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© Libro N° 4011. Cuentos Esenciales II. De Maupassant, Guy. Colección E.O. Julio 29 de 2017.

Título original: ©  Cuentos Esenciales II. Guy de Maupassant

 

Versión Original: © Cuentos Esenciales II. Guy de Maupassant

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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CUENTOS ESENCIALES II

Guy de Maupassant

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONFLICTOS DE RISA*

 

Desde la ruidosa expulsión de los monjes, hemos entrado en la era de los conflictos entre la autoridad civil y la dominación eclesiástica. Ya en los asombrados departamentos asisten al duelo heroico del prefecto y del obispo; ya Francia entera se queda boquiabierta ante el combate singular de un ministro y de un cardenal.

Pero los conflictos entre los dos poderes que hasta ese momento se repartían el país adquieren un interés muy especial cuando se producen entre un simple alcalde y un humilde párroco, entre un fraile y un maestro. Asistimos entonces a pugnas en verdad hilarantes, con el debido respeto a la fe, que nada tiene que ver en ello.

Se citaba el otro día, en este periódico, un artículo de Henri Rochefort a propósito de la nueva ley contra las publicaciones inmorales, ley que pone nuevos rayos en las manos de todos los Pinard y los Bétolaud1 del futuro; y a este propósito el mordaz escritor recordaba que muchos monumentos se han visto mutilados por el exceso de celo de unos curas ferozmente honestos. A él dedico la siguiente historia, verídica de todo punto, pero ya antigua.

*

Un pueblecito normando tenía una iglesia antiquísima, declarada monumento histórico. Así pues, sólo el conservador de los antedichos monumentos podía autorizar cambios o arreglos.

No existe mucho respeto por los monumentos históricos cuando éstos son también monumentos religiosos. Por ejemplo, la iglesia románica de Étretat ha sido embellecida hoy con pinturas y vidrieras tales que hacen poner el grito en el cielo a todos los artistas, mientras que los repugnantes ornamentos de estilo jesuítico han estropeado para siempre gran cantidad de edificios notables.

La pequeña iglesia a la que me refiero tenía una portada esculpida, una de esas portadas en semicírculo en las que la fantasía libre de artistas ingenuos ha plasmado escenas bíblicas en su sencillez y desnudez primigenias.

En el centro, Adán, la figura principal, presentaba a Eva su homenaje. Nuestro primer padre se alzaba en vivas carnes, y Eva, sumisa como debe serlo toda esposa, recibía con abandono los favores de su señor.

De ellos salían, como un doble río, las generaciones humanas: los hombres, de Adán; las mujeres, de Eva.

El pueblecito tenía un párroco, muy buena persona, pero de un pudor que sangraba cada vez que tenía que pasar por delante de aquella representación demasiado natural. Primero sufrió en silencio, ulcerado en lo más profundo. Pero ¿qué podía hacer?

Una mañana, tras la misa, dos forasteros, dos viajeros, parados delante de la fachada de la iglesia, se echaron a reír al verle salir.

Uno de ellos le preguntó:

—¿Es su enseña, señor cura?

E indicaba a nuestros primeros padres, eternamente inmóviles en su libre actitud.

El sacerdote se fue a escape, humillado hasta las lágrimas, herido en su corazón, admitiendo para sí que realmente su iglesia mostraba en la fachada un emblema vergonzoso, como si fuera un lugar de mala nota.

Y se fue a ver al alcalde, que dirigía el Consejo de Fábrica. Éste era un librepensador.

Dejo a la imaginación del lector cuáles fueron los argumentos del sacerdote y las respuestas del ciudadano.

El reverendo, fuera de sí, suplicaba a la autoridad civil a fin de que permitiera, aunque sólo fuera un poco, disminuir a nuestro padre Adán, nada más que un poco, un simple retoque a la turca. Ello no estropearía nada, muy al contrario. El conservador de los monumentos históricos ni lo notaría. El alcalde se mostró inflexible y despidió al ministro de Dios tachándole de retrógrado.

Al domingo siguiente, la asombrada población reparó en que Adán llevaba pantalones; sí, unos pantalones de tela cuidadosamente adaptados con lacre. De aquel modo el monumento y el primer hombre estaban intactos y el pudor a salvo.

Pero el funcionario civil dio un brinco de furor y ordenó al guarda rural retirar los pantalones a nuestro antepasado. Lo que fue ejecutado en medio de la diversión de los parroquianos.

Pero llegó el momento en que hubo que dedicar una serie de sermones en honor a un santo curador, cuya efigie milagrosa estaba expuesta en el coro de la iglesia; y esta vez el párroco no podía soportar la idea de que todos los fieles que pudieran acudir de todos los puntos del departamento desfilaran en procesión por debajo de nuestro impúdico antepasado de piedra.

Se consumía de disgusto; imploraba que el cielo le iluminara. El cielo le iluminó, pero mal.

Una noche, un vecino que vivía en las inmediaciones de la iglesia fue despertado por unos extraños ruidos. Se puso a la escucha. Eran unos golpes violentos, resonantes. En las cercanías los perros aullaban. El hombre se levantó, cogió la escopeta y salió. Delante de la iglesia se movía un extraño grupo; y a los resplandores de un farol parecía tratarse de un intento de robo por escalo, o mejor dicho, por rotura, ya que los golpes indicaban que se trataba de echar abajo la puerta, sin duda para robar el cepillo de las limosnas y los objetos de adorno del altar.

Asustado, pero temeroso, el vecino corrió a casa del alcalde; éste mandó avisar a sus ayudantes, quienes se armaron y mandaron llamar a los bomberos. Los mozos de labranza se unieron a sus amos y la tropa, erizada de hoces, de horcas y de armas de fuego, avanzó prudentemente realizando un movimiento envolvente.

Los ladrones estaban aún allí. Indudablemente la puerta resistía. Con mil precauciones los defensores del orden avanzaron pegados a la iglesia; y de pronto el alcalde, que iba el último, gritó con voz furiosa:

—¡Adelante, apresadles!

Los bomberos se lanzaron a por ellos… y vieron, encima de dos sillas, al párroco y a su ama disminuyendo los atributos de Adán.

El ama, en enaguas, sostenía con ambas manos su farol, mientras el sacerdote golpeaba con todas sus fuerzas en la dura piedra, que cedió justo en ese momento.

—¡En nombre de la ley, queda usted detenido! —gritó el oficial del estado civil, y se llevó al reverendo desesperado y al ama hecha un mar de lágrimas, mientras el guarda rural recogía, como cuerpo del delito, el fragmento que acababa de perder el generador de la Humanidad, aparte del farol y del martillo.

Largas entrevistas tuvieron lugar entre el obispo y un conciliador prefecto para echar tierra sobre este grave asunto.

*

Otro conflicto.

Últimamente varios periódicos han publicado la carta indignada de un buen párroco al maestro de su pueblo, para intimar a éste a declarar si era o no cierto que se había referido a la Historia Sagrada como si fuera una pura patraña.

Los periódicos religiosos se han sentido ofendidos; los periódicos liberales han argumentado doctoralmente.

Ahora bien, la cuestión me parece delicada y difícil.

Según la nueva ley, parece que se ha prohibido a los maestros de primaria la enseñanza de la Historia Sagrada. ¿Quién deberá enseñarla? Nadie. Por tanto, los niños no la conocerán nunca.

Pero si el maestro es autorizado a contar las aventuras de ese compendio de maravillosas anécdotas llamado Antiguo Testamento, ¿puede pretenderse que él afirme como artículos de fe la creación del mundo en seis días, la detención del sol ordenada por Josué, la destrucción musical de las murallas de Jericó, el paseo de Jonás en el misterioso interior de la ballena, etcétera?

Cuando les enseñe a los futuros electores a no creer en las varillas de avellano de los brujos, ¿les contará el milagro a lo Vespasiano de Moisés, haciendo brotar el agua con un medio que, por lo que sostiene la Biblia, no parece en absoluto anormal? Si debe afirmar que la mujer de Lot fue convertida en estatua de sal, ¿cómo podrá impedírsele que proclame enérgicamente la completa autenticidad de las metamorfosis narradas por Ovidio? Si pone a la Historia Sagrada en el mismo plano que la mitología; si define a la primera como «la narración de las fábulas sagradas de la Iglesia cristiana» y a la segunda como «la narración de las fábulas sagradas del paganismo», ¿quién podrá censurárselo o reprochárselo?

Os aseguro que, en estos momentos, de una punta a la otra de Francia, están surgiendo conflictos indecibles.

¡Y cómo nos gustaría escuchar los argumentos que intercambian con sus partidarios y sus adversarios, por la noche, en el jardín de la escuela o bajo el cenador de la rectoría, estos irreconciliables rivales!

 

DE VIAJE*

 

Sainte-Agnès, 6 de mayo

Mi querida amiga:

Me pidió que le escribiera a menudo para contarle sobre todo cosas que hubiera visto. Asimismo me pidió que hurgara entre mis recuerdos de viajes para encontrar en ellos esas breves historias, aprendidas de un campesino que conocí, de un posadero, de un desconocido que pasaba, que dejan en la memoria como un rastro indeleble de un lugar. Con un paisaje esbozado en unas pocas líneas y una breve historia narrada en unas pocas frases, créame que puede mostrarse el verdadero carácter de una región, volverla viva, visible, dramática.

Lo intentaré, de acuerdo con su deseo. Le mandaré, pues, de vez en cuando, cartas en las que no se hablará ni de mí ni de usted, sino sólo del horizonte y de los hombres que se mueven en él. Empiezo, pues.

*

La primavera es la época en que, en mi opinión, deberíamos beber y nutrirnos de paisaje. Es la estación de los estremecimientos, igual que el otoño es la estación de la reflexión. En primavera el campo excita la carne, en otoño penetra en el espíritu.

Este año he querido respirar la flor de azahar y he partido para el Sur, en la época en que todos vuelven de allí. He pasado por Mónaco, ciudad de peregrinos, rival de la Meca y de Jerusalén, sin dejar dinero en los bolsillos ajenos; y he subido a la alta montaña, bajo un techo de limoneros, de naranjos y de olivos.

¿Ha pasado alguna vez una noche, amiga mía, en un naranjal florido? El aire que allí se respira con delicia es la quintaesencia de los aromas. Esa fragancia intensa y suave, sabrosa como una golosina, parece confundirse con nosotros, nos impregna, nos embriaga, nos hace languidecer, nos provoca un amodorramiento soñoliento y soñador. Se diría un opio preparado por la mano de las hadas y no por la de los boticarios.

Es ésta la tierra de los barrancos. La dorsal de las montañas está por doquier quebrada y recortada y en todos esos repliegues sinuosos crecen verdaderos bosques de limoneros. De trecho en trecho, donde los escarpados valles se detienen en una especie de escalinata, los hombres han construido embalses que retienen el agua de las tormentas. Son grandes hoyos de paredes lisas, sin ningún asidero que se ofrezca a la mano de quien pueda caer allí.

Iba yo lentamente por uno de estos valles, mirando a través del follaje los frutos brillantes que colgaban todavía de las ramas. La angostura de la garganta hacía más penetrantes los intensos olores de las flores; y el aire, allí abajo, parecía adensarse. Me sentí cansado y busqué un lugar en el que sentarme. Gotas de agua resbalaban por la hierba y, pensando que me hallaba cerca de un manantial, subí un poco más para encontrarlo. En cambio, llegué al borde de uno de esos embalses amplios y profundos. Me senté a la turca, con las piernas cruzadas, y me quedé soñando despierto delante de aquel agujero que parecía lleno de tinta, de tan negra y estancada como estaba el agua. A lo lejos, a través de las ramas, descubría, como manchas, retazos de Mediterráneo, de un brillo cegador. Pero mi mirada volvía siempre al gran pozo oscuro, que no parecía habitado por ningún animal acuático, tan inmóvil era su superficie.

De pronto una voz hizo que me sobresaltara. Un anciano señor, que andaba buscando flores (ésa es la más rica región de Europa para los herbolarios), me estaba preguntando:

—¿Es usted pariente de esos pobres niños?

Le miré, estupefacto.

—¿Qué niños, señor?

Entonces pareció incómodo y agregó, inclinándose:

—Disculpe usted. Al verle tan absorto delante del embalse, he creído que pensaba usted en el drama espantoso que aquí ocurrió.

Esta vez fui yo quien quiso saber y le rogué que me contara la historia.

Se trata de una historia muy sombría y desgarradora, mi querida amiga, al tiempo que bastante trivial. Un simple suceso de gacetilla. No sé si hay que atribuir mi conmoción al modo dramático en que me fue contada, al escenario de las montañas, al contraste entre la alegría del sol y de las flores con el agujero negro y mortífero, pero el hecho es que me quedé con el corazón en un puño y los nervios a flor de piel por ese relato que tal vez a usted no le parezca tan doloroso cuando lo lea en su habitación, sin tener ante los ojos el paisaje del drama.

Fue en la primavera de uno de estos últimos años. Dos niños iban a menudo a jugar al borde de esta alberca, mientras su preceptor leía un libro, tumbado bajo un árbol. En una cálida tarde un grito vibrante despertó al hombre que dormitaba, y el ruido de una caída dentro del agua le hizo ponerse de repente en pie. El más pequeño de los niños, de once años, daba alaridos, de pie cerca del depósito de agua que se estremecía, se ondulaba, tragándose al mayor, que se había caído mientras corría a lo largo de la cornisa de piedra.

Fuera de sí, sin esperar ni pensárselo, el preceptor se zambulló en la sima, y no volvió a aparecer porque se había golpeado con la cabeza en el fondo.

En el mismo instante, el muchacho, vuelto a flor de agua, agitaba los brazos hacia el hermano. Éste se extendió en el suelo, se estiró, y enseguida las cuatro manos se asieron, se apretaron, contraídas, enlazadas.

Ambos sintieron la honda alegría de la vida salvada, el escalofrío del peligro pasado. Y el mayor trató de subir, pero sin conseguirlo; la pared era recta; y su hermano, demasiado débil, resbalaba poquito a poco hacia el agujero. Permanecieron inmóviles, dominados nuevamente por el espanto. Y esperaron.

El más pequeño apretaba con todas sus fuerzas las manos del mayor y lloraba nerviosamente mientras repetía: «No puedo sacarte, no puedo sacarte». Y de repente se puso a gritar: «¡Socorro! ¡Auxilio!».

Pero su voz aguda apenas si lograba traspasar la bóveda de follaje de encima de sus cabezas.

Así permanecieron largo rato, horas y horas, cara a cara, esos dos chiquillos, con el mismo pensamiento, la misma angustia y el espantoso temor a que uno de los dos, agotado, aflojara la débil presión de sus manos. Y pedían ayuda, siempre en vano.

Hasta que, finalmente, el mayor, que temblaba de frío, le dijo al menor: «No resisto más. Voy a soltarme. Adiós, hermanito». El otro, jadeante, repetía: «Todavía no, todavía no, espera».

Cayó la noche, la noche tranquila, con sus estrellas reflejadas en el agua.

El mayor, extenuado, dijo: «Déjame libre una mano, voy a darte mi reloj».

Se lo habían regalado unos días antes; y desde entonces era su mayor preocupación. Consiguió cogerlo, se lo alargó al pequeño, que, sollozando, lo dejó a su lado en la hierba.

Era noche cerrada. Las dos pobres criaturas postradas no aguantaban sino a duras penas. El mayor, finalmente, sintiéndose perdido, susurró aún: «Adiós, hermanito, dales un beso a mamá y a papá».

Y sus dedos paralizados se abrieron. Se zambulló y no volvió ya a aparecer.

El pequeño, tras quedarse solo, empezó a llamarlo como loco: «¡Paul! ¡Paul!», pero el otro no volvía. Entonces se fue corriendo por la montaña, tropezando con las piedras, trastornado por el dolor más atroz que pueda oprimir el corazón de un niño, y llegó, que parecía un muerto, al salón donde esperaban sus padres.

Y de nuevo se perdió al llevarles al oscuro depósito. No encontraba ya el camino. Finalmente, reconoció el lugar. «Sí, es allí, es allí».

Pero fue preciso vaciar aquella alberca; y el propietario no quería permitirlo, pues necesitaba el agua para sus limoneros.

Los dos cuerpos no fueron encontrados hasta el día siguiente.

*

Como puede ver, mi querida amiga, es un simple caso de crónica de sucesos. Pero si hubiera visto usted ese pozo, se habría quedado, como yo, con el corazón encogido pensando en la agonía de aquel muchacho colgado de las manos de su hermano, en la lucha interminable de esos dos chiquillos acostumbrados sólo a reír y a jugar, y en ese simple detalle, el reloj dado a su hermano.

Me decía entre mí: «¡Que el Azar me preserve de recibir nunca semejante reliquia!». No conozco nada más espantoso que el recuerdo ligado a un objeto familiar del que no podemos ya desprendernos. Piense que cada vez que toque ese sagrado objeto, el superviviente volverá a ver la horrible escena, el depósito, el muro, el agua calmada y el rostro descompuesto de su hermano, vivo y tan perdido como si estuviera ya muerto. Durante toda su vida, a cada hora, retornará esa visión, despertada de nuevo apenas la punta del dedo roce el bolsillo de su chaleco.

Me quedé triste hasta la noche. Dejé, subiendo en todo momento, la región de los naranjales por la región de los olivos, y la de los olivos por la región de los pinos, luego pasé por un valle pedregoso, llegando a continuación a las ruinas de un antiguo castillo, levantado, se afirma, en el siglo X, por un caudillo sarraceno, hombre prudente, que se hizo bautizar por amor a una muchacha.

Por todas partes, en torno a mí, montañas, y delante el mar, el mar con una mancha casi indistinta: Córcega, o mejor la sombra de Córcega.

Pero en las cimas ensangrentadas por el sol poniente, en el vasto cielo y en el vasto mar, en todo aquel horizonte soberbio que había ido a contemplar, no veía más que a dos pobres niños, uno tumbado al borde de un pozo lleno de agua negra, el otro sumergido hasta el cuello, atados por las manos, llorando cara a cara, trastornados. Y me parecía oír continuamente una vocecilla agotada que repetía: «Adiós, hermanito, te doy mi reloj».

Esta carta le parecerá, mi querida amiga, muy lúgubre. Otro día trataré de ser más alegre.

 

UN BANDIDO CORSO*

 

El camino subía suavemente en medio del bosque de Aitona. Los altísimos abetos desplegaban sobre nuestras cabezas una bóveda quejumbrosa, dejaban oír una especie de lamento continuo y triste, mientras a derecha e izquierda sus troncos delgados y rectos formaban como un ejército de tubos de órgano del que parecía salir esa música monótona del viento en las cumbres.

Al cabo de tres horas de marcha, la profusión de estos largos fustes intrincados se aclaró; de trecho en trecho, un gigantesco pino rodeno, aislado entre los demás, abierto como un enorme paraguas, extendía su copa de un verde oscuro; y de pronto llegamos al lindero del bosque, unos cien metros por debajo del desfiladero que lleva al valle salvaje del Niolo.

En las dos esbeltas cimas que dominan este paso, algunos viejos árboles retorcidos se diría que hubiesen escalado penosamente, como exploradores que preceden a la multitud apiñada detrás. Dándonos la vuelta, descubrimos todo el bosque, extendido debajo de nosotros, semejante a una inmensa hondonada de verdor cuyos bordes, formados por rocas desnudas que lo encerraban por todos lados, parecían tocar el cielo.

Reanudamos el camino, y al cabo de diez minutos llegamos al desfiladero.

Entonces vi unas tierras sorprendentes. Más allá de otro bosque, un valle, pero un valle como no había visto nunca otro igual, una soledad de piedra de unas diez leguas de extensión, encajonada entre montañas de dos mil metros de altura, sin un campo ni un árbol a la vista. Es el Niolo, la patria de la libertad corsa, la inaccesible ciudadela de la que los invasores nunca han conseguido expulsar a los montañeses.

Mi compañero me dijo:

—Es también aquí donde se han refugiado todos nuestros bandidos.

Pronto estuvimos en el fondo de aquel hoyo salvaje y de indecible belleza.

Ni una hierba ni una planta: granito, nada más que granito. Delante de nosotros, hasta donde se perdía la vista, un desierto de granito destellante, calentado como un horno por un sol de justicia que parece suspendido a propósito por encima de aquella garganta de piedra. Cuando uno alza los ojos hacia las crestas se detiene deslumbrado y asombrado. Parecen rojas y dentelladas como encajes de coral, pues todas las cimas son de pórfido; y el cielo encima de ellas parece violeta, lila, descolorido por la cercanía de esas extrañas montañas. Más abajo el granito es de un gris centelleante y bajo los pies parece raspado, triturado; caminamos sobre un polvo reluciente. A la derecha, en un largo surco tortuoso, brama y corre un tumultuoso torrente. Y uno se tambalea bajo este calor, en esta luz, en este valle ardiente, árido, impracticable, cortado por ese barranco de agua turbulenta que parece tener prisa por huir, al no conseguir fecundar las rocas, perdida en ese horno que la bebe ávidamente sin ser nunca penetrado y refrescado por ella.

Pero de repente aparece a nuestra derecha una pequeña cruz de madera hincada en un montoncito de piedras. Un hombre había sido asesinado allí; le dije a mi compañero:

—Hábleme, pues, de los bandidos de este lugar.

Él contestó:

—Conocí al más célebre de ellos, al terrible Santa Lucia, voy a contarle su historia.

*

Su padre había caído en una reyerta, a manos de un joven de su mismo pueblo, por lo que se decía; y Santa Lucia se había quedado solo con su hermana. Era un muchacho débil y tímido, menudo, siempre achacoso, sin energía alguna. Y no declaró la vendetta al asesino de su padre. Todos los parientes fueron a verle, suplicándole que se vengara; pero él hizo oídos sordos a sus amenazas y súplicas.

Entonces, siguiendo la vieja costumbre corsa, su hermana, indignada, le despojó de sus ropas negras, a fin de que no llevara luto por un muerto que había quedado sin venganza. Él se mostró insensible incluso a este ultraje, y, antes que descolgar de la pared la escopeta de su padre, aún cargada, se encerró, no salió más de casa, sin atreverse a desafiar las miradas de desprecio de los jóvenes del lugar.

Pasaron algunos meses. Parecía que se hubiera olvidado hasta del crimen y seguía conviviendo con su hermana, metido en casa.

Un buen día, el que se sospechaba era el asesino, se casó. Santa Lucia no pareció inmutarse por la noticia; y he aquí que, con el fin sin duda de desafiarlo, el novio, al ir a la iglesia, pasó por delante de la casa de los dos huérfanos.

Hermano y hermana estaban en la ventana comiendo unas pastas cuando el joven vio desfilar al cortejo nupcial por delante de su casa. De pronto se puso a temblar, se levantó sin decir una palabra, se santiguó, cogió la escopeta colgada en la chimenea y salió.

Cuando más tarde contaba el hecho, decía: «No sé qué me dio: como una llamarada de calor en la sangre. Sentí que era preciso hacerlo; que, a pesar de los pesares, no habría sido capaz de resistirme; y entonces fui a esconder la escopeta en un matorral del camino de Corte».

Volvió al cabo de una hora, con las manos vacías, con el aire de siempre, triste y cansado. Su hermana creyó que ya no pensaba en ello.

En cambio, al caer la noche desapareció.

Aquella misma tarde su enemigo, junto con sus dos pajes de honor, tenía que ir a pie a Corte.

Caminaban cantando, cuando Santa Lucia se plantó delante de ellos y, mirando fijamente al asesino, gritó: «¡Ha llegado tu hora!», y le disparó a quemarropa, hundiéndole el pecho.

Uno de los pajes escapó, el otro miraba al joven repitiendo: «Pero ¿qué has hecho, Santa Lucia?».

Luego quiso correr hasta Corte a pedir ayuda. Pero Santa Lucia le gritó: «Si das un paso más, te destrozo una pierna». El otro, sabiendo que hasta entonces había sido tímido, le dijo: «No tienes valor…», e hizo ademán de moverse. Cayó enseguida con un muslo destrozado por una bala.

Santa Lucia se le acercó y dijo: «Ahora examinaré tu herida; si no es grave, te dejaré aquí; si es mortal, te remataré».

Observó la herida, consideró que era mortal, volvió a cargar lentamente la escopeta, exhortó al herido a rezar y acto seguido le voló los sesos.

Al día siguiente estaba en las montañas.

¿Sabe qué hizo luego este Santa Lucia?

Toda su familia fue detenida por los gendarmes. Su tío párroco, sospechoso de haberle incitado a la venganza, también fue encarcelado y acusado por los parientes del muerto. Pero consiguió escapar, cogió a su vez una escopeta y se reunió con su sobrino en el monte.

Entonces Santa Lucia mató uno tras otro a los acusadores de su tío, sacándoles los ojos a fin de que los demás aprendieran a no testificar nunca acerca de lo que no habían visto con sus propios ojos.

Mató a todos los parientes, a todos los aliados de la familia enemiga. En su vida dio muerte a catorce gendarmes, incendió las casas de sus adversarios y hasta su muerte fue el bandido más terrible que se recuerda.

*

El sol desaparecía tras el monte Cinto y la gran sombra de la montaña de granito se recostaba sobre el granítico valle. Apretamos el paso para llegar antes del anochecer a la aldea de Albertacce, especie de cúmulo de piedras pegadas al pétreo flanco de la garganta salvaje. Dije, pensando en el bandido:

—¡Qué terrible costumbre esta de vuestra vendetta!

Mi compañero respondió con resignación:

—¿Qué quiere? ¡Hay que cumplir con el propio deber!

 

EL VELATORIO*

 

Había muerto sin agonía, tranquilamente, como una mujer de vida intachable; y descansaba ahora en su lecho, boca arriba, con los ojos cerrados, las facciones serenas, los largos cabellos blancos cuidadosamente peinados, como si se hubiera arreglado el pelo diez minutos antes de morir, el rostro pálido de difunta tan recogido, tan relajado, tan resignado, que se notaba perfectamente qué alma bondadosa había habitado ese cuerpo, qué vida sin perturbaciones había llevado aquella abuela serena, qué final sin agitaciones ni remordimientos había tenido aquella discreta mujer.

De rodillas, junto al lecho, su hijo, un magistrado de principios inflexibles, y su hija, Marguerite, en religión sor Eulalia, lloraban a lágrima viva. Desde la infancia ella los había armado de una moral muy rígida, enseñándoles una religión sin flaquezas, el deber sin componendas. Él, el varón, se había hecho juez y, esgrimiendo la ley, castigaba sin piedad a los débiles, a los vacilantes; ella, la hembra, totalmente imbuida de la virtud que había mamado en esa familia de austeras costumbres, se había casado con Dios, por rechazo hacia los hombres.

Apenas si habían conocido a su padre; sólo sabían que había hecho desgraciada a su madre, sin entrar en detalles.

La religiosa besaba como loca la mano colgante de la difunta, una mano de marfil parecida al gran crucifijo que yacía sobre el lecho. Del otro lado del cuerpo extendido, la otra mano parecía seguir sujetando el paño arrugado por ese gesto errático conocido como el pliegue de los moribundos; y en la sábana habían quedado unas pequeñas ondas de tela, como un recuerdo de esos últimos movimientos que preceden a la eterna inmovilidad.

Unos ligeros golpes en la puerta hicieron alzarse las dos cabezas sollozantes; y entró de nuevo el cura, que acababa de cenar. Estaba colorado, sin aliento, porque había empezado la digestión; había puesto bastante coñac en el café, para luchar contra la fatiga de las últimas noches pasadas y de la noche en vela que comenzaba.

Parecía triste, con esa fingida tristeza del eclesiástico para el que la muerte es un medio de ganarse el pan. Hizo la señal de la cruz, y, acercándose con gesto profesional, dijo:

—Hijos míos, vengo a ayudarles a pasar estas tristes horas.

Pero, de repente, sor Eulalia se levantó:

—Gracias, padre, pero mi hermano y yo desearíamos estar a solas con ella. Son los últimos momentos que pasaremos en su compañía, y quisiéramos estar los tres como en otro tiempo, cuando…, cuando éramos pequeños y nuestra po…, pobre mamá…

No consiguió terminar, tantas eran las lágrimas que derramaba, tanto el dolor que la oprimía.

Tranquilizado, el cura inclinó la cabeza, pensando ya en su cama.

—Como quieran, hijos.

Se arrodilló, se santiguó, oró, se volvió a levantar y salió despacito, murmurando:

—Era una santa.

Se quedaron solos, la muerta con sus hijos. Un reloj de pared oculto lanzaba en la oscuridad su tictac regular; y por la ventana abierta entraban los suaves olores del heno y del bosque, junto con una languideciente claridad de luna. Ningún ruido en los campos, salvo el croar lejano de los sapos y a veces un zumbido de insecto nocturno que entraba como una bala, chocando contra una pared. Una paz infinita, una divina melancolía, una silenciosa serenidad rodeaban a aquella muerta, parecían emanar de ella, difundirse en derredor, aplacar a la naturaleza misma.

Entonces el magistrado, que seguía estando de rodillas, con la cabeza hundida entre la ropa de la cama, gritó con una voz lejana, desgarradora, a través de las sábanas y las mantas:

—¡Mamá, mamá, mamá!

Y la hermana, tras dejarse caer sobre el entarimado, golpeando contra la madera su frente de fanática, convulsa, retorcida y vibrante, como en un ataque epiléptico, gimoteó:

—¡Jesús mío, Jesús mío, mamá, Jesús mío!

Y sacudidos ambos por un huracán de dolor, jadeaban, emitían estertores de agonizante.

Luego, poco a poco, la crisis se aplacó y reanudaron los lloros de modo más tranquilo, como los momentos de bonanza siguen a las borrascas en el mar agitado.

Al cabo de un buen rato, se levantaron y se pusieron a contemplar el querido cadáver. Y los recuerdos, aquellos recuerdos lejanos, ayer tan gratos, hoy tan atormentadores, asaltaban sus mentes con todos esos pequeños detalles, íntimos y familiares, que hacen revivir al ser desaparecido. Recordaban hechos, palabras, sonrisas, entonaciones de voz de aquella que nunca más hablaría con ellos. La volvían a ver feliz y tranquila, recordaban las frases que les decía, y un pequeño movimiento de la mano que hacía a veces, como para llevar el compás, cuando anunciaba cosas importantes.

La querían como nunca la habían querido. Y calibrando la magnitud de su desesperación, tomaban conciencia de cuánto la habían querido y lo solos que ahora se encontrarían.

Desaparecía su sostén, su guía, su entera juventud, toda la parte feliz de su vida, se ponía fin a su vínculo con la vida, la madre, la mamá, la carne engendradora, los lazos con los mayores. Pasaban a ser unos solitarios, aislados, no podían mirar ya tras de sí.

La monja le dijo a su hermano:

—¿Te acuerdas de que mamá releía siempre sus viejas cartas? Están todas ahí, en su cajón. ¿Y si también nosotros las leyésemos, si reviviésemos esta noche toda su vida, a su lado? Será como un vía crucis, una manera de conocer a la madre de mamá, a nuestros desconocidos abuelos, cuyas cartas tenemos y de los que tan a menudo nos hablaba, ¿recuerdas?

Cogieron del cajón una decena de pequeños fajos de cartas amarillentas, cuidadosamente atados y puestos unos sobre otros. Echaron sobre la cama esas reliquias y, eligiendo uno en el que había escrito la palabra «padre», lo abrieron y leyeron.

Eran esas viejísimas epístolas que se encuentran en los viejos secreteres de familia, epístolas que conservan el olor del pasado siglo. La primera decía: «Querida mía»; otra: «Mi niña hermosa»; luego otras: «Mi querida niña», y «Mi querida hija». De repente, la hermana comenzó a leer en voz alta, a releer a la muerta su historia, todos sus afectuosos recuerdos. Y el magistrado, con un codo apoyado en la cama y los ojos clavados en la madre, escuchaba. El cadáver inmóvil parecía feliz.

Sor Eulalia se detuvo de repente y dijo:

—Deberíamos meterlas en la tumba, hacer con ellas como un lienzo y enterrarla dentro de él.

Cogió otro paquetito en el que no había escrita palabra indicadora alguna. Comenzó, en voz alta:

—«Adorada mía: Te amo con locura. Desde ayer sufro como un condenado encendido por tu recuerdo. Siento tus labios contra los míos, tus ojos clavados en los míos, tu carne contra mi carne. ¡Te amo, te amo! Me has hecho enloquecer. Mis brazos se abren, jadeo con esfuerzo presa de un inmenso deseo de poseerte de nuevo. Todo mi cuerpo te llama, te quiere. He conservado en mi boca el sabor de tus besos…»

El magistrado se había incorporado; la religiosa se interrumpió; él le arrebató la carta de la mano, buscó la firma. No la había, sólo debajo de estas palabras: «El que te adora», el nombre: «Henry». Su padre se llamaba René. No era, pues, él. Entonces el hijo rebuscó con mano rápida en el paquetito de cartas, cogió otra y leyó: «Y no puedo vivir sin tus caricias…». Y de pie, severo como en su tribunal, miró a la muerta impasible. La religiosa, derecha como una estatua, con un resto de lágrimas en las comisuras de los ojos, mirando a su hermano, aguardaba. Entonces él cruzó la habitación a paso lento, ganó la ventana y, con la mirada perdida en la noche, se quedó pensativo.

Cuando se volvió, sor Eulalia, con los ojos ya secos, seguía de pie, cerca de la cama, con la cabeza gacha.

Se acercó, recogió las cartas con gesto rápido, tirándolas desordenadamente dentro del cajón; luego cerró las cortinas del lecho.

Y cuando la luz del día hizo palidecer las candelas que velaban sobre la mesa, el hijo lentamente dejó su sillón y, sin volver a mirar por última vez a su madre, que, condenada, había excluido de sus vidas, dijo parsimoniosamente:

—Ahora, vámonos, hermana.

 

OTROS TIEMPOS*

 

Cuando, en el pasado siglo, un caballero arruinaba galantemente a su amante, veía aumentar enseguida su buena reputación. Si la amante así despojada era una gran dama; si, abandonada tan pronto como su bolsa estaba vacía, era sustituida por otra a la que el seductor desvalijaba con no menos facilidad e igual apetito, el caballero se convertía en un libertino, en una persona de moda, considerado, envidiado, respetado, admirado, profundamente reverenciado, que gozaba del pleno favor de los poderosos y de las mujeres.

Pero ¡ay!, ¡ay!, un siglo después la juventud, que se dice escolarizada, proclamando y profesando una moral completamente distinta de la de los grandes señores del pasado, fanatizándose en nombre de unos rígidos principios, cae con furia sobre los pocos que han quedado en representación de la tradición del pasado y los echa al agua para ver si flotan.

Y estas víctimas supuestas, pero no convictas, estos descendientes de los libertinos son unos desdichados, unos pobres, unos desheredados de la fortuna, sin medios en las calles de París, y sin embargo creados con unos instintos de millonarios, con la necesidad de gastar que contrasta con una indolencia innata que los mantiene apartados del trabajo.

Han razonado de un modo que podría parecer acertado si no supiéramos que es falso, a saber: que en el mundo existen miles de mujeres cuya única profesión consiste en arruinar a los hombres aprovechándose de los sentimientos malsanos que les inspiran; así pues, resulta equitativo quitarles a esas mujeres el dinero ganado con esos medios deshonestos, provocando a su vez en ellas sentimientos no menos malsanos.

No es otro que el principio de la medicina homeopática aplicado a la moral: el mal tratado con el peor veneno; ahora bien, si el método homeopático cura… Saquemos nuestras propias conclusiones.

El resultado de todo ello ha sido que los vengadores de la honestidad han sido derrotados, encarcelados, aplastados, machacados por las tropas encargadas de velar por el orden público; y que los ahogados eran simples e inocuos burgueses que volvían de la oficina a casa; que los traficantes de mujeres, llamados rufianes, conseguirán beneficiarse con la publicidad que se les hace así gratuitamente; que los guardianes del orden que han cumplido con su deber se verán sustituidos, y el prefecto de policía, que ya no sabe por dónde salir, seguramente trasladado.

Así pues, todo va del mejor modo posible en el mejor de los mundos.

Para esto es para lo que sirven las revueltas por la buena causa, las revoluciones, las indignaciones y, en general, todos los sentimientos valerosos que arman el brazo de los hombres abnegados.

*

En el campo la gente es sin duda más sensata. La escena que sigue no es sino un relato fiel de los hechos.

Es más, yo fui testigo de ella, la vi con mis propios ojos.

En la sala del juez de paz, en Normandía.

El juez, un obeso hombre asmático, está sentado tras una gran mesa, flanqueado por su secretario. Viste un ropón gris con los botones metálicos y habla con parsimonia, tosiendo el aire que silba en sus conductos respiratorios como si hubiera un escape en ellos.

En el fondo de la gran sala, unos campesinos con blusón azul, sentados en unos bancos, con la gorra o el sombrero entre las piernas. Están serios, con cara de cretinos y astutos, y preparan dentro de sí los argumentos en favor de su causa. Escupen sin cesar junto a sus pies, calzados con unos zapatones grandes como barcas de pesca; y un charco de saliva marca el territorio de cada uno.

Enfrente del juez, justo al otro lado de la mesa, las partes cuyo litigio se dirime en ese momento.

La denunciante es una señora de campo que frisa en los cincuenta, de cara rojiza, que resplandece bajo un sombrero hortelano que se diría lleno de espárragos, de rábanos y de cebollas. Es seca, esquinada, horrible y pretenciosa, con unos manguitos de punto, y los cintajos de su toca revolotean en torno a su cabeza como las banderolas de un navío.

El acusado, un mocetón de veintiocho años, mofletudo y bobalicón, parece un monaguillo cebado y engordado demasiado deprisa. Ella y él se lanzan miradas feroces.

Él es asistido y defendido por su padre, un viejo campesino idéntico a un ratón, y por su joven mujer, roja de furor pero también lozana, una moza recia campesina, sana y con el pelo cardado, carne de reproducción, de primer premio en un concurso agrícola.

He aquí los hechos. La señora, viuda de un oficial sanitario, había criado a mesa y mantel al joven campesino, reservándoselo para sus placeres. Tras los muchos servicios prestados por él, ella le había regalado una pequeña finca en reconocimiento de su buena voluntad. Pero el muchacho, apenas recibida la dote, se había casado, dejando a la vieja, que, furibunda, reclamaba lo suyo: o el muchacho o la finca, a elección.

El juez, muy perplejo, había terminado de escuchar la denuncia de la señora. Entre el público nadie reía. La causa era seria y merecía reflexión.

A su vez, el jovenzuelo se levantó para responder.

El juez le interrogó.

—¿Qué tiene que alegar?

—La finca me la dio ella.

—¿Por qué se la dio? ¿Qué hizo usted para merecerla?

Indignado, el jovenzuelo enrojeció hasta las cejas.

—¿Que qué he hecho, señor juez, que qué he hecho? ¡Desde hace quince años esa arpía me ha chupado la sangre, no se puede decir que no me la haya merecido!

Esta vez se alzó un murmullo entre el público, y unas voces convencidas repetían:

—¡Ah, seguro que se la ha merecido!

El padre consideró llegado el momento de intervenir:

—¿Cree que le habría entregado a un chiquillo de quince años de no haber contado con una gratificación?

Por su parte, su joven mujer se adelantó furiosa, exasperada y, levantando la mano hacia la señora impasible y roja, dijo:

—¡Pero mírela usted, señor juez, mírela! ¿Cómo se puede decir que no se la ha merecido?

El juez miró y observó largamente a la vieja, consultó al secretario, comprendió que verdaderamente se la merecía y desestimó el caso. Todo el público aprobó la decisión.

Et nunc erudimini.1

 

CONFESIONES DE UNA MUJER*

 

Me ha pedido usted, querido amigo, que le cuente los recuerdos más vivos de mi vida. Soy muy vieja, sin parientes ni hijos; por eso puedo confesarme libremente con usted. Prométame tan sólo no revelar nunca mi nombre.

Fui muy amada, como usted sabe; y yo misma amé a menudo. Era muy bella; puedo decirlo hoy que no queda nada de ello. El amor era para mí la vida del alma, como el aire es la vida del cuerpo. Habría preferido morir antes que vivir sin afectos, sin un pensamiento siempre pendiente de mí. Las mujeres pretenden con frecuencia amar una sola vez con toda la fuerza de su corazón; me ha ocurrido a menudo querer tan apasionadamente que creía imposible que mis arrebatos pudieran tener fin. Y, sin embargo, se apagan siempre de forma natural, como el fuego al que falta la leña.

Hoy le contaré mi primera aventura; no fue por culpa mía, pero ella determinó todas las demás.

La horrible venganza de ese espantoso boticario de Pecq me ha traído de nuevo a la mente el drama espantoso al que tuve que asistir a mi pesar.

Llevaba casada un año con un hombre rico, el conde Hervé de Ker…, un bretón de vieja estirpe al que, naturalmente, yo no amaba. El amor, el verdadero, tiene, en mi opinión, necesidad de libertad a la vez que de obstáculos. El amor impuesto, sancionado por la ley, bendecido por el sacerdote, ¿es acaso amor? Un beso legal no valdrá nunca lo que un beso robado.

Mi marido era de alta estatura, elegante y con maneras de auténtico señor. Pero no era inteligente. Hablaba de un modo tajante, expresando pareceres que cortaban como cuchillos. Se notaba que su mente estaba llena de ideas preconcebidas, inculcadas por su padre y su madre, que las habían recibido a su vez de sus antepasados. No dudaba nunca, tenía acerca de todo una opinión inmediata y limitada, sin vacilar nunca ni comprender que podía existir otra manera de ver las cosas. Se notaba la cerrazón de aquella mente, por la que no circulaban ideas, esas ideas que renuevan y orean el espíritu igual que el viento que entra en una casa donde se han abierto de par en par puertas y ventanas.

El castillo en que vivíamos se encontraba en unas tierras completamente desiertas. Era un gran edificio triste, enmarcado por unos enormes árboles cubiertos de musgo que hacían pensar en las blancas barbas de los ancianos. El parque era un verdadero bosque, circundado por un hondo foso, auténtico foso defensivo, y al fondo, del lado del páramo, había dos grandes embalses llenos de cañaveras y de plantas flotantes. Entre ellos, a orillas del riachuelo que los unía, mi marido había hecho construir una pequeña cabaña para dispararles a los patos salvajes.

Aparte de los criados ordinarios, había un guarda, una especie de bruto fiel a mi marido hasta la muerte, y una doncella, casi una amiga, muy apegada a mí. Me la había traído de España, cinco años antes. Era una niña abandonada. Se la hubiera tomado por una gitana, con su tez morena, sus ojos negros, sus cabellos espesos como un bosque y siempre erizados en torno a la frente. Tenía entonces dieciséis años, pero aparentaba veinte.

Estábamos a comienzos de otoño. Se iba mucho de caza, tanto en nuestros dominios como en los de nuestros vecinos; y puse mis ojos en un joven, el barón de C…, cuyas visitas al castillo se hacían particularmente asiduas. Luego dejó de venir, y yo no volví a pensar más en él; pero me di cuenta de que mi marido se comportaba conmigo de un modo distinto.

Parecía taciturno, preocupado, no me besaba ya; y aunque no entrara nunca en mi alcoba, que yo había querido que estuviese separada de la suya para estar un poco sola, oía a menudo de noche unos pasos acercarse furtivamente a mi puerta y alejarse al cabo de un momento.

Dado que mi ventana estaba en la planta baja, me pareció a menudo también oír a alguien merodear en la oscuridad en torno al castillo. Se lo hice saber a mi marido, que me miró de hito en hito durante unos instantes, y contestó:

—No hay nadie: es el guarda.

Ahora bien, una noche, cuando estábamos terminando de cenar, Hervé que, cosa rara en él, parecía muy alegre, de una alegría un tanto burlona, me preguntó:

—¿Le gustaría pasarse tres horas al acecho para matar a un zorro que viene todas las noches a comerse mis gallinas?

Me quedé sorprendida: vacilaba; pero, como él me miraba con extraña persistencia, acabé por responder:

—Por supuesto, querido.

Preciso es que le diga que yo cazaba el lobo y el jabalí como un varón. Era, pues, algo muy natural que se me propusiera ese acecho.

Pero, de pronto, mi marido pareció extrañamente nervioso; durante toda la noche no hizo sino agitarse, levantándose y volviéndose a sentar febrilmente.

Hacia las diez me dijo de repente:

—¿Está lista?

Me levanté y, mientras él me alargaba el rifle, pregunté:

—¿He de cargarlo con bala o con balines?

Pareció sorprendido y dijo:

—Con balines; será suficiente, no le quepa duda.

Al cabo de unos instantes, añadió con tono extraño:

—Puede enorgullecerse de tener una gran sangre fría…

Me eché a reír:

—¿Yo? ¿Y por qué? ¿Sangre fría para ir a matar un zorro? ¿En qué está pensando, amigo?

Y he aquí que nos ponemos en camino, sin hacer ruido, a través del parque. Todos en casa dormían. La luna llena parecía teñir de amarillo el viejo edificio oscuro cuyo tejado de pizarra relucía. Las dos torrecillas que lo flanqueaban mostraban en la punta dos manchas de luz, y ningún ruido turbaba el silencio de esa noche clara y triste, agradable y pesada, que parecía muerta. Ni un temblor de aire, ni un croar de sapo, ni un gemido de lechuza; gravitaba sobre todo un lúgubre sopor.

Una vez bajo los árboles del parque, sentí un gran fresco y un olor a hojas caídas. Mi marido no decía nada: estaba a la escucha, observaba, parecía que quisiera husmear en la oscuridad, dominado totalmente por la pasión de la caza.

Pronto llegamos a orillas de los embalses.

Su cabellera de juncos estaba inmóvil, ninguna brisa la acariciaba; pero el agua se veía recorrida por unos estremecimientos casi imperceptibles. A veces, se movía un punto en la superficie y partían de él unos ligeros círculos semejantes a arrugas luminosas, que se agrandaban sin fin.

Cuando llegamos a la cabaña donde habíamos de apostarnos, mi marido me hizo entrar primero a mí, luego armó lentamente su rifle y el ruido seco del rastrillo de la llave me produjo un extraño efecto.

Él advirtió mi estremecimiento y me preguntó:

—¿Acaso le basta con esto? Entonces, puede irse.

Respondí, bastante sorprendida:

—De ninguna manera. No he venido para irme. Pero, ¿sabe?, esta noche está usted muy raro.

Murmuró:

—Como quiera.

Permanecimos inmóviles.

Cerca de media hora después, dado que nada turbaba la pesada y límpida claridad de la noche otoñal, dije en voz muy baja:

—¿Está seguro de que pasará por aquí?

Hervé se sobresaltó, como si le hubiera mordido, y, con la boca en mi oído, dijo:

—Sí que lo estoy: escuche.

Y se hizo de nuevo el silencio.

Creo que comenzaba a amodorrarme cuando mi marido me apretó el brazo; y su voz silbante, demudada, dijo:

—¿Lo ve, allá, debajo de los árboles?

Por más que yo miraba, no distinguía nada. Y lentamente Hervé encaró el rifle, sin dejar de mirarme fijamente a los ojos. También yo estaba lista para disparar, cuando he aquí que aparece a unos treinta pasos delante de nosotros, en plena luz, un hombre que avanzaba a paso ligero, con el cuerpo inclinado, como si huyese.

Me quedé tan pasmada que lancé un gran grito; pero antes incluso de que pudiera darme la vuelta una llama cruzó por delante de mis ojos, un disparo me aturdió, y vi al hombre rodar por tierra como un lobo que recibe una bala.

Empecé a dar agudos gritos, espantada, enloquecida; entonces una mano furiosa, la mano de Hervé, me aferró la garganta. Fui arrojada al suelo, luego levantada por sus robustos brazos. Corría, llevándome en volandas, hacia el cuerpo extendido sobre la hierba, y me tiró encima de él con violencia, como si hubiera querido romperme la cabeza.

Me sentí perdida; iba a matarme y ya levantaba el talón sobre mi cabeza, cuando a su vez fue aferrado, derribado, sin que yo hubiera podido comprender aún qué estaba pasando.

Me levanté de golpe y vi, arrodillada sobre Hervé, a mi doncella Paquita, la cual, agarrada a él como un gato enfurecido, convulsa, fuera de sí, le arrancaba los pelos de la barba, de los bigotes y la piel del rostro.

Luego, como cambiando bruscamente de idea, se levantó y, echándose sobre el cadáver, lo abrazó, comenzó a besarlo en los ojos, en la boca, abriendo con sus labios los labios muertos, buscando la respiración y el beso profundo de los amantes.

Mi marido, que se había levantado, miraba. Comprendió y, dejándose caer a mis pies, dijo:

—Perdóname, querida, he sospechado de ti y he dado muerte al amante de esta muchacha. El guarda me ha engañado.

Yo miraba los extraños besos del muerto y de la viva; y los sollozos de ella, y sus arrebatos de amor desesperado.

A partir de aquel momento comprendí que le sería infiel a mi marido.

 

UN GALLO CANTÓ*

 

A René Billotte

Hasta entonces, la señora Berthe d’Avancelles había rechazado todas las súplicas de su desesperado admirador, el barón Joseph de Croissard. Durante el invierno, en París, la había perseguido insistentemente, y ahora daba por ella fiestas y organizaba partidas de caza en su castillo normando de Carville.

El marido, el señor de Avancelles, no veía ni sabía nada, como siempre pasa. Se decía que vivía separado de su mujer, debido a una debilidad física que la señora no le perdonaba. Era un hombre bajito y gordo, calvo, corto de brazos, de piernas, de cuello, de nariz, de todo.

La señora de Avancelles era, por el contrario, una mujer alta, morena y decidida, que se reía estruendosamente en las mismas barbas de su señor, le llamaba públicamente «señora Cataplasma» y miraba con un cierto aire prometedor y afectuoso los anchos hombros, el cuello robusto y los largos bigotes rubios de su adorador oficial, el barón Joseph de Croissard.

Con todo, no le había hecho aún ninguna concesión. El barón se estaba arruinando por ella. Había fiestas, partidas de caza, nuevas diversiones incesantes a las que invitaba a la nobleza de los castillos de los contornos.

Durante todo el día, los perros corrían ladrando por los bosques detrás de zorros y jabalíes, y todas las noches espléndidos fuegos artificiales mezclaban con las estrellas sus penachos de fuego, mientras las ventanas iluminadas del salón proyectaban sobre los vastos céspedes franjas de luz por las que cruzaban sombras.

Era otoño, la estación pardo rojiza. Las hojas revoloteaban sobre los prados cual bandadas de aves. Se percibían flotando en el aire olores a tierra húmeda, a tierra desnuda, como se percibe un olor a carne desnuda, cuando, tras el baile, cae el vestido de una mujer.

Un atardecer de la última primavera, durante una fiesta, la señora de Avancelles había respondido al señor de Croissard, que la acosaba con sus ruegos:

—Si he de ceder, amigo, no será antes de la caída de las hojas. Este verano tengo demasiadas cosas que hacer para encontrar un momento.

Él se había acordado de esa frase burlona y atrevida; e insistía cada día más, cada día sus aproches eran más atrevidos, ganaban un paso en el corazón de la bella audaz, que, por lo que parecía, ya sólo se resistía por pura formalidad.

Se había organizado una gran partida de caza. Y, la noche antes, la señora Berthe le había dicho, entre risas, al barón:

—Barón, si mata al animal, se verá premiado.

Desde el amanecer, él estaba en pie para descubrir dónde se escondía el jabalí solitario. Acompañó a sus monteros, dispuso las jaurías, lo organizó todo él mismo para preparar su triunfo; y, cuando los cuernos dieron la señal de partida, apareció él con un ajustado traje de caza rojo y oro, ceñido de cintura, ancho el busto, la mirada radiante, lozano y vigoroso como si acabara de abandonar el lecho.

Los cazadores partieron. Descubierto el jabalí, éste huyó por entre los matorrales perseguido por los perros que daban ladridos; y los caballos se lanzaron al galope, llevando a amazonas y jinetes por los estrechos senderos de los bosques, mientras los coches que acompañaban a la partida de caza a distancia circulaban sin hacer ruido por los aplanados caminos.

La señora de Avancelles retuvo maliciosamente cerca de sí al barón, retrasándose, al paso, por una gran alameda interminablemente recta y a lo largo de la cual cuatro filas de robles se curvaban formando una bóveda.

Temblando de amor y de inquietud, él escuchaba con un oído el parloteo burlón de la joven y con el otro seguía el canto de los cuernos y el ladrar de los perros que se alejaban.

—¿No me ama ya? —dijo ella.

Él respondía:

—¿Cómo puede decir eso?

Ella seguía:

—Me parece que la partida de caza le interesa más que yo.

Él gemía:

—¿No me ha mandado matar usted misma al animal?

Y ella continuaba, seria:

—Es cierto, cuento con ello. Debe matarlo en presencia mía.

Entonces él se estremeció en la silla, espoleando al caballo que brincaba, y exclamó, impacientado:

—¡Por Dios, señora! ¡Es imposible si nos quedamos aquí!

Ella le hablaba afectuosamente, posando la mano en su brazo o acariciando, casi distraída, las crines de su caballo.

Luego le decía, entre risas:

—Ha de ser como he dicho…, si no…, lo siento por usted.

Doblaron a la derecha por un sendero cubierto y de pronto, para evitar una rama que cerraba el camino, ella se inclinó hacia él, tan vencida que él sintió en el cuello el cosquilleo de sus cabellos. Entonces él la abrazó brutalmente y, apoyando en la sien sus grandes bigotes, la besó con furia.

Primero ella no se movió, quieta ante aquella violenta efusión; luego volvió la cabeza de golpe y, ya fuese por casualidad o por propia voluntad, los pequeños labios de ella encontraron los labios de él, bajo la cascada de pelos rubios.

Entonces, bien por confusión, bien por remordimiento, ella espoleó los ijares de su caballo, que partió a galope tendido. Anduvieron de aquel modo durante un largo rato, sin siquiera mirarse.

El tumulto de la caza se acercaba; la maleza parecía estremecerse y de pronto, rompiendo las ramas, cubierto de sangre, quitándose de encima a los perros que se abalanzaban sobre él, pasó el jabalí.

El barón gritó con una carcajada de triunfo:

—¡Quien me quiera, que me siga! —Y desapareció entre los arbustos, como si le hubiera tragado la floresta.

Cuando, minutos después, ella llegó a un calvero, él se levantaba sucio de barro, rota la casaca, las manos ensangrentadas: su cuchillo de monte estaba clavado hasta la empuñadura en el lomo del animal tendido.

El encarne se hizo a la luz de las antorchas, en la agradable y melancólica noche. La luna hacía palidecer la llama roja de las antorchas que aromatizaban la oscuridad con su humo resinoso. Los perros se comían las fétidas entrañas del jabalí y ladraban, disputando. Los monteros y los ojeadores, dispuestos en círculo alrededor del encarne, soplaban en los cuernos a pleno pulmón. La fanfarria se difundía en la clara noche más allá de los bosques, repetida por los ecos que se perdían en los valles lejanos, despertando a los ciervos inquietos, a los zorros aulladores y turbando el retozo de los conejos de gris pelaje, en el lindero del claro del bosque.

Las aves nocturnas, espantadas, revoloteaban sobre la jauría enloquecida. Y algunas mujeres, enternecidas por todas aquellas cosas agradables y violentas, apoyándose delicadamente en el brazo de los hombres, ya se alejaban por las alamedas, antes de que los canes hubiesen terminado de comer.

Lánguida a causa de aquel día de esfuerzo y de afecto, la señora de Avancelles le dijo al barón:

—¿Quiere dar una vuelta por el parque, amigo mío?

Él, sin responder, tembloroso, desfalleciente, se la llevó.

Se besaron enseguida. Fueron despacio, bajo las ramas casi desnudas por entre las que se filtraba la luz de la luna; y su amor, sus deseos, su necesidad de unirse se habían vuelto tan violentos que a punto estuvieron de caer al pie de un árbol.

Los cuernos no resonaban ya. Los perros, agotados, dormían en la perrera.

—Regresemos —dijo la joven.

Y volvieron sobre sus pasos.

Cuando estuvieron delante del castillo, ella susurró con voz lánguida:

—Me siento tan cansada que voy a acostarme, amigo mío.

Y, como él abría los brazos para robarle un último beso, ella escapó, dejándole como despedida:

—No…, me voy a dormir… ¡Quien me quiera que me siga!

Una hora después, cuando todo el castillo silencioso parecía muerto, el barón salió de la habitación de puntillas y fue a llamar suavecito a la puerta de su amiga. Al no oír respuesta, trató de abrir. No habían echado el cerrojo.

Ella fantaseaba, acodada en la ventana.

Él se arrojó a sus rodillas, besándolas apasionadamente a través de su bata. Ella no decía nada, hundiendo sus dedos finos, de una manera acariciante, en los cabellos del barón.

Y de repente, desprendiéndose como si hubiera tomado una gran decisión, murmuró con su tono atrevido, pero en voz baja:

—Vuelvo enseguida. Espéreme.

Y apuntando con el dedo en la sombra le indicó en el fondo de la habitación la mancha blanca e indefinida del lecho.

A tientas, con las manos temblorosas, desatinado, él se desnudó deprisa, metiéndose entre las frescas sábanas. Se tendió con deleite, casi olvidándose de su amiga, tan agradable era la caricia de la ropa de cama sobre su cuerpo cansado de movimiento.

Ella no volvía, sin embargo; sin duda se divertía haciéndole languidecer. Cerró los ojos, en medio de un exquisito bienestar; y soñaba dulcemente, en la grata espera de lo que tanto había deseado. Pero poco a poco los miembros se le entumecieron, su pensamiento se embotó, se volvió inseguro, fluctuante. Finalmente le venció el agotamiento; se durmió.

Durmió con el sueño pesado, invencible, de los cazadores extenuados. Durmió hasta el amanecer.

De repente, por la ventana que había quedado entreabierta, cantó un gallo, encaramado en un árbol próximo. Entonces, el barón, sorprendido por aquel sonoro canto, abrió los ojos.

Al sentir contra el suyo un cuerpo de mujer, encontrándose en un lecho que no reconocía, sorprendido, y sin acordarse ya de nada, balbució, en la turbación del despertar:

—Pero ¿dónde estoy? ¿Qué sucede?

Entonces ella, que no había dormido, mirando a aquel hombre despeinado, con los ojos enrojecidos, los labios gruesos, respondió con el tono altanero que empleaba con su marido:

—No es nada. Un gallo que canta. Siga durmiendo, caballero, es algo que no le atañe.

 

EL CERROJO*

 

A Raoul Denisane

Las cuatro copas estaban ahora medio llenas delante de los comensales, lo que indica por lo general que los invitados están llenos del todo. Se empezaba a hablar sin escuchar las respuestas, cada cual preocupado tan sólo de lo que ocurría dentro de sí mismo; y las voces se volvían chillonas, los gestos exagerados, los ojos alumbrados.

Era una cena de solteros, de solterones empedernidos. Unos veinte años atrás habían dado comienzo a aquella comida periódica, bautizándola como «el celibato». Entonces eran catorce, totalmente decididos a no casarse jamás. Ya sólo quedaban cuatro: tres habían muerto, los otros siete se habían casado.

Aquellos cuatro se mantenían fieles a su promesa y observaban escrupulosamente, en la medida de lo posible, las reglas establecidas al principio de su extraña asociación. Habían jurado, con un apretón de manos, apartar del llamado recto camino al mayor número posible de mujeres, preferiblemente a las de los amigos, y más aún a las de los amigos más íntimos. Por lo que, apenas alguno de ellos dejaba la sociedad para crear una familia, se apresuraba a romper definitivamente con sus viejos compañeros.

También debían, en cada cena, confesarse, contando, con nombre y apellido, pelos y señales, sus aventuras más recientes. De ahí esa especie de dicho familiar entre ellos: «Mentir como un soltero».

Profesaban el más completo desprecio por la Mujer, a la que consideraban como «un animal de placer». Citaban a cada paso a Schopenhauer, su dios; reclamaban el restablecimiento de los harenes y de los tornos,1 habían hecho bordar en el mantel y las servilletas usadas para las cenas del «celibato» el antiguo precepto: Mulier, perpetuus infans y, debajo, el verso de Alfred de Vigny:

La femme, enfant malade et douze fois impure! 2

De suerte que, a fuerza de despreciar a las mujeres, no pensaban más que en ellas, no vivían más que para ellas, hacia ellas tendían todos sus esfuerzos, todos sus deseos.

Aquellos de entre ellos que se habían casado les llamaban viejos galancetes, les tomaban el pelo y les temían.

Las confidencias de la cena del «celibato» debían comenzar precisamente en el momento del champán.

Aquella noche, estos viejos, porque viejos eran ya y, cuando más envejecían, más aventuras extraordinarias contaban, se mostraron inagotables. Cada uno de los cuatro, en un mes, había seducido al menos a una mujer al día; ¡y qué mujeres!, ¡las más jóvenes, las más nobles, las más ricas, las más bellas!

Una vez que terminaron sus historias, uno de ellos, el primero que había hablado y que luego había tenido que escuchar a todos los demás, se puso en pie.

—Y ahora que se han acabado las bromas —dijo—, quisiera contaros no mi última, sino mi primera aventura; me refiero a la primera aventura de mi vida, mi primera caída (sí, pues de una caída se trata) en los brazos de una mujer. No pretendo con ello contaros mi…, ¿cómo decir?, mi primera iniciación, no, por supuesto. El primer salto del foso (lo digo en sentido figurado) no tiene nada de interesante. Por lo general resulta fangoso, y nos levantamos de él un poco sucios, con una bonita ilusión menos, un vago asco, cierta tristeza. La realidad del amor, la primera vez que se toca, es un poco repugnante: uno pensaba que era una cosa muy distinta, más delicada, más fina. Se queda uno con una sensación moral y física de náusea, como cuando se pone por casualidad la mano sobre algo viscoso y no hay agua para lavarse. Por más que uno se frote, no se va.

»¡De todos modos, uno se acostumbra, y deprisa! ¡Y cómo se acostumbra! Por mi parte, siempre lamento no haber podido aconsejar al Creador en el momento en que organizó el asunto. No sé muy bien qué se me habría ocurrido, no lo sé exactamente; pero creo que lo habría hecho de otro modo. Habría buscado una combinación más conveniente y poética, sí, más poética.

»Me parece a mí que Dios se mostró en verdad demasiado…, demasiado… naturalista. No hubo poesía en su invención.

»Así pues, lo que quiero contaros es mi primera aventura con una mujer de la buena sociedad, la primera mujer de mundo a la que seduje. Perdón, quiero decir la primera mujer de mundo que me sedujo. Pues, al principio, somos nosotros los que nos dejamos cazar, mientras que luego… sucede lo mismo.

*

Era una amiga de mi madre, una mujer encantadora por lo demás. Una de esas personas que, cuando son castas, es normalmente por estupidez y, cuando están enamoradas, se vuelven como locas. ¡Se nos acusa de corromperlas! ¡Pues bien, sí! Con ellas, es siempre el conejo quien empieza, nunca el cazador. ¡Oh! Se diría que no piensen nunca en ello, bien lo sé, cuando no piensan en otra cosa; hacen de nosotros lo que se les antoja, sin que se note; y luego nos acusan de haberles arruinado la vida, deshonrado, envilecido, ¡y qué sé yo qué más!

Esa a la que me refiero ardía sin duda en deseos de que yo la envileciera. Debía de tener treinta y cinco años; yo apenas si contaba veintidós. No pensaba en seducirla más de lo que pensaba en hacerme trapense. Ahora bien, un buen día que había ido a hacerle una visita y examinaba asombrado su atuendo, una bata de mañana notablemente abierta, abierta como la puerta de la iglesia cuando tocan a misa, ella me tomó de la mano, la apretó, ya sabéis, la apretó como ellas aprietan en esos momentos y, con un lánguido suspiro, uno de esos que salen de lo hondo, me dijo: «Muchacho mío, no me mire así».

Naturalmente me puse más colorado que un tomate y estuve más tímido de lo habitual. Tenía unas grandes ganas de marcharme, pero ella me sujetaba de la mano, con firmeza. Se la posó sobre su pecho, un pecho generoso, y me dijo: «Mire, sienta cómo me palpita el corazón…».

Claro que palpitaba. Yo comenzaba a comprender, pero no sabía qué hacer, ni por dónde empezar. Luego he cambiado.

Como seguía con una mano apoyada en el voluminoso revestimiento de su corazón, y con el sombrero en la otra, y no dejaba de mirarla con una sonrisa confusa, una sonrisa boba, una sonrisa atemorizada, ella se alzó de golpe y, con voz irritada, dijo: «¡Ah, qué hace, jovencito! ¡Es usted un indecente y un maleducado!».

Retiré enseguida la mano, dejé de sonreír, balbuceé unas disculpas, me levanté y me fui, pasmado y trastornado.

Pero estaba ya atrapado y pensaba en ella… Me parecía encantadora, adorable; me convencí de que la amaba, de que la había amado siempre, decidí ser osado, ¡hasta temerario!

Cuando volví a verla, me dirigió una sonrisita de inteligencia. ¡Cuánto me turbó aquella sonrisita! Y su apretón de manos fue largo, de una insistencia elocuente.

Desde aquel día le hice la corte, por lo que parece. Al menos, ella pretendió después que yo la había seducido, conquistado, deshonrado, con un raro maquiavelismo, una habilidad extrema, una perseverancia de matemático y una astucia de apache.

Pero una cosa me turbaba extrañamente. ¿En qué lugar se vería consumado mi triunfo? Yo vivía con mi familia, que se mostraba en este aspecto intransigente. No tenía la audacia necesaria para franquear, en pleno día, la puerta de un hotel del brazo de una mujer, y no sabía a quién pedir consejo.

Ahora bien, mi amiga, charlando conmigo en plan de broma, me dijo que todo joven que se precie debe tener una habitación propia en la ciudad. Estábamos en París. Fue un relámpago de luz: alquilé una habitación y ella vino.

Vino un día de noviembre. Aquella visita, que hubiera querido posponer, me perturbó mucho porque no tenía fuego. Y no lo tenía porque mi chimenea humeaba. Justo la víspera le había armado una escena a mi casero, un viejo comerciante, y me había prometido venir personalmente con el deshollinador, antes de dos días, para examinar atentamente los trabajos que había que hacer.

En cuanto ella hubo entrado, le declaré: «No tengo fuego, porque mi chimenea humea». Dio la impresión de que ni siquiera me hubiera oído y balbució: «No pasa nada, ya lo tengo yo…». Al ver mi cara de sorpresa, se interrumpió, confusa; luego dijo: «Ya no sé lo que me digo…, estoy loca…, he perdido la cabeza… Pero ¡qué hago, Dios mío! ¿Por qué he venido aquí, desgraciada de mí? ¡Oh, qué vergüenza!». Y se arrojó sollozando en mis brazos.

Yo creí en sus remordimientos y juré respetarla. Pero ella se postró de rodillas delante de mí, gimiendo: «Pero ¿es que no te das cuenta de que te amo, de que me has conquistado, de que me has hecho perder la cabeza?».

Creí llegado el momento de empezar el ataque. Pero ella se estremeció, se levantó y fue hasta el armario para esconderse en él, gritando: «No me mires, no, no. Me avergüenzo con esta luz. Si al menos no me vieses, si estuviéramos a oscuras, si fuera de noche… ¡Piénsalo! ¡Qué maravilla! ¡Ah, esta luz!».

Me lancé hacia la ventana, cerré los postigos, corrí las cortinas, coloqué un abrigo encima de un hilillo de luz que aún se filtraba; luego, con las manos extendidas para no acabar encima de las sillas, con el corazón palpitándome, la busqué, la encontré.

Fue otro viaje, a dos, a tientas, con los labios unidos, hacia el ángulo opuesto donde se encontraba mi alcoba. Estoy seguro de que no íbamos derechos, pues primero encontré la chimenea y luego la cómoda y, por último, lo que andábamos buscando.

Entonces lo olvidé todo en un éxtasis frenético. Fue una hora de locura, de transporte, de alegría sobrehumana; luego, embargados de una deliciosa lasitud, nos dormimos, en brazos el uno del otro.

Y soñé. Pero he aquí que en mi sueño me pareció que me llamaban, que pedían socorro; luego recibí un impacto violento; ¡abrí los ojos!…

¡Oh!… El sol poniente, rojo, magnífico, entrando todo él por mi ventana abierta de par en par, parecía mirarnos desde la línea del horizonte, iluminando con un resplandor apoteósico la cama revuelta en la que una mujer enloquecida daba alaridos, se debatía, se contorsionaba, agitaba manos y pies para atrapar un trocito de sábana, o de cortina, cualquier cosa, mientras, de pie en medio de la habitación, estupefactos, uno al lado del otro, el dueño de la casa en levita, acompañado del portero y de un deshollinador negro como un demonio, nos contemplaban con caras de pasmarotes.

Me levanté furioso, dispuesto a saltarles al cuello, y grité: «¿Qué hacen ustedes en mi habitación, maldita sea?».

Al deshollinador le entró una risa irresistible y dejó caer la chapa que sostenía en la mano. El portero parecía enloquecido; el casero balbució: «Pero, caballero…, hemos venido por la chimenea…, la chimenea…». Yo grité: «¡Lárguense de aquí, rediós!».

Entonces se quitó su sombrero con aire confundido y cortés. Y, andando hacia atrás, murmuró: «Le pido excusas, caballero, le pido perdón, de haber imaginado que iba a molestarle no habría venido… El portero me dijo que había salido usted. Disculpe».

Y se fueron.

Desde ese día, como comprenderéis, no cierro nunca las ventanas; pero echo siempre el cerrojo.

 

UNA BROMA NORMANDA*

 

A A. de Joinville

El cortejo desfilaba por la vereda, a la que daban sombra los altos árboles crecidos en los ribazos de las alquerías. Delante iban los recién casados, luego los parientes, seguían los invitados, a continuación los pobres del pueblo, y los chiquillos, que daban vueltas como moscas alrededor, pasaban por entre las filas, trepaban a las ramas de los árboles para ver mejor.

El novio era un buen mozo, Jean Patu, el más rico hacendado de la región. Era, ante todo, un cazador empedernido, que perdía la cabeza por satisfacer su pasión, y gastaba a manos llenas en perros, guardias, hurones y rifles.

La esposa, Rosalie Roussel, había sido muy cortejada por los mejores partidos de los contornos, porque era considerada hermosa y se sabía que contaba con una buena dote; pero había elegido a Patu, acaso porque le gustaba más que los otros, o, más probablemente, como normanda juiciosa que era, porque tenía más posibles que los demás.

Cuando franquearon la gran cancela de la alquería marital, estallaron cuarenta escopetazos sin que se viera a los tiradores ocultos en las zanjas. Ante aquel ruido, se apoderó una gran alegría de los hombres, que pataleaban fuerte embutidos en sus trajes de fiesta: y, dejando a su mujer, Patu saltó sobre un mozo que vio detrás de un árbol, le cogió el rifle y también él soltó un disparo dando saltos como un pollino.

Luego reanudaron la marcha bajo los manzanos cargados ya de fruto, a través de la alta hierba, en medio de los terneros que miraban con sus grandes ojos, se alzaban lentamente y se quedaban derechos, con el morro hacia el cortejo.

A medida que se acercaba la hora de la comida, los hombres adoptaban de nuevo un semblante serio. Algunos, los ricos, lucían altos sombreros de lustrosa seda que, en aquel sitio, desentonaban; otros llevaban antiguos cubrecabezas de pelo largo, que parecían de piel de topo; los más humildes iban tocados con gorras.

Todas las mujeres llevaban chales echados sobre los hombros, cuyos picos sujetaban ceremoniosamente sobre los brazos. Eran rojos, abigarrados, llamativos; y su colorido parecía asombrar a las negras gallinas del estercolero, a los patos del borde de la charca y a los palomos sobre las techumbres de bálago.

Todo el verde de los campos, el verde de la hierba y el de los árboles parecía más intenso en contacto con aquella púrpura encendida, y los dos colores así combinados se tornaban cegadores bajo el sol de mediodía.

Al fondo de la bóveda que formaban los manzanos, la gran alquería parecía a la espera. Una especie de vapor salía por la puerta y las ventanas abiertas, así como fuertes olores de cocina se expandían del vasto edificio, por todas sus aberturas, por las mismas paredes.

Como una serpiente, el cortejo de invitados se alargaba a través del patio. Los primeros en llegar a la casa rompían la cadena, se dispersaban, mientras que por allá abajo seguían entrando por la cancela abierta. Las zanjas estaban llenas ahora de zagales y de pobres, que curioseaban; y los disparos continuaban y retumbaban por todas partes, esparciendo en el aire una neblina de pólvora y ese olor que embriaga como el ajenjo.

Delante de la puerta, las mujeres se sacudían las faldas polvorientas, desanudaban las oriflamas que hacían las veces de cintas de sus sombreros, se quitaban los chales poniéndoselos sobre un brazo, luego entraban en casa para desembarazarse por fin de aquellos aderezos.

La mesa estaba instalada en la gran cocina, con capacidad para cien personas.

Se sentaban a la mesa a las dos. A las ocho seguían comiendo. Los hombres despechugados, en mangas de camisa, con la cara enrojecida, engullendo vorazmente. La rubia sidra relucía en los grandes vasos, alegre, clara y dorada, al lado del vino de color intenso y oscuro, color sangre.

Entre un plato y otro se tomaba una copita, una copita de aguardiente normando1 que encendía el cuerpo y hacía enloquecer las cabezas.

De vez en cuando, un invitado, lleno como una cuba, salía hasta los árboles cercanos, se aliviaba y luego volvía adentro con hambre renovada.

Las mujeres, congestionadas, oprimidas, con los corpiños tensos como balones, seccionadas en dos por el corsé, hinchadas de arriba abajo, se quedaban en la mesa por pudor. Pero tras haber salido una de ellas, más apurada, se levantaron todas a continuación. Volvían más alegres, dispuestas a reír. Y comenzaron las bromas pesadas.

Con una gran carga de obscenidad, fueron disparadas a través de la mesa, todas sobre la noche de bodas. El arsenal del ingenio campesino fue vaciado. Desde hacía cien años, se decían las mismas chocarrerías en las mismas circunstancias y, aunque todos las conocieran, siempre hacían efecto, provocando sonoras carcajadas en las dos hileras de convidados.

Un viejo de pelo canoso llamaba:

—¡Viajeros para Mézidon,2 al coche!

Y se daban gritos de alegría.

Justo en un extremo de la mesa, cuatro jovenzuelos del vecindario estaban preparando una broma a los recién casados, y debía de habérseles ocurrido algo extraordinario, puesto que mientras bisbiseaban pataleaban en el suelo.

Uno de ellos, aprovechando un momento de calma, gritó:

—¡Menuda noche con esta luna para los cazadores furtivos!… Oye, Jean, ¿no estarás tú al acecho con esta luna?

El marido se volvió de golpe:

—¡Diles a los cazadores furtivos que vengan!

El otro rompió a reír:

—¡Claro que pueden hacerlo, pues no irás tú a dejar lo que tengas entre manos por ellos!

Todos los de la mesa estallaron en una risa de alegría. Tembló el suelo, retemblaron los vasos.

Pero el novio, ante la idea de que pudiera aprovecharse su noche de bodas para cazar furtivamente en sus tierras, se enfureció:

—Sólo te digo una cosa: ¡que se atrevan a venir!

Entonces cayó un diluvio de indecencias de doble sentido que hacían ruborizarse un poco a la novia, toda temblorosa por la expectativa.

Finalmente, tras haber sido vaciados varios barriles de aguardiente, se fueron todos a dormir; y los recién casados entraron en su alcoba, situada, como en todas las alquerías, en la planta baja; y, como hacía algo de calor, abrieron la ventana y cerraron la persiana. Una lamparilla de mal gusto, regalo del padre de la mujer, ardía sobre la cómoda; la cama estaba lista para recibir a la nueva pareja, que no preparaba su primera cohabitación con todo el ceremonial de los burgueses de ciudad.

La joven se había quitado ya el tocado y el vestido, y permanecía en enaguas, desatándose los botines, en tanto Jean se acababa su cigarro, mirando de soslayo a su compañera.

La espiaba con ojos relucientes, una mirada más sensual que cariñosa; pues la deseaba más que la quería; y, de pronto, con un movimiento brusco, como alguien que va a ponerse manos a la obra, se quitó el traje.

Ella se había desatado ya los botines, y ahora se estaba quitando las medias; acto seguido le dijo, tuteándole como hacía desde la infancia:

—Ve y ponte detrás de la cortina, que yo me meteré en la cama.

Él fingió negarse, pero luego fue, con aire socarrón, ocultándose totalmente menos la cabeza. Ella reía, trataba de taparle los ojos, y jugaban alegre y amorosamente, sin falsos pudores ni embarazo.

Por fin él cedió y ella, en cuestión de segundos, se desató la última falda, que se deslizó a lo largo de sus piernas, cayó en torno a los pies y se posó en redondo en el suelo. Allí la dejó, pasando por encima, desnuda bajo su holgado camisón y se metió en la cama, cuyos muelles chirriaron bajo su peso.

Enseguida llegó él, descalzo, en pantalones, y se inclinaba hacia su mujer, buscando sus labios que ella escondía contra la almohada, cuando resonó un disparo a lo lejos, en dirección al bosque de las Râpées, le pareció.

Él se enderezó inquieto, con el corazón en un puño, y, corriendo hacia la ventana, abrió la persiana.

La luna llena bañaba el patio de una luz amarillenta. La sombra de los manzanos formaba unas manchas oscuras a sus pies; y, a lo lejos, la campiña, cubierta de mieses en sazón, relucía.

Cuando Jean se inclinó hacia fuera, acechando todos los ruidos de la noche, dos brazos desnudos se anudaron en torno a su cuello, y su mujer, tirando de él hacia atrás, murmuró:

—Déjalo estar, qué te importa, ven.

Él se volvió, la cogió, la estrechó, palpándola bajo la tela ligera; y, alzándola con sus brazos robustos, se la llevó hacia la cama.

Justo cuando la depositaba en el lecho, que se dobló bajo su peso, resonó una nueva detonación, más próxima ésta.

Entonces Jean, trastornado por una cólera tumultuosa, juró:

—Maldita sea, ¿se creen que no voy a salir por ti?… ¡Espera, espera!

Se calzó, cogió su rifle que siempre permanecía colgado al alcance de su mano y, como su mujer se arrastraba agarrada a sus rodillas y le suplicaba fuera de sí, se desprendió con energía, corrió a la ventana y saltó al patio.

Ella esperó una hora, dos horas, hasta que se hizo de día. Su marido no regresó. Entonces perdió la cabeza, llamó, contó el ataque de furia de Jean y su salida tras los cazadores furtivos.

Los criados, los arrieros, los mozos partieron enseguida en busca de su amo.

Le encontraron a dos leguas de la alquería, atado de pies a cabeza, medio muerto de rabia, con la escopeta retorcida, los pantalones bajados, tres liebres muertas en torno al cuello y un cartelito en el pecho:

«Quien mucho abarca poco aprieta».

Y, más tarde, cuando contaba su noche de bodas, añadía:

—Oh, como broma fue realmente una buena broma. Me echaron el lazo como a un conejo, los muy canallas, y me engatusaron como a un pardillo. ¡Pero si les cojo algún día, van apañados!

Así se divierten en Normandía en el día de la boda.

 

UNA PASIÓN*

 

El mar estaba cabrilleante y calmado, apenas mecido por la marea, y en el muelle toda la ciudad de Le Havre miraba entrar los barcos.

Se divisaban a lo lejos, en gran número: los unos, los grandes buques de vapor, empenachados de humo; los otros, los veleros, arrastrados por remolcadores casi invisibles, que alzaban hacia el cielo sus mástiles desnudos, como árboles sin ramas ni hojas.

Acudían de todos los puntos del horizonte hacia la estrecha bocana del muelle que engullía a todos aquellos monstruos, los cuales gemían, gritaban, silbaban, expulsando chorros de vapor como si resoplasen.

Dos jóvenes oficiales se paseaban por el muelle lleno de gente, saludaban, eran saludados, a veces se detenían a charlar.

De repente, uno de ellos, el más alto, Paul d’Henricel, apretó el brazo de su compañero, Jean Renoldi, y le dijo en voz baja:

—Mira, ahí está la señora Poinçot; presta atención, pues estoy seguro de que te guiña el ojo.

Ésta llegaba del bracete con su marido, un rico armador. Era una mujer de unos cuarenta años, muy bella aún, algo gordita, pero justo por eso mismo lozana como si hubiera tenido veinte años. Los amigos la llamaban la Diosa, por su porte altanero, sus ojazos negros, la nobleza de su figura. Gozaba de una reputación sin tacha; nunca una sospecha había rozado su vida. Se la ponía como ejemplo de mujer honrada y sencilla, tan digna que ningún hombre había osado nunca hacerse ilusiones respecto a ella.

Y, sin embargo, desde hacía un mes Paul d’Henricel le repetía a su amigo Renoldi que la señora Poinçot le echaba miradas cariñosas; e insistía:

—Estoy seguro de no equivocarme; lo veo claro, te ama; te ama apasionadamente, como una mujer honesta que no ha amado nunca. Cuarenta años es una edad terrible para las mujeres honestas que no son un témpano de hielo. Se vuelven locas y hacen locuras. Ésta está tocada, amigo mío; como un pájaro herido, está cayendo, y caerá en tus brazos… Mira…

La guapa mujer, que caminaba precedida por sus dos hijas, una de doce, otra de quince años, había palidecido de golpe, al ver al oficial. Le miraba con ardor, con una mirada fija, y parecía no ver ya nada a su alrededor, ni a sus hijas, ni a su marido, ni a la gente. Devolvió el saludo de los jóvenes sin bajar la mirada, encendida por una tal llama que finalmente la duda se infiltró en la mente del teniente Renoldi.

Su amigo murmuró:

—Estoy convencido de ello. ¿Has visto, esta vez? ¡Diantre, es aún un buen bocado!

Pero Jean Renoldi no quería amoríos mundanos. Poco dado al amor, ansiaba ante todo una vida tranquila y se contentaba con las relaciones ocasionales que un joven encuentra siempre. Todo ese conjunto de sentimentalismo, atenciones, ternuras que exige una mujer de clase, le fastidiaba. La cadena, aunque ligera, que siempre ata semejantes aventuras, le espantaba. Decía: «Al cabo de un mes estoy hasta la coronilla, y he de tener paciencia otros seis meses por educación». Sin contar con las rupturas, que le exasperaban, las escenas, las alusiones, los incordios de la mujer abandonada.

Evitó coincidir con la señora Poinçot.

Pero una noche ocurrió que se encontró al lado de ella, en la mesa, durante una cena, y sintió continuamente en la piel, en los ojos y hasta en el alma, la ardiente mirada de su compañera de mesa; sus manos se encontraron y casi involuntariamente se estrecharon. Era ya el comienzo de una relación.

La volvió a ver, siempre involuntariamente. Se sentía amado; ello le emocionó, presa de una especie de compasión vanidosa por la intensa pasión de aquella mujer. Por tanto se dejó adorar y se limitó a ser galante con ella, esperando que la relación no pasara de lo sentimental.

Pero un día ella le dio una cita, para poder verse, dijo, y charlar libremente. Cayó en sus brazos, con deliquio, y se vio obligado a convertirse en su amante.

La cosa duró seis meses. Ella le amó de modo desenfrenado, anhelante. Atrincherada en esta pasión fanática, no pensaba en nada más; se había entregado por entero: cuerpo, alma, reputación, posición, felicidad, lo había sacrificado todo a esa llama de su corazón, como en otros tiempos se arrojaban, por sacrificio, todos los objetos preciosos a la hoguera.

Desde hacía ya bastante tiempo él estaba harto, y añoraba vivamente sus fáciles conquistas de apuesto oficial; pero estaba atado, retenido, prisionero. Ella le decía sin cesar:

—Te lo he dado todo, ¿qué más quieres?

Él hubiera querido responder: «Pero yo no quería nada, es más, te ruego que recuperes lo que me has dado».

Sin preocuparse de ser vista, comprometida, perdida, ella iba a su casa todas las noches, cada vez más inflamada. Se arrojaba en sus brazos, le estrechaba, languidecía en besos frenéticos que a él le aburrían tremendamente. Le decía con voz cansina:

—Vamos, no exageres…

Ella respondía:

—Te amo.

Y caía a sus pies para contemplarlo largamente en actitud de adoración. Ante aquella mirada obstinada él acababa perdiendo la paciencia, quería que se levantase.

—Vamos, siéntate, charlaremos.

Ella murmuraba:

—Déjame.

Y se quedaba allí, en éxtasis.

Él le decía a su amigo D’Henricel:

—Acabaré por darle una tunda. No puedo más, ya no la amo. ¡Tengo que acabar con esto, y enseguida!

Y añadía:

—¿Qué me aconsejas?

El otro respondía:

—Plántala…

Pero Renoldi añadía, encogiéndose de hombros:

—Es muy fácil decirlo, te crees que no cuesta nada dejar plantada a una mujer que te martiriza con sus atenciones, que te tortura con sus deferencias, que te persigue con su afecto, cuya única preocupación es gustarte y el único error el haberse entregado a pesar tuyo.

Pero he aquí que, una mañana, se supo que el regimiento iba a cambiar de guarnición; Renoldi se puso a bailar de la alegría. ¡Estaba salvado sin escenas, sin gritos! ¡Salvado!… ¡Ya sólo se trataba de tener paciencia dos meses!… ¡Salvado!…

Aquella noche ella llegó a casa de él más exaltada que de costumbre. Se había enterado de la terrible noticia y, sin quitarse siquiera el sombrero, le tomó de las manos, estrechándoselas nerviosamente y, mirándole con fijeza a los ojos, le dijo con voz vibrante y decidida:

—Estás a punto de partir, lo sé. Al principio me ha roto el corazón; pero luego he comprendido lo que debía hacer. Ya no tengo dudas. Vengo a darte la mayor prueba de amor que puede ofrecer una mujer: me voy contigo. Por ti dejo a mi marido, a mis hijas, a mi familia. Arruino mi vida, pero soy feliz. Es como si me entregara de nuevo a ti. Hago el último sacrificio, el mayor: ¡soy tuya, para siempre!

Él sintió que le corrían unos sudores fríos por la espalda y fue presa de una rabia sorda y furiosa, una ira de persona débil. Sin embargo, se calmó y, con tono desinteresado y dulce voz, rechazó el sacrificio, trató de calmarla, de hacerla razonar, ¡de hacerle ver su locura! Ella le escuchaba mirándole a la cara con sus ojos negros, un rictus de desdén, sin responder nada. Cuando hubo terminado, ella se limitó a decirle:

—¿No serás acaso un cobarde? ¿No serás de esos que seducen a una mujer y la abandonan por el primer capricho?

Él palideció y se puso de nuevo a razonar; le describió las inevitables consecuencias de una acción semejante, hasta su muerte: sus vidas rotas, la sociedad que les rechazaría… Ella respondía obstinadamente:

—¿Qué importa, cuando se ama?

Entonces él estalló de sopetón:

—Pues bien, no. Yo no quiero, ¿entendido? No quiero, te lo prohíbo.

Luego, movido por sus largos rencores, desembuchó lo que llevaba dentro:

—Diantre, hace demasiado tiempo que me amas a pesar mío, y ahora sólo faltaría que te llevase conmigo. ¡Muchas gracias!

Ella no contestó nada, pero su rostro lívido se contrajo lenta y dolorosamente, como si todos sus nervios y músculos se hubieran crispado. Y se marchó sin despedirse de él.

Aquella misma noche se envenenó. Se la creyó perdida durante ocho días. Y en la ciudad murmuraban de ella, la compadecían, disculpaban su error por la violencia de su pasión; pues los sentimientos extremos, vueltos heroicos por su arrebato, se hacen perdonar siempre lo que tienen de condenable. Una mujer que se quita la vida deja de ser, por así decirlo, adúltera. Y no tardó en caer una especie de reprobación general sobre el teniente Renoldi que se negaba a volver a verla, un sentimiento unánime de censura.

Se contaba que la había abandonado, traicionado, pegado. El coronel, apiadado, le dijo algo al oficial por medio de una discreta alusión. Paul D’Henricel fue a ver a su amigo:

—Diantre, amigo, no se deja morir a una mujer de este modo, no es manera de comportarse…

El otro, exasperado, hizo callar a su amigo, que pronunció la palabra infamia. Se batieron. Renoldi fue herido, para satisfacción general, y guardó cama largo tiempo.

Ella se enteró, y le amó más aún, creyendo que se había batido por ella; pero, dado que no podía abandonar su habitación, no pudo verle antes de la partida del regimiento.

Estaba desde hacía tres meses en Lille cuando recibió, una mañana, la visita de una joven, la hermana de su antigua amante.

Tras largos padecimientos y una desesperación que no había podido superar, la señora Poinçot iba a morir. Estaba condenada sin esperanza. Deseaba verle un minuto, nada más que un minuto, antes de cerrar los ojos para siempre.

La ausencia y el tiempo habían aplacado el agobio y la cólera del joven; se sintió enternecido, lloró, y partió para Le Havre.

Se la hubiera dicho en la agonía. Les dejaron solos; y él tuvo, en el lecho de esa moribunda que había matado a su pesar, una crisis de espantosa tristeza. Sollozó, la besó con labios dulces y apasionados, como nunca antes lo había hecho. Balbuceaba:

—No, no, no te morirás, te curarás, nos amaremos…, nos amaremos… siempre.

Ella murmuró:

—¿Es cierto? ¿Me amas?

Y él, en su desolación, juró, prometió esperarla hasta que se curase, se conmovió largo rato besando las manos tan enflaquecidas de la pobre mujer cuyo corazón latía como loco.

Al día siguiente, regresó a su guarnición.

Seis semanas más tarde, ella se reunía con él, muy envejecida, desconocida, y más enamorada aún.

Desesperado, él la aceptó de nuevo. Pero como se habían puesto a vivir juntos, como si estuvieran unidos legalmente, el mismo coronel, que antes se había indignado por el abandono, se rebeló ahora ante aquella situación ilegítima, incompatible con el buen ejemplo que los oficiales deben dar en un regimiento. Primero advirtió a su subordinado, luego comenzó a atormentarlo: y Renoldi presentó su baja.

Se fueron a vivir a una quinta a orillas del Mediterráneo, el clásico mar de los enamorados.

Pasaron otros tres años. Renoldi, doblegado bajo el yugo, estaba vencido, acostumbrado a aquel pertinaz apego. Ella tenía ahora todo el pelo cano.

Él se consideraba un hombre acabado, aniquilado. Cualquier esperanza, cualquier carrera, cualquier satisfacción, cualquier alegría, le estaban ahora vedadas.

Una mañana le trajeron una tarjeta de visita: «Joseph Poinçot, armador. Le Havre». ¡El marido! El marido que no había dicho nada, comprendiendo que no vale la pena luchar contra estas obstinaciones desesperadas de las mujeres. ¿Qué querría?

Estaba esperando en el jardín, tras haber rehusado entrar en la quinta. Saludó cortésmente, no quiso sentarse, ni siquiera en un banco de una de las alamedas, y se puso a hablar clara y parsimoniosamente.

—No he venido, señor, para hacerle ningún reproche; demasiado bien sé cómo ocurrieron las cosas. Yo sufrí…, sufrimos… una especie de fatalidad. Nunca hubiera venido a molestarle a su lugar de retiro si la situación no hubiese cambiado. Tengo dos hijas, señor. Una de ellas, la mayor, ama a un joven, que le corresponde. Pero la familia de este muchacho se opone al matrimonio, arguyendo la situación de la… madre de mi hija. No siento ni ira ni rencor, pero adoro a mis hijas, señor. Vengo, pues, a reclamarle a mi…, mi esposa; espero que hoy ella acepte volver a mi casa conmigo…, a su casa. En cuanto a mí, fingiré haberlo olvidado todo por…, por mis hijas.

Renoldi sintió un fuerte impacto en el corazón y se sintió inundado de un delirio de alegría, como un condenado que recibe el perdón.

Balbució:

—Pues sí…, ciertamente, señor… también yo…, créame…, sin duda…, es más que justo.

Hubiera querido darle un apretón de manos, abrazarle, darle dos besos en las mejillas.

Prosiguió:

—Entre; en el salón estará mejor: voy a llamarla.

Esta vez el señor Poinçot no se resistió y tomó asiento.

Renoldi subió la escalera a toda prisa, delante de la puerta de su amante se dominó y entró muy serio:

—Preguntan por ti abajo, es para darte una noticia relativa a tus hijas.

Ella se levantó de golpe.

—¿De mis hijas? ¿Qué sucede?, ¿qué ha pasado? ¿Han muerto?

Él dijo:

—No, pero es un asunto serio que sólo tú puedes solucionar.

Ella no quiso escuchar nada más y bajó rápidamente.

Trastornadísimo, él se dejó caer en una silla y esperó.

Esperó largo rato, mucho rato; luego, oyendo llegar hasta él un ruido de voces irritadas, decidió bajar.

La señora Poinçot estaba de pie, furiosa, a punto de salir, mientras su marido la retenía por el vestido, diciendo:

—Pero ¡debe comprender que de este modo arruina a nuestras hijas, a sus hijas, a nuestras niñas!

Ella respondía tercamente:

—No volveré nunca a su casa.

Renoldi lo comprendió todo, se acercó sintiéndose desfallecer, balbuceando:

 

—Pero ¡cómo! ¿Te niegas?

Ella se volvió y, por una especie de pudor, no le tuteó en presencia de su legítimo esposo:

—¿Sabe lo que me está pidiendo? ¡Quiere que vuelva a su casa!

Y se reía con inmenso desprecio hacia aquel hombre casi arrodillado que le suplicaba.

Entonces Renoldi, con la decisión del desesperado que se juega la última baza, comenzó a su vez a hablar, defendió la causa de las pobres hijas, la causa del marido, su causa. Y cuando se interrumpía, buscando algún argumento nuevo, el señor Poinçot, no sabiendo ya qué decir, murmuraba, tuteándola, vuelto instintivamente a las viejas costumbres:

—Vamos, Delphine, piensa en tus hijas…

Ella abarcó a ambos en una sola mirada de supremo desprecio y, huyendo a la carrera hacia la escalera, gritó:

—¡Sois dos miserables!

Tras quedarse solos, los dos se miraron, tan abatido y apesadumbrado el uno como el otro; el señor Poinçot recogió el sombrero, que le había caído al lado, se sacudió con la mano el polvo de los pantalones, y luego, con gesto desesperado, mientras Renoldi lo acompañaba hasta la puerta, dijo, al despedirse:

—Somos realmente desgraciados, señor.

Y se alejó con paso pesado.

 

¿LOCO?*

 

¿Estoy loco? ¿O sólo soy celoso? No lo sé, pero he sufrido horrores. He cometido, lo admito, un acto de locura, de locura furiosa; pero ¿acaso unos celos desesperantes, el amor exaltado, traicionado, condenado, el atroz dolor que sufro, todo ello no basta para hacernos cometer delitos y locuras sin ser verdaderos criminales de corazón y de mente?

¡Oh!, he sufrido, sufrido, sufrido, de forma continua, aguda, espantosa. Amé a esa mujer con verdadero frenesí… Y sin embargo… ¿es cierto que la amé? No, no, no. Me poseyó en cuerpo y alma, me absorbió y encadenó. He sido, y soy, una cosa suya, su juguete. Pertenezco a su sonrisa, a su boca, a su mirada, a las líneas de su cuerpo, a las facciones de su rostro; me falta el aliento ante el dominio que ejerce sobre mí su apariencia exterior; pero a Ella, la mujer de todo esto, al ser de ese cuerpo, yo la odio, la desprecio, la execro, la he odiado siempre, despreciado, execrado. Porque es pérfida, bestial, inmunda, impura; es la mujer de perdición, el animal sensual y falso que carece de alma, en el que el pensamiento no circula como aire libre y vivificador; es la bestia humana; peor aún, es nada más que un regazo, una maravilla de carne dulce y redonda en la que habita la Infamia.

El primer período de nuestra relación fue extraño y delicioso. Entre sus brazos siempre abiertos me agotaba en una furia de deseo inagotable. Sus ojos me hacían abrir la boca, como si me hubieran hecho venir sed. Eran grises a mediodía, sombreados de verde a la caída de la tarde, y azules al sol naciente. No estoy loco: juro que tenían estos tres colores.

En las horas de amor eran azules, como amoratados, con unas pupilas enormes y nerviosas. Por entre sus labios, movidos por un temblor, salía a veces la punta de la lengua, palpitante como la de un reptil; y sus párpados pesados se alzaban lentos, descubriendo esa mirada ardiente y anonadada que me hacía enloquecer.

Estrechándola entre los brazos miraba sus ojos y temblaba, trastornado tanto por el impulso imperioso de matar a esa bestia como por la necesidad de poseerla sin descanso.

Cuando andaba por mi habitación, el ruido de cada uno de sus pasos me producía una conmoción en el corazón; y cuando ella empezaba a desvestirse, dejando caer su vestido, y saliendo, infame y espléndida, de la ropa interior que le caía en torno, yo sentía en todos los miembros, en los brazos, en las piernas, en el pecho jadeante, un desfallecimiento infinito y cobarde.

Un día me di cuenta de que estaba cansada de mí. Lo vi en sus ojos cuando se despertó. Cada mañana, inclinado sobre ella, esperaba su primera mirada. La esperaba, lleno de rabia, de odio, de desprecio por aquella bestia dormida cuyo esclavo era. Pero cuando el azul pálido de su pupila, aquel azul líquido como agua, se mostraba todavía lánguido, fatigado, agotado por las caricias recientes, era como una llama rápida que me quemaba, exacerbando mis ardores. Aquel día, cuando se abrieron sus párpados, vi una mirada indiferente y triste que no deseaba ya nada.

Vi, supe, sentí, comprendí enseguida. Se había acabado, acabado para siempre. Tuve la prueba de ello a cada hora, a cada minuto.

Cuando la llamaba con los brazos y los labios, ella se volvía, enojada, murmurando: «¡Déjame estar!» o «¡Eres odioso!» o «¿Es que no puedo estar nunca tranquila?».

Me volví celoso, pero celoso como un perro, fui astuto, desconfiado, simulador. Sabía perfectamente que comenzaría de nuevo pronto, que vendría otro para volver a encender sus sentidos.

Fui frenéticamente celoso; pero no estoy loco, no, seguro que no.

Esperé; estaba en guardia; no iba a conseguir engañarme; pero ella seguía fría, adormecida. Decía a veces: «Estoy harta de los hombres». Y era cierto.

Entonces me volví celoso de ella misma; celoso de su indiferencia, celoso de la soledad de sus noches, celoso de sus gestos, de sus pensamientos, que siempre me parecían innobles, celoso de todo lo que intuía. Y cuando a veces se despertaba con esa mirada lánguida que antes era la consecuencia de nuestras noches ardientes, como si alguna concupiscencia hubiera invadido su alma y despertado de nuevo su deseo, me dominaban impulsos de ira, temblores de indignación, unas ganas de estrangularla, de doblegarla bajo mi rodilla para hacerle confesar, acogotándola, todos los secretos vergonzosos de su corazón.

¿Estoy loco? No.

Hasta que, una noche, sentí que era feliz. Sentí que habitaba en ella una pasión nueva. Estaba seguro, incontestablemente seguro. Palpitaba como después de mis caricias; su mirada echaba chispas, sus manos estaban calientes, todo su cuerpo vibrante exhalaba ese efluvio de amor que a mí me había hecho perder la cabeza.

Fingí no comprender, pero mi atención la envolvía como una red.

Sin embargo, no conseguía descubrir nada.

Esperé una semana, un mes, una estación. Ella se abría en el germinar de un ardor incomprensible; se aplacaba en la felicidad de una cópula inasible.

¡Y, de improviso, comprendí! No estoy loco. ¡Lo juro, no estoy loco!

¿Cómo expresarlo? ¿Cómo hacerme entender? ¿Cómo expresar esa cosa abominable e incomprensible?

He aquí de qué modo me di cuenta.

Una noche, ya lo he dicho, una noche, cuando volvió de un largo paseo a caballo, ella se dejó caer en una silla baja delante de mí, con las mejillas encendidas, el pecho palpitante, las piernas molidas, los ojos amoratados. ¡Ya la había visto así! ¡Estaba enamorada! ¡No podía equivocarme!

Entonces, fuera de mí y para no mirarla más, me volví hacia la ventana y vi a un mozo que llevaba de la brida hacia el establo al gran caballo, que se encabritaba.

También ella seguía con la mirada al animal fogoso y piafante. Y cuando hubo desaparecido, se durmió de golpe.

Me pasé toda la noche reflexionando. Me parecía que me adentraba en unos misterios que nunca había imaginado. ¿Quién explorará las perversiones de la sensualidad femenina? ¿Quién podrá comprender sus inverosímiles caprichos y su extraña forma de satisfacer las más extrañas fantasías?

Cada mañana, al amanecer, se iba a galopar por los llanos y los bosques; y cada vez volvía lánguida como después de un frenesí de amor.

¡Había comprendido! Ahora estaba celoso del corcel nervioso y galopante; celoso del viento que le acariciaba el rostro cuando volaba en sus locas carreras; celoso de las hojas que a su paso le besaban las orejas; de los raudales de luz que le caían sobre la frente a través de las ramas; celoso de la silla que la llevaba y que ella estrechaba entre los muslos.

Era todo esto lo que la hacía feliz, la exaltaba, la saciaba, la dejaba agotada y me la devolvía insensible y casi en deliquio.

Decidí vengarme. Fui amable y estuve lleno de atenciones para con ella. Le alargaba la mano cuando estaba a punto de saltar a tierra después de las desenfrenadas carreras. El animal furioso se me echaba encima y ella lo aplacaba acariciándole el cuello arqueado, lo besaba en los ollares trémulos sin siquiera secarse los labios después; y el perfume de su cuerpo, empapado de sudor como después de la tibieza del lecho, se mezclaba en mis fosas nasales con el olor acre y salvaje de la bestia.

Esperé el día y el momento. Cada mañana ella pasaba por el mismo sendero, en un bosquecillo de abedules que se perdía en la floresta.

Salí antes de la aurora, con una cuerda en la mano y mis pistolas escondidas en el pecho, como si fuera a batirme en duelo.

Corrí hacia su camino favorito: tendí la cuerda entre dos árboles y luego me escondí entre las hierbas.

Tenía el oído pegado al suelo; oí su galope lejano; luego la vi llegar a la carrera, desde el fondo, bajo la bóveda de ramas. ¡No me había equivocado, era justo como pensaba! Ella estaba exultante, tenía las mejillas teñidas de rubor y la locura pintada en los ojos; el movimiento precipitado de la carrera hacía vibrar sus nervios en un goce solitario y frenético.

El animal tropezó en la cuerda con las patas delanteras y rodó por tierra, con gran quebranto de huesos. Ella cayó entre mis brazos. Soy tan fuerte que podría llevar a un buey. Cuando la hube posado en el suelo me acerqué a Él que nos miraba y, mientras trataba aún de morderme, le puse una pistola en la oreja… y lo maté… como a un hombre.

Pero caí también yo, con el rostro marcado por dos fustazos; y cuando ella se me arrojó de nuevo encima le disparé en el vientre la bala que quedaba.

Decidme: ¿estoy loco?

 

LA HERRUMBRE*

 

Durante toda su vida había tenido una sola pasión inagotable: la caza. Iba de caza todos los días, de la mañana a la noche, con un impulso frenético. Iba de caza en invierno y en verano, en primavera y en otoño, al pantano, cuando los reglamentos vedaban el llano y los bosques; iba de caza a la escopeta, de montería, con perros de muestra, con sabuesos, al acecho, con señuelo, con hurones. No hablaba más que de caza, soñaba con la caza, repetía sin cesar: «¡Qué desgraciados deben de ser aquéllos a los que no les gusta cazar!».

Tenía ya cincuenta años cumplidos, pero se conservaba muy bien, se mantenía joven, aunque calvo, algo gordo, pero fortachón; y llevaba los bigotes recortados, para dejar bien a la vista los labios y libre el contorno de la boca para poder tocar más fácilmente el cuerno de caza.

En la región le designaban sólo con el nombre de pila: el señor Hector. Se llamaba barón Hector Gontran de Coutelier.

Vivía en una casita de campo, en medio de los bosques, que había heredado; y aunque conocía a toda la nobleza de la provincia y se encontraba con todos los representantes barones en las cacerías, frecuentaba asiduamente sólo a una familia: los Courville, unos vecinos amables, emparentados desde hacía siglos con su linaje.

En casa de éstos le cuidaban, le querían, le mimaban, y decía: «Si no fuera cazador, me pasaría la vida con ustedes». El señor de Courville era su amigo y compañero desde la infancia. Hidalgo campesino, vivía tranquilo con su mujer, su hija y su yerno, el señor de Darnetot, el cual, con la excusa de realizar estudios históricos, no hacía nada.

El barón de Coutelier iba a menudo a comer a casa de sus amigos, sobre todo para contarles sus aventuras de caza. Eran largas historias de perros y de hurones, de los que hablaba como de personajes importantes a los que conociera mucho. Revelaba sus pensamientos e intenciones, los analizaba y explicaba: «Cuando Médor ha visto que la polla de agua le hacía correr tanto, se ha dicho: “Espera, espera, tunanta, que ya verás cómo nos vamos a reír”. Entonces, haciéndome una seña con la cabeza, me ha indicado que fuera a situarme en un ángulo del campo de trébol, y ha empezado a acecharla transversalmente, armando gran ruido, agitando las hierbas para empujar así al animal hacia el ángulo en el que ya no podía escapar. Todo ha ido según lo previsto por él: la polla de agua se encuentra de golpe en el lindero. Imposible rebasarlo sin descubrirse. Piensa:“¡Este demonio de perro me ha pescado!” y se agazapa. Entonces Médor se detiene de golpe mirándome, yo le hago una seña y él la obliga a salir. Brrrr… La polla de agua levanta el vuelo, yo apunto, ¡pam!, y cae. Médor me la trae, moviendo la cola como diciéndome: “Nos la hemos hecho, ¿eh, señor Hector?”».

Courville, Darnetot y las dos mujeres se reían como locas con estos relatos pintorescos en los que el barón ponía toda su alma. Se animaba, movía los brazos, gesticulaba con todo su cuerpo; y cuando llegaba a la muerte del animal estallaba en una formidable carcajada, diciendo siempre, a modo de conclusión: «Es buena ésta, ¿eh?».

Si hablaban de otra cosa dejaba de escuchar y se ponía por su parte a canturrear fanfarrias. De modo que, en los momentos de silencio entre dos frases, en esos momentos de imprevista tregua que interrumpen el ruido de las palabras, se oía de golpe una tonadilla de caza: «Ton, ton, ton, ten, ton, ton», que el barón soltaba hinchando las mejillas como si soplase su cuerno.

Había vivido solamente para la caza y envejecía sin pensar ni tener conciencia de ello. Inesperadamente sufrió un ataque de reuma y tuvo que guardar cama dos meses. A punto estuvo de morir de tristeza y de aburrimiento. Como no tenía doncella y había de cocinarle un viejo criado, no contaba ni con cataplasmas calientes ni con pequeños cuidados, ni nada de lo que precisan los enfermos. Le hizo de enfermero su montero, el cual, aburriéndose tanto como su amo, dormitaba día y noche en un sillón, mientras el barón juraba y se exasperaba entre las sábanas.

Las señoras de Courville iban de vez en cuando a verle; y para él ésas eran horas de sosiego y de bienestar. Le preparaban la tisana, vigilaban el fuego, le servían amablemente el almuerzo en la cama; y cuando se iban murmuraba: «¡Por Dios, deberían venirse a vivir ustedes aquí!». Y ellas reían con ganas.

Cuando se hubo repuesto, y hubo reanudado su caza en el pantano, una noche fue a cenar a casa de sus amigos; pero ya no tenía la alegría y los ánimos de otro tiempo. Se sentía atormentado por una idea fija, el temor a que le volvieran los dolores antes de que se levantara la veda. Cuando se disponía a despedirse, mientras las señoras le arrebujaban en un mantón, anudándole una bufanda al cuello, y él por primera vez en su vida se dejaba hacer, murmuró con tono triste:

—Si recaigo, soy hombre acabado…

Apenas hubo salido, la señora de Darnetot le dijo a su madre:

—Habría que buscarle mujer al barón.

Todos levantaron los brazos. ¿Cómo no se les había ocurrido antes? Durante toda la velada buscaron entre las viudas que conocían, y la elección recayó en una mujer de cuarenta años, bonita aún, bastante rica, bienhumorada y con buena salud, que se llamaba Berthe Vilers.

La invitaron a pasar un mes en el castillo. Se aburría y aceptó. Estaba llena de vida y de alegría; el señor de Coutelier le gustó enseguida. Se divertía con él como si fuera un juguete viviente y se pasaba horas y horas preguntándole con guasa sobre los sentimientos de los conejos y las astucias de los zorros. Él hacía serias distinciones entre las diferentes maneras de ver de los distintos animales, a los que atribuía designios y sutiles razonamientos como si se tratara de hombres que conocía.

La atención que ella le demostraba le encantó; y una noche, para demostrarle su aprecio, le rogó que fuera de caza con él, cosa que no había hecho nunca con mujer alguna. A ella le pareció tan divertida la invitación que aceptó. Fue una fiesta proporcionarle el equipo; todo el mundo se puso a ello, le ofreció algo; y ella apareció vestida como una amazona, con botas, calzones de hombre, faldilla, una chaquetilla de terciopelo demasiado estrecha para su pecho, y una gorra de mozo de jauría.

El barón parecía emocionado como si fuera a hacer su primer disparo con rifle. Le explicó minuciosamente la dirección del viento, los diferentes modos de hacer pararse a los perros, la manera de disparar a la caza; luego la llevó por los campos siguiéndola paso a paso, como una nodriza que ve andar a su niño de pecho por primera vez.

Médor olisqueó, se arrastró, se detuvo y levantó la pata. El barón, detrás de su alumna, temblaba como una hoja. Balbuceaba:

—Cuidado, cuidado, per…, per…, perdices.

No había terminado de decirlo cuando se alzó un gran ruido —brrr, brrr, brrr— y un regimiento de grandes aves se elevó por los aires aleteando.

La señora de Vilers, asustada, cerró los ojos, disparó dos veces y dio unos pasos atrás a causa del retroceso del arma; luego, cuando recobró su sangre fría, vio al barón que bailaba como un loco, y a Médor que traía dos perdices en su boca.

A partir de aquel día el señor de Coutelier se enamoró de ella.

—¡Qué mujer! —decía alzando los ojos, y cada noche volvía al castillo para hablar de caza.

Un día, el señor de Courville, mientras le acompañaba de regreso a casa escuchándole decir maravillas de su nueva amiga, le preguntó a bocajarro:

—¿Por qué no se casa con ella?

El barón se quedó sorprendido:

—¿Yo, yo, casarme con ella? Pues… la verdad…

No añadió nada más. Luego, dándole un apretón de manos a su amigo, murmuró:

—Hasta la vista, amigo. —Y desapareció a grandes pasos en la oscuridad.

Estuvo tres días sin que se le viera el pelo. Cuando reapareció, estaba un tanto pálido por sus reflexiones, y más serio que de costumbre. Haciendo un aparte con el señor de Courville, le dijo:

—Tuvo usted una magnífica idea. Trate de prepararla para que me acepte. Por Dios, una mujer así, se diría hecha para mí. Cazaremos juntos todo el año.

El señor de Courville, seguro de que no sería rechazado, repuso:

—Haga su petición de mano enseguida, amigo mío. ¿Quiere que me encargue yo?

Pero el barón se turbó de repente; y, balbuceando, dijo:

—No…, no…, primero es preciso que haga un breve viaje…, un breve viaje a París. En cuanto vuelva, le daré una respuesta definitiva.

No se pudo saber más sobre el particular, y él partió al día siguiente.

El viaje duró largo tiempo. Pasó una semana, pasaron dos, tres: el señor de Coutelier no volvía. Los Courville, asombrados y preocupados, no sabían ya qué decirle a su amiga, a quien habían puesto al corriente de las intenciones del barón. Cada dos días mandaban a por noticias a su casa, pero el personal de servicio no sabía nada.

Una noche, mientras la señora Vilers estaba cantando acompañándose del piano, una criada fue a buscar al señor de Courville con gran misterio para decirle en voz baja que un señor preguntaba por él. Era el barón en traje de viaje, cambiado, envejecido. Apenas vio a su amigo, le tomó de las manos y dijo, con voz un poco cansina:

—Acabo de llegar, y he venido enseguida para aquí. No puedo más. —Titubeó, visiblemente incómodo—: Quería decirle enseguida que…, que ese asunto…, ya sabe usted cuál, se ha ido al agua.

El señor de Courville le miró, asombrado:

—Pero cómo que al agua, ¿y por qué?

—Por favor no me pregunte, son cosas que no pueden contarse; pero esté seguro de que me estoy portando como… una persona honorable. No puedo…, no tengo derecho, ya me entiende, derecho a casarme con esa señora. Esperaré a que ella se haya ido para volver a su casa; me resultaría demasiado doloroso verla de nuevo. Adiós.

Y se fue corriendo.

Toda la familia deliberó, discutió, se entregó a mil conjeturas. Concluyeron que en la vida del barón debía de haber un gran misterio, que tal vez tenía hijos naturales y una vieja relación. En definitiva, la cosa parecía seria, y, para no complicarla más, se lo comunicaron prudentemente a la señora Vilers, que volvió a irse viuda como había llegado.

Transcurrieron otros tres meses. Una noche el señor de Coutelier, tras haber cenado opíparamente y bebido tal vez un poco más de la cuenta, mientras estaba fumando en pipa con el señor de Courville, le dijo:

—Si supiera lo a menudo que pienso en la amiga de ustedes, se compadecería de mí.

El otro, un tanto molesto por la conducta del barón en esa circunstancia, le expresó claramente lo que pensaba:

—Por Dios, amigo, cuando se tienen secretos que esconder en la vida, no se va tan lejos como fue usted; a fin de cuentas, podía sin duda prever el motivo de su marcha atrás.

El barón, confundido, dejó de fumar.

—Sí y no. En fin, no creía que fuera a suceder lo que sucedió.

—Hay que preverlo todo —dijo el señor de Courville, perdiendo la paciencia.

Pero el señor de Coutelier, escrutando en la oscuridad para cerciorarse de que nadie les estaba escuchando, añadió en voz baja:

—Bien veo que les ofendí a ustedes y voy a contárselo todo para que me disculpen. Desde hace veinte años, amigo mío, sólo vivo para la caza. Es lo único que me gusta, ya lo sabe usted, y nada más me interesa. Así que, antes de contraer unas obligaciones con esa señora, me entraron escrúpulos de conciencia. Desde que perdí la costumbre del…, del amor, no sabía ya si sería aún capaz de…, de…, en fin, ya sabe. Piense, hace ya dieciséis años exactamente que…, que…, que por última vez, ya me entiende. En este lugar no es fácil…, no lo es…, ya sabe. Y tenía, además, otras cosas que hacer. Prefiero disparar un rifle. Resumiendo, antes de comprometerme ante el alcalde y ante el cura a…, a… eso, sentí miedo. Me dije: «Demonio…, pero ¿y si…, y si… fuera a fallar? Un hombre honesto no falta nunca a sus compromisos; y yo iba a adquirir un compromiso sagrado con esa persona. En fin, para salir de dudas, pensé en ir a pasar ocho días a París.

»Al cabo de ocho días…, nada, pero nada de nada. Y no es que no lo intentase. Me conseguí lo mejor y de todo tipo; y le aseguro que ellas hicieron todo cuanto pudieron… Sí…, ciertamente, no descuidaron nada. Pero ¿qué quiere? Cada vez acababan con…, con el morral vacío.

»Esperé entonces quince días, tres semanas, sin perder la esperanza. En el restaurante comía un montón de cosas especiadas, que me estropearon el estómago y…, y… nada…, nunca nada.

»Comprenderá usted que, en tales circunstancias, ante esa constatación, no podía sino…, sino retirarme. Cosa que hice.

El señor de Courville se retorcía para no soltar la carcajada. Dio con aire serio un apretón de manos al barón diciéndole:

—Le compadezco. —Y le acompañó hasta mitad de camino de su casa.

Luego, cuando estuvo a solas con su mujer, se lo contó todo, conteniendo a duras penas la risa. Pero la señora de Courville no reía en absoluto; escuchaba con suma atención y, cuando su marido hubo terminado, le dijo con gran seriedad:

—El barón es un cándido, querido. Tenía miedo y nada más. Le escribiré de inmediato a Berthe para que vuelva, deprisa.

Y como el señor de Courville le oponía las largas e infructuosas tentativas de su amigo, ella añadió:

—Bah, si uno quiere a su mujer, sépalo…, eso siempre acaba funcionando.

El señor de Courville no replicó nada, un poco incómodo él mismo.

 

LA SILLERA*

 

A Léon Hennique

En casa del marqués de Bertrans, la comida del levantamiento de la veda estaba a punto de acabar. Once cazadores, ocho señoritas y el médico del lugar se hallaban sentados en torno a la gran mesa iluminada, llena de fruta y de flores.

La conversación recayó sobre el amor y se originó una gran discusión, la eterna discusión, para saber si se podía amar de verdad una o varias veces. Se citaron ejemplos de gente que no había tenido más que un amor serio; se citaron también otros ejemplos de personas que habían amado a menudo y con pasión. Los hombres, en general, sostenían que la pasión, como las enfermedades, puede afectar varias veces al mismo individuo, y herirle de muerte si se interpone algún obstáculo. Por más que esta manera de ver las cosas pudiera parecer incontestable, las mujeres, basándose más en la poesía que en la observación, afirmaban que el amor, el verdadero amor, el gran amor, podía descender sólo una vez sobre un mortal, que era parecido al rayo, y que el corazón del que era tocado por él se encontraba luego tan vaciado, trastornado, dañado por el incendio, que ningún otro sentimiento profundo, ni siquiera en la fantasía, podía germinar de nuevo ya en él.

El marqués, que había amado mucho, era vivamente contrario a esta idea:

—En cambio, yo les digo que se puede amar varias veces con todas las fuerzas y con toda el alma. Como prueba de la imposibilidad de una segunda pasión me citan ustedes a personas que se han quitado la vida por amor. Yo les respondo que, si no hubieran cometido la tontería de suicidarse, la cual les ha quitado toda posibilidad de recaída, se habrían curado; y habrían vuelto a empezar, siempre, hasta el día de su muerte natural. Los enamorados son como los bebedores. Quien ha bebido beberá, quien ha amado amará. Es una cuestión de temperamento.

Fue elegido como árbitro el médico, un viejo médico parisino que se había retirado al campo, y se le pidió que expusiera su parecer.

Y justamente no tenía ninguno:

—Como ha dicho el marqués, es una cuestión de temperamento; por mi parte, sé de una pasión que duró cincuenta y cinco años sin un día de pausa y que sólo acabó con la muerte.

La marquesa aplaudió.

—¿No les parece hermoso? ¡Qué sueño, ser amados así! ¡Qué felicidad vivir durante cincuenta y cinco años rodeados de un semejante afecto porfiado y profundo. ¡Qué feliz debió de ser y cuánto debió de bendecir la vida quien fue adorado de ese modo!

El médico sonrió:

—En efecto, señora, no se equivoca en este punto, la persona amada fue un hombre. Ustedes le conocen, es el señor Chouquet, el boticario del pueblo. En cuanto a la mujer, ustedes también la conocieron, es la vieja sillera que venía todos los años al castillo. Pero quisiera explicarme mejor.

El entusiasmo de las mujeres había terminado; y sus caras de desencanto decían: «¡Puaf!», como si el amor tuviera que ser sólo cosa de personas finas y distinguidas, las únicas dignas de interés para la gente comme il faut.

El médico prosiguió:

*

Hace tres meses fui llamado junto al lecho de muerte de esa anciana. Había llegado, la víspera, en la carreta que era su casa, tirada por un rocín que habrán visto, y acompañada por sus dos perrazos negros, sus amigos y guardianes. El párroco ya estaba allí. Nos nombró sus ejecutores testamentarios, y nos contó toda su vida para que pudiéramos comprender bien el sentido de sus últimas voluntades. Nunca hubiera imaginado nada más curioso y desgarrador.

Su padre había sido sillero y su madre también. Ella no tuvo nunca una casa con cimientos.

Desde niña andaba errante, harapienta, piojosa, mugrienta. Se paraban a la entrada de los pueblos, a lo largo de las cunetas; desenganchaban la carreta; el caballo pacía; el perro dormía, con el hocico entre las patas; y la pequeña se revolcaba por la hierba mientras su padre y su madre, a la sombra de los olmos del camino, arreglaban las sillas viejas de todo el municipio. Hablaban poco en esa casa ambulante. Tras las pocas palabras necesarias para decidir quién iría a dar una vuelta por las casas lanzando el conocido grito: «¡Se arreglan sillas!», se ponían a trenzar la paja, sentados cara a cara o de lado. Cuando la niña se alejaba demasiado, o trataba de hacer amistad con algún mozalbete del pueblo, la voz airada del padre la llamaba: «¡Vuelve aquí, perdida!». Eran las únicas palabras afectuosas que oía.

Cuando fue más mayor, la mandaron a recoger los asientos desfondados de las sillas. Así, de un pueblo a otro, conoció a algún joven; pero esta vez eran los padres de sus nuevos amigos quienes llamaban brutalmente a sus hijos: «¡Quieres volver a casa, sinvergüenza! ¡Que no te vuelva a ver más charlando con andrajosos!».

A menudo los zagales la emprendían con ella a pedradas.

Cuando algunas señoras le daban alguna perra chica, ella se la guardaba celosamente.

Un buen día —contaba a la sazón once años—, estando de paso por nuestro pueblo, se encontró detrás del cementerio al pequeño Chouquet, que lloraba porque un compañero le había robado dos ochavos. Esas lágrimas de un niño de la burguesía, uno de esos niños que en su cabecita de pobre miserable imaginaba siempre felices y contentos, la trastornaron. Se acercó, y, cuando hubo sabido el motivo de su pena, depositó en sus manos todos sus ahorros, siete sueldos que él aceptó con naturalidad, secándose las lágrimas. Entonces, loca de la alegría, fue tan atrevida que le dio un beso. Él, que estaba observando con atención el dinero, la dejó hacer. Al ver que no la rechazaba ni le pegaba, volvió a empezar; le abrazó, le estrechó apasionadamente. Luego se largó.

¿Qué había ocurrido dentro de aquella pobre cabecita? ¿Se había apegado a aquel mocoso porque había sacrificado por él su tesoro de vagabunda, o bien porque le había dado el primer beso afectuoso? El misterio es el mismo en los pequeños que en los mayores.

Durante meses soñó con aquel rincón de cementerio y aquel chiquillo. Con la esperanza de volver a verle robó a sus padres, arañando un sueldo de aquí, un sueldo de allá, de un asiento que había arreglado o de las provisiones que iba a comprar.

Cuando volvió tenía en el bolsillo dos francos, pero apenas si consiguió entrever al pequeño boticario, muy aseado, detrás de los cristales de la tienda paterna, entre un tarro rojo y una solitaria.

Le amó más aún, seducida, emocionada, extasiada por aquella maravilla del agua colorada, por aquella apoteosis de cristales centelleantes.

Conservó su imborrable recuerdo y cuando, al año siguiente, se lo encontró detrás de la escuela jugando a las canicas con sus compañeros, ella se arrojó sobre él, le cogió en sus brazos y le besó tan efusivamente que él se puso a gritar de miedo. Para calmarlo, le dio todo el dinero que tenía: tres francos y veinte céntimos, un verdadero tesoro que él miraba con ojos como platos.

Cogió el dinero y se dejó acariciar a voluntad.

Durante otros cuatro años ella le entregó todos sus ahorros y él se los embolsó con toda conciencia, a cambio de unos besos consentidos. Una vez fueron treinta sueldos, otra dos francos, una tercera doce sueldos (lloró por ello de dolor y de vergüenza, pero había sido un mal año), y la última vez cinco francos, un bonito escudo redondo que a él le hizo reír del contento.

No pensaba en nada más que en él; y él esperaba su regreso con cierta impaciencia, corriendo a su encuentro apenas la veía, lo cual hacía brincar de alegría el corazón de la chiquilla.

Luego él desapareció. Le habían puesto interno en un colegio. Ella se enteró, preguntando hábilmente. Entonces recurrió a una diplomacia infinita para cambiar el itinerario de sus padres y hacerles pasar por allí en el tiempo de las vacaciones. Lo consiguió, pero tras un año de astucias. Llevaba, pues, dos años sin verle; y apenas si le reconoció de tan cambiado como estaba, crecido, guapo, imponente en su uniforme de botonadura de oro. Él fingió no verla y pasó orgullosamente por su lado.

Ella lloró durante dos días; y desde entonces sufrió constantemente.

Todos los años ella volvía; pasaba por delante de él sin atreverse a saludarle y sin que él se dignara siquiera volver la vista hacia ella. Ella le amaba con locura. Me dijo: «Es el único hombre que había visto sobre la faz de la tierra, señor doctor; no sabía siquiera si existían otros».

Sus padres murieron. Ella continuó el oficio, pero se consiguió dos perros en vez de uno, dos bestias terribles a las que nadie se atreviera a enfrentarse.

Un día, volviendo al pueblo donde había dejado su corazón, vio salir de la botica Chouquet a una joven, del brazo de su querido. Era su mujer. Se había casado.

Esa misma noche se tiró a la charca que hay junto a la plaza del Ayuntamiento. Un borracho rezagado la repescó y la llevó a la farmacia. El joven Chouquet bajó en batín para socorrerla y, sin dar muestras de reconocerla, le quitó las ropas, le dio unas friegas y con un tono duro de voz le dijo: «¡Está usted loca! ¡No se puede ser tan estúpido!».

Bastó esto para curarla: ¡le había dirigido la palabra! Sólo con eso iba a ser feliz durante un tiempo.

Él no quiso aceptar compensación alguna por sus servicios, por más que ella insistiera vivamente en pagarle.

Así transcurrió toda su vida. Arreglaba sillas pensando en Chouquet. Le veía todos los años tras los cristales. Adquirió la costumbre de comprar en su botica provisiones de pequeños medicamentos. Así le veía de cerca, le hablaba y le daba otra vez dinero.

Como les he dicho al comienzo, murió la primavera pasada. Después de haberme contado su triste historia, me rogó que entregara a aquel a quien había amado con tanto tesón todos los ahorros de su vida, dado que había trabajado solamente para él, me decía, incluso ayunando para economizar, y estar segura de que pensaría en ella, al menos una vez, cuando hubiera muerto.

Me entregó, pues, dos mil trescientos veintisiete francos. Le di al señor cura los veintisiete francos para el entierro y me llevé el resto cuando ella hubo exhalado el último suspiro.

Al día siguiente, me dirigí a casa de los Chouquet. Acababan de almorzar, uno enfrente del otro, gordos y colorados, importantes y satisfechos, y apestando a botica.

Me hicieron sentar; me invitaron a un kirsch, que acepté; y comencé a hablar con voz emocionada, convencido de que iban a ponerse a llorar.

Tan pronto como Clouquet comprendió que había sido amado por esa vagabunda, por esa sillera, por esa harapienta, estalló, indignado, como si ella le hubiera despojado de su buen nombre, del aprecio de la gente de bien, de su honra, de algo de delicado que le era más querido que su vida.

Su mujer, tan indignada como él, no hacía sino repetir: «¡Esa pordiosera!, ¡esa pordiosera!, ¡esa pordiosera!»…, incapaz de decir otra cosa.

Él se había puesto de pie y andaba a grandes pasos por detrás de la mesa, con el gorro griego que se le resbalaba sobre una oreja. Rezongaba:

«Pero ¿en qué cabeza cabe, doctor? ¡Son cosas tremendas para un hombre! ¿Qué hacer? De haberlo sabido en vida de ella, la habría hecho detener por los gendarmes y encarcelar. ¡No hubiera salido ya, se lo aseguro!».

Yo estaba estupefacto por el resultado de mi gestión piadosa. No sabía qué decir ni qué hacer. Pero tenía que acabar de cumplir con mi cometido. Proseguí:

«Ella me encargó que le hiciera entrega de sus ahorros, que ascienden a dos mil trescientos francos. Pero, dado que lo que le acabo de comunicar parece desagradarle tanto, mejor sería dar este dinero a los pobres».

Marido y mujer me miraron, patidifusos.

Me saqué del bolsillo el dinero, el miserable dinero de todos los países, de todos los tamaños, oro y moneda menuda mezclados. Luego pregunté:

«¿Qué deciden?».

La señora Chouquet fue la primera en hablar:

«Pero… en vista de que fue la última voluntad de esa mujer…, encuentro difícil renunciar».

El marido, algo confuso, agregó:

«Siempre podremos comprar algo para nuestros hijos».

Respondí con tono seco:

«Como quieran».

Él dijo:

«Dénoslo, ya que ha sido encargado para ello; ya encontraremos la manera de emplearlo en alguna buena obra».

Yo entregué el dinero, me despedí y me fui.

Al día siguiente Chouquet vino a verme y me dijo de sopetón:

«Esa…, esa mujer ha dejado aquí su carreta. ¿Qué piensa hacer con ella?».

«Nada, quédesela si quiere.»

—Perfecto, me irá bien; haré una cabaña con ella para el huerto.

Y se fue. Le llamé.

«Ha dejado también un caballo y sus dos perros. ¿Los quiere?»

Se detuvo, asombrado:

«Ah, no, eso no: ¿de qué iban a servirme? Disponga de ellos a su antojo.»

Y reía. Luego me alargó la mano y se la estreché. ¿Qué quieren? En un pueblecito el médico y el boticario no pueden ser enemigos.

Los perros me los llevé yo a mi casa. El párroco, que tiene un gran patio, se quedó con el caballo. La carreta sirve como cabaña a Chouquet, quien, con el dinero, se compró cinco obligaciones de los ferrocarriles.

He aquí el único amor profundo que he conocido en toda mi vida.

*

El médico se calló.

La marquesa, con lágrimas en los ojos, suspiró:

—¡Decididamente, sólo las mujeres saben amar!

 

UN PARRICIDIO*

 

El abogado había alegado demencia. ¿Cómo explicar de otro modo aquel extraño crimen?

Una mañana habían sido encontrados, en un cañaveral próximo a Chatou, dos cadáveres abrazados, un hombre y una mujer, de la buena sociedad, conocidos, ricos, ya no muy jóvenes y casados hacía apenas un año, siendo la mujer viuda desde hacía tres.

No se les conocían enemigos, ni les habían robado. Parecía que habían sido arrojados al río desde la orilla, tras haber sido golpeados, uno tras otro, con un largo objeto puntiagudo de hierro.

La investigación no conducía a nada. Los barqueros interrogados no habían visto nada; estaban a punto de interrumpirse las pesquisas, cuando un joven carpintero de un pueblo vecino, que se llamaba Georges Louis, apodado «el Señorito», se entregó.

A todas las preguntas sólo respondía:

—Conocía al hombre desde hacía dos años y a la mujer desde hacía seis meses. Venían a menudo a que les restaurara muebles antiguos, ya que tengo práctica en el oficio.

Y cuando le preguntaban:

—¿Y por qué los mató?

Él respondía con terquedad:

—Los maté porque me dio la gana.

No le pudieron sacar nada más.

Este hombre era un hijo natural sin duda, que había sido dado a criar en otro tiempo en la región y luego abandonado. Su único nombre era Georges Louis, pero como, al crecer, se había vuelto extremadamente inteligente, con gustos y delicadezas naturales que no tenían sus compañeros, le habían apodado «el Señorito» y no le llamaban ya de otro modo. Tenía fama de gran destreza en el oficio de ebanista que había elegido. También hacía alguna que otra escultura de madera. Se decía que era, además, muy fanático, partidario de las doctrinas comunistas e incluso nihilistas, apasionado lector de novelas de aventuras, de novelas de dramas sangrientos, votante influyente y hábil orador en las reuniones públicas de obreros o de campesinos.

El abogado había alegado demencia.

Pues, en efecto, ¿cómo era posible admitir que aquel obrero hubiera dado muerte a sus mejores clientes, a unos clientes ricos y generosos (lo reconocía él mismo), que en los últimos dos años le habían encargado trabajos por valor de tres mil francos (como resultaba de sus libros de contabilidad). Sólo una explicación parecía posible: la demencia, la idea fija del desclasado que se venga en la persona de dos burgueses de todos los burgueses, y el abogado hizo una hábil alusión a ese sobrenombre de «el Señorito», con el que conocían en el pueblo a aquel abandonado; exclamaba:

—¿No es una ironía, y una ironía capaz de fanatizar más aún a este desventurado muchacho sin padre ni madre? Él es un apasionado republicano. ¿Qué digo? Pertenece incluso a ese partido político al que en otros tiempos la República reservaba el fusilamiento y la deportación y que hoy acoge con los brazos abiertos, ese partido para el que el incendio es un principio y el asesinato un simple medio.

»Estas tristes doctrinas, hoy aclamadas en toda reunión pública, han arruinado a este hombre. ¡Ha oído a algunos republicanos y a mujeres, sí, hasta a mujeres, pedir la muerte de Gambetta,1 la muerte de Grévy;2 su mente enferma se trastornó y quiso sangre, sangre de burgueses!

»¡No es a él a quien hay que condenar, señorías, sino a la Comuna!3

Se oyeron unos murmullos de aprobación. Se percibía que la causa era ganada por el abogado. El ministerio público no replicó.

Entonces el presidente planteó la pregunta de costumbre:

—Acusado, ¿tiene algo más que alegar en su defensa?

El hombre se puso en pie:

Era de pequeña estatura, de un rubio pajizo, con unos ojos grises, fijos y claros. Una voz fuerte, decidida y sonora salía de aquel joven endeble, modificando bruscamente, desde las primeras palabras, la primera impresión que había causado.

Habló vivamente, con un tono declamatorio, pero tan claro que sus menores palabras se oían hasta desde el fondo de la gran sala:

—Señor presidente, puesto que no quiero acabar en un manicomio y prefiero la guillotina, se lo contaré todo.

»Maté a ese hombre y a esa mujer porque eran mis padres.

»Ahora, escúcheme y júzgueme.

*

Una mujer, tras haber dado a luz, mandó a su hijo a un cierto lugar para que lo criasen. Sólo ella supo el nombre del pueblo al que su cómplice llevó a esa criatura inocente, pero condenada a la miseria eterna, a la vergüenza del nacimiento ilegítimo, más aún: a la muerte, dado que fue abandonado y la nodriza habría podido, como hacen a menudo, al no recibir ya la pensión mensual, dejar que desmejorase, sufriese hambre y muriese de abandono.

La mujer que me amamantó fue honrada, más honrada, más buena, más grande, más madre que mi propia madre. Me crió. Hizo mal cumpliendo con su deber. Sería mucho mejor dejar morir a esos pobres miserables mandados a los pueblos de los suburbios, como se tira la basura a la calle.

Crecí con la indefinible impresión de llevar la deshonra encima. Los otros niños me llamaron un día «bastardo». No sabían qué significaba esta palabra, oída decir por uno de ellos en su casa. Tampoco yo lo sabía, pero me dolió.

Puedo decir que en la escuela era uno de los más inteligentes. Habría sido un hombre honesto, señor presidente, quizá un hombre superior, si mis padres no hubieran cometido el crimen de abandonarme.

Este crimen lo cometieron contra mí. Yo fui su víctima, ellos los culpables. Yo estaba indefenso, ellos fueron despiadados. Hubieran debido amarme y me rechazaron.

A ellos les debía la vida; pero ¿es la vida un regalo? La mía, en cualquier caso, no era sino una desgracia. Tras su vergonzoso abandono, estaba en deuda con ellos en una sola cosa: la venganza. Cometieron conmigo la acción más inhumana, más infame, más monstruosa que puede cometerse contra alguien.

Un hombre ofendido golpea; un hombre al que roban recupera por la fuerza lo que es suyo. Un hombre engañado, burlado, martirizado, mata; un hombre abofeteado mata; un hombre deshonrado mata. Yo he sido más robado, engañado, martirizado, moralmente abofeteado, deshonrado, que todos esos de cuya ira ustedes absuelven.

Me he vengado; he matado. Estaba en mi legítimo derecho. Me he cobrado su vida feliz a cambio de la horrenda vida que me impusieron.

¡Han hablado de parricidio! Pero ¿acaso eran mis padres esas personas para las que fui una abominable carga, un temor, una mancha infamante; para las que mi nacimiento fue una calamidad y mi vida una amenaza de vergüenza? Buscaban un placer egoísta, tuvieron un hijo imprevisto. Eliminaron al hijo. Llegó mi turno de hacer lo mismo con ellos.

Y, sin embargo, hasta no hace mucho tiempo, estaba dispuesto a quererles.

Como le he dicho, hace dos años que ese hombre, mi padre, vino a verme por primera vez. No sospechaba nada. Me encargó dos muebles. Posteriormente me enteré de que había recabado información del párroco, bajo secreto de confesión, naturalmente.

Volvió a menudo: me daba trabajo y me pagaba bien. A veces hasta charlaba un poco de esto y de lo otro. Sentía por él un cierto afecto.

A principios de este año trajo a su mujer, mi madre. Cuando entró, ella temblaba tanto que creí que tenía una enfermedad nerviosa. Luego pidió una silla y un vaso de agua. No dijo nada; miraba mis muebles con ojos de loca y respondía sí o no, a tontas y a locas, a todas las preguntas que se le hacían. Cuando se fue, llegué a la conclusión de que estaba un poco tocada del ala.

Ella volvió al mes siguiente. Estaba calmada y era dueña de sí. Ese día se quedaron bastante rato charlando, y me hicieron un gran encargo. Volví a verla otras tres veces, sin adivinar nada; pero un buen día comenzó a hablar de mi vida, de mi infancia, de mis padres. Respondí: «Mis padres, señora, eran unos miserables que me abandonaron». Entonces se llevó la mano al corazón y se desmayó. Pensé enseguida: «¡Es mi madre!», pero me guardé mucho de dejarlo entrever. Quería que diese ella el primer paso.

Mientras tanto, también yo recabé información. Supe que llevaban casados desde el mes de julio del año anterior, ya que mi madre era viuda desde hacía nada más que tres años. Mucho se había comentado que habían sido amantes ya en vida de su primer marido, pero no había pruebas. La prueba era yo, la prueba que primero había sido ocultada, en espera de destruirla posteriormente.

Esperé. Volvió a aparecer una tarde, siempre acompañada de mi padre. Esa vez parecía bastante conmovida, no sé por qué. En el momento de irse me dijo: «Le aprecio, porque me parece un muchacho honrado y trabajador; sin duda un día querrá casarse; quisiera ayudarle a elegir libremente la mujer que le convenga. Yo me casé en contra de mi voluntad una vez y sé lo que se sufre. Ahora soy rica, sin hijos, libre y dueña de mi patrimonio. Aquí tiene su dote».

Y me alargó un gran sobre lacrado.

La miré fijamente y le dije: «¿Es usted mi madre?».

Ella dio tres pasos atrás y se tapó los ojos con la mano para no mirarme. Él, el hombre, mi padre, la sostuvo entre los brazos y me gritó: «¡Está usted loco!».

Respondí: «En absoluto. Sé muy bien que ustedes son mis padres. No pueden engañarme. Admítanlo y mantendré el secreto, no les guardaré rencor y seguiré siendo lo que soy, un ebanista».

Él retrocedió hacia la salida sin dejar de sostener a su mujer, que comenzaba a sollozar. Corrí a cerrar la puerta, me guardé la llave en el bolsillo y proseguí: «Pero mírela, y atrévase a negarme una vez más que es mi madre».

Entonces él se enfureció, se puso palidísimo, espantado ante la idea de que el escándalo evitado hasta entonces pudiera estallar de improviso; que su posición, su buen nombre, su reputación se vieran arruinados de golpe; y balbuceaba: «Es usted un canalla que lo único que quiere es sacarnos dinero. ¡Como para hacer el bien a la gente, a estos patanes, ayudarles, socorrerles!».

Mi madre, espantada, no hacía sino repetir: «Vámonos, vámonos».

Delante de la puerta cerrada él gritó: «¡Si no abre enseguida, haré que le metan en la cárcel por chantaje y secuestro!».

Había mantenido la sangre fría, abrí la puerta y les vi desaparecer en la oscuridad.

Entonces tuve la impresión de haberme vuelto huérfano de golpe, de ser abandonado, arrojado al arroyo. Una espantosa tristeza mezcla de ira, odio, asco, me dominó; era como una rebelión de todo mi ser, una rebelión de la justicia, de la rectitud, del honor, del amor rechazado. Eché a correr para darles alcance a lo largo del Sena, que debían seguir para llegar a la estación de Chatou.

No tardé en darles alcance. La noche estaba oscurísima. Caminaba por la hierba sin hacer ruido, y ellos no me oyeron llegar. Mi madre seguía llorando. Mi padre le decía: «Es culpa tuya. ¿Por qué le quisiste ver? Era una locura, en nuestra situación. Habríamos podido ayudarle a distancia, sin darnos a conocer. Puesto que no podemos reconocerle, ¿de qué sirven estas visitas peligrosas?».

Me planté delante de ellos, suplicante. Balbucí: «¿Ven como son mis padres? Me rechazaron ya una vez, ¿quieren hacerlo de nuevo?».

Entonces, señor presidente, él levantó la mano, se lo juro por mi honor, la ley, la República. Me golpeó y, cuando yo le cogí de la pechera, se sacó del bolsillo un revólver.

Me enfurecí, no sé nada más, sólo que llevaba en mi bolsillo el compás y le golpeé con él, le golpeé tanto como pude.

Ella se puso a dar alaridos: «¡Socorro! ¡Al asesino!», dándome tirones de la barba. Parece que la maté también a ella. ¿Cómo saber lo que hice en ese momento?

Luego, cuando les vi a los dos en el suelo, sin pensármelo dos veces los arrojé al Sena.

Eso es todo. Ahora, júzgueme usted.

*

El acusado se volvió a sentar. Tras esta revelación, el juicio fue aplazado hasta la sesión siguiente. Pronto se resolverá. Si fuéramos miembros de jurado, ¿qué haríamos con este parricida?

 

UNA ASTUCIA*

 

El viejo médico y la joven enferma estaban charlando al amor del fuego. Ella estaba aquejada, de forma leve, de una de esas dolencias femeninas que afectan a menudo a las mujeres bonitas: un poco de anemia, los nervios algo alterados y un cierto cansancio, ese cansancio que sienten a veces los recién casados a finales del primer mes de unión, si ha sido un matrimonio por amor.

Estaba tumbada en su hamaca y decía:

—No, doctor, nunca me cabrá en la cabeza que una mujer engañe a su marido. Puedo llegar a admitir que no le quiera, que no mantenga las promesas y los juramentos hechos. Pero ¿cómo atreverse a entregarse a otro hombre? ¿Cómo esconderlo a los ojos de todos? ¿Cómo conseguir amar en la mentira y en la traición?

El médico sonreía.

—En cuanto a eso, la cosa es fácil. Le garantizo que no se piensa en absoluto en esas sutilezas cuando se tiene ganas de cometer un desliz. Estoy seguro incluso de que una mujer no está madura para el verdadero amor antes de que no haya pasado por toda la promiscuidad y todos los ascos del matrimonio, el cual, según un ilustre personaje, no es más que un intercambio de malos humores por el día y de malos olores por la noche.1 Nada más cierto. Una mujer sólo puede amar con pasión después de haber estado casada. Si me estuviera permitido compararla con una casa, diría que sólo es habitable cuando un marido la ha estrenado con todos sus inconvenientes.

»Por lo que hace al disimulo, todas las mujeres tienen para dar y regalar en esas circunstancias. Las más simples son un prodigio, encuentran salidas geniales en los más difíciles apuros.

Pero la joven parecía incrédula…

—No, doctor, uno sólo se da cuenta después de lo que hubiera tenido que hacer en los momentos peligrosos; y sin duda las mujeres pierden la cabeza más fácilmente que los hombres.

El médico levantó los brazos.

—¿Después, dice usted? A nosotros sí que las ideas nos vienen después. ¡Pero a ustedes!… A propósito, quisiera contarle una breve historia que le sucedió a una clienta mía, a la que, como se dice, yo le habría dado la comunión sin siquiera confesarla.

*

Ocurrió esto en una ciudad de provincias.

Una noche, mientras dormía a pierna suelta, con ese sueño pesado que es tan difícil de turbar, me pareció, en un oscuro sueño, que todas las campanas de la ciudad se ponían a tocar a rebato.

Me desperté de golpe: era la campanilla, la de mi puerta de entrada, la que sonaba desesperadamente. Como mi criado no respondía, tiré yo mismo del cordoncito que colgaba en mi cama y enseguida oí golpear de puertas e irrumpir pasos en el silencio de la casa dormida; apareció Jean con una carta que decía: «La señora Lelièvre ruega encarecidamente al doctor Siméon que se dirija de inmediato a su casa».

Me quedé unos instantes reflexionando; pensaba: «Crisis de nervios, flatos, tararí, tarará, estoy demasiado cansado». Y respondí: «El doctor Siméon, muy indispuesto, ruega a la señora Lelièvre que llame a su colega Bonnet».

Entregué el billete, dentro de un sobre, y me volví a dormir.

Cerca de media hora después, sonaba de nuevo la campanilla de la puerta y Jean vino a decirme: «Hay una persona, no sé muy bien si hombre o mujer, pues va muy embozada, que desearía hablar de inmediato con el señor. Dice que está en juego la vida de dos personas».

Me levanté. «Hágala pasar.»

Esperé, sentado en la cama.

Apareció una especie de fantasma negro que, apenas hubo salido Jean, se descubrió. Era la señora Berthe Lelièvre, una mujer jovencísima casada desde hacía tres años con un importante comerciante de la ciudad, de quien se decía que se había casado con la más bella mujer de la provincia.

Estaba espantosamente pálida, con esas contracciones del rostro de las personas fuera de sí; le temblaban las manos; por dos veces trató de hablar, sin que le saliera una sola palabra. Al final balbució: «Rápido, rápido…, rápido…, doctor…, venga. Mi…, mi amante ha muerto en mi habitación…».

Se detuvo, sin aliento, luego siguió: «Mi marido está a punto de volver del círculo…».

Me puse en pie de un salto, sin pensar siquiera que estaba en camisa de dormir, y en pocos segundos me vestí. Luego le pregunté: «¿Fue usted quien vino hace un rato?». Ella, inmóvil como una estatua, petrificada por la angustia, murmuró: «No, era mi criada…, está al tanto de todo…». Luego, tras una pausa, añadió: «Yo me quedé… a su lado». Se le escapó de los labios como un grito de dolor horrible, y, tras un ahogo que le provocó un estertor, lloró, lloró a lágrima viva, entre sollozos y espasmos, durante un minuto o dos. De pronto sus lágrimas cesaron, se agotaron, como secadas interiormente por un fuego; y, tras volver a estar trágicamente serena, dijo: «¡Vamos, rápido!». Yo estaba listo, pero exclamé: «¡Santo cielo, no he avisado que engancharan el coche!». Me respondió: «Tengo uno, es el suyo, el que espera». Se cubrió hasta los cabellos y partimos.

Cuando estuvo a mi lado en la oscuridad del coche, me cogió de repente la mano y, torturándola con sus delgados dedos, balbució con voz espasmódica, por espasmos provocados por el corazón roto: «¡Oh!, ¡si supiera cuánto sufro, cuánto! Le amaba, le amaba perdidamente, como una loca, desde hace seis meses».

Pregunté: «¿Se ha despertado alguien en su casa?». Ella respondió: «Nadie, fuera de Rose, que lo sabe todo».

Nos paramos delante de su portal; en la casa todos dormían, en efecto; entramos sin hacer ruido con una llave maestra y subimos la escalera de puntillas. La criada, espantada, estaba sentada en el último escalón, con una vela encendida al lado, sin haber tenido el valor de quedarse junto al muerto.

Entré en la habitación. Estaba toda patas arriba, como tras una lucha. La cama revuelta, arrugada, deshecha, estaba abierta, como en espera; una sábana caída hasta la alfombra; algunas toallas mojadas, con las que se había humedecido las sienes del joven, estaban por el suelo junto a una palangana y un vaso. Y un extraño olor a vinagre de cocina mezclado con exhalaciones de agua de Lubin2 causaba náuseas desde la puerta.

Cuan largo era, tendido de espaldas, en medio de la habitación, estaba extendido el cadáver.

Me acerqué, le examiné, le palpé, le abrí los ojos, le toqué las manos, y luego, volviéndome hacia las dos mujeres que temblaban como si estuvieran heladas, dije: «Ayúdenme a ponerle sobre la cama». Lo colocamos despacio. Le ausculté el corazón, le puse un espejo delante de la boca; luego murmuré: «Está muerto. ¡Vistámosle enseguida!». ¡Fue un espectáculo espantoso!

Le cogí los miembros, uno tras otro, como si hubiera sido un enorme muñeco, tratando de ponerle las prendas a medida que me las iban alargando las dos mujeres. Le pusimos los calcetines, los calzoncillos, los pantalones, el chaleco y, por último, la levita, en la que nos costó un gran esfuerzo conseguir hacer entrar los brazos.

Cuando hubo que abrochar los botines, las dos mujeres se arrodillaron, mientras yo las alumbraba; fue terriblemente difícil porque, mientras tanto, los pies se le habían hinchado un poco. Al no encontrar el abotonador, se valieron de sus horquillas.

Apenas acabamos con la horrible tarea de vestirlo, examiné nuestra obra y dije: «Habría que peinarle un poco». La criada fue a buscar el escarpidor y la bruza de su ama; pero como ella temblaba y atusaba, con movimientos involuntarios, los largos y enredados cabellos, la señora Lelièvre se apoderó violentamente del peine, y arregló la melena con suavidad, como si le acariciase. Volvió a hacer la raya, cepilló la barba, luego ensortijó lentamente los bigotes en su dedo, tal como estaba acostumbrada a hacerlo, sin duda, en los momentos de amorosa intimidad.

De repente, dejando lo que tenía en las manos, cogió la cabeza inerte de su amante y miró larga, desesperadamente esa cara muerta que no le sonreiría más; luego, abatiéndose sobre él, lo abrazó, lo besó con furia. Sus besos caían, como golpes, sobre la boca cerrada, sobre los ojos sin vida, sobre las sienes, sobre la frente. Luego, acercándose al oído, como si él pudiera oír aún, como para balbucear la palabra que hace más ardientes los abrazos, repitió, diez veces seguidas, con una voz desgarradora: «Adiós, querido».

Pero el reloj de pared dio las doce de la noche.

Me sobresalté: «¡Caramba, medianoche! Es la hora en que cierra el círculo. ¡Vamos, señora, energía!».

Ella se enderezó. Yo ordené: «Llevémosle al salón». Le cogimos los tres y, una vez allí, lo dejamos sentado en un diván y yo encendí los candelabros.

Se abrió el portón y se cerró pesadamente. Era ya Él. Exclamé: «Rápido, Rose, tráigame las toallas y la palangana, y arregle la habitación. ¡Vamos, dese prisa, por el amor de Dios! El señor Lelièvre está a punto de entrar».

Oía subir, acercarse los pasos. Unas manos, en la oscuridad, tanteaban las paredes. Entonces exclamé: «Por aquí, amigo: ha habido un accidente».

Y el marido, estupefacto, apareció en el umbral, con un puro en la boca. Preguntó: «¿Qué? ¿Qué ocurre? ¿Qué es esto?».

Fui a su encuentro: «Amigo, estamos en un buen aprieto. Me he entretenido charlando con su mujer y este amigo que me ha traído en su coche. Y he aquí que de repente se desmaya y, dos horas después, pese a los cuidados, no ha recobrado aún el conocimiento. No he querido llamar a ningún extraño. Ayúdeme a bajarle. En su casa le atenderé mejor».

El marido, sorprendido pero sin desconfiar, se quitó el sombrero; luego cogió de los brazos a su rival ya inofensivo. Yo me coloqué entre sus piernas, como un caballo entre los varales; y comenzamos a bajar la escalera, con su mujer alumbrándonos.

Cuando estuvimos delante de la puerta, enderecé el cadáver y le hablé, animándole para engañar al cochero: «Vamos, amigo, no será nada; se siente ya mejor, ¿no? Ánimo, vamos, un poco de valor, haga un pequeño esfuerzo, y se acabó».

Como presentía que iba a desplomarse, pues se me deslizaba de las manos, le di un golpetazo con el hombro que le lanzó hacia delante y le hizo bascular en el coche, luego subí detrás de él.

El marido, inquieto, me preguntaba: «¿Cree que es grave?». Yo respondí: «No», sonriendo, y miré a la mujer. Ella había cogido del brazo a su legítimo esposo y clavaba la mirada en el fondo oscuro del coche.

Nos dimos un apretón de manos, y di orden de partir. A lo largo de todo el camino, el muerto se me iba cayendo sobre la oreja derecha.

Cuando llegamos a su casa, dije que se había desvanecido por el camino. Ayudé a subirlo a su habitación, luego certifiqué su muerte: y representé otra comedia delante de su familia consternada. Al final me volví a la cama, no sin haber jurado contra los enamorados.

*

El doctor se calló, sin dejar de sonreír.

La joven, crispada, le preguntó:

—¿Por qué me ha contado esta espantosa historia?

Él se inclinó galantemente:

—Para ofrecerle mis servicios, si los requiere.

 

PIERROT*

 

La señora Lefèvre era una señora pueblerina, una viuda, una de esas medio campesinas con cintajos y pomposos sombreros, de esas personas que trabucan las palabras, que en público se dan grandes aires y ocultan bajo una apariencia cómica y emperifollada un espíritu vulgar y pretencioso, así como disimulan bajo sus guantes de seda cruda las manos gruesas y enrojecidas.

Tenía de criada a una buena y sencilla campesina, llamada Rose.

Las dos mujeres vivían en una casita con las persianas verdes, a la vera del camino, en Normandía, en el centro de la región de Caux.

En el jardincillo de delante de casa cultivaban algunas hortalizas.

Una noche les robaron una docena de cebollas.

Rose, apenas reparó en el hurto, corrió a dar aviso a su señora, que bajó en falda de lana. Fue un espanto, una desesperación. ¡Habían robado, robado a la señora Lefèvre! Por tanto, había ladrones en la región, y podían volver.

Las dos mujeres, espantadas, contemplaban las huellas de los pasos, hablaban, hacían conjeturas:

—Sí, han pasado por aquí; han trepado por la tapia; han saltado dentro del cercado.

Estaban asustadas por el futuro. ¿Cómo poder dormir tranquilas en adelante?

La noticia del robo cundió. Se presentaron los vecinos, hicieron sus comprobaciones, expresando cada uno su parecer; y las dos mujeres, a cada nuevo recién llegado, le exponían sus observaciones e ideas.

Un campesino de las cercanías les dio el consejo siguiente: «Tendrían que tener ustedes un perro».

Era cierto; tenían que tener un perro, aunque sólo fuera para dar la alarma. No un perro grande, ¡Dios mío! ¿Qué harían ellas con un perro grande? Había para arruinarse manteniéndolo. Sino un perrito (en Normandía lo llaman quin), un chiquilicuatro de quin que ladrara.

Una vez que se hubieron ido todos, la señora Lefèvre discutió largo y tendido esta idea del perro. Tras pensarlo bien, ponía mil objeciones, y le aterraba por la simple imagen de un cuenco lleno de comida, pues era de esas señoras pueblerinas cicateras que siempre llevan en el bolsillo unos céntimos para dar ostentosamente limosna a los pobres de la calle y en las cuestaciones dominicales.

Rose, a quien le gustaban los animales, adujo sus razones y las defendió con astucia. Así pues, se decidió que tendrían un perro, un perrito chiquitín.

Se pusieron a buscarlo, pero no encontraban más que grandes, esos devoradores de sopa para ponerse a temblar. El tendero de Rolleville tenía uno, uno muy canijo; pero pretendía que le pagasen dos francos, para cubrir los gastos de crianza. La señora Lefèvre declaró que estaba dispuesta a mantener un quin, pero de ningún modo a comprarlo.

Una mañana, el panadero, que estaba al corriente de lo sucedido, trajo, en su vehículo, un extraño animalito amarillento, casi sin patas, con un cuerpecito de cocodrilo, la cabeza de zorro y la cola encorvada hacia arriba, un verdadero penacho tan grande como el resto del cuerpo. Un cliente quería deshacerse de él. A la señora Lefèvre le pareció muy bonito aquel horrendo gozque, que no costaba nada. Rose lo besó y preguntó cómo se llamaba. El panadero respondió: «Pierrot».

Le instalaron en una vieja caja para guardar los jabones y primero le dieron de beber agua. Se la bebió. Luego le pusieron delante un pedazo de pan. Se lo comió. La señora Lefèvre, preocupada, tuvo una idea: «Una vez que se haya acostumbrado a la casa, le dejaremos libre. Ya encontrará él qué comer por el pueblo».

Lo dejaron libre, pero esto no fue óbice para que tuviera siempre hambre. Sólo ladraba para pedir de comer; y en ese caso ladraba obstinadamente.

Cualquiera podía entrar en el jardín. Pierrot les hacía fiestas a todos y se quedaba completamente mudo.

Sin embargo, la señora Lefèvre se había acostumbrado al animal. También ella le había tomado cariño y de vez en cuando le daba algún bocado de pan que mojaba en la salsa de su guiso.

Pero no había pensado en absoluto en el impuesto municipal, y cuando vinieron a cobrarle los ocho francos —¡ocho francos, señora!— por aquel chiquilicuatro de quin que ni siquiera ladraba, poco faltó para que le diera un síncope.

Inmediatamente decidieron desembarazarse del perro. Nadie lo quiso. Todos los vecinos en el radio de diez leguas a la redonda lo rechazaron. Entonces decidieron, a falta de otro medio, hacerle piquer du mas.

Piquer du mas significa «comer marga». Se hace piquer du mas a todos los perros de los que uno desea desembarazarse.

En medio de una vasta llanura se ve una especie de cabaña, o más bien una pequeña techumbre de bálago, plantada en el suelo. Es la entrada de la marguera. Un gran pozo desciende en vertical unos veinte metros bajo tierra, para desembocar en una serie de largas galerías de mina.

Se baja una vez al año a esa cantera, en la estación en que se abona los campos con marga. El resto del tiempo sirve de cementerio de los perros condenados; y a menudo, cuando se pasa cerca del pozo, se oyen salir gritos quejumbrosos, ladridos furiosos o desesperados, llamadas desgarradoras.

Los perros de los cazadores y de los pastores huyen despavoridos de las inmediaciones de aquel pozo gemebundo; y, cuando uno se asoma a él, sale un pestilente olor a putrefacción.

Horrendas tragedias acontecen en aquella oscuridad.

Mientras un animal agoniza desde hace diez o doce días en el fondo, nutriéndose de los restos inmundos de los que le han precedido, es arrojado de improviso otro animal, más gordo, y sin duda más vigoroso. Están solos, hambrientos, con los ojos relucientes. Se acechan, se siguen, vacilan, ansiosos. Pero el hambre aprieta: se asaltan, luchan largo rato encarnizadamente; y el más fuerte se come al más débil, devorándolo vivo.

En cuanto se decidió que se haría piquer du mas a Pierrot, se pusieron a buscar un ejecutor. El peón caminero que quitaba la hierba de la carretera pidió diez sueldos por tomarse la molestia. A la señora Lefèvre le pareció una verdadera locura. El mozo del vecino se contentaba con cinco sueldos; seguía siendo demasiado; y, tras haber hecho ver Rose que sería mejor llevarlo personalmente, para que no fuera maltratado por el camino y no se diera cuenta de cuál iba a ser su destino, decidieron ir ellas dos al caer la noche.

Primero le dieron unas buenas sopas con dos dedos de manteca. Él se las zampó hasta la última gota y, mientras movía la cola de contento, Rose le cogió en su delantal.

Fueron a paso largo por el llano, como dos merodeadores. No tardaron en divisar la marguera y cuando llegaron la señora Lefèvre se asomó para oír si gemía algún animal. No, no había ninguno, Pierrot estaría solo. Entonces Rose, llorando, lo besó y lo tiró dentro del pozo; acto seguido las dos se inclinaron, aguzando el oído.

Primero oyeron un ruido sordo; luego el lamento agudo, desgarrador, de un animal herido y una sucesión de grititos de dolor, a continuación llamadas desesperadas, súplicas de perro implorante, con el hocico alzado hacia la abertura.

¡Ladraba, oh, si ladraba!

Les entraron remordimientos, sintieron espanto, un miedo irracional e inexplicable; y escaparon a todo correr. Y, como Rose iba más rápido, la señora Lefèvre gritaba:

—¡Espéreme, Rose, espéreme!

Pasaron una noche de espantosas pesadillas.

La señora Lefèvre soñó que estaba sentada a la mesa para tomarse las sopas y, cuando levantaba la tapa de la sopera, dentro estaba Pierrot, que saltaba y le mordía la nariz.

Se despertó y le pareció oírle ladrar. Se puso a la escucha; estaba en un error.

Volvió a dormirse y soñó que se encontraba en una gran carretera y caminaba por esa carretera interminable. De pronto, justo en medio, aparecía una de esas cestas grandes de granjero, allí abandonada; y aquella cesta le infundía miedo.

Pero al final la abría y Pierrot, que estaba acurrucado dentro, le mordía la mano, sin soltar su presa; y ella escapaba espantada, llevando en el extremo del brazo al perro colgando, con las fauces apretadas.

Se levantó al alba, medio loca, y corrió a la marguera.

Él ladraba; ladraba aún, había ladrado toda la noche. Ella se puso a sollozar y le llamó con mil diminutivos cariñosos. Él respondió con todas las inflexiones tiernas de su voz perruna.

Entonces quiso volver a verle, prometiéndose hacerle feliz hasta su muerte.

Corrió a casa del pocero encargado de la extracción de la marga y le contó la cosa. El hombre escuchaba sin decir nada. Cuando ella hubo terminado, dijo:

—¿Quiere a su perrito? Pues le costará cuatro francos.

Le dio un patatús; todo su dolor se esfumó de golpe.

—¡Cuatro francos! ¡Antes muerta que pagar cuatro francos!

Él respondió:

—¿Se cree usted que voy a llevar mis cuerdas, mis manivelas, montarlo todo y bajar allí con mi ayudante para que me muerda su maldito quin, por la simple satisfacción de devolvérselo? ¡No hubiera tenido que tirarlo!

Ella se fue indignada:

—¡Cuatro francos!

Apenas llegó a casa, llamó a Rose y le contó las pretensiones del pocero. Rose, resignada como siempre, repetía:

—¡Cuatro francos! Es dinero, señora…

Luego añadió:

—¿Y si le echásemos de comer a ese pobre perrito para no dejarle morirse así?

Toda contenta, la señora Lefèvre dio su aprobación; y helas de nuevo en marcha, con un buen pedazo de pan untado con manteca.

Lo cortaron a rebanadas, que echaban una tras otra, hablándole alternativamente a Pierrot. Y tan pronto como éste se había acabado un pedazo, ladraba para reclamar el siguiente.

Regresaron por la tarde, luego al día siguiente, todos los días. Pero ya no hacían más que un viaje.

Ahora bien, una mañana, justo en el momento en que iban a dejar caer la primera rebanada, oyeron de repente un ladrido formidable en el pozo. ¡Eran dos! ¡Habían tirado a otro perro, a uno grande!

Rose exclamó:

—¡Pierrot!

Y Pierrot ladró y ladró. Entonces se pusieron a tirarle el alimento, pero, cada vez, distinguían perfectamente una gresca tremenda, luego los gritos quejumbrosos de Pierrot mordido por su compañero, que se lo comía todo, al ser más fuerte.

Por más que especificaban: «¡Es para ti, Pierrot!», a Pierrot, evidentemente, no le llegaba nada.

Las dos mujeres se miraron desconcertadas; y la señora Lefèvre dijo con acritud:

—No puedo dar de comer a todos los perros que tiren aquí dentro. No hay más remedio que renunciar.

Y, aterrada ante la idea de que todos aquellos perros vivieran a su costa, se fue, llevándose también lo que quedaba del pan, que se comió por el camino.

Rose la seguía, secándose las lágrimas con el pico de su delantal azul.

 

UN NORMANDO*

 

A Paul Alexis

Acabábamos de salir de Ruán e íbamos a buen trote por la carretera de Jumièges. El ligero carruaje corría, atravesando la llanura; luego el caballo se puso a andar al paso para subir la cuesta de Canteleu.

Es uno de los más espléndidos panoramas del mundo. Detrás de nosotros, Ruán, la ciudad de las iglesias, de agujas góticas minuciosamente trabajadas como figuritas de marfil; enfrente, Saint-Sever, el suburbio de las manufacturas, que alza hacia el cielo sus mil chimeneas humeantes, justo enfrente de los mil pequeños campanarios sagrados de la ciudad vieja.

Aquí el pináculo de la catedral, la cima más alta de los monumentos humanos; y allá la «Bomba contra Incendios» del «Rayo», su rival casi tan desmesurada como la otra, y que supera en un metro a la más alta pirámide de Egipto.

Delante de nosotros se desplegaba, serpenteante, el Sena, sembrado de islas, bordeado a la derecha de blancos acantilados coronados por un bosque, y a la izquierda de unos inmensos prados delimitados, al fondo, muy al fondo, por otro bosque.

De vez en cuando, grandes barcos anclados a lo largo de las orillas del ancho río. Tres enormes barcos de vapor iban, uno tras otro, hacia Le Havre; y un rosario de buques, formado por uno de tres palos, dos goletas y un brick, navegaba río arriba hacia Ruán, tirado por un pequeño remolcador que vomitaba una nube de humo negro.

Mi compañero, natural del lugar, no echaba siquiera un vistazo al maravilloso paisaje; pero sonreía continuamente, como si se riese para sus adentros. De sopetón exclamó:

—¡Oh, oh!, está a punto de ver algo divertido; la capilla del compadre Mathieu. Querido amigo, es una obra maestra.

Le miré, asombrado. Prosiguió:

—Le haré sentir un perfume de Normandía que le quedará en la nariz. El compadre Mathieu es el más buen normando de la provincia, y su capilla es, sin disputa, una de las maravillas del mundo. Pero antes se hacen necesarias unas pocas palabras de explicación.

*

El compadre Mathieu, también conocido como «el Curda», es un ex sargento mayor que volvió a su pueblo natal. Reúne en admirable proporción, formando un conjunto perfecto, la fanfarronería del viejo soldado y la astucia maliciosa del normando. Tras volver a su pueblo, llegó a ser, gracias a sus muchos protectores y a una diplomacia increíble, guardián de una capilla milagrosa, una capilla protegida por la Virgen y frecuentada principalmente por las muchachas embarazadas. Ha rebautizado su maravillosa estatua como «la Virgen del Bombo», y la trata con burlona familiaridad, no carente sin embargo de cierto respeto. Compuso él mismo e hizo imprimir una oración especial para su BONDADOSA VIRGEN. Esta oración es una obra maestra de ironía involuntaria, de ingenio normando, en el que la burla se mezcla con el temor a lo SAGRADO, con el temor supersticioso a la influencia secreta de algo sobrenatural. No cree mucho en su patrona; pero un poco sí, por prudencia, y la trata bien, por política.

He aquí como comienza la extraordinaria oración:

«Virgen María, bondadosa madre nuestra, patrona natural de las muchachas-madres, en este país y en toda la tierra, protege a tu sierva que ha tenido un desliz en un momento de descuido».

(…)

La súplica termina así:

«Y no te olvides, sobre todo, de mí ante tu Santo Esposo e intercede ante Dios Padre para que me sea concedido un buen marido como el tuyo».

La plegaria, prohibida por el clero, la vende bajo mano, y parece que resulta saludable para aquellas que la dicen con unción.

En suma, habla de la Beata Virgen como podría hacerlo de su amo el camarero de un gran príncipe, del que conoce todos sus secretillos íntimos. Se sabe sobre ella un gran número de historias divertidas, que les cuenta en voz baja a los amigos después de haber bebido.

Pero ya lo verá por usted mismo.

Como las ganancias que le reportaba la Patrona no le parecían suficientes, amplió el negocio de la Virgen principal con un pequeño comercio de santos. Los tiene todos, o casi todos. Como en la capilla no hay sitio suficiente, los almacena en la leñera, de donde los saca a medida que se los piden los fieles. Las estatuillas de madera, extraordinariamente cómicas, las talló él mismo, y las pintó todas de verde el año que le repintaron las persianas. Ya sabe usted que los santos curan las enfermedades; pero cada uno tiene su especialidad y no hay que cometer confusiones ni errores. Están celosos los unos de los otros como comicastros.

Para no equivocarse, las viejecitas van a consultar a Mathieu.

«¿Qué santo es el mejor para el dolor de oídos?»

«San Ósimo es bueno, pero tampoco está mal san Pánfilo.»

Pero esto no es todo.

Como Mathieu anda sobrado de tiempo, bebe; pero bebe como un artista, tan a conciencia que cada noche está, normalmente, borracho. Está borracho, pero controla; tanto controla que cada día anota el grado exacto de su borrachera. Ésta es su principal ocupación; la capilla pasa a un segundo plano.

Y ha inventado, escuche bien y agárrese, ha inventado el borrachímetro.

Aunque el instrumento no existe, las observaciones de Mathieu son precisas como las de un matemático.

Se le oye decir sin cesar: «El lunes pasé de los cuarenta y cinco».

O bien: «Estaba entre cincuenta y dos y cincuenta y ocho».

O: «Tenía de sesenta y seis a setenta».

O: «¡Condenado aparato, creía estar a cincuenta y ahora caigo en la cuenta de que estaba a setenta y cinco!».

Nunca yerra.

Afirma no haber alcanzado nunca el metro, pero como confiesa que sus observaciones dejan de ser exactas en cuanto ha rebasado los noventa, uno no puede fiarse del todo de su afirmación.

Cuando Mathieu admite haber superado los noventa, esté seguro de que estaba borracho como una cuba.

En tales ocasiones su mujer, Mélie, otra maravilla, monta en terribles cóleras. Le espera en la puerta y, cuando él vuelve, le grita: «¡Ya estás aquí, cerdo asqueroso, borrachuzo!».

Entonces Mathieu, que ya no se ríe, se planta delante de ella y dice con tono severo: «Cállate, Mélie, no es éste momento para charlas. Déjalo para mañana».

Y si ella continúa ladrando, se le acerca y, con voz temblorosa, le dice: «¡Cierra el pico, estoy en noventa, no me controlo; cuidadito, que se me va a ir la mano!».

Entonces, Mélie se bate en retirada.

Si al día siguiente ella trata de volver sobre el asunto, él se le ríe en la cara y dice: «¡Vamos, vamos! Ya hemos hablado demasiado, ahora ya ha pasado. Hasta que no llegue a un metro, no pasa nada. Pero, si supero el metro, te doy permiso para que me reprendas, ¡palabra de honor!».

*

Habíamos llegado a lo alto de la cuesta. La carretera se internaba en el admirable bosque de Roumare.

El otoño, el maravilloso otoño, mezclaba su oro y su púrpura con los últimos restos de vegetación que habían quedado vivos, como si unas gotas de sol fundido hubieran manado del cielo sobre la espesura de los bosques.

Pasamos por Duclair; luego, en vez de seguir hacia Jumièges, mi amigo torció a la izquierda y, tomando por un camino transversal, se adentró en el monte bajo.

Y de pronto, desde lo alto de una gran pendiente, descubrimos de nuevo el espléndido valle del Sena y el tortuoso río que serpenteaba a nuestros pies.

A la derecha, una minúscula construcción con el tejado de pizarra, y rematada en un pequeño campanario tan alto como un quitasol, estaba adosado a una graciosa casita con las persianas verdes, enteramente revestida de madreselva y de rosales.

Un vozarrón gritó:

—¡Ahí va gente amiga!

Y apareció Mathieu en el umbral. Era un hombre de unos sesenta años, flaco, con perilla y unos largos bigotes blancos.

Mi compañero le dio la mano, me presentó y Mathieu nos hizo pasar a una cocina fresca, que hacía también las veces de salón. Decía:

—Mi casa, caballero, no es muy elegante. No me gusta estar lejos de los fogones. Las cacerolas me hacen compañía.

Luego, volviéndose hacia mi amigo, añadió:

—¿Por qué han venido en jueves? Sabe perfectamente que es el día de consulta de mi Patrona. Esta tarde no puedo salir.

Y, corriendo hacia la puerta, lanzó un espantoso bramido: «¡Mélie-e-e!» que tuvo que hacerles alzar la cabeza a los marineros de los barcos que bajaban o remontaban el río, allá abajo, al fondo del hondo valle.

Mélie no respondió.

Entonces Mathieu guiñó un ojo con malicia.

—La tiene tomada conmigo, ¿saben?, pues anoche estaba en noventa.

Mi compañero rompió a reír:

—¡Noventa, Mathieu! ¿Cómo fue eso?

Mathieu respondió:

—Se lo explico. El año pasado no coseché más que veinte rasieras1 de camuesas. No había más; pero para la sidra no hay de mejor. Pude llenar una cuba, que me dio por probar ayer. Para decir la verdad, es puro néctar; ya me dirán ustedes qué les parece. Estaba conmigo Polyte; tomamos un sorbo, luego otro, sin sentirnos nunca saciados porque uno seguiría bebiendo hasta el día siguiente. Y, d e trago en trago, siento un cierto fresquito en el estómago. Le digo a Polyte: «¿Y si nos tomáramos una copita de aguardiente para entrar en calor?». Él asiente. Pero el aguardiente te enciende el cuerpo, y hay que volver entonces a la sidra. Y así, de frío a calor y de calor a frío, me doy cuenta de que había llegado a noventa. Polyte estaba rozando el metro.

Se abrió la puerta. Apareció Mélie y, antes incluso de dar los buenos días, exclamó:

—Cerdo asqueroso, no mientas; te aseguro que estabais a un metro los dos…

Entonces Mathieu se ofendió:

—No digas eso, Mélie, no digas eso, yo al metro no he llegado nunca.

Nos ofrecieron una comida exquisita, delante de la puerta, bajo los tilos, junto a la capillita de la «Virgen del Bombo», y enfrente del imponente panorama. Y Mathieu nos contó, con una malicia mezclada con inesperadas credulidades, inverosímiles historias de milagros.

Habíamos bebido bastante de esa sidra exquisita, espumante y dulzona, fresca y embriagadora, que él prefería a cualquier otra bebida; y estábamos fumando en pipa, a horcajadas de las sillas, cuando se presentaron dos monjas.

Eran viejas, secas, encorvadas. Después de haber saludado, pidieron un san Blanco. Mathieu nos guiñó el ojo y respondió:

—Ahora mismo voy a buscarlo.

Y desapareció en la leñera.

Permaneció allí cinco largos minutos; regresó con semblante afligido, levantando los brazos:

—Ya no sé dónde está, no lo encuentro. Pero estoy seguro de que lo tenía.

Haciendo bocina con las manos, bramó nuevamente:

—¡Mélie-e-e!

Desde el fondo del patio respondió la mujer:

—¿Qué pasa?

—¿Dónde está san Blanco? ¡No lo he encontrado en la leñera!

Entonces Mélie le dio esta explicación:

—¿No será el que cogiste la otra semana para tapar el agujero de la conejera?

Mathieu se estremeció:

—¡Caray! ¡Debe de ser cierto!

Dijo a las mujeres:

—Síganme.

Ellas le siguieron. Nosotros hicimos otro tanto, aguantándonos como pudimos la risa.

En efecto, san Blanco, hincado en el suelo como si de una estaca se tratara, manchado de barro y de excrementos, formaba uno de los ángulos de la conejera.

En cuanto lo vieron, las dos viejas cayeron de rodillas, se santiguaron y comenzaron a mascullar avemarías. Mathie se precipitó.

—Esperen, ¿no ven que están metidas en el barro? Ahora mismo les traigo un poco de paja…

Fue en busca de paja y la dispuso a modo de reclinatorio. Luego, mirando al santo enfangado y sin duda temiendo que su negocio se viera desacreditado, prosiguió:

—Esperen que lo limpio un poco.

Cogió un cubo de agua, un cepillo y se puso a lavar enérgicamente el muñeco de madera, mientras las dos viejas seguían rezando.

Cuando hubo terminado, dijo:

—Ahora ha quedado muy bien.

Y regresamos a tomar otro trago.

Mientras se acercaba el vaso a los labios, se detuvo y, con un tono un poco confuso, dijo:

—¿Qué quieren? Cuando puse a san Blanco con los conejos, creía que no iba a sacar un céntimo por él, pues hacía dos años que nadie lo pedía ya. Pero los santos, ya ven, no pasan nunca de moda.

Bebió y siguió diciendo:

—Vamos, echemos otro trago. Con los amigos hay que llegar al menos a cincuenta; y ahora estamos apenas a treinta y ocho…

 

EL PERDÓN*

 

Había sido educada en una de esas familias que viven encerradas en sí mismas, y que siempre parecen vivir de espaldas a todo. Ignoran los acontecimientos políticos, aunque se hable de ellos en la mesa; pero los cambios de gobierno les son tan ajenos que hablan de ellos como si de un hecho histórico se tratara, como si fuese la muerte de Luis XVI o el desembarco de Napoleón.

Las costumbres cambian, las modas se suceden. Apenas si repara en ello la tranquila familia en la que se siguen siempre las costumbres tradicionales. Y si ocurre alguna historia escabrosa en los alrededores, el escándalo muere en la puerta de casa. Cuando están solos, el padre y la madre, una noche, intercambian algunas palabras sobre el particular, pero, eso sí, en voz baja, porque las paredes oyen. Y, discretamente, el padre dice: «¿Te has enterado de esa tremenda historia de los Rivoli?». La madre responde: «¿Quién se lo hubiera imaginado? ¡Es espantoso!».

Los hijos no sospechan nada y llegan a la edad en que les toca vivir a ellos, con una venda en los ojos y en la mente, sin sospechar el revés de la existencia, sin saber que no se piensa como se habla y que no se habla como se actúa; ignorando que hay que vivir en guerra con todos, o al menos en una paz armada, sin comprender que el ingenuo es siempre engañado, el sincero burlado y el bueno maltratado.

Algunos llegan hasta la muerte en esta ceguera de probidad, de lealtad, de honor; tan íntegros que nada puede hacerles abrir los ojos.

Otros, desilusionados, sin saber muy bien el porqué, se acaban extraviando, desesperados, y mueren convencidos de haber sido el juguete de una fatalidad excepcional, míseras víctimas de unos acontecimientos funestos y de unos hombres particularmente criminales.

Los Savignol casaron a su hija Berthe a los dieciocho años. Se unió en matrimonio con un joven de París, Georges Baron, que se dedicaba a los negocios de Bolsa. Era un buen mozo, se expresaba bien y tenía la apariencia de persona proba que era conveniente, pero para sus adentros se mofaba un poco de sus anticuados suegros, a los que llamaba con los amigos «mis queridos fósiles».

Él era de buena familia; y la muchacha, rica. Se la trajo a vivir a París.

Se convirtió en una de esas provincianas de París, cuya raza abunda. No llegó a conocer la gran ciudad, su sociedad elegante, sus diversiones, sus costumbres, tal como había permanecido ignorante de la vida, de sus perfidias y de sus misterios.

Siempre encerrada en casa, no conocía nada más que su calle y, cuando se aventuraba a otro barrio, le parecía que hacía un viaje lejos, a una ciudad desconocida y extranjera. Por la noche decía:

—Hoy he cruzado los bulevares.

Dos o tres veces al año, su marido la llevaba al teatro. Eran fiestas cuyo recuerdo ya no se extinguía y de las que se volvía a hablar continuamente.

A veces en la mesa, tres meses después, rompía de repente a reír, exclamando:

—¿Te acuerdas de ese actor vestido de general que imitaba el canto del gallo?

Todas sus relaciones se limitaban a dos familias emparentadas entre sí que, para ella, representaban a la Humanidad entera. Hablaba de ellas haciendo preceder su apellido por el artículo «los»: los Martinet y los Michelint.

Su marido vivía a su guisa, volviendo a casa cuando se le antojaba, a veces de madrugada, pretextando asuntos de negocios, sin preocuparse en absoluto por ello, convencido de que nunca una sospecha rozaría esa alma cándida.

Pero una mañana ella recibió un anónimo.

Se quedó perpleja, siendo como era demasiado recta para comprender la infamia de las denuncias, para despreciar esa carta, cuyo autor decía que le movía el interés por su felicidad, el aborrecimiento del mal y el amor a la verdad.

Le revelaba que desde hacía dos años su marido tenía una amante, una joven viuda, la señora Rosset, en cuya casa pasaba todas las veladas.

No supo fingir, ni disimular, ni espiar, ni usar de ardides. Cuando él volvió para almorzar, ella le tiró sollozando la carta y escapó a su habitación.

Él tuvo tiempo de comprender, de prepararse la respuesta y fue a llamar a la puerta de su mujer. Ella abrió enseguida y sin atreverse a mirarle. Él sonreía; se sentó, la atrajo sobre sus rodillas y, con voz tierna y un tanto burlona, le dijo:

—Mi querida pequeña, la señora Rosset es, efectivamente, amiga mía desde hace diez años y la quiero mucho. Puedo añadir que conozco a otras veinte familias de las que no te he hablado nunca, sabiendo que la vida de sociedad, las fiestas y los conocidos nuevos no son de tu agrado. Pero, para acabar de una vez por todas con estas infames denuncias, te ruego que te vistas cuando acabes de comer y vengas conmigo a conocer a esa joven señora, que, estoy convencido, se convertirá en amiga tuya.

Berthe abrazó ardorosamente a su marido y, por una de esas curiosidades femeninas que, una vez despertadas, no vuelven ya a dormirse, no se negó a ir a ver a esa desconocida, que, a pesar de todo, se le antojaba un tanto sospechosa. Presentía instintivamente que el peligro, cuando es conocido, casi puede evitarse.

Entró en un pequeño piso, coqueto, lleno de chucherías, adornado con gusto en la cuarta planta de una bonita casa. Al cabo de cinco minutos de espera en un salón penumbroso por las colgaduras, las portières, las cortinas graciosamente drapeadas, se abrió una puerta y apareció una joven, muy morena, menuda, algo gordita, asombrada y sonriente.

Georges hizo las presentaciones.

—Mi esposa, la señora Julie Rosset.

La joven viuda lanzó un ligero grito de asombro y de alegría, y se adelantó con los brazos abiertos. No se habría esperado nunca, dijo, semejante dicha, sabiendo que la señora Baron no frecuentaba a nadie; ¡era tan, tan feliz! ¡Apreciaba tanto a Georges (decía simplemente Georges, con fraternal familiaridad) que tenía unas ganas enormes de conocer a su mujer y también de quererla!

Al cabo de un mes, las dos nuevas amigas eran ya inseparables. Se veían todos los días, a menudo incluso dos veces, en casa de una o de la otra. Georges ahora no salía ya casi nunca, no ponía ya la excusa de los negocios y decía adorar el estar al amor del fuego.

Y cuando quedó libre un piso en el edificio donde vivía la señora Rosset, la señora Baron se apresuró a alquilarlo, para estar más cerca y verse más a menudo.

Durante dos años enteros hubo una amistad sin nubes, una amistad de corazón y de alma, plena, afectuosa, abnegada, deliciosa. Berthe era incapaz ya de decir nada sin pronunciar el nombre de Julie, que para ella representaba la perfección.

Era feliz, de una felicidad completa, tranquila y agradable.

Pero la señora Rosset cayó enferma. Berthe no la dejó un solo momento. Pasaba las noches en blanco, se desesperaba; también su marido estaba asustado.

Una mañana el médico, tras la visita, hizo un aparte con Georges y su mujer para decirles que consideraba el estado de su amiga muy grave.

Apenas se hubo ido, los dos jóvenes, postrados, se sentaron cara a cara; y, de golpe, estallaron en lágrimas. Aquella noche velaron juntos al lado de la cama; y Berthe besaba sin cesar a la enferma mientras Georges, derecho al pie del lecho, la contemplaba en silencio con tenaz persistencia.

Al día siguiente, estaba aún peor.

Pero hacia la noche dijo sentirse mejor y obligó a sus amigos a ir a su casa a cenar.

Estaban sentados a la mesa, muy tristes, casi sin probar la comida, cuando la criada le entregó una carta a Georges. Él la abrió, palideció y, poniéndose en pie, dijo a su mujer, con aire extraño:

—Espérame, tengo que salir un momento, vuelvo dentro de diez minutos. Por favor, no te muevas.

Y fue a su habitación a coger su sombrero.

Berthe le esperó, atormentada por una nueva inquietud. Pero, dócil como siempre, no quiso volver a subir a casa de su amiga antes de que él hubiera vuelto.

Pero no volvía, y se le ocurrió ir a la habitación de él a ver si había cogido los guantes, cosa que habría indicado que había ido a alguna parte.

Los vio al primer vistazo. A su lado, yacía un papel arrugado, tirado allí.

Lo reconoció de inmediato como el que acababa de ser entregado a Georges.

Por primera vez en su vida la dominó una fuerte tentación de leer, de saber. Su conciencia indignada se revelaba, pero el acicate de una curiosidad aguda y dolorosa le movía la mano. Cogió la hoja, la desdobló, reconoció enseguida la caligrafía de Julie, una caligrafía temblorosa, a lápiz. Leyó: «Mi pobre amigo, ven a abrazarme, pero ven solo, me estoy muriendo».

Al principio no comprendió, y se quedó como estupefacta, impresionada sobre todo por la idea de la muerte. Luego, de repente, le llamó la atención el tuteo; y fue como un relámpago que iluminase toda su vida, haciéndole ver toda la infame verdad, toda su traición, toda su perfidia. Comprendió su larga astucia, sus miradas, su buena fe burlada, su confianza traicionada. Les volvió a ver cara a cara, de noche, sentados junto a la tulipa, leyendo el mismo libro, consultándose con la mirada al final de las páginas.

Y su corazón henchido de indignación, desgarrado de dolor, se hundió en una infinita desesperación.

Oyó un ruido de pasos y huyó a encerrarse en su habitación.

Poco después su marido la llamó.

—Ven rápido, la señora Rosset está a punto de morir.

Berthe apareció en la puerta y, con los labios temblorosos, dijo:

—Vuelva usted solo a su lado, ella no me necesita.

Él la miró con ojos de loco, agobiado por la tristeza, y prosiguió:

—Rápido, rápido, se muere.

Berthe respondió:

—Seguro que usted preferiría que fuese yo…

Tal vez entonces comprendió, y se fue, subiendo de nuevo para estar junto a la agonizante.

La lloró sin disimulo, sin pudor, indiferente al dolor de su mujer que ya no le hablaba, ni le miraba, y vivía solitaria encerrada en el asco, en una ira indignada y rezando a Dios de la mañana a la noche.

Y, sin embargo, vivían juntos, comían el uno enfrente del otro, mudos y desesperados.

Luego él se fue calmando paulatinamente, pero ella no le perdonaba.

Y la vida siguió así, dura para ambos.

Durante un año fueron tan extraños el uno para el otro como si no se conocieran. Berthe estuvo a punto de enloquecer.

Hasta que una mañana ella salió al amanecer y volvió a casa a eso de las ocho, trayendo entre los brazos un enorme ramo de rosas blancas, completamente blancas.

Mandó decir a su marido que quería hablar con él.

Él fue a su encuentro, agitado y turbado.

—Salgamos juntos —le dijo—. Tome estas flores, son demasiado pesadas para mí.

Él cogió el ramo y siguió a su mujer. Les esperaba un coche, que se puso en movimiento apenas hubieron montado.

Se detuvo delante de la verja del cementerio. Entonces Berthe, cuyos ojos se inundaban de lágrimas, le dijo a Georges:

—Lléveme a su tumba.

Él temblaba sin comprender, y se puso a caminar delante de ella, llevando en todo momento las flores en sus brazos. Por fin se detuvo delante de una lápida de mármol blanco y la señaló sin decir nada.

Entonces ella le cogió el gran ramo y, arrodillándose, lo depositó al pie de la tumba. ¡Luego se recogió en una oración desconocida y suplicante!

De pie detrás de ella, su marido, asaltado por los recuerdos, lloraba.

Ella se levantó y le tendió las manos.

—Si le parece bien, seremos amigos —le dijo.

 

LA RELIQUIA*

 

Al reverendo padre Louis d’Ennemare, Soissons

Querido reverendo:

Te comunico que el noviazgo con tu prima se ha roto de la manera más estúpida, por una broma pesada que le gasté casi sin querer a mi prometida.

Recurro a ti, mi viejo compañero, en mi apurada situación, porque tú puedes sacarme de este aprieto. Te estaré agradecido toda la vida.

Ya conoces a Gilberte, o mejor dicho, crees conocerla; pero ¿acaso se conoce jamás a las mujeres? Todas sus opiniones, sus creencias, sus ideas son siempre una sorpresa, llenas como están de tortuosidades, de subterfugios, de imprevistos, de razonamientos incomprensibles, de lógica al revés, de empecinamientos que se dirían inamovibles y que ceden porque un pajarito se ha posado en el alféizar de una ventana.

No es necesario que te diga lo muy religiosa que es tu prima, educada por las hermanas blancas o negras de Nancy.

Lo sabes mejor que yo. Lo que, sin duda, ignoras es que ella se entusiasma por la religión como por cualquier otra cosa. Su cerebro se pone a volar como una hoja a merced del viento; y es mujer, o mejor dicho, muchacha, más que ninguna otra, propensa a la emoción y a la ira, lanzándose al galope por el amor y el odio, y no menos tornadiza; y bonita…, como ya sabes; e indeciblemente encantadora… como tú no podrás saber nunca.

Así pues, estábamos prometidos; yo la adoraba como la adoro todavía. Ella parecía quererme.

Una noche recibí un telegrama que me reclamaba en Colonia para una consulta, a la que seguiría probablemente una operación seria y complicada. Como tenía que salir al día siguiente, me fui corriendo a despedirme de Gilberte y a explicarle por qué no podría ir a comer el miércoles a casa de mis futuros suegros, sino que lo haría el viernes, fecha de mi vuelta. ¡Oh!, ¡ten cuidado con los viernes, pues te aseguro que son funestos!

Cuando le hablé de mi marcha, vi una lágrima en sus ojos; pero cuando le anuncié que no tardaría en volver, dio unas palmas y exclamó: «¡Qué felicidad! Me traerá usted algo; un detalle, un simple recuerdo, pero un recuerdo elegido expresamente para mí. Debe adivinar qué puede hacerme realmente ilusión, ¿entendido? Así veré si tiene imaginación».

Reflexionó unos segundos, luego añadió: «Le prohíbo que invierta en ello más de veinte francos. Quisiera verme impresionada por la intención, la inventiva, caballero, no por lo que pueda costar». Luego, tras un nuevo silencio, dijo a media voz, con los ojos gachos: «Si eso no le cuesta nada, en dinero, y si es algo ingenioso y delicado… yo…, yo le daré un beso».

Al día siguiente estaba en Colonia. Se trataba de un terrible accidente que tenía desesperada a toda una familia. Había que amputar de urgencia. Me dieron hospedaje, poco menos que me encerraron; operé a un moribundo que a punto estuvo de irse al otro mundo entre mis manos; me quedé dos noches a su lado; luego, cuando vi una posibilidad de salvación, pedí que me acompañaran a la estación.

Me había equivocado en cuanto a la hora de salida, así que disponía de una hora. Me puse a dar vueltas por las calles, mientras seguía pensando en el pobre enfermo, cuando me abordó un individuo.

Yo no sé alemán; él tampoco sabía francés; pero al final comprendí que me ofrecía unas reliquias. Me vino a la mente el recuerdo de Gilberte; conocía su fe fanática: ése era el regalo. Seguí al hombre hasta una tienda de objetos religiosos y escogí «un begueño fragmento de güeso de las once mil fírgenes».

La pretendida reliquia estaba custodiada dentro de una preciosa cajita de plata antigua, que acabó de hacer que me decidiera.

Me metí el objeto en el bolsillo y, ya en la estación, subí a mi coche.

Una vez en casa, quise examinar de nuevo mi adquisición. La cogí… ¡La cajita estaba abierta y la reliquia ya no estaba! Por más que rebusqué en mi bolsillo y lo volví del revés, el huesecillo, no mayor que medio alfiler, había desaparecido.

Ya conoces, querido reverendo, mi indiferencia en asuntos de fe, y tienes la nobleza de sentimiento y la amistad de tolerar mi frialdad y de dejar que actúe libremente, confiando en el futuro, como tú dices; pero soy absolutamente incrédulo en cuanto a las reliquias de los barateros de la fe; y sé que compartes mi total desconfianza al respecto. Por ello la pérdida de esta porción de esqueleto de cordero no me sumió en la desolación; me conseguí fácilmente otro pedacito que pegué con cuidado dentro de la cajita.

Me fui a ver a mi prometida.

Apenas me vio entrar, vino a mi encuentro, ansiosa y sonriente:

«¿Qué me ha traído?»

Fingí haberme olvidado de ello, pero ella no me creyó. Me hice de rogar, suplicar incluso, y cuando la vi fuera de sí por la curiosidad, le entregué la sagrada cajita.

Ella se mostró feliz:

«¡Una reliquia! ¡Oh, una reliquia!».

Y besaba con pasión la cajita. Me avergoncé de mi engaño.

Pero se despertó en ella una inquietud que no tardó en convertirse en un horrible temor; y, mirándome fijamente, dijo:

«¿Está seguro de que es auténtica?».

«Absolutamente seguro.»

«¿Cómo es posible?»

Me había cazado. Habría estado perdido de confesar que había comprado el huesecillo a un vendedor ambulante. ¿Qué podía decirle? Se me pasó por la cabeza una idea loca, y respondí a media voz, con tono misterioso:

«La he robado para usted».

Me miró con sus ojazos maravillados y arrobados:

«La ha robado… ¿y dónde?».

«En la catedral, concretamente en el relicario de las once mil vírgenes.»

Le palpitaba el corazón, se sentía desfallecer de tan exultante como estaba; y murmuró:

«¡Oh! ¡Ha hecho esto… por mí! ¡Cuente…, cuéntemelo todo!».

Ya no podía echarme atrás. De modo que me inventé una historia fantástica, con detalles precisos y sorprendentes. Le dije que había dado cien francos al guardián de la iglesia para visitarla a solas; que estaban reparando el relicario y que yo había ido a parar allí justo a la hora en que estaban comiendo los operarios y los curas; que, retirando una tablilla que luego volví a colocar en su sitio con sumo cuidado, había cogido el huesecillo (pequeñísimo) entre los muchísimos otros (dije eso pensando en los muchos que podían resultar de los restos de once mil esqueletos de vírgenes). Luego había ido a un platero y había comprado un estuche digno de la reliquia.

No tuve empacho en hacerle saber también que la cajita me había costado quinientos francos.

Pero ella no pensaba en absoluto en esto, y me escuchaba temblando, en éxtasis. Murmuró: «¡Cuánto le amo!», y se echó en mis brazos.

Fíjate bien en esto: por ella había cometido un sacrilegio; había robado; había profanado una iglesia, violado un relicario y robado unas sagradas reliquias. Por eso me adoraba; me encontraba cariñoso, perfecto, divino. Así son las mujeres, querido reverendo, todas las mujeres.

Durante dos meses fui para ella el más admirable de los novios. Había instalado en su habitación una especie de capilla magnífica para poner en ella esa porción de costillita que me había hecho cometer, creía ella, ese divino delito de amor; y ella se entusiasmaba allí delante, mañana y noche.

Yo le había rogado que guardara el secreto ante el temor, así se lo dije, de verme detenido, condenado, entregado a Alemania. Ella me había dado su palabra.

Pero ocurrió que a comienzos del verano se le antojó ver el lugar de mi hazaña. Tanto y tan bien rogó a su padre (sin confesarle su secreta razón) que éste la llevó a Colonia, sin decirme nada a mí del viaje, de acuerdo con el deseo de ella.

No necesito decirte que nunca he visto el interior de la catedral. No sé dónde está el sepulcro (¿hay un sepulcro?) de las once mil vírgenes. Parece que, ¡ay!, no se puede acceder al sepulcro.

Ocho días después recibí unas breves líneas con las que me era devuelta la palabra dada, amén de una carta de explicaciones del padre, tardío confidente.

Al ver el relicario, ella había comprendido al instante mi engaño, mi mentira y, de paso, mi completa inocencia. Al preguntarle al vigilante de las reliquias si se había cometido algún robo, éste se había echado a reír demostrándole la imposibilidad de semejante fechoría.

Puesto que no había forzado ningún recinto sagrado y no había metido mi profana mano entre los venerables vestigios, no era digno ya de mi rubia y frágil prometida.

Se me prohibió la entrada en su casa. Ruegos, súplicas, nada hizo apiadarse a la bella devota.

Caí enfermo del disgusto.

La semana pasada la señora de Arville, prima suya y por tanto tuya, me rogó que fuera a verla.

He aquí las condiciones del perdón. Debo traer una reliquia, una verdadera y auténtica reliquia de una virgen y mártir cualquiera, con un certificado de Su Santidad el Papa.

Me estoy volviendo loco, por la preocupación y la inquietud.

Iré a Roma, si es necesario. Pero no puedo presentarme de buenas a primeras ante el Papa y contarle mi necia aventura. Además, no creo que se entregue a los particulares reliquias auténticas.

¿No podrías recomendarme a algún monseñor, o simplemente a algún prelado francés que posea fragmentos de una santa? ¿No tendrás tú mismo, por casualidad, entre tus colecciones, el preciado objeto requerido?

¡Sálvame, mi querido reverendo, y yo te prometo convertirme con diez años de anticipación!

La señora de Arville, que se toma este asunto en serio, me dijo: «La pobre Gilberte no se casará nunca».

Mi querido amigo, ¿quieres dejar a tu prima morir víctima de un estúpido camelo? Te lo suplico, haz que ella no sea la virgen once mil una.

Disculpa, soy un réprobo; pero te mando un abrazo y te quiero de todo corazón.

Tu viejo amigo,

Henri Fontal

 

EL MIEDO*

 

A J.-K. Huysmans

Acabada la cena, subimos de nuevo a cubierta. Delante de nosotros, ni un estremecimiento en toda la superficie del Mediterráneo, que una luna llena y plácida tornasolaba. El gran barco se deslizaba lanzando al cielo, que parecía tachonado de estrellas, una gran serpiente de humo negro; y detrás de nosotros el agua blanquísima, revuelta por el rápido paso del pesado navío, batida por la hélice, espumaba y parecía retorcerse, removiendo tal cantidad de claros fulgores que se hubiera dicho luz de luna en ebullición.

Éramos siete u ocho, en silenciosa admiración, con el ojo puesto en el África lejana, hacia la cual nos dirigíamos. El comandante, que fumaba un puro en medio de nosotros, retomó de repente lo que había empezado a contar en la cena.

—Sí, esa vez pasé miedo. Mi barco se quedó seis horas con ese escollo en el casco, batido por el mar. Por fortuna, a eso del atardecer, fuimos recogidos por un barco carbonero inglés que nos avistó.

Entonces un hombre alto, de rostro tostado y aspecto serio, uno de esos hombres que se intuye han atravesado grandes países desconocidos, en medio de peligros continuos, y cuya mirada serena parece guardar, en su hondura, algo de los paisajes extraños que ha visto, uno de esos hombres que se adivinan templados en el coraje, abrió la boca por primera vez:

—Comandante, dice usted que pasó miedo; no me lo creo. Creo que se equivoca de palabra y acerca de la sensación que tuvo. Un hombre enérgico no tiene nunca miedo frente a la amenaza del peligro. Puede estar emocionado, agitado, ansioso; pero el miedo es otra cosa.

El comandante prosiguió entre risas:

—¡Diantre! ¡Le garantizo que pasé miedo de verdad!

Entonces el hombre de tez tostada dijo con voz parsimoniosa:

*

¡Permítame explicarme! El miedo (y hasta los hombres más arrojados pueden tener miedo) es algo espantoso, una sensación atroz, como una descomposición del alma, un espasmo tremendo del pensamiento y del corazón, cuyo simple recuerdo produce escalofríos de angustia. Pero eso no les sucede a las personas valerosas ni durante un asalto, ni ante la certeza de la muerte, ni ante cualquier peligro normal: sólo sucede en determinadas circunstancias anormales, bajo algunos influjos misteriosos, ante riesgos indefinidos. El verdadero miedo es algo así como una reminiscencia de los fantásticos terrores de antaño. Un hombre que crea en los fantasmas, y que se imagine que ve un espectro en la oscuridad, sentirá el miedo en todo su espantoso horror.

Yo he sentido el miedo en pleno día, hace unos diez años de ello. Lo sentí de nuevo el pasado invierno, en una noche de diciembre.

Y, sin embargo, he pasado por muchos peligros, por muchas aventuras que parecían mortales. Me he batido a menudo. He sido dejado por muerto por unos ladrones. He sido condenado a la horca por revolucionario, en América, y en las costas de China fui arrojado al mar desde la cubierta de un barco. Cada una de esas veces me creí perdido, y me resigné enseguida a mi situación, sin emoción ni tampoco lamentarme.

Pero eso no es el miedo.

Yo lo presentí en África. Y, sin embargo, él es hijo del Norte; el sol lo disuelve como una niebla. Noten bien esto, señores. Para los orientales la vida no cuenta nada; se resignan enseguida; sus noches son claras y vacías de leyendas, así como también sus almas están vacías de las sombrías inquietudes que acosan los cerebros en los países fríos. En Oriente, se puede conocer el pánico, pero se ignora el miedo.

Pues bien, he aquí lo que me sucedió en esa tierra de África:

Estaba atravesando las grandes dunas al sur de Uargla. Es uno de los más extraños lugares del mundo. Ya conocen ustedes las arenas lisas y rectas de las interminables playas del océano. Pues bien, imagínense el mismo océano convertido en arena durante un huracán; imaginen una tempestad silenciosa de inmóviles olas de polvo amarillo. Estas olas desiguales, diferentes, son altas como montañas, alzadas precisamente como oleajes desencadenados, pero todavía más grandes, y estriadas como el muaré. Sobre este mar furioso, mudo y sin movimiento, el sol abrasador del sur derrama su llama implacable y directa. Hay que trepar esas olas de ceniza de oro, bajar, subir de nuevo, subir sin tregua, sin descanso y sin sombra. Los caballos agonizan, se hunden hasta los corvejones y se deslizan al bajar la otra vertiente de esas sorprendentes colinas.

Éramos dos amigos a los que seguían ocho spahis y cuatro camellos con sus respectivos camelleros. Ya no hablábamos siquiera, muertos de calor, de fatiga y devorados por la sed como ese desierto ardiente. De repente, uno de estos hombres lanzó una especie de grito; todos se detuvieron; y nosotros nos quedamos inmóviles, sorprendidos por un inexplicable fenómeno conocido por los viajeros de esas regiones perdidas.

En alguna parte, cerca de nosotros, en una dirección indeterminada, redoblaba un tambor, el misterioso tambor de las dunas; redoblaba claramente, unas veces más vibrante, debilitado otras, deteniéndose y luego volviendo a empezar con su redoble fantástico.

Los árabes, asustados, se miraban; y uno dijo, en su lengua: «La muerte se cierne sobre nosotros». Y he aquí que de repente mi compañero, mi amigo, casi un hermano, cayó del caballo, de cabeza, fulminado por una insolación.

Y durante dos horas, mientras yo trataba en vano de reanimarle, aquel tambor continuó atronándome los oídos con su ruido monótono, intermitente e incomprensible; y yo sentía que me dominaba el miedo, el verdadero miedo, el miedo horrible, delante de aquel querido cadáver, en aquella hondonada incendiada por el sol entre cuatro montes de arena, mientras que el eco desconocido nos traía, a doscientas leguas de todo pueblo francés, el frenético redoble del tambor.

Aquel día comprendí qué quería decir pasar miedo; y lo comprendí mejor aún en otra ocasión…

El comandante interrumpió al narrador:

—Disculpe, señor, pero ¿qué era ese tambor?

El viajero respondió:

No lo sé en absoluto. Nadie lo sabe. Los oficiales, que se ven sorprendidos a menudo por este extraño ruido, lo atribuyen normalmente al eco, aumentado, multiplicado, desmesuradamente ampliado por las ondulaciones de las dunas, provocado por una lluvia de granitos de arena arrastrados y estampados por el viento contra unas matas de hierba secas; pues, se ha observado, en efecto, que el fenómeno se produce en las proximidades de pequeñas plantas abrasadas por el sol y duras como pergamino.

Ese tambor, por tanto, sería una especie de espejismo del sonido. Eso simplemente. Pero no lo supe hasta más tarde.

Ahora voy a mi segundo espanto.

Fue el invierno pasado, en un bosque del nordeste de Francia. El cielo estaba tan oscuro que anocheció dos horas antes. Tenía como guía a un campesino que caminaba a mi lado por un sendero, bajo una bóveda de abetos que el viento desencadenado hacía aullar. Entre las cimas, veía correr unas nubes en desbandada, unas nubes perdidas que parecían huir ante algo que les daba miedo. A veces, bajo una inmensa ráfaga, todo el bosque se doblaba del mismo lado con un gemido de dolor; y el frío me invadía, a pesar de mi paso rápido y mis ropas de abrigo.

Teníamos que cenar y dormir en casa de un guardabosque, que vivía no lejos de donde estábamos. Yo iba allí de caza.

De vez en cuando mi guía alzaba la vista y murmuraba: «¡Pinta mal tiempo!». Luego me habló de la gente a cuya casa íbamos. El padre, dos años antes, había dado muerte a un cazador furtivo, y, desde entonces, estaba sombrío, como acosado por su recuerdo. Sus dos hijos, casados, vivían con él.

Las tinieblas eran densas. No veía nada delante ni alrededor de mí, y el ramaje azotado de los árboles llenaba la noche de un ruido continuo. Finalmente, vi una luz y poco después mi compañero llamaba a una puerta. Gritos agudos de mujeres nos respondieron. Luego, una voz masculina, una voz rota, preguntó: «¿Quién va?». El guía dijo su nombre. Entramos. Fue una visión inolvidable.

Un viejo de blancos cabellos, mirada de loco, rifle cargado en mano, nos esperaba de pie en medio de la cocina, mientras dos mocetones armados con hachas estaban de guardia en la puerta. En los ángulos oscuros vi a dos mujeres de rodillas, con el rostro oculto contra la pared.

Dije quién era. El viejo volvió a apoyar el arma en la pared y mandó que me preparasen la habitación; luego, al ver que las mujeres no se movían, me dijo bruscamente: «Sepa, señor, que maté a un hombre, hará dos años esta noche. El año pasado vino a llamarme. Y ahora le espero».

Añadió, con un tono que me hizo sonreír: «Por eso estamos intranquilos».

Le tranquilicé como pude, feliz de haber llegado justo en ese momento y de poder asistir a ese espectáculo de terror supersticioso. Conté unas historias, y conseguí calmar un poco a casi todo el mundo.

Junto al hogar, un viejo perro, casi ciego y bigotudo, uno de esos perros que se parecen a personas que uno conoce, dormía con el hocico entre las patas.

Afuera, la tempestad azotaba con saña la casita, y, por una estrecha ventana, una especie de mirilla situada cerca de la puerta, veía de repente a la luz de los relámpagos un revoltijo de árboles zarandeados por el viento.

A pesar de mis esfuerzos, me daba cuenta de que dominaba a aquella gente un profundo terror y, apenas dejaba yo de hablar, les veía aguzar el oído. Cansado de aquellos estúpidos temores, estaba a punto de pedir permiso para retirarme a dormir, cuando el viejo guardabosque saltó de su silla, cogió de nuevo el rifle y balbució con voz quebrada: «¡Aquí está! ¡Aquí está! ¡Le oigo!». Las dos mujeres volvieron a postrarse de rodillas en sus rincones, tapándose la cara, y los hijos volvieron a coger sus hachas. Iba yo a tratar de apaciguarles de nuevo, cuando el perro dormido se despertó bruscamente y, alzando su cabeza, tensando el cuello, mirando hacia el fuego con su mirada casi apagada, lanzó uno de esos lúgubres aullidos que hacen estremecerse a los viajeros, por la noche, en el campo. Todos los ojos se volvieron hacia él, que ahora estaba inmóvil, derecho sobre sus patas, como poseído por una visión, y luego empezó de nuevo a aullar hacia algo invisible, desconocido, pero no por eso menos espantoso, porque se le erizaba todo el pelaje. El guardabosque, lívido, gritó: «¡Lo siente! ¡Lo siente! ¡Estaba también él cuando le maté!». Y las dos mujeres, aterradas, se pusieron a dar alaridos junto con el perro.

Inmediatamente, un gran escalofrío recorrió mi espinazo: ver al animal, en aquel lugar y a aquella hora, en medio de esa gente trastornada, era algo espantoso.

Durante una hora el perro aulló sin moverse, aulló como en un sueño angustioso; y el miedo, el tremendo miedo, entraba en mí; ¿miedo a qué? ¡Qué sé yo! Era miedo y punto.

Nos quedamos inmóviles, pálidos, en espera de un acontecimiento horrible, aguzando el oído, el corazón palpitante, trastornados al mínimo ruido. El perro comenzó a dar vueltas por la habitación, husmeando las paredes y siguiendo con sus gemidos. ¡Aquel animal nos hacía enloquecer! Entonces el campesino que me había hecho de guía se le echó encima en pleno paroxismo de terror y, abriendo una puerta que daba a un pequeño patio, lo arrojó fuera.

Enmudeció enseguida, y nos vimos sumidos en un silencio más espantoso aún. De improviso, todos a la vez, nos sobresaltamos: un ser se arrastraba pegado a la pared del lado que daba al bosque; luego rozó la puerta y pareció que la tantease, con mano insegura; no se oyó nada más durante un par de minutos que nos hicieron enloquecer; luego volvió, siempre rozando la pared; y raspó despacito, como podría hacerlo un niño con una uña. Y de pronto, pegada al cristal de la mirilla apareció una cabeza blanca con dos ojos relucientes como los de una fiera; salía de su boca un ruido indistinto, un murmullo quejumbroso.

Entonces se oyó un ruido tremendo en la cocina. El viejo guardabosque había disparado. Y al punto los hijos se precipitaron a tapar la ventanita levantando contra ella la gran mesa, reforzándola con el aparador.

Les juro que al ruido de la descarga del rifle, que no me esperaba, sentí tal angustia en el corazón, en el alma y en el cuerpo que me sentí desfallecer, casi a punto de morir de miedo.

Hasta el amanecer fuimos incapaces de movernos, de decir una sola palabra, crispados en un indescriptible espanto.

Sólo cuando vimos entrar por los postigos un hilo de luz nos atrevimos a desatrancar la salida.

Al pie de la pared, contra la puerta, yacía el viejo perro, con el hocico destrozado por una bala.

Había salido del patio abriendo un agujero por debajo de la cerca.

*

El hombre de rostro tostado calló; luego añadió:

—Esa noche no corrí ningún peligro; y, sin embargo, preferiría volver a vivir todas las horas en que me he enfrentado a los peores peligros, antes que el sólo instante de la descarga del rifle contra esa cabeza barbuda de la mirilla.

 

EN EL CAMPO*

 

A Octave Mirbeau

Las dos chozas estaban una al lado de la otra, al pie de una colina, en las cercanías de una pequeña ciudad balnearia. Los dos campesinos trabajaban duramente la tierra infecunda para mantener a todos sus hijos. Cada familia tenía cuatro. Delante de las dos puertas contiguas, toda aquella chiquillería era un hervidero de la mañana a la noche. Los dos mayores tenían seis años y los más pequeños en torno a los quince meses: los matrimonios y luego los nacimientos se habían producido casi simultáneamente en ambas casas.

Las dos madres apenas si eran capaces de reconocer a sus retoños en medio de aquel montón; y los padres los confundían totalmente. Sus ocho nombres les bailaban en la cabeza, mezclándose de continuo; y los hombres, cuando tenían que llamar a uno, a menudo gritaban tres nombres, antes de acertar con el verdadero.

La primera de las dos casas, según se llegaba de la estación termal de Rolleport, estaba ocupada por los Tuvache, que tenían tres hembras y un varón; en la otra cabaña vivían los Vallin, con una hembra y tres varones.

Todos vivían a duras penas a base de sopas, patatas y aire libre. A las siete de la mañana, luego al mediodía y seguidamente a las seis de la tarde, las amas de casa reunían a sus hijos para darles de comer, como los que crían ocas reúnen a sus aves. Los niños estaban sentados, por orden de edad, delante de la mesa de madera, lustrosa por cincuenta años de uso. El último chiquillo apenas si llegaba con la boca a la altura de la mesa. Delante de cada uno de ellos se ponía una escudilla llena de pan remojado en agua en la que habían cocido las patatas, media col y tres cebollas, y toda la fila comía hasta saciarse. La madre atiborraba por su cuenta al más pequeño. Un poco de carne de cocido, los domingos, era una fiesta para todos; y ese día el padre se quedaba más rato en la mesa repitiendo: «Firmaría por comer todos los días así».

Una tarde de agosto, un carruaje ligero se detuvo bruscamente delante de las dos cabañas, y una joven, que conducía ella misma, le dijo al señor que iba sentado a su lado:

—¡Oh, mira, Henri, ese montón de niños! ¡Qué monada de criaturas revolcándose así en el polvo!

El hombre no respondió, habituado a semejantes expresiones de admiración que para él eran un motivo de pesar y casi un reproche hacia él.

La joven añadió:

—¡Tengo que darles un beso! ¡Ah, cómo me gustaría tener uno como ése, el más chiquitín!

Y, tras saltar del coche, corrió hacia los niños, cogió a uno de los dos últimos, el de los Tuvache, y, alzándolo en brazos, le besó efusivamente en sus sucias mejillas, en su rubio pelo rizado y pegoteado de tierra, en sus manitas que él agitaba para liberarse de aquellas fastidiosas caricias.

Luego volvió a montar en su coche y partió al trote largo. Pero a la semana siguiente volvió, se sentó en el suelo, cogió al chiquillo entre los brazos, lo atiborró de dulces y dio caramelos a todos los demás; jugó con ellos como una chiquilla, mientras su marido esperaba pacientemente en su endeble coche.

Volvió de nuevo, trabó conocimiento con los padres, luego vino todos los días, con los bolsillos llenos de dulces y de dinero.

Se llamaba señora de Henri de Hubières.

Una mañana, recién llegados, su marido se apeó con ella; y sin pararse donde estaban los niños, que ahora ya la conocían bien, entró en casa de los campesinos.

Éstos estaban cortando leña para cocer las sopas; se enderezaron sorprendidos, les invitaron a sentarse y esperaron. Entonces la joven, con voz entrecortada y temblorosa, comenzó diciendo:

—Buenas gentes, vengo a verles porque querría…, querría llevarme conmigo a su…, a su hijo más pequeño.

Los campesinos, estupefactos y sin saber qué pensar, no respondieron.

Ella recuperó el aliento y continuó:

—No tenemos hijos; mi marido y yo estamos solos… Lo tendríamos con nosotros…, ¿quieren?

La campesina comenzaba a comprender. Preguntó:

—¿Quieren quedarse con Charlot? ¡Ah, no!, por supuesto que no.

Entonces intervino el señor de Hubières:

—Mi mujer se ha explicado mal. Nosotros quisiéramos adoptarlo, pero vendría a verles. Si la cosa fuese bien, como todo hace suponer, será nuestro heredero. Si, por casualidad, tuviéramos hijos propios, compartiría igualmente la herencia con ellos. Pero, si no respondiera a nuestras atenciones, le entregaríamos, cuando fuera mayor, veinte mil francos, que serán inmediatamente depositados a su nombre ante un notario. Y, como hemos pensado también en ustedes, tendrán hasta su muerte una renta de cien francos mensuales. ¿Han comprendido lo que acabo de explicarles?

El ama de casa se levantó, hecha una furia.

—¿Quieren ustedes que les vendamos a Charlot? ¡Ah, eso nunca! No son cosas que se piden a una madre. ¡Ah, eso nunca! Sería algo indigno.

El hombre no decía nada, serio y pensativo; pero daba su aprobación a su mujer con un continuo cabeceo.

La señora de Hubières, fuera de sí, se echó a llorar, y, volviéndose hacia su marido, con voz sollozante, una voz de niña cuyos más mínimos deseos son siempre satisfechos, balbució:

—¡No quieren, Henri, no quieren!

Hicieron un último intento.

—Pero, amigos míos, piensen en el futuro de su hijo, en su felicidad, en…

La campesina, exasperada, la interrumpió:

—Está todo visto, entendido y pensado… Lárguense y que no les volvamos a ver nunca más por aquí. ¡Es intolerable que quieran llevarse a un niño así!

Entonces, la señora de Hubières, al salir, se percató de que había dos pequeños, y preguntó lagrimeando, con una tenacidad de mujer testaruda y mimada a quien no le gusta esperar nunca:

—Pero ¿el otro niño no es suyo?

Tuvache padre respondió:

—No, es de los vecinos; vayan, si quieren, a verles.

Y regresó a casa, donde resonaba la voz indignada de su mujer.

Los Vallin estaban en la mesa, comiendo lentamente rebanadas de pan en las que untaban un poco de manteca que cogían con la punta del cuchillo de un plato colocado entre ambos.

El señor de Hubières empezó de nuevo a hacer su propuesta, esta vez de modo más insinuante, con más precauciones oratorias, con más astucia.

Los dos campesinos meneaban la cabeza en señal de rechazo; pero cuando supieron que recibirían cien francos mensuales, se miraron indecisos, consultándose con la mirada.

Se quedaron largo rato en silencio, torturados, dubitativos. Finalmente, la mujer preguntó:

—¿Qué dices tú a eso, marido mío?

Él manifestó con tono sentencioso:

—No me parece que sea algo de despreciar.

Entonces la señora de Hubières, temblando de ansiedad, habló del futuro del pequeño, de su felicidad y de todo el dinero que podría darles a sus padres más tarde.

El campesino preguntó:

—¿Esta renta de mil doscientos francos será escriturada ante notario?

El señor de Hubières respondió:

—Por supuesto, a partir de mañana mismo.

El ama de casa, que estaba reflexionando, añadió:

—Cien francos mensuales no son suficientes para que nos desprendamos del pequeño; dentro de unos años podrá trabajar: tienen que ser ciento veinte francos.

La señora de Hubières, que pataleaba de la impaciencia, se lo concedió al instante; y, como quería llevarse al niño, dio cien francos de gratificación mientras su marido preparaba el documento acreditativo. El alcalde y un vecino, llamados de inmediato, hicieron de buen grado de testigos.

Y la joven, exultante, se llevó al chiquillo que chillaba, como se lleva uno una figurita deseada de una tienda.

Los Tuvache, en su puerta, les miraban partir, mudos, severos, lamentando tal vez su negativa.

No se oyó hablar más del pequeño Jean Vallin. Todos los meses los padres recibían del notario los ciento veinte francos; y estaban disgustados con sus vecinos porque la madre Tuvache les cubría de improperios, repitiendo sin cesar de puerta a puerta que había que ser un desnaturalizado para vender a su hijo, que era un horror, una asquerosidad, un acto de corrupción.

A veces tomaba en sus brazos con ostentación a su Charlot, gritándole, como si hubiera podido comprenderla:

—Yo no te he vendido, no te he vendido, pequeño mío. Yo no soy de esas que venden hijos. No soy rica, pero no por eso vendo a mis hijos.

Durante años y años, cada día fue así; cada día groseras alusiones que eran vociferadas delante de la puerta, para que así entraran en la casa vecina. La madre de los Tuvache había terminado por creerse superior a todas las madres de la región, porque no había vendido a Charlot. Quien hablaba de ella decía:

—Sin duda, habría sido una tentación para cualquiera, pero a pesar de ello se ha comportado como una buena madre.

La citaban a menudo como un ejemplo; y Charlot, que iba a cumplir ya los dieciocho años, criado en esta idea que le repetían sin descanso, se creía él mismo superior a sus compañeros, porque no había sido vendido.

Los Vallin iban tirando sin estrecheces, gracias a la pensión. Tal era la razón de la implacable rabia de los Tuvache, que se habían quedado en la miseria.

Su hijo mayor sentó plaza de soldado. El segundo murió; y Charlot se quedó solo para ayudar a su viejo padre a dar de comer a la madre y a las dos hermanas menores que tenía.

Contaba veintiún años cuando, una mañana, un espléndido coche se detuvo delante de las dos cabañas. Un joven señor, con una bonita cadena de reloj de oro, bajó dando la mano a una señora mayor, de cabellos blancos. Ésta le dijo:

—Ésa es, hijo mío, la segunda casa.

Él entró en la casucha de los Vallin como si hubiera sido su casa.

La anciana madre estaba lavando unos delantales; el padre, valetudinario, dormitaba junto al hogar. Los dos levantaron la cabeza, mientras el joven decía:

—Buenos días, papá; buenos días, mamá.

Los dos se pusieron en pie trastornados. A la campesina, emocionada, se le cayó el jabón dentro del agua y balbució:

—¿Eres tú, hijo mío? ¿Eres tú, hijo mío?

Él la estrechó entre sus brazos y la besó, repitiendo: «Buenos días, mamá». Y mientras tanto el viejo, tembloroso, decía con el tono sereno que siempre tenía: «¿Así que has vuelto, Jean?» como si le hubiera visto el mes anterior.

Dicho esto, los padres quisieron salir enseguida para que todo el pueblo viera a su hijo. Le llevaron a casa del alcalde, del vicealcalde, del párroco, del maestro.

Charlot, de pie en el umbral de su choza, le miraba pasar.

Por la noche, a la hora de la cena, dijo a sus ancianos padres:

—¡Hay que haber sido estúpidos para dejar que se llevaran al hijo de los Vallin!

Su madre respondió, obstinada:

—¡No queríamos vender a nuestro hijo!

El padre callaba.

—¡Es una desgracia haber sido sacrificado de ese modo!

Entonces Tuvache padre dijo, con tono colérico:

—¿Acaso pretendes reprocharnos el haberte mantenido a nuestro lado?

El joven respondió brutalmente:

—Sí, os lo reprocho, no valéis para nada. Padres como vosotros son la desgracia de los hijos. Os merecerías que me fuese.

La anciana mujer lloraba sobre su plato. Gimió, mientras seguía tragando cucharadas de sopa, derramando la mitad.

—¡Y una se mata para sacar adelante a los hijos!

El joven dijo con aspereza:

—Para lo que soy, más habría valido no haber nacido. Apenas he visto a ese otro, me ha hervido la sangre y he pensado: «¡Y ahora yo sería así!».

Se levantó.

—Oídme, pienso que lo mejor que podría hacer es no quedarme aquí, porque os lo reprocharía de la mañana a la noche y os haría la vida imposible. Porque, oídme bien, ¡no podré perdonároslo nunca!

Los dos viejos no decían nada, atemorizados y llorosos.

Él continuó:

—No, sería demasiado duro, con este pensamiento en la cabeza. ¡Mejor será que me vaya en busca de fortuna a cualquier otra parte!

Abrió la puerta. Entró un ruido de voces. Los Vallin estaban agasajando a su hijo que había vuelto.

Entonces Charlot dio una pataleta y, volviéndose hacia sus padres, gritó:

—¡Palurdos, iros al diablo!

Y desapareció en la oscuridad de la noche.

 

EL TESTAMENTO*

 

Yo conocía a aquel grandullón que se llamaba René de Bourneval. Era persona de trato amable, aunque un poco tristón, parecía de vuelta de todo, muy escéptico, de un escepticismo riguroso y mordaz, especialmente hábil en desmontar con una palabra las hipocresías mundanas. Repetía a menudo: «No existen personas honestas; o, si existen, es comparadas con los facinerosos».

Tenía dos hermanos, los señores de Courcils, con los que no se trataba. Yo creía que era hijo de otro matrimonio, dado que sus apellidos eran distintos. Me habían comentado en varias ocasiones que había ocurrido una extraña historia en esa familia, pero sin entrar en detalles.

Hacía buenas migas con aquel hombre, y pronto entablamos amistad. Una noche, en su casa, tras haber cenado a solas le pregunté como quien no quiere la cosa:

—¿Es usted hijo del primer o del segundo matrimonio de su madre?

Le vi palidecer ligeramente, y acto seguido ruborizarse; y se quedó unos segundos en silencio, visiblemente confuso. Luego sonrió, de esa manera suya melancólica y amable, y dijo:

—Mi querido amigo, si no le aburro, quisiera darle detalles muy curiosos sobre mi origen. Sé que es usted persona inteligente, por lo que creo que nuestra amistad no se resentirá por ello, y, si así fuera, entonces no me interesaría tenerle ya como amigo.

*

Mi madre, la señora de Courcils, era una pobre mujercita tímida, con un marido que se había casado con ella por su fortuna. Toda su vida fue un martirio. De natural cariñoso, medroso, delicado, fue maltratada de forma continua por aquel que hubiera debido de ser mi padre, uno de esos rústicos que responden al nombre de hidalgos campesinos. Al cabo de un mes de matrimonio, vivía ya con una sirvienta. Tuvo, además, como queridas a las mujeres y a las hijas de sus colonos; lo que no fue óbice para que tuviera dos hijos de su mujer; debería decir tres, contándome también a mí. Mi madre callaba; vivía en esa casa siempre ruidosa como esos ratoncillos que corretean por debajo de los muebles. Olvidada, como si no estuviera, temblorosa, miraba a la gente con sus ojos inquietos y claros, siempre vagarosos, los ojos de una persona perdida, dominada continuamente por el miedo. Y, sin embargo, era bonita, muy bonita, muy rubia, de un rubio ceniza, de un rubio tímido; como si sus cabellos se hubieran descolorido un poco por sus continuos temores.

Entre los amigos del señor de Courcils que venían constantemente al castillo, había un ex oficial de caballería, viudo, hombre temido, afectuoso y violento, capaz de las más enérgicas decisiones, el señor de Bourneval, cuyo apellido llevo. Era un real mozo alto, flaco, con unos grandes bigotes negros. Yo me le parezco mucho. Este hombre era persona leída, y no pensaba en absoluto como los de su clase. Su bisabuela había sido amiga de Jean-Jacques Rousseau y se habría dicho que había heredado algo de esa relación de una antepasada. Se sabía de memoria El contrato social, La nueva Eloísa y todos esos libros de filosofía que prepararon a distancia el futuro trastorno de nuestras antiguas costumbres, de nuestros prejuicios, de nuestras leyes caducas, de nuestra estúpida moral.

Amó a mi madre, según parece, y fue correspondido. Sus lazos fueron tan secretos que nadie sospechó nada. La pobre mujer, abandonada y triste, tuvo que apegarse desesperadamente a él y, frecuentándolo, se le pegó su manera de pensar, las teorías del sentimiento libre, las audacias del amor sin barreras; pero, como era tan temerosa que no se atrevía a hablar nunca en voz alta, todo eso se vio reprimido, condensado y encerrado en su corazón, que no se abrió jamás.

Mis dos hermanos eran duros con ella como su padre, no le demostraron nunca afecto y, habituados a ver que en casa era un cero a la izquierda, la trataban poco menos que como a una criada.

Yo fui el único de sus hijos que la quiso de verdad y al que ella quiso.

Falleció. Yo tenía por entonces dieciocho años. Debo añadir, para que pueda comprender lo que seguirá, que a su marido se le había impuesto una tutela judicial, que se había pronunciado una separación de bienes a favor de mi madre, la cual había mantenido, gracias a las argucias legales y a los inteligentes desvelos de un notario, el derecho a testar libremente.

Se nos avisó, pues, de que había depositado en aquella notaría un testamento, y fuimos invitados a asistir a su lectura.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Fue una escena grandiosa, dramática, burlesca, sorprendente, provocada por la rebelión póstuma de la difunta, por su grito de libertad, por la reivindicación desde el fondo de la tumba de esa mártir oprimida, en vida, por nuestras costumbres, la cual hacía, desde su ataúd cerrado, una desesperada invocación a la independencia.

Aquel que creía era mi padre, un hombretón sanguíneo que hacía pensar en un matarife, y mis hermanos, dos robustos jóvenes de veinte y veintidós años, esperaban, sentados tranquilamente. El señor de Bourneval, que había sido invitado a presentarse, entró y se puso detrás de mí. Ceñido en su levita, muy pálido, se mordisqueaba repetidamente los bigotes, ya un poco canos. Sin duda imaginaba lo que estaba a punto de suceder.

El notario cerró la puerta con doble vuelta de llave y dio comienzo a la lectura, tras haber abierto delante de nosotros el sobre sellado con lacre rojo, cuyo contenido ignoraba.

Bruscamente, mi amigo se calló, se levantó, luego fue a coger de su secreter un viejo papel, lo desplegó, lo besó largamente y prosiguió:

He aquí el testamento de mi querida madre:

«Yo, la abajo firmante, Anne-Catherine-Geneviève-Mathilde de Croixluce, esposa legítima de Jean-Léopold-Joseph-Gontran de Courcils, hallándome sana de cuerpo y de mente, expongo aquí mis últimas voluntades.

»En primer lugar, pido perdón a Dios, y luego a mi querido hijo René, del acto que voy a llevar a cabo. Creo que mi hijo tiene el suficiente corazón para comprenderme y perdonarme. He sufrido durante toda mi vida. Contraje un matrimonio de conveniencia por parte de mi marido y luego fui despreciada, ignorada, oprimida, engañada continuamente por él.

»Le perdono, pero nada le debo.

»Mi hijos mayores no me quisieron nunca y a duras penas si me han tratado como a una madre.

»En vida, hice por ellos cuanto debía hacer; tras mi muerte, ya nada les debo. Los lazos de sangre no pueden existir sin el afecto permanente y sagrado de cada día. Un hijo ingrato es menos que un extraño: es culpable, porque no tiene derecho a mostrarse indiferente para con su madre.

»Siempre he temblado delante de los hombres, delante de sus leyes inicuas, de sus costumbres inhumanas, de sus infames prejuicios. Delante de Dios, nada temo ya. Muerta, rechazo de mí la vergonzosa hipocresía; me atrevo a decir lo que pienso, a confesar y firmar el secreto de mi corazón.

»Así pues, dejo en usufructo toda la parte de mi fortuna de que me permite disponer la ley a mi querido amante Pierre-Germer-Simon de Bourneval, para que a continuación vaya a parar a nuestro querido hijo René.

(Esta disposición está, además, formulada, más detalladamente, en una escritura notarial.)

»Delante del Juez Supremo que me está escuchando afirmo que habría maldecido al cielo y la vida de no haber contado con el amor profundo, devoto, tierno, inquebrantable de mi amante, de no haber comprendido en sus brazos que el Creador hizo a los seres humanos para amarse, prestarse apoyo, consolarse y llorar juntos en las horas de aflicción.

»Mis dos hijos mayores tienen por padre al señor de Courcils, sólo René debe la vida al señor de Bourneval. Suplico al Supremo Hacedor de los hombres y de sus destinos que sitúe por encima de los prejuicios sociales al padre y al hijo, que les haga quererse hasta el día de su muerte y sigan queriéndome a mí en la tumba.

»Tal es mi último pensamiento y mi última voluntad.

Mathilde de Croixluce»

El señor de Courcils, que se había puesto en pie, gritó: «¡Éste es el testamento de una loca!». Entonces el señor de Bourneval dio un paso adelante y declaró con voz fuerte, con voz tajante: «Yo, Simon de Bourneval, declaro que este escrito no contiene sino la pura verdad. Estoy dispuesto a defenderlo delante de quien sea y a probarlo incluso con las cartas que obran en mi poder».

Entonces el señor de Courcils se fue directo hacia él. Creí que iban a tener una agarrada. Se plantaron cara temblando, altos los dos, el uno gordo, el otro flaco. El marido de mi madre articuló, balbuceando: «¡Es usted un miserable!». El otro replicó, con el mismo tono enérgico y seco: «Nos veremos las caras en otra parte, caballero. Hace tiempo que le habría abofeteado y provocado, si no me hubiera importado ante todo, mientras vivió, la tranquilidad de la pobre mujer a la que usted tanto hizo sufrir».

Luego se volvió hacia mí: «Es usted mi hijo. ¿Quiere venir conmigo? No tengo derecho a llevármelo, pero le aceptaré si usted quiere venir conmigo».

Le di un apretón de manos sin responder. Y salimos juntos. Ciertamente, yo estaba medio enloquecido.

Dos días después, el señor de Bourneval mataba en duelo al señor de Courcils. Mis hermanos, por temor a un terrible escándalo, guardaron silencio. Les cedí, y ellos lo aceptaron, la mitad del patrimonio dejado por mi madre.

Tomé el apellido de mi verdadero padre, renunciando al que me atribuía la ley, y que no era el mío.

El señor de Bourneval murió hace cinco años. Todavía no me he consolado de su pérdida.

*

Se levantó, dio unos pasos y, poniéndose delante de mí, dijo:

—Pues bien, afirmo que el testamento de mi madre es una de las cosas más hermosas, más leales y más grandes que una mujer puede hacer. ¿No está de acuerdo?

Le tendí las dos manos:

—Sí, sin duda, amigo mío.

 

EL LOBO*

 

Esto es lo que nos contó el viejo marqués de Arville al final de la comida de San Huberto,1 en casa del barón de Ravels.

Ese día se había acosado a un ciervo. El marqués era el único de los invitados que no había participado en la batida, porque no cazaba nunca.

Mientras duró la comilona no se había hablado más que de matanzas de animales. También las mujeres se interesaban en las historias sangrientas y con frecuencia inverosímiles, y los oradores imitaban las acometidas y las luchas de los hombres contra los animales, levantaban los brazos, ahuecaban la voz.

El señor de Arville se expresaba bien, con una cierta poesía un tanto rimbombante, pero muy efectista. Debía de haber repetido a menudo esa historia, porque la contaba de corrido, sin dudar en la hábil elección de las palabras más adecuadas para conseguir el efecto que buscaba.

*

Señores, nunca he ido de caza, mi padre tampoco, ni mi abuelo, y así remontándose hasta mi bisabuelo. Éste era hijo de un hombre que fue de caza más que todos ustedes juntos. Murió en 1764. Les contaré en qué circunstancias.

Se llamaba Jean, estaba casado, y era el padre del que sería mi tatarabuelo, y vivía con su hermano menor, François d’Arville, en nuestro castillo de Lorena, en medio de los bosques.

François d’Arville se había quedado soltero por amor a la caza.

Iban de caza juntos desde principios hasta finales del año, sin descanso, sin tregua, sin acusar la fatiga. No les gustaba otra cosa, no comprendían nada más, era su único tema de conversación, no vivían más que para eso.

Estaban dominados por esa pasión terrible, inexorable. Les consumía, habiéndoles poseído por completo, sin dejar lugar para ninguna otra cosa.

Habían prohibido que, bajo ningún concepto, se les molestara cuando estaban de caza. Mi tatarabuelo nació mientras su padre estaba persiguiendo a un zorro, y no por ello Jean d’Arville interrumpió su seguimiento, pero maldijo: «¡Por todos los diablos, ese cretino hubiera podido esperar al menos el alalí!».2

Su hermano François era más apasionado aún que él de la caza. Apenas se levantaba, se iba a ver a los perros, luego a los caballos, y a continuación se ponía a disparar a los pájaros de los alrededores del castillo hasta el momento de salir para acosar a alguna pieza de caza mayor.

Eran conocidos en la región como el señor marqués y el segundón, porque los nobles de aquel entonces no hacían como la actual nobleza improvisada, deseosa de establecer en los títulos una jerarquía descendente; pues el hijo de un marqués no es más conde, ni el hijo de un vizconde más barón, que el hijo de un general, coronel de nacimiento. Pero la mezquina vanidad de hoy día saca provecho de semejantes acomodos.

Vuelvo a mis antepasados.

Eran, según parece, desmesuradamente altos, huesudos, peludos, violentos y vigorosos. El menor, más alto aún que el mayor, tenía una voz tan fuerte que, según una leyenda de la que se sentía orgulloso, todas las hojas del bosque se agitaban cuando él gritaba.

Y cuando los dos montaban en la silla para salir de caza, debía de ser un soberbio espectáculo el ver a esos dos gigantes montar a horcajadas sus grandes caballos.

Ahora bien, hacia mediados de invierno de aquel año de 1764, el frío fue muy riguroso y los lobos se volvieron feroces.

Atacaban incluso a los campesinos rezagados, merodeaban por la noche en torno a las casas, aullaban desde la puesta del sol hasta el alba y depredaban los establos.

Comenzó a circular un rumor. Se hablaba de un lobo colosal, de pelaje grisáceo, casi blanco, que se había comido a dos niños, devorado el brazo de una mujer y degollado a todos los perros guardianes del lugar y que entraba sin miedo en los cercados para ir a olfatear por debajo de las puertas. Todos los vecinos afirmaban haber oído su respirar que hacía oscilar las llamas de las luces. Pronto cundió el pánico por toda la provincia. Nadie se atrevía ya a salir después de la puesta del sol. Las tinieblas se hubieran dicho encantadas por la imagen de aquella bestia…

Los hermanos de Arville decidieron dar con su paradero y matarlo, e invitaron a todos los gentileshombres de la región a unas grandes batidas.

Todo fue en vano. Por más que recorrieron los bosques y rebuscaron entre los matorrales, no lo vieron en ninguna ocasión. Se mataban lobos, pero a aquél no. Y a cada noche subsiguiente a la caza del animal, como en venganza, éste asaltaba a algún caminante o devoraba alguna res, siempre lejos de donde le habían estado buscando.

Una noche se introdujo incluso en el chiquero del castillo de Arville y se comió a los dos lechones más hermosos.

Los dos hermanos se encendieron de cólera y consideraron aquella incursión como una bravata del monstruo, una ofensa directa, un desafío. Cogieron a sus sabuesos más resistentes, habituados a perseguir a los animales peligrosos y dieron comienzo a la caza, llenos de furia.

Desde el amanecer hasta la hora en que el sol color púrpura se pone tras los grandes árboles desnudos, exploraron la espesura sin encontrar nada.

Volvían finalmente sobre sus pasos, furibundos y desconsolados, con los caballos que iban al paso por una alameda flanqueada de zarzas, asombrados de que todo su saber cinegético se viera aventajado por aquel lobo y dominados de repente por una especie de temor misterioso.

El mayor dijo:

«No es una bestia cualquiera. Parece razonar como un hombre».

El menor respondió:

«Quizá convendría hacer bendecir una losa3 por nuestro primo el obispo, o pedirle a algún cura que diga las oraciones oportunas».

Luego guardaron silencio.

Jean prosiguió:

«Mira qué rojo está el sol. El gran lobo causará esta noche alguna desgracia».

No había terminado de decirlo cuando su caballo se encabritó; el de François se puso a soltar coces. Un gran matorral cubierto de hojas muertas se abrió delante de ellos, y salió de él un animal colosal, todo gris, que escapó a través del bosque.

Los dos soltaron una especie de gruñido de alegría, e, inclinándose sobre el cuello de sus pesados caballos, los arrojaron hacia delante con el impulso de sus propios cuerpos, lanzándolos a tal velocidad, excitándolos, arrastrándolos, enloqueciéndolos con la voz, con los gestos y con la espuela, que los fuertes jinetes parecían llevar sus pesadas bestias entre sus muslos y elevarlas como si volasen.

Iban así, a galope tendido, abriéndose paso por la maleza, atajando por los sotos, trepando por las pendientes, precipitándose por las gargantas y soplando el cuerno a pleno pulmón para llamar a su gente y a sus perros.

Y he aquí que de pronto, en aquella loca carrera, mi antepasado se golpeó la frente contra una enorme rama que le rompió el cráneo; y dio con sus huesos por tierra, muerto, mientras su caballo, enloquecido, se desbocó y desapareció en la oscuridad que rodeaba los bosques.

El menor de los Arville se detuvo en seco, saltó a tierra, cogió en sus brazos a su hermano, y vio que se le salía el cerebro por la herida con la sangre.

Se sentó junto al cadáver, colocó la cabeza desfigurada y roja sobre sus rodillas y se quedó contemplando el rostro inmóvil de su hermano mayor. Poco a poco le iba invadiendo un extraño miedo, un miedo que antes no había conocido jamás, el miedo a la oscuridad, el miedo a la soledad, el miedo al bosque desierto y también el miedo al fantástico lobo que acababa de matar a su hermano para vengarse de ellos.

Las tinieblas se adensaban, el intenso frío hacía crujir los árboles. François se levantó, temblando, incapaz de quedarse allí por más tiempo, sintiéndose casi desfallecer. No se oía ya nada, ni el ladrido de los perros ni el sonido de los cuernos, estaba todo mudo hasta el invisible horizonte; y ese silencio mortecino del glacial atardecer tenía algo de pavoroso y de extraño.

Cogió en sus manos de coloso el corpachón de Jean, lo enderezó y lo colocó sobre la silla de montar para llevarlo al castillo; luego se puso de nuevo en camino lentamente, con la mente turbada como si estuviera ebrio, perseguido por unas imágenes horribles y sorprendentes.

Y, de pronto, por el sendero que invadía la noche, cruzó una gran forma. Era la bestia. Una sacudida de espanto agitó al cazador; algo frío, como una gota de agua, se deslizó a lo largo de sus riñones, y como un monje obsesionado con el demonio, hizo una gran señal de la cruz, enloquecido por la inesperada reaparición del terrible merodeador. Pero su mirada volvió a caer sobre el cuerpo inerte que yacía delante de él, y de repente, pasando bruscamente del temor a la ira, se estremeció de incontenible rabia.

Espoleó a su caballo y se lanzó tras el lobo.

Le seguía a través de los sotos, los barrancos y los oquedales, atravesando bosques que ya no reconocía, la mirada fija en la mancha blanca que huía en la noche que había descendido sobre la tierra.

Su caballo también parecía animado por una fuerza y un ardor desconocidos. Galopaba con el cuello tenso, recto delante de él, golpeándose con árboles y rocas, la cabeza y los pies del muerto colocados de través sobre la silla. Los abrojos le arrancaban los cabellos; la frente, topando con enormes troncos, los salpicaba de sangre; las espuelas arrancaban pedazos de corteza.

Y de repente, el animal y el jinete salieron del bosque y enfilaron por un valle, cuando asomaba la luna por encima de los montes. Era aquél un valle pedregoso, cerrado por unas rocas enormes, sin salida posible; y el lobo, acorralado, retrocedió.

Entonces François lanzó un alarido de alegría que los ecos repitieron como el rugir de la tormenta, y saltó del caballo, machete en mano.

La bestia, con el pelaje hirsuto y el lomo arqueado, le esperaba; sus ojos relucían como dos estrellas. Pero, antes de librar combate, el robusto cazador, embrazando a su hermano, lo sentó sobre una roca, y, sosteniendo con unas piedras su cabeza que no era más que una mancha de sangre, le gritó al oído, como si le hablara a un sordo: «¡Mira, Jean, mira esto!».

Luego se arrojó sobre el monstruo. Se sentía tan fuerte como para derribar una montaña, para romper piedras con las manos. El animal intentó morderle, tratando de abrirle el vientre; pero él, sin hacer uso del machete, le cogió del cuello y empezó a estrangularlo lentamente, aguzando el oído para escuchar cómo se detenía su respirar y los latidos de su corazón. Y reía, disfrutaba una barbaridad, aumentando cada vez más el tremendo apretón, gritando, en un delirio de alegría: «¡Mira, Jean, mira!». No notó ya ninguna resistencia, el cuerpo del lobo se puso fláccido. Estaba muerto.

Entonces François, cogiéndolo entre los brazos, fue a arrojarlo a los pies de su hermano mayor, repitiendo con voz emocionada: «¡Mira, mira, querido Jean, aquí lo tienes!».

Colocó sobre la silla los dos cadáveres, uno sobre otro; y emprendió el camino de vuelta.

Entró en el castillo llorando y riendo como Gargantúa al nacer Pantagruel, lanzando gritos de triunfo y pataleando de alegría al contar la muerte del animal, gimiendo y mesándose la barba al referir la de su hermano.

Y a menudo, más tarde, al aludir a aquel día, decía, con lágrimas en los ojos: «¡Si al menos el pobre Jean hubiera podido verme mientras lo estrangulaba, estoy seguro de que se habría muerto contento!».

La viuda de mi antepasado inspiró a su hijo huérfano el horror por la caza, horror que se ha transmitido, de padre a hijo, hasta mí.

*

El marqués de Arville calló. Uno le preguntó:

—¿Eso es una leyenda, no?

El narrador respondió:

—Les aseguro que es cierto de principio a fin.

Entonces una señora afirmó con una dulce vocecita:

—Da lo mismo, es hermoso tener semejantes pasiones.

 

ESE CERDO DE MORIN*

 

A M. Oudinot

I

—Oye, amigo —le dije a Labarbe—, acabas de pronunciar de nuevo estas cuatro palabras: «ese cerdo de Morin». ¿Por qué, diablos, no he oído hablar yo nunca de Morin sin que se le trate de «cerdo»?

Labarbe, actualmente diputado, me miró con ojos de autillo.

—Pero ¡cómo! ¿No conoces la historia de Morin, y eres de La Rochelle?

Confesé que no conocía la historia de Morin. Entonces Labarbe se frotó las manos y dio comienzo a su relato.

—Conociste a Morin, ¿no?, y recordarás la gran mercería que tenía en el quai de La Rochelle…

—Sí, perfectamente.

—Pues bien, has de saber que en mil ochocientos sesenta y dos o sesenta y tres Morin fue a pasar quince días a París, en viaje de placer, o para sus placeres, con la excusa de renovar su género. Ya sabes lo que, para un comerciante de provincias, suponen quince días en París. Es como para coger un calentón. Todas las noches espectáculos, roce con mujeres, una excitación mental constante. Para volverse loco, vamos. No ve uno más que a bailarinas en maillot, actrices escotadas, piernas torneadas, hombros generosamente descubiertos: todo ello casi al alcance de la mano, pero sin que uno se atreva o pueda tocarlo. Es ya mucho si puedes saborear, una o dos veces, algún manjar menos delicado. Y te vas con el corazón aún agitado, los ánimos excitados y una especie de comezón de besuqueos cosquilleándote los labios.

*

Morin se encontraba en ese estado cuando sacó un billete para La Rochelle en el expreso de las 8.40 de la noche. Y se paseaba lamentándose de lo que se había perdido y lleno de turbación por el gran vestíbulo de la estación de Orleans, cuando se detuvo en seco delante de una joven que abrazaba a una anciana señora. Se había alzado el velo y Morin, encantado, murmuró: «¡Diantre, qué hermosura de muchacha!».

Tras haberse despedido de la anciana, la joven entró en la sala de espera y Morin la siguió; luego fue hasta el andén y Morin la seguía todavía; a continuación subió a un vagón vacío, con Morin siempre detrás.

Había pocos viajeros en el expreso. La locomotora pitó; el tren partió. Estaban solos.

Morin se la comía con los ojos. Parecía tener de diecinueve a veinte años; era rubia, alta, con aspecto de rompe y rasga. Se envolvió las piernas con una manta de viaje y se tumbó en el asiento para dormir.

Morin se preguntaba: «¿Quién será?». Y se le pasaron por la cabeza mil suposiciones, mil ideas. Se decía: «Se cuentan tantas aventuras de viaje en tren. Quizá ésta me toque a mí. ¿Quién sabe? Un golpe de fortuna puede tenerlo cualquiera. Tal vez me bastaría con ser audaz. ¿No fue Danton quien dijo:“¡Audacia, audacia y siempre audacia!”. Y si no fue Danton, debe de haber sido Mirabeau. En fin, qué importa. El hecho es que yo audacia no tengo. ¡Oh, si se supiera, si fuéramos capaces de leer en la mente de las personas! Apuesto a que dejamos pasar a diario, sin darnos cuenta, ocasiones magníficas. Bastaría, sin embargo, con un gesto de su parte para indicarme que no pide nada mejor que…».

Entonces, se puso a pensar en una serie de tretas que pudieran llevarle al éxito. Imaginaba una manera caballerosa de trabar conocimiento; pequeños favores que le haría, una conversación animada, galante, que desembocaría en una declaración que acabaría en…, en lo que tú piensas.

Pero lo que siempre le faltaba era el pasar al ataque, el pretexto. Y, con el corazón agitado y la cabeza trastornada, esperaba una circunstancia favorable.

La noche, sin embargo, pasaba y la guapa muchacha seguía durmiendo, mientras Morin meditaba sobre su capitulación. Se hizo de día y pronto el sol lanzó su primer rayo, un largo rayo llegado del extremo horizonte, sobre el dulce rostro de la durmiente.

Ella se despertó, se sentó, miró la campiña, luego a Morin y sonrió. Sonrió como una mujer feliz, de un modo seductor y alegre. Morin se estremeció. Aquella sonrisa estaba destinada sin duda a él, era una discreta invitación, la señal soñada que esperaba. Aquella sonrisa quería decir: «Es usted un tonto, un ingenuo, un pánfilo, al haberse quedado ahí, tieso como una estaca, en su asiento desde ayer noche. Vamos, míreme, ¿acaso no me encuentra bonita? ¿Y es capaz de pasarse toda la noche a solas con una mujer bonita sin atreverse a nada, tonto más que tonto?».

Ella seguía sonriendo mientras le miraba; incluso comenzaba a reír; y él perdió la cabeza, buscando unas palabras de circunstancias, un cumplido, algo que decir por fin, sin importar el qué. Pero no encontraba nada, nada. Entonces, presa de una audacia de pusilánime, pensó: «Me juego el todo por el todo», y de pronto, sin decir ni pío, se adelantó, con las manos extendidas, los labios golosos y, cogiéndola entre sus brazos, la besó.

 

Ella se levantó de un brinco dando un grito: «¡Socorro!» y aullando de espanto. Abrió la puerta, agitando fuera los brazos, loca de miedo, tratando de saltar, mientras Morin, enloquecido, convencido de que iba a lanzarse la vía, la retenía por la falda balbuceando: «¡Señora…, oh, señora!».1

El tren ralentizó la marcha, se detuvo. Dos empleados se precipitaron a las señas desesperadas de la joven, que cayó en sus brazos balbuciendo: «Este hombre ha querido…, ha querido…». Y se desvaneció.

Estaban en la estación de Mauzé. El gendarme allí presente detuvo a Morin.

Cuando la víctima de su brutalidad hubo vuelto en sí, prestó declaración. La autoridad instruyó un atestado. El pobre mercero no pudo regresar a su domicilio hasta la noche, acusado de atentado en lugar público contra las buenas costumbres.

II

Yo era por aquel entonces redactor jefe de Le Fanal des Charentes; y veía a Morin, cada noche, en el Café du Commerce.

Al día siguiente de su aventura vino a verme, sin saber qué hacer. Yo no le callé lo que pensaba sobre el particular: «No eres más que un cerdo. Uno no se comporta así».

Lloraba; su mujer le había dado una tunda; veía su negocio arruinado, su buen nombre enlodado, deshonrado, sus amigos, indignados, retirándole el saludo. Acabó dándome pena y llamé a mi colaborador Rivet, un hombrecillo guasón y buen consejero, para saber cuál era su parecer.

Me sugirió que me dirigiera al fiscal del Tribunal Supremo, que era amigo mío. Hice volver a casa a Morin y fui a ver a ese funcionario.

Me enteré de que la mujer ultrajada era una muchacha, la señorita Henriette Bonnel, que acababa de hacer su aprendizaje como institutriz en París y que, al no tener padre ni madre, pasaba sus vacaciones en casa de sus tíos, unos buenos pequeño burgueses de Mauzé.

La situación de Morin era grave precisamente porque el tío había puesto una denuncia. El fiscal aceptaba archivar la causa si se retiraba la misma. Esto era lo que había que conseguir.

Volví a casa de Morin. Le encontré en la cama, enfermo de miedo y de pena. Su mujer, una mujerona huesuda y barbada, le maltrataba sin descanso. Me hizo entrar en la habitación gritándome a la cara:

—¿Viene a ver a ese cerdo de Morin? ¡Pues ahí lo tiene, mírelo bien, al muy pájaro!

Se plantó delante de la cama, en jarras. Yo le expuse la situación; y entonces él me suplicó que fuera a ver a la familia. Era una misión delicada, pero la acepté. El pobre repetía:

—Te garantizo que ni siquiera la besé. ¡Te lo juro!

Respondí:

—No importa, eres un cerdo.

Y cogí los mil francos que me entregó para emplearlos del modo que estimase más oportuno.

Pero como no me hacía ninguna gracia aventurarme solo a la casa de los parientes, le rogué a Rivet que me acompañase. Él aceptó, a condición de que partiéramos de inmediato, pues al día siguiente, a primera hora de la tarde, tenía un asunto urgente en La Rochelle.

Y, dos horas después, llamábamos a la puerta de una bonita casa de campo. Una guapa muchacha vino a abrirnos. Era ella seguramente. Le dije bajito a Rivet:

—Diantre, comienzo a comprender a Morin.

El tío, el señor Tonnelet, estaba suscrito precisamente a Le Fanal, era un ferviente correligionario político que nos recibió con los brazos abiertos, nos felicitó, se congratuló, nos dio un apretón de manos, entusiasmado de recibir en su casa a los dos redactores de su periódico. Rivet me sopló al oído:

—Creo que conseguiremos solucionar el asunto de ese cerdo de Morin.

La sobrina se había ido; y yo afronté el delicado asunto. Hice entrever el fantasma del escándalo, y puse el acento sobre el inevitable descrédito que la joven sufriría, tras el ruido que provocaría un caso semejante, pues nunca se iba a creer que había sido un simple beso.

El buen hombre parecía dubitativo; pero no podía decidir nada sin su mujer, que no regresaría hasta entrada la noche. De repente soltó un grito de triunfo:

—Oigan, se me acaba de ocurrir una idea. Están ustedes aquí y les retendré. Cenarán y dormirán aquí los dos; y, una vez que haya vuelto mi mujer, espero que lleguemos a un entendimiento.

Rivet se resistía; pero el deseo de sacar del aprieto a ese cerdo de Morin le hizo decidirse, y aceptamos la invitación.

El tío se levantó, radiante, llamó a su sobrina y nos propuso dar un paseo por su propiedad, proclamando:

—Las cosas serias para la noche.

Rivet y él se pusieron a charlar de política. En cuanto a mí, pronto me encontré unos pasos detrás, junto a la muchacha. ¡Era en verdad encantadora, encantadora!

Con infinitas precauciones, comencé a hablarle de su aventura para tratar de hacer de ella una aliada.

Pero no pareció en absoluto incómoda; y me escuchaba con el aire de quien se divierte mucho.

Yo le decía:

—Piense, señorita, en todas las molestias que va a tener que sufrir. Habrá de comparecer ante el tribunal, enfrentarse a las miradas maliciosas, hablar delante de todo el mundo, contar públicamente esa lamentable escena del vagón. Vamos a ver, entre usted y yo, ¿no habría sido mejor no decir nada, llamar al orden a ese truhán sin recurrir a los empleados del tren y cambiar simplemente de vagón?

Ella se echó a reír:

—¡Es cierto lo que dice! Pero ¿qué quiere? Tuve miedo; y, cuando se tiene miedo, no se razona. Tras haber comprendido la situación, lamenté mis gritos; pero ya era demasiado tarde. Piense también que ese imbécil se abalanzó sobre mí como un loco furioso, sin pronunciar una palabra, con aspecto de demente. No sabía siquiera lo que pretendía.

Me miró a la cara, sin sentirse turbada o intimidada. Yo me decía: «Buena pieza, esta muchacha. Comprendo que ese cerdo de Morin pudiera llamarse a engaño».

Proseguí en tono de broma:

—Vamos a ver, señorita, confiese que era disculpable, pues no puede encontrarse uno delante de una persona tan hermosa como usted sin sentir el deseo absolutamente legítimo de besarla.

Ella se rió más fuerte, enseñando los dientes.

—Entre el deseo y la acción, caballero, cabe el respeto.

La frase tenía su gracia, aunque fuera poco clara. Pregunté bruscamente:

—Bien, veamos, si yo la besara, ahora, ¿qué haría usted?

Ella se detuvo para mirarme de arriba abajo, y luego dijo tan tranquila:

—Oh, no es lo mismo.

Bien sabía yo, claro está, que no era lo mismo, pues era conocido en toda la provincia como «Labarbe el guapo». Tenía treinta años a la sazón, pero aun así pregunté:

—¿Y eso por qué?

Ella se encogió de hombros y respondió:

—¡Vaya! Porque no es usted tan tonto como él. —Luego añadió, mirándome de soslayo—: Ni tan feo.

Antes de que ella hubiera podido hacer un movimiento para evitarme, le había estampado un buen beso en la mejilla. Ella dio un salto hacia un lado, pero demasiado tarde. Luego dijo:

—Vaya, tampoco usted se anda con chiquitas. Pero, yo en su lugar, no lo intentaría de nuevo.

Adopté un aire humilde y le dije a media voz:

—¡Oh, señorita! Si algún deseo tengo es encontrarme delante de un tribunal por el mismo motivo que Morin.

Esta vez fue ella quien me preguntó:

—¿Por qué?

La miré de hito en hito, con seriedad.

—Porque es una de las más bellas criaturas que existen; porque tener que emplear la violencia sería para mí una patente, un orgullo, un motivo de gloria. Porque, después de haberla visto, la gente diría: «Cierto, Labarbe se merece lo que le pasa, pero valía la pena».

De nuevo ella rompió a reír con ganas.

—¡Es usted realmente divertido!

No había terminado de decir la palabra «divertido», cuando ya la estrechaba entre mis brazos, y le estampaba besos voraces por todas partes por donde encontrase un sitio, en el pelo, en la frente, en los ojos, en la boca a veces, en las mejillas, por todo el rostro del que ella no podía evitar descubrir siempre alguna parte para proteger otra.

Al final, se desprendió, sonrojada y herida.

—Es usted un grosero, caballero, y hace que me arrepienta de haberle prestado oídos.

Le cogí la mano, un poco confundido, balbuceando:

—Perdón, perdón, señorita. ¡La he ofendido; he sido brutal! No me guarde rencor. Si usted supiera…

Busqué en vano una disculpa.

Ella pronunció, al cabo de un momento:

—No tengo nada que saber, caballero.

Pero la había encontrado; exclamé:

—¡Señorita, hace un año que la amo!

Se quedó verdaderamente sorprendida y alzó la vista. Proseguí:

—Sí, señorita, escúcheme. Yo no conozco a Morin y me importa un comino. Me importa muy poco que vaya a la cárcel y ante los tribunales. Yo la vi aquí, el año pasado, estaba usted allí, delante de la verja. Me produjo una fuerte impresión el verla y su imagen ya no me ha abandonado. Poco me importa que me crea o no. Me pareció adorable; su recuerdo me poseía; he querido volver a verla; he aprovechado la excusa de ese tonto de Morin; y aquí me tiene. Las circunstancias han hecho que me pasara de la raya; ruego me disculpe, perdóneme.

Ella intentaba adivinar en mi mirada qué había de cierto en todo ello, a punto de sonreír de nuevo; murmuró:

—Es usted un bromista.

Alcé la mano y, con un tono sincero (creo incluso que era sincero), dije:

—Le juro que no miento.

Ella se limitó a decir:

—Vamos, hombre.

Estábamos solos, completamente solos, al haber desaparecido por las sinuosas alamedas Rivet y el tío; y le hice una declaración en toda regla, larga, dulce, estrechándole y besándole los dedos. Ella la escuchaba como algo agradable y nuevo, sin saber muy bien si creérsela o no.

Acabé por sentirme turbado, convencido de lo que decía; estaba pálido, oprimido, tenía estremecimientos y, con dulzura, le pasé un brazo alrededor de la cintura.

Le hablé en voz baja, entre los ricitos de la oreja. Estaba tan pensativa que parecía muerta.

Luego su mano encontró la mía y la apretó; yo estreché lentamente su talle con una presión primero temblorosa y luego cada vez más fuerte; ella no se movía ya en absoluto; yo rozaba su mejilla con mi boca; y de golpe mis labios, sin buscar, encontraron los suyos. Fue un largo, largo beso, y habría durado aún de no haber oído un «hum, hum» algunos pasos detrás de mí.

Ella escapó por entre un grupo de árboles. Me volví y vi a Rivet que venía a mi encuentro.

Se plantó en medio del camino y, sin reír, dijo:

—Bien, bien, ya veo cómo arreglas tú el asunto de ese cerdo de Morin.

Respondí con fatuidad:

—Se hace lo que se puede, amigo. ¿Y el tío? ¿Qué has conseguido? Yo respondo por la sobrina.

Rivet declaró:

—Yo he tenido menos suerte con el tío.

Le cogí del brazo para volver adentro.

III

La cena acabó de hacerme perder la cabeza. Estaba yo al lado de ella y mi mano reencontraba sin cesar la suya bajo el mantel; mi pie presionaba el suyo; nuestras miradas se unían, se fundían.

Dimos a continuación una vuelta al claro de luna y le susurré en el alma toda la ternura que brotaba de mi corazón. La mantenía estrechada contra mí, besándola ininterrumpidamente, humedeciendo mis labios en los suyos. Delante de nosotros el tío y Rivet discutían. Sus sombras les seguían gravemente por la arena de los caminos.

Volvimos adentro. Poco después el empleado de telégrafos trajo un telegrama de la tía anunciando que no volvería hasta la mañana siguiente, a las siete, con el primer tren.

El tío dijo:

—Bien, Henriette, ve a enseñar sus habitaciones a estos señores.

Dimos un apretón de manos al buen hombre y subimos. Ella nos llevó primero a la habitación de Rivet, el cual me bisbiseó al oído: «No se le ha ocurrido llevarnos primero a la tuya…». Luego me acompañó a mí. Al quedarnos solos, la cogí de nuevo entre mis brazos, tratando de hacerle perder la cabeza y vencer su resistencia. Pero, cuando sintió que estaba a punto de ceder, salió huyendo.

Me metí entre las sábanas muy descontento, agitado y humillado, sabiendo que no pegaría ojo, y preguntándome qué torpeza podía haber cometido, cuando oí llamar suavecito a la puerta.

Pregunté:

—¿Quién es?

Una débil voz respondió:

—Soy yo.

Me vestí deprisa, abrí, entró ella.

—He olvidado —dijo— preguntarle qué toma por la mañana, si chocolate, té o café.

La había estrechado impetuosamente, devorándola con caricias y balbuceando «Me enciendes…, me enciendes…, me enciendes…». Pero ella se escurrió de entre mis brazos, apagó la luz de un soplo y desapareció.

Me encontré solo, en la oscuridad, furioso, buscando los fósforos sin encontrarlos. Hasta que por fin di con ellas y, medio enloquecido, salí al pasillo con la palmatoria en la mano.

¿Qué me rondaba por la cabeza? No razonaba ya; quería encontrarla y quería poseerla. Di unos pasos sin pensar en nada. De repente me dije: «Y si entro en la habitación del tío, ¿qué le diré?…». Me quedé inmóvil, con la cabeza vacía y el corazón a punto de estallarme. Al cabo de unos instantes se me ocurrió la respuesta: «¡Pues claro!, diré que buscaba la habitación de Rivet para hablarle de una cosa urgente».

Y me puse a inspeccionar las puertas, tratando de descubrir la de ella. Pero nada podía guiarme. Di la vuelta al azar a una llave que encontré. Abrí, entré… Henriette, sentada en la cama, me miraba despavorida.

Entonces hice correr despacio el cerrojo y, acercándome de puntillas, le dije:

—He olvidado, señorita, pedirle algo para leer.

Ella se debatía; pero pronto yo abrí el libro que andaba buscando. No diré el título. Era en verdad la más maravillosa de las novelas y el más divino de los poemas.

Una vez vuelta la primera página, me lo dejó hojear a mi antojo; y hojeé tantos capítulos que sólo quedaron los cabos de nuestras velas.

Luego, tras haberle dado las gracias, volvía, de puntillas, a mi habitación, cuando una mano brutal me detuvo; y una voz, la de Rivet, me cuchicheó en la nariz:

—¿Así que no has terminado aún de arreglar el asunto de ese cerdo de Morin?

A las siete de la mañana, ella misma me trajo una jícara de chocolate. Nunca había probado uno igual. Un chocolate que estaba de muerte, suave, aterciopelado, aromático, embriagador. Era incapaz de separar mi boca de los bordes deliciosos de su jícara.

Apenas la muchacha hubo salido, entró Rivet. Parecía un poco nervioso, irritado como alguien que ha dormido apenas; me dijo con un tono malhumorado:

—Si sigues con esto, ¿sabes?, acabarás por estropear el asunto de ese cerdo de Morin.

A las ocho, llegó la tía. La discusión fue breve. Aquella buena gente retiró la denuncia y yo dejaba quinientos francos para los pobres del lugar.

Entonces, quisieron retenernos para que pasáramos la jornada con ellos. Organizarían incluso una excursión para ir a visitar unas ruinas. Henriette, tras las espaldas de sus parientes, me hacía señas con la cabeza:

—Sí, quédese.

Acepté, pero Rivet se empecinó en irse.

Hice un aparte con él; le rogué, le supliqué; le decía:

—Vamos, querido Rivet, hazlo por mí.

Pero él parecía exasperado y me repetía en la cara:

—A ver si te enteras de que ya tengo bastante del asunto de ese cerdo de Morin.

Me vi obligado a marcharme también yo. Fue uno de los momentos más duros de mi vida. Habría seguido arreglando aquel asunto toda mi vida.

En el vagón, tras los enérgicos y mudos apretones de mano de los adioses, le dije a Rivet:

—No eres más que un imbécil.

Él respondió:

—Amigo, empiezas a irritarme y no sabes cuánto.

Al llegar a las oficinas de Le Fanal, vi a un gentío que nos esperaba… Gritaron apenas nos vieron: «Bueno, ¿habéis arreglado el asunto de ese cerdo de Morin?».

Toda La Rochelle estaba preocupada por ello. A Rivet, cuyo mal humor se había disipado por el camino, le costó aguantarse la risa al declarar: «Sí, asunto solucionado, gracias a Labarbe».

Y nos fuimos para casa de Morin.

Éste estaba arrellanado en un sillón, con unas cataplasmas en las piernas y unas compresas de agua fría en la cabeza, desfallecido de la angustia. Y tosía sin parar, con una tosecilla de agonizante, sin que se supiera dónde había podido haber cogido aquel constipado. Su mujer le miraba con ojos de tigresa presta a devorarle.

En cuanto nos vio, tuvo un estremecimiento que le sacudía las muñecas y las rodillas. Dije:

—Está arreglado, asqueroso, pero no vuelvas a las andadas.

Él se levantó, sofocándose, me cogió las manos, las besó como si fueran las de un príncipe, lloró, a punto estuvo de desfallecer, abrazó a Rivet, abrazó incluso a la señora Morin, que le arrojó de un empellón hacia el sillón.

Pero no se recuperó nunca de aquel golpe, su emoción había sido demasiado brutal.

Era conocido en toda la región únicamente como «ese cerdo de Morin», y era como si recibiese una estocada cada vez que oía este epíteto.

Cuando un gamberro gritaba por la calle: «Cerdo», él instintivamente volvía la cabeza. Sus amigos le acribillaban a bromas horribles, preguntándole, cada vez que comían jamón: «¿Es del tuyo?».

Murió dos años después.

En cuanto a mí, cuando me disponía a presentarme a las elecciones de 1875, fui a hacer una visita interesada al nuevo notario de Tousserre, que se llamaba Belloncle. Fui recibido por una hermosa mujer, alta y opulenta.

—¿No me reconoce? —preguntó ella.

Yo balbucí:

—Pues no…, no…, señora.

—Henriette Bonnel.

—¡Ah!

Y sentí que palidecía.

Ella parecía perfectamente a sus anchas, y sonreía mientras me miraba.

Apenas me quedé a solas con el marido, éste me estrechó la mano, apretándomela hasta casi rompérmela:

—Hace tanto tiempo, querido señor, que deseaba conocerle... Mi mujer me ha hablado mucho de usted. Sé, sé perfectamente en qué dolorosas circunstancias la conoció, sé lo correcto que se mostró usted, lleno de delicadeza, de tacto, de dedicación en ese asunto… —Dudó, luego, en voz más baja, como si dijera una grosería, añadió—: En el asunto de ese cerdo de Morin.

 

LA SEÑORA BAPTISTE*

 

Cuando entré en el vestíbulo de la estación de Loubain, mi primera mirada fue para el reloj. Tenía que esperar dos horas y diez minutos para el expreso de París.

Me sentí repentinamente cansado como si hubiera hecho diez leguas a pie; luego miré en derredor como si fuera a descubrir en las paredes un modo de matar el tiempo; acto seguido salí de nuevo y me detuve delante de la puerta de la estación, con el espíritu absorbido por el deseo de que se me ocurriera algo que hacer.

La calle, una especie de bulevar plantado de raquíticas acacias, entre dos hileras de casas desiguales y diferentes, de casas de pequeña ciudad, subía hacia una especie de colina; y en el fondo se descubrían unos árboles, como si desembocara en un parque.

De tanto en tanto cruzaba la calle un gato, saltando ágilmente los arroyos. Un perrito presuroso olisqueaba el pie de todos los árboles en busca de restos de comida. No se veía un alma.

Me entró un lúgubre desaliento. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Pensaba ya en la interminable e inevitable espera en el cafetucho de la estación, delante de una cerveza imbebible y del ilegible periodicucho local, cuando descubrí un cortejo fúnebre que doblaba por una calle lateral para tomar por aquella en la que yo me encontraba.

El ver el coche fúnebre fue un alivio para mí. Eran al menos diez minutos ganados.

Pero de pronto mi atención se redobló. El cortejo del muerto estaba formado únicamente por ocho señores, uno de los cuales lloraba. Los otros charlaban amigablemente. No lo acompañaba ningún sacerdote. Pensé: «Un entierro civil», pero acto seguido reflexioné que en una ciudad como Loubain debía de haber un centenar al menos de librepensadores que se habrían sentido obligados a dejarse ver. ¿Qué era, entonces, aquello? El paso rápido del cortejo indicaba inequívocamente que el muerto era enterrado sin ceremonias y, por tanto, sin oficios religiosos.

Mi ociosa curiosidad se lanzó a las más enrevesadas hipótesis; pero, cuando el coche fúnebre pasaba por delante de mí, se me ocurrió una idea extravagante: seguir a los ocho señores. Al menos así tendría ocupada una hora, y eché a andar, con aire triste, detrás de los otros.

Los dos últimos volvieron la cabeza con asombro, luego se dijeron algo en voz baja. Sin duda se preguntaban si era yo de la ciudad. Luego consultaron a los dos de delante, que se pusieron a su vez a mirarme. Esta atención inquisitiva me incomodaba, y, para acabar con ella, me acerqué a los dos señores más próximos a mí. Tras saludarles, dije:

—Perdonen, caballeros, que les interrumpa. Pero al ver un entierro civil me he apresurado a seguirlo sin conocer siquiera al difunto al que acompañan.

—Es una difunta —dijo uno de aquellos dos señores.

Me quedé sorprendido y pregunté:

—Pero es un entierro civil, ¿no?

El otro señor, que evidentemente deseaba informarme, tomó la palabra:

—Sí y no. El clero nos ha prohibido la entrada en la iglesia.

Esta vez se me escapó un «¡Ah!» de asombro. No comprendía ya nada.

Mi servicial acompañante me susurró en voz baja:

—¡Oh!, es una larga historia. Esta joven se ha quitado la vida, y ésta es la razón por la que no se le ha podido hacer un entierro religioso. Ese que llora, ¿lo ve?, el primero, es el marido.

Entonces dije, dudando:

—Me parece asombroso lo que dice, caballero, y me interesa sobremanera. ¿Sería una indiscreción pedirle que me contara esta historia? Si le molesta, hágase cuenta de que no le he dicho nada.

El señor me tomó del brazo con familiaridad:

—No me molesta en absoluto. Sí, quedémonos un poco atrás. Le prevengo de que se trata de una historia muy triste. Tenemos todo el tiempo antes de llegar al cementerio, cuyos árboles ve allí arriba, pues la subida es dura.

Y comenzó:

*

Sepa que esta joven, la señora Paul Hamot, era hija de un rico comerciante de la región, el señor Fontanelle. De niña, a la edad de once años, tuvo una experiencia terrible: un criado abusó de ella. Poco faltó para que muriese, desgarrada por ese miserable al que su misma brutalidad delató. Hubo un espantoso proceso, que reveló que desde hacía tres meses la pobre mártir era víctima de las prácticas vergonzosas de ese bruto, que fue condenado a trabajos forzados de por vida.

La niña creció, marcada por la infamia, aislada, sin compañía; los adultos apenas si la besaban, como si rozar su frente fuera a ensuciar sus labios.

Se había convertido en la ciudad en una especie de monstruo, en un fenómeno. Se decía en voz baja: «La pequeña Fontanelle, ya sabe…». Por la calle todos se daban la vuelta cuando ella pasaba. No se encontraban siquiera criadas para acompañarla de paseo, pues las de las otras familias se mantenían alejadas, como si emanase de la muchacha un contagio que pudiera infectar a cualquiera que se le acercase.

Daba pena ver a esa pobre pequeña por los patios a los que van a jugar los niños por las tardes. Se estaba allí sola, de pie junto a la criada, mirando tristemente a los demás niños que se divertían. A veces, cediendo al irresistible deseo de mezclarse con ellos, se acercaba tímida y con actitud temerosa, y se metía en un grupo con paso furtivo, como si fuera consciente de su indignidad. Pero al punto acudían, de todos los bancos, madres, criadas, tías, que cogían de la mano a las pequeñas confiadas a su custodia, llevándoselas brutalmente con ellas. La pequeña Fontanelle se quedaba aislada, perdida, sin entender nada; y se echaba a llorar, con el corazón roto de dolor. Sollozando, corría a ocultar su rostro en el delantal de su criada.

Creció; fue peor aún. Las muchachas eran obligadas a apartarse de ella como de una apestada. Pues piense que esta joven no tenía ya nada que aprender, nada; que no tenía ya derecho a la simbólica flor de azahar; que había penetrado, casi antes de saber leer, en el temible misterio que las madres apenas si dejan entrever, temblando, sólo el día de la boda.

Cuando pasaba por la calle, acompañada de su ama de llaves, como si no se la perdiera de vista ante el continuo temor a una nueva y terrible aventura, cuando pasaba por la calle, digo, siempre con los ojos gachos por la misteriosa vergüenza que sentía pesar sobre ella, las otras muchachas, menos ingenuas de lo que pueda creerse, la miraban de reojo, cuchicheando y riéndose burlonamente, y volviendo inmediatamente la cabeza con aire distraído si por casualidad ella las miraba.

Apenas si la saludaban. Sólo unos pocos hombres levantaban su sombrero. Las madres fingían no verla. Algún granujilla la llamaba «la señora Baptiste», con el nombre del criado que la había ultrajado y destrozado la vida.

Nadie conocía los secretos tormentos de su alma, porque hablaba raras veces y no reía nunca. Sus propios padres parecían incómodos delante de ella, como si le guardaran rencor eterno por una culpa irreparable.

¿Acaso no es cierto que un hombre honesto no daría de buen grado la mano a un forzado salido de la cárcel, aunque fuera su propio hijo? El matrimonio Fontanelle trataba a su hija como lo habrían hecho con un hijo salido de galeras.

Era hermosa y pálida, alta, delgada, distinguida. Me habría gustado mucho, caballero, de no haber sido por este asunto.

Ahora bien, cuando llegó el nuevo subprefecto, hace unos dieciocho meses, se trajo consigo a su secretario particular, un extraño mozo que, por lo que parece, la había corrido en el Barrio Latino.

Apenas vio a la señorita Fontanelle, se enamoró de ella. Le contaron todo. Él se limitó a responder: «Bah, es precisamente una garantía para el futuro. Prefiero que sea antes que después. Con esta mujer, dormiré tranquilo».

La cortejó, la pidió en matrimonio y se casó con ella. Entonces, como era un fresco, hizo unas visitas de boda como si tal cosa. Algunas personas les correspondieron, otras se abstuvieron. Por fin la gente empezaba a olvidar y ella iba ocupando su sitio en la sociedad.

Tengo que decirle que ella adoraba a su marido como si fuera un dios. Piense que le había devuelto la honra, que la había recuperado para la vida de la comunidad, que había desafiado, doblegado a la opinión pública, afrontado las injurias, que, en resumidas cuentas, había llevado a cabo un acto de coraje del que pocos hombres son capaces. Por eso alimentaba ella por él una pasión exaltada y recelosa.

Se quedó encinta y, cuando se supo que estaba en estado, hasta las personas más quisquillosas le abrieron su puerta, como si hubiera sido definitivamente purificada por la maternidad. Es extraño, pero es así…

Todo iba, pues, a pedir de boca, cuando celebramos, el otro día, la fiesta del patrono de la ciudad. El prefecto, rodeado de su estado mayor y de las autoridades, presidía el concurso de rondallas y, tras haber pronunciado su discurso, dio comienzo al reparto de premios imponiendo las medallas que su secretario particular, Paul Hamot, entregaba a los vencedores.

Ya sabe usted que en este tipo de concursos siempre hay celos y rivalidades que hacen perder a la gente el sentido de la mesura.

Todas las señoras de la ciudad se encontraban en el palco.

Cuando le llegó el turno, se adelantó el jefe de la rondalla del pueblo de Mormillon. Su rondalla no había conseguido más que la medalla de bronce. No se puede dar a todos la medalla de plata, ¿no le parece?

Cuando el secretario particular le hizo entrega de la medalla, aquel hombre se la tiró a la cara gritando: «Puedes guardarte la medalla para Baptiste. Es más, deberías darle la de plata, le corresponde igual que a mí».

Un montón de gente rompió a reír. El pueblo no es caritativo ni delicado, y todos los ojos se volvieron hacia esa pobre señora.

—Oh, señor, ¿ha visto usted alguna vez a una mujer volverse loca?

—No.

—Pues bien, ¡nosotros asistimos a ese espectáculo! Ella se levantó y se dejó caer de nuevo en su asiento tres veces seguidas, como si hubiera querido huir y comprendido que no podría cruzar por entre toda aquella multitud que la rodeaba.

Una voz entre el público gritó de nuevo: «¡Oh, señora Baptiste!». Se desencadenó una algazara en la que se mezclaban la alegría y la indignación.

Aquello era un pandemónium, un tumulto; todas las cabezas se meneaban. Repetían la palabra; se alzaban para ver la cara que ponía la pobre desgraciada; algunos maridos levantaban a sus mujeres en brazos para enseñársela; la gente preguntaba: «¿Cuál, la de azul?». Los chiquillos lanzaban gallitos; estallaban carcajadas aquí y allá.

Ella no se movía ya, enloquecida, en su asiento de ceremonia, como si hubiera sido colocada allí para ser exhibida al público. No podía ni desaparecer, ni moverse, ni ocultar su rostro. Parpadeaba sin cesar, como si una gran luz le quemara los ojos; y jadeaba como un caballo que sube una cuesta.

Rompía el corazón verla.

El señor Hamot había agarrado de la garganta a ese grosero personaje, y habían rodado por tierra en medio de un tumulto espantoso.

Se interrumpió la ceremonia.

Una hora después, cuando los Hamot volvían a casa, la joven, que no había dicho aún una palabra desde la afrenta, pero que temblaba como si un resorte le hubiera hecho bailar todos los nervios, saltó de pronto el pretil del puente sin que a su marido le diera tiempo a retenerla, tirándose al río.

El agua es profunda debajo de los arcos. Se requirieron dos horas para repescarla; muerta, naturalmente.

*

El narrador guardó silencio. Luego añadió:

—Quizá era lo mejor que podía hacer en su situación. Hay cosas que no se borran. Ahora comprenderá por qué el párroco le ha negado su entrada en la iglesia. ¡Oh!, si se hubiera celebrado el funeral religioso, habría asistido toda la ciudad. Pero comprenderá usted que, con el suicidio que venía a añadirse a la otra historia, las familias se han abstenido; y, además, aquí es muy difícil celebrar un funeral sin sacerdotes.

Franqueamos la puerta del cementerio. Muy conmovido, esperé a que hubieran descendido el féretro en la fosa para acercarme al pobre joven sollozante, y le di un fuerte apretón de manos.

Me miró asombrado, entre las lágrimas, y acto seguido dijo:

—Gracias, caballero.

Y yo no lamenté haber seguido ese cortejo.

 

MI MUJER*

 

Ocurría esto al final de una comida entre viejos amigos, todos casados, que se reunían ocasionalmente sin sus mujeres, en plan de solteros, como antaño. Comían durante largas horas, bebían mucho; hablaban de todo, sacando a relucir viejos y alegres recuerdos, esos gratos recuerdos que, a pesar de uno, hacen sonreír los labios y estremecerse el corazón. Decían:

—¿Te acuerdas, Georges, de nuestra excursión a Saint-Germain con esas dos chavalas de Montmartre?

—¡Pues claro! ¡Cómo no me voy a acordar!

Y se recuperaban detalles, esto y lo otro, mil cosillas que todavía agradaba recordar hoy.

Se pusieron a hablar del matrimonio y todos dijeron con tono sincero:

—¡Ah, si uno pudiera empezar de nuevo!

Georges Duportin agregó:

—Es realmente extraordinaria la facilidad con que se cae. Estás firmemente decidido a no casarte nunca; pero luego en un día de primavera sales al campo; hace calor; se anuncia un buen verano; los prados están floridos; conoces a una chica en casa de unos amigos…, y ¡zas!, la cosa está hecha. Vuelves a casa casado.

Pierre Létoile exclamó:

—¡Es cierto! Es justo lo que me pasó a mí; sólo cambian los detalles…

Su amigo le interrumpió:

—Tú no puedes quejarte. Tienes la mujer más encantadora del mundo, hermosa, amable, perfecta; sin duda eres el más feliz de todos nosotros.

El otro dijo:

—No es mérito mío.

—¿Cómo es eso?

—Es verdad que tengo una mujer perfecta; pero me casé con ella a pesar mío.

—Vamos, pero ¿qué dices?

*

Sí… He aquí como sucedió la cosa. Tenía yo treinta y cinco años, y no pensaba en casarme más de lo que pudiera hacerlo en colgarme. Las chicas me parecían insulsas y a mí me encantaba divertirme.

Me invitaron, en el mes de mayo, a la boda de mi primo Simon d’Erabel, en Normandía. Fue una auténtica boda normanda. Nos sentábamos a la mesa a las cinco de la tarde, y a las once seguíamos comiendo. Me habían emparejado para la circunstancia con una tal señorita Dumoulin, hija de un coronel retirado, una joven rubia, de aire militar, de buena figura, atrevida y parlanchina. Me absorbió por completo durante todo el día, me llevó a un parque, me hizo bailar, quieras que no, en fin, me dejó medio muerto.

Yo me decía: «Por hoy pase, pero mañana me largo. Ya tengo bastante».

A eso de las once las mujeres se retiraron a sus aposentos; los hombres se quedaron a fumar y a beber, o si preferís, a beber fumando.

Por la ventana abierta se veía el baile popular. Rústicos y rústicas saltaban formando rueda mientras vociferaban un motivo de baile salvaje que era acompañado débilmente por dos violinistas y un clarinete situados sobre una gran mesa de cocina que hacía de tablado. A veces el tumultuoso canto de los campesinos ahogaba por completo el sonido de los instrumentos; y la tenue música desgarrada por las voces desencadenadas parecía caer del cielo a trocitos, en fragmentos de unas pocas notas dispersas.

Dos grandes barricas, rodeadas de unas antorchas llameantes, aprovisionaban de bebida a la multitud. Dos hombres enjuagaban los vasos o las jarras para ponerlas de inmediato debajo de la espita de la que manaba el hilo rojo del vino o el hilo de oro de la sidra pura; y los bailarines sedientos, los viejos tranquilos, las muchachas sudorosas se apretujaban, alargaban los brazos para coger a su vez un vaso cualquiera y beberse a grandes tragos, con la cabeza echada hacia atrás, el líquido que preferían.

En una mesa había pan, mantequilla, quesos y salchichas; y de cuando en cuando la gente se acercaba allí a tomar un bocado; y, bajo un firmamento iluminado de estrellas, era un gusto ver aquella sana y desmadrada fiesta, y daban ganas de beber del vientre de aquellos grandes toneles y de comer el pan duro con mantequilla y una cebolla cruda.

Me entraron unas ganas locas de participar de aquellas diversiones y dejé a mis compañeros. Debo confesar que quizá estaba un poco achispado; pero no tardé en estarlo del todo.

Había tomado de la mano a una robusta campesina jadeante y la hice saltar y saltar hasta quedar sin aliento.

Luego me tomé un vaso de vino y cogí a otra moza recia. Acto seguido para refrescarme, me trinqué una jarra llena de sidra y reanudé los saltos como un poseído. Yo era ágil; los mozos, embelesados, me contemplaban tratando de imitarme; las chicas querían bailar todas conmigo y saltaban pesadamente con la elegancia propia de unas vacas.

Finalmente, de baile en baile, entre vaso de vino y jarra de sidra, a las dos de la mañana estaba tan borracho que no me sostenía de pie.

Pero tomé conciencia del estado en que me encontraba y quise volver a mi habitación. La casa de campo, oscura y silenciosa, estaba sumida en el sueño.

No tenía cerillas y todo el mundo se había acostado. Apenas estuve en el vestíbulo, me sentí mareado; me costó lo mío encontrar el pasamano; finalmente, andando a tientas, di con él por casualidad y me senté en el primer peldaño de la escalera, tratando de poner un poco de orden en mis ideas.

Mi habitación estaba en la segunda planta, tercera puerta a la derecha. Menos mal que me acordaba. Alentado por este recuerdo, me levanté de nuevo, no sin esfuerzo, y empecé la ascensión, escalón a escalón, con las manos soldadas a los barrotes de hierro a fin de no caer, y con la idea fija de no hacer ruido.

Sólo tres o cuatro veces erré el paso y me caí de rodillas; pero gracias a la fuerza de mis brazos y a una tenaz voluntad, evité un completo batacazo.

Por fin llegué a la segunda planta y enfilé por el pasillo tanteando las paredes. Encontré una puerta y conté «Una», pero un repentino mareo me obligó a dejar la pared y a hacer una extraña pirueta que me arrojó contra el tabique opuesto. Quise retomar la línea recta. La travesía fue larga y difícil. Por fin reencontré la subida, que de nuevo empecé a seguir con prudencia; y di con otra puerta. Para cerciorarme de que no me equivocaba, conté otra vez en voz alta: «Dos», y reanudé mi marcha. Acabé por encontrar la tercera. Dije: «Tres, es la mía» y di la vuelta a la llave en la cerradura. La puerta se abrió. No obstante mi estado, pensé: «Si se abre, es que es mi habitación». Y me adentré en la oscuridad, tras haber cerrado despacito. Choqué con algo blando: mi tumbona. Me dejé caer enseguida en ella.

En mi estado no debía empeñarme en buscar la mesilla de noche, la vela, las cerillas; me habría llevado dos horas por lo menos, y habrían sido necesarias otras tantas para quitarme la ropa, y tal vez no lo hubiera conseguido. Renuncié, pues.

Tan sólo me quité los botines; me desabroché el chaleco que me estrangulaba, me desceñí el pantalón y me dormí como un tronco.

Debí de dormir largas horas, sin duda.

Me despertó bruscamente una voz vibrante que decía, muy cerca de mí: «Pero ¡cómo!, perezosa, ¿todavía estás acostada? Son las diez, ¿sabes?».

Una voz de mujer respondió: «¡Ya! Estaba muy cansada de ayer».

Yo me preguntaba con estupefacción qué quería decir este diálogo. ¿Dónde estaba? ¿Qué había hecho? Mi espíritu flotaba envuelto aún en una densa nube.

La primera voz prosiguió: «Voy a descorrer las cortinas».

Y oí unos pasos acercarse a mí. Me enderecé para sentarse, sintiéndome completamente perdido. Entonces una mano se posó sobre mi cabeza. Hice un brusco movimiento. La voz preguntó enérgicamente: «¿Quién es usted?». Naturalmente, me abstuve de responder. Dos manos furiosas me aferraron. También yo agarré a alguien y se inició una terrible pugna. Rodamos por los suelos, derribando algunos muebles, golpeándonos contra las paredes.

La voz femenina daba espantosos alaridos: «¡Socorro! ¡Auxilio!».

Acudieron criados, vecinos, señoras asustadas. Abrieron los postigos, descorrieron las cortinas. ¡Me estaba zurrando con el coronel Dumoulin!

Había dormido junto a la cama de su hija.

Una vez que nos hubieron separado, me fui a escape a mi habitación, aturdido por el estupor. Me cerré con llave, me senté, con los pies sobre una silla porque había dejado los botines en la habitación de la muchacha. Oía un gran ruido en toda la casa de campo, puertas que se abrían y cerraban, murmurar de voces, pasos rápidos.

Al cabo de media hora llamaron a mi puerta. «¿Quién es?», grité. Era mi tío, el padre del novio de la víspera. Abrí.

Estaba pálido y furioso; me habló con dureza: «Te has comportado, en mi propia casa, como un grosero, ¿entendido?». Y añadió, con tono más benévolo: «¡Mira que dejarte sorprender, imbécil que eres, a las diez de la mañana! Quedarte dormido como un tronco en esa habitación, en vez de irte enseguida…, inmediatamente después».

Exclamé: «Tío, le doy mi palabra de que no ha pasado nada…, estaba borracho y me equivoqué de puerta».

Él se encogió de hombros: «Vamos, no digas tonterías». Alcé la mano: «Se lo juro por mi honor». «Sí, sí, está bien», dijo mi tío. «Es lo que conviene decir.»

Me molesté a mi vez y le conté toda mi malandanza. Él me miraba con ojos como platos, sin saber qué creer.

Luego salió para ir a hablar con el coronel. Supe a continuación que se había formado también una especie de tribunal de madres, al que se sometían las distintas fases de la situación.

Volvió al cabo de una hora, se sentó con aspecto de juez y comenzó diciendo: «Sea como fuere, no veo otra salida a este embrollo que casarte con la señorita Dumoulin».

Di un brinco de espanto: «Ah, no. ¡Esto jamás!».

Preguntó con seriedad: «¿Qué piensas hacer, pues?».

Respondí con simplemente: «Pues… irme, cuando me hayan devuelto mis botines».

Mi tío prosiguió: «Dejémonos de bromas, por favor. El coronel está decidido a saltarte la tapa de los sesos en cuanto te vea. Y ten la seguridad de que no amenaza en vano. Le he hablado de un duelo; me ha respondido:“¡Pero qué duelo ni qué porras, le he dicho que le saltaré la tapa de los sesos!”».

»Examinemos ahora la cuestión desde otro punto de vista.

»O has seducido a la muchacha y, entonces, peor para ti, muchacho, porque no se hacen estas cosas con las chicas.

»O te equivocaste porque, como tú dices, estabas borracho, y peor para ti de nuevo. No hubieras tenido que meterte en una situación tan estúpida.

»En cualquier caso, la reputación de esa pobre muchacha está arruinada, porque nadie creerá en tu explicación de que estabas borracho. La verdadera víctima, la única víctima de esta historia es ella. Piénsalo.

Y se fue, mientras le gritaba a sus espaldas:

«Diga todo lo que quiera, que no me casaré.»

Me quedé solo durante otra hora.

Luego le tocó el turno a mi tía de venirme a ver. Lloró. Hizo uso de todos los razonamientos. Nadie creía en mi error. Era inconcebible que esa joven hubiera olvidado cerrar su puerta con llave en una casa llena de gente. El coronel le había dado una azotaina. Ella sollozaba desde la mañana. Era un escándalo terrible, imborrable. Y la buena de mi tía añadía:

«Pídela en matrimonio. Quizá podamos sacarte de este apuro discutiendo las condiciones de las capitulaciones.»

Esta perspectiva me alivió. Y acepté escribir mi petición.

Una hora después partía de vuelta para París.

Al día siguiente supe que la petición había sido aceptada.

Entonces, en tres semanas, sin que hubiera podido dar con ninguna artimaña, una escapatoria, se publicaron las amonestaciones, se mandaron las participaciones de boda, se firmaron las capitulaciones; y, un lunes por la mañana, me encontré en el coro de una iglesia toda iluminada, junto a la muchacha bañada en lágrimas, después de haber declarado al alcalde que aceptaba tomarla por esposa… hasta que la muerte nos separara.

No la había vuelto a ver, y la observaba de reojo con un cierto estupor malévolo. Tuve que reconocer que no era fea en absoluto. Me decía: «Ésta no va a tener una vida fácil».

Ella no me miró siquiera una vez hasta por la noche, ni me dirigió la palabra.

A eso de medianoche, entré en la cámara nupcial, decidido a darle a conocer mis decisiones, dado que ahora quien mandaba era yo.

La encontré sentada en un sillón, vestida como durante el día, con los ojos enrojecidos y pálido el rostro. Apenas entré, se levantó y vino a mi encuentro muy seria:

«Caballero —me dijo—, estoy dispuesta a hacer lo que usted mande. Si quiere, me quitaré la vida».

Estaba encantadora en esa actitud heroica, la hija del coronel. Le di un beso, estaba en mi derecho.

Y enseguida me di cuenta de que no había sido estafado.

Llevo cinco años casado; nunca lo he lamentado.

*

Pierre Létoile se calló. Sus compañeros reían. Uno de ellos dijo:

—El matrimonio es una lotería; no se deben elegir nunca los números, los del azar son los mejores.

Y otro añadió, a modo de conclusión:

—Sí, pero no hay que olvidar que el dios de los borrachos ha elegido por Pierre.

 

LA LOCA*

 

A Robert de Bonnières

¡Pues, hombre!, dijo el señor Mathieu d’Endolin, a mí las becadas me traen a la memoria un siniestro episodio de la guerra.

Ya conocen ustedes mi propiedad en la zona periférica de Cormeil. Yo vivía allí a la llegada de los prusianos.

Tenía por entonces de vecina a una especie de loca, que había perdido la razón por una serie de desgracias. A sus veinticinco años, perdió en un solo mes a su padre, a su marido y a su hijo recién nacido.

La pobre joven, aniquilada de dolor, se metió en cama, deliró durante seis semanas. A la crisis aguda le siguió una especie de calma postración, y se quedó paralizada, casi sin tomar alimento y moviendo sólo los ojos. Cada vez que querían hacerla levantarse, ella se ponía a gritar como si la matasen. Por lo que la dejaron siempre acostada, sacándola tan sólo de entre las sábanas para asearla y darle la vuelta al colchón.

Tenía siempre a su lado a una vieja criada que de vez en cuando le daba de beber o le hacía masticar un poco de carne fría. ¿Qué pasaba en esa alma desesperada? Nunca se supo, porque dejó de hablar. ¿Pensaba en los muertos? ¿O vivía tristemente ensoñada, sin recuerdos concretos? ¿O bien su mente anulada estaba inmóvil como el agua estancada?

Por espacio de quince años, permaneció así, cerrada e inerte.

Llegó la guerra; y los prusianos entraron en Cormeil en los primeros días de diciembre.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Hacía un frío de helar las piedras; y yo estaba arrellanado en un sillón, inmovilizado por la gota, cuando oí el golpeteo pesado y cadencioso de sus pasos. Por la ventana, les vi pasar.

Desfilaban interminablemente, todos iguales, con su típico movimiento de fantoches. Luego los mandos procedieron al reparto de sus hombres entre los vecinos. A mí me correspondieron diecisiete. A mi vecina, la loca, le tocaron doce, entre ellos un comandante, verdadero militarote, tosco y violento.

Durante los primeros días todo transcurrió normalmente. Le habían dicho al oficial de al lado que la señora estaba enferma; lo cual le trajo sin cuidado. Pero pronto aquella mujer que no se dejaba ver nunca le irritó. Preguntó qué mal tenía; le respondieron que su anfitriona estaba en cama desde hacía quince años a causa de una abrumadora tristeza. Evidentemente no se lo creyó, imaginándose que la pobre demente no quería levantarse por orgullo, por no ver a los prusianos, para no tener que hablar ni rozarse con ellos.

Exigió que le recibiera; le hicieron entrar en su cuarto. Él preguntó en tono brusco:

«Le pido, señora, que se levante, y baje para que la veamos.»

Ella volvió hacia él sus ojos de mirada vagarosa e inexpresiva y no respondió.

Él añadió:

«No tolero insolencias. Si no se levanta de buen grado, ya encontraré la manera de hacerla caminar por sí sola.»

Ella no hizo ni un ademán, inmóvil en todo momento como si no lo viera.

Él se enfureció, tomando aquel calmo silencio por un signo de soberano desprecio; y dijo:

«Si mañana no ha bajado…».

Y salió.

Al día siguiente, la anciana criada, atemorizada, trató de vestirla; pero la loca se puso a dar alaridos y a soltarse. El oficial subió inmediatamente; y la criada se echó a sus pies, exclamando:

«No quiere, señor, no quiere. ¡Perdónela, es muy desgraciada!».

El militar se sentía incómodo porque, pese a su ira, no se atrevía a mandar a sus hombres que la sacaran de la cama por la fuerza. Pero, de repente, se echó a reír y dio algunas órdenes en alemán.

Al poco se vio salir a un destacamento que llevaba un colchón como se lleva a un herido. En aquella cama que no había sido deshecha, siempre silenciosa, ella permanecía tranquila, indiferente a los acontecimientos con tal de que la dejaran seguir acostada. Seguía un soldado que llevaba un hatillo de ropas femeninas.

Y el oficial, frotándose las manos, manifestó:

«Ya veremos si usted puede o no vestirse sola y dar un pequeño paseo».

Se vio al cortejo alejarse hacia el bosque de Imauville.

Dos horas después los soldados regresaron, solos.

La loca no fue vista nunca más. ¿Qué habían hecho con ella? ¿Adónde la habían llevado? Nunca se supo.

Ahora nevaba día y noche, sepultando los campos y los bosques bajo un manto de espuma helada. Los lobos venían a aullar hasta nuestras puertas.

El recuerdo de esa mujer desaparecida me perseguía, e hice varios intentos ante las autoridades prusianas para tener noticias de ella. Poco faltó para que me fusilaran.

Volvió la primavera. Las tropas de ocupación partieron. La casa de mi vecina seguía estando cerrada; en las alamedas crecían en abundancia los hierbajos.

La vieja criada había muerto durante el invierno. Nadie se preocupaba ya de aquel asunto; sólo yo pensaba en él continuamente.

¿Qué habían hecho de aquella mujer? ¿Había huido a través del bosque? ¿La habían recogido en algún lugar y recluido en un hospital sin poder obtener de ella información alguna? Nada aliviaba mis dudas; pero, poco a poco, el tiempo aplacó la preocupación de mi corazón.

Ahora bien, al otoño siguiente, las becadas pasaron en masa; y, como mi gota me concedía una cierta tregua, me dirigí con dificultad hasta el bosque. Había matado ya cuatro o cinco de aquellas aves de largo pico, cuando abatí una que desapareció dentro de un hoyo lleno de ramas. Me vi obligado a bajar a él para recogerla. Fui a parar al lado de una calavera. Y de repente me asaltó el recuerdo de la loca como si hubiera recibido un puñetazo en el pecho. Muchos otros habían expirado en aquellos bosques tal vez en aquel año siniestro; pero no sé por qué estaba seguro, os digo, de que reconocí la cabeza de esa pobre maníaca.

Y de repente comprendí, lo intuí todo. La habían abandonado, sobre aquel colchón, en el frío y desierto bosque; y ella, fiel a su idea fija, se había dejado morir bajo el espeso y ligero edredón de nieve y sin mover brazos o piernas.

Luego los lobos la habían devorado.

Y los pájaros habían hecho su nido con la lana de su cama desgarrada.

Conservo esta triste osamenta. Y hago votos para que nuestros hijos no vean nunca más una guerra.

 

UNA PILLERÍA*

 

—¿Las mujeres?

—Sí, ¿qué pasa con las mujeres?

—Pues que no hay prestidigitadores más hábiles para pegárnosla en cualquier ocasión, con razón o sin ella, a menudo por el simple gusto de actuar con astucia. Y lo hacen de forma increíblemente sencilla, con una sorprendente audacia y una insuperable sutileza. Y nos la pegan de la mañana a la noche, y todas, hasta las más honestas, las más rectas, las más sensatas.

»Añádase a ello que con frecuencia se ven un poco obligadas a hacerlo. El hombre tiene siempre terquedades de imbécil y antojos de tirano. Un marido, en su casa, impone permanentemente su ridícula voluntad. Está cargado de manías; su mujer las secunda, engañándole. Le hace creer que una cosa cuesta tanto, porque le gritaría si supiera que vale más. Y siempre sabe salirse con la suya de manera tan fácil e ingeniosa que, cuando por casualidad nos damos cuenta, nos quedamos estupefactos. Y decimos, asombrados: «Pero ¿cómo no nos habíamos dado cuenta?».

El hombre que hablaba era un ex ministro del Imperio, el conde de L***, muy disoluto, por lo que se decía, y de espíritu superior.

Un grupo de jóvenes escuchaba.

Prosiguió:

—A mí me la pegó una mujer de medio pelo, de un modo cómico y magistral. Les contaré cómo fue la cosa, para que les sirva de instrucción.

*

Era yo a la sazón ministro de Asuntos Exteriores y todas las mañanas tenía por costumbre dar un largo paseo a pie por los Campos Elíseos. Era el mes de mayo y caminaba aspirando con avidez el buen olor de las primeras hojas.

No tardé en darme cuenta de que me encontraba todos los días a una adorable mujercita, una de esas asombrosas y graciosas criaturas que llevan la marca de fábrica de París. ¿Bonita? Sí y no. ¿Bien hecha? No, más que eso. Su talle era demasiado delgado, los hombros demasiado rectos, y tenía demasiado pecho; pero yo prefiero esas deliciosas muñecas regordetas al gran costal de huesos de la Venus de Milo.

Y andan, además, a pasitos cortos y muy deprisa de un modo incomparable; y basta un simple estremecimiento de su miriñaque para que el deseo nos corra por las venas. Me parecía que al pasar me miraba. Pero esas mujeres son pura apariencia; y nunca se sabe.

Una mañana la vi sentada en un banco, con un libro abierto en la mano. Me apresuré a sentarme a su lado. Cinco minutos después éramos amigos. A partir de entonces, cada día, tras un alegre saludo risueño: «Buenos días, señora», «Buenos días, señor», nos poníamos a charlar. Me contó que era la mujer de un empleado, y que su vida era triste, escasas sus distracciones, muchas sus preocupaciones, y otras mil cosas.

Le dije quién era, por casualidad y quizá también por vanidad; ella simuló muy bien su asombro.

Al día siguiente vino a verme al Ministerio y volvió tan a menudo que los ordenanzas, que ya la conocían, apenas la veían se susurraban en voz baja el sobrenombre con el que la habían bautizado: «La señora Léon». Léon no es otro que mi nombre de pila.

La vi durante tres meses todas las mañanas, sin que me aburriera ni un segundo, tan bien sabía variar y salpimentar su afecto. Pero un buen día me di cuenta de que tenía los ojos amoratados y relucientes de lágrimas contenidas, que le costaba hablar, perdida en secretas angustias.

Le rogué, le supliqué que me confiara la preocupación de su corazón; y al final ella balbució, temblando:

«Estoy…, estoy embarazada».

Y rompió en sollozos. Yo hice una mueca horrenda, y creo que palidecí, como suele ocurrir al recibir tales noticias. No pueden imaginarse qué desagradable impacto en el pecho produce el anuncio de una paternidad no esperada. Antes o después, lo sabrán. A mi vez, balbucí:

«Pero…, pero… está usted casada, ¿no?».

Respondió:

«Sí, pero mi marido está en Italia desde hace dos meses y aún tardará un tiempo en volver».

Yo quería, al precio que fuese, desentenderme de aquella responsabilidad. Dije:

«Debe reunirse con él de inmediato».

Se puso roja como una amapola y, bajando los ojos, dijo:

«Sí, pero…».

No se atrevió o no quiso terminar la frase.

Había comprendido y le di, con discreción, un sobre que contenía el dinero para los gastos del viaje.

Ocho días después, me mandaba una carta desde Génova. A la semana siguiente recibí una de Florencia. Luego llegaron otras de Livorno, de Roma, de Nápoles. Me escribía: «Estoy bien, amor mío, pero me he puesto horrenda. No quiero que me veas antes de que haya pasado todo, pues dejarías de quererme. Mi marido no ha sospechado nada. Como su misión le obliga a quedarse largo tiempo aún en este país, no volveré a Francia hasta después de haber dado a luz».

Al cabo de aproximadamente ocho meses recibí de Venecia esta única frase: «Es un varón».

Algún tiempo después, entró de improviso en mi despacho, más lozana y graciosa que antes, y se arrojó en mis brazos.

Y se reanudó nuestro viejo cariño.

Yo dejé el Ministerio; ella vino a mi palacete de la rue de Grenelle. Me hablaba a menudo del niño, pero yo no le prestaba atención; no era asunto mío. De vez en cuando le entregaba una bonita suma, limitándome a decir: «Ingresa esto en el banco para él».

Pasaron otros dos años y ella estaba cada vez más empeñada en darme noticias del pequeño, «de Léon». A veces lloraba: «¡No le quieres…, te niegas a verle…, si supieras la pena que ello me da!».

Finalmente, tanto me insistió que un buen día le prometí ir al siguiente a los Campos Elíseos, a la hora en que se lo llevaba de paseo.

Pero, cuando me disponía a salir, me detuvo un temor. El hombre es débil y necio; ¿quién sabe qué pasaría en mi corazón? ¿Y si empezaba a querer a esa criatura nacida de mí? ¡A mi hijo!

Me había puesto ya el sombrero y tenía los guantes en la mano. Tiré los guantes sobre el escritorio y el sombrero sobre una silla: «No, será mucho mejor que no vaya».

Se abrió la puerta. Entró mi hermano. Me alargó una carta anónima recibida esa misma mañana: «Avise al conde de L***, su hermano, de que la mujercita de la rue Cassette se burla descaradamente de él. Que se informe acerca de ella».

Nunca había dicho nada a nadie de ese viejo amorío. Me quedé estupefacto y le conté la historia a mi hermano de punta a cabo. Y añadí: «No quiero ocuparme de ello, y te estaré agradecido si vas tú». Tras salir mi hermano, pensé: «¿De qué manera puede haberme engañado? ¿Tiene otros amantes? ¡Qué me importa! Es joven, lozana y graciosa, no le pido más. Parece que me quiere y, a fin de cuentas, no me sale excesivamente cara. La verdad, no lo comprendo».

Mi hermano no tardó en regresar. En la policía, le habían informado perfectamente en cuanto al marido. «Empleado en el Ministerio del Interior, correcto, de buena reputación, bienpensante, pero casado con una mujer muy agraciada, cuyos gastos parecían un tanto excesivos para su modesta condición.» Eso era todo.

Ahora bien, tras haberla buscado mi hermano en su domicilio y enterarse de que había salido, hizo hablar a la portera, a precio de oro:

—La señora D… es una muy buena mujer, y su marido un hombre buenísimo, no son orgullosos, ni ricos, pero sí generosos.

Mi hermano preguntó, por decir algo:

«¿Y el niño cuántos años tiene ahora?».

«Ella no tiene ningún hijo, señor…»

«Pero ¡cómo! El pequeño Léon…»

«No, caballero, está usted en un error.»

«El que nació durante su viaje a Italia, hará cosa de dos años…»

«No ha estado nunca en Italia, caballero, en los cinco años que lleva viviendo aquí no ha dejado nunca su casa.»

Mi hermano, sorprendido, la había interrogado, sondeado de nuevo, llevando lo más lejos posible sus indagaciones. De niño nada, y tampoco de viaje.

Yo estaba muy asombrado, pues no comprendía el propósito último de toda aquella comedia.

—Quiero cerciorarme —dije—. Voy a pedirle que venga aquí mañana. La recibirás tú en mi lugar; si me ha engañado, dale estos diez mil francos y que desaparezca de mi vista. Comienzo realmente a estar harto de ella.

Cuesta de creer, pero el día antes estaba disgustado de tener un hijo de esa mujer y ahora estaba irritado, humillado y herido de no tenerlo ya. Estaba libre, liberado de toda obligación, de toda inquietud; y me sentía furioso.

Al día siguiente, mi hermano la esperó en mi despacho. Ella entró como de costumbre con presteza, corriendo hacia él con los brazos abiertos, y se detuvo en seco al verle.

Saludó y se excusó.

«Le pido perdón, señora, por encontrarme aquí en lugar de mi hermano; pero él me ha encargado que le pida explicaciones, que a él le habría resultado penoso obtener por sí mismo.»

Entonces, mirándola al fondo de los ojos, le dijo bruscamente:

«Sabemos que no tiene usted un hijo de él.»

Tras el primer momento de estupor, ella había recobrado el aplomo, se había sentado y miraba sonriendo a ese juez. Se limitó a responder:

«No, no tengo ningún hijo».

«También sabemos que no ha estado nunca en Italia.»

Esta vez se echó a reír sin empacho.

«No, nunca he estado en Italia.»

Mi hermano, patidifuso, prosiguió:

«El conde me ha encargado que le entregue este dinero y que le diga que todo se ha acabado».

Ella recuperó su seriedad, se metió tan tranquila el dinero en el bolsillo y preguntó con candor:

«Así que… ¿no volveré a ver más al conde?».

«No, señora.»

Pareció contrariada y añadió con un tono calmo:

«Lástima, pues le quería».

Al ver que ella se resignaba tan fácilmente, mi hermano sonrió a su vez y le preguntó:

«Vamos a ver, ahora dígame por qué se inventó usted toda esa larga y complicada artimaña del viaje y del niño».

Ella miró a mi hermano, estupefacta, como si le hubiera hecho una pregunta estúpida, y repuso:

«Ah, esa pillería. ¿Cree usted que una pobre mujer insignificante como yo habría conseguido tener durante tres años al conde de L***, ministro, gran señor, hombre a la moda, rico y seductor, sin hacérsela tragar un poco? Ahora se acabó. Lástima. La cosa no podía durar siempre. Al menos lo conseguí durante tres años. Dele muchos recuerdos de mi parte».

Se levantó. Mi hermano prosiguió:

«Pero… ¿y el hijo? ¿Habría dispuesto de uno para enseñarlo?».

«Por supuesto, el hijo de mi hermana. Ella me lo prestaba. Apostaría a que ha sido ella quien les ha advertido.»

«Y bien, ¿y todas esas cartas de Italia?»

Volvió a sentarse para reír más a sus anchas.

«¡Oh!, esas cartas…, es toda una novela… No por nada el conde era ministro de Asuntos Exteriores.»

«¿Así que…?»

«Es un secreto que me guardo. No quisiera comprometer a nadie.»

Y, despidiéndose con una sonrisa un tanto burlona, salió sin ninguna turbación, como una actriz cuyo papel ha terminado.

*

Y el conde de L*** añadió, a modo de moraleja:

—¡Fíense ustedes de esas lagartas!

 

LA LEYENDA DEL MONTE SAINT-MICHEL*

 

La había visto primero desde el Cancale, ese castillo de hadas plantado en el mar. La había visto confusamente, sombra gris erguida en el cielo brumoso.

La volví a ver desde Avranches, a la puesta de sol. La inmensidad de sus arenas era roja, el horizonte rojo, toda la inmensa bahía roja también; en cambio, aislada, la escarpada abadía, encaramada allí arriba, lejos de la tierra, como una fantástica mansión, asombrosa como un palacio de ensueño, increíblemente extraña y bella, aparecía casi negra entre los arreboles purpúreos del día que moría.

Me encaminé hacia ella al día siguiente, al alba, a través de las arenas, con la mirada fija en esa monstruosa gema, tan grande como una montaña, cincelada como un camafeo y vaporosa como una muselina. Cuanto más me acercaba, más aumentaba mi admiración, porque quizá no hay en el mundo nada tan extraordinario y perfecto.

Vagué, sorprendido como si hubiera descubierto la morada de un dios, por aquellas salas sostenidas por unas columnas ligeras o pesadas, por aquellos corredores calados, alzando mis maravillados ojos hacia esos pináculos que semejan cohetes lanzados hacia el cielo y hacia ese inconcebible enmarañamiento de torrecillas, de gárgolas, de ornamentos esbeltos y encantadores, fuegos de artificio de piedra, encaje de granito, grandiosa y delicada obra maestra de arquitectura.

Mientras estaba allí extasiado, un campesino de la Baja Normandía se me acercó para contarme la historia de la gran disputa entre san Miguel y el diablo.

Un escéptico genial dijo: «Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero el hombre le ha pagado con la misma moneda».1

Es una frase de una eterna verdad y sería muy interesante escribir, para cada continente, la historia de las divinidades locales y, para cada una de nuestras provincias, la de sus santos patronos. El negro tiene ídolos feroces, devoradores de hombres; el musulmán polígamo llena de mujeres su paraíso; los griegos, gente práctica, habían divinizado todas las pasiones.

Cada pueblo de Francia está puesto bajo la advocación de un santo patrón, modelado a imagen y semejanza de sus habitantes.

San Miguel vela por la Baja Normandía, san Miguel, el ángel radiante y victorioso, que empuña la espada flamígera, el héroe del cielo, el triunfador, el dominador de Satán.

Pero he aquí como el habitante de la Baja Normandía, astuto, cauteloso, burlón y trapacero, entiende y cuenta la lucha del gran santo contra el diablo.

Para ponerse al abrigo de las maldades de su vecino, el demonio, san Miguel había construido con sus propias manos, en pleno océano, aquella morada digna de un arcángel; de hecho, sólo un santo como él podía hacerse semejante residencia.

Pero, como seguía temiendo las asechanzas del maligno, rodeó su propiedad de arenas movedizas más pérfidas que el mismo mar.

El diablo vivía en una humilde choza, en la costa; pero poseía las praderas bañadas por el agua salada, las bonitas tierras feraces donde se dan las fértiles cosechas, los valles ricos y las fecundas laderas de toda la región; mientras que el santo sólo reinaba sobre las arenas. De manera que Satanás era rico y san Miguel pobre como un desarrapado.

Tras algunos años de ayuno, el santo, cansado de aquella situación, pensó en llegar a un acuerdo con el diablo; pero la cosa no se presentaba nada fácil, pues Satanás estimaba en mucho sus cosechas.

Reflexionó, pues, durante seis meses; luego, una mañana, se encaminó hacia tierra. Estaba el demonio tomando las sopas delante de su puerta cuando vio al santo; corrió enseguida a su encuentro, besó su bocamanga, le hizo entrar y le invitó a tomar algo fresco.

Tras haberse tomado un cuenco de leche, san Miguel tomó la palabra:

—He venido para proponerte un buen negocio.

El diablo, cándido y sin desconfianza, respondió:

—Eso me interesa.

—Se trata de lo siguiente. Me cederás todas tus tierras.

Satanás, inquieto, quiso hablar.

—Pero…

El santo prosiguió:

—Primero escucha. Me cederás todas tus tierras. Yo me encargaré de su mantenimiento, del trabajo, de la labranza, de la siembra, de abonar, en fin, de todo, y nos repartiremos la cosecha a medias. ¿Qué te parece?

El diablo, de natural perezoso, aceptó.

Sólo pidió aparte algunos de los deliciosos salmonetes que se pescan alrededor del solitario monte. San Miguel se los prometió.

Se dieron la mano, escupieron a un lado en señal de que el negocio estaba sellado y el santo añadió:

—Escucha, no quiero que tengas quejas de mí. Elige lo que prefieras: la parte de la cosecha que se dé sobre la tierra o la parte que se dé bajo tierra.

Satanás exclamó:

—Elijo la que se dé sobre la tierra.

—De acuerdo —dijo el santo.

Y se fue.

Cuando llegó la primavera siguiente, en la inmensa propiedad del diablo no se veían más que zanahorias, nabos, cebollas, achicorias, todas las plantas cuyas raíces grasas son buenas y sabrosas, y cuyas inútiles hojas sirven a lo sumo como forraje para los animales.

Satanás no recibió nada y quiso romper el trato, acusando a san Miguel de «malicia».

Pero el santo le había tomado gusto al cultivo de la tierra; volvió para ver al diablo:

—Te aseguro que no fue algo premeditado; la cosa salió así y yo no tengo ninguna culpa. Pero, para resarcirte, este año te propongo que te quedes con todo lo que se produzca bajo tierra.

—Me interesa —dijo Satanás.

A la primavera siguiente, toda la extensión de tierras del Espíritu del Mal estaba cubierta de frondosos trigales, de avena de unos granos gruesos como campánulas, de lino, de una magnífica colza, de rojos tréboles, de guisantes, de coles, de alcachofas, de todo lo que, grano o fruto, madura al sol.

Tampoco esta vez Satanás recibió nada y se puso hecho una furia.

Recuperó prados y campos y no escuchó ninguna otra oferta de su vecino.

Pasó un año entero. Desde lo alto de su solitaria mansión san Miguel contemplaba la tierra lejana y fecunda y veía al diablo dirigir las labores, recolectar las cosechas, trillar el trigo. Estaba rabioso, exasperándose de impotencia. Al no poder volver a engatusar a Satanás, decidió vengarse y fue a invitarle para el lunes siguiente.

—No has tenido suerte en los negocios conmigo —le dijo—, lo sé; pero no quiero que me guardes rencor y te pido que vengas a comer conmigo. Te prepararé cosas buenas.

Satanás, tan comilón como perezoso, aceptó al punto. El mencionado día se puso sus mejores galas y emprendió camino hacia el Monte.

San Miguel le hizo sentarse a una magnífica mesa. De entrante le sirvió un vol-au-vent de crestas y menudillos de gallo, con albondiguillas de carne de longaniza, luego dos grandes salmonetes a la crema, a continuación un pavo blanco relleno de castañas confitadas en vino, al que siguió una pierna de cordero cebado, tierno como un pastel; luego unas legumbres que se fundían en la boca y una buena torta recién salida del horno, que humeaba difundiendo un aroma a mantequilla.

Bebieron sidra pura, espumosa y dulzona, y vino tinto y espiritoso, y, tras cada plato, se tomaban una copita de un aguardiente añejo de manzanas.

El diablo bebió y comió como una lima, tanto y tan bien que se le aflojaron los esfínteres.

Entonces san Miguel, alzándose con su físico imponente, exclamó con voz tonante:

—¡En mi presencia! ¡En mi presencia, canalla! Te atreves…, en mi presencia…

Satanás, espantado, salió huyendo, y el santo, tras coger un garrote, le persiguió.

Corrían por las salas de la planta baja, dando vueltas alrededor de las pilastras, subiendo escaleras aéreas, galopando por las cornisas, saltando de gárgola en gárgola. El pobre demonio, que se sentía morir, huía, ensuciando la morada del santo. Hasta que finalmente se encontró en la última terraza, en lo más alto de todo, desde donde se divisa la inmensa bahía con sus poblaciones lejanas, sus arenas y sus pastos. No tenía ya escapatoria; el santo le propinó un fuerte puntapié en las posaderas, lanzándole como una bala a través del espacio.

Voló por los aires como una jabalina y fue a caer pesadamente delante de la ciudad de Mortain. Los cuernos de su frente y las garras de sus miembros penetraron profundamente en la roca, que conserva para la eternidad las huellas de la caída de Satanás.

Se levantó cojeando, lisiado hasta la consumación de los siglos; y, mirando de lejos el Monte fatal, recto como una aguja en la luz del ocaso, comprendió que siempre sería vencido en aquella lucha desigual, y se fue arrastrando la pierna, dirigiéndose hacia países lejanos y dejando a su enemigo sus campos, sus laderas, sus valles y sus prados.

He aquí de qué manera san Miguel, patrono de Normandía, derrotó al demonio.

Otro pueblo habría imaginado de otro modo esta lucha.

 

LOS ZUECOS*

 

A Léon Fontaine

El viejo párroco farfullaba las últimas palabras de su sermón por encima de las blancas tocas de las campesinas y de los cabellos hirsutos o engominados de los labradores. Las grandes cestas de las granjeras llegadas de lejos para oír misa estaban colocadas en el suelo a su lado; y el pesado calor de un día de julio hacía que se desprendiera de todo el mundo un olor a ganado, a husmo de rebaño. Los cantos de los gallos entraban por la gran puerta abierta, así como los mugidos de las vacas echadas en un campo cercano. A veces un soplo de aire cargado de aromas de los campos penetraba por la puerta y, levantando a su paso los largos cintajos de los tocados, hacía vacilar sobre el altar las llamitas amarillentas de los cabos de los cirios… «Hágase la voluntad de Dios. Amén», decía el cura. Luego se calló, abrió su libro de rezos y se puso, como cada semana, a hacer las acostumbradas recomendaciones a sus fieles sobre los pequeños asuntos privados de la comunidad. Era un anciano de blanco cabello que estaba al cargo de la parroquia haría pronto cuarenta años, y se servía de la predicación para comunicarse de modo familiar con sus feligreses.

Prosiguió:

—Recomiendo a vuestras oraciones a Désiré Vallin, que está muy enferma y también a la Paumelle, para que se recupere pronto del parto.

No le venía a la mente nada más; buscó las hojitas metidas en un breviario. Por fin encontró dos y continuó:

—Los mozos y las mozas no deben seguir yendo al cementerio por la tarde, como hacen actualmente, porque me veré obligado a dar cuenta de ello al guardia rural. El señor Césaire Omont desearía encontrar a una muchacha honesta para que le sirva. —Tras otro momento de reflexión, añadió—: Es todo, hermanos, ésta es la gracia que os deseo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Y bajó del púlpito para terminar su misa.

Una vez que los Malandain hubieron regresado a su casucha, la última de la aldea de la Sablière, a la vera del camino de Fourville, el padre, un viejo campesino, bajito, enjuto y arrugado, se sentó a la mesa y, mientras su mujer descolgaba la olla y su hija Adélaïde sacaba del aparador los vasos y los platos, dijo:

—Quizá esta colocación en casa del señor Omont no sería mala cosa, pues es viudo, no se lleva bien con su nuera, está solo y tiene dinero. Quizá haríamos bien mandándole a Adélaïde.

La mujer dejó sobre la mesa la olla renegrida, levantó la tapa, y, mientras subía al techo un vaho de sopa olorosa a col, reflexionó.

Él prosiguió:

—Dinero tiene, eso seguro. Pero tendría que ser un poco espabilada, y Adélaïde no lo es ni pizca.

Dijo entonces la mujer:

—No cuesta nada probar. —Y, volviéndose hacia su hija, una mocetona de aire ingenuo, cabellos rubios, mejillas regordetas y coloradas como la piel de las manzanas, exclamó—: ¿Has oído, tontorrona? Irás a ver al señor Omont para ofrecerte como sirvienta, y deberás hacer todo lo que él te mande.

La muchacha se echó a reír neciamente y no respondió. Luego los tres se pusieron a comer.

Al cabo de diez minutos, el padre continuó diciendo:

—Escucha lo que voy a decirte, hija mía, y trata de no echarlo en saco roto…

Le expuso con calma y minucia toda una regla de comportamiento, previendo los más mínimos detalles y preparándola para la conquista del viejo viudo en malos términos con la familia.

La madre había dejado de comer para escuchar y estaba con el tenedor en suspenso, mirando ya al marido, ya a la hija, mientras seguía con concentrada y silenciosa atención la lección.

Adélaïde permanecía inerte, con la mirada perdida y vaga, dócil y estúpida.

En cuanto hubieron terminado de comer, la madre le hizo ponerse su gorro, y salieron las dos para ir a ver al señor Césaire Omont. Vivía éste en una especie de pequeño chalecito de ladrillo adosado a los edificios de la explotación agrícola ocupados por sus colonos. Pues él se había retirado de la gestión directa para vivir de rentas.

Rondaba los cincuenta y cinco años; era gordo, jovial y brusco, como buen ricachón. Reía y vociferaba tan fuerte que parecía que fueran a venirse abajo las paredes, se tomaba vasos llenos de sidra y aguardiente y se le tenía por calenturiento, pese a sus años.

Le gustaba pasear por los campos, con las manos tras la espalda, hundiendo sus zuecos de madera en la tierra feraz, mientras examinaba cómo despuntaba el trigo o florecía la colza, con ojo de entendido que disfruta con ello, pero manteniéndose al margen.

Decían de él: «Es un bendito, aunque se levante algunos días con el pie izquierdo».

Recibió a las dos mujeres, con la panza sobre la mesa, mientras se terminaba el café. Echándose sobre el respaldo de la silla, preguntó:

—¿Qué desean ustedes?

Habló la madre:

—Vengo a ofrecerle los servicios como sirvienta de nuestra hija Adélaïde, según lo dicho por el señor cura esta mañana.

El señor Omont miró de arriba abajo a la muchacha y, de repente, dijo:

—¿Cuántos años tiene el pichoncito?

—Cumplirá veinte para San Miguel, señor Omont.

—Está bien; le daré quince francos mensuales, alojamiento y comida. La espero mañana para hacer las sopas a primera hora.

Y despidió a las dos mujeres.

Adélaïde asumió sus funciones al día siguiente y se puso a trabajar duro, sin decir una palabra, como hacía en casa de sus padres.

A eso de las nueve, mientras limpiaba los cristales de la cocina, el señor Omont la llamó:

—¡Adélaïde!

Ella acudió presurosa.

—Aquí me tiene, amo.

Cuando la tuvo delante, con las manos enrojecidas y descuidadas, la mirada turbia, declaró:

—Óyeme, quiero dejar las cosas bien claras entre nosotros. Tú eres mi sirvienta, pero nada más, ¿entendido? No pienses que vamos a mezclar nuestros zuecos.1

—Sí, amo.

—Cada uno en su sitio, hija mía, tú en la cocina y yo en mi salita. Aparte de esto, todo es de los dos por igual. ¿De acuerdo?

—Sí, amo.

—Muy bien, vuelve a tu trabajo.

Y ella reanudó sus faenas domésticas.

A mediodía llevó la comida del señor a la salita revestida de papel pintado, y luego, con las sopas ya en la mesa, fue a avisar al señor Omont.

—Ya se las he servido, amo.

Él entró, se sentó, miró a su alrededor, desplegó su servilleta, dudó un segundo y luego, con voz tonante, llamó:

—¡Adélaïde!

Ella se presentó, espantada. Él gritó como si fuera a asesinarla.

—Pero bueno, ¡rediez!…, ¿y tu sitio cuál es?

—Pero…, amo…

Él vociferaba:

—No me gusta comer solo, ¡rediez!… O te sientas aquí o ahí tienes la puerta. Corre a buscarte un plato y un vaso.

Aterrada, ella se trajo su cubierto, balbuceando:

—Aquí me tiene, amo.

Y se sentó enfrente de él.

Entonces él se volvió jovial; trincaba, descargaba puñetazos sobre la mesa, contaba historias que ella escuchaba con los ojos gachos, sin atreverse a decir ni pío.

De vez en cuando se levantaba para ir a buscar pan, sidra, platos.

Al traer el café, puso una sola taza delante de él, que se enfureció de nuevo y gruñó:

—Bien, ¿y para ti?

—Yo no tomo, amo.

—¿Y por qué no tomas?

—Porque no me gusta.

Entonces él estalló de nuevo:

—Pues a mí no me gusta tomarme solo el café, ¡rediez!… Si no quieres tomarlo, ahí tienes la puerta, maldita sea… Ve a buscarte una taza y deprisa.

Ella fue a buscar una taza, se volvió a sentar, probó el negro líquido, hizo una mueca, pero, ante la mirada enfurecida del amo, se lo tragó todo. Luego tuvo que beber la primera copita de aguardiente de después del café, la segunda y la espuela.

Luego el señor Omont la despidió:

—Ahora ve a lavar los platos, eres una buena chica.

En la cena ocurrió otro tanto. A continuación, tuvo que jugar la partida de dominó y después la mandó a la cama.

—Vete a dormir, yo subo dentro de poco.

Ella subió a su habitación, una buhardilla bajo la techumbre. Dijo su oración, se desvistió y se metió entre las sábanas.

Pero de repente dio un salto, aterrada. Un grito furioso hacía temblar la casa.

—¡Adélaïde!

Ella abrió su puerta y respondió desde la buhardilla:

—Ya voy, amo.

—¿Dónde estás?

—Pues en mi cama, amo.

Entonces él vociferó:

—Haz el favor de bajar, ¡rediez!… No me gusta dormir solo, maldita sea…, y si no quieres, ahí tienes la puerta, ¡rediez!…

Entonces ella, despavorida mientras buscaba la candela, respondió desde arriba:

—¡Ya voy, amo!

Y él oyó el ruido de sus pequeños zuecos abiertos en la escalera de abeto; y, cuando estuvo en los últimos escalones, la cogió de un brazo y, tras haber dejado delante de la puerta sus estrechas almadreñas de madera junto a los enormes zuecos del amo, él la empujó dentro de la habitación, rezongando:

—Pero, date prisa, date prisa, ¡rediez!…

Y ella repetía sin cesar, sin saber ya lo que se decía:

—Ya voy, ya voy, amo.

Seis meses después, cuando un domingo fue a ver a sus padres, su padre la examinó con curiosidad, luego preguntó:

—¿No estarás preñada?

Ella se miró la barriga, asombrada, repitiendo:

—Pues no, no creo.

Entonces, él la interrogó, queriendo saberlo todo:

—Dime si no habéis mezclado vuestros zuecos alguna noche.

—Sí, los mezclé la primera noche y luego las otras.

—Pues, entonces, bombo al canto.

Ella estalló en sollozos, repitiendo:

—¿Qué sabía yo?, ¿qué sabía yo?

El viejo Malandain la observaba con ojos de vivales y cara de satisfacción. Preguntó:

—¿Qué es lo que no sabías?

Dijo ella saltándose las lágrimas:

—No sabía que los niños se hacen así.

En ese momento entraba la madre. El hombre le dijo, sin ira y separando bien las palabras:

—Aquí la tienes, preñada ya.

Pero la mujer se enojó, rebelándose por instinto, insultando a voz en grito a su hija llorosa, llamándola «palurda» y «pelandusca».

Entonces el viejo la hizo callar. Y cuando cogía su gorra para ir a hablar de sus asuntos con el señor Césaire Omont, declaró:

—Es más tonta incluso de lo que yo creía. No sabía ni lo que hacía, esta cateta…

En el sermón del domingo siguiente el viejo cura publicaba las amonestaciones del matrimonio entre el señor Onufre-Césaire Omont y Céleste-Adélaïde Malandain.

 

LA TOS*

 

A Armand Sylvestre

Mi querido colega y amigo:

Tengo un cuentecillo para usted, un cuentecillo anodino. Espero que le guste si consigo contárselo bien, tan bien como aquella que me lo ha contado a mí.

No es tarea fácil, porque mi amiga es una mujer de enorme ingenio y que no tiene pelos en la lengua. Yo no cuento con las mismas dotes. No puedo, como ella, poner esa alegría loca en lo que cuento; y, ante la necesidad de no usar palabras demasiado específicas, me declaro incapaz de encontrar, como usted, delicados sinónimos.

Mi amiga, que es también una mujer de teatro de gran talento, no me ha autorizado a hacer pública su historia.

Por eso me apresuro a reservarle los derechos de autor para el caso de que quiera, un día u otro, escribir ella misma esta aventura. Lo haría mejor que yo, sin duda. Al ser más experta en el tema, encontraría mil otros detalles divertidos que yo soy incapaz de inventar.

Ya ve usted en qué aprieto me hallo. Desde la primera palabra necesitaría un término equivalente, que querría fuera genial. La tos no es asunto mío. Para que se me entienda, necesitaré al menos de un comentario o de una perífrasis a la manera del abate Delille:

La toux dont il s’agit ne vient point de la gorge.1

*

Estaba (mi amiga) durmiendo con un hombre al que amaba. Era, por supuesto, de noche.

Conocía poco a ese hombre, o mejor dicho, desde hacía poco. Son cosas que a veces pasan, sobre todo en el mundo del teatro. Dejemos que los burgueses se asombren por ello. En cuanto a dormir con un hombre, qué importa que se le conozca poco o mucho, pues la manera de actuar en el secreto del lecho no cambia en absoluto. Creo que, si yo fuera mujer, preferiría a los amigos nuevos. Deben de ser más agradables, en todos los sentidos, a los habituales.

En la llamada buena sociedad, existe una distinta manera de ver las cosas que no es la mía. Lo siento por las mujeres de dicha sociedad; pero yo me pregunto: ¿puede la manera de ver las cosas cambiar de modo considerable la forma de actuar?…

Así pues, ella dormía con un amigo nuevo. Se trata de algo delicado y extremadamente difícil. Con un viejo compañero se siente uno cómodo, sin molestias, se puede dar uno la vuelta a su gusto, soltar patadas, invadir tres cuartos de la cama, tirar de toda la manta y enrollarse en ella, roncar, gruñir, toser (digo toser a falta de una palabra mejor) o estornudar (¿qué le parece el estornudo como sinónimo?).

Pero para llegar a esto se requieren al menos seis meses de intimidad. Y me refiero a las personas de una naturaleza campechana. Los otros siempre guardan ciertas reservas, que yo apruebo por mi parte. Pero quizá no tenemos la misma manera de pensar al respecto.

Cuando se trata de una relación nueva que podemos suponer sentimental, hay que tomar por fuerza algunas precauciones para no fastidiar a nuestro compañero de cama, y para mantener un cierto prestigio, algo de poesía, y una cierta autoridad.

Ella dormía. Pero de repente la recorrió un dolor, interno, punzante, sin un punto fijo. Éste se inició en la boca del estómago y empezó a desplazarse descendiendo hacia…, hacia…, hacia las gargantas inferiores con un discreto ruido de tempestad intestinal.

El hombre, el amigo nuevo, yacía, tranquilo, tendido de espaldas, con los ojos cerrados. Ella le miró con el rabillo del ojo, inquieta, vacilante.

Se habrá encontrado usted alguna vez, querido colega, en algún estreno teatral, con un catarro. Toda la platea está ansiosa, jadea en medio de un absoluto silencio; pero usted no escucha ya nada, espera, espantado, un momento de ruido para toser. Tienen, a lo largo de toda su garganta, unos cosquilleos, unos picores insoportables. Al final no puede más; tanto peor para los que tiene a su lado. Tose usted. Y toda la sala se pone a gritar: «¡Fuera!».

Pues bien, ella se encontraba en el mismo caso, atribulada y torturada por unas ganas locas de toser. (Y cuando digo toser, le ruego que haga la transposición.)

Le parecía que dormía; respiraba tranquilo. Sin duda dormía.

Se dijo: «Tomaré precauciones. Trataré sólo de soplar, muy despacito, para no despertarle». E hizo como los que se tapan la boca con la mano y tratan de liberar, sin hacer ruido, su garganta expulsando el aire con habilidad.

Ya sea porque había calculado mal, ya porque la comezón era muy fuerte, lo cierto es que tosió.

Al punto perdió la cabeza. ¡Si lo había oído, qué vergüenza! ¡Y qué peligro! ¡Oh! ¿Y si, por casualidad, no dormía? ¿Cómo saberlo? Ella le miró fijamente, y, a la luz de la lamparilla de noche, creyó ver sonreír su rostro de ojos cerrados. Pero si reía…, es que no dormía…, ¿y si no dormía?…

Trató con su boca, la verdadera, de producir un ruido parecido, para… desviar la atención de su compañero.

No se le parecía en absoluto.

Pero él, ¿dormía?

Se dio la vuelta, se agitó, lo empujó, para saberlo con certeza.

Él no se movió.

Comenzó entonces a canturrear.

El señor no se movía.

Fuera de sí, le llamó:

«¿Ernest?».

Él no hizo movimiento alguno, pero respondió de inmediato:

«¿Qué quieres?».

Le empezó a palpitar el corazón. No dormía; ¡no había dormido en ningún momento!…

Ella preguntó:

«¿No duermes?».

Él murmuró con resignación:

«Ya ves que no».

Ella no sabía ya qué decir, enloquecida. Prosiguió al fin:

«¿No has oído nada?».

Él respondió, en todo momento inmóvil:

«No».

A ella le venían unas ganas locas de abofetearle, y, sentándose en la cama, dijo:

«Sin embargo, me ha parecido…».

«¿El qué?»

«Que caminaban por la casa.

Él sonrió. Cierto, esta vez le había visto sonreír, y él dijo:

«Déjame ya en paz, llevas media hora fastidiándome».

Ella se estremeció.

«¿Yo…? Me parece un poco exagerado. Me he despertado hace un momento. ¿Así que no has oído nada?»

«Sí.»

«¡Ah, por fin! ¡Has oído algo! ¿El qué?»

«He oído… toser.»

Ella dio un brinco y exclamó, furiosa:

«¿Toser? ¿Dónde? ¿Quién ha tosido? ¿Estás loco? ¡Responde inmediatamente!».

Él empezaba a perder la paciencia.

«Vamos, ¿quieres acabar con esto de una vez? Sabes perfectamente que has sido tú.»

Esta vez ella se indignó, vociferando:

«¿Yo? ¿Yo? ¿Yo? ¿Que yo he tosido? ¡He tosido, dice! ¡Ah, me insulta usted, me ofende, me desprecia! ¡Pues bien, adiós! No pienso seguir junto a un hombre que me trata así.».

E hizo un movimiento enérgico para salir de la cama.

Con voz cansada, buscando la paz a toda costa, él dijo:

«Vamos, quédate tranquila. He sido yo quien ha tosido».

Entonces ella tuvo un nuevo arranque de ira:

«Pero ¡cómo! ¿Ha tosido usted en mi cama…, a mi lado…, mientras yo dormía? Y encima lo confiesa. Pues es usted un plebeyo. ¿Y cree usted que yo voy a seguir con un hombre que… tose a mi lado?… Pero ¿por quién me toma?».

Y se puso de pie sobre la cama, tratando de pasar por encima de él para irse.

Tranquilo, él la cogió por los pies haciéndola caer a su lado, y reía, burlón y alegre:

«Vamos, Rose, ¿quieres tranquilizarte de una vez por todas? Has sido tú quien ha tosido. Precisamente tú. No protesto ni me ofendo; es más, me divierte. Pero ¿quieres meterte de nuevo en la cama, maldita sea?».

Esta vez ella se le escabulló de un brinco y saltó al suelo; y, mientras buscaba desesperadamente sus ropas, repetía:

«¿Y cree usted que voy a quedarme al lado de un hombre que permite a una mujer… toser en su cama? Es usted un plebeyo, querido mío».

Entonces él se levantó, y, en primer lugar, la abofeteó. Luego, mientras ella se debatía, le propinó una serie de pescozones; por último, tomándola entre los brazos, la arrojó de un empellón sobre la cama.

Mientras ella permanecía tendida, inerte y lloriqueante de cara a la pared, él se tumbó a su lado, y luego, tras hacerle darse la vuelta, tosió…, tosió repetidamente…, con pausas y repeticiones. De vez en cuando preguntaba: «¿Tienes bastante?» y, puesto que ella no respondía, volvía a empezar.

De repente ella estalló a reír como una loca, gritando:

«¡Ah, qué divertido! ¡Ah, qué divertido!».

Y le abrazó de golpe pegando su boca a la de él, murmurando entre dientes:

«Te amo, tesoro…».

No durmieron ya, hasta el amanecer.

*

Ésta es mi historia, querido Silvestre. Perdóneme que sea una incursión en su dominio. Pero he aquí otra palabra impropia. No es «dominio» la palabra que habría que emplear. Me divierte usted tan a menudo que no he podido resistir las ganas de seguir un poco su estela.

Pero le seguirá perteneciendo a usted la gloria de habernos abierto, ampliamente, este camino.

 

DOS AMIGOS*

 

París estaba cercado, hambriento y en las últimas. Los gorriones empezaban a escasear en los tejados, y el alcantarillado se despoblaba. Se comía cualquier cosa.

Mientras paseaba tristemente, en una clara mañana de enero, por el bulevar de circunvalación, con las manos en los bolsillos del pantalón de su uniforme y la panza vacía, el señor Morissot, relojero de profesión y guardia nacional por azares de la vida, se detuvo de golpe delante de un colega en el que reconoció a un amigo. Era el señor Sauvage, un conocido de la orilla del río.

Todos los domingos, antes de la guerra, Morissot salía al despuntar el día, con una caña de bambú en una mano y un bote de lata a la espalda. Tomaba el tren para Argenteuil, se apeaba en Colombes, para llegar luego a pie hasta la isla Marante. Una vez en este lugar de sus sueños, se ponía a pescar; pescaba hasta la noche.

Cada domingo encontraba allí a un hombrecillo rechoncho y jovial, el señor Sauvage, mercero de la rue Notre-Dame-de-Lorette, otro pescador fanático. A menudo pasaban media jornada el uno al lado del otro, caña en mano y los pies colgantes por encima de la corriente; y habían acabado haciéndose amigos.

Algunos días no hablaban. Otras veces charlaban; pero se entendían a las mil maravillas sin decirse nada, pues los dos tenían los mismos gustos e idéntica sensibilidad.

En las mañanas de primavera, a eso de las diez, cuando un rejuvenecido sol hacía flotar sobre el río tranquilo ese ligero vaho que corre junto con las aguas, y derramaba sobre las espaldas de los dos pescadores empedernidos el benéfico calor de la nueva estación, Morissot le decía a veces a su vecino: «¡Qué bien se está!», y el señor Sauvage respondía: «No conozco nada mejor». Lo cual les bastaba para comprenderse y apreciarse.

En otoño, al final del día, cuando el cielo teñido de color sangre por el sol poniente proyectaba en el agua figuras de nubes escarlatas, empurpuraba el río entero, encendía el horizonte, enrojecía de color de fuego a los dos amigos, doraba los árboles ya pardorrojizos y temblorosos de un escalofrío invernal, el señor Sauvage miraba risueño a Morissot y decía: «¡Qué espectáculo!». Y Morissot, maravillado, respondía, sin apartar la vista de su flotador: «Cuánto mejor es esto que el bulevar, ¿eh?».

Apenas reconocerse, se estrecharon enérgicamente la mano, emocionados de volver a verse en una situación tan distinta. Suspirando, el señor Sauvage murmuró:

—Cuántas cosas han pasado…

Morissot, muy triste, gimió:

—¡Y qué tiempecito! Hoy es el primer día bueno del año.

En efecto, el cielo estaba totalmente azul y muy luminoso.

Echaron a andar lado a lado, tristes y pensativos. Morissot continuó:

—Y qué me dice de la pesca… ¡Qué buenos recuerdos!

El señor Sauvage preguntó:

—¿Cuándo volveremos a ir?

Entraron en un cafetín y se tomaron los dos un ajenjo; luego reanudaron su paseo por las aceras.

Morissot se detuvo de golpe:

—¿Otra copita?

El señor Sauvage aceptó:

—A mandar.

Y entraron en otra taberna.

A la salida estaban muy aturdidos, mareados como cualquier persona en ayunas con el estómago lleno de alcohol. Hacía buen tiempo. Una brisa acariciadora les cosquilleaba el rostro.

El señor Sauvage, a quien el aire tibio acababa de achispar, se detuvo:

—¿Y si fuéramos?

—¿Adónde?

—A pescar, claro está.

—Pero ¿dónde?

—Pues a nuestra isla. Las avanzadillas francesas están del lado de Colombes. Conozco al coronel Dumoulin; nos dejará pasar.

Morissot se estremeció de deseo:

—No se hable más. De acuerdo.

Y se separaron para ir a buscar sus aparejos.

Una hora más tarde, caminaban lado a lado por el camino real. Luego llegaron a la quinta que ocupaba el coronel. Éste sonrió al oír su petición y consintió a su capricho. Reanudaron su camino, provistos de un salvoconducto.

No tardaron en franquear las avanzadillas, pasaron por un Colombes abandonado y se encontraron al borde de los pequeños viñedos que descienden hacia el Sena. Eran cerca de las once.

Enfrente, el pueblo de Argenteuil parecía muerto. Las alturas de Orgemont y de Sannois dominaban toda la región. La planicie que se extiende hasta Nanterre estaba vacía, totalmente vacía, con sus cerezos desnudos y sus tierras grises.

El señor Sauvage, señalando con el dedo las cimas, murmuró:

—¡Los prusianos están allí arriba!

Y una inquietud paralizó a los dos amigos delante de aquellas tierras desiertas.

¡Los prusianos! Nunca habían visto a ninguno, pero desde hacía meses notaban su presencia, en torno a París, destruyendo, invisibles y omnipotentes, Francia, saqueando, masacrando, matando de hambre a la población. Una especie de terror supersticioso venía a añadirse al odio hacia ese pueblo desconocido y victorioso.

Morissot farfulló:

—¿Y si nos los encontráramos?

El señor Sauvage respondió, con esa jactancia parisina siempre viva a pesar de todo:

—Pues les invitaríamos a pescado frito.

Pero dudaban entre aventurarse o no en la campiña, intimidados por el silencio que les rodeaba a todo su alrededor.

Finalmente, el señor Sauvage se decidió:

—¡Vamos, en marcha!, pero con precaución.

Y bajaron a un viñedo, doblados en dos, reptando, aprovechando los matorrales para cubrirse, con la mirada inquieta y el oído alerta.

Quedaba una franja de tierra desnuda que atravesar para llegar a la orilla del río. Echaron a correr; y, una vez que hubieron alcanzado la ribera, se agazaparon en el seco carrizo.

Morissot pegó su mejilla a tierra para escuchar si andaba alguien por los alrededores. No oyó nada. Estaban totalmente solos, los dos.

Se tranquilizaron y se pusieron a pescar.

Enfrente de ellos, la isla Marante, abandonada, les ocultaba de la otra orilla. La casita del restaurante estaba cerrada, parecía abandonada desde hacía años.

El señor Sauvage pescó el primer gobio, Morissot el segundo, y a cada rato levantaban sus cañas con un pescadito plateado agitándose en el extremo del sedal: una verdadera pesca milagrosa.

Metían delicadamente los peces en una bolsa de tupida malla, sumergida en el agua a sus pies. Y sentían que les invadía una deliciosa alegría, la alegría de quien recupera uno de sus placeres favoritos del que se ha visto privado por mucho tiempo.

El agradable sol derramaba su calor sobre sus hombros; no oían ni pensaban ya en nada, ignoraban al resto del mundo, pescaban.

Pero de pronto un ruido sordo que parecía llegar de debajo de tierra hizo temblar el suelo. El cañón comenzaba a rugir de nuevo.

Morissot volvió la cabeza y vio por encima de la orilla, al fondo a la izquierda, la gran silueta del Mont-Valérien, coronado de un penacho de humo, una nubecilla de pólvora que acababa de escupir.

Inmediatamente después otra bocanada de humo salió de la cima de la fortaleza; y al cabo de unos instantes se oyó retumbar otra detonación.

Siguieron otras y, a intervalos, la montaña echaba su aliento de muerte, expulsaba sus vapores lechosos que se alzaban lentamente en el cielo sereno, formando una nube por encima de ella.

El señor Sauvage se encogió de hombros:

—Ya empiezan de nuevo —dijo.

A Morissot, que miraba con ansiedad cómo se hundía una vez tras otra la caña de pluma de su boya, le dominó la cólera repentina del hombre pacífico, contra esos violentos que se batían de aquel modo, y gruñó:

—Hay que ser estúpidos para matarse así.

El señor Sauvage apostilló:

—No son sino unos idiotas.

Y Morissot, que acababa de pescar una breca, declaró:

—Y pensar que siempre será así mientras haya gobiernos.

El señor Sauvage le interrumpió:

—La República no habría declarado la guerra…

Morissot le cortó:

—Con los reyes, la guerra se hace en el exterior; con la República, tenemos la guerra en el interior.

Y se pusieron tranquilamente a discutir, desentrañando las grandes cuestiones políticas con su sano criterio de hombres bonachones y limitados, coincidiendo en un punto: que nunca serían libres. Y el Mont-Valérien tronaba sin descanso, demoliendo a cañonazos casas francesas, segando vidas, aplastando a personas, acabando con muchos sueños, muchas alegrías esperadas, muchas felicidades anheladas, causando en corazones de mujeres, en corazones de muchachas, en corazones de madres, allí y en otros países, un sinfín de sufrimientos.

—Así es la vida —afirmó el señor Sauvage.

—Dirá más bien que así es la muerte —añadió entre risas el señor Morissot.

Se estremecieron, aterrados, al oír unos pasos detrás de ellos; y, al volverse, descubrieron, de pie a sus espaldas, a cuatro hombres, cuatro altos hombres armados y barbudos, vestidos como criados en librea, con la cabeza tocada con gorras de plato, que les apuntaban con sus fusiles.

Las dos cañas se les escaparon de las manos y se fueron río abajo.

En unos segundos, fueron apresados, maniatados, llevados, arrojados dentro de una barca y transportados hasta la isla.

Y, detrás de la casa que habían creído abandonada, vieron a una veintena de soldados alemanes.

Una especie de gigante velludo, que fumaba en una gran pipa de porcelana, a horcajadas de una silla, les preguntó en un excelente francés:

—Bien, señores, ¿han tenido buena pesca?

Entonces un soldado depositó a los pies del oficial la bolsa llena de peces, que había tenido la precaución de llevarse. El prusiano sonrió:

—¡Ja, ja! Ya veo que no ha estado nada mal. Pero no es esto lo que importa. Escúchenme y no se inquieten.

»Para mí, son ustedes dos espías enviados para acecharme. Les cojo y les fusilo. Aparentaban estar pescando, para así disimular mejor sus planes. Han caído en mis manos, lo siento por ustedes; es la guerra.

»Pero como han atravesado las avanzadillas, tendrán seguramente una contraseña para pasar a su vuelta. Dénmela y les perdonaré la vida.

Los dos amigos, lívidos, uno al lado del otro, con las manos agitadas por un ligero temblor nervioso, callaban.

El oficial prosiguió:

—Nadie lo sabrá nunca, regresarán tan tranquilos. El secreto desaparecerá con ustedes. Si se niegan, sepan que morirán, e inmediatamente. Así que elijan.

Ellos permanecían inmóviles sin abrir la boca.

El prusiano, sin perder en ningún momento la calma, prosiguió extendiendo la mano hacia el río:

—Piensen que en cinco minutos estarán en el fondo de esas aguas. ¡En cinco minutos! Supongo que ustedes tienen parientes.

El Mont-Valérien seguía rugiendo.

Los dos pescadores permanecían de pie y en silencio. El alemán dio unas órdenes en su lengua. Luego cambió su silla de sitio para no encontrarse demasiado cerca de los prisioneros; y doce hombres fueron a situarse a veinte pasos, con el fusil en posición de descanso.

El oficial prosiguió:

—Les doy un minuto, ni dos segundos más.

Luego se levantó bruscamente, se acercó a los dos franceses, cogió a Morissot del brazo, se lo llevó más lejos y le dijo en voz baja:

—Rápido, ¿cuál es la contraseña? Su amigo no sabrá nada, fingiré apiadarme.

Morissot no respondió nada.

El prusiano se llevó entonces al señor Sauvage y le hizo la misma pregunta.

El señor Sauvage no respondió nada.

Volvieron a encontrarse el uno al lado del otro.

Y el oficial asumió el mando. Los soldados alzaron sus armas.

Entonces la mirada de Morissot cayó por casualidad sobre la bolsa llena de gobios, que había quedado en la hierba, a unos pocos pasos de él.

Un rayo de sol hacía brillar el montón de peces que todavía se agitaban. Y se sintió desfallecer. A pesar de sus esfuerzos, sus ojos se anegaron en lágrimas.

Balbució:

—Adiós, señor Sauvage.

El señor Sauvage respondió:

—Adiós, señor Morissot.

Se dieron un apretón de manos, sacudidos de pies a cabeza por unos incontenibles temblores.

El oficial gritó:

—¡Fuego!

Los doce disparos se confundieron en uno.

El señor Sauvage cayó de bruces. Morissot, más alto, osciló, giró sobre sí mismo y se desplomó de través sobre su compañero, con la cara mirando al cielo, mientras unos borbotones de sangre brotaban de su guerrera agujereada en el pecho.

El alemán dio otras órdenes.

Sus hombres se dispersaron, volvieron con cuerdas y piedras que colgaron de los pies de los dos muertos; luego los trasladaron hasta la orilla.

El Mont-Valérien, coronado ahora de una montaña de humo, no dejaba de retumbar.

Dos soldados cogieron a Morissot por la cabeza y las piernas; otro tanto hicieron otros dos con el señor Sauvage. Los cuerpos, balanceados con fuerza durante unos instantes y luego lanzados lejos, describieron una parábola y fueron a caer directamente en el río, hundiéndose por el peso de las piedras atadas a sus pies.

El agua salpicó, burbujeó, se estremeció y luego se calmó, mientras unas pequeñas ondas llegaban hasta las orillas.

Flotaba en ella un poco de sangre.

El oficial, sin perder en ningún momento la calma, dijo con voz queda:

—Los peces acabarán el trabajo.

Y volvió hacia la casa.

Y de pronto vio en medio de la hierba la bolsa con los gobios. La recogió, la observó, sonrió y llamó:

—¡Wilhem!

Acudió un soldado con un delantal blanco. El prusiano, echándole la pesca de los dos fusilados, ordenó:

—Haz que frían inmediatamente estos pescaditos mientras están vivos. Serán deliciosos.

Y se puso a fumar de nuevo con su pipa.

 

EN EL MAR*

 

A Henry Céard

Últimamente se pudo leer estas líneas en los periódicos:

«Boulogne-sur-Mer, 22 de enero. Nos escriben:

»Una espantosa desgracia ha causado consternación entre nuestras gentes de la mar, puestas ya tan a prueba desde hace dos años. El barco de pesca pilotado por el patrón Javel fue lanzado, a su entrada en el puerto, hacia el oeste y acabó estrellándose contra las rocas del rompeolas del muelle.

»Pese a los esfuerzos del barco de salvamento y de las cuerdas lanzadas mediante el oportuno fusil lanzacabos, perecieron cuatro hombres y el grumete.

»El mal tiempo continúa. Se temen nuevos siniestros».

¿Quién es ese patrón Javel? ¿El hermano del manco?

Si el pobre hombre arrastrado por el oleaje, y quizá muerto bajo los restos de su barco hecho añicos, es el mismo que creo yo, éste había sido testigo, dieciocho años antes, de otro drama, simple y terrible como siempre son esos formidables dramas de la mar.

En aquella época Javel era propietario de un bou.

El bou es la embarcación de pesca por excelencia. De una solidez a prueba de cualquier tipo de tiempo, de panza redonda, zarandeada sin cesar por las olas como un corcho, siempre azotada por los fuertes vientos salinos del canal de la Mancha, faena en el mar, infatigable, con la vela henchida, arrastrando en uno de sus costados una gran red que barre el fondo del océano, desprendiendo y recogiendo todas las bestias dormidas en las rocas, los peces planos pegados a la arena, los pesados cangrejos de pinzas ganchudas, los bogavantes de bigotes puntiagudos.

Cuando la brisa es fresca y las olas cortas, el barco se pone a pescar. Se asegura su red a lo largo de un gran tronco de madera reforzado de hierro que deja descender por medio de dos cables que se deslizan sobre dos rodillos situados a ambos extremos de la embarcación. Y el barco, yendo a la deriva de la corriente, a sotavento, arrastra consigo este aparejo que causa estragos y devasta el fondo marino.

Javel llevaba a bordo a su hermano pequeño, a cuatro hombres y a un grumete. Había salido de Boulogne con un buen tiempo despejado para echar la red de enmalle.

Ahora bien, no tardó en levantarse viento, y sobrevino una borrasca que obligó al bou a emprender la huida. Ganó las costas de Inglaterra; pero el mar embravecido azotaba los acantilados, se abalanzaba sobre tierra, hacía impracticable la entrada de los puertos. El pequeño barco puso de nuevo rumbo a alta mar y regresó a las costas de Francia. La tempestad seguía haciendo infranqueables los espigones, envolviendo de espuma, ruido y peligro todos los accesos de los abrigos.

El bou volvió a hacerse a la mar, avanzando a lomos de las olas, bamboleado, sacudido, chorreante, abofeteado por golpes de mar, pero no obstante muy gallardo, acostumbrado como estaba a esos temporales que lo tenían cinco o seis días errando entre los dos países sin poder atracar ni en uno ni en otro.

Pero la galerna se calmó al fin cuando estaba en alta mar, y, aunque el oleaje fuera aún bravo, el patrón mandó que se largara la red.

Pasaron, pues, por encima de la borda el gran aparejo, y dos hombres a proa y otros dos a popa empezaron a soltar los cables de los rodillos que la sostenían. La red tocó fondo de improviso; pero, al inclinar una alta ola el barco, el menor de los Javel, que se encontraba en proa y dirigía la maniobra de largar la red, se tambaleó, y uno de sus brazos quedó atrapado entre la cuerda momentáneamente destensada por el embate y la madera por la que ésta se deslizaba. Hizo un esfuerzo desesperado, tratando con la otra mano de levantar la amarra, pero la red le arrastraba ya y el cable rígido no cedió.

Retorciéndose de dolor, el hombre llamó. Acudieron todos. Su hermano dejó el timón. Se abalanzaron sobre la cuerda, tratando de soltar el miembro que trituraba. Fue inútil.

—Hay que cortar —dijo un marinero, y se sacó de un bolsillo un largo cuchillo, que podía, de dos golpes, salvar el brazo del menor de los Javel.

Pero cortar suponía perder la red de enmalle, y aquella red valía su dinero, mucho dinero, mil quinientos francos; y pertenecía al mayor de los Javel, que sentía apego por sus bienes.

Gritó con el corazón atormentado:

—No, no cortes, espera, voy a poner proa a barlovento.

Y corrió hacia el gobernalle, haciendo girar todo el timón.

El barco apenas si obedeció, paralizado por esa red que inmovilizaba su impulso y arrastrado a otra parte por la fuerza de la deriva y del viento.

El menor de los Javel se había dejado caer de rodillas con los dientes apretados y unos ojos de mirada despavorida. No decía nada. Volvió su hermano, temiendo el cuchillo del marinero:

—Espera, espera, no cortes, hay que echar el ancla.

Se echó el ancla, se soltó toda la cadena, luego se puso a virar el cabestrante para aflojar las amarras de la red. Se aflojaron al fin, y liberaron el brazo inerte, bajo la manga de lana ensangrentada.

El menor de los Javel parecía idiotizado. Le quitaron la marinera y vieron una cosa horrible, una papilla de carne de la que brotaba la sangre a chorros que se hubieran dicho bombeados. Entonces el hombre miró su brazo y murmuró:

—Perdido.

Luego, como la hemorragia formaba un charco en la cubierta, uno de los marineros gritó:

—Se está desangrando, hay que hacerle un torniquete.

Cogieron entonces un cordel, un grueso cordel pardo y embreado, y, atando el miembro por encima de la herida, apretaron con todas sus fuerzas. Los chorros de sangre se fueron deteniendo poco a poco hasta cesar del todo.

El menor de los Javel se levantó, con el brazo colgándole pegado al costado. Lo cogió con la otra mano, lo levantó, lo reviró, lo sacudió. Estaba todo destrozado, con los huesos rotos; sólo los músculos retenían aquel fragmento de su cuerpo. Él lo examinaba con mirada triste, mientras reflexionaba. Luego se sentó sobre una vela plegada, y sus compañeros le aconsejaron que se humedeciera constantemente la herida para impedir el mal negro.1

Le pusieron al lado un cubo y, minuto a minuto, sacaba con un vaso agua de él y humedecía la horrible herida derramando sobre ella un hilillo de agua clara.

—Estarías mejor abajo —le dijo su hermano.

Bajó, pero al cabo de una hora volvió a subir, porque no se sentía bien solo. Y prefería, además, el aire libre. Se sentó sobre la vela y empezó de nuevo a humedecer su brazo.

Había una buena pesca. Los grandes peces de blanco vientre yacían a su lado, sacudidos por los espasmos de la muerte; los miraba sin dejar de humedecer su carne triturada.

Cuando estaban a punto de llegar a Boulogne, se desencadenó otro temporal; y el pequeño barco reinició su loca carrera, cabeceando y empinándose, sacudiendo al triste herido.

Llegó la noche. El tiempo siguió revuelto hasta la aurora. A la salida del sol se divisaba de nuevo Inglaterra, pero, como la mar estaba menos encrespada, volvieron orzando a poner rumbo para Francia.

Hacia el atardecer, el menor de los Javel llamó a sus compañeros y les mostró unas manchas negras de putrefacción en la parte del miembro malherido.

Los marineros miraban y expresaban su parecer:

—Podría ser el mal negro —conjeturaba uno.

—Habría que echarle agua salada —sugería otro.

Trajeron el agua salada y la derramaron sobre la herida. El herido se puso lívido, sus dientes rechinaron, se retorció un poco; pero no gritó.

Luego, cuando se hubo calmado la sensación de quemazón, le dijo a su hermano:

—Dame tu cuchillo.

El hermano se lo alargó.

—Mantenme el brazo levantado, bien recto, estira.

Se hizo lo que pedía.

Entonces se puso a cortar él mismo. Cortaba despacito, con cabeza, sajando los últimos tendones con aquella hoja afilada como el filo de una navaja de afeitar; y pronto no le quedó más que un muñón. Dejó escapar un profundo suspiro y declaró:

—Era necesario. Estaba perdido.

Parecía aliviado y respiraba con fuerza. Volvió a empezar a derramar agua sobre el tronco de miembro que le quedaba.

Hizo otra mala noche y no se pudo atracar.

Cuando se hizo de día, el menor de los Javel cogió su brazo arrancado y lo examinó largamente. La putrefacción era evidente. También sus compañeros se acercaron a examinarlo, y se lo pasaban de mano en mano, palpándolo, dándole la vuelta, oliéndolo.

Su hermano dijo:

—Ahora hay que echarlo al mar.

El menor de los Javel se enfadó:

—¡Ah, no, no! No quiero. Es mío, ¿o no?, puesto que es mi brazo.

Lo cogió de nuevo y se lo colocó entre las piernas.

—Así no va a dejar de pudrirse —manifestó el mayor.

Entonces al herido se le ocurrió una idea. Para conservar el pescado cuando se pasaba largo tiempo en el mar, se apilaba en barriles llenos de sal.

Preguntó:

—Podríamos ponerlo en salmuera.

—Es verdad —declararon los otros.

Entonces vaciaron uno de los barriles, lleno ya de pescado de los últimos días; y, en el fondo, colocaron el brazo. Encima echaron sal, luego se volvió a colocar, uno a uno, los pescados.

Uno de los marineros hizo la siguiente broma:

—Con tal de que no se venda en la lonja.

Y todo el mundo rió, excepto los dos Javel.

El viento seguía soplando. Se orzó de nuevo a la vista de Boulogne hasta las diez de la mañana del día siguiente. El herido seguía sin cesar echando agua en su herida.

De vez en cuando se levantaba y caminaba de un extremo al otro del barco.

Su hermano, que estaba al timón, le seguía con la mirada mientras meneaba la cabeza.

Finalmente, entraron en el puerto.

El médico examinó la herida y declaró que estaba en buenas condiciones. Se la vendó completamente y le ordenó reposo. Pero Javel no quiso acostarse sin haber recuperado su brazo y regresó deprisa al puerto para localizar el barril que había marcado con una cruz.

Lo vaciaron delante de él y se apoderó de su miembro, bien conservado en salmuera, arrugado, enfriado. Lo envolvió en una servilleta que había traído expresamente y regresó a su casa.

Su mujer y sus hijos examinaron largamente aquel resto del padre, palpando los dedos, quitando los restos de sal que habían quedado debajo de las uñas; luego hicieron venir al ebanista que tomó la medida para un pequeño ataúd.

Al día siguiente la tripulación al completo del bou siguió el entierro del brazo cortado. Los dos hermanos, uno al lado del otro, presidían el duelo. El sacristán de la parroquia llevaba el cadáver bajo su axila.

El menor de los Javel dejó de navegar. Consiguió un modesto empleo en el puerto, y, cuando se refería más tarde a su accidente, confiaba muy bajito a su interlocutor:

—Si mi hermano hubiera querido cortar la red, yo tendría hoy todavía mi brazo, seguro. Pero él miraba por lo suyo.

 

LA SEÑORITA COCOTTE*

 

Nos disponíamos a salir del manicomio cuando en un ángulo del patio vi a un hombre alto y flaco que hacía el simulacro de llamar obstinadamente a un perro imaginario. Gritaba, con voz dulce y cariñosa: «Cocotte, mi pequeña Cocotte, ven aquí, Cocotte, ven aquí, preciosa», dándose palmadas en un muslo con la mano, como se hace para atraer a los animales. Le pregunté al médico:

—¿Quién es ése?

Me respondió:

—¡Ah!, nada interesante. Es un cochero, que se llama François, el cual se volvió loco después de haber ahogado a su perro.

Insistí:

—Cuénteme su historia. Las cosas más simples e insignificantes son a veces las que más nos llegan al corazón.

Y ésta es la historia de ese hombre, historia que se supo por entero gracias a un mozo de caballerizas, compañero suyo.

En la periferia de París vivía una familia de ricos burgueses. Habitaba una elegante quinta en medio de un parque, a orillas del Sena. El cochero era el tal François, un chico de campo, algo tosco pero buena persona, simplón y fácil de embaucar.

Un atardecer, cuando volvía a casa de sus amos, un perro empezó a seguirle. Al principio no se preocupó; pero pronto la obstinación del animal, que se había pegado a sus talones, le obligó a volver la cabeza. Lo miró, para ver si lo conocía. Pero no, no lo había visto nunca.

Era una perra de una flacura espantosa, con unas grandes mamas colgantes. Correteaba detrás de él con un aspecto lamentable y famélico, el rabo entre las piernas, las orejas pegadas a la cabeza, parándose cuando él se paraba, echando a andar de nuevo cuando él lo hacía.

Trató de ahuyentar a aquel esqueleto de bestia y gritó: «¡Largo! ¡Largo!».

Ella se alejó unos pasos, y se quedó sentada, a la espera; luego, en cuanto el cochero reanudó su marcha, ella se puso a andar de nuevo detrás de él.

Él hizo ademán de coger unas piedras; el animal huyó un poco más lejos, en medio de un gran bamboleo de sus fláccidas tetas; pero volvió en cuanto el hombre se hubo dado la vuelta.

Entonces el cochero François, compadecido, la llamó. La perra se acercó tímidamente, con el lomo arqueado y las costillas que se le marcaban bajo la piel. El hombre acarició aquellos huesos salientes y, conmovido por ese miserable animal, dijo: «¡Vamos, ven conmigo!». Inmediatamente ella agitó el rabo, al verse bien acogida, adoptada y, en lugar de quedarse pegada a las pantorrillas de su nuevo amo, se puso a correr delante de él.

La instaló en el pajar del establo; luego se fue a toda prisa a la cocina en busca de un poco de pan. Una vez que hubo comido hasta la saciedad, se durmió con la cabeza entre las patas.

Informados al día siguiente los amos por el cochero, le dieron permiso para quedársela. Era un buen animal, cariñoso y fiel, inteligente y dócil.

Pero no tardaron en advertir su terrible defecto. Estaba en celo desde principios hasta final de año. En poco tiempo conoció a todos los perros de la zona, que empezaron a rondarla día y noche. Repartía sus favores entre ellos con la indiferencia de una prostituta, hacía buenas migas con todos, llevaba tras de sí a una verdadera jauría formada por los más variados ejemplares de la raza ladradora, algunos del grosor de un puño, otros grandes como asnos. Se los llevaba por los caminos en carreras interminables y, cuando se paraba en la hierba para descansar, formaban corro en torno a ella y la contemplaban con la lengua fuera.

Los lugareños la consideraban un fenómeno, nunca habían visto una cosa igual. El veterinario no entendía nada.

Por la noche, cuando volvía a las caballerizas, la multitud de perros asediaba la casa. Se introducían por todas las aberturas del seto vivo que cercaba el parque, devastando los arriates, arrancando las flores, abriendo hoyos en los parterres, sacando de quicio al jardinero. Y ladraban noches enteras en torno al edificio donde se albergaba su amiga, sin que nada les hiciera decidirse a marcharse.

De día, penetraban hasta dentro de la casa. Era una invasión, una plaga, un desastre. Los amos se encontraban a cada momento en la escalera, y hasta en las habitaciones, gozquecillos amarillos de cola empenachada, perros de caza, bulldogs, perros lobo sin dueño todos sucios, vagabundos sin casa ni techo, enormes terranovas que asustaban a los niños.

Entonces se vio también en el lugar a perros desconocidos en diez leguas a la redonda, llegados de no se sabe dónde, que vivían no se sabía cómo y que no tardaban en desaparecer.

Sin embargo, François adoraba a Cocotte. Le había puesto el nombre de Cocotte, sin malicia, pues se tenía bien merecido su apelativo; y repetía sin cesar: «Este animal es una persona. Sólo le falta poder hablar».

Le había hecho hacer un magnífico collar de cuero rojo, con una plaquita de cobre que llevaba grabadas estas palabras: «Señorita Cocotte, propiedad del cochero François».

Se había puesto tremenda. Tan flaca como era antes lo era ahora gorda, con una panza hinchada bajo la que pendían siempre sus largas tetas bamboleantes. Había engordado de repente y ahora andaba no sin esfuerzo, con las patas abiertas como hace la gente demasiado obesa, la boca abierta para resoplar, extenuada apenas trataba de correr.

Se mostraba, por otra parte, de una fecundidad fenomenal, casi siempre preñada de nuevo tan pronto como había parido, pues daba a luz cuatro veces al año un rosario de animalitos pertenecientes a todas las variedades de la raza canina. François, tras haber elegido el destinado a «acabarse su leche», cogía a los otros en su mandil de caballerizo y, sin apiadarse, se los llevaba para tirarlos al río.

Muy pronto la cocinera se sumó a las protestas del jardinero. Se encontraba perros hasta dentro del horno, en el aparador, en la carbonera, y se zampaban todo cuanto encontraban.

El amo, perdida la paciencia, ordenó a François desembarazarse de Cocotte. El pobre hombre, desolado, trató de colocarla en alguna parte. Nadie la quiso. Entonces se mostró decidido a perderla, y se la confió a un cochero que debía abandonarla en los campos del otro lado de París, pasado Joinville-le-Pont.

Esa misma noche, Cocotte estaba de vuelta.

Había que tomar una decisión radical. Tras previo pago de cinco francos, fue entregada a un jefe de tren que se dirigía a Le Havre, que debía soltarla apenas llegar.

Tres días después volvió a las caballerizas, extenuada, agotada, desollada, sin resuello.

El amo, compadecido, no insistió.

Pero no tardaron en regresar los perros en mayor número que antes y más tenaces que nunca. Y una noche que daban una gran cena, voló un capón cebado por obra y gracia de un dogo, ante las mismas narices de la cocinera que no se atrevió a disputárselo.

Esta vez, el amo se enojó de verdad y, tras haber hecho llamar a François, le dijo airado: «Si por la mañana no has tirado al agua a este animal, te pongo de patitas en la calle, ¿entendido?».

El hombre se sintió aterrado y subió a su habitación para liar su hato, prefiriendo dejar el trabajo. Pero luego pensó que no podría encontrar trabajo en ninguna otra parte en tanto llevara tras él a ese incómodo animal; pensó que estaba en una buena casa, bien pagado, bien alimentado, y se dijo que un perro no valía el sacrificio; procuró animarse pensando en sus propios intereses; y acabó por decidir resueltamente que se desharía de Cocotte en cuanto apuntara el día.

Sin embargo, durmió mal. Al amanecer estaba ya en pie y, tras haber cogido una recia cuerda, fue a despertar a la perra. Ésta se levantó con lentitud, se sacudió, estiró los miembros y fue a hacerle fiestas a su amo.

Entonces a él le faltó el valor, y comenzó a abrazarla cariñosamente, acariciándole las largas orejas, besándola en el hocico, llamándola con todos los nombres cariñosos que conocía.

Pero un reloj cercano dio las seis. No cabían más vacilaciones. Abrió la puerta. «Vamos», dijo. El animal agitó la cola, al comprender que saldrían.

Llegaron a la orilla del río y él eligió un punto donde el agua parecía profunda. Entonces anudó un cabo de la cuerda al bonito collar de cuero y, tras coger una gran piedra, la ató al otro extremo. Luego tomó a Cocotte entre los brazos y la besó con efusión, como a una persona que se está a punto de dejar. La estrechaba contra su pecho, la acunaba, la llamaba «mi bonita Cocotte, mi pequeña Cocotte», y ella le dejaba hacer, gruñendo de placer.

Diez veces intentó tirarla, pero siempre le faltó el coraje.

De improviso se decidió y, con todas sus fuerzas, la tiró lo más lejos que pudo. Primero ella trató de nadar, como cada vez que la bañaban, pero la cabeza tirada por la piedra se hundía una vez tras otra; y lanzaba a su amo miradas extraviadas, miradas que parecían humanas, debatiéndose como una persona a punto de ahogarse. Luego toda la parte delantera del cuerpo se sumergió, mientras las patas traseras se agitaban locamente fuera del agua; por último, también ellas desaparecieron.

Entonces, durante cinco minutos, estallaron burbujas en la superficie, como si el río se hubiera puesto a hervir; y François, despavorido, enloquecido, con el corazón palpitándole, creía ver a Cocotte retorciéndose en el cieno; se decía, en su simpleza de campesino: «¿Qué pensará de mí, ahora, este pobre animal?».

Por poco no perdió la cabeza; estuvo enfermo durante un mes; y, cada noche, soñaba con su perra; sentía que lamía sus manos; la oía ladrar. Fue preciso llamar al médico. Finalmente mejoró; y sus amos, hacia finales de junio, se lo llevaron a sus tierras de Biessard, cerca de Ruán.

También allí estaba a orillas del Sena. Se puso a tomar baños. Iba cada mañana con el mozo de caballerizas, y ambos cruzaban el río a nado.

Ahora bien, un buen día, mientras se divertían bromeando en el agua, François le gritó de repente a su compañero: «Mira lo que viene. Voy a darte a probar una costilla».

Era una carroña enorme, hinchada, pelada, que venía hacia ellos, con las patas al aire siguiendo la corriente.

François se acercó con unas brazadas; y, continuando con sus bromas, dijo: «¡Cristo bendito! Fresca no está, amigo. ¡Qué peste! Pero flaca tampoco».

Y daba vueltas alrededor, manteniéndose a distancia de la enorme bestia en putrefacción.

Luego, de repente, guardó silencio y la miró con singular atención; se acercó acto seguido de nuevo como para tocarla. Examinaba fijamente el collar; luego adelantó el brazo, cogió el cuello, le dio la vuelta a la carroña, la atrajo muy cerca de él, y leyó en el cobre que había criado cardenillo y que seguía adherido al cuero descolorido: «Señorita Cocotte, propiedad del cochero François».

¡La perra muerta había reencontrado a su amo a sesenta leguas de su casa!

Él lanzó un grito espantoso y se puso a nadar con todas sus fuerzas hacia la orilla, sin dejar de dar alaridos; y, cuando hubo alcanzado tierra, totalmente desnudo como iba, escapó a campo traviesa. ¡Se había vuelto loco!

 

LAS JOYAS*

 

El señor Lantin, tras conocer a aquella muchacha en una velada, en casa de su subjefe de oficina, quedó tan cautivado de amor como si hubiera sido atrapado en una red.

Era hija de un recaudador de provincias, muerto hacía varios años. A continuación se había establecido en París con su madre, que frecuentaba a algunas familias burguesas de su barrio con la esperanza de encontrarle marido a la joven. Eran pobres y honradas, tranquilas y agradables. La muchacha parecía el modelo perfecto de mujer honesta a la que un joven sensato sueña confiar su vida. Su modesta belleza poseía el encanto de un pudor angélico, y la imperceptible sonrisa que nunca abandonaba sus labios parecía un reflejo de su corazón.

Todos cantaban sus alabanzas; todos los que la conocían repetían sin cesar: «Dichoso el que se la lleve. Imposible encontrar a una mejor».

El señor Lantin, que entonces era oficial de primera en el Ministerio del Interior, con un sueldo anual de tres mil quinientos francos, pidió su mano y se casaron.

Fue increíblemente feliz a su lado. Ella gobernó la casa con tan hábil sentido de la economía que parecía que vivieran con lujo. No había atenciones, delicadezas, carantoñas que no prodigara a su marido; y su seducción personal era tan grande que él, seis años después de su primer encuentro, la amaba aún más que los primeros días.

Únicamente le reprochaba dos costumbres, la del teatro y la de las joyas falsas.

Sus amigas (conocía a algunas mujeres de modestos funcionarios) le proporcionaban de continuo invitaciones a palcos para las comedias de éxito, incluso para los estrenos; y ella arrastraba, de buen o mal grado, a su marido a esas diversiones que le fatigaban espantosamente después de su jornada laboral. Entonces él le suplicó que fuera a los espectáculos con alguna señora conocida, que la acompañase luego de vuelta a casa. Ella se resistió largo tiempo antes de ceder, considerándolo inconveniente. Al final se decidió, para complacerle, y él le estuvo infinitamente agradecido.

Ahora bien, muy pronto este gusto por el teatro hizo nacer en ella la necesidad de engalanarse. Sus atavíos siguieron siendo muy sencillos, siempre de buen gusto pero modestos; y su dulce, irresistible gracia, humilde y risueña, parecía adquirir un sabor nuevo gracias a la sencillez de sus vestidos; pero adquirió la costumbre de colgar de sus orejas dos gruesas piedras del Rin que semejaban diamantes, y de llevar collares de perlas falsas, pulseras de similor, peinetas adornadas con abalorios varios imitando piedras finas.

Su marido, un tanto molesto por ese gusto por el oropel, repetía a menudo:

—Querida, cuando no se cuenta con medios para comprarse joyas auténticas, una no se muestra sino adornada con su belleza y su gracia, que son siempre las joyas más preciosas.

Pero ella sonreía con dulzura y respondía:

—¿Qué quieres que le haga? Me gusta. Es mi vicio. Sabes que, aunque tienes razón, no puedo cambiar. ¡Me hubiera gustado tanto tener joyas!

Y se pasaba entre los dedos los collares de perlas, hacía espejear las facetas de los cristales tallados, diciendo:

—Mira lo bien hechas que están. Juraría uno que son auténticas.

Él sonreía declarando:

—Tienes gustos de zíngara.

Algunas veces por la noche, cuando estaban sentados los dos al amor del fuego, ella sacaba a la mesa donde tomaban el té la caja de tafilete en la que guardaba bajo llave las «baratijas», en palabras del señor Lantin; y se ponía a examinar esas joyas de imitación con apasionada atención, como si hubiera saboreado algún secreto y profundo placer; y se empeñaba en poner a la fuerza un collar en torno al cuello de su marido, y acto seguido se reía con ganas, exclamando: «¡Qué gracioso estás!». Luego se echaba en sus brazos y le besaba con pasión.

Una noche de invierno volvió de la Ópera aterida de frío. Al día siguiente tosía. Ocho días después moría de una pleuresía.

A punto estuvo Lantin de seguirla a la tumba. Fue tal su desesperación que, en un mes, encaneció. Lloraba de la mañana a la noche, con el alma desgarrada por un sufrimiento insoportable, perseguido por el recuerdo, la sonrisa, la voz, por todos los encantos de la difunta.

El tiempo no aplacó el dolor. A menudo, durante las horas de oficina, mientras sus colegas comentaban las cosas del día, se veía a menudo hincharse sus mejillas, arrugarse su nariz, humedecerse sus ojos; hacía una mueca espantosa y comenzaba a sollozar.

Había dejado intacta la habitación de su compañera y se encerraba allí todos los días para pensar en ella; y todos los muebles, sus mismos vestidos seguían estando en su sitio tal como se encontraban en su último día.

Pero la vida comenzaba a volverse dura para él. Su sueldo, que en manos de su mujer bastaba para todas las necesidades de la casa, era insuficiente ahora para él solo. Se preguntaba con asombro cómo había conseguido ella ingeniárselas para darle de beber siempre unos vinos exquisitos y de comer unos platos deliciosos, que ahora no lograba procurarse ya con sus modestos ingresos.

Contrajo algunas deudas y se preocupó por el dinero como todas las personas que se ven obligadas a vivir del cuento. Finalmente una mañana, encontrándose con los bolsillos vacíos una semana antes de que terminara el mes, pensó en vender alguna cosa; y enseguida se le ocurrió desembarazarse de las «baratijas» de su mujer, porque en el fondo de su corazón le había quedado una especie de rencor por aquellas «engañifas» que antaño le irritaban. El simple hecho de verlas, cada día, le arruinaba un poco el recuerdo de su amada.

Buscó largo rato entre el montón de oropel que ella había dejado, porque hasta los últimos días de su vida había seguido obstinadamente comprando, trayendo algo nuevo casi cada tarde; y se decidió por el gran collar, que parecía ser el preferido de ella, pensando que podía valer siete u ocho francos, porque, para ser falso, era un trabajo de filigrana.

Se lo metió en el bolsillo y se dirigió hacia el Ministerio pasando por los bulevares y buscando una joyería que le inspirase confianza.

Encontró por fin una y entró, un tanto avergonzado por mostrar su miseria de este modo, yendo a vender un objeto de tan escaso valor.

—Caballero —le dijo al vendedor—, quisiera saber en cuánto valora usted esto.

El hombre lo cogió, lo examinó, le dio la vuelta, lo sopesó, cogió una lente, llamó al encargado, le hizo algunos comentarios en voz baja, dejó el collar sobre el mostrador y lo miró a distancia para juzgar mejor el efecto.

El señor Lantin, incómodo por todas aquellas ceremonias, abrió la boca para decir: «Oh, sé muy bien que no vale nada…» cuando el joyero dijo:

—Este collar, caballero, vale de doce a quince mil francos, pero no puedo comprarlo si no me indica su proveniencia exacta.

El viudo puso unos ojos como platos y se quedó con la boca abierta, sin comprender. Finalmente, balbució:

—Pero, de verdad, ¿está usted seguro?

El otro interpretó mal su asombro y dijo con toco seco:

—Puede usted ir a otra parte para ver si le ofrecen más por él. Para mí, vale a lo sumo quince mil francos. Siempre puede volver si no encuentra una oferta mejor.

El señor Lantin, completamente anonadado, cogió el collar y se fue, obedeciendo a una confusa necesidad de estar solo y de reflexionar.

Pero, apenas en la calle, le entraron ganas de reír y se dijo: «¡Qué imbécil, oh, pero qué imbécil he sido! ¡Hubiera tenido que tomarle la palabra! Un joyero que no es capaz siquiera de distinguir lo verdadero de lo falso».

Entró en otra joyería, al principio de la rue de la Paix. Apenas hubo visto la pieza, el joyero exclamó:

—¡Ah!, caramba, conozco muy bien este collar; salió de aquí.

El señor Lantin, muy turbado, preguntó:

—¿Cuánto vale?

—Señor, yo lo vendí por veinticinco mil. Estoy dispuesto a recomprarlo por dieciocho mil, cuando usted me haya indicado, en cumplimiento de las prescripciones legales, cómo llegó a sus manos.

Esta vez el señor Lantin tuvo que sentarse, anonadado por el asombro.

—Pero…, pero examínelo muy atentamente, señor, hasta hoy lo había creído… falso.

El joyero prosiguió:

—¿Le importaría decirme cómo se llama, señor?

—En absoluto. Me llamo Lantin, y soy empleado del Ministerio del Interior, vivo en el número dieciséis de la rue des Martyrs.

El vendedor abrió sus registros, buscó y dijo:

—En efecto, este collar fue mandado a la dirección de la señora Lantin, rue des Martyrs número dieciséis, el veinte de julio de mil ochocientos setenta y seis.

Y los dos hombres se miraron a los ojos, el funcionario trastornado por la sorpresa, el joyero oliéndose un ladrón.

Este último añadió:

—¿Puede dejármelo sólo por veinticuatro horas? Le hago un resguardo.

El señor Lantin balbució:

—Sí, sí…, por supuesto.

Y salió con la hojita, que dobló y se guardó en el bolsillo.

Luego atravesó la calle, subió por ella, advirtió que se había equivocado de camino, volvió a bajar hasta las Tullerías, cruzó el Sena, se dio cuenta de que se había equivocado de nuevo, volvió a los Campos Elíseos sin tener en la cabeza una idea clara. Trataba de razonar, de comprender. Su mujer no había podido comprar un objeto de tanto valor. Sin duda no. ¡Entonces era un regalo! ¿Un regalo? Pero ¿un regalo de quién? ¿Y por qué?

Se había parado, inmóvil en medio de la avenida. La duda terrible afloró. ¿Ella? Entonces, ¿también todas las demás joyas eran regalos? Le pareció que la tierra temblaba bajo sus pies; que un árbol, delante de él, caía; extendió los brazos y se desplomó, sin sentido.

Recuperó el conocimiento en una botica adonde le habían llevado unos paseantes. Pidió que le llevaran a su casa, y se encerró.

Lloró hasta la noche con desespero, mordiendo un pañuelo para no dar alaridos. Luego se acostó, roto de cansancio y de dolor, y durmió con un sueño pesado.

Le despertó un rayo de sol y se levantó lentamente para ir al Ministerio. Tras semejante impacto era difícil ponerse de nuevo a trabajar. Pensó que podría excusarse con su jefe de oficina, y le escribió. Luego pensó que debía volver a la joyería; y se ruborizó de vergüenza. Se quedó largo rato reflexionando. De todas formas, no podía dejar el collar en la tienda de aquel hombre. Se vistió y salió.

Hacía un bonito día, el cielo azul se extendía sobre la ciudad que parecía sonreír. Algunos paseantes iban delante de él con las manos en los bolsillos.

Lantin se dijo, mirándoles pasar: «¡Dichoso del que tiene fortuna! Con dinero se pueden olvidar hasta las penas, ir a donde se quiera, viajar, distraerse. ¡Oh! ¡Si fuera rico!».

Se dio cuenta de que tenía hambre, porque estaba en ayunas desde hacía dos días. Pero tenía los bolsillos vacíos, y se acordó del collar. ¡Dieciocho mil francos! ¡Dieciocho mil francos! ¡Aquello sí que era una buena suma!

Llegó a la rue de la Paix y comenzó a pasear arriba y abajo por la acera, por delante de la tienda. ¡Dieciocho mil francos! Veinte veces estuvo a punto de entrar, refrenado siempre por la vergüenza.

Pero tenía hambre, mucha hambre, y ni un céntimo siquiera en el bolsillo. De pronto se decidió, atravesó a la carrera la calle para no darse tiempo a reflexionar y se precipitó dentro de la joyería.

Apenas le hubo visto, el vendedor acudió solícito, le ofreció una silla con sonriente cortesía. También vinieron los dependientes, y miraban de soslayo a Lantin, con un asomo de regocijo en los labios y en los ojos.

El joyero declaró:

—Me he informado, señor, y si no ha cambiado usted de idea, estoy dispuesto a pagarle la suma que le propuse.

—Por supuesto —balbució el empleado.

El joyero sacó de un cajón dieciocho grandes billetes, los contó, se los alargó a Lantin, que firmó un pequeño acuse de recibo y se metió con mano temblorosa el dinero en el bolsillo.

Luego, cuando se disponía a salir, se volvió hacia el vendedor que seguía sonriendo, y, bajando los ojos, dijo:

—Tengo…, tengo otras joyas…, que recibí de la misma herencia. ¿Estaría también dispuesto a adquirirlas?

El vendedor hizo una inclinación:

—Por supuesto, señor.

Uno de los encargados salió, para reírse más a sus anchas; otro se sonaba ruidosamente.

Lantin, impasible, rojo y serio, dijo:

—Ahora mismo se las traigo.

Y cogió un coche para ir a recoger las joyas.

Cuando, una hora después, volvió a la tienda, no había comido aún. Comenzaron a examinar las joyas una por una, valorándolas. Provenían casi todas de aquella joyería.

Ahora Lantin discutía las tasaciones, se encolerizaba, pretendía ver los registros de venta y, a medida que la suma aumentaba, hablaba con voz cada vez más alta.

Los grandes pendientes de brillantes valían veinte mil francos, las pulseras treinta y cinco mil, los broches, las sortijas y los medallones dieciséis mil, un aderezo de esmeraldas y de zafiros catorce mil; el total ascendía a la suma de ciento noventa y seis mil francos.

El vendedor dijo, con burlona bonachonería:

—No está nada mal para una persona que se gastaba en joyas todos sus ahorros.

Lantin dijo con seriedad:

—Es una manera como otra cualquiera de invertir el dinero.

Y se fue, tras haber acordado con el comprador un peritaje de comprobación para el día siguiente.

Apenas estuvo en la calle miró la column Vendôme con ganas de escalarla, como si fuera el palo de la cucaña. Y se sentía tan ligero que habría saltado a pie juntillas la estatua del emperador encaramada allá arriba en el cielo.

Se fue a comer a Voisin y bebió vino de veinte francos la botella.

Luego tomó un coche y se dio una vuelta por el Bois de Boulogne. Miraba los otros coches con un cierto desprecio, deseoso de gritar a los que pasaban: «También yo soy rico. ¡Tengo doscientos mil francos!».

Le vino a la mente el Ministerio. Se hizo llevar a él, entró resueltamente en el despacho de su jefe y anunció:

—Señor, vengo a presentar mi baja. He heredado trescientos mil francos.

Fue a despedirse de sus ex colegas, haciéndoles partícipes de sus planes de llevar una nueva vida; luego se fue a comer al Café Anglais.

Encontrándose al lado de un señor que le pareció refinado, no pudo reprimirse el confiarle, con una cierta coquetería, que acababa de heredar cuatrocientos mil francos.

Por primera vez en su vida no se aburrió en el teatro, y pasó la noche con algunas chicas de vida alegre.

Seis meses más tarde se volvía a casar. Su segunda mujer era la honestidad personificada, pero tenía un carácter difícil. Le hizo sufrir mucho.

 

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