© Libro N° 4010. Cuentos Esenciales III. De Maupassant, Guy. Colección E.O. Julio 22 de
2017.
Título
original: © Cuentos Esenciales III.
Guy de Maupassant
Versión Original: © Cuentos Esenciales III. Guy
de Maupassant
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Guillermo Molina Miranda
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CUENTOS ESENCIALES III
Guy de Maupassant
SAN ANTONIO*
A X. Charmes
Era conocido como San Antonio porque se llamaba Antonio, y
quizá también porque era un vividor, jovial, bromista, buen tragaldabas y buen
bebedor, y vigoroso castigador de sirvientas, por más que tuviera más de
sesenta años pasados.
Era un gran terrateniente de la comarca de Caux,
coloradote, ancho de pecho y panzudo, y plantado sobre unas largas piernas que
parecían demasiado delgadas para su corpachón.
Viudo, vivía solo con su criada y sus dos mozos en su
hacienda que dirigía como un lagartón, velando por sus intereses, entendido
como era en los negocios, en la cría de ganado y en el cultivo de sus tierras.
Sus dos hijos y sus tres hijas, bien casados, vivían en los alrededores e iban
a comer con su padre una vez al mes. Su vigor era famoso en los contornos;
circulaba el dicho: «Es fuerte como San Antonio».
Al producirse la invasión prusiana, San Antonio prometía
en la taberna comerse vivo a todo un ejército, porque era jactancioso como buen
normando, algo cobarde y fanfarrón. Descargaba puñetazos sobre la mesa de
madera, que se estremecía haciendo bailar tazas y vasos y, con el rostro rojo y
mirada maliciosa, gritaba con fingida ira de vividor: «¡Me los tendré que
comer, rediós!». Estaba convencido de que los prusianos no llegarían nunca a
Tanneville; pero, cuando supo que se encontraban en Rautôt, no salió ya de su
casa, y por la ventana de la cocina no perdía de vista el camino, esperando de
un momento a otro ver pasar las bayonetas.
Una mañana, mientras se tomaba las sopas con sus
servidores, abrió la puerta y apareció el alcalde del municipio, el señor
Chicot, seguido de un soldado que llevaba un casco negro con la punta de cobre.
San Antonio se puso en pie de un salto; y toda su gente le miraba, esperando
verle hacer pedazos al prusiano. En cambio, se limitó a dar la mano al alcalde,
que le dijo:
—Hay uno para ti, San Antonio. Han venido esta noche. Te
ruego que no hagas tonterías, pues hablan de fusilar y prender fuego a todo a
la más mínima. Estás avisado. Dale de comer, parece un buen chico. Me despido,
pues he de ir a casa de otros. Hay para todos.
Y salió.
San Antonio había palidecido, y miró a su prusiano. Era un
mocetón metido en carnes y blanco, de ojos azules, rubio, barbudo hasta los
pómulos, con aspecto de idiota, tímido y bonachón. El malicioso normando
comprendió enseguida con quién se las tenía que ver y, tranquilizado, le hizo
seña de que se sentara. Luego le preguntó:
—¿Quieres un poco de sopa?
El extranjero no comprendió. Entonces Antonio, en un
impulso de audacia, le empujó bajo la nariz un plato lleno:
—Toma y come, cerdo.
El soldado respondió: Ya y se puso a comer con gula
mientras el hacendado triunfante, sintiendo que había reconquistado su
reputación, guiñaba el ojo a sus servidores que hacían extrañas muecas,
sintiendo a la vez un gran miedo y ganas de reír.
Cuando el prusiano se hubo zampado su plato, San Antonio
le sirvió otro que él hizo desaparecer igualmente, pero se echó atrás ante el
tercero, que el hacendado quería hacerle comer a la fuerza, repitiendo:
—Vamos, para dentro. ¡Lo que no mata engorda, cerdo!
Y el soldado, creyendo que no querían hacerle sino comer
hasta saciarle, reía con expresión de contento, haciendo señas para indicar que
estaba lleno.
Entonces San Antonio, con gran familiaridad, le dio una
palmadita en la tripa exclamando:
—¡Está llena, ¿eh?, la panza de mi cerdo!
Pero de repente se retorció, rojo como si fuera a darle un
ataque, sin poder ya hablar. Se le había ocurrido una idea que le hacía
ahogarse de la risa:
—Eso, eso, san Antonio y su cerdo. ¡Aquí tenéis a mi
cerdo!
Y los tres sirvientes estallaron a reír a su vez.
El viejo estaba tan contento que hizo traer aguardiente,
del bueno, del de primera calidad y muy fuerte, y puso para todos. Brindaron
con el prusiano, quien hizo chasquear la lengua a modo de cumplido, para
indicar que le parecía exquisito. Y San Antonio le gritaba en las mismas
barbas:
—¡Éste sí que es bueno! En tu país, cerdo mío, no tomas
cosas como ésta.
A partir de aquel día San Antonio no salió ya sin su
prusiano. Había encontrado lo que le convenía, era su venganza, su venganza de
lagartón. Y todo el pueblo, que estaba muerto de miedo, se reía como loco a
espaldas de los vencedores con la burla de San Antonio. La verdad es que, en
cuestión de bromas, era único. ¡Sólo él era capaz de inventarse una así, el muy
tunante!
Iba a casa de los vecinos, todos los días después de
comer, del brazo con su alemán, al que presentaba alegremente, dándole una
palmadita en el hombro:
—¡Aquí tenéis a mi cerdo! ¡Ved lo gordo que está, el muy
bestia!
Y los campesinos se lo pasaban en grande.
—¡Qué divertido es, este demonio de San Antonio!
—Césaire, te lo vendo por tres pistolas.
—Me lo quedo, Antonio, y te invito a comer morcillas.
—Yo, en cambio, quiero los pies.
—Tócale la panza, y verás lo grasito que está.
Y todos guiñaban el ojo sin reírse demasiado fuerte, por
temor a que el prusiano acabara comprendiendo que se burlaban de él. Sólo San
Antonio, que se volvía cada día más osado, le daba unos pellizcos en los muslos
al tiempo que exclamaba: «Grasa nada más»; le daba una palmada en el trasero
gritando: «Es pura corteza»; lo levantaba entre sus brazos de viejo coloso
capaz de cargar con un yunque, diciendo: «Pesa seiscientos, y sin desperdicio».
Y había adquirido la costumbre de hacer que invitaran a
comer a su cerdo por todas partes adonde iba con él. Era el gran placer, la
gran diversión de todos los días: «Denle lo que quieran, que se lo traga todo».
Y le daban al hombre aquel pan y mantequilla, patatas, guisos fríos y embutido
con el comentario: «Casero y de primera calidad».
El soldado, estúpido y bonachón, comía por cortesía,
encantado de tales atenciones, se ponía enfermo por no rehusar; y la verdad era
que iba engordando, el uniforme le apretaba ya, lo que encantaba a San Antonio
y le hacía repetir: «¿Sabes?, cerdo mío, habrá que mandar hacerte otro
chiquero».
Se habían vuelto, por otra parte, los mejores amigos del
mundo; y cuando el viejo se iba a sus asuntos por los alrededores, el prusiano
le acompañaba por propia iniciativa por el simple gusto de estar con él.
Hacía un tiempo riguroso; todo estaba helado; el terrible
invierno de 1870 parecía hacer caer a la vez todo tipo de flagelos sobre
Francia.
El viejo San Antonio, que preparaba las cosas con tiempo y
aprovechaba las ocasiones, previendo que le iba a faltar el estiércol para las
labores del campo de primavera, compró el de un vecino que pasaba penurias; y
convinieron en que cada noche iría con su carreta a buscar una carga de
estiércol.
Así todos los días, al caer la noche, se ponía en camino
para ir a la alquería de los Haules, que estaba a una media legua de distancia,
acompañado siempre de su cerdo. Y cada día era una fiesta alimentar al muy
bestia. Todo el pueblo acudía allí como se va, los domingos, a misa mayor.
Sin embargo, el soldado empezaba a tener la mosca tras la
oreja; y cuando se reían demasiado fuerte revolvía sus ojos inquietos, que, a
veces, se encendían de una llama de ira.
Ahora bien, una noche, una vez que hubo comido hasta
quedar satisfecho, se negó a tragarse un bocado más; y trató de levantarse para
irse. Pero San Antonio le detuvo retorciéndole una muñeca y, poniéndole sus dos
poderosas manos sobre los hombros, le hizo sentarse de nuevo tan enérgicamente
que la silla se rompió bajo el hombre.
Estalló un huracán de alegría; y Antonio, radiante,
levantando a su cerdo fingió ponerle un vendaje para las heridas; luego dijo:
—¡Puesto que no quieres comer, entonces beberás, rediós!
Y mandaron a buscar aguardiente a la taberna.
El soldado miraba a su alrededor con ojos de mirada
malvada; pero bebió, no obstante, bebió tanto como quisieron; y San Antonio, en
medio del júbilo de los presentes, le sostenía la cabeza.
El normando, rojo como un tomate, la mirada de fuego,
llenaba las copas y trincaba voceando: «¡A tu salud!». Y el prusiano, sin abrir
la boca, se echaba al coleto tragos de aguardiente uno tras otro.
¡Fue una lucha, una batalla, una revancha! ¡A ver quién
conseguía beber más, maldita sea! Cuando se acabó la botella, ninguno de los
dos podía con su alma. Pero ninguno había salido perdedor. Estaban empatados.
¡Iban a tener que volver a empezar al día siguiente!
Salieron tambaleándose y echaron a andar junto a la
carreta de estiércol de la que tiraban lentamente los dos caballos.
Empezaba a caer la nieve, y la noche sin luna se iluminaba
tristemente con esa claridad mortecina propia de las llanuras. Cogieron frío
los dos, lo cual aumentó su ebriedad, y San Antonio, descontento por no haber
ganado, se divertía dándole empellones en el hombro a su cerdo para hacerle
caer en la cuneta. El otro evitaba los ataques mediante retiradas; y
pronunciaba cada vez unas palabras en alemán en un tono de irritación que hacía
reír a carcajadas al campesino. Hasta que, finalmente, el prusiano se molestó;
y, justo en el momento en que Antonio le daba otro empellón, respondió con un
terrible puñetazo que hizo tambalearse al coloso.
Entonces, encendido por el aguardiente, el viejo cogió al
hombre por la cintura, le sacudió unos segundos como si fuera un niño pequeño y
lo lanzó de un impulso al otro lado del camino. Luego, satisfecho del
resultado, se cruzó de brazos para seguir riéndose.
Pero el soldado se puso rápidamente en pie, con la cabeza
descubierta, pues se le había caído el casco, desenvainó el sable y se abalanzó
sobre el compadre Antonio.
Al ver esto, el campesino cogió su fusta por el medio, su
gran fusta de acebo, recta, fuerte y elástica como un vergajo.
El prusiano se lanzó hacia delante, con la cabeza gacha y
acometiendo con su arma, seguro de matar. Pero el viejo atrapó con la mano la
hoja que estaba a punto de reventarle el vientre, la desvió, y propinó con el
mango de su fusta un golpe seco en la sien de su enemigo, que cayó a sus pies.
Luego miró, espantado, anonadado de asombro, el cuerpo
primero sacudido por los espasmos, luego inmóvil sobre el vientre. Se inclinó,
le dio la vuelta, lo examinó un rato. El hombre tenía los ojos cerrados; y un
hilillo de sangre brotaba de una brecha de un lado de su frente. A pesar de la
oscuridad, el compadre Antonio distinguía la mancha oscura de aquella sangre en
la nieve.
Permanecía allí, trastornada la cabeza, mientras su
carreta seguía adelante al paso tranquilo de los caballos.
¿Qué hacer? ¡Le fusilarían! ¡Prenderían fuego a su
alquería, destruirían el pueblo! ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? ¿Cómo esconder el
cuerpo, ocultar el fallecimiento, engañar a los prusianos? Oyó voces a lo
lejos, en el gran silencio de las nieves. Se espantó y, tras recoger el casco,
se lo puso en la cabeza a su víctima, y luego, cogiéndole por los costados, lo
levantó, echó a correr, alcanzó el carro y arrojó el cuerpo sobre el estiércol.
En casa, ya se le ocurriría algo.
Iba a paso corto, devanándose los sesos, sin que se le
ocurriera nada. Se veía y se sentía perdido. Entró en el patio de su casa. Se
veía luz en un ventanillo de la buhardilla, su sirvienta no dormía aún;
entonces hizo recular rápidamente el carro hasta el borde de la entrada del
estercolero. Pensaba que, volcando la carga, el cuerpo depositado encima
acabaría debajo, en la fosa; e hizo bascular la carretada.
Como había previsto, el hombre quedó enterrado bajo el
estiércol. San Antonio igualó el montón con la horquilla y la hincó en el
suelo, al lado. Llamó a su mozo, ordenó que metiera los caballos en las
caballerizas; y entró en su habitación.
Se acostó, sin dejar de cavilar ni un momento en lo que
iba a hacer, pero, como no se le ocurría ninguna idea, su espanto iba en
aumento en la inmovilidad del lecho. ¡Le fusilarían! Sudaba del miedo; le
castañeteaban los dientes; se levantó temblando, incapaz como se sentía de
seguir estando entre las sábanas.
Entonces bajó a la cocina, cogió la botella del buen
aguardiente del aparador y volvió a subir. Se bebió dos grandes copas seguidas,
añadiendo una nueva borrachera a la anterior, pero sin calmar la angustia de su
alma. ¡Buena la había hecho, imbécil de él!
Ahora iba de un lado para otro, tratando de dar con alguna
estratagema, explicación o astucia; y, de tanto en tanto, se echaba un trago al
gaznate, para cobrar ánimos.
Y no se le ocurría nada. Nada de nada.
Hacia medianoche, su perro guardián, una especie de medio
lobo llamado Devorador, se puso a ladrar a la luna. El compadre Antonio se
estremeció hasta los tuétanos; y, cada vez que el animal reanudaba su gañido
lúgubre y prolongado, un escalofrío de miedo recorría el espinazo del viejo.
Se había derrumbado sobre una silla, con las piernas
molidas, atontado, sin poder más, esperando con ansiedad que Devorador
comenzara de nuevo su quejido, y sacudido por todos los sobresaltos del terror
que crispan nuestros nervios.
El reloj de abajo dio las cinco. El perro no callaba. El
campesino se estaba volviendo loco. Se levantó para soltar al animal, y dejar
así de oírlo. Bajó, abrió la puerta, avanzó en medio de la noche.
Seguía nevando. Todo estaba blanco. Los edificios de la
alquería formaban grandes manchas oscuras. El hombre se acercó a la perrera. El
perro tiraba de su cadena. Lo soltó. Entonces Devorador dio un salto, se detuvo
a continuación en seco, con el pelaje erizado, las patas tensas, enseñando los
dientes, el hocico vuelto hacia el estiércol.
Temblando de pies a cabeza, San Antonio balbució: «¿Qué te
pasa, chucho?» y avanzó algunos pasos, escrutando con la mirada la imprecisa
sombra, la sombra borrosa del patio.
¡Entonces vio una forma, una forma de hombre sentado sobre
su estiércol!
Lo miró jadeando, paralizado por el terror. Pero, de
improviso, vio junto a sí el mango de su horquilla hincada en tierra; la
arrancó y, en uno de esos impulsos de miedo que tornan temerarias a las
personas más cobardes, se lanzó hacia delante, para ver.
Era su prusiano, salido enfangado de su yacija de
inmundicias que le había recalentado y hecho volver en sí. Se había sentado
maquinalmente, y permanecía allí, bajo la nieve que le blanqueaba, empapado de
suciedad y de sangre, atontado aún por la borrachera, aturdido por el golpe,
debilitado por la herida.
Vio a Antonio, y, demasiado anonadado para entender nada,
hizo ademán de levantarse. Pero el viejo, apenas le hubo reconocido, se puso a
echar espumarajos como una bestia rabiosa.
Farfullaba:
—¡Ah, cerdo, cerdo, así que no te has muerto aún! Quieres
denunciarme, ¿eh?…, pues, espera, espera…
Y, abalanzándose sobre el alemán, acometió con toda la
fuerza de sus dos brazos con la horquilla enristrada como una lanza, y le
hundió hasta el mango en el pecho los cuatro dientes de hierro.
El soldado cayó de espaldas lanzando un largo suspiro de
muerte, mientras el viejo campesino retiraba su arma de las heridas para
clavársela de nuevo, una vez tras otra, en la panza, en el estómago, en la
garganta, lanzando golpes como un loco, acribillando de pies a cabeza el cuerpo
palpitante del que brotaba la sangre a borbotones.
Luego se detuvo, sofocado por lo violento de su tarea,
tomando aire a grandes bocanadas, aplacado por el crimen consumado.
Entonces, cuando cantaban los gallos en los gallineros e
iba a despuntar el día, se puso manos a la obra para enterrar el cadáver.
Abrió un hoyo en el estiércol, encontró tierra, excavó más
hondo aún, trabajando sin ningún orden, en un arrebato enérgico con furiosos
movimientos de brazos y de todo el cuerpo.
Cuando el hoyo fue lo bastante profundo, hizo rodar con la
horquilla el cadáver en su interior, lo rellenó con la tierra y la apisonó
largo rato; luego colocó de nuevo en su sitio el estiércol, y al ver que la
espesa nieve completaba su tarea, y cubría las huellas con su blanco manto,
sonrió.
Luego volvió a hincar la horquilla sobre el montón de
inmundicia y entró de nuevo en su casa. Su botella medio llena aún de
aguardiente había quedado sobre una mesa. La vació de un trago, se tumbó en la
cama y se durmió con un sueño profundo.
Se despertó lúcido, con el ánimo sereno y alerta, capaz de
juzgar lo sucedido y de prever los acontecimientos.
Al cabo de una hora corría al pueblo a pedir por todas
partes noticias de su soldado. Fue a ver a los oficiales para saber, decía, por
qué se habían llevado a su hombre.
Como conocían su relación, no sospecharon de él; e incluso
dirigió las labores de búsqueda afirmando que el prusiano se iba cada noche de
picos pardos.
Un viejo gendarme retirado, que tenía una posada en el
pueblo vecino y una bonita hija, fue detenido y fusilado.
LA AVENTURA DE WALTER SCHNAFFS*
A Robert Pinchon
Desde su entrada en Francia con el ejército invasor,
Walter Schnaffs se consideraba el más desdichado de los hombres. Era gordo,
andaba con esfuerzo, resoplaba mucho y sufría espantosamente de los pies que
tenía muy planos y grandes. Era, además, pacífico y bonachón, nada magnánimo o
sanguinario, padre de cuatro niños a los que adoraba y estaba casado con una
joven rubia, cuyo cariño, pequeñas atenciones y besos echaba desesperadamente
de menos cada noche. Le gustaba levantarse tarde y acostarse temprano, comer
despacio cosas buenas y tomar cerveza en las cervecerías. Pensaba, además, que
todo lo que es agradable de la vida acaba con ésta; y sentía en su corazón un
odio terrible, instintivo y racional al mismo tiempo, hacia los cañones, los
fusiles, los revólveres y los sables, pero sobre todo hacia las bayonetas,
incapaz como se sentía de manejar lo bastante diestramente esa arma rápida para
defender su barrigón.
Y, cuando, al caer la noche, se acostaba en el suelo
envuelto en su capote al lado de sus camaradas que roncaban, pensaba un buen
rato en sus seres queridos de los que estaba tan lejos y en los peligros de que
estaba sembrado su camino: «Si me matasen, ¿qué sería de mis pequeños? ¿Quién
los criaría y educaría? Y no son ricos además, a pesar de las deudas que
contraje al partir para dejarles algún dinero». Y Walter Schnaffs lloraba a
veces.
Al comienzo de las batallas sentía tal flojera en las
piernas que se habría dejado caer al suelo de no haber pensado que todo el
ejército le pasaría por encima. Cuando oía silbar las balas se le ponía la piel
de gallina.
Desde hacía meses vivía así en medio del terror y de la
angustia.
El cuerpo del ejército al que pertenecía avanzaba hacia
Normandía; y un buen día fue mandado en una misión de reconocimiento con un
escaso destacamento que debía limitarse a explorar una parte de la región y
replegarse acto seguido. Todo parecía en calma en los campos; nada indicaba una
resistencia organizada.
Ahora bien, cuando los prusianos bajaban tranquilamente
por un pequeño valle, que cortaban unos barrancos profundos, una violenta
descarga de fusilería les hizo detenerse en seco, abatiendo a una veintena de
ellos; y una escuadra de francotiradores, saliendo de pronto de un bosquecillo
grande como la palma de una mano, se lanzó hacia delante, con la bayoneta
calada.
En un primero momento Walter Schnaffs se quedó inmóvil,
tan sorprendido y desesperado que ya no pensaba siquiera en huir. Luego le
dominó un deseo loco de poner pies en polvorosa; pero enseguida pensó que
corría como una tortuga en comparación con los delgados franceses que llegaban
dando saltos como un rebaño de cabras. Viendo entonces a seis pasos delante de
él un ancho hoyo lleno de maleza cubierta de hojas secas, saltó dentro a pie
juntillas, sin pensar siquiera en lo profundo que pudiera ser, como se salta de
un puente a un río.
Pasó, como una flecha, a través de una espesa capa de
bejucos y zarzas pinchudas que le rasguñaron cara y manos, yendo a caer
pesadamente de culo sobre un lecho de piedras.
Alzando al punto los ojos, vio el cielo por el agujero que
había hecho. Aquel agujero revelador podía delatarle, por lo que se arrastró
con precaución, gateando, hasta el fondo de aquella cavidad, bajo la techumbre
de ramaje entrelazado, yendo lo más rápidamente posible, alejándose del lugar
del combate. Luego se detuvo y se sentó de nuevo, agazapado como una liebre en
medio de las altas hierbas secas.
Durante un rato siguió oyendo algunas detonaciones, gritos
y lamentos. Luego el clamor de la lucha se debilitó. Todo se volvió de nuevo
mudo y calmo.
Algo se movió de repente junto a él. Tuvo un sobresalto
espantoso. Era un pajarillo que, tras haberse posado sobre una rama, hacía
agitarse unas hojas secas. Durante cerca de una hora, el corazón de Walter
Schnaffs latió con grandes palpitaciones aceleradas.
Caía la noche, cubriendo el barranco de sombra. Y el
soldado se puso a pensar. ¿Qué haría? ¿Qué iba a ser de él? ¿Reunirse con su
ejército?… Pero ¿cómo? Pero ¿por dónde? ¡Tendría que empezar de nuevo la
horrible vida de angustias, de espantos, de fatigas y de sufrimientos que
llevaba desde el comienzo de la guerra! ¡No! ¡Ya no se sentía con valor para
ello! Ya no tendría la energía que se requería para soportar las marchas y
afrontar los peligros de cada minuto.
Pero ¿qué hacer? No podía quedarse en aquel barranco y
ocultarse hasta el final de las hostilidades. No, por supuesto. De no haber
tenido que comer, esa perspectiva no le habría aterrado demasiado; pero comer
había que comer, y además todos los días.
Y se encontraba así totalmente solo, armado, en uniforme,
en territorio enemigo, lejos de los que podían defenderle. Unos escalofríos
recorrían su espinazo.
De repente pensó: «¡Si al menos fuera prisionero!», y su
corazón se estremeció de deseo, de un deseo violento y desmedido, de ser
prisionero de los franceses. ¡Prisionero! Estaría salvado, alimentado, alojado,
al abrigo de las balas y de los sables, sin recelo posible, en una buena
prisión bien protegida. ¡Prisionero! ¡Qué sueño!
Y tomó inmediatamente una decisión: «Voy a entregarme».
Se levantó, decidido a llevar a cabo su plan sin pérdida
de tiempo. Pero se quedó inmóvil, asaltado de pronto por reflexiones molestas y
por nuevos terrores.
¿Dónde se entregaría prisionero? ¿Y cómo? ¿Por qué lado? Y
unas imágenes espantosas, imágenes de muerte, atenazaron su alma.
Iba a correr peligros terribles aventurándose solo, por
los campos, con su casco en punta.
¿Y si se encontraba con unos campesinos? ¡Esos campesinos,
al ver a un prusiano perdido, a un prusiano inerme, le matarían como a un perro
vagabundo! ¡Le masacrarían con sus horcas, sus picos, sus hoces, sus palas! Le
harían picadillo, papilla, con el encarnizamiento de los vencidos exasperados.
¿Y si se encontraba con unos francotiradores? Esos
francotiradores, unos desalmados sin ley ni disciplina, le fusilarían por
simple diversión, para pasar una hora riéndose en sus barbas. Y se veía ya de
espaldas contra el muro, delante de doce cañones de fusil que parecían mirarle
con sus bocachas negras y redondas.
¿Y si se encontraba con el ejército francés? Los hombres
de la vanguardia le tomarían por un explorador, por un soldado astuto y audaz
que había ido solo de reconocimiento, y le dispararían. Oía ya las detonaciones
intermitentes de los soldados tendidos entre los matorrales, mientras él, de
pie en medio de un campo, se desplomaba, acribillado como un cedazo por las
balas que sentía penetrar en sus carnes.
Desesperado, volvió a sentarse. Le parecía estar realmente
en un callejón sin salida.
Era ya noche cerrada, una noche negra y silenciosa. Ya no
se movía y se estremecía a cada ruido desconocido y ligero que cruzaba las
tinieblas. Un conejo, al golpear con su trasero el borde de la madriguera, a
punto estuvo de hacerle huir. Los chillidos de las lechuzas le partían el alma,
provocándole miedos repentinos, dolorosos como heridas. Desorbitaba los ojos
para tratar de ver en la sombra; y se imaginaba en todo momento que oía andar
cerca de él.
Al cabo de interminables horas y de angustias de
condenado, percibió, a través de su techumbre, que el cielo empezaba a clarear.
Le embargó entonces un inmenso alivio; sus miembros se relajaron, descansados
de repente; su corazón se apaciguó; sus ojos se cerraron. Se durmió.
Al despertar, le pareció que el sol había llegado a su
cenit; debía de ser mediodía. Ningún ruido turbaba la paz mortecina de los
campos; y Walter Schnaffs se dio cuenta de que tenía un hambre canina.
Bostezaba, se le hacía la boca agua sólo de pensar en el
salchichón, en el buen salchichón de los soldados; y le dolía el estómago.
Se levantó, dio unos pasos, sintió flojera en las piernas
y volvió a sentarse para pensar. Durante dos o tres horas más sopesó los pros y
los contras, dividido entre las más opuestas ideas.
Finalmente prevaleció una decisión que encontró lógica y
práctica: esperar a que pasara un campesino, solo, desarmado y sin peligrosas
herramientas de trabajo, correr a su encuentro y ponerse en sus manos,
haciéndole ver inequívocamente que se rendía.
Entonces se quitó el casco, que con su punta podía
delatarle, y, con infinitas precauciones, asomó la cabeza fuera de su agujero.
No se veía alrededor ni un alma. Al fondo a la derecha, un
pueblecito mandaba hacia el cielo el humo de sus tejados, ¡el humo de las
cocinas! Al fondo a la izquierda, en el extremo de una avenida arbolada, divisó
un gran castillo flanqueado por unas torrecillas.
Esperó hasta el atardecer, entre atroces padecimientos,
viendo sólo vuelos de cuervos, oyendo únicamente los sordos quejidos de sus
entrañas.
Una vez más la noche descendió sobre él.
Se tumbó al fondo de su refugio y se durmió con un sueño
febril, poblado de pesadillas, el sueño de un hombre famélico.
Se alzó la aurora de nuevo sobre su cabeza. Reanudó la
observación. Pero el campo estaba vacío como el día anterior; y entonces otro
miedo se apoderó de Walter Schnaffs, ¡el miedo a morir de hambre! Se veía
tumbado al fondo de su agujero, tendido de espaldas, con los ojos cerrados.
Luego unas bestias, bestezuelas de todo tipo se acercaban a su cadáver y
empezaban a comérselo, atacándole por todas partes a la vez, introduciéndose en
sus ropas para morder su piel fría. Y un gran cuervo le picaba en los ojos con
su afilado pico.
Entonces enloqueció, imaginándose que se desvanecería de
debilidad y no podría ya caminar. Y se disponía a lanzarse hacia el pueblo,
resuelto a atreverse a todo, a arrostrarlo todo, cuando vio a tres campesinos
que iban a los campos con sus horcas al hombro, y se volvió a meter en su
escondite.
Pero, cuando la noche oscureció la llanura, salió
lentamente del agujero y se puso en camino, encorvado, temeroso, con el corazón
palpitándole, hacia el castillo lejano, prefiriendo entrar allí que en el
pueblo, que le parecía temible como una guarida llena de tigres.
Había luz en las ventanas de la planta baja. Una de ellas
estaba incluso abierta; y un fuerte olor a carne asada salía de allí, un olor
que penetró bruscamente en la nariz y hasta el fondo del estómago de Walter
Schnaffs, que le crispó, le hizo jadear, atrayéndole irresistiblemente,
infundiéndole en el corazón una audacia desesperada.
Y brusca e irreflexivamente apareció, con el casco puesto,
en el marco de la ventana.
Ocho criados estaban cenando en una gran mesa. Pero de
pronto una criada se quedó boquiabierta, dejando caer su vaso, con la mirada
fija. ¡Todas las miradas siguieron a la suya!
¡Vieron al enemigo!
¡Señor mío! ¡Los prusianos atacaban el castillo!…
Primero se oyó un grito, un solo grito, formado de ocho
gritos lanzados en ocho tonos distintos, un grito de espanto horrible, luego un
levantarse tumultuoso, alboroto, confusión, una huida desesperada hacia la
puerta del fondo. Las sillas caían, los hombres derribaban a las mujeres y
pasaban por encima de ellas. En dos segundos, la estancia quedó vacía,
abandonada, con la mesa cubierta de manduca delante de un Walter Schnaffs
estupefacto, que seguía de pie ante la ventana.
Tras unos instantes de vacilación, salvó el pretil y
avanzó hacia los platos. Su hambre excitada le hacía temblar como quien tiene
fiebre: pero un terror le refrenaba, le paralizaba aún. Escuchó. Toda la casa
parecía temblar; puertas que se cerraban, correr de pasos apresurados por el
piso de arriba. Inquieto, el prusiano aguzaba el oído a esos confusos sonidos;
luego oyó unos sordos ruidos como si unos cuerpos hubieran caído en la blanda
tierra, al pie de los muros, cuerpos humanos saltando desde la primera planta.
Después cesaron todo movimiento, toda agitación, y en el
gran castillo reinó un silencio sepulcral.
Walter Schnaffs se sentó delante de un plato que había
quedado intacto y se puso a comer. Comía a grandes bocados como si temiera
verse interrumpido demasiado pronto y no poder tragar lo bastante. Se llevaba
los bocados con ambas manos a su boca abierta como una trampilla; y un montón
de comida iba a parar una y otra vez a su estómago, hinchando al pasar su
garganta. A veces se interrumpía, a punto de reventar como un tubo demasiado
lleno. Entonces cogía la jarra de sidra y se destaponaba el esófago igual que
se desemboza un conducto obturado.
Vació todos los platos, todas las fuentes y todas las
botellas; luego, saciado de comida y de bebida, atontado, rojo, sacudido por
los hipos, trastornada la cabeza y la boca grasienta, se desabrochó el uniforme
para respirar, incapaz por otra parte de dar un paso. Sus ojos se cerraban,
tenía la mente embotada; apoyó su frente que le pesaba entre los brazos
cruzados sobre la mesa, y poco a poco perdió la noción de las cosas y de los
hechos.
La luna en cuarto menguante iluminaba vagamente el
horizonte por encima de los árboles del parque. Era la hora de frío que precede
al día.
Numerosas y mudas sombras se deslizaban por la espesura; y
a veces un rayo de luna hacía relucir en la sombra una punta de acero.
El tranquilo castillo alzaba su gran silueta oscura. Sólo
en dos ventanas había luz aún en la planta baja.
De repente, una voz tonante gritó:
—¡Adelante, al asalto, muchachos!
Entonces, en cuestión de segundos, las puertas, los
postigos y los cristales se hundieron ante la marea de hombres que se lanzaron,
rompiéndolo, aplastándolo todo, e invadieron la casa. En un instante cincuenta
soldados armados hasta los dientes se plantaron en la cocina donde descansaba
pacíficamente Walter Schnaffs, y, apuntándole en el pecho cincuenta fusiles
cargados, le derribaron, haciéndole rodar, le apresaron, le ataron de pies a
cabeza.
Él jadeaba de asombro, demasiado atontado para entender,
golpeado, pateado y loco de miedo.
Y de repente, un militar gordo recargado de entorchados le
plantó un pie sobre la panza vociferando:
—¡Es usted mi prisionero, ríndase!
El prusiano comprendió sólo la palabra «prisionero» y
gimió: Ya, ya, ya.
Fue levantado, atado a una silla y examinado con viva
curiosidad por sus vencedores que resoplaban como ballenas. Varios se sentaron,
extenuados por la emoción y el cansancio.
¡Él sonreía, ahora sonreía, convencido como estaba de
haber sido hecho al fin prisionero!
Entró otro oficial y dijo:
—Mi coronel, los enemigos han escapado; varios parecen
haber sido heridos. Tenemos el control de la situación.
El gordo militar, que se estaba secando la frente,
vociferó:
—¡Victoria!
Y escribió en una pequeña agenda comercial que se había
sacado del bolsillo: «Tras una lucha encarnizada, los prusianos han tenido que
batirse en retirada, llevándose a sus muertos y heridos, que se estiman en
cincuenta hombres fuera de combate. Varios han caído en nuestras manos».
El joven oficial prosiguió:
—¿Qué medidas he de tomar, mi coronel?
El coronel respondió:
—Vamos a replegarnos para evitar una contraofensiva del
enemigo, provisto de artillería y de fuerzas superiores.
Y dio la orden de retirarse.
La columna volvió a formar en la sombra, bajo los muros
del castillo, y se puso en marcha, rodeando por todas partes a un Walter
Schnaffs agarrotado, sujetado por seis guerreros que empuñaban el revólver.
Se mandó a algunos exploradores para que vigilasen el
camino. Avanzaban con prudencia, haciendo un alto de vez en cuando.
Llegaron, al rayar el día, a la subprefectura de La
Roche-Oysel, cuya Guardia Nacional había llevado a cabo este hecho de armas.
La ansiosa y sobrexcitada población aguardaba. Cuando
vieron el casco del prisionero, estalló un formidable clamor. Las mujeres
levantaban los brazos; las ancianas lloraban; un abuelo lanzó su muleta contra
el prusiano e hirió en la nariz a uno de sus guardianes.
El coronel daba alaridos.
—Velen por la seguridad del prisionero.
Llegaron por fin al Ayuntamiento. Se abrió la prisión, y
Walter Schnaffs fue arrojado dentro, libre de ataduras.
Doscientos hombres armados montaron la guardia en torno al
edificio.
Entonces, a pesar de los síntomas de indigestión que le
torturaban desde hacía un buen rato, el prusiano, loco de alegría, se puso a
bailar, a bailar como un loco, alzando brazos y piernas, a bailar dando gritos
frenéticos, hasta el momento en que cayó, agotado al pie de una de las paredes.
¡Era prisionero! ¡Estaba salvado!
Fue así como el castillo de Champignet fue recuperado de
manos del enemigo al cabo de sólo seis horas de ocupación.
El coronel Ratier, comerciante en paños, que había
dirigido la operación a la cabeza de los guardias nacionales de La Roche-Oysel,
fue condecorado.
EL COMPADRE MILON*
Desde hacía un mes, un gran sol derrama su lumbre sobre
los campos. La vida brota radiante bajo este diluvio de fuego; la tierra es
puro verdor hasta donde alcanza la vista. Hasta los confines del horizonte, el
cielo es azul. Las alquerías normandas diseminadas por la llanura, vistas a
distancia, se dirían bosquecillos, encerrados en su cercado de esbeltas hayas.
De cerca, cuando se abre la cancela carcomida, se tiene la impresión de ver un
gigantesco jardín, pues todos los viejos manzanos, huesudos como campesinos,
están en flor. Sus añosos troncos negros, encorvados, retorcidos, en línea
respecto al corral, despliegan bajo el cielo sus espléndidas copas blancas y
rosas. El dulce aroma de su floración se mezcla con los olores grasos de los
establos abiertos y con los vahos del estiércol que fermenta, cubierto de
gallinas.
Es mediodía. La familia come a la sombra del peral
plantado ante la puerta: el padre, la madre, los cuatro niños, las dos
sirvientas y los tres mozos. Nadie habla. Se toman las sopas, luego destapan la
cacerola del guisote lleno de patatas con tocino.
De cuando en cuando, una sirvienta se levanta y va a la
bodega a llenar la jarra de sidra.
El hombre, un mocetón de unos cuarenta años, contempla una
parra desnuda pegada a la pared de la casa, que corre retorcida como una
serpiente, bajo las persianas, a todo lo largo del muro.
Al final dice:
—La parra de papá echa brotes pronto este año. Tal vez dé
uva.
También la mujer se vuelve y mira sin decir nada.
La parra está plantada justo donde fue fusilado el padre.
Sucedió durante la guerra de 1870. Los prusianos ocupaban
toda la región. El general Faidherbe, con el ejército del Norte, les hacía
frente.
Ahora bien, el Estado Mayor prusiano había sentado sus
reales en esa alquería. El propietario, el compadre Milon, de nombre Pierre,
les había acogido y dado hospedaje lo mejor posible.
Desde hacía un mes, la vanguardia alemana estaba en el
pueblo en tareas de observación. A unas diez leguas, los franceses permanecían
inmóviles; y, sin embargo, cada noche desaparecían ulanos.
Todos los exploradores aislados, aquellos a los que
mandaban de patrulla, cuando iban sólo dos o tres, no volvían nunca.
Los encontraban muertos por la mañana, en un campo, junto
a un corral, en una cuneta. Hasta sus caballos yacían a lo largo de los caminos,
degollados de un sablazo.
Tales asesinatos parecían perpetrados por las mismas
personas, que no se conseguía descubrir.
Se aterrorizó a los lugareños. Se fusiló a campesinos por
una simple denuncia, se encarceló a mujeres, se trató, por medio del miedo, de
hacer hablar a los niños. Pero no se descubrió nada.
Pero he aquí que una mañana vieron al compadre Milon
tendido en su establo, con la cara señalada por un tajo.
Dos ulanos eviscerados fueron encontrados a tres
kilómetros de su alquería. Uno de ellos tenía empuñada aún su arma
ensangrentada. Se había batido, defendido.
Tras formarse de inmediato un consejo de guerra, al aire
libre, delante de la alquería, el viejo fue conducido ante él.
Contaba sesenta y ocho años. Era menudo, flaco, algo
cargado de espaldas, con unas manazas parecidas a pinzas de cangrejo. Sus
cuatro pelos descoloridos y ligeros como el plumón de un patito dejaban
entrever por todas partes la carne del cráneo. La piel atezada y rugosa del
cuello mostraba unas gruesas venas que desaparecían bajo las mandíbulas para
reaparecer en las sienes. Tenía fama en la comarca de persona avara y duro de
pelar en los negocios.
Le colocaron de pie, entre cuatro soldados, delante de la
mesa de la cocina que habían sacado afuera. Cinco oficiales y el coronel se
sentaron enfrente de él.
El coronel tomó la palabra en francés.
—Compadre Milon, desde que estamos aquí no podemos sino
decir bondades de usted. Siempre se ha mostrado complaciente e incluso atento
con nosotros. Pero hoy pesa una terrible acusación sobre usted, y es preciso
aclarar las cosas. ¿Cómo se hizo esta herida que tiene en la cara?
El campesino no respondió nada.
El coronel continuó:
—Su silencio le condena, compadre Milon. Pero quiero que
usted me responda, ¿entendido? ¿Sabe quién mató a los dos ulanos que fueron
encontrados esta mañana cerca del Calvario?
El viejo articuló claramente:
—Fui yo.
El coronel, sorprendido, guardó silencio unos segundos,
mirando con fijeza al prisionero. El compadre Milon permanecía impasible, con
su aire cerril de campesino, los ojos gachos como si hablara con su cura. Sólo
una cosa podía revelar una íntima turbación, y era que tragaba una y otra vez
saliva, con un visible esfuerzo, como si tuviera la garganta completamente
estrangulada.
La familia del buen hombre, su hijo Jean, su nuera y dos
niños pequeños, estaban a diez pasos, espantados y consternados.
El coronel continuó:
—¿Sabe quién ha matado a todos los exploradores de nuestro
ejército, que encontramos cada mañana, desde hace un mes, en los campos?
El viejo contestó con la misma impasibilidad de bruto:
—Fui yo.
—¿Los ha matado todos usted?
—Todos yo, sí.
—¡Usted solo!
—Yo solo.
—Cuénteme cómo lo hizo.
Esta vez el hombre pareció emocionado, visiblemente
incómodo por la necesidad de tener que hablar extensamente. Balbució:
—¿Qué sé yo? Lo hice tal como se terciaba.
El coronel prosiguió:
—Debo advertirle que tendrá que contármelo todo. Hará bien
en decidirse cuanto antes. ¿Cómo empezó?
El hombre lanzó una mirada inquieta a su familia, que
estaba a la escucha detrás de él. Dudó un poco más, luego, de golpe, se
decidió.
—Una noche, de vuelta a casa, debían de ser las diez, al
día siguiente de llegar ustedes. Ustedes y sus soldados me habían quitado más
de cincuenta escudos en heno, aparte de una vaca y dos ovejas. Pensé: «Cada vez
que me quiten veinte escudos, me las pagarán». Y había, además, otras cosas que
no podía tragar, como le contaré. Veo a uno de sus jinetes que estaba fumando
en pipa en la reguera de detrás del granero. Voy, descuelgo la hoz y me le
acerco por detrás sigilosamente, para que no se diera cuenta. Le corté la
cabeza de un solo tajo, como si fuera una espiga, y no le dio ni tiempo de
soltar un lamento. Basta con que lo busquen en el fondo de la charca, está
dentro de un saco de carbón, con una piedra de la cancela.
»Tenía un plan. Cogí todas sus cosas, desde las botas
hasta la gorra, y las escondí dentro del horno de la yesería del bosque Martin,
detrás del corral.
El viejo se calló. Los oficiales se miraban pasmados.
Luego se reanudó el interrogatorio, y he aquí de lo que se enteraron:
Tras haber perpetrado su crimen, el viejo había vivido
sólo con esta idea: «¡Matar prusianos!». Los odiaba con un odio solapado y
feroz, como campesino codicioso y también patriota que era. Tenía un plan, como
él decía. Esperó algunos días.
Gozaba de libertad para ir y venir, entrar y salir a su
antojo, tan humilde se había mostrado con los vencedores, sumiso y
complaciente. Ahora bien, cada atardecer veía partir las estafetas; y, una
noche, salió tras haber oído el nombre del pueblo al que se dirigían los
jinetes y haber aprendido, gracias a la frecuentación de los soldados, las
pocas palabras de alemán que necesitaba saber.
Salió por el corral, se internó en el bosque, llegó a la
yesería, se introdujo en una profunda galería y localizó en el fondo, en el
suelo, las ropas del muerto. Se vistió con ellas.
Entonces se puso a dar vueltas por los campos, reptando,
siguiendo los ribazos para esconderse, pendiente de los menores ruidos,
inquieto como un cazador furtivo.
Cuando creyó llegada la hora, se acercó al camino y se
ocultó detrás de un matorral. Siguió aguardando. Finalmente, hacia medianoche,
oyó resonar el galope de un caballo en la dura tierra del camino. El hombre
pegó el oído a tierra para asegurarse de que sólo se acercaba un jinete, luego
se preparó.
El ulano llegaba a trote ligero, trayendo unos despachos.
Iba con la mirada atenta y aguzando el oído. Cuando no estuvo más que a diez
pasos, el compadre Milon se arrastró hacia el centro del camino gimiendo:
«Hilfe, hilfe! ¡Socorro, socorro!». El jinete se detuvo, reconoció a un alemán
desarzonado, le pareció que estaba herido, se apeó del caballo, se acercó sin
sospechar nada y, cuando se disponía a inclinarse sobre el desconocido, recibió
en pleno estómago la larga hoja curva del sable. Cayó, sin agonía, apenas
sacudido por los estremecimientos de la hora suprema.
Entonces el normando, exultante de una muda alegría de
viejo campesino, se levantó y, por simple gusto, le cortó el gaznate al
cadáver. Luego lo arrastró hasta la cuneta y lo dejó allí tirado.
El caballo esperaba tranquilamente a su amo. El compadre
Milon montó en la silla y partió al galope por los campos.
Al cabo de una hora vio a otros dos ulanos que volvían
juntos al centro de mando. Se fue directo hacia ellos, gritando de nuevo:
«Hilfe, hilfe!». Los prusianos le dejaron acercarse, al reconocer el uniforme,
sin desconfianza alguna. Y el viejo pasó, como una bala por entre los dos,
abatiéndolos uno tras otro con su sable y un revólver.
Luego degolló a los caballos, ¡unos caballos alemanes! A
continuación regresó tan tranquilo a su yesería y escondió el caballo en el
fondo de la oscura galería. Se despojó de su uniforme, volvió a ponerse sus
andrajos y, tras volver a su cama, durmió hasta la madrugada.
Durante cuatro días no salió, esperando el final de la
investigación que se había abierto; pero, al quinto día, partió de nuevo, y dio
muerte a otros dos soldados con la misma estratagema. Y a partir de entonces ya
no paró. Cada noche, andaba errante, deambulaba a la ventura, abatiendo a
prusianos unas veces aquí, otras allá, galopando por los campos desiertos, a la
luz de la luna, ulano perdido, cazador de hombres. Luego, una vez terminada su
faena, dejando en pos de sí cadáveres tendidos a lo largo de los caminos, el
viejo jinete volvía para esconder su caballo y su uniforme en el fondo de la
yesería.
Iba hacia mediodía, con aire tranquilo, a llevar avena y
agua a su cabalgadura, que se había quedado en el fondo del subterráneo, y la
alimentaba sin escatimar, exigiendo de ella un gran trabajo.
Pero, la víspera, uno de los que había atacado estaba en
guardia y le hizo de un sablazo un tajo en la cara al viejo campesino.
¡De todas formas, él los había matado a los dos! Luego
había vuelto, había escondido el caballo y se había puesto de nuevo sus
humildes ropas; pero, de regreso, le había entrado una gran debilidad y se
había arrastrado hasta el establo, sin conseguir llegar a casa.
Le encontraron, todo ensangrentado, sobre la paja…
Una vez que hubo terminado su relato, alzó de golpe la
cabeza y miró con aire fiero a los oficiales prusianos.
El coronel, atusándose los bigotes, le preguntó:
—¿No tiene nada más que decir?
—No, nada más; las cuentas cuadran: maté a dieciséis, ni
uno más ni uno menos.
—¿Sabe usted que va a morir?
—No les he pedido clemencia.
—¿Fue usted soldado?
—Sí. Estuve de campaña, en otros tiempos. Y además,
mataron ustedes a mi padre, que fue soldado con el primer emperador; y el mes
pasado me mataron a François, mi hijo pequeño, cerca de Évreux. Estaban en
deuda conmigo, ahora estamos en paz.
Los oficiales se miraron.
El viejo continuó:
—Ocho por mi padre, ocho por mi hijo, y la cuenta cuadra.
¡No he sido yo quien ha buscado pelea! Ni siquiera les conozco. No tengo ni
idea de dónde vienen. Están ustedes en mi casa, y mandan en ella como si fuera
la suya. Me he vengado con esos otros; y no me arrepiento.
Enderezó su espalda torcida y se cruzó de brazos en la
pose de un humilde héroe.
Los prusianos estuvieron bastante rato charlando en voz
baja. Un capitán, que había perdido también a su hijo, el mes anterior,
defendía a aquel magnánimo desarrapado.
Entonces el coronel se levantó y, acercándose al compadre
Milon, le dijo, bajando la voz:
—Escuche, anciano, tal vez existe una manera de salvarle
la vida…
Pero el viejo ya no escuchaba y, con los ojos clavados en
los del oficial vencedor, mientras el viento le agitaba la pelusilla de la
cabeza, hizo una mueca horrenda que crispó su cara chupada que cruzaba el
chirlo, e, hinchando el pecho, escupió, con todas sus fuerzas, en plena cara
del prusiano.
El coronel, enloquecido, alzó la mano, y el hombre, por
segunda vez, le escupió en la cara.
Todos los oficiales se habían levantado y gritaban órdenes
a la vez.
En menos de un minuto, el buen hombre, impasible en todo
momento, fue empujado contra la pared y fusilado, mientras dirigía unas
sonrisas a Jean, su hijo mayor, a su cuñada y a los dos niños pequeños, que
miraban desesperados.
EL AMIGO JOSEPH*
Se habían tratado íntimamente durante todo el invierno en
París. Tras haberse perdido de vista, como ocurre siempre, al dejar el colegio,
los dos amigos volvieron a encontrarse, una noche, en sociedad, ya viejos y
canosos, el uno soltero, el otro casado.
El señor de Méroul pasaba seis meses en París y seis meses
en su castillejo de Tourbeville. Tras haberse casado con la hija de un
castellano de los alrededores, había vivido apacible y agradablemente en la
indolencia del hombre que no tiene nada que hacer. De temperamento tranquilo y
cabeza asentada, sin audacias intelectuales ni rebeliones de independencia,
pasaba su tiempo sintiendo una dulce nostalgia del pasado, deplorando las
costumbres e instituciones del presente, y repitiéndole en todo momento a su mujer,
que alzaba los ojos al cielo, y a veces también las manos en señal de
asentimiento enérgico: «¡Pero bajo qué Gobierno vivimos, Dios mío!».
La señora de Méroul se asemejaba intelectualmente a su
marido, como si hubieran sido hermano y hermana. ¡Sabía, por tradición, que hay
que respetar en primer lugar al Papa y al Rey!
Y ella les quería y respetaba en el fondo de su corazón,
sin conocerles, con exaltación poética, abnegación hereditaria y un cariño de
mujer bien nacida. Era buena como un pedazo de pan. No había tenido hijos y
siempre lo lamentaba.
Cuando el señor de Méroul encontró en un baile a su viejo
compañero Joseph Mouradour, sintió por ello una honda y candorosa alegría,
porque de jóvenes se habían querido mucho.
Tras las exclamaciones de asombro sobre los cambios
producidos por la edad en sus cuerpos y caras, se habían informado acerca de
sus respectivas vidas.
Joseph Mouradour, un meridional, había llegado a consejero
general1 en su región. De modales francos, hablaba con vivacidad y
desenvoltura, diciendo lo que pensaba sin pelos en la lengua. Era republicano;
de esa raza de republicanos campechanos para quienes las maneras atrevidas son
ley, para quienes la independencia de palabra llevada hasta la brutalidad se
convierte en una pose.
Fue a casa de su amigo, siendo bien acogido en ella de
inmediato por su sencilla cordialidad, pese a sus ideas avanzadas. La señora de
Méroul exclamaba: «¡Qué lástima! ¡Un hombre tan encantador!».
El señor de Méroul le decía a su amigo, con tono
convencido y confidencial: «No te das cuenta del daño que hacéis a nuestro
país». Sin embargo, le quería; porque nada es más sólido que las amistades de
la infancia reanudadas en edad madura. Joseph Mouradour les tomaba el pelo a la
mujer y al marido, llamándoles «mis queridos galápagos», y a veces se entregaba
a rimbombantes declamaciones contra las gentes atrasadas, contra los prejuicios
y las tradiciones.
Cuando descargaba así el torrente de su elocuencia
democrática, los dos esposos, incómodos, no decían nada por educación y
cortesía; luego el marido trataba de cambiar de tema de conversación para
evitar fricciones. Se veían con Joseph Mouradour sólo en la intimidad.
Llegó el verano. Los Méroul no tenían mayor alegría que
recibir a sus amigos en sus posesiones de Tourbeville. Era una alegría íntima y
sana, una alegría de buena gente y de terratenientes. Salían al encuentro de
sus invitados hasta la cercana estación y les llevaban en su coche, esperando
sus cumplidos sobre el lugar, la vegetación, el estado de los caminos del
departamento, la limpieza de las casas de los labriegos, la gordura del ganado
que se veía en los campos, en fin, sobre todo cuanto se veía alrededor.
Hacían notar que su caballo trotaba de forma sorprendente
para ser un animal empleado parte del año en las labores agrícolas; y esperaban
con ansiedad la opinión del recién llegado sobre su posesión, sensibles a la
mínima palabra, agradecidos por la mínima cortesía.
Joseph Mouradour fue invitado y anunció su llegada.
Marido y mujer fueron a recogerle a la estación,
encantados de tener que hacer los honores de la casa.
Apenas verles, Joseph Mouradour saltó de su vagón con una
animación que no hizo sino aumentar su satisfacción. Les estrechaba las manos,
les felicitaba, embriagándoles de cumplidos.
Durante todo el trayecto estuvo encantador, asombrándose
de la altura de los árboles, de la abundante cosecha, de la rapidez del
caballo.
Ya en la escalinata del castillo, el señor de Méroul le
dijo, con una cierta solemnidad amistosa:
—Ahora estás en tu casa.
Joseph Mouradour respondió:
—Gracias, amigo, no esperaba menos de ti. Por otra parte,
yo no me ando con cumplidos con mis amigos. No concibo la hospitalidad de otra
forma.
Acto seguido subió a su habitación para vestirse, como él
decía, a la campesina, y bajó ataviado todo de azul, tocado con un sombrero de
paja, calzado con unos zapatos de cuero amarillo, en suma, vestido de parisino
de trapillo que se va de francachela. También parecía haberse vuelto más llano,
más jovial, más familiar, como si, con el traje campero, se hubiera revestido
de unos modales despreocupados y desenvueltos, que consideraba adecuados a la
circunstancia. Su nuevo atuendo escandalizó un tanto al señor y a la señora de
Méroul, los cuales seguían siendo incluso en sus tierras serios y dignos, como
si la partícula que precedía a su apellido les obligase a un cierto ceremonial
hasta en la intimidad.
Tras haber comido, fueron a visitar las alquerías: y el
parisino dejó anonadados a los respetuosos labriegos por su campechanía.
Por la noche, estaba invitado a cenar el párroco, un viejo
cura cebón, huésped habitual de los domingos, que había sido llamado
excepcionalmente aquella noche para honrar al recién llegado.
Al verle, Joseph arrugó la nariz, luego le estudió con
asombro, como a un ser raro de una raza especial que nunca hubiera visto de tan
cerca. Durante la comida contó unas anécdotas subidas de tono, permitidas en el
seno de la intimidad, pero que los Méroul juzgaron fuera de lugar en presencia
de un eclesiástico. No le decía a éste «señor cura», sino simplemente «señor»;
y le puso en un aprieto con determinadas consideraciones filosóficas sobre las
diversas supersticiones existentes sobre la faz de la tierra. Decía: «Su Dios,
señor, es de los que hay que respetar, pero también discutir. El mío se llama
Razón; y en todas las épocas ha sido enemigo del suyo…».
Desesperados, los Méroul, hacían esfuerzos por cambiar de
tema. El párroco se marchó muy pronto.
Entonces el marido dijo con tono amable:
—¿No te parece que te has excedido un poco delante de ese
sacerdote?
De inmediato Joseph exclamó:
—¡Ésta sí que es buena! ¡Cómo si tuviera yo que andarme
con remilgos con un tragasantos! ¿Sabes?, por otra parte, me harás el favor de
no imponerme más a ese buen hombre durante las comidas. Disfrutadlo vosotros
tanto como queráis, el domingo y los días laborables, pero, ¡voto a Dios!, no
se lo endilguéis a los amigos.
—Pero, amigo, su carácter sagrado…
Joseph Mouradour le interrumpió:
—¡Sí, ya sé, hay que tratarles como a doncellas virtuosas!
¡Este cuento me lo sé de memoria, amigo! Pero cuando estas personas respeten
mis ideas yo respetaré las suyas.
Eso fue todo, por ese día.
Cuando la señora de Méroul entró en su salón, al día
siguiente por la mañana, vio en medio de su mesa tres periódicos que la
hicieron echarse para atrás: Le Voltaire, La République française y La
Justice.2
Al punto apareció en la puerta Joseph Mouradour, que
seguía vistiendo de azul, leyendo con atención L’Intransigeant.3 Exclamó:
—Hoy hay un excelente artículo de Rochefort. Este
Rochefort es realmente extraordinario.4
Lo leyó en voz alta, impostando la voz en determinados
puntos, tan entusiasmado que no se dio cuenta de la llegada de su amigo.
El señor de Méroul llevaba en la mano el Gaulois para él y
el Clairon para su mujer.5
La ardiente prosa del ilustre escritor que derribó el
Imperio, declamada con violencia, cantada con el acento meridional, resonaba en
el pacífico salón, hacía tremolar las viejas cortinas de rectos pliegues,
parecía salpicar las paredes, los grandes sillones tapizados, los muebles
clásicos que llevaban un siglo en los mismos sitios, de una granizada de
palabras saltarinas, descaradas, irónicas y devastadoras.
El hombre y la mujer, de pie uno y sentada la otra,
escuchaban con estupor, tan escandalizados que no hacían gesto alguno.
Mouradour lanzó la última andanada como se lanza una traca
final y concluyó con aire triunfal:
—¿Qué os parece? Es de aúpa, ¿eh?
Pero de repente vio los dos periódicos que traía su amigo,
y también él se quedó pasmado. Luego anduvo hacia él, a grandes pasos,
preguntando con tono furioso:
—¿Qué piensas hacer con estos papeles?
El señor de Méroul respondió dudando:
—¡Pero si… son… mis diarios!
—Tus diarios… ¡Pero vamos, te burlas de mí! Me vas a hacer
el favor de leer los míos, que te aclararán un poco las ideas, y en cuanto a
éstos, mira lo que hago con ellos…
Y, antes de que su desconcertado anfitrión pudiera
impedírselo, cogió los dos periódicos y los tiró por la ventana. Luego, muy
serio, depositó en las manos de la señora de Méroul La Justice, entregó Le
Voltaire al marido y él se repantingó en un sillón para acabar de leer
L’Intransigeant.
Marido y mujer, por delicadeza, fingieron leer un poco y
le devolvieron los periódicos republicanos sujetándolos con la punta de los
dedos, como si estuvieran envenenados.
Mouradour se echó a reír de nuevo y declaró:
—Ocho días de este alimento y os convertiré a mis ideas.
Al cabo de ocho días, en efecto, gobernaba la casa. Había
prohibido la entrada al párroco, a quien la señora de Méroul tenía que ir a ver
a escondidas; había prohibido que el Gaulois y el Clairon entrasen en el
castillo, por lo que un criado iba a buscarlos en secreto a correos y eran
escondidos, cuando volvía, debajo de los cojines del canapé; lo regulaba todo a
su antojo, siempre agradable, siempre cordial, tirano jovial y omnipotente.
Tenían que llegar otros amigos, personas pías y
legitimistas. Los castellanos consideraron imposible un encuentro y, no
sabiendo qué hacer, una noche anunciaron a Joseph Mouradour que un pequeño
asunto les obligaba a ausentarse durante unos días, y le rogaron que se quedara
solo. Él no se inmutó y respondió:
—Muy bien, no me importa, os esperaré cuanto queráis. Ya
os lo he dicho, entre amigos nada de cumplidos. No os falta razón de
preocuparos por vuestros asuntos, ¡qué demonios! No me ofendo por ello, claro
está, es más, me hace sentir más cómodo con vosotros. Id, amigos; os esperaré.
Al día siguiente el señor y la señora de Méroul partieron.
Todavía les está esperando.
LA MADRE DE LOS MONSTRUOS*
Me acordé de esta horrible historia y de esa horrible
mujer al ver pasar el otro día, por una de las playas favoritas de la gente
rica, a una parisina conocida, joven, elegante, encantadora, adorada y
respetada por todos.
Mi historia data de antiguo, pero estas cosas no se
olvidan jamás.
Había sido invitado por un amigo a pasar un tiempo en su
casa de una pequeña ciudad de provincias. Para hacerme los honores del terruño,
me paseó por todas partes, llevándome a ver los alabados paisajes, los
castillos, las industrias, las ruinas; me enseñó los monumentos, las iglesias,
las viejas puertas talladas, unos árboles de una enorme altura o de extrañas
formas, el roble de san Andrés y el tejo de Roqueboise.
Una vez que hube visto con exclamaciones de entusiasmo
condescendiente todas las curiosidades de la comarca, mi amigo me declaró con
aire desconsolado que ya no había nada más que visitar. Respiré de alivio. Iba,
pues, a poder descansar un poco, a la sombra de los árboles. Pero de repente
dijo lanzando un grito:
—¡Ah, sí! Tenemos a la madre de los monstruos, tienes que
conocerla.
Pregunté:
—¿Qué es eso de la madre de los monstruos?
Prosiguió:
—Es una mujer abominable, un verdadero demonio, un ser que
da a luz todos los años, por propia voluntad, a niños deformes, horrendos,
espantosos, monstruos, en una palabra, y que luego vende a los exhibidores de
fenómenos.
»Esos horribles empresarios van a informarse de vez en
cuando de si ella ha engendrado algún nuevo aborto, y cuando el engendro les
gusta, se lo llevan, pagándole una renta a la madre.
»Tiene once retoños de esta naturaleza. Es rica.
»Seguro que crees que bromeo, que me lo invento, que
exagero. Pues no, amigo. No te cuento nada más que la verdad, la pura verdad.
»Vamos a ver a esta mujer. Y a continuación te contaré
cómo se convirtió en una fábrica de monstruos.
Me llevó a las afueras.
Ella vivía en una bonita casita a la vera del camino real.
Era graciosa y estaba bien conservada. El jardín lleno de flores olía bien. Se
hubiera dicho la vivienda de un notario retirado de los negocios.
Una criada nos hizo entrar en una especie de salita de
estar de pueblo, y apareció la miserable.
Tendría unos cuarenta años. Era una persona alta de rasgos
duros, pero bien formada, vigorosa y sana, el verdadero tipo de campesina
robusta, medio bestia, medio mujer.
Conocía la reprobación que pesaba sobre ella y parecía
recibir a la gente con una hostil humildad.
Preguntó:
—¿Qué desean los señores?
Mi amigo contestó:
—Me han dicho que su último hijo es como el resto del
mundo y no se parece en nada a sus hermanos. He querido asegurarme de ello. ¿Es
cierto?
Nos lanzó una mirada socarrona y furiosa, y repuso:
—¡Oh, no! ¡Oh, no!, señor mío. Es más feo casi que los
otros. No tengo suerte, la verdad, no tengo suerte. Son todos así, caballero,
todos así, es una desesperación, ¿es posible que el Señor se ensañe tanto con
una pobre mujer sola en el mundo, es posible?
Hablaba deprisa, con los ojos gachos, aire hipocritón,
semejante a una bestia feroz amedrentada. Dulcificaba el tono áspero de su voz,
y uno se asombraba de que esas palabras lacrimógenas y dichas en falsete
salieran de ese corpachón huesudo, demasiado fornido, de rudas angulosidades,
que parecía hecho para los gestos vehementes y para aullar como los lobos.
Mi amigo prosiguió:
—Nos gustaría ver a su pequeño.
Me pareció que ella enrojecía. ¿O acaso me equivocaba? Al
cabo de unos instantes de silencio, dijo levantando el tono de voz:
—¿Para qué?
Y había levantado la cabeza, dirigiéndonos unas miradas
hoscas y encendidas.
Mi compañero continuó:
—¿Por qué no quiere que lo veamos? Hay mucha gente a quien
usted se lo enseña. ¡Ya sabe a quién me refiero!
Tuvo un sobresalto y, desatando su lengua y dando rienda
suelta a la ira, se puso a gritar:
—¡Ah!, ¿así que han venido para esto? Para ofenderme,
¿verdad? ¿Porque mis hijos son como bestias, dice? Pues no los verán, no y no,
no los verán; lárguense, lárguense. ¿Por qué tienen que atormentarme todos así?
Venía hacia nosotros, con las manos en jarras. Al sonido
brutal de su voz, llegó del cuarto contiguo una especie de gemido, o más bien
de maullido, un lastimoso grito de idiota. Me estremecí hasta los tuétanos.
Retrocedimos ante ella.
Mi amigo dijo con tono severo:
—Ándese con cuidado, Diablesa —la llamaban así en el
pueblo—, ándese con cuidado, pues el día menos pensado esto le acarreará una
desgracia.
Ella se puso a temblar de furia, agitando sus puños,
trastornada, vociferando:
—¡Fuera de aquí! ¿Qué me va a acarrear una desgracia?
¡Fuera de aquí! ¡Descreídos!
Estaba a punto de saltarnos encima. Salimos pitando, con
el corazón en un puño.
Cuando estuvimos delante de la puerta, mi amigo me
preguntó:
—¿Qué?, ¿la has visto? ¿Qué me dices?
Yo respondí:
—Cuéntame la historia de esta bestia.
Y he aquí lo que me contó volviendo a paso lento por la
blanca carretera general, bordeada de mieses ya maduras, que un viento ligero,
al pasar racheado, hacía ondear como un mar en calma.
*
Había trabajado en otro tiempo de moza en una alquería, y
era una muchacha hacendosa, ordenada y ahorradora. No se le conocían
enamorados, ni se le sospechaban debilidades.
Tuvo un desliz, como todas, una noche en plena
recolección, en medio de las gavillas recién segadas, bajo un cielo tormentoso,
cuando el aire pesado y detenido parece lleno de un calor de horno, y empapa de
sudor los cuerpos morenos de mozos y mozas.
No tardó en darse cuenta de que estaba embarazada y la
torturaban la vergüenza y el miedo. Como quería ocultar a toda costa su
desgracia, se apretaba violentamente el vientre con un sistema de su invención,
un corsé de fuerza, hecho a base de tablillas y de cuerdas. Cuanto más se
hinchaba su seno bajo el empuje del niño que crecía, más apretaba ella el
instrumento de tortura, sufriendo un verdadero martirio, pero valerosa como era
ante el dolor, siempre sonriente y ágil, sin dejar ver ni sospechar nada.
Malformó en sus entrañas a la pequeña criatura apretada
por el espantoso ingenio; la comprimió, la deformó, hizo de ella un monstruo.
Su cráneo presionado se alargó, acabando en punta con dos grandes ojos que
parecían salirse de la frente. Los miembros oprimidos contra el cuerpo
crecieron torcidos como cepas de vid, se alargaron en exceso, terminando en
unos dedos como patas de araña.
El torso quedó raquítico y redondo como una nuez.
Dio a luz en pleno campo una mañana de primavera.
Cuando las escardadoras, que habían ido en su ayuda,
vieron la bestia que salía de su cuerpo emprendieron la huida dando grandes
gritos. Y corrió la noticia por la comarca de que había traído al mundo a un
demonio. Desde entonces se la conoce como «la Diablesa».
La despidieron de su empleo. Vivió de la caridad y acaso
de amores furtivos, pues era una buena moza, y no todos los hombres le temen al
infierno.
Crió a su monstruo, al que odiaba, por otra parte, con un
odio salvaje y que acaso habría estrangulado si el cura, previendo el crimen,
no la hubiese asustado amenazándola con la justicia.
Ahora bien, un buen día, unos exhibidores de fenómenos que
pasaban por el lugar oyeron hablar del espantoso aborto y pidieron verlo para
llevárselo si era de su agrado. Les gustó, y le entregaron a la madre
quinientos francos contantes y sonantes. Al principio, ella, avergonzada, se
negaba a dejar ver a esa especie de animal; pero cuando descubrió que valía
dinero, que despertaba la codicia de aquella gente, comenzó a mercadear, a
discutir sueldo a sueldo, excitándoles con las deformidades de su hijo, elevando
su precio con una tenacidad de campesino.
Para no ser estafada, firmó un papel con ellos. Y se
comprometieron a pagarle además cuatrocientos francos anuales, como si hubieran
tomado a esa bestia a su servicio.
Esta ganancia inesperada enloqueció a la madre, a quien le
entraron bien pronto unas grandes ganas de traer otro fenómeno al mundo, para
hacerse una renta, igual que una burguesa.
Y como era fecunda, se salió con la suya y, según parece,
aprendió a variar la forma de los monstruos, según las presiones a las que los
sometía durante el embarazo.
Los hizo largos y cortos, algunos parecidos a cangrejos,
otros a lagartijas. Algunos murieron, cosa que lamentó mucho.
Aunque la justicia trató de intervenir, no se consiguió
probar nada, por lo que la dejaron fabricar tranquilamente sus fenómenos.
Hoy tiene once vivitos y coleando, que le reportan, un año
con otro, de cinco a seis mil francos. Sólo uno no le ha sido posible colocar,
el que no ha querido que viéramos. Pero no lo tendrá por mucho tiempo con ella,
pues es conocida hoy por todos los charlatanes del mundo, que vienen de vez en
cuando vienen para ver si tiene alguna novedad.
Ha llegado incluso a hacer pujas entre ellos, cuando el
engendro lo merecía.
*
Mi amigo se calló. Un profundo asco me revolvía las
tripas, y una ira exacerbada, una pena por no haber estrangulado a esa mala
bestia cuando la tuve al alcance de mi mano.
Pregunté:
—¿Quién es el padre?
Respondió:
—No se sabe. Él o ellos sienten un cierto pudor. Él o
ellos se esconden. Acaso comparten los beneficios.
Ya no pensaba en esa lejana aventura, cuando el otro día
vi, en una playa de moda, a una mujer elegante, encantadora, coqueta, amada,
rodeada de hombres que la respetan.
Iba yo por la playa de arenal, del brazo de un amigo, el
médico de la ciudad costera. Diez minutos más tarde, vi a una criada que
vigilaba a tres niños que se revolcaban en la arena.
Un par de pequeñas muletas descansaban en el suelo, lo que
me conmovió. Entonces vi que esas tres criaturas eran deformes, jorobadas y
contrahechas, horrendas.
El doctor me dijo:
—Son el fruto de la encantadora mujer que acabas de
conocer.
Una profunda compasión por ella y por ellos embargó mi
alma. Exclamé:
—¡Oh, pobre madre! ¿Cómo puede aún reír?
Mi amigo prosiguió:
—No la compadezca tanto, amigo. Quienes son de compadecer
son los pobres pequeños. Son el resultado de unos cuerpos que conservaron la
figura hasta el último día. Esos monstruos fueron fabricados con corsé. Ella
sabe perfectamente que pone en riesgo su vida con ese proceder. ¡Pero qué le
importa a ella, con tal de estar bella y de ser amada!
Y me acordé de la otra, la campesina, la Diablesa, que
vendía a sus fenómenos.
EL HUÉRFANO*
La señorita Source había adoptado a aquel chico en otro
tiempo en circunstancias muy tristes. Contaba por aquel entonces treinta y seis
años y su deformidad (de niña se había resbalado de las rodillas de su niñera
cayendo en el fuego de la chimenea y su rostro, que había sufrido horribles
quemaduras, era espantoso) la había hecho decidirse a no contraer matrimonio,
porque no quería que se casasen con ella por su dinero.
Una vecina, que había enviudado durante el embarazo, murió
de parto, sin dejar un céntimo. La señorita Source recogió al recién nacido, le
puso una nodriza, le crió, le mandó interno y le recuperó a la edad de catorce
años, para tener en su casa vacía a alguien que la quisiera, se ocupara de ella
y le hiciera agradable la vejez.
Vivía en una pequeña finca campestre a cuatro leguas de
Rennes, y ahora no tenía sirvienta. Al haber aumentado los gastos más del doble
desde la llegada de aquel huérfano, sus tres mil francos de renta no alcanzaban
ya para alimentar a tres bocas.
Ella misma hacía las faenas domésticas y cocinaba, y
mandaba al pequeño a hacer los encargos, el cual se ocupaba también de cuidar
el jardín. Era dulce, tímido, silencioso y amoroso. Y ella sentía una alegría
profunda, una alegría nueva en que él la besara, sin que pareciera sorprendido
o espantado de su fealdad. La llamaba tía y la trataba como a una madre.
Por la noche se sentaban los dos al amor del fuego, y ella
le preparaba alguna gollería. Ponía a calentar vino y tostaba una rebanada de
pan, y era una deliciosa sobrecena antes de irse a la cama. A menudo le sentaba
sobre sus rodillas y le cubría de caricias mientras le susurraba al oído
palabras de una ternura apasionada. Le llamaba: «Mi florecilla, mi querubín, mi
ángel adorado, mi divina joyita». Y él se dejaba hacer complacientemente,
escondiendo la cabeza en el hombro de la solterona.
Por más que se acercara a los quince años, había quedado
enclenque y menudo, con un aire algo enfermizo.
A veces, la señorita Source le llevaba a la ciudad a ver a
dos parientas que tenía, primas lejanas suyas, casadas en un barrio suburbano,
su única familia. Las dos mujeres le seguían guardando rencor por la adopción
del niño, a causa de la herencia; pero, pese a todo, la recibían con solicitud,
esperando todavía su parte, un tercio sin duda, si el reparto se hacía de un
modo equitativo.
Ella era feliz, muy feliz, ocupándose siempre de su niño.
Le compró libros para cultivar su espíritu y él empezó a leer con pasión.
Por la noche no se sentaba ya sobre sus rodillas para
mimarla como en otros tiempos, sino que tomaba asiento enseguida en su sillita
al amor del fuego y abría un libro. La lámpara puesta en el borde de la repisa,
por encima de su cabeza, iluminaba su pelo rizado y parte de la piel de su
frente; no se movía ya ni levantaba la vista, ni hacía gesto alguno. Leía,
enfrascado, absorbido por completo en la historia del libro.
Sentada enfrente de él, ella le contemplaba con mirada
ardiente y fija, asombrada de su atención, celosa, a menudo a punto de romper a
llorar.
Le decía de vez en cuando: «¡Vas a cansarte, tesoro!»
esperando que levantase la cabeza y fuera a abrazarla; pero él ni siquiera
respondía, pues no había oído ni entendido; nada, fuera de lo que leía en
aquellas páginas, le importaba.
En dos años devoró un número incalculable de libros. Su
carácter cambió.
Varias veces le pidió dinero a la señorita Source y ella
se lo dio. Pero quería cada vez más y al final ella se negó, porque era
ordenada y enérgica y sabía ser razonable cuando era menester.
A fuerza de súplicas, una noche logró sacarle, una vez
más, una gran suma; pero cuando le imploró de nuevo unos días más tarde, ella
se mostró inflexible y ya no cedió.
Él pareció resignarse.
Se volvió tranquilo como en otro tiempo; le gustaba
estarse sentado durante horas y horas sin moverse, con los ojos gachos, sumido
en sus ensoñaciones. Ya no hablaba siquiera con la señorita Source, apenas si
respondía a lo que ella le decía, con frases lacónicas y precisas.
No obstante, era amable con ella, y estaba lleno de
atenciones, pero ya no la besaba nunca.
Ahora, por la noche, cuando permanecían sentados cara a
cara, a ambos lados de la chimenea, inmóviles y silenciosos, a veces él le daba
miedo. Hubiera querido sacarle de su ensimismamiento, decir algo, cualquier
cosa, con tal de salir de ese silencio espantoso como las tinieblas de un
bosque. Pero él parecía no oírla ya siquiera, y ella temblaba de un terror de
pobre mujer débil, cuando le dirigía la palabra durante cinco o seis veces
seguidas sin sacarle una palabra.
¿Qué tenía? ¿Qué pasaba por aquella cabeza cerrada? Cuando
había permanecido así dos o tres horas enfrente de él, se sentía enloquecer
dispuesta a huir, a escapar al campo, para evitar ese mudo y eterno estar cara
a cara, y también un vago peligro que no sospechaba, pero que presentía.
¿Qué tenía? Bastaba con que ella manifestara un deseo para
que él obedeciese sin rechistar. Si necesitaba algo de la ciudad, él iba
enseguida. ¡No tenía ciertamente motivos de queja de él! Y sin embargo…
Pasó otro año y le pareció que en la misteriosa mente del
joven se había producido un nuevo cambio. Ella lo advirtió, lo sintió, lo
intuyó. ¿De qué modo? Quién sabe. Estaba segura de no equivocarse; pero no
habría sabido decir de qué modo los desconocidos pensamientos de ese extraño
joven habían cambiado.
Le pareció que hasta ese momento había sido como un hombre
dubitativo, que de golpe hubiera tomado una decisión. Se le ocurrió este
pensamiento una noche al toparse con la mirada de él, una mirada fija y extraña
que ella no conocía.
A partir de entonces comenzó a observarla de continuo, a
tal punto que ella tenía ganas de esconderse para evitar esos ojos fríos,
clavados en ella.
La miraba con fijeza durante veladas enteras, desviando
sólo la mirada cuando ella, agotada, le decía:
—No me mires así, hijo mío…
Entonces él agachaba la cabeza.
Pero no bien le daba la espalda, sentía de nuevo su mirada
encima de ella. Fuera donde fuese, la seguía con esa mirada obstinada.
A veces, cuando paseaba por el jardincito, le descubría de
repente agazapado detrás de un arbusto, como emboscado; o bien, cuando se
sentaba delante de la casa para zurcir unas medias, y él estaba entrecavando un
cuadro de hortalizas, la espiaba, sin dejar de trabajar, solapada y
permanentemente.
Por más que le preguntaba:
—¿Qué te pasa, pequeño mío? Desde hace tres años has
cambiado mucho. Ya no te reconozco. Dime qué te pasa, en qué piensas, te lo
suplico.
Él decía invariablemente con un tono tranquilo y cansino:
—¡Pero si no me pasa nada, tía!
Y cuando ella insistía, suplicándole:
—Vamos, hijo mío, respóndeme, por favor, cuando te hablo.
Si supieras lo triste que me pones, no dejarías nunca de responderme y no me
mirarías así. ¿Hay algo que te aflige? Dímelo, te consolaré…
Él se iba con un aire cansado mientras murmuraba:
—Te aseguro que no me pasa nada.
No había crecido mucho, seguía teniendo un aspecto
infantil, por más que sus rasgos faciales fueran los de un adulto. Eran duros,
pero como inacabados. Se hubiera dicho incompleto, mal logrado, nada más que
esbozado, e inquietante como un misterio. Era cerrado, impenetrable, parecía
que en él se llevara a cabo sin descanso un trabajo mental, activo y peligroso.
La señorita Source sentía todo esto y no dormía ya del
miedo. Se encerraba en su cuarto y atrancaba la puerta, torturada por el
espanto.
¿De qué tenía miedo?
No lo sabía.
¡Miedo de todo, de la oscuridad, de las paredes, de las
formas que proyectaba la luna a través de los visillos blancos de las ventanas
y sobre todo miedo de él!
¿Por qué?
¿Qué podía temer? ¡Si al menos lo hubiera sabido!…
¡Ya no podía seguir viviendo así! Estaba segura de que la
amenazaba una desgracia, una desgracia tremenda.
Una mañana partió a escondidas para ir a la ciudad, a casa
de sus parientas. Con voz rota les contó todo. Las dos mujeres pensaron que
estaba a punto de volverse loca y trataron de tranquilizarla.
Decía:
—¡Si supierais cómo me mira, de la mañana a la noche! No
me quita ojo de encima un solo momento. ¡A veces me dan ganas de pedir auxilio,
de llamar a los vecinos, del miedo que tengo! Pero ¿qué podría decirles? A fin
de cuentas, no hace más que mirarme.
Las dos primas preguntaron:
—¿Ha sido tal vez en alguna ocasión malo contigo o te
contesta de malos modos?
Ella respondió:
—No, nunca: hace todo cuanto quiero. Es trabajador y
ordenado. Pero yo me muero de miedo. Está tramando algo, estoy segura,
segurísima de ello. No quiero seguir más con él, sola en pleno campo.
Las parientas, asustadas, trataron de hacerle entender que
la gente se extrañaría, que no lo entendería; y le aconsejaron que no hablara
de sus temores y de sus planes, pero no la disuadieron de la idea de
trasladarse a la ciudad, esperando en compensación toda la herencia.
Le prometieron ayudarla incluso a vender su casa y
encontrarle otra cerca de la suya.
La señorita Source regresó a su casa. Pero tenía tan
trastornada la cabeza que se sobresaltaba al mínimo ruido y le temblaban las
manos por cualquier nimiedad.
Volvió otras dos veces para ponerse de acuerdo con sus
parientas, totalmente decidida a no seguir por más tiempo en aquella casa
apartada. Por fin encontró, en aquel barrio, un chalecito que le interesó y lo
compró a escondidas.
El contrato se firmó un martes por la mañana, y la
señorita Source pasó el resto del día preparando el traslado.
A las ocho de la tarde, la diligencia la traía a un
kilómetro de su casa; y se detuvo en el lugar donde el conductor tenía
costumbre de dejarla. El hombre le gritó al tiempo que fustigaba a sus
caballos:
—¡Buenas noches, señorita Source, buenas noches!
Ella respondió mientras se alejaba:
—Buenas noches, tío Joseph.
Al día siguiente, a las siete y media de la mañana, el
cartero que trae las cartas al pueblo observó en un cruce, no lejos del camino
real, una gran mancha de sangre todavía fresca. Se dijo entre sí: «Vaya…, algún
borracho que habrá echado sangre por la nariz…». Pero, diez pasos más adelante,
vio un pañuelo de bolsillo también manchado de sangre. Lo recogió: era de tela
fina. Sorprendido, el cartero se acercó a la cuneta, donde le pareció descubrir
una cosa extraña.
La señorita Source yacía en la hierba del fondo, degollada
de una cuchillada.
Al cabo de una hora los gendarmes, el juez instructor y
varias autoridades se hallaban en torno al cadáver haciendo conjeturas.
Las dos parientas, llamadas para testificar, contaron los
miedos de la señorita y sus últimas intenciones.
El huérfano fue arrestado. Tras la muerte de la que lo
había adoptado, lloraba de la mañana a la noche, hundido, al menos en
apariencia, en el mayor de los dolores.
Demostró que había pasado la velada, hasta las once, en un
café. Diez personas le habían visto, pues se habían quedado hasta que él se
fue.
El cochero de la diligencia declaró haber dejado en el
camino a la muerta entre las nueve y media y las diez. El delito había sido
cometido en el tramo del camino real hasta la casa, no más tarde de las diez.
El acusado fue puesto en libertad.
Un testamento, ya de antigua fecha, depositado en una
notaría de Rennes, le nombraba heredero universal; y heredó.
Durante bastante tiempo los vecinos del pueblo le tuvieron
en cuarentena, pues seguían sospechando de él. Su casa, la de la difunta, era
tenida por maldita. Por la calle le evitaban.
Pero él se mostró tan afable, tan abierto, tan cordial,
que poco a poco la terrible duda fue olvidada. Era generoso, atento, charlaba
con los más humildes, de todo, tanto como quisieran.
El notario, el señor Rameau, fue uno de los primeros en
cambiar de opinión sobre él, seducido por su risueña locuacidad. Una noche
declaró, en una cena en casa del recaudador:
—Un hombre tan locuaz y siempre de buen humor no puede
tener un delito semejante sobre su conciencia.
Impresionados por este argumento, los presentes se
pusieron a reflexionar y también ellos recordaron las largas conversaciones de
ese hombre que les paraba en las esquinas, casi a la fuerza, para exponerles
sus ideas, que les obligaba a entrar en su casa cuando pasaban por delante de
su jardín, que era más ocurrente incluso que el teniente de la gendarmería, y
de una alegría tan expansiva que, a pesar de la repugnancia que inspiraba, no
podían evitar reír siempre en compañía suya.
Todas las puertas se abrieron para él.
Actualmente es el alcalde del municipio.
DENIS*
A Léon Chapron
I
El señor Marambot abrió la carta que le había entregado su
criado Denis y sonrió.
Denis, que llevaba veinte años de servicio en la casa, un
hombrecillo rechoncho y jovial, a quien todo el mundo en la comarca tenía por
un modelo, preguntó:
—¿Está contento el señor? ¿Ha recibido el señor buenas
noticias?
El señor Marambot no era rico. Antiguo boticario del
lugar, soltero, vivía de una pequeña renta amasada con esfuerzo vendiendo
medicamentos a los campesinos. Respondió:
—Sí, amigo mío. El viejo Malois se echa atrás ante el
proceso con el que le amenazo; mañana recibiré mi dinero. Cinco mil francos no
están nada mal para la caja de caudales de un soltero.
Y el señor Marambot se frotaba las manos. Era un hombre de
un carácter resignado, más triste que alegre, incapaz de un esfuerzo
prolongado, dejado en sus asuntos.
Habría podido disfrutar, sin duda, de una vida más holgada
de haber sabido sacar partido de la muerte de sus colegas establecidos en las
poblaciones más importantes, para ir a ocupar su lugar y hacerse con su
clientela. Pero el fastidio del traslado, y el pensar en todas las gestiones
que tendría que hacer, le habían retenido sin cesar; y se limitaba a decir
después de dos días de pensárselo:
—¡Basta! Otra vez será. Nada pierdo con esperar. Puede que
salga algo mejor.
Denis, por el contrario, incitaba a su amo a ser más
emprendedor. De un carácter activo, repetía sin cesar:
—¡Oh!, de haber contado yo con un capital inicial, habría
hecho mi fortuna. Con sólo mil francos, la cosa estaría hecha.
El señor Marambot sonreía sin responder y salía a su
jardincito, por donde se paseaba, con las manos tras la espalda, ensoñado.
Durante todo el día Denis no hizo sino cantar, como un
hombre lleno de alegría, estribillos y tonadillas de la región. Se mostró
incluso de una actividad inusitada, pues limpió los cristales de las ventanas
de la casa, secándolos con entusiasmo, mientras entonaba a voz en grito sus
coplillas.
El señor Marambot, asombrado por su celo, le dijo en
varias ocasiones, sonriendo:
—Trabajando así, amigo mío, mañana no tendrás nada que
hacer.
Al día siguiente, a eso de las nueve de la mañana, el
cartero le entregó a Denis cuatro cartas para su amo, una de ellas muy pesada.
El señor Marambot se encerró enseguida en su habitación hasta media tarde.
Entonces le entregó a su criado cuatro sobres para el correo. Uno de ellos,
dirigido al señor Malois, era sin duda un acuse de recibo del dinero.
Denis no hizo preguntas a su amo; pareció tan triste y
sombrío aquel día como alegre había estado la víspera.
Llegó la noche. El señor Marambot se acostó a la hora de
costumbre y se durmió.
Le despertó un extraño ruido. Se incorporó enseguida en la
cama y permaneció a la escucha. Pero bruscamente se abrió la puerta y apareció
Denis en el umbral, con una vela en una mano y un cuchillo de cocina en la
otra, unos grandes ojos de mirada fija, los labios y las mejillas contraídos
como los de alguien agitado por una horrible emoción, y tan pálido que se
hubiera dicho un aparecido.
El señor Marambot, desconcertado, creyó que se había
vuelto sonámbulo, y se disponía a levantarse para correr a su encuentro cuando
el criado apagó la vela de un soplo al tiempo que se abalanzaba sobre la cama.
El amo extendió las manos para parar el golpe que le tumbó de espaldas, y trató
de aferrar las manos del criado, que creía se había vuelto loco, para detener
las cuchilladas frenéticas que le asestaba.
Fue alcanzado la primera vez en un hombro, la segunda en
la frente y la tercera en el pecho. Se debatía desesperadamente, agitando sus
manos en la oscuridad, lanzando también patadas y gritando:
—¡Denis! ¡Denis! ¡Estás loco, pero vamos, Denis!
Pero el otro, jadeando, se ensañaba, seguía golpeando,
repelido unas veces por una patada, otras por un puñetazo, pero volviendo
furiosamente a la carga. Marambot fue herido otras dos veces en la pierna y en
el vientre. Pero de repente se le ocurrió una idea y se puso a gritar:
—Pero para ya, para ya, Denis, que no he recibido el
dinero.
El hombre se detuvo al punto; y su amo oía, en la
oscuridad, su respiración silbante.
El señor Marambot prosiguió al instante:
—No he recibido nada. El señor Malois se ha desdicho, y se
celebrará el juicio; por eso has llevado las cartas a correos. Lee si no las
que están en mi secreter.
Y, en un postrer esfuerzo, cogió las cerillas de encima de
su mesilla de noche y encendió la vela.
Estaba todo cubierto de sangre; hasta las paredes habían
salpicado los fuertes chorros. Sábanas, cortinas, todo estaba rojo. Denis,
ensangrentado de pies a cabeza, estaba plantado en medio de la habitación.
Al ver aquello, el señor Marambot se creyó muerto y sufrió
un desvanecimiento.
Volvió en sí al despuntar el día. Tardó un rato en
recuperar el sentido, en comprender, en recordar. Pero de repente le volvió el
recuerdo de la agresión y de sus heridas, y sintió tanto miedo que cerró los
ojos para no ver nada. Al cabo de unos minutos se calmó su espanto, y empezó a
reflexionar. Al no haber muerto por el ataque, quería decir que podía
recuperarse. Se sentía débil, muy débil, pero sin un vivo sufrimiento, si bien
sentía en distintos puntos del cuerpo una sensible molestia, como pinchazos. También
se sentía helado y totalmente húmedo, oprimido, como envuelto en un vendaje.
Pensó que esa humedad se debía a la sangre derramada; y le sacudían unos
escalofríos de angustia sólo de pensar en ese líquido rojo salido de sus venas
y del que estaba cubierta la cama. Le trastornó la idea de volver a presenciar
ese espectáculo espantoso, por lo que mantenía los ojos cerrados con fuerza
como si fueran a abrirse a pesar suyo.
¿Qué había sido de Denis? Probablemente había escapado.
Pero ¿qué iba a hacer, ahora, él, Marambot? ¿Levantarse?
¿Pedir socorro? Ahora bien, bastaría con que hiciera un solo movimiento para
que sus heridas se abriesen sin duda de nuevo; y caería muerto, desangrado.
Oyó de pronto abrirse la puerta de la habitación. Casi se
le paró el corazón: era sin duda Denis que venía a rematar la faena. Contuvo la
respiración para que el asesino no se diera cuenta de que seguía con vida, es
más, para que creyera lo contrario.
Notó que retiraban la sábana y que alguien le tocaba la
tripa. Un dolor agudo, cerca de la cadera, le hizo estremecerse. Ahora le
estaban lavando delicadamente con agua fría. ¡Esto significaba que la fechoría
había sido descubierta, que le estaban curando, que estaba salvado! Le embargó
una alegría incontenible; pero por prudencia no quiso hacer ver que había
vuelto en sí, y entreabrió sólo un ojo, con la máxima cautela.
Reconoció a Denis de pie junto a él. ¡Denis en persona!
¡Misericordia! Volvió a cerrar enseguida el ojo.
¡Denis! ¿Qué hacía? ¿Qué quería? ¿Qué monstruosos planes
urdía?
¿Que qué hacía? ¡Pues le lavaba para hacer desaparecer las
huellas! ¿Le enterraría a continuación en el jardín, diez metros bajo tierra,
para que no le descubrieran? ¿O tal vez en la bodega, bajo las botellas del
vino de reserva?
Y el señor Marambot se puso a estremecerse con tan fuertes
temblores que todos sus miembros palpitaban.
Se decía: «¡Estoy perdido, perdido!». Y apretaba
desesperadamente los párpados para no ver llegar la última cuchillada. Y no la
recibió. Denis, ahora, le levantaba y le envolvía en un lienzo. Luego se puso a
vendar con sumo cuidado la herida de la pierna, tal como había aprendido a
hacer cuando su amo tenía la botica.
No había posibilidad de equívoco para alguien del oficio
como él: su criado, tras haber intentado darle muerte, trataba ahora de
salvarle.
Entonces el señor Marambot, con voz débil, le dio este
consejo práctico:
—¡El lavado y la cura hazlos disolviendo catramina1 en
agua!
Denis respondió:
—Es lo que estoy haciendo, señor.
El señor Marambot abrió los dos ojos.
No había ni rastro de sangre ni en la cama ni en la habitación,
ni en el asesino. El herido estaba tumbado en unas sábanas de un blanco
impoluto.
Los dos hombres se miraron.
Finalmente, el señor Marambot dijo con dulzura:
—Has cometido un delito muy grave.
Denis repuso:
—Lo estoy reparando, señor. Si usted no me denuncia, le
serviré fielmente como en el pasado.
No era aquél momento de descontentar a su criado. El señor
Marambot articuló cerrando los ojos:
—Te juro que no te denunciaré.
II
Denis salvó a su amo. Pasó noches y días sin pegar ojo,
sin abandonar la habitación del enfermo, preparándole medicamentos, tisanas,
pociones, tomándole el pulso y contando ansiosamente los latidos, cuidándole
con habilidad de enfermero y dedicación de hijo.
Le preguntaba a cada momento:
—¿Cómo se siente, señor?
El señor Marambot respondía con débil voz:
—Algo mejor, amigo mío, gracias.
Y cuando el herido se despertaba, por la noche, veía a
menudo a su cuidador llorando en el sillón y secándose los ojos en silencio.
Nunca el antiguo boticario había estado tan cuidado, tan
mimado, tan bien atendido. De entrada, se había dicho para sus adentros: «En
cuanto esté curado, me sacaré a este granuja de encima».
Ahora estaba convaleciente y posponía de un día para otro
el momento de separarse de su asesino. Pensaba que nadie tendría con él tantos
miramientos y tantas atenciones, que tenía cogido a ese criado por el miedo; y
le avisó de que había depositado en una notaría un testamento denunciándole a
la justicia en caso de que ocurriera un nuevo accidente.
Esta precaución le parecía garantía suficiente para el
futuro contra cualquier nuevo ataque; y entonces se preguntaba si no sería
incluso más prudente conservar a su lado a aquel hombre para vigilarlo
atentamente.
Como en otro tiempo, cuando dudaba de si adquirir o no
alguna farmacia más importante, era incapaz de decidirse a tomar una
resolución.
«Siempre se está a tiempo», se decía.
Denis continuaba mostrándose un incomparable servidor. El
señor Marambot se había curado. Y lo mantuvo a su servicio.
Ahora bien, una mañana, cuando acababa de comer, oyó de
pronto un gran ruido en la cocina. Acudió a toda prisa. Denis se debatía,
apresado por dos gendarmes. El sargento estaba tomando con aire serio unas
notas en un cuaderno.
Apenas vio a su amo, el criado se puso a sollozar,
gritando:
—Me ha denunciado, señor; eso no está bien, después de lo
que prometió. ¡No tiene usted palabra, señor Marambot; no está bien, no está
bien!…
El señor Marambot, estupefacto y desolado de ver que se
sospechaba de él, alzó la mano:
—Juro por Dios, amigo mío, que no te he denunciado.
Desconozco totalmente cómo han podido conocer los señores gendarmes la
tentativa de asesinato contra mí.
El sargento tuvo un sobresalto:
—¿Dice usted que quiso matarle, señor Marambot?
El boticario, confuso, respondió:
—Pues sí… Pero yo no le denuncié… Yo no he dicho nada…
Juro que no he dicho nada… Me ha servido muy bien desde entonces…
El sargento manifestó con aire grave:
—Tomo nota de su declaración. La justicia valorará este
nuevo delito que ignoraba, señor Marambot. He sido encargado de arrestar a su
criado por el hurto de dos patos que se ha cometido en casa del señor Duhamel,
y hay testigos del delito. Le pido disculpas, señor Marambot. Daré parte de su
declaración…
Y, volviéndose hacia sus hombres, ordenó:
—¡Vamos, en marcha!
Los dos gendarmes se llevaron a Denis.
III
El abogado acababa de alegar demencia, relacionando entre
sí ambos delitos con miras a reforzar su argumentación. Había probado
inequívocamente que el hurto de los patos tenía su razón de ser en el mismo
estado mental que las ocho cuchilladas asestadas a Marambot. Había analizado
con sutileza todas las fases de dicho trastorno mental transitorio, curable sin
duda con unos meses de cuidados en un buen sanatorio. Había descrito en
términos entusiastas la continua y abnegada dedicación de aquel honesto sirviente,
los cuidados incomparables que había prodigado a su amo herido por él en un
momento de extravío.
Profundamente impresionado por ese recuerdo, el señor
Marambot tenía los ojos bañados en lágrimas.
El abogado reparó en ello, abrió los brazos haciendo un
aspaviento, desplegando sus largas mangas negras como alas de murciélago. Y,
con tono vibrante, exclamó:
—Vean, vean, vean, señores del jurado, vean esas lágrimas.
¿Qué más podría decir ahora a favor de mi cliente? ¿Qué discurso, qué
argumento, qué razonamiento puede valer tanto como las lágrimas de su amo? Su
voz es más fuerte que la mía, más fuerte que la misma ley, y dice: «¡Perdonen
un momento de locura! ¡Ellas imploran, absuelven, bendicen!».
Calló y se sentó.
Entonces el presidente, volviéndose hacia Marambot, cuya
declaración había sido muy favorable para el criado, le preguntó:
—Pero, en fin, señor, admitiendo incluso que usted haya
considerado a ese hombre como un demente, ello no explica por qué le siguió
manteniendo en su casa. No dejaba de ser por ello menos peligroso.
Marambot respondió secándose los ojos:
—¡Qué quiere, señor presidente!, es tan difícil encontrar
un criado con los tiempos que corren…, no podía encontrar uno mejor.
Denis fue absuelto e ingresó, a expensas de su amo, en un
manicomio.
MISS HARRIET*
A la señora…
Éramos siete en el break, cuatro mujeres y tres hombres,
uno de los cuales iba en el pescante junto al cochero, y subíamos al paso de
los caballos la gran cuesta por la que serpenteaba la carretera.
Habíamos salido de Étretat al alba para ir a visitar las
ruinas de Tancarville, y estábamos aún dormitando, entumecidos por el fresquito
de la madrugada. Sobre todo las mujeres, poco acostumbradas a los madrugones
del cazador, cerraban a cada momento los párpados, inclinaban la cabeza o bien
bostezaban, insensibles a la emoción de la salida del sol.
Era otoño. A ambos lados del camino se extendían los
campos desnudos, amarillentos por los rastrojos de avena y de trigo segados que
cubrían el suelo como una barba mal afeitada. La tierra calinosa parecía
humear. Unas alondras cantaban en los aires, otros pájaros piaban en los
matorrales.
Finalmente, se alzó el sol delante de nosotros, todo rojo
en la línea del horizonte; y a medida que ascendía, haciéndose cada vez más
claro, parecía que también la campiña se despertara y sonriera, se sacudiera y
se quitara, como una muchacha que abandona el lecho, su camisa de blancos
vapores.
El conde de Étraille gritó desde el pescante: «¡Miren, una
liebre!», y extendió el brazo a la izquierda, en dirección a un campo de
trébol. El animal corría, casi oculto por la hierba, dejando ver tan sólo sus
grandes orejas; luego huyó velozmente a través de un campo arado, se detuvo,
volvió a partir en una loca carrera, cambió de dirección, se detuvo de nuevo,
inquieto, espiando todo posible peligro, indeciso sobre el camino a tomar; echó
de nuevo a correr con grandes saltos de las patas traseras y desapareció en un
vasto campo de remolachas. Todos los hombres se despertaron, siguiendo la
marcha del animal.
René Lemanoir manifestó:
—No somos galantes esta mañana. —Y mirando a su vecina, la
pequeña baronesa de Sérennes, que luchaba contra el sueño, le dijo a media
voz—: Piensa usted en su marido, baronesa. Tranquilícese, no volverá hasta el
sábado. Aún le quedan cuatro días.
Ella respondió con una sonrisa aletargada:
—¡Qué tonto es usted! —Luego, sacudiéndose la modorra de
encima, añadió—: Veamos, díganos algo que nos haga reír. Usted, señor Chenal, a
quien se considera más afortunado en amores que el duque de Richelieu,1
cuéntenos una historia de amor que haya vivido, la que usted quiera.
Léon Chenal, un viejo pintor que había sido muy apuesto,
muy fuerte, muy orgulloso de su físico, y muy amado, se cogió con la mano su
luenga barba blanca y sonrió; luego, al cabo de unos momentos de reflexión, se
puso de repente serio.
—No será alegre, señoras; voy a contarles el más
lamentable amor de mi vida. Deseo a mis amigos que no inspiren uno semejante.
I
Tenía yo por aquel entonces veinticinco años y hacía de
pintorzuelo por las costas normandas.
Entiendo por «hacer de pintorzuelo» ese vagabundear con el
hato al hombro, de posada en posada, con la excusa de hacer estudios y paisajes
del natural. No conozco nada mejor que esa vida errante, a la ventura. Uno es
libre, no tiene obligaciones de ningún tipo, ni preocupaciones, ni que pensar
siquiera en el mañana. Tomas el camino que te place, sin más guía que la
fantasía, sin más consejero que el puro recreo de la vista. Te paras porque un
riachuelo te seduce, porque hoy sale un agradable olor a patatas fritas por la
puerta de una posada. A veces la elección se hace por un perfume de clemátide o
por la candorosa mirada de una moza de posada. No son de despreciar estos
rústicos amores. Pues también esas muchachas tienen alma y sentidos, unas
mejillas firmes y unos labios carnosos; y sus arrebatados besos son sabrosos e
intensos como una fruta de bosque. El amor tiene siempre su valor, venga de
donde venga. Un corazón que palpita cuando uno llega, un ojo que lagrimea
cuando uno se va, son cosas tan raras, dulces y preciosas que no deben
despreciarse jamás.
He conocido las citas en regueras llenas de prímulas,
detrás del establo donde duermen las vacas, y en los pajares de los graneros
tibios aún del calor del día. Guardo el recuerdo de la basta tela gris sobre
unas carnes elásticas y ásperas, y nostalgias de ingenuas y francas caricias,
más delicadas, en su sincera brutalidad, que los sutiles placeres obtenidos de
mujeres encantadoras y distinguidas.
Pero lo que sobre todo le gusta a uno en estas excursiones
a la ventura es el campo, los bosques, las salidas del sol, los crepúsculos,
los claros de luna. Para los pintores, éstos son viajes de nupcias con la
tierra. Estás solo, muy cerca de ella, en esa larga cita tranquila. Te tumbas
en un prado, en medio de las margaritas y de las amapolas, y, con los ojos
abiertos, bajo un claro raudal de luz solar, miras a lo lejos el pueblecito con
su campanario puntiagudo que da las doce del mediodía.
Te sientas al borde de una fuente que mana al pie de un
roble, en medio de una melena de frágiles hierbas, altas, relucientes de vida.
Te arrodillas, te inclinas, bebes esa agua fría y cristalina que te moja nariz
y bigote, la bebes con placer físico, como si se besara el mismo manantial,
boca con boca. A veces, cuando encuentras un pozo, a lo largo de estos
estrechos cursos de agua, te zambulles, totalmente desnudo, y sientes en la
piel, de pies a cabeza, como una caricia helada y deliciosa, el estremecimiento
de la corriente viva y ligera.
Estás alegre en una colina, melancólico a orillas de los
embalses, exaltado cuando el sol desaparece en un mar de nubes sanguinolentas y
lanza sobre los ríos reflejos rojos. Y, por la noche, bajo la luna que cruza el
alto cielo, piensas en las mil cosas extrañas que nunca se te pasarían por la
cabeza a la ardiente claridad del día.
Y he aquí que, vagando así por estas mismas tierras en que
estamos este año, llegué un atardecer al pueblecito de Bénouville, en la
Falaise, entre Yport y Étretat. Venía de Fécamp siguiendo la costa, la
escarpada costa recta como una muralla, con sus salientes de rocas yesosas que
se recortan a pico sobre el mar. Llevaba caminando desde la mañana por aquel
césped corto, fino y mullido como una alfombra, que crece al borde del abismo
bajo el viento salino del mar abierto. Y cantando a voz en grito, caminando a
grandes zancadas, mirando ya la fuga lenta y arqueada de una gaviota que pasea
por el cielo azul la blanca curva de sus alas, ya, sobre el verde mar, la vela
parda de una barca de pesca, había pasado un día feliz de despreocupación y de
libertad.
Me indicaron una pequeña alquería donde se daba hospedaje
a los viajeros, una especie de posada regentada por una campesina, en medio de
un patio a la normanda rodeado de una doble ringlera de hayas.
Dejando el acantilado, llegué, pues, al caserío encerrado
dentro de sus grandes árboles y me presenté en casa de la tía Lecacheur.
Era una vieja mujer de campo, arrugada, severa, que
parecía recibir siempre a los clientes de mala gana, con una especie de
desconfianza.
Estábamos en mayo, los manzanos en flor cubrían el patio
con una techumbre de flores aromáticas, derramando sin cesar una lluvia de
revoloteantes pétalos rosas que caían sin fin sobre la gente y la hierba.
Pregunté:
—Señora Lecacheur, ¿tendría una habitación para mí?
Asombrada de ver que conocía su nombre, respondió:
—Depende, está todo ocupado, pero se podría intentar
arreglar la cosa.
En cinco minutos nos pusimos de acuerdo y fui a dejar mi
hato sobre el suelo de tierra batida de una habitación rústica, amueblada con
una cama, dos sillas, una mesa y un aguamanil. Daba a la cocina, grande y
ahumada, donde los huéspedes comían con el personal de la hacienda y con la
dueña, que era viuda.
Me lavé las manos y salí. La vieja estaba preparando un
guiso de gallina para cenar en su ancha chimenea de donde pendía una cadena
renegrida por el humo.
—¿Así que tiene otros viajeros en este momento? —pregunté.
Ella respondió con su aire disgustado:
—Tenemos a una señora, una inglesa de edad. Ocupa la otra
habitación.
Con un suplemento de cinco sueldos al día tuve el derecho
a comer solo en el patio los días de buen tiempo.
Me prepararon la mesa delante de la puerta y comencé a
despedazar a dentelladas los entecos miembros de la gallina normanda, bebiendo
una sidra clara y masticando un pan blanco de cuatro días atrás, pero muy
bueno.
De pronto la cancela de madera que daba al camino se abrió
y una extraña persona se dirigió hacia la casa. Era de una extrema delgadez,
muy alta, tan arrebujada en un chal escocés a cuadros rojos que se la hubiera
creído privada de brazos de no haberse visto asomar una larga mano a la altura
de las caderas, que sujetaba una sombrilla blanca de turista. Su cara de momia,
enmarcada por unos largos bucles grises que parecían morcillas y que saltaban a
cada paso que daba, me hizo pensar, quién sabe por qué, en un arenque ahumado
con bigudíes. Pasó por delante de mí a paso vivo, los ojos gachos, y entró en
la casa.
Aquella extraña aparición me alegró; era sin duda mi
vecina, la vieja inglesa a la que se había referido nuestra posadera.
No la volví a ver aquel día. Al siguiente, cuando estaba
instalado para pintar al fondo de aquel valle encantador que ya conocen y que
desciende hasta Étretat, al levantar de repente la vista vi algo extraño
enhiesto en la cresta de la ladera; se hubiera dicho un mástil empavesado. Era
ella. Al verme, desapareció.
Volví a mediodía para comer y me senté a la mesa común,
para así poder conocer a esa vieja original. Pero ella no respondió a mis
gentilezas, se mostró insensible a mis pequeñas atenciones. Yo le ponía siempre
agua, le pasaba solícitamente los platos. Un leve cabeceo, casi imperceptible,
y una palabra inglesa susurrada en voz tan baja que no la oía, eran sus únicas
muestras de agradecimiento.
Dejé de ocuparme de ella, por más que inquietaba mi
pensamiento.
Al cabo de tres días sabía sobre ella tanto como la propia
señora Lecacheur.
Se llamaba miss Harriet. Buscando un pueblo perdido donde
pasar el verano, se había detenido en Bénouville, seis semanas antes, y no
parecía dispuesta a irse. No hablaba nunca en la mesa, comía deprisa, mientras
leía un librito de propaganda protestante. Repartía esos libritos entre todo el
mundo. El cura mismo había recibido cuatro traídos por un chaval al que ella
pagó dos sueldos por hacer el encargo. Decía a veces a nuestra posadera, de
golpe, sin que nada justificara tal declaración: «Yo amar al Señor más que a
nada; yo admirar a él en toda su Creación, adorar a él en toda su naturaleza,
yo llevar a él siempre en mi corazón». Y le entregaba acto seguido a la atónita
campesina uno de sus folletos destinados a convertir al Universo.
En el pueblo no caía bien. Desde que el maestro había
dicho: «Es una atea», pesaba sobre ella una especie de reprobación. Consultado
por la señora Lecacheur, el cura había respondido: «Es una hereje, pero Dios no
quiere la muerte del pecador, y creo que es una persona de una perfecta
moralidad».
Las palabras «atea-hereje», cuyo preciso significado se
ignoraba, hacían dudar a la gente. Se decía, por otra parte, que la inglesa era
rica y que se había pasado la vida viajando por todos los países del mundo,
porque su familia la había echado. ¿Por qué la había echado su familia? Por su
impiedad, naturalmente.
Era, en verdad, una de esas fanáticas de principios, una
de esas puritanas contumaces como produce tantas Inglaterra, una de esas
insoportables solteronas respetables que infestan todas las casas de huéspedes
de Europa, que echan a perder Italia, envenenan Suiza, vuelven inhabitables las
deliciosas ciudades del Mediterráneo, llevan a todas partes sus extrañas
manías, sus costumbres de vestales petrificadas, su indescriptible vestimenta y
un cierto olor a caucho, que haría creer que de noche duermen dentro de un
estuche.
Cuando descubría a una en un hotel, me largaba como los
pájaros que ven un espantapájaros en un campo.
Ésta, sin embargo, me parecía tan singular que no me
desagradaba en absoluto.
La señora Lecacheur, hostil por instinto a todo cuanto no
fuera rural, sentía en su mentalidad estrecha una especie de odio por las poses
extáticas de la vieja solterona. Había dado con un término para calificarla, un
término despectivo sin duda, que quién sabe cómo había llegado a sus labios,
quién sabe por medio de qué confusas y misteriosas elucubraciones mentales.
Decía: «Es una demoníaca». Y esta palabra, aplicada a ese ser austero y
sentimental, me parecía de un cómico irresistible. Yo ya no la llamaba sino «la
demoníaca», sintiendo un extraño placer en pronunciar muy alto estas sílabas
apenas la veía.
—¿Qué ha hecho hoy nuestra demoníaca? —preguntaba yo a la
señora Lecacheur.
Y la campesina respondía con aire escandalizado:
—¿Se creerá usted, señor, que ha recogido un sapo al que
había aplastado una pata, se lo ha llevado a su habitación, lo ha puesto en el
aguamanil y le ha hecho una cura como si fuera un ser humano? ¡No me dirá usted
que esto no es un verdadero sacrilegio!
En otra ocasión, mientras paseaba por el pie del
acantilado, había comprado un gran pez recién pescado, nada más que para volver
a echarlo al mar. El pescador, por más que había sido pagado con largueza, la
había cubierto de insultos, más cabreado que si le hubiera cogido el dinero del
bolsillo. Al cabo de un mes seguía siendo incapaz de hablar de ello sin montar
en cólera y sin proferir insultos. ¡Oh, sí! Miss Harriet era una demoníaca, la
tía Lecacheur había tenido una ocurrencia genial bautizándola así.
El mozo de cuadra, al que apodaban Zapador porque había
servido en África en sus años mozos, era de muy otra opinión. Decía con
expresión maliciosa: «Es una vieja que ha vivido lo suyo».
¡Si la pobre se hubiera enterado!
La joven moza Céleste no la servía de muy buena gana, sin
que yo hubiera podido comprender la razón. Tal vez era sólo porque era
extranjera, de otra raza, de otra lengua y de otra religión. ¡Era una
demoníaca, en fin!
Pasaba su tiempo vagando por los campos, buscando y
adorando a Dios en la naturaleza. Me la encontré, una tarde, arrodillada ante
un matorral. Habiendo distinguido algo rojo a través de las hojas, aparté las
ramas, y se levantó miss Harriet, confusa de haber sido vista así, clavando en
mí unos ojos espantados como los de los autillos sorprendidos a plena luz del
día.
A veces, cuando yo trabajaba en medio de las rocas, la
veía de repente en el borde del acantilado, semejante a una señal de semáforo.2
Ella miraba apasionadamente el vasto mar dorado de luz y el gran cielo
enrojecido de fuego. A veces la distinguía al fondo de un pequeño valle,
caminando deprisa, con su paso elástico de inglesa; e iba hacia ella, atraído
no sé por qué, nada más que para ver su rostro de iluminada, su rostro enjuto,
indescriptible, que irradiaba una íntima y profunda alegría.
A menudo me la encontraba también junto a una alquería,
sentada en la hierba, a la sombra de un manzano, con su librito bíblico abierto
sobre las rodillas, y la mirada perdida a lo lejos.
Tampoco yo me iba ya de allí, apegado como me sentía a
aquel tranquilo pueblo por mil lazos de amor por sus amplios y agradables
paisajes. Estaba bien en aquella alquería ignorada, lejos de todo, cerca de la
tierra, de la buena, sana, hermosa y verde tierra que nosotros mismos un día
abonaremos con nuestro cuerpo. Tal vez, debo confesarlo, me retenía también un
poco la curiosidad en casa de la tía Lecacheur. Me hubiera gustado conocer un
poco a esa extraña miss Harriet y saber lo que pasa en las almas solitarias de
esas viejas inglesas trotamundos.
II
Entablamos relación de un modo bastante singular. Acababa
yo de terminar un estudio que me parecía bastante original, y lo era. Fue
vendido quince años después por diez mil francos. Era más simple, por otra
parte, que dos y dos son cuatro y al margen de las reglas académicas. Todo el
lado derecho de mi tela representaba una roca, una enorme roca llena de
protuberancias, cubierta de algas pardas, amarillas y rojas, sobre las que se
derramaba el sol como si fuera aceite. La luz, sin que se viera el astro oculto
tras de mí, caía sobre la piedra y la doraba de fuego. Eso era todo. Un primer
plano impresionante de claridad, encendido, magnífico.
A la izquierda, el mar, pero no el mar azul, color de
pizarra, sino el mar de jade, verduzco, lechoso e incluso áspero bajo el cielo
oscuro.
Estaba tan contento de mi trabajo que bailaba mientras lo
traía a la posada. Quería que todo el mundo lo viera enseguida. Recuerdo que se
lo enseñé a una vaca que había al borde del sendero, gritándole:
—Mira esto, bonita. No verás muchos parecidos.
Al llegar delante de la casa, llamé enseguida a la tía
Lecacheur chillando a voz en grito:
—¡Eh! ¡Eh!, posadera, venga corriendo a ver esto.
La campesina llegó y examinó mi obra con su mirada de
pasmarote que no distinguía nada, que no veía siquiera si eso representaba un
buey o una casa.
Miss Harriet, de vuelta, pasaba por detrás de mí justo en
el momento en que, sosteniendo yo mi tela en el extremo del brazo, se la
enseñaba a la posadera. La demoníaca no pudo dejar de verla, pues yo había
procurado presentarla de modo que no pudiera escapar a su mirada. Se detuvo en
seco, impresionada, estupefacta. Era su roca, al parecer, aquella a la que ella
trepaba para soñar a sus anchas.
Murmuró un «¡oh!» británico tan acentuado y tan halagüeño,
que me di la vuelta hacia ella sonriendo; y le dije:
—Es mi último estudio, señorita.
Ella murmuró, extasiada, cómica y enternecedora:
—¡Oh!, señor, usted comprender la naturaleza de manera
palpitante.
Me ruboricé, a fe mía, más emocionado por este cumplido
que si hubiera provenido de una reina. Estaba seducido, conquistado, vencido.
¡Le habría dado un beso, palabra de honor!
En la mesa me senté a su lado, como siempre. Por primera
vez habló, continuando en voz alta su pensamiento:
—¡Oh!, ¡yo amar tanto la naturaleza!
Le ofrecí pan, agua, vino. Ella aceptaba ahora con una
sonrisita de momia. Y yo me puse a hablar del paisaje.
Tras la comida, nos levantamos al mismo tiempo y nos
pusimos a pasear por el patio; luego, atraído sin duda por el maravilloso
incendio provocado en el mar por el sol poniente, abrí la pequeña cancela de la
parte del acantilado, y salimos juntos, uno al lado del otro, contentos como
dos personas que se han comprendido y compenetrado.
Hacía una tarde tibia, agradable, uno de esos atardeceres
de bienestar que hacen felices la carne y el espíritu. Todo es disfrute y
encanto. El aire suave, embalsamado, lleno de olores a hierbas y a algas,
acaricia el olfato con su fragancia salvaje, acaricia el paladar con su sabor
marino, acaricia la mente con su penetrante dulzura. Ahora andábamos por el
borde del abismo, sobre el vasto mar que, cien metros por debajo de nosotros,
encrespaba sus olitas. Y con la boca abierta y los pulmones dilatados bebíamos
ese viento fresco que había atravesado el océano y acariciaba lentamente
nuestra piel, salino por el largo beso de las olas.
Arrebujada en su chal a cuadros, en actitud inspirada, con
los dientes al viento, la inglesa miraba cómo el enorme sol descendía hacia el
mar. Delante de nosotros, allí en el fondo, en el límite donde alcanzaba la
vista, un buque de tres palos con las velas desplegadas dibujaba su contorno en
el cielo en llamas, y un vapor, más próximo, pasaba dejando detrás de sí una
nube infinita de humo que cortaba el horizonte.
El globo rojo seguía descendiendo lentamente. Y no tardó
en alcanzar el agua, justo detrás del navío inmóvil que apareció, como en un
marco de fuego, en medio del astro refulgente. Se hundía poco a poco, devorado
por el océano. Lo vimos descender, disminuir, desaparecer. Se había acabado.
Sólo el pequeño velero se recortaba sobre el fondo dorado del cielo lejano.
Miss Harriet contemplaba con mirada apasionada el
espléndido final del día. Y sin duda sentía un inmenso deseo de abrazar el
cielo, el mar, el horizonte entero.
Ella murmuró:
—¡Oh!, gustar…, gustar…, gustar… —Vi unas lágrimas en sus
ojos. Prosiguió—:Yo querer ser una avecilla para volar hacia el firmamento.
Y permanecía de pie, como la había visto a menudo, como
enhiesta en el acantilado, roja también ella con su chal de púrpura. Me dieron
ganas de hacerle un esbozo en mi cuaderno de apuntes. Se hubiera dicho la
caricatura del éxtasis.
Me volví para no sonreír.
Luego le hablé de pintura, como habría hecho con un
colega, haciendo notar las tonalidades, las relaciones, las intensidades,
usando expresiones técnicas. Ella me escuchaba con atención, comprendía,
trataba de penetrar en el oscuro significado de las palabras, de entender mi
pensamiento. De vez en cuando decía:
—Sí, comprender…, comprender. Ser muy palpitante.
Regresamos.
Al día siguiente, apenas me vio vino a mi encuentro
tendiéndome la mano. Y enseguida nos hicimos amigos.
Era una buena persona que tenía una especie de alma que
funcionaba por impulsos, con arrebatos de entusiasmo. Carecía de equilibrio,
como todas las mujeres que están solteras a los cincuenta años. Parecía
cristalizada en una inocencia agriada; pero había guardado en su corazón algo
de muy joven, de exaltado. Amaba la naturaleza y los animales, con un amor
fanático, fermentado como una bebida demasiado añeja, un amor sensual que no
había dado a los hombres.
Era evidente que el ver a una perra amamantando, a una
yegua corriendo por el prado con su potro entre las patas, un nido lleno de
pajarillos piando, con el pico abierto, la cabeza enorme, el cuerpo totalmente
desplumado, la hacía palpitar con una emoción exagerada.
¡Pobres seres solitarios, errantes y tristes de las casas
de huéspedes, pobres seres ridículos y lamentables, os amo desde que la conocí
a ella!
Pronto me di cuenta de que tenía algo que decirme, pero
que no se atrevía, y encontré divertida su timidez. Cuando yo me iba por la
mañana con mi caja a la espalda, ella me acompañaba hasta el extremo del
pueblo, muda, visiblemente ansiosa y buscando sus palabras para comenzar. Luego
me dejaba bruscamente y se iba rápido, con su paso saltarín.
Finalmente, un día cobró valor:
—Querer ver cómo usted pintar. ¿Posible? Yo sentir mucha
curiosidad. —Y enrojeció como si hubiera dicho algo muy audaz.
La llevé hasta el fondo del Petit-Val, donde empecé un
gran estudio.
Permaneció de pie detrás de mí, siguiendo cada uno de mis
gestos con reconcentrada atención.
Luego de repente, temiendo tal vez molestarme, me dijo:
«Gracias», y se fue.
Pero en breve me tomó más confianza y empezó a acompañarme
todos los días, con evidente gusto. Llevaba bajo el brazo su silla de tijera,
no quería que la ayudase, y se sentaba a mi lado. Se estaba inmóvil y
silenciosa durante horas y horas, siguiendo con la mirada cada movimiento del
pincel. Cuando conseguía obtener, aplicando directamente con la espátula una
amplia capa de color, un efecto apropiado e inesperado, dejaba escapar sin
querer un pequeño «oh» de asombro, de alegría y de admiración. Tenía por mis
telas un sentimiento de afectuoso respeto, un respeto casi religioso por
aquella representación humana de una partícula de la obra divina. Mis estudios
le parecían como una especie de cuadros de santidad; y a veces me hablaba de
Dios, tratando de convertirme.
¡Oh! Era un tipo curioso ese Dios suyo, una especie de
filósofo de pueblo sin grandes medios ni grandes poderes, pues ella se lo
imaginaba siempre afligido por las ofensas cometidas ante sus ojos, como si no
hubiera podido evitarlas.
Por otra parte, estaba en excelentes términos con él, y
parecía incluso la confidente de sus secretos y contrariedades. Decía: «Dios
así lo quiere» o bien: «Dios no lo quiere», como el sargento que anuncia al
recluta: «El coronel así lo ordena».
Deploraba de corazón mi ignorancia de los designios
celestes que ella se esforzaba en revelarme; y cada día encontraba en mis
bolsillos, en mi sombrero cuando lo dejaba en el suelo, en mi caja de pinturas,
en mis zapatos lustrados delante de la puerta, esos pequeños folletos píos que
sin duda ella recibía directamente del Paraíso.
Yo la trataba como a una vieja amiga, con una franqueza
cordial. Pero no tardé en darme cuenta de que sus modales habían cambiado un
poco. En los primeros tiempos no presté atención a ello.
Mientras trabajaba, ya fuera al fondo de mi valle, ya en
algún sendero encajonado, la veía aparecer de improviso, con su andar rápido y
acompasado. Se sentaba bruscamente, jadeando como si hubiera corrido o como si
la agitase alguna honda emoción. Estaba muy roja, de ese rojo inglés que ningún
otro pueblo tiene; luego, sin mediar razón para ello, palidecía, se volvía de
color terroso y parecía a punto de desfallecer. Poco a poco, sin embargo, la
veía recobrar su fisonomía habitual y se ponía a hablar.
Luego, de repente, dejaba una frase a medias, se levantaba
y se largaba tan rápida y extrañamente que yo me ponía a pensar si había hecho
algo que hubiera podido desagradarle o herirla.
Acabé por convencerme de que aquéllos debían de ser sus
modales normales, seguramente algo modificados en mi honor en los primeros
tiempos de conocernos.
Cuando volvía a la alquería después de haber caminado
durante horas por la costa azotada por el viento, sus largos cabellos
retorcidos en espirales a menudo se habían soltado y colgaban como si su muelle
se hubiera roto. Antes a ella esto la traía sin cuidado y venía tranquilamente
a sentarse a la mesa, en el estado en que la había dejado su hermana la brisa.
Ahora, en cambio, subía a su habitación para reajustar lo
que yo llamaba sus tubos de lámpara; y cuando le decía, con una galante
familiaridad que siempre la escandalizaba: «Hoy está hermosa como una estrella,
miss Harriet…», un ligero arrebol teñía sus mejillas, arrebol de jovencita,
arrebol de quinceañera.
A continuación se volvió de nuevo completamente huraña y
dejó de venir a verme pintar. Pensé: «Es una crisis, ya se le pasará». Pero no
se le pasaba en absoluto. Cuando le dirigía la palabra, ahora, me respondía, ya
con una indiferencia afectada, ya con sorda irritación. Se mostraba brusca,
impaciente, nerviosa. Tan sólo la veía en la mesa y ya no hablábamos. Acabé por
convencerme de que la había ofendido de algún modo, y una tarde le pregunté:
—Miss Harriet, ¿por qué ha cambiado tanto conmigo? ¿Acaso
he hecho algo que le ha desagradado? Lo siento muchísimo.
Respondió, con una entonación colérica bastante divertida:
—Con usted yo ser siempre igual. No ser cierto, no cierto.
—Y corrió a encerrarse en su habitación.
A veces me miraba de extraño modo. Me he dicho a menudo,
desde entonces, que los condenados a muerte deben de tener esa mirada cuando
les anuncian su último día. Había en su mirar una especie de locura, una locura
mística y violenta; y, otra cosa más, ¡una fiebre, un deseo exasperado,
impaciente e impotente de lo irrealizado y de lo irrealizable! Y me parecía que
había también dentro de ella una pugna en la que su corazón luchaba contra una
fuerza desconocida que ella quería domeñar, y tal vez algo más… ¡Qué sé yo!
¡Qué sé yo!
III
Fue verdaderamente una extraña revelación.
Desde hacía algún tiempo estaba trabajando, todas las
mañanas desde la aurora, en un cuadro del siguiente tema:
Una barranca profunda, encajonada, dominada por dos
ribazos llenos de zarzas y de árboles, se alargaba, perdida e inmersa en ese
vapor lechoso, en ese algodón que flota a veces sobre los valles, al romper el
día. Y al fondo de esta niebla espesa y transparente se veía, o mejor dicho, se
adivinaba a una pareja, un joven y una muchacha, ella con la cabeza levantada
hacia él, él inclinado hacia ella, boca con boca.
Un primer rayo de sol, filtrándose por entre las ramas,
atravesaba aquel vapor de la aurora, lo iluminaba de reflejos rosados detrás de
los dos rústicos enamorados, teñía sus sombras inciertas de un plateado fulgor.
En mi opinión, estaba muy logrado.
Trabajaba en la pendiente que lleva al vallecito de
Étretat. Por suerte para mí, aquella mañana había precisamente la niebla
adecuada.
Algo se alzó delante de mí, como un fantasma: era miss
Harriet. Al verme, quiso huir. Pero la llamé a voz en grito:
—Venga, venga, señorita, tengo un pequeño cuadro para
usted.
Ella se acercó, como a pesar suyo. Yo le alargué mi
esbozo. Ella no dijo nada, pero permaneció largo rato inmóvil mirando, y
bruscamente rompió a llorar. Lloraba con espasmos nerviosos como alguien que ha
luchado mucho contra las lágrimas y que ya no puede más, que se abandona
resistiendo aún. Yo me levanté como movido por un resorte, yo mismo emocionado
por esa tristeza que me resultaba incomprensible, y le cogí las manos en un
impulso de afecto brusco, un verdadero impulso de francés que actúa más rápido de
lo que piensa.
Ella dejó por unos segundos sus manos en las mías, y las
sentí temblar como si todos sus nervios se hubieran retorcido. Luego las retiró
bruscamente, o más bien, las arrancó.
Yo había reconocido ese estremecimiento por haberlo ya
sentido; y nada podía llamarme a engaño. ¡Ah! El estremecimiento de amor de una
mujer, ya tenga quince o cincuenta años, ya sea de una pueblerina o de una
mujer de mundo, me llega tan directamente al corazón que nunca dejo de
reconocerlo.
Todo su pobre ser había temblado, vibrado, desfallecido.
Yo l o sabía. Ella se fue sin que hubiera dicho una palabra, dejándome
sorprendido como ante un milagro, y desolado como si hubiera cometido un
crimen.
No regresé para comer. Me fui a dar una vuelta por el
borde del acantilado, con ganas tanto de llorar como de reír, pareciéndome la
aventura cómica y deplorable, sintiéndome ridículo y considerándola a ella
desgraciada hasta el punto de poder volverse loca.
Me preguntaba qué debía hacer.
Consideré que no me quedaba más remedio que irme, y me
decidí enseguida.
Tras haber estado vagando hasta la hora de cenar, un tanto
triste, un tanto soñador, volví a la hora de la cena.
Nos sentamos a la mesa como de costumbre. Miss Harriet
estaba allí, comía con expresión seria, sin hablar con nadie ni levantar los
ojos. Tenía, por otra parte, su aspecto y sus modales habituales.
Esperé a que terminara la cena, luego me volví hacia la
posadera:
—Bien, señora Lecacheur, no tardaré en dejarla.
La buena mujer, sorprendida y apenada, exclamó con su voz
tonante:
—Pero ¿qué habla usted, señor mío, de dejarnos? ¡Pero si
estamos tan acostumbrados a usted!
Miré con el rabillo del ojo a miss Harriet; su rostro
permanecía impasible. Pero Céleste, la joven moza, acababa de alzar los ojos
hacia mí. Era una gorda muchacha de dieciocho años, coloradota, lozana, robusta
como un caballo, y aseada, cosa rara. La besaba algunas veces por los rincones,
por costumbre de frecuentador de posadas; nada más.
Terminó la cena.
Me fui a fumar en pipa bajo los manzanos, paseando
adelante y atrás de un extremo al otro del patio. Todas mis reflexiones durante
el día, el extraño descubrimiento de la mañana, ese amor grotesco y apasionado
por mí, los recuerdos que se habían sucedido a raíz de esta revelación,
recuerdos encantadores y turbadores, tal vez también esa mirada de moza
levantada hacia mí al anuncio de mi marcha, todo ello mezclado y combinado me
había puesto en el cuerpo un ardor, un prurito de besos en los labios y, en las
venas, esa cosa inexplicable que empuja a hacer tonterías.
Caía la noche, insinuando sus sombras bajo los árboles, y
vi a Céleste que iba a cerrar el gallinero por el lado opuesto del cercado. Me
lancé a toda prisa, corriendo con paso tan ligero que ella no oyó nada, y,
cuando se alzaba tras haber cerrado la puertecita por la que entraban y salían
las gallinas, la cogí entre los brazos, haciendo caer sobre su rostro ancho y
mofletudo una lluvia de besos. Ella se debatía, riendo a pesar de todo,
acostumbrada a ello.
¿Por qué la dejé de golpe? ¿Por qué me volví de repente?
¿Cómo presentí que había alguien detrás de mí?
Era miss Harriet que entraba, y nos había visto, y que
permanecía inmóvil como ante un espectro. Luego desapareció en la noche.
Volví adentro avergonzado, turbado, más disgustado por
haber sido sorprendido de aquel modo que si me hubiera visto cometer una acción
criminal.
Dormí mal, nervioso en exceso, acosado por tristes
pensamientos. Me pareció oír llorar. Sin duda me equivocaba. También varias
veces creí que alguien andaba por la casa y que abrían la puerta exterior.
Hacia el amanecer, muerto de cansancio, el sueño me
venció. Me desperté tarde y no bajé hasta la hora de comer, confuso aún e
inseguro acerca de cómo comportarme.
No habían visto a miss Harriet. La esperamos; no apareció.
La tía Lecacheur entró en su habitación, la inglesa se había ido. Debía de
haber salido al amanecer, como hacía a menudo, para ver la salida del sol.
Nadie se asombró y nos pusimos a comer en silencio.
Hacía calor, mucho calor, era uno de esos días abrasadores
y pesados en los que no se mueve ni una hoja. Se había sacado la mesa afuera,
bajo un manzano; y de vez en cuando Zapador iba a llenar a la bodega la jarra
de sidra, de tanto como se bebía. Céleste traía los platos de la cocina, un
guiso de cordero con patatas, un conejo salteado y una ensalada. Luego nos puso
delante un plato de cerezas, las primeras de la temporada.
Como yo quería lavarlas y refrescarlas, le rogué a la
joven moza que fuera a sacar un cubo de agua muy fría.
Volvió a los cinco minutos declarando que el pozo estaba
seco. Tras dejar descender toda la cuerda, el cubo había tocado fondo, subiendo
luego vacío. La tía Lecacheur quiso cerciorarse por sí misma de ello, y fue a
mirar por la boca del pozo. Regresó anunciando que se veía algo extraño al
fondo de su pozo. Seguramente algún vecino había echado dentro una gavilla de
paja por venganza.
También yo quise mirar, esperando poder distinguir mejor y
me incliné sobre el borde. Percibí vagamente un objeto blanco. Pero ¿qué era?
Entonces se me ocurrió la idea de introducir una linterna atada en el extremo
de una cuerda. El resplandor amarillo bailaba en las paredes de piedra,
hundiéndose paulatinamente. Estábamos los cuatro inclinados sobre la abertura.
Zapador y Céleste se habían unido a nosotros. La linterna se detuvo encima de
una masa indistinta, blanca y negra, singular, incomprensible. Zapador exclamó:
—Es un caballo. Veo la pezuña. Se habrá caído esta noche
tras haber escapado del prado.
Pero de repente me estremecí hasta los tuétanos. Acababa
de reconocer un pie, luego una pierna levantada; el cuerpo entero y la otra
pierna desaparecían debajo del agua.
Balbuceé, muy bajito, y temblando tan fuerte que la
linterna bailaba como loca encima del zapato:
—Es una mujer lo que…, que…, que hay aquí dentro…, es miss
Harriet.
Zapador fue el único que ni pestañeó. ¡Había visto otros
casos parecidos en África!
La tía Lecacheur y Céleste se pusieron a lanzar agudos
gritos y huyeron a todo correr.
Hubo que repescar a la muerta. Até firmemente al mozo por
la cintura y a continuación lo descendí por medio de la polea, muy lentamente,
viéndole hundirse en lo oscuro. Mantenía en mis manos la linterna y otra
cuerda. Pronto su voz, que parecía provenir del centro de la tierra, exclamó:
«Pare»; y vi que repescaba alguna cosa en el agua, la otra pierna, luego ató
los dos pies juntos y exclamó de nuevo: «Tire».
Le ayudé a subir; pero me sentía los brazos rotos, los
músculos flojos, temía que se me soltara la cuerda y dejarle caer. Cuando
apareció la cabeza a la altura del brocal le pregunté: «¿Qué?» como si esperase
noticias de la que había allí al fondo.
Subimos los dos sobre el reborde, uno enfrente del otro,
e, inclinados sobre la oquedad, comenzamos a tirar del cuerpo hacia arriba.
La tía Lecacheur y Céleste nos espiaban a distancia,
escondidas detrás del muro de la casa. Cuando vieron, saliendo de la boca del
pozo, los zapatos negros y las medias blancas de la ahogada, desaparecieron.
Zapador la aferró por los tobillos y la sacamos fuera, a
la pobre y casta soltera, en la postura más inmodesta. La cabeza estaba
espantosa, negra y rasguñada; y sus largos cabellos grises, sueltos, lisos para
siempre, pendían, goteantes y fangosos. Zapador dijo con tono despectivo:
—¡Por Dios, qué flaca está!
La llevamos a su habitación, y, como las dos mujeres no
reaparecían, el mozo de cuadra y yo preparamos a la muerta.
Yo lavé su triste cara descompuesta. Bajo la presión de mi
dedo, un ojo se abrió un poco, que me miró con esa mirada pálida, esa mirada
fría, esa mirada terrible de los cadáveres, que parece venir de más allá de la
vida. Arreglé como pude sus alborotados cabellos, y, con mis manos inhábiles,
compuse sobre su frente un peinado nuevo y singular. Luego le quité sus ropas
empapadas de agua, descubriendo un poco, con vergüenza, como si cometiera una
profanación, sus hombros y su pecho, y sus largos brazos delgados como ramas.
Luego fui a buscar unas flores, amapolas, acianos,
margaritas y hierbas frescas y aromáticas, con las que cubrí su lecho fúnebre.
A continuación tuve que llevar a cabo las formalidades de
rigor, al ser el único que la conocía. En una carta encontrada en uno de sus
bolsillos, escrita en el último momento, pedía ser enterrada en aquel pueblo
donde había pasado sus últimos días. Un pensamiento espantoso me encogió el
corazón. ¿No habría sido yo la causa de que ella quisiera quedarse en aquel
lugar?
Hacia la noche, las comadres del vecindario vinieron para
ver a la difunta; pero yo impedí que entrasen; quería permanecer solo a su
lado; y la velé toda la noche.
Contemplé al resplandor de las velas a aquella miserable
mujer desconocida de todos, muerta tan lejos, tan lastimosamente. ¿Dejaba
amigos, parientes en alguna parte? ¿Qué infancia y vida había tenido? ¿De dónde
provenía, tan sola, errabunda, perdida como un perro expulsado de su casa? ¿Qué
secreto sufrimiento y desesperación guardaba en ese cuerpo poco agraciado, en
ese cuerpo llevado, como una tara vergonzosa, durante toda su vida, ridícula
envoltura que había mantenido alejado de ella cualquier afecto o amor?
¡Qué desdichadas pueden ser las personas! ¡Yo sentía pesar
sobre esa criatura humana la eterna injusticia de la implacable naturaleza!
¡Para ella todo había terminado, sin que, quizá, hubiera tenido nunca lo que
sostiene a los más desheredados, la esperanza de ser amada una vez! Pues ¿por
qué se ocultaba así, huía de los demás? ¿Por qué amaba con una ternura tan
apasionada todas las cosas y todos los seres vivos que no fuesen hombres?
Comprendía que creyera en Dios y hubiera esperado en otro
mundo la compensación a su miseria. Ahora estaba a punto de descomponerse, y
convertirse a su vez en planta. Florecería al sol, sería pacida por las vacas,
llevada en semilla por los pájaros, y, carne de las bestias, volvería a
convertirse en carne humana. Pero lo que llamamos el alma se había apagado en
el fondo del pozo oscuro. Ya no sufría. Había trocado su vida por otras vidas
que nacerían de ella.
Pasaban las horas en aquel estar a solas siniestro y mudo.
Una pálida luz anunció el alba; luego un rayo rojo llegó hasta el lecho,
imprimiendo una barra de fuego sobre la sábana y las manos de ella. Era la hora
que tanto le gustaba. Los pájaros, despertados, cantaban entre los árboles.
Abrí de par en par la ventana, descorrí las cortinas para
que el cielo entero nos viese e, inclinándome sobre el cadáver helado, cogí
entre las manos esa cabeza desfigurada y lentamente, sin miedo ni repugnancia,
deposité un largo beso en aquellos labios que no habían recibido nunca ninguno…
Léon Chenal calló. Las mujeres lloraban. Se oía al conde
de Étraille, en su asiento, sonarse una y otra vez. Sólo el cochero dormitaba.
Y los caballos, al no sentir ya el látigo, habían demorado la marcha y tiraban
débilmente. La pequeña diligencia apenas si avanzaba, vuelta pesada de repente,
como si estuviese cargada de tristeza.
LA ENFERMEDAD DE ANDRÉ*
A Edgar Courtois
La fachada de la notaría daba a la plaza. En la trasera,
se extendía un bonito jardín bien cultivado hasta el callejón de las Piques,
siempre desierto, del que lo separaba un muro.
En el fondo de aquel jardín, la mujer del notario Moreau
había dado cita por primera vez al capitán Sommerive, que la cortejaba desde
hacía tiempo.
El marido se había ido por ocho días a París. Se
encontraba, pues, libre durante toda la semana. El capitán se lo había rogado
tanto, le había implorado con tan dulces palabras, y ella estaba convencida de
que la quería con locura, y se sentía tan sola, incomprendida y desatendida, en
medio de los contratos que constituían la única ocupación del notario, que se
había dejado ganar su corazón sin siquiera preguntarse si un día le haría más
concesiones.
Luego, tras meses de amor platónico, de manos apretadas,
de rápidos besos robados tras una puerta, el capitán había declarado que
dejaría inmediatamente la ciudad pidiendo un cambio de destino si no conseguía
una cita, una verdadera cita, a la sombra de los árboles, durante la ausencia
del marido.
Ella había cedido; se lo había prometido.
Ahora le esperaba, acurrucada contra el muro, con el
corazón palpitándole, estremeciéndose al menor ruido.
De repente oyó que escalaban el muro, y estuvo a punto de
salir corriendo. ¿Y si no era él? ¿Si era un ladrón? Pero no; una voz llamaba
dulcemente «Mathilde». Ella respondió: «Étienne». Y un hombre se dejó caer en
el caminito con un ruido de chatarra.
¡Era él! ¡Qué beso!
Permanecieron largo rato de pie, enlazados, con los labios
unidos. Pero de pronto se puso a lloviznar, y las gotas, deslizándose de hoja
en hoja, producían en la sombra un temblor acuoso. Ella se estremeció cuando
recibió la primera gota en el cuello.
Él le decía:
—Mathilde, querida mía, adorada mía, amiga mía, ángel mío,
entremos en su casa. Es medianoche, no hay nada que temer. Vayamos a su casa;
se lo suplico.
Ella respondía:
—No, querido, tengo miedo. ¿Quién sabe lo que puede
ocurrirnos?
Pero él la tenía apretada en sus brazos y le murmuraba al
oído:
—Sus criados están en el tercer piso y sus aposentos dan a
la plaza. Su habitación se halla en el primero y da al jardín. Nadie nos oirá.
La amo, quiero amarte libremente, por entero, de pies a cabeza.
Y la estrechaba con violencia, cubriéndola de besos.
Ella se resistía aún, aterrada, incluso avergonzada. Pero
él la cogió por la cintura, la levantó y se la llevó bajo la lluvia que
empezaba a arreciar.
La puerta había quedado abierta; subieron a tientas la
escalera; luego, una vez dentro de la habitación, ella echó el cerrojo,
mientras él encendía un fósforo.
Pero cayó desfallecida en un sillón. Él se había puesto de
rodillas y, lentamente, la desvestía, tras haber comenzado por los botines y
las medias, para besar sus pies.
Ella decía, jadeando:
—¡No, no, Étienne, se lo suplico, déjeme seguir siendo
honesta, pues luego le guardaría rencor! ¡Es una cosa tan fea, tan grosera! ¿Es
que no se puede amar sólo con las almas?…, Étienne.
Con una destreza digna de una camarera y una rapidez de
hombre impaciente, él desabrochaba, desanudaba, desprendía los corchetes,
desataba los lazos sin descanso. Y cuando ella quiso levantarse y huir para
escapar a sus audacias, salió bruscamente de su vestido, de sus faldas y de su
ropa interior totalmente desnuda, como una mano sale de un manguito.
Espantada, corrió hacia la cama para esconderse detrás de
las cortinas. Era un refugio peligroso. Él la siguió. Pero, con las prisas por
alcanzarla, su sable, desprendido demasiado deprisa, cayó sobre el parqué con
resonante ruido.
Inmediatamente un grito agudo, un lamento quejumbroso y
continuo, un llanto de niño, llegó de la habitación contigua, cuya puerta había
quedado entreabierta.
—Ha despertado a André —murmuró ella—. Ahora no voy a
conseguir que se duerma de nuevo.
Su hijo tenía quince meses y dormía cerca de ella, a fin
de poder vigilarle en todo momento.
El capitán, enardecido, no hacía caso.
—¿Qué importa?, ¿qué importa? Te amo; eres mía, Mathilde.
Pero ella se debatía, desolada, espantada.
—¡No!, ¡no! Escucha cómo grita; va a despertar a la
nodriza. Si ella viene, ¿qué haremos? ¡Estaríamos perdidos! Étienne, escucha,
cuando hace eso, por la noche, su padre le trae a nuestra cama para calmarle.
Se calla enseguida, enseguida, no hay otra manera. Deja que le coja, Étienne…
El niño berreaba, lanzaba esos clamores agudos que
atraviesan las paredes más espesas, que se oyen desde la calle al pasar cerca
de las casas.
El capitán, consternado, se enderezó, y Mathilde se fue
presurosa a buscar al pequeño, al que trajo a su cama. Éste se calló.
Étienne se sentó a horcajadas en una silla y se lió un
pitillo. Al cabo de apenas cinco minutos, André dormía. La madre murmuró:
—Ahora voy a dejarle de nuevo.
Y fue a poner de nuevo al niño en su cuna con precauciones
infinitas.
Cuando volvió, el capitán la esperaba con los brazos
abiertos.
La abrazó, loco de amor. Y ella, vencida al fin,
balbuceaba mientras la estrechaba:
—¡Étienne…, Étienne…, amor mío! ¡Oh!, si tú supieras…
cómo…
André se puso a berrear de nuevo. El capitán, furioso,
juró:
—¡Demonio de niño! ¡No va a callarse este mocoso!
No, no se callaba el mocoso, sino que bramaba.
Mathilde creyó oír que se movían arriba. Era la nodriza
que venía, sin duda. Se apresuró, cogió a su hijo, y se lo trajo a su cama de
nuevo. Enmudeció al punto.
Tres veces seguidas volvieron a acostarle en su cuna. Tres
veces seguidas hubo que ir a cogerle de nuevo.
El capitán Sommerive partió una hora antes del alba,
echando pestes.
Pero, para calmar su impaciencia, Mathilde le había
prometido recibirle de nuevo, esa misma noche.
Llegó, como la víspera, pero más impaciente, más
encendido, enfurecido por la espera.
Tuvo buen cuidado de dejar su sable con suavidad sobre los
dos brazos de un sillón; se quitó las botas como un ladrón, y habló tan bajito
que Mathilde ni le oía. Finalmente, iba a ser feliz, completamente feliz,
cuando el parqué o algún mueble, o, quizá, la cama misma, crujió. Fue un ruido
seco como si algún soporte se hubiera roto; y, enseguida un grito, primero
débil pero luego sobreagudo, respondió. André se había despertado.
Gañía como un zorro. De continuar así, ciertamente, todos
en la casa se levantarían.
La madre, enloquecida, se apresuró a ir a buscarle y lo
trajo. El capitán no se levantó. Rabiaba. Entonces, muy suavemente, alargó la
mano, cogió entre dos dedos un poco de carne de la criatura, sin importar de
dónde, del muslo o bien del trasero, y le dio un pellizco. El niño se debatió,
aullando a voz en grito. Entonces el capitán, fuera de sí, pellizcó más fuerte,
por todas partes, con furia. Cogía con fuerza la molleja y la retorcía
apretándola violentamente, luego la soltaba para coger otra en otra parte,
luego otra más lejos, y luego otra más.
El niño chillaba como una gallina a la que degüellan o un
perro que es azotado. La madre, bañada en lágrimas, le besaba, le acariciaba,
trataba de calmarle, de ahogar sus gritos con los besos. Pero André se ponía
morado como si fuera a tener una convulsión, y agitaba sus piececitos y manitas
de manera espantosa y lastimosa.
El capitán dijo con dulce voz:
—Trate de llevarle de nuevo a su cuna; tal vez se
tranquilice.
Y Mathilde se fue hacia la otra habitación con su hijo en
brazos.
Apenas hubo salido de la cama de su madre, gritó menos
fuerte; y tan pronto como ésta le metió en la suya, se calló, con algunos
sollozos ocasionales.
El resto de la noche fue tranquila; y el capitán fue
feliz.
A la noche siguiente, volvió de nuevo. Como hablaba un
poco fuerte, André se volvió a despertar y se puso a chillar. Su madre fue
enseguida a buscarle; pero el capitán le pellizcó tan bien, tan fuerte y
prolongadamente que el crío se sofocó, con los ojos revirados y echando
espumarajos por la boca.
Le pusieron en su cuna. Se calmó enseguida.
Al cabo de cuatro días, ya no lloraba por ir al lecho
materno.
El notario regresó el sábado por la noche. Volvió a ocupar
su sitio en el hogar y en el dormitorio conyugal.
Se acostó temprano, pues estaba cansado del viaje; luego,
una vez que hubo reanudado sus costumbres y cumplido escrupulosamente con todos
sus deberes de hombre honesto y metódico, se asombró:
—Vaya, esta noche André no llora. Ve a buscarle un
momentito, Mathilde, pues me gusta sentirle entre nosotros dos.
La mujer se levantó al punto y fue a coger al niño, pero
en cuanto se vio en aquella cama donde tanto le gustaba dormir sólo unos días
antes, la espantada criatura se retorció y se puso a gritar tan furiosamente
que hubo que devolverle a su cuna.
Al señor Moreau no le cabía en la cabeza:
—Tiene gracia. Pero ¿qué le pasa esta noche? ¿Tendrá
sueño?
Su mujer respondió:
—Ha reaccionado siempre así en tu ausencia. No he podido
cogerlo una sola vez.
Por la mañana, el niño despierto se puso a jugar y a reír
agitando sus manitas.
El notario, enternecido, fue a besar a su retoño, luego le
levantó en brazos para llevarle al lecho conyugal. André reía, con ese asomo de
sonrisa de las criaturas en las que el pensamiento es todavía vago. De repente
vio la cama, a su madre dentro de ella; y su carita feliz se frunció,
desencajada, mientras unos gritos furiosos salían de su garganta y se debatía
como si le martirizasen.
El padre, asombrado, murmuró:
—Este niño tiene algo. —Y de un impulso natural le levantó
la camisita.
Lanzó un «¡ah!» de estupor. Las pantorrillas, los muslos,
la cintura, todo el trasero del pequeño estaban jaspeados de manchas azuladas,
grandes como monedas de un sueldo.
El señor Moreau gritó:
—¡Mathilde, mira esto, es espantoso!
La madre, como loca, acudió corriendo. Cada una de las
manchas parecía atravesada por una línea morada, donde se había coagulado la
sangre. Era, sin duda, alguna enfermedad espantosa y rara, un principio de una
especie de lepra, de una de esas afecciones extrañas en las que la piel se
torna unas veces pustulosa como el dorso de los sapos, otras escamosa como la
de los cocodrilos.
Pero Mathilde, más pálida que una muerta, contemplaba
fijamente a su hijo tan manchado como un leopardo. Y de repente, lanzando un
grito, un grito agudo, irreflexivo, como si hubiera visto a alguien que le
provocara pavor, soltó:
—¡Oh!, ¡el miserable!…
El señor Moreau, sorprendido, preguntó:
—¿Eh? ¿De quién hablas? ¿Qué miserable es ése?
Ella enrojeció hasta los cabellos y balbució:
—Nada…, es…, ves…, intuyo…, es…, no hay que ir a buscar al
médico…, seguramente es esa miserable nodriza que pellizca al pequeño para
hacerle callar cuando grita.
El notario, exasperado, fue a buscar a la nodriza y poco
faltó para que le atizara. Ella negó con aplomo, pero fue puesta de patitas en
la calle.
Y su conducta, denunciada a la municipalidad, le impidió
encontrar otros empleos.
UN DUELO*
La guerra había terminado; los alemanes ocupaban Francia;
el país estaba convulsionado como un luchador vencido caído bajo la rodilla del
vencedor.
De un París enloquecido, hambriento, desesperado,
comenzaban a salir los primeros trenes, en dirección a las nuevas fronteras,
atravesando lentamente campos y pueblos. Los primeros viajeros miraban por las
ventanillas las llanuras devastadas y las aldeas incendiadas. Delante de las
puertas de las casas que habían quedado en pie, unos soldados prusianos, con el
casco negro de punta de cobre, fumaban en pipa a horcajadas de una silla. Otros
trabajaban, o charlaban como si formaran parte de las familias. Al pasar por
las ciudades, se veían regimientos enteros haciendo maniobras en las plazas, y,
a pesar del ruido de las ruedas, llegaban a ratos las broncas órdenes.
El señor Dubuis, que había formado parte de la Guardia
Nacional de París mientras duró el sitio, se dirigía a Suiza para reunirse con
su mujer y su hija, mandadas por prudencia al extranjero antes de la invasión.
El hambre y las fatigas no habían hecho disminuir su gran
panza de rico y pacífico comerciante. Había soportado los terribles
acontecimientos con desconsolada resignación y amargas palabras sobre la
ferocidad de los hombres. Pero ahora que, terminada la guerra, se dirigía hacia
la frontera, veía por primera vez a los prusianos, pese a haber cumplido con su
deber en las murallas y montado muchas guardias en las frías noches.
Miraba con irritado terror a esos hombres armados y
barbudos instalados como si estuvieran en su casa en tierra francesa, y sentía
en el alma una especie de fiebre de patriotismo impotente al tiempo que esa
gran necesidad, que ese instinto nuevo de prudencia que ya no nos ha abandonado
desde entonces.
En su compartimiento dos ingleses, venidos para ver,
miraban con ojos tranquilos y curiosos. Eran ambos también gordos y hablaban en
su lengua, consultando a veces su guía, que leían en voz alta tratando de
reconocer los lugares indicados.
De repente, el tren se detuvo en la estación de una
pequeña ciudad, y un oficial prusiano subió los dos escalones del vagón armando
gran ruido con su sable. Era alto, llevaba un uniforme ceñido y una barba hasta
los ojos. Su cabello pelirrojo parecía llamear, y sus largos bigotes, más
pálidos, se prolongaban a ambos lados del rostro, cortándolo transversalmente.
Al punto los ingleses se pusieron a contemplarlo con unas
sonrisas de curiosidad satisfecha, mientras el señor Dubuis fingía leer un
diario. Permanecía acurrucado en su rincón, como un ladrón frente a un
gendarme.
El tren se puso de nuevo en marcha. Los ingleses seguían
charlando, buscando los lugares precisos de las batallas; y de repente, cuando
uno de los dos extendía el brazo hacia el horizonte indicando un pueblo, el
oficial prusiano dijo en francés, mientras estiraba sus largas piernas y se
recostaba sobre su espalda:
—Yo maté a doce franceses en ese pueblo. Hice más de cien
prisioneros.
Los ingleses, interesadísimos, preguntaron enseguida:
—¡Oh! ¿Cómo se llama ese pueblo?
El prusiano respondió:
—Pharsbourg.
Prosiguió:
—Cogí a esos bribones franceses por las orejas.
Y miraba al señor Dubuis riendo orgullosamente entre sus
pelos.
El tren seguía su marcha, pasando siempre por aldeas
ocupadas. Se veía a los soldados alemanes a lo largo de las carreteras, al
borde de los campos, de pie en un extremo de las barreras o charlando delante
de un café. Cubrían la tierra como langostas africanas.
El oficial extendió la mano:
—Si hubiera mandado yo, habría tomado París, lo habría
quemado todo y matado a todo el mundo, ¡y así se habría acabado Francia!
Los ingleses, por cortesía, se limitaron a decir:
—Oh, yes…
El otro continuó:
—Dentro de veinte años toda Europa, toda, será nuestra.
Prusia es más fuerte que todos.
Los ingleses, inquietos, ya no respondieron. Sus
semblantes, vueltos impasibles, parecían de cera, entre sus largas patillas.
Entonces el oficial prusiano se echó a reír. Y, mientras seguía echado hacia
atrás, comenzó con sus bromas. Bromeó sobre Francia aplastada, insultó a los
enemigos postrados; bromeó sobre Austria vencida hacía poco; bromeó sobre la
defensa encarnizada e impotente de los departamentos; bromeó sobre la guardia
móvil, sobre la inútil artillería. Anunció que Bismarck, con los cañones apresados,
haría construir una ciudad de hierro. Y de repente posó sus botas contra el
muslo del señor Dubuis, quien apartaba la mirada, rojo como un tomate.
Los ingleses parecían haberse vuelto indiferentes a todo,
como si de pronto se hubieran visto encerrados en su isla, lejos del mundanal
ruido.
El oficial se sacó la pipa y, mirando fijamente al
francés, dijo:
—¿No tiene tabaco?
—No, señor.
El alemán prosiguió:
—Pues le ruego que vaya a comprar cuando pare el tren.
Y continuó, entre risas:
—Le daré una propina.
El tren pitó y ralentizó la marcha. Pasó por delante de
los edificios incendiados de una estación y se detuvo.
El alemán abrió la puerta y, aferrando a Dubuis de un
brazo, dijo:
—¡Vaya a hacer lo que le he dicho, rápido, rápido!
Un destacamento prusiano ocupaba la estación. Otros
soldados miraban, de pie a lo largo de la empalizada de madera. La locomotora
pitaba ya a punto de partir de nuevo. Entonces, de repente, el señor Dubuis
irrumpió en el andén y, a pesar de los gestos del jefe de estación, se
precipitó en el compartimiento vecino.
¡Estaba solo! Se desabrochó el chaleco, de tanto como le
latía el corazón, y se secó la frente, jadeando.
El tren se paró de nuevo en una estación. Y de repente el
oficial apareció en la puerta y subió, seguido al punto por los dos ingleses
movidos por la curiosidad. El alemán se sentó enfrente del francés y, riendo de
nuevo, dijo:
—No ha querido hacer mi encargo.
El señor Dubuis respondió:
—No, señor.
El tren acababa de arrancar.
El oficial dijo:
—Ahora le cortaré los bigotes para llenar mi pipa.
Y alargó una mano hacia el rostro de su vecino.
Los ingleses, siempre impasibles, miraron con sus ojos
fijos.
Había aferrado ya el alemán un pellizco de pelos y tiraba
de ellos, cuando el señor Dubuis le levantó el brazo de un manotazo y,
agarrándole del cuello, le arrojó sobre el asiento. Luego, cegado por la ira,
con las sienes hinchadas y los ojos inyectados en sangre, siguió
estrangulándole con una mano, y con la otra cerrada comenzó a propinarle
furiosos puñetazos en el rostro. El prusiano, debatiéndose, trataba de
desenvainar el sable, de aferrar a su adversario tumbado sobre él. Pero el
señor Dubuis lo aplastaba con el enorme peso de su panza y golpeaba, golpeaba
sin descanso, sin tomar aliento, sin ver dónde caían sus puños. La sangre
brotaba; el alemán, estrangulado, agonizaba, escupía los dientes, trataba en
vano de rechazar a aquel gordo exasperado que le molía a golpes.
Los ingleses se habían levantado, acercándose para ver
mejor. Permanecían de pie, llenos de regocijo y de curiosidad, dispuestos a
apostar por uno o por otro de los contrincantes.
De repente el señor Dubuis, extenuado por el gran
esfuerzo, se alzó y se sentó sin decir palabra.
El prusiano no se le arrojó encima, de tan aterrado,
aturdido por el asombro y el dolor como estaba. Tras recuperar el aliento,
dijo:
—Si no quiere darme satisfacción a pistola, le mataré.
El señor Dubuis respondió:
—Cuando usted quiera. Me parece bien.
El alemán prosiguió:
—Ahí está la ciudad de Estrasburgo, donde tomaré a dos
oficiales por padrinos. Tenemos tiempo antes de que el tren parta de nuevo.
El señor Dubuis, que resoplaba tanto como la locomotora,
dijo a los ingleses:
—¿Quieren ser ustedes mis padrinos?
Ambos respondieron a la vez:
—Oh, yes!
El tren se detuvo.
En cuestión de un minuto, el prusiano había encontrado a
dos camaradas que trajeron las pistolas, y ganaron las murallas.
Los ingleses sacaban de continuo sus relojes, apretando el
paso, apresurando los preparativos, inquietos por la hora para no perder el
tren.
El señor Dubuis no había cogido nunca una pistola. Le
pusieron a veinte pasos de su enemigo. Le preguntaron:
—¿Está usted listo?
Al responder «Sí, señor», vio que uno de los ingleses
había abierto su paraguas para protegerse del sol.
Una voz ordenó:
—¡Fuego!
El señor Dubuis disparó, al azar, sin esperar, y vio con
estupor que el prusiano de pie delante de él se tambaleaba, levantaba los
brazos y caía redondo. Le había matado.
Uno de los ingleses exclamó un «oh» vibrante de alegría,
de curiosidad satisfecha y de dichosa impaciencia. El otro, que seguía teniendo
su reloj en la mano, cogió al señor Dubuis por el brazo, y se lo llevó, a paso
gimnástico, hacia la estación.
El primer inglés marcaba el paso, corriendo, con los puños
cerrados, los codos pegados al cuerpo.
—¡Uno, dos!, ¡uno, dos!
Y trotaban los tres de frente, pese a sus barrigas, como
tres caricaturas de un periódico humorístico.
El tren partía. Saltaron dentro de su coche. Entonces, los
ingleses, quitándose sus gorras de viaje, las levantaron agitándolas, y luego,
por tres veces seguidas, gritaron:
—¡Hip, hip, hip, hurra!
Acto seguido, con expresión seria, tendieron uno tras otro
la mano derecha al señor Dubuis y volvieron a sentarse uno al lado del otro en
su rincón.
EL CASO DE LA SEÑORA LUNEAU*
A Georges Duval
El juez de paz, un gordo con un ojo cerrado y otro apenas
abierto, escucha a los demandantes con expresión disgustada. A veces suelta una
especie de gruñido, como anticipo de su opinión, e interrumpe con una voz
aguda, como la de un niño, para interrogar.
Acaba de juzgar la causa entre el señor Joly y el señor
Petitpas, a propósito de una linde que habría sido desplazada inadvertidamente
por el carretero del señor Petitpas mientras araba un campo.
Ahora cita para la causa de Hippolyte Lacour, sacristán y
quincallero, contra la señora Céleste-Césarine Luneau, viuda de
Anthime-Isidore.
Hippolyte Lacour tiene cuarenta y cinco años; alto, flaco,
con el pelo largo y afeitado como un eclesiástico, habla con voz parsimoniosa,
cansina y cantarina.
La señora Luneau aparenta unos cuarenta años. Su físico de
luchadora hincha por todas partes su vestido estrecho y ceñido. Sus enormes
caderas soportan un pecho desbordante por delante, y, por detrás, unos
omóplatos gordos como senos. Su ancho cuello sostiene una cabeza de marcadas
facciones; y su voz llena, sin ser grave, suelta notas que hacen vibrar
cristales y tímpanos. Está embarazada, con un barrigón que se diría una
montaña.
Los testigos de descargo esperan su turno.
El señor juez de paz aborda la cuestión.
—Hyppolyte Lacour, exponga su reclamación.
El demandante toma la palabra.
—Pues verá usted, señor juez de paz. Hará nueve meses, por
San Miguel, la señora Luneau vino a verme una tarde, tras el Ángelus, para
exponerme su situación respecto a su esterilidad.
JUEZ DE PAZ: Sea más explícito, por favor.
HIPPOLYTE: Me explicaré, señor juez. Pues bien, quería un
hijo y me pedía mi participación. Yo no puse ninguna objeción, y ella me
prometió cien francos. Una vez acordado y regulado todo, ella se niega hoy a
cumplir con lo prometido. Por ello se lo reclamo ante usted, señor juez de paz.
JUEZ DE PAZ: No entiendo del todo. ¿Dice usted que quería
un hijo? Pero ¿cómo? ¿Qué tipo de hijo? ¿Un hijo para adoptarlo?
HIPPOLYTE: No, señor juez, uno nuevo.
JUEZ DE PAZ: ¿Qué entiende usted por «uno nuevo»?
HIPPOLYTE: Entiendo un niño por nacer, que teníamos que
hacer juntos, como si fuéramos marido y mujer.
JUEZ DE PAZ: Mucho me sorprende usted. Pero ¿qué finalidad
podía perseguir haciéndole tan insólita propuesta?
HIPPOLYTE: La finalidad, señor juez, no la comprendí al
principio, y también yo me quedé un poco parado. Y como nunca hago nada si no
es a conciencia, quise saber sus razones, que ella me explicó. Su marido
Anthime-Isidore, al que tanto usted como yo conocimos, había muerto la semana
anterior, y todos sus bienes volvían a manos de su familia. Viéndose
perjudicada económicamente, ella se fue a ver a un hombre de leyes que la
asesoró sobre el caso de un nacimiento dentro de los diez meses siguientes.
Quiero decir que si daba a luz en los diez meses siguientes al fallecimiento
del difunto Anthime-Isidore, el vástago sería considerado como legítimo y daría
derecho a la herencia. Decidió en el acto asumir las consecuencias y vino a
verme a la salida de la iglesia, como he tenido el honor de decirle, dado que
soy padre legítimo de ocho hijos, todos vivos, el primero de los cuales trabaja
de droguero en Caen, en el departamento de Calvados, unido en legítimo
matrimonio con Victoire-Élisabeth Rabou…
JUEZ DE PAZ: Éstos son detalles superfluos. Vaya al grano.
HIPPOLYTE: A ello voy, señor juez. Así pues, ella me dijo:
«Si lo logras, te daré cien francos en cuanto el médico certifique mi
embarazo». Me preparé, señor juez, para poder satisfacerla. Al cabo de seis
semanas o dos meses, en efecto, me enteré con satisfacción de que la cosa había
tenido éxito. Pero, tras haber pedido los cien francos, ella me los negó. Se
los reclamé nuevamente en distintas ocasiones sin obtener un céntimo. Llegó a
llamarme filibustero e impotente, cuya prueba en contrario a la vista la tiene
usted.
JUEZ DE PAZ: ¿Qué tiene usted qué decir, señora Luneau?
SEÑORA LUNEAU: ¡Lo que digo, señor juez, es que este
hombre es un filibustero!
JUEZ DE PAZ: ¿Qué prueba aporta usted en apoyo de su
afirmación?
SEÑORA LUNEAU (roja, sofocada, balbuceando): ¿Qué prueba?,
¿qué prueba? No tengo más que una prueba, una verdadera prueba, la prueba de
que el niño no es suyo. No, no es suyo, señor juez, se lo juro por la cabeza de
mi marido que en paz descanse, no es suyo.
JUEZ DE PAZ: Entonces, ¿de quién sería?
SEÑORA LUNEAU (balbuceando de rabia): ¿Qué sé yo? ¿Acaso
puedo saberlo? De todos. Mire usted, ahí tiene a mis testigos: están todos ahí.
Y son seis. Hágales hablar, hágalo, y ellos le responderán…
JUEZ DE PAZ: Cálmese, señora Luneau, cálmese y responda
sin encenderse. ¿Qué motivos tiene para dudar de que este hombre sea el padre
del niño que lleva en su seno?
SEÑORA LUNEAU: ¿Motivos? No uno, sino cien tengo,
doscientos, diez mil, un millón e incluso más… Tras haberle hecho la propuesta
que ya conoce con la promesa de darle cien francos, me enteré de que era un
cornudo, dicho sea con todo el respeto, y que ninguno de sus hijos era suyo,
¡ni uno!
HIPPOLYTE LACOUR (con calma): No son más que mentiras.
SEÑORA LUNEAU (exasperada): ¡Mentiras! ¡Mentiras! ¡Hay que
tener valor! ¡Basta con decir que su mujer ha ido con todos, con todos, le
digo! Ahí los tiene, a mis testigos, señor juez, mírelos. Hágales hablar.
HIPPOLYTE LACOUR (con frialdad): No son más que mentiras.
SEÑORA LUNEAU: ¡Qué cara dura! ¿Y a esos pelirrojos, los
has hecho tú a esos pelirrojos?
JUEZ DE PAZ: Nada de personalizar, por favor, de lo
contrario me veré obligado a tomar medidas.
SEÑORA LUNEAU: Así pues, como me entró la duda acerca de
sus capacidades, me dije, como bien reza el dicho, que hombre precavido vale
por dos, y me fui a contarle mi caso a Césaire Lepic aquí presente, mi testigo;
y él me dijo: «Me tiene a su disposición, señora Luneau», y me echó una mano
por si Hippolyte me fallaba. Pero luego, tras enterarse los demás testigos de
que yo quería ser precavida, de haber querido habría encontrado a más de cien,
señor juez. El alto ese que ve ahí, que se llama Lucas Chandelier, me juró que
me equivocaba queriendo darle cien francos a Hippolyte Lacour, puesto que no
había hecho más que los demás que no pedían nada.
HIPPOLYTE LACOUR: Pues entonces no habérmelos prometido.
Yo contaba con ellos, señor juez. Conmigo no valen los cuentos: lo prometido es
deuda.
SEÑORA LUNEAU (fuera de sí): ¡Cien francos!, ¡cien
francos! ¡Cien francos por eso, filibustero, cien francos! Ellos no me pidieron
nada, ni un céntimo. Ahí los tiene, son seis. Hágales hablar, señor juez, y
ellos le responderán, ya verá como responderán. (A Hippolyte:) ¡Mira,
filibustero, si no valen más que tú! ¡Son seis, y si hubiera querido habrían
sido cien, doscientos, quinientos, tantos como hubiera querido, y a cambio de
nada, filibustero!
HIPPOLYTE: ¡Aunque hubieran sido cien mil!…
SEÑORA LUNEAU: Sí, cien mil, si hubiera querido…
HIPPOLYTE: No por ello dejé yo de cumplir con mi deber, lo
que no modifica nuestro acuerdo.
SEÑORA LUNEAU (dándose golpes con las dos manos en la
barriga): Prueba, entonces, que es tuyo, pruébalo, pruébalo, filibustero. ¡Te
desafío a que lo hagas!
HIPPOLYTE (con calma): Quizá es mío, quizá es de otro. Lo
cual no quita que usted me prometiera cien francos a mí. Luego no hubiera
tenido que ir con tantos otros. Eso no cambia nada. Lo habría hecho yo solo.
SEÑORA LUNEAU: ¡Eso no es cierto! ¡Filibustero! Interrogue
a mis testigos, señor juez de paz. Ellos le responderán a buen seguro.
El juez de paz llama a los testigos de descargo. Son seis,
sonrojados, con los brazos colgantes, atemorizados.
JUEZ DE PAZ: Lucas Chandelier, ¿tiene usted motivos para
presumir que es el padre del niño que la señora Luneau lleva en su seno?
LUCAS CHANDELIER: Sí, señor.
JUEZ DE PAZ: Célestin-Pierre Sidoine, ¿tiene usted motivos
para presumir que es el padre del niño que la señora Luneau lleva en su seno?
CÉLESTIN-PIERRE SIDOINE: Sí, señor.
(Los otros cuatro testigos hacen idéntica declaración.)
El juez de paz, tras un momento de recogimiento,
sentencia:
—Considerando que Hippolyte Lacour tiene motivos para
creerse padre del hijo deseado por la señora Luneau, y que también los llamados
Lucas Chandelier, etcétera, etcétera, tienen motivos análogos para pretender la
misma paternidad;
»Considerando que la señora Luneau había solicitado
primero la asistencia del dicho Hippolyte Lacour mediante el pago de una
indemnización convenida y aceptada de cien francos;
»Considerando, sin embargo, que, aunque puede considerarse
absoluta la buena fe del dicho Lacour, es lícito discutir su estricto derecho a
comprometerse de la forma en que lo hizo, dado que el demandante está casado y
obligado por ley a serle fiel a su legítima esposa;
»Considerando, además, que etcétera, etcétera;
»Condena a la señora Luneau a pagar veinticinco francos a
título de resarcimiento por daños y perjuicios al dicho Hippolyte Lacour, por
pérdida de tiempo y seducción insólita.
MARTINE*
Sucedió un domingo después de misa. Él había salido de la
iglesia y estaba recorriendo el sendero que llevaba a su casa, cuando se
encontró con Martine, que volvía también a casa.
Su padre caminaba a su lado, con andares de rico
hacendado. Desdeñaba el blusón y llevaba una especie de chaqueta de paño gris e
iba tocado con un bombín de alas anchas.
Ella, embutida en un corsé que no ataba más que una vez
por semana, iba tiesa, la cintura estrangulada, ancha de hombros y unas buenas
caderas, contoneándose un poco.
Iba tocada con un sombrero de flores, confeccionado por
una modista de Yvetot, que le dejaba completamente descubierta la nuca fuerte,
llena, flexible, en la que oscilaban unos ricitos rebeldes, que rojeaban por el
aire libre y el sol.
Benoist no la veía más que de espaldas; pero sabía
perfectamente cómo era su rostro, pero sin haberlo observado nunca atentamente.
De repente se dijo: «Jolines, sí que es una buena moza
esta Martine». La miraba caminar, lleno de admiración y de deseo. No hacía
falta mirarla a la cara. Mantenía los ojos clavados en su talle, repitiéndose a
sí mismo, como si hablase: «Pues sí, es una buena moza».
Martine tomó a la derecha para entrar en «la Martinière»,
la hacienda de su padre, Jean Martin; y ella se volvió echando una mirada tras
ella. Vio a Benoist, que le pareció muy picarón. Ella exclamó:
—Buenos días, Benoist.
Él respondió:
—Buenos días, Martine, buenos días, señor Martin.
Y siguió adelante.
Al llegar a casa, tenía ya las sopas en la mesa. Se sentó
enfrente de su madre, al lado del criado y el gañán, mientras la criada iba en
busca de sidra.
Tomó unas cucharadas y luego rechazó su plato. Su madre
preguntó:
—¿No te sientes bien?
Él respondió:
—Siento como un peso en el estómago que me quita el
hambre.
Miraba comer a los demás, cortándose de vez en cuando una
rebanada de pan que se metía lentamente en la boca masticándola un buen rato.
Pensaba en Martine. «Es una buena moza». Y pensar que no se había dado cuenta
hasta ese momento, y ahora le había cogido así, de improviso, tan fuerte que ya
ni comía.
No probó casi el guiso. Su madre decía:
—Pero vamos, Benoist, esfuérzate un poco; es costilla de
cordero, y te sentará bien. Cuando no se tiene apetito, hay que hacer un
esfuerzo.
Él engullía algún bocado, pero luego rechazaba de nuevo su
plato: no, no le pasaba, decididamente.
Tras la comida, se fue a dar una vuelta por sus tierras, y
dejó libre al gañán, diciéndole que de paso ya se encargaría él de los animales.
La campiña estaba desierta, pues era día de asueto. De
trecho en trecho, en un campo de trébol, unas vacas se habían echado
pesadamente, con el vientre desparramado, y rumiaban bajo un sol de justicia.
Unos arados desenganchados esperaban en la margen de un campo roturado; y las
tierras labradas, listas para la siembra, desplegaban sus amplios cuadros
pardos en medio de trozos amarillos en los que acababan de pudrirse los restos
de rastrojo de trigo y de avena segados hacía poco.
Un viento otoñal algo seco atravesaba la llanura,
anunciando una noche fresca tras la puesta del sol. Benoist se sentó en una
cuneta, puso su sombrero sobre sus rodillas y dijo muy alto, en el silencio de
los campos:
—Pues sí, es una buena moza.
Pensó en ella también por la noche, en su cama, y al día
siguiente al despertar.
No estaba triste, ni descontento; no habría sabido decir
qué le pasaba. Era algo que le tenía sorbido el seso, como adherido a su alma,
una idea fija que le producía una especie de cosquilleo en el corazón. A veces
hay un moscardón encerrado en un cuarto. Se le oye volar con un zumbido, y ese
ruido os obsesiona, os irrita. De pronto se para; os olvidáis de él; pero de
súbito vuelve a empezar, obligándoos a levantar la cabeza. Imposible atraparlo,
ni echarlo, ni matarlo, ni hacer que se quede quieto. Apenas se ha posado,
vuelve con el zumbido.
Pues bien, el recuerdo de Martine se agitaba en la mente
de Benoist como una mosca aprisionada.
Luego le vinieron ganas de volver a verla, y pasó varias
veces por delante de la Martinière. Por fin la vio, mientras tendía la ropa en
una cuerda, entre dos manzanos.
Hacía calor; ella no llevaba más que una faldilla y la
camisa sobre la piel desnuda le dibujaba perfectamente la curvatura de la
cadera cuando levantaba el brazo para extender las prendas.
Él se quedó acurrucado contra la cuneta durante más de una
hora, incluso después de que ella se hubiera ido. Volvió a casa más pensativo
aún que antes.
Por espacio de un mes no hizo más que pensar en ella. Se
sobresaltaba si alguien la nombraba delante de él. No comía, y todas las noches
sudaba tanto que no podía dormir.
El domingo, en misa, no le quitaba los ojos de encima.
Ella se percató de ello y le dirigió alguna sonrisa, halagada por sentirse
apreciada así.
Ahora bien, una tarde, en un sendero, se la encontró de
improviso delante. Al verle venir, ella se detuvo. Él fue a su encuentro,
sofocado por el miedo y la turbación, pero también decidido a dirigirle la
palabra. Comenzó balbuceando:
—Sepa, Martine, que la cosa no puede seguir así.
Ella respondió, como burlándose de él:
—¿El qué no puede seguir así, Benoist?
Él prosiguió:
—Que yo piense en usted todas las horas del día.
Ella se puso en jarras:
—No soy yo quien le obliga a hacerlo.
Él balbució:
—Sí, es usted: ya ni duermo, ni descanso, ni tengo hambre,
ni nada.
Ella dijo muy bajito:
—Entonces, ¿qué hay que hacer para curarle de esto?
Él se quedó como un pasmarote, con los brazos colgantes,
unos ojos como platos y la boca abierta.
Ella le dio un fuerte manotazo en el estómago y escapó
corriendo.
A partir de aquel día, se reencontraron por las cunetas,
en los caminos encajonados, o bien, a la caída de la tarde, al borde de un
campo, cuando él volvía con sus caballos y ella llevaba de vuelta sus vacas al
establo.
Él se sentía llevado, tirado hacia ella por un fuerte
impulso de su corazón y de su cuerpo. Hubiera querido estrecharla,
estrangularla, comérsela, hacerla entrar dentro de sí. Y se estremecía de
impotencia, de rabia, porque ella no fuera totalmente suya, como si no hubieran
formado más que un solo ser.
En el pueblo se murmuraba. Decían que eran novios. Por lo
demás, él le había preguntado si quería casarse con él y ella le había
respondido: «Sí».
Esperaban la ocasión para hablarles de ello a sus padres.
Ahora bien, de repente, ella dejó de acudir a las horas de
sus encuentros. No la veía ya siquiera cuando merodeaba por los alrededores de
la hacienda. Sólo podía entreverla en misa los domingos. Y, justamente un
domingo, el párroco anunció desde el púlpito, tras la lectura del evangelio,
que Victoire-Adélaïde Martin y Joséphin-Isidore Vallin se habían dado palabra
de matrimonio.
Benoist sintió algo en sus manos, como si se le hubiera
retirado la sangre. Le zumbaban los oídos; no oía ya nada, y al cabo de un rato
se dio cuenta de que lloraba sobre su misal.
Durante un mes, no salió de su cuarto. Luego volvió al
trabajo.
Pero no estaba curado en absoluto y seguía pensando en
ello en todo momento. Evitaba pasar por los caminos que rodeaban su casa, para
no ver siquiera los árboles del patio, lo que le obligaba a dar un gran rodeo
cada mañana y tarde.
Ella estaba ahora casada con Vallin, el más rico hacendado
del cantón. Benoist y él no se hablaban ya, por más que fuesen compañeros desde
la infancia.
Ahora bien, una tarde, en que Benoist pasaba por delante
de la alcaldía, se enteró de que ella estaba embarazada. No sintió un gran
dolor, sino por el contrario una especie de alivio. Ahora se había acabado,
acabado definitivamente. Estaban más separados por eso que por el matrimonio.
La verdad, lo prefería así.
Pasaron meses y más meses. De vez en cuando la veía,
mientras se dirigía al pueblo con su paso pesado. Al verle, ella se ruborizaba,
y agachaba la cabeza apretando el paso. Y él se desviaba de su camino para no
encontrársela y cruzarse con su mirada.
Pensaba con terror que una mañana u otra podía toparse
cara a cara con ella y verse obligado a dirigirle la palabra. ¿Qué le diría,
después de todo lo que le dijera en otro tiempo estrechándole las manos y
besándola en el cabello cerca de las mejillas? A menudo pensaba aún en sus
citas por las cunetas. Era algo feo lo que ella había hecho, después de tantas
promesas.
Y, sin embargo, poco a poco el dolor desaparecía de su
alma; no quedaba más que la tristeza. Y un día, por primera vez, retomó el
viejo camino que pasaba junto a la alquería donde ella vivía. De lejos miraba
los tejados de la casa. ¡Allí dentro! ¡Allí dentro vivía ella, con otro! Los
manzanos estaban en flor, los gallos cantaban sobre el estiércol. La casa
entera parecía vacía, habían salido todos al campo para las labores de la
primavera. Se detuvo cerca de la cancela y miró al patio. El perro dormía delante
de su caseta, tres terneros se iban con paso lento, uno detrás de otro, hacia
la charca. Un gran pavo hacía la rueda, pavoneándose delante de las gallinas
como un cantante en el escenario.
Benoist se apoyó en el pilar, sintiéndose de repente
dominado de nuevo por unas grandes ganas de llorar. Pero he aquí que oyó un
gran grito de socorro que salía de la casa. Asustado, permaneció a la escucha,
con las manos crispadas en las tablas de madera. Otro grito, éste largo y
desgarrador, penetró en sus oídos, en su alma y en su carne. ¡Era ella la que
gritaba de aquel modo! Se lanzó a través del prado, empujó la puerta y la vio,
tirada en el suelo, contraída, con el rostro lívido, los ojos extraviados,
presa de los dolores del parto.
Se quedó parado, más pálido y tembloroso que ella,
balbuceando:
—Aquí me tienes, aquí me tienes, Martine.
Ella respondió, jadeando:
—¡No me dejes, no me dejes, Benoist!
Él la miraba, sin saber qué decir o qué hacer. Ella se
puso de nuevo a gritar:
—¡Oh, cómo me desgarra, oh, Benoist!
Y se retorcía espantosamente.
De repente Benoist sintió una necesidad imperiosa de
ayudarla, de calmarla, de hacer que se le fuera el dolor. Se inclinó, la cogió,
la levantó y la llevó a la cama; y, mientras ella seguía gimiendo, la
desvistió, quitándole la chambra, el vestido, la falda. Ella se mordía los
puños para no gritar. Entonces él hizo como solía con los animales, las vacas,
las ovejas, las yeguas: la ayudó y recogió entre sus brazos a un niño
lloriqueante.
Lo limpió, lo envolvió en un trapo de cocina que estaba
secándose delante del fuego y lo dejó sobre un montón de ropa blanca para
planchar que había sobre la mesa. Luego volvió a donde estaba la madre.
La depositó de nuevo en el suelo, cambió la cama y volvió
a ponerla en ella. Martine balbuceaba:
—Gracias, Benoist, tienes un buen corazón.
Y lloraba un poco, como si le hubiera embargado la
nostalgia.
Él ya no la amaba, en absoluto. La cosa se había
terminado. ¿Por qué? ¿Cómo era posible? No lo sabía. Lo que acababa de ocurrir
le había curado más que diez años de distanciamiento.
Ella, agotada y temblorosa, preguntó:
—¿Qué es?
Él respondió con voz serena:
—Es una bonita niña.
Se callaron de nuevo. Al cabo de unos segundos, la madre,
con voz débil, dijo:
—Enséñamela, Benoist.
Él fue a buscarla y la presentó como si le alargase el pan
bendito, cuando la puerta se abrió y apareció Isidore Vallin.
De entrada no comprendió; luego, de repente, lo intuyó.
Benoist, consternado, balbuceaba:
—Pasaba por aquí, pasaba y he oído que ella gritaba y he
entrado…, ¡aquí tienes a tu hija,Vallin!
Entonces, el marido, con lágrimas en los ojos, dio un
paso, tomó a la enclenque criatura que le tendía el otro, la besó, permaneció
unos segundos sofocado, depositó a la niña sobre la cama y, alargando sus dos
manos hacia Benoist, dijo:
—¡Chócala, chócala, Benoist;! ya no hay nada que aclarar
ahora entre nosotros. ¡Si quieres, seremos amigos, amigos de verdad!
Y Benoist respondió:
—Claro que quiero, claro.
INFANTICIDIO*
Después de la cena, se pusieron a hablar de un aborto que
acababa de producirse en el municipio. La baronesa estaba indignada: ¿cómo era
posible algo semejante? ¡La muchacha, seducida por un oficial de carnicería,
había tirado a su hijo en una cantera de mármol! ¡Qué horror! Incluso había
sido probado que la pobre criatura no había muerto en el acto.
El médico, que cenaba en el castillo aquella noche, daba
detalles horribles con aire tan tranquilo; y parecía asombrarse del coraje de
aquella miserable madre, que, tras haber dado a luz sola, había hecho dos
kilómetros a pie para asesinar a su hijo. Decía:
—Esa mujer es de hierro. ¡Y qué energía salvaje debió de
tener para atravesar el bosque, de noche, con el niño llorando en brazos! No
salgo de mi asombro ante semejantes sufrimientos morales. ¡Piensen en el terror
de esa alma, en el desgarro de ese corazón! ¡Qué odiosa y miserable es la vida!
Prejuicios infames, sí, señora, infames, un falso sentido de la honra más
odioso que el delito mismo, todo un cúmulo de sentimientos artificiosos, de
odiosa honorabilidad, de repugnante honestidad, empujan al delito, al
infanticidio, a tantas pobres muchachas que han obedecido sin resistirse a la
imperiosa ley de la vida. ¡Qué vergüenza para la Humanidad haber establecido
una moral semejante y haber transformado en delito la libre unión de dos seres!
La baronesa había palidecido de la indignación.
Replicó:
—Así pues, doctor, pone usted el vicio por encima de la
virtud, a la prostituta por delante de la mujer honrada. ¿La que se abandona a
sus bajos instintos le parece equiparable a la esposa irreprochable que cumple
con su deber con la conciencia íntegra?
El médico, un anciano que había curado en su vida muchas
heridas, se levantó y dijo con fuerte voz:
—Habla usted de cosas que ignora, señora, ya que no ha
conocido lo que son las pasiones invencibles. Permítame que le cuente una
aventura reciente de la que fui testigo.
*
¡Oh, señora, sea usted siempre indulgente, buena y
misericordiosa! No sabe…
¡Ay de aquellos a quienes la pérfida naturaleza ha dotado
de unos sentidos insaciables! La gente tranquila, nacida sin instintos
irrefrenables, vive por necesidad como personas honestas. Fácil resulta el
deber para aquellos a quienes no atormentan nunca los deseos frenéticos.
Veo ya a pequeñoburguesas de sangre fría, de rígidas
costumbres, espíritu mediocre y corazón morigerado, gritar de indignación al
enterarse de los errores de las mujeres pecadoras.
¡Ah! Usted duerme tranquila en un lecho pacífico al que no
acechan locas fantasías. Vive rodeada de personas como usted, que actúan como
usted, preservadas por la prudencia instintiva de sus sentidos. Y apenas si
tiene usted que luchar contra unas apariencias de seducción. Sólo su mente se
ve agitada a veces por pensamientos malsanos, sin que su cuerpo se vea rozado
por ninguna idea tentadora.
Pero para aquellos a quienes el azar ha hecho apasionados,
señora, los sentidos son invencibles. ¿Puede usted detener el viento, aplacar
el mar desencadenado? ¿Puede poner freno a las fuerzas de la naturaleza? No.
Pues también los sentidos son fuerzas de la naturaleza, invencibles como el mar
y el viento. Sublevan y arrastran al hombre, arrojándole a la voluptuosidad sin
que él pueda resistir a la vehemencia de su deseo. Las mujeres irreprochables
son las mujeres sin temperamento. Son cuantiosas. Pero yo no las alabo por su
virtud, porque no han tenido que luchar. En cambio, una Mesalina y una
Catalina,1 óigame bien, nunca serán castas. No pueden. Fueron creadas para la
cópula furiosa. Y sus órganos no se parecen a los suyos, su carne es distinta,
más vibrante, más hirviente al mínimo contacto con otra carne; y sus nervios
trabajan, las trastornan y las domeñan, cuando los suyos no han notado nada.
Trate de alimentar a un gavilán con el alpiste que da usted a su lorito. Aunque
son dos pájaros que tienen un gran pico corvo, sus instintos son diferentes.
¡Oh, los sentidos! Si supiera usted el poder que poseen.
¡Los sentidos que nos tienen jadeando durante noches enteras, con la piel
ardiente, el corazón agitado, la mente acosada por unas visiones
enloquecedoras! Mire, señora, las personas de principios inflexibles son
simplemente gente fría, desesperadamente celosos de los demás, sin ellos
saberlo.
Escúcheme.
La que llamaré señora Hélène era sensual; lo había sido
desde su infancia. Los sentidos se habían despertado en ella con el uso de la
palabra. Me dirán ustedes que era una enferma. Pero ¿por qué? ¿No son más bien
ustedes unos flojos? Me consultaron cuando tenía doce años. Comprobé que estaba
hecha ya una mujer y que se veía acosada sin descanso por deseos amorosos. Se
presentía sólo verla. Tenía unos labios carnosos, prominentes, abiertos como
flores, el cuello robusto, la piel ardiente, la nariz larga, algo chata y
palpitante, y unos ojazos claros que encendían de deseo a los hombres.
¿Quién habría podido calmar la sangre de aquella bestia
ardiente? Se pasaba las noches llorando sin motivo. Sufría mortalmente de estar
sin varón.
A los quince años, por fin, la casaron.
Dos años después, su marido moría tísico. Lo había
extenuado.
Otro tuvo el mismo final en dieciocho meses. El tercero
resistió cuatro años, luego la dejó. Justo a tiempo. Tras quedarse sola, quiso
ser casta. Tenía todos los prejuicios que tienen ustedes. Un día me llamó,
preocupada por sus crisis nerviosas. Enseguida me di cuenta de que estaba a
punto de morir de viudedad.
Se lo dije. Era, señora, una mujer honesta; pese a los
tormentos que sufría, no quiso seguir mi consejo de buscarse un amante.
En el pueblo la tachaban de loca. Salía de noche para
hacer largas caminatas desenfrenadas y agotar así su cuerpo rebelde. Luego,
tenía pérdidas de conciencia, a las que seguían tremendos espasmos.
Vivía sola en su quinta próxima a la de su madre y a las
de sus parientes. Yo iba a verla de vez en cuando, sin saber qué hacer contra
esa voluntad encarnizada de la naturaleza o contra su propia voluntad.
Ahora bien, una tarde, a eso de las ocho, entró en mi casa
cuando acababa de cenar. Apenas estuvimos solos, me dijo:
«Estoy perdida. ¡Estoy embarazada!».
Di un respingo en mi silla.
«¿Qué quiere decir?»
«Que estoy embarazada.»
«¿Usted?»
«Sí, yo. —Y bruscamente, con voz rota, mirándome a la
cara, dijo—: Embarazada de mi jardinero, doctor. Tuve un amago de desmayo
mientras paseaba por el parque. Él, al verme caer, acudió y me cogió entre sus
brazos para llevarme adentro. ¿Qué hice? No lo sé. ¿Le abracé, le besé? Tal
vez. Ya conoce mi miseria, mi vergüenza. En resumen, ¡me poseyó! Soy culpable,
porque me entregué a él al día siguiente, del mismo modo, y otras veces más.
Estaba que no podía más… ¡No conseguía ya resistir!…»
Ahogó un sollozo en la garganta y continuó con tono de
orgullo:
«Le pagaba, prefería esto al amante que me aconsejó usted
que me buscara. Me he quedado embarazada».
»Me confieso a usted sin temor ni vacilación. He intentado
provocarme un aborto. He tomado baños calientes; he montado caballos difíciles,
he hecho ejercicios en el trapecio, he tomado drogas, ajenjo, azafrán y otras
cosas. Pero nada ha dado resultado.
»¡Ya conoce usted a mi padre y a mis hermanos! Estoy
perdida. Mi hermana está casada con un hombre honrado. Mi vergüenza recaerá
también sobre ellos. Y piense, además, en todos nuestros amigos, en todos
nuestros vecinos, en nuestro buen nombre…, en mi madre…
Empezó a sollozar. Yo la cogí de las manos, le pregunté.
Luego le aconsejé que hiciera un largo viaje y fuera a dar a luz lejos.
Me respondía: «Sí…, sí…, sí… es lo mejor…», pero parecía
que no me escuchase. Luego se fue.
Fui a verla varias veces. Se estaba volviendo loca.
La idea de aquel niño que crecía en su vientre, de aquella
vergüenza viviente, había penetrado en su alma como una flecha aguzada. No
hacía más que pensar en ello: no se atrevía ya a salir de día, ni a ver gente,
por temor a que se descubriera su abominable secreto. Todas las noches se
desnudaba delante del armario de luna para mirarse los costados deformados;
luego se arrojaba al suelo apretando una toalla entre los dientes para ahogar
así sus gritos. Se levantaba veinte veces durante la noche, encendía la vela y
se volvía a poner delante del espejo donde se reflejaba la imagen deforme de su
cuerpo desnudo. Entonces, fuera de sí, se propinaba grandes puñetazos en la
barriga para matar al que le arruinaba la vida. Había una lucha tremenda entre
ellos; pero él no se moría, es más, se agitaba de continuo como para
defenderse. Ella rodaba por el parqué para aplastarlo contra el suelo, trató de
dormir con un peso encima para ahogarlo. Le odiaba como se odia al enemigo
encarnizado que amenaza nuestra vida.
Tras esas inútiles luchas, esos esfuerzos impotentes para
liberarse de él, huía por los campos corriendo desesperadamente, fuera de sí
por el dolor y el espanto. Una mañana la encontraron con los pies dentro de un
arroyo, la mirada perdida; creyeron que había tenido un ataque de delirio, pero
no se dieron cuenta de nada.
Tenía una idea fija. Arrancar de su cuerpo a aquel hijo
maldito.
Una noche su madre le dijo entre risas: «Estás engordando,
Hélène; si estuvieras casada, diría que estás embarazada».
Estas palabras fueron un golpe mortal para ella. Se fue
casi enseguida y volvió a su casa.
¿Qué hizo? Sin duda, se miró un largo rato aquel vientre
hinchado; sin duda, lo golpeó, lo machacó, dio con él contra los cantos de los
muebles como hacía cada noche. Luego bajó, descalza, a la cocina, abrió el
armario y cogió el cuchillo grande que se emplea para cortar la carne. Volvió a
subir, encendió cuatro velas y se sentó, en una silla de mimbre, delante del
espejo. Entonces, exasperada de odio contra aquel embrión desconocido y
temible, queriendo arrancárselo y matarlo de una vez, tenerlo en sus manos,
estrangularlo y arrojarlo lejos, apretó en el lugar donde se movía aquel feto
y, de un solo tajo, se hendió el vientre con la afilada hoja. ¡Oh!, sin duda
actuó muy rápido y muy bien, porque consiguió aferrar a ese enemigo al que
todavía no había podido atrapar. Lo cogió por una pierna, se lo arrancó y trató
de echarlo en las cenizas del hogar. Pero él permanecía unido a ella por unos
lazos que ella no había podido cortar, de manera que, antes quizá de haber
comprendido qué le quedaba por hacer para separarlo de sí, cayó sin vida sobre
el niño anegado en un charco de sangre.
¿Fue culpable, señora?
*
El médico se calló y esperó. La baronesa no respondió.
UN GOLPE DE ESTADO*
Acababa de llegar a París la noticia del desastre de
Sedán. Se había proclamado la República. Francia entera jadeaba al comienzo de
esa locura que duró hasta después de la Comuna. Se jugaba a los soldaditos de
una punta a otra del país.
Los boneteros eran coroneles que hacían funciones de
generales; se lucía pistolas y puñales en torno a las gruesas panzas pacíficas
envueltas en unos cinturones rojos; pequeñoburgueses convertidos en guerreros
de circunstancias mandaban batallones de voluntarios vociferantes y juraban
como carreteros para darse aires.
Poseer armas y manejar fusiles automáticos había sido
suficiente para hacer perder la cabeza a gente que hasta ese momento había
manejado nada más que balanzas y, sin motivo alguno, la hacía peligrosa para
cualquiera. Se ejecutaba a inocentes por el simple hecho de demostrar que se
sabía matar; yendo por los campos aún vírgenes de prusianos se fusilaba a los
perros sin dueño, a las vacas que rumiaban tranquilas, a los caballos enfermos
que pastaban en los prados.
Todos se creían destinados a grandes hechos de armas. Los
cafés de los pueblos más pequeños, llenos de comerciantes en uniforme, parecían
cuarteles u hospitales militares ambulantes.
El pueblo de Canneville ignoraba aún las enloquecedoras
noticias del ejército y de la capital; y, sin embargo, desde hacía cerca de un
mes estaba en un estado de gran agitación, con los partidos adversos
enfrentados.
El alcalde, el vizconde de Varnetot, un hombrecillo flaco,
ya viejo, que se había vuelto legitimista desde hacía poco bajo el Imperio, por
ambición, había visto surgir un adversario resuelto en el doctor Massarel, un
hombre gordo y sanguíneo, líder del partido republicano en el distrito,
venerable de la logia masónica de la cabeza de partido, presidente de la
Sociedad Agrícola y del banquete de los bomberos, y organizador de la milicia
rural que había de salvar a la región.
En quince días, había encontrado la manera de convencer a
sesenta y tres voluntarios, casados y padres de familia, labradores prudentes y
comerciantes del lugar, para que defendieran la región, y los adiestraba, cada
mañana, en la plaza del pueblo.
Si, por una casualidad, el alcalde iba al Ayuntamiento, el
comandante Massarel, cargado de pistolas, pasando con aire orgulloso, sable en
mano, por delante de su tropa alineada, hacía gritar a su gente: «¡Viva la
patria!». Y este grito, como le habían hecho observar, agitaba al pequeño
vizconde, quien veía en él sin duda una amenaza, un desafío y al mismo tiempo
un odioso recuerdo de la gran Revolución.
La mañana del 5 de septiembre, el doctor, en uniforme, con
la pistola encima del escritorio, estaba pasando consulta a una pareja de
viejos campesinos; uno de ellos, el marido, que padecía de varices desde hacía
siete años, había esperado a que las tuviese también su mujer para ir a que les
visitara el médico. Llegó el cartero con el diario.
El señor Massarel lo abrió, palideció, se puso en pie
bruscamente, y, levantando los brazos al cielo en un gesto de exaltación, se
puso a vociferar con todo lo que daba su voz delante de los dos labriegos
azarados:
—¡Viva la República!, ¡viva la República!, ¡viva la
República!
Luego volvió a dejarse caer en su sillón, desfallecido de
la emoción.
Y cuando el campesino proseguía diciendo: «La cosa me empezó
precisamente con un hormigueo en las piernas», el doctor Massarel exclamó:
—Déjeme en paz; no tengo tiempo para ocuparme de sus
tonterías. Ha sido proclamada la República, el emperador ha sido hecho
prisionero, Francia está salvada. ¡Viva la República! —Y, corriendo hacia la
puerta, bramó—: ¡Céleste, rápido, Céleste!
La espantada criada acudió presurosa; él farfullaba, de
tan rápido como hablaba:
—¡Mis botas, mi sable, mi cartuchera y la faca española
que está sobre mi mesilla de noche; venga, date prisa!
Como el campesino obstinado, aprovechando un momento de
silencio, continuaba:
—Después me salieron unas ampollas que me dolían al
caminar.
El médico, exasperado, aulló:
—¿Quiere dejarme en paz, puñeta? ¡Si se hubiera lavado los
pies, no le habría pasado nada!
Luego, cogiéndole por la solapa, le espetó en la cara:
—¿Es que no comprendes que nos hemos convertido en una
república, redomado idiota?
Pero el sentido del deber profesional le hizo calmarse
enseguida, y empujó hacia la puerta a la pareja estupefacta, diciendo:
—Vuelvan mañana, vuelvan mañana, amigos míos. Hoy no tengo
tiempo.
Mientras se equipaba de pies a cabeza, dio otra serie de
órdenes urgentes a su criada:
—Corre a casa del teniente Picart y a la del subteniente
Pommel, y diles que les espero aquí inmediatamente. Manda venir también a
Torchebeuf con su tambor, ¡vamos, rápido, rápido!
Y cuando Céleste hubo salido, se recogió, preparándose
para vencer las dificultades de la situación.
Llegaron los tres hombres juntos, en ropa de trabajo. El
comandante, que se esperaba verles uniformados, tuvo un sobresalto.
—¿Acaso no saben ustedes nada, diantre? El emperador ha
sido hecho prisionero, se ha proclamado la República. Hay que actuar. Mi
posición es delicada, diré más, peligrosa.
Reflexionó unos segundos ante las caras de pasmo de sus
subordinados, luego prosiguió:
—Hay que actuar y sin vacilaciones; los minutos valen por
horas en momentos como éstos. Todo depende de la rapidez de las decisiones.
Usted, Picart, vaya a ver al cura y ordénele que toque a rebato para reunir a
la población, a la que voy a avisar. Usted, Torchebeuf, toque llamada en todo
el municipio, hasta en las aldeas de la Gerisaie y de Salmare, para reunir a la
milicia armada en la plaza. Y usted, Pommel, póngase rápidamente su uniforme,
nada más que la casaca y el quepis. Vamos a ocupar juntos el Ayuntamiento y a
intimar al señor de Varnetot a que me haga entrega de sus poderes. ¿Entendido?
—Sí.
—Cumplan con lo ordenado, y rápido. Le acompaño hasta su
casa, Pommel, pues actuaremos conjuntamente.
Cinco minutos después, el comandante y su subalterno,
armados hasta los dientes, aparecían en la plaza justo en el momento en que el
pequeño vizconde de Varnetot, calzado con unas polainas como para una partida
de caza, fusil al hombro, desembocaba a paso ligero por otra calle, seguido de
sus tres guardas vestidos con guerrera verde, el machete en el muslo y el fusil
terciado.
Mientras el doctor se detenía, estupefacto, los cuatro
hombres penetraron en el Ayuntamiento cuya puerta se cerró tras ellos.
—Se nos han adelantado —murmuró el médico—, ahora hay que
esperar refuerzos. Por el momento, no hay nada que hacer.
Volvió a aparecer el teniente Picart:
—El cura se ha negado a obedecer —dijo—, e incluso se ha
encerrado en la iglesia con el sacristán y el suizo.
En la parte opuesta de la plaza, enfrente de la alcaldía
blanca y cerrada, la iglesia, silenciosa y oscura, mostraba el gran portón de
roble reforzado con herrajes.
Mientras los intrigados habitantes sacaban la nariz por
las ventanas o se asomaban a los umbrales de las casas, de repente el tambor
redobló, y apareció Torchebeuf, tocando con furia los tres golpes rápidos de
llamada. Atravesó la plaza con paso gimnástico, luego desapareció en dirección
a los campos.
El comandante desenvainó el sable, avanzó solo, a mitad de
camino entre los dos edificios, donde se había parapetado el enemigo, y,
agitando su arma por encima de su cabeza, bramó con toda la fuerza de sus
pulmones:
—¡Viva la República! ¡Muerte a los traidores!
Luego se replegó hacia donde estaban sus oficiales.
El carnicero, el tahonero y el boticario, inquietos,
bajaron los postigos y cerraron sus establecimientos. Sólo permaneció abierta
la tienda de comestibles.
Sin embargo, los hombres de la milicia llegaban poco a
poco, vestidos de muy diverso modo y tocados todos con un quepis negro
galoneado de rojo, pues el quepis constituía todo el uniforme del cuerpo. Iban
armados con sus viejos fusiles herrumbrosos, esos viejos fusiles colgados desde
hacía treinta años sobre las chimeneas de las cocinas, y se parecían mucho a un
destacamento de guardas rurales.
Cuando tuvo unos treinta alrededor, el comandante, con
pocas palabras, les puso al corriente de los acontecimientos; luego,
volviéndose hacia su Estado Mayor, dijo:
—Ahora debemos actuar.
Los vecinos se agrupaban, observaban, parloteaban.
El médico no tardó en establecer un plan de ataque.
—Teniente Picart, avance hasta debajo de las ventanas del
Ayuntamiento e intime al señor de Varnetot, en nombre de la República, a que me
entregue la casa consistorial.
Pero el teniente, un maestro albañil, se negó:
—Es usted muy listo. Para que me larguen a mí un disparo
de fusil, no, gracias. Como usted sabe, los de ahí dentro son buenos tiradores.
Cumpla usted mismo sus órdenes.
El comandante enrojeció:
—Le ordeno que vaya, en nombre de la disciplina.
El teniente se rebeló:
—No soy yo de los que se dejan romper la cara sin una
razón.
Los notables, reagrupados allí al lado, rompieron a reír.
Uno de ellos gritó:
—Tiene razón, Picart, no es aún el momento.
Entonces el médico murmuró:
—¡Cobardes!
Y, tras haber entregado a un miliciano el sable y el
revólver, se adelantó con paso lento, fija la mirada en las ventanas, esperando
ver salir un cañón de fusil apuntándole.
Cuando no estaba más que a unos pasos del edificio, se
abrieron las puertas de los dos extremos que daban entrada a las dos escuelas,
y una oleada de criaturas, niños por aquí, niñas por allá, escaparon por ellas
y se pusieron a jugar en la gran plaza desierta, piando, como una bandada de
ocas, en torno al doctor, que no podía hacerse oír.
Una vez que hubieron salido los últimos alumnos, las dos
puertas se cerraron.
Cuando la mayor parte de los críos se hubo ido, el
comandante llamó en voz alta:
—¡Señor de Varnetot!
Se abrió una ventana del primer piso y apareció el señor
de Varnetot.
El comandante prosiguió:
—Señor, ya conoce los grandes acontecimientos que acaban
de cambiar el cariz del Gobierno. El que usted representaba ya no existe. El
que yo represento ha tomado el poder. En tales circunstancias dolorosas, pero
decisivas, vengo a pedirle, en nombre de la nueva República, que ponga en mis
manos las funciones de las que usted fue investido por el poder anterior.
El señor de Varnetot respondió:
—Señor doctor, soy el alcalde de Canneville, nombrado por
las autoridades competentes, y seguiré siendo alcalde de Canneville hasta que
no sea revocado y sustituido mediante un decreto de mis superiores. Como
alcalde que soy, estoy en mi casa en el Ayuntamiento, y aquí seguiré. Lo único
que puede hacer es intentar sacarme de aquí por la fuerza.
Y volvió a cerrar la ventana.
El comandante regresó a donde estaba su tropa. Pero, antes
de explicarse, mirando de arriba abajo al teniente Picart, dijo:
—Es usted todo un valiente, un verdadero conejo, la
vergüenza del ejército, y le degrado.
El teniente respondió:
—Me importa un bledo.
Y fue a reunirse con el grupo de los vecinos que
murmuraba.
Entonces el doctor vaciló. ¿Qué hacer? ¿Lanzar el asalto?
Pero ¿obedecerían sus hombres? Y, además, ¿tenía derecho a ello?
Una idea le iluminó. Corrió a telégrafos cuya oficina
estaba enfrente de la alcaldía, al otro lado de la plaza. Y mandó tres
telegramas:
A los señores miembros del Gobierno republicano, en París;
Al nuevo prefecto republicano de la Seine-Inférieure, en
Ruán;
Al nuevo subprefecto republicano de Dieppe.
Exponía la situación, refiriendo el peligro corrido por el
municipio que había quedado en manos del ex alcalde monárquico, brindaba sus
servicios abnegados, pedía órdenes y firmaba haciendo seguir su nombre de todos
sus títulos.
Luego regresó a donde estaba su cuerpo armado y, sacándose
diez francos del bolsillo, dijo:
—Aquí tienen, amigos, vayan a comer y a tomarse una copa;
dejen aquí solamente un destacamento de diez hombres para que nadie salga del
Ayuntamiento.
Pero el ex teniente Picart, que estaba charlando con el
relojero, lo oyó; se echó a reír burlonamente y manifestó:
—Naturalmente, si salen, será una ocasión para entrar. ¡De
lo contrario, no le veo a usted allí dentro por ahora!
El doctor no respondió y se fue a comer.
Por la tarde hizo apostar centinelas en torno al
municipio, como si existiera la amenaza de un ataque por sorpresa.
Pasó varias veces por delante de las puertas del
Ayuntamiento y de la iglesia, sin notar nada sospechoso. Ambos edificios
parecían desiertos.
El carnicero, el tahonero y el boticario reabrieron sus
establecimientos.
En las casas mucho se comentaba el hecho. Si el emperador
estaba preso, era porque había sido traicionado. Y no se sabía muy bien de qué
tipo era la nueva República.
Cayó la noche.
A eso de las nueve, el doctor se acercó solo, sin hacer
ruido, a la entrada de la casa consistorial, convencido de que su adversario
había ido a acostarse; y, cuando se disponía a echar abajo la puerta a golpes
de piqueta, una voz fuerte, la de un guarda, preguntó de repente:
—¿Quién va?
Y el señor Massarel, piernas para qué os quiero, se batió
en retirada.
Amaneció sin que la situación hubiera cambiado en
absoluto.
La milicia armada ocupaba la plaza. Todos los vecinos se
habían agrupado en torno a esta tropa, esperando una solución. Los de los
pueblos vecinos llegaban para ver.
Entonces, el doctor, comprendiendo que estaba en juego su
reputación, decidió poner fin a aquello de una manera u otra; e iba a tomar una
resolución cualquiera, sin duda enérgica, cuando se abrió la puerta de
telégrafos y apareció la joven empleada de la telegrafista con dos papeles en
la mano.
Ésta se dirigió primero al comandante y le entregó uno de
los telegramas; luego atravesó el centro desierto de la plaza, intimidada por
todos aquellos ojos clavados en ella, y con la cabeza gacha y pequeños pasos
apresurados fue a llamar suavemente a la casa atrancada a cal y canto, como
ignorando que allí dentro se ocultaba una facción armada.
La puerta se entreabrió; una mano de hombre cogió el
mensaje y la chiquilla volvió sobre sus pasos con el rostro encendido y a punto
de llorar porque toda la gente la miraba.
El doctor exclamó con voz vibrante:
—Un momento de silencio, por favor.
Y, apenas el vulgo calló, prosiguió con orgullo:
—He aquí el comunicado que me ha llegado del Gobierno. —Y
sosteniendo en alto el telegrama, leyó:
Actual alcalde revocado. Den noticias lo antes posible.
Recibirán ulteriores instrucciones.
Por el subprefecto, Sapin, consejero
El doctor estaba triunfante; le latía el corazón de
alegría; sus manos temblaban, pero Picart, su ex subalterno, le gritó desde un
grupo que tenía cerca:
—Todo esto está muy bien. Pero si ésos no salen, de mucho
le servirá su papel.
Y el señor Massarel palideció. Si los otros no salían, en
efecto, ahora iba a tener que avanzar. No sólo era su derecho, sino también su
deber.
Miró ansiosamente al Ayuntamiento, esperando ver abrirse
la puerta y replegarse a su adversario.
Pero la puerta permanecía cerrada. ¿Qué hacer? La multitud
iba en aumento, y se agolpaba en torno a la milicia. Se reían.
Una reflexión sobre todo atormentaba al médico. Si daba el
asalto, tendría que marchar a la cabeza de sus hombres; y, como si él caía
muerto, cesaría toda contestación, era sobre él, únicamente sobre él, sobre
quien dispararían el señor de Varnetot y sus tres guardas. Y disparaban bien,
muy bien; Picart acababa de repetírselo una vez más. Pero una idea le iluminó
y, volviéndose hacia Pommel, dijo:
—Vaya enseguida a pedirle al boticario que me preste una
toalla y un palo.
El teniente se fue corriendo.
Iba a hacer una bandera parlamentaria, una bandera blanca,
cuya visión tal vez alegrase el corazón legitimista del ex alcalde.
Pommel regresó con la toalla solicitada y un mango de
escoba. Con un poco de hilo se preparó el estandarte, que el señor Massarel
aferró con ambas manos; e inició el avance hacia el Ayuntamiento sosteniéndolo
delante de él. Apenas estuvo ante la puerta, llamó de nuevo:
—¡Señor de Varnetot!
El portón se abrió al instante y en el umbral apareció el
señor de Varnetot con sus tres guardas.
Instintivamente el doctor retrocedió; luego saludó
cortésmente al enemigo y con voz rota por la emoción dijo:
—Señor, estoy aquí para comunicarle las instrucciones
recibidas.
El gentilhombre, sin devolverle el saludo, respondió:
—Me retiro, señor, pero sepa que no es por miedo, ni por
obediencia al odioso Gobierno que usurpa el poder. —Y, recalcando cada una de
las palabras, declaró—: No quiero que parezca que sirvo a la República, ni por
un solo día. Eso es todo.
Massarel, desconcertado, no respondió nada; y el señor de
Varnetot, poniéndose en marcha con paso rápido, desapareció por una esquina de
la plaza, seguido en todo momento por su escolta.
Entonces el doctor, loco de orgullo, se volvió hacia la
multitud y, cuando estuvo lo bastante cerca para que le oyeran, gritó:
—¡Hurra!, ¡hurra! ¡La República triunfa en toda línea!
No hubo ningún signo de emoción.
El médico continuó:
—El pueblo es libre, habéis sido liberados, sois
independientes. ¡Estad orgullosos!
Los lugareños inertes le miraban sin que ninguna luz de
gloria brillase en sus ojos.
También él les miró, indignado por tanta indiferencia,
pensando en qué decir o qué hacer para causarles una gran impresión, para
electrizar a aquel plácido pueblecito, para desempeñar su misión de nuevo
líder.
Tuvo una inspiración y, volviéndose hacia Pommel, dijo:
—Teniente, vaya a por el busto del ex emperador que se
encuentra en la sala de juntas del Consejo municipal, y tráigalo aquí junto con
una silla.
Al poco el hombre volvió trayendo sobre el hombro derecho
al Bonaparte de yeso y una silla de enea en la mano izquierda.
Massarel fue a su encuentro, cogió la silla, la posó en el
suelo poniendo encima de ella el blanco busto, y luego, retrocediendo unos
pasos, le apostrofó con voz sonora:
—Tirano, más que tirano, ahora has caído, caído en el
fango, caído en el cieno. La patria moribunda agonizaba bajo tu bota. El
Destino vengador te ha castigado. La derrota y la vergüenza te acompañarán;
caes vencido, prisionero de los prusianos; y, en las ruinas de tu Imperio
destruido se alza la República joven y radiante, recogiendo tu espada rota…
Se esperaba unos aplausos. Pero no resonaron ni un grito
ni una palma. Los campesinos, aterrados, callaban; y el busto de bigotes con
guías que sobresalían de las mejillas por cada lado, el busto inmóvil y bien
peinado como en un letrero de barbero, parecía mirar al señor Massarel con su
sonrisa de yeso, una sonrisa imborrable y burlona.
Estaban así el uno enfrente del otro, Napoleón en la silla
y el médico de pie, a tres pasos. La ira se apoderó del comandante. Pero ¿qué
hacer? ¿Qué hacer para conmover a ese pueblo y lograr definitivamente esa
victoria ante la opinión pública?
Su mano, por casualidad, se posó sobre su panza, y
encontró, bajo su cinturón rojo, la culata de su revólver.
No tenía ya ninguna inspiración, ninguna frase que decir.
Entonces se sacó el arma, dio dos pasos adelante y, a quemarropa, fulminó al ex
monarca.
El proyectil hizo un agujerito en la frente, como una
mancha, casi nada. El efecto había fallado. Massarel hizo otro disparo, que
produjo otro agujero, luego un tercero, y a continuación, sin detenerse, los
tres que le quedaban. La frente de Napoleón volaba hecha polvo blanco, pero los
ojos, la nariz y las puntas finas de los bigotes permanecían intactas.
Fuera de sí, el doctor derribó la silla de un puñetazo y,
posando un pie sobre los restos del busto, se dirigió en actitud de triunfador
al público patidifuso, vociferando:
—¡Así perecen todos los traidores!
Pero como ningún entusiasmo se manifestaba aún, como los
espectadores parecían anonadados por el asombro, el comandante gritó a los
hombres de la milicia:
—Ahora podéis volver a vuestros hogares.
Y él mismo se dirigió a grandes pasos hacia su casa, como
si hubiera huido.
Su criada, en cuanto le vio aparecer, le dijo que le
esperaban unos enfermos desde hacía más de tres horas en su gabinete. Corrió
hacia allí. Eran los dos campesinos de las varices, que habían vuelto desde el
alba, obstinados y pacientes.
Y al punto el viejo reanudó su explicación:
—La cosa me empezó precisamente con un hormigueo en las
piernas…
LA CONFESIÓN DE THÉODULE SABOT*
Bastaba con que Sabot entrase en la taberna de Martinville
para que la gente se echara a reír. ¡Aquel tunante de Sabot era realmente
divertido! Uno a quien, por ejemplo, no le hacían ni pizca de gracia los curas.
¡Ah, no, no! Era un verdadero comecuras.
Sabot (Théodule), maestro carpintero, representaba en
Martinville al partido progresista. Era alto y delgado, con unos ojos grises de
mirada burlona, el pelo pegado a las sienes, la boca fina. Cuando decía, de un
cierto modo: «Nuestro Santísimo Padre el Curda», todos se desternillaban de
risa. Siempre se las ingeniaba para trabajar los domingos durante la hora de
misa. Y todos los años mataba el cerdo el Lunes Santo para tener morcillas
hasta Pascua, y cuando pasaba el párroco siempre, en son de broma, decía: «Ahí
tenéis a uno que acaba de tragarse a su Dios en el mostrador…».
El cura, un hombre gordo y también muy alto, le temía
debido a su lengua, que le hacía ganar adeptos. El padre Maritime era
diplomático, amigo de tener mano izquierda. La lucha entre ellos duraba desde
hacía diez años, una lucha secreta, encarnizada, incesante. Sabot era concejal.
Se creía que llegaría a alcalde, cosa que constituiría sin duda la derrota
definitiva de la Iglesia.
Iban a celebrarse elecciones. El bando religioso temblaba
en Martinville. Ahora bien, una mañana, el cura partió para Ruán, anunciándole
a su ama que se iba al arzobispado.
Regresó dos días más tarde. Tenía un aire alegre,
triunfante. Y todo el mundo supo al día siguiente que el coro de la iglesia iba
a ser rehecho por completo. Monseñor había donado, de su propio bolsillo, una
suma de seiscientos francos.
La antigua sillería de abeto debía ser destruida y
reemplazada por una sillería nueva de roble macizo. Era un trabajo de
carpintería de envergadura, del que se hablaba, esa misma noche, en todas las
casas.
Théodule Sabot no se reía.
Cuando salió al día siguiente por el pueblo los vecinos,
amigos o enemigos, le preguntaban en son de broma:
—¿Lo harás tú el coro de la iglesia?
Él no sabía qué responder, pero rabiaba, echaba chispas de
la rabia.
Los más maliciosos añadían:
—Es un buen trabajo; y podrá sacarse al menos de
doscientos a trescientos francos de beneficio.
Dos días después, se supo que la remodelación sería
encargada a Célestin Chambrelan, el carpintero de Percheville. Posteriormente
la noticia fue desmentida, para anunciarse a continuación que todos los bancos
de la iglesia también serían sustituidos. Eso costaría unos dos mil francos que
se pedirían al Gobierno. Grande fue la emoción.
Théodule Sabot ya no pegaba ojo. Nunca, que recuerde
memoria humana, un carpintero del lugar había llevado a cabo una tarea
semejante. Luego corrió un rumor. Se decía en voz baja que el cura estaba
apenado por tener que dar dicho trabajo a un artesano de fuera del pueblo, pero
que, sin embargo, las opiniones de Sabot impedían que le fuera confiado a él.
Sabot se enteró. Se dirigió a la rectoría al caer la
noche. El ama le contestó que el cura estaba en la iglesia. Y para allí se fue.
Dos hijas de María, viejas solteras con cara de vinagre,
estaban adornando el altar para el mes de María, bajo la dirección del
sacerdote. Él, de pie en medio del coro, sacando su panza enorme, dirigía el
trabajo de las dos mujeres, que, subidas en unas sillas, colocaban unos ramos
de flores alrededor del sagrario.
Sabot se sentía incómodo allí dentro, como si hubiera
entrado en casa de su mayor enemigo, pero el ánimo de lucro le aguijoneaba. Se
acercó, gorra en mano, sin siquiera preocuparse de las hijas de María, que
permanecían impresionadas, estupefactas, inmóviles sobre sus sillas.
Balbució:
—Buenos días, señor cura.
El sacerdote respondió, sin mirarle, totalmente ocupado en
su altar:
—Buenos días, señor carpintero.
Sabot, desorientado, no encontraba nada más que decir.
Pero, tras un momento de silencio, añadió:
—¿Está haciendo los preparativos?
El padre Maritime respondió:
—Sí, está cerca el mes de María.
Sabot añadió aún: «Ajá, ajá», pero luego se calló.
Sentía ahora ganas de retirarse sin hablar de nada, pero
una mirada lanzada al coro le retuvo. Vio dieciséis escaños por hacer de nuevo,
seis a la derecha y ocho a la izquierda, ocupando la puerta de la sacristía dos
plazas. Dieciséis escaños de roble valían a lo sumo trescientos francos, y,
dándoles un buen acabado, podían ganarse sin duda también doscientos francos
por el trabajo, si se daba uno maña.
Entonces balbució:
—Vengo por la obra.
El párroco pareció sorprendido. Preguntó:
—¿Qué obra?
Sabot, desconcertado, murmuró:
—La obra que hay que hacer.
Entonces el sacerdote se volvió hacia él, y le miró a los
ojos:
—¿Se refiere usted a la renovación del coro de mi iglesia?
Ante el tono adoptado por el padre Maritime, Théodule
Sabot sintió que un escalofrío le recorría el espinazo, y volvió a tener unas
imperiosas ganas de largarse a toda prisa. Sin embargo, respondió con humildad:
—Pues sí, señor cura.
Entonces el padre cruzó los brazos sobre su gran panza, y
como fulgurado por el estupor, dijo:
—Pero ¡cómo!, usted…, usted…, usted, Sabot, viene a
pedirme eso… Usted…, el único impío de la parroquia… Pero si sería un
escándalo, un escándalo público. Monseñor me echaría una reprimenda, y quizá
hasta me trasladaría.
Respiró unos segundos, luego prosiguió con tono más calmo:
—Comprendo que le resulte penoso ver un trabajo de esta
envergadura confiado a un carpintero de una parroquia vecina. Pero no puedo
hacer otra cosa que…, a menos que… Pero no, imposible, no aceptaría usted
nunca. No hay, sin embargo, otra forma.
Sabot estaba mirando ahora la fila de bancos que se
extendía hasta la entrada. ¡Caray, si hubiera que cambiar también todo eso!
Y preguntó:
—¿De qué se trata? Diga…
El sacerdote respondió con firmeza:
—Haría falta una prueba clara y patente de su buena
voluntad.
Sabot murmuró:
—No digo que no, no digo que no…, quizá podamos llegar a
un acuerdo…
El párroco declaró:
—Debe tomar la comunión delante de todos, en la misa
cantada del próximo domingo.
El carpintero se sintió palidecer; no respondió, pero
preguntó:
—¿Habrá que cambiar también todos los bancos?
El párroco dijo con tono seguro:
—Sí, pero más adelante.
Sabot prosiguió:
—No digo que no, no digo que no. No es que sea yo
redhibitorio,1 puesto que, por supuesto, acepto la religión; lo que no me gusta
es la práctica, pero dadas las circunstancias no seré refractario.
Las hijas de María, que habían bajado de sus sillas, se
habían escondido detrás del altar; y estaban a la escucha, pálidas de la
emoción.
El párroco, viéndose victorioso, adoptó de repente un tono
jovial, amigable:
—Está bien, está bien… Esto es hablar como una persona
razonable. Verá, verá…
Sonriendo incómodo, Sabot preguntó:
—¿No se podría posponer un poco esta comunión?
Pero el sacerdote volvió a poner cara severa:
—Dado que los trabajos le serán asignados a usted, quiero
asegurarme de su conversión.
Y prosiguió con un tono de voz normal:
—Venga mañana a confesarse, pues será preciso que le
someta a un examen de conciencia por lo menos un par de veces.
Sabot repitió:
—¿Un par de veces?
—Sí.
El sacerdote sonreía:
—Comprenderá usted que será necesario hacerle una limpieza
general, un lavado a fondo. Así pues, le espero mañana.
El carpintero, muy inquieto, preguntó:
—¿Y dónde se hace eso?
—Pues… en el confesionario.
—¿En… esa caja del rincón?
—Sí.
—Pero es que…, que a mí esa caja no me va.
—¿Por qué?
—Porque…, porque no estoy acostumbrado a eso. Y soy además
un poco duro de oído.
El párroco se mostró condescendiente:
—Está bien. Venga, pues, a la rectoría. Así estaremos los
dos a solas. ¿Le parece bien?
—Sí, así está bien, pero su caja no.
—Bien, hasta mañana entonces, después del trabajo, a las
seis.
—Entendido, de acuerdo; hasta mañana, padre. ¡Y gallina el
que se desdiga!
Y alargó su tosca manaza sobre la que el sacerdote dejó
caer ruidosamente la suya.
El ruido del manotazo resonó bajo las bóvedas y fue a
apagarse en el fondo, detrás de los tubos del órgano.
Théodule Sabot no estuvo tranquilo durante todo el día
siguiente. Sentía algo parecido al miedo que siente uno cuando tiene que ir a
sacarse una muela. A cada momento le volvía este pensamiento: «Esta tarde
tendré que confesarme». Y su alma turbada, un alma de ateo mal convencido,
enloquecía ante el temor confuso y poderoso del misterio divino.
Se dirigió hacia la rectoría tan pronto como hubo
terminado su trabajo. El párroco le esperaba en el jardín leyendo su breviario
por un pequeño vial. Parecía radiante y lo abordó con una risotada:
—Bien, aquí estamos. Entre, entre, señor Sabot, que nadie
se lo va a comer.
Y Sabot pasó el primero. Balbució:
—Si no le importa, preferiría despachar cuanto antes este
asuntillo que tenemos entre manos.
El párroco respondió:
—Servidor de usted. Ahí tengo mi roquete. Deme un minuto y
le escucho.
El carpintero, tan agitado que ya no comprendía nada, le
miraba ponerse la blanca vestidura plisada. El cura le hizo un gesto:
—Arrodíllese sobre este cojín.
Sabot permanecía de pie, avergonzado de tener que
arrodillarse; farfulló:
—¿Es necesario?
El párroco había adoptado una actitud solemne:
—Sólo de rodillas podemos acercarnos al tribunal de la
penitencia.
Sabot se arrodilló.
El sacerdote dijo:
—Diga el Confíteor.
Sabot preguntó:
—¿El Co… qué?
—El Confíteor. Si ya no se acuerda, repita palabra por
palabra lo que yo vaya diciendo.
Y el párroco articuló la oración sagrada, con voz
parsimoniosa, separando las palabras que el carpintero repetía; luego dijo:
—Ahora, confiésese.
Pero Sabot no decía ya nada, pues no sabía por dónde
empezar.
Entonces el padre Maritime vino en su ayuda:
—Hijo mío, le interrogaré yo, puesto que no parece estar
usted muy al corriente. Tomaremos, uno por uno, los mandamientos de Dios.
Escúcheme y no se inquiete. Responda con sinceridad y no tema en ningún momento
irse de la lengua.
Amarás a Dios sobre todas las cosas.
—¿Ha amado a alguien o a algo tanto como a Dios? ¿Ha amado
a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda la fuerza de su amor?
Sabot sudaba por el esfuerzo mental que hacía. Respondió:
—No. Oh, no, señor cura. Amo a Dios tanto como puedo. Ah,
sí…, le amo. Pero no puedo decir que no ame a mis hijos. Decir que si tuviera
que elegir entre ellos y Dios, esto no lo aseguro. Decir que si tuviera que
perder cien francos por amor a Dios, esto no lo aseguro. Pero amarle le amo,
ah, sí, le amo a pesar de todo.
El sacerdote, serio, declaró:
—Hay que amarle por encima de todas las cosas.
Sabot, lleno de buena voluntad, afirmó:
—Haré todo lo posible para amarlo, señor cura.
El padre Maritime prosiguió:
No tomarás el nombre de Dios en vano.
—¿Ha blasfemado alguna vez?
—No. ¡Oh, eso no! No he blasfemado jamás, jamás. Algunas
veces, en un momento de ira, he dicho «por los clavos de Cristo». Pero blasfemias
no digo.
El sacerdote exclamó:
—¡Esto son blasfemias!
Y, con seriedad, agregó:
—No lo haga más. Prosigo:
Santificarás las fiestas.
—¿Qué hace los domingos?
Esta vez, Sabot se rascó la oreja.
—Pues… santifico a Dios como puedo, padre. Lo santifico…
en mi casa. Los domingos yo trabajo.
El párroco, magnánimo, le interrumpió.
—Lo sé…, compórtese mejor en el futuro. Me salto los tres
mandamientos siguientes, seguro como estoy de que no ha pecado contra los dos
primeros, y el sexto lo veremos junto con el noveno. Continúo:
No robarás.
—¿Ha sustraído alguna vez, por cualquier medio, algún bien
ajeno?
Théodule Sabot se ofendió:
—¡Ah, no! ¡Esto sí que no! Yo soy una persona honrada,
señor cura. Eso se lo juro, sin ninguna duda. No niego que alguna vez he
contado alguna hora de más de trabajo a los clientes más pudientes, eso no lo
niego. Ni tampoco niego que añado algún céntimo en mis facturas, algún céntimo
nada más, no lo niego… Pero robar no. No y mil veces no.
El párroco dijo con firmeza:
—Sustraer aunque sólo sea un céntimo es ya un hurto. No lo
haga más.
No dirás falsos testimonios ni mentiras.
—¿Ha dicho alguna vez mentiras?
—No, esto sí que no; no soy embustero. Es mi virtud. Sí,
alguna vez he contado alguna bola, pero de broma, no lo niego. Y quizá he hecho
también creer algo que no era cierto si me convenía. Pero una mentira, no;
mentiroso no soy.
El sacerdote se limitó a decir:
—Vigílese más.
Luego dijo:
No consentirás ni pensamientos ni deseos impuros.
—¿Ha deseado alguna vez o poseído a otra mujer que no sea
la suya?
Sabot exclamó con sinceridad:
—¡Ah, no, esto sí que no, señor cura! ¡Engañar a mi pobre
mujer! ¡No! ¡No! Ni con la yema del dedo; no lo he hecho ni se me ha pasado por
la cabeza. Palabra de honor.
Se quedó un momento en silencio, luego, en voz baja, como
si le hubiera entrado una duda, dijo:
—No le diré que, cuando voy a la ciudad, no vaya nunca a
cierta casa, ya sabe a lo que me refiero, señor cura, una casa de tolerancia,
para reír y bromear un poco y cambiar de ambiente, no diré que no… Pero pago,
señor cura, pago siempre; y como pago, lo comido por lo servido.
El párroco no insistió y le dio la absolución.
Théodule Sabot fue encargado de ejecutar los trabajos del
coro y comulga todos los meses.
UNA «VENDETTA»*
La viuda de Paolo Saverini vivía sola, con su hijo en una
pequeña casucha pegada a las murallas de Bonifacio. La ciudad, construida sobre
un saliente de la montaña, suspendida incluso en algunos puntos sobre el mar,
mira, por encima del estrecho erizado de escollos, a la costa más baja de
Cerdeña. A su pie, en la parte opuesta, rodeándola casi por entero, una
cortadura del acantilado, que se diría un gigantesco pasillo, le sirve de
puerto, lleva hasta las primeras casas, tras un largo circuito entre dos abruptos
murallones, a las barquichuelas de pesca italianas o sardas, y, cada quince
días, el viejo vapor que parece asmático hace la travesía hasta Ajaccio.
Sobre la blanca montaña, el hacinamiento de casas parece
más blanco aún. Se dirían nidos de aves salvajes, colgadas de ese modo de la
roca, dominando ese estrecho terrible por el que no se aventuran casi nunca los
barcos. El viento azota, sin tregua, el mar, la costa desnuda, socavada por él,
apenas revestida de hierba; se introduce por el estrecho flagelando las dos
orillas. Las crestas de espuma clara, colgadas de las negras puntas de las
innumerables rocas que horadan por todas partes las olas, parecen jirones de
telas flotando y palpitando en la superficie del agua.
Las tres ventanas de la casa de la viuda Saverini,
asentada firmemente en el borde mismo del acantilado, daban a este horizonte
salvaje y desolado.
Vivía allí sola, con su hijo Antoine y su perra Vivaracha,
una gran bestia flaca, de larga y áspera pelambre, de la raza de los
guardadores de ganados. Le servía al joven para cazar.
Una tarde, tras una disputa, Antoine Saverini murió a
traición de una cuchillada, a manos de Nicola Ravolati, quien, aquella misma
noche, huyó a Cerdeña.
Cuando la anciana madre recibió el cuerpo de su hijo, que
le trajeron unos caminantes, no derramó una sola lágrima, sino que se quedó
largo rato inmóvil mirándole; luego, extendiendo su arrugada mano sobre el
cadáver, le prometió venganza. No quiso que nadie se quedara con ella, y se
encerró junto al cuerpo con la perra, que aullaba. Aullaba el animal sin
descanso, plantado al pie de la cama, con el hocico tendido hacia su amo y el
rabo apretado entre las patas. No se movía más de lo que lo hacía la madre, que,
inclinada ahora sobre el cuerpo, mirándole fijamente, derramaba en silencio
unos lagrimones.
El joven, boca arriba, con la chaqueta de grueso paño
agujereada y desgarrada en el pecho, parecía dormir; pero estaba lleno de
sangre: en la camisa, que le habían arrancado para prestarle los primeros
auxilios, en el chaleco, en el pantalón, en el rostro, en las manos. Grumos de
sangre se le habían coagulado en la barba y entre el pelo.
La anciana madre comenzó a hablar. Al sonido de esta voz
la perra enmudeció.
—Sí, sí, serás vengado, hijo mío, pequeño mío, pobre
muchacho… Duerme, duerme, serás vengado, ¿entendido? ¡Te lo promete tu madre!
Y, como ya sabes, tu madre es persona de palabra.
Se inclinó lentamente sobre él, pegando sus fríos labios
en los labios muertos.
Entonces, Vivaracha se puso de nuevo a gemir. Lanzaba un
largo quejido monótono, desgarrador, horrible.
Se quedaron allí, los dos, la mujer y el animal, hasta la
mañana.
Antoine Saverini fue enterrado al día siguiente, y pronto
no se habló más de él en Bonifacio.
No había dejado ni hermano ni primos cercanos. No había
ningún hombre para que pudiera encargarse de la vendetta. Únicamente la madre,
la anciana, pensaba en ella.
De la mañana a la noche, al otro lado del paso, veía un
punto blanco en la costa. Era un pueblecito sardo, Longosardo, refugio de los
bandidos corsos a los que pisaban los talones. Ellos casi exclusivamente
poblaban esta aldea, frente a las costas de su patria, en espera de volver,
para echarse al monte. Allí se había refugiado Nicola Ravolati, y ella lo
sabía.
Sola durante todo el día, sentada ante la ventana miraba
hacia allí pensando en la vendetta. ¿Cómo podía llevarla a cabo, sin nadie,
inválida como estaba y con un pie en la tumba? Pero lo había prometido, jurado
sobre el cadáver. No cabía espera ni olvido. ¿Qué haría? Pasaba insomne las
noches, sin paz ni descanso, buscando la manera con ahínco. La perra dormitaba
a sus pies y, levantando la cabeza, de vez en cuando aullaba hacia lo lejos.
Desde que ya no estaba su amo, ladraba a menudo así, como si le llamara, como
si su alma de bestia, inconsolable, conservara también un recuerdo imborrable.
Ahora bien, una noche, justo cuando Vivaracha se puso a
gañir de nuevo, la madre tuvo de repente una idea, una idea de venganza salvaje
y feroz. La rumió hasta que se hizo de día y, levantándose a las primeras luces
del alba, se fue para la iglesia. Rezó, prosternada en el pavimento,
arrodillada ante Dios, suplicándole que la ayudara, la sostuviera y diera a su
pobre cuerpo consumido la fuerza necesaria para vengar a su hijo.
A continuación volvió a casa. Tenía en el patio un viejo
barril desfondado para recoger el agua de lluvia: lo volcó, lo vació, lo fijó
en el suelo con unas estacas y unas piedras, ató a Vivaracha a esa especie de
perrera y volvió adentro.
Estuvo paseando adelante y atrás por su habitación, con la
mirada fija en todo momento en la costa de Cerdeña. El asesino estaba allí.
La perra ladró todo el día y toda la noche. A la mañana
siguiente la anciana le trajo agua en un cuenco, y eso fue todo: ni sopas, ni
pan.
También pasó aquel día. Vivaracha dormía, extenuada. Al
día siguiente tenía los ojos relucientes y la pelambre erizada, y tiraba
continuamente de la cadena.
Tampoco entonces la vieja le dio de comer. El animal,
enfurecido, ladraba roncamente. También pasó aquella noche.
Entonces, al amanecer del día siguiente, la anciana
Saverini fue a ver a un vecino y le pidió que le diera dos gavillas de paja,
con las que rellenó unas ropas viejas de su marido, simulando un cuerpo humano.
Hincó un palo en el suelo, delante de la perrera de
Vivaracha, y ató el fantoche, que parecía así estar de pie. Con unos viejos
trapos le hizo una cabeza.
Sorprendida, la perra miraba a aquel hombre de paja y
permanecía en silencio, aunque devorada por el hambre.
La anciana fue a comprarle al charcutero un buen trozo de
morcilla negra. De vuelta a casa, encendió un fuego de leña en su patio, cerca
de la perrera, y puso a asar la morcilla. Vivaracha, fuera de sí, saltaba,
echando espumarajos por la boca y con la mirada clavada en el asador, que
desprendía un olorcillo que iba directo a su estómago.
Con aquella papilla humeante hizo la anciana una corbata
al hombre de paja. La ató con cuidado alrededor del cuello, como si quisiera
metérsela dentro. Apenas hubo terminado, soltó a la perra.
De un gran salto, ésta alcanzó la garganta del fantoche y,
tras apoyar las patas sobre sus hombros, empezó a desgarrarla. Volvía a caer al
suelo, con un pedazo de su presa apretado entre los dientes, saltaba de nuevo,
hundiendo sus colmillos en las cuerdas, arrancando otro bocado, volviendo a
caer y saltando otra vez, con encarnizamiento. Desgarraba el rostro a grandes
mordiscos, despedazaba el cuello por completo.
La anciana, inmóvil y silenciosa, miraba con ojos
encendidos. Luego volvió a encadenar al animal, le hizo ayunar durante otros
dos días y reinició su extraño adiestramiento.
Durante tres meses la acostumbró a aquella especie de
lucha, a aquel alimento conquistado a fuerza de colmillos. Aunque no le ponía
ya la cadena, la lanzaba con un gesto sobre el fantoche.
Le había enseñado a desgarrarlo y a devorarlo sin tener ya
que esconder comida en su garganta. Luego le daba, a modo de recompensa, la
morcilla asada para ella.
Apenas veía aquella forma, Vivaracha se estremecía y
volvía los ojos hacia su ama, que le gritaba con voz silbante, alzando un dedo:
«¡Ataca!».
Cuando consideró que había llegado el momento, la anciana
Saverini fue a confesarse y a comulgar con extasiado fervor un domingo por la
mañana; luego, tras vestirse de hombre, con la apariencia de un pobre viejo
harapiento, llegó a un acuerdo con un pescador sardo, que la llevó, con la
perra, al otro lado del estrecho.
Había puesto en un talego de tela un gran pedazo de
morcilla. Vivaracha llevaba dos días en ayunas. La anciana le daba a oler en
todo momento la comida, para así excitarla.
Entraron en Longosardo. La mujer andaba cojeando. Entró en
una panadería y preguntó dónde vivía Nicola Ravolati. Éste había reanudado su
viejo oficio de carpintero, y estaba trabajando solo en su carpintería.
La anciana empujó la puerta y le llamó:
—¡Eh, Nicola!
Él se volvió; entonces, soltando a su perra, gritó:
—¡Ataca, ataca, devora, devora!
Enloquecido, el animal se lanzó sobre la garganta del
hombre, el cual extendió los brazos, la estrechó, rodó por tierra. Durante unos
instantes se retorció, golpeando en el suelo con los pies, luego se quedó
inmóvil mientras Vivaracha hurgaba en su cuello, desgarrándolo.
Dos vecinos, sentados en su puerta, recordaron
perfectamente haber visto a un viejo mendigo con un perro negro muy flaco que,
mientras caminaba, comía algo oscuro que le daba su amo.
Por la noche la anciana estaba ya en casa, y aquella noche
durmió bien.
LA CONFESIÓN*
Marguerite de Thérelles iba a morir. Aunque no tenía más
que cincuenta y seis años, aparentaba al menos setenta y cinco. Jadeaba, más
pálida que sus sábanas, sacudida por unos estremecimientos espantosos, el
rostro convulso, la mirada despavorida, como si se le hubiera aparecido algo
horrible.
Su hermana mayor, Suzanne, seis años mayor que ella, de
rodillas al lado de la cama, sollozaba. En una mesita próxima al lecho de la
agonizante había una toallita y dos candeleros encendidos, en espera del
sacerdote que debía administrar la extremaunción y la última comunión.
La estancia tenía ese aspecto siniestro que tienen las
habitaciones de los moribundos, ese aire de despedida desesperada. Frascos
encima de los muebles, ropa blanca en todos los rincones, amontonada de un
puntapié o con la escoba. Hasta las sillas, en desorden, parecían espantadas
como si hubieran corrido de un lado para otro. La temible muerte estaba allí,
escondida, esperando.
La historia de las dos hermanas era enternecedora. Todos
la conocían y había hecho derramar muchas lágrimas.
La mayor, Suzanne, había sido querida hasta la locura, en
el pasado, por un joven al que también ella amaba. Se prometieron, y sólo
esperaban el día fijado para las capitulaciones cuando Henry de Sampierre murió
de forma repentina.
La desesperación de la joven fue tremenda; juró que no se
casaría jamás. Mantuvo su palabra. Vistió ropas de viuda y no se las quitó ya
nunca.
Entonces la hermana, su hermanita Marguerite, que sólo
contaba a la sazón doce años, fue, una mañana, a arrojarse en los brazos de la
mayor y le dijo: «Hermana mayor, no quiero que seas desgraciada. No quiero que
te pases la vida llorando. ¡No te dejaré nunca, nunca, nunca! Tampoco yo me
casaré y estaré siempre a tu lado; siempre, siempre, siempre».
Suzanne la abrazó, conmovida por aquella abnegación
infantil, mas no se lo creyó.
Pero también la pequeña mantuvo su palabra y, no obstante
los ruegos de sus padres y las súplicas de su hermana mayor, no quiso casarse.
Era hermosa, bastante hermosa; rechazó a muchos jóvenes que parecían enamorados
de ella y ya no dejó a su hermana.
Vivieron juntas todos los días de su vida, sin separarse
una sola vez. Permanecieron siempre juntas, inseparablemente unidas. Pero
Marguerite parecía cada vez más triste, abrumada, más taciturna que su hermana
mayor, como si tal vez su sublime sacrificio la hubiera quebrantado. Envejeció
más deprisa, a los treinta años empezaron a plateársele los cabellos y,
sintiéndose mal a menudo, parecía aquejada de una enfermedad desconocida que la
minaba.
Y ahora a iba morirse la primera.
No hablaba ya desde hacía veinticuatro horas. Únicamente
había dicho a las primeras luces del alba:
—Manda llamar al cura, ha llegado mi hora.
Y luego se había quedado inmóvil, boca arriba, sacudida
por los espasmos, con los labios agitados como si unas palabras terribles le
subieran del corazón sin poder salir, desorbitando los ojos aterrados,
espantosos de ver.
Desgarrada por el dolor, su hermana lloraba
desconsoladamente, con la frente apoyada en el borde de la cama, y repetía:
—¡Margot, pobre Margot, pequeña mía!
Siempre la había llamado «pequeña mía», como la menor la
llamaba a ella «hermana mayor».
Se oyeron unos pasos en la escalera. Se abrió la puerta.
Apareció un monaguillo seguido del viejo sacerdote en roquete. Apenas lo vio,
la moribunda se enderezó bruscamente, abrió los labios balbuceando dos o tres
palabras y comenzó a arañar la sábana como si quisiera desgarrarla.
El padre Simon se acercó, le tomó la mano, la besó en la
frente y dijo con dulce voz:
—Dios la perdona, hija mía; que no le falte el ánimo, ha
llegado su hora. Hable.
Entonces Marguerite, temblando toda ella y sacudiendo la
cama con sus movimientos nerviosos, balbució:
—Siéntate, hermana mayor, y escucha.
El sacerdote se inclinó hacia Suzanne, que seguía postrada
a los pies de la cama, la hizo levantarse y sentarse en un sillón y, tomando en
sus manos una mano de cada hermana, dijo:
—Dios Nuestro Señor, dales fuerzas, derrama sobre ellas tu
misericordia.
Marguerite comenzó a hablar. Las palabras le salían del
pecho una por una, roncas, escandidas y como extenuadas.
—¡Perdón, perdón, hermana mayor, perdóname! ¡Si supieras
cuánto miedo he tenido de este momento durante toda mi vida!
Suzanne murmuró, entre lágrimas:
—¿Perdón de qué, pequeña mía? Pero si me lo has dado todo,
si lo has sacrificado todo… Eres un ángel.
Pero Marguerite la interrumpió:
—¡Calla, calla! Déjame hablar…, no me interrumpas… Es
espantoso… Déjame contártelo todo…, hasta el final, sin hablar… Escucha… ¿Te
acuerdas…, te acuerdas… de Henry?
Suzanne se estremeció y miró a su hermana. Ésta prosiguió:
—Tienes que oírlo todo para comprender. Tenía yo doce
años, doce nada más, ¿lo recuerdas, verdad? Era una niña mimada y hacía todo lo
que quería… ¿Te acuerdas de cómo me mimaban?… Pues escucha… La primera vez que
él vino a casa llevaba unas botas de charol. Se apeó del caballo delante de la
escalinata, se excusó por el atuendo, pero tenía que darle una noticia a papá.
¿Te acuerdas, verdad? No, no digas nada…, escucha… Cuando le vi me quedé
prendada, de tan guapo como me pareció, y permanecí de pie en un rincón del
salón todo el tiempo que él estuvo hablando. Los niños son extraños… y
terribles… Ah, sí…, empecé a pensar en él.
»Volvió… varias veces… y yo me lo comía con los ojos, con
el alma…, pues era alta para mi edad… y bastante más lista de lo que pueda
creerse… Volvió a menudo… Yo no hacía más que pensar en él. Decía en voz muy
baja:
»¡Henry…, Henry de Sampierre!
»Luego me dijeron que se casaría contigo. Para mí fue un
motivo de tristeza…, ¡oh!, ¡hermana mayor…, de tristeza…, de tristeza! Lloré
durante tres noches, sin pegar ojo. Él venía todos los días, por la tarde,
después de comer…, ¿lo recuerdas, verdad? No, no digas nada…, escucha. Tú le
preparabas unos pasteles que le gustaban mucho…, con harina, mantequilla y
leche… Oh, sé muy bien cómo se hacían… Sabría volver a hacerlos incluso ahora.
Se los zampaba de un solo bocado, se tomaba un vaso de vino… y decía:“Están
deliciosos”. ¿Recuerdas cómo lo decía?
»Yo estaba celosa, muy celosa… Se acercaba el día de tu
boda; apenas si faltaban quince días. Me sentía enloquecer. Pensaba: “¡No ha de
casarse con Suzanne, yo no quiero…! Ha de casarse conmigo, cuando sea mayor.
Nunca querré igual a ningún otro…”. Pero una noche, diez días antes de las
capitulaciones, tú te fuiste a dar un paseo con él por delante del castillo, a
la luz de la luna… y allí…, bajo el abeto…, bajo el gran abeto…, te besó…, te
besó… manteniéndote estrechada entre sus brazos largo rato…, sí… ¡Estabas tan
pálida cuando volviste al salón!
»Os vi; yo estaba allí, escondida en el macizo de flores.
¡Sentí tanta rabia! ¡De haber podido os habría matado!
»Me dije:“No ha de casarse con Suzanne, ¡nunca! No ha de
casarse con nadie. Sería demasiado desgraciada…”. Y de repente empecé a odiarlo
ferozmente.
»Entonces, ¿sabes qué hice?… Escucha. Había visto al
jardinero preparar las albóndigas para matar a los perros vagabundos. Rompía
una botella con una piedra y metía el cristal triturado dentro de la albóndiga
de carne.
»Cogí del cuarto de mamá un frasquito vacío de
medicamento, lo trituré con un martillo y me metí el cristal en el bolsillo.
Era un polvillo brillante… Al día siguiente, apenas terminaste tú de hacer los
pasteles, yo les hice un corte con el cuchillo e introduje el cristal… Él se
comió tres, otro me lo comí yo… Los otros seis los tiré al estanque…, los dos
cisnes murieron al cabo de tres días… ¿Lo recuerdas?… No, no digas nada…,
escucha, escucha… La única que no murió fui yo…, pero he estado siempre enferma…,
escucha… Él murió…, ya lo sabes…, escucha…, esto no es nada… Después…, más
tarde…, siempre… ha sido lo más horrible…
»Mi vida, toda mi vida… ¡qué tormento! Me dije:“Estaré
siempre con mi hermana… y en puertas de la muerte lo confesaré todo…”. Sí. Y
desde entonces no he hecho más que pensar en este momento, en este momento en
que te lo contaría todo… Ahora ha llegado…, es terrible…, ¡oh, hermana mayor!
»Mañana y tarde, día y noche, no he hecho sino
pensar:“Debo decírselo, alguna vez…”. Esperaba… ¡Qué suplicio…! Ahora ya está…
No digas nada… Ahora, tengo miedo…, tengo miedo…, ¡oh, cuánto miedo! Si
volviera a verle, dentro de poco, cuando esté muerta… Volver a verle, ¿te lo
imaginas? Yo, la primera… No me atrevería… Y, sin embargo, es preciso… Estoy a
punto de morir… Quiero que me perdones. Lo quiero… No quiero presentarme ante
él sin el perdón. Dígale que me perdone, padre, dígaselo…, se lo ruego. No puedo
morir sin perdón…
Calló, y se quedó jadeando, mientras seguía arañando en la
sábana con sus dedos crispados…
Suzanne se había tapado el rostro con las manos y no se
movía ya. Pensaba en él, al que habría podido amar durante tanto tiempo. ¡Qué
vida más dulce habrían llevado juntos! Volvía a verle, en los lejanos tiempos
idos, en el viejo pasado desaparecido para siempre. ¡Muertos queridos, cómo
desgarráis el corazón! ¡Oh, ese beso, su único beso! Lo había guardado en su
alma. ¡Y luego nada, ya nada durante toda su vida!…
El sacerdote se enderezó de golpe y exclamó con voz fuerte
y vibrante:
—¡Señorita Suzanne, su hermana está a punto de expirar!
Entonces Suzanne, separando las manos, descubrió su rostro
bañado en lágrimas, y precipitándose hacia su hermana, la besó impetuosamente,
balbuceando:
—Te perdono, pequeña mía, te perdono…
EL VENGADOR*
Cuando el señor Antoine Leuillet se casó con la viuda
Mathilde Souris, llevaba enamorado de ella hacía casi diez años.
El señor Souris había sido su amigo, su viejo compañero de
colegio. Leuillet lo quería mucho, pero le parecía un poco sandio. A menudo
decía: «Ese pobre de Souris no ha inventado verdaderamente la pólvora».
Cuando Souris se casó con la señorita Mathilde Duval,
Leuillet se quedó sorprendido y también un poco picado porque sentía una cierta
inclinación por ella. Era la hija de una vecina, antigua tendera que se había
retirado con un pequeño capitalito. Era bonita, fina e inteligente. Se casó con
Souris por su dinero.
Entonces Leuillet tuvo otras esperanzas: cortejó a la
mujer de su amigo. Era un buen mozo, no tenía nada de tonto y era también rico.
Estaba seguro de tener éxito; en cambio, fracasó. Se enamoró entonces
perdidamente y debido a la intimidad que tenía con el marido fue un enamorado
discreto, tímido, azorado. La señora Souris se convenció de que no pensaba ya
en ella con malas intenciones y se mostró sinceramente amiga suya. La cosa
siguió así por espacio de nueve años.
Ahora bien, una mañana, un recadero le trajo a Leuillet un
billete desesperado de la pobre mujer. Souris acababa de morir de repente por
rotura de un aneurisma.
Ello le produjo un impacto tremendo, pues eran de la misma
edad; pero casi de inmediato también una honda alegría, un alivio infinito, una
sensación de liberación le recorrieron el cuerpo y la mente. La señora Souris
estaba libre.
Supo mostrarse convenientemente afligido, esperó el tiempo
prescrito, respetó todas las conveniencias. Al cabo de quince meses se casó con
la viuda.
Su gesto fue considerado natural y hasta generoso. Era el
comportamiento que cabía esperar de parte de un buen amigo, de un hombre
honesto.
Finalmente fue feliz, completamente feliz.
Vivieron en la intimidad más cordial, pues se comprendían
y apreciaban desde un buen comienzo. No existían secretos entre ellos y
compartían sus más íntimos pensamientos. Leuillet quería ahora a su mujer
serena y confiadamente, la quería como a una compañera cariñosa y abnegada, en
una relación de pares, como a una confidente. Pero a él le había quedado dentro
un extraño e inexplicable rencor contra el difunto Souris, que había sido el
primero en poseer a aquella mujer, que había disfrutado de la flor de su
juventud y de su alma, y que la había despoetizado también un poco. El recuerdo
del marido muerto estropeaba la felicidad del marido vivo; y aquellos celos
póstumos atormentaban ahora día y noche el corazón de Leuillet.
Esto le llevaba a hablar continuamente de Souris, quería
saber mil detalles íntimos y secretos de él, conocer todo acerca de sus
costumbres y de su persona. Y le perseguía con sarcasmos hasta en la tumba,
recordando con complacencia sus manías, reiterando sus defectos y sus taras.
A todas horas llamaba a su mujer de un extremo al otro de
la casa:
—¿Mathilde?
—Sí, querido.
—Ven un momentito.
Ella acudía, siempre risueña, aun a sabiendas de que le
hablaría de Souris y ella secundaría la inocua manía de su nuevo marido.
—Dime, ¿recuerdas esa vez que Souris quería demostrarme
que los hombres bajitos tienen más éxito en el amor que los altos?
Y comenzaba a hacer observaciones desagradables sobre el
difunto, bajito, y más bien halagüeñas para sí, que era alto.
La señora Leuillet le daba a entender que llevaba razón,
mucha razón; y ella reía de todo corazón, burlándose bonachonamente del primer
marido para mayor contento del nuevo, quien concluía siempre diciendo:
—¡Qué sandio era ese Souris!
Eran felices, completamente felices. Y Leuillet no se
cansaba de demostrarle a su mujer, en todas sus manifestaciones habituales, su
insaciable amor.
Ahora bien, una noche que no conseguían conciliar el
sueño, emocionados ambos por un remozamiento, Leuillet, que estrechaba a su
mujer entre sus brazos y la besaba con ardor, le preguntó de repente:
—Dime una cosa, tesoro.
—Sí, querido.
—Souris…, es un poco delicado lo que quiero preguntarte….
¿Souris estaba tan… enamorado?
Ella le dio un gran beso y murmuró:
—Como tú no, tontito mío.
Halagado en su amor propio masculino, él prosiguió:
—Debía de ser… muy lerdo…, ¿verdad?
Ella no respondió. Tan sólo soltó una risita maliciosa,
escondiendo el rostro en el cuello de su marido.
Él preguntó:
—Debía de ser un lerdo, y más bien…, más bien…, ¿cómo
decirlo?, no muy bueno para…
Ella hizo con la cabeza un ligero movimiento que quería
decir:
—Sí, no muy bueno.
—Y de noche —añadió él—, debía de ser un plasta, ¿no?
Esta vez le respondió, en un impulso de sinceridad:
—¡Oh, sí!
Leuillet la besó de nuevo por aquella respuesta y murmuró:
—¡Qué botarate el pobre! ¡Sin duda no eras feliz con él!
Ella contestó:
—No. Mi vida no era muy alegre que digamos.
Leuillet estaba en el séptimo cielo, y para sus adentros
establecía un parangón, muy ventajoso para él, sobre la situación de su mujer,
antes y ahora.
Permaneció un momento sin hablar, luego tuvo un sobresalto
de alegría y preguntó:
—Dime una cosa.
—Sí.
—¿Quieres ser sincera, pero sincera de verdad?
—Por supuesto, querido.
—Pues, verás, ¿nunca tuviste la tentación de…, de…, de
engañar a ese imbécil de Souris?
La señora Leuillet soltó un pequeño «¡oh!» de pudor, y
apretó aún más el rostro contra el pecho del marido. Pero él se dio cuenta de
que se estaba riendo.
Insistió:
—Vamos, dímelo… ¡Pues ese idiota tenía justamente cara de
cornudo! ¡Sería tan divertido, tan divertido!… Pobre Souris. Vamos, querida, a
mí puedes decírmelo, a mí, sobre todo a mí…
Insistía sobre el «a mí», pensando que, si alguna vez ella
había tenido la intención de engañar a Souris, habría sido con él; y se
estremecía de placer esperando esta confesión, convencido de que, si ella no
hubiera sido una mujer honesta como era, se le habría entregado entonces.
Ella seguía sin responder, y riendo como si recordara algo
enormemente cómico.
¡También Leuillet se echó a reír sólo de pensar que habría
podido pegársela a Souris! ¡Menuda jugada! ¡Menuda broma! ¡Sí, una buena broma!
Balbuceaba, sacudido por su alegría:
—¡Pobre Souris, sí, pobre Souris, si tenía cara de
cornudo, sí, sí!
La señora Leuillet se retorcía bajo las sábanas, reía
hasta las lágrimas, casi soltando grititos.
Leuillet repetía:
—Vamos, dímelo, dímelo; sé sincera. Comprende que, a mí,
ello no puede disgustarme.
Entonces ella, sin aliento, balbució:
—Sí, sí.
El marido insistía:
—¿Sí qué? Vamos, cuéntamelo todo.
Ahora reía con discreción y, levantando la boca hasta el
oído de Leuillet, quien se esperaba una agradable confidencia, susurró:
—Sí, le traicioné.
Él sintió que un escalofrío le recorría el espinazo y
farfulló, desconcertado:
—Tú…, tú…, le engañaste…, ¿en serio?
Ella creyó que él seguía divirtiéndose locamente con el
asunto y respondió:
—Sí…, en serio…, en serio.
Leuillet se quedó tan impresionado que tuvo que sentarse
en la cama, rota la respiración, tan trastornado como si se hubiera enterado de
que el cornudo era él.
No dijo nada al principio; luego, al cabo de unos
segundos, se limitó a pronunciar:
—¡Ah!
También ella había dejado de reír, cayendo en la cuenta
demasiado tarde de su error.
Finalmente, Leuillet preguntó:
—¿Y con quién?
Ella se quedó callada, buscando una excusa.
Leuillet insistió:
—¿Con quién?
—Con un joven —contestó ella.
Volviéndose de golpe hacia su mujer, Leuillet dijo con voz
seca:
—¡Me imagino que no sería con una cocinera! ¡Quiero saber
con quién, con qué joven!
Ella no respondió. Leuillet cogió la sábana con la que
ella se cubría la cabeza y la lanzó en medio de la cama, repitiendo:
—Quiero saber con qué joven, lo entiendes, ¿sí o no?
Ella dijo con esfuerzo:
—Pero si bromeaba.
Pero él temblaba de ira:
—¿Cómo que bromeabas? ¿Quieres bromear? Entonces, ¿me
tomabas el pelo? ¿Es que te crees que soy tonto? ¡Dime el nombre de ese joven!
Ella no respondió, permaneciendo boca arriba, inmóvil.
Leuillet la cogió por un brazo, apretándoselo con fuerza:
—En una palabra, ¿quieres entender o no lo que te digo?
¡Cuando yo hago una pregunta quiero que me respondas!
Entonces ella dijo nerviosamente:
—¡Parece que te hayas vuelto loco…, déjame en paz!
Él temblaba de furia, tan irritado que no sabía ya qué
decir, exasperado; y la sacudía con todas sus fuerzas, repitiendo:
—¿Entiendes lo que te digo?, ¿lo entiendes?
Ella hizo un gesto brusco para soltarse y con la yema de
los dedos tocó la nariz de su marido, que se puso hecho un basilisco, creyendo
que lo había hecho aposta, y se le echó encima en un arranque.
La tenía ahora debajo y la abofeteaba con todas sus
fuerzas, gritando:
—¡Sí, sí, toma, toma, aquí tienes, asquerosa, furcia!,
¡furcia!
Luego, cuando se sintió sin aliento y extenuado, se
levantó y fue hacia la cómoda para prepararse un vaso de agua con azucarillo
con sabor a azahar, porque se sentía a punto de desfallecer.
Y ella lloraba en la cama, lanzando grandes sollozos,
sintiendo que, por su culpa, se había acabado su felicidad.
Entonces, en medio de las lágrimas, ella balbució:
—Escucha, Antoine, ven aquí, te he mentido, lo
comprenderás…, escucha…
Dispuesta a defenderse ahora, armada de razones y de
astucias, alzó un poco la cabeza despeinada bajo la cofia torcida.
Volviéndose hacia ella, él se acercó, avergonzado de
haberle pegado, pero sintiendo vivo en el fondo de su corazón de marido un inextinguible
odio contra esa mujer que había engañado al otro, a Souris.
EL CORDEL*
A Harry Alis
Por todos los caminos de los alrededores de Goderville,
los campesinos y sus mujeres se dirigían a pie al pueblo, pues era día de
mercado. Los hombres iban, a paso tranquilo, con el cuerpo inclinado hacia
delante a cada movimiento de sus largas piernas arqueadas, deformadas por el
duro trabajo, por el esfuerzo sobre el arado que desequilibra el hombro
izquierdo y hace desviarse también la cintura, por la siega del trigo que
obliga a abrir las rodillas para tener un mayor equilibrio, por todas las
labores lentas y fatigosas del campo. Sus blusones azules, almidonados y
lustrosos, como barnizados, adornados en cuello y puños con un pequeño bordado
de hilo blanco, hinchados en torno al torso huesudo, parecían un globo presto a
volar, de donde salían una cabeza, dos brazos y dos pies.
Unos tiraban del extremo de una cuerda una vaca, un buey.
Y, detrás del animal, sus mujeres le azotaban el lomo con una rama provista aún
de sus hojas, para apresurar su marcha. En el brazo llevaban unas anchas cestas
de donde salían cabezas de gallinas por aquí, cabezas de patos por allá.
Caminaban a paso más corto y rápido que sus hombres, la figura seca y erguida y
envuelta en un mantoncillo estrecho, abrochado sobre su pecho plano, la cabeza
ceñida con un pañuelo blanco que cubría sus cabellos y coronada de una toca.
Al trote traqueteante de una jaca pasaba un carro que
sacudía extrañamente a dos hombres sentados uno al lado del otro y a una mujer
en el fondo del vehículo, que se agarraba a un lateral para amortiguar los
fuertes bandazos.
En la plaza de Goderville había una infinidad de gente, un
hervidero de humanos y de animales entremezclados. Los cuernos de los bueyes,
los altos sombreros de pelo largo de los labriegos ricos y las tocas de las
campesinas sobresalían por encima de aquella aglomeración. Y las voces
chillonas, agudas, estridentes, armaban un griterío continuo y salvaje que
dominaba a veces una gran risotada lanzada por el robusto pecho de un campesino
contento, o por el largo mugido de una vaca atada al muro de una casa.
Todo allí olía a establo, a leche y a estercolero, a heno
y a sudor, desprendía ese regusto agrio, horrible, humano y bestial, particular
de la gente de campo.
El compadre Hauchecorne, de Bréauté, acababa de llegar a
Goderville, y se dirigía a la plaza, cuando vio en el suelo un trocito de
cordel. El compadre Hauchecorne, ahorrador como verdadero normando que era,
pensó que todo cuanto puede servir hay que recogerlo; y se agachó no sin
esfuerzo, pues padecía de reumatismo. Cogió del suelo ese trozo de delgado
cordel y se disponía a enrollarlo con cuidado cuando observó, en el umbral de
su puerta, al compadre Malandain, el guarnicionero, que le miraba. Tiempo atrás
habían tenido sus más y sus menos por un ronzal, y los dos seguían picados,
pues ambos eran rencorosos. El compadre Hauchecorne sintió una cierta vergüenza
por haber sido pillado así por su enemigo, recogiendo un cordel entre las
cagarrutas. Se lo escondió rápidamente debajo de su blusón, y luego en un
bolsillo del pantalón; y a continuación fingió seguir buscando por el suelo
algo que no conseguía encontrar, hasta que finalmente se fue hacia el mercado,
con la cabeza inclinada hacia delante, doblado en dos por sus dolores.
No tardó en perderse entre la multitud lenta y chillona,
agitada por los tratos interminables. Los campesinos palpaban las vacas, se
iban, volvían, indecisos, temiendo siempre que se la pegasen, sin atreverse
nunca a decidirse, intentando leer en la mirada de los vendedores, tratando
continuamente de descubrir la astucia del hombre y el defecto del animal.
Las mujeres, tras colocar a sus pies sus grandes cestas,
habían sacado fuera sus aves de corral que estaban tiradas en el suelo atadas
por las patas, los ojos despavoridos y la cresta escarlata.
Escuchaban las propuestas, mantenían el precio, con
expresión desabrida y rostro impasible; o bien se decidían de golpe a la rebaja
propuesta y le gritaban al cliente que se alejaba lentamente:
—De acuerdo, compadre Anthime, lléveselo.
Luego, poco a poco, la plaza se despejó y, mientras sonaba
el Ángelus de mediodía, los que vivían lejos se distribuyeron por los mesones.
En el de Jourdain, la sala grande estaba llena de
clientes, así como el vasto patio abarrotado de toda clase de vehículos,
carretas, cabriolés, faetones, tílburis, innumerables carricoches, amarillentos
de estiércol, deformados, recompuestos, que dirigían al cielo, como dos brazos,
sus varales, o con la delantera en tierra y la trasera al aire.
Muy cerca de los comensales sentados a la mesa, la inmensa
chimenea, desbordante de llamas luminosas, desprendía un vivo calor sobre las
espaldas de la fila de la derecha. Tres asadores giraban, con pollos, pichones
y piernas de cordero ensartados; y un delicioso olor a carne asada y a
goteantes jugos sobre la piel dorada, salía del hogar, alegraba los ánimos y
hacía las bocas agua.
Toda la aristocracia del arado comía allí, en el mesón de
Jourdain, posadero y chalán, un tipo listo que tenía muchos cuartos.
Pasaban las fuentes, se vaciaban lo mismo que las jarras
de rubia sidra. Todos hablaban de sus negocios, de sus compras y de sus ventas.
Se informaban sobre las cosechas. El tiempo que hacía era bueno para los
prados, pero algo húmedo para los trigos.
De pronto, en el patio delantero de la casa se oyó el
redoblar de un tambor. Se pusieron todos en pie, excepto unos pocos
indiferentes, y corrieron a la puerta, a las ventanas, con la boca llena y
servilleta en mano.
Terminado su redoble, el pregonero, con voz entrecortada y
marcando el ritmo de las frases, vociferó:
—Se hace saber a los vecinos de Goderville, y al público
en general, a las personas presentes en el mercado, que esta mañana se perdió,
en el camino de Beuzeville, entre las nueve y las diez, una cartera de cuero
negro, que contenía quinientos francos y documentos varios. Se ruega su
devolución inmediata en la alcaldía, o en casa del compadre Fortuné Houlbrèque,
de Manneville. Se gratificará con veinte francos.
Luego el hombre se fue. Se oyó de nuevo a lo lejos los
sordos redobles del instrumento y la voz debilitada del pregonero.
La gente se puso entonces a hablar de aquel suceso,
enumerando las probabilidades que tenía el compadre Houlbrèque de recuperar o
no su cartera.
Y terminó la comida.
Estaban acabando de tomar el café, cuando el cabo de la
gendarmería apareció en la puerta.
Preguntó:
—¿Se encuentra aquí el compadre Hauchecorne, de Bréauté?
El compadre Hauchecorne, que estaba sentado en el otro
extremo de la mesa, respondió:
—Soy yo.
Y el cabo prosiguió:
—Compadre Hauchecorne, ¿tendría la bondad de acompañarme a
la alcaldía? El señor alcalde quiere hablar con usted.
El campesino, sorprendido e inquieto, se tomó de un trago
su vaso, se levantó y, más encorvado aún que por la mañana, pues los primeros
pasos después de cada descanso eran particularmente difíciles, se puso en
marcha repitiendo:
—A su disposición, a su disposición.
Y siguió al cabo.
El alcalde le esperaba, sentado en un sillón. Era el
notario del lugar, hombre obeso, grave, de frases pomposas.
—Compadre Hauchecorne —dijo—, se le ha visto recoger esta
mañana, en el camino de Beuzeville, la cartera perdida por el compadre
Houlbrèque, de Manneville.
Desconcertado, el labrador miraba al alcalde, atemorizado
ya por esa sospecha que pesaba sobre él, sin que comprendiera la razón.
—¿Que yo, yo, he recogido esa cartera?
—Sí, usted.
—Palabra de honor que no sé nada del asunto.
—Le han visto.
—¿Me han visto? ¿Y quién me ha visto?
—El señor Malandain, el guarnicionero.
Entonces el viejo se acordó, comprendió y, encendido de
ira, exclamó:
—¡Ah, me ha visto, ese malaje! Lo que me ha visto recoger
es este cordel, aquí lo tiene, señor alcalde.
Y, rebuscándose en el fondo del bolsillo, sacó el pequeño
trozo de cordel.
Pero el alcalde, incrédulo, meneaba la cabeza.
—No querrá hacerme creer, compadre Hauchecorne, que el
señor Malandain, que es persona digna de crédito, ha confundido ese hilo con
una cartera.
El campesino, furioso, alzó la mano y escupió a un lado
para atestiguar su honor, repitiendo:
—Pues es la pura verdad, la sacrosanta verdad, señor
alcalde. Se lo juro por lo más sagrado, señor alcalde.
El alcalde continuó:
—Tras haber recogido la cartera siguió buscando usted
largo rato entre el barro, por si se le hubiera escapado alguna moneda.
El viejo se sofocaba de indignación y de temor.
—¡Pero qué cosas son capaces de inventarse!…, ¡qué
cosas!…, ¡mentiras así para calumniar a un hombre honrado! ¡Qué cosas!…
Pero por más que protestó, no le creyeron.
Se le sometió a un careo con el señor Malandain, que
repitió y se mantuvo en lo dicho. Se injuriaron por espacio de una hora. A
petición suya, el compadre Hauchecorne fue cacheado. No le encontraron nada
encima.
Finalmente, el alcalde, muy indeciso, le dejó irse,
advirtiendo que pondría el caso en conocimiento de la justicia y pediría que se
instruyera una causa.
La noticia había corrido. A su salida de la alcaldía, el
viejo se vio rodeado, interrogado con una curiosidad seria o guasona, pero en
la que no había ni sombra de indignación. Y él se puso a contar la historia del
cordel. No le creyeron. La gente se lo tomaba a risa.
Siguió andando, parado por todos, parando él mismo a sus
conocidos, comenzando de nuevo sin cesar su relato y sus protestas, mostrando
sus bolsillos vueltos del revés, para probar que no tenía nada.
Le decían:
—Pero ¡vamos, viejo zorro!
Y él se ofendía, se exasperaba, enardecido, desconsolado
porque no le creían, sin saber qué hacer, y contando siempre su historia.
Llegó la noche. Había que irse. Se puso en camino con tres
vecinos a los que indicó el lugar donde había recogido el trocito de cordel; y
por el camino no habló sino de su historia.
Por la noche dio una vuelta por el pueblo de Bréauté para
contársela a todos. Pero no encontró más que a incrédulos.
Pasó una noche infernal.
Al día siguiente, a eso de la una, Marius Paumelle, gañán
del señor Breton, agricultor de Ymauville, devolvió la cartera con todo lo que
contenía al compadre Houlbrèque de Manneville.
Decía haberla encontrado por el camino; pero, como no
sabía leer, se la había llevado a casa para entregársela a su amo.
La noticia corrió por los alrededores. El compadre
Hauchecorne fue informado de ello y se puso enseguida en circulación para
contar su historia completada con el desenlace. Estaba triunfante.
—Lo que me dolía —decía— no era el hecho en sí, como
comprenderán, sino la mentira. No hay nada peor que sufrir reprobación por una
mentira.
Hablaba todo el santo día de su historia, la contaba por
los caminos a la gente que pasaba y a la que estaba tomando un trago en la
taberna, y a la salida de la iglesia al domingo siguiente. Paraba a los
desconocidos para contársela. Aunque estaba ahora más tranquilo, algo le
molestaba sin que supiera muy bien el qué. La gente parecía no tomarle en
serio. Se hubiera dicho que estaban poco convencidos. Y tenía la impresión de
que hacían comentarios a sus espaldas.
El martes de la semana siguiente se fue para el mercado de
Goderville, nada más que movido por la necesidad de contar su caso.
Malandain, de pie en su puerta, se echó a reír al verle
pasar. ¿Por qué?
Paró a un hacendado de Criquetot, que no le dejó terminar
su relato y, dándole una palmadita en la panza, le gritó a la cara:
—Pero ¡vamos, viejo zorro! —Y se dio media vuelta.
El compadre Hauchecorne se quedó desconcertado y cada vez
más inquieto. ¿Por qué le habían llamado «viejo zorro»?
Cuando se sentó a la mesa, en el mesón de Jourdain, se
puso de nuevo a explicar su caso.
Un chalán de Montivilliers le gritó:
—¡Ya, ya, tunante, que me conozco la historia, qué cordel
ni qué porras!
Hauchecorne balbució:
—¡Pero si se encontró la cartera!
El otro añadió:
—Mejor estarías calladito, abuelo, uno la encuentra y otro
la devuelve. Y aquí no ha pasado nada.
El campesino se quedó sin habla. Finalmente había
comprendido. Le acusaban de haber hecho devolver la cartera por mediación de un
compadre, de un cómplice.
Trató de protestar. Todos en la mesa rompieron a reír.
Se fue sin haber terminado de comer, en medio de las
burlas.
Volvió a casa avergonzado e indignado, atragantándose de
la rabia, de la confusión, y tanto más aterrado cuanto que habría sido muy
capaz, con su astucia de normando, de hacer aquello de lo que se le acusaba, e
incluso de jactarse de ello como de una buena astucia. Siendo como era conocida
su malicia, sentía confusamente que le era imposible demostrar su inocencia. Y
se sentía herido por lo injusto de la sospecha.
Empezó entonces a contar de nuevo su aventura, alargándola
cada día, añadiéndole cada vez nuevas justificaciones, protestas más enérgicas,
juramentos más solemnes que pensaba y preparaba cuando se hallaba a solas,
obsesionado con el asunto del cordel. Cada vez le creían menos, ahora que su
defensa era más complicada y más sutiles sus argumentos.
—Éstas son las razones de un mentiroso —decían a sus
espaldas.
Él lo oía, se hacía mala sangre, se agotaba en esfuerzos
inútiles.
Se desmejoraba a ojos vista.
Ahora los guasones le hacían contar «la historia del
cordel» sólo por diversión, como se hace contar sus batallitas al soldado que
ha hecho una campaña. Su espíritu, profundamente afectado, se debilitaba.
Hacia finales de diciembre, se metió en cama.
Murió a principios de enero y, en el delirio de la agonía,
atestiguaba su inocencia, repitiendo:
—Un trozo de cordel…, un trozo de cordel…, ese de ahí,
señor alcalde.
LA MANO*
Formaban corro en torno al señor Bermutier, juez de
instrucción, que daba su opinión sobre el misterioso caso de Saint-Cloud. Desde
hacía un mes, ese crimen inexplicable traía loco a todo París. Nadie entendía
nada.
El señor Bermutier, de pie, de espaldas a la chimenea,
hablaba, reunía pruebas, discutía las distintas opiniones, pero no llegaba a
ninguna conclusión.
Varias mujeres se habían levantado para acercarse y
permanecían de pie, con la mirada clavada en la boca afeitada del magistrado,1
de la que salían serias palabras. Se estremecían, vibraban, crispadas por su
medrosa curiosidad, por esa ávida e insaciable necesidad de espanto que asalta
su alma, las tortura como el hambre.
Una de ellas, más pálida que las demás, dijo durante una
pausa:
—Es horrible. Parece algo sobrenatural. No se conseguirá
saber nunca nada.
El magistrado se volvió hacia ella:
—Sí, señora, es probable que no se llegue a saber nunca
nada. En cuanto a la palabra «sobrenatural» que acaba usted de emplear, no
tiene nada que ver con este caso. Estamos ante un crimen muy hábilmente
concebido, muy hábilmente ejecutado, aunque tan envuelto de misterio que éste
es inseparable de las circunstancias impenetrables que lo rodean. Pero ya tuve,
en otra ocasión, que seguir un caso en el que verdaderamente parecía mezclarse
algo de fantástico. Hubo que abandonarlo, por otra parte, por falta de medios
para esclarecerlo.
Varias mujeres dijeron al mismo tiempo y tan deprisa que
sus voces se convirtieron en una sola:
—¡Oh, cuéntenoslo!
El señor Bermutier sonrió con aire grave, como debe
sonreír un juez de instrucción. Prosiguió:
—Al menos no vayan a creer que yo pude, ni por un momento,
suponer la existencia en esta aventura de algo de sobrehumano. Yo no creo más
que en las causas naturales. Pero si, en vez de emplear la palabra
«sobrenatural» para expresar lo que no comprendemos, nos sirviéramos
simplemente de la palabra «inexplicable», resultaría mucho más pertinente. De
todas formas, en el caso que voy a contarles, fueron sobre todo las
circunstancias ambientales, las circunstancias preparatorias las que me
impresionaron vivamente. En fin, he aquí los hechos.
*
Era yo por aquel entonces juez de instrucción en Ajaccio,
una pequeña ciudad blanca, asentada en torno a un golfo admirable rodeado de
altas montañas por todas partes.
Lo que allí tenía que perseguir eran sobre todo casos de
vendetta. Los había magníficos, dramáticos hasta extremos inconcebibles,
feroces, heroicos. Pueden encontrarse los más hermosos casos de vendetta que
imaginarse pueda: odios seculares, aplacados momentáneamente, pero nunca
olvidados, astucias abominables, asesinatos que se convierten en masacres y
casi en acciones gloriosas. Desde hacía dos años no oía hablar más que del
precio de la sangre, de ese terrible prejuicio corso que obliga a vengar toda
ofensa en la persona que la ha cometido, en sus descendientes y parientes.
Había visto degollar a viejos, niños, primos; tenía la cabeza llena de estas
historias.
Un día me enteré de que un inglés acababa de alquilar por
varios años un chalecito al final del golfo. Se había traído consigo un criado
francés, contratado a su paso por Marsella.
Pronto todo el mundo se interesó por este personaje
singular, que vivía solo en su casa y que no salía más que para ir de caza o de
pesca. No hablaba con nadie, no iba nunca a la ciudad y, todas las mañanas,
dedicaba una o dos horas a practicar tiro con pistola y con carabina.
Surgieron una serie de leyendas en torno a él. Había quien
aseguraba que era un alto personaje huido de su patria por motivos políticos;
luego hubo quien afirmó que se escondía después de haber cometido un crimen
espantoso. Se referían incluso circunstancias particularmente horribles.
En mi calidad de juez instructor quise recabar alguna
información sobre ese hombre; pero me fue imposible saber nada. Se hacía llamar
John Rowell.
Me limité, pues, a vigilarle de cerca; pero nada, en
realidad, me indicaba que fuera digno de sospecha.
Pero, como seguían circulando rumores sobre él, rumores
que no hacían sino aumentar y extenderse, decidí que trataría de conocer
personalmente a ese extranjero, y comencé a ir habitualmente de caza por los
alrededores de su casa.
Esperé largo tiempo una oportunidad. Hasta que finalmente
llegó en forma de una perdiz que maté precisamente en las mismas barbas del
inglés. Mi perro me la trajo y yo, perdiz en mano, fui a disculparme por mi
inconveniencia y a rogarle a sir John Rowell que aceptara el ave muerta.
Era un hombrón pelirrojo, de barba también rojiza, muy
alto y grueso, una especie de Hércules plácido y cortés. No tenía nada de la
rigidez llamada británica y me agradeció vivamente mi delicadeza en un francés
con un marcado acento del otro lado del canal de la Mancha. Al cabo de un mes,
habíamos hablado cinco o seis veces.
Finalmente, una tarde en que yo pasaba por delante de su
puerta vi que estaba fumando en pipa, a horcajadas de una silla, en su jardín.
Le saludé, y él me invitó a entrar para tomarnos una cerveza. No se lo hice
repetir.
Me recibió con toda la meticulosa cortesía inglesa, habló
con elogio de Francia, de Córcega, declaró que le gustaba mucho esta país, y
este costa.
Entonces yo le hice, con grandes precauciones y so
pretexto de sentir un vivo interés, algunas preguntas sobre su vida, sobre sus
proyectos. Él me respondió sin tapujos, contándome que había viajado mucho por
África, las Indias y América. Añadió entre risas:
«¡Yo vivir muchas aventuras!, oh, yes!».
Luego me puse a hablar de nuevo de la caza, y me dio los
detalles más curiosos sobre la caza del hipopótamo, del tigre, del elefante e
incluso de la caza del gorila.
Dije yo:
«Todos esos animales son temibles».
Él sonrió:
—¡Oh!, no, el peor ser el hombre.
Se echó a reír abiertamente, con esa risotada muy suya de
gordo inglés satisfecho:
«Yo haber mucho cazado también al hombre».
Luego habló de armas, y me invitó a entrar en su casa para
enseñarme varios tipos de rifles.
El salón estaba tapizado en negro, de seda negra recamada
de oro. Unas grandes flores amarillas se sucedían en el tejido oscuro,
brillantes como fuego.
Me dijo:
«Ser tela japonesa».
Pero, en medio del entrepaño más amplio, un extraño objeto
atrajo mi atención. En un marco de terciopelo rojo destacaba una cosa negra. Me
acerqué: era una mano, una mano de hombre. No la mano de un esqueleto, blanca y
limpia, sino una mano negra disecada, con las uñas amarillentas, los músculos
al descubierto y rastros de sangre antigua, de una sangre parecida a la roña,
sobre los huesos seccionados por un corte limpio, como con un golpe de hacha,
hacia la mitad del antebrazo.
En torno a la muñeca, una enorme cadena de hierro,
remachada, soldada a aquel miembro sucio, la sujetaba a la pared mediante una
anilla lo bastante resistente como para mantener atado a un elefante.
Pregunté:
«¿Qué es eso?».
El inglés respondió tan tranquilo:
«Ser mi enemigo mejor. Venir de América. Haber sido
cortada con el sable y arrancada la piel con una piedra cortante, y secada al
sol durante ocho días. Ooh, muy buena para mí, ésta».
Toqué aquel resto humano, que debía de haber pertenecido a
un coloso. Los dedos, desmesuradamente largos, estaban unidos mediante unos
tendones enormes que conservaban en algunos puntos tiras de piel. Esta mano era
espantosa, tan desollada, y hacía pensar espontáneamente en una venganza de
salvajes.
Dije:
«Este hombre debía de ser muy fuerte».
El inglés manifestó con tono suave:
«Ooh, yes; pero yo ser más fuerte que él. Tener esta
cadena para sujetarle».
Creí que bromeaba. Dije:
«Esta cadena es ya inútil; la mano no puede huir».
Sir John Rowell me respondió, serio:
—Querer siempre escapar. Cadena necesaria.
Con una rápida ojeada escruté su rostro, diciéndome: «¿Es
un loco o le gustan las bromas de mal gusto?».
Pero su rostro permanecía impenetrable, tranquilo y
benévolo. Cambié de tema de conversación y me puse a mirar con admiración los
rifles.
Sin embargo, observé que había tres revólveres cargados
encima de los muebles, como si aquel hombre hubiera vivido con el temor
constante de un ataque.
Volví varias veces a su casa. Luego dejé de ir. La gente
se había acostumbrado a su presencia; resultaba indiferente para todos.
Pasó un año entero. Ahora bien, una mañana, hacia fines de
noviembre, mi criado me despertó anunciándome que sir John Rowell había sido
asesinado por la noche.
Una media hora más tarde, entré en casa del inglés con el
comisario jefe y el capitán de la gendarmería. El criado, desconcertado y
desesperado, lloraba delante de la puerta. Al principio sospeché de ese hombre,
pero era inocente.
No se pudo encontrar nunca al culpable.
Al entrar en el salón de sir John, vi al primer vistazo el
cadáver tumbado de espaldas, en medio de la estancia.
Su chaleco estaba desgarrado, una manga arrancada colgaba,
todo anunciaba que se había producido una lucha terrible.
¡El inglés había muerto estrangulado! Su rostro negro y
abotargado, aterrador, parecía expresar un horrible espanto; mantenía algo
entre sus dientes apretados; y el cuello, con cinco agujeros que se hubieran
dicho hechos con unas puntas de hierro, estaba cubierto de sangre.
Un médico vino al cabo de un rato. Examinó largamente las
huellas de los dedos en la carne y pronunció estas extrañas palabras:
«Se diría que ha sido estrangulado por un esqueleto».
Un escalofrió me recorrió el espinazo, y dirigí la mirada
hacia la pared, hacia el lugar donde había visto en otro tiempo la horrible
mano de figura anatómica desollada. Ya no estaba. La cadena, rota, pendía.
Entonces me agaché sobre el muerto, y encontré en su boca
crispada uno de los dedos de esa mano desaparecida, cortado o más bien serrado
por los dientes exactamente en la segunda falange.
Luego se procedió a las comprobaciones. No se descubrió
nada. Ninguna puerta había sido forzada, ninguna ventana, ningún mueble. Los
dos perros guardianes no se habían despertado.
He aquí, en pocas palabras, la deposición del criado:
«Desde hacía un mes, su amo parecía agitado. Había
recibido muchas cartas, que quemaba una vez leídas».
»A menudo, cogía una fusta, en un arranque de ira que se
hubiera dicho locura, y golpeaba furiosamente con ella la mano disecada que
estaba clavada en la pared y desaparecida, no se sabe cómo, en el mismo momento
del crimen.
»Se iba a la cama muy tarde y se encerraba a cal y canto.
Tenía siempre armas al alcance de la mano. A menudo, de noche, hablaba en voz
alta, como si discutiera con alguien.
Aquella noche, por una casualidad, no había hecho ningún
ruido, y el sirviente se había dado cuenta al entrar para abrir las ventanas de
que sir John había sido asesinado. No sospechaba de nadie.
Referí cuanto sabía del muerto a los magistrados y a los
agentes de la fuerza pública y se realizó una investigación minuciosa en toda
la isla. No se descubrió nada.
Ahora bien, una noche, tres meses después del crimen, tuve
una terrible pesadilla. Me pareció ver la mano, esa horrenda mano, correr como
un escorpión o como una araña por las cortinas y las paredes de mi habitación.
Tres veces me desperté, tres veces volví a dormirme, tres veces volví a ver
esos restos asquerosos corretear alrededor de mi habitación moviendo los dedos
como si fueran patas.
Al día siguiente me la trajeron, la habían encontrado en
el cementerio, sobre la tumba de sir John Rowell, enterrado allí al haber sido
imposible dar con el paradero de su familia. Faltaba el dedo índice.
Éste es mi relato, señoras. No sé nada más.
*
Las señoras, espantadas, estaban pálidas y temblorosas.
Una de ellas exclamó:
—¡Pero esto no es un desenlace! No existe explicación. No
conseguiremos dormir si no nos dice cómo se desarrollaron los hechos, según
usted.
El magistrado sonrió con aire grave:
—¡Oh!, señoras, mucho me temo que voy a frustrar sus
terribles elucubraciones. Creo simplemente que el legítimo propietario de la
mano no había muerto y vino a buscarla, con la que le quedaba. Pero no conseguí
saber cómo lo hizo. Fue una especie de vendetta.
Una de las mujeres murmuró:
—No, no debió de ser eso.
Y el juez de instrucción, sin dejar de sonreír, dijo a
modo de conclusión:
—Ya les dije que mi explicación no las satisfaría.
COCO*
La hacienda de Lucas era conocida en los alrededores como
«la Alquería». No se habría sabido decir el porqué. Los campesinos, sin duda,
asociaban a la palabra «alquería» una idea de riqueza y de grandeza, pues esa
granja era sin duda la más grande, la más opulenta y la mejor organizada de la
comarca.
El patio, inmenso, rodeado de cinco filas de árboles
magníficos para mantener al abrigo del fuerte viento de la llanura los manzanos
achaparrados y delicados, encerraba largos edificios entejados para conservar
el forraje y el grano, bonitos establos construidos con sílex, caballerizas
para treinta caballos, y una vivienda de ladrillo rojo, que parecía un pequeño
castillo.
Los estercoleros estaban cuidados; los perros guardianes
vivían en perreras, una multitud de aves de corral andaban por la alta hierba.
Cada mediodía, quince personas, entre amos, criados y
sirvientes, tomaban asiento en torno a la larga mesa de cocina donde humeaban
las sopas en un gran recipiente de loza con unas flores azules.
Los animales, caballos, vacas, puercos y corderos, estaban
gordos, cuidados y limpios; y el señor Lucas, un hombrón con una incipiente
tripa, hacía su ronda tres veces al día, velando sobre todo y pensando en todo.
Se conservaba, por caridad, en la caballeriza, un caballo
blanco muy viejo que la dueña quería alimentar hasta que muriera de muerte
natural, porque lo había criado, conservado siempre y le traía muchos
recuerdos.
Un gañán de quince años, llamado Isidore Duval, y conocido
más simplemente como Zidore, se cuidaba de aquel inválido, le daba, durante el
invierno, su ración de avena y su forraje, y tenía que ir, en verano, cuatro
veces al día, a llevarlo a la pendiente donde se le ataba, para que tuviera
abundancia de hierba fresca.
El animal, casi tullido, levantaba a duras penas sus
pesadas patas, de rodillas gruesas e hinchadas por encima de los cascos. Su
pelambre, que ya nunca se almohazaba, semejaba un pelo canoso, y unas pestañas
muy largas daban a sus ojos un aire tristón.
Cuando Zidore le llevaba a la hierba, tenía que tirar del
ronzal, tan lentamente caminaba el animal; y el chaval, encorvado, jadeando,
maldecía contra él, exasperándose por tener que cuidar a esa vieja yegua.
La gente de la alquería se divertía viendo la ira del mozo
contra Coco y le hablaban continuamente del caballo a Zidore para exasperar al
muchacho. Sus compañeros le hacían bromas sobre él. En el pueblo le llamaban
Coco-Zidore.
El chaval rabiaba, sintiendo nacer en él el deseo de
vengarse del caballo. Era un chico delgado y de piernas largas, muy sucio,
pelirrojo, con unos pelos espesos, duros y erizados. Tenía cara de estúpido,
hablaba balbuceando, con un esfuerzo infinito, como si las ideas no
consiguieran tomar forma en su alma obtusa de bruto.
Desde hacía ya mucho tiempo, estaba asombrado de que
conservaran aún a Coco, y se indignaba de ver cómo tiraban el dinero por ese
inútil animal. Le parecía injusto, si ya no trabajaba, que le dieran de comer,
le repugnaba ver malgastar la avena, una avena que costaba tan cara, para ese
rocín paralítico. Ocurría a menudo que, pese a las órdenes del señor Lucas,
ahorraba en el sustento del caballo, dándole sólo media ración de avena,
escatimando también en la pajaza y en el heno. Y en su confuso cerebro de muchacho
crecía el odio, un odio de campesino rapaz, de campesino solapado, feroz,
brutal y cobarde.
A la vuelta del verano, tuvo que empezar de nuevo a sacar
al animal hasta la pendiente. Era lejos. El mozo, cada mañana más furioso,
salía con su paso pesado a través de los trigales. Los hombres que estaban
trabajando en las tierras le gritaban en son de broma:
—Eh, Zidore, mis saludos respetuosos a Coco.
Él no contestaba; pero, al pasar junto a un seto, rompía
una pequeña rama y, tras haber desplazado la estaca en la que ataba al viejo
caballo, dejaba que se pusiera a pacer de nuevo y luego, acercándose a
traición, le daba unos buenos golpes en los corvejones. El animal trataba de
huir, de cocear, de escapar a los golpes, y daba vueltas en redondo tensando la
cuerda, como si hubiera estado en una pista. Y el mozo lo fustigaba con rabia,
corriendo tras él con saña, con los dientes apretados de la ira.
Luego se marchaba lentamente, sin volver la vista atrás; y
el caballo le miraba alejarse, con su mirada de viejo, las costillas salientes,
resoplando a causa del trote. Y no volvía a agachar hacia la hierba su cabeza
huesuda y blanca hasta haber visto desaparecer en la distancia el blusón azul
del joven campesino.
Como las noches eran calurosas, se dejaba pasar ahora a
Coco la noche al raso, allí, al borde de la barranca, tras el bosque. Sólo
Zidore iba a verlo.
El chico se divertía también tirándole piedras. Se sentaba
a diez pasos de él, en un ribazo, y se quedaba una media hora lanzando de vez
en cuando una piedra cortante al rocín, que permanecía de pie, atado delante de
su enemigo, sin quitarle los ojos de encima y sin osar ponerse de nuevo a pacer
hasta que no se hubiera ido.
Pero en la cabeza del gañán había siempre este
pensamiento, fijo como un clavo: «¿Por qué dar de comer a un caballo que no
hacía ya nada?». Le parecía que aquel miserable jamelgo quitaba el alimento a
los demás, les robaba a los hombres lo que era suyo, el bien de Dios, le robaba
incluso a él, Zidore, que trabajaba.
Entonces, poco a poco, cada día, el mozo comenzó a
disminuir la franja de pasto que concedía al animal desplazando la estaca a la
que estaba atada la cuerda.
El animal ayunaba, adelgazaba, se desmejoraba. Demasiado
débil para romper la atadura, estiraba la cabeza hacia la espesa y reluciente
hierba, tan próxima, y cuyo olor le llegaba sin que pudiera tocarla.
Pero, una mañana, Zidore tuvo una idea: no desplazar más a
Coco. Estaba harto de hacer tanto camino por ese costal de huesos.
Sin embargo, fue con él, para saborear su venganza. El
inquieto animal le miraba. Aquel día no lo fustigó. Daba vueltas en torno a él,
con las manos en los bolsillos. Incluso hizo ademán de cambiarle de sitio, pero
volvió a hincar la estaca precisamente en el mismo agujero, y se marchó,
encantado de su ocurrencia.
El caballo, al verle partir, relinchó para llamarle; pero
el mozo se echó a correr, dejándole solo, totalmente solo, en su valle, bien
atado, y sin una brizna de hierba al alcance de su quijada.
Hambriento, trató de alcanzar la hierba grasa que
conseguía tocar con la punta de sus ollares. Se arrodilló, estirando el cuello
y alargando sus grandes labios babosos. Pero fue en vano. Durante todo el día,
el viejo animal se agotó en esfuerzos inútiles y terribles. Lo devoraba el
hambre, vuelta más espantosa aún al ver todo aquel verde que se extendía hasta
donde se perdía la vista.
Durante todo el día el gañán no volvió. Anduvo por los
bosques buscando nidos.
Volvió a aparecer al día siguiente. Coco, extenuado, se
había echado. Se levantó al ver al chico, esperando que le cambiara por fin de
sitio.
Pero el joven campesino ni siquiera tocó la estaca clavada
en la hierba. Se acercó, miró al animal, le lanzó al morro un terrón que se
desmenuzó contra el blanco pelaje, y se volvió a ir silbando.
El caballo permaneció derecho mientras pudo ver al mozo;
luego, intuyendo lo inútiles que serían sus esfuerzos por alcanzar la hierba,
se echó de nuevo sobre un costado y cerró los ojos.
Al día siguiente, Zidore no fue.
Cuando a los dos días se acercó a Coco, que seguía echado,
advirtió que había muerto.
Entonces se quedó de pie mirándolo, contento de lo que
había hecho, así como asombrado de que todo hubiera acabado tan rápido. Lo tocó
con el pie, le levantó una pata, la dejó caer, se sentó encima de él y
permaneció así, mirando la hierba, sin pensar en nada.
Volvió a la alquería, pero no dijo nada porque quería
seguir vagando durante las horas en que, de ordinario, iba a cambiar al caballo
de sitio.
Fue a verlo al día siguiente. Unos cuervos alzaron el
vuelo a su llegada. Un sinfín de moscas se paseaba por encima del cadáver y
zumbaban alrededor.
A su vuelta comunicó la muerte. El animal estaba tan viejo
que nadie se asombró. El señor dijo a dos de sus mozos:
—Coged las palas e id a hacer un hoyo en el sitio donde se
encuentra.
Los hombres enterraron al caballo donde éste había muerto
de hambre.
Y la hierba brotó frondosa, verde y tupida, nutrida por
aquel pobre cuerpo.
ROSE*
Las dos jóvenes parecen sepultadas bajo un manto de
flores. Están solas en el inmenso landó cargado de ramos como un gigantesco
canastillo. En el asiento delantero, dos banastillas de raso blanco están
llenas de violetas de Niza, y sobre la piel de oso que cubre sus rodillas un
montón de rosas, de mimosas, de alhelíes, de margaritas, de nardos y de flores
de azahar, atadas con cintas de seda, parece aplastar los dos cuerpos
delicados, sin dejar asomar de ese lecho espléndido y aromático más que los
hombros, los brazos y un poco de los corpiños, uno de los cuales es azul y el
otro lila.
El látigo del cochero está guarnecido de anémonas; los
tiros de los caballos, acolchados con rabanillos; los rayos de las ruedas,
revestidos de resedas; y, en el lugar de los faroles, dos ramos redondos,
enormes, parecen los extraños ojos de ese animal rodante y florido.
El landó recorre a buen trote su ruta, la rue d’Antibes,
precedido, seguido, acompañado por una multitud de otros vehículos
enguirnaldados, llenos de mujeres desaparecidas bajo una oleada de violetas.
Pues es la fiesta de las flores de Cannes.
Se llega al bulevar de la Foncière, donde tiene lugar la
batalla. A todo lo largo de la inmensa avenida, una doble fila de carruajes
adornados con guirnaldas va y viene como una cinta sin fin. De un lado a otro
se lanzan flores. Éstas surcan el aire como proyectiles, van a dar en los
rostros lozanos, voltean y caen en el polvo donde una legión de chiquillos las
recoge.
Una multitud compacta, alineada en las aceras y contenida
por la guardia a caballo que pasa brutalmente y empuja hacia atrás a los
curiosos a pie como para no permitir a los villanos mezclarse con los ricos,
mira, ruidosa y tranquila.
En los carruajes la gente se llama, se reconoce, se
ametralla con rosas. Un carro lleno de bellas mujeres, vestidas de rojo como
diablos, atrae y encanta las miradas. Un señor, que se asemeja a los retratos
de Enrique IV, lanza con jovial energía un enorme ramo atado con un elástico.
Ante la amenaza del impacto, las mujeres se cubren los ojos, los hombres bajan
la cabeza, pero el gracioso proyectil, rápido y dócil, describe una parábola y
retorna a su dueño, que lo vuelve a arrojar de inmediato hacia un nuevo blanco.
Las dos jóvenes vacían su arsenal a manos llenas y reciben
una lluvia de ramos; luego, tras una hora de batalla, algo cansadas finalmente,
ordenan al cochero seguir la carretera del golfo Juan, que bordea el mar.
El sol desaparece detrás del Esterel, dibujando, contra un
sol poniente de fuego, la negra silueta crestada de la larga montaña. El mar
calmo se extiende, azul y luminoso, hasta el horizonte donde se confunde con el
cielo, y la escuadra naval, anclada en medio del golfo, semeja un rebaño de
monstruosos animales inmóviles en el agua, bestias apocalípticas, acorazadas y
gibosas, empenachadas de mástiles raquíticos cual plumas, con unos ojos que se
encienden cuando cae la noche.
Las jóvenes, arrebujadas en la pesada piel, observan con
languidez. Finalmente, una de ellas dice:
—Hay veladas deliciosas, que hacen que todo parezca
hermoso. ¿No es cierto, Margot?
La otra dice:
—Sí, es hermoso, pero siempre se echa algo de menos.
—¿El qué? Yo me siento completamente feliz; no necesito
nada.
—Sí. Lo que pasa es que no piensas en ello. Sea cual sea
el bienestar que entorpece nuestro cuerpo, siempre deseamos algo más… para
nuestro corazón.
La otra añade sonriendo:
—¿Un poco de amor?
—Sí.
Se callaron, con la mirada perdida a lo lejos; luego la
que se llamaba Margot murmuró:
—La vida no me parece soportable sin el amor. Yo necesito
ser amada, aunque sea por un perro. Somos todas así, querida Simone, por más
que digas.
—No, no, querida. Prefiero no ser amada en absoluto que
serlo por una persona cualquiera. ¿Crees que me gustaría que se enamorase de
mí, por ejemplo…?
Pensaba en quién habría podido quererla, mientras paseaba
la mirada por el vasto panorama. Sus ojos, tras haber recorrido el horizonte,
se detuvieron en los dos botones de metal que relucían en la librea del
cochero, y concluyó riendo:
—¿… mi cochero?
La señora Margot esbozó una sonrisa y dijo bajito:
—Te aseguro que es muy divertido verte amada por un
criado. Es algo que me ha ocurrido un par o tres de veces. Te miran con una
cara de bobos que es para morirse de risa. Naturalmente, cuanto más se enamoran
más severa debes mostrarte, hasta que un buen día les pones de patitas en la
calle con cualquier pretexto, porque te cubrirías de ridículo si alguien
reparara en ello.
La señora Simone escuchaba, con la mirada perdida en el
vacío, luego dijo:
—No, no, el corazón de mi mayordomo no me bastaría. Pero
dime cómo hacías tú para darte cuenta de que estaban enamorados de ti.
—Pues lo mismo que los demás hombres, porque se vuelven
estúpidos.
—A mí los otros no me parecen tan estúpidos cuando se
enamoran de mí.
—Más que estúpidos, diría idiotas, incapaces de charlar,
de responder, de entender nada.
—Pero ¿cómo te sentías viéndote amada por un criado? ¿Cómo
estabas…, emocionada…, halagada?
—¿Emocionada? No. Halagada, sí, un poco. A una siempre le
halaga el amor de un hombre, cualquiera que éste sea.
—Pero ¡qué dices, Margot!
—De veras, querida. Quiero contarte una extraña aventura
que me sucedió a mí, y te darás cuenta de lo extraño y confuso que es lo que
nos pasa en tales casos.
*
Hará este otoño cuatro años, me encontraba sin doncella.
Había probado a cinco o seis seguidas, todas ellas unas ineptas, y ya casi
desesperaba de encontrar una cuando leí, en la sección de anuncios de un
periódico, que una muchacha que sabía coser, bordar, peinar, buscaba una
colocación contando con las mejores referencias. Hablaba además inglés.
Escribí a la dirección indicada y al día siguiente se
presentó la muchacha: era bastante alta, delgada, pálida, de aspecto muy
tímido. Tenía dos bonitos ojos negros, una tez encantadora; me gustó enseguida.
Le pedí sus certificados; me dio uno en inglés, pues acababa de dejar, decía,
la casa de lady Rymwell, donde había permanecido diez años.
El certificado atestiguaba que la muchacha se había ido
por su propia voluntad para volver a Francia y que no había habido nada que
reprocharle, durante su largo servicio, más que un poco de coquetería francesa.
La fórmula pudibunda de la frase me hizo hasta sonreír y
contraté inmediatamente a la doncella.
Entró a servir ese mismo día; se llamaba Rose.
Al cabo de un mes la adoraba.
Era un verdadero descubrimiento, una joya, un fenómeno.
Sabía peinar con gusto infinito; disponía los encajes de
un sombrero mejor que la mejor de las modistas, e incluso sabía hacer vestidos.
Yo estaba asombrada de sus facultades. Nunca me había
visto servida así.
Ella me vestía rápido con una ligereza de manos asombrosa.
Nunca sentía sus dedos sobre mi piel, pues nada me resulta tan desagradable
como el contacto de una mano de criada. Me acostumbré en poco tiempo a una
excesiva indolencia, tan agradable me resultaba dejarme vestir, de pies a
cabeza y de la camisa a los guantes, por esa alta muchacha tímida, siempre algo
ruborosa, y que no hablaba nunca. Al salir del baño, me hacía fricciones y me
masajeaba mientras yo me adormilaba un poco en mi diván; la consideraba,
palabra de honor, más como una amiga de condición inferior que como a una
simple criada.
Ahora bien, una mañana, mi portero pidió con misterio
hablar conmigo. Me quedé sorprendida y le hice entrar. Era persona de toda
confianza, un viejo soldado, ex ordenanza de mi marido.
Parecía incómodo por lo que tenía que comunicarme. Por
último, dijo balbuceando:
—Señora, está abajo el comisario de policía del barrio.
Pregunté bruscamente:
«¿Qué quiere?».
«Quiere realizar un registro en la casa.»
La policía será útil, pero yo la detesto. Me parece a mí
que no es un oficio noble. Y respondí, tan irritada como herida:
«¿Para qué esta indagación? ¿Con qué propósito? No
entrará».
El portero prosiguió:
«Afirma que se oculta aquí un malhechor».
En ese momento me espanté y ordené hacer subir al
comisario de policía para que me lo explicase. Era una persona bastante bien
educada, condecorado con la Legión de Honor. Se disculpó, me pidió perdón, ¡y
luego me dijo que entre mi personal de servicio había un forzado!
Me indigné y repliqué que respondía por cada criado de mi
casa. Se los enumeré.
«El portero, Pierre Courtin, ex militar.»
«No es él.»
«El cochero François Pingau, un campesino de Champaña,
hijo de un colono de mi padre.»
«Tampoco es él.»
«Un mozo de cuadra, tomado en Champaña igualmente, e hijo
también de campesinos que yo conocía, más el lacayo que acaba de ver.»
«No es él.»
«Pues entonces, señor, usted mismo puede ver que está en
un error.»
«Disculpe, señora, estoy seguro de no equivocarme. Como se
trata de un criminal temible, ¿tendría la amabilidad de hacer comparecer aquí,
delante de usted y de mí, a todo el mundo?»
Al principio me resistí, luego cedí, e hice subir a todo
mi personal de servicio, hombres y mujeres.
El comisario de policía los examinó de una sola ojeada y
luego declaró:
«No están todos».
«Perdón, señor, no quedan más que mi doncella, una joven
soltera a la que no puede confundir usted con un forzado.»
Él preguntó:
«¿Puedo verla también?».
«Por supuesto.»
Llamé a Rose, que apareció al instante. Apenas hubo
entrado cuando el comisario hizo una señal, y dos hombres, que no había visto
por estar escondidos detrás de la puerta, se abalanzaron sobre ella, le asieron
las manos y se las ataron con unas cuerdas.
Yo lancé un grito de furia, y quise salir en su defensa.
El comisario me detuvo:
»Esta muchacha, señora, es un hombre que se llama
Jean-Nicolas Lecapet, condenado a muerte en mil ochocientos setenta y nueve por
asesinato precedido de violación. Su pena le fue conmutada por la de cadena
perpetua. Se fugó hace cuatro meses. Llevamos buscándole desde entonces.»
Yo estaba como loca, aterrada. No me lo podía creer. El
comisario prosiguió entre risas:
«Puedo proporcionarle una prueba. Tiene el brazo derecho
tatuado».
Le arremangaron la manga. Era cierto. El policía agregó
con un cierto mal gusto:
«Para el resto de comprobaciones, fíese de nosotros».
¡Y se llevaron a mi doncella!
*
—Créeme si te digo que en mí no predominaba la rabia por
el hecho de que me hubieran tomado el pelo de ese modo, engañado y
ridiculizado; no era tanto la vergüenza de haber sido vestida, desnudada,
tocada y palpada por ese hombre…, sino una… humillación profunda…, una
humillación de mujer. ¿Comprendes?
—No muy bien.
—Vamos a ver… Piensa… Había sido condenado… por violación,
ese muchacho… Yo pensaba… en la que había violado… y eso…, eso me humillaba…
Eso es… ¿Comprendes, ahora?
Y la señora Simone no respondió. Miraba delante de sí, con
una mirada fija y singular, los dos botones relucientes de la librea, con esa
sonrisa de esfinge que tienen a veces las mujeres.
APUNTES DE UN VIAJERO*
Las siete. Un pitido, partimos. El tren pasa por las
plataformas giratorias con un ruido idéntico al de las tormentas en el teatro;
luego se pierde en la noche, resoplando, expulsando su vapor, proyectando unos
reflejos rojos en las paredes, en los setos, en los bosques, en los campos.
Somos seis, tres en cada asiento, bajo la luz del quinqué.
Enfrente de mí, una señora gorda con un señor gordo, un viejo matrimonio. En el
rincón de la izquierda hay un jorobado. A mi lado, un joven matrimonio, o, al
menos, una joven pareja. ¿Están casados? La joven es bonita, parece modesta,
pero va demasiado perfumada. ¿Qué es ese perfume? Lo conozco, pero no caigo
cuál es. Ah, ya. ¡Piel de España!1 Pero eso no significa nada. Esperemos.
La señora gorda escruta al joven con una hostilidad que me
da que pensar. El señor gordo cierra los ojos. ¡Ya! El jorobado se ha ovillado.
Ya no veo dónde tiene las piernas. Sólo se ve su mirada brillante bajo un gorro
griego con una borla roja. Luego se mete debajo de su manta de viaje. Se diría
un pequeño fardo tirado sobre el asiento.
Sólo la vieja señora sigue despierta, suspicaz e inquieta,
como un guardián encargado de velar por el orden y la moralidad del
compartimiento.
Los dos jóvenes están inmóviles, con las piernas envueltas
en el mismo mantón, los ojos cerrados, sin hablar. ¿Estarán casados?
También yo finjo dormir y espío.
Las nueve. La señora gorda va a sucumbir, cierra los ojos
una y otra vez, reclina la cabeza sobre el pecho y la alza de nuevo de golpe.
Ya está. Duerme.
¡Oh sueño, ridículo misterio que confieres al rostro los
más grotescos aspectos, tú eres el revelador de la fealdad humana! ¡Haces
aparecer todos los defectos, las deformidades y las taras! ¡Haces que cada
rostro tocado por ti se convierta al punto en una caricatura!
Me levanto y cubro el quinqué con un ligero velo azul.
Luego, me amodorro a mi vez.
De vez en cuando, la parada del tren me despierta. Un
empleado vocifera el nombre de una ciudad, luego partimos de nuevo.
He aquí la aurora. Seguimos el Ródano, que desciende hacia
el Mediterráneo. Todos duermen. Los jóvenes están abrazados. Un pie de la joven
se ha salido del mantón. ¡Lleva medias blancas! Es lo normal: ¡están casados!
No huele nada bien en el compartimiento. Abro una ventanilla para que se
ventile. El frío despierta a todo el mundo, excepto al jorobado que ronca como
un torno bajo la manta.
La fealdad de las caras se acentúa aún más con la luz del
nuevo día.
La señora gorda, roja, despeinada, horrenda, echa una
mirada malvada en torno a sus vecinos. La joven mira sonriendo a su compañero.
¡Si no estuviera casada, habría mirado primero a su espejo!
He aquí Marsella. Veinte minutos de parada. Desayuno.
Volvemos a partir. Ya no tenemos al jorobado, pero sí a dos viejos señores más.
¡Entonces los dos matrimonios, el viejo y el joven, sacan
sus provisiones!
¡Pollo por aquí, ternera fría por allá, sal y pimienta
envueltas en un papel, pepinillos en un pañuelo, todo lo que puede quitaros las
ganas de comer para el resto de vuestra vida! No conozco nada más vulgar, más
grosero, más inconveniente y maleducado que comer en un compartimiento donde
hay otros viajeros.
Si hiela, abrid las ventanillas; si hace calor, cerradlas
y poneos a fumar en pipa aunque el tabaco os horripile; poneos a cantar, a
ladrar, entregaos a las más molestas excentricidades, quitaos los zapatos y los
calcetines y cortaos las uñas de los pies; en fin, tratad de pagar con la misma
moneda a vuestros maleducados vecinos su falta de saber estar.
Un hombre previsor se trae consigo un frasco de gasolina o
de petróleo para derramarlo sobre los cojines cuando en torno a uno se ponen a
comer. Cualquier cosa es lícita, todo es demasiado poco para esos patanes que
apestan con el olor de sus condumios.
Seguimos el mar azul. El sol cae como una lluvia sobre la
costa poblada de ciudades llenas de encanto.
He aquí Saint-Raphaël. Allí abajo está Saint-Tropez,
pequeña capital de esta región desierta, desconocida y encantadora llamada las
Montagnes des Maures. Un gran río que no atraviesa puente alguno, el Argens,
separa del continente a esta península salvaje, donde es posible caminar
durante un día entero sin encontrar un alma, donde los pueblecitos, encaramados
en los montes, han permanecido tal como eran antaño, con sus casas orientales,
sus arcadas, sus puertas cimbradas, talladas y bajas.
Ni vía férrea ni transportes públicos se adentran por
estos bellísimos y boscosos valles; sólo un antiguo patache trae el correo de
Hyères a Saint-Tropez. El tren prosigue su marcha. Llegamos a Cannes, tan
hermosa a orillas de sus dos golfos, enfrente de las islas de Lérins, que
serían, si fuera posible unirlas con tierra, dos paraísos para los enfermos.
He aquí el golfo Juan; la escuadra naval parece dormida en
el agua.
Estamos en Niza. Parece que en esta ciudad hay una
exposición. Vamos a verla.
Se sigue un bulevar que más parece un pantano y se llega,
en lo alto, a un edificio de un gusto dudoso y que se asemeja, en pequeño, al
gran palacio del Trocadero.
Dentro hay algunas personas en medio de un caos de cajas.
La exposición, abierta desde hace ya tiempo, estará lista
sin duda para el año que viene.
El interior sería bonito si estuviera terminado. Pero…
¡aún falta!
Dos secciones me atraen en especial: «Los comestibles y
las Bellas Artes». ¡Ay! Fruta confitada de Grasse, peladillas, mil golosinas…
Pero… está prohibido venderlas… Sólo se puede mirar… ¡Y ello para no perjudicar
al comercio de la ciudad! Exponer golosinas tan sólo para el recreo de la vista
y con la prohibición de probarlas me parece ciertamente una de las más bellas
invenciones del espíritu humano.
Las Bellas Artes están… en preparación. No obstante, hay
abiertas algunas salas donde es posible ver hermosísimos paisajes de
Harpignies, de Guillemet, de Le Poittevin, un magnífico retrato de la señorita
Alice Regnault, de Courtois, un delicioso Béraud, etcétera. El resto…, para
cuando sea desembalado.
Como, cuando se hace una visita, hay que verlo todo,
quiero regalarme con una ascensión libre y me voy a donde está el globo del
señor Godard y Cía.
Sopla el mistral. El aerostato se balancea de un modo
inquietante. Luego se oye una detonación. Son las cuerdas de la red que se
rompen. Se prohíbe al público la entrada al recinto. También a mí me hacen
salir.
Subo a mi vehículo y observo.
Otras cuerdas se van rompiendo, a cada segundo, con un
ruido extraño, y la piel oscura del globo trata de escapar de las mallas que la
retienen. Luego, de súbito, ante una racha más violenta, un enorme desgarro
raja de abajo arriba la gran bola volante, que se desploma como una tela
fláccida, reventada, muerta.
Al día siguiente, una vez despierto, me hago traer los
periódicos de la ciudad y leo con estupor: «La tempestad que azota estos días
nuestro litoral ha obligado a la agencia de globos cautivos y libres de Niza a
desinflar su gran aerostato, para evitar así accidentes.
»El sistema de desinflado instantáneo utilizado por el
señor Godard es una de las invenciones que más le honran».
¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja!
¡Pobre público!
Toda la costa del Mediterráneo es la California de los
farmacéuticos. Hay que ser diez veces millonario para tener el valor de comprar
siquiera sea una cajita de bálsamo para el pecho de esos orgullosos
comerciantes que venden la pomada de azufaifa al precio de los diamantes.
Se puede ir a Mónaco por la Corniche, siguiendo el mar. No
hay nada más hermoso que esta carretera abierta en la roca, que bordea unos
golfos, pasa por debajo de unas bóvedas, corre y circula por la ladera de la
montaña en medio de un paisaje admirable.
He aquí Mónaco sobre su roca y, detrás, Montecarlo…
¡Pssst…! Se comprende que esta pequeña y bonita ciudad vuelva locos a los
aficionados al juego. ¡Pero qué mortecina y triste es para los que no juegan!
No hay allí ningún otro placer ni distracción.
Más lejos está Menton, el punto más caluroso de la costa y
el más frecuentado por los enfermos. Allí maduran las naranjas y se curan los
pechos.
Tomo el tren nocturno para regresar a Cannes. En mi vagón,
dos señoras y un marsellés que cuenta obstinadamente dramas ferroviarios,
asesinatos y robos.
—… Conocí a un corso, señora, que iba a París con su hijo.
Hablo de hace ya muchos años, en los primeros tiempos de la línea P.L.M.2 Subo
con ellos, porque éramos amigos, y nos ponemos a charlar. El hijo, que tenía
veinte años, no se cansaba de ver correr el tren y se pasaba todo el tiempo
asomado a la ventanilla para mirar. Su padre le repetía: «Eh, ten cuidado,
Mathéo, de no inclinarte demasiado, que puedes hacerte daño». Pero el chico ni
siquiera respondía.
»Yo le decía al padre:“Vamos, déjele estar, si ello le
divierte”.
»Pero el padre continuaba diciendo:“Vamos, Mathéo, no te
inclines así”.
»Entonces, como el hijo hacía caso omiso, le cogió de la
ropa para hacerle entrar en el vagón, y tiró de ella.
»Pero he aquí que el cuerpo cayó sobre nuestras rodillas.
Ya no tenía la cabeza, señora…, se la había cortado en un túnel. Y el cuello ya
no sangraba; había perdido la sangre a lo largo del trayecto…
Una de las señoras dejó escapar un suspiro, cerró los
ojos, y se dejó caer encima de su vecina. Había perdido el conocimiento…
EL PROTECTOR*
¡Ni en sueños habría pensado tener tanta fortuna! Hijo de
un ujier de provincias, Jean Marin había ido, como tantos otros, a estudiar
leyes al Barrio Latino. En las diferentes cervecerías de las que se volvió asiduo
parroquiano, había estrechado amistad con varios estudiantes lenguaraces que
despreciaban la política mientras se tomaban unas cañas. Se sintió embargado de
admiración por ellos y les seguía con obcecación, de café en café, pagando
incluso sus consumiciones cuando tenía dinero.
Luego se hizo abogado y defendió causas que perdió. Ahora
bien, he aquí que, una mañana, se enteró por la prensa de que uno de sus
antiguos compañeros de barrio acababa de ser nombrado diputado.
Volvió a ser su perro fiel, el amigo que carga con todas
las tareas, con todas las gestiones, a quien manda uno llamar cuando lo
necesita y con el que no se anda con cumplidos. Por unos de esos azares propios
de la vida parlamentaria sucedió que el diputado se convirtió en ministro; seis
meses después, Jean Marin fue nombrado consejero de Estado.
Al principio tuvo un ataque de orgullo como para perder la
cabeza. Iba por las calles por el simple placer de exhibirse, como si bastara
con verle para comprender quién era. Encontraba la manera de decir, en las
tiendas donde entraba, en el quiosco de la prensa, incluso a los cocheros de
plaza, con los más triviales pretextos:
—Yo, que soy consejero de Estado…
Luego, como es natural, sintió como consecuencia de su
dignidad, por prurito profesional, por deber de persona poderosa y generosa,
una necesidad imperiosa de proteger. Ofrecía su apoyo a todos, en cualquier
ocasión, con inagotable generosidad.
Cuando encontraba en los bulevares a alguien conocido, iba
a su encuentro radiante, le cogía de las manos, se informaba sobre su salud y,
sin esperar a que se lo pidieran, declaraba:
—¿Sabe?, soy consejero de Estado y me tiene a su entera
disposición. Si puedo serle de ayuda en algo, no tenga reparos en pedírmelo. En
mi posición, la influencia es mucha.
Y entonces entraba en los cafés con el amigo que había
encontrado para pedir una pluma, tinta y una hoja de papel de carta, «una hoja
nada más, es para escribir una carta de recomendación».
Y escribía cartas de recomendación, diez, veinte o
cincuenta por día. Las escribía en el Café Americain, en Bignon, en Tortoni, en
la Maison-Dorée, en el Café Riche, en Helder, en el Café Anglais, en el
Napolitain, en todas partes, donde se terciara. Y las escribía a todos los
funcionarios de la República, desde jueces de paz hasta ministros. Y se sentía
feliz, completamente feliz.
Una mañana que salía de su casa para dirigirse al Consejo
de Estado, se puso a llover. Dudó entre coger un coche de plaza o no, pero
decidió no hacerlo, y se fue a pie por las calles.
El aguacero se volvía terrible, anegaba las aceras,
inundaba la calzada. El señor Marin se vio obligado a resguardarse bajo un
portal. Había ya allí un sacerdote, un anciano sacerdote con el pelo blanco.
Antes de convertirse en consejero de Estado, el señor Marin no sentía ninguna
simpatía por el clero; pero ahora lo trataba con respeto, desde que un cardenal
le había consultado cortésmente sobre un asunto peliagudo. Llovía a cántaros,
lo que obligó a los dos hombres a retirarse hasta el interior de la portería
para evitar así las salpicaduras. El señor Marin, que sentía siempre unas
grandes ganas de hablar para darse postín, dijo:
—Qué tiempo de perros, reverendo padre.
El anciano sacerdote inclinó la cabeza:
—Oh, sí, señor, es muy desagradable cuando se viene a
París sólo por unos pocos días…
—Ah, ¿es usted de provincias?
—Sí, señor, estoy de paso.
—Sí, la verdad, es un gran fastidio pasar unos pocos días
en la capital con lluvia. Nosotros los funcionarios, que nos pasamos todo el
año aquí, ni pensamos en ello.
El sacerdote no respondió. Miraba la calle, donde parecía
que el aguacero había amainado. De repente se decidió y se levantó la sotana,
como las mujeres se levantan las faldas, para sortear los arroyuelos.
Al verle irse, el señor Marin exclamó:
—Se va a poner como una sopa, reverendo. Espere un
momentito más, pues está dejando de llover.
El anciano se detuvo, indeciso, y dijo:
—Me corre mucha prisa. Tengo una cita urgente.
El señor Marin parecía desolado.
—Pero es que se calará hasta los huesos. ¿Puedo preguntarle
a qué barrio se dirige?
El sacerdote pareció dudar, luego dijo:
—Voy a la zona del Palais-Royal.
—En ese caso, si me lo permite, reverendo, le ofrezco la
protección de mi paraguas. Yo voy al Consejo de Estado. Soy consejero de
Estado.
El anciano sacerdote alzó la nariz y miró a su vecino,
luego declaró:
—Se lo agradezco mucho, señor, acepto encantado.
Entonces el señor Marin le cogió del brazo y se lo llevó.
Le dirigía, le vigilaba, le aconsejaba:
—Cuidadito con ese arroyo, reverendo… Desconfíe ante todo
de las ruedas de los carruajes, que le salpican a veces a uno de pies a cabeza.
Y preste atención a los paraguas de la gente que pasa. No hay nada más
peligroso para los ojos que las puntas de las varillas. Pero las mujeres sobre
todo son insoportables; no prestan atención a nada y te plantan siempre en
plena cara las conteras de sus sombrillas o de sus paraguas. Y nunca se apartan
por nadie. Se diría que la ciudad es suya. Son las reinas en la acera y en la
calzada. Me parece a mí que su educación deja mucho que desear.
Y el señor Marin rompió a reír.
El sacerdote no respondía. Caminaba un tanto curvado,
eligiendo con cuidado los puntos donde poner los pies para no mancharse de
barro los zapatos o la sotana.
El señor Marin prosiguió:
—Imagino que ha venido a París en busca de un poco de
distracción.
El anciano contestó:
—No, por un asunto.
—¿Ah, sí? ¿Algo importante? ¿Puedo preguntarle de qué se
trata? Si puedo serle útil, me tiene a su entera disposición.
El sacerdote parecía incómodo; murmuró:
—No…, se trata de un pequeño asunto personal… Una
desaveniencia con…, con mi obispo. No es algo que pueda interesarle. Es una…
cuestión, digámoslo así…, interna…, de orden eclesiástico.
El señor Marin dijo solícitamente:
—Pero si es precisamente el Consejo de Estado el que
regula estos asuntos. Me tiene a su disposición.
—Sí, señor, también yo me dirijo al Consejo de Estado. Es
usted demasiado bueno. Tengo que verme con el señor Lerepère y con el señor
Savon, y tal vez también con el señor Petitpas.1
El señor Marin se detuvo de golpe.
—Pero si son amigos míos, reverendo, son mis mejores
amigos, excelentes colegas, personas amabilísimas. Le daré una calurosa
recomendación para los tres. Cuente conmigo.
El sacerdote le dio las gracias, deshaciéndose en excusas,
balbuceando mil expresiones de gratitud.
El señor Marin estaba encantado.
—¡Querido padre, ya puede estar contento del golpe de
fortuna que ha tenido! Ya verá, ya verá que, gracias a mí, su asunto irá como
la seda.
Llegaron al Consejo de Estado. El señor Marin hizo subir
al sacerdote a su gabinete, le ofreció un asiento, le instaló delante del
fuego, sentándose luego también él ante su mesa de despacho, y se puso a
escribir:
«Mi querido colega, permítame recomendarle de la manera
más calurosa a un venerable eclesiástico, persona de lo más digna y meritoria,
el reverendo…»
Se interrumpió y preguntó:
—¿Su nombre?, por favor.
—Padre Ceinture.
El señor Marin se puso de nuevo a escribir:
«El padre Ceinture, que necesita de sus buenos oficios
para un pequeño asunto del que él mismo le hablará.
»Celebro la circunstancia que me permite, querido
colega…».
Y concluyó con los cumplidos de rigor.
Después de haber escrito las tres cartas, se las entregó a
su protegido, que se fue deshaciéndose en muestras de agradecimiento.
El señor Marin despachó su trabajo, volvió a su casa, pasó
tranquilamente el día, durmió plácidamente, se despertó de excelente humor y
pidió que le trajeran la prensa.
El primero que abrió fue un periódico radical. Leyó:
«Nuestro clero y nuestros funcionarios.
»Nunca se acabarán las fechorías del clero. Cierto
sacerdote, llamado Ceinture, convicto de haber conspirado contra el actual
gobierno, acusado de actos indignos que ni siquiera mencionaremos, así como
sospechoso de ser un ex jesuita disfrazado de cura seglar, suspendido por el
obispo por razones, por lo que se dice, inconfesables, tras ser convocado a
París para dar explicaciones sobre sus actos, ha encontrado un ardiente
defensor en el consejero de Estado Marin, quien no ha dudado en proporcionar a
ese delincuente con sotana las más vivas recomendaciones para todos los
funcionarios republicanos colegas suyos.
»Quisiéramos llamar la atención del ministro sobre la
actitud incalificable de este consejero de Estado…».
El señor Marin se puso en pie de un salto, se vistió,
corrió a ver a su colega Petitpas, quien le dijo:
—Ah, es usted un loco por recomendarme a ese viejo
conspirador.
Y el señor Marin, desconcertado, balbució:
—No…, verá usted…, fue un error…, tenía todo el aspecto de
ser un buen hombre…, me la ha jugado…, me la ha jugado indignamente. Le ruego
que le haga condenar severamente, muy severamente. Voy a escribir. Dígame a
quién hay que escribir para que le condenen. Me voy a ver al fiscal general y
al arzobispo de París, sí, al arzobispo…
Y, sentándose bruscamente delante del escritorio del señor
Petitpas, escribió:
«Excelentísimo Monseñor: Tengo el honor de poner en
conocimiento de Su Ilustrísima que acabo de ser víctima de las intrigas y de
las mentiras de un tal padre Ceinture, que abusó de mi buena fe.
»Engañado por las declaraciones de este sacerdote,
creí..................................».
Luego, cuando hubo firmado y lacrado su carta, se volvió
hacia su colega y declaró:
—Querido amigo, que esto le sirva a usted de lección: ¡no
recomiende jamás a nadie!
IDILIO*
A Maurice Leloir
El tren acababa de dejar atrás Génova, en dirección a
Marsella, y seguía las largas ondulaciones de la costa rocosa, deslizándose
como una serpiente de hierro entre el mar y la montaña, trepando por las playas
de arena amarilla que el leve oleaje orlaba de una cenefa plateada, y entrando
de repente en las fauces negras de los túneles como un animal en su guarida.
En el último vagón del tren, una mujer gorda y un joven
permanecían frente por frente, sin hablar, y se miraban de vez en cuando. Ella
debía de tener veinticinco años; y, sentada cerca de la ventanilla, contemplaba
el paisaje. Era una robusta campesina piamontesa, de ojos negros, pecho
voluminoso y mofletudas mejillas. Había metido varios hatillos debajo de la
banqueta de madera y sostenía un cesto sobre las rodillas.
Él debía de frisar los veinte años; era flaco, tostado,
con esa tez cetrina de los hombres que trabajan la tierra a pleno sol. Cerca de
él, envuelta en un pañuelo, toda su fortuna: unos zapatos, una camisa, un
calzón y una chaqueta. Debajo del banco había escondido también alguna cosa: un
pico y una pala atados juntos con una cuerda. Iba a buscar trabajo a Francia.
El sol, ya alto en el cielo, derramaba sobre la costa una
lluvia de fuego; era hacia finales de mayo, y unos olores deliciosos flotaban
en el aire, penetraban en los vagones cuyas ventanillas permanecían bajadas.
Los naranjos y los limoneros en flor, exhalando en el cielo sereno sus aromas
azucarados, tan dulzones, tan intensos, tan turbadores, los mezclaban con la
fragancia de las rosas que crecían por doquier cual hierbas, a lo largo de la
vía férrea, en los magníficos jardines, delante de las puertas de las casuchas
y también en el campo.
¡En esa costa las rosas están como en su casa! Embalsaban
el lugar con su poderoso y ligero aroma, el aire se torna una exquisitez, algo
más sabroso que el vino e igual de embriagador.
El tren avanzaba lentamente, como si quisiera demorarse en
aquel jardín, en aquella molicie. Se paraba de continuo, en las pequeñas
estaciones, delante de unas pocas casas blancas, volvía a partir con su marcha
tranquila, tras haber pitado largamente. Nadie subía a él. Se habría dicho que
todos dormitaban, que en aquella calurosa mañana de primavera nadie se decidía
a desplazarse.
La mujer gorda cerraba de vez en cuando los ojos, para
luego volver a abrirlos de repente, cuando su cesto se le deslizaba de las
rodillas, a punto de caer. Volvía a cogerlo con gesto rápido, miraba unos
momentos por la ventanilla y se amodorraba de nuevo. Tenía la frente perlada de
gotas de sudor y respiraba con esfuerzo, como si sufriera de una opresión en el
pecho.
El joven había inclinado su cabeza y dormía con el sueño
pesado de los rústicos.
De pronto, al salir de una pequeña estación, la campesina
pareció despertarse, y, abriendo su cesto, sacó un pedazo de pan, huevos duros,
un frasco de vino y unas ciruelas, unas bonitas ciruelas rojas; y se puso a
comer.
El hombre se había despertado a su vez bruscamente y
miraba, miraba cómo cada bocado iba de las rodillas a la boca. Permanecía con
los brazos cruzados, los ojos fijos, las mejillas chupadas, los labios
cerrados.
Ella comía como una mujer tragona, echándose al coleto a
cada momento un trago de vino para que le pasaran los huevos y parándose a
resoplar un poco.
Se lo zampó todo, el pan, los huevos, las ciruelas, el
vino. Y cuando hubo terminado de comer, el muchacho cerró de nuevo los ojos.
Entonces, sintiéndose un tanto agobiada, ella se desabrochó el corpiño y el
joven de repente miró de nuevo.
Ella no se preocupó por ello, mientras seguía
desabrochándose su vestido, y la fuerte presión de sus pechos abría la tela,
mostrando, entre ellos, por la abertura que iba en aumento, algo de su ropa
interior blanca y un poco de piel.
Cuando se sintió más a sus anchas, la campesina dijo en
italiano:
—No se puede respirar de tanto calor como hace.
El joven respondió en la misma lengua y con idéntica
pronunciación:
—Hace buen tiempo para viajar.
Ella preguntó:
—¿Es usted del Piamonte?
—Soy de Asti.
—Yo de Casale.
Eran paisanos. Se pusieron a charlar.
Se extendieron sobre las banalidades que la gente de
pueblo repite sin cesar y que bastan para esas mentes lerdas y sin horizonte.
Hablaron de su región. Tenían conocidos comunes. Mencionaron nombres,
sintiéndose cada vez más amigos a medida que descubrían a una nueva persona
conocida por los dos. Las frases rápidas y apresuradas salían de sus bocas con
sus terminaciones sonoras y su cantinela italiana. Luego se interesaron cada
uno por la vida del otro.
Ella estaba casada; tenía ya tres hijos, que había
confiado a su hermana, porque había encontrado una colocación de nodriza, una
buena colocación en casa de una señora francesa, en Marsella.
Él buscaba trabajo. Le habían dicho que lo encontraría
también por allí porque se construía mucho.
Luego callaron.
El calor se iba volviendo terrible, pues caía como una
lluvia sobre el techo de los vagones. Una nube de polvo se arremolinaba detrás
del tren y penetraba en él; el aroma de los naranjos y de las rosas se hacía
más intenso, parecía adensarse, volverse más pesado.
Los dos viajeros se volvieron a dormir.
Abrieron de nuevo los ojos casi al mismo tiempo. El sol
descendía hacia el mar, iluminando la extensión azul con un diluvio de
claridad. El aire, más fresco, parecía más ligero.
La nodriza jadeaba, con el corpiño abierto, las mejillas
lacias, los ojos empañados; y decía con voz cansina:
—No he dado el pecho desde ayer; y me siento como si fuera
a desmayarme de un momento a otro.
No sabiendo qué decir, él no respondió. Ella continuó:
—La que tiene tanta leche como yo ha de dar el pecho tres
veces al día, si no una se siente mal. Es como si tuviera un peso en el
corazón; un peso que me quita la respiración y me deja chafada. Es una
desgracia tener tanta leche.
Él dijo:
—Sí, es una desgracia. Debe de molestarle mucho.
Parecía muy indispuesta, en efecto, abrumada y
desfallecida. Murmuró:
—Basta con presionar encima para que salga la leche como
de una fuente. Es algo realmente curioso de ver. No se lo creería. En Casale,
todos los vecinos venían a vérmelo hacer.
Él dijo:
—¿De veras?
—Sí, de veras. Se lo mostraría, pero no me serviría de
gran cosa. Así no se hace salir lo bastante.
Y se calló.
El tren hizo una parada. De pie, cerca de un paso a nivel,
una mujer sostenía en brazos a un niño que lloraba. Estaba delgada e iba hecha
una andrajosa.
La nodriza la miraba. Dijo con tono compasivo:
—Ahí tiene a una a la que yo podría aliviar. Y el pequeño
también podría aliviarme a mí. Mire, no soy rica, y la prueba está en que dejo
mi casa y a mi gente y a mi último y querido hijito para ir a servir; pero con
gusto daría cinco francos por tener a ese niño diez minutos y darle el pecho.
Eso le calmaría a él y a mí. Creo que me sentiría renacer.
Se calló de nuevo. Luego pasó varias veces su ardiente
mano por su frente chorreante de sudor. Y gimió:
—No puedo aguantar más. Tengo la impresión de que me voy a
morir.
Y, con un gesto inconsciente, abrió por completo su
vestido.
Asomó su pecho derecho, enorme, turgente, con su pezón
moreno. Y la pobre mujer gimoteaba:
—¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué puedo hacer?
El tren se había puesto de nuevo en marcha y continuaba su
trayecto en medio de las flores que exhalaban su penetrante aroma de las noches
calurosas. A veces parecía que en el mar azul una barca de pesca se hubiera
dormido, con su blanca vela inmóvil, que se reflejaba en el agua como si debajo
hubiera otra barca invertida.
El joven balbució, turbado:
—Pero… señora… tal vez yo podría… aliviarla…
Ella respondió con voz rota:
—Sí, si quiere. Me haría un gran favor. No aguanto más, no
puedo más.
Él se arrodilló delante de ella; y ella se inclinó hacia
él llevando hacia su boca, con gesto de nodriza, el botón oscuro de su pecho.
Al cogerlo ella con ambas manos para acercarlo al joven, apareció una gota de
leche en la punta. Y él se la bebió con avidez, cogiendo como si fuera una
fruta aquella pesada mama entre sus labios. Y se puso a succionar golosa y
regularmente.
Había rodeado con los brazos la cintura de la mujer y la
estrechaba para acercarla a sí; y bebía a tragos lentos con un movimiento del
cuello parecido al de los niños.
De repente ella dijo:
—Basta con ésta, ahora coja la otra.
Él, dócil, cogió la otra.
La mujer había posado sus manos sobre la espalda del joven
y ahora respiraba con fuerza, feliz, saboreando el efluvio de las flores
mezclado con las ráfagas de aire que la marcha del tren lanzaba dentro de los
vagones.
Ella dijo:
—¡Qué bien huele por estos lugares!
Él no respondió, seguía bebiendo de esa fuente de carne, y
cerrando los ojos como para saborear mejor.
Ella le apartó suavemente:
—Ya es suficiente. Me siento mejor. Me ha devuelto la
vida.
Él se había incorporado, secándose la boca con el dorso de
la mano.
Ella le dijo, mientras hacía entrar de nuevo en su vestido
aquellos dos odres vivientes que hinchaban su pecho:
—Me ha hecho usted un favor impagable. Muchas gracias,
señor.
Y él respondió con un tono de agradecimiento:
—¡Soy yo quien debo agradecérselo, pues llevaba dos días
sin comer nada!
EL COLLAR*
Era una de esas bonitas y encantadoras muchachas que
nacen, como por un error del destino, en una familia de empleados. Sin dote,
sin esperanzas, sin posibilidad alguna de ser conocida, comprendida, querida y
casada con un hombre rico y distinguido, dejó que la unieran en matrimonio con
un modesto empleado del Ministerio de Instrucción Pública.
Fue sencilla porque no podía engalanarse, pero desdichada
como una persona venida a menos socialmente; pues las mujeres no tienen ni
casta ni raza, constituyendo para ellas la belleza, la gracia y el encanto su
cuna y su familia. Su innata finura, su instintiva elegancia, su rapidez mental
son su única jerarquía, que iguala a las hijas del pueblo con las más grandes
damas.
Sufría sin cesar, porque se sentía nacida para todas las
delicadezas y todos los lujos. Sufría por la pobreza de su casa, lo mísero de
sus paredes, lo desgastado de las sillas, la fealdad de las telas. Todas estas
cosas, a las que otra mujer de su condición no habría dado importancia, a ella
la torturaban e indignaban. El ver a la pequeña bretona que hacía las humildes
tareas del hogar despertaba en ella una triste añoranza y sueños locos. Soñaba
con antecámaras silenciosas, acolchadas con colgaduras orientales, iluminadas
por largos tederos de bronce, y con dos altos criados con calzón corto dormidos
en anchos sillones, amodorrados por el pesado calor del calorífero. Pensaba en
los grandes salones revestidos de seda antigua, en los muebles de precio adornados
con chucherías inestimables, y en los saloncitos coquetos, perfumados, hechos
para la conversación de cinco horas con los amigos más íntimos, los hombres
conocidos y solicitados, a los que todas las mujeres codician y cuyas
atenciones anhelan.
Cuando se sentaba para comer delante de la mesa redonda
cubierta con un mantel que llevaba usándose tres días, enfrente de su marido
que destapaba la sopera declarando con aire encantado: «¡Ah, qué buen cocido!
Para mí no hay nada mejor…», pensaba en las comidas refinadas, en la platería
reluciente, en los tapices que cubren las paredes de antiguos personajes y
pájaros exóticos en medio de un bosque de cuento de hadas; pensaba en los
platos exquisitos servidos en vajillas maravillosas, en las galanterías cuchicheadas
y escuchadas con una sonrisa de esfinge, mientras comía la carne sonrosada de
una trucha o unas alas de pollita cebada.
No tenía ella galas femeninas, ni joyas, nada. Y eran las
únicas cosas que le gustaban, aquellas para las que se sentía nacida. Hubiera
deseado tanto gustar, ser envidiada, ser seductora y solicitada.
Tenía una amiga rica, una compañera del internado de las
monjas a la que no quería ir a ver más, de tanto como sufría al volver a su
casa. Y lloraba durante días enteros, de tristeza, de pesar, de desesperación y
de desconsuelo.
Ahora bien, una noche, regresó su marido con aire
triunfante y trayendo en la mano un gran sobre.
—Toma —dijo—, es para ti.
Ella desgarró nerviosamente el papel y extrajo una carta
impresa que decía así: «El ministro de Instrucción Pública y la señora Georges
Ramponneau tienen el honor de invitar al señor y a la señora Loisel a la velada
que se celebrará el lunes día 18 de enero en los salones del Ministerio».
En vez de sentirse feliz, como se figuraba su marido, tiró
con despecho la invitación sobre la mesa murmurando:
—¿Qué quieres que haga con esto?
—Pero, querida, yo pensaba que te alegraría. ¡No sales
nunca, y ésta es una oportunidad, una buena oportunidad! No sabes lo que me ha
costado conseguirla. Todo el mundo quería una invitación; son muy solicitadas y
no se dan muchas a los empleados. Verás a todo el mundo oficial.
Ella le miraba enfurruñada y declaró con impaciencia:
—¿Qué quieres que me ponga para ir allí?
Él no había pensado en ello; balbució:
—Pues el vestido que te pones para ir al teatro, me parece
muy bonito.
Calló, asombrado y confuso, al ver que su mujer lloraba.
Dos lagrimones rodaban lentamente de las comisuras de sus ojos hacia las de la
boca; balbució:
—¿Qué te pasa?
Pero, con un violento esfuerzo, ella se dominó y contestó
con tono calmo, secándose sus húmedas mejillas:
—Nada. Sólo que no tengo ningún vestido que ponerme y, por
consiguiente, no puedo ir a la fiesta. Dale la invitación a algún colega que
tenga una mujer con un mejor guardarropa que yo.
Él estaba disgustado. Dijo:
—Escucha, Mathilde. ¿Cuánto podría costar un vestido de
gala conveniente, que podría servirte para otras ocasiones, algo muy sencillo?
Ella reflexionó durante unos segundos, haciendo sus
cálculos y pensando también en la suma que podía pedir sin ganarse una negativa
inmediata y una exclamación de espanto del ahorrativo empleado.
Finalmente, respondió dudando:
—No sabría decírtelo con exactitud, pero quizá con
cuatrocientos francos tendría bastante.
Él había palidecido un poco, pues justamente reservaba esa
cantidad para comprarse un rifle con el que cazar al verano siguiente, en la
plana de Nanterre, junto con algunos amigos que iban allí a dispararles a las
alondras el domingo.
Sin embargo, dijo:
—Está bien. Te doy cuatrocientos francos. Pero trata de
conseguir un bonito traje.
El día de la fiesta se acercaba, y la señora Loisel
parecía triste, inquieta, ansiosa. Sin embargo, tenía su vestido listo. Su
marido le dijo una noche:
—¿Qué te pasa? Te veo extraña desde hace tres días.
Ella respondió:
—Estoy disgustada porque tampoco tengo ni una joya, ni una
piedra preciosa, nada que ponerme. Pareceré una miserable. Casi preferiría no
asistir a esa velada.
Él prosiguió:
—Te pondrás unas flores naturales. Es muy chic en esta
estación. Por diez francos podrías conseguir dos o tres rosas magníficas.
Ella no estaba nada convencida.
—No… No hay nada más humillante que tener aspecto de
pobretona entre mujeres ricas.
Pero su marido exclamó:
—¡Qué tonta eres! Ve a ver a tu amiga la señora Forestier
y pídele que te preste unas joyas. Te une a ella una amistad lo suficientemente
íntima como para poder hacerlo.
Ella lanzó un grito de alegría:
—Es cierto. No se me había ocurrido.
Al día siguiente, se dirigió a casa de su amiga y le contó
el apuro en que se hallaba.
La señora Forestier fue hacia su armario de luna, cogió un
gran estuche, lo trajo, lo abrió y le dijo a la señora Loisel:
—Elige tú, querida.
Ella vio primero unos brazaletes, luego un collar de
perlas y, a continuación, una cruz veneciana, de oro y pedrería, de admirable
factura. Se probaba las joyas delante del espejo, dudaba, era incapaz de
decidirse a quitárselas, a devolverlas. Preguntaba en todo momento:
—¿No tienes otras?
—Pues sí. Ve mirando, no sé qué prefieres…
De golpe descubrió, en una caja de raso negro, un
magnífico collar de brillantes; y su corazón se puso a latir de un deseo
inmoderado. Sus manos temblaban al cogerlo. Se lo ciñó a la garganta, sobre su
vestido sin escote y se quedó extasiada delante de sí misma.
Luego, preguntó, dubitativa, llena de angustia:
—¿Puedes prestarme éste, nada más que éste?
—Pues claro, por supuesto.
Ella le saltó al cuello a su amiga, la besó
arrebatadamente y luego se fue con su tesoro.
Llegó el día de la fiesta. La señora Loisel triunfó.
Estaba más bella que todas las demás, elegante, graciosa, sonriente y loca de
alegría. Todos los hombres la miraban, preguntaban su nombre, buscaban serle
presentados. Todos los secretarios de gabinete querían bailar con ella. El
ministro reparó en su presencia.
Ella bailaba con ebriedad, con arrebato, embriagada por el
placer, sin pensar en nada, en medio del triunfo de su belleza, de la gloria de
su éxito, en una especie de nube de felicidad hecha de todos esos homenajes, de
todas esas admiraciones, de todos esos deseos despertados, de esa victoria tan
completa y tan dulce para el corazón de las mujeres.
Se fue hacia las cuatro de la noche. Su marido, desde
medianoche, dormía en un saloncito desierto con otros tres señores cuyas
mujeres se lo pasaban en grande.
Él le echó sobre los hombros las ropas que había traído
para la salida, unas ropas modestas de diario, cuya pobreza contrastaba con la
elegancia del vestido de baile. Ella se dio cuenta de ello y quiso escapar para
no ser vista por las otras mujeres que se arropaban con magníficas pieles.
Loisel la retenía:
—Espera un momento, que vas a coger frío afuera. Llamaré a
un coche.
Pero ella no le escuchaba y bajaba rápidamente la
escalera. Cuando estuvieron en la calle, no encontraron coche alguno; se
pusieron a buscar uno, gritando detrás de los cocheros que veían pasar a
distancia.
Bajaron hacia el Sena, desesperados, tiritando. Finalmente
encontraron en el muelle uno de esos viejos cupés noctámbulos que se ven en
París al hacerse de noche, como si se avergonzaran de su miseria durante el
día.
Los llevó hasta la puerta de casa, en la rue des Martyrs,
y subieron tristemente a su hogar. Se había acabado para ella. Y él pensaba que
tendría que estar en el Ministerio a las diez.
Delante del espejo, ella se quitó las ropas con las que
había arropado sus hombros a fin de verse una vez más en su gloria. Pero de
repente lanzó un grito. ¡No tenía ya el collar en torno al cuello!
Su marido, ya medio desvestido, preguntó:
—¿Qué te pasa?
Ella se volvió hacia él, como loca:
—Ya no tengo…, no tengo el collar de la señora Forestier.
Él se enderezó, espantado:
—¿Qué?… Pero ¡cómo!… ¡No es posible!
Buscaron entre los pliegues del vestido, en los del
abrigo, en los bolsillos, por todas partes. No lo encontraron.
Él preguntó:
—¿Estás segura de que lo llevabas aún al dejar el baile?
—Sí, me lo he tocado en el vestíbulo del Ministerio.
—Pero, de haberlo perdido en la calle, lo habríamos oído
caer. Debe de estar en el coche.
—Sí. Es probable. ¿Tienes el número?
—No. ¿Y tú, tú te has fijado en él?
—No.
Se miraron aterrados. Finalmente Loisel se volvió a
vestir.
—Voy —dijo— a rehacer todo el trayecto que hemos hecho a
pie para ver si lo encuentro.
Y salió. Ella se quedó con el traje de baile puesto, sin
tener fuerzas para irse a la cama, abatida en una silla, con el fuego apagado,
la mente en blanco.
El marido volvió hacia las siete. No había encontrado
nada.
Se dirigió a la prefectura de policía, a los periódicos,
para prometer una recompensa, a las compañías de pequeños coches, en fin, a
todas partes donde le empujaba una mínima esperanza.
Ella esperó todo el día, en el mismo estado de extravío
ante ese espantoso desastre.
Loisel regresó por la noche, con el rostro demacrado,
pálido; no había descubierto nada.
—Tienes que escribirle a tu amiga —dijo— para explicarle
que se te rompió el cierre de su collar y que lo has llevado a arreglar. Con
eso ganaremos tiempo para pensar alguna cosa.
Ella escribió a su dictado.
Al cabo de una semana, habían perdido toda esperanza.
Y Loisel, envejecido cinco años, declaró:
—Habrá que pensar en sustituirlo por otra joya.
Al día siguiente cogieron el estuche y fueron a ver al
joyero cuyo nombre figuraba escrito en el interior. Éste consultó el registro.
—No, señora, este collar no lo vendimos nosotros. Sólo el
estuche es nuestro.
Fueron de un joyero a otro, buscando un collar idéntico al
primero, tratando de hacer memoria, ambos agotados de tristeza y de angustia.
En una joyería del Palais Royal encontraron una
gargantilla de brillantes que les pareció idéntica a la que buscaban. Valía
cuarenta mil francos; se la dejarían por treinta y seis mil.
Rogaron al joyero que no la vendiera antes de tres días. Y
pusieron como condición que se la recomprarían por treinta y cuatro mil
francos, si encontraban el otro antes de finales de febrero.
Loisel poseía dieciocho mil francos que le había dejado su
padre. El resto lo pediría prestado.
Pidió mil francos a éste, quinientos a otro, cinco luises
aquí, tres luises allá. Firmó letras de cambio, se empeñó de forma ruinosa,
tuvo que vérselas con usureros y toda clase de prestamistas. Comprometió todo
cuanto le quedaba de vida, arriesgó su firma sin saber siquiera si podría salir
airoso y, angustiado por la idea del futuro, por la negra miseria que le iba a
caer encima, por la perspectiva de las privaciones materiales y de los
tormentos morales, fue a comprar el collar nuevo, depositando sobre el
mostrador del joyero los treinta y seis mil francos.
Cuando la señora Loisel entregó el collar a la señora
Forestier, ésta le dijo con tono seco:
—Hubieras tenido que traérmelo antes; habría podido
necesitarlo…
No abrió el estuche, como Mathilde se temía. De haberse
dado cuenta del cambio, ¿qué habría pensado? ¿Qué habría dicho? Habría podido
tratarla de ladrona.
La señora Loisel conoció la horrible vida de los
menesterosos. Por otra parte, tomó la heroica determinación, de repente, de que
había que pagar aquella ingente deuda; y la pagaría. Despidieron a la criada,
cambiaron de casa; alquilaron una buhardilla.
Ella conoció las duras faenas domésticas, las detestables
obligaciones de la cocina. Lavó la vajilla, estropeándose las uñas rosadas con
los pucheros grasientos y el fondo de las cacerolas. Lavó con jabón la ropa
blanca sucia, las camisas y los trapos de cocina, que ponía a secar en una
cuerda; bajó la basura a la calle cada mañana y subió el agua, parándose en
cada piso para resoplar. Y, vestida como una pueblerina, fue al frutero, al
droguero, al carnicero, con la cesta bajo el brazo, regateando, ultrajada,
defendiendo sueldo a sueldo su miserable peculio.
Todos los meses debían pagar letras, renovar otras, ganar
tiempo.
El marido trabajaba, por las tardes, llevando la
contabilidad de un comerciante; y a menudo, de noche, hacía de copista, a cinco
sueldos la página.
Esta vida se prolongó por espacio de diez años.
Al cabo de este tiempo lo habían devuelto todo, incluidos
los intereses de los usureros y el montante de los intereses compuestos.
La señora Loisel parecía ahora una vieja. Se había
convertido en la mujer fuerte, dura y ruda de las familias pobres. Mal peinada,
con las faldas de medio lado y las manos enrojecidas, hablaba en voz alta,
lavaba los suelos arrojándoles cubos de agua. Pero a veces, cuando su marido
estaba en la oficina, se sentaba ante la ventana y pensaba en esa velada de
antaño, en ese baile, donde había estado tan bella y había sido tan agasajada.
¿Qué hubiera sido de ella de no haber perdido el aderezo?
¿Quién sabe? ¿Quién sabe? ¡Qué extraña es la vida, qué mudanzas experimenta!
¡Qué poco hace falta para que uno se pierda o se salve!
Ahora bien, un domingo que había ido a dar una vuelta por
los Campos Elíseos, vio de repente a una mujer que paseaba a un niño. Era la
señora Forestier, todavía joven, todavía bella, todavía seductora.
La señora Loisel se sintió emocionada. ¿Le dirigiría la
palabra? Por supuesto que sí. Y ahora que ella había pagado, se lo contaría
todo. ¿Por qué no?
Se acercó.
—Buenos días, Jeanne.
La otra no la reconocía, asombrada de verse llamada de un
modo tan familiar por esa mujer ordinaria. Balbució:
—Pero…, señora… No sé… Debe de equivocarse usted.
—No. Soy Mathilde Loisel.
Su amiga lanzó un grito:
—¡Oh!…, mi pobre Mathilde, ¡qué cambiada estás!…
—Sí, he pasado por momentos muy duros, desde la última vez
que nos vimos; y también he conocido muchas miserias… ¡y ello por ti!…
—¿Por mí?… ¿Cómo es posible?
—Recordarás perfectamente ese collar de brillantes que me
prestaste para ir a la fiesta del Ministerio.
—Sí. ¿Y qué?
—Pues bien, lo perdí.
—¿Cómo que lo perdiste? Pero si me lo devolviste.
—Te devolví otro muy parecido. Llevamos diez años
pagándolo. Comprenderás que no ha sido fácil para nosotros que no teníamos
nada… Pero por fin se acabó, y me siento muy contenta.
La señora Forestier se había parado.
—¿Dices que compraste un collar de brillantes para
sustituir al mío?
—Sí. ¿No te diste cuenta, verdad? Eran muy parecidos.
Y sonreía, con una alegría orgullosa e ingenua.
La señora Forestier, muy conmovida, le cogió las dos
manos.
—¡Oh, mi pobre Mathilde! Pero si el mío era falso. ¡Valía
como mucho quinientos francos!…
UNA VENTA*
Los llamados Brument (Césaire-Isidore) y Cornu
(Prosper-Napoléon) comparecían ante el tribunal de la Seine-Inférieure bajo la
acusación de tentativa de homicidio, por inmersión, de la señora Brument,
legítima esposa del primer inculpado.
Los dos acusados están sentados uno al lado del otro en el
banquillo. Son dos campesinos. El primero es menudo, gordo, de brazos y piernas
cortos, la cabeza redonda, colorada, granujienta, plantada directamente sobre
el torso, también redondo y corto, sin sombra de cuello. Se dedica a la cría de
cerdos y vive en Cacheville-la-Goupil, cantón de Criquetot.
Cornu (Prosper-Napoléon) es flaco, de mediana estatura,
con unos brazos desproporcionados. Tiene la cabeza de medio lado, la mandíbula
torcida y es bizco. Un blusón azul, largo como una camisa, le llega hasta las
rodillas, y sus cabellos pajizos, ralos, pegados al cráneo, confieren a su
rostro un aspecto avejentado, sucio, devastado, verdaderamente horrible. Le
pusieron el apodo de «el Párroco» porque sabe imitar a la perfección los cantos
de iglesia e incluso el ruido del serpentín. Este talento atrae a su café, pues
es cafetero en Criquetot, a una nutrida clientela que prefieren la «misa de
Cornu» a la misa de Dios Nuestro Señor.
La señora Brument, sentada en el banquillo de los
testigos, es una campesina delgada que parece siempre adormecida. Permanece
inmóvil, con las manos cruzadas sobre sus rodillas, la mirada fija, con cara de
pasmarote.
El presidente continúa el interrogatorio.
—De modo que, señora Brument, entraron en su casa y la
echaron dentro de un barril lleno de agua. Cuente los hechos con todo detalle.
Póngase en pie.
Ella se levanta. Parece tan alta como un mástil con su
gorrito coronado de un casquete blanco. Se explica con voz cansina:
—Estaba yo desgranando las judías, cuando he aquí que
entran ellos. Me digo: «Pero ¿qué les pasa a estos dos? No están normales,
tienen mala pinta». Me miraban de reojo, sobre todo Cornu, que es bizco. No me
hace ninguna gracia verles juntos, porque siempre andan tramando alguna. Les
digo: «¿Qué queréis?». No me contestan. Yo sentí un poco de desconfianza…
El inculpado Brument interrumpe bruscamente la declaración
y dice:
—Estaba bebido.
Entonces Cornu, volviéndose hacia su cómplice, dice con
una voz profunda como una nota de órgano:
—Querrás decir, y así no mentirás, que estábamos bebidos
los dos.
EL PRESIDENTE (con severidad): ¿Quiere decir que estaban
borrachos?
BRUMENT: Esto no se pregunta.
CORNU: Le puede pasar a cualquiera.
EL PRESIDENTE (a la víctima): Continúe su declaración,
señora Brument.
—Así pues, Brument me dice: «¿Quieres ganarte cien
sueldos?». «Pues sí», le digo yo, pues cien sueldos no se los encuentra una
todos los días. Y va él y me dice: «Pues estate atenta y haz lo que yo te
diga», y se fue a coger el barril desfondado que hay debajo del canalón de la
esquina; lo derriba, lo hace rodar por la cocina y lo planta de pie en medio, y
luego dice: «Ve a por agua hasta que esté lleno».
Y yo me voy a por agua a la fuente con dos cubos, y anda
que te anda adelante y atrás con el agua durante una hora, porque ese barril es
grande como una cuba, dicho sea con todo respeto, señor presidente.
Mientras tanto, Brument y Cornu se estaban tomando una
copa tras otra. Y era tal su estado que les dije: «Estáis más llenos que este
barril, estáis…». Y Brument me suelta: «Tú no te preocupes, dedícate a lo tuyo,
que habrá también para ti, como para todos los que se lo merezcan». Pero yo no
le hice caso, pues estaba como una cuba.
Cuando el barril estuvo lleno hasta los topes, digo:
«Ya lo tenéis lleno».
Entonces Cornu me da cien sueldos. No Brument, sino Cornu;
fue Cornu quien me los dio. Y Brument me dice: «¿Quieres ganarte otros cien
sueldos?». «¿Por qué no?», digo yo, pues no estoy acostumbrada a tales regalos.
Y me dice él: «Desnúdate».
«¿Cómo que me desnude?»
«Sí, ¿no has entendido?»
«¿Y hasta dónde tengo que desnudarme?»
Y dice él: «Si te da vergüenza, puedes dejarte las
enaguas, yo no tengo nada en contra».
Cien sueldos son cien sueldos, y entonces empiezo a
desnudarme a pesar de que no tenía ningunas ganas de hacerlo delante de ese par
de zánganos. Me quito el gorrito, luego el chaleco, la falda y los zuecos. Me
dice Brument: «Las medias puedes dejártelas; somos buena gente».
Y Cornu repite: «Somos buena gente».
Y ya me tiene usted casi como Dios me trajo al mundo. Y
entonces se levantan los dos, no se aguantaban de pie de tan bebidos como iban,
dicho sea con todo respeto, señor presidente.
Pienso yo: «¿Qué estarán tramando?».
Dice Brument: «¿Listo?».
Cornu responde: «¡A por ella!».
Y me cogen, Brument por la cabeza y Cornu por los pies,
como a una sábana limpia que se va a doblar. Y yo me pongo a dar voces.
Y Brument me dice: «Cállate, desgraciada».
Me levantan con los brazos y para dentro del barril lleno
de agua, lo que me encendió la sangre e hizo que se me helaran hasta las
tripas.
Pregunta Brument: «¿Así es suficiente?».
Responde Cornu: «Suficiente».
Brument dice: «Tiene la cabeza fuera, y eso no es».
A lo que contesta Cornu: «Pues métela dentro».
Y Brument me empuja la cabeza hacia abajo como si quisiera
ahogarme, pues el agua me entraba por la nariz y me veía ya en el otro mundo. Y
él empuja que te empuja, y yo me voy para abajo.
Luego se ve que se asustó. Me saca fuera y me dice: «Ve a
secarte enseguida, costal de huesos».
Pero yo, en cambio, me escapé y me fui corriendo hacia la
casa del cura, que me prestó una falda de su casera, pues iba poco menos que
como Dios me trajo al mundo, y luego él fue a llamar al compadre Chicot, el
guarda rural, que se marchó a Criquetot a llamar a los gendarmes, los cuales me
acompañaron de vuelta a casa.
Y allí encontramos a Brument y a Cornu, que se estaban
arreando de lo lindo.
Brument vociferaba: «Eso no es cierto, te digo que es un
metro cúbico por lo menos. Es el sistema el que no funciona».
Cornu aullaba: «Cuatro cubos no es ni medio metro cúbico.
No repliques».
El cabo les echó el guante a los dos. Y ya no sé nada más.
Se volvió a sentar. El público se reía. Los miembros del
jurado se miraban asombrados. El presidente dijo:
—Acusado Cornu, parece usted el instigador de esta infame
maquinación. ¡Hable!
Cornu se levanta:
—Señor presidente, estábamos bebidos…
El presidente replica, serio:
—Eso ya lo sé. ¡Prosiga!
—A ello voy. Pues bien, Brument vino a mi establecimiento
a eso de las nueve, y me pidió que le pusiera dos aguardientes, diciéndome:
«Uno es para ti, Cornu». Y yo me siento enfrente de él, y me lo tomo, y por
educación le invito a otro. Entonces, él vuelve a pedir lo mismo, y yo otro
tanto, así que copita tras copita, a eso del mediodía, andábamos con una buena
cogorza.
Entonces va Brument y se echa a llorar; yo me conmuevo. Le
pregunto qué le pasa. Y me dice él: «Necesito mil francos para el jueves». Ante
lo cual, yo me enfrío, como usted comprenderá. Y me propone él a bocajarro: «Te
vendo a mi mujer».
Yo estaba bebido y soy viudo. Y una cosa así impresiona,
como comprenderá. Yo a su mujer no la conocía; pero una mujer es una mujer,
¿no? Le pregunto: «¿Por cuánto me la vendes?».
Él se pone a pensar o eso me pareció. Cuando se está
bebido, no se ven las cosas claras, y va él y me responde: «Te la vendo por un
metro cúbico».
Cosa que a mí no me extrañó, bebido como iba igual que él,
pues el metro cúbico es una forma de hablar en mi oficio. Eran mil litros, y me
interesaba.
Quedaba por ponerse de acuerdo en cuanto al precio, pues
todo depende del parné. Le digo yo: «¿A cuánto sale el metro cúbico?».
Contesta él: «A dos mil francos».
Doy un salto en la silla, pero luego pienso que una mujer
no debía de alcanzar más de trescientos litros. Aun así digo: «Demasiado caro».
Él responde: «Por menos no puedo. Saldría perdiendo».
No en balde mi compadre se dedica a vender cerdos. Conoce
su oficio. Pero si el vendedor de tocinos es un pícaro, yo pícaro y medio.
¡Ja!, ¡ja!, ¡ja! Y le digo: «Si estuviera por estrenar, no te digo que no, pero
usada, no lo vale. Mil quinientos el metro cúbico, y ni un sueldo más.
¿Conformes?».
«Está bien —responde él—, ¡chócala!»
Nos damos la mano y nos vamos, cogidos del brazo. En esta
vida la gente ha de ayudarse.
Pero me entra un temor: «¿Cómo vamos a medirla a menos que
la pongamos dentro de un líquido?».
Y él me explica su idea, no sin un cierto esfuerzo, porque
estaba trompa. Me dice: «Cojo un barril. Lo lleno hasta arriba de agua y la
meto dentro. Calculamos toda el agua que derrame fuera y ahí tienes la cuenta».
Le digo yo: «Está bien, de acuerdo. Pero ¿cómo se hace
para calcular el agua que salga así?».
Entonces él me trata de tonto, diciéndome que basta con
meter de nuevo la que falta dentro del barril después de haber sacado a la
mujer. Toda el agua que se vuelva a meter, ésa será la medida. Por ejemplo,
diez cubos son un metro cúbico. ¡No tiene ni un pelo de tonto, el muy cabrito,
ni cuando ha bebido!
Nos vamos para su casa y yo examino a la parienta. No es
lo que se dice una mujer bonita; todos pueden verla, ahí está. Pero pienso:
«¡Soy viejo, qué importa que sea guapa o fea, para lo que la quiero sirve
igual!», ¿no es cierto, señor presidente? Y, además, veo que está seca como un
palo de escoba y pienso: «Ésta no llega a los cuatrocientos litros». Lo sé,
porque trabajo con líquidos.
Por lo que hace a la operación, ya se la ha contado ella.
Yo le permití que no se quitara las enaguas y la camisa, en perjuicio mío.
En cuanto hubimos terminado, veo que se larga. Digo yo:
«¡Cuidado, Brument, que se las pira!».
Él me dice: «Pierde cuidado, ya habrá tiempo de
recuperarla. Pronto o tarde vendrá a acostarse. Mejor que calculemos la
diferencia».
Medimos. Ni cuatro cubos siquiera. ¡Ja, ja, ja!
(El acusado estalla a reír sin parar, hasta el punto de
que un gendarme tiene que darle unas palmadas en la espalda. Una vez calmado,
continúa:)
Entonces dice Brument: «No hay trato, no es bastante». Yo
me pongo a gritar, y también él, y yo más, él me atiza, y yo se la devuelvo. Y
así habríamos estado hasta el día del Juicio Final, borrachos como íbamos.
Llegan los gendarmes, nos echan el guante, nos maniatan.
¡Y, andando, para la cárcel! Exijo daños y perjuicios.
Se sienta.
Brument confirma en todos sus puntos la confesión de su
compinche. Los miembros del jurado, consternados, se retiran a deliberar.
Regresan al cabo de una hora y absuelven a los acusados,
con una severa admonición fundamentada en la sagrada dignidad del matrimonio, y
estableciendo con precisión los límites de las transacciones comerciales.
Brument se dirige al domicilio conyugal en compañía de su
esposa.
Cornu vuelve a su negocio.


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