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© Libro N° 4010. Cuentos Esenciales III. De Maupassant, Guy. Colección E.O. Julio 22 de 2017.

Título original: ©  Cuentos Esenciales III. Guy de Maupassant

 

Versión Original: © Cuentos Esenciales III. Guy de Maupassant

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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CUENTOS ESENCIALES III

Guy de Maupassant

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SAN ANTONIO*

 

A X. Charmes

Era conocido como San Antonio porque se llamaba Antonio, y quizá también porque era un vividor, jovial, bromista, buen tragaldabas y buen bebedor, y vigoroso castigador de sirvientas, por más que tuviera más de sesenta años pasados.

Era un gran terrateniente de la comarca de Caux, coloradote, ancho de pecho y panzudo, y plantado sobre unas largas piernas que parecían demasiado delgadas para su corpachón.

Viudo, vivía solo con su criada y sus dos mozos en su hacienda que dirigía como un lagartón, velando por sus intereses, entendido como era en los negocios, en la cría de ganado y en el cultivo de sus tierras. Sus dos hijos y sus tres hijas, bien casados, vivían en los alrededores e iban a comer con su padre una vez al mes. Su vigor era famoso en los contornos; circulaba el dicho: «Es fuerte como San Antonio».

Al producirse la invasión prusiana, San Antonio prometía en la taberna comerse vivo a todo un ejército, porque era jactancioso como buen normando, algo cobarde y fanfarrón. Descargaba puñetazos sobre la mesa de madera, que se estremecía haciendo bailar tazas y vasos y, con el rostro rojo y mirada maliciosa, gritaba con fingida ira de vividor: «¡Me los tendré que comer, rediós!». Estaba convencido de que los prusianos no llegarían nunca a Tanneville; pero, cuando supo que se encontraban en Rautôt, no salió ya de su casa, y por la ventana de la cocina no perdía de vista el camino, esperando de un momento a otro ver pasar las bayonetas.

Una mañana, mientras se tomaba las sopas con sus servidores, abrió la puerta y apareció el alcalde del municipio, el señor Chicot, seguido de un soldado que llevaba un casco negro con la punta de cobre. San Antonio se puso en pie de un salto; y toda su gente le miraba, esperando verle hacer pedazos al prusiano. En cambio, se limitó a dar la mano al alcalde, que le dijo:

—Hay uno para ti, San Antonio. Han venido esta noche. Te ruego que no hagas tonterías, pues hablan de fusilar y prender fuego a todo a la más mínima. Estás avisado. Dale de comer, parece un buen chico. Me despido, pues he de ir a casa de otros. Hay para todos.

Y salió.

San Antonio había palidecido, y miró a su prusiano. Era un mocetón metido en carnes y blanco, de ojos azules, rubio, barbudo hasta los pómulos, con aspecto de idiota, tímido y bonachón. El malicioso normando comprendió enseguida con quién se las tenía que ver y, tranquilizado, le hizo seña de que se sentara. Luego le preguntó:

—¿Quieres un poco de sopa?

El extranjero no comprendió. Entonces Antonio, en un impulso de audacia, le empujó bajo la nariz un plato lleno:

—Toma y come, cerdo.

El soldado respondió: Ya y se puso a comer con gula mientras el hacendado triunfante, sintiendo que había reconquistado su reputación, guiñaba el ojo a sus servidores que hacían extrañas muecas, sintiendo a la vez un gran miedo y ganas de reír.

Cuando el prusiano se hubo zampado su plato, San Antonio le sirvió otro que él hizo desaparecer igualmente, pero se echó atrás ante el tercero, que el hacendado quería hacerle comer a la fuerza, repitiendo:

—Vamos, para dentro. ¡Lo que no mata engorda, cerdo!

Y el soldado, creyendo que no querían hacerle sino comer hasta saciarle, reía con expresión de contento, haciendo señas para indicar que estaba lleno.

Entonces San Antonio, con gran familiaridad, le dio una palmadita en la tripa exclamando:

—¡Está llena, ¿eh?, la panza de mi cerdo!

Pero de repente se retorció, rojo como si fuera a darle un ataque, sin poder ya hablar. Se le había ocurrido una idea que le hacía ahogarse de la risa:

—Eso, eso, san Antonio y su cerdo. ¡Aquí tenéis a mi cerdo!

Y los tres sirvientes estallaron a reír a su vez.

El viejo estaba tan contento que hizo traer aguardiente, del bueno, del de primera calidad y muy fuerte, y puso para todos. Brindaron con el prusiano, quien hizo chasquear la lengua a modo de cumplido, para indicar que le parecía exquisito. Y San Antonio le gritaba en las mismas barbas:

—¡Éste sí que es bueno! En tu país, cerdo mío, no tomas cosas como ésta.

A partir de aquel día San Antonio no salió ya sin su prusiano. Había encontrado lo que le convenía, era su venganza, su venganza de lagartón. Y todo el pueblo, que estaba muerto de miedo, se reía como loco a espaldas de los vencedores con la burla de San Antonio. La verdad es que, en cuestión de bromas, era único. ¡Sólo él era capaz de inventarse una así, el muy tunante!

Iba a casa de los vecinos, todos los días después de comer, del brazo con su alemán, al que presentaba alegremente, dándole una palmadita en el hombro:

—¡Aquí tenéis a mi cerdo! ¡Ved lo gordo que está, el muy bestia!

Y los campesinos se lo pasaban en grande.

—¡Qué divertido es, este demonio de San Antonio!

—Césaire, te lo vendo por tres pistolas.

—Me lo quedo, Antonio, y te invito a comer morcillas.

—Yo, en cambio, quiero los pies.

—Tócale la panza, y verás lo grasito que está.

Y todos guiñaban el ojo sin reírse demasiado fuerte, por temor a que el prusiano acabara comprendiendo que se burlaban de él. Sólo San Antonio, que se volvía cada día más osado, le daba unos pellizcos en los muslos al tiempo que exclamaba: «Grasa nada más»; le daba una palmada en el trasero gritando: «Es pura corteza»; lo levantaba entre sus brazos de viejo coloso capaz de cargar con un yunque, diciendo: «Pesa seiscientos, y sin desperdicio».

Y había adquirido la costumbre de hacer que invitaran a comer a su cerdo por todas partes adonde iba con él. Era el gran placer, la gran diversión de todos los días: «Denle lo que quieran, que se lo traga todo». Y le daban al hombre aquel pan y mantequilla, patatas, guisos fríos y embutido con el comentario: «Casero y de primera calidad».

El soldado, estúpido y bonachón, comía por cortesía, encantado de tales atenciones, se ponía enfermo por no rehusar; y la verdad era que iba engordando, el uniforme le apretaba ya, lo que encantaba a San Antonio y le hacía repetir: «¿Sabes?, cerdo mío, habrá que mandar hacerte otro chiquero».

Se habían vuelto, por otra parte, los mejores amigos del mundo; y cuando el viejo se iba a sus asuntos por los alrededores, el prusiano le acompañaba por propia iniciativa por el simple gusto de estar con él.

Hacía un tiempo riguroso; todo estaba helado; el terrible invierno de 1870 parecía hacer caer a la vez todo tipo de flagelos sobre Francia.

El viejo San Antonio, que preparaba las cosas con tiempo y aprovechaba las ocasiones, previendo que le iba a faltar el estiércol para las labores del campo de primavera, compró el de un vecino que pasaba penurias; y convinieron en que cada noche iría con su carreta a buscar una carga de estiércol.

Así todos los días, al caer la noche, se ponía en camino para ir a la alquería de los Haules, que estaba a una media legua de distancia, acompañado siempre de su cerdo. Y cada día era una fiesta alimentar al muy bestia. Todo el pueblo acudía allí como se va, los domingos, a misa mayor.

Sin embargo, el soldado empezaba a tener la mosca tras la oreja; y cuando se reían demasiado fuerte revolvía sus ojos inquietos, que, a veces, se encendían de una llama de ira.

Ahora bien, una noche, una vez que hubo comido hasta quedar satisfecho, se negó a tragarse un bocado más; y trató de levantarse para irse. Pero San Antonio le detuvo retorciéndole una muñeca y, poniéndole sus dos poderosas manos sobre los hombros, le hizo sentarse de nuevo tan enérgicamente que la silla se rompió bajo el hombre.

Estalló un huracán de alegría; y Antonio, radiante, levantando a su cerdo fingió ponerle un vendaje para las heridas; luego dijo:

—¡Puesto que no quieres comer, entonces beberás, rediós!

Y mandaron a buscar aguardiente a la taberna.

El soldado miraba a su alrededor con ojos de mirada malvada; pero bebió, no obstante, bebió tanto como quisieron; y San Antonio, en medio del júbilo de los presentes, le sostenía la cabeza.

El normando, rojo como un tomate, la mirada de fuego, llenaba las copas y trincaba voceando: «¡A tu salud!». Y el prusiano, sin abrir la boca, se echaba al coleto tragos de aguardiente uno tras otro.

¡Fue una lucha, una batalla, una revancha! ¡A ver quién conseguía beber más, maldita sea! Cuando se acabó la botella, ninguno de los dos podía con su alma. Pero ninguno había salido perdedor. Estaban empatados. ¡Iban a tener que volver a empezar al día siguiente!

Salieron tambaleándose y echaron a andar junto a la carreta de estiércol de la que tiraban lentamente los dos caballos.

Empezaba a caer la nieve, y la noche sin luna se iluminaba tristemente con esa claridad mortecina propia de las llanuras. Cogieron frío los dos, lo cual aumentó su ebriedad, y San Antonio, descontento por no haber ganado, se divertía dándole empellones en el hombro a su cerdo para hacerle caer en la cuneta. El otro evitaba los ataques mediante retiradas; y pronunciaba cada vez unas palabras en alemán en un tono de irritación que hacía reír a carcajadas al campesino. Hasta que, finalmente, el prusiano se molestó; y, justo en el momento en que Antonio le daba otro empellón, respondió con un terrible puñetazo que hizo tambalearse al coloso.

Entonces, encendido por el aguardiente, el viejo cogió al hombre por la cintura, le sacudió unos segundos como si fuera un niño pequeño y lo lanzó de un impulso al otro lado del camino. Luego, satisfecho del resultado, se cruzó de brazos para seguir riéndose.

Pero el soldado se puso rápidamente en pie, con la cabeza descubierta, pues se le había caído el casco, desenvainó el sable y se abalanzó sobre el compadre Antonio.

Al ver esto, el campesino cogió su fusta por el medio, su gran fusta de acebo, recta, fuerte y elástica como un vergajo.

El prusiano se lanzó hacia delante, con la cabeza gacha y acometiendo con su arma, seguro de matar. Pero el viejo atrapó con la mano la hoja que estaba a punto de reventarle el vientre, la desvió, y propinó con el mango de su fusta un golpe seco en la sien de su enemigo, que cayó a sus pies.

Luego miró, espantado, anonadado de asombro, el cuerpo primero sacudido por los espasmos, luego inmóvil sobre el vientre. Se inclinó, le dio la vuelta, lo examinó un rato. El hombre tenía los ojos cerrados; y un hilillo de sangre brotaba de una brecha de un lado de su frente. A pesar de la oscuridad, el compadre Antonio distinguía la mancha oscura de aquella sangre en la nieve.

Permanecía allí, trastornada la cabeza, mientras su carreta seguía adelante al paso tranquilo de los caballos.

¿Qué hacer? ¡Le fusilarían! ¡Prenderían fuego a su alquería, destruirían el pueblo! ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? ¿Cómo esconder el cuerpo, ocultar el fallecimiento, engañar a los prusianos? Oyó voces a lo lejos, en el gran silencio de las nieves. Se espantó y, tras recoger el casco, se lo puso en la cabeza a su víctima, y luego, cogiéndole por los costados, lo levantó, echó a correr, alcanzó el carro y arrojó el cuerpo sobre el estiércol. En casa, ya se le ocurriría algo.

Iba a paso corto, devanándose los sesos, sin que se le ocurriera nada. Se veía y se sentía perdido. Entró en el patio de su casa. Se veía luz en un ventanillo de la buhardilla, su sirvienta no dormía aún; entonces hizo recular rápidamente el carro hasta el borde de la entrada del estercolero. Pensaba que, volcando la carga, el cuerpo depositado encima acabaría debajo, en la fosa; e hizo bascular la carretada.

Como había previsto, el hombre quedó enterrado bajo el estiércol. San Antonio igualó el montón con la horquilla y la hincó en el suelo, al lado. Llamó a su mozo, ordenó que metiera los caballos en las caballerizas; y entró en su habitación.

Se acostó, sin dejar de cavilar ni un momento en lo que iba a hacer, pero, como no se le ocurría ninguna idea, su espanto iba en aumento en la inmovilidad del lecho. ¡Le fusilarían! Sudaba del miedo; le castañeteaban los dientes; se levantó temblando, incapaz como se sentía de seguir estando entre las sábanas.

Entonces bajó a la cocina, cogió la botella del buen aguardiente del aparador y volvió a subir. Se bebió dos grandes copas seguidas, añadiendo una nueva borrachera a la anterior, pero sin calmar la angustia de su alma. ¡Buena la había hecho, imbécil de él!

Ahora iba de un lado para otro, tratando de dar con alguna estratagema, explicación o astucia; y, de tanto en tanto, se echaba un trago al gaznate, para cobrar ánimos.

Y no se le ocurría nada. Nada de nada.

Hacia medianoche, su perro guardián, una especie de medio lobo llamado Devorador, se puso a ladrar a la luna. El compadre Antonio se estremeció hasta los tuétanos; y, cada vez que el animal reanudaba su gañido lúgubre y prolongado, un escalofrío de miedo recorría el espinazo del viejo.

Se había derrumbado sobre una silla, con las piernas molidas, atontado, sin poder más, esperando con ansiedad que Devorador comenzara de nuevo su quejido, y sacudido por todos los sobresaltos del terror que crispan nuestros nervios.

El reloj de abajo dio las cinco. El perro no callaba. El campesino se estaba volviendo loco. Se levantó para soltar al animal, y dejar así de oírlo. Bajó, abrió la puerta, avanzó en medio de la noche.

Seguía nevando. Todo estaba blanco. Los edificios de la alquería formaban grandes manchas oscuras. El hombre se acercó a la perrera. El perro tiraba de su cadena. Lo soltó. Entonces Devorador dio un salto, se detuvo a continuación en seco, con el pelaje erizado, las patas tensas, enseñando los dientes, el hocico vuelto hacia el estiércol.

Temblando de pies a cabeza, San Antonio balbució: «¿Qué te pasa, chucho?» y avanzó algunos pasos, escrutando con la mirada la imprecisa sombra, la sombra borrosa del patio.

¡Entonces vio una forma, una forma de hombre sentado sobre su estiércol!

Lo miró jadeando, paralizado por el terror. Pero, de improviso, vio junto a sí el mango de su horquilla hincada en tierra; la arrancó y, en uno de esos impulsos de miedo que tornan temerarias a las personas más cobardes, se lanzó hacia delante, para ver.

Era su prusiano, salido enfangado de su yacija de inmundicias que le había recalentado y hecho volver en sí. Se había sentado maquinalmente, y permanecía allí, bajo la nieve que le blanqueaba, empapado de suciedad y de sangre, atontado aún por la borrachera, aturdido por el golpe, debilitado por la herida.

Vio a Antonio, y, demasiado anonadado para entender nada, hizo ademán de levantarse. Pero el viejo, apenas le hubo reconocido, se puso a echar espumarajos como una bestia rabiosa.

Farfullaba:

—¡Ah, cerdo, cerdo, así que no te has muerto aún! Quieres denunciarme, ¿eh?…, pues, espera, espera…

Y, abalanzándose sobre el alemán, acometió con toda la fuerza de sus dos brazos con la horquilla enristrada como una lanza, y le hundió hasta el mango en el pecho los cuatro dientes de hierro.

El soldado cayó de espaldas lanzando un largo suspiro de muerte, mientras el viejo campesino retiraba su arma de las heridas para clavársela de nuevo, una vez tras otra, en la panza, en el estómago, en la garganta, lanzando golpes como un loco, acribillando de pies a cabeza el cuerpo palpitante del que brotaba la sangre a borbotones.

Luego se detuvo, sofocado por lo violento de su tarea, tomando aire a grandes bocanadas, aplacado por el crimen consumado.

Entonces, cuando cantaban los gallos en los gallineros e iba a despuntar el día, se puso manos a la obra para enterrar el cadáver.

Abrió un hoyo en el estiércol, encontró tierra, excavó más hondo aún, trabajando sin ningún orden, en un arrebato enérgico con furiosos movimientos de brazos y de todo el cuerpo.

Cuando el hoyo fue lo bastante profundo, hizo rodar con la horquilla el cadáver en su interior, lo rellenó con la tierra y la apisonó largo rato; luego colocó de nuevo en su sitio el estiércol, y al ver que la espesa nieve completaba su tarea, y cubría las huellas con su blanco manto, sonrió.

Luego volvió a hincar la horquilla sobre el montón de inmundicia y entró de nuevo en su casa. Su botella medio llena aún de aguardiente había quedado sobre una mesa. La vació de un trago, se tumbó en la cama y se durmió con un sueño profundo.

Se despertó lúcido, con el ánimo sereno y alerta, capaz de juzgar lo sucedido y de prever los acontecimientos.

Al cabo de una hora corría al pueblo a pedir por todas partes noticias de su soldado. Fue a ver a los oficiales para saber, decía, por qué se habían llevado a su hombre.

 

Como conocían su relación, no sospecharon de él; e incluso dirigió las labores de búsqueda afirmando que el prusiano se iba cada noche de picos pardos.

Un viejo gendarme retirado, que tenía una posada en el pueblo vecino y una bonita hija, fue detenido y fusilado.

 

LA AVENTURA DE WALTER SCHNAFFS*

 

A Robert Pinchon

Desde su entrada en Francia con el ejército invasor, Walter Schnaffs se consideraba el más desdichado de los hombres. Era gordo, andaba con esfuerzo, resoplaba mucho y sufría espantosamente de los pies que tenía muy planos y grandes. Era, además, pacífico y bonachón, nada magnánimo o sanguinario, padre de cuatro niños a los que adoraba y estaba casado con una joven rubia, cuyo cariño, pequeñas atenciones y besos echaba desesperadamente de menos cada noche. Le gustaba levantarse tarde y acostarse temprano, comer despacio cosas buenas y tomar cerveza en las cervecerías. Pensaba, además, que todo lo que es agradable de la vida acaba con ésta; y sentía en su corazón un odio terrible, instintivo y racional al mismo tiempo, hacia los cañones, los fusiles, los revólveres y los sables, pero sobre todo hacia las bayonetas, incapaz como se sentía de manejar lo bastante diestramente esa arma rápida para defender su barrigón.

Y, cuando, al caer la noche, se acostaba en el suelo envuelto en su capote al lado de sus camaradas que roncaban, pensaba un buen rato en sus seres queridos de los que estaba tan lejos y en los peligros de que estaba sembrado su camino: «Si me matasen, ¿qué sería de mis pequeños? ¿Quién los criaría y educaría? Y no son ricos además, a pesar de las deudas que contraje al partir para dejarles algún dinero». Y Walter Schnaffs lloraba a veces.

Al comienzo de las batallas sentía tal flojera en las piernas que se habría dejado caer al suelo de no haber pensado que todo el ejército le pasaría por encima. Cuando oía silbar las balas se le ponía la piel de gallina.

Desde hacía meses vivía así en medio del terror y de la angustia.

El cuerpo del ejército al que pertenecía avanzaba hacia Normandía; y un buen día fue mandado en una misión de reconocimiento con un escaso destacamento que debía limitarse a explorar una parte de la región y replegarse acto seguido. Todo parecía en calma en los campos; nada indicaba una resistencia organizada.

Ahora bien, cuando los prusianos bajaban tranquilamente por un pequeño valle, que cortaban unos barrancos profundos, una violenta descarga de fusilería les hizo detenerse en seco, abatiendo a una veintena de ellos; y una escuadra de francotiradores, saliendo de pronto de un bosquecillo grande como la palma de una mano, se lanzó hacia delante, con la bayoneta calada.

En un primero momento Walter Schnaffs se quedó inmóvil, tan sorprendido y desesperado que ya no pensaba siquiera en huir. Luego le dominó un deseo loco de poner pies en polvorosa; pero enseguida pensó que corría como una tortuga en comparación con los delgados franceses que llegaban dando saltos como un rebaño de cabras. Viendo entonces a seis pasos delante de él un ancho hoyo lleno de maleza cubierta de hojas secas, saltó dentro a pie juntillas, sin pensar siquiera en lo profundo que pudiera ser, como se salta de un puente a un río.

Pasó, como una flecha, a través de una espesa capa de bejucos y zarzas pinchudas que le rasguñaron cara y manos, yendo a caer pesadamente de culo sobre un lecho de piedras.

Alzando al punto los ojos, vio el cielo por el agujero que había hecho. Aquel agujero revelador podía delatarle, por lo que se arrastró con precaución, gateando, hasta el fondo de aquella cavidad, bajo la techumbre de ramaje entrelazado, yendo lo más rápidamente posible, alejándose del lugar del combate. Luego se detuvo y se sentó de nuevo, agazapado como una liebre en medio de las altas hierbas secas.

Durante un rato siguió oyendo algunas detonaciones, gritos y lamentos. Luego el clamor de la lucha se debilitó. Todo se volvió de nuevo mudo y calmo.

Algo se movió de repente junto a él. Tuvo un sobresalto espantoso. Era un pajarillo que, tras haberse posado sobre una rama, hacía agitarse unas hojas secas. Durante cerca de una hora, el corazón de Walter Schnaffs latió con grandes palpitaciones aceleradas.

Caía la noche, cubriendo el barranco de sombra. Y el soldado se puso a pensar. ¿Qué haría? ¿Qué iba a ser de él? ¿Reunirse con su ejército?… Pero ¿cómo? Pero ¿por dónde? ¡Tendría que empezar de nuevo la horrible vida de angustias, de espantos, de fatigas y de sufrimientos que llevaba desde el comienzo de la guerra! ¡No! ¡Ya no se sentía con valor para ello! Ya no tendría la energía que se requería para soportar las marchas y afrontar los peligros de cada minuto.

Pero ¿qué hacer? No podía quedarse en aquel barranco y ocultarse hasta el final de las hostilidades. No, por supuesto. De no haber tenido que comer, esa perspectiva no le habría aterrado demasiado; pero comer había que comer, y además todos los días.

Y se encontraba así totalmente solo, armado, en uniforme, en territorio enemigo, lejos de los que podían defenderle. Unos escalofríos recorrían su espinazo.

De repente pensó: «¡Si al menos fuera prisionero!», y su corazón se estremeció de deseo, de un deseo violento y desmedido, de ser prisionero de los franceses. ¡Prisionero! Estaría salvado, alimentado, alojado, al abrigo de las balas y de los sables, sin recelo posible, en una buena prisión bien protegida. ¡Prisionero! ¡Qué sueño!

Y tomó inmediatamente una decisión: «Voy a entregarme».

Se levantó, decidido a llevar a cabo su plan sin pérdida de tiempo. Pero se quedó inmóvil, asaltado de pronto por reflexiones molestas y por nuevos terrores.

¿Dónde se entregaría prisionero? ¿Y cómo? ¿Por qué lado? Y unas imágenes espantosas, imágenes de muerte, atenazaron su alma.

Iba a correr peligros terribles aventurándose solo, por los campos, con su casco en punta.

¿Y si se encontraba con unos campesinos? ¡Esos campesinos, al ver a un prusiano perdido, a un prusiano inerme, le matarían como a un perro vagabundo! ¡Le masacrarían con sus horcas, sus picos, sus hoces, sus palas! Le harían picadillo, papilla, con el encarnizamiento de los vencidos exasperados.

¿Y si se encontraba con unos francotiradores? Esos francotiradores, unos desalmados sin ley ni disciplina, le fusilarían por simple diversión, para pasar una hora riéndose en sus barbas. Y se veía ya de espaldas contra el muro, delante de doce cañones de fusil que parecían mirarle con sus bocachas negras y redondas.

¿Y si se encontraba con el ejército francés? Los hombres de la vanguardia le tomarían por un explorador, por un soldado astuto y audaz que había ido solo de reconocimiento, y le dispararían. Oía ya las detonaciones intermitentes de los soldados tendidos entre los matorrales, mientras él, de pie en medio de un campo, se desplomaba, acribillado como un cedazo por las balas que sentía penetrar en sus carnes.

Desesperado, volvió a sentarse. Le parecía estar realmente en un callejón sin salida.

Era ya noche cerrada, una noche negra y silenciosa. Ya no se movía y se estremecía a cada ruido desconocido y ligero que cruzaba las tinieblas. Un conejo, al golpear con su trasero el borde de la madriguera, a punto estuvo de hacerle huir. Los chillidos de las lechuzas le partían el alma, provocándole miedos repentinos, dolorosos como heridas. Desorbitaba los ojos para tratar de ver en la sombra; y se imaginaba en todo momento que oía andar cerca de él.

Al cabo de interminables horas y de angustias de condenado, percibió, a través de su techumbre, que el cielo empezaba a clarear. Le embargó entonces un inmenso alivio; sus miembros se relajaron, descansados de repente; su corazón se apaciguó; sus ojos se cerraron. Se durmió.

Al despertar, le pareció que el sol había llegado a su cenit; debía de ser mediodía. Ningún ruido turbaba la paz mortecina de los campos; y Walter Schnaffs se dio cuenta de que tenía un hambre canina.

Bostezaba, se le hacía la boca agua sólo de pensar en el salchichón, en el buen salchichón de los soldados; y le dolía el estómago.

Se levantó, dio unos pasos, sintió flojera en las piernas y volvió a sentarse para pensar. Durante dos o tres horas más sopesó los pros y los contras, dividido entre las más opuestas ideas.

Finalmente prevaleció una decisión que encontró lógica y práctica: esperar a que pasara un campesino, solo, desarmado y sin peligrosas herramientas de trabajo, correr a su encuentro y ponerse en sus manos, haciéndole ver inequívocamente que se rendía.

Entonces se quitó el casco, que con su punta podía delatarle, y, con infinitas precauciones, asomó la cabeza fuera de su agujero.

No se veía alrededor ni un alma. Al fondo a la derecha, un pueblecito mandaba hacia el cielo el humo de sus tejados, ¡el humo de las cocinas! Al fondo a la izquierda, en el extremo de una avenida arbolada, divisó un gran castillo flanqueado por unas torrecillas.

Esperó hasta el atardecer, entre atroces padecimientos, viendo sólo vuelos de cuervos, oyendo únicamente los sordos quejidos de sus entrañas.

Una vez más la noche descendió sobre él.

Se tumbó al fondo de su refugio y se durmió con un sueño febril, poblado de pesadillas, el sueño de un hombre famélico.

Se alzó la aurora de nuevo sobre su cabeza. Reanudó la observación. Pero el campo estaba vacío como el día anterior; y entonces otro miedo se apoderó de Walter Schnaffs, ¡el miedo a morir de hambre! Se veía tumbado al fondo de su agujero, tendido de espaldas, con los ojos cerrados. Luego unas bestias, bestezuelas de todo tipo se acercaban a su cadáver y empezaban a comérselo, atacándole por todas partes a la vez, introduciéndose en sus ropas para morder su piel fría. Y un gran cuervo le picaba en los ojos con su afilado pico.

Entonces enloqueció, imaginándose que se desvanecería de debilidad y no podría ya caminar. Y se disponía a lanzarse hacia el pueblo, resuelto a atreverse a todo, a arrostrarlo todo, cuando vio a tres campesinos que iban a los campos con sus horcas al hombro, y se volvió a meter en su escondite.

Pero, cuando la noche oscureció la llanura, salió lentamente del agujero y se puso en camino, encorvado, temeroso, con el corazón palpitándole, hacia el castillo lejano, prefiriendo entrar allí que en el pueblo, que le parecía temible como una guarida llena de tigres.

Había luz en las ventanas de la planta baja. Una de ellas estaba incluso abierta; y un fuerte olor a carne asada salía de allí, un olor que penetró bruscamente en la nariz y hasta el fondo del estómago de Walter Schnaffs, que le crispó, le hizo jadear, atrayéndole irresistiblemente, infundiéndole en el corazón una audacia desesperada.

Y brusca e irreflexivamente apareció, con el casco puesto, en el marco de la ventana.

Ocho criados estaban cenando en una gran mesa. Pero de pronto una criada se quedó boquiabierta, dejando caer su vaso, con la mirada fija. ¡Todas las miradas siguieron a la suya!

¡Vieron al enemigo!

¡Señor mío! ¡Los prusianos atacaban el castillo!…

Primero se oyó un grito, un solo grito, formado de ocho gritos lanzados en ocho tonos distintos, un grito de espanto horrible, luego un levantarse tumultuoso, alboroto, confusión, una huida desesperada hacia la puerta del fondo. Las sillas caían, los hombres derribaban a las mujeres y pasaban por encima de ellas. En dos segundos, la estancia quedó vacía, abandonada, con la mesa cubierta de manduca delante de un Walter Schnaffs estupefacto, que seguía de pie ante la ventana.

Tras unos instantes de vacilación, salvó el pretil y avanzó hacia los platos. Su hambre excitada le hacía temblar como quien tiene fiebre: pero un terror le refrenaba, le paralizaba aún. Escuchó. Toda la casa parecía temblar; puertas que se cerraban, correr de pasos apresurados por el piso de arriba. Inquieto, el prusiano aguzaba el oído a esos confusos sonidos; luego oyó unos sordos ruidos como si unos cuerpos hubieran caído en la blanda tierra, al pie de los muros, cuerpos humanos saltando desde la primera planta.

Después cesaron todo movimiento, toda agitación, y en el gran castillo reinó un silencio sepulcral.

Walter Schnaffs se sentó delante de un plato que había quedado intacto y se puso a comer. Comía a grandes bocados como si temiera verse interrumpido demasiado pronto y no poder tragar lo bastante. Se llevaba los bocados con ambas manos a su boca abierta como una trampilla; y un montón de comida iba a parar una y otra vez a su estómago, hinchando al pasar su garganta. A veces se interrumpía, a punto de reventar como un tubo demasiado lleno. Entonces cogía la jarra de sidra y se destaponaba el esófago igual que se desemboza un conducto obturado.

Vació todos los platos, todas las fuentes y todas las botellas; luego, saciado de comida y de bebida, atontado, rojo, sacudido por los hipos, trastornada la cabeza y la boca grasienta, se desabrochó el uniforme para respirar, incapaz por otra parte de dar un paso. Sus ojos se cerraban, tenía la mente embotada; apoyó su frente que le pesaba entre los brazos cruzados sobre la mesa, y poco a poco perdió la noción de las cosas y de los hechos.

La luna en cuarto menguante iluminaba vagamente el horizonte por encima de los árboles del parque. Era la hora de frío que precede al día.

Numerosas y mudas sombras se deslizaban por la espesura; y a veces un rayo de luna hacía relucir en la sombra una punta de acero.

El tranquilo castillo alzaba su gran silueta oscura. Sólo en dos ventanas había luz aún en la planta baja.

De repente, una voz tonante gritó:

—¡Adelante, al asalto, muchachos!

Entonces, en cuestión de segundos, las puertas, los postigos y los cristales se hundieron ante la marea de hombres que se lanzaron, rompiéndolo, aplastándolo todo, e invadieron la casa. En un instante cincuenta soldados armados hasta los dientes se plantaron en la cocina donde descansaba pacíficamente Walter Schnaffs, y, apuntándole en el pecho cincuenta fusiles cargados, le derribaron, haciéndole rodar, le apresaron, le ataron de pies a cabeza.

Él jadeaba de asombro, demasiado atontado para entender, golpeado, pateado y loco de miedo.

Y de repente, un militar gordo recargado de entorchados le plantó un pie sobre la panza vociferando:

—¡Es usted mi prisionero, ríndase!

El prusiano comprendió sólo la palabra «prisionero» y gimió: Ya, ya, ya.

Fue levantado, atado a una silla y examinado con viva curiosidad por sus vencedores que resoplaban como ballenas. Varios se sentaron, extenuados por la emoción y el cansancio.

¡Él sonreía, ahora sonreía, convencido como estaba de haber sido hecho al fin prisionero!

Entró otro oficial y dijo:

—Mi coronel, los enemigos han escapado; varios parecen haber sido heridos. Tenemos el control de la situación.

El gordo militar, que se estaba secando la frente, vociferó:

—¡Victoria!

Y escribió en una pequeña agenda comercial que se había sacado del bolsillo: «Tras una lucha encarnizada, los prusianos han tenido que batirse en retirada, llevándose a sus muertos y heridos, que se estiman en cincuenta hombres fuera de combate. Varios han caído en nuestras manos».

El joven oficial prosiguió:

—¿Qué medidas he de tomar, mi coronel?

El coronel respondió:

—Vamos a replegarnos para evitar una contraofensiva del enemigo, provisto de artillería y de fuerzas superiores.

Y dio la orden de retirarse.

La columna volvió a formar en la sombra, bajo los muros del castillo, y se puso en marcha, rodeando por todas partes a un Walter Schnaffs agarrotado, sujetado por seis guerreros que empuñaban el revólver.

Se mandó a algunos exploradores para que vigilasen el camino. Avanzaban con prudencia, haciendo un alto de vez en cuando.

Llegaron, al rayar el día, a la subprefectura de La Roche-Oysel, cuya Guardia Nacional había llevado a cabo este hecho de armas.

La ansiosa y sobrexcitada población aguardaba. Cuando vieron el casco del prisionero, estalló un formidable clamor. Las mujeres levantaban los brazos; las ancianas lloraban; un abuelo lanzó su muleta contra el prusiano e hirió en la nariz a uno de sus guardianes.

El coronel daba alaridos.

—Velen por la seguridad del prisionero.

Llegaron por fin al Ayuntamiento. Se abrió la prisión, y Walter Schnaffs fue arrojado dentro, libre de ataduras.

Doscientos hombres armados montaron la guardia en torno al edificio.

Entonces, a pesar de los síntomas de indigestión que le torturaban desde hacía un buen rato, el prusiano, loco de alegría, se puso a bailar, a bailar como un loco, alzando brazos y piernas, a bailar dando gritos frenéticos, hasta el momento en que cayó, agotado al pie de una de las paredes.

¡Era prisionero! ¡Estaba salvado!

Fue así como el castillo de Champignet fue recuperado de manos del enemigo al cabo de sólo seis horas de ocupación.

El coronel Ratier, comerciante en paños, que había dirigido la operación a la cabeza de los guardias nacionales de La Roche-Oysel, fue condecorado.

 

EL COMPADRE MILON*

 

Desde hacía un mes, un gran sol derrama su lumbre sobre los campos. La vida brota radiante bajo este diluvio de fuego; la tierra es puro verdor hasta donde alcanza la vista. Hasta los confines del horizonte, el cielo es azul. Las alquerías normandas diseminadas por la llanura, vistas a distancia, se dirían bosquecillos, encerrados en su cercado de esbeltas hayas. De cerca, cuando se abre la cancela carcomida, se tiene la impresión de ver un gigantesco jardín, pues todos los viejos manzanos, huesudos como campesinos, están en flor. Sus añosos troncos negros, encorvados, retorcidos, en línea respecto al corral, despliegan bajo el cielo sus espléndidas copas blancas y rosas. El dulce aroma de su floración se mezcla con los olores grasos de los establos abiertos y con los vahos del estiércol que fermenta, cubierto de gallinas.

Es mediodía. La familia come a la sombra del peral plantado ante la puerta: el padre, la madre, los cuatro niños, las dos sirvientas y los tres mozos. Nadie habla. Se toman las sopas, luego destapan la cacerola del guisote lleno de patatas con tocino.

De cuando en cuando, una sirvienta se levanta y va a la bodega a llenar la jarra de sidra.

El hombre, un mocetón de unos cuarenta años, contempla una parra desnuda pegada a la pared de la casa, que corre retorcida como una serpiente, bajo las persianas, a todo lo largo del muro.

Al final dice:

—La parra de papá echa brotes pronto este año. Tal vez dé uva.

También la mujer se vuelve y mira sin decir nada.

La parra está plantada justo donde fue fusilado el padre.

Sucedió durante la guerra de 1870. Los prusianos ocupaban toda la región. El general Faidherbe, con el ejército del Norte, les hacía frente.

Ahora bien, el Estado Mayor prusiano había sentado sus reales en esa alquería. El propietario, el compadre Milon, de nombre Pierre, les había acogido y dado hospedaje lo mejor posible.

Desde hacía un mes, la vanguardia alemana estaba en el pueblo en tareas de observación. A unas diez leguas, los franceses permanecían inmóviles; y, sin embargo, cada noche desaparecían ulanos.

Todos los exploradores aislados, aquellos a los que mandaban de patrulla, cuando iban sólo dos o tres, no volvían nunca.

Los encontraban muertos por la mañana, en un campo, junto a un corral, en una cuneta. Hasta sus caballos yacían a lo largo de los caminos, degollados de un sablazo.

Tales asesinatos parecían perpetrados por las mismas personas, que no se conseguía descubrir.

Se aterrorizó a los lugareños. Se fusiló a campesinos por una simple denuncia, se encarceló a mujeres, se trató, por medio del miedo, de hacer hablar a los niños. Pero no se descubrió nada.

Pero he aquí que una mañana vieron al compadre Milon tendido en su establo, con la cara señalada por un tajo.

Dos ulanos eviscerados fueron encontrados a tres kilómetros de su alquería. Uno de ellos tenía empuñada aún su arma ensangrentada. Se había batido, defendido.

Tras formarse de inmediato un consejo de guerra, al aire libre, delante de la alquería, el viejo fue conducido ante él.

Contaba sesenta y ocho años. Era menudo, flaco, algo cargado de espaldas, con unas manazas parecidas a pinzas de cangrejo. Sus cuatro pelos descoloridos y ligeros como el plumón de un patito dejaban entrever por todas partes la carne del cráneo. La piel atezada y rugosa del cuello mostraba unas gruesas venas que desaparecían bajo las mandíbulas para reaparecer en las sienes. Tenía fama en la comarca de persona avara y duro de pelar en los negocios.

Le colocaron de pie, entre cuatro soldados, delante de la mesa de la cocina que habían sacado afuera. Cinco oficiales y el coronel se sentaron enfrente de él.

El coronel tomó la palabra en francés.

—Compadre Milon, desde que estamos aquí no podemos sino decir bondades de usted. Siempre se ha mostrado complaciente e incluso atento con nosotros. Pero hoy pesa una terrible acusación sobre usted, y es preciso aclarar las cosas. ¿Cómo se hizo esta herida que tiene en la cara?

El campesino no respondió nada.

El coronel continuó:

—Su silencio le condena, compadre Milon. Pero quiero que usted me responda, ¿entendido? ¿Sabe quién mató a los dos ulanos que fueron encontrados esta mañana cerca del Calvario?

El viejo articuló claramente:

—Fui yo.

El coronel, sorprendido, guardó silencio unos segundos, mirando con fijeza al prisionero. El compadre Milon permanecía impasible, con su aire cerril de campesino, los ojos gachos como si hablara con su cura. Sólo una cosa podía revelar una íntima turbación, y era que tragaba una y otra vez saliva, con un visible esfuerzo, como si tuviera la garganta completamente estrangulada.

La familia del buen hombre, su hijo Jean, su nuera y dos niños pequeños, estaban a diez pasos, espantados y consternados.

El coronel continuó:

—¿Sabe quién ha matado a todos los exploradores de nuestro ejército, que encontramos cada mañana, desde hace un mes, en los campos?

El viejo contestó con la misma impasibilidad de bruto:

—Fui yo.

—¿Los ha matado todos usted?

—Todos yo, sí.

—¡Usted solo!

—Yo solo.

—Cuénteme cómo lo hizo.

Esta vez el hombre pareció emocionado, visiblemente incómodo por la necesidad de tener que hablar extensamente. Balbució:

—¿Qué sé yo? Lo hice tal como se terciaba.

El coronel prosiguió:

—Debo advertirle que tendrá que contármelo todo. Hará bien en decidirse cuanto antes. ¿Cómo empezó?

El hombre lanzó una mirada inquieta a su familia, que estaba a la escucha detrás de él. Dudó un poco más, luego, de golpe, se decidió.

—Una noche, de vuelta a casa, debían de ser las diez, al día siguiente de llegar ustedes. Ustedes y sus soldados me habían quitado más de cincuenta escudos en heno, aparte de una vaca y dos ovejas. Pensé: «Cada vez que me quiten veinte escudos, me las pagarán». Y había, además, otras cosas que no podía tragar, como le contaré. Veo a uno de sus jinetes que estaba fumando en pipa en la reguera de detrás del granero. Voy, descuelgo la hoz y me le acerco por detrás sigilosamente, para que no se diera cuenta. Le corté la cabeza de un solo tajo, como si fuera una espiga, y no le dio ni tiempo de soltar un lamento. Basta con que lo busquen en el fondo de la charca, está dentro de un saco de carbón, con una piedra de la cancela.

»Tenía un plan. Cogí todas sus cosas, desde las botas hasta la gorra, y las escondí dentro del horno de la yesería del bosque Martin, detrás del corral.

El viejo se calló. Los oficiales se miraban pasmados. Luego se reanudó el interrogatorio, y he aquí de lo que se enteraron:

Tras haber perpetrado su crimen, el viejo había vivido sólo con esta idea: «¡Matar prusianos!». Los odiaba con un odio solapado y feroz, como campesino codicioso y también patriota que era. Tenía un plan, como él decía. Esperó algunos días.

Gozaba de libertad para ir y venir, entrar y salir a su antojo, tan humilde se había mostrado con los vencedores, sumiso y complaciente. Ahora bien, cada atardecer veía partir las estafetas; y, una noche, salió tras haber oído el nombre del pueblo al que se dirigían los jinetes y haber aprendido, gracias a la frecuentación de los soldados, las pocas palabras de alemán que necesitaba saber.

Salió por el corral, se internó en el bosque, llegó a la yesería, se introdujo en una profunda galería y localizó en el fondo, en el suelo, las ropas del muerto. Se vistió con ellas.

Entonces se puso a dar vueltas por los campos, reptando, siguiendo los ribazos para esconderse, pendiente de los menores ruidos, inquieto como un cazador furtivo.

Cuando creyó llegada la hora, se acercó al camino y se ocultó detrás de un matorral. Siguió aguardando. Finalmente, hacia medianoche, oyó resonar el galope de un caballo en la dura tierra del camino. El hombre pegó el oído a tierra para asegurarse de que sólo se acercaba un jinete, luego se preparó.

El ulano llegaba a trote ligero, trayendo unos despachos. Iba con la mirada atenta y aguzando el oído. Cuando no estuvo más que a diez pasos, el compadre Milon se arrastró hacia el centro del camino gimiendo: «Hilfe, hilfe! ¡Socorro, socorro!». El jinete se detuvo, reconoció a un alemán desarzonado, le pareció que estaba herido, se apeó del caballo, se acercó sin sospechar nada y, cuando se disponía a inclinarse sobre el desconocido, recibió en pleno estómago la larga hoja curva del sable. Cayó, sin agonía, apenas sacudido por los estremecimientos de la hora suprema.

Entonces el normando, exultante de una muda alegría de viejo campesino, se levantó y, por simple gusto, le cortó el gaznate al cadáver. Luego lo arrastró hasta la cuneta y lo dejó allí tirado.

El caballo esperaba tranquilamente a su amo. El compadre Milon montó en la silla y partió al galope por los campos.

Al cabo de una hora vio a otros dos ulanos que volvían juntos al centro de mando. Se fue directo hacia ellos, gritando de nuevo: «Hilfe, hilfe!». Los prusianos le dejaron acercarse, al reconocer el uniforme, sin desconfianza alguna. Y el viejo pasó, como una bala por entre los dos, abatiéndolos uno tras otro con su sable y un revólver.

Luego degolló a los caballos, ¡unos caballos alemanes! A continuación regresó tan tranquilo a su yesería y escondió el caballo en el fondo de la oscura galería. Se despojó de su uniforme, volvió a ponerse sus andrajos y, tras volver a su cama, durmió hasta la madrugada.

Durante cuatro días no salió, esperando el final de la investigación que se había abierto; pero, al quinto día, partió de nuevo, y dio muerte a otros dos soldados con la misma estratagema. Y a partir de entonces ya no paró. Cada noche, andaba errante, deambulaba a la ventura, abatiendo a prusianos unas veces aquí, otras allá, galopando por los campos desiertos, a la luz de la luna, ulano perdido, cazador de hombres. Luego, una vez terminada su faena, dejando en pos de sí cadáveres tendidos a lo largo de los caminos, el viejo jinete volvía para esconder su caballo y su uniforme en el fondo de la yesería.

Iba hacia mediodía, con aire tranquilo, a llevar avena y agua a su cabalgadura, que se había quedado en el fondo del subterráneo, y la alimentaba sin escatimar, exigiendo de ella un gran trabajo.

Pero, la víspera, uno de los que había atacado estaba en guardia y le hizo de un sablazo un tajo en la cara al viejo campesino.

¡De todas formas, él los había matado a los dos! Luego había vuelto, había escondido el caballo y se había puesto de nuevo sus humildes ropas; pero, de regreso, le había entrado una gran debilidad y se había arrastrado hasta el establo, sin conseguir llegar a casa.

Le encontraron, todo ensangrentado, sobre la paja…

Una vez que hubo terminado su relato, alzó de golpe la cabeza y miró con aire fiero a los oficiales prusianos.

El coronel, atusándose los bigotes, le preguntó:

—¿No tiene nada más que decir?

—No, nada más; las cuentas cuadran: maté a dieciséis, ni uno más ni uno menos.

—¿Sabe usted que va a morir?

—No les he pedido clemencia.

—¿Fue usted soldado?

—Sí. Estuve de campaña, en otros tiempos. Y además, mataron ustedes a mi padre, que fue soldado con el primer emperador; y el mes pasado me mataron a François, mi hijo pequeño, cerca de Évreux. Estaban en deuda conmigo, ahora estamos en paz.

Los oficiales se miraron.

El viejo continuó:

—Ocho por mi padre, ocho por mi hijo, y la cuenta cuadra. ¡No he sido yo quien ha buscado pelea! Ni siquiera les conozco. No tengo ni idea de dónde vienen. Están ustedes en mi casa, y mandan en ella como si fuera la suya. Me he vengado con esos otros; y no me arrepiento.

Enderezó su espalda torcida y se cruzó de brazos en la pose de un humilde héroe.

Los prusianos estuvieron bastante rato charlando en voz baja. Un capitán, que había perdido también a su hijo, el mes anterior, defendía a aquel magnánimo desarrapado.

Entonces el coronel se levantó y, acercándose al compadre Milon, le dijo, bajando la voz:

—Escuche, anciano, tal vez existe una manera de salvarle la vida…

Pero el viejo ya no escuchaba y, con los ojos clavados en los del oficial vencedor, mientras el viento le agitaba la pelusilla de la cabeza, hizo una mueca horrenda que crispó su cara chupada que cruzaba el chirlo, e, hinchando el pecho, escupió, con todas sus fuerzas, en plena cara del prusiano.

El coronel, enloquecido, alzó la mano, y el hombre, por segunda vez, le escupió en la cara.

Todos los oficiales se habían levantado y gritaban órdenes a la vez.

En menos de un minuto, el buen hombre, impasible en todo momento, fue empujado contra la pared y fusilado, mientras dirigía unas sonrisas a Jean, su hijo mayor, a su cuñada y a los dos niños pequeños, que miraban desesperados.

 

EL AMIGO JOSEPH*

 

Se habían tratado íntimamente durante todo el invierno en París. Tras haberse perdido de vista, como ocurre siempre, al dejar el colegio, los dos amigos volvieron a encontrarse, una noche, en sociedad, ya viejos y canosos, el uno soltero, el otro casado.

El señor de Méroul pasaba seis meses en París y seis meses en su castillejo de Tourbeville. Tras haberse casado con la hija de un castellano de los alrededores, había vivido apacible y agradablemente en la indolencia del hombre que no tiene nada que hacer. De temperamento tranquilo y cabeza asentada, sin audacias intelectuales ni rebeliones de independencia, pasaba su tiempo sintiendo una dulce nostalgia del pasado, deplorando las costumbres e instituciones del presente, y repitiéndole en todo momento a su mujer, que alzaba los ojos al cielo, y a veces también las manos en señal de asentimiento enérgico: «¡Pero bajo qué Gobierno vivimos, Dios mío!».

La señora de Méroul se asemejaba intelectualmente a su marido, como si hubieran sido hermano y hermana. ¡Sabía, por tradición, que hay que respetar en primer lugar al Papa y al Rey!

Y ella les quería y respetaba en el fondo de su corazón, sin conocerles, con exaltación poética, abnegación hereditaria y un cariño de mujer bien nacida. Era buena como un pedazo de pan. No había tenido hijos y siempre lo lamentaba.

Cuando el señor de Méroul encontró en un baile a su viejo compañero Joseph Mouradour, sintió por ello una honda y candorosa alegría, porque de jóvenes se habían querido mucho.

Tras las exclamaciones de asombro sobre los cambios producidos por la edad en sus cuerpos y caras, se habían informado acerca de sus respectivas vidas.

Joseph Mouradour, un meridional, había llegado a consejero general1 en su región. De modales francos, hablaba con vivacidad y desenvoltura, diciendo lo que pensaba sin pelos en la lengua. Era republicano; de esa raza de republicanos campechanos para quienes las maneras atrevidas son ley, para quienes la independencia de palabra llevada hasta la brutalidad se convierte en una pose.

Fue a casa de su amigo, siendo bien acogido en ella de inmediato por su sencilla cordialidad, pese a sus ideas avanzadas. La señora de Méroul exclamaba: «¡Qué lástima! ¡Un hombre tan encantador!».

El señor de Méroul le decía a su amigo, con tono convencido y confidencial: «No te das cuenta del daño que hacéis a nuestro país». Sin embargo, le quería; porque nada es más sólido que las amistades de la infancia reanudadas en edad madura. Joseph Mouradour les tomaba el pelo a la mujer y al marido, llamándoles «mis queridos galápagos», y a veces se entregaba a rimbombantes declamaciones contra las gentes atrasadas, contra los prejuicios y las tradiciones.

Cuando descargaba así el torrente de su elocuencia democrática, los dos esposos, incómodos, no decían nada por educación y cortesía; luego el marido trataba de cambiar de tema de conversación para evitar fricciones. Se veían con Joseph Mouradour sólo en la intimidad.

Llegó el verano. Los Méroul no tenían mayor alegría que recibir a sus amigos en sus posesiones de Tourbeville. Era una alegría íntima y sana, una alegría de buena gente y de terratenientes. Salían al encuentro de sus invitados hasta la cercana estación y les llevaban en su coche, esperando sus cumplidos sobre el lugar, la vegetación, el estado de los caminos del departamento, la limpieza de las casas de los labriegos, la gordura del ganado que se veía en los campos, en fin, sobre todo cuanto se veía alrededor.

Hacían notar que su caballo trotaba de forma sorprendente para ser un animal empleado parte del año en las labores agrícolas; y esperaban con ansiedad la opinión del recién llegado sobre su posesión, sensibles a la mínima palabra, agradecidos por la mínima cortesía.

Joseph Mouradour fue invitado y anunció su llegada.

Marido y mujer fueron a recogerle a la estación, encantados de tener que hacer los honores de la casa.

Apenas verles, Joseph Mouradour saltó de su vagón con una animación que no hizo sino aumentar su satisfacción. Les estrechaba las manos, les felicitaba, embriagándoles de cumplidos.

Durante todo el trayecto estuvo encantador, asombrándose de la altura de los árboles, de la abundante cosecha, de la rapidez del caballo.

Ya en la escalinata del castillo, el señor de Méroul le dijo, con una cierta solemnidad amistosa:

—Ahora estás en tu casa.

Joseph Mouradour respondió:

—Gracias, amigo, no esperaba menos de ti. Por otra parte, yo no me ando con cumplidos con mis amigos. No concibo la hospitalidad de otra forma.

Acto seguido subió a su habitación para vestirse, como él decía, a la campesina, y bajó ataviado todo de azul, tocado con un sombrero de paja, calzado con unos zapatos de cuero amarillo, en suma, vestido de parisino de trapillo que se va de francachela. También parecía haberse vuelto más llano, más jovial, más familiar, como si, con el traje campero, se hubiera revestido de unos modales despreocupados y desenvueltos, que consideraba adecuados a la circunstancia. Su nuevo atuendo escandalizó un tanto al señor y a la señora de Méroul, los cuales seguían siendo incluso en sus tierras serios y dignos, como si la partícula que precedía a su apellido les obligase a un cierto ceremonial hasta en la intimidad.

Tras haber comido, fueron a visitar las alquerías: y el parisino dejó anonadados a los respetuosos labriegos por su campechanía.

Por la noche, estaba invitado a cenar el párroco, un viejo cura cebón, huésped habitual de los domingos, que había sido llamado excepcionalmente aquella noche para honrar al recién llegado.

Al verle, Joseph arrugó la nariz, luego le estudió con asombro, como a un ser raro de una raza especial que nunca hubiera visto de tan cerca. Durante la comida contó unas anécdotas subidas de tono, permitidas en el seno de la intimidad, pero que los Méroul juzgaron fuera de lugar en presencia de un eclesiástico. No le decía a éste «señor cura», sino simplemente «señor»; y le puso en un aprieto con determinadas consideraciones filosóficas sobre las diversas supersticiones existentes sobre la faz de la tierra. Decía: «Su Dios, señor, es de los que hay que respetar, pero también discutir. El mío se llama Razón; y en todas las épocas ha sido enemigo del suyo…».

Desesperados, los Méroul, hacían esfuerzos por cambiar de tema. El párroco se marchó muy pronto.

Entonces el marido dijo con tono amable:

—¿No te parece que te has excedido un poco delante de ese sacerdote?

De inmediato Joseph exclamó:

—¡Ésta sí que es buena! ¡Cómo si tuviera yo que andarme con remilgos con un tragasantos! ¿Sabes?, por otra parte, me harás el favor de no imponerme más a ese buen hombre durante las comidas. Disfrutadlo vosotros tanto como queráis, el domingo y los días laborables, pero, ¡voto a Dios!, no se lo endilguéis a los amigos.

—Pero, amigo, su carácter sagrado…

Joseph Mouradour le interrumpió:

—¡Sí, ya sé, hay que tratarles como a doncellas virtuosas! ¡Este cuento me lo sé de memoria, amigo! Pero cuando estas personas respeten mis ideas yo respetaré las suyas.

Eso fue todo, por ese día.

Cuando la señora de Méroul entró en su salón, al día siguiente por la mañana, vio en medio de su mesa tres periódicos que la hicieron echarse para atrás: Le Voltaire, La République française y La Justice.2

Al punto apareció en la puerta Joseph Mouradour, que seguía vistiendo de azul, leyendo con atención L’Intransigeant.3 Exclamó:

—Hoy hay un excelente artículo de Rochefort. Este Rochefort es realmente extraordinario.4

Lo leyó en voz alta, impostando la voz en determinados puntos, tan entusiasmado que no se dio cuenta de la llegada de su amigo.

El señor de Méroul llevaba en la mano el Gaulois para él y el Clairon para su mujer.5

La ardiente prosa del ilustre escritor que derribó el Imperio, declamada con violencia, cantada con el acento meridional, resonaba en el pacífico salón, hacía tremolar las viejas cortinas de rectos pliegues, parecía salpicar las paredes, los grandes sillones tapizados, los muebles clásicos que llevaban un siglo en los mismos sitios, de una granizada de palabras saltarinas, descaradas, irónicas y devastadoras.

 

El hombre y la mujer, de pie uno y sentada la otra, escuchaban con estupor, tan escandalizados que no hacían gesto alguno.

Mouradour lanzó la última andanada como se lanza una traca final y concluyó con aire triunfal:

—¿Qué os parece? Es de aúpa, ¿eh?

Pero de repente vio los dos periódicos que traía su amigo, y también él se quedó pasmado. Luego anduvo hacia él, a grandes pasos, preguntando con tono furioso:

—¿Qué piensas hacer con estos papeles?

El señor de Méroul respondió dudando:

—¡Pero si… son… mis diarios!

—Tus diarios… ¡Pero vamos, te burlas de mí! Me vas a hacer el favor de leer los míos, que te aclararán un poco las ideas, y en cuanto a éstos, mira lo que hago con ellos…

Y, antes de que su desconcertado anfitrión pudiera impedírselo, cogió los dos periódicos y los tiró por la ventana. Luego, muy serio, depositó en las manos de la señora de Méroul La Justice, entregó Le Voltaire al marido y él se repantingó en un sillón para acabar de leer L’Intransigeant.

Marido y mujer, por delicadeza, fingieron leer un poco y le devolvieron los periódicos republicanos sujetándolos con la punta de los dedos, como si estuvieran envenenados.

Mouradour se echó a reír de nuevo y declaró:

—Ocho días de este alimento y os convertiré a mis ideas.

Al cabo de ocho días, en efecto, gobernaba la casa. Había prohibido la entrada al párroco, a quien la señora de Méroul tenía que ir a ver a escondidas; había prohibido que el Gaulois y el Clairon entrasen en el castillo, por lo que un criado iba a buscarlos en secreto a correos y eran escondidos, cuando volvía, debajo de los cojines del canapé; lo regulaba todo a su antojo, siempre agradable, siempre cordial, tirano jovial y omnipotente.

Tenían que llegar otros amigos, personas pías y legitimistas. Los castellanos consideraron imposible un encuentro y, no sabiendo qué hacer, una noche anunciaron a Joseph Mouradour que un pequeño asunto les obligaba a ausentarse durante unos días, y le rogaron que se quedara solo. Él no se inmutó y respondió:

—Muy bien, no me importa, os esperaré cuanto queráis. Ya os lo he dicho, entre amigos nada de cumplidos. No os falta razón de preocuparos por vuestros asuntos, ¡qué demonios! No me ofendo por ello, claro está, es más, me hace sentir más cómodo con vosotros. Id, amigos; os esperaré.

Al día siguiente el señor y la señora de Méroul partieron.

Todavía les está esperando.

 

LA MADRE DE LOS MONSTRUOS*

 

Me acordé de esta horrible historia y de esa horrible mujer al ver pasar el otro día, por una de las playas favoritas de la gente rica, a una parisina conocida, joven, elegante, encantadora, adorada y respetada por todos.

Mi historia data de antiguo, pero estas cosas no se olvidan jamás.

Había sido invitado por un amigo a pasar un tiempo en su casa de una pequeña ciudad de provincias. Para hacerme los honores del terruño, me paseó por todas partes, llevándome a ver los alabados paisajes, los castillos, las industrias, las ruinas; me enseñó los monumentos, las iglesias, las viejas puertas talladas, unos árboles de una enorme altura o de extrañas formas, el roble de san Andrés y el tejo de Roqueboise.

Una vez que hube visto con exclamaciones de entusiasmo condescendiente todas las curiosidades de la comarca, mi amigo me declaró con aire desconsolado que ya no había nada más que visitar. Respiré de alivio. Iba, pues, a poder descansar un poco, a la sombra de los árboles. Pero de repente dijo lanzando un grito:

—¡Ah, sí! Tenemos a la madre de los monstruos, tienes que conocerla.

Pregunté:

—¿Qué es eso de la madre de los monstruos?

Prosiguió:

—Es una mujer abominable, un verdadero demonio, un ser que da a luz todos los años, por propia voluntad, a niños deformes, horrendos, espantosos, monstruos, en una palabra, y que luego vende a los exhibidores de fenómenos.

»Esos horribles empresarios van a informarse de vez en cuando de si ella ha engendrado algún nuevo aborto, y cuando el engendro les gusta, se lo llevan, pagándole una renta a la madre.

»Tiene once retoños de esta naturaleza. Es rica.

»Seguro que crees que bromeo, que me lo invento, que exagero. Pues no, amigo. No te cuento nada más que la verdad, la pura verdad.

»Vamos a ver a esta mujer. Y a continuación te contaré cómo se convirtió en una fábrica de monstruos.

Me llevó a las afueras.

Ella vivía en una bonita casita a la vera del camino real. Era graciosa y estaba bien conservada. El jardín lleno de flores olía bien. Se hubiera dicho la vivienda de un notario retirado de los negocios.

Una criada nos hizo entrar en una especie de salita de estar de pueblo, y apareció la miserable.

Tendría unos cuarenta años. Era una persona alta de rasgos duros, pero bien formada, vigorosa y sana, el verdadero tipo de campesina robusta, medio bestia, medio mujer.

Conocía la reprobación que pesaba sobre ella y parecía recibir a la gente con una hostil humildad.

Preguntó:

—¿Qué desean los señores?

Mi amigo contestó:

—Me han dicho que su último hijo es como el resto del mundo y no se parece en nada a sus hermanos. He querido asegurarme de ello. ¿Es cierto?

Nos lanzó una mirada socarrona y furiosa, y repuso:

—¡Oh, no! ¡Oh, no!, señor mío. Es más feo casi que los otros. No tengo suerte, la verdad, no tengo suerte. Son todos así, caballero, todos así, es una desesperación, ¿es posible que el Señor se ensañe tanto con una pobre mujer sola en el mundo, es posible?

Hablaba deprisa, con los ojos gachos, aire hipocritón, semejante a una bestia feroz amedrentada. Dulcificaba el tono áspero de su voz, y uno se asombraba de que esas palabras lacrimógenas y dichas en falsete salieran de ese corpachón huesudo, demasiado fornido, de rudas angulosidades, que parecía hecho para los gestos vehementes y para aullar como los lobos.

Mi amigo prosiguió:

—Nos gustaría ver a su pequeño.

Me pareció que ella enrojecía. ¿O acaso me equivocaba? Al cabo de unos instantes de silencio, dijo levantando el tono de voz:

—¿Para qué?

Y había levantado la cabeza, dirigiéndonos unas miradas hoscas y encendidas.

Mi compañero continuó:

—¿Por qué no quiere que lo veamos? Hay mucha gente a quien usted se lo enseña. ¡Ya sabe a quién me refiero!

Tuvo un sobresalto y, desatando su lengua y dando rienda suelta a la ira, se puso a gritar:

—¡Ah!, ¿así que han venido para esto? Para ofenderme, ¿verdad? ¿Porque mis hijos son como bestias, dice? Pues no los verán, no y no, no los verán; lárguense, lárguense. ¿Por qué tienen que atormentarme todos así?

Venía hacia nosotros, con las manos en jarras. Al sonido brutal de su voz, llegó del cuarto contiguo una especie de gemido, o más bien de maullido, un lastimoso grito de idiota. Me estremecí hasta los tuétanos. Retrocedimos ante ella.

Mi amigo dijo con tono severo:

—Ándese con cuidado, Diablesa —la llamaban así en el pueblo—, ándese con cuidado, pues el día menos pensado esto le acarreará una desgracia.

Ella se puso a temblar de furia, agitando sus puños, trastornada, vociferando:

—¡Fuera de aquí! ¿Qué me va a acarrear una desgracia? ¡Fuera de aquí! ¡Descreídos!

Estaba a punto de saltarnos encima. Salimos pitando, con el corazón en un puño.

Cuando estuvimos delante de la puerta, mi amigo me preguntó:

—¿Qué?, ¿la has visto? ¿Qué me dices?

Yo respondí:

—Cuéntame la historia de esta bestia.

Y he aquí lo que me contó volviendo a paso lento por la blanca carretera general, bordeada de mieses ya maduras, que un viento ligero, al pasar racheado, hacía ondear como un mar en calma.

*

Había trabajado en otro tiempo de moza en una alquería, y era una muchacha hacendosa, ordenada y ahorradora. No se le conocían enamorados, ni se le sospechaban debilidades.

Tuvo un desliz, como todas, una noche en plena recolección, en medio de las gavillas recién segadas, bajo un cielo tormentoso, cuando el aire pesado y detenido parece lleno de un calor de horno, y empapa de sudor los cuerpos morenos de mozos y mozas.

No tardó en darse cuenta de que estaba embarazada y la torturaban la vergüenza y el miedo. Como quería ocultar a toda costa su desgracia, se apretaba violentamente el vientre con un sistema de su invención, un corsé de fuerza, hecho a base de tablillas y de cuerdas. Cuanto más se hinchaba su seno bajo el empuje del niño que crecía, más apretaba ella el instrumento de tortura, sufriendo un verdadero martirio, pero valerosa como era ante el dolor, siempre sonriente y ágil, sin dejar ver ni sospechar nada.

Malformó en sus entrañas a la pequeña criatura apretada por el espantoso ingenio; la comprimió, la deformó, hizo de ella un monstruo. Su cráneo presionado se alargó, acabando en punta con dos grandes ojos que parecían salirse de la frente. Los miembros oprimidos contra el cuerpo crecieron torcidos como cepas de vid, se alargaron en exceso, terminando en unos dedos como patas de araña.

El torso quedó raquítico y redondo como una nuez.

Dio a luz en pleno campo una mañana de primavera.

Cuando las escardadoras, que habían ido en su ayuda, vieron la bestia que salía de su cuerpo emprendieron la huida dando grandes gritos. Y corrió la noticia por la comarca de que había traído al mundo a un demonio. Desde entonces se la conoce como «la Diablesa».

La despidieron de su empleo. Vivió de la caridad y acaso de amores furtivos, pues era una buena moza, y no todos los hombres le temen al infierno.

Crió a su monstruo, al que odiaba, por otra parte, con un odio salvaje y que acaso habría estrangulado si el cura, previendo el crimen, no la hubiese asustado amenazándola con la justicia.

Ahora bien, un buen día, unos exhibidores de fenómenos que pasaban por el lugar oyeron hablar del espantoso aborto y pidieron verlo para llevárselo si era de su agrado. Les gustó, y le entregaron a la madre quinientos francos contantes y sonantes. Al principio, ella, avergonzada, se negaba a dejar ver a esa especie de animal; pero cuando descubrió que valía dinero, que despertaba la codicia de aquella gente, comenzó a mercadear, a discutir sueldo a sueldo, excitándoles con las deformidades de su hijo, elevando su precio con una tenacidad de campesino.

Para no ser estafada, firmó un papel con ellos. Y se comprometieron a pagarle además cuatrocientos francos anuales, como si hubieran tomado a esa bestia a su servicio.

Esta ganancia inesperada enloqueció a la madre, a quien le entraron bien pronto unas grandes ganas de traer otro fenómeno al mundo, para hacerse una renta, igual que una burguesa.

Y como era fecunda, se salió con la suya y, según parece, aprendió a variar la forma de los monstruos, según las presiones a las que los sometía durante el embarazo.

Los hizo largos y cortos, algunos parecidos a cangrejos, otros a lagartijas. Algunos murieron, cosa que lamentó mucho.

Aunque la justicia trató de intervenir, no se consiguió probar nada, por lo que la dejaron fabricar tranquilamente sus fenómenos.

Hoy tiene once vivitos y coleando, que le reportan, un año con otro, de cinco a seis mil francos. Sólo uno no le ha sido posible colocar, el que no ha querido que viéramos. Pero no lo tendrá por mucho tiempo con ella, pues es conocida hoy por todos los charlatanes del mundo, que vienen de vez en cuando vienen para ver si tiene alguna novedad.

Ha llegado incluso a hacer pujas entre ellos, cuando el engendro lo merecía.

*

Mi amigo se calló. Un profundo asco me revolvía las tripas, y una ira exacerbada, una pena por no haber estrangulado a esa mala bestia cuando la tuve al alcance de mi mano.

Pregunté:

—¿Quién es el padre?

Respondió:

—No se sabe. Él o ellos sienten un cierto pudor. Él o ellos se esconden. Acaso comparten los beneficios.

Ya no pensaba en esa lejana aventura, cuando el otro día vi, en una playa de moda, a una mujer elegante, encantadora, coqueta, amada, rodeada de hombres que la respetan.

Iba yo por la playa de arenal, del brazo de un amigo, el médico de la ciudad costera. Diez minutos más tarde, vi a una criada que vigilaba a tres niños que se revolcaban en la arena.

Un par de pequeñas muletas descansaban en el suelo, lo que me conmovió. Entonces vi que esas tres criaturas eran deformes, jorobadas y contrahechas, horrendas.

El doctor me dijo:

—Son el fruto de la encantadora mujer que acabas de conocer.

Una profunda compasión por ella y por ellos embargó mi alma. Exclamé:

—¡Oh, pobre madre! ¿Cómo puede aún reír?

Mi amigo prosiguió:

—No la compadezca tanto, amigo. Quienes son de compadecer son los pobres pequeños. Son el resultado de unos cuerpos que conservaron la figura hasta el último día. Esos monstruos fueron fabricados con corsé. Ella sabe perfectamente que pone en riesgo su vida con ese proceder. ¡Pero qué le importa a ella, con tal de estar bella y de ser amada!

Y me acordé de la otra, la campesina, la Diablesa, que vendía a sus fenómenos.

 

EL HUÉRFANO*

 

La señorita Source había adoptado a aquel chico en otro tiempo en circunstancias muy tristes. Contaba por aquel entonces treinta y seis años y su deformidad (de niña se había resbalado de las rodillas de su niñera cayendo en el fuego de la chimenea y su rostro, que había sufrido horribles quemaduras, era espantoso) la había hecho decidirse a no contraer matrimonio, porque no quería que se casasen con ella por su dinero.

Una vecina, que había enviudado durante el embarazo, murió de parto, sin dejar un céntimo. La señorita Source recogió al recién nacido, le puso una nodriza, le crió, le mandó interno y le recuperó a la edad de catorce años, para tener en su casa vacía a alguien que la quisiera, se ocupara de ella y le hiciera agradable la vejez.

Vivía en una pequeña finca campestre a cuatro leguas de Rennes, y ahora no tenía sirvienta. Al haber aumentado los gastos más del doble desde la llegada de aquel huérfano, sus tres mil francos de renta no alcanzaban ya para alimentar a tres bocas.

Ella misma hacía las faenas domésticas y cocinaba, y mandaba al pequeño a hacer los encargos, el cual se ocupaba también de cuidar el jardín. Era dulce, tímido, silencioso y amoroso. Y ella sentía una alegría profunda, una alegría nueva en que él la besara, sin que pareciera sorprendido o espantado de su fealdad. La llamaba tía y la trataba como a una madre.

Por la noche se sentaban los dos al amor del fuego, y ella le preparaba alguna gollería. Ponía a calentar vino y tostaba una rebanada de pan, y era una deliciosa sobrecena antes de irse a la cama. A menudo le sentaba sobre sus rodillas y le cubría de caricias mientras le susurraba al oído palabras de una ternura apasionada. Le llamaba: «Mi florecilla, mi querubín, mi ángel adorado, mi divina joyita». Y él se dejaba hacer complacientemente, escondiendo la cabeza en el hombro de la solterona.

Por más que se acercara a los quince años, había quedado enclenque y menudo, con un aire algo enfermizo.

A veces, la señorita Source le llevaba a la ciudad a ver a dos parientas que tenía, primas lejanas suyas, casadas en un barrio suburbano, su única familia. Las dos mujeres le seguían guardando rencor por la adopción del niño, a causa de la herencia; pero, pese a todo, la recibían con solicitud, esperando todavía su parte, un tercio sin duda, si el reparto se hacía de un modo equitativo.

Ella era feliz, muy feliz, ocupándose siempre de su niño. Le compró libros para cultivar su espíritu y él empezó a leer con pasión.

Por la noche no se sentaba ya sobre sus rodillas para mimarla como en otros tiempos, sino que tomaba asiento enseguida en su sillita al amor del fuego y abría un libro. La lámpara puesta en el borde de la repisa, por encima de su cabeza, iluminaba su pelo rizado y parte de la piel de su frente; no se movía ya ni levantaba la vista, ni hacía gesto alguno. Leía, enfrascado, absorbido por completo en la historia del libro.

Sentada enfrente de él, ella le contemplaba con mirada ardiente y fija, asombrada de su atención, celosa, a menudo a punto de romper a llorar.

Le decía de vez en cuando: «¡Vas a cansarte, tesoro!» esperando que levantase la cabeza y fuera a abrazarla; pero él ni siquiera respondía, pues no había oído ni entendido; nada, fuera de lo que leía en aquellas páginas, le importaba.

En dos años devoró un número incalculable de libros. Su carácter cambió.

Varias veces le pidió dinero a la señorita Source y ella se lo dio. Pero quería cada vez más y al final ella se negó, porque era ordenada y enérgica y sabía ser razonable cuando era menester.

A fuerza de súplicas, una noche logró sacarle, una vez más, una gran suma; pero cuando le imploró de nuevo unos días más tarde, ella se mostró inflexible y ya no cedió.

Él pareció resignarse.

Se volvió tranquilo como en otro tiempo; le gustaba estarse sentado durante horas y horas sin moverse, con los ojos gachos, sumido en sus ensoñaciones. Ya no hablaba siquiera con la señorita Source, apenas si respondía a lo que ella le decía, con frases lacónicas y precisas.

No obstante, era amable con ella, y estaba lleno de atenciones, pero ya no la besaba nunca.

Ahora, por la noche, cuando permanecían sentados cara a cara, a ambos lados de la chimenea, inmóviles y silenciosos, a veces él le daba miedo. Hubiera querido sacarle de su ensimismamiento, decir algo, cualquier cosa, con tal de salir de ese silencio espantoso como las tinieblas de un bosque. Pero él parecía no oírla ya siquiera, y ella temblaba de un terror de pobre mujer débil, cuando le dirigía la palabra durante cinco o seis veces seguidas sin sacarle una palabra.

¿Qué tenía? ¿Qué pasaba por aquella cabeza cerrada? Cuando había permanecido así dos o tres horas enfrente de él, se sentía enloquecer dispuesta a huir, a escapar al campo, para evitar ese mudo y eterno estar cara a cara, y también un vago peligro que no sospechaba, pero que presentía.

¿Qué tenía? Bastaba con que ella manifestara un deseo para que él obedeciese sin rechistar. Si necesitaba algo de la ciudad, él iba enseguida. ¡No tenía ciertamente motivos de queja de él! Y sin embargo…

Pasó otro año y le pareció que en la misteriosa mente del joven se había producido un nuevo cambio. Ella lo advirtió, lo sintió, lo intuyó. ¿De qué modo? Quién sabe. Estaba segura de no equivocarse; pero no habría sabido decir de qué modo los desconocidos pensamientos de ese extraño joven habían cambiado.

Le pareció que hasta ese momento había sido como un hombre dubitativo, que de golpe hubiera tomado una decisión. Se le ocurrió este pensamiento una noche al toparse con la mirada de él, una mirada fija y extraña que ella no conocía.

A partir de entonces comenzó a observarla de continuo, a tal punto que ella tenía ganas de esconderse para evitar esos ojos fríos, clavados en ella.

La miraba con fijeza durante veladas enteras, desviando sólo la mirada cuando ella, agotada, le decía:

—No me mires así, hijo mío…

Entonces él agachaba la cabeza.

Pero no bien le daba la espalda, sentía de nuevo su mirada encima de ella. Fuera donde fuese, la seguía con esa mirada obstinada.

A veces, cuando paseaba por el jardincito, le descubría de repente agazapado detrás de un arbusto, como emboscado; o bien, cuando se sentaba delante de la casa para zurcir unas medias, y él estaba entrecavando un cuadro de hortalizas, la espiaba, sin dejar de trabajar, solapada y permanentemente.

Por más que le preguntaba:

—¿Qué te pasa, pequeño mío? Desde hace tres años has cambiado mucho. Ya no te reconozco. Dime qué te pasa, en qué piensas, te lo suplico.

Él decía invariablemente con un tono tranquilo y cansino:

—¡Pero si no me pasa nada, tía!

Y cuando ella insistía, suplicándole:

—Vamos, hijo mío, respóndeme, por favor, cuando te hablo. Si supieras lo triste que me pones, no dejarías nunca de responderme y no me mirarías así. ¿Hay algo que te aflige? Dímelo, te consolaré…

Él se iba con un aire cansado mientras murmuraba:

—Te aseguro que no me pasa nada.

No había crecido mucho, seguía teniendo un aspecto infantil, por más que sus rasgos faciales fueran los de un adulto. Eran duros, pero como inacabados. Se hubiera dicho incompleto, mal logrado, nada más que esbozado, e inquietante como un misterio. Era cerrado, impenetrable, parecía que en él se llevara a cabo sin descanso un trabajo mental, activo y peligroso.

La señorita Source sentía todo esto y no dormía ya del miedo. Se encerraba en su cuarto y atrancaba la puerta, torturada por el espanto.

¿De qué tenía miedo?

No lo sabía.

¡Miedo de todo, de la oscuridad, de las paredes, de las formas que proyectaba la luna a través de los visillos blancos de las ventanas y sobre todo miedo de él!

¿Por qué?

¿Qué podía temer? ¡Si al menos lo hubiera sabido!…

¡Ya no podía seguir viviendo así! Estaba segura de que la amenazaba una desgracia, una desgracia tremenda.

Una mañana partió a escondidas para ir a la ciudad, a casa de sus parientas. Con voz rota les contó todo. Las dos mujeres pensaron que estaba a punto de volverse loca y trataron de tranquilizarla.

Decía:

—¡Si supierais cómo me mira, de la mañana a la noche! No me quita ojo de encima un solo momento. ¡A veces me dan ganas de pedir auxilio, de llamar a los vecinos, del miedo que tengo! Pero ¿qué podría decirles? A fin de cuentas, no hace más que mirarme.

Las dos primas preguntaron:

—¿Ha sido tal vez en alguna ocasión malo contigo o te contesta de malos modos?

Ella respondió:

—No, nunca: hace todo cuanto quiero. Es trabajador y ordenado. Pero yo me muero de miedo. Está tramando algo, estoy segura, segurísima de ello. No quiero seguir más con él, sola en pleno campo.

Las parientas, asustadas, trataron de hacerle entender que la gente se extrañaría, que no lo entendería; y le aconsejaron que no hablara de sus temores y de sus planes, pero no la disuadieron de la idea de trasladarse a la ciudad, esperando en compensación toda la herencia.

Le prometieron ayudarla incluso a vender su casa y encontrarle otra cerca de la suya.

La señorita Source regresó a su casa. Pero tenía tan trastornada la cabeza que se sobresaltaba al mínimo ruido y le temblaban las manos por cualquier nimiedad.

Volvió otras dos veces para ponerse de acuerdo con sus parientas, totalmente decidida a no seguir por más tiempo en aquella casa apartada. Por fin encontró, en aquel barrio, un chalecito que le interesó y lo compró a escondidas.

El contrato se firmó un martes por la mañana, y la señorita Source pasó el resto del día preparando el traslado.

A las ocho de la tarde, la diligencia la traía a un kilómetro de su casa; y se detuvo en el lugar donde el conductor tenía costumbre de dejarla. El hombre le gritó al tiempo que fustigaba a sus caballos:

—¡Buenas noches, señorita Source, buenas noches!

Ella respondió mientras se alejaba:

—Buenas noches, tío Joseph.

Al día siguiente, a las siete y media de la mañana, el cartero que trae las cartas al pueblo observó en un cruce, no lejos del camino real, una gran mancha de sangre todavía fresca. Se dijo entre sí: «Vaya…, algún borracho que habrá echado sangre por la nariz…». Pero, diez pasos más adelante, vio un pañuelo de bolsillo también manchado de sangre. Lo recogió: era de tela fina. Sorprendido, el cartero se acercó a la cuneta, donde le pareció descubrir una cosa extraña.

La señorita Source yacía en la hierba del fondo, degollada de una cuchillada.

Al cabo de una hora los gendarmes, el juez instructor y varias autoridades se hallaban en torno al cadáver haciendo conjeturas.

Las dos parientas, llamadas para testificar, contaron los miedos de la señorita y sus últimas intenciones.

El huérfano fue arrestado. Tras la muerte de la que lo había adoptado, lloraba de la mañana a la noche, hundido, al menos en apariencia, en el mayor de los dolores.

Demostró que había pasado la velada, hasta las once, en un café. Diez personas le habían visto, pues se habían quedado hasta que él se fue.

El cochero de la diligencia declaró haber dejado en el camino a la muerta entre las nueve y media y las diez. El delito había sido cometido en el tramo del camino real hasta la casa, no más tarde de las diez.

El acusado fue puesto en libertad.

Un testamento, ya de antigua fecha, depositado en una notaría de Rennes, le nombraba heredero universal; y heredó.

Durante bastante tiempo los vecinos del pueblo le tuvieron en cuarentena, pues seguían sospechando de él. Su casa, la de la difunta, era tenida por maldita. Por la calle le evitaban.

Pero él se mostró tan afable, tan abierto, tan cordial, que poco a poco la terrible duda fue olvidada. Era generoso, atento, charlaba con los más humildes, de todo, tanto como quisieran.

El notario, el señor Rameau, fue uno de los primeros en cambiar de opinión sobre él, seducido por su risueña locuacidad. Una noche declaró, en una cena en casa del recaudador:

—Un hombre tan locuaz y siempre de buen humor no puede tener un delito semejante sobre su conciencia.

Impresionados por este argumento, los presentes se pusieron a reflexionar y también ellos recordaron las largas conversaciones de ese hombre que les paraba en las esquinas, casi a la fuerza, para exponerles sus ideas, que les obligaba a entrar en su casa cuando pasaban por delante de su jardín, que era más ocurrente incluso que el teniente de la gendarmería, y de una alegría tan expansiva que, a pesar de la repugnancia que inspiraba, no podían evitar reír siempre en compañía suya.

Todas las puertas se abrieron para él.

Actualmente es el alcalde del municipio.

 

DENIS*

 

A Léon Chapron

I

El señor Marambot abrió la carta que le había entregado su criado Denis y sonrió.

Denis, que llevaba veinte años de servicio en la casa, un hombrecillo rechoncho y jovial, a quien todo el mundo en la comarca tenía por un modelo, preguntó:

—¿Está contento el señor? ¿Ha recibido el señor buenas noticias?

El señor Marambot no era rico. Antiguo boticario del lugar, soltero, vivía de una pequeña renta amasada con esfuerzo vendiendo medicamentos a los campesinos. Respondió:

—Sí, amigo mío. El viejo Malois se echa atrás ante el proceso con el que le amenazo; mañana recibiré mi dinero. Cinco mil francos no están nada mal para la caja de caudales de un soltero.

Y el señor Marambot se frotaba las manos. Era un hombre de un carácter resignado, más triste que alegre, incapaz de un esfuerzo prolongado, dejado en sus asuntos.

Habría podido disfrutar, sin duda, de una vida más holgada de haber sabido sacar partido de la muerte de sus colegas establecidos en las poblaciones más importantes, para ir a ocupar su lugar y hacerse con su clientela. Pero el fastidio del traslado, y el pensar en todas las gestiones que tendría que hacer, le habían retenido sin cesar; y se limitaba a decir después de dos días de pensárselo:

—¡Basta! Otra vez será. Nada pierdo con esperar. Puede que salga algo mejor.

Denis, por el contrario, incitaba a su amo a ser más emprendedor. De un carácter activo, repetía sin cesar:

—¡Oh!, de haber contado yo con un capital inicial, habría hecho mi fortuna. Con sólo mil francos, la cosa estaría hecha.

El señor Marambot sonreía sin responder y salía a su jardincito, por donde se paseaba, con las manos tras la espalda, ensoñado.

Durante todo el día Denis no hizo sino cantar, como un hombre lleno de alegría, estribillos y tonadillas de la región. Se mostró incluso de una actividad inusitada, pues limpió los cristales de las ventanas de la casa, secándolos con entusiasmo, mientras entonaba a voz en grito sus coplillas.

El señor Marambot, asombrado por su celo, le dijo en varias ocasiones, sonriendo:

—Trabajando así, amigo mío, mañana no tendrás nada que hacer.

Al día siguiente, a eso de las nueve de la mañana, el cartero le entregó a Denis cuatro cartas para su amo, una de ellas muy pesada. El señor Marambot se encerró enseguida en su habitación hasta media tarde. Entonces le entregó a su criado cuatro sobres para el correo. Uno de ellos, dirigido al señor Malois, era sin duda un acuse de recibo del dinero.

Denis no hizo preguntas a su amo; pareció tan triste y sombrío aquel día como alegre había estado la víspera.

Llegó la noche. El señor Marambot se acostó a la hora de costumbre y se durmió.

Le despertó un extraño ruido. Se incorporó enseguida en la cama y permaneció a la escucha. Pero bruscamente se abrió la puerta y apareció Denis en el umbral, con una vela en una mano y un cuchillo de cocina en la otra, unos grandes ojos de mirada fija, los labios y las mejillas contraídos como los de alguien agitado por una horrible emoción, y tan pálido que se hubiera dicho un aparecido.

El señor Marambot, desconcertado, creyó que se había vuelto sonámbulo, y se disponía a levantarse para correr a su encuentro cuando el criado apagó la vela de un soplo al tiempo que se abalanzaba sobre la cama. El amo extendió las manos para parar el golpe que le tumbó de espaldas, y trató de aferrar las manos del criado, que creía se había vuelto loco, para detener las cuchilladas frenéticas que le asestaba.

Fue alcanzado la primera vez en un hombro, la segunda en la frente y la tercera en el pecho. Se debatía desesperadamente, agitando sus manos en la oscuridad, lanzando también patadas y gritando:

—¡Denis! ¡Denis! ¡Estás loco, pero vamos, Denis!

Pero el otro, jadeando, se ensañaba, seguía golpeando, repelido unas veces por una patada, otras por un puñetazo, pero volviendo furiosamente a la carga. Marambot fue herido otras dos veces en la pierna y en el vientre. Pero de repente se le ocurrió una idea y se puso a gritar:

—Pero para ya, para ya, Denis, que no he recibido el dinero.

El hombre se detuvo al punto; y su amo oía, en la oscuridad, su respiración silbante.

El señor Marambot prosiguió al instante:

—No he recibido nada. El señor Malois se ha desdicho, y se celebrará el juicio; por eso has llevado las cartas a correos. Lee si no las que están en mi secreter.

Y, en un postrer esfuerzo, cogió las cerillas de encima de su mesilla de noche y encendió la vela.

Estaba todo cubierto de sangre; hasta las paredes habían salpicado los fuertes chorros. Sábanas, cortinas, todo estaba rojo. Denis, ensangrentado de pies a cabeza, estaba plantado en medio de la habitación.

Al ver aquello, el señor Marambot se creyó muerto y sufrió un desvanecimiento.

Volvió en sí al despuntar el día. Tardó un rato en recuperar el sentido, en comprender, en recordar. Pero de repente le volvió el recuerdo de la agresión y de sus heridas, y sintió tanto miedo que cerró los ojos para no ver nada. Al cabo de unos minutos se calmó su espanto, y empezó a reflexionar. Al no haber muerto por el ataque, quería decir que podía recuperarse. Se sentía débil, muy débil, pero sin un vivo sufrimiento, si bien sentía en distintos puntos del cuerpo una sensible molestia, como pinchazos. También se sentía helado y totalmente húmedo, oprimido, como envuelto en un vendaje. Pensó que esa humedad se debía a la sangre derramada; y le sacudían unos escalofríos de angustia sólo de pensar en ese líquido rojo salido de sus venas y del que estaba cubierta la cama. Le trastornó la idea de volver a presenciar ese espectáculo espantoso, por lo que mantenía los ojos cerrados con fuerza como si fueran a abrirse a pesar suyo.

¿Qué había sido de Denis? Probablemente había escapado.

Pero ¿qué iba a hacer, ahora, él, Marambot? ¿Levantarse? ¿Pedir socorro? Ahora bien, bastaría con que hiciera un solo movimiento para que sus heridas se abriesen sin duda de nuevo; y caería muerto, desangrado.

Oyó de pronto abrirse la puerta de la habitación. Casi se le paró el corazón: era sin duda Denis que venía a rematar la faena. Contuvo la respiración para que el asesino no se diera cuenta de que seguía con vida, es más, para que creyera lo contrario.

Notó que retiraban la sábana y que alguien le tocaba la tripa. Un dolor agudo, cerca de la cadera, le hizo estremecerse. Ahora le estaban lavando delicadamente con agua fría. ¡Esto significaba que la fechoría había sido descubierta, que le estaban curando, que estaba salvado! Le embargó una alegría incontenible; pero por prudencia no quiso hacer ver que había vuelto en sí, y entreabrió sólo un ojo, con la máxima cautela.

Reconoció a Denis de pie junto a él. ¡Denis en persona! ¡Misericordia! Volvió a cerrar enseguida el ojo.

¡Denis! ¿Qué hacía? ¿Qué quería? ¿Qué monstruosos planes urdía?

¿Que qué hacía? ¡Pues le lavaba para hacer desaparecer las huellas! ¿Le enterraría a continuación en el jardín, diez metros bajo tierra, para que no le descubrieran? ¿O tal vez en la bodega, bajo las botellas del vino de reserva?

Y el señor Marambot se puso a estremecerse con tan fuertes temblores que todos sus miembros palpitaban.

Se decía: «¡Estoy perdido, perdido!». Y apretaba desesperadamente los párpados para no ver llegar la última cuchillada. Y no la recibió. Denis, ahora, le levantaba y le envolvía en un lienzo. Luego se puso a vendar con sumo cuidado la herida de la pierna, tal como había aprendido a hacer cuando su amo tenía la botica.

No había posibilidad de equívoco para alguien del oficio como él: su criado, tras haber intentado darle muerte, trataba ahora de salvarle.

Entonces el señor Marambot, con voz débil, le dio este consejo práctico:

—¡El lavado y la cura hazlos disolviendo catramina1 en agua!

Denis respondió:

—Es lo que estoy haciendo, señor.

El señor Marambot abrió los dos ojos.

No había ni rastro de sangre ni en la cama ni en la habitación, ni en el asesino. El herido estaba tumbado en unas sábanas de un blanco impoluto.

Los dos hombres se miraron.

Finalmente, el señor Marambot dijo con dulzura:

—Has cometido un delito muy grave.

Denis repuso:

—Lo estoy reparando, señor. Si usted no me denuncia, le serviré fielmente como en el pasado.

No era aquél momento de descontentar a su criado. El señor Marambot articuló cerrando los ojos:

—Te juro que no te denunciaré.

II

Denis salvó a su amo. Pasó noches y días sin pegar ojo, sin abandonar la habitación del enfermo, preparándole medicamentos, tisanas, pociones, tomándole el pulso y contando ansiosamente los latidos, cuidándole con habilidad de enfermero y dedicación de hijo.

Le preguntaba a cada momento:

—¿Cómo se siente, señor?

El señor Marambot respondía con débil voz:

—Algo mejor, amigo mío, gracias.

Y cuando el herido se despertaba, por la noche, veía a menudo a su cuidador llorando en el sillón y secándose los ojos en silencio.

Nunca el antiguo boticario había estado tan cuidado, tan mimado, tan bien atendido. De entrada, se había dicho para sus adentros: «En cuanto esté curado, me sacaré a este granuja de encima».

Ahora estaba convaleciente y posponía de un día para otro el momento de separarse de su asesino. Pensaba que nadie tendría con él tantos miramientos y tantas atenciones, que tenía cogido a ese criado por el miedo; y le avisó de que había depositado en una notaría un testamento denunciándole a la justicia en caso de que ocurriera un nuevo accidente.

Esta precaución le parecía garantía suficiente para el futuro contra cualquier nuevo ataque; y entonces se preguntaba si no sería incluso más prudente conservar a su lado a aquel hombre para vigilarlo atentamente.

Como en otro tiempo, cuando dudaba de si adquirir o no alguna farmacia más importante, era incapaz de decidirse a tomar una resolución.

«Siempre se está a tiempo», se decía.

Denis continuaba mostrándose un incomparable servidor. El señor Marambot se había curado. Y lo mantuvo a su servicio.

Ahora bien, una mañana, cuando acababa de comer, oyó de pronto un gran ruido en la cocina. Acudió a toda prisa. Denis se debatía, apresado por dos gendarmes. El sargento estaba tomando con aire serio unas notas en un cuaderno.

Apenas vio a su amo, el criado se puso a sollozar, gritando:

—Me ha denunciado, señor; eso no está bien, después de lo que prometió. ¡No tiene usted palabra, señor Marambot; no está bien, no está bien!…

El señor Marambot, estupefacto y desolado de ver que se sospechaba de él, alzó la mano:

—Juro por Dios, amigo mío, que no te he denunciado. Desconozco totalmente cómo han podido conocer los señores gendarmes la tentativa de asesinato contra mí.

El sargento tuvo un sobresalto:

—¿Dice usted que quiso matarle, señor Marambot?

El boticario, confuso, respondió:

—Pues sí… Pero yo no le denuncié… Yo no he dicho nada… Juro que no he dicho nada… Me ha servido muy bien desde entonces…

El sargento manifestó con aire grave:

—Tomo nota de su declaración. La justicia valorará este nuevo delito que ignoraba, señor Marambot. He sido encargado de arrestar a su criado por el hurto de dos patos que se ha cometido en casa del señor Duhamel, y hay testigos del delito. Le pido disculpas, señor Marambot. Daré parte de su declaración…

Y, volviéndose hacia sus hombres, ordenó:

—¡Vamos, en marcha!

Los dos gendarmes se llevaron a Denis.

III

El abogado acababa de alegar demencia, relacionando entre sí ambos delitos con miras a reforzar su argumentación. Había probado inequívocamente que el hurto de los patos tenía su razón de ser en el mismo estado mental que las ocho cuchilladas asestadas a Marambot. Había analizado con sutileza todas las fases de dicho trastorno mental transitorio, curable sin duda con unos meses de cuidados en un buen sanatorio. Había descrito en términos entusiastas la continua y abnegada dedicación de aquel honesto sirviente, los cuidados incomparables que había prodigado a su amo herido por él en un momento de extravío.

Profundamente impresionado por ese recuerdo, el señor Marambot tenía los ojos bañados en lágrimas.

El abogado reparó en ello, abrió los brazos haciendo un aspaviento, desplegando sus largas mangas negras como alas de murciélago. Y, con tono vibrante, exclamó:

—Vean, vean, vean, señores del jurado, vean esas lágrimas. ¿Qué más podría decir ahora a favor de mi cliente? ¿Qué discurso, qué argumento, qué razonamiento puede valer tanto como las lágrimas de su amo? Su voz es más fuerte que la mía, más fuerte que la misma ley, y dice: «¡Perdonen un momento de locura! ¡Ellas imploran, absuelven, bendicen!».

Calló y se sentó.

Entonces el presidente, volviéndose hacia Marambot, cuya declaración había sido muy favorable para el criado, le preguntó:

—Pero, en fin, señor, admitiendo incluso que usted haya considerado a ese hombre como un demente, ello no explica por qué le siguió manteniendo en su casa. No dejaba de ser por ello menos peligroso.

Marambot respondió secándose los ojos:

—¡Qué quiere, señor presidente!, es tan difícil encontrar un criado con los tiempos que corren…, no podía encontrar uno mejor.

Denis fue absuelto e ingresó, a expensas de su amo, en un manicomio.

 

MISS HARRIET*

 

A la señora…

Éramos siete en el break, cuatro mujeres y tres hombres, uno de los cuales iba en el pescante junto al cochero, y subíamos al paso de los caballos la gran cuesta por la que serpenteaba la carretera.

Habíamos salido de Étretat al alba para ir a visitar las ruinas de Tancarville, y estábamos aún dormitando, entumecidos por el fresquito de la madrugada. Sobre todo las mujeres, poco acostumbradas a los madrugones del cazador, cerraban a cada momento los párpados, inclinaban la cabeza o bien bostezaban, insensibles a la emoción de la salida del sol.

Era otoño. A ambos lados del camino se extendían los campos desnudos, amarillentos por los rastrojos de avena y de trigo segados que cubrían el suelo como una barba mal afeitada. La tierra calinosa parecía humear. Unas alondras cantaban en los aires, otros pájaros piaban en los matorrales.

Finalmente, se alzó el sol delante de nosotros, todo rojo en la línea del horizonte; y a medida que ascendía, haciéndose cada vez más claro, parecía que también la campiña se despertara y sonriera, se sacudiera y se quitara, como una muchacha que abandona el lecho, su camisa de blancos vapores.

El conde de Étraille gritó desde el pescante: «¡Miren, una liebre!», y extendió el brazo a la izquierda, en dirección a un campo de trébol. El animal corría, casi oculto por la hierba, dejando ver tan sólo sus grandes orejas; luego huyó velozmente a través de un campo arado, se detuvo, volvió a partir en una loca carrera, cambió de dirección, se detuvo de nuevo, inquieto, espiando todo posible peligro, indeciso sobre el camino a tomar; echó de nuevo a correr con grandes saltos de las patas traseras y desapareció en un vasto campo de remolachas. Todos los hombres se despertaron, siguiendo la marcha del animal.

René Lemanoir manifestó:

—No somos galantes esta mañana. —Y mirando a su vecina, la pequeña baronesa de Sérennes, que luchaba contra el sueño, le dijo a media voz—: Piensa usted en su marido, baronesa. Tranquilícese, no volverá hasta el sábado. Aún le quedan cuatro días.

Ella respondió con una sonrisa aletargada:

—¡Qué tonto es usted! —Luego, sacudiéndose la modorra de encima, añadió—: Veamos, díganos algo que nos haga reír. Usted, señor Chenal, a quien se considera más afortunado en amores que el duque de Richelieu,1 cuéntenos una historia de amor que haya vivido, la que usted quiera.

Léon Chenal, un viejo pintor que había sido muy apuesto, muy fuerte, muy orgulloso de su físico, y muy amado, se cogió con la mano su luenga barba blanca y sonrió; luego, al cabo de unos momentos de reflexión, se puso de repente serio.

—No será alegre, señoras; voy a contarles el más lamentable amor de mi vida. Deseo a mis amigos que no inspiren uno semejante.

I

Tenía yo por aquel entonces veinticinco años y hacía de pintorzuelo por las costas normandas.

Entiendo por «hacer de pintorzuelo» ese vagabundear con el hato al hombro, de posada en posada, con la excusa de hacer estudios y paisajes del natural. No conozco nada mejor que esa vida errante, a la ventura. Uno es libre, no tiene obligaciones de ningún tipo, ni preocupaciones, ni que pensar siquiera en el mañana. Tomas el camino que te place, sin más guía que la fantasía, sin más consejero que el puro recreo de la vista. Te paras porque un riachuelo te seduce, porque hoy sale un agradable olor a patatas fritas por la puerta de una posada. A veces la elección se hace por un perfume de clemátide o por la candorosa mirada de una moza de posada. No son de despreciar estos rústicos amores. Pues también esas muchachas tienen alma y sentidos, unas mejillas firmes y unos labios carnosos; y sus arrebatados besos son sabrosos e intensos como una fruta de bosque. El amor tiene siempre su valor, venga de donde venga. Un corazón que palpita cuando uno llega, un ojo que lagrimea cuando uno se va, son cosas tan raras, dulces y preciosas que no deben despreciarse jamás.

He conocido las citas en regueras llenas de prímulas, detrás del establo donde duermen las vacas, y en los pajares de los graneros tibios aún del calor del día. Guardo el recuerdo de la basta tela gris sobre unas carnes elásticas y ásperas, y nostalgias de ingenuas y francas caricias, más delicadas, en su sincera brutalidad, que los sutiles placeres obtenidos de mujeres encantadoras y distinguidas.

Pero lo que sobre todo le gusta a uno en estas excursiones a la ventura es el campo, los bosques, las salidas del sol, los crepúsculos, los claros de luna. Para los pintores, éstos son viajes de nupcias con la tierra. Estás solo, muy cerca de ella, en esa larga cita tranquila. Te tumbas en un prado, en medio de las margaritas y de las amapolas, y, con los ojos abiertos, bajo un claro raudal de luz solar, miras a lo lejos el pueblecito con su campanario puntiagudo que da las doce del mediodía.

Te sientas al borde de una fuente que mana al pie de un roble, en medio de una melena de frágiles hierbas, altas, relucientes de vida. Te arrodillas, te inclinas, bebes esa agua fría y cristalina que te moja nariz y bigote, la bebes con placer físico, como si se besara el mismo manantial, boca con boca. A veces, cuando encuentras un pozo, a lo largo de estos estrechos cursos de agua, te zambulles, totalmente desnudo, y sientes en la piel, de pies a cabeza, como una caricia helada y deliciosa, el estremecimiento de la corriente viva y ligera.

Estás alegre en una colina, melancólico a orillas de los embalses, exaltado cuando el sol desaparece en un mar de nubes sanguinolentas y lanza sobre los ríos reflejos rojos. Y, por la noche, bajo la luna que cruza el alto cielo, piensas en las mil cosas extrañas que nunca se te pasarían por la cabeza a la ardiente claridad del día.

Y he aquí que, vagando así por estas mismas tierras en que estamos este año, llegué un atardecer al pueblecito de Bénouville, en la Falaise, entre Yport y Étretat. Venía de Fécamp siguiendo la costa, la escarpada costa recta como una muralla, con sus salientes de rocas yesosas que se recortan a pico sobre el mar. Llevaba caminando desde la mañana por aquel césped corto, fino y mullido como una alfombra, que crece al borde del abismo bajo el viento salino del mar abierto. Y cantando a voz en grito, caminando a grandes zancadas, mirando ya la fuga lenta y arqueada de una gaviota que pasea por el cielo azul la blanca curva de sus alas, ya, sobre el verde mar, la vela parda de una barca de pesca, había pasado un día feliz de despreocupación y de libertad.

Me indicaron una pequeña alquería donde se daba hospedaje a los viajeros, una especie de posada regentada por una campesina, en medio de un patio a la normanda rodeado de una doble ringlera de hayas.

Dejando el acantilado, llegué, pues, al caserío encerrado dentro de sus grandes árboles y me presenté en casa de la tía Lecacheur.

Era una vieja mujer de campo, arrugada, severa, que parecía recibir siempre a los clientes de mala gana, con una especie de desconfianza.

Estábamos en mayo, los manzanos en flor cubrían el patio con una techumbre de flores aromáticas, derramando sin cesar una lluvia de revoloteantes pétalos rosas que caían sin fin sobre la gente y la hierba.

Pregunté:

—Señora Lecacheur, ¿tendría una habitación para mí?

Asombrada de ver que conocía su nombre, respondió:

—Depende, está todo ocupado, pero se podría intentar arreglar la cosa.

En cinco minutos nos pusimos de acuerdo y fui a dejar mi hato sobre el suelo de tierra batida de una habitación rústica, amueblada con una cama, dos sillas, una mesa y un aguamanil. Daba a la cocina, grande y ahumada, donde los huéspedes comían con el personal de la hacienda y con la dueña, que era viuda.

Me lavé las manos y salí. La vieja estaba preparando un guiso de gallina para cenar en su ancha chimenea de donde pendía una cadena renegrida por el humo.

—¿Así que tiene otros viajeros en este momento? —pregunté.

Ella respondió con su aire disgustado:

—Tenemos a una señora, una inglesa de edad. Ocupa la otra habitación.

Con un suplemento de cinco sueldos al día tuve el derecho a comer solo en el patio los días de buen tiempo.

Me prepararon la mesa delante de la puerta y comencé a despedazar a dentelladas los entecos miembros de la gallina normanda, bebiendo una sidra clara y masticando un pan blanco de cuatro días atrás, pero muy bueno.

De pronto la cancela de madera que daba al camino se abrió y una extraña persona se dirigió hacia la casa. Era de una extrema delgadez, muy alta, tan arrebujada en un chal escocés a cuadros rojos que se la hubiera creído privada de brazos de no haberse visto asomar una larga mano a la altura de las caderas, que sujetaba una sombrilla blanca de turista. Su cara de momia, enmarcada por unos largos bucles grises que parecían morcillas y que saltaban a cada paso que daba, me hizo pensar, quién sabe por qué, en un arenque ahumado con bigudíes. Pasó por delante de mí a paso vivo, los ojos gachos, y entró en la casa.

Aquella extraña aparición me alegró; era sin duda mi vecina, la vieja inglesa a la que se había referido nuestra posadera.

No la volví a ver aquel día. Al siguiente, cuando estaba instalado para pintar al fondo de aquel valle encantador que ya conocen y que desciende hasta Étretat, al levantar de repente la vista vi algo extraño enhiesto en la cresta de la ladera; se hubiera dicho un mástil empavesado. Era ella. Al verme, desapareció.

Volví a mediodía para comer y me senté a la mesa común, para así poder conocer a esa vieja original. Pero ella no respondió a mis gentilezas, se mostró insensible a mis pequeñas atenciones. Yo le ponía siempre agua, le pasaba solícitamente los platos. Un leve cabeceo, casi imperceptible, y una palabra inglesa susurrada en voz tan baja que no la oía, eran sus únicas muestras de agradecimiento.

Dejé de ocuparme de ella, por más que inquietaba mi pensamiento.

Al cabo de tres días sabía sobre ella tanto como la propia señora Lecacheur.

Se llamaba miss Harriet. Buscando un pueblo perdido donde pasar el verano, se había detenido en Bénouville, seis semanas antes, y no parecía dispuesta a irse. No hablaba nunca en la mesa, comía deprisa, mientras leía un librito de propaganda protestante. Repartía esos libritos entre todo el mundo. El cura mismo había recibido cuatro traídos por un chaval al que ella pagó dos sueldos por hacer el encargo. Decía a veces a nuestra posadera, de golpe, sin que nada justificara tal declaración: «Yo amar al Señor más que a nada; yo admirar a él en toda su Creación, adorar a él en toda su naturaleza, yo llevar a él siempre en mi corazón». Y le entregaba acto seguido a la atónita campesina uno de sus folletos destinados a convertir al Universo.

En el pueblo no caía bien. Desde que el maestro había dicho: «Es una atea», pesaba sobre ella una especie de reprobación. Consultado por la señora Lecacheur, el cura había respondido: «Es una hereje, pero Dios no quiere la muerte del pecador, y creo que es una persona de una perfecta moralidad».

Las palabras «atea-hereje», cuyo preciso significado se ignoraba, hacían dudar a la gente. Se decía, por otra parte, que la inglesa era rica y que se había pasado la vida viajando por todos los países del mundo, porque su familia la había echado. ¿Por qué la había echado su familia? Por su impiedad, naturalmente.

Era, en verdad, una de esas fanáticas de principios, una de esas puritanas contumaces como produce tantas Inglaterra, una de esas insoportables solteronas respetables que infestan todas las casas de huéspedes de Europa, que echan a perder Italia, envenenan Suiza, vuelven inhabitables las deliciosas ciudades del Mediterráneo, llevan a todas partes sus extrañas manías, sus costumbres de vestales petrificadas, su indescriptible vestimenta y un cierto olor a caucho, que haría creer que de noche duermen dentro de un estuche.

Cuando descubría a una en un hotel, me largaba como los pájaros que ven un espantapájaros en un campo.

Ésta, sin embargo, me parecía tan singular que no me desagradaba en absoluto.

La señora Lecacheur, hostil por instinto a todo cuanto no fuera rural, sentía en su mentalidad estrecha una especie de odio por las poses extáticas de la vieja solterona. Había dado con un término para calificarla, un término despectivo sin duda, que quién sabe cómo había llegado a sus labios, quién sabe por medio de qué confusas y misteriosas elucubraciones mentales. Decía: «Es una demoníaca». Y esta palabra, aplicada a ese ser austero y sentimental, me parecía de un cómico irresistible. Yo ya no la llamaba sino «la demoníaca», sintiendo un extraño placer en pronunciar muy alto estas sílabas apenas la veía.

—¿Qué ha hecho hoy nuestra demoníaca? —preguntaba yo a la señora Lecacheur.

Y la campesina respondía con aire escandalizado:

—¿Se creerá usted, señor, que ha recogido un sapo al que había aplastado una pata, se lo ha llevado a su habitación, lo ha puesto en el aguamanil y le ha hecho una cura como si fuera un ser humano? ¡No me dirá usted que esto no es un verdadero sacrilegio!

En otra ocasión, mientras paseaba por el pie del acantilado, había comprado un gran pez recién pescado, nada más que para volver a echarlo al mar. El pescador, por más que había sido pagado con largueza, la había cubierto de insultos, más cabreado que si le hubiera cogido el dinero del bolsillo. Al cabo de un mes seguía siendo incapaz de hablar de ello sin montar en cólera y sin proferir insultos. ¡Oh, sí! Miss Harriet era una demoníaca, la tía Lecacheur había tenido una ocurrencia genial bautizándola así.

El mozo de cuadra, al que apodaban Zapador porque había servido en África en sus años mozos, era de muy otra opinión. Decía con expresión maliciosa: «Es una vieja que ha vivido lo suyo».

¡Si la pobre se hubiera enterado!

La joven moza Céleste no la servía de muy buena gana, sin que yo hubiera podido comprender la razón. Tal vez era sólo porque era extranjera, de otra raza, de otra lengua y de otra religión. ¡Era una demoníaca, en fin!

Pasaba su tiempo vagando por los campos, buscando y adorando a Dios en la naturaleza. Me la encontré, una tarde, arrodillada ante un matorral. Habiendo distinguido algo rojo a través de las hojas, aparté las ramas, y se levantó miss Harriet, confusa de haber sido vista así, clavando en mí unos ojos espantados como los de los autillos sorprendidos a plena luz del día.

A veces, cuando yo trabajaba en medio de las rocas, la veía de repente en el borde del acantilado, semejante a una señal de semáforo.2 Ella miraba apasionadamente el vasto mar dorado de luz y el gran cielo enrojecido de fuego. A veces la distinguía al fondo de un pequeño valle, caminando deprisa, con su paso elástico de inglesa; e iba hacia ella, atraído no sé por qué, nada más que para ver su rostro de iluminada, su rostro enjuto, indescriptible, que irradiaba una íntima y profunda alegría.

A menudo me la encontraba también junto a una alquería, sentada en la hierba, a la sombra de un manzano, con su librito bíblico abierto sobre las rodillas, y la mirada perdida a lo lejos.

Tampoco yo me iba ya de allí, apegado como me sentía a aquel tranquilo pueblo por mil lazos de amor por sus amplios y agradables paisajes. Estaba bien en aquella alquería ignorada, lejos de todo, cerca de la tierra, de la buena, sana, hermosa y verde tierra que nosotros mismos un día abonaremos con nuestro cuerpo. Tal vez, debo confesarlo, me retenía también un poco la curiosidad en casa de la tía Lecacheur. Me hubiera gustado conocer un poco a esa extraña miss Harriet y saber lo que pasa en las almas solitarias de esas viejas inglesas trotamundos.

II

Entablamos relación de un modo bastante singular. Acababa yo de terminar un estudio que me parecía bastante original, y lo era. Fue vendido quince años después por diez mil francos. Era más simple, por otra parte, que dos y dos son cuatro y al margen de las reglas académicas. Todo el lado derecho de mi tela representaba una roca, una enorme roca llena de protuberancias, cubierta de algas pardas, amarillas y rojas, sobre las que se derramaba el sol como si fuera aceite. La luz, sin que se viera el astro oculto tras de mí, caía sobre la piedra y la doraba de fuego. Eso era todo. Un primer plano impresionante de claridad, encendido, magnífico.

A la izquierda, el mar, pero no el mar azul, color de pizarra, sino el mar de jade, verduzco, lechoso e incluso áspero bajo el cielo oscuro.

Estaba tan contento de mi trabajo que bailaba mientras lo traía a la posada. Quería que todo el mundo lo viera enseguida. Recuerdo que se lo enseñé a una vaca que había al borde del sendero, gritándole:

—Mira esto, bonita. No verás muchos parecidos.

Al llegar delante de la casa, llamé enseguida a la tía Lecacheur chillando a voz en grito:

—¡Eh! ¡Eh!, posadera, venga corriendo a ver esto.

La campesina llegó y examinó mi obra con su mirada de pasmarote que no distinguía nada, que no veía siquiera si eso representaba un buey o una casa.

Miss Harriet, de vuelta, pasaba por detrás de mí justo en el momento en que, sosteniendo yo mi tela en el extremo del brazo, se la enseñaba a la posadera. La demoníaca no pudo dejar de verla, pues yo había procurado presentarla de modo que no pudiera escapar a su mirada. Se detuvo en seco, impresionada, estupefacta. Era su roca, al parecer, aquella a la que ella trepaba para soñar a sus anchas.

Murmuró un «¡oh!» británico tan acentuado y tan halagüeño, que me di la vuelta hacia ella sonriendo; y le dije:

—Es mi último estudio, señorita.

Ella murmuró, extasiada, cómica y enternecedora:

—¡Oh!, señor, usted comprender la naturaleza de manera palpitante.

Me ruboricé, a fe mía, más emocionado por este cumplido que si hubiera provenido de una reina. Estaba seducido, conquistado, vencido. ¡Le habría dado un beso, palabra de honor!

En la mesa me senté a su lado, como siempre. Por primera vez habló, continuando en voz alta su pensamiento:

—¡Oh!, ¡yo amar tanto la naturaleza!

Le ofrecí pan, agua, vino. Ella aceptaba ahora con una sonrisita de momia. Y yo me puse a hablar del paisaje.

Tras la comida, nos levantamos al mismo tiempo y nos pusimos a pasear por el patio; luego, atraído sin duda por el maravilloso incendio provocado en el mar por el sol poniente, abrí la pequeña cancela de la parte del acantilado, y salimos juntos, uno al lado del otro, contentos como dos personas que se han comprendido y compenetrado.

Hacía una tarde tibia, agradable, uno de esos atardeceres de bienestar que hacen felices la carne y el espíritu. Todo es disfrute y encanto. El aire suave, embalsamado, lleno de olores a hierbas y a algas, acaricia el olfato con su fragancia salvaje, acaricia el paladar con su sabor marino, acaricia la mente con su penetrante dulzura. Ahora andábamos por el borde del abismo, sobre el vasto mar que, cien metros por debajo de nosotros, encrespaba sus olitas. Y con la boca abierta y los pulmones dilatados bebíamos ese viento fresco que había atravesado el océano y acariciaba lentamente nuestra piel, salino por el largo beso de las olas.

Arrebujada en su chal a cuadros, en actitud inspirada, con los dientes al viento, la inglesa miraba cómo el enorme sol descendía hacia el mar. Delante de nosotros, allí en el fondo, en el límite donde alcanzaba la vista, un buque de tres palos con las velas desplegadas dibujaba su contorno en el cielo en llamas, y un vapor, más próximo, pasaba dejando detrás de sí una nube infinita de humo que cortaba el horizonte.

El globo rojo seguía descendiendo lentamente. Y no tardó en alcanzar el agua, justo detrás del navío inmóvil que apareció, como en un marco de fuego, en medio del astro refulgente. Se hundía poco a poco, devorado por el océano. Lo vimos descender, disminuir, desaparecer. Se había acabado. Sólo el pequeño velero se recortaba sobre el fondo dorado del cielo lejano.

Miss Harriet contemplaba con mirada apasionada el espléndido final del día. Y sin duda sentía un inmenso deseo de abrazar el cielo, el mar, el horizonte entero.

Ella murmuró:

—¡Oh!, gustar…, gustar…, gustar… —Vi unas lágrimas en sus ojos. Prosiguió—:Yo querer ser una avecilla para volar hacia el firmamento.

Y permanecía de pie, como la había visto a menudo, como enhiesta en el acantilado, roja también ella con su chal de púrpura. Me dieron ganas de hacerle un esbozo en mi cuaderno de apuntes. Se hubiera dicho la caricatura del éxtasis.

Me volví para no sonreír.

Luego le hablé de pintura, como habría hecho con un colega, haciendo notar las tonalidades, las relaciones, las intensidades, usando expresiones técnicas. Ella me escuchaba con atención, comprendía, trataba de penetrar en el oscuro significado de las palabras, de entender mi pensamiento. De vez en cuando decía:

—Sí, comprender…, comprender. Ser muy palpitante.

Regresamos.

Al día siguiente, apenas me vio vino a mi encuentro tendiéndome la mano. Y enseguida nos hicimos amigos.

Era una buena persona que tenía una especie de alma que funcionaba por impulsos, con arrebatos de entusiasmo. Carecía de equilibrio, como todas las mujeres que están solteras a los cincuenta años. Parecía cristalizada en una inocencia agriada; pero había guardado en su corazón algo de muy joven, de exaltado. Amaba la naturaleza y los animales, con un amor fanático, fermentado como una bebida demasiado añeja, un amor sensual que no había dado a los hombres.

Era evidente que el ver a una perra amamantando, a una yegua corriendo por el prado con su potro entre las patas, un nido lleno de pajarillos piando, con el pico abierto, la cabeza enorme, el cuerpo totalmente desplumado, la hacía palpitar con una emoción exagerada.

¡Pobres seres solitarios, errantes y tristes de las casas de huéspedes, pobres seres ridículos y lamentables, os amo desde que la conocí a ella!

Pronto me di cuenta de que tenía algo que decirme, pero que no se atrevía, y encontré divertida su timidez. Cuando yo me iba por la mañana con mi caja a la espalda, ella me acompañaba hasta el extremo del pueblo, muda, visiblemente ansiosa y buscando sus palabras para comenzar. Luego me dejaba bruscamente y se iba rápido, con su paso saltarín.

Finalmente, un día cobró valor:

—Querer ver cómo usted pintar. ¿Posible? Yo sentir mucha curiosidad. —Y enrojeció como si hubiera dicho algo muy audaz.

La llevé hasta el fondo del Petit-Val, donde empecé un gran estudio.

Permaneció de pie detrás de mí, siguiendo cada uno de mis gestos con reconcentrada atención.

Luego de repente, temiendo tal vez molestarme, me dijo: «Gracias», y se fue.

Pero en breve me tomó más confianza y empezó a acompañarme todos los días, con evidente gusto. Llevaba bajo el brazo su silla de tijera, no quería que la ayudase, y se sentaba a mi lado. Se estaba inmóvil y silenciosa durante horas y horas, siguiendo con la mirada cada movimiento del pincel. Cuando conseguía obtener, aplicando directamente con la espátula una amplia capa de color, un efecto apropiado e inesperado, dejaba escapar sin querer un pequeño «oh» de asombro, de alegría y de admiración. Tenía por mis telas un sentimiento de afectuoso respeto, un respeto casi religioso por aquella representación humana de una partícula de la obra divina. Mis estudios le parecían como una especie de cuadros de santidad; y a veces me hablaba de Dios, tratando de convertirme.

¡Oh! Era un tipo curioso ese Dios suyo, una especie de filósofo de pueblo sin grandes medios ni grandes poderes, pues ella se lo imaginaba siempre afligido por las ofensas cometidas ante sus ojos, como si no hubiera podido evitarlas.

Por otra parte, estaba en excelentes términos con él, y parecía incluso la confidente de sus secretos y contrariedades. Decía: «Dios así lo quiere» o bien: «Dios no lo quiere», como el sargento que anuncia al recluta: «El coronel así lo ordena».

Deploraba de corazón mi ignorancia de los designios celestes que ella se esforzaba en revelarme; y cada día encontraba en mis bolsillos, en mi sombrero cuando lo dejaba en el suelo, en mi caja de pinturas, en mis zapatos lustrados delante de la puerta, esos pequeños folletos píos que sin duda ella recibía directamente del Paraíso.

Yo la trataba como a una vieja amiga, con una franqueza cordial. Pero no tardé en darme cuenta de que sus modales habían cambiado un poco. En los primeros tiempos no presté atención a ello.

Mientras trabajaba, ya fuera al fondo de mi valle, ya en algún sendero encajonado, la veía aparecer de improviso, con su andar rápido y acompasado. Se sentaba bruscamente, jadeando como si hubiera corrido o como si la agitase alguna honda emoción. Estaba muy roja, de ese rojo inglés que ningún otro pueblo tiene; luego, sin mediar razón para ello, palidecía, se volvía de color terroso y parecía a punto de desfallecer. Poco a poco, sin embargo, la veía recobrar su fisonomía habitual y se ponía a hablar.

Luego, de repente, dejaba una frase a medias, se levantaba y se largaba tan rápida y extrañamente que yo me ponía a pensar si había hecho algo que hubiera podido desagradarle o herirla.

Acabé por convencerme de que aquéllos debían de ser sus modales normales, seguramente algo modificados en mi honor en los primeros tiempos de conocernos.

Cuando volvía a la alquería después de haber caminado durante horas por la costa azotada por el viento, sus largos cabellos retorcidos en espirales a menudo se habían soltado y colgaban como si su muelle se hubiera roto. Antes a ella esto la traía sin cuidado y venía tranquilamente a sentarse a la mesa, en el estado en que la había dejado su hermana la brisa.

Ahora, en cambio, subía a su habitación para reajustar lo que yo llamaba sus tubos de lámpara; y cuando le decía, con una galante familiaridad que siempre la escandalizaba: «Hoy está hermosa como una estrella, miss Harriet…», un ligero arrebol teñía sus mejillas, arrebol de jovencita, arrebol de quinceañera.

A continuación se volvió de nuevo completamente huraña y dejó de venir a verme pintar. Pensé: «Es una crisis, ya se le pasará». Pero no se le pasaba en absoluto. Cuando le dirigía la palabra, ahora, me respondía, ya con una indiferencia afectada, ya con sorda irritación. Se mostraba brusca, impaciente, nerviosa. Tan sólo la veía en la mesa y ya no hablábamos. Acabé por convencerme de que la había ofendido de algún modo, y una tarde le pregunté:

—Miss Harriet, ¿por qué ha cambiado tanto conmigo? ¿Acaso he hecho algo que le ha desagradado? Lo siento muchísimo.

Respondió, con una entonación colérica bastante divertida:

—Con usted yo ser siempre igual. No ser cierto, no cierto. —Y corrió a encerrarse en su habitación.

A veces me miraba de extraño modo. Me he dicho a menudo, desde entonces, que los condenados a muerte deben de tener esa mirada cuando les anuncian su último día. Había en su mirar una especie de locura, una locura mística y violenta; y, otra cosa más, ¡una fiebre, un deseo exasperado, impaciente e impotente de lo irrealizado y de lo irrealizable! Y me parecía que había también dentro de ella una pugna en la que su corazón luchaba contra una fuerza desconocida que ella quería domeñar, y tal vez algo más… ¡Qué sé yo! ¡Qué sé yo!

III

Fue verdaderamente una extraña revelación.

Desde hacía algún tiempo estaba trabajando, todas las mañanas desde la aurora, en un cuadro del siguiente tema:

Una barranca profunda, encajonada, dominada por dos ribazos llenos de zarzas y de árboles, se alargaba, perdida e inmersa en ese vapor lechoso, en ese algodón que flota a veces sobre los valles, al romper el día. Y al fondo de esta niebla espesa y transparente se veía, o mejor dicho, se adivinaba a una pareja, un joven y una muchacha, ella con la cabeza levantada hacia él, él inclinado hacia ella, boca con boca.

Un primer rayo de sol, filtrándose por entre las ramas, atravesaba aquel vapor de la aurora, lo iluminaba de reflejos rosados detrás de los dos rústicos enamorados, teñía sus sombras inciertas de un plateado fulgor. En mi opinión, estaba muy logrado.

Trabajaba en la pendiente que lleva al vallecito de Étretat. Por suerte para mí, aquella mañana había precisamente la niebla adecuada.

Algo se alzó delante de mí, como un fantasma: era miss Harriet. Al verme, quiso huir. Pero la llamé a voz en grito:

—Venga, venga, señorita, tengo un pequeño cuadro para usted.

Ella se acercó, como a pesar suyo. Yo le alargué mi esbozo. Ella no dijo nada, pero permaneció largo rato inmóvil mirando, y bruscamente rompió a llorar. Lloraba con espasmos nerviosos como alguien que ha luchado mucho contra las lágrimas y que ya no puede más, que se abandona resistiendo aún. Yo me levanté como movido por un resorte, yo mismo emocionado por esa tristeza que me resultaba incomprensible, y le cogí las manos en un impulso de afecto brusco, un verdadero impulso de francés que actúa más rápido de lo que piensa.

Ella dejó por unos segundos sus manos en las mías, y las sentí temblar como si todos sus nervios se hubieran retorcido. Luego las retiró bruscamente, o más bien, las arrancó.

Yo había reconocido ese estremecimiento por haberlo ya sentido; y nada podía llamarme a engaño. ¡Ah! El estremecimiento de amor de una mujer, ya tenga quince o cincuenta años, ya sea de una pueblerina o de una mujer de mundo, me llega tan directamente al corazón que nunca dejo de reconocerlo.

Todo su pobre ser había temblado, vibrado, desfallecido. Yo l o sabía. Ella se fue sin que hubiera dicho una palabra, dejándome sorprendido como ante un milagro, y desolado como si hubiera cometido un crimen.

No regresé para comer. Me fui a dar una vuelta por el borde del acantilado, con ganas tanto de llorar como de reír, pareciéndome la aventura cómica y deplorable, sintiéndome ridículo y considerándola a ella desgraciada hasta el punto de poder volverse loca.

Me preguntaba qué debía hacer.

Consideré que no me quedaba más remedio que irme, y me decidí enseguida.

Tras haber estado vagando hasta la hora de cenar, un tanto triste, un tanto soñador, volví a la hora de la cena.

Nos sentamos a la mesa como de costumbre. Miss Harriet estaba allí, comía con expresión seria, sin hablar con nadie ni levantar los ojos. Tenía, por otra parte, su aspecto y sus modales habituales.

Esperé a que terminara la cena, luego me volví hacia la posadera:

—Bien, señora Lecacheur, no tardaré en dejarla.

La buena mujer, sorprendida y apenada, exclamó con su voz tonante:

—Pero ¿qué habla usted, señor mío, de dejarnos? ¡Pero si estamos tan acostumbrados a usted!

Miré con el rabillo del ojo a miss Harriet; su rostro permanecía impasible. Pero Céleste, la joven moza, acababa de alzar los ojos hacia mí. Era una gorda muchacha de dieciocho años, coloradota, lozana, robusta como un caballo, y aseada, cosa rara. La besaba algunas veces por los rincones, por costumbre de frecuentador de posadas; nada más.

Terminó la cena.

Me fui a fumar en pipa bajo los manzanos, paseando adelante y atrás de un extremo al otro del patio. Todas mis reflexiones durante el día, el extraño descubrimiento de la mañana, ese amor grotesco y apasionado por mí, los recuerdos que se habían sucedido a raíz de esta revelación, recuerdos encantadores y turbadores, tal vez también esa mirada de moza levantada hacia mí al anuncio de mi marcha, todo ello mezclado y combinado me había puesto en el cuerpo un ardor, un prurito de besos en los labios y, en las venas, esa cosa inexplicable que empuja a hacer tonterías.

Caía la noche, insinuando sus sombras bajo los árboles, y vi a Céleste que iba a cerrar el gallinero por el lado opuesto del cercado. Me lancé a toda prisa, corriendo con paso tan ligero que ella no oyó nada, y, cuando se alzaba tras haber cerrado la puertecita por la que entraban y salían las gallinas, la cogí entre los brazos, haciendo caer sobre su rostro ancho y mofletudo una lluvia de besos. Ella se debatía, riendo a pesar de todo, acostumbrada a ello.

¿Por qué la dejé de golpe? ¿Por qué me volví de repente? ¿Cómo presentí que había alguien detrás de mí?

Era miss Harriet que entraba, y nos había visto, y que permanecía inmóvil como ante un espectro. Luego desapareció en la noche.

Volví adentro avergonzado, turbado, más disgustado por haber sido sorprendido de aquel modo que si me hubiera visto cometer una acción criminal.

Dormí mal, nervioso en exceso, acosado por tristes pensamientos. Me pareció oír llorar. Sin duda me equivocaba. También varias veces creí que alguien andaba por la casa y que abrían la puerta exterior.

Hacia el amanecer, muerto de cansancio, el sueño me venció. Me desperté tarde y no bajé hasta la hora de comer, confuso aún e inseguro acerca de cómo comportarme.

No habían visto a miss Harriet. La esperamos; no apareció. La tía Lecacheur entró en su habitación, la inglesa se había ido. Debía de haber salido al amanecer, como hacía a menudo, para ver la salida del sol.

Nadie se asombró y nos pusimos a comer en silencio.

Hacía calor, mucho calor, era uno de esos días abrasadores y pesados en los que no se mueve ni una hoja. Se había sacado la mesa afuera, bajo un manzano; y de vez en cuando Zapador iba a llenar a la bodega la jarra de sidra, de tanto como se bebía. Céleste traía los platos de la cocina, un guiso de cordero con patatas, un conejo salteado y una ensalada. Luego nos puso delante un plato de cerezas, las primeras de la temporada.

Como yo quería lavarlas y refrescarlas, le rogué a la joven moza que fuera a sacar un cubo de agua muy fría.

Volvió a los cinco minutos declarando que el pozo estaba seco. Tras dejar descender toda la cuerda, el cubo había tocado fondo, subiendo luego vacío. La tía Lecacheur quiso cerciorarse por sí misma de ello, y fue a mirar por la boca del pozo. Regresó anunciando que se veía algo extraño al fondo de su pozo. Seguramente algún vecino había echado dentro una gavilla de paja por venganza.

También yo quise mirar, esperando poder distinguir mejor y me incliné sobre el borde. Percibí vagamente un objeto blanco. Pero ¿qué era? Entonces se me ocurrió la idea de introducir una linterna atada en el extremo de una cuerda. El resplandor amarillo bailaba en las paredes de piedra, hundiéndose paulatinamente. Estábamos los cuatro inclinados sobre la abertura. Zapador y Céleste se habían unido a nosotros. La linterna se detuvo encima de una masa indistinta, blanca y negra, singular, incomprensible. Zapador exclamó:

—Es un caballo. Veo la pezuña. Se habrá caído esta noche tras haber escapado del prado.

Pero de repente me estremecí hasta los tuétanos. Acababa de reconocer un pie, luego una pierna levantada; el cuerpo entero y la otra pierna desaparecían debajo del agua.

Balbuceé, muy bajito, y temblando tan fuerte que la linterna bailaba como loca encima del zapato:

—Es una mujer lo que…, que…, que hay aquí dentro…, es miss Harriet.

Zapador fue el único que ni pestañeó. ¡Había visto otros casos parecidos en África!

La tía Lecacheur y Céleste se pusieron a lanzar agudos gritos y huyeron a todo correr.

Hubo que repescar a la muerta. Até firmemente al mozo por la cintura y a continuación lo descendí por medio de la polea, muy lentamente, viéndole hundirse en lo oscuro. Mantenía en mis manos la linterna y otra cuerda. Pronto su voz, que parecía provenir del centro de la tierra, exclamó: «Pare»; y vi que repescaba alguna cosa en el agua, la otra pierna, luego ató los dos pies juntos y exclamó de nuevo: «Tire».

Le ayudé a subir; pero me sentía los brazos rotos, los músculos flojos, temía que se me soltara la cuerda y dejarle caer. Cuando apareció la cabeza a la altura del brocal le pregunté: «¿Qué?» como si esperase noticias de la que había allí al fondo.

Subimos los dos sobre el reborde, uno enfrente del otro, e, inclinados sobre la oquedad, comenzamos a tirar del cuerpo hacia arriba.

La tía Lecacheur y Céleste nos espiaban a distancia, escondidas detrás del muro de la casa. Cuando vieron, saliendo de la boca del pozo, los zapatos negros y las medias blancas de la ahogada, desaparecieron.

Zapador la aferró por los tobillos y la sacamos fuera, a la pobre y casta soltera, en la postura más inmodesta. La cabeza estaba espantosa, negra y rasguñada; y sus largos cabellos grises, sueltos, lisos para siempre, pendían, goteantes y fangosos. Zapador dijo con tono despectivo:

—¡Por Dios, qué flaca está!

La llevamos a su habitación, y, como las dos mujeres no reaparecían, el mozo de cuadra y yo preparamos a la muerta.

Yo lavé su triste cara descompuesta. Bajo la presión de mi dedo, un ojo se abrió un poco, que me miró con esa mirada pálida, esa mirada fría, esa mirada terrible de los cadáveres, que parece venir de más allá de la vida. Arreglé como pude sus alborotados cabellos, y, con mis manos inhábiles, compuse sobre su frente un peinado nuevo y singular. Luego le quité sus ropas empapadas de agua, descubriendo un poco, con vergüenza, como si cometiera una profanación, sus hombros y su pecho, y sus largos brazos delgados como ramas.

Luego fui a buscar unas flores, amapolas, acianos, margaritas y hierbas frescas y aromáticas, con las que cubrí su lecho fúnebre.

A continuación tuve que llevar a cabo las formalidades de rigor, al ser el único que la conocía. En una carta encontrada en uno de sus bolsillos, escrita en el último momento, pedía ser enterrada en aquel pueblo donde había pasado sus últimos días. Un pensamiento espantoso me encogió el corazón. ¿No habría sido yo la causa de que ella quisiera quedarse en aquel lugar?

Hacia la noche, las comadres del vecindario vinieron para ver a la difunta; pero yo impedí que entrasen; quería permanecer solo a su lado; y la velé toda la noche.

Contemplé al resplandor de las velas a aquella miserable mujer desconocida de todos, muerta tan lejos, tan lastimosamente. ¿Dejaba amigos, parientes en alguna parte? ¿Qué infancia y vida había tenido? ¿De dónde provenía, tan sola, errabunda, perdida como un perro expulsado de su casa? ¿Qué secreto sufrimiento y desesperación guardaba en ese cuerpo poco agraciado, en ese cuerpo llevado, como una tara vergonzosa, durante toda su vida, ridícula envoltura que había mantenido alejado de ella cualquier afecto o amor?

¡Qué desdichadas pueden ser las personas! ¡Yo sentía pesar sobre esa criatura humana la eterna injusticia de la implacable naturaleza! ¡Para ella todo había terminado, sin que, quizá, hubiera tenido nunca lo que sostiene a los más desheredados, la esperanza de ser amada una vez! Pues ¿por qué se ocultaba así, huía de los demás? ¿Por qué amaba con una ternura tan apasionada todas las cosas y todos los seres vivos que no fuesen hombres?

Comprendía que creyera en Dios y hubiera esperado en otro mundo la compensación a su miseria. Ahora estaba a punto de descomponerse, y convertirse a su vez en planta. Florecería al sol, sería pacida por las vacas, llevada en semilla por los pájaros, y, carne de las bestias, volvería a convertirse en carne humana. Pero lo que llamamos el alma se había apagado en el fondo del pozo oscuro. Ya no sufría. Había trocado su vida por otras vidas que nacerían de ella.

Pasaban las horas en aquel estar a solas siniestro y mudo. Una pálida luz anunció el alba; luego un rayo rojo llegó hasta el lecho, imprimiendo una barra de fuego sobre la sábana y las manos de ella. Era la hora que tanto le gustaba. Los pájaros, despertados, cantaban entre los árboles.

Abrí de par en par la ventana, descorrí las cortinas para que el cielo entero nos viese e, inclinándome sobre el cadáver helado, cogí entre las manos esa cabeza desfigurada y lentamente, sin miedo ni repugnancia, deposité un largo beso en aquellos labios que no habían recibido nunca ninguno…

Léon Chenal calló. Las mujeres lloraban. Se oía al conde de Étraille, en su asiento, sonarse una y otra vez. Sólo el cochero dormitaba. Y los caballos, al no sentir ya el látigo, habían demorado la marcha y tiraban débilmente. La pequeña diligencia apenas si avanzaba, vuelta pesada de repente, como si estuviese cargada de tristeza.

 

LA ENFERMEDAD DE ANDRÉ*

 

A Edgar Courtois

La fachada de la notaría daba a la plaza. En la trasera, se extendía un bonito jardín bien cultivado hasta el callejón de las Piques, siempre desierto, del que lo separaba un muro.

En el fondo de aquel jardín, la mujer del notario Moreau había dado cita por primera vez al capitán Sommerive, que la cortejaba desde hacía tiempo.

El marido se había ido por ocho días a París. Se encontraba, pues, libre durante toda la semana. El capitán se lo había rogado tanto, le había implorado con tan dulces palabras, y ella estaba convencida de que la quería con locura, y se sentía tan sola, incomprendida y desatendida, en medio de los contratos que constituían la única ocupación del notario, que se había dejado ganar su corazón sin siquiera preguntarse si un día le haría más concesiones.

Luego, tras meses de amor platónico, de manos apretadas, de rápidos besos robados tras una puerta, el capitán había declarado que dejaría inmediatamente la ciudad pidiendo un cambio de destino si no conseguía una cita, una verdadera cita, a la sombra de los árboles, durante la ausencia del marido.

Ella había cedido; se lo había prometido.

Ahora le esperaba, acurrucada contra el muro, con el corazón palpitándole, estremeciéndose al menor ruido.

De repente oyó que escalaban el muro, y estuvo a punto de salir corriendo. ¿Y si no era él? ¿Si era un ladrón? Pero no; una voz llamaba dulcemente «Mathilde». Ella respondió: «Étienne». Y un hombre se dejó caer en el caminito con un ruido de chatarra.

¡Era él! ¡Qué beso!

Permanecieron largo rato de pie, enlazados, con los labios unidos. Pero de pronto se puso a lloviznar, y las gotas, deslizándose de hoja en hoja, producían en la sombra un temblor acuoso. Ella se estremeció cuando recibió la primera gota en el cuello.

Él le decía:

—Mathilde, querida mía, adorada mía, amiga mía, ángel mío, entremos en su casa. Es medianoche, no hay nada que temer. Vayamos a su casa; se lo suplico.

Ella respondía:

—No, querido, tengo miedo. ¿Quién sabe lo que puede ocurrirnos?

Pero él la tenía apretada en sus brazos y le murmuraba al oído:

—Sus criados están en el tercer piso y sus aposentos dan a la plaza. Su habitación se halla en el primero y da al jardín. Nadie nos oirá. La amo, quiero amarte libremente, por entero, de pies a cabeza.

Y la estrechaba con violencia, cubriéndola de besos.

Ella se resistía aún, aterrada, incluso avergonzada. Pero él la cogió por la cintura, la levantó y se la llevó bajo la lluvia que empezaba a arreciar.

La puerta había quedado abierta; subieron a tientas la escalera; luego, una vez dentro de la habitación, ella echó el cerrojo, mientras él encendía un fósforo.

Pero cayó desfallecida en un sillón. Él se había puesto de rodillas y, lentamente, la desvestía, tras haber comenzado por los botines y las medias, para besar sus pies.

Ella decía, jadeando:

—¡No, no, Étienne, se lo suplico, déjeme seguir siendo honesta, pues luego le guardaría rencor! ¡Es una cosa tan fea, tan grosera! ¿Es que no se puede amar sólo con las almas?…, Étienne.

Con una destreza digna de una camarera y una rapidez de hombre impaciente, él desabrochaba, desanudaba, desprendía los corchetes, desataba los lazos sin descanso. Y cuando ella quiso levantarse y huir para escapar a sus audacias, salió bruscamente de su vestido, de sus faldas y de su ropa interior totalmente desnuda, como una mano sale de un manguito.

Espantada, corrió hacia la cama para esconderse detrás de las cortinas. Era un refugio peligroso. Él la siguió. Pero, con las prisas por alcanzarla, su sable, desprendido demasiado deprisa, cayó sobre el parqué con resonante ruido.

Inmediatamente un grito agudo, un lamento quejumbroso y continuo, un llanto de niño, llegó de la habitación contigua, cuya puerta había quedado entreabierta.

—Ha despertado a André —murmuró ella—. Ahora no voy a conseguir que se duerma de nuevo.

Su hijo tenía quince meses y dormía cerca de ella, a fin de poder vigilarle en todo momento.

El capitán, enardecido, no hacía caso.

—¿Qué importa?, ¿qué importa? Te amo; eres mía, Mathilde.

Pero ella se debatía, desolada, espantada.

—¡No!, ¡no! Escucha cómo grita; va a despertar a la nodriza. Si ella viene, ¿qué haremos? ¡Estaríamos perdidos! Étienne, escucha, cuando hace eso, por la noche, su padre le trae a nuestra cama para calmarle. Se calla enseguida, enseguida, no hay otra manera. Deja que le coja, Étienne…

El niño berreaba, lanzaba esos clamores agudos que atraviesan las paredes más espesas, que se oyen desde la calle al pasar cerca de las casas.

El capitán, consternado, se enderezó, y Mathilde se fue presurosa a buscar al pequeño, al que trajo a su cama. Éste se calló.

Étienne se sentó a horcajadas en una silla y se lió un pitillo. Al cabo de apenas cinco minutos, André dormía. La madre murmuró:

—Ahora voy a dejarle de nuevo.

Y fue a poner de nuevo al niño en su cuna con precauciones infinitas.

Cuando volvió, el capitán la esperaba con los brazos abiertos.

La abrazó, loco de amor. Y ella, vencida al fin, balbuceaba mientras la estrechaba:

—¡Étienne…, Étienne…, amor mío! ¡Oh!, si tú supieras… cómo…

André se puso a berrear de nuevo. El capitán, furioso, juró:

—¡Demonio de niño! ¡No va a callarse este mocoso!

No, no se callaba el mocoso, sino que bramaba.

Mathilde creyó oír que se movían arriba. Era la nodriza que venía, sin duda. Se apresuró, cogió a su hijo, y se lo trajo a su cama de nuevo. Enmudeció al punto.

Tres veces seguidas volvieron a acostarle en su cuna. Tres veces seguidas hubo que ir a cogerle de nuevo.

El capitán Sommerive partió una hora antes del alba, echando pestes.

Pero, para calmar su impaciencia, Mathilde le había prometido recibirle de nuevo, esa misma noche.

Llegó, como la víspera, pero más impaciente, más encendido, enfurecido por la espera.

Tuvo buen cuidado de dejar su sable con suavidad sobre los dos brazos de un sillón; se quitó las botas como un ladrón, y habló tan bajito que Mathilde ni le oía. Finalmente, iba a ser feliz, completamente feliz, cuando el parqué o algún mueble, o, quizá, la cama misma, crujió. Fue un ruido seco como si algún soporte se hubiera roto; y, enseguida un grito, primero débil pero luego sobreagudo, respondió. André se había despertado.

Gañía como un zorro. De continuar así, ciertamente, todos en la casa se levantarían.

La madre, enloquecida, se apresuró a ir a buscarle y lo trajo. El capitán no se levantó. Rabiaba. Entonces, muy suavemente, alargó la mano, cogió entre dos dedos un poco de carne de la criatura, sin importar de dónde, del muslo o bien del trasero, y le dio un pellizco. El niño se debatió, aullando a voz en grito. Entonces el capitán, fuera de sí, pellizcó más fuerte, por todas partes, con furia. Cogía con fuerza la molleja y la retorcía apretándola violentamente, luego la soltaba para coger otra en otra parte, luego otra más lejos, y luego otra más.

El niño chillaba como una gallina a la que degüellan o un perro que es azotado. La madre, bañada en lágrimas, le besaba, le acariciaba, trataba de calmarle, de ahogar sus gritos con los besos. Pero André se ponía morado como si fuera a tener una convulsión, y agitaba sus piececitos y manitas de manera espantosa y lastimosa.

El capitán dijo con dulce voz:

—Trate de llevarle de nuevo a su cuna; tal vez se tranquilice.

Y Mathilde se fue hacia la otra habitación con su hijo en brazos.

Apenas hubo salido de la cama de su madre, gritó menos fuerte; y tan pronto como ésta le metió en la suya, se calló, con algunos sollozos ocasionales.

El resto de la noche fue tranquila; y el capitán fue feliz.

A la noche siguiente, volvió de nuevo. Como hablaba un poco fuerte, André se volvió a despertar y se puso a chillar. Su madre fue enseguida a buscarle; pero el capitán le pellizcó tan bien, tan fuerte y prolongadamente que el crío se sofocó, con los ojos revirados y echando espumarajos por la boca.

Le pusieron en su cuna. Se calmó enseguida.

Al cabo de cuatro días, ya no lloraba por ir al lecho materno.

El notario regresó el sábado por la noche. Volvió a ocupar su sitio en el hogar y en el dormitorio conyugal.

Se acostó temprano, pues estaba cansado del viaje; luego, una vez que hubo reanudado sus costumbres y cumplido escrupulosamente con todos sus deberes de hombre honesto y metódico, se asombró:

—Vaya, esta noche André no llora. Ve a buscarle un momentito, Mathilde, pues me gusta sentirle entre nosotros dos.

La mujer se levantó al punto y fue a coger al niño, pero en cuanto se vio en aquella cama donde tanto le gustaba dormir sólo unos días antes, la espantada criatura se retorció y se puso a gritar tan furiosamente que hubo que devolverle a su cuna.

Al señor Moreau no le cabía en la cabeza:

—Tiene gracia. Pero ¿qué le pasa esta noche? ¿Tendrá sueño?

Su mujer respondió:

—Ha reaccionado siempre así en tu ausencia. No he podido cogerlo una sola vez.

Por la mañana, el niño despierto se puso a jugar y a reír agitando sus manitas.

El notario, enternecido, fue a besar a su retoño, luego le levantó en brazos para llevarle al lecho conyugal. André reía, con ese asomo de sonrisa de las criaturas en las que el pensamiento es todavía vago. De repente vio la cama, a su madre dentro de ella; y su carita feliz se frunció, desencajada, mientras unos gritos furiosos salían de su garganta y se debatía como si le martirizasen.

El padre, asombrado, murmuró:

—Este niño tiene algo. —Y de un impulso natural le levantó la camisita.

Lanzó un «¡ah!» de estupor. Las pantorrillas, los muslos, la cintura, todo el trasero del pequeño estaban jaspeados de manchas azuladas, grandes como monedas de un sueldo.

El señor Moreau gritó:

—¡Mathilde, mira esto, es espantoso!

La madre, como loca, acudió corriendo. Cada una de las manchas parecía atravesada por una línea morada, donde se había coagulado la sangre. Era, sin duda, alguna enfermedad espantosa y rara, un principio de una especie de lepra, de una de esas afecciones extrañas en las que la piel se torna unas veces pustulosa como el dorso de los sapos, otras escamosa como la de los cocodrilos.

Pero Mathilde, más pálida que una muerta, contemplaba fijamente a su hijo tan manchado como un leopardo. Y de repente, lanzando un grito, un grito agudo, irreflexivo, como si hubiera visto a alguien que le provocara pavor, soltó:

—¡Oh!, ¡el miserable!…

El señor Moreau, sorprendido, preguntó:

—¿Eh? ¿De quién hablas? ¿Qué miserable es ése?

Ella enrojeció hasta los cabellos y balbució:

—Nada…, es…, ves…, intuyo…, es…, no hay que ir a buscar al médico…, seguramente es esa miserable nodriza que pellizca al pequeño para hacerle callar cuando grita.

El notario, exasperado, fue a buscar a la nodriza y poco faltó para que le atizara. Ella negó con aplomo, pero fue puesta de patitas en la calle.

Y su conducta, denunciada a la municipalidad, le impidió encontrar otros empleos.

 

UN DUELO*

 

La guerra había terminado; los alemanes ocupaban Francia; el país estaba convulsionado como un luchador vencido caído bajo la rodilla del vencedor.

De un París enloquecido, hambriento, desesperado, comenzaban a salir los primeros trenes, en dirección a las nuevas fronteras, atravesando lentamente campos y pueblos. Los primeros viajeros miraban por las ventanillas las llanuras devastadas y las aldeas incendiadas. Delante de las puertas de las casas que habían quedado en pie, unos soldados prusianos, con el casco negro de punta de cobre, fumaban en pipa a horcajadas de una silla. Otros trabajaban, o charlaban como si formaran parte de las familias. Al pasar por las ciudades, se veían regimientos enteros haciendo maniobras en las plazas, y, a pesar del ruido de las ruedas, llegaban a ratos las broncas órdenes.

El señor Dubuis, que había formado parte de la Guardia Nacional de París mientras duró el sitio, se dirigía a Suiza para reunirse con su mujer y su hija, mandadas por prudencia al extranjero antes de la invasión.

El hambre y las fatigas no habían hecho disminuir su gran panza de rico y pacífico comerciante. Había soportado los terribles acontecimientos con desconsolada resignación y amargas palabras sobre la ferocidad de los hombres. Pero ahora que, terminada la guerra, se dirigía hacia la frontera, veía por primera vez a los prusianos, pese a haber cumplido con su deber en las murallas y montado muchas guardias en las frías noches.

Miraba con irritado terror a esos hombres armados y barbudos instalados como si estuvieran en su casa en tierra francesa, y sentía en el alma una especie de fiebre de patriotismo impotente al tiempo que esa gran necesidad, que ese instinto nuevo de prudencia que ya no nos ha abandonado desde entonces.

En su compartimiento dos ingleses, venidos para ver, miraban con ojos tranquilos y curiosos. Eran ambos también gordos y hablaban en su lengua, consultando a veces su guía, que leían en voz alta tratando de reconocer los lugares indicados.

De repente, el tren se detuvo en la estación de una pequeña ciudad, y un oficial prusiano subió los dos escalones del vagón armando gran ruido con su sable. Era alto, llevaba un uniforme ceñido y una barba hasta los ojos. Su cabello pelirrojo parecía llamear, y sus largos bigotes, más pálidos, se prolongaban a ambos lados del rostro, cortándolo transversalmente.

Al punto los ingleses se pusieron a contemplarlo con unas sonrisas de curiosidad satisfecha, mientras el señor Dubuis fingía leer un diario. Permanecía acurrucado en su rincón, como un ladrón frente a un gendarme.

El tren se puso de nuevo en marcha. Los ingleses seguían charlando, buscando los lugares precisos de las batallas; y de repente, cuando uno de los dos extendía el brazo hacia el horizonte indicando un pueblo, el oficial prusiano dijo en francés, mientras estiraba sus largas piernas y se recostaba sobre su espalda:

—Yo maté a doce franceses en ese pueblo. Hice más de cien prisioneros.

Los ingleses, interesadísimos, preguntaron enseguida:

—¡Oh! ¿Cómo se llama ese pueblo?

El prusiano respondió:

—Pharsbourg.

Prosiguió:

—Cogí a esos bribones franceses por las orejas.

Y miraba al señor Dubuis riendo orgullosamente entre sus pelos.

El tren seguía su marcha, pasando siempre por aldeas ocupadas. Se veía a los soldados alemanes a lo largo de las carreteras, al borde de los campos, de pie en un extremo de las barreras o charlando delante de un café. Cubrían la tierra como langostas africanas.

El oficial extendió la mano:

—Si hubiera mandado yo, habría tomado París, lo habría quemado todo y matado a todo el mundo, ¡y así se habría acabado Francia!

Los ingleses, por cortesía, se limitaron a decir:

—Oh, yes…

El otro continuó:

—Dentro de veinte años toda Europa, toda, será nuestra. Prusia es más fuerte que todos.

Los ingleses, inquietos, ya no respondieron. Sus semblantes, vueltos impasibles, parecían de cera, entre sus largas patillas. Entonces el oficial prusiano se echó a reír. Y, mientras seguía echado hacia atrás, comenzó con sus bromas. Bromeó sobre Francia aplastada, insultó a los enemigos postrados; bromeó sobre Austria vencida hacía poco; bromeó sobre la defensa encarnizada e impotente de los departamentos; bromeó sobre la guardia móvil, sobre la inútil artillería. Anunció que Bismarck, con los cañones apresados, haría construir una ciudad de hierro. Y de repente posó sus botas contra el muslo del señor Dubuis, quien apartaba la mirada, rojo como un tomate.

Los ingleses parecían haberse vuelto indiferentes a todo, como si de pronto se hubieran visto encerrados en su isla, lejos del mundanal ruido.

El oficial se sacó la pipa y, mirando fijamente al francés, dijo:

—¿No tiene tabaco?

—No, señor.

El alemán prosiguió:

—Pues le ruego que vaya a comprar cuando pare el tren.

Y continuó, entre risas:

—Le daré una propina.

El tren pitó y ralentizó la marcha. Pasó por delante de los edificios incendiados de una estación y se detuvo.

El alemán abrió la puerta y, aferrando a Dubuis de un brazo, dijo:

—¡Vaya a hacer lo que le he dicho, rápido, rápido!

Un destacamento prusiano ocupaba la estación. Otros soldados miraban, de pie a lo largo de la empalizada de madera. La locomotora pitaba ya a punto de partir de nuevo. Entonces, de repente, el señor Dubuis irrumpió en el andén y, a pesar de los gestos del jefe de estación, se precipitó en el compartimiento vecino.

¡Estaba solo! Se desabrochó el chaleco, de tanto como le latía el corazón, y se secó la frente, jadeando.

El tren se paró de nuevo en una estación. Y de repente el oficial apareció en la puerta y subió, seguido al punto por los dos ingleses movidos por la curiosidad. El alemán se sentó enfrente del francés y, riendo de nuevo, dijo:

—No ha querido hacer mi encargo.

El señor Dubuis respondió:

—No, señor.

El tren acababa de arrancar.

El oficial dijo:

—Ahora le cortaré los bigotes para llenar mi pipa.

Y alargó una mano hacia el rostro de su vecino.

Los ingleses, siempre impasibles, miraron con sus ojos fijos.

Había aferrado ya el alemán un pellizco de pelos y tiraba de ellos, cuando el señor Dubuis le levantó el brazo de un manotazo y, agarrándole del cuello, le arrojó sobre el asiento. Luego, cegado por la ira, con las sienes hinchadas y los ojos inyectados en sangre, siguió estrangulándole con una mano, y con la otra cerrada comenzó a propinarle furiosos puñetazos en el rostro. El prusiano, debatiéndose, trataba de desenvainar el sable, de aferrar a su adversario tumbado sobre él. Pero el señor Dubuis lo aplastaba con el enorme peso de su panza y golpeaba, golpeaba sin descanso, sin tomar aliento, sin ver dónde caían sus puños. La sangre brotaba; el alemán, estrangulado, agonizaba, escupía los dientes, trataba en vano de rechazar a aquel gordo exasperado que le molía a golpes.

Los ingleses se habían levantado, acercándose para ver mejor. Permanecían de pie, llenos de regocijo y de curiosidad, dispuestos a apostar por uno o por otro de los contrincantes.

De repente el señor Dubuis, extenuado por el gran esfuerzo, se alzó y se sentó sin decir palabra.

El prusiano no se le arrojó encima, de tan aterrado, aturdido por el asombro y el dolor como estaba. Tras recuperar el aliento, dijo:

—Si no quiere darme satisfacción a pistola, le mataré.

El señor Dubuis respondió:

—Cuando usted quiera. Me parece bien.

El alemán prosiguió:

—Ahí está la ciudad de Estrasburgo, donde tomaré a dos oficiales por padrinos. Tenemos tiempo antes de que el tren parta de nuevo.

El señor Dubuis, que resoplaba tanto como la locomotora, dijo a los ingleses:

—¿Quieren ser ustedes mis padrinos?

Ambos respondieron a la vez:

—Oh, yes!

El tren se detuvo.

En cuestión de un minuto, el prusiano había encontrado a dos camaradas que trajeron las pistolas, y ganaron las murallas.

Los ingleses sacaban de continuo sus relojes, apretando el paso, apresurando los preparativos, inquietos por la hora para no perder el tren.

El señor Dubuis no había cogido nunca una pistola. Le pusieron a veinte pasos de su enemigo. Le preguntaron:

—¿Está usted listo?

Al responder «Sí, señor», vio que uno de los ingleses había abierto su paraguas para protegerse del sol.

Una voz ordenó:

—¡Fuego!

El señor Dubuis disparó, al azar, sin esperar, y vio con estupor que el prusiano de pie delante de él se tambaleaba, levantaba los brazos y caía redondo. Le había matado.

Uno de los ingleses exclamó un «oh» vibrante de alegría, de curiosidad satisfecha y de dichosa impaciencia. El otro, que seguía teniendo su reloj en la mano, cogió al señor Dubuis por el brazo, y se lo llevó, a paso gimnástico, hacia la estación.

El primer inglés marcaba el paso, corriendo, con los puños cerrados, los codos pegados al cuerpo.

—¡Uno, dos!, ¡uno, dos!

Y trotaban los tres de frente, pese a sus barrigas, como tres caricaturas de un periódico humorístico.

El tren partía. Saltaron dentro de su coche. Entonces, los ingleses, quitándose sus gorras de viaje, las levantaron agitándolas, y luego, por tres veces seguidas, gritaron:

—¡Hip, hip, hip, hurra!

Acto seguido, con expresión seria, tendieron uno tras otro la mano derecha al señor Dubuis y volvieron a sentarse uno al lado del otro en su rincón.

 

EL CASO DE LA SEÑORA LUNEAU*

 

A Georges Duval

El juez de paz, un gordo con un ojo cerrado y otro apenas abierto, escucha a los demandantes con expresión disgustada. A veces suelta una especie de gruñido, como anticipo de su opinión, e interrumpe con una voz aguda, como la de un niño, para interrogar.

Acaba de juzgar la causa entre el señor Joly y el señor Petitpas, a propósito de una linde que habría sido desplazada inadvertidamente por el carretero del señor Petitpas mientras araba un campo.

Ahora cita para la causa de Hippolyte Lacour, sacristán y quincallero, contra la señora Céleste-Césarine Luneau, viuda de Anthime-Isidore.

Hippolyte Lacour tiene cuarenta y cinco años; alto, flaco, con el pelo largo y afeitado como un eclesiástico, habla con voz parsimoniosa, cansina y cantarina.

La señora Luneau aparenta unos cuarenta años. Su físico de luchadora hincha por todas partes su vestido estrecho y ceñido. Sus enormes caderas soportan un pecho desbordante por delante, y, por detrás, unos omóplatos gordos como senos. Su ancho cuello sostiene una cabeza de marcadas facciones; y su voz llena, sin ser grave, suelta notas que hacen vibrar cristales y tímpanos. Está embarazada, con un barrigón que se diría una montaña.

Los testigos de descargo esperan su turno.

El señor juez de paz aborda la cuestión.

—Hyppolyte Lacour, exponga su reclamación.

El demandante toma la palabra.

—Pues verá usted, señor juez de paz. Hará nueve meses, por San Miguel, la señora Luneau vino a verme una tarde, tras el Ángelus, para exponerme su situación respecto a su esterilidad.

JUEZ DE PAZ: Sea más explícito, por favor.

HIPPOLYTE: Me explicaré, señor juez. Pues bien, quería un hijo y me pedía mi participación. Yo no puse ninguna objeción, y ella me prometió cien francos. Una vez acordado y regulado todo, ella se niega hoy a cumplir con lo prometido. Por ello se lo reclamo ante usted, señor juez de paz.

JUEZ DE PAZ: No entiendo del todo. ¿Dice usted que quería un hijo? Pero ¿cómo? ¿Qué tipo de hijo? ¿Un hijo para adoptarlo?

HIPPOLYTE: No, señor juez, uno nuevo.

JUEZ DE PAZ: ¿Qué entiende usted por «uno nuevo»?

HIPPOLYTE: Entiendo un niño por nacer, que teníamos que hacer juntos, como si fuéramos marido y mujer.

JUEZ DE PAZ: Mucho me sorprende usted. Pero ¿qué finalidad podía perseguir haciéndole tan insólita propuesta?

HIPPOLYTE: La finalidad, señor juez, no la comprendí al principio, y también yo me quedé un poco parado. Y como nunca hago nada si no es a conciencia, quise saber sus razones, que ella me explicó. Su marido Anthime-Isidore, al que tanto usted como yo conocimos, había muerto la semana anterior, y todos sus bienes volvían a manos de su familia. Viéndose perjudicada económicamente, ella se fue a ver a un hombre de leyes que la asesoró sobre el caso de un nacimiento dentro de los diez meses siguientes. Quiero decir que si daba a luz en los diez meses siguientes al fallecimiento del difunto Anthime-Isidore, el vástago sería considerado como legítimo y daría derecho a la herencia. Decidió en el acto asumir las consecuencias y vino a verme a la salida de la iglesia, como he tenido el honor de decirle, dado que soy padre legítimo de ocho hijos, todos vivos, el primero de los cuales trabaja de droguero en Caen, en el departamento de Calvados, unido en legítimo matrimonio con Victoire-Élisabeth Rabou…

JUEZ DE PAZ: Éstos son detalles superfluos. Vaya al grano.

HIPPOLYTE: A ello voy, señor juez. Así pues, ella me dijo: «Si lo logras, te daré cien francos en cuanto el médico certifique mi embarazo». Me preparé, señor juez, para poder satisfacerla. Al cabo de seis semanas o dos meses, en efecto, me enteré con satisfacción de que la cosa había tenido éxito. Pero, tras haber pedido los cien francos, ella me los negó. Se los reclamé nuevamente en distintas ocasiones sin obtener un céntimo. Llegó a llamarme filibustero e impotente, cuya prueba en contrario a la vista la tiene usted.

JUEZ DE PAZ: ¿Qué tiene usted qué decir, señora Luneau?

SEÑORA LUNEAU: ¡Lo que digo, señor juez, es que este hombre es un filibustero!

JUEZ DE PAZ: ¿Qué prueba aporta usted en apoyo de su afirmación?

SEÑORA LUNEAU (roja, sofocada, balbuceando): ¿Qué prueba?, ¿qué prueba? No tengo más que una prueba, una verdadera prueba, la prueba de que el niño no es suyo. No, no es suyo, señor juez, se lo juro por la cabeza de mi marido que en paz descanse, no es suyo.

JUEZ DE PAZ: Entonces, ¿de quién sería?

SEÑORA LUNEAU (balbuceando de rabia): ¿Qué sé yo? ¿Acaso puedo saberlo? De todos. Mire usted, ahí tiene a mis testigos: están todos ahí. Y son seis. Hágales hablar, hágalo, y ellos le responderán…

JUEZ DE PAZ: Cálmese, señora Luneau, cálmese y responda sin encenderse. ¿Qué motivos tiene para dudar de que este hombre sea el padre del niño que lleva en su seno?

SEÑORA LUNEAU: ¿Motivos? No uno, sino cien tengo, doscientos, diez mil, un millón e incluso más… Tras haberle hecho la propuesta que ya conoce con la promesa de darle cien francos, me enteré de que era un cornudo, dicho sea con todo el respeto, y que ninguno de sus hijos era suyo, ¡ni uno!

HIPPOLYTE LACOUR (con calma): No son más que mentiras.

SEÑORA LUNEAU (exasperada): ¡Mentiras! ¡Mentiras! ¡Hay que tener valor! ¡Basta con decir que su mujer ha ido con todos, con todos, le digo! Ahí los tiene, a mis testigos, señor juez, mírelos. Hágales hablar.

HIPPOLYTE LACOUR (con frialdad): No son más que mentiras.

SEÑORA LUNEAU: ¡Qué cara dura! ¿Y a esos pelirrojos, los has hecho tú a esos pelirrojos?

JUEZ DE PAZ: Nada de personalizar, por favor, de lo contrario me veré obligado a tomar medidas.

SEÑORA LUNEAU: Así pues, como me entró la duda acerca de sus capacidades, me dije, como bien reza el dicho, que hombre precavido vale por dos, y me fui a contarle mi caso a Césaire Lepic aquí presente, mi testigo; y él me dijo: «Me tiene a su disposición, señora Luneau», y me echó una mano por si Hippolyte me fallaba. Pero luego, tras enterarse los demás testigos de que yo quería ser precavida, de haber querido habría encontrado a más de cien, señor juez. El alto ese que ve ahí, que se llama Lucas Chandelier, me juró que me equivocaba queriendo darle cien francos a Hippolyte Lacour, puesto que no había hecho más que los demás que no pedían nada.

HIPPOLYTE LACOUR: Pues entonces no habérmelos prometido. Yo contaba con ellos, señor juez. Conmigo no valen los cuentos: lo prometido es deuda.

SEÑORA LUNEAU (fuera de sí): ¡Cien francos!, ¡cien francos! ¡Cien francos por eso, filibustero, cien francos! Ellos no me pidieron nada, ni un céntimo. Ahí los tiene, son seis. Hágales hablar, señor juez, y ellos le responderán, ya verá como responderán. (A Hippolyte:) ¡Mira, filibustero, si no valen más que tú! ¡Son seis, y si hubiera querido habrían sido cien, doscientos, quinientos, tantos como hubiera querido, y a cambio de nada, filibustero!

HIPPOLYTE: ¡Aunque hubieran sido cien mil!…

SEÑORA LUNEAU: Sí, cien mil, si hubiera querido…

HIPPOLYTE: No por ello dejé yo de cumplir con mi deber, lo que no modifica nuestro acuerdo.

SEÑORA LUNEAU (dándose golpes con las dos manos en la barriga): Prueba, entonces, que es tuyo, pruébalo, pruébalo, filibustero. ¡Te desafío a que lo hagas!

HIPPOLYTE (con calma): Quizá es mío, quizá es de otro. Lo cual no quita que usted me prometiera cien francos a mí. Luego no hubiera tenido que ir con tantos otros. Eso no cambia nada. Lo habría hecho yo solo.

SEÑORA LUNEAU: ¡Eso no es cierto! ¡Filibustero! Interrogue a mis testigos, señor juez de paz. Ellos le responderán a buen seguro.

El juez de paz llama a los testigos de descargo. Son seis, sonrojados, con los brazos colgantes, atemorizados.

JUEZ DE PAZ: Lucas Chandelier, ¿tiene usted motivos para presumir que es el padre del niño que la señora Luneau lleva en su seno?

LUCAS CHANDELIER: Sí, señor.

JUEZ DE PAZ: Célestin-Pierre Sidoine, ¿tiene usted motivos para presumir que es el padre del niño que la señora Luneau lleva en su seno?

CÉLESTIN-PIERRE SIDOINE: Sí, señor.

(Los otros cuatro testigos hacen idéntica declaración.)

El juez de paz, tras un momento de recogimiento, sentencia:

—Considerando que Hippolyte Lacour tiene motivos para creerse padre del hijo deseado por la señora Luneau, y que también los llamados Lucas Chandelier, etcétera, etcétera, tienen motivos análogos para pretender la misma paternidad;

»Considerando que la señora Luneau había solicitado primero la asistencia del dicho Hippolyte Lacour mediante el pago de una indemnización convenida y aceptada de cien francos;

»Considerando, sin embargo, que, aunque puede considerarse absoluta la buena fe del dicho Lacour, es lícito discutir su estricto derecho a comprometerse de la forma en que lo hizo, dado que el demandante está casado y obligado por ley a serle fiel a su legítima esposa;

»Considerando, además, que etcétera, etcétera;

»Condena a la señora Luneau a pagar veinticinco francos a título de resarcimiento por daños y perjuicios al dicho Hippolyte Lacour, por pérdida de tiempo y seducción insólita.

 

MARTINE*

 

Sucedió un domingo después de misa. Él había salido de la iglesia y estaba recorriendo el sendero que llevaba a su casa, cuando se encontró con Martine, que volvía también a casa.

Su padre caminaba a su lado, con andares de rico hacendado. Desdeñaba el blusón y llevaba una especie de chaqueta de paño gris e iba tocado con un bombín de alas anchas.

Ella, embutida en un corsé que no ataba más que una vez por semana, iba tiesa, la cintura estrangulada, ancha de hombros y unas buenas caderas, contoneándose un poco.

Iba tocada con un sombrero de flores, confeccionado por una modista de Yvetot, que le dejaba completamente descubierta la nuca fuerte, llena, flexible, en la que oscilaban unos ricitos rebeldes, que rojeaban por el aire libre y el sol.

Benoist no la veía más que de espaldas; pero sabía perfectamente cómo era su rostro, pero sin haberlo observado nunca atentamente.

De repente se dijo: «Jolines, sí que es una buena moza esta Martine». La miraba caminar, lleno de admiración y de deseo. No hacía falta mirarla a la cara. Mantenía los ojos clavados en su talle, repitiéndose a sí mismo, como si hablase: «Pues sí, es una buena moza».

Martine tomó a la derecha para entrar en «la Martinière», la hacienda de su padre, Jean Martin; y ella se volvió echando una mirada tras ella. Vio a Benoist, que le pareció muy picarón. Ella exclamó:

—Buenos días, Benoist.

Él respondió:

—Buenos días, Martine, buenos días, señor Martin.

Y siguió adelante.

Al llegar a casa, tenía ya las sopas en la mesa. Se sentó enfrente de su madre, al lado del criado y el gañán, mientras la criada iba en busca de sidra.

Tomó unas cucharadas y luego rechazó su plato. Su madre preguntó:

—¿No te sientes bien?

Él respondió:

—Siento como un peso en el estómago que me quita el hambre.

Miraba comer a los demás, cortándose de vez en cuando una rebanada de pan que se metía lentamente en la boca masticándola un buen rato. Pensaba en Martine. «Es una buena moza». Y pensar que no se había dado cuenta hasta ese momento, y ahora le había cogido así, de improviso, tan fuerte que ya ni comía.

No probó casi el guiso. Su madre decía:

—Pero vamos, Benoist, esfuérzate un poco; es costilla de cordero, y te sentará bien. Cuando no se tiene apetito, hay que hacer un esfuerzo.

Él engullía algún bocado, pero luego rechazaba de nuevo su plato: no, no le pasaba, decididamente.

Tras la comida, se fue a dar una vuelta por sus tierras, y dejó libre al gañán, diciéndole que de paso ya se encargaría él de los animales.

La campiña estaba desierta, pues era día de asueto. De trecho en trecho, en un campo de trébol, unas vacas se habían echado pesadamente, con el vientre desparramado, y rumiaban bajo un sol de justicia. Unos arados desenganchados esperaban en la margen de un campo roturado; y las tierras labradas, listas para la siembra, desplegaban sus amplios cuadros pardos en medio de trozos amarillos en los que acababan de pudrirse los restos de rastrojo de trigo y de avena segados hacía poco.

Un viento otoñal algo seco atravesaba la llanura, anunciando una noche fresca tras la puesta del sol. Benoist se sentó en una cuneta, puso su sombrero sobre sus rodillas y dijo muy alto, en el silencio de los campos:

—Pues sí, es una buena moza.

Pensó en ella también por la noche, en su cama, y al día siguiente al despertar.

No estaba triste, ni descontento; no habría sabido decir qué le pasaba. Era algo que le tenía sorbido el seso, como adherido a su alma, una idea fija que le producía una especie de cosquilleo en el corazón. A veces hay un moscardón encerrado en un cuarto. Se le oye volar con un zumbido, y ese ruido os obsesiona, os irrita. De pronto se para; os olvidáis de él; pero de súbito vuelve a empezar, obligándoos a levantar la cabeza. Imposible atraparlo, ni echarlo, ni matarlo, ni hacer que se quede quieto. Apenas se ha posado, vuelve con el zumbido.

Pues bien, el recuerdo de Martine se agitaba en la mente de Benoist como una mosca aprisionada.

Luego le vinieron ganas de volver a verla, y pasó varias veces por delante de la Martinière. Por fin la vio, mientras tendía la ropa en una cuerda, entre dos manzanos.

Hacía calor; ella no llevaba más que una faldilla y la camisa sobre la piel desnuda le dibujaba perfectamente la curvatura de la cadera cuando levantaba el brazo para extender las prendas.

Él se quedó acurrucado contra la cuneta durante más de una hora, incluso después de que ella se hubiera ido. Volvió a casa más pensativo aún que antes.

Por espacio de un mes no hizo más que pensar en ella. Se sobresaltaba si alguien la nombraba delante de él. No comía, y todas las noches sudaba tanto que no podía dormir.

El domingo, en misa, no le quitaba los ojos de encima. Ella se percató de ello y le dirigió alguna sonrisa, halagada por sentirse apreciada así.

Ahora bien, una tarde, en un sendero, se la encontró de improviso delante. Al verle venir, ella se detuvo. Él fue a su encuentro, sofocado por el miedo y la turbación, pero también decidido a dirigirle la palabra. Comenzó balbuceando:

—Sepa, Martine, que la cosa no puede seguir así.

Ella respondió, como burlándose de él:

—¿El qué no puede seguir así, Benoist?

Él prosiguió:

—Que yo piense en usted todas las horas del día.

Ella se puso en jarras:

—No soy yo quien le obliga a hacerlo.

Él balbució:

—Sí, es usted: ya ni duermo, ni descanso, ni tengo hambre, ni nada.

Ella dijo muy bajito:

—Entonces, ¿qué hay que hacer para curarle de esto?

Él se quedó como un pasmarote, con los brazos colgantes, unos ojos como platos y la boca abierta.

Ella le dio un fuerte manotazo en el estómago y escapó corriendo.

A partir de aquel día, se reencontraron por las cunetas, en los caminos encajonados, o bien, a la caída de la tarde, al borde de un campo, cuando él volvía con sus caballos y ella llevaba de vuelta sus vacas al establo.

Él se sentía llevado, tirado hacia ella por un fuerte impulso de su corazón y de su cuerpo. Hubiera querido estrecharla, estrangularla, comérsela, hacerla entrar dentro de sí. Y se estremecía de impotencia, de rabia, porque ella no fuera totalmente suya, como si no hubieran formado más que un solo ser.

En el pueblo se murmuraba. Decían que eran novios. Por lo demás, él le había preguntado si quería casarse con él y ella le había respondido: «Sí».

Esperaban la ocasión para hablarles de ello a sus padres.

Ahora bien, de repente, ella dejó de acudir a las horas de sus encuentros. No la veía ya siquiera cuando merodeaba por los alrededores de la hacienda. Sólo podía entreverla en misa los domingos. Y, justamente un domingo, el párroco anunció desde el púlpito, tras la lectura del evangelio, que Victoire-Adélaïde Martin y Joséphin-Isidore Vallin se habían dado palabra de matrimonio.

Benoist sintió algo en sus manos, como si se le hubiera retirado la sangre. Le zumbaban los oídos; no oía ya nada, y al cabo de un rato se dio cuenta de que lloraba sobre su misal.

Durante un mes, no salió de su cuarto. Luego volvió al trabajo.

Pero no estaba curado en absoluto y seguía pensando en ello en todo momento. Evitaba pasar por los caminos que rodeaban su casa, para no ver siquiera los árboles del patio, lo que le obligaba a dar un gran rodeo cada mañana y tarde.

Ella estaba ahora casada con Vallin, el más rico hacendado del cantón. Benoist y él no se hablaban ya, por más que fuesen compañeros desde la infancia.

Ahora bien, una tarde, en que Benoist pasaba por delante de la alcaldía, se enteró de que ella estaba embarazada. No sintió un gran dolor, sino por el contrario una especie de alivio. Ahora se había acabado, acabado definitivamente. Estaban más separados por eso que por el matrimonio. La verdad, lo prefería así.

Pasaron meses y más meses. De vez en cuando la veía, mientras se dirigía al pueblo con su paso pesado. Al verle, ella se ruborizaba, y agachaba la cabeza apretando el paso. Y él se desviaba de su camino para no encontrársela y cruzarse con su mirada.

Pensaba con terror que una mañana u otra podía toparse cara a cara con ella y verse obligado a dirigirle la palabra. ¿Qué le diría, después de todo lo que le dijera en otro tiempo estrechándole las manos y besándola en el cabello cerca de las mejillas? A menudo pensaba aún en sus citas por las cunetas. Era algo feo lo que ella había hecho, después de tantas promesas.

Y, sin embargo, poco a poco el dolor desaparecía de su alma; no quedaba más que la tristeza. Y un día, por primera vez, retomó el viejo camino que pasaba junto a la alquería donde ella vivía. De lejos miraba los tejados de la casa. ¡Allí dentro! ¡Allí dentro vivía ella, con otro! Los manzanos estaban en flor, los gallos cantaban sobre el estiércol. La casa entera parecía vacía, habían salido todos al campo para las labores de la primavera. Se detuvo cerca de la cancela y miró al patio. El perro dormía delante de su caseta, tres terneros se iban con paso lento, uno detrás de otro, hacia la charca. Un gran pavo hacía la rueda, pavoneándose delante de las gallinas como un cantante en el escenario.

Benoist se apoyó en el pilar, sintiéndose de repente dominado de nuevo por unas grandes ganas de llorar. Pero he aquí que oyó un gran grito de socorro que salía de la casa. Asustado, permaneció a la escucha, con las manos crispadas en las tablas de madera. Otro grito, éste largo y desgarrador, penetró en sus oídos, en su alma y en su carne. ¡Era ella la que gritaba de aquel modo! Se lanzó a través del prado, empujó la puerta y la vio, tirada en el suelo, contraída, con el rostro lívido, los ojos extraviados, presa de los dolores del parto.

Se quedó parado, más pálido y tembloroso que ella, balbuceando:

—Aquí me tienes, aquí me tienes, Martine.

Ella respondió, jadeando:

—¡No me dejes, no me dejes, Benoist!

Él la miraba, sin saber qué decir o qué hacer. Ella se puso de nuevo a gritar:

—¡Oh, cómo me desgarra, oh, Benoist!

Y se retorcía espantosamente.

De repente Benoist sintió una necesidad imperiosa de ayudarla, de calmarla, de hacer que se le fuera el dolor. Se inclinó, la cogió, la levantó y la llevó a la cama; y, mientras ella seguía gimiendo, la desvistió, quitándole la chambra, el vestido, la falda. Ella se mordía los puños para no gritar. Entonces él hizo como solía con los animales, las vacas, las ovejas, las yeguas: la ayudó y recogió entre sus brazos a un niño lloriqueante.

Lo limpió, lo envolvió en un trapo de cocina que estaba secándose delante del fuego y lo dejó sobre un montón de ropa blanca para planchar que había sobre la mesa. Luego volvió a donde estaba la madre.

La depositó de nuevo en el suelo, cambió la cama y volvió a ponerla en ella. Martine balbuceaba:

—Gracias, Benoist, tienes un buen corazón.

Y lloraba un poco, como si le hubiera embargado la nostalgia.

Él ya no la amaba, en absoluto. La cosa se había terminado. ¿Por qué? ¿Cómo era posible? No lo sabía. Lo que acababa de ocurrir le había curado más que diez años de distanciamiento.

Ella, agotada y temblorosa, preguntó:

—¿Qué es?

Él respondió con voz serena:

—Es una bonita niña.

Se callaron de nuevo. Al cabo de unos segundos, la madre, con voz débil, dijo:

—Enséñamela, Benoist.

Él fue a buscarla y la presentó como si le alargase el pan bendito, cuando la puerta se abrió y apareció Isidore Vallin.

De entrada no comprendió; luego, de repente, lo intuyó.

Benoist, consternado, balbuceaba:

—Pasaba por aquí, pasaba y he oído que ella gritaba y he entrado…, ¡aquí tienes a tu hija,Vallin!

Entonces, el marido, con lágrimas en los ojos, dio un paso, tomó a la enclenque criatura que le tendía el otro, la besó, permaneció unos segundos sofocado, depositó a la niña sobre la cama y, alargando sus dos manos hacia Benoist, dijo:

—¡Chócala, chócala, Benoist;! ya no hay nada que aclarar ahora entre nosotros. ¡Si quieres, seremos amigos, amigos de verdad!

Y Benoist respondió:

—Claro que quiero, claro.

 

INFANTICIDIO*

 

Después de la cena, se pusieron a hablar de un aborto que acababa de producirse en el municipio. La baronesa estaba indignada: ¿cómo era posible algo semejante? ¡La muchacha, seducida por un oficial de carnicería, había tirado a su hijo en una cantera de mármol! ¡Qué horror! Incluso había sido probado que la pobre criatura no había muerto en el acto.

El médico, que cenaba en el castillo aquella noche, daba detalles horribles con aire tan tranquilo; y parecía asombrarse del coraje de aquella miserable madre, que, tras haber dado a luz sola, había hecho dos kilómetros a pie para asesinar a su hijo. Decía:

—Esa mujer es de hierro. ¡Y qué energía salvaje debió de tener para atravesar el bosque, de noche, con el niño llorando en brazos! No salgo de mi asombro ante semejantes sufrimientos morales. ¡Piensen en el terror de esa alma, en el desgarro de ese corazón! ¡Qué odiosa y miserable es la vida! Prejuicios infames, sí, señora, infames, un falso sentido de la honra más odioso que el delito mismo, todo un cúmulo de sentimientos artificiosos, de odiosa honorabilidad, de repugnante honestidad, empujan al delito, al infanticidio, a tantas pobres muchachas que han obedecido sin resistirse a la imperiosa ley de la vida. ¡Qué vergüenza para la Humanidad haber establecido una moral semejante y haber transformado en delito la libre unión de dos seres!

La baronesa había palidecido de la indignación.

Replicó:

—Así pues, doctor, pone usted el vicio por encima de la virtud, a la prostituta por delante de la mujer honrada. ¿La que se abandona a sus bajos instintos le parece equiparable a la esposa irreprochable que cumple con su deber con la conciencia íntegra?

El médico, un anciano que había curado en su vida muchas heridas, se levantó y dijo con fuerte voz:

—Habla usted de cosas que ignora, señora, ya que no ha conocido lo que son las pasiones invencibles. Permítame que le cuente una aventura reciente de la que fui testigo.

*

¡Oh, señora, sea usted siempre indulgente, buena y misericordiosa! No sabe…

¡Ay de aquellos a quienes la pérfida naturaleza ha dotado de unos sentidos insaciables! La gente tranquila, nacida sin instintos irrefrenables, vive por necesidad como personas honestas. Fácil resulta el deber para aquellos a quienes no atormentan nunca los deseos frenéticos.

Veo ya a pequeñoburguesas de sangre fría, de rígidas costumbres, espíritu mediocre y corazón morigerado, gritar de indignación al enterarse de los errores de las mujeres pecadoras.

¡Ah! Usted duerme tranquila en un lecho pacífico al que no acechan locas fantasías. Vive rodeada de personas como usted, que actúan como usted, preservadas por la prudencia instintiva de sus sentidos. Y apenas si tiene usted que luchar contra unas apariencias de seducción. Sólo su mente se ve agitada a veces por pensamientos malsanos, sin que su cuerpo se vea rozado por ninguna idea tentadora.

Pero para aquellos a quienes el azar ha hecho apasionados, señora, los sentidos son invencibles. ¿Puede usted detener el viento, aplacar el mar desencadenado? ¿Puede poner freno a las fuerzas de la naturaleza? No. Pues también los sentidos son fuerzas de la naturaleza, invencibles como el mar y el viento. Sublevan y arrastran al hombre, arrojándole a la voluptuosidad sin que él pueda resistir a la vehemencia de su deseo. Las mujeres irreprochables son las mujeres sin temperamento. Son cuantiosas. Pero yo no las alabo por su virtud, porque no han tenido que luchar. En cambio, una Mesalina y una Catalina,1 óigame bien, nunca serán castas. No pueden. Fueron creadas para la cópula furiosa. Y sus órganos no se parecen a los suyos, su carne es distinta, más vibrante, más hirviente al mínimo contacto con otra carne; y sus nervios trabajan, las trastornan y las domeñan, cuando los suyos no han notado nada. Trate de alimentar a un gavilán con el alpiste que da usted a su lorito. Aunque son dos pájaros que tienen un gran pico corvo, sus instintos son diferentes.

¡Oh, los sentidos! Si supiera usted el poder que poseen. ¡Los sentidos que nos tienen jadeando durante noches enteras, con la piel ardiente, el corazón agitado, la mente acosada por unas visiones enloquecedoras! Mire, señora, las personas de principios inflexibles son simplemente gente fría, desesperadamente celosos de los demás, sin ellos saberlo.

Escúcheme.

La que llamaré señora Hélène era sensual; lo había sido desde su infancia. Los sentidos se habían despertado en ella con el uso de la palabra. Me dirán ustedes que era una enferma. Pero ¿por qué? ¿No son más bien ustedes unos flojos? Me consultaron cuando tenía doce años. Comprobé que estaba hecha ya una mujer y que se veía acosada sin descanso por deseos amorosos. Se presentía sólo verla. Tenía unos labios carnosos, prominentes, abiertos como flores, el cuello robusto, la piel ardiente, la nariz larga, algo chata y palpitante, y unos ojazos claros que encendían de deseo a los hombres.

¿Quién habría podido calmar la sangre de aquella bestia ardiente? Se pasaba las noches llorando sin motivo. Sufría mortalmente de estar sin varón.

A los quince años, por fin, la casaron.

Dos años después, su marido moría tísico. Lo había extenuado.

Otro tuvo el mismo final en dieciocho meses. El tercero resistió cuatro años, luego la dejó. Justo a tiempo. Tras quedarse sola, quiso ser casta. Tenía todos los prejuicios que tienen ustedes. Un día me llamó, preocupada por sus crisis nerviosas. Enseguida me di cuenta de que estaba a punto de morir de viudedad.

Se lo dije. Era, señora, una mujer honesta; pese a los tormentos que sufría, no quiso seguir mi consejo de buscarse un amante.

En el pueblo la tachaban de loca. Salía de noche para hacer largas caminatas desenfrenadas y agotar así su cuerpo rebelde. Luego, tenía pérdidas de conciencia, a las que seguían tremendos espasmos.

Vivía sola en su quinta próxima a la de su madre y a las de sus parientes. Yo iba a verla de vez en cuando, sin saber qué hacer contra esa voluntad encarnizada de la naturaleza o contra su propia voluntad.

Ahora bien, una tarde, a eso de las ocho, entró en mi casa cuando acababa de cenar. Apenas estuvimos solos, me dijo:

«Estoy perdida. ¡Estoy embarazada!».

Di un respingo en mi silla.

«¿Qué quiere decir?»

«Que estoy embarazada.»

«¿Usted?»

«Sí, yo. —Y bruscamente, con voz rota, mirándome a la cara, dijo—: Embarazada de mi jardinero, doctor. Tuve un amago de desmayo mientras paseaba por el parque. Él, al verme caer, acudió y me cogió entre sus brazos para llevarme adentro. ¿Qué hice? No lo sé. ¿Le abracé, le besé? Tal vez. Ya conoce mi miseria, mi vergüenza. En resumen, ¡me poseyó! Soy culpable, porque me entregué a él al día siguiente, del mismo modo, y otras veces más. Estaba que no podía más… ¡No conseguía ya resistir!…»

Ahogó un sollozo en la garganta y continuó con tono de orgullo:

«Le pagaba, prefería esto al amante que me aconsejó usted que me buscara. Me he quedado embarazada».

»Me confieso a usted sin temor ni vacilación. He intentado provocarme un aborto. He tomado baños calientes; he montado caballos difíciles, he hecho ejercicios en el trapecio, he tomado drogas, ajenjo, azafrán y otras cosas. Pero nada ha dado resultado.

»¡Ya conoce usted a mi padre y a mis hermanos! Estoy perdida. Mi hermana está casada con un hombre honrado. Mi vergüenza recaerá también sobre ellos. Y piense, además, en todos nuestros amigos, en todos nuestros vecinos, en nuestro buen nombre…, en mi madre…

Empezó a sollozar. Yo la cogí de las manos, le pregunté. Luego le aconsejé que hiciera un largo viaje y fuera a dar a luz lejos.

Me respondía: «Sí…, sí…, sí… es lo mejor…», pero parecía que no me escuchase. Luego se fue.

Fui a verla varias veces. Se estaba volviendo loca.

La idea de aquel niño que crecía en su vientre, de aquella vergüenza viviente, había penetrado en su alma como una flecha aguzada. No hacía más que pensar en ello: no se atrevía ya a salir de día, ni a ver gente, por temor a que se descubriera su abominable secreto. Todas las noches se desnudaba delante del armario de luna para mirarse los costados deformados; luego se arrojaba al suelo apretando una toalla entre los dientes para ahogar así sus gritos. Se levantaba veinte veces durante la noche, encendía la vela y se volvía a poner delante del espejo donde se reflejaba la imagen deforme de su cuerpo desnudo. Entonces, fuera de sí, se propinaba grandes puñetazos en la barriga para matar al que le arruinaba la vida. Había una lucha tremenda entre ellos; pero él no se moría, es más, se agitaba de continuo como para defenderse. Ella rodaba por el parqué para aplastarlo contra el suelo, trató de dormir con un peso encima para ahogarlo. Le odiaba como se odia al enemigo encarnizado que amenaza nuestra vida.

Tras esas inútiles luchas, esos esfuerzos impotentes para liberarse de él, huía por los campos corriendo desesperadamente, fuera de sí por el dolor y el espanto. Una mañana la encontraron con los pies dentro de un arroyo, la mirada perdida; creyeron que había tenido un ataque de delirio, pero no se dieron cuenta de nada.

Tenía una idea fija. Arrancar de su cuerpo a aquel hijo maldito.

Una noche su madre le dijo entre risas: «Estás engordando, Hélène; si estuvieras casada, diría que estás embarazada».

Estas palabras fueron un golpe mortal para ella. Se fue casi enseguida y volvió a su casa.

¿Qué hizo? Sin duda, se miró un largo rato aquel vientre hinchado; sin duda, lo golpeó, lo machacó, dio con él contra los cantos de los muebles como hacía cada noche. Luego bajó, descalza, a la cocina, abrió el armario y cogió el cuchillo grande que se emplea para cortar la carne. Volvió a subir, encendió cuatro velas y se sentó, en una silla de mimbre, delante del espejo. Entonces, exasperada de odio contra aquel embrión desconocido y temible, queriendo arrancárselo y matarlo de una vez, tenerlo en sus manos, estrangularlo y arrojarlo lejos, apretó en el lugar donde se movía aquel feto y, de un solo tajo, se hendió el vientre con la afilada hoja. ¡Oh!, sin duda actuó muy rápido y muy bien, porque consiguió aferrar a ese enemigo al que todavía no había podido atrapar. Lo cogió por una pierna, se lo arrancó y trató de echarlo en las cenizas del hogar. Pero él permanecía unido a ella por unos lazos que ella no había podido cortar, de manera que, antes quizá de haber comprendido qué le quedaba por hacer para separarlo de sí, cayó sin vida sobre el niño anegado en un charco de sangre.

¿Fue culpable, señora?

*

El médico se calló y esperó. La baronesa no respondió.

 

UN GOLPE DE ESTADO*

 

Acababa de llegar a París la noticia del desastre de Sedán. Se había proclamado la República. Francia entera jadeaba al comienzo de esa locura que duró hasta después de la Comuna. Se jugaba a los soldaditos de una punta a otra del país.

Los boneteros eran coroneles que hacían funciones de generales; se lucía pistolas y puñales en torno a las gruesas panzas pacíficas envueltas en unos cinturones rojos; pequeñoburgueses convertidos en guerreros de circunstancias mandaban batallones de voluntarios vociferantes y juraban como carreteros para darse aires.

Poseer armas y manejar fusiles automáticos había sido suficiente para hacer perder la cabeza a gente que hasta ese momento había manejado nada más que balanzas y, sin motivo alguno, la hacía peligrosa para cualquiera. Se ejecutaba a inocentes por el simple hecho de demostrar que se sabía matar; yendo por los campos aún vírgenes de prusianos se fusilaba a los perros sin dueño, a las vacas que rumiaban tranquilas, a los caballos enfermos que pastaban en los prados.

Todos se creían destinados a grandes hechos de armas. Los cafés de los pueblos más pequeños, llenos de comerciantes en uniforme, parecían cuarteles u hospitales militares ambulantes.

El pueblo de Canneville ignoraba aún las enloquecedoras noticias del ejército y de la capital; y, sin embargo, desde hacía cerca de un mes estaba en un estado de gran agitación, con los partidos adversos enfrentados.

El alcalde, el vizconde de Varnetot, un hombrecillo flaco, ya viejo, que se había vuelto legitimista desde hacía poco bajo el Imperio, por ambición, había visto surgir un adversario resuelto en el doctor Massarel, un hombre gordo y sanguíneo, líder del partido republicano en el distrito, venerable de la logia masónica de la cabeza de partido, presidente de la Sociedad Agrícola y del banquete de los bomberos, y organizador de la milicia rural que había de salvar a la región.

En quince días, había encontrado la manera de convencer a sesenta y tres voluntarios, casados y padres de familia, labradores prudentes y comerciantes del lugar, para que defendieran la región, y los adiestraba, cada mañana, en la plaza del pueblo.

Si, por una casualidad, el alcalde iba al Ayuntamiento, el comandante Massarel, cargado de pistolas, pasando con aire orgulloso, sable en mano, por delante de su tropa alineada, hacía gritar a su gente: «¡Viva la patria!». Y este grito, como le habían hecho observar, agitaba al pequeño vizconde, quien veía en él sin duda una amenaza, un desafío y al mismo tiempo un odioso recuerdo de la gran Revolución.

La mañana del 5 de septiembre, el doctor, en uniforme, con la pistola encima del escritorio, estaba pasando consulta a una pareja de viejos campesinos; uno de ellos, el marido, que padecía de varices desde hacía siete años, había esperado a que las tuviese también su mujer para ir a que les visitara el médico. Llegó el cartero con el diario.

El señor Massarel lo abrió, palideció, se puso en pie bruscamente, y, levantando los brazos al cielo en un gesto de exaltación, se puso a vociferar con todo lo que daba su voz delante de los dos labriegos azarados:

—¡Viva la República!, ¡viva la República!, ¡viva la República!

Luego volvió a dejarse caer en su sillón, desfallecido de la emoción.

Y cuando el campesino proseguía diciendo: «La cosa me empezó precisamente con un hormigueo en las piernas», el doctor Massarel exclamó:

—Déjeme en paz; no tengo tiempo para ocuparme de sus tonterías. Ha sido proclamada la República, el emperador ha sido hecho prisionero, Francia está salvada. ¡Viva la República! —Y, corriendo hacia la puerta, bramó—: ¡Céleste, rápido, Céleste!

La espantada criada acudió presurosa; él farfullaba, de tan rápido como hablaba:

—¡Mis botas, mi sable, mi cartuchera y la faca española que está sobre mi mesilla de noche; venga, date prisa!

Como el campesino obstinado, aprovechando un momento de silencio, continuaba:

—Después me salieron unas ampollas que me dolían al caminar.

El médico, exasperado, aulló:

—¿Quiere dejarme en paz, puñeta? ¡Si se hubiera lavado los pies, no le habría pasado nada!

Luego, cogiéndole por la solapa, le espetó en la cara:

—¿Es que no comprendes que nos hemos convertido en una república, redomado idiota?

Pero el sentido del deber profesional le hizo calmarse enseguida, y empujó hacia la puerta a la pareja estupefacta, diciendo:

—Vuelvan mañana, vuelvan mañana, amigos míos. Hoy no tengo tiempo.

Mientras se equipaba de pies a cabeza, dio otra serie de órdenes urgentes a su criada:

—Corre a casa del teniente Picart y a la del subteniente Pommel, y diles que les espero aquí inmediatamente. Manda venir también a Torchebeuf con su tambor, ¡vamos, rápido, rápido!

Y cuando Céleste hubo salido, se recogió, preparándose para vencer las dificultades de la situación.

Llegaron los tres hombres juntos, en ropa de trabajo. El comandante, que se esperaba verles uniformados, tuvo un sobresalto.

—¿Acaso no saben ustedes nada, diantre? El emperador ha sido hecho prisionero, se ha proclamado la República. Hay que actuar. Mi posición es delicada, diré más, peligrosa.

Reflexionó unos segundos ante las caras de pasmo de sus subordinados, luego prosiguió:

—Hay que actuar y sin vacilaciones; los minutos valen por horas en momentos como éstos. Todo depende de la rapidez de las decisiones. Usted, Picart, vaya a ver al cura y ordénele que toque a rebato para reunir a la población, a la que voy a avisar. Usted, Torchebeuf, toque llamada en todo el municipio, hasta en las aldeas de la Gerisaie y de Salmare, para reunir a la milicia armada en la plaza. Y usted, Pommel, póngase rápidamente su uniforme, nada más que la casaca y el quepis. Vamos a ocupar juntos el Ayuntamiento y a intimar al señor de Varnetot a que me haga entrega de sus poderes. ¿Entendido?

—Sí.

—Cumplan con lo ordenado, y rápido. Le acompaño hasta su casa, Pommel, pues actuaremos conjuntamente.

Cinco minutos después, el comandante y su subalterno, armados hasta los dientes, aparecían en la plaza justo en el momento en que el pequeño vizconde de Varnetot, calzado con unas polainas como para una partida de caza, fusil al hombro, desembocaba a paso ligero por otra calle, seguido de sus tres guardas vestidos con guerrera verde, el machete en el muslo y el fusil terciado.

Mientras el doctor se detenía, estupefacto, los cuatro hombres penetraron en el Ayuntamiento cuya puerta se cerró tras ellos.

—Se nos han adelantado —murmuró el médico—, ahora hay que esperar refuerzos. Por el momento, no hay nada que hacer.

Volvió a aparecer el teniente Picart:

—El cura se ha negado a obedecer —dijo—, e incluso se ha encerrado en la iglesia con el sacristán y el suizo.

En la parte opuesta de la plaza, enfrente de la alcaldía blanca y cerrada, la iglesia, silenciosa y oscura, mostraba el gran portón de roble reforzado con herrajes.

Mientras los intrigados habitantes sacaban la nariz por las ventanas o se asomaban a los umbrales de las casas, de repente el tambor redobló, y apareció Torchebeuf, tocando con furia los tres golpes rápidos de llamada. Atravesó la plaza con paso gimnástico, luego desapareció en dirección a los campos.

El comandante desenvainó el sable, avanzó solo, a mitad de camino entre los dos edificios, donde se había parapetado el enemigo, y, agitando su arma por encima de su cabeza, bramó con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Viva la República! ¡Muerte a los traidores!

Luego se replegó hacia donde estaban sus oficiales.

El carnicero, el tahonero y el boticario, inquietos, bajaron los postigos y cerraron sus establecimientos. Sólo permaneció abierta la tienda de comestibles.

Sin embargo, los hombres de la milicia llegaban poco a poco, vestidos de muy diverso modo y tocados todos con un quepis negro galoneado de rojo, pues el quepis constituía todo el uniforme del cuerpo. Iban armados con sus viejos fusiles herrumbrosos, esos viejos fusiles colgados desde hacía treinta años sobre las chimeneas de las cocinas, y se parecían mucho a un destacamento de guardas rurales.

Cuando tuvo unos treinta alrededor, el comandante, con pocas palabras, les puso al corriente de los acontecimientos; luego, volviéndose hacia su Estado Mayor, dijo:

—Ahora debemos actuar.

Los vecinos se agrupaban, observaban, parloteaban.

El médico no tardó en establecer un plan de ataque.

—Teniente Picart, avance hasta debajo de las ventanas del Ayuntamiento e intime al señor de Varnetot, en nombre de la República, a que me entregue la casa consistorial.

Pero el teniente, un maestro albañil, se negó:

—Es usted muy listo. Para que me larguen a mí un disparo de fusil, no, gracias. Como usted sabe, los de ahí dentro son buenos tiradores. Cumpla usted mismo sus órdenes.

El comandante enrojeció:

—Le ordeno que vaya, en nombre de la disciplina.

El teniente se rebeló:

—No soy yo de los que se dejan romper la cara sin una razón.

Los notables, reagrupados allí al lado, rompieron a reír. Uno de ellos gritó:

—Tiene razón, Picart, no es aún el momento.

Entonces el médico murmuró:

—¡Cobardes!

Y, tras haber entregado a un miliciano el sable y el revólver, se adelantó con paso lento, fija la mirada en las ventanas, esperando ver salir un cañón de fusil apuntándole.

Cuando no estaba más que a unos pasos del edificio, se abrieron las puertas de los dos extremos que daban entrada a las dos escuelas, y una oleada de criaturas, niños por aquí, niñas por allá, escaparon por ellas y se pusieron a jugar en la gran plaza desierta, piando, como una bandada de ocas, en torno al doctor, que no podía hacerse oír.

Una vez que hubieron salido los últimos alumnos, las dos puertas se cerraron.

Cuando la mayor parte de los críos se hubo ido, el comandante llamó en voz alta:

—¡Señor de Varnetot!

Se abrió una ventana del primer piso y apareció el señor de Varnetot.

El comandante prosiguió:

—Señor, ya conoce los grandes acontecimientos que acaban de cambiar el cariz del Gobierno. El que usted representaba ya no existe. El que yo represento ha tomado el poder. En tales circunstancias dolorosas, pero decisivas, vengo a pedirle, en nombre de la nueva República, que ponga en mis manos las funciones de las que usted fue investido por el poder anterior.

El señor de Varnetot respondió:

—Señor doctor, soy el alcalde de Canneville, nombrado por las autoridades competentes, y seguiré siendo alcalde de Canneville hasta que no sea revocado y sustituido mediante un decreto de mis superiores. Como alcalde que soy, estoy en mi casa en el Ayuntamiento, y aquí seguiré. Lo único que puede hacer es intentar sacarme de aquí por la fuerza.

Y volvió a cerrar la ventana.

El comandante regresó a donde estaba su tropa. Pero, antes de explicarse, mirando de arriba abajo al teniente Picart, dijo:

—Es usted todo un valiente, un verdadero conejo, la vergüenza del ejército, y le degrado.

El teniente respondió:

—Me importa un bledo.

Y fue a reunirse con el grupo de los vecinos que murmuraba.

Entonces el doctor vaciló. ¿Qué hacer? ¿Lanzar el asalto? Pero ¿obedecerían sus hombres? Y, además, ¿tenía derecho a ello?

Una idea le iluminó. Corrió a telégrafos cuya oficina estaba enfrente de la alcaldía, al otro lado de la plaza. Y mandó tres telegramas:

A los señores miembros del Gobierno republicano, en París;

Al nuevo prefecto republicano de la Seine-Inférieure, en Ruán;

Al nuevo subprefecto republicano de Dieppe.

Exponía la situación, refiriendo el peligro corrido por el municipio que había quedado en manos del ex alcalde monárquico, brindaba sus servicios abnegados, pedía órdenes y firmaba haciendo seguir su nombre de todos sus títulos.

Luego regresó a donde estaba su cuerpo armado y, sacándose diez francos del bolsillo, dijo:

—Aquí tienen, amigos, vayan a comer y a tomarse una copa; dejen aquí solamente un destacamento de diez hombres para que nadie salga del Ayuntamiento.

Pero el ex teniente Picart, que estaba charlando con el relojero, lo oyó; se echó a reír burlonamente y manifestó:

—Naturalmente, si salen, será una ocasión para entrar. ¡De lo contrario, no le veo a usted allí dentro por ahora!

El doctor no respondió y se fue a comer.

Por la tarde hizo apostar centinelas en torno al municipio, como si existiera la amenaza de un ataque por sorpresa.

Pasó varias veces por delante de las puertas del Ayuntamiento y de la iglesia, sin notar nada sospechoso. Ambos edificios parecían desiertos.

El carnicero, el tahonero y el boticario reabrieron sus establecimientos.

En las casas mucho se comentaba el hecho. Si el emperador estaba preso, era porque había sido traicionado. Y no se sabía muy bien de qué tipo era la nueva República.

Cayó la noche.

A eso de las nueve, el doctor se acercó solo, sin hacer ruido, a la entrada de la casa consistorial, convencido de que su adversario había ido a acostarse; y, cuando se disponía a echar abajo la puerta a golpes de piqueta, una voz fuerte, la de un guarda, preguntó de repente:

—¿Quién va?

Y el señor Massarel, piernas para qué os quiero, se batió en retirada.

Amaneció sin que la situación hubiera cambiado en absoluto.

La milicia armada ocupaba la plaza. Todos los vecinos se habían agrupado en torno a esta tropa, esperando una solución. Los de los pueblos vecinos llegaban para ver.

Entonces, el doctor, comprendiendo que estaba en juego su reputación, decidió poner fin a aquello de una manera u otra; e iba a tomar una resolución cualquiera, sin duda enérgica, cuando se abrió la puerta de telégrafos y apareció la joven empleada de la telegrafista con dos papeles en la mano.

Ésta se dirigió primero al comandante y le entregó uno de los telegramas; luego atravesó el centro desierto de la plaza, intimidada por todos aquellos ojos clavados en ella, y con la cabeza gacha y pequeños pasos apresurados fue a llamar suavemente a la casa atrancada a cal y canto, como ignorando que allí dentro se ocultaba una facción armada.

La puerta se entreabrió; una mano de hombre cogió el mensaje y la chiquilla volvió sobre sus pasos con el rostro encendido y a punto de llorar porque toda la gente la miraba.

El doctor exclamó con voz vibrante:

—Un momento de silencio, por favor.

Y, apenas el vulgo calló, prosiguió con orgullo:

—He aquí el comunicado que me ha llegado del Gobierno. —Y sosteniendo en alto el telegrama, leyó:

Actual alcalde revocado. Den noticias lo antes posible. Recibirán ulteriores instrucciones.

Por el subprefecto, Sapin, consejero

El doctor estaba triunfante; le latía el corazón de alegría; sus manos temblaban, pero Picart, su ex subalterno, le gritó desde un grupo que tenía cerca:

—Todo esto está muy bien. Pero si ésos no salen, de mucho le servirá su papel.

Y el señor Massarel palideció. Si los otros no salían, en efecto, ahora iba a tener que avanzar. No sólo era su derecho, sino también su deber.

Miró ansiosamente al Ayuntamiento, esperando ver abrirse la puerta y replegarse a su adversario.

Pero la puerta permanecía cerrada. ¿Qué hacer? La multitud iba en aumento, y se agolpaba en torno a la milicia. Se reían.

Una reflexión sobre todo atormentaba al médico. Si daba el asalto, tendría que marchar a la cabeza de sus hombres; y, como si él caía muerto, cesaría toda contestación, era sobre él, únicamente sobre él, sobre quien dispararían el señor de Varnetot y sus tres guardas. Y disparaban bien, muy bien; Picart acababa de repetírselo una vez más. Pero una idea le iluminó y, volviéndose hacia Pommel, dijo:

—Vaya enseguida a pedirle al boticario que me preste una toalla y un palo.

El teniente se fue corriendo.

Iba a hacer una bandera parlamentaria, una bandera blanca, cuya visión tal vez alegrase el corazón legitimista del ex alcalde.

Pommel regresó con la toalla solicitada y un mango de escoba. Con un poco de hilo se preparó el estandarte, que el señor Massarel aferró con ambas manos; e inició el avance hacia el Ayuntamiento sosteniéndolo delante de él. Apenas estuvo ante la puerta, llamó de nuevo:

—¡Señor de Varnetot!

El portón se abrió al instante y en el umbral apareció el señor de Varnetot con sus tres guardas.

Instintivamente el doctor retrocedió; luego saludó cortésmente al enemigo y con voz rota por la emoción dijo:

—Señor, estoy aquí para comunicarle las instrucciones recibidas.

El gentilhombre, sin devolverle el saludo, respondió:

—Me retiro, señor, pero sepa que no es por miedo, ni por obediencia al odioso Gobierno que usurpa el poder. —Y, recalcando cada una de las palabras, declaró—: No quiero que parezca que sirvo a la República, ni por un solo día. Eso es todo.

Massarel, desconcertado, no respondió nada; y el señor de Varnetot, poniéndose en marcha con paso rápido, desapareció por una esquina de la plaza, seguido en todo momento por su escolta.

Entonces el doctor, loco de orgullo, se volvió hacia la multitud y, cuando estuvo lo bastante cerca para que le oyeran, gritó:

—¡Hurra!, ¡hurra! ¡La República triunfa en toda línea!

No hubo ningún signo de emoción.

El médico continuó:

—El pueblo es libre, habéis sido liberados, sois independientes. ¡Estad orgullosos!

Los lugareños inertes le miraban sin que ninguna luz de gloria brillase en sus ojos.

También él les miró, indignado por tanta indiferencia, pensando en qué decir o qué hacer para causarles una gran impresión, para electrizar a aquel plácido pueblecito, para desempeñar su misión de nuevo líder.

Tuvo una inspiración y, volviéndose hacia Pommel, dijo:

—Teniente, vaya a por el busto del ex emperador que se encuentra en la sala de juntas del Consejo municipal, y tráigalo aquí junto con una silla.

Al poco el hombre volvió trayendo sobre el hombro derecho al Bonaparte de yeso y una silla de enea en la mano izquierda.

Massarel fue a su encuentro, cogió la silla, la posó en el suelo poniendo encima de ella el blanco busto, y luego, retrocediendo unos pasos, le apostrofó con voz sonora:

—Tirano, más que tirano, ahora has caído, caído en el fango, caído en el cieno. La patria moribunda agonizaba bajo tu bota. El Destino vengador te ha castigado. La derrota y la vergüenza te acompañarán; caes vencido, prisionero de los prusianos; y, en las ruinas de tu Imperio destruido se alza la República joven y radiante, recogiendo tu espada rota…

Se esperaba unos aplausos. Pero no resonaron ni un grito ni una palma. Los campesinos, aterrados, callaban; y el busto de bigotes con guías que sobresalían de las mejillas por cada lado, el busto inmóvil y bien peinado como en un letrero de barbero, parecía mirar al señor Massarel con su sonrisa de yeso, una sonrisa imborrable y burlona.

Estaban así el uno enfrente del otro, Napoleón en la silla y el médico de pie, a tres pasos. La ira se apoderó del comandante. Pero ¿qué hacer? ¿Qué hacer para conmover a ese pueblo y lograr definitivamente esa victoria ante la opinión pública?

Su mano, por casualidad, se posó sobre su panza, y encontró, bajo su cinturón rojo, la culata de su revólver.

No tenía ya ninguna inspiración, ninguna frase que decir. Entonces se sacó el arma, dio dos pasos adelante y, a quemarropa, fulminó al ex monarca.

El proyectil hizo un agujerito en la frente, como una mancha, casi nada. El efecto había fallado. Massarel hizo otro disparo, que produjo otro agujero, luego un tercero, y a continuación, sin detenerse, los tres que le quedaban. La frente de Napoleón volaba hecha polvo blanco, pero los ojos, la nariz y las puntas finas de los bigotes permanecían intactas.

Fuera de sí, el doctor derribó la silla de un puñetazo y, posando un pie sobre los restos del busto, se dirigió en actitud de triunfador al público patidifuso, vociferando:

—¡Así perecen todos los traidores!

Pero como ningún entusiasmo se manifestaba aún, como los espectadores parecían anonadados por el asombro, el comandante gritó a los hombres de la milicia:

—Ahora podéis volver a vuestros hogares.

Y él mismo se dirigió a grandes pasos hacia su casa, como si hubiera huido.

Su criada, en cuanto le vio aparecer, le dijo que le esperaban unos enfermos desde hacía más de tres horas en su gabinete. Corrió hacia allí. Eran los dos campesinos de las varices, que habían vuelto desde el alba, obstinados y pacientes.

Y al punto el viejo reanudó su explicación:

—La cosa me empezó precisamente con un hormigueo en las piernas…

 

LA CONFESIÓN DE THÉODULE SABOT*

 

Bastaba con que Sabot entrase en la taberna de Martinville para que la gente se echara a reír. ¡Aquel tunante de Sabot era realmente divertido! Uno a quien, por ejemplo, no le hacían ni pizca de gracia los curas. ¡Ah, no, no! Era un verdadero comecuras.

Sabot (Théodule), maestro carpintero, representaba en Martinville al partido progresista. Era alto y delgado, con unos ojos grises de mirada burlona, el pelo pegado a las sienes, la boca fina. Cuando decía, de un cierto modo: «Nuestro Santísimo Padre el Curda», todos se desternillaban de risa. Siempre se las ingeniaba para trabajar los domingos durante la hora de misa. Y todos los años mataba el cerdo el Lunes Santo para tener morcillas hasta Pascua, y cuando pasaba el párroco siempre, en son de broma, decía: «Ahí tenéis a uno que acaba de tragarse a su Dios en el mostrador…».

El cura, un hombre gordo y también muy alto, le temía debido a su lengua, que le hacía ganar adeptos. El padre Maritime era diplomático, amigo de tener mano izquierda. La lucha entre ellos duraba desde hacía diez años, una lucha secreta, encarnizada, incesante. Sabot era concejal. Se creía que llegaría a alcalde, cosa que constituiría sin duda la derrota definitiva de la Iglesia.

Iban a celebrarse elecciones. El bando religioso temblaba en Martinville. Ahora bien, una mañana, el cura partió para Ruán, anunciándole a su ama que se iba al arzobispado.

Regresó dos días más tarde. Tenía un aire alegre, triunfante. Y todo el mundo supo al día siguiente que el coro de la iglesia iba a ser rehecho por completo. Monseñor había donado, de su propio bolsillo, una suma de seiscientos francos.

La antigua sillería de abeto debía ser destruida y reemplazada por una sillería nueva de roble macizo. Era un trabajo de carpintería de envergadura, del que se hablaba, esa misma noche, en todas las casas.

Théodule Sabot no se reía.

Cuando salió al día siguiente por el pueblo los vecinos, amigos o enemigos, le preguntaban en son de broma:

—¿Lo harás tú el coro de la iglesia?

Él no sabía qué responder, pero rabiaba, echaba chispas de la rabia.

Los más maliciosos añadían:

—Es un buen trabajo; y podrá sacarse al menos de doscientos a trescientos francos de beneficio.

Dos días después, se supo que la remodelación sería encargada a Célestin Chambrelan, el carpintero de Percheville. Posteriormente la noticia fue desmentida, para anunciarse a continuación que todos los bancos de la iglesia también serían sustituidos. Eso costaría unos dos mil francos que se pedirían al Gobierno. Grande fue la emoción.

Théodule Sabot ya no pegaba ojo. Nunca, que recuerde memoria humana, un carpintero del lugar había llevado a cabo una tarea semejante. Luego corrió un rumor. Se decía en voz baja que el cura estaba apenado por tener que dar dicho trabajo a un artesano de fuera del pueblo, pero que, sin embargo, las opiniones de Sabot impedían que le fuera confiado a él.

Sabot se enteró. Se dirigió a la rectoría al caer la noche. El ama le contestó que el cura estaba en la iglesia. Y para allí se fue.

Dos hijas de María, viejas solteras con cara de vinagre, estaban adornando el altar para el mes de María, bajo la dirección del sacerdote. Él, de pie en medio del coro, sacando su panza enorme, dirigía el trabajo de las dos mujeres, que, subidas en unas sillas, colocaban unos ramos de flores alrededor del sagrario.

Sabot se sentía incómodo allí dentro, como si hubiera entrado en casa de su mayor enemigo, pero el ánimo de lucro le aguijoneaba. Se acercó, gorra en mano, sin siquiera preocuparse de las hijas de María, que permanecían impresionadas, estupefactas, inmóviles sobre sus sillas.

Balbució:

—Buenos días, señor cura.

El sacerdote respondió, sin mirarle, totalmente ocupado en su altar:

—Buenos días, señor carpintero.

Sabot, desorientado, no encontraba nada más que decir. Pero, tras un momento de silencio, añadió:

—¿Está haciendo los preparativos?

El padre Maritime respondió:

—Sí, está cerca el mes de María.

Sabot añadió aún: «Ajá, ajá», pero luego se calló.

Sentía ahora ganas de retirarse sin hablar de nada, pero una mirada lanzada al coro le retuvo. Vio dieciséis escaños por hacer de nuevo, seis a la derecha y ocho a la izquierda, ocupando la puerta de la sacristía dos plazas. Dieciséis escaños de roble valían a lo sumo trescientos francos, y, dándoles un buen acabado, podían ganarse sin duda también doscientos francos por el trabajo, si se daba uno maña.

Entonces balbució:

—Vengo por la obra.

El párroco pareció sorprendido. Preguntó:

—¿Qué obra?

Sabot, desconcertado, murmuró:

—La obra que hay que hacer.

Entonces el sacerdote se volvió hacia él, y le miró a los ojos:

—¿Se refiere usted a la renovación del coro de mi iglesia?

 

Ante el tono adoptado por el padre Maritime, Théodule Sabot sintió que un escalofrío le recorría el espinazo, y volvió a tener unas imperiosas ganas de largarse a toda prisa. Sin embargo, respondió con humildad:

—Pues sí, señor cura.

Entonces el padre cruzó los brazos sobre su gran panza, y como fulgurado por el estupor, dijo:

—Pero ¡cómo!, usted…, usted…, usted, Sabot, viene a pedirme eso… Usted…, el único impío de la parroquia… Pero si sería un escándalo, un escándalo público. Monseñor me echaría una reprimenda, y quizá hasta me trasladaría.

Respiró unos segundos, luego prosiguió con tono más calmo:

—Comprendo que le resulte penoso ver un trabajo de esta envergadura confiado a un carpintero de una parroquia vecina. Pero no puedo hacer otra cosa que…, a menos que… Pero no, imposible, no aceptaría usted nunca. No hay, sin embargo, otra forma.

Sabot estaba mirando ahora la fila de bancos que se extendía hasta la entrada. ¡Caray, si hubiera que cambiar también todo eso!

Y preguntó:

—¿De qué se trata? Diga…

El sacerdote respondió con firmeza:

—Haría falta una prueba clara y patente de su buena voluntad.

Sabot murmuró:

—No digo que no, no digo que no…, quizá podamos llegar a un acuerdo…

El párroco declaró:

—Debe tomar la comunión delante de todos, en la misa cantada del próximo domingo.

El carpintero se sintió palidecer; no respondió, pero preguntó:

—¿Habrá que cambiar también todos los bancos?

El párroco dijo con tono seguro:

—Sí, pero más adelante.

Sabot prosiguió:

—No digo que no, no digo que no. No es que sea yo redhibitorio,1 puesto que, por supuesto, acepto la religión; lo que no me gusta es la práctica, pero dadas las circunstancias no seré refractario.

Las hijas de María, que habían bajado de sus sillas, se habían escondido detrás del altar; y estaban a la escucha, pálidas de la emoción.

El párroco, viéndose victorioso, adoptó de repente un tono jovial, amigable:

—Está bien, está bien… Esto es hablar como una persona razonable. Verá, verá…

Sonriendo incómodo, Sabot preguntó:

—¿No se podría posponer un poco esta comunión?

Pero el sacerdote volvió a poner cara severa:

—Dado que los trabajos le serán asignados a usted, quiero asegurarme de su conversión.

Y prosiguió con un tono de voz normal:

—Venga mañana a confesarse, pues será preciso que le someta a un examen de conciencia por lo menos un par de veces.

Sabot repitió:

—¿Un par de veces?

—Sí.

El sacerdote sonreía:

—Comprenderá usted que será necesario hacerle una limpieza general, un lavado a fondo. Así pues, le espero mañana.

El carpintero, muy inquieto, preguntó:

—¿Y dónde se hace eso?

—Pues… en el confesionario.

—¿En… esa caja del rincón?

—Sí.

—Pero es que…, que a mí esa caja no me va.

—¿Por qué?

—Porque…, porque no estoy acostumbrado a eso. Y soy además un poco duro de oído.

El párroco se mostró condescendiente:

—Está bien. Venga, pues, a la rectoría. Así estaremos los dos a solas. ¿Le parece bien?

—Sí, así está bien, pero su caja no.

—Bien, hasta mañana entonces, después del trabajo, a las seis.

—Entendido, de acuerdo; hasta mañana, padre. ¡Y gallina el que se desdiga!

Y alargó su tosca manaza sobre la que el sacerdote dejó caer ruidosamente la suya.

El ruido del manotazo resonó bajo las bóvedas y fue a apagarse en el fondo, detrás de los tubos del órgano.

Théodule Sabot no estuvo tranquilo durante todo el día siguiente. Sentía algo parecido al miedo que siente uno cuando tiene que ir a sacarse una muela. A cada momento le volvía este pensamiento: «Esta tarde tendré que confesarme». Y su alma turbada, un alma de ateo mal convencido, enloquecía ante el temor confuso y poderoso del misterio divino.

Se dirigió hacia la rectoría tan pronto como hubo terminado su trabajo. El párroco le esperaba en el jardín leyendo su breviario por un pequeño vial. Parecía radiante y lo abordó con una risotada:

—Bien, aquí estamos. Entre, entre, señor Sabot, que nadie se lo va a comer.

Y Sabot pasó el primero. Balbució:

—Si no le importa, preferiría despachar cuanto antes este asuntillo que tenemos entre manos.

El párroco respondió:

—Servidor de usted. Ahí tengo mi roquete. Deme un minuto y le escucho.

El carpintero, tan agitado que ya no comprendía nada, le miraba ponerse la blanca vestidura plisada. El cura le hizo un gesto:

—Arrodíllese sobre este cojín.

Sabot permanecía de pie, avergonzado de tener que arrodillarse; farfulló:

—¿Es necesario?

El párroco había adoptado una actitud solemne:

—Sólo de rodillas podemos acercarnos al tribunal de la penitencia.

Sabot se arrodilló.

El sacerdote dijo:

—Diga el Confíteor.

Sabot preguntó:

—¿El Co… qué?

—El Confíteor. Si ya no se acuerda, repita palabra por palabra lo que yo vaya diciendo.

Y el párroco articuló la oración sagrada, con voz parsimoniosa, separando las palabras que el carpintero repetía; luego dijo:

—Ahora, confiésese.

Pero Sabot no decía ya nada, pues no sabía por dónde empezar.

Entonces el padre Maritime vino en su ayuda:

—Hijo mío, le interrogaré yo, puesto que no parece estar usted muy al corriente. Tomaremos, uno por uno, los mandamientos de Dios. Escúcheme y no se inquiete. Responda con sinceridad y no tema en ningún momento irse de la lengua.

Amarás a Dios sobre todas las cosas.

—¿Ha amado a alguien o a algo tanto como a Dios? ¿Ha amado a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda la fuerza de su amor?

Sabot sudaba por el esfuerzo mental que hacía. Respondió:

—No. Oh, no, señor cura. Amo a Dios tanto como puedo. Ah, sí…, le amo. Pero no puedo decir que no ame a mis hijos. Decir que si tuviera que elegir entre ellos y Dios, esto no lo aseguro. Decir que si tuviera que perder cien francos por amor a Dios, esto no lo aseguro. Pero amarle le amo, ah, sí, le amo a pesar de todo.

El sacerdote, serio, declaró:

—Hay que amarle por encima de todas las cosas.

Sabot, lleno de buena voluntad, afirmó:

—Haré todo lo posible para amarlo, señor cura.

El padre Maritime prosiguió:

No tomarás el nombre de Dios en vano.

—¿Ha blasfemado alguna vez?

—No. ¡Oh, eso no! No he blasfemado jamás, jamás. Algunas veces, en un momento de ira, he dicho «por los clavos de Cristo». Pero blasfemias no digo.

El sacerdote exclamó:

—¡Esto son blasfemias!

Y, con seriedad, agregó:

—No lo haga más. Prosigo:

Santificarás las fiestas.

—¿Qué hace los domingos?

Esta vez, Sabot se rascó la oreja.

—Pues… santifico a Dios como puedo, padre. Lo santifico… en mi casa. Los domingos yo trabajo.

El párroco, magnánimo, le interrumpió.

—Lo sé…, compórtese mejor en el futuro. Me salto los tres mandamientos siguientes, seguro como estoy de que no ha pecado contra los dos primeros, y el sexto lo veremos junto con el noveno. Continúo:

No robarás.

—¿Ha sustraído alguna vez, por cualquier medio, algún bien ajeno?

Théodule Sabot se ofendió:

—¡Ah, no! ¡Esto sí que no! Yo soy una persona honrada, señor cura. Eso se lo juro, sin ninguna duda. No niego que alguna vez he contado alguna hora de más de trabajo a los clientes más pudientes, eso no lo niego. Ni tampoco niego que añado algún céntimo en mis facturas, algún céntimo nada más, no lo niego… Pero robar no. No y mil veces no.

El párroco dijo con firmeza:

—Sustraer aunque sólo sea un céntimo es ya un hurto. No lo haga más.

No dirás falsos testimonios ni mentiras.

—¿Ha dicho alguna vez mentiras?

—No, esto sí que no; no soy embustero. Es mi virtud. Sí, alguna vez he contado alguna bola, pero de broma, no lo niego. Y quizá he hecho también creer algo que no era cierto si me convenía. Pero una mentira, no; mentiroso no soy.

El sacerdote se limitó a decir:

—Vigílese más.

Luego dijo:

No consentirás ni pensamientos ni deseos impuros.

—¿Ha deseado alguna vez o poseído a otra mujer que no sea la suya?

Sabot exclamó con sinceridad:

—¡Ah, no, esto sí que no, señor cura! ¡Engañar a mi pobre mujer! ¡No! ¡No! Ni con la yema del dedo; no lo he hecho ni se me ha pasado por la cabeza. Palabra de honor.

Se quedó un momento en silencio, luego, en voz baja, como si le hubiera entrado una duda, dijo:

—No le diré que, cuando voy a la ciudad, no vaya nunca a cierta casa, ya sabe a lo que me refiero, señor cura, una casa de tolerancia, para reír y bromear un poco y cambiar de ambiente, no diré que no… Pero pago, señor cura, pago siempre; y como pago, lo comido por lo servido.

El párroco no insistió y le dio la absolución.

Théodule Sabot fue encargado de ejecutar los trabajos del coro y comulga todos los meses.

 

UNA «VENDETTA»*

 

La viuda de Paolo Saverini vivía sola, con su hijo en una pequeña casucha pegada a las murallas de Bonifacio. La ciudad, construida sobre un saliente de la montaña, suspendida incluso en algunos puntos sobre el mar, mira, por encima del estrecho erizado de escollos, a la costa más baja de Cerdeña. A su pie, en la parte opuesta, rodeándola casi por entero, una cortadura del acantilado, que se diría un gigantesco pasillo, le sirve de puerto, lleva hasta las primeras casas, tras un largo circuito entre dos abruptos murallones, a las barquichuelas de pesca italianas o sardas, y, cada quince días, el viejo vapor que parece asmático hace la travesía hasta Ajaccio.

Sobre la blanca montaña, el hacinamiento de casas parece más blanco aún. Se dirían nidos de aves salvajes, colgadas de ese modo de la roca, dominando ese estrecho terrible por el que no se aventuran casi nunca los barcos. El viento azota, sin tregua, el mar, la costa desnuda, socavada por él, apenas revestida de hierba; se introduce por el estrecho flagelando las dos orillas. Las crestas de espuma clara, colgadas de las negras puntas de las innumerables rocas que horadan por todas partes las olas, parecen jirones de telas flotando y palpitando en la superficie del agua.

Las tres ventanas de la casa de la viuda Saverini, asentada firmemente en el borde mismo del acantilado, daban a este horizonte salvaje y desolado.

Vivía allí sola, con su hijo Antoine y su perra Vivaracha, una gran bestia flaca, de larga y áspera pelambre, de la raza de los guardadores de ganados. Le servía al joven para cazar.

Una tarde, tras una disputa, Antoine Saverini murió a traición de una cuchillada, a manos de Nicola Ravolati, quien, aquella misma noche, huyó a Cerdeña.

Cuando la anciana madre recibió el cuerpo de su hijo, que le trajeron unos caminantes, no derramó una sola lágrima, sino que se quedó largo rato inmóvil mirándole; luego, extendiendo su arrugada mano sobre el cadáver, le prometió venganza. No quiso que nadie se quedara con ella, y se encerró junto al cuerpo con la perra, que aullaba. Aullaba el animal sin descanso, plantado al pie de la cama, con el hocico tendido hacia su amo y el rabo apretado entre las patas. No se movía más de lo que lo hacía la madre, que, inclinada ahora sobre el cuerpo, mirándole fijamente, derramaba en silencio unos lagrimones.

El joven, boca arriba, con la chaqueta de grueso paño agujereada y desgarrada en el pecho, parecía dormir; pero estaba lleno de sangre: en la camisa, que le habían arrancado para prestarle los primeros auxilios, en el chaleco, en el pantalón, en el rostro, en las manos. Grumos de sangre se le habían coagulado en la barba y entre el pelo.

La anciana madre comenzó a hablar. Al sonido de esta voz la perra enmudeció.

—Sí, sí, serás vengado, hijo mío, pequeño mío, pobre muchacho… Duerme, duerme, serás vengado, ¿entendido? ¡Te lo promete tu madre! Y, como ya sabes, tu madre es persona de palabra.

Se inclinó lentamente sobre él, pegando sus fríos labios en los labios muertos.

Entonces, Vivaracha se puso de nuevo a gemir. Lanzaba un largo quejido monótono, desgarrador, horrible.

Se quedaron allí, los dos, la mujer y el animal, hasta la mañana.

Antoine Saverini fue enterrado al día siguiente, y pronto no se habló más de él en Bonifacio.

No había dejado ni hermano ni primos cercanos. No había ningún hombre para que pudiera encargarse de la vendetta. Únicamente la madre, la anciana, pensaba en ella.

De la mañana a la noche, al otro lado del paso, veía un punto blanco en la costa. Era un pueblecito sardo, Longosardo, refugio de los bandidos corsos a los que pisaban los talones. Ellos casi exclusivamente poblaban esta aldea, frente a las costas de su patria, en espera de volver, para echarse al monte. Allí se había refugiado Nicola Ravolati, y ella lo sabía.

Sola durante todo el día, sentada ante la ventana miraba hacia allí pensando en la vendetta. ¿Cómo podía llevarla a cabo, sin nadie, inválida como estaba y con un pie en la tumba? Pero lo había prometido, jurado sobre el cadáver. No cabía espera ni olvido. ¿Qué haría? Pasaba insomne las noches, sin paz ni descanso, buscando la manera con ahínco. La perra dormitaba a sus pies y, levantando la cabeza, de vez en cuando aullaba hacia lo lejos. Desde que ya no estaba su amo, ladraba a menudo así, como si le llamara, como si su alma de bestia, inconsolable, conservara también un recuerdo imborrable.

Ahora bien, una noche, justo cuando Vivaracha se puso a gañir de nuevo, la madre tuvo de repente una idea, una idea de venganza salvaje y feroz. La rumió hasta que se hizo de día y, levantándose a las primeras luces del alba, se fue para la iglesia. Rezó, prosternada en el pavimento, arrodillada ante Dios, suplicándole que la ayudara, la sostuviera y diera a su pobre cuerpo consumido la fuerza necesaria para vengar a su hijo.

A continuación volvió a casa. Tenía en el patio un viejo barril desfondado para recoger el agua de lluvia: lo volcó, lo vació, lo fijó en el suelo con unas estacas y unas piedras, ató a Vivaracha a esa especie de perrera y volvió adentro.

Estuvo paseando adelante y atrás por su habitación, con la mirada fija en todo momento en la costa de Cerdeña. El asesino estaba allí.

La perra ladró todo el día y toda la noche. A la mañana siguiente la anciana le trajo agua en un cuenco, y eso fue todo: ni sopas, ni pan.

También pasó aquel día. Vivaracha dormía, extenuada. Al día siguiente tenía los ojos relucientes y la pelambre erizada, y tiraba continuamente de la cadena.

Tampoco entonces la vieja le dio de comer. El animal, enfurecido, ladraba roncamente. También pasó aquella noche.

Entonces, al amanecer del día siguiente, la anciana Saverini fue a ver a un vecino y le pidió que le diera dos gavillas de paja, con las que rellenó unas ropas viejas de su marido, simulando un cuerpo humano.

Hincó un palo en el suelo, delante de la perrera de Vivaracha, y ató el fantoche, que parecía así estar de pie. Con unos viejos trapos le hizo una cabeza.

Sorprendida, la perra miraba a aquel hombre de paja y permanecía en silencio, aunque devorada por el hambre.

La anciana fue a comprarle al charcutero un buen trozo de morcilla negra. De vuelta a casa, encendió un fuego de leña en su patio, cerca de la perrera, y puso a asar la morcilla. Vivaracha, fuera de sí, saltaba, echando espumarajos por la boca y con la mirada clavada en el asador, que desprendía un olorcillo que iba directo a su estómago.

Con aquella papilla humeante hizo la anciana una corbata al hombre de paja. La ató con cuidado alrededor del cuello, como si quisiera metérsela dentro. Apenas hubo terminado, soltó a la perra.

De un gran salto, ésta alcanzó la garganta del fantoche y, tras apoyar las patas sobre sus hombros, empezó a desgarrarla. Volvía a caer al suelo, con un pedazo de su presa apretado entre los dientes, saltaba de nuevo, hundiendo sus colmillos en las cuerdas, arrancando otro bocado, volviendo a caer y saltando otra vez, con encarnizamiento. Desgarraba el rostro a grandes mordiscos, despedazaba el cuello por completo.

La anciana, inmóvil y silenciosa, miraba con ojos encendidos. Luego volvió a encadenar al animal, le hizo ayunar durante otros dos días y reinició su extraño adiestramiento.

Durante tres meses la acostumbró a aquella especie de lucha, a aquel alimento conquistado a fuerza de colmillos. Aunque no le ponía ya la cadena, la lanzaba con un gesto sobre el fantoche.

Le había enseñado a desgarrarlo y a devorarlo sin tener ya que esconder comida en su garganta. Luego le daba, a modo de recompensa, la morcilla asada para ella.

Apenas veía aquella forma, Vivaracha se estremecía y volvía los ojos hacia su ama, que le gritaba con voz silbante, alzando un dedo: «¡Ataca!».

Cuando consideró que había llegado el momento, la anciana Saverini fue a confesarse y a comulgar con extasiado fervor un domingo por la mañana; luego, tras vestirse de hombre, con la apariencia de un pobre viejo harapiento, llegó a un acuerdo con un pescador sardo, que la llevó, con la perra, al otro lado del estrecho.

Había puesto en un talego de tela un gran pedazo de morcilla. Vivaracha llevaba dos días en ayunas. La anciana le daba a oler en todo momento la comida, para así excitarla.

Entraron en Longosardo. La mujer andaba cojeando. Entró en una panadería y preguntó dónde vivía Nicola Ravolati. Éste había reanudado su viejo oficio de carpintero, y estaba trabajando solo en su carpintería.

La anciana empujó la puerta y le llamó:

—¡Eh, Nicola!

Él se volvió; entonces, soltando a su perra, gritó:

—¡Ataca, ataca, devora, devora!

Enloquecido, el animal se lanzó sobre la garganta del hombre, el cual extendió los brazos, la estrechó, rodó por tierra. Durante unos instantes se retorció, golpeando en el suelo con los pies, luego se quedó inmóvil mientras Vivaracha hurgaba en su cuello, desgarrándolo.

Dos vecinos, sentados en su puerta, recordaron perfectamente haber visto a un viejo mendigo con un perro negro muy flaco que, mientras caminaba, comía algo oscuro que le daba su amo.

Por la noche la anciana estaba ya en casa, y aquella noche durmió bien.

 

LA CONFESIÓN*

 

Marguerite de Thérelles iba a morir. Aunque no tenía más que cincuenta y seis años, aparentaba al menos setenta y cinco. Jadeaba, más pálida que sus sábanas, sacudida por unos estremecimientos espantosos, el rostro convulso, la mirada despavorida, como si se le hubiera aparecido algo horrible.

Su hermana mayor, Suzanne, seis años mayor que ella, de rodillas al lado de la cama, sollozaba. En una mesita próxima al lecho de la agonizante había una toallita y dos candeleros encendidos, en espera del sacerdote que debía administrar la extremaunción y la última comunión.

La estancia tenía ese aspecto siniestro que tienen las habitaciones de los moribundos, ese aire de despedida desesperada. Frascos encima de los muebles, ropa blanca en todos los rincones, amontonada de un puntapié o con la escoba. Hasta las sillas, en desorden, parecían espantadas como si hubieran corrido de un lado para otro. La temible muerte estaba allí, escondida, esperando.

La historia de las dos hermanas era enternecedora. Todos la conocían y había hecho derramar muchas lágrimas.

La mayor, Suzanne, había sido querida hasta la locura, en el pasado, por un joven al que también ella amaba. Se prometieron, y sólo esperaban el día fijado para las capitulaciones cuando Henry de Sampierre murió de forma repentina.

La desesperación de la joven fue tremenda; juró que no se casaría jamás. Mantuvo su palabra. Vistió ropas de viuda y no se las quitó ya nunca.

Entonces la hermana, su hermanita Marguerite, que sólo contaba a la sazón doce años, fue, una mañana, a arrojarse en los brazos de la mayor y le dijo: «Hermana mayor, no quiero que seas desgraciada. No quiero que te pases la vida llorando. ¡No te dejaré nunca, nunca, nunca! Tampoco yo me casaré y estaré siempre a tu lado; siempre, siempre, siempre».

Suzanne la abrazó, conmovida por aquella abnegación infantil, mas no se lo creyó.

Pero también la pequeña mantuvo su palabra y, no obstante los ruegos de sus padres y las súplicas de su hermana mayor, no quiso casarse. Era hermosa, bastante hermosa; rechazó a muchos jóvenes que parecían enamorados de ella y ya no dejó a su hermana.

Vivieron juntas todos los días de su vida, sin separarse una sola vez. Permanecieron siempre juntas, inseparablemente unidas. Pero Marguerite parecía cada vez más triste, abrumada, más taciturna que su hermana mayor, como si tal vez su sublime sacrificio la hubiera quebrantado. Envejeció más deprisa, a los treinta años empezaron a plateársele los cabellos y, sintiéndose mal a menudo, parecía aquejada de una enfermedad desconocida que la minaba.

Y ahora a iba morirse la primera.

No hablaba ya desde hacía veinticuatro horas. Únicamente había dicho a las primeras luces del alba:

—Manda llamar al cura, ha llegado mi hora.

Y luego se había quedado inmóvil, boca arriba, sacudida por los espasmos, con los labios agitados como si unas palabras terribles le subieran del corazón sin poder salir, desorbitando los ojos aterrados, espantosos de ver.

Desgarrada por el dolor, su hermana lloraba desconsoladamente, con la frente apoyada en el borde de la cama, y repetía:

—¡Margot, pobre Margot, pequeña mía!

Siempre la había llamado «pequeña mía», como la menor la llamaba a ella «hermana mayor».

Se oyeron unos pasos en la escalera. Se abrió la puerta. Apareció un monaguillo seguido del viejo sacerdote en roquete. Apenas lo vio, la moribunda se enderezó bruscamente, abrió los labios balbuceando dos o tres palabras y comenzó a arañar la sábana como si quisiera desgarrarla.

El padre Simon se acercó, le tomó la mano, la besó en la frente y dijo con dulce voz:

—Dios la perdona, hija mía; que no le falte el ánimo, ha llegado su hora. Hable.

Entonces Marguerite, temblando toda ella y sacudiendo la cama con sus movimientos nerviosos, balbució:

—Siéntate, hermana mayor, y escucha.

El sacerdote se inclinó hacia Suzanne, que seguía postrada a los pies de la cama, la hizo levantarse y sentarse en un sillón y, tomando en sus manos una mano de cada hermana, dijo:

—Dios Nuestro Señor, dales fuerzas, derrama sobre ellas tu misericordia.

Marguerite comenzó a hablar. Las palabras le salían del pecho una por una, roncas, escandidas y como extenuadas.

—¡Perdón, perdón, hermana mayor, perdóname! ¡Si supieras cuánto miedo he tenido de este momento durante toda mi vida!

Suzanne murmuró, entre lágrimas:

—¿Perdón de qué, pequeña mía? Pero si me lo has dado todo, si lo has sacrificado todo… Eres un ángel.

Pero Marguerite la interrumpió:

—¡Calla, calla! Déjame hablar…, no me interrumpas… Es espantoso… Déjame contártelo todo…, hasta el final, sin hablar… Escucha… ¿Te acuerdas…, te acuerdas… de Henry?

Suzanne se estremeció y miró a su hermana. Ésta prosiguió:

—Tienes que oírlo todo para comprender. Tenía yo doce años, doce nada más, ¿lo recuerdas, verdad? Era una niña mimada y hacía todo lo que quería… ¿Te acuerdas de cómo me mimaban?… Pues escucha… La primera vez que él vino a casa llevaba unas botas de charol. Se apeó del caballo delante de la escalinata, se excusó por el atuendo, pero tenía que darle una noticia a papá. ¿Te acuerdas, verdad? No, no digas nada…, escucha… Cuando le vi me quedé prendada, de tan guapo como me pareció, y permanecí de pie en un rincón del salón todo el tiempo que él estuvo hablando. Los niños son extraños… y terribles… Ah, sí…, empecé a pensar en él.

»Volvió… varias veces… y yo me lo comía con los ojos, con el alma…, pues era alta para mi edad… y bastante más lista de lo que pueda creerse… Volvió a menudo… Yo no hacía más que pensar en él. Decía en voz muy baja:

»¡Henry…, Henry de Sampierre!

»Luego me dijeron que se casaría contigo. Para mí fue un motivo de tristeza…, ¡oh!, ¡hermana mayor…, de tristeza…, de tristeza! Lloré durante tres noches, sin pegar ojo. Él venía todos los días, por la tarde, después de comer…, ¿lo recuerdas, verdad? No, no digas nada…, escucha. Tú le preparabas unos pasteles que le gustaban mucho…, con harina, mantequilla y leche… Oh, sé muy bien cómo se hacían… Sabría volver a hacerlos incluso ahora. Se los zampaba de un solo bocado, se tomaba un vaso de vino… y decía:“Están deliciosos”. ¿Recuerdas cómo lo decía?

»Yo estaba celosa, muy celosa… Se acercaba el día de tu boda; apenas si faltaban quince días. Me sentía enloquecer. Pensaba: “¡No ha de casarse con Suzanne, yo no quiero…! Ha de casarse conmigo, cuando sea mayor. Nunca querré igual a ningún otro…”. Pero una noche, diez días antes de las capitulaciones, tú te fuiste a dar un paseo con él por delante del castillo, a la luz de la luna… y allí…, bajo el abeto…, bajo el gran abeto…, te besó…, te besó… manteniéndote estrechada entre sus brazos largo rato…, sí… ¡Estabas tan pálida cuando volviste al salón!

»Os vi; yo estaba allí, escondida en el macizo de flores. ¡Sentí tanta rabia! ¡De haber podido os habría matado!

»Me dije:“No ha de casarse con Suzanne, ¡nunca! No ha de casarse con nadie. Sería demasiado desgraciada…”. Y de repente empecé a odiarlo ferozmente.

»Entonces, ¿sabes qué hice?… Escucha. Había visto al jardinero preparar las albóndigas para matar a los perros vagabundos. Rompía una botella con una piedra y metía el cristal triturado dentro de la albóndiga de carne.

»Cogí del cuarto de mamá un frasquito vacío de medicamento, lo trituré con un martillo y me metí el cristal en el bolsillo. Era un polvillo brillante… Al día siguiente, apenas terminaste tú de hacer los pasteles, yo les hice un corte con el cuchillo e introduje el cristal… Él se comió tres, otro me lo comí yo… Los otros seis los tiré al estanque…, los dos cisnes murieron al cabo de tres días… ¿Lo recuerdas?… No, no digas nada…, escucha, escucha… La única que no murió fui yo…, pero he estado siempre enferma…, escucha… Él murió…, ya lo sabes…, escucha…, esto no es nada… Después…, más tarde…, siempre… ha sido lo más horrible…

»Mi vida, toda mi vida… ¡qué tormento! Me dije:“Estaré siempre con mi hermana… y en puertas de la muerte lo confesaré todo…”. Sí. Y desde entonces no he hecho más que pensar en este momento, en este momento en que te lo contaría todo… Ahora ha llegado…, es terrible…, ¡oh, hermana mayor!

»Mañana y tarde, día y noche, no he hecho sino pensar:“Debo decírselo, alguna vez…”. Esperaba… ¡Qué suplicio…! Ahora ya está… No digas nada… Ahora, tengo miedo…, tengo miedo…, ¡oh, cuánto miedo! Si volviera a verle, dentro de poco, cuando esté muerta… Volver a verle, ¿te lo imaginas? Yo, la primera… No me atrevería… Y, sin embargo, es preciso… Estoy a punto de morir… Quiero que me perdones. Lo quiero… No quiero presentarme ante él sin el perdón. Dígale que me perdone, padre, dígaselo…, se lo ruego. No puedo morir sin perdón…

Calló, y se quedó jadeando, mientras seguía arañando en la sábana con sus dedos crispados…

Suzanne se había tapado el rostro con las manos y no se movía ya. Pensaba en él, al que habría podido amar durante tanto tiempo. ¡Qué vida más dulce habrían llevado juntos! Volvía a verle, en los lejanos tiempos idos, en el viejo pasado desaparecido para siempre. ¡Muertos queridos, cómo desgarráis el corazón! ¡Oh, ese beso, su único beso! Lo había guardado en su alma. ¡Y luego nada, ya nada durante toda su vida!…

El sacerdote se enderezó de golpe y exclamó con voz fuerte y vibrante:

—¡Señorita Suzanne, su hermana está a punto de expirar!

Entonces Suzanne, separando las manos, descubrió su rostro bañado en lágrimas, y precipitándose hacia su hermana, la besó impetuosamente, balbuceando:

—Te perdono, pequeña mía, te perdono…

 

EL VENGADOR*

 

Cuando el señor Antoine Leuillet se casó con la viuda Mathilde Souris, llevaba enamorado de ella hacía casi diez años.

El señor Souris había sido su amigo, su viejo compañero de colegio. Leuillet lo quería mucho, pero le parecía un poco sandio. A menudo decía: «Ese pobre de Souris no ha inventado verdaderamente la pólvora».

Cuando Souris se casó con la señorita Mathilde Duval, Leuillet se quedó sorprendido y también un poco picado porque sentía una cierta inclinación por ella. Era la hija de una vecina, antigua tendera que se había retirado con un pequeño capitalito. Era bonita, fina e inteligente. Se casó con Souris por su dinero.

Entonces Leuillet tuvo otras esperanzas: cortejó a la mujer de su amigo. Era un buen mozo, no tenía nada de tonto y era también rico. Estaba seguro de tener éxito; en cambio, fracasó. Se enamoró entonces perdidamente y debido a la intimidad que tenía con el marido fue un enamorado discreto, tímido, azorado. La señora Souris se convenció de que no pensaba ya en ella con malas intenciones y se mostró sinceramente amiga suya. La cosa siguió así por espacio de nueve años.

Ahora bien, una mañana, un recadero le trajo a Leuillet un billete desesperado de la pobre mujer. Souris acababa de morir de repente por rotura de un aneurisma.

Ello le produjo un impacto tremendo, pues eran de la misma edad; pero casi de inmediato también una honda alegría, un alivio infinito, una sensación de liberación le recorrieron el cuerpo y la mente. La señora Souris estaba libre.

Supo mostrarse convenientemente afligido, esperó el tiempo prescrito, respetó todas las conveniencias. Al cabo de quince meses se casó con la viuda.

Su gesto fue considerado natural y hasta generoso. Era el comportamiento que cabía esperar de parte de un buen amigo, de un hombre honesto.

Finalmente fue feliz, completamente feliz.

Vivieron en la intimidad más cordial, pues se comprendían y apreciaban desde un buen comienzo. No existían secretos entre ellos y compartían sus más íntimos pensamientos. Leuillet quería ahora a su mujer serena y confiadamente, la quería como a una compañera cariñosa y abnegada, en una relación de pares, como a una confidente. Pero a él le había quedado dentro un extraño e inexplicable rencor contra el difunto Souris, que había sido el primero en poseer a aquella mujer, que había disfrutado de la flor de su juventud y de su alma, y que la había despoetizado también un poco. El recuerdo del marido muerto estropeaba la felicidad del marido vivo; y aquellos celos póstumos atormentaban ahora día y noche el corazón de Leuillet.

Esto le llevaba a hablar continuamente de Souris, quería saber mil detalles íntimos y secretos de él, conocer todo acerca de sus costumbres y de su persona. Y le perseguía con sarcasmos hasta en la tumba, recordando con complacencia sus manías, reiterando sus defectos y sus taras.

A todas horas llamaba a su mujer de un extremo al otro de la casa:

—¿Mathilde?

—Sí, querido.

—Ven un momentito.

Ella acudía, siempre risueña, aun a sabiendas de que le hablaría de Souris y ella secundaría la inocua manía de su nuevo marido.

—Dime, ¿recuerdas esa vez que Souris quería demostrarme que los hombres bajitos tienen más éxito en el amor que los altos?

Y comenzaba a hacer observaciones desagradables sobre el difunto, bajito, y más bien halagüeñas para sí, que era alto.

La señora Leuillet le daba a entender que llevaba razón, mucha razón; y ella reía de todo corazón, burlándose bonachonamente del primer marido para mayor contento del nuevo, quien concluía siempre diciendo:

—¡Qué sandio era ese Souris!

Eran felices, completamente felices. Y Leuillet no se cansaba de demostrarle a su mujer, en todas sus manifestaciones habituales, su insaciable amor.

Ahora bien, una noche que no conseguían conciliar el sueño, emocionados ambos por un remozamiento, Leuillet, que estrechaba a su mujer entre sus brazos y la besaba con ardor, le preguntó de repente:

—Dime una cosa, tesoro.

—Sí, querido.

—Souris…, es un poco delicado lo que quiero preguntarte…. ¿Souris estaba tan… enamorado?

Ella le dio un gran beso y murmuró:

—Como tú no, tontito mío.

Halagado en su amor propio masculino, él prosiguió:

—Debía de ser… muy lerdo…, ¿verdad?

Ella no respondió. Tan sólo soltó una risita maliciosa, escondiendo el rostro en el cuello de su marido.

Él preguntó:

—Debía de ser un lerdo, y más bien…, más bien…, ¿cómo decirlo?, no muy bueno para…

Ella hizo con la cabeza un ligero movimiento que quería decir:

—Sí, no muy bueno.

—Y de noche —añadió él—, debía de ser un plasta, ¿no?

Esta vez le respondió, en un impulso de sinceridad:

—¡Oh, sí!

Leuillet la besó de nuevo por aquella respuesta y murmuró:

—¡Qué botarate el pobre! ¡Sin duda no eras feliz con él!

Ella contestó:

—No. Mi vida no era muy alegre que digamos.

Leuillet estaba en el séptimo cielo, y para sus adentros establecía un parangón, muy ventajoso para él, sobre la situación de su mujer, antes y ahora.

Permaneció un momento sin hablar, luego tuvo un sobresalto de alegría y preguntó:

—Dime una cosa.

—Sí.

—¿Quieres ser sincera, pero sincera de verdad?

—Por supuesto, querido.

—Pues, verás, ¿nunca tuviste la tentación de…, de…, de engañar a ese imbécil de Souris?

La señora Leuillet soltó un pequeño «¡oh!» de pudor, y apretó aún más el rostro contra el pecho del marido. Pero él se dio cuenta de que se estaba riendo.

Insistió:

—Vamos, dímelo… ¡Pues ese idiota tenía justamente cara de cornudo! ¡Sería tan divertido, tan divertido!… Pobre Souris. Vamos, querida, a mí puedes decírmelo, a mí, sobre todo a mí…

Insistía sobre el «a mí», pensando que, si alguna vez ella había tenido la intención de engañar a Souris, habría sido con él; y se estremecía de placer esperando esta confesión, convencido de que, si ella no hubiera sido una mujer honesta como era, se le habría entregado entonces.

Ella seguía sin responder, y riendo como si recordara algo enormemente cómico.

¡También Leuillet se echó a reír sólo de pensar que habría podido pegársela a Souris! ¡Menuda jugada! ¡Menuda broma! ¡Sí, una buena broma!

Balbuceaba, sacudido por su alegría:

—¡Pobre Souris, sí, pobre Souris, si tenía cara de cornudo, sí, sí!

La señora Leuillet se retorcía bajo las sábanas, reía hasta las lágrimas, casi soltando grititos.

Leuillet repetía:

—Vamos, dímelo, dímelo; sé sincera. Comprende que, a mí, ello no puede disgustarme.

Entonces ella, sin aliento, balbució:

—Sí, sí.

El marido insistía:

—¿Sí qué? Vamos, cuéntamelo todo.

Ahora reía con discreción y, levantando la boca hasta el oído de Leuillet, quien se esperaba una agradable confidencia, susurró:

—Sí, le traicioné.

Él sintió que un escalofrío le recorría el espinazo y farfulló, desconcertado:

—Tú…, tú…, le engañaste…, ¿en serio?

Ella creyó que él seguía divirtiéndose locamente con el asunto y respondió:

—Sí…, en serio…, en serio.

Leuillet se quedó tan impresionado que tuvo que sentarse en la cama, rota la respiración, tan trastornado como si se hubiera enterado de que el cornudo era él.

No dijo nada al principio; luego, al cabo de unos segundos, se limitó a pronunciar:

—¡Ah!

También ella había dejado de reír, cayendo en la cuenta demasiado tarde de su error.

Finalmente, Leuillet preguntó:

—¿Y con quién?

Ella se quedó callada, buscando una excusa.

Leuillet insistió:

—¿Con quién?

—Con un joven —contestó ella.

Volviéndose de golpe hacia su mujer, Leuillet dijo con voz seca:

—¡Me imagino que no sería con una cocinera! ¡Quiero saber con quién, con qué joven!

Ella no respondió. Leuillet cogió la sábana con la que ella se cubría la cabeza y la lanzó en medio de la cama, repitiendo:

—Quiero saber con qué joven, lo entiendes, ¿sí o no?

Ella dijo con esfuerzo:

—Pero si bromeaba.

Pero él temblaba de ira:

—¿Cómo que bromeabas? ¿Quieres bromear? Entonces, ¿me tomabas el pelo? ¿Es que te crees que soy tonto? ¡Dime el nombre de ese joven!

Ella no respondió, permaneciendo boca arriba, inmóvil.

Leuillet la cogió por un brazo, apretándoselo con fuerza:

—En una palabra, ¿quieres entender o no lo que te digo? ¡Cuando yo hago una pregunta quiero que me respondas!

Entonces ella dijo nerviosamente:

—¡Parece que te hayas vuelto loco…, déjame en paz!

Él temblaba de furia, tan irritado que no sabía ya qué decir, exasperado; y la sacudía con todas sus fuerzas, repitiendo:

—¿Entiendes lo que te digo?, ¿lo entiendes?

Ella hizo un gesto brusco para soltarse y con la yema de los dedos tocó la nariz de su marido, que se puso hecho un basilisco, creyendo que lo había hecho aposta, y se le echó encima en un arranque.

La tenía ahora debajo y la abofeteaba con todas sus fuerzas, gritando:

—¡Sí, sí, toma, toma, aquí tienes, asquerosa, furcia!, ¡furcia!

Luego, cuando se sintió sin aliento y extenuado, se levantó y fue hacia la cómoda para prepararse un vaso de agua con azucarillo con sabor a azahar, porque se sentía a punto de desfallecer.

Y ella lloraba en la cama, lanzando grandes sollozos, sintiendo que, por su culpa, se había acabado su felicidad.

Entonces, en medio de las lágrimas, ella balbució:

—Escucha, Antoine, ven aquí, te he mentido, lo comprenderás…, escucha…

Dispuesta a defenderse ahora, armada de razones y de astucias, alzó un poco la cabeza despeinada bajo la cofia torcida.

Volviéndose hacia ella, él se acercó, avergonzado de haberle pegado, pero sintiendo vivo en el fondo de su corazón de marido un inextinguible odio contra esa mujer que había engañado al otro, a Souris.

 

EL CORDEL*

 

A Harry Alis

Por todos los caminos de los alrededores de Goderville, los campesinos y sus mujeres se dirigían a pie al pueblo, pues era día de mercado. Los hombres iban, a paso tranquilo, con el cuerpo inclinado hacia delante a cada movimiento de sus largas piernas arqueadas, deformadas por el duro trabajo, por el esfuerzo sobre el arado que desequilibra el hombro izquierdo y hace desviarse también la cintura, por la siega del trigo que obliga a abrir las rodillas para tener un mayor equilibrio, por todas las labores lentas y fatigosas del campo. Sus blusones azules, almidonados y lustrosos, como barnizados, adornados en cuello y puños con un pequeño bordado de hilo blanco, hinchados en torno al torso huesudo, parecían un globo presto a volar, de donde salían una cabeza, dos brazos y dos pies.

Unos tiraban del extremo de una cuerda una vaca, un buey. Y, detrás del animal, sus mujeres le azotaban el lomo con una rama provista aún de sus hojas, para apresurar su marcha. En el brazo llevaban unas anchas cestas de donde salían cabezas de gallinas por aquí, cabezas de patos por allá. Caminaban a paso más corto y rápido que sus hombres, la figura seca y erguida y envuelta en un mantoncillo estrecho, abrochado sobre su pecho plano, la cabeza ceñida con un pañuelo blanco que cubría sus cabellos y coronada de una toca.

Al trote traqueteante de una jaca pasaba un carro que sacudía extrañamente a dos hombres sentados uno al lado del otro y a una mujer en el fondo del vehículo, que se agarraba a un lateral para amortiguar los fuertes bandazos.

En la plaza de Goderville había una infinidad de gente, un hervidero de humanos y de animales entremezclados. Los cuernos de los bueyes, los altos sombreros de pelo largo de los labriegos ricos y las tocas de las campesinas sobresalían por encima de aquella aglomeración. Y las voces chillonas, agudas, estridentes, armaban un griterío continuo y salvaje que dominaba a veces una gran risotada lanzada por el robusto pecho de un campesino contento, o por el largo mugido de una vaca atada al muro de una casa.

Todo allí olía a establo, a leche y a estercolero, a heno y a sudor, desprendía ese regusto agrio, horrible, humano y bestial, particular de la gente de campo.

El compadre Hauchecorne, de Bréauté, acababa de llegar a Goderville, y se dirigía a la plaza, cuando vio en el suelo un trocito de cordel. El compadre Hauchecorne, ahorrador como verdadero normando que era, pensó que todo cuanto puede servir hay que recogerlo; y se agachó no sin esfuerzo, pues padecía de reumatismo. Cogió del suelo ese trozo de delgado cordel y se disponía a enrollarlo con cuidado cuando observó, en el umbral de su puerta, al compadre Malandain, el guarnicionero, que le miraba. Tiempo atrás habían tenido sus más y sus menos por un ronzal, y los dos seguían picados, pues ambos eran rencorosos. El compadre Hauchecorne sintió una cierta vergüenza por haber sido pillado así por su enemigo, recogiendo un cordel entre las cagarrutas. Se lo escondió rápidamente debajo de su blusón, y luego en un bolsillo del pantalón; y a continuación fingió seguir buscando por el suelo algo que no conseguía encontrar, hasta que finalmente se fue hacia el mercado, con la cabeza inclinada hacia delante, doblado en dos por sus dolores.

No tardó en perderse entre la multitud lenta y chillona, agitada por los tratos interminables. Los campesinos palpaban las vacas, se iban, volvían, indecisos, temiendo siempre que se la pegasen, sin atreverse nunca a decidirse, intentando leer en la mirada de los vendedores, tratando continuamente de descubrir la astucia del hombre y el defecto del animal.

Las mujeres, tras colocar a sus pies sus grandes cestas, habían sacado fuera sus aves de corral que estaban tiradas en el suelo atadas por las patas, los ojos despavoridos y la cresta escarlata.

Escuchaban las propuestas, mantenían el precio, con expresión desabrida y rostro impasible; o bien se decidían de golpe a la rebaja propuesta y le gritaban al cliente que se alejaba lentamente:

—De acuerdo, compadre Anthime, lléveselo.

Luego, poco a poco, la plaza se despejó y, mientras sonaba el Ángelus de mediodía, los que vivían lejos se distribuyeron por los mesones.

En el de Jourdain, la sala grande estaba llena de clientes, así como el vasto patio abarrotado de toda clase de vehículos, carretas, cabriolés, faetones, tílburis, innumerables carricoches, amarillentos de estiércol, deformados, recompuestos, que dirigían al cielo, como dos brazos, sus varales, o con la delantera en tierra y la trasera al aire.

Muy cerca de los comensales sentados a la mesa, la inmensa chimenea, desbordante de llamas luminosas, desprendía un vivo calor sobre las espaldas de la fila de la derecha. Tres asadores giraban, con pollos, pichones y piernas de cordero ensartados; y un delicioso olor a carne asada y a goteantes jugos sobre la piel dorada, salía del hogar, alegraba los ánimos y hacía las bocas agua.

Toda la aristocracia del arado comía allí, en el mesón de Jourdain, posadero y chalán, un tipo listo que tenía muchos cuartos.

Pasaban las fuentes, se vaciaban lo mismo que las jarras de rubia sidra. Todos hablaban de sus negocios, de sus compras y de sus ventas. Se informaban sobre las cosechas. El tiempo que hacía era bueno para los prados, pero algo húmedo para los trigos.

De pronto, en el patio delantero de la casa se oyó el redoblar de un tambor. Se pusieron todos en pie, excepto unos pocos indiferentes, y corrieron a la puerta, a las ventanas, con la boca llena y servilleta en mano.

Terminado su redoble, el pregonero, con voz entrecortada y marcando el ritmo de las frases, vociferó:

—Se hace saber a los vecinos de Goderville, y al público en general, a las personas presentes en el mercado, que esta mañana se perdió, en el camino de Beuzeville, entre las nueve y las diez, una cartera de cuero negro, que contenía quinientos francos y documentos varios. Se ruega su devolución inmediata en la alcaldía, o en casa del compadre Fortuné Houlbrèque, de Manneville. Se gratificará con veinte francos.

Luego el hombre se fue. Se oyó de nuevo a lo lejos los sordos redobles del instrumento y la voz debilitada del pregonero.

La gente se puso entonces a hablar de aquel suceso, enumerando las probabilidades que tenía el compadre Houlbrèque de recuperar o no su cartera.

Y terminó la comida.

Estaban acabando de tomar el café, cuando el cabo de la gendarmería apareció en la puerta.

Preguntó:

—¿Se encuentra aquí el compadre Hauchecorne, de Bréauté?

El compadre Hauchecorne, que estaba sentado en el otro extremo de la mesa, respondió:

—Soy yo.

Y el cabo prosiguió:

—Compadre Hauchecorne, ¿tendría la bondad de acompañarme a la alcaldía? El señor alcalde quiere hablar con usted.

El campesino, sorprendido e inquieto, se tomó de un trago su vaso, se levantó y, más encorvado aún que por la mañana, pues los primeros pasos después de cada descanso eran particularmente difíciles, se puso en marcha repitiendo:

—A su disposición, a su disposición.

Y siguió al cabo.

El alcalde le esperaba, sentado en un sillón. Era el notario del lugar, hombre obeso, grave, de frases pomposas.

—Compadre Hauchecorne —dijo—, se le ha visto recoger esta mañana, en el camino de Beuzeville, la cartera perdida por el compadre Houlbrèque, de Manneville.

Desconcertado, el labrador miraba al alcalde, atemorizado ya por esa sospecha que pesaba sobre él, sin que comprendiera la razón.

—¿Que yo, yo, he recogido esa cartera?

—Sí, usted.

—Palabra de honor que no sé nada del asunto.

—Le han visto.

—¿Me han visto? ¿Y quién me ha visto?

—El señor Malandain, el guarnicionero.

Entonces el viejo se acordó, comprendió y, encendido de ira, exclamó:

—¡Ah, me ha visto, ese malaje! Lo que me ha visto recoger es este cordel, aquí lo tiene, señor alcalde.

Y, rebuscándose en el fondo del bolsillo, sacó el pequeño trozo de cordel.

Pero el alcalde, incrédulo, meneaba la cabeza.

—No querrá hacerme creer, compadre Hauchecorne, que el señor Malandain, que es persona digna de crédito, ha confundido ese hilo con una cartera.

El campesino, furioso, alzó la mano y escupió a un lado para atestiguar su honor, repitiendo:

—Pues es la pura verdad, la sacrosanta verdad, señor alcalde. Se lo juro por lo más sagrado, señor alcalde.

El alcalde continuó:

—Tras haber recogido la cartera siguió buscando usted largo rato entre el barro, por si se le hubiera escapado alguna moneda.

El viejo se sofocaba de indignación y de temor.

—¡Pero qué cosas son capaces de inventarse!…, ¡qué cosas!…, ¡mentiras así para calumniar a un hombre honrado! ¡Qué cosas!…

Pero por más que protestó, no le creyeron.

Se le sometió a un careo con el señor Malandain, que repitió y se mantuvo en lo dicho. Se injuriaron por espacio de una hora. A petición suya, el compadre Hauchecorne fue cacheado. No le encontraron nada encima.

Finalmente, el alcalde, muy indeciso, le dejó irse, advirtiendo que pondría el caso en conocimiento de la justicia y pediría que se instruyera una causa.

La noticia había corrido. A su salida de la alcaldía, el viejo se vio rodeado, interrogado con una curiosidad seria o guasona, pero en la que no había ni sombra de indignación. Y él se puso a contar la historia del cordel. No le creyeron. La gente se lo tomaba a risa.

Siguió andando, parado por todos, parando él mismo a sus conocidos, comenzando de nuevo sin cesar su relato y sus protestas, mostrando sus bolsillos vueltos del revés, para probar que no tenía nada.

Le decían:

—Pero ¡vamos, viejo zorro!

Y él se ofendía, se exasperaba, enardecido, desconsolado porque no le creían, sin saber qué hacer, y contando siempre su historia.

Llegó la noche. Había que irse. Se puso en camino con tres vecinos a los que indicó el lugar donde había recogido el trocito de cordel; y por el camino no habló sino de su historia.

Por la noche dio una vuelta por el pueblo de Bréauté para contársela a todos. Pero no encontró más que a incrédulos.

Pasó una noche infernal.

Al día siguiente, a eso de la una, Marius Paumelle, gañán del señor Breton, agricultor de Ymauville, devolvió la cartera con todo lo que contenía al compadre Houlbrèque de Manneville.

Decía haberla encontrado por el camino; pero, como no sabía leer, se la había llevado a casa para entregársela a su amo.

La noticia corrió por los alrededores. El compadre Hauchecorne fue informado de ello y se puso enseguida en circulación para contar su historia completada con el desenlace. Estaba triunfante.

—Lo que me dolía —decía— no era el hecho en sí, como comprenderán, sino la mentira. No hay nada peor que sufrir reprobación por una mentira.

Hablaba todo el santo día de su historia, la contaba por los caminos a la gente que pasaba y a la que estaba tomando un trago en la taberna, y a la salida de la iglesia al domingo siguiente. Paraba a los desconocidos para contársela. Aunque estaba ahora más tranquilo, algo le molestaba sin que supiera muy bien el qué. La gente parecía no tomarle en serio. Se hubiera dicho que estaban poco convencidos. Y tenía la impresión de que hacían comentarios a sus espaldas.

El martes de la semana siguiente se fue para el mercado de Goderville, nada más que movido por la necesidad de contar su caso.

Malandain, de pie en su puerta, se echó a reír al verle pasar. ¿Por qué?

Paró a un hacendado de Criquetot, que no le dejó terminar su relato y, dándole una palmadita en la panza, le gritó a la cara:

—Pero ¡vamos, viejo zorro! —Y se dio media vuelta.

El compadre Hauchecorne se quedó desconcertado y cada vez más inquieto. ¿Por qué le habían llamado «viejo zorro»?

Cuando se sentó a la mesa, en el mesón de Jourdain, se puso de nuevo a explicar su caso.

Un chalán de Montivilliers le gritó:

—¡Ya, ya, tunante, que me conozco la historia, qué cordel ni qué porras!

Hauchecorne balbució:

—¡Pero si se encontró la cartera!

El otro añadió:

—Mejor estarías calladito, abuelo, uno la encuentra y otro la devuelve. Y aquí no ha pasado nada.

El campesino se quedó sin habla. Finalmente había comprendido. Le acusaban de haber hecho devolver la cartera por mediación de un compadre, de un cómplice.

Trató de protestar. Todos en la mesa rompieron a reír.

Se fue sin haber terminado de comer, en medio de las burlas.

Volvió a casa avergonzado e indignado, atragantándose de la rabia, de la confusión, y tanto más aterrado cuanto que habría sido muy capaz, con su astucia de normando, de hacer aquello de lo que se le acusaba, e incluso de jactarse de ello como de una buena astucia. Siendo como era conocida su malicia, sentía confusamente que le era imposible demostrar su inocencia. Y se sentía herido por lo injusto de la sospecha.

Empezó entonces a contar de nuevo su aventura, alargándola cada día, añadiéndole cada vez nuevas justificaciones, protestas más enérgicas, juramentos más solemnes que pensaba y preparaba cuando se hallaba a solas, obsesionado con el asunto del cordel. Cada vez le creían menos, ahora que su defensa era más complicada y más sutiles sus argumentos.

—Éstas son las razones de un mentiroso —decían a sus espaldas.

Él lo oía, se hacía mala sangre, se agotaba en esfuerzos inútiles.

Se desmejoraba a ojos vista.

Ahora los guasones le hacían contar «la historia del cordel» sólo por diversión, como se hace contar sus batallitas al soldado que ha hecho una campaña. Su espíritu, profundamente afectado, se debilitaba.

Hacia finales de diciembre, se metió en cama.

Murió a principios de enero y, en el delirio de la agonía, atestiguaba su inocencia, repitiendo:

—Un trozo de cordel…, un trozo de cordel…, ese de ahí, señor alcalde.

 

LA MANO*

 

Formaban corro en torno al señor Bermutier, juez de instrucción, que daba su opinión sobre el misterioso caso de Saint-Cloud. Desde hacía un mes, ese crimen inexplicable traía loco a todo París. Nadie entendía nada.

El señor Bermutier, de pie, de espaldas a la chimenea, hablaba, reunía pruebas, discutía las distintas opiniones, pero no llegaba a ninguna conclusión.

Varias mujeres se habían levantado para acercarse y permanecían de pie, con la mirada clavada en la boca afeitada del magistrado,1 de la que salían serias palabras. Se estremecían, vibraban, crispadas por su medrosa curiosidad, por esa ávida e insaciable necesidad de espanto que asalta su alma, las tortura como el hambre.

Una de ellas, más pálida que las demás, dijo durante una pausa:

—Es horrible. Parece algo sobrenatural. No se conseguirá saber nunca nada.

El magistrado se volvió hacia ella:

—Sí, señora, es probable que no se llegue a saber nunca nada. En cuanto a la palabra «sobrenatural» que acaba usted de emplear, no tiene nada que ver con este caso. Estamos ante un crimen muy hábilmente concebido, muy hábilmente ejecutado, aunque tan envuelto de misterio que éste es inseparable de las circunstancias impenetrables que lo rodean. Pero ya tuve, en otra ocasión, que seguir un caso en el que verdaderamente parecía mezclarse algo de fantástico. Hubo que abandonarlo, por otra parte, por falta de medios para esclarecerlo.

Varias mujeres dijeron al mismo tiempo y tan deprisa que sus voces se convirtieron en una sola:

—¡Oh, cuéntenoslo!

El señor Bermutier sonrió con aire grave, como debe sonreír un juez de instrucción. Prosiguió:

—Al menos no vayan a creer que yo pude, ni por un momento, suponer la existencia en esta aventura de algo de sobrehumano. Yo no creo más que en las causas naturales. Pero si, en vez de emplear la palabra «sobrenatural» para expresar lo que no comprendemos, nos sirviéramos simplemente de la palabra «inexplicable», resultaría mucho más pertinente. De todas formas, en el caso que voy a contarles, fueron sobre todo las circunstancias ambientales, las circunstancias preparatorias las que me impresionaron vivamente. En fin, he aquí los hechos.

*

Era yo por aquel entonces juez de instrucción en Ajaccio, una pequeña ciudad blanca, asentada en torno a un golfo admirable rodeado de altas montañas por todas partes.

Lo que allí tenía que perseguir eran sobre todo casos de vendetta. Los había magníficos, dramáticos hasta extremos inconcebibles, feroces, heroicos. Pueden encontrarse los más hermosos casos de vendetta que imaginarse pueda: odios seculares, aplacados momentáneamente, pero nunca olvidados, astucias abominables, asesinatos que se convierten en masacres y casi en acciones gloriosas. Desde hacía dos años no oía hablar más que del precio de la sangre, de ese terrible prejuicio corso que obliga a vengar toda ofensa en la persona que la ha cometido, en sus descendientes y parientes. Había visto degollar a viejos, niños, primos; tenía la cabeza llena de estas historias.

Un día me enteré de que un inglés acababa de alquilar por varios años un chalecito al final del golfo. Se había traído consigo un criado francés, contratado a su paso por Marsella.

Pronto todo el mundo se interesó por este personaje singular, que vivía solo en su casa y que no salía más que para ir de caza o de pesca. No hablaba con nadie, no iba nunca a la ciudad y, todas las mañanas, dedicaba una o dos horas a practicar tiro con pistola y con carabina.

Surgieron una serie de leyendas en torno a él. Había quien aseguraba que era un alto personaje huido de su patria por motivos políticos; luego hubo quien afirmó que se escondía después de haber cometido un crimen espantoso. Se referían incluso circunstancias particularmente horribles.

En mi calidad de juez instructor quise recabar alguna información sobre ese hombre; pero me fue imposible saber nada. Se hacía llamar John Rowell.

Me limité, pues, a vigilarle de cerca; pero nada, en realidad, me indicaba que fuera digno de sospecha.

Pero, como seguían circulando rumores sobre él, rumores que no hacían sino aumentar y extenderse, decidí que trataría de conocer personalmente a ese extranjero, y comencé a ir habitualmente de caza por los alrededores de su casa.

Esperé largo tiempo una oportunidad. Hasta que finalmente llegó en forma de una perdiz que maté precisamente en las mismas barbas del inglés. Mi perro me la trajo y yo, perdiz en mano, fui a disculparme por mi inconveniencia y a rogarle a sir John Rowell que aceptara el ave muerta.

Era un hombrón pelirrojo, de barba también rojiza, muy alto y grueso, una especie de Hércules plácido y cortés. No tenía nada de la rigidez llamada británica y me agradeció vivamente mi delicadeza en un francés con un marcado acento del otro lado del canal de la Mancha. Al cabo de un mes, habíamos hablado cinco o seis veces.

Finalmente, una tarde en que yo pasaba por delante de su puerta vi que estaba fumando en pipa, a horcajadas de una silla, en su jardín. Le saludé, y él me invitó a entrar para tomarnos una cerveza. No se lo hice repetir.

Me recibió con toda la meticulosa cortesía inglesa, habló con elogio de Francia, de Córcega, declaró que le gustaba mucho esta país, y este costa.

Entonces yo le hice, con grandes precauciones y so pretexto de sentir un vivo interés, algunas preguntas sobre su vida, sobre sus proyectos. Él me respondió sin tapujos, contándome que había viajado mucho por África, las Indias y América. Añadió entre risas:

«¡Yo vivir muchas aventuras!, oh, yes!».

Luego me puse a hablar de nuevo de la caza, y me dio los detalles más curiosos sobre la caza del hipopótamo, del tigre, del elefante e incluso de la caza del gorila.

Dije yo:

«Todos esos animales son temibles».

Él sonrió:

—¡Oh!, no, el peor ser el hombre.

Se echó a reír abiertamente, con esa risotada muy suya de gordo inglés satisfecho:

«Yo haber mucho cazado también al hombre».

Luego habló de armas, y me invitó a entrar en su casa para enseñarme varios tipos de rifles.

El salón estaba tapizado en negro, de seda negra recamada de oro. Unas grandes flores amarillas se sucedían en el tejido oscuro, brillantes como fuego.

Me dijo:

«Ser tela japonesa».

Pero, en medio del entrepaño más amplio, un extraño objeto atrajo mi atención. En un marco de terciopelo rojo destacaba una cosa negra. Me acerqué: era una mano, una mano de hombre. No la mano de un esqueleto, blanca y limpia, sino una mano negra disecada, con las uñas amarillentas, los músculos al descubierto y rastros de sangre antigua, de una sangre parecida a la roña, sobre los huesos seccionados por un corte limpio, como con un golpe de hacha, hacia la mitad del antebrazo.

En torno a la muñeca, una enorme cadena de hierro, remachada, soldada a aquel miembro sucio, la sujetaba a la pared mediante una anilla lo bastante resistente como para mantener atado a un elefante.

Pregunté:

«¿Qué es eso?».

El inglés respondió tan tranquilo:

«Ser mi enemigo mejor. Venir de América. Haber sido cortada con el sable y arrancada la piel con una piedra cortante, y secada al sol durante ocho días. Ooh, muy buena para mí, ésta».

Toqué aquel resto humano, que debía de haber pertenecido a un coloso. Los dedos, desmesuradamente largos, estaban unidos mediante unos tendones enormes que conservaban en algunos puntos tiras de piel. Esta mano era espantosa, tan desollada, y hacía pensar espontáneamente en una venganza de salvajes.

Dije:

«Este hombre debía de ser muy fuerte».

El inglés manifestó con tono suave:

«Ooh, yes; pero yo ser más fuerte que él. Tener esta cadena para sujetarle».

Creí que bromeaba. Dije:

«Esta cadena es ya inútil; la mano no puede huir».

Sir John Rowell me respondió, serio:

—Querer siempre escapar. Cadena necesaria.

Con una rápida ojeada escruté su rostro, diciéndome: «¿Es un loco o le gustan las bromas de mal gusto?».

Pero su rostro permanecía impenetrable, tranquilo y benévolo. Cambié de tema de conversación y me puse a mirar con admiración los rifles.

Sin embargo, observé que había tres revólveres cargados encima de los muebles, como si aquel hombre hubiera vivido con el temor constante de un ataque.

Volví varias veces a su casa. Luego dejé de ir. La gente se había acostumbrado a su presencia; resultaba indiferente para todos.

Pasó un año entero. Ahora bien, una mañana, hacia fines de noviembre, mi criado me despertó anunciándome que sir John Rowell había sido asesinado por la noche.

Una media hora más tarde, entré en casa del inglés con el comisario jefe y el capitán de la gendarmería. El criado, desconcertado y desesperado, lloraba delante de la puerta. Al principio sospeché de ese hombre, pero era inocente.

No se pudo encontrar nunca al culpable.

Al entrar en el salón de sir John, vi al primer vistazo el cadáver tumbado de espaldas, en medio de la estancia.

Su chaleco estaba desgarrado, una manga arrancada colgaba, todo anunciaba que se había producido una lucha terrible.

¡El inglés había muerto estrangulado! Su rostro negro y abotargado, aterrador, parecía expresar un horrible espanto; mantenía algo entre sus dientes apretados; y el cuello, con cinco agujeros que se hubieran dicho hechos con unas puntas de hierro, estaba cubierto de sangre.

Un médico vino al cabo de un rato. Examinó largamente las huellas de los dedos en la carne y pronunció estas extrañas palabras:

«Se diría que ha sido estrangulado por un esqueleto».

Un escalofrió me recorrió el espinazo, y dirigí la mirada hacia la pared, hacia el lugar donde había visto en otro tiempo la horrible mano de figura anatómica desollada. Ya no estaba. La cadena, rota, pendía.

Entonces me agaché sobre el muerto, y encontré en su boca crispada uno de los dedos de esa mano desaparecida, cortado o más bien serrado por los dientes exactamente en la segunda falange.

Luego se procedió a las comprobaciones. No se descubrió nada. Ninguna puerta había sido forzada, ninguna ventana, ningún mueble. Los dos perros guardianes no se habían despertado.

He aquí, en pocas palabras, la deposición del criado:

«Desde hacía un mes, su amo parecía agitado. Había recibido muchas cartas, que quemaba una vez leídas».

»A menudo, cogía una fusta, en un arranque de ira que se hubiera dicho locura, y golpeaba furiosamente con ella la mano disecada que estaba clavada en la pared y desaparecida, no se sabe cómo, en el mismo momento del crimen.

»Se iba a la cama muy tarde y se encerraba a cal y canto. Tenía siempre armas al alcance de la mano. A menudo, de noche, hablaba en voz alta, como si discutiera con alguien.

Aquella noche, por una casualidad, no había hecho ningún ruido, y el sirviente se había dado cuenta al entrar para abrir las ventanas de que sir John había sido asesinado. No sospechaba de nadie.

Referí cuanto sabía del muerto a los magistrados y a los agentes de la fuerza pública y se realizó una investigación minuciosa en toda la isla. No se descubrió nada.

Ahora bien, una noche, tres meses después del crimen, tuve una terrible pesadilla. Me pareció ver la mano, esa horrenda mano, correr como un escorpión o como una araña por las cortinas y las paredes de mi habitación. Tres veces me desperté, tres veces volví a dormirme, tres veces volví a ver esos restos asquerosos corretear alrededor de mi habitación moviendo los dedos como si fueran patas.

Al día siguiente me la trajeron, la habían encontrado en el cementerio, sobre la tumba de sir John Rowell, enterrado allí al haber sido imposible dar con el paradero de su familia. Faltaba el dedo índice.

Éste es mi relato, señoras. No sé nada más.

*

Las señoras, espantadas, estaban pálidas y temblorosas. Una de ellas exclamó:

—¡Pero esto no es un desenlace! No existe explicación. No conseguiremos dormir si no nos dice cómo se desarrollaron los hechos, según usted.

El magistrado sonrió con aire grave:

—¡Oh!, señoras, mucho me temo que voy a frustrar sus terribles elucubraciones. Creo simplemente que el legítimo propietario de la mano no había muerto y vino a buscarla, con la que le quedaba. Pero no conseguí saber cómo lo hizo. Fue una especie de vendetta.

Una de las mujeres murmuró:

—No, no debió de ser eso.

Y el juez de instrucción, sin dejar de sonreír, dijo a modo de conclusión:

—Ya les dije que mi explicación no las satisfaría.

 

COCO*

 

La hacienda de Lucas era conocida en los alrededores como «la Alquería». No se habría sabido decir el porqué. Los campesinos, sin duda, asociaban a la palabra «alquería» una idea de riqueza y de grandeza, pues esa granja era sin duda la más grande, la más opulenta y la mejor organizada de la comarca.

El patio, inmenso, rodeado de cinco filas de árboles magníficos para mantener al abrigo del fuerte viento de la llanura los manzanos achaparrados y delicados, encerraba largos edificios entejados para conservar el forraje y el grano, bonitos establos construidos con sílex, caballerizas para treinta caballos, y una vivienda de ladrillo rojo, que parecía un pequeño castillo.

Los estercoleros estaban cuidados; los perros guardianes vivían en perreras, una multitud de aves de corral andaban por la alta hierba.

Cada mediodía, quince personas, entre amos, criados y sirvientes, tomaban asiento en torno a la larga mesa de cocina donde humeaban las sopas en un gran recipiente de loza con unas flores azules.

Los animales, caballos, vacas, puercos y corderos, estaban gordos, cuidados y limpios; y el señor Lucas, un hombrón con una incipiente tripa, hacía su ronda tres veces al día, velando sobre todo y pensando en todo.

Se conservaba, por caridad, en la caballeriza, un caballo blanco muy viejo que la dueña quería alimentar hasta que muriera de muerte natural, porque lo había criado, conservado siempre y le traía muchos recuerdos.

Un gañán de quince años, llamado Isidore Duval, y conocido más simplemente como Zidore, se cuidaba de aquel inválido, le daba, durante el invierno, su ración de avena y su forraje, y tenía que ir, en verano, cuatro veces al día, a llevarlo a la pendiente donde se le ataba, para que tuviera abundancia de hierba fresca.

El animal, casi tullido, levantaba a duras penas sus pesadas patas, de rodillas gruesas e hinchadas por encima de los cascos. Su pelambre, que ya nunca se almohazaba, semejaba un pelo canoso, y unas pestañas muy largas daban a sus ojos un aire tristón.

Cuando Zidore le llevaba a la hierba, tenía que tirar del ronzal, tan lentamente caminaba el animal; y el chaval, encorvado, jadeando, maldecía contra él, exasperándose por tener que cuidar a esa vieja yegua.

La gente de la alquería se divertía viendo la ira del mozo contra Coco y le hablaban continuamente del caballo a Zidore para exasperar al muchacho. Sus compañeros le hacían bromas sobre él. En el pueblo le llamaban Coco-Zidore.

El chaval rabiaba, sintiendo nacer en él el deseo de vengarse del caballo. Era un chico delgado y de piernas largas, muy sucio, pelirrojo, con unos pelos espesos, duros y erizados. Tenía cara de estúpido, hablaba balbuceando, con un esfuerzo infinito, como si las ideas no consiguieran tomar forma en su alma obtusa de bruto.

Desde hacía ya mucho tiempo, estaba asombrado de que conservaran aún a Coco, y se indignaba de ver cómo tiraban el dinero por ese inútil animal. Le parecía injusto, si ya no trabajaba, que le dieran de comer, le repugnaba ver malgastar la avena, una avena que costaba tan cara, para ese rocín paralítico. Ocurría a menudo que, pese a las órdenes del señor Lucas, ahorraba en el sustento del caballo, dándole sólo media ración de avena, escatimando también en la pajaza y en el heno. Y en su confuso cerebro de muchacho crecía el odio, un odio de campesino rapaz, de campesino solapado, feroz, brutal y cobarde.

A la vuelta del verano, tuvo que empezar de nuevo a sacar al animal hasta la pendiente. Era lejos. El mozo, cada mañana más furioso, salía con su paso pesado a través de los trigales. Los hombres que estaban trabajando en las tierras le gritaban en son de broma:

—Eh, Zidore, mis saludos respetuosos a Coco.

Él no contestaba; pero, al pasar junto a un seto, rompía una pequeña rama y, tras haber desplazado la estaca en la que ataba al viejo caballo, dejaba que se pusiera a pacer de nuevo y luego, acercándose a traición, le daba unos buenos golpes en los corvejones. El animal trataba de huir, de cocear, de escapar a los golpes, y daba vueltas en redondo tensando la cuerda, como si hubiera estado en una pista. Y el mozo lo fustigaba con rabia, corriendo tras él con saña, con los dientes apretados de la ira.

Luego se marchaba lentamente, sin volver la vista atrás; y el caballo le miraba alejarse, con su mirada de viejo, las costillas salientes, resoplando a causa del trote. Y no volvía a agachar hacia la hierba su cabeza huesuda y blanca hasta haber visto desaparecer en la distancia el blusón azul del joven campesino.

Como las noches eran calurosas, se dejaba pasar ahora a Coco la noche al raso, allí, al borde de la barranca, tras el bosque. Sólo Zidore iba a verlo.

El chico se divertía también tirándole piedras. Se sentaba a diez pasos de él, en un ribazo, y se quedaba una media hora lanzando de vez en cuando una piedra cortante al rocín, que permanecía de pie, atado delante de su enemigo, sin quitarle los ojos de encima y sin osar ponerse de nuevo a pacer hasta que no se hubiera ido.

Pero en la cabeza del gañán había siempre este pensamiento, fijo como un clavo: «¿Por qué dar de comer a un caballo que no hacía ya nada?». Le parecía que aquel miserable jamelgo quitaba el alimento a los demás, les robaba a los hombres lo que era suyo, el bien de Dios, le robaba incluso a él, Zidore, que trabajaba.

Entonces, poco a poco, cada día, el mozo comenzó a disminuir la franja de pasto que concedía al animal desplazando la estaca a la que estaba atada la cuerda.

El animal ayunaba, adelgazaba, se desmejoraba. Demasiado débil para romper la atadura, estiraba la cabeza hacia la espesa y reluciente hierba, tan próxima, y cuyo olor le llegaba sin que pudiera tocarla.

Pero, una mañana, Zidore tuvo una idea: no desplazar más a Coco. Estaba harto de hacer tanto camino por ese costal de huesos.

Sin embargo, fue con él, para saborear su venganza. El inquieto animal le miraba. Aquel día no lo fustigó. Daba vueltas en torno a él, con las manos en los bolsillos. Incluso hizo ademán de cambiarle de sitio, pero volvió a hincar la estaca precisamente en el mismo agujero, y se marchó, encantado de su ocurrencia.

El caballo, al verle partir, relinchó para llamarle; pero el mozo se echó a correr, dejándole solo, totalmente solo, en su valle, bien atado, y sin una brizna de hierba al alcance de su quijada.

Hambriento, trató de alcanzar la hierba grasa que conseguía tocar con la punta de sus ollares. Se arrodilló, estirando el cuello y alargando sus grandes labios babosos. Pero fue en vano. Durante todo el día, el viejo animal se agotó en esfuerzos inútiles y terribles. Lo devoraba el hambre, vuelta más espantosa aún al ver todo aquel verde que se extendía hasta donde se perdía la vista.

Durante todo el día el gañán no volvió. Anduvo por los bosques buscando nidos.

Volvió a aparecer al día siguiente. Coco, extenuado, se había echado. Se levantó al ver al chico, esperando que le cambiara por fin de sitio.

Pero el joven campesino ni siquiera tocó la estaca clavada en la hierba. Se acercó, miró al animal, le lanzó al morro un terrón que se desmenuzó contra el blanco pelaje, y se volvió a ir silbando.

El caballo permaneció derecho mientras pudo ver al mozo; luego, intuyendo lo inútiles que serían sus esfuerzos por alcanzar la hierba, se echó de nuevo sobre un costado y cerró los ojos.

Al día siguiente, Zidore no fue.

Cuando a los dos días se acercó a Coco, que seguía echado, advirtió que había muerto.

Entonces se quedó de pie mirándolo, contento de lo que había hecho, así como asombrado de que todo hubiera acabado tan rápido. Lo tocó con el pie, le levantó una pata, la dejó caer, se sentó encima de él y permaneció así, mirando la hierba, sin pensar en nada.

Volvió a la alquería, pero no dijo nada porque quería seguir vagando durante las horas en que, de ordinario, iba a cambiar al caballo de sitio.

Fue a verlo al día siguiente. Unos cuervos alzaron el vuelo a su llegada. Un sinfín de moscas se paseaba por encima del cadáver y zumbaban alrededor.

A su vuelta comunicó la muerte. El animal estaba tan viejo que nadie se asombró. El señor dijo a dos de sus mozos:

—Coged las palas e id a hacer un hoyo en el sitio donde se encuentra.

Los hombres enterraron al caballo donde éste había muerto de hambre.

Y la hierba brotó frondosa, verde y tupida, nutrida por aquel pobre cuerpo.

 

ROSE*

 

Las dos jóvenes parecen sepultadas bajo un manto de flores. Están solas en el inmenso landó cargado de ramos como un gigantesco canastillo. En el asiento delantero, dos banastillas de raso blanco están llenas de violetas de Niza, y sobre la piel de oso que cubre sus rodillas un montón de rosas, de mimosas, de alhelíes, de margaritas, de nardos y de flores de azahar, atadas con cintas de seda, parece aplastar los dos cuerpos delicados, sin dejar asomar de ese lecho espléndido y aromático más que los hombros, los brazos y un poco de los corpiños, uno de los cuales es azul y el otro lila.

El látigo del cochero está guarnecido de anémonas; los tiros de los caballos, acolchados con rabanillos; los rayos de las ruedas, revestidos de resedas; y, en el lugar de los faroles, dos ramos redondos, enormes, parecen los extraños ojos de ese animal rodante y florido.

El landó recorre a buen trote su ruta, la rue d’Antibes, precedido, seguido, acompañado por una multitud de otros vehículos enguirnaldados, llenos de mujeres desaparecidas bajo una oleada de violetas. Pues es la fiesta de las flores de Cannes.

Se llega al bulevar de la Foncière, donde tiene lugar la batalla. A todo lo largo de la inmensa avenida, una doble fila de carruajes adornados con guirnaldas va y viene como una cinta sin fin. De un lado a otro se lanzan flores. Éstas surcan el aire como proyectiles, van a dar en los rostros lozanos, voltean y caen en el polvo donde una legión de chiquillos las recoge.

Una multitud compacta, alineada en las aceras y contenida por la guardia a caballo que pasa brutalmente y empuja hacia atrás a los curiosos a pie como para no permitir a los villanos mezclarse con los ricos, mira, ruidosa y tranquila.

En los carruajes la gente se llama, se reconoce, se ametralla con rosas. Un carro lleno de bellas mujeres, vestidas de rojo como diablos, atrae y encanta las miradas. Un señor, que se asemeja a los retratos de Enrique IV, lanza con jovial energía un enorme ramo atado con un elástico. Ante la amenaza del impacto, las mujeres se cubren los ojos, los hombres bajan la cabeza, pero el gracioso proyectil, rápido y dócil, describe una parábola y retorna a su dueño, que lo vuelve a arrojar de inmediato hacia un nuevo blanco.

Las dos jóvenes vacían su arsenal a manos llenas y reciben una lluvia de ramos; luego, tras una hora de batalla, algo cansadas finalmente, ordenan al cochero seguir la carretera del golfo Juan, que bordea el mar.

El sol desaparece detrás del Esterel, dibujando, contra un sol poniente de fuego, la negra silueta crestada de la larga montaña. El mar calmo se extiende, azul y luminoso, hasta el horizonte donde se confunde con el cielo, y la escuadra naval, anclada en medio del golfo, semeja un rebaño de monstruosos animales inmóviles en el agua, bestias apocalípticas, acorazadas y gibosas, empenachadas de mástiles raquíticos cual plumas, con unos ojos que se encienden cuando cae la noche.

Las jóvenes, arrebujadas en la pesada piel, observan con languidez. Finalmente, una de ellas dice:

—Hay veladas deliciosas, que hacen que todo parezca hermoso. ¿No es cierto, Margot?

La otra dice:

—Sí, es hermoso, pero siempre se echa algo de menos.

—¿El qué? Yo me siento completamente feliz; no necesito nada.

—Sí. Lo que pasa es que no piensas en ello. Sea cual sea el bienestar que entorpece nuestro cuerpo, siempre deseamos algo más… para nuestro corazón.

La otra añade sonriendo:

—¿Un poco de amor?

—Sí.

Se callaron, con la mirada perdida a lo lejos; luego la que se llamaba Margot murmuró:

—La vida no me parece soportable sin el amor. Yo necesito ser amada, aunque sea por un perro. Somos todas así, querida Simone, por más que digas.

—No, no, querida. Prefiero no ser amada en absoluto que serlo por una persona cualquiera. ¿Crees que me gustaría que se enamorase de mí, por ejemplo…?

Pensaba en quién habría podido quererla, mientras paseaba la mirada por el vasto panorama. Sus ojos, tras haber recorrido el horizonte, se detuvieron en los dos botones de metal que relucían en la librea del cochero, y concluyó riendo:

—¿… mi cochero?

La señora Margot esbozó una sonrisa y dijo bajito:

—Te aseguro que es muy divertido verte amada por un criado. Es algo que me ha ocurrido un par o tres de veces. Te miran con una cara de bobos que es para morirse de risa. Naturalmente, cuanto más se enamoran más severa debes mostrarte, hasta que un buen día les pones de patitas en la calle con cualquier pretexto, porque te cubrirías de ridículo si alguien reparara en ello.

La señora Simone escuchaba, con la mirada perdida en el vacío, luego dijo:

—No, no, el corazón de mi mayordomo no me bastaría. Pero dime cómo hacías tú para darte cuenta de que estaban enamorados de ti.

—Pues lo mismo que los demás hombres, porque se vuelven estúpidos.

—A mí los otros no me parecen tan estúpidos cuando se enamoran de mí.

—Más que estúpidos, diría idiotas, incapaces de charlar, de responder, de entender nada.

—Pero ¿cómo te sentías viéndote amada por un criado? ¿Cómo estabas…, emocionada…, halagada?

—¿Emocionada? No. Halagada, sí, un poco. A una siempre le halaga el amor de un hombre, cualquiera que éste sea.

—Pero ¡qué dices, Margot!

—De veras, querida. Quiero contarte una extraña aventura que me sucedió a mí, y te darás cuenta de lo extraño y confuso que es lo que nos pasa en tales casos.

*

Hará este otoño cuatro años, me encontraba sin doncella. Había probado a cinco o seis seguidas, todas ellas unas ineptas, y ya casi desesperaba de encontrar una cuando leí, en la sección de anuncios de un periódico, que una muchacha que sabía coser, bordar, peinar, buscaba una colocación contando con las mejores referencias. Hablaba además inglés.

Escribí a la dirección indicada y al día siguiente se presentó la muchacha: era bastante alta, delgada, pálida, de aspecto muy tímido. Tenía dos bonitos ojos negros, una tez encantadora; me gustó enseguida. Le pedí sus certificados; me dio uno en inglés, pues acababa de dejar, decía, la casa de lady Rymwell, donde había permanecido diez años.

El certificado atestiguaba que la muchacha se había ido por su propia voluntad para volver a Francia y que no había habido nada que reprocharle, durante su largo servicio, más que un poco de coquetería francesa.

La fórmula pudibunda de la frase me hizo hasta sonreír y contraté inmediatamente a la doncella.

Entró a servir ese mismo día; se llamaba Rose.

Al cabo de un mes la adoraba.

Era un verdadero descubrimiento, una joya, un fenómeno.

Sabía peinar con gusto infinito; disponía los encajes de un sombrero mejor que la mejor de las modistas, e incluso sabía hacer vestidos.

Yo estaba asombrada de sus facultades. Nunca me había visto servida así.

Ella me vestía rápido con una ligereza de manos asombrosa. Nunca sentía sus dedos sobre mi piel, pues nada me resulta tan desagradable como el contacto de una mano de criada. Me acostumbré en poco tiempo a una excesiva indolencia, tan agradable me resultaba dejarme vestir, de pies a cabeza y de la camisa a los guantes, por esa alta muchacha tímida, siempre algo ruborosa, y que no hablaba nunca. Al salir del baño, me hacía fricciones y me masajeaba mientras yo me adormilaba un poco en mi diván; la consideraba, palabra de honor, más como una amiga de condición inferior que como a una simple criada.

Ahora bien, una mañana, mi portero pidió con misterio hablar conmigo. Me quedé sorprendida y le hice entrar. Era persona de toda confianza, un viejo soldado, ex ordenanza de mi marido.

Parecía incómodo por lo que tenía que comunicarme. Por último, dijo balbuceando:

—Señora, está abajo el comisario de policía del barrio.

Pregunté bruscamente:

«¿Qué quiere?».

«Quiere realizar un registro en la casa.»

La policía será útil, pero yo la detesto. Me parece a mí que no es un oficio noble. Y respondí, tan irritada como herida:

«¿Para qué esta indagación? ¿Con qué propósito? No entrará».

El portero prosiguió:

«Afirma que se oculta aquí un malhechor».

En ese momento me espanté y ordené hacer subir al comisario de policía para que me lo explicase. Era una persona bastante bien educada, condecorado con la Legión de Honor. Se disculpó, me pidió perdón, ¡y luego me dijo que entre mi personal de servicio había un forzado!

Me indigné y repliqué que respondía por cada criado de mi casa. Se los enumeré.

«El portero, Pierre Courtin, ex militar.»

«No es él.»

«El cochero François Pingau, un campesino de Champaña, hijo de un colono de mi padre.»

«Tampoco es él.»

«Un mozo de cuadra, tomado en Champaña igualmente, e hijo también de campesinos que yo conocía, más el lacayo que acaba de ver.»

«No es él.»

«Pues entonces, señor, usted mismo puede ver que está en un error.»

«Disculpe, señora, estoy seguro de no equivocarme. Como se trata de un criminal temible, ¿tendría la amabilidad de hacer comparecer aquí, delante de usted y de mí, a todo el mundo?»

Al principio me resistí, luego cedí, e hice subir a todo mi personal de servicio, hombres y mujeres.

El comisario de policía los examinó de una sola ojeada y luego declaró:

«No están todos».

«Perdón, señor, no quedan más que mi doncella, una joven soltera a la que no puede confundir usted con un forzado.»

Él preguntó:

«¿Puedo verla también?».

«Por supuesto.»

Llamé a Rose, que apareció al instante. Apenas hubo entrado cuando el comisario hizo una señal, y dos hombres, que no había visto por estar escondidos detrás de la puerta, se abalanzaron sobre ella, le asieron las manos y se las ataron con unas cuerdas.

Yo lancé un grito de furia, y quise salir en su defensa. El comisario me detuvo:

»Esta muchacha, señora, es un hombre que se llama Jean-Nicolas Lecapet, condenado a muerte en mil ochocientos setenta y nueve por asesinato precedido de violación. Su pena le fue conmutada por la de cadena perpetua. Se fugó hace cuatro meses. Llevamos buscándole desde entonces.»

Yo estaba como loca, aterrada. No me lo podía creer. El comisario prosiguió entre risas:

«Puedo proporcionarle una prueba. Tiene el brazo derecho tatuado».

Le arremangaron la manga. Era cierto. El policía agregó con un cierto mal gusto:

«Para el resto de comprobaciones, fíese de nosotros».

¡Y se llevaron a mi doncella!

*

—Créeme si te digo que en mí no predominaba la rabia por el hecho de que me hubieran tomado el pelo de ese modo, engañado y ridiculizado; no era tanto la vergüenza de haber sido vestida, desnudada, tocada y palpada por ese hombre…, sino una… humillación profunda…, una humillación de mujer. ¿Comprendes?

—No muy bien.

—Vamos a ver… Piensa… Había sido condenado… por violación, ese muchacho… Yo pensaba… en la que había violado… y eso…, eso me humillaba… Eso es… ¿Comprendes, ahora?

Y la señora Simone no respondió. Miraba delante de sí, con una mirada fija y singular, los dos botones relucientes de la librea, con esa sonrisa de esfinge que tienen a veces las mujeres.

 

APUNTES DE UN VIAJERO*

 

Las siete. Un pitido, partimos. El tren pasa por las plataformas giratorias con un ruido idéntico al de las tormentas en el teatro; luego se pierde en la noche, resoplando, expulsando su vapor, proyectando unos reflejos rojos en las paredes, en los setos, en los bosques, en los campos.

Somos seis, tres en cada asiento, bajo la luz del quinqué. Enfrente de mí, una señora gorda con un señor gordo, un viejo matrimonio. En el rincón de la izquierda hay un jorobado. A mi lado, un joven matrimonio, o, al menos, una joven pareja. ¿Están casados? La joven es bonita, parece modesta, pero va demasiado perfumada. ¿Qué es ese perfume? Lo conozco, pero no caigo cuál es. Ah, ya. ¡Piel de España!1 Pero eso no significa nada. Esperemos.

La señora gorda escruta al joven con una hostilidad que me da que pensar. El señor gordo cierra los ojos. ¡Ya! El jorobado se ha ovillado. Ya no veo dónde tiene las piernas. Sólo se ve su mirada brillante bajo un gorro griego con una borla roja. Luego se mete debajo de su manta de viaje. Se diría un pequeño fardo tirado sobre el asiento.

Sólo la vieja señora sigue despierta, suspicaz e inquieta, como un guardián encargado de velar por el orden y la moralidad del compartimiento.

Los dos jóvenes están inmóviles, con las piernas envueltas en el mismo mantón, los ojos cerrados, sin hablar. ¿Estarán casados?

También yo finjo dormir y espío.

Las nueve. La señora gorda va a sucumbir, cierra los ojos una y otra vez, reclina la cabeza sobre el pecho y la alza de nuevo de golpe. Ya está. Duerme.

¡Oh sueño, ridículo misterio que confieres al rostro los más grotescos aspectos, tú eres el revelador de la fealdad humana! ¡Haces aparecer todos los defectos, las deformidades y las taras! ¡Haces que cada rostro tocado por ti se convierta al punto en una caricatura!

Me levanto y cubro el quinqué con un ligero velo azul. Luego, me amodorro a mi vez.

De vez en cuando, la parada del tren me despierta. Un empleado vocifera el nombre de una ciudad, luego partimos de nuevo.

He aquí la aurora. Seguimos el Ródano, que desciende hacia el Mediterráneo. Todos duermen. Los jóvenes están abrazados. Un pie de la joven se ha salido del mantón. ¡Lleva medias blancas! Es lo normal: ¡están casados! No huele nada bien en el compartimiento. Abro una ventanilla para que se ventile. El frío despierta a todo el mundo, excepto al jorobado que ronca como un torno bajo la manta.

La fealdad de las caras se acentúa aún más con la luz del nuevo día.

La señora gorda, roja, despeinada, horrenda, echa una mirada malvada en torno a sus vecinos. La joven mira sonriendo a su compañero. ¡Si no estuviera casada, habría mirado primero a su espejo!

He aquí Marsella. Veinte minutos de parada. Desayuno. Volvemos a partir. Ya no tenemos al jorobado, pero sí a dos viejos señores más.

¡Entonces los dos matrimonios, el viejo y el joven, sacan sus provisiones!

¡Pollo por aquí, ternera fría por allá, sal y pimienta envueltas en un papel, pepinillos en un pañuelo, todo lo que puede quitaros las ganas de comer para el resto de vuestra vida! No conozco nada más vulgar, más grosero, más inconveniente y maleducado que comer en un compartimiento donde hay otros viajeros.

Si hiela, abrid las ventanillas; si hace calor, cerradlas y poneos a fumar en pipa aunque el tabaco os horripile; poneos a cantar, a ladrar, entregaos a las más molestas excentricidades, quitaos los zapatos y los calcetines y cortaos las uñas de los pies; en fin, tratad de pagar con la misma moneda a vuestros maleducados vecinos su falta de saber estar.

Un hombre previsor se trae consigo un frasco de gasolina o de petróleo para derramarlo sobre los cojines cuando en torno a uno se ponen a comer. Cualquier cosa es lícita, todo es demasiado poco para esos patanes que apestan con el olor de sus condumios.

Seguimos el mar azul. El sol cae como una lluvia sobre la costa poblada de ciudades llenas de encanto.

He aquí Saint-Raphaël. Allí abajo está Saint-Tropez, pequeña capital de esta región desierta, desconocida y encantadora llamada las Montagnes des Maures. Un gran río que no atraviesa puente alguno, el Argens, separa del continente a esta península salvaje, donde es posible caminar durante un día entero sin encontrar un alma, donde los pueblecitos, encaramados en los montes, han permanecido tal como eran antaño, con sus casas orientales, sus arcadas, sus puertas cimbradas, talladas y bajas.

Ni vía férrea ni transportes públicos se adentran por estos bellísimos y boscosos valles; sólo un antiguo patache trae el correo de Hyères a Saint-Tropez. El tren prosigue su marcha. Llegamos a Cannes, tan hermosa a orillas de sus dos golfos, enfrente de las islas de Lérins, que serían, si fuera posible unirlas con tierra, dos paraísos para los enfermos.

He aquí el golfo Juan; la escuadra naval parece dormida en el agua.

Estamos en Niza. Parece que en esta ciudad hay una exposición. Vamos a verla.

Se sigue un bulevar que más parece un pantano y se llega, en lo alto, a un edificio de un gusto dudoso y que se asemeja, en pequeño, al gran palacio del Trocadero.

Dentro hay algunas personas en medio de un caos de cajas.

La exposición, abierta desde hace ya tiempo, estará lista sin duda para el año que viene.

El interior sería bonito si estuviera terminado. Pero… ¡aún falta!

Dos secciones me atraen en especial: «Los comestibles y las Bellas Artes». ¡Ay! Fruta confitada de Grasse, peladillas, mil golosinas… Pero… está prohibido venderlas… Sólo se puede mirar… ¡Y ello para no perjudicar al comercio de la ciudad! Exponer golosinas tan sólo para el recreo de la vista y con la prohibición de probarlas me parece ciertamente una de las más bellas invenciones del espíritu humano.

Las Bellas Artes están… en preparación. No obstante, hay abiertas algunas salas donde es posible ver hermosísimos paisajes de Harpignies, de Guillemet, de Le Poittevin, un magnífico retrato de la señorita Alice Regnault, de Courtois, un delicioso Béraud, etcétera. El resto…, para cuando sea desembalado.

Como, cuando se hace una visita, hay que verlo todo, quiero regalarme con una ascensión libre y me voy a donde está el globo del señor Godard y Cía.

Sopla el mistral. El aerostato se balancea de un modo inquietante. Luego se oye una detonación. Son las cuerdas de la red que se rompen. Se prohíbe al público la entrada al recinto. También a mí me hacen salir.

Subo a mi vehículo y observo.

Otras cuerdas se van rompiendo, a cada segundo, con un ruido extraño, y la piel oscura del globo trata de escapar de las mallas que la retienen. Luego, de súbito, ante una racha más violenta, un enorme desgarro raja de abajo arriba la gran bola volante, que se desploma como una tela fláccida, reventada, muerta.

Al día siguiente, una vez despierto, me hago traer los periódicos de la ciudad y leo con estupor: «La tempestad que azota estos días nuestro litoral ha obligado a la agencia de globos cautivos y libres de Niza a desinflar su gran aerostato, para evitar así accidentes.

»El sistema de desinflado instantáneo utilizado por el señor Godard es una de las invenciones que más le honran».

¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja!

¡Pobre público!

Toda la costa del Mediterráneo es la California de los farmacéuticos. Hay que ser diez veces millonario para tener el valor de comprar siquiera sea una cajita de bálsamo para el pecho de esos orgullosos comerciantes que venden la pomada de azufaifa al precio de los diamantes.

Se puede ir a Mónaco por la Corniche, siguiendo el mar. No hay nada más hermoso que esta carretera abierta en la roca, que bordea unos golfos, pasa por debajo de unas bóvedas, corre y circula por la ladera de la montaña en medio de un paisaje admirable.

He aquí Mónaco sobre su roca y, detrás, Montecarlo… ¡Pssst…! Se comprende que esta pequeña y bonita ciudad vuelva locos a los aficionados al juego. ¡Pero qué mortecina y triste es para los que no juegan! No hay allí ningún otro placer ni distracción.

Más lejos está Menton, el punto más caluroso de la costa y el más frecuentado por los enfermos. Allí maduran las naranjas y se curan los pechos.

Tomo el tren nocturno para regresar a Cannes. En mi vagón, dos señoras y un marsellés que cuenta obstinadamente dramas ferroviarios, asesinatos y robos.

—… Conocí a un corso, señora, que iba a París con su hijo. Hablo de hace ya muchos años, en los primeros tiempos de la línea P.L.M.2 Subo con ellos, porque éramos amigos, y nos ponemos a charlar. El hijo, que tenía veinte años, no se cansaba de ver correr el tren y se pasaba todo el tiempo asomado a la ventanilla para mirar. Su padre le repetía: «Eh, ten cuidado, Mathéo, de no inclinarte demasiado, que puedes hacerte daño». Pero el chico ni siquiera respondía.

»Yo le decía al padre:“Vamos, déjele estar, si ello le divierte”.

»Pero el padre continuaba diciendo:“Vamos, Mathéo, no te inclines así”.

»Entonces, como el hijo hacía caso omiso, le cogió de la ropa para hacerle entrar en el vagón, y tiró de ella.

»Pero he aquí que el cuerpo cayó sobre nuestras rodillas. Ya no tenía la cabeza, señora…, se la había cortado en un túnel. Y el cuello ya no sangraba; había perdido la sangre a lo largo del trayecto…

Una de las señoras dejó escapar un suspiro, cerró los ojos, y se dejó caer encima de su vecina. Había perdido el conocimiento…

 

EL PROTECTOR*

 

¡Ni en sueños habría pensado tener tanta fortuna! Hijo de un ujier de provincias, Jean Marin había ido, como tantos otros, a estudiar leyes al Barrio Latino. En las diferentes cervecerías de las que se volvió asiduo parroquiano, había estrechado amistad con varios estudiantes lenguaraces que despreciaban la política mientras se tomaban unas cañas. Se sintió embargado de admiración por ellos y les seguía con obcecación, de café en café, pagando incluso sus consumiciones cuando tenía dinero.

Luego se hizo abogado y defendió causas que perdió. Ahora bien, he aquí que, una mañana, se enteró por la prensa de que uno de sus antiguos compañeros de barrio acababa de ser nombrado diputado.

Volvió a ser su perro fiel, el amigo que carga con todas las tareas, con todas las gestiones, a quien manda uno llamar cuando lo necesita y con el que no se anda con cumplidos. Por unos de esos azares propios de la vida parlamentaria sucedió que el diputado se convirtió en ministro; seis meses después, Jean Marin fue nombrado consejero de Estado.

Al principio tuvo un ataque de orgullo como para perder la cabeza. Iba por las calles por el simple placer de exhibirse, como si bastara con verle para comprender quién era. Encontraba la manera de decir, en las tiendas donde entraba, en el quiosco de la prensa, incluso a los cocheros de plaza, con los más triviales pretextos:

—Yo, que soy consejero de Estado…

Luego, como es natural, sintió como consecuencia de su dignidad, por prurito profesional, por deber de persona poderosa y generosa, una necesidad imperiosa de proteger. Ofrecía su apoyo a todos, en cualquier ocasión, con inagotable generosidad.

Cuando encontraba en los bulevares a alguien conocido, iba a su encuentro radiante, le cogía de las manos, se informaba sobre su salud y, sin esperar a que se lo pidieran, declaraba:

—¿Sabe?, soy consejero de Estado y me tiene a su entera disposición. Si puedo serle de ayuda en algo, no tenga reparos en pedírmelo. En mi posición, la influencia es mucha.

Y entonces entraba en los cafés con el amigo que había encontrado para pedir una pluma, tinta y una hoja de papel de carta, «una hoja nada más, es para escribir una carta de recomendación».

Y escribía cartas de recomendación, diez, veinte o cincuenta por día. Las escribía en el Café Americain, en Bignon, en Tortoni, en la Maison-Dorée, en el Café Riche, en Helder, en el Café Anglais, en el Napolitain, en todas partes, donde se terciara. Y las escribía a todos los funcionarios de la República, desde jueces de paz hasta ministros. Y se sentía feliz, completamente feliz.

Una mañana que salía de su casa para dirigirse al Consejo de Estado, se puso a llover. Dudó entre coger un coche de plaza o no, pero decidió no hacerlo, y se fue a pie por las calles.

El aguacero se volvía terrible, anegaba las aceras, inundaba la calzada. El señor Marin se vio obligado a resguardarse bajo un portal. Había ya allí un sacerdote, un anciano sacerdote con el pelo blanco. Antes de convertirse en consejero de Estado, el señor Marin no sentía ninguna simpatía por el clero; pero ahora lo trataba con respeto, desde que un cardenal le había consultado cortésmente sobre un asunto peliagudo. Llovía a cántaros, lo que obligó a los dos hombres a retirarse hasta el interior de la portería para evitar así las salpicaduras. El señor Marin, que sentía siempre unas grandes ganas de hablar para darse postín, dijo:

—Qué tiempo de perros, reverendo padre.

El anciano sacerdote inclinó la cabeza:

—Oh, sí, señor, es muy desagradable cuando se viene a París sólo por unos pocos días…

—Ah, ¿es usted de provincias?

—Sí, señor, estoy de paso.

—Sí, la verdad, es un gran fastidio pasar unos pocos días en la capital con lluvia. Nosotros los funcionarios, que nos pasamos todo el año aquí, ni pensamos en ello.

El sacerdote no respondió. Miraba la calle, donde parecía que el aguacero había amainado. De repente se decidió y se levantó la sotana, como las mujeres se levantan las faldas, para sortear los arroyuelos.

Al verle irse, el señor Marin exclamó:

—Se va a poner como una sopa, reverendo. Espere un momentito más, pues está dejando de llover.

El anciano se detuvo, indeciso, y dijo:

—Me corre mucha prisa. Tengo una cita urgente.

El señor Marin parecía desolado.

—Pero es que se calará hasta los huesos. ¿Puedo preguntarle a qué barrio se dirige?

El sacerdote pareció dudar, luego dijo:

—Voy a la zona del Palais-Royal.

—En ese caso, si me lo permite, reverendo, le ofrezco la protección de mi paraguas. Yo voy al Consejo de Estado. Soy consejero de Estado.

El anciano sacerdote alzó la nariz y miró a su vecino, luego declaró:

—Se lo agradezco mucho, señor, acepto encantado.

Entonces el señor Marin le cogió del brazo y se lo llevó. Le dirigía, le vigilaba, le aconsejaba:

—Cuidadito con ese arroyo, reverendo… Desconfíe ante todo de las ruedas de los carruajes, que le salpican a veces a uno de pies a cabeza. Y preste atención a los paraguas de la gente que pasa. No hay nada más peligroso para los ojos que las puntas de las varillas. Pero las mujeres sobre todo son insoportables; no prestan atención a nada y te plantan siempre en plena cara las conteras de sus sombrillas o de sus paraguas. Y nunca se apartan por nadie. Se diría que la ciudad es suya. Son las reinas en la acera y en la calzada. Me parece a mí que su educación deja mucho que desear.

Y el señor Marin rompió a reír.

El sacerdote no respondía. Caminaba un tanto curvado, eligiendo con cuidado los puntos donde poner los pies para no mancharse de barro los zapatos o la sotana.

El señor Marin prosiguió:

—Imagino que ha venido a París en busca de un poco de distracción.

El anciano contestó:

—No, por un asunto.

—¿Ah, sí? ¿Algo importante? ¿Puedo preguntarle de qué se trata? Si puedo serle útil, me tiene a su entera disposición.

El sacerdote parecía incómodo; murmuró:

—No…, se trata de un pequeño asunto personal… Una desaveniencia con…, con mi obispo. No es algo que pueda interesarle. Es una… cuestión, digámoslo así…, interna…, de orden eclesiástico.

El señor Marin dijo solícitamente:

—Pero si es precisamente el Consejo de Estado el que regula estos asuntos. Me tiene a su disposición.

—Sí, señor, también yo me dirijo al Consejo de Estado. Es usted demasiado bueno. Tengo que verme con el señor Lerepère y con el señor Savon, y tal vez también con el señor Petitpas.1

El señor Marin se detuvo de golpe.

—Pero si son amigos míos, reverendo, son mis mejores amigos, excelentes colegas, personas amabilísimas. Le daré una calurosa recomendación para los tres. Cuente conmigo.

El sacerdote le dio las gracias, deshaciéndose en excusas, balbuceando mil expresiones de gratitud.

El señor Marin estaba encantado.

—¡Querido padre, ya puede estar contento del golpe de fortuna que ha tenido! Ya verá, ya verá que, gracias a mí, su asunto irá como la seda.

Llegaron al Consejo de Estado. El señor Marin hizo subir al sacerdote a su gabinete, le ofreció un asiento, le instaló delante del fuego, sentándose luego también él ante su mesa de despacho, y se puso a escribir:

«Mi querido colega, permítame recomendarle de la manera más calurosa a un venerable eclesiástico, persona de lo más digna y meritoria, el reverendo…»

Se interrumpió y preguntó:

—¿Su nombre?, por favor.

—Padre Ceinture.

El señor Marin se puso de nuevo a escribir:

«El padre Ceinture, que necesita de sus buenos oficios para un pequeño asunto del que él mismo le hablará.

»Celebro la circunstancia que me permite, querido colega…».

Y concluyó con los cumplidos de rigor.

Después de haber escrito las tres cartas, se las entregó a su protegido, que se fue deshaciéndose en muestras de agradecimiento.

El señor Marin despachó su trabajo, volvió a su casa, pasó tranquilamente el día, durmió plácidamente, se despertó de excelente humor y pidió que le trajeran la prensa.

El primero que abrió fue un periódico radical. Leyó:

«Nuestro clero y nuestros funcionarios.

»Nunca se acabarán las fechorías del clero. Cierto sacerdote, llamado Ceinture, convicto de haber conspirado contra el actual gobierno, acusado de actos indignos que ni siquiera mencionaremos, así como sospechoso de ser un ex jesuita disfrazado de cura seglar, suspendido por el obispo por razones, por lo que se dice, inconfesables, tras ser convocado a París para dar explicaciones sobre sus actos, ha encontrado un ardiente defensor en el consejero de Estado Marin, quien no ha dudado en proporcionar a ese delincuente con sotana las más vivas recomendaciones para todos los funcionarios republicanos colegas suyos.

»Quisiéramos llamar la atención del ministro sobre la actitud incalificable de este consejero de Estado…».

El señor Marin se puso en pie de un salto, se vistió, corrió a ver a su colega Petitpas, quien le dijo:

—Ah, es usted un loco por recomendarme a ese viejo conspirador.

Y el señor Marin, desconcertado, balbució:

—No…, verá usted…, fue un error…, tenía todo el aspecto de ser un buen hombre…, me la ha jugado…, me la ha jugado indignamente. Le ruego que le haga condenar severamente, muy severamente. Voy a escribir. Dígame a quién hay que escribir para que le condenen. Me voy a ver al fiscal general y al arzobispo de París, sí, al arzobispo…

Y, sentándose bruscamente delante del escritorio del señor Petitpas, escribió:

«Excelentísimo Monseñor: Tengo el honor de poner en conocimiento de Su Ilustrísima que acabo de ser víctima de las intrigas y de las mentiras de un tal padre Ceinture, que abusó de mi buena fe.

»Engañado por las declaraciones de este sacerdote, creí..................................».

Luego, cuando hubo firmado y lacrado su carta, se volvió hacia su colega y declaró:

—Querido amigo, que esto le sirva a usted de lección: ¡no recomiende jamás a nadie!

 

IDILIO*

 

A Maurice Leloir

El tren acababa de dejar atrás Génova, en dirección a Marsella, y seguía las largas ondulaciones de la costa rocosa, deslizándose como una serpiente de hierro entre el mar y la montaña, trepando por las playas de arena amarilla que el leve oleaje orlaba de una cenefa plateada, y entrando de repente en las fauces negras de los túneles como un animal en su guarida.

En el último vagón del tren, una mujer gorda y un joven permanecían frente por frente, sin hablar, y se miraban de vez en cuando. Ella debía de tener veinticinco años; y, sentada cerca de la ventanilla, contemplaba el paisaje. Era una robusta campesina piamontesa, de ojos negros, pecho voluminoso y mofletudas mejillas. Había metido varios hatillos debajo de la banqueta de madera y sostenía un cesto sobre las rodillas.

Él debía de frisar los veinte años; era flaco, tostado, con esa tez cetrina de los hombres que trabajan la tierra a pleno sol. Cerca de él, envuelta en un pañuelo, toda su fortuna: unos zapatos, una camisa, un calzón y una chaqueta. Debajo del banco había escondido también alguna cosa: un pico y una pala atados juntos con una cuerda. Iba a buscar trabajo a Francia.

El sol, ya alto en el cielo, derramaba sobre la costa una lluvia de fuego; era hacia finales de mayo, y unos olores deliciosos flotaban en el aire, penetraban en los vagones cuyas ventanillas permanecían bajadas. Los naranjos y los limoneros en flor, exhalando en el cielo sereno sus aromas azucarados, tan dulzones, tan intensos, tan turbadores, los mezclaban con la fragancia de las rosas que crecían por doquier cual hierbas, a lo largo de la vía férrea, en los magníficos jardines, delante de las puertas de las casuchas y también en el campo.

¡En esa costa las rosas están como en su casa! Embalsaban el lugar con su poderoso y ligero aroma, el aire se torna una exquisitez, algo más sabroso que el vino e igual de embriagador.

El tren avanzaba lentamente, como si quisiera demorarse en aquel jardín, en aquella molicie. Se paraba de continuo, en las pequeñas estaciones, delante de unas pocas casas blancas, volvía a partir con su marcha tranquila, tras haber pitado largamente. Nadie subía a él. Se habría dicho que todos dormitaban, que en aquella calurosa mañana de primavera nadie se decidía a desplazarse.

La mujer gorda cerraba de vez en cuando los ojos, para luego volver a abrirlos de repente, cuando su cesto se le deslizaba de las rodillas, a punto de caer. Volvía a cogerlo con gesto rápido, miraba unos momentos por la ventanilla y se amodorraba de nuevo. Tenía la frente perlada de gotas de sudor y respiraba con esfuerzo, como si sufriera de una opresión en el pecho.

El joven había inclinado su cabeza y dormía con el sueño pesado de los rústicos.

De pronto, al salir de una pequeña estación, la campesina pareció despertarse, y, abriendo su cesto, sacó un pedazo de pan, huevos duros, un frasco de vino y unas ciruelas, unas bonitas ciruelas rojas; y se puso a comer.

El hombre se había despertado a su vez bruscamente y miraba, miraba cómo cada bocado iba de las rodillas a la boca. Permanecía con los brazos cruzados, los ojos fijos, las mejillas chupadas, los labios cerrados.

Ella comía como una mujer tragona, echándose al coleto a cada momento un trago de vino para que le pasaran los huevos y parándose a resoplar un poco.

Se lo zampó todo, el pan, los huevos, las ciruelas, el vino. Y cuando hubo terminado de comer, el muchacho cerró de nuevo los ojos. Entonces, sintiéndose un tanto agobiada, ella se desabrochó el corpiño y el joven de repente miró de nuevo.

Ella no se preocupó por ello, mientras seguía desabrochándose su vestido, y la fuerte presión de sus pechos abría la tela, mostrando, entre ellos, por la abertura que iba en aumento, algo de su ropa interior blanca y un poco de piel.

Cuando se sintió más a sus anchas, la campesina dijo en italiano:

—No se puede respirar de tanto calor como hace.

El joven respondió en la misma lengua y con idéntica pronunciación:

—Hace buen tiempo para viajar.

Ella preguntó:

—¿Es usted del Piamonte?

—Soy de Asti.

—Yo de Casale.

Eran paisanos. Se pusieron a charlar.

Se extendieron sobre las banalidades que la gente de pueblo repite sin cesar y que bastan para esas mentes lerdas y sin horizonte. Hablaron de su región. Tenían conocidos comunes. Mencionaron nombres, sintiéndose cada vez más amigos a medida que descubrían a una nueva persona conocida por los dos. Las frases rápidas y apresuradas salían de sus bocas con sus terminaciones sonoras y su cantinela italiana. Luego se interesaron cada uno por la vida del otro.

Ella estaba casada; tenía ya tres hijos, que había confiado a su hermana, porque había encontrado una colocación de nodriza, una buena colocación en casa de una señora francesa, en Marsella.

Él buscaba trabajo. Le habían dicho que lo encontraría también por allí porque se construía mucho.

Luego callaron.

El calor se iba volviendo terrible, pues caía como una lluvia sobre el techo de los vagones. Una nube de polvo se arremolinaba detrás del tren y penetraba en él; el aroma de los naranjos y de las rosas se hacía más intenso, parecía adensarse, volverse más pesado.

Los dos viajeros se volvieron a dormir.

Abrieron de nuevo los ojos casi al mismo tiempo. El sol descendía hacia el mar, iluminando la extensión azul con un diluvio de claridad. El aire, más fresco, parecía más ligero.

La nodriza jadeaba, con el corpiño abierto, las mejillas lacias, los ojos empañados; y decía con voz cansina:

—No he dado el pecho desde ayer; y me siento como si fuera a desmayarme de un momento a otro.

No sabiendo qué decir, él no respondió. Ella continuó:

—La que tiene tanta leche como yo ha de dar el pecho tres veces al día, si no una se siente mal. Es como si tuviera un peso en el corazón; un peso que me quita la respiración y me deja chafada. Es una desgracia tener tanta leche.

Él dijo:

—Sí, es una desgracia. Debe de molestarle mucho.

Parecía muy indispuesta, en efecto, abrumada y desfallecida. Murmuró:

—Basta con presionar encima para que salga la leche como de una fuente. Es algo realmente curioso de ver. No se lo creería. En Casale, todos los vecinos venían a vérmelo hacer.

Él dijo:

—¿De veras?

—Sí, de veras. Se lo mostraría, pero no me serviría de gran cosa. Así no se hace salir lo bastante.

Y se calló.

El tren hizo una parada. De pie, cerca de un paso a nivel, una mujer sostenía en brazos a un niño que lloraba. Estaba delgada e iba hecha una andrajosa.

La nodriza la miraba. Dijo con tono compasivo:

—Ahí tiene a una a la que yo podría aliviar. Y el pequeño también podría aliviarme a mí. Mire, no soy rica, y la prueba está en que dejo mi casa y a mi gente y a mi último y querido hijito para ir a servir; pero con gusto daría cinco francos por tener a ese niño diez minutos y darle el pecho. Eso le calmaría a él y a mí. Creo que me sentiría renacer.

Se calló de nuevo. Luego pasó varias veces su ardiente mano por su frente chorreante de sudor. Y gimió:

—No puedo aguantar más. Tengo la impresión de que me voy a morir.

Y, con un gesto inconsciente, abrió por completo su vestido.

Asomó su pecho derecho, enorme, turgente, con su pezón moreno. Y la pobre mujer gimoteaba:

—¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué puedo hacer?

El tren se había puesto de nuevo en marcha y continuaba su trayecto en medio de las flores que exhalaban su penetrante aroma de las noches calurosas. A veces parecía que en el mar azul una barca de pesca se hubiera dormido, con su blanca vela inmóvil, que se reflejaba en el agua como si debajo hubiera otra barca invertida.

El joven balbució, turbado:

—Pero… señora… tal vez yo podría… aliviarla…

Ella respondió con voz rota:

—Sí, si quiere. Me haría un gran favor. No aguanto más, no puedo más.

Él se arrodilló delante de ella; y ella se inclinó hacia él llevando hacia su boca, con gesto de nodriza, el botón oscuro de su pecho. Al cogerlo ella con ambas manos para acercarlo al joven, apareció una gota de leche en la punta. Y él se la bebió con avidez, cogiendo como si fuera una fruta aquella pesada mama entre sus labios. Y se puso a succionar golosa y regularmente.

Había rodeado con los brazos la cintura de la mujer y la estrechaba para acercarla a sí; y bebía a tragos lentos con un movimiento del cuello parecido al de los niños.

De repente ella dijo:

—Basta con ésta, ahora coja la otra.

Él, dócil, cogió la otra.

La mujer había posado sus manos sobre la espalda del joven y ahora respiraba con fuerza, feliz, saboreando el efluvio de las flores mezclado con las ráfagas de aire que la marcha del tren lanzaba dentro de los vagones.

Ella dijo:

—¡Qué bien huele por estos lugares!

Él no respondió, seguía bebiendo de esa fuente de carne, y cerrando los ojos como para saborear mejor.

Ella le apartó suavemente:

—Ya es suficiente. Me siento mejor. Me ha devuelto la vida.

Él se había incorporado, secándose la boca con el dorso de la mano.

Ella le dijo, mientras hacía entrar de nuevo en su vestido aquellos dos odres vivientes que hinchaban su pecho:

—Me ha hecho usted un favor impagable. Muchas gracias, señor.

Y él respondió con un tono de agradecimiento:

—¡Soy yo quien debo agradecérselo, pues llevaba dos días sin comer nada!

 

EL COLLAR*

 

Era una de esas bonitas y encantadoras muchachas que nacen, como por un error del destino, en una familia de empleados. Sin dote, sin esperanzas, sin posibilidad alguna de ser conocida, comprendida, querida y casada con un hombre rico y distinguido, dejó que la unieran en matrimonio con un modesto empleado del Ministerio de Instrucción Pública.

Fue sencilla porque no podía engalanarse, pero desdichada como una persona venida a menos socialmente; pues las mujeres no tienen ni casta ni raza, constituyendo para ellas la belleza, la gracia y el encanto su cuna y su familia. Su innata finura, su instintiva elegancia, su rapidez mental son su única jerarquía, que iguala a las hijas del pueblo con las más grandes damas.

Sufría sin cesar, porque se sentía nacida para todas las delicadezas y todos los lujos. Sufría por la pobreza de su casa, lo mísero de sus paredes, lo desgastado de las sillas, la fealdad de las telas. Todas estas cosas, a las que otra mujer de su condición no habría dado importancia, a ella la torturaban e indignaban. El ver a la pequeña bretona que hacía las humildes tareas del hogar despertaba en ella una triste añoranza y sueños locos. Soñaba con antecámaras silenciosas, acolchadas con colgaduras orientales, iluminadas por largos tederos de bronce, y con dos altos criados con calzón corto dormidos en anchos sillones, amodorrados por el pesado calor del calorífero. Pensaba en los grandes salones revestidos de seda antigua, en los muebles de precio adornados con chucherías inestimables, y en los saloncitos coquetos, perfumados, hechos para la conversación de cinco horas con los amigos más íntimos, los hombres conocidos y solicitados, a los que todas las mujeres codician y cuyas atenciones anhelan.

Cuando se sentaba para comer delante de la mesa redonda cubierta con un mantel que llevaba usándose tres días, enfrente de su marido que destapaba la sopera declarando con aire encantado: «¡Ah, qué buen cocido! Para mí no hay nada mejor…», pensaba en las comidas refinadas, en la platería reluciente, en los tapices que cubren las paredes de antiguos personajes y pájaros exóticos en medio de un bosque de cuento de hadas; pensaba en los platos exquisitos servidos en vajillas maravillosas, en las galanterías cuchicheadas y escuchadas con una sonrisa de esfinge, mientras comía la carne sonrosada de una trucha o unas alas de pollita cebada.

No tenía ella galas femeninas, ni joyas, nada. Y eran las únicas cosas que le gustaban, aquellas para las que se sentía nacida. Hubiera deseado tanto gustar, ser envidiada, ser seductora y solicitada.

Tenía una amiga rica, una compañera del internado de las monjas a la que no quería ir a ver más, de tanto como sufría al volver a su casa. Y lloraba durante días enteros, de tristeza, de pesar, de desesperación y de desconsuelo.

Ahora bien, una noche, regresó su marido con aire triunfante y trayendo en la mano un gran sobre.

—Toma —dijo—, es para ti.

Ella desgarró nerviosamente el papel y extrajo una carta impresa que decía así: «El ministro de Instrucción Pública y la señora Georges Ramponneau tienen el honor de invitar al señor y a la señora Loisel a la velada que se celebrará el lunes día 18 de enero en los salones del Ministerio».

En vez de sentirse feliz, como se figuraba su marido, tiró con despecho la invitación sobre la mesa murmurando:

—¿Qué quieres que haga con esto?

—Pero, querida, yo pensaba que te alegraría. ¡No sales nunca, y ésta es una oportunidad, una buena oportunidad! No sabes lo que me ha costado conseguirla. Todo el mundo quería una invitación; son muy solicitadas y no se dan muchas a los empleados. Verás a todo el mundo oficial.

Ella le miraba enfurruñada y declaró con impaciencia:

—¿Qué quieres que me ponga para ir allí?

Él no había pensado en ello; balbució:

—Pues el vestido que te pones para ir al teatro, me parece muy bonito.

Calló, asombrado y confuso, al ver que su mujer lloraba. Dos lagrimones rodaban lentamente de las comisuras de sus ojos hacia las de la boca; balbució:

—¿Qué te pasa?

Pero, con un violento esfuerzo, ella se dominó y contestó con tono calmo, secándose sus húmedas mejillas:

—Nada. Sólo que no tengo ningún vestido que ponerme y, por consiguiente, no puedo ir a la fiesta. Dale la invitación a algún colega que tenga una mujer con un mejor guardarropa que yo.

Él estaba disgustado. Dijo:

—Escucha, Mathilde. ¿Cuánto podría costar un vestido de gala conveniente, que podría servirte para otras ocasiones, algo muy sencillo?

Ella reflexionó durante unos segundos, haciendo sus cálculos y pensando también en la suma que podía pedir sin ganarse una negativa inmediata y una exclamación de espanto del ahorrativo empleado.

Finalmente, respondió dudando:

—No sabría decírtelo con exactitud, pero quizá con cuatrocientos francos tendría bastante.

Él había palidecido un poco, pues justamente reservaba esa cantidad para comprarse un rifle con el que cazar al verano siguiente, en la plana de Nanterre, junto con algunos amigos que iban allí a dispararles a las alondras el domingo.

Sin embargo, dijo:

—Está bien. Te doy cuatrocientos francos. Pero trata de conseguir un bonito traje.

El día de la fiesta se acercaba, y la señora Loisel parecía triste, inquieta, ansiosa. Sin embargo, tenía su vestido listo. Su marido le dijo una noche:

—¿Qué te pasa? Te veo extraña desde hace tres días.

Ella respondió:

—Estoy disgustada porque tampoco tengo ni una joya, ni una piedra preciosa, nada que ponerme. Pareceré una miserable. Casi preferiría no asistir a esa velada.

Él prosiguió:

—Te pondrás unas flores naturales. Es muy chic en esta estación. Por diez francos podrías conseguir dos o tres rosas magníficas.

Ella no estaba nada convencida.

—No… No hay nada más humillante que tener aspecto de pobretona entre mujeres ricas.

Pero su marido exclamó:

—¡Qué tonta eres! Ve a ver a tu amiga la señora Forestier y pídele que te preste unas joyas. Te une a ella una amistad lo suficientemente íntima como para poder hacerlo.

Ella lanzó un grito de alegría:

—Es cierto. No se me había ocurrido.

Al día siguiente, se dirigió a casa de su amiga y le contó el apuro en que se hallaba.

La señora Forestier fue hacia su armario de luna, cogió un gran estuche, lo trajo, lo abrió y le dijo a la señora Loisel:

—Elige tú, querida.

Ella vio primero unos brazaletes, luego un collar de perlas y, a continuación, una cruz veneciana, de oro y pedrería, de admirable factura. Se probaba las joyas delante del espejo, dudaba, era incapaz de decidirse a quitárselas, a devolverlas. Preguntaba en todo momento:

—¿No tienes otras?

—Pues sí. Ve mirando, no sé qué prefieres…

De golpe descubrió, en una caja de raso negro, un magnífico collar de brillantes; y su corazón se puso a latir de un deseo inmoderado. Sus manos temblaban al cogerlo. Se lo ciñó a la garganta, sobre su vestido sin escote y se quedó extasiada delante de sí misma.

Luego, preguntó, dubitativa, llena de angustia:

—¿Puedes prestarme éste, nada más que éste?

—Pues claro, por supuesto.

Ella le saltó al cuello a su amiga, la besó arrebatadamente y luego se fue con su tesoro.

Llegó el día de la fiesta. La señora Loisel triunfó. Estaba más bella que todas las demás, elegante, graciosa, sonriente y loca de alegría. Todos los hombres la miraban, preguntaban su nombre, buscaban serle presentados. Todos los secretarios de gabinete querían bailar con ella. El ministro reparó en su presencia.

Ella bailaba con ebriedad, con arrebato, embriagada por el placer, sin pensar en nada, en medio del triunfo de su belleza, de la gloria de su éxito, en una especie de nube de felicidad hecha de todos esos homenajes, de todas esas admiraciones, de todos esos deseos despertados, de esa victoria tan completa y tan dulce para el corazón de las mujeres.

Se fue hacia las cuatro de la noche. Su marido, desde medianoche, dormía en un saloncito desierto con otros tres señores cuyas mujeres se lo pasaban en grande.

Él le echó sobre los hombros las ropas que había traído para la salida, unas ropas modestas de diario, cuya pobreza contrastaba con la elegancia del vestido de baile. Ella se dio cuenta de ello y quiso escapar para no ser vista por las otras mujeres que se arropaban con magníficas pieles.

Loisel la retenía:

—Espera un momento, que vas a coger frío afuera. Llamaré a un coche.

Pero ella no le escuchaba y bajaba rápidamente la escalera. Cuando estuvieron en la calle, no encontraron coche alguno; se pusieron a buscar uno, gritando detrás de los cocheros que veían pasar a distancia.

Bajaron hacia el Sena, desesperados, tiritando. Finalmente encontraron en el muelle uno de esos viejos cupés noctámbulos que se ven en París al hacerse de noche, como si se avergonzaran de su miseria durante el día.

Los llevó hasta la puerta de casa, en la rue des Martyrs, y subieron tristemente a su hogar. Se había acabado para ella. Y él pensaba que tendría que estar en el Ministerio a las diez.

Delante del espejo, ella se quitó las ropas con las que había arropado sus hombros a fin de verse una vez más en su gloria. Pero de repente lanzó un grito. ¡No tenía ya el collar en torno al cuello!

Su marido, ya medio desvestido, preguntó:

—¿Qué te pasa?

Ella se volvió hacia él, como loca:

—Ya no tengo…, no tengo el collar de la señora Forestier.

Él se enderezó, espantado:

—¿Qué?… Pero ¡cómo!… ¡No es posible!

Buscaron entre los pliegues del vestido, en los del abrigo, en los bolsillos, por todas partes. No lo encontraron.

Él preguntó:

—¿Estás segura de que lo llevabas aún al dejar el baile?

—Sí, me lo he tocado en el vestíbulo del Ministerio.

—Pero, de haberlo perdido en la calle, lo habríamos oído caer. Debe de estar en el coche.

—Sí. Es probable. ¿Tienes el número?

—No. ¿Y tú, tú te has fijado en él?

—No.

Se miraron aterrados. Finalmente Loisel se volvió a vestir.

—Voy —dijo— a rehacer todo el trayecto que hemos hecho a pie para ver si lo encuentro.

Y salió. Ella se quedó con el traje de baile puesto, sin tener fuerzas para irse a la cama, abatida en una silla, con el fuego apagado, la mente en blanco.

El marido volvió hacia las siete. No había encontrado nada.

Se dirigió a la prefectura de policía, a los periódicos, para prometer una recompensa, a las compañías de pequeños coches, en fin, a todas partes donde le empujaba una mínima esperanza.

Ella esperó todo el día, en el mismo estado de extravío ante ese espantoso desastre.

Loisel regresó por la noche, con el rostro demacrado, pálido; no había descubierto nada.

—Tienes que escribirle a tu amiga —dijo— para explicarle que se te rompió el cierre de su collar y que lo has llevado a arreglar. Con eso ganaremos tiempo para pensar alguna cosa.

Ella escribió a su dictado.

Al cabo de una semana, habían perdido toda esperanza.

Y Loisel, envejecido cinco años, declaró:

—Habrá que pensar en sustituirlo por otra joya.

Al día siguiente cogieron el estuche y fueron a ver al joyero cuyo nombre figuraba escrito en el interior. Éste consultó el registro.

—No, señora, este collar no lo vendimos nosotros. Sólo el estuche es nuestro.

Fueron de un joyero a otro, buscando un collar idéntico al primero, tratando de hacer memoria, ambos agotados de tristeza y de angustia.

En una joyería del Palais Royal encontraron una gargantilla de brillantes que les pareció idéntica a la que buscaban. Valía cuarenta mil francos; se la dejarían por treinta y seis mil.

Rogaron al joyero que no la vendiera antes de tres días. Y pusieron como condición que se la recomprarían por treinta y cuatro mil francos, si encontraban el otro antes de finales de febrero.

Loisel poseía dieciocho mil francos que le había dejado su padre. El resto lo pediría prestado.

Pidió mil francos a éste, quinientos a otro, cinco luises aquí, tres luises allá. Firmó letras de cambio, se empeñó de forma ruinosa, tuvo que vérselas con usureros y toda clase de prestamistas. Comprometió todo cuanto le quedaba de vida, arriesgó su firma sin saber siquiera si podría salir airoso y, angustiado por la idea del futuro, por la negra miseria que le iba a caer encima, por la perspectiva de las privaciones materiales y de los tormentos morales, fue a comprar el collar nuevo, depositando sobre el mostrador del joyero los treinta y seis mil francos.

Cuando la señora Loisel entregó el collar a la señora Forestier, ésta le dijo con tono seco:

—Hubieras tenido que traérmelo antes; habría podido necesitarlo…

No abrió el estuche, como Mathilde se temía. De haberse dado cuenta del cambio, ¿qué habría pensado? ¿Qué habría dicho? Habría podido tratarla de ladrona.

La señora Loisel conoció la horrible vida de los menesterosos. Por otra parte, tomó la heroica determinación, de repente, de que había que pagar aquella ingente deuda; y la pagaría. Despidieron a la criada, cambiaron de casa; alquilaron una buhardilla.

Ella conoció las duras faenas domésticas, las detestables obligaciones de la cocina. Lavó la vajilla, estropeándose las uñas rosadas con los pucheros grasientos y el fondo de las cacerolas. Lavó con jabón la ropa blanca sucia, las camisas y los trapos de cocina, que ponía a secar en una cuerda; bajó la basura a la calle cada mañana y subió el agua, parándose en cada piso para resoplar. Y, vestida como una pueblerina, fue al frutero, al droguero, al carnicero, con la cesta bajo el brazo, regateando, ultrajada, defendiendo sueldo a sueldo su miserable peculio.

Todos los meses debían pagar letras, renovar otras, ganar tiempo.

El marido trabajaba, por las tardes, llevando la contabilidad de un comerciante; y a menudo, de noche, hacía de copista, a cinco sueldos la página.

Esta vida se prolongó por espacio de diez años.

Al cabo de este tiempo lo habían devuelto todo, incluidos los intereses de los usureros y el montante de los intereses compuestos.

La señora Loisel parecía ahora una vieja. Se había convertido en la mujer fuerte, dura y ruda de las familias pobres. Mal peinada, con las faldas de medio lado y las manos enrojecidas, hablaba en voz alta, lavaba los suelos arrojándoles cubos de agua. Pero a veces, cuando su marido estaba en la oficina, se sentaba ante la ventana y pensaba en esa velada de antaño, en ese baile, donde había estado tan bella y había sido tan agasajada.

¿Qué hubiera sido de ella de no haber perdido el aderezo? ¿Quién sabe? ¿Quién sabe? ¡Qué extraña es la vida, qué mudanzas experimenta! ¡Qué poco hace falta para que uno se pierda o se salve!

Ahora bien, un domingo que había ido a dar una vuelta por los Campos Elíseos, vio de repente a una mujer que paseaba a un niño. Era la señora Forestier, todavía joven, todavía bella, todavía seductora.

La señora Loisel se sintió emocionada. ¿Le dirigiría la palabra? Por supuesto que sí. Y ahora que ella había pagado, se lo contaría todo. ¿Por qué no?

Se acercó.

—Buenos días, Jeanne.

La otra no la reconocía, asombrada de verse llamada de un modo tan familiar por esa mujer ordinaria. Balbució:

—Pero…, señora… No sé… Debe de equivocarse usted.

—No. Soy Mathilde Loisel.

Su amiga lanzó un grito:

—¡Oh!…, mi pobre Mathilde, ¡qué cambiada estás!…

—Sí, he pasado por momentos muy duros, desde la última vez que nos vimos; y también he conocido muchas miserias… ¡y ello por ti!…

—¿Por mí?… ¿Cómo es posible?

—Recordarás perfectamente ese collar de brillantes que me prestaste para ir a la fiesta del Ministerio.

—Sí. ¿Y qué?

—Pues bien, lo perdí.

—¿Cómo que lo perdiste? Pero si me lo devolviste.

—Te devolví otro muy parecido. Llevamos diez años pagándolo. Comprenderás que no ha sido fácil para nosotros que no teníamos nada… Pero por fin se acabó, y me siento muy contenta.

La señora Forestier se había parado.

—¿Dices que compraste un collar de brillantes para sustituir al mío?

—Sí. ¿No te diste cuenta, verdad? Eran muy parecidos.

Y sonreía, con una alegría orgullosa e ingenua.

La señora Forestier, muy conmovida, le cogió las dos manos.

—¡Oh, mi pobre Mathilde! Pero si el mío era falso. ¡Valía como mucho quinientos francos!…

 

UNA VENTA*

 

Los llamados Brument (Césaire-Isidore) y Cornu (Prosper-Napoléon) comparecían ante el tribunal de la Seine-Inférieure bajo la acusación de tentativa de homicidio, por inmersión, de la señora Brument, legítima esposa del primer inculpado.

Los dos acusados están sentados uno al lado del otro en el banquillo. Son dos campesinos. El primero es menudo, gordo, de brazos y piernas cortos, la cabeza redonda, colorada, granujienta, plantada directamente sobre el torso, también redondo y corto, sin sombra de cuello. Se dedica a la cría de cerdos y vive en Cacheville-la-Goupil, cantón de Criquetot.

Cornu (Prosper-Napoléon) es flaco, de mediana estatura, con unos brazos desproporcionados. Tiene la cabeza de medio lado, la mandíbula torcida y es bizco. Un blusón azul, largo como una camisa, le llega hasta las rodillas, y sus cabellos pajizos, ralos, pegados al cráneo, confieren a su rostro un aspecto avejentado, sucio, devastado, verdaderamente horrible. Le pusieron el apodo de «el Párroco» porque sabe imitar a la perfección los cantos de iglesia e incluso el ruido del serpentín. Este talento atrae a su café, pues es cafetero en Criquetot, a una nutrida clientela que prefieren la «misa de Cornu» a la misa de Dios Nuestro Señor.

La señora Brument, sentada en el banquillo de los testigos, es una campesina delgada que parece siempre adormecida. Permanece inmóvil, con las manos cruzadas sobre sus rodillas, la mirada fija, con cara de pasmarote.

El presidente continúa el interrogatorio.

—De modo que, señora Brument, entraron en su casa y la echaron dentro de un barril lleno de agua. Cuente los hechos con todo detalle. Póngase en pie.

Ella se levanta. Parece tan alta como un mástil con su gorrito coronado de un casquete blanco. Se explica con voz cansina:

—Estaba yo desgranando las judías, cuando he aquí que entran ellos. Me digo: «Pero ¿qué les pasa a estos dos? No están normales, tienen mala pinta». Me miraban de reojo, sobre todo Cornu, que es bizco. No me hace ninguna gracia verles juntos, porque siempre andan tramando alguna. Les digo: «¿Qué queréis?». No me contestan. Yo sentí un poco de desconfianza…

El inculpado Brument interrumpe bruscamente la declaración y dice:

—Estaba bebido.

Entonces Cornu, volviéndose hacia su cómplice, dice con una voz profunda como una nota de órgano:

—Querrás decir, y así no mentirás, que estábamos bebidos los dos.

EL PRESIDENTE (con severidad): ¿Quiere decir que estaban borrachos?

BRUMENT: Esto no se pregunta.

CORNU: Le puede pasar a cualquiera.

EL PRESIDENTE (a la víctima): Continúe su declaración, señora Brument.

—Así pues, Brument me dice: «¿Quieres ganarte cien sueldos?». «Pues sí», le digo yo, pues cien sueldos no se los encuentra una todos los días. Y va él y me dice: «Pues estate atenta y haz lo que yo te diga», y se fue a coger el barril desfondado que hay debajo del canalón de la esquina; lo derriba, lo hace rodar por la cocina y lo planta de pie en medio, y luego dice: «Ve a por agua hasta que esté lleno».

Y yo me voy a por agua a la fuente con dos cubos, y anda que te anda adelante y atrás con el agua durante una hora, porque ese barril es grande como una cuba, dicho sea con todo respeto, señor presidente.

Mientras tanto, Brument y Cornu se estaban tomando una copa tras otra. Y era tal su estado que les dije: «Estáis más llenos que este barril, estáis…». Y Brument me suelta: «Tú no te preocupes, dedícate a lo tuyo, que habrá también para ti, como para todos los que se lo merezcan». Pero yo no le hice caso, pues estaba como una cuba.

Cuando el barril estuvo lleno hasta los topes, digo:

«Ya lo tenéis lleno».

Entonces Cornu me da cien sueldos. No Brument, sino Cornu; fue Cornu quien me los dio. Y Brument me dice: «¿Quieres ganarte otros cien sueldos?». «¿Por qué no?», digo yo, pues no estoy acostumbrada a tales regalos. Y me dice él: «Desnúdate».

«¿Cómo que me desnude?»

«Sí, ¿no has entendido?»

«¿Y hasta dónde tengo que desnudarme?»

Y dice él: «Si te da vergüenza, puedes dejarte las enaguas, yo no tengo nada en contra».

Cien sueldos son cien sueldos, y entonces empiezo a desnudarme a pesar de que no tenía ningunas ganas de hacerlo delante de ese par de zánganos. Me quito el gorrito, luego el chaleco, la falda y los zuecos. Me dice Brument: «Las medias puedes dejártelas; somos buena gente».

Y Cornu repite: «Somos buena gente».

Y ya me tiene usted casi como Dios me trajo al mundo. Y entonces se levantan los dos, no se aguantaban de pie de tan bebidos como iban, dicho sea con todo respeto, señor presidente.

Pienso yo: «¿Qué estarán tramando?».

Dice Brument: «¿Listo?».

Cornu responde: «¡A por ella!».

Y me cogen, Brument por la cabeza y Cornu por los pies, como a una sábana limpia que se va a doblar. Y yo me pongo a dar voces.

Y Brument me dice: «Cállate, desgraciada».

Me levantan con los brazos y para dentro del barril lleno de agua, lo que me encendió la sangre e hizo que se me helaran hasta las tripas.

Pregunta Brument: «¿Así es suficiente?».

Responde Cornu: «Suficiente».

Brument dice: «Tiene la cabeza fuera, y eso no es».

A lo que contesta Cornu: «Pues métela dentro».

Y Brument me empuja la cabeza hacia abajo como si quisiera ahogarme, pues el agua me entraba por la nariz y me veía ya en el otro mundo. Y él empuja que te empuja, y yo me voy para abajo.

Luego se ve que se asustó. Me saca fuera y me dice: «Ve a secarte enseguida, costal de huesos».

Pero yo, en cambio, me escapé y me fui corriendo hacia la casa del cura, que me prestó una falda de su casera, pues iba poco menos que como Dios me trajo al mundo, y luego él fue a llamar al compadre Chicot, el guarda rural, que se marchó a Criquetot a llamar a los gendarmes, los cuales me acompañaron de vuelta a casa.

Y allí encontramos a Brument y a Cornu, que se estaban arreando de lo lindo.

Brument vociferaba: «Eso no es cierto, te digo que es un metro cúbico por lo menos. Es el sistema el que no funciona».

Cornu aullaba: «Cuatro cubos no es ni medio metro cúbico. No repliques».

El cabo les echó el guante a los dos. Y ya no sé nada más.

Se volvió a sentar. El público se reía. Los miembros del jurado se miraban asombrados. El presidente dijo:

—Acusado Cornu, parece usted el instigador de esta infame maquinación. ¡Hable!

Cornu se levanta:

—Señor presidente, estábamos bebidos…

El presidente replica, serio:

—Eso ya lo sé. ¡Prosiga!

—A ello voy. Pues bien, Brument vino a mi establecimiento a eso de las nueve, y me pidió que le pusiera dos aguardientes, diciéndome: «Uno es para ti, Cornu». Y yo me siento enfrente de él, y me lo tomo, y por educación le invito a otro. Entonces, él vuelve a pedir lo mismo, y yo otro tanto, así que copita tras copita, a eso del mediodía, andábamos con una buena cogorza.

Entonces va Brument y se echa a llorar; yo me conmuevo. Le pregunto qué le pasa. Y me dice él: «Necesito mil francos para el jueves». Ante lo cual, yo me enfrío, como usted comprenderá. Y me propone él a bocajarro: «Te vendo a mi mujer».

Yo estaba bebido y soy viudo. Y una cosa así impresiona, como comprenderá. Yo a su mujer no la conocía; pero una mujer es una mujer, ¿no? Le pregunto: «¿Por cuánto me la vendes?».

Él se pone a pensar o eso me pareció. Cuando se está bebido, no se ven las cosas claras, y va él y me responde: «Te la vendo por un metro cúbico».

Cosa que a mí no me extrañó, bebido como iba igual que él, pues el metro cúbico es una forma de hablar en mi oficio. Eran mil litros, y me interesaba.

Quedaba por ponerse de acuerdo en cuanto al precio, pues todo depende del parné. Le digo yo: «¿A cuánto sale el metro cúbico?».

Contesta él: «A dos mil francos».

Doy un salto en la silla, pero luego pienso que una mujer no debía de alcanzar más de trescientos litros. Aun así digo: «Demasiado caro».

Él responde: «Por menos no puedo. Saldría perdiendo».

No en balde mi compadre se dedica a vender cerdos. Conoce su oficio. Pero si el vendedor de tocinos es un pícaro, yo pícaro y medio. ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja! Y le digo: «Si estuviera por estrenar, no te digo que no, pero usada, no lo vale. Mil quinientos el metro cúbico, y ni un sueldo más. ¿Conformes?».

«Está bien —responde él—, ¡chócala!»

Nos damos la mano y nos vamos, cogidos del brazo. En esta vida la gente ha de ayudarse.

Pero me entra un temor: «¿Cómo vamos a medirla a menos que la pongamos dentro de un líquido?».

Y él me explica su idea, no sin un cierto esfuerzo, porque estaba trompa. Me dice: «Cojo un barril. Lo lleno hasta arriba de agua y la meto dentro. Calculamos toda el agua que derrame fuera y ahí tienes la cuenta».

Le digo yo: «Está bien, de acuerdo. Pero ¿cómo se hace para calcular el agua que salga así?».

Entonces él me trata de tonto, diciéndome que basta con meter de nuevo la que falta dentro del barril después de haber sacado a la mujer. Toda el agua que se vuelva a meter, ésa será la medida. Por ejemplo, diez cubos son un metro cúbico. ¡No tiene ni un pelo de tonto, el muy cabrito, ni cuando ha bebido!

Nos vamos para su casa y yo examino a la parienta. No es lo que se dice una mujer bonita; todos pueden verla, ahí está. Pero pienso: «¡Soy viejo, qué importa que sea guapa o fea, para lo que la quiero sirve igual!», ¿no es cierto, señor presidente? Y, además, veo que está seca como un palo de escoba y pienso: «Ésta no llega a los cuatrocientos litros». Lo sé, porque trabajo con líquidos.

Por lo que hace a la operación, ya se la ha contado ella. Yo le permití que no se quitara las enaguas y la camisa, en perjuicio mío.

En cuanto hubimos terminado, veo que se larga. Digo yo: «¡Cuidado, Brument, que se las pira!».

Él me dice: «Pierde cuidado, ya habrá tiempo de recuperarla. Pronto o tarde vendrá a acostarse. Mejor que calculemos la diferencia».

Medimos. Ni cuatro cubos siquiera. ¡Ja, ja, ja!

(El acusado estalla a reír sin parar, hasta el punto de que un gendarme tiene que darle unas palmadas en la espalda. Una vez calmado, continúa:)

Entonces dice Brument: «No hay trato, no es bastante». Yo me pongo a gritar, y también él, y yo más, él me atiza, y yo se la devuelvo. Y así habríamos estado hasta el día del Juicio Final, borrachos como íbamos.

Llegan los gendarmes, nos echan el guante, nos maniatan. ¡Y, andando, para la cárcel! Exijo daños y perjuicios.

Se sienta.

Brument confirma en todos sus puntos la confesión de su compinche. Los miembros del jurado, consternados, se retiran a deliberar.

Regresan al cabo de una hora y absuelven a los acusados, con una severa admonición fundamentada en la sagrada dignidad del matrimonio, y estableciendo con precisión los límites de las transacciones comerciales.

Brument se dirige al domicilio conyugal en compañía de su esposa.

Cornu vuelve a su negocio.

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