el escritorio del oficial de entrada, Maze le miraba de reojo frotándose las manos, y Pitolet, que se estaba liando un cigarrillo, mostraba en sus labios unos leves frunces de alegría, esos signos de una alegría que resulta ya incontenible. Se volvió hacia el escribiente diciendo:

—Papá Savon, habrá aprendido usted en su vida un sinfín de cosas, ¿no?

El viejo, comprendiendo que iban a burlarse de él y a hablar de nuevo de su mujer, no respondió.

Pitolet prosiguió:

—Ha descubierto usted al menos el secreto de hacer hijos, puesto que ha tenido varios.

El buen hombre levantó la cabeza:

—Señor Pitolet, sepa usted que no me gustan las bromas sobre este asunto. Tuve la desgracia de casarme con una mujer indigna. En cuanto tuve pruebas de su infidelidad, me separé de ella.

Maze preguntó con tono indiferente, sin reírse:

—Prueba que tuvo varias veces, ¿no?

Papá Savon respondió con aire serio:

—Sí, señor.

Pitolet prosiguió:

—Ello no es óbice para que usted haya tenido varios hijos, tres o cuatro, por lo que me han dicho.

El buen hombre, tras ponerse rojo como una amapola, balbució:

—Busca usted herirme, señor Pitolet, pero no lo conseguirá. Mi mujer tuvo, en efecto, tres hijos. He de suponer que el primero fue mío, pero reniego de los otros dos.

Pitolet continuó:

—Todo el mundo dice, en efecto, que el primero es suyo. Es suficiente. Es muy bonito tener un hijo, muy bonito y un motivo de gran felicidad. Mire, apostaría a que Lesable estaría encantado de hacer uno, uno solo, como usted.

Cachelin había dejado de llevar el registro. Todo aquello no le hacía ninguna gracia, aunque papá Savon fuese su cabeza de turco normalmente y que hubiesen agotado con él la serie de bromas inconvenientes sobre el asunto de sus desdichas conyugales.

Lesable había recogido sus papeles; pero, al oír que se le atacaba, quiso quedarse, retenido por el orgullo, avergonzado e irritado, y pensando en quién podía haberles revelado su secreto. Luego se acordó de lo que le había contado a su jefe, y enseguida comprendió que tendría que mostrarse en adelante muy enérgico si no quería ser el blanco de todas las burlas del Ministerio.

Boissel andaba adelante y atrás, sin parar de reír burlonamente. Imitó la voz ronca de los vendedores callejeros y bramó:

—¡El secreto para hacer niños, a diez céntimos, dos sueldos! ¡Pidan el secreto para hacer niños, revelado por el señor Savon, con muchos horribles detalles!

Todo el mundo se echó a reír, a excepción de Lesable y de su suegro. Y Pitolet, volviéndose hacia el oficial de entrada, dijo:

—Pero ¿qué le pasa, Cachelin? No reconozco su alegría habitual. Se diría que no encuentra gracioso que papá Savon haya tenido un hijo de su mujer. A mí me parece de lo más divertido. ¡No es dado a todo el mundo!

Lesable se había puesto a revolver entre unos papeles, fingiendo leer y no oír nada; pero había palidecido.

Boissel prosiguió con el mismo tono de voz de gamberro:

—¡De la utilidad de los herederos para hacerse con las herencias, diez céntimos, dos sueldos, cómprenlo!

Entonces Maze, que consideraba de baja estofa ese tipo de ingenio y se la tenía guardada a Lesable por haberle arrebatado la esperanza de fortuna que alimentaba en el fondo de su corazón, le preguntó sin ambages:

—¿Qué le pasa, Lesable, que está tan pálido?

Lesable alzó la cabeza y miró a la cara a su colega. Dudó unos instantes, con labios temblorosos, buscando una respuesta que fuera hiriente al tiempo que ingeniosa, pero, al no encontrar nada adecuado, dijo:

—No me pasa nada. Sólo que estoy asombrado de verles hacer un semejante alarde de ingenio.

Maze, en todo momento de espaldas al fuego y levantándose con ambas manos los faldones de su levita, prosiguió entre risas:

—Se hace lo que se puede, amigo. Nosotros somos como usted, no siempre conseguimos…

Un estallido de risas le cortó la palabra. Papá Savon, estupefacto, comprendiendo vagamente que la cosa no iba ya con él, que no era de él de quien se burlaban, permanecía con la boca abierta, la pluma en suspenso. Y Cachelin esperaba, presto a propinar unos puñetazos al primero que se le pusiera delante.

Lesable balbució:

—No entiendo. ¿Qué no he conseguido?

El apuesto Maze dejó caer uno de los faldones de su levita para ensortijarse el bigote y, con tono gracioso, dijo:

—Sé que consigue usted normalmente cuanto se propone. Por ello, he cometido un error al referirme a usted. Se trataba, por otra parte, de los hijos de papá Savon, no de los suyos, puesto que no tiene ninguno. Ahora bien, como siempre logra cuanto se propone, es evidente que, si no tiene hijos, es porque no ha querido tenerlos.

Lesable preguntó con aspereza:

—¿Quién le manda meterse en camisas de once varas?

Ante ese tono provocador, Maze levantó, a su vez, la voz:

—Pero ¿qué le pasa? ¡Trate de ser educado, o tendrá que vérselas conmigo!

Pero Lesable temblaba de ira y, perdiendo toda compostura, dijo:

—Señor Maze, no soy yo, como usted, un gran fatuo, ni me las doy de guapeza. Y le ruego que a partir de ahora no me dirija nunca más la palabra. Me trae sin cuidado usted y los de su calaña.

Y dirigió una mirada retadora a Pitolet y a Boissel.

Maze había comprendido de repente que la verdadera fuerza radica en la calma y la ironía; pero, herido en lo más vivo de su vanidad, quiso asestar un golpe mortal a su enemigo, y prosiguió diciendo con un tono protector, un tono de consejero benevolente, con la rabia pintada en los ojos:

—Mi querido Lesable, se pasa usted de la raya. Comprendo, por otra parte, su despecho; sé que fastidia perder una fortuna y perderla por tan poco, por algo tan fácil, tan simple… Mire usted, si quiere, le hago ese favor, y a cambio de nada, como buen compañero. Es algo que se despacha en cinco minutos…

No había terminado de decirlo cuando recibió en pleno pecho el tintero de papá Savon, lanzado por Lesable. Un chorretón de tinta cubrió su rostro, volviéndolo negro con sorprendente rapidez. Él se abalanzó, con los ojos en blanco, levantando la mano para golpear. Pero Cachelin cubrió a su yerno, cogiendo al alto Maze por la cintura, y, zarandeándole, sacudiéndole, moliéndole a golpes, le arrojó contra la pared. Maze se desprendió con un violento esfuerzo, abrió la puerta y gritó a los dos hombres:

—¡Tendrán ustedes noticias mías! —Y desapareció.

Pitolet y Boissel le siguieron. Boissel justificó su moderación por el temor a cargarse a uno de ellos de haber tomado parte en la trifulca.

Apenas hubieron entrado en su oficina, Maze trató en vano de limpiarse; había sido manchado con una tinta de fondo violeta, de esas indelebles e imborrables. Permanecía delante del espejo, furioso y apesadumbrado, frotándose rabiosamente el rostro con su toalla enrollada a manera de un manojo de paja. El resultado fue un negro más intenso y matizado de rojo a causa de la sangre que le afluía a la piel.

Boissel y Pitolet le habían seguido y le daban consejos. Según el primero, había que lavar el rostro con aceite de oliva puro, según el otro haría falta amoníaco. Mandaron al ordenanza a pedir consejo a un farmacéutico. Éste le trajo un líquido amarillo y una piedra pómez. No se obtuvo ningún resultado.

Maze, desalentado, se sentó y declaró:

—Ahora queda por solventar la cuestión de honor. ¿Quieren ser ustedes mis padrinos e ir a pedirle al señor Lesable que me presente las debidas excusas o una reparación por las armas?

Los dos aceptaron y se pusieron a discutir los pasos a dar. No tenían ninguna experiencia en ese tipo de asuntos, pero no querían confesarlo, y, preocupados por el deseo de ser correctos, expresaban opiniones tímidas y diversas. Se decidió que consultarían a un capitán de fragata, agregado al Ministerio para dirigir el servicio del carbón. Éste no sabía del asunto más que ellos. Pero, tras haber reflexionado, les aconsejó que fueran a ver a Lesable y le rogaran que les pusiera en contacto con dos amigos suyos.

Cuando se dirigían hacia el despacho de su colega, Boissel se detuvo de improviso:

—¿No es conveniente que nos agenciemos unos guantes?

Pitolet dudó un momento:

—Sí, tal vez sí.

Pero para conseguir unos guantes había que salir, y el jefe no bromeaba con estas cosas. Mandaron, pues, al ordenanza a buscar un surtido en una tienda. La cuestión del color les tuvo indecisos durante un buen rato. Para Boissel tenían que ser negros, en cambio Pitolet opinaba que ese color era inadecuado para la circunstancia. Los eligieron de color violeta.

Al ver entrar a los dos hombres enguantados y solemnes, Lesable levantó la cabeza y preguntó bruscamente:

—¿Qué desean ustedes?

Respondió Pitolet:

—Señor, hemos sido encargados por nuestro amigo el señor Maze de exigirle excusas o bien una reparación por las armas por haber recurrido a las vías de hecho con él.

Pero Lesable, aún exasperado, exclamó:

—Pero ¡cómo! ¿Me ofende y encima trata de provocarme? Díganle que le desprecio y que desprecio todo cuanto pueda decir o hacer.

Con aire trágico, Boissel dio un paso adelante y dijo:

—Así nos obliga usted a publicar en los periódicos una notificación que no será de su agrado.

Pitolet añadió con malicia:

—Y que puede lesionar gravemente su honor y perjudicar sus futuras promociones.

Lesable les miraba aterrado. ¿Qué hacer? Pensó en ganar tiempo:

—Señores, dentro de diez minutos tendrán mi respuesta. ¿Quieren esperar en la oficina del señor Pitolet?

En cuanto se quedó solo, miró a su alrededor, como en busca de consejo, de protección.

¡Un duelo! ¡Iba a batirse en duelo!

Se quedó palpitando, estupefacto como alguien pacífico que no ha pensado nunca en semejante posibilidad, que no está preparado para esos riesgos, para esas emociones, ni ha fortalecido su valor en previsión de ese acontecimiento formidable. Quiso levantarse y volvió a derrumbarse en el asiento, mientras el corazón se le aceleraba y se le aflojaban las piernas. Su ira y su fuerza habían desaparecido por completo. Pero el pensar en lo que dirían en el Ministerio y el ruido que ello armaría en las oficinas despertó su desfalleciente orgullo y, sin saber a qué resolverse, se dirigió al despacho de su jefe para pedirle su opinión.

El señor Torchebeuf se quedó sorprendido y perplejo. No veía la necesidad de un lance de honor, y le parecía que todo aquello iba a crear desórdenes una vez más en el trabajo. Repetía:

—No puedo aconsejarle nada. Se trata de una cuestión de honor en la que no puedo entrar. ¿Quiere que le escriba dos palabras para el comandante Bouc? Es persona ducha en este tipo de asuntos y podrá aconsejarle.

Lesable se mostró de acuerdo y fue a ver al comandante, que aceptó incluso ser su padrino; y se llevó a un subjefe para secundarle.

Boissel y Pitolet les estaban esperando, enguantados. Habían pedido prestadas dos sillas en la oficina de al lado para tener cuatro.

Se saludaron con expresión seria y se sentaron. Pitolet tomó la palabra y expuso la situación. Tras haber escuchado, el comandante respondió:

—La cosa es seria, pero no parece irreparable, todo depende de las intenciones.

Era un viejo ladino que se divertía con aquello.

Y se entabló una larga discusión, en la que se prepararon sucesivamente cuatro borradores de carta, pues las excusas debían ser recíprocas. Si el señor Maze reconocía no haber tenido intención, en principio, de ofender al señor Lesable, éste admitiría haber obrado mal tirándole el tintero y se disculparía por su desconsiderada violencia.

Y los cuatro padrinos volvieron con sus respectivos representados.

Maze, sentado ahora delante de la mesa, agitado por la emoción del probable duelo, aunque esperando ver retroceder a su adversario, se miraba sucesivamente una y otra sus mejillas en uno de esos espejitos redondos, de estaño, que todos los empleados esconden en un cajón para arreglarse, antes de la salida de la tarde, la barba, el pelo y la corbata.

Leyó las cartas que sometieron a su consideración y declaró con visible satisfacción:

—Me parece muy honorable. Estoy dispuesto a firmar.

Por su parte, Lesable había aceptado sin discusión la redacción de sus padrinos, declarando:

—Siendo ustedes de esta opinión, yo no puedo sino mostrarme de acuerdo con ella.

Y los cuatro plenipotenciarios se reunieron de nuevo. Se intercambiaron las cartas; se saludaron con aire grave y, tras solventar el incidente, se separaron.

Un extraordinario revuelo reinaba en la administración. Los empleados iban en busca de noticias, pasaban de una oficina a otra, se abordaban en los pasillos.

Cuando se supo que el asunto se había arreglado, hubo una desilusión general. Alguien dijo: «Pero ello no basta para dar un hijo a Lesable». La ocurrencia corrió. Un empleado compuso una coplilla.

Pero precisamente, cuando parecía que el asunto estaba zanjado, surgió una dificultad, planteada por Boissel: «¿Cuál debía ser la actitud de los dos adversarios al encontrarse cara a cara? ¿Se saludarían? ¿Fingirían no conocerse?». Se decidió que se encontrarían, como por casualidad, en el despacho del jefe y que, en presencia del señor Torchebeuf, se intercambiarían unas palabras de cortesía.

De inmediato se llevó a cabo la ceremonia; y Maze, tras haber mandado pedir un coche de punto, regresó a su casa para tratar de limpiar su piel.

Lesable y Cachelin volvieron juntos a casa, en silencio, sintiendo una furia recíproca, como si todo lo sucedido hubiera sido culpa de uno o del otro. Una vez que hubo entrado, Lesable tiró violentamente su sombrero sobre la cómoda y le gritó a su mujer:

—Ya tengo bastante de esto. ¡Ahora he de batirme en duelo por ti!

Ella le miró sorprendida y ya irritada:

—¿Un duelo? ¿Y por qué?

—Porque Maze me ha ofendido a propósito de ti.

Ella se acercó:

—¿A propósito de mí? Pero ¿qué dices?

Él se había sentado rabiosamente en un sillón. Prosiguió:

—Me ha ofendido… y basta. No tengo por qué darte más explicaciones.

Pero ella quería saber:

—Exijo que me repitas lo que ha dicho de mí.

Lesable enrojeció, luego balbució:

—Me ha dicho…, me ha dicho…, respecto a tu esterilidad…

Ella pegó un respingo; luego se enfureció, imponiéndose la brutalidad paterna a su naturaleza femenina, y estalló:

—¿Que yo…? ¿Que yo soy estéril? ¿Y qué sabe ese villano? Estéril contigo, porque no eres un hombre. Pero si me hubiera casado con otro, con cualquier otro, oye lo que te digo, habría tenido hijos. ¡Habla, habla si te atreves! ¡Menudo precio he pagado por casarme con un débil de carácter como tú!… ¿Y tú qué le has respondido a ese asqueroso?

Lesable, como loco ante semejante chaparrón, balbució:

—Le he… abofeteado.

Ella le miró, asombrada:

—¿Y qué ha hecho él?

—Me ha mandado unos padrinos. ¡Ya ves!

Ella estaba ahora interesada por el asunto, atraída, como todas las mujeres, por las aventuras dramáticas, y preguntó, dulcificada de repente, no sin dejar de sentir cierta estima por ese hombre que iba a arriesgar su vida:

—¿Cuándo os batiréis?

Él respondió tan tranquilo:

—No nos batiremos; la cosa ha sido arreglada por los padrinos. Maze me ha presentado sus disculpas.

Ella le miró de arriba abajo llena de desprecio:

—¡Qué bonito! Me ofenden delante de ti, tú les dejas hablar y ni siquiera te bates en duelo. ¡Lo único que te faltaba era ser un cobarde!

Él se rebeló:

—Te ordeno que te calles. Sé mejor que tú lo que concierne a mi honor. Y aquí tienes, además, la carta del señor Maze. Lee y verás.

Ella cogió el papel, lo leyó por encima, lo comprendió todo y, con una risa sarcástica, dijo:

—También tú has escrito una carta, ¿verdad? Os habéis tenido miedo mutuamente. ¡Menudos cobardes son los hombres! En vuestro lugar, nosotras… En fin, la ofendida en este asunto he sido yo, tu mujer, ¡y tú te contentas con esto! No me extraña nada que no seas capaz de tener un hijo. Eres tan… flojo con las mujeres como con los hombres. ¡Ah, sí, vaya ricura que me ha tocado en suerte!

Había adoptado de repente la voz y los ademanes de Cachelin, unos ademanes vulgares de viejo soldado y una entonación varonil.

Plantada delante de él, en jarras, alta, robusta, vigorosa, con el pecho turgente, el rostro encendido, la voz profunda y vibrante, la sangre que coloreaba sus lozanas mejillas de real hembra, miraba, sentado delante de ella, a ese hombrecillo pálido, un poco calvo, afeitado, con sus cortas patillas de abogado. Ganas tenía de estrangularle, de aplastarle.

Y repetía:

—Eres incapaz de nada, de nada. ¡Dejas incluso que todo el mundo se te adelante como empleado!

Se abrió la puerta y apareció Cachelin, atraído por el ruido de voces, y preguntó:

—¿Qué ocurre?

Ella se volvió:

—¡Nada, que le estoy cantando las cuarenta a este payaso!

Y Lesable, alzando los ojos, se dio cuenta de cuánto se parecían. Tuvo la impresión de que se hubiera descorrido un velo que le permitía ver tal como eran, tanto el padre como la hija, de la misma sangre, de la misma casta común y grosera. Se sintió perdido, condenado, a vivir entre los dos y para siempre.

Cachelin declaró:

—Si al menos la gente pudiera divorciarse. No debe de ser nada agradable estar casada con un capón.

Lesable se puso en pie de un salto, temblando de furia al oír aquella palabra. Se fue hacia su suegro balbuceando:

—¡Fuera de aquí!… ¡Fuera!… Está en mi casa, no lo olvide… Le echo…

Y cogió de encima de la cómoda una botella llena de agua sedativa blandiéndola como si fuera una maza.

Cachelin, intimidado, salió andando hacia atrás y murmurando:

—Pero ¿qué le ha dado ahora?

Pero la ira de Lesable no se aplacó; habían rebasado toda medida. Se volvió hacia su mujer, que le seguía mirando, un tanto asombrada por su violencia, y él gritó, tras haber dejado su botella sobre el mueble:

—En cuanto a ti…, en cuanto a ti…

Pero como no encontraba nada que decir, ni tenía ningún argumento que aducir, se quedó delante de ella con el rostro alterado, la voz demudada.

Ella se echó a reír.

Ante aquella alegría que era una nueva ofensa, él enloqueció y se abalanzó para agarrarla del cuello con la mano izquierda, mientras que con la derecha la abofeteaba furiosamente. Ella retrocedía, trastornada, ahogándose. Tropezó con la cama y se dejó caer encima de espaldas. Él no la soltaba y seguía golpeándola. De repente se levantó, jadeante, extenuado y, avergonzándose de golpe de su brutalidad, balbució:

—Esto es lo que pasa…, esto es lo que pasa.

Ella no se movía, como si la hubiera matado. Permanecía tumbada de espaldas, al borde de la cama, ocultando ahora su rostro entre las manos. Él se acercó, incómodo, preguntándose qué iba a ocurrir a continuación y esperando que descubriera el rostro para poder ver qué tenía. Al cabo de unos instantes, sintiendo aumentar su angustia, murmuró:

—Cora…, Cora…, escucha.

Ella no respondía ni se movía. Pero ¿qué tenía? ¿Qué estaba haciendo? Y, sobre todo, ¿qué haría?

Pasada la rabia, disipada tan rápidamente como se había originado, se sentía odioso, poco menos que un criminal. Había pegado a una mujer, a su mujer, él, un hombre cuerdo y frío, un hombre educado y siempre razonable. Y en el enternecimiento de la reacción, tenía ganas de pedir perdón, de ponerse de rodillas, de besar esa mejilla herida y enrojecida. Con la yema de los dedos tocó suavemente una de las manos extendidas sobre ese rostro invisible. Pareció que no sintiera nada. La tocó con dulzura, la acarició como se hace con un perro después de haberle pegado unos gritos. Tampoco pareció que lo notara. Le repitió:

—Cora, escúchame. Cora, he cometido un error, escúchame…

Ella parecía muerta. Trató de retirarle una mano. Ésta se separó fácilmente y vio un ojo abierto que le miraba, un ojo de mirada fija, extraña, inquietante.

Continuó:

—Oye, Cora, me he dejado llevar por la ira. Ha sido tu padre quien me ha sacado de quicio. No se insulta así a un hombre.

Ella no respondió nada, como si no oyera. Él no sabía qué decir, qué hacer. La besó cerca de la oreja, y, al levantarse, vio una lágrima en la comisura del ojo, una gran lágrima que se desprendió y rodó rápidamente por la mejilla; y el párpado se agitaba, se cerraba una vez tras otra.

Le dominó una gran tristeza, embargado de emoción, y, abriendo los brazos, se tumbó sobre su mujer; apartó con los labios la otra mano y besándola en todo el rostro le suplicaba:

—Mi pobre Cora, perdóname, perdóname…

Ella seguía llorando, en silencio, sin sollozar, como se llora en los momentos de honda tristeza.

Él la tenía apretada contra sí, acariciándola y susurrándole al oído todas las tiernas palabras que conseguía encontrar. Pero ella permanecía insensible. Sin embargo, dejó de llorar. Se quedaron así durante bastante rato, tumbados y abrazados.

Caía la noche, llenando de sombra el cuartito; y cuando estuvo completamente a oscuras él se volvió más atrevido y pidió perdón de tal modo que reavivó sus esperanzas.

Cuando se levantaron, él había recobrado su voz y su aspecto normales, como si nada hubiera pasado. Ella parecía, por el contrario, enternecida, hablaba con un tono más dulce que de costumbre, miraba a su marido con mirada sumisa, casi acariciante, como si este inesperado correctivo le hubiera relajado los nervios y ablandado el corazón. Él dijo tranquilamente:

—Tu padre debe de estar aburriéndose, solo en su casa. Deberías llamarle. Por otra parte, debe de ser hora de cenar.

Ella salió.

Eran las siete, en efecto, y la criada anunció que la sopa estaba en la mesa. Luego Cachelin, tranquilo y sonriente, reapareció con su hija. Se sentaron a la mesa y charlaron, aquella noche, más cordialmente de lo que lo habían hecho en mucho tiempo, como si hubiera ocurrido algo afortunado para todos.

V

Pero sus esperanzas, siempre alimentadas y renovadas, nunca conducían a nada. Defraudadas mes tras mes las expectativas, a pesar de la persistencia de Lesable y la buena voluntad de su compañera, les mantenían en un estado de angustia febril. Se reprochaban mutuamente sin cesar su fracaso y el marido, desesperado, enflaquecido y cansado, tenía que soportar de modo especial la grosería de Cachelin, que ahora ya, en su intimidad guerrera, no le llamaba de otro modo que «señor Gallito», en recuerdo sin duda del día en que había estado a punto de recibir un botellazo en el rostro por haber pronunciado la palabra «capón».

Padre e hija, unidos por instinto, rabiosos por la constante idea del patrimonio tan próximo e imposible de aferrar, no sabían ya qué inventar para vejar y atormentar a aquel impotente, causa de su desventura.

Al sentarse a la mesa, Cora repetía cada día:

—No hay gran cosa para cenar. Si fuéramos ricos, sería distinto. Pero no es culpa mía.

Cuando Lesable salía para ir a la oficina ella le gritaba desde el fondo de la habitación:

—Coge el paraguas, pues si no volverás a casa sucio como una rueda de ómnibus. No es culpa mía que tengas que seguir haciendo de chupatintas.

Cuando ella iba a salir, no dejaba nunca de exclamar:

—Pensar que si me hubiera casado con otro hombre tendría un coche para mí.

En todo momento y ocasión, no pensaba en otra cosa, pinchaba al marido con un reproche, le escarnecía con una injuria, le hacía a él el único culpable y responsable de la pérdida de ese dinero que hubiera tenido que ser suyo.

Finalmente, una tarde, perdiendo de nuevo la paciencia, él exclamó:

—Por todos los diablos, ¿quieres acabar con esto? Escúchame, si no tenemos hijos es por culpa tuya, sólo tuya, porque yo tengo un hijo…

Mentía, prefiriendo cualquier cosa al eterno reproche y a la vergüenza de pasar por impotente.

Ella le miró, primero sorprendida, buscando en sus ojos la verdad de lo que decía, luego, tras haber comprendido, llena de desprecio, dijo:

—¿Tú tienes un hijo?

Él respondió con descaro:

—Sí, un hijo natural que he hecho criar en Asnières.

Ella prosiguió tan tranquila:

—Mañana iremos a verle para que pueda conocerlo.

Pero él enrojeció hasta las cejas y dijo balbuceando:

—Como quieras.

Ella se levantó, al día siguiente, a las siete, y como se mostrara asombrada:

—Pero ¿no vamos a ver a tu hijo? Me lo prometiste ayer por la noche. ¿Acaso hoy por casualidad ya no lo tienes?

Él saltó bruscamente de la cama:

—No iremos a ver a mi hijo, sino a un médico que te dirá lo que te mereces.

Ella respondió, como mujer segura de sí:

—No deseo otra cosa.

Cachelin se encargó de anunciar en el Ministerio que su yerno estaba enfermo; y el matrimonio Lesable, siguiendo una indicación de un farmacéutico vecino suyo, llamaba a la hora fijada a la puerta del doctor Lefilleul, autor de varias obras sobre higiene de la procreación.

Entraron en un blanco salón decorado con unas molduras doradas, mal amueblado, que parecía desnudo y no habitado a pesar de sus numerosos asientos. Se sentaron. Lesable se sentía preocupado, tembloroso y también avergonzado. Cuando les llegó la vez, entraron en una especie de despacho donde les recibió un hombre gordo de pequeña estatura, ceremonioso y frío.

Esperó que se explicasen, pero Lesable, rojo como la grana, no se atrevía. Entonces su mujer se decidió, y, con voz serena, como persona decidida a todo para lograr su deseo, dijo:

—Señor, venimos a verle porque no tenemos hijos. Y hay de por medio una gran fortuna.

La consulta fue larga, minuciosa y penosa. Sólo Cora no parecía en absoluto incómoda, prestándose al examen atento del médico como una mujer a la que anima y sostiene un más elevado interés.

Tras haber explorado durante cerca de una hora a los dos esposos, el facultativo no se pronunció.

—No encuentro nada —dijo—, nada anormal ni especial. Por otra parte, es un caso muy frecuente. Sucede con los cuerpos como con los caracteres. Vemos muchos matrimonios fracasados por incompatibilidad de caracteres, y tampoco es extraño ver otros estériles por incompatibilidad física. La señora parece particularmente bien formada y apta para la procreación. El señor, en cambio, aunque de constitución normal, parece debilitado, tal vez debido en parte a su excesivo deseo de ser padre. ¿Me permiten auscultarles?

Lesable, inquieto, se quitó el chaleco y el doctor permaneció largo rato con el oído pegado al tórax y a la espalda del empleado y le dio repetidamente unos golpecitos con los dedos, desde el estómago hasta el cuello y desde los riñones hasta la nuca.

Le encontró una ligera alteración en el ritmo cardíaco e incluso un problema en el pecho.

—Tiene que cuidarse, señor, cuidarse y mucho. Se trata de una anemia, de agotamiento, de nada más. Pero estas pequeñas alteraciones, insignificantes por el momento, pueden volverse a no mucho tardar incurables.

Lesable, pálido de angustia, pidió una prescripción facultativa. Se le recetó un régimen complicado. Hierro, carnes rojas, caldo durante el día, ejercicio, reposo y una estancia en el campo durante el verano. Luego el doctor les dio unos consejos para el momento en que él estuviera mejor. Les indicó prácticas inusitadas en su caso y generalmente exitosas.

La consulta costó cuarenta francos.

Cuando estuvieron en la calle, Cora dijo, llena de sorda cólera y previendo el porvenir:

—¡Estoy apañada!

Él no respondió. Caminaba devorado por los temores, recordando y sopesando cada palabra del médico. ¿No le había engañado? ¿No le había considerado un caso perdido? ¡No pensaba en absoluto en la herencia, ahora, ni en el hijo! ¡Se trataba de su vida!

Le parecía oír un silbido en sus pulmones y sentir latir aceleradamente su corazón. Al pasar por las Tullerías, tuvo un desfallecimiento y quiso sentarse. Exasperada, su mujer permaneció de pie cerca de él para humillarle, mirándole de arriba abajo con una compasión despectiva. Él respiraba con esfuerzo, exagerando el resoplido resultado de su emoción; y, con los dedos de la mano izquierda en el pulso de la muñeca derecha, contaba las pulsaciones de la arteria.

Cora, que pataleaba de la impaciencia, preguntó:

—¿Has acabado con tus dengues? ¿Hasta cuándo habrá que esperar?

Él se levantó, como se levantan las víctimas, y se puso de nuevo en camino sin pronunciar palabra.

Cuando Cachelin supo el resultado de la consulta, no moderó su furor. Vociferaba: «¡Aviados estamos, ah! ¡Sí, aviados de verdad!». Y miraba a su yerno con mirada feroz, como si se lo quisiera comer vivo.

Lesable no escuchaba, no oía, pensando únicamente en su salud, en su existencia amenazada. Ya podían gritar, padre e hija, pues ellos no se encontraban en su pellejo, y él quería salvar su pellejo.

Comenzaron a alinearse en la mesa, delante de su sitio, los frascos de farmacia, y él preparaba a cada comida las dosis de los medicamentos, ante las sonrisas de su mujer y las risotadas de su suegro. Se miraba en el espejo en todo momento, se llevaba a cada instante la mano al corazón para contar sus latidos, y se mandó hacer una cama en un cuarto oscuro que servía de guardarropa, pues no quería tener ya contacto carnal con Cora.

Ahora sentía por ella un odio temeroso, mezclado de desprecio y de repugnancia. Todas las mujeres, por otra parte, le parecían ahora una especie de monstruos, bestias peligrosas, que tenían por misión matar a los hombres; y no pensaba ya en el testamento de la tía Charlotte sino como se piensa en un accidente pasado en el que se ha estado a punto de perder la vida.

Pasaron algunos meses más. Sólo quedaba un año para que venciera el plazo.

Cachelin había colgado en el comedor un enorme calendario en el que tachaba un día cada mañana, y la exasperación de su impotencia, la desesperación de sentir de semana en semana escapársele esa fortuna, la rabia de pensar que tendría que seguir deslomándose en la oficina y vivir luego con una pensión de dos mil francos hasta su muerte, le empujaban a una violencia verbal que, por una nimiedad, podía degenerar en actos violentos.

Ya no podía mirar a Lesable sin estremecerse de una necesidad furiosa de pegarle, aplastarle, pisotearle. Le odiaba con un odio irracional. Cada vez que le veía abrir la puerta y entrar, le parecía que entrase un ladrón, que le hubiera despojado de un bien sagrado, de una herencia de familia. Le odiaba más que a un enemigo mortal al tiempo que le despreciaba por su debilidad y, sobre todo, por su cobardía, desde que había renunciado a perseguir la esperanza común por temor a su salud.

En efecto, Lesable vivía más separado de su mujer que si no les hubiera unido lazo alguno. Ya no se le acercaba, ni la tocaba, evitaba incluso su mirada, tanto por vergüenza como por temor.

Cachelin preguntaba cada día a su hija:

—¿Qué?, ¿se ha decidido tu marido?

Ella respondía:

—No, papá.

Cada noche, en la mesa, tenían lugar escenas lamentables. Cachelin repetía sin cesar:

—Cuando uno no es hombre, mejor sería palmarla para dejar el sitio a otro.

Y Cora añadía:

—La verdad es que hay gente muy inútil y molesta. No sé muy bien qué hacen en la tierra como no sea ser una carga para todo.

Lesable tomaba sus drogas y no respondía. Hasta que, finalmente, un día su suegro le dijo a gritos:

—¡Sepa que, si no cambia usted de actitud, ahora que está mejor, sé muy bien lo que hará mi hija!…

El yerno alzó la vista, presintiendo un nuevo ultraje, con mirada interrogativa. Cachelin prosiguió:

—¡Se buscará a otro en su lugar, por Dios! Y me extraña que no lo haya hecho ya. Cuando una mujer se casa con un baldragas como usted, todo está permitido.

Lesable, lívido, respondió:

—No soy yo quien le impide seguir sus buenos consejos.

Cora había bajado los ojos. Y Cachelin, consciente vagamente de que acababa de decir una enormidad, se quedó un poco confuso.

VI

En el Ministerio, los dos hombres parecían llevarse bastante bien. Se había establecido una especie de pacto entre ellos para disimular a sus colegas la guerra de su vida privada. Se llamaban «mi querido Cachelin» y «mi querido Lesable», y fingían incluso reír juntos, estar felices y contentos, satisfechos de su vida en común.

Lesable y Maze, por su parte, se comportaban el uno respecto al otro con la cortesía ceremoniosa de unos adversarios que han estado a punto de batirse. El duelo frustrado, cuyo escalofrío habían conocido, había establecido entre ellos una cortesía exagerada, una consideración más marcada, y acaso un secreto deseo de aproximación, nacido del confuso temor a una nueva complicación. Su comportamiento de hombres de mundo que han tenido un lance de honor era respetado y aprobado por la gente.

Se saludaban a distancia, con una rígida seriedad, con un sombrerazo de gran dignidad.

No cruzaban palabra, ninguno de los dos quería o se atrevía a ser el primero en hacerlo.

Pero un día, Lesable, a quien reclamaba su jefe con urgencia, echó a correr para demostrar su celo, y, al doblar el pasillo, fue a darse de bruces en su impulso contra el estómago de un empleado que llegaba en sentido contrario. Era Maze. Retrocedieron los dos, y Lesable preguntó con una solicitud incómoda y cortés:

—¿No le habré hecho daño, señor?

El otro respondió:

—En absoluto, señor.

A partir de ese momento, consideraron conveniente intercambiar algunas palabras al encontrarse. Luego se inició entre ellos una pugna de cortesías y de atenciones de la que nació una cierta familiaridad, seguida de una intimidad mitigada por la reserva, esa intimidad de las personas que se habían conocido mal con anterioridad, pero cuyo impulso de acercamiento se ve frenado por una cierta reserva temerosa; luego, a fuerza de cortesías y de intercambio de visitas a los respectivos negociados, surgió entre ellos una amistad.

Ahora charlaban a menudo cuando iban a oír las novedades en la oficina del oficial de entrada. Lesable había abandonado su arrogancia de empleado seguro de llegar alto. Maze había dejado de lado sus modales de hombre de mundo, mientras Cachelin se inmiscuía en la conversación y parecía ver con buenos ojos su amistad. A veces, cuando había salido el apuesto empleado, con el busto erguido, rozando con la cabeza el dintel de la puerta, le susurraba a su yerno:

—¡Ése sí que es un tiarrón!

Una mañana, mientras estaban los cuatro juntos, pues papá Savon no dejaba nunca sus copias, la silla del pobre, sin duda serrada por algún gracioso, se desvencijó bajo su peso, y el buen hombre rodó por el parqué lanzando un grito de espanto.

Los otros tres corrieron hacia él. El oficial de entrada atribuyó esta maquinación a los partidarios de la Comuna y Maze quería ver a toda costa dónde se había hecho daño. Cachelin y él trataron incluso de quitarle la ropa al viejo para curarle, decían. Pero él se resistía desesperadamente, gritando que no tenía nada.

Calmada la alegría, Cachelin exclamó de repente:

—Oiga usted, señor Maze, ahora que existe un buen entendimiento entre nosotros, ¿por qué no se viene el domingo a cenar a casa? Nos encantaría a todos; a mi yerno, a mí y también a mi hija, que le conoce mucho de oídas, pues hablamos a menudo de la oficina. ¿Qué me dice?

Lesable se sumó a los ruegos de su suegro, pero con un tono más frío:

—Venga. Será para nosotros un gran placer.

Maze dudaba, incómodo y sonriente al pensar en todos los rumores que corrían.

Cachelin insistía:

—Vamos, ¿de acuerdo?

—¡De acuerdo, acepto!

Cuando su padre le dijo al entrar en casa: «¿Sabes que el domingo viene a cenar el señor Maze?», Cora farfulló sorprendida:

—¿El señor Maze? ¡Vaya!

Y se le subió el pavo, sin saber por qué. Había oído hablar tan a menudo de él, de sus modales, de sus conquistas —porque en el Ministerio tenía fama de ser atrevido con las mujeres e irresistible—, que desde hacía bastante tiempo tenía ganas de conocerlo.

Chachelin añadió frotándose las manos:

—¡Ya verás, es un tío con toda la barba, y un buen mozo! ¡Es alto como un carabinero, ése no se parece a tu marido!

Ella no respondió, confusa como si se hubiera podido adivinar que había soñado con él.

La cena fue preparada con el mismo esmero que la de Lesable mucho tiempo antes. Cachelin discutía los platos, quería que todo estuviera bien, y, como si una confianza inconfesada, aún vaga, hubiera surgido en su corazón, parecía más alegre, tranquilizado por alguna previsión secreta y segura.

Durante todo el domingo, supervisó los preparativos en un estado de agitación, mientras Lesable despachaba un trabajo urgente que se había traído de la oficina. Era la primera semana de noviembre y se acercaba el Año Nuevo.

A las siete, llegó Maze, rebosante de buen humor. Entró como si estuviera en su casa y ofreció, con un cumplido, un gran ramo de rosas a Cora. Añadió, con ese tono familiar de la gente habituada al gran mundo:

—Me parece, señora, conocerla un poco desde que era una niña, pues hace muchos años que su padre me habla de usted.

Al ver las flores, Cachelin exclamó:

—Esto sí que es todo un detalle.

Y su hija se acordó de que Lesable, cuando vino a conocerla, no le había traído nada. El apuesto empleado parecía encantado, reía como un tipo campechano que va por primera vez a casa de unos viejos amigos, y le susurraba a Cora cumplidos discretos que le hacían enrojecer las mejillas.

A él le pareció muy atractiva; ella le juzgó muy seductor. Cuando se hubo ido, Cachelin exclamó:

—¡Qué tipo más simpático, y qué pinta debe de estar hecho! ¡Dicen que lleva de calle a todas las mujeres!

Pero Cora, menos expansiva, confesó que le parecía «amable y no tan postinero como había creído».

Lesable, que parecía menos cansado y triste que de costumbre, convino en que «se había equivocado respecto a él» en los primeros tiempos.

Maze volvió primero con comedimiento, luego más a menudo. Era del agrado de todo el mundo. Le atraían, le cuidaban. Cora le preparaba platos de su gusto. Y la intimidad de los tres hombres no tardó en ser tan grande que ya eran inseparables. El nuevo amigo llevaba a la familia al teatro, a los palcos que conseguía gracias a los periódicos.

Volvían a pie, por la noche, por las calles llenas de gente, hasta la puerta del matrimonio Lesable. Maze y Cora caminaban delante, al mismo paso, cadera con cadera, balanceados por un mismo movimiento, un mismo ritmo, como dos seres nacidos para caminar juntos en la vida. Hablaban a media voz, pues se entendían de maravilla, riendo con una risa ahogada; y la joven se volvía a veces para echar tras de sí un vistazo a su padre y a su marido.

Cachelin les acariciaba con una mirada benévola y, a menudo, sin pensar que hablaba con su yerno, declaraba:

—Hacen una buena pareja, da gusto verles juntos.

Lesable respondía tan tranquilo: «Son casi de la misma altura», y feliz de sentir que el corazón le latía menos aceleradamente, que se ahogaba menos cuando caminaba deprisa y que en general se sentía más airoso, dejaba esfumarse poco a poco su rencor contra su suegro cuyas malvadas pullas habían cesado, por otra parte, desde hacía algún tiempo.

El día de Año Nuevo fue nombrado oficial de primera. Sintió una alegría tan irrefrenable, que al entrar abrazó a su mujer por primera vez desde hacía seis meses. Ella le pareció muy azorada, incómoda como si hubiera hecho algo inconveniente; y miró a Maze, que había venido para presentarle, con ocasión del Año Nuevo, sus respetos y sus felicitaciones. También él pareció incómodo y se volvió hacia la ventana, como para no ver.

Cachelin no tardó en volver a mostrarse irritable y malvado, y empezó a acosar de nuevo a su yerno con bromas. A veces incluso atacaba a Maze, como si estuviera también resentido con él por la catástrofe que se cernía sobre ellos y cuya fecha inevitable se acercaba a cada minuto.

Sólo Cora parecía totalmente tranquila, totalmente feliz, totalmente radiante. Había olvidado, según parecía, el término amenazador y tan próximo.

Llegó marzo. Toda esperanza parecía perdida, pues pronto haría tres años, el 20 de julio, que la tía Charlotte había fallecido.

Una primavera precoz hacía germinar la tierra; y Maze propuso a sus amigos dar un paseo por las orillas del Sena, un domingo, para coger unas violetas entre los matorrales.

Tomaron un tren de la mañana y fueron hasta Maisons-Laffitte. Un airecillo invernal agitaba aún las ramas desnudas, pero la hierba reverdecida, lustrosa, estaba salpicada ya de flores blancas y azules; y los árboles frutales en las laderas parecían enguirnaldados de rosas, con sus delgados brazos cubiertos de yemas abiertas.

El Sena, caudaloso, discurría, triste y fangoso por las lluvias últimas, entre sus márgenes comidas por las crecidas invernales; y toda la campiña anegada de agua, que parecía salir de un baño, exhalaba un regusto a ligera humedad en la tibieza de los primeros días de sol.

Se perdieron por el parque. Cachelin, taciturno, golpeaba con el bastón los terrones, más abatido que de costumbre, pensando más amargamente, ese día, en su desventura, que pronto sería completa. Lesable, también sombrío, temía mojarse los pies en la hierba, mientras que su mujer y Maze trataban de hacer un ramillete. Cora, desde hacía unos días, parecía indispuesta, fatigada y pálida.

Se cansó enseguida y quiso que volvieran para comer. Llegaron a un pequeño restaurante adosado a un viejo molino ruinoso; y no tardaron en servirles la comida tradicional de los parisinos en sus salidas al campo bajo el emparrado, en una mesa de madera con dos manteles, muy cerca del río.

Se habían zampado unos gobios fritos, buey con patatas, y se estaban pasando la ensaladera llena de hojas verdes, cuando Cora se levantó bruscamente y echó a correr hacia la orilla, sujetando con las dos manos su servilleta en la boca.

Lesable, inquieto, preguntó:

—¿Qué le pasa?

Maze, turbado, enrojeció y balbució:

—Pues… no sé… ¡estaba tan bien hasta ahora! —Y Cachelin se quedó desconcertado, con el tenedor en suspenso con una hoja de lechuga en la punta.

Se levantó, buscando a su hija con la vista. Inclinándose, vio su cabeza apoyada en un árbol, indispuesta. Una rápida sospecha hizo que se le aflojaran las piernas y se derrumbó sobre su silla, lanzando unas miradas estupefactas a los dos hombres que ahora parecían tan confundidos el uno como el otro. Los escrutaba con su mirada ansiosa, sin atreverse ya a decir nada, loco de angustia y de esperanza.

Pasó un cuarto de hora en medio de un hondo silencio. Y reapareció Cora, un tanto pálida, andando con esfuerzo. Nadie la interrogó de manera precisa; todos parecían intuir un acontecimiento feliz, al que era difícil aludir, ansiosos de saberlo y temerosos de enterarse. Sólo Cachelin le preguntó:

—¿Estás mejor?

Ella respondió:

—Sí, gracias, no era nada. Pero regresemos pronto, tengo un poco de jaqueca.

Y de vuelta tomó del brazo a su marido como si quisiera indicar algo misterioso que no se atrevía aún a confesar.

Se separaron en la Gare Saint-Lazare. Maze, pretextando un asunto del que acababa de acordarse, se fue después de haberse despedido y dado un apretón de manos a todos.

Una vez que Cachelin estuvo a solas con su hija y su yerno, preguntó:

—¿Qué te ha pasado durante la comida?

Pero Cora no respondió de entrada; luego, tras un momento de vacilación, dijo:

—No era nada. Náuseas nada más.

Caminaba con paso lánguido, con una sonrisa en los labios. Lesable, incómodo, hecho un lío, asaltado por ideas confusas, contradictorias, lleno de ansias de lujo, de sorda cólera, de vergüenza inconfesable, de cobardía celosa, hacía como esos dormilones que cierran los ojos a la mañana para no ver el rayo de luz que se filtra por entre las cortinas y cruza sus camas con una franja brillante.

Ya en casa, habló de un trabajo que tenía que terminar y se encerró.

Entonces Cachelin, poniendo sus dos manos sobre los hombros de su hija, le preguntó:

—Estás embarazada, ¿eh?

Ella balbució:

—Sí, eso creo. Desde hace dos meses.

No había terminado de decirlo cuando él dio un salto de alegría; luego se puso a bailar en torno a ella un cancán de baile público, recuerdo de sus tiempos de vida de cuartel. Levantaba una pierna, saltaba a pesar de su panza, sacudía el piso entero. Los muebles se meneaban, los vasos chocaban en el aparador, la lámpara oscilaba y vibraba como el fanal de un barco.

Luego cogió entre sus brazos a su querida hija y la besó con frenesí; acto seguido, dándole familiarmente una palmadita en la barriga, le dijo:

—¡Ah, lo tenemos, por fin! ¿Se lo has dicho a tu marido?

Ella murmuró, intimidada de repente:

—No…, aún no…, esperaba a que…

Pero Cachelin exclamó:

—Bueno, está bien. Sé que te resulta incómodo. ¡Espera, ya voy a decírselo yo!

Y se fue a toda prisa al piso de su yerno. Al verle entrar, Lesable, que no estaba haciendo nada, se levantó. Pero el otro no le dio tiempo de recobrarse:

—¿Sabe que su mujer está en estado?

El marido, cortado, perdió el dominio de sí, y sus mejillas se tiñeron de rojo.

—¿Qué? Pero ¡cómo! ¿Cora? ¿Lo dice en serio?

—Digo que está en estado, ¿entendido? ¡Menuda suerte!

Y, en su alegría, le cogió las manos, se las estrechó, se las sacudió, como para felicitarle, darle las gracias; repetía:

—Ah, por fin, lo hemos conseguido. ¡Está bien! ¡Está bien! Piense que la fortuna es nuestra.

Y, no pudiendo aguantarse más, le estrechó entre sus brazos.

Exclamó:

—¡Más de un millón, imagínese, más de un millón! —Se puso de nuevo a bailar—. Pero venga, hombre, ella le espera. ¡Vaya a darle un beso al menos! —Y, cogiéndole por la cintura, le empujó delante de él, proyectándole como una bala hacia la sala donde se había quedado Cora, de pie, inquieta, escuchando.

En cuanto vio a su marido, ella retrocedió, abrumada por una repentina emoción. Permanecía delante de él, pálida y atormentada. Él tenía un aspecto de juez y ella de culpable.

Finalmente dijo:

—Parece que estás en estado.

Ella balbució con voz temblorosa:

—Eso parece.

Pero Cachelin les agarró a los dos del cuello y les pegó el uno contra el otro, nariz con nariz, gritando:

—¡Besaos, demonio! Bien vale la pena.

Y, cuando les hubo soltado, declaró, desbordando de loca alegría:

—¡Por fin, la partida está ganada! Mira, Léopold, vamos a comprar enseguida una propiedad en el campo. Allí, al menos, podría recuperar su salud.

Ante esta idea, Lesable se estremeció. Su suegro continuó:

—Invitaremos al señor Torchebeuf con su señora a venir a visitarnos, y como al subjefe no le queda para mucho podría usted ocupar su puesto. Eso para empezar.

A medida que hablaba Cachelin, Lesable fantaseaba; se veía recibiendo a su jefe, delante de una bonita propiedad blanca, a orillas del río, con una chaqueta de dril y tocado con un sombrero panamá.

Aquella esperanza embargaba su corazón de un no sé qué de agradable, de tibio y suave que parecía disolverse dentro de él y volverle ligero, haciéndole sentirse ya mejor.

Sonrió sin responder.

Cachelin, ebrio de esperanzas, dejándose llevar por los sueños, continuaba:

—¿Quién sabe? Podremos volvernos influyentes en la región. Quizá hasta sea usted diputado. En cualquier caso, podremos frecuentar la buena sociedad del lugar y permitirnos ciertos lujos. Tendrá usted su caballo y su calesín para ir cada día a la estación.

Imágenes de lujo, de elegancia y de bienestar cruzaban por la mente de Lesable. Pensar que conduciría él mismo un encantador calesín, como esas gentes ricas cuya suerte tan a menudo había envidiado, determinó su satisfacción. No pudo dejar de decir:

—¡Ah!, eso, sí que es algo encantador, por ejemplo.

Cora, al verle conquistado, también sonreía, enternecida y agradecida; y Cachelin, que no veía ya ningún obstáculo, declaró:

—¡Vamos a cenar a un restaurante, qué diantre! Nos correremos una juerga.

Los tres estaban un poco achispados de vuelta a casa, y Lesable, que veía doble y a quien le bailaban las ideas en la cabeza, no pudo llegar a su cuartito oscuro. Tal vez por distracción o bien por olvido, lo cierto es que se metió en la cama aún vacía en la que iba a acostarse su mujer. Y durante toda la noche le pareció que su lecho oscilaba como un barco, cabeceaba, se balanceaba y zozobraba. Hasta se sintió un poco mareado.

Se quedó muy sorprendido, al despertar, de encontrarse a Cora entre sus brazos.

Ella abrió los ojos, sonrió y le abrazó con un súbito arrebato, lleno de gratitud y de afecto. Luego dijo, con esa dulce voz que ponen las mujeres en sus carantoñas:

—Hoy ten la gentileza de no ir al Ministerio. Ya no es necesario que seas tan puntual, ahora que estamos a punto de ser muy ricos. Saldremos de nuevo al campo, nosotros dos solos.

Él se sentía descansado, embargado de ese lánguido bienestar que sigue al agotamiento de una fiesta, entumecido en la tibieza de la cama. Tenía unas enormes ganas de quedarse allí largo rato, no hacer nada más que vivir tranquilo en la molicie. Una necesidad de indolencia desconocida y poderosa paralizaba su alma y embargaba su cuerpo. Y un vago pensamiento, feliz y continuo, bailaba en su mente: «Iba a ser rico, independiente…».

Pero de repente le dominó un temor, y preguntó en voz baja, como si temiera que sus palabras fueran a ser oídas por las paredes:

—¿Al menos estás segura de estar embarazada?

Ella le tranquilizó enseguida:

—Oh, sí, vamos. No me equivoco.

Y él, un poco inquieto aún, se puso a palparla suavemente. Recorría con la mano su vientre hinchado. Declaró:

—Sí, es cierto, pero no darás a luz antes de la fecha. Tal vez se discuta nuestro derecho.

Ante esa suposición, a ella la dominó la ira. ¡Ah, ahora no se trataba de buscarle tres pies al gato, tras tantas miserias, penas y esfuerzos, ah, no! Se había sentado, trastornada por la indignación.

—Vamos enseguida a ver al notario —dijo ella.

Pero él opinó que primero había que conseguir un certificado médico. Volvieron, pues, a la consulta del doctor Lefilleul.

Éste les reconoció enseguida y preguntó:

—Bien, ¿lo han conseguido?

Se sonrojaron los dos hasta las cejas, y Cora, perdiendo un poco el dominio de sí, balbució:

—Yo creo que sí, señor.

El médico se frotaba las manos:

—Me lo esperaba, me lo esperaba. El recurso que les indiqué no falla nunca, a no ser por incapacidad total de uno de los cónyuges.

Cuando hubo examinado a la mujer declaró:

—¡Bravo, es cosa hecha!

Y escribió en una hoja de papel: «El abajo firmante, doctor en medicina de la Facultad de París, certifica que la señora Léopold Lesable, de soltera Cachelin, presenta todos los síntomas de un embarazo de unos tres meses».

Luego, volviéndose hacia Lesable, dijo:

—¿Y usted? ¿Cómo anda de ese pecho y de ese corazón?

Le auscultó y le encontró totalmente curado.

Se fueron del bracete, felices y contentos, a paso ligero. Pero por el camino, Léopold tuvo una idea:

—Quizá harías bien, antes de ir al notario, en ponerte un par de toallas en torno a la cintura, así se verá a simple vista, lo cual será mejor. No pensará que queremos ganar tiempo.

Volvieron a casa y él mismo le quitó la ropa a su mujer para preparar un falso vientre. Diez veces seguidas cambió las toallas de sitio, y se alejaba unos pasos para comprobar el efecto, tratando de lograr una verosimilitud absoluta.

Cuando quedó contento del resultado, se marcharon, y en la calle parecía orgulloso de llevar de paseo a aquella panza prominente que atestiguaba su virilidad.

El notario les recibió con benevolencia. Escuchó sus explicaciones, leyó por encima el certificado y, como Lesable insistía, diciendo: «Por lo demás, señor, basta con verla», lanzó una mirada convencida a la cintura engrosada y abultada de la joven.

Ellos esperaban, ansiosos; el hombre de leyes declaró:

—Perfecto. Nacido o por nacer, el niño existe y vive. Por tanto suspenderemos la ejecución del testamento hasta que la señora haya dado a luz.

Estaban tan contentos que, apenas hubieron salido de la consulta, se besaron por la escalera.

VII

Después de este feliz descubrimiento, los tres parientes vivían en perfecta armonía. Estaban de un humor alegre, estable y plácido. Cachelin había recuperado la jovialidad de otro tiempo y Cora estaba llena de atenciones para con su marido. También Lesable parecía otro, siempre contento y amable como no lo había sido nunca.

Maze iba menos a menudo y parecía incómodo en la familia; le recibían siempre bien, aunque con una cierta frialdad, porque la felicidad es egoísta y no quiere extraños.

Cachelin mismo parecía alimentar una cierta hostilidad secreta contra el apuesto empleado al que, meses antes, había acogido en casa con tantas atenciones. Fue él quien le anunció a su amigo el embarazo de Coralie; se lo dijo de sopetón:

—¿Sabe que mi hija está embarazada?

Maze, fingiendo sorpresa, respondió:

—Ah, debe de estar usted muy feliz.

Cachelin repuso:

—¡Cómo no!

Y observó que su colega, por el contrario, no parecía encantado de ello. A los hombres no les gusta ver en ese estado, ya sea por culpa suya o no, a las mujeres que frecuentan con asiduidad.

De todas formas, Maze seguía yendo a cenar a su casa todos los domingos. Pero las veladas se hacían difíciles de pasar juntos, por más que no hubiera surgido ningún desacuerdo grave entre ellos; y esa extraña incomodidad aumentaba de semana en semana. Una noche incluso, cuando acababa de salir, Cachelin declaró con aire furioso:

—¡Este tipo comienza a aburrirme!

Y Lesable respondió:

—Ciertamente no gana mucho cuando se le conoce muy de cerca.

Cora había bajado la vista. No daba su opinión. Parecía siempre incómoda en presencia del alto Maze, que, por su parte, parecía casi avergonzado a su lado, no la miraba ya sonriendo como antes, ni les invitaba a veladas en el teatro, y parecía sobrellevar, como una carga necesaria, esa intimidad en otro tiempo tan cordial.

Pero un jueves, a la hora de la cena, cuando su marido volvió de la oficina, Cora le besó en las patillas más mimosamente que de costumbre, y le murmuró al oído:

—Tal vez me riñas.

—¿Por qué lo dices?

—Es que… hace un rato ha venido a verme el señor Maze. Y yo, que no quiero que corran hablillas sobre mí, le he rogado que no venga más cuando tú no estés. ¡Y él pareció haberse picado un poco!

Lesable preguntó, sorprendido:

—¿Y él qué ha dicho?

—Oh, no gran cosa, sólo que no le ha gustado y yo entonces le he rogado que interrumpa totalmente sus visitas. Ya sabes que fuisteis papá y tú quienes le trajisteis aquí, yo no tuve nada que ver. Y por eso temía disgustarte cerrándole la puerta.

Una alegría agradecida embargaba el corazón de Lesable:

—Has hecho bien, muy bien. Es más, te lo agradezco.

Ella prosiguió, para salvar la relación entre ambos hombres, que había decidido de antemano:

—Tú en la oficina finge no saber nada, trátale como siempre. Pero aquí no pondrá más los pies.

Y Lesable, tomando con ternura a su mujer en sus brazos, cubrió de besitos sus ojos y sus mejillas, repitiendo:

—¡Eres un ángel…, eres un ángel!

Y sentía contra su vientre la hinchazón del niño ya crecido.

VIII

Nada nuevo ocurrió hasta el final del embarazo.

Cora dio a luz una niña en los últimos días de septiembre. Le pusieron por nombre Désirée; pero, como querían celebrar un bautismo solemne, decidieron que no tendría lugar hasta el verano siguiente, en la propiedad que iban a comprar.

La eligieron en Asnières, en la colina que domina el Sena.

Durante el invierno habían tenido lugar grandes acontecimientos. Apenas recibida la herencia, Cachelin había pedido la jubilación, que le había sido concedida, y había dejado la oficina. Ocupaba su tiempo libre en cortar, con una sierra de dientes finos, tapas de cajas de puros. Fabricaba con ellas relojes, arquillas, jardineras, toda clase de pequeños muebles extraños. Se había apasionado por esos trabajillos, cuyo gusto le había entrado al ver a un vendedor ambulante trabajar así esas chapas de madera en la avenida de la Ópera. Y todo el mundo tenía que admirar cada día sus nuevos diseños, de una complicación rebuscada y pueril.

Él mismo, maravillado ante su obra, repetía sin cesar:

—¡Es asombroso lo que llega uno a hacer!

Tras haber muerto finalmente el subjefe, el señor Rabot, Lesable desempeñaba las funciones de su cargo, aun sin ser titular, dado que no tenía la necesaria antigüedad desde su última promoción.

Cora se había convertido de inmediato en otra mujer, más reservada y elegante, tras haber comprendido, intuido y olido todos los cambios que exige la riqueza.

Con ocasión del Año Nuevo, hizo una visita a la mujer del jefe, una gorda mujer que seguía siendo una provinciana después de treinta y cinco años de vivir en París, y supo rogarle con tanta gracia y seducción que fuese la madrina de su hija, que la señora Torchebeuf aceptó. El padrino fue su abuelo Cachelin.

La ceremonia se celebró un domingo resplandeciente de junio. Invitaron a todos los de la oficina, excepto al apuesto Maze, con quien ya no se veían.

A las nueve Lesable esperaba delante de la estación el tren de París, mientras un groom en librea de grandes botones dorados sujetaba de la brida un poney bien cebado delante de un pequeño carruaje totalmente nuevo.

La locomotora pitó a lo lejos, luego apareció, arrastrando su rosario de coches de los que salió a escape una marea de viajeros.

El señor Torchebeuf salió de un vagón de primera clase, con su mujer ataviada ostentosamente, mientras que, de un vagón de segunda, se apeaban Pitolet y Boissel. No se habían atrevido a invitar a papá Savon, pero se había decidido que propiciarían un encuentro fortuito por la tarde y le harían quedarse a cenar, con el consentimiento del jefe.

Lesable fue al encuentro de su superior, que avanzaba minúsculo con su levita adornada con su gran condecoración que parecía una rosa roja abierta. Su cráneo enorme, coronado de un sombrero de alas anchas, aplastaba su cuerpo enclenque, le daba el aspecto de un fenómeno; y su mujer, alzándose un poquito de puntillas, podía mirar sin esfuerzo por encima de su cabeza.

Radiante, Léopold hacía inclinaciones, daba las gracias. Les hizo montar en el calesín, luego, corriendo hacia sus dos colegas que venían modestamente detrás, les dio un apretón de manos disculpándose de paso por no poder llevarles también a ellos por ser su coche demasiado pequeño:

—Sigan el muelle, llegarán ante la puerta de mi casa: Villa Désirée, la cuarta después del recodo. Dense prisa.

Y, tras montar en su calesín, cogió las riendas y partió, mientras el groom saltaba ágilmente sobre el pequeño asiento trasero.

La ceremonia fue muy lucida. Luego volvieron a casa para comer. Cada uno encontró, debajo de la servilleta, un regalo proporcionado a su importancia. La madrina recibió un brazalete de oro macizo, su marido un alfiler de corbata con rubíes, Boissel una cartera de cuero de Rusia y Pitolet una magnífica pipa de espuma. Era Désirée, decían, quien hacía esos regalos a sus nuevos amigos.

La señora Torchebeuf, roja de emoción y de placer, se puso en su grueso brazo la brillante pulsera, y, como la delgada corbata negra del jefe no podía llevar alfiler, se prendió el dije en la solapa de su levita, por debajo de la Legión de Honor, como otra cruz de orden inferior.

Se divisaba por la ventana la gran cinta del río, que bajaba hasta Suresnes, entre las riberas plantadas de árboles. La luz del sol caía a raudales sobre el agua, transformándola en un río de fuego. Al comienzo reinaba la seriedad, por la presencia del señor y de la señora Torchebeuf. Pero luego la cosa se alegró. Cachelin soltaba sus bromas de mal gusto, que él consideraba que, siendo rico, le estaban permitidas; y todos se reían.

De haber provenido de Pitolet o de Boissel, habrían sido consideradas sin duda inconvenientes.

A los postres, trajeron a la niña, a la que besaron todos los invitados. Inundada bajo la blancura de los encajes, miraba a toda aquella gente con sus ojos azules, de mirada desconcertada y en blanco, y volvía ligeramente su gruesa cabeza hacia allí donde parecía despertarse un asomo de atención.

Pitolet, en medio del ruido de voces, dejó caer en el oído de su vecino Boissel:

—Parece una pequeña Maze.

La frase corrió a la mañana siguiente por el Ministerio.

Mientras tanto acababan de sonar las dos; habían tomado los licores, y Cachelin propuso visitar la propiedad e ir luego a dar una vuelta por las orillas del Sena.

Los invitados, en procesión, circularon de habitación en habitación, desde la bodega hasta el desván, luego recorrieron el jardín, de árbol en árbol, para dividirse seguidamente en dos grupos para el paseo.

Cachelin, que se sentía un poco incómodo al lado de las mujeres, se llevó a Boissel y a Pitolet a los cafés de la ribera, mientras que las señoras Torchebeuf y Lesable, con sus maridos, remontaron la orilla en dirección opuesta, dado que las señoras honestas no podían mezclarse con los domingueros descamisados.

Iban con lentitud, por el camino de sirga, seguidas por los dos hombres que charlaban con aire serio de la oficina.

Pasaban por el río unas yolas, empujadas por los grandes golpes de remo de los mocetones de brazos desnudos cuyos músculos se marcaban bajo la piel tostada. Tumbados sobre pieles de animales negras o blancas, los remeros maniobraban el timón, adormecidos por el sol, mientras tenían abiertos sobre su cabeza, cual flores enormes flotando en el agua, unos parasoles de seda roja, amarilla o azul. Se cruzaban gritos de una barca a otra, llamadas y broncas; y un ruido lejano de voces humanas, confuso y continuo, indicaba, allá a lo lejos, la multitud hormigueante de los días de fiesta.

Filas de pescadores con caña permanecían inmóviles a lo largo de la ribera, mientras unos nadadores casi desnudos, de pie en unas pesadas embarcaciones de pescador, se zambullían de cabeza, volviendo a subir a sus barcas y a saltar de nuevo dentro de la corriente.

La señora Torchebeuf, sorprendida, miraba. Cora le decía:

—Todos los domingos es lo mismo. Para mí estropean este lugar que es encantador.

Una canoa se acercaba despacio. Dos mujeres, remando, llevaban a dos mocetones tumbados en la popa. Una de ellas gritó hacia la orilla:

—¡Eh, señoras decentes! Tengo un hombre para vender, no es caro, ¿lo quieren?

Cora, volviéndose con desprecio, cogió del brazo a su invitada:

—No podemos quedarnos aquí, vamos. ¡Qué criaturas más infames!

Y volvieron atrás. El señor Torchebeuf estaba diciéndole a Lesable:

—Estará arreglado para el uno de enero. El director me lo ha prometido formalmente.

Y Lesable respondía:

—No sé cómo agradecérselo, estimado señor.

Por el camino se encontraron a Cachelin, Pitolet y Boissel, que lloraban de la risa mientras llevaban casi en volandas a papá Savon, al que habían encontrado en la orilla con una mujer galante, afirmaban en plan de broma.

El viejo, azorado, repetía:

—Eso no es cierto; no, eso no es cierto. ¡No está bien decir semejantes cosas, señor Cachelin, no está bien!

Y Cachelin, sofocándose, gritaba:

—¡Ah, viejo zorro! ¡La llamaba «mi plumita de oca adorada»! ¡Te hemos pillado, picarón!

También las señoras rompieron a reír, tan desconcertado se sentía el buen hombre.

Cachelin añadió:

—Con permiso del señor Torchebeuf, de castigo le retendremos prisionero y le haremos cenar con nosotros.

El jefe aceptó con benevolencia. Y siguieron adelante riéndose de la dama abandonada por el viejo que seguía protestando, desolado por aquella broma pesada.

Y hasta por la noche ello fue tema de inagotables ocurrencias, que se volvían cada vez más licenciosas.

Cora y la señora Torchebeuf, sentadas bajo el toldo de la escalinata, contemplaban los reflejos del ocaso. El sol lanzaba sobre las hojas un polvo de púrpura. Ningún airecillo agitaba las ramas; una paz serena, infinita, descendía del cielo flamígero y sereno.

Seguían pasando algunas embarcaciones, más lentas, volviendo a la dársena.

Cora preguntó:

—¡Parece que ese pobre del señor Savon se casó con una pelandusca!

La señora Torchebeuf, al corriente de todas las cosas de la oficina, respondió:

—Sí, una huérfana quizá demasiado joven, que le engañó con un mal sujeto y que acabó largándose con él. —Luego la gorda mujer añadió—: Digo mal sujeto, pero yo nada sé al respecto. Se comenta que se querían mucho. De todas formas, papá Savon no es seductor.

La señora Lesable prosiguió con aire serio:

—Eso no es excusa. El pobre hombre es muy de compadecer. Nuestro vecino de al lado, el señor Barbou, está en las mismas. Su mujer se prendó de un pintamonas que pasaba los veranos aquí y se largó con él al extranjero. No me cabe en la cabeza que una mujer sucumba hasta ese punto. Yo creo que debería haber un castigo especial para semejantes miserables que hacen caer la vergüenza sobre una familia.

Por un extremo de la alameda apareció la nodriza trayendo a Désirée envuelta en sus encajes. La niña venía hacia las dos señoras, toda rosa en medio de la nube de oro rojizo del atardecer. Miraba el cielo de fuego con esa mirada pálida, asombrada y vaga que paseaba por los rostros.

Todos los hombres, que charlaban más lejos, se acercaron; y Cachelin, cogiendo a su nietecita, la levantó en el extremo de sus brazos como si hubiera querido alzarla hasta el firmamento. Ella se perfilaba sobre el fondo brillante del horizonte con su largo vestidito blanco que llegaba hasta el suelo.

Y el abuelo exclamó:

—Esto es lo mejor que hay en el mundo, ¿no, papá Savon?

Y el viejo no respondió, no teniendo nada que decir, o, acaso, pensando en demasiadas cosas.

Un criado abrió la puerta que daba a la escalinata, anunciando:

—¡Señora, la cena está servida!

 

LA PATRONA*

 

Al doctor Baraduc

Vivía yo por aquel entonces, dijo Georges Kervelen, en una habitación amueblada de la rue des Saints-Pères.

Cuando mis padres decidieron que iría a estudiar leyes a París, hubo largas discusiones para regularlo todo. La cifra de mi mantenimiento fue fijada primeramente en dos mil quinientos francos, pero a mi pobre madre le entró un temor que le expuso a mi padre: «Si malgastase todo ese dinero sin alimentarse bien, su salud se resentiría mucho. Estos jóvenes son capaces de todo».

Se decidió entonces que me buscarían una pensión, una pensión modesta y confortable, y que mi familia pagaría directamente el coste de la misma cada mes.

Yo no había salido nunca de Quimper. Deseaba todo cuanto puede desearse a esa edad y estaba dispuesto a vivir alegremente de todas las maneras posibles.

Unos vecinos, a quienes se pidió consejo, nos dieron el nombre de una paisana suya, la señora Kergaran, que admitía huéspedes. Mi padre trató, pues, por carta con ese personaje respetable, a cuya casa llegué yo, una tarde, acompañado de mi baúl.

La señora Kergaran tenía unos cuarenta años. Era gruesa, muy gruesa, hablaba con una voz de capitán instructor y decidía todas las cuestiones con frases tajantes y rotundas. Su casa, muy estrecha, con una sola ventana a la calle por piso, se hubiera dicho una escalera con ventanas, o mejor dicho, una rebanada de casa emparedada entre otras dos.

La patrona ocupaba el primero con su criada; en el segundo se cocinaba y se comía, y cuatro huéspedes bretones se hospedaban en el tercero y el cuarto. Y yo me instalé en las dos habitaciones del quinto.

Una escalerilla oscura, retorcida como un tirabuzón, conducía a esas dos buhardillas. Durante todo el día la señora Kergaran subía y bajaba, sin parar, esa espiral, atareada en esa cajonera como un capitán en su barco. Entraba diez veces seguidas en cada habitación, lo supervisaba todo con un asombroso cacareo, miraba si estaban bien hechas las camas, bien cepillados los trajes y si el servicio no dejaba nada que desear. En fin, cuidaba a sus huéspedes como una madre, mejor que una madre.

No tardé en conocer a mis cuatro paisanos. Dos de ellos estudiaban medicina y los otros dos leyes, pero todos padecían el yugo despótico de la patrona. La temían como un cazador furtivo teme a un guarda rural.

En cuanto a mí, sentí enseguida un deseo de independencia, pues soy rebelde por naturaleza. Declaré de entrada que quería volver a la hora que se me antojara, pues la señora Kergaran había fijado medianoche como hora límite. Ante esta pretensión mía me clavó por un momento sus ojos claros encima y acto seguido dijo:

—Es imposible. No puedo tolerar que se despierte a Annette a cualquier hora de la noche. Y además, a partir de determinada hora, usted no tiene nada que hacer fuera.

Yo respondí con firmeza:

—De acuerdo con la ley, señora, está usted obligada a abrirme a cualquier hora. Si se niega, daré cuenta de ello a los alguaciles e iré a pasar la noche en un hotel a su costa, como es mi derecho. Se verá obligada a abrirme o a despedirme. La puerta o el adiós. Elija.

Yo me le reía en la cara poniéndole estas condiciones. Tras un primer momento de estupor, quiso parlamentar, pero yo me mostré inflexible y ella cedió. Acordamos que yo dispondría de una llave, pero con la condición inexcusable de que nadie se enterara.

Mi energía causó en ella una impresión positiva y en adelante me trató con señalado favor. Tenía atenciones, pequeños detalles, delicadezas conmigo, e incluso un cierto afecto brusco que no me desagradaba. Algunas veces, en mis momentos de alegría, yo le daba un beso sólo por recibir la fuerte bofetada que ella me propinaba acto seguido. Cuando llegaba a besarla muy rápido en la cabeza, su mano me pasaba por encima rápida como una bala, y yo escapaba entre risas como un loco para ponerme a salvo, mientras ella gritaba:

—¡Ah! ¡El muy canalla! ¡Me las pagará!

Nos habíamos hecho buenos amigos.

Pero he aquí que yo conocí, por la calle, a una jovencita empleada en una tienda de modas.

Ya sabéis lo que son esos amoríos de París. Un buen día, yendo a la Universidad, te encuentras a una joven sin sombrero paseando cogida del brazo con una amiga antes de volver al trabajo. Intercambias una mirada, y sientes en tu interior esa pequeña conmoción que produce la mirada de determinadas mujeres. Es una de las cosas encantadoras de la vida, esas rápidas simpatías físicas que nacen de un encuentro, la ligera y delicada seducción que sientes de golpe por el roce de un ser nacido para gustarnos y para ser amado por nosotros. Le amaremos poco o mucho, ¿eso qué importa? Forma parte de su naturaleza responder al secreto deseo de amor de la vuestra. Desde la primera vez que veis ese rostro, esa boca, esos cabellos, esa sonrisa, sentís que su encanto penetra en vosotros con una alegría dulce y deliciosa, os sentís embargados de una especie de feliz bienestar, mientras que el nacimiento imprevisto de un afecto aún confuso os empuja hacia esa mujer desconocida. Se diría que uno responde a una llamada, a la atracción que os reclama; se tiene la impresión de que la conoces desde hace mucho tiempo, de haberla visto ya, de saber lo que piensa.

Al día siguiente, a la misma hora, pasas de nuevo por la misma calle. Vuelves a verla. Luego vuelves al día siguiente, y al otro. Hasta que finalmente os dirigís la palabra. Y el amorío sigue su curso, regular como una enfermedad.

Así pues, al cabo de tres semanas, estaba yo con Emma en el período que precede a la capitulación. Una capitulación que se habría producido antes de haber sabido yo en qué lugar provocarla. Mi amiga vivía con su familia y se negaba con singular energía a franquear el umbral de una habitación amueblada. Yo me devanaba los sesos para encontrar una manera, una estratagema, una oportunidad. Por último tomé una decisión desesperada y decidí hacerla subir a mi casa, una noche a eso de las once, con la excusa de tomar una taza de té. La señora Kergaran se acostaba todas las noches a las diez. Con mi llave podía entrar sin hacer ruido ni ser notado: bajaríamos del mismo modo una hora o dos más tarde.

Tras haberse hecho un poco de rogar, Emma aceptó la invitación.

Pasé un mal día. No estaba nada tranquilo. Temía complicaciones, una catástrofe, algún terrible escándalo. Llegó la noche. Salí y entré en una cervecería donde me tomé dos tazas de café y cuatro o cinco copas para cobrar ánimos. Luego me fui a dar una vuelta por el boulevard Saint-Michel. Oí dar las diez, las diez y media. Me dirigí a paso lento hacia el lugar de nuestra cita. Ella me estaba esperando ya. Me cogió del bracete con un gesto cariñoso y nos encaminamos lentamente hacia mi casa. A medida que me acercaba al portal mis temores iban en aumento. Pensaba: «Con tal de que la señora Kergaran esté acostada…».

Le dije a Emma dos o tres veces:

—Sobre todo, no hagas ruido en la escalera.

Ella se echó a reír:

—¿Acaso teme que le oigan?

—No, pero no quisiera despertar a mi vecino, que está gravemente enfermo.

Estábamos ya en la rue des Saint-Pères. Yo me acerco a mi casa con esa aprensión con la que uno va al dentista. Todas las ventanas están oscuras. Seguramente duermen. Recobro el aliento. Abro la puerta con precauciones de ladrón. Hago entrar a mi compañera, luego cierro y subo la escalera de puntillas conteniendo la respiración y enciendo unas pajuelas azufradas1 para que la muchacha no dé un traspié.

Al pasar por delante de la habitación de la patrona oigo que mi corazón palpita aceleradamente. Por fin, henos en el segundo piso, a continuación en el tercero y luego en el quinto. Entro en mi habitación. ¡Victoria!

No me atrevía, sin embargo, a hablar sino en voz baja y me quité mis botines para no hacer ningún ruido. El té, preparado en un hornillo de alcohol, nos lo tomamos en una esquina de mi cómoda. Luego me puse insistente…, insistente… y poquito a poco, como en un juego, le quité una a una las prendas a mi amiga, que cedía resistiéndose, colorada, avergonzada, retardando en todo momento el instante fatal y delicioso.

No le quedaba, palabra de honor, más que una corta enagua blanca cuando se abrió de golpe la puerta de mi cuarto, y apareció, candela en mano, exactamente en la misma indumentaria que Emma, la señora Kergaran.

Yo había pegado un salto lejos de ella y permanecía de pie espantado, observando a las dos mujeres que se miraban de hito en hito. ¿Qué iba a pasar?

La patrona dijo en un tono altivo que no le conocía:

—No quiero mujerzuelas en mi casa, señor Kervelen.

Balbuceé:

—Pero, señora Kergaran, si la señorita no es más que una amiga mía. Venía a tomar una taza de té.

La gruesa mujer prosiguió:

—Uno no se pone en camisa para tomar una taza de té. Le ruego que haga salir inmediatamente a esta persona.

Emma, consternada, comenzaba a llorar tapándose la cara con su falda. Yo perdía la cabeza, sin saber qué hacer ni qué decir. Añadió la patrona con inapelable autoridad:

—Ayude a la señorita a vestirse de nuevo y acompáñela inmediatamente.

No había más remedio que obedecer, por lo que recogí el vestido caído sobre el parqué como un globo hinchado, se lo puse por la cabeza a la muchacha y me esforcé en abrocharle los corchetes, en ajustarlos, con un esfuerzo infinito. Ella me ayudaba, sin dejar de llorar, enloquecida, dándose prisa, cometiendo todo tipo de equivocaciones, incapaz de encontrar ya un lazo ni un ojal, mientras la señora Kergaran, impasible, permanecía erguida candela en mano, alumbrándonos en una postura rígida de justiciera.

Ahora Emma se daba más prisa, se cubría como una loca, anudaba, prendía, ataba con lazos, volvía a atar con furia, agobiada por una imperiosa necesidad de huir de allí; y, sin abotonarse siquiera los botines, pasó corriendo por delante de la patrona y se largó escalera abajo. Yo la seguía en zapatillas, a medio vestir también yo, repitiendo:

—Señorita, escuche, señorita.

Era consciente de que debía decirle algo, pero no sabía el qué. La alcancé justo en el portal y traté de cogerla por el brazo, pero ella me rechazó con violencia, murmurando en voz baja y nerviosa:

—Déjeme…, déjeme…, no me toque.

Y salió corriendo a la calle, cerrando la puerta tras su espalda.

Me volví. La señora Kergaran estaba en el rellano del primer piso mientras yo subía lentamente, esperándome cualquier cosa y dispuesto a todo.

La habitación de la señora estaba abierta, y ella me hizo entrar diciéndome con tono severo:

—Tengo que hablar con usted, señor Kervelen.

Pasé delante de ella con la cabeza gacha. Ella dejó la candela sobre la chimenea y luego cruzó los brazos sobre su generoso pecho, cubierto a duras penas por la ligera camisa de dormir blanca.

—¡Así que, señor Kervelen, ha tomado mi casa por una casa de tolerancia!

Yo no estaba orgulloso de mí. Murmuré:

—No, no, señora Kergaran. No debe usted molestarse, pues soy un hombre joven, ya sabe lo que quiero decir…

Ella respondió:

—Sepa que no quiero pelanduscas en mi casa, ¿entendido? Que haré respetar mi techo, y la reputación de mi casa, ¿entendido? Sepa…

Ella habló por lo menos durante veinte minutos, acumulando mil razones para su indignación, agobiándome sobre la honorabilidad de su casa, acribillándome con mordaces reproches.

Yo (el hombre es un animal singular), en vez de escucharla, la miraba. No comprendía ni una palabra, ni una, de lo que decía. Tenía la buena moza un pecho estupendo, firme, blanco y lleno, quizá un poco grande, pero apetecible hasta el punto de provocar un escalofrío en el espinazo. Nunca hubiera imaginado que se escondieran semejantes encantos debajo de la bata de lana de mi patrona. Parecía rejuvenecida diez años en deshabillé. Y he aquí que me sentía extraño…, me sentía… ¿cómo diría?…, totalmente agitado. De improviso me encontraba en la misma situación… que había sido interrumpida un cuarto de hora antes en mi cuarto.

Y miré detrás de ella, en la alcoba, su cama. Estaba entreabierta, aplastada, mostrando, por entre las sábanas abiertas, el rehundimiento hecho por el peso del cuerpo que allí había yacido. Y pensé que probablemente se estaría bien y muy calentito ahí dentro, más calentito que en cualquier otra cama. ¿Por qué más calentito? No sabría decirlo, quizá debido a la opulencia de las carnes que habían descansado en ella.

¿Hay algo más excitante y seductor que una cama deshecha? Ésa, de lejos, me embriagaba, me provocaba estremecimientos en la piel.

Ella seguía hablando, pero más bajito ahora, hablaba como una amiga dura y buena que no desea sino perdonar.

Yo balbuceaba:

—Veamos…, veamos…, señora Kergaran…, veamos…

Y, cuando ella se calló en espera de mi respuesta, yo la cogí entre mis brazos y empecé a besarla, como un hambriento, como alguien que espera ese momento quién sabe desde hace cuánto.

Ella se debatía, torciendo la cabeza, sin enojarse demasiado, repitiendo maquinalmente, como hacía siempre:

—… ah, canalla…, ah, canalla…, ah, ca…

No pudo acabar la frase porque la había levantado de un impulso y teniéndola apretada, la llevaba, abrazada contra mí. ¡En ciertos momentos uno tiene la fuerza de un león!

Me encontré al borde de la cama y me dejé caer, con ella abrazada en todo momento…

Se estaba realmente bien y calentito en aquella cama.

Una hora después, al haberse apagado la candela, la patrona se levantó para encender otra. Mientras volvía a mi lado, metiendo entre las sábanas la pierna torneada y robusta, dijo con voz acariciante, satisfecha y quizá agradecida:

—¡Ah, canalla…, ah, canalla!

 

CHÂLI*

 

A Jean Béraud

El almirante de la Vallée, que parecía adormilado en su sillón, dijo con su voz de vieja:

—Yo tuve una pequeña historia de amor, muy singular, ¿quieren que se la cuente?

Y, sin moverse, arrellanado en su ancho asiento, sin perder en sus labios fruncidos esa sonrisa que no le abandonaba nunca, esa sonrisa a lo Voltaire que hacía que le tomaran por un terrible escéptico, se puso a contar.

I

Tenía yo treinta años, y era teniente de navío, cuando recibí el encargo de una misión astronómica en la India central. El Gobierno inglés me proporcionó todos los medios necesarios para llevar a cabo mi tarea y en breve me adentré con algunos hombres en aquel extraño país, sorprendente, prodigioso.

Harían falta veinte volúmenes para contar ese viaje. Atravesé regiones increíblemente magníficas; fui recibido por príncipes de una belleza sobrehumana y que vivían con una magnificencia inimaginable. Durante dos meses me pareció que vivía dentro de un poema, que recorría un reino de cuento de hadas a lomos de elefantes imaginarios. En medio de bosques fantásticos descubría ruinas inverosímiles; en ciudades de una fantasía de ensueño, encontraba monumentos prodigiosos, refinados y tallados cual joyas, ligeros como encajes y enormes como montañas, esos monumentos, fabulosos, divinos, de una gracia tal que pueden enamorarnos por sus formas como se enamora uno de una mujer y que, al contemplarlos, producen un placer físico y sensual. En suma, como dice Víctor Hugo, caminaba con los ojos abiertos dentro de un sueño.

Finalmente llegué a la meta de mi viaje, la ciudad de Ganhara, otrora una de las más prósperas de la India central y hoy bastante venida a menos y gobernada por un príncipe opulento, despótico, violento, generoso y cruel, el rajá Maddan, un verdadero soberano de Oriente, delicado y bárbaro, afable y sanguinario, de una gracia femenina y de una ferocidad despiadada.

La ciudad está al fondo de un valle a orillas de un pequeño lago, que rodea un pueblo de pagodas que baña sus murallas en el agua.

Vista de lejos, la ciudad es una mancha blanca, que se agranda cuando nos acercamos; poco a poco se descubren las cúpulas, las agujas, los pináculos y todas las elegantes y esbeltas cúspides de los graciosos monumentos indios.

A una hora aproximadamente de sus puertas, me encontré un elefante espléndidamente enjaezado, rodeado de una escolta de honor que el soberano me mandaba. Y fui conducido con gran pompa al palacio.

Hubiera querido tomarme mi tiempo para vestirme lujosamente, pero la impaciencia real no me lo permitió. Primero me quería conocer, saber qué cabía esperar de mí en cuanto a distracción; luego ya se vería.

Fui introducido, en medio de unos soldados broncíneos como estatuas y con unos uniformes refulgentes, en una gran sala rodeada de galerías, donde había firmes unos hombres vestidos con trajes relucientes y constelados de piedras preciosas.

En un banco parecido a uno de nuestros bancos de jardín sin respaldo, pero revestido con un tapiz admirable, vi una masa fúlgida, una especie de sol sentado; era el rajá, que me esperaba, inmóvil con un traje del más puro amarillo canario. Llevaba encima diez o quince millones de diamantes, y, en su frente, brillaba nada menos que la famosa estrella de Delhi que perteneciera siempre a la ilustre dinastía de Parihara de Mundore, de la que era descendiente mi anfitrión.

Era un joven de unos veinticinco años, que parecía tener sangre negra en las venas, por más que perteneciera a la más pura raza hindú. Tenía unos ojos grandes, de mirada fija, un tanto vagarosos, los pómulos marcados, los labios carnosos, la barba rizada, la frente baja y unos dientes deslumbrantes, aguzados, que enseñaba a menudo en una sonrisa maquinal.

Se levantó y vino a darme la mano, a la inglesa, luego me hizo sentar a su lado en un banco tan alto que mis pies apenas si tocaban el suelo. Me sentía incomodísimo allí arriba.

Y me propuso enseguida una partida de caza del tigre para el día siguiente. La caza y la lucha eran sus grandes ocupaciones y no comprendía en absoluto que pudiera ocuparse uno de otra cosa. Estaba evidentemente convencido de que no había venido yo de tan lejos sino para distraerle un poco y acompañarle en sus placeres.

Como tenía una gran necesidad de él, traté de halagar sus inclinaciones. Quedó tan satisfecho de mi actitud que quiso mostrarme inmediatamente un combate de luchadores, y me llevó a una especie de arena situada en el interior del palacio.

A una orden suya, aparecieron dos hombres desnudos, de piel cobriza, las manos armadas con unas garras de acero; y se atacaron de inmediato, tratando de herirse con esa arma cortante que trazaba sobre su piel cetrina largas desgarraduras de las que brotaba la sangre.

La lucha duró un largo rato. Aunque los cuerpos estaban ya cubiertos de heridas, los combatientes seguían arrancándose las carnes con esa especie de rastrillo de hojas afiladas. Uno de ellos tenía una mejilla hecha jirones, el otro una oreja cortada en tres pedazos.

Y el príncipe miraba aquello con una alegría feroz y apasionada. Se estremecía de felicidad, lanzaba gruñidos de placer e imitaba con gestos inconscientes todos los movimientos de los luchadores, gritando sin cesar: «Golpea, vamos, golpea».

Uno de ellos se desplomó sin conocimiento; fue preciso llevárselo de la arena tinta en sangre, y el rajá dejó escapar un largo suspiro de pesar, de tristeza de que aquello se hubiera terminado.

Luego se volvió hacia mí para conocer mi opinión. Yo estaba indignado, pero le felicité vivamente; y él ordenó al punto que me llevaran al Couch-Mahal (palacio del placer) donde me alojaría.

Atravesé los increíbles jardines que se encuentran en esos lugares y llegué a mi residencia.

Ese palacio, una verdadera joya situada en el extremo del parque real, sumerge totalmente en el lago sagrado de Vihara uno de los lados de sus muros. Era cuadrado, presentando en sus cuatro fachadas tres órdenes superpuestos de galerías columnadas divinamente trabajadas. En cada uno de sus ángulos se alzaban unas torrecillas ligeras, altas o bajas, exentas o geminadas, de altura desigual y aspecto distinto, que se asemejaban mucho a unas flores naturales que hubieran crecido en esa graciosa planta de arquitectura oriental. Todas estaban rematadas de unos tejados extraños, parecidos a coquetos tocados.

En el centro del edificio, se elevaba una imponente cúpula coronada de un delicioso y delgado campanario calado, cuya forma alargada y redondeada semejaba un pecho de mármol blanco proyectado hacia el cielo.

Y todo el monumento, de arriba abajo, estaba recubierto de esculturas, exquisitos arabescos que embriagaban la mirada, inmóviles procesiones de delicados personajes que con sus actitudes y gestos pétreos narraban usos y costumbres de la India.

Las habitaciones recibían luz de las ventanas de arcos denticulados, que daban a los jardines. Ónices, lapislázulis y ágatas formaban graciosos ramilletes de flores en el suelo de mármol.

Apenas si había tenido tiempo de acabar de asearme cuando un dignatario de la corte, Haribadada, encargado especialmente de las comunicaciones entre el príncipe y yo, me anunció la visita de su soberano.

Y apareció el rajá de color azafranado, me estrechó de nuevo la mano y se puso a contarme mil cosas, preguntándome sin cesar mi opinión, lo cual me creaba mucha incomodidad. Luego quiso enseñarme las ruinas del palacio antiguo, en el otro extremo de los jardines.

Era éste un verdadero bosque de piedras, que habitaba un pueblo de grandes simios. Al acercarnos, los machos se echaron a correr por sobre los muros haciéndonos horribles muecas, y las hembras se largaban, mostrando su trasero pelado y llevándose a sus crías en brazos. El rey reía como loco, dándome pellizcos en un hombro para testimoniarme su disfrute, y se sentó en medio de los escombros, mientras, a nuestro alrededor, agazapados en lo alto de las murallas, encaramados en todos los salientes, una pequeña multitud de animales de grises patillas nos sacaban la lengua y nos enseñaban el puño.

Cuando se hubo cansado de tal espectáculo, el soberano de amarillo se levantó y se puso de nuevo en camino con aire serio, llevándome en todo momento a su lado, feliz de haberme mostrado semejantes cosas el mismo día de mi llegada, y recordándome que al día siguiente tendría lugar una gran partida de caza del tigre en mi honor.

Fui a aquella partida de caza, y a una segunda, a una tercera, a diez, a veinte seguidas. Cazamos alternativamente todas las especies de animales que existen en aquel país: la pantera, el oso, el elefante, el antílope, el hipopótamo, el cocodrilo, qué sé yo, al menos la mitad de los animales de la Creación. Estaba agotado, asqueado de ver correr tanta sangre, cansado de esas diversiones siempre las mismas.

Por fin el entusiasmo del príncipe se aplacó y, tras insistentes ruegos, me dejó un poco de tiempo para trabajar. Ahora se limitaba a cubrirme de regalos. Me mandaba joyas, telas preciosas, animales amaestrados, que Haribadada me ofrecía aparentemente con un gran respeto, como si yo hubiera sido el mismo sol, por más que en el fondo sintiera un gran desprecio por mí.

Cada día un desfile de servidores me traía en bandejas tapadas una ración de cada unos de los manjares de la comida real; y cada día debía yo aparecer y sentir un inmenso placer en la nueva diversión organizada en mi honor: danzas de bayaderas, juegos malabares, revistas militares, todo lo que podía ocurrírsele a ese rajá hospitalario, pero agobiante, para mostrarme su maravillosa patria en toda su fascinación y en todo su esplendor.

En cuanto me dejaba un poco solo, yo trabajaba, o me iba a ver a los monos, cuya compañía me gustaba muchísimo más que la del rey.

Una noche, de vuelta de mi paseo, me encontré al solemne Haribadada ante la puerta de mi palacio; con frases misteriosas me anunció que me esperaba en mi habitación un regalo del soberano y me presentó excusas de su amo por no haber pensado antes en ofrecerme algo de lo que debía sentirme yo privado.

Tras este oscuro discurso, el embajador hizo una reverencia y desapareció.

Entré y vi, alineadas contra la pared por orden de estatura, a seis chiquillas juntas, inmóviles, semejantes a una sarta de eperlanos. Tendría la mayor a lo sumo ocho años y la más joven seis. Al principio no comprendí muy bien qué hacía aquel colegio instalado en mis aposentos, pero luego intuí la atención delicada del príncipe: era un harén lo que me regalaba. Por un exceso de celo lo había escogido muy joven. Pues cuanto más verde es la fruta, más apreciada es allí.

Hecho un mar de confusión, incomodidad y vergüenza, permanecí delante de todas aquellas niñas que tenían puestos en mí sus ojazos de mirada seria y que ya parecían saber lo que yo podía exigir de ellas.

Yo no sabía qué decirles. Hubiera querido devolverlas, pero no se puede devolver un presente real: hubiera sido una ofensa mortal. Debía por tanto conservar conmigo e instalar en mi palacio a aquel rebaño de niñas.

No se movían, sin dejar de mirarme un solo instante, esperando una orden mía, tratando de leer en mi mirada lo que pensaba. ¡Oh!, el maldito regalo. ¡Qué incordio! Por fin, sintiéndome ridículo, pregunté a la mayor de ellas:

—¿Cómo te llamas?

Ella respondió:

—Châli.

Aquella niña de piel tan bonita, algo amarillenta, como de marfil, era una maravilla, una estatua, con su rostro de facciones alargadas y acusadas.

Dije yo entonces para ver qué podía ella responder, acaso para incomodarla:

—¿Qué haces aquí?

Me dijo con su voz dulce y armoniosa:

—He venido para hacer lo que te plazca exigir de mí, mi señor.

La chiquilla estaba bien enseñada.

Y le hice la misma pregunta a la más pequeña, que articuló claramente con su voz más frágil:

—Estoy aquí para lo que gustes mandar, mi señor.

Tenía un aspecto de ratoncillo y era absolutamente encantadora. La alcé en mis brazos y le di un beso. Las otras hicieron un amago como de retirarse, pensando sin duda que acababa de indicar cuál era mi elección, pero les ordené que se quedaran, y, sentándome a la india, les hice sentarse a su vez, en círculo, en torno a mí, y luego me puse a contarles una historia de genios, pues hablaba pasablemente su lengua.

Ellas escuchaban con la máxima atención, estremeciéndose con los detalles maravillosos, temblando de angustia, agitando sus manos. Las pobres pequeñas ya no pensaban en el motivo que las había traído allí.

En cuanto hube terminado mi cuento, llamé a mi servidor de confianza, Latchmân, y le hice traer golosinas, mermeladas y dulces, que ellas se comieron hasta ponerse enfermas; y luego, como empezaba a encontrar divertida aquella aventura, me inventé varios juegos para divertir a mis mujeres.

Una sobre todo de estas diversiones tuvo un enorme éxito. Abierto de piernas, hacía yo el puente y ellas pasaban por debajo a la carrera, con la más pequeña abriendo la marcha y la mayor golpeándome siempre un poco, porque no agachaba lo suficiente la cabeza, lo cual provocaba en ellas carcajadas ensordecedoras, y sus voces ruidosas, resonando bajo las bóvedas bajas de mi suntuoso palacio, lo despertaban, lo llenaban de una alegría infantil, lo poblaban de vida.

Luego me tomé mucho interés en acomodarlas en el dormitorio común, donde se acostarían mis inocentes concubinas. Por último las encerré dentro, bajo la custodia de las cuatro doncellas que me había mandado el príncipe para que se ocupasen de mis sultanas.

Durante ocho días me divertí muchísimo haciendo de papá de aquellas muñecas. Nos lo pasábamos en grande jugando al escondite, al pillapilla y al adivina quién te dio, juegos que las hacían delirar de felicidad, pues yo cada día les descubría uno de esos juegos desconocidos, tan llenos de interés.

Mi morada se había convertido en una escuela. Y mis amiguitas, vestidas con sedas preciosas, telas recamadas de oro y de plata, corrían como bestezuelas humanas a través de las largas galerías y los tranquilos salones adonde llegaba, a través de los arcos, una tenue luz.

Luego, una noche, no sé cómo ocurrió, la mayor de ellas, la llamada Châli y que se parecía a una estatuilla de viejo marfil, se convirtió en mi mujer de verdad.

Era una adorable criaturita, dulce, tímida y alegre, que pronto me amó con un afecto ardiente y a la que yo amé, extrañamente, con vergüenza e indecisión, con una especie de temor a la justicia europea, con reservas y escrúpulos y, sin embargo, con una apasionada ternura sensual. La quería como un padre y la acariciaba como un hombre.

Dicho sea con perdón, señoras.

Las otras continuaban jugando en aquel palacio, parecidas a una cuadrilla de jóvenes gatitas.

Châli no me dejaba ya, salvo cuando iba yo al palacio del príncipe.

Pasábamos juntos horas deliciosas en las ruinas del viejo palacio, en medio de los monos que se habían convertido en nuestros amigos.

Ella se recostaba en mis rodillas y se quedaba inmóvil rumiando quién sabe qué pensamientos en su cabecita de esfinge, o acaso sin pensar en nada, pero siempre en la hermosa y seductora actitud de esos pueblos nobles y soñadores, la actitud hierática de las estatuas sagradas.

Yo había traído en una gran bandeja de cobre provisiones, pasteles, fruta. Y las monas se acercaban poquito a poco, seguidas de sus crías más tímidas, para sentarse a continuación en círculo en torno a nosotros, sin atreverse a acercarse más, en espera de que hiciera yo el reparto de las golosinas.

Entonces, casi siempre, un macho más atrevido venía hacia mí poniendo la mano como un mendigo; y yo le daba algún bocado que él llevaba enseguida a su hembra. Y todas las demás monas empezaban a lanzar chillidos furiosos, de celos y de ira, y no me quedaba más remedio que dar a cada una su parte para que cesara aquel endiablado alboroto.

Como me encontraba muy bien en aquellas ruinas, me llevé allí mis útiles de trabajo. Pero apenas vieron los monos el cobre de los aparatos de precisión creyeron que se trataba de unos instrumentos mortíferos y huyeron por todas partes chillando como condenados.

También pasaba a menudo mis veladas con Châli en una de las galerías exteriores que dominaba el lago de Vihara. Contemplábamos, sin despegar los labios, la refulgente luna que alumbraba en lo alto del cielo lanzando sobre el agua un trémulo manto de plata y, allá, en la orilla opuesta, la fila de pequeñas pagodas, semejantes a graciosas setas que hubieran crecido al borde del agua. Y tomando entre mis manos la carita seria de mi jovencísima amante, besaba lenta, largamente, su frente tersa, sus ojos colmados del secreto de aquella tierra antigua y fabulosa, y sus labios calmos que se abrían a mi caricia. Y sentía una sensación confusa, intensa y sobre todo poética, la sensación de poseer, en aquella chiquilla, a toda una raza, la bella raza misteriosa de la que se dice han salido todas las demás.

Mientras tanto el príncipe seguía colmándome de presentes.

Un día me mandó un objeto insólito, que provocó la admiración apasionada de Châli. No era más que una cajita de conchas, una de esas cajitas de cartón recubiertas de conchas que en Francia habría podido costar a lo sumo cuarenta sueldos, mientras que allí era algo de un valor inapreciable. Sin duda, era la primera de aquel tipo que había entrado en el reino.

La puse sobre un mueble y allí la dejé, sonriéndome de la importancia que se daba a aquella fea chuchería de bazar.

Pero Châli no se cansaba de examinarla, de admirarla, llena de respeto y de éxtasis. Me preguntaba de vez en cuando: «¿Me permites que la toque?». Y, cuando le autorizaba a hacerlo, levantaba la tapa, la volvía a cerrar con grandes precauciones, acariciaba con sus finos dedos, muy suavemente, el recubrimiento de conchitas, y parecía sentir, gracias a ese contacto, un goce delicioso que la conmovía.

Pero yo había terminado mis trabajos y tenía que regresar. Me costó mucho tiempo decidirme, retenido ahora por mi cariño hacia mi joven amiga. Finalmente, tuve que tomar una determinación.

El príncipe, desconsolado, organizó nuevas partidas de caza, nuevos combates de luchadores; pero, tras quince días de estas diversiones, declaré que no podía seguir quedándome por más tiempo, y él me dejó en libertad.

La despedida de Châli fue desgarradora. Ella lloraba, recostada sobre mí, con la cabeza en mi pecho, totalmente sacudida por la tristeza. Yo no sabía qué hacer para consolarla, mis besos no servían de nada.

De repente, tuve una idea, y, levantándome, fui a buscar la cajita de las conchas, que puse en sus manos. «Es para ti. Tuya es.»

La vi entonces sonreír de nuevo. Todo su rostro se iluminaba de una alegría interior, de esa honda alegría de los sueños imposibles hechos de repente realidad.

Y ella me besó apasionadamente.

No importa, lloró mucho no obstante en el momento del último adiós.

Repartí besos de padre y dulces a todo el resto de mis mujeres, y partí.

II

Pasaron dos años, luego los azares del servicio en la Marina me llevaron de nuevo a Bombay. Como consecuencia de una serie de circunstancias imprevistas, me fue confiada otra misión, dado mi conocimiento del país y de su lengua.

Terminé mis trabajos lo más rápidamente posible y, como todavía tenía tres meses por delante, quise ir a hacer una corta visita a mi amigo, el rey de Ganhara, y a mi querida mujercita Châli, a la que sin duda encontraría muy cambiada.

El rajá Maddan me recibió con muestras de frenética alegría. Hizo degollar delante de mí a tres gladiadores, y no me dejó solo ni un segundo durante el primer día de mi vuelta.

Finalmente, por la noche, encontrándome libre, mandé llamar a Haribadada y, tras muchas preguntas de diversa índole, para confundir su perspicacia, le pregunté:

—¿Qué ha sido de la pequeña Châli que me regaló el rajá?

Puso cara triste, de fastidio, y respondió con gran incomodidad:

—¡Mejor no hablar de ella!

—¿Y eso por qué? Era una mujercita amable.

—Tomó un mal camino, señor.

—Pero ¡cómo! ¿Châli? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está?

—Quiero decir que acabó mal.

—¿Que acabó mal? ¿Ha muerto?

—Sí, señor, cometió una fea acción.

Yo estaba muy agitado, me palpitaba con fuerza el corazón y sentía un nudo de angustia en la garganta.

Continué:

—¿Una fea acción? ¿Qué fue lo que hizo? ¿Qué le pasó?

Él, cada vez más incómodo, murmuró:

—Es mejor que no me lo pregunte.

—Sí, quiero saberlo.

—Era una ladrona.

—Pero ¡cómo! ¿Y qué robó?

—A usted, señor.

—¿A mí? ¿Y de qué modo?

—El mismo día de su partida le cogió la cajita que le había regalado el príncipe. La encontramos en su poder.

—¿Qué cajita?

—La cajita de las conchas.

—¡Pero si yo mismo se la regalé!

El indio levantó hacia mí unos ojos de mirada estupefacta y respondió:

—Sí, eso juró ella por lo más sagrado, que se la había dado usted. Pero no podíamos creer que hubiera dado a una esclava un presente del rey, por lo que el rey mandó castigarla.

—Castigarla, ¿cómo? ¿Qué le hicieron?

—Se la metió en un saco y fue arrojada al lago por esta ventana, señor, por la ventana de la habitación en que ahora nos encontramos, donde había cometido el hurto.

Me sentía embargado por el más atroz de los dolores que haya sentido nunca e hice una seña a Haribadada de que se fuera para que no me viera llorar.

Pasé la noche en la galería que domina el lago, en la galería donde tantas veces había tenido en mis rodillas a la pobre niña.

Y pensaba que el esqueleto de su hermoso cuerpecito descompuesto se encontraba allí abajo, dentro de un saco de tela atado con una cuerda, en el fondo de aquellas aguas negras que en otro tiempo contemplamos juntos.

Volví a partir al día siguiente, no obstante los ruegos y el gran disgusto del rajá.

Ahora estoy convencido de que nunca he amado a otra mujer, excepto a Châli.

 

EL BORRACHO*

 

I

Soplaba un viento tempestuoso del norte que empujaba por el cielo unos nubarrones de invierno, pesados y negros, que descargaban a su paso sobre la tierra fuertes chaparrones.

El mar embravecido rugía y azotaba la costa, lanzando sobre la orilla unas enormes olas lentas y babosas que rompían con detonaciones de artillería. Llegaban muy despacio, una tras otra, altas como montañas, esparciendo por los aires, a rachas, la blanca espuma de sus frentes así como un sudor de monstruos.

El huracán se introducía en el pequeño valle de Yport, silbaba y gemía, arrancando las pizarras de los tejados, rompiendo postigos, abatiendo chimeneas, desencadenando por las calles tales ventoleras que era imposible caminar si no era sujetándose a las paredes, y a los niños se los habrían llevado como si fueran hojas lanzándolos a los campos, más allá de las casas.

Las barcas de pesca habían sido jaladas hasta tierra por temor a que el mar fuera a barrer la playa durante la marea alta, y algunos marineros, ocultos tras la redonda panza de las embarcaciones tumbadas de costado, contemplaban esta ira del cielo y del agua.

 

Luego se iban yendo poco a poco, pues la noche caía sobre la tempestad, envolviendo de sombras el océano enloquecido y el estruendo de los elementos desencadenados.

Quedaban aún allí dos hombres, con las manos en los bolsillos, la espalda encorvada ante las ráfagas, la gorra de lana calada hasta los ojos, dos corpulentos pescadores normandos, con una hirsuta barba en collar, la piel tostada por las ráfagas salinas de la alta mar, de ojos azules picados de un puntito negro en medio, esos ojos penetrantes de los marinos capaces de ver hasta el confín del horizonte, como un ave de presa.

Uno de ellos decía:

—Vamos, larguémonos, Jérémie. Vayamos a matar el tiempo jugando una partida de dominó. Te invito.

El otro seguía dudando, tentado por el juego y el aguardiente, sabiendo perfectamente que se emborracharía de nuevo si entraba en el café de Paumelle, y retenido también al pensar en su mujer, que se había quedado completamente sola en su tugurio.

Preguntó:

—Cualquiera diría que has apostado algo para emborracharme todas las noches. Dime, ¿qué sacas tú pagando siempre?

Y se reía al solo recuerdo de todo el aguardiente que se había tomado a costa del otro; se reía con esa risa satisfecha del normando que sabe aprovecharse.

Mathurin, su colega, le seguía tirando de un brazo.

—Vamos, Jérémie. No es una noche para volver sin algo caliente en el estómago. ¿Qué temes? ¿Es que no te calentará tu mujer la cama?

Jérémie respondió:

—La otra noche no conseguía encontrar la puerta. ¡Casi tuvieron que sacarme del arroyo de delante de casa!

Todavía le hacía reír aquel recuerdo de borracho, mientras iba despacito hacia el café de Paumelle, en cuyos cristales de las ventanas se veía luz; iba, tirado por Mathurin y empujado por el viento, incapaz de resistirse a aquellas dos fuerzas.

La sala baja estaba llena de pescadores, de humo y de gritos. Todos aquellos hombres, vestidos de lana, acodados en las mesas, vociferaban para hacerse oír. Cuantos más parroquianos entraban, más había que gritar en medio del vocerío y del golpear de fichas de dominó contra el mármol para hacer más ruido aún.

Jérémie y Mathurin fueron a sentarse en un rincón y dieron comienzo a la partida, y las copas desaparecían, una tras otra, en el fondo de sus gaznates.

Jugaron a continuación otras partidas, sin dejar de tomar más copas. Mathurin seguía llenándolas, mientras le guiñaba el ojo al cafetero, un gordo rojo como el fuego que se lo pasaba en grande, como si sólo él estuviera en el secreto de quién sabe qué broma; y Jérémie seguía empinando el codo, balanceaba la cabeza, lanzaba risas parecidas a rugidos mientras miraba a su compadre con aire idiotizado y contento.

Todos los parroquianos se iban yendo. Y, cada vez que uno abría la puerta de salida para irse, entraba en el café tal ventolera que hacía arremolinarse el denso humo de las pipas, oscilar las luces suspendidas de unas cadenillas y vacilar sus llamas; y de repente se oía la honda acometida de una ola que rompía y el bramido de la ventolina.

Con el cuello desabrochado, Jérémie adoptaba posturas de borracho, con una pierna estirada y un brazo pendulón; y con la otra mano sujetaba las fichas del dominó.

Ya no quedaban más que ellos dos con el cafetero, que se había acercado, lleno de interés.

Preguntó:

—¿Qué?, Jérémie, ¿cómo va por dentro? ¿Has conseguido refrescarte de tanto trincar?

Y Jérémie farfulló:

—¡Qué va, cuanto más baja, más seco tengo el gaznate!

El cafetero miraba a Mathurin con aire de astucia y le dijo:

—Mathurin, ¿dónde está tu hermano a estas horas?

El pescador rió silenciosamente:

—Calentito está él, pierde cuidado…

Los dos miraron a Jérémie, que, con aire triunfal, colocaba el seis doble, diciendo:

—Cierro.

Acabada la partida, el cafetero declaró:

—Muchachos, yo ya tengo ganas de meterme en el sobre. Os dejo una lámpara encendida y también la botella. Os costará veinte sueldos. Cierra la puerta de entrada, Mathurin, y deja la llave debajo del tejadillo, como la otra noche.

—Tú tranquilo. Entendido.

Paumelle chocó la mano a sus dos clientes rezagados y subió pesadamente la escalera de madera. Durante unos minutos, su paso pesado resonó en la casita; luego un fuerte crujido reveló que acababa de meterse en la cama.

Los dos hombres siguieron jugando; de vez en cuando, una rabiosa acometida del huracán sacudía la puerta, haciendo temblar las paredes, y los dos parroquianos alzaban la cabeza como si fuera a entrar alguien. Mathurin cogía acto seguido la botella y llenaba la copa de Jérémie. Pero de repente, el reloj suspendido sobre el mostrador dio las doce de la noche. Su ronco timbre hacía pensar en un choque de cacerolas, y sus toques vibraban largamente con una sonoridad de chatarra.

Enseguida Mathurin se levantó, como un marinero que ha terminado su turno de guardia.

—Vamos, Jérémie, hay que retirarse.

El otro se movió con más esfuerzo y recobró el equilibrio apoyándose en la mesa; luego llegó a la puerta y la abrió, mientras su compañero apagaba la luz.

Cuando estuvieron en la calle, Mathurin cerró el establecimiento y dijo:

—Vamos, buenas noches, hasta mañana.

Y desapareció en las tinieblas.

II

Jérémie dio tres pasos, luego se tambaleó, extendió las manos, encontró una pared que le sostuvo de pie y echó a andar de nuevo trastabillando. A ratos, una ventolina, introduciéndose en el estrecho callejón, le lanzaba hacia delante, haciéndole correr unos pasos; luego, cuando cesaba la violencia de la ráfaga, al no tener ya quien le empujase, se paraba en seco y empezaba a tambalearse de nuevo sobre sus caprichosas piernas de borracho.

Iba, instintivamente, hacia su casa, como los pájaros van a su nido. Por fin reconoció su puerta y buscó a tientas la cerradura para meter la llave. Pero no encontraba el ojo y juraba a media voz. Entonces se puso a llamar a su mujer dando fuertes puñetazos contra la puerta para que viniera en su ayuda.

—¡Mélina! ¡Eh, Mélina!

Como se apoyaba contra la hoja para no caerse, ésta cedió, se abrió, y Jérémie, perdiendo su apoyo, entró cayéndose, yendo a darse de bruces en medio de su casa, y sintió que algo pesado le pasaba por encima del cuerpo, perdiéndose luego en la noche.

Ya no se movía, atontado por el miedo, como loco, asustado por el diablo, por los aparecidos, por todas las cosas misteriosas que pueblan las tinieblas, y esperó largo rato sin osar moverse. Pero, como vio que nada se movía ya, recobró un poco la razón, la turbia razón de beodo.

Y se sentó lentamente. Esperó de nuevo un largo rato y, atreviéndose al fin, dijo:

—¡Mélina!

Su mujer no respondió.

Entonces, de repente, cruzó por su mente nublada una duda, una duda imprecisa, una vaga sospecha. No se movía; seguía allí, sentado en el suelo, en la oscuridad, buscando sus ideas, aferrándose a reflexiones incompletas y trastabilleantes como sus pies.

Preguntó de nuevo:

—¡Dime quién era, Mélina! ¡Dime quién era! ¡Que no te haré nada!

Esperó. No llegó de la oscuridad voz alguna. Entonces se puso a razonar en voz alta.

—¡Estoy bebido, verdaderamente bebido! ¡Ha sido él quien me ha puesto en este estado, ese granuja, ha sido él, para no dejarme volver! ¡Estoy bebido!

Y repetía:

—¡Dime quién era, Mélina, o haré una tontería!

Tras haber esperado de nuevo, continuaba, con una lógica lenta y obstinada de borracho:

—Ha sido él, ese zángano de Paumelle, quien me ha retenido en el café, lo mismo que las otras noches para no dejarme volver. Es su cómplice. ¡Ah, maldito!

Lentamente se puso de rodillas. Por dentro le crecía una ira sombría, mezclándose con los efluvios del aguardiente.

Repitió:

—¡Dime quién era, Mélina, o te atizo, estás avisada!

Ahora estaba de pie, temblando de una ira fulminante, como si el alcohol que tenía en el cuerpo se hubiera encendido en sus venas. Dio un paso, se golpeó contra una silla, la cogió, caminó de nuevo, encontró la cama, la palpó y sintió dentro el cuerpo caliente de su mujer.

Entonces, loco de rabia, gruñó:

—¡Ah, así que estás aquí, asquerosa, y no respondías!

Levantando la silla que sujetaba con sus robustas manos de marinero, la dejó caer con furia exasperada. Salió de la cama un grito desaforado, desgarrador. Entonces él comenzó a golpear como un trillador de cereales con una vara. Al cabo de poco no se movió ya nada. La silla estaba hecha pedazos, pero le quedaba en la mano una pata y con ella seguía golpeando, mientras jadeaba.

De repente se paró y preguntó:

—¿Me quieres decir ahora quién era?

Mélina no respondió.

Entonces, muerto de cansancio y anonadado por su violencia, se dejó caer en el suelo, se tumbó y se durmió.

Cuando se hizo de día un vecino, al ver la puerta abierta, entró. Vio a Jérémie roncando en el suelo, por donde había esparcidos los restos de una silla y, en la cama, una papilla de carne y de sangre.

 

LO HORRIBLE*

 

La noche tibia caía lentamente.

Las mujeres se habían quedado en el salón de la quinta. Los hombres, sentados o a horcajadas de las sillas del jardín, fumaban delante de la puerta, en torno a una mesa redonda llena de tazas y de copitas.

Sus puros brillaban cual ojos en la oscuridad que se adensaba minuto a minuto. Hablaban de una terrible desgracia ocurrida el día antes: dos hombres y tres mujeres se habían ahogado ante los ojos de los invitados, allí delante mismo, en el río.

El general de G*** dijo:

*

Sí, estas cosas son conmovedoras, pero no horribles.

Lo horrible, esa vieja palabra, quiere decir mucho más que terrible. Un accidente espantoso como éste conmueve, turba y trastorna, pero no hace perder la cabeza. Para alcanzar el horror no bastan las conmociones anímicas o el espectáculo de la muerte atroz; hace falta un escalofrío de misterio o bien una sensación de espanto anormal, contranatural. Un hombre que muere aunque sea del modo más dramático no causa horror; un campo de batalla no es horrible; la sangre tampoco; es raro que los más viles delitos sean horribles.

Les pondré dos ejemplos personales que me permitieron comprender qué puede entenderse por «horror».

Fue durante la guerra de 1870. Nos estábamos retirando hacia Pont-Audemer, después de haber atravesado Ruán. El ejército, en torno a unos veinte mil hombres, veinte mil hombres en fuga, en desbandada, desmoralizados, agotados, se estaba replegando hacia Le Havre.

La tierra estaba cubierta de nieve. Caía la noche. No habíamos comido nada desde la víspera. La gente huía rápido, pues los prusianos no estaban lejos.

Toda la campiña normanda, de un color cárdeno, manchada de las sombras de los árboles que rodeaban las alquerías, se extendía bajo un cielo negro, pesado y siniestro.

No se oía nada más, en el mortecino resplandor del crepúsculo, que un ruido confuso, impreciso y sin embargo desmedido de ganado en marcha, un pisotear sin límites, mezclado con un vago entrechocar de escudillas o de sables. Los hombres, encorvados, cargados de espaldas, sucios, a menudo incluso harapientos se arrastraban, se apresuraban en la nieve, con zancadas extenuadas.

La piel de las manos se pegaba al acero de las culatas, pues helaba espantosamente aquella noche. A menudo se veía a un joven soldado de infantería quitarse sus botas para ir descalzo, de tanto como sufría calzado; y dejaba en cada huella un rastro de sangre. Al cabo de un poco se sentaba en el suelo para descansar unos momentos, y ya no volvía a levantarse. Cada hombre sentado era un hombre muerto.

¡A cuántos de nosotros habíamos dejado atrás, de esos pobres soldados agotados, que pensaban volver a partir inmediatamente después de haber estirado un poco sus rígidas piernas! Bastaba con que dejaran de moverse y de hacer circular por sus carnes gélidas su sangre casi inerte, para que un entorpecimiento invencible los inmovilizase, los clavase al suelo, cerrase sus ojos y, en un instante, paralizase aquella maquinaria humana agotada. Inclinaban apenas la frente sobre las rodillas, pero sin caer del todo, porque sus lomos y sus miembros se volvían rígidos, duros como madera, sin poder ya doblarse o enderezarse.

Los pocos robustos de entre nosotros seguíamos andando, ateridos hasta los tuétanos, avanzando por la fuerza de la inercia, en aquella noche, en aquella nieve, en aquella campiña helada y mortal, abrumados por la tristeza, la derrota, la desesperación y, sobre todo, agobiados por la espantosa sensación del abandono, del fin, de la muerte, de la nada.

Vi a dos gendarmes que sostenían por los brazos a un extraño hombrecillo, viejo, sin barba, de aspecto verdaderamente sorprendente.

Buscaban a un oficial, pues creían haber apresado a un espía.

La palabra «espía» corrió enseguida entre los rezagados, que formaron un corro en torno al prisionero. Una voz gritó: «¡Hay que fusilarlo!». Y todos aquellos soldados que se caían del agotamiento, que se mantenían de pie sólo porque se apoyaban en sus fusiles, sintieron de repente ese estremecimiento de ira furiosa y bestial que empuja a las multitudes a la masacre.

Yo quise decir algo. Era por aquel entonces comandante de batallón; pero los jefes no eran ya reconocidos y me habrían fusilado también a mí.

Uno de los gendarmes me dijo:

«Hace tres días que nos viene detrás. Pedía a todos información sobre la artillería».

Traté de interrogar a aquel ser:

«¿Qué hace? ¿Qué quiere? ¿Por qué sigue al ejército?».

Él barbotó algunas palabras en un dialecto incomprensible.

Era en verdad un tipo extraño, estrecho de hombros, de mirar hipócrita y se le veía tan trastornado delante de mí que no dudé ya realmente de que se trataba de un espía. Parecía de edad avanzada y débil. Me miraba desde abajo, con aire humilde, estúpido y astuto.

Los hombres gritaban a nuestro alrededor:

«¡Al paredón!, ¡al paredón!».

Yo dije a los gendarmes:

«Ustedes son los responsables del prisionero…».

No había terminado de decirlo cuando un terrible empujón me derribó, y vi, en cuestión de segundos, a los enfurecidos soldados coger al hombre, tirarle al suelo, golpearle, arrastrarle hasta el borde del camino y echarlo contra un árbol. Cayó en la nieve, ya casi muerto.

Lo fusilaron enseguida, los soldados dispararon contra él, recargaban los fusiles para hacer fuego de nuevo con brutal encarnizamiento. Se peleaban para poder disparar, desfilaban por delante del cadáver sin dejar de tirotearle, como se desfila por delante de un ataúd para asperjar el agua bendita.

De pronto corrió una voz:

«¡Los prusianos!, ¡los prusianos!».

Y oí, en torno a mí, el inmenso ruido del ejército espantado, a la carrera.

El pánico, causado por esos disparos sobre el vagabundo, había aterrado a los mismos justicieros, los cuales, ignorantes de ser la causa del miedo, emprendieron la huida, desapareciendo en la oscuridad.

Yo me quedé solo delante del cuerpo con los dos gendarmes, a quienes el sentido del deber había retenido cerca de mí.

Levantaron aquella carne martirizada, molida y sanguinolenta.

«Hay que registrarlo», les dije.

Y les alargué una caja de cerillas que tenía en el bolsillo. Uno de los soldados alumbraba al otro. Yo estaba de pie entre ellos dos.

El soldado que sostenía el cuerpo dijo:

«Lleva una blusa azul, una camisa blanca, pantalón, un par de zapatos».

La primera cerilla se apagó; se encendió la segunda. El hombre siguió vaciando los bolsillos:

«Un cuchillo con el mango de cuerno, un pañuelo a cuadros, una tabaquera, un cordel, un mendrugo».

La segunda cerilla se apagó. Encendieron la tercera. Tras haber palpado un buen rato el cadáver, el gendarme declaró:

«Eso es todo».

Yo dije:

«Desvístanlo. Quizá encontremos algo adherido a su piel».

Y, para que los dos soldados pudieran actuar simultáneamente, me puse yo mismo a alumbrarlos. Les veía al súbito y fugaz resplandor de la cerilla quitar las prendas una a una, poner al descubierto esa masa sangrante de carne aún caliente y muerta.

Y de repente uno de ellos balbució:

«¡Por todos los santos, mi comandante, pero si es una mujer!».

No sabría deciros qué extraña y aguda sensación de angustia me encogió el corazón. No conseguía creérmelo y doblé la rodilla en la nieve, delante de esa informe papilla, para ver bien: ¡era una mujer!

Los dos gendarmes, estupefactos y desmoralizados, esperaban que yo diera una opinión.

Pero yo no sabía qué pensar, qué suponer.

Entonces el cabo dijo parsimoniosamente:

«Quizá venía buscando a su hijo que era soldado de artillería y del que no tenía noticias».

Y el otro respondió:

«Quizá sea eso».

Y yo, que había visto tantas cosas tremendas, me eché a llorar. Y delante de aquella muerta, en aquella noche glacial, en medio de aquella llanura negra, delante de aquel misterio, delante de aquella desconocida asesinada, comprendí qué quiere decir la palabra «horror».

La misma sensación la tuve el año pasado hablando con uno de los supervivientes de la expedición Flatters,1 un fusilero argelino.

Ya conocen ustedes los detalles de ese drama atroz; pero quizá hay uno que ignoran.

El coronel andaba por el Sudán atravesando el desierto, en el inmenso territorio de los tuaregs, que son, en todo ese océano de arena que abarca del Atlántico a Egipto y del Sudán a Argelia, semejantes a piratas, comparables a quienes en otros tiempos asolaban los mares.

Los guías de la expedición eran de la tribu de los chambaa, de Uargla.

Ahora bien, un día se plantó el campamento en pleno desierto, y los árabes declararon que, estando la fuente aún un poco lejos, irían a buscar agua con todos los camellos.

Sólo un hombre previno al coronel de que sería traicionado; pero Flatters no se lo creyó y acompañó al convoy con los ingenieros, los médicos y casi todos sus oficiales.

Fueron masacrados en torno a la fuente, y todos los camellos capturados.

El capitán del puesto árabe de Uargla, que se había quedado en el campamento, asumió el mando de los supervivientes, spahis2 y fusileros, y emprendieron la retirada, abandonando bagajes y víveres, a falta de camellos para llevarlos.

Se pusieron, pues, en camino en esa soledad sin sombra y sin fin, bajo un sol implacable que los abrasaba de la mañana a la noche.

Una tribu vino a hacer acto de sumisión y trajo unos dátiles. Estaban envenenados. Casi todos los franceses murieron y, entre ellos, el último oficial.

No quedaban más que algunos spahis, entre quienes estaba el sargento Pobéguin, más unos fusileros indígenas de la tribu de los chambaa. Tenían aún dos camellos. Desaparecieron una noche con dos árabes.

Entonces los supervivientes comprendieron que de ahí a poco tendrían que devorarse unos a otros y, tras haber descubierto la fuga de los dos hombres con las dos bestias, los restantes se separaron y comenzaron a caminar en fila por la blanda arena, bajo la intensa flama del cielo, a más de un tiro de fusil el uno del otro.

Avanzaban de este modo durante toda la jornada y, cuando llegaban a una fuente, se acercaban a beber uno por vez, tan pronto como el más cercano se había alejado a la misma distancia. Andaban así todo el día, levantando, en la árida y llana extensión, esas nubecillas de polvo que indican a distancia a aquellos que caminan por el desierto.

Pero una mañana uno de los viajeros cambió de improviso de dirección, yendo hacia su vecino. Todos se pararon a mirar.

El que veía venir a su encuentro al soldado hambriento no huyó; pero, echando cuerpo a tierra, le apuntó. Cuando le pareció que lo tenía a tiro, hizo fuego. El otro no fue alcanzado y siguió avanzando, luego alzó a su vez el fusil y mató de un disparo a su compañero.

Entonces, de toda la línea del horizonte, acudieron todos en busca de su parte. Y el que había matado, tras despedazar al muerto, lo distribuyó.

Se diseminaron de nuevo, esos aliados irreconciliables, hasta el próximo asesinato que los acercaría.

Durante dos días vivieron de esta carne humana compartida. Luego volvió el hambre, y el que había matado el primero mató de nuevo. Y de nuevo, como un carnicero, cortó el cadáver y se lo ofreció a sus compañeros, reservándose sólo una porción para él.

Y así continuó esta retirada de antropófagos.

El último francés, Pobéguin, fue masacrado al borde de un pozo, la víspera del día en que llegaron los socorros.

¿Comprenden ahora lo que yo entiendo por lo Horrible?

*

He aquí lo que nos contó, la otra noche, el general de G***.

 

LA CAMA 29*

 

Cuando el capitán Épivent pasaba por la calle, todas las mujeres volvían la cabeza. Tenía verdaderamente la estampa del apuesto oficial de húsares. Se daba siempre postín y se pavoneaba sin cesar, orgulloso y preocupado por sus muslos, su talle y su bigote. Magníficos eran, en efecto, su bigote, su talle y sus muslos. El primero era rubio, muy recio, y le caía marcialmente sobre el labio, formando un bonito abultamiento color trigueño, pero fino, cuidadosamente enrollado y que descendía a continuación por los lados de la boca en dos grandes chorros de pelos chulescos. Su talle era delgado como si llevara un corsé, y se ensanchaba en un vigoroso pecho viril, salido y modelado. Sus muslos eran admirables, unos muslos de gimnasta, de bailarín, cuya carne musculada dibujaba todos los movimientos bajo el ceñido paño del pantalón rojo.

Caminaba tensando las corvas y separando pies y brazos, con ese paso ligeramente balanceado de los jinetes, adecuado para dar resalte a piernas y torso, de tanto efecto para quien va de uniforme como insignificante para quien va de paisano.

Como muchos oficiales, el capitán Épivent no sabía llevar el traje de paisano. Con un traje de tela negra o gris parecía el dependiente de una tienda. Pero, en uniforme, triunfaba. Tenía, por otra parte, una hermosa cabeza, la nariz delgada y aquilina, los ojos azules, la frente estrecha. Por desgracia, era calvo, sin que nunca hubiera podido comprender por qué se le había caído el cabello. Pero se consolaba al comprobar que, con unos grandes bigotes, un cráneo un poco pelón no estaba nada mal.

Menospreciaba a todo el mundo en general, pero en su desprecio había muchos grados.

En primer lugar, los burgueses no existían para él. Les miraba, tal como se mira a los animales, sin concederles más atención de la que se concede a los jilgueros o a las gallinas. Sólo los oficiales contaban en el mundo, pero no tenía en la misma estima a todos ellos. En suma, no respetaba más que a los hombres de buena planta, pues la verdadera, la única cualidad del militar debía ser la prestancia. Un soldado era un buen mozo, ¡qué diablos!, un buen mozo de verdad nacido para hacer la guerra y el amor, un hombre de voluntad férrea, de pelo en pecho, nada más. Clasificaba a los generales del ejército francés en razón de su estatura, de su uniforme y del aspecto poco atractivo de su rostro. Bourbaki1 le parecía el más grande hombre de guerra de los tiempos modernos.

Se reía mucho de los oficiales de infantería que son retacos y resoplan al andar, pero tenía sobre todo una invencible falta de estima rayana en la repugnancia por los pobres alfeñiques salidos de la academia militar, esos hombrecillos enjutos con gafas, torpes y desmañados, que parecen tan hechos para el uniforme como un conejo para decir misa, afirmaba. Se indignaba cuando se toleraba en el ejército a esos abortos de piernas enclenques que andan como cangrejos, que no beben, que comen poco y que parecen preferir las ecuaciones a las buenas mozas.

El capitán Épivent tenía éxitos constantes, triunfos con el bello sexo.

Cuantas veces cenaba en compañía de una mujer, daba por descontado que acabarían la noche en la intimidad, sobre el mismo colchón, y, si unos obstáculos insuperables impedían su victoria la misma noche, estaba seguro al menos de la «siguiente». Sus camaradas no gustaban de presentarle a sus amantes, y los comerciantes, que tenían guapas mujeres en el mostrador de sus tiendas, le conocían, le temían y le odiaban de todo corazón.

Cuando pasaba, la mujer del tendero intercambiaba con él, a pesar suyo, una mirada a través de los cristales del escaparate; una de esas miradas que valen más que las palabras tiernas, que llevan en sí una llamada y una respuesta, un deseo y una confesión. Y el marido, advertido por una especie de instinto, se daba la vuelta de golpe, echaba una mirada furiosa hacia la figura orgullosa y modelada del oficial. Y una vez que había pasado el capitán, sonriendo y contento de su efecto, el comerciante, desplazando con mano nerviosa los objetos expuestos delante de él, manifestaba:

—Ahí tenéis a un gran pavo real. ¿Cuándo dejarán de alimentar a todos estos inútiles que no hacen sino arrastrar su chatarrería por las calles? Yo prefiero mil veces un carnicero a un soldado. Si tiene sangre en su mandil, al menos es sangre de animal, y sirve para algo; y el cuchillo que lleva no está destinado a matar a ningún hombre. No entiendo cómo se tolera que estos asesinos públicos exhiban sus instrumentos de muerte por los paseos. Ya sé que son necesarios, pero podrían al menos esconderlos, y que no los vistieran como para una mascarada con esos pantalones rojos y esas casacas azules. No hay que vestir a un verdugo de general, ¿o no?

La mujer, sin responder, se encogía imperceptiblemente de hombros, mientras el marido, adivinando el gesto sin verlo, exclamaba:

—Hay que ser necio para ir a ver pavonearse a semejantes presuntuosos.

La reputación de conquistador del capitán Épivent estaba, por otra parte, establecida en todo el ejército francés.

Ahora bien, en 1868, su regimiento, el 102.º de húsares, fue de guarnición a Ruán.

Pronto fue conocido en la ciudad. Aparecía todas las tardes, a eso de las cinco, en el paseo Boieldieu, para tomar un ajenjo en el Café de la Comédie, pero, antes de entrar en el establecimiento, procuraba darse una vuelta por el paseo para exhibir sus muslos, su talle y su bigote.

Los comerciantes ruaneses que también se paseaban con las manos tras la espalda, preocupados por sus negocios y hablando de las subidas y bajadas de los precios, le echaban sin embargo una mirada y murmuraban:

—Caramba, qué buena planta tiene este hombre…

Luego, cuando supieron quién era, añadían:

—¡Vaya, pero si es el capitán Épivent! ¡Es cierto que es un buen mozo!

Las mujeres, al encontrárselo, hacían un curioso movimiento de cabeza, una especie de estremecimiento de pudor, como si se hubieran sentido débiles o desnudas ante él. Bajaban un poco la cabeza con una sombra de sonrisa en los labios, un deseo de que las encontrara fascinantes y de recibir una mirada suya. Cuando se paseaba con un camarada, éste no dejaba nunca de murmurar con unos envidiosos celos, cada vez que veía repetirse el mismo flirteo:

—¡Menuda suerte que tiene, diablos, este Épivent!

Había, entre las mantenidas de la ciudad, una pugna, una competencia, para ver quién se lo llevaba. Iban todas, a las cinco, la hora de los oficiales, al paseo Boieldieu, arrastrando sus faldas, de dos en dos, de un extremo al otro del paseo, mientras, también de dos en dos, tenientes, capitanes y comandantes arrastraban sus sables por la acera antes de entrar en el café.

Ahora bien, una tarde, la bella Irma, la amante, decían, del señor Templier-Papon, el rico industrial, hizo parar su coche enfrente de la Comédie, y, tras bajar, fingió ir a comprar papel o a encargar unas tarjetas de visita al impresor, el señor Paulard, para pasar por delante de las mesitas de los oficiales y lanzar al capitán Épivent una mirada que significaba: «Cuando usted quiera…», de un modo tan inequívoco que el coronel Prune, que estaba tomándose un licor verde con su teniente coronel, no pudo dejar de rezongar:

—¡Qué condenado! ¡Menuda suerte que tiene este bribón!

La frase del coronel fue repetida; y el capitán Épivent, emocionado por esta aprobación superior, pasó al día siguiente, en uniforme de gala, y varias veces seguidas, por debajo de las ventanas de la hermosa.

Ella lo vio, se mostró, sonrió.

Esa misma noche era su amante.

Se exhibieron, dieron el espectáculo, se comprometieron mutuamente, orgullosos ambos de semejante aventura.

Mucho se comentaban en la ciudad los amores de la bella Irma con el oficial. Sólo el señor Templier-Papon los ignoraba.

El capitán estaba radiante de gloria; y repetía en todo momento: «Irma acaba de decirme…», «Irma me decía esta noche…», «Ayer, cenando con Irma…».

Durante más de un año, paseó, ostentó, desplegó en Ruán este amor, como una bandera arrebatada al enemigo. Se sentía crecido por esta conquista, envidiado, más seguro del porvenir, más seguro de la cruz tan deseada, pues todo el mundo tenía los ojos puestos en él, y basta con estar en primer plano de la actualidad para no ser olvidado.

Pero he aquí que estalló la guerra y el regimiento del capitán fue uno de los primeros en ser mandado a la frontera. La despedida fue penosa. Duró una noche entera.

Sable, pantalón rojo, quepis, dormán caídos del respaldo de una silla al suelo; las faldas, las enaguas, las medias de seda desparramadas, también caídas, mezcladas con el uniforme, sobre la alfombra, la habitación puesta patas arriba como después de una batalla. Irma, enloquecida, con los cabellos alborotados, echaba desesperada los brazos al cuello del oficial, estrechándole y luego dejándole para rodar por el suelo, derribando muebles, arrancando los galones de los sillones, mordiendo sus patas, mientras que el capitán, muy conmovido, pero torpe para el consuelo, repetía:

—Irma, mi pequeña Irma, no hay nada que hacer, es mi deber.

Y de vez en cuando, con la yema del dedo, se secaba una lágrima que le había asomado en un ojo.

Se separaron al despuntar el día. Ella siguió en coche a su amante hasta la primera parada. Y, en el momento de la separación, le besó casi delante del mismo regimiento, lo que fue juzgado muy delicado, muy decoroso y muy apropiado, y sus compañeros fueron a darle la mano al capitán diciéndole:

—Dichoso de ti, esa pequeña tenía corazón.

Se veía en ello hasta algo de patriótico.

Durante la campaña, el regimiento fue sometido a dura prueba. El capitán tuvo un comportamiento heroico, recibió finalmente la cruz y, una vez terminada la guerra, volvió a la guarnición de Ruán.

Apenas hubo llegado, pidió noticias de Irma, pero nadie supo darle razón de ella.

Según algunos, se había entregado a una vida alegre con el Estado Mayor prusiano.

Según otros, había vuelto con sus padres, campesinos de la zona de Yvetot.

Mandó incluso a su ordenanza al pueblo para consultar el registro de defunciones: el nombre de su amante no figuraba en él.

Sintió una gran tristeza que exhibía. Atribuía su desventura al enemigo, culpando a los prusianos que habían ocupado Ruán de la desaparición de la joven, y decía:

—En la próxima guerra, esos bribones me las pagarán.

Ahora bien, una mañana, cuando entraba en el comedor de oficiales a la hora de comer, un recadero, un viejo con blusón, tocado con una gorra de tela encerada, le entregó un sobre. Él lo abrió y leyó:

Querido mío:

Estoy en el hospital, muy enferma, pero que muy enferma. ¿No vendrías a verme? ¡Me gustaría tanto!

Irma

El capitán se puso pálido, y declaró apiadado:

—Dios mío, la pobre. Voy a ir a verla inmediatamente después de comer.

Y durante todo el rato contó en la mesa de oficiales que Irma estaba en el hospital; pero que él la sacaría de allí, como que hay Dios. Todo era culpa de esos malditos prusianos. Debía de encontrarse sola, sin un centavo, hundida en la miseria, porque sin duda debían de haber saqueado su casa.

—¡Ah, los muy cerdos!

Todo el mundo estaba emocionado escuchándole.

Apenas hubo metido su servilleta enrollada en la anilla del servilletero, se levantó y, tras descolgar su sable del perchero, sacando pecho para parecer más delgado, se ciñó el cinturón y se encaminó a paso ligero hacia el hospital civil.

Pero en la puerta del edificio donde esperaba entrar inmediatamente se le impidió tajantemente el paso y hasta tuvo que ir a ver a su coronel, a quien le explicó su caso y del que consiguió unas palabras por escrito para el director.

Éste, tras haber hecho hacer antesala un buen rato al apuesto capitán, le entregó finalmente una autorización con un saludo frío y desaprobador.

Desde la misma puerta se sintió incómodo en aquel asilo de miseria, sufrimiento y muerte. Un mozo de servicio le guió.

Iba de puntillas, para no hacer ruido, por los largos corredores en los que flotaba un poco agradable olor a moho, a enfermedad y a medicamentos. Sólo un murmullo de voces turbaba a ratos el gran silencio del hospital.

A veces, por una puerta abierta, el capitán percibía un dormitorio común, una fila de camas con las sábanas realzadas por las formas de los cuerpos. Algunas convalecientes, sentadas en sillas a los pies de la cama, vestidas con un uniforme de tela gris y una cofia blanca, estaban cosiendo.

Su guía se detuvo de repente delante de una de esas galerías llenas de enfermos. Sobre la puerta se leía, en grandes caracteres: «Sifilíticas». Una enfermera estaba preparando un medicamento en una mesita de madera en la entrada.

—Lo llevaré —dijo ella—, está en la cama veintinueve.

Y echó a andar delante del oficial.

Luego le indicó una yacija.

—Allí es.

No se veía nada más que el abultamiento de las mantas. La cabeza misma estaba escondida debajo de la sábana.

Por todas partes se alzaban de las camas rostros pálidos y asombrados que miraban el uniforme, rostros de mujeres jóvenes y viejas que parecían todas feas y vulgares en su modesta camisa del hospital.

El capitán, agitadísimo, llevando en una mano el sable y en la otra el quepis, murmuró:

—Irma…

Hubo un gran rebullicio en la cama y asomó el rostro de su amante, pero tan cambiado, fatigado y demacrado que no la reconocía.

Jadeando, con la respiración entrecortada por la emoción, dijo ella:

—¡Albert!… ¡Albert!… ¡Eres tú!… ¡Oh, qué bien…, qué bien!

Y se le inundaron de lágrimas los ojos.

La enfermera trajo una silla:

—Siéntese, señor…

Él se sentó y miró el rostro pálido, tan mísero de aquella joven a la que había dejado tan lozana y hermosa.

Dijo:

—¿Qué has tenido?

Ella respondió toda llorosa:

—Ya has visto lo que dice en la puerta.

Y ocultó sus ojos con el orillo de su sábana.

Él prosiguió, confuso y avergonzado:

—¿Cómo cogiste eso, mi pobre niña?

Ella murmuró:

—Fueron esos cerdos de los prusianos. Me forzaron y me contagiaron.

No encontraba nada más que añadir. Él la miraba y daba vueltas a su quepis sobre sus rodillas.

Las otras enfermas le miraban y él creía sentir un olor a podredumbre, olor a carne pasada y a infamia en aquel dormitorio común lleno de muchachas contagiadas por la innoble y terrible enfermedad.

Ella murmuraba:

—No creo que me salve. El médico dice que es muy grave.

Luego, viendo la cruz en el pecho del oficial, exclamó:

—¡Oh, te han condecorado, cuánto me alegro! ¡Cuánto me alegro! ¡Oh! ¡Si pudiera besarte!

Un escalofrío de miedo y de repugnancia recorrió la piel del capitán sólo de pensar en aquel beso.

Ahora tenía ganas de irse, de estar al aire libre, de no volver a ver a esa mujer. Sin embargo, permanecía allí, sin saber cómo hacer para levantarse, para decirle adiós. Balbució:

—No te cuidaste.

Una llama cruzó por los ojos de Irma:

—¡No, quise vengarme, aun a costa de palmarla! Y también les contagié, a todos, a todos, a todos los que pude. Mientras estuvieron en Ruán no me cuidé.

Él declaró, con tono incómodo, en el que se traslucía un poco de alegría:

—En eso hiciste bien.

Ella dijo, animándose, con las mejillas encendidas:

—Oh, sí, morirá más de uno por mi culpa. Puedo decir que me vengué.

Él repitió:

—Hiciste bien.

Luego, levantándose, añadió:

—Ahora tengo que irme, porque a las cuatro tengo que ver al coronel.

Ella sintió una gran emoción:

—¿Ya, ya me dejas? ¡Oh, pero si acabas de llegar!…

Pero él quería irse a toda costa. Dijo:

—Ya ves que me he presentado enseguida; pero tengo que estar sin falta con el coronel a las cuatro.

Ella preguntó:

—¿Sigue siendo el coronel Prune?

—Sigue siendo él. Ha sido herido dos veces.

Ella prosiguió:

—¿Y ha habido muertos entre tus camaradas?

—Sí. Saint-Timon, Savagnat, Poli, Sapreval, Robert, De Courson, Pasafil, Santal, Caravan y Poivrin han muerto. Sahel ha perdido un brazo y Courvoisin ha acabado con una pierna rota, Paquet ha perdido el ojo derecho.

Ella escuchaba, llena de interés. Luego de repente balbució:

—Si quieres darme un beso, antes de dejarme, la señora Langlois no anda por aquí.

Y, a pesar del asco que le subía a los labios, los posó en aquella frente pálida, mientras ella, rodeándole con sus brazos, lanzaba besos enloquecidos sobre el paño azul de su dormán.

Ella prosiguió:

—Dime que volverás, que volverás. Prométeme que volverás.

—Sí, te lo prometo.

—¿Cuándo? ¿Puedes el jueves?

—Sí, el jueves.

—El jueves a las dos.

—Sí, el jueves a las dos.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

—Adiós, querido mío.

—Adiós.

Y se fue, avergonzado, ante las miradas de todo el dormitorio común, curvando su alta estatura para empequeñecerse; y cuando estuvo en la calle respiró.

Por la noche, sus camaradas le preguntaron:

—¿Cómo está Irma?

Él respondió con tono incómodo:

—Ha tenido una congestión pulmonar, está muy mal.

Pero un joven teniente, oliéndose algo en su expresión, fue a informarse y, al día siguiente, al entrar el capitán en el comedor de oficiales, fue recibido con una rechifla. Por fin se vengaban.

Además, se enteraron de que Irma se había ido de picos pardos como una loca con el Estado Mayor prusiano, que había recorrido la región a caballo con un coronel de húsares azules y también con muchos otros, y que, en Ruán, era conocida como la «mujer de los prusianos».

Durante ocho días el capitán fue la víctima del regimiento. Recibía, por la posta, notas reveladoras, prescripciones facultativas, indicaciones de médicos especialistas, incluso medicamentos cuya naturaleza venía escrita en el paquete.

Y el coronel, puesto al corriente de ello, declaró con tono severo:

—Bien, bien, el capitán tenía a una conocida de armas tomar. Le felicitaré por ello.

Al cabo de unos doce días fue llamado mediante una nueva carta de Irma. La abrió con rabia, y no le dio respuesta.

Ocho días más tarde, ella le escribió de nuevo que estaba muy mal y que quería decirle adiós.

Él tampoco le dio respuesta.

Tras unos días más, recibió la visita del capellán del hospital.

La joven Irma Pavolin, en su lecho de muerte, le suplicaba que fuese.

Él no se atrevió a negarse a seguir al capellán, pero entró en el hospital con el corazón henchido de un malvado rencor, de vanidad herida, de orgullo humillado.

Apenas si la encontró cambiada y pensó que se había burlado de él.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó.

—Quería decirte adiós. Parece que estoy en las últimas.

Él no le creyó.

—Escucha, has hecho que sea el hazmerreír del regimiento y no quiero que esto continúe.

Ella preguntó:

—¿Qué te he hecho yo?

Él se irritó de no tener nada que responder.

—¡No cuentes con que vuelva de nuevo aquí para que todo el mundo se mofe de mí!

Ella le miró con sus ojos de mirada apagada en los que se encendía un destello de cólera y repitió:

—¿Qué te he hecho yo? ¿Acaso no he sido amable contigo? ¿Acaso en alguna ocasión te he pedido algo? De no haber existido tú, me habría quedado con el señor Templier-Papon y hoy no me encontraría aquí. No sé si ves que si alguien tiene reproches que hacer, no eres tú precisamente.

Él prosiguió con tono vibrante:

—No te hago ningún reproche, pero no puedo seguir viniendo a verte, porque tu conducta con los prusianos fue la vergüenza de toda la ciudad.

Ella se sentó, de un impulso, en su cama:

—¿Mi conducta con los prusianos? Pero ya te dije que me forzaron y que si no me cuidé fue porque quise contagiarlos. De haber querido curarme, no habría sido difícil, ¡pues claro!, ¡pero quería matarlos y he matado a muchos!

Él permanecía de pie:

—De todos modos, es algo vergonzoso —dijo.

Ella tuvo una especie de ahogo, luego prosiguió:

—¿Qué es vergonzoso?, ¿el dejarme morir para exterminarlos? Di. ¡No hablabas así cuando venías a mi casa, a la rue Jeanne-d’Arc! ¡Ah, es algo vergonzoso! ¡No habrías hecho tú tanto con tu cruz de honor! ¡Más mérito tengo yo, pues, que tú, y he matado a más prusianos que tú!…

Él permanecía estupefacto delante de ella, temblando de indignación.

—¡Ah calla la boca…, ¿sabes?…, calla la boca…, porque… esas cosas… no permito… que se toquen…

Pero ella no le escuchaba:

—Y además, ¿qué daño les habéis hecho vosotros a los prusianos? ¡No habría ocurrido nada de todo esto si vosotros no les hubierais dejado entrar en Ruán! ¡Era vuestro deber pararles los pies, el vuestro! Y he hecho más yo, contra ellos, que tú, sí, he hecho más yo porque ahora estoy a punto de morir, mientras que tú te paseas luciendo tipo para engatusar a las mujeres…

En cada cama se había levantado una cabeza y todos los ojos miraban a aquel hombre en uniforme que balbuceaba:

—Calla la boca…, ¿sabes?…, calla la boca…

Pero ella no se callaba. Gritaba:

—¡Ah!, sí, eres un picaflor. Te conozco bien. Te conozco. Y te digo que les hice más daño yo que tú, y que maté más yo que todo tu regimiento junto…, vete, pues…, ¡capón!

Y él se fue, en efecto, huyendo, a grandes zancadas, pasando por entre las dos filas de camas donde se agitaban las sifilíticas. Y oía la voz jadeante, silbante de Irma, que le perseguía:

—Más que tú, sí, yo he matado más que tú, más que tú…

Bajó los escalones de cuatro en cuatro y corrió a encerrarse en su cuartel.

Al día siguiente, supo que ella había muerto.

 

LA DECLARACIÓN*

 

El sol de mediodía cae a plomo sobre los campos, que se extienden, ondulantes, entre los sotillos de las alquerías, y las distintas cosechas, el centeno en sazón y el trigo amarillento, la avena de un verde claro, el trébol de un verde oscuro, despliegan un gran manto estriado, movedizo y tierno sobre el vientre desnudo de la tierra.

En el fondo, en lo alto de una ondulación, alineada como unos soldados, una interminable sucesión de vacas, unas echadas, otras de pie, parpadean con sus grandes ojos bajo la luz abrasadora, rumian y pacen en un campo de trébol grande como un lago.

Y dos mujeres, madre e hija, van, contoneándose una delante de la otra, por un estrecho sendero encajonado entre las cosechas, hacia ese regimiento de animales.

Cada una lleva dos cubos de cinc mantenidos lejos del cuerpo por un aro de barrica; y el metal, a cada uno de sus pasos, despide una llama blanca y centelleante bajo el sol que lo hiere.

No hablan. Van a ordeñar las vacas. Llegan, dejan un cubo en el suelo y se acercan a las dos primeras bestias, haciéndolas levantarse de un puntapié dado con su zueco en un costado. El animal se endereza lentamente primero sobre sus patas delanteras, luego alza con más esfuerzo su ancha grupa, que parece entorpecida por la enorme ubre de carne rubia y colgante.

Y las dos Malivoire, madre e hija, de rodillas bajo el vientre de la vaca, tiran con un vivo movimiento manual del hinchado pezón, que arroja, a cada presión, un fino hilillo de leche dentro del cubo. La espuma algo amarillenta sube hasta los bordes y las mujeres van de animal en animal hasta el final de la larga fila.

Una vez que han terminado de ordeñar una, la desplazan, poniéndola a pacer en un trozo de hierba intacta.

Luego emprenden el camino de vuelta, más lentamente, más pesadas por la carga de leche, la madre delante, la hija detrás.

Pero ésta se para bruscamente, deja su carga, se sienta y se echa a llorar.

Malivoire madre, al no oírla ya caminar, vuelve la cabeza y se queda estupefacta.

—¿Qué te pasa? —pregunta.

Y su hija, Céleste, una alta pelirroja de cabellos castigados por el sol, mejillas tostadas, salpicadas de pecas como si, un día que se peinaba al sol, le hubiesen caído unas gotas de fuego en el rostro, murmuró lloriqueando como un niño castigado:

—¡No puedo llevar mi leche!

La madre la miraba con aire de sospecha. Repitió:

—¿Qué te pasa?

Céleste prosiguió, desfondada en el suelo entre sus dos cubos y escondiendo los ojos con su delantal:

—Me pesa demasiado. No puedo.

La madre, por tercera vez, prosiguió:

—Pero ¿qué te pasa?

Y la hija gimió:

—Creo que estoy preñada.

Y se puso a sollozar.

La vieja dejó a su vez su carga en el suelo, tan desconcertada que no sabía qué decir. Finalmente balbució:

—¿Que estás…, estás… preñada, desvergonzada?… ¿Y cómo es eso?

Los Malivoire eran granjeros ricos, gente pudiente, respetada, astuta y poderosa.

Céleste balbució:

—Mucho me temo que sí.

La madre, espantada, miraba a la hija postrada delante de ella y bañada en lágrimas. Al cabo de unos instantes, gritó:

—¡Así que estás preñada! ¡Así que estás preñada! ¿Y dónde fue, pelandusca?

Y Céleste, totalmente sacudida por la emoción, murmuró:

—Mucho me temo que fue en el coche de Polyte.

La vieja trataba de comprender, trataba de adivinar, trataba de saber quién había podido causar semejante desgracia a su hija. Si era un muchacho rico y de buena presencia, se vería de arreglar. Sería una desgracia, pero sólo hasta cierto punto, pues no era Céleste la primera a la que le ocurría una cosa así. Pero no por eso dejaba de estar contrariada, por el qué dirán y su posición.

Prosiguió:

—¿Y quién ha sido el que te lo ha hecho, pelandusca?

Céleste, decidida ya a hablar, balbució:

—Creo que fue Polyte.

Entonces Malivoire madre, loca de ira, se lanzó sobre su hija golpeándola con tanta furia que su toca salió volando.

Le propinaba grandes puñetazos en la cabeza, en la espalda, por todas partes; y Céleste, tumbada entre los dos cubos que la protegían un poco, se limitaba a cubrirse el rostro con las manos.

Todas las vacas, sorprendidas, habían dejado de pastar y se habían vuelto para mirar con sus grandes ojos. La última mugió, con el morro apuntando hacia las dos mujeres.

Tras haberle pegado hasta quedar sin aliento, Malivoire madre paró, jadeando, y, tras calmarse un poco, quiso hacerse una idea precisa de lo sucedido:

—¡Polyte! ¡No es posible, Dios mío! ¿Cómo has podido con ese cochero de diligencia? ¿Es que perdiste la cabeza? ¡Debe de haberte echado mal de ojo, a buen seguro que sí, ese zopenco!

Y Céleste, que seguía tumbada en el suelo, murmuró en el polvo:

—¡No pagaba la carrera!

Y la vieja normanda comprendió.

*

Todas las semanas, los miércoles y los sábados, Céleste iba a llevar al pueblo los productos de la granja, la volatería, la nata y los huevos.

Salía a las siete con sus dos grandes cestas en los brazos, los productos lácteos en una, los pollos en la otra; e iba a esperar en la carretera general el coche de posta de Yvetot.

Dejaba en el suelo su mercancía y se sentaba en la cuneta, mientras los pollos de pico corto y puntiagudo, y los patos de pico largo y chato, pasando la cabeza por entre los mimbres, miraban con sus ojos redondos de mirada estúpida y sorprendida.

Pronto llegaba la galera, especie de cofre amarillo cubierto con una capota de cuero negro, sacudiendo su trasera al trote brusco de una yegua blanca.

Y el cochero Polyte, un gordo muchacho jovial, panzudo pese a su juventud, y tan cocido por el sol, tostado por el viento, calado por los chaparrones y colorado por el aguardiente, que tenía el cuello y la cara de color ladrillo, gritaba de lejos, haciendo restallar el látigo:

—Buenos días, señorita Céleste, ¿cómo estamos?

Ella le alargaba, una tras otra, sus cestas que él colocaba ordenadamente en la imperial; luego subía levantando alto la pierna para alcanzar el estribo, enseñando una robusta pantorrilla embutida en una media azul.

Y cada vez Polyte repetía la misma broma:

—¡Caramba, no ha adelgazado usted!

Y ella reía, encontrándolo gracioso.

Luego él lanzaba un «vamos, bonita», que ponía de nuevo en marcha a su jamelgo. En ese momento Céleste, cogiendo el monedero de dentro de su bolsillo, sacaba calmosamente diez sueldos, seis sueldos por ella y cuatro por las cestas, y se los entregaba a Polyte por encima del hombro. Él los cogía diciendo:

—Entonces, ¿tampoco hoy hay revolcón?

Y se reía alegremente, volviéndose para mirarla mejor.

Mucho le costaba tener que soltar cada vez ese medio franco por tres kilómetros de camino. Y cuando no tenía suelto ni un sueldo, sufría aún más, costándole horrores entregar una pieza de plata.

Hasta que un día, al ir a pagar, ella dijo:

—A una buena clienta como yo, no debería cobrarle más que seis sueldos.

Él se echó a reír:

—Bonita, vale usted más de seis sueldos, eso sin duda.

Ella insistía:

—Eso supone por lo menos dos francos al mes.

Él exclamó al tiempo que daba un zurriagazo a su yegua:

—Bueno, seré comprensivo: viaje gratis a cambio de un revolcón.

Ella preguntó con aire ingenuo:

—¿Qué dice usted?

Él se divertía tanto que tosía a fuerza de reír.

—Un revolcón es un revolcón, ¡por Dios!, darse un meneo entre un hombre y una mujer, tracatrá pero sin música.

Ella comprendió, enrojeció y declaró:

—Yo no me dedico a estos juegos, señor Polyte.

Pero él no se intimidó y, cada vez más divertido, repetía:

—¡Ya vería, guapetona, lo bien que se lo iba a pasar con un revolcón!

Y, desde entonces, cada vez que ella le pagaba, él solía preguntar:

—¿Todavía no hay revolcón?

Ahora ella bromeaba también sobre el particular y respondía:

—¡Hoy no, señor Polyte, pero el sábado seguro!

Y él exclamaba sin dejar de reír:

—Conforme, para el sábado, pues, bonita.

Pero ella había calculado que, en los dos años transcurridos, le había pagado a Polyte nada menos que cuarenta y ocho francos, y en el campo cuarenta y ocho francos son muchos francos. Luego había calculado también que en otros dos años llegaría casi a los cien francos.

El hecho es que un día, un día de primavera en que estaban solos, cuando él le preguntó como de costumbre:

—Entonces, ¿para cuándo ese revolcón?

Ella respondió:

—Cuando usted quiera, señor Polyte.

Él no se asombró en absoluto y, abatiendo el asiento trasero al tiempo que murmuraba feliz, dijo:

—Ya era hora… Ya sabía que llegaríamos a esto.

Y el viejo caballo blanco se puso a trotar con paso tan suave que parecía bailar en el sitio, sordo a la voz que gritaba a veces desde el fondo del coche:

—Vamos, muñeca, vamos.

Tres meses más tarde Céleste se dio cuenta de que estaba preñada.

*

Así se lo contó a su madre, con voz lloriqueante; y la vieja, pálida de furor, preguntó:

—¿Cuánto le sacaste en total?

Céleste respondió:

—En cuatro meses… son ocho francos.

Entonces la rabia de la campesina se desencadenó sin freno y, abalanzándose de nuevo sobre su hija, la volvió a golpear hasta quedar sin aliento. Luego, incorporándose, dijo:

—¿Le has dicho que estás preñada?

—¡Por supuesto que no!

—¿Por qué no se lo has dicho?

—¡Porque si no ése me habría hecho pagar de nuevo!

La vieja se quedó pensativa, luego, volviendo a coger los cubos, dijo:

—Vamos, levántate y trata de moverte.

Tras una pausa añadió:

—¡Y ni se te ocurra decir nada hasta que él no se dé cuenta; por lo menos ganaremos seis u ocho meses!

Céleste se levantó, bañada todavía en lágrimas, despeinada e hinchada, y reanudó el camino con paso pesado, murmurando:

—Por supuesto que no le diré nada.

 

LA DOTE*

 

Nadie se asombró de la boda del licenciado Simon Lebrument con la señorita Jeanne Cordier. El licenciado Lebrument acababa de comprar el despacho notarial del licenciado Papillon; hacía falta, por supuesto, dinero para pagarlo; y la señorita Jeanne Cordier contaba con trescientosmil francos líquidos, en billetes de banco y en títulos al portador.

El licenciado Lebrument era un buen mozo, que tenía estilo, un estilo notarial, un estilo de provincias, pero estilo al fin y al cabo, lo que era raro en Boutigny-le-Rebours.

La señorita Cordier tenía gracia y lozanía, una gracia un tanto torpe y una lozanía un tanto desaliñada; pero era, en definitiva, una buena moza apetecible y digna de ser galanteada.

La boda puso patas arriba a Boutigny.

Los recién casados, personas muy admiradas, fueron a ocultar su felicidad en el domicilio conyugal, después de haber decidido hacer simplemente un corto viaje a París al cabo de unos pocos días de intimidad.

Fue una intimidad deliciosa. El licenciado Lebrument había sabido comportarse, en los primeros momentos de la relación con su mujer, con una habilidad, una delicadeza, un tacto notables. Había adoptado por divisa: «Las cosas de palacio van despacio». Supo ser al mismo tiempo paciente y enérgico. El éxito fue rápido y rotundo.

Al cabo de cuatro días, la señora Lebrument adoraba a su marido. No podía ya pasar sin él, tenía que tenerlo todo el santo día a su lado para acariciarlo y besarlo, para sobarle las manos, la barba, la nariz, etcétera. Se sentaba sobre sus rodillas, y, tomándole por las orejas, decía: «Abre la boca y cierra los ojos». Él abría la boca confiado, cerraba los ojos a medias y recibía un gran beso largo y cariñoso que le provocaba un escalofrío en el espinazo. Y por su parte él no tenía caricias suficientes, ni labios ni manos bastantes, ni bastante con toda su persona para festejar a su mujer de la mañana a la noche y de la noche a la mañana.

Pasada la primera semana, le dijo a su joven compañera:

—Si quieres, nos iremos a París el martes próximo. Haremos como los enamorados que no están casados, iremos a restaurantes, al teatro, a los cafés cantantes, a todas partes, a todas.

Ella daba saltos de alegría.

—¡Oh, sí, sí! Vayamos cuanto antes.

Él continuó:

—Y luego, como no hay que olvidar nada, avisa a tu padre para que tenga preparada la dote; me la llevaré y le pagaré de paso al licenciado Papillon.

Ella dijo:

—Ya se lo digo yo mañana por la mañana.

Y él la cogió entre sus brazos para volver a empezar sus juegos amorosos que tanto le gustaban a ella desde hacía ocho días.

El martes siguiente, los suegros acompañaron a la estación a su hija y a su yerno que partían para la capital.

El suegro decía:

—Os juro que es una imprudencia llevar tanto dinero encima.

Y el joven notario sonreía.

—No se preocupe, suegro, pues estoy acostumbrado a estas cosas. Como comprenderá, en mi profesión, tengo a veces que llevar encima cerca de un millón. Así nos evitamos un montón de formalidades y de demoras. No se preocupe por nada.

El empleado exclamaba:

—¡Viajeros a París, a sus coches!

Se precipitaron dentro del vagón donde se encontraban dos ancianas señoras.

Lebrument murmuró al oído de su mujer:

—Vaya incordio, no voy a poder fumar.

Ella respondió bajito:

—También a mí me fastidia, pero no debido a tu puro.

El tren pitó y partió. El trayecto duró una hora, durante la cual no dijeron gran cosa, pues las dos ancianas no dormían.

Apenas estuvieron en el vestíbulo de la Gare Saint-Lazare, Lebrument le dijo a su mujer:

—Si estás de acuerdo, antes iremos a comer a un bulevar y luego volveremos aquí con toda calma y cogeremos el equipaje para llevarlo al hotel.

Ella se mostró enseguida de acuerdo.

—Sí, vamos al restaurante. ¿Es lejos?

Él prosiguió:

—Sí, un poco, pero tomaremos el ómnibus.

Ella se asombró:

—¿Y por qué no cogemos un coche?

Él se puso a regañarla sonriendo:

—¿Es así como tú ahorras? Un coche por cinco minutos de carrera, a seis sueldos el minuto, no quieres privarte de nada.

—Es cierto —dijo ella un tanto avergonzada.

Pasaba un ómnibus, al trote de tres caballos. Lebrument exclamó:

—¡Conductor! ¡Eh, conductor!

El pesado vehículo se detuvo. Y el joven notario, empujando a su mujer, le dijo muy rápido:

—Sube dentro, que yo me voy arriba a fumarme al menos un puro antes de comer.

A ella no le dio tiempo ni de responder. El conductor, que la había cogido del brazo para ayudarla a subir al estribo, la precipitó hacia el interior del coche, y ella cayó, espantada, sobre una banqueta, viendo con asombro, por el cristal trasero, los pies de su marido que trepaba a la imperial.

Y ella permaneció inmóvil entre un señor gordo que olía a tabaco de pipa y una anciana que olía a perro.

Todos los demás viajeros, alineados y mudos —el dependiente de una tienda de comestibles, una obrera, un sargento de infantería, un señor con lentes de oro tocado con un sombrero de seda de alas enormes y levantadas como canalones, dos señoras de aspecto importante y cascarrabias, que parecían decir con su actitud: «Aunque estamos aquí, valemos más que todo esto», dos monjas, una muchacha sin sombrero y un enterrador—, tenían el aspecto de una colección de caricaturas, de un museo de figuras grotescas, de una serie de ridiculizaciones de rostros humanos semejantes a esas filas de cómicos fantoches que, en las ferias, se abaten con bala.

El traqueteo del coche hacía bambolearse un poco sus cabezas, las sacudía, hacía temblequear la piel fláccida de las mejillas; y, atontados por la trepidación de las ruedas, parecían idiotas y adormilados.

La joven permanecía inerte.

«¿Por qué no ha venido conmigo?», se decía. Una vaga tristeza la oprimía. Habría podido privarse perfectamente de ese puro.

Las monjas hicieron seña de bajarse, luego salieron una delante de la otra, difundiendo un desagradable olor a faldas viejas.

Volvieron a partir, luego se pararon de nuevo. Y subió una cocinera, colorada, jadeante. Se sentó y posó sobre sus rodillas su cesto de provisiones. Un fuerte olor a agua de fregar se expandió por el ómnibus.

«Está más lejos de lo que yo hubiera creído», pensó Jeanne.

El enterrador se bajó y fue reemplazado por un cochero que apestaba a establo. La muchacha sin sombrero tuvo por sucesor a un comisario cuyos pies exhalaban el aroma de sus comisiones.

La mujer del notario se sentía incómoda, hastiada, presta a llorar sin saber el porqué.

Se apearon otras personas, subieron nuevas. El ómnibus seguía avanzando por unas calles interminables, se detenía en las paradas, se ponía de nuevo en camino.

«¡Qué lejos está! —se decía Jeanne—. ¡A no ser que haya tenido una distracción, que se haya adormilado! Está muy cansado desde hace unos días.»

Poco a poco todos los viajeros se bajaban. Ella se quedó sola, completamente sola. El conductor exclamó:

—¡Vaugirard!

Como ella no se movía, repitió:

—¡Vaugirard!

Ella le miró comprendiendo que esa palabra iba dirigida a ella, puesto que no había nadie más. El hombre dijo por tercera vez:

—¡Vaugirard!

Entonces ella preguntó:

—¿Dónde estamos?

Él respondió con tono desabrido:

—Estamos en Vaugirard, ¡caramba!, ya lo he dicho veinte veces.

—¿Está lejos del bulevar? —preguntó ella.

—¿Qué bulevar?

—Pues del bulevard des Italiens.

—¡Hace rato que lo hemos pasado!

—¡Ah! ¿Quiere avisar a mi marido?

—¿Su marido? ¿Dónde está?

—Pues en la imperial.

—¡En la imperial! Hace rato que no hay nadie allí.

Ella hizo un gesto de terror.

—Pero ¡cómo! No es posible. Ha subido conmigo. ¡Mire bien; tiene que estar!

El conductor se estaba poniendo grosero:

—Vamos, pequeña, no discutamos tanto, por un hombre perdido, diez encontrados. Vamos, desaloje. Encontrará a otro por el camino.

Con lágrimas en los ojos, ella insistió:

—Señor, se confunde usted, se lo aseguro. Llevaba una gran cartera bajo el brazo.

El empleado se echó a reír:

—Una gran cartera. Ah, sí, se bajó en la Madeleine. ¡Da lo mismo, la ha plantado a usted, ja, ja, ja!…

El coche se había parado. Ella salió y miró, a pesar suyo, con un movimiento instintivo de los ojos, en el tejadillo del ómnibus. Estaba totalmente desierto.

Entonces ella se echó a llorar y, en voz alta, sin pensar que la escuchaban y miraban, dijo:

—¿Qué va a ser de mí?

Se acercó el revisor:

—¿Qué sucede?

El conductor respondió con tono burlón:

—Es una señora a la que ha plantado el marido a mitad de trayecto.

El otro dijo:

—Bueno, no es nada, ocúpese de su servicio.

Y se dio media vuelta.

Entonces, ella echó a andar hacia delante, demasiado espantada y asustada para darse cuenta de lo que sucedía. ¿Adónde ir? ¿Qué hacer? ¿Qué le había pasado a él? ¿Cómo podía haberse producido un error semejante, un olvido semejante, una confusión de aquel tipo, una distracción tan increíble?

Tenía dos francos en el bolsillo. ¿A quién podía dirigirse? De improviso le vino a la mente su primo Barral, subjefe de negociado en el Ministerio de Marina.

Tenía sólo el dinero suficiente para pagarse un coche. Se hizo llevar a su casa. Lo encontró a punto de salir para el Ministerio. También él, como Lebrument, llevaba una gran cartera bajo el brazo.

Ella se lanzó fuera del coche.

—¡Henry! —exclamó ella.

Él se detuvo estupefacto.

—¿Jeanne!… ¿Tú por aquí?… ¿Sola?… ¿Qué haces, de dónde sales?

Ella balbució con los ojos llenos de lágrimas.

—Mi marido se ha perdido hace poco.

—Perdido, ¿dónde?

—En un ómnibus.

—¿En un ómnibus?… ¡Oh!…

Y ella le contó llorando su aventura.

Él escuchaba, reflexionando. Preguntó:

—¿Estaba esta mañana en su sano juicio?

—Sí.

—Bien. ¿Llevaba mucho dinero encima?

—Sí, llevaba mi dote.

—¿Tu dote?…, ¿toda?

—Toda…, para pagar su despacho notarial.

—Pues bien, querida prima, tu marido, a estas horas, debe de estar camino de Bélgica.

Ella seguía sin comprender. Balbució:

—¿Dices que… mi marido…?

—Digo que ha arramblado con tu… tu capital…, eso es todo.

Ella permanecía de pie, sofocada, murmurando:

—¡Entonces es…, es…, es un miserable!…

Luego, desfalleciendo de emoción, cayó sobre el chaleco de su primo, entre sollozos.

Como la gente se paraba para mirarles, él la empujó suavemente hacia el portal de su casa y, sosteniéndola por la cintura, la hizo subir la escalera y, cuando su criada desconcertada abría la puerta, ordenó:

—Sophie, corre al restaurante a buscar un almuerzo para dos personas. Hoy no iré al Ministerio.

 

EL ARMARIO*

 

Después de la cena estábamos hablando de mujeres de vida alegre, pues ¿de qué queréis que se hable entre hombres?

Uno de nosotros dijo:

—Sí, a este respecto a mí me ocurrió una buena.

Y la contó.

*

Una noche del pasado invierno, me dominó repentinamente uno de esos hastíos acongojantes y abrumadores que atenazan el alma y el cuerpo ocasionalmente. Estaba yo en mi casa, completamente solo, y sentí que si me quedaba así iba a tener una espantosa crisis de tristeza, una de esas tristezas que deben de conducir al suicidio cuando se repiten con frecuencia.

Me puse el gabán, y salí sin saber exactamente lo que iba a hacer. Tras ir hasta los bulevares, me puse a pajarear por los cafés casi vacíos, pues llovía, caía una de esas lloviznas que mojan el espíritu tanto como la ropa, no uno de esos chubascos torrenciales que obligan a los viandantes sin aliento a resguardarse en las puertas cocheras, sino una de esas lluvias menudas cuyas gotas apenas si se notan, una de esas lluvias que mojan depositando incesantemente sobre uno imperceptibles gotitas y cubriendo pronto las ropas de una espuma de agua helada que cala.

¿Qué hacer? Iba yo adelante y atrás, buscando dónde pasar dos horas, y descubriendo por primera vez que, en París, no había un lugar en el que distraerse por la noche. Finalmente, decidí entrar en el Folies-Bergère, ese divertido mercado de chicas alegres.

Había poca gente en la gran sala. En el largo pasillo en herradura no se veía más que individuos de baja calaña, cuya raza común se traslucía en el porte, en la vestimenta, en el corte del pelo y de la barba, en el sombrero y en la tez. Apenas si se veía de vez en cuando un hombre que se adivinara aseado, perfectamente aseado, y vestido conjuntadamente. En cuanto a las chicas, siempre las mismas, las espantosas chicas que ya conocéis, feas, fatigadas, fláccidas, iban con su paso de caza, con ese aire que adoptan, no sé por qué, de desprecio imbécil.

Me decía que ninguna de esas pandorgas, sebosas más que gordas, hinchadas de aquí y delgadas de allá, con unos barrigones de canónigo y unas piernas zambas de ave zancuda, valía realmente el luis que conseguía con gran esfuerzo después de haber pedido cinco.

Pero de repente reparé en una pequeña que me pareció mona, no muy joven, pero sí lozana, graciosilla y provocativa aún. La paré y neciamente, sin pensármelo dos veces, le pedí precio para pasar la noche con ella. No quería volver a mi casa, solo, completamente solo; prefería la compañía y el abrazo de esa mujerzuela.

Y la seguí. Vivía en un edificio enorme, en la rue des Martyrs. El mechero de gas estaba ya apagado en la escalera. Subí lentamente, encendiendo de vez en cuando una pajuela azufrada, tropezando con los escalones, dando traspiés y descontento, tras la falda cuyo susurro oía delante de mí.

Ella se detuvo en el cuarto piso y, tras cerrar la puerta de entrada, preguntó:

«Entonces, ¿te quedas aquí hasta mañana?».

«Pues sí. Ya sabes que así lo hemos acordado.»

«Está bien, gatito mío, lo decía sólo para saber. Espérame aquí un minutito, vuelvo enseguida.»

Y me dejó en la oscuridad. Oí que cerraba dos puertas, luego me pareció que hablaba. Me quedé sorprendido, inquieto. Me asaltó la idea de un rufián. Pero tengo unos buenos puños y un par de bigotes. «Veremos», pensé.

Yo escuchaba con el oído y la mente aguzados. Se oía moverse, andar de puntillas, con gran precaución. Abrieron otra puerta, me pareció volver a oír que hablaban, en voz muy baja.

Ella volvió con una vela encendida.

«Puedes entrar», me dijo.

Ese tuteo significaba posesión. Entré y, tras haber atravesado un comedor donde saltaba a la vista que no se comía nunca, entré en la habitación de todas las mujerzuelas, habitación amueblada, con las cortinas de reps, y edredón de seda punzó atigrado de manchas sospechosas.

Ella prosiguió:

«Ponte cómodo, gatito mío».

Yo inspeccionaba el piso con mirada recelosa. Nada, sin embargo, me parecía inquietante.

Ella se desvistió tan rápido que estuvo en la cama antes de que yo me hubiera quitado el gabán. Se echó a reír:

«Bueno, ¿qué te pasa? ¿Te has convertido en una estatua de sal? Vamos, date prisa».

La imité y me reuní con ella.

Cinco minutos después tenía unas ganas locas de volver a vestirme y de largarme. Pero ese hastío abrumador que se había apoderado de mí en mi casa me retenía, me quitaba toda fuerza de moverme y me quedé a pesar del asco que sentía en esa cama pública. El encanto sensual que había creído ver en esa criatura, allí, bajo las arañas del teatro, había desaparecido entre mis brazos, y ya no tenía contra mí, carne con carne, más que a la mujerzuela vulgar, semejante a todas, cuyos besos indiferentes y complacientes tenían un regusto a ajo.

Me puse a hablar con ella.

«¿Hace mucho que vives aquí?», le pregunté.

«El quince de enero hizo seis meses.»

«Y antes, ¿dónde estabas?»

«Estaba en la rue Clauzel. Pero la portera me creaba problemas y me largué.»

Y se puso a contarme una historia interminable sobre esa portera y sobre sus chismorreos respecto a ella.

Pero de repente oí moverse algo muy cerca de nosotros. Había sido primero un suspiro, luego un ruido ligero, pero claro, como si alguien se hubiera dado la vuelta en una silla.

Yo me senté bruscamente en la cama y pregunté:

«¿Qué es ese ruido?».

Ella respondió con aplomo y tranquilidad:

«No te preocupes, gatito mío, es la vecina. El tabique es tan delgado que se oye como si estuviera aquí. Estas casas dan asco, son de cartón».

Tanta era mi indolencia que me hundí de nuevo bajo las sábanas. Y seguimos charlando. Acicateado por la necia curiosidad que incita a todos los hombres a interrogar a esas criaturas sobre su primera aventura, queriendo descorrer el velo de su primer error, como para encontrar en ellas una huella lejana de inocencia, para amarlas acaso en el recuerdo rápido, evocado por una frase sincera, de su pasado candor y pudor, le hice muchas preguntas sobre sus primeros amantes.

Sabía que me mentiría; pero ¿qué me importaba? Entre tantas mentiras quizá descubriría algo de sincero, de conmovedor.

«Vamos, dime quién fue.»

«Fue un remero, gatito mío.»

«¡Ah! Cuéntame. ¿Dónde estabais?»

«Yo estaba en Argenteuil.»

«¿Qué hacías allí?»

«Era moza en un restaurante.»

«¿Qué restaurante?»

«En el Marin d’eau douce. ¿Lo conoces?»

«Cómo no, en casa de Bonanfan.»

«Sí, eso es.»

«¿Y cómo te hizo la corte ese remero?»

«Mientras yo estaba haciendo su cama. Me forzó.»

Pero bruscamente me acordé de la teoría del médico de unos amigos míos, un médico observador y filósofo a quien el servicio permanente en un gran hospital pone en contacto diario con madres solteras y mujeres públicas, con todas las vergüenzas y las miserias de las mujeres, de las pobres mujeres convertidas en presa desgraciada del macho que vaga con dinero en el bolsillo.

«Una muchacha es siempre desflorada —me decía— por un hombre de su clase y condición. He reunido volúmenes de observaciones al respecto. Se acusa a los ricos de coger la flor de la inocencia de las hijas del pueblo. Lo cual no es cierto. ¡Los ricos pagan flores ya cogidas! Cogen también, pero en la segunda floración; no son nunca los primeros en cortarlas.»

Entonces, volviéndome hacia mi compañera, me eché a reír.

«Me conozco bien tu historia. ¡No fue el remero el primero!»

«Oh, sí, gatito mío, te lo juro.»

«Mientes, gatita mía.»

«¡No, no, te lo prometo!»

«Mientes. Vamos, cuéntamelo todo.»

Ella parecía vacilar, asombrada.

Continué:

«Soy hechicero, guapina, soy hipnotizador. Si no me dices la verdad, te dormiré y la sabré igual».

Ella tuvo miedo, estúpida como todas las de su especie. Balbució:

«¿Cómo lo has adivinado?».

Proseguí:

«Vamos, cuenta».

«¡Oh!, la primera vez no fue casi nada. Fue durante las fiestas del pueblo. Habían traído a un cocinero forastero, el señor Alexandre. En cuanto él llegó, hizo todo cuanto quiso en la casa. Mandaba a todo el mundo, al amo y al ama, como si él fuera el rey… Era un hombre alto y bien plantado que no paraba nunca quieto delante de los fogones y que no cesaba de gritar: “Marchando una de mantequilla, huevos, un madeira”, y había que traérselo enseguida a todo correr, o bien se enfadaba y te decía cosas de hacerte sonrojar hasta debajo de las faldas.

»Terminada la jornada, se puso a fumar en pipa delante de la puerta. Y cuando yo pasaba por delante de él con una pila de platos me dijo: “Eh, moza, ¿quieres venir conmigo hasta el río para enseñarme el paisaje?” . Y yo, como una estúpida, fui; y, apenas hubimos llegado a la orilla, él me forzó tan deprisa que ni siquiera me di cuenta de lo que hacía. Se fue en el tren de las nueve y no le volví a ver más.

Le pregunté:

«¿Nada más?».

Ella susurró:

«Creo que Florentin es suyo…».

«¿Quién es Florentin?»

«Mi hijo.»

«¡Ah!, muy bien. Y tú le hiciste creer al remero que el padre era él, ¿no?»

«¡Ya lo creo!»

«¿Tenía dinero el remero?»

«Sí, me dejó una renta de trescientos francos a nombre de Florentin.»

Empezaba a divertirme. Proseguí:

«Muy bien, muchacha, muy bien. Sois todas menos tontas de lo que uno se cree. ¿Y qué edad tiene ahora Florentin?».

Ella continuó:

«Ya tiene doce años. Hará su primera comunión en primavera».

«Perfecto. Así tú te dedicarás a tu oficio con la conciencia tranquila, ¿no?»

Ella suspiró, resignada:

«Se hace lo que se puede…».

Pero un gran ruido procedente de la misma habitación me hizo saltar fuera de la cama de un brinco, el ruido de un cuerpo que cae y vuelve a levantarse tanteando las paredes.

Yo había cogido la vela y miraba a mi alrededor, espantado y furioso. Ella también se había levantado, tratando de retenerme, de pararme murmurando:

«Eso no es nada, gatito mío, te aseguro que no es nada».

Pero había descubierto de qué lado había salido el extraño ruido. Me fui directo hacia una puerta secreta que había a la cabecera de nuestra cama y la abrí bruscamente… y vi, temblando, a un pobre chiquillo pálido y delgado sentado al lado de una gran silla de paja, de la que acababa de caerse.

En cuanto me vio, se echó a llorar y, abriendo los brazos hacia su madre, dijo:

«No es culpa mía, mamá, no es culpa mía. Me había dormido y me he caído. No me riñas, no es culpa mía».

Yo me volví hacia la mujer. Y dije:

«¿Qué quiere decir esto?».

Ella parecía avergonzada y desconsolada. Articuló con voz entrecortada:

«¿Qué quieres? ¡No gano lo bastante como para meterle en un colegio! He de tenerle conmigo y no me llega con lo que gano para pagar otra habitación. Cuando no hay nadie duerme conmigo; y cuando vienen para una hora o dos le hago meterse en el armario. Dentro de él está tranquilo, pues está acostumbrado. Pero cuando se quedan toda la noche, como tú, se cansa, el pobre, de dormir en la silla. No es culpa suya; ya me gustaría verte a ti en su lugar…, dormir toda la noche en una silla. Me gustaría saber qué dirías…».

Se estaba enfadando, encendida, gritaba.

El niño seguía llorando. Un pobre muchacho, enclenque y tímido, era precisamente el chiquillo del armario, del armario oscuro y frío, el niño que de vez en cuando volvía a calentarse a la cama de su madre, a la cama momentáneamente vacía.

También yo tenía ganas de llorar.

Y me fui a dormir a mi casa.

 

TOINE*

 

I

Era conocido en diez leguas a la redonda como el compadre Toine, el gordinflón Toine, Toine Aguardiente, Antoine Mâcheblé, llamado el Copichuela, el tabernero de Tournevent.

Había hecho famosa a aquella aldea hundida en un repliegue del valle que descendía hacia el mar, mísera aldea campesina compuesta de diez casas normandas rodeadas de regueras y de árboles.

Aquellas casas estaban como acurrucadas en el fondo de esa barranca cubierta de hierba y de juncos, pasada la curva que había dado al pueblo el nombre de Tournevent. Parecía que hubieran buscado guarecerse en ese agujero como los pájaros se esconden en los surcos los días de ventolera, un abrigo contra el gran viento marino, el viento de alta mar, fuerte y salino, que ruge y abrasa como el fuego, deseca y destruye como las heladas invernales.

Pero la aldea entera parecía ser propiedad de Antoine Mâcheblé, llamado el Copichuela, conocido también en otras partes frecuentemente como Toine y Toine Aguardiente, por una frase que empleaba sin cesar:

—Mi aguardiente es el primero de Francia.

Su aguardiente no era otro que su coñac, claro está.

Desde hacía veinte años regaba la región con su coñac y sus aguardientes, pues cada vez que le preguntaban: «¿Qué vamos a tomar, compadre Toine?», él respondía invariablemente: «Un aguardiente, yerno mío, calienta el estómago y despeja la mente; no hay cosa mejor para el cuerpo».

Asimismo tenía la costumbre de llamar a todo el mundo «yerno mío», por más que nunca hubiera tenido una hija casada o casadera.

Ah, sí, bien que le conocían a ese Toine el Copichuela, el mayor gordinflón del cantón e incluso del distrito. Su casita parecía ridículamente estrecha y baja para contenerle y cuando se le veía erguido delante de la puerta, donde pasaba días enteros, uno se preguntaba cómo se las arreglaba para entrar en su casa. Pero volvía a entrar en ella cada vez que llegaba un cliente, porque Toine el Copichuela era invitado por derecho propio a descontar su copita de todo lo que se bebía en su local.

Su café tenía por enseña: «Lugar de Encuentro de los Amigos», y era cierto que el compadre Toine era el amigo de toda la comarca. Venían de Fécamp y de Montivilliers para verle y para pasárselo en grande escuchándole, pues aquel gordinflón habría hecho partirse de risa hasta a una lápida sepulcral. Tenía una manera de bromear con la gente sin ofenderla, de guiñar el ojo para expresar lo que no decía, de darse palmadas en el muslo en sus ataques de alegría que hacía que uno, aun sin ganas, siempre se desternillara de risa. Y era ya todo un espectáculo, además, el simple hecho de verle beber. Bebía tanto como le invitaban, y de todo, con una chispa de alegría en su mirada maliciosa, una alegría que nacía de su doble placer, el placer primero de regalarse y luego el placer de amasar sus buenos dineros por su francachela.

Los bromistas del lugar le preguntaban:

—¿Por qué no te bebes también el mar, compadre Toine?

Él respondía:

—¡Hay dos impedimentos: en primer lugar, que es salado y, en segundo lugar, que tendría que embotellarlo porque mi tripa no se puede doblar para beber de ese recipiente!

¡Y había también que oírle discutir con su mujer! Era tal la comedia que de buena gana habría pagado uno una localidad. Llevaban treinta años casados, a bronca diaria. Pero mientras que Toine se guaseaba, su mujer se enojaba. Era ésta una campesina alta que caminaba con grandes pasos de zancuda, y con el cuerpo flaco y plano rematado de una cabeza de autillo enfurruñado. Pasaba su tiempo criando pollos en un corralito, detrás del café, y se había ganado fama de saber engordar sus aves.

Para que una comida fuera celebrada, cuando se organizaba una cena en casa de la gente de respeto de Fécamp, había que servir en la mesa un ave de corral de la señora Toine.

Pero ella había nacido con cara de viernes y había continuado descontenta de todo. Enojada con el mundo, la tenía tomada especialmente con su marido. Le fastidiaban su alegría, su fama, su salud y su gordura. Le trataba de zángano, porque se ganaba el dinero sin hacer nada, de gordo asqueroso porque comía y bebía como diez personas normales juntas, y no pasaba día sin que le dijera, exasperada:

—Más le valdría a un tocino como éste estar en una pocilga. Toda esa grasa da ganas de vomitar.

Y le gritaba a la cara:

—¡Espera, tú espera un poco, veremos qué pasa, ya veremos! ¡Este barrigón reventará como una vejiga!

Toine se reía con ganas y golpeándose la barriga respondía:

—Eh, comadre Gallina, prueba, plana como tú estás, de engordar tus pollos como yo… Prueba para que veas…

Y, arremangándose la manga sobre su enorme brazo, añadía:

—Esto sí que es un ala, vaya que si lo es, un ala de verdad.

Los parroquianos descargaban puñetazos sobre la mesa retorciéndose de risa, pateaban en el suelo y escupían en pleno delirio de alegría.

La vieja, furibunda, continuaba:

—Espera, tú espera un poco…, veremos qué pasa…, reventarás como una vejiga…

Y se iba, furiosa, entre las carcajadas de los clientes.

Era, en efecto, sorprendente de ver cómo se había puesto Toine, tan grueso y gordo, colorado y jadeante. Era uno de esos seres enormes con los que la muerte parece divertirse, con astucias, alegrías y perfidias de bufón, volviendo irresistiblemente cómico su lento trabajo de destrucción. Pero la Parca, en vez de mostrarse como hacía con los demás, mediante cabellos blancos, flacura, arrugas y ese decaimiento creciente que hace decir con un estremecimiento: «¡Caramba, qué cambiado está!», disfrutaba en cambio engordándole, haciéndole cada vez más monstruoso y ridículo, sonrosándole la tez, hinchándole, dándole un aire de salud sobrehumana; y las deformaciones que inflige a los demás seres eran en él risibles, chuscas, divertidas, en vez de ser siniestras y lamentables.

—Espera, tú espera un poco —repetía la mujer—, veremos qué pasa.

II

Pasó que Toine tuvo un ataque y quedó paralítico. Acostaron a aquel coloso en el cuartito trasero al tabique del café, a fin de que pudiera oír cuanto se decía allí al lado, y charlar con los amigos, pues su cabeza había salido indemne, mientras que su cuerpo, un cuerpo enorme, imposible de mover, de levantar, había quedado inmovilizado. Esperaban, en los primeros tiempos, que sus gruesas piernas recuperaran cierta energía, pero muy pronto se esfumó dicha esperanza, y Toine el Copichuela pasó sus días y sus noches en su cama que no se hacía más que una vez por semana, con la ayuda de cuatro vecinos que levantaban al tabernero cogiéndole de sus cuatro miembros mientras se daba la vuelta al colchón.

Seguía estando, sin embargo, alegre, aunque de una alegría distinta, más tímida, más modesta, con temores de niño pequeño delante de su mujer que gritaba todo el santo día:

—¡Pero mira al asqueroso gordinflón, mira al zángano, al gordo borrachín! ¡Buena la he hecho! ¡Estoy apañada!

Él ya no contestaba. Se limitaba a guiñar el ojo a espaldas de la vieja y se daba la vuelta en la cama, único movimiento que le era aún posible. Llamaba a este ejercicio hacer un «frente al norte» o un «frente al sur».

Su gran distracción consistía ahora en escuchar las conversaciones del café y dialogar a través de la pared cuando reconocía la voz de los amigos. Gritaba:

—Eh, yerno mío, ¿eres Célestin?

Y Célestin Maloisel respondía:

—Sí, soy yo, compadre Toine. ¿Has vuelto a correr, gordo conejo?

Toine el Copichuela decía:

—Correr, lo que se dice correr, aún no. Pues no he adelgazado nada, pero el chasis es bueno.

No tardó en hacer venir a los más íntimos a su habitación y le hacían compañía, aunque él se entristecía de ver que mojaban el gañote sin él. Repetía:

—Es lo que más siento, yerno mío, no poder probar mi aguardiente, ¡demonios! Todo lo demás me importa un pimiento, pero no pimplar me entristece.

Y la cabeza de autillo de la comadre Toine asomaba en la ventana. Gritaba:

—¡Miradle, miradle al muy zángano, al que hay que alimentar, lavar y limpiar como a un cerdo!

Y cuando la vieja se iba, saltaba a veces sobre la ventana un gallo de rojo plumaje, echaba en redondo una mirada de curiosidad y dejaba oír su canto sonoro; y a veces volaban también un par de gallinas hasta los pies de la cama, buscando migas por el suelo.

Los amigos de Toine el Copichuela no tardaron en desertar de la sala del café, para ir, cada tarde, a echar un rato de palique en torno a la cama del gordinflón. Aun acostado como estaba, el muy bromista de Toine todavía les divertía. Habría hecho reír al mismísimo diablo, el muy bribón. Eran tres los que aparecían por allí todos los días: Célestin Maloisel, un desgalichado algo torcido como un tronco de manzano; Prosper Horslaville, un pequeñajo enjuto con una nariz de hurón, malicioso, astuto como un zorro, y Césaire Paumelle, que no abría nunca el pico, pero que se divertía igual.

Traían una tabla del patio, la colocaban sobre el borde de la cama y jugaban al dominó, naturalmente, haciendo grandes partidas, desde las dos hasta las seis.

Pero la mujer de Toine no tardó en ponerse insoportable. No podía tolerar que el gordo zángano de su marido siguiera distrayéndose, jugando al dominó, en su cama; y cada vez que veía empezada una partida, se presentaba corriendo hecha una furia, echaba patas arriba la tabla, se quedaba con las fichas de juego y, tras devolverlas al café, declaraba que era ya bastante con alimentar a ese gordinflón que no hacía nada, para verle encima divertirse como si quisiera mofarse de la pobre gente que trabaja todo el santo día.

Célestin Maloisel y Césaire Paumelle agachaban la cabeza, pero Prosper Horslaville excitaba a la vieja, divirtiéndose con sus ataques de cólera.

Al verla un día más irritada que de costumbre, le dijo:

—Ah, comadre, ¿sabe qué haría yo que usted?

Ella esperó a que se explicase, mirándole con sus ojos de lechuza.

Le dijo:

—Su marido, de tanto estar en la cama, está caliente como un horno. Por lo que yo le haría incubar los huevos.

Ella se quedó mirándole estupefacta, pensando que se burlaba de ella, mientras examinaba su rostro cenceño y astuto de campesino, quien continuó:

—Le pondría cinco debajo de un brazo y cinco debajo del otro el mismo día que la clueca comienza a incubar, y así nacerían al mismo tiempo. Y, una vez abiertos, le llevaría a la clueca los pollitos de su marido para que los críe. ¡Y vería usted, comadre, la de pollos que tendría!

La vieja, sorprendida, preguntó:

—¿Se puede hacer?

—¿Que si se puede? —prosiguió el hombre—. ¿Y por qué no se iba a poder? Si se pueden poner los huevos dentro de una caja caliente, bien pueden ponerse a incubar en una cama.

Ella se quedó impresionada por aquel argumento y se fue, pensativa y calmada.

Ocho días después, volvió a la habitación de Toine con su delantal lleno de huevos. Y dijo:

—Acabo de poner la clueca en el nido con diez huevos. Y traigo diez para ti. Trata de no romperlos.

Toine, desconcertado, preguntó:

—Pero ¿qué quieres?

Ella respondió:

—Quiero que los incubes, so zángano.

De entrada él se lo tomó a risa; pero luego, como ella insistía, se molestó, se resistió, se negó resueltamente a dejar que metiera debajo de sus gruesos brazos aquel montón de huevos que su calor haría eclosionar.

Pero la vieja, furiosa, declaró:

—Como no los cojas, olvídate de las sopas. Ya veremos qué será de ti.

Toine, inquieto, no respondió nada.

Cuando oyó sonar las doce, llamó:

—Eh, mujer, ¿están listas las sopas?

La vieja vociferó desde la cocina:

—No hay sopas para ti, so zángano.

Él creyó que bromeaba y esperó, luego rogó, suplicó, juró, hizo «frentes al norte y frentes al sur» desesperados, aporreó en la pared con los puños, pero tuvo que resignarse a dejar introducir en su cama cinco huevos pegados a su costado izquierdo. Tras lo cual recibió sus sopas.

Cuando llegaron sus amigos, creyeron que se encontraba muy mal, tan extraño e incómodo parecía.

A continuación empezaron a jugar la partida de todos los días. Pero Toine no parecía sentir ningún gusto en hacerlo y no avanzaba la mano si no era con una lentitud y una precaución infinitas.

—¿Qué te pasa? ¿Tienes atado el brazo? —preguntaba Horslaville.

Toine respondió:

—Siento como un peso en el hombro.

De repente, se oyó entrar a alguien en el café. Los jugadores guardaron silencio. Era el alcalde con su vicealcalde. Pidieron dos aguardientes y se pusieron a charlar de los asuntos del lugar. Como hablaban en voz baja, Toine el Copichuela quiso pegar el oído a la pared, y, olvidando los huevos, realizó un brusco «frente al norte» que hizo que se acostara sobre una tortilla.

Al juramento que lanzó, acudió la comadre Toine, quien intuyó el desastre, el cual descubrió dando un tirón a las mantas. Primero se quedó inmóvil, indignada, demasiado sofocada para hablar delante del cataplasma amarillo pegado al costado de su marido.

Luego, estremeciéndose de furor, se abalanzó sobre el paralítico y se puso a propinarle grandes golpes en la panza, como cuando hacía su colada en la orilla de la charca. Sus manos caían una tras otra con un ruido sordo, rápidas como las patas de un conejo batiendo un tambor.

Los tres amigos de Toine se partían de risa, carraspeaban, estornudaban, lanzaban gritos, y el asustado gordinflón paraba los ataques de su mujer con prudencia, para no romper los otros cinco huevos que tenía en el otro costado.

III

Toine fue vencido. Tuvo que incubar, tuvo que renunciar a las partidas de dominó, renunciar a todo movimiento, pues la vieja, feroz, le privaba de comida cada vez que rompía un huevo.

Se estaba tumbado, con la mirada clavada en el techo, inmóvil, los brazos levantados como si fueran alas, calentando debajo de sí los gérmenes de pollos encerrados en sus blancos cascarones.

Hablaba siempre en voz baja, como si temiera el ruido tanto como el movimiento, y se inquietaba por la gallina clueca que hacía, en el gallinero, el mismo trabajo que él.

Le preguntaba a su mujer:

—¿Ha comido esta noche la gallina?

La vieja iba del gallinero al lado del marido y del lado del marido al gallinero, obsesionada, poseída por la preocupación de los pollitos que maduraban en la cama y en el nido.

La gente del lugar que conocía la historia se acercaba, llena de curiosidad y de seriedad, para tener noticias de Toine. Entraban a paso ligero como se entra a ver a los enfermos y preguntaban con interés:

—¿Qué? ¿Cómo va la cosa?

Toine respondía:

—Ir va, pero me pica, de tanto calor como me dan, y me parece tener un hormiguero en la piel.

Una mañana la mujer entró muy agitada y dijo:

—La clueca tiene siete; tres huevos estaban en mal estado.

Toine sintió palpitar su corazón.

—¿Será pronto? —dijo con la angustia de la mujer que va a dar a luz.

La vieja respondió con tono furioso, torturada por el temor a un fracaso:

—¡Ya sería hora!

Esperaron. Los amigos, avisados de que se acercaba el momento, no tardaron en llegar, también ellos preocupados.

Se cotilleaba acerca de ello en las casas. Se pedían noticias de puerta a puerta.

Hacia las tres, Toine se adormiló. Dormía ahora la mitad de los días. Fue despertado de repente por un inusitado cosquilleo debajo del brazo derecho. Enseguida se llevó la mano izquierda allí y cogió a un pequeñuelo cubierto de plumón amarillo, que se agitaba en sus dedos.

Tan grande fue su emoción que empezó a dar gritos y soltó el pollito, que se puso a correr por su pecho. El café estaba lleno de bote en bote. Los parroquianos se precipitaron, invadieron la habitación, formaron corro como alrededor de un saltimbanqui, y llegó la vieja, que cogió con precaución el polluelo acurrucado debajo de la barba de su marido.

Nadie hablaba ya. Era un día caluroso de abril. Por la ventana abierta se oía cloquear a la llueca llamando a sus recién nacidos.

Toine, que sudaba de emoción, de angustia y de inquietud, murmuró:

—Hay otro debajo del brazo izquierdo en este momento.

La mujer metió su seca manaza dentro de la cama y con un experto movimiento de comadrona sacó otro pollito.

Los vecinos quisieron verlo. Se lo pasaron observándolo con atención, como si hubiera sido un fenómeno.

Durante veinte minutos no nacieron más, pero luego salieron de sus cascarones al mismo tiempo otros cuatro.

Se armó un gran alboroto entre los presentes. Toine sonrió, feliz de su éxito, comenzando a sentirse orgulloso por aquella extraña paternidad. No se veía con frecuencia gente como él. ¡Era realmente un hombre sorprendente!

Afirmó:

—Son seis. Por todos los diablos, ¡menudo bautismo!

Y estalló entre el público una risotada. Nuevas personas llenaban el café. Más todavía esperaban delante de la puerta. Preguntaban:

—¿Cuántos son?

—Ya van seis.

La comadre Toine llevaba a la llueca esa nueva familia y la gallina cloqueaba como loca, erizando sus plumas, abría sus grandes alas para albergar a la tropa creciente de sus crías.

—¡Otro más! —exclamó Toine.

¡Se había equivocado, había tres! ¡Fue todo un triunfo! El último rompió su cascarón a las siete de la tarde. ¡Todos los huevos eran buenos! Y Toine, loco de alegría, liberado, glorioso, besó en el dorso al frágil polluelo, a punto de ahogarle con sus labios. A aquel quiso guardarlo en su cama hasta el día siguiente, embargado de una ternura maternal por ese ser tan chiquitito que había traído al mundo; pero la vieja se lo llevó igual que a los demás haciendo caso omiso de las súplicas de su marido.

Los presentes, encantados, se fueron comentando lo sucedido, y Horslaville, que se había quedado el último, preguntó:

—Dime, compadre Toine, supongo que me invitarás a comer al primero que se guise, ¿no?

Ante esta idea del guiso, el rostro de Toine se iluminó, y el gordinflón respondió:

—Claro que te invitaré, yerno mío.

 

EL BAUTISMO*

 

—Vamos, doctor, un poquito de coñac.

—Con mucho gusto.

Y el viejo médico de Marina, tras haber alargado su copita, miró cómo subía hasta los bordes el bonito líquido de reflejos dorados.

Luego lo levantó hasta la altura de sus ojos, lo miró al trasluz, sorbió unas gotas que paladeó largo rato en su lengua y en la húmeda y delicada carne del paladar, para decir acto seguido:

*

¡Oh! ¡El encantador veneno! ¡O, mejor dicho, el seductor homicida, el delicioso destructor de los pueblos!

No lo conocen ustedes. Han leído, eso sí, ese admirable libro titulado La taberna, pero no han visto, como he visto yo, cómo el alcohol exterminaba a una tribu de salvajes, a un pequeño reino de negros, el alcohol traído en pequeños barriles que desembarcaban con aire plácido unos marineros ingleses de barba pelirroja.

Pero sepan que yo presencié, con mis propios ojos, un drama del alcohol muy extraño y sobrecogedor, y muy cerca de aquí, por cierto, en Bretaña, en un pueblecito de los alrededores de Pont-l’Abbé.

Vivía yo por aquel entonces, durante un permiso de un año, en una casa de campo que me había dejado mi padre. Ya conocen ustedes esa costa llana en la que silba el viento, día y noche, entre los juncos, donde se ve a trechos, de pie o tumbadas, esas enormes piedras que fueron dioses y que han conservado algo inquietante en su posición, aspecto y forma. Siempre tengo la impresión de que van a animarse y que yo voy a verlas partir por los campos, con paso lento y pesado, con su paso de colosos de granito, o levantar el vuelo con unas alas inmensas, alas de piedra, hacia el paraíso de los druidas.

El mar encierra y domina el horizonte, el mar encrespado, lleno de escollos de negras cúspides, siempre rodeados de espumarajos, semejantes a perros que esperasen a los pescadores.

Y ellos, los hombres, van por ese mar terrible que hace zozobrar sus barcas con una simple sacudida de su lomo verduzco y se las traga como si fueran píldoras. Se van con sus pequeñas embarcaciones, por el día y por la noche, atrevidos, inquietos y ebrios. Ebrios lo están con harta frecuencia. «Cuando la botella está llena —dicen—, se ve el escollo; pero cuando está vacía, ya no se ve.»

Entrad en esos tugurios. Nunca encontraréis al padre. Y si le preguntáis a la mujer qué ha sido de su hombre, ella extenderá los brazos hacia el oscuro mar que brama y escupe su blanca saliva a lo largo de la orilla. Se quedó allí dentro un atardecer que había bebido un poco más de la cuenta. Y también el hijo mayor. Aún le quedan cuatro muchachos, cuatro mocetones rubios y fuertes. No tardará mucho en tocarles el turno también a ellos.

Vivía yo, pues, en una casa de campo cerca de Pont-l’Abbé. Estaba allí, solo con mi criado, un viejo marinero, y una familia bretona que guardaba la propiedad en mi ausencia. Ésta estaba formada de tres personas, dos hermanas y un hombre, que se había casado con una de ellas y cultivaba mi jardín.

Ahora bien, aquel año, por Navidad, la mujer de mi jardinero dio a luz un niño.

El marido vino a pedirme que fuera el padrino. Yo no podía decir que no, y me pidió prestados diez francos para los gastos de la iglesia, decía.

La ceremonia se fijó para el 2 de enero. Desde hacía ocho días la tierra estaba cubierta de nieve, de una inmensa alfombra lívida y dura que parecía no tener fin en esa región llana y baja. El mar parecía negro, a lo lejos, detrás de la blanca planicie; y lo veíamos agitarse, enarcar su lomo, hacer rodar sus olas, como si hubiera querido arrojarse sobre su pálida vecina, que parecía muerta, de tan calmada, taciturna y fría como estaba.

A las nueve de la mañana, el compadre Kérandec se presentó ante mi puerta con su cuñada, la alta Kermagan, y la guardesa que llevaba al niño envuelto en una manta.

Y nos pusimos en camino hacia la iglesia. Hacía un frío de romper los dólmenes, uno de esos fríos de perros que agrietan la piel y hacen sufrir horriblemente por su gélida picazón. Yo pensaba en la pobre criaturita que llevaban delante de nosotros, y me decía que esa raza bretona era, verdaderamente, de hierro para que sus hijos fueran capaces, desde la cuna, de soportar semejantes paseos.

Llegamos delante de la iglesia, pero la puerta se hallaba cerrada. El señor cura llevaba retraso.

Entonces la guardesa, tras haberse sentado en uno de los guardacantones, cerca de la puerta, se puso a desvestir al niño. En un principio creía que había mojado los pañales, pero vi que exponían desnudo, totalmente desnudo, al pobre miserable, totalmente desnudo, al aire helado. Me adelanté, indignado por tal imprudencia.

«¡Pero está usted loca! ¡Le va a matar!»

La mujer respondió tan tranquila:

«Oh, no, señor, tiene que esperar a Dios Nuestro Señor totalmente desnudo».

El padre y la tía miraban aquello con tranquilidad. Era la costumbre. De no haberla seguido, habría caído la desgracia sobre el pequeño.

Yo me enojé, insulté al hombre, amenacé con irme, quise cubrir a la fuerza a la endeble criatura. Pero fue en vano. La guardesa salió corriendo por la nieve ante mis narices, y el cuerpo del chiquillo se iba amoratando.

Iba yo a dejar a esos brutos cuando vi llegar al cura por los campos seguido del sacristán y de un chaval del lugar.

Corrí hacia él y le hice saber, con vehemencia, mi indignación. Él no mostró la menor sorpresa, ni apretó el paso, ni hizo gesto alguno. Respondió:

«¿Qué quiere usted hacerle, señor? Es la costumbre. Lo hacen todos, no podemos impedirlo».

«Pero al menos dese usted prisa», exclamé yo.

Él prosiguió:

«No podría ir más deprisa ni aunque quisiera».

Y entró en la sacristía, mientras nosotros permanecíamos en la puerta de la iglesia donde yo sufría, ciertamente, más que el pobre pequeño que berreaba a causa del punzante frío.

Por fin se abrió la puerta. Entramos. Pero el niño debía permanecer desnudo durante toda la ceremonia.

Ésta fue interminable. El cura murmuraba las sílabas latinas que salían de su boca dichas a despropósito. Se movía con lentitud, con una lentitud de tortuga sagrada; y su roquete blanco me helaba el corazón, como otra nieve con la que se hubiera envuelto para hacer sufrir, en nombre de un Dios inclemente y bárbaro, a esa larva humana torturada por el frío.

Finalmente, acabó el bautismo según los ritos, y vi a la guardesa envolver de nuevo en la larga manta al niño helado que gemía con una voz aguda y doliente.

El cura me dijo:

«¿Quiere usted firmar en el registro?».

Yo me volví hacia mi jardinero:

«Ahora vuelva a casa enseguida y haga entrar en calor a ese niño inmediatamente».

Y le di unos consejos para evitar, si es que se estaba aún a tiempo, que cogiera una congestión pulmonar.

El hombre prometió cumplir mis recomendaciones y se fue con su cuñada y la guardesa. Yo seguí al sacerdote a la sacristía.

Una vez que hube firmado, me reclamó cinco francos por los gastos.

Habiendo dado diez francos al padre, me negué a pagar de nuevo. El cura amenazó con romper la hoja y anular la ceremonia. Yo le amenacé a mi vez con denunciarle al fiscal de Estado.

La disputa fue larga y acabé pagando.

Apenas hube llegado a mi casa, quise saber si había habido algún problema. Corrí hacia la casa de Kérandec, pero el padre, la cuñada y la guardesa todavía no habían regresado.

La recién parida, que se había quedado completamente sola, tiritaba de frío en su cama, y tenía hambre, pues no había comido nada desde la víspera.

«¿Dónde diablos han ido?», pregunté yo.

Ella respondió sin asombrarse ni tampoco irritarse:

«Habrán ido a tomar algo para celebrarlo».

Era la costumbre. Entonces pensé en mis diez francos, que hubieran tenido que servir para pagar el servicio religioso y que lo que pagarían sería, sin duda, el alcohol.

Hice mandar un poco de caldo a la madre y ordené que se hiciera un buen fuego en su chimenea. Estaba desasosegado y furioso, prometiendo que echaría a esos brutos y preguntándome con terror lo que iba a ser de la miserable criatura.

A la seis de la tarde, todavía no habían regresado.

Ordené a mi criado que les esperara, y yo me acosté.

No tardé en dormirme, pues duermo como un tronco.

Fui despertado, al amanecer, por mi sirviente, que me trajo agua caliente para el afeitado de mi barba.

Apenas abrí los ojos, pregunté:

«¿Y Kérandec?».

El hombre vacilaba, luego balbució:

«¡Oh! Volvió, señor, pasada medianoche, y tan borracho que no podía andar, y también la alta Kermagan, e incluso la guardesa. Creo que pasaron la noche en una cuneta, de manera que el pequeño ha muerto sin que se dieran siquiera cuenta».

Yo me levanté de un salto gritando:

«¿Ha muerto el niño?».

«Sí, señor. Se lo han traído a la comadre Kérandec. Ella, al verlo, se ha echado a llorar; entonces la han hecho beber para consolarla.»

«Pero ¿cómo que la han hecho beber?»

«Sí, señor. Pero yo no me he enterado hasta esta mañana, hace un rato. Como Kérandec ya no tenía aguardiente ni le quedaba un céntimo, ha cogido el alcohol de la lámpara que le dio el señor y se lo han bebido entre los cuatro, tanto como quedaba en la botella. La comadre Kérandec está muy mal.»

Me había puesto mis ropas a toda prisa y, cogiendo un bastón, decidido a darles una somanta de palos a todas esas bestias humanas, corrí a casa del jardinero.

La recién parida agonizaba, borracha de alcohol mineral, junto al cadáver amoratado de su hijo.

Kérandec, la guardesa y la alta Kermagan roncaban en el suelo.

Yo tuve que cuidarme de la mujer, que murió hacia el mediodía.

*

El viejo médico se había callado. Volvió a coger la botella de aguardiente, se sirvió una nueva copita y, tras haber hecho correr otra vez a través del rubio licor la luz de las lámparas que parecía crear en su copa el efecto de un jugo claro de topacios fundidos, se mandó al coleto el líquido pérfido y caliente de un trago.

 

EL JOVEN SOLDADO*

 

Todos los domingos, tan pronto como estaban libres, los dos jóvenes soldados se ponían en camino.

Al salir del cuartel torcían a la derecha, atravesaban Courbevoie a grandes pasos rápidos, como si hicieran un paseo militar; luego, en cuanto habían dejado atrás las casas, seguían, con un andar más tranquilo, la carretera general polvorienta y desnuda que lleva a Bezons.

Eran menudos, flacos, como invisibles bajo sus capotes demasiado anchos, demasiado largos, cuyas mangas cubrían sus manos, incómodos en sus pantalones rojos, holgados en exceso, que les obligaban a abrir las piernas para ir deprisa. Y bajo el chacó rígido y alto, sus caras casi no se veían, dos pobres caras chupadas de bretones, ingenuas, de una ingenuidad casi animal, con unos ojos azules de dulce y tranquilo mirar.

De camino no hablaban nunca, avanzaban enfrascados en la misma idea que suplía la conversación, porque habían encontrado, a la entrada del bosquecillo de Champioux, un lugar que les recordaba su tierra natal, y sólo se sentían bien allí.

En el cruce de caminos de Colombes y de Chatou, apenas habían llegado bajo los árboles, se quitaban los morriones que les pesaban en la cabeza y se secaban la frente.

Se paraban siempre un momento en el puente de Bezons para contemplar el Sena. Se estaban allí dos o tres minutos, doblados, inclinados sobre el pretil; o bien observaban la cuenca de Argenteuil, por donde pasaban raudas las velas blancas e inclinadas de los clippers, que, quizá, les recordaban el mar bretón, el puerto de Vannes, próximo a su casa, y las barcas de pesca que cruzaban por Morbihan rumbo a alta mar.

Una vez pasado el Sena, compraban sus provisiones en la charcutería, la panadería y la taberna del pueblo. Un trozo de morcilla, cuatro sueldos de pan y un litro de vino peleón constituían sus víveres, que se llevaban envueltos en sus pañuelos. Pero, no bien salían del pueblo, se ponían a caminar a paso muy lento y a hablar.

Delante de ellos, una planicie yerma, salpicada de sotillos, llevaba al bosque, al bosquecillo que les había parecido semejante al de Kermarivan. Los campos de trigo y de avena bordeaban el estrecho camino que se perdía entre el verde tierno de las mieses, y Jean Kerderen le decía cada vez a Luc Le Ganidec:

—Es igualito a los alrededores de Plounivon.

—Sí, exactamente igual.

Se iban lado a lado, llena la mente de vagos recuerdos de su tierra natal, llena de imágenes despertadas, de imágenes ingenuas como las estampitas coloreadas de a un sueldo. Volvían a ver un trozo de tierra, un seto, un fragmento de páramo, un cruce de caminos, una cruz de granito.

Se paraban también cada vez junto a una piedra que señalaba el límite de una propiedad, pues les recordaba vagamente el dolmen de Locneuven.

Todos los domingos, al llegar al primer sotillo, Luc Le Ganidec cogía una ramita, una varita de avellano; y se ponía a pelarla mientras pensaba en la gente de su tierra.

Jean Kerderen llevaba las provisiones.

De vez en cuando, Luc aludía a un nombre, recordaba un hecho de su infancia, unas pocas palabras que le hacían fantasear largo rato. Y poco a poco, su tierra natal, su lejana y querida tierra natal se volvía a posesionar de ellos, les invadía, les mandaba a través del espacio sus formas, sus rumores, sus horizontes familiares, el olor de la verde landa recorrida por el aire marino.

Ya no sentían las exhalaciones del estercolero parisino que abona los terrenos de la periferia, sino el aroma de los juncos floridos, que recoge y se lleva el viento salino de alta mar. Y las velas de los remeros que se avistaban desde la orilla eran para ellos las velas de los buques costeros entrevistas al fondo de la extensa llanura que llegaba en su tierra hasta el borde de las olas.

Luc Le Ganidec y Jean Kerderen andaban a pasitos cortos, contentos y tristes, embargados de una dulce tristeza, una tristeza morosa y penetrante de animal enjaulado que recuerda.

Y cuando Luc había terminado de pelar la varita de su corteza, llegaban al lugar del bosque donde comían todos los domingos.

Volvían a encontrar los dos ladrillos que habían escondido dentro de un matorral y encendían un pequeño fuego de ramas para asar las morcillas en la punta del cuchillo.

Y una vez que habían almorzado, comido su pan hasta la última miga y bebido su vino hasta la última gota, se quedaban sentados en la hierba, uno al lado del otro, sin decirse nada, mirando a lo lejos, con los párpados pesados, los dedos entrelazados como en misa, sus piernas rojas estiradas junto a las amapolas del campo; y el cuero de sus chacós y el cobre de sus botones relucían al sol abrasador, hacían pararse a las alondras que cantaban mientras revoloteaban sobre sus cabezas.

Hacia mediodía comenzaban a dirigir, de vez en cuando, sus miradas hacia el pueblo de Bezons, porque estaba a punto de pasar la muchacha de la vaca.

Pasaba por delante de ellos todos los domingos para ir a ordeñar y llevar su vaca al establo, la única vaca del pueblo que era llevada a comer hierba, paciendo en un estrecho prado en la linde del bosque, más lejos.

No tardaban en ver llegar a la moza, único ser humano que atravesaba los campos, y se sentían regocijados por los reflejos brillantes que despedía el cubo de hojalata al ser herido por los rayos del sol. Nunca hablaban de ella. Tan sólo se sentían contentos al verla, sin comprender el porqué.

Era una alta muchacha fornida, pelirroja y tostada por el sol abrasador de los días claros, una alta muchacha atrevida del campo de París.

En una ocasión, viéndoles sentados en el mismo lugar, les dijo:

—Buenos días…, vienen ustedes siempre aquí, por lo que veo.

Luc Le Ganidec, más osado, balbució:

—Sí, venimos a descansar.

Eso fue todo. Pero, al domingo siguiente, ella se sonrió al verlos, se sonrió con una benevolencia protectora de mujer despabilada que intuía su timidez, y preguntó:

—¿Qué hacen ahí? ¿Ver crecer la hierba?

Luc, divertido, también sonrió:

—Tal vez sí.

Ella continuó:

—Eh, pues no crece muy deprisa.

Él replicó sin dejar de sonreír:

—Pues la verdad es que no.

Ella se fue. Pero al volver con el cubo lleno de leche se detuvo de nuevo delante de ellos y les preguntó:

—¿No quieren un sorbito? Les hará recordar su tierra.

Con su instinto de persona de la misma raza, quizá también ella alejada de su casa, había comprendido y visto con acierto.

Se quedaron los dos muy emocionados. Entonces ella, no sin esfuerzo, vertió un poco de leche por el gollete de la botella de cristal en que traían su vino; y Luc bebió el primero, a sorbitos, parándose a cada momento para mirar de no excederse de su parte. Luego le pasó la botella a Jean.

Ella permanecía en jarras de pie delante de ellos, con el cubo en el suelo a sus pies, contenta del gusto que les daba.

Luego se fue exclamando:

—¡Bueno, adiós; hasta el domingo!

Y ellos siguieron con la vista, mientras pudieron, su alta silueta que se iba, disminuía y parecía perderse entre el verdor de las plantas del terreno.

Cuando dejaron el cuartel, a la semana siguiente, Jean le dijo a Luc:

—¿No deberíamos comprarle alguna cosa buena?

Se vieron en un gran aprieto ante el problema de qué golosina elegir para la muchacha de la vaca.

Luc proponía un pedazo de salchicha, pero Jean, que era goloso, prefería unos caramelos. Se acabó imponiendo su opinión y compraron, en una tienda de comestibles, por dos sueldos, unos caramelos blancos y rojos.

Comieron más deprisa que de costumbre, inquietos por la espera.

Jean la vio primero:

—Ahí va —dijo.

Luc apostilló:

—Sí. Ahí va.

Ella reía de lejos al verles y exclamó:

—¿Anda todo bien?

Ellos respondieron a la vez:

—¿Y usted qué tal?

Entonces ella se puso a charlar, habló de cosas sencillas que les interesaban, del tiempo, de la cosecha y de sus amos.

Ellos no se atrevían a regalarle los caramelos que se fundían poquito a poco en el bolsillo de Jean.

Finalmente, Luc se atrevió y murmuró:

—Le hemos traído una cosa.

Ella preguntó:

—¿Qué es?

Entonces Jean, rojo como un tomate, cogió el delgado cucurucho de papel y se lo alargó.

Ella se puso a chupar los dulces que se pasaba de una mejilla a la otra y que formaban unas protuberancias debajo de la carne. Los dos soldados, sentados delante de ella, la miraban, emocionados y embelesados.

Luego ella se fue a ordeñar su vaca y les dio de nuevo leche a su vuelta.

Pensaron en la moza toda la semana, y hablaron de ella varias veces. Al domingo siguiente, ella fue a sentarse a su lado para charlar más rato, y los tres juntos, uno al lado del otro, la mirada perdida en la distancia y las rodillas abrazadas por sus manos cruzadas, contaron pequeños sucesos y detalles de sus respectivos pueblos natales, mientras la vaca, a lo lejos, viendo parada a la moza en el camino, volvía hacia ella su pesada cabeza de húmedos ollares y mugía largamente para llamarla.

La muchacha no tardó en aceptar tomar un bocado con ellos y un vasito de vino. A menudo les traía ciruelas en el bolsillo, pues era la temporada. Su presencia espabilaba a los dos jóvenes soldados bretones que hablaban como cotorras.

Ahora bien, un martes, Luc Le Ganidec pidió un permiso, cosa que nunca hacía, y no regresó hasta las diez de la noche.

Jean, inquieto, se preguntaba por qué razón había podido salir así su compañero.

Al viernes siguiente, Luc, tras haber pedido prestados diez sueldos a su vecino de cama, pidió de nuevo y obtuvo una autorización para ausentarse durante unas horas.

Y cuando se puso en camino con Jean para el paseo del domingo, tenía un aire extraño, estaba muy agitado y cambiado. Kerderen no comprendía qué le pasaba, aunque tenía alguna vaga sospecha, sin acabar de adivinar de qué podía tratarse.

No cruzaron palabra hasta llegar a su lugar de costumbre, cuya hierba habían aplastado a fuerza de sentarse en el mismo sitio; y comieron con calma. No tenían hambre ni uno ni otro.

No tardó en aparecer la muchacha. La miraban acercarse como hacían todos los domingos. Cuando estuvo muy cerca, Luc se levantó y dio dos pasos. Ella dejó su cubo en el suelo y le dio un beso. Le besó fogosamente, echándole los brazos al cuello, sin preocuparse de Jean, sin pensar que estaba allí, sin reparar en él.

Y él, el pobre Jean, permanecía desconcertado, a tal punto que no comprendía el porqué, trastornada el alma y destrozado el corazón, sin conciencia aún de ello.

Luego la muchacha se sentó al lado de Luc y se pusieron a charlar.

Jean no les miraba, pues ahora intuía por qué había salido su compañero dos veces durante la semana y sentía en su interior una humillante tristeza, una especie de herida, ese desgarro que producen las traiciones.

Luc y la muchacha se levantaron para ir juntos a buscar la vaca.

Jean los siguió con la mirada. Los vio alejarse uno al lado del otro. El pantalón rojo de su compañero creaba una mancha resplandeciente en el camino. Fue Luc quien cogió el mazo y golpeó en la estaca que retenía al animal.

La muchacha se agachó para ordeñarla, mientras con una mano distraída acariciaba el lomo afilado del animal. Luego dejaron el cubo sobre la hierba y se perdieron dentro del bosque.

Jean no veía más que la cortina de hojas por la que habían penetrado; y se sentía tan turbado que, de haber tratado de levantarse, seguramente se habría desplomado.

Permanecía inmóvil, anonadado de asombro y de dolor, de un dolor ingenuo y profundo. Tenía ganas de llorar, de largarse, de esconderse, de no ver nunca más a nadie.

De pronto los vio salir del bosquecillo. Volvían tranquilamente cogidos de la mano, como hacen los novios en los pueblos. Era Luc quien llevaba el cubo.

Se besaron de nuevo antes de separarse, y la muchacha se fue tras haberle soltado a Jean un buenas tardes amigable y dirigirle una sonrisa de inteligencia. Aquel día no pensó en invitarle a un poco de leche.

Los dos jóvenes soldados se quedaron el uno al lado del otro, inmóviles como siempre, silenciosos y serenos, sin que la placidez de su rostro dejara traslucir nada de cuanto turbaba su corazón. El sol caía sobre ellos. La vaca mugía, a veces, mirándoles a distancia.

A la hora de costumbre, se levantaron para volver.

Luc pelaba una varita, Jean llevaba la botella vacía. La dejó en la bodega de Bezons. Luego tomaron por el puente, y, como cada domingo, se pararon en medio para contemplar unos instantes el discurrir del agua.

Jean se inclinaba, se inclinaba más y más sobre la barandilla de hierro, como si hubiera visto en la corriente algo que le atraía. Luc le dijo: «¿Es que quieres beber un trago?». Cuando pronunció la última palabra, la cabeza de Jean hizo bascular el resto, las piernas levantadas describieron un círculo en el aire y el joven soldado azul y grana cayó como un pedrusco, entró y desapareció en el agua.

Con un nudo de angustia en la garganta, Luc trataba en vano de gritar. Vio más lejos moverse algo; luego la cabeza de su compañero emergió a la superficie del río, para volver a desaparecer enseguida.

Más lejos aún, percibió, de nuevo, una mano, una sola mano que asomaba del río, y volvía a zambullirse en él. Eso fue todo.

Los marineros que acudieron no encontraron el cuerpo aquel día.

Luc regresó solo al cuartel, a todo correr, trastocada la cabeza, y contó el accidente con los ojos y la voz bañados en lágrimas y sonándose a cada momento:

—Se inclinó…, se inclinó… tanto…, tanto que la cabeza se le venció… y…, y… se cayó…, se cayó…

Estrangulado por la emoción no consiguió decir más que:

—De haberlo él sabido…

 

UN LOCO*

 

Cuando murió era presidente de un alto tribunal, magistrado íntegro cuya vida irreprochable era citada en todos los juzgados de Francia. Los abogados, los jóvenes consejeros, los jueces saludaban con una inclinación hasta el suelo, en muestra de profundo respeto, su gran rostro blanco y delgado que iluminaban dos ojos brillantes de mirada penetrante.

Se había pasado la vida persiguiendo el crimen y protegiendo a los débiles. Timadores y asesinos no tenían enemigo más temible, pues parecía leer, en el fondo de sus almas, sus secretos pensamientos, y descubrir, de una simple mirada, todos los misterios de sus intenciones.

Había muerto a la edad de ochenta y dos años, cubierto de homenajes y seguido por el pesar de todo un pueblo. Unos soldados en pantalón rojo le habían escoltado hasta la tumba, y unos hombres con corbata blanca habían pronunciado ante su féretro palabras llenas de sentimiento y derramado lágrimas que parecían sinceras.

Ahora bien, he aquí el extraño escrito que el notario, espantado, descubrió en el secreter donde solía guardar bajo llave los expedientes de los grandes criminales.

Se titulaba:

¿POR QUÉ?

20 de junio de 1851. Salgo de la sesión. ¡He condenado a Blondel a muerte! ¿Por qué mató ese hombre a sus cinco hijos? ¿Por qué? A menudo se encuentran personas para las que acabar con una vida es un placer. Sí, debe de ser un placer, quizá el mayor de todos, pues ¿no es matar lo que más se asemeja a crear? ¡Hacer y destruir! ¡Estas dos palabras encierran la historia del universo, toda la historia de los mundos, todo cuanto existe, todo! ¿Por qué es embriagador matar?

25 de junio. Y pensar que un ser vive, camina, corre… ¿Un ser? ¿Qué es un ser? ¡Esa cosa animada, que lleva en sí el principio del movimiento y una voluntad reguladora de ese movimiento! Y esta cosa no está apegada a nada. Sus pies no están arraigados en el suelo. Es una pequeña partícula de vida que se mueve sobre la tierra; y esta partícula, llegada de no se sabe dónde, puede eliminarse como se quiera. Entonces, nada, ya nada. Se pudre, se acabó.

26 de junio. ¿Por qué, pues, es un crimen matar? Sí, ¿por qué? Por el contrario, es la ley de la naturaleza. Todo ser tiene por misión matar: mata para vivir y mata por matar. Matar es algo inherente a nuestro temperamento; ¡hay que matar! La bestia mata sin cesar, todo el día, en todo momento de su existencia. El hombre mata sin cesar para alimentarse, pero, como tiene necesidad también de matar por placer, ¡ha inventado la caza! El niño mata a los insectos que encuentra, a los pajarillos, a todos los animalitos que caen en sus manos. Pero ello no bastaba para satisfacer la irresistible necesidad de cometer estragos que sentimos. No basta con matar al animal, necesitamos matar también al hombre. En otros tiempos, esta necesidad se veía satisfecha con los sacrificios humanos. Hoy, la necesidad de vivir en sociedad ha hecho del asesinato un delito: ¡el asesino es condenado y castigado! Pero, como no conseguimos vivir sin satisfacer este imperioso y natural instinto de muerte, nos desahogamos, de vez en cuando, con las guerras en las que un pueblo entero degüella a otro. Es entonces una orgía de sangre, una orgía que hace enloquecer a los ejércitos, y que exalta también a los burgueses, a las mujeres y a los niños que leen por la noche, junto a la lámpara, el relato exaltado de las masacres.

¡Y podría pensarse que se desprecia a quienes están destinados a ejecutar tales carnicerías de hombres! Pues no. ¡Se les abruma de honores! Se les reviste con entorchados y ropas relucientes; llevan plumas en la cabeza, adornos en el pecho; y se les conceden cruces, recompensas, títulos de todo género. ¡Ellos están orgullosos, son respetados, queridos por las mujeres, aclamados por la multitud, ¡únicamente porque tienen por misión derramar sangre humana! Arrastran por las calles sus instrumentos de muerte que el paseante vestido de negro mira con ojos de envidia. ¡Pues matar es la gran ley establecida por la naturaleza en el corazón del ser! ¡No hay nada más hermoso ni más honorable que matar!

30 de junio. Matar es la ley; porque la naturaleza ama la eterna juventud. Parece gritar en todos sus actos inconscientes: «¡Rápido, rápido, rápido!». Cuanto más destruye, más se renueva.

2 de julio. El ser, ¿qué es el ser? Todo y nada. Gracias al pensamiento es el reflejo de todo. Gracias a la memoria y la ciencia es un compendio del mundo, cuya historia encierra. ¡Espejo de las cosas y espejo de los hechos, cada ser humano se convierte en un pequeño universo dentro del universo!

¡Viajad, observad el hervidero de razas, y veréis que el hombre ya no es nada!, ¡nada de nada! Subid en una barca y alejaos de la orilla llena de gente, y no tardaréis en divisar nada más que la costa. El ser imperceptible desaparece, de tan pequeño e insignificante como es. Atravesad Europa en un tren rápido, y mirad por la ventanilla. Hombres, hombres, siempre hombres, innumerables, desconocidos, que hormiguean en los campos, que hormiguean en las calles; estúpidos campesinos que apenas si saben arar la tierra; mujeres horrendas que apenas si saben preparar las sopas al varón y engendrar hijos. Id a la India, id a la China y veréis también pulular miles de millones de seres que nacen, viven y mueren sin dejar más huella que una hormiga aplastada en el camino. Id a los países de los negros, que viven en chozas de barro, a los países de los árabes blancos, cobijados en tiendas de color pardo que oscilan al viento, y comprenderéis que el ser aislado, individual, no es nada, absolutamente nada. ¿Acaso la raza lo es todo? ¿Qué es el ser, un ser cualquiera de una tribu errante por el desierto? Y esas personas, que son cuerdas, no se preocupan de la muerte. El hombre no cuenta para ellos. Se mata al enemigo: es la guerra. Así también se hacía en otros tiempos, de un castillo a otro, de una provincia a otra.

Sí, recorred el mundo y observad el hervidero de seres humanos innumerables y desconocidos. ¿Desconocidos? ¡Ah! ¡He aquí el quid de la cuestión! ¡Matar es un crimen porque hemos cuantificado a los seres! Cuando nacen, se les inscribe, se les da un nombre, se les bautiza. ¡La ley les hace suyos! ¡Eso es! El ser que no está registrado no cuenta: ¡matadle en un páramo o en un desierto, matadle en una montaña o en el llano, qué más da! ¡La naturaleza ama la muerte; ella no castiga!

¡Lo sagrado, por ejemplo, es el Registro Civil! ¡Eso es! Es él el que defiende al hombre. ¡El ser es sagrado porque está inscrito en el Registro Civil! Respeto, pues, al Registro Civil, al Dios legal. ¡Postraos de rodillas!

El Estado puede matar, porque tiene derecho a modificar el Registro Civil. Cuando ha hecho degollar a doscientos mil hombres en una guerra, los tacha de su Registro Civil, los suprime por medio de sus escribanos. Se acabó. Pero nosotros, que no podemos modificar los documentos de los ayuntamientos, debemos respetar la vida. Registro Civil, gloriosa Divinidad que reinas en los templos de las municipalidades, yo te saludo. Puedes más que la naturaleza. ¡Ja, ja!

3 de julio. ¡Matar debe de ser un placer extraño y sabroso, encontrarse delante a un ser vivo, pensante, y hacerle un orificio, nada más que un orificio, y ver brotar esa cosa roja que es la sangre, que es la vida, y no tener ya delante más que un montón de carne fofa, fría, inerte, vacía de pensamiento!

5 de agosto. Yo me he pasado la vida juzgando, condenando, matando con unas simples palabras, matando con la guillotina a quienes habían matado con el cuchillo, yo, si hiciera como todos los asesinos a los que he castigado, ¿quién lo sabría?

10 de agosto. ¿Quién lo sabría jamás? ¿Sospecharían de mí, sobre todo si eligiera a un ser que no tengo ningún interés en eliminar?

15 de agosto. ¡La tentación! Sí, ha entrado en mí como un gusano que roe. Roe y avanza; se pasea por mi cuerpo entero, por mi espíritu, que no piensa ya sino en esto: matar; en mis ojos, que tienen necesidad de observar la sangre, de ver morir; en mis oídos, por donde pasa sin cesar algo desconocido, horrible, desgarrador y enloquecedor, como el último grito de un ser; en mis piernas, que se estremecen del deseo de ir, de ir al lugar donde ello ocurrirá; en mis manos, que tiemblan de la necesidad de matar. ¡Qué hermoso debe de ser, raro, digno de un hombre libre, por encima de los demás, amo y señor de su corazón y que busca sensaciones refinadas!

22 de agosto. No podía ya resistirme. He matado a un animalito, para probar, para empezar.

Jean, mi criado, tenía un jilguero en una jaula colgada en la ventana de la antecocina. Le he mandado a hacer un encargo, y he cogido al pajarillo en mi mano, en mi mano en la que sentía latir su corazón. Él tenía calor. He subido a mi habitación. Cada vez lo apretaba con más fuerza; su corazón latía más rápido; era algo atroz y delicioso. Casi lo he ahogado. Pero no hubiera visto sangre.

Entonces he cogido unas tijeras, unas tijeras cortas para las uñas, y le he hecho tres cortes, muy suavemente, en la garganta. Él abría el pico, hacía esfuerzos por escapárseme, pero yo lo sujetaba, ¡oh, cómo lo sujetaba!; ¡habría sido capaz de tener cogido a un dogo, y he visto correr la sangre! Tenía ganas de bebérmela. ¡He mojado la punta de mi lengua en ella! Es buena. ¡Pero tenía tan poca ese pobre pajarillo! No me ha dado tiempo de disfrutar de esta visión como me hubiera gustado. Debe de ser algo magnífico ver sangrar a un toro.

Y luego he hecho como los asesinos, como los de verdad. He lavado las tijeras, me he lavado las manos, he tirado el agua y he llevado el cuerpo, el cadáver, al jardín para enterrarlo. Lo he escondido debajo de un fresal. No lo encontrarán nunca. Yo me comeré todos los días una fresa de esa planta. La verdad, ¡cómo puede disfrutarse de la vida cuando se sabe hacerlo!

Mi criado ha llorado; cree que su pájaro se ha escapado. ¿Cómo podría sospechar de mí? ¡Ja, ja!

25 de agosto. ¡He de matar a un hombre! He de hacerlo.

30 de agosto. Lo hice. ¡Qué poca cosa es!

Había ido a pasearme por el bosque de Vernes. No pensaba en nada, no, en nada. Veo a un niño en el camino, un chiquillo que se estaba comiendo una rebanada de pan con mantequilla.

Se detiene para verme pasar y dice:

—Buenos días, señor presidente.

Y me ha venido el pensamiento a la cabeza: «¿Y si lo matara?».

Respondo:

—¿Estás solo, chaval?

—Sí, señor.

—¿Totalmente solo en el bosque?

—Sí, señor.

Las ganas de matar me embriagaban como el alcohol. Me acerqué muy despacio, convencido de que iba a escaparse. Y he aquí que le cogí de la garganta… ¡Se la apreté, se la apreté con todas mis fuerzas! ¡Él me miraba con unos ojos aterradores! ¡Qué ojos! ¡Totalmente redondos, profundos, cristalinos, terribles! ¡Nunca había sentido una emoción tan brutal…, pero tan breve! Él asía mis muñecas con sus manitas, y su cuerpo se retorcía como una pluma en el fuego. Luego dejó de agitarse.

El corazón me latía aceleradamente, ¡ah, el corazón del pajarillo! Arrojé el cuerpo a la cuneta, luego lo cubrí de hierba.

Regresé, cené bien. ¡Qué poco cuesta! Por la noche estaba muy alegre, ligero, rejuvenecido, pasé la velada en casa del prefecto. Le parecí de lo más ingenioso.

¡Pero no he visto la sangre! Estoy tranquilo.

30 de agosto. Se ha descubierto el cadáver. Se busca al asesino. ¡Ja, ja!

1 de septiembre. Se ha detenido a dos merodeadores. No hay pruebas.

2 de septiembre. Los padres han venido a verme. ¡Han llorado! ¡Ja, ja!

6 de octubre. No se ha descubierto nada. Habrá sido obra de algún vagabundo de paso. ¡Si hubiera visto correr la sangre, creo que ahora estaría tranquilo!

10 de octubre. Siento en los tuétanos las ganas de matar. Es algo comparable a los desvaríos del amor que le torturan a uno a los veinte años.

20 de octubre. Otro más. Iba por la orilla del río, después de comer. Y vi, bajo un sauce, a un pescador adormilado. Era mediodía. En un patatal próximo, había una azada que parecía dejada allí expresamente para mí.

La cogí, volví atrás; la levanté como una maza y, de un solo golpe, con el filo, le partí la cabeza al pescador. ¡Oh! ¡Éste sangró! ¡Una sangre roja, mezclada con cerebro! ¡Iba a parar al agua, muy despacio! Me fui con paso serio. ¡Si me hubieran visto! ¡Ja, ja! Habría hecho el papel de un excelente asesino.

25 de octubre. El caso del pescador arma un gran revuelo. Se acusa del asesinato a su sobrino, que pescaba con él.

26 de octubre. El juez de instrucción afirma que el sobrino es culpable. Todo el mundo así lo cree en la ciudad. ¡Ja, ja!

27 de octubre. El sobrino hace de sí una pésima defensa. Afirma que había ido al pueblo a comprar pan y queso. Jura que mataron a su tío en su ausencia. ¿Quién le creerá?

28 de octubre. El sobrino ha estado a punto de confesar, de tanto como le han hecho perder la cabeza. ¡Ja, ja, la justicia!

15 de noviembre. Existen pruebas aplastantes contra el sobrino, que tenía que heredar de su tío. Yo presidiré la audiencia.

25 de enero. ¡A muerte! ¡A muerte! ¡A muerte! ¡Le he hecho condenar a muerte! ¡Ja, ja! ¡El fiscal ha hablado como un ángel! ¡Ja, ja! Otro más. ¡Iré a verle ejecutar!

10 de marzo. Se acabó. Ha sido guillotinado esta mañana. ¡Está muerto, pero que bien muerto! ¡Eso me ha gustado! ¡Qué hermosa cosa es verle cortar la cabeza a un hombre! ¡La sangre ha brotado como una oleada, como una oleada! ¡Oh! De haber podido, me habría gustado bañarme en ella. ¡Qué ebriedad tumbarse debajo, recibirla en mi pelo y en mi rostro, e incorporarme todo rojo, todo rojo! ¡Ah, si la gente supiera!

Ahora esperaré, puedo esperar. Bastaría tan poco para dejarme sorprender.

……………………………………………………………………

El manuscrito contenía muchas páginas más, pero sin relatar ningún crimen nuevo.

Los médicos alienistas a quienes les fue entregado afirman que en el mundo existen muchos locos desconocidos, tan hábiles y temibles como ese monstruoso demente.

 

EL SEÑOR PARENT*

 

I

El pequeño Georges, a gatas por la alameda, hacía montañitas de arena. Las acumulaba con sus dos manos, las elevaba en forma de pirámide y luego plantaba sobre ellas una hoja de castaño.

Su padre, sentado en una silla de hierro, le contemplaba con reconcentrada y amorosa atención, sólo tenía ojos para él en aquel pequeño parque público lleno de gente.

A todo lo largo del vial que circunda el estanque y pasa por delante de la iglesia de la Trinité para volver bordeando el césped, había otros niños ocupados también en sus jueguecitos infantiles de bestezuelas, mientras las niñeras, indiferentes, miraban al aire con sus ojos inexpresivos, o las madres charlaban entre sí, vigilando a la chiquillería sin quitarles ojo de encima.

Unas nodrizas se paseaban, de dos en dos, con aire grave, dejando flotar tras de sí los largos cintajos llamativos de sus gorritos y llevando en brazos algo blanco envuelto en encajes, mientras unas chiquillas, con faldilla y las piernas desnudas, hablaban entre sí muy serias entre una y otra carrera en pos de los aros, y el vigilante del parque, con guerrera verde, vagaba por entre toda aquella multitud de chavales, desviándose continuamente para no derribar construcciones, aplastar manos y entorpecer el trabajo de hormigas de aquellos graciosos renacuajos humanos.

El sol estaba a punto de desaparecer tras los tejados de la rue Saint-Lazare y lanzaba sus grandes rayos oblicuos sobre aquella muchedumbre infantil y engalanada. Los castaños se iluminaban de resplandores amarillos, y las tres cascadas, delante del alto pórtico de la iglesia, parecían de plata líquida.

El señor Parent miraba a su hijo acuclillado en el polvo: seguía cariñosamente sus menores gestos, parecía mandar besos con la punta de los labios a todos los movimientos de Georges.

Pero, tras haber alzado la vista hacia el reloj del campanario, cayó en la cuenta de que llevaba un retraso de cinco minutos. Entonces se levantó, cogió al pequeño del brazo, sacudió su ropa llena de tierra, secó sus manos y se lo llevó hacia la rue Blanche. Apretaba el paso para no llegar a casa después de su mujer; y el crío, que no podía seguirle, caminaba muy deprisa a su lado a pasitos cortos.

Entonces el padre le cogió en brazos y, apretando más aún el paso, se puso a resoplar de cansancio mientras subía por la acera en cuesta. Era un hombre de unos cuarenta años, de pelo ya entrecano, un tanto gordo, que llevaba con aire inquieto una buena panza de mozo regalón al que los acontecimientos habían vuelto apocado.

Se había casado, unos años antes, con una joven por la que sentía un gran cariño, la cual le trataba ahora con la aspereza y la prepotencia de un déspota todopoderoso. Le reñía continuamente por todo lo que hacía y por todo lo que no hacía, reprochándole con acritud hasta sus menores acciones, sus hábitos, sus simples gustos, sus aficiones, sus trazas, sus ademanes, su voluminosa panza y la plácida entonación de su voz.

Pese a ello, él la seguía queriendo, pero a quien quería sobre todo era al hijo que había tenido de ella, Georges, de tres años ya de edad, que se había convertido en la mayor alegría y en la mayor preocupación de su corazón. Rentista modesto, vivía sin empleo con sus veinte mil francos de renta; y su mujer, casada sin dote, se indignaba sin cesar por la falta de actividad de su marido.

Por fin llegó a su casa, depositó al niño en el primer peldaño de la escalera, se secó la frente y comenzó a subir.

Al llegar al segundo piso, llamó.

Una vieja criada que lo había criado, una de esas sirvientas mandonas que son los tiranos de las familias, salió a abrir; y él preguntó con angustia:

—¿Ha vuelto la señora?

La criada se encogió de hombros:

—Pero ¿desde cuándo ha visto el señor volver a la señora a las seis y media?

Él respondió con tono molesto:

—Está bien, mejor, pues así me dará tiempo de cambiarme, ya que estoy muy acalorado.

La sirvienta lo miraba con irritada y despectiva compasión. Gruñó:

—Ya veo, está sudando a mares; el señor ha corrido, quizá ha cogido al niño en brazos, y todo ello para esperar a la señora hasta las siete y media. Soy yo la que ya no se preocupa de tenerlo todo listo para la hora. Preparo la cena para las ocho, y si hay que esperar, ¡peor para ustedes, ya que el asado no debe estar quemado!

El señor Parent fingía no oír; murmuró:

—Está bien, está bien. Hay que lavarle las manos a Georges, que ha estado haciendo masilla con la arena. Yo voy a cambiarme. Dígale a la doncella que asee bien al niño.

Y se fue a su aposento. Apenas hubo entrado, echó el pestillo para estar solo, solo del todo, absolutamente solo. Estaba, ahora, tan acostumbrado a verse traído a mal traer y tratado duramente que no se consideraba seguro si no era con la protección de la cerradura. Ya no se atrevía siquiera a pensar, a reflexionar, a razonar consigo mismo, si no se sentía protegido por una vuelta de llave contra las miradas y las suposiciones. Tras dejarse caer en una silla, para descansar un poco antes de cambiarse, pensó que Julie estaba volviéndose otro peligro en casa. Saltaba a la vista que odiaba a su mujer; y sobre todo odiaba a Paul Limousin, quien, tras haber sido el compañero inseparable en su vida de soltero, se había convertido, cosa rara, en el amigo íntimo de la familia. Limousin hacía de amortiguador entre Henriette y él y la defendía, incluso viva y severamente, de los reproches inmerecidos, de las escenas tormentosas, de todas las miserias diarias de su vida.

Pero he aquí que, pronto haría seis meses, Julie se permitía continuas observaciones y críticas malévolas sobre su ama. La juzgaba sin cesar y repetía veinte veces al día: «Yo que usted no me dejaría manejar como un títere. Pero en fin, en fin…, allá cada uno con su carácter».

Un día se había mostrado incluso insolente con Henriette, que se había limitado a decirle, por la noche, a su marido: «¿Sabes? A la próxima insolencia, la echo». Sin embargo, ella, que parecía no arredrarse ante nada, temía a la vieja criada, lo cual Parent atribuía a la consideración que le tenía por haberle criado a él y haber cerrado los ojos a su madre.

Pero ahora ya no era así, las cosas no podían seguir de aquel modo por más tiempo; y él temblaba sólo de pensar lo que podía suceder. ¿Qué haría? Despedir a Julie se le antojaba una decisión tan temible que ni siquiera se atrevía a tomarla en consideración. Darle la razón en contra de su mujer era algo también impensable; y estaba convencido de que antes de un mes la situación se volvería insostenible entre las dos mujeres.

Permanecía sentado, con los brazos colgándole, pensando vagamente en cómo conciliarlo todo y sin ocurrírsele nada. Entonces murmuró:

—Afortunadamente, tengo a Georges… Sin él, sería muy desgraciado.

Luego se le ocurrió ir a consultar a Limousin; se decidió a hacerlo; pero enseguida el recuerdo de la enemistad surgida entre su criada y su amigo le hizo temer que éste le aconsejara su despido; y nuevamente se perdió en sus angustias e incertidumbres.

El reloj dio las siete. Tuvo un sobresalto. ¡Las siete, y todavía no se había cambiado de ropa! Entonces, espantado, sofocado, se desvistió, se lavó, se puso una camisa blanca y volvió a vestirse precipitadamente, como si le esperasen en el cuarto de al lado para un acontecimiento de suma importancia.

A continuación entró en el salón, feliz de no tener ya nada que temer.

Hojeó un poco el periódico, fue a mirar a la calle, volvió a sentarse en el canapé; pero se abrió una puerta y entró su hijo, aseado, peinado, sonriente. Parent le cogió en brazos y lo besó con pasión. Lo besó primero en el pelo, luego en los ojos, a continuación en las mejillas, en la boca y en las manos. Luego lo hizo saltar por los aires, lo lanzó hasta el techo sujetándole de las muñecas. Acto seguido se sentó, fatigado por el esfuerzo; y, tomando a Georges sobre una rodilla, le hizo hacer «el caballito».

El niño reía encantado, agitaba los brazos, lanzaba grititos de placer y también el padre reía y gritaba de contento, sacudiendo su grueso vientre, divirtiéndose más aún que el propio pequeño.

Le quería con todo su buen corazón de débil, de resignado, de martirizado. Le quería con unos impulsos locos, con unas grandes caricias arrebatadas, con todo el cariño vergonzoso que se guardaba para sí, que nunca había tenido posibilidad de expresión, de expansión, ni siquiera en los primeros tiempos de matrimonio, al haberse mostrado siempre su mujer seca y reservada.

Julie apareció en la puerta, el rostro pálido, la mirada reluciente y anunció con voz trémula de la exasperación:

—Son las siete y media, señor.

Parent lanzó una mirada inquieta y resignada al reloj y murmuró:

—En efecto, son las siete y media.

—Tengo la cena ya lista.

Presintiendo el chaparrón, se esforzó en evitarlo:

—¿No me ha dicho, a mi vuelta, que la tendría preparada para las ocho?

—¡Para las ocho! ¡Ni pensarlo, por supuesto! ¿No querrá hacer comer ahora al niño a las ocho? Y si lo dije, era una manera de hablar. Pero le aseguro que hacer comer al pequeño a las ocho le estropearía el estómago. ¡Claro que si fuera por su madre! ¡Ella no se ocupa en absoluto de su hijo! La verdad sea dicha: ¡ésta sí que es una madre de verdad! ¿No es una pena ver madres así?

Parent, temblando de la inquietud, comprendió que tenía que cortar aquella peligrosa escena.

—Julie —dijo—, no te permito que hables así de tu ama. ¿Te ha quedado claro? ¡Pues no lo olvides para el futuro!

La vieja criada, abochornada del asombro, le dio la espalda y salió dando un portazo con tal fuerza que hizo tintinear los cristales de la araña. Durante unos segundos, hubo como un ligero y vago repique de campanillas invisibles que ondeó por el aire silencioso del salón.

Georges, primero sorprendido, se puso a dar palmas del contento, e, hinchando sus carrillos, lanzó un gran «bum» con toda la fuerza de sus pulmones para imitar el ruido de la puerta.

Entonces su padre le contó unas historias; pero la preocupación le hacía perder en todo momento el hilo de su relato; y el pequeño, sin comprender ya nada, ponía unos ojos como platos del asombro.

Parent no apartaba la mirada del reloj. Le parecía ver avanzar la manecilla. Hubiera querido detener la hora, detener el tiempo hasta la vuelta de su mujer. No estaba enfadado con Henriette porque volviera con retraso, pero tenía miedo, miedo de ella y de Julie, miedo de todo cuanto podía suceder. Diez minutos de más bastarían para provocar una irreparable catástrofe, explicaciones y agresiones que no se atrevía siquiera a imaginar. Sólo de pensar en la discusión, en los gritos, en los insultos cruzando el aire como balas, en las dos mujeres cara a cara mirándose de hito en hito y lanzándose hirientes improperios, le hacía palpitar el corazón, le secaba la boca como una caminata a pleno sol, le dejaba para el arrastre, a tal punto que era incapaz siquiera de levantar al niño y de hacerle saltar sobre su rodilla.

Dieron las ocho; se volvió a abrir la puerta y reapareció Julie. No tenía ya su aire irritado, sino un aire de resolución malvada y fría, más temible aún.

—¡Señor —dijo—, serví a su madre hasta el último día, le he cuidado también a usted desde su cuna hasta el día de hoy! Creo que se puede decir que me he consagrado a la familia…

Ella esperó una respuesta.

Parent balbució:

—Es cierto, mi querida Julie.

Ella prosiguió:

—Sabe perfectamente que no he hecho nunca nada por interés material, sino siempre en interés de usted; que nunca le he engañado ni mentido; que nunca ha tenido nada que reprocharme…

—Es cierto, mi querida Julie.

—Pues bien, señor, las cosas no pueden seguir así. Es por afecto hacia usted por lo que le he tenido a oscuras. Pero las cosas se pasan ya de castaño oscuro, y todos se burlan de usted en el barrio. Haga lo que le parezca, pero todos lo saben y es preciso que yo se lo diga, aunque ello no vaya a beneficiarme en nada. Si la señora hace estos horarios de puro capricho es porque hace cosas horribles.

Él permanecía espantado, sin comprender. No pudo más que balbucear:

—Cállate… Sabes que te he prohibido…

Ella le cortó la palabra con una decisión irrevocable.

—No, señor, he de contárselo todo ahora. Hace tiempo que la señora le traiciona con el señor Limousin. Yo les he visto más de veinte veces besarse detrás de las puertas. ¡Oh, si el señor Limousin hubiera sido rico, la señora no se habría casado sin duda con usted! Si recuerda cómo se concertó la boda, lo comprenderá todo de pe a pa…

Parent se había levantado, lívido, balbuceando:

—Cállate…, cállate… o…

Ella continuó:

—No, se lo contaré todo. La señora se casó con el señor por interés; y le engañó desde el primer día. Existía un acuerdo entre ellos, ¡ya lo creo que existía! Basta con pensar un poco para darse cuenta. Así pues, no contenta la señora con haberse casado con usted sin quererle, le ha puesto las cosas difíciles, tan difíciles que me ha destrozado el corazón a mí que lo veía…

Él dio dos pasos, con los puños apretados, repitiendo: «¡Cállate…, cállate!» porque no sabía qué replicar.

La vieja criada no se echó atrás; parecía decidida a todo.

Pero Georges, primero estupefacto, luego espantado por aquellas voces amenazadoras, se puso a chillar. De pie detrás de su padre, con el rostro contraído y la boca abierta, berreaba.

El clamor de su hijo exasperó a Parent, le llenó de valor y de furor. Se abalanzó sobre Julie, con los dos brazos levantados, dispuesto a golpearle con las manos, y gritando:

—¡Ah, miserable! ¡Espantas al pequeño!

Estaba a punto de pegarle cuando ella le soltó a la cara:

—Puede pegarme el señor si le place. A mí que le he criado… ¡Lo que no quita que su mujer le traicione y que ese niño no sea de usted!…

Él se detuvo de golpe, dejando caer los brazos; y permanecía delante de ella tan desconcertado que no comprendía ya nada.

Ella añadió:

—¡Basta con ver al pequeño para reconocer al padre, naturalmente! Es el vivo retrato del señor Limousin. Sólo hay que ver sus ojos y su frente. Se daría cuenta hasta un ciego…

Pero él la había cogido por los hombros zarandeándola con todas sus fuerzas y balbuceando:

—¡Víbora…, más que víbora! ¡Fuera de aquí, víbora!… ¡Vete o te mato!… ¡Vete! ¡Vete!…

Y con un esfuerzo desesperado le dio un empellón que la lanzó hacia la estancia contigua. Ella fue a parar sobre la mesa puesta, haciendo caer los vasos, que se rompieron. Luego, tras levantarse y correr hacia el otro lado de la mesa para que el amo que la perseguía no la cogiera, siguió espetándole a la cara palabras terribles:

—¡Sólo tiene el señor que salir…, esta noche…, después de cenar… y volver luego enseguida…., y lo verá!…, ¡verá si miento!… Pruebe el señor… y ya verá.

Ella había alcanzado la puerta de la cocina y escapó. Él corrió detrás de ella, subió la escalera de servicio hasta el cuarto de la criada, donde ésta se había encerrado, y llamó a la puerta:

—Vas a dejar la casa ahora mismo.

Ella respondió a través de la hoja:

—Puede el señor contar con ello. Dentro de una hora no estaré ya aquí.

Entonces él volvió a bajar lentamente agarrándose al pasamano para no caerse; y regresó al salón, donde Georges lloraba, sentado en el suelo.

Parent se derrumbó sobre una silla y miró al niño como un lelo. No comprendía ya nada; no sabía ya nada; se sentía aturdido, anonadado, loco, como si acabara de darse un golpe en la cabeza; apenas si recordaba las cosas horribles que le había dicho su criada. Luego, poco a poco, su razón, como un agua turbia, se calmó y se aclaró; y la horrible revelación comenzó a atormentar su corazón.

Julie había hablado tan claro, con tal vehemencia, seguridad y sinceridad que ya no dudó de su buena fe, pero él se obstinaba en poner en duda su clarividencia. Podía haberse equivocado, cegada por su abnegación hacia él, movida por un odio inconsciente contra Henriette. Pero, a medida que trataba de tranquilizarse y de convencerse, mil pequeños hechos se despertaban en su recuerdo, palabras de su mujer, miradas de Limousin, un montón de nimiedades inobservadas, casi imperceptibles, de salidas a hora tardía, de ausencias simultáneas e incluso de gestos casi insignificantes pero extraños, que no había sabido ver ni comprender y que ahora adquirían para él suma importancia, establecían una relación entre ellos. Todo cuanto había pasado desde su noviazgo surgía bruscamente en su memoria sobreexcitada por la angustia. Lo recordaba todo, inflexiones especiales, actitudes sospechosas; y su pobre espíritu de hombre tranquilo y bueno, corroído por las dudas, le mostraba ahora, como certezas, lo que habrían podido ser aún nada más que sospechas.

Buceaba con una obstinación encarnizada en sus cinco años de matrimonio, tratando de recordarlo todo, mes por mes, día por día; y cada cosa inquietante que descubría le punzaba en el corazón como un aguijón de avispa.

Ya no pensaba en Georges, que ahora se estaba callado, sentado en la alfombra. Pero, al ver que no se ocupaba de él, el crío rompió de nuevo a llorar.

Su padre se le acercó, lo cogió en sus brazos y le cubrió la cabeza de besos. ¡Al menos le quedaba su hijo! ¿Qué importaba todo lo demás? Le sostenía, le estrechaba, con la boca en su pelo rubio, aliviado, consolado, balbuciendo: «Georges…, mi pequeño Georges, mi querido pequeño Georges…». Pero de repente recordó lo que le había dicho Julie… Sí, había dicho que su hijo era de Limousin… ¡Oh, eso no era posible, bajo ningún concepto! No, no podía creerlo, no podía dudarlo siquiera un segundo. ¡Ésa era una de esas odiosas infamias que germinan en las almas innobles de la servidumbre! Repetía: «Georges…, mi querido Georges». La criatura, acariciada, se había callado de nuevo.

Parent sentía el calor de su pechito penetrar en el suyo a través de las telas. Le llenaba de amor, de coraje, de alegría; ese dulce calor de niño le acariciaba, le fortificaba, le salvaba.

Entonces separó un poco de él la linda cabecita de pelo rizado para mirarla con pasión. La contemplaba ávidamente, como loco, embriagándose de verla y repitiendo en todo momento:

—¡Oh!, ¡mi pequeño…, mi pequeño Georges!…

Pensó de repente: «¡Y, sin embargo, si se pareciera a Limousin!…».

Tuvo una sensación extraña, atroz, una punzante y violenta sensación de frío en todo el cuerpo, en cada uno de sus miembros, como si de golpe sus huesos se hubieran vuelto de hielo. ¡Oh!, si se pareciera a Limousin…, y seguía mirando a Georges, que ahora reía. Le observaba con mirada perdida, turbia, huraña. Y buscaba en la frente, en la nariz, en la boca, en las mejillas, tratando de encontrar algo de la frente, de la nariz, de la boca y de las mejillas de Limousin.

Su pensamiento se extraviaba, como cuando se está a punto de enloquecer, y el rostro del niño se transformaba bajo su mirada, adquiría extraños aspectos, parecidos inverosímiles.

Julie había dicho: «Hasta un ciego se daría cuenta». ¡Había, pues, algo de patente, algo de innegable! Pero ¿el qué? ¿La frente? ¡Tal vez sí! ¡Sin embargo, Limousin tenía la frente más estrecha! Entonces, ¿la boca? ¡Pero si Limousin llevaba barba! ¿Cómo establecer una relación entre la gordita barbilla del niño y la barbilla peluda de aquel hombre?

Parent pensaba: «No consigo ver…, no consigo encontrar…, estoy demasiado agitado… ahora no sabría reconocer nada… ¡Tengo que esperar! Mañana por la mañana, al levantarme, tendré que observarlo bien».

Luego pensó: «¡Pero si se pareciera a mí estaría salvado!, ¡salvado!».

Y atravesó el salón de dos zancadas para ir a examinar en el espejo la cara de su hijo al lado de la suya.

Mantenía a Georges sentado en su brazo, a fin de que sus rostros estuvieran muy cerca, y hablaba en voz alta, tanto era su extravío… «Sí…, tenemos la misma nariz…, la misma nariz…, quizá…, no es seguro…, y la misma mirada… Pero no, él tiene los ojos azules… Entonces…, ¡oh, Dios mío!…, ¡Dios mío!…, ¡Dios mío!…, ¡me estoy volviendo loco!… ¡No quiero ver más…, me estoy volviendo loco!…»

Se fue lejos del espejo, al otro extremo del salón, se dejó caer en un sillón, depositó al pequeño en otro y rompió a llorar. Lloraba con grandes sollozos desesperados. Georges, espantado de oír gemir a su padre, comenzó enseguida a berrear.

Sonó el timbre de la entrada. Parent dio un salto, como si le hubiera atravesado una bala. Dijo:

—Ahí está… ¿qué voy a hacer?…

Y corrió a encerrarse en su habitación para tener tiempo al menos de secarse los ojos. Pero, tras unos segundos, un nuevo timbrazo le hizo estremecerse de nuevo; luego recordó que Julie se había ido sin que la doncella hubiera sido avisada de ello. Así pues, ¿nadie iría a abrir? ¿Qué hacer? Fue él.

He aquí que de repente se sentía valiente, decidido, dispuesto al disimulo y a la lucha. La espantosa impresión le había hecho madurar en unos instantes. Y además quería saber; lo quería con un furor de tímido y una tenacidad de bonachón fuera de sus casillas.

¡Sin embargo, temblaba! ¿Era de miedo? Sí… ¿Acaso tenía miedo aún de ella? ¡Quién sabe cuánta cobardía espoleada se esconde en la audacia!

Tras llegar a la puerta de puntillas, se detuvo a escuchar. El corazón le latía aceleradamente; sólo oía este ruido: unas grandes palpitaciones en el pecho y la vocecita aguda de Georges que seguía berreando en el salón.

De repente, el sonido del timbre que estalló sobre su cabeza le sacudió como si fuera una explosión; entonces acercó la mano a la cerradura, y, jadeando, desfalleciente, dio vuelta a la llave y tiró de la hoja.

Su mujer y Limousin estaban de pie delante de él en la escalera.

Ella dijo con un aire de asombro que dejaba traslucir cierta irritación:

—¿Así que ahora eres tú quien abre? ¿Dónde está, pues, Julie?

Él tenía un nudo en la garganta, la respiración fatigosa; y se esforzaba en responder, pero sin poder pronunciar una palabra.

 

Ella prosiguió:

—¿Te has vuelto mudo? He preguntado que dónde está Julie.

Entonces él balbució:

—Se… ha…, se… ha… ido…

Su mujer comenzaba a enfadarse:

—¿Cómo que se ha ido? ¿Dónde? ¿Y por qué?

Él iba recobrando poco a poco su aplomo y sentía nacer dentro de sí un odio mordaz contra esa mujer insolente que estaba de pie delante de él.

—Sí, se ha ido definitivamente… La he despedido.

—¿Que has despedido a Julie?… Pero ¿es que te has vuelto loco?

—Sí, la he despedido porque se ha puesto insolente… y ha maltratado al niño.

—¿Julie?

—Sí…, Julie.

—¿Y en qué se ha mostrado insolente?

—Sobre ti.

—¿Sobre mí?

—Sí…, porque se le había quemado la cena y tú no volvías.

—Pero ¿qué ha dicho?

—Ha dicho… cosas descorteses de ti… y que yo no debía…, no podía escuchar…

—¿Qué cosas?

—Es inútil repetirlas.

—Quiero saberlas.

—Pues ha dicho que es una gran desgracia para un hombre como yo haberse casado con una mujer como tú, impuntual, de vida desordenada, despreocupada, mala ama de casa, mala madre y mala esposa…

La joven había entrado en la antesala, seguida de Limousin, que no decía esta boca es mía ante aquella situación inesperada. Ella cerró bruscamente la puerta, tiró su abrigo sobre una silla y se fue hacia su marido balbuceando, exasperada:

—¿Dices…, dices… que yo soy…?

Él estaba muy pálido, muy sereno. Respondió:

—Yo no digo nada, querida; simplemente te repito las palabras de Julie, que tú has querido saber; y quisiera hacerte observar que yo la he puesto de patitas en la calle justamente por estas palabras.

Ella se estremecía de unas ganas locas de arrancarle la barba y las mejillas con sus uñas. Notaba la rebelión en la voz de él, en su tonillo y en la forma de hablarle, aunque ella no pudiera replicar nada; y trataba de retomar la ofensiva mediante alguna palabra directa e hiriente.

—¿Has cenado? —preguntó ella.

—No, he esperado.

Ella se encogió de hombros con impaciencia.

—Es estúpido esperar después de las siete y media. Hubieras tenido que comprender que me he visto retenida, que tenía algunos asuntos que despachar, ir de compras.

Y de repente sintió necesidad de explicarle lo que había hecho, y le contó, con breves y arrogantes palabras, que había tenido que ir a elegir unos objetos de decoración, lejos, muy lejos, a la rue de Rennes, y de vuelta se había encontrado con Limousin a las siete pasadas, en el boulevard Saint-Germain, y le había pedido que la acompañara a comer algo, porque estaba muerta de hambre y no se atrevía a entrar sola en un restaurante. He aquí que había cenado con Limousin, si se podía llamar cenar a eso, porque no habían tomado más que un caldo y medio pollo por las prisas de volver.

Parent se limitó a responder:

—Has hecho bien. No te lo reprocho.

Limousin, que hasta ese momento había permanecido en silencio, casi escondido detrás de Henriette, se adelantó y le tendió la mano murmurando:

—¿Todo bien?

Parent estrechó blandamente la mano que le tendían:

—Sí, todo bien.

Pero la joven había captado una palabra en la última frase de su marido.

—Reproches… ¿Por qué hablas de reproches?… Se diría que quieres hacerme alguno.

Él se excusó:

—No, en absoluto. Sólo quería decirte que no estaba preocupado por tu retraso y que no te acusaba de nada.

Ella reaccionó con arrogancia, buscando un pretexto de disputa.

—¿Mi retraso?… Cualquiera diría que es la una de la mañana y que me paso las noches fuera…

—No, querida. He dicho «retraso» porque no encuentro otra palabra. Tenías que volver a las seis y media y has llegado a las ocho y media. ¡Si esto no es retraso! Lo comprendo perfectamente. No…, no…, tampoco me asombro. Pero…, pero… no consigo dar con otra palabra.

—Lo dices en un tono como si hubiera dormido fuera de casa…

—Pues no…, no…

Ella comprendió que él cedería siempre y estaba a punto de entrar en la habitación cuando finalmente se dio cuenta de que Georges berreaba. Entonces preguntó con el rostro demudado:

—¿Qué le pasa al niño?

—Te he dicho que Julie le había maltratado un poco.

—¿Qué ha hecho esa asquerosa?

—Casi nada…, le ha dado un empujón y se ha caído.

Ella quiso ir a verle y se fue corriendo al comedor, deteniéndose de golpe delante de la mesa con el vino derramado, las botellas y los vasos rotos, los saleros volcados.

—¿Qué es todo este desastre?

—Ha sido Julie que…

Furiosa, ella le cortó la palabra:

—¡Esto es demasiado! Julie me trata de desvergonzada, pega a mi hijo, rompe mi vajilla, pone la casa patas arriba y parece que tú encuentras todo esto de lo más normal.

—No…, puesto que la he despedido.

—¡La verdad!… ¡La has despedido!… Pero hubieras tenido que hacerla detener. ¡En estos casos, es al comisario de policía a quien se llama!

Él balbució:

—Pero… querida…, no podía…, no se justificaba… La verdad, era muy difícil…

Ella se encogió de hombros con un infinito desprecio.

—Siempre serás un pendejo, un pobre hombre, un desgraciado carente de voluntad, firmeza y energía. ¡Ah, debe de haberte dicho cosas duras, tu Julie, para que decidieras echarla! Me hubiera gustado estar aquí aunque sólo fuera un minuto, un minuto nada más.

Después de haber abierto la puerta del salón, corrió hacia Georges, le levantó, le estrechó en sus brazos:

—Georget, ¿qué te pasa, gatito mío, tesoro mío, mi amor?

Acariciado por su madre, se calló. Ella repitió:

—¿Qué te pasa?

Él respondió, sin haber visto bien con sus ojos de niño asustado:

—Zulie ha pegado a papá.

Primero asombrada, Henriette se volvió hacia su marido. Pero luego se despertaron unas ganas locas de reír en su mirada, cruzaron como un temblor por sus tersas mejillas, alzaron su labio superior, encogieron las aletas de su nariz y por último brotaron de su boca en un chorro cristalino de gozo, en una cascada de alegría, sonora y viva como un gorgorito pajaril. Ella repetía, con grititos malvados que salían por entre sus dientes blancos y desgarraban a Parent como si fueran mordiscos:

—¡Ja, ja, ja, ja!… Te ha… pegado… ¡Ja, ja, ja!… Tiene gracia…, tiene gracia… Ya ves, Limousin. Julie le ha pegado…, pegado… Julie ha pegado a mi marido… ¡Ja, ja, ja!…, ¡tiene gracia!…

Parent balbuceaba:

—No…, no…, eso no es cierto…, no es cierto… Al contrario, he sido yo quien la ha empujado hacia el comedor con tal fuerza que ha derribado la mesa. El niño no lo ha visto bien. ¡He sido yo quien le ha atizado!

Henriette decía a su hijo:

—Repite, cariñito. ¡Ha sido Julie quien ha pegado a papá!

Él respondió:

—Sí, ha sido Zulie.

Luego, pasando de repente a otra idea, prosiguió:

—Pero ¿no ha cenado este niño? ¿No has comido nada, querido?

—No, mamá…

Entonces ella se volvió, furibunda, hacia su marido:

—¡Estás loco, loco de atar! ¡Son las ocho y media y Georges sin cenar!

Él se excusó, azorado por la escena y la explicación, aplastado bajo ese hundimiento de su vida.

—Pero, querida, si te estábamos esperando. No quería cenar sin ti. Como todos los días vuelves con retraso, pensaba que llegarías de un momento a otro.

Ella tiró el sombrero, que llevaba puesto hasta ese momento, sobre el sillón y dijo con voz nerviosa:

—Es realmente insoportable tener que arreglárselas con personas que no entienden nada, que no se dan cuenta de nada, que no saben hacer nada por sí mismas. ¡Así, si hubiera vuelto a medianoche, el niño no habría cenado nada! ¡Como si fueras incapaz de comprender que, pasadas las siete y media, existía algún impedimento, un retraso o algún contratiempo!…

Parent temblaba, sintiendo que le dominaba la ira; pero Limousin se interpuso y, volviéndose hacia la joven, dijo:

—Es usted muy injusta, mi querida amiga. Parent no podía adivinar que volvería usted tan tarde, lo que no sucede nunca; y además, ¿cómo quiere que se las apañara completamente solo, tras haber despedido a Julie?

Pero Henriette, fuera de sí, respondió:

—Pues tendrá que apañárselas como pueda, porque yo no pienso ayudarle. ¡Que espabile!

Y entró precipitadamente en su habitación, habiéndose olvidado ya de que su hijo no había cenado.

Entonces Limousin se desvivió, de repente, por ayudar a su amigo. Recogió y se llevó los vasos rotos que cubrían la mesa, volvió a poner los cubiertos y sentó al niño en su trona de largas patas, mientras Parent fue a buscar a la doncella para que les sirviera.

Ésta llegó con cara de pasmo, pues no había oído nada desde el cuarto de Georges, donde estaba trabajando.

Trajo la sopa, la pierna de cordero quemada y luego puré de patata.

Parent se había sentado al lado de su hijo, lleno de zozobra, trastornada la mente por aquella catástrofe. Hacía comer al pequeño, trataba de comer también él, trinchaba la carne, la masticaba y la engullía no sin esfuerzo, como si su garganta hubiera estado paralizada.

Entonces, se fue despertando poco a poco en su alma un deseo loco de mirar a Limousin, que estaba sentado enfrente de él y hacía bolitas con migas de pan. Quería ver si se parecía a Georges. Pero no se atrevía a levantar los ojos. Hasta que finalmente se decidió, echando una rápida mirada a aquel rostro que conocía bien, tratando de reconocer las menores líneas, los menores rasgos, las menores expresiones; y luego miraba a continuación a su hijo fingiendo hacerle comer.

Dos palabras resonaban en sus oídos: «¡Su padre! ¡Su padre! ¡Su padre!». Zumbaban en sus sienes con cada latido de su corazón. Sí, ese hombre, ese hombre tranquilo, sentado al otro lado de la mesa, era quizá el padre de su hijo, de Georges, de su pequeño Georges. Parent dejó de comer, no podía más. Un dolor atroz, uno de esos dolores que hacen gritar, tirarse por los suelos, morder las esquinas de los muebles, le desgarraba las entrañas. Ganas le dieron de coger su cuchillo y hundírselo en el estómago. Eso le hubiera aliviado, le hubiera salvado; se habría acabado todo.

Pues ¿podría seguir viviendo a partir de ahora? ¿Podría vivir, levantarse por la mañana, comer en la mesa, salir a la calle, irse a la cama por la noche y dormir con ese pensamiento clavado en su cabeza: «¡Limousin, el padre de Georges!…»? ¡No, no iba a tener ya fuerzas para dar un paso, para vestirse, para pensar en nada, para hablar con nadie! Cada día, a cada hora, a cada segundo, se preguntaría eso, trataría de saber, de adivinar, de sorprender ese horrible secreto. Y al pequeño, a su querido pequeño, no podría ya verle sin sufrir el tremendo dolor de la duda, sin sentirse desgarrado hasta las entrañas, torturado hasta la médula. Y tenía que seguir allí, quedarse en aquella casa al lado de aquel niño al que amaría y odiaría. Sí, acabaría seguramente por odiarle. ¡Qué suplicio! Si conseguía tener la certeza de que Limousin era el padre, quizá podría aplacarse, adormecerse en su desgracia, en su dolor… ¡Pero no saber era algo insoportable!

No saber, buscar siempre, sufrir siempre y abrazar continuamente a aquel niño, hijo de otro, llevarle de paseo, cogerle en brazos, sentir en los labios la caricia de su pelo tan fino, adorarle y pensar sin cesar: «Tal vez no es hijo mío…». ¿No sería mejor no verle más, abandonarle, dejar que se perdiera en la calle, o bien huir él, tan lejos que no oyera ya hablar de nada de todo ello?

Se sobresaltó al oír abrirse la puerta. Era su mujer.

—Tengo hambre —dijo—, ¿y usted, Limousin?

Limousin respondió, dudando:

—Para ser sinceros, también yo.

Y ella mandó traer la pierna de cordero.

Parent se preguntaba: «¿Han cenado? ¿O bien se han retrasado por una cita de amor?».

Ahora comían los dos con gran apetito. Henriette, tranquila, reía y bromeaba. Su marido también la espiaba a ella con miradas rápidas, que desviaba enseguida. Llevaba una bata rosa guarnecida de encajes blancos; y su cabeza rubia, su cuello lozano, sus manos regordetas surgían de aquella bonita indumentaria coquetona y perfumada, como de una concha orlada de espuma. ¿Qué había hecho durante todo el día con ese hombre? ¡Parent los veía abrazados, balbuciendo palabras apasionadas! ¿Cómo era posible que no se hubiera enterado de nada, que no hubiera intuido nada viéndoles así el uno al lado de la otra, enfrente suyo?

¡Cómo debían de burlarse de él, si había sido engañado desde el primer día! ¿Era posible mofarse así de un hombre, de un buen hombre, porque su padre le había dejado un poco de dinero? ¿Por qué no se podía leer todo esto en el alma? ¿Cómo era posible que nada revelara a los corazones rectos los fraudes de los corazones infames, que la voz fuera la misma para mentir que para adorar, y la mirada astuta que engaña semejante a la mirada sincera?

Los observaba, esperando un gesto, una palabra, una inflexión. De repente pensó: «Quiero sorprenderles esta noche». Y dijo:

—Querida, ya que he despedido a Julie, he de pensar en sustituirla enseguida. Salgo ahora mismo para conseguir una criada para mañana por la mañana. Regresaré quizá un poco tarde.

Ella respondió:

—Ve, no me moveré de aquí. Limousin me hará compañía. Te esperaremos.

Luego, volviéndose hacia la doncella, añadió:

—Vaya a acostar a Georges, luego recoja la mesa y suba a su habitación.

Parent se había levantado. Se tambaleaba sobre sus piernas, aturdido, tropezando. Murmuró: «Hasta ahora» y se dirigió hacia la salida apoyándose en la pared, pues el parqué se movía como una barca.

Georges se había ido en brazos de su nodriza. Henriette y Limousin pasaron al salón. En cuanto se cerró la puerta, él dijo:

—Pero ¿es que te has vuelto loca acosando así a tu marido?

Ella replicó:

—¡Ah!, ¿sabes?, comienza a molestarme esta actitud tuya de un tiempo a esta parte de presentar a Parent como un mártir.

Limousin se dejó caer en un sillón y, cruzando las piernas, dijo:

—Yo no lo presento en absoluto como un mártir, pero me parece que es ridículo, en nuestra situación, desafiar a ese hombre de la mañana a la noche.

Ella cogió un cigarrillo de la repisa de la chimenea, lo encendió y respondió:

—Pero si no lo desafío, muy al contrario; sólo que me irrita por su estupidez… y lo trato como se merece.

Limousin prosiguió con voz impaciente:

—¡Es de tontos lo que haces! Por lo demás, todas las mujeres sois iguales. Pero ¡cómo! Tenemos que vérnoslas con un buen hombre, demasiado bueno, idiotizado por la confianza y por la bondad, que no nos crea molestia alguna, que no sospecha de nosotros ni por un momento, que nos deja tan libres y tranquilos como queramos, y tú haces todo lo posible para hacerle rabiar y arruinarle la vida.

Ella se volvió hacia él:

—Escucha, ¡me resultas cargante! ¡Eres un cobarde, como todos los hombres! ¡Le temes a ese cretino!

Él se levantó rápidamente y, furioso, dijo:

—¡Ah!, ya me gustaría saber a mí qué te ha hecho para que estés tan resentida con él. ¿Acaso te hace desgraciada? ¿Te pega? ¿Te engaña? No, tiene delito hacer sufrir a ese hombre sólo porque es demasiado bueno, y detestarle sólo porque tú le engañas.

Ella se acercó a Limousin y, mirándole fijamente, dijo:

—¿Eres tú, precisamente tú, quien me reprocha que le engaño? ¡Qué corazón más malvado tienes!

Él se defendió, un tanto avergonzado:

—Yo no te reprocho nada, querida, sólo te pido que trates un poco mejor a tu marido, porque los dos tenemos necesidad de su confianza. Me parece que deberías entenderlo.

Estaban muy cerca el uno del otro, él alto, moreno, con unas largas patillas, el aspecto vulgarote de un buen mozo satisfecho de sí mismo; ella graciosa, sonrosada y rubia, una joven parisina medio mujer galante, medio burguesa, nacida en una trastienda, educada en la puerta de un comercio para captar clientes con una mirada, y casada, precisamente gracias a estas miradas, con el ingenuo viandante que se había enamorado de ella por verla todos los días, al salir por la mañana y al volver por la tarde, delante de dicha puerta.

Y ella decía:

—Pero ¿es que no comprendes, so bobo, que precisamente le detesto porque me he casado con él, porque me compró, porque todo cuanto dice, todo cuanto hace, todo cuanto piensa me ataca los nervios? Me irrita continuamente por su estupidez que tú llamas bondad, por su zopenquería que tú llamas confianza, y luego, sobre todo, porque es mi marido, él, y no tú? Le noto entre nosotros dos, aunque no nos moleste en absoluto. ¿Y qué más?…, ¿qué más quieres? ¡No, es demasiado idiota por no sospechar nada después de tanto tiempo! Quisiera que estuviera un poco celoso al menos. Hay momentos en que me dan ganas de gritarle: «Pero ¿es que no ves nada, gran idiota, no comprendes que Paul es mi amante?».

Limousin se echó a reír:

—Mientras tanto, harás bien en morderte la lengua y no perturbar nuestra existencia.

—¡Oh!, no temas, no la perturbaré. Con ese imbécil no hay nada que temer. No, pero es increíble que no comprendas lo odioso que me resulta, lo nerviosa que me pone. Tú siempre has dado la impresión de apreciarle, de darle la mano con franqueza. Los hombres son sorprendentes a veces.

—Hay que saber disimular, querida.

—No se trata de disimulo, querido, sino de sentimientos. Cuando vosotros engañáis a un hombre, se diría que lo queréis por eso más, mientras que nosotras lo odiamos desde el mismo momento en que le hemos engañado.

—No veo por qué hay que odiar a un buen hombre al que se le quita la mujer.

—¿Es que no lo ves?… ¿Es que no lo ves?… ¡Es una delicadeza que a todos vosotros os falta! ¿Cómo puedo explicártelo? Hay cosas que se sienten y no pueden expresarse con palabras. Y, según tú, ¿no se debe hacer?… ¡No, no conseguirás comprenderlo nunca, es inútil! Los hombres carecéis de sutileza.

Y sonriendo, con un afectuoso desprecio de lagarta, puso las manos sobre los hombros de él al tiempo que le ofrecía los labios. Él inclinó la cabeza hacia ella abrazándola, y sus labios se encontraron. Y como estaban de pie delante del espejo de la chimenea, otra pareja idéntica a ellos se besaba detrás del reloj.

No habían oído nada, ni el ruido de la llave, ni el chirrido de la puerta. Pero de pronto Henriette, soltando un agudo grito, rechazó con los brazos a Limousin, y vieron a Parent que les estaba mirando, lívido, con los puños apretados, enseñando los dientes y el sombrero puesto.

Y les miraba, a uno y a otra, con un movimiento rápido de los ojos, sin mover la cabeza. Parecía enloquecido. Luego, sin decir palabra, se abalanzó sobre Limousin, lo ciñó con los brazos como para ahogarlo, lo empujó hacia un rincón del salón con un empellón tan fuerte que el otro perdió el equilibrio y, agitando en el aire las manos, fue a dar violentamente con su cabeza contra la pared.

Pero Henriette, al comprender que su marido iba a matar a su amante, se arrojó sobre Parent, lo cogió del cuello y, hundiendo en su carne sus diez dedos finos y sonrosados, lo apretó tan fuerte, con sus nervios de mujer trastornada, que brotó la sangre bajo sus uñas. Y le mordía un hombro como si quisiera desgarrarlo con sus dientes. Parent, estrangulado, sofocado, soltó a Limousin, para sacudir a su mujer que le había agarrado del cuello a él; y, tras haberla cogido de la cintura, la estampó, de un solo empellón, contra el otro lado del salón.

Luego, una vez disipada la breve cólera propia de los bonachones, esa violencia sin reciedumbre de los débiles, se quedó en medio de los dos, jadeando, agotado, sin saber ya lo que debía hacer. Su furor brutal se había agotado en ese esfuerzo, como la espuma de un vino descorchado; y su insólita energía terminaba en un jadeo.

Tan pronto como pudo hablar, balbució:

—¡Fuera de aquí…, los dos…, inmediatamente…, fuera de aquí!

Limousin permanecía inmóvil en su rincón, pegado a la pared, demasiado despavorido para comprender nada aún, demasiado asustado para mover un solo dedo. Henriette, con las manos apoyadas en el velador, la cabeza inclinada hacia delante, despeinada, el corpiño abierto, el pecho desnudo, esperaba, semejante a una bestia que se dispone a saltar.

Parent prosiguió con voz más fuerte:

—¡Fuera de aquí inmediatamente!… ¡Fuera de aquí!

Al ver aplacada su exasperación del primer momento, su mujer se envalentonó, se irguió, dio dos pasos hacia él y, casi con insolencia, dijo:

—¿Es que has perdido la cabeza?… ¿Se puede saber qué te ha dado?… ¿A qué viene esta vergonzosa agresión?

Él se volvió hacia ella, alzó el puño para matarla y, balbuceando, dijo:

—¡Oh!…, ¡oh!…, ¡es demasiado!…, ¡es demasiado!…, ¡lo he… lo he… oído todo!…, ¡todo!…, ¡todo!…, ¿comprendes?…, ¡todo!…, ¡miserable!…, ¡miserable!…, ¡Sois dos miserables!… ¡Fuera de aquí!…, ¡los dos!…, ¡inmediatamente!… ¡Os mataré!… ¡Fuera de aquí!…

Ella comprendió que no había nada que hacer, que él lo sabía, que no iba a poder alegar inocencia y que era preciso ceder. Pero le había vuelto toda su impudicia y todo su odio contra aquel hombre, incontenible ahora, la empujaba a la audacia, despertaba en ella una necesidad de desafío, una necesidad de provocación.

Dijo con voz clara:

—Vamos, Limousin. Ya que nos echa, me voy a su casa.

Pero Limousin no se movía. Parent, a quien dominaba de nuevo la ira, se puso a gritar:

—¡Fuera de aquí, pues!…, ¡fuera de aquí!…, ¡miserables!… ¡De lo contrario!…, ¡de lo contrario!…

Cogió una silla, que hizo voltear sobre su cabeza.

Entonces Henriette cruzó el salón con paso rápido, cogió a su amante del brazo, le arrancó de la pared donde parecía empotrado y se lo llevó hacia la puerta, repitiendo:

—Vamos, amigo mío, vamos… Ya ve que este hombre está loco… ¡Vamos!…

En el momento en que iban a salir, ella se volvió hacia su marido, pensando en lo que podía hacer, en lo que podía inventar para herirle en lo más vivo al abandonar esa casa. Y se le ocurrió una idea, una de esas ideas venenosas, mortales, en las que fermenta toda la perfidia de las mujeres.

Ella dijo, decidida:

—Quiero llevarme a mi hijo.

Parent, asombrado, balbució:

—¿Tu…, tu… hijo? ¿Tienes el valor de hablar de tu hijo?… ¿Te atreves…, te atreves a pedir a tu hijo…, después de que…, después de que…? ¡Oh, oh, oh!, ¡esto es demasiado! ¿Cómo te atreves? ¡Vete, asquerosa!… ¡Vete!…

Ella volvió hacia él, casi sonriente, sintiéndose casi vengada ya, y provocándole, muy cerca, cara a cara, le dijo:

—Quiero a mi hijo… y tú no tienes derecho a quedártelo porque no es tuyo…, ¿entiendes?, ¿entiendes bien?… No es tuyo…, es de Limousin.

Parent, trastornado, gritó:

—¡Mientes…, mientes…, miserable!

Pero ella prosiguió:

—¡Imbécil! Todo el mundo lo sabe, excepto tú. Te digo que aquí tienes a su padre. Pero si basta con mirarle para darse cuenta…

Parent retrocedía, trastabillando, delante de ella. Luego se volvió de repente, cogió una vela y se lanzó hacia la habitación contigua.

Volvió casi al instante, trayendo en sus brazos al pequeño Georges envuelto en las mantas de su cama. El niño, despertado de sobresalto, espantado, lloraba. Parent lo arrojó en las manos de su mujer, y luego, sin añadir palabra, la empujó con rudeza hacia fuera, hacia la escalera, donde Limousin esperaba por prudencia.

Luego él cerró la puerta, dio dos vueltas a la llave y echó el cerrojo. Apenas hubo regresado al salón, se desplomó de bruces sobre el parqué.

II

Parent vivió solo, completamente solo. Durante las primeras semanas subsiguientes a la separación, el asombro de su nueva vida le impidió pensar mucho. Había retomado su vida de soltero, su costumbre de callejear y comía en restaurantes, como antaño. Como quería evitar todo escándalo, pasaba a su mujer una pensión formalizada notarialmente. Pero, poco a poco, el recuerdo del niño comenzó a obsesionarle. A menudo, cuando estaba solo en casa, por la noche, se imaginaba de pronto que oía a Georges gritar «papá». Su corazón comenzaba al punto a palpitar y se levantaba rápido para abrir la puerta de la escalera y ver si, por casualidad, el pequeño había vuelto. Sí, habría podido volver como vuelven los perros y las palomas. ¿Por qué un niño había de tener menos instinto que un animal?

Tras haber reconocido su error, volvía a sentarse en su sillón, y pensaba en el pequeño. Pensaba durante horas enteras, días enteros en él. No sólo era una obsesión moral, sino también, y más aún, una obsesión física, una necesidad sensual, nerviosa de abrazarlo, de sostenerlo, de tocarlo, de tenerlo sobre sus rodillas, de alzarlo y hacerle hacer cabriolas. Se irritaba al solo recuerdo embriagador de las caricias pasadas. Sentía sus bracitos estrechando su cuello, su boquita depositando un gran beso en su barba, sus cortos cabellos cosquilleando su mejilla. Las ganas que sentía de esos dulces mimos perdidos, de la piel tersa, cálida y bonita ofrecida a sus labios, le enloquecían como el deseo de una mujer amada que ha desaparecido.

En la calle se ponía a llorar repentinamente al pensar que podría tener, caminando deprisa a su lado a pasitos cortos con sus piececitos, a su gordito Georget, como en otro tiempo, cuando le sacaba de paseo. Entonces regresaba a casa; y, con la cabeza entre las manos, sollozaba hasta la noche.

Luego, veinte, cien veces en un día se hacía esta pregunta: «¿Era o no el padre de Georges?». Pero sobre todo era por la noche cuando se entregaba a razonamientos interminables sobre esa idea. Apenas acostado, volvía a empezar, cada noche, la misma serie de argumentaciones desesperadas.

Tras la marcha de su mujer, al principio no había tenido dudas: el hijo era, ciertamente, de Limousin. Pero luego poco a poco le entraron de nuevo. Evidentemente, no podía darse ningún crédito a la afirmación de Henriette. Lo había dicho para provocarle, tratando de desesperarle. Sopesando fríamente los pros y los contras, existían muchas probabilidades de que ella hubiera mentido.

Tal vez sólo Limousin hubiera podido decirle la verdad. Pero ¿cómo saber, cómo preguntarle, cómo hacerle confesar?

Y a veces Parent se levantaba en plena noche, decidido a ir a ver a Limousin, a rogarle, a ofrecerle todo lo que quisiera para poner fin a esa terrible angustia. Luego volvía a acostarse desesperado, tras haberse dicho que también el amante mentiría sin duda. Seguro que mentiría para impedir al verdadero padre recuperar a su hijo.

Entonces, ¿qué podía hacer? ¡Nada!

Y se sentía afligido por haber forzado los acontecimientos de aquel modo, por no haber pensado y haber perdido la paciencia, por no haber sido capaz de esperar y de fingir durante uno o dos meses, para poder comprobarlo así con sus propios ojos. Hubiera tenido que disimular sus sospechas y dejar que ellos se delataran poquito a poco. Le habría bastado con ver al otro abrazar al niño para comprenderlo. Un amigo no abraza como un padre. Hubiera tenido que espiarlos desde detrás de las puertas. ¿Cómo no se le había ocurrido? Si Limousin, al quedarse a solas con Georges, no le hubiera cogido enseguida, estrechado entre sus brazos, besado con pasión, si le hubiera dejado jugar con indiferencia, sin ocuparse de él, entonces no habría cabido ninguna duda: en ese caso ni era, ni se creía, ni se sentía su padre.

De ese modo él, Parent, echando a la madre, habría conservado a su hijo y habría sido feliz, muy feliz.

Revolviéndose en la cama, sudoroso y atormentado, trataba de recordar cómo era Limousin con el niño. Pero no le venía nada a la cabeza, absolutamente nada, ni un gesto, ni una palabra, ni una caricia sospechosa. Tampoco, por lo demás, la madre se ocupaba de su hijo. De haber sido del amante, sin duda le habría querido más.

Por tanto le habían separado de su hijo por simple venganza, por crueldad, para castigarle por haberlos sorprendido.

Y estaba decidido a ir, apenas se hiciera de día, al juzgado, para que le devolvieran a Georget.

Pero, acto seguido de haber tomado esta decisión, se convencía de lo contrario. Si Limousin había sido, desde el primer día, el amante de Henriette, el amante querido, tenía que haberse entregado a él con ese arrebato, esa naturalidad, ese ardor que hacen madres a las mujeres. La fría reserva que ella siempre había mostrado en sus relaciones íntimas con él, Parent, ¿no era acaso también un obstáculo para concebir un hijo suyo?

En ese caso, reclamaría, recuperaría, se quedaría para siempre y cuidaría al hijo de otro. No podría mirarle, abrazarle, oírle decir «papá» sin sentirse corroído y desgarrado por este pensamiento: «No es hijo mío». ¡Se condenaría a ese suplicio a cada momento, a una vida desgraciada! ¡No! Era preferible quedarse solo, vivir solo, envejecer solo y morir solo.

Y cada día, cada noche se reanudaban esas atroces dudas y los tormentos que nadie podía aplacar o ahuyentar. Temía sobre todo, al caer la noche, la oscuridad, la tristeza del crepúsculo. Descendía a su corazón, con las tinieblas, una lluvia de dolor, se desataba un huracán de desesperación que le ahogaba y trastornaba. Temía sus pensamientos como si fueran malhechores, huía delante de ellos como un animal acosado. Pero sobre todo tenía miedo de su casa vacía, tan oscura y terrible, así como de las calles desiertas, donde uno brilla, a trechos, más que un mechero de gas, donde el viandante solitario que se oye a lo lejos nos parece un delincuente y hace aminorar o acelerar el paso, según si viene a nuestro encuentro o nos sigue.

Así Parent, a pesar suyo, por instinto, se dirigía hacia las grandes calles iluminadas y llenas de gente. Le atraían, le distraían, le aturdían la luz y la multitud. Luego, cuando se cansaba de dar vueltas, de vagabundear entre los remolinos de gente, cuando veía escasear los paseantes y más despejadas las aceras, el terror a la soledad y al silencio le empujaba hacia un gran café, lleno de parroquianos y de luz. Iba allí como los insectos van hacia la llama, se sentaba delante de un velador redondo y pedía una caña. Se la bebía despacio, preocupado cada vez que alguien se levantaba para irse. Hubiera querido cogerle de un brazo, retenerle, rogarle que se quedara un poco más, pues tanto era su temor al momento en que el camarero, de pie delante de él, le diría con tono furioso: «¡Venga, señor, vamos a cerrar!».

Porque era siempre el último, noche tras noche. Veía meter dentro las mesitas, apagar, uno a uno, los mecheros de gas, salvo dos, el suyo y el del mostrador. Observaba con mirada afligida a la cajera contar el dinero y guardarlo en la caja, y se iba, empujado afuera por los camareros que murmuraban: «¡Menudo zopenco! Se diría que no sabe dónde dar con sus huesos».

Y en cuanto volvía a encontrarse en la calle oscura, se ponía a pensar de nuevo en Georget y a devanarse los sesos, a torturarse la mente para descubrir si era o no el padre del niño.

Adquirió así la costumbre del café, donde el continuo codearse con los parroquianos hace que esté uno cerca de gente familiar y silenciosa, donde el humo denso de las pipas adormece las inquietudes, y la cerveza fuerte embota el espíritu y aplaca el corazón.

Se estableció allí. En cuanto se levantaba, iba a buscar en el café la proximidad de unas personas en las que ocupar su mirada y su pensamiento. Luego, por pereza de moverse, no tardó en empezar a comer también allí. Hacia mediodía golpeaba con un platito en el mármol del velador y el camarero le traía inmediatamente un plato, un vaso, una servilleta y el menú del día. Cuando terminaba de comer, se tomaba a sorbitos el café, con la mirada fija en la botella de aguardiente, que, dentro de poco, le proporcionaría una hora de aturdimiento. Primero se mojaba los labios con el coñac, como para saborearlo, tomándole gusto únicamente con la punta de la lengua. Luego se lo echaba en la boca gota a gota, inclinando la cabeza hacia atrás, se hacía pasar lentamente el fuerte licor por el paladar, por las encías, por toda la mucosa de las mejillas, mezclándolo con la saliva clara que hacía segregar ese contacto. Acto seguido, rebajado por esta mezcla, se lo tragaba con concentración, sintiéndolo descender por el gaznate hasta dentro del estómago.

Después de cada comida, se tomaba así a sorbitos, durante más de una hora, tres o cuatro copitas que le atontaban poco a poco. Entonces inclinaba la cabeza sobre su panza, cerraba los ojos y dormitaba. Se despertaba hacia media tarde y alargaba enseguida la mano hacia la caña que el mozo le había puesto delante mientras descabezaba un sueño; luego, tras haber bebido, se levantaba del asiento de terciopelo rojo, se ajustaba el pantalón, se estiraba el chaleco hacia abajo para tapar la raya blanca que se veía entre ambos, sacudía el cuello de su chaqueta, sacaba los puños de su camisa fuera de las mangas y a continuación volvía a coger los periódicos que ya había leído por la mañana.

Los volvía a empezar de la primera a la última línea, incluida la publicidad, las demandas de empleo, los anuncios, la cotización de la Bolsa y la cartelera de espectáculos.

Entre las cuatro y las seis, se iba a dar una vuelta por los bulevares, para que le diera el aire, decía; luego volvía a sentarse en el sitio que le habían reservado y pedía su ajenjo.

Entonces charlaba con los parroquianos con quienes había entablado relación. Comentaban las noticias del día, los sucesos y los acontecimientos políticos: ello lo tenía ocupado hasta la hora de la cena. La noche transcurría igual que la tarde hasta el momento del cierre. Éste era para él el momento terrible, el momento en que tenía que volver a casa de noche, a su cuarto vacío, lleno de recuerdos espantosos, de pensamientos horribles y de angustias. Ya no veía a ninguno de sus viejos amigos, a ninguno de sus parientes, a nadie que pudiera recordarle su vida pasada.

Pero como su piso se volvía un infierno para él, tomó una habitación en un gran hotel, una bonita habitación del entresuelo para poder ver a los transeúntes. Ya no estaba solo en ese vasto establecimiento público; sentía un hervidero de gente a su alrededor; oía voces detrás de los tabiques; y cuando sus antiguos sufrimientos le acosaban demasiado cruelmente delante de su cama entreabierta y de su fuego solitario, salía a los amplios pasillos y se paseaba como un centinela, a lo largo de todas las puertas cerradas, mirando con tristeza los zapatos colocados delante de cada una de ellas, los encantadores botines de mujer acurrucados al lado de unos recios botines de hombre; y pensaba que toda esa gente era, sin duda, feliz y que dormían amorosamente, uno al lado del otro o abrazados, en el calor de su cama.

Pasaron cinco años así; cinco años mortecinos, sin otros acontecimientos que unos amores de un par de horas, a dos luises, de vez en cuando.

Ahora bien, un buen día, en que estaba haciendo su paseo habitual entre la Madeleine y la rue Drouot, vio de repente a una mujer cuyo porte le llamó la atención. Un señor alto y un niño la acompañaban. Iban los tres delante de él. Se preguntaba: «¿Dónde he visto a estas personas?», y, de repente, reconoció el gesto de una mano: era su mujer, su mujer con Limousin y con su hijo, su pequeño Georges.

Aunque su corazón palpitaba hasta ahogarle, no se detuvo; quería verles; y les siguió. Se hubiera dicho un matrimonio, un matrimonio feliz de buenos burgueses. Henriette se apoyaba en el brazo de Paul, le hablaba dulcemente mientras le miraba a veces de refilón. Parent la veía entonces de perfil, reconocía la fisonomía graciosa de su rostro, los movimientos de su boca, su sonrisa y su mirada acariciante. Se sentía interesado sobre todo por el niño. ¡Qué alto y fuerte estaba! Parent no podía ver su cara, sino sólo el largo y rubio pelo rizado que le llegaba hasta el cuello. Era Georges ese muchacho alto de piernas desnudas, que iba, como un caballerete, al lado de su madre.

Al pararse delante de una tienda de modas, les vio de repente a los tres. Limousin había encanecido, estaba envejecido, había adelgazado; su mujer, por el contrario, más lozana que nunca, había engordado más bien; Georges estaba irreconocible, ¡tan distinto de otros tiempos!

Reanudaron su camino. Parent les siguió de nuevo, luego les adelantó a grandes pasos para volver atrás y mirarles a la cara de cerca. Cuando pasó junto al niño, le dieron ganas, unas ganas locas de cogerle en sus brazos y llevárselo. Le tocó, como por casualidad. El pequeño volvió la cabeza y miró a aquel torpe con cara de desagrado. Entonces Parent se fue a escape, conmocionado, perseguido, herido por esa mirada. Salió huyendo como un ladrón, dominado por el miedo horrible a haber sido visto y reconocido por su mujer y su amante. Se fue a todo correr hacia la cervecería, y se dejó caer, jadeante, en su asiento.

Esa tarde se tomó tres ajenjos.

Durante cuatro meses, guardó en su corazón la herida de ese encuentro. Todas las noches volvía a verles a los tres, felices y tranquilos, padre, madre e hijo, paseándose por el bulevar antes de volver a casa para cenar. Esa nueva visión borraba la antigua. Era otra cosa, otra alucinación ahora, y también otro dolor. ¡El pequeño Georges, su pequeño Georges, aquel al que tanto había querido y besado en otro tiempo, desaparecía en un pasado remoto y concluido, y él veía uno nuevo, como un hermano del primero, ¡un muchachito de pantorrillas desnudas, que no le conocía! Sufría espantosamente ante esta idea. El amor del pequeño estaba muerto; no existía ya ningún lazo entre ellos; el niño nunca ya le tendería los brazos al verle. Incluso le había lanzado una mirada malvada.

Luego, poco a poco, su espíritu se serenó de nuevo; sus tormentos mentales se apaciguaron; la imagen que aparecía ante sus ojos y obsesionaba sus noches se tornó imprecisa, más rara. Se puso a vivir de nuevo más o menos como todo el mundo, como todos los ociosos que se toman cañas en mesas de mármol y gastan el fondo de sus pantalones contra el terciopelo raído de los asientos.

Envejeció en medio del humo de las pipas, perdió el pelo bajo la llama de las luces de gas, consideró como auténticos acontecimientos el baño semanal, el corte del pelo quincenal, la compra de una prenda nueva o de un sombrero. Cuando llegaba a la cervecería tocado con un nuevo cubrecabeza, se contemplaba largo rato en el espejo antes de sentarse, se lo ponía y se lo quitaba varias veces seguidas, se lo colocaba de diferentes maneras y le preguntaba finalmente a su amiga, la señora del mostrador, que le miraba con interés: «¿Le parece que me sienta bien?».

Iba al teatro dos o tres veces por año; y, en verano, pasaba algunas de sus veladas en un café concierto de los Campos Elíseos. Se traía de él melodías que resonaban durante varias semanas en su memoria y que incluso tarareaba, llevando el ritmo con el pie, sentado delante de su caña.

Los años pasaban lentos, monótonos y cortos porque estaban vacíos.

No sentía que pasaran para él. Se encaminaba hacia la muerte sin moverse, sin agitarse, sentado enfrente de un velador de cervecería; y sólo el gran espejo en el que apoyaba su cabeza cada día más calva reflejaba los estragos del tiempo que pasa y huye devorando a los hombres, a los pobres hombres.

Ya no pensaba sino raramente en el horrendo drama que había arruinado su vida, pues habían pasado veinte años desde la espantosa velada.

Pero la vida que había llevado desde entonces lo había estropeado, debilitado, agotado; y con frecuencia el dueño de la cervecería, el sexto desde que él era cliente, le decía: «Debería usted moverse un poco, señor Parent, debería tomar el aire, salir al campo. Le aseguro que al cabo de unos meses se sentiría como nuevo».

Y cuando su cliente acababa de salir, el dueño comunicaba sus reflexiones a la cajera:

—El pobre señor Parent no hace bien no saliendo nunca de París. Convénzale de que vaya a las afueras a tomarse un buen plato de pescado frito de vez en cuando, pues con usted tiene confianza. Tenemos encima el verano, eso le restablecerá.

La cajera, llena de compasión y de simpatía por aquel obstinado cliente, no hacía sino repetirle a Parent:

—¡Vamos, señor, decídase a ir a tomar el aire! ¡Es tan bonito el campo cuando hace buen tiempo! ¡Oh, si yo pudiera, me pasaría la vida en él!

Y le contaba sus sueños, los sueños poéticos y sencillos de todas las pobres muchachas encerradas desde principios hasta finales de año detrás de los cristales de una tienda, viendo pasar la vida artificial y ruidosa de la calle, pensando en la vida tranquila y agradable del campo, en la vida bajo los árboles, bajo el sol radiante que inunda con su luz los pastos, los grandes bosques, los ríos de aguas cristalinas, las vacas echadas en la hierba y toda la diversidad de flores, todas las flores libres, azules, rojas, amarillas, violetas, lilas, rosas, blancas, tan hermosas, tan tiernas, tan fragantes, todas las flores de la naturaleza que se cogen mientras se pasea y con las que se hacen grandes ramos.

Disfrutaba hablando sin cesar de su deseo eterno, irrealizado e irrealizable; y él, pobre viejo sin esperanzas, disfrutaba escuchándola. Iba a sentarse ahora al lado del mostrador para charlar con la señorita Zoé y hablar con ella del campo. Así, poco a poco, le entraron unas ciertas ganas de ir a ver, por una vez, si se estaba realmente tan bien como decía ella fuera de la gran ciudad.

Una mañana le preguntó:

—¿Sabe usted dónde se puede comer bien en los alrededores de París?

Ella respondió:

—Vaya a la Terrasse de Saint-Germain. ¡Es tan bonita!...

Él se había paseado por allí en otro tiempo durante su noviazgo. Se decidió a volver.

Eligió un domingo, sin una razón especial, tan sólo porque es costumbre salir ese día, incluso cuando no se hace nada durante la semana.

Partió, pues, un domingo por la mañana para Saint-Germain.

Era a principios de julio, un día espléndido y caluroso. Apoyado en la puerta del compartimiento, miraba desfilar los árboles y las extrañas casitas de los alrededores de París. Se sentía triste, descontento de haber cedido a aquel deseo nuevo, que interrumpía sus costumbres. El paisaje cambiante y siempre igual le cansaba. Tenía sed; con gusto se habría bajado a cada parada para sentarse en el café entrevisto detrás de la estación, tomarse una caña o dos y volver a partir con el primer tren a París. Y el viaje le parecía largo, larguísimo. Podía permanecer sentado durante días enteros, a condición de tener siempre ante los ojos las mismas cosas inmóviles, pero le parecía enervante y fatigoso permanecer sentado mientras cambiaba de lugar, ver todo el territorio en movimiento mientras él permanecía inmóvil.

Sin embargo, el Sena le interesó cada vez que lo atravesaba. Bajo el puente de Chatou vio pasar algunas yolas empujadas por unos remeros de brazos desnudos que bogaban a todo trapo, y pensó: «¡Estos mocetones no deben, sin duda, aburrirse!».

La larga cinta del río que se desenrollaba bajo el puente de Le Pecq despertó en el fondo de su corazón un vago deseo de pasear por las orillas; pero ya el tren se introdujo en el túnel que precede a la Gare de Saint-Germain para detenerse al cabo de poco en la estación de destino.

Parent se apeó, y, pesado por el cansancio, se fue, con las manos tras la espalda, hacia la Terrasse. Luego, tras llegar a la barandilla de hierro, se detuvo para contemplar el horizonte. La llanura inmensa se extendía enfrente de él, vasta como el mar, toda verde y poblada de grandes pueblos, populosos como ciudades. Blancas carreteras atravesaban aquel vasto territorio, salpicado a trechos de bosquecillos, los embalses del Vésinet brillaban como láminas de plata, y los lejanos collados de Sannois y de Argenteuil se dibujaban bajo una bruma ligera y azulina que apenas dejaba adivinarlos. El sol bañaba con sus raudales de cálida luz el gran paisaje ligeramente velado por los vapores matutinos, por la exudación de la tierra recalentada que se alzaba en una fina niebla, y por las húmedas emanaciones del Sena, que se desanudaba como una serpiente sin fin a través de las planicies, contorneaba los pueblos y bordeaba las colinas.

Una brisa húmeda, olorosa a vegetación y a savia, acariciaba la piel, penetraba en el fondo del pecho, parecía rejuvenecer el corazón, aligerar el espíritu, vivificar la sangre.

Sorprendido, Parent la respiraba a pleno pulmón, con los ojos deslumbrados por la vastedad del paisaje; y murmuró:

—Vaya, se está bien aquí.

Luego dio unos pasos más y se detuvo otra vez a mirar. Creía descubrir cosas desconocidas y nuevas, no las cosas que veía su mirada, sino cosas que presentía su alma, acontecimientos ignorados, felicidades entrevistas, alegrías inexploradas, todo un horizonte de vida que nunca había sospechado y que se presentaba de repente ante él, enfrente de ese panorama de campiña ilimitada.

Toda la espantosa tristeza de su existencia se le reveló iluminada por la intensa claridad que inundaba la tierra. Vio sus veinticinco años de café, lúgubres, monótonos, lamentables. Habría podido viajar como otros, ir allá lejos, allá lejos, a pueblos extranjeros, a tierras poco conocidas, allende los mares, interesarse por todo cuanto apasiona a los demás hombres, como las artes, las ciencias, amar la vida bajo sus mil formas, la vida misteriosa, encantadora o hiriente, siempre cambiante, siempre inexplicable y curiosa.

Ahora era demasiado tarde. Iría de caña en caña hasta su muerte, sin familia, sin amigos, sin esperanzas, sin curiosidad por nada. ¡Le invadió un desconsuelo infinito, y unas grandes ganas de largarse, de ocultarse, de regresar a París, a su cervecería y a su aturdimiento! Todos los pensamientos, sueños y deseos dormidos en la indolencia de los corazones estancados se habían despertado, reavivados por aquel rayo de sol sobre los llanos.

Sintió que si permanecía solo por más tiempo en aquel lugar, iba a perder la cabeza, y se dirigió enseguida hacia el Pabellón Henri IV para comer, aturdirse con vino y licores y hablar al menos con alguien.

Ocupó una mesita en los sotillos desde donde se domina toda la campiña, escogió su menú y rogó que le sirvieran enseguida.

Otros paseantes llegaban, se sentaban a las mesas vecinas. Se sentía mejor; no estaba ya solo.

En un cenador, estaban comiendo tres personas. Las había mirado varias veces sin fijarse en ellas, como se mira a los indiferentes.

De repente, una voz de mujer le produjo uno de esos estremecimientos que sacuden hasta los tuétanos.

Había dicho esa voz: «Georges, tú trincha el pollo».

Y otra voz había respondido: «Sí, mamá». Parent alzó la vista; ¡e inmediatamente comprendió, adivinó quién era esa gente! Ciertamente, no les habría reconocido. Su mujer había encanecido por completo, se había vuelto muy corpulenta, una vieja señora seria y respetable; y comía adelantando la cabeza por temor a mancharse, pese a que se había cubierto el pecho con una servilleta. Georges estaba hecho un hombre. Gastaba barba, una de esas barbas desiguales y casi descoloridas que se ensortijan ligeramente en las mejillas de los adolescentes. Llevaba sombrero de copa alta, chaleco de dril blanco y monóculo, para parecer sin duda elegante. ¡Parent le miraba estupefacto! ¿Era ese Georges su hijo? No, no conocía a ese joven; no podía haber nada en común entre ellos.

Limousin estaba vuelto de espaldas y comía, los hombros algo encorvados.

Aquellas tres personas parecían felices y contentas: salían a comer al campo, a un restaurante conocido. Llevaban una vida cómoda y tranquila, una vida familiar en una bonita casa caldeada y llena de todas esas pequeñas cosas que hacen grata la vida, de toda la dulzura del amor, de todas las palabras cariñosas que se dicen de continuo cuando la gente se quiere. ¡Habían vivido así gracias a él, gracias a su dinero, tras haberle engañado, robado, arruinado! ¡Le habían condenado a él, el inocente, el ingenuo, el inofensivo, a todas las tristezas de la soledad, a la vida horrible que había llevado entre una acera y un mostrador de bar, a todos los tormentos morales y a todas las miserias físicas! Habían hecho de él un ser inútil, perdido, extraviado en el mundo, un pobre anciano sin alegría posible, sin expectativas, que no esperaba ya nada de nada ni de nadie. Para él la tierra estaba vacía, porque no amaba nada sobre la faz de la tierra. Ya podía recorrer pueblos o calles, entrar en todas las casas de París, abrir todas las habitaciones, que no encontraría, detrás de ninguna puerta, el rostro buscado, querido, un rostro de mujer o de niño, que sonriera al verle. Y sobre todo era esta idea la que le atenazaba, la idea de la puerta que se abre para encontrar y abrazar a alguien que hay detrás.

¡Y todo ello por culpa de esos tres miserables! Por culpa de esa mujer indigna, de ese amigo infame y de ese mocetón rubio que se daba tono.

¡Ahora estaba tan resentido con el niño como con los otros dos! ¿No era hijo de Limousin? ¿Acaso Limousin le habría mantenido, querido, en caso contrario? ¿Acaso Limousin no habría abandonado al poco a la madre y al niño de no saber que el hijo era suyo, totalmente suyo? ¿Acaso cría uno a los hijos de los demás?

Así pues, estaban allí, muy cerca, esos tres maleantes que tanto le habían hecho sufrir.

Parent les miraba, irritándose, exaltándose al solo recuerdo de todos sus dolores, de todas sus angustias, de todas sus desesperaciones. Lo que más le exasperaba era su aspecto apacible y satisfecho. Tenía ganas de matarles, de tirarles el sifón de agua de Seltz, de partirle la cabeza a Limousin, al que veía, a cada instante, volcarse sobre su plato para acto seguido alzarse de nuevo.

Y continuarían viviendo así, sin preocupaciones ni inquietudes de ningún tipo. No, no. ¡Eso era demasiado! Se vengaría; iba a vengarse inmediatamente, ya que les tenía al alcance de la mano. Pero ¿cómo? Buscaba, pensaba en cosas espantosas como las que pasan en los folletines, pero no se le ocurría nada práctico. Y bebía, una copa tras otra, para excitarse, para cobrar valor, para no dejar escapar una oportunidad semejante, que no volvería a tener sin duda jamás.

De pronto, tuvo una idea, una idea terrible; y dejó de beber para madurarla. Una sonrisa fruncía sus labios; murmuraba: «Ya les tengo. Ya les tengo. Van a ver. Van a ver».

Un mozo le preguntó:

—¿Desea algo más el señor?

—No, nada. Un café y un coñac, del mejor que tenga.

Y les miraba mientras bebían a sorbitos de sus copas. Había demasiada gente en el restaurante para lo que pretendía hacer; así que esperaría, les seguiría; pues sin duda irían a dar un paseo por la terraza o por el bosque. Cuando se hubieran alejado un poco, les alcanzaría, ¡y entonces se vengaría, sí, se vengaría! Por otra parte, no es que fuera demasiado pronto, después de veintitrés años de sufrimientos. ¡Ah!, no sospechaban en absoluto lo que les iba a suceder.

Estaban terminando de comer lentamente, charlando con calma. Parent no podía oír lo que decían, pero veía sus gestos reposados. Sobre todo le irritaba el rostro de su mujer. Había adquirido un aire altanero, un aire de devota carnosa, de devota inabordable, pertrechada de principios, blindada de virtud.

Luego pagaron la cuenta y se levantaron. Entonces vio a Limousin. Se hubiera dicho un diplomático retirado, de lo importante que parecía con sus bonitas patillas suaves y canas cuyas puntas le llegaban hasta la solapa de la levita.

Salieron. Georges se fumaba un cigarro y llevaba el sombrero ladeado sobre una oreja. Parent les siguió de inmediato.

Dieron primero una vuelta por la terraza y admiraron plácidamente el paisaje, como admira la gente ahíta, luego se adentraron en el bosque.

Parent se frotaba las manos, y no dejaba de seguirles, a distancia, escondiéndose para no llamar su atención demasiado pronto.

Andaban a paso lento, dándose un baño de verdor y de aire tibio. Henriette se apoyaba en el brazo de Limousin y caminaba, erguida, a su lado, como una esposa segura y orgullosa de sí misma. Georges tronchaba las hojas con su junquillo, y a veces salvaba los hoyos del camino con un salto ligero de potrillo brioso presto a perderse entre el follaje.

Poco a poco Parent se acercaba, jadeando de la emoción y de la fatiga, pues ya no caminaba nunca. No tardó en alcanzarles, pero le había dominado un miedo, un miedo confuso, inexplicable, y les adelantó, para volver hacia ellos y abordarles de frente.

Caminaba con el corazón palpitándole, sintiéndoles ahora detrás, y se repetía: «Vamos, éste es el momento: ¡audacia…, audacia!… ¡Éste es el momento!».

Se volvió. Los tres se habían sentado en la hierba, a los pies de un gran árbol; y seguían charlando.

Entonces se decidió y volvió atrás a paso ligero. Deteniéndose delante de ellos, de pie en medio del camino, balbució con voz seca, rota por la emoción:

—¡Soy yo! ¡Aquí me tenéis! No me esperabais, ¿eh?

Los tres miraron a aquel hombre que les parecía un loco.

Él continuó:

—Se diría que no me habéis reconocido. Pero ¡miradme! Soy Parent, Henri Parent. No me esperabais, ¿eh? Pensabais que todo se había terminado, ¿verdad?, terminado para siempre, que no me volveríais a ver nunca más. En cambio, no, ¡aquí me tenéis! Y ahora tendremos, por fin, una explicación.

Henriette, espantada, se cubrió el rostro con las manos, murmurando:

—¡Oh, Dios mío!

Al ver a aquel desconocido que parecía amenazar a su madre, Georges se había levantado, dispuesto a cogerle del cuello.

Aterrado, Limousin miraba con ojos de espanto a aquel aparecido, que, tras haber resoplado durante unos segundos, continuó diciendo:

—Ahora vamos a tener una explicación. ¡Ha llegado el momento! Vosotros me engañasteis, me obligasteis a una vida de galeote, ¿y creíais que no me desquitaría?

Pero el joven le cogió de los hombros, empujándole:

—¿Está usted loco? ¿Qué es lo que pretende? ¡Siga su camino o le atizo!

Parent respondió:

—¿Que qué pretendo? Pretendo hacerte saber lo que son esta gente.

Pero Georges, exasperado, le sacudía, iba a golpearle. El otro prosiguió:

—Suéltame. Soy tu padre… ¡Vamos, mira si me reconocen ahora estos miserables!

Espantado, el joven abrió las manos y se volvió hacia su madre.

Parent, liberado, avanzó hacia ella:

—¿Eh?, ¡dígale quién soy! ¡Dígale que me llamo Henri Parent, y que soy su padre, puesto que su nombre es Georges Parent, puesto que usted es mi mujer y viven los tres de mi dinero, de la pensión de diez mil francos que les paso desde que la eché de mi casa! Dígale también por qué la eché de mi casa. ¡Porque la sorprendí con este asqueroso, este infame, con su amante! Dígale lo que era yo, un buen hombre, que usted se casó conmigo por mi fortuna y me engañó desde el primer día. Dígale quién es usted y quién soy yo…

Balbucía, jadeaba, movido por la ira.

La mujer gritó con una voz desgarradora:

—¡Paul, Paul, impídeselo; que se calle, que se calle, impídele que diga eso delante de mi hijo!

Limousin se había levantado a su vez. Murmuró en voz muy baja:

—Cállese. Cállese. Dese cuenta de lo que está haciendo.

Parent prosiguió con arrebato:

—Sé perfectamente lo que hago. Pero eso no es todo. Hay una cosa que quiero saber, una cosa que me tortura desde hace veinte años.

Luego, volviéndose hacia Georges, fuera de sí, que estaba apoyado en un árbol, le dijo:

—Tú escúchame. Cuando ella se fue de mi casa, pensó que no era suficiente con haberme traicionado; quiso además desesperarme. Tú eras todo mi consuelo; pues bien, ella se te llevó jurándome que yo no era tu padre, ¡sino que tu padre era él! ¿Mintió? No lo sé. Desde hace veinte años me lo pregunto.

Él avanzó hasta muy cerca de ella, con aire trágico, terrible, y, arrancándole la mano con la que se tapaba el rostro, dijo:

—Pues bien, la conmino hoy a que me diga quien de nosotros dos es el padre de este joven: él o yo; su marido o su amante. ¡Vamos, vamos, dígalo!

Limousin se arrojó sobre él. Parent le rechazó y, riéndose sarcásticamente con furor, dijo:

—¡Ah!, qué valiente eres hoy; más valiente que el día que te largaste escalera abajo porque iba a matarte. Pues bien, si ella no responde, hazlo tú. Debes de saberlo tan bien como ella. Di, ¿eres tú el padre de este muchacho? ¡Vamos, vamos, habla!

Él se volvió hacia su mujer.

—Si no queréis decírmelo a mí, decídselo al menos a vuestro hijo. Es ya hombre. Tiene derecho a saber quién es su padre. ¡Yo no lo sé, nunca lo he sabido, nunca, nunca! Yo no puedo decírtelo, muchacho.

Estaba perdiendo la cabeza, su voz adquiría un tono agudo. Y agitaba sus brazos como un epiléptico.

—Sí…, sí… Responded… Ella no lo sabe… Apuesto a que no lo sabe… No…, ella no lo sabe…, ¡por Dios!…, ¡se acostaba con los dos!…, ¡ja, ja, ja!…!, nadie lo sabe…, nadie. ¿Acaso se saben estas cosas?… Tampoco tú lo sabrás, muchacho, no lo sabrás, igual que yo…, nunca… Vamos, pregúntale…, pregúntale…, verás como ella no lo sabe. Tampoco yo…, él tampoco…, tú tampoco…, nadie lo sabe… Puedes elegir…, sí…, puedes elegir…, él o yo… Elige… Buenas tardes…, se acabó… Si ella se decide a decírtelo, ven a hacérmelo saber al Hôtel des Continents, ¿eh?… Me gustará mucho saberlo… Buenas tardes… Que lo pasen bien…

Y se fue gesticulando, mientras seguía hablando solo, bajo los grandes árboles, en al aire vacío y fresco, oloroso a savia. No volvió la cabeza atrás para verles. Seguía adelante, empujado por el furor, dominado por la excitación, absorto en su idea fija.

De repente, se encontró delante de la estación. Salía un tren. Subió a él. Durante el trayecto, su cólera se aplacó, recobró la razón y regresó a París, estupefacto de su audacia.

Se sentía roto como si le hubieran molido los huesos. Fue, sin embargo, a tomarse una caña a su local.

Al verle entrar, la señorita Zoé, sorprendida, le preguntó:

—¿Ya de vuelta? ¿Está cansado?

Él respondió:

—Sí…, sí…, muy cansado…, cansadísimo… ¡Comprenderá usted… que cuando no se tiene la costumbre de salir! Se acabó, no volveré al campo. Hubiera hecho mejor quedándome aquí. A partir de ahora, ya no me moveré más.

Y ella no consiguió hacerle contar nada de su paseo, a pesar de las ganas que tenía.

Por primera vez en su vida acabó completamente borracho esa noche y hubo que llevarle a casa.

 

LA PEQUEÑA ROQUE*

 

I

El cartero Médéric Rompel, al que la gente del lugar llamaba familiarmente Médéri, salió a la hora habitual de la oficina de correos de Roüy-le-Tors. Tras haber atravesado la pequeña ciudad con su paso largo de veterano, atajó primero por los prados de Villaumes para ganar la orilla del Brindille, que le llevaba, siguiendo el curso del río, al pueblo de Carvelin, donde daba comienzo a su reparto.

Iba deprisa por la estrecha orilla que espumaba, murmuraba, burbujeaba y discurría por su cauce herboso, bajo una bóveda de sauces. Los pedruscos, deteniendo la corriente, tenían en torno a sí un anillo de agua, una especie de corbata terminada en un nudo de espuma. A trechos, había pequeñas cascadas de un pie de altura, a menudo invisibles, que hacían bajo las hojas, los bejucos y una techumbre de vegetación un gran ruido colérico y agradable; luego, más adelante, donde se ensanchaban las márgenes, había un remanso donde nadaban las truchas entre toda aquella verde cabellera ondeante en el fondo de los calmos arroyuelos.

Médéric seguía adelante, sin fijarse en nada y sin otro pensamiento que éste: «Mi primera carta es para los Poivron, luego tengo otra para el señor Renardet; así pues, tengo que atravesar el oquedal».

Su blusón azul ceñido a la cintura con un cinturón de cuero negro pasaba con un movimiento rápido y regular a lo largo del seto verde de sauces; y su bastón, un recio bastón de acebo, caminaba a su lado al mismo compás que sus piernas.

Así pues, cruzó el Brindille por un puente hecho con un solo árbol, tendido de una a otra orilla y que tenía como único pasamano una cuerda sujeta por dos estacas hincadas en ambas márgenes.

El oquedal, propiedad del señor Renardet, alcalde de Carvelin, y el terrateniente más importante del lugar, era una especie de bosque de árboles añosos, enormes, enhiestos cual columnas, y que se extendía por espacio de una media legua por la ribera izquierda del arroyo que señalaba el límite de esa inmensa bóveda de follaje. A lo largo del curso de agua habían crecido grandes arbustos al calor del sol; pero debajo del oquedal no había nada más que musgo, un musgo espeso, suave y mullido, que expandía en el aire estancado un ligero olor a moho y a ramas muertas.

Médéric demoró el paso, se quitó el negro quepis adornado con un galón rojo y se secó la frente, pues hacía ya calor en los prados, aunque no fueran aún las ocho de la mañana.

Acababa de cubrirse de nuevo y de recuperar su paso apresurado cuando vio, al pie de un árbol, una navaja, una navajita de niño. Al recogerla, descubrió también un dedal y luego un estuche con agujas dos pasos más lejos.

Tras haber recogido estos objetos, pensó: «Se los entregaré al señor alcalde»; y reanudó su camino; pero ahora caminaba con cien ojos, esperando en todo momento encontrar otra cosa.

De repente, se detuvo en seco, como si hubiera tropezado contra una barra de madera; pues, a unos diez pasos delante de él, yacía, tendido de espaldas, sobre el musgo, un cuerpo infantil totalmente desnudo. Era una chiquilla de unos doce años. Tenía los brazos abiertos, las piernas separadas y la cara cubierta con un pañuelo. Un poco de sangre manchaba sus muslos.

Médéric empezó a avanzar de puntillas, como si hubiera temido hacer ruido o la existencia de algún peligro; y ponía unos ojos como platos.

¿Qué era aquello? Sin duda, dormía. Luego pensó que no se duerme totalmente desnudo, a las siete y media de la mañana, en medio del fresco de los árboles. Estaba por tanto muerta; y él se encontraba en presencia de un crimen. Ante esta idea, un escalofrío recorrió su espinazo, por más que fuera un viejo soldado. Y era además algo tan raro un asesinato en aquel lugar, y por si fuera poco el asesinato de una niña, que no daba crédito a lo que veían sus ojos. Pero no mostraba herida alguna, nada más que esa sangre coagulada en una pierna. ¿Cómo la habían matado, pues?

Se había parado muy cerca de ella; y la miraba, apoyado en su bastón. Seguramente debía de conocerla, pues conocía a todos los habitantes de la comarca; pero, al no poder ver su rostro, era imposible adivinar su nombre. Se inclinó para quitar el pañuelo que le cubría la cara; pero luego se detuvo, con la mano alargada, frenado por una reflexión.

¿Tenía derecho a alterar nada del estado del cadáver antes de la intervención de la justicia? Se imaginaba a ésta como una especie de general al que nada se le escapa y que concede tanta importancia a un botón perdido como a un navajazo en el estómago. Debajo de aquel pañuelo quizá se encontraría una prueba capital; era, en definitiva, una pieza de convicción que podía dejar de ser válida si la tocaba una mano inhábil.

Entonces se incorporó para ir corriendo a casa del señor alcalde; pero le retuvo de nuevo otro pensamiento. Si por casualidad la chiquilla estaba todavía viva, no podía abandonarla en aquel estado. Se puso de rodillas, muy despacito, a cierta distancia de ella por prudencia, y alargó una mano hacia su pie. Éste estaba frío, helado, de ese frío terrible que vuelve espantosa la carne muerta y que no deja margen a la duda. A aquel contacto, el cartero sintió que se le revolvían las tripas, como dijo más tarde, y se le secó la saliva en la boca. Levantándose precipitadamente, se puso a correr por el oquedal hacia la casa del señor Renardet.

Iba a paso gimnástico, con su bastón bajo el brazo, los puños apretados, la cabeza hacia delante; y su saca de cuero, repleta de cartas y de periódicos, le golpeaba en el lomo cadenciosamente.

La casa del alcalde se hallaba en un extremo del bosque que le servía de parque y sumergía todo un ángulo de sus muros en un pequeño estanque que formaba en aquel punto el Brindille.

Era una gran construcción cuadrada de piedra gris, antiquísima, que sufriera asedios en otro tiempo, y rematada de una torre enorme, de veinte metros de altura, levantada en el agua.

Desde lo alto de esta ciudadela, se vigilaba antaño todo el territorio. Era conocida como la torre del Zorro sin que se supiera exactamente el porqué; un apelativo del que venía sin duda el nombre de Renardet1 que llevaban los terratenientes de aquel feudo que, según se decía, era propiedad de la misma familia desde hacía más de doscientos años. Pues los Renardet formaban parte de esa burguesía casi noble que proliferaba en provincias antes de la Revolución.

El cartero entró como una tromba en la cocina donde estaban desayunando los criados y exclamó:

—¿Se ha levantado el señor alcalde? Tengo que hablar con él inmediatamente.

Tenían a Médéric por un hombre serio y de autoridad, y enseguida comprendieron que había pasado algo grave.

Avisado, el señor Renardet, ordenó que le hicieran entrar. El cartero, pálido y jadeante, con el quepis en la mano, encontró al alcalde sentado tras una ancha mesa cubierta de papeles desparramados.

Era éste un hombre alto y gordo, pesado y colorado, fornido como un buey, y muy querido en el pueblo, aunque era violento en exceso. De unos cuarenta años de edad y viudo desde hacía seis meses, vivía en sus tierras como un hidalgo campesino. Su temperamento fogoso le había acarreado a menudo graves problemas de los que le sacaban siempre los magistrados de Roüy-le-Tors, que eran amigos indulgentes y discretos. Un día había tirado desde lo alto de su pescante al cochero de la diligencia porque había estado a punto de aplastar a su perro de muestra Micmac. Otro día le había molido las costillas a un guardamonte que decía pestes de él, porque pasaba, fusil al brazo, por unas tierras propiedad del vecino. Incluso había cogido del cuello al subprefecto que se había parado en el pueblo durante una visita administrativa calificada por el señor Renardet de gira electoral; pues éste, por tradición familiar, hacía de oposición al Gobierno.

El alcalde preguntó:

—¿Qué pasa, Médéric?

—He encontrado a una chiquilla muerta en su oquedal.

Renardet se enderezó con el semblante de color ladrillo:

—¿Qué dice usted? ¿Una chiquilla?

—¡Sí, señor, una chiquilla, totalmente desnuda, tendida de espaldas, ensangrentada, muerta, bien muerta!

El alcalde soltó un juramento:

—¡Maldita sea! Apuesto a que es la pequeña Roque. Acaban de venir a avisarme de que ayer por la noche no volvió a casa de su madre. ¿En qué lugar la ha encontrado?

El cartero explicó la ubicación exacta del lugar, dio detalles, se brindó a llevar hasta allí al alcalde.

Pero Renardet se mostró brusco:

—No. No le necesito. Mande venir inmediatamente al guarda rural, al secretario del Ayuntamiento y al médico, y continúe usted con su trabajo. Vamos, deprisa, deprisa, y dígales que se reúnan conmigo en el oquedal.

El cartero, un hombre habituado a las consignas, obedeció y se retiró, furioso y apenado de no poder asistir a las indagaciones.

El alcalde salió a su vez, cogió su sombrero, un gran sombrero flexible, de fieltro gris, de alas muy anchas, y se detuvo unos segundos en la puerta de su casa. Delante de él se extendía un vasto césped en el que brillaban tres grandes manchas, una roja, otra azul y la tercera blanca, tres anchas jardineras de flores abiertas, una enfrente de casa y las otras a los lados. Más lejos, se alzaban hasta el cielo los primeros árboles del oquedal, mientras que, a la izquierda, más arriba del Brindille ensanchado en estanque, se veían unas extensas praderas, toda una región verde y llana, surcada por regueras y setos de sauces semejantes a monstruos, enanos achaparrados, siempre escamondados, luciendo en lo alto de un tronco enorme y corto un plumero temblón de ramas delgadas.

A la derecha, detrás de las caballerizas y de las cocheras, de todos los edificios dependientes de la propiedad, comenzaba el pueblo, rico, poblado de criadores de ganado vacuno.

Renardet bajó lentamente los escalones de la escalinata, y, torciendo a la izquierda, se dirigió a la orilla del agua que siguió a paso lento, con las manos tras la espalda. Iba con la cabeza inclinada; y de vez en cuando miraba a su alrededor para ver si veía a las personas que había mandado llamar.

En cuanto hubo llegado a los árboles, se detuvo, se descubrió y se secó la frente tal como había hecho Médéric, pues el calor abrasador de julio caía como una lluvia de fuego sobre la tierra. Luego el alcalde reanudó su camino, se detuvo nuevamente, volvió sobre sus pasos. De repente, bajando, mojó su pañuelo en el riachuelo que se deslizaba a sus pies y se lo extendió sobre la cabeza, debajo del sombrero. Unas gotas de agua corrían por sus sienes, por las orejas siempre moradas, por su cuello ancho y colorado y penetraban, una tras otra, por debajo del cuello blanco de su camisa.

Como todavía no aparecía nadie, se puso a patalear de impaciencia y luego llamó:

—¡Eh!, ¡eh!

Una voz respondió a su derecha:

—¡Eh!, ¡eh!

Y asomó el médico bajo los árboles. Era éste un hombrecillo delgado, ex cirujano militar, con fama de profesional muy capaz en los contornos. Renqueaba, tras haber sido herido en el servicio, y se ayudaba de un bastón para andar.

Luego aparecieron el guarda rural y el secretario del Ayuntamiento, que, avisados al mismo tiempo, llegaban juntos. Tenían unos rostros de espanto y acudían resoplando, caminando y correteando alternativamente para ir más deprisa, y agitando con tal fuerza los brazos que parecían ayudarse más de éstos que de sus piernas.

Renardet le dijo al médico:

—¿Sabe de qué se trata?

—Sí, de una niña muerta encontrada en el bosque por Médéric.

—Está bien. Vamos.

Se pusieron a caminar lado a lado, y seguidos de los otros dos hombres. Sus pasos no hacían ningún ruido sobre el musgo; sus ojos buscaban delante de sí, a lo lejos.

De repente el doctor Labarbe extendió un brazo:

—¡Ahí está!

Muy lejos, bajo los árboles, se percibía una cosa clara. De no haber sabido de qué se trataba, no lo habrían adivinado. Relucía y era tan blanco que se hubiera creído una sábana caída en el suelo; pues un rayo de sol que se filtraba por entre las ramas iluminaba la carne pálida con una gran raya oblicua a través del vientre. Al acercarse, distinguían poco a poco la forma, la cabeza velada, vuelta hacia el agua y los dos brazos abiertos como para una crucifixión.

—Tengo muchísimo calor —dijo el alcalde.

Y, bajando hacia el Brindille, remojó otra vez el pañuelo que se colocó de nuevo sobre la frente.

El médico apretaba el paso, interesado por el descubrimiento. Apenas estuvo junto al cadáver, se inclinó para examinarlo, sin tocarlo. Se había calado unos quevedos como cuando se mira un objeto curioso, y daba vueltas alrededor muy lentamente.

Dijo sin enderezarse:

—Estupro y asesinato que vamos a constatar dentro de poco. Esta chiquilla es, por otra parte, casi una mujer, vea su pecho.

Los dos senos, bastante desarrollados ya, le caían a ambos lados del pecho, fláccidos debido a la muerte.

El médico retiró ligeramente el pañuelo que cubría la cara. Ésta apareció negra, espantosa, con la lengua fuera y los ojos saltones. Prosiguió:

—Por Dios, ha sido estrangulada después de haber abusado de ella.

Palpaba el cuello:

—Estrangulada con las manos sin dejar, por otra parte, ninguna huella especial, ni tampoco marca de uñas ni huellas dactilares. Muy bien. Es la pequeña Roque, en efecto.

Volvió a colocar delicadamente el pañuelo:

—Yo no puedo hacer nada; lleva muerta doce horas por lo menos. Hay que dar aviso a las autoridades judiciales.

Renardet, de pie, con las manos tras la espalda, observaba con mirada fija el cuerpecito tendido sobre la hierba. Murmuró:

—¡Qué miserable! ¡Habría que encontrar las ropas!

El médico palpaba las manos, los brazos, las piernas. Dijo:

—Sin duda acababa de tomarse un baño. Deben de estar cerca del agua.

El alcalde ordenó:

—Tú, Principe (era el secretario del Ayuntamiento), ponte a buscar las prendas a lo largo del riachuelo. Tú, Maxime (era el guarda rural), ve corriendo a Roüy-le-Tors y tráeme al juez de instrucción con los gendarmes. Tienen que estar aquí dentro de una hora. ¿Entendido?

Los dos hombres se alejaron a paso vivo; y Renardet le dijo al doctor:

—¿Qué bribón ha podido hacer algo así en este lugar?

El médico murmuró:

—¿Quién sabe? Todo el mundo es capaz de hacer una cosa así. Todos en particular y nadie en general. No importa, habrá sido algún merodeador, algún obrero desocupado. Desde que tenemos la República, no se encuentra sino cosas así por los caminos.

Los dos eran bonapartistas.

El alcalde prosiguió:

—Sí, puede haber sido un forastero, un caminante, un vagabundo sin casa ni hogar…

El médico añadió con un asomo de sonrisa:

—Y sin mujer. Cuando no se tiene una buena cena ni una buena cama, uno se las consigue por su cuenta. ¡Quién sabe cuántos hombres hay sobre la tierra capaces de cometer un crimen en determinados momentos! ¿Sabía usted que la pequeña había desaparecido?

Con la contera del bastón tocaba uno tras otro los dedos rígidos de la muerta, apretándolos como si fueran las teclas de un piano.

—Sí. Su madre vino ayer a verme, a eso de las nueve de la noche, al no haber vuelto su hija a las siete para cenar. La estuvimos llamando por los caminos hasta medianoche; pero no pensamos en el oquedal. Tenía que ser de día, por lo demás, para poder realizar una búsqueda que diera realmente resultado.

—¿Quiere un cigarro? —preguntó el médico.

—Gracias, no tengo ganas de fumar. Me revuelve el estómago ver esto.

Permanecían los dos de pie enfrente de aquel endeble cuerpo de adolescente, tan pálido, sobre el musgo oscuro. Un moscardón de vientre azul que se paseaba a lo largo de un muslo se detuvo sobre las manchas de sangre, reanudó su marcha, sin dejar de subir, recorriendo el costado con su paso vivo y sincopado, trepó sobre un pecho, luego volvió a bajar para explorar el otro costado, buscando algo con que apagar su sed en aquella muerta. Los dos hombres miraban ese punto negro errante.

El médico dijo:

—¡Qué bonita es una mosca en la piel! No les faltaba razón a las damas del siglo pasado al ponerse una en la cara. ¿Por qué se ha perdido esta costumbre?2

Parecía que el alcalde, enfrascado en sus pensamientos, no le oyera.

Pero de repente se volvió, pues le había sorprendido un ruido; una mujer tocada con un gorro y con un delantal azul acudía corriendo bajo los árboles. Era la madre, la Roque. En cuanto vio a Renardet, se puso a chillar: «Mi pequeña, ¿dónde está mi pequeña?», tan enloquecida que no miraba al suelo. De golpe la vio, se detuvo en seco, juntó las manos y alzó sus dos brazos lanzando un grito agudo y desgarrador, un aullido de bestia mutilada.

Luego se lanzó hacia el cuerpo, cayó de rodillas y levantó, como si lo arrancara, el pañuelo que cubría su cara. Al ver aquel rostro espantoso, negro y convulsionado, se enderezó de golpe, luego se desplomó, de bruces contra el suelo, lanzando en la espesura del musgo unos gritos espantosos y continuos.

Su flaco corpachón, que sus ropas ceñían, palpitaba, sacudido por las convulsiones. Se veían temblar horriblemente sus tobillos huesudos y sus secas pantorrillas embutidas en unas gruesas medias azules; y arañaba el suelo con sus dedos ganchudos como si quisiera hacer un hoyo para esconderse.

El médico, conmovido, murmuró:

—¡Pobre vieja!

El vientre de Renardet produjo un extraño ruido; luego lanzó una especie de estornudo ruidoso que le salió al mismo tiempo por la nariz y por la boca; y, sacándose el pañuelo de bolsillo, se puso a llorar en él, carraspeando, sollozando y sonándose ruidosamente. Balbucía:

—Condenado…, condenado, condenado cerdo que ha hecho esto… Quisiera…, quisiera verle guillotinado…

Pero reapareció Principe cariacontecido y con las manos vacías. Murmuró:

—No encuentro nada, señor alcalde, nada de nada en ninguna parte.

El otro, despavorido, respondió con voz gruesa, ahogada en las lágrimas:

—¿Qué es lo que no encuentras?

—La ropa de la pequeña.

—Bien…, bien…, sigue buscando… y…, y… encuéntrala… o… te las tendrás que ver conmigo.

El hombre, sabiendo que era mejor no contradecir al alcalde, volvió a irse con paso desalentado mientras lanzaba al cadáver una temerosa mirada de reojo.

Unas voces lejanas se alzaban bajo los árboles, un ruido confuso, ruido de gentío acercándose; pues Médéric, en su vuelta para hacer el reparto, había hecho correr la noticia de puerta en puerta. La gente del lugar, en un primer momento estupefacta, había hablado de ello en la calle, de un umbral a otro; luego se habían reunido; habían cotilleado, discutido, comentado el acontecimiento durante unos minutos; y ahora venían a ver.

Llegaban en grupos, un poco dubitativos e inquietos, por temor a la primera emoción. Cuando vieron el cuerpo, se detuvieron, sin atreverse a avanzar más y hablando bajo. Luego se envalentonaron, dieron unos pasos, se pararon otra vez, avanzaron de nuevo y no tardaron en formar en torno a la muerta, a su madre, al médico y a Renardet, un nutrido corro, agitado y ruidoso que se apretujaba por los empujones súbitos de los recién llegados. Pronto tocaron el cadáver. Algunos incluso se agacharon para palparlo. El médico les apartó. Pero el alcalde, saliendo de repente de su sopor, se puso hecho una furia y, cogiendo el bastón del doctor Labarbe, se arrojó sobre sus administrados balbuciendo:

—¡Fuera de aquí…, fuera de aquí…, hatajo de bestias…, fuera de aquí!

En un segundo el cordón de curiosos se ensanchó unos doscientos metros.

La Roque se había levantado, vuelto y sentado, y ahora lloraba tapándose la cara con las manos juntas.

Entre la multitud se discutía la cosa; y unos ojos ávidos de chicos escrutaban aquel joven cuerpo descubierto. Renardet se percató de ello y, quitándose bruscamente la chaqueta de tela, la echó sobre la chiquilla, que desapareció completamente bajo la amplia prenda.

Los curiosos se acercaban de nuevo despacio; el oquedal se iba llenando de gente; un rumor continuo de voces ascendía bajo el follaje frondoso de los grandes árboles.

El alcalde, en mangas de camisa, permanecía de pie, bastón en mano, en posición de combate. Parecía exasperado por esa curiosidad del pueblo y repetía:

—Si uno de vosotros se acerca, le rompo la cabeza como a un perro.

Los campesinos le tenían pavor; se mantuvieron a distancia. El doctor Labarbe, que fumaba, se sentó al lado de la Roque, y le habló, tratando de distraerla. La anciana se quitó enseguida las manos de la cara y respondió con un torrente de frases lacrimógenas, verborrea que era un desahogo de su dolor. Contó toda su vida, su matrimonio, la muerte de su marido, un boyero, muerto de una cornada, la infancia de su hija, su vida miserable de viuda sin recursos con la pequeña. No tenía a nadie más que a ella, a la pequeña Louise; y se la habían matado, se la habían matado en ese bosque. De repente quiso volver a verla, y, arrastrándose de rodillas hasta el cadáver, levantó por un extremo la chaqueta que lo cubría; luego la dejó caer de nuevo y se puso otra vez a dar alaridos. El gentío guardaba silencio, mientras observaba ávidamente todos los gestos de la madre.

Pero, de repente, se produjo un gran rebullicio; gritaron:

—¡Los gendarmes, los gendarmes!

Dos gendarmes asomaban a los lejos, llegando al trote, escoltando a su capitán y a un señor bajito de patillas rojizas, que bailaba como un simio sobre una alta yegua blanca.

El guarda rural había encontrado al señor Putoin, el juez de instrucción, justo en el momento en que éste montaba sobre su caballo para ir a dar su paseo diario, pues se las daba de apuesto jinete, para gran regocijo de los oficiales.

Puso pie a tierra junto con el capitán, y dio un apretón de manos al alcalde y al doctor, echando una mirada de garduña a la chaqueta de tela que henchía el cuerpo que yacía debajo.

Cuando estuvo al corriente de los hechos, hizo apartar primero al público que los gendarmes echaron del oquedal, pero que no tardó en reaparecer en el prado, y formó un seto, un gran seto de cabezas excitadas e inquietas a lo largo del Brindille, del otro lado del riachuelo.

El médico, a su vez, dio explicaciones que Renardet anotaba a lápiz en su agenda. Tras haber realizado, registrado y comentado todas las comprobaciones posibles, éstas no condujeron a nada nuevo. También Principe había vuelto sin haber encontrado ni rastro de las ropas.

Esta desaparición tenía sorprendido a todo el mundo, al no poder explicársela nadie si no era por un robo; y, como esos andrajos no valían ni veinte sueldos, el robo resultaba incomprensible.

El juez de instrucción, el alcalde, el capitán y el doctor se habían puesto ellos mismos a buscar en parejas, apartando las menores piedras a lo largo del agua.

Renardet le decía al juez:

—¿Cómo puede ser que ese infame haya escondido o se haya llevado las ropas, dejando el cuerpo de este modo, ante las miradas de todos?

El otro, burlón y perspicaz, repuso:

—Eh, eh… Tal vez es una artimaña. Este delito ha sido cometido por un bruto o por un tipo astuto. En cualquier caso, no tardaremos en descubrirlo.

El rodar de un vehículo les hizo volver la cabeza. Eran el fiscal, el médico y el secretario del juzgado que llegaban a su vez. Se reinició la búsqueda mientras hablaban animadamente.

Renardet dijo de repente:

—¿Saben qué les digo? Que se queden a comer en mi casa.

Todos aceptaron con grandes sonrisas y el juez instructor, pensando que por aquel día ya se habían ocupado incluso demasiado de la pequeña Roque, se volvió hacia el alcalde:

—¿Puedo hacer llevar el cuerpo a su casa? Supongo que tendrá usted una habitación para poder tenerla a buen recaudo hasta esta noche.

El otro se turbó, balbuciendo:

—Sí, no…, no… La verdad, prefiero que no entre en mi casa…, debido…, debido a mis criados… que… ya me hablan de aparecidos en… en mi torre, en la torre del Zorro… Ya sabe qué pasa… Se me irían todos… No… Prefiero no tenerlo en mi casa.

El magistrado se echó a reír:

—Bueno… Haré que lo lleven enseguida a Roüy para la autopsia. —Y, volviéndose hacia el fiscal, agregó—: Puedo utilizar su coche, ¿no?

—Sí, por supuesto.

Todo el mundo volvió hacia donde estaba el cadáver. La Roque, ahora, sentada al lado de su hija, le sostenía una mano y miraba delante de sí con mirada vaga y estúpida.

Los dos hombres trataron de llevársela para que no viera el levantamiento del cadáver de la pequeña; pero enseguida comprendió lo que iban a hacer, y, arrojándose sobre el cuerpo, la aferró con un abrazo. Recostada encima, gritaba:

—¡No la tendrán ustedes, es mía, ahora es mía! ¡Me la han matado; quiero conservarla, no la tendrán!

Todos los hombres, turbados e indecisos, permanecían de pie en torno a ella. Renardet se puso de rodillas para hablarle:

—Escuche, la Roque, es necesario, para saber quién la ha matado; sin eso no se podría saber; hay que buscarle para castigarle. Se la devolverán una vez que se le haya encontrado, se lo prometo.

Este argumento hizo vacilar a la mujer y encenderse de odio su mirada perdida:

—Entonces, ¿le cogerán? —preguntó ella.

—Sí, se lo prometo.

Ella se incorporó, decidida a dejar hacer a esa gente; pero, tras haber murmurado el capitán: «Es sorprendente que no se encuentren sus ropas», una nueva idea, que no se le había pasado aún por la cabeza, asaltó de repente su cerebro de campesina, y preguntó:

—¿Dónde están sus ropas? Son mías, las quiero. ¿Dónde las han puesto?

Le explicaron que no conseguían encontrarlas, pero ella las reclamaba, llorando y gimiendo con desesperada obstinación:

—Son mías, las quiero, ¿dónde están? Las quiero.

Cuanto más trataban de calmarla, más sollozaba ella y se empecinaba. No quería ya el cuerpo, sino las ropas, las ropas de su hija, quizá tanto por una inconsciente codicia de miserable, para quien una moneda de plata representa todo un capital, como por cariño materno.

Y cuando el cuerpecito, envuelto en unas mantas traídas de casa de Renardet, desapareció dentro del coche, la vieja, de pie bajo los árboles, sostenida por el alcalde y el capitán, gritó:

—Ya no tengo nada, nada, nada en el mundo, ni siquiera su gorrito, su gorrito; ya no tengo nada, nada de nada, ni siquiera su gorrito.

Había llegado el párroco, un joven sacerdote ya gordo. Se encargó de llevarse a la Roque, y los dos se fueron juntos para el pueblo. El dolor de la madre se aplacaba con las piadosas palabras del sacerdote, que le prometía mil recompensas. Pero ella no paraba de repetir: «Si al menos tuviera su gorrito…», obstinándose en esa idea que predominaba ahora sobre todas las demás.

De lejos, Renardet gritó:

—Venga a comer con nosotros, señor cura. Dentro de una hora.

El sacerdote volvió la cabeza y respondió:

—Con mucho gusto, señor alcalde. Estaré en su casa a mediodía.

Y se dirigieron todos hacia la casa cuya fachada gris y gran torre levantada al borde del Brindille se veían a través de las ramas.

La comida se prolongó durante largas horas; se habló del crimen y todos convinieron en que había sido cometido por algún vagabundo que pasaba casualmente por allí mientras la pequeña se bañaba.

Luego los magistrados regresaron a Roüy anunciando que volverían al día siguiente, por la mañana temprano; el médico y el cura se fueron a sus casas, mientras que Renardet, tras una larga caminata por los campos, volvió al bosque, donde se quedó paseando lentamente, con las manos tras la espalda, hasta la noche.

Se fue pronto a la cama y a la mañana siguiente, al entrar el juez instructor en su habitación, todavía dormía. Frotándose las manos con expresión alegre, éste le dijo:

—¡Ja, ja, duerme usted aún! Pero nosotros tenemos novedades esta mañana…

El alcalde se había sentado en la cama:

—¿Cuáles?

—¡Oh! Algo singular. Recordará usted que la madre reclamaba, ayer, un recuerdo de su hija, sobre todo su gorrito. Pues bien, al abrir su puerta, esta mañana, ha encontrado, en el umbral, los dos pequeños zuecos de su hija. Ello demuestra que el crimen ha sido cometido por alguien del lugar, por alguien que se ha compadecido de ella. Además, el cartero Médéric me ha traído el dedal, la navajita y el estuche de las agujas de la muerta. Por tanto al culpable, al llevarse las ropas para esconderlas, se le cayó lo que había en el bolsillo. Me parece a mí que sobre todo es importante lo que se refiere a los zuecos, pues indica que el asesino tiene una cierta sensibilidad moral y una relativa capacidad de emoción. Por eso ahora, si no le importa, pasaremos revista a los principales vecinos de su pueblo.

El alcalde se había levantado. Llamó para que le trajeran agua caliente para el afeitado. Dijo:

—Con mucho gusto, pero nos llevará tiempo, así que podemos empezar inmediatamente.

Putoin se había sentado a horcajadas en una silla, siguiendo así, también en las casas, su manía de la equitación.

Renardet se cubrió la barbilla de blanca espuma mientras se miraba en el espejo; luego afiló la navaja en el suavizador y prosiguió:

—El principal vecino de Carvelin se llama Joseph Renardet, alcalde, rico terrateniente, persona de malas pulgas que apaliza a los guardas y a los cocheros…

El juez de instrucción se echó a reír:

—Es suficiente, pasemos al siguiente…

—El segundo en importancia es el señor Pelledent, vicealcalde, criador de bueyes, también él rico terrateniente, campesino astuto, muy socarrón, muy marrullero en todo lo que se refiere al dinero, pero incapaz, en mi opinión, de haber cometido esta fechoría…

El señor Putoin dijo:

—Pasemos a otro.

Entonces, mientras se afeitaba y se lavaba, Renardet continuó el examen moral de todos los vecinos de Carvelin. Al cabo de dos horas de pasar revista a los sospechosos, se centraron en tres individuos bastante equívocos: un cazador furtivo llamado Cavalle, un pescador de truchas y de cangrejos de río de nombre Paquet, y un boyero llamado Clovis.

II

Las investigaciones duraron todo el verano; no se descubrió al criminal. Los sospechosos, tras ser detenidos, demostraron fácilmente su inocencia, y el tribunal tuvo que renunciar a perseguir al culpable.

Pero aquel asesinato parecía haber conmovido a toda la región de modo muy especial. Había quedado, en el ánimo de los lugareños, una inquietud, un vago temor, una sensación de pavor misterioso, originado no sólo por la imposibilidad de descubrir ninguna huella, sino también y sobre todo por ese extraño hallazgo de los zuecos, al día siguiente, ante la puerta de la Roque. La certeza de que el asesino había asistido a las pesquisas, de que seguía viviendo en el pueblo, estaba, sin duda, en la mente de todos, obsesionaba a todo el mundo, parecía cernirse sobre el lugar como una continua amenaza.

El oquedal se había convertido, por otra parte, en un lugar temido, evitado, que se creía encantado. En otro tiempo, los vecinos iban allí a pasear todos los domingos por la tarde. Se sentaban en el musgo al pie de los altos y enormes árboles, o bien iban por la orilla del agua mirando las truchas que se movían bajo las hierbas. Los chicos jugaban a las bochas, a los bolos, a las chapas, a la pelota, en determinados lugares en los que habían limpiado, aplanado y batido el suelo; y las chicas, en filas de cuatro o de cinco, paseaban cogidas del brazo, cantando con sus voces agudas unas romanzas desapacibles, cuyas notas en falsete agitaban el aire calmo y daban dentera como las gotas de vinagre. Ahora, en cambio, nadie iba ya bajo la tupida y alta bóveda, como si temieran encontrar cada vez algún cadáver tendido.

Llegó el otoño, cayeron las hojas. Caían día y noche, descendían revoloteando, abarquilladas y livianas, a lo largo de los grandes troncos; y comenzaba a verse el cielo a través de las ramas. A veces, cuando una racha de viento rozaba las copas, aquella lluvia lenta y continua se volvía de repente más recia, se transformaba en un aguacero vagamente ruidoso que cubría el musgo de una espesa alfombra amarilla, un poco crujiente bajo los pies. Y el susurro casi inaudible, el susurro flotante, incesante, suave y triste de esta caída, semejaba un lamento, y las hojas que seguían cayendo parecían lágrimas, lagrimones derramados por los altos árboles tristes que lloraban día y noche por el final del año, por el final de las auroras tibias y de los dulces crepúsculos, por el final de las brisas cálidas y de los soles luminosos, y quizá también por el crimen que habían visto cometer a su sombra, por la niña violada y asesinada a su pie. Lloraban en el silencio del bosque desierto y vacío, del bosque abandonado y temido, por donde debía de andar errante, sola, el alma, la almita de la pequeña muerta.

El Brindille, engrosado por las tormentas, fluía raudo, amarillo y colérico, entre sus secas riberas, entre dos setos de delgados y desnudos sauces.

Y he aquí que Renardet volvió, de repente, a pasearse por el oquedal. Todos los días, al caer la noche, salía de su casa, bajaba a paso lento la escalinata y se iba bajo los árboles con aire pensativo, las manos en los bolsillos. Caminaba un buen rato por el musgo húmedo y mullido, mientras una bandada de cuervos, que habían acudido de todo el vecindario para pasar la noche en las grandes copas, se desplegaban en el espacio como un inmenso velo de luto ondeante al viento, lanzando agudos y siniestros graznidos.

Algunas veces se posaban, punteando de negras manchas las ramas entrelazadas que se recortaban contra el cielo rojo, contra el cielo color sangre de los crepúsculos otoñales. Luego, de repente, volvían a irse graznando espantosamente y desplegando de nuevo por encima del bosque el largo festón oscuro de su vuelo.

Finalmente, se abatían sobre las copas más altas y poco a poco cesaban sus ruidos, mientras la noche creciente mezclaba sus plumas negras con la negrura del espacio.

Renardet seguía vagando al pie de los árboles, lentamente; luego, cuando las opacas tinieblas no le permitían ya caminar, regresaba a casa, se desplomaba como una mole en su sillón, delante de la chimenea luminosa, alargando hacia el hogar sus pies húmedos que humeaban largamente contra las llamas.

Ahora bien, una mañana, corrió una gran noticia por el pueblo: el alcalde hacía talar el oquedal.

Veinte leñadores estaban trabajando ya en ello. Habían comenzado por el ángulo más próximo a la casa y avanzaban rápido en presencia del amo.

En primer lugar, los podadores trepaban por el tronco.

Sujetos mediante un lazo de cuerda a él, se agarran primero al tronco con los brazos y acto seguido, levantando una pierna, le dan un fuerte golpe con la espiga acerada fija en las suelas. La punta penetra en la madera y queda clavada, y el hombre se alza como sobre un escalón, golpea con la punta que lleva en el otro pie, sosteniéndose sobre ella para golpear de nuevo y así sucesivamente.

Y, a cada ascensión, levanta también el lazo de cuerda que le sujeta al árbol; pende y brilla, en un costado, el hacha de acero. Sigue trepando despacio como un parásito atacando a un gigante, sube pesadamente a lo largo de la inmensa columna, abrazándola y aguijoneándola con el propósito de decapitarla.

Llegado a las ramas más bajas, se detiene, desprende de su costado la afilada podadera y golpea. Golpea despacio, metódicamente, cortando el miembro muy cerca del tronco; y, de repente, la rama cruje, se doblega, se separa, se desprende y cae rozando en su caída los árboles vecinos. Tras caer al suelo con un gran estrépito de madera rota, todas sus ramitas siguen palpitando un buen rato.

El suelo se cubría de ramiza que otros hombres cortaban a su vez, ataban en haces y apilaban en montones, mientras los árboles que quedaban todavía en pie parecían postes desmesurados, gigantescas estacas amputadas y escamondadas por el acero cortante de las podaderas.

Y, una vez que el podador había terminado su tarea, dejaba en lo alto del enhiesto y fino tronco el lazo de cuerda que había traído, volvía a bajar a golpes de espuela por el tronco desmochado que entonces los leñadores atacaban por su base con grandes hachazos que resonaban en todo el resto del oquedal.

Cuando la herida del pie se juzgaba lo bastante profunda, algunos hombres tiraban de la cuerda atada en lo alto, soltando un grito cadencioso, y de repente el inmenso tronco se quebraba y abatía con el sordo ruido y el retumbo de un cañonazo lejano.

Y el bosque disminuía cada día, perdiendo sus árboles talados como un ejército pierde a sus soldados.

Renardet ya no se iba de allí; se estaba de la mañana a la noche, contemplando, inmóvil, con las manos tras la espalda, la lenta muerte de su bosque. Una vez caído un árbol, posaba su pie sobre él, como sobre un cadáver. Luego levantaba la vista hacia el siguiente con una especie de impaciencia secreta y serena, como si hubiera esperado, ilusionado, algo al final de aquella masacre.

Mientras tanto se estaban acercando al lugar donde había sido encontrada la pequeña Roque. Llegaron a él, por fin, una tarde, a la puesta del sol.

Como ya oscurecía, y el cielo estaba cubierto, los leñadores quisieron parar su trabajo, dejando para el día siguiente la tala de un haya enorme, pero el amo se opuso a ello y exigió que se cortaran en el acto las ramas y se talara aquel coloso que había dado sombra al crimen.

Una vez desnudada por el podador, terminado su aseo de condenado y socavada su base por los leñadores, cinco hombres comenzaron a tirar de la cuerda atada a su extremidad.

El árbol resistía; su grueso tronco, aunque cortado hasta la mitad, era rígido como el hierro. Todos los trabajadores a la vez, con una especie de salto acompasado, tiraban de la cuerda hasta acostarse en el suelo, al tiempo que lanzaban un grito acompañado de un resoplido que revelaba y regulaba su esfuerzo.

Dos leñadores, de pie junto al gigante, permanecían con el hacha empuñada, semejantes a dos verdugos prestos a seguir golpeando, y Renardet, inmóvil, con la mano apoyada en la corteza, esperaba la caída con inquieta y nerviosa emoción.

Uno de los hombres le dijo:

—Está usted demasiado cerca, señor alcalde; cuando caiga, podría hacerle daño.

Él no respondió y no retrocedió; parecía dispuesto a coger él mismo de una brazada el haya para derribarla al suelo como un luchador.

Pero, de pronto, en la base del alto fuste de madera, se produjo una desgarradura que pareció recorrerlo, como una sacudida dolorosa, hasta lo alto; y se dobló ligeramente, como para caer, pero resistiendo aún. Los hombres, excitados, tensaron los brazos, aumentaron su esfuerzo y, mientras el árbol cortado, se desplomaba, Renardet dio de improviso un paso adelante y se detuvo, con los hombros alzados para recibir el golpe irresistible, el golpe mortal que le aplastaría contra el suelo.

Pero el haya, desviándose un poco, apenas si le rozó la espalda, desplazándole cinco metros más allá, de bruces contra el suelo.

Los leñadores se precipitaron para levantarle; pero ya él mismo se había puesto de rodillas, aturdido, con la mirada perdida y pasándose la mano por la frente, como si despertara de un ataque de locura.

Una vez que se hubo puesto en pie, los hombres, sorprendidos, le preguntaron, sin comprender lo que había hecho. Él respondió, balbuceando, que había tenido un momento de extravío, o, más bien, unos segundos de retorno a la infancia, que se había imaginado que le daba tiempo a pasar por debajo del árbol, como los chiquillos que pasan corriendo por delante de los coches que van al trote, que había jugado con el peligro, que, desde hacía ocho días, sentía crecer dentro de sí esas fuertes ganas, preguntándose, cada vez que un árbol crujía para caer, si se podía pasar por debajo sin que le tocara. Era una tontería, lo confesaba; pero todo el mundo tiene en algún momento esos minutos de insania y esas tentaciones de una estupidez pueril.

Se explicaba lentamente, buscando las palabras, con sorda voz; luego se fue de allí diciendo:

—Hasta mañana, amigos, hasta mañana.

Tan pronto como hubo entrado en su habitación, se sentó delante de su mesa, que su lámpara con pantalla iluminaba vivamente, y, cogiéndose la cabeza entre las manos, rompió a llorar.

Lloró largo rato, y luego, secándose los ojos, levantó la cabeza y miró al reloj de pared. No eran aún las seis. Pensó: «Todavía tengo tiempo antes de cenar», y fue a cerrar la puerta con llave. Entonces volvió a sentarse delante de la mesa; abrió el cajón central, sacó un revólver y lo dejó sobre sus papeles, bien a la vista. El acero del arma relucía, desprendía reflejos de fuego.

Renardet lo contempló un rato con los ojos turbios de un hombre ebrio; luego se levantó y se puso a andar.

Iba de un extremo al otro del cuarto, y de vez en cuando se detenía para volver a echar a andar de nuevo enseguida. De repente, abrió la puerta de su cuarto de aseo, empapó una toalla en el cántaro de agua y se mojó la frente, como había hecho la mañana del crimen. A continuación se puso a andar de nuevo. Cada vez que pasaba por delante de su mesa, el arma reluciente atraía su mirada, solicitaba su mano; pero él echaba una mirada al reloj y pensaba: «Todavía tengo tiempo».

Dieron las seis y media. Entonces cogió el revólver, abrió la boca de par en par con una espantosa mueca y hundió el cañón dentro como si hubiera querido tragárselo. Permaneció así unos segundos, inmóvil, con el dedo en el gatillo, pero luego, bruscamente sacudido por un escalofrío de horror, tiró la pistola sobre la alfombra.

Y volvió a derrumbarse sobre su sillón sollozando:

—No puedo. ¡No me atrevo! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué puedo hacer para tener el valor de matarme?

Llamaron a la puerta; se enderezó, enloquecido. Un criado decía:

—El señor ya tiene lista la cena.

Él respondió:

—Está bien. Ahora bajo.

Entonces recogió el arma, la guardó bajo llave de nuevo en el cajón y se miró seguidamente en el espejo de la chimenea para ver si su rostro no le parecía demasiado convulso. Estaba colorado, como siempre, quizá un poco más. Eso era todo. Bajó y se sentó a la mesa.

Comió despacio, como quien quiere hacer durar la comida para no encontrarse a solas consigo mismo. Luego se fumó varias pipas en la sala mientras retiraban la mesa. A continuación volvió a subir a su habitación.

Apenas se hubo encerrado, miró debajo de la cama, abrió todos los armarios, exploró todos los rincones, rebuscó dentro de todos los muebles. A continuación encendió las velas de la chimenea y, girando varias veces sobre sí mismo, recorrió con la mirada toda la habitación con una angustia espantosa que crispaba su rostro, pues sabía que iba a ver, como todas las noches, a la pequeña Roque, a la chiquilla que había violado y luego estrangulado.

Todas las noches, se reiniciaba la odiosa visión. Era primero en sus oídos una especie de ronquido como el ruido de un batán o el paso lejano de un tren por un puente. Entonces comenzaba a jadear, a sentir ahogos, y se veía obligado a desabrocharse el cuello de la camisa y el cinturón. Caminaba para que le circulara la sangre, trataba de leer, intentaba cantar; pero todo era en vano: su pensamiento, a pesar suyo, volvía al día del asesinato, y le hacía revivir la escena con sus detalles más secretos, con todas sus emociones más intensas desde el primer minuto hasta el último.

Había sentido al levantarse aquella mañana, la mañana del día horrible, un cierto aturdimiento y algo de jaqueca que él atribuyó al calor, de suerte que se había quedado en su habitación hasta que le llamaron a comer. Tras la comida, se había echado una siesta; luego había salido al final de la tarde para respirar la fresca y calmante brisa bajo los árboles de su oquedal.

Pero, en cuanto estuvo fuera, el aire pesado y abrasador de la llanura no hizo sino aumentar aún más su opresión. El sol, alto todavía en el cielo, derramaba sobre la tierra calcinada, seca y sedienta, raudales de ardiente luz. Ningún soplo de aire agitaba las hojas. Todos los animales, las aves, los saltamontes mismos guardaban silencio. Renardet se dirigió hacia los grandes árboles y se puso a caminar por el musgo donde el Brindille evaporaba un poco de frescor bajo la inmensa techumbre de ramas. Pero se sentía incómodo. Le parecía que una mano desconocida, invisible, le apretaba el cuello; y no pensaba casi en nada, él que tenía de ordinario ya pocas ideas en la cabeza. Sólo un vago pensamiento le acosaba desde hacía tres meses, el pensamiento de volver a casarse. Sufría de vivir solo, sufría moral y físicamente. Acostumbrado desde hacía diez años a sentir una mujer a su lado, acostumbrado a su presencia en todo momento, a su abrazo diario, tenía necesidad, una necesidad imperiosa y confusa de su contacto incesante y de su cohabitación habitual. Desde la muerte de la señora Renardet, sufría continuamente sin comprender muy bien el porqué, sufría por no sentir su falda rozar sus piernas todo el día, y por no poder ya calmarse y sobre todo abandonarse en sus brazos. Era viudo desde hacía apenas seis meses y buscaba ya en los alrededores a alguna joven o alguna viuda con la que poder casarse una vez terminado su luto.

Tenía un alma casta, pero albergada en un cuerpo hercúleo, y unas imágenes carnales comenzaban a turbar su sueño y sus vigilias. Él las ahuyentaba; retornaban; y murmuraba a veces sonriendo para sus adentros: «Estoy hecho un san Antonio».

Tras haber tenido aquella mañana varias de esas visiones obsesivas, le dieron de repente ganas de darse un chapuzón en el Brindille para refrescarse y apaciguar el ardor de su sangre.

Conocía algo más lejos un sitio ancho y profundo donde los lugareños iban a remojarse a veces en verano. Y para allí se fue.

Unos tupidos sauces ocultaban aquella poza de aguas cristalinas donde la corriente se remansaba, dormitaba un poco antes de volver a fluir. Al acercarse, Renardet creyó oír un leve ruido, un débil chapaleo que no era el del arroyo en las orillas. Apartó despacito las hojas y miró. Una chiquilla, totalmente desnuda, totalmente blanca a través de las ondas transparentes, chapoteaba en el agua, como si danzara dentro girando sobre sí misma con graciosos ademanes. No era ya una niña, pero tampoco una mujer; estaba gordita y formada, aunque conservando un aire de chiquilla precoz que ha crecido rápido, casi madura. Él no se movía ya, estupefacto de la sorpresa, de la angustia, el aliento entrecortado por una extraña y punzante emoción. Permanecía allí, latiéndole el corazón como si uno de sus sueños sensuales acabara de hacerse realidad, como si un hada impura hubiera hecho aparecer delante de él a ese ser turbador y demasiado joven, a esa pequeña Venus rústica, nacida entre los remolinos del riachuelo, como la otra, la mayor, entre las olas del mar.

De repente la niña salió del baño, y, sin verlo, avanzó hacia donde estaba él para buscar sus ropas y volver a vestirse. A medida que se acercaba a pasitos titubeantes, por temor a los cortantes guijarros, él se sentía empujado hacia ella por una fuerza irresistible, por un arrebato bestial que sublevaba toda su carne, enloquecía su alma y le hacía temblar de pies a cabeza.

Ella permaneció de pie, unos segundos, detrás del sauce que la ocultaba. Entonces, perdiendo la cabeza, él abrió las ramas, se abalanzó sobre ella y la atrapó entre sus brazos. Ella cayó, demasiado aterrada para resistirse, demasiado espantada para pedir auxilio, y él la poseyó sin comprender lo que hacía.

Se despertó de su crimen como quien despierta de una pesadilla. La niña comenzaba a llorar.

Él dijo:

—Cállate, cállate. Te daré dinero.

Pero ella no le prestaba oídos; sollozaba.

Él prosiguió:

—¿Quieres callarte? Cállate. Cállate.

Ella se puso a dar alaridos, retorciéndose, para escapar de él.

De repente comprendió que estaba perdido; y la cogió del cuello para detener en su boca esos gritos desgarradores y terribles. Como continuaba debatiéndose con la fuerza exasperada de un ser que quiere escapar a la muerte, él apretó sus manos de coloso sobre la pequeña garganta henchida de gritos; y la estranguló en unos segundos, tal era la furia con la que apretaba, sin pensar en matarla, sino sólo para hacerla callar.

Luego se enderezó, lleno de horror.

Ella yacía delante de él, sangrando y con la cara negra. Iba a largarse, cuando surgió en su alma trastornada el instinto misterioso y confuso que guía a todos los seres en peligro.

Estuvo a punto de arrojar el cuerpo al agua; pero otro impulso le llevó hacia los andrajos, con los que hizo un bulto. Entonces, como llevaba un cordel en el bolsillo, lo ató y lo escondió en un hoyo profundo del río, debajo de un tronco de árbol cuyo pie se bañaba en el Brindille.

A continuación se fue a grandes pasos, ganó los prados, dio una inmensa vuelta para mostrarse ante unos campesinos que vivían muy lejos de allí, en el otro extremo del pueblo, y volvió para cenar a la hora habitual, contándoles a sus criados todo el recorrido de su paseo.

Esa noche, sin embargo, durmió; durmió con un sueño pesado de bruto, como deben de dormir a veces los condenados a muerte. No abrió los ojos hasta los primeros rayos de sol, y esperó, torturado por el temor a que se descubriera su fechoría, la hora normal de su despertar.

Luego tuvo que asistir a todas las pesquisas. Lo hizo como los sonámbulos, sumido en una alucinación que le mostraba las cosas y los hombres a través de una especie de sueño, en una nube de embriaguez, en esa duda de irrealidad que turba el ánimo en el momento de las grandes catástrofes.

Sólo el grito desgarrador de la Roque traspasó su corazón. Estuvo a punto en ese momento de echarse a los pies de la anciana gritando: «He sido yo». Pero se contuvo. Fue, sin embargo, durante la noche, a recuperar los zuecos de la muerta, para dejarlos en el umbral de la casa de la madre.

Mientras duró la investigación, mientras tuvo que guiar y desviar la atención de la justicia, se mostró tranquilo, dueño de sí, astuto y sonriente. Discutía tranquilamente con los magistrados cualquier conjetura que a éstos se les ocurriese, refutaba sus opiniones, demolía sus razonamientos. Incluso sentía un cierto placer acre y doloroso en poner trabas a sus indagaciones, en liar sus ideas, en convertir en inocentes a los sospechosos.

Pero a partir del día en que se abandonaron las investigaciones, se fue poniendo paulatinamente nervioso, más excitable aún que en otro tiempo, por más que dominara sus ataques de cólera. Los ruidos repentinos le hacían sobresaltarse de miedo; se estremecía por cualquier nimiedad, a veces temblaba de pies a cabeza cuando una mosca se posaba en su frente. Entonces le invadió una necesidad imperiosa de movimiento, le obligó a hacer caminatas prodigiosas, le tuvo levantado noches enteras, andando por su habitación.

No es que le atormentaran los remordimientos: su naturaleza brutal no era dada a matices sentimentales o a temores morales. Persona enérgica e incluso violenta, nacida para la guerra, para saquear los países conquistados y masacrar a los vencidos, con instintos salvajes de cazador y de luchador, la vida humana no contaba nada para él. Pese a respetar a la Iglesia, por política, no creía ni en Dios ni en el diablo y no esperaba, por tanto, en otra vida castigo o recompensa alguna por cuanto hiciera en ésta. Toda su fe consistía en una confusa filosofía basada en las ideas de los enciclopedistas del siglo pasado; consideraba la Religión como una consecuencia moral de la Ley, una y otra inventadas por los hombres para regular las relaciones sociales.

Matar a alguien en un duelo, o en la guerra, o en una discusión, o accidentalmente, o por venganza, o incluso por chulería, le hubiera parecido algo divertido y propio de valentones, y no hubiera dejado más huella en su espíritu que un disparo de rifle contra una liebre; pero se había sentido profundamente turbado por el asesinato de aquella niña. Lo había cometido en primer lugar en la ceguera de una embriaguez irresistible, en una especie de tempestad de sensualidad que le había trastornado la razón. Y le había quedado, en el corazón, en la carne, en los labios y hasta en sus dedos de asesino, una especie de amor bestial, al tiempo que un horror temeroso por aquella chiquilla sorprendida por él y asesinada vilmente. En todo momento su pensamiento volvía a esa escena horrible; y aunque se esforzaba en ahuyentar esa imagen, haciéndola a un lado con terror y asco, sentía que le rondaba por la cabeza, que daba vueltas en torno a él, esperando siempre la ocasión de reaparecer.

Entonces comenzó a temer la noche, la oscuridad que descendía a su alrededor. No comprendía aún por qué las tinieblas le espantaban, pero las temía instintivamente, las sentía llenas de terror. La luz del día no se presta al miedo: las cosas y las personas se ven, y se encuentran únicamente cosas y seres naturales que pueden mostrarse a la luz. Pero la noche, la noche oscura, más espesa que una muralla, y vacía, la noche infinita, tan vasta y negra, en la que pueden rozarse cosas espantosas, la noche en que se siente errar y merodear el terror misterioso, le parecía que escondía un peligro desconocido, próximo y amenazante. ¿Cuál?

Lo supo bien pronto. Una noche, a hora tardía, mientras estaba en su sillón porque no conseguía conciliar el sueño, le pareció ver moverse la cortina de la ventana. Esperó, inquieto, con el corazón palpitante; la tela ya no se movía; pero luego, de golpe, se agitó de nuevo, o al menos eso le pareció. No se atrevía a levantarse y tampoco a respirar; y, sin embargo, era valiente; se había batido a menudo y le hubiera gustado descubrir en su casa a unos ladrones.

¿Se movía realmente la cortina? Se lo preguntó, temiendo que los ojos le hubieran engañado. No era apenas nada, por otra parte, un ligero estremecimiento de la tela, una especie de temblor de los pliegues, un fluctuar mínimo, como el provocado por el viento. Renardet permanecía con los ojos fijos, el cuello tenso; y de repente se levantó, avergonzado de su miedo, dio cuatro pasos, cogió la colgadura con ambas manos y la abrió completamente. Primero no vio nada más que los cristales negros, negros como manchas de tinta reluciente. La noche, la gran noche impenetrable se extendía detrás de ellos hasta el horizonte invisible. Permanecía de pie enfrente de esa sombra ilimitada; y de golpe percibió un resplandor, un resplandor movedizo, que parecía lejano. Entonces acercó su rostro al cristal de la ventana, pensando que se trataba de un pescador de cangrejos que estaba pescando furtivamente en el Brindille, pues era medianoche pasada, y aquel resplandor se deslizaba por la orilla del agua, bajo el oquedal. Al no conseguir distinguir todavía nada, Renardet encerró sus ojos entre las manos; y de repente aquel resplandor se transformó en claridad, y vio a la pequeña Roque desnuda y ensangrentada en el musgo.

Retrocedió crispado de horror, tropezó con su sillón y cayó de espaldas. Permaneció allí unos minutos con el alma llena de angustia, luego se sentó y se puso a reflexionar. Había tenido una alucinación, eso era todo; una alucinación provocada por un pescador furtivo que andaba de noche por la orilla del río con su farol. Y además no había nada de extraño en el hecho de que el recuerdo de su crimen hiciera nacer de vez en cuando la visión de la muerta.

Volvió a levantarse, se tomó un vaso de agua y se sentó. Pensaba: «¿Qué hacer si retorna la visión?». Y sabía, estaba seguro, de que retornaría. Ya la ventana incitaba su mirada, la llamaba, la atraía. Para no verla más, hizo girar su asiento; luego cogió un libro y trató de leer; pero pronto le pareció oír agitarse algo detrás de él, e hizo bruscamente girar sobre una pata su sillón. La cortina se seguía moviendo; cierto, esta vez se había movido; no podía ya dudarlo; se abalanzó y la asió tan brutalmente con una mano que la hizo venirse abajo junto con el riel; luego pegó ávidamente su cara contra el cristal. No vio nada. Todo estaba oscuro en el exterior, y él respiró con la misma alegría del hombre al que acaban de salvar la vida.

Se volvió a sentar; pero casi de inmediato le dominó el deseo de mirar de nuevo por la ventana. Desde que había caído la cortina, creaba una especie de agujero negro atrayente, temible, sobre la campiña oscura. Para no ceder a esta peligrosa tentación, se desvistió, apagó las luces, se acostó y cerró los ojos.

Inmóvil, tendido de espaldas, con la piel encendida y sudorosa, esperaba el sueño. De repente una intensa luz traspasó sus párpados. Los abrió, creyendo que se había prendido fuego a la casa. Estaba todo a oscuras, y él se incorporó sobre un codo para tratar de distinguir la ventana, que seguía atrayéndole irresistiblemente. A fuerza de escrutar con la mirada, vio alguna que otra estrella; se levantó, atravesó la habitación a tientas, encontró los cristales con los brazos extendidos, apoyó la frente en ellos. ¡Allí al fondo, bajo los árboles, el cuerpo de la muchacha resplandecía cual fósforo, iluminando la oscuridad circundante!

Renardet lanzó un grito y corrió hacia la cama, donde se quedó hasta la madrugada, con la cabeza escondida bajo la almohada.

A partir de aquel momento su vida se volvió insoportable. Se pasaba los días aterrado por sus noches; y cada noche se reanudaba la visión. Apenas se encerraba en su habitación, trataba de luchar, pero en vano. Una fuerza irresistible le hacía levantarse y le empujaba hacia el cristal, como para llamar al fantasma y enseguida lo veía, tendido primero en el lugar del crimen, tendido con los brazos y las piernas abiertos, tal como había sido encontrado el cuerpo. Luego la muerta se levantaba y venía, a pequeños pasos, tal como había hecho la niña al salir del río. Venía, despacito, directamente cruzando el césped y pasando junto a la jardinera de flores marchitas; luego se elevaba en el aire, hacia la ventana de Renardet. Venía hacia él, como había venido el día del crimen, hacia el asesino. Y el hombre retrocedía ante la aparición, reculaba hasta su cama y se dejaba caer en ella, a sabiendas de que la pequeña había entrado y que permanecía ahora detrás de la cortina que no tardaría en moverse. Y hasta que se hacía de día miraba esa cortina, la miraba fijamente, esperando sin cesar ver salir de ella a su víctima. Pero ella no se mostraba ya; permanecía allí, tras la tela agitada a veces por un temblor. Y Renardet, con los dedos crispados sobre las sábanas, los apretaba tal como había apretado la garganta de la pequeña Roque. Escuchaba dar las horas; oía golpear en medio del silencio la péndola de su reloj de pared y los profundos latidos de su corazón. Y sufría, el miserable, más que ningún otro hombre haya sufrido jamás.

Luego, no bien aparecía una línea blanca en el techo, anunciando el cercano día, se sentía liberado, solo, por fin, solo en su cuarto; y volvía a acostarse. Entonces dormía unas horas, con un sueño inquieto y febril, en el que se reanudaba a menudo en sueños la visión espantosa de sus vigilias.

Cuando más tarde bajaba a comer, se sentía lleno de agujetas como después de un gran esfuerzo; y apenas si comía, perseguido siempre por el temor de aquella a la que volvería a ver a la noche siguiente.

Bien sabía, sin embargo, que no se trataba de una aparición, que los muertos no retornan a la vida, y que su alma enferma, su alma obsesionada por un único pensamiento, por un recuerdo inolvidable, era la única causa de su suplicio, la única evocadora de la muerta resucitada por ella, llamada por ella y levantada también por ella ante sus ojos, en los que quedaba grabada su imagen imborrable. Pero también sabía que no se curaría, que no escaparía nunca a la persecución salvaje de su memoria; y decidió quitarse la vida antes que soportar por más tiempo tales tormentos.

Entonces pensó en la manera de matarse. Quería algo sencillo y natural, que no hiciera pensar en un suicidio. Pues le preocupaba su reputación, el buen nombre legado por sus padres; y si se sospechaba la causa de su muerte, pensarían sin duda en el crimen inexplicado, en el asesino imposible de encontrar, y no tardarían en acusarle de la fechoría.

Se le había ocurrido una extraña idea, como era hacerse aplastar por el árbol al pie del cual había asesinado a la pequeña Roque. Decidió, pues, hacer talar su oquedal y simular un accidente. Pero el haya se negó a aplastarle los riñones.

Tras volver a casa, presa de una loca desesperación, había cogido su revólver y luego no se había atrevido a descerrajarse un tiro.

Sonó la hora de la cena; tras haber comido, volvió a subir. Y no sabía lo que iba a hacer. Se sentía cobarde, ahora que había escapado una primera vez. Poco antes estaba preparado, firme, decidido, dueño de su valor y de su resolución; ahora se sentía débil y le temía a la muerte, tanto como a la muerta.

Balbuceaba: «Ya no tendré el valor…, ya no tendré el valor…» y miraba aterrado ya el arma sobre la mesa, ya la cortina que ocultaba la ventana. ¡También le parecía que ocurriría algo tremendo tan pronto como su vida se hubiera acabado! ¿El qué? ¿El qué? ¿Acaso su reencuentro? Ella le acechaba, le esperaba, le llamaba, y era para atraparle a su vez, para atraerle a su venganza y convencerle de quitarse la vida por lo que ella se mostraba así todas las noches.

Se puso a llorar como un niño repitiendo: «Ya no tendré el valor, ya no tendré el valor». Luego se dejó caer de rodillas y balbució: «Dios mío, Dios mío». Sin creer en Dios, sin embargo. Y ya no se atrevía, en efecto, a mirar hacia su ventana donde sabía que estaba agazapada la aparición, ni hacia su mesa donde relucía su revólver.

Cuando se hubo levantado de nuevo, dijo en voz alta: «Las cosas no pueden seguir así, hay que poner fin a esto».

El sonido de su voz en la habitación silenciosa hizo que un estremecimiento de miedo le recorriera todos los miembros; pero como no se decidía a tomar ninguna decisión; como sentía que el dedo de su mano se negaría siempre a apretar el gatillo del arma, volvió a esconder su cabeza debajo de las sábanas de su cama y reflexionó.

Tenía que encontrar algo que le forzara a morir, inventarse una astucia contra sí mismo que no le permitiera ya ninguna posible vacilación, ninguna dilación, ningún lamento. Envidiaba a los condenados a los que se lleva al cadalso flanqueados por unos soldados. ¡Oh, de haber podido rogarle a alguien que le disparara; de haber podido, confesando el estado de su alma, confesando el delito a un amigo de confianza que nunca lo revelase, conseguir que éste le diera muerte! Pero ¿a quién pedir tamaño favor? ¿A quién? Buscó entre las personas que conocía. ¿El doctor? No, lo contaría todo después… De repente se le ocurrió una extraña idea. Le escribiría al juez instructor, a quien conocía íntimamente, para denunciarse a sí mismo. En esa carta, se lo contaría todo, el crimen, los tormentos que soportaba y su resolución de morir, sus vacilaciones y el medio que empleaba para forzar su valor desfalleciente. Le suplicaría en nombre de su vieja amistad que destruyera su carta en cuanto supiera que el culpable se había hecho justicia. Renardet podía contar con ese magistrado, sabía que era de fiar, discreto, incapaz incluso de decir una palabra ligera. Era uno de esos hombres que tienen una conciencia inflexible gobernada, dirigida, regida por su sola razón.

Apenas hubo concebido este plan, una extraña alegría embargó su corazón. Ahora se sentía tranquilo. Iba a escribir su carta, con calma, y apenas se hiciera de día la echaría al buzón que colgaba de la pared de la alquería, luego subiría a su torre para ver llegar al cartero y, cuando el hombre con el blusón azul se fuera, se arrojaría de cabeza sobre las rocas que hacían de cimientos. Procuraría que primero le vieran los obreros que talaban su bosque, luego subiría al alto escalón que sostenía el asta de la bandera desplegada en los días de fiesta. Rompería el asta de una sacudida y se precipitaría con ella. ¿Cómo dudar de que se tratara de un accidente? Y se mataría de golpe, teniendo en cuenta su peso y la altura de la torre.

Salió enseguida de su cama, se acercó a la mesa y se puso a escribir; no olvidó nada, ni un detalle del crimen, ni un detalle de su vida de angustias, ni un detalle de los tormentos de su corazón y concluyó anunciando que se había condenado él mismo, que iba a ejecutar al criminal, y rogándole a su amigo, a su viejo amigo, que velara de que nunca se acusase a su memoria.

Al acabar su carta, reparó en que se había hecho de día. La cerró, la selló, escribió la dirección y acto seguido bajó a paso ligero, corrió hasta el blanco buzón colgado de la pared, en un ángulo de la alquería, y cuando hubo echado dentro ese papel que enervaba su mano, volvió deprisa, echó el cerrojo al portalón y subió a su torre para esperar el paso del cartero que se llevaría su condena de muerte.

¡Ahora se sentía tranquilo, liberado, salvado!

Un viento frío, seco, un viento helado acariciaba su cara. Él lo aspiraba ávidamente, con la boca abierta, bebiendo su gélida caricia. El cielo estaba rojo, de un rojo encendido, de un rojo invernal, y la llanura entera, blanca de escarcha, brillaba a los primeros rayos del sol, como si estuviera cubierta de polvillo de vidrio. Renardet, erguido, con la cabeza descubierta, miraba el vasto paisaje, los prados a la izquierda y a la derecha el pueblo cuyas chimeneas comenzaban a humear para el almuerzo.

Veía discurrir a sus pies el Brindille, entre las rocas contra las que se aplastaría dentro de poco. Se sentía renacer en aquella hermosa aurora helada, y lleno de fuerza, rebosante de vida. La luz le bañaba, le rodeaba, le penetraba como una esperanza. Le asaltaban mil recuerdos, recuerdos de mañanas parecidas, de marcha rápida por la tierra dura que resonaba bajo sus pasos, de partidas de caza felices al borde de los embalses donde duermen los patos salvajes. Todas las cosas buenas que le gustaban, las cosas buenas de la existencia acudían a su recuerdo, le aguijoneaban de deseos nuevos, despertaban todos los apetitos vigorosos de su cuerpo activo y robusto.

¿E iba a morir? ¿Por qué iba a quitarse la vida estúpidamente? ¿Por qué le temía a una sombra? ¿Miedo de nada? ¡Era rico y joven aún! ¡Qué locura! ¡Pero si le bastaría con una distracción, una ausencia, un viaje para olvidar! Esa misma noche, no había visto a la niña, porque su pensamiento, preocupado, estaba distraído en otra cosa. ¿Acaso no volvería a verla más? ¡Y si ella le seguía acosando en esa casa, sin duda no le seguiría a otras partes! ¡Ancho era el mundo y largo el porvenir! ¿Por qué morir?

Su mirada se paseaba por los prados, y percibió una mancha azul en el sendero que seguía el curso del Brindille. Era Médéric, que venía a traer las cartas de la ciudad y a llevarse las del pueblo.

Renardet tuvo un sobresalto, la sensación de que le atravesaba un dolor, y se lanzó escalera de caracol abajo para recuperar su carta, para reclamársela al cartero. Poco le importaba que le vieran ahora; corría a través de la hierba en la que resaltaba la leve helada de las noches, y llegó ante el buzón, en el ángulo de la alquería, justo al mismo tiempo que el cartero.

El hombre había abierto la puertecita de madera y retiraba algunos papeles allí depositados por los vecinos del pueblo.

Renardet le dijo:

—Buenos días, Médéric.

—Buenos días, señor alcalde.

—Mire, Médéric, he echado al buzón una carta que necesito. Vengo a pedirle que me la devuelva.

—Está bien, señor alcalde, se la daré.

Y el cartero levantó los ojos. Se quedó estupefacto ante el semblante de Renardet; tenía las mejillas moradas, los ojos turbios, ribeteados de negro, como rehundidos, el pelo alborotado, la barba enmarañada, la corbata deshecha. Era evidente que no se había acostado.

El hombre preguntó:

—¿Está usted enfermo, señor alcalde?

El otro, comprendiendo de repente que su aspecto debía de ser extraño, perdió el dominio de sí, balbució:

—¡Qué va!…, ¡qué va!… Sólo que he saltado de la cama para venir a pedirte esta carta… Dormía… ¿Comprende?…

Una vaga sospecha cruzó por la mente del antiguo soldado.

Prosiguió:

—¿Qué carta?

—La que va a devolverme.

Ahora, Médéric dudaba, no le parecía natural la actitud del alcalde. Acaso esa carta encerraba un secreto, un secreto de política. Sabía que Renardet no era republicano, y conocía todas las artimañas y todos los engaños que se emplean en las elecciones.

Preguntó:

—¿A quién iba dirigida esa carta?

—¡Al señor Putoin, el juez de instrucción; ya sabe, al señor Putoin, que es amigo mío!

El cartero buscó entre los papeles y encontró la carta que le reclamaban. Entonces se puso a mirarla, dándole la vuelta varias veces entre sus dedos, muy perplejo, muy turbado por temor a cometer una falta grave o a ganarse la enemistad del alcalde.

Viendo su duda, Renardet hizo un movimiento para coger la carta y arrancársela de las manos. Este brusco gesto convenció a Médéric de que se trataba de un misterio importante y le hizo decidirse a cumplir con su deber, al precio que fuese.

Metió el sobre dentro de su saca y la volvió a cerrar, respondiendo:

—No, no puedo, señor alcalde. En vista de que iba dirigida al juez, no puedo.

Una angustia espantosa encogió el corazón de Renardet, que balbució:

—Pero me conoce usted perfectamente. Puede reconocer incluso mi letra. Le digo que necesito esa carta.

—No puedo.

—Veamos, Médéric, sabe que soy incapaz de engañarle, le digo que la necesito.

—No. No puedo.

Un estremecimiento de cólera agitó el alma violenta de Renardet.

—¡Rediez!, ándese usted con cuidado. Sabe que no bromeo y que puedo hacerle perder su empleo, buen hombre, y bien pronto. Y además soy el alcalde del pueblo; y le ordeno que ahora mismo me devuelva la carta.

El cartero respondió con firmeza:

—¡No, no puedo, señor alcalde!

Entonces Renardet, perdiendo la cabeza, le cogió de los brazos para quitarle su saca; pero el hombre se liberó de una sacudida y, retrocediendo, alzó su grueso bastón de acebo. Dijo, sin perder la calma en ningún momento:

—¡Eh, no me toque, señor alcalde, o le doy! Ándese con cuidado. ¡Yo cumplo con mi deber!

Sintiéndose perdido, Renardet adoptó de repente una actitud humilde, suave, implorante como un niño que llora.

—Vamos, vamos, amigo, devuélvame esa carta, le recompensaré, le daré dinero, tenga, tenga, le daré cien francos, ¿entendido?, cien francos.

El hombre se dio media vuelta y echó a andar.

Renardet le seguía, jadeante, balbuciendo:

—Médéric, Médéric, escuche, le daré mil francos, ¿entendido?, mil francos.

El otro seguía adelante, sin responder. Renardet prosiguió:

—Le haré rico…, ¿entendido?, lo que usted quiera… Cincuenta mil francos… Cincuenta mil francos por esa carta… ¿A usted qué le importa? ¿No quiere?… Pues bien, cien mil…, diga…, cien mil francos…, ¿entendido?…, cien mil francos…, cien mil francos.

El cartero se volvió, con una expresión dura y mirada severa:

—Basta ya, o daré cuenta a la justicia de todo lo que acaba de decirme.

Renardet se detuvo en seco. Estaba acabado. No tenía ya esperanza. Se dio la vuelta y se largó hacia su casa, corriendo como un animal en fuga.

Entonces Médéric se detuvo a su vez y observó esa huida con estupefacción. Vio regresar al alcalde a su casa, y siguió esperando como si no pudiera dejar de ocurrir algo sorprendente.

Pronto, en efecto, apareció Renardet cuan alto era arriba en la torre del Zorro. Corría en torno a la plataforma como un loco; luego cogió el asta de la bandera y la sacudió con furor sin conseguir romperla, y a continuación, a modo de un nadador que se lanza de cabeza, se tiró de súbito al vacío con las dos manos por delante.

Médéric se precipitó para socorrerle. Al atravesar el parque, vio a los leñadores que iban al trabajo. Les llamó a voces para avisarles del accidente; y ellos encontraron al pie de los muros un cuerpo ensangrentado cuya cabeza se había aplastado contra una roca. El Brindille le rodeaba, y en sus aguas, en aquel punto anchurosas, cristalinas y tranquilas, se veía fluir un largo hilillo rosa de cerebro y de sangre mezclados.

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