© Libro N° 6000.
H. G. Wells, Aspectos De Una Vida. West, Anthony. Emancipación. Mayo 11 de 2019.
Título
original: © «H, G. Wells:
Aspects of a Life//
Versión Original: © H. G. Wells, Aspectos De Una Vida. Anthony West
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
H. G. WELLS, ASPECTOS DE UNA VIDA
Anthony
West
INDICE
AGRADECIMIENTOS
He contraído una profunda
deuda con G. P. Wells y con Amber Blanco White por la información que me
proporcionaron sobre mi padre, valiosísima y fundamental de cara a la
interpretación de su carácter y su conducta que se ofrece en este libro.
Frank Wells, E. S. P. Haynes, Odette
Keun y Moura Budberg también me proporcionaron, los cuatro antes de morir,
importantes ayudas, sólo que algo menos vitales para mi comprensión de su
persona. Mi madre, Rebecca West, así como Dorothy Richardson y Edward Pease,
antiguo secretario de la Sociedad Fabiana, me ayudaron mucho, pero de manera
harto diferente. Mary Ceibert, de la Sala de Libros Raros de la Biblioteca de
la Universidad de Illinois, en Champaign-Urbana, fue en todo momento un dechado
de cortesía y de eficacia al dar cumplida cuenta de cuantos favores le solicité
para dar con el mejor camino que me llevase al Archivo Wells.
Fisher's Island, 1983 A.P.W.
Capítulo I
«... se ocultaba entonces
bajo una animada superficie de actividades diversas con las que Mr. Direck se
había familiarizado; de la última de ellas había surgido todo un sistema de
aflicciones difícil de abarcar, la octava de estas aventuras digresivas...»
Mr. Bulling Sees It Through
Mientras estaba a punto de
venir yo a este mundo, durante los primeros minutos del 5 de agosto de 1914, mi
padre no estaba en disposición de proporcionar a mi madre su consuelo y su
respaldo. Hallábase en otra parte, su atención concentrada por entero en otro
asunto. En esos precisos minutos, un jovencísimo Harold Nicolson atravesaba a
paso firme St. James's Park, en Londres. Iba de camino desde el Ministerio de
Asuntos Exteriores a la Embajada de Alemania, sita entonces en Garitón House
Terrace, y llevaba consigo los pasaportes del embajador y del personal de la
embajada. El plazo del ultimátum que había dado el Gobierno británico al
Gobierno alemán había expirado a medianoche, momento desde el cual ambos países
habían entrado en guerra. Mi padre, H. G. Wells, se dedicaba a dar las últimas
pinceladas a un artículo en el que comentaba el significado de esta catástrofe,
un artículo que habría de ser el primero de una serie de doce que ya había
colocado al Daily Chronicle en Inglaterra y que confiaba vender también a un
sindicato de prensa norteamericano.
A mi padre no le había
cogido por sorpresa la ruptura de las hostilidades. Era una de tantas otras
personas que habían visto venir la guerra desde varios años antes, y a medida
que notó que se extendía el conflicto por los Balcanes, a medida que iban implicándose
las grandes potencias, ya desde finales de junio, fue dedicándole cada vez más
atención. No pensaba que fuese posible evitar la guerra, y de ninguna manera
quería creer que la guerra resultase a la larga un acontecimiento fútil.
Confiaba en que sirviera para algo más que para enseñar a los alemanes que
ninguna agresión sale a cuenta, y también en que su costo probable y los
indudables horrores que traería consigo pusieran fin a la época de la
competencia nacionalista. Lo que deseaba ver terminado, destruido de una vez
por todas, no era sólo la Alemania de los Junkers y del expansionismo de
Bismarck; ansiaba ver arrasado de todo el escenario europeo la. totalidad del
antiguo sistema monárquico y militarista. No es que fuese una persona de
estrechas miras anti-germanas, sino que detestaba en pleno a la casta de los
empenachados, los engualdrapados, los acorazados, los príncipes y grandes
duques, los archiduques de casco y corona que representaban en el fondo todas
las divisiones de Europa, y confiaba en que la guerra trajera a la postre el
fin de todos ellos.
Mientras mi padre trabajaba
en su artículo, en la tranquilidad de una noche de verano, mentalmente se
adelantaba en lo posible a la hora que estaba viviendo. Cuando hubiese
terminado la guerra, se presentaría la oportunidad de crear un nuevo orden en
Europa. Vencedores y vencidos tendrían que reunirse y fundar una Liga de
Naciones. Una de las funciones primordiales de esta institución habría de ser
la de constituir un foro en el cual pudiera desarrollarse una diplomacia
abierta; sería algo equivalente a un parlamento internacional. Otra de sus
funciones habría de ser la organización de una fuerza internacional, encargada
de mantener la paz. Si un cuerpo de tales características pudiera disfrutar de
una existencia activa y permanente, tal vez las guerras de agresión pasaran a
ser reliquia del pasado. Cualquier ataque contra cualquier nación equivaldría a
un asalto contra la totalidad de la comunidad internacional; así, la agresión
sería a ciencia cierta caballo perdedor. Si los hombres se pusieran a trabajar
con todo su empeño cuando hubiese terminado la guerra, tal vez nunca más
volviese a darse ninguna guerra entre dos naciones.
Mi padre intuyó que se le
había ocurrido el título perfecto para el artículo que acababa de concluir. Lo
anotó y se dio cuenta de que le complacía: «The War That Will End War» («La
guerra que pondrá fin a la guerra.») Apagó las luces de su estudio y subió a la
primera planta, dispuesto a acostarse. Estaba alojado en Easton Glebe, la
espaciosa y placentera vieja rectoría de una minúscula aldea próxima a Great
Dummow, en el condado de Essex, al nordeste de Londres, lugar en el que había
residido con su esposa Jane y sus dos hijos desde 1912. Mi madre en cambio se
encontraba a un centenar de millas de distancia, al otro extremo de East
Anglia, en unos atildados aposentos, en Hunstanton, condado de Norfolk. La
acompañaban una hermana suya y una amiga. No estaba casada, y empezaba a darse
cuenta de su difícil situación.
Mi madre tenía diecinueve
años, y cuando conoció a mi padre, en 1912, era veintiséis años más joven que
él. Había querido ser actriz, y durante aquella época adoptó diversos
seudónimos, desde Cicily Fairfield hasta Rebecca West. Este seudónimo fue un
acto de homenaje a Henrik Ibsen, cuya obra Rosmersholm le había afectado
profundamente. Era una joven provinciana, de origen mixto, escocés y
nordirlandés, que se había criado en Edimburgo. Cuando conoció a mi padre,
llevaba casi cuatro años viviendo en la zona de Hampstead Garden, en Londres,
con su madre y sus dos hermanas. Había cursado estudios en la Royal Academy of
Dramatic Arts durante un par de años, y había viajado algo, pero estaba a punto
de descartar sus ambiciones teatrales y sacrificarlas en aras de sus ambiciones
literarias, por cierto muy considerables. Una fotografía realizada poco después
que mi padre irrumpiese en su vida la muestra en actitud desafiante junto a un
busto de Dante Alighieri. La fotografía da a entender que ella deseaba que se
hiciese la hipotética comparación, al tiempo que proclama ante el mundillo
literario de la época que pronto habrá que tener en cuenta a una nueva figura
de primerísima fila.
Mi madre hizo sus primeros
pinitos de escritora redactando recensiones para un semanario feminista radical
llamado The Freewoman; la directora del mismo, algo más esnob de lo debido,
consideraba el derecho al voto una simple cuestión de segundo orden. En esta
publicación de corte marginal publicó una recensión que era en realidad un
vapuleo en toda regla de aquella novela de mi padre titulada Marriage[1]
(Matrimonio), en la cual arremetía contra las ideas del autor respecto a las
mujeres. Fue un artículo sin duda vivaz, que despertó la curiosidad de mi padre
e hizo gracia a Jane Wells, a resultas de lo cual la invitaron a pasar un fin
de semana con ellos, en su casa de Easton Glebe.
Lo que ocurrió con exactitud
tras aquella visita es algo que no tengo ni mucho menos claro, aunque sí es
evidente que mi madre tomó la iniciativa. Los originales de las cartas que
escribió a mi padre antes de que propiamente diese comienzo su aventura no han
sobrevivido, pero las copias que con notorio pundonor ella hizo y conservó
celosamente no dejan lugar a ninguna duda. Aunque el tono de aquellas cartas
recuerde el de una novela rusa del siglo pasado que hubiese sido tamizada por
la mentalidad de un Woody Allen, no conviene pasarlas por alto a la ligera.
Dejan patente su intención de involucrarse sentimentalmente, y a ser posible de
manera monumental, con mi padre. Ella le apremió entonces a emprender los dos
juntos un grand amour, una de esas historias que constituyen la
sustancia de las biografías románticas de los grandes personajes.
Las contestaciones de mi
padre a aquellas cartas -al principio una simple maniobra de retroceso, y
luego, con un candor cuya única intención solamente pudo haber sido disuasoria,
una afirmación tajante de hasta qué punto, por cierto que muy limitado, estaba
dispuesto a mostrarse accesible no dan pie a concebir la menor duda acerca de
su postura[2]. Si no
quedase más remedio que tener una aventura con ella, por fuerza tendría que
tratarse de algo que de ninguna manera pudiera tomarse demasiado en serio; al
contrario, tenía que prevalecer un tono de ligereza: ella tenía que recordar en
todo momento que se trataba única y exclusivamente de que dos personas habían
descubierto una mutua atracción física y se habían emparejado única y
exclusivamente porque sí. Además, aquella aventura no debía durar. Mi padre fue
explícito en este particular. Cuando por fin le escribió para comunicarle, casi
con estas mismas palabras, que «muy bien, sea. Si insistes... », lo dijo a las
claras: ella debía comprender que el horizonte que él adjudicaba a su historia,
la localización de su punto de fuga conceptual, nunca iría más allá de su
próximo cambio de humor. Tenía que ser algo ante todo entretenido; de otro modo
ninguna relación sería posible. Él haría cuanto estuviese en su mano para no
causarle ningún daño, pero ella tenía que tener en mente que tan pronto a él le
resultara su aventura aburrida o tediosa, la abandonaría sin pensárselo dos
veces. Y ahí se habría acabado todo.
Cuando mi padre propuso
mantener su relación en estos términos tan tentadoramente acomodaticios, no
tenía ni la más remota idea de que mi madre era una de las personas mejor
dotadas de su generación, ni sabía tampoco que a su debido tiempo se la iba a
respetar por ser una mujer pertrechada con una inteligencia casi pareja a la
suya, e incluso de un ingenio más vivaracho y más penetrante. Todas estas
cosas, para él, todavía no fueron de ninguna manera discernibles. En aquella
época, ella estaba profundamente envuelta en una crisis postadolescente de una
gravedad poco común, y se mostraba encerrada en sí misma hasta extremos
insospechados. Cuando se conocieron, cuando empezaron a ser amantes, ella no le
sorprendió por ser la brillante y entretenida conversadora, la maravillosa
compañera en que iba a convertirse a la larga. Sus encuentros estuvieron
sembrados, evidentemente, de una inequívoca y mutua torpeza. Ella había
aparecido revestida del papel de la mujer completamente liberada, y al
interpretar su papel se había excedido un tanto. A mi padre le había parecido
una joven afectada, tontuela, pretenciosa. Él consumó la ruptura[3] por
carta, y quiso poner fin a toda correspondencia mutua con una gélida reprensión
tan pronto ella emitió una sola protesta. Ella gozaba de las simpatías de él,
pero hasta que se mostrase de acuerdo en tomarse la relación muy a la ligera
era obligatorio el adiós.
No se volvieron a ver hasta
que ella hizo otra crítica de una de sus novelas. Esta vez le tocó en suerte
The Passionate Friends (Amigos apasionados). En su crítica, ella dejó caer de
pasada la observación de que, efectivamente, podían darse determinadas circunstancias
en las cuales fuese lícito tomarse el sexo a la ligera y «no dedicar mayor
consideración a dos amantes que se separan que la que se dedica al hecho de que
la primavera abandone esta tierra a comienzos del mes de junio». Esta
observación a él le hizo pensar que ella era entonces más proclive a una llana
aceptación de las reglas elementales que él había establecido para gobernar sus
aventuras amorosas; al menos, lo estaba más de lo que él había creído, con lo
cual decidió que, si ella sentía aún aquella inclinación, estaba dispuesto a
darle una segunda oportunidad.
Hay algo un tanto ominoso en
el hecho de que fuese la crítica que ella escribiera sobre esta novela en
concreto la que sirvió para revivir en él su interés por ella. Al margen de lo
que pueda suponer dentro de la literatura, se trata de un libro cuando menos
obsesionante para quien conozca ciertos detalles de la vida de mi padre. Cuando
lo escribió, se esforzaba por quitarse de encima una pena muy honda. Había
amado a Amber Reeves[4], la
joven que le dio una hija el último día de 1909, con toda la plenitud de que
era capaz de amar, y fue el dolor de su pérdida lo que le proporcionó la
sustancia de su novela.
Amber Reeves había encarnado
el ideal de mi padre respecto de lo que debiera ser una mujer liberada. Sus
amables y bienintencionados padres habían defendido concepciones muy avanzadas
en este sentido. La habían educado en el convencimiento de que debía consultar
con su conciencia antes que con su conocimiento de las convenciones siempre que
tuviese que escoger entre una modalidad de conducta y otra. Ella se había
educado con una mentalidad despierta, extravertida, generosa, valerosa, tal
como habían confiado sus padres. Pero era también bastante terca, exactamente
igual que lo había sido su madre y, tal y como suele ser el caso de muchas
jóvenes inteligentes, a medida que fue creciendo sintió mayor interés por sus
mayores que por la compañía de los miembros de su propia generación. Primero
conoció a mi padre porque era amigo de los suyos, y se hizo amiga de él sin
haber cumplido aún los veinte años. Fue conociéndole mejor cuando empezó sus
estudios en Cambridge, cuando ya empezaba a considerarse una mujer. Al
descubrir que le quería, al tener la certeza de que él sentía idéntica
atracción por ella, consultó con su conciencia, la cual le indicó que no tenía
ninguna importancia el que ella acabase de cumplir veinte años y él tuviese
casi cuarenta, aparte de creer que no había nada malo en el hecho de ser su
amante. Ella consideraba el deseo físico como algo saludable y natural, y no
vio que existiera ninguna razón para rehuirlo tan pronto lo empezó a
experimentar. Le encantaba la compañía de mi padre, en quien descubrió un
amante adorable. No sintió malestar ni temor cuando le resultó evidente, al
cabo de un tiempo de ser amantes, que estaba embarazada.
Fue, una vez más,
consecuencia de su educación. Desde su más tierna infancia había oído a su
madre y a las amigas de su madre hablar de la nueva mujer y de los derechos de
la nueva mujer a vivir su vida como le viniese en gana. Sintió que, tanto si
tenía en cuenta las convenciones al uso como si no, debería disponer de la
libertad necesaria para ser una madre soltera si ése fuera su deseo. Cuando sus
padres tuvieron noticia de su estado y supieron cuáles eran sus intenciones se
quedaron abrumados. Nunca se habían propuesto que su hija confundiera los
principios con la práctica, nunca habían soñado siquiera que su hija iba en
realidad a hacer lo que ellos a lo sumo sólo habían deseado que se sintiera
libre de hacer. Ella hizo al pie de la letra una lectura literal de los que
eran a su parecer principios esenciales de dicha libertad. Con el corazón hecho
trizas, perplejos, sus padres montaron en cólera contra mi padre por lo que, en
su opinión, no había sido más que una cínica maniobra para aprovecharse de la ingenuidad
de su hija. Ella escapó a Francia con él, para distanciarse de aquella fea
disputa y de la presión subsiguiente, y para dar a sus padres tiempo suficiente
para que se recuperasen del revés sufrido.
Mi padre instaló a Amber
Reeves en una desgarbada villa, apta si acaso para pasar unas vacaciones, en Le
Touquet. Al vivir con él y entre desconocidos, en el extranjero, ella hizo unos
cuantos descubrimientos acerca de él y acerca de sí misma. Nunca se había
parado a pensar ni un minuto en el arte de gobernar una casa, y no tenía ningún
deseo de aprenderlo. Él no pudo soportar la indiferencia casi sacrílega de que
ella hacía gala en lo tocante a las comodidades más elementales. Y no tardó en
viajar de un lado a otro del Canal a toda velocidad, ausentándose a veces
durante varios días, para refugiarse de la superficialidad de Amber Reeves con
Jane Wells, quien tan maravillosamente sabía cuidar siempre de él, aparte de
administrar sus asuntos literarios y financieros con auténtica eficacia. Amber
Reeves terminó por comprender aquellas ausencias en profundidad y en toda su
amplitud una noche en que se pasó varias horas tendida al pie de la empinada
escalera de la villa. Mi padre se hallaba en Inglaterra, con Jane, y ella se
había quedado sola. Había tenido la mala suerte de caerse por la escalera
cuando iba al cuarto de baño, en plena oscuridad. Cuando hizo un esfuerzo por
levantarse, un intenso dolor de espalda le indicó la conveniencia de quedarse
donde estaba. Y allí se quedó, preguntándose cuál sería el alcance de su
lesión, preguntándose si el bebé no habría sufrido las consecuencias, hasta que
por la mañana llegó la mujer de la limpieza. A medida que fueron pasando las
horas, terminó por darse cuenta de que conocía a Jane Wells casi tan bien como
conocía a mi padre, y de que en realidad entendía aquella relación mucho mejor
de lo que hasta la fecha había estado dispuesta a reconocer. Formaban una
pareja ideal y equilibrada: así como Jane Wells era una mujer que, por la razón
que fuese, necesitaba un marido cuya infidelidad para con ella, con una mujer
tras otra, pudiese dar por sentada, también era él un hombre que necesitaba
tener a una mujer en el centro de su vida, una mujer capaz de perdonar sus
interminables infidelidades y de procurarle apoyo afectivo en esas etapas que
separaban una ausencia de otra, en los interludios entre una persecución y la
siguiente. Amber no tenía ni la más remota intención de desbaratar los planes
de Jane Wells; no tenía ningunas ganas de participar en su juego, y menos aún
de echarlo a perder. Y en su soledad se había dado cuenta como nunca hasta
entonces de cuan profundamente convencionales, cuan ajenos a la aventura eran
en realidad sus padres, por mucho hincapié que hiciesen en sus concepciones
liberales y avanzadas; se dio cuenta del espantoso quebradero de cabeza que les
había causado, y de lo mucho que, pese a todo, le complacían. No tenía ningunas
ganas de pisotear sus sentimientos.
Cuando mi padre volvió a Le
Touquet estaba de un pésimo humor. Le cansaba cruzar a la carrera el Canal, ir
y venir a todas horas. Y se lo dijo a Amber. Ella contestó que, efectivamente,
todo aquello iba poniéndose cada vez más imposible. Él le preguntó, en ese
caso, cuáles eran sus deseos. Ella le dijo que no tenía ni idea. No alcanzaba a
ver de qué forma podría continuar junto a él, ni mucho menos cómo podría
dejarlo. Él le soltó a botepronto que se estaba portando de forma pueril y muy
poco realista. Discutieron largo y tendido la cuestión hasta haber armado sin
darse cuenta una auténtica trifulca. Con furia glacial, él le dijo que si no
era capaz de sacar adelante aquello en !o que se había embarcado, era
preferible que saliera por la puerta falsa y que se casara con el joven Rivers
Blanco White, quien en ningún momento había dejado de solicitar sus favores. A
ella le dejó pasmada esta sugerencia. ¿Estaba pidiéndole mi padre que se casara
con un hombre por el cual no sentía nada en particular, simplemente para que
los dos sortearan una dificultad social de cierta envergadura? ¡Acto seguido le
recomendaría que se prostituyera! Él se dejó llevar por un estallido de cólera.
La llamó imbécil; la tachó de imbécil de cabo a rabo. Ella no entendió ni
palabra.
Mi padre regresó a
Inglaterra aquel mismo día, dejando a su elección seguirle o no: eso no era
asunto suyo. Y ella, por su parte, no disponía de muchas opciones. Por el
momento, no se le ocurría ninguna otra cosa que hacer. Ni siquiera tenía la
seguridad de que pudiera contar con Blanco White. Era un joven abogado, poco
mayor que ella misma. No hacía todavía mucho tiempo que le pidió que se casara
con él, y se había portado como todo un caballero cuando ella rechazó su
petición. Él le dijo que todo lo que sentía por ella no iba a cambiar, y que si
en algún momento se encontraba en un aprieto no dudase en acudir en su busca,
porque estaba dispuesto a hacer por ella cualquier cosa. Claro que todo eso,
evidentemente, era lo que se decía en tales ocasiones. ¿Habría alguien que,
llegado el caso, fuese de veras tan noble?
En el paquebote en que cruzó
el Canal no dejó de pasear de un lado a otro, preguntándose qué debería decirle
a Blanco White si, en efecto, estuviese en Newhaven. Lo primero que debería
decirle, antes que nada y por honor, era que seguía sin amarle; lo segundo, que
esperaba un niño de otro hombre; en tercer lugar, que quería por todos los
medios tener ese niño. Sus dudas la abrumaban. Se le ocurrió que algo tendría
que haber, algo que pudiese decirle al pobre Rivers, algo que de una u otra
forma pudiese hacer y que no lo arrastrase a su desastre personal...
Un joven camarero que había
estado observando sus agitados movimientos durante un buen rato, leyó en su
rostro lo que estaba pensando y se anticipó a su acción agarrándola de la
muñeca y llevándosela a rastras hasta encerrarla en un camarote vacío. Regresó
momentos después con la gran panacea universal de los ingleses, una taza de té
bien caliente. Mientras ella tomaba el té el camarero hizo alguna observación,
por lo demás completamente trivial, acerca de que nada, sin importar qué,
podría resultar tan negativo ni tan desastroso como ella pensaba, y esa
observación a ella le dio de lleno y le devolvió la confianza. A la postre, las
cosas no fueron nada mal. Rivers Blanco White la estaba esperando en Newhaven,
tras la barrera del puesto de aduanas, y demostró estar a la altura de su
palabra. Hizo de Amber Reeves su esposa a finales de julio, de forma que pudo
afrontar los últimos cinco meses de su embarazo con la seguridad de ser ya una
mujer desposada.
Los padres de Amber Reeves
se quedaron encantados. Creyeron que por fin su hija había recuperado la
cordura y que había roto relaciones con mi padre. Se sintieron ultrajados al
enterarse de que mi padre corría con el pago del alquiler de la atractiva casa
de campo de Woldingham, Surrey, en la que se había instalado la pareja, aparte
de que mi padre pasaba allí buena parte de su tiempo con conocimiento y
aquiescencia del yerno. Al padre de Amber Reeves este descubrimiento le resultó
particularmente difícil de tragar. Se persuadió de que se había urdido una
elaborada trama con objeto de engañarle, y se encolerizó con su hija y con mi
padre mucho más que hasta la fecha. Le dio por hablar de ellos tildándolos de
»Wells y su concubina» y, con una actitud mental compleja a más no poder,
aparte de rastrera, se puso a contar a todo aquel que quisiera escucharle todo
cuanto sabía e imaginaba de sus desvergonzadas y abominables prácticas.
La furia de William Pember
Reeves[5] fue la
de un hombre que se siente traicionado por uno de sus mejores amigos. En
calidad de miembros de la Sociedad Fabiana, él y su esposa habían llegado a ser
buenos amigos de Jane Wells y de mi padre en la época en que éste intentó
hacerse con las riendas de dicha sociedad, para lo cual tendría que arrebatar
el control a sus dirigentes fundadores. Mi padre había intentado organizar y
encabezar una revuelta de los miembros más jóvenes de esta asociación de
inspiración socialista, en contra de la tertulia de los mayores, hombres y
mujeres por igual, que dominaban el comité ejecutivo. A lo largo de mi relato
tendré tiempo de tratar este episodio; baste decir por el momento que a los
miembros de la vieja guardia no les hizo ninguna gracia que se retase de tal
forma su dominio sobre aquel juguete, aparte de sentirse desconcertados por el
estrecho margen con que habían salido victoriosos. Se mantuvieron en el poder
pero ciertamente amargados; aunque a raíz de la derrota mi padre firmó su
dimisión, fue perseguido por toda suerte de malicias, pues a su marcha dejó un
considerable legado de oposición interna y activa contra su persona. Los dos
dirigentes de la vieja guardia, Beatrice y Sidney Webb, lo detestaban desde
entonces con encendido fervor.
Sidney Webb aborrecía[6] a mi
padre por dos razones: envidiaba su habilidad en apelar a las emociones de
otras personas, habilidad de la que él carecía, y se sentía amenazado por la
mezcolanza de sentimientos encontrados que mi padre había despertado en su
esposa. Mi padre desagradaba a Beatrice Webb por la segunda de estas razones.
No era una mujer a la que le gustase verse disturbada por emociones que no era
capaz de dominar ni de explicar. Las tensiones existentes entre los Webb y mi
padre se complicaron más aún por lo mucho que tenía éste en común con Sidney
Webb. Ambos eran de apariencia poco o nada distinguida, y ninguno de los dos
era fuerte. El único punto esencial en el que la diferencia era notable
estribaba en que mientras Sidney Webb era un hombre virtualmente asexuado, tan
desafecto como poco atractivo para la mayoría de las mujeres, mi padre era
precisamente todo lo contrario. Y en este punto Beatrice Webb era más de la
línea de mi padre que de la de su esposo, pero por más que fuese una mujer
sensual había reprimido adrede su sexualidad a edad muy temprana, cuando
descubrió que un determinado hombre a punto estuvo de llevársela por delante;
se trataba de Joseph Chamberlain, quien por cierto representaba en el orden de
la política y de las ideas todo aquello que ella detestaba. La experiencia le
había resultado especialmente desagradable, y había decidido que tal cosa no
volvería a ocurrirle jamás. El esfuerzo por refrenar recurrentemente sus
instintos le había supuesto, a la larga, un coste muy elevado, y hacia 1909 había
dado en desarrollar muchos de los rasgos que tradicionalmente se adscriben a
las solteronas de cierta edad. Fue la peor de las suertes que estas dos
personas, cuyos sentimientos hacia mi padre estaban tan absolutamente influidos
por el resentimiento y la envidia, fuesen las primeras a las que Pember Reeves
refirió con pelos y señales la historia de la terrible injuria que el grosero
de Wells le había infligido.
La respuesta de Beatrice
Webb a sus quejas fue tan violenta como excéntrica. Empezó a tratar el asunto
como si fuese de dominio público, como si mi padre no fuese más que un lúgubre
empleado a quien hubiesen descubierto en flagrante contravención de la Ley de
Factorías y Pequeños Talleres. Dio por hecho que Amber Reeves no había sido más
que su víctima, pasiva e incompetente, y que era menester salvarla de sus
propias inclinaciones mediante una acción colectiva. Y dijo a su hermana Kitty
cómo se proponía proceder[7] a
realizar la operación de rescate: «Haremos un gran esfuerzo por apoderarnos de
ella y dominarla para impedir que la pudrición avance todavía más.» La réplica
que recibió la asombró por completo, pues fue lisa y llanamente que a menos que
supiese con toda certeza que algo efectivamente espantoso estaba en marcha,
aquello no era asunto de su incumbencia, pues Amber y mi padre tenían todo el
derecho del mundo a que les dejasen en paz y a vivir sus vidas privadas a
resguardo de cualquier intruso. Beatrice se dio cuenta de que ésta era una
línea argumental susceptible de convencer a muchos de los fabianos, y se
propuso socavar sus fundamentos extendiendo tanto como le fue posible la
historia de que la relación entre ambos había sido una sórdida intriga en la
cual un hombre casado y lascivo había explotado la inocencia y la falta de
experiencia de una muchacha defectuosamente educada. Empezó a escribir cartas
envenenadas a todos los miembros de la Sociedad Fabiana que tuviesen hijas de
edades comprendidas entre los quince y los veinte, advirtiéndoles que por su
propio bien las apartasen de mi padre.
Sidney Olivier, un amigo de
mi padre cuyas cuatro hijas aparecen en las biografías de Rupert Brooke y David
Garnett, y en muchos volúmenes de memorias referidos a aquel período, fue uno
de los fabianos que recibieron la tal advertencia. La extraordinaria circular
de Beatrice Webb le llegó una mañana, mientras estaba desayunando cara a cara
con mi padre, a quien había invitado a su casa la noche anterior. «Esto sí que
te va a hacer gracia, Wells», le dijo a la vez que le pasaba la carta. A mi
padre no le hizo ninguna gracia, y acto seguido escribió una enfurecida carta
de respuesta a los Webb. La ferocidad del lenguaje empleado atemorizó a Sidney
Webb, quien ya se había llevado un considerable susto en un roce anterior con
mi padre; Webb, al parecer, no se había dado cuenta de lo lejos que había
llegado su esposa. Le advirtió, eso sí, de los riesgos que corría al poner por
escrito sus libelos seguidos de su firma de puño y letra. Después de esto ella
agachó algo la cabeza, y en lo sucesivo dejó en manos de su secretario
personal, W. A. Colegate, la campaña de difamación. Veterano en la lucha por el
poder interno de la Sociedad Fabiana, Colegate era un fino trepador que iba a
terminar de director de la junta de Brunner Mond y de miembro del Parlamento
elegido por el Partido Conservador. Por entonces sabía que lo mejor no era
precisamente poner por escrito tales encargos, habida cuenta de la situación.
El ataque contra la reputación de mi padre prosiguió con redoblada intensidad,
y causando efectos aún más perjudiciales, mediante una campaña de susurros.
A medida que el escándalo
fue cobrando impulso gracias a los molestos exabruptos de Pember Reeves y a las
mañas de Colegate, Beatrice Webb empezó a tener ciertas dudas respecto de su
papel de instigadora al menos en parte. Para justificar su conducta le dio por
confeccionar opiniones cada vez más extravagantes acerca del horroroso destino
que sin duda iba a hacer mella en Amber Reeves si de hecho se la dejara en paz.
Era capaz de imaginar, según dijo a sus amistades, «a la pobre Amber[8] en el
arroyo, convertida en la desesperada consorte de algún otro hombre, condenada a
hundirse más y más, con cada nueva aventura, en los más infectos lodazales».
Cuando no se dedicaba a cocinar tales fantasías, titubeaba. Un buen día iba a
decirle a Amber Reeves que su verdadero y más hondo deseo era «salvar a H. G.
Wells de semejante desdoro», y al día siguiente le iba a otra persona con el
cuento de que de ninguna manera podía soportar la idea de que Wells, fuera como
fuese, pudiera escapar a la situación sin ser debidamente castigado.
Llegados a este punto[9], George
Bernard Shaw, quien de manera ostensible mantenía buenas relaciones con todas
las partes implicadas en esta ya encarnizada querella, decidió meter baza en el
asunto. Pensó que Beatrice Webb estaba a punto de perder los estribos a causa
de toda la excitación que le producía el caso, y decidió que ya era hora de que
pusiera pie a tierra, antes al menos de que fuese demasiado tarde. Empezó por
felicitarla con la esperanza de que ello bastase para poner fin a sus desmanes,
por haber tenido el sentido común de ordenar casi textualmente a Pember Reeves
y a Colegate que se callaran de una vez. Hecho esto, prosiguió diciéndole que
sus siniestras opiniones sobre el futuro que le aguardaba a Amber Reeves y
sobre el comportamiento de mi padre eran de todo punto irreales y absurdas. Lo
peor que podía permitirse proclamar impunemente acerca de la relación entre
ambos, le dijo, era que se trataba, si acaso, de un discutible experimento de
índole social.
Bajo la presión de ese
sentido común tan de andar por casa que manifestó Shaw, Beatrice Webb, si bien
poco a poco y de mala gana, fue bajándose del burro. Sin embargo, y mientras lo
hacía, dejó caer desperdigadamente unas cuantas observaciones cuando menos
peculiares. Las irregularidades sexuales[10],
sostenía, por fuerza entrañaban el engaño y los secreteos, y esto era
precisamente lo que traducía en pura sordidez, en la más absoluta abyección,
cualquier divergencia que se apartase de la moral convencional. Precisamente
por eso, dijo a su hermana Kitty, toda persona de mentalidad recta se anda con
mucho cuidado, y no hace experimentos si no es dentro de los cánones al uso. No
se extendió sobre esta arcana sugerencia, y su hermana entendió que Beatrice
era de la opinión de que ciertos varones casados y de mentalidad muy recta
deberían recurrir a las prostitutas siempre que necesitasen aliviar las
constricciones propias del vínculo matrimonial. Era por entonces incapaz de
pensar con claridad o con una cierta coherencia por hallarse obcecada por una
fuerte impresión. Shaw la había conmovido en lo más hondo de sus cimientos al
explicarle que la idea que se había hecho de la seducción de Amber Reeves era
del todo errónea. Lo único que para él resultaba asombroso en toda la historia
real era que mi padre hubiese conseguido resistirse a tan atractivo y decidido
ataque durante todo el año que logró mantener intacta su resistencia.
Evidentemente, había sido una muestra de debilidad por su parte terminar por
ceder, si bien él también era notoriamente débil a tales respectos, y en su
opinión era banal tomar la debilidad por perversidad. Aún es más: habría sido
incluso peligroso enfurecer más a mi padre tachándole de perverso. No era
precisamente un imbécil, y sabía perfectamente que los Webb llevaban años
haciendo la vista gorda ante las innumerables irregularidades que se producían
en la vida privada de muchos fabianos. Habían cerrado los ojos ante
manifestaciones abiertas de lesbianismo, ante manifestaciones abiertas y
encubiertas de homosexualidad, ante incontables acuerdos muy particulares
gracias a los cuales las esposas encubrían a sus maridos y los maridos a sus
esposas. Si los Webb optasen por seguir explotando su conocimiento de la vida
privada de Wells, más les valdría dar por sentado que él iba a devolverles el
golpe donde más daño les hiciese; tenía una diana a punto de caramelo
precisamente en la persona de aquel depredador, tan activo en el terreno
amoroso dentro de la propia sociedad como él mismo, sólo que fuera de la misma,
que por si fuera poco llevaba años y años jactándose de su conquista. La única
consecuencia que cabía esperar de aquel continuo y ulterior airear los trapos
sucios de los fabianos sería, por fuerza, una reafirmación de la imagen de
desatino que existía de la organización en determinados círculos, imagen que,
por cierto, se habían pasado los últimos veinte años procurando restaurar. ¿Era
eso acaso lo que se proponían?
La ducha fría de Shaw actuó
de sordina sobre el entusiasmo que Beatrice Webb había puesto en su vendetta
particular, y el escándalo dejó de ser una operación por parte de los fabianos
contra mi padre a comienzos del otoño de 1909. Claro que, para entonces,
semejante escándalo ya no necesitaba ni de un alimento determinado ni de una
dirección concreta, pues había adquirido vida propia, y se extendía sin cesar,
espoleado por la natural afición al cotilleo. Hasta el propio Shaw, a pesar de
su amistad profesa a todos los involucrados en el asunto, llegó a sacar partido
de la historia, contándola por ahí posiblemente como ningún otro. Desarrolló
incluso una espléndida pieza escénica de una ocasión en la cual un Pember
Reeves, todavía embotado por sus coléricos sentimientos, había estado a punto
de pescar in fraganti a mi padre cuando pasaba una amigable velada en compañía
de Amber y de su esposo en la pequeña sala de estar de la casa de Woldingham.
Mi padre tuvo que ocultarse a toda prisa tras las cortinas del ventanal, nada
más oír la voz de Pember Reeves en el umbral de la casa, inquiriendo a la
doncella si había alguien allí. Tras las cortinas, con las punteras de los
zapatos ocultas debajo del sofá, mi padre se vio obligado a pasar de semejante
guisa el resto de la velada, escuchando cómo el que en tiempos fuese su amigo
sacaba a colación el tema, una y otra vez, aludiendo de continuo a su malvada
carencia de todo principio moral. Shaw llegó incluso a ofrecerme una
representación de este número cuando fui a visitarle a Ayot St. Lawrence en
1948, y la agilidad y la gracia con que la hizo bastó para convencerme de que
la había escenificado muchísimas veces, aparte de disfrutarla posiblemente más
que entonces, a pesar de que habían transcurrido cuarenta años. Contada con sus
palabras, la anécdota era mejor que una pieza teatral: podría haber sido,
ciertamente, fruto de su invención.
Efectivamente, pudo
habérsela inventado. Ahora bien, aunque los maledicentes del estilo de Colegate
y los cotillas compulsivos como Shaw se hubiesen callado todos de la noche a la
mañana, nadie ni nada podría haber salvado a mi padre del desastre que estaba a
punto de producirse en su persona. Había escrito una novela, y aun cuando todos
y cada uno de sus amigos que la leyeron le rogaron que no la publicase,
amparándose en que los efectos que aquel escándalo produciría bien podrían
compararse a los de un galón de gasolina arrojado al fuego por las bravas,
nadie pudo convencerle de que aplazase su publicación.
Al lector moderno que tope
con Ann Veronica sin la debida preparación, probablemente le resulte muy
difícil de entender la que se armó. Referido el argumento en líneas generales,
puede decirse que la novela trata de la doma y seducción de una joven idealista
que se considera la encarnación misma de la Nueva Mujer, y que se propone vivir
cabalmente de acuerdo con sus principios. Mi padre enfrenta a este personaje
limpio y honesto con las sucias realidades de la clase media inglesa de la
época. Esta joven descubre, dolorosamente, que aún no ha llegado el momento en
el cual puedan ejercerse las libertades que ella consideraba parte inalienable
de sus derechos. Empieza por retar todas las convenciones y termina por casarse
de la forma más corriente. La última vez que la ve el lector, vive, como ella
misma dice, «constreñida por la discreción... casi tanto como por todo este
mobiliario». A pesar de todo, no existe, tal como tuvo que reconocer hasta el
más vehemente detractor de la novela, ni una palabra más alta que otra ni, por
supuesto, un solo pasaje explícitamente erótico.
Evidentemente, no es que en
aquel momento importase Ann Veronica. La novela de mi padre fue objeto de
iracundos ataques porque pudo leerse a la luz del escándalo en tanto intento de
justificación de su escandalosa conducta. Desde este punto de vista era enteramente
vulnerable, ya que no podía existir ninguna duda respecto de la propia Ann
Veronica; era un personaje plasmado con demasiada evidencia a partir de la
realidad de la vida. Utilizaba incluso giros lingüísticos muy familiares para
todos aquellos que conociesen a Amber Reeves, y hablaba, por así decirlo, con
su misma entonación, aparte de comportarse exactamente igual que ella. El que
su heroína fuese tan claramente reconocible hizo de la novela un arma mortífera
en manos de uno de los enemigos más peligrosos que tuvo mi padre en toda su
vida.
Este enemigo no fue otro que
John St. Loe Strachey, director del Spectator y cabecilla de una especie de
movimiento que se hacía llamar Cruzada por la Pureza Social de la Nación.
Strachey llevaba observando fijamente a mi padre, sin perder de vista ni uno
solo de sus gestos, desde hacía tres años, exactamente los que habían pasado
desde la publicación de In the Days of the Comet (En tiempos del cometa). Había
considerado esta novela como propaganda de la promiscuidad sin límites, como
una peligrosísima amenaza contra la familia, el Estado y, en definitiva, contra
la civilización misma. Cuando hizo la crítica de Ann Veronica a mediados de
noviembre, comenzó por decir que una de las reglas de la casa que desde antaño
se respetaban escrupulosamente en el Spectator era no dar jamás ninguna
publicidad a ningún libro que pudiera resultar piedra de escándalo, y muy en
especial a ninguna novela que pareciera en esencia depravada y susceptible de
herir la sensibilidad de sus lectores. Sin embargo, continuaba, toda regla
tiene sus excepciones, y la publicación de una novela que sólo podía motejar de
«venenosa» le invitaba a hacer dicha excepción. El aborrecimiento y la
indignación que Ann Veronica inspiró en Strachey se debía al hecho de que con
toda probabilidad el texto podría socavar el sentido de la continencia y del
autocontrol del individuo, sentido imprescindible en un estado saludable. El
libro se basaba en la negación de la pureza de la mujer y de la buena fe del
hombre en todo lo que concerniese a las relaciones sexuales. Enseñaba que no
existe algo que pueda considerarse el honor femenino, y que cuando las
tentaciones sexuales son suficientemente fuertes, la persona que siente dicha
tentación no solamente está plenamente justificada en ceder a la misma, sino que
además puede enorgullecerse de hacerlo. Enseñaba, de hecho, que si la lujuria
más animal es suficientemente fuerte, no queda más remedio que plegarse a ella
y obedecerla. El sacrificio de uno mismo es un sueño, y la contención de los
propios instintos no es más que una ilusión, de acuerdo siempre con mi padre,
en el fangoso mundo en que tienen lugar tales imaginaciones, para las cuales no
debe haber lugar en este mundo. La comunidad de sus ideales era una comunidad
de abyectos roedores a los que no ilumina nunca el rayo del deber y de la
abnegación.
Hasta ahí, la introducción y
la bienvenida; después, Strachey descendía a lo que de veras le importaba.
Añadía un párrafo en el cual afirma que la heroína de la novela había pecado
contra la castidad de tal manera que había llegado a sacrificar a cambio de
nada la pureza de su cuerpo y de su mente. Señalaba después las
correspondencias existentes entre los hechos más destacados de la biografía del
héroe y los que se conocían de la vida de mi padre, estableciendo de ese modo
que la novela era hasta cierto punto autobiográfica y sugiriendo, en
consonancia, que la heroína probablemente estaría plasmada tomando por modelo a
alguna de las conocidas de mi padre. Y después pasaba a hacer verdadero daño.
Tras decir que seguramente habría lectores que se habrían dejado engañar y que
tal vez moderasen la aspereza de la condena que a todas luces merecían los
vicios de Ann Veronica, ya que no en vano era una joven de verdadero encanto e
incluso dotada de una cierta bondad, recordaba la agudeza con que el doctor
Johnson había silenciado a Jamie Boswell cuando éste quiso defender al
personaje de una mujer casada que tenía un amante. «Queridísimo señor mío
—había dicho el gran farsante—, no acostumbréis jamás vuestra capacidad de
raciocinio a la mezcla del vicio con la virtud. Esa mujer es una puta de tomo y
lomo, y no hay más que hablar.»
La crítica de Strachey vino
lógicamente a recrudecer el escándalo público. Mi padre descubrió muy pronto
que era víctima del ostracismo de buena parte de los habitantes del mundo
social y de su mundo profesional en concreto. Henry James[11] llegó a
rehuir su contacto durante una temporada, e incluso llegó a ser víctima de la
sanción social definitiva de aquella época. Se vio obligado, mediante una
desproporcionada reprimenda verbal, a renunciar a ser miembro de su club
londinense.
Sin embargo, ésos fueron tan
sólo inconvenientes de menor cuantía; lo que verdaderamente tuvo importancia
fue que la crítica le dolió, y mucho, a Amber Reeves. Cuando apareció semejante
diatriba, ella no se llevó ninguna sorpresa, pero en cambio sí se sintió herida
en lo más hondo por el hecho de que la intrepidez y la falta de la más
elemental cautela en que había incurrido mi padre la expusieran a ella a estas
sádicas burlas. A ella le importó la publicación de la novela más incluso que
la crítica de marras, ya que contenía elementos más que suficientes para
acrecentar la incomodidad de aquellas personas que ya bastante dolidas se
habían sentido a causa de sus acciones. Llegó a encontrarse al borde de una
crisis nerviosa. Ya desde que descubrió que estaba embarazada empezó a sentirse
muy inquieta, y hacía tiempo que había dejado de encontrar alivio en la emoción
que pudiera producirle su rebelde gallardía. Empezaba a sentir las
inconveniencias puramente físicas de su estado, así como la tensión que le producía
su desafiante actitud. Se encontraba, pues, muy baja de forma, sufriendo
verdaderamente. Rivers Blanco White[12], quien
por cierto estaba más enamorado de ella que nunca, fue testigo de su dolor, y
fue testigo iracundo.
Blanco White era abogado;
había descubierto además la maldad que subyacía al venenoso ataque de Strachey:
éste, a su juicio, se había propuesto demostrar que el libro estaba
potencialmente a merced de una acusación en toda regla por difamación y libelo.
Blanco White, a pesar de todo, no era partidario de la idea de castigar a mi
padre de una forma que Strachey habría encontrado deliciosa, es decir,
llevándole a juicio. En consecuencia, desarrolló una estrategia más acorde con
su parecer. Un tribunal solamente habría sido capaz de añadir más daños una vez
que se hubiese demostrado la injuria; un proceso legal solamente habría servido
para exponer el escándalo al dominio de todo el público. Él no tenía ningunas
ganas de ver la historia de Amber publicada en los periódicos ni tampoco de
arruinar la reputación de mi padre. Deseaba, lisa y llanamente, eliminar a mi
padre de una vez por todas de la vida de Amber y de la suya propia. La
influencia con que contaba en este caso era muy fuerte. Tal como prescribía la
ley británica del libelo, una acusación de relaciones prematrimoniales
contrarias a la castidad, en contra de una mujer casada, se consideraba
entonces tan perjudicial como la peor de las difamaciones; el perjuicio,
además, iba en detrimento tanto del marido como de la mujer. Casi podría
asegurarse que los perjuicios de que podría ser objeto Blanco White serían
ilimitados en el supuesto de que el asunto llegase a los tribunales, y la
afirmación de Strachey, hecha sin paliativos, según la cual cualquier jurado
compuesto con arreglo a lo habitual probablemente enjuiciaría muy hostilmente
la conducta de Ann Veronica, especialmente si se le presentase bajo una luz
desfavorable, no le dejó ni la menor duda. La posibilidad de que la cuestión de
la identificación pudiese constituir un problema había quedado deshechada
cuando Blanco White se hubo asegurado el testimonio de varios lectores del
libro, en el sentido de que todos ellos habían visto en Ann Veronica un retrato
de su esposa. A los abogados de mi padre les presentó pues un caso que de
ninguna manera podrían defender. Y éstos se sintieron muy aliviados cuando
Blanco White les propuso una alternativa al proceso judicial. Estaba dispuesto
a no llevar las cosas más allá siempre y cuando mi padre firmase un compromiso
según el cual renunciase a ver a Amber Reeves y a intentar ponerse en contacto
con ella al menos durante un determinado plazo, a concretar en unos cuantos
años. A él no le quedó nada por hacer; estaba maniatado, y un mes antes que
naciese la hija de Amber firmó este pacto. Shaw le dijo no mucho después que
había firmado en vano, dado que, como Amber era una mujer voluble, como era la
inconstancia personificada, su relación no podría haber durado mucho más. A mi
padre esto le sirvió de flaco consuelo; su propia intuición le había llevado a
pensar que su derrota había sido muchísimo más completa que lo que daban a
entender los términos del acuerdo firmado. Le había fallado a Amber, y se había
fallado a sí mismo.
En su reseña de Amigos
apasionados, la novela que mi padre extrajo casi de inmediato a partir de esta
lamentable experiencia, mi madre le reprendió por consentir a sus amantes que
abandonasen el barco con demasiada facilidad, por así decir, antes incluso que
las ratas, y por justificar además esa rendición sin condiciones. Según ella le
dijo, él no estaba siendo fiel consigo mismo; se estaba comportando como un
perfecto pusilánime en su esfuerzo por acomodarse al gusto del común. Dejaba en
nada su virtud, anulándola, al ser precisamente el profeta de un nuevo orden
del candor y de la honestidad, al colocar a su héroe ante un puñado de
imprecaciones y desafiantes descalificaciones, por parte de la convención
imperante, después de haberle hecho formar cola a latigazos; además, parecía
tolerar las debilidades y los titubeos de su heroína y, a la postre, parecía
preferir la pesada sabiduría colectiva del rebaño que componía la sociedad en
vez del rápido conocimiento instintivo del individuo de carne y hueso. En efecto,
ella llegó a retarle a que defendiera el que en tiempos había sido el
estandarte de Ann Veronica: «Toda vez que uno empieza un amor, tiene que verlo
terminar.»
Tras la palabra impresa, mi
padre creyó oír un eco de la voz de una Amber Reeves todavía intacta. Allí
estaba aún el timbre de la juventud, de la pasión, de la intensidad. Así empezó
otra vez a ver a mi madre; esta vez, estaba rendido de antemano.
Mi madre, claro está, era ya
por entonces la notable mujer que sería después, muy segura de sí misma, y el
estímulo que recibió él gracias a la animada compañía de ella da cuenta, al
menos en gran parte, de su hechizamiento; por encima de todo, lo crucial era
que ella fuese joven y prometedora. Era la encarnación de esa audiencia de
jóvenes que, tan sólo unos años antes, él creyó tener en un puño. Aquella
audiencia se le había escapado irremisiblemente a consecuencia del escándalo
que había acabado con su reputación. Gracias al ansia de él que ella manifestó
en todo momento, gracias a su evidentísima decisión de hacerse con un lugar
propio en la vida de él, ella le hizo sentir que, después de todo, aún no
estaba arrinconado, que aún contaba, que posiblemente aún le aguardase todo un
futuro. Él se volvió hacia ella, como quien se vuelve a la fuente de la
juventud, siempre que se sintió necesitado de una revitalización en todos los
sentidos. Se alimentó —no existe otra palabra para describirlo— de su inmensa
provisión de promesas, que estaba virtualmente por empezar. Ella le devolvió la
confianza en su ilimitada capacidad creativa. La dependencia que él rué
desarrollando para con ella se acrecentaba cada vez que se veían. Seguía
aumentando sin cesar cuando, pasados tres embriagadores meses después de
renovada su aventura, en los primeros días de 1914, una incertidumbre que a
ella le asediaba se convirtió en certeza inapelable: sintió la ineludible
necesidad de comunicarle que estaba esperando un hijo.
Capítulo II
«Mr. Ending se había metido
en ello de cabeza, tal como había metido la pata hasta el fondo la mañana
anterior al trompazo. No se había parado a pensar con detenimiento en el
asunto, no lo había sopesado con el debido esmero. Por si fuera poco, aquello
caía por su propio peso exactamente de la forma que menos le hubiese
apetecido.»
Mr. Britling Sees It Through
Muy al principio del
embarazo de mi madre —casi tan pronto se dio cuenta de que no tenía ninguna
posibilidad de convencerla para que abortase—, mi padre pudo al menos
persuadirse de que nada tendría por qué cambiar entre ellos dos. Cuando todo
hubiese terminado, los dos podrían reanudar aquel pasatiempo lúdico y
compartido que consistía en ser espíritus libres, en ser los mejores compañeros
posibles, en seguir exactamente igual que hasta entonces. Optó por ignorar los
problemas que tendría que afrontar al volver a emprender el camino que tan
desastrosamente había recorrido con Amber Reeves; consiguió cegarse, echándose
el polvo del camino a los ojos al concentrarse únicamente en un solo problema,
al excluir de su consideración todos los demás. Se dijo que la relación con
Amber se había ido al garete, desastrosamente por cierto, porque eran
demasiadas las personas que la conocían; esta vez, en cambio, todo saldría bien
siempre que supiera mantener en secreto, en la medida de lo posible, el
acontecimiento que aún estaba por venir. Solamente los amigos más íntimos y
unos pocos y escogidos parientes debían compartir el secreto. Mi madre, por lo
tanto, se vio empujada a realizar una serie de maniobras rocambolescas y
complicadísimas durante las primeras semanas de enero de 1914. Hicieron falta
muchos y muy súbitos cambios de dirección, así como el constante empleo de
nombres falsos; además, muchas veces hubo que recurrir a estratagemas que
parecían extraídas del mundo de las farsas de Feydeau: por ejemplo, viajes
hacia un mismo destino pero en trenes distintos o por rutas alternativas. La
comedia alcanzó su punto culminante mientras mi padre estaba en Rusia. Escribió
a mi madre[13] desde San Petersburgo,
dándole detalladas instrucciones para que se mudara a vivir a Llandudno, en
Gales, lugar que le había parecido el más idóneo para que ella diese a luz,
basándose en que gozaba de unas excelentes conexiones ferroviarias con Bournemouth,
población costera del sur de Inglaterra a la que era muy fácil llegar desde
Londres casi a cualquier hora del día. Al final, prescindió de Llandudno para
quedarse con otra opción si cabe aún más extraña: Hunstanton, en Norfolk.
El lugar en que nací era
entonces, y aún lo es hoy en día, un pueblo costero casi diríase que imprudente
por su completa falta de pretensiones, expuesto además al viento del Noroeste.
Su principal atractivo es un muelle de cierto empaque que se adentra en el río
Wash o, más bien, en una vasta extensión de aguas muy poco profundas, de la que
suele decirse que conforma un brazo del mar del Norte, cuando en realidad se
trata de una ampliación de los pantanales de Lincolnshire y Cambridgeshire. A
mi padre solamente pudo interesarle este pueblo por hallarse tan apartado de
los caminos socialmente más transitados, aparte de ser un sitio tan
desesperadamente desprovisto del más mínimo atractivo que nadie que se preciase
de ser alguien en esta vida, absolutamente nadie, iba a encontrárselo en
aquellas circunstancias tan inconcebibles. Tan pronto mi madre se hubo
instalado sana y salva en Hunstanton, era muy poco probable que la viese ningún
amigo, ningún conocido que de otro modo podría haberse fijado en su inequívoco
porte de embarazada y de ese modo haber dado alas a toda clase de rumores. Mi
padre extremó desmesuradamente todas las precauciones. A pesar de que la fecha
prevista para el parto era a finales de julio, había consumado la desaparición
de mi madre de los lugares que solía frecuentar y la había ocultado en
Hunstanton ya a finales de febrero. Allí pasó marzo, abril, mayo, junio y
julio, procurando sentirse tan cómoda como le fue posible en aquella villa
victoriana fea, cruda y un tanto estrecha, llamada Brig-y-Don, en la cual una
tal Mrs. Crown alquilaba habitaciones amuebladas. Mientras mi madre hacía todo
lo que estaba a su alcance para que le resultara más llevadero su exilio, mi
padre siguió con su vida de costumbre, sin dejar de visitarla toda vez que se
lo permitieron sus restantes compromisos.
No es que mi padre
descuidase a mi madre mientras se prolongó la espera; hizo todo cuanto pudo por
remediar la brevedad y la irregularidad de sus visitas a Brig-y-Don
escribiéndole muchísimas cartas. En estas cartas decía una y otra vez que todo
iba a salir a pedir de boca, que no había por qué preocuparse, que ella debía
confiar en él y esperar la llegada de tiempos mejores que sin duda ninguna
empezarían tan pronto hubiese nacido la criatura. Entonces disfrutarían de una
casa propia, y él podría ir a verlos siempre que le apeteciese, y quedarse
tanto tiempo como le diese la gana. A su debido tiempo, ella podría ocupar su
lugar propio, un lugar vertebral en la vida de él. Ella, en cambio, de ninguna
manera podía saber entonces que al mismo tiempo él daba a su esposa reiteradas
muestras de que el lugar preeminente en su vida le pertenecía precisamente a
ella, e iba a pertenecerle por entero y de por vida.
Amy Catherine Wells, o Jane,
que es como mi padre prefería llamarla, estuvo desde el primer momento al
corriente de los amoríos que mi padre tenía con mi madre. En las etapas
posteriores de la crisis que dentro de su matrimonio había desencadenado la relación
de mi padre con Amber Reeves, ella había decidido hacer un trato con su esposo:
mientras no le ocultase ni uno solo de tales asuntos, y siempre y cuando los
tuviese con mujeres que fuesen del agrado de ella, podría tener todos los
amoríos que le viniesen en gana. Había considerado a mi madre poco más que una
pollita presuntuosa y afectada que de ninguna manera iba a representar ninguna
amenaza para su matrimonio, al menos cuando le fue presentada en Easton Glebe
en el otoño de 1912, y por lo tanto no había puesto ni la más mínima objeción
cuando empezó el asunto amoroso entre ellos dos. No creyó que existiera ninguna
razón que la obligase a modificar su punto de vista cuando el asunto se renovó
en 1913, ni cuando le fue comunicado que mi madre estaba embarazada. Contaba
con la palabra de honor de mi padre, según el cual el asunto no pasaba de ser,
por lo que a él se refería, un mero episodio sin la menor importancia. Se había
sentido, pues, en condiciones de ofrecer toda su simpatía a aquella joven que se
había dejado llevar en volandas por su instinto dramático. Sin duda que había
llegado a conocer a mi padre casi a la perfección, o al menos mucho mejor que
cualquier otra persona, y en consecuencia sabía de sobra en qué se había metido
mi madre, queriendo o sin querer. Se compadeció de ella, igual que se
compadeciera de Amber Reeves cuando empezaron sus tribulaciones.
Aunque no hay excusa posible
para dar cuenta de las escandalosas mentiras que le contó mi padre a mi madre
mientras duró su embarazo, sí que resultan por lo menos sencillas de explicar.
Dada la situación en que se encontró en 1914, necesitaba de ambas mujeres.
Necesitaba a Jane como timón de su existencia, pero necesitaba también a mi
madre en calidad de tonificante, como reafirmación de su soberanía frente a la
sensación de que empezaba a envejecer y a chochear.
Aunque el año de 1914 había
empezado muy bien para él, a lo largo del año iba a sufrir una serie de
reveses. Había recibido una calurosa bienvenida por parte de Alexandr Tyrkov y
de los miembros de su círculo literario cuando emprendió su viaje a Rusia, en
compañía de Maurice Baring, a finales de enero y comienzos de febrero, pero el
ánimo que le supuso la admiración de aquellas personas cultas e inteligentes
pronto desapareció por completo. Pasó poco tiempo desde su regreso[14] a
Inglaterra hasta que Henry James publicó un artículo en el Times Literary
Supplement en el cual hablaba de él con notable condescendencia, tachándolo de
miembro de la joven generación, comentando sus obras junto con las de Hugh
Walpole y D. H. Lawrence, los cuales no pasaban de ser meros principiantes,
aparte de tener unos quince años menos que él. James apreciaba en la obra de mi
padre una espantosa advertencia. Era preciso tomar sus novelas como
manifestación del maligno efecto que el compromiso con la democracia puede
llegar a tener sobre el estilo de un escritor. La disminución del interés y de
la calidad de sus escritos, que en otro tiempo le habían resultado fascinantes,
había que tomárselos, según sostenía James, como signo de los tiempos, como indicador
del colapso generalizado de los criterios literarios y artísticos que cabía
esperar a medida que engrosaba el número de las personas que estaban
sucumbiendo a la añagaza de los ideales democráticos.
A mi padre no le hizo
ninguna gracia aparecer en la prensa escrita como precursor de una nueva edad
entregada a la barbarie, y la infelicidad que ello le produjo no la modificó
siquiera la desgarradora conciencia que le obsesionaba, dado que su más reciente
ofrecimiento al público lector había pasado ciertamente sin pena ni gloria.
Buena parte de su éxito inicial como escritor se había debido a lo que hasta
más o menos 1910 podría considerarse como el dominio que tenía de un sentido
casi sobrenatural: conocía por anticipado qué era lo más apropiado al momento
histórico que le había tocado vivir. Había conseguido que cada uno de sus
libros se relacionase con un tema, fuera cual fuese, al cual el curso de los
acontecimientos iba a dotar de una importancia inusitada y de un tremendo
interés para un gran número de lectores. Este don, por el momento, parecía
haberle abandonado por completo. The World Set Free (El mundo en libertad)
resultó grotescamente
inadecuado al contexto de
los acontecimientos de 1914. Durante el verano y el invierno del año anterior,
mientras se dedicó a la redacción de esta novela, debió de haber sido una de
las poquísimas personas, en el supuesto de que hubiese alguna más, que en el
mundo entero se habían dedicado a pensar seriamente en los horrores que la
guerra atómica traería consigo. A medida que transcurría 1914, a medida que la
amenaza de una guerra civil estalló en el Ulster y se extendió por Inglaterra,
a medida que empezó a ser palmaria la certeza de que antes que terminase el
verano iba a estallar un gran conflicto en toda Europa, la pasmosa y absoluta
irrelevancia de su tema tuvo que parecerle espantosa. No sólo eso, sino que
además la manera que tuvo mi padre de expresar su preocupación bien pudiera
haber servido de justificación al ataque de Henry James. Toda vez que rompió
las amarras que le unían a aquel libro mediante su publicación, cuando por fin
pudo gozar de una apreciación objetiva del mismo, tuvo que darse cuenta de los
múltiples errores que había cometido. Página tras página se había dedicado a
sermonear a sus lectores sin prestar ninguna atención a sus silenciosos,
inactivos personajes; cuando aquellos títeres metían de rondón alguna frase que
otra, solamente se les permitía hablar con su voz de predicador.
Un fracaso público y además
resonante es algo muy duro para cualquier persona, a cualquier edad, si no le
queda más remedio que convivir con ello, pero esto es algo que golpea con una
fuerza muy especial a quienes tienen que aguantar semejante desgracia a los
cuarenta y tantos años de edad y después de haberse acostumbrado a las mieles
del éxito. Mi padre iba a cumplir cuarenta y ocho años aquel mes de septiembre,
y a medida que le fue resultando inapelable el grosor del fracaso de aquel
libro infortunado, la moral se le cayó por los suelos. En sus primeros tiempos
como escritor a menudo se le había comparado a Dickens, sobre todo por la
fuerza y la vitalidad de su obra. En cambio, en este momento empezaron a
menudear quienes optaron por seguir la pista en la cual les había puesto, de
manera impía a más no poder, Max Beerbohm -el primero en vincular el nombre de
mi padre al de Thomas Hardy—, quien por cierto era veintiséis años más joven
que él. A finales de junio, mi padre estaba hecho una pena; fue entonces cuando
el atentado de Sarajevo empujó a toda Europa hasta deslizarse por la pendiente
que iba a desembocar en una guerra generalizada.
No me parece que sea injusto
para con mi padre decir que encontró el anhelado alivio a sus tensiones
privadas en la emoción de aquel acontecimiento público, de proporciones
desmesuradas y amenazadoras. Pudiera objetárseme que nadie pudo pensar en la
guerra que se avecinaba en tales términos, pero es cierto que él sí. El día en
que fue asesinado el archiduque Francisco Fernando, mi padre se acercó a
visitar a R. D. Blumenfeld, vecino suyo y periodista norteamericano expatriado,
por entonces director adjunto del Daily Express; discutieron acerca de lo que
estaba a punto de ocurrir. Blumenfeld estaba convencido de que iba a
desencadenarse la guerra, aunque también creía que no iba a ser una guerra de
grandes proporciones. Mi padre le dijo que aquella guerra iba a prender fuego
al mundo entero. Blumenfeld respondió que no alcanzaba a entender por qué iba a
pelearse el mundo entero por culpa del acto que había cometido un lunático. Mi
padre había adoptado la postura de un adivino; llevaba prediciendo la gran guerra
desde 1908, cuando el New York World le pidió un artículo sobre lo que podían
tenerles reservado los próximos treinta años a los neoyorquinos. Él respondió
con una advertencia. Europa estaba armándose de cara a la guerra, y era harto
probable que la guerra se desencadenase más pronto o más tarde. De ser así, iba
a tratarse de una guerra generalizada; como la prosperidad de Norteamérica
dependía estrechamente de Europa, ambas podrían resultar muy empobrecidas por
el conflicto. Era probable que, en vez de seguir adelante sin encontrar ninguna
resistencia, la civilización atlántica sufriese un serio revés. Con ello de
ninguna manera quiso decir que los norteamericanos tuviesen que correr con los
gastos generados por una gran guerra en Europa en forma de dos décadas de
depresión; quiso decir, antes bien, que los norteamericanos iban a encontrarse
en medio de un mundo arruinado, que tendrían que volver a erigir toda una
civilización a partir de sus despojos. Y allí, de repente, aun cuando hombres
como Blumenfeld no compartieran su punto de vista, había saltado la chispa que
encendería la gran
guerra. Decidió, así pues,
que era asunto suyo abrir los ojos de sus congéneres y mostrarles los peligros
y las oportunidades que la guerra acarrearía. Se puso manos a la obra con ánimo
muy optimista, casi regocijado, y tenía preparada la primera de sus series de
doce artículos, lista para dar a la imprenta, el día después de que Inglaterra
entrase en el conflicto.
No le duró aquel estado de
ánimo. Descubrió que, lisa y llanamente, a nadie interesaba lo que pudiera
decir. No le cupo hacer nada por contribuir, aparte de que a los soldados les
daban igual las ideas que habían comenzado a bullir en su cerebro. Al fin y al
cabo, eran unos profesionales, y no deseaban ninguna sugerencia respecto al
mejor modo de realizar el trabajo que tenían por hacer, menos aún por parte de un especulador especializado
solamente en el reino de las ideas, cuya única condecoración era el hecho de
haber escrito un librito bastante entretenido, titulado Floor Games (Juegos de
salón), que era una adaptación del Kriegspiel que se representaba en las
escuelas de enfermeras. Se mofaron de las cualificaciones de un hombre cuya
única experiencia militar era el haber jugado con soldaditos de plomo.
Y entonces, después de
haberse librado la batalla del Maine, cuando los destrozados ejércitos enemigos
empezaron a tomar posiciones para afrontar la ominosa perspectiva de la guerra
de trincheras, después que el primer Ypres se hubiese agotado en un punto
muerto, tuvo la mala suerte de verse alcanzado por el último y desagradable
chisporroteo que restaba del asunto Oscar Wilde: un pleito por libelo contra
Lord Alfred Douglas[15],
llevado por Robert Ross. Mi padre tuvo que personarse un desangelado día de
noviembre entre los testigos del caso, para testificar sobre el buen carácter
de Robert Ross; la verdad es que lo pasó francamente mal, en calidad de abogado
confeso del amor libre, a causa del consejero de Lord Alfred. Aquello le
devolvió a los viejos tiempos de la clamorosa invectiva de Strachey contra Ann
Veronica. Salió desmadejado de los sórdidos, góticos, hollinosos juzgados del
Strand, con la sensación de haber recibido una soberana paliza. En aquellos
tiempos tan arduos, su necesidad del efecto tonificante que pudiera suponerle
la compañía de mi madre se hizo acuciante. Sin embargo, cuando acudió a ella
descubrió que su relación había adoptado un nuevo cariz.
Mi padre se había alegrado
infinito cuando la larga vigilia de mi madre junto al Wash por fin tocó a su
fin. Todo había marchado como la seda. No los había descubierto nadie. Nadie
había dicho nada. Y era poco probable que corriese ningún rumor. El estallido
de la conflagración había dado a los ociosos otras cosas en qué pensar. Aquella
vez, todo iba a salir de maravilla; él no corría ningún peligro de verse
obligado a abandonar a su joven amante y al hijo de ambos. Su júbilo encontró
su natural vía de escape en las animadas cartas
que escribió a los escasos
amigos que estaban al comente del asunto. A uno de ellos le dijo que no cabía
en sí de gozo por haber tenido un «hijo varón» de mi madre, y a ella le dijo
exactamente lo mismo, en varias cartas[16] en las
que se dirigía a ella como «querida compañerita».
Ahora bien, el entusiasmo
que sintió mi padre por su paternidad era más propicio a crecer cuando estaba
separado de mi madre que cuando estaba con ella. Hay en la naturaleza muy pocas
cosas cuyo interés y energía se hallen más completamente hipotecados que los de
una madre entregada a los cuidados de su hijo, y posiblemente hay menos cosas
aún que sean capaces de hacer sentir su presencia con la intensidad con que lo
hace un recién nacido. Cada vez que mi padre iba a visitar a mi madre, después
de aquel dichoso día del mes de agosto, se daba cuenta con mayor claridad de
que ya no tenía la exclusiva sobre la persona y sobre la atención de aquella
mujer animada e independiente, feraz y solitaria, que tan denodadamente, contra
viento y marea, había decidido ser su amante.
De hecho, mi madre había
dejado de existir con los atributos de tal personaje. Había transformado su
estilo de vida, y mi padre ya nunca se la encontraba a solas. Se había
convertido en la señora de la casa, y siempre había más gente a su alrededor.
Había un aya, una doncella, y a veces incluso una segunda doncella. Había una
cocinera, y a menudo se encontraba con una acompañante o una amiga que hacía
las veces de carabina. Era absolutamente necesario, incluso en fecha tan
avanzada, a fin de salvarla de lo que habría sido una fatal pérdida de toda su
respetabilidad: una mujer que vivía sola, sin esposo, y con un niño recién
nacido, habría tenido todas las de la ley de quedar en evidencia y de echar a
perder su reputación a menos que en la casa hubiese otra mujer de su misma
condición social. Mi madre se había criado en Edimburgo, ciudad que para la
clase media escocesa es lo que Roma para el católico devoto, y se había educado
en una de las escuelas más rígidas y ortodoxas, la Academia para Damiselas de George
Watson. Después de dar felizmente a luz, todos los valores de su educación
volvieron a hacerse respetar por medio de las prerrogativas otorgadas por una
autoridad indiscutible. Así como en ausencia del recién nacido no se le había
pasado por la cabeza, de pronto sí se le ocurrió que su gesto de rebeldía
fácilmente podría dar pie a malentendidos: tal vez al mundo entero no le
resultase nada claro que, pese a ser madre soltera, seguía siendo en lo más
hondo de su corazón una alumna de la Academia George Watson, una convicta de la
respetabilidad. Precisamente para salvaguardar las apariencias se mantuvo en
semejante estado.
Al rodearse de personal
doméstico[17], mi madre se había
comprometido en cosas de las que no tenía ni la menor idea. No había tenido
demasiada experiencia con los criados, y desconocía cuánto esmero hay que poner
en el tacto necesario para tratarlos. Sobre todo, desconocía por completo cuan
cruelmente tercos pueden llegar a ser en el caso de que uno llegue a verse en
el brete de llevarles la contraria. Los consideraba, con toda su ingenuidad,
como gentes sencillas, bienintencionadas, capaces de ayudarle, de brindarle su
amistad, de serle leales mientras ella los necesitase, mientras fuese capaz de
pagarles un buen salario. Se quedó de una pieza al descubrir que muy pocos
respondían a ese cliché, descubrimiento que además hizo por las duras, pues no
en vano tenía una habilidad especial para escoger a los más amargados,
resentidos y desafectos miembros de la profesión. Una y otra vez dio en
contratar a su servicio a mujeres que no tenían ningunas ganas de servir,
mujeres ansiosas por sacar tajada, a manera de compensación, por las
circunstancias que les habían llevado a la desagradable tesitura de tener que
emplearse al servicio de una mujer llena de puntos débiles y bien fáciles de
explotar. Mi madre, todavía muy verde para la vida, manifiestamente soltera, y
con un recién nacido en brazos, era exactamente lo que hubiese bastado para
hacer salir a la luz lo peorcito de cada una de sus criadas. A consecuencia de
todo ello, cada vez que mi padre iba a verla tenía todas las de encontrarse su
minúsculo imperio bien desgarrado por una nueva crisis, o bien con la
desmoralización a punto de hundirlo. Podía tratarse de que la cocinera hubiese
acusado a las doncellas de tener líos de índole lasciva, o bien que las
doncellas acusaran a la cocinera de beber en exceso, o bien que a una u otra la
hubiesen cogido sisando o hurtando alguna cosa de la despensa, o bien echando
mano del dinero destinado al mantenimiento de la casa, o si no, sencillamente,
que alguien hubiese dado una orden o pedido un favor en un tono poco adecuado y
a la persona menos indicada. Y cuando mi madre trataba de esgrimir la firmeza
que se le requería, enseguida aparecía la resistencia. Se le decía que la suya
no era precisamente la casa en la que hubiese deseado trabajar cualquier chica
decente, que había mujeres con todo el derecho del mundo a dar órdenes a otras
mujeres, pero que ése no era su caso, y que de nadie que tuviese un mínimo de
estima por sí mismo cabía esperar que se quedase allí donde las cosas estaban
manga por hombro, es decir, observaciones altisonantes que hubiesen necesitado
a manera de respuesta la suspensión de la paga semanal o el despido inmediato.
Mi padre se encontraba al llegar con el aire electrizado, en plena escena, o
bien colmado de las vibraciones que se quedan flotando tras una de dichas
escenas. Alguien había hecho las maletas a todo correr, había desaparecido, y
los criados supervivientes se mostraban huraños y evasivos. Mi madre paseaba de
un extremo a otro de la sala de estar, procurando calmarse de una forma que
parecía responder a tan minucioso cálculo para aumentar su agitación. Iba de
acá para allá, como un animal enjaulado, dándose la vuelta en redondo al verse
frente a una pared, o estorbada por un mueble, para volver a las andadas en
dirección opuesta, hasta que un nuevo obstáculo la obligaba a darse la vuelta
otra vez. Según caminaba presa de este frenesí, se frotaba la muñeca y el
pulgar de la mano izquierda tan rápida y vigorosamente con la mano derecha que
a veces se despellejaba la piel del radio y de la zona inferior del pulgar.
Cuando mi padre aparecía y se la encontraba en semejante estado, ella le daba
la espalda y, exasperada aún, le espetaba que él la había puesto en una
tesitura intolerable, que más le valía hacer algo para remediarlo. Él la
apaciguaba con zalamerías y conseguía ponerla de mejor humor, pero no era
aquello lo que había buscado al venir a verla.
Mi padre, qué duda cabe,
había metido la pata. No había dedicado ni un minuto a pensar en dónde y cómo
iba a vivir mi madre después del parto, o al menos no se había parado a
pensarlo hasta que ya fue demasiado tarde. Entonces había improvisado una solución
provisional que de hecho no tomaba en consideración más que su conveniencia
personal, y la había puesto a caminar por el peor camino. Se la había traído de
Hunstanton y la había instalado en una casa de alquiler, en una oscura
aldehuela llamada Quinbury que, si no exactamente en frente de su casa, sí que
estaba a escasa distancia de la puerta de atrás de su residencia en Essex. Un
paseo campo a través, de menos de diez millas, y además por caminos poco
transitados, le bastaban para llegar de una casa a la otra. Podría acudir a
verla casi a diario.
Dicho lo anterior acerca de
Quinbury, hay que poner término a la enumeración de sus virtudes. La casa en
cuestión, a muy corta distancia de un camino de tierra que no llevaba a ninguna
parte, y a un cuarto de milla de la minúscula congregación de casuchas en las
que vivían unos cuantos jornaleros asalariados, aparte de la pequeña taberna
que daba entidad a la aldea, era un dechado de brutalidades victorianas,
completamente falto de encanto. Había sido construida en tanto parte de un
conjunto de edificios de campo, absurdamente carísimos, a comienzos de la
década de 1870, y parecía talmente un conjunto de desatinos. Por fuera no puede
ser más desangelada, y por dentro es incómoda y siniestra. No es difícil
suponer que ha sido un lugar poco afortunado para quien haya vivido en él, que
sin duda ha debido de acabar con unos cuantos arrendatarios.
Mi madre se mudó a vivir a
esta casa tan poco halagüeña a comienzos de septiembre de 1914, cuando yo tenía
poco más de un mes. Cuando los días empezaron a acortarse y empezaron a caer
las primeras lluvias del invierno, el camino de tierra por el que se llegaba a
la casa, lleno de roderas y de huellas de los animales que iban y venían de las
granjas, se convirtió en un mar de barro. El mal tiempo trajo consigo los demás
defectos del lugar: en Quinbury no había tienda de ninguna clase, y la
población más cercana, que estaba a milla y media de camino, no era el sitio
idóneo para ir de compras. A la puerta de la casa llamaban una o dos veces por
semana algunos repartidores, pero no era gran cosa lo que podían ofrecer; si a
mi madre le apetecía comprar cualquier cosa de una mínima calidad, no le
quedaba más remedio que alquilar la desvencijada tartana que tenía el dueño de
la taberna, a fin de recorrer las cinco millas que la separaban del centro
comercial más próximo. Si quería tomar un tren para ir a Londres, ello
implicaba alquilar el mismo vehículo para llegar al apeadero de Standen, a dos
millas y media de distancia. La jaca gorda que tenía el tabernero ya no era
joven, y al trote iba poco más aprisa que al paso, de manera que tener que ir
tras ella era poco menos que un tormento. Todas estas nimiedades tienen siempre
un efecto acumulativo, así que no pasó mucho tiempo hasta que mi madre tuvo la
sensación de que se la estaba tratando francamente mal.
La situación de mi madre se
deterioró rápidamente cuando echó con cajas destempladas a un ama de llaves a
la que había pillado robándole algún dinerillo. La mujer montó en cólera y se
dedicó a hablar por los codos en la taberna del lugar antes de marcharse. Los
aparceros de Quinbury ya se habían formado sus sospechas acerca de aquella
mujer joven que había aparecido de pronto, como caída del cielo, para vivir con
su recién nacido en aquella casa desolada, y a la cual por si fuera poco
visitaba de cuando en cuando un caballero que tan pronto llegaba como se
marchaba. Ella dijo que el tal caballero era Mr. West, que era un periodista
sumamente ajetreado que trabajaba en Londres, aunque por allí hubo más de uno
empeñado en decir que de eso nada, que era un tal Mr. No-sé-qué, que tenía
mujer y dos hijos en algún lugar, por el camino de Dunmow. La tradición local
en materia moral no podía ser más robustamente realista, y por ello daba pie a
permitir con fácil tolerancia cualquier desliz, así como la conducta francamente
licenciosa de una mujer que no era ya una chica casadera, si bien no
contemplaba con ninguna misericordia a quienes pretendiesen dárselas de
virtuosos sin serlo. La fachada exterior que mi madre trató de aparentar en
aquella casa de campo, en Quinbury, resultó hondamente ofensiva a los
aparceros. Tan pronto supieron a ciencia cierta que ella no era la tal Mrs.
West —ni Mrs. Nadie — , y que el tal Mr. West era en realidad Mr. Wells, se
convirtió en diana de las estúpidas insolencias y de la mofa malencarada que
suele ser la respuesta tradicional de los campesinos más oprimidos ante las
falsedades y los fingimientos de esos habitantes de la ciudad que tienen a bien
dárselas de listos con ellos.
Forastera, pues, en medio de
una campiña de todo punto hostil, mi madre no tardó en pensar que su posición
era más que intolerable. Y como además padecía la consabida depresión
postparto, sus pensamientos adquirieron un matiz más lúgubre de lo que habría
sido de esperar. Le dio por sospechar que mi padre podría haber escogido adrede
aquel agujero olvidado de la mano de Dios en el cual la había arrojado, bien
para apartarla de sus amistades más jóvenes, y de su futuro, o bien, debido a
la presión de alguna necesidad psicológica por lo demás incomprensible, para
obligarla a representar el papel de la desgraciada y maltratada heroína de
quién sabe qué novelería victoriana. Al margen de lo que tuviera en mente, lo
cierto es que de ninguna manera estaba cumpliendo las promesas que le había
hecho durante su estancia en Hunstanton. Ella había dejado de ser el centro de
su existencia, caso de haber llegado a serlo en alguna ocasión. Vivía en cambio
una existencia arrinconada, metida en un agujero. Le dijo que Quinbury no
serviría ni siquiera como refugio provisional. Ella tenía que tener, fuera como
fuese, algo que se pareciera más a una casa propia de los dos, es decir, algo
más parecido a lo que él le había prometido. Él tenía que lograr que para ella
fuese posible vivir con orgullo y abiertamente, como si en realidad fuese su
esposa. Si bien no iba a ocupar el puesto de Jane Wells, cuando menos sí tenía
que recibir una clara paridad con ella en lo tocante a la calidad de su
alojamiento, y además tenía que encargarse de su manutención a una escala tal
que le posibilitase vivir de forma igualmente acomodada. No pensaba conformarse
con menos.
Mi padre hizo todo[18] cuanto
estuvo en su mano para convencerla de que siguiera alojada en Quinbury al menos
un poco más. A manera de excusa, manifestó que la confusión y los trastornos
que había sembrado la declaración del conflicto le dificultaban, y mucho, el
disponer del tiempo necesario para ponerse a buscar la casa ideal. Sin embargo,
sí que le encontró rápidamente un nuevo lugar en el que vivir tan pronto ella
le comunicó que ya había resuelto el problema. Según le dijo, había llegado a
un acuerdo con Violet Hunt, según el cual se mudaría a vivir a South Lodge.
Sería una maravilla estar de nuevo en Londres, aparte de que guardaba
excelentes recuerdos de South Lodge.
South Lodge era una de esas
maravillosas casas de los alrededores de Londres, con terreno propio, que aún
pueden verse relativamente cerca del centro de Londres. Durante unos cuantos
años, antes de la guerra, había sido el cuartel general desde el cual el amante
de Violet Hunt, Ford Madox Ford, había dirigido la English Review a manera de
intento por dar savia nueva a las letras inglesas. En calidad de director de
dicha publicación periódica, Ford, quien ya entonces conocía a todas las
personas de cierta nota dentro del mundillo literario inglés, había podido
desempeñar las funciones de padrino afable y entusiasta para toda una nueva
generación de recién llegados al medio de la literatura. Se empeñaba en invitar
a South Lodge a todo escritor joven que apuntase la menor posibilidad de
progresar, presionándole para que fuese a almorzar, a disfrutar del lujo de
aquellos tés a la antigua usanza, a las partidas de tenis y a los cócteles
subsiguientes, y a las veladas alegres y concurridísimas que organizaba a la perfección
la propia Violet Hunt. El tono de aquellos años en los que Ford[19] regentó
South Lodge queda plasmado en una anécdota que al parecer tuvo lugar en el Pall
Mall Restaurant. Entró por lo visto Maurice Baring, al cual saludó mi padre
desde una mesa en la que estaba sentado en compañía de Ford, Chesterton y
Belloc. «Acércate -le dijo mi padre-; Fordie nos estaba contando que acaba de
descubrir a otro genio.» El nuevo hallazgo de Ford resultó ser nada menos que
D. H. Lawrence, del cual por entonces nadie tenía ni la menor noticia.
Ford había descubierto a mi
madre, y había creído que llegaría a ser alguien de cierta importancia, en los
tiempos en que trabajaba en The Freewoman; en consecuencia, la había llevado a
conocer al grupo de South Lodge en calidad de nueva promesa, a fin de incluirla
entre una serie de habituales de South Lodge a los cuales gustaba llamar les
jeunes. Ella encajó en el acto y a la perfección entre la compañía de Compton
Mackenzie, Wyndham Lewis, Ezra Pound y algunos descubrimientos procedentes de
los Estados Unidos. Pound y sus amigos habían conseguido que aquel sitio fuese
para ellos un hogar lejos del hogar, hasta el punto de que se cuenta que el
loro real de Violet Hunt se ponía a chillar de repente «¡Ezra! ¡Ezra!» en
imitación del saludo de bienvenida que profería ella tan pronto aparecía Pound.
Wyndham Lewis era por entonces más bien el pintor que el escritor; había
redecorado dos de las estancias de la planta baja de South Lodge con el estilo
decorativo del movimiento vorticista, dando de esa manera a la Inglaterra
literaria el primer atisbo de los motivos angulosos propios de la pintura
abstracta. Aquella manera de probar por anticipado el sabor de lo que aún
estaba por llegar no resulta menos sorprendente por su relación con los
retratos familiares de estilo prerrafaelista que habían llegado a South Lodge a
través de Violet Hunt, que no en vano era sobrina de Holman Hunt. En cierto
sentido, ella era en persona un icono prerrafaelista. De adolescente, había
servido de modelo a Burne-Jones, quedando inmortalizada en la adorable y
perpleja virgen que aparece en El rey Cophetua y una doncella mendicante,
cuadro que durante muchos años figuró entre los más conocidos y los más
populares de entre los últimos coletazos de la pintura prerrafaelista. South
Lodge también tuvo sus vínculos con la vertiente literaria del movimiento.
Cuando Ford estaba a punto de trasladarse allí en compañía de Violet Hunt,
resultó que ella le había acondicionado un estudio que presidía la imponente
mole del escritorio en el cual Christina Rosetti había escrito su famoso Goblin
Market.
Es fácil entender por qué,
tras un año entre Hunstanton y Quinbury, South Lodge encandilaba tanto a mi
madre. Observándolo con objetividad, su proposición de marcharse a vivir allí
parece cuando menos razonable. Ford estaba en el Ejército. Violet y mi madre se
llevaban muy bien. ¿Qué podía ser más natural que una mujer que de pronto se
encontraba en la más completa soledad, en una mansión súbitamente vaciada,
pensara en compartirla con una buena amiga? ¿Qué podía ser más natural que mi
madre se sintiera atraída por la perspectiva de regresar a un lugar que para
ella estaba repleto de asociaciones sumamente placenteras? En su caso, se
trataba simplemente de volver precisamente a una casa londinense en la cual
había sido calurosamente acogida al principio de su carrera. Volver allí iba a
ser un paso adelante en el camino de regreso a la circulación activa. Le sería
muy sencillo renovar los contactos literarios adquiridos en South Lodge, y tan
pronto se hubiese acomodado en compañía de Violet volvería a estar en el buen
camino hacia la reanudación de su actividad profesional, y exactamente además
en el punto en que la había suspendido.
Mi padre en cambio no vio
aquella proposición a la misma luz. A sus ojos, aquella mudanza tenía un cierto
aire teatral. En la iniciativa de mi madre entrevio a la actriz que había
querido ser, y consideró que se proponía ocupar el centro del escenario, con su
vergonzoso fardo en brazos, para hacerse tan visible como pudiera. En Londres,
todo aquel que se preciara de ser alguien conocía a Violet, y caso de haber
dentro de todo el ambiente literario un charlatán más desaforado e
irresponsable que el propio Ford, no podía ser otro que ella. Le encantaba el
cotilleo hasta apasionarla, y era tan incapaz de abstenerse de hacer preguntas
de índole personal como de transmitir las respuestas a quien fuese. Si mi madre
desease dar publicidad a las razones de su prolongada ausencia del escenario
londinense, mudarse a vivir a South Lodge con Violet y con un bebé sería la
mejor forma de hacerlo. Tan pronto empezase a vivir allí iba a ser incapaz de
guardar cualquier secreto, aparte de relacionarse con una persona que ya había
estado involucrada en un escándalo público.
Ford era en múltiples
sentidos[20] un hombre muy dulce, pero
también era un perfecto idiota, y además terco hasta la médula de los huesos.
En 1909, cuando su esposa Elsie se había negado a concederle el divorcio
después que él se fugase en compañía de Violet Hunt, había tomado la decisión
de mostrarle cuan poco le importaba seguir viviendo exactamente como si
estuviese legalmente casado con su amante. En este punto, Violet Hunt le había
dado su apoyo al hacerse llamar Mrs. Ford. Mi padre, a pesar de la furia que
ello suscitó en Ford, le advirtió que no lo hiciera. Como por entonces se
encontraba sumido en medio del maremágnum que se le había venido encima a raíz
de sus errores en el trato que mantuvo con Amber Reeves, Violet se le rió a la
cara y le agradeció irónicamente que le ofreciese el beneficio de su sabiduría.
Ella no estaba dispuesta a dejarse convencer de que fuese posible llevar a
juicio una acusación por difamación contra una persona que aplicase el apellido
reconocido y legal de una mujer casada a la amante de su marido. Y siguió sin
convencerse de ello hasta que la esposa de Ford, muy legalista, exigió daños y
perjuicios al Daily Mirror y al Throne, y una suma en calidad de indemnización
y disculpa del Daily. El juicio contra el Throne lo presidió el juez Avory,
haciendo gala de una acrimonia particularmente vindicativa, por no decir
sedienta de sangre, y al abogado de la esposa de Ford se le dio manga ancha a
la hora de reunir toda clase de pruebas en detrimento de Violet Hunt. Como ella
no formaba parte directa del pleito que se dirimía, que técnicamente era un
asunto que enfrentaba a la esposa de Ford con la revista, no obtuvo permiso
para que la representase un abogado, y las alegaciones en contra de su carácter
y su reputación pasaron a los periódicos sin que nadie pudiese impedirlo.
Cuando concluyó la vista del caso, que había durado dos días, su reputación
había quedado a la altura del barro, y se vio en la amarga tesitura de tener
que descubrir que muchas personas a las que había contado entre sus amistades
le habían cerrado las puertas. Ford se la llevó al extranjero durante seis
meses, con la esperanza de que todo aquel desagradable asunto se olvidara, pero
aunque sus amistades más bohemias formaron una piña a su alrededor y volvieron
a South Lodge a su regreso, las puertas de los más respetables solamente
volvieron a abrirse poco a poco muchos años después, e incluso con ciertas
reservas. En 1915 aún estaba considerada en general como una mujer de mala fama
y depravada reputación.
Se puede entender que mi
padre no se comportó de forma del todo irracional cuando le dijo a mi madre
que, siendo como era una madre soltera, no iba a procurarse nada bueno yéndose
a vivir a South Lodge con Violet Hunt. La intentó persuadir por entonces para
que entendiese su punto de vista, pero ella no llegó a convencerse del todo. La
sospecha de que él intentaba mantenerla alejada de sus jóvenes amistades, de
los contactos que había hecho en South Lodge, permaneció aletargada en su
mente, y allí iba a seguir creciendo hasta convertirse en una fijación y un
motivo de agravio a medida que la relación fue deteriorándose.
Tras su liberación de
Quinbury, mi madre se vio implicada en una serie de mudanzas y cambios de
acompañantes que a mi padre le resultaron lisa y llanamente exasperantes. Pasó
dos meses en el chabacano y disoluto Riviera Hotel, a orillas del río, en Maidenhead,
y luego encontró una casa de estilo eduardiano, bastante grande, pero de todo
punto inservible, en Hatch End, al noroeste de Londres. Parecía más apacible
que Quinbury, pero seguía siendo un lugar desastroso en el cual vivir, y allí
pronto empezaron a torcerse las cosas. Mi madre volvió a verse en medio de una
nueva debacle o un nuevo drama cada vez que mi padre acudía a visitarla; esta
vez, él atribuyó sus problemas a una vieja amiga de ella llamada Wilma Meikle[21], que se
había unido a ella en calidad de compañera y ama de llaves. Mi padre llegó a la
conclusión de que Wilma era una incompetente, una liante y una alborotadora, de
manera que no tardó en apremiar a mi madre para que se deshiciera de ella. Con
tal de que aquella mujer se fuese, todo volvería a salir a pedir de boca. Sin
embargo, aquella mujer se quedó. Su compostura, al dar órdenes absurdas y
desatinadas a los criados, los exasperaba, y su presencia depresiva y
descontenta en los almuerzos y en las veladas, siempre que mi padre deseaba
estar a solas con mi madre, a él lo exasperaba más si cabe. A comienzos de
1916, las cosas estaban a punto de llegar a un punto decisivo. Mi madre
escribió a una antigua amiga[22], en
términos muy sombríos, para decirle que rara vez se le permitía ver a mi padre,
al cual pasó a referirse, de forma pesadamente irónica, y con mayúsculas, como
«El Gran Hombre», aparte de comunicarle que siempre que podía verle era en
compañía de desconocidos. Se encontraba, según sus palabras, en una situación
tristísima, y perdía a cada paso la escasa confianza en sí misma que podía
quedarle. Se había apoderado de ella la terrorífica sensación de que iba
envejeciendo, de que ya no quedaban pavorreales ni puestas de sol en este
mundo.
Mi padre supo que ella
empezaba a pensar en tales términos, pero descubrió que le costaba Dios y ayuda
tomarse estas quejas tan en serio como ella hubiese deseado. Él todavía
consideraba que Wilma era la raíz del problema, así que le dijo a mi madre que aquella
mujer se tenía que marchar. Mi madre se refugió de este ultimátum en una simple
huida. Se alojó en diversos lugares de la costa sur durante la mayor parte del
mes de mayo de 1916, y luego volvió una temporada al Riviera Hotel, para
alojarse después en Whitby, en Yorkshire. Allí pasó la mayor parte de agosto y
septiembre de 1916, mientras mi padre estaba de gira por las zonas que habían
sido escenario de los más encarnizados combates, en Francia e Italia. Cuando
regresó, pasaron juntos un largo fin de semana en un lugar secreto, entre
Maidenhead y Bray. No estaba dispuesto a tolerarlo, no podía de ninguna manera
ir de nuevo a Hatch End, no quería afrontar ni una sola de aquellas estultas
veladas en compañía de Wilma. Y así se lo dijo. Ella le escribió con tristeza[23],
diciéndole cuánto aborrecía verse separada de él. ¿Se daba él cuenta de que tan
sólo había ido a verla en dos ocasiones desde que volvió de Francia?
Mi padre le contestó a su
manera, con su característica contención. Las condiciones bajo las cuales
podían verse eran sin duda una prueba muy severa al amor que él le tenía. Ella
debía idear algo que le permitiera poner orden en su entorno doméstico. Tenía
que conseguir hacer de su casa un lugar en el que ella pudiese trabajar, en el
que él pudiese trabajar también siempre que estuviese con ella. Y, para
empezar, tenía que deshacerse de Wilma a toda costa. Mi madre hizo todo lo
posible. Se mudó de aquella casa de Hatch End, imposible de manejar; se alejó
de la ajetreada trivialidad del sector noroeste del extrarradio, para regresar
al sur de Essex. Descubrió un alojamiento que le resultó mucho más practicable,
más agradable, en Leigh-on-Sea, en la costa norte del estuario del Támesis, muy
cerca de Southend, a unos cuarenta minutos de la estación de ferrocarril de
Fenchurch Street, en Londres. La casa a la que se había mudado mi madre era una
casa encantadora, si se tienen en cuenta los criterios del extrarradio
londinense. Daba exactamente encima de la amplia bocana del estuario desde una
especie de balconada encajada en unos cerros que corren paralelos a la costa.
Dichos cerros tienen la inclinación y la altura necesarias para impedir que
llegase a la casa todo el ruido de los trenes de cercanías que pasaban por la
línea férrea más próxima a la casa. A menos de cinco minutos a pie, un tramo de
escaleras conducía a una estación en la cual se detenían los trenes de Londres.
Desde aquella nueva casa, a mi madre le resultaba muy fácil acudir a reunirse
con mi padre en su pied-á-terre de Claverton Street, en Pimlico, al igual que a
él le costaba poco tiempo llegar a verla desde Dunmow, pasando por Chelmsford.
Por si fuera poco, Leigh era
uno de esos lugares que a mi padre le agradaban de veras. Poco más allá de la
pequeña estación de ferrocarril, había auténticos botes pesqueros sobre los
guijarros de la orilla, entre las casamatas de tablones embreados en las que
los pescadores cocían los bígaros que habían recogido en Leigh Sands y en Marsh
End Flats, aquellos bígaros que para los que frecuentaban por entonces el East
End eran una auténtica delicia. Al Oeste había millas y millas de buenos paseos
por entre los diques de tierra batida que resguardaban las salinas de Leigh de
la pleamar, y también por Benfleet Creek y Canvey Island, en aquel entonces
desconocedoras aún de los enormes depósitos de hoy en día. A mi madre le
entusiasmaba salir a caminar, y disfrutaba de aquellos sitios tanto o más que
mi padre. Disfrutaron de unos cuantos días muy gratos, paseando juntos a la
orilla del mar, por los alrededores de Leigh, entre marzo de 1917 y el comienzo
del verano. Sólo que entonces volvieron a surgir las tensiones entre ellos dos.
Los problemas se presentaron
como de costumbre. La reducida hacienda de mi madre se había sumido de nuevo en
el ya conocido y desastroso desorden cuando se marchó una de las criadas,
celosa de otra que acababa de anunciar su boda en breve. A mi padre le resultó
de todo punto imposible entender ni una sola palabra del relato que le hizo mi
madre de lo sucedido; no pudo entender el cómo ni el porqué, y presa de su
exasperación cometió el error de sacar a relucir un antiguo proyecto suyo para
reformar el planteamiento doméstico de mi madre. Tres años antes, cuando mi
madre estaba aún en Quinbury, él había llegado a la conclusión de que la
incapacidad de mi madre para tener satisfechos a sus criados se debía a su
absoluta falta de experiencia en tales cuestiones. Le había preguntado a Jane
si podría echarle una mano, si no podría encontrar a una mujer algo mayor, que
hubiese trabajado toda la vida de criada y que se prestase a trabajar para mi
madre durante unos seis meses o un año en calidad de ama de llaves, para
enseñarle a llevar una casa como es debido.
Jane, que siempre estuvo muy
inclinada a echar una mano en tales materias (no en vano había proporcionado a
Amber Reeves su ajuar cuando resultó evidente que nadie iba a ocuparse de
ello), hizo toda suerte de indagaciones por la zona en que residía y a la sazón
encontró a Auntie North. Auntie North había empezado a trabajar de niñera en
una gran casa de campo, había sido cocinera durante una temporada y había
terminado por ser dueña y señora de las criadas de la casa. Los señores para
quienes había trabajado se deshicieron en elogios sobre ella, si bien mi madre
no se animó a tomarla a su servicio. Aguantó las presiones para contratarla
hasta que por fin se marchó de Quinbury y así arrinconó la idea.
No me resulta nada claro por
qué titubeó y por qué flaquearon las fuerzas de mi madre cuando mi padre volvió
a revivir el proyecto de contratar a Auntie North, ya en el verano de 1917; de
todos modos, su rechazo inicial a relacionarse con aquella señora resultó estar
perfectamente justificado. Era una de esas criadas de confianza que habían
trabajado toda la vida al servicio de una familia, una de esas criadas que
terminan por ganarse el privilegio de hablar a las claras con sus señores.
Sabía positivamente que no era sino una criada, pero también se le había metido
en la cabeza que era una criada de la pequeña nobleza que de hecho se hallaba
en pie de igualdad con sus señores. Se quedó de una pieza, completamente fuera
de sí, cuando descubrió que había ido a parar a una casa de clase media en la
cual ni siquiera había una habitación reservada para las criadas, ni tampoco
una sala de estar para la servidumbre. Sintiéndose como pez fuera del agua,
llegó a la conclusión de que su lugar natural en casa de mi madre estaba en la
sala de estar, y que para cumplir con su cometido le bastaría con soltar un par
comentarios ácidamente críticos siempre que surgiera la ocasión de hacerlo. No
le costó siquiera dos días llegar a la conclusión de que mi madre era un cero a
la izquierda, y que en el trato no tenía por qué ser superior a ella. Como no
se preocupó ni lo más mínimo de guardarse para sí sus opiniones, no tardó nada
en provocar una nueva crisis doméstica en casa de mi madre. La siguiente vez
que mi padre fue a verla, poco después que mi madre resolviera más o menos la
crisis mediante el sencillo sistema de echar de casa a Auntie North y a la
cocinera, se quedó genuinamente sorprendido al descubrir que ella estaba hecha
una furia con él. Después de todo, él solamente había hecho todo lo posible por
ayudarla.
Mi padre no se dio cuenta,
al menos por un tiempo, de que este episodio de farsa había servido para
abrirle a mi madre los ojos sobre ciertos aspectos de su situación que hasta la
fecha había pasado inconscientemente por alto. Cuando se metió de lleno en su
relación con mi padre, se le explicó con toda claridad que él formaba una piña
con Jane, pero ella no llegó a entender del todo las implicaciones de lo que se
le había comunicado. En su experiencia previa nada había que hubiese podido
ponerle sobre aviso de la fuerza imparable que puede llegar a desarrollar una
pareja casada y dispuesta además a consentir semejantes apaños. Solamente
después del breve episodio de Auntie North, que a ella por cierto la dejó muy
dolida, empezó a entender con una cierta claridad con quién se estaba jugando
los cuartos. Aquel incidente le dio a entender que su embarazo y el nacimiento
de su criatura no habían cambiado las cosas absolutamente nada. Podría haber
hipotecado su futuro y haber entregado todos los años de su vida a un intento
desaforado por conseguir lo que más deseaba, que con eso y con todo sus amoríos
con mi padre no pasarían de ser una minucia completamente secundaria y marginal
respecto del matrimonio que presidía su vida. Descubrió, sin el menor regusto
de placer, que se había colocado en una situación dada la cual a Jane le sería
muy sencillo mostrarse condescendiente con ella. Y cuando ya era demasiado
tarde también entendió que todo lo que le había dicho mi padre, sobre todo al
principio, respecto de sus relaciones con su esposa, equivalía a decirle a las
claras que bajo ningún concepto podía ella aspirar a convertirse en nada que
superase la categoría de actriz secundaria respecto del papel de protagonista
que investía a Jane.
Aquello tuvo que serle
sumamente doloroso, pero también entendió, por si fuera poco, que Jane estaba
al cabo de la calle. Jane tuvo muy claro desde el principio que no tenía nada
que temer de ninguna mujer que estuviese de acuerdo en relacionarse con mi padre
según los términos que preveía su acuerdo matrimonial. Jane se había propuesto
ser la esposa legal de mi padre hasta que la muerte los separase, y no estaba
de ninguna manera dispuesta a tolerar, ni siquiera en la franja que más distaba
de su relación conyugal, la presencia de una hipotética rival a la cual tuviese
que considerar digna de su respeto. No era una mujer sensual, y nunca había
alcanzado a entender los sentimientos ni de los hombres ni de las mujeres que
consentían que sus apetitos físicos gobernasen su conducta. En consecuencia, le
resultaba imposible respetar a ninguna mujer que estuviese dispuesta a
rebajarse y humillarse ante ella a fin de obtener licencia para acostarse con
su esposo. Incluso notaba un cínico placer en calibrar hasta qué punto estaban
dispuestas a llegar, en este sentido, las mujeres con las que mi padre andaba
en tratos. A menudo, mediante un derroche de gestos de consideración y de
amistad hacia ellas, dándoles a entender de ese modo que todo aquello no le
afectaba para nada, y que tampoco les guardaba ningún rencor, conseguía
arrastrarlas a una abierta correspondencia con ella. Todas las cartas que le
escribieron estas mujeres las conservó anotadas con suma precisión. En los
márgenes nunca puso una frase descortés, ni mucho menos malintencionada,
consiguiendo en cambio expresar de forma más efectiva sus sentimientos de
desdén y de irrisión mediante el subrayado, con un lápiz de punta dura, de
todas aquellas notas de falsedad y de obvia insinceridad que aparecían en las
cartas; si no, a veces añadía una tétrica exclamación al margen. Era una mujer
que a muchos hombres y a muchas mujeres que no llegaron a conocerla del todo
daba la imagen de una pastorcilla de porcelana de Dresde, si bien, tal como
Beatrice Webb reconoció en un momento de clarividencia, y muy al principio de
su relación, en su porte había siempre algo duro como el acero. Cuando se
trataba de defender lo que ella consideraba sus intereses vitales, era sin duda
alguna una mujer muy dura, indomeñable, a pesar de lo cual resultaba
formidable, sobre todo por tener un muy escaso sentido del humor. Cuando mi
padre le dijo que podría tener aquella amabilidad con mi madre, es decir,
hacerle el favor de conseguirle una criada mayor y experta en asuntos
domésticos que le enseñara todo lo necesario en la materia, la sugerencia se le
antojó de lo más gracioso. Y aún pareció más extravagante si cabe cuando volvió
a presentarse la misma ocasión por segunda vez, tres años más tarde.
De haberse reído mi madre a
la cara de mi padre cuando le propuso que contratase a Auntie North por segunda
vez, podría haber zarandeado a Jane, pero aún estaba demasiado verde para
entender que de ninguna manera podría haberse permitido prestar oídos a semejante
sugerencia, y mucho menos a considerar en serio el asunto. Y una vez cometida
la torpeza de permitir que aquella anciana chiflada e irritable entrase en su
casa, agravó más el error. No tenía la experiencia necesaria para saber que
tales errores de ninguna manera pueden repararse mediante una acción vengativa,
y que lo propio es considerarlos meros errores que antes o después se quedan
atrás. Desgraciadamente, mi madre, al igual que más tarde, se quedó con una
imagen de sí misma en la que salía parecida al típico mozalbete del Norte, con
la gorra encasquetada, decidido a dar golpe por golpe y a aguantar a pie firme,
sin tener en cuenta el hecho de hallarse arrinconado. Sintió que se le había
ofrecido un recordatorio provocativo de su estatus, de su calidad de actriz
secundaria, y reaccionó como si se le hubiese propuesto un reto. Decidió
mostrarle a Jane de qué pasta estaba hecha, es decir, dejarle bien claro que
era una soprano, y no una mera figurante, y que se había propuesto ser la
atracción principal en todos los espectáculos en que fuera a tomar parte.
Aquella mujer que había osado tratarla condescendientemente, en calidad de
protegida, tenía que morder el polvo o, por lo menos, recular en sus actitudes.
Mi padre tendría que divorciarse de Jane para poder casarse con ella. Estaba
dispuesta a pelear hasta que ya no quedase ni la más mínima duda acerca de cuál
de las dos era la figura central de su vida.
Jane pudo seguir este nuevo
giro de los acontecimientos a su propio paso, tan pronto se hubo percatado del
mismo. No era una persona que creyese en la conveniencia de ponerse a soltar
mandobles; ni siquiera solía levantar la voz. Celebró unos cuantos almuerzos, e
invitó a unas cuantas amistades a tomar el té. Dejó correr la voz de que estaba
algo disgustada con mi madre, que por cierto la había dejado asombrada, más que
nada por no prestarse a aceptar las reglas del juego. Dijo a sus amigos íntimos
que nunca había metido baza, que nunca se había propuesto echar a perder los
amoríos de mi madre con su esposo, y que, al contrario[24], se
había mostrado tan comprensiva y tan amable en todo aquello como de ella habría
podido esperarse de manera mínimamente razonable. Y mi madre, de pronto, estaba
dispuesta a pagarle su tolerancia forzándola a aceptar el divorcio. Estaba
completamente segura de que mi padre ni siquiera habría soñado tal cosa, en el
supuesto de que a él le tocase decidir, claro que mi madre era muy joven, y muy
atractiva, y mi padre tenía una debilidad inocultable por las mujeres jóvenes y
atractivas. Él se encontró sometido a una enorme presión.
El rumor de que mi madre
había empezado a comportarse de mala manera, de que estaba haciendo todo lo
posible por destrozar el matrimonio de mi padre, de manera tal que el desenlace
solamente podría resultar muy duro a su simpática esposa, comenzó a extenderse...
tal como estaba previsto. Y, tal como también estaba previsto, alcanzó de lleno
a mi madre. Ella contestó, como era previsible, devolviendo el golpe.
Encolerizada, empezó a pensar en Jane, y a hablar de ella, como quien piensa y
habla de una hipócrita vengativa, y tampoco ocultó que creía firmemente en que
mi padre estaba obligado sin duda a divorciarse de su esposa y a casarse con
ella. Comenzó a apremiar a mi padre para que reconociese la existencia de esta
obligación, para que se dispusiera a hacerle los honores. Cuando Jane se enteró
de que mi madre estaba en éstas, pudo retirarse airosamente de una pelea
desigual. Ya no hacía falta que dijera nada más. Lo único que tenía que hacer
era sonreír con amabilidad y
dárselas de mártir, antes de
cambiar de tema de conversación. Podía dejarlo todo, con toda tranquilidad, en
manos de mi madre, que no en vano se había hecho llamar Rebecca West: que fuera
ella sola la que se hiciese todo el daño que la situación podía entrañar. Su
propia postura no podía ser más fuerte, y su joven adversaria sólo podía salir
perdiendo y quedar malparada, aparte de agravar la situación de mi padre, si se
proponía salir al ataque.
Jane Wells no se pasó en
ningún momento de confianza en sí misma. Había hecho mucho por mi padre desde
que contrajeron matrimonio, y con él había acumulado una enorme cuenta de
crédito, por así decir. Ella había decidido muy pronto qué era lo que de ninguna
forma iba a consentir: que su notorio esposo la zarandease más de la cuenta. Él
era la respuesta a las necesidades que ella tenía, y ella iba a ser la
respuesta a las suyas, fueran las que fuesen. Hay una fotografía en la que
aparecen los dos, tomada a mediados de la década de 1890, que relata lo
principal de la historia. Él está remando, con ademán muy varonil, al frente de
la pequeña embarcación, y ella le mira desde el asiento de popa. Él es el joven
delgado de aquellos años, con aquellos ojos maravillosamente azules, con esa
manera de estar alerta, igual que un ave de presa, puro nervio, inseguridad,
pujanza, y una brillantez aún incierta, a punto de elevarse sobre el mundo como
un cohete. Ella es, con diferencia, la más avejentada de los dos, al menos por
lo que atañe al ánimo, y parece considerarlo a él sin bajar la guardia, con
ternura y con asombro. ¿Quién es ese extraordinario ser que se bastará para que
ella haga lo que sea? Se trata de la expresión que podría esperarse en el
rostro de una madre cuyo hijo a punto está de convertirse en un prodigio,
mientras la madre se pregunta hasta dónde llegará la criatura.
Mi padre había puesto a Jane
a prueba con gran dureza a lo largo de los años de vida en común, pero ella
nunca perdió el aguante. Cuando él le pidió que dejaran la casa de que
disfrutaban en Sandgate, a orillas del Canal de la Mancha y que habían construido
en sus primeros tiempos de prosperidad, para irse a vivir a Church Row, en
Hampstead, de manera que él pudiese seguir adelante más fácilmente con el
amorío que tenía con Amber Reeves, ella hizo lo que él le pidió sin titubear. Y
cuando él se consoló del final de su historia con Amber Reeves dando inicio a
otra aventura amorosa, esta vez con Mary Beauchamp, prima de Katherine
Mansfield, ella tampoco se dejó desconcertar. A ella le divertía Mary
Beauchamp, y disfrutaba de su compañía, pero es cierto que empezó a preocuparse
un poco cuando la inquietud que sembró aquella aventura en mi padre le llevó a
planear una vuelta al mundo que le habría tenido alejado de las dos al menos
por espacio de un año. A ella no le agradó la idea ni lo más mínimo. Sus hijos
tenían entonces once y siete años, y los dos necesitaban de su padre. La
respuesta que ella adujo al problema de su marido, a la larga, no podría
haberle salido mejor. Había descubierto una casa que a él le ofrecería la
posibilidad de empezar de cero y en un ambiente nuevo por completo, la Vieja
Rectoría de Little Easton, en Essex. Había algo en aquella casa -su solidez de
estilo georgiano, su amplitud de espacio- que le cautivó. Alquilaron la casa
por una breve temporada, y cuando se les acabó el alquiler, en la primavera de
1914, lo renovaron por un plazo aún mayor, un plazo que justificaría los
extensos planos de renovaciones y modificaciones que los dos creían que
necesitaba la casa en el supuesto de que fuesen a vivir en ella durante unos
años. Firmaron el nuevo contrato, y las modificaciones estuvieron previstas a
comienzos del verano. Mientras Jane repasaba los planes de aquellas reformas
con mi padre y con el arquitecto, Randall Wells, sabía perfectamente que había
construido un futuro para los dos, y que no había nada de qué preocuparse.
Aquel niño que iba a nacer en breve, en las honduras de los bosques de Norfolk,
no iba a cambiar nada entre ellos dos.
Pero resultó que[25] la
nueva casa, Easton Glebe, que es como iban a llamarla, iba a despertar en Jane
los primeros, los únicos síntomas de preocupación por culpa de mi madre. Las
obras de reforma, las cuales comprendían varios cuartos de baño, la
modernización de las cocinas, la adición de tres dormitorios para los criados,
y un estupendo balcón en el comedor, apenas habían comenzado cuando en agosto
se produjo la ruptura de las hostilidades, de manera que las obras se alargaron
interminablemente. La instalación de fontanería les dio muchos quebraderos de
cabeza. En la casa, de comienzos del siglo XVIII, existía una instalación que
era producto de diversas improvisaciones de la época victoriana, algunas de
ellas sumamente primitivas, y la modernización de la casa entrañó interminables
demoliciones de tabiques, con lo cual la casa se llenó de polvo y de hollín.
Durante buena parte de 1915, mi padre estuvo menos veces en su nueva casa que
fuera de ella.
Jane tuvo sus dudas durante
aquel año. Sus dos hijos habían empezado a estudiar en un internado, y ella se
sentía sola. ¿Acaso mi padre, después de todo, se había propuesto abandonarla?
Le planteó la cuestión, y él le devolvió la confianza, claro está que a su
manera. Reconoció haber estado particularmente irritable e impaciente durante
los meses anteriores, aun cuando ella, según opinión de él, no hubiese llegado
a entender cuan torturador le había resultado tener que trabajar en una casa
que no era más que una promesa de comodidad que de ninguna manera parecía que
fuese a cumplirse. Aborrecía los proyectos a medio terminar. Aborrecía que nada
estuviese en su sitio. Aborrecía los martillazos, las lonas que aleteaban por
todas partes. Deseaba que todo terminase. Deseaba que su casa fuese un sitio en
el cual fuera posible vivir, un sitio al cual pudiese invitar a otras personas.
No podía soportar la casa mientras fuese un continuo desorden, una continua
agresión. Además, había que considerar otra cuestión: cada vez que pasaba
varios días seguidos en Easton, se sumergía en un estado de absoluta
irritabilidad... cuando la realidad, en crudo, era que tenía apremiantes
necesidades físicas que ella no podía satisfacer. Él era un hombre afectuoso,
que de veras amaba a su familia, y todo lo demás, pero tenía una necesidad
mucho más simple. Necesitaba aquello cada vez que le entraba el hambre, a fin
de apaciguar sus nervios, a fin de disponer de
su mente para las cuestiones
de verdadera importancia. A ella la quería horrores. Era carne de su carne y
sangre de su sangre, y ella había sido además la que había hecho de él quien
era. No podría abandonarla.
Jane respiró tranquila de
nuevo. Él tan sólo había ido a decirle lo que ella ya sabía, aun cuando fuese
un alivio que volviese a decírselo. Quedó renovado su antiguo pacto, asegurado
en el conocimiento de que él seguía necesitándola para serle infiel, y más que
nunca, mientras ella se encontró libre de nuevo para pensar en las cosas de
verdadera importancia, como era, sobre todo, poner orden en la casa y en el
jardín. Jane invirtió todas sus energías en aquella tarea, y empezó a obrar
milagros. A finales de verano, Easton pasó a ser el lugar perfecto para que mi
padre trabajase en él, para que disfrutase de él, y así adquirió el carácter
que iba a tener durante toda una década.
Aquellos meses fueron
importantes para ellos dos por otra razón. A mediados de 1915, mi padre había
conseguido salir a pulso, escribiendo, del fiasco en que se encontraba desde el
fracaso de El mundo en libertad, de 1914. La confianza que antes tuviera en sí
mismo había vuelto de lleno, y volvió a ver cuál era el camino que tenía que
seguir. Ya no necesitaba que le certificase nadie su valía: él era H. G. Wells,
y estaba escribiendo un nuevo libro. Lo iónico que anhelaba era, por una parte,
tiempo para poder trabajar, y por otra una estimulante relajación. Ya no tenía
ningún sentido molestarse y preocuparse. En contra de Jane y de Easton Glebe,
mi madre no tenía nada que hacer.
Capitulo III
«Claro está que la verdadera
literatura, según sabe todo el mundo, es algo que tiene que ver con el ocio, el
lujo, las personas cultas, los libros, las lámparas de pantalla y todo eso.
Hallery sin embargo quiere meter dentro de ese saco no sólo las catedrales y
los santuarios, sino también las señales que se han visto en el cielo y los
tesoros... Quiere que la literatura abarque todo aquello que existe y además
todo lo que cambia a lo largo del trayecto, con la salvedad de los particulares
puramente personales.»
Boon
Mi padre llegó a uno de los
momentos decisivos de su carrera en 1914. Pocos meses después del fracaso de El
mundo en libertad, salió a la calle The Wife of Sir Isaac Harman (La esposa de
Sir Isaac Harman), obra que fue tibiamente recibida. Él nunca se había empeñado
de todo corazón en aquel libro, y tampoco había conseguido convencerse nunca de
que el libro siguiente, Bealby, dejando al margen la cuestión monetaria,
hubiese sido un libro digno de terminar. Le dijeron que era una maravilla de
libro las personas deseosas de consolarle por los dos fracasos precedentes, aun
cuando él sabía que tanto los consuelos como el libro no tenían sangre en las
venas. Y The Research Magnificent (La indagación espléndida), libro al
cual había consagrado dos años de trabajo, seguía escapándosele. Cada vez era
más frecuente que, siempre que se propusiera insuflarle nueva vida, o añadir
alguna novedad, se encontrase frente a frente con el interrogante fundamental:
¿qué es lo que estoy tratando de hacer?
Era quien era tan de pies a
cabeza, que solamente podría hallar una respuesta a este interrogante: la
solución al problema era claramente escribir un nuevo libro. Trataría sobre un
novelista famoso que pierde la fe en su vocación ante el creciente horror que
le inspira la guerra. Pero no podría ser un libro pesado, pues de ese modo
terminaría por asfixiarse, tal como se había asfixiado con La indagación
espléndida; estaba demasiado desanimado como para tener suerte con otro empeño
de esas características. Tendría que intentar algo distinto, probar otra vena,
si de veras aspiraba a la liberación que tanto ansiaba. Tenía la costumbre de
refrescarse con alguna actividad lúdica siempre que se sentía agotado, y de
pronto se encontró con que acababa de desenterrar un antiguo chiste de familia
sobre un escritor imaginario llamado George Boon.
George Boon era la
caricatura que de sí mismo había trazado mi padre: se trataba de un personaje
marginal, de corta estatura, de carácter inconstante y tornadizo y cierta
tendencia a la obesidad, cuyo súbito e inmenso éxito de crítica y de público le
habían convertido en prominente figura de un mundillo literario al cual no
creía pertenecer. Mi padre se lo había inventado durante los años que pasó en
Sandgate, a escasa distancia —que recorría en bicicleta— de Lamb House, la
mansión que poseía Henry James al otro lado de Romney Marsh. Hubo cierto trato
entre los dos, y Boon empezó a existir para aliviar algunas de las tensiones
provocadas por la proximidad con que se perfilaba aquella presencia literaria.
La relación que tuvo mi
padre con Henry James ha sido objeto de diversos errores de interpretación en
las biografías de ambos hombres. León Edel, escritor norteamericano, se ha
permitido el lujo de decir que fueron excelentes amigos al menos durante una determinada
época. Nada más lejos de la realidad: nunca fueron amigos, y por una razón bien
sencilla: los sentimientos que albergaba James hacia mi padre debieron de ser
muy parecidos a los que debió de tener Balaam para con su asno después que éste
le hablase. Reconocía que mi padre era un fenómeno, pero no era capaz de pensar
en él en términos de igual a igual. Lo trataba con una condescendencia punto
menos que implacable, y lo hacía de la forma más ofensiva que le fuera posible.
A mi padre quiso dejarle bien claro que daba por hecho que era tan tarugo que
no sería capaz de entender lo que a él, a James, se le estaba haciendo. Muy al
principio de su relación, James pasó a ser una figura que tanto mi padre como
mi madre se tomaban a chirigota, en parte por el engolamiento y la reverencia
en que se tenía conceptuado, aquel gran vicio cuyo cultivo tanto fomentó en él
su hermana, Alice, y en parte por la persistencia de sus esfuerzos misioneros
para con mi padre, al cual quiso inculcarle la absoluta necesidad de enaltecer
la dignidad y el decoro que requería su nueva posición en la sociedad. James le
dejó bien claro que era su deber no consentir que la literatura decayese.
Mi padre tenía verdadero
talento para la imitación, y nada le divertía tanto como repetir las
elaboradísimas, fantásticas e hiperbóreas pagodas verbales con que expresaba
James su asombro ante hechos tales como que el pobre e infeliz George Gissing[26], nacido
entre las filas más oscuras de la clase media baja -y, por si fuera poco, en el
norte del país-, fuera capaz de hablar francés con un acento de perfección casi
exquisita, o que hubiese algunas personas educadas, refinadas, que pese a todo
creían a pie juntillas que aquel patán irremediablemente provinciano[27],
William el Juglar, hubiese escrito las obras de teatro y los poemas.
Sin embargo, el chiste de
James había terminado por amargarse. Había escrito a mi padre en demasiadas
ocasiones para ensalzarlo con untuosas adulaciones a manera de preliminar, es
decir, antes de comunicarle que su último libro volvía a poner de manifiesto
que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Le daba por jugar a este juego
de oscuras motivaciones con excesiva frecuencia, por ejemplo cuando escribió a
mi padre a propósito de Amigos apasionados[28], para
decirle lisa y llanamente que de ninguna forma sería posible tomárselo en serio
como escritor.
Me siento absolutamente
incapaz de aproximarme a su obra, y ni siquiera noto que lo desee ó que pueda
llegar a desearlo... bajo la luz de ninguna óptica de la crítica literaria,
para estatuir ninguna clase de juicios, comparaciones o conclusiones; de hecho,
no comparto ni puedo compartir con usted ninguna relación estética o
«literaria»...
Que un escritor se dirija a
otro en privado con el exclusivo propósito de hacerle saber que su obra tendrá
validez solamente mientras tenga derecho a despertar el interés de los lectores
en tanto manifestación de su propia personalidad, y que en caso contrario
carecerá de todo valor, es una forma perfecta de meterse donde no le llaman. Y
la ofensa de James fue tanto mayor por cuanto que su carta le llegó a mi padre
en un momento en que albergaba serias dudas respecto de sí mismo. Empuñó la
pluma[29] para
mitigar sus sentimientos, e hizo saber ajames, con un lenguaje
intencionadamente abrasivo, cuan estéril e impertinente le resultaba la crítica
de un colega tan claramente incapaz de comprender propósitos e intenciones
diferentes de los suyos. Además, dejó caer al desgaire la observación de que
James se había excedido al adoptar la actitud del maestro para con el discípulo
con un escritor que nunca le había invitado a hacerlo, y que, como se las había
arreglado para encontrar editor para una treintena de novelas que no habían
fracasado del todo estrepitosamente, bien podría considerar que había echado a
andar por el buen camino.
James, quien gustaba mucho
de rodearse de cobistas, y que por tanto estaba acostumbrado a que le lamiesen
las botas, consideró irritante el sarcasmo de mi padre. Volvieron a encenderse
en su interior una serie de sentimientos que habían permanecido apagados desde
1912. Aquel año, James unió sus fuerzas con Edmund Gosse[30], un
crítico distinguido aunque algo cursi, cuya más elevada ambición en lo
literario iba a cumplir en definitiva mediante su nombramiento como
bibliotecario de la Cámara de los Lores; ambos intentaron persuadir a mi padre
para que se hiciera miembro del Comité Académico de la Royal Society of Literature. Los dos lo hicieron con sus
mejores intenciones. Se habían propuesto ayudar a mi padre para que recuperase
su respetabilidad después del escándalo por el que había pasado, y recibieron
como una afrenta su instantánea negativa[31] a tener
ninguna relación con semejante propuesta. Al desecharla, mi padre dijo a James
que no tenía ningún interés por ninguna academia, y que no creía que la
institucionalización de las artes redundase en beneficio de las mismas,
añadiendo que, en el supuesto de que alguna vez llegase a considerar la
posibilidad de hacerse miembro de una sociedad literaria, jamás sería una
sociedad patrocinada por la Casa Real. James se sintió herido donde más podía
dolerle. Comunicó a Gosse que la respuesta de mi padre a la invitación de ambos
había puesto de relieve que «de ninguna de las maneras podría figurar entre
nosotros»[32]. Prosiguió elevando la
negativa de mi padre a hacerse miembro de su rancia organización al rango de
una decisión consciente de apartarse de la propia literatura. Habida cuenta de
la ulterior afrenta de mi padre, negándose a someterse a su autoridad crítica
en relación con Amigos apasionados, James llegó a la conclusión de que había
llegado el momento de dar una lección, o un correctivo, a aquel jovenzano
surgido de abajo. Procedió, a su debido tiempo, a publicar en el Times Literary
Supplement la insufrible crítica que ya he mencionado antes. Una de las frases
que James aplicaba a la escritura de mi padre, la incorregible levedad, le
resultó en particular muy ofensiva. Era excesivo que le acusase de tal defecto
un hombre que había reconocido renunciar a un año entero de su vida para
consagrarlo a un esfuerzo, a resultas del cual concluyó The Awkward Age, por
vencer a Gyp, la titulada dama francesa que escribía con éxito una novela de
medio pelo tras otra, sin cesar, en su propio y ridículo terreno.
Me resulta muy fácil
adentrarme en la sensación de ultraje que embargó a mi padre. Al margen de lo
que hubiese podido hacer y deshacer desde que quince años atrás escribiese Love
and Mr. Lewisham (El amor y el señor Lewisham), cuando menos había intentado
enfrentarse a todas las cosas que en su fuero interno tenían una importancia
más apremiante. Había llegado a pensar que los asuntos particulares que había
tratado merecían a su vez ser tratados en público, pues estaba seguro de que
esos asuntos, o tal vez otras preocupaciones similares, eran la sustancia de
que estaban entretejidas las vidas de la gran mayoría de hombres y mujeres que
veía sufrir a su alrededor. En sus libros nunca dejó de preguntarse, y de
preguntar a sus lectores, por las cuestiones que para él tenían vital
importancia. ¿Por qué resultaba la vida de tantas personas tan estrecha y
limitada? ¿Por qué abundaba tanto la fealdad, en el plano físico y en el plano
moral? ¿Por qué las relaciones sexuales, que deberían ser fuente de alegría, resultaban
a menudo tan pobres y degradantes? ¿Por qué seguían tolerándose ciertas
convenciones que deformaban por completo la vida de las personas? ¿Acaso no
existían mejores formas de vivir? ¿Acaso esas continuas probaturas, esos
esfuerzos por llegar al corazón mismo de lo que verdaderamente importa, de lo
que auténticamente tiene sentido en la vida de tantas personas de a pie, por
muy poco artísticamente que estuviesen tratados, podían resultar una empresa
menos seria que entregarse de lleno, un año sí y el otro también, a la
producción de objetos artísticos sumamente elaborados y exquisitamente
terminados que solamente podrían saborear los más privilegiados, los más
refinados, en sus ratos de ocio?
Cuanto más tiempo dedicó a
pensar en ellas, más intolerables le resultaron a mi padre las pretensiones
pontificias de James. El muy ladino no podía reposar en paz con su absoluta
libertad para dedicarse a sus preciosismos: tenía que excluir además todas las
demás formas de la novela, e insistir en la necesidad de que la literatura se
limitase al cumplimiento del único esfuerzo que estaba dispuesto a reconocer, a
saber, el logro de la experiencia estética en sí misma. Todos los novelistas
estaban obligados a escribir novelas jamesianas y de acuerdo con el estilo
jamesiano. Había intentado funcionar como si él mismo fuese toda una Academia,
imponiendo las reglas que estipulasen lo que podía hacerse con la novela y lo
que no, y amenazando a todos los que deseasen continuar la explotación de sus
formas infinitamente variadas con imponerles una especie de excomunión. En
medio de su irritación, a mi padre se le ocurrió que las dudas que tenía George
Boon respecto de lo que estaba haciendo con su tiempo encontrarían su natural
cauce de expresión en una revisión de las propias dudas que él sentía acerca de
la cultura de los salones de recepción y de las casas de retiro de fin de
semana, de las cátedras y los colegios universitarios, de los clubes del West
End, de los cuales era Henry James la última y más excelsa floración. A través
de Boon podría dar un repaso a toda la masa que hablaba continuamente de
aquella idea de una Academia Británica, a todos aquellos hombres como el
presidente perpetuo de las cenas literarias, Lord Reay, quien por cierto no
había escrito ni una sola línea en toda su vida, o como el Sir Walter Raleigh
de entonces, o como el «viejo Q», Sir Arthur Quiller-Couch, o como el profesor
Saintsbury, del salón del libro y, por descontado, como Edmund Gosse, el
«gentleman» y arbitro del vestir de toda la cultura literaria.
Al consiguiente ataque
contra la élite de las letras, que fue uno de los esfuerzos pioneros en este
campo, mi padre le dio la forma de un volumen de homenaje. Fallecido George
Boon, un tal Reginald Bliss, refinadísimo aficionado que ha conocido a Boon en
su vejez, aun sin haberlo llegado a comprender, se convierte en su albacea
literario y se le ocurre la idea de que sin duda podrá escribir un relamido
ensayo en memoria de George Boon que servirá de introducción a su testamento
literario. Sobre este testamento alberga grandes esperanzas, ya que Boon le
arrastró a la suposición de que llevaba varios años trabajando en un texto
omnicomprensivo sobre el estado actual de la cultura literaria. Descubre,
pasmado, que esta opus magnum no existe, que nunca ha existido. Boon había
comentado la posibilidad con sus amistades, pero nunca llegó a escribir ni una
sola línea. Bliss descubre unas cuantas anotaciones incomprensibles, pero eso
es todo lo que hay. Al final, se ve llevado a intentar recuperar tantos restos
como le sea posible, tamizando sus recuerdos de Boon mediante una serie de
conversaciones con sus restantes amistades. Lo único que brota de sus denodados
esfuerzos es una colección extremadamente divertida de piezas cortas y parodias
arracimadas en torno a una sátira de The New Republic, de W. H. Mallock, una
extravagancia literaria que a la postre y en esencia es un ataque guiado por un
anglocatólico ultraconservador contra las ideas de Benjamin Jowett, teólogo
liberal que había sido profesor en Balliol siendo mi padre un niño.
Mi padre despreciaba las
ideas genéricas de Mallock, pero le tenía simpatía por su odio hacia Jowett, en
el cual detectó mucho en común con su propio disgusto hacia Henry James. Tal
como iba a manifestar su conversión al catolicismo, profesada ya en el lecho de
muerte (vivía aún cuando fue publicado Boon), creía firmemente que los
cimientos de aquella cultura que tanto valoraba descansaban sobre una
aceptación de la fe cristiana. Creía exactamente igual que creía Pascal, y
detestaba a Jowett por considerarlo el prototipo del teólogo católico
tendencioso, dado a rebajar la fe hasta un extremo en el cual pierde toda su
esencia. En The New Republic, la caricatura que hace Mallock de Jowett es una
prédica en un servicio ecuménico que comienza por el recitado de un pasaje del
Corán, pasa por una versión de una oración anglicana de la cual ha sido
amputado el Credo y termina con una breve oración de San Francisco Javier. En
el sermón que forma parte de la ceremonia, el pseudo-Jowett deja bien claro que
lo que propone es una creencia cristiana que no requiera la
aceptación de nada en
concreto. Se centra en una cita de ciertas palabras de Cristo que no figuran en
ninguno de los evangelios, sino que proceden de una de las obras de Clemente de
Alejandría, quien no creía en la divinidad de Cristo:
Al preguntársele al Señor
cuándo vendría a nosotros Su reino, contestó: «Cuando el dos sea uno, cuando lo
que está fuera y lo que está dentro sean uno, cuando el varón y la hembra sean
uno... que no será ni hembra ni varón.»
Mallock creyó ver en esta
clase de afirmaciones la muerte del Cristianismo en tanto fe profesable, y a mi
padre debió de impresionarle la similitud existente entre su reacción
desaforada ante la actitud teatral de Jowett frente a lo religioso y su propia
respuesta ante el esteticismo de James. Sentía que la trivialización de la
literatura por parte de James, y la frivolidad con que abusaba de las más altas
pretensiones del arte para justificar su inmersión en las minucias propias de
las transacciones que se realizaban entre los miembros de la clase
privilegiada, estaba a la par de la perversión de la virtud y de la fuerza
primitiva del ethos cristiano en que había incurrido Jowett, aparte de
considerarlo como algo que fácilmente podría precipitar la muerte de la
literatura en tanto fuerza dentro de la sociedad. Las reglas jamesianas que
definían las preocupaciones más apropiadas de la escritura producirían, caso de
aplicarse siquiera con la mitad de rigidez que él proponía, un corpus de
literatura de tan escaso significado para la vasta mayoría de los lectores que
carecería de peso por completo. Sería un simple juego, una partida de
referencias privadas que solamente jugarían los cultistas.
Este punto de vista puede
parecer extremado, pero mi padre había intentado discutir de asuntos muy serios
con él, oportunidad que en cambio tuvieron muy pocos de los admiradores de
James que empezaron a menudear en los departamentos universitarios al final de
su vida. La experiencia le había llevado a pensar que James desconocía en qué
consistía la seriedad. A fin de expresarlo, escribió la soberbia parodia
-amargamente resentida- de una novela típicamente jamesiana, que constituye el
meollo de Boon y que resulta cardinal en la trama de la novela. Trata
directamente de las dos objeciones principales que hizo mi padre a la escritura
de su adversario: que en ella no se dice nada con excesiva claridad y que
tampoco se dice gran cosa. Son precisamente los puntos que condensa Hardy en su
observación en sordina, según la cual James había desarrollado «un estilo
asombrosamente cálido[33] para no
decir nada, eso sí, mediante frases interminables». Mi padre hace estas
objeciones tomando por pretexto The Spoils of Poynton (El expolio de Poynton],
la novela corta que tenía en mente como ejemplo primordial de la tendencia a la
trivialización propia de James desde que la leyera, en 1897; en ella detecta el
grosero y premeditado debilitamiento de un tema -relacionado con la pasión de
adquirir- extraído de Balzac.
Para llevar a término esta
parodia, mi padre tuvo que resolver primero un problema de orden técnico: tuvo
que inventarse una historia abrumadoramente insustancial en la cual hubiese una
sustancia que a nadie pudiese pasársele por alto. Dio con la respuesta en el
relato de las desventuras que acaecen a un tal Mr. Blandish, un hombre más que
acomodado y sin ninguna ocupación, que pasa buena parte de su tiempo tratando
de encontrar dentro de su casa algo que previamente estuvo y que ya no está. Se
trata de una de esas personas perezosas que pasan el rato yéndose de compras,
pasatiempo al que da un barniz de dignidad diciendo que es coleccionista de
antigüedades. Con el paso de los años, ha reunido en su casa multitud de
objetos, y ahora ha emprendido la búsqueda de un lugar apropiado en el cual
conservarlos, la pieza definitiva que busca todo amante de las antigüedades, es
decir, esa perfecta casa de campo a la que el tiempo haya dado una pátina de
serenidad, la antigüedad en la que de hecho sea posible ingresar para formar de
una vez por todas parte de ella. Mr. Blandish encuentra a la postre lo que
estaba buscando, aunque solamente para enterarse, cuando haya tomado posesión
de la casa, y la casa de él, que con ella ha adquirido también algo muy raro y
vagamente amenazador. De qué pueda tratarse ese algo, Mr. Blandish no lo
consigue descubrir. Sus esfuerzos por identificarlo se prolongan lo indecible
porque, al ser un personaje jamesiano, no será capaz de hacer preguntas
directas a ninguna de las personas que
tal vez pudieran ayudarle.
Está condenado, por su cruel destino literario, a perseguir ese algo de atisbo
en atisbo, a través de una espesa telaraña de interminables conversaciones,
mantenidas con diversas personas que tampoco podrán hacer afirmaciones directas
acerca de nada, y a las cuales no es posible decir de qué se trata el problema
del pobre Mr. Blandish. La solución del caso termina por hallarse en el reino
de la alegoría: resulta que cuando Mr. Blandish adquirió la casa, emparedada en
la bodega había una enorme partida de licor de la vida. Cuando por fin se
entera, ya es demasiado tarde para que dicho conocimiento le haga ningún bien,
ya que alguien[34] ha hecho previamente ese
descubrimiento y ha dado cuenta de todas y cada una de las botellas de ese
preciado líquido. A Mr. Blandish no le queda ni una gota; lo único que llegará
a saber es que una vez hubo algo ciertamente valioso en aquel lugar.
Lo que mi padre afirma
mediante esta parodia, y en las páginas de Boon, es que la vida, el hecho de
estar vivo, abarca ese conjunto sobrecogedoramente importante e interesante del
cual el arte y las dotes del connaiseur no son sino meras partes que coadyuvan
a darle existencia, aunque de forma menor. En la medida en que Boon fue la
respuesta directa de mi padre al cicatero y rencoroso ataque aparecido contra
él y contra su obra en el Times Literary Supplement, puede decirse que es un
libro que anima una buena dosis de malicia, aunque de hecho su respuesta pasó a
ser su sopesado rechazo, de una vez por todas, de los valores elitistas de la
cultura literaria inglesa establecida.
Cuando hubo concluido Boon,
y así hubo definido su actitud, mi padre tuvo la sensación de haberse quitado
un gran peso de encima. Había hecho desaparecer aquello que le bloqueaba tal y
como salta el corcho de una botella de champán, y una nueva novela —Mr.
Britling Sees It Through (El señor Britling lo ve claro)- pronto empezó a
absorber su energía y su atención. Cuando Boon estuvo impreso y listo para su
distribución, por lo que a él concernía era ya un asunto concluido. Distanciado
del libro por el hecho de estar impreso y encuadernado, le parecía lisa y
llanamente una contribución legítimamente recia a ese debate todavía en marcha
sobre las cuestiones primordiales, que de hecho constituye la sal de la vida y
la salud misma de la profesión literaria. En cuanto a su tratamiento de James,
el buen señor ya había probado su látigo sobre sus carnes, así que más le valía
dar por sentado con toda tranquilidad que iba probar un sorbo de su propia
medicina. Los editores le facilitaron sus ejemplares de respeto en junio de
1915, y pocos días después mi padre dejó caer uno, debidamente envuelto, en
manos del conserje del club del West End que frecuentaba James, diciéndole que
no había ninguna prisa por hacérselo llegar a Mr. James, que podía esperar
hasta que él viniese al club.
Se me ha sugerido que el
hecho de que mi padre no adjuntase ninguna nota con el libro, cuando lo dejó en
manos del conserje del club, indica que tenía mala conciencia acerca del
irreverente tratamiento que del Maestro hacía en el libro. Lo cierto es más bien
que a esas alturas no creía deber casi nada, ni siquiera en materia de cortesía
elemental, a un hombre que se había dedicado a hablar mal de él con entera
libertad y a sus espaldas[35] desde
hacía ya algunos años. A James le encantaba contar historias, y le encantaba
pulir las historias que contaba. Desde la trifulca con los fabianos, habían
circulado sin término los cotilleos concernientes a mi padre, y desde el asunto
de la Royal Society of Literature James no vaciló ni una sola vez en sumarse al
juego. Era por entonces una regla no escrita, dentro de las cortesías de
sociedad, que no se debía impedir ni silenciar ningún comentario cuando se
trataba de arruinar a una persona que no encajaba, o que no tuviese la debida
talla moral; algunas de las historias que James se había dedicado a contar eran
sin duda harto desagradables. En consecuencia, mi padre se sintió genuinamente
asombrado cuando James, con quien había tenido muy escasos contactos de un
tiempo a esta parte, le escribió a comienzos de julio para protestar contra la
acerba embestida que entendía había sufrido en Boon, como si fuese algo que le
hubiese llovido del cielo, y no algo que se había merecido a pulso. Esta
revelación —que James fuera por completo inconsciente de su conducta, cada vez
más ofensiva y provocativa— sirvió a mi padre como primer indicio de que James
había empezado a resbalar por la cuesta de la senilidad que muy pronto iba a
llevarle a permitirse creer[36] que era
el Emperador Napoleón y que residía en las Tullerías. Tras efectuar algunas
discretas indagaciones acerca de la condición en que se encontraba James, tras
enterarse de que ciertamente andaba de capa caída, mi padre contestó por
escrito a aquella carta con una evasiva. Le decía a James que no era preciso
tomarse Boon demasiado en serio: la parodia que tanto había dolido a James no
era sino un jeu d'esprit escrito, de veras, varios años antes. Había
descubierto una versión primeriza del texto mientras ordenaba antiguos papeles,
y en ella había creído descubrir algo que expresaba a la perfección uno de los
pensamientos que le habían acuciado mientras redactaba la novela, de manera que
trabajó sobre aquella versión a manera de entretenimiento: se trataba, de
hecho, del primer motivo de alivio que había encontrado a su obsesión por los
crecientes horrores de la guerra. Cuando hubo terminado, creyó que se ajustaba
a sus intenciones. James debería procurar olvidar todo el caso, que en realidad
no tenía ninguna importancia.
Que mi padre no se amilanara
y no le pidiera disculpas enfureció más a James, quien siempre fue
patológicamente sensible a la parodia. Le replicó con el majestuoso aunque
incomprensible reproche de que sus admiradores habían escrito e impreso sus
obras desde siempre con auténtico temor. Se dice que esta afirmación machacó a
mi padre, pero la verdad es que la tomó por el confuso balbuceo de un hombre
muy enfermo, y le resultó patética. No le impresionó lo más mínimo la famosa
profesión de fe con la que aquella carta se aproxima a su final:
«Es el arte el que hace la
vida[37], el que la dota de
interés, el que le da su importancia... y no conozco nada que pueda sustituir
la fuerza y la belleza de este proceso.»
Mi padre pudo admirar la
sonoridad de esta afirmación, pero cuanto más se paró a pensar en ella, menos
significado pudo detectar. En su respuesta apunta con cierta mansedumbre que a
él le da la impresión de que, en efecto, carece de significado («No entiendo
con claridad[38]
su frase concluyente»), y así pone punto final al intercambio de opiniones.
Algunos han insistido en que
mi padre no se defendió con más vigor en esta ocasión precisamente por saber,
en el fondo de su corazón, que James estaba en lo cierto, y que su propia
postura y su conducta resultaban insostenibles. La verdad es mucho más simple:
se había enterado de lo rápidamente que iba deteriorándose la salud de James
cuando recibió la segunda de estas cartas; por eso no quiso añadir más
confusión e inquietud a la situación de un hombre que empezaba a agonizar.
Ciertamente, James estaba por entonces a punto de perder el contacto con la
realidad. Cuando en octubre perdió la capacidad de hablar, dejó de recibir
visitas, y desde diciembre y en lo sucesivo se sumió en un estado en el cual
desconocía durante largos lapsos de tiempo quién era o dónde estaba. Falleció
en febrero.
Dos son las razones por las
cuales me he ocupado con todo este detenimiento en las cuestiones en que
pensaba mi padre mientras escribía Boon, y en la verdadera naturaleza de sus
relaciones con James. La más convincente de las dos es que mi padre hablaba de
Boon como de la novela más reveladora de su propio yo que nunca hubiese
escrito. En segundo lugar tengo que hacer mención de mi creencia en que un
cabal entendimiento de estas cuestiones arroja una clarísima luz sobre el
espinoso asunto de su incompatibilidad con mi madre. El primer libro que
publicó ella, aparecido poco después de publicarse Boon, fue un estudio crítico
de la ficción de James. En él hizo excepción de algunos de los manierismos más
insufribles de James, pero en cambio refrendaba sin cortapisas sus opiniones
sobre la suprema importancia del arte y del artista dentro del universo. Al
hacerlo, afirmaba su punto de vista de que el artista como escritor no era un
simple mortal cuando inventaba una historia, cuando razonaba y discriminaba a la
manera de James; según su manera de entenderlo, James tenía más bien la
naturaleza de un derviche utilizado a manera de instrumento por un poder más
elevado. Propuso su opinión, según la cual mi padre quedaba a años luz, de que
el artista, en el momento de la creación, debe ser como ...el santo que
aguarda el abrazo de Dios, y debe librarse de los apetitos de este mundo,
apartarse de las sensaciones como si de hecho fuesen el pecado mismo, suprimir
su propio yo y alzar su conciencia como si fuese un cuenco vacío en el cual
recibirá el líquido celestial...
Mi padre consideraba esta
clase de párrafos como meros ejercicios en el abuso de la lengua en aras de la
contemplación de uno mismo y del enaltecimiento de su propia importancia; pese
a detestar sobradamente estos alardes, le resultaban doblemente exasperantes
cuando los oía de boca de una amiga íntima. De haber querido introducir mi
madre una cuña insalvable entre los dos, difícilmente habría podido dar mejor
en el clavo que mediante la publicación de este libro en concreto y en un
momento no menos concreto.
Su relación pronto estuvo
expuesta a otras tiranteces. Poco después que mi madre se mudase de Hatch End a
Leigh-on-Sea empezaron a sentirse las consecuencias de las radicales
innovaciones[39] que se habían hecho en
los bombarderos alemanes. Un nuevo Gotha cuatrimotor hizo que el bombardeo de
Londres, hasta entonces inconcebible, pasara a ser una propuesta viable. Estas
máquinas eran capaces de atravesar el mar del Norte y, tras avistar la costa de
Essex, seguir la ribera norte del estuario del Támesis, hasta llegar a la
capital, antes de regresar a sus bases. A los primeros ataques diurnos, que
sembraron el pánico en el East End londinense, sucedieron de inmediato los
ataques nocturnos. Los aviadores alemanes habían descubierto que por espacio de
varias noches, indistintamente antes o después de la luna llena, se podía
recorrer el estuario con la misma facilidad de noche que de día. Al sobrevolar
Essex y mirar al Sur, los pilotos podían ver dónde terminaba la oscura masa de
la tierra y dónde empezaban las aguas, sobre las que rielaba la luna. Otra
cuestión muy distinta era saber con precisión en qué punto de la ruta se
hallaban, sobre todo por los primitivos instrumentos de navegación que se usaban
entonces, de manera que sucedía con cierta frecuencia que los pilotos caían en
un equívoco al ver el súbito estrechamiento del estuario entre Canvey Island y
Tilbury: así pensaban que se hallaban ya a las puertas de Londres. Soltaban
pues las bombas sobre los pantanos salinosos que hay entre Southend y Tilbury y
se volvían a sus bases. Quiso la suerte que mi padre estuviese de visita en
casa de mi madre en un par de ocasiones en que se produjo este error, y la
verdad es que no disfrutó con la experiencia. Los dos, muy comprensiblemente,
se asustaron. Pero así como la manera que tenía mi madre de hacer frente a sus
temores era más bien céltica, y proclive a la declamación, mi padre prefería
ocultar sus emociones. Esta diferencia se agudizó sobremanera en la segunda
ocasión en que se encontraron a tiro de piedra de las explosiones. Los gemidos
de mi madre -«¡Dios, oh, Dios!»- cada vez que otro Gotha zumbaba por
encima de sus cabezas, a mi padre simplemente le dieron arcadas. Creyó que todo
aquello formaba parte de una representación teatral. Le pareció que ella
siempre se empeñaba en hacer que las cosas resultasen más exageradas de lo que
eran en realidad, le pareció que aprovechaba todas las ocasiones que podía para
convertirse en el centro de atención. Él, obvio es decirlo, nada tenía que ver
con ese talante.
Por entonces, mi padre se
guardó su resentimiento, que sin embargo fue creciendo y madurando en su
interior hasta que ya no pudo dominarlo, cuando volvía a Easton Glebe al día
siguiente. Poco después de llegar a su hermosa residencia[40], poco
después de sentirse cómodamente instalado, se sentó a escribir a mi madre, para
hacerle saber con toda exactitud el giro que habían tomado sus pensamientos.
Los acontecimientos de la noche anterior le habían llevado a preguntarse por
qué seguía empeñado en mantener viva la relación entre ambos; llegó incluso a
preguntarse si de veras era amor lo que sentía por ella. Sospechó que en el
fondo estaba aferrándose desesperadamente a una mera ilusión. Al principio de
sus amores él había tomado la decisión de creer que ella era una mujer valerosa
y determinada que iba a ser su compañera en el amor y en la felicidad, al menos
en privado, y que iba a descollar gallardamente en público, y que iba a tener,
en definitiva, una gran historia con él. En cambio, nada había sido como él se
lo pintaba; los años anteriores habían sido un cúmulo de desagradables
incidencias, de líos interminables con los criados y de insignificancias
representadas sobre la base de su intratable madre y su desgarrador repudio de
su situación. El ambiente de sus diversas residencias a él siempre se lo había
envenenado la presencia de extraños, y amarla había terminado por ser lo mismo
que dominarla mediante una sucesión de estados de ánimo limitados, tímidos,
cómicos y en definitiva lamentables. Entre sus allegados y sus familiares, la
vida en conjunto de que pudieran haber disfrutado se había ido al garete. No
quedaba nada más que unas cuantas tardes, unas cuantas veladas que rapiñaban de
entre los restos del naufragio yéndose al único lugar en el que podían contar
con el hecho de estar a solas los dos: aquellas patéticas habitaciones de
Claverton Street en las que vivían sin deshacer las maletas. El no la culpaba
por nada de lo acaecido, pero así estaban las cosas. Ella vivía con demasiada
atención al qué dirán, preocupándose continuamente por personas cuya opinión
acerca de ella no importaba ni un comino; dejaba a todas horas que su aprensión
por lo que tal vez pensaran dichas personas dominase todos sus actos. No tenía
el don necesario para sacar el mejor partido de las cosas. El suyo era un
natural propicio a oscurecer su mundo, a cerrarse todas las oportunidades de
ser feliz que se presentasen en su camino mediante lúgubres presentimientos. Él
se había dado cuenta de que las cosas iban a ser así durante todo el tiempo que
siguiese a su lado. En realidad, lo que estaban haciendo no tenía ningún
sentido.
No tengo la menor idea de
cómo pudo responder mi madre ante este golpe tremendo, pero la respuesta que
dio mi padre a esa réplica hoy inaccesible da a entender que ella se lo tomó
por las buenas, y que estuvo de acuerdo en iniciar un período de enfriamiento
durante el cual los dos pudieran pensar las cosas con detenimiento, es decir,
que reaccionó de forma relajada y casi cariñosa. El le dijo que si ya no iba a
seguir siendo su amante, sí pensaba seguir comportándose como un hermano. Se
alegró de que se hubiesen disipado las nubes de tormenta. La carta de ella le
había dado a entender con toda claridad que ella estaba tan desconcertada como
él respecto de cuál pudiera ser el deenlace final de sus relaciones; él por su
parte lo único que sabía con certeza era que había terminado para siempre con
los amoríos. La lujuria, la excitación, las mujeres guapas todavía podían
hacerle mella de cuando en cuando, pero el amor se había terminado. No estaba
dispuesto a dejarse llevar por más compromisos emocionales; iba a hacer del
mundo sin fronteras su único amante[41], e iba
a amarlo.
Una vez dicho lo indecible y
lo imperdonable, canceladas todas las apuestas aquello debiera haber terminado.
Pero no fue eso lo que sucedió. Mi madre seguía estando tan decidida como
siempre a ganarle la batalla a Jane Wells, a expulsarla de su posición, y eso
difícilmente podría llevarlo a cabo sin renovar la relación con mi padre en
tanto asunto activo. A pesar de la franca advertencia de mi padre, quien le
había dejado bien claro que no pensaba dejarse tratar nada más que en sus
propios términos, la relación se renovó en cuestión de semanas. Mi madre volvió
a tomar su baza perdedora para jugar la partida con más obstinación que nunca.
Capítulo IV
«Que yo me marchase
continuamente, hasta convertirse mis despedidas en una costumbre, tuvo que impresionar
a Helen y resultarle el ultraje supremo. Y es que hay que darse cuenta de que
no es que yo me fuese para ocuparme de cosas necesarias y más o menos
engorrosas: eso podría habérseme perdonado. Lo que pasa es que me marchaba para
ocuparme de cosas que para mí tenían mayor importancia. Ella no pasaba de ser
un mero incidente, y aquellas cosas eran en cambio esenciales. Era increíble.
¿Acaso era posible que hubiese cosas más importantes que estar al servicio de
la personalidad y del estado de ánimo propio del amor?»
The World of William Clusold
Hacia 1917 ya había empezado
a ser demasiado tarde para que mi madre retase a Jane Wells por la posesión del
centro de la vida de mi padre, ni siquiera con la más remota esperanza de tener
éxito. Él identificaba a Jane con Easton Glebe, y desde aquellos difíciles
tiempos de las reformas interminablemente pospuestas, en el invierno de
1914-1915, Easton Glebe había adquirido gran solidez. Le proporcionaba
inmejorables condiciones para trabajar, así como abundancia de vida relajada y
sencilla, y esa especie de retozos sociales de los que tanto disfrutaba. No
estaba demasiado lejos de Londres, y Jane había conseguido hacer de la casa un
atractivo lugar al que verdaderamente apetecía ir.
El típico fin de semana en
Easton había adoptado una forma establecida, en tanto completo alivio de las
siniestras tensiones de la guerra. Era posible realizar toda clase de juegos de
equipo al aire libre, o dar largos y animados paseos por el parque privado que
pertenecía a la chabacana y simpática Lady Warwick, aparte de organizar veladas
que bien podían consagrarse a continuar las charlas empezadas de paseo, a
bailar, a celebrar acaloradas partidas de juegos de mesa, a representar
charadas elaboradamente montadas, a vestirse para representar como aficionados
piezas de teatro. Por encima de todo lo demás, aquellos fines de semana
congregaban a una asombrosa mezcla de personajes: escritores conocidos,
periodistas, actores, políticos, pintores, científicos y académicos, así como
gente joven, principiantes en todos aquellos campos que, con la guerra o sin
ella, seguían estando llenos de ideas nuevas, de risas, de energía. Algunos de
los jóvenes eran simplemente los hijos ya crecidos de los viejos amigos, y otros
eran los hijos súbitamente crecidos de otros desconocidos que, de la noche a la
mañana, se habían transformado en oficiales de los regimientos de infantería
que hacían la instrucción por los alrededores. Una oleada de visitantes
recomendados bien por su vivacidad o su talento inundaba la casa cada viernes,
para marcharse precipitadamente tras un madrugador desayuno el lunes por la
mañana. La rutinaria animación de aquellas reuniones nunca le sentó mal a mi
padre, pues Jane Wells se había puesto de acuerdo con el arquitecto responsable
de la reforma de Easton Glebe para disponer las estancias de tal manera que
cuando él quisiera apartarse de las tertulias y del jaleo le fuese muy fácil
interponer un par de puertas entre él y el ruido de la multitud, para proseguir
con su trabajo sin que nada le molestase. Durante la semana laborable, toda la
maquinaria atendía a sus necesidades. Nunca pudo sentirse tan mimado.
Todo ello fue posible
gracias al éxito de El señor Batling lo ve claro. A comienzos de 1914 mi
padre tenía a su nombre tan sólo unas 20.000 libras esterlinas, y podía darse
por satisfecho. Ahora bien, en el otoño de 1915 la combinación de sus escuetas
ganancias con el coste de la reforma de Easton Glebe, a lo cual hubo que sumar
la cifra necesaria para que mi madre se encargase de la casa, había dado al
traste con el total de sus ahorros y del líquido de que disponía, de modo que
le quedaban poco más de 5.000 libras esterlinas. Aun cuando llegado a ese punto
todavía no estuviese excesivamente apretado, no andaba muy lejos de pasar
estrecheces. Y entonces apareció Mr. Batling, que empezó de inmediato a
venderse muy bien. Durante los primeros dieciocho meses le devengó unas 50.000
libras esterlinas, una cantidad equiparable a unos 275.000 dólares según el
cambio de entonces, cuando tanto la libra como el dólar tenían unas ocho o diez
veces más poder adquisitivo que en la actualidad[42]. Había
cruzado una importante frontera, y no estaba dispuesto a tener que retroceder
sobre sus pasos.
A medida que mi padre fue
prosperando, prosperó también su sociedad con Jane. Ella había florecido, por
así decirlo, con sólo ver crecer el placer que a él le producía Easton Glebe, y
con el florecimiento de ella él encontró cada vez mayor placer en su optimismo,
en sus ácidos chistes, en su fuerza y estabilidad interior, en su inmenso
tacto. Ella siempre estaba allí donde se la necesitaba y nunca metía las
narices donde no le llamaban; él había terminado por apreciar y admirar
aquellas cualidades tan enteramente suyas. Le agradaba todo lo que ella había
hecho por él, le agradaba lo que había hecho por sus dos hijos. Se habían
criado de maravilla. A los quince años de edad, Gip ya había empezado a
desarrollar un humor rápido y mordiente, muy suyo, así como una manera de
afrontar los asuntos de la vida ajena a todo temor. Frank, que se parecía tanto
ajane como Gip a mi padre, también hacía sus progresos, y empezaba a dar
muestras de estar en posesión de algo que se acercaba mucho a la comprensión de
su madre. Hubo, por ejemplo, un momento difícil en el que a mi padre le dio la
vena de inventarse una grotesca teoría sobre los atletas griegos. Sobre la base
de un detenido examen de la cerámica decorada griega que se conserva en el
British Museum, había llegado a la conclusión de que a estos atletas se les
había enseñado a dominar sus instintos hasta el extremo de conseguir correr de
tal manera que balanceaban los brazos y las piernas sincrónicamente, el brazo
derecho con la pierna derecha, el brazo izquierdo con la
pierna izquierda. Insistió
en que Gip se esforzase por aprender el arte de los atletas griegos para
triunfar en las competiciones deportivas de la Oundle School. Fue Frank quien
se encargó de lidiar este delicado asunto. Aprendió a moverse de la manera indicada,
y enseñó ese arte a Gip, a la ágil y hermosa hija de Lady Warwick, Mercy, y a
otros dos de los chavales de su edad que acudían habitualmente a pasar el fin
de semana en Easton Glebe. Cuando todos sus alumnos adquirieron un cierto
dominio en el ejercicio en cuestión, montó una demostración en el césped de
Easton Glebe, y bastó con eso para que, con tan sólo ciertos indicios de
parodia de ballet ya al final, la teoría aquella pasara a mejor vida sin que
nada ni nadie pusiese ninguna pega.
Esta anécdota puede dar a
entender que mi padre estaba un poco chiflado en todo lo que tuviese algo que
ver con el deporte, pero así como en efecto le gustaba creer que era mejor
jugador de tenis de lo que era en realidad, no puede decirse que esto fuese
cierto en términos generales, y sí que sabía aprovechar su rapidez y su astucia
para paliar su falta de peso y de fuerza. Llegó a inventar un juego muy
peculiar, privativo de Easton Glebe, que era una especie de voleibol al que se
jugaba en el viejo establo. Cuando Jane Wells vio por vez primera aquel lugar,
se le quedó en la mente una imagen decrépita de un establo con vaquería, tras
el cual había un desastrado espacio para que pastara el ganado, a escasa
distancia de la esquina noroeste de la casa. Tan pronto llegó el momento y hubo
fondos disponibles, ella volvió a agitar su varita mágica sobre aquel lugar y,
después de transformar el prado de atrás en un delicioso jardín en cuyo centro
había incluso una pequeña piscina, convirtió el establo en una soberbia sala de
baile añadiéndole unos amplios ventanales y haciendo instalar un suelo de
tarima. Creo que disponer que el baile, así como todas las demás actividades
ruidosas, se celebrasen fuera del edificio principal, fué el motivo que más
tuvo en cuenta cuando se embarcó en este programa, y mucho dudo que mi padre
llegara más que a enterarse si acaso por asomo de lo que constituían las
principales dedicaciones de ella a lo largo del día hasta que las obras
estuvieron concluidas. Pero tan pronto como se hizo cargo
de que la naturaleza de
aquella edificación había cambiado del todo, cayó en la cuenta de que Jane
había conseguido crear una respuesta, como enviada por el cielo, al problema
que suponían los fines de semana lluviosos, en los cuales resultaba imposible la
práctica de los juegos al aire libre que había pasado a formar parte integral
de la tradición de Easton. Contempló aquel entramado de vigas, correajes y
tirantes que sostenían la masa de la vieja techumbre de paja, y que parecían
proscribir allí dentro la práctica de ningún deporte que no fuese el ping-pong,
y de inmediato sintió una nueva inspiración: jugar al voleibol a pesar de aquel
complejo entramado, a pesar de todos aquellos estorbos, tenía que ser de lo más
divertido. Y cierto que lo era; los partidos de voleibol resultaron tanto más
apetecibles por cuanto que aquellas vigas bajas igualaban las cosas entre los
jóvenes y fuertes y los más viejos y torpones.
Los años a lo largo de los
cuales fue cobrando Easton Glebe su propia personalidad fueron también los años
a lo largo de los cuales yo empecé a formarme las primeras impresiones de mi
padre. Fueron impresiones harto extrañas, en parte porque al menos en teoría yo
no debía saber cuál era la relación de parentesco que nos ataba, y en parte
porque por entonces él había renunciado a todo fingimiento de que seguía
compartiendo la rutina vital de mi madre. La casa de Leigh-on-Sea era por
entonces ya menos que nunca el hogar propio que él le prometiera en 1914. Era
más bien el lugar en el que ella le esperaba a que viniera a recogerla, o el
lugar al cual él la llamaba cuando deseaba tenerla a su lado. Por lo que a mí
respecta, él era por costumbre un hombre genial, muy amigable, que venía de
cuando en cuando en su automóvil para llevarse a mi Tita Panther o para traerla
después de haber pasado un día con ella. Podía haber un día, dos, una semana,
dos semanas, e incluso un mes entero entre cada una de sus apariciones. A veces
todo era un tanto distinto. Ella se marchaba sola y, fuera cual fuese el tiempo
que pasaba fuera, él la traía después en aquella máquina apasionante.
La expresión que he dejado
colarse en este sucinto relato, «mi Tita Panther», era, aunque yo no lo supiera
entonces, un motivo más de las disputas que se dirimían entre los dos. A mí se
me había criado, desde el día mismo en que tuve la conciencia necesaria para
darme cuenta de tales cosas, para que pensara en mi madre y hablara de ella
como quien piensa y habla de su tía. Mi padre siempre se había mostrado
contrario a esto, más que nada por razones esencialmente pragmáticas y
realistas. En los tiempos de Quinbury, le había dicho a mi madre que a
cualquier niñera, a cualquier criada mínimamente observadora, a cualquier
persona con dos dedos de frente y con un par de ojos en la cara, le habría
bastado vernos juntos para darse cuenta de lo que éramos el uno del otro; le
había dicho además que aquella treta tenía todas las de generar muchas más
dificultades de las que tal vez pudiera ahorrarnos. Al principio fue incapaz de
quitarle la idea de la cabeza, y más tarde tampoco consiguió hacerle cambiar de
parecer, ni siquiera después que ella atravesara aquella desastrosa racha con
las criadas, entre 1915 y 1916. Le dijo una y otra vez que todos aquellos
problemas tenían su origen en el hecho de que ella había empezado por un punto
de partida completamente falso, pero ella no quiso prestarle ninguna atención
sobre ese respecto. Después de todo, él mismo había dado pie a los engaños al
hacerse llamar «Mr. West», a pesar de lo cual seguía insistiendo en que de
ninguna manera debía yo saber que él era mi padre. Se me permitía llamarle
«Wellsie», pero se me había prohibido expresamente llamarle «padre» o «papá», y
tampoco podía hablar de él en esos términos. Por su parte, nunca dijo
absolutamente nada que a mí pudiera darme la pista de que gozaba en especial de
su interés o de su buena voluntad, aun cuando él mismo se encargaba de hacer
patente ese interés y esa buena voluntad mientras estaba conmigo, hasta el
punto de que el cálido recuerdo de sus presencias me ayudaba a vadear con buen
pie las aguas revueltas de sus ausencias. Ciertas expresiones, gestos, tonos de
voz, ciertos contactos físicos, debieran haberme dado a entender a las claras
cuál era la verdad de todo aquello, pero a mí no se me dijo nada, y hasta diez
años más tarde no pude tener ninguna seguridad. En 1917, por lo que yo podía
entender conscientemente, mi padre no pasaba de ser lisa y llanamente un hombre
en todo momento fascinante que, viniendo o sin venir a cuento, aparecía de
repente en mi vida y desaparecía de mi vida de igual manera, cada vez que le venía
en gana. Con eso y con todo, para mí fue un serio motivo de inquietud y
desasosiego darme cuenta, a lo largo de 1918, que sus visitas escaseaban e iban
espaciándose.
Más avanzada su vida[43], mi
madre iba a dedicar una enorme cantidad de su tiempo y de su energía a maquinar
y diseminar toda clase de pruebas que respaldasen su punto de vista, según el
cual mi padre en realidad no tenía ni idea del berenjenal en que anduvo metido
a lo largo de los años durante los cuales su relación fue desmoronándose. Aireó
por vez primera esta idea en una carta que envió a una amistad en marzo de
1923. En esa carta dice que ha sobrellevado una vida lamentable durante los
últimos cinco años. Sus horrores —la palabra es suya- se han debido en parte a
las dificultades surgidas de la naturaleza de su relación con mi padre, y
también en parte a una creciente inestabilidad nerviosa por parte de él.
Prosigue señalando que este estado de hechos ha desembocado en largas
temporadas en las que, empezando por arrebatos de una cólera casi maníaca, él
se ha mostrado casi como un niño en su dependencia de ella. El año anterior
había pasado con él dos meses en España, de los cuales solamente durante diez
días se mostró en un estado normal Ella había permanecido a su lado a lo largo
de aquellos cinco años en parte por él y sobre todo por mí. aunque en realidad
sus motivaciones se debieran sobremanera a su atención por él, dado que mi
padre, a pesar de que nadie se hubiese dado cuenta de ello, no tenía a nadie en
este mundo que se ocupase de él. En cambio, ella ha empezado a percibir cada
vez con mayor intensidad que así no puede seguir. Por ejemplo, no puede emplear
la mayor parte de su tiempo en cuidar de él como cuida una enfermera a un
enfermo, a la vez que sigue atendiéndome a mí y cultiva sin descanso su trabajo
de escritora, aparte de estar en condiciones de poder asegurarle a él que no
obtiene ni la más mínima compensación financiera por las continuas molestias
que se toma... etcétera, etcétera, apasionadamente y por extenso.
El tono y la sustancia de
esta carta pueden sorprender a quienes tengan conocimiento de la obra publicada
por mi madre, si bien uno y otra son característicos de buena parte de lo que
escribiera. Al igual que George Sand, ella consideraba la historia de su vida
como un material narrativo que fácilmente podría mejorarse sólo con editarlo y,
también igual que George Sand, se dio cuenta de que si sus biógrafos iban a
retratarla conforme a su gusto, tendría que facilitarles los materiales
adecuados para que trabajasen. En consecuencia, dedicó gran parte de su tiempo
y una parte nada desdeñable de su energía creativa a la confección de un
dossier que le garantizase una buena prensa, aunque fuese postumamente, y que
le certificase que las generaciones futuras pudieran verla a la debida luz,
bajo la luz más favorecedora. Antes de haber cumplido los treinta años había
empezado ya a sembrar la documentación necesaria para una biografía ideal en
gran disparidad de corresponsales, e iba a seguir haciéndolo durante el resto
de su vida. Es posible que no llegase a escribir tantas cartas como George Sand
en su día, pero por lo común escribía con mayor generosidad que la señora
Nohant cuando se dirigía directamente a la posteridad. Sus reservas de cartas
al futuro abundan en ejemplos que ocupan de siete a diecisiete páginas,
llegando a veces a la veintena, y que no son sino atractivas mezclas de
ingenio, penetrante observación, comentarios agudos e inteligentes y
desaforadas paranoias. La rareza de estas páginas, así como la crueldad con que
caricaturiza a muchos de sus contemporáneos, a todo lo cual hay que sumar la
libertad con que afronta la verdad, hacen que sea harto improbable que sus
depositarios las pongan a disposición de quien se interese por ellas, al menos
por el momento, y seguramente hasta dentro de bastante tiempo sigan sin estar
disponibles.
Pero así como todos esos
secretos se pueden seguir guardando durante un tiempo, ciertos apuntes de su
estilo y su contenido se pueden colegir a partir de una fuente paralela. No
pasó mucho tiempo después que falleciese mi padre hasta que mi madre se dio cuenta,
tardíamente, de que tendría que preocuparse por los biógrafos de mi padre tanto
o más que por los suyos propios, sobre todo si quería cerciorarse de que la
posteridad iba a apropiarse de su punto de vista respecto de lo bueno y de lo
malo que hubo en su relación. En consecuencia, a lo largo de la década de los
cincuenta anduvo muy atareada tratando de componer las fuentes y los materiales
que mejor documentasen su visión de la historia que había vivido con mi padre,
su manera de entender su carácter. Una vez provista de este corpus documental,
desde mediados de los sesenta empezó a desempeñar un papel cada vez más
relevante en tanto fuente capital en el campo de los nacientes estudios sobre
la figura y la obra de Wells. La calidad de las pruebas fehacientes que adujo
en abundancia ante sus interlocutores siempre me ha parecido dudosa, a causa de
los defectos inherentes al archivo de fondo, que no es sino un cajón de sastre
en el que figuran cosas tales como recuerdos esbozados, sin razón aparente, a veces
treinta o cuarenta años después que se produjeran los acontecimientos a que
hacen referencia, o borradores de cartas cuyas redacciones en limpio no se
conservan en ninguna otra parte, así como extractos ya mecanografiados de una
serie de diarios cuyos originales no aparecen por ningún lado; más aún, dicha
calidad me parece tanto más dudosa por la saturación de toquecillos enteramente
imposibles de verificar, de detalles que el fabulador convicto no pudo
resistirse a añadir para revestir una mentira que hasta entonces estuvo
desnuda. Aduciré un ejemplo en este sentido, tomado de una autoridad
norteamericana acerca de los difíciles tiempos que pasó mi madre en Quinbury,
en 1914. Ya he descrito los encontronazos y los roces que tuvo con el personal
de servicio mientras residió en aquella desdichada casa; no pondré en tela de
juicio la realidad de sus dificultades ni tampoco de su desdicha en aquellos
tiempos. En cambio, no puedo creer que lo siguiente, en lo cual hay que
reconocer que dicha autoridad norteamericana ha captado con increíble precisión
el tono y las inflexiones de mi madre, pueda reclamar la más remota, la más
tenue relación con el mundo de la experiencia vivida:
«Por ejemplo, la cocinera
entró en el salón una noche y se puso a barbotar obscenidades acerca de la
niñera y de la doncella, con esa manera de farfullar indecisa y borrosa, tan
típica de los que se han vuelto locos. Rebecca descubrió que había perdido a su
novio y a tres de sus hermanos en la guerra.»[44]
Esas obscenidades, aparte de
la locura, por no hacer mención del novio y de los tres hermanos, me reafirman
en la convicción de que mi madre solamente está echando más leña al fuego.
En otro pasaje tomado de la
misma fuente que el anterior, mi madre y mi padre se ven en un aprieto durante
un viaje por Italia. Poco después de haberse registrado en un hotel de Amalfi,
tropiezan con un «mayor del Ejército[45] que
estaba borracho como una cuba, un hombre de convicciones fieramente
conservadoras», el cual descubre quiénes son en realidad, para conducirse acto
seguido de la forma menos decorosa que se pueda imaginar. El azoramiento de
ellos dos aumenta muchos enteros poco después, cuando aparece «un británico
conocido de Wells». La reacción de mi padre es desmesurada, propia de un
mentecato, cuando se propone suavizar el desconcierto que le ha producido el
verse en tan escandalosa situación y nada menos que ante un conocido: se empeña
en mostrarse desatinadamente descortés y rudo con mi madre delante de dicha
persona. El hotel entero se da cuenta de lo que está ocurriendo:
«Rebecca se sintió tan
incómoda y tan humillada que llegó a conmoverla el más minúsculo favor. Años
después iba a recordar con verdadera gratitud cómo un ferretero, una persona
muy versátil, y que con el tiempo llegaría a ser alcalde de Croydon. capaz de
conversar interminablemente acerca del hierro forjado que se hacía en la
localidad, se desvió de su recorrido, en compañía de su hermana, para
acompañarles a Wells y a ella misma a las ruinas de Paestum. Sin embargo, este
despliegue de amabilidad, al igual que otros por el estilo, de nada sirvieron,
ya que Wells se negaba a aceptarlos. Tan pronto algunos empezaban a comportarse
cordialmente, los encontraba absolutamente aburridos.»
El diario de bolsillo[46] que
llevó mi padre durante 1921 nos proporciona otra impresión de este viaje por
Italia. El británico conocido suyo con el cual se tropezaron en el hotel era
Sir Maurice Hankey, secretario permanente del gabinete británico. Dos días
después de llegar se les unió para dar un paseo. De Amalfi marcharon a Roma,
donde vieron bastantes veces a Reggie Turner, un hombre entretenidísimo que
había contado entre sus amistades a Oscar Wilde. De Roma marcharon a Florencia,
en donde almorzaron con Ettie y Willie Desborough, quizá los mejores amigos que
tenía mi padre en la alta sociedad, y pasaron unas horas muy agradables en
compañía de George Orioli, el más generoso de todos los editores, el que tenía
además mejor humor. En ese cuaderno queda claro, pienso yo, que la Italia a la
que mi padre llevó a mi madre formaba parte tanto de su mundo como del mundo de
ella, y que en nada se parecía a esa tierra de pesadilla gótica, llena de
anónimos y fantasmales personajes, que ella iba a inventarse años después.
El relato de mi madre, tal
como lo refiere este autor norteamericano, se mantiene al nivel de la aludida
aventura de Paestum. Durante aquel otoño, mi padre viajó a los Estados Unidos,
y allí se quedó hasta fin de año. A su regreso no se dirigió directamente a
Inglaterra; por el contrario, viajó de Nueva York a Gibraltar, donde tenía
previsto reunirse con mi madre. Habían planeado pasar juntos un par de meses en
España, antes de volver a Londres pasando por París. Pero parece ser que la
aventura estaba condenada desde el principio al fracaso. Mi padre tocó tierra a
la sombra de la Roca, a un tiempo exhausto por los rigores de sus viajes y sus
conferencias por los Estados Unidos y peligrosamente exaltado por las
adulaciones con que lo habían recibido allí. Nada más instalarse con mi madre
en un hotel en Algeciras, ella se encontró con que tenía que pasar por una
espantosa repetición de las abominables experiencias por las que ya había
pasado penosamente la primavera anterior en Amalfi. Los habituales y anónimos
testigos de sus humillaciones se presentaban ante ella de tres en tres para
ofrecerle su ayuda y su atención.
«El propietario del Hotel
María Cristina vino a verme y me dijo que si no disponía del importe del viaje
de regreso, él o su mujer me harían llegar de inmediato esa cantidad, y se
ocuparían de conseguirme el pasaje en un barco que me llevase a Gibraltar. En
Sevilla, el capellán anglicano y su esposa me preguntaron si no deseaba poner
un telegrama a mis familiares, a Inglaterra, para que viniesen a recogerme.»[47]
Estas amables intervenciones
en favor de la que era poco más que una niña, a sus veintiocho años de edad, no
la llevaron, a pesar de los pesares, a romper las ataduras de su terrorífica
esclavitud, y consintió en seguir recibiendo un trato más despectivo aún, ya en
Madrid y en París. Parte de la conducta de que él hizo gala en cada una de
estas ciudades resultó tan desatinadamente extravagante que ella incluso llegó
a pensar si no habría perdido el seso. A ella le pareció que él había perdido
todo contacto con la realidad. A pesar de todo, Arnold Bennett, persona
juiciosa y ecuánime donde las haya, al encontrarse con él por la calle, al día
mismo de su regreso, no notó nada de particular. E incluso puso por escrito su
opinión. Al escribir una nota a Hugh Walpole desde su club, sin que hubiese
pasado una hora desde el encuentro, añadió un renglón que decía: «Wells ha
vuelto y lo he encontrado en plena forma.»
Aunque mucho me temo que tal
vez el lector empiece a pensar que ya ha leído más que suficiente acerca de
esta cuestión, debo seguir ocupándome de ella hasta llegar al punto en el cual
mi padre traspasó definitiva e irreversiblemente la frontera que separa la
cordura de la locura. Ello tuvo lugar en agosto de 1922, como justa secuela de
los melancólicos episodios en España y Francia, que databan de febrero y de
marzo, por más que sea imposible precisar dónde pudo acontecer. Mi padre fue en
su automóvil a Cornualles, a reunirse con mi madre, alojada entonces en The
Ship Inn, en Porlock, con un grupo de amistades más o menos de su edad. Se
habían congregado en The Ship Inn para celebrar el primer éxito comercial de
cierta envergadura de que disfrutaba G. B. Stem, una novelista que por entonces
empezaba su andadura; entre otros estaban su esposo, Geoffrey Holdsworth, por
entonces víctima de lo que solía denominarse en aquella época «shock del
granadero»; mi formidable Tía Letitia, hermana de mi madre, rubia y con ojos
azules, opuesta a ella en todas las cosas de la vida y contrincante
empedernida, que había ido con su amigo, el abogado Dicky O'Sullivan, por lo
demás deseoso de ser su amante; una joven a la que habían contratado para que
cuidase de mí, y, por último, yo mismo. Mi padre había acudido para ver a mi
madre, y muy pronto se dio cuenta de que no iba a disfrutar más que de unos
escasos minutos a solas con ella, caso de quedarse en Porlock con todas
aquellas personas. En consecuencia, se la llevó a saber dónde por espacio de
tres días. No tengo más remedio que ser así de impreciso, pues cuando ella
refirió este incidente al norteamericano que vino a entrevistarla a comienzos
de los setenta, le confesó que no tenía ni la más remota idea de dónde podían
haber ido. Apostaría algo a que él conocía algún lugar cómodo y agradable por
los alrededores, y que allí se la llevó, pero eso a ella no le habría servido
de cara a la clase de relato que le apetecía contar. Así pues, decide contar
que mi padre condujo el automóvil al azar, y entonces:
«Por último nos quedamos a
pasar la noche en medio de un páramo desolado, cerca de un sitio que creo
recordar que se llamaba Box. Allí se ocupaba de todo un hombre que
evidentemente estaba chalado, que vivía allí a solas con su exasperante hija.
Creo que el hombre aquel había adquirido la posada con [sic] alguna suerte de
propina recibida al concluir su servicio en las tropas coloniales. De tocios
modos, a la posada aquella nunca iba nadie, cosa por otra parte muy natural, ya
que por allí no se veía ni un alma en pena. El pueblo más cercano estaba a
varias millas. Llegó una persona más, un viajante de comercio, y H. G., el
dueño de la posada y el viajante se pasaron jugando a las cartas el día entero,
mientras la hija y yo esperábamos en la cocina y nos ocupábamos de las tareas
de la casa.»[48]
De todo esto no puedo creer
ni una sola palabra, así como tampoco me creo que el coche dejase de funcionar
al haber sido alcanzado por una ráfaga de ametralladora, ni aquellas
entretenidas conversaciones acerca del hierro forjado de Paestum en compañía del
futuro alcalde; tampoco me creo la agitación y la preocupación del capellán
anglicano en Sevilla. Y menos me impresionan aún estas invenciones desde el
momento en que el erudito norteamericano a quien llevo un rato citando por lo
menudo aduce a su vez la carta que mi madre escribió a su antigua amiga y
mentora, S. K. Ratcliffe, como prueba inapelable de genuina documentación. En
este caso, el zapato está cambiado de pie; se trata de fabulaciones tramadas
como soporte de las alegaciones esgrimidas en esa carta del 21 de marzo de
1923, y la maravillosa combinación de hechos de todo punto imposibles de
verificar, junto con su extremada adecuación al propósito que la guía, deja
bien a las claras de qué se trata.
A la postre, es la propia
fecha que ostenta la carta la que da buena cuenta de su credibilidad. El
período de cinco años del que se habla en ella nos devuelve a marzo de 1918, y
el recuento de lo que entre esas dos fechas estaba haciendo mi padre en el mundo
real, por oposición a las fantasías de mi madre, de ninguna manera podría
reconciliarse con la presunción de que era un hombre echado a perder en aquella
etapa de su trayectoria.
Durante la primavera de
1918, mi padre se vio inesperadamente envuelto por la máquina de la guerra.
Desde 1916[49] había dedicado buena
parte de su tiempo a personas como Gilbert Murray, H. N. Brailsford, J. A.
Spender, J. L. Garvin, Henry Wickham Steed y Leonard Woolf, en calidad de
miembro del comité que trabajaba en pro de la declaración de los objetivos de
guerra para los Aliados, y también a favor de la idea de crear una Liga de
Naciones. Estas solemnes reuniones arrojaron por saldo una cierta abundancia de
papeles de posicionamiento, de memoranda y circulares, de panfletos redactados
con gran honradez, si bien no habían conducido, en cambio, a encabezar ningún
movimiento más o menos notable en el seno de la opinión pública. En el
depresivo ambiente de aquel desolado invierno de 1917-1918, mi padre había
perdido casi por entero la fe en la utilidad de su trabajo en este terreno.
Tenía la impresión de que las únicas personas a las que llegaba eran aquellos
miembros de la intelligentsia liberal que ya de por sí simpatizaban con las
propuestas que él respaldaba. En consecuencia, quedó encantado de que, poco
después del nombramiento de Lord Beaverbrook como ministro de Información, en
febrero de 1918, se le solicitara que se uniese al personal de Crewe House en
calidad de presidente del Comité Político para la Propaganda en los Países
Enemigos. Le dio la impresión de que por fin había llegado la ocasión que
durante tanto tiempo había esperado.
Mi padre dio un paseo muy
corto en esta carroza de calabaza. La brevedad del lapso durante el cual ocupó
aquel cargo tan resonante a menudo se esgrime como argumento en su contra, como
clara indicación de su absoluta falta de disciplina mental, así como de su
incapacidad constitutiva para trabajar en unión de sus colegas. Empezó a
trabajar en Crewe House en mayo de 1918, y en el mes de julio ya había dimitido
de aquella presidencia ilusoria. Ahora bien, no fue su conducta tan caprichosa
como podría parecer a primera vista. Su iniciativa a la hora de ocupar el
puesto no había sido otra que ofrecer a su director el esbozo de un documento
en el que perfilaba su concepción de la única política susceptible de lograr el
éxito que, para él, podría emprender la agencia. Sostuvo que sería una pérdida
de tiempo pretender incitar a los ciudadanos de los países enemigos a repudiar
a su cúpula militar y a su gobierno sin proporcionarles previamente una clara
idea de las dimensiones de la paz que podían esperar. Tras esto lanzó una serie
de sugerencias, basadas en los dieciocho meses que había dedicado a trabajar
con el comité, sobre la clase de garantías de seguridad que tendrían que
proporcionar los Aliados a las poblaciones enemigas si de veras se deseaba
alcanzar el resultado previsto. Este documento fue aprobado por el director de
Propaganda Enemiga y remitido al Ministerio de Asuntos Exteriores, con el
resultado de que a mi padre se le convocó a reunión con Sir William Tyrrell[50] en
dicho ministerio.
Cuando acudió a esta
reunión, mi padre tuvo la ingenuidad necesaria para suponer que se le había
convocado con objeto de discutir el contenido de su documento; así pues, se
había pertrechado de cara a un intercambio de opiniones. En cambio, Sir
William, que era perro viejo dentro del Ministerio de Asuntos Exteriores, no
tenía ni la más remota intención de ponerse a discutir minucias con nadie en
este mundo. Mientras mi padre permaneció sentado, observándole, le endosó una
filípica que venía a rechazar de plano el documento y sus contenidos, en favor
por el contrario de un discurso vagamente profrancés basado en el curso de las
relaciones francoalemanas de los pasados setenta y cinco años, y dio por
sentada la completa ignorancia de su contertulio sobre este tema. Cuando hubo
terminado, se puso en pie, y tras darle a mi padre un masaje consistente en
unos minutos de conversación genérica, le indicó que la reunión había
concluido.
A mi padre este encuentro le
sumió en una serie de dudas relativas más que nada al motivo de semejante cita,
si bien al repasar el acontecimiento en conjunto se dio cuenta de que había
gato encerrado en el blando agasajo que se le ofreció al final: un oscuro
indicio acerca de que el Comité para la Propaganda en los Países Enemigos no
debería considerarse de manos atadas, pues era absoluta su libertad a la hora
de recomendar cualquier iniciativa que las poblaciones extranjeras fueran
susceptibles de tragarse por las buenas, sobre todo en lo tocante al carácter
genérico de la paz que los Aliados victoriosos pudieran decidir. El comité no
tenía por qué consultar al Ministerio de Asuntos Exteriores respecto de los
detalles que pudieran pronunciarse; de hecho, sería preferible que en el
Ministerio de Asuntos Exteriores no se supiera nada de tales cuestiones.
A mi padre empezó a
hacérsele la luz, ya que previamente no se había parado a pensar en investigar
cuál era el estatus concreto de la institución para la cual trabajaba. Crewe
House, según pudo colegir, no era sino una creación ad hoc, ideada por Lloyd George
con el único y definitivo propósito de mantener a su director, Lord
Northcliffe, bien ocupado, para que no le crease problemas. Northcliffe era por
entonces el propietario del Times, del Daily Mail y del Evening News, y podía
constituir una molestia más que considerable para el Gobierno, siempre que se
lo propusiera e incluso sin querer. El puesto de director de Propaganda Enemiga
se había inventado simplemente con objeto de hacer que Lord Northcliffe se
sintiera parte del Gobierno, con la esperanza de que dicha atadura le llevase a
respaldarlo, si bien la organización que presidía de ninguna manera gozaba del
estatus legal de organismo gubernamental. Sus acciones no podían comprometer al
Gobierno a nada en absoluto, y sus tomas de posición podían ser descartadas por
el Gobierno a su antojo y conveniencia. Al proponerse tener ocupado y feliz a
Lord Northcliffe, Lloyd George no había
pensado ni por asomo en
darle más poder del que ya tenía de por sí. Mi padre había sido atraído a la
añagaza de Crewe House de manera muy similar a la de ciertos ceros a la
izquierda, dotados de título nobiliario, que fueron invitados a formar parte de
algunos organismos, esto es, para prestarles una cierta apariencia de
respetabilidad y de poder. El trabajo que se le había encomendado consistía en
hacer promesas a las poblaciones enemigas, sobre todo a los alemanes, que el
Gobierno no tenía ninguna intención de cumplir.
Tan pronto comprendió mi
padre cuál era la verdadera naturaleza de la organización en la cual le había
introducido Beaverbrook. la fatuidad de su cometido no le ofreció ni la menor
sombra de duda. Mientras apremiaba a la población alemana para que creyese en
la buena voluntad de los Aliados, los periódicos de los que era propietario su
superior no hacían sino echar leña al fuego de un ánimo proclive a los
pogromos. Día a día, los periódicos de Northcliffe anunciaban que cuando
llegase la derrota de los alemanes, les iban a dar una lección que no
olvidarían jamás. El armisticio, cuando se produjese, se trazaría sobre la
línea implícita en aquel dictum de los romanos: «Ay de los vencídos » Mi padre
escribió una carta al director de su organización, a finales de junio para
comunicarle que mientras la organización y sus periódicos hablasen en dos
lenguas irreconciliables, ni una ni otra podrían resultar dignas de crédito.
Northcliffe le contestó con enojo, diciéndole que no estaba dispuesto a
discutir la línea política de sus periódicos ni con él ni con nadie. Mi padre
dimitió después de este cruce de opiniones, y lo hizo de forma tan razonable
como le fue posible. Se le había ocurrido una idea algo extravagante. Tenía
cosas mucho más importantes que hacer, antes que andar con mentirijillas con
los alemanes. Tenía que ponerse manos a la obra y escribir una historia popular
de la humanidad, una historia de las especies biológicas[51] que
diera la sensación de unidad de la raza humana con una sustancia de la que
carecía, y proporcionar así el fundamento emocional que diera al concepto de
una Liga de Naciones un aire superior al del mero atractivo intelectual. Quizá
de ese modo pusiera en marcha algo que, a la larga, hiciese de la creación de
un estado mundial o de una federación mundial una propuesta realmente práctica.
Mi padre fue así perfilando
una perspectiva de su Outline of History (Perfil de la historia), entre
mediados de julio y finales de septiembre de 1918. Mientras aquella guerra ya
abatida y quebrada se arrastraba hacia su fin, él leía con voracidad y se
reunía asiduamente con el grupo de amigos y conocidos que iban a ser sus
asesores a lo largo de la ejecución de aquel magno proyecto: Ray Lankester, Gilbert Murray, Denison Ross, Ernest Barker,
Philip Guedalla y Harry Johnston. En octubre ya tenía un plan sobre el
papel, capaz de servir de base al contrato que firmase con sus editores en
Inglaterra y en los Estados Unidos. Apoyado sobre ese sólido terreno, podía
seguir adelante y dedicarse a organizar un equipo de investigadores y a
confeccionar el esqueleto del libro. Empezó a trabajar sobre el texto muy a
principios de 1919, y tuvo terminada la primera versión a finales de ese mismo
año. Fue recibida con fuertes críticas por parte de los especialistas en
distintas épocas históricas, que reclamaron una serie de revisiones
sustanciales; cuando las hubo hecho, cuando hubo preparado una versión
abreviada para su publicación en 1922, mi padre tenía escritas más de 750.000
palabras con aquella Waterman de émbolo y de tajo fino con la que siempre
escribía.
Sin embargo, El perfil
no constituye el total de la producción de mi padre entre marzo de 1918 y
finales de 1923. En ese mismo período escribió la segunda parte de su novela
Joan and Peter, y escribió y publicó las siguientes novelas, colecciones de
artículos y panfletos: The Undying Fire (El fuego eterno, novela),
British Nationalism and the League («El nacionalismo británico y la Liga de
Naciones»), The Idea of a League of Nations («La idea de una Liga de
Naciones») y The Way of a League of Nations («Hacia una Liga de Naciones»,
panfletos), en 1919; Russia in the Shadows («Rusia en la penumbra»,
artículos revisados y aumentados), en 1920; The Salvaging of Civilization («El
rescate de la civilización», artículos reunidos), The New Teaching of
History («La nueva enseñanza de la
Historia», panfleto), Washington and the Hope
of Peace («Washington y la esperanza de paz», artículos revisados y
aumentados), en 1921; The Secret Places of the Heart
(Lugares secretos del corazón, novela), The World, Its Debts and Rich
Men («El mundo; deudas y riquezas de
los hombres», panfleto) en 1922 y Men Like Gods (Hombres como dioses,
novela). Esta lista representa por sí sola un cúmulo de trabajo muy
considerable, y pone en evidencia la presunción de mi madre en su carta a S. K.
Ratcliffe, según la cual durante aquellos años su relación con mi padre exigía
continuamente de ella que ocupase todo su tiempo en cuidarle y mimarle: es
imposible que sea cierto.
La explicación obvia de esa
carta no habrá que buscarla muy lejos. Desde el comienzo mismo de El perfil,
la vida de mi padre resultó profundamente afectada. Su consecuencia más
inmediata fue el confinamiento de su vida en Easton Glebe, con lo cual se
sintió más cerca de Jane que nunca. Ella llevaba muchos años actuando como
administradora suya, y tan pronto hubo rechazado su trabajo en Crewe House tuvo
que preguntarle a Jane si estaba dispuesta a resistir las consecuencias del
enorme proyecto en que se había embarcado. Ella le prestó con gran entusiasmo
todo su respaldo, y se convirtió en socia trabajadora actuando como ayudante de
investigación hasta que la obra estuvo ultimada. Regresó, así pues, parte del
espíritu de sus primeros años de casados, durante los cuales habían sido buenos
compañeros en la empresa común y balzaquiana de salir adelante contra todo
pronóstico; Easton Glebe se convirtió en una colmena industriosa. Algunos de
los hombres que acudían a la casa a trabajar en el proyecto -sobre todo Philip
Guedalla y Frank Horrabin- no olvidarían nunca el ambiente de feliz cordialidad
que allí encontraron, el inspirador ejemplo que supuso la dedicación absoluta
de mi padre. La casa, y el trabajo que en ella se realizaba, cobraron para él
la máxima importancia, hasta el extremo de no desear pasar ni un minuto lejos
de allí en tanto en cuanto no estuviese finalizado el texto.
Ahora bien, aquello
solamente fue el principio. El éxito de El perfil cambió por completo el
carácter de la vida que llevaba mi padre. Se completó la transformación de sus
asuntos financieros, iniciada ya con las impresionantes ventas de Mr.
Britling, convirtiéndose en un hombre adinerado[52], en un
definitivo exilado de entre los bohemios. También le llevó a contraer una
relación personal con Lord Beaverbrook, el cual le introdujo en un mundo nuevo
dentro del cual pudo verse a sí mismo con nuevos ojos, como una persona cuya
importancia no estaba estricta y únicamente relacionada con el valor literario
de sus escritos. La naturaleza de sus amistades experimentó un cambio similar.
En las memorias de William Gerhardie se puede encontrar una viñeta en la que
aparecen mi padre y Jane dentro de este reino en el que acababan de ingresar.
Beaverbrook había invitado a este novelista anglorruso a una cena a la cual
iban a acudir también los Wells; él fue el primer invitado en llegar. Sin saber
con precisión qué debía esperar, pero dando por hecho que seguramente iba a
tratarse de una velada literaria, Gerhardie fue quedándose más y más
boquiabierto a medida que llegaron las personas con las que iba a pasar aquella
noche: Su Alteza Real el Aga Khan, el conde Beatty (Almirante de la Flota) y
Reginald McKenna, antiguo secretario de Interior y canciller del Tesoro
Público, que había dejado la política para dedicarse a su cargo de presidente
del Midland Bank. Por fin llegaron los Wells, más o menos cuando Gerhardie
empezaba a sospechar que se había equivocado de noche; ahora bien, así como su
aparición le tranquilizó sobre ese particular, se quedó con la duda de qué
demonios podía hacer mi padre en compañía de semejantes personalidades.
La respuesta a esta
pregunta, que por lo demás no llegó a pronunciarse, se puede hallar en The
Autocracy of Mr. Parham (La autocracia del señor Parham), una novela
satírica escrita unos diez años más tarde, en la cual mi padre traza una
descripción muy aguda de la regocijante, seductora experiencia que le supuso el
ser acogido de igual a igual por Beaverbrook. En esta obra entretenida y ligera
hace una caricatura de sí mismo en la figura del tal Mr. Parham del título, y
manifiesta en primicia lo que pensó que hacía cuando pasó a ser uno de los
habituales de las cenas que ofrecía Beaverbrook en Stornoway House, aparte del
aprecio que le había tomado a aquel extraño y seductor monstruo cuando llegó el
momento de seguir por caminos distintos. El grupo congregado para aquella cena
a la que asistió Gerhardie era típico de las compañías de que gustaba rodearse
Beaverbrook, y mi padre de hecho cultivó el trato de Beaverbrook por ese
motivo. No deseaba conocer a tales personalidades por el hecho de que fueran
celebridades, sino porque la mayor parte de ellos eran personas responsables de
la toma de decisiones de gran importancia, o bien personas cuya situación
dentro del entramado social les posibilitaba la influencia directa sobre tales
otras personas. Y no fue la perenne fascinación por los pasillos del poder la
que le imbuyó este interés; se trataba más bien de una apasionada creencia en
dos propuestas cuya aceptación por parte de dichas personas deseaba
fervientemente. A lo largo de 1918 había llegado a la convicción de que sería
un absoluto desastre para Europa, y posiblemente para el mundo entero, que los
ministerios de exteriores de las potencias Aliadas hicieran de su tradicional
hostilidad a todo aquello que tuviese trazas revolucionarias la base de su
aproximación al nuevo régimen de Rusia; creía también que sería un desastre de
proporciones aún mayores que la Liga de Naciones que había de crearse al
término de la guerra pudiese considerarse una mera Liga de Vencedores cuyos
intereses no fuesen más allá de lo estrictamente nacional. A finales de aquel
año había entendido con absoluta claridad que los Aliados victoriosos estaban
decididos a acabar con el régimen del Soviet mediante la fuerza de las armas, y
que el tratado de paz, cuando se firmase, iba a constituir un instrumento para
castigar a los derrotados y a los rusos, de acuerdo con la sempiterna paranoia
de los franceses. La doble derrota de estas causas que mi padre había hecho
suyas le hicieron entender que Winston Churchill[53] había
estado en lo cierto cuando le dijera, en torno a 1900, y después de la
publicación de Anticipations (Anticipaciones), que había cometido un error al
denigrar a los políticos. Churchill había proseguido su argumentación
diciéndole que los políticos detentaban una función social muy útil en calidad
de propagandistas de los nuevos conceptos, sobre todo en lo tocante a lo que
podría y debería hacerse por parte de los gobiernos. No era propio, pues, de un
hombre de su sabiduría y su ideología, que en el fondo deseaba introducir una
serie de reformas de carácter social, ignorar por completo a la clase política.
Las posibilidades de lograr lo que se había propuesto mediante un llamamiento
directo a la opinión pública eran más bien escasas. Era preciso conquistar en
cambio a los hombres elegidos por el público para su gobierno, siempre y cuando
se pretendiese obtener una serie de resultados tangibles con una cierta
celeridad. Tan pronto se hubiesen convencido los representantes del poder de
las virtudes de una nueva idea, les sería sumamente sencillo conseguir que el
público también asumiese dicha idea.
A la luz de una visión
retrospectiva, la decisión de mi padre, cuando en efecto decidió echarse su
cuarto a espaldas en el intento por conseguir una reversión de la política
gubernamental británica, en lo tocante a Rusia y a la Liga, simplemente yendo a
hablar al oído de Beaverbrook y de sus amiguetes, podría parecemos harto
ingenua. Sin embargo, cuando empezó la década de los veinte Beaverbrook seguía
ejerciendo un poder dotado de absoluta credibilidad, ya que operaba tras las
bambalinas del escenario político británico. Había desempeñado un
importantísimo papel en las maniobras que terminaron por expulsar al
incompetente Asquith del ministerio para convertir en primer ministro a David
Lloyd George, ya en 1916, aparte de ser amigo íntimo y confidente de un
importante líder conservador, Bonar Law, quien tenía a su vez todas las de la
ley de convertirse en el sucesor de Lloyd George tan pronto llegase el momento
apropiado de sustituir la coalición formada durante la guerra por un gobierno
unipartidista. Todavía habría de quedarse deshecho por el súbito fallecimiento
de Bonar Law, acaecido en 1923, a raíz del cual se convirtió en líder de los
conservadores Stanley Baldwin, quien era en su opinión un perfecto inútil;
además, todavía no había sido reducido al absurdo por obra y gracia del
caricaturista David Low y sus imitadores, proceso que duró unos diez años y que
sólo daría sus frutos después de 1930. Mi padre tuvo pues razones de mucho peso
para pensar que empezaba a aproximarse al centro de las cosas, sobre todo una
vez que pudo ingresar en el círculo de este encantador de serpientes.
En 1920, una de las
cuestiones más punzantes que se discutían en las cenas celebradas en Stomoway
House era la del intervencionismo, cuestión que había resucitado tras el
estallido de la guerra entre Polonia y Rusia[54],
acaecido en aquel mes de enero. Churchill, así como gran parte de sus
seguidores del partido, consideraban que la acción de los polacos al entrar en
Ucrania y dar ayuda armada a los separatistas ucranianos, al frente de los
cuales estaba Petlyura, había generado una ocasión favorable para renovar los
esfuerzos de derrocar al Gobierno del Soviet. Al posicionarse mi padre en
contra de este punto de vista, se dio cuenta de que en realidad no disponía de
un conocimiento exhaustivo, con el cual pudiese respaldar adecuadamente sus
palabras. Sus impresiones de Rusia databan de 1914 y estaban casi del todo
desfasadas; además, nunca había visitado un país del este de Europa. Decidió,
en consecuencia, paliar estas deficiencias tan pronto le fuera posible, y en
cuestión de semanas, poco después del comienzo de la guerra, se puso en camino
hacia Checoslovaquia.
Cuando mi padre llegó a
Praga, a finales de junio, se encontró la ciudad sumida en un inocultable
nerviosismo. La guerra había comenzado sonriendo a los rusos, y daba la
impresión de que no iban a cometer ni un solo error en el proceso de expulsar a
las fuerzas polacas de Ucrania. Las noticias referían siempre nuevas victorias
de los rusos; cobraba ímpetu el rumor de que el Ejército rojo podría llegar
incluso a las puertas de Varsovia, y que acto seguido le tocaría el tumo a
Checoslovaquia. Los únicos checos que parecían impertérritos ante este estado
de cosas eran los soldados ya licenciados que se habían abierto paso a través
de Rusia, hasta Siberia, durante la guerra civil, en calidad de miembros de la
Legión checoslovaca, y también Masaryk, el primer presidente de la nación
recién constituida. Mi padre tuvo ocasión de verle con cierta frecuencia, ya
que, siguiendo el consejo de Karel Capek, el presidente hizo todo cuanto estuvo
en su mano por mostrarle su cordialidad. Entre otras cosas, Masaryk le explicó[55] que las
victorias de los rusos en Ucrania eran más bien síntoma de la debilidad de
Polonia que de la fortaleza de Rusia. A mi padre le aseguró que las condiciones
eran inimaginablemente malas, pésimas, en el interior de Rusia, y que lo más
probable era que el régimen bolchevique fuese incapaz de sobrevivir hasta el
invierno. Masaryk tenía la certeza de que el Ejército rojo terminaría por
desintegrarse tan pronto sufriera su primera derrota seria, acontecimiento que
esperaba tuviese lugar poco después que la guerra empezase a disputarse ya en
territorio polaco. Por bueno que fuese el Ejército rojo cuando luchaba motivado
por la defensa de la patria, no sería capaz de exportar la revolución al
extranjero; la mitad de su poder se volatilizaría tan pronto se convirtiese en
un ejército invasor combatiendo en otro territorio que no fuese el suyo propio.
En Rusia, lo único que los soviets veían con claridad era la inexistencia de
una alternativa plausible a su propio régimen.
Mi padre transmitió a
Beaverbrook y a sus amigos esta optimista visión de los hechos tan pronto
regresó a Londres, a finales de julio. Sus palabras tuvieron que resultar por
fuerza hueras, ya que los rusos obtuvieron una resonante victoria[56] en el
frente Norte el mismo 7 de julio, y ya era a todas luces evidente que se
dirigían a la capital de Polonia. Los líderes comunistas más beligerantes
hablaban ya de ir mucho más allá de Varsovia, de tomar contacto con los
camaradas alemanes. Se habló incluso de la posibilidad de instalar nuevos
regímenes revolucionarios en Polonia y en Alemania antes de fin de año. Se
diría que Masaryk se había equivocado de medio a medio en sus apreciaciones. Y
fue entonces, durante la tercera semana de agosto, cuando el general Weygand
junto con su amplísimo séquito de asesores, aparte de numerosos trenes cargados
de armas y municiones, transformó la situación. Un Ejército polaco debidamente
equipado detuvo en seco a los rusos a escasos kilómetros de Varsovia, y después
los derrotó de forma tan inapelable que las fuerzas rusas simplemente se
disolvieron.
Este dramático desenlace dio
pie a un nuevo peligro. Winston Churchill y sus seguidores vieron en el
resultado de la guerra en Polonia la justificación más plena que podía darse a
la política intervencionista. A su manera de ver la recuperación de Polonia era
debida a la ayuda que habían recibido de los franceses. Así pues, había llegado
con toda claridad el momento de que Gran Bretaña uniese sus fuerzas a Francia
en la renovación de la gran cruzada antibolchevique. El don que tenía Churchill
para comprender los hechos y sus consecuencias a largo plazo salió a la luz:
como el grueso del Ejército rojo había desaparecido del tablero a las puertas
de Varsovia, nada podía impedir que un Ejército blanco respaldado por diversas
naciones atravesara Ucrania para conectar con los restos de las fuerzas de
Petlyura, cerca de Kiev. Acto seguido proseguirían la marcha para enlazar con
los ejércitos del general Wrangel, que seguían en activo, y en posesión además
de la cuenca carbonera de los Donets y de Crimea. Caso de llevarse a cabo todo
esto -y, de hecho, podría llevarse a cabo- los cosacos podrían levantarse en
armas de nuevo, podrían prender fuego al país entero y así el régimen
revolucionario podría caer de una vez por todas.
Masaryk había previsto el
surgimiento de estas tentaciones. Cuando le dijo a mi padre que en realidad no
le producía ningún temor lo que pudiera hacer el Ejército rojo en Polonia, le
dijo también qué era lo que sí le producía verdadero temor. Temía que se
produjese el colapso de Rusia: esa posibilidad sí le hacía sudar a altas horas
de la noche. Estaba convencido de que si la guerra civil iba a estallar de
nuevo, la anarquía echaría raíces por toda Europa, del Este al Oeste, y así
podría incluso asistirse al inicio de otra guerra de los Cien Años, en la cual
una serie de ejércitos bandidos pelearían interminablemente a lo largo y a lo
ancho del mapa, dedicados al saqueo y al pillaje, sembrando la destrucción.
Estaba convencido de que era pura paranoia de la desesperación lo que en
realidad motivaba la beligerancia de los rusos; estaba convencido de que la
región entera estaba necesitada más que nada de fondos con los cuales financiar
la reconstrucción económica, así como de tiempo para ponerse a trabajar.
Cuando mi padre comunicó las
ideas de Masaryk, contrarias al intervencionismo, a Beaverbrook y a los
testarudos de sus amigos, dedicados a los negocios y la banca, éstos
reconocieron que, ciertamente, tenía mucho sentido, habida cuenta de su punto
de vista. Ahora bien: ¿cómo iban a tener la seguridad de que el planteamiento
de Masaryk era acertado? ¿Estaban las condiciones de Rusia realmente tan
deterioradas? Las gentes de Wrangel, así corno los franceses, insistían en que
era posible provocar un vuelco en la situación e instalar un nuevo régimen, sin
excesivos derramamientos de sangre, sin demasiados gastos, y en un plazo
relativamente breve, de unos dieciocho meses.
En agosto[57], mi
padre recibió una nueva carta de Gorki, quien ya le había escrito antes para
asegurarle que Lenin y los suyos no eran ni mucho menos los monstruosos
enemigos que en Occidente se empeñaban en considerar. Esta vez Gorki le
escribió para pedirle que hiciese un favor a Rusia. Su solicitud fue para mi
padre como un nuevo haz de luz que vino a iluminar la realidad de la situación
rusa, aparte de confirmar las más aciagas sospechas de Masaryk. Mi padre dio a
leer la carta de Gorki al propio Beaverbrook. En ella, Gorki solicitaba de mi
padre que organizase una misión humanitaria en privado. El invierno ya se
avecinaba; la escasez alimentaria en la zona de Petrogrado estaba ya por
entonces tan agudizada que resultaba evidente un inmediato recorte del
racionamiento, y un recorte ulterior, antes de que se agotasen las provisiones.
Ello significaba, lisa y llanamente, que muchas personas, sobre todo los
ancianos, iban a morir de hambre. Algunos de los más destacados científicos
rusos, como por ejemplo Pávlov, ya no eran jóvenes, y la guerra había provocado
una tremenda disminución de la población en edad de sustituirles de acuerdo con
un desarrollo normal de los acontecimientos. Existía un riesgo abrumador de que
la comunidad científica sufriese un daño irreparable. Ello podría impedirse si
a estas celebridades se les asignase una ración extra de grasas y azúcares.
Además, se trataba de que dichas cantidades supusieran una radical diferencia
respecto de sus posibilidades reales de sobrevivir. Doscientas o tal vez
trescientas libras de manteca, mantequilla y azúcar, así como cierta cantidad
de alimentos que no necesitasen de cocción, como caramelos y chocolate,
bastarían para resolver el problema. La distribución de semejante mercancía
podría en principio presentar algunas dificultades, si bien podría embalarse en
tres o cuatro cajones de unas cien o ciento cincuenta libras de peso neto;
cualquier viajero podría hacerlos llegar a Petrogrado camuflados entre sus
efectos personales. ¿No conocía mi padre a ninguna persona capaz de realizar
ese viaje y de hacer entrega de esas mercancías, cuya necesidad empezaba a ser
desesperada?
Mientras Beaverbrook leía la
carta cazó al vuelo el sobreentendido; no en vano reflejaba una situación que
sin duda ninguna debía de ser lamentable. Se le ocurrió de inmediato la idea de
una serie de artículos para el Sunday Express, bajo el título de Wells Goes to
Russia («Wells viaja por Rusia»). El hombre estaba en la cresta de la ola. Las
entregas quincenales de su Perfil de la historia se vendían por entonces a
razón de cien mil ejemplares por entrega. Su firma bastaría para relanzar el
periódico. «¿Por qué no va usted mismo?», le propuso. Mi padre partió hacia
Rusia el 15 de septiembre.
La última vez que estuvo
allí fue durante la primavera de 1914, teniendo por guía a un astuto rusófilo,
Maurice Baring. Baring se había enamorado del país, de sus gentes, durante los
primeros años del siglo, y ya en 1906, cuando aún no había terminado de posarse
la polvareda levantada por las perturbaciones del año anterior, pronosticó la
inmediatez de un segundo estallido revolucionario, de consecuencias mucho más
serias que el primero, en el plazo de una década. Mientras se dedicó a
introducir a mi padre en los más escogidos círculos sociales de San Petersburgo
tal como era la ciudad en 1914, descubrió también el enorme abismo que se había
abierto ya entonces entre la monarquía y el pueblo. A la luz de los comentarios
de Baring mi padre había visto la más hermosa de las ciudades del Norte como
algo que participaba de la naturaleza de un asombroso escenario teatral, como
un revestimiento de desmedidas pretensiones, erigido ante la imponente
estructura del propio teatro. Ahora bien, no pudo compartir los temores de
Baring, relativos al día en que habría de derruirse el andamiaje construido
para la representación del último acto de la tragedia zarista. Se había puesto
del lado de los órdenes inferiores, los cuales, según creía, serían exaltados
cuando por fin llegase el gran día de la revisión. Se encontraba en aquel
aborrecible apartamento[58] de
Claverton Street, con mi madre, cuando llegó a Londres la noticia de que el
último de los zares había sido obligado a abdicar en marzo de 1917. Su reacción
inmediata ante este acontecimiento había sido la de correr a reunirse con ella.
Por lo visto, la recibió con verdadera excitación, diciéndole: «Ha empezado...»
En aquel momento creyó hallarse ante el comienzo de una revuelta de dimensiones
universales. Los hombres que entonces estaban en el frente iban a renunciar a
las armas, iban a volver a sus casas, y aquella guerra interminable por fin iba
a terminar; a todos los reyes que aún estorbaban el desarrollo natural del
pueblo iban a arrancarles literalmente las coronas de las sienes. Todavía
albergaba claras esperanzas cuando Guchkov y Miliukov[59], los
derechistas del Gobierno provisional, fueron destituidos en beneficio de
Kérenski, en el mes de mayo. Mi padre había escrito una alborozada carta a
Gorki para desearle lo mejor en su «esfuerzo por liberar a la humanidad,
inclusive el pueblo alemán, de las opresivas redes de la monarquía, y por
establecer la buena voluntad a nivel internacional sobre la base de la justicia
y el respeto internacionales». Le emocionó que San Petersburgo hubiese
desempeñado un papel primordial en los inicios de esta era gloriosa: había sido
la ciudad a orillas del Neva, y no Moscú, la cuna de la revolución.
Aun cuando llevaba en su
equipaje más de doscientas cincuenta libras de comestibles, aun cuando supiera
que existía allá una necesidad desesperada de dichas mercancías, esperaba a
medias que su destino experimentase una transformación y que la población se
hallase electrificada, tal y como se encontró electrificados a Praga y a sus
habitantes, por el advenimiento de una nueva era.
Sin embargo, no iba a volver
a San Petersburgo. Iba de camino a Petrogrado, la ciudad desierta, la maldición
que sobre la creación de su esposo había conjurado la esposa de Pedro el
Grande. Las puertas y ventanas de más de la mitad de sus edificios estaban
cerradas a cal y canto, con tablones claveteados y las fachadas deterioradas,
descuidadas, parecían víctimas de alguna insidiosa enfermedad. Una pesada
tranquilidad -un sopor casi- asfixiaba a la ciudad, meditabunda, en cuyas
fábricas no se producía absolutamente nada. Las instalaciones portuarias se
hallaban virtualmente en punto muerto, y la estación de ferrocarril, en las
afueras, era un solar silencioso, repleto de vagones y locomotoras
inutilizadas, en un estado ya irrecuperable, por haber sufrido toda clase de
rapiñas, por hallarse la maquinaria despiezada, abandonada en las vías. Apenas
había nada de tráfico por las calles. Los droshkys y los coches privados se
habían desvanecido al mismo tiempo, escaseaban las carretas y los decrépitos
tranvías, atiborrados de viajeros, traqueteaban a intervalos muy espaciados e
inciertos. La animada multitud de San Petersburgo parecía haberse derretido,
como la nieve, y las pocas y entecas personas que se veían por la calle vestían
bien uniformes andrajosos o bien unos pocos harapos. Mi padre no oyó ni una
risa[60], no vio
a nadie sonreír al pasear por las desangeladas aceras. La mayor parte de los
hombres y mujeres que pudo ver hacían cola, con la piel grisácea y sin
expresión ninguna, bien ante los edificios del Gobierno, en los cuales se
expendían bonos para cubrir todas las necesidades de la vida cotidiana, o bien
ante los almacenes de ropa y de alimentos, en los cuales era posible
intercambiar dichos bonos siempre y cuando hubiera existencias. Todo lo que en
su día supuso la animación de San Petersburgo había desaparecido, había
terminado, y ninguna cosa que pudiera devolver mínimamente la vida a una
Petrogrado medio desierta parecía tener ningún viso de iniciarse. A mi padre le
espantó la lentitud con que se movían las personas, la lentitud aún mayor con
que se hacían las cosas, el estado general de entumecimiento y de apatía que
reinaba en todas partes. La ciudad entera llevaba trescientos años soportando
el hambre, y por fin había llegado una hambruna implacable. Todos los
habitantes sabían de sobra cuál era el significado de esa situación. Varios
millares no conseguirían sobrevivir al invierno. Cuando llegase la primavera,
millares de ciudadanos habrían muerto de hambre y de privaciones.
Mi padre se hospedó con
Gorki en el monumental apartamento de la avenida Kronwerk que el escritor había
conseguido simplemente derribando una puerta, para apropiarse de las
habitaciones interiores. Allí se encontró en medio de una población
heterogénea, compuesta en parte por viejos amigos de Gorki, procedentes casi
todos del mundo de la literatura y de las artes, y en parte de personas
anteriormente desconocidas, provisionalmente carentes de hogar o huidas de la
policía. Uno de los residentes habituales había sido en su día Gran Duque y
mecenas, un hombre llamado Gabriel K. Románov; ocupaba una habitación que
compartía con su esposa y con un perrito de lanas. En la misma categoría se
hallaban la primera mujer de Gorki, Ekaterina Péshkova, y la segunda, María
Andréieva. Jodasiévich, el poeta, iba y venía sin que nadie pudiera predecir
sus andanzas, al igual que Tallin, el constructivista; en cambio, la sobrina de
Jodasiévich y la joven amante de Tatlin estaban allí a todas horas. Iban y
venían otros tantos, entre los cuales se encontraba Zamiatin. el escritor que
era por entonces el principal admirador que tenía mi padre en Rusia; a veces se
quedaban unas horas, otras veces se quedaban a pasar la noche. Mi padre, por
sentirse bastante solitario entre tantas caras nuevas, por sentirse además muy
inseguro respecto de qué idea debía hacerse de aquella rica y confusa
cohabitación en grupo, buscó apoyo moral en la única de las habitantes del
piso, aparte de Gorki y de María Andréieva. a la que conocía con anterioridad:
la condesa Benckendorff, Moura Zakrévskaia. La había conocido en 1914, cuando
ella era una elegante recién llegada, aparte de disponer de dinero de sobra
para adquirir todo aquello que pudiera adquirirse con dinero. En cambio, cuando
la vio por segunda vez era dueña únicamente de las ropas que llevaba puestas,
aparte de un juego de ropa interior de repuesto. Acababa de empezar a trabajar
como secretaria de Gorki, además de ser su amante, aun cuando él supiera, ya
que ella misma se lo había advertido, que había llegado a él en calidad de
espía de la policía, comisionada por Zinóviev, personaje cuyo odio por Gorki
era notorio.
Parte, y solamente una parte
muy pequeña, de la complicada historia de Moura, se halla relatada en un libro
titulado Memorias de un agente británico, en el cual Bruce Lockhart refiere sus
aventuras y desventuras como primer secretario de la Embajada Británica en
Petrogrado durante la revolución. Cuando mi padre renovó el trato con ella, en
1920, seguía envuelta en la pesadillesca situación[61]
derivada de aquel compromiso. La GPU la había liberado hacía muy poco de la
cárcel, a la cual había sido condenada por cómplice de las actividades de
espionaje desarrolladas por Lockhart, a cambio de su servicio a la organización
en calidad de confidente. Se le había encargado acceder al entorno de Gorki.
Desde el primer momento se le antojó intolerable su situación, y casi de
inmediato se sintió en la obligación de advertir a Gorki de su contacto con la
policía. Gorki sintió por ella una honda admiración, por haber tenido el valor
de ser absolutamente franca con él, habida cuenta de la adversidad de las
circunstancias, y se erigió en protector suyo. Aprovechó la considerable
influencia que tenía sobre Lenin para quitarle hierro a su situación, que, pese
a todo, siguió siendo muy precaria, ya que Zinóviev, que era en efecto el
virrey de Lenin en la región de Petrogrado, desde ese momento y en lo sucesivo
la tuvo por desertora, aparte de incluirla en el odio que sentía por Gorki y
por todas sus obras. La GPU dejó de ejercer sobre ella toda presión, pero sí
que se aseguró de que ella supiera que se hallaba constantemente vigilada. El
irreprimible ingenio de Moura, su desbordante buen humor y la frialdad con que
se condujo frente a tales presiones, produjeron en mi padre una impresión
indeleble. El afecto que le cobró casi de inmediato tuvo el refuerzo adecuado
en el hecho de que Moura fuese una mujer extremadamente atractiva, muy
desinhibida, de talante pasional y de una gran inteligencia. Era inevitable que
se enamorase perdidamente de ella.
Gorki, tal vez con torpeza,
dio pie a este giro de los acontecimientos. Consiguió convencer a algunos de
los bolcheviques más prominentes, que por entonces estaban mucho más abiertos a
los contactos con el extranjero de lo que iban a estarlo en un futuro
inmediato, de que mi padre era una persona a la que probablemente se le
escuchase con gran atención tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos, y
que dado que el régimen iba a necesitar todos y cada uno de los amigos
extranjeros con que pudiera contar, más les valdría desvivirse por granjearse
su favor, fue, por lo tanto, objeto de una operación de captación
extremadamente eficaz, basada más que nada en la adulación. Hasta el propio
Zinóviev, que en principio se había opuesto en redondo a la política de
enjabonar con zalamerías a la izquierda burguesa extranjera, mantuvo con él una
larga charla, ostentosamente amigable. Al dar por terminado este encuentro,
aduladoramente propuso a mi padre que pronunciase una conferencia nada menos
que ante el Soviet de Petrogrado; él se encargaría de los preparativos. Acto
seguido, Zinóviev hubo de marcharse a Alemania para asistir a la Conferencia de
La Haya, en la cual se fundó la Internacional Comunista, y en la cual denunció
con ferocidad la tesis de que podría existir alguna clase de cooperación
beneficiosa entre la izquierda de la clase trabajadora y la izquierda burguesa
de Europa occidental. Antes de partir a Halle dejó a mi padre en manos de
Chicherin, que era por entonces el más destacado de los diplomáticos bolcheviques,
subordinado tan sólo a Kámenev en lo tocante a su influencia en la política
exterior soviética. Chicherin compartía a pie juntillas los puntos de vista de
Zinóviev, y tenía una visión especialmente denigrante de la izquierda
británica, por el mero hecho de que sus integrantes no estuvieron dispuestos a
ayudarle cuando el Gobierno británico lo encarceló por haberse presentado con
las credenciales del embajador de Rusia en St. James, sede del Ministerio
Británico de Asuntos Exteriores. Era, pese a todo, un hombre de ingenio felino,
capaz de resultar encantador siempre que se lo propusiera. Cuando conoció a mi
padre le ocultó sus sentimientos, reprimiéndolos, presentándose además como una
persona sumamente agradable, y prometiéndole inclusive que se encargaría de
proporcionarle una entrevista con Lenin. Habló con Lenin por teléfono y le
convenció de que invitase a mi padre a celebrar una conversación privada en
Moscú. Cuando lo hubo hecho, se puso en contacto con la persona encargada de
controlar los movimientos de Moura desde la CPU y le sugirió que la recomendase
para hacer las veces de guía e intérprete de mi padre en ese viaje.
Durante los escasos días que
pasaron juntos en Moscú, Moura estableció con mi padre un lazo afectivo que a
la larga iba a resultar irrompible. El había disfrutado muchísimo todos y cada
uno de los instantes que le fueron dados pasar a solas con ella, y aborreció el
instante en que hubo de separarse de ella para regresar a Inglaterra. El dolor
de tener que abandonarla tan pronto fue tanto mayor por las escasas esperanzas
que por entonces pudo albergar de volver a verla alguna otra vez. Aquellas
horas que pasaron juntos les habían sido arrebatadas. Supo, al iniciarse esta
aventura amorosa, que Gorki se sentía tan fascinado por ella como él lo estaba;
supo incluso que había llegado a establecer con ella una relación de clara
dependencia. Por si fuera poco, sabía que ella estaba en deuda con Gorki, y que
le tenía una tremenda devoción. Mientras estuvieron en Moscú, ella le había
dicho -y él lo había aceptado sin reservas- que no era capaz de pensar siquiera
en separarse de Gorki, en abandonarlo por otro hombre, en tanto en cuanto él no
le diera claras muestras de haber terminado con ella. Mi padre, sin embargo, no
fue capaz de zafarse de aquella embriaguez que ella le producía, y por muy
escaso que pareciese el futuro reservado a su pasión, volvió a casa sintiendo
arder esa pasión en su interior.
De la entrevista que sostuvo
mi padre con Lenin es mucho lo que podría decirse, aun cuando el hecho más
sobresaliente es que no estuviese presente un taquígrafo en dicho encuentro. A
Lenin le llenaba de orgullo su conocimiento de la lengua inglesa, y ni siquiera
hubo un intérprete presente en la sala. Hay diversas versiones sobre el
desarrollo de la entrevista. Una de ellas la redactó mi padre, que no en vano
fue uno de los dos protagonistas, muy poco después de celebrarse. Otra es obra
de León Trotski. Por descontado que no estuvo presente; ni siquiera se
encontraba en Moscú en aquella ocasión, y su versión está escrita unos tres
años después de que se celebrara la susodicha reunión, tras la muerte de Lenin.
La versión de Trotski se debe al hecho de que alguien llamase su atención sobre
un capítulo de ese libro de mi padre titulado Rusia en la penumbra, en
concreto el capítulo titulado «Un soñador en el Kremlin». Puede ser muy
significativo, o puede que no lo sea, el que Trotski no tuviese nada que decir
de aquella entrevista aparte de lo que pudiera derivarse de dicha fuente. No
tuvo nada más que añadir; su única contribución es que alega lo que Lenin le
dijo acerca de tal entrevista cuando no había nadie más.
Por hacer justicia a
Trotski, conviene recordar que en 1924, cuando por fin redactó su versión del
encuentro, era una víctima frenética de la frustración y la ansiedad. Stalin le
había ganado definitivamente la partida en el seno de la lucha intestina que se
libró tras el fallecimiento de Lenin, y se encontraba literalmente sobre una
trampilla, con la soga del georgiano atada al cuello. Había perdido, de una vez
por todas, la gran batalla doctrinal entre los partidarios de la tesis de que
había llegado el momento inaplazable de la revolución universal y los que por
el contrario consideraban que dicha revolución en un solo país era el genuino
caballo ganador. A Trotski, su derrota le había dejado el amargo poso del
aborrecimiento más absoluto frente a una serie de enemigos, tanto reales como
imaginarios, entre los cuales, por extraño que sea, figuraba un heterogéneo
grupo de personas que le eran casi por completo desconocidas, personas que
mentalmente había organizado dentro de una especie de izquierda inglesa,
maquiavélica, antirrevolucionaria y partidaria del parlamentarismo. Este
monstruo, producto de su propia invención, lo había denunciado en un envenenado
panfleto titulado «¿Se marchita Gran Bretaña?». En él se puede detectar la
rabia incontrolada que tan a menudo es firma inconfundible del genuino espíritu
trotskista:
Aparte de la literatura
teológica, el fabianismo quizá es lo más inservible de este mundo; en cualquier
caso, sí parece ser la forma más aburrida de la creación verbal... La época
victoriana, barata y optimista, en la cual siempre daba la sensación de que el
mañana sería ligeramente mejor que el hoy. Partiendo de la base de que pasado
mañana sería mejor que mañana, ha encontrado su expresión más acabada en los
Webb, los Snowden, los Macdonald y tantos otros fabianos... Estos sujetos
arrogantes, apoltronados, viscerales... envenenan sistemáticamente el
movimiento laborista, nublan la conciencia del proletariado y paralizan su
voluntad. A estos pedantes pagados de sí mismos, a estos eclécticos
balbuceantes, a sentimentales trepadores, a estos amostazados tragaperras
serviles para con la burguesía hay que mostrarlos tal y como son ante la clase
obrera. Hay que revelarlos tal y como son, lo cual dará pie a una
desacreditación impagable.
Etcétera, etcétera,
chirriante, punzantemente etcétera. Nada más tener conocimiento de esta
diatriba pensé que era un tanto erudito por parte de Trotski el tener noticia
de Snowden en fecha tan temprana como 1923, pero al repasar con más
detenimiento este asunto, descubrí que la totalidad del texto de «¿Se marchita
Gran Bretaña?» debe casi con toda certeza su existencia al hecho de que la
esposa de Philip Snowden hubiese estado en Georgia[62] en 1921
y de que al regresar a Inglaterra informase que ninguno de los georgianos que
había tenido la ocasión de conocer era comunista, y que ninguno de ellos
desease que Georgia formase parte de la patria rusa. Sea como fuere, a mí me
parece bien claro que cuando Trotski escribe ese texto en el que afirma que
cuando le mencionó el nombre de mi padre reaccionó exclamando «¡Puaj! ¡Qué
burgués engreído y estrecho! ¡Puaj! ¡Qué filisteo!», meramente se propone
«mostrarlo tal cual era, al natural, ante la clase obrera», o bien miente, como
era su costumbre, debido a un determinado propósito. Inventarse determinadas
desacreditaciones de sus rivales y enemigos atribuyéndoselas a Lenin terminó
por ser algo semejante a una industria manual en los círculos del partido,
sobre todo durante el proceso de prueba en el cual Stalin fue abriéndose paso,
poco a poco, hasta la cúspide, hasta lo más alto de la cucaña, y Trotski hizo
gala de una fertilidad asombrosa en este terreno de la ficción creativa, al
igual que en muchos otros. Me parece altamente improbable que Lenin
llegase decirle nada a Trorski. ni
acerca de mi padre ni acerca de aquel encuentro, y tengo casi por cierto que
las dos exclamaciones deprecativas citadas anteriormente, y también en muchos
otros libros, por cierto que con deleite, son meras invenciones.
Sin embargo, fuera lo que
fuese lo que Lenin dijo[63] o lo
que dejó de decir de mi padre, no pueden ponerse en duda sus sentimientos
acerca del líder ruso. Le tomó simpatía, le agradó por su coraje, su talante
abierto y decidido. Creyó a pie juntillas lo que le dijo Lenin acerca de sus
intenciones de crear una sociedad nueva, mejor y más humana que ninguna de las
sociedades existentes, a partir de las ruinas del estado zarista. Ahora bien,
Lenin también le pareció una persona digna de lástima y conmiseración. No creyó
que el líder ruso tuviese en cuenta lo lamentable que era la situación en que
se encontraba, ni lo improbable de que llegaran a cumplirse sus esperanzas de
transformar Rusia, sabiendo hasta qué extremo era grave la escasez de alimentos
y de combustible en las principales ciudades de Rusia, sabiendo cuan cerca del
colapso había estado el nuevo régimen, simplemente por no poder ofrecer
respuestas adecuadas a los problemas generados por dicha escasez, por el
desmoronamiento virtual de la red nacional de ferrocarriles, se sintió
desazonado al comienzo de la entrevista cuando Lenin le dijo que contaba en
cambio con un vastísimo plan, enormemente exigente, para electrificar los
medios rurales y urbanos, única manera, en su opinión, de poner fin a las
dificultades por las que atravesaba el país. La instalación de enormes
centrales hidroeléctricas, la creación de una red nacional de líneas de alta
tensión, iban a ser sus respuestas a los problemas de suministro y de
distribución. Mi padre tuvo la sensación de que le estaba comentando una serie
de sueños imposibles de poner en práctica, y no de conocer un planteamiento
real de lo que Lenin podría en efecto llevar a la práctica. A manera de
tentativa dejó caer la observación de que a él no le parecía que el régimen
dispusiera del tiempo ni de los recursos necesarios que requeriría semejante
programa: por ejemplo, ¿de dónde iba a sacar Rusia el ejército de técnicos,
fabricantes de herramientas, maquinistas, electricistas, ingenieros,
aparejadores, etcétera, necesarios para llevar a cabo semejante supuesto? ¿Y el
formidable déficit educacional que parecía entrañar tal empresa? Una mano de
obra que carecía de la educación necesaria para estar a la altura de sus planes
probablemente no iba a mostrarse dispuesta a colaborar de buena gana, ni con
las mínimas garantías de eficacia; aquellos hombres no iban a ser capaces de
entender qué se esperaba de ellos, ni iban tampoco a comprender por qué se les
pedía tal cosa. ¿Cómo iba a resolver Lenin semejantes dificultades con el
escasísimo tiempo de que disponía?
Lenin le contestó esbozando
un inverosímil programa de choque para afrontar la educación popular, idea
mediante la cual pretendía resolver rápidamente el problema de la
alfabetización de los adultos, un programa tan omnicomprensivo como el que
había previsto para la creación de una red eléctrica nacional. A mi padre le
habían enseñado algunas escuelas de Petrogrado en las cuales la escasez
afectaba a artículos tales como los lápices y el papel, e incluso las pizarras
y las tizas, así como los libros de texto, de forma que semejante planteamiento
le hizo parpadear, incrédulo. Se había percatado de que era muy poco lo que
quedaba del antiguo sistema educativo zarista, y de que el nuevo régimen
tendría que partir prácticamente desde cero cuando en efecto pusiera manos a la
obra. No pudo evitar el preguntarse si Lenin tenía siquiera la más remota idea
del esfuerzo requerido por sus planes educacionales. A fin de descubrir la
respuesta, se embarcó en una pormenorizada explicación del plan a quince o
veinte años vista que se había llevado a cabo en Inglaterra para ampliar el
sistema escolar británico durante sus años de juventud. ¿Iban a llevar a cabo
los hombres de Lenin un plan de características similares? ¿O acaso se le había
ocurrido otra solución para contar de inmediato con profesores experimentados?
¿Cómo se proponía llevar a cabo esta solución?
En ese momento le tocó a
Lenin el tumo de parpadear con evidente incredulidad. ¿Cómo era posible que
aquel inglés cuya inteligencia y simpatía le había garantizado el mismísimo
Gorki le exigiera tener en cuenta los méritos de una reforma por etapas, gradual,
tal como si no hubiese existido la revolución? ¿No se daba cuenta acaso de que
el juego reformista había terminado, no se daba cuenta de que la revolución
exigía soluciones revolucionarias? Por un instante, la conversación pareció
desfallecer, para convertirse acto seguido en una de esas discusiones con un
continuo toma y daca, que a Lenin tanto le divertía sostener con el amigo
británico de Radek, Arthur Ransome, allá por 1919. Lenin le explicó que la
revolución había hecho del país entero una sola escuela. En el Ejército rojo,
por poner un ejemplo, los que en cada batallón sabían leer y escribir se
convirtieron en maestros de los analfabetos, y de igual manera se procedía en
las fábricas y en las granjas. La revolución significaba una liberación absoluta
de todas las constricciones propias del formalismo burgués.
Lenin habló con aplomo y
convicción, con una atractiva agilidad, con una vivacidad de la cual no queda
ni huella en sus plúmbeos, mendaces escritos. Lo que dijo en aquella ocasión
conmovió a mi padre en lo más profundo, aunque no fuese suficiente para hacerle
creer que las improvisaciones propuestas bastasen para obtener los resultados
deseados. A pesar de todo ello, Lenin era el cabeza visible del comunismo, y
los comunistas eran el único pueblo que quedaba en el país, el único
contingente dotado de la determinación necesaria para pasar a la acción al
unísono, para arrostrar la enorme hecatombe social que amenazaba a la nación.
Su liderazgo, junto con la coherencia y el sentido del deber que tenían los
comunistas, les había llevado a detentar el poder sobre el desastre generado
por la ineptitud y la estupidez de sus rivales: ya no había nadie más que ellos
mismos. Mi padre se dio cuenta de que la situación era peor incluso de lo que
Masaryk había supuesto, y de que las posibilidades de salir con bien eran mínimas:
era sumamente probable que su pesadilla se hiciese realidad. Todavía estaba por
llegar lo peor, pero lo cierto es que rondaba ya muy cerca. Mi padre regresó a
Inglaterra con la redoblada convicción de que la amenaza que entrañaba Rusia
estribaba no en la posibilidad de que los bolcheviques consolidasen su
posición, sino en la posibilidad de que no sacaran adelante sus propósitos. Si
los bolcheviques resultasen incapaces de gobernar, todos los demás también
serian incapaces de poner orden, con lo cual el país caería a mayor velocidad
si cabe por la cuesta abajo de la barbarie y la anarquía. La respuesta a la
amenaza que se cernía sobre el mundo entero no podía ser una intervención
militar: tenía que ser una misión humanitaria, el comercio, los préstamos.
Gorki tuvo mucho que ver con
la forma que adoptaron las opiniones de mi padre. Las ambigüedades que cercaban
la situación de este escritor a él se le pasaron por alto en aquellos tiempos,
y tomó a Gorki por fuente irreprochable, digna de toda confianza. Y en cierto
sentido lo era. Por ejemplo, no cabe ninguna duda de que la experiencia de
Gorki con los «niños errantes» fue de lo más auténtica, aparte de ser algo que
a mi padre le causó una tremenda impresión. 1920 fue el tercer año consecutivo
en que estos niños constituyeron un
apremiante problema de
índole social. Eran seres asilvestrados, náufragos a raíz de la separación o la
desaparición de sus familias causada por la guerra primero, la revolución
después y, por último, la guerra civil. A Gorki se le había solicitado su participación
en la confección de un programa de cara a su rehabilitación[64]; a fin
de averiguar cuáles eran las dimensiones reales del problema, hizo una visita a
uno de los albergues en los que se les había alojado, en Petrogrado. Sin darse
cuenta de que la institución que fue a explorar era en efecto una cárcel, se
propuso mantener un diálogo amistoso, interrogando a los residentes acerca de
qué deseaban que hiciera él en su beneficio. Le contestaron a aullidos,
burlándose de su conducta; lo arrojaron incluso por una escalera y le
despojaron de la mayor parte de sus ropas, antes que el personal del centro
fuese capaz de rescatarle. Lo que más abrumó a Gorki fue que los niños
recogidos en dicho centro fueran en su totalidad niñas menores de quince años.
La mayoría estaban embarazadas, o bien habían dado a luz recientemente; todas
habían vivido de la prostitución, del robo, posiblemente del asesinato, durante
dos años o más. Cuando empezó la revolución, tenían todas entre diez y doce
años... El horror que se apoderó de Gorki ante la degradación que habían
experimentado aquellas criaturas fue inconmensurable. Le fue muy difícil hablar
de lo sucedido; se preparó para hacerlo, se armó de valor, pero cuando le llegó
el momento empezó sudar por todos los poros, con los puños apretados.
Mi padre experimentó un
horror similar cuando Gorki le mostró con orgullo los asilos y los centros de
recogida a los que habían ido a parar los intelectuales o los miembros de la
intelligentsia que, a instancias suyas, había montado el Soviet de Petrogrado
bajo epígrafes tan grandilocuentes como La Casa de las Ciencias, La Casa de las
Artes y La Casa de los Escritores. Allí encontró a ciertas personas que aún
seguían funcionando con resolución a pesar de la desintegración del mundo en
que vivían, pero aún le impresionaron más los otros,
los que se habían
desintegrado a su vez. Seguían con vida, pero habían renunciado a sí mismos y a
las posibilidades del futuro, y habían terminado por ser lo que el mundo
conocería más tarde, con los campos de concentración de los nazis: muertos
vivientes que se habían rendido antes de tiempo a la negación de todas sus
esperanzas. Habían sido previamente personas inteligentes y creativas, personas
de considerable reputación, sólo que en un momento dado algo se había hecho
trizas en su interior. Estos residuos sociales, junto con los niños echados a
perder, de los cuales le habló Gorki a su debido tiempo, pasaron a ser, desde
el punto de vista de mi padre, un emblema de los elevadísimos costes de la
hecatombe rusa: el empobrecimiento radical del presente y del futuro. Fuera
como fuese, era absolutamente necesario frenar esa tendencia.
Cuando mi padre regresó a
Inglaterra, ya a finales de octubre, empezó de inmediato a propagar sus ideas,
y pronto se vio enredado con Winston Churchill. Sus discusiones, iniciadas en
varias cenas y en un ambiente de amistad y distensión, tanto en Stomoway como
en otras casas, no tardaron en ampliarse. Mi padre se encontró con que formaba
parte de un grupo de personas que tomaron parte en un ataque generalizado
contra el servilismo del Ministerio de Asuntos Exteriores británico para con la
política del Quai d'Orsay. Los principales esfuerzos de la política exterior
británica a lo largo de 1919 y 1920 estuvieron dirigidos a la consecución de
dos objetivos, ambos elegidos por los franceses. El primero, destinado a la
consumación de la derrota militar de Alemania mediante un arruinamiento cabal
de su economía, fue la garantía de los 132 billones de marcos de oro que
habrían de pagar los alemanes en calidad de indemnización por las pérdidas
generadas por la guerra. El segundo, cuya presunción no era otra que acelerar
el derrumbamiento del régimen ruso, fue garantizar el aislamiento diplomático y
económico de Rusia, la creación de un cordón sanitaire de estados asociados y
vinculados a Francia mediante una fina telaraña de pactos económicos y
militares. Ambas iniciativas políticas fueron concebidas sobre la nebulosa de
una casuística sumamente pesimista, según la cual Francia habría de ser objeto
de un ataque aniquilador tan pronto Alemania hubiese consumado su recuperación
económica; por si fuera poco, se daba por sentado que el enemigo invencible
sería una rara combinación de la potencia industrial alemana, de su maestría
tecnológica, con la inagotable mano de obra de Rusia. Los políticos derechistas
franceses veían en el comunismo una infección social altamente contagiosa, ante
la cual los alemanes tenían todas las de sucumbir. Hombres como Clemenceau y
Poincaré estaban convencidos de que solamente mediante la ruina de Alemania y
la estricta cuarentena de Rusia podría prevenirse la formación de un
superestado comunista que se extendería desde las costas de Frisia hasta
Vladivostok. Creían que tan pronto se constituyese semejante entidad, no habría
manera de tapar la caldera en la que iba a cocerse la revolución universal,
cuya inminencia anunciaba Trotski casi en todos los discursos que pronunciaba,
tanto en público como en privado.
Mi padre estaba convencido
de que estas perspectivas estaban más o menos vueltas del revés. Creía que la
ruina de Alemania supondría en la paz el equivalente exacto del desastre de la
guerra, culpable de que la Revolución rusa hubiese sido una revolución, y no
una revuelta constitucional. Los planes que tramaban los franceses para la
contención de Rusia no eran sino una receta perfecta para la destrucción de
Europa. Desde el invierno de 1920 y en lo sucesivo, hizo todo lo posible por
cimentar una oposición pública y privada al respaldo que Inglaterra prestaba a
estas iniciativas fatales, a fin de sustituirlas por otras más acordes con el
correcto funcionamiento del continente europeo. Defendió continuamente y con
denuedo una política a largo plazo, tendente al reconocimiento del Gobierno de
Rusia v a la integración de dicho país en la comunidad de naciones, a la rebaja
de las indemnizaciones hasta el punto en que estuvieran a la medida de las
posibilidades reales de Alemania, una política tendente, en definitiva, a un
desarme eficaz.
Mi padre no estuvo solo al
llegar a la conclusión de que eran éstas las iniciativas políticas adecuadas a
su tiempo; tampoco fue quien consideró con mayor profundidad dichas medidas,
dado que fueron bastantes las personas que se aunaron a sus esfuerzos. Sin
embargo, tuvo una intensa fe en todas estas cuestiones, y una idea muy acertada
de cuáles serían las consecuencias si se adoptase una línea errónea, aparte de
sus excepcionales dotes para tratar de estas cuestiones con un lenguaje común,
asequible a la gran masa de los ciudadanos de a pie.
Visto de manera
retrospectiva, sería muy fácil subestimar la habilidad y la eficacia de mi
padre en la divulgación y popularización de estas ideas; sería muy fácil
tenerle por un simple propagandista. Buena parte de lo que decía él a comienzos
de la década de los veinte ha terminado por ser lugar común, pues no en vano su
defensa obtuvo una rápida difusión. Sin embargo, en aquella época no se pensaba
que estuviese tratando de lugares comunes. Cuando el Sunday Express empezó a
publicar los artículos que le había encargado Beaverbrook antes de su viaje a
Rusia, la circulación del periódico alcanzó los 80.000 ejemplares al día. y ese
incremento se sostuvo, tal como se habían sostenido las ventas quincenales de
su Perfil, hasta que apareció el último artículo de la serie. El éxito de sus
artículos condujo lógicamente a una reimpresión en volumen, titulado Rusia
en la penumbra, el libro que tanto iba a disgustar poco después a Trotski.
Al verlo publicado, Beaverbrook decidió exprimir más aún la naranja. Dio el libro
a Winston Churchill y le encargó una reseña[65], al
tiempo que invitó a mi padre a contestar sus críticas. Cuando apareció la
diatriba de
Churchill y la réplica de mi
padre en el Daily Express, su circulación dio un salto comparable al
experimentado en su día por el Sunday Express.
Ésta es una prueba
convincente[66] de que mi padre se había
labrado una reputación capaz de vender por sí sola el periódico que fuese, así
como Perfil de la historia; por otra parte, se encontró en la copa del
poblado árbol del periodismo, y cuando Lord Northcliffe quiso que se encargase
de la cobertura de la Conferencia de Washington sobre Desarme Naval, por parte
del sindicato de prensa que se había convertido en el último de sus caprichos,
a finales del año siguiente, le ofreció la por entonces pasmosa cifra de 10.000
libras esterlinas. Su llegada a ese terreno coincidió con un tremendo aumento
de su reputación en calidad de escritor, pero ya fuera del mundillo literario.
En sus diversas ediciones, todas ellas enteladas, Perfil de la historia
había vendido más de dos millones de ejemplares entre Inglaterra y los Estados
Unidos, aparte de muchísimos más en sus diversas traducciones. Este éxito
generó un mercado óptimo para la reimpresión en formato de bolsillo y a bajo
precio de las novelas que escribiera a finales del siglo pasado y durante los
primeros años de éste; publicadas en rústica por Ernest Benn y en tapa dura por
Nelson's, en su Biblioteca de Clásicos Modernos, llegaron a vender más de tres
millones de ejemplares solamente en Inglaterra. Toda esta actividad tentó a
varios editores extranjeros a publicar traducciones de sus obras a varias
lenguas en las cuales nunca habían sido publicadas. Entre 1918 y 1923 se
convirtió en una figura de renombre mundial, cuya fama era de sobra conocida
allí donde se vendieran libros y periódicos.
A mí me resulta muy difícil,
por qué negarlo, identificar al héroe de esta historia de éxitos, un héroe de
amplísimos intereses, que hizo gala de una enorme energía en la consecución de
sus objetivos, con el Wells medio loco que transparece en esa descabellada
carta que mi madre escribió a S. K. Ratcliffe. Creo que es evidente por sí
mismo que al margen de lo que ocurriese por entonces respecto de su carrera de
novelista, en aquellos cinco años, mi padre se transformó por entonces en un
publicista ajetreado, productivo y cada vez más seguro de sí mismo que, en
conjunto, era cuando menos digno de toda credibilidad, aparte de sacar grandes
beneficios de todas sus actividades. Pero el enigma no se desvanece: ¿cómo
podría explicarse dicha carta? Dije anteriormente que no hay que ir muy lejos
en busca de esa explicación, y que el primer lugar en donde conviene buscar las
claves es la insistencia de mi madre en que los preparativos del viaje a
Checoslovaquia, en 1920, tuvieron un efecto anormalmente hinchado sobre su ego.
No cabe pasar por alto la coincidencia que se desprende.
En mayo de 1920, mi padre
dio con una mujer que parecía estar hecha de la pasta idónea para una de esas
aventurillas sentimentales a las que se dedicaba con la licencia de su
entendimiento con Jane. Era una radical neoyorquina, amiga o cuando menos conocida
de personas tales como Big Bill Haywood,
John Reed, Emma Goldman y Mabel Dodge. Se había labrado una cierta
reputación en los círculos en que se movía mediante la dirección de una
publicación periódica de su propiedad, llamada Woman Rebel; se la conocía más
aún por haber sido juzgada y condenada a unos meses de cárcel por el solo
delito de abogar en pro de la venta de anticonceptivos sin restricciones de
ninguna clase, desafiando de este modo la ley federal que prohibía la difusión
de toda información relativa al control de la natalidad. Liberada en el moderno
sentido del término, pasó un verano de vacaciones en Inglaterra, a su
aire, preparándose por otra
parte para dar los pasos necesarios, tras tres años de retraso, para poner fin
a un matrimonio insatisfactorio mediante el divorcio. Cuando se añade además
que Margaret Sanger era una bella mujer de ojos grises, cabello castaño, muy
animada, repleta de energía tanto física como mental, se entenderá
perfectamente por qué mi padre cogió al vuelo la ocasión de tener una historia
con ella. De unas cuantas travesuras con ella era imposible que se siguiese
ninguna complicación. Ella sabía bien qué se traía entre manos, ya tenía su
pasaje de vuelta a los Estados Unidos, y tenía que reanudar su vida en
Norteamérica tan pronto regresara. Parecía muy difícil que una aventurilla así
se les fuese de las manos.
Claro que Margaret Sanger no
era una mujer a la que nadie pudiera tomar a la ligera. Poseía, por así decir,
un radiante sentido común, aparte de un agudo sentido del humor. Era tan pronta
de ingenio como mi padre, e igualmente carecía de reverencia por su persona. A
él le deleitó verse en tratos con una mujer que tan firme pisaba sobre la
tierra, y que tenía por costumbre fijarse una serie de metas muy altas, pero en
todo caso alcanzables. Sin que él llegara a darse cuenta, se habían hecho
amigos y amantes, y cuando llegó la hora de que ella regresara a los Estados
Unidos, a finales de octubre, los dos sabían que aquella despedida de ninguna
manera podría constituir el punto final de sus relaciones.
Si este ejemplo se
sostuviera por sí mismo, si quedase al margen, no me arriesgaría a sugerir que
la observación de mi madre acerca del efecto anormalmente hinchado sobre el ego
de mi padre que tuvieron los preparativos de su viaje a Praga fuese en realidad
una referencia codificada a los comienzos de su muy duradera relación con
Margaret Sanger; ahora bien, es digno de mención el que las «salvajes»
actuaciones de mi padre en Amalfi, durante el mes de enero de 1921, en donde se
mostró tan asombrosamente insensible a los comentarios del futuro alcalde de
Croydon, y tan «horroroso» para con mi madre aparentemente sin razón ninguna,
tuvieran lugar muy poco después de su regreso de Rusia, embebido y embriagado
por su romance con Moura Zakrévskaia-Benckendorff, cuyos efectos seguían siendo
muy visibles en su persona. Las descabelladas repeticiones de aquellas
escenitas de Amalfi se dieron en el Hotel María Cristina de Algeciras sin que
llegase a transcurrir un año entero entre unas y otras, al regreso del viaje de
mi padre por los Estados Unidos, viaje en el curso del cual el animado, ligero
affaire que mantuviera con Margaret Sanger se convirtió en una muy duradera
relación, que solamente concluiría con su fallecimiento.
Por fuerza me tienen que
parecer muy sugerentes estas correlaciones. Me dan a entender que el relato que
hace mi madre de la demencial conducta de mi padre, por agudo, penetrante,
detallado e incluso plausible que sea dentro de su literalidad al estilo de un
trompe l'oeil, no es sino mera expresión del estado de ánimo de ella, en vez de
descripción de una serie de ocurrencias más o menos lunáticas. Se me antojan
artefactos, invenciones tendentes a sustituir una serie de percepciones de una
realidad cuando menos intolerable. Estoy casi seguro de que no fue simplemente
asunto de las objeciones que ella pudiera interponer ante las infidelidades en
que tan a menudo y con tanta intrepidez se embarcaba mi padre, sino más bien
cuestión de algo en resumidas cuentas mucho más objetable, algo que sin duda
tuvo que resultar muchísimo más difícil de soportar. Fuera lo que fuese, se
trata de algo que se presenta con asombrosa claridad en su relato de ese
episodio rarísimo, casi diríase que pretematuralmente improbable, acaecido a
finales de 1922. A mí más que nada me parece una alegoría bellamente
organizada, urdida con objeto de expresar los sentimientos de una mujer que se
sentía ultrajada, relegada al último escalafón de la escala de intereses de un
hombre.
Existe otro indicador que
apunta en dirección a la identificación de ese algo que tan importante papel
desempeña en el relato de la vida que llevaba mi padre a comienzos de los años
veinte, relato que mi madre, conviene no olvidarlo, trama a finales de la
década de los sesenta, y que ha transparecido en las biografías más recientes.
Se suele pensar que vale por sí solo para explicar el desastroso estado de
absoluto cansancio físico y mental que se apoderó de mi padre entre 1923 y
1924, y se trata de una desgarradora descripción de la rutina que prácticamente
había terminado con él. «Iba sin cesar de acá para allá, como un ratoncillo en
un laberinto», se le dijo a un determinado biógrafo, al cual se le proporcionó
también un perfil de la semana rutinaria, del cual destacaba «el febril fin
de semana en Easton Glebe, para pasar después de lunes a jueves en el piso de
Londres, dos días conmigo, otros dos días de nuevo en Londres, antes de volver
a Easton». Este perpetuum mobile se me antoja una invención extraída de uno
de los cuentos de fantasmas de M. R. James; me da la sensación de que no es
posible justificar la existencia de ese octavo día que se cuela de rondón en
dicha semana rutinaria. Al margen de cuántos sean los días de que consta la
susodicha semana, lo cierto es que de siete u ocho nunca son más de dos los que
mi padre dedica a mi madre. Y, triste es decirlo, no puedo pasar por alto la
evidencia que nos proporcionan los diarios de bolsillo de mi padre. En ellos no
se pone de manifiesto que le estuviese dedicando a mi madre una determinada
cantidad de su tiempo, al menos a lo largo de este periodo; si acaso, queda muy
claro que cada vez eran menos las horas que pasaba en compañía de ella. Por
decirlo de forma quizá demasiado contundente, mi madre no disfrutó de una
asombrosa vida con mi padre durante los años que desembocaron en aquel día de
marzo de 1923, en el cual decidió escribir por lo menudo a S. K. Ratclife;
antes bien, la vida que llevaba ella, asombrosa o no, estaba muy lejos de
contar en su mayor parte con la presencia de mi padre. Dejando a un lado lo que
ella se hubiese propuesto hacer creer al destinatario de su carta, la
deprimente realidad era que su relación con mi padre no se había convertido
precisamente en un trato que a ella le requiriese dedicar gran parte de su
tiempo a cuidar de él como quien cuida a un enfermo; lisa y llanamente, su
tiempo y su dedicación para con él habían dejado de ser imprescindibles. En
realidad nunca había sido así. y creo que esos cinco años tuvieron que resultarle
extremadamente difíciles de soportar a causa, a fuer de ser precisos, de las
dolorosas molestias que fue tomándose él, a medida que pasaba el tiempo, para
dejarle absolutamente claro que desde su punto de vista, no existía ninguna
circunstancia que pudiera concebirse en la cual fueran a cambiar las tomas.
Capítulo V
«Terminó por obsesionarle la
idea de que debería casarme con ella, de que así "todo sena distinto .
»A mí en cambio nada podía
parecerme más obvio: todo sería exactamente igual.
«Volvimos a despedimos
acalorados, con amargura: la segunda reconciliación no condujo a ninguna
conclusión de peso...
»... Y entonces, rebosando
de ira. aunque no fuese una ira dirigida tanto a ella como a mí misino, me
propuse. malhumorado pero con resolución, terminar de una vez por todas con
aquellos lazos humillantes e intolerables.
»Le dije a las claras que
por fin podíamos dar por terminadas nuestras relaciones.»
Antes de partir con destino
a Rusia, en el otoño de 1920, mi padre había empezado la redacción de una nueva
novela, Lugares secretos del corazón, inspirada directamente en sus
experiencias de la primavera anterior. Sin embargo, no tuvo tiempo de meterse
de lleno en ella cuando recibió el llamamiento de Gorki, intervención que, como
sabemos, iba a arrancarle de su rutina. Solamente a finales del año siguiente
pudo ponerse de nuevo manos a la obra en la redacción de esta novela. Por
entonces se dedicó a pulirla, posiblemente con mayor rapidez de la que hubiese
sido aconsejable, para tener lista su publicación en 1922. No puede contarse
entre sus mejores obras, pero a pesar de todos sus defectos sigue siendo un
libro que no puede ignorar nadie que se proponga escribir una biografía de mi
padre.
El protagonista de Lugares
secretos del corazón es un hombre prominente en público, cuya vida privada es
un absoluto desastre. Su matrimonio se encuentra en una situación lamentable,
dado que su trabajo y su trayectoria le han exigido esfuerzos y dedicación
mucho mayores de lo conveniente. Su mujer ha terminado por acostumbrarse a
encontrar la felicidad y la satisfacción en una suerte de vida interior en la
que él no tiene ni arte ni parte. Lo único que le pide es que por lo menos
mantenga las apariencias de ser un marido ejemplar; mientras cumpla con ese
requisito, tendrá absoluta libertad para hacer lo que le venga en gana. Él
tiene una amante llamada Martin Leeds, aun cuando las relaciones que mantiene
con ella también hayan empezado a deteriorarse. Se trata de una joven romántica
y emancipada, para la cual las relaciones sexuales solamente son comprensibles
en tanto sello definitivo de una relación comprometida y absoluta, en la que no
pueden tener cabida los engaños y las infidelidades. Nada más empezar el libro
nos encontramos a Sir Richmond Hardy — así es como mi padre se llama en esta
ocasión— paralizado por la indecisión. Sabe que debería dar por concluido su
matrimonio, emocionalmente estéril, para honrar como es debido las obligaciones
que ha contraído con Martin Leeds, pero cuando por fin se convence de que ha
llegado el momento se da cuenta de que no es eso lo que desea hacer. Por mucho
que la ame, por mucho que ella le agrade y le satisfaga, tiene la sensación de
que ella desea de él mucho más de lo que él podría darle.
Con la confianza de que un
cambio de aires pueda servirle para desembarazarse de ambas mujeres, o al menos
para tomar una decisión en uno u otro sentido, emprende un viaje en coche por
la zona oeste de Inglaterra en compañía de su consejero médico. Se ha propuesto
comentar con él todo el asunto. Ahí lo encontramos en una graciosa caricatura
de sí mismo: charlan y charlan y charlan sin cesar mientras el automóvil devora
los kilómetros -Sir Richmond es quien conduce, por descontado-, y de cuando en
cuando, aunque no con demasiada frecuencia, el profesional consigue meter baza.
Apenas puede decirse que haya empezado ha surtir efecto la terapia cuando
llegan a Stonehenge; es entre esas antiquísimas ruinas donde Sir Richmond se
encuentra con una joven norteamericana que va de exploración por la campiña
inglesa en compañía de una amiga. El médico se las ve venir, trata de disuadir
a Sir Richmond, procura impedir el inicio de una aventurilla irrelevante y
termina por marcharse muy molesto al comprobar que sus consejos no van a servir
de nada.
El asunto que constituye el
meollo del libro tiene su inicio en este punto. Resultaría ciertamente muy
banal si no se presentase en parte como si un alcohólico curado con el tiempo
estuviese a punto de volver a darle al jarro. La visitante norteamericana es el
sueño dorado de cualquier mujeriego hecho realidad. Considera que el sexo es
algo que puede disfrutarse por las buenas, sin asomo de vergüenza, sin pensar
en el pecado, siempre y cuando se presente la ocasión junto con el apetito
necesario para que tal disfrute sea posible. Tiene la impresión de que el acto
sexual es algo que a nada la compromete, y que a quien haya elegido como
compañero de juegos, en un día y en una hora determinados, no le supone mayores
obligaciones que las de mantenerse en contacto y escribirse de cuando en cuando
para darse mutuas noticias de sus vidas. No creo que pueda caber ninguna duda:
se trata del retrato de Margaret Saneer[67] tal
como percibió mi padre su personalidad desde el principio, antes incluso de
haber llegado a conocerla como es debido. Los motivos que le llevaron a
juguetear con esa lectura -absolutamente errónea- de un carácter por lo demás
estimabilísimo no pueden quedar más claros a medida que se desarrolla la
aventura. Está escribiendo en esas páginas un estudio sobre el arte, o el
vicio, de engañarse a sí mismo. A lo largo del episodio, ambos participantes
van a mentirse en todo momento.
Aunque Sir Richmond sepa que
la mujer con la que está conversando no es más que un ave de paso que no tiene
ninguna intención de permanecer en Inglaterra durante más de quince días, la
llama amada mía y compañera del alma cuando la besa por primera vez. Para
entonces llevan ya una semana juntos, y les queda por delante toda una semana.
Pocas líneas después Sir Richmond se dice, con cierta solemnidad, que está
enamorado de ella, que está mucho más enamorado que nunca. Cuando vuelven a
encontrarse cara a cara, los dos saben perfectamente que van a irse de cabeza a
la cama. Así pues, él le dice que la ama con todo su corazón, y ella le dice
que también le quiere con toda el alma. Después pasan una semana yendo en coche
de un sitio a otro, de turismo, comiendo en restaurantes y acostándose en
hoteles. No tienen más remedio que sacar el mejor partido que puedan de esa
breve semana. La última noche que pasan juntos él le asegura que conocerla a
ella ha sido lo mejor que podía pasarle en la vida; añade que ella es todo lo que
su corazón puede desear, su sacerdotisa de la vida, la encarnación de su idea
de la divinidad. El siguiente lugar al que se dirigen es Exeter, donde él la
deja con un pie en el tren que ha de llevarla a Southampton, de cuyo puerto
zarpará el barco que la lleve a Norteamérica, y ahí termina todo.
Es tentador, habida cuenta
de la ineptitud de mi padre cuando se trataba de escribir escenas de amor,
achacar la resolución con que Sir Richmond degrada el lenguaje cortés a una
causa puramente accidental. Sin embargo, dispongo de pruebas que respaldan la
creencia de que mi padre sabía perfectamente qué estaba haciendo en esta
ocasión, sobre todo si se tiene en cuenta la sorpresa apresuradamente concebida
y plasmada que sigue a la despedida de la norteamericana. Después de que Sir
Richmond vea partir el tren de la estación de Exeter, de repente se encuentra
como en suspenso. Le quedan por delante varios días de asueto, ya que nadie le
espera en el trabajo, pero no se le ocurre qué hacer para distraerse durante
esos días:
Al salir de la estación se
quedó boquiabierto contemplando su automóvil. A alguna parte tendría que ir.
¡Pues claro: a Cornualles, a la casa de campo de Martin! Tenía que acudir a su
lado y portarse con amabilidad, ofrecerle su consuelo... Por alguna razón
inexplicable siempre había tratado a Martin de malas maneras: la había
molestado, la había culpabilizado, la había incluso amenazado. Tal situación
tenía que terminar como fuese. Ni la más remota sombra de la aventura que
acababa de vivir podría recaer sobre Martin... y Martin de ninguna manera
debería albergar ni la más mínima sospecha. ¡Martin! ¡Vieja amiga! Todavía le
quedaban ocho días por delante... ocho días de una dorada amabilidad. No
pretendía turbar a Martin mediante una torpe confesión; al contrario, pensaba
hacerla feliz, tal y como ella adoraba que se le hiciese feliz...
Difícilmente puede llevarse
más allá el candor. Mi padre ha perfilado ahí un cuadro despiadadamente honrado
de sus procedimientos, un retrato transparente de sí mismo. Sir Richmond es tan
incapaz de hacer frente a todas las exigencias emocionales serias que se le
planteen como lo es también de tratar con una mínima honestidad a las mujeres
de su vida; además, siente una auténtica compulsión por trivializar toda
relación a raíz de la cual puedan surgir semejantes exigencias. Su aventurilla
con la turista norteamericana es, para un hombre que se encuentre en su misma
situación, una decisión tendente a la trivialidad; su siguiente proyecto, que
es pasar el resto de sus vacaciones vendando cuidadosamente los ojos de su
amante, es su confirmación. No le queda más remedio que hacer de sus relaciones
con ella una copia calcada de las relaciones que mantiene con su mujer. No le
queda más remedio que hacer de Martin Leeds la segunda mujer a la que abandone,
a la que sea infiel, a la que haya de regresar después, a la que compre una
absolución carente de significado mediante garantías asimismo desprovistas de
todo sentido. Al pensar en ella en tales coordenadas, le resulta muy viable
sentir incluso un nuevo afecto por ella.
De haber suspendido mi padre
Lugares secretos del corazón en ese punto, habría conseguido una obra
sumamente reveladora y plena de la vena ácidamente irónica que había pretendido
escribir. Sin embargo, pasa de ese climax tan indicado al anticlimax cuya
grotesca ridiculez ya he descrito. Ése es ni más ni menos el aspecto que debe
tener para cualquier lector que se aproxime al texto sin disponer de las
claves, y no estoy del todo seguro acerca de que un claro conocimiento de los
cimientos reales sobre los cuales se hallan construidos esos personajes sea
suficiente para limpiarlo de una ridiculez absurda aunque jugosa. Lo que
sucede, lisa y llanamente, es que, primero, mi padre se hace asesinar
descuartizado en la persona de Sir Richmond y acto seguido, tras hallarse
rígido y expuesto sin el más mínimo pudor, hace entrar en el escenario a Martin
Leeds con objeto de que le llore en público. Hasta ese instante, ella ha sido
poco más que una presencia fuera del escenario, y al lector no se le ha dado
ninguna pista que pueda llevarle a contar con que ella se convierta en un
personaje recién salido de un melodrama de opereta. Se le ha dado un nombre que
sexualmente es de una ambigüedad absoluta, y se le ha descrito diciendo que su
rostro era el de un joven sensible, sin mencionar que su rostro es un rostro de
mujer, si bien la actuación que tiene ante el ataúd todavía abierto de Sir
Richmond, ante la azarada pero comprensiva presencia del médico a quien vimos
por última vez en Stonehenge, solamente puede calificarse como producto de una
intensa intimidad.
Extendió las manos con las
palmas abiertas hacia el médico.
-¿Qué podré hacer durante el
resto de mi vida? ¿Con quién voy a reír, con quién voy a alegrarme? No tengo
ninguna queja de él. No le echo la culpa de nada. Hizo todo cuanto pudo... por
ser tan amable conmigo... Ahora, durante los días que me queden de vida lloraré
su pérdida y le echaré de menos.
Se volvió en ese momento al
ataúd. Súbitamente perdió hasta los últimos vestigios del más elemental dominio
de sí misma. Se postró de hinojos junto al caballete en que se apoyaba el
ataúd.
-¿Por qué me has abandonado?
-exclamó entre sollozos-. Hablame, dime algo, amor mío; ¡hablame, te digo!
¡Hablame!
Fue una apasionada tormenta,
monstruosamente infantil, espantosa. Aporreó con ambas manos el ataúd. Lloró
tan ostentosa y ferozmente como llora una niña desconsolada...
Al comentar este libro a
comienzos de la década de los setenta, mi madre dijo que este pasaje, por no
mencionar la novela entera, siempre le había parecido de una gracia
desbordante. Añadió que mi abuela materna, la temible Mrs. Fairfield, que por
norma general consideraba las relaciones de su hija con mi padre un asunto
propio de una tragedia, se vio incapaz de dominar un incontenible ataque de
risa [sic] cuando leyó este pasaje. Siguió diciéndome que a mi padre le supo a
cuerno quemado la reacción de la anciana señora. Siento cierta inclinación a
pensar que, caso de que en efecto a mi padre se le hubiese transmitido esta
información, casi con toda probabilidad le habría dejado pasmado, antes que
molestarle. No estaba en absoluto acostumbrado a enterarse de que sus libros
los habían leído personas en condiciones como las de mi abuela: tras una larga
convalecencia, enfermó gravemente en junio de 1921, y falleció el 9 de agosto
de aquel año. Tal como ya he dicho, la novela no fue impresa y publicada hasta la
primavera de 1922.
Esta incauta afirmación por
parte de mi madre me lleva a dudar que a ella llegase a resultarle graciosa la
novela. Tengo para mí que era precisamente esa escena final, a un tiempo
absurda y agudísima, la que dio pie a sus objeciones: subraya muy a las claras
el detalle de que Martin Leeds sea una actriz, dado que su respuesta ante todo,
incluso ante la visión del cadáver de su amante, es pura representación. Su
postura, pese a todo, está en abierto contraste con el hecho de que poseyera
una genuina perspicacia, una aguda capacidad de penetración. Tiene
perfectamente en cuenta la realidad de la situación: Sir Richmond está muerto,
está fuera de su alcance, y siempre lo ha estado. Su representación termina con
un pronunciamiento que, pese a ser absolutamente falso desde el punto de vista
del discurso, resulta absolutamente verdadero por lo que atañe a su contenido:
«A veces, creo yo, me amaba.
Pero eso es algo muy difícil de saber... podía ser intensamente amable, a pesar
de lo cual no parecía que le importases un pimiento. En su proverbial
amabilidad había algo, digamos, deshonesto. No estaba dispuesto a hacerte saber
la dura verdad. Nunca habría podido decir que no te quería...»
A mi padre no lo perdonó
nunca jamás por haber escrito estas líneas.
La ofensa infligida por Lugares
secretos del corazón queda compensada con algunas cartas que escribió a mi
madre a lo largo de los años 1922 y 1923. En dichas cartas queda bien claro que
mi padre se esforzó por obligarle a elegir. Una de dos: o mi madre rompía sus
relaciones con él, y punto, o continuaba dichas relaciones de acuerdo con los
términos que él impusiera. Esto de ninguna manera supuso que él desease que las
cosas siguieran entre ellos dos sin cambiar lo que se dice nada. Todo lo
contrario: ella tenía por fuerza que corregir sus defectos. Él no aprobaba su
conducta: ella pasaba demasiado tiempo con personas en modo alguno
recomendables. Por ella misma, y por la carrera a que aspiraba, tendría que
empezar a frecuentar a las personas que pudiera considerar sus semejantes tanto
por talento como por posibles. Además, estaba rifando descuidadamente sus dones
más preciados en la publicación de una cantidad excesiva de reseñas, críticas
por lo demás asombrosamente astringentes. A mi padre le daba exactamente igual
que ella siguiera manteniendo el trato con él o que lo rompiera de una vez por
todas, pero sí le importaba, y mucho, que no se dedicase a su auténtico
cometido, es decir, a hacer todo lo posible por convertirse en una escritora de
auténtico fuste.
Alguna vez se ha sugerido
que adoptar este comportamiento propio de una institutriz con una joven de
genio, cuya posición literaria estaba bien establecida, fue por parte de mi
padre una grosera impertinencia, concebible únicamente en un hombre hastiado y
enfermo, al borde mismo de la vejez. A decir verdad, mi padre estaba, a los
cincuenta y seis años de edad, en la cresta de la ola, y a mi madre aún le
quedaba un largo camino por recorrer. Se había demostrado a sí misma su talante
para las reseñas, pero en cambio los amigos de Henry James habían tirado a la
basura su opúsculo sobre la obra del maestro; había escrito una novelita
sentimental, The Return of the Soldier (El regreso del soldado), y
aunque su esfuerzo más notorio, The Judge (El juez), tuvo entonces, como
tiene aún ahora, sus admiradores, fue considerado más que nada como un intento
condenado al fracaso por intentar derrotar nada menos que a Dostoievski en su
propio terreno. En gran medida, mi padre tuvo sobrada justificación al calificarlo[68] de «libro
desgarbado, en el cual el protagonista y el climax son por completo falsos»
y de «un despilfarro absoluto de la capacidad artística de ella».
Mientras destripaba y destrozaba esta novela, tuvo el detalle de
hacerle saber por qué la
consideraba a ella en persona un desastre sin paliativos y con tan feroz
insistencia. Había intentado, según le dijo, abandonarla y cortar con ella por
lo sano, sin traumas, pero había creído que, si en efecto habían de seguir juntos,
era conveniente que ella supiese qué opinión tenía él de su obra. Ninguno de
los dos habría podido reprimir sus impresiones sobre la obra del otro: la
irritación producida por ese silenciamiento voluntario habría destruido toda
clase de comunidad mental que pudiesen tener; entre ellos dos, o existía un
entendimiento absoluto o no existiría nada. Y él había empezado a preguntarse
si en efecto existía la base idónea para tal entendimiento.
La línea de argumentación
que propuso me lleva a pensar que mediante tales cartas únicamente se proponía
buscar una ruptura sin paliativos. El tono de tales cartas va tornándose más y
más provocador a lo largo del invierno de 1922-1923. Le dice una y otra vez que
sí, que de veras la ama, claro que a su manera, y que sí, que de veras admira
muchas de sus virtudes, sólo que ha empezado a tener muy en cuenta el hecho
abrumador de su incompatibilidad de caracteres, propósitos, aspecto exterior,
etc. Él no desea lo que ella desea, y ella no desea lo que desea él. Al final
es así de sencillo, sin más ni más.
La manera que tuvo mi madre
de contestarle tampoco está ni mucho menos clara, ya que la parte que a ella le
toca en este prolongado intercambio de pareceres no está por el momento
disponible. Ahora bien, a juzgar por la cantidad de veces que siente él la
obligación de explicar por qué sigue creyendo, cada vez con mayor convicción,
que sus disputas serán interminables, aun cuando llegara a divorciarse de Jane
para casarse con ella, así como las razones por las cuales no tiene ni la más
remota intención de hacer ni una cosa ni la otra, es muy fácil suponer con la
debida cautela cuál fue la estrategia que adoptó mi madre. Su persistencia en
este viejo planteamiento a mi padre le condujo a un súbito recrudecimiento de
su amargura que, curiosamente, tuvo lugar en una fecha harto significativa, el
21 de marzo de 1923. No pensaba, le escribió entonces, que fuese justo por
parte de ella el acosarle sin cesar con su manía persecutoria respecto de la
injusticia que él le estaba causando por no asesinar a Jane. Ella había
insistido en este respecto a machamartillo, y él había terminado por hartarse.
Se arrepentía amargamente de haberla conocido, de haber mantenido un trato con
ella, aun cuando hubiese hecho todo lo posible por conseguir que la relación
fuese al menos un poco más tolerable. No creía que hubiese podido hacer más de
lo hecho. Era asunto de ella olvidar todos los escándalos a que hubiese podido
dar pie, y marcharse a los Estados Unidos para obtener el éxito que, él estaba
convencido, aún le aguardaba en algún momento de su vida.
Al margen de todo lo que
pueda añadirse acerca de esta carta, hay un hecho que está fuera de toda duda,
y es que fue escrita el mismo día en que mi madre dirigió a S. K. Ratcliffe la
misiva a la que tan a menudo me he referido con anterioridad. Merece la pena
comparar su contenido con el párrafo final de la carta de mi madre:
He intentado abandonar a H.
G. en innumerables ocasiones, si bien nunca ha dejado de perseguirme, de
acosarme, de pedirme cjue volviera a su lado. Lo cierto es que. de hecho, por
el momento lo he abandonado, si bien mucho me temo que cuando menos lo espere
intentará como sea conseguir que vuelva a su lado. Además, corno soy de natural
absolutamente monógama, como habría sido la esposa más amantísima de la tierra,
me resulta extremadamente difícil no tropezar otra vez en la misma piedra. Por
lo tanto, la única esperanza que tengo si de veras quiero marcharme y liberarme
de todo esto es, lisa y llanamente, irme a los Estados Unidos[69].
La verdad sea dicha: mi
padre no tenía ni mucho menos ganas de intentar una vez más semejante jugada.
Su próximo paso fue una proposición para regularizar sus asuntos financieros:
por decirlo de manera quizá algo tosca, trató de comprar la ruptura definitiva.
Le sugirió que él quedaría liberado de todas sus responsabilidades para con
ella siempre y cuando se comprometiera a pagarle la suma de 500 libras
esterlinas al año, al menos hasta el momento en que ella contrajera matrimonio,
aparte de asumir en su totalidad los costes de mi manutención y mi educación
hasta" que me hubiese licenciado en una universidad. A mi madre se diría
que este ofrecimiento se le antojó tacaño, aparte de hacérselo saber con todas
las de la ley. A juzgar por la contestación que suscitó su carta, se diría que
también quiso recordarle todas las humillaciones, todas las experiencias
degradantes que en su opinión había tenido que padecer por el mero hecho de ser
su amante; asimismo, redondea los detalles del caso contándole una vez más que
lo único que podría hacer para salir honradamente del atolladero, para darle la
debida compensación por todo lo que había tenido que sufrir, era, como de
costumbre, divorciarse de Jane y casarse con ella.
La necedad de este regreso a
la primera casilla del juego exasperó a mi padre de forma desmesurada. Sin
embargo, contuvo su reacción y todo volvió a empezar por enésima vez. Fue muy
preciso respecto de sus sentimientos. De ninguna manera creía que un matrimonio
entre los dos pudiera funcionar debidamente, ya que no lograba entender cómo
iban a cimentar su unión dos personas cuyo punto de partida iba a ser tanto
resentimiento, tanta hostilidad acumulada. Le volvió a recordar todo lo que se
dijeron con ocasión de su último encuentro. Ella le había dicho cara a cara que
estaba harta de la relación. Él le había dicho, con idéntica contundencia, que
se sentía exactamente igual. Ella le había dicho que no quería volver a verlo
nunca más; él a su vez le dijo que no tenía ningunas ganas de que volviese a su
lado. Se arrepentía, y mucho, de un fracaso de proporciones disparatadas; le
daba verdadera pena haber echado a perder nada menos que diez años de sus
respectivas vidas. Era evidente que ella aún tenía todas las trazas de obtener
un éxito resonante; era todavía lo suficientemente joven para recuperarse con
facilidad de todas las herídas que pudieran habérsele abierto durante el tiempo
en que ambos se obligaron a fingir estar enamorados en contra de sus inclinaciones.
Todo lo que él pudo decirle, con toda honestidad, fue que no la amaba, que no
sentía ni el más leve asomo de celos respecto de ella. Sentía por ella una
honda admiración; albergaba para ella sentimientos cuando menos de una gran
amistad. ¿Es que no era posible llegar a un acuerdo para separarse, como dos
seres humanos razonables, en los términos que fuesen?
No sirvió de nada. Semejante
afirmación solamente dio lugar a otra retahila como las anteriores, culminada
con una nueva exigencia de que Jane fuera puesta en la picota. Mi padre intentó
responder con una nueva estrategia. Procuró explicarle por qué no creía que a
mi madre le agradase encontrarse en una posición análoga a la de Jane, en el
supuesto de que tal cosa fuese posible. Le explicó cuántas, cuáles eran las
cosas que su mujer hacía por él a diario, le explicó hasta qué extremo tal cosa
implicaría una renuncia a sus intereses, a su carrera profesional, en beneficio
de la suya. ¿Era de hecho posible que mi madre desease meterse en semejante
berenjenal? Jamás había dado muestras de desear tal cosa, y él no creía que,
dadas sus ambiciones y su temperamento, llegase a disfrutar de tal situación.
¿No sería acaso más sensato, toda vez que ya habían rondado muy cerca el punto
de la separación definitiva, renunciar a la idea de que tal vez pudieran formar
una pareja, un matrimonio, al menos en el sentido en que lo eran Jane y él? ¿No
sería mejor afrontar la realidad de que no eran ni de lejos semejante pareja,
de que ni por asomo podrían serlo?
Y así siguieron
incordiándose, a medida que terminó la primavera y empezó el verano. Llegados a
ese punto, en junio de 1923[70], una
joven austriaca llamada Hedwig Verena Gattemigg hizo una breve pero muy
perturbadora aparición en la vida de mi padre. Él había disfrutado de ella
durante un breve episodio, acaecido durante el otoño anterior. Había sido uno
de tantos episodios, desprovistos de contenido emocional, que iban
produciéndose con cierta frecuencia, a un ritmo de tres o cuatro por año y ya
desde 1900, el año en que expresó por vez primera y públicamente su opinión de
que las relaciones sexuales, habida cuenta de que los métodos anticonceptivos
más dignos de confianza estaban ya a disposición de cualquiera, podrían
considerarse un placentero pasatiempo de dimensiones sociales, a la altura de
una partida de golf o de una partida de naipes. La andanada de cotilleos a que
dieron lugar los esfuerzos de John St. Loe Strachey por terminar con él en su
faceta de escritor, ya a finales de la primera década del siglo, sirvió para
difundir el rumor de su absoluta disponibilidad para los asuntillos livianos,
los líos de faldas de menor cuantía, y la ambigüedad de su reputación le
convirtió, por así decir, en imán para las chicas y las mujeres «simpáticas»,
deseosas de disfrutar de uno o vanos aventurados experimentos, deseosas sobre
todo de poner en práctica su recién conquistada libertad. Después de 1911 mi
padre se vio casi de continuo asediado y agasajado por nuevas candidatas a
gozar de tales cortesías. La mayoría de las mujeres que se le ofrecieron en
tales términos iban y venían sin causar mayores molestias o sobresaltos, y
desaparecían después de haberle colmado en sus «horas más aciagas» -entre las
cinco y las siete de la tardeunas tres o cuatro veces, si bien hubo otras, como
es el caso de Hedwig Verena, que, deseosas de sacar mayor tajada, no se lo
pensaron dos veces y volvieron a la carga. Mi padre había estado bastante
enamoriscado de ella el año anterior; le gustaron su complexión delgada pero
atlética, sus rasgos delicados, su cabello oscuro, espeso, lustroso, así como
sus grandes ojos castaños, sus largas y rizadas pestañas. Sin embargo, cuando
volvió a verla ya en 1923, no paró mientes en el brillo de determinación que
delataban precisamente aquellos mismos ojos. Retrocedió, se guardó lo mejor que
pudo, procuró convencerla por todos los medios de que su apretadísimo horario no
iba a dejarle ni una hora libre para dedicarse a lo que ella se proponía, y dio
un salto de angustia cuando ella empezó a pedirle que la ayudase a comenzar una
carrera de periodista en toda regla. Ansioso, así pues, de mantenerla tan
alejada como fuese posible de su cuerpo, aun cuando fuera a tiro de piedra,
decidió ayudarla en todo lo que pudiese, y le dio infinidad de nombres de
personas a las que podría entrevistar teóricamente con buenos resultados. Todas
aquellas personas sin ninguna duda dispondrían del tiempo necesario para verla,
siempre y cuando se presentase con las cartas de recomendación que él le
proporcionaría de muy buena gana.
Esta táctica habría
resultado suficientemente razonable siempre y cuando mi padre no hubiese
incurrido en la pifia monumental, e imperdonable, de incluir el nombre de mi
madre en la lista de los escritores de renombre y de escritores muy
prometedores a quienes iba a intentar entrevistar Hedwig Verena. No nos es
posible tener ninguna certeza de lo que pudo cocerse en la mente de aquella
joven mujer, aun cuando resulte sumamente probable que este error le sugiriese
el guión del drama menor que ella misma decidió escenificar, asumiendo por si
fuera poco el papel de protagonista. En 1923, los cotilleos habían hecho de la
relación de mi padre con mi madre un asunto de dominio común, al menos entre
los observadores de las celebridades del mundillo literario; en calidad de
periodista, Hedwig Verena tuvo que intuir el valor potencial de un relato
acerca del intento de suicidio por parte de una mujer joven, llevado a cabo en
el piso de un novelista muy conocido, a renglón seguido de una encrespada
discusión con la amante de dicho novelista, que había sostenido a primera hora
del mismo día. Sin duda ninguna, una cosa así causaría un cierto revuelo, en el
centro del cual iba a encontrarse ella. Era incluso posible que uno de los
grandes dominicales adquiriese su relato... «Por qué lo hice», o «El Wells que
yo conocí». En fin, cosas por el estilo.
Hedwig Verena, pertrechada
pues con las cartas de presentación de mi padre, apareció en casa de mi madre,
en Kensington, a última hora de la mañana del 20 de junio, y le pidió permiso
para entrar. Mi madre la recibió[71] y, tras
charlar con ella durante tres cuartos de hora, Hedwig Verena se marchó. Qué
pudo hacer durante el resto del día es algo que no he podido averiguar, pero lo
cierto es que aquella misma tarde se presentó en el apartamento que tenía mi
padre en Westminster. La criada que acudió a abrir la puerta le dijo que era
imposible que mi padre la recibiera en aquel momento, a pesar de lo cual Hedwig
Verena insistió en que se trataba de un asunto de la máxima urgencia, de algo
que no podía esperar. Tenía que ver inmediatamente a Mr. Wells. Se le hizo
pasar a su estudio, en el cual él la recibió siendo presa de una irritación
considerable, nada más vestirse para la cena. Casi no había tenido ni tiempo de
empezar a regañarla por haberle interrumpido a hora tan imprudente, cuando ella
extrajo una navaja de afeitar del bolsillo de su abrigo, la esgrimió a escasos
centímetros de sus narices y le dijo que la próxima vez que fuese tan descortés
con ella se mataría sin dudarlo ni un momento. Él no llegó a creer que ella hablase
en serio, así que tras hacer un breve y en apariencia eficaz esfuerzo por
tranquilizarla, la dejó sentada en un sillón mientras iba a buscar al conserje
del edificio para que le ayudase a resolver tan molesta situación. Cometió una
equivocación. Al regresar en compañía del portero, se encontró a Hedwig Verena
deambulando por su estudio, con aire ausente, como si estuviese ida, con la
navaja de afeitar en la mano. La navaja estaba empapada de sangre, al igual que
su abrigo. Se había producido una serie de heridas de diversa consideración en
el cuello y en las muñecas.
El portero fue la única
persona que estuvo presente; la única persona de talante práctico. Habiendo
servido en el Ejército, y habiendo llegado al rango de sargento, en algún
momento y quién sabe dónde debió de aprender qué había que hacer cuando a uno
le toca vérselas frente a una mujer armada con una navaja de afeitar. Lo
primero, quitársela. Conocía además un truco gracias al cual no debiera
resultarle difícil. Así pues, se la arrebató. Desprovista de su talismán,
Hedwig Verena perdió la noción de estar dominando la situación en que se
hallaba envuelta. A su alrededor, y por encima de ella, había mucha sangre,
muchísima más sangre de la que estaba preparada para ver; además, la sangre
parecía manar de ella sin cesar. Perdió el conocimiento, se tambaleó, cayó al
suelo, y la idea que sin duda ninguna tuvo que conducirle al desmayo también se
le pasó por la cabeza a mi padre: ¿era tal vez posible que se hubiese pasado de
la raya, que se hubiese hecho un corte profundo en una arteria? Esta idea la
suprimió casi en el acto la aparición de otra, otra que solamente podría
resumirse en estos términos: «¡Dios! ¡Cuando los periódicos le hinquen el
diente a este suceso...!» Cuando el portero hubo colocado boca arriba a la
mujer, con intención de prestarle a saber de qué manera los primeros auxilios,
el abrigo que llevaba puesto se abrió de par en par y saltó a la luz el hecho
de que debajo no llevaba nada más que un camisón.
A medida que el resto de la
velada y buena parte de la noche se consumieron en las fastidiosas diligencias
propias de esta clase de sucesos, es decir, en llamar a un médico, en ver qué
se podía hacer para detener las hemorragias, en llamar después una ambulancia,
en llamar a la policía, en hacer todo lo que era preciso hacer a raíz de tales
llamadas, todo ello a la sombra de la incertidumbre más absoluta respecto de la
posible recuperación de la mujer, teñida por las sospechas de que en efecto
estuviese a punto de fallecer, y en calcular cuánto tiempo iba a pasar antes de
que los reporteros pudieran hincarle el diente al suceso, mi padre tuvo a su
vez tiempo de sobra para consagrar uno o dos pensamientos llenos de admiración
al trabajito tan exhaustivo que acababa de hacérsele.
Mentalmente, además, aun
cuando no pueda poner la mano en el fuego, tuvo que retroceder en el curso de
aquella noche hasta 1912, hasta la época en que mi madre también le amenazó con
suicidarse. Una y otra situaciones habían sido muy similares. Se había dejado
arrastrar perezosamente a un breve paseo y se había encontrado con un abrupto
final. Había existido una completa ruptura y, pasados unos cuantos meses, la
joven mujer había decidido volver a empezar de nuevo, cayera quien cayese. El
nunca quiso que tal cosa sucediera de esa forma, y cuando se lo comunicó a la
mujer en cuestión, ella le había contestado mediante una amarga carta que se
abría además con una amenaza: si no tuviera noticias de él en el transcurso de
los días siguientes a la fecha del matasellos, estaba decidida a hacer algo
irreversible, probablemente a descerrajarse la tapa de los sesos. Prosiguió
diciéndole -él creyó que era por su parte un supremo esfuerzo para que él se la
tomara en serio— que, de hecho, ya había intentado suicidarse en dos ocasiones.
A él le resultó imposible creérselo, así como le había resultado imposible
creerse aquel largo relato sobre el incidente acaecido en España, en el curso
del cual, según decía ella, se había provocado una herida con un revólver... y,
además, por fuerza hubo de tener en cuenta aquella estupidez que tuvo lugar en
su propio piso, la vez en que ella se arrojó sobre la alfombra, simulando una
serie de convulsiones que a él le impresionaron menos aún. La posdata que ella
añadió a una de las cartas en las que amenazaba con suicidarse es, en este
sentido, clásica: «Si sigo con vida, escríbeme de vez en cuando...»[72]
Semejante absurdo a él le facilitó las cosas a la hora de rechazarla: «¿Cómo
podría yo ser amigo tuyo en estas circunstancias? No creo que pueda serte de
ninguna utilidad, no creo que pueda ayudarte de ninguna manera. Cuentas con
toda mi simpatía, pero hasta que no podamos relacionarnos sobre la base de una
elemental sensatez, adiós muy buenas.»
En el supuesto de que mi
padre hubiese contestado a ese brusco rechazo ante sus amenazas precisamente
llevándolas a cabo, igual que Hedwig Verena, maldita sea su estampa, ¿qué
habría podido ocurrirle a él? Por otra parte, ¿cómo iba a tomarse ella el hecho
de estar implicada en semejante incidente, aun cuando fuese de forma
tangencial? Era, de alguna forma, una grotesca vuelta atrás a aquel incidente
del pasado.
Se diría que mi madre se
tornó aquel mini-drama con la debida calma, al menos en un primer momento; no
puso ninguna objeción a la hora de colaborar en la estrategia ideada por el
abogado de mi padre, E. S. P. Haynes, a lo largo de aquella noche y durante la
mañana siguiente: se trataba de mantener la boca bien cerrada, de no dar a
nadie la impresión de que había ocurrido nada que se saliese de lo normal. Mi
padre llamó a Haynes tan pronto se dio cuenta de que iba a abrirse una
investigación policial, y a la mañana siguiente todo estaba bien atado. La
policía estuvo de acuerdo en no decir nada de nada a los periódicos, a menos
que terminase por ser absolutamente necesario; tan pronto se pudo comprobar con
todas garantías que la vida de Hedwig Verena no corría peligro, se la sacó de
la sala de urgencias del Charing Cross Hospital para trasladarla a una
habitación privada en el Westminster Infirmary, ya en el otro extremo de la
ciudad. A media mañana, las administraciones de ambas instituciones habían
recibido instrucciones muy precisas para que no discutieran ni comentasen la
situación de la paciente con ningún desconocido.
Haynes se las vio y se las
deseó para organizarlo todo, porque el tiempo era de vital importancia, y
corría además en contra de su cliente. Aunque la perspectiva de que se
desempolvase un feo escándalo por las revelaciones que se siguieran de las
pruebas detectadas por la investigación se hallaba de momento congelada,
gracias a que ninguna de las heridas de Hedwig Verena eran sino superficiales,
todavía era preciso hacer frente a otro peligro muy distinto, el que
representaban los reporteros de los diarios de cobertura metropolitana y sus
directores. Caso de que algún reportero hiciese presa en la historia de lo
acaecido en el piso de mi padre la noche anterior, antes de que Haynes pudiera
echar mano de la única agencia capaz de pararle los pies, la Asociación de
Propietarios de Periódicos, no habría manera de evitar el escándalo.
El rumor de que posiblemente
mereciese la pena investigar lo que había ocurrido a lo largo de la noche en
Whitehall Court llegó a Fleet Street al terminar la mañana del 21 de junio, y
durante la tarde un reportero del extinto Evening Star consiguió delinear la
historia a grandes rasgos. Preparó el reportaje a tiempo de que saliera en la
última edición vespertina. El periódico ya se vendía en la calle cuando mi
padre, actuando según consejo de Haynes como si no le preocupase nada que se
saliera de lo normal, llevó a mi madre a cenar a The Ivy, en St. Martin's Lane,
y después al teatro. Tres diarios habían publicado algo al respecto a la mañana
siguiente: el Daily Express, el Daily News y el Daily Herald, pero por la
tarde, cuando aparecían a la carrera las ediciones de los vespertinos,
solamente el Star insistía en la carga, y todo lo que se publicó entonces fue
un breve en el que se destacaba la mejoría de Hedwig Verena, dejando a mi padre
al margen del caso. En el transcurso de la mañana, mi madre había ido a ver a
uno de sus más útiles conocidos. Lord Riddell, propietario de News of the World
y presidente de la Asociación de Propietarios de Periódicos, al tiempo que mi
padre fue a ver a Beaverbrook. A mediodía, estos poderosos personajes habían
realizado las llamadas pertinentes a los demás miembros de la Asociación,
pidiéndoles en calidad de «favor personal» que dejaran correr la historia, y
así terminó el incidente. Por lo que atañe a la prensa y el público, eso fue
todo el asunto Gattemigg. El 22 de junio fue viernes, y hacía un tiempo
excelente. Era la temporada de las fresas. El fin de semana bastó para que se
olvidara todo el interés público que pudiera haber suscitado el asunto.
En cuanto a los
participantes en el caso, mi padre fue a Easton Glebe aquel viernes por la
noche, con la intención de ver a Jane por vez primera desde el estallido de
aquella tormenta pasajera, acaecida cuarenta y ocho horas antes. Ella había
quedado al margen de todo por una razón bien sencilla. Aquella semana no había
ido a la ciudad en compañía de su esposo porque su hijo primogénito, George
Philip, iba a recibir su licenciatura en Artes y Letras en Senate House, en
Cambridge, aquel mismo jueves. Habían decidido que, una vez concluidas las
ceremonias públicas, Gíp la llevaría en coche a Easton Glebe, donde iba a
celebrarse una fiesta y un baile. A Easton Glebe acudirían también cinco de sus
amigos de Cambridge, de los cuales dos en concreto habían recibido la
invitación de quedarse desde el miércoles por la noche. La recepción iba a
celebrarse por todo lo alto, más incluso de lo que podría hacer pensar el
número de invitados, ya que Gip tenía muchas amistades en los alrededores, a
las cuales se esperaba para la cena y el baile. Frank, así como unos cuantos
amigos suyos, también iba a participar en el festejo. Jane se había quedado
aquella semana en el campo en parte porque su hijo deseaba que participase en
su fiesta y en parte también porque ella quiso encargarse personalmente de
todos los preparativos domésticos necesarios para asegurar el debido desarrollo
de la fiesta. En cuestiones como éstas, Jane era una perfeccionista
incorregible.
Así como sus motivos para no
estar presente en el piso de Whitehall Court cuando Hedwig Verena representó su
pobre y nimio drama son de todo punto irreprochables, su comportamiento a tenor
del suceso está libre de toda crítica. Cuando mi padre la llamó por teléfono el
miércoles por la noche para darle cuenta de lo sucedido, y para advertirle de
que por la mañana era posible que los reporteros la persiguiesen para obtener
sus declaraciones, ya era demasiado tarde para que decidiese ir corriendo a la
ciudad, a su lado. La mañana del jueves se le indicó que Haynes era contrario a
que ella hiciese ningún movimiento que pudiera interpretarse como síntoma de
agitación dentro del círculo más íntimo de mi padre, y que mi padre regresaría
a Easton Glebe el mismo viernes. Jane fue con mi padre a Londres pasado el fin
de semana, el lunes 25 de junio, y allí pasó con él el resto de la semana,
cumpliendo con aire rutinario con varios compromisos sociales que llevaban
algún tiempo aplazados. Cenaron, por ejemplo, con la bestia negra de Trotski,
Philip Snowden, el líder del partido laborista que habría de convertirse en el
primer socialista que fue canciller del Tesoro, y con su esposa, en la Cámara
de los Comunes, el jueves 28 de junio. Para entonces, mi madre se hallaba en
Alemania: el 25 había partido hacia Marienbad, de acuerdo con el plan que se
había trazado algunas semanas antes. No había en Londres nada que la atase.
En cuanto a la pobre Hedwig
Verena, había sido trasladada desde el desolador Westminster Infirmary a una
clínica privada, en la cual permaneció internada durante varias semanas, a
expensas de mi padre, hasta que por fin se la consideró más que preparada para
afrontar el sin duda doloroso trámite de regresar a casa de sus padres. Jane,
que no por nada era la financiera de la familia, pagó la factura de la clínica
y se encargó de que Hedwig Verena tuviera cubiertas todas las necesidades y
comodidades que pudiera requerir. A todos los que estuvieron implicados les
pareció evidente que Jane no podría tomar a su cargo y en persona la
recuperación de Hedwig Verena, de manera que dar con cuáles eran las
necesidades y caprichos de la joven, así como mantener a los Wells al corriente
de sus progresos, fue tarea de la que muy amablemente se ocupó una
norteamericana impulsiva, algo carente de tacto, pero sin duda persona de un
gran corazón, que era conocida de Jane Wells: Nancy Astor.
Podría dar la impresión de
que me he detenido en exceso en esta crisis profunda, que solamente duró tres
días, dentro de la vida de mi padre, así como en la insignificante aventurilla
amorosa de la cual se siguió. Ahora bien, todas las versiones sobre este
asunto, todas las que se basan en las informaciones proporcionadas por mi
madre, y que son a un tiempo abundantes en falsedades y además conducentes a
diversos errores, han llegado a ocupar lugares destacados en las tres
biografías que se han escrito hasta la fecha. En la más ingrata de ellas se
dice que Jane estuvo en el piso de mi padre cuando Hedwig Verena escenificó su
intento frustrado de suicidio —caso de que en efecto fuera un intento de
suicidio—, y se dice que fue de hecho la primera persona que acudió a verla
después del incidente. La versión de mi madre daba a entender que Jane se largó
inmediatamente, en cuanto hubo descubierto lo que había que descubrir, dejando
que mi padre se las compusiera él sólito. Se dice además que a él le entró el canguelo
y la melancolía tan pronto se vio abandonado, que le rogó de rodillas a mi
madre que le diese el apoyo que su esposa le había negado. También se sostiene
que utilizó impunemente a mi madre para protegerse después del incidente, de
manera egoísta, sin hacer caso de los riesgos que le estaba pidiendo a mi madre
que asumiera. Lo peor de todo, una vez que se hubo disipado la posibilidad de
que fuese requerido su testimonio en la investigación sobre Hedwig Verena, fue
que a resultas de estar expuesta a la perfidia de Nancy Astor, a la cual se
compara nada menos que con Yago y de la cual se dice que no se alejó ni un
minuto del lecho de la pobre jovencita, por tener la esperanza de «hacer uso de
sus armas demoledoras:» y de pasar al ataque contra la reputación de mi madre,
empeñada en poder ensuciar su imagen a partir de aquella paciente destrozada.
Al final del episodio, y de acuerdo con su versión, mi madre se quedó embargada
por la sensación de que mi padre estaba «enloquecido de puro egoísmo». Llegó a
la conclusión de que ya había sufrido más que suficiente, y de que había
llegado el momento de romper todos los vínculos que la ligaban a mi padre y a
Jane. Tenía que hacerlo fuera como fuese, por mucha resistencia que opusiera mi
padre a lo inevitable. Cuando se embarcó con rumbo a Estados Unidos, a finales
de octubre de aquel mismo año, se propuso zanjar la separación necesaria, dar
definitivamente por muerta la relación.
Al menos, en ese punto
insiste mi madre. Según su versión[73], mi
padre se reunió con ella en el Hotel Klinger, en Marienbad, el 19 de julio, en
el cual permaneció hasta el 27. Los dos estaban de regreso en Inglaterra ya en
el mes de agosto; entre agosto y septiembre pasaron juntos varias semanas en
Eastbourne y Swanage. En la segunda quincena de
septiembre y a principios de octubre cenaron juntos varias veces, o fueron al
teatro, en Londres. Todo parecía ir como la seda; como de costumbre, se
llevaban a las mil maravillas siempre que estaban juntos, y rebrotaban las
disputas cada vez que se separaban. El caballo de batalla seguía siendo el
matrimonio, si bien había adoptado una nueva forma. A mi madre se le había
ocurrido la siguiente proposición: si mi padre no estaba dispuesto a
divorciarse de Jane para contraer matrimonio con ella, lo menos que podía
hacer, a fin de mantener la decencia y el decoro elementales, era hacerle
llegar la suma anual de 3.000 libras esterlinas. No estoy del todo seguro
acerca de lo que pudiera implicar esta sugestión de talante tan balzaquiano,
pero la cuestión no pasa de ser algo puramente académico, dado que mi madre no
consiguió llevar adelante su idea. Se empeñó en que la cantidad anual fuese de
5.000 libras, al margen de las cuales mi padre habría de encargarse de todos
los costes derivados de mi educación.
Todo esto hace pensar, antes
bien, que estaba a punto de alcanzarse algo muy semejante a un acuerdo
definitivo, aun cuando las cartas que escribió mi padre a mi madre a raíz de su
viaje a Estados Unidos no dan a entender que se hubiese producido una ruptura
tajante, ni mucho menos. La primera carta que recibió de ella[74] después
de su travesía del Atlántico es evidente que le produjo una impresión
completamente contraria. Parte de su contenido tuvo que haberle llevado a
suponer que ella seguía albergando esperanzas de reconciliación, de que las
cosas siguieran como hasta la fecha, pues no en vano pretendía disuadirla. Él
le aconsejó que caso de existir[75] alguna
perspectiva de prolongar su estancia en Norteamérica, la prolongase sin
dudarlo. Él no estaba bien, ni mucho menos, y había decidido tomarse las cosas
con muchísima calma, al menos durante un período; tenía previsto pasar una
temporada en un lugar de clima más cálido. A causa del carácter animado e
impaciente de mi madre, no iba a ser la acompañante más indicada para él —y si
se empeñase en acompañarle, se iba a aburrir hasta decir basta, aparte de que a
él también le aburriría su compañía — , desde el momento en que ella no se
levantase temprano por la mañana hasta la hora en que no regresara al hotel
después del baile. Él ni siquiera tenía ganas de hacer un experimento. No
alcanzaba a ver que existiese ninguna razón por la cual no debiera expresar con
toda franqueza, sus sentimientos. Ella era vivaz en demasía, y demasiado jovial
y alegre, en términos discursivos, para aguantar el estar atada a él muy en
corto; él, por su parte, andaba demasiado preocupado consigo mismo como para
aguantar más sus brillantes, irrelevantes actividades. Cada cual tenía que
seguir la ruta que le reservase su destino, y sus respectivos destinos
empezaban a diverger. No existía ninguna razón por la cual no debieran seguir
amándose, partiendo siempre de la base de que no debían verse más de la cuenta.
Podríamos suponer que una
carta que viene a abrir las puertas de par en par, y además de esta guisa, se
le habría antojado un regalo de los dioses a una mujer que estaba decidida a
escapar a toda costa de las garras del autor de dicha carta. El curso natural
de los acontecimientos habría hecho necesaria a su vez una respuesta en la cual
aceptase sus conclusiones sintiéndose incluso aliviada, alegrándose del final
feliz con que terminaría un período repleto de crispadas preocupaciones. Sin
embargo, su carta no obtuvo respuesta, con lo cual mi padre no tuvo noticias de
ella hasta que volvió a escribirle, para comunicarle, no sin ciertas muestras
de irritación, que acababa de encontrarse con Robert y Sylvia Lynd, quienes con
mucho tacto le habían hecho saber que, según tenían entendido, ella estaba en
los Estados Unidos a fin de huir de él. ¿Por qué, en nombre del cielo[76] -le
preguntó-, tuvo que sacarse de la manga todo un drama a partir de su
separación, cuando habría sido infinitamente más fácil y acertado separarse
razonable, amigablemente, con la llegada de la primavera?
El texto con que contesta mi
madre a esta mansa reprimenda, una vez más, sigue sin estar por el momento
disponible, pero la respuesta de mi padre proporciona todos los indicios de que
contenía un renovado alegato de sus intenciones de seguir adelante con la
relación. En su respuesta, mi padre dice que sigue considerándola la misma
persona entrañable y maravillosa de siempre, pero que en realidad no tiene
ninguna intención de volver a verla[77], al
menos durante una larga temporada. Se había aburrido a morir cuando estuvieron
juntos en Marienbad, se había vuelto a aburrir hasta decir basta al pasear con
ella por Londres, ya en otoño. Ella había planeado marcharse a los Estados
Unidos al menos durante todo un año, sin él, para pasárselo tan bien como le
fuera posible. ¿Por qué se negaba a afrontar la realidad? Además, y es de todo
punto increíble, él se siente obligado -y solamente puede deberse a algo que se
dijera en la carta de ella— a volver de nuevo sobre la ya rancia cuestión de su
matrimonio imposible. ¿Por qué, le pregunta en términos casi lacrimógenos,
tenía que traer a colación a Jane, a cada dos por tres, siempre que discutían
su situación? Jane no le había hecho nada de nada, no tenía que ver nada en
absoluto con ella. ¿Es que no era capaz de comprender que habrían terminado de
mala manera, en el supuesto de haber cometido la torpeza de casarse? ¿Qué
diferencia podía entrañar[78] la
existencia o la inexistencia de un contrato matrimonial respecto de su
situación actual? El tiempo había dejado bien claro que a ella le gustaba una
clase de personas para las cuales él no podía servir absolutamente de nada, y
qtie a ella le encantaba hacer una serie de cosas que a él ni siquiera le
apetecía imaginar. El terreno común que tuvieron en su día había desaparecido.
Era absurdo pensar que nunca habrían llegado a plantearse la ruptura en el
supuesto de haberse casado con anterioridad: el matrimonio no habría alterado
sus relaciones ni un ápice.
Me parece que, a partir de
todo esto, queda bien claro que el asunto Gatternigg ha sido
desproporcionadamente exagerado, alejado por completo de su significación
original, más de cuarenta años después de acaecido, con objeto de disimular la
intragable esencia de la situación, tal como era a medida que la principal
relación amorosa de mi padre se arrastraba a paso cansino, deprimido, hacia su
fin. No puede resultar en exceso complicado confeccionar un guión parejo de lo
que en realidad aconteció. Todas las pruebas disponibles apuntan a que los
principales acontecimientos de la vida insuficientemente privada que llevaba mi
padre entre 1920 y 1922 habían proporcionado a mi madre una base más que
suficiente para llegar a la conclusión de que aun cuando su matrimonio con Jane
fuese a deshacerse, por improbable que fuese tal desenlace, era más improbable
aún que fuese ella la beneficiaría de tal disolución. De todos modos, se diría
que mi madre estuvo en todo momento decidida a no hacer las paces, de ninguna
manera, con lo que por fuerza tuvo que admitir como hechos irrefutables, aparte
de seguir al acecho hasta que ya durante el invierno de 1922-1923 por fin tuvo
que hacer frente al significado inapelable de las declaraciones que mi padre
repetía de continuo, según las cuales su compañerismo a él no le había servido
de nada, aparte de estar ya cansado de la relación. Se diría que es entonces
cuando ella opta por una estrategia que con suerte podría haberle deparado otra
ocasión de ganarse sus favores, y, en caso contrario, de tomar la iniciativa en
la ruptura de las relaciones. Haría la prueba en un último intento por hacerle
comprender que debían seguir juntos al menos durante la primavera y el verano
y, si esto fallase, ella se marcharía a Estados Unidos en otoño, no sin antes
comunicar a todos sus amigos íntimos que se había visto obligada a realizar ese
viaje, por entender que era la única vía que le quedaba abierta si de veras
deseaba librarse del posesivo frenesí de mi padre. Así pues, la historia
parecería haber concluido según imposición de ella.
El único defecto de esta
estrategia a mi madre le resultó bien claro cuando recibió la carta de mi padre
en la cual le mencionaba su encuentro con los Lynd. El texto de dicha carta
tuvo que hacerle entender a las claras que él les había contado a los Lynd su
versión de la historia, aparte de decirles sin pelos en la lengua que había
perdido todo interés por mantener en marcha las relaciones con mi madre. No
estaba, así pues, dispuesto a volver a ella en ningún caso, aun cuando fuese
posible llegar a un mutuo acuerdo. Esta reflexión, a ella tuvo que plantearle
una cuestión harto peliaguda: la gran cantidad de amistades que tenían en
común. Y sabe Dios cuántos no habrían tenido a esas alturas conocimiento de
ambas versiones. Había incluso posibilidades mucho peores. Mi padre, por
ejemplo, era buen amigo de Arnold Bennett[79]. Arnold
Bennett era a su vez un rendido admirador de Jane Wells y, como bien sabía todo
el mundo, llevaba un diario. Una de sus aspiraciones era convertirse en un
nuevo Goncourt; ello formaba parte de su frenético esfuerzo por purgarse del
provincianismo y del anglicismo en que se había criado, al igual que su
patética relación con la horrorosa francesa con la que, de forma rematadamente
estúpida, había contraído matrimonio. Pretendía, pues, asumir el aire de un
hombre de letras típicamente francés. Todo lo que llegaba a conocimiento de
Arnold iba a parar a ese desastroso diario. Supongamos, pues, que mi padre
comentó la historia con Arnold, de hombre a hombre. ¿Qué podría haberle
referido? Si le dijo que el final de la relación le había supuesto un gran alivio,
nada mejor para Arnold: era la anécdota ideal para que Arnold la trasegase y la
depositase en su abominable recuento. Por si fuera poco, mi padre podría
haberles dicho más o menos lo mismo a muchas otras personas, a personas mucho
más maliciosas. La historia de cómo había terminado todo entre ellos dos, la
historia que ella había perfilado con tanto esmero, probablemente no se
sostendría, ni siquiera a corto plazo.
La desmesurada inflación que
experimentó la importancia del asunto Gatternigg, que es uno de los rasgos
característicos de los más recientes estudios biográficos sobre la figura de mi
padre, así como su asombrosa transformación en un drama en el cual mi madre
actúa como personaje principal, y no como mero accesorio vagamente involucrado
en la acción, son con toda obviedad productos de una cadena de pensamientos
probablemente muy similar a la que aquí he delineado. El cálculo habría sido
más o menos que, si la tormenta acaecida en una simple taza de té pudiera
urdirse a fondo, hasta poder presentarse como uno de los ultrajes típicos del
comportamiento de mi padre, un comportamiento intrépido, egoísta y
absolutamente desconsiderado, seguramente valdría para pasar por la gota que
desbordó el vaso, es decir, uno de esos sucesos que cualquier persona mundana,
normal y corriente, sería capaz de aceptar en tanto miembro de una clase social
en la que abundaban los acontecimientos explosivos, esos acontecimientos que a
hombres y mujeres por igual les llevan a pensar «¡Ya basta!» y a abandonar a
sus amantes o a sus esposos tras años e incluso décadas de tolerancia. Puede
incluso aceptarse como un acontecimiento de ese jaez, al menos por parte de
quien no esté muy ducho en los usos y costumbres de dicha clase, pero en cambio
yo, por mi parte, no puedo creer que fuese precisamente algo tan simple y tan
manifiestamente desprovisto de importancia como el breve tránsito de Hedwig
Verena por los márgenes más distantes del centro mismo de la vida de mi padre
lo que vino a poner fin, definitivamente, al prolongado juego en que se había
enzarzado con mi madre desde hacía no sé cuantísimos años. Desde su comienzo
mismo, el curso que adoptó el asunto lo impusieron una serie de imperativos
psicológicos cuyo predicamento era notable sobre ambas partes, aparte de estar
profundamente enraizados en sus experiencias anteriores.
Cuáles pudieran ser en
concreto dichos imperativos es algo que siguió siendo un misterio, en el caso
de mi padre, incluso hasta después de su muerte, cuando por vez primera empecé
a tener en consideración el carácter absolutamente inusitado de la telaraña de
relaciones en la que había estado enmarañado desde 1924 y hasta comienzos de la
década de los treinta. A lo largo de la mayor parte de este período —desde 1926
en lo sucesivo— mantuvo una relación de cordial enemistad con mi madre. Aun
cuando no tolerase el estar con ella, aun cuando no le agradase lo que estaba
haciendo, o las gentes que frecuentaba, insistía en que lamentaba amargamente
el haberla perdido, insistía en que siempre la había querido, y mucho. Lo que
le sucediera en su día con Amber Reeves había vuelto a ocurrir punto por punto.
Tan pronto tuvo la certeza de haberla perdido, y de que dicha pérdida era
irreversible, fue capaz de expresar los sentimientos que tenía por ella de
manera completamente desinhibida. Igualmente, tuvo la misma certeza de estar
enamorado de Margaret Sanger, la cual, vacaciones al margen, vivía de forma
típicamente norteamericana, por si fuera poco al otro lado del Atlántico; no
fue menor su certeza de haber amado perdidamente a Moura
Zakrévskaia-Benckendorff, la cual gracias a un fugaz matrimonio se había
convertido en la baronesa Budberg y vivía por entonces con Gorki en Villa
Sorito[80], en
Sorrento. Margaret Sanger se había casado con un hombre muy acaudalado y no
menos tolerante, que estaba más que deseoso de permitirle hacer todo aquello
que, según ella, le valiese para ser más feliz, al tiempo que Gorki dependía de
Moura muchísimo más que antes. No existía ni el más mínimo peligro de que
ninguna de las dos acudiesen a mi padre, dispuestas a exigirle cualquier cosa.
Jane, quien nunca había exigido nada, seguía aún en Easton Glebe, tan grata,
paciente, eficaz, tan infinitamente tolerante, tan perfecta compañera como
siempre. Precisamente por estar siempre en donde mi padre había querido que
estuviera, por no meterse nunca en medio, sobre todo si él no la necesitaba, mi
padre no llegó a darse cuenta en su momento de que esta relación vertebral en
su vida había empezado a cambiar.
Lo cierto es que Jane iba
retirándose poco a poco de la vida, sin hacer siquiera ningún ruido. Cada vez
permitía más y más que las secretarias de mi padre asumiesen sus funciones de
directora de sus asuntos y controladora de sus finanzas, y cada vez pasaba más
y más tiempo recluida en sus pensamientos, lejos de Easton Glebe, en un
minúsculo apartamento de Bloomsbury, que celosamente guardaba como sede de su
privacidad, por lo tanto inaccesible. A pesar de los pesares, mi padre seguía
convencido de que Jane era aún su Peñón de Gibraltar, y de que su vida seguía
girando alrededor de ella, tal como siempre había sido. Resueltamente hizo la
vista gorda ante el hecho de que él pasaba la mayor parte de su tiempo en
Provenza, en donde vivía ya con Odette Keun, la tempestuosa hija de un holandés
y una griega que se había criado en Constantinopla. Esta nueva relación estuvo
dotada casi desde el principio de un rasgo sumamente interesante: se trataba de
un asunto que solamente pudo haberse desarrollado en Ultramar, lejos del Reino
Unido. Esta curiosa característica se debía al hecho de que Odette Keun
figuraba en la lista negra de las Autoridades Militares Británicas, desde la
época en que Gran Bretaña intervino en la guerra civil rusa.
Odette había sido
periodista; trabajaba para diversos periódicos franceses de izquierda, y había
escrito unas cuantas cosas que a las Autoridades Militares Británicas no les
hicieron ninguna gracia, sobre todo en lo tocante a las repúblicas petrolíferas
del Cáucaso. Fue expulsada de aquella región por sospechosa de simpatizar con
las ideas izquierdistas, y consecuentemente no pudo de ninguna manera conseguir
un visado de entrada en Gran Bretaña, al menos por espacio de varios años. Esto
vino a significar que mi padre solamente podría cohabitar con ella cuando
estuviese en el extranjero. Y esto, que a ella se le antojaba un contratiempo,
a él no se lo pareció, sino todo lo contrario: se trataba de una clara ventaja
de orden táctico. Si, por la razón que fuese, desease en un momento dado
apartarse de ella, aun cuando fuese por una temporada, le bastaría con decir
que las necesidades de su vida profesional hacían obligatoria su presencia en
Inglaterra. A él le gustaba vivir con ella, pero de todas formas no podía
soportarla más que en muy determinadas dosis.
Mi padre llevaba dos años
viviendo con Odette Keun cuando publicó The World of William Clissold (El
mundo de William Clissold), la más extraña de cuantas novelas escribió. Uno
de los elementos que contribuye a esa extrañeza es el retrato de Odette Keun
que contiene la novela. Aparece cerca del final del volumen segundo[81], poco
después de que el protagonista haya roto con una actriz testaruda y egoísta en
la cual es perfectamente reconocible la figura de mi madre. Mi padre llama a
Odette, Clementina, y dispone que se encuentre con el protagonista en París,
cuando éste pasea una tarde por los Campos Elíseos. Las circunstancias dejan
entrever a las claras que después de haber sido lo que podría con toda
tranquilidad denominarse una mantenida, Clementina se halla al borde de
convertirse en una mujer de la calle. Tal y como a Odette Keun iba a terminar
por gustarle decir, semejante solución fue algo que solamente un escritor que
albergara sentimientos encontrados hacia las mujeres podría hacerle a la mujer
con la que entonces convivía. Ahora bien, por extraño que sea, no es lo más
extraño de la novela. Lo más extraño es que se produzca el fallecimiento, poco
después de que mi madre haga su aparición en el texto, de un personaje llamado
Sirrie, que empieza por ser una persona completamente distinta pero que termina
convirtiéndose en Jane Wells.
En la novela este personaje
padece tuberculosis, si bien la descripción de su muerte, dado que el
protagonista se niega contumazmente a reconocer lo mal que se encuentra de
salud, se niega a reconocer que su muerte está muy próxima y que, es
inevitable, resulta extrañamente idéntica a la muerte de Jane Wells, enferma de
cáncer, que no iba a acontecer sino un año después de la aparición del libro.
Capítulo VI
Mi padre no conoció a Odette
Keun ni por casualidad ni en los Campos Elíseos. La conoció mediante cita
previa en Ginebra, tras haberse cruzado algunas cartas. La correspondencia se
originó, aunque muy de lejos, en el hecho de que ella hubiese sido deportada de
Constantinopla. Cuando regresó a esta ciudad, procedente de la República de
Georgia, las Autoridades Militares Británicas la apresaron y, sin pararse en
las tonterías al uso, acerca del procedimiento legal del caso, la embarcaron de
inmediato con rumbo a Crimea. Así debiera haber terminado ella, pero lo cierto
es que se las agenció para atravesar Rusia, con papeles falsificados, para
llegar a Moscú, y de allí volver a la postre a Francia. Se instaló en un
pueblecito llamado Maganosc, cerca de Grasse, y escribió un librito sobre sus
experiencias. Cuando apareció este volumen, con el título de Sons Lénine,
a mi padre le envió un ejemplar con una nota adjunta, en la cual comentaba lo
mucho que admiraba su obra y la fuente de inspiración que siempre había sido
para ella. A él le gustó tanto su carta como su libro, y cuando llegó el
momento de escribir una reseña sobre el mismo, le fue muy favorable. Ella le
escribió dándole las gracias, carta a la cual él decidió contestar. La
correspondencia que así se inició entre ellos dos no tardó mucho en adoptar un
tono más cálido; no pasó mucho tiempo hasta que ella le hubo referido buena
parte de su historia. Era hija de un holandés que había trabajado en el
servicio consular de su país en Grecia, y de una dama griega que de niña se
había criado dentro de la comunidad fanariota, en la Constantinopla turca. Se
habían conocido a resultas de la estancia del padre en la última de las
ciudades europeas que existen por el Este. A su hija le habían dado una
educación curiosa v progresista, aun cuando en su mayor parte ello se debiese a
una cierta inadvertencia, ya que ninguno de los dos se sentía capaz de imprimir
en la niña el sello de sus propias convenciones, por temor a traicionar las del
otro cónyuge. A resultas de todo ello, Odette se encontró prácticamente a la
deriva cuando a los dieciocho años fue enviada a una Holanda por entonces
atildada y conformista, con objeto de completar su educación. Se refugió de
aquel entorno tan poco griego, al cual se le había arrojado sin
contemplaciones, lanzándose en los brazos de la Iglesia católica. Tras su
conversión, siguió erre que erre haciéndose postulante en un convento de
dominicas. Muy fácilmente habría podido dar el paso siguiente, y tomar los
votos que la habrían convertido en monja, de no haberse sentido ultrajada al
enterarse de que algunos historiadores estaban convencidos de que Santo Domingo
había desempeñado un feo papel en la aniquilación de la llamada herejía
albigense. Por encontrarse entonces en su tercer año de noviciado, la
intensidad de la simpatía que sentía por los albigenses le dio a entender que
de ninguna manera podía ser la suya una verdadera vocación, así que saltó la
tapia del convento para dedicarse en cambio a la causa del socialismo radical.
Se instaló en París una temporada, pero mientras oficialmente vivía allí pasó
la mayor parte del tiempo recorriendo Argelia y Marruecos, sobre todo las zonas
que nominalmente se hallaban bajo control francés. Viajó por esta región con un
amante que era médico, con un dispensario móvil, facilitando medicamentos a las
mujeres de las aldeas y enseñándoles a administrarlos para prevenir dolencias
infantiles menores, pero muy frecuentes y traumatizantes, como por ejemplo el
tracoma, que era entonces endémico en la región. Mientras se dedicó a esta
admirable obra humanitaria, explicó a los lugareños, hombres y mujeres por
igual, que los franceses no tenían ningún derecho a estar en su país, a menos
que fuese para facilitarles regularmente mejores servicios médicos y sociales.
La administración colonial francesa no tardó demasiado en considerarla una
molestia y un motivo de perturbación, de manera que a su debido tiempo fue
expulsada del dominio francés en el norte de África.
Sus problemas con las
Autoridades Militares Británicas en Constantinopla, entre 1919 y 1920, fueron
de índole muy similar. Los artículos que había escrito y publicado en diversos
periódicos franceses hacían especial hincapié en el hecho de que tanto las potencias
Aliadas como los bolcheviques pusieran sus intereses en los campos petrolíferos
de Bakú por delante de los intereses del pueblo de Georgia. Se sintió
particularmente irritada por la irresponsabilidad de que hicieron gala los
Aliados al convencer a los georgianos de que se expusieran a la cólera y la
venganza de Rusia proclamando la independencia de la República de Georgia, aun
sabiendo perfectamente que serían incapaces de dotar al nuevo país del respaldo
militar adecuado. Esta historia tuvo un final especialmente desabrido. Cuando,
tal y como era de esperar según el lógico decurso de los acontecimientos, se
produjo el colapso de la República de Georgia, se llevó a cabo una evacuación.
A los ministros del Gobierno nacionalista y antisoviético, a sus ayudantes y a
sus familias, se les asignaron tres vagones de cola del que obviamente iba a
ser el último tren que los británicos conseguirían sacar de Tiflis con rumbo a
la costa. Instantes antes de que arrancase el tren, estos vagones fueron
desenganchados, y los políticos georgianos se quedaron abandonados, con sus
familias, para que se las compusieran frente a las fuerzas rusas que en
aquellos momentos hacían su entrada por el extremo opuesto de la ciudad. Este
episodio sembró en Odette la rabia, la indignación y el desprecio.
A decir verdad, era una
mujer sincera e idealista, emprendedora y humanitaria. Sin embargo, su
profundísima seriedad estaba siempre enmascarada, casi por completo, por unas
ganas de epatar por lo menos un tanto pueriles, aparte de desplegar un elevado
grado de exhibicionismo sexual. Le encantaba sacar a relucir su libertad tanto
como le fuera posible, su desobediencia frente a las inhibiciones propias de la
burguesía, y sobre todo en presencia de personas estiradas y chapadas a la
antigua. Fue esta debilidad la que a la postre iba a terminar por deshacer sus
relaciones con mi padre. Fue esta debilidad, asimismo, la que la llevó a tramar
un primer encuentro con él que le dejase la imborrable impresión de que ella
era simplemente otra intelectual más con ganas de pasárselo bien, sexualmente
hablando, en compañía de toda una celebridad. Había planeado el encuentro de
manera tal que cuando mi padre llegase a la habitación que ocupaba ella en un
hotel de Ginebra, a fin de presentarse, se la encontrase desnuda y a oscuras.
Borró después todas las posibilidades que podría haber tenido de vivir bajo el
signo de esta torpeza inicial, convirtiéndola en una estupenda historia que
relataba en las ocasiones menos apropiadas, es decir, siempre que le venía en
gana. Por ejemplo, a mí me la contó en presencia de mi padre, y con evidente
consternación por su parte, sin que hubiesen transcurrido ni veinticuatro horas
desde que nos conocimos. Yo tenía catorce años, una considerable incertidumbre
respecto de mi identidad sexual y era tan impresionable como solamente puede
serlo un adolescente muy inseguro. Mi padre iba al volante de su magnífico
Voisin, plenamente absorto en la conducción, por la carretera que discurre a
espaldas de Niza, por Vence, hacia Grasse. Odette iba sentada en el asiento del
copiloto, junto a mi padre, pero se daba la vuelta continuamente, para darme la
cara, pues yo iba en el asiento de atrás. Quería que me sintiese a mis anchas,
creo yo, mostrándome lo abierta y lo muy libre que podía llegar a ser, haciéndome
saber que no tenía por qué asustarme de ella, y en un momento dado dejó que se
colase de rondón esta sorpresa inesperadísima en su chachara intrascendente.
A Odette le encantaba soltar
estas sorprendentes cargas de profundidad, pero prefería actuar delante de un
público escogido. Yo fui víctima de una de sus provocaciones teatrales, pocos
días después, cuando vinieron a almorzar Elizabeth Russell[82] y el
Aga Khan, que estaba pasando unos días en St. Jean de Cap Ferrat en compañía de
Sommerset Maugham. Durante el almuerzo, Odette consiguió que la conversación
versara sobre el importantísimo papel que ha tenido el incesto en la cría de
caballos de pura sangre, y desarrolló sus puntos de vista a pesar de las
abiertas protestas de mi padre. Sospechaba que allí había gato encerrado, y
estaba en lo cierto. De pronto me percaté de que Odette, que era muy dada a la
gesticulación dramática, me estaba señalando con el brazo extendido.
—¡Mirad! —gritó—. ¡Miraaad!
Anthony se está poniendo colorado. ¡Se está poniendo colorado! ¿Será posible
que aún no sepas nada de todo esto? ¿Será posible que aún seas virgen, cariño?
—¡Odette! —exclamó mi
padre—. Estás yendo demasiado lejos, y eso es algo que no pienso tolerar. Haz
el favor de comportarte...
—Oh, Pidou, Pidou —Odette le
devolvió el grito—, la verdad es que eres un mojigato de tomo y lomo, a pesar
de tu estupenda conversación —se dio la vuelta para buscar apoyo en el Aga
Khan—. ¿No le parece a usted que los ingleses son un pueblo extraordinario?
¡Tan mojigatos en público, y tan encantadores, tan sumamente encantadores y...
tan lúbricos en privado!
El Aga Khan me miró
inquisitivamente, y pasó a decir algo acerca de los horrorosos efectos del odio
al cuerpo que se inculcaba en la versión protestante de la religión cristiana.
La conversación siguió su curso.
Sin embargo, no quedó
olvidado el tema de mi desarrollo sexual, y fue Odette la que volvió a sacarlo
a colación más adelante. Esta vez íbamos en el automóvil por las montañas que
hay en los alrededores de Grasse, de camino a Thorenc, donde pensábamos almorzar.
La carretera era estrecha y muy empinada, llena de curvas; había innumerables
puntos ciegos, a medida que serpenteaba al ascender hacia esa campiña en la que
con tanta abundancia crece la lavanda. Estaban en aquella época recogiendo la
perfumada cosecha de aquellos campos del altiplano, y a cada cinco minutos poco
más o menos nos cruzábamos con un nuevo camión que bajaba con rumbo a alguna de
las fábricas de perfumes de Grasse, descendiendo por aquellas inclinaciones con
una carga de lavanda más grande que un montón de balas de heno amarradas a la
caja. La inclinación y las curvas llevaban a los conductores a ocupar el centro
de la calzada, y nos daba la sensación de encontrárnoslos siempre que salíamos
de un punto ciego. Odette iba sentada junto a mi padre, como de costumbre y,
como de costumbre, iba retorcida en su asiento como si le hubiesen dado la
vuelta con un sacacorchos, de manera que yo no me aburriese ni me sintiese
excluido; por eso iba hablando continuamente conmigo. No cesaba de parlotear, y
mi padre, ojo avizor, hacía sonar con fuerza el claxon cada vez que nos
metíamos en un ángulo ciego.
La incertidumbre que sentía
yo respecto de mi identidad sexual a aquellas alturas a ella le resultaba
evidente. Estaba deseosa, por no decir ansiosa, de saber hasta dónde había
podido llegar yo. ¿Había mucha homosexualidad, me preguntó, entre los alumnos
de mi escuela? ¿Había hecho yo algún que otro progreso en ese terreno? ¿No
tenía un amigo en especial? ¿Acaso no me había dado cuenta, en algún momento,
de que albergaba sentimientos más complicados que la simple amistad, sobre todo
por alguno de mis compañeros en concreto? ¿Había venido a verme alguna de mis
amiguitas de Londres en días
lectivos? ¿No tendría, por
un casual, una amiga de cierta edad, que pudiera visitarme de cuando en
cuando...?
-Odette -exclamó mi padre
llegados a este punto-, por el amor de Dios, déjalo en paz de una vez. Deja el
tema, por favor. ¡Oh, maldición!
Un nuevo camión cargado de
lavanda hasta los topes bajaba hacia nosotros a toda velocidad. Sonó el claxon.
Nuestro claxon le devolvió la seña. En la ventanilla del conductor apareció un
puño cerrado. Su propietario lo agitaba, evidentemente cabreado.
-Una mujer ya crecida
-chillaba en ese momento Odette- puede desempeñar un papel importantísimo en la
vida de un chico de cierta edad. Puede hacer por él cosas que ninguna
jovencita, por muy amante que sea, podría hacer nunca, precisamente por ser
toda remilgos, inexperiencia y egoísmo. Si deseas ser feliz en tu vida amorosa,
deberías iniciarte con una mujer ya mayor, con una mujer que sepa de qué va la
cosa en la cama, sobre todo cuando la cosa vaya muy en serio. Una mujer así
sabrá indicarte el camino adecuado, y poner punto final a todas tus confusiones
y vacilaciones; créeme, te lo digo de corazón.
El auténtico impacto de
estas parrafadas se pierde sin tener en consideración el acento de Odette, por
lo demás irreproducible. Hablaba alargando muchísimo todas las vocales, sin
aspirar las haches iniciales; era el suyo un acento francés exageradísimo, como
el que suelen adoptar los personajes típicos de las farsas inglesas. Había
veces en que sus errores de pronunciación, tanto si los cometía adrede como si
no, ponían a mi padre hecho un basilisco. Ésta fue una de esas veces. Aparcó el
automóvil en la cuneta y apagó el motor.
-Estoy hasta la coronilla,
Odette -le dijo, y acto seguido salió del coche.
Odette saltó por encima de
su portezuela y dio la vuelta a todo correr, para darle la cara. Estaba
encantada: ¡iban a montar una escenita! Los dos empezaron a gesticular como dos
posesos, a gritar sin parar, de manera que enseguida me di cuenta de que mi
padre había estado muy acertado al detener el automóvil antes de dar inicio a
la discusión. No pude oír todo lo que se dijeron, pero lo que pude captar bastó
para que me hiciese una idea. Mi padre insistía en que no era asunto de ella
meter semejantes ideas en la cabeza a un niño como yo, y ella insistía a su vez
en que de niño, nada, en que ya estaba crecidito, en que no me quedaba nada
para hacerme todo un hombre, en que tenía serios problemas, en que no era capaz
de mirar a una mujer a los ojos, y mucho menos de hablarle cara a cara, en que
me había pasado tantísimo tiempo rodeado exclusivamente por mujeres que no
estaba ni mucho menos seguro
de cuál era el sexo al que
pertenecía, aparte de que a ella le daba la sensación de que alguien podría
haberme metido en la cabeza, la idea de que había algo erróneo, o desacertado,
en el hecho de ser varón, y pensaba que estaba pésimamente preparado para
afrontar la vida, porque él nunca había hecho por mí lo que un hombre debiera
hacer por sus hijos varones; le dijo además que él me estaba causando una honda
decepción a la que tenía que poner remedio cuanto antes, o sacarme cuando menos
del monumental embrollo en que, según opinión de Odette, estaba yo metido hasta
el cuello. Más o menos en ese momento, mi padre la agarró por el brazo y se la
llevó por la carretera hasta un punto desde el cual ya no pude oírles.
Permanecí observándolos
desde el asiento de atrás del Voisin, mirando a través del parabrisas, por
encima del capó curvo, por encima del halcón que sobre la tapa del radiador
formaba la V de Voisin con las alas abiertas. Odette estaba delgada, casi podría
decirse muy flaca, y morena como una gitana. Tenía el cabello muy negro, es
posible que teñido. Era tan alta que a mi padre le sacaba la cabeza. Él era de
hecho bajo y robusto, con la complexión de un oso de peluche. Llevaba un
sombrero de panamá, una reliquia de la moda eduardiana, racionalizada mediante
el detalle de que a causa de sus claros ojos azules no era capaz de soportar el
resplandor cenital del sol de Provenza sin cubrirse los ojos. Llevaba una
camisa blanca especialmente confeccionada para él, y pantalones de seda de
shantung. Ella llevaba un vestido blanco, de tenis, un foulard de colores y una
docena de brazaletes repartidos entre ambos brazos. Los brazaletes relucían al
sol, al agitarlos con sus gesticulaciones frente a él. Ella se inclinó para
sacudir el dedo índice de la mano derecha exactamente debajo de la nariz de él.
Él alzó las manos, dando evidentes muestras de haber quedado desarmado. Los dos
cedieron ante un ataque de bon rire, los dos echaron la cabeza hacia atrás,
dejando que las carcajadas brotaran sin impedimentos. Volvieron al coche
cogidos del brazo.
— De cuando en cuando
tenemos estas peleas —dijo mi padre—, y la verdad es que son un infierno, pero
una vez terminadas, han terminado para siempre. No dejes que te afecte, ¿eh?
Bien, sigamos camino, a ver si llegamos a Thorenc con tiempo de almorzar como
es debido...
Odette me lanzó un guiño de
complicidad. Yo hice todo lo posible por devolverle la sonrisa, pero me sentí
desazonado, convencido de que los dos estaban más locos que las cabras.
He interpolado este
fragmento autobiográfico por creer que pone de manifiesto con qué facilidad el
estilo de Odette bastaba para que las personas que no la conocieran bien no la
interpretasen como ella se había propuesto. A mí me desazonó y me entristeció
este episodio porque me pareció que ella me había sacado de dentro y por la
fuerza los secretos problemas que yo no había sido capaz de contar libremente a
nadie, más que nada por no pasar un momento infernal... y por si fuera poco
delante de mi padre, la persona que con más ansia habría deseado yo dejar al
margen de semejante discusión. Entendí que esto fue algo que ella hizo
simplemente porque yo no le caía bien, porque me despreciaba. Su preocupación
por mí se me pasó por alto hasta algunos años después, hasta que pude enterarme
de que cuando descubrió que mi padre había zanjado lo que consideraba una
provisión de fondos adecuada para mí, cifrándola en una suma que oscilaba en
tomo a las 100 libras anuales, que percibiría tan pronto cumpliese los veintiún
años de edad, Odette se lanzó a una campaña de acoso verbal, de burlas
inmisericordes hacia él, tachándole de tacañería patológica, hasta que
consiguió que le prometiera que iba a engordar dicha cantidad hasta cinco veces
más que la cantidad inicial.
La gratitud que siento por
Odette en este sentido no la empaña ni lo más mínimo la certidumbre que tengo,
y es que estoy seguro de que en semejante acto no operó simplemente su
desinterés al prestarme un determinado servicio. A la postre, fueron los sentimientos
que albergaba hacia mi padre los que actuaron de espoleta. Ella le tenía en muy
alta consideración, y deseaba que él estuviera a la altura de su estima. Se
había enamorado rendidamente de la mejor parte de él, e hizo cuanto estuvo en
su mano por salvarle de sus tentaciones de ser copioso, verboso y superficial,
tentaciones a las cuales le habían expuesto su fama y sus grandes éxitos
periodísticos. A causa de la manera que tuvo ella de escenificar su primer
encuentro, él no fue nunca capaz de reconocer que los asaltos que ella lanzaba
continuamente sobre su persona, cuando simplemente le parecía que le estaba
fastidiando sólo por fastidiar, fueron siempre producto de una genuina
devoción. A medida que fue pasando el tiempo, él fue encontrándose con una
Odette tercamente determinada, aunque fuera de mala manera, a salvarle de sí
mismo; esta Odette cada vez le resultó más y más difícil de tragar. Su ruptura
se habría producido mucho antes de lo que se produjo de no haber sido porque
Odette, a pesar de las escandaleras, las peloteras y las mutuas salvajadas, fue
en todo momento una estupenda administradora y organizadora. Cuando mi padre
estaba con ella, todo lo que ella pudiera hacer por él lo hacía a la perfección
y sin rechistar. Se cuidó de sus caprichos y necesidades domésticas, tanto
cuando estaba con ella como cuando estaba en Easton, con Jane. Y antes de que
las monumentales irritaciones de mi padre con ella alcanzaran un punto desde el
cual ya no hubo marcha atrás posible, aquel centro de su vida que tanto tiempo
llevaba establecido se volatilizó por completo. Con la muerte de Jane, Easton
Glebe se convirtió en una cáscara vacía. Esto supuso una tajante desviación del
plan lúdico acordado, que mi padre de ninguna manera había sido capaz de prever.
En su guión, Jane iba a estar siempre allá, en la casa que él había construido
para ella; siempre que sintiera la dependencia de ella, a ella podría acudir;
no importaba dónde estuviese él, ni qué hubiese estado haciendo, que ella iba a
recibirle con su generosa comprensión, capacidad de perdón, tolerancia y
orgullo, tan pronto regresara. Sin previo aviso, y sorprendentemente, cambiaron
las tornas. Ella dejó de cumplir con su papel, y a él ya no le quedó a quien
confesar sus penas y sus regocijos, no le quedó nadie que le absolviera cuando
hubiese terminado su último arranque. Se encontró perdido, desconsolado, hasta
que concibió la estrafalaria idea de seguir con Odette como siempre, sólo que
adjudicándole además el papel que Jane había representado para él durante
tantísimo tiempo.
Cuando Jane empezó a morirse[83],
durante los primeros meses de 1927, mi padre se refugió de la evidencia en la
más absoluta de las negaciones. En ningún momento quiso darse por enterado de
que iba a abandonarle. Su hijo Frank, el menor de los dos que tuvo con Jane,
que en aquella época estuvo más cerca de él que ningún otro mortal, le advirtió
reiteradas veces de que ella empezaba a dar muestras de hallarse en serios
problemas, sobre todo cuando él mismo pudo comprobar cuan exhausta se hallaba a
lo largo de las por lo demás relajadas y afables festividades navideñas,
celebradas exclusivamente en familia, a finales de 1926. Mi padre hizo oídos
sordos a esta advertencia. A Frank le dijo que era natural que una mujer de la
edad de Jane se cansara con gran facilidad al enfrentarse a determinadas
situaciones. No quiso admitir nunca que su mujer se estaba muriendo; no quiso
reconocerlo al menos hasta las últimas e irreversibles etapas de su prolongada
enfermedad.
Parte de su rechazo a
reconocer que su esposa estaba, aun en calma y sin hacer ningún aspaviento,
cada vez más decaída, puede achacarse a sus preocupaciones. De nuevo se había
embarcado en un proyecto monumental, la confección de una obra que habría de ser
para la biología lo que Perfil de la historia fue en su día para la
historia. The Science of Lije (La ciencia de la vida) tenía por objeto
proporcionar a las gentes de a pie, a las gentes de educación modesta, una
serie de conocimientos de biología que les posibilitara conocer qué lugar
ocupaban en el orden de la naturaleza, con idéntica inmediatez con que los
lectores del Perfil habían sido capaces de localizar su lugar y el de su
sociedad en el grandioso movimiento del esquema evolutivo del tiempo. El proyecto
no podía ser más exigente, y a fin de llevarlo a cabo dentro de un plazo
razonable —se trataba de redactar un sucinto comentario sobre todos los
conocimientos acerca de los seres vivos y de sus procesos vitales — , mi padre
tuvo que tratar implacablemente a sus colaboradores, Julián, el nieto de Thomas
Henry Huxley, y su propio hijo, George Philip. Julian Huxley ha dejado dicho
que tuvo que renunciar a todos sus demás trabajos mientras duró la redacción de
La ciencia de la vida, con objeto de mantener el ritmo trepidante que
exigía mi padre, y Gip también se vio completamente absorbido por el proyecto.
Mi padre marcó el ritmo de sus colaboradores; al tiempo que les estimulaba al
mantenerse por delante de ellos, no dejó de trabajar en otra idea propia, en lo
que más adelante habría de titularse The Open Conspiracy (La conspiración
abierta), sin dejar de escribir un artículo semanal sobre temas de
actualidad, para publicarlo en alguno de los periódicos de Beaverbrook. En
febrero de 1927 llegó a encontrar el tiempo suficiente para preparar el texto
del discurso que había sido invitado a pronunciar en la Sorbona a mediados de
marzo.
Mi padre se había sentido
muy honrado por esta invitación, y le pareció apropiado que Jane, que tanto
había hecho por su reputación a lo largo de los años, compartiese con él
aquellos instantes de gloria. También se había hecho a la idea de que a ella le
sentaría muy bien pasar unos cuantos días en París. Si hemos de creer a Frank,
desde las navidades andaba bastante alicaída. Un viaje serviría para
distraerla... Así pues, mi padre hizo que Odette lo instalase en el tren en
Carmes, el 13 de marzo, y se hospedó en París dispuesto a esperar a su esposa,
que debía llegar de Inglaterra al día siguiente. Estuvieron juntos en París,
sin parar de hacer cosas e ir a diversos lugares, hasta el 19 de marzo, día en
el cual él la acompañó en la travesía del Canal. Pasaron por Londres sin
pararse y fueron derechos a Easton Glebe. Mi padre había pronunciado su
discurso en la Sorbona, titulado «La democracia, a revisión», el día 15, tras
lo cual siguió una larga ronda de festejos que vino a culminar con una gran
cena ofrecida en su honor por André Maurois, el 18. A mi padre no le sorprendió
el estado de agotamiento en que se encontraba Jane cuando llegaron a Easton.
Había aguantado todo el ajetreo lo mejor que pudo. Sin embargo, él creía que
unos cuantos días de descanso le devolverían su bienestar. Confiaba ciegamente
en que estuviese de nuevo en óptimas condiciones hacia el 20 de abril, fecha
prevista para la celebración de la boda de Gip con Marjorie Craig, la joven y
austera escocesa que había sido su secretaria, con una eficiencia a prueba de
toda duda, durante poco más de un año. Seguía sin tener conciencia de que Jane
atravesaba una etapa en la que empezaron a ser muy frecuentes los rebrotes de
dolor, un dolor no demasiado intenso, pero persistente e inquietante. Nadie
tuvo tampoco constancia de ello, dado que Jane no se lo comentó a nadie; nadie
supo que dichos dolores manifestaban una evidente tendencia al recrudecimiento.
No le dijo nada a nadie, ni siquiera a Frank. No quería parecer agorera ante la
inminencia de la boda.
La presentación de mi padre
en la Sorbona no fue nada mala, y recibió incluso la aprobación definitiva que
acarrea el hecho de que el texto fuese publicado por Leonard y Virginia Woolf
en la Hogarth Press, a finales de aquel mismo año. A decir verdad, resulta hoy
en día mucho más convincente que entonces; hoy parece más honda y penetrante la
visión de mi padre, así como su profesión de fe en el futuro de la democracia,
y en cambio, al contrario que entonces, adolece de una considerable ceguera
ante la tendencia histórica que manifestaba el alza del fascismo. Por alegres y
desenfadados que se nos antojen hoy en día los años veinte, impresión debida a
quienes los contemplan única y exclusivamente a través del Charleston, las
orgías nocturnas y el lujo, de Scott y Zelda, de Hemingway, del Art Decó y de
la eflorescencia que dio lugar a obras como las de Joyce y Proust, Picasso y
Matisse, por entonces se percibieron y se experimentaron como una época gris,
contraída, cada vez más angosta, cercada por los golpes de estado, las
revoluciones abortadas, las represiones brutales y las usurpaciones militares,
todo lo cual tuvo lugar sobre un telón de fondo desesperanzado, compuesto por
la confusión económica y el desmoronamiento de las estructuras sociales. Mi
padre tuvo la inteligencia precisa para decir ante el público congregado en la
Sorbona que no era cuestión de vivir desde el principio una nueva época
autoritaria o totalitaria, sino de resistir a una época repleta de problemas
que iban a definir la transición de una época democrática a otra época asimismo
democrática. Sintió que en algún momento se había producido un craso error
dentro de la democracia parlamentaria cuya época dorada tocaba a su fin, ya que
sus rasgos característicos de Gobierno y oposición, de debes y haberes,
conducían de forma casi ineludible a la bipolarización militante, a una
confrontación abierta entre dos sectores sociales. De ahí las dicotomías del
estilo de whigs y tories, radicales y conservadores, mano de obra y capital,
izquierda y derecha, nosotros y ellos, etc. Bajo las normas que regían los
destinos de la democracia parlamentaria, la primera preocupación de cualquier
partido que llegase al poder, al Gobierno o a la administración, iba a ser con
toda probabilidad la reversión o anulación de la mayor parte posible del
programa y la política de su predecesor. Una vez logrado este objetivo, pasaría
a la aprobación de una serie de programas y medidas «positivos», pero menos
preocupados por el bien común que por el establecimiento de su propia, y tenue,
identidad.
Las creencias de mi padre
radicaban en que la revitalización de la democracia podría lograrse mediante
una transición que arrancase del antagonismo parlamentario rumbo hacia una
política de consenso. Creía que el primer paso que era preciso dar en este sentido
era una reforma electoral, sosteniendo que la representación proporcional y el
voto único y transferible arrojarían por resultado el surgimiento de gobiernos
de coalición y la rotura del sistema de partidos. Pensaba que cuando esto
hubiese acaecido, la energía que tradicionalmente se había invertido en el
mantenimiento de las diferencias entre unos partidos y otros, en azuzar los
conflictos, por así decir, entre Villarriba y Villabajo, revertiría mediante
esta nueva canalización en una búsqueda de los puntos de contacto, de los
objetivos comunes, y en una serie de esfuerzos realizados en colaboración por
el logro de una serie de objetivos legislativos que genuinamente mereciesen la
pena.
Mi padre no creía, sin
embargo, que dicha reforma electoral bastase por sí sola. No creía que ninguna
forma de democracia fuese capaz de sobrevivir a la larga si la mayoría de los
votantes seguían siendo marginados, analfabetos y, por lo demás, constituían el
grueso de la población. Su pensamiento en esta clase de temas resulta muy
británico, y el electorado que mejor conocía estaba en su mayor parte compuesto
por personas cuya educación había concluido abruptamente tan pronto aprendieron
lo estrictamente necesario para fichar en un reloj de control laboral y para
rellenar los formularios de apuestas. Consideraba al votante que carecía de una
educación elemental un ser por su propia naturaleza sujeto al soborno, un
votante capaz en todo momento de vender su voto no ya al mejor postor, sino al
primero que acertase a pasar a su lado y le ofreciese una pinta de cerveza o un
cuartillo de té gratis. Mi padre consiguió enfatizar hasta tal extremo su
aversión por los votantes carentes de educación, en «La democracia, a
revisión», que llegó a sembrar las sospechas de que estuviese pensando en
términos de un estrechamiento de la franja de votantes, despojando precisamente
de su voto a los analfabetos. Nada de eso; al contrario, abogaba por lo que a
muchos fieles creyentes en una democracia a carta cabal les tuvo que parecer un
principio erróneo. Defendía que había llegado el momento de que las personas
cultas salvasen a la democracia de los peligros que ella misma entrañaba,
convirtiéndose lisa y llanamente en una
fuerza política de primera
magnitud. Aquello era un llamamiento a la intelectualidad de todo el mundo,
cuyos miembros debieran comprometerse masivamente en la creación de un consenso
liberal y humanitario basado en una concepción científica y con la misma
devoción y ardor con que los miembros de los fascisti de Mussolini, del
Kuomintang de Chang Kai Chek y del Partido Comunista Ruso se dedicaban a tales
ideologías. La empresa que proponía no era ni mucho menos, según sus
afirmaciones, una empresa fútil. Lo que habían logrado estos diversos grupos de
carácter autoritario no era otra cosa que apoderarse de países enteros, de
poblaciones compuestas por muchísimos millones de habitantes, cuando por el
contrario contaban con una fuerza no superior a unos cientos de miles de
adeptos. A la vista de estos ejemplos, en lo tocante a lo que una minoría
altamente motivada es capaz de hacer, ¿a cuento de qué debieran contenerse los
liberales humanitarios? Deberían aunar sus fuerzas y proponerse metas comunes.
¿Qué podría impedir un esfuerzo conducente a la creación de una unidad mundial
en lo social y en lo económico, qué podría impedir ese logro monumental, si la
minoría culta de todos los países -es decir, de la humanidad toda que en el
fondo importa- se pusiera manos a la obra?
Son muchos los que han visto
la pezuña hendida de la Bestia Fascista en esa frase elitista y casi
desafiante, «de la humanidad toda que en el fondo importa», y así como debo
confesar que ciertamente carece del retintín genuinamente democrático, pienso
también que responde a un uso inocente. Mi padre no propuso en ningún momento
una toma del poder por la fuerza, ni un recio control de las instancias del
poder ni, es evidente, ninguna clase de autoritarismo. Tenía en mente, antes
bien, algo más parecido a la obra de la levadura en una barra de harina: tenía
que tratarse de una permeabilidad, una cierta influencia, una obra de
persuasión. De ninguna manera alentaba el golpe, la toma del poder por la
fuerza, ni el dictado ni la coerción. «Los que conspiran abiertamente», tal y
como iba a denominarlos más adelante, tenían sencillamente que estar allí
siempre que hubiese que llevar a cabo una determinada política o tomar una
determinada decisión. Tenían que estar rutinariamente presentes en los partidos
políticos, en los órganos de gestión de los gobiernos nacionales y locales, en
las juntas directivas de las compañías del sector público y de las grandes
corporaciones multinacionales, en la banca, en los colegios profesionales y en
las organizaciones sindicales. Tenían que hacer gala de una conducta
intachable, y tenían que hablar en nombre de la causa de la razón y del bien
común. La racionalidad habría de abrirse paso como una oleada a la que fuera
imposible hacer frente ni poner coto.
Todo esto tuvo que haber
resultado puramente visionario en su día, e imagino que es una de esas cosas
que Lord Beaverbrook tenía en mente cuando me relató, unos veintidós años más
tarde, con una guerra mundial por medio, que uno de los principales problemas
de mi padre fue que siempre había gozado de una vida muy resguardada, que nunca
tuvo que aprender qué era preciso hacer para que una serie de personas
trabajasen juntas en un negocio o en la política. A pesar de todo, fue
precisamente un consenso internacional de opiniones cultas lo que consiguió que
primero las Naciones Unidas y más adelante la Comunidad Económica Europea
tuviesen razón de ser después que los fascistas hubieron mordido el polvo. Se
trata de esa misma fuerza nebulosa que ha mantenido estas organizaciones
supranacionales vivas y activas desde entonces. Estoy persuadido de que mi
padre desempeñó un papel muy útil, lo cual le honra, en la creación de esa
fuerza, simplemente yendo a contrapelo de la historia de su época, es decir,
generando una serie de escritos a lo largo de los años veinte y los años
treinta, de los cuales «La democracia, a revisión» es un ejemplo típico.
Ha sido objeto de burlas por su empeño en traficar con un optimismo
característicamente moderno y fatuo a lo largo de aquellos años, aun cuando lo
cierto es que se condujo de manera bastante anticuada. No hizo sino reafirmar,
con un lenguaje propio de una época posterior, una de las principales ideas de
Swift: «Dios ha dado al grueso de la humanidad la capacidad de entender perfectamente
la razón, siempre y cuando se le ofrezca en condiciones de justicia, y mediante
la razón la humanidad podría ser fácilmente gobernada, siempre y cuando esto se
dejase a su libre albedrío.» Mi padre, yo diría que «corajudamente»,
trabajó en un escrito suyo, propio sin duda del siglo XVIII, en una de las
horas más oscuras del siglo y de cara a su discurso en la Sorbona, llegando a
ver más allá de las cabezas de los fascistas que desfilaban sin cesar por el
continente, más allá de las cabezas de las tropas de asalto, en un momento en
que la democracia parlamentaria y escindida podría haber dado pie a una
democracia de la razón ofrecida en condiciones de justicia. Tengo para mí que
aquel público francés lo entendió debidamente, y que se dio perfecta cuenta de
que él estaba exhortándoles a mantenerse firmes en su fe en la razón, a pesar
de las tentaciones del momento, aun cuando no consiga imaginar qué pudo pensar
Jane Wells allí sentada, con los dientes apretados y sin dar ninguna muestra de
que se hallaba acosada por el peor de los problemas, por el único problema del
cual no existe escapatoria posible.
Tras regresar de París, mi
padre permaneció en Easton Glebe, tomándoselo todo con mucha tranquilidad,
hasta finales de mes. Después reanudó su rutina inglesa de costumbre, pasando
el fin de semana en Easton tras haber estado del lunes a mediodía hasta el
viernes por la tarde en Whitehall Court. Siguió con verdadero escrúpulo este
orden, convencido de que a su mujer no le pasaba nada del otro mundo, hasta el
día en que Gip contrajo matrimonio, el 20 de abril. Después volvió a Francia, a
reunirse con Odette. Partió de París el
mismo 21 de abril y recorrió
el camino hacia el Sur en breves etapas, deteniéndose en Vichy, Le Puy y
Aviñón. Llegó a Grasse el 26 de abril.
Mientras mi padre se
regalaba con este viaje de placer, Frank Wells empezó a sentirse cada vez más
inquieto por la salud de su madre. Tan pronto se hubo celebrado la boda, Jane
ya no tuvo por qué guardar las apariencias, la imagen apacible que había mantenido
de cara a la galería. Frank volvió a advertir a su padre de que a
su madre le estaba pasando algo muy serio, exactamente después que Gip
emprendiese su luna de miel; le dijo con torpeza que se encontraba en una
situación mucho peor de la que ella misma estaba dispuesta a reconocer. Le
pidió a su padre que la llevase a un especialista, y que se quedase con ella
hasta que dicho especialista hubiese emitido su dictamen, pero mi padre se
quitó de enmedio la advertencia y la súplica en un santiamén. Mi padre dio por
sobreentendido que Jane estaba atravesando por una fase sobradamente conocida.
Las personas envejecen sin darse cuenta, y de pronto cobran conciencia plena de
lo que les ha ocurrido a lo largo de la vida. Un descubrimiento de tales
características, naturalmente, socava los cimientos de la personalidad; quien
se lo encuentra de sopetón intenta por todos los medios posponer el día en que
haya de afrontar la verdad, y a veces lo hace declarándose enfermo. Jane no
tardaría en hacer las paces con su propia situación, y una vez zanjase ese
asunto pendiente ya no tendría ningún sentido hablar de enfermedades. Volvería
a tomar aliento, por así decirlo, y asumiría de nuevo su vida con su mismo espíritu
de siempre. Aún le quedaban muchos años por delante.
Con esta alegre despedida,
mi padre partió rumbo al sur de Francia, dejando a su hijo, de veinticuatro
años de edad, al frente de la situación, al cargo del giro que pudieran tomar
los acontecimientos. Quedó en manos de Frank el llevar a su madre a un
especialista, y lidiar después con las secuelas de una consulta médica. Sir
Hugh Rigby fue el segundo doctor en medicina a cuya consulta se acudió en este
caso, y no le cupo ninguna duda de que a Jane ya no iba a ser posible ayudarla.
Tan pronto como el especialista hubo emitido su veredicto, Frank, sintiéndose
abrumadoramente solo, escribió a su padre para decirle que las circunstancias
del caso aconsejaban su inmediato regreso a Easton. Sin embargo, esta carta
llegó a su destino cuando mi padre llevaba en el Sur tan sólo dos días. No le
apetecía nada marcharse tan pronto. Así pues, optó por contemporizar, y
escribió a Frank para decirle que no podía creerse que la cosa estuviera tan
mal como él la pintaba. Era muy fácil llamarse a error a raíz de una
exploración por rayos X; podría tratarse de una falsa alarma. Aguardaría una
segunda opinión antes de cambiar de planes... en cualquier caso, tal y como
estaban las cosas, llegaría a Inglaterra a finales de mayo. Que los planes de
mi padre incluyeran su regreso a Inglaterra pasando antes por Ginebra, en donde
se encontraba Margaret Sanger en calidad de participante en una Conferencia
Mundial sobre Demografía, pudo haber sido uno de los factores determinantes de
su tibia respuesta. Fuera como fuese, no movió ni un dedo para marcharse de
Grasse antes de recibir una nueva carta de Frank, en la cual le decía lo que
dijo el inapelable Sir Hugh Rigby. No le quedaba, pues, otra alternativa que
afrontar la realidad de la situación. Su esposa estaba muriéndose.
Esta mala noticia la recibió
el 10 de mayo, y partió hacia Londres al día siguiente por la tarde. Antes de
ir a Carmes para tomar el Train Bleu, escribió a Margaret Sanger para hacerle
saber que, después de todo, no podría reunirse con ella en Ginebra. Su pequeña
esposa, le dijo, estaba muriéndose de cáncer, y deseaba pasar a su lado el
tiempo que a ella le quedase. Evidentemente, se sintió un tanto incómodo al
tener que comunicarle esta noticia desde una dirección que le situaba a más de
mil millas del objeto de sus preocupaciones, e hizo cuanto pudo por explicarse
diciendo que la enfermedad de Jane «ha sido un duro golpe para todos
nosotros, sobre todo por lo repentino... La dejé en Londres no hace ni siquiera
tres semanas, sonriente y decidida, aunque con aspecto un tanto cansino...».
La maldición que pende sobre
todas las personas de ingenio pronto y vivida imaginación descendió sobre mi
padre. Aunque de muy mala gana y con reticencia, había terminado por asumir los
hechos. Su mujer tenía cáncer y le quedaba muy poco para morir. Sin embargo, el
cáncer, que tan súbitamente se apodera a veces de sus víctimas, también puede
ser muy lánguido en la consumación de sus conquistas. Jane siguió con vida
durante lo que quedaba de mayo, durante junio, julio, agosto... No habría de
fallecer hasta el atardecer del 6 de octubre. Mi padre empezó a impacientarse
ante aquella lúgubre prolongación de un proceso que en su mente ya se había
cerrado. Empezó a manifestar su impaciencia escapando a la ciudad un día esta
semana, dos a la siguiente, etcétera. Pocas cosas más razonables que esa
reacción. Después de todo, la vida sigue. El ingente resumen de la biología
clamaba por su atención, y la obra empezaba a quedarse atrasada. Pronto se vio
en el brete de pasar de martes a jueves en su piso londinense, todas las
semanas. Y entonces, cuando había quedado más que demostrado que su esposa
podía estar segura y quedarse sin su compañía durante dos o tres días por
semana, extendió por así decir su radio de acción y empezó a escaparse a la
otra orilla del Canal, para reunirse con Odette un par de veces al mes.
Mientras se encontraba en Easton, hizo todo lo posible por conseguir que allí
la vida simulara una perfecta normalidad. Julian Huxley y G. P. Wells quedaban
citados en la casa para seguir adelante con La ciencia de la vida, tal y
como si las cosas estuvieran exactamente igual que cuando pergeñaban el Perfil
de la historia. Se escenificaron remedos de los antiguos, animados parties
de fin de semana, así como ruidosos juegos y competiciones, charadas, etc., sin
tener nunca en cuenta el coste emocional de los mismos. Julian Huxley, quien
por cierto se vio obligado a participar en estas actividades, sintió la
creciente tensión que se respiraba en la casa. También la sintió Arnold Bennett[84], el
cual acudió para dar una desdichada despedida a Jane, en compañía de Dorothy
Cheston Bennett, durante un fin de semana del cual quedan consignadas dos
entradas en el diario de bolsillo que llevaba mi padre: «Ha bajado Jane por
última vez. Hemos mirado juntos el fuego del hogar» y «Jane empeora». A
Bennett, quien tenía verdadero aprecio por Jane, le desagradó aquel ambiente de
fiesta forzosa que se vivía en la casa llena de gente, y anotó agriamente que
«H. G. necesita de un montón de gente que le distraiga». También anotó Bennett,
sin atisbo de complacencia, que la aceptación de la muerte de Jane por parte de
mi padre había alcanzado un punto en el cual le había sido posible preparar
incluso una oración que habría de pronunciarse en su funeral, aparte de tener
los arrestos suficientes para pedirle a él, a Bennett, que sondeara a una
persona adecuada para pronunciarla. Mi padre había escogido a un hombre llamado
Page, conocido por tener una voz campanuda y convincente, aun cuando no tuviera
ningún derecho a gozar de tal distinción, por no haber tenido ni arte ni parte
en la vida de Jane ni en la suya propia.
Bennett se volvió a su casa,
hondamente deprimido, el domingo por la tarde, dejando a mi padre en
condiciones de empezar su trabajo en el vigésimo artículo de la serie que
escribía para el sindicato que presidía Beaverbrook. Se trata de un texto muy
penetrante sobre la importancia de organizar una política energética coherente
a nivel mundial. Iniciado el lunes, el artículo salió a tiempo en el correo de
la mañana del martes. Aquella muerte tanto tiempo aplazada tocaba ya a su fin,
y sus últimos momentos quedan registrados mediante escuetas entradas en su
diario de bolsillo: «28 de septiembre. Contemplamos las sombras en la pared.
2 de octubre. Otra recaída, le faltan las fuerzas. 4 de octubre. Últimos días.
6 de octubre. Muere Jane a las seis y media de la tarde... 10 de octubre.
Cremación. 11 de octubre. Terminado el vigésimo primer artículo.» Mi padre
viajó a Londres el 16, y el 18 por la mañana cambió Londres por París..
Todos los que no conocieran
a mi padre seguramente se sentirán tentados a pensar que su comportamiento a lo
largo de aquel desdichado verano proclama a los cuatro vientos que se hallaba
acuciado por una prisa casi indecente de emprender una nueva vida. Sería un
craso error. Era su vieja vida la que deseaba proseguir, y precisamente durante
aquel verano decidió que las cosas seguirían igual que hasta entonces, sólo que
Odette ocuparía el puesto de Jane. No existía ni la más remota posibilidad de
que semejante programa llegase a funcionar, pero a él esto ni se le había
pasado por la cabeza. Ello se debe en parte, tal como ya he dicho, a que él
tuviese una idea fundamentalmente equivocada de ella, y en parte porque él no
había entendido como hubiese sido deseable la voluntad que ella manifestó, es
decir, tocar de segundo violín en la orquesta al menos durante la vida de Jane.
Él se lo tomó como un paralelismo de la desmesurada tolerancia que había
manifestado su esposa para con sus passades. No se dio cuenta de que la
voluntad de Odette en cuanto a seguir adelante con semejante pacto se basaba en
una admisión formal de los derechos de una antigua amistad. Ella era en lo más
hondo de su corazón una mujer completamente convencional, y nunca tuvo la
impresión de estar investida del derecho de suplantar a una mujer que tanto
había significado para mi padre, durante tantísimo tiempo, y que además le
había hecho muchísimo bien. Sin embargo, para Odette una cosa era dejarle
marchar siempre que a él le viniese en gana estar con otra mujer con la cual
tenía una enorme deuda contraída, aun cuando hubiese dejado de mantener con
ella una relación sexual activa, y otra cosa muy distinta hubiese sido estar de
acuerdo con que él la dejase a su aire, todas las veces que le vino en gana,
siempre que se encontrase con una nueva mujer que le hubiese caído en gracia, y
que estuviese deseosa de tener una aventura con él. Ella simplemente podría
haberle perdonado el que tuviese aventuras pasajeras, sin más, mientras ella
hubiese seguido siendo el centro vital de su existencia física, pero no tenía
ni la más remota intención de someterse al pacto que él le iba a proponer. Esto
a él le pareció una enloquecedora incongruencia por parte de ella. ¿Qué derecho
tenía para convertirse en una mujer tan exigente y tan posesiva, virtualmente
de la noche a la mañana, después de haberle dejado ir y venir a sus anchas a lo
largo de varios años? A mi padre le exasperó la absoluta irracionalidad
implícita en el cambio de actitud mostrado por Odette. Ella empezó a sentirse
cada vez más impaciente ante lo obtuso de su actitud, ante la evidente falta de
percepción por parte de mi padre: ¿cómo era que no conseguía entenderla tal
cual era?
La tensión que surgió entre
los dos empezó a crecer a un ritmo constante, ya a lo largo de los últimos seis
años, y aunque de vez en cuando se aliviaba mediante arranques de farsa como el
que ya he descrito, finalmente alcanzó un nivel en el cual por fuerza tuvo que
producirse una explosión. La espoleta la encendió la respuesta de Gorki a los
acontecimientos que habían tenido lugar en Rusia. En su placentero retiro de
Sorrento, Gorki empezó a tener plena constancia de la persecución de que eran
objeto sus colegas los escritores allá en su patria, persecución que había
pasado de un simple acoso pertinaz de todos aquellos que fueran sospechosos a
convertirse en algo más parecido a un auténtico pogromo destinado a la
destrucción de la clase entera de literatos prerrevolucionarios. Todas aquellas
voces que no se limitaron a ser eco de lo que dictaba el partido fueron
silenciadas. Alexéi Maxímovich empezó a tener la sensación de vivir como un
desertor, de no haber cumplido con su deber precisamente por haberse marchado
al extranjero y por haber abandonado su puesto de intermediario reconocido
entre los escritores y el régimen. Tuvo la
sensación de que debía
regresar, comprobar si podía ser bajo el régimen de Stalin el mismo que había
sido en tiempos de Lenin. Quizá aún podría salvar a unos cuantos supervivientes
de la vieja vanguardia de la deportación, los campos de concentración o el
exilio. Su propio y acérrimo enemigo, Zinóviev, se había echado a perder en la
aciaga lucha por el poder que sucedió a la muerte de Lenin, y había sido
formalmente expulsado del partido en 1926. Con la desaparición de este
personaje, con su propio puesto oficialmente reconocido en el seno del partido,
y en calidad de padre del socialismo realista ruso y de padrino de la
literatura soviética, quizá tuviese alguna oportunidad de que Stalin le
prestase atención. Gorki regresó brevemente en 1928 y finalmente, tras probar
la temperatura del agua otras dos o tres veces, terminó por embalar todos sus
libros y papeles y marchó a Rusia acompañado por su hijo, su nuera y sus dos
nietas, en mayo de 1933.
Moura Budberg, tal como se
la conocía ya entonces, no regresó a Rusia con Gorki. Él le había dicho desde
el principio que aun cuando estuviera casi seguro de que su situación interna e
internacional le posibilitaría la vida en Rusia, no creía que el manto de su
nombre y de su fama fuera suficiente para protegerla a ella en el supuesto de
que quisiera acompañarle. Aquel riesgo era algo que él no podía pedirle que
asumiera; él se sentiría de hecho más cómodo si ella se quedase en el
extranjero. La baronesa Budberg marchó a Londres mientras Gorki estaba en
Rusia, durante el otoño de 1931, y allí vio a mi padre. Todos los sentimientos
que ella le había suscitado en 1920 despertaron con este encuentro, y él empezó
a escribirle tan pronto como ella regresó a Sorrento. En sus cartas, él le
insta a que vaya a vivir a Inglaterra, siempre y cuando Gorki se mantenga en
sus trece e insista en repatriarse; también volvió a reiterarle cuánto había
significado ella para él. Ella contestó a estas cartas de una manera que no dejaba
lugar a dudas: seguía tan interesada por él como él siempre lo había estado por
ella.
Odette se las ingenió para
echar mano a alguna de las cartas de Moura Budberg a mi padre, a finales de
1932. Juzgó simplemente por el tono de las mismas que mi padre estaba a punto
de embarcarse en una nueva aventura, mucho más seria de lo que sería aconsejable.
Armó una pataleta tremenda. Mi padre aplacó la tormenta provisionalmente
diciéndole que no estaba en marcha nada que pudiera molestarla, que simplemente
se trataba de dos viejos amigos que habían renovado el contacto el uno con el
otro, solamente por los viejos tiempos. Esto a Odette no llegó a convencerla
del todo, y así se lo dijo a mi padre. Ahora bien, ella dejó pasar el asunto.
La reacción de mi padre ante la inacción de ella no pudo ser más típica.
Decidió que, habida cuenta de que ella ya conocía su interés por Moura Budberg,
y puesto que siguió viviendo con este conocimiento como si tal cosa, en el
futuro la mantendría puntualmente informada de todo lo que ocurriese y tal como
ocurriese, o incluso por anticipado, tal como había mantenido a Jane al
corriente de todos sus planes, de todas sus aventuras. Con notable cortedad de
mente, llegó a pensar que ya no habría más malentendidos ni más rabietas. Fue a
finales de la primavera de 1933 cuando le dijo a Odette qué tenía previsto
hacer durante las semanas siguientes.
Había hecho los preparativos
necesarios para encontrarse con Moura Budberg en Dubrovnik, sede del congreso
anual del PEN Club; cuando hubiese terminado esta reunión, pasaría unas breves
vacaciones en Austria, naturalmente en compañía de Moura. Luego, Moura
regresaría a su nueva casa en Inglaterra, y él a su vez regresaría a Grasse,
donde, por descontado, daba por hecho que Odette estaría esperándole.
Mi padre se quedó
estupefacto por cómo recibió Odette este anuncio de sus planes. Estaba ya
acostumbrado a los temperamentales estallidos de Odette, y con el tiempo había
aprendido que lo propio era dejar que hasta sus más violentas explosiones se
extinguieran por sí solas. Esta vez, empero, ella no hizo ninguna
representación espectacular. Esta vez le dijo, con una precisión que a él
incluso le hizo sospechar que ella ya había consultado con un abogado, qué era
lo que iba a suceder en el caso de que efectivamente se fuese a Dubrovnik con
aquella otra mujer. Después podría regresar a Grasse, por supuesto, pero no
para quedarse, sino para recoger sus efectos personales.
Él había hecho construir la
casa para ella, tal como él mismo le había dicho infinidad de veces, y le había
otorgado un documento en el cual le garantizaba que la casa sería propiedad de
ella de por vida. Así pues, la casa era de Odette y de nadie más, al menos
mientras ella viviese. Esta noticia fue para mi padre una completa novedad. Se
diría que en un momento dado llegó a convencerse de que en el supuesto de que
se produjese su ruptura con Odette, por la razón que fuese, ella le devolvería
la casa, aun cuando solamente fuese por su honor. Sobre esta cuestión, mi padre
albergaba unos sentimientos tan intensos que salpicaron la biografía escrita
por Norman y Jeanne MacKenzie cuarenta años después, llevándoles a concluir el
capítulo dedicado a este tramo de su vida con una pieza verdaderamente
espléndida, por lo que atañe a la súbita transición de lo sublime a lo
ridículo: «Tuvo que ser una durísima decisión abandonar la casa que se había
hecho construir. Sin embargo, el 22 de mayo H. G. recorrió el olivar de la
entrada por última vez, dirigiéndose a Carmes, donde había de tomar el tren con
rumbo a Trieste. "Fue tremendo el esfuerzo —escribió un año después—, pero
una vez más fue aún mayor el efecto liberador que tuvo."» Ahora bien,
el episodio no tuvo exactamente ese desenlace. Odette le había obligado a hacer
las maletas: lo había echado de una patada.
Capítulo VII
«Ojalá no tuviese sesenta
años... Ojalá dispusiera aún de una inextinguible reserva de energía nerviosa
que pudiese interponer entre mí mismo y la fase de irritación que se avecina...
Tal vez aún me queden quince años por delante, tal vez me queden veinte. Es
mucho lo que aún puedo hacer en semejante ración de tiempo, siempre y cuando
empiece con buen pie y me acompañe la buena suerte.»
The World of William Clissold
Es imposible negar que mi
padre empezó a tener muy mala prensa desde comienzos de los años treinta, y que
ya a finales de dicha década experimentó notables dificultades a la hora de colocar
sus obras. Creo que esto se debe a que dejó de emitir en la misma longitud de
onda que los intelectuales de izquierda. El grueso de sus escritos, ya desde
finales de los años veinte y en lo sucesivo, tuvo por fuerza que resultar
intolerable a quienes deseaban apostar a la carta del comunismo en contra del
creciente poder del fascismo. Él mismo dio pie a que así fuese, al proclamarse
socialista antimarxista comprometido con la óptica según la cual la propia
rigidez de los dogmas marxistas los hacía inservibles en tanto herramientas
adecuadas para aprehender las realidades de un mundo en continua evolución. Se
mantuvo particularmente firme en su adhesión a una tesis suya, según la cual no
había ningún futuro para un partido de clase trabajadora que se considerase en
posesión de unos intereses diametralmente opuestos a los del resto de la
comunidad. La fidelidad a ese concepto entrañaba una idéntica fidelidad a la
guerra de clases, y por fuerza había de resultar tan destructiva para el
potencial humano, tan corrosiva, como cualquier otra clase de beligerancia.
Solamente podría desembocar en un callejón sin salida, para el socialismo y
para el progreso de la humanidad. Sin embargo, otro de los hechos que le
pusieron al margen de la pálida mirada de la izquierda fue una frase que
apareció en El mundo de William Clissold, novela publicada en 1926: «Prefiero
mirar a Norteamérica[85] en vez de a Moscú
cuando se trata de averiguar dónde habrán de darse las primeras entregas de la
auténtica revolución.»
La auténtica revolución, en
este orden de ideas, no tenía nada que ver con la sustitución de un conjunto de
personas privilegiadas por otro similar, ni con la exacción de las antiguas
deudas contraídas. No tenía por qué ser un asunto en el cual los pobres dieran
a los ricos su merecido, ni nada por el estilo. Su propósito era conseguir que
los hombres de buena voluntad, procedentes de todas las clases sociales,
trabajasen en unión por la creación de una sociedad justa y próspera, una
sociedad de hombres libres, de leyes humanas y de amplia tolerancia, todo lo
cual estaba ya en marcha desde 1776.
La decisión que llevó a mi
padre a optar por los Estados Unidos en tanto escenario probable en el cual
habrían de darse las etapas iniciales de la revolución consensual con la que
soñaba fue, qué duda cabe, muy arriesgada para la época. Durante la década de
los veinte, la mayor parte de los europeos seguían contemplando Norteamérica a
través de un velo de resentimiento generado por la dureza con que el Congreso
insistía por entonces al tratar el tema de las deudas de guerra, por su
descarado sabotaje de la Liga de Naciones, por la jactancia y la presunción con
que insistía en haber ganado una guerra en la que apenas si había tomado parte.
La Norteamérica de los padres fundadores, su magnífica constitución, el propio
Lincoln, estaban casi olvidados durante aquellos amargos años. Era difícil que
los extranjeros que volviesen la mirada hacia el Oeste llegasen a ver otra cosa
que el extraño, abigarrado país del que se burlaba Mencken: la patria de Warren
Gamaliel Harding y del Gabinete de la Cocina, la patria de Coolidge, con su
gorro de pieles a la manera de los indios y su cuello duro, la tierra protegida
por unas barreras arancelarias enloquecidamente elevadas y por unas cuotas de
inmigración súbitamente contrarias al liberalismo, la tierra en que se había producido
el juicio contra los Scopes, la tierra de Sacco y Vanzetti, de Aimee Semple
McPherson y, a todas luces, la tierra en la que fermentaban el nacionalismo más
desproporcionado y el comercialismo más ruidoso que el mundo hubiese podido
conocer a lo largo de la historia. Mi padre no se quedó impertérrito ante la
eflorescencia de aquellos Estados Unidos de entreguerras. Había atravesado una
fase de intensa irritación por todo lo norteamericano, hacia 1919 y 1920,
cuando los republicanos pusieron a caer de un burro el tratado de paz que había
firmado Woodrow Wilson; revivió estos sentimientos acerca del triunfo de los
aislacionistas haciendo imprimir un mapamundi truncado, en el que aparecía un
solo hemisferio, en la cubierta de la última de las veintiséis entregas
quincenales de Perfil de la historia: sobre un pie de ilustración que
anunciaba a bombo y platillo «La siguiente etapa», mostraba el continente
euroasiático, África y Australia, con una rimbombante leyenda: LOS ESTADOS
UNIDOS DEL MUNDO en gruesas letras de molde que abarcaban el espacio comprendido
entre París y Pekín. Norteamérica no salía en el mapa. Se hallaba en el otro
hemisferio, a la vuelta, a su aire, al margen de las cosas, es decir, allí
donde el Congreso había decidido colocarla por inconfesables, injustificables
motivos.
Pero a pesar de las
payasadas de aquellos fanáticos de la Biblia, a pesar de los abucheos de
aquella bobocracia, mi padre fue incapaz de seguir molesto con los Estados
Unidos durante demasiado tiempo. Sabía que la energía creativa del país y su
compromiso con los principios estatuidos por la Constitución seguían intactos,
y tan pronto llegó a. Washington con objeto de cubrir periodísticamente la
conferencia sobre desarme naval celebrada en 1922, pudo comprobar con sus
propios ojos que allí seguía también la enorme seriedad de la nación, y que las
estupideces que salían en los titulares de prensa eran meramente los signos
externos de algo semejante a una crisis de adolescencia. La fase de la historia
norteamericana durante la cual el sector agrícola y ganadero del país había
constituido el meollo mismo de la vida de la república tocaba ya a su fin, al
tiempo que el país entraba en su madurez en calidad de sociedad industrial
dotada de un relevante papel internacional. Aún no estaba preparada del todo
para asumir conscientemente las funciones de líder mundial, pero en tanto
sociedad puntera en los terrenos de la organización industrial y de las
aplicaciones de las innovaciones tecnológicas ya empezaba a moldear el curso
futuro de la historia social con la misma eficacia con que lo había moldeado en
los tiempos en que las ideas que tan clara expresión tuvieron en la literatura
de la revolución, hasta el punto de recorrer el mundo entero para poner punto
final a una época y dictar el tono de la época siguiente.
Mi padre adoptó el punto de
vista, y yo creo que con acierto y corrección, de que una república
industrializada, como eran los Estados Unidos, iba a constituir un factor
decisivo en la promoción del progreso social, muchísimo más de lo que había
sido cuando su influencia fue predominantemente ideológica. La lógica del
desarrollo industrial, en un país que había padecido una perenne escasez de
mano de obra, daba al traste con el proletariado que predicaba el dogma
marxista. Una sociedad plenamente industrializada, y dependiente, en lo tocante
a su prosperidad, del uso que se diera a las máquinas y del suministro
energético, de ninguna manera podía permitirse el lujo de contar con una clase
social inferior, asaeteada por la pobreza, compuesta además por analfabetos y
retrasados mentales. Era por sí mismo evidente que los hombres y las mujeres
que hubiesen padecido hambre y miseria en su infancia y su juventud de ninguna
manera podían ser los contribuyentes, ni mucho menos los productores o los
consumidores de una riqueza común. De hecho, el sentido común había llevado las
inversiones norteamericanas a apostar por el progreso social. Su necesidad de
trabajadores a los que valiese la pena contratar entrañaba la idea misma de
contar con una población educada, para lo cual la educación debía ser gratuita,
exactamente igual que su necesidad de clientes subrayaba la importancia de que
los salarios estuviesen muy por encima de una simple paga de subsistencia. A
pesar de la reputación de maligno que tenía el empresario norteamericano, fue
precisamente en sus talleres y en sus factorías donde se aprendieron todas
estas lecciones, así como otra muy simple: que una jornada de muchas horas, en
condiciones precarias, era menos beneficiosa para todos los implicados que una
jornada relativamente más breve y que tuviese lugar en plantas industriales
limpias, bien iluminadas y bien ventiladas. Algunos de los negocios
norteamericanos no empezaron bien, y siguieron yendo relativamente mal al menos
sectorialmente, con el respaldo de la tradición local de la resistencia a la
regulación y al control, pero a comienzos de este siglo, tal como lo entendía
mi padre, la tendencia a nivel nacional era la huida de la explotación y la
aproximación a una sociedad regida por una comunidad de intereses. A él le
parecía que el primer gran logro social de la república, la destrucción de la
estructura social que reconoce implícitamente una división fundamental entre
sus diversas categorías, es decir, entre los que gobiernan y los que son
gobernados, empezaba a tener continuidad en otro logro, en el cual las barreras
entre empresarios y trabajadores empezaban a resquebrajarse y a desmoronarse.
Cuando mi padre vio por vez
primera esta sociedad nacida a raíz de la Revolución norteamericana, en 1906,
le impresionó el grado extremo hasta el cual estaba amenazada por la codicia de
la clase empresarial, por una parte, y por el influjo de proletarios europeos
por la otra. Intuyó que por Ellis Island entraba en Estados Unidos una clase
inferior cuyo futuro habría de ser desastroso, y empezó a temerse lo peor. Sin
embargo, a lo largo de los años terminó por reconocer la fuerza de que había
dotado a la sociedad la carne y la sangre de la Constitución y del Tribunal
Supremo, así como el apasionado deseo de norteamericanización que poseía a la
inmensa mayoría de la masa inmigrante. Los componentes de esta masa habían
acudido a los Estados Unidos, según se dio cuenta, no solamente a ganar dinero,
sino más aún con la intención de convertirse en miembros de una sociedad libre
y racionalmente gobernada. Que la Norteamérica de Harding, de Coolidge y de
Hoover se quedara muy corta respecto de sus ideales, y considerablemente mucho
más corta respecto de los ideales nativos, era algo que carecía de relevancia
para el caso. Por defectuosa que pudiera ser la coyuntura del momento, las
aspiraciones proclamadas en los documentos que constituían la carta fundacional
de la república siguieron siendo a todos los efectos sus metas. Se trataba de
una sociedad comprometida. Y entre 1931 y 1933, a medida que se tambaleaba por
efecto del impacto sufrido a causa de un desastre económico que condujo a toda
clase de inevitables golpes de estado y de dictaduras militares en diversos
países europeos, Estados Unidos se mantuvo fiel a sus principios elementales.
La respuesta norteamericana ante las mismas condiciones que en Alemania dieron
a Hitler el poder fue, ni más ni menos, Franklin Delano Roosevelt y la política
del New Deal. La respuesta personal de mi padre ante el curso de los
acontecimientos, ante la situación propia de aquellos años, fue un intento por
utilizar su posición de publicista dotado de un público internacional para contrarrestar
la deriva tanto de la derecha como de la izquierda hacia un totalitarismo
sumamente simplista. Esta actitud refleja su creencia de que la vida de una
sociedad libre depende casi por entero de un continuado debate acerca de sus
principios, sus metas inmediatas y sus objetivos a la larga. A principios de
1932 tomó asiento ante la mesa de trabajo que tenía en casa de Odette Keun, en
las afueras de Grasse, para redactar un memorándum en el cual quiso definir los
términos de lo que en su opinión podría ser un consenso liberal viable que bien
podrían suscribir todos aquellos que creyeran en el concepto de una sociedad
libre. Perfilaba en líneas muy generales un ideal social alternativo al que
habían propuesto los totalitarios, aparte de sugerir la vía que podría conducir
a él sobre la base de una expansión progresiva del sector público en la
industria y las finanzas, la creación de un sistema monetario internacional, el
control internacional del tráfico de armas, un programa global de educación, la
adopción de una declaración universal de derechos en la cual se garantizasen la
libertad de opinión, de información, de publicación y de radicación. Cuando
hubo elaborado esta sinopsis positiva de todo aquello de lo que estaba a favor
-creyó que esta opción resultaría mucho más útil que una proclama puramente
negativa de su hostilidad hacia el fascismo-, hizo que circulara este borrador,
enviándolo a un número muy considerable de figuras de relevancia pública, tanto
en Europa como en los Estados Unidos, que en su opinión tenían una influencia
incluso más abrumadora que la suya propia. Confiaba dar pie de esta forma a una
discusión internacional de los principios democráticos, de la cual
probablemente surgiría un terreno común de rasgos antifascistas. En este sentido,
y al menos por el momento, se llevó una decepción. No obtuvo la respuesta que
esperaba; no comenzó ningún debate generalizado. Entendió, aunque demasiado
tarde, que su planteamiento había sido erróneo. Había subrayado lo positivo
hasta tal extremo que virtualmente excluyó lo negativo. Las recetas propuestas
en su borrador daban a entender que su actitud era bastante lejana de la
realidad, por ignorar en concreto la contundente realidad de la amenaza
fascista. No era ése el caso. Como de costumbre, había optado por un
planteamiento a largo plazo. Había entendido con acierto que el fascismo era un
mero episodio, y un episodio menor, en la época de problemas por la que habría
de atravesar el mundo antes de que un nuevo orden mundial de concepciones más
sólidas pudiera gozar de carta de naturaleza a partir, se entiende, del
desmoronamiento del antiguo orden de estados nacionales. Tuvo la impresión de
que el asunto más acuciante, de cara al futuro, era convencer a la mayor parte
de la humanidad de que estaba en sus manos cambiar nada menos que el curso de
la historia, y limitar la extensión y la duración de los serios problemas que
se avecinaban, siempre y cuando se trabajase en pro de una serie de objetivos
concretos. Tenía la vista fija en el horizonte; miraba mucho más allá de la
pugna contra las dictaduras nacionalistas que entonces empezaba a fraguarse, y
entendía que la verdadera cuestión de la época terminaría por resumirse en un
dilema entre el modelo ruso y el modelo norteamericano.
Hay quienes atribuyen la
configuración del pensamiento de mi padre a lo largo de la década de los
treinta al hecho de que se hallase «aislado del impacto que produjo la
depresión» precisamente por su riqueza y por su aislamiento en Provenza. De
haber estado más cerca del meollo de las cosas, según se me ha comentado alguna
vez, se habría dado cuenta de que el hundimiento del mercado de valores en 1929
había acabado con su sueño tanto del futuro de Norteamérica como de un proceso
evolutivo mediante el cual las grandes
corporaciones crecerían
mucho más que los estados nacionales en los que habían nacido, para convertirse
en instituciones multinacionales dotadas del poder suficiente para erosionar
las soberanías y así, mediante la creación de una comunidad económica global,
sentar los cimientos de un estado mundial. Por haber estado «metido hasta las
cejas en la vida social de los acaudalados y listísimos habitantes de la
Riviera», se le había pasado por alto que la depresión había dado al traste con
los meganegocios que él, con suma inocencia, había tomado erróneamente por la
oleada del futuro. Hoy se dice incluso con menos placer que fue precisamente la
vanidad de mi padre lo único que le evitó el abrazar la causa del totalitarismo
a comienzos de los treinta. Se suele alegar que tenía una afinidad natural
tanto con el comunismo como con los fascistas, y si logro entender a estos
críticos en su justo punto, su creencia es que se habría arrojado de lleno en
brazos de unos o de otros si no hubiese sido por su engreída convicción de que
debieran haber sido ellos los que acudiesen a cortejarle, y de ninguna manera
al revés. A partir de ahí, el siguiente paso era indicar que, en tanto autor de
The Shape of Things to Come (El perfil del porvenir), mi padre fue uno
de los creadores del espíritu de Munich. Según esta tesis, la fantasía en
cuestión, que vio por vez primera la luz en 1933 y que muy poco después dio pie
a una película en la cual participó activa y cautivadamente mi padre, tiene que
ser considerada como uno de los múltiples factores que generaron un nutrido
apoyo público a la política de apaciguamiento, precisamente por contener
imágenes de un masivo ataque aéreo sobre Londres, que astutamente tendría
lugar, en la ficción, en 1940. Lo cierto es que el libro, al igual que la
película, tiene el carácter de uno de aquellos espantosos anuncios que a mi
padre tanto le agradaba lanzar. El mensaje que expresa muy a las claras puede
resumirse en un simple grito de «¡Cuidado! Así estarán las cosas, y así
habremos de vernos, si no adoptamos ahora una actitud tajantemente contraria al
fascismo». Se ha comentado que la película tiene su origen en una intención
antibelicista, pero lo cierto es que una cosa así es lo último que habría
podido producir mi padre por aquel entonces. Sentía en aquella época una
particular impaciencia y una especial aversión frente a la causa del pacifismo,
ya que a cada día que pasaba se le hacía más evidente la necesidad de combatir,
de derrotar a las potencias fascistas. Era partidario de adoptar una actitud
firme y contraria al fascismo, y estaba convencido de que la guerra iba a
librarse antes o después, ya que las sociedades libres podrían terminar por ser
imposibles de distinguir de las sociedades totalitarias caso de verse
involucradas en los rigores de una guerra desesperada por su propia
supervivencia. A pesar de la claridad de sus intenciones, los que le critican
en este sentido defienden que su deseo era ver al mundo entero lanzado a una
larga y destructiva guerra, postrado durante una prolongada etapa de anarquía,
de la cual habría de surgir una tiranía puritana de tecnócratas y científicos,
porque estaba furioso dado que nadie había prestado oídos a sus propias
prédicas. La tesis que se sostiene es que escribió El perfil del porvenir para
castigar a su época por haberle hecho sentirse fútil e insignificante.
Ahora bien, es muy raro que
fuese precisamente entonces, en 1933, cuando publicó el volumen más didáctico
y, desde el punto de vista de la literatura, el de menos éxito de todos los
suyos; este volumen, además, desempeñó un malhadado papel. En 1932, mientras
hacía circular aquel desafortunado borrador en el que tomaba postura y esbozaba
su concepción de los puntos que debiera contener una declaración de principios
antifascistas que fuese íntegramente viable, un editor berlinés decidió
publicar una traducción de aquella novela suya de 1914, hacía tanto tiempo
postergada y condenada al olvido, titulada El mundo en libertad. No es
que esta exhumación hiciera llegar la sangre al río, pero un año después un
ejemplar cayó en manos de Leo Szilard, un físico cada vez más prominente. No
hacía mucho tiempo que se había dado cuenta de que, teóricamente, una reacción
en cadena que liberase la energía encerrada en el núcleo del átomo era algo que
podía lograrse en la práctica; entre 1932 y 1933 había ideado un procedimiento
que sería incluso posible patentar. En consecuencia, le dejó de una pieza el
primer capítulo del libro, en el cual se presentaba a un joven físico llamado
Holsten, cuyos trabajos estaban encaminados en esta misma dirección... en el
año 1933. Mientras a Szilard le colmó de placer este presagio favorable a sus
intereses, le impresionó de forma muchísimo más seria la descripción que
ofrecía mi padre de las secuelas de su descubrimiento. El físico de la ficción
era un científico de la vieja escuela, convencido de que la publicación abierta
de sus resultados era un deber que había contraído con la comunidad científica;
había publicado, pues, de acuerdo con sus convicciones, sus hallazgos, y esa
publicación había desembocado en una guerra atómica de proporciones mundiales,
vividamente descrita, por cierto. Szilard consideró estas posibilidades a la
luz de lo que por entonces acontecía en Alemania, y cuando por fin se vio en
condiciones de patentar su invento, ya tenía preparado un plan. «A sabiendas
de lo que esto iba a significar — escribió tiempo después — , y conste
que lo sabía por haber leído a H. G. Wells, no quise que esta patente se
hiciese pública. Y la única forma de impedir que se hiciese pública fue,
evidentemente, asignarla al Gobierno. Así pues, la asigné al Almirantazgo
Británico.»
Lógicamente, es posible que
haya quien aún sea capaz de creer que el mundo sería hoy en día poco más o
menos tal y como es si la máquina de guerra fascista hubiese podido equiparse
de un armamento atómico antes de ponerse en movimiento; probablemente haya
quien califique esta hipótesis de trivialidad irrelevante. Yo, personalmente,
no soy capaz, y teniendo muy en cuenta un comentario de Speer, según el cual
los nazis habían estado demasiado ajetreados con su propia guerra como para
mostrar al mundo hasta qué malvados extremos estaban dispuestos a llegar, me
siento sin ninguna duda muy alegre de que mi padre hubiese escrito El mundo en
libertad y de que un ejemplar cayera en manos de Szilard en aquella particular
coyuntura.
Sin embargo, no contamos
únicamente con este extraordinario golpe de fortuna a la hora de justificar
tanto la convicción que tenía mi padre de ser un hombre útil e influyente, como
su obstinada insistencia en escribir un libro de cuño muy personal, dentro de
lo funcional en términos sociales y de lo estéticamente irreprochable. Tiene
derecho a gozar de no poca importancia en calidad de individuo que desde 1914 y
en lo sucesivo predicó la doctrina de lo deseable y lo viable, de la cual
resultaría la creación de un mundo de dimensiones supranacionales,
detalladamente, ante una masa de votantes cada vez mayor. Se ha dicho en más de
una ocasión que su implacable defensa de esta causa le costó la mayor parte de
la posición de la que gozaba ante el público en general, y no ya sólo ante los
intelectuales de izquierda, a mediados de los años treinta. Suele decirse que
su persistencia en seguir tocando el mismo sonsonete a esas alturas había
obligado a la mayoría de las personas que lo conocían a tildarlo de anciano prematuramente
envejecido, que se había quedado sin ideas frescas; esta sensación nos
transmite también la que era por entonces opinión de recibo en el mundillo
literario, aun cuando en realidad pase por alto el hecho de que la mayor parte
de la humanidad toda ignora a su vez los valores literarios cuando se trata de
considerar una serie de ideas. Aun cuando sin ningún lugar a dudas mi padre
estuviese aburriendo soberanamente a la minoría, estaba haciendo tanto como el
que más para forjar el clima de opinión, en el seno de la inmensa mayoría,
necesario para propiciar la creación de las Naciones Unidas y el
establecimiento de la Comunidad Económica Europea en tanto parte inevitable y
consustancial del proceso de paz que habría de llevarse a cabo una vez concluida
la Segunda Guerra Mundial. Quienes creen, como es mi propio caso, que estas
instituciones se cuentan entre las más prometedoras de cuantas creaciones
sociopolíticas ha logrado la humanidad a lo largo de toda su historia,
encontrarán difícil de aceptar la idea de que mi padre fue un artista manqué
que echó a perder su tiempo y que disminuyó su talla intelectual por estar
empeñado en faenar, durante el último tercio de su vida, en este particular
terreno.
Pero al margen de lo extenso
o reducido que hubiese sido su público durante aquellos años, no existe ni la
más remota sensación de que sus reacciones fuesen cada vez más lentas, ni de
que se debilitase a ojos vista, al menos en la actividad más característicamente
wellsiana que le ocupó a comienzos de los años treinta, un texto del que con
justicia iba a extraer el climax de su autobiografía. En ese libro, que es a
medias novela y a medias lo que proclama su título, se propuso describir las
aventuras mentales de un hombre nacido en el seno de la oscuridad provinciana,
en 1866, y que vivió en su propia carne la apasionante experiencia de abrirse a
la mentalidad moderna. Comienza con una descripción de la humildísima casa en
que nació, siendo el último e indeseado hijo de una pareja de criados que
habían terminado por instalar un negocio de tenderos, y concluye con una
alborozada celebración de su llegada al auténtico corazón de las cosas. Ello le
supone un problema. ¿Cómo podrá convencer a sus lectores de que realmente ha
alcanzado una esfera más amplia?
Peca de algo más que de una
absoluta ingenuidad cuando le llega el momento de presentar su solución, y
sugiere que lo más notorio que le fue dado hacer fue precisamente producto de
un capricho: «Durante la primavera de 1934[86] se me metió en la
cabeza la idea de comparar al presidente Franklin Roosevelt y al señor Stalin...»
Tras tomar la decisión de establecer dicha comparación, mi padre acudió a
visitar al presidente de los Estados Unidos en mayo y al jefe del estado ruso
en julio.
La versión que aduce mi
padre de este episodio es un texto muy compacto y habilidoso: en muy pocas
páginas reproduce una serie de impresiones, como si dijéramos grabadas al
aguafuerte, de la riquísima diversidad de opinión que encontró en Estados
Unidos, de la apertura de sus expresiones, de la receptividad propia de aquella
sociedad. Trata con brillantez la diversidad de estilos presidenciales que ha
notado en los cuatro hombres que, en diversos momentos, le recibieron en la
Casa Blanca: Theodore Roosevelt, Harding, Hoover y Franklin
Delano Roosevelt. Respecto del poder efectivo de este último había albergado
serias dudas cuando llegó el momento de su elección, pero al conocerle
personalmente, al conocer a aquel hombre cuya curiosidad era insaciable, cuya
prontitud de ingenio era notabilísima, al igual que su inteligencia siempre
alerta, quedó enteramente convencido por él, así como por el espíritu de su
administración presidencial. Contrasta la flexibilidad y la apertura del
régimen, el crecimiento continuo de la mentalidad de este líder, con la rigidez
del conformismo que regía los destinos de Rusia, siendo dicho conformismo más
mortuorio en el Kremlin que en ninguna otra parte. Las páginas más eficaces de
las que dedica en efecto a Rusia son aquellas en las que pinta el espantoso
deterioro que se había apoderado de Gorki después de su regreso de Italia. Mi
padre lo encontró en un estado lamentable. Todas aquellas esperanzas con las
que había regresado a su patria en 1928 habían dado pie a amargas decepciones,
y su postura había terminado por ser de una ambigüedad asquerosa. Se le tenía
de continuo por escritor favorito de Stalin; se le consideraba el héroe
cultural del régimen. Pero aun cuando se pusiera su nombre a las calles, las
avenidas, las plazas, las escuelas primarias, los hospitales, las
urbanizaciones e incluso a ciudades enteras, por todos los rincones de Rusia,
vivía aprisionado por el miedo, vivía precariamente asentado sobre el filo de
la navaja, entre el favor y la desaprobación, sin atreverse ya a decir ni
palabra en ninguna de las lenguas extranjeras que con tanta facilidad hablaba
anteriormente, por miedo de dar color a la acusación de que seguía coqueteando
con la burguesía internacional. No se trataba tan sólo de que tuviese miedo,
sino que además renegaba constantemente, a través de aquellos intérpretes de
lengua plomífera, que filtraban todos sus pronunciamientos: renegaba
precisamente de aquellas ideas de libertad personal e intelectual en las cuales
había creído apasionadamente con anterioridad.
Estas páginas resultan
conmovedoras, por ser el lamento de mi padre por un amigo perdido, pero son
también fuente de agitación, por ser el pronunciamiento de un hombre orgulloso
de su libertad, en el cual condena sin paliativos la tierra baldía de los miedos
y los sicofantes en que se había convertido el país de la revolución bajo el
mando de Stalin. Cuando se para a comparar lo que había visto en la Rusia de
1934 con lo que había visto en aquel país arrasado por el hambre, que había
visitado en tiempos de Lenin, no le queda otro remedio que reconocer la
realidad de los logros obtenidos en los años de Stalin. Pero a la luz de lo que
había hecho en Gorki el vivir a la fría sombra del georgiano, a la luz de lo
que se podía ver que había hecho en toda una generación de jóvenes
intelectuales y académicos, únicamente podía visualizar el régimen como un
aparato desprovisto de alegrías, en el cual ni siquiera existía la más remota
promesa de un futuro siquiera tolerable. Cuando hubo hablado
con Stalin, le dijo, sin
pelos en la lengua, qué enseñanzas había extraído de aquellos dos encuentros.
Tuvo razón en 1926. Y fue a la postre la administración de Roosevelt la que le
proporcionó la visión de lo que era y de lo que debía ser un gobierno verdaderamente
moderno en acción. El futuro se encontraba allá, en Washington. La vía rusa
había desembocado en un callejón sin salida.
Las cáusticas páginas que
cierran la autobiografía de mi padre tienen su correlato y respaldo en las
actas taquigráficas de su diálogo con Stalin. En esta ocasión no cabe ninguna
duda de lo que se dijo. Todo lo que dijeron un hombre y el otro quedó registrado
en el acto por un tal camarada Umanski, del Ministerio Soviético de Exteriores.
Tuvo que estar presente en calidad de intérprete ya que, al contrario que
Lenin, Stalin no hablaba inglés. A pesar de esta dificultad de orden
lingüístico, el encuentro no tuvo ni por asomo ese aspecto de cortés rechazo
que suelen dar los hombres de poder a ciertas celebridades más o menos
irrelevantes, pero en todo caso inevitables, que consiguen hacerse un hueco en
sus apretadas agendas de trabajo. Mi padre entró en el Kremlin esperándose a
medias un tratamiento por el estilo, convencido de que bastante suerte tendría
siempre que pudiese pasar una media hora con el gran hombre. Sin embargo,
cuando le dio a entender que estaba abusando de su tiempo, a los cuarenta
minutos de entrevista, Stalin le dijo que aún disponía de dos horas y veinte
minutos más. Mi padre hizo un uso completo de esta generosa concesión, en lo
cual, creo yo, manifestó un valor considerable. No es que estuviese en ninguna
clase de peligro físico, por descontado, al hallarse cara a cara con el tirano,
pero cuando llega la hora de la verdad no es fácil hablar libre, confiadamente,
con un hombre poderoso y sanguinario. Mientras Stalin permaneció sentado con
él, impasible, jugueteando con una de sus famosas pipas, mi padre hizo acopio
de todo su valor para hacer lo que tenía que hacer, y así lo hizo. Le dijo a
Stalin que debería abandonar, por el bien de la humanidad entera, dos de sus
estatregias políticas: el anegamiento de toda la disensión y la institucionalización
de la lucha de clases. Le dijo a Stalin que, a esas alturas, una y otra ya
habían producido en Rusia daños de alarmantes dimensiones, y que dichos daños
llegarían a ser irreparables siempre que dichas estrategias políticas se
llevasen a sus últimas consecuencias. No se trataba meramente de una cuestión
de pérdidas y de miseria, que padecía en carne propia el pueblo ruso, por más
apabullante que resultase ese aspecto; se trataba, más en serio, del efecto que
las brutalidades que iban inseparablemente a la par de la ejecución de estas
estrategias políticas estaban teniendo sobre la opinión pública del mundo
entero, y muy en particular en los Estados Unidos. Este último punto era de
crucial importancia respecto de los intereses de la humanidad, toda vez que los
Estados Unidos y la Unión Soviética, por ser una la principal potencia
industrial del mundo y otra su único equivalente potencial, eran naciones
claramente destinadas a surgir en calidad de superpotencias a lo largo de los
próximos veinte o treinta años. En ese lapso de tiempo, ambas se fortalecerían
notablemente, tanto en el plano económico como en el plano militar, muchísimo
más que cualesquiera otras naciones europeas o asiáticas que dentro del antiguo
orden fueron reconocidas como potencias. En tanto en cuanto ambas naciones
estuviesen dedicadas por entero a idénticos objetivos a largo plazo —eliminar
la ignorancia, las carencias y las injusticias del seno de sus respectivas
sociedades — , y comoquiera que los medios elegidos para la consecución de esa
finalidad común, que podrían resumirse en la industrialización, contaban con
una lógica social propia que evidentemente los empujaba en una misma dirección,
no debería interponerse ningún obstáculo que impidiera el hecho de que fuesen
aliadas y colaboradoras. Pronto se hallarían en una posición que les permitiría
sacar el máximo partido de una oportunidad única en la historia, siempre y
cuando estuviesen dispuestas a reconocer los puntos en común, siempre y cuando
se propusieran la convergencia y no la confrontación. Toda vez que se hubiesen
disuelto los obstáculos que pudieran entorpecer su cooperación, en manos de
estas dos naciones estaría el sentar los cimientos de una comunidad global de
intereses, en la cual cabría esperar la desaparición paulatina de las
divisiones nacionales y las antiguas enemistades e inquinas. Podrían establecer
algo que, tras un proceso de evolución natural, seguramente podría convertirse
en un estado mundial cuando llegase el debido momento. Si esta oportunidad se
echase a perder a causa de que la cúpula soviética se mostrase excesivamente
rígida a la hora de dar los pasos necesarios de cara a dicha convergencia,
sería una auténtica tragedia. Los Estados Unidos ya habían mostrado cuál era el
camino que se debía emprender. Ya no se trataba de una sociedad capitalista en
el antiguo sentido del término. Las acciones emprendidas por la administración
Roosevelt, así como el solidario y masivo apoyo que le había dado el público
norteamericano, manifestaban a las claras que la República había optado
decididamente por la orquestación gubernamental de la economía. El ambiente que
se respiraba en Washington ponía asimismo de manifiesto la improbabilidad de
que se volviese a aquella situación en la cual el Gobierno federal era poco más
que una simple cifra. Había tenido lugar una auténtica revolución. Si los rusos
manifestasen su flexibilidad abandonando su hostilidad dogmática a los
conceptos relativos a los derechos del individuo y la libertad intelectual, así
como su terca lealtad a la ya desgastada e insostenible teoría de la lucha de
clases, posiblemente podría abrirse una brillante perspectiva para toda la
humanidad.
Mi padre fue desarrollando
esta tesis paso a paso, y el camarada Stalin rechazó someterla a su
consideración de idéntica forma, no sin aducir cortésmente sus motivos.
Confiaba mayormente en la técnica medieval del respeto a la autoridad, y
solamente se refirió de manera ocasional y pasajera a sus experiencias en este
mundo. En uno y otro caso, mi padre se sintió desconcertado por sus réplicas,
ya que se daba el caso de que la experiencia de Stalin confirmaba
invariablemente las tesis de las autoridades a las que acostumbraba apelar:
Marx, Engels y Lenin. A medida que fue desarrollándose la entrevista, empezó a
sospechar que ésa era con toda probabilidad la fuente de la que brotaba la
fuerza de Stalin en tanto líder del partido comunista: se podía dar por hecho
que nunca vendría a turbar al resto de los miembros del partido retándoles
mediante ideas originales, ni tampoco requiriendo de ellos un examen, y llegado
el caso un descarte, de cualquier doctrina que hubiese figurado dentro de los
cánones del marxismo-leninismo. Sus argumentaciones eran circulares. El
anegamiento de todo brote de disensión, por ejemplo, no podía hacer ningún daño
en Rusia, ya que lo que se pretendía —y se estaba logrando— asfixiar era
precisamente la crítica del marxismo-leninismo. que lógicamente era producto de
una mentalidad absolutamente subjetiva y mediatizada. La crítica y el debate,
por supuesto, eran necesarios, pero de ninguna manera era deseable la
reafirmación de errores ya contrastados. Sí que se necesitaba en cambio una crítica
marxista-leninista objetiva, fundada en las tesis adecuadas. Tales críticas
solamente podían proceder del seno mismo del partido. De igual forma, era
imposible que la lucha de clases produjese ningún daño en Rusia, y mucho menos
un daño irreparable, por cuanto que sus únicas víctimas serían los instrumentos
y los agentes de la burguesía internacional, enemigos declarados del pueblo
ruso. Mi padre cometió un craso error al decir que la mayoría de sus víctimas
pertenecían a una serie de categorías sociales de las que Rusia tenía una
especial necesidad, siempre y cuando se pretendiera cumplir las normas de los
planes quinquenales; de esto Stalin tenía que estar seguro, porque había
descubierto que tales personas, científicos, ingenieros, especialistas de todo
tipo, miembros de la llamada intelligentsia técnica, se habían contado entre
los más tercos miembros de la oposición a la reconstrucción socialista. Los
empleados y los asalariados, en su mayor parte, de ninguna manera constituían
una clase social, pues eran simplemente los que carecían de intereses en la
propiedad, y eran por fuerza enemigos de la clase obrera. En cuanto a la
cooperación con los Estados Unidos, para la Unión Soviética no era viable, ni
imaginable siquiera, ningún compromiso, ningún acuerdo de trabajo común con las
plutocracias y las llamadas democracias de Occidente. Para él seguirían siendo
lo que eran hasta que se hubiese abolido la propiedad privada. La propiedad
privada era equivalente del control, y mientras los capitalistas siguiesen
siendo los propietarios de los medios de producción en los Estados Unidos era
inviable hablar de un terreno común que pudiesen compartir su país y los
Estados Unidos. El «New Deal» de Roosevelt era un fraude destinado a poner
orejeras a las masas explotadas, a los proletarios norteamericanos, carentes de
los derechos más elementales. Cuando los Estados Unidos hubiesen atravesado el
proceso revolucionario, que por fuerza implicaba una absoluta expropiación de
la clase capitalista, solamente entonces existiría la perspectiva de la
convergencia y la colaboración.
Mi padre extrajo de ese
encuentro una serie de sentimientos encontrados. Había deseado ardientemente
que se le dijese que su sueño de un acercamiento ruso-norteamericano era en el
fondo algo más que un simple sueño, pero siempre había sabido, en lo más hondo
de su corazón, que el compromiso que mantendría la cúpula soviética con las
esterilidades de los dogmas marxistas descartaban dicha posibilidad. Le tuvo
que resultar una amarga decepción ver sus temores confirmados de forma
concluyente por el hombre que con más autoridad podía pronunciarse sobre dicha
cuestión. Ahora bien, el resultado negativo del encuentro no fue fútil. La
propuesta de mi padre, relativa a ese acercamiento ruso-norteamericano, había
sido rechazada sin ambages. Pudo cuando menos sentir una cierta admiración por
la honestidad y la sinceridad con que Stalin había hecho reventar la idea. Y
esto tuvo cierta importancia, dado que los partidos de izquierda que
sobrevivían en algunas democracias europeas y en el resto del mundo seguían
engañándose, abrazados a la idea de que la Unión Soviética seguía estando en lo
esencial de su parte. Al proponer la cuestión de una alianza con los
norteamericanos al líder soviético, mi padre pudo persuadirle para que revelase
hasta qué extremo era tal idea un engaño. El estado soviético estaba interesado
únicamente en la supervivencia del comunismo soviético, y nada más. El precio
del apoyo soviético a la causa común contra la amenaza del fascismo tendría que
ser el abandono de todo lo que semejase, aunque fuera de lejos, el concepto de
una sociedad abierta, así como un compromiso irreversible para con la versión
soviética del totalitarismo. Como quiera que no era ésta la idea que estaban
dando los portavoces de los partidos comunistas de otros países que no fueran
la Unión Soviética, como quiera que no era esto lo que entendían los partidos
de izquierda y de centro izquierda, la cándida afirmación de Stalin tuvo un
indiscutible valor.
Que mi padre sintiese la
obligación de darla a conocer al público en general tan pronto como le fuese
posible le llevó a disponer la publicación de la transcripción oficial rusa en
el que por entonces era aún un semanario de política y literatura de una considerable
reputación, el New Statesman, nada más salir de Rusia. Una vez realizada esta
operación no sólo no volvió directamente a Inglaterra, sino que se desvió de su
camino con objeto de pasar un mes en Estonia en compañía de Moura Budberg.
Por una serie de razones que
habré de explicar más adelante, mi padre pensó que eran muy escasas sus
esperanzas de disfrutar de este encuentro. En consecuencia, se alegró, y mucho,
de dejar zanjado el asunto de la publicación en el New Statesman antes incluso
de encaminar sus pasos a Tallin. Al margen de lo que allí estuviera
esperándole, todavía sintió renovadas ganas de asistir al debate sobre una
serie de cuestiones esenciales que iban a dirimirse a raíz de la publicación de
su entrevista. Si efectivamente se publicase, dicho con palabras del propio
Stalin, no había nada que esperar de los rusos, ya que quienes todavía deseasen
seguir viviendo en una sociedad libre tendrían que darse cuenta de que había
llegado definitivamente el momento de prepararse a luchar organizadamente en
contra del fascismo. No existía ni una sola posibilidad de salir victorioso de
ese combate si no se entendía previamente por qué se iba a combatir. Esta vez
iba a presentar al público algo que, al contrario de lo ocurrido con su memorándum
previo, nadie iba a poder permitirse el lujo de ignorar; era harto probable que
de todo ello surgiese un conjunto plausible de objetivos de guerra. Con estas
expectativas en mente, mi padre iba a llevarse una cruel decepción, y nada
menos que porque el director en funciones del New Statesman
era Kingsley Martin.
No sería hacerle justicia a
este característico intelectual inglés de izquierdas si se le describiese como
uno de esos compañeros de viaje, de clase media, cuya más sincera esperanza era
la de estar en todo momento en condiciones de proseguir el viaje sin llegar
nunca a su destino. Aunque no tuviera ningún principio propio, su conducta se
derivó del hecho de ser, por temperamento y por costumbre, un hombre de la
oposición, habituado a ir a la contra. Se habría mostrado contrario a cualquier
organización, sin pararse a pensar en sus complejidades y matices políticos; a
lo largo de los años treinta siempre se mostró incuestionablemente
prosoviético, no tanto porque creyera a ciegas en el marxismo, cuanto porque
entendía que abrazar la causa soviética era la mejor manera de buscarles las
cosquillas a los miembros de una clase en el poder eminentemente antisoviética.
Se sintió azorado al leer el manuscrito de la transcripción de la entrevista,
ya que había sido uno de los más batalladores de cuantas personalidades
abogaron por una política proclive a cerrar filas junto a Stalin en tanto única
manera de contestar a la inminente amenaza del fascismo. En sus manos habría
estado el solicitar a mi padre que se tomara la molestia de intentar publicar
la transcripción en cualquier otro medio, pero ello habría supuesto una afrenta
a su conciencia, que no era otra que la del periodista comprometido. Cuando
presentó su candidatura a la dirección del New Statesman se había propuesto
cimentar y ampliar su reducidísima divulgación; de sobra sabía que «Wells Talks
with Stalin» («Entrevista de Wells con Stalin») bastaría para vender muchos más
ejemplares. Sin embargo, no le hizo ninguna gracia aquello que empezaba a verse
forzado a hacer. Su solución al problema estuvo a la altura del ramalazo
traicionero que siempre fue uno de los rasgos más notables de su postura: nada
le divertía tanto como dar pie a que un amigo se sintiera confiado al tiempo
que se disponía a hacerle alguna trastada por la espalda. Mientras dijo a mi
padre lo contento que estaba de poder publicar el texto de la entrevista,
aparte de subrayarle que iba a tratarse de algo ciertamente grandioso para la
revista, dispuso a la chita callando que George Bernard Shaw escribiese un
comentario sobre la discusión, el cual habría de aparecer en el número
siguiente[87].
Aun cuando Kingsley Martin
fuese un hombre rematadamente bobo, estaba muy lejos de ser totalmente
estúpido. Sabía perfectamente qué estaba haciendo al delinear semejante plan.
Había entendido bien cuál era la relación existente entre Shaw y mi padre desde
que lo viera hacer unas cuantas payasadas en el funeral de Jane. Se trataba de
una relación mucho más destacable entre adolescentes que entre personas
adultas, aun cuando no tenga que ser más común: se trata de esa relación que
suele darse entre el más abusón de la clase y su víctima preferida. Muy al
comienzo de su trato, que se había iniciado en la última década del pasado
siglo, Shaw había descubierto un subdito ideal en la persona de mi padre. Se
dio cuenta de que iba a tener que lidiar con un hombre capaz de sentirse herido
en lo más hondo por todo aquel que se le riese a la cara cuando él intentase
decir o hacer algo en serio. Shaw era por su propia naturaleza un hombre de una
fría crueldad, y tan pronto se dio cuenta de cómo podía hacer daño a mi padre,
lo cultivó para que le permitiese darse semejante placer. A menudo llegaba
incluso a extremos extravagantes, con tal de satisfacer ese apetito. Por
ejemplo, nada más tener conocimiento de la primera de las entregas quincenales
en que apareció originalmente Perfil de la historia, se dio cuenta de hasta qué
punto se había volcado mi padre en el proyecto. A las pocas horas de haber recibido
esa primera entrega, el texto estaba ya en el correo, destinado por supuesto a
mi padre y plagado de comentarios despectivos y de molestos dibujos que
parodiaban las ilustraciones. A algunos de los veintiséis números restantes les
dio un tratamiento similar y también se los envió por correo. Aunque algunos de
los chistes y las chacotas de Shaw fuesen innegablemente graciosos, el efecto
que tuvo este sostenido ejercicio de maliciosa burla sigue resultando
estremecedor, y no sólo porque se llevase a cabo encubierto por la máscara de
la amistad.
Esa misma apremiante
necesidad de hacer todo cuanto estuviera en su mano por destruir la confianza
que uno de sus semejantes pudiese tener en si mismo es la que trasluce en las
cartas que Shaw escribió a mi padre a finales de 1906 y comienzos de 1907. Están
escritas so pretexto de un amigo que se ofrece, como si dijéramos, en cuerpo y
alma a un hombre que ha asumido una tarea monumental para la cual de ninguna
manera está preparado; le ofrece, de hecho, que se beneficie de su sabiduría y
su enorme experiencia. Por entonces mi padre había empezado a disputar a los
Webb el liderazgo dentro de la Sociedad Fabiana, y se hallaba necesitado de
poner de su parte al menos un cierto número de compromisarios. Shaw, quien en
realidad apoyó los esfuerzos de los Webb por mantener la sociedad tal como
estaba hasta entonces, le ofreció sus consejos de cara a la orquestación de su
campaña, aparte de hacerle diversas sugerencias respecto de cuál debiera ser su
conducta de orador en público. Tenía que reconocer un hecho evidente, y es que
no podía decirse que fuese un brillante orador. Tenía que tener muy presente
que su voz, bastante delgada, tenía una acusada tendencia a resultar chillona
siempre que desease expresarse con una mínima contundencia. Por otra parte,
tenía que renunciar a murmullar, tal como era su costumbre. Además, no le
quedaba más remedio que renunciar a algunos de sus vicios de estación de
ferrocarril, ya que solamente conseguiría recordar a su público que en tiempos
había trabajado en el mostrador de una pañería. Tenía, por ejemplo, la fea
costumbre de hacer una pausa e inclinarse hacia delante, apoyando todo su peso
sobre las manos, siempre que quería dar un énfasis especial a lo que fuese a
decir a continuación. Por el contrario, no se trataba de un truco tan eficaz
como él pensaba. Al público se le encogían las tripas al pensar que fuese a
decir: «¿Y qué más desea, señora?» Tenía que cerciorarse de no incurrir en
semejante defecto nunca más.
Ablandado por este acoso
psicológico tan brillantemente concebido y ejecutado, mi padre acudió a la
reunión más importante de su campaña sintiéndose hecho unos zorros, inseguro, a
punto de atragantarse. Pronunció una alocución desastrosa, resultando incluso
tan confuso que Shaw se permitió el lujo de tomar las riendas de la reunión;
los Webb fueron votados masivamente.
A mi padre le costó
muchísimo tiempo averiguar si estas actuaciones de Shaw, al igual que tantas
otras, obedecían simplemente a la malicia o eran acaso atribuibles a una
sensibilidad defectuosa. Terminó por pensar que la primera opción estaba mucho
más cerca de la verdad, sobre todo a raíz del funeral
de Jane Wells. Aquella tarde en concreto, mi padre llevaba ya un peso excesivo
sobre su conciencia, dado lo cual le fue muy difícil soportar toda la ceremonia
ritual; las salidas de tono por parte de Shaw a punto estuvieron de acabar con
su aguante. No llegó a producirse una discusión abierta, pero a partir de
entonces mi padre ya nunca pudo pensar en Shaw sin detestarlo. Existiendo todo
esto entre uno y otro hombre, no es de extrañar que mi padre se temiese lo peor
cuando se enteró de que Kingsley Martin había invitado a Shaw a que escribiera
dicho comentario sobre su entrevista con Stalin, asunto que para él estaba
investido de la máxima seriedad. Cuando pudo ver lo que en efecto había escrito
Shaw, estalló de cólera... y contestó por escrito, tal como Kingsley Martin
esperaba, siendo aún víctima de semejante arranque de cólera incontrolada.
De esta manera, el debate en
el que tantas esperanzas había cifrado mi padre, se abrió no con una
consideración mínimamente razonada de las implicaciones que entrañaba todo lo
que Stalin había dicho sin un ápice de ambigüedad, sino con una nueva entrega de
la ya antigua y tediosa arlequinada que mantenían Shaw y Wells, en la cual mi
padre estaba ya destinado a los balbuceos mientras Shaw esgrimía su cachiporra.
Tan pronto pudo aplacar su cólera, mi padre cayó en la cuenta de lo que había
ocurrido. Le habían engatusado, le habían llevado a renunciar a una discusión
seria de las realidades del momento, relativas a la política soviética,
arrastrándolo a una vulgar pelea de taberna con Shaw, en torno a su propia
posición. Vamos a ver: ¿había pasado por el Kremlin al trote o había invertido
un buen rato, con el debido sosiego, en compañía del gran mandatario? ¿No había
sido una impertinencia incongruente exigir de Stalin que renunciase a su
absurda lucha de clases? Uno de sus momentos más grandiosos, aquel en que defendió
el sentido comían y la humanidad toda frente a una tozudez y una crueldad
rayanas en el bizantinismo más disparatado, había sido objeto de una
trivialización irredimible.
Y resultó que la decepción
de mi padre estuvo plenamente justificada porque Shaw había abierto el debate
con un texto tan inane, tan burlesco para con su persona, que ya nadie pudo
tomárselo en serio. Rápidamente se convirtió en una correspondencia interna, en
la cual quedan reflejados los puntos de vista de los lectores habituales del
New Statesman, y poca cosa más. Mi padre sintió un cierto alivio tras tan
grande decepción cuando Kingsley Martin publicó en su totalidad, en un panfleto
aparte, el texto de la entrevista, así como el comentario debido a la pluma de
Shaw y las intervenciones posteriores. De todos modos, flaco consuelo pudo
proporcionarle ver todo aquello publicado de manera tal que no cupiera ni la
más mínima duda respecto de la duplicidad de Shaw. El panfleto no llegaría,
claro está, a las manos de una gran cantidad de lectores, y el curso de los
acontecimientos sólo había servido para banalizar más la cuestión. A lo largo
de los años siguientes, el escenario se vio dominado por el tenebroso espectáculo
que dieron los parlamentarios liberales e izquierdistas de todas las
democracias supervivientes al caer uno tras otro en las cínicas añagazas de los
soviéticos, encubiertas bajo el Frente Unido Contra el Fascismo. Mientras esta
farsa la representaba en Occidente el Komintern, Stalin, de puertas adentro de
la Unión Soviética, procedía con el nauseabundo asunto de asesinar a tres
cuartos de millón de sus conciudadanos rusos so pretexto de ser enemigos de la
clase y agentes de la burguesía internacional.
Poco después que Kingsley
Martin hubiese logrado tamaña hazaña periodística, mi padre fue víctima de otro
grupo editorial. Esta vez, el artífice de la operación fue Lady Rhondda, una
mujer cuya figura era lo más parecido a un tonel que pueda imaginarse, aparte
de ser propietaria y directora de Time and Tide; era una mujer extremadamente
acaudalada y no menos dura, hija de un propietario de varias minas de carbón,
que había ganado sus millones en la cuenca minera del valle de Rhondda. A lo
largo de 1929 fue capaz de irritar sobremanera a mi padre al desempeñar, según
entendimiento de mi padre, un papel demasiado activo en el empeño por convencer
a mi madre para que se embarcara en una larga serie de complejos movimientos
legales destinados a adjudicarse mi custodia en exclusiva, eliminándole a él de
mi vida de manera poco menos que definitiva. Sintiéndose vejado por ella, se
permitió un chiste algo picajoso en su siguiente libro, refiriéndose de pasada
a «Wear and Tear, la revista esa de mujeres»[88]. Ello
dio lugar a unas cuantas agresiones de menor cuantía por ambas partes, así como
a un rápido incremento del resentimiento que ya entonces sentía Lady Rhondda
por su parte. Al igual que muchas personas recias y severas, era también lenta
de reflejos, y durante un tiempo mi padre pudo, gracias a su rapidez, anotarse
todos los puntos en litigio. Ahora bien, al publicarse la autobiografía de mi
padre descubrió que se le había brindado una inmejorable oportunidad para
asestar un buen golpe. Había conocido a Odette Keun, quien por fin había hecho
las paces con las autoridades británicas y por fin había podido realizar un
viaje a Inglaterra; no dejó pasar la ocasión de conversar con ella acerca de mi
padre. Se le ocurrió la brillante idea de encargar a Odette la reseña del
libro. Odette, por su parte, atrapó la ocasión al vuelo, dando un salto de
alegría, pues no en vano podría dar alivio a algunos de sus sentimientos más
enconados, y redactó un análisis de los defectos de mi padre en tanto escritor,
tan extenso que se publicó en tres entregas semanales, en Time and Tide,
durante el mes de octubre de 1934[89].
Odette, tal como era de
esperar, sacó un gran partido de su libertad de pluma. Aireó todos sus motivos
de queja, y no sin cierto buen hacer artístico realizó una exposición
pormenorizada de las relaciones que había mantenido mi padre con su público a
lo largo de los años, aunque la hiciese en términos parejos a los de la
experiencia de amante que había tenido con él. Comentó que era en sus escritos
igual que era en todo lo demás, es decir, como un niño con sus juguetes, como
un actor que representa su papel. Nunca había llegado a comprometerse hasta el
tuétano en sus escritos; nunca se había propuesto comprometerse en la vida
real. Exploró todos los defectos de temperamento y de carácter que desembocaron
en su «definitivo e irrevocable fracaso: no llegar a ser uno de los grandes»,
aparte de deplorar su autocomplacencia, su inestabilidad, su vanidad. Por si
fuera poco, explicó por qué lo único que se podía dar por sentado de su persona
era la decepción: según dijo, carecía de convicción en la realidad, ya fuera en
la humanidad o en el individuo. Estaba encerrado por la fuerza en sí mismo,
completamente al margen de lo que les sucediera a los demás.
A mi padre estas punzantes
observaciones no le hicieron tanto daño como Odette pudo haber esperado, pero
sí que llegó a sentirse tremendamente molesto con Lady Rhondda por haber dado
su visto bueno para su publicación. Las dejó pasar encogiéndose de hombros,
diciendo que había oído sobradas cosas por el estilo a lo largo del último año
que pasó con Odette, y que ya se esperaba algo semejante desde su ruptura con
ella. Su indiferencia no fue exactamente fruto de la afectación, e incluso fue
capaz de reírse de buena gana cuando Amber Reeves[90] le
comentó cómo se había representado una escena en su casita de Downshire Hill,
más o menos en aquella época. Amber fue a contestar a una llamada, a la puerta,
y se encontró en el umbral con una Odette que cubría su rostro con un espeso
velo, dramáticamente ataviada. Resultó a la postre que iba literalmente vestida
para matar. Sacó de sus entretelas un diminuto revólver bañado en plata y le
sugirió que, habida cuenta de que las dos eran las mujeres a las que más
groseramente había maltratado mi padre, las dos deberían acudir a su casa de
Regent's Park con objeto de matarlo.
«Y en ese momento permitió
que le arrebataras la pistola», dijo mi padre.
«¿Cómo diantre lo has
adivinado?», le preguntó Amber, a lo cual mi padre contestó que no en vano
conocía perfectamente a Odette.
Amber Reeves, evidentemente,
no tuvo ni la menor dificultad para convencer a Odette de que desistiera de su
proyecto, explicándole además que la policía británica no tenía gran
conocimiento de los crímenes pasionales ni tampoco solía dejar pasar el detalle
de un arma de fuego carente de licencia. La convenció para que le hiciese
entrega de su elegantísima arma, y más adelante, aquel mismo día, la llevó a la
comisaría de policía que había en la misma calle en que residía, contándoles
que se la había encontrado mientras paseaba por
Hampstead Heath. «Y pensar que ha tenido las narices de llamarme comediante...»,
comentó mi padre cuando Amber hubo concluido su relato de este episodio.
Ahora bien, aunque por
entonces se lo tomase muy a la ligera, a Odette le devolvió el precio de la
ofensa en su misma moneda, unos tres años más tarde, intercambiando una
fantasía homicida por otra al hacerla morir asesinada por un proxeneta en su
calidad de mujer exuberante, alrededor de la cual gira su novela, Apropos of
Dolores (Respecto a Dolores)[91]. No
obstante, él había madurado y se había suavizado, y su devolución del golpe
bajo que ella le diera, al margen de cómo pudiera sentirse ella al respecto, es
más genial que rencorosa.
Hay quienes insisten en
decir que mi padre se pasó los doce años que le quedaban de vida, después de
concluir los dos primeros volúmenes de su Experiment in Autobiography (Experimento
autobiográfico), arrepintiéndose en vano. Se dice que terminó obsesionado
por su conciencia de que aun cuando su mensaje esencial estaba cada vez más en
sazón y era cada vez más apremiante, habida cuenta de los tiempos que corrían,
cada vez era menor el número de sus lectores. Es imposible negar, y no hay por
qué, que no disfrutó prácticamente nada de su vejez, en una época en la cual
las cosas en general iban de mal en peor, a pesar de lo cual tengo para mí que
el tono lúgubre de sus últimos escritos tiene un origen más inmediato, sin
salimos de su experiencia personal. Su fe en la razón se vio ante un desafío de
tal magnitud que se encontró en inferioridad de condiciones a la hora de
afrontarlo.
He dejado dicho con
anterioridad que cuando mi padre se marchó de Rusia tras haber mantenido
aquella entrevista con Stalin, acudió inmediatamente a Estonia, donde iba a
pasar un mes en compañía de Moura Budberg. Ella había hecho una serie de planes
idílicos de cara a esta visita. Iban a pasar los dos treinta días a solas en
una finca de verano, a orillas de un lago, que Moura conocía desde niña; iban a
disfrutar de los tranquilos placeres de un entorno muy similar al de su primer
encuentro, que databa de 1914. En realidad, aquel encuentro iba a tener el
sabor de una confrontación en toda regla.
Moura no había acudido a
Rusia con mi padre. Le había dicho, eso sí, que le sería imposible acompañarle.
Le había dicho que su situación seguía siendo en lo esencial similar a la de
1920, y aun cuando su enemigo supremo, Zinóviev, estuviese por entonces en un
serio aprieto, aun cuando ya no fuera de temer, aún seguía habiendo diversos
apparatchiks en el NKVD que la consideraban objeto de un asunto todavía por
zanjar. Si tuviese el arrojo necesario para ponerse a su alcance, fácilmente
podrían detenerla en cualquier momento, para juzgarla después sumariamente, en
calidad de fugitiva anteriormente condenada. Bastante suerte tendría si la
enviasen derechita a un campo de trabajo; era mucho más probable que acabase,
en tales circunstancias, con un balazo en la sien, tan pronto su identidad
quedase al descubierto. Mi padre no puso en duda que le estaba diciendo la
verdad, y, naturalmente, estuvo de acuerdo con ella en todos los respectos,
sobre todo en lo tocante a su viaje a Moscú. En consecuencia, se llevó otro
acompañante en aquel viaje: mi hermanastro George Philip, que no en vano sabía
hablar ruso, y que contaba entonces treinta y tres años de edad.
Al llegar al país bajo la
égida del Ministro de Asuntos Exteriores, Litvínov, a mi padre se le trató con
toda consideración y respeto por parte de las autoridades soviéticas, tanto
antes como después de su entrevista en el Kremlin. Haciendo un alarde de inteligencia,
celebraron en su honor una serie de recepciones que resultaron plausiblemente
literarias, informales, alegres. En estas recepciones conoció una muestra
representativa de aquellos escritores nativos y de la época que se las habían
arreglado para hallarse en buena consideración, dentro de lo que cabe, respecto
de la maquinaria soviética, sin dejar de cultivar sus respectivas producciones
literarias. En dicha muestra se contaba un número considerable de hombres y
mujeres que no titubearon ni un minuto cuando les llegó la hora de presentarse,
delante de quien fuese, subrayando que eran amigos íntimos de Moura. Ninguno de
ellos, por no decir nadie, le proporcionó el más mínimo indicio de que Moura
pudiese encontrarse de ninguna manera en peligro. Él tuvo que sentirse cada vez
más perplejo, sorprendido, sobre todo cuando cayó en la cuenta, no sin antes
hacer que Gip se lo confirmase (pues por algo era capaz de entender y de
hacerse entender en ruso a la perfección), de que todas estas amistades de Moura
hablaban de ella como de una persona con la cual mantenían un contacto
frecuente, por no decir habitual. La veían siempre que ella acudía a Moscú. Y
no había transcurrido demasiado tiempo al parecer desde su última visita; por
otra parte, esperaban verla bastante pronto. Tras discutir cada uno de sus
descubrimientos con Gip, tras encajar una a una las piezas del rompecabezas,
entre los dos llegaron a la conclusión de que desde 1931 Moura no sólo había
estado una vez en Moscú, sino varias. Tenía por costumbre realizar una visita
anual a Rusia, y a veces se presentaba en Moscú a intervalos inferiores a un
trimestre. Todo lo que Moura le había referido a mi padre acerca de su
situación cara a cara con las autoridades soviéticas por fuerza tenía que ser
falso. Cruzaba la frontera soviética a cualquier hora, siempre que le viniese
en gana, y circulaba con toda impunidad por el territorio soviético. Existía
una sola circunstancia gracias a la cual cualquier persona con un historial
como el suyo pudiese desplazarse con toda tranquilidad, con absoluta libertad
de movimientos, entre Rusia y el mundo exterior: sus movimientos tenían que
realizarse con el conocimiento previo y con el consentimiento de la policía
secreta. Por fuerza tenía que ser una agente soviética con una excelente
reputación de tal.
Tan pronto tuvo a la vista
semejante conclusión, mi padre se vio impelido a considerar sus ulteriores
implicaciones. La más obvia de todas ellas fue que a él se la habían adjudicado
en calidad de sombra y guardaespaldas, tal como en su día se la adjudicaran a
Gorki. Era casi seguro que había obrado obedeciendo las órdenes del camarada
que la controlase cuando fue a verle a Inglaterra, poco después de que Gorki
decidiese regresar a su patria. Sus mandatarios se habrían empeñado en armarla
de algún motivo digno de credibilidad que justificase su traslado de Sorrento a
Londres. Se le pasó por la cabeza, sintiendo un golpe aterrador, que la
candidez con la que ella se había ganado la absoluta confianza de Gorki no
habría sido sino mero producto de una doblez astuta, esmeradamente planificada,
en la cual ella se habría visto enzarzada. Gorki, por descontado, habría dicho
lo siguiente a todo aquel que pretendiese denunciarla ante él como espía de la
policía: «Sí, sí, todo eso ya lo sé desde hace muchísimo tiempo. Conmigo, ella
se ha portado con una franqueza absoluta y desde el mismísimo principio de
nuestra relación. Me advirtió de las razones por las cuales se encontraba en mi
casa. Somos amigos en el sentido más auténtico de la expresión.» Y el mismo
truco que ella había practicado con Gorki, es decir, poner todas sus cartas
sobre la mesa, se lo había jugado a él exactamente igual. Cuando le hubo
explicado con toda minuciosidad cuál era su situación cuando se vieron
brevemente en Moscú, en 1920, él se sintió tremendamente conmovido por la
franqueza y el valor con que ella tuvo a bien reconocer la realidad en que se
hallaba envuelta. Fuera de la manera que fuese, ella se las había ingeniado
para convertir su humillante confesión en un despliegue de integridad absolutamente
convincente.
Pero cuando por fin pudo mi
padre ver cara a cara a Moura, ya en Estonia, lo que más trabajo le costó fue
lidiar con el hecho de que ella era aún capaz de hacer funcionar semejantes
artes de magia. Fuese o no una espía, Moura era Moura, y a pesar de todo lo que
él hubiese podido averiguar y deducir acerca de sus tejemanejes, el ascendente
tanto físico como emocional que aquella mujer detentaba aún sobre él era más
intenso quizá que nunca. De haber sido ella cualquier otra persona, tal vez
podría haberle hecho ver la realidad ofreciéndole sus excusas o enfrentándolo a
las más tajantes negativas. Sin embargo, no era ése su talante. Reconoció todas
y cada una de las pruebas que hubiesen bastado para procesarla. Jamás había
disfrutado del menor dominio sobre su propia vida, al menos desde que los
alemanes la habían cazado con las manos en la masa, espiando para las
autoridades militares rusas, y la habían condenado a muerte; esto aconteció en
1916. Desde entonces, se había limitado a hacer todo aquello que las realidades
de cada nueva situación habían exigido
que hiciera. Lo que a ella
le había sucedido no era ni más ni menos que lo que les sucede a muchísimas
personas en el curso de una revolución y después de la misma. En tales
ocasiones, no hacer lo que se debe hacer equivale a elegir deliberadamente
renunciar a la supervivencia.
Mi padre intentó obligar a
Moura a admitir que existen determinadas cosas que no se pueden hacer nunca, en
ninguna clase de circunstancias: cosas tan absolutamente ignominiosas que
harían preferible la muerte antes que seguir con vida, a sabiendas de que uno
había participado en tales cosas. Cuando le dijo tal cosa, Moura se le rió a la
cara, manifestándole que, en su calidad de biólogo, de sobra debería saber que
la supervivencia es la primera ley que rige el comportamiento de los seres
vivos. En el caso de las especies animales y vegetales sí, dijo mi padre, pero
no en el caso del ser humano. Ella le miró como si le mirase con un ancho
abismo de por medio, pero decidió perdonarle su reluctancia a comprender lo que
ella trataba de decirle. Él nunca había sabido qué era el estar completamente
desasistido, a merced de otros. Lo que ella había podido aprender, por encima
de todo lo demás, a partir de todo aquello por lo que había tenido que pasar,
era que hasta que uno hubiese sentido en carne propia una serie de daños
físicos que rebasan toda hipotética curación, no podría entender que un solo
día más de estar vivo y en esta tierra era algo digno de vivirse, al precio que
fuese. A lo largo de esas veinticuatro horas podría ocurrir cualquier cosa.
Allí estaba ella, con él, y no tardarían además en encontrarse juntos en
Inglaterra. Ella ya había pagado el precio por tales pecados. Sería una
completa estupidez por parte de él presionarla para que ella le dijera cómo
había sido todo; sería una estupidez mayor aún el intentar adivinarlo. Según su
punto de vista, nada podía obtenerse del hozar en unas cenizas ya apagadas;
además, ella no estaba dispuesta a consentir que él la obligase a revivir una
serie de episodios que ella se esforzaba en dejar atrás a toda costa. En el
supuesto de que él quisiera ser su amante, tendría que aceptarla en sus propios
términos, el primero de los cuales era que todos sus fantasmas deberían reposar
en la oscuridad de los cajones en la que ella los había arrumbado. Si en cambio
él prefería negociar y dirimir todo lo acontecido, sin dejarse nada en el
tintero, más le valía irse buscando otra mujer.
Mucho antes de marcharse de
Estonia, a mi padre le había quedado bien claro que sin duda ninguna tendría
que romper sus relaciones con Moura si de veras deseaba impedir que su vida se
convirtiese en una refutación a carta cabal de todo aquello por cuya defensa
había apostado en público. Lo que más le abrumó de esta impresión definitiva
fue lo clara, lo evidente que le resultaba la imposibilidad de contemplar en
realidad semejante cosa, al margen de lo que Moura hubiese podido hacer, al
margen de lo que aún pudiese seguir haciendo: lisa y llanamente, no era ni
siquiera, ni remotamente posible pensar en la posibilidad de abandonarla.
No creo que sea posible
exagerar respecto del efecto que tuvo este descubrimiento sobre la persona de
mi padre. Mi hermanastro, George Philip, es el único testigo competente en lo
que atañe a este episodio. Había llegado a conocer muy bien a mi padre a lo
largo de los años que siguieron a la muerte de Jane, pero lo cierto es que
durante su estancia en Moscú nació entre ellos dos una auténtica vinculación.
En ello, algo tuvo que ver la gratitud: mi padre tuvo la sensación que en el
supuesto de que su hijo mayor no le hubiese acompañado, en el caso de que no
hubiese estado a su lado en todos y cada uno de aquellos momentos, la
experiencia de la oblicuidad y la doblez de Moura le habría resultado un golpe
imparable, de consecuencias muy serias. Sin embargo, de aquel aunamiento de sus
voluntades, de aquel sincero acercamiento, existe un fundamento mucho más
sólido, y es el que nos proporciona la similitud del aspecto físico de uno y de
otro, de sus casi idénticos temperamentos, de sus puntos de vista. Aparte de todo
esto, Gip había llegado a ser el biólogo que mi padre nunca pudo ser. Dejando a
un lado el resultado de todas estas adiciones, sigue siendo cierto que después
que Gip hubiese ayudado a mi padre a atravesar aquellas horcas caudinas en
Moscú,
gozó siempre de su
confianza, y estuvo en todo momento en sintonía con sus ideas y sus
planteamientos, mucho más de lo que ningún otro hombre lo estuvo, mucho más de
lo que ningún otro hombre llegaría a estarlo. Sé, por habérselo oído decir a
él, que a pesar de todas las apariencias externas que apunten en sentido
contrario, mi padre se sintió molesto hasta el fin de sus días por su
incapacidad de hallar un equilibrio que posibilitase la continuidad de sus
relaciones con Moura. Le sacó de quicio verse obligado a reconocer que la razón
en la que tanto creía no tuvo nada que ver cuando se trató de determinar un
asunto de tan vital importancia como fue la naturaleza de la principal de sus
relaciones.
De los descubrimientos que
hizo mi padre en Moscú, ni una sola palabra pasó a ser de dominio público, y
cuando a aquella relación amorosa se le dio la debida forma del reconocimiento
social, en 1935, se dio por hecho que ninguna nube de tormenta pendía sobre
aquella ocasión. Entre los comensales que se reunieron para hacerles los
honores, en una cena celebrada en el restaurante Quo Vadis, en el Soho, se
contaban Maurice Baring, que fue
quien los había presentado
en 1914, Violet Hunt, Max Beerbohm, Lady Lavery,
Lady Cunard, Enid Bagnold, Harold Nicolson, David Low y muchos otros de aquellos personajes
de éxito, o de quienes eran en realidad gente de peso en la sociedad londinense
de la época. Por aquel entonces, a Moura se la tenía en general por una
impresionante belleza a la que se le había pasado su mejor momento, y yo estuve
entre los que la vieron bajo semejante luz. En las fotografías a partir de las
cuales se insiste en que era una mujer sencilla, que vestía con escasa
elegancia, encuentro muchísimos misterios inexplicables, y no consigo olvidar
la primera vez en que me quedé sin respiración al verla charlando con mi padre
en el jardín de Easton Glebe, un día de 1931. Su propio fatalismo le daba la
capacidad de irradiar una serenidad que a los demás nos imbuía de una inmensa
confianza, y su buen humor hacía de su presencia algo más cómodo que
perturbador: yo siempre tuve verdaderas ganas de volver a verla, y recuerdo el
último de mis encuentros con ella con auténtico placer. Creo, sin ningún lugar
a dudas, en su buena fe, y nunca he tenido tampoco la menor duda de que sin su
calidez, sin su afecto, sin su apacible estoicismo a sus espaldas, mi padre
podría haber sido un ser más lúgubre y más pesimista durante aquellos años
comprendidos entre su septuagésimo cumpleaños y su muerte. Siempre que les vi
juntos estuve convencido de que eran verdaderamente felices.
Durante los últimos años
buenos, antes de empezar a morirse, mi padre era una persona tan fácil de
interpretar erróneamente como lo era Moura: él era un hombre abierto, genial,
en grado mucho mayor de lo que nunca hubiese sido, y además le procuraba un placer
inocente su contento y su bienestar. Había conformado su estilo personal
durante los diez primeros años de este siglo, y se plantó a mediados de los
treinta y a comienzos de los cuarenta disfrazado poco más o menos que de pez
gordo de la época eduardiana, con sus trajes bien cortados y sus sombreros
impecables, homburgs de tirilla trenzada en invierno e inmaculados panamás en
pleno verano. Llevaba zapatos preciosamente manufacturados en sus diminutos
pies, y sus carteras, de cuero teñido de azul oscuro, así como otros accesorios
como su cortapuros de oro, eran lo mejor de lo mejor, aun cuando no fuesen
excesivamente caros. Sobrepasaba con creces el peso que debiera haber mantenido
un hombre de su estatura, pero nunca dio la sensación de que estuviese gordo.
Su complexión optimista, así como un aire de gran solidez en su aspecto, le
daban una apariencia más liviana que pesada. David Low lo vio como un ser que
iba siempre de puntillas, presto a echar a correr, y sus caricaturas casi
siempre le captaron con ese aire de alerta y de vitalidad. Siempre fue difícil
recordar qué edad tenía, y yo en particular nunca pensé en lo viejo que era
hasta que regresó de Australia a comienzos de 1939, cuando había cumplido los
setenta y tres años de edad.
Así como gran parte de las
energías de que disponía mi padre las consumió durante aquella época en el
sencillo empeño de llevar una vida activa y entretenida, aparte de concluir las
cinco novelas, las tres novelas cortas y los ocho tratados políticos que
tuvieron una extensión entre la del panfleto y la de un libro en toda regla, es
decir, en ultimar toda la producción que iba a ser capaz de sacar adelante, y
de publicar, entre 1935 y finales de 1940[92], la
mayor parte de dichas energías las quemó en la búsqueda que ya he mencionado,
la búsqueda de un logro definitivo y capaz de figurar en los anales de la
historia en tanto esencia de lo que había defendido con tanto ahínco, de lo que
había representado a lo largo de su trayectoria de escritor. Pensó durante un
tiempo que había dado con la forma idónea en la confección de un proyecto de
creación de una nueva enciclopedia universal, un compendio de la totalidad del
saber humano, pero no pasó demasiado tiempo antes que se diera cuenta de que la
tecnología para trazar los sistemas de almacenamiento y acceso que semejante
compendio requeriría era algo primordial y de lo que ni siquiera podría soñar
con disponer, ya que el momento adecuado para tales artefactos ni siquiera
había llegado. A la larga descubrió aquello que estaba buscando sin siquiera
darse cuenta de que lo había encontrado; la solución a su problema se le
presentó como algo que el sentido común, el menos común de los sentidos, le
había llevado a realizar.
Cuando por fin estalló en
septiembre de 1939 la guerra entre el fascismo y las democracias, esperada
desde tanto tiempo antes, mi padre se encontraba en Estocolmo, adonde había
acudido para pronunciar una conferencia en uno de los encuentros del PEN Club
que, por cierto y a la postre, no llegó a celebrarse. A su regreso a
Inglaterra, tres semanas más tarde, descubrió que se había desatado en The
Times una polémica sobre los objetivos de la guerra. Saltó de lleno y, tras
escribir una carta a dicho periódico, carta que le pareció después envuelta en
una vaga retórica, redactó otra en términos mucho más concretos. En su segunda
carta adjuntó incluso un esbozo de una versión modernizada de la Declaración de
Derechos[93] que contiene la
Constitución de los Estados Unidos. La guerra, según sugerencia suya, era algo
que merecía la pena librar incluso encarnizadamente siempre y cuando terminase
con una declaración por parte de los vencedores en el sentido de que tales eran
los derechos inalienables de toda la humanidad.
La segunda de estas cartas
bien podría no haber sido sino un petardo mojado en medio de la creciente
oscuridad de no haberse dado el caso de que la propuesta que encerraba detonase
una respuesta positiva en la mentalidad del corresponsal científico del Daily
Herald, Ritchie Calder. Éste convenció al director de su periódico para que
asignase mensualmente una página entera a la cuestión de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, durante el tiempo que fuese necesario, hasta
dotar al concepto de una forma viable de negociar. No parece que se tratase de
una concesión excesivamente generosa, pero cuando menos garantizó la
continuidad del debate, hecho que en cambio los acérrimos conservadores del
Times se negaron a proporcionar, sobre la base de que la idea de una
declaración de los derechos humanos era en realidad una especie de trampa
socialista. Una vez asegurada esa continuidad, fue posible contar con un comité
cuyos miembros estarían encargados de redactar el esbozo; dichos miembros
pudieron asistir a una serie de reuniones periódicas y dedicar un tiempo
razonable a dicho proyecto.
Mi padre iba a ser, en un
principio, tanto el presidente de dicho comité como el redactor de la página
que el Herald dedicase mensualmente a los derechos humanos. Ahora bien, pocos
días antes de que se celebrase la primera reunión del comité apareció bajo su
firma un artículo vitriólico en el cual dio rienda suelta a sus sentimientos en
tomo al hecho de que Neville Chamberlain y Lord Halifax, los principales
arquitectos de la política de apaciguamiento, siguieran en sus cargos con
objeto de iniciar y conducir la guerra; sus continuas amenazas de dimisión le
llevaron a ponerse de parte de otro candidato al puesto, de otra persona que
tuviese la cabeza más en su sitio, así como una filiación política no tan
obvia. Esto desembocó en que se eligiera a otro miembro para la presidencia del
comité, aunque no para la edición de la página mensual, y esta elección recayó
en un abogado y ex canciller, Lord Sankey, de modo que los esfuerzos que
invirtió mi padre en defender aquella campaña, así como todo el material que produjo
aquel comité, se conocen en la actualidad como la Declaración de fe Derechos
Humanos de Sankey. Tras este agitado comienzo, fue mi padre más que ningún otro
hombre, incluido el infatigable Ritchie Calder, quien mantuvo el comité en
activo, trabajando sin cesar y animando el debate público. Sentía una
apremiante, abrumadora necesidad de redactar un documento sustancial, un
documento que no resultase ni meramente tentativo ni específicamente occidental
sobre el papel; quiso además tenerlo ultimado antes que tocase a su fin aquel
extraño período de inactividad que siguió a la rápida invasión de Polonia.
Tenía la sensata seguridad de que cuando se produjese una renovación de las
hostilidades, todas las cuestiones de principio pasarían lógicamente a segundo
plano, en favor del interés más vital de la supervivencia cotidiana. Por si
fuera poco, le preocupaban sobremanera los síntomas de desmoralización que notó
en algunos miembros del comité (compuesto, aparte de Lord Sankey y de mi padre,
por Lord Horder, Sir Normal Angelí, Miss Margaret
Bondfield, Sir Richard Gregory, Mrs. Barbara Wootton, Sir John Boyd Orr, Francis
Williams y Ritchie Calder), los cuales empezaron a sentirse como si estuviesen
construyendo un castillo de arena ante la inminencia de la marea alta. Como es
harto probable que el lector no haya oído mencionar siquiera el documento
detallado, razonado y, por qué no decirlo, impresionante, tal como finalmente
se redactó, seguramente supondrá que los sentimientos que invadieron a los que
más dudaban del proyecto, así como las noches de insomnio que pasó mi padre, al
final resultaron estar plenamente justificados. Pero no es ése el caso. El
comité era verdaderamente representativo de la opinión pública de Gran Bretaña,
y el debate que se vio en las páginas del Daily Herald atrajo a un gran número
de personas, las cuales se adhirieron de manera sumamente constructiva a las
cuestiones que allí se estaban dirimiendo, y por cierto que con un notable
nivel de seriedad. De aquellas a veces acaloradas discusiones había surgido
algo que sin lugar a dudas merecía la pena, sobre todo en lo tocante a una
serie de puntos específicos, y antes de que la llamada guerra falsa tocase a su
fin mi padre tuvo ultimado el documento por el que tanto había luchado: una afirmación
sin ambages de algo muy concreto, que el británico de a pie creía digno de que
su país luchase por ello, a fin de establecerlo como parte integrante de la ley
común a todas las naciones del mundo.
Y así es como fue, sin duda
que con estremecimiento genuino, asumido por diversos países. Las discusiones
preliminares y el texto de la Declaración contaron con extensas recensiones y
comentarios al menos en veintinueve países, incluidos Italia y Alemania. El
Popólo d'ltalia, periódico de Mussolini, sorprendentemente publicó el texto en
primera página, y la radio estatal alemana, lo cual ya no es tan sorprendente,
lo atacó en una serie de emisiones, a razón de una cada noche durante toda una
semana. Ahora bien, así como tuvo notable resonancia en el mundo occidental,
dio pie a reverberaciones mucho más importantes fuera de los límites de la
parroquia de las sociedades del Atlántico y el Mediterráneo. A mi padre le
había sorprendido el fracaso de Sun Yat-sen en su empeño por conseguir que el
pueblo chino diese su apoyo a la Constitución de 1911, y siempre había tenido
la sensación de que tal desastre era atribuible primordialmente al hecho de que
el líder chino confiase sobre todo en el lenguaje político de la democracia
occidental. Sus palabras alcanzaron a una masa de votantes compuesta
fundamentalmente por estudiantes y hombres cultivados, pero no fueron capaces
de conmover al pueblo chino. Teniendo en mente semejante debacle, mi padre
insistió en rechazar las traducciones de la Declaración que se habían preparado
para su uso en los países del Este, debidas a diversos miembros de la Escuela
Londinense de Estudios Orientales, para favorecer por el contrario las
versiones vernáculas del texto que redactaron diversos periodistas que
trabajaban para los medios de comunicación de los países implicados, es decir,
profesionales que trabajaban en contacto con las audiencias más populares. Como
mi padre también tenía cierta fama por haber presionado entonces por conseguir
el reconocimiento de la liquidación del sistema colonial europeo en tanto
segundo objetivo de la guerra, estos textos vernáculos recibieron una estupenda
acogida por parte de los estudiantes radicales y nacionalistas de la India y de
los países del sudeste asiático. Estas cribas y aventamientos de las ideas
fundamentales de la democracia no cesaron cuando los dramáticos éxitos
conseguidos por las tropas germanas en sus ofensivas de la primavera y verano
de 1940 hicieron desaparecer tales cuestiones de la mente de la mayoría de los
europeos. Se siguieron dando con renovado ahínco cuando la inminencia del
colapso del antiguo orden europeo empezó a crear ciertas esperanzas de una
inmediata liberación. La idea de codificar los derechos humanos resultó más que
importante para los intelectuales de los territorios coloniales que de sobra
sabían que muy pronto tendrían que decidir qué clase de sociedad iban a crear
cuando terminase la guerra. Y de esta forma resultó que la obra de lo que en
aquel entonces había parecido en principio uno de los comités más fatuos de la
guerra falsa no concluyó cuando las bombas germanas llovieron sobre Rotterdam.
Su auténtica conclusión llegó mucho después, cuando un sobrecogedor sentimiento
del tercer mundo en pleno, en favor de tal iniciativa, obligó a los Aliados
victoriosos a incorporar la Declaración de Derechos Humanos en la Carta
Fundacional de las Naciones Unidas. Para entonces, mi padre había muerto.
A finales de la década de
los treinta había parecido ser indestructible. Había aprendido a vivir con su
diabetes; la dieta obligatoria a la que hubo de someterse había dado lugar a
una considerable mejora de su salud. Cuando marchó a Australia, durante el
verano de 1938, tenía un aspecto desacostumbradamente bueno, y estaba además de
muy buen humor. Se le había solicitado que hiciese ese viaje para pronunciar
una conferencia en la reunión de la Asociación Australiana y Neozelandesa para
el Avance de las Ciencias, y le complació muchísimo descubrir que aún se le
tomaba en serio en tales círculos. Siempre le había molestado que la comunidad
científica inglesa no le tuviera en consideración. Le sobrevino el desastre en
el que teóricamente había de ser su último día de estancia en la capital
australiana. Por desconocer las peculiaridades del especialísimo clima de
Canberra, durmió con la ventana abierta y sin abrigarse más que con una sábana
de lino. A lo largo de la noche, la temperatura, que de día había sobrepasado
los veinticinco grados, descendió por debajo de cero. Cuando se despertó a
causa del frío estaba ya congelado, y a la tarde siguiente se le declaró una
pulmonía vírica. Tenía setenta y tres años, y este achaque le hizo verdadero
daño. No estuvo en condiciones de hacer el viaje de regreso hasta Año Nuevo, y
cuando llegó a Inglaterra daba la sensación de que aún le quedaba un largo
camino por recorrer hasta recuperarse del todo.
Las reservas que le quedaban
las agotó en el verano de 1940, cuando emprendió una larga gira por los Estados
Unidos, también para dar conferencias. En aquel momento, y en general, los
norteamericanos no estaban precisamente deseosos de entrar en una nueva guerra
en Europa, y él en cambio fue a ofrecerles un discurso según el cual pretendió
convencerles de que se trataba de una guerra que les concernía directamente, en
la cual tendrían que entrar,
con lo cual se encontró con
una respuesta indiferente cuando no abiertamente hostil. Como el argumento de
mi padre en defensa de que los norteamericanos se hicieran con el liderazgo de
los Aliados se basaba en la tesis de que los franceses y los ingleses, o al
menos las cúpulas del poder de ambos países, no estaban luchando tanto por la
derrota de los nazis cuanto por dar marcha atrás al reloj de la historia y
regresar a la Europa de 1914, su popularidad decreció notablemente en la
Embajada Británica en Washington, más incluso que en aquel país aislacionista.
Para contrarrestar los efectos de sus apariciones en público, el embajador
británico inició una campaña de murmullos y rumores con objeto de
desacreditarle, lo cual añadió nuevas dificultades. Por si fuera poco, aquél
fue el año en que Wendell Willkie retó al FDR, y lo pasó francamente mal en su
competición por la atención del público contra las elecciones presidenciales.
Las personas que le tenían aprecio se quedaron de una pieza al ver en qué estado
se encontraba a su regreso a Londres. Estaba demacrado, desgastado; sus manos
eran las de un anciano. Ni siquiera llenaba sus ropas, que le quedaban colgando
como andrajos. Había experimentado una brusca disminución; ya no tenía la
presencia física de un hombre de importancia. Buena parte de los jóvenes
admiradores que acudieron a verle en esta época, bien por hallarse confusos
ante el curso que parecía haber emprendido la guerra, o bien por hallarse
molestos ante lo que les había ocurrido durante el servicio militar, se
encontraron cara a cara con un hombre que era con toda evidencia un
superviviente del pasado. Mi padre tenía plena constancia de su deterioro,
quizá más que cualquier otra persona, y no disfrutó que se diga de las
progresivas etapas de su declive. La diabetes que había conseguido mantener a
raya durante largos años, simplemente mediante la dieta, manifestó una clara
tendencia a empeorar, y empezó a acusar una serie de desórdenes sistémicos, a
los cuales la propia diabetes había abierto la puerta. A una progresiva
disminución de sus funciones hepáticas siguió el desarrollo de un cáncer que
resultó ser maligno.
No era un hombre fácil de
engañar, y se le dijo con exactitud cuál era su situación, cuáles eran sus
perspectivas. Inicialmente, se adaptó a los hechos incontestables de su caso
con valor y con una lúgubre dignidad, pero fue entonces cuando su enfermedad le
jugó una mala pasada; remitieron sus dolencias y se encontró con un alivio que
ni siquiera había imaginado. Cuando hubo rebasado el plazo que le habían
adjudicado los médicos según sus expectativas de supervivencia, sintiéndose
además mucho mejor que hacía varios meses, tuvo
la seguridad de que el
diagnóstico había sido erróneo. Sus dolencias hepáticas ciertamente eran un
asco, pero no eran de las que bastan para acabar con el más pintado; por si
fuera poco, se habían creído que se trataba de un cáncer. No estaba en peligro de
muerte, y tal vez todavía podría vivir otros diez años, o puede que más.
Cuando terminó ese período
de bonanza, tan caprichosamente como había empezado, supo que, en efecto, no
había habido ningún error de diagnóstico, y que esta vez iba en serio. Son
muchas las personas que, cuando se encuentran en esta situación, son capaces de
afrontarla sin desesperar, con la sensación de que han vivido la vida que les
estaba asignada y han hecho lo que podían hacer. A mi padre le fue negado este
consuelo, precisamente por su persistente idea de que no había conseguido poner
la piedra de toque de su obra. Aún no había hecho su último pronunciamiento.
Durante buena parte del
tiempo durante el cual mi padre agonizó en aquella casa, tan fríamente
elegante, que dominaba Regent's Park, yo estuve trabajando como subdirector de
la redacción de noticiarios de la British Broadcasting Corporation, en
Broadcasting House, y vivía en el cobertizo del jardín de su casa, sitio que él
denominaba «el de Mr. Mumford», y en el cual se guardaban muchísimas cosas que
yo había visto por vez primera en Easton Glebe. Mientras duró este acuerdo yo
tenía por costumbre pasar a verle casi a diario. Entraba y solía encontrármelo
dormitando con una manta liviana por encima de las rodillas, ante la que había
sido su mesa de trabajo o, los días soleados, dormitando entre una gran
variedad de plantas, en un gran sillón, en la galería acristalada que había al
fondo. Por entonces, más que conversar compartíamos silencios. Ya se encontraba
tremendamente débil, y había desarrollado la costumbre de reponer sus energías
mediante largos y soñolientos períodos, durante los cuales parecía casi comatoso.
Cuando deseaba concentrar toda su atención en alguna cosa, o en alguna persona,
parecía regresar a la superficie desde una enorme profundidad. Yo pasaba los
minutos sentado con él, o media hora o una hora entera, con la esperanza de
suscitar su interés y hacerle regresar. Deseaba contar con toda su atención
durante el tiempo que fuera preciso para convencerle, mejor dicho, para aclarar
una impresión que se había formado —no me importa nada, ni siquiera hoy, quién
se la hubiese metido en la cabeza, ni por qué—, y es que creía que yo formaba
parte de una conspiración pronazi que tenía sus trincheras en Broadcasting
House. Alguien le había dicho que las personas participantes en esta
conspiración me estaban chantajeando, forzándome a conducirme de una forma
misteriosamente indigna de todo crédito, con arreglo a un propósito ulterior e
indescifrable, cuya naturaleza nunca he podido desentrañar. Esta pesadillesca
telaraña de mentiras se interponía, infranqueable, entre mi padre y yo,
exactamente cuando los bombardeos sobre Londres alcanzaban su climax; persistió
tanto como duró el ataque aéreo, durante el lapso de las V-2, y siguió entre
nosotros incluso después, hasta que la guerra recedió al Pacífico, dejando
atrás un Londres desolado, sumido en el silencio.
Al principio, mi padre
parecía hallarse demasiado enfermo como para que nadie le molestara con las
explicaciones de rigor. Luego experimentó aquella remisión de sus dolencias, y
a mí me pareció erróneo interrumpir su euforia con tales asuntos. Después, cuando
se hubo enterado de que ya no tenía ninguna esperanza, quedó bien claro que el
momento de las aclaraciones no iba a llegar jamás. Estando un día sentado a su
lado, a un tiempo muy cerca de él y completamente alejado, y creyéndole
dormido, se apoderó de mí una honda conmiseración y me oculté el rostro con las
manos. Desconozco cuánto pudo durar aquel espasmo de dolor; no tengo manera de
saberlo. Lo cierto es que cuando aflojó su intensidad, de pronto tuve
conciencia de que me estaba mirando. Alcé la vista para encontrarme con los
ojos azules de mi padre fijos en mí, traspasándome con la luz de su
inteligencia en plenas facultades. Nos estuvimos mirando a los ojos unos
instantes, hasta que me dijo: «No te entiendo...» Aquella luz se desvaneció de
sus ojos al decir estas palabras. Se había apagado él mismo, como si dijéramos,
y se había recluido en aquella ausencia en la cual aguardaba a que le llegase
la muerte. Había desaparecido la última esperanza de comunicarnos, y no iba a
haber ninguna otra.
Mi padre falleció la tarde
del 13 de agosto de 1946, pocas semanas antes de cumplir los ochenta años. Se
incineró su cuerpo tres días después, y bastante después de pasado un año
alquilé un barco que llevaba por nombre Deirdre, propiedad del capitán Miller,
de Poole, Dorset. Mi hermanastro, George Philip Wells, vino desde Londres
con las cenizas, y fuimos a esparcirlas en el mar, en un punto que habíamos
escogido de mutuo acuerdo, situado en la línea imaginaria que uniría Alum Bay,
en la Isla de Wight y St. Alban's Head, en la costa de Dorset. Ésa era nuestra
intención. Sin embargo, cuando el Deirdre embocó la ensenada de Poole
descubrimos que el viento que soplaba del Sudoeste, desde el Solent, más allá
de St. Alban's Head, era bastante frío. La marea cambiaba en esos momentos, con
lo cual la corriente discurría en contra del viento. En estas circunstancias,
cuando el viento y la marea empujan en direcciones encontradas, se da la mejor
receta para una mar picada, y el Deirdre
tardó muy poco en ponerse a
cabecear de manera bastante fea.
La idea de dar a mi padre
sepultura en el mar se le había ocurrido a mi hermanastro durante el funeral
celebrado en el crematorio. En aquella ocasión se recitó un pasaje extraído del
último capítulo de Tono-Bungay, y por cierto que con efectos reveladores. Se
leyó entonces «La noche en alta mar», y mientras escuchaba su descripción del
narrador de la novela, cuando sale con su destructor recién bautizado por la
embocadura del Támesis, hacia el mar del Norte, dispuesto a jugárselo todo a
una carta, la de la velocidad, en contra de los torpederos enemigos, mi
hermanastro pensó que eso era exactamente, que así se haría, que eso era lo que
había que hacer, ni más ni menos. «Hacemos y terminamos por pasar»,
concluye el pasaje. «Somos los que hacemos y los que terminamos por pasar,
poniendo todo nuestro empeño en una misión secreta, allá, en alta mar.»
Dicha idea me había parecido
muy romántica y apropiada cuando me la comunicó, y estuve de acuerto. Sin
embargo, sus defectos resultaron evidentes en aquellas condiciones
climatológicas. Mi hermanastro y yo nos tornamos pensativos. El capitán Miller,
por su parte, permaneció inexpresivo, impertérrito, al timón de la embarcación,
aguantando el embate de las olas. Nos dimos cuenta los tres de que tan pronto
saliéramos del cobijo que nos proporcionaba la isla de Purbeck, tan pronto nos
hallásemos en las aguas abiertas del Solent, las cosas se iban a poner mucho
peores. Mientras aún seguíamos a través, frente a las dos comisas calizas que
se llaman por allí «el Viejo Harry» y «la Mujer del Viejo Harry», cerca de los
blancos acantilados de Swanage y Studland, las cenizas de mi padre fueron
esparcidas sobre las aguas. El viento se las llevó como si fueran un larguísimo
velo que fue a dar contra las palidísimas aguas verdosas. El Deirdre cabeceó
con fuerza cuando el capitán Miller hizo virar la embarcación, y en ese momento
sentí una auténtica agonía. En aquel momento se había ido ya para siempre, y
nunca más podría deshacer con él aquel absurdo entuerto del chantaje y de la
conspiración pronazi en la BBC. Me sorprendió la intensa amargura que despertó
este pensamiento en mi interior, y también por el descubrimiento de que aún me
importase tanto aquel asunto, cuando a él ya nada podría importarle.
Capítulo VIII
«... fue, y bien que lo sé.
únicamente el código aceptado de la virtud y la discreción lo que le impidió
destruir su certificado de matrimonio y destruirme a mí también, haciendo así
tabula rasa de su humillación matrimonial. Supongo que debo heredar al menos
una parte de la estupidez moral que a ella le dio la posibilidad de convertir
en un holocausto hasta las más pequeñas minucias que aún conservase de él.
Tenían que existir por lo menos algunos regalos que él le hiciese cuando era su
amante, por ejemplo algún libro con una amable dedicatoria, puede que alguna
carta, una flor prensada entre las páginas, un anillo, cualquier otro objeto
similar. Guardó su alianza matrimonial, por descontado, pero todo lo demás lo
había destruido.»
Para entender a mi padre,
para entender su historia personal, es preciso retrotraerse más allá de sus
orígenes, y examinar, aun cuando sea someramente, los de sus padres. Algunas de
las cosas que les habían ocurrido antes incluso de venir él a este mundo les
habían convertido en aquellas personas a las que él había de conocer; lo que él
les vio hacerse y decirse el uno al otro le marcó de por vida.
Mi abuelo, Joseph Wells[94], nació
en Kent en 1827, en una granja que pertenecía a la hacienda de Penshurst Place.
Su padre, que también se llamó Joseph Wells, había nacido también en dicha
hacienda, y había trabajado en los jardines y las huertas de Penshurst durante
toda su vida. Había empezado como ayudante del jardinero a los doce años de
edad, y había terminado por trepar con firmeza hasta la copa de ese árbol.
Terminó por ser jardinero jefe poco después que su patrón, Philip Shelley
Sydney, fuese nombrado primer Barón De Lisie en 1835. Su ascenso le llevó a ser
jardinero jefe de la granja, y a disfrutar de una casa pequeña y cómoda que se
hallaba en la esquina sudeste de aquella colegiata de estilos medieval y Tudor,
así como de otros edificios de los siglos xvi y xvii que constituían en
conjunto la mansión solariega. Fue allí mismo, al otro lado de las cocinas y de
los establos, separado de los edificios principales, donde se crió mi abuelo
con sus hermanos mayores, Charles-Edward, Henry, Edward y William, y con sus
hermanas, Lucy, Elizabeth y
Hannah.
En el hecho de criarse en
tanto parte de semejante hacienda existían ventajas y también desventajas.
Aquella hacienda proyectaba una sombra más o menos ominosa, pero también les
otorgaba protección. Estoy seguro de que si cualquiera hubiese llegado a preguntar
a mi bisabuelo qué opinión tenía de sus patrones, habría replicado que los
Sydney siempre habían sido muy buenos con él, y que eran personas con las
cuales se podía contar a la hora de hacer lo que fuese más adecuado tanto con
sus arrendatarios como con sus propiedades y sus empleados. Esto no equivale a
afirmar que mi bisabuelo desconociese que la hacienda se había visto enzarzada
en diversos pleitos legales en la época en que nació él, ni tampoco que la casa
estuviese en ruinas. Seguramente también habría tenido sus propias opiniones
acerca de los aciertos y los errores de un hombre que había sido nombrado par
del reino en recompensa por haber desposado a la hija de una amante del rey, y
acerca de la severidad de las sanciones que con toda probabilidad habrían caído
sobre cualquiera de los granjeros que diesen muestras de no conocer a la
perfección cuál era su lugar. Ahora bien, la obviedad de su larga trayectoria
al servicio del señor del lugar manifiesta que en un momento dado tuvo que
considerar a fondo cuáles eran sus posibilidades y que decidió optar por una
política según la cual obtendría el mejor partido que Penshurst le pudiera
ofrecer, decidido a no dejarse sorprender nunca en litigio con quienes le daban
el pan y la sal. Y al terminar el día habría tenido la sensación de hacer lo
mejor por su familia al limitarse a conformarse con lo que tenía. En calidad de
jardinero jefe era toda una figura dentro de la sociedad del lugar; su rango
era tan sólo ligeramente inferior al del mayordomo y al del ama de llaves
dentro de la jerarquía que componían el centenar de criados de que constaba la
hacienda, y se le respetaba en muchas millas a la redonda. Había mejorado su
posición al pasar de ser un simple peón de la hacienda a ser uno de los criados
principales, y así había conseguido dar a sus hijos mayores una serie de
posibilidades muy claras de consolidar las ganancias que él había obtenido, o
bien de mejorarlas más aún. A algunos de ellos incluso pudo iniciarles en las
etapas ulteriores de su ascenso, ayudándoles a desplazarse a los márgenes de la
independencia que les daría el establecerse como tenderos o como arrendatarios
de algunos terrenos. Estoy seguro de que albergaba la honda convicción de estar
haciéndolo bien incluso con el más joven de sus hijos, al cual, tras enseñarle
todo lo que él sabía de Penshurst, le consiguió una plaza de jardinero ayudante
en una de las haciendas colindantes, que por cierto había empezado a descollar
en los círculos de expertos en jardinería.
De acuerdo con el relato de
toda esta etapa que aparece en la autobiografía de mi padre, el primer patrón
de mi abuelo, el propietario de una hacienda llamada Redleaf, que es colindante
de la hacienda de Penshurst por su flanco noroeste, era un hombre ya mayor,
amable, de orientación liberal y un notable gusto en lo estético, que se tomó
un interés paternal por su nuevo empleado. Mi padre refiere que el amo prestó a
este hombre sus libros de botánica y de jardinería, de manera que pudiera
cultivarse en su tiempo libre y mejorar así su preparación. Prosigue diciendo
que mi abuelo tomó estos amistosos gestos por parte del propietario de Redleaf
como si éste se hubiese propuesto hacer algo por él, siempre y cuando
manifestase beneficiarse claramente de sus estudios; terminó por pensar, años
después, cuando acaeció la muerte de su patrón en 1847, que este fallecimiento
le había privado de la ocasión de iniciar una vida que habría cambiado por
completo las características de la suya.
La verdad es harto
diferente. El propietario de Redleaf[95] era un
tal William Wells, un hombre que se había forjado a sí mismo y al cual se
conocía como «Tigre» Wells cuando trabajó como duro, implacable capataz en las
Indias Orientales, a comienzos de su carrera. El apodo no le abandonó cuando
pasó después a desempeñar las funciones de capitán de barco y, más adelante,
naviero y armador por cuenta propia, le siguió hasta Kent, donde había decidido
retirarse e instalarse, dispuesto a vivir la vida de un hacendado con
veleidades de mecenas. Su reputación de cliente desabrido siguió viva gracias a
la contundencia con que despachaba a los turistas que llamaban a su puerta con
objeto de solicitarle su permiso para ver sus jardines o su pinacoteca sin
haberle escrito previamente anunciando su visita. Sus jardines, en efecto,
llegaron a tener mucha fama. Con ayuda de un jardinero jefe que tenía un
talento extraordinario, construyó lo que por entonces se denominaba «jardín
americano», inspirado en los bocetos y en los informes de los botánicos que por
entonces exploraban las costas del Pacífico al noroeste de los Estados Unidos.
Fue de hecho el primer jardín exótico y silvestre que se creó en Inglaterra, y
lo inusitado de su configuración, así como la inmensa cantidad de variedades
que había introducido, procedentes tanto de Asia como de América, comenzaron a
granjearle una extendida reputación ya en la década de 1820. Ingresó en el mapa
de jardinería de Gran Bretaña en 1839, fecha en la cual recibió el beneplácito
de una pormenorizada descripción en aquella publicación pionera, editada por
Loudon, llamada The Gardener's Magazine. Entre las diversas curiosidades de que
da cuenta Loudon, destaca el que William Wells, propietario, tuviese entonces
un jardinero jefe llamado Joseph Wells. Los detalles que se aducen dejan entender
sin lugar a dudas que no se trata de mi bisabuelo. El Jo
seph Wells del que se habla
fue jardinero jefe de Redleaf unos doce años antes de que mi bisabuelo
alcanzase una posición similar en Penshurst. Por mucho que induzca a confusión,
lo que acaeció en 1843 fue que el Joseph Wells que era jardinero jefe en Penshurst
puso a su hijo Joseph Wells al servicio del jardinero jefe de William Wells,
llamado a su vez Joseph Wells. De ahí se sigue la romántica historia, vagamente
ambigua, del paternal interés mostrado por el propietario por el futuro de su
recién empleado, con el cual compartía el apellido.
La historia de los inicios
de mi abuelo en la vida parece ser una historia un tanto triste. Mi bisabuelo
quiso que su hijo empezase a trabajar en Redleaf por considerar que era un
lugar inmejorable desde el punto de vista profesional y de cara a su promoción.
El Joseph Wells que era allí jardinero jefe era, en efecto, un jardinero muy
apreciado. Aquel jardín silvestre no fue su única innovación. Hizo construir
otro, de características más imperecederas, explotando un roquedo de caliza, de
la que tanto abunda en Kent, e instalando dentro de su propiedad el primer
jardín alpino moderno. También tiene fama por haber criado las primeras dalias
enanas de que se tiene noticia. Era sin lugar a dudas un hombre muy capaz, un
hombre con un gran bagaje que enseñar; si mi abuelo hubiese salido de Redleaf
sabiendo solamente la mitad de lo que allí pudo aprender, habría empezado sin
ninguna duda sobre una base excelente. Sin embargo, no estaba hecho de esa
pasta de la cual se hacían los éxitos típicos de la época victoriana. Mi padre
da cuenta de su primer y más vivido recuerdo de los tiempos de Redleaf. Y no
tiene nada que ver con la jardinería, ni con el hombre para el cual trabajaba
mi abuelo: «... en verano, nada más terminar la jornada de trabajo[96], mi padre echaba a
correr, según me dijo él mismo, por espacio de una milla, o puede que más, a
toda velocidad, a fin de llegar con tiempo a la cancha de Penshurst y poder
disfrutar de media hora jugando al cricket, antes que el atardecer hiciera
invisible la pelota...» Por dispuesto que uno esté a simpatizar de
inmediato con la impaciencia de la juventud —mi abuelo estuvo en Redleaf entre
los dieciséis y los diecinueve años de edad—, se trata del recuerdo de una
persona que no perdía de vista en ningún momento el reloj. No puso todo su
ahínco, ni mucho menos todo su corazón, en la profesión a la que le había
destinado la decisión de su padre. Y, tal y como suele ser el caso de los
jóvenes, creía que disponía aún de todo el tiempo del mundo. Ya tendría tiempo
de ponerse a trabajar y a estudiar a pie firme el
año próximo; ya les haría
ver a todos de qué pasta estaba hecho, pero al año siguiente, o al siguiente.
Se le pasó por alto que William Wells ya era un hombre anciano hasta que, de
pronto, falleció, la propiedad se puso en venta y Joseph Wells, quien tenía
setenta y pico años, se jubiló. De repente ya no le quedó tiempo ninguno, y la
oportunidad para empezar con buen pie en la jardinería se le había escapado de
entre las manos.
Se diría que este inesperado
contratiempo tuvo un tremendo significado para mi abuelo. El año en el cual se
encontró sin trabajo por primera vez en su vida fue el peor año de una década
en la cual se agudizó sin cesar la depresión que la historia social posterior
conocería corno «la hambruna de los cuarenta». Escasearon las cosechas, y el
hambre hizo su aparición en las ciudades. Mi abuelo diría mucho después a mi
padre que aquel invierno sus posibilidades le parecieron tan exiguas que llegó
a pensar muy en serio en irse al extranjero, aunque ello significase empezar de
cero. Comoquiera que durante aquella década salieron del país dos millones y
medio de hombres y mujeres por idénticas razones, parece comprensible que mi
abuelo atravesara por una época de verdaderas estrecheces, la principal de las
cuales probablemente fue la dificultad —o la imposibilidad— de encontrar un
trabajo que mereciese mínimamente la pena. Con todo, esto contribuye a que sea
tanto más difícil de entender lo que sucedió, una y otra vez, cuando por fin
tuvo la suerte de encontrarse en un sitio adecuado. El ambiente de trabajo en
el que se hallaba, conviene recordarlo, era un ambiente en el cual las
referencias personales tenían una importancia de primer orden. Los jardineros
eran personal de servicio, y todo aquel que confiase en poder trabajar como
criado tenía que ser capaz de sacar de donde fuese referencias de sus
anteriores patrones en las cuales se certificase su competencia, su capacidad
de convivir con otros criados, su sobriedad, honestidad, aseo personal y
dignidad de toda confianza. Cuando llegaba el momento de celebrar una
entrevista, el solicitante de una plaza podía dar por hecho que se le
preguntaría cuánto tiempo había pasado al servicio de su anterior amo, y por
qué razones había dejado de estar a su servicio. Todo aquel candidato que
mostrase un puñado de recomendaciones poco entusiastas o evasivas, así como un
curriculum en el que primase la brevedad de sus servicios y sus inexplicables
desplazamientos, era rechazado de inmediato. A sabiendas de todo ello, mi
abuelo había empezado a trabajar en tres o puede que cuatro lugares distintos
entre el verano de 1847 y el de 1851, abandonando todos ellos con gran rapidez.
Luego estuvo en Uppark, Sussex, desde junio de 1851 hasta mayo de 1853, y en
Shuckburgh Park, en Warwickshire, desde abril de 1854 hasta agosto de 1855.
Este curriculum puede traslucir simplemente que durante aquellos años mi abuelo
se sentía joven e inquieto, o que no tuvo suerte con sus patrones, pero en realidad
sugiere, con bastante fuerza, que continuamente andaba buscándose problemas. La
historia de su matrimonio comienza durante su estancia en Uppark[97], y sus
capítulos iniciales hacen pensar que por entonces estuvo hondamente
comprometido con una búsqueda compulsiva de toda clase de desastres personales,
hasta el punto de escapar por completo a su control.
La llegada de mi abuelo a un
lugar tan extraño como por entonces era Uppark parece consecuente con semejante
búsqueda. La viuda Lady Fetherstonehaugh, que residía allí con una hermana
soltera, Frances Bullock, no formaba parte de la nobleza. Era hija de uno de
los criados que mantenía su esposo puertas afuera, en concreto del hombre que
se había encargado de mantener y cuidar la granja avícola de Sir Harry
Fetherstonehaugh, aparte de ser guardabosques del coto de caza en el que Sir
Harry conservaba sus ciervos. Cuando no era más que Mary Anne Bullock a secas,
Lady Fetherstonehaugh había trabajado para Sir Harry en calidad de ordeñadora y
lechera, y fue entonces cuando Sir Harry se fijó en ella. Tenía tan sólo
dieciocho años de edad; y él tenía setenta y uno. A Sir Harry siempre le habían
gustado las mujeres mucho más jóvenes que él, y cuando tenía treinta y pico
años de edad llegó a contar con la custodia de una prometedora quinceañera
llamada Emily Lyon; con el tiempo, ésta se convertiría en la Emma Hamilton de
Lord Nelson. Librepensador, mujeriego, y en sus tiempos mozos avezado jinete,
Sir Harry se había terminado por convertir en una especie de recluso después de
haber tenido una considerable disputa con el príncipe regente a causa de una
apuesta. Sir Harry tuvo la sensación de que el príncipe le había hecho trampas,
y llegó a sentirse tan ultrajado que rompió todos los contactos con su círculo
de amistades y con la vida que llevó anteriormente. Una mañana, varios años
después de haberse retirado de la vida social, pasó por delante de la vaquería,
en la cual Arme Bullock estaba batiendo la nata; la miró, se fijó en sus brazos
bien torneados, en su hermosa cara de campesina, y quedó prendado de ella.
Había hecho una pausa con intención de echarles una bronca a las responsables
de la vaquería.
Al margen de las intenciones
originales que pudiera haber tenido Sir Harry, el resultado eventual de aquel
encuentro fue absolutamente inesperado. Sir Harry cortejó a Anne Bullock, la
hizo pasar un año en Francia para que aprendiese los modales de cortesía y de
buena conducta, y a su regreso se casó con ella; por entonces, ella tenía
veinte años y él setenta y dos. Nadie habría augurado nada bueno de semejante
salto por encima de las clases sociales y, para más inri, de las diferencias de
edad, pero la joven esposa de Sir Harry demostró que era precisamente todo
aquello que él había ansiado, e incluso puede que más. Aquella pareja
aparentemente tan desigual vivió feliz hasta que él falleció repentinamente y
en paz, en 1846, meses después de haber cumplido los noventa y dos años.
Uppark se encuentra en un
terreno elevado, en medio de una campiña curiosamente dejada de la mano de
Dios, casi desierta, separada del populoso valle del río Rother por las
empinadas laderas de Harting Downs. Lady Fetherstonehaugh había sido ignorada y
tratada con frialdad por la mayor parte de las familias del condado mientras su
marido estuvo en este mundo; toda vez que Sir Harry se fue al otro, muy pocas
familias de la nobleza consideraron que valiese la pena afrontar la ascensión
de las empinadas laderas que les separaban de aquella mujer de procedencia
socialmente tan dudosa, que habitaba entonces en la austera y hermosa casa. En
ella vivían la ex lechera y su hermana menor, aparte de Miss Sutherland, la
señora de compañía, y un ambiguo mayordomo, Mr. Weaver, que había sido valet de
Sir Harry y que bien podría ser, o puede que no, hijo ilegítimo de alguna de
las múltiples mujeres que requebró Sir Harry en sus años más fogosos. Cuando mi
abuelo llegó a la conclusión de que bien podría convertirse en miembro de
aquella minúscula célula social, tan aislada y tan raramente constituida, tuvo
que darse cuenta de que empezaba a acercarse peligrosamente al final, al menos
por lo concerniente a su ejercicio de la jardinería como medio para ganarse la
vida. Aun cuando tuviese éxito a la hora de separarse de Lady Fetherstonehaugh,
aun cuando dejara de estar a su servicio sin dejar de estar a buenas con ella,
una referencia procedente de semejante fuente, por prometedora que fuese,
difícilmente le habría servido como carta de presentación en ninguna hacienda
que de veras mereciese la pena. Más probable era que estar a su servicio
redundase en su perjuicio, al plantearse la pregunta de cómo había sido posible
que cayera tan bajo y tan deprisa después de haber empezado muy
prometedoramente en Penshurst y en Redleaf. Llegado a ese punto, cuando se
había arrinconado de una vez por todas, cuando ya tenía en la mano todos los
motivos necesarios para pensar muy a fondo antes de realizar su siguiente
movimiento, se marchó de aquella casa sin más ni más y se prometió a mi abuela
cuando aún seguía sin trabajo.
Sarah Neal[98], que
era unos seis años mayor que mi abuelo, había empezado a trabajar en Uppark
siendo la doncella de Frances Bullock, y había entrado a su servicio casi un
año antes de que mi abuelo fuese contratado como jardinero jefe por el propio
Mr. Weaver. No era aquella una casa que mi abuela hubiese aceptado de buen
grado, y lo cierto es que postergó el momento de ir a trabajar allí tanto como
le fue posible; en cambio, una vez empezó a trabajar en la casa estuvo
encantada. En Fanny Bullock encontró a una buena amiga, y le dolió mucho tener
que darle la noticia de que se iba cuando la sombra del problema que se
avecinaba, un problema que iba a abrumar a su familia, la obligó a marcharse en
abril de 1853. Le consoló de alguna manera el no tener que marcharse demasiado
lejos, nada más que a uno de los valles convecinos, donde su padre, George
Neal, regentaba una taberna, la New Inn de Midhurst.
George Neal hizo llamar a su
hija, y la obligó a quedarse en casa, porque su madre había llegado al extremo
de necesitar cuidados continuos, de noche y de día. Llevaba ya algún tiempo
delicada de salud, pero había empeorado notablemente cuando le fue comunicada
la muerte de una hermana suya. Cuando mi abuela llegó a la New Inn, descubrió
que su madre estaba tan seriamente enferma como en efecto se le había dicho,
pero aún le preocupó mucho más el extraño aspecto de su padre y su
comportamiento, rayano en lo incomprensible. Pasados unos dos o tres días, a lo
largo de los cuales tuvo tiempo de darse cuenta de que su madre se estaba
muriendo, mi abuela decidió que el desasosiego de su padre podía atribuirse a
unos sentimientos lógicos y naturales, habida cuenta de las circunstancias. En
consecuencia, le cogió totalmente desprevenida el que su padre padeciese un
ataque y falleciese en cuestión de horas, ya a finales de agosto. En un primer
momento, a su madre no pareció afectarle aquel fatal desenlace, pero al día
siguiente al funeral de su marido se volvió loca. A mi abuela todo aquello le
tuvo que resultar tanto más duro por el hecho de que su madre se transformase
de la noche a la mañana en una completa desconocida, hostil e incluso violenta,
sobre todo si se tiene en cuenta la situación en que fue a encontrarse. Su
padre estaba hasta las orejas de deudas, y tan pronto se enteraron de su
muerte, sus acreedores cayeron en tropel sobre la New Inn, dispuestos a sacar
tajada y cobrarse sus deudas fuera como fuese. Mi abuela tuvo que defenderse de
ellos y mantenerlos a raya tan bien como pudo, al tiempo que se ocupaba de
disponer el funeral, de cuidar de la loca y de su hermano menor, que tenía tan
sólo doce años.
George Neal había sido un
hombre de talante tranquilo, perezoso, expansivo y optimista, víctima de un
hábito compulsivo de vivir por encima de sus posibilidades. En 1833 esta
tendencia suya se reforzó con desastrosas consecuencias, pues llegó a sus manos
una herencia suficientemente copiosa como para producirle la peligrosa ilusión
de que se había convertido en un hombre de posibles, capaz de arrostrar el
riesgo de contraer sustanciosas deudas. Hechizado por esta ilusión se hizo
cargo de la Fountains Inn, en Chichester, y la regentó con aires de lujo y
ostentación por espacio de siete años. Después se mudó a la New Inn, en
Midhurst, donde a lo largo de trece años nunca fue capaz de saldar la pesada
deuda que ya se había traído consigo. La tensión que tuvo que producirle el
vivir a sabiendas de que el tiempo jugaba en contra de él, y de que existía la
posibilidad de que sus acreedores le encarcelasen en cualquier momento, da
cuenta del comportamiento distraído e imprevisible que tanto aterrorizó a mi
madre cuando dejó Uppark para regresar a su casa; asimismo, posiblemente
justifica el que su madre perdiese la chaveta después de su muerte. La loca
había equiparado el entierro de su marido con su encarcelamiento y,
considerando que su hija era la responsable del caso, hizo caer sobre ella un
diluvio de abusos y ataques indiscriminados, acusándola constantemente de ser
una jovencita cruel y de haber provocado que encerrasen a su padre.
Mi abuela tuvo que pasarlo
francamente mal, y entristecerse una barbaridad por todo aquello, hasta que su
madre recobró al menos en parte la cordura, hecho que, si bien le produjo un
cierto consuelo, no vino a suponer que Mrs. Neal experimentase ninguna mejoría.
Mi abuela tuvo que velar a todas horas junto al lecho de su madre. Gracias a
ello se le concedió un cierto respiro: los acreedores de su padre, por
empecinados que fuesen a la larga, no eran personas de inclinaciones viciosas;
cuando vieron en qué situación se hallaban las cosas, retrocedieron y
aguardaron hasta que Mrs. Neal también hubiese fallecido. Tuvieron que sentirse
un punto descorazonados, por no decir inquietos, al comprobar que aquella mujer
aguantaba todo septiembre, octubre e incluso noviembre, dado que pasaron a la
acción con brusquedad, insensiblemente, tan pronto hubo fallecido la señora. De
inmediato, se pusieron en contacto con el abogado que defendía los intereses
del lamentable patrimonio de George Neal para decirle que no estaban dispuestos
a esperar ni un día más. El abogado dio a mi abuela la mala noticia
inmediatamente después del funeral. Imagino que, al abogado, mi abuela tuvo que
parecerle una persona difícil de tratar, aparte de que debió de serle bastante
embarazoso, por cuanto que ella no tenía ni la menor idea de cuál era la
realidad en que se encontraba. Ella se había aferrado a la idea de que con
suerte podría convencer a los dueños de la New Inn a fin de que le permitieran
hacerse cargo del arrendamiento de su padre. Cuando el abogado le dijo que de
ninguna manera, ella le indicó que, fuera como fuese, había que dar con una
solución que a ella le permitiese dar cobijo a su hermano al menos hasta que
tuviera edad suficiente para valerse por sí solo. En un último esfuerzo por
hacerle entender cuál era su situación, el abogado la sobresaltó comunicándole
que, técnicamente hablando, era pobre de solemnidad y que, hablando
estrictamente, no tenía ningún derecho a reclamar ni una sola de las
pertenencias de su padre o de su madre, ni siquiera las más íntimas. Todo lo
que se encontraba dentro de la New Inn, hasta la última baratija, hasta lo más
privado, pertenecía en términos legales a las personas que habían retenido las
cartas de endeudamiento de su padre durante varios años. Cuando, aun en tal
momento, mi abuela se negó en redondo a reconocer que lo había perdido todo, se
vio atenazada por una amenaza verbal más contundente aún. Si no disponía del
dinero necesario para mantener a su hermano donde fuese, cabía la posibilidad
de que a él se le acogiera obligatoriamente en los talleres de Midhurst en
calidad de pobre de solemnidad; allí le darían comida y cama. A la mañana
siguiente, el agente de los cerveceros que eran técnicamente ya dueños de la
taberna acudieron a comunicarle que era su deber desalojar los locales en un
plazo de veinticuatro horas, con objeto de que los nuevos arrendatarios
pudieran instalarse. A ella, el mundo entero se le hizo añicos entre las manos.
Había perdido a su padre, a su madre, y había perdido su casa; se había quedado
sola en el mundo, sin ningún lugar al que ir, y tenía a su cargo a un chaval
que aún no había cumplido trece años.
Mi abuelo se había dirigido
a mi abuela llamándola «Mi queridísima Sarah» ya desde finales de 1852, aun
cuando no anunciaron oficialmente su compromiso de boda hasta que ella se
marchó de Uppark, en abril de 1853. Mi abuelo renunció a su puesto de trabajo
en Uppark un mes después que ella se hubiese ido, y decidió que lo primero que
debía zanjar, aun estando sin trabajo, era precisamente dicha cuestión, para lo
cual la siguió a la New Inn tan pronto pudo. Cuando su compromiso fue
formalmente reconocido y bendecido por George Neal, mi abuelo marchó a
Gloucestershire a quedarse una temporada con su hermano Charles-Edward, que era
granjero en Minsterworth, mientras se buscaba un nuevo empleo. No encontró
ninguno, y seguía pues sin trabajo cuando tuvo conocimiento de la abrumadora
manera en que se habían resuelto los problemas de su prometida. Viajó al Sur a
toda velocidad, para prestarle todo el apoyo de que fue capaz. Se casaron siete
días después de la muerte de su madre, el 22 de noviembre de 1853. La dificultad
intrínseca del obtener una licencia especial a toda prisa les obligó a
desposarse en un entorno poco o nada familiar, en la iglesia de St. Stephen,
sita en Coleman Street, en la City londinense, y entre desconocidos. Aquel
improvisado evento no estaba a la altura de lo que mi abuela se esperaba de una
boda. No había existido ninguna clase de «preparación» previa, ella vestía de
luto, y no con el blanco reluciente de la novia, aparte de no disponer de la
consabida dama de honor. Entre el 22 de noviembre de 1853 y el 1 de enero de
1854, mi abuela estuvo muy atareada en una labor que no iba a augurar nada
bueno a su matrimonio. El producto de aquella su extrañísima actividad se halla
hoy custodiado en la Sala de Libros Raros de la Universidad de Illinois, en
Champaign-Urbana, etiquetado como diario suyo. No es ésta la mejor definición
de lo que en realidad se trata, aun cuando su segunda parte, registrada en un
viejo diario impreso para ser utilizado a lo largo de 1835 es ciertamente un
genuino recuento de su vida día a día, desde el 1 de enero de 1854 y en lo
sucesivo. Lo que lo distingue de la inmensa mayoría de los diarios es que la
entrada correspondiente a ese día no es, de ninguna manera, la primera entrada
del volumen. Esta entrada aparece tras cuarenta y siete páginas de extractos
cuidadosamente reproducidos, entresacados de sus diarios anteriores, que
comprenden los años que van de 1845 a 1853. Los diarios originales, de los
cuales fueron entresacados estos extractos, no han llegado hasta nosotros; es
hasta cierto punto legítimo suponer que fueron destruidos después de que mi
abuela procediese a releerlos. Evidentemente, no hay nada siniestro en un
procedimiento semejante: una mujer recién casada podría disponer de muy
diversas razones para suprimir una serie de asuntos que sin tener plena
conciencia, con la guardia baja, hubiese confiado a sus diarios privados antes
de conocer al que había de ser su esposo. Sin embargo, existe una cierta
particularidad en la versión seleccionada de sus diarios prematrimoniales; no
contiene ni una sola referencia a mi abuelo, con lo cual da a entender que no
le tenía en ninguna consideración. La única sugerencia relativa a la naturaleza
de sus sentimientos hacia el hombre que acababa de desposarla, la única que
parece haberse colado de rondón, es una anotación sumamente ambigua, y
relacionada con la muerte de su padre: «La noche en que murió, me dio un
beso y me dijo: "No llores, hija mía. ¡¡¡Sé que cuentas con uno que será
bueno y amable contigo!!!"» Es, obviamente, muy discutible que estos
tres signos de exclamación tengan ningún significado, pero conviene señalar que
el resto del documento muestra a las claras que era costumbre inveterada de mi
abuela el poner tres signos de exclamación al terminar de relatar algo que
hubiesen dicho o hecho mi abuelo o sus hermanas, algo que, en todos los casos,
a ella le hubiese parecido particularmente insensible e incluso violento. Estoy
persuadido de que esos tres signos de exclamación sustituyen un comentario del
estilo de «¡Cuánto se equivocaba mi pobre padre!». Las entradas que siguen al
primero de enero de 1854 respaldan esta lectura. El resto del diario no es
tanto un registro de los acontecimientos cotidianos cuanto una acusación en
toda regla. En él, mi abuela registra el origen y el desarrollo de todas y cada
una de las penas que le causó su marido, de todas y cada una de sus quejas
contra él; por si fuera poco, celebra con tristeza el aniversario de cada
ofensa. Lo que más puede aproximarse a una referencia apreciativa de aquel
pobre hombre, que yo recuerde haber leído, es una en la que menciona que se ha
sentido muy feliz porque él ha tenido la amabilidad y la decencia de
acompañarla a la iglesia. Tomadas colectivamente, todas estas entradas dejan
ver muy claramente que ella no le tiene ningún aprecio, que no consigue pensar
en él como en un compañero, y que contempla el matrimonio como una trampa en la
que se ha visto repentinamente atrapada. El paso del tiempo no sirve para
mejorar su situación anímica. «Hace diez años esta noche —anota el 31 de
agosto de 1863— que murió mi pobre padre y desde aquel tristísimo momento
empezaron a darse nuevos problemas en mi vida que hasta la fecha continúan.»
Seis meses después, su hija
mayor, una muchacha a la que puso por nombre Francés en recuerdo de Fanny
Bullock, a la que siempre llamó Possy, murió, lo cual le dio ocasión de contar
con otro aniversario. «Hoy hace un año que mi niñita estaba enferma
-anota el 10 de enero de 1865-. Sin embargo, ay, me alegro que mi dulce niña
con toda su inocencia fuese arrebatada de este mundo en el que todo son penas.
¿Qué felicidad he conocido yo como esposa? Se me ha tratado morosa y
desagradablemente y he pasado a solas noche tras noche, cuidando de mis niños
en su cama hasta irme a trabajar: trabajar, ése es el destino de toda mujer por
ser esclava del hombre.» Su resentimiento para con la conducta de mi abuelo
llega a hincharse hasta el extremo de sofocar el dolor que le ha producido la
pérdida de su hija casi con tanta rapidez como en el caso de su padre. Su tema
es constante: todo lo que tiene que aguantar en esta vida, y no es poco, tiene
una única causa, a saber, su implicación matrimonial con mi abuelo. Él le ha
fallado en todos los respectos, y ella no tiene nada que agradecerle. El
documento, en conjunto, deja bien claro que este matrimonio ya iba al garete a
los cuarenta días de haberse celebrado; mi abuela, por su parte, siempre estuvo
determinada a dejar que así fuera.
Mi abuelo en realidad no se
encontraba sin empleo cuando se celebró la boda; había encontrado un trabajo de
chico para todo en Trentham, en Statfordshire, aun cuando casi fuera incluso
peor que no tener trabajo, dado que no se contemplaba la posibilidad de dar
vivienda a un hombre casado. En consecuencia, mis abuelos partieron a las pocas
horas de celebrada la boda, y así como él regresaba a las Midlands, a ella la
dejó a su aire, para que fuese a visitar a sus parientes, en el Sur. La pareja
tuvo que vivir separada hasta el mes de abril. Mi abuelo encontró entonces algo
que a priori era su ideal, el trabajo de Shuckburgh, en donde iba a ser
jardinero jefe, aparte de contar con diez hombres a sus órdenes. Iba a ganar
veinticinco chelines por semana, lo cual, conviene decirlo, no era un mal
salario en aquella época; además, iba a disponer de un alojamiento que mi
abuela recordaría más adelante como «una bonita casa de campo, con una preciosa
huerta y un jardincillo». El nuevo patrón[99] de mi
abuelo fue, de hecho, el único revés de la fortuna. Era un bebedor muy proclive
a toda clase de abusos, cuya mujer e hijos vivían constantemente atemorizados
por lo que pudiese hacer en su próximo estallido de violencia. Tenía fama en la
región por las peleas que mantenía con los suyos, y mi padre tuvo su primera
disputa con él al mes de haber llegado. Que pudiese aguantar allí tanto tiempo
como aguantó es testimonio de que su patrón, por veleta y temperamental que
fuese, aún tenía una pizca de decencia. Avanzado el otoño de
1854 mi abuela estaba
visiblemente embarazada, y la niña nació en enero. La niña se ganó a la familia
pasados unos meses de malhumor y de improperios, pero mi padre terminó por
recibir el despido en julio, y en agosto tuvo que marcharse.
Sarah Wells, tal como ya era
conocida[100], pasó el mes de
septiembre de 1855 de visita por las casas de los parientes de su esposo
mientras éste viajaba sin cesar, ofreciéndose, junto con su disuasorio
curriculum, claro está que sin éxito; se sometió a un frío escrutinio por parte
de una interminable sucesión de posibles patrones. En octubre, cuando por
fuerza tuvo que tener bien claro que había llegado al cabo de la cuerda, al
menos por lo que tocaba a su carrera de jardinero, un primo suyo, un tal George
Wells, le hizo una proposición. Podría disponer de una casa propia, y de un
agradable y pequeño negocio con el cual financiarla, por la módica cantidad de
cincuenta libras, aparte del reintegro de las cien primeras libras de cualquier
suma que pudiera recibir en herencia de su padre. A cambio de ello, iba a
disponer del alquiler de un negocio que constaba de una tienda y del piso
superior, todo ello conocido como Atlas House, en el 4 7 de High Street, en
Bromley, junto con las existencias almacenadas en el negocio de lozas y
porcelanas que su primo había regentado en aquel mismo local. Ante la
proximidad del invierno, ante la escasez de sus reservas en moneda, ante el
hecho incontestable de que su familia empezaba a mostrar síntomas de inquietud,
si no de impaciencia, mi abuelo terminó por considerar irresistible aquella
proposición. El 23 de octubre de 1855 se trasladó a Atlas House con su esposa y
su hija.
«Y así se encontraron
atrapados», dice mi padre en su autobiografía cuando le llega el momento de
comentar este punto. Parece seguir de cerca los diarios de mi abuela cuando
decide proponer la versión de que George Wells había visto muy verde a mi
abuelo, cargándole así con el mochuelo de un negocio desesperanzado e inviable,
que de ninguna otra manera se podría haber quitado de encima, tal y como era su
deseo. Mi padre además acentúa la agonía, y endurece aún más las condiciones de
la mudanza al hablar de mi abuela. «Mi madre —comenta— se mudó al 47
de High Street con una criatura en brazos y justo a tiempo de traer al mayor de
mis hermanos al mundo, nada más llegar.» Comoquiera que el mayor de sus
hermanos no nació hasta bien entrado el año 1857, hay que considerar que la
suya es una curiosa manera de expresar aquellos acontecimientos. El error, creo
yo, apunta a una conciencia subliminal relativa a que mi abuelo no se estaba
portando de la mejor de las maneras con mi abuela; en aquel momento, mi padre
interpreta por este motivo que estaba explotando de manera más o menos brutal
su vulnerabilidad en cuanto mujer, o, incluso, en cuanto la particular clase de
mujer que en realidad era.
Mi abuela parece haber
tomado la decisión de que iba a ser doncella de una señora ya a muy temprana
edad. Algunos de los biógrafos de mi padre han querido sugerir que «se la había
educado para ser ella misma una señora», y que se había sentido decepcionada y
muy dolida cuando tuvo que emplearse en calidad de sirviente, pero en realidad
éste es un error que procede de la consideración de que pasase, de joven, tres
años en la escuela de Mrs. Riley, en Chichester, sin que nadie parezca haberse
preguntado qué clase de escuela era aquella, ni haberse parado a considerar el
significado de lo que hizo durante aquellos tres años. La de Mrs. Riley no era
una escuela a la cual acudieran las jóvenes damiselas; sus alumnas eran, antes
bien, hijas de los comerciantes de los alrededores, muchachas que de una u otra
manera iban a tener que ganarse la vida si es que no llegaban a casarse con un
hombre de posibles. Mi abuela fue a la escuela de Mrs. Riley en calidad de
aprendiza, primero de modista y después de peluquera. Siendo hija de un hombre
que regentaba un local público, un local que no era además particularmente
elegante, pertenecía precisamente a esa clase social indeterminada, situada en
tierra de nadie, de la cual procedían habitualmente las criadas de las señoras.
Aquel trabajo era un trabajo que ninguna muchacha procedente del campo, ni de
cualquier casa en la cual no recibiese una educación apropiada, podía aspirar a
ocupar; era necesaria cierta clase de conocimientos que, lisa y llanamente, no
era posible aprender cuando una estaba situada en el extremo erróneo de la
línea que une a la pobreza con la riqueza. Las doncellas al servicio de las
señoras debían estar preparadas para atender a sus amas desde el momento en que
se levantaban por la mañana hasta la hora en que se acostasen, sin importar
cuan tarde pudieran acostarse; tenían que estar en todo momento a mano para
ayudarlas a vestirse, a desvestirse, a volverse a vestir, así como a peinar y
repeinar sus cabellos, y a acicalarlas a todas horas, a tenor de la ocasión
social que se presentase. Y cuando no estuviese atendiendo a su señora, la
doncella tenía que ocuparse de sus ropas, cosiéndolas o modificándolas según
fuese necesario; tenía que ocuparse de su ropa interior, de coserla, lavarla y
retocarla; tenía que estar al tanto de sus sombreros, de componerlos,
arreglarlos y modificarlos según lo que fuese necesario; tenía que preparar
todas las cremas faciales y las lociones que hiciesen falta; aparte de todo
eso, tenía que estar dispuesta a hacer lo que se le pidiera y lo que se diera
por sentado que iba a hacer, como planchar, almidonar, limpiar, lavar y
recoger. Por poco o nada atractivo que aparentase ser semejante grado de
servidumbre, sobre todo si se observa desde un punto de vista estrictamente
contemporáneo, teniendo en cuenta cómo era una persona de la calidad humana de
mi abuela, para ella sí que tenía un trabajo así un atractivo indiscutible. La
muchacha que conseguía un puesto de estas características participaba hasta un
extremo asombroso de la vida de su señora, y vivía, aun cuando fuese
vicariamente, una existencia exclusiva de la clase más alta, en la medida en
que fuese capaz de retener su puesto de doncella. Esta doncella al servicio de
una señora pasaba la mayor parte del día en el atractivo y comodísimo mundo del
piso de arriba, lejos del resto de la servidumbre, y siempre que fuese capaz de
estar a la altura de una conversación ligera, sin presunciones, a menudo su ama
la trataba con amabilidad, como a una compañera, tanto cuando estaba en la casa
como cuando se marchaba de viaje. Los verdaderos momentos de gloria de una
doncella de estas características se producían cuando podía ocupar su sitio en
un carruaje, codo a codo con su ama, o cuando tomaba asiento en el dormitorio
de ésta, esperando a atenderla cuando quisiera irse a dormir; aparte de la
doncella, ningún otro sirviente, con la excepción del ama de llaves, podía
permanecer sentada más de un instante en presencia de su amo, ya fuera en
público o en alguna de las habitaciones reservadas a la familia en el piso de
arriba.
Al final, sin embargo, se
trataba de un futuro posible que bastaba para que un puesto de tales
características valiese la pena. Siempre y cuando la doncella pudiera ganarse
la confianza de su ama, y conservarla, la doncella tenía grandes posibilidades
de llegar a ser el ama de llaves... a su debido tiempo. Ese ascenso la
convertiría en administradora de toda la casa, aparte de ser la persona de
confianza de su señora en todos los asuntos relacionados con la faceta práctica
de la administración de la casa. La doncella no tenía ninguna prerrogativa
sobre las dependencias de la casa; no tenía acceso a las llaves de los cajones
y los armarios, ni siquiera a los que custodiaban la ropa blanca, y carecía,
por supuesto, del poder de contratar al personal femenino; ahora bien, el
ascenso de un nivel al otro a menudo daba pie a que la doncella pensara, con
razón, en detentar estas y otras responsabilidades. Una vez cumplido ese
ascenso, cuando le llegase el momento de jubilarse podía, siempre y cuando se
hubiese promocionado dentro de la jerarquía de la servidumbre, contar con el
disfrute de una
reducida pensión y una
casita en el campo, por supuesto libre de cargas, hasta su fallecimiento. Esta
carrera, cuyas recompensas en principio bastaban para atraer a muchísimas
chicas que, como era el caso de mi abuela, tenían una serie de ambiciones muy limitadas
y la necesidad de algo sólido a lo cual aferrarse contra viento y marea y que,
pese a todo, tenían un único vinculo con el puesto, imponía un único requisito,
un requisito indispensable: la mujer que desease tener éxito en semejante
carrera tenía que dar la espalda en redondo al mundo del amor y, para qué
hablar, al matrimonio; dicho en otros términos, la doncella al servicio de una
señora de ninguna manera podía contar con gozar de una vida propia.
Puede que sea ir demasiado
lejos aseverar que mi abuela nunca fue una chica proclive al matrimonio, pero
la verdad es que da la sensación de que había tomado la resolución de
apañárselas sin amoríos ni casorios, por lo menos cuando empezó a trabajar en Uppark.
Se trataba de una resolución a la cual habían llegado infinidad de hombres y
mujeres, bajo la presión de las circunstancias prevalecientes en una época tan
sumamente difícil. De cada cien mujeres británicas de edades comprendidas entre
los veinte y los cuarenta, nada menos que cuarenta se quedaban sin casarse;
tres millones de personas de ambos sexos, comprendidas en esta franja de
edades, se hallaron en idéntica condición: se trata de una cifra formidable en
comparación con la población total de aquella época, que sobrepasaba con mucho
los dieciocho millones. Mi abuela tuvo que haber percibido la fuerza inapelable
del más sensato de los argumentos en pro de la evitación del matrimonio, el
mismo que prevalecía en la mentalidad de aquella enorme cantidad de personas:
dicho muy concisamente, ser pobre y tener hijos equivalía a ser más desdichado
que nadie. Por si fuera poco, pienso que probablemente también encontró
respaldo a su manera de pensar en sus propias inclinaciones. Buena parte de las
entradas que rescató de sus diarios anteriores hacen pensar que hubo algo en su
crianza que la predispuso a desconfiar de los hombres, y que su primer
encuentro más o menos íntimo con un hombre le dejó un poso de recuerdos
ingratos. Aun cuando no hubiese tenido un evidente rechazo hacia los aspectos
puramente mecánicos del sexo, sí que le había disgustado infinito encontrarse
en una situación en la cual siempre se vio compelida a desconfiar de cualquier
hombre.
Y entonces, cuando cumplió
los treinta años de edad, se enamoró de Uppark. Antes de irse a trabajar allá
había desempeñado dos puestos de principiante con familias pertenecientes a la
pequeña nobleza, pero aun cuando hubiese cumplido sobradamente bien en ambos
casos, aun cuando ambas familias le hubiesen tomado cariño y aun cuando ambos
patrones la hubiesen tratado con generosidad, sus experiencias en tales casas
no le habían proporcionado una idea clara de lo que significaba ser una de las
principales criadas de una gran casa. Cuando entró en Uppark, tuvo que haber
tenido la sensación de ingresar en un nuevo mundo, un mundo por encima de la
mezquindad y la presunción de la economía, libre de toda incertidumbre, en el
cual no habría de faltarle nada, en el cual otros se encargarían de cocinar
para ella, de atender a sus necesidades, aparte de estar espléndidamente
alojada, durante tanto tiempo como fuese capaz de satisfacer a sus patronas.
Cuando digo «espléndidamente
alojada» pudiera parecer que introduzco una consideración tal vez fuera de
lugar, pero estoy del todo seguro de que fue un hecho que tuvo un predicamento
especial sobre aquella chica procedente de la New Inn. Uppark se construyó en
su día, sin pararse a considerar los gastos, gracias a un hombre asombrosamente
rico de la época (1685-1690), antes que la ligereza se introdujera en los usos
habituales en tanto virtud arquitectónica, cuando el peso, el porte y la
sustancia aún seguían apreciándose como elementos constitutivos de la grandeza
del estilo arquitectónico. Hasta sus rasgos más despreciables —pongamos por
caso, las escaleras de servicio por las cuales tenía que subir y bajar a diario
mi abuela en sus idas y venidas, entre las dependencias de la planta baja y el
dormitorio y el vestidor de su señora en la primera planta—, están en
consecuencia dotados de un grado de fuerza y de solidez que aún resultan de
talante indudablemente románico. Incluso en su aposento, un dormitorio diminuto
en el ático, mi abuela podía tener la absoluta seguridad de hallarse bajo un
techo nobiliario. Y, tal y como muestra esa porción seleccionada de sus
diarios, tal como ella pretendió que mostrase, no solamente fue feliz por
trabajar en un escenario tan espléndido, sino que incluso adoró, positivamente,
la posición de que pudo disfrutar al hacerlo. Cuando acompañaba a sus dos
señoras a las poquísimas grandes casas de la comarca en las que eran bien
recibidas, se la alojaba en las estancias del ama de llaves, en calidad de
miembro del servicio superior de una hacienda de pro, en calidad de criada a la
cual pertenecía por derecho adquirido ese lugar. «Visitamos a Lord
Leconfield a comienzos del verano del cincuenta y dos; estuve allí entre viejas
y gratas amistades», escribió con una cierta contención en su diario. Y
gozaba a más no poder con pequeñeces como sus paseos en coche con Fanny
Bullock, así como con su primera visita a Londres, adonde acudió con sus amas
para ver todas las maravillas albergadas en la Gran Exposición Universal del
asombroso Crystal Palace de Paxton. Entonces fue más feliz, y estuvo más segura
de su futuro, que en toda su vida; gozó de un alojamiento espléndido, y
descubrió que su adorable señora era cada vez más su amiga íntima. Empezó a
entrever por delante todo un camino, atractivo y claro a más no poder. Y más o
menos entonces hizo su irrupción mi abuelo; tras haber despertado
momentáneamente en ella algo más poderoso incluso que sus prejuicios o su
determinación, la cogió desprevenida, le hizo perder el equilibrio,
aprovechando que ella estaba destrozada a causa de la repentina pérdida de sus
padres, y se casó con ella sin darle tiempo a reponerse.
Ahí radica la primera,
enorme causa del pasional resentimiento que ella reprodujo en su terrorífico
diario. Mi abuela nunca perdonó a mi abuelo que diera al traste con su
prudentísima resolución, desgajándola abruptamente de la masonería y la
seguridad que le había dado el mundo de los criados superiores en el cual había
sido tan feliz. Soñó noche y día con reingresar en ese mundo y, es curioso
decirlo, al final su sueño se hizo realidad. Tenía treinta y tres años en 1855,
cuando nació su primera hija, Francés. Sus dos hijos nacieron después, Frank en
1857 y Fred en 1862. Mi padre nació en el otoño de 1866. dos años después que
muriese aquella niña a la que tanto había amado. Catorce años después de su
deceso, tan pronto pudo ponerse a ello con la mínima decencia, lanzó a mi padre
de manos a boca al mundo del trabajo, en calidad de aprendiz de tapicero, y
dejó a su marido compuesto como estaba, para volver a servir en una casa.
En el curso normal de los
acontecimientos, a una mujer de cincuenta y ocho años de edad que en tiempos
había sido doncella de una dama, le habría resultado de todo punto imposible
encontrar nada mejor, si acaso, que un empleo de ama de llaves y acompañante de
una viuda de pocos posibles o, en el mejor de los casos, cocinera de algún
solterón o de algún viudo venido a menos. Mi abuela, sin embargo, se las
ingenió para inventarse un destino hecho a su medida. No había dejado de estar
en contacto con su señora, Francés Bullock, a lo largo de todos los años que
había echado a perder en Atlas House. Sus cartas abundantes y sus visitas
ocasionales a Uppark habían mantenido vivo el antiguo afecto de su señora. Lady
Fetherstonehaugh había fallecido en 1875, dejando a su hermana como única
heredera de la casa y de la hacienda, y cuando el ama de llaves falleció a su
vez, unos cinco años más tarde, a Fanny Bullock le agobió lo indecible la idea
de que muy pronto iba a encontrarse viviendo rodeada por desconocidos. Comoquiera
que no le agradó ni lo más mínimo semejante perspectiva, rebuscó en su pasado
para encontrar a alguien que pudiera hacerse cargo de la casa, y se le ocurrió
de inmediato el nombre de aquella Sarah Neal, que tan devota había sido siempre
para con ella. Estoy seguro de que mi abuela vio en este llamamiento una
respuesta a sus oraciones. Sin duda, fue algo extraordinario: se le brindaba de
nuevo la ocasión de volver a aquel ya muy lejano momento de su vida en el cual
había cometido su único, catastrófico error, para empezar de nuevo desde cero,
tal y como si nunca se hubiese fijado en mi abuelo, como si nunca hubiese
consentido que las pasiones de él gobernasen todos sus sentidos. A ella le
pareció, por fuerza, una dispensa especial. Iba a librarse, milagrosamente y en
un santiamén, de todas las consecuencias de su incongruente matrimonio. Mi
padre, quien al fin y a la postre era una de tales consecuencias, no pudo
compartir su inmenso placer ante este giro de los acontecimientos, aparte de no
estar dispuesto a que se librara de él con tanta facilidad.
Capítulo IX
"— ¡Hoyo! —exclamó Mr.
Polly: acto seguido, y solamente por cambiar, reiteró con gran énfasis— : ¡Oh!
—y a continuación se salió con uno de sus peculiares y particularísimos giros
idiomáticos—, ¡Oh! ¡Qué bestialidad de estornudo, qué hoyo!"[101]
The History of Mr. Polly
No estoy ni mucho menos
seguro acerca de cómo pudiera ser en realidad la casa que perdió mi padre
cuando mi abuela se fugó rumbo a su propio pasado. En el segundo capítulo de su
Experimento autobiográfico, en la sección titulada «Orígenes, I. 47,
High Street, Bromley, Kent», nos hace recorrer a los lectores un trayecto
turístico con guía a lo largo y ancho del inmueble. Durante un buen rato, no
nos encontramos con nadie. Subimos y bajamos por aquellas escaleras sin
alfombrar, examinamos la espantosa cocina que había en el sótano, nos fijamos
en qué mal situado se encuentra el horno de carbón, qué a desmano está; pasamos
luego al jardín de atrás, se nos muestra el maloliente cobertizo del retrete,
un simple agujero en tierra, todo esto sin topar con un solo ser vivo. Ahora
bien, mientras asomamos la nariz por la tapia divisoria que había al fondo del
jardín de atrás, por fin descubrimos a alguien. Ojo, que no se trata de un
miembro de la familia; es Mr. Covell, el carnicero, y nos lo encontramos
ensangrentado hasta los codos, en plena matanza semanal, ocupado en despachar
la cantidad asignada de cerdos, corderos y terneros. Sin embargo, es evidente
que no se nos ha traído hasta aquí para enterarnos de nada que concierna a Mr.
Covell. Mi padre se limita a mostrarnos que de lejos, más allá de la carnicería
en donde faena el matarife, se entrevé el cementerio y la vieja iglesia
parroquial de Bromley. A medida que el lector estira el cuello en esa
dirección, mi padre nos refiere que el cuerpo de su hermana Francés, muerta en
la flor de la edad, se encuentra enterrado en medio de las musgosas tumbas y
las lápidas escoradas.
Regresamos después hacia la
casa, y de inmediato se nos ofrece a modo de recompensa la visión de uno de los
integrantes vivos de la familia. Vemos por un momento a mi abuelo, que en esos
instantes comprueba que está en su sitio su partida de vasijas y fuentes de
cerámica de barro rojizo, cocido al horno, en el estrecho callejón cubierto que
separa el edificio número 47 del inmueble contiguo, en el cual reside Mr.
Munday, dueño de una tienda de artículos para caballeros. No se nos permite, de
todos modos, observar durante demasiado tiempo a mi abuelo en su ocupación
cotidiana; ni siquiera se nos dice cuál es su nombre y apellido. Antes bien,
somos víctimas de un torbellino que nos arrastra a una de las presentaciones de
una madre más extrañas que se puedan encontrar en cualquier ejercicio
autobiográfico de la literatura inglesa. Llegamos a dicha presentación dando un
peripatético rodeo. Mi padre nos llama la atención sobre el otro lado del
número 47, y nos muestra el añadido que Mr. Cooper, el sastre, ha construido en
la trastienda de su establecimiento. Nos indica que se trata de un taller, en
el cual los empleados de Mr. Cooper cortan los patrones y cosen las piezas de
los trajes, las chaquetas y los pantalones encargados por sus clientes. El
problema es que desde las ventanas del taller se domina a pedir de boca el
camino de tierra batida que conduce desde la puerta de atrás del número 47 al
cobertizo del retrete que se halla al otro extremo del jardincillo. Para mi
abuela, se nos indica, siempre fue motivo de notable preocupación el no tener
jamás la certeza de que los empleados de Mr. Cooper, mozalbetes y hombres
hechos y derechos por igual, espiasen o no sus idas y venidas por el camino.
Tal pensamiento lleva a otros similares, como las cerezas sacadas de un cesto
que se enganchan unas con otras, y es entonces cuando se dirige la atención de
los lectores hacia el lecho de flores que hay junto al cobertizo del retrete;
en tan triste pedazo de tierra jamás crecería ni una planta, según nos
enteramos, porque los gatos del callejón lo utilizaban en masa como urinario.
Una vez introducido el tema de la jardinería de esta manera, de rondón, mi
padre prosigue diciéndonos que mi abuelo fue un jardinero de notable
determinación; para demostrarlo, nos muestra la enredadera que cubre buena
parte de la tapia trasera del número 47. Ha conseguido que prospere, aun cuando
fuese plantada de manera poco o nada prometedora en un agujero abierto entre
los ladrillos del suelo, cerca de la puerta de atrás.
De nuevo nos introducimos en
el interior de la casa, con objeto de saber cuan míseramente amueblada está,
con qué podridos artículos de segunda mano. Y entonces, de sopetón, mi padre
pasa a decirnos que sus padres durmieron en habitaciones distintas desde que le
alcanza la memoria, y prosigue diciendo que tiene la convicción de que esta
disposición a la hora de dormir constituía un sucedáneo de las técnicas de
control de la natalidad. Introduce esta observación para decir que tiene dos
hermanos mayores, y pasa después a hablar de las cucarachas. Su recuerdo es que
existían estos insectos en el número 47 en tal cantidad que el recinto despedía
por norma general ese olor apestoso, inequívoco, de las cucarachas reventadas a
pisotones, o bien al aceite de parafina con que mi abuelo empapaba las tablas
de la tarima y los rodapiés, con la vana esperanza de que las cucarachas
encontrasen otro alojamiento que no fuese su casa. Mi padre pone punto final a
la digresión con la agria observación de que cada parte de la casa despedía su
característico olor. De algún modo, esta observación sirve para airear el
ambiente, con lo cual anuncia que ha concluido la descripción del medio en que
vino a este mundo, y que ha llegado el momento de decir algo más acerca de su
padre y su madre. Intentará, así pues, hacemos saber qué clase de personas
eran, y de qué manera terminaron por habitar en tan repulsivo agujero. Nos dirá
incluso cómo se llaman. A pesar de la viveza con que evoca mi padre los
horrores de Atlas House, hay algo en su manera de presentarlos que me hace
pensar que esta descripción es mucho más subjetiva que objetiva, y que la
imagen que va pintando bien podría estar mucho más relacionada con los
sentimientos de su propia madre que con la realidad física del lugar. Por
viejas fotografías he podido saber que el edificio era uno más dentro de un
grupo de construcciones características de la arquitectura clásica de la calle
mayor de una pequeña localidad inglesa, cada una de las cuales tenía dos
plantas y una más, abuhardillada, encima de la planta baja, dedicada al
establecimiento comercial del que vivía la familia. Se diría que a este tipo de
edificaciones se les dio en su día una engañosa apariencia victoriana debido a
las remodelaciones de las fachadas, muy al estilo de finales del siglo pasado,
si bien su aspecto en general deja entender muy a las claras su pertenencia a
un tipo de edificios muy común y extendido, que datan de los siglos XVI y XVII
y que fueron modernizados entre 1770 y 1840. Se añadieron nuevas fachadas de
ladrillo visto a la planta baja, o bien fueron sometidas a ciertas alteraciones
de naturaleza más formidable incluso, como la reconstrucción integral de toda
la fachada. Atlas House, así como las casas colindantes, me da la sensación de
que fue objeto del tratamiento más drástico, tras lo cual quedó dotada de un
conjunto de estancias de estilo georgiano, que daban a la calle y que ocultaban
la envejecida estructura de vigamen de madera situada a sus espaldas. La
descripción que de todo ello hace mi padre suena en parte como si se tratase de
una casa de arrabal, en pésimas condiciones, cuando fue su hogar, pero lo más
probable es que fuese entonces lo que siempre había sido, es decir, una sólida
edificación construida por un comerciante, que cualquiera que hubiese sido
feliz incluso solamente a medias habría considerado un hogar sobradamente
confortable y placentero. A pesar de los pesares, mi abuela jamás le dio la
menor oportunidad. En sus diarios queda bien claro que aborreció Atlas House
desde el momento mismo en que posó en ella su mirada, y que ya en sus primeros
días de estancia bajo sus tejados tomó la inapelable decisión de que George
Wells los había engatusado a todos para que adquiriesen la propiedad de la casa
antes de que sus negocios diversos quedasen abocados a la bancarrota. El tono
que da a todas sus referencias al lamentable y desaliñado estado de las
habitaciones en las que había de pasar toda su vida, y a la pésima calidad del
deteriorado inventario de los muebles, no deja lugar a dudas en este sentido.
Ese tono me hace pensar que ella estaba absolutamente segura de que el ímpetu
de mi abuelo iba a obligarla a repetir punto por punto todo cuanto había tenido
que soportar en New Inn a raíz del fallecimiento de su padre. Iba a verse
despojada de todo una vez más, para terminar por verse arrojada a la calle, sin
otro sitio al que dirigirse, exceptuando el asilo.
Las perspectivas de
viabilidad del modesto establecimiento en que mi abuelo había emprendido la
venta de piezas de porcelana no eran en realidad tan agoreras. Para empezar, su
localización era francamente buena. Poco a poco mejoraban los tiempos; Bromley
era una localidad en crecimiento. En 1851 tenía cuatro mil habitantes, cinco
mil quinientos en 1861 y diez mil seiscientos en 1871. Habida cuenta del ritmo
de crecimiento, algo menor en aquella época, podría decirse que mis abuelos
habían iniciado la aventura a comienzos de un «boom». Quien haya conocido cómo
es Bromley hoy en día pensará que entonces era un lugar amenazado, en vías de
extinción, a punto de ser absorbido por el ensanchamiento suburbial imparable
de Londres. Lo cierto es que este desenlace sólo se produjo mucho tiempo
después; esta amenaza no era en modo alguno visible en los años cincuenta del
pasado siglo. El ferrocarril directo a Londres, que posibilitó el que los
residentes en Bromley viajasen a diario a trabajar a la gran ciudad, en 1861 nada
tuvo de amenazador, particularmente desde la óptica de un minorista de la
localidad. El Manual de los alrededores de Londres, publicado por John
Murray, ensalza la localidad a mediados de la década de los setenta.
Bromley se encuentra sobre
una elevación del terreno, en medio de un paisaje profusamente boscoso y
pintoresco; tiene reputación de ser beneficioso para la salud en general,
cuenta con buenos enclaves, es de fácil acceso, y, consecuentemente, se halla
muy favorecido por los comerciantes de la gran ciudad, para los cuales se han
construido cómodos chalets en todos los emplazamientos en que tal edificación
ha sido posible. La propia localidad tiene aire de ser plenamente consciente de
su propia respetabilidad. Desde la estación de ferrocarril se llega al centro
de la población por un camino flanqueado por las altas tapias que circundan los
dominios de las casas señoriales, algunas de las cuales, sin embargo, se hallan
en proceso de demolición y reconstrucción.
Toda la información de que
disponemos confirma este cordial informe, y sugiere que no existía nada que
impidiese probar fortuna en condiciones intentando sacar partido de Atlas
House, vendiendo mercaderías muy necesarias en los nuevos domicilios que iban
creándose por toda la población. Que esta imagen del número 47 de High Street
como propuesta comercial viable no entra en perversa contradicción con la
valoración de mi padre, menos favorable desde luego, salta a la vista, según mi
entender, por el calendario mismo del fracaso de mi abuelo. Por grande que sin
duda ninguna fuese su talento para forjar desastres tanto para sí como para las
personas que de él dependían, le costó nada menos que treinta y un años
destrozar el negocio hasta dejarlo por los suelos. Inició su empresa en Atlas
House en octubre de 1855, pero no fue a la bancarrota hasta mayo de 1887. La
tienda, o a mí al menos me lo parece, tuvo que oponer una obstinada resistencia
a su por lo demás empedernida falta de tacto en lo administrativo y lo comercial.
Es bastante fácil imaginar
por otra parte en dónde metió la pata mi abuelo. Para empezar, se había
dedicado a un negocio del que no sabía lo que se dice nada; su única esperanza
de tener éxito radicaba en consagrar a su empresa toda su atención, dándole todo
su tiempo, hasta tomar las riendas del asunto. Contaba con una pésima
financiación; no pudo permitirse el gastar ni un penique de más, ni hacer un
movimiento en falso, hasta que lograse amasar una reserva de dinero contante y
sonante. Pero era un hombre de natural expansivo, carente del temperamento
necesario para disciplinarse y aprender las prácticas elementales de la
economía más despiadada, del trabajo duro. Comenzó a presentarse como Maestro
Negociante en Porcelanas mucho antes de haber aprendido los rudimentos del
juego, y se dejó llevar fácilmente por el hábito de utilizar el encanto como
sucedáneo del capital. Tenía una personalidad atractiva; le resultaba muy
sencillo lograr a base de labia que le ampliasen el crédito. La historia de su
trayectoria en los negocios iba a ser, en consecuencia, una lenta acumulación
de problemas que él mismo se iba causando.
Aparte de eso hay que tener
en cuenta otro juego, el cricket. Mientras se dedicó a estropear a conciencia
sus posibilidades en la jardinería, en los tiempos de Redleaf, sentó los
cimientos de una carrera de jugador profesional de cricket. Era tan bueno que
bien pronto fue la estrella del West Kent Cricket Club, lugar que ocupó durante
su primera década en Bromley; a comienzos de los años sesenta del siglo pasado,
sus mortíferos lanzamientos lentos y con efecto le granjearon un puesto en el
equipo oficial del condado. Estaba por entonces en magnífica forma física. Era
capaz de grandes actuaciones entre los bateadores, sobre todo con un campo en
buenas condiciones. Su momento de gloria tuvo lugar un día de junio de 1862,
cuando ocupó por derecho propio un lugar en el libro de los records de este
deporte al ser el primer bateador que logró cuatro tantos con cuatro bolas
consecutivas en un partido de la liga entre condados. Esta hazaña lo convirtió
en toda una celebridad en los alrededores, ganándose una sólida reputación que
terminó por servirle para trabajar como entrenador de cricket en la Escuela
Secundaria de Norwich, puesto gracias al cual iba a tener una fuente fija de
ingresos a finales de los sesenta y durante la mayor parte de los setenta. Fue,
eso sí, un trabajo que se lo llevó de su casa y lo mantuvo lejos de la tienda
durante la mayor parte de todos los veranos, desde comienzos de mayo hasta
finales de julio.
El odio que sentía mi abuela
por la afición al cricket de mi abuelo fue sin duda algo menor que el odio que
le inspiraba Atlas House y la tienda, al menos hasta el año en que realizó la
mencionada hazaña y se convirtió en una celebridad local. Después del
acontecimiento, el cricket pasó al primer lugar en la lista de las cosas que
detestaba. Su momento de gloria en el campo de cricket, en pleno verano de
1862, tuvo su esperada contrapartida más avanzado el año. En Navidad, las cosas
se habían torcido a tal extremo entre la pareja que mi abuelo se marchó de casa
el 24 de diciembre a Gloucester, a pasar el resto de las vacaciones con su
hermano Charles-Edward. Mi abuela dedicó una de las más espeluznantes entradas
de su diario a este ultraje imperdonable, pero lo peor aún estaba por llegar.
Durante el verano siguiente, mi abuelo decidió explotar su gran fama de jugador
de cricket haciendo de la tienda un punto de venta de artículos deportivos, sin
dejar de lado el comercio de la porcelana. Esto soliviantó a mi abuela por dos
razones distintas. La primera es bien simple: sabía perfectamente que no se
disponía del dinero suficiente para financiar esta nueva iniciativa. Sólo
podría mi abuelo dedicarse a esta nueva actividad endeudándose más aún. Y ella
estaba muy en lo cierto. Mi abuelo mantenía trato amistoso con un primo suyo
llamado John Duke, que se dedicaba a fabricar bates y pelotas de cricket en
Penshurst; le fue bien sencillo hablar con él y convencerlo de que le
suministrase todo lo que deseaba a cambio de pagarle cuando vendiese los
artículos. Esta nueva deuda aterrorizó a mi abuela, porque se dio cuenta de que
su esposo estaba llevando a cabo la peligrosa táctica de aplazar sus deudas y
condicionar unas a otras. Mantuvo como buenamente pudo a raya a sus acreedores
mediante pagos a cuenta, dejando a la vez que esperasen los que menos le
apremiaban. Y ella vio, horrorizada, que esta manera de vivir iba pareciéndose
más y más a la que había llevado su padre. La segunda causa de su enojo fue que
este nuevo frente de negocios trajo a infinidad de aficionados al cricket a su
tienda. Siempre había aborrecido tener que dejar en suspenso las labores de su
casa para vender piezas de porcelana durante las ausencias que por motivo del
cricket repetía de continuo su marido, y odiaba desde luego tener que bajar a
la puerta cuando la campanilla tocaba a rebato, para verse obligada a charlar
sobre bates y pelotas y guantes con los aficionados al cricket. La entrada del
29 de agosto de 1863, en su diario, resulta casi incoherente por la sensación
de ultraje que la invade, pues mi
abuelo se ha pasado el día
entero en un partido de final de temporada, en el terreno de juego del equipo
del condado:
J. W. fuera todo el día.
Último partido de la temporada en Chiselhurst. ¡Qué vida ésta! Esto del cricket
me convierte en una esclava. No podemos permitimos tener una criada y esta casa
totalmente desordenada la tengo que arreglar yo sólita con el trabajo que da
por no hablar del cuidado de los tres críos y de atender a diario o casi en la
tienda y hacer toda la costura. ¡Y sigo sin ser apreciada! Qué más puede
esperar el hombre de la mujer, digo yo.
Podría parecer improbable
que las cosas hayan podido empeorar más incluso, pero lo cierto es que ese
empeoramiento no se hizo esperar. Un día de 1864 Francés Wells se fue a tomar
el té con pastas a casa de los hijos de Mr. Munday, el vecino. Regresó a casa
animada, feliz, se sintió indispuesta por la noche y de hecho falleció a causa
de lo que por entonces se denominaba «inflamación de las entrañas». Mi padre se
inclinaba a pensar que lo que causó su muerte fue una apendicitis, pero mi
pobre abuela siempre estuvo convencida de que en el curso de la merienda los
Munday le habían dado de comer algo en mal estado, y por eso pensó que había
muerto envenenada. Mi abuela les culpó de la muerte de su hija, y ya nunca más
les dirigió la palabra. La pérdida de su adorada Possy la desmoralizó del todo,
por pensar que lo único digno de tener que le había dado su matrimonio le había
sido cruelmente arrebatado; apenada, optó por una desesperada jugada. Reanudó
las relaciones sexuales con mi abuelo, con la esperanza de que Dios se apiadase
de ella y consintiese en que engendrara otra hija. No fue así, pero sí se
encontró con un nuevo bebé, otro varón, cuando ella tenía ya cuarenta y tres años
de edad.
Después del alumbramiento,
la vida en Atlas House adoptó el abrumador carácter que evoca mi abuela en su
diario, cuando recuerda el desastre que acaeció en su hogar durante las
vacaciones de Semana Santa de 1867. Mi padre había invitado a dos de sus primas
más jóvenes, de Penshurst, a que pasaran en su casa toda la semana. Hubo un
malentendido; ellas pensaron que sólo se les había invitado a pasar los días de
Pascua.
16 de abril: Las visitas
esperadas durante todo el día no han llegado. 17: Ann no vino ni escribió
tampoco. 18: Llegó esta mañana. Tuve que preparar chuletones para la cena y
todo el jaleo. 19: Viernes Santo. Ann y Eugenia fueron a la iglesia de Bickley llegaron
a cenar y lío enorme para prepararles pescado a todos. Ann se comportó hoy como
si no tuviese corazón; nunca podré olvidarlo. Después de la cena encendí la
chimenea en el piso de arriba, subí el té y las atendí durante todo el día por
eso no pude ir a la iglesia y al anochecer habló de mi pobre queridísima Fanny
con tan malas palabras que le dije llanamente amiga mía cruel dura mujer sin
corazón hablar así de mi queridísima niña fallecida es demasiada falta de
delicadeza. Me dio lo mismo lo que dije. 20: Después de merendar más problemas
con las amistades de mi esposo tanto que es imposible de contar... Orgullosas
altivas qué se habrán creído las dos para tratarme como si yo fuera su criada
en mi propia casa...
Mi padre había de pasar los
primeros catorce años de su existencia en este ambiente de rencores constantes.
Siendo el curso de los acontecimientos el de costumbre, mi abuela se encargaría
de la casa con los labios apretados, alerta a la hora de acumular nuevas,
frescas ofensas como si las coleccionase, aunque de hecho estuviera tomándose
el tiempo necesario hasta haberse hartado de tomaduras de pelo, hasta haber
acumulado las ofensas suficientes para canjearlas por un estallido de cólera y
de hostilidad manifiesta. De cuando en cuando armaba una zapatiesta del diablo,
y los vecinos podrían oír claramente a mi abuelo, en un furioso intento por
callarla a gritos, tan pronto ella le hubiese espetado lo que tenía que
decirle. Mientras iba acumulando las energías y los motivos necesarios para
tales estallidos, encontraría algún momentáneo alivio en toda clase de
sabotajes domésticos. Los posibles compradores de equipamiento para la práctica
del cricket tendrían que salir de la tienda con las manos vacías si estaba ella
atendiendo en el mostrador, aturdidos por su presunta incapacidad para
encontrar todo lo que hubiesen venido a comprar, siempre y cuando no estuviese
a la vista. La comida de la familia aparecía en la mesa requemada o cruda, y
cuando mi abuelo decidía pasar el atardecer en casa, lo más probable es que
perdiera los estribos al verse obligado a contemplar cómo recurría ella a un
impávido, gélido mutismo. Se las arregló incluso para que sus remiendos y sus
costuras fuesen mensajeros de su resentimiento. Esto podría parecer una idea[102]
puramente fantástica, pero lo cierto era y sigue siendo que, tras dar cuenta de
que su madre había sido aprendiz de costurera durante más de cuatro años, y de
que durante otros diez años más se había visto en infinidad de situaciones que
exigieron de ella verdadero talento con las agujas y los hilos, mi padre pasa a
decir que le hacía la ropa de manera tan defectuosa, y se la remendaba con tal
torpeza, que esto le convirtió en objeto de irrisión al presentarse vestido así
en la escuela.
Sus esfuerzos por hacer que
alguien, quien fuera, pagase por todos sus padecimientos, tuvieron a largo
plazo un efecto contrario, ya que aumentaron sus sufrimientos: cuanto más se
enojaba con su marido por olvidarse de ella y por descuidar sus negocios, atento
tan sólo a su amadísimo cricket, más tiempo pasaba él lejos de casa. Y cuanto
más tiempo pasaba él lejos de casa, más necesitaba el dinerillo contante y
sonante que le proporcionaba su dedicación al cricket. Y cuanto más tiempo
pasaba en el campo de cricket, menos le quedaba para dedicarlo a su mujer y a
sus negocios. Al año siguiente de que tuviese lugar aquella explosión durante
las vacaciones de Semana Santa, aceptó el trabajo de entrenador en Norwich que
iba a mantenerlo alejado de Bromley durante los tres meses de verano, y así
iban a ser las cosas durante la década siguiente. Más o menos por entonces se
le desarrolló un hábito contumaz de pasar la mayor parte de las tardes, cuando
estaba en Bromley, bien acodado a la cómoda barra del Duke's Head, taberna
situada no muy lejos de Atlas House, o bien algo más allá, en The Bell. Si es
preciso creer lo que dice mi padre, el hábito que tenía mi abuelo de frecuentar
The Bell a él en concreto no le perjudicó demasiado, al menos a la larga. Al
contrario, insiste en que le había hecho un gran bien, aun cuando fuese de
manera harto peculiar y sin duda tortuosa. Un buen día de 1874, cuando mi padre
tenía ocho años, sus dos hermanos mayores lo llevaron a presenciar un partido
de cricket. Mientras jugaban por los alrededores del tenderete en el que se
expendía cerveza, se encontraron con el hijo del dueño de The Bell, un mocetón
que los reconoció de inmediato: eran los hijos de uno de los clientes
habituales de su padre, y se atrevió a tomarse con ellos una familiaridad.
Agarró a mi padre y se puso a jugar con él, lanzándolo por los aires, cada vez
más alto, preguntándole a la vez: «Y tú, niño, ¿de quién eres?» En el último
lanzamiento por los aires no logró recoger a la víctima, que cayó al suelo
dándose contra una de las clavijas que sujetaban los vientos del tenderete, y
rompiéndose de ese modo la tibia. Lo que dijo mi padre respecto de este
accidente, en 1933, fue que probablemente habría fallecido a muy temprana edad,
convertido en un hastiado dependiente de una tienda, de no haberse partido el
hueso en aquella ocasión. Como acababa de descubrir los goces de la lectura, su
visión de la vida misma se transformó por completo. Años después seguía estando
convencido de que, de no haber sido porque tuvo que guardar cama durante el
resto de aquel verano, sus padres se habrían dado cuenta de lo que estaba
ocurriendo y habrían dado los pasos pertinentes para que no se aficionase a un
hábito tan poco adecuado como la lectura, antes de que el hábito se adueñase de
su voluntad. Tal y como sucedieron las cosas, empero, se le facilitaron todos
los libros que quiso, a manera de compensación, durante el tiempo en que estuvo
inmovilizado y en cama. Y así fue cómo una simple torpeza del hijo del dueño de
The Bell lo puso en camino de convertirse en un hombre de letras.
La historia pudo haber
ocurrido seguramente así, pero no estoy ni mucho menos convencido de que ésa
sea toda la historia. Mi padre introduce su versión del accidente[103] y la
secuela que a su parecer trajo consigo entre dos pasajes de lo más curioso,
referido el primero a su madre y el segundo al despertar de su interés por el
sexo. El primero bien podría describirse como un osado intento de remodelar por
escrito a su propia madre. En él observa que no cree de hecho que fuese una
mujer agudamente desdichada. Cree en cambio que se refugió de la realidad en un
mundo de inocentes ensoñaciones cada vez que por las tardes se ponía a
tricotar. Nada más enhebrar la aguja se consolaba con un hilo de mezquinas y
gratificantes ficciones; se imaginaba placenteros encuentros que nunca habían
tenido lugar y que con toda probabilidad nunca lo tendrían, y se entretenía en
sus cálidos, reconfortantes pensamientos acerca de sus hijos, en lo bien que le
iba en la escuela al «querido Bertie», en cómo se las apañaban el «querido
Frankie» y el «querido Freddie» en el trabajo... Mi padre habla en estos
términos de aquellas solitarias veladas de meditación y melancolía que dieron
pie a la corrosiva amargura que impregna todas y cada una de las entradas de su
diario. Esta fantasía en torno a las fantasías de mi abuela concluye en el
cielo, a donde termina por enviarla mi padre, ya que en sueños imagina incluso
haberse encontrado de nuevo con su queridísima Possy en algún vergel celestial,
convertida en niña para toda la eternidad, sin haber sufrido ningún cambio. El
segundo de los temas comentados se plantea mientras habla de los libros que se
le dieron a leer durante el tiempo que duró la curación de su pierna rota.
Entre ellos hubo algunos volúmenes encuadernados de Punch y, si es preciso
creer sus palabras, las caricaturas políticas que contenía la revista fueron la
mecha que encendió su fuego. Las prosopopeyas gráficas y tremendamente sexuadas
que dibujaba Samboume de naciones como Britannia, Erin, Columbia, La France,
etcétera, bastaron para que se produjese el milagro. «Desde aquellos tiempos
y en lo sucesivo tuve plena conciencia de las mujeres», dice.
Bien pudiera haber sido así,
aunque resulta difícil creer que sea un mero accidente el responsable de que mi
padre diese el salto desde esta afirmación hasta un pasaje abigarradamente
defensivo, en el que arremete contra las ideas de los «maestros del psicoanálisis».
Todo lo que dicen, sostiene, puede ser cierto en el caso de los judíos
austriacos y los orientales, pero en modo alguno puede serlo cuando se habla de
los ingleses o de los irlandeses. No concibe, señala, la posibilidad de
encontrar ni la más mínima huella de una fijación materna o de un complejo de
Edipo, ni de otras patologías por el estilo, en la configuración de su propia
personalidad, y prosigue en un tono diríase que desafiante, hasta ratificar que
los besos que le dio su madre cuando era pequeño fueron actos significativos,
siempre expresiones de cariño, nunca caricias. Concluye con un posicionamiento
digno de cortar la respiración del lector más pintado, diciendo que de pequeño
no encontró mayor significación de índole sexual en su por lo demás decente y
atildada madre que, literalmente, la que pudo detectar en los sillones y el
sofá del salón. Después regresa con ánimo desafiante al tema de sus diosas,
ocasión en la que añade a la lista de los objetos amorosos seguros de toda
confianza los bustos en yeso de la estatuaria griega que se encontraban
agrupados por propósitos educacionales en la sección museística del Crystal
Palace, que estaba al otro lado de la colina cercana a Bromley, en las
proximidades de Sydenham, en la época de su juventud. Sí, verdadaderamente,
insiste, fueron esos bustos fríos e inamovibles, esas ilustraciones, esas
agrupaciones de líneas a tinta trazadas sobre el papel, esos signos arbitrarios
que querían representar lo auténtico, fueron todos estos elementos los que le
proporcionaron los primeros indicios de conciencia respecto de las mujeres,
vistas en tanto objetos con importancia propia, al contrario que el mobiliario
del salón. Toda relación con seres de carne y hueso, iguales que él, pero sin
embargo diferentes, no tuvo nada que ver en el caso.
No me di cuenta de lo
desmesuradamente fuera de lugar que resulta este posicionamiento la primera vez
en que me encontré con este pasaje, poco después de que se publicase la
autobiografía de mi padre. Su extrañeza sólo me resultó aparente cuando,
tardíamente, hice el siguiente descubrimiento: todo ello lo había dicho
anteriormente, en una novela de 1922, titulada Lugares secretos del corazón.
La relación que existe entre los pasajes análogos de uno y otro libro es tan
íntima que parece razonable afirmar sin miedo al error que una parte de lo que
había sido primero ficción se había convertido en hecho de la realidad pasada
una década desde el momento en que tuvo lugar la invención.
Mi padre sólo pudo haber
hecho este prolongado esfuerzo por convencerse de que aquellas improbables
diosas blancas habían tenido tanta importancia en su formación porque en modo
alguno deseaba tener que afrontar otras ansiedades menos fáciles de tramitar,
en concreto las que de hecho lo habían asediado por entonces. No es difícil
detectar de qué se trataba. El hijo del dueño de The Bell había dado
literalmente en el clavo con su juguetona pregunta: ¿Tú de quién eres? ¿De tu
padre o de tu madre? Y esta pregunta le fue realizada con ocasión de una de sus
primerísimas incursiones por el césped del campo de cricket, territorio de su
padre, cuando sus hermanos mayores comenzaron a iniciarlo en los secretos de
ese mundo de camaraderías masculinas que su madre con tan palmaria evidencia
aborrecía y despreciaba. El hijo del dueño de The Bell, de quien él bien sabía
que era amigo de su padre, le había pedido a las claras que tomase partido en
un sentido u otro. Lo más probable es que hubiese intentado pronunciar entrecortadamente
el nombre de su padre, entre un lanzamiento al aire y el siguiente, cuando cayó
al suelo y se partió la pierna. Tuvo que haber sido como si acabase de recibir
un castigo por desear manifestarse como hijo de su padre. Me imagino que para
entonces ya había caído en la cuenta, a juzgar por la reserva con que lo
trataba su madre, de que en ese dominio en concreto la había traicionado. Ella
sintió una gran
desilusión cuando él resultó
ser varón. No pudo haber conseguido disimular su desilusión a ojos de su hijo:
para complacerla totalmente debiera haber sido niña.
No creo que sea un
anacronismo plantear la cuestión de la identificación sexual en el contexto de
la infancia de mi padre. No basta con decir que los ingleses de la época
victoriana no tenían sencillamente conciencia de tales concepciones, sólo
porque viviesen en una época anterior a Freud. No tuvieron la necesidad de
conocer los problemas relacionados con esta cuestión según son definidos en
términos freudianos: lo cierto es que les turbaron estos problemas. En este
caso en concreto, la susceptibilidad de que se sintiesen turbados se daba
exacerbada por los usos y costumbres sociales. La fotografía más antigua que
conozco de mi padre lo muestra no mucho antes de que cumpliese cuatro años,
ataviado con un vestido de cuello abullonado, mangas de las llamadas «de
jamón», y una falda de tres cuartos cuyo bajo, con cola, distaría dos metros y
medio del cuello. Esto no era ni mucho menos extraño en 1869. En aquella época,
los niños menores de cinco años eran considerados parte integrante del mundo
femenino de la casa; su virilidad era únicamente algo potencial. Sólo
comenzaban a salir de ese mundo mucho después de haber cumplido cuatro años;
los cambios en sus atuendos eran expresión de los cambios acaecidos en su
propio estatus. En una familia en la cual las cosas iban de mal en peor entre
marido y mujer, y además de manera tal que los niños por fuerza tenían que ser
conscientes de ello, la cuestión de la identificación sexual resultaría mucho
más complicada que en otras, y ello por razones obvias. Un niño pequeño al que
agradase y mucho su madre, teniendo además sobradas razones para sentir miedo
de su padre, tenía enormes probabilidades de notar que había sido desleal con
ella una vez se puso el uniforme de la virilidad y salió así del mundo femenino
de la casa. También las mujeres notarían que sus hijos les eran arrebatados y
que sólo por obligación se enrolaban en el bando enemigo; dudo mucho que
ocultasen a sus propios hijos la amargura que tal desenlace les producía. Mi
padre se había criado en un ambiente que era de por sí una crítica constante
hacia mi abuelo, de modo que habría estado sujeto tanto en temporada de cricket
como durante el resto del año a oír insinuaciones o cortantes referencias al
cabeza de familia, magnificando sus defectos. Se le enseñó desde el principio a
imaginárselo como un desastroso inepto, un fracaso de hombre, de manera
bastante notoria. Esta visión de Joseph Wells habría sufrido el primer desafío
cuando los hermanos de mi padre le hicieron saber que habían descubierto que el
progenitor era toda una figura más allá de los límites de Atlas House. Que los
chicos descubriesen la celebridad de su padre en el mundo de los deportes
aceleró el cambio de la tienda al cricket dentro de la lista de quejas
prioritarias en los diarios de mi abuela. Lo que le dolía no era que su esposo
hubiese realizado una hazaña por la cual se hubiese convertido en una
celebridad entre los aficionados al cricket, sino que se hubiese erigido en
glorioso modelo para sus propios hijos. Frank y Fred habrían visto con qué
admiración se recibía a su padre en un mundo de camaradería natural y buen
humor, convertido en un hombre pertrechado de abundantes virtudes, y si no
llegaron a decir a su hermano pequeño con demasiadas palabras que el mundo al
aire libre propio de su padre era muchísimo más interesante y muchísimo más
divertido que el que habitaba su madre, ciertamente sí que le hicieron saber
que se estaba perdiendo un montón de disfrutes, y que seguiría perdiéndoselos
mientras se contentase con ser el «ojito derecho de mamá». Y cuando por fin fue
al campo de cricket, para descubrir que allí tenía una identidad propia, por el
mero hecho de ser «el chavalillo de Wells, el lanzador», y que los personajes
que rondaban el marcador del partido y el tenderete de las cervezas mostraban
una clara inclinación a mostrarse amigables y alegres con él, simplemente por
eso, muy pronto fue castigado por su perversa deslealtad. ¿Cómo? Rompiéndose
una pierna.
Es desde luego posible
preguntarse si el descarado y cachazudo mocetón que aquel día lanzó a mi padre
por los aires llegó de hecho a hacerle aquella pregunta tan singularmente
pertinente al caso. Pero a la postre poco importa que mi padre oyese o no el eco
exacto de aquellas palabras durante los cincuenta y ocho años que
transcurrieron entre el momento en que creyó oírlas literalmente y el año de
1932-1933, cuando las puso por escrito. El quid de la cuestión, al menos según
mi entender, es que dichas palabras las adjuntase al incidente recordado tanto
tiempo después. Esto me indica que dicha pregunta, de una forma u otra, pesaba
sobre sus hombros en la época en que acaeció el accidente, y que se sintió
terriblemente desgarrado entre el hecho de ser el hijo de su madre o el de su
padre, todo lo cual le llevó a tener una abrumadora sensación de culpabilidad
debido sobre todo al hecho ineludible de que su propio desarrollo físico lo
empujaba hacia lo que solamente podría ser un futuro masculino.
Una simpática fotografía de
1876 parece sin embargo tomarse a chanza esta idea. En ella aparece mi padre
sentado en una silla, en el estudio de un fotógrafo de moda por entonces, sin
fingir siquiera el menor interés en el álbum abierto ante la mesa que a tal
efecto se ha colocado delante de él. Tiene un aire impertinente, de muchacho
confiado en sí mismo, y parece todo un fanfarrón. La chaquetilla de zuavo que
viste podría parecer un tanto ambigua a un ojo estrictamente moderno, pero se
trata de un estilo considerado en la época muy militar y elegantemente
masculino. Tanto en su actitud como en su atuendo, proyecta una apariencia
adecuadamente masculina. La fotografía concuerda con lo que él mismo dice de su
vida por entonces en su autobiografía, esto es, que era en aquel entonces más
feliz de lo que había sido en años anteriores, más feliz también de lo que
había de ser en años venideros. El cambio que había tenido lugar en su persona
se había producido porque tan pronto sanó su
hueso roto comenzó a asistir
a la Bromley Academy, la pequeña escuela privada situada en la otra punta de
High Street, en donde un escocés llamado Thomas Morley hacía todo cuanto estaba
en su mano por un grupo de alumnos compuesto por unos veinticinco o treinta y
cinco muchachos, de edades comprendidas entre los siete y los catorce años.
Mis dos tíos, Frank y Fred,
en la época en que fue tomada la fotografía de mi padre con chaquetilla de
zuavo ya habían pasado por manos de Morley sin haber obtenido un beneficio
notable. A finales de 1871 Frank había pasado, concluida su educación escolar,
a ser aprendiz de pañero; Fred desapareció de escena, camino de una ocupación
igualmente servil, a comienzos de 1876. Que los dos dejasen la escuela dejó a
mi padre casi en la cumbre del alumnado, ya que aun cuando ninguno de los dos
hubiese causado una especial impresión en él, Morley ya había descubierto a mi
padre, dándose cuenta de que era uno de los más brillantes y prometedores
alumnos que jamás podrían pasar por sus manos, con lo que puso especial
hincapié en su educación, al menos en todo lo que de él dependía. Ser el ojito
derecho de Morley era algo muy distinto de la amistad. Cuando se marchó Fred[104] de la
escuela, mi padre se encontró en posesión por primera vez en su vida de lo que
podría calificarse como vida privada. De repente se abrió ante sus ojos un
mundo de compañerismo, un mundo interesante, lejos de los nubarrones de las
tensiones familiares y de las rivalidades soterradas; en dicho mundo tuvo
además la suerte de encontrar a un amigo de verdad, un joven de mente muy
despierta, llamado Sidney Bowkett, que más adelante llegaría a forjarse cierta
fama como dramaturgo ambulante, y que le dio el modelo del personaje llamado
Chitterlow que aparece en Kipps. Bowkett fue el compañero inseparable de
mi padre hasta que terminó su estancia en Bromley, y siguió siendo amigo suyo
durante los veinticinco años siguientes. La fotografía de 1876 muestra a mi
padre radiante por el descubrimiento de este nuevo mundo, por algo que Morley
le había enseñado.
En el por lo demás ambiguo
homenaje a Morley que mi padre hace en su autobiografía, tampoco se rebaja a
reconocer que le fue dado un guión preciso para configurar la primera parte de
su estancia en la Bromley Academy. Se contenta por el contrario con una tibia
defensa de los valores de la clase media, y da las gracias a Morley por ser él
quien se los inculcara. No menciona en cambio lo más importante de todo lo que
Morley hizo por él, a saber, proporcionarle lo que por el momento parecía ser
la solución a su problema capital. Lo de menos quizá sea el modo en que Morley
vio el éxito que tendría mi padre; importa mucho más que en su calidad
indudable de varón, Morley fue capaz de exponer ante mi padre todo un programa
que consistía en una forma auténticamente varonil de lograrlo, programa que de
ninguna manera, al menos tal y como él veía las cosas, podría ser motivo de
objeciones por parte de su madre.
Dudo mucho que mi padre
llegara a plantearse la cuestión en estos términos, ni nada por el estilo,
siendo como era un chico de diez años de edad. En cambio, estoy casi convencido
de que reconoció para sí que el camino que Morley comenzó a despejarle sería
«correcto», tal y como cualquier otra trayectoria modelada a partir de
cualquiera de los procedimientos y supuestos de su padre jamás podría serlo. De
eso, estoy convencido, tuvo plena conciencia, y esa fotografía lo muestra, o a
mí al menos me lo parece, regocijándose sin duda ninguna sólo de pensar en que
por primera vez, en su todavía corta vida, había comenzado a nadar a favor de
la comente.
En 1876 a mi padre aún le
quedaba por disfrutar lo mejor de los cuatro años que iba a pasar en la Bromley
Academy. A comienzos de 1880, cuando se acercaba la fecha de su decimocuarto
cumpleaños y ya casi había terminado su período lectivo, había logrado todo lo
que Morley esperaba de él, e incluso algo más. Se había empapado como una
esponja de todo lo que la pequeña escuela privada pudo ofrecerle, y cuando se
presentó a los exámenes finales logró calificaciones de nota en más de media
docena de asignaturas. Tenía en sus propias manos la clave de la posibilidad de
comenzar con buen pie a dar forma a su propia vida, tal y como Morley se la
había enseñado. Los exámenes a los que se había presentado estaban organizados
por una asociación de enseñantes de escuelas privadas que tenía ámbito
nacional; en una de las asignaturas, mi padre había obtenido el primer puesto
entre los candidatos procedentes de todos los rincones de Inglaterra. Cuando
menos, había demostrado que tenía condiciones naturales óptimas para proseguir
su educación superior. Dicha idea tuvo que pasársele por la cabeza. Durante el
último curso en la Bromley Academy existieron algunas dificultades en el pago
de su matrícula, y Morley había demostrado la fe que tenía puesta en mi padre
descartando toda cuestión al respecto. Morley, pasando por encima de toda
objeción, tuvo que haberle dicho que sería una verdadera lástima que no diese
con alguna forma de procurarse una educación superior en condiciones, y
seguramente tuvo que haber discutido por lo menudo, con él, las posibilidades y
los medios disponibles.
Sospecho que en algún
momento, durante el último curso, Morley le comentó una de las oportunidades
que aún tenía abiertas ante sí, y que consistía en matricularse en una escuela
de magisterio del sistema educativo estatal. Los alumnos de magisterio eran elementos
muy nuevos aún dentro del escalafón organizativo de las escuelas nacionales. Se
trataba de jóvenes de edades comprendidas entre los catorce y los dieciocho
años, que hubiesen concluido la enseñanza elemental. Se les invitaba a dar
clase a los cursos inferiores de dichas escuelas, sobre la base de obtener a
cambio un medio de subsistencia y una determinada cantidad de tiempo libre que
les permitiera proseguir sus estudios. Al cabo de cuatro años dando clases y
estudiando de este modo, caso de haber avanzado sustancialmente en sus estudios
durante los ratos de ocio, obtendrían la calificación necesaria para estudiar
durante dos años en una escuela de magisterio propiamente dicha, tras los
cuales podrían dedicarse directamente a dar clases con un buen salario a cargo
del Comité de Educación, o incluso, si los resultados obtenidos lo
justificasen, ingresar en la universidad.
Sé de sobra que prescindo de
la versión que de todo este asunto aduce mi padre en su autobiografía, en la
cual se dice que se enteró de que existía la posibilidad de convertirse en
alumno de magisterio gracias a su infame y lejano pariente Alfred Williams,
primo por parte de madre, tiempo después de terminar en la escuela de Morley.
Por presuntuoso que pueda parecer, sostengo la versión que he perfilado, aun
cuando sólo sea porque me parece muy difícil creer que mi padre llegara a
sentirse tan ultrajado como se sintió debido a lo que sucedió después, en el
supuesto de no haber sabido anteriormente de la existencia de dicha
posibilidad. En julio de 1880 descubrió que su madre iba a dejar de vivir con
su padre para volver a trabajar como ama de llaves en Uppark; lo que es más,
descubrió que a él se le había destinado a un trabajo de aprendiz en una
pañería de Windsor, en una empresa llamada Rodgers y Denyer, con locales en la
calle Mayor de dicho lugar. La puerta que tan ardua y trabajosamente había
conseguido abrirse mediante sus estudios en la escuela de Morley acababa de
cerrársele de golpe delante de las narices.
Capitulo X
«He dicho que uno de los
golpes de buena suerte que han sido cardinales a lo largo de mi vida sin duda
fue que me rompiese la pierna cuando tenía siete años. Otro que tuvo casi la
misma importancia fue que mi padre se rompiese la pierna en 1877, accidente a
raíz del cual fue inevitable e inmediata la disolución de nuestro entramado
doméstico.»,.. Ahora bien, si tal cosa jamás hubiese llegado a ocurrir, no me
cabe la menor duda de que yo habría seguido los pasos de Frank y de Freddy,
yéndome a vivir bajo los cuidados de mi madre, al tiempo que a diario habría
tenido que ser dependiente en quién sabe qué tienda, en calidad de aprendiz.
Esto habría resultado tan natural y tan necesario que yo no habría podido
resistirme. Tendría que haber pasado una larga temporada en tales condiciones,
sin que se me hubiese pasado siquiera por la cabeza la idea de marcharme de
dicha tienda, idea que sólo se me habría ocurrido cuando hubiese sido demasiado
tarde. Sin embargo, la dislocación que se produjo obturó totalmente este
allanado camino hacia la frustración.»
Experiment in Autobiography
De haber sido mi padre hijo
único, o bien un jovenzuelo con hermanos menores en vez de tener hermanos
mayores, posiblemente no se habría dado cuenta de lo que le estaba ocurriendo
cuando fue puesto en manos de esos pañeros de Windsor. Ahora bien, sus hermanos
eran mayores que él, y hacia 1880 ya se hallaban metidos de pies a cabeza en la
actividad de un negocio textil, amarrados a la noria para la cual ese
aprendizaje era el trampolín al uso. A Frank le había asqueado lo que tuvo que
ver en calidad de dependiente y recadero, mientras cumplió los cuatro años de
aprendiz como chico para todo de un comerciante en géneros textiles. Tenía
verdadera pasión por la maquinaria, y una habilidad innata para entender
mecanismos tales como las palancas de cambio de los trenes. Echado a perder su
magnífico potencial para la ingeniería, se sintió desdichadamente infeliz.
Frederick no opuso la menor objeción al negocio de la pañería en sí mismo,
aunque al final de su aprendizaje tuvo bien claro que se le había empujado a
una dedicación solicitada en exceso por otros jovenzuelos de su edad. Le costó
mucho encontrar un puesto de trabajo, y bien pronto fue dándose cuenta de que
si bien los empresarios y los titulares de las pañerías tenían por costumbre
pedir a sus empleados que se mostrasen vivaces y determinados a seguir
aprendiendo, en realidad se les ofrecían muy contadas ocasiones para dar
muestra de tales aptitudes; los aprendices sí pasaban a ser empleados de pleno
derecho, pero de éstos eran muy pocos los que avanzaban hasta convertirse en
compradores de género. E incluso con el salario de un empleado de cierta
antigüedad existían muy escasas esperanzas de ahorrar lo suficiente para
iniciar un negocio por cuenta propia.
No creo que mis tíos
llegasen a decir expresamente a mi padre qué era lo que les fastidiaba en sus respectivos
trabajos, ni que le ofrecieran al menos una advertencia en toda regla, pero
seguramente él tuvo que percatarse de lo que les estaba ocurriendo, sólo con
escuchar sus conversaciones, y tuvo que sorprenderse, desagradablemente, por el
modo en que aquellos dos animados jóvenes con los que había crecido se fueron
tomando individuos resignados, apagados. Tuvo que haberlos visto perder
vivacidad y confianza en sí mismos; tan pronto se encontró a punto de ingresar
en una rutina hecha a base de interminables días pasados en el interior de un
edificio, metiéndose poco a poco en una trampa similar a las trampas mediante
las cuales ellos dos habían sido domados y reducidos, seguramente cayó en la
cuenta de por qué se habían transformado en ese sentido, de cómo podría
transformarse también él caso de someterse sin rechistar a su destino. En su
autobiografía reproduce la carta[105] que
escribió a su madre al terminar su primera semana de trabajo para la firma
Rodgers and Denyer; como ya ha sido citada en otro pasaje, no volveré a incluir
aquí la desgarradora versión que contiene respecto de la jornada de trabajo
habitual, desde las siete y media de la mañana hasta las ocho y media de la
noche, por no hablar de una vida en la que la intimidad brillaba por su
ausencia, igual que la comodidad o la esperanza de que se abriese un futuro más
prometedor. Los aprendices y los meritorios, cuyo destino por fuerza tuvo que
compartir, dormían de cuatro en cuatro en cada habitación, almorzaban juntos en
una cantina situada en un sótano al cual jamás llegaba la luz diurna, y
disponían sólo de dos horas de cada veinticuatro íntegramente para sí, entre
ocho y media y diez y media, al término del día. Sólo entonces gozaban de una
mínima ocasión para respirar al aire libre o para hacer algún ejercicio. Y no
podían aprovechar este lapso en su totalidad, ya que las luces se apagaban a
las diez y media. Si dejaban la vuelta a la residencia para el último momento,
tenían que desvestirse y meterse en cama a oscuras. Apagadas las luces, las
puertas de la tienda se cerraban con candado, y no se abrían a quien llegase
tarde.
El tono de esta carta de mi
padre va haciéndose más amargo a medida que avanza; su propia caligrafía va
afeándose según aumenta su indignación, hasta que estalla en un barboteo de
furiosas faltas de ortografía y de tachaduras; así, el timorato «me gusta bastante
este sitio» queda tachado y sustituido por un «este sitio no me gusta
demasiado», en realidad mucho más sincero. Sin embargo, el verdadero golpe de
efecto de esta carta radica en el estilo con que concluye. La carta empieza,
como era de esperar, por un «Querida madre», pero termina con un
«Afectuosamente, H. G. Wells». Más adelante, cuando pudo olvidar para siempre
la desoladora ocupación de vender mercaderías desde el otro lado de un
mostrador, cuando empezó a ver más de cerca la obtención de su diploma de
maestro y su licenciatura en ciencias, sí pudo firmar con un «Tu hijo que te
quiere, Bertie», aunque para ello tendrían que transcurrir otros diez años de
batallar sin descanso.
Mi padre hizo prematuramente
su primer movimiento. Decidió mostrar al mundo entero que no tenía madera de
dependiente de una pañería, y en esto tuvo un éxito considerable. Cuando sólo
llevaba dos meses a las órdenes de sus patrones, éstos adoptaron la insólita
medida de rescindir su contrato, habida cuenta de su rematada ineptitud para el
negocio. Se habló bastante de que tuvo que hacer frente a la acusación de que
había escamoteado algún dinero de la caja registradora; su «tío» Tom Pennicott,
venido desde Surly Hall[106], río
arriba, le ahorró ese disgusto y le dio alojamiento hasta que se encontrase una
ocupación más indicada para sus cualidades. Pennicott, primo segundo de mi
abuela por parte de madre, tenía por su parte un primo lejano llamado Alfred
Williams[107], que entonces dirigía el
Comité de Educación de Wookey, localidad del condado de Somerset; cuando
escribió respondiendo que estaba dispuesto a aceptar a mi padre como maestro de
escuela, tras completar allí mismo su formación de magisterio, fue como si sus
plegarias hubiesen sido atendidas.
Sin embargo, por desgracia,
Alfred Williams no era trigo limpio. Había logrado que se le encomendase la
dirección de dicho organismo, para la cual carecía de la debida calificación
académica, aduciendo certificados y referencias falsificados. Sus fraudes
quedaron al descubierto en noviembre de 1880; fue despedido a principios de
diciembre. Mi padre, alumno por entonces de la escuela y aprendiz de magisterio
durante sólo dos meses, tuvo que regresar a pie hasta Surly Hall; allí pasó una
o dos semanas, y después marchó a Uppark, a pasar las Navidades con su madre.
Es costumbre aceptada[108] entre
los biógrafos de mi padre hacer un alto al llegar a este punto, para describir
el deleite que le causó el descubrimiento de las riquezas que adornaban Uppark.
Lo cierto es que la primera visita que mi padre hizo a Uppark comenzó el 20 de
diciembre de 1880 y terminó el 15 de enero de 1881. No creo que el perplejo,
atormentado muchacho de catorce años y medio que se había metido en un lío
tremendo estando en Windsor, que recibió acto seguido un desagradable revés de
fortuna en Wookey, al encontrarse de repente en el entorno totalmente ajeno de
la zona reservada a la servidumbre de una gran mansión, pudiera, sobre todo en
tan poco tiempo, calmarse lo suficiente para dedicarse a una constructiva
exploración de sus abundantes recursos culturales. Su descubrimiento de Uppark,
estoy convencido, se produjo más tarde, después de que saliese vencedor de la
primera parte de su ardua batalla por lograr una educación satisfactoria,
después de que hubiese aprendido qué buscar y cómo encontrarlo en tan
espléndida biblioteca. En 1880, empero, a mi padre aún le quedaba un largo
camino por recorrer hasta estar en condiciones de aprovechar cuando menos en
parte lo que Uppark podía ofrecerle. Aún le quedaban por superar muy
frustrantes y exasperantes experiencias del estilo de «ten, aquí lo tienes» y,
en un abrir y cerrar de ojos encontrarse con que «anda, si ya no está».
El 15 de enero salió de
Uppark y se dirigió a Midhurst, en donde le aguardaba otro puesto de aprendiz:
esta vez a las órdenes de un tal Samuel Cowap, boticario, que había de darle
una formación gracias a la cual pudiese trabajar como droguero. Casi en cuanto
se hubo alojado en casa de Cowap[109] en
régimen de pensión completa, en cuanto se le hubo enseñado cómo estaba ordenado
el dispensario, quedó bien claro que existía un notable impedimento. Mi padre
no sabía latín, y el conocimiento de esta lengua era imprescindible si de hecho
tenía que saber leer y escribir las etiquetas de los productos, o preparar las
pócimas indicadas en cada receta. A mi padre se le encogió el ánimo con que
había empezado, pero Mr. Cowap se mostró a la altura de las circunstancias. Mi
padre le había caído en gracia, y para darle al menos una oportunidad le
facilitó su asistencia a la Escuela Secundaria local, una hora al día, para
aprender latín en las clases impartidas por el propio director de la escuela.
De este modo irrumpió Horace
Byatt en la vida de mi padre. Byatt acababa de llegar del Sur, de una localidad
de las Midlands llamada Burslem, en donde otro escritor todavía en ciernes,
Arnold Bennett, había sido uno de sus alumnos estelares; había llegado para
tomar parte en la resurrección de la Escuela Secundaria de Midhurst, antiguo
establecimiento educacional que se había extinguido en los años sesenta del
siglo pasado y que acababa de ponerse de nuevo en funcionamiento. La escuela
contaba con un alumnado de treinta y dos muchachos; Byatt se esforzaba entonces
por superar el bache y por dotar al establecimiento de la debida respetabilidad
académica. Los alumnos brillantes tenían a sus ojos un interés especial, en
parte porque los resultados que lograsen en sus exámenes serían los cimientos
sobre los cuales podría construir la reputación de la escuela, y en parte
también porque le darían la ocasión de incrementar su salario. Su ocasión brotó
de una respuesta por lo demás típicamente británica y victoriana ante el
descubrimiento de que las escuelas de Inglaterra en general no se hallaban a la
altura de las escuelas de Francia o de Alemania en la enseñanza de las materias
específicamente científicas. El Comité de Educación no tenía entre sus
atribuciones la de encomendar la enseñanza de nuevas asignaturas, de modo que
pretendió remediar esta falta de eficacia ofreciendo a los directores de
escuela dotados de titulación universitaria un incentivo para que apostasen por
este tipo de enseñanza fuera de las horas lectivas. Se les informó de que si
impartiesen clases nocturnas seleccionadas por ellos mismos entre una treintena
de asignaturas no incluidas en el programa obligatorio de estudios, obtendrían
a cambio un salario que se incrementaría en proporción geométrica en función de
cada uno de los alumnos matriculados que aprobase los exámenes del propio
Comité. Este tipo de salario, que alcanzaba un máximo de cuatro libras por
asignatura impartida, no parece demasiado aliciente si se juzga según el
criterio de hoy en día, pero entonces permitían al director de la escuela
contar con un aumento de sus ingresos anuales en torno al treinta por ciento.
Byatt era el hombre indicado
para morder sin dudar ese anzuelo; ahora bien, igual que Morley anteriormente,
creía apasionadamente en el valor de la educación, y se propuso jugar limpio
con sus alumnos. Éstos recibieron sus lecciones no sólo con la vista puesta en
el aprobado, es decir, no sólo para que lograsen pasar por el aro de los
examinadores de turno. Los alumnos se beneficiaron de sus enseñanzas en la
misma medida en que se enriqueció él. Tan pronto la rapidez con que mi padre
aprendía latín hizo ver a Byatt lo bien que respondía ante una dedicación
lectiva especial, se dio cuenta de que podría dar al muchacho muchísimo más de
lo que alcanzaría a darle el boticario. Él iba a beneficiarse, sí, pero el
beneficio que obtuviese el muchacho iba a ser mucho mayor.
El 23 de febrero de 1881,
cuando tan sólo llevaba un mes de aprendiz en la botica, mi padre dejó la
acogedora casa de Mr. Cowap y se instaló en la casa de Horace Byatt. Al día
siguiente pasó a ser alumno durante todo el día de la Escuela Secundaria de Midhurst.
Sospecho que estos dos hombres afables y de buena voluntad habían tramado una
especie de conspiración privada para hacer lo que según entendían había que
hacer para dar al asombroso muchacho la mejor formación de las posibles, con la
creencia de que podrían lograr que su madre se acercase a Midhurst para cerrar
los tratos pendientes, en cuanto la buena señora dispusiera de tiempo
suficiente para asumir todas las ventajas que dicho plan entrañaba para su
hijo. Ahora bien, no conocían a mi abuela; viéndose ante lo que a todas luces
era ya un fait accompli, la reanudación de los estudios por parte de su hijo,
tramó también sus propias conspiraciones. Comentó a Frances Bullock lo mucho
que le preocupaba el problema de dar a su hijo menor, al cual, por cierto, se
le habían metido en la cabeza algunas ideas perniciosas acerca de su situación
y su futuro debido al contacto con personas indeseables, una buena manera de
empezar a vivir su propia vida. Obtuvo unos días libres para asegurarse de que
contaba con la ayuda de Sir William King, administrador de la finca de Uppark,
el cual se mostró por su parte seguro de hallar una solución al problema. Mi
abuela recurrió a su obsesión y dijo a Sir William que deseaba ver a mi padre
como empleado de una pañería o similar; él cumplió de buena gana lo prometido,
deseoso de que ella se saliera con la suya.
En mayo de 1881 mi padre fue
bruscamente arrancado de las garras de Horace Byatt —estoy seguro de que mi
abuela se cercioró de que así fuera— y fue enviado a cumplir un mes preliminar,
a prueba, como aprendiz de Edwin Hyde, propietario del Emporio de Pañerías de
Southsea, sito en Kings Road, en Southsea. Fue como un corderillo, ya que a Sir
William se le advirtió que no sería de extrañar que repitiese su actuación de
Windsor, con lo que tomó las medidas necesarias para que no ocurriese tal cosa.
El mismo dispuso en qué términos había de pactarse el contrato de mi padre, de
modo que pasó a manos de Hyde a sabiendas de que sólo podría abandonar el
aprendizaje en su establecimiento infligiendo a la vez sobre su propia madre
una pérdida equivalente a las ganancias de un año entero. A los quince años no
pudo preparar respuesta ninguna ante semejante especie de chantaje; durante los
dos larguísimos años que siguieron soportó lo que para él tuvo que ser
insoportable, cumpliendo con la jornada de trece horas que se exigía seis días
por semana a los empleados del Emporio, aunque no sin hacer patéticos esfuerzos
por seguir estudiando en sus ratos libres, antes de que se apagasen las luces
en los sofocantes dormitorios colectivos del Emporio.
Durante casi todo el primer
año que pasó en el establecimiento textil de Southsea, creo que mi padre estuvo
en un estado anímico de parálisis casi total, embotado por la desilusión que le
había tenido que suponer el verse arrojado de golpe a la calle cuando ya
pensaba que iba por el buen camino, convencido de haber empezado a hacer por
fin lo que deseaba hacer, y abrumado, además, por la certidumbre de que sus
posibilidades iban marchitándose a gran velocidad. Cada día que pasaba se veía
más cerca de esa edad a la cual la puerta a la profesión que deseaba aprender y
ejercer se cerraría ante sus narices de una vez por todas. Asimismo, esta
impresión le hizo sentirse más avejentado, más familiarizado con la aspereza de
la realidad. En 1883 ya no le daban ningún temor las cincuenta libras que mi
abuela habría de reembolsar al dueño del Emporio en el caso de que se
rescindiese su contrato. Por desmesurada que resultase esa cifra en comparación
con su salario, semanal o anual, había que reconocer que se trataba de una
bagatela en comparación de la diferencia existente entre las probables
ganancias que tendría en toda su vida, siendo un hombre dotado de una
educación, o siendo prácticamente un analfabeto; a la luz de tales hipótesis,
nada descabelladas, la cifra que se le había exigido afrontar en caso de
rescisión no era nada. Comenzó, pues, a bombardear a su madre mediante cartas
en las que le planteaba las preguntas más vitales que le acuciaban con brutal
urgencia: ¿Valía de veras la pena ahorrarse
cincuenta libras entonces, a
cambio de certificar una vida de desdichas? ¿Acaso se daba ella cuenta de que
él quedaría en pésimas condiciones, indefenso, para ayudarla en su vejez a
partir del miserable salario de un dependiente de textiles? Comenzó a aprovechar
los domingos y festivos para recopilar la información que necesitaba para
reforzar su caso. Pidió a su hermano Frank, que trabajaba entonces y vivía en
un desastroso establecimiento de Godalming, que se esforzase en plasmar un
cuadro realista, sin ahorrar detalle, de sus verdaderas perspectivas en calidad
de dependiente. Y logró llegar a Midhurst y visitar a Horace Byatt, para saber
directamente de sus propios labios si aún existía alguna forma, una vez que se
habían volatilizado sus esperanzas de pasar a ser alumno de la escuela, de
ingresar
aunque fuese tardíamente en
la carrera de magisterio. Por ejemplo, ¿no podría ofrecerle un puesto de ujier,
directamente a sus órdenes, que le permitiese estudiar?
Byatt se mostró frío en un
principio, y poco después reaccionó positivamente, aunque sólo hasta cierto
punto. Caso de que mi padre estuviese dispuesto a trabajar para él, sin recibir
paga ninguna, durante seis meses al año, mientras se dedicaba a recuperar el
tiempo perdido, que rondaba ya los dos cursos escolares, y si al cabo fuese
capaz de aprobar un exigente examen, podría garantizarle un puesto de profesor
ayudante en la Escuela Secundaria de Midhurst. A falta de pan, se dijo, buenas
son tortas, aun cuando fuesen tortas resecas y endurecidas; era, además, todo
lo que mi padre podía pedirle a la vida en aquellos momentos. Le gustaba Byatt,
y le atraía el aspecto de la aventura que Byatt le propuso. El número de
alumnos matriculados en la renovada escuela había pasado de treinta y dos a
sesenta, y Byatt había admitido recientemente a otros dos jóvenes iguales que
él, en calidad de ayudantes. Siempre y cuando pudiese salir del establecimiento
de Hyde para unir sus fuerzas con Byatt, tendría una serie de posibilidades
nada desdeñables para concluir su educación; podría verse en un tiempo
relativamente corto con el relumbrón del joven decidido que intenta hacer lo
que más desea, contra viento y marea, y que además participa en la cimentación
de lo que habría de ser más adelante, a todos los efectos, una nueva y
prometedora escuela. Ya se imaginaba el momento en que llegase a director, más
o menos a los treinta y cinco años de edad...
Mi padre repasó las cifras
de la propuesta que le había hecho Byatt con la ayuda de uno de los jóvenes
profesores ayudantes, y comenzó a bombardear insistentemente a mi abuela.
Podría disponer de pensión completa, con derecho a lavandería incluido, sólo a
cambio de diez chelines por semana, compartiendo la habitación con el joven
Harris, jefe de los profesores ayudantes. Necesitaría sólo diez libras el
primer año, para ropa y accesorios diversos. Y eso había de ser todo. En total,
sólo iba a necesitar treinta y cinco libras, dejando al margen el dinero que se
había echado a perder en el contrato con Hyde, para iniciar en buenas
condiciones la carrera profesional que deseaba emprender. Podría parecer
incluso un trato espléndido:
Y así. una vez emprendida
esta carrera[110],
existen todas las posibilidades de llegar a tener una magnífica posición,
mientras que con la ocupación que tengo actualmente me veré condenado a ser de
por vida el dependiente de una u otra pañería. Sin embargo, tengo que empezar
cuanto antes. Caso de que pueda empezar en la carrera que quiero hacer, por
fuerza he de empezar el próximo mes de septiembre.
Así terminó el mes de junio,
y él comenzó a sentirse febril. Tenso y frustrado, mi padre se enzarzó en una
trifulca con Hyde un sábado por la tarde, marchándose de la pañería por las
malas al amanecer del domingo. Recorrió a pie las diecisiete millas que lo
separaban de Uppark para arreglar la situación con mi abuela. No fue capaz de
conmoverla, de hacerle cambiar de opinión; por la tarde, regresó derrotado a
Southsea. En ese momento supo cuál iba a ser su suerte. Su madre se había
empecinado en que fuese de por vida y hasta su muerte el dependiente de un
negocio textil. La buena señora estaba más que dispuesta a disputarle cada
centímetro de terreno, con tal de impedir que pudiese escabullirse de ese
destino.
Casi había concluido julio;
solamente le quedaban seis semanas. Estaba desesperado, como bien se ve en las
cartas que envió a Uppark. Se enojó con mi abuela por mostrarse tan obtusa e
intolerante. Llegó incluso al extremo de insinuar que iba a suicidarse, o a
cometer actos peores que mancillarían para siempre la reputación de la familia.
La conducta de mi padre,
llegado a este punto, resultará descabellada y excesiva a cualquier lector que
se haya educado en el mundo moderno; tengo sin embargo para mí que sería una
injusticia hablar de él, tal como han hecho algunos de sus biógrafos, como
quien habla de un niño que no ha madurado, que se emperra en salirse con la
suya recurriendo a temperamentales rabietas. No era simplemente cuestión de que
deseara salirse con la suya; era una cuestión infinitamente más seria, a saber,
que no deseaba verse marginado y echado a perder. Este episodio se enmarca en
el extremo más alejado de todo un siglo, o casi, de constantes y profundos
cambios en la sociedad, la mayor parte de los cuales han sido cambios que han
ido a mejor. Por muy liberal que pudiera ser aquel orden establecido y hoy
disuelto a la hora de recompensar el éxito, carecía de compasión para quienes
cayeran a lo largo del camino, de la lucha por lograr dicho éxito. Mi padre
corría verdadero peligro de verse atrapado en el peor de los clichés sociales
de la época, a saber, el del obrero de cuello blanco que tenía que mantener a
duras penas las apariencias de la burguesía al tiempo que sólo ganaba el
salario de un obrero manual. Un dependiente no tenía ninguna seguridad de
conservar su empleo, ninguna perspectiva de contar a su debido tiempo con una
pensión, ni con algún beneficio cuando llegase su jubilación. Vivía mes a mes
con el miedo de que se le notificase de su despido al terminar la semana. Sabía
que antes incluso de empezar valía lo mismo que si estuviese acabado, con sólo
ceder un palmo y aceptar el papel que se le había asignado.
En este punto también es
necesario tener en cuenta el físico de mi padre. Era un joven flacucho, muy por
debajo del percentil de peso medio para su edad, y aunque tuviese una gran
energía, sus fuerzas eran escasas, por no decir que no tenía ninguna reserva
corporal. Había tenido que aprender de forma muy humillante, en Rodgers y
Denyers y en el Emporio de Southsea que era un inadaptado, al menos en lo
tocante al comercio textil, y tuvo que darse cuenta de que sus rasgos físicos
iban a jugar en su contra cada vez más, a medida que pasara el tiempo. Era un
típico individuo al que los patrones no querrían ver ni por asomo, jamás,
dentro de sus establecimientos. Habría tenido que ver a los compradores
contemplándolo con evidente desagrado, y habría visto seguramente versiones más
avejentadas de su propio tipo físico, dependientes renqueantes, esqueléticos, a
los que les crujirían las carnes cada vez que se vieran expuestos a las mismas
miradas despectivas que habrían tenido que aguantar desde siempre. Aquellos hombres
en buena parte desgastados, ahorradores hasta la tacañería, sólo por acumular
alguna reserva para el aciago día en que ya no lograsen convencer a sus
patrones, eran precisamente lo que sus hermanos llevaban camino de convertirse,
lo que él sin duda llegaría a ser en el supuesto de que su madre se saliera con
la suya.
Mi padre se salvó del
destino que mi abuela había escogido para él gracias a la mediación de Horace
Byatt. Casi exactamente cuando mi padre estaba a punto de renunciar a toda
esperanza, Byatt le dijo que el trabajo era suyo, que iba a ganar veinte libras
durante su primer año y cuarenta en años sucesivos. Ante el peso de tales
cifras, mi abuela no pudo persistir en su descabellado empeño y terminó por
ceder, aunque de mala gana. La verdad es que no pudo llegar a creer que su hijo
fuera capaz de escoger con acierto y sensatez cuál iba a
ser su carrera en la vida.
Lo único que ocurría es que el amigo de Tom Pennicott lo había engañado como a
un necio. A ella le bastaba con sentarse a esperar y ver en qué paraba todo
aquello.
A mi padre aún le quedaba
por aguantar una última situación exasperante. Los estatutos de la antiquísima
fundación a cuyo frente se había colocado Byatt, reanimándola, habían
resucitado con ella, y uno de dichos estatutos promulgaba que todos sus profesores
fuesen por fuerza comulgantes de la Iglesia de Inglaterra. Mi padre vaciló e
insinuó diversas objeciones, aludiendo a su incredulidad al expresar que le
costaba mucho trabajo aceptar algunos de los Treinta y Nueve Artículos de la
Iglesia, aunque Byatt le explicó que así eran las cosas, y que no había manera
de cambiarlas; le dijo que no había forma de saltarse los estatutos. Mi padre
debería realizar públicamente la confirmación y rendir homenaje al Dios de mi
abuela —tal y como si creyese firmemente en Él— si de veras deseaba formar
parte del personal de la Escuela Secundaria de Midhurst. Realizó los gestos
exigidos con toda la gracia de que fue capaz, pero la humillación que le supuso
el que se le requiriese hacer profesión de fe en un credo que de ninguna de las
maneras podría suscribir no iba a dejarlo en paz durante el resto de su vida.
Sintió que se le había obligado a tomar parte en una deshonrosa charada.
Fue en este momento cuando
mi padre mostró por vez primera señales inequívocas de estar un tanto al margen
del grupo ordinario de los muchachos más brillantes, dotados y deseosos de
triunfar. Una vez en Midhurst, asumió con facilidad la rutina de los días que
invertía en dar clase a los alumnos menores de Byatt y de las noches que
dedicaba a trabajar como alumno de magisterio, siendo a veces el único,
matriculado en los cursos optativos sobre materias comunes de la rama de
ciencias. Adoptaron una curiosa división del trabajo: mi padre se tragaba
literalmente los libros de texto y Byatt le enseñaba el arte de redactar
respuestas correctas a las preguntas de los exámenes, para que sacase el máximo
partido de sus conocimientos. Trabajaron juntos y en perfecta armonía desde
septiembre de 1883, durante todo el invierno, hasta mayo de 1884. Mi padre se
preparó así para pasar el que había de ser el primero de los exámenes del
Comité de Educación, aprobando los cuales podría ganarse su sustento. En
aquellos exámenes le fue francamente bien, y satisfizo con creces las
expectativas de Byatt al obtener varias calificaciones de nota, lo cual supuso
que la escuela de Byatt recibiera el máximo de las subvenciones posibles. Fue
sobrada recompensa, pero ni Byatt ni mi padre se habían dado cuenta de que aún
podría haber más. El plan del Comité para promocionar la enseñanza de
asignaturas científicas estaba vinculado a otro plan al que no se había dado
tanta publicidad, tendente a animar a los alumnos a que se preparasen para ser
profesores de ciencias mediante la dotación de becas para la Escuela Normal de
Ciencias sita en South Kensington, rama de la Universidad de Londres, y dichas
becas serían otorgadas a los alumnos que obtuviesen las mejores calificaciones
en dichos exámenes. Mi padre tuvo noticia de esto por vez primera cuando le
llegó por correo una carta de South Kensington en la que se le hizo saber que
se había calificado para la obtención de la beca, amén de invitarle a que
cumplimentase el formulario de solicitud que se adjuntaba. Se apresuró en
cumplimentarlo, y pocos días después pudo comunicar a Byatt la gran noticia.
Iba a disfrutar de una plaza en la Escuela Normal. Iba a contar con una beca de
mantenimiento, consistente en una guinea a la semana. Iba a aprender biología
directamente del viejo lugarteniente de Darwin, nada menos que el gran profesor
Huxley en persona. Tenía que matricularse en septiembre en la Escuela Normal.
Ésta fue la primera noticia
que tuvo Byatt de la beca, y le supuso un instante de amargura. Se sintió
dolido al descubrir que la solicitud se había tramitado, según dijo él mismo, a
sus espaldas. Hizo saber a mi padre qué era lo que pensaba al respecto, y la
tensión se tuvo que notar durante dos o tres días; cuando Byatt tuvo el tiempo
necesario para recordar la juventud y las ganas de mi padre, así como su
inexperiencia, le perdonó aquel momento de atolondramiento y le dejó marchar
con sus bendiciones. Exactamente al año de haber llegado a Midhurst para unirse
al personal docente que trabajaba a las órdenes de Byatt, se mudó a South
Kensington para ver qué podía sacar en claro de aquella gran oportunidad que él
mismo se había labrado.
A mí abuela no le importó un
comino este giro de los acontecimientos; tan pronto tuvo noticia de que su hijo
había obtenido la beca y de que iba a marcharse de Midhurst para asistir a la
Escuela Normal, le entró la desesperación. Entendió que era una prueba más de
que su hijo no sabía por dónde se andaba, de que era incapaz de tomarse nada en
serio; sólo había pasado un año desde que revolvió cielo y tierra para lograr
quedarse con Mr. Byatt, al cual de repente había abandonado para marcharse
quién sabía a dónde. Para que mi padre se enterase de cómo se sentía ella,
rehusó pedir a Frances Bullock que le permitiese quedarse con ella a pasar el
verano. Así, marchó a Atlas House y pasó lo que quedaba de junio, julio y
agosto con mi abuelo. No tenía otro sitio a donde ir.
Capítulo XI
«Estaba casi totalmente
seguro de haber suspendido el último de los exámenes. Supo entonces que
cualquier carrera en el campo de la ciencia le había quedado cerrada ya para
siempre. Y recordó entonces cómo había recorrido a pie aquel mismo camino por
primera vez en su vida, para llegar a aquel mismo edificio imponente, y recordó
todas las esperanzas y resoluciones que le colmaban por dentro a medida que iba
acercándose. ¡Cuántos sueños, cuántos trabajos incesantes, inquebrantables!
"Sí —se dijo en voz alta — , sí. Todo aquello ha terminado. Todo ha
terminado."»
Mi padre trata en su
autobiografía del verano que pasó con mi abuelo en 1884, aun cuando se ocupe de
este asunto casi de pasada, al hacer referencia a la muerte de su hermano
mayor, que en 1933 estaba muy reciente en su memoria, y le da un tratamiento harto
evasivo. Cuando regresó a Bromley para pasar con mi abuelo aquel verano, se
encontró con que el viejo vivía como si estuviese encerrado en el sueño de un
niño grande; se levantaba de la cama cuando le daba la gana, se acostaba cuando
se lo pedía el cuerpo, cerraba la tienda por puro capricho, en cuanto le
entraban ganas de irse a otra parte. Había renacido su interés por la
fabricación y la reparación de relojes; los engranajes de los relojes
parcialmente desmontados, pasto de su canibalismo cuando necesitaba piezas para
reparar otros relojes, estaban desperdigados por la cocina y por el salón,
entre los restos de comidas de varios días. Ya no era capaz, evidentemente, de
jugar al cricket, si bien justificaba sus frecuentes cierres de la tienda
marchándose a los terrenos de juego que había en los alrededores de Bromley,
llevándose un bolsón de buhonero lleno de guantes de batear, cestas,
guanteletes, bates, almohadillas, protectores, espinilleras, pelotas, etc.
Podía con toda tranquilidad fingir que la prolongada época que había pasado con
los jugadores, en los pabellones y en los tenderetes, bebiendo cerveza después
del partido, estaban a la orden del día. Seguía en efecto fingiéndolo, aunque
solamente le quedasen tres años para cerrar definitivamente el establecimiento.
Si mi abuelo hubiese sido
simplemente otro vejete impresentable, con las meninges reblandecidas, al cual
le diese por beber dos o tres cervezas de más siempre que se le presentase la
ocasión, mi padre, supongo yo, se habría sentido lisa y llanamente asqueado.
Ahora bien, Joseph Wells tenía un tremendo encanto personal, y era capaz de
desplegarlo siempre que hiciera falta. Llegado a aquella altura, sabía
perfectamente que había perdido a mi padre, dado lo cual decidió hacer lo que
estuviera en su mano para volver a ganarse su confianza. Se armó de valor,
adoptó la actitud más indicada y se llevó a su hijo a dar una serie de paseos
por el campo, por los alrededores y por el camino de Penshurst, que su hijo iba
a recordar efectivamente durante el resto de sus días. Él se dio cuenta de que
mi abuelo hizo todo lo posible por granjearse su simpatía, y yo al menos tengo
la opinión de que él mismo era por entonces consciente, aun cuando fuese de
manera subliminal, de que existía alguna clase de peligro no especificado en el
hecho de dejarse encandilar de ese modo. Más avanzada su vida, cuando entendió
lo que le había ocurrido a mi tío Frank, creo que mi padre vio con toda
claridad cuan pernicioso, por no decir letal, podría haberle resultado ese
mismo despliegue de encanto. Mi abuelo encandiló a Frank hasta el extremo de
que éste aceptó sin remilgos su estilo de vida, tomándolo por modelo de su
propio comportamiento, hasta el extremo de que terminó por convertirse en un
calco del anciano. Aquel muchacho inteligente, con gran facilidad para conocer
los entresijos de la mecánica, a quien Morley había en parte echado a perder
solamente porque no servía para los libros, y que siguió por ese camino de
perdición en la pañería, había terminado por convertirse finalmente en relojero
itinerante y vendedor ambulante de relojes, es decir, en un hombre felizmente
inútil que se ganaba los cuartos con semejantes trapícheos, y que pudo seguir
viviendo gracias a la ayuda de mi padre. También él terminó embebido en un
sueño infantiloide, pedaleando sin cesar por los caminos embarrados y cubiertos
de hojas secas del sudeste de Inglaterra, haciendo lo que le venía en gana,
regresando a su guarida si le daba la ventolera. Siendo yo más joven, me daba
la sensación de que había encontrado una satisfactoria manera de vivir, y en
aquel entonces me costó trabajo entender por qué mi padre se había sentido
auténticamente espantado al ver a su querido hermano mayor convertido en una
réplica clavada de mi abuelo. La palabra «espantado» pudiera dar a entender una
reacción excesiva e irracional, pues a quienes se los hayan encontrado por así
decir por persona interpuesta, sobre la página impresa, les será facilísimo
imaginárselos como una pareja de felices marginados por decisión propia, que
llegaron a tener un éxito notable siendo un par de fracasados. En cambio, y
desde que tuvo diez años, mi padre supo con toda claridad cuan absoluto había
sido el fracaso de mi abuelo, y a qué extremos le había llevado su fracaso.
El instante en que tuvo esa
revelación queda descrito en un pasaje que deja caer sin previo aviso en el
himno de odio que entona ante Atlas House al inicio de su autobiografía; viene
a añadirse a la lista de espantos propios de aquel lugar el hecho de que a su
padre lo encontrasen un buen día tendido boca arriba en la parte de atrás de la
casa, víctima de un accidente que iba a dejarlo inválido de por vida. En ese
momento proporciona algunos detalles del accidente, aunque si se examinan con
detenimiento resultan poco menos que improbables. Estando solo en la casa, ya
que mi padre y mi abuela habían ido a la iglesia un domingo de octubre de 1877,
mi abuelo se encaramó a la escalera, colocándola en equilibrio inestable sobre
un banco, para dedicarse a podar la parra que cubría la parte posterior de la
casa. Que un hombre que tenía conocimientos profesionales de jardinería se
propusiera hacer semejante trabajo de forma tan poco lógica y tan poco
recomendable parece totalmente inverosímil, sobre todo si se tiene en cuenta
que se trataba de un hombre dotado de la cultura física necesaria para jugar
profesionalmente al cricket; más inverosímil aún es que se fiase de una
apoyatura tan deficiente. La versión que se da de este suceso en la
autobiografía, escrita entre 1932 y 1934, a mí me hace sospechar que mi padre
había percibido esta inverosimilitud; por otra parte, la versión ficcionalizada
que se da en The New Machiavelli (Los nuevos maquiavelos), una novela
escrita entre 1910y 1911, es decir, en un momento muy próximo a la muerte de mi
abuelo, me hace pensar que él había creído que se trató de un
intento de suicidio
frustrado. Tanto es así que el «accidente» resulta fatal en la novela: allí,
madre e hijo regresan de la iglesia para encontrarse a un hombre muerto en el
jardín. La palabra suicidio, aunque las circunstancias del caso hagan pensar en
ella, no es utilizada en la novela; sin embargo, su interpolación es permisible
en la lectura gracias a la existencia de The History of Mr Polly (La
historia del señor Polly), comedia escrita más o menos en la misma época
que Los nuevos maquiavelos. Dicha comedia relata la historia de un
hombre que alcanza un éxito muy considerable a partir del fracaso más absoluto,
que no es otro que su supervivencia a un intento de suicidio. Aunque la
sociedad le hubiese negado en redondo la posibilidad de hacer lo que en
realidad deseaba hacer mientras estuvo con vida, en cuanto Mr. Polly desaparece
y se difumina, convirtiéndose en un espectro, se encuentra en condiciones de
hacer lo que quiera, y así es feliz para siempre. Como uno de los avatares de
que le ha liberado el suicidio frustrado es el matrimonio con una mujer
exigentísima y constantemente fastidiosa, que sólo desea que se despabile y se
convierta en algo que él no tiene ninguna intención de llegar a ser, me está
vedado dudar de que mi padre extrajo la inspiración para este libro de los
recuerdos del verano que pasó en Bromley en compañía de mi liberado y
despreocupado abuelo; tampoco me cabe ninguna duda de que la cimentación
definitiva del libro fue su convicción de que el accidente de 1877 había sido
en efecto un intento de suicidio. En cambio, en el verano de 1884 vio a su
padre en trance de disfrutar serenamente de la felicidad que le había llegado a
manera de recompensa por haber renunciado a sí mismo una vez que se vio en las
últimas. El tremendo encanto de mi abuelo convirtió la estancia de mi padre en
un espectáculo subyugador; creo que a mi padre le dio miedo darse cuenta de que
en su interior existía algo poderosamente tentado por ese ejemplo.
Mi padre no se hallaba en un
estado de ánimo especialmente alegre cuando marchó a Londres[111] al
finalizar el verano, para iniciar el curso académico en la Escuela Normal.
Tenía bien claro que estaba haciendo algo a lo que su madre se oponía terca y
resueltamente, algo que tampoco tenía ningún sentido a ojos de su propio padre.
Se encontraba, pues, absolutamente solo, sin el apoyo que le habría supuesto al
menos un cierto orgullo de sus progenitores por su hazaña, sin contar tampoco
con su respaldo. Si coronase con éxito su paso por la escuela, tan sólo podría
compensar la ofensa que había cometido originariamente al demostrarles, a la
larga, que estaban equivocados; si fracasara en sus estudios, haría exactamente
lo mismo, sólo que demostrándoles que estaban en lo cierto. Insistiendo en que
estaba preparado para proseguir su educación, no había complacido a nadie.
Después de todo, mi abuela le había repetido machaconamente durante los cuatro
años anteriores que lo único que tenía que hacer para complacerla era aceptar,
tal como ella se lo decía, que solamente servía para desempeñar una ignominiosa
servidumbre en esta vida; durante los últimos tres meses, mi abuelo le dio una
serie de clarísimas señales, con las cuales quiso transmitirle el mensaje de
que en el cumplimiento de un fracaso personal podía encontrarse un consuelo
inmenso. No diré que emprendió el camino de South Kensington sintiendo que su
obligación
era fracasar antes o
después, pero sí pienso que la sombra de esa idea tuvo una intensa presencia en
sus más recónditos pensamientos. Esto podrá parecer improbable a quienes hayan
terminado por pensar que mi padre era despiadado en su decisión de mejorarse a
sí mismo y de mejorar su propio entorno, pero en cambio parecerá bastante más
verosímil de lo que a primera vista pueda pensarse si se da la debida
consideración a la posición que se forjó al cabo de diez años de llegar a
Londres. Entre el otoño de 1884 y el verano de 1894, su actuación podría
compararse al recorrido de mi abuelo correspondiente al período comprendido
entre su decimosexto y su vigésimo sexto cumpleaños.
Recordará el lector que en
lo más crudo del invierno de 1853 mi abuelo estaba sin trabajo, sin posibilidad
de encontrar un empleo acorde con la profesión que había escogido, escogió la
opción de mejorar su triste situación casándose con una mujer que estaba
todavía en peores condiciones que él mismo. Mi padre había logrado superar por
la mínima la marca de mi abuelo al casarse con una muchacha con la cual no
tenía nada en común, celebrando la boda un mes después de haber cumplido
veinticuatro años y cuando estaba, si acaso, en una posición muy delicada.
Cuando mi padre se marchó a
Londres no tuvo que resolver el problema elemental de encontrar alojamiento,
del cual se había ocupado personalmente mi abuela, quien por cierto estuvo
angustiada por la posibilidad de que se mezclase con malas compañías en el caso
de que él mismo tuviera que decidir dónde iba a hospedarse. La hija de una
vieja y buena amiga suya, según pudo saber, acogía huéspedes fijos en su casa
de Westboume Park, dado lo cual dispuso que se alojase en esa casa, convencida
de que la hija de su amiga, a la que no conocía personalmente, habría salido
igualita que su madre, una señora bien educada y de misa casi diaria. En
cambio, la hija había salido rana; mi padre se encontró viviendo en un ambiente
en el que continuos «tejemanejes» dieron lugar a infinidad de inacabables
trifulcas, a lo largo de las cuales salían a relucir no pocas cosas de las que
mi padre habría preferido no tener noticia. Una de las costumbres de la casa
era que los huéspedes saliesen de ronda por los pubs, los sábados por la noche;
gran parte de los líos que bullían perpetuamente en la casa eran debidos a los
ebrios tropezones y tambaleos en que concluían estas excursiones. A mi padre
poco le importó semejante decorado; de todos modos, no supo cómo quitárselo de
encima hasta que una amiga de mi abuelo, una mujer llamada Janie Gall, que
trabajaba en la sección de ropa de Deny y Toms, unos almacenes de Kensington
High Street, a la cual había pedido que no lo perdiese de vista, acudió en su
rescate. Se dio cuenta de que se sentía desdichado, descubrió el por qué, e
inmediatamente dispuso su traslado de Westbourne Park a Euston Road, en donde
la mujer de un tío suyo, una tal Mary Wells, tenía una pensión.
Mary Wells era la viuda de
William, hermano de mi abuelo. Había tenido una hija, Isabel, con la cual mi
padre contrajo matrimonio. No es del todo extraño que dos primos contraigan
matrimonio, y como mi padre se alojó encantado de la vida en casa de su tía
durante todo el tiempo que le quedaba de estudiante en la Escuela Normal, éste
bien podría considerarse como un acontecimiento de lo más natural. En efecto,
así pudo ser, ya que en estos casos la contigüidad lo dice casi todo. No
obstante, me escama un tanto que tras haber librado una tremenda batalla con mi
abuela por huir del negocio de textiles, su primer acto independiente, de
adulto, fuese su boda con la hija de un hombre que había tenido una pañería,
que había frustrado sus expectativas en su profesión y que había fallecido en
un asilo. Puede que no fuera más que simple coincidencia, pero no deja de
parecerme llamativo.
Las circunstancias en que
tuvo lugar la boda fueron ominosas. Mi padre había echado a perder su gran
oportunidad de obtener su licenciatura en la universidad gracias a una beca,
que le fue denegada en tercero. Consiguió este resultado al difuminar en exceso
sus miras; había dedicado demasiado tiempo, el que por otra parte debería haber
invertido en estudiar las asignaturas del programa y preparar los exámenes, en
avanzar según sus propias orientaciones por terrenos carentes de toda relación
con las asignaturas, especialmente la literatura y el arte, a la vez que se
permitió que su insatisfecha hambre de experiencias sexuales se adueñase de su
mente. Su nerviosismo le llevó a mostrarse agresivo, cuando no estúpido, y a
lucir su talante desafiante y provocador en sus tratos con sus profesores, de
cuya buena voluntad dependía sobremanera. Cuando se planteó la cuestión de
renovar su beca al término de su tercer curso, algunos de sus profesores
estaban más que deseosos de perder de vista a un estudiante al que habían
terminado por considerar un estorbo, una constante molestia.
Suspendida su beca, mi padre
descubrió que contaba con muy limitadas opciones. En lo tocante a la obtención
de la licenciatura no le quedó más remedio que arrojar la toalla, y dedicarse a
aprender algún oficio, aun cuando fuese ya mayorcito para empezar de aprendiz,
o bien salvar al menos los muebles continuando su trabajo por la obtención del
título, por su propia cuenta, al tiempo que empezar a ganarse malamente la vida
dando clases de lo que fuera. Sin tener una idea demasiado clara de las
dificultades a las que tendría que hacer frente, decidió escoger esta segunda
vía. Hizo cuanto pudo por salir adelante de este modo entre el verano de 1887 y
el otoño de 1889; el esfuerzo tuvo que resultarle sin duda agotador. Durante
los tres años en los que vivió gracias a la beca, consistente en una guinea por
semana, su alimentación había sido precaria; después iba a pagar el precio por
haber agotado sus reservas. Conseguía un puesto de profesor, trabajaba hasta el
límite de sus fuerzas y sufría un colapso. Esta situación mejoró a finales de
1889, cuando se presentó al examen intermedio de su licenciatura en ciencias y
logró un notable en zoología. Poco después iba a obtener su diploma de profesor
con numerosas distinciones; con esta cualificación plena no tardó en llegarle
una atractiva oferta por parte de William Briggs[112], uno
de los pioneros en el campo de los institutos de enseñanza por correspondencia.
Briggs había descubierto su nombre y la lista de distinciones obtenidas en la
publicación de los resultados del examen de diplomatura; se quedó impresionado.
Le escribió ofreciéndole de inmediato dos libras por semana a cambio de que se
encargase de dar los cursos de biología que se ofrecían en su grandilocuente
Instituto Universitario por Correspondencia, prometiéndole que, si obtuviese la
licenciatura en ciencias con honores, cuando se presentase a los exámenes
finales, podía contar con ganar cuatro libras por semana, con un total de
treinta horas lectivas, dando las clases de preparación de los candidatos a
ingresar en la universidad que se impartían en su instituto del Strand.
Mi padre se sintió
exultante, animado por la sensación de que poco a poco iba cumpliendo con las
ambiciones que se había formado mientras trabajó a las órdenes de Byatt, en
Midhurst. De nuevo estaba en el buen camino. Cuando hubo conseguido el empleo,
teniendo en perspectiva otro aún mejor, recobró la confianza en sí mismo y
escribió por fin a su madre, pidiéndole disculpas[113] por
todas las preocupaciones y las angustias que le había hecho pasar a lo largo de
los años, firmando de nuevo la carta con un «tu hijo que te quiere». Obtuvo la
licenciatura en ciencias con matrícula de honor en zoología, y Briggs hizo por
él incluso más de lo que había prometido. Mi padre se encontró con una paga de
seis libras por semana a cambio de cincuenta horas lectivas en el instituto[114]. Es
posible que no parezca un salario demasiado bueno, visto desde luego con una
mentalidad de hoy en día; ahora bien, los sentimientos de mi padre respecto de
lo que le pagaba Briggs hay que ponerlos en relación con el hecho de que en
aquella época los dependientes de comercio, con probada experiencia, trabajaban
hasta ochenta horas por semana y no llegaban a ganar treinta chelines. Y él
ganaba cuatro veces dicho salario, aun cuando no se fuera a conformar con ello.
Se convirtió en una máquina de hacer dinero cuando escribió un libro de texto
de biología para uso de los alumnos de Briggs; adquirió una fuente
suplementaria de ingresos regulares al asumir el puesto de redactor jefe del
periódico de Briggs, el University Correspondent. Además de todo esto pudo
contar con posibilidades que sólo se dan una vez en la vida y con otras ofertas
de ocasión: por ejemplo, ganó un premio de veinte libras al aprobar el examen
de ingreso en el Colegio de Preceptores, y en doce meses amasó otras cincuenta
libras escribiendo breves y sueltos sobre diversos temas para el Educational
Times[115].
Pero si pareciese que al
menos por el momento mi padre había encontrado solución al problema de ganarse
la vida, lo cierto es que aún no había concluido el ciclo que constaba de
empleo nuevo, trabajo en exceso, colapso, convalecencia, y vuelta a empezar de
cero. Sufrió una crisis no demasiado severa al empezar 1890, un aviso, cuando
estaba a punto de presentarse a los exámenes finales de su licenciatura en
ciencias, al cual siguió otra crisis más
seria casi un año más tarde.
Comenzó con una serie de hemorragias que lo dejaron para el arrastre, momento
en el cual fue fácil víctima de una epidemia de gripe que a poco estuvo de
causarle la muerte. Hubo de reconocer que su delicada salud fue en ese momento
un asunto muy serio, y que no podía seguir comportándose con la temeridad con
que lo había hecho hasta entonces. En verano, escribió a mi abuelo con esta
resolución tomada, comunicándole a grandes rasgos en qué estado se encontraba,
amén de insinuar que había empezado a preguntarse si de veras llegaría el día
en que su posición le permitiese contraer matrimonio. Con la llegada del fresco
tiempo del otoño comenzó en cambio a sentirse más vigoroso, con lo cual reanudó
su rutina profesional exactamente donde la había dejado. Briggs confiaba
plenamente en él, y esto tuvo también un beneficioso efecto en su ánimo: volvió
a creer en sus posibilidades. El 31 de octubre se casó con su prima Isabel, y
en noviembre comenzó a decorar el chalet en que iba a vivir con ella, una casa
con un pequeño jardín, sita en Wandsworth, que era un suburbio a cómoda
distancia del centro de operaciones de Briggs. que estaba en Red Lion Square,
en el barrio de Holborn.
Durante los siguientes
dieciocho meses, mi padre vivió un estrés creciente. Se había casado con una
mujer que no estaba hecha para él. Su prima era de dulce carácter, una mujer de
espléndidas intenciones, pero no era ingeniosa ni despierta de mente; no tenía
tampoco nada en común con aquellos seres pétreos y estatuarios, pero de sangre
caliente, que colmaban las fantasías de su todavía inexperto esposo. Cuando
aquellos seres neoclásicos de Crystal Palace y de las páginas de Punch cobraban
vida para complacerle, siempre sabían con
exactitud qué era lo que él
deseaba en cada momento, aparte de que siempre estaban en condiciones de acudir
corriendo para aliviarlo. No era necesario el cortejo, los prolegómenos. Mi
padre se llevó un tremendo mazazo cuando descubrió que no tenía ni idea de cómo
excitar el aletargado apetito sexual de su esposa, y se sintió casi hundido al
descubrir que ella no deseaba en particular esa excitación. Se contentaba con
minimizar el papel que desempeñaba dentro del matrimonio un elemento que, para
ella en concreto, no era ni mucho menos grato. Y él se habría encontrado mucho
más destrozado aún caso de haberse dado cuenta entonces, tal y como iba a
saberlo más adelante, de que lo único que había hecho era complicarse su ya de
por sí difícil posición de hombre con una salud bastante frágil, al construir
nada menos que un duplicado del matrimonio de mi abuelo, sembrado de
incompatibilidades con mi abuela.
Las perplejidades de mi
padre, su inquietud, se incrementaron notablemente al poco de contraer
matrimonio, cuando tuvo lo que en su autobiografía se limita a tildar de
«aventura». Tuvo lugar en una casa de Wandsworth[116]. Mary
Wells, que se había mudado a vivir con la joven pareja, había salido de
compras, actividad que para ella constituía una auténtica expedición; Isabel
había ido al West End, a entregar algunos de los negativos que había retocado
por encargo de los fotógrafos de Regent Street con los que trabajaba desde
antes de casarse, de modo que en la casa sólo quedaba mi padre, trabajando en
su estudio de la planta baja, y una joven en el cuarto que tenía Isabel en el
ático. Estaba allí simplemente por ser alumna de Isabel; aprendía con ella el
arte de retocar negativos, pero en ausencia de su mentora se había quedado sin
gran cosa que hacer. Se puso a pensar en mi padre; mejor dicho, repasó unas
cuantas ideas que había consentido que se le metieran en la cabeza. Sabía
muy bien que Mary Wells se
tomaba las compras muy en serio; sabía cuánto tiempo tardaría Isabel en ir de
Wandsworth a Regent Street y en regresar. No había moros en la costa; el
panorama estaba más despejado que nunca. Descendió a la planta baja y llamó al
estudio de mi padre. Le dijo que estaba pensando en preparar un té, y le
preguntó si no le apetecería tomar una taza. Instintivamente, él se dio cuenta
de que ella no estaba pensando precisamente en preparar un té. Realizaron el
acto del amor ágil, rápida, agradablemente, con gran satisfacción por ambas
partes, siempre y cuando se quiera creer el relato del encuentro escrito por mi
padre más de cuarenta años después. «Fue —según observó entonces, y me
parece que le traiciona la incertidumbre al hacerlo— lo más natural del
mundo.» Y sigue diciendo que esa azarosa anécdota se convirtió en la piedra
angular sobre la que cimentó una política de actuación en el futuro. Una vez
acontecido el suceso, se lanzó a lo que él denomina una prometedora
promiscuidad. Aun cuando el amor que sentía por Isabel no hubiese muerto, dice,
había decidido correr todas las aventuras amorosas menores e incidentales que
pudiera...
Esto no es más que la glosa
de mi padre, según entiendo, sobre el recuerdo que guarda del modo en que
ocurrió el asunto. Dudo mucho que tuviese entonces una imagen tan
meridianamente clara respecto del curso de los acontecimientos, y estoy
bastante seguro de que entonces no le pareció tan natural descubrir que, por
una parte, parecía ser incapaz de establecer una relación sexualmente feliz con
la mujer con la que se sentía emocional y afectivamente ligado, y que por otra
parte tuviese un éxito notable cuando se trataba de satisfacer sexualmente a
mujeres y muchachas que para él no significaban gran cosa. Si acaso pudo
parecerle así de natural, no parece probable que la situación le fastidiase
tanto como de hecho le fastidió, llegando a preocuparle mucho.
Mientras mi padre fue
acostumbrándose a la idea de que tendría que buscar y encontrar los placeres
sexuales fuera del matrimonio, la situación global de su familia experimentó un
agudo deterioro. Mi abuelo había tocado fondo poco antes, en 1887, cuando tuvo
que marcharse de Atlas House y malvender el negocio después, habiéndose
permitido incomprensiblemente acumular una larga serie de mensualidades
impagadas. Despojado de sus últimas pretensiones de convertirse en un hombre de
negocios independiente, despojado de la mayor parte de sus bienes y efectos, se
fue de Bromley y se instaló en una casa de campo en Nyewood, una minúscula
aldea al sur de Rogate, en el condado de Sussex, desde donde alcanzaba a ver
Harting Down y los álamos de Uppark. Mi abuela se encargó de pagar el alquiler
de su nueva vivienda. Poco después de instalarse allí, se le sumó mi tío Frank;
los dos vivieron juntos, en amor y compañía a pesar de la miseria, durante los
años siguientes. En la casa[117], que
apestaba a tabaco de picadura, a grasa de limpiar armas, a cerveza, reverberaba
el ruido de los relojes de Frank; en modo alguno podían mantenerse los dos, y
bien pronto se vieron en apuros, en cuanto el veranillo de San Martín[118] que
vivió mi abuela en Uppark tocó ingratamente a su fin. Se quedó sorda, y tal
como suele ocurrir con tantas personas que de pronto se ven enclaustradas por
este defecto físico, muy pronto se tomó quisquillosa, difícil de tratar. La
señora de la casa que le había dado trabajo, quien tampoco andaba libre de los
achaques de la vejez, perdió la paciencia y comenzó a ver en ella sólo a una
criada exasperante. A mi abuela se le notificó el despido a finales de
noviembre de 1892. Al cabo de dos meses tendría que marcharse, aunque recibiría
la paga de año y medio como finiquito y prueba de buena voluntad. Teniendo en
cuenta la época, fue una imposición muy liberal, y mi abuela no se mostró
demasiado enojada por ello, considerándose efectivamente como un ama de llaves
de una gran mansión que a lo largo de los años había demostrado su competencia,
como bien podía verse en el hecho incontestable de que había sido la única
dueña de la habitación destinada al ama de llaves y de las llaves de la casa.
Ahora bien, cuando se puso a buscar un nuevo empleo, muy pronto se sintió
desilusionada. Al comenzar el Año Nuevo se dio perfecta cuenta de que era
vieja, estaba sorda y no servía para nada; entendió que le sería imposible
encontrar un puesto de trabajo; que las cien libras que había recibido como
pago por su despido iban a ser con toda probabilidad la última cantidad de
dinero que ganaría por sus propios medios. Comprensiblemente, le entró el
pánico; se aferró al lugar que aún ocupaba en la hacienda de Uppark. Hizo falta
una enorme presión para que definitivamente se marchase, tres semanas después
de que hubiese expirado el plazo fijado en un principio.
Mi padre se jacta en su
autobiografía de haber previsto con antelación esta catástrofe, pero caso de
que sea cierto no hizo ningún plan para afrontar semejante contingencia. Sus
reacciones al respecto están marcadas por las huellas de la improvisación. Se
llevó a la asustada y anciana señora —había cumplido ya los setenta años— a su
casa de Wandsworth, donde la cobijó durante unos días, y después la depositó en
la pequeña casa de Nyewood, para que pasara allí lo que aún le quedase de vida.
No estoy muy seguro de lo pequeña que podía ser en realidad, ya que la única
descripción detallada que he podido encontrar de esa casa, en la cual se dice
que sólo tenía tres habitaciones, figura en una jocosa carta escrita por mi
padre a su vieja amiga Elizabeth Healey a comienzos de 1888. En ella escribe de
forma efectista, inventándose la mayor parte de las costumbres que atribuye al
viejo Joseph Wells. Fuera tan pequeña la casa o fuera algo mayor, lo cierto es
que tuvo que haber sido muy duro para mi abuela[119] que se
le pidiera con toda la amabilidad del mundo que se marchase a vivir bajo el
mismo techo en que vivía un hombre por el cual nunca había sentido nada, trece
años después de que por fin lograse escapar de él y se fuera a vivir en el
cuarto del ama de llaves de la espléndida y maciza mansión situada al otro lado
de la loma de Harting Down. Los criados que en tiempos la habían respetado y
temido se rieron y se mofaron de ella tan desabridamente durante las últimas
semanas que pasó allí, al enterarse de que había perdido irremediablemente el
favor de Miss Fetherstonehaugh, que sería insoportable si llegaran a enterarse
de que vivía tan cerca de la mansión y, además, de semejante forma. Cabía
incluso la posibilidad de que se acercaran hasta la casa, a mortificarla con
sus mofas por el estado de abatimiento en que había caído.
No me sorprende descubrir
que mi padre escriba en su autobiografía de forma exculpatoria al referir el
tratamiento que daba a mi abuela en esta época. Según dice, tiene la impresión
de que siempre fue demasiado presuroso, áspero e incluso estúpido cuando
intentó ocuparse de la crisis, por no decir que también fue desconsideradamente
ciego ante las humillaciones que apiló sobre su familia a medida que los
problemas de todos sus integrantes fueron asediándolo. Al repasar esta época,
reconoce haber sido particularmente duro con mi tío Frederick.
Tan pronto despachó a su
madre camino de Nyewood, se encontró a Fred en la puerta de su casa[120]. Fred
había sido despedido de lo que parecía hasta entonces un magnífico empleo en
Wokingham; el despido se produjo de manera tan aciaga que su moral se hizo
añicos. Le habían hecho pensar que se había ganado la confianza de su patrón y
que tenía verdaderas perspectivas de medrar e incluso de tomar las riendas del
negocio cuando llegara el momento oportuno, pero su verdadero cometido había
sido simplemente calentar el puesto que el hijo del patrón ocuparía en cuanto
tuviese la edad necesaria para ello. Había llegado el momento, y mi tío se
quedó de patitas en la calle sin recibir siquiera un plazo razonable. Lo habían
engañado como a un niño; al descubrirse el pastel, se burlaron de él. En casa
de mi padre, Fred recuperó rápidamente la moral. Empezó a mostrarse combativo.
No carecía de recursos. Había ahorrado, tenía una módica cantidad, casi cien
libras. Podría empezar de nuevo, por su propia cuenta. Podría mudarse y montar
un pequeño establecimiento. Siempre y cuando encontrase el lugar adecuado...
siempre y cuando mi padre pudiese ayudarle un poco al principio, quizá con sólo
doscientas libras... Cuando le hizo mención de esta cantidad, tenía en el
rostro una expresión que mi padre había empezado a reconocer.
Cada vez que se declaraba
una crisis, todos habían empezado a depender de él. Mi padre descubrió que
aunque estuviese ganando más dinero que nunca, no extraía grandes beneficios de
sus abultados ingresos. Más o menos la tercera parte de lo que ganaba iba a
parar a su familia. Tan pronto empezó a contar con la sustancial paga que le
proporcionaba Briggs, tomó la resolución de tener en todo momento unas
cincuenta libras a mano, como seguro contra catástrofes imprevistas. Con esa
cantidad podría disponer de un año con los gastos cubiertos, siempre y cuando
se apretase el cinturón y se fuera a vivir a un sitio verdaderamente barato.
Sin embargo, había descubierto que difícilmente tenía un saldo favorable de más
de cinco libras en su cuenta corriente. Ése no era un margen adecuado para un
hombre casado, con suegra, padres y dos infortunados hermanos a los cuales
mantener. Volvió a encontrarse entre la espada y la pared. Sometido a esta
creciente tensión siguió trabajando hasta que una noche de mayo de 1893 se desmoronó.
Estaba bajando a la estación
de metro de Charing Cross,
donde debía tomar el tren de vuelta a Wandsworth tras haberse quedado
trabajando hasta muy tarde en el instituto, cuando lo asaltó un ataque de tos
que le hizo detenerse en seco. En cuestión de segundos le dieron náuseas al sentir
el sabor de su propia sangre en la boca. A duras penas logró subir al tren: en
el trayecto, la virulencia del ataque remitió. Sin embargo, se produjo de nuevo
a las tres de la mañana; en esta ocasión la hemorragia fue muy copiosa. Se le
llenaba la boca de sangre, en cantidades aterradoras. Se llamó a un médico y en
cuestión de horas se restableció del todo. Antes del amanecer se hallaba fuera
de peligro; antes de terminar la semana estuvo incluso en condiciones de tomar
alimentos sólidos, a pesar de lo cual tuvo muy claro que estaba seriamente
enfermo y que su dedicación a la enseñanza tenía que concluir.
La primera reacción que tuvo
mi padre ante este golpe fue una sana utilización, aunque no especialmente
agradable, de su propio instinto de conservación. A mi tío Fred le dio un
rapapolvo, tan brusco que habría sido digno incluso de los despiadados despliegues
de altivez de un Napoleón. Mi tío seguía alojándose en el chalet de Wandsworth,
y a mi padre se le metió en la cabeza la idea de que pasaba en casa demasiado
tiempo, más del que debiera, en vez de ponerse a buscar un lugar en el que
vivir y montar su negocio; a su entender, se pasaba el día junto a su cama,
jugando con él a los dardos o al ajedrez, e incluso en actividades menos
constructivas, perfilando de forma inconexa gran variedad de nebulosos planes
de cara al futuro y a su vuelta a los negocios. En unos planes, Frank y él
serían socios, en otros no; lo cierto es que en todos ellos iba a necesitar un
capital mayor del que tenía a su disposición, y en cualquier caso a mi padre lo
veía indefectiblemente como la fuente de la que habría de manar lo que hiciera
falta para paliar tales dificultades. Mientras se iba introduciendo en el mundo
de ensueño en que vivía su hermano, gracias a estas explicaciones, por la
monotonía con que los juegos de mesa terminaban siempre con su triunfo entendió
claramente que el pobre Fred no era ni de lejos tan brillante como él había
creído en sus tiempos mozos. Los cuatro años que le llevaba, que en otro tiempo
habían significado una diferencia abismal, dejaron de tener ninguna
importancia; había alcanzado a su hermano en la experiencia de la vida, e
incluso lo había rebasado. Fred era un lelo incapaz de creer siquiera en sus
propios sueños, o terminaría por serlo. Mi padre se puso a leer detenidamente
los anuncios de ofertas de empleo de los periódicos, los mismos que repasaba
distraídamente mi tío, y pronto encontró uno que parecía perfecto al caso: una
vacante de dependiente con experiencia en Sudáfrica.
Difícilmente podría
mejorarse la versión que da mi padre del pequeño drama familiar que se
desarrolló a continuación, ya sea por lo revelador que resulta de su carácter,
ya sea como pieza narrativa breve.
[Fred] era honesto,
cumplidor, decente y amable[121], digno de confianza
en grado superlativo, aunque careciera de esa pujanza, inteligencia práctica y
convicción necesarias para dedicarse a los negocios con éxito, al menos en
Inglaterra. En las colonias, los dependientes no son tan rectos ni tan valiosos
como por fuerza han de ser aquí, dejándose tentar por las oportunidades que les
salen al paso y por el señuelo de la libertad personal; en las colonias, sus
virtudes, como la firmeza y la Habilidad, tendrían un valor enorme, por lo cual
decidí que debía marchar a intentarlo. Tuve que superar una intensa resistencia
sentimental por parte de mi madre, pero Freddy se sintió muy apoyado por el
acuerdo al que yo había llegado con él, de modo que en una semana o así quedó
cerrado el trato, y el aventurero comenzó a comprar lo necesario y a hacer las
maletas para marcharse a Ciudad del Cabo... Así resuelto el futuro de Freddy,
quien además accedió a soportar una parte de los gastos de Nyewood tan pronto
recibiese su primer salario, me quedé liberado y en condiciones de ocuparme con
más detalle de mis propios problemas.
Las palabras ((Freddy se
sintió muy apoyado por el acuerdo al que yo había llegado con él» hacen
referencia a la infeliz verdad de los hechos, es decir, a que mi tío en
realidad nunca quiso marcharse a Sudáfrica, a que habría preferido quedarse. Lo
cierto es que tuvo que marcharse a la fuerza.
La afirmación de mi padre,
en el sentido de que la deportación del pobre Freddy lo liberó para ocuparse
con más detalle de sus propios problemas, es otra de las que también requieren
interpretación, sobre todo por la afirmación que sigue, a saber, que ya tenía
una solución en mente. Así, parece sensato pensar que había sopesado las cosas
y que había llegado a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era
intentar ganarse la vida escribiendo, trabajando en casa según su propio
horario. Dedica unas tres páginas a defender con ingenio que esta decisión fue
especialmente razonable, aunque yo no puedo creer que tomase la decisión en
tanto decisión propiamente dicha, ni tampoco que la tomase a tenor de las
circunstancias y razones que aduce. Lo cierto es que no tenía ninguna otra
opción. Eran muy pocas las cosas que podría haber hecho, teniendo además en
cuenta su delicada condición física. Su único recurso, amén de su contrastada
capacidad de profesor, era la maña que tenía para escribir lo que en aquella época
se llamaban chatty pars, o breves ligeros y amenos, es decir, rellenos de media
columna o de un cuarto de columna, que había colocado en algunos periódicos
sectoriales y en los diarios de mayor circulación. Sería difícil precisar hasta
qué punto había desarrollado ya entonces esta habilidad. Como redactor jefe del
University Correspondent había tenido práctica suficiente y un conocimiento
desde dentro; cuando comenzó a enviar colaboraciones al Educational Times se
las ofrecía de hecho a un amigo que era además colega suyo por pertenecer al
personal docente del instituto de Briggs. Cierto es que en 1887 había escrito
un ensayo titulado «The Rediscovery of the Unique» («El redescubrimiento de lo
único») que no tenía nada que ver con su especialidad profesional, y que tras
muchos retoques, correcciones e incluso alguna reescritura integral, había
llegado a publicarse en las páginas de la Fortnightly Review en julio de 1891,
pero esa hazaña no había sido más que flor de un día. De hecho, le condujo a un
no desdeñable fracaso. Cuando intentó seguir por ese camino recién abierto, se
encontró con que era de todo punto incapaz de comunicar al indignado Frank
Harris, por entonces redactor jefe de la Fortnightly, el contenido de su
segunda colaboración, un ensayo titulado «The Universe Rigid» («El rígido
Universo»): no supo decirle de qué iba a tratar. Cuando salía a tropiezos del
despacho de Harris, desconcertado y avergonzado por su lamentable actuación,
oyó a sus espaldas las maldiciones del formidable y diminuto aventurero:
«Joder! ¡Cómo me ha tomado el pelo.»
Mi padre no tenía en
realidad la menor experiencia en la venta y colocación de sus escritos en el
mercado hasta que leyó When a Man's Single (El soltero), de J. M. Barrie[122],
durante una convalecencia que duró unos quince días y que pasó en Eastbourne a
comienzos de junio de 1893. Uno de los personajes del libro de Barrie había
inventado una fórmula infalible para redactar prosas breves y susceptibles de
ser aceptadas, previo pago, por los periódicos al uso; Barrie además explicaba
en qué consistía la fórmula. Horas después de haber leído el pasaje, mi padre
hizo su primera prueba de acuerdo con la fórmula; al día siguiente remitió una
copia en limpio a la Pall Mall Gazette londinense. A vuelta de correo recibió
una carta de aceptación y una petición formal de que enviase más artículos por
el estilo. El periódico acababa de ser adquirido por William Waldorf Astor, el
cual había dado al recién nombrado redactor jefe, Harry Gust, órdenes de que
animase y revitalizase el periódico, de que estuviese atento a la aparición de
nuevos articulistas, sobre todo si tenían ese toque de ligereza. Cust pensó que
el artículo de prueba de mi padre, titulado «On the Art of Staying at the Seaside»
(«Sobre el arte de reposar en la costa»), encajaba exactamente en lo deseado.
Mi padre empezó a escribir como churros artículos y breves escritos de acuerdo
con la fórmula de Barrie, tan deprisa como le permitió su acopio de ideas y de
sueños a los que adscribir las prosas. Cuando el periódico le hizo llegar un
cheque a comienzos de noviembre, en pago por sus colaboraciones del mes de
octubre, se quedó encantado al comprobar que había ganado casi quince libras en
un mes. Escribió una carta exultante a su hermano exilado, hablándole de su
triunfo: «No está nada mal, ¿eh? Claro que a lo mejor éste ha sido un mes de
suerte. De todos modos, no me estoy manteniendo gracias a mis ahorros, por
fortuna, y apenas salgo de casa; creo que me estoy reponiendo a buen ritmo.»[123] Así
pues, sólo hasta ese punto puede decirse que estaba en posesión de la solución
a sus problemas: iba arreglándoselas mal que bien, viviendo al día. Todavía era
un inválido; no estaba en condiciones de asumir ulteriores responsabilidades;
obviamente, tendría que andar con mucho tiento al menos durante una larga
temporada.
Mi padre no hizo lo que
habría sido más obvio de hacer. En agosto de 1893, eufórico por los éxitos
logrados en la Pall Mall Gazette, se mudó del chalet de Wandsworth a una casa
algo más grande, cerca de North Downs, en Sutton, condado de Surrey, zona en aquella
época relativamente intacta, no invadida aún por la constante ampliación de los
suburbios londinenses. Fue una mudanza bastante sensata. El estado en que mi
padre tenía por entonces los pulmones aconsejaba que se fuese a vivir a
cualquier sitio en donde pudiese respirar aire puro durante una buena
temporada. Parecía acomodarse con cierto realismo a los términos inevitables en
que había de discurrir su nueva vida. Ahora bien, entre Navidad y Año Nuevo, a
finales de 1893, se marchó de la casa de Sutton, dejando compuestas a su esposa
y a la desolada madre de ésta. No volvió jamás.
No se fue a vivir a un
barrio precisamente recomendable para un hombre aquejado de dolencias
pulmonares; se alojó en un deteriorado barrio del noroeste de Londres, en la
frontera entre Euston y Camden Town. La que fuese atractiva zona de edificios
estilo Regencia y de comienzos de la era victoriana, había resultado
penosamente afectada por la construcción de los ferrocarriles en la época en
que las dos principales líneas del Norte se construyeron sin respetar nada, más
o menos a mediados de siglo. Cuando mi padre se instaló en dicha zona, en 1893,
el barrio llevaba ya cuarenta años cuesta abajo y seguía estropeándose sin
cesar. Su especial carácter estaba determinado por la pesada carga de hollín de
carbón de hulla grasa traída por los vientos predominantes desde el West End y
mezclada por el humo más ácido que despedían las locomotoras al pasar. Tan
pronto se hubo instalado en este decepcionante entorno, con mi padre se fue a
vivir una mujer muy joven llamada Amy Catherine Robbins, que había sido alumna suya
en una de sus clases del instituto. Convivieron como marido y mujer.
Elizabeth Healey[124], que
vio a Amy Catherine Robbins por vez primera a comienzos de 1893, decía que era
una de las chicas más guapas que había visto en toda su vida. Era delgada,
pequeña, de complexión muy delicada, más baja incluso que mi padre; tenía un
cabello rubio pálido, dorado, y ojos castaños y oscuros, así como una tez
impecable, de las que suelen calificarse de «melocotón con nata», y un tipo
espléndido. Había ingresado en la clase de mi padre cuando era aspirante a
obtener la licenciatura en ciencias, en septiembre de 1892; había causado en él
una impresión indeleble cuando, tras perderse unas cuantas clases en octubre,
regresó a clase siendo presa de una profunda pena. De acuerdo con las todavía
rígidas convenciones al uso, vestía de luto de pies a cabeza por la muerte de
su padre, acaecida en ambiguas circunstancias, que sin embargo remitían
concluyentemente a un suicidio. Ninguno de los testigos que interrogó la
policía había sido capaz de decir con una mínima precisión qué había ocurrido.
Lo único que podía darse por seguro era que se le había
encontrado muerto en la vía
del tren, entre los andenes de la estación de Putney, tras haberse arrojado
delante de un tren en marcha o tras haber caído accidentalmente. Desde hacía
tiempo no le iban bien las cosas; su mujer y su hija habían quedado en muy
precaria situación. Tenían la casa de Putney, en la cual seguían viviendo, y
muy poco más.
La acusada similitud
existente entre la situación de mi abuela en la época en que mi abuelo la
desposó a toda prisa y la de Amy Catherine Robbins cuando mi padre la arrastró
a mantener lo que iba a ser a la postre una relación que, en el caso de ella,
se prolongaría durante toda la vida, y en el caso de él quizá fue su relación
amorosa más intensa y duradera, puede que no sea, tal vez, sino mera
coincidencia. Posiblemente, lo único que tuvo verdadero peso fue que ella era
extremadamente atractiva, capaz de interesarse por todo lo que a él le
interesaba, amén de estar en el sitio preciso y en el momento oportuno. Se dio
el caso de que, como alumna, fue asignada a una de las clases que daba él; se
dio el caso de que era su última clase en todo el día; se dio el caso, en fin,
de que cuando salieron del instituto y dieron la espalda a Red Lion Square, los
dos echaron a caminar hacia la estación de metro de Charing Cross para tomar
los dos uno de los trenes de la District Line que a él lo dejaría en Wandsvorth
y a ella habría de llevarla hasta Putney. Entre el instituto y la estación de
metro se ofrecía tentador uno de los nuevos salones de té de la Aerated Bread Company. Eran estas instituciones
recién establecidas, un regalo no abiertamente benévolo del dios Victoriano a
la juventud de la clase media baja. Inocentes lugares de encuentro, constituían
una respuesta perfecta al problema del joven que se encontraba con muy poco
dinero que gastar y que no tenía adonde ir cuando deseara sentarse un rato a
charlar con una muchacha perfectamente respetable. Ninguna muchacha digna y
prometedora podía permitirse el dejarse ver al entrar o salir del alojamiento
en que residía un joven comparable; las tabernas abiertas al público quedaban
automáticamente fuera de toda consideración, de manera que entre el saloncito
de la casa de la muchacha y los paseos por la calle, el Londres de finales de
la época victoriana ofrecía bien poca cosa a las parejas que deseasen conocerse
más a fondo, hasta que aparecieron los salones de té de la ABC. En estos
lugares era posible sentarse a resguardo, disfrutar de una buena calefacción y
de un tono socialmente seguro, durante todo el tiempo que se desease, siempre y
cuando se pudieran pagar dos tazas de té y unos bollos. ¿Podía ser pernicioso
ganar unos minutos de grata conversación en uno de tales lugares, de camino al
metro, para tomar el tren de vuelta a Wandsworth?
Mi padre era ya un consumado
y maravilloso orador. Algunos de sus camaradas, estudiantes en la Escuela
Normal de South Kensington, aun cuando perdiesen contacto con él muy poco
después, treinta o cuarenta años más tarde recordaban los placeres que les procuraba
el oírle juguetear con toda clase de ideas. Hablando como hablaba él, llegó al
centro de la vida de Miss Robbins con enorme celeridad; ella fue una de las
primerísimas personas que acudieron a su casa de Wandsworth a desearle lo mejor
cuando pudo recibir visitas después de su desmoronamiento de mayo de 1893.
Posiblemente fuera entonces cuando Isabel notó una cierta vibración de interés
que emanaba de la que había de ser su sucesora, lo cual la llevó a mostrarse a
favor de la mudanza de Wandsworth a Sutton, operación que tuvo lugar en el mes
de agosto. Sea como fuere, mi padre aún no era plenamente consciente de lo que
le había ocurrido en aquel encuentro a última hora de la tarde; además, logró
seguir sin saberlo del todo hasta mediados de diciembre. Isabel lo cercó
entonces exponiéndole la realidad de la situación que estaba desarrollándose al
término de un fin de semana tremendamente arriesgado, dispuesto por Miss
Robbins. Ésta había persuadido a su madre[125] —quien
por cierto no podía tener ni idea de lo que poco a poco iba tomando forma— de
que invitase a mi padre y a su esposa a quedarse desde el viernes por la noche
hasta el lunes por la mañana en su casa de Putney. No hay forma de saber qué es
lo que tenía en mente; a lo largo de la semana, las sospechas de Isabel pasaron
a ser conocimiento de los hechos. Tan pronto estuvo de nuevo con mi padre en su
propia casa le dijo que, tanto si él se había propuesto que así fuera como si
por el contrario hubiese sido involuntario, Miss Robbins se había enamorado de
él; por tanto, él tendría que renunciar a sostener tan peligrosa relación si de
veras deseaba que su matrimonio sobreviviese. A mi padre no le hicieron falta
ni siquiera diez días para decidir qué debía hacer. Cuando tomó asiento para
despachar la cena de Nochebuena con Isabel y con su madre, ya tenía las maletas
hechas para largarse.
Cuando mi padre se marchó de
Sutton el 27 de diciembre de 1893 se llevó a cuestas cargas más pesadas[126] que su
baúl y sus libros, pues era financieramente responsable de dos hogares, el que
acababa de abandonar y el de Nyewood, así como de Miss Robbins. Y hubo de
afrontar la posibilidad de que bien pronto regresara Fred a depender de su
peculio. El enquistamiento entre los boers y los oriundos de Inglaterra era
creciente, y mi aterrado y nostálgico tío había empezado a dar muestras de su
deseo de irse de Sudáfrica. Al mismo tiempo, la sombra de la angustia había
empezado a invadir a mi padre, sembrando en él constantes dudas acerca de sí
mismo: en aquellos tiempos nadie se tomaba un divorcio a la ligera, y tampoco
podía estar seguro de que los periódicos en que había empezado a publicar
siguieran acogiendo sus colaboraciones después de que su nombre saliese a la
luz como parte culpable en un divorcio dirimido probablemente en los
tribunales. Así se puede explicar al menos parcialmente por qué a pesar de su
firme deseo de empezar con buen pie su nueva vida en compañía de Amy Catherine
Robbins, hizo cuanto pudo por convencer a Isabel para que pospusiera el inicio
de las acciones legales tanto como fuese posible. Tenía otra carga de distinta
especie que llevar sobre sus hombros, a saber, la persona de la pobre señora
Robbins, quien nunca se recuperó por completo del tremendo golpe que le supuso
la muerte de su marido, por cómo había tenido lugar. Se tomó el que mi padre
sedujera a su hija —era incapaz de imaginarse lo ocurrido en otros términos
distintos— como un golpe de naturaleza muy similar. Su hija le aseguró que
sabía perfectamente lo que estaba haciendo, que no había nada que temer, pero
la buena señora siguió convencida de que su hija no se había dado cuenta del
lío en que se estaba metiendo, de que estaba jugando no con fuego, sino con el
riesgo de la ruina. Desesperada, la señora Robbins intentó que todas las
amistades y conocidos a los que logró convencer fuesen a visitar a mi padre a
su guarida de Mornington Place, todos ellos con las instrucciones de apelar a
sus mejores sentimientos y de rogarle que su inocente víctima volviese a casa
de su madre antes de que padeciera la inevitable e irremediable degradación que
había de producirse cuando tuviera que presentarse ante el tribunal en calidad
de invasora de una casa ajena y de adúltera. La agitación de la señora Robbins
remitió brevemente cuando Amy Catherine, abrumada por el efecto que las
incesantes interpelaciones de los amigos de su madre habían tenido en el estado
de ánimo de mi padre, accedió a volver a Putney. Sin embargo, bien pronto
alcanzó de nuevo cotas de preocupante intensidad cuando su hija le comunicó que
sólo había vuelto para pasar con ella los días que hiciese falta con tal de
apaciguarla, y que en cuanto hubiese cumplido esa misión volvería a marcharse
con mi padre y su marcha sería definitiva. Lisa y llanamente, no estaba
dispuesta a dejarse chantajear para que renunciase a él. Su alarde de pundonor
y determinación dio el saldo esperado, y pudo volver a Mornington Place mucho
antes de lo que ella misma esperaba.
Llegados a este punto, da la
sensación de que se habían tomado todas las medidas y disposiciones necesarias
para que las aguas cubriesen por completo la cabeza de mi padre. Con todo lo
que había emprendido, adrede o sin querer, no había forma de que sobreviviese
hecho esa especie de «machaca» periodístico de medio pelo en que se había
convertido. En cuanto diese la más mínima muestra de estar cansado, en cuanto
sus colaboraciones perdiesen frescura, iba a estar bien apañado, metido hasta
el cuello en las tinieblas, siendo un miembro más de la ingente casta de los
infortunados.
Ese destino parecía
inevitable. Pero precisamente en tal encrucijada[127] Harry
Cust se sacó de la manga una nueva vía, hecha casi expresamente para él. Cust
tuvo la sensación de que mi padre escribía muy por debajo de sus posibilidades
reales en sus colaboraciones para la Pall Mall Gazette, convencido de que podía
escribir cosas mucho mejores, al margen de las prosas de acuerdo con una
fórmula que le salían como rosquillas. Tendría que ahorrarse talento,
prescindir de la guinea que ganaba a cambio de malgastarlo. Cust conversó con
Lewis Hind, encargado de las páginas de literatura del suplemento semanal de la
Gazette, el Pall Mall Budget, y después le presentó a mi padre, diciendo que
era una persona que podría ser colaborador ideal de dichas páginas. A Hind le
cayó bien, y le propuso que midiera sus fuerzas escribiendo piezas de ficción.
Proporcionó a mi padre otra fórmula diferente, pues andaba buscando relatos
cortos con cierto aire científico, y le comentó que estaba dispuesto a pagar
cinco guineas por cualquier pieza de esa línea que resultase publicable.
Volvió a repetirse la
historia de la fórmula ideada por Barrie; mi padre cazó al vuelo, a la primera
de cambio, de qué se trataba, y dejó encantado a Hind con una pieza muy
característica de este período, titulada «The Stolen Bacillus» «El bacilo
robado». El terreno al que Hind lo había arrastrado tan encarecidamente no
distaba en exceso del terreno del trabajo a destajo cuya clave le había
facilitado la fórmula de Barrie, aunque en este nuevo terreno al menos se le
exigía el uso de su imaginación en absoluta libertad. Hind se percató de que la
suya era una imaginación muy activa, muy fértil, y bien pronto entendió que mi
padre era capaz de piezas mucho mejores, más ambiciosas que los fragmentos a
los que las limitaciones impuestas por el formato del Pall Mall Budget le
habían confinado a la fuerza. Era imposible saber de qué podría ser capaz
cuando alguien le otorgase entera libertad de escribir totalmente a su gusto.
Por eso Hind presentó a mi padre a W. E. Henley, del National Observer, y así
llegó su hora de triunfar o de echarse definitivamente a perder.
Henley, que había sido el
modelo físico a partir del cual Robert Louis Stevenson forjó a Long John
Silver, el capitán pirata de La isla del tesoro, era un robusto gigantón
tullido por una operación quirúrgica muy primitiva a que fue sometido en su
juventud, época en la que una dolorosa enfermedad orgánica le había destrozado
ambos pies. Había ido madurando con la determinación de que nadie pudiera
compadecerse nunca de él, y se convirtió en el brillante director cuya esencia
captó para siempre, en un inolvidable retrato, William Nicholson. Aunque por
una parte sorbiese los vientos por las resonantes vulgaridades de Kipling, fue
también el primer hombre que apreció las virtudes de Yeats, el que dio vía
libre a Conrad habiendo leído solamente una página de El negro del Narcissus,
la maravillosa obra que por entonces publicaba en forma de serial.
Cuando mi padre fue citado
por vez primera[128] en el
despacho de Henley, estaba por entonces escaso de ideas frescas. A sabiendas de
que tendría que tener preparada una respuesta si el director del National
Observer le preguntase qué estaba en condiciones de ofrecer en el futuro
inmediato, y que más le valía que fuese algo serio, repasó rápidamente su
archivo de prosas de prueba, escritas antes de que Frank Harris le metiese con
su seriedad el miedo en el cuerpo. Su único hallazgo de utilidad fue la idea
del viajero a través del tiempo, que había malbaratado en un inepto artículo
para el Science Schools Journal. Desdeñó al pretencioso personaje llamado
Doctor Nebo Gipfel, prescindió del relato pésimamente tramado en el que había
hecho su aparición, y se puso a trabajar sobre la idea en crudo de The Time
Machine, La máquina del tiempo, hasta que la cuestión adoptó en su
interior una forma que le permitiese hablar de ello con todo lujo de detalles.
Cuando en efecto conoció a Henley, éste le cayó bien, y le resultó fácil hablar
con él. Las ideas fueron vertiéndose sin cesar. Henley es-taba familiarizado
con algunas de aquellas abstracciones, pero lo que descubrió en mi padre fue
algo totalmente distinto. Aquel diminuto hombre con cara de pájaro tomó asiento
delante de él y se puso a hablar del pasado y del futuro del planeta, de todo
el sistema solar, como si todo ello, desde los orígenes hasta el final, formase
parte de su propia experiencia. Transportó a Henley millones de años hacia el
futuro, para mostrarle un mundo que casi había dejado de rotar y que languidecía
bajo un sol cada vez más frío.
Henley tuvo alguna que otra
duda. No es que hubiese pensado que esa idea en concreto fuese una pifia
generada por los errores propios de la física anterior al descubrimiento de la
energía nuclear; antes bien, tal y como testimonian sus propios poemas, era un
hombre reacio por su propio temperamento a aceptar lo que pareciese inevitable.
Su línea de pensamiento partía de la base de que él era el dueño de su propio
destino, el comandante de su alma y sus sentimientos. En cambio, no pudo
resistirse a la amplitud y la vehemencia de la visión que le ofreció mi padre
del final de los tiempos, ya que nunca se había encontrado con nada que
estuviese imaginado con semejante claridad, tan límpidamente percibido, como la
visión del todavía lejanísimo final de los tiempos. Indicó a mi padre cuáles
eran las tarifas habituales y le comunicó que le daría espacio para diez
artículos. Quedó en manos de mi padre hacer lo que pudiese ante semejante
oportunidad.
Mi padre no sacó gran
partido de esta fenomenal ocasión, por motivos que serán fáciles de comprender.
La señora Robbins hizo una ominosa montaña de la determinación de su hija,
decidida a quedarse con mi padre, y tomó su perdición, en sus propios términos,
como pretexto para dar suelta a los sentimientos de incomprensión y desconsuelo
que había embotellado desde que le golpeó brutalmente la ambigüedad que rodeaba
la muerte de su esposo. Simplemente se desmoronó, y pasó tanto tiempo llorando
sin cesar que también quedó incapacitada durante un tiempo para cuidar de sí
misma. Como no había nadie más que pudiese ocuparse de su cuidado, esta carga
recayó sobre la pareja recién constituida. Se alquiló la casa de Putney durante
un largo período de tiempo, y la señora Robbins se trasladó a un domicilio más
cómodo y razonable, el que había encontrado mi padre en Momington Road. Aunque
hubiese empezado a vivir bajo el mismo techo que él, la buena señora todavía no
se había reconciliado con su hija, y seguía sumamente irritada por las
disposiciones que ésta había tomado; hizo de su reprobación y su pesar
manifestación casi ostentosa, cuando venía a cuento y cuando no existía
pretexto para ello. La tensión generada por su presencia reprobatoria y por sus
constantes reprimendas influyó considerablemente en el trabajo de mi padre y en
la salud de Amy Catherine. Mediado el verano de 1894,
ésta había perdido tanto peso y parecía hallarse tan pálida y agotada que el
médico pensó que bien podría estar amenazada por problemas de salud similares a
los que habían causado el desmoronamiento de mi padre el año anterior. El
médico insistió en que se marchasen al campo, traslado al que dio carácter
urgente e ineludible. A finales de julio se instalaron los tres en unas
habitaciones amuebladas de una fea pero pese a todo cómoda casa de campo en
Sevenoaks, donde el techo iba a desplomarse al poco tiempo sobre mi padre.
El primer golpe[129] se
produjo cuando la Pall Mall Gazette le devolvió unas cuantas piezas de ocasión
que había remitido para su posible publicación, por considerar que estaban
escritas de forma desmañada y que no era posible publicarlas tal cual. Acto
seguido, tomada la decisión de que iba a cerrar el Pall Mall Budget por
considerar que generaba pérdidas imposibles de asumir, Astor ordenó a Hind que
dejase de adquirir nuevos materiales. Y como guinda de semejante tarta, los
propietarios del National Observer lo vendieron a pesar de las objeciones de
Henley, que fue despedido por el nuevo consejo de administración. Su sucesor
inició una limpieza a conciencia de todo el periódico, y empezó por recortar
las pérdidas generadas por el proyecto sobre el viajero a través del tiempo que
había encargado Henley. Mi padre había hecho entrega de siete de los diez
artículos previstos; el nuevo encargado no vio que valiesen la pena.
Ciertamente, eran piezas bastante pobres, en las que se notaba con excesiva
claridad cuántas otras ideas le acuciaban en el momento de escribirlas. Eran
artículos didácticos, inertes, sin gracia, carentes por completo de la chispa y
el brillo que habían fascinado a Henley cuando mi padre asumió el proyecto. Se
le comunicó que no se tomara la molestia de enviar ninguno más, y se le dijo
esto con una frialdad que le hizo entender con tremenda claridad que más le
valía ir olvidándose del National Observer, donde difícilmente podría colocar
ninguna pieza más. No había podido prever este súbito descenso en sus ingresos
cuando se marchó a vivir fuera de la ciudad; de repente notó que se hallaba en
una delicada situación, que no iba a ser precisamente más fácil de tolerar por
el comportamiento de la señora Robbins. Estaba siendo tan difícil como siempre,
y a sus tácticas de acoso había sumado la costumbre de retirarse a su
dormitorio a despachar sus colaciones cada vez que le molestaba alguna cosa
tendente a recordarle la irregularidad de la situación en que se hallaba su
hija. La consecuencia de todo esto fue la disputa que tuvieron mi padre y la
dueña de la casa, la cual de pronto propuso cargarle seis peniques de más por
cada almuerzo o cada cena servida a la señora Robbins en su dormitorio de la
primera planta. No me cabe duda de que al resistirse a este aumento de los
gastos, por estar ya bastante alarmado ante las proporciones que iba
adquiriendo la diferencia existente entre sus gastos y sus ingresos, mi padre
soltó con la dueña de la casa buena parte de la cólera que le inspiraba la
señora Robbins. Fuera como fuese, lo cierto es que en ella se encontró con otro
enemigo, y a su debido tiempo tuvo que pagar un elevado precio por ello. La
dueña de la casa no tardó en revisar a hurtadillas el correo que se recibía, y
enseguida descubrió que sus arrendatarios no eran una pareja casada, amén de
darse cuenta de que eran la parte inculpada en un proceso por divorcio. Mi
padre se encontró con que iba a tener que librar una guerra a la defensiva en
dos frentes bien distintos.
Fue en este momento cuando
el elástico y generoso Henley acudió en su ayuda[130].
Cesado como director del National Observer, iba a ocupar un nuevo y prominente
puesto de director el siguiente mes de enero, al frente de la New Review. Tuvo
que comunicar a mi padre que sus artículos sobre el viajero a través del tiempo
habían salido bastante mal, a pesar de lo cual él seguía creyendo en el
proyecto. Pensaba saber muy bien cuál era el error de planteamiento: mi padre
había escrito una serie acerca del hecho de viajar a través del tiempo, y no se
había llevado a sus lectores en dicho viaje, ya que los había dejado en tierra,
por así decir. Si fuese capaz de intentarlo de nuevo y abordar el tema desde
otra perspectiva, todo saldría a pedir de boca. Lo que había que hacer, en su
opinión, era inventarse un personaje simpático, con gancho, que emprendiese la
exploración del pasado y del futuro en persona, llevándose al lector casi de la
mano. Henley estaba seguro de que se podría hacer así, y de que mi padre era el
hombre indicado para hacerlo; tan convencido estaba, que se mostró dispuesto a
garantizarle cien libras por los derechos de serialización de una obra todavía
no escrita, e incluso a darle la promesa de que saldría en la New Review en
fecha tan inmediata como fuera posible. Henley llegó incluso más allá en su
afán por fomentar la viabilidad del proyecto. Habló del mismo con William
Heinemann, y en términos tan convincentes que persuadió al tozudo editor, una
persona muy difícil de pelar, para que ofreciese a mi padre un anticipo de
cincuenta libras, a cuenta de un porcentaje del quince por ciento, y la
garantía de que la primera edición constaría de diez mil ejemplares.
Inspirado por estas pasmosas
muestras de confianza en su capacidad a la hora de rentabilizar la venta de las
mercaderías que había expuesto en su escaparate, en medio del fuego cruzado de
los agravios y desagravios que intercambiaron la señora Robbins y la tarasca de
la dueña de la casa mi padre afrontó la redacción de la que iba a ser su
primera novela. Tuvo que escribir sometido a una enorme presión, tuvo que
escribir contra reloj, y en septiembre, cuando ya había empezado a verle las
orejas al lobo, se sintió de nuevo agotado, desgarrado por las dudas. Envió
copia de los primeros capítulos a Henley, junto con una nota en la que le
preguntaba si, según su entender, estaba trabajando sobre la línea adecuada, si
valía la pena invertir más tiempo y más esfuerzo en un libro semejante. La
respuesta de Henley fue el empujón que necesitaba: «¡Desde luego!... Está
tan repleto de invenciones, y las invenciones son tan maravillosas, tan
rebosantes... que sin duda valdrá para forjarte una fenomenal reputación.»[131]
El entusiasmo de Henley era
exactamente lo que faltaba para que mi padre pudiese librarse del miedo a
terminar que lo atenazaba, para pasar, en cuanto hubiese acabado con La
máquina del tiempo, a The Wonderful Visit (La visita maravillosa). Y
mientras trabajaba en la idea de su segunda novela se le ocurrió la idea de la
tercera. Fue en este caso como una evolución natural[132] que
creció a partir del sentimiento de horror que había arraigado en su mente
durante los tiempos de Westbourne Grove, un día en que se vio empujado,
zarandeado, aprisionado en medio de la sudorosa, ebria muchedumbre, compuesta
por londinenses de todo jaez que en un día festivo iban a la feria veraniega de
Hampstead Heath, uno de los grandes carnavales de las clases amiseriadas en el
calendario del Londres Victoriano. El recuerdo de aquella experiencia engatilló
su imaginación, y en tan sólo unas cuantas horas de asueto se transformó en un
primer borrador de The Island of Dr. Moreau (La isla del doctor Moreau).
Así, por fin empezó mi padre su trayectoria; entre Gust, Hind y Henley
encontraron el que iba a ser su oficio indicado, y entre los tres lo
convirtieron en un novelista.
La situación de mi padre se
transformó durante los meses que siguieron. La New Review de Henley comenzó a
serializar en abril La máquina del tiempo; Dent se llevó La visita
maravillosa a principios de mayo, y a finales de ese mismo mes Methuen acordó
publicar La isla del doctor Moreau en cuanto estuviese concluida. En
junio se publicó en forma de libro una selección de sus antiguos artículos para
la Pall Mall Gazette, bajo el título de Selected Conversations with an Uncle (Conversaciones
escogidas con un tío carnal), al tiempo que apareció La máquina del
tiempo en forma de libro. La visita maravillosa salió en septiembre;
para entonces, estaba preparándose una colección de los relatos que había
escrito para Hind, titulada The Stolen Bacillus and Other Incidents (El
bacilo robado y otros incidentes), de cara a su distribución en librerías a
mediados de noviembre.
Henley se sintió encantado[133] al ver
que la trayectoria de mi padre despegaba de manera tan halagüeña, pero no
ocultó la preocupación que le inspiraba él mismo y su futuro. La visita
maravillosa recibió una acogida entusiasta por lo tocante a la crítica, y
Henley aprovechó la ocasión para darle algún que otro consejo, en una de las
cartas de felicitación que le envió a tenor del libro y de la acogida que había
tenido. Le dijo que había inteligencia en La visita maravillosa;
«inteligencia, personajes redondos, humor». Sin embargo, debería andarse con
cuidado. Tenía un talento incomparable, de eso no había duda, y había logrado
terminar tres libros en sólo un año. Eso era espléndido. Y, a pesar de los
pesares, había que reconocer que libros que fuese posible sacarse de la manga a
tal velocidad no podían ser literatura. Henley se apresuró en asegurar a mi
padre que no es que hubiese empezado a perder la confianza que tenía puesta en
él; tenía la misma e intensa fe en sus poderes de invención que había tenido
siempre. Lo único que ocurría era que no deseaba ver cómo se iban al garete
esas virtudes por culpa de un uso excesivo. Estaba seguro de que mi padre, al
margen de lo que hiciera con sus dones, tenía un verdadero futuro de escritor.
Con todo, quería que ese futuro fuese brillante, y no el de un hombre cuya obra
terminase por ser un lugar común debido a una exposición excesiva. Ciertamente,
admiraba, desde luego, el modo en que mi padre era capaz de sacar adelante sus
magníficas prosas, de forma tan copiosa, con tan enorme facilidad. Con eso y
con todo, tenía que decir lo que era necesario y urgente decir bien claro: «También
podrías hacer cosas mejores, mucho mejores; para empezar, tendrías que tomarte
a ti mismo mucho más en serio.»
La carta de Henley, escrita
el 5 de septiembre de 1895, supuso un giro decisivo en la trayectoria de mi
padre, un giro que iba a tener cuando menos la misma importancia que tuvo su
llegada, liberado de sus cuitas, al umbral de la Escuela Normal de South Kensington,
acaecida diez años antes. Bien sabía él que su vida se había transformado
gracias al éxito de La máquina del tiempo, aun cuando lo cierto es que
él pensaba que dicho éxito le había llegado en tanto consecuencia más o menos
accidental de haber hecho, sencillamente, lo que se le había presentado
entonces como la única cosa que de hecho podía hacer. Su concepción de la
novela había sido hasta entonces la de una actividad de mayor amplitud, capaz
de darle mayores compensaciones, algo que sería menester poner en función de
una idea, de acuerdo con la fórmula Barrie para sacarse de la manga un artículo
susceptible de ser colocado en un periódico. Había emprendido la escritura de La
visita maravillosa precisamente de esa manera. Había centrado su atención
en un comentario atribuido por cierto a Ruskin, en el sentido de que si un
cazador inglés se encontrase con un ángel, su primer impulso sería disparar
contra él. Mi padre había oído el estampido del disparo, había visto cómo se
desmoronaban las maravillosas alas, había oído el espléndido cuerpo caer de
golpe contra la hierba de la húmeda campiña de Inglaterra; de ahí había
arrancado su escritura, y por ese sencillo procedimiento había llegado a su
novela. Henley le hizo entender que en la escritura tendría que obrar algo más
profundo que el mero hecho de que una ensoñación condujese a otra. Tenía que
hacer de sus obras algo más que el exuberante derramarse sin freno de sus
imaginaciones, en el supuesto de que la fama que se había labrado con tanta
facilidad debiese ser duradera y ser algo más que la marca de una nueva salsa,
de un nuevo jabón. Tenía que pensar en lo que estaba haciendo; dando la debida
consideración a sus escritos podría reabrir la puerta del mundo de la
importancia y la influencia, esa puerta que creía cerrada a su paso para
siempre, por culpa de su desastroso fracaso personal en South Kensington. Aquel
desastre aún tenía proporciones desmesuradas en su inconfesable imaginario. Su
héroe y modelo seguía siendo T. H. Huxley, dios que presidía los lares de la
Escuela Normal durante los días que pasó allí; la cúspide de sus aspiraciones
seguía siendo convertirse a la postre en uno de los grandes profesores del
mundo entero. Sus dos objetos de más intensa admiración literaria dan sobrada
prueba de ello: sentía un respeto enorme por Swift y por Voltaire, escritores
que no habían escrito tanto por el hecho de escribir cuanto por lograr que los
demás hombres se preguntasen qué es lo que estaban haciendo de sus vidas, es
decir, con el objetivo de mejorar la calidad de la vida para la humanidad toda.
Es posible que Henley hubiese hecho de mi padre un novelista, pero lo cierto es
que no le había dado ambiciones literarias.
Capítulo XII
«Pero así como la teología
no me inspiraba ningún miedo, debo confesar que fue relativamente tarde cuando
afronté la realidad y me atreví a sondear los secretos del sexo... Tenía antes
la instintiva sensación de que habría de ser un asunto de grandes dimensiones y
no menores dificultades a lo largo de toda mi vida, si bien mi adiestramiento
inicial se obró en una dirección tendente a contemplarlo como una cuestión
irrelevante, como si fuese algo desgajado de las más amplias y significativas
cosas de la vida, como algo hostil y desagradable en sí mismo. Nunca estuvo el
mundo tan emasculado de pensamiento, supongo, como lo estuvo durante la época
victoriana.»
The New Machiavelli
El año en que irrumpió mi
padre en el mundillo literario fue el mismo año en que Oscar Wilde se vio
abrumado por el desastre, por un acontecimiento que proyectó una negra sombra
en sus relaciones con Henley. Henley se regocijó por el batacazo de Wilde, e
incluso se jactó ruidosamente de haber tenido arte y parte en el propiciamiento
de la cuestión. Siempre arguyó[134] que
fue una recensión de El retrato de Dorian Gray que él había publicado en el
Scots Observer, en la época en que estuvo en Edimburgo, el pistoletazo que dio
comienzo al final de su enemigo.
Cuando a punto estaba de
publicarse esta novela, a principios del verano de 1890, se envió al Scots
Observer el ejemplar para la crítica, tal como se solía hacer por entonces.
Henley le echó un somero vistazo, y al fijarse en que trataba del mundo de la alta
sociedad, asignó la recensión a uno de sus colaboradores en Londres, un
individuo llamado Charles Whibley, del cual se pensaba que estaba perfectamente
al tanto de dicho ambiente. Whibley, sin embargo, conocía de la sociedad de
alcurnia bastante menos que de sus entresijos, del mundo nocturno que
frecuentaba la gente bien, las casas de juego, los burdeles de postín. En ese
terreno precisamente tuvo noticia de los primeros rumores en torno a la
frecuencia con que visitaba Wilde a los prostitutos y los antros de
homosexuales. De esta información hizo libérrimo uso cuando se sentó a redactar
la recensión encargada. «¿A qué viene tanto escarbar en los estercoleros?», se
preguntaba, y de ahí pasaba a afirmar que la novela tenía un interés si acaso
médico forense, pero en modo alguno literario. Concluía apuntando que era para
con el arte tan falsa como para con la moralidad, ya que en ningún pasaje se
decía que el autor prefiriese una vida de limpieza, salubre, aseada, en vez de
las prácticas de iniquidad contra natura.
Todo lo que de mundano y
malicioso tenía Whibley, lo tenía Henley de ingenuo. Ni siquiera había leído el
libro de Wilde. y basándose en la autoridad que pudiera darle el rápido vistazo
que le había echado, se formó la opinión de que los pecados de Dorian Gray
habían sido los de la mayor parte de los gentlemen del West End, asiduos a sus
clubes privados, muy de la estampa del propio Whibley; esto es, cuestión de
comprar a las mujeres como si fuesen mercancías cada vez que se deseaba una
satisfacción sexual, o de dar lustre y animación adicional a ciertas
actividades rutinarias mediante una determinada cantidad de crueldad retorcida,
y de mostrarse insensible e incluso olvidadizo una vez cumplida la intención
que se deseaba satisfacer. En consonancia, publicó la recensión tal cual había
sido escrita, sin cambiar una sola coma y sin pararse a pensar dos veces en lo
que podría darse por sobreentendido al hablar de «iniquidad contra natura». Con
eso y con todo, aún hizo algo más. En el Scots Observer se obedecía a rajatabla
una norma muy común en la prensa de la época, por la cual quedaba expresamente
prohibido que un determinado colaborador firmase dos artículos en un mismo
número. Whibley ya había entregado un artículo encargado con anterioridad
cuando en redacción se recibió su recensión de la novela de Wilde; Henley, en
consecuencia, siguió el procedimiento de costumbre, retiró la firma de Whibley
del pie de la recensión y la atribuyó simplemente a la inicial «H».
Wilde no tuvo ni la menor
idea de todo esto, y cuando se vio enconadamente atacado por un tal «H» en el
periódico de Henley, dio por sentado que el director en persona era quien así
había arremetido contra él. Por aquel entonces Wilde no conocía personalmente a
Henley, pero sí sabía de su fealdad y de que era un lisiado. Presa de la cólera
recordó a Térsites el Quejumbroso, el tullido que en la obra de Homero resulta
ser el más rematadamente feo de todos los griegos que combatieron en Troya.
Térsites había estado antes celoso de Aquiles, y dio rienda suelta a su
envidiosa animadversión hacia el héroe acusándole de inspirarse en una lujuria
desmedida y contraria a la naturaleza cuando lamentó la muerte de la reina de
las amazonas tras haberla asesinado él mismo en el combate. Cuando Wilde
escribió al Scots Observer poniendo toda clase de reparos en su réplica al tono
empleado en la reseña de su obra, hizo una referencia de pasada al autor de la
ofensiva crítica, motejándolo de «Térsites». Henley, buen conocedor de la obra
de Homero, entró a la capa y pasó al contraataque. Publicó la carta de Wilde en
el número que estaba preparando entonces, junto con una contrarréplica de su
propia mano inmediatamente debajo. Según sostenía, era muy discutible que el
artista tuviese derecho a mostrarse todo lo soez que quisiera cada vez que le
viniese en gana, aunque habida cuenta de que dicho privilegio sí existía, el
ejercicio del mismo sólo podría redundar en perjuicio de quien lo esgrimiera...
y a vuelta de correo escribió a Whibley, diciéndole que si le apetecía dar otro
repaso a Wilde podía contar con todo el espacio que considerase necesario.
Whibley no dejó pasar de largo semejante ocasión, y el tono de censura de su
segunda diatriba metió en liza a William Archer, crítico teatral, amén de
traductor y apasionado admirador de Ibsen. Archer apuntó que el ataque de
Whibley contra Wilde discurría sobre las mismas pautas que las salidas de tono
de los que odiaban y denigraban entonces a su admirado ídolo como filisteos redomados,
para seguir diciendo que era de todo punto insostenible la proposición según la
cual el artista que se sintiera impulsado a tratar en su obra la faceta más
rastrera de la vida por ende había de ser él también un rastrero individuo. La
vida, decía, es como es; el artista ha de tratar de las cosas de la vida tal
cual son. La polémica subió de tono en ese momento, y supuso el sueño hecho
realidad de cualquier director de un periódico, a saber, generar una
controversia capaz de concitar una gran atención entre el público.
Henley al principio se
sintió encantado al ver el incremento de las ventas de su periódico; sin
embargo, el veneno que destilaban algunas de las cartas recibidas en apoyo del
ataque furibundo de Whibley contra Wilde pronto lo llevó a sospechar que también
estaba ocurriendo algo que no lograba entender del todo. Por fin decidió
escribir a uno de sus conocidos con más mundo, solicitándole que le despejara
las incógnitas: «¿Qué es todo este "escándalo terrible" que se ha
montado en tomo a Oscar Wilde?» Cuando obtuvo la respuesta, fue presa de un
inexplicable e iracundo frenesí, del cual emergió más adelante con la
determinación de provocar a su enemigo tantos daños como le fuera posible.
Más o menos en esta época
Wilde topó con una recopilación de ensayos literarios de Henley, recién
publicada, en la cual se recogía una declaración de sus principios y axiomas
críticos. La tesis de Henley consistía en que ningún artista podría verdaderamente
plasmar una obra de contrastada excelsitud a menos que dicha obra estuviese
condicionada por su estricta adecuación a una finalidad moralmente valiosa. A
Wilde le dio la impresión de que Henley estaba diciendo en realidad que el
artista debería trabajar en su obra para conseguir una aceptación tan amplia y
generalizada como fuera posible del consenso liberal y humanitario
prevaleciente en la época respecto de la corrección y la propiedad. Le pareció
una concepción vulgarmente utilitarista del arte, lo cual le llevó a mofarse
abiertamente de Henley. Esperó a que llegase su momento, y tan pronto la
polémica dirimida en las páginas del Scots Observer dio muestras de que
empezaba a flaquear, hizo uno de sus característicos gestos de gallardía para
ponerle punto final, uno de sus despliegues de ingenio, una de aquellas
tomaduras de pelo que parecían salirle sin ningún esfuerzo, como los que le
habían convertido en uno de los autores favoritos de entonces. Comenzó con una
reafirmación de su creencia, muy posiblemente sincera, según la cual el artista
no puede hacer ningún daño al someterse a las necesidades del tema que se le ha
impuesto, y terminó con una parodia tremendamente graciosa de la postura
capital sostenida por Henley, mostrando con qué facilidad podía estirarse hasta
dar por prueba definitiva de los méritos del artista la aceptabilidad de sus
opiniones sobre la Ley de Autonomía para Irlanda o las Leyes de Venta de
Bebidas Alcohólicas.
Mi padre se sintió en un
principio inclinado a ponerse de parte de Henley y en contra de Wilde. En 1894,
cuando su estado era aún de inocencia, propenso a creer que la discusión
trataba sobre la escritura, había redactado un artículo de ocasión en el que se
tomaba a sorna las ideas de Wilde por medio de un imaginario chef de cocina que
había adoptado la postura esteticista para terminar dedicándose a la cocina por
amor al arte. Y este esteta de los fogones
pensaba en sus platos como
si se tratase de nocturnos, fantasías y estudios, totalmente convencido de que
todo lo demás carecía de la más elemental importancia. «Si tuviese que dar a un
plato un saborcillo a almendras y no tuviese nada mejor a mano, utilizaría
ácido prúsico. Haz lo que debas hacer, que es lo que yo digo, tal y como pida
tu instinto, sin hacer ningún caso de las consecuencias. Nuestro cometido
estriba en dar belleza al objeto gastronómico...»[135] Uno de sus nocturnos tenía que tomarse casi
en absoluta oscuridad, «a la tenue luz de unas cuantas velas bien repartidas
por la estancia». El tema había de ser negro y aterciopelado, centrándose en
las trufas, una carne a la parrilla bien soasada, pudín negro, ciruelas de
Carlsbad y cerveza negra, cómo no. El tono del artículo es más que nada lúdico;
no llega ni de lejos a apuntar en uno u otro sentido, dando la sensación de que
no conoce a fondo la vida secreta de Wilde y de que, por tanto, no la condena.
Pienso yo que mi padre
estaba aún en la más absoluta negrura en lo tocante a este asunto incluso a
comienzos del año siguiente. El 2 de enero[136]
recibió un telegrama de Harry Gust en el que le pedía que se pasara por la
redacción de la Pall Mall Gazette tan pronto como le fuera posible. Nada más
llegar, se le comunicó que el crítico teatral del periódico había renunciado al
puesto y se había marchado sin dar aviso previo. Le preguntaron si no le
interesaría dicho puesto. En caso afirmativo, su primera asignación iba a ser
una crítica del nuevo drama de Oscar Wilde, cuyo estreno estaba previsto para
la noche siguiente.
Mi padre quiso quedarse con
el puesto sin que mediase palabra, pero antes de poder hacer tal cosa con un
mínimo de honor profesional se sintió en la obligación de advertir a Cust que
hasta la fecha solamente había estado en un teatro dos veces a lo largo de su
vida. Cust desechó afablemente la objeción, diciéndole que su inexperiencia
sería sin duda una baza a su favor, ya que de ese modo quedaba garantizada la
frescura con que expondría su particular manera de entender las piezas
teatrales que le tocase criticar. Sin embargo, se quedó algo más sobresaltado
cuando mi padre le preguntó si debería asistir al teatro con traje oscuro. Más
se habría sorprendido incluso de haber sabido que la pregunta fue sumamente
insincera, y que mi padre seguía siendo un novato en el mundo en que se movía,
hasta el extremo de no contar en su guardarropa con un traje oscuro de ninguna
especie. No había parado mientes en lo enormemente frescas que iban a
resultarle las interpretaciones de su nuevo crítico teatral. Mi padre pudo resolver
el problema práctico más acuciante con la ayuda de un solícito sastre
apellidado Millar, que tenía un establecimiento en Charles Street, cerca del
Strand, la tarde misma en que se abrió el telón para dar comienzo a la más
reciente pieza teatral de Wilde, que mi padre contempló desde su butaca
numerada con todo el relumbrón del uniforme obligatorio de su nueva actividad
profesional. La pieza fue un éxito, y mi padre disfrutó mucho aquella noche.
Dos noches más tarde tuvo
una experiencia radicalmente distinta. Notó en la boca del estómago una náusea
provocada por la empatia, mientras contemplaba con suma atención una pieza
teatral que contaba con una esmerada producción y que, pese a todo, se hundió
en un mar de chacharas sin ton ni son, mediado el segundo acto, para ser
después testigo de la humillación que sufrió un afrentado y perplejo Henry
James, el cual no se había percatado de que la pieza fue un fracaso, llevándose
una pitada monumental cuando salió a saludar al final de la representación sin
haberse aconsejado debidamente. Al marcharse mi padre del campo del deshonor en
que Guy Domville acudió a la cita con su destino, mi padre tropezó con
un hombre de cara muy pálida y barba pelirroja, exactamente de su misma edad,
que al hacer las presentaciones dijo llamarse George Bernard Shaw, crítico
teatral del periódico que dirigía Frank Harris. Shaw vivía por entonces al
norte de Londres, igual que mi padre, de modo que se marcharon a sus casas por
el mismo camino, hablando del fracaso que habían contemplado mientras andaban,
oyendo el paso de los cascos de los caballos que tiraban de los simones y los
coches de punto. Cuando mi padre manifestó su opinión de que James se había
ganado a pulso la penosa experiencia que había tenido que vivir, por haber
escrito un drama incapaz de
conmover al público, Shaw
sostuvo en cambio que la belleza del lenguaje empleado bastaba y sobraba para
compensar la carencia de acción dramática. A mi padre no le convenció ni Shaw
ni su argumento. Tuvo la impresión de que aquel colega al que acababa de
conocer era un jarceur, dando por sobreentendido que se estaba portando de
forma deliberadamente perversa, para dejar boquiabierto a un sujeto al que
había tomado por un bisoño pisaverde. Y así lo dijo, con lo que Shaw le replicó
lanzándose a una comparación entre Wilde y James en calidad de dramaturgos; en
su opinión, el primero era totalmente irresponsable en tanto artista, capaz por
tanto de cualquier cosa con tal de resaltar los efectos dramáticos, mientras
que el segundo era tan cabalmente serio en lo tocante a su actividad artística
que por fuerza tenía que ser incapaz de aprender hasta lo más elemental del
arte teatral. Shaw no logró hacer entender a mi padre que Guy Domville,
que le había parecido una urdimbre de absurdos constantes, era una pieza dotada
de una seriedad de la que carecía por completo Un marido ideal, aunque
sí le dejó una punzante sensación de haber ingresado en un nuevo mundo
discursivo. Nunca había cruzado palabra con un conversador tan brillante.
En los meses siguientes,
durante los cuales en la vida de mi padre se fue operando la transformación que
he descrito al final del capítulo anterior, Wilde se fue deshaciendo paso a
paso. El insultante mensaje que lo había llevado engañosamente a cometer su
fatal delito por libelo fue entregado en mano en el Albermarle Club a mediados
de febrero; La máquina del tiempo empezó a publicarse por entregas antes
de iniciarse el juicio, y Dent y Methuen habían adquirido respectivamente La
visita maravillosa y La isla del doctor Moreau a lo largo del mes en
que se decretó la culpabilidad de Wilde y fue por tanto encarcelado. Mi padre,
que no se había olvidado de la amabilidad que tuvo Wilde al apremiar a Frank
Harris para que le diese una oportunidad cuando empezaba a escribir, no pudo
entender por qué se mostró Henley tan complacido a la luz de tan infausto
desenlace. Le preguntó por qué le producía semejante placer ver a un espléndido
escritor derrumbado a causa de sus debilidades personales: ¿no era la ruina de
Wilde una tragedia, un acontecimiento lamentable? Henley le remitió con
aspereza[137] a El retrato de
Dorian Gray, comentándole de paso que tendría que leerlo con atención si
deseaba saber por sí mismo qué soez obrita había publicado en realidad el
asqueroso bujarrón. Cuando lo hubiese leído y digerido, podría darse perfecta
cuenta de que el hombre que había escrito aquello tenía que estar podrido de
pies a cabeza, aparte de haberse refocilado en su propia suciedad.
Mi padre leyó la novela en
cuestión muy poco después, y se quedó cautivado. Le asombró y le espantó tanto
su contenido como lo que había hecho Henley de todo ello. El quid de la
cuestión, desde su punto de vista, no era que se glorificase la perversión ni
que se ensalzase en la obra una serie de vicios, sino que se trataba de un acto
de autodestrucción. Mi padre nunca se había encontrado con nada ni remotamente
parecido; la novela le pareció de un interés irresistible. Había en cada una de
sus páginas un escritor atrapado por una determinada conducta que por fuerza
había de llevarlo a la ruina, más pronto o más tarde, pero que a pesar de los
pesares se había sentado a describir la batalla que iba perdiendo contra ese
elemento de sí mismo que tanto temía y que no podría controlar, amén de dar a
este examen de conciencia la forma de una novela que necesaria,
irrebatiblemente terminaría por completar su derrota. Mi padre se fijó en que
las pruebas que salieron a la luz durante el juicio de Wilde habían aumentado
la transparencia de la novela, si bien nunca creyó que hubiese sido una novela
oscura. Desde el momento de su publicación, su secreto pasó a ser un secreto a
voces; en lo sucesivo, ya sólo fue cuestión de precisar cuándo iba a producirse
la ruina pública de su autor, anunciada de antemano. Aparte de todo esto, a mi
padre le impresionó la inmediatez de la novela. Nunca se había encontrado con
una obra de ficción en la cual estuviese tan presente su autor, en la cual se
produjese una comunicación tan directa entre autor y lector en lo tocante a un
asunto de crucial importancia para ambos, en este caso la discrepancia que se
da entre el conocimiento que tiene el hombre de lo que la sociedad en la que
vive desearía de él y, por otra parte, lo que su naturaleza animal ha hecho en
efecto de él...
Habrá quien considere todo
esto una justificación de la controversia de Wilde en el sentido de que la obra
literaria es un espejo en el que cada lector hallará reflejadas sus propias
obsesiones. Con eso y con todo, mi padre tuvo la seguridad de haber entendido
el libro tal y como pretendía Wilde que se entendiese; lo discutió con Henley y
se quedó de una pieza al ver cómo reaccionó éste. Se encontró sometido a esa
especie de rodillo o apisonadora de los que tanto iba a quejarse Yeats en sus
memorias: a Henley no le hacía ninguna gracia que los escritores de las
publicaciones que dirigía le plantasen cara cuando él mismo había sentado las
normas del buen gusto. Mientras lo discutían, mi padre se dio cuenta de que se
le estaba pidiendo que creyese a pie juntillas que Wilde había perseguido sin
cesar a su propio mentor, maliciosamente, mucho antes de que se publicase la
reseña de Whibley. De ello había buena prueba[138] en la
costumbre que tenía Wilde de soltar agrios puyazos contra «Caliban» en sus
ensayos y críticas; fingía no sin descaro arremeter contra el vulgar filisteo,
contra el hombre de la calle sin más complicaciones, cada vez que optaba por
esta línea de ataque frontal, pero bien sabía Henley que no era ésa la verdad,
ya que todas las referencias que hizo Wilde a Caliban fueron burlas encubiertas
de su persona y de sus defectos físicos. La confianza que anteriormente tuvo mi
padre en el valor de los amistosos consejos del monstruo empezó a difuminarse.
A medida que entraba a pie firme en su nuevo mundo profesional, iba madurando
con idéntica firmeza.
Parte de la maduración de mi
padre a lo largo del verano siguiente al juicio de Wilde estuvo estimulada por
las visitas que hizo a sus padres; durante dicho verano subió unas cuantas
veces a Uppark en compañía de mi abuelo, y desde allí seguían a pie hasta
Nyewood. Caminaban como dos buenos compañeros sobre la grata superficie de los
caminos campestres, todavía sin recubrir de gravilla, que unían ambos lugares,
charlando mientras tanto. Pasaban por Turkey Island y por Down Place antes de
tomar el alcorce por el Sendero de South Down, entre Harting y Tower Hill,
hasta desembocar en el camino de hierba que flanqueaba la valla de estacas
plantadas como indicador del lindero del viejo coto de los ciervos y de la
plantación de abedules que dentro del coto crecía desde antes incluso de los
tiempos del viejo Sir Harry, para resguardar la mansión del viento del Norte.
Recorrían el camino de hierba hasta llegar a un punto en el que las estacas
estaban derribadas, por el cual entraban en el parque hasta llegar a un punto
desde el cual se disfrutaba de una vista espléndida de todo el valle, cubierto
por la hierba bien cortada, hasta la mansión desierta. Absolutamente nadie, en
el sentido aristocrático del vocablo, había residido allí desde acaecida la
muerte de Frances Bullock al comenzar el año; aún se esperaba que la herencia
quedase resuelta y que los nuevos propietarios se mudaran a la mansión e
introdujeran seguramente un nuevo estilo de vida. El capítulo de la historia de
la hacienda que había comenzado cuando Sir Harry sacó por la fuerza a la mayor
de las hijas de Bullock de la modélica vaquería, por fin tocaba a su fin,
mientras que el capítulo siguiente estaba aún por iniciarse.
Tanto mi padre como mi
abuelo fueron capaces de ver Uppark con nuevos ojos, puesto que las conexiones
que ambos pudieran mantener con la hacienda eran ya parte de un pasado
definitivamente muerto. Mi abuelo consideró todo aquello con tranquilo y
genuino asombro, tratándose del lugar en el que había cometido el mayor error
de su vida por razones que, para él, ya no estaban claras, aparte de no tener
ya ninguna importancia. Seguramente se
habría lamentado, caso de
poder beneficiarse con un lamento por el agua pasada, pero como no podría
haberse producido dicho beneficio, se contentó con asombrarse, preguntándose
cómo podía haber sido tan rematadamente imbécil. Las reacciones de mi padre fueron
de muy otra índole. Le sorprendió descubrir que ya no sentía ningún odio por
aquel lugar, que más bien incluso lo admiraba, que era, en fin, un hermoso
remanso, una maravilla. ¿Cómo podía ser así?
La primera vez que mi padre
había visto Uppark, le había parecido el castillo de un ogro[139], otro
odiado lugar en el que se había enclaustrado su madre cuando desmanteló el
domicilio familiar de Bromley. Poco después de verlo por vez primera pudo
descubrir el Cuarto del Ama de Llaves, sede del imperio a cambio del cual ella
los había abandonado a él y a su padre. Dicho cuarto estaba construido muy por
debajo del nivel del suelo, en la esquina sudeste del edificio. Como él bien
sabía, no existía manera de mirar al exterior desde esa cámara semisubterránea,
desde la que era imposible disfrutar de la vista de las millas y más millas de
espléndidos paisajes silvestres sobre los que se encontraba la mansión, a menos
que uno se subiera a una silla o que bajase una escalera y la colocase pegada a
la pared. Las ventanas que se abrían a la abundancia de la luz, el espacio y la
belleza que aguardaban fuera de la mansión, estaban abiertas en lo más alto de
las paredes del cuarto, aparte de que sólo daban a unas estrechas troneras de
ventilación cuya entrada disimulaban los helechos de lengua de ciervo y el musgo
adherido a los sillares, con lo que siempre estaban a la sombra, muy húmedas.
Sólo las ultimísimas pulgadas de la parte superior de los cristales se hallaban
a nivel de los céspedes perfectamente segados que rodeaban la mansión, a
resultas de lo cual el Cuarto del Ama de Llaves era un espacio sombrío, sin luz
casi en todo el día, espeso por la carencia de aire puro. Toda la planta sótano
compartía estas mismas características, al igual que la enorme cocina enterrada
bajo un grupo de matorrales, a cierta distancia del edificio principal,
conectada con éste mediante un túnel, un largo pasadizo tenuemente iluminado de
día gracias a la luz que entraba por las claraboyas que aseguraban unos
enrejados dignos de una prisión.
La respuesta inicial de mi
padre al descubrir este inframundo ajeno a todo privilegio, en las honduras
subterráneas de Uppark, había sido de rabia ciega. Ello fue debido a que la
queja más persistente que esgrimió mi abuela contra mi abuelo fue que la falta
de consideración que le tenía la había condenado a pasar la mayor parte de su
tiempo, a diario, por debajo del nivel del suelo, en la cocina del sótano de
Atlas House, estancia cuya iluminación se debía a una especie de alcantarilla
enrejada abierta en la acera de la calle mayor de Bromley. A mi padre le
enfureció descubrir que su propia madre había intentado destruir todas las
esperanzas de mi abuelo, condenándole incluso a ser menos que un lacayo, so
pretexto de que así aprovechaba ella su ultimísima ocasión para escapar de
aquella servidumbre en el subsuelo, cuando en cambio había tenido en todo
momento la inocultable intención de instalarse en aquella versión agrandada del
mismo espacio. Los sentimientos embotellados de mi padre a este respecto, entreverados
con muchos otros, más poderosos si cabe, tocantes a los cimientos de la
relación que había existido entre sus padres, por fin reventaron abiertamente
en sus descripciones de las abominables cavernas que habitaban los Morlocks,
temerosos de la luz, en La máquina del tiempo. Esa liberación purgante, seguida
por la noticia del fallecimiento de Fanny Bullock, terminaron por sofocar toda
la amenaza que Uppark había supuesto en otros tiempos para él. Aquel verano
pudo por vez primera, por lo tanto, evaluar con frialdad el lugar con toda su
objetividad.
No podría albergarse ninguna
duda, por más que Humphrey Repton hubiese retocado notablemente la fachada
norte, de que las otras tres fachadas, obra todavía no alterada del arquitecto
original, William Taiman, habrían sido justificación suficiente para la
inclusión del edificio en cualquier listado de las mansiones más sobresalientes
de finales del siglo XVII existentes todavía en pie en cualquier rincón de
Inglaterra. Los diseños de Taiman aprovecharon de la forma más feliz que se
pueda imaginar el lenguaje arquitectónico del equilibrio, la armonía y la
contención, tan en boga entonces en todo el norte de Europa. Sus fachadas
proclamaban a los cuatro vientos su innegable intención de crear un habitáculo
capaz de aguantar el paso de los siglos, siendo en todo momento un lugar
acogedor para cualquier ser humano perteneciente a la especie de los seres más
racionales, humanistas y educados. Pese a todo, tras fachadas tan serenas como
las que ofrecía la casa al Este, al Oeste y al Sur, a pocos pies por debajo de
las elegantes estancias del piano nobile, allí se escondía aquel lúgubre
agujero interior. ¿Cómo era posible que un arquitecto que tanto sabía sin duda
de la armonía y de la belleza hubiese incluido tan flagrante contradicción al
materializar su idea? ¿Cómo podía haber sido tan ciego ante la degradante
función de aquellos rincones pésimamente iluminados y peor ventilados aún?
Imaginariamente, no me
cuesta demasiado trabajo ver a mi padre, tal cual era hace ya casi noventa
años, contemplando una de las obras maestras de Taiman, situada a un extremo de
una de esas lomas de piedra caliza caldeadas por el sol, es decir, a un hombre
diminuto, ansioso, honesto, todavía muy joven, con ese aire de fragilidad de
ave asustadiza que habrá de perder en el curso de los años siguientes, sentado
junto a las ruinas macizas de mi abuelo, sobre una descomunal rama arrancada de
uno de los álamos majestuosos por la fuerza de una tempestad invernal. Ni
siquiera ha dedicado la más elemental atención a todo lo que el viejo ha estado
diciendo, aunque sólo sea por la inveterada costumbre que tiene de prestar
oídos sordos a los murmullos que conoce de sobra desde hace ya demasiado
tiempo. Está concentrado en la adivinanza que en términos estéticos le supone
la construcción que está viendo, medio adormecido en la quietud suave y
sonrosada de un atardecer de verano. Se trata simultáneamente de una
abominación, de un monumento a la insensibilidad y la indiferencia, y, en quién
sabe qué sentido absoluto y definitivo, de una aportación a la herencia de los
hombres que constituyen las obras más espléndidas y duraderas. De repente, el
sentido de lo que mi abuelo está diciendo se le aparece con toda claridad. El
viejo está recordando apasionadamente la tortura de los últimos meses que
dedicó a trabajar como criado en la hacienda, la violencia de su deseo por
erigirse en dueño de sí mismo, el odio hacia la vida que había llevado allí, la
certidumbre de que Sarah Neal compartía todos sus sentimientos, el horror al
descubrir de golpe que no era así, que ella no tenía ni el menor indicio de lo
que él sentía, de sus razones, la penuria que le supuso el descubrir que ella
había amado por encima de todas las cosas la vida en la gran mansión, el hecho
de ser parte de ella, de dejarse llevar por la rutina, y que nada le había
gustado tanto como estar a las órdenes, dispuesta a cumplir cualquier capricho
de sus señoras. Él había intentado hacer ver a Sarah la realidad, pero no fue
capaz de comunicarse con ella, pues ni siquiera supo por dónde empezar. Mi
padre poco a poco asume lo que está diciendo el viejo, y cae en la cuenta por
vez primera de lo que todo ello significa: es exactamente lo mismo que él ha
sabido desde siempre en el fondo de su corazón, lo que nunca ha sido capaz de
afrontar, de reconocer si acaso. El matrimonio había sido una tortura para los
dos desde el principio mismo de su vida de casados, pues cada uno de ellos
había envenenado el aire que respiraba el otro desde el primer día, y así
habían seguido viviendo año tras año, así vivían aún. Nunca encontraron por
dónde escapar. De este modo pudo mi padre entrever por vez primera los desoladores
paisajes con los que había de familiarizarse más adelante, cuando pasaran a su
poder los diarios de su madre a la muerte de ésta.
Pero mi padre no estaba por
aquel entonces concentrado enteramente en los problemas que probablemente
debería resolver si de hecho estaba por demostrar que era un escritor con todas
las de la ley. También iba arreglándoselas mal que bien con la vida que al
parecer le había tocado en suerte; se le ofrecían a cada paso motivos de
alborozo. A principios de año se había ido con Amy Catherine a vivir fuera de
Londres, en concreto a la zona arenosa y llena de grava del Sudoeste, que se
caracteriza por los brezales y los álamos plateados. Habían encontrado en
Woking una casa con jardín y se habían aficionado al ciclismo. Era de hecho la
época en que la bicicleta hizo furor. Gracias al aligeramiento conseguido con
la incorporación de los radios de aluminio y del cuadro tubular en forma
romboidal, y a la transformación operada con la aparición de los neumáticos, la
bicicleta se había convertido en un instrumento de tremenda popularidad. Los
integrantes de la primera generación de ciclistas, entre los que se contaban Amy
Catherine y mi padre, disfrutaron una enormidad al recorrer sin esfuerzo y casi
en perfecto silencio las despejadas carreteras campestres, probando el sabor de
una nueva libertad. Se podía ir con facilidad y rapidez casi a cualquier sitio
sin tener que alquilar o pedir prestada una calesa o un cabriolé, sin tener que
contemplar durante largas horas los cuartos traseros de un caballo al trote.
Por si fuera poco, cuando no estaba en utilización, este dócil instrumento no
requería forraje ni establo, ni tampoco era preciso realizar las interminables
y pesadas tareas que exige el mantenimiento de un caballo, ya que se quedaba
sin rechistar en donde uno quisiera dejarlo, hasta que fuese necesario su
concurso cuando apeteciera dar otro paseo. Además, era rapidísimo: durante un
tiempo, no hubo por las carreteras vehículo más veloz que la bicicleta. Jane y
mi padre -puesto que así había empezado a llamar a Amy Catherine- se dedicaron
con verdadero entusiasmo a esta nueva forma de recreo. Pasaron buena parte de
su tiempo libre, durante aquel verano, a lomos de su máquina, explorando sin
cesar los caminos vecinales de Surrey y de Sussex.
No he utilizado el singular
por descuido: salían a pasear en un tándem de curioso modelo, hecho por encargo
expreso de mi padre[140] por la
gente de Humber. Tenía la peculiaridad de que el manillar estaba colocado entre
los dos sillines, de manera que la conducción la realizaba el ocupante de la
plaza posterior, parcialmente invisible para quien pedalease delante. La
primera vez que vi algunas fotografías de este extravagante artilugio, pensé
que eran sumamente reveladoras del carácter de mi padre. Me dio la sensación de
que había querido llegar a tal extremo de rareza con tal de conservar en sus
manos el control ejecutivo de la situación, al tiempo que renunciaba al sillín
delantero. Mucho después he podido saber que aquel artilugio no fue en realidad
tan raro, sino relativamente común en una determinada etapa de la historia de
la bicicleta. Cuando aquellas bicicletas de rueda delantera enorme y rueda
trasera mucho más pequeña cayeron en desuso, buen número de fabricantes se
pusieron a experimentar con el diseño de los tándems conducidos desde el sillín
posterior, detrás de quien ocupase el delantero; fueron sobre todo triciclos e
incluso vehículos de cuatro ruedas movidos a pedales. No tengo ni idea de por
qué resucitó mi padre este diseño obsoleto, pero he terminado por pensar que el
machismo chauvinista no tuvo nada que ver. Me parece, al contrario, que lisa y
llanamente intentó disponer las cosas de manera que Jane, por entonces una
principiante, pudiese salir de excursión con él sin verse condenada a pasar
horas y más horas con la
nariz pegada a la espalda de su zamarra estilo Norfolk con cinturón. Sea como
fuere, arrinconaron el tándem en un trastero al terminar su segunda temporada
ciclista, y en lo sucesivo salieron de paseo en dos bicicletas convencionales,
el uno pedaleando junto al otro, a explorar la mayor parte del sur de
Inglaterra. Se casaron el jueves 27 de octubre de 1895, al término de su primer
otoño ciclista.
En el mundillo literario
sucedieron toda clase de absurdeces y de disparates mientras Jane y mi padre
fueron acostumbrándose el uno al otro. El anuario titulado The Yellow Book, que
compilaba Henry Harland, hubo de suspender su publicación; había pasado a ser
algo demasiado escabroso, de manera que ningún editor quiso correr con el
riesgo de sacarlo a la luz, simplemente porque se dijo que Wilde llevaba un
ejemplar bajo el brazo cuando la policía se lo llevó detenido del Cadogan
Hotel. Aubrey Beardsley, diseñador de la cubierta, la maquetación y las
ilustraciones de The Yellow Book, se quedó literalmente sin trabajo desde que
se puso en circulación ese rumor; su inconfundible sello personal había dado
identidad a la publicación. Se convirtió en una especie de catalizador de los
absurdos en que se incurre en momentos de pánico. Al dejar de publicarse, los
promotores de una nueva revista llamada The Savoy desafiaron al destino al
contratarlo como diseñador. George Moore, que iba a publicar un relato en el primer
número, se quedó horrorizado al recibir el ejemplar del prospecto de
suscripción que le enviaron; comprobó que la temida mano de Beardsley había
manchado el proyecto. ¡Era capaz de cualquier cosa! Moore no pasó de la
cubierta del panfleto. En ella encontró un dibujo de John Bull[141]
vestido con pantalón de montar, y en una parte del bajo abdomen, en la que con
un mínimo de corrección jamás debiera haberse visto un bulto, aparecía un
cúmulo de arrugas que sólo podían denotar una cosa. A toda prisa, Moore citó a
todos los hipotéticos colaboradores de la revista que pudo avisar sobre la
marcha en las estancias de Edgar Jepson, en el Temple, a la vuelta de la
esquina de la redacción de The Savoy, que estaba en el Strand. Cuando llegaron
todos los interesados, Moore esgrimió el panfleto e interpretó aquellas
arrugas: Beardsley, dijo, le había pintado una erección a John Bull. Advirtió a
los presentes que el buen nombre de todos ellos estaba en entredicho, y les
apremió a que imitaran su movimiento y se pusieran a la defensiva. De esta manera,
tras la elección formal de una delegación compuesta por seis miembros del
colectivo, uno de los cuales resultó ser un personaje de la entidad de George
Bernard Shaw, Moore encabezó la marcha hacia la redacción de The Savoy, en
donde exigió la retirada del mercado de los ocho mil panfletos impresos con
ilustración tan ofensiva. Cuando todavía estaba en su culmen la histeria
suscitada por este episodio, a comienzos de 1896, por fin se publicó La isla
del doctor Moreau.
Aun cuando mi padre hubiese
previsto que este libro suyo podría hallar adversos comentarios habida cuenta
del clima de opinión predominante, se sintió realmente molesto cuando se
produjo la descarga inicial. Lo que le pilló desprevenido del todo fue la inesperada
procedencia de la reseña. Escrita con hostilidad, la firmaba Peter Chalmers
Mitchell, el cual había sido compañero de estudios de Wells en South
Kensington, amén de tenerlo él por un amigo comprensivo. Más le sobresaltó aún
que se hubiese publicado en lo que él consideraba un periódico acogedor, The
Saturday Review, cuyo director, Frank Harris, jamás había sido acusado de
mojigaterías. Chalmers Mitchell expresó la opinión de que el libro
parecía escrito única y exclusivamente por el gusto del horror, de que
resultaba sencillamente obsesivo en su manera de recurrir a los detalles
físicamente más desagradables y de que resultaba excesivamente sugerente. Mi
padre pudo curarse del daño sufrido, momentáneamente, diciéndose que
probablemente había tocado sin querer alguno de los puntos flacos de Chalmers
Mitchell, seguramente en relación con la gran cantidad de disecciones que tenía
que hacer a diario por trabajar como un zoólogo joven y prometedor. Pero este
consuelo no le duró demasiado. Una semana más tarde le dieron un buen rapapolvo
en las columnas de The Speaker por haber escrito un libro de contenido
claramente sexual. En este caso, el crítico insinuaba que el paso siguiente que
obviamente daría quien coronase con éxito el experimento de dar a un animal la
apariencia externa de un ser humano, sería mantener relaciones sexuales con ese
engendro; tras poner a la vista esta observación traída de las profundidades de
su inconsciente, el crítico dejaba con delicadeza ese tema, haciendo a mi padre
responsable del mismo: «No será preciso abundar en este delicioso asunto. El
señor Wells, tal como hemos dicho, tiene talento, pero lo pone al
servicio de un propósito absolutamente denigrante.»[142] El
siguiente semanario que se ocupó del libro fue el Athenaeum[143], en el
cual se interrogaba a los lectores hasta qué punto era legítimo crear sentimientos
de repulsión dentro de una obra de arte, a manera de preliminar para pasar a
decir después que incluso en el supuesto de que lo fuese, en aquel caso en
concreto Wells se había excedido de todos los límites permisibles. La jauría se
había puesto a aullar a pleno pulmón; poco después, The Guardian, que por
entonces era el principal semanario de la Iglesia de Inglaterra, afirmó que la
novela sólo podía haberse escrito en aras de lo más soez y rastrero.
Más avanzada su vida, mi
padre se dio cuenta de que había pensado en contenidos más profundos cuando
escribió La isla del doctor Moreau, obra que se había propuesto como homenaje
personal a Jonathan Swift. Me dijo en cierta ocasión que su punto de partida
había sido la idea de encomendar al Dios del Antiguo Testamento toda la
responsabilidad del proceso de evolución de la especie, y de emplazarlo en una
batalla que había de perder, por convertir la bárbara creación que había hecho
amasando el barro en algo más semejante a los ángeles. Le gustaba encadenar
unas con otras diversas imaginaciones de este tipo; el crítico del Guardian fue
el único, entre los primeros críticos que se ocuparon de la novela, en decir
algo que indicase un mínimo entendimiento de las intenciones del autor. Si
recurrimos a la crítica en sí, se nota sin embargo que este apunte cae
arbitrariamente en una sola frase en la que el crítico plantea, aunque sólo con
objeto de rechazarla de plano, la posibilidad de que la novela tuviese por intención
«parodiar la obra del Creador de la especie humana, despreciando el trato de
Dios con sus criaturas»[144]. De
ahí pasa a la afirmación que he citado antes, es decir, que lo único que
pretendía mi padre era plasmar lo soez y rastrero.
Creo que mi padre sintió un
cierto agradecimiento por el crítico del Guardian, ya que había reconocido,
aunque fuera de pasada, que tuvo en efecto una idea rectora mientras escribió
la novela. Es muy posible que en el fondo el libro tratase sobre el talante del
temible Dios de su madre en su trato con los hombres, caso de que lo hubiese
organizado de ese modo. Adoptó esta explicación tal cual se le ocurrió, sobre
la marcha, pues sabía que los libros presuntamente han de estar centrados en
ideas de esa clase, cuya interrelación los hace merecedores de una seria
consideración. Lo cierto es que él era un visionario; a decir verdad, La
isla del doctor Moreau tuvo vida propia mientras la estuvo escribiendo, ya
que pasaba de una situación visualizada de manera muy intensa a otra igual, de
acuerdo con una lógica basada en la plausibilidad y la consistencia, hasta que
la trabazón de las situaciones así visualizadas llegó a su punto final. Había
comenzado proponiéndose hacer algo al estilo de Conrad, y había «visto» el
barco y un solo hombre a bordo, perdido en la inmensidad del Pacífico, pasando
así de una imagen a la siguiente. Y se percató al poco de haber comenzado a
avanzar el relato de que lo estaba alimentando a base de detalles que
procedían, sin que él los hubiese solicitado, de los más oscuros rincones de su
mente, sin contraer ninguna deuda con los requisitos de un planteamiento
coherente. La sensación que tuvo respecto de que había en la novela algo
suelto, algo que él mismo no terminaba de entender, o que no le preocupaba, fue
precisamente lo que le llevó a esperarse los problemas que en efecto iba a
tener cuando se publicase; ese mismo elemento, pero en La máquina del tiempo,
había alertado a los críticos, dispuestos a detectar algo extraño en su
siguiente novela. Y encontraron lo que iban buscando.
La acogida que tuvo La isla
del doctor Moreau, a renglón seguido de la amistosa advertencia de Henley, en
el sentido de que no pensaba debidamente en lo que estaba haciendo, dio a mi
padre buen motivo para hacer un alto. Se sintió impelido a reconsiderar su
planteamiento acerca de su propio medio de vida, que tan pasmosamente se había
apoderado antes de él y que por aquel entonces se anunciaba ya como su
actividad profesional en el futuro. No podía permitirse el lujo de reservar una
temporada de asueto para reflexionar sobre su problema; semejante idea no
estaba a su alcance. Sus ingresos no eran suficientes para permitirse
aplazamientos y paros voluntarios; tenía que continuar su producción a buen
ritmo, siempre y cuando siguiese manteniendo a su escuadrilla de familiares que
dependían de él. Lisa y llanamente, tenía que seguir ganándose la vida.
En este frente no le faltó
ayuda. James Brand Pinker[145], uno
de los primeros agentes literarios que se dedicaron a este negocio, se le había
acercado a principios de 1896; poco después llegaron a un acuerdo. Ahora bien,
por bueno que Pinker fuera a la hora de detectar el rastro de quienes podrían
adquirir las obras de sus autores, y no cabe duda de que lo era, o de lograr el
mejor anticipo a cambio de un relato o una novela, lo cierto es que necesitaba
material que vender. La casa de Woking empezó a quedarse desde luego muy
pequeña a medida que mi padre faenaba a duras penas, escribiendo en la mesa del
comedor, que era necesario recoger y poner para la comida y la cena. Y poco a
poco acusó mucho más que al principio el molesto ruido de los trenes; Lynton
estaba demasiado cerca de la estación de Woking. Con eso y con todo, durante el
año y medio que pasó en aquella casa logró sacar adelante en la mesa del comedor The Wheels of Chance (Las ruedas del azar),
The War of the Worlds (La guerra de los mundos) y The Invisible Man (El
hombre invisible), así como el esbozo de los primeros capítulos de El
amor y el señor Lewisham.
Lo más asombroso de esta
hazaña es que se diese en combinación con un considerable desarrollo de su
planteamiento respecto de su propia actividad. La primera de las tres novelas
comenzadas y concluidas en Lynton fue una obra sin ningún valor, escrita por
dinero y desde luego insalvable, escrita además a manera de respuesta ante las
presiones que he descrito a raíz de la fórmula de Barrie para embolsarse una
guinea de cuando en cuando. En dicha novela, mi padre revuelve sus
conocimientos sobre el ciclismo, sobre las carreteras y caminos del sur de
Inglaterra, mezclándolo todo ello con una trama de comedieta ligera, para
terminar poniendo el cocido resultante sobre el papel tan deprisa como pudo. No
supuso ningún progreso, mientras que las dos novelas siguientes resultaron
harto diferentes. La idea germinal de La guerra de los mundos hay que
buscarla en La máquina del tiempo, en concreto en el pasaje en que
describe los temores que acucian al Viajero del Tiempo cuando es proyectado
hacia el futuro: supongamos que, en el enorme intervalo que media entre el
ahora de su partida y el de su llegada, unos ocho siglos más allá, la humanidad
hubiese padecido sustanciales cambios evolutivos y se hubiese «desarrollado,
convirtiéndose en algo inhumano, hostil, aterradoramente poderoso. Bien podría
semejar yo, en tal caso, quién sabe qué animal salvaje del mundo prehistórico,
tanto más terrorífico y asqueante para nuestra común apariencia, un ser, en
fin, espantoso, que habría que asesinar sin miramientos...»[146].
Mi padre retomó esta idea y
la casó con un elemento nuevo. Supongamos que los seres vivos en cuestión
viniesen a la tierra desde otro planeta —desde Marte, por ejemplo — , y que
fuesen seres mucho más adelantados que los terrícolas, en lo tecnológico y en
todos los demás respectos, hasta el punto de no poder consideramos a los
terrícolas sus semejantes. Y supongamos que diesen en tratar a los terrícolas
igual que los europeos trataron a los pueblos atrasados que encontraron en los
más remotos rincones del planeta: los habitantes de Tasmania fueron expulsados
de sus tierras y exterminados en un plazo de medio siglo; los belgas estaban
haciendo precisamente por entonces algo muy similar en el Congo; la nación zulú
había sido tratada de forma asimismo aberrante. Supongamos, pues, que esos
marcianos tuviesen la misma arrogancia de raza que nosotros y que hubiesen
llegado a nuestro planeta con la intención de limpiarlo y colonizarlo, igual
que Tasmania en su día. Supongamos entonces que las primeras avanzadillas ya
estuviesen de camino, que los primeros cohetes —pues viajarían a bordo de
grandes cohetes— fuesen a aterrizar aquí mismo, en Woking, y esta misma noche.
A esa hora estaba yo en
casa, escribiendo en mi estudio; aunque las puertas acristaladas miran hacia la
parte de Ottershaw, aunque la persiana estaba subida... no vi lo que se dice
nada. Con eso y con todo, aquella cosa que sin lugar a dudas había de ser la
más extraña de todas las que han llegado a la tierra desde el espacio exterior,
tuvo que haber caído mientras estaba yo allí sentado...
Teniendo en cuenta su
costumbre de visualizarlo todo, y su don natural para trenzar un cuento, le
resultó muy sencillo llevar adelante este falseamiento naturalista, casi tan
sencillo como respirar, sólo que en esta ocasión el texto no parece escribirse por
sí solo. Su contenido viene determinado por la idea vertebral, y los detalles
de la imaginería proceden de las probabilidades de cuantas propuestas se van
exponiendo, y no de aquellos oscuros rincones en los que sus más secretos
temores hacían a cada paso de las suyas. Es, por el contrario, una obra mucho
más pensada y sopesada que las escritas hasta entonces, aunque seguía
adoleciendo de un defecto básico que saltaba a la vista: se trata de una
especulación que no se incardina en la experiencia del autor o de cualquier
otro ser humano, y en consecuencia hace pensar en gran medida en un fraude
perpetrado conscientemente. El tono, que es el del testigo ocular privilegiado
que mantiene al contarlo el suspense entre su círculo de amistades íntimas o
entre los miembros de su club, es lo que en el fondo socava tantos pasajes de
Conrad; se trabaja a conciencia la autenticidad y se cosecha la falsedad, la
impostura.
El hombre invisible comienza con un salto
adelante; su arranque está hecho de palabras que se aceptan tal cual son:
El desconocido llegó a pie
desde la estación de ferrocarril de Bramblehurst cierto día de invierno, a
principios de febrero, abriéndose paso en medio de un viento cortante y de una
espesa nevada, la última del año; llevaba en la mano, resguardada por un guante
grueso, un pequeño maletín negro.[147]
El autor parte aquí de un
fingimiento, simulando dar cuenta de lo que no ha ocurrido ni puede ocurrir con
naturalidad, para llegar a otro pasaje más genuinamente creativo. Ha dejado de
tener al lector sobre ascuas, pues hace de él un cómplice de sus imaginaciones,
que consiente en aceptar cuanto vaya diciendo. Pese a todo, no logra mantenerse
así durante todo el libro, que al cabo choca de lleno con el defecto
fundamental que G. K. Chesterton señaló con acierto inmediatamente después de
su publicación. El título resulta ser engañoso: el relato no trata de un hombre
invisible y de su interacción con el mundo en que vivimos, sino de lo que
acaece a un loco invisible, a una persona impenetrablemente oculta dentro de su
especialísimo marco de referencias privadas, de resentimientos, de obsesiones y
compulsiones, a la vez que marginado del grueso de la humanidad. Cuando mi
padre hubo terminado la historia, pensó que se había acercado al máximo a un
éxito incontestable dentro del difícil terreno del tour de force, pero no quedó
del todo convencido, y supo muy bien hasta qué punto enturbiaba esa novela la
sombra de la arbitrariedad. Había hecho que sus lectores lo siguieran hasta una
región que él había escogido, muy lejos del territorio común de las
experiencias posibles, pero se había quedado muy lejos de todas las cosas que
importan a las personas de carne y hueso en uno u otro momento de sus vidas.
A la luz de este
descubrimiento perfiló un esbozo de los capítulos iniciales de El amor y el
señor Lewisham, la historia de un joven corriente y moliente que se precipita
hacia un matrimonio autodestructivo. Este último producto de la mesa del
comedor de Lynton iba a ser la primera de la por otra parte larga serie de
novelas en las que iba a utilizar sus propias experiencias más recientes, sus
reacciones, como cantera de materiales narrativos. Es también la primera de sus
novelas que trata abiertamente sobre la sexualidad. No es que sea una novela
expresamente autobiográfica —ninguna de las novelas de Wells lo son—; no otorga
al joven Lewisham su propia buena suerte, asignándole por el contrario el
destino del que él mismo escapó por los pelos tras su fracaso en South
Kensington. Su Lewisham es un perdedor nato, un estudiante por encima de la
media, pero sin brillo, sin medios económicos, que echa a perder toda opción de
iniciar una carrera universitaria y una vida decente porque está atormentado y
obsesionado por su necesidad de mantener una relación sexual. Los poderes
fácticos que en lo educativo le han otorgado una beca, en realidad le han
ofrecido un pacto diabólico: podrá tener todo cuanto quiera pedirles con la
única condición de que, por su parte, viva a contrapelo de lo que le pida el
cuerpo durante unos cuantos años. Mr. Lewisham no es capaz de cumplir esa
condición, y motivado exclusivamente por su deseo de tener una
compañera de cama, se vende
a la baja, lanzándose a un matrimonio que resultará fatal para todos sus
intereses.
Mi padre por fin se había
dado cuenta de qué representaba en realidad su matrimonio con su prima, y había
entendido que si pudiera introducir en una novela la esencia de esa experiencia
probablemente dispondría de algo que le facilitaría la conexión con millares de
contemporáneos suyos que se habían condenado a toda una vida de frustraciones y
de infelicidades, exactamente de la misma forma que él. Por eso salió al
proscenio de sus propias páginas, en persona, sin fingir que era alguien más
listo, más curtido, más maduro y más experto, para relatar la historia de lo
que muy posiblemente le habría ocurrido si las cosas, entre Isabel y él mismo,
hubiesen llegado a su lógica, típica conclusión:
El capítulo inicial no tiene
nada que ver con el Amor; ciertamente, ese antagonista no hace su aparición
hasta el tercero. En el primero, vemos al señor Lewisham entregado a sus
estudios. Hace de esto ya diez años, y en aquella época era profesor ayudante
en la Escuela de Whortley, condado de Sussex, ganando un salario de cuarenta
libras al año, de las cuales tenía que adjudicar quince peniques por semana,
durante el curso, para costearse el alojamiento en casa de la señora Munday, en
la tiendecita que tenía ésta en West Street. Se le llamaba «Mr.» para
distinguirlo de los alumnos ya mayores, cuyo único cometido era aprenderse las
lecciones, mientras que era asunto de los astringentes reglamentos de entonces
que se le llamara en cambio «Sir»[148].
Las intenciones que mi padre
tenía en mente cuando redactó el primer esbozo de los capítulos iniciales de
esta novela iban a verse modificadas una y otra vez antes de que llegase a su
conclusión. En ocasiones, el libro parecía oponer una resistencia activa a sus
intentos por darle forma definitiva; llegado a cierto punto, la tensión de la
batalla contra el libro le produjo un nuevo hundimiento físico, debido a lo
cual estuvo en cama durante varias semanas. Su problema era que su conocimiento
del mundo y de sus secretos, un conocimiento en rápido incremento, lo forzaba
de continuo a revisar sus afirmaciones originales sobre las experiencias
personales en las que se estaba inspirando, con lo cual no hacía sino
estrellarse contra paredes que no podría derribar hasta que reconociese que,
pasado el tiempo, su conocimiento era muy superior al que tenía cuando concibió
un determinado episodio. Su conciencia en expansión daba a las concepciones
originales una sonoridad falsa. Durante los cuatro años que por fin le costó
resolver todos los problemas insertos en su esbozo inicial, poco a poco fue
resultándole evidente que al proponerse la descripción de una de las ordalías
que había tenido que superar personalmente había terminado por tropezar, sin
esperarlo, con un tema de importancia capital. Entonces no comprendió la
naturaleza de la cuestión tan claramente como iba a entenderla pasados quince
años, cuando escribió Los nuevos maquiavelos, pero mientras estuvo en
lucha consigo mismo por avanzar línea tras línea, hasta poner punto final a El
amor y el señor Lewisham, sí empezó a vislumbrar que aquello que había sido
un terrible error en su crianza y en su educación era algo que también era un
error no menos terrible, propio del genio distintivo de la sociedad en que
vivía. No era simplemente cuestión de que a él se le hubiese permitido crecer
en un estado de hondísima ignorancia respecto de todo lo relacionado con el
sexo, adoctrinado en la creencia de que todo lo que tuviese algo que ver, por
poco que fuera, con dicho asunto, a la fuerza tenía que ser motivo de vergüenza
y de rebajamiento moral, imposible de mencionar en público y tabú en presencia
de las mujeres; era, lo cual tiene muchísima mayor importancia, que a él se le
había enseñado a pensar que lo que biológicamente era el elemento vertebral de
su vida, su sexualidad, no pasaba de ser sino un elemento marginal y poco menos
que irrelevante en la muy seria empresa de la vida. Cuando hubo contemplado su
experiencia esencial bajo esta nueva luz, cuando hubo reconocido hasta qué
extremo era característica, se vio impulsado, en tanto ser racional, a dar un
paso más y reconocer sin paliativos la necesidad de que se produjese toda una
revolución dentro del dominio de las costumbres sexuales: ninguna sociedad que
exigiese a la mayoría de los ciudadanos que la integrasen llevar una vida en
desacuerdo con los términos más genuinos de sus propias naturalezas, desde la
cuna hasta la sepultura, podía tenerse ni por sana ni por próspera. A medida
que lo estuvo escribiendo, El amor y el señor Lewisham fue
convirtiéndose en la declaración de intenciones por la cual mi padre se propuso
hacer cuanto estuviese en su mano por propiciar el advenimiento de dicha
revolución. Había de ser ésta la primera de una serie de novelas, que
terminaría por abarcar la mayor parte de sus obras de ficción, dedicada a la
descripción de los diversos modos en que las costumbres prevalecientes de la
época frustraban, ridiculizaban y aniquilaban a los jóvenes, así como a
fomentar en éstos las ganas de exigir la libertad necesaria para encontrar sus
propios caminos hacia la felicidad. Todo esto podría dar la impresión de que lo
único que estoy diciendo es que mi padre había tomado la determinación de
erigirse en paladín de la rebelión en contra del matrimonio y de la familia,
cuando lo cierto es que no se trataba de eso. Tan sólo había emprendido el
intento de desbaratar esa clase de matrimonios que eran una condena a
perpetuidad impuesta sobre dos personas que apenas se conocían mutuamente, y la
clase de familias que con demasiada frecuencia terminaban por ser el triste
producto de tales uniones. No tenía nada en contra de los ideales que
representan estas dos instituciones, pero detestaba con toda su alma la
realidad del sufrimiento al que la adoración irracional de estas instituciones
condenaba a millones de hombres y de mujeres, así como a sus hijos. Con el paso
del tiempo, con el constante ampliarse de sus propias experiencias, con una
mayor penetración en las vidas de los demás y en la suya propia, terminó por
estar cada vez más convencido de que estaba en lo cierto cuando se empeñaba en
hacer valer esta idea, seguro de que era además una idea crucial.
Capítulo XIII
«Tuve plena conciencia de
una serie de asombrosos abismos... Todas las cosas que un hombre de veintiocho
años de edad jamás habría soñado en ocultar de un coetáneo, me las había
ocultado él a mí. Durante unos cuantos días hube de quedarme en su casa, hube
de repasar sus papeles, disponer de todas esas minucias personales, íntimas,
que se acumulan año tras año en tomo a un ser humano: las cartas, los recortes
amarillentos de algún periódico, los amuletos, las reliquias guardadas sin
razón aparente, los vestigios accidentales, todos esos residuos tan
significativos. Y me enteré de muchas cosas en las que nunca había soñado
siquiera. A veces dudé si no estaría espiando, metiéndome en donde nadie me
había llamado, pensando si no sería preferible arriesgarme a perder para
siempre las pruebas legales que estaba buscando, y quemar en cambio todos
aquellos papeles sin leerlos.»
The Passionate Friends
George Gissing fue un
escritor amigo de mi padre, casi diez años mayor que él, que desempeñó un papel
crucial en el despertar de su conciencia ante la importancia de la revolución
sexual, un papel mucho mayor de lo que mi padre estuvo dispuesto a reconocer en
su autobiografía. Se conocieron durante el verano de 1896, a raíz de que
Clement Shorter persuadiese a mi padre para que se hiciera miembro de un club
por el que este hombre tenía un gran interés. A Shorter le fascinaban los
escritores y la escritura; le habría maravillado llegar a ser escritor, pero
por carecer de la chispa del ingenio creativo tuvo que entrar en la literatura
por la puerta de atrás. Lo hizo de dos formas: escribiendo estudios sobre la
vida de escritores ya fallecidos y editando algunas revistas literarias. En
1896 estaba en la cresta de la ola, simultaneando la dirección de la
Illustrated London News, de la revista English Illustrated y del Sketch, amén
de haber publicado un volumen titulado Charlotte Bronte and Her Circle. Este
libro había generado una cierta conmoción al anticiparse a los modernos
criterios de documentación biográfica, lo cual le hizo acreedor de que un
crítico lo calificase como uno de esos individuos «que serían capaces de
imprimir la libreta de notas de un escritor que fuese suficientemente famoso, y
en edición limitada, con tal de apoderarse de tan preciado tesoro»[149]. La
pulla que contiene este fino sarcasmo, es decir, que a Shorter le encantaba una
enormidad disfrutar sólo con sentir en la piel los reflejos de la gloria ajena,
lograda mediante una reputación sólida, hasta un extremo muy considerable está
plenamente justificada. Pero compensó con creces esta debilidad al mantenerse
siempre atento y a la caza de nuevos talentos, dispuesto a abrir cuantas
puertas pudiera abrir a un prometedor recién llegado. No podría poner en su
haber el descubrimiento de mi padre, que pertenecía indudablemente a la cuadra
de hallazgos hechos poco a poco por Henley, pero en aquella época en la que las
amistades y los conocidos eran cruciales a la hora de ir progresando, pudo
desde luego hacer por él
algo tan importante como si lo hubiese descubierto, es decir, poner al recién
llegado a favor de la corriente imperante, y en el fondo de eso trataba el club
de Shorter[150]. Se llamaba el Ornar
Khayyam Club; el propósito más ostensible de su existencia era honrar al poeta
persa y a su traductor, el levemente excéntrico Edward FitzGerald, aunque lo
que de veras importaba eran las cenas que se celebraban trimestralmente, en las
cuales los miembros intimaban en un ambiente cordial. Cuando Shorter, con su
voz gangosa y adenoidal, apremió a mi padre para que no dudase en sumarse al
club, no le comentó ni palabra acerca de las Rubáiyátas, diciéndole simplemente
que las cenas aquellas eran lo más divertido que pudiera imaginarse.
Cuando mi padre acudió por
vez primera a cenar con sus compañeros omáricos, al restaurante Frascati, un
martes de finales de noviembre de 1896, Gissing pertenecía al club desde hacía
algo más de un año. La velada de su ingreso como miembro activo constituye otro
perfecto ejemplo de la clase de amabilidad que dispendiaba Shorter. A comienzos
de 1895 había unido fuerzas con su amigo Edward Clodd, el empedernido
racionalista que a la sazón iba a secundar la propuesta de que mi padre fuese
aceptado como miembro de pleno derecho en el club, y entre los dos urdieron una
pequeña conspiración. Partieron del mutuo y convencido acuerdo de que George
Gissing no gozaba del respeto y la atención que en realidad se merecía; era un
hombre magnífico, y como escritor se empeñaba a fondo en cada una de sus obras.
Seguramente le daría más viento de popa si pasara a formar parte del club, y
para ello sería preciso hacer de su ceremonia de ingreso un acto memorable.
Lo que tramaron aquellos dos
paternalistas intrigantes[151] fue,
de puertas a fuera y a todos los efectos, una cena de homenaje al anciano
George Meredith. Por hallarse muy delicado de salud, en una situación en la que
había renunciado casi del todo a salir de casa, la cena tuvo que celebrarse en
la Posada del Puente de Burford. es decir, virtualmente en el umbral de la casa
en que habitaba el anciano, a resguardo de Box Hill. Así fue posible que
Meredith cenase tranquilamente en su casa para llegar después paseando hasta la
posada y tomar café con los miembros del club y los invitados de la ocasión.
Edward Clodd dispuso todo de acuerdo con el venerable anciano, y Edmund Gosse
obtuvo de Thomas Hardy la confirmación de su asistencia a la cena. Unos
cuarenta omáricos mordieron el doble anzuelo y acudieron a la cena, cuyo éxito
quedó así rubricado de antemano. Y nadie se sintió después llamado a engaño. La
entrada en escena de Meredith, a los postres, resultó de lo más efectista.
Antes de tomar asiento al lado de quien presidiera la cena, deambuló por el
comedor saludando con un apretón de manos a algunos de los presentes. Al llegar
ante Gissing, hizo una pausa y anunció de modo que todos oyesen sus palabras
que se sentía especialmente agradecido por encontrarlo allí. Aquel momento
produjo en Shorter y en Clodd tanto placer como en Gissing, por haber tenido
lugar en medio de un acontecimiento incontestablemente literario y, por si
fuera poco, celebrado como quien dice en sagrado. Los omáricos sabían todos que
Keats había dado los últimos retoques a su Endimión mientras estuvo hospedado
en la Posada del Puente de Burford; todos ellos vieron al querido y viejo
Meredith, con la aquiescencia de Hardy, saludar calurosamente a Gissing y
festejar su ingreso en tan carismático lugar. Si no llegaron a escribir
exactamente una página de la historia literaria, sí fue al menos una alegre
nota al pie.
El paso del tiempo ha
oscurecido la imagen de los omáricos; sólo quienes se hayan sumergido a fondo
en las costumbres de la época se darán cuenta del gran acierto que tuvo Shorter
al comunicar a mi padre que le valdría la pena, y mucho, ingresar en dicho
círculo. J. M. Barrie, hombre que jamás perdió un instante de su tiempo, era
miembro del club, al igual que hombres tales como H.
W. Massingham, E. T. Cook, Robertson Scott y Harry Gust. Sus nombres carecen hoy de
la resonancia que tuvieron, pero entonces eran pesos pesados, cuyo trato era de
gran valor, por ser los directores, respectivamente, del Daily Chronicle, de la
Westminster Gazette, del British Weekly y de la Pall Mall Gazette. Tenían tales
poderes en el mercado que ningún escritor free-lance podría permitirse el lujo
de ignorarlos. De menos utilidad inmediata, pero cada cual influyente a su
manera, más a largo plazo, eran los omáricos que se dedicaban a escribir, por
ser quienes conformaban a diario el consenso literario general, y que habían saltado
la valla divisoria entre la escritura creativa y la crítica. En el grupo
figuraban también hombres como William Sharp, que públicamente era un crítico
recio, de barba espléndidamente poblada, amén de biógrafo literario, o Theodore
Watts-Dunton, abogado y crítico habitual y a menudo insustituible del Examiner
y el Atheneum, que por entonces trabajaba para llegar a ser poeta reconocido.
El secreto de Sharp estaba en que, tras su barba, era una mujer. Ataviado a la
última moda, enjoyado, apretado el corsé, y muy ajetreado, se dedicaba siempre
que podía a escribir las novelas románticas de espadachines y pasiones amorosas
que emplazaba en la región de los Glens y que publicaba después con el nombre
de Fiona Macleod. Theodore Watts-Dunton no tenía secretos de este tipo, pero el
meollo de su existencia era algo de lo que no le apetecía hablar. Había actuado
como acompañante y custodio legal, responsable de los restos vivientes del
poeta Swinburne desde 1879. En ese año, Watts-Dunton decidió ahorrar a su amigo,
que ya no estaba en condiciones de cuidar de sí mismo, los horrores de un
asilo, y se lo llevó a su propia casa. Cuando lo conoció mi padre, inserto en
el círculo de los omáricos, sólo había cumplido diecisiete de los treinta años
de condena a los que insensatamente se había sentenciado. Empezaba a manifestar
evidentes síntomas de tensión, pero distaba aún mucho de ser el turbio y
cómicamente aburrido hazmerreír en que iba a convertirlo Max Beerbohm después
de su muerte. En este olvidado mundo de celebridades y éxito se forjó mi padre
un sitio propio con el estruendoso éxito logrado por La máquina del tiempo
y La isla del doctor Moreau.
Es posible que sea
significativo por parte de mi padre el hecho de que entre todos los omáricos
presentes en Frascati la noche de su ingreso en el círculo, el que más le
atrajo fuese George Gissing. Le fascinó la inteligencia de Gissing, su enorme
encanto personal, su alegría y animación constantes. Lo tomó por uno de esos
hombres cuyo natural talante lo llevaba a gozar de la vida: «reír, bromear,
disfrutar y caminar a favor del viento»[152]. Quiso
de inmediato frecuentar más a tan estimulante y sano individuo, y a la mañana
siguiente le envió un recado diciéndole que quería conversar con él más en
serio, sin interrupciones, a la vista de lo cual le sugirió que se encontrasen
tan pronto fuera posible, ya fuese en su domicilio o en casa del propio
Gissing. La respuesta que recibió tras esta iniciativa fue el primer indicio
que tuvo en cuanto a que el colega que acababa de conocer posiblemente fuese un
poco más complejo de lo que parecía a simple vista. En su nota, Gissing
reconocía que en efecto tenía su domicilio en la dirección desde la cual le
escribía, aunque «... cuanto menos se diga a ese respecto, mejor. Es preciso
tener residencia fija en algún sitio, y es aquí donde de uno u otro modo yo
resido. Pero nunca he invitado aún a ningún mortal a visitarme aquí, y es
probable que nunca lo haga, por lo cual ojalá mis amigos puedan estarme
agradecidos»[153].
Mi padre vio bastante a
Gissing a lo largo de aquel invierno, pero no tuvo modo de averiguar nada más
acerca de lo que presuntamente tan mal funcionaba en la casa que tenía su nuevo
amigo en Epsom hasta llegada la primavera, cuando en compañía de Jane fue de
excursión en bicicleta por Devon, para encontrarse con él, según habían
acordado antes, en la vecindad de Budleigh-Salterton. Durante los primeros días
de visita Gissing se mostró evasivo, poco comunicativo, hasta que mi padre se
dio cuenta de que en realidad ardía en de-
seos de hablar con él, pero
sin ser capaz de soltarse en presencia de Jane. Ella adujo una diplomática y
pasajera indisposición al día siguiente, y cuando los dos salieron juntos de
paseo salió a borbotones la historia de los quebraderos de cabeza que tenía
Gissing.
La vida doméstica de Gissing[154] había
empezado a resultar insoportable. Se había casado con una espantosa mujer que
lo estaba haciendo cada vez más desdichado. Y exclusivamente por culpa suya.
Pocos años antes había llegado a la conclusión de que nunca iba a ser capaz de
ganar mucho más de cuatro cientas libras al año dedicándose a escribir, y que
por eso no tenía derecho a pedir a ninguna mujer bien educada que afrontase la
penuria de una vida matrimonial sobre la base de sus escuetos ingresos. Como no
podría vivir sin tener una mujer a su lado, resolvió probar suerte con alguna
muchacha que hubiese padecido en sus propias carnes, a ser posible desde su
nacimiento, la verdadera indigencia. Y casi a renglón seguido encontró a dicha
persona, la hija de un jornalero. Cuando se casó con ella, su único motivo de
temor fue que tal vez resultase difícil vivir con alguien que era prácticamente
analfabeto; a la larga, la carencia de una mínima formación que tenía su novia
fue el menor de sus defectos. Según el propio Gissing, sin darse casi tiempo de
convertirse en su esposa desveló su estupidez, su desobediencia, su mal humor,
y su intolerancia, su proclividad a regañar por cualquier cosa. Más adelante le
dio por la bebida, y desde entonces su comportamiento se torció hasta extremos
tan perversos, y tan imprevisibles, que él empezó a preguntarse si estaría ella
en su sano juicio.
Gissing era tan candido y
parecía tan honesto que a mi padre nunca se le pasó por la imaginación pensar
que tal vez existiera otra faceta de esta historia, quizá más ajustada a la
realidad que la que él le había contado. Se la transmitió a Jane tal como le
fue relatada, y también ella la aceptó a pie juntillas. Entre los dos
proyectaron dedicarse a Gissing, con la firme decisión de hacer cuanto pudieran
por ayudarle a tolerar la odiosa situación en que vivía, hasta encontrar alguna
salida digna. Al terminar el mes que pasaron en Devon, los dos estaban
profundamente comprometidos con la causa.
Durante el resto del verano,
Gissing fue uno de los visitantes más asiduos que pasaron por Heatherlea;
viajaba desde Londres en el último tren de la tarde, se quedaba a cenar y
pasaba la noche en casa de los Wells más o menos siempre que le apetecía. Gissing
siempre respondió atenta, positivamente ante las personas que lo aceptaban tal
cual era, en sus propios términos, y cuando empezó a hacer los preparativos
para marcharse a pasar una temporada a Italia, ese mismo otoño, se sintió tan
seguro de la pareja que tan completamente se había rendido a sus encantos que
no temió sugerirles que lo acompañasen; el mejor momento, les dijo, sería
cuando empezara a mejorar el tiempo, poco después de Año Nuevo. Y nada le
agradaría tanto como enseñarles a los dos las maravillas de Roma en primavera.
Mi padre mordió el anzuelo sin un momento de duda; Jane tampoco ocultó cuánto
la encandilaba el proyecto. Bien sabía ella cuan duro había sido para mi padre
el día a día a lo largo de los cinco años que habían pasado desde la ruptura de
su primer matrimonio; tampoco se le ocultaba lo bien que le había ido a golpe
de esfuerzo. Ganaba por entonces más de mil libras al año. Se había merecido
con creces una celebración. Por si fuera poco, hasta entonces nunca había
viajado al extranjero. Para ella, había llegado sin duda la hora de que su
marido diese el salto a un mundo de más amplios horizontes.
Roma, tal como la visitó mi
padre durante la primavera de 1898, ya no es posible de recorrer. Ya en las dos
décadas anteriores había comenzado a cambiar a fondo; sin embargo, en aquel año
seguía siendo todavía la ciudad de los palacios, las iglesias y los jardines
que había ido creciendo entre 1400 y 1800, por entre los restos a que los
terremotos habían reducido la ciudad de los emperadores romanos y de sus
sucesores germánicos. Mi padre se sintió anonadado por las bellezas y delicias
de la ciudad, así como rebosante de respeto por la sencilla magnificencia de su
herencia arquitectónica e histórica. Aun cuando todavía entonces fuese el
escenario en que había acaecido el abrumador desmoronamiento de una democracia
parlamentaria, los restos de sus tiempos de grandeza sin parangón apelaron a su
sensibilidad, de forma apasionante, respecto de la capacidad casi ilimitada que
tiene el animal humano cuando se trata de superarse a sí mismo para imaginar
cosas grandiosas y llevar a cabo nobles proyectos. Vio a su alrededor, casi en
todo momento, las pruebas palpables de la titánica escala a la que se
realizaron los esfuerzos emprendidos para hacer de la ciudad la sede verosímil
de un sistema de gobierno y de orden susceptible de funcionar en todo el mundo
occidental. Los romanos habían intentado lograr el objetivo de fundar toda una
potencia universal, mientras la iglesia internacional había intentado lo mismo
mediante la imposición de una tiranía ideológica, y unos y otra habían tenido
que inclinarse una y otra vez, bajo la presión desmesurada de tan desorbitada
empresa, a recurrir al uso de tácticas despreciables e incluso aborrecibles.
Pero a pesar de los pesares seguía siendo, en este orden de consideraciones,
una ciudad todavía impregnada por la sangre de innumerables víctimas cruelmente
torturadas y perversamente asesinadas; entre todos aquellos edificios, testigos
mudos de toda clase de maldades, la concepción esencial de una sociedad justa,
de la causa común de la humanidad, del orden mundial, había visto la luz.
Esta revelación fue crucial.
Por ser un provinciano educado dentro de la Iglesia Protestante, mi padre había
viajado a Roma no sin cierta incomodidad interior. Había aprendido el lenguaje
de los polemistas del protestantismo recalcitrante sentado en el regazo de su
devota madre; se había educado para equiparar mental y automáticamente a la
iglesia que tomaba su nombre de la ciudad de Roma con la Mujer Escarlata, al
Papa con el Anticristo o, incluso, con la Bestia de la Revelación. Había
terminado por renunciar a esa línea de pensamiento, junto con todos los
conceptos que había generado, durante su proceso de maduración intelectual. Sin
embargo, los prejuicios estrechamente relacionados con todo ello habían
regresado a su mente durante sus tiempos de estudiante, bajo el pretexto de la
tampoco insostenible tesis de que el procesamiento contra Galileo había hecho
de la Iglesia la fuente de la que brotó todo oscurantismo anticientífico. En
tanto en cuanto fuese la ciudad del Papado, Roma iba a adquirir en la imaginación
de mi padre las dimensiones de una fortaleza enemiga; en cambio, también iba a
amarla hasta el final de su vida tal y como la percibió en aquella primera
visión primaveral, en calidad de ciudad madre de la cultura del Renacimiento y
capital de la República invisible, de la razón y la inteligencia, de la cual
había hecho su patria.
Existía, con todo, una
mácula en el cristal de esta experiencia. Mientras estuvo inmerso en ella, la
musa cómica que tan a menudo daba en intervenir cuando estaba al borde de lo
grandioso, para recordarle que en el fondo él era una especie de Art Kipps, o
de Mr. Polly, muchísimo más que un Newton o un Darwin, volvió a zarandearlo con
una nueva bufonada. Antes de que Gissing hubiese vuelto la espalda a la Italia
de los vándalos y los godos para viajar más al Sur y llegar a Roma a tiempo de
acudir a la cita que tenía con Jane y con mi padre, había hecho un alto en la
ciudad de Siena. Allí había hecho algunas amistades. A su alrededor se había
congregado un pequeño grupo, compuesto por Brian Boru Dunne, un joven y guapo
norteamericano que viajaba con su guitarra y que cantaba acompañado por ella;
Arthur Conan Doyle, quien ya había inventado a Sherlock Holmes; E. W. Hornung,
el escéptico y cordial cuñado de Conan Doyle, que muy pronto había de inventar
a Raffles, el atracador aficionado. Habían recorrido Siena en bande, y llegaron
a Roma convertidos en un animado y jovial grupo de amigos inseparables. Para mi
padre, habría sido muy distinto familiarizarse con Roma en compañía de su buen
amigo; tener que explorar la ciudad en compañía de un grupo de conocidos accidentales,
sobre todo siendo tantos, fue de lo más inesperado. Una fotografía posiblemente
tomada por Dunne cuenta bien toda la historia. En ella aparece Gissing, que
finge avergonzado no estar en donde está, de pie al lado de Hornung, Conan
Doyle y mi padre, en una calle de Roma. Era la época en la que el homburg, con
su ala bordada, era la única modalidad socialmente aceptada de llevar un
sombrero flexible, suave; el ala bordada de manera acentuada que llevaba mi
padre, llevando el sombrero algo hacia atrás, queda a la altura de los cuellos
de las camisas de sus compañeros. En esa desvaída fotografía en tonos sepia
vuelve a ser el «chiquito, fantástico Wells»[155] de la
primera impresión que de él tuvo Rupert Brooke: un diminuto individuo que con
toda seguridad sería siempre clasificado de inmediato, a ojos del filisteo de
clase media propio de la época, como un chaparro y maleducado don Nadie.
A mi padre no le agradaba ni
lo más mínimo encontrarse en situaciones en las que fuese fácil vérsele de
inmediato bajo dicha luz; siempre notaba mayor o menor incomodidad al posar
para tal especie de fotografías. En esta ocasión es evidente que irradia tal
gama de sentimientos. Gissing, que parece estar sudando una cogorza al otro
extremo de la fila, tiene una doble causa para sentir su incomodidad: la de mi
padre, que detecta a las claras pero que no consigue entender del todo, y la
suya propia, que es debida a su anhelo de llegar a otra sesión en la que
pudiera desnudar su alma, a puerta cerrada, a solas ante la credulidad de mi
padre. Sabe que con esos dos, y con las simplezas y los entusiasmos de Brian
Boru Dunne de por medio, bien pegados en todo momento, es poco probable que se
salga con la suya.
Y así fue. Durante toda la
temporada que pasaron en Roma, los dos hombres nunca dispusieron del tiempo
suficiente y a solas para que Gissing se entregase a uno de sus desbordamientos
pseudo-reveladores, creativos sin duda, acerca de su propia persona. Al término
de la estancia, lo único que pudo saber mi padre fue que Edith Gissing se
estaba volviendo cada vez más loca, y que Gissing estaba entonces obsesionado
por el miedo de que pudiera lesionar, o matar incluso, a su hijo Walter y al
bebé que habían tenido los dos, caso de encontrarse con las criaturas a solas
un buen rato.
El conocimiento que tuvo mi
padre sobre la naturaleza de estos temores arrancó más avanzado el año. Tras ir
desde Roma a Ñapóles, a Capri y a Pompeya, ya por su cuenta y sin compañía, los
Wells regresaron a Inglaterra pasando por Florencia, Bolonia, Milán y Suiza. Mi
padre albergó la esperanza de ponerse a trabajar de inmediato, con renovados
bríos tan pronto hubiese regresado a casa, pero en cuanto tomó asiento en su
escritorio, decidido a afrontar la fría e inerte masa en que se había
convertido El amor y el señor Lewisham, se dio cuenta de que no iba a
ser capaz. Aunque supo perfectamente dónde tenía que aflojar, le resultó
imposible llevar la narración hasta el final indicado. Llegó el mes de julio y
él seguía tan encasquillado como al principio; decidió, y es una vez más típico
de su carácter, que lo que no andaba como debiera era precisamente Heatherlea.
Reconcentró su animadversión en el pequeño chalet, en el ambiente suburbial, y
culpó de su falta de envergadura narrativa al paisaje de los abedules, los
pinos, los álamos plateados, la abundancia de gravilla, a la cerrazón en suma
que lo circundaba en aquella región. Lo que le estaba haciendo falta, estuvo
seguro, era un cambio. Le hacía falta el cielo despejado, las pendientes suaves
y generosas, y sentir la envergadura propia de las praderas de formación caliza
bajo sus pies.
Y de este modo, el 29 de
julio de 1898[156], emprendió lo que
tendría que haber sido una placentera excursión en bicicleta, hacia la costa
sur, en compañía de Jane. Habían reservado una habitación en Seaford, en donde
pensaban pasar tres o cuatro semanas disfrutando de los despejados cielos del Canal
y las praderas de los Downs a sus espaldas. Al finalizar estas vacaciones, El
amor y el señor Lewisham tendría que estar terminado; así, él se habría
convertido en un hombre nuevo. Pero las cosas no iban a rodar de acuerdo con
tales planes. La pareja de ciclistas se vio sorprendida por un repentino
chaparrón, empapados de pies a cabeza antes de llegar a su destino; cuando por
fin llegaron a donde habían previsto, mi padre tenía ya una fiebre
alarmantemente alta. A lo largo de los días que siguieron, quedó bien claro que
estaba padeciendo algo mucho más grave que un simple resfriado: tenía graves y
espasmódicos dolores de riñon y ciertamente se hallaba en un estado lamentable.
Al concluir la semana decidieron irse de Seaford para instalarse en New Romney,
donde trabajaba un buen médico amigo de George Gissing. Gissing se lo había
recomendado a los dos por tratarse de un espléndido profesional de la medicina
y de un espíritu afín a los suyos. Una de sus virtudes era el tener una casa
muy grande, en la cual reservaba unas cuantas habitaciones para internar a los
pacientes que pudieran beneficiarse de una temporada de reposo absoluto que los
robusteciera debidamente. Era, según les aseguró Gissing, un hombre muy
agradable con el cual convivir una temporada.
Tras intercambiar telegramas
con Henry Hick, mi padre y Jane viajaron con destino a New Romney el 9 de
agosto. Aunque la distancia que debían recorrer era despreciable según los
modernos criterios, entonces entrañaba tres transbordos de trenes y no pocas
esperas entre tanto. Con el paso de las horas, mi padre fue encontrándose más y
más desasosegado; en sus visitas a los diversos lavabos de las estaciones en
que pararon empezó a percibir incontestables y sangrantes motivos para pensar
que estaba muchísimo peor de lo que ya temía. Más avanzada la tarde, una
asustada Jane lo dejó en manos del doctor Hick, al cual no le costó nada
precisar su diagnóstico. Mi padre padecía un absceso en el riñon, que se había
lesionado jugando al fútbol en sus tiempos de escolar. Tendría que someterse a
un tratamiento por el cual habría de guardar cama en casa de Hick durante casi
todo un mes.
Cuando acostaron a mi padre
y se quedó dormido, el doctor Hick hizo todo lo posible por tranquilizar a Jane
y por lograr que se sintieran los dos como en su propia casa. Le comentó cuando
tomaron juntos un par de tazas de té que era toda una coincidencia que, siendo
como eran amigos de George Gissing, hubiesen acudido a él en un momento tan
particular, ya que el hijo mayor de Gissing, el pequeño Walter, acababa de
llegar para pasar unas semanas de tratamiento en su misma casa. Y al cabo de
unos días el propio Gissing escribió a mi padre, deseándole una pronta
recuperación, y con la esperanza de que los Wells pudieran ver a menudo a su
hijo, y comprobar qué tal iba, mientras estuviesen en la casa de Hick.
Mi padre no estaba en forma,
de manera que no pudo contestar a esta nota; de no ser así, es que no le
apeteció contestarla. De todos modos, fue Jane la que escribió la respuesta:
había visto al joven Walter, dijo a Gissing, y lo había encontrado animado.
Confiaba en que las cosas fuesen mejor en casa de Gissing; esperaba que Edith
no plantease demasiadas dificultades. La respuesta de Gissing resultó casi
desenvuelta, habida cuenta de las circunstancias: «.. me das una gran
alegría con tu descripción de Walter. ¡Ay, si al menos el pequeño pudiera
también estar con él...! No tengo manera de recibir ninguna noticia de Londres,
no sé cómo van las cosas por allí, pero no me cabe ninguna duda de que la vida
del pequeño está en peligro mientras siga viviendo con esa loca. Ya le dije a
H. G., si mal no recuerdo, que había atacado a la dueña de la casa con una
estaca, y que tuvo que ser expulsada de la casa con la ayuda de un policía.
Ahora mismo está en quién sabe qué pensión de mala muerte... »[157]
Como Gissing no había dicho
previamente ni palabra acerca de este episodio, ni a Jane ni a mi padre, esta
referencia los sumió en la perplejidad; se sintieron así naturalmente
inclinados a preguntar a Hick qué era lo que estaba ocurriendo en realidad. El
médico al principio optó por mostrarse evasivo, pero tan pronto cayó en la
cuenta de que la pareja estaba genuinamente preocupada por el bienestar de
Gissing, decidió contarles al menos una parte de lo que sabía.
El doctor Hick había estado
plenamente al corriente de los asuntos de Gissing durante una larga temporada,
y había heredado sin duda ninguna de su padre una actitud protectora hacia
Gissing. Lo cierto era que su padre le había echado una mano en un momento muy
delicado, allá por los años setenta del pasado siglo, cuando se encontró metido
en una especie de dura y tardía crisis de adolescencia. De todo ello había
tenido sobrada noticia el médico, pero no se propuso repasar la historia
antigua. Se limitó en cambio a poner a mi padre al día de la situación
corriente de Gissing. El escritor había recurrido a él para disfrutar de una
estancia en su casa a comienzos de verano de 1897. Le había dicho que deseaba
disfrutar de una cura de reposo tras haber pasado por una especie de crisis
nerviosa, pero Hick adivinó que su verdadera necesidad era hablar. Como el
médico tenía sus propias opiniones en lo tocante a la relación entre las
preocupaciones y la enfermedad, había desarrollado una técnica
para ayudar a que sus
pacientes se restablecieran mediante la actividad de escuchar todo lo que ellos
desearan decirle sin siquiera intervenir. Había convertido en norma de esta
técnica el no dar jamás muestras de estar sorprendido ni de sentirse contrariado
por lo que pudieran decirle; había comprobado que muchas veces sus pacientes
experimentaban una notable mejoría simplemente al conseguir dar suelta a las
preocupaciones que tanto los acuciaban. Bien pronto entendió que Gissing había
acudido a él para que alguien le dijera que lo más acertado sería romper la
relación que mantenía con su mujer.
Hick no había conocido nunca
a Edith Gissing, y no tenía ni idea de cómo pudiera ser en realidad, de manera
que no pudo precisar si las ganas que tenía Gissing de abandonarla eran
correctas, sólidas o todo lo contrario. Gissing se había pasado buena parte de
su tiempo aduciendo ante él toda clase de razones por las cuales pensaba que
Edith había cruzado definitivamente la frontera que separaba la cordura de la
locura, sólo que a partir de este tema había pasado a proponer los términos de
un acuerdo satisfactorio que en realidad no eran de ninguna manera compatibles
con esta convicción. El acuerdo de separación habría de estar basado en la
esencia de una sugerencia excesivamente simple: que ella renunciase en favor de
Gissing al cuidado de sus dos hijos. Ella tendría que acceder a desaparecer de
sus vidas, a cambio de una pensión de veinticinco chelines semanales.
A Hick le alarmó sobremanera
descubrir[158], mientras su paciente le
esbozó las líneas maestras de esta propuesta totalmente ajena a la más
elemental generosidad, que la capacidad que tenía Gissing de autoengaño había
terminado por ser tan desmesurada, que llegó incluso a persuadirse de que la idea
no había sido suya, dando por hecho que el propio Hick se la había propuesto
como hipotética solución a sus problemas. Había llegado incluso a urdir una
fantasía inconcebible, en aras de la cual dio por hecho que Edith iba a aceptar
la propuesta sin poner ningún reparo. Según sus disparatados pronósticos, iban
a firmar una tregua, e iban a pasar unas últimas vacaciones veraniegas los dos
juntos en Castle Bolton, en Yorkshire. Al finalizar estas vacaciones, Edith
tendría que marcharse por su cuenta, decidida a disfrutar de su nueva vida,
sobre la base de la pensión de veinticinco chelines semanales que él le pasaría
religiosamente, y él pasaría a vivir su nueva vida, con los niños a su cargo.
Nunca llegó a proponerle la oferta en realidad, aunque sí que se marcharon los
dos, con los niños, a pasar unas vacaciones a Castle Bolton. Durante el largo
trayecto en tren, Edith se puso suspicaz y empezó a regañarlo machaconamente.
¿A cuento de qué tanta amistad y concordia? ¿Qué era lo que se proponía en
realidad? Ella estaba convencida de que él iba a intentar en cualquier momento
jugarle una pasada, pero ¿de qué podría tratarse? ¿Por qué no era capaz de ser
honrado con ella?
Gissing no pudo aguantar el
que ella pusiera sus motivos en tela de juicio hasta en el mejor momento;
siendo sus intenciones cualquier cosa, salvo francas y directas, el
interrogatorio de Edith le pareció especialmente duro de soportar. Se refugió
en el mutismo que siempre había sido su arma más eficaz contra ella; ella
pronto agarró una de las furiosas rabietas que él aprovechaba como base para
acusarla de haberse vuelto loca de remate. Mucho antes de llegar a donde iban,
él renunció a toda idea de llegar a un acuerdo amistoso con ella. Cuando aquel
otoño se marchó a Italia, en el fondo huía de un problema muy grave y aún
pendiente de solución.
Tampoco aumentó sus
posibilidades de alcanzar un acuerdo razonable con Edith mediante lo que había
hecho antes de emprender viaje. Había dividido a su familia: dejó al bebé
Alfred Charles con Edith, en alguna casa de huéspedes de Londres, y confió a su
otro hijo, Walter, al cuidado de su hermano, que vivía en Worcestershire. Como
era ya evidente que Edith no tenía ni la más remota intención de renunciar a
ninguno de los dos niños, había recurrido a un truco para conseguir alejarla de
Walter: le dijo que se lo llevaba a dar un paseo
por el parque, a que le
diera el aire, cuando en realidad se lo llevó a la estación. Ya con Walter en
cualquier caso a salvo del daño que su madre pudiera hacerle, se fue a Italia
sin que mediase ningún otro intento por comunicarse con Edith, la cual seguía
sin saber nada del paradero de Walter, ni de lo que hubiese podido sucederle
durante la temporada en que Gissing se dedicó a enseñarle Roma a mi padre. A su
regreso a Inglaterra, Edith seguía sin saber nada de nada. Después, llegó
incluso al extremo de proporcionarle falsas informaciones, con la esperanza de
quebrar su voluntad de resistir, a manera de prolegómeno de la negociación que
iba a reabrir con ella. Todo esto condujo al incidente del ataque que Edith
perpetró contra la dueña de la casa, tan desenvueltamente comentado en la carta
de Gissing a Jane. En cuanto Walter dejó su alojamiento provisional en
Worcestershire y se vio sano y salvo en otra parte, Edith dispuso de la
dirección del hermano de Gissing, al tiempo que se le dijo que tal vez podría encontrar
allí a su hijo. Cuando se presentó en casa de Algernon Gissing, éste le aseguró
que su hijo jamás había estado en su casa, y que él en concreto desconocía
totalmente los movimientos más recientes de su hermano. La trifulca que tuvo
con la dueña de la casa se produjo nada más regresar ella a Londres, perpleja y
agotada, para enterarse de que al bebé y a ella misma se les negaba el albergue
hasta que pudiera presentarse con el alquiler semanal por adelantado. Desde
entonces, la pobre mujer anduvo dando tumbos de pensión en pensión, a cada cual
más cutre, sobreviviendo de cualquier manera gracias al escueto estipendio que
le pasaba Gissing a través de un amigo suyo que era asistente social. Seguía
sin que nadie le hubiese dicho cuál era el paradero de Walter. El chico era
desplazado sin ton ni son, continuamente, so pretexto de que era preciso
protegerlo de los impulsos asesinos de su madre. Todo era de lo más penoso, y a
Hick le resultó imposible predecir que aquello pudiera acabar mínimamente bien.
Mientras Jane y mi padre
digerían toda esta información, Gissing no dejó que la hierba creciera bajo sus
pies. Poco antes de que los dos emprendiesen su infortunada excursión a
Seaford, Gissing había pedido a mi padre que le hiciese un favor[159]: por
lo visto, una francesa lo había abordado para comentarle su ambición de
traducir algunas de sus novelas al francés, así como de ser su agente en
Francia. Alardeaba de tener buenos contactos con algunas editoriales francesas,
y de ella había partido la iniciativa de verlo. Y ahí radicaba el problema: él
no disponía de casa propia a la cual pudiera invitarla. Apreciaría muchísimo
que mi padre tuviese la amabilidad de que los Wells los invitasen a los dos a
almorzar a Heatherlea.
A los Wells les encantó
poder prestar ese servicio a su amigo, y de ese modo apareció en sus vidas
Mlle. Gabrielle Fleury[160]. A mi
padre le encantó el entusiasmo que manifestó ella por la obra de Gissing, que
parecía conocer francamente bien, pero por lo demás no le impresionó en
demasía. Le pareció vulgar, pretenciosa, proclive a ser tímida, parca en
palabras y en sentimientos. Dudó que su posición en el mundo editorial francés
fuese tan destacada como ella se empeñaba en subrayar, y temió que estuviese a
punto de engañar a su
amigo mediante falsas
esperanzas. Cuando se hubo marchado, no esperó volver a tener noticias de ella,
y le sorprendió que su nombre comenzase a figurar, cada vez con mayor
frecuencia y calidez, en las cartas que Gissing le enviaba para animarlo
mientras se prolongaba su convalecencia en New Romney. «Mlle. Fleury
—supo en una de estas misivas —, tiene una mentalidad de una delicadeza
fuera de lo común, pues es emotiva sin caer en sentimentalismos, sensible ante
todos los estímulos del arte, y de una riquísima capacidad de percepción
femenina... Es una de esas francesas excepcionales, de las que coaligan su
finura intelectual con el sentido de lo doméstico precisamente de esa manera
que tan peculiarmente inglesa suele considerarse.»
Cuando Jane leyó a mi padre
estas alabanzas a bombo y platillo en favor de la nueva amiga de Gissing, los
dos se sintieron desazonados. Saltaba a la vista lo que a buen seguro iba a
ocurrir a continuación. Tal y como estaba cantado, antes de que mi padre se
restableciese lo suficiente para dedicarse de lleno a sus asuntos, llegó la
carta que había de llegar. Gissing vivía en el séptimo cielo, ya que había
llegado a un espléndido entendimiento con Mlle. Fleury, de modo que había dado
comienzo a un nuevo capítulo en su vida.
La carta en la que Gissing
comunicó esta noticia a mi padre por desgracia se ha perdido, de manera que no
hay forma de indicar con una mínima exactitud qué fue lo que encendió la
indignación de mi padre[161].
Cuando llegó dicha carta estaba ya mejorado, y en condiciones de llevar su
propia correspondencia por sí solo, de manera que refirió a Gissing qué era lo
que pensaba crudamente, sin rodeos, a vuelta de correo. ¿En qué diablos creía
Gissing que se había metido? ¿Pensaba acaso que podría dar la espalda al
descomunal lío en que estaba metido hasta las orejas? ¿Creía que podría de
hecho recorrer a ritmo de vals un camino de rosas con aquella mujer a la que
apenas conocía? ¿Se había parado a pensar un instante en lo que le iba a costar
el mantenimiento de dos casas? Bastante dificultad tenía entonces en sacar
adelante las cosas tal y como estaban... ¿O no había empezado a colegir
siquiera en qué se estaba metiendo? ¿Qué iba a ser de la desdichada Edith y de
los dos crios cuando él se quedase sin dinero? ¿No era su deber irrenunciable
garantizar su bienestar antes de asumir nuevas responsabilidades?
Gissing le contestó con un
tono de adolorida nobleza que sólo estropea levemente su intento por hacer
prevalecer su mayor edad:
Bien, querido joven, ¡lo
tuyo es una mezcla de candor y de venganza! Pero en el fondo eres demasiado
severo. Mi único error ha sido aguantar demasiado tiempo con una mujer que sólo
me ha utilizado de forma inmisericorde. Es evidente que únicamente lo he hecho
por los niños. Y no te olvides de que, si le diera la oportunidad de salirse
con un divorcio en condiciones (oportunidad que ella no está dispuesta a
aprovechar), tendría que correr el riesgo de quedarme sin la custodia de los
niños. Es con ellos con quienes debo cumplir a rajatabla, y por encima de todo,
mi responsabilidad, y esto es algo que nunca dejaré de aceptar tal cual es...[162]
La exasperación de mi padre
a tenor de la conducta de Gissing no duró demasiado. La total ausencia de
lógica en esta misiva, síntoma del grado de estrés bajo el cual vivía a diario
su amigo, junto con el extraño, desarticulado encanto que seguía teniendo, y
con el patetismo de la ceguera que estaba demostrando padecer en toda esta
insensatez, intervinieron a la hora de apaciguar los ánimos de mi padre. Atrás
quedó el enfado ocurrido entre los dos[163], y se
restableció hasta cierto punto la íntima amistad que se tenían. Con todo, las
cosas habían cambiado. Gissing supo desde entonces que mi padre tenía ideas
propias respecto de su manera de hacer las cosas; Jane y mi padre también
supieron que en lo sucesivo no iban a poder ayudarle. Estaba decidido a
sepultarse bajo toda clase de problemas, decidido a no dejar que nadie le
salvara de sí mismo. A ellos no les sorprendió que su historia amorosa con
Gabrielle no prosperase, ni tampoco que, más adelante, cuando Edith Gissing se
hubo hundido en una depresión que la incapacitaba para la vida normal, cuando
sus dos hijos quedaron al cuidado del padre, no hiciese ni siquiera el menor
esfuerzo por crear una casa para ellos dos. Su reacción ante la noticia de que
su esposa por fin había sido internada en un manicomio fue cuando menos
bastante especial:
No será menester decirte
que, en conjunto, todo esto me parece positivo para la mujer, ya que llevaba
una vida meramente brutal, causando a todos los que tuviesen alguna relación
con ella problemas y contratiempos constantes. Ahora habrá quien cuide de ella
como es debido, con menos gastos que antes por lo que a mí atañe. El pequeño
Alfred... será enviado a una granja de Comualles... A tal respecto, siento un
enorme alivio. Siempre me he considerado culpable por abandonar a ese pobre
hombrecito. Ahora en cambio tendrá la posibilidad de crecer en un entorno sano
y decente. No podría expresarte cuan grande es el alivio que siento. Desde
luego, estoy convencido de que este episodio ya ha empezado a surtir benéficos
efectos en mi salud.[164]
Después de esto, sólo cabe
esperar la noticia de que Gissing estuviese esforzándose al máximo por
establecer alguna clase de alojamiento propio para los dos muchachos. Sin
embargo, Gissing pasó de aquí a decir que Gabrielle y él estaban entonces
pensando en trasladarse desde la Gironde a alguna de las pequeñas poblaciones
vacacionales situadas más allá de Biarritz, en la falda francesa de los
Pirineos. Tenía plena conciencia de que esto supondría no pocos inconvenientes,
pero no pareció caer en la cuenta de que distanciarse más aún de sus hijos
sería uno más de dichos inconvenientes. «Es una seria decisión el instalarme
a vivir tan lejos de Inglaterra -escribió-, donde al fin y al cabo no
podré tener libros a menos que yo mismo los compre.»
Mi padre iba a seguir las
etapas sucesivas de la decadencia en que había entrado la relación
Gissing-Fleury con una afectuosa preocupación, templada únicamente por la
exasperación que le inspiraba. Gabrielle procedía de ese desesperado y más
ínfimo nivel de la pequeña burguesía francesa, dentro de la cual mantener las
apariencias era la razón y el súmum de toda existencia. Su familia insistía, al
igual que incontables millares de familias semejantes, en tener algún
parentesco «semiaristocrático»[165], amén
de disfrutar de muy acomodadas circunstancias[166]. A
ella le encantaba fingir que su padre había sido oficial administrativo de la
Aduana del Puerto de Marsella, dignatario menor de la burocracia local, cuando
lo cierto era que había sido un simple cajero de una empresa privada de
guardamuebles. Al comenzar a mantener relaciones con Gissing, este procer
todavía estaba vivo y coleando, pero se vio obligado a jubilarse
anticipadamente debido a su pésima salud, e iba a fallecer en enero de 1899. La
familia Fleury había seguido capeando el temporal gracias
a sus ahorrillos y a la
escueta mensualidad debida al acuerdo matrimonial que Madame Fleury había
pactado con mano de hierro. Era la clásica situación desaliñada y gentilicia,
que requería a todas horas un riguroso equilibrio entre la ostentación en público
y la parsimonia en privado. En la mesa se servían deliciosas colaciones cuando
acudía algún invitado al que era menester impresionar, pero dentro del orden
habitual de los acontecimientos la familia pespunteaba a diario el borde mismo
de la desnutrición. Gabrielle había sido educada a la sombra de que por fuerza
se tendría que casar con un buen partido, y de que era necesario que esa boda
hiciese el ruido apetecido. Tras una educación escolar dedicada a quedar como
fuese entre las primeras de su clase, había decidido combinar la prudencia con
un medio de satisfacer su deseo de distinción mediante el sencillo sistema de
contraer matrimonio con un hombre de letras destacado que, además, disponía de
un medio de vida. El camino que había emprendido para llegar a tal fin no deja
de ser encantador por lo que tiene de línea recta. Gabrielle había adoptado la
práctica de presentarse sin carabinas de ninguna especie ante los leones
literarios de la época, con la intención manifiesta de pedirles sus autógrafos.
Su persistencia en esta estrategia tan poco convincente para acercarse a las
grandes figuras, durante una dilatada época, a punto estuvo de dar resultados.
Por espacio de unas cuantas y apasionantes semanas, Gabrielle estuvo en
condiciones de creer que había engatusado al obeso, avejentado, pero sin duda
acaudalado Sully Prudhomme. Sin embargo, un exceso de presión por parte de sus
familiares había dado al traste con la aventura, a raíz de que tuvieran
conocimiento de lo penosamente inadecuada que iba a ser la dote de la futura
novia. Ese revés había caído sobre la suerte de Gabrielle cuando tenia
veintinueve años, con lo que tuvo plena constancia de que el tiempo corría ya
en su contra. Y fue entonces cuando se acercó tentativamente a Gissing.
Lo que se produjo a
continuación fue una tragicomedia de equívocos. Gabrielle había creído que
Gissing disfrutaba de una situación social acorde con la que habría tenido un
escritor de semejante talla en los ambientes literarios franceses; él, por su
parte, creyó que ella ocupaba en el orden social de Francia la posición de la
que alardeaba con motivos y sin ellos. Gissing había dado por hecho sobre todo
la concepción que ella tenía de sí misma en tanto miembro aceptado de un
consumado círculo literario. Y es verdad que ella tenía amistades literarias de
cierta condición[167]:
trataba a la anciana Madame Lardin, con setenta y nueve años de edad, cuyo
hermano, Alfred de Musset, llevaba en la tumba cuarenta y dos años; conocía
también a Emma Herwegh, de ochenta años nada menos, viuda del poeta romántico
alemán que había sido una de las figuras emblemáticas y más valerosas de los
heroicos tiempos de 1848, pero que había fallecido hacía nada menos que
veintitrés años. Su ligazón con otro escritor alemán, Sacher-Masoch, existía en
cambio a través de una persona mucho más joven, quien por cierto había escrito
también alguna que otra cosa de su puño y letra. Era una industriosa escritora
de novelas de ínfima categoría, que había cambiado su nombre de pila para
adoptar el de Wanda, por haber llegado a la acertada conclusión de que las
ventas de sus novelitas no saldrían perjudicadas si el público atento la
identificase con la heroína de La Venus de las pieles, novela de su ex
marido.
A Gissing le costó poco más
de año y medio[168] darse
cuenta de cuan cabalmente había sido el engaño en que había caído. Para
entonces había muerto Monsieur Fleury, y Madame Fleury había adoptado el puesto
vacante de inválida de la familia, en una jugada táctica que le permitió, según
el leal entender de Gissing, absorber virtualmente todo el tiempo y todas las
energías de Gabrielle. Le resultó por fin evidente que madre e hija disponían
en conjunto de muy poco dinero, y que tampoco había estado nunca en manos de
Gabrielle el proporcionarle en Francia el reconocimiento social que en
Inglaterra se le había denegado. Se había metido en un callejón sin salida, y
total para nada. También había empezado a percibir que le esperaba por delante
un camino sembrado de poco apetitosas experiencias, algunas veces incluso
humillantes. El as que guardaban los Fleury en la bocamanga era un apartamento
en París, por el que se consideraban con derecho al título de parisinos. Pero
no podían permitirse vivir en dicho apartamento, viéndose obligados a
arrendarlo amueblado y utilizar la renta recibida para rebañar los reducidos
ingresos con que
contaban mensualmente, al
tiempo que representaban la penosa farsa de los propietarios de un inmueble en
diversos lugares vacacionales de tercera clase o en los balnearios de los
atrasados remansos provincianos. Gissing no se había expatriado con objeto de
aprender el arte de beneficiarse de las tarifas de fuera de temporada en
lugares semejantes, pero nunca había sido tampoco uno de esos hombres capaces
de reconocer que han cometido un error, cosa que tampoco iba a hacer entonces.
Llegó a la conclusión de que de nuevo estaba en un aprieto, por la debilidad de
Gabrielle y por la mezquindad de su madre. En su mente comenzó a tomar forma de
nuevo una fantasía en torno a la perversidad de las mujeres. Madame Fleury, por
más que afectase estar forzosamente postrada en cama, seguía llevando con mano
inflexible el presupuesto de la familia. Había empezado a utilizar sus poderes
de fiscalidad para hacer que Gissing muriese de hambre. ¿Cómo podía nadie
esperar de él que escribiese cuando le acuciaba el hambre? Si al menos pudiese
dar comienzo a cada día laborable con un desayuno adecuadamente nutritivo...
Mi padre no había compartido
las experiencias de Gissing en Francia, y cuando su amigo apareció de nuevo por
Inglaterra, con un aspecto demacrado y ojeroso, se dejó convencer fácilmente
por la historia de las penurias que largó a manera de explicación de su
deteriorada apariencia física. El doctor Hick también se preocupó por el
emaciado aspecto de Gissing en cuanto pudo verlo, pero más le preocuparon aún
unas feas erupciones que habían comenzado a aparecerle en la cara. No expuso a
mi padre las verdaderas razones de su preocupación, pero sí le dijo que desde
su punto de vista sería una insensatez que Gissing regresara a Francia, al
menos hasta que hubiese realizado un tratamiento adecuado y hasta que
disfrutara de una temporada de reposo. Hicieron falta los esfuerzos aunados[169] de
Hick, de Jane y de mi padre, así como del respaldo de un especialista fiable
que fue puesto al corriente de la trama, para convencer por fin a Gabrielle, la
cual sólo accedió a viajar a Inglaterra con la condición de que iba a ser una
brevísima visita, de que así eran las cosas y así tenían que ser. A su debido
tiempo, terminó por ceder a la intensa presión que unos y otros acumularon
sobre ella, y regresó sola al continente para cuidar de su madre. Tras pasar
una semana mimado continuamente por Jane en la deslumbrante y modernísima casa
de Sandgate que mi padre había hecho construir de acuerdo con los planos del
cuñado del doctor Hick, un arquitecto exquisitamente dotado y llamado Charles
Voysey, Gissing fue enviado a Norfolk, para que ganara peso de acuerdo con los
expertos de un sanatorio dirigido por una doctora. Allí se le administró lo que
esta mujer denominaba, de una forma que desarbolaba a cualquiera, «su cura de
aire puro y alimentación abusiva», y esperó a que terminase prácticamente atado
de pies y manos. La idea de que la salud de un individuo pueda mejorar
considerablemente mediante un apresurado aumento de peso no es la única que se
deduce de este episodio, de todas las que apuntan a las exageradas diferencias
existentes entre aquella época no tan lejana y la época en que vivimos.
Mientras estuvo bajo el cuidado y las atenciones de esta señora, Gissing se
convenció[170] por fin de que no había
ningún peligro en dormir durante la noche con la ventana abierta de par en
par...
Hasta qué punto estaba
Gissing enfermo en esta tesitura, y a qué se enfrentaba en realidad, fueron en
su momento cuestiones de las que mi padre supo bien poca cosa. Creía, al igual
que la mayor parte de los amigos de Gissing, que era simple cuestión de molestias
pulmonares, frase que por entonces podía denotar cualquier cosa, desde una
propensión a la bronquitis hasta una tuberculosis declarada, si bien en este
caso parecía aludir a esto último. Mi padre dio en pensar que Gissing estaba
tísico, y que había padecido esta dolencia desde que era adolescente, ya que
fue esto lo que le dijo su amigo. Gabrielle Fleury, en cambio, tomó sus
problemas de salud por lo que hoy denominaríamos un desorden psicosomático; lo
consideraba como algo que Gissing había fomentado inconsciente e
insensatamente, como disculpa por sus reiterados fallos de fuerza de voluntad.
Con no poca astucia, había llegado a la conclusión de que el desmoronamiento en
que había terminado por encontrarse era producto de la incertidumbre que lo atenazaba
respecto de cuál podría ser su siguiente movimiento, y que de hecho le había
acaecido estando en Inglaterra, para así poder quedarse durante todo el tiempo
que quisiera, sin verse obligado a tomar una decisión respecto del lugar en el
que iba a vivir, o en compañía de quién, librándose de comprometerse de cara al
futuro inmediato. Gabrielle también había llegado a la conclusión de que el
vínculo que unía a mi padre con el hombre sobre el cual ella no podía aducir
ninguna reclamación legal de peso (pues seguía siendo el marido de Edith, al
menos a ojos de la ley), era muy íntimo, por lo cual más le valdría mantener
con mi padre una relación amistosa en vez de ser su enemiga. Por consiguiente,
mi padre recibió una serie de cartas[171] cuyo
propósito visible era demostrarle que ella era sin lugar a dudas la mujer más
adecuada para Gissing; dijera lo que dijese él sobre los pequeños motivos de
irritación que jalonaban la vida cotidiana que se habían visto obligados a
llevar, debido a las continuadas recaídas de su padre y de su madre, él seguía
ocupando el primer lugar en su esfera afectiva, y siempre podría contar con su
dedicación y su apoyo.
Estas cartas, escritas con
un estilo que reflejaba fielmente la dulzura casi sacarinácea de su manera de
hablar, excesivamente modulada y calculadoramente musical, contribuyeron
notablemente al definitivo endurecimiento de la postura de mi padre en contra
de la pobre Gabrielle. A la postre empezó a sentir verdadero terror ante la
llegada de la pareja; de hecho, con un salvajismo que me cuesta muchísimo
disculpar, la escribió para decirle que con tal de ahorrarse nuevos agravios,
en lo sucesivo dejaría su correspondencia en manos de Jane. Esta maniobra, en
cambio, no le valió para salirse con lo que se propuso. Gabrielle siguió
escribiéndole a través de Jane[172]; había
adivinado, acertadamente, que todo lo que le dijese a Jane sería transmitido a
su marido. Al final, mi padre nunca fue capaz de perdonarla, y no tanto por la
testarudez con que se jactó de que su comprensión para con el amigo de mi padre
era incluso superior a la suya, sino, sobre todo, por haber acertado al pensar
tal cosa. Por entonces, y nada bastó para convencerlo de que pensara lo
contrario, estaba absolutamente seguro de que ninguna mujer habría podido
entender a Gissing mejor que él.
La abnegada Jane, que aún
tenía mucho que aprender acerca de mi padre, estuvo de acuerdo con él sobre
este punto; creo que los dos tuvieron que sentirse muy sorprendidos cuando
Gissing, salvado por fin de la muerte por inanición que le amenazó estando en
manos de Madame Fleury, restablecido e incluso bastante entrado en carnes,
volvió a alejarse de ellos y del doctor Hick, para volver al lado de Gabrielle.
Entre el mes de septiembre de 1901 y diciembre de 1903 solamente lo vieron en
una ocasión. Fue cuando pasaron por París al regresar de unas vacaciones que
pasaron en Italia. A los dos les pareció que Gissing tenía mala pinta, que
estaba inquieto, que a los dos los miró con ojos de callada interpelación, como
si se arrepintiese del error cometido. A los Wells les iban las cosas sobre
ruedas y estaban disfrutando plenamente de la vida, mientras era evidente que
Gissing se hallaba en la situación opuesta. Entre ellos comenzó a abrirse un
abismo. Las cartas de Gissing empezaron a expresar que estaba cada vez más en
guardia, más constreñido; mi padre, por su parte, había comenzado a preguntarse
cómo era posible que alguna vez hubiese albergado tan calurosos sentimientos
por un hombre que de veras había llegado a creer que era necesario dar
respuesta a la presunción de que Bacon había sido quien escribió las piezas de
Shakespeare, o que había empezado a describir el pasmoso Sartor Resartus de
Carlyle como uno de los libros más importantes del siglo pasado, y que, para
colmo de males, hablaba de Ruskin, nada menos que de John Ruskin, tildándole de
«el último de los hombres auténticamente grandes que ha dado Inglaterra».
Efectivamente iban
distanciándose a ojos vista, lo cual podría ser sobrada explicación del
enfriamiento de sus relaciones. Mi padre había progresado, dejando atrás la
alegría que presidía el reducido círculo de los omáricos, dentro del cual se
habían conocido los dos, para convertirse ya en el hombre que iba a ser más
adelante. El libro que había publicado en 1901 con el título de Anticipations
o, por reproducir su título completo, muy wellsiano por cierto, Anticipations
of the Reaction of Mechanical and Scientific Progress upon Human Life and
Thought (Anticipaciones sobre la reacción del progreso mecánico y científico
en la vida y el pensamiento de los hombres), había sido tomado muy en
serio, y personas tan dispares como Winston Churchill, Beatrice Webb y Sidney
Webb le escribieron para comentarle las cuestiones que su ensayo había
suscitado en ellos, abriendo así relaciones con él y reconociéndole una reputación
manifiesta y considerable. Este éxito hizo de mi padre un hombre de pro, muy
respetado, cuya trayectoria iba a seguir en alza al menos durante una buena
temporada; por si fuera poco, este éxito terminó por distanciarlo de su
arrinconado y desesperado amigo, el cual se había quedado obviamente
encasquillado en el siglo anterior. En su planteamiento formal de la novela, en
su estilo, en sus hábitos de pensamiento, e incluso en su aspecto personal,
Gissing había empezado a quedarse viejo, por no decir que había empezado a
envejecer penosamente. No era tanto que diese la impresión de ser un escritor anticuado,
sino que empezó a parecer un perdedor corriente y moliente, un hombre
literalmente acabado. Entonces, y esto aún separó más a los dos viejos amigos,
durante estos años Jane dio dos hijos a mi padre, el cual atravesó por una
etapa de aguda crisis de desarrollo que le causó sin duda grandes problemas.
La crisis fue desencadenada
en su origen por una carta que le escribió su primera esposa en junio de 1898.
Era en realidad una solicitud de ayuda. Decía hallarse en el aprieto que todos
los granjeros que se han dedicado a la pollería y que no han tenido éxito
consideran la raíz de todos sus problemas, a saber, la falta de capital para
invertir en su negocio. Le suplicaba que le prestase la módica cantidad que
necesitaba, doscientas libras serían más que suficientes para que pudiera
mantener en marcha su negocio y salvar el escollo en que se hallaba de manera
provechosa. La carta de Isabel pulsó algún acorde en su ser, y en cuanto le fue
posible montó en bicicleta y se fue a pasar el día con ella, en el terrenito
que tenía en Twyford, condado de Berkshire. Su versión de lo ocurrido a su
llegada, escrito casi treinta y cinco años después, constituye uno de los
episodios más conmovedores en su Experimento autobiográfico, si bien,
por más emotivo que me parezca, no puedo estar ni mucho menos seguro de que
mantenga una relación muy estrecha con la realidad de la experiencia. No pongo
en duda que en efecto marchase a pasar un día con su ex mujer después de haber
leído la carta de ésta, ni tampoco que lo turbase descubrir que ella aún le
atraía físicamente en cuanto la vio, pero me resulta en cambio imposible creer
que intentase persuadirla durante esa visita para que aceptase sin más
convertirse en su amante, o que ella rechazase la proposición con la amabilidad
marcadamente maternal que él sugiere. El encuentro y la despedida que describe
encajan demasiado oportunamente en la vena fantástica que recorre sus ficciones
menos admirables, tanto que me parecen poco verosímiles. Sospecho en cambio que
algo mucho más cercano a la verdad es lo que puede encontrarse en La
historia del señor Polh, novela escrita diez años después de ocurrido este
suceso y publicada en 1910. En sus pasajes más relevantes, un hombre que
resulta muy similar a mi padre, física y espiritualmente, aparece en plena
inspección del teatro que componen los desordenados esfuerzos de su ex mujer
por sacar adelante un salón de té y ganarse la vida con tan loable actividad.
Viéndose en el lugar primero, y después ante la mujer en sí, siente un inmenso
alivio al verse libre de las chapuzas, las inepcias y las pequeneces que habían
dado a su vida en común un característico aroma. Comoquiera que mi padre había
intentado confeccionar una comedia de trazos gruesos cuando escribió este
volumen, dejó al margen la parte esencial de la experiencia en esta versión: no
tenía ningún sentido, en términos narrativos, perturbar la estabilidad del tal
señor Polly mediante la puñalada en la espalda que habría supuesto la punzada
de deseo carnal por su abandonada mujer, tal y como la sintió en la vida real.
Ahora bien, sentir efectivamente ese deseo por Isabel en aquel momento fue lo
que más duramente le golpeó en aquella época, y fue lo que iba a seguir
sintiendo cuando redactase la versión revisada del suceso, a la vez más honesta
y más mentirosa, que figura en la autobiografía. Tengo para mí que el súbito e
impulsivo sentimiento por Isabel, tan inadecuado en aquel momento, dejó una
huella muy duradera en la imaginación de mi padre, ya que retomó la lección que
había aprendido mediante su primera infidelidad, su fugaz apareamiento con la
joven que retocaba negativos fotográficos, llevándola un paso más allá. Fue
como si se hubiese sorprendido con las manos en la masa cuando estuviese
llevando a cabo un final alternativo a El amor y el señor Lewisham, un
final en el cual el héroe, tras escaparse gracias a sus denodados esfuerzos del
penoso compromiso matrimonial en que se encuentra atrapado, tras haberse casado
en cambio con la mujer de carácter y de ingenio que con tanta claridad iba a
ser su media naranja, se viese contrariamente impulsado por un factor
inexplicable, de naturaleza animal, a volver a los brazos de la otra mujer, la
que no tenía más que una indudable capacidad de respuesta sexual por todo
mérito. Su descubrimiento, pues no puede calificarse de otra manera, de que el
carrito lleno de manzanas en el que con tanto éxito iba dando tumbos con Jane
bien podría volcar en el momento menos pensado, en cuanto tropezase con una
mujer accesible y que concordase físicamente con él, fue gran motivo de alarma.
Creía haber escapado definitivamente de todo esto cuando rompió relaciones con
aquella Isabel plácida e incapaz de responder sexualmente a sus necesidades que
conoció muy al principio. La perturbación que le produjo comprobar que dicha
huida no se había producido, y que seguía siendo tan vulnerable como siempre,
desempeñó un papel nada desdeñable en el hundimiento que lo llevó a refugiarse
y reposar durante aquel mes de agosto en casa de Hick, así como también en la
ignición de su explosiva reacción cuando Gissing desveló ingenuamente sus
planes para dejar en la cuneta a Edith Underwood e irse a vivir con Gabrielle
Fleury.
El lector habrá tenido
ocasión de notar que una de las objeciones que más resueltamente puso mi padre
a ese plan fue que ignoraba con demasiada despreocupación las necesarias
provisiones para el bienestar de los dos hijos de Gissing, ya que evidentemente
no iban a encontrar un sitio adecuado en casa de los Fleury. Me parece
asombroso que mi padre se hubiese hecho construir una casa, y que además
formase en efecto una familia tan rápidamente como lo hizo, nada más haber
descubierto que su fuerte tendencia al galanteo no había disminuido ni un
ápice, casi a la vez que se produjo la fuga de Gissing. El arquitecto que
escogió para que diseñara su casa era un hombre que en sus construcciones
buscaba sin disimulos lograr una impresión de solidez y de peso, hasta en sus
casas más pequeñas; me da la impresión de que esa elección debe de ser un eco
de la remota intuición que en lo más recóndito de su mente había tenido
respecto de la estrategia de anclarse, junto con su matrimonio y su incipiente
familia, firmemente al suelo. Aun cuando no tuviese plena consciencia de esto,
con la construcción de la casa y la formación de su familia sí comenzó a crear
una situación que suprimiese de su mente la posibilidad de tomar el portante y
largarse con la primera que encontrase, una situación que a Jane le
imposibilitara seguir el ejemplo de Isabel, es decir, darle a él la orden de
marchar en caso de crisis. La enorme necesidad que tenía de establecer este
anclaje queda inmediatamente demostrada por medio de su respuesta ante el desafío
de la paternidad. Casi en cuanto nació su primogénito, George Philip, el 17 de
julio de 1901, salió disparado en su bicicleta. Iba a pasar dos meses lejos de
la casa; durante las primeras semanas de este amago de huida, Jane no tuvo ni
la menor noticia de su paradero, ni supo tampoco qué se había propuesto con tal
ausencia.
En la fase inicial de su
reaparición[173], mi padre se mantuvo en
contacto con Jane, intermitentemente y de forma imprevisible, por teléfono y
por carta; a pesar de estos contactos esporádicos, ella siguió siendo
desconocedora de los planes que pudiera tener él, y tampoco tuvo la
tranquilidad de verlo en persona, hasta que apareció de nuevo por Ramsgate, ya
en la segunda quincena de septiembre. Sigue sin estar ni mucho menos claro por
dónde anduvo y qué hizo. Muy al principio de su desaparición pasó unos días con
sus padres en la casita que les había comprado tiempo atrás en Liss, pero ahí
desaparece su rastro. Se diría que pedaleó y pedaleó sin plan preconcebido, a
su antojo, como si fuese un niño en el trance de ver hecho realidad el sueño de
libertad que trae consigo la entrada en la edad adulta. El período durante el
cual Jane tuvo que esperar a que reapareciese debió de ser una dura prueba para
la fidelidad infinita de su esposa, que soportó bien la tensión. Tan pronto
tuvo una dirección a la que pudo escribirle, le hizo saber que no estaba dolida
ni enojada, que se echaba toda la culpa por haberle obligado a marcharse al ser
excesivamente posesiva, que quería que supiera que en el fondo entendía cuáles
eran sus necesidades, que debía él darse cuenta de que siempre dispondría de
entera libertad para ir y venir como le diese la gana, que por estar casado con
ella no debía pensar que estaba además atado al cordel de su delantal.
Tiene indudable interés el
lenguaje en el que va despachada esta declaración de principios ciertamente
crucial. Desde una etapa muy temprana en sus relaciones, Jane y mi padre habían
realizado todas sus confidencias mutuas y sus comunicados más íntimos en un
lenguaje privado, una especie de chachara infantiloide que bien podrían haber
inventado para manifestar expresamente el propósito de descartar toda
posibilidad de incurrir inadvertidamente en un tono que denotase importancia o
madurez. Los intercambios más antiguos en los que se utilizó este lenguaje
hacen pensar en dos niños que estuviesen jugando a papas y a mamas, si bien sus
usos posteriores, que comienzan a partir de este punto, a partir de algo que
ambos tuvieron que reconocer seguramente como un momento que revistió la
naturaleza de la verdad, hacen pensar más bien en un intercambio entre madre e
hijo. Por fin ha sucedido algo realmente serio, aunque Jane le garantice, muy
en su papel de madre, que no ha cambiado nada, y que, pase lo que pase, ella
siempre lo querrá y siempre estará a su lado, dispuesta a tomar parte en todos
los juegos que él requiera su participación. Para demostrarlo, se lo dice con
el lenguaje ya establecido de sus juegos más felices. Aunque él haya pasado a
ser el papaíto de tumo, podrá seguir siendo el compañero de juegos de ella
durante todo el tiempo que lo desee.
Durante el año siguiente,
período en el cual mi padre no tuvo ninguna certeza respecto de lo que Jane
pudiera haberle ofrecido en tan destacada carta, escribió el menos wellsiano de
todos sus libros, The Sea Lady (La dama del mar). Comienza en tono de
comedia, como un chiste basado en la idea de que tendría gracia saber qué
pensarían las sirenas y los sirenos más perspicaces de los asuntos de los
hombres, caso de que efectivamente existieran tales seres y caso de que
tuviesen inteligencia superior. Los capítulos iniciales del libro son de tono
ligero y animado; en ellos, una figura extremadamente mundana y sobradamente
establecida, un frío y experto conocedor de los juegos propios del sistema
parlamentario británico, aparece en el dificilísimo brete de tener que hacer
sitio dentro de su ordenada vida de convenciones e hipocresías a una auténtica
sirena con cola de pez. Al final, sin embargo, esta comedia de costumbres se
convierte, en manos de mi padre, en algo curiosamente tenso y obsesivo. El
mortal zalamero del protagonista no es la pareja adecuada para la sirena, que
tiene la magia de su parte, aparte de ser inmortal y naturalmente de sangre
fría. Ella le persuade de que es la encamación de una sensualidad capaz de
enriquecer la vida en todas sus facetas, y tras haberlo hecho adepto de esta
concepción, según la cual la plenitud sexual ha de ser prioritaria y previa a
todo lo que él ha valorado a lo largo de una vida de cálculos, lo arrastra a
las profundidades del océano, en donde no le queda más que perecer ahogado.
Sospecho, y no puedo fingir que se trate más que de una sospecha, que mi padre
escribió este libro para sacarse de dentro algo que no había sido capaz de
reconocer a solas ni de discutir con Jane durante la negociación sobre su
tratado de convivencia. Lo que se le había otorgado era el derecho a gozar de
todas las aventuras sexuales que quisiera, siempre y cuando el amor quedase
explícitamente al margen de todas ellas. Este acuerdo podría adecuarse a sus
aspiraciones y podría adecuarse a la tolerancia de Jane, pero quizá encerrase
costes imprevistos por estar ocultos.
Una vez terminado La dama
del mar y cerrado el trato en su forma definitiva, Jane quedó embarazada
por segunda vez. La reacción de mi padre ante esta novedad no fue tan extrema
como cuando hubo de hacer frente a la primera prueba de su recién estrenada
paternidad. No obstante, cuando Jane estaba en el séptimo mes de gestación él
hubo de guardar cama debido a uno de los abnimadores desmoronamientos físicos
que habían sido su respuesta acostumbrada ante la tensión acumulada, ya desde
sus años de juventud. Recuperado por fin de este hundimiento, dejó que Jane
esperase a solas el momento del parto y se marchó al extranjero a recuperarse.
Estuvo ausente, en los Alpes suizos con su amigo Graham Wallas, durante todo el
octavo mes de embarazo de su mujer.
En el Jura[174], mi
padre se comportó como un muchacho que acabase de encontrarse inesperadamente
con unas vacaciones escolares. Retozó y correteó sin cesar, y pronto se granjeó
una pese a todo impresionante reprimenda por parte de Wallas, por el hecho de
probar suerte demasiado abiertamente, demasiado ansiosamente, con diversas
jovencitas con las que toparon a lo largo de su periplo. Wallas le hizo saber
que, en su opinión, le parecía un momento en modo alguno oportuno para que mi
padre se complicase la existencia con nuevas amistades femeninas; le comunicó
que tenía verdaderas dificultades a la hora de entenderle, cuando él contestó
que no se trataba de ninguna complicación, y que lo único que tenía en mente
era acostarse con todas las jóvenes atractivas que le hubiesen dado muestra de
que estaban inequívocamente dispuestas a pasar un buen rato si ésa era su
apetencia; todas ellas tenían tan claro como él mismo que no se trataba de nada
serio, y que con toda probabilidad jamás volverían a encontrarse después de
haberse corrido una pequeña juerga entre los dos y de haberse despedido. Ésa
era sin duda la cuestión: que todas aquellas aventuras de camino ocurrieran
durante sus ratos libres, sin figurar en los anales, sin tenerlas en cuenta
después. ¿Qué perjuicio podía haber en tal divertimento? ¿No era eso una de las
cosas más naturales cuando uno es joven, feliz, y está además de vacaciones?
Wallas comentó que, cuando
menos, todo eso no era en modo alguno justo para Jane, ya que se trataba de
hacer a sus espaldas cosas que él no podría hacer en presencia de su mujer;
tras exponer sus objeciones, no se dejó convencer cuando mi padre insistió en
que tampoco era injusto que él disfrutase de un revolcón con una chica guapa
cuando estaba lejos de casa, o que al menos no era más injusto que el hecho de
que se regalase un buen almuerzo,
de que fuese a un concierto,
de que disfrutase de un espléndido paisaje con otra mujer, siempre y cuando la
suya propia no pudiera estar con él. Wallas contraatacó diciendo que, en su
opinión, a Jane no le agradaría tener noticia de todo ello, y se mostró
incrédulo cuando mi padre le dijo que él no tenía ni un solo secreto para con
ella. Cuando le fueron explicados los términos del acuerdo al que habían
llegado, Wallas comentó que le interesaba sobremanera tener conocimiento de que
una pareja como ellos dos había llegado tan lejos en la práctica, y no ya sólo
en la teoría, pero siguió advirtiendo a mi padre de que, según su leal saber y
entender, no le iba a resultar nada fácil combinar los papeles del
paterfamilias y del libertino; iba a ser, en realidad, mucho más complicado de
lo que él se esperaba. Los dos siguieron siendo buenos amigos al término del
viaje, e iban a mantener su amistad hasta la muerte de Wallas, acaecida en
1932. No pretendo dar a entender que Wallas, hombre por cierto de muy aguda inteligencia,
se tragase entera la historia que le contó mi padre: su actitud fue más bien la
de un afectuoso observador que supervisara la conducta de Wells, pues no en
vano sentía un genuino afecto por él, aun cuando centrase su atención en la
cuestión de los problemas con los que a renglón seguido iba a encontrarse su
queridísimo amigo.
Mi padre regresó del Jura
apaciguado, como nuevo. No se dio a la fuga cuando su segundo hijo vino a este
mundo el 31 de octubre; cuando llegaron las vacaciones de Navidad, daba la
impresión de que ya había pasado de largo la ocasión de repetir algo semejante
a la súbita incontinencia emocional postparto que había tenido en 1901. Las
tensiones interiores generadas por el alumbramiento, sin embargo, estaban aún
por desatarse, y cuando le llegó un telegrama de Gabrielle Fleury el 22 de
diciembre[175], el precario equilibrio
en que se hallaba saltó de inmediato por los aires. El mensaje que había
recibido fue producto de la desesperación, ya que Gabrielle se había encontrado
en medio de una situación con la cual le fue totalmente imposible seguir
adelante. No lo dijo con tanto lujo de palabras, pero en su mensaje fue bien
sencillo leer lo que había ocurrido. El telegrama se limitaba a decir que Gissing
estaba in extremis, y que mi padre debería acudir a su lado cuanto antes si es
que aún deseaba verlo con vida. Había sido remitido en una oficina de correos
de St. Jean Pied-de-Port, cerca de Biarritz, aquella misma mañana. Mientras
estaba aún preguntándose qué debería hacer, habida cuenta de las
circunstancias, recordó a Morley Roberts, compañero del círculo omárico que
había sido amigo de Gissing desde sus tiempos de estudiante, y se puso en
contacto con él. Roberts había recibido un mensaje similar, pero por el momento
no podía hacer nada al respecto, ya que estaba guardando cama, recuperándose de
un acceso de fiebre gripal, y en el mejor de los casos habrían de pasar otras
cuarenta y ocho horas antes de que pudiera afrontar el largo viaje necesario
para llegarse al sur de Francia.
Mi padre tomó la decisión de
que no tenía otra alternativa, salvo ir en persona a rescatar a Gabrielle, y en
consecuencia dejó a su familia y partió de Inglaterra el 24 de diciembre por la
mañana. Llegó a su destino mediada la tarde del 25, y allí descubrió que
Gabrielle no había exagerado ni un ápice la situación: cuatro días antes habían
dado los médicos por perdidas todas las esperanzas de que Gissing se recobrase.
Su amigo tenía una fiebre altísima, padecía
alucinaciones y era
imposible comunicarse con él. Hablaba sin cesar, pero sin la menor coherencia;
su flujo verbal tenía que ver en parte con fantasías de remotísimas
implicaciones basadas en los materiales de que había hecho acopio para su
utilización en una novela histórica, y en parte con una renovación de sus
antiguos sueños de escapar del régimen de miseria y tacañería de Gabrielle para
regresar a una Inglaterra de plenitud dickensiana, en la que abundarían los
enormes pasteles de carne y de riñon, las croquetas, los platos repletos de
tostadas con mantequilla.
La propia Gabrielle estaba
en pésimas condiciones. Se había dedicado a cuidar personalmente de Gissing
para ahorrar los gastos que habría supuesto una enfermera profesional, pero no
había calculado bien su capacidad de resistencia. Pensaba que ya había aprendido
cuanto necesitaba saber acerca de los enfermos postrados en sus lechos mientras
se moría poco a poco su padre y mientras se dedicó a cuidar a su quejumbrosa
madre. Pero Gissing en cambio se murió dando guerra, planteando constantes e
irrenunciables exigencias a quien lo estuviese cuidando. No dejó que la vida se
le fuese a cada latido, sino que luchó a pulso contra la muerte, cediendo de
mala gana, resistiéndose, cada pulgada de terreno. Antes de que llegara mi
padre había agotado la resistencia de Gabrielle, la cual había perdido todo
contacto con la realidad de su propia situación. Tenía por encima de todo la
conciencia de haber realizado grandes sacrificios, de haber pasado por enormes
sufrimientos. Se comportaba como si el destino la hubiese maltratado, y no fue
poco lo que ella misma exigió de la simpatía de mi padre, por no hablar de lo
que había exigido de la simpatía del moribundo.
Mi padre quedó agotado al
término de su viaje, desazonado por el estado en que encontró a su amigo. No
había tenido ninguna experiencia previa de la demencia, y le estremecieron las
peroratas del enfermo, en las que parecía haber encerrado algún significado,
aun cuando no fuera así. Estaba también fastidiado, pues una voz interior le
indicaba por entonces, cada vez con mayor insistencia, que había cometido una
enorme estupidez al hacer el viaje. Tendría que haberse dado cuenta de que él
no habría podido hacer nada por su amigo. El único cometido que podía realizar
era uno por el que no sentía la menor inclinación: podría haber hecho algo por
Gabrielle, haber hecho que la espera hasta que se produjese la muerte de
Gissing le resultase más fácil de sobrellevar. Pero el modo en que ella parecía
exigir a toda costa la posición central en el escenario a mi padre le puso de
los nervios, exasperándole. Gabrielle se comportaba como si el pobre
desahuciado ya estuviese muerto. Era intolerable. Mi padre aunó fuerzas con
ella en su rechazo de la realidad de la situación y decidió luchar con todas
sus fuerzas. Asumió el mando de la habitación en la que se encontraba el
enfermo, cámara mortuoria de la que expulsó sin contemplaciones a la futura
viuda, sobre la base de que necesitaba dormir y reponerse, y puso todo del
revés. Se trajo una monja de una orden dedicada al cuidado de los enfermos para
que cuidase debidamente a Gissing, hasta que llegase desde Inglaterra una
enfermera profesional y cualificada a la que había telegrafiado; decidido a
hacer algo positivo en el ínterin, se arriesgó a invertir del todo las
instrucciones relativas a la dieta del enfermo que había dejado el médico
francés encargado de su caso, y así dispuso que el moribundo ingiriese tazones
de caldo y grandes cantidades de leche sin desnatar. Esta novedad alimenticia
bien pronto surtió efecto: a Gissing se le disparó la fiebre. Se desató un
altercado en el curso del cual Gabrielle juró y perjuró que el iracundo médico
francés ya le había avisado de que esta alimentación excesiva iba a resultar
fatal, terminando probablemente con las últimas posibilidades de recuperación
que le quedaran a Gissing.
Mientras los dos rivales que
se disputaban su afecto se musitaban tensas imprecaciones el uno al otro, en
susurros, Gissing contemplaba algún paisaje más allá del techo, los ornamentos
góticos de Rávena quizá, al tiempo que conversaba con los más notables
ciudadanos de entonces.
Mi padre perdió los
estribos. Se sintió tremendamente solo, incapaz de entender nada, aterrado.
Bien podría ser, desde luego, que hubiese cometido un error garrafal al
modificar la dieta de Gissing. Ciertamente, no tenía grandes conocimientos de
medicina. ¿Qué demonios estaba haciendo en aquel rincón perdido del sur de
Francia, liado en una pendencia venenosa con una mujer frenética y desdichada?
El 26 de diciembre llegó repentinamente a la conclusión de que había tenido más
que suficiente, y envió a Morley Roberts un telegrama en el que le decía que se
veía obligado a volver al día siguiente. Abandonó la penosa escena el día 27,
aun sin haber recibido respuesta a su telegrama. Roberts emprendió viaje ese
mismo día, pasó la noche en Bayona y llegó a St. Jean Pied-de-Port por la tarde
del 28, para enterarse entonces de que Gissing había muerto aquella misma
mañana.
Mi padre supo de sobra que
no estuvo en esta ocasión a la altura de las circunstancias, que había obrado
francamente mal, como bien pone de manifiesto el uso que hace de este episodio
en Tono-Bungay. En esta novela, publicada cinco años después del
acontecimiento, el tío Ponderevo sufre una muerte idéntica a la de Gissing[176]
exactamente en el mismo lugar en que acaeció. Mi padre, presente en la persona
del narrador, se conduce esta vez perfectamente. Organiza todo lo relativo a la
habitación del moribundo, su tío, con frialdad y eficacia, y se queda con él,
como pilar de apoyo en sus últimas horas, dándole consuelo hasta el momento en
que expira.
Sin embargo, a la postre
iban a tener sobre mi padre un efecto mucho más profundo las secuelas de la
muerte de Gissing, y no tanto la forma en que se produjo. Poco después de
regresar a Londres, muy a primeros de año, a mi padre lo abordó Edmund Gosse, necesitado
como estaba de obtener ciertas informaciones sobre los secretos de la vida
privada de Gissing. En calidad de Bibliotecario de la Cámara de los Lores,
Gosse tenía el deber de mediar entre el gabinete de Gobierno y el mundo del
arte y la cultura; una de sus funciones era aconsejar al primer ministro sobre
quiénes eran acreedores y quiénes no a gozar de una ayuda del Royal Literary
Fund, fundación que consagraba su existencia al objetivo de conceder ayudas a
los artistas y escritores, e incluso a las familias de éstos, cuando se
encontrasen en una difícil situación económica v fuesen merecedores de ello. A
Gosse le había llegado la noticia de que Gissing había dejado mujer y dos hijos
virtualmente en la miseria. La herencia del difunto, tal y como había podido
averiguar, consistía en poco más que un reducido interés sobre royalties de sus
obras, de muy poco valor; además, aun cuando pareciese un caso en el que la
fundación obligatoriamente debería intervenir, quería cerciorarse de que no
había en la relación ni el menor ápice de escándalo, puesto que la fundación no
debía bajo ningún concepto intervenir en situaciones surgidas de los vicios
comunes en la época, o incluso de una conducta marcadamente bohemia. ¿Había
obrado Gissing rectamente?
Mi padre contestó a Gosse a
vuelta de correo[177],
empezando por decirle que Gissing había sido «un hombre sumamente entrañable y
decente», y siguió ocupándose de algunas de las consecuencias del desastroso
error de juicio que había dado por resultado su matrimonio con Edith Underwood.
Terminaba su carta con la observación de que. según su entender, el mejor
argumento que podría esgrimir Gosse en su charla sobre este respecto con el
primer ministro, Arthur Balfour, que no en vano era un hombre extremadamente
comprensivo, había de ser referirle los hechos tal cual habían sido. Y
ciertamente habría sido lo más adecuado que mi padre pudo decir, en el supuesto
de que todo lo que Gissing le había dicho acerca de su persona fuese verdad;
sin embargo, a lo largo del año y medio siguiente a este intercambio de pareceres
con Gosse, iba a darse cuenta de que muy poco de lo que había podido saber
correspondía a la verdad de los hechos, mientras que buena parte de lo que sí
era verdad había sido a su vez sustancial o incluso totalmente desfigurado.
Mi padre halló la luz sobre
este asunto gracias al remordimiento. Deseaba hacer un acto de atrición por
haberle fallado a Gissing en su última hora; le pareció que algo avanzaría en
ese sentido si se ofreciera voluntario como albacea literario para administrar
la herencia del difunto. Una vez en ese puesto, propuso la publicación
inmediata de la novela histórica inconclusa que Gissing había dejado encima de
su mesa de trabajo, acompañada por una introducción que él mismo se encargaría
de redactar. En ella incluiría un breve esbozo biográfico y una valoración
crítica de la totalidad de la obra de Gissing, haciendo especial hincapié en
los méritos de sus primeras novelas, la mayor parte de las cuales se hallaban
agotadas por la desidia de los editores. Mi padre confió en lograr, mediante
esta estrategia, un relanzamiento que sirviese para aumentar el valor de los
royalties de sus obras. Antes de ponerse manos a la obra, recibió una carta en
tono de chanza, escrita por Frederic Harrison, que comenzaba diciéndole[178]
agoreramente que posiblemente fuese él la única persona viva que conocía como
la palma de su mano la verdadera historia de Gissing; tras haber apuntado
alguna que otra pesadilla en este sentido, proseguía trazando un retrato de
Gissing totalmente en discordancia con todo lo que de él había visto mi padre.
Imbuido por la natural curiosidad y no sin cierta aprensión, pues no en vano
Harrison se había empeñado en manifestarle cuánta alegría le producía que dicha
historia jamás llegara a contarse, mi padre indagó esta cuestión, hasta
conseguir a la sazón que su informador le refiriese todo lo que deseaba que
jamás llegara a ponerse por escrito.
Harrison, nacido en 1831,
era la quintaesencia del Victoriano tipo: era jurista, había fundado y dirigido
la Positivist Review, y se había erigido en un destacado radical y en un
prolífico autor después de cumplir los cincuenta años de edad, amén de funcionar
como eficaz líder de la oposición contra la guerra de Sudáfrica ya con más de
sesenta años cumplidos. Durante toda su larga vida había ejercido una absoluta
corrección en el terreno profesional. Cuando relató a mi padre todo lo que
sabía de los años de juventud de Gissing, aún seguía publicando, a sus setenta
y tres años de edad, un libro al año, y era casi tan formidable como siempre
había sido. Sólo entonces empezaba a tomarse un tanto arisco e intransigente.
Al principio había apreciado mucho a Gissing, le dijo; había confiado
enteramente en él, porque le había parecido un hombre honrado a carta cabal. Se
habían conocido en 1880, pues el por entonces joven Gissing, a sus veintitrés
años de edad, le había enviado un ejemplar de su primera novela, Workers in the
Dawn (Trabajadores de madrugada), con la esperanza de que él hiciese una
reseña. A Harrison le había impresionado el libro, aun cuando no hubiese
disfrutado con su lectura; tampoco le había sido posible estar de acuerdo con
las ideas que se expresaban en la novela. Estuvo convencido entonces de que
Gissing era un escritor que merecía su apoyo, su aliento, pero a la vez no se
sintió inclinado a publicar una reseña favorable a la novela, ni tampoco a
comunicarle que le había gustado. Pensó que debía dar a Gissing una explicación
muy precisa de su actitud; en consecuencia, le invitó a su propia casa. Al
presentarse Gissing con un desaliñado atuendo, manifiestamente pobre de
solemnidad, decidió sobre la marcha que era necesario tomar medidas de urgencia.
Antes de permitir que Gissing se marchara de su casa, Harrison lo contrató como
tutor de sus dos hijos. Gissing les cayó muy bien a los adolescentes, y a la
señora Harrison, por no hablar del propio Harrison; no tardó en hacerse amigo
de la familia, dado a pasar con tan placentera gente mucho más tiempo del que
su trabajo exigía. Todo iba como la seda hasta que, un buen día, el azar llevó
a la casa a un joven que había sido compañero de estudios de Gissing cinco años
atrás, cuando asistían los dos a clase en Owens College,
en Manchester. El recién llegado reconoció de inmediato a Gissing; a la primera
ocasión que tuvo, refirió a su anfitrión que el hombre al que había contratado
como tutor de sus hijos tenía antecedentes penales. Mientras cursaba estudios
en la universidad, Gissing había sido sorprendido robando dinero a sus
compañeros, por lo que fue llevado ajuicio y sentenciado a cumplir una condena
en la cárcel, como un vulgar ladrón.
Harrison prguntó entonces a
Gissing si semejante historia podía de hecho ser verdad; al enterarse de que sí
lo era, prosiguió inquiriendo cómo era posible que hubiese llegado a cometer
semejante estupidez. Gissing le contó entonces una historia romántica,
insostenible. Cuando tenía diecisiete años, dijo, se había enamorado de una
muchacha de su misma edad, muy ligera de cascos, que había consentido en hablar
con él en plena calle. No le costó demasiado darse cuenta de que aquélla no era
la primera aventura de la joven, la cual se había adentrado con toda inocencia
por un territorio que sólo podría terminar en una inapelable dedicación a la
prostitución, a menos que alguien se ocupase de ella. Ella le había gustado
mucho, tanto que la perspectiva no le pareció en principio tolerable, con lo
que decidió intentar su salvación por el método de tomarla a su cargo y
procurarle manutención; no se percató, ya fuese por falta de ingenio o de
experiencia, de que la paga que le pasaba su madre, viuda, por generosa que
resultara en comparación con las necesidades de un estudiante soltero que vivía
por su cuenta, de poco o nada le habría servido para mantener a una pareja,
especialmente tratándose de una pareja aficionada a la bebida y a pasarlo en
grande. Hasta bien avanzado el día no se dio cuenta de que a la joven le
gustaba la bebida más incluso de lo que le gustaban los hombres, y cuando se
percató de este crucial detalle estaba ya metido en un buen lío, pues el amor
había hecho su entrada en escena. Se negó en redondo a afrontar la verdad en lo
tocante a la joven o a la situación en que se hallaba; no quiso tampoco
reconocer que no tenía la fuerza de voluntad suficiente para romper con ella.
Hizo todo lo que pudo por fingir que las cosas podrían arreglarse siempre y
cuando pudiera, de la manera que fuese, mantenerse así durante unos meses, o al
menos durante unas cuantas semanas. Sometido a tan patética ilusión, recurrió
al desesperado hábito del robo. Empezó por hurtar todo aquello que pudiera
empeñar, todo lo que encontrase al azar por la universidad, todo lo que pareciera
no tener dueño, y terminó por buscar en los bolsillos de las ropas que los
estudiantes dejaban en el vestuario, con la esperanza de encontrar dinero. Las
autoridades universitarias pronto tuvieron conocimiento de que había un
ladronzuelo operando por el lugar; la policía montó una trampa obedeciendo a la
solicitud de las autoridades y Gissing fue capturado. Aunque careciera entonces
de antecedentes, los magistrados ante quienes hubo de solicitar clemencia se
mostraron inflexibles, y fue condenado a un mes de trabajos forzosos. Cumplida
su condena, el padre del doctor Hick lo encontró trabajando como empleado en
una oficina de Liverpool, trabajo que no le gustó, con lo cual decidió
renunciar bien pronto, para marcharse a probar suerte a los Estados Unidos.
Tampoco le sonrió la fortuna, y al cabo de ocho meses de nadar contra comente
pidió prestado a su hermano Algernon el dinero para pagarse el billete de
vuelta. En realidad quiso volver al lado de aquella joven, por no ser capaz de
soportar la idea de lo que podría haberle ocurrido. La buscó por todas partes
hasta encontrarla y casarse con ella.
Gissing había sido de todo
punto insincero en su versión de los acontecimientos sucesivos. Dándose aires
de generoso, contó a Harrison que la muchacha no había tenido la culpa de nada.
Nadie podría decir que se hubiese portado mal; lo único que podría achacársele
era su ignorancia, su rematada estupidez, su obstinación y su desobediencia.
Además, era alcohólica: en cuanto empezaba a beber, no había forma humana de
controlarla, y si se le denegaba el dinero con el cual comprar la bebida cuando
le entraba la urgencia de beber, se volvía a echar a la calle. Era capaz de
hacer cualquier cosa, de todo, con tal de conseguir la bebida que necesitaba a
toda costa. Y cuando se le pasaba el ataque sí que volvía a ser la de siempre,
y era entonces cuando le decía a Gissing, abrumada por el remordimiento, que
ésa sería la última vez que la viese borracha, y le pedía de rodillas que le
diese otra oportunidad. Aun cuando la perdonase, él sabía de sobra que de
ninguna manera podría cumplir tal promesa, pero tampoco era él capaz de
rechazar sus ruegos; siempre acababa por perdonarla. Lo peor del caso es que en
realidad ella no le tenía demasiado aprecio, y que se daba los pequeños
placeres que la vida le tuviese reservados mediante la frecuentación de
compañías poco aconsejables o abiertamente perniciosas. Gissing sabía qué era
lo que debería hacer si actuase con elemental prudencia, pero se había casado
con ella, y no se atrevía a dar la espalda a una persona a la que había
prometido amar hasta la muerte.
Los Harrison se creyeron
todo esto a pie juntillas, convencidos de que Gissing estaba haciendo con toda
inocencia todo lo que estaba a su alcance para proteger de sí misma a tan
penosa mujer. Decidieron ayudarle en todo lo que pudiesen, demostrándole que la
estima en que lo tenían era tan inquebrantable como siempre había sido, e
indicándole que podía contar con su afectuoso apoyo.
Su protegido mostró el
debido agradecimiento manteniéndolos al corriente, en todo momento, del
desarrollo de su historia matrimonial. Ahora bien, se cercioró de que jamás
llegaran a conocer a su esposa. No pasó demasiado tiempo hasta que empezó a
contarles que a ella le había dado por meterse en reyertas, en lugares
públicos, cuando estaba «bajo los vapores del alcohol», y poco después también
les contó que se había visto obligado a encerrarla en un centro para
alcohólicos de Battersea.
Hasta ese momento del
relato, la intriga había sido de una sencillez pasmosa, pero es entonces cuando
adquirió un giro incomprensible. Gissing dijo a los Harrison que su mujer había
abandonado el hogar y que después había vuelto con él. Le había hablado de la
posibilidad de reanudar las relaciones conyugales. Gissing se dio cuenta de que
a los Harrison no les había sido nada fácil tragarse esta bola, y se diría que
entendió que ya había ido demasiado lejos. Sin embargo, su interés por el juego
que mantenía con ellos había empezado a flaquear, y la siguiente entrega se la
inventó con excesiva laxitud: dijo haber perdido contacto con su mujer, ya que
ésta se había marchado, sin que él tuviese la menor idea de su paradero.
En este punto muerto dejó la
historia durante todo un año, al cabo del cual sacó a la palestra a su mujer.
Esta vez dijo que un inspector de policía había ido a verlo para decirle que su
esposa había estado implicada en una reyerta a la hora de cierre de una taberna
pública, y que estaba fichada como prostituta conocida. En tales
circunstancias, el comprensivo oficial que había ido a verle le aconsejó que lo
mejor que podría hacer sería iniciar el proceso de divorcio: los magistrados
estaban por entonces más que dispuestos a caer con todo el peso de la ley sobre
aquellos hombres que fuesen sospechosos de vivir gracias a las ganancias de sus
esposas, conseguidas éstas por métodos inmorales. Agradecido por esta
aterradora sugerencia, Gissing había contratado, según dijo, a un detective
privado para que vigilase a su mujer durante un lapso de quince días. No había
conseguido dar ni un solo paso más hacia el divorcio, no obstante, porque el
detective no había podido ver absolutamente nada que, por más imaginación que
se pusiera en juego, pudiera interpretarse como prueba de conducta delictiva.
Fue precisamente este minúsculo detalle el que llevó a Harrison, cuya confianza
en Gissing había ido menguando gota a gota, a perder por completo la fe en su
veracidad. El informe del detective era lisa y llanamente inverosímil, si la
mujer estaba de hecho ganándose la vida en las peores esquinas de la ciudad.
Por lo visto, Gissing detectó a tiempo este cambio en la actitud de su mecenas,
de modo que renunció a todo comentario sobre su matrimonio durante nada menos
que tres años. Cuando volvió a incidir sobre el caso, fue sólo para atar los
cabos pendientes: dio a los Harrison la noticia de que su esposa había muerto,
añadiendo que la había salvado de la deshonra de ser enterrada en la fosa común
de los depauperados al haber costeado él personalmente un entierro en
condiciones.
Entre 1887 y 1890, los
Harrison no volvieron a tener noticia de la vida privada de Gissing. Se vieron
repentinamente admitidos una vez más a contemplar este oscuro panorama cuando
hicieron llegar a Gissing una invitación formal para cenar en su casa. En su
respuesta, Gissing les indicó que había decidido no asistir a ningún tipo de
acto social. Ya no residía en Londres, y había optado por romper
sistemáticamente todos sus lazos con las gentes adineradas y cultas; se había
dado cuenta, añadía, de que no estaba destinado a ser un escritor popular, de
que nunca iba a ser lo suficientemente rico para mantenerse a la altura de las
circunstancias dentro de la alta sociedad, en los círculos en los que
personajes como los Harrison se movían con total soltura. En lo sucesivo, iba a
reducir el trato humano a las capas de inferior nivel social, a las que decía
pertenecer por pleno derecho. Había encontrado a una chica perteneciente a la
clase del artesanado que estaba al parecer deseosa de afrontar la vida al lado
de él, sin más ingresos que los que él parecía capaz de generar; se había
casado con ella meses atrás. Quizá los Harrison lo tomasen por un estúpido,
pero ésa era la suerte que se había visto impelido a correr. A decir verdad, no
era capaz de resistir la vida en absoluta soledad.
Frederic Harrison desechó el
argumento económico esgrimido por Gissing en tanto racionalización de sus
actos, y había dado en interpretar la carta de su joven protegido como simple
confesión de su insaciable y pervertido apetito por las mujeres que fuesen
social e intelectualmente inferiores a él mismo. Su mujer leyó la misiva en
idéntico sentido. Este episodio puso fin a los cálidos sentimientos que tenían
los Harrison por Gissing, y aunque su desarrollado concepto de la justicia les
hizo seguir admirando lo que su obra pudiera tener de admirable, así como darle
su apoyo crítico, renunciaron a tales deberes con frialdad y desapego,
rehuyendo en lo posible, al menos interiormente, la cuestión tocante al tipo de
vida que había optado por llevar.
Cuando hubo dicho todo esto
acerca de Gissing, Frederic Harrison dio por zanjado el tema. No quiso ni
comentar siquiera lo que hubiese podido saber de cualquiera de los matrimonios
contraídos por Gissing. No había llegado a conocer personalmente a las mujeres
en cuestión. Creía, por más que no pudiera afirmarlo con certidumbre, que la
segunda señora Gissing no era sino una muchacha de catorce años cuando se
celebró el matrimonio. De todos modos, no deseaba entrar en esa clase de
pormenores. Para recabar más información sobre esa faceta de la vida de
Gissing, mi padre tendría que recurrir a Morley Roberts. Éste, según Harrison
tenía entendido, sabía todo lo que se podía saber a ese respecto, o casi todo.
Quizá incluso pudiese explicar la severidad aparentemente incomprensible con la
que Gissing había sido tratado por la justicia, cuando hubo de presentarse ante
los magistrados al comienzo de su penosa historia. Mi padre hizo caso de las
sugerencias de Harrison, haciendo llegar una nota a Morley Roberts: «¿Qué es en
realidad todo lo que Harrison me ha referido sobre la primera esposa de
Gissing?» Acababa de abrirse una puerta que daba a un mundo del cual no había
tenido la menor noticia, tal y como había hecho Henley con su ingenua
interrogación: «¿Qué es todo este "escándalo terrible" que se ha
montado en tomo a Oscar Wilde?»
Decir simplemente que a mi
padre le molestó lo que a su debido tiempo pudo contarle Roberts del primer
matrimonio de Gissing y de sus orígenes, sería expresar la cosas rebajándolas
demasiado. De ninguna manera podría haber extraído una historia de tintes
románticos a partir de la información que le fue referida; la aspereza, la
bastedad de sus trazos más gruesos, así como la ordinariez de los detalles, no
pudo ser más abrasiva. Gissing no había sido un inocente que vagase por el
mundo tras haber perdido pie, sin entender nada de nada, cuando urdió este
emparejamiento. Llevaba ya bastante tiempo visitando prostitutas cuando topó
con Mary Ann en la salita de un burdel regentado por una alcahueta a la que él
conocía por «Madre B». El encuentro no fue accidental. Un compañero suyo de
Owens College, llamado John George Black, con el cual tenía por costumbre
intercambiar esta clase de conocimientos callejeros, le había indicado que si
se dejara caer por el burdel de «Madre B», se encontraría allí a una principiante
que era una auténtica bomba. Esta información de correveidile fue fatal para
Gissing, y por dos razones: por increíble que sea, no sólo le había llegado por
carta, sino que, por si fuera poco, había conservado el documento, tal y como
conservó todas las cartas de Black. Mediante este inconcebible fallo se hizo
acreedor a la sentencia que le fue impuesta. Cuando pasó a ser sospechoso de
hurto, las autoridades universitarias habían registrado su taquilla, y allí
aparecieron las cartas. Las autoridades hicieron entrega de tan comprometedores
papeles a la policía, que a su vez los entregó al fiscal del caso. Antes de
celebrarse el juicio, llegaron curiosamente a manos del oficial del juzgado, y
de ahí que fuesen mostrados a los magistrados en tanto información
suplementaria acerca del auténtico talante del acusado, aunque resultasen tan
nauseabundos que no se llegaron a utilizar como prueba. Tras leerlas, los
magistrados no titubearon ni un instante cuando llegó el momento de tratar a
Gissing como un maleante de aupa, a pesar de su situación legal de delincuente
ocasional sin antecedentes penales de ninguna clase.
La carta que más perjudicó a
Gissing había sido escrita en una etapa posterior de todo este asunto, por otra
parte tan digno de Dostoievski. En ella, Black se disculpaba por haber
reaccionado con manifiesta incredulidad cuando, el día anterior, Gissing le
comunicó que pretendía casarse con Mary Ann tan pronto pudiera celebrar la
boda, con o sin consentimiento de sus padres. Black comenzaba por decir que
tenía por Gissing mayor aprecio que por ningún otro hombre que conociese, y que
él era la última persona de este mundo a la que desearía ofender, aunque a
pesar de los pesares le resultaba muy difícil tomarse en serio sus planes
matrimoniales. Cuarenta y ocho horas antes, y sin saber qué hacer, fue a
visitar a «Madre B» con la total convicción de que allí iba a encontrar a
Gissing. No quiso marcharse del lugar sin verle primero, de modo que «Madre B»
se vio finalmente en la tesitura de tener que enseñarle la gran cama de
matrimonio, en la habitación posterior a la salita de la planta baja, para
demostrarle que allí no había nadie. Viendo que efectivamente el cuarto estaba
vacío, sabedor de que si Mary Ann no estaba ocupada con un cliente estaría con
toda seguridad en la cocina del sótano, de servicio, Black pidió a «Madre B»
que le ordenase subir a pasar un rato con él. Al hacer ella su aparición, no
pudo ocultar que evidentemente se alegraba mucho de verlo, e hicieron el amor.
En el acto, él se sintió incómodo por ello, inquieto, exactamente igual que
ella. Después, a ella le entró una llantina, y le rogó que por lo que más
quisiera no dijese a Gissing ni palabra de lo ocurrido; ella le había puesto
muy difícil todo intento por dejarla. Cuando Black llegó al término de su
confesión, procedió a poner en tela de juicio otro asunto relacionado con su
imposibilidad para tomarse en serio los planes de Gissing. Temía haber pillado
una desagradable infección. Toda duda tocante a lo que estaba insinuando
desapareció del todo en una carta posterior, en la que proporcionó a Gissing
una cruda descripción del desafortunado estado en que tenía el miembro, al
tiempo que le preguntaba si no había sufrido él la misma infección. ¿Podría
Gissing proporcionarle la dirección del profesional al cual había acudido a
tratarse de la enfermedad?
A mi padre le resultó
desolador pensar en semejante individuo, en el que tan gran capacidad de
alborozo y de disfrute había visto años atrás, a medida que se iba hundiendo
hasta el cuello en la miseria y en la sordidez, a edad tan temprana. Inquirió a
Roberts su opinión de Mary Ann, acerca del modo en que esa mujer se había
adueñado de Gissing, aparentemente con tanta fuerza, pero no obtuvo una
respuesta que aclarase nada. Roberts ni siquiera estaba muy seguro de que las
cosas hubiesen sido como sugería mi padre; dudaba incluso que la muchacha
hubiese sido la agente propiciadora del desastre. Pensaba que su papel bien
podría haber sido meramente pasivo. De todos modos, no podría poner la mano en
el fuego, ya que no había llegado a conocerla. Algunas veces había estado con
Gissing, estando ella en la misma casa o en el mismo piso que ellos dos, hasta
en la habitación de al lado, pero nunca había tenido ocasión de hablar con
ella; ni siquiera la vio, hasta después de muerta. Gissing lo había hecho
llamar un día de febrero de 1888[179],
pidiéndole que acudiera a su alojamiento. Al llegar, se encontró a Gissing en
un estado de desmesurada excitación. Acababa de recibir un telegrama en el que
se le indicaba que Mary Ann estaba muerta en una casa de Lambeth, amén de
pedirle que se presentase allí de inmediato, para tomar las medidas necesarias
de cara a la retirada del cadáver y la recogida de sus efectos personales. No
era capaz de creer lo que acababa de leer; temía que se tratase de un cebo, de
alguna trampa. Rogó a Roberts que se encargase de ir a la casa antes que él,
para ver si había o no moros en la costa; él no se sentía capaz de acercarse
hasta que tuviese palabra de una persona digna de su confianza, como Roberts,
que le certificara la muerte de Mary Ann.
Roberts encontró un cadáver
en la casa de Lambeth. Sean cuales fueran las dolencias que pudiera haber
padecido la muerta, la causa real del fallecimiento había sido la inanición. El
cadáver estaba terriblemente escuálido. El único resto de comida que había en
la habitación, cuidadosamente guardado en un cajón del secreter, en donde los
ratones no pudiesen roerlo, era una tostada reseca de pan con mantequilla, de
la cual sólo faltaba un bocado. Un montón de papeletas de la casa de empeños,
colocadas en un cuenco, manifestaban de dónde había sacado la muerta lo
necesario para comer y vestirse en sus últimos tiempos.
La escena no pudo ser más
lamentable, más turbadora; ahora bien, lo que asombró a Roberts fue
precisamente la cantidad de elementos que en ella discordaban con la versión
que había dado Gissing de la mujer, pintándola como una arpía permanentemente
borracha, que había perdido todo el sentido del decoro, que había terminado por
aborrecerlo. En el cuenco de las papeletas de la casa de empeños, Roberts había
encontrado también unos cuantos tarjetones de sobriedad firmados en los
intervalos mensuales prescritos, buena prueba de que Mary Ann había luchado a
brazo partido y hasta el final contra el peor de sus vicios. Había algunas
cosas más que no concordaban con lo dicho. La muerta había guardado celosamente
todas las cartas que había recibido de su perplejo esposo, y junto con las
cartas también guardaba una fotografía de él y dos reproducciones en grabado de
los poetas que él había idolatrado en su juventud, Byron y Tennyson. Sólo la
presencia de estos objetos le posibilitó la identificación del cadáver. En la
habitación no había absolutamente nada que se pudiera poner en relación con el
joven y animado animal de dieciséis o diecisiete años, con su melena de
cabellos resplandecientes esparcidos cual cascada por su espalda, cuya
fotografía le había enseñado Gissing para que se hiciese una idea de cómo había
sido la mujer. El propio Gissing hubo de afrontar la misma dificultad cuando
por fin se dejó convencer de que podía entrar en la habitación sin temor a
ninguna trampa. El cadáver de momificado aspecto, tan pequeño, tan liviano, no
le recordó a nada ni a nadie; sin embargo, allí estaban sus cartas y su
fotografía, así como los grabados que reconoció de inmediato. El cadáver, según
parecía, tenía que ser el de Mary Ann. Durante esta macabra escena del
reconocimiento, Roberts sospechó que, por grande que hubiera sido el desastre
de su primer matrimonio desde el punto de vista de Gissing, para la pobre Mary
Ann tuvo que haber sido una desgracia incluso mayor, y su sospecha se tomó
certeza.
Cuando mi padre comparó lo
que Frederic Harrison y Morley Roberts habían podido decirle del primer
matrimonio de Gissing, con lo que había podido saber de la segunda de sus
aventuras, directamente o a través del propio Roberts, se quedó sorprendido al
notar cuántos elementos tenían en común. En uno y otro caso, Gissing había
elegido una mujer a la que sin ambages podría calificarse como total y
desesperadamente errónea para un hombre como él; en ambos casos no había
tardado mucho en tratar a las muchachas encausadas como si una y otra le
hubiesen hecho un daño monstruoso por el mero hecho de convertirse en sus
esposas, casi nada más quedar atado el nudo del matrimonio. Para vengarse,
había impuesto una especie de muerte social sobre las dos esposas, alejándolas
del mundo en general y ocultándolas a la vista de sus amigos y conocidos. Sí
había conversado acerca de sus dos esposas con algunos de sus amigos íntimos,
pero sólo con el evidente propósito de expresar sus muchas quejas acerca de las
dos, de sus comportamientos respectivos. Según la sensibilidad de Roberts,
quien más había intimado con Gissing, sus mujeres no habían pasado de ser más
que una vaga presencia en la habitación de al lado, los orígenes putativos de
las voces que se levantaban enojadas o incluso desesperadas en alguno de los
más remotos rincones del inmueble. Una vez, sólo una, había estado en la misma
habitación con una de las mujeres de Gissing, la segunda. Estuvo tendida,
inconsciente tras la ingestión de alcohol, tras un biombo, mientras él charlaba
con Gissing.
Gissing había dado con la
fórmula capaz de proporcionar, desde su punto de vista, una explicación
perfectamente racional del extraordinario trato que había dado a estas
desgraciadas mujeres. Para empezar, las dos habían sido seres de todo punto
impresentables, pero fueron siéndolo cada vez más tras sus matrimonios con él.
El problema no tenía sus raíces en sus más obvios defectos; muy al contrario,
podía haber generado unos cuantos. No se trataba solamente de que hubiese
elegido a dos jovencitas que no habían recibido prácticamente educación de
ninguna clase, criadas de cualquier manera, toscas y vulgares a más no poder,
ni tampoco de que las dos se hubiesen dado a la bebida; fácilmente habrían
podido superar este lastre cuando él las hubiese sacado del sórdido entorno en
que se habían criado, caso de que ellas dos lo hubiesen deseado. No, la
espantosa verdad de uno y otro caso fue que había tenido la desgracia de
casarse, nada menos que dos veces, con sendas mujeres que ya bordeaban el
abismo de la locura.
Mi padre notó que le rondaba
las mientes la idea de que era harto sospechoso, por no decir radicalmente
improbable, que el mismo rayo hubiese caído en el mismo lugar dos veces
consecutivas; dicha idea no le abandonó cuando se sumergió en el magma de los escritos
que había dejado Gissing antes de ponerse a escribir la introducción a
Veranilda. Le dejó pasmado descubrir qué cantidad de fantasías lisa y
llanamente sádicas y paranoides se habían
entreverado con el sobrio
realismo, característica de la mayor parte de su obra.
La cadena de pensamientos
que generó su descubrimiento de los aspectos más lúgubres de las imaginaciones
y escritos de Gissing, así como de su vida, tuvo un ulterior estímulo cuando
comenzó a repasar las notas que había tomado mientras preparaba la redacción de
un texto biográfico. Le deprimió que la mayor parte de la información que había
podido recabar fuese mucho menos aprovechable de lo que le había parecido
durante el proceso de recopilación, incluso aunque procediese directamente de
informadores que habían
estado muy cerca de Gissing.
Durante el período relativamente breve en que estuvo trabajando sobre este
asunto, a mi padre se le indicó por ejemplo, con toda seguridad, que el primer
encuentro de Gissing con su segunda esposa había tenido lugar en Marylebone
Road, en Oxford Street, en un salón de té. Este detalle minúsculo le fastidió
bastante, pues recordaba con toda claridad que el propio Gissing le había
referido el encuentro, situándolo en Regent's Park. No pudo ser más fatigoso
descubrir también que, aunque Gissing hubiese descrito al padre de su segunda
esposa como escultor cuando hubo de dar cuenta en el Registro de Natalicios,
Fallecimientos y Matrimonios, con ocasión de su boda, a otras personas y en
otras ocasiones les había referido que su suegro había sido aparcero en una
granja, tendero, escayolista y zapatero. Todas estas discrepancias, aunque
carentes de significación en sí mismas, una vez sumadas dieron poco a poco un
resultado escalofriante. Al final, mi padre vio frente por frente a dos personajes
que en gran medida no tenían ninguna relación entre sí: por una parte, el
hombre más bien candido, de buena pasta, absolutamente digno de afecto, a quien
había conocido personalmente; por otra, un individuo veladamente fraudulento,
amigo de los secretos, que, fuese por la razón que fuese, virtualmente no había
podido decir a nadie la verdad sobre ningún asunto que fuese algo más
trascendente que la climatología reinante. El Gissing a quien él había
conocido, por ejemplo, siempre se había mostrado firmemente partidario de la
facción más positiva respecto de la cuestión de la mujer en la sociedad,
cuestión de notable importancia por entonces. Había reconocido que las mujeres
eran, al menos en potencia, iguales a los hombres, y que en modo alguno eran simplemente
el producto de los groseros abusos a que habían sido sometidas por la ley y las
costumbres de la sociedad victoriana. Había escrito no pocos textos de gran
simpatía, con una notable capacidad de comprensión, sobre las desventajas que
por fuerza tendrían que superar las mujeres. No podía ser más difícil
establecer una conexión entre el Gissing que batallaba en esta facción sobre la
gran cuestión del momento, y el hombre que. mientras duró su convivencia con
sus dos esposas, con las que además había acabado, se enorgullecía de haber
aprendido personalmente, que un hombre que anduviera escaso de recursos, de
jarabe de palo, cuando desease dar una buena paliza a una mujer, jamás debería
prescindir de una gruesa alfombra en la escalera de su casa, ya que no había
nada que se pudiera comparar con una buena varilla de sujección de la alfombra,
de las que se colocaban en cada peldaño, para llevar a cabo semejante
propósito. El Gissing que había realizado este descubrimiento también había
sido capaz de transmitir esta información a un amigo suyo, convencido de que
era uno de esos recursos domésticos que a cualquier hombre casado le
resultarían por fuerza de utilidad.
Mi padre comenzó a sentir
que el Gissing cuerdo y sano que recordaba de sus primeras impresiones había
tenido que ser invención suya. El gran ultraje de Gabrielle Fleury había sido
que no lo aceptase cuando ella había intentado decírselo tal cual. En más de
una de las cartas, enfurecedoramente amaneradas como eran, que tanto temía él,
Gabrielle había hecho todo lo desesperadamente posible por abrirle los ojos
ante tan lúgubre realidad. «Bien sé cuan imposible resulta sentirse
absolutamente segura, sana y salva, al lado de él — había dicho en una de
tales cartas[180]—, debido a... una
extraordinaria, tremenda y quizá también mórbida instabilidad [sic] mental, que
se manifiesta en sus opiniones, decisiones [y] sentimientos.» En su día, mi
padre había rechazado de plano todas estas insinuaciones, dando por sentado que
surgían de algo tan desdeñable como era la tendencia de una mujer muy amiga de
hacer montañas de cualquier grano de arena. Lo único de que ella había tenido constancia,
según pensó mi padre, había sido una absoluta incompatibilidad de temperamento.
Sólo al cabo del tiempo pudo darse cuenta de que Gabrielle iba por buen camino.
El conocimiento recién adquirido de las crueldades fríamente sopesadas que
habían sido el marchamo de tantas de las actuaciones de Gissing con sus
mujeres, al lado del sadismo latente de tantas de sus imaginaciones, habían
introducido en mi padre una sensación desoladora: su amigo había sufrido un
perjuicio irreparable en quién sabe qué momento de su desarrollo como persona;
esto es, el honesto, sensual y alegre personaje que tan fácilmente habría
podido llegar a ser había sido objeto de una mutilación y se había transformado
en un individuo desviado, contraído, en un hombre capaz sólo de tratar con las
mujeres que se hallasen en desventaja con respecto a sí mismo, y que sin
embargo sentíase impelido, aun entonces, a enseñar a su esposa, por los medios
más brutales que pudiera, que de ninguna manera podría contar con él para nada.
Esta nueva imagen de
Gissing, una vez usurpó el lugar que en su mente ocupaba la antigua, dificultó
que mi padre escribiera con entusiasmo el rendido homenaje en que en principio
quiso convertir su introducción a Veranilda[181]. Hizo
todo lo que pudo por obrar con tacto, por evitar toda mención de los más
tétricos secretos de Gissing, pero el fardo de la información que poseía no
consiguió desecharlo, y el ensayo terminó por convertirse en una apología en
favor de un escritor dotado, cuyo prometedor potencial nunca había llegado a
realizarse plenamente. Todo ello no fue ni mucho menos del agrado de la familia
de Gissing, cuyos miembros se habían integrado a la espera del elogio. Habían
deseado que mi padre describiese la trayectoria de un artista fallecido tras
haber alcanzado la cumbre, un artista cuyos espléndidos logros nunca habían
obtenido el debido reconocimiento. Eran en realidad un manojo de provincianos
que residían en un atrasado remanso provinciano, y aunque fuesen muy taimados y
no poco tercos a la hora de vivir a la usanza de los lugareños del condado de
York, no dejaban de ser paranoicos en sus relaciones con el amplio mundo en el
que su querido vastago inconformista había perdido la orientación y se había
echado a perder. Gissing jamás había sido capaz de hablar a sus familiares de
su relación con Gabrielle; a ellos no les hizo ninguna gracia enterarse de su
existencia tras la muerte de Gissing. Sí habían tenido noticia de sus
anteriores relaciones con las otras dos mujeres, y habían confiado en que él
hubiese aprendido la lección. Les conmovió profundamente descubrir que no había
sido así, que se había ido a Francia a convivir con una francesa. Como todas
las extranjeras, y muy especialmente las francesas, eran moralmente sospechosas
hasta que demostrasen lo contrario en los círculos de pequeños comerciantes de
Wakefield en los que estos parientes se movían, dieron por hecho que su
relación con Gabrielle había sido simplemente un capítulo más en la misma
historia de siempre. Como tenían ideas muy concretas respecto de lo que no
querían que se dijese del hijo pródigo, el texto de mi padre les pareció
repleto de indicios transparentes que apuntaban derechos a lo que más habrían
deseado silenciar o suprimir. Se negaron a permitir que lo que en su particular
lectura les había parecido una acusación en toda regla se anexara al libro de
Gissing, y aplacaron sus sentimientos al respecto quemando sin más el ejemplar
que les fue enviado en su momento.
Gabrielle Fleury también se
sintió dolida por el texto, aun cuando nunca llegara a leerlo[182].
Gissing se había mostrado tan selectivo en sus secretos con ella como lo había
sido con su parentela, aunque sobre cuestiones muy diversas. A ella nunca le
había hablado de la expulsión del Owens College, ni de lo que la había
ocasionado, por poner tan sólo un ejemplo. Cuando se publicó en la Monthly
Review una versión del texto por extenso, expurgada, según creía mi padre, de
todo lo que había ofendido a la familia de Gissing, alguien tuvo la delicadeza
de indicar a Gabrielle que dicho texto seguía estando repleto de referencias
transparentes a tales cuestiones. Sólo entonces declaró que nunca sería capaz
de aunar el coraje necesario para leer lo que pudiera escribir mi padre acerca
de su esposo, tal y como seguía empeñada en llamarlo, o acerca de su obra. Él
le había dicho, insistió ella, y no una, sino varias veces, que nunca había
tenido en muy alta estima las facultades críticas de mi padre, que nunca había
creído que mi padre hubiese llegado a entender cuáles habían sido en realidad
sus intenciones en el plano puramente literario.
Mi padre había previsto con
tiempo estas reacciones, pero se quedó sorprendido cuando descubrió que, por si
fuera poco, había dado pie a otra dolorosa ofensa en un terreno muy distinto.
Cuando el doctor Hick vio el prefacio ya revisado que se publicó en la Monthly
Review, montó en cólera. Leyó las referencias a las enfermedades crónicas de
Gissing, a su persistente mala salud, a la luz de su propio conocimiento íntimo
del caso, y dio por hecho que todos los lectores del texto harían exactamente
igual que él; el artículo equivaldría a un anuncio en público de que Gissing
había sido sifilítico. De ahí pasó a dar por sobreentendida una conclusión
asombrosa, a saber, que el artículo lo acusaba veladamente de ser uno de esos
médicos charlatanes, dados a compartir todos los secretos profesionales de sus
pacientes con cualquier periodista que estuviese dispuesto a invertir un rato
en conversar despreocupadamente con él. Su furia fue ilimitada, y bajo su
influencia no sólo negó haber dicho que Gissing estuviese infectado de sífilis,
sino que llegó tan lejos que incluso negó de plano que en vida hubiese padecido
dicha enfermedad. La correspondencia que mantuvo con Gissing, al menos las
cartas que se han conservado, ponen de manifiesto que no estaba en condiciones
de hacer semejante mentís; tengo la impresión de que la violencia de su enojo
brotó en buena parte, aunque solamente en parte, de la culpabilidad de lo que
sí sabía: no cabe duda de que había pecado de indiscreción al hablar de los
asuntos privados de Gissing con mi padre. Otra de las causas de su desmesurada
reacción podría adscribirse a su lealtad para con el código social de la época:
no era propio de un gentleman exponer a un semejante a las burlas de quienes
podrían despreciarlo por considerarlo inferior o de quienes, aun estando por
debajo, por fuerza tuviesen que presentarle sus respetos.
A mi padre le había caído
bien el doctor Hick[183], con
lo cual se sintió muy herido por algunas de las cosas que había dicho por
pensar que, presa del enojo, no le quedaba más remedio que decirlas. Se sintió
especialmente dolido por la observación del doctor, a saber, que el texto
trataba exactamente de lo que cabía esperarse de un hombre dotado de la
formación y el trasfondo que tenía mi padre. El tono de esta reprimenda era
algo con lo que ya había empezado a familiarizarse en esta etapa de su
trayectoria. La época coincide con la fabricación de celebridades por medio de
la publicidad, y su nombre salía con demasiada frecuencia en los periódicos, en
los carteles publicitarios y en los rótulos de los hombres anuncio, tanto que
muchas personas no lo tragaban fácilmente. Bastante mala era de por sí la publicidad,
pero peor era aún que estuviese forjando su éxito gracias a un nuevo público
lector, llegado desde las capas inferiores a la vez que él, que constituyó
desde el principio la masa de lectores de los nuevos periódicos de distribución
masiva, de las revistas baratas que salían de las rotativas a decenas de
millares, gracias a la máquina de vapor. Los integrantes de un público más
selecto, lectores de las publicaciones literarias de periodicidad mensual o
trimestral, aficionado a leer las novelas en ediciones de tapas duras y bien a
comprarlas en una librería o bien a tomarlas prestadas en alguna de aquellas
viejas librerías de préstamo, como era Mudie's, lo tenían por un ruidoso
publicista de sí mismo, por la encamación de todas las tendencias en la literatura
y en la sociedad que menos les atraían. Empezó a recibir cartas envenenadas en
fecha tan temprana como es 1900, y se había acostumbrado más o menos a la idea
de recibir pullazos demoledores por correo mucho antes de caer en desgracia con
el doctor Hick. Sin embargo, se había endurecido aguantando la mala voluntad de
los acomodados haraganes y de los autores de segunda fila que le escribían por
ejemplo desde las rectorías de la campiña o desde los clubes del West End, caso
de que no se tratase de los colegas menos destacados de las universidades
antiguas. Este tipo de correspondencia no le costaba nada descartarla sin
dedicarle mayor atención. Mi padre había caricaturizado a los responsables de
tales misivas con sobrada frecuencia en sus escritos, y los intercambios de
opinión eran por entonces juego limpio. En 1902, las diatribas más graciosas y
virulentas ya eran recopiladas en un álbum de familia consagrado a tal fin,
práctica que se estableció y se mantuvo hasta la venta de Easton Glebe, ya a finales
de la década de los veinte. Ahora bien, una cosa era el desprecio de los
enemigos naturales de mi padre, y otra muy distinta la furibunda diatriba de un
hombre al que había apreciado y respetado de corazón. Mi padre había llegado a
pensar en el doctor Hick como quien piensa en un amigo, con lo que maldita la
gracia que pudiera tener el verse acosado por una persona así, que además le
había dicho que más le habría valido quedarse en donde empezó, abajo del todo,
que era su lugar natural, sobre todo si no estaba dispuesto a comportarse como
un auténtico gentleman. Los dos habían conversado con entera confianza, a
puerta cerrada; mi padre debería haberse dado cuenta de que no tenía ningún
derecho a manipular lo que pudo saber en tales circunstancias como material
narrativo. El doctor Hick nunca quiso reconocer que mi padre había escrito
sobre la persona de Gissing y sobre sus asuntos con muy serias intenciones;
nunca se reconciliaron.
La riña que sostuvo mi padre
con el doctor Hick iba a ser la primera experiencia de esta especie con la que
hubo de lidiar, aun cuando ya por entonces se hubiese embarcado en diversos
proyectos que iban a proporcionarle muchas más. A los cuarenta y pico años de
edad, iba a erigirse en piedra de tantos escándalos que por ello se vería
condenado al ostracismo por muchísimas personas de las que previa y mutuamente
había sido buen amigo.
Capítulo XIV
«Imaginé que la Sociedad
Fabiana reconstituida, o al menos modificada a fondo, podría convertirse, por
medio de una vigorosa propaganda y guiada esencialmente por personas jóvenes,
en el elemento que aglutinase y dirigiese un partido socialista reorganizado...
Si tuviese que hacer recuento de las idas y venidas del mojigato y polvoriento
conflicto que tuvo sus inicios en mi texto titulado The Faults of the Fabian
[Las culpas de los fabianos, de febrero
de 1906] y terminar con mi dimisión, en septiembre de 1908, el lector acabaría
aburriéndose más allá de lo humanamente tolerable. Por fortuna para él, a mí me
aburriría más si cabe desenterrar todos los documentos que hacen al caso,
volver a librar todas aquellas batallas y escribirlo todo por lo menudo. Y no
hay nadie más que pueda hacerlo.»
El lanzamiento de mi padre a
la política interna de la Sociedad Fabiana, tres años después de ingresar en
ella, suele tratarse con cierta frecuencia como una aberración inexplicable por
su parte. Sin embargo, el error que cometió, es decir, aceptar la Sociedad en
los términos en que ésta se evaluaba a sí misma, como una importantísima caja
de resonancia para las nuevas ideas políticas, fue una equivocación en la que
fácilmente habría incurrido un hombre con el trasfondo y la formación que tenía
mi padre. Aunque llevaba años considerándose socialista de pies a cabeza, era
muy escaso su conocimiento de la teoría política y nulo el de la política
práctica. Había empezado por afirmar que era socialista cuando aún no pasaba de
ser siquiera un tosco esbozo del joven quisquilloso e inadaptado que funciona
como modelo del héroe epónimo de El amor y el señor Lewisham. En aquella
etapa no tenía ni la menor idea de lo que es el socialismo, más allá de que
efectivamente exigía del socialista practicante que fuera por la vida
desafiante el ademán, fiera la actitud, dispuesto a demoler pieza a pieza el
sistema establecido, adornado con una corbata de lazo roja. Cuando se le ponía
en el brete de tener que defender su postura, no tuvo ocasión de ir mucho más
allá de la elemental mezcolanza que había podido ensamblar azarosamente leyendo
la literatura de la rebeldía y la disensión. Había retenido casi exclusivamente
lo que le había llamado la atención, o, mejor dicho, lo que le había avivado la
imaginación, dejando sin tocar las partes más tediosas. Tenía la esperanza de
encontrar un día cualquiera un atajo por el cual pudiese llegar antes a un
pleno entendimiento de aquello con lo que se iba a comprometer, hasta el punto
de que comenzó a asistir a las reuniones[184] que se
celebraban todos los domingos por la tarde, durante los meses de invierno, en
la casa-embarcadero que tenía William Morris a la orilla del Támesis, poco más
arriba del puente de Hammersmith. Estas reuniones tenían por objeto la
introducción de la luz salvadora de la doctrina socialista entre los ignorantes
obreros y menestrales de Inglaterra, pero por más que mi padre pudiese atisbar
de cuando en cuando a tal o cual persona, con indudable aspecto de pertenecer a
la clase obrera, lo más común era que no tomasen asiento alrededor de Morris
individuos de tales características. Lo que sí extrajo mi padre de estas
sesiones fue la idea de que el socialismo era algo procedente del extranjero,
que se entremezclaba con abundantes materiales hechos sobre el terreno,
tendentes en general a regresar a una Inglaterra en la que vivirían felices los
campesinos y entusiasmados los artesanos, dispuestos todos a trabajar por el
bien común, una Inglaterra en la que nadie habría sido demasiado codicioso,
demasiado abusivo con los demás. El propio Morris no le resultó más
impresionante que el mensaje habitual de la casa-embarcadero; de hecho, le
había parecido más bien impaciente, de mal talante, un tanto propenso a cometer
abusos con los demás. Cuando presidía estas reuniones, tenía por costumbre
acallar a los intervinientes cuya postura no tuviese en demasiada estima, por
el sencillo sistema de hacer sonar una campana que dejaba sobre la mesa, bien a
mano, a
tal efecto. A mi padre, este
gesto reiterado no le pareció demasiado democrático. Al poco tiempo, se dio
cuenta de que seguía asistiendo a la casa-embarcadero porque el local contaba
con una buena calefacción y porque el espectáculo era gratuito: hasta entonces
no había tenido ocasión de frecuentar a los miembros de la clase media y
acomodada, y cierto es que le fascinaron los juegos con que se divertían estos
miembros liberados de la sociedad.
La mayor parte de los
asiduos de estas reuniones en la casa-embarcadero eran personas de trato
agradable, a las que no les faltaba el dinero, que asistían a las reuniones por
dárselas de artistas y por aplacar así el dolor que pudiera producirles el hecho
de vivir de las rentas, dentro de una sociedad en la que lo habitual era
trabajar de firme y que cada cual se ganase el pan con el sudor de su frente.
Como la mayor parte de ellos carecían totalmente del don de la creatividad,
concentraban sus actividades en la zona grisácea de las artesanías más
variadas. Eran, como
colectivo, espléndidos expertos en xilografías, en las imprentas manuales, en
tejer e hilar a mano, en encuadernar libros, en cerámica y alfarería, y daban
así en aliviar el horror que pudieran inspirarles las brutalidades estéticas de
la industrialización, bajo cuya égida les había tocado vivir, fabricando
ingentes cantidades de objetos más bien toscos, cuando no eran espantosas
parodias de los utensilios domésticos del Medievo o de la época isabelina,
artículos que, de todos modos, sólo los más ricos coleccionistas podían
permitirse adquirir. De todos ellos, los teóricos del movimiento no se
dedicaban a hilar ni a tejer, satisfechos sólo con dedicarse a meditar
sesudamente para propiciar el eventual amanecer de un día más pleno y reluciente,
en un futuro quizá inmediato. Uno de estos ideólogos de la casa-embarcadero al
que mi padre iba a recordar siempre con afecto, ya que no exactamente con
respeto, fue Belfort Bax[185]. La
reputación que se había labrado dentro del círculo de la casa-embarcadero
estaba sólidamente cimentada en la creencia de que había llegado a leer de cabo
a rabo la obra maestra de Karl Marx, El capital. Su apasionado refrendo
del principio de la igualdad entre uno y otro sexo le había llevado a la
imposibilidad de apoyar las agitaciones en pro del derecho a voto para las
mujeres. Sería un error, según sostenía, dar a las mujeres el derecho al voto,
ya que el censo demostraba sin paliativos que eran más las mujeres que los
hombres en edad de votar. De esta estadística se colegía que la emancipación de
la mujer sería mera sustitución de una forma de tiranía sexual por otra muy
semejante, aunque a la inversa.
Seguramente, más de un
lector pensará que Bax no pudo haber sido el socialista de clase media típico
en aquella época, pero lo cierto es que conviene decir que la década de los
ochenta del pasado siglo no se destacó por ser una de las mejores para la historia
intelectual del socialismo en Inglaterra. Mediada la década, otro de los
asiduos de la casa-embarcadero, Sydney Olivier, que más adelante llegaría a ser
amigo personal de mi padre, se dedicaba a dar consejos a Marjorie Davidson,
otra de las integrantes del contubernio, sobre una cuestión muy delicada. Ella
pensaba por entonces en casarse (había elegido para ello a un tal Edward Pease,
otro de los asiduos del círculo, que más adelante llegaría a ser secretario de
la Sociedad Fabiana y enemigo declarado de mi padre), pero tenía motivos para
tomárselo con mucha calma. Si en efecto asumiese el fardo de las obligaciones
de ama de casa que contrae la mujer con el matrimonio, podría resentirse su
labor de mayor utilidad social, a saber, su profesión de maestra de escuela.
Sabía de sobra que este problema no llegaría siquiera a formularse si
contratase a una criada, aunque ¿podía acaso una socialista como ella contratar
a una criada y quedarse con la conciencia tranquila? Profundamente consternada,
Marjorie Davidson había enviado una circular a todos los socialistas a los que
conocía, consultándoles sobre este particular. La mayor parte de los
destinatarios de su carta esquivaron la pregunta con corteses evasivas, si bien
Olivier hizo todo lo posible por aportar sus opiniones y su ayuda. Siempre
podría, le indicó, resolver de un plumazo la cuestión yéndose a vivir a una
casa de alquiler amueblada, en la que la propietaria se encargaría de contratar
a una criada; si no, podría convencer a alguna pariente suya, soltera, para que
se fuese a vivir con ella y con su marido y se encargase de las labores
domésticas a cambio del alojamiento y la manutención. Como quiera que en todas
estas soluciones hipotéticas algo olía a equívoco, posiblemente lo mejor sería
localizar a un miembro de la clase menestral, un miembro genuinamente simpático
para con los ideales del socialismo, y contratar a esta persona no como criada
ni como doncella, sino como asistente, sobre la base de que almorzase, comiese
y cenase con sus patronos y de que tomase parte en sus conversaciones a tales
horas de encuentro. Si ella y su marido trataban a esta persona desde el primer
momento como un ser humano, difícilmente surgiría una espinosa cuestión ética.
Por verde que estuviese mi
padre, a duras penas pudo dar crédito a lo que vio y oyó en las prédicas de
William Morris, peroratas en las que éste se daba el aire de tener los pies en
la tierra y la cabeza sobre los hombros, y que versaban sobre la inminencia de
una gran revuelta popular, ante un público capaz de tratar tales problemas como
si en efecto fuesen asuntos realmente sustanciales y dignos de muy detenida
consideración. Lo que más desconcertante le resultó de todo ello fue que en
apariencia Morris diese por descontado que,
cuando llegase la hora, el
grueso de la clase obrera acudiría a él y a otras personas como él en solicitud
de un sólido liderazgo. Mi padre había llegado más o menos entonces a la
conclusión de que el socialismo —o, en cualquier caso, la versión inglesa de
dicho producto— era más que nada un cúmulo de palabras vacuas y de escenas
teatrales dirimidas entre un conjunto privilegiado de personas que no habían
llegado a crecer y a madurar del todo, pero por entonces se desencadenaron los
acontecimientos moderadamente trágicos que tuvieron lugar en los alrededores de
Trafalgar Square, en el otoño de 1887, para poner sello definitivo a su
desilusión.
Estos acontecimientos más
bien lamentables tuvieron su origen en un asunto de dimensiones no sólo reales,
sino sobradamente graves, como fue la agudísima crisis de desempleo que azotó
duramente toda la región del East End londinense. Las manifestaciones en apoyo
de la presentación de solicitudes por parte de los trabajadores en paro ante la
Cámara de los Comunes llevaban ya algún tiempo celebrándose esporádicamente,
desde comienzo de la década de los ochenta, y pasaron a tener una frecuencia
semanal en 1886, para ser después acontecimientos que se produjeron casi a
diario durante los primeros meses de 1887. Al anunciarse en la Cámara de los
Comunes el comienzo del receso vacacional de verano, a finales de mayo, sin que
se hubiese hecho nada por las empobrecidas capas de la población londinense, y
sin que tampoco se hubiese dado señal de que al menos existía en la Cámara una
cierta conciencia del problema, el planteamiento cambió radicalmente. Hasta
entonces, las manifestaciones habían sido convocadas por los dirigentes
sindicales de ciertos gremios que se habían quedado de patitas en la calle
debido al cierre de algún que otro taller o fábrica en concreto. Durante aquel
verano, pasaron a ser episodios propios de una campaña coordinada, llevada a
cabo por los parados, para exigir que se reconociese públicamente que su
situación constituía todo un problema nacional. Aunque el país en conjunto
viviese una época de prosperidad, aunque estuviese claramente inclinado a
ignorar los asuntos más tétricos, dispuesto a sacar el mejor provecho de las
celebraciones del Aniversario de la Reina Victoria, el Gobierno comenzó a
mostrarse hondamente preocupado por el desarrollo de los acontecimientos en
cuestión. Sus temores se vieron además auspiciados por la Policía
Metropolitana, que bombardeó a la Secretaría del Interior mediante despachos
tomados de sus fuentes habituales de información, en tomo a que el centro de la
campaña de protestas ya coordinada y consolidada había pasado a ser Trafalgar
Square, y no el Parlamento en sí. A principios de año se había impuesto la
prohibición de utilizar la plaza como caja de resonancia de todo propósito
político; los responsables de la organización de la campaña parecían haber
suscrito la tesis de que siempre que consiguiesen atravesar los cordones
policiales y apoderarse de ese terreno prohibido, para celebrar un mitin
incluso de duración muy reducida, lograrían causar en todos los habitantes del
país la impresión necesaria para que el Gobierno se viese forzado a reconocer
la existencia del problema y a tomar alguna medida al respecto. Caso de ser
cierta esta creencia, tal y como se suponía en la Secretaría del Interior con
sobradas razones, la cuestión que estaba en liza ya no era tanto el qué debiera
hacerse o dejar de hacerse para aliviar los padecimientos de los parados, sino
que fuera una cuestión constitucional, respecto de quién debía y quién no debía
gobernar. Ningún gobierno deseoso de garantizar la permanencia del vigente
sistema parlamentario podría haberse permitido que un interés puramente
sectorial forzase algún tipo de medida gubernamental por el mero hecho de haber
recurrido a un medio fuera de la legalidad. La experiencia habida en este
sentido en algunos otros países había dejado perfectamente aclarado que la
rendición de un gobierno ante las revueltas y las manifestaciones populares
terminaba por desembocar, de una u otra forma, en un golpe de estado y en la
ulterior instalación de la dictadura. La putrefacción popular tenía que
detenerse antes de que siguiera propagándose. Bajo ningún concepto podría
tolerarse que una muchedumbre del East End se apoderase de la plaza.
Impertérritos frente a las
declaraciones del Gobierno, en el sentido de que era su propósito hacer uso de
la fuerza para que prevaleciese la prohibición, los organizadores de la campaña
hicieron todo lo que estuvo en su mano por lograr que la muchedumbre de
londinenses procedentes del East End llegase en masa al West End camino de la
plaza, y así fue durante todos los domingos desde mediados de septiembre hasta
primeros de noviembre. Algunos de los más entusiastas partidarios de la
campaña, como el propio Morris, animaron a
los manifestantes
transmitiéndoles con facundia la certeza de que cuando la policía, los soldados
de a pie y los integrantes de los regimientos de caballería que habían acudido
a las inmediaciones de la plaza, viesen en efecto cuántos eran los manifestantes,
cuan intensa su determinación, lisa y llanamente se disolverían a su paso. Para
los manifestantes y para quienes simpatizaban con la causa tuvo que ser una
considerable sorpresa el descubrir que la oposición policial fue tornándose más
rígida, más decidida, a medida que aumentaba el número de participantes en la
manifestación. Las colisiones entre uno y otro bando comenzaron por ser simples
escaramuzas, pero tanto su frecuencia como la violencia de los choques fue en
aumento a medida que pasaban las semanas, hasta llegar a su climax en dos
serias revueltas que tuvieron lugar ya en noviembre.
Morris estuvo presente en
los dos choques de noviembre, y aunque muy recientemente había apelado a los
miembros de la Liga Socialista para que se preparasen de cara a los penosos
acontecimientos que preveía —por cierto que con sus peores versificaciones de
estilo obrerista: «Oíd la voz, la voz del momento, / pues se acerca el día
de la verdad, / el día en que la causa nos requiera, / a unos vivos y a otros
muertos.»[186] — , se quedó
absolutamente horrorizado al ver que él mismo formaba parte de una muchedumbre
a la cual la policía consideraba ya sin ambages como grave amenaza contra el
orden social existente. Huyó a la carrera, como todos los presentes, de las
porras que esgrimían los policías. Poco importó, de cara al resultado final,
que la muchedumbre fuese enorme y que las fuerzas policiales estuviesen en
inferioridad numérica. Morris volvió a estar en los accesos a la plaza el
segundo día de revueltas callejeras, y volvió a quedarse de una pieza al ver
cómo millares de individuos, y él entre ellos, corrían como conejos ante unos
pocos cientos. Pese a todo, experimentó un centelleo de esperanza cuando tuvo
conocimiento de que las fuerzas policiales habían matado a un hombre en uno de
los choques. Precisamente, lo que movimientos como aquél más necesitaban para
despegar el vuelo era la sangre de los mártires. Al parecer, un hombre cuyo
nombre conocía, y al que obviamente había visto en alguna ocasión, había sido
derribado por un policía a caballo, pisoteado por el animal y había muerto a
resultas del accidente. En el relato de los hechos algo no terminaba de
encajar, pero eso era lo de menos. El hombre había muerto precisamente en la
plaza. Su fallecimiento fácilmente podría modelarse de manera que encajase en
la mitología artesanalmente ideada para la ocasión Morris se representó
imaginariamente una retahila de versos como los que figuraban en los antiguos
libros de coplas. Comprendería una balada en tono de arenga, que tratase acerca
del malhadado acontecimiento, más un grabado que la ilustrase, unas cuantas
guirnaldas de flores como adorno y unos cuantos compases de música que diesen
el aire del tema. Aquella misma noche Morris pergeñó como mejor supo la balada
en cuestión, y a la mañana siguiente su amigo Malcolm Lawson apañó una melodía
cantable que la acompañase, al tiempo que Walter Crane se encargó del grabado y
de diseñar la página. Las hojas, impresas a mano, estaban listas para su
distribución entre los asistentes al entierro cuando éstos llegaron a las
puertas del cementerio.
El entierro, tal y como era
de esperar, resultó una especie de anticlimax, al final de un día en el que
abundaron las manifestaciones y los discursos. Más o menos a la hora del té,
cuando empezaba a oscurecer, los manifestantes por fin llegaron a la tumba del
finado. Cuando Stewart Headlam, un clérigo liberal que disfrutaba infinito en
ocasiones como ésta, comenzó a dar lectura a la liturgia del entierro, la
llovizna que llevaba ya algún tiempo cayendo sobre la ciudad dio paso a un
aguacero en toda regla. Cientos de paraguas, que se habían mantenido plegados
hasta entonces, como señal de respeto, comenzaron a abrirse a uno y otro lado
de la tumba. El rumor de la lluvia al tamborilear sobre las relucientes
superficies de los paraguas enseguida se entreveró con el ruido de las incultas
voces que entonaron por vez primera el Himno de batalla socialista[187], la
obra de Morris:
We
asked them for a life of toilsome earning,
They
bade us bide their leisure for our bread.
We
craved to speak to tell our woeful learning,
We
came back speechless, bearing back our dead.
Not
one, not one, nor thousands, must they day
But
one and all if they would dusk the day.
They
will not learn, they have no ears to hearken,
They
turn their faces from the eyes of fate;
Their
gay-lit halls shut out the skies that darken,
But
lo! This dead man knocking at the gate.
Not
one, not one, nor thousands, must they slay,
But
one and all if they would dusk the day."
Una vez terminada esta sarta
de arcaísmos impostados y de tonos heroicos simulados, se oyó a Morris musitar
algo a la defensiva: «Bueno, es que a mí me gustan las ceremonias.»[188] Con
gesto pesaroso se unió a la multitud que se dirigía a las puertas del
cementerio bajo la lluvia pertinaz. En su propia intervención[189],
pronunciada anteriormente, Morris había hablado de este acontecimiento, por
extraño que pudiera resultar, como si de una «celebración de auténtico éxito»
se tratase. No cabe duda de que estaba pensando en la masa humana que había
penetrado por la puerta del cementerio, una multitud asombrosamente nutrida.
Ahora bien: ¿qué era lo que allí se estaba celebrando? Como bien sabía el mismo
Morris -se había visto obligado a reconocerlo en su propio panegírico-, el
Alfred Linnell cuyo fallecimiento se habían congregado a llorar no era el
Linnell al que él había conocido, y el pobre tipo ni siquiera había ido a
Trafalgar Square a demostrar nada en concreto, a realizar un gesto
significativo: estaba allí cuando ocurrió lo que ocurrió sólo por pura
curiosidad. Únicamente quiso ver qué era lo que estaba pasando. Aún peor era
que no hubiese muerto atropellado por un caballo de la policía en el fragor del
choque: había fallecido a causa de un ataque al corazón, mientras contemplaba
el choque entre las fuerzas policiales y un grupo de manifestantes, desde una
distancia considerable, situado en una de las esquinas de la plaza. Sti muerte,
en tal lugar y durante tal acontecímiento, había sido un accidente sin la menor
relevancia.
Durante las subsiguientes
vacaciones navideñas, Morris ni siquiera estuvo del humor habitual, es decir,
hosco al tiempo que atento, y con la llegada de la primavera se retiró a la
mansión del siglo xvi que poseía en Kelmscott, en la parte alta del valle del
Támesis, ya en el condado de Oxford. Desde su retiro escribió a un amigo suyo,
indicándole que en lo sucesivo, o al menos en el futuro inmediato, no se
dedicaría tan de lleno a la agitación social. Tenía, le dijo, una idea
estupenda para un libro, cuya escritura iba a mantenerlo plenamente ocupado
durante algún tiempo.
La estupenda idea en
cuestión estaba destinada a dar cuerpo a un romance en prosa, The House of the
Volsungs (La casa de los Volsung). Tendría por objeto ilustrar «la fusión del
individuo en la sociedad tribal» en la época pre-capitalista, sana y felizmente
indocumentada, de los siglos VI o V antes de Cristo, cuando al menos los
nórdicos aún poseían un sólido instinto social gracias al cual les había sido
infinitamente natural reconocer y respetar a quienes, entre ellos, tenían el
don innato del liderazgo de sus congéneres...
Bajo esta cuando menos
cómica máscara se presentó el socialismo por vez primera a mi padre. El efecto
de este encuentro se agrandó más aún debido a un accidente. Concluida la por lo
demás desilusionante farsa del funeral de Linnell, el anti-mártir, una recaída
de sus afecciones pulmonares le obligó a refugiarse en la estancia de su madre,
en Uppark. Fue entonces, por estar en condiciones de apreciar dicho entorno
gracias a la decepción que le había producido el peculiar izquierdismo visto en
los alrededores de Hammersmith, cuando descubrió en efecto la biblioteca del
viejo Sir Harry. Quedó subyugado por el encanto del gran salto hacia el
progreso que había tenido lugar en la Francia del siglo XVIII, por la aventura
intelectual de la Ilustración y por el más característico de sus productos, la
espléndida idea de Diderot plasmada en la Gran Enciclopedia, que quiso ser una
grandiosa valoración del saber atesorado por los hombres. Después del atrasado
material de las fantasías que predicaba Morris y suscribían sus acólitos,
después de las cuasimísticas conjuras de Marx por parte de sus hipnotizados y
devotos fieles, en la determinación de los savants franceses de la época
existía un maravilloso sentido del pragmatismo, sobre todo en lo tocante a su
intento por fijar qué y cuánto sabían del mundo en que les había tocado vivir,
antes de proponerse su reformulación. Habían partido de la creencia de que
cuando los hombres dispusieran de una clara imagen del grado hasta el cual
poseían una serie de cualidades, cuando supieran qué posibilidades y qué
limitaciones se hallaban ante ellos, se unirían todos en la amistad gracias a
un común deseo por sacar el mejor provecho de sus oportunidades a la hora de
mejorar la calidad de sus vidas. Dentro de la vastedad de la ambición
pedagógica de los enciclopedistas reconoció mi padre la concepción de una
revolución verdadera. Cuando comenzó a frecuentar el círculo de la
casa-embarcadero, había pensado en estas visitas como si se tratase de saldar
viejas deudas, de vengarse, de dar su merecido a los codiciosos malhechores que
detentaban el poder en la sociedad por medio de quién sabe qué alborozada y
justificadísima explosión de ira, exactamente igual que pensaba
Monis. Pero después se dio
cuenta de que el meollo de la cuestión no iba a tener nada que ver con la
idiotez implícita en azuzar la envidia y el encono de los ignorantes y de los
explotados, y menos aún con las tomas de postura y los vanos heroísmos de las
barricadas ante el telón de fondo de los edificios en llamas, ni con la
brutalidad calculada de las ejecuciones en masa. Los desvalidos y los
perdedores tenían que liberarse de todas sus privaciones, ya que era de interés
público liberarlos de tan pesada carga; el nuevo orden habría de llegar, como
la marea alta, centímetro a centímetro, propulsado por la fuerza irresistible
de toda mejora manifiestamente demostrable en interés del bien común. Tenía que
tratarse de una revolución consensuada, tan distinta de la revolución de la
guillotina, nacida del hambre y de la furia, como distinto es el día de la
noche. El amor que sintió desde entonces mi padre por esta sanísima revolución
educativa, que tuvo su arranque de manera apasionante, mientras se restablecía de
su enfermedad y de su desilusión en Uppark, entre 1887 y 1888, iba a
acompañarle durante el resto de su vida. Iba a tener un efecto fundamental
sobre su pensamiento en
todas las esferas. Aun cuando siguiera considerándose y llamándose socialista,
aunque siempre defendiera su compromiso con el socialismo, desde entonces y en
lo sucesivo su lealtad estuvo siempre con el racionalismo de la élite intelectual
francesa del siglo XVIII.
Esto no equivale a decir que
sus ideas acerca de la estrategia de la revolución constructiva fuesen a
permanecer invariables hasta su muerte. Cuando se instaló en Uppark durante
aquel invierno aún era un joven extremadamente ingenuo, convencido de que la
raíz de todos los males de la sociedad era la desigual distribución de la
riqueza y el despilfarro de los recursos humanos implícito en el funcionamiento
mecánico del sistema de clases. Ahora bien, a medida que fue envejeciendo se
diría que empezó a pensar en que otros factores podrían tener idéntica o
incluso mayor incidencia a la hora de determinar si la vida merecía la pena
vivirse. Se dio cuenta de que aun cuando en general fuese cierto que la pobreza
daba sobrada cuenta de toda clase de miserias, entre los más pobres había
personas que no tenían nada de infelices, y que muchos de los más desdichados e
infelices no eran ni mucho menos pobres, sobre todo tratándose de mujeres.
También le sorprendió descubrir con qué frecuencia los dones naturales, sobre
todo en lo tocante a las mujeres, dejaban de ser debidamente reconocidos y
quedaban sin desarrollar entre los hijos de las clases altas. Le tuvo que dejar
de una pieza que el privilegio, en general, pudiera ser una trampa análoga a la
carencia más absoluta, incluida la carencia de oportunidades de medrar en la
vida, y que, sobre todo tras su inmersión en los detalles más escabrosos de la
vida de Gissing, el orden convencional de las prioridades revolucionarias muy
posiblemente pudiera estar totalmente errado. Bien podría darse el caso de que
lo primordial en cualquier transformación verdaderamente radical de la
sociedad, realizada por el bien común, no fuese cuestión de riqueza ni tampoco
de clase. Podría darse el caso de que poner término al sometimiento de las
mujeres fuese el logro que más clara y más rápida y eficazmente ampliase las
posibilidades de alcanzar la felicidad para todos los mortales. Y esto podría
llevarse a cabo mediante el reconocimiento de la mujer como individuo igual al
hombre en todos los sentidos, mediante su liberación total, para que la mujer
fuese a la vez rival y compañera del hombre, como prefiriese, en cualquier
terreno de la experiencia al que deseara dedicarse. Este
objetivo podría llevarse a
cabo sin asesinatos y sin expropiaciones, y además pondría fin muy rápidamente
al abrumador despilfarro de inteligencia y de fuerza implícitos en el
confinamiento de la mitad de la población al desempeño de las tareas domésticas
que deberían reservarse a quienes carecieran de la educación elemental. Por
encima de todo, este objetivo podría terminar de una vez por todas con la causa
principal de la infelicidad y la desesperación características de la vida
familiar en la época victoriana, haciendo del matrimonio un contrato pactado
entre dos partes iguales. Los hechos más descarnados de la biología humana no
se le habían pasado por alto; tuvo el sentido común elemental de percibir que
toda legislación destinada a la liberación de la mujer seguiría siendo fútil si
olvidase datos tan objetivos. Hacia 1903 o 1904 se había convencido plenamente
de que la solución más eficaz al problema que planteaban radicaba en tomar
fondos de la recaudación global de los impuestos para conceder subsidios a la
maternidad: estuvo muy seguro de que en cuanto se aceptase, en términos
generales, que la mujer tenía derecho a gozar del respaldo financiero del
Estado durante el embarazo y durante los primeros años de la vida de su hijo,
la espina dorsal del penoso sistema vigente habría quedado definitivamente
quebrada.
Fue pues lógico y natural
que su hábito de pensar en tales cuestiones, de incidir sobre tales líneas de
pensamiento, lo llevase a centrarse en la acción politica, aun cuando sólo
fuese por su deseo de influir en la sociedad o de propiciar la introducción de
medidas legislativas más progresistas. Esto tuvo que resultar obvio incluso a
quienes lo hubiesen leído, sólo por encima, ya a comienzos de siglo. Sintió un
gran placer cuando Beatrice Webb[190] le
escribió en 1900 para comunicarle cuan interesantes le habían parecido algunas
de las proposiciones que expresó en sus Anticipaciones, por entonces recién
publicadas. Fue éste su primer libro de especulaciones serias en tomo al rumbo
que con toda probabilidad habrían de adoptar las modernas sociedades en un
futuro inmediato; la lectura de ese volumen condujo a la señora Webb a
preguntarle si no le importaría hacerse miembro de un club que ella y su
esposo, Sidney Webb, estaban organizando por entonces. Había de llamarse «The
Co-efficients», y se proponía configurar una atinada selección de los pesos
pesados de mayor operatividad en los principales partidos políticos, para
ponerlos en contacto con las personas más destacadas pero ajenas a la política
de partido, personas que tuviesen ideas acerca de las cuestiones sociales que
poco a poco iban a convertirse en los temas candentes del momento.
Mi padre llegó fácilmente a
la conclusión de que si se convertía en efecto en miembro de los
«Co-efficients», dispondría exactamente del tipo de entrada en el mundo de la
política que en el fondo estaba buscando. Se sumó a ellos, y bien pronto empezó
a cenar con regularidad en compañía de un grupo dentro del cual figuraban,
entre otros, Arthur Balfour, ex secretario de Interior, que pronto llegaría a
ser primer ministro; Richard Haldane, que había de ser ministro de la Guerra y
Lord Canciller; Sir Edward Grey, futuro secretario de Asuntos Exteriores; los
conservadores y derechistas Leo Amery y Lord Milner; el poeta y cortesano Sir
Henry Newbolt; el filósofo radical y conservador Bertrand Russell. Dentro del
grupo se encontraba también un hombre que había sido ministro de Justicia en
Nueva Zelanda y que había llegado hacía poco tiempo para Londres, para
desempeñar las funciones propias de un embajador, en calidad de agente general
de la colonia neozelandesa, un tal William Pember Reeves, cuya esposa era una
fervorosa feminista y cuya hija, Amber, aún era una adolescente.
Mi padre disfrutó una
enormidad entre los «Co-efficients», amén de tener notable éxito con ellos. Al
término de su primer año de pertenencia a este grupo, a Beatrice Webb se le
ocurrió que su inscripción en la Sociedad Fabiana podría ser muy beneficiosa,
de modo que le comunicó que, en su opinión, debería pensar en su ingreso como
miembro: era un hombre, le dijo amablemente, que respondía perfectamente al
tipo de intelectual aventurero y de amplísimas miras que la Sociedad necesitaba
para salirse de su tendencia a discurrir por un sendero demasiado estrecho,
determinado por los intereses especiales de los miembros más dominantes. De
todos modos, también le dijo que estaba segura de que incluso sólo con acudir a
las conferencias, a escuchar a los ponentes, encontraría infinidad de ideas
estimulantes y de retos muy jugosos en sus debates, que a menudo alcanzaban
niveles verdaderamente altos cuando miembros como Shaw o Graham Wallas estaban
en plena forma. Mi padre titubeó antes de aceptar esa sugerencia. Había oído
hablar bastante de la Sociedad, sobre todo por boca de Wallas y de Olivier; no
todo lo que había podido saber era especialmente recomendable. Se había formado
la impresión de que en el fondo la Sociedad era una especie de corte que los
Webb habían concebido a su antojo, una pequeña sociedad de admiraciones mutuas
que ofrecía abudantes e intensas afinidades con la célula socialista de la
casa-embarcadero de Morris, en donde aquella detestable campana cortaba por lo
sano toda disensión. Con eso y con todo, existía la remota posibilidad de que,
si ingresara en la Sociedad, tuviese acceso al tipo de audiencia que quizá
mejor pudiera responder a sus ideas sobre la importancia de incluir como
objetivo en todo programa eficaz de reforma social el poner término al
sometimiento de las mujeres. Tras muchas vacilaciones, mi padre ingresó en la
Sociedad Fabiana en febrero de 1903.
La primera actuación de mi
padre ante un público compuesto por fabianos no fue por cierto un éxito digno
de recordarse. Aunque era un conversador inmejorable e infatigable cuando se
hallaba entre amigos, ya que hablaba de maravilla, carecía completamente de las
cualidades propias de un buen orador en público. Esto tuvo que aprenderlo por
las duras, ya que no había sabido guardar la compostura en los debates en los
que participó cuando aún era estudiante. Se presentó por primera vez ante los
fabianos con la certeza de que iba a volver a fracasar. Tampoco podría decirse
que perdiese la atención de su público, ya que en ningún momento llegó a
perderla. Sabedor de que le iba a salir un hilillo de voz, sobre todo si
forzaba las cuerdas vocales, tal y como acostumbraba, prosiguió su intervención
en un bajo murmullo, dirigiéndose a una invisible presencia situada unos palmos
por debajo de las notas que había preparado para su ponencia. Más adelante pudo
rescatar parte de este naufragio por
el sencillo procedimiento de
retomar la idea central de su ponencia para transformarla en el germen de The
Food of the Gods (El alimento de los dioses), una fantasía sociológica
en la que describe con todo lujo de detalles y con gran entusiasmo la reducción
al caos del mundo de finales de siglo gracias a las consecuencias físicas que
tendría la liberación accidental de una enorme cantidad de estimulantes del
crecimiento, que convierten a todos los seres jóvenes, de cualquier especie, en
individuos siempre de mayor tamaño que sus progenitores. Al terminar la
historia, una nueva raza de gigantes que han dejado enanos a sus padres se
prepara a conciencia para emprender la tarea de crear un sucedáneo de un mundo
de pequeñeces minúsculas que se les ha quedado pequeño, en el que ya no pueden
habitar. Lo que quiso decir y dijo mi padre en esta parábola fue que las
consecuencias de la revolución industrial, los incrementos globales de la
población mundial, el desmedido aumento de las ciudades, el inmenso incremento
del volumen del comercio y la escala desmesurada de no pocas operaciones
industriales, por no mencionar, sobre todo, la aparición de las titánicas
acumulaciones de riqueza en manos de los nuevos conglomerados y corporaciones
industriales gigantescas, habían puesto en marcha una serie de nuevos factores
de gran peso, que el político que aspirase a ser una especie de arquitecto de
la sociedad de ninguna manera podía permitirse ignorar. Si los Fabianos que
asistieron a la reunión en la que Wells expuso la ponencia originaria hubiesen
sido capaces de oír con detenimiento lo que les dijo mi padre, muy posiblemente
habrían podido entender por qué escogió este tema para exponerlo ante ellos. Lo
que en cambio dejó en manos de su público, que tendría que haberlo inferido,
fue que había llegado a la conclusión de que una corporación que se limita
voluntariamente a contar con un total máximo de setecientos miembros, que se
aferra casi a la desesperada al planteamiento intimista del club privado tan
propio del cambio de siglo, de ninguna manera podía aspirar a ser el agente
eficaz de un cambio social realista dentro del contexto de un estado
industrializado; el primer paso que debería haber dado la Sociedad, caso de que
de veras desease alcanzar sus objetivos en toda su amplitud, tenía que ser su
propia transformación en una organización de ámbito nacional, dotada de la
fuerza numérica necesaria para contar con una mínima credibilidad política.
Aunque entre tanto acudió a
buen número de reuniones sólo para enterarse de lo que se cocía en la Sociedad,
los fabianos no tuvieron más noticias de mi padre hasta que transcurrió un año
entero. Lo que sucedió entonces, en marzo de 1904, fue que escribió al
secretario de la organización, Edward Pease, para referirle que estaba pensando
en renunciar a su condición de miembro. Dio por razón esencial la simpatía que
le unía con su amigo Graham Wallas, que se había dado de baja poco antes para
protestar contra la adopción de una estupidez ideada por Shaw en lo tocante a
la posición de los fabianos sobre la cuestión del libre comercio frente a la
reforma arancelaria.
Algunos autores han dado a
entender que mi padre arrojó esta amenaza contra Pease no sólo porque apoyase
de todo corazón los planteamientos de Wallas, sino también, y sobre todo,
porque no había madurado lo suficiente para reconocer haberse equivocado en
cualquier situación en la que se le exigiese retractarse, máxime si tenía una
serie de opiniones positivas al respecto. Estos autores respaldan sus opiniones
citando la carta en la que Pease[191], una
vez recibida la amenaza de dimisión remitida por mi padre, intenta convencerle
de que se retracta haciéndole saber a botepronto, como si fuese un niño o un
retrasado, que lo propio de los miembros de corporaciones democráticamente
constituidas no era salirse de las mismas con una rabieta cada vez que se
encontrasen en minoría a la hora de votar una cuestión de índole política. Mi
padre ya había empezado a sentirse molesto con la costumbre que tenía Pease de
mostrarse con él tan condescendiente como si fuese un individuo de baja
extracción, y como sabía perfectamente que Wallas no se había ganado a pulso
tales reprimendas a raíz de su propia dimisión, el intento persuasivo del
secretario de la Sociedad surtió el efecto negativo que por costumbre tenía que
producir. El debido trato por parte de Shaw y de los Webb, no obstante, tuvo
mayor eficacia para hacerle regresar al redil. Los Webb llegaron incluso al
extremo[192] de comprometer todo un
fin de semana destinado a aplacar sus ánimos; se apresuraron incluso en pasar
dos días con él, en su casa recién estrenada a orillas del canal de la Mancha,
en la punta de Folkstone Leas. Redondearon su buena acción ofreciéndole una de
sus cenas[193] nada más regresar a la
ciudad; allí estuvieron los Shaw, así como el obispo de Stepney y el
exasperante, aunque admirable, Arthur Balfour, que ya había llegado a ser
primer ministro. Mi padre, que nunca pudo sustraerse al descomunal encanto que
en privado tenía Balfour. lo pasó de maravilla, e incluso alivió su sentimiento
de culpa al dejarse manipular por las atenciones y las adulaciones que le
fueron deparadas, llegando a enviar una cáustica carta de desagravio a Pease[194], en la
que retiraba su amenaza de dimisión. En ella dejaba bien clara cuál era su
postura: «Repruebo sin paliativos a la Sociedad Fabiana», decía, pasando
acto seguido a explicar que había optado por seguir siendo miembro de la misma
sólo para trastocar dicha agrupación y reformarla de punta a cabo. Una vez
pronunciada esa declaración de intereses, incluida ya en los anales «Pease
nunca se deshizo de nada que fuese susceptible de formar parte de los archivos»,
nadie podría decir que prolongó su pertenencia a la sociedad sobre un
fingimiento. Sin embargo, hasta dieciocho meses más tarde no salió a la
palestra para hacer saber a los miembros en pleno que se proponía transformar
la sociedad tan por completo que difícilmente sería reconocible una vez
concluyese su tarea.
Quizá sea necesario,
llegados a este punto, recordar al lector que el primer año de mi padre dentro
de la Sociedad Fabiana fue también el año que tan dolorosa y tan aberrantemente
terminó para él con su viaje de Navidad a St. Jean Pied-de-Port, con su humillante
fracaso y su falta de aplomo junto al lecho mortuorio del pobre Gissing. Esa
intranquilizante experiencia, con su apocamiento, fue un simple prólogo a su
posterior inmersión en la maraña de patéticos secretos en que había vivido su
amigo, seguida a su vez por otro revés personal de muy distinto jaez: descubrió
de golpe que iba a ser incapaz de finalizar como quería el libro en el que
llevaba más de dos años trabajando[195].
Solamente fue capaz de ponerle punto final recortando el texto en unas treinta
mil palabras, aparte de suprimir uno de los personajes más importantes de la
historia que había deseado relatar.
Como las partes suprimidas
de este volumen han sobrevivido, es fácil demostrar que tendrían que haber
desaparecido antes de que Kipps resultase un libro susceptible de
publicación; tal y como aún se sigue pensando en el caso de muchas de sus
novelas mejor organizadas y más eficaces desde el punto de vista narrativo, es
posible que al lector menos familiarizado con estas cuestiones literarias le
cueste trabajo entender por qué se sintió mi padre tan mal al hacer lo que por
fuerza tuvo que hacer para salvar ese texto. Sin embargo, esa clase de
pensamientos equivalen a ignorar la consternación que con toda probabilidad
invade a cualquier escritor cuando se ve obligado a reconocer, siquiera sea a
solas, que no ha dispuesto del menor control sobre su propia obra por espacio
de semanas, de meses o incluso de varios años. En semejante tesitura, el efecto
que este reconocimiento tuvo sobre mi padre, un hombre por lo común de humor
mercurial, fue su desmoronamiento depresivo, del cual le costó más de dos meses
salir. Es característico de su talante que lograse salir de ese marasmo por
medio de una pugna que libró con alguien que por entonces le fastidiaba
especialmente; en este caso le tocó el turno al pacto privado que había firmado
con Jane. Repasó las dudas que le inspiraba el acuerdo, las meditó y forjó con
todo ello un nuevo libro, A Modern Utopia (Una utopía de la modernidad)[196].
En esta obra tomó por punto
de partida su recorrido a pie por el valle del Jura, en compañía de Graham
Wallas; se convirtió a sí mismo y a su compañero en personajes de novela, y los
hizo traspasar los límites de las dimensiones para transportarlos a otro mundo
que existe en paralelo a este en que vivimos. No pasa demasiado tiempo hasta
que se encuentran con sus contrapartidas ficticias en un valle del Jura
igualmente ficticio en el que acaban de ingresar, y de ellos aprenden, entre
otras muchas cosas, que acuerdos como el que él acaba de estipular con Jane no
sólo eran allí lo más común, sino que, además, los poderes estatales ya habían
adoptado el principio de que la maternidad y el cuidado de los niños debiera
ser objeto de subvención por parte del Estado. De hecho, mi padre había
decidido repasar desde la fantasía una ciudadanía en la que la revolución
sexual ya hubiese tenido lugar. Mientras estuvo enzarzado en pugna con las
dudas que aún le inspiraba el tratado que tenía con Jane, descubrió un modo perfecto
para construir un globo sonda que le proporcionaría alguna que otra indicación
acerca de cómo las ideas que tenía sobre lo que por entonces se denominaba
«amor libre» casi con toda seguridad terminarían por hundirse, dentro de la
Sociedad Fabiana y también fuera de ella, antes de salir a la palestra para
defender dichas ideas como base de un programa de construcción social. Cuando
se publicó Una utopía de la modernidad se llevó una grata sorpresa
gracias a la acogida que tuvo el libro, amén de sentir auténtico placer por la
cantidad de cartas que recibió de los fabianos, en
las cuales le comunicaron
cuánto les había gustado todo lo que expresaba acerca de la cuestión de las
costumbres sexuales y de las posibilidades de mejorarlas en serio. Los fabianos
apreciaron que Wells fuese capaz de expresar sin rodeos que sus autoridades
utópicas estaban en lo cierto al no sentir el menor iteres por lo que pudiera
ocurrir entre dos adultos que no estuviesen casados, sin importar quiénes
fuesen, ni lo que hicieran, siempre y cuando las actividades que pudiesen
desarrollar permaneciesen en el reino de lo privado y sin surtir ninguna
consecuencia. Este enfoque incondicional contó en especial con el respaldo de
los fabianos más jóvenes, sobre todo los abogados, que tenían intensos
sentimientos sobre la mala utilización que se hacía de los tribunales de lo
penal como si fuesen tribunales destinados a juzgar lo moral. Entre los
fabianos, hubo otros, y sobre todo las mujeres, que le comunicaron lo mucho que
les había gustado el libro por haber visto en sus páginas que el tránsito de la
niñez a la edad adulta sería infinitamente más llevadero tanto para los niños
como para las niñas en una sociedad que tolerase la experimentación, como era
el caso de la que él había propuesto en su libro.
Una de estas jóvenes mujeres
de la Sociedad Fabiana era la esposa de Pember Reeves, la por otra parte ya no
tan joven Maud Reeves, feminista nacida en Australia. Había ingresado en la
Sociedad Fabiana por indicación expresa de mi padre, en parte por estar deseosa
de volver a la política, en parte porque no le hacía ninguna gracia la idea de
convertirse en un mero apéndice social de su esposo, a resultas de su
destinación oficial en Londres. Cuando se percató de que mi padre estaba
decididamente comprometido con el principio de convertir a las mujeres en
ciudadanos de pleno derecho, no sólo pasó a ser su aliada, sino también una
especie de manager. Éste era un terreno que conocía muy bien, por haber
desempeñado un papel preponderante en una campaña de gran éxito por conseguir
el derecho al voto para las mujeres de Nueva Zelanda, antes de marcharse de las
colonias y viajar a la metrópoli. Al convertirse en tutora de mi padre sobre
cuestiones tácticas y organizativas, transformó las posibilidades que él tenía
de desplazar la Sociedad Fabiana hacia nuevos rumbos casi de la noche a la
mañana. Conocía el mundo de los comités como la
palma de su mano, y tenía
además la energía y la perseverancia necesarias para llevar a cabo los trabajos
de organización hasta la culminación de los objetivos propuestos. Muy pronto se
fijó en que mi padre jamás iba a destacar dentro de esta faceta del juego, de
modo que se concentró en enseñar todas sus artes a Jane, la cual había seguido
lealmente a mi padre al ingresar en las filas de los fabianos tan pronto dejó
de dar el pecho a su hijo pequeño. Ambas mujeres muy pronto estuvieron
trabajando codo con codo, armoniosamente, y a mediados de 1905 habían hecho lo
suficiente por dar verdadera credibilidad a los hasta entonces nebulosos planes
de Wells por cambiar «de arriba abajo» la Sociedad Fabiana. El paso siguiente
había de ser la consecución de un desafío en toda regla frente al comité
ejecutivo vigente, dentro de la agenda prevista para la siguiente reunión
plenaria, que había de tener lugar a comienzos del año siguiente. En
consecuencia, mi padre propuso una moción para sondear la eficacia real de la política
que por entonces desplegaba la Sociedad Fabiana, de la cual hizo entrega en la
secretaría dentro del plazo previsto. Así parecía abrirse vía para una pugna
directa en tomo a los objetivos y propósitos de la Sociedad, aunque no fuera
esto lo que había de darse a la postre.
Los subsiguientes problemas
que comenzó a experimentar mi padre entre los miembros de la Sociedad Fabiana
fueron en gran parte debidos al hecho de que, al haber tratado directamente la
cuestión feminista, se había ganado el respaldo incondicional de casi todas las
esposas de los Fabianos. Una de las primeras que acudieron en respaldo de su
planteamiento, después que hubiese hecho entrega de su moción a Edward Pease,
fue, por improbable que parezca, Marjorie Davidson, hasta poco antes esposa
abnegada y ejemplar. Cuando hubo leído Una utopía de la modernidad,
escribió a Jane[197] para
comunicarle que cuanto más detalladamente pensaba en las propuestas de mi padre
para la reforma de la Sociedad, más le convencían. Había imaginado una nueva
era dentro del fabianismo: «Si al menos todos fuesen tan sensibles, tan
amplios de miras...» Y había llegado a pensar que la Sociedad era una
especie de estrecha y exclusiva «capillita baptista dominada por el diácono
Webb», proseguía, para añadir después que «mi socialismo... es mucho más
democrático, radical y omnicomprensivo».
Y, como si no terminase por
satisfacerle este embelesado rapto ideológico por parte de la esposa del
secretario de la Sociedad, mi padre también se había adueñado nada menos que de
la compañera de por vida de un individuo de la talla de Hubert Bland, miembro
fundador de la Sociedad y tesorero de la misma desde su primera reunión. Bland
era una persona extraordinaria[198], cuyas
horas de vigilia, e incluso sus sueños, seguramente, estaban dedicados a
hacerse pasar por persona capaz de desempeñar muy diversas actividades, a una
de las cuales debía la
posición que ostentaba dentro de la Sociedad. En aquella ya por entonces lejana
primera reunión, se había decidido hacer una colecta para proporcionar a Pease,
secretario de la Sociedad en ciernes, un dinerillo con el que pudiera costear
los gastos de papelería y los sellos necesarios para mantenerse en contacto con
los miembros de la Sociedad. La colecta sirvió para recaudar la exigua suma de
trece chelines y nueve peniques; a Bland se le nombró tesorero y se le confió
ese dinero, por el mero hecho de ser el único hombre de negocios entre los
presentes. Su derecho a ostentar tal cargo no se sostenía sobre gran cosa.
Aunque sí leyese la columna sobre asuntos de la ciudad del periódico diario que
comprase, era un hombre sin sustancia, y su experiencia en los negocios se
limitaba a haber fracasado en su intento por hacer funcionar una minúscula
fábrica de cepillos. Al terminar su actuación dentro de la Sociedad Fabiana, a
sus propios ojos se había convertido en un hombre de la ciudad, dotado de un
conocimiento único de las finanzas públicas.
Otra de las imposturas
recurrentes de Bland era la del soldado nato, cuyo instintivo conocimiento de
toda clase de cuestiones militares lo hacía merecedor de ser considerado todo
un experto en la Defensa Imperial. Este papel lo adornaba con el attrezzo necesario,
y a fuerza de engominarse el pelo con pomada, peinándoselo con raya en medio, a
fuerza de encerarse el bigote y retorcerse las guías, mirando fríamente al
mundo a través de un monóculo, con el torso enfundado en una ajustada levita
(que muy bien podría haber disimulado un corsé), y de esta guisa en todo
momento, se daba un aire de recio militar hasta en los menores detalles. Tras
tan aparatoso montaje no había otra cosa que una infancia pasada en la ciudad
guarnición de Woolwich. Sus padres habían tenido una casa en propiedad a pocas
calles del Cuartel General del Real Regimiento de Artillería, algo más allá del
famoso Arsenal. Ésa era toda su proximidad con la realidad militar. El secreto
que más celosamente guardaba «esto es, que su abuelo había sido fontanero y
pintor de brocha gorda» lo tenía escondido bajo otra de sus identidades
falsificadas, la del «viejo católico», uno de los pocos supervivientes de una
familia de recusantes procedente del Norte, cuyo fanático apego por la religión
de sus antepasados les había llevado a perder sus tierras, sus casas, sus
tesoros personales. Este papel era uno de los que prefería Bland; por raro que
parezca, y de forma muy conmovedora, había hecho cuanto estuvo en sus manos por
legitimar esta osadísima urdimbre, al convertirse públicamente al catolicismo
ya al final de su vida, como si juguetease con quién sabe qué desatinada
esperanza de levantarse de la sepultura para franquear las puertas del cielo
bajo identidad falsa.
Fue Bland quien asumió el
liderazgo de la oposición en el momento en que los fabianos liberales
propusieron que la reforma de las leyes de divorcio fuese uno de los objetivos
prioritarios de la Sociedad. De paso, dijo ante públicos fascinados que estaba totalmente
en contra de consagrar la Sociedad a objetivos de tal especie, basándose en que
si el divorcio fuese más fácil y más barato, el daño que causaría a la calidad
de la vida de familia en Inglaterra iba a ser irreparable, hasta el punto de
poder desembocar en un trágico hundimiento de los criterios morales. Eran
«blandenguerías» como éstas las que divertían a unos fabianos y dejaban
pasmados a otros, como si fuesen revelaciones de lo que bien podrían estar
pensando al respecto los miembros de mayor edad, pero fue mucho mayor la
sorpresa que sintieron quienes lo conocían de cerca y quienes habían disfrutado
de su compañía en ciertas ocasiones de carácter festivo, a las que no asistían
las mujeres. Cuando acudía a una de estas cenas sólo para varones, al llegar la
fase más benigna y apacible, al encenderse los puros y aparecer sobre el mantel
los botellones de oporto, brandy o whisky que enseguida comenzaban a circular
de un lado a otro de la mesa, Bland se mostraba más parlanchín e incluso, caso
de plantearse el tema de las mujeres, amigo de contar picantes anécdotas
personales. De este tema trataba impostando a un psicólogo que hubiese hecho
abundantes trabajos de campo, por así decir, y describía «pura y llanamente con
ánimo de ilustrar» curiosas experiencias, una tras otra, de las que había
tenido conocimiento, revelando de este modo, en aras del interés científico,
que era un tenorio incansable y, desde luego, de notable éxito.
Mi padre lo detestaba, pero
rápidamente sintió un gran aprecio por su mujer,
Edith Nesbit. Bland había conocido a esta complicada y dotadísima mujer en
1877, cuando ella tenía diecinueve años y él veintidós (siendo mi padre un niño
de diez años). Los Bland se casaron tres años más tarde, estando Edith Nesbit
en el séptimo mes de embarazo. A su debido tiempo dio a luz un varón. El
segundo hijo que registró Bland a su nombre nació dos años más tarde, en 1882.
Y aunque Edith iba a pagar por la crianza de este otro niño, lo cierto
es que no fue suyo. Por
entonces Bland tenía la mente puesta en más altas miras que en pringar a secas
algunos dineros de aquí y allá, dejando que su mujer se ocupase de los aspectos
más groseramente materiales de esta vida. Lo cierto es que ella se encargaba
del mantenimiento de la familia, de su esposo y de los niños que fueran
teniendo, escribiendo novelones románticos exclusivamente por dinero, por
encargo de las nuevas revistas de amplia difusión. Dedicada con verdadero
fervor a esta ocupación, conoció y se hizo amiga de una tal Alice Hoatson, una
joven no muy felizmente contratada en las oficinas del Sylvia's Home Journal. Ganaba un salario de miseria
como lectora de manuscritos, haciendo todo el trabajo que el redactor que se
ocupaba de preparar las obras de creación, por ser hombre, hacía a cambio de un
salario relativamente holgado. Al quedar Edith embarazada por segunda vez, a
finales de 1884, persuadió a esta nueva amiga suya para que formase parte del
entorno doméstico de los Bland, para trabajar como una mezcla de secretaria,
cuidadora de los niños y dama de compañía. Edith dio a luz a su segundo hijo en
1885, y volvió a quedar embarazada durante ese mismo año. Aún no se había hecho
del todo a la idea cuando Alice Hoatson tuvo que contarle que también ella
estaba en estado de buena esperanza. El hijo de Edith nació muerto en la
primavera de 1886, con gran consternación de la madre. Unas cuantas semanas
después de que Alice diese a luz, Bland comunicó a Edith que le desazonaba
muchísimo la enorme pena que ella sentía por haber perdido al bebé, y le
sugirió que para aplacar su dolor, y para ayudar a su amiga Alice a salir del
brete en que se encontraba por ser madre soltera, podría adoptar a la niña y
criarla como si fuese suya. A Edith le gustó la idea, y así se convirtió la
niña en Rosamund Bland a ojos de la ley.
A Edith sólo le costó un
total de seis meses darse cuenta de que su marido era el padre de Rosamund,
cuando Alice seguía siendo aún amante suya. Sintió una pasajera rabia, sobre
todo consigo misma, por haber sido tan crédula, nada en comparación con la furia
que sintió contra Bland por haberla engañado, pero antes de haber dicho o hecho
algo irreparable, pudo calmarse y llegar a la conclusión de que podría, a pesar
de los pesares, seguir viviendo tal y como estaban las cosas. Nunca había
llegado a creer del todo que el destino le reservase la verdadera felicidad, y
disfrutaba en el fondo de la interesante vida que le había deparado, de modo
que bien podría seguir conviviendo con su marido.
Los Bland seguían viviendo
de forma sin duda interesante, pero muy diferente, cuando quince años más tarde
los conoció mi padre. Edith había dejado de escribir para las revistas de poca
monta, ya que se había convertido con gran éxito en una sobresaliente escritora
de libros para niños. Sus crónicas de las venturas y desventuras de los niños
de la familia Bastable se vendían sin cesar. Ya no tuvo que vivir ganándose una
guinea de cualquier manera aquí y otra allá, aun cuando tampoco tuviese las
cosas aseguradas. Edith mantenía a Bland en un tren de vida que para él, por sí
solo, habría sido inalcanzable; lo había instalado en Well Hall, una deliciosa
casa de campo, con foso y con un magnífico jardín, perdida en la campiña de
Kent pero con una fenomenal comunicación por ferrocarril con la ciudad. Los
Bland vivían a lo grande, sin reparar en gastos y con generosidad; jamás
rechazaban la presencia de un amigo. El dinero que entraba a espuertas gracias
a la venta de los libros para niños se gastaba con la misma rapidez con que
llegaba, o a veces a mayor velocidad; la fiesta que se daba en aquella casa
parecía seguir en marcha de por vida. Bland seguía teniendo sus éxitos con las
mujeres, aunque empezaba a parecer más bien un gordinflón y deteriorado Matthew
Arnold, en vez del apuesto galán de antaño: más bien sus víctimas se mostraban
deferentes con él, en vez de perder la cabeza por él. En cuanto a Edith, se
diría que le importaba un comino quién fuese la última de sus conquistas, o que
dichas jovencitas estuviesen en apuros. De un modo u otro, se diría que esta
clase de asuntos se solucionaban por sí solos, sin que hubiese demasiadas
variaciones sobre el guión de costumbre. Bland y sus amoríos ya no le parecían
ni la mitad de interesantes que antaño; cada vez se implicaba más en sus
propias amistades, intensamente platónicas, al tiempo que le preocupaba sobre
todo la vida de grupo. ¿Dispondría de camas libres suficientes para alojar a
toda la gente que corría a verlos desde la ciudad, en los trenes de media tarde
o de primera hora de la noche? ¿Habría alimentos suficientes para todas las
visitas? ¿Se llevarían
bien unos con otros?
Mi padre, tal como he dicho,
tomó un gran aprecio a Edith Nesbit; Bland en cambio le pareció una
inverosimilitud de tercera fila, e hizo todo lo posible por ignorarlo. Bland
nunca había sentido el menor aprecio por los hombres que lo trataban como a un
simple pasajero a bordo del arca que llevaba su esposa; el desagrado que sintió
por mi padre devino enemistad sin paliativos tan pronto se dio cuenta de que
Edith respaldaba la causa defendida por Wells en su propia casa. Era la última
persona que podría haber aceptado la idea de que la Sociedad Fabiana pudiese
llegar a ser una institución madura para emprender drásticas reformas y
ampliaciones. El servicio que prestaba a la Sociedad, en calidad de tesorero y
miembro de la ejecutiva, le proporcionaba el único pretexto posible para ser el
alguien de sus fantasías e imposturas; era natural y previsible que contemplase
las propuestas de mi padre como una amenaza sobre su felicidad, era lógico que
resolviese frustrar dichas propuestas en la medida de sus posibilidades.
Igualmente de cajón fue que olvidase sus disputas con su antiguo aliado y viejo
amigo, Pease, y que lo pusiera sobre aviso de que era necesario hacer algo, lo
que fuese, con tal de detener a mi padre e impedir sus avances, antes de que
llegase a causar un daño irreparable a «su» sociedad. Alertado, Pease, que ya
era de la misma opinión, se propuso hacer todo lo que estuviera a su alcance
con tal de obstruir las propuestas de mi padre, de modo que al término de un
año la moción que mi padre había esbozado con ayuda de Maud Reeves estuviese
tan lejos de ser presentada ante la asamblea general de la Sociedad como lo
estuvo antes de ser ideada.
A comienzos de 1905, Maud
Reeves entendió, y así se lo hizo entender a mi padre, que si realmente deseaba
dejar su sello personal en la Sociedad tendría que poner de manifiesto sus
dotes de liderazgo, al igual que sus dotes de intrigante. Muy pronto tendría
que ponerse en pie de guerra y demostrar que estaba en condiciones de dominar
con aplomo una reunión multitudinaria. Ella le indicó que ningún político podrá
jamás tener la esperanza de coronar con éxito una empresa si siente un miedo
cerval por el estrado; le dijo que estaba agrandando en exceso la importancia
de sus defectos físicos. Tener un vozarrón y una presencia importante no lo es
todo: si consiguiera mantener la frialdad, hablar despacio, si no se pusiera a
farfullar y a comerse las sílabas, con toda seguridad se le prestaría la debida
atención, de eso a ella no le cabía ninguna duda. Maud Reeves le dio el valor
necesario para postergar definitivamente el recuerdo de su contratiempo
inicial, para ponerse a prueba frente al público de los fabianos congregados,
en dos reuniones distintas, a poco de comenzar el año nuevo. Estaba previsto
que hablase sobre el controvertido tema de Las culpas de los fabianos el
12 de enero, sólo que la ejecutiva dio en pensar que una sesión de autocrítica
no sería lo más indicado en la víspera de unas elecciones generales, de modo
que le pidieron que comentase un tema alternativo. Por fortuna, tenía ya
preparado un ensayo de tono ligero sobre las realidades de la pobreza, tema del
que, según pensaba, el fabiano medio conocía bien poca cosa, de manera que este
ingenuo intento por hacerle perder el equilibrio no llegó a prosperar. This
Misery of Boots (Qué miseria de botas), el texto en cuestión, no se deja
leer demasiado bien hoy en día, pero lo cierto es que sus primeros oyentes se
dejaron embelesar por su frescura y por su planteamiento directo. Como salió
airoso de la prueba, un público expectante estaba esperando su intervención del
9 de febrero, que es cuando por fin logró dar expresión a Las culpas de los
fabianos. Maud Reeves había convencido a los integrantes más jóvenes de la
Sociedad con los que pudo contactar para que estuviesen presentes en la
conferencia, prometiéndoles que iba a ser algo muy bueno, y gracias a la
inspiración de esta cálida acogida Wells se desenvolvió francamente bien. Hizo
reír a la audiencia desde el primer momento, ya que empezó por parodiar la
mezcolanza de referencias privadas y de chistes de familia que por fuerza
formaban parte de cualquier conferencia que pronunciase un fabiano en dicho círculo.
Pasó después a argüir que el modo de hablar aceptado entre los fabianos era
síntoma indiscutible de un pensamiento de camarilla; la mera existencia de
dicho lenguaje tenía que ser una señal de que la Sociedad era excesivamente
elitista e introvertida, incapaz por tanto de llevar a cabo la misión que a
bombo y platillo proclamaba, es decir, la preparación del terreno de cara a una
radical reconstrucción del orden social.
A pesar de los sarcasmos y
las gracias, Las culpas de los fabianos fue una presentación más cruda,
más calculada, más eficaz, en lo tocante a la causa de la ampliación y reforma
de la Sociedad, que la que había terminado en el fracaso tras su intento de
tres años antes. Esta vez sí había acertado de lleno. Nada más terminar, se dio
cuenta de que se había ganado el ánimo de la concurrencia. La mayoría de los
presentes en la sala comprendieron que a la ejecutiva acababa de ofrecérsele un
desafío en toda regla, de lo cual tuvieron que ale-
grarse.
La Vieja Guardia de los
fabianos. el grueso de los miembros de la ejecutiva que ingresaron en la
Sociedad a principio de la década de los ochenta, no quiso reconocer que mi
padre se había convertido para ellos en una especie de amenaza. Insistieron en
considerarlo como un fenómeno puramente transitorio, un ruidoso publicista de
sí mismo que había ido a parar a su terreno sólo por ver qué publicidad podía
hacerse mediante alharacas y jaleo de cierta consideración. Tuvieron la
sensación de que era un hombre carente de principios y de intenciones
mínimamente serias. Que prosperase o que fracasara era lo de menos, ya que de
un modo o del otro pronto renunciaría al juego que había decidido iniciar, para
hacer mutis por el foro. Lo correcto, respecto de él, sería seguir al pie de la
letra la política adoptada anteriormente por Pease y por Bland: maniatarlo en
una telaraña de obstrucciones administrativas y de procedimiento, hasta agotar
su paciencia.
Shaw fue en cambio el único
miembro de la ejecutiva que se manifestó contrario a esta línea. Indicó a Pease
y a Bland que se equivocaban por completo al subestimar la valía de mi padre,
advirtiéndoles de paso que el reto era genuino, y que sólo podrían salir
airosos si lo derrotaban en una polémica abierta, por la fuerza del intelecto.
Sidney Webb, a quien le agradaban los sermones aunque no le hiciesen gracia
ninguna los debates, se mostró inclinado a manifestar un olímpico desprecio
hacia las ideas de mi padre, hasta que éste se agotase por sí solo, aun cuando
de pronto se dio cuenta de que una nueva esposa de un miembro de la Sociedad
Fabiana corría serio peligro de ponerse de parte del entrometido: esta vez, la
suya.
Los diarios de Beatrice Webb
correspondientes a este período muestran con cuánto acierto obró Sidney al
sentir esa preocupación. De una entrada a la siguiente, la autora pasa de la
admiración al desprecio, del sentimiento de que la presencia de mi padre en la
Sociedad era benéfica y estimulante, a otro sentimiento más poderoso si cabe, a
saber, que era un peligro al cual había que resistir contra viento y marea. No
es frecuente que sus escritos delaten hasta qué extremo era una mujer muy
afectada por el hondo esnobismo que tan a menudo afecta a los hijos de los
nuevos ricos; me parece revelador que sus encuentros tanto con Jane como con mi
padre fuesen para ella ocasiones propicias a manifestar violentos arranques de
ese esnobismo. Testimonian, creo yo, qué fuerza de convicción tuvo al intentar
no rendirse ante la influencia de mi padre, así como la auténtica sagacidad de
su marido al reconocer qué inconmovible poder tenía Wells en la imaginación y
en el afecto de su esposa. Estar en conocimiento de esta realidad no llevó a
Sidney Webb a sentir más aprecio por mi padre; al contrario, lo electrizó y lo
llevó a la acción. Bruscamente y sin previo aviso asumió el liderazgo del
movimiento que se había propuesto parar los pies a Wells, del cual pasó a ser
su miembro más activo.
Webb comenzó por dar una
sorpresa a mi padre. Derrotó la propuesta de mi padre[199], en el
sentido de que convendría realizar una investigación sobre la eficacia de la
administración de la Sociedad por parte de la ejecutiva, simplemente
concediéndole la razón sobre este punto. Así, mi padre dejó de tener la
iniciativa, y así se vio privado de toda posibilidad de denunciar a la
ejecutiva en una intervención en público, tal como era su intención,
proponiendo que se abriese esa investigación en la siguiente asamblea general.
Fue incluso más allá. Como dicha investigación había sido instituida por la
propia ejecutiva, el poder de nombrar a los miembros de la comisión y de
definir los términos de la encomienda quedaron lógicamente en sus manos. Para
mayor vejación de mi padre, se vio reducido a la condición de mero spectator ab
extra en la selección de los integrantes de un cuerpo al cual se designaba
invariablemente, con irónica cortesía, «el Comité Wells». Su exasperación
creció más aún cuando cayó en la cuenta de que «su» comité no iba a celebrar
sesiones abiertas al resto de los miembros: no iba a tener en consideración sus
opiniones, ni tampoco iba a mantenerlos informados. Sólo daría cuenta de sus
hallazgos y conclusiones ante la ejecutiva, que a su vez podría «o no» exponer
a los miembros sus propias recomendaciones para poner remedio a los males
existentes, como base para futuras discusiones.
Cuando mi padre entendió
cuan cabal y absolutamente había sido derrotado por esta maniobra, pensó que la
única vía que le quedaba abierta, aparte de aceptar mansamente la derrota,
estaba en el intento de hallar alguna forma para esquivar las peores consecuencias
del desastre. Tuvo la esperanza de lograrlo con la introducción de una moción
en la ya inminente asamblea general, en pro de una revisión a fondo de las
llamadas «Bases», el estatuto de los objetivos fabianos con el cual se
comprometían todos los miembros al adherirse a la agrupación. En consecuencia,
se dispuso a esbozar un borrador para unas «Bases» revisadas, con la intención
de comprometer a la Sociedad no sólo con la revolución económica, sino también
con una revolución sexual.
Edward Pease resumió el
esbozo de las «Bases» escrito por mi padre en su propia versión de estos
acontecimientos. Exigía, dijo, que los miembros de la Sociedad trabajasen en
pro de la reconstrucción del orden social, en la cual deberían incluirse tres
apartados: la transferencia de las tierras y el capital al Estado, el
reconocimiento de la igualdad de hombres y mujeres y «la sustitución de las
autoridades públicas por otras privadas en la educación de los jóvenes y el
apoyo de éstos». De ahí pasaba a comentar con pesada ironía que «nunca
llegó a desvelarse a qué quería referirse esta última cláusula»[200].
Cierto es que su contenido sólo podía ser un misterio para quienes seguían
empecinados en ignorar lo que mi padre refería con pelos y señales a todo aquel
que estuviera dispuesto a escucharle, a saber, que lo que intentaba era que la
Sociedad respaldase la creación de un sistema de subvenciones a la maternidad y
los cuidados infantiles que protegiese a las mujeres en general de la principal
de sus incapacidades en lo económico.
Puede que mi padre cometiese
un error al adoptar la defensa de esta causa en concreto en el momento en que
lo hizo, pero también puede que no lo fuese. Era evidente que la opinión
pública del país, en conjunto, no estaba todavía preparada para que semejante
programa se llevase a cabo, pero la esencia del liderazgo es su capacidad de
innovación, y la Sociedad presuntamente tenía que desempeñar una función
educativa y directriz. Abogar por semejante plan podría haber llevado a la
Sociedad muy por delante, quizá demasiado, del grueso de la población, pero
conviene tener presente que en aquella época las capas más depauperadas de la
población inglesa vivían en un estado poco menos que de barbarie, pues por
entonces el embarazo de una mujer soltera era equivalente a una sentencia de
encarcelamiento por prostitución. Había mucho que decir en favor de un programa
de acción que habría servido para mantener lejos del arroyo a innumerables
madres solteras, que habría
servido para hacer muchísimo
por la salvación de una auténtica legión de niños que fácilmente habrían muerto
lentamente, de hambre, o habrían quedado tarados de por vida debido a la
desnutrición. Si algo podía decirse con absoluta certeza acerca de la maternidad
sin subsidios de ningún tipo, estando las cosas como estaban, era que sólo
servia para endosar al país un número en constante incremento de seres humanos
gravemente perjudicados. Lo que había dicho y hecho mi padre fuera de la
Sociedad iba a ser a la postre causa de su perdición en el seno de la Sociedad
y en el teatro de la política.
Mi abuela había fallecido a
principios de junio de 1905. Se fue de esta vida después de un período bastante
prolongado de demencia senil cada vez más profunda, a lo largo del cual pereció
todo en ella, con la salvedad de un vago recuerdo de su carácter terco y recto.
La esencia del estado final de las relaciones que mantuvo con mi padre lo
transmite bien una fotografía de ambos, tomada por Jane en el césped de Spade
House, en algún momento del verano anterior. En ella, mi padre aparece en pleno
intento de comunicarse con la anciana señora, casi como si fuese un médium que
cortejase una tímida aparición. Es obvio que él desea hacerle saber que todo,
absolutamente todo, marcha sobre ruedas. La casa recién construida que aparece
al fondo es, efectivamente, la suya; no hay alguaciles a la espera, ni en el
recibidor ni a la vuelta de la esquina. Mi abuela mira con rostro inquisitivo a
alguna otra parte; su cara es la máscara de la confusión y el espanto. Está
claro que tiene en mente aquellos terribles días de la Nueva Posada, durante
los que su madre agonizó mientras la altanería de las ficciones y las mentiras
de su padre se hacían añicos a su alrededor. No le puede parecer verosímil que
su torpe y perezoso hijo, incapaz de toda perseverancia, haya podido contratar
personalmente a su propio arquitecto para diseñar y construir la casa en la que
ha de vivir su familia; no le tocaba en suerte haber hecho tal cosa. Sólo la
nobleza, o los hombres que encuentran el éxito en la dedicación a un oficio
respetable, tenían el derecho a construir sus propias casas. Le daba la
sensación de que su hijo volaba demasiado alto, y su mujer y su propio hijo
habían de ser quienes a la sazón pagasen por tantas presunciones. Cuando
saliera a la luz la verdad, es decir, que su Bertie era un don nadie, que no
tenía nada en que respaldarse, sus amigos en tiempos de bonanza lo abandonarían
todos, y Jane y sus chicos tendrían que echarse a la calle. Lo que en cambio
intenta decirle mi padre es algo que no le llega: lo único que alcanza a oír en
su voz es el remoto eco del perezoso optimismo de su propio padre. Jamás había
podido ella creer que iba a llegar tan alto, ni tampoco decirle que lo admiraba
por hacer lo que había hecho.
Y entonces, de repente,
falleció. El interés que tuvo mi padre por la fotografía estaba en su punto más
candente cuando falleció su madre; después de que fuese amortajada, se llegó a
pasar varias horas alrededor del féretro, intentando captar su imagen con su
cámara, antes de que desapareciera para siempre. Las desvaídas reproducciones
en tonos sepia de aquellos negativos pueden verse hoy en la biblioteca de la
universidad norteamericana, extrañamente tan lejana, a la que fue a parar el
grueso de sus papeles. Muestran que la muerte terminó de quitar la suavidad y
la debilidad de la edad de su ajado rostro, restaurando aquel granítico aspecto
que le había convertido en adversaria formidable, temible, cuando mi padre se
enfrentó a ella en lucha por lo que parecía entonces su derecho a la vida. A
duras penas logró soportar lo que había visto en aquel semblante implacable,
así como en las fotografías reveladas, hasta el punto de no poder olvidar la
visión. A esa imagen iba a recurrir novela tras novela, a lo largo de unos
cuantos años. La muerte de su madre tampoco cerró el libro definitivamente
sobre lo peor de sus relaciones, ya que simplemente sirvió para abrir un nuevo
capítulo de la historia. Le dio acceso al diario que tan abrumadoramente había
urdido, en el que revelaba el odio cultivado casi con devoción que había
constituido el meollo de su vida matrimonial, así como la mortífera apuesta a
la que él debía su existencia. Al leer página tras página el diario de su
madre, se remontó a cuarenta años antes, a los terribles instantes que
siguieron a su alumbramiento, al momento en que abandonó la carne que lo
cobijaba, en la cual ella htibo de afrontar el hecho de que había reanudado las
relaciones sexuales con su aborrecido esposo sin tener en mente ningún propósito
sano, y el hecho de que aquella cosa resbaladiza, ensangrentada, que la
comadrona estaba lavando como si fuese un bien preciado, no era en realidad más
que otro chico. No se le había dado la hija por la que tanto había rogado al
cielo, para que la compensara por la pérdida de su adorada Possy.
La reacción de mi padre ante
la tremenda conmoción que le supuso la lectura y relectura de ese atroz
documento no pudo ser más característica de la clase de hombre, de la clase de
escritor que era. Trató de hallar alivio de tanta inquietud en la fantasía,
imaginando un estado de hechos dentro del cual nadie pudiera verse atrapado en
una pesadilla similar a tan siniestro matrimonio. Se había mantenido bien
informado de las novedades científicas de la época, terreno en el que se
hablaba en abundancia de los cometas. El cometa Encke estaría de regreso en la
órbita terrestre en 1906, el Halley en 1910. La técnica de análisis
espectrográfico acababa de descubrirse; se dirimían animadas discusiones acerca
del significado de la información que había empezado a obtenerse en torno a la
química de las colas tradicionalmente feroces y arrasadoras de tales cuerpos
celestes. Fue todo un descubrimiento que las ingentes cantidades de gases
diversos que constituían la mayor parte de dichas colas pudiesen ser amputadas
y sin quemarse cuando dichos cuerpos atravesaran los campos de gravitación de
otros cuerpos celestes de mayor tamaño y densidad. Se había visto que tales
nubaredas exentas se dispersaban en el vacío después de que ciertos cometas de
órdenes inferiores se vieran expuestos a la acción gravitatoria de la masa
terrestre. El cometa Encke formaba parte de la familia de cometas que podía
completar sus circuitos de tres años y medio alrededor del sol en dos horas y
media menos a cada vez. Los cálculos realizados hacían pensar en que con cada
órbita se iba aproximando poco a poco a la Tierra; de ser así, bien podría
acaecer que un buen día, dentro del futuro previsible, el cometa atravesara la
órbita terrestre a la distancia suficiente para quedar despojado de la mayor parte
de la nubareda de gases que arrastraba detrás. Así, dichos gases pasarían a
formar parte de la atmósfera terrestre. En tal orden de ideas, supongamos, y es
sólo un suponer, que uno de los componentes químicos de la nube de gases
resultara ser una sustancia capaz de dominar la mente humana. Supongamos que
sirviese, entre otras cosas, para aniquilar todo arranque de los instintos y
las emociones que generan comportamientos considerados irracionales. Supongamos
que, después de haber pasado el cometa, la razón misma flotase en el aire que
respiramos. El tránsito del cometa podría constituir el comienzo de una nueva
era. Así se encontró mi padre con un nuevo libro, En tiempos del cometa.
En esta nueva invención
prevalece el elemento de la inocencia; si la conclusión del relato que
construyó mi padre adolece de esa misma cualidad, no hay en cambio ni rastro de
ella en el relato que refiere acerca de los malos tiempos vividos antes de que tuviese
lugar el cambio químicamente inducido por el cometa. Esa parte de la historia
expresa al máximo los sentimientos de mi padre acerca de la fealdad moral que
degrada y corrompe las vidas mezquinas, vividas mezquinamente, en las
sociedades en las que prevalece el arribismo y la falta de escrúpulos,
sociedades en las que todo tiene su precio y a las mujeres se las trata como si
fuesen un tipo de propiedad privada especialmente apetecible. Aunque incida de
lleno en el campo de los frescos sociales del siglo XIX, tiene una mordacidad
casi propia de Jonathan Swift. Sin embargo, la trama principal de la novela
basta para derrotarse a sí misma. El final feliz, y no el fardo argumental, fue
lo que resultó insufrible en su día. Los lectores de la época no pudieron
aguantar que les dijese, de esa forma, que cuando los cuatro personajes
principales fueron curados de sus celos y de su posesividad gracias a la
inhalación de los gases del cometa, pudieron en efecto olvidar del todo los
rencores e iniciar de ese modo una amistad hasta cierto punto melosa,
sacarinácea, en la que cada uno de los hombres mantenía relaciones con las dos
mujeres y cada una de ellas con los dos hombres en cuestión. Habida cuenta del
clima de la opinión pública prevaleciente, mi padre no pudo decir esto con las
mismas palabras que acabo de emplear, pero sí logró expresarse con la sencillez
y la claridad suficientes. El narrador, que había estado a punto de cometer
homicidio siendo víctima de la furia producida por los celos en el momento en
que aconteció el gran cambio, describe los efectos que vive un tanto a la
defensiva, pero sin ambigüedad: «Nosotros cuatro estuvimos muy unidos desde
entonces, no sé si me entiendes. Fuimos amigos que nos ayudamos mutuamente,
fuimos amantes en un mundo hecho por y para los amantes.»[201]
Mi padre pudo terminar En
tiempos del cometa mucho antes de disponerse a redactar su borrador de la
versión revisada de las «Bases» de la Sociedad Fabiana. Macmillan lo había
aceptado, dando al borrador el lugar debido dentro de la lista de prioridades
para el otoño. En consecuencia, no trabó ninguna conexión entre el final feliz
de la novela recién concluida y los objetivos propuestos por Wells para
revitalizar la Sociedad Fabiana. Las «Bases» revisadas eran, para él, una cosa
aparte. Comentó el texto con sus amigos y aliados dentro de
la Sociedad, a los cuales
les habían gustado, y a mediados de febrero puso el documento en manos de
Edward Pease, para que lo remitiese a la ejecutiva. Adjuntó una breve nota de
tono personal dirigida a Pease, indicando al secretario que tenía previsto marcharse
a los Estados Unidos a finales de marzo, y que por tanto le agradaría que el
asunto se tratase en la siguiente asamblea general. Pease dio respuesta a la
nota de mi padre pasado un breve intervalo[202],
informándole de que la ejecutiva se había mostrado de acuerdo en admitir su
propuesta dentro del orden del día, y que cuando la ejecutiva lo considerase
oportuno el propio borrador comenzaría a circular entre todos los miembros, ya
que había de incluirse en el número siguiente de The Fabian Newsletter. Se
marchó a Estados Unidos con la placentera sensación de tener todo atado y bien
atado.
A su regreso a Inglaterra,
mi padre se encontró con que le estaba esperando una nueva carta de Pease. Se
trataba de comunicarle que, desde el momento en que las «Bases» revisadas
habían sido puestas a disposición de todos los miembros, le había llovido encima
una andanada de interpelaciones sobre el significado concreto de las cláusulas
segunda y tercera. ¿Hasta qué punto había de llevarse el reconocimiento de la
igualdad entre los sexos? ¿Más allá de la cuestión de la emancipación, o no?
¿Habían de contar con el apoyo del Estado todos los niños, o sólo los nacidos
dentro del matrimonio? Caso de que la totalidad de los niños fuese a
beneficiarse de las dotaciones que él proponía por maternidad, ¿cómo iba a
responder a las acusaciones de que en el fondo pretendía subvencionar la
inmoralidad? El secretario había reservado una fecha a mediados de octubre para
que pudiese dar una conferencia en respuesta a estos interrogantes, con la
esperanza de que le agradase disponer de la oportunidad para lidiar con los autores
de tantas preguntas como se habían planteado. ¿Tendría mi padre la amabilidad
de indicarle tan pronto como pudiese si estaba o no dispuesto a afrontar
semejante acto en la fecha propuesta?
Mi padre comunicó a Pease,
encantado, que sin lugar a dudas le gustaría defender su propuesta en una
reunión de tales características. Al parecer, nunca llegó a pasársele por la
cabeza que, sólo con morder el atractivo anzuelo que le había tendido Pease,
iba a emprender la discusión de todas estas cuestiones, en un acto público,
solamente un mes después de la fecha de publicación prevista de En tiempos
del cometa. Si la ratificación del amor libre que se hacía oscuramente en
la novela, bien que de forma absolutamente inconfundible, suscitase quién sabe
qué clase de escandalosa reacción, el alboroto estaría en su momento culminante
cuando le llegase el momento de cumplir con la cita prevista para mediados de
octubre.
Nada pudo alertar a mi padre
acerca de las elevadas posibilidades de que surgiesen problemas inherentes al
acuerdo cerrado con Pease. Y así fue, simplemente, porque el verano era un
estación en la que por entonces no ocurría casi nada en el mundo de los fabianos.
Los fabianos se marchaban de la ciudad casi al unísono nada más llegar la
temporada de las fresas, para visitarse unos a otros en sus casas de campo o en
sus granjas, alquiladas o en propiedad, hasta pasado el momento de cosechar por
segunda vez las frutas del bosque, cuando las amapolas se arracimaban entre las
margaritas acariciadas por la lluvia y caían gracias al viento del otoño las
primeras manzanas. El verano de 1906, entre los fabianos, había discurrido tan
plácidamente como el de todos los años hasta bien entrado el mes de septiembre,
sin que los integrantes de la Vieja Guardia tuvieran ningún motivo de alarma;
así estaban las cosas cuando Shaw, recién llegado de unas reparadoras
vacaciones en Irlanda, indujo en todos ellos un arranque de pánico. Siguiendo
los dictados de su naturaleza esencialmente traicionera, deseoso de cubrir toda
eventualidad procurando parecer amigo de todo el mundo, había repasado sus
contactos con los fabianos más jóvenes, y así pudo enterarse de que, después de
todo, sí que había ocurrido algo importante durante la temporada vacacional.
Maud Reeves y Jane, con ayuda de un grupo de voluntarios, habían trabajado de
firme durante todo el mes de junio, julio y agosto, recabando una nutrida masa
de votantes favorables al proyecto de mi padre, sólo con repasar a conciencia
el archivo de miembros de la Sociedad. Habían cumplido a la perfección, yendo
incluso más allá de las expectativas iniciales, y así a punto estuvieron de
conseguir sobradamente la creación de un bloque con la fuerza suficiente para
arrasar en una votación de la asamblea general. Para salpimentar lo justo esta
mala noticia para la Vieja Guardia, Shaw pudo añadir, de su propia cosecha, que
la división en el seno de la amplia familia de Hubert Bland se había ahondado,
ya que el nombre de su hija Rosamund figuraba junto con el de su esposa al
frente de los partidarios de mi padre. Maud Reeves difícilmente pudo encontrar
ayuda más útil que la que ella le daba.
Bruscamente a los Webb y a
sus aliados les resultó clarísimo que muy lejos de «escapar» irracionalmente,
tal como había dicho con desdén y no mucho antes Beatrice Webb, mi padre había
empezado a intervenir con gran eficacia: los veinte años de control que
llevaban disfrutando sobre su juguete bien fácilmente podrían estar a punto de
tocar a su fin. Sin embargo, a finales de septiembre, cuando la creciente
consternación que les embargaba había llegado incluso a ponerlos en situación
de tirarse de los pelos o de rasgarse las vestiduras, un arma cargada y con
instrucciones de uso les cayó inesperadamente en las manos. En tiempos del
cometa por fin se había publicado, y ya había aparecido una recensión en el
Times Literary Supplement. «Las esposas de los socialistas —había
escrito el crítico del Times—, al igual que sus bienes, han de ponerse a
disposición del prójimo. El amor libre ha de ser, según el señor Wells, la
esencia de un nuevo Contrato Social. Por fuerza hay que preguntarse hasta qué
punto estará decidido a insistir sobre este detalle dentro de los estatutos
que, según es de dominio público, tanto desea redactar para la Sociedad
Fabiana; hay que preguntarse, por descontado, qué dirá el resto de los fabianos.»[203]
Tan pronto hubo leído Shaw
el ejemplar de la novela que había recibido con antelación a la fecha de salida
al mercado por ser crítico literario, se precipitó a la siguiente conclusión:
Wells había repartido a sus adversarios una baza con los cuatro ases. Creyó que
ya no existía razón ninguna para ponerse a resguardar sus apuestas, y celebró
el verse de golpe liberado del miedo que lo había atenazado escribiendo a mi
padre una carta en la que le aconsejaba que renunciase a su campaña por el
control de la ejecutiva antes de que Bland y Webb aunaran sus fuerzas para
expulsarlo incluso de la Sociedad Fabiana. No tuvo mi padre tiempo de contestar
a esta misiva cuando recibió una segunda nota de Shaw, en la que comentaba
haber leído la reseña del Times Literary Supplement. El tono de esta segunda
carta era de abierto regodeo[204]. En
ella, Shaw hacía saber a mi padre de qué modo iba a explotarse la cuestión del
amor libre con la inminente lucha por el poder, y lo hacía mediante la irónica
sugerencia de que quizá los Shaw y los
Wells deberían reunirse y organizar una juerga a cuatro, como la que se
proponía al término de su novela. De ahí pasaba a darle un esbozo global de los
mínimos sobre los que la Vieja Guardia podría estar de acuerdo para poner íin a
la disputa, sin obligar a mi padre a vivir una humillación en público.
Shaw había previsto,
correctamente, que los diarios de Londres y los periódicos de provincias por
igual aprovecharían rápidamente la pista que había destapado el crítico del
Times Literary Supplement en su velado ataque, pero había cometido un error de
cálculo al llegar a la precipitada conclusión de que mi padre no era
suficientemente hombre, de que no podría aguantar a pie firme la tormenta de
maledicencias y puyazos que se produciría en combinación con una campaña bien
orquestada de acoso y derribo contra su vida privada. Había tenido la seguridad
de que mi padre iba a derrumbarse más tarde o más temprano siempre y cuando
sufriese en sus propias carnes la debida presión, y había acariciado la
diversión que le procuraría encargarse de aplicar esa presión sobre él.
Mi padre, no obstante,
estaba comprometido para el acto público de mediados de octubre sobre las dos
crípticas cláusulas que incluía en su borrador para unas nuevas «Bases»; no
tenía la menor intención de dejarse torear, ni de mandar el acto al garete. La
presión que empezó a sufrir, procedente de los bastidores, lo encolerizó; se
presentó la noche de la cita casi fuera de sus casillas. Estaba dispuesto a que
nada ni nadie le impidiese aclarar todas las dudas que pudiesen haber surgido.
Al subir al estrado con las notas que había preparado para pronunciar una
alocución atractivamente publicitada bajo el título de «El socialismo y la
clase media», se encontró frente a la audiencia más nutrida que hasta
entonces hubiese podido reunirse en una misma sala para escuchar la conferencia
de un fabiano; no llevaba ni un segundo ante su público cuando también
entendió, placenteramente, que los presentes estaban favorablemente
predispuestos. Animado por la calurosa acogida que tuvo, habló confiado, con
convicción, y a la Vieja Guardia y a sus secuaces los sorprendió con su lúcida
y convincente argumentación en pro de la desintoxicación del matrimonio y de la
liberación de la mujer, dos de los objetivos socialistas de importancia
prioritaria.
Para mayor consternación de
sus adversarios, los oyentes se diría que apreciaron más efusivamente sus
palabras al final que cuando había empezado su ponencia. Se habían tragado a
pie juntillas la idea de que el matrimonio pudiese llegar a ser tomado por un
contrato civil susceptible de prescribir cuando hubiese mutuo acuerdo entre las
partes; habían asumido sin pestañear la necesidad de que existiese la plena
igualdad política entre los sexos; ni se inmutaron ante la sugerencia de la
libertad sexual de la mujer. Pero lo peor de todo fue que todos los presentes
se sintieran positivamente entusiasmados por la idea de que había llegado el
momento oportuno para emprender la reorganización de la minúscula y
exclusivista sociedad a la que pertenecían, reorganización de la que podrían
surgir los cuadros de un partido político de ámbito nacional, abierto a todo el
que deseara colaborar en la consecución de sus objetivos. El único criterio
aplicable a las solicitudes de ingreso sería el deseo de suscribir voluntariamente
las «Bases». Y el panorama no pudo mejorar, lógicamente, cuando mi padre pasó a
explicar su programa sin titubeos ni vacilaciones: su aparición en escena había
sido la de un triunfador.
Sofocada la algarabía que se
desató al final de su conferencia, cuando los espeluznantes sentimientos de la
ocasión fueron recordados en tranquilidad, a la mañana siguiente, por parte de
diversos miembros de la Vieja Guardia, no les quedó más remedio que consolarse
unos a otros. Todo había sido mera ilusión; el desproporcionado alboroto armado
por los jóvenes seguidores de mi padre hacía imposible una mínima precisión
sobre el grado de conciencia con que se hubiese podido tomar el público su
alocución. Hubert Bland estaba casi seguro de que el alboroto había ahogado no
pocas desaprobaciones expresadas en silencio por muchos asistentes al acto, de
modo que tras reflexionar durante cuarenta y ocho horas a ese respecto escribió[205] a
Pease para comunicárselo: «Mucho me temo que la conferencia del señor Wells
no fue ni mucho menos positiva para su propaganda. A juzgar por lo que pude oír
después del acto, muchas personas se sintieron bastante molestas con sus
planteamientos.» En cambio, podrían beneficiarse en cierto modo de los
riesgos que había decidido correr mi padre: «Me siento inclinado a pensar
que se podrían hacer cosas mucho peores que introducir su cuestión sobre
"el sexo y los niños" en la agenda de la próxima asamblea general. Lo
mejor que podríamos hacer los fabianos sería incluir también la cuestión de los
anarquistas, e incluso, por qué no, la del amor libre.» Evidentemente,
Beatrice Webb tuvo la sensación de que el ambiente de la Sociedad estaba
poniéndose muy feo. Cuatro días después de que Bland escribiese a Pease de esta
manera, hizo esta sugerente entrada en su diario:
H. G. Wells está, creo yo,
jugando meramente con la idea del amor libre; únicamente la ha querido arrojar
sobre el tapete por ver qué recibimiento se le podía deparar, sin tener en
cuenta la responsabilidad inherente al efecto que pueda surtir en el carácter
de quienes han tenido ocasión de oírle. Esta temeridad suya es lo que hace que
Sidney le tenga tanta inquina. Yo creo que es importante no tenerle odio: lo
único que ocurre es que está pasando por una mala racha, y nosotros hemos de
estar junto a él, por su bien y por el de la causa del colectivismo.[206]
Entiendo que la expresión
«una mala racha» que usa Beatrice Webb se renere al lío que se había organizado
a raíz de En tiempos del cometa, obra que ella, por entonces, aún no
había leído. Iba a hacerlo finalmente a finales de octubre, por cierto que con
resultados que su marido y sus amistades de la Vieja Guardia sólo podrían haber
calificado de abrumadores. Hasta ese momento no había sido de ninguna utilidad
en el movimiento feminista, y nunca se había pronunciado en público sobre la
agitación causada por el derecho al voto de la mujer con una cierta
causticidad. En tiempos del cometa le hizo cambiar de opinión. Tan
pronto terminó de leer la novela, mandó una apresurada nota[207] a mi
padre comunicándoselo, y en menos de una hora envió una carta más formal a la
señora Millicent Fawcett, líder del grupo más amplio de feministas incapaces
pese a todo de alinearse junto a la señora Pankhurst por la controvertida
cuestión del uso de la violencia, para hacerle saber la buena nueva, es decir,
que había cambiado de opinión respecto de la emancipación de la mujer. Para los
varones de la Vieja Guardia habría sido muy duro el tomarse con una cierta
calma esta volte jace, aun cuando hubiese sido un asunto puramente privado;
ahora bien, Beatrice Webb había dado a la señora Fawcett permiso para expedir
su carta al Times, con objeto de que fuese publicada. Y así, el 5 de noviembre
apareció en la página central de cartas de los lectores, en el que por entonces
era el único periódico importante de todos los que en Inglaterra fuesen
personajes con algo que decir.
Los tres miembros activos
del grupo contrario a Wells inserto en la ejecutiva, es decir, Pease, Bland y
Sidney Webb, tuvieron que afrontar el hecho inapelable de que estaban en un
serio aprieto. Si hubiese que tomar el comportamiento de sus respectivas señoras
como síntoma indicativo, entre las mujeres de la Sociedad estaba teniendo lugar
un cambio de dirección muy favorable a mi padre. Era preciso hacer algo, lo que
fuese, y rápido, con tal de socavar su credibilidad como defensor de la causa
feminista. Bland estaba convencido de saber muy bien qué haría falta para que
funcionase el truco. Unos cuantos chismes, un escándalo bien tramado, valdrían
para mostrar a las mujeres que el llamado feminismo que preconizaba Wells no
era ni mucho menos un planteamiento desinteresado, y que lo que en realidad le
interesaba era dar carta de naturaleza a sus aficiones lascivas y libertinas.
Las mujeres eran seres apegados a la tierra, a las que siempre podría
hacérseles entender la razón dándoles motivos de disputa. Si decidiera contar a
unas cuantas de las mujeres de la Sociedad Fabiana lo que tan bien sabía acerca
de Wells, la marejada dejaría de soplar sobre la Sociedad en un visto y no
visto. Y disponía de unas cuantas anécdotas bien maduras que podía contar
acerca de Wells y de la esposa de un individuo apellidado Bowkett, que había
sido el mejor amigo del pequeño sinvergüenza desde que los dos fueron juntos a
la escuela; podría sacar buena tajada de la historia que se refería a los
extremos a los que había tenido que llegar, forzado, para mantener a su propia
hija lejos de las zarpas del muy corrupto. No iba a ser coser y cantar, claro.
Ahora bien, el mundo tampoco era un camino de rosas, y todos tenían que hacerse
una idea de lo que a largo plazo estaba en juego: la función social de la
Sociedad. Cuando todo hubiese quedado dicho y hecho, lo que estarían
protegiendo iba a ser, lisa y llanamente, el interés nacional.
En esta tesitura, mi padre
manifestó una vez más su debilidad como político dejando que una idea para
iniciar un nuevo libro se apoderase por completo de su imaginación. Iba a ser
algo realmente grande, una de esas novelas sobre el estado de la nación, por
así decir, con las que tanto se divertía Dickens: se trataba de poner en marcha
la carrera vital de un maravilloso personaje, la encarnación en persona de la
rapacidad y la inocencia, que había de
ser a la postre una mezcla
de Whitaker Wright, un operador financiero de altos vuelos que recientemente se
había ido al garete, más Horatio Bottomley, un granuja encantador todavía en
camino ascendente, dotado de todos los dones, con la excepción de distinguir lo
correcto de lo erróneo, y una parte del marido de su prima segunda, Alfred
Williams, que lo había dejado en la estacada en sus tiempos de Somerset, cuando
aún era estudiante de magisterio. Con ayuda de este híbrido iba a pasárselo
literalmente en grande caricaturizando el mundo de los negocios, en el que hoy
va todo viento en popa y mañana se ha ido todo al garete, que por aquella época
empezaba a configurarse. Estaba convencido de que podría perfilar un esbozo
viable en menos de tres semanas, siempre y cuando se marchase a un lugar
estimulante en donde no le distrajeran las interrupciones: por ejemplo,
Venecia. Así pues, emprendió el viaje, y se encontró a orillas del Adriático,
completamente ajeno a lo que acontecía en Inglaterra, sin el menor contacto con
los ingleses durante la mayor parte del mes de noviembre. Regresó a Inglaterra
el 1 de diciembre, y casi de inmediato se enteró de lo que había estado
tramando Bland mientras él se entregaba en cuerpo y alma a las delicias de
Venecia y a esbozar el borrador de lo que a la sazón había de ser Tono-Bungay.
La asamblea general de la Sociedad Fabiana, en la que había de lanzar el
desafío en toda regla a la ejecutiva, estaba prevista para el 7 de diciembre.
La situación que Bland había
urdido para recibir a mi padre a su llegada no le fue por cierto más fácil de
lidiar debido al hecho de que efectivamente se hubiese beneficiado a las dos
mujeres cuyos nombres habían salido a relucir. Nell de Boer, esposa de Sidney
Bowkett, descubrió que mi padre pudo serle de cierta utilidad en un momento
dado, tal y como tantas personas infelizmente casadas, antes y después de ella,
por no decir siempre, descubren a veces la utilidad de un amigo sólo
tangencialmente importante en sus vidas, pero repleto de simpatía y de afecto.
Ella había deseado interponer a un hombre que le gustase entre su esposo y ella
misma para que la ruptura inminente no resultase excesivamente traumática. Mi
padre cumplió ese propósito a pedir de boca y ella pronto se dedicó a mantener
una relación igualmente placentera, pero bastante más seria. Rosamund Bland,
por su parte, había sido lisa y llanamente una mujer en un momento dado deseosa
de madurar y de ser aceptada como persona adulta. La ansiedad que sentía por
comenzar con buen pie en ese terreno fue algo que la corriente subterránea de
tensiones eróticas, por lo demás nunca muy alejada de la superficie, tal y como
discurrían las cosas en Well Hall, bien podría haber fomentado con total
naturalidad; en todo el asunto amoroso hubo un extraño componente de
inexorabilidad. En esta relación, los dos integrantes habían sido capaces de
dar a la parte recíproca exactamente lo que deseaba: la experiencia física sin
más. cumplida por dulzura y en aras de la amistad. El difícil problema con que
se encontró mi padre ante los cotilleos que propagaba Bland fue que los hechos
que alegaba él no podría desmentirlos. Lo único que a lo sumo podría haber
aducido en defensa propia, a saber, que no había sido necesaria una labor de
seducción y que tampoco había existido perjuicio ninguno, en uno u otro caso,
resultaba un pronunciamiento inviable en la época, teniendo en cuenta e! clima
de la opinión pública al respecto. De haber permanecido mi padre impertérrito,
de haber dicho lisa y llanamente que las dos mujeres habían actuado con entera
libertad y que estuvieron cada cual más que dispuesta a acostarse con él, tal y
como él había sido libre y había estado más que dispuesto a complacerlas, sólo
habría conseguido demostrar que era su deseo destruir la reputación de
cualquier mujer que se le pusiera a tiro, con tal de salir de un aprieto como
el que le había tramado Bland. Habría sido justificación de las peores y más
insistentes acusaciones con que lo presionaba Bland, esto es, que en el fondo
era un sinvergüenza inepto para relacionarse con la gente decente.
El sistema social
estratificado en clases, con todas sus convenciones, han dejado de ser lo que
fueron en su día, y sinvergüenza es un término que se suele definir de forma
evasiva, amén de haber perdido gran parte de su mordiente. Un sinvergüenza, en
estos términos, era tenido por un arribista procedente de las capas inferiores
de la sociedad, culpable de comportarse como si desconociera que la bajeza de
su origen lo hacía de todo punto inaceptable para mantener relaciones sexuales
con las mujeres de buena crianza y elevada extracción. La línea adoptada por
Bland mientras se dedicó a difundir los escándalos relacionados con mi padre
había sido tal que lo que permitía considerar como ultraje intolerable la
conducta del «pequeño arribista» era que se hubiese dedicado a enredarse con
las esposas y las hijas de «los nuestros». Era evidentemente un material por sí
mismo susceptible de enfurecer, sin ninguna duda, a un hombre que hubiese
ascendido los peldaños del escalafón social con gran rapidez, y que interiormente
siguiese obsesionado por la sensación de que su sola presencia física delataba
la historia de su pobreza inicial. Ahora bien, tuvo que ser casi intolerable el
encontrarse con semejante ataque por parte de un individuo como Bland, del
Bland de las anécdotas confesionales, del Bland de aventuras habidas con las
dependientas y las bonitas modistillas, del Bland que, para colmo, no dejaba de
ser el nieto de un fontanero.
Presa de la cólera, a mi
padre le invadió la paranoia que tantas veces hace presa en quienes se sienten
perseguidos, siéndolo o sin serlo en realidad. No fue capaz de creer que Bland
estuviese actuando por su cuenta y riesgo. Estuvo seguro de que tuvo que contar
con el respaldo de Webb y del círculo más recalcitrante de la Vieja Guardia. No
le faltó razón, pero pecó de subestimar la natural cautela de Sidney Webb. En
cuanto Webb se dio cuenta de que lo que había intentado hacer Bland era una
especie de asesinato del personaje, hizo lo indecible por aislarse de todo
conocimiento de lo que estuviese haciendo en realidad. Cuando mi padre lo
abordó en tono desafiante, sin ocultar el enojo que lo embargaba, Webb no fue
capaz de rehuir la entrada que su enemigo había preparado tan cuidadosamente.
Webb lo miró a los ojos y le dijo, no sin altanería, que lamentaba
profundamente todo lo que hubiesen podido decir o dar por sobreentendido los
miembros de la ejecutiva, siempre que tales comentarios hubiesen podido ofender
a mi padre, pero insistió en que no tenía ni la menor idea de lo que podía ser.
¿Tendría mi padre el detalle de comunicarle qué era lo que tan ofensivo le había
parecido? Sin duda que existiría alguna explicación sumamente sencilla que
diera cuenta de la causa del malentendido, sin importar cuál pudiera ser. Según
su propia experiencia, siempre sería un error fiarse de los informes de tercera
o cuarta mano respecto de las cosas que otros hubiesen podido decir en otros
lugares.
Mi padre se dio cuenta de
que de ese modo iban a llevarlo del ronzal a donde quisieran conducirlo.
Rechazó el dejarse tratar con rodeos. Había acudido a visitar a Webb, le dijo,
con objeto de ofrecer a sus babosos amigos de la ejecutiva la justa advertencia
que en el fondo debía darles. Si lo que andaban buscando era una pelea sucia y
soterrada, podían estar seguros de que la tendrían. A él le sería muy
placentero reventar el juego que se llevaban, dándoselas de «personas
superiores». Le encantaría ponerlos en solfa, exponer hasta qué punto eran unos
hipócritas redomados. Caso de que Bland, o cualquier otro miembro del grupo,
siguiera haciendo uso indebido de la información que pudiera tener acerca de su
vida privada, tendrían que pagarle en especie. Sabía de Bland y de la vida que
llevaba tanto como el propio Webb, y caso de que le siguieran lloviendo encima
toda clase de porquerías procedentes de ese sector se cercioraría sin dudarlo
de que todos los miembros de la Sociedad se enterasen de esos mismos detalles.
Webb, titubeante, repitió que él no sabía de qué se estaba quejando mi padre,
pero recibió por toda respuesta, bruscamente, que lo que estaba diciendo con
machaconería era increíble. Así terminó de repente la entrevista.
De este encuentro salió mi
padre aún más enojado de lo que había entrado. Y seguía estando furioso a más
no poder cuando entró en Essex Hall para pronunciar su alocución ante la
asamblea general de la Sociedad, el 7 de diciembre. Sólo que ya no estaba enojado
con Webb y con la Vieja Guardia, sino, más que nada, disgustado consigo mismo.
¿Cómo podía haber cometido la estupidez de marcharse a Venecia por las buenas,
en una temporada tan crucial? Más aún: ¿cómo podía haber incurrido en la
metedura de pata de enfrentarse con Webb? Se le había ido todo de las manos.
Como estaba que echaba pestes de sí mismo, dio por sentado que se le recibiría
con hostilidad cuando hiciera su aparición ante la asamblea de los Fabianos.
Olvidó todo lo que le había enseñado Maud Reeves acerca de la oratoria en
público. Desesperado, se aferró al atril del orador, habló sin levantar la
vista de sus notas, se tragó las sílabas constantemente y forzó tanto la voz
que le salió un hilillo agudo y carente de entonación. Para colmo de males, de
cuando en cuando perdió el hilo de su exposición, con gran confusión entre sus
partidarios y deleite de sus enemigos. El desastre total se evitó sólo por pura
casualidad: había llegado algo tarde, y se había embarullado durante tanto
tiempo que, cuando dio por terminada su intervención, ya no quedaba tiempo para
proponer una moción y llevar a cabo la votación prevista. La asamblea quedó
aplazada.
Shaw estuvo desmesuradamente
ajetreado durante la semana siguiente, ya que hubo de esforzarse al máximo por
asegurarse de que cuando se reanudase la asamblea, la cuestión en liza no se
centrase en la propuesta de modificación de las «Bases», sino en un voto de
confianza a la ejecutiva. En consecuencia, hizo llegar a todos los fabianos una
hoja impresa[208] en la que anunció que
los miembros de dicha corporación iban a dimitir en bloque caso de que las
cosas salieran como deseaba mi padre, en cuanto se anunciase la votación
definitiva. No le cupo ninguna duda de que con eso bastaría para abroncar a los
encartados. Según sabía por su propia experiencia, los viejos amigos siempre
salen al paso cuando alguien va a dar un salto en el vacío.
Ahora bien, Shaw nunca fue
hombre[209] de los que guardan todos
los huevos en una misma cesta. Aparte de este envío, emprendió la tarea de
socavar la posición de mi padre en tanto gran esperanza de las feministas.
Percibió cierto aflojamiento en la intensidad del respaldo que aún le seguía prestando
Maud Reeves, y pensando también en que, por improbable que pudiera parecer, los
nauseabundos cotilleos de Bland quizá hubiesen llegado a sus oídos, decidió
trabajársela. La visitó para decirle que la causa que defendía como si la vida
le fuese en ello quizá podría tener otros valedores, más dignos de confianza
que mi padre. Alegó que el cambio de posicionamiento de Beatrice Webb sobre la
cuestión de la emancipación y el derecho al voto de la mujer había hecho
cambiar de idea a no pocos miembros de la ejecutiva, y dijo estar en
condiciones de prometerle que si la revisión de las «Bases» recayese sobre los
encartados en la moción, sin lugar a dudas incluirían en su programa para el
año siguiente un compromiso con la causa de la emancipación femenina. Además,
haría bien en sopesar que una de las más probables consecuencias, caso de que
mi padre se alzase con la victoria, sería el desmantelamiento de la Sociedad.
Tal y corno estaban las cosas, que los Fabianos refrendasen cualquier propuesta
de índole económica o social era un gesto de verdadero peso, que aún contaba
como tal. Era posible que las feministas estuviesen perjudicando su propia
causa a largo plazo, sin ser conscientes de ello, caso de que insistieran en
lograr la dimisión de la ejecutiva.
Maud Reeves se encontró de
esta manera en una dificilísima situación. No sentía el menor deseo de
desmarcarse de la campaña iniciada por mi padre. Seguía metida en ello sólo por
culpa de su marido, porque éste no podía soportar que por toda la ciudad se dijese
que su esposa estaba trabajando codo con codo, como anillo al dedo, con un
defensor del amor libre y de la revolución sexual. Su marido vivía aterrado,
pensando que de un momento a otro iba a enterarse de que había llegado a Nueva
Zelanda la noticia de que sti esposa estaba dedicada a tales menesteres,
conocimiento que utilizaría en contra de él la conservadora de la colonia. Maud
Reeves se sintió desgarrada entre dos opciones: la preocupación que sentía por
la tranquilidad de espíritu de su marido y el innegable aprecio que sentía por
mi padre y por sus ideas. En concreto, no quería ni por asomo que se
interpretase su conducta como respuesta al primer contratiempo serio sufrido
por mi padre desde el momento en que los dos aunaron fuerzas, y que su abandono
no pareciese una puñalada por la espalda. Lo que Shaw fue a decirle parecía
indicar la posibilidad de que la ejecutiva estuviese acercando su postura hacia
la causa que defendía mi padre, y por eso decidió salirse con una evasiva muy
propia de todo un hombre de Estado. Dijo a Shaw que en el supuesto de que ella
adoptase alguna posición concreta en el ambiente de la próxima reunión,
únicamente defendería la elemental sensatez de llegar a un compromiso. Nada más
lejos de la deserción en toda regla por la que había ido Shaw en busca, pero
quizá fuese suficiente como punto de partida. No le había fallado su intuición:
fuera por la razón que fuese, Maud Reeves había optado por retroceder. Acto
seguido se dispuso a confeccionar un guión sobre cuyas líneas discurriese el
debate, dentro del cual él mismo desempeñaría personalmente el papel más
destacado, al tiempo que mi padre se vería desprovisto del apoyo activo de su
aliado más eficaz.
A mi padre no le molestó en
demasía que Maud Reeves se retirase en el fragor del combate. Comprendió su
delicada posición, y se sintió capaz de soportar el desenlace. Es posible que
también fuese incapaz, en cambio, de apreciar cuan valiosos habían sido sus
servicios como directora de campaña, en los meses que precedieron a su
desbarajuste del 7 de diciembre. De cualquier modo, la pérdida de su apoyo
activo no le produjo pesadillas; de hecho, llegó incluso a recobrar buena parte
de la confianza que tenía en sí mismo antes de que se celebrase la crítica
reunión del 14 de diciembre. Aquella noche, al llegar a Essex Hall estaba
convencido de que contaba con excelentes posibilidades de recuperar el terreno
perdido; estaba casi seguro de que su intento por sacudir los cimientos de la
Sociedad y por iniciar la revisión de las «Bases» era más fuerte que cualquiera
de las artimañas que los partidarios del viejo orden pudieran poner sobre el
tapete. En consecuencia, tuvo que sorprenderle muchísimo que a la intervención
inicial de Maud Reeves, en la que no se refirió prácticamente a nada que él
pudiese esperar, sucediera una fenomenal actuación de Shaw, en
su papel de payaso, que
virtualmente no incidió sobre ninguna de las cuestiones que estaban realmente
eri liza; todo quedó reducido a mera trivialidad, por ser expuesto como si de
un mero choque de personalidades se tratara, de un enfrentamierito entre la
seriedad, el trabajo constante, la coherencia y la conciencia intachable de los
miembros de la Vieja Guardia, y, por otra parte, el travieso, veleidoso,
imprevisible intruso que se había colado en sus dominios. Shaw redujo el debate
a este único motivo, y consiguió que no se saliera de tan escueto terreno con
su consumada labia, hasta el punto de que, en un momento dado, pudo expresar la
disyuntiva ante los miembros reunidos: «Ahora mismo, así las cosas, no nos
queda más que pronunciarnos sobre la aniquilación de la ejecutiva actual o la
rendición incondicional ante el señor Wells.» Tras este pronunciamiento se
celebró la votación; más de la mitad de los presentes estaban pensando en que
debían escoger entre las viejas amistades y un individuo quizá bueno, pero aún
por conocer, con lo que de un plumazo se olvidó todo lo relativo a la igualdad
ante la ley, al programa de subsidios para la maternidad, al resto de los
planteamientos de mi padre, y así ganaron de calle los encartados en el debate.
Cuando empezó a posarse la
polvareda, mi padre no se encontró solo al pensar que en esta ocasión Shaw se
había excedido en sus sinuosas maniobras. Graham Wallas, presente en la
reunión, escribió para comunicarle «cuan odiosa le había parecido la
mezcolanza de arbitrariedades electoralistas, de tirarse faroles, de
intimidaciones, de sofismas, de cebos y añagazas, de actuaciones cara a la
galería»[210] que se había dado en
aquella sesión; por otra parte, un miembro de la ejecutiva presentó su dimisión
como protesta por los abusos y la falta de respeto para con los procedimientos
de orden que se habían producido. Hasta la propia Beatrice Webb motejó los
tejemanejes de Shaw de «operación absolutamente horrorosa», aunque de ahí
pasara a observar, con su característica torpeza de percepción, que lo más
curioso de todo el asunto fue que si mi padre se hubiese contentado con sacar
adelante sus planteamientos políticos sin entrometerse con sus ataques contra
la Vieja Guardia, habría conseguido salirse con la suya.
De hecho, mi padre no se
había llevado un planchazo tan decisivo como él mismo supuso por el momento, ni
tanto como sugieren las versiones del episodio escritas para los anales por los
partidarios de los Webb y de la Vieja Guardia. Dos de sus amigos y consejeros,
Sydney Olivier y el joven, pero ya gigante infatigable, Leslie Haden-Guest,
bien pronto comenzaron a decirle que aún no se había perdido todo lo relativo a
su revisión de las «Bases»[211]. Las
sugerencias que había expresado en lo tocante a los objetivos de la Sociedad
habría que discutirlas en una serie de reuniones que se habían fijado a lo
largo del primer trimestre del nuevo año. De ninguna manera podría la ejecutiva
cancelar estas discusiones o modificar el calendario aprobado. Como Wells aún
contaba con la lealtad de muchas de las mujeres inscritas en la Sociedad
Fabiana -más o menos la cuarta parte del total de los miembros-, amén de cuando
menos un tercio de los hombres, a estos dos les pareció evidente que todavía
contaban con posibilidades de beligerancia de cara a la aprobación de algunas
de las enmiendas de mi padre, sin que les lloviesen excesivas protestas.
Olivier, capaz de dar lo mejor de sí mismo en los comités y en las negociaciones,
y Haden-Guest, quien no se perdía una disputa, comenzaron a trabajar por la
labor. Mi padre, en cambio, no. Era un escritor, y había terminado por
acostumbrarse a hacer realidad sus imaginaciones sólo con sentarse ante su
escritorio y organizar dichas fantasías sobre el papel: luchar en los comités y
aguantar las reprensiones de un secretario hostil no era, ni de lejos, lo que
más podía apetecerle. Dio señales de desear apartarse, y Haden-Guest incluso
perdió la paciencia con él[212]. Mi
padre se plegó a sus exigencias, aun cuando ello significara tener que
postergar la escritura de Tono-Bungay. Después de todo, sería un trabajo
bien hecho, siempre y cuando lograran coronarlo con la transformación de aquel
minúsculo locutorio en una fuerza política real.
Una y otra parte salieron de
la primera reunión de las previstas, el 11 de enero de 1906, bastante
satisfechas. Lo que ocurrió en aquella ocasión[213] fue
que la ejecutiva saldó la deuda contraída, exactamente hasta el extremo que la
mayoría de sus miembros tenía previsto, a raíz de la promesa que Shaw había
dado al bloque de las feministas por medio de Maud Reeves. La reunión se había
aplazado después de celebrarse una votación sobre una moción esmeradamente
propuesta, con términos muy sopesados, que comprometía expresamente a la
Sociedad con el principio de que las mujeres deberían tener derecho al voto,
aun cuando no se comprometiese en cambio a iniciar acciones de ninguna clase
tendentes a lograr esta meta. Una y otra parte salieron alborozadas con el
resultado de la reunión: la Vieja Guardia, convencida de que sus adversarios se
habían tragado la bola, mientras que los «wellsianos» salieron pensando que se
habían salido con la suya. Visto el caso con frialdad, a la mañana siguiente,
los «wellsianos» se dieron cuenta de que los habían toreado, y entendieron que
la Vieja Guardia nunca se había propuesto otorgarles nada que pudiera
hurtárseles mediante trampas o artimañas. Por lo tanto, cuando una semana
después se presentaron en la segunda de las reuniones previstas, estuvieron
mucho más cautos.
Esta segunda reunión se
había planteado como un nuevo bloqueo. La moción que había de considerarse
exigía la abolición de una de las reglas estatutarias de la Sociedad, que
limitaba el máximo de miembros a un total de setecientas personas. La Vieja
Guardia se había adelantado con esta norma constitutiva, con la esperanza de
que mi padre la aceptase interpretándola como un compromiso para con sus
propuestas en favor de la ampliación de la
Sociedad, etapa preparatoria
de la transformación ulterior en partido con representación parlamentaria.
Habían realizado este gesto poniendo toda su confianza en la creencia de que no
se produciría la entrada en masa de nuevos miembros siempre y cuando no se
realizase una campaña global de captación, o siempre y cuando no se ampliase el
espectro de las actividades de la Sociedad. Pero había de resultar, a la
postre, un nuevo gesto carente de significado. Sydney Olivier no estaba de
acuerdo, por lo que pudo llamar la atención de mi padre sobre las posibilidades
inherentes a la moción. A priori, podría ofrecer a los «wellsianos» la
oportunidad de trastocar el equilibrio de poder existente en la Sociedad
Fabiana. Podrían captar a seguidores incondicionales en el mundo exterior, e
introducirlos en la sociedad para dar más fuerza al apoyo con que contaban. Si
consiguieran un intenso grado de actividad en lugares como las universidades y
los institutos politécnicos, o en donde pudieran encontrarse nutridos grupos de
jóvenes y no tan jóvenes progresistas, podían esperar una transformación de su
voto minoritario en las asambleas generales, convirtiéndolo en una holgada
mayoría en un plazo que podría ir de uno a tres años a lo sumo. Cuando lo
hubiesen conseguido, podrían proceder a la elección de su propia ejecutiva y a
remodelar la Sociedad de acuerdo con las ideas que ya había expresado mi padre.
Desde luego, no existía nada perjudicial en intentar esa maniobra. Los miembros
más próximos a la causa defendida por Wells se habían mostrado, por lo tanto,
disimuladamente tranquilos en la reunión del 18 de enero, aunque la procesión
fuese por dentro. Se quedaron encantados cuando se aprobó la moción de la
ejecutiva como un asunto puramente rutinario. Edward Pease tuvo noticia de los
cálculos efectuados por Olivier a lo largo de la tercera reunión de la serie,
durante la cual se planteó la cuestión de la participación de los fabianos en
un intento en serio por configurar un partido de ámbito nacional y con
representación parlamentaria, de izquierda, en oposición a los partidos liberal
y conservador y favorable a los intereses del socialismo, aunque dicha cuestión
se planteó únicamente para ser rechazada sin celebrarse siquiera una votación
en toda regla. Pease se mostró impertérrito. Sabía de sobra, y estaba
absolutamente convencido de ello, que por muy lejos que fuesen los partidarios
de mi padre en busca de respaldo, lisa y llanamente no iban a encontrar ningún
nido de cientos de fabianos potenciales que hasta entonces hubiesen permanecido
escondidos. No le cupo ninguna duda de que el plan de Olivier, como mucho,
quedaría en agua de borrajas.
Los grupos enfrentados
pudieron de esta manera presentarse en la asamblea general de la Sociedad, el
22 de febrero, desde una perspectiva tan relajada que incluso podría hablarse
de cierto ánimo de congeniar. La discusión de la revisión de las «Bases» constituía
el punto principal del orden del día, pero lo que la Vieja Guardia había
preparado a la chita callando era la definitiva extinción de la amenaza que
presuponía mi padre para su paz y tranquilidad dentro de la Sociedad Fabiana.
Tras ciertas discusiones sobre los detalles de la legislatura, la tarea de la
revisión quedó definitivamente encomendada a un comité compuesto por cuatro
personas: George Bernard Shaw, Sidney Webb, un tal Sidney Ball, de Oxford, y H.
G. Wells.
La estrategia subyacente a
la institución de este cuadrumvirato era obvia; de ninguna forma podría mi
padre sacar adelante ninguna propuesta que dependiera de ese comité, siempre y
cuando Shaw y Webb estuviesen en contra. Una vez constituido el comité, se pasó
al siguiente punto del orden del día, nada menos que la elección de una nueva
ejecutiva. Doce de las veintiuna plazas fueron a parar a manos de partidarios
de la Vieja Guardia, y el resto a los miembros de la Sociedad en general, de
los cuales unos ocho estaban comprometidos con el grupo de los «wellsianos». La
fracción de los Webb no fue más allá de la obviedad del rotundo éxito que se
había logrado, mientras que mi padre y sus colaboradores más estrechos sí
consideraron el total de los votos obtenidos por vencedores y perdedores, para
descubrir que los márgenes entre victoria y derrota eran tan mínimos en los más
de los casos que el resultado podía interpretarse como todo un éxito. Y fue así
porque entendieron que no tendrían por qué recabar la participación de tantos
nuevos miembros como habían previsto, de cara a la reconversión de la mayoría
existente en minoría. Las posibilidades de éxito a largo plazo no podían
parecer mejores.
Mi padre optó en este punto
por una retirada parcial de los asuntos de la Sociedad, delatando de este modo
su agotamiento, al tiempo que daba a entender que la simple necesidad
pecuniaria le forzaba a invertir las energías de que dispusiera en la escritura
de su próxima novela. En realidad, dejó que sus partidarios en la ejecutiva se
ocuparan por su cuenta y riesgo de los dimes y diretes que pudieran cocerse en
la cocina de los fabianos, para recorrer él caminos y carreteras con la
esperanza de confundir a Pease, siempre que pudiera encontrar a los convertidos
a la causa progresista necesarios para cambiar las tornas dentro de la
Sociedad. Sus esfuerzos no fueron en balde. Las cifras ponen de manifiesto que
así como hubo sesenta y siete solicitudes de ingreso[214] en
1904, y ciento sesenta en 1905, en 1906 pasaron a ser cuatrocientas cincuenta y
cinco, y ochocientas diecisiete en 1907. Su labor de proselitismo, ya que en
esencia no fue otra cosa, le puso constantemente en contacto con jóvenes
entusiastas, y le produjo la jubilosa sensación que debe de sentir un buen
nadador cuando por fin da con la ola que andaba buscando. Disfrutó muy
especialmente de sus contactos con los fabianos de Cambridge.
La historia de este grupo
fabiano comienza en King's College con la fundación de una sociedad privada y
muy exclusiva llamada «I Carbonari»[215], que
contaba sólo con dos miembros cuando se fundó en 1906. Los fundadores fueron
Rupert Brooke, poeta casi excesivamente preciosista, y Hugh Dalton, un joven de
monumental presencia y de voz inusitadamente tonante cuando hablaba en público,
que ya por entonces había comenzado a ascender, sin perder nunca la compostura,
con cara de póquer, por el camino que había de llevarlo a ser una de las
figuras prominentes del primer gabinete laborista que se formó en la historia
del Reino Unido. Estos dos novatos de King's College fueron en su día
reconvenidos por un hombre que ya llevaba tres años en el Trinity, Ben Keeling,
que se burlaba de ellos por la romántica devoción que sentían por el espíritu
revolucionario de 1848, por el entusiasmo con que leían la poesía de Swinburne,
Henley y Belloc, y que los convirtió a su propio culto del socialismo fabiano
en la versión preconizada por mi padre. Como había aceptado de lleno las tesis
de mi padre, el derecho al voto de la mujer tenía que ser a la fuerza parte
integral de cualquier programa de acción verdaderamente socialista, y por eso
insistía en recabar la participación de las estudiantes de los colegios
universitarios femeninos de Girt on y Newnham: en esta tesitura logró que sus
jóvenes amigos accediesen de buen grado a transformar la minúscula asociación
de I Carbonari en la Sociedad Fabiana de la Universidad de Cambridge, ya en
1907. Cuando mi padre fue de visita para dar un nuevo empujón a los miembros de
la nueva organización, se encontró entre amigos. La tesorera de la sociedad era
Amber, hija de Maud Reeves, y eran miembros de la misma las hijas de Sydney
Olivier, Margery y Brynhild. Desde el primer momento se llevó de maravilla con
Brooke y con Ben Keeling, aparte de pasárselo en grande cuando le tomaba el pelo
al imponente Dalton. Cambridge pasó a ser, para él, una parte sumamente
agradable de la vida. En una de sus típicas visitas, a mediados de febrero de
1908, Geoffrey Keynes, el hermano menor de Maynard, le propuso que diese una
charla sobre el socialismo a un reducido grupo que se reunió en sus
habitaciones de Pembroke, y pocas noches más tarde fue el orador que abrió un
debate sobre «El futuro de la familia», que tuvo lugar en las habitaciones de
Rupert Brooke en King's College. Entre los asistentes a la velada estuvieron
Goldsworthy Lowes Dickinson, el de The Greek Way of Life, y un tal Arthur
Schloss, que a su debido tiempo se convertiría en el famoso Arthur Waley de las
soberbias traducciones de los clásicos chinos y japoneses. Ben Keeling fue su
anfitrión en otra visita[216], más
avanzado el año, con ocasión de una cena celebrada la víspera del Primero de
Mayo, con la asistencia de veinte personas, en sus habitaciones del piso más
alto de una de las torretas desde las que se domina aún hoy el Great Court del
Trinity College. Olivier, ya convertido en Sir Sydney, de vuelta a Inglaterra
con motivo de unas breves vacaciones de su puesto en Jamaica, en donde hacía
poco había sido destinado como gobernador, fue en tal ocasión el centro de
todas las atenciones; mi padre, que se presentó algo tarde a la cita, una vez
agotadas las sillas previstas para los asistentes, tuvo que cenar con el plato
sobre las rodillas, encaramado a uno de los asientos de las ventanas. Ocupó su
lugar dentro del retrato de grupo a la hora del café, después de que Olivier
hubiese pronunciado un breve discurso y de que los asistentes se hubiesen
separado para volver a reunirse en las habitaciones cic Francis Corn ford.
Allí, mi padre recibió una reprimenda en tono de buen humor por haber
respaldado a un candidato proscrito en una reciente elección parcial. Aunque
hacía poco que se había aprobado en la Sociedad Fabiana una resolución por la
cual se exigía la inmediata expulsión de cualquier miembro de la Sociedad que
hubiese obrado en contra de un candidato socialista a unas elecciones
parlamentarias, mi padre se había pronunciado sin pelos en la lengua a favor de
Winston Churchill, por entonces enzarzado en una enconada disputa a tres bandas
con un testarudo conservador llamado William Joynson-Hicks y un tal Dan Irving,
un decente pero por otra parte descolorido don nadie de inclinaciones
socialistas. De Dan Irving no llegó a saber gran cosa, ni a favor ni en contra,
aunque estuvo convencido de que no iba a ganar. De Churchill supo que era un
hombre de mentalidad abierta, dúctil, y que recién!emente había abandonado las
filas del partido conservador para pasarse al bando de los laboristas, por
respaldar de todo corazón sus programas sociales, relativamente progresistas.
Se decía que no le iban a faltar posibilidades de salir elegido, siempre y
cuando pudiera asegurarse los votos de los indecisos. Joynson-Hicks, por otra
parte, era un conservador convicto y confeso, de la vieja escuela, que se había
entrometido personalmente contra Wells, desde hacía dos años al menos, por ser
autor de unas cuantas novelas que calificaba de indecentes y un descarado
defensor del amor libre. ¿Qué otra cosa podía hacer, salvo pecar
deliberadamente contra la letra de la resolución aprobada, habida cuenta de la
situación? Brooke disfrutó de la actuación de mi padre en defensa propia. «Aportó
toda clase de argumentos — escribió en una carta a su madre—, con su
vocecilla inaudible y durante un buen rato, de manera punto menos que deliciosa.»
El Cambridge en que tuvo
lugar esta escena constituía la institución educativa con la que tanto había
soñado mi padre durante su juventud, de modo que para él fue una auténtica
bienaventuranza entrar en contacto, siquiera fuese colateralmente, con tan idealizada
universidad; su pujante estado de ánimo después de aquella visita de primeros
de mayo subió aún muchos enteros cuando tuvo noticia de que Macmillan estaba
dispuesto a otorgarle un merecido premio a cambio de los derechos de
publicación en lengua inglesa de Tono-Bungay, tan pronto estuviese
ultimada la novela. Iba a recibir un anticipo de mil quinientas libras sin
contar sus royalties; con las otras tres mil que había recibido a cambio de The
War in the Air (La guerra en el aire), libro que había concluido en sus
ratos libres desde comienzos de año, tuvo la sensación de que no existía nada
por lo que debiera preocuparse. Y se despreocupó del todo, muy al contrario que
Jane. Su mujer había empezado a conocerlo a fondo. Se había fijado en que había
empezado a desarrollar el hábito de rellenar de nuevo su despensa de
experiencias y de ideas nuevas en cuanto se vaciaba del todo en una novela, y
este proceso tomaba la inevitable forma de un nuevo asunto amoroso, con una
nueva mujer. Jane sabia que Tono-Bungay se había convertido en un libro muy
voluminoso a medida que lo fue redactando; no se le ocultaba que le había
exigido grandes esfuerzos. También sabía, con pelos y señales, qué significaba
Cambridge para él. Tenía cuarenta y dos años, edad en la que muchísimos hombres
a los que la vida no les ha dado lo que habrían deseado obtener de ella
comienzan a pensar en lo grato que sería todo si pudiesen, de una u otra forma,
volver a empezarlo todo desde el principio, y esta segunda vez con la. visión
retrospectiva que da la experiencia. Como tal empresa era inviable, siempre
rondaba la tentación de hacer algo muy parecido, a manera de mal menor, es
decir, comenzar de nuevo con una persona muy joven. Amber Reeves era la
encamación de la juventud misma. Estaba en Cambridge, y Cambridge representaba
todo aquello que a Wells se le había negado en su juventud. Como si fuese un
experto marinero, Jane supo leer los indicios y se preparó para afrontar una
gruesa marejada y un prolongado temporal.
Aunque hubiese algo bastante
inevitable en el resultado, mi padre se mantuvo hasta cierto punto ciego frente
a los riesgos que había empezado a asumir. Tenía en la cabeza muchas otras
cosas. Durante todo marzo y todo abril[217] había
dedicado buena parte de su tiempo, por no hablar de sus energías, a tomarles el
pelo a Webb y a Shaw. Tomó por pretexto un simulado esfuerzo por conseguir que
el comité que había asumido a su cargo la revisión de las «Bases» se mantuviese
unido al menos mientras durasen las mociones necesarias para sacar adelante el
trabajo encomendado. Dicho comité no se había llegado a reunir nunca, y Pease
se había dado el lujo de hacerle saber, no sin que le brillasen los ojos de
innegable placer, que era sumamente improbable que tal reunión llegara a
producirse. Mi padre se cobró su venganza dándoselas de idiota, como el que no
se entera de nada, de forma sumamente minuciosa. Se hartó de sugerir a Shaw y a
Webb cuáles eran, en su opinión, las formas más indicadas para proceder a
realizar el trabajo; se hartó de enviarles recordatorios de que estaban en
deuda con los miembros de la sociedad, y de que debían saldar dicha deuda
realizando el trabajo cuanto antes y con toda escrupulosidad; en todo momento
deberían pensar, insistió, en que trabajaban por el bien común.
Para cuando mi padre hubo
irritado a Shaw[218] hasta
el extremo de que éste le soltó un impresionante rapapolvo por no haber tratado
a Webb como se merecía, es decir, como a uno de los más destacados miembros de
la Sociedad, mi padre había empezado a cansarse de este pasatiempo. El ambiente
político de Inglaterra había empezado a experimentar ciertos cambios. Ramsay
MacDonald había obrado maravillas, y en la Cámara de los Comunes no pocos
diputados eran miembros del partido laborista, como si se tratase de indicios
muy halagüeños de cara al porvenir. Con objeto de despertar las adormiladas
conciencias de los Fabianos de la Vieja Guardia, respecto de lo que todo esto
iba a significar en el seno de la Sociedad, dio un paso extremadamente
provocador al depositar sobre la mesa de su ya viejo enemigo, Pease, una
pregunta en apariencia de lo más inocente. ¿Qué había podido ocurrir, preguntó
al secretario[219], con las diez mil libras
que habían quedado en manos de los fabianos nada menos que catorce años antes,
a fin de que financiasen su propaganda política?
Mi padre sabía[220] con
toda exactitud en qué se estaba metiendo cuando aventó las ascuas de este
antiguo escándalo de los fabianos, pues había tenido conocimiento de cómo se
dispuso de dicha cantidad, por una parte por obra de Ramsay MacDonald y, por
otra, por obra de Graham Wallas y Sydney Olivier. Olivier había podido darle
cuenta de cómo había empezado todo el asunto. Estuvo invitado, en compañía de
George Bernard Shaw, en la granja cercana a Godalming que los Webb habían
alquilado durante las vacaciones de verano de 1894. Los cuatro estaban reunidos
un día para tomar el té, cuando con el correo vespertino se recibió una carta
del abogado de un tal Henry Hutchinson, recientemente fallecido. Dirigida a
Webb, la carta anunciaba una inesperada donación para la Sociedad: el dinero
había de ser custodiado por un patronato, administrado por un consejo que él
personalmente había de presidir, y tendría que emplearse para financiar «la
propaganda y otros propósitos de la Sociedad». Webb leyó la carta en voz alta,
con lo que su esposa y sus dos invitados se regocijaron con él por la buena
nueva.
Shaw y Olivier se llevaron
una sorpresa a la hora del desayuno, la mañana siguiente, cuando los Webb les
contaron que ya habían tomado una decisión sobre la mejor manera de invertir el
dinero. Londres carecía de un instituto que pudiera parangonarse a la
maravillosa École Libre des Sciencies Politiques parisina; por lo tanto, con la
donación estaban decididos a capitalizar la creación de una institución
análoga. Incluso habían ideado ya el nombre más adecuado para su institución:
habría de llamarse The London School of Economics
and Political Science.
Shaw, pasmado, hizo mención
de que ni siquiera deberían pensar en tomar decisiones hasta que se hubiese
constituido el patronato y el consejo de administración, con los que
forzosamente deberían entablar consultas, y Olivier se sumó a su iniciativa
comentando que no tenía conocimiento de que existiera entre los fabianos ningún
documento en el que se estipulase que la creación de una institución
universitaria figurase entre los propósitos prioritarios de la sociedad. A los
dos les dio la impresión de que los Webb estaban pensando desde el primer
momento en tan generosa donación como si se tratase de un regalo personal que
ellos dos podrían emplear de la manera que mejor les viniese en gana; los dos
testigos presenciales se dieron cuenta de que, estando los Webb obnubilados por
semejante ilusión, estaban asistiendo de primerísima mano a un asunto sumamente
próximo a un acto fraudulento. Después de que Webb velase armas durante más de
un año, insistiendo en que con el dinero podía hacer lo que quisiera, al menos
mientras los miembros del patronato lo aprobasen, Shaw por fin pudo hablarle en
plata, y le comunicó que sólo de malversación podía calificarse, en honor a la
justicia, el juego que Webb se proponía entablar deliberadamente, y que eso era
una felonía en lo tocante al destino que había de darse a los fondos
administrados por el consejo del patronato.
Entonces fue posible llegar
a una solución de compromiso, mediante la cual el dinero de la donación había
de dividirse entre dos esferas: la propaganda directa y la propaganda indirecta
de la Sociedad Fabiana. La London School of Economics pasaría a ser considerada
como un órgano de propaganda indirecta, toda vez que su ámbito de acción sería
acorde con la ideología sobre la que habría de estar basada la propaganda
directa. Shaw se mostró de acuerdo con este compromiso, sin soñar siquiera que
Webb se proponía adjudicar a la creación de la nueva institución nueve libras
por cada una que se destinase a la propagación del mensaje socialista. Cuando
se dio cuenta de qué era lo que se iba a hacer, aunque a toro pasado, Shaw
estalló en un arranque de cólera[221];
cuando Graham Wallas se enteró de todo ello, después de que Webb le convenciese
para que aceptara el nombramiento de director de la nueva escuela
universitaria, dimitió de inmediato. Ahora bien, para entonces las cosas ya no
tenían remedio; el dinero casi se había gastado en su totalidad. Este episodio
dejó a Olivier lleno de dudas respecto de la integridad de Webb, dudas que
nunca iba a poder disipar del todo.
Es posible que al lector le
cueste trabajo entender por qué, gastado el dinero hacía tanto tiempo, mi padre
se tomó la molestia de plantear esta cuestión en 1906. Lo que se proponía no
era tanto entrar en riñas sobre la utilización que se había dado a la Donación
Hutchinson, sino recordar a la Vieja Guardia cuál había sido una de las grandes
ocasiones de su historia, que se había echado a perder por su inveterada
costumbre de pensar en el futuro con cierta mezquindad. A lo largo de 1896,
cuando sólo se había gastado una pequeña porción del total, el rumor de que la
Sociedad había recibido por regalo una cuantiosa suma que llevaba dentro el
germen de una guerra intestina llegó a oídos de Ramsay MacDonald[222]. Éste
acababa de unir fuerzas con Keir Hardie, líder del partido laborista
independiente, y con buen número de los cabecillas sindicales y de los líderes
de las asociaciones gremiales, con objeto de realizar un gran esfuerzo por
conquistar un sitio en el mapa político para este tercer
partido en discordia, tan
pronto tuviesen lugar las próximas elecciones generales. MacDonald estaba
convencido de que los fabianos por fuerza tendrían que poner a su disposición
al menos una parte sustancial de la Donación Hutchinson, a manera de ayuda financiera
a su intento por lanzar en serio un partido laborista con representación
parlamentaria. Los Webb habían dado la espalda a MacDonald sin remilgos,
aduciendo por pobre excusa el que el sistema político inglés fuese un asunto
estrictamente bipartidista, convencidos de que ninguna agrupación socialista
llegaría a contar jamás con un atractivo y una amplitud suficientes, o con la
fuerza en las urnas necesaria para ocupar al menos en parte el territorio
evacuado respectivamente por los partidos liberal y conservador. Por lo que a
ellos concernía, MacDonald estaba a punto de incurrir nuevamente en los errores
que ya había cometido la Liga Socialista de William Morris y, anteriormente, la
Federación Socialista Democrática. Desde el punto de vista de los Webb, dar
algún dinero a MacDonald habría sido como tirarlo por un desagüe.
A la sazón, la decisión que
tomaron pareció tener al menos justificación de sobra: MacDonald no había
conseguido que saliera elegido ni uno solo de sus veintiocho candidatos cuando
se celebraron las siguientes elecciones generales, y sólo habían conseguido
recabar un total de cuarenta y cinco mil votos en todo el país. Los Fabianos se
vanagloriaron de su gran sabiduría al haber permanecido al margen de este
intento, e incluso se dejaron sensibilizar por pura compasión cuando MacDonald
y Hardie aguantaron a pie firme en el desolado campo de batalla, para afirmar
que al menos se había hecho un gran avance, y que bien pronto tendrían más
noticias del anhelado partido laborista con representación parlamentaria.
A la postre fueron los
Fabianos los que se equivocaron de medio a medio. En las elecciones generales
de 1906, el partido laborista obtuvo treinta escaños en la Cámara de los
Comunes, con lo que habían encontrado el ansiado lugar para un tercer partido
político sin que nadie pudiese lógicamente poner en duda la hazaña. Este
incontestable ascenso fue lo que llevó a mi padre a poner sobre el tapete la
aletargada cuestión concerniente a la Donación Hutchinson. Le importaba un
comino qué hubiese podido ocurrir en realidad con el dinero. Tan sólo quiso
recordar a los Fabianos de mayor edad que ya en 1896 habían perdido el tren, y
que no en vano daban constantes muestras de estar más que dispuestos a que se
repitiera la historia todas las veces que hiciese falta. A su juicio, la
Sociedad se estaba quedando postergada a la luz de los acontecimientos, e iba
perdiendo con gran rapidez su nunca demasiado seria aspiración a representar el
Frente de vanguardia del socialismo inglés. Tras el revés sufrido por parte de los
Fabianos en 1896, la cúpula del partido laborista había emprendido las acciones
necesarias, por su cuenta, para construir una amplia base en todo el país,
dedicándose a predicar el socialismo corriente y moliente, sin sofisticaciones,
en las tiendas y a la puerta de las Fábricas, en las reuniones gremiales y
hasta en los pubs. Habían llegado a crear el partido de la clase obrera a
partir de la nada. No sentían ningún respeto, o muy poco, por los Fabianos; ya
solamente vinculaba a estos dos grupos prácticamente carentes de toda conexión
un vago fingimiento de camaradería. Era casi totalmente seguro que los Fabianos
tendrían que quedarse a la intemperie, y que Inglaterra, para bien o para mal,
iba a contar con el primer partido obrero a escala nacional, en todo el
continente europeo, ajeno a la intelectualidad de la izquierda, lejano de las
teorías socialistas. Si se produjera semejante desenlace, el partido laborista,
ya con representación parlamentaria, podría estar condenado a no descollar
jamás por encima de las cuestiones meramente sectoriales y de los intereses de
clase, abocado a no tomar parte en la misión esencial del socialismo, es decir,
la creación de una sociedad nueva, justa y abierta, en la que la vida fuese más
llevadera para todos sus componentes.
A la luz de estas
predicciones, mi padre envió aquella nota a Pease. A tales alturas, tendría que
haberse dado cuenta de que el secretario no era un hombre que intentaría leer
tal misiva entre líneas, deseoso de detectar un mensaje oculto; antes bien, se
tomaría la pregunta tan literalmente como parecía estar formulada. Pease leyó
la nota, envió a mi padre la contestación más breve que supo pergeñar, y le
informó de que los fondos de la donación se habían agotado y de que los libros
de cuentas estaban ya cerrados desde hacía tiempo. En el mismo correo envió a
Webb un aviso de urgencia: mi padre estaba a punto de despertar el escándalo
que dormía el sueño de los justos. Sidney transmitió el mensaje a Beatrice:
existían, le dijo[223],
inquietantes indicios de que mi padre muy posiblemente estuviese pensando en
«sacar una vez más los pies del plato». Desde entonces y en lo sucesivo, estos
dos decidieron no perder de vista ni el menor de sus movimientos, y no pasó
mucho tiempo hasta que se percataron de la frecuencia y la profundidad de los
contactos que mantenía con los jóvenes fabianos de Cambridge.
Todo esto fue durante el
verano de 1908, a lo largo del cual Amber Reeves obtuvo sus primeras matrículas
de honor en sus exámenes de licenciatura de Ciencias Morales, para empezar a
funcionar por la vida como la encantadora y muy considerable persona que
siempre había prometido llegar a ser. Estaba literalmente en fleur. Había
frecuentado el trato con mi padre, intensamente, durante cuatro años; cada vez
que se encontraban era mayor el afecto que le tenía. Aquel mes de septiembre
aparecieron como pareja a los fríos ojos de Beatrice Webb, visión que inspiró
una condescendiente y venenosa entrada en su diario:
Amber es una persona de
asombrosa vitalidad, e imagino que de gran inteligencia, pero en el fondo es
una terrible pagana: vanidosa, egoísta, desafecta de la felicidad de los demás.
Puede que tan sólo sea una fase por la que está pasando, ya que no por nada es
una niña precoz, pero sigue siendo una fase poco halagüeña... Una amistad un
tanto peligrosa ha comenzado a surgir entre ella y H. G. Wells. Creo que los
dos son personas demasiado interesadas exclusivamente por sí mismas como para
causar a la pobre Jane Wells más que un cierto temor; ahora bien, si Amber
fuese hija mía yo no dormiría tranquila[224].
La ocasión para armar un
buen escándalo a partir de este emparejamiento, sin embargo, se diría que había
desaparecido al día siguiente de escribir Beatrice Webb estas palabras. Cuando
Pease llegó ese día a las oficinas de la Sociedad Fabiana, se encontró sobre la
mesa una carta de mi padre. En ella le explicaba que había terminado por
invadirle la sensación de que todos sus esfuerzos por lograr una revisión a
fondo de las «Bases» y una regeneración de la Sociedad habían sido fútiles; que
se había sentido desazonado muy en particular por fracasar en su intento por
lograr que la ejecutiva refrendase sus ideas sobre el programa de subsidios
para la maternidad; que estaba más convencido que nunca de que cualquier plan
para la reforma social que dejase las cuestiones de ese departamento tal y como
estaban no pasaría de ser más que una miserable perversión del socialismo.
Pensando tal como pensaba sobre estos asuntos, únicamente podía sentir que la
Sociedad Fabiana había dejado de ser el foro adecuado para dedicarse en cuerpo
y alma a sus empeños. Pease desglosó ante la ejecutiva el contenido de la
carta, que incluso llegó a salir impresa en The Fabian Newsletter no mucho
después, bajo un encabezamiento en el que sucintamente se anunciaba que se
había aceptado el ofrecimiento de dimisión.
Esto debiera haber supuesto
el punto final de la disputa[225] que
mantenía mi padre con los Webb, líderes de la Vieja Guardia de la Sociedad
Fabiana, pero no fue así. La inquina que los enfrentaba siguió existiendo
debido a dos razones distintas, las dos cuestiones de personalidad. La primera
fue que, como todos los intrigantes natos, los Webb siempre tuvieron grandes
dificultades para creer de veras que a sus adversarios pudieran acreditárseles
rectas intenciones. Se fijaron en que Jane Wells no había seguido los pasos de
su marido al darse de baja en la Sociedad, y que tampoco había renunciado a su
plaza en la ejecutiva. Nada les podría parecer más natural que dar por sentado
que, si Jane iba a quedarse entre ellos, por algo sería, con lo cual supusieron
que ella pasaría a encabezar la minoría de los «wellsianos» en el seno de la
organización, al tiempo que él proseguiría realizando su campaña por hacerse
con el liderazgo desde fuera de la misma. En calidad de cabecilla en el
exterior de una oposición interna, mi padre quedaría en absoluta libertad
incluso aunque fingiera colaborar con ellos. Entendieron que muy posiblemente
estaría a punto de causarles más quebraderos de cabeza que nunca, con lo cual
decidieron seguir sus pasos con mayor suspicacia, más alerta que en el pasado.
La segunda de las razones
que explican la prolongación del conflicto hay que buscarlas en el talante del marido
de Maud Reeves, el cual se había visto sometido a una creciente presión desde
el día en que su esposa se erigió en aliada incondicional de mi padre, ya en
los primeros compases de su lucha por la revisión de las «Bases». Los
sentimientos que lo embargaban, aunque no llegara a expresarlos, terminaron por
ser superiores a su fuerza de voluntad, de modo que durante abril de 1909 se
vio incapaz de reprimirlos. Amber Reeves se vio en el brete de comunicar a sus
padres que estaba embarazada, y que el responsable era mi padre.
Su padre y el mío se habían
conocido unos diez años antes, por ser los dos miembros del club privado que
presidía Webb, y aunque el vejete no dejó de parecerle un tanto pesado, se
contentó con tenerlo por amigo, aun cuando sólo fuese en nombre de la animada,
vivaz y enérgica Maud Reeves. Sin embargo, en un aspecto se había equivocado
por completo en lo tocante a su marido: lo había tomado por un hombre
moderadamente próspero, al cual la vida le había dado casi todo lo que podría
aspirar a tener, a manera de reconocimiento y recompensa, cuando fue elegido
por el Gobierno de Nueva Zelanda como agente general en Londres, puesto que le
otorgó un rango equivalente al de embajador. Wells nunca se percató de que al
tratar a Pember Reeves, estaba tratando a un hombre profundamente disgustado y
amargado.
Reeves se había dedicado a
la política en Nueva Zelanda; con el sólido respaldo de su padre, un individuo
en apariencia acaudalado y exitoso, su arranque en el terreno de la política no
pudo ser más brillante. Cuando pasó a formar parte del Gobierno neozelandés en
calidad de ministro de Educación y Justicia, recién cumplidos los treinta y
cuatro años, se habló largo y tendido de él, por ser considerado el siguiente
en la línea sucesoria del anciano líder de su partido, lo cual le convertía
casi con toda certidumbre en el próximo primer ministro de la colonia. Ahora
bien, al cabo de unas cuantas semanas en el cargo, su fortuna dio un brusco
giro. Su padre padeció una breve enfermedad y murió muy pronto, dejando tras de
sí nada más que deudas y escándalos. Estos escándalos implicaron a un amplio
círculo de amistades del difunto, amén de entrañar una lista formidable de
delitos contra la ley de sociedades, algunos puramente técnicos, aunque muchos
fuesen fraudulentos y abiertamente criminales. Aunque nunca se llegase a alegar
que el joven ministro de Justicia hubiese tomado parte en las fechorías de su
padre y allegados, sí se susurró por todas partes que al menos tenía que haber
estado al corriente de lo que se hizo ante sus propios ojos, a menos que fuese
un idiota redomado.
Entre enero y abril de aquel
aciago año, Reeves dejó de ser uno de los valores en alza dentro del partido,
para convertirse en un estorbo que el partido no podía permitirse. Luchó como
gato panza arriba para no aceptar la realidad de su situación, desde finales de
1891 hasta principios de 1895, momento en que le abandonó toda su fuerza de
voluntad. Había tenido que comulgar con más ruedas de molino de las que reza el
refrán con tal de resistirse a su destino, y su estómago ya no pudo más.
Consintió que quienes estaban inclinados a excluirlo de la cúpula del partido
lo despachasen a la planta intermedia, nombrándole agente general y
empaquetándolo para Londres.
Cuando Reeves llegó a
Inglaterra, a nadie pareció importarle su paradero; cuando se dedicó a hacer la
ronda de visitas oficiales en los diversos ministerios y dependencias estatales
con los que tendría que mantener contactos y negociaciones, rara vez fue más
allá de los subsecretarios. Sin embargo, lentamente se difundió la noticia de
que el recién llegado no era en modo alguno lo que la etiqueta de «político de
colonias» daba por entonces a entender: era, en realidad, un tipo perfectamente
presentable. Poco a poco fueron abriéndosele las puertas, y a la postre logró
la calificación definitiva de pintar algo en el panorama de la política cuando
Max Beerbohm lo convirtió en motivo de una de sus caricaturas. Animado por este
éxito ilusorio, cuya caprichosa y sofisticada cimentación fue algo que jamás
llegó a entender del todo, Reeves dio en creer que por fin estaba en el buen
camino para lograr la superación de los escándalos desatados por el naufragio
de su padre, e incluso que bien pronto estaría en condiciones de regresar a
Nueva Zelanda para reanudar su carrera política exactamente en donde había
quedado traumáticamente interrumpida, pero con el prestigio añadido de haber
logrado algún que otro éxito personal en el campo de la diplomacia. Sólo cuando
el «glorioso reinado» tocó a su fin, cuando llevaba cinco años en Londres, pudo
entender de una vez por todas que su éxito había sido ciertamente una hazaña
personal, y se dio cuenta también de que el cargo que desempeñaba no tenía la
menor relevancia en los círculos diplomáticos. Tras tantos esfuerzos, no había
relanzado en modo alguno su carrera política. Cuando llegó el momento de la
coronación, ni siquiera tomó asiento en la Abadía de Westminster en compañía de
los embajadores de las potencias extranjeras, ni tampoco cerca de los puntos de
mayor interés. Se le adjudicó una plaza en el extremo más alejado de la nave,
desde donde poco pudo ver y menos oír de la ceremonia, arrinconado tras los
bancos asignados a los alcaldes de provincias y a sus señoras. Se dio cuenta
entonces de que jamás debería haberse marchado a Inglaterra.
El negro momento de Reeves
en la Abadía de Westminster tuvo lugar en 1901; hacia 1906, cuando entró en
erupción el escándalo suscitado por la novela de mi padre, En tiempos del
cometa, sus largas y apesadumbradas meditaciones sobre la pifia que había
cometido habían terminado por dejarlo sin fuerzas para nada. La trifulca
desatada por la novela le hizo sentirse inquieto, pues a Bland se le ocurrió la
idea de pregonar que Maud Reeves había sido colaboradora de mi padre en su
intento por hacer de la defensa del amor libre uno de los principios capitales
de la reforma de la Sociedad Fabiana. Reeves ya había tenido ocasión de probar
medicinas muy similares. En su juventud, había escrito una serie de artículos
que publicó en un periódico propiedad de su padre, el Lyttletown Times, en la
cual resumía la filosofía y los objetivos de diversas organizaciones y varios
pensadores de izquierda. En uno de ellos se ocupó de los primeros fabianos,
asociación que por entonces aún contaba con Annie Besant entre sus fieles. El
artículo de Reeves sobre este asunto trataba largo y tendido sobre la creencia,
ideada por Annie Besant, de que el Estado debiera destinar una parte de sus
presupuestos para ayudas financieras a los agricultores, ganaderos y
cooperativas industriales. Años más tarde, cuando los enemigos de Reeves se
habían propuesto acabar con él, resucitaron este artículo y lo utilizaron en su
contra. Lo de menos fue lo que en realidad hubiese podido decir; el quid de la
cuestión era que había citado a Annie Besant, y todo el mundo sabía de ella lo
que había que saber, esto es, que convivía en pecado con Charles Bradlaugh y
que se había mostrado a favor de que todas las mujeres supiesen cuanto
quisieran saber del control de la natalidad. Al haber escrito de esta figura, argüyeron
sus adversarios, Reeves se había identificado como defensor del amor libre y
como enemigo declarado de la familia. Sobre esta línea se insistió en contra de
Reeves hasta que empezó a ir cuesta abajo, y estos planteamientos volvieron a
ser desvergonzadamente utilizados como arma arrojadiza contra él cuando por fin
anunció que había aceptado el billete de ida al olvido, sin retorno posible,
que le ofrecieron: ¿qué tripa se le había roto al primer ministro, se dijo,
para enviar a un entusiasta del amor libre, que para más inri despedía un
inequívoco tufillo de escándalos financieros nunca del todo perdonados, en
representación de la colonia ante la Corte de St. James? No parece difícil
imaginar cómo tuvo que sentirse Reeves cuando comprendió en qué dirección
estaba encaminando mi padre a su mujer. Tan pronto tuvo ocasión de ver las
propuestas de revisión de las «Bases» que mi padre había esbozado, le quedó muy
claro que cuando la segunda de las cláusulas se refería a la igualdad de uno y
otro sexo ante la ley, la libertad sexual tendría que formar parte del paquete.
Y ése era un concepto que él aborrecía. Por más que intelectualmente fuese un
liberal progresista, en el fondo de su corazón era un machista de lo más
convencional, con una serie de firmes convicciones en lo tocante a lo que debía
constituir un comportamiento femenino decoroso. Por ejemplo, tenía la intocable
opinión de que las mujeres ni por asomo debieran fumar en público, ya que esto
era equivalente a una confesión de bajeza moral. Aborrecía la idea de los
subsidios para la maternidad, ya que sólo valdrían para minar los cimientos
mismos de la decencia social.
Reeves tuvo que pasarlo
francamente mal mientras reprimió todos estos sentimientos a lo largo de 1906,
y esta tensión había empezado a dejarlo exhausto. Uno de sus amigos íntimos en
Nueva Zelanda, con el cual llevaba toda una década sin encontrarse, visitó
Inglaterra a finales de año y se quedó de una pieza al ver que este hombre
parecía un vejestorio, y que indudablemente se sentía agotado. Acababa de
cumplir cuarenta y nueve años. Beatrice Webb llevaba algún tiempo preocupada
por él; había anotado en su diario que parecía «estar dejándose llevar por
un ensombrecimiento del ánimo y por una melancolía incurable» ya en 1904.
Maud Reeves no se había dado cuenta por entonces, ya que estaba demasiado
ajetreada con los asuntos propios de la Sociedad Fabiana y con la causa del
feminismo, pero su reacción ante la trifulca desatada con la publicación de En
tiempos del cometa sí la sensibilizó respecto de su visible alteración.
Tengo la convicción de que
la preocupación de Maud Reeves por su esposo fue la única causa responsable de
su repentina decisión de ceder a sus súplicas y de atenuar su activa dedicación
a la causa de mi padre, a la que se había entregado tan de lleno como a la
lucha por la revisión de las «Bases», exactamente en la época en que esta
campaña empezó a entrar en crisis. Reeves siguió comportándose como si fuese un
hombre deshecho durante casi todo 1907, pero al año siguiente hizo un esfuerzo
por romper todos los lazos que lo ataban a un pasado brutalmente desalentador.
Había renunciado a su puesto de agente general con objeto de verse con las
manos libres para poder aceptar el cargo de director de la London School of
Economics, que le había sido ofrecido por Sidney Webb para ayudarle a salir de
su personal atolladero. Llevaba seis meses en dicho puesto cuando empezó a
darse cuenta de que no era sino un mascarón de proa que daba la cara por los
Webb, y llegó así el día aciago en que su mujer tuvo que decirle que su hija
estaba embarazada y que el hombre a quien había que responsabilizar por su
estado no era, por cierto, un inconsciente vividor de Cambridge, ni tampoco un
joven especialmente prometedor, sino su buen amigo, mi padre, por más casado
que estuviese, por más que hubiese pasado ya de la edad madura, por más
escándalos que tuviese ya anotados en su haber.
Este golpe decisivo desató
toda la rabia, todo el resentimiento y la amargura almacenados en el corazón de
Pember Reeves a causa de todas las injusticias, todos los contratiempos y
disgustos que le habían salido al paso desde la muerte de su padre. Enfurecido,
quiso que alguien, sin importarle quién, pagase por todas las penas que había
tenido que sufrir a lo largo de su vida. Su hija y el amante de ésta estaban
muy a mano, y fácilmente habrían podido servir como chivos expiatorios, de modo
que se empeñó en darles su merecido por haber sido los últimos en sumar nuevos
daños y perjuicios a sus ya múltiples heridas. Quiso que fuesen castigados, y
no se paró a pensar en lo que a él personalmente pudiera costarle ese castigo,
ni tampoco en lo que pudiese costarles a ellos dos o a cualquier otra persona.
Para cerciorarse de que las cosas iban a ser tan duras como él deseaba,
difundió el rumor de la abominable forma en que los dos culpables le habían
pagado a cambio del amor y la confianza que tenía depositados en ambos.
Recorrió de punta a cabo el círculo de sus amigos y conocidos farfullando con
todo el que quisiera escucharle el lamentable cuento de sus múltiples penas,
operación que coronó a manera de colofón con las consecuencias que ya he
descrito en un capítulo anterior. Hizo de un escándalo íntegramente privado una
abierta cuestión de dominio público.
Mi padre dijo lo que deseaba
puntualizar sobre su fracaso entre los fabianos en dos libros suyos: Los
nuevos maquiavelos, novela de tono más bien agrio, como corresponde a
cualquier texto escrito desde la cólera, lo cual apaga sus demás virtudes, y Experimento
autobiográfico, en el cual tiene a la vista dos metas contrapuestas, como
son el relatar la verdad de los hechos y el saldar las cuentas de todo aquello
que tanto había terminado por lamentar. En la novela estuvo inclinado a dar al
grupo de personajes que recientemente había hecho todo lo posible por buscarle
a él la ruina lo que a su juicio se merecían, mientras en la autobiografía hizo
cuanto pudo por acabar con los residuos de interes que pudieran quedarle por su
aventura entre los Fabianos, residuos que quizá hubiesen sobrevivido, y esta
puesta en limpio la lleva a cabo reconociendo que mientras duró la aventura
pecó continuamente de apresuramiento, desconsideración, mal humor y poco tacto.
Lo que obtuvo desde esta clase de planteamientos fue un obvio encubrimiento,
aunque lo que en realidad deseaba disimular, al menos en aquellos momentos, fue
todo lo tocante a la relación que había mantenido por un lado con Amber Reeves
y por otro con su familia. Todo este asunto había terminado por considerarlo como
el mayor fracaso personal de toda su vida, y se arrepentía por igual de su
debilidad al dejarse arrastrar a semejante aventura amorosa, de su fracaso
cuando le llegó la hora de mantenerse al menos dentro de los límites de lo
razonable, del inexcusable disgusto que había producido a Maud Reeves, que no
en vano había sido una de sus amistades más queridas, y también, no en grado
menor, de la desdicha que había sembrado en la vida de Pember Reeves, individuo
en el fondo amistoso, decente y ya de por sí hondamente infeliz, amén de
sobradamente infortunado. Aún quedaba otro cabo más por atar a raíz de este
asunto, otro cabo que explica su reluctancia a la hora de aventar las ascuas:
el acuerdo cuya aceptación Rivers Blanco White le había impuesto tras la publicación
de Ann Veronica, que todavía en aquella época lo tenía maniatado y amordazado.
Bajo semejante constricción no había visto a su hija ni había hablado con ella,
desde el mismo día en que fue inscrita en el Registro Civil. La niña había
crecido, según pudo saber Wells, hasta convertirse en una jovencita
deslumbrante, de modo que a cada día que pasaba lamentaba más su ausencia a lo
largo de su vida.
Todas estas cosas son las
que dan auténtica sustancia al episodio de la Sociedad Fabiana, al menos tal y
como le afectó a él personalmente, y cuanto estas cosas que fueron omitidas de
la historia, él sintió que no quedaba gran cosa, aparte de un magro recuento de
su lanzamiento, hecho sin las debidas reconsideraciones previas, a un estanque
en realidad demasiado reducido, en el que si bien se piensa jamás debiera
haberse metido. Habrá seguramente quien entienda que la visión del fabianismo y
de los fabianos que tuvo mi padre estuvo en el fondo subordinada a sus propios
proyectos, pero lo cierto es que existía una abismal diferencia entre las dos
maneras de pensar que coexistieron a uno y otro lado de la valla. La anchura de
este abismo, separación entre dos universos mentales diametralmente opuestos,
tiene para mí buen ejemplo en la serenidad con que Hubert Bland fue capaz de
reconvenir a mi padre cuando le tocó en suerte escribir una reseña de Tono-Bungay
para el Daily Chronicle, en febrero de 1909. Adoptando un tono facilón, de tío
carnal como quien dice, Bland acusó a mi padre por haber desarrollado un
descarado gusto por lo irrelevante, afición que amenazaba con convertirle, a su
juicio, en un Sterne de segunda fila. Para aducir otros argumentos que respaldaran
su contencioso, Bland llamaba la atención de sus lectores sobre «un episodio
que, en vez de contribuir al desenvolvimiento de la trama, lo estorba
considerablemente, amén de no aportar nada acerca del desarrollo de ninguno de
los personajes, episodio en fin que mejor habría dado algún fruto como relato
breve». Bland había puesto el dedo sobre la llaga, sin vacilar, sobre uno
de esos momentos brillantes que salen a relucir una y otra vez en los escritos
de mi padre, a menudo cuando menos se los espera uno, para convencer al lector
de que era, como escritor, tm auténtico genio. El episodio de Quap en
Tono-Bungay es una de esas piezas expositivas que logran introducir algo
absolutamente novedoso, traído de lo más recóndito del alma humana, para
colocarlo a la vista de todos los mortales. Señala el momento en que se abre un
nuevo horizonte.
Ya he descrito antes el
periplo típicamente wellsiano a través del cual Tío Ponderevo, en Tono-Bungay,
adquiere su existencia dentro de la ficción. Tras haber declarado en bancarrota
su negocio de droguería al por menor, muy a la antigua usanza, pasa al campo
del droguero al por mayor, dentro del cual da en el clavo al descubrir la
fórmula de un tónico totalmente carente de valor y sólo muy levemente
perjudicial para la salud, que consiste en agua del grifo, un poco de
colorante, una pizca de azúcar, algo que le diese sabor y un golpecito de una
sustancia capaz de crear una cierta adicción y que funcionaba como estimulante.
Con ayuda de una campaña publicitaria totalmente irresponsable y deshonesta,
obtiene un tremendo éxito de ventas y en un abrir y cerrar de ojos se encuentra
con unos ingresos disparatados y en apariencia inexhaustibles. Así se ve
llevado en volandas hasta convertirse en propietario de una participación tal
que controla media docena de grupos empresariales y pasa a ser una de las
primeras potencias del mundo de los negocios. Partiendo originariamente de la
idea de que los beneficios lo son todo en esta vida, añade a su conciencia otra
similar, a saber, que mientras uno se encuentre en constante expansión, todo
saldrá a pedir de boca. Cuando su castillo de naipes, hecho a base de emisiones
de bonos y de fusiones entre empresas, alcanza tal tamaño que se le va de las
manos, y cuando las ganancias obtenidas por las ventas del tónico dejan de ser
significativas a la luz de sus cada vez mayores problemas de liquidez, aparece
de repente Quap.
Tal y como reza la campaña
publicitaria de su descubridor y promotor, la nueva sustancia parece una
auténtica maravilla, pues se trata de un producto íntegramente natural, a
partir de la cual podrá fabricarse el filamento perfecto para todas las
bombillas eléctricas. Teniendo en cuenta el estado en que se halla el mercado,
quien pueda comercializar y explotar el invento de Quap fácilmente podrá
adueñarse de la totalidad de las ventas de bombillas en todo el mundo
occidental. A ojos de Ponderevo, se trata de una tentación irresistible. De
alguna parte se podrá obtener más dinero contante y sonante, y viéndole las
orejas al lobo, con la ruina absoluta a la vuelta de la esquina, el invento de
Quap bien merece la pena al menos un intento. Por otra parte, el promotor no
puede ser más persuasivo. Según le informa, el material se encuentra al extremo
de un espigón que ha construido en un saliente de una isla, en la desembocadura
de un río de África Occidental: no sólo será bien fácil llegar, sino también
transportar y trabajar en el yacimiento, ya que se trata de un material blando,
casi una especie de arcilla, de modo que lo único que hará falta, al principio,
serán unas cuantas palas, un torno y un balde atado a un cabo. Así pues, el
sobrino de Ponderevo, narrador de toda la trama argumental, viaja hasta el
yacimiento a comprobar si esta descabellada oportunidad puede en realidad
funcionar como se anuncia, decidido a regresar con un buen cargamento con el
cual realizar las pruebas pertinentes. Así es como el lector se ve por fin
llevado de la mano a echar un vistazo a un material ciertamente digno de
mención, a saber, la primera premonición que se da en Occidente del aspecto que
tendrá un paisaje azotado por la radiación.
Lo que se encuentra el joven
Ponderevo cuando llega a la siniestra barra de arcilla es que se trata de un
destino mucho menos impresionante, a primera vista, que el estado en que se
encuentra el entorno. A uno y otro lado del saliente, en una franja de varias
millas de anchura, se diría que todos los seres vivos están moribundos o
definitivamente muertos. Antes de partir de Londres, el joven Ponderevo había
tenido noticia de que los habitantes de la región sentían, más que respeto,
verdadero temor por el lugar, como si estuviesen convencidos de que pesaba
sobre el saliente de arcilla una maldición. No pasa mucho tiempo hasta que
comienza a compartir esos mismos sentimientos, si bien, siendo un hombre con
gran capacidad de raciocinio, concibe la idea de que se encuentra en un terreno
que está afectado por algún tipo de enfermedad que corroe la materia. Con todo,
los negocios son los negocios, y no ha hecho un viaje de tres mil millas de
longitud para dedicarse a esas vanas especulaciones. Ha ido allí para regresar
con un cargamento de Quap. Por eso llena las bodegas de la goleta en que ha
viajado de esa sustancia pegajosa, letal, y emprende el viaje de vuelta a casa.
En cuestión de pocos días, los integrantes de la tripulación, que ya habían
visto cómo la piel se les llenaba de erupciones y de llagas mientras procedían
a cargar el Quap a bordo, comienzan a enfermar gravemente y a morir uno tras
otro, hasta que el propio navio comienza a hacerse pedazos. Poco antes de que
se hunda, Ponderevo y los marineros supervivientes logran ponerse a flote sobre
una balsa de tablones podridos que a duras penas se sostienen ensamblados, en
la cual aguantarán hasta que los recoja otro barco.
Me doy perfecta cuenta de
que es muy viable tomarse esta anécdota narrativa tal y como es por sí misma,
si bien no puedo sustraerme a la sensación de que hace falta una considerable
medida de arrogancia intelectual para pasar olímpicamente por alto la combinación
de lógica, de visión de futuro, de poder de penetración en las cosas, por la
cual adquiere una especial posición dentro del tejido narrativo del que
ciertamente forma parte indisoluble. Me sorprendo profundamente cada vez que
releo esta parte del libro por la pasmosa previsión de futuro que contiene,
respecto de la demencia! carrera en pos de la explotación de la energía atómica
en tanto en cuanto fuente energética, que se dio a renglón seguido del
hallazgo, durante la guerra, de la fisión nuclear sin control exacto. Con eso y
con todo, esa predicción casi clarividente no constituye lo esencial del
pasaje. Lo que se propuso demostrar mi padre mediante esta alegoría era más
bien el progreso inevitable que lleva de comerciar casi por trueque con mercancías
levemente perniciosas hasta la explotación incontrolada de materiales
absolutamente mortíferos, progreso que ha de seguirse a manera de corolario de
la aceptación general de la doctrina del capital mercantilista según la cual
los beneficios justifican cualquier acto realizado para conseguirlos. Se había
dado cuenta de ello, tan pronto como pudo comprender lo que le decía a menudo
un joven conocido suyo llamado Frederick Soddy, un hombre sólo once años más
joven que él, acerca de las propiedades sumamente extrañas de las sustancias
radiactivas; entre otras cosas, le dijo que ninguna consideración ética o
prudencial bastaría para impedir que los especuladores se apiñasen en este
terreno del conocimiento, en cuanto la explotación de los nuevos hallazgos científicos
adquiriesen un cierto barniz de propuestas viables en la práctica. Los
especuladores tendrían el juego asegurado en el futuro de las especies en el
preciso instante en que encontrasen la ocasión propicia para recabar el dinero
necesario para tal inversión. La idea de que los especuladores iban tornándose
cada vez más irresponsables, a medida que se incrementaba su capacidad de
redundar en perjuicios sociales de toda clase, no fue ni mucho menos una idea
original de mi padre. De hecho, el primer Roosevelt ya había librado una
campaña en la que sacó gran partido de estas consideraciones; por otra parte,
la idea de la necesidad de que existiese en cierto modo un control y una
regulación exhaustiva de las emisiones de bonos y de los lanzamientos de las
sociedades anónimas databa ya de la década de 1840. Sin embargo, la mayor parte
de las personas que se habían parado a considerar este asunto antes que mi
padre lo habían hecho casi exclusivamente con la intención de encontrar algún
remedio que paliase los defectos menores de una estructura social
fundamentalmente sana. Se había hecho hincapié más que nada en las víctimas
individuales, e incluso quienes se habían percatado de que el daño se estaba
causando a la sociedad en conjunto se sintieron si acaso inclinados a pensar en
esta problemática como si fuese algo que podría enderezarse con relativa
facilidad por medio de una legislación poco sistemática, hecha por partes, sin
recurrir a una serie de radicales medidas de reforma. Mi padre había
introducido, creo yo, una considerable novedad en estas consideraciones, en el
momento en que describió el crecimiento alocado y salvaje, la proliferación
desmedida de los nuevos negocios y conglomerados a niveles gigantescos, a una
escala comparable a la diseminación de un cáncer dentro de un organismo vivo.
Ya había insinuado esto mismo, a manera de apunte, en
When the Sleeper Wakes (Cuando
despierta el durmiente), una novela de 1899 en la que un único conglomerado
industrial de desmesuradas dimensiones engulle la totalidad de la economía del
mundo occidental, pero también había retomado el tema en El alimento de los
dioses, en 1904, para darle pleno desarrollo en Tono-Bimgay. Quiere
que a nadie se le escape el fondo de la cuestión cuando habla de este modo
acerca de Quap:
... hay en... Quap... algo
que sólo podría calificarse, aunque sea por aproximación, de canceroso. A mi
juicio, la radiactividad es una auténtica enfermedad de la materia... una
enfermedad contagiosa. Basta con poner bien cerca unos de otros estos átomos
deteriorados, desmigajados, que los demás que los circundan pescan al vuelo la
absurda capacidad de salirse de toda existencia mínimamente coherente. Ello es
a la materia exactamente lo mismo que la decadencia de nuestra antigua cultura
es a la sociedad... Pienso en estos centros que inexplicablemente se
autodisuelven... [y] me obsesiona acto seguido ese grotesco capricho
consistente en corroer, resecar y pudrir radicalmente, dispersándolo, todo el
mundo en que vivimos... Supongamos, por qué no, que así ha de ser el fin de
nuestro planeta: nada de climax espléndidos, nada de tracas finales, nada de
acumulaciones impresionantes de logros y hazañas, sino, simplemente... ¡la
energía atómica!
Mi padre expresa estas
opiniones a través del personaje del joven Ponderevo, cuyo único motivo a la
hora de embarcarse en esta empresa que fácilmente podría haber difundido la
infección por el mundo entero fue que su hipotético éxito tal vez, pero sólo tal
vez, podría haber pospuesto la bancarrota de su tío en dos o tres años a lo
sumo. El episodio reviste, así pues, una dimensión adicional: el material que
se quiso utilizar es de lo más desmoralizante por los efectos que tiene en
quienes han de manejarlo con sus propias manos, tal y como es desmoralizante la
codicia para quienes ceden a su pujanza. En esta historia escrita por mi padre,
el narrador no ha recabado el debido permiso de las autoridades locales para
extraer Quap en su territorio, con lo cual nada más comenzar la operación de
cargamento en las bodegas de su barco se ha convertido en ladrón o, si se
quiere, en pirata. (Y no se trata de que desee causar adrede ningún perjuicio,
sino de que no dispone del tiempo preciso para cubrir los expedientes correctos
para obtener una licencia de exportación y todo lo demás...) Del latrocinio
pasa al asesinato, como tan a menudo ocurre entre los piratas. Su gran
esperanza estriba en realizar la operación pasando desapercibido, y sólo con
objeto de que no se disipe esa esperanza mata a sangre fría a uno de sus
semejantes. El individuo resulta ser un simple vaquero, que está medio muerto
de hambre y que, por si fuera poco, es nativo; tiene la mala suerte de llegar a
un lugar desde el que fácilmente avistaría la goleta, con lo cual el narrador
le sale al paso y ¿qué otra cosa más sencilla que meterle un tiro por la
espalda y enterrarlo en el punto en que cae abatido?
Este incidente podrá parecer
extravagantemente arbitrario, y quizá incluso resulte superfluo cuando se
desgaja de su contexto. Ahora bien, en el lugar que ocupa dentro de la novela,
esta vileza se produce como si casi estuviéramos esperándola desde tiempo
atrás, como si fuese una consecuencia inevitable por estar el narrador en donde
está, dispuesto a manipular ese peligroso material. El tono moral de la trama
va cayendo progresivamente a medida que avanza, el desarrollo de la aventura,
tal y como aconteció en el caso del Proyecto Manhattan[226], ya
que la naturaleza del trabajo que se estaba realizando dejó de estar sujeta a
imprevistos. No quisiera cargar las tintas en este paralelismo, pero ese
inocente intruso resulta asesinado de un tiro, y es nada menos que el buen
narrador quien realiza el disparo. Por muy lejos que efectivamente estuviese mi
padre de toda información acerca de la tecnología que llevó a Oppenheimer a
pronunciar precisamente en el momento del éxito de la empresa su agorero y ya
famoso comentario, a saber, «hemos descubierto el pecado», sigue pareciéndome
imposible poner en duda que las intuiciones que Wells había tenido le hubiesen
dotado de una conciencia muy similar, aunque fuese entre 1906 y 1908. Pese a
todo, cuando se reconoce plenamente que mi padre tuvo semejante previsión de
futuro, el libro no adquiere su importancia y su interés de su presciencia al
esbozar las espantosas posibilidades que yacían agazapadas en los
descubrimientos de la primera generación de físicos nucleares. La justa medida
de sus virtudes hay que encontrarla en cambio en el hecho de que va mucho más
allá de de la venalidad de las explotaciones y las especulaciones que
caricaturiza con verdadero gracejo, hasta llegar al tuétano del fatal hábito de
los hombres que siempre se inclinan con descaro por la opción que mejores y más
inmediatos beneficios parece ofrecer, sin que importe cuan trivial pueda ser a
la postre la ganancia, ni tampoco la certeza de que habrá que pagar por ello a
largo plazo. El libro expresa, de manera sumamente poderosa y original, el
antiguo mensaje de la historia que versa sobre la fruta prohibida, es decir,
que el hombre es, en definitiva, su propio enemigo. No es accidental que el tío
del joven Ponderevo termine en el lecho mortuorio de Gissing, toda vez que la
novela incorpora todo lo que mi padre había tenido ocasión de saber acerca de
las compulsiones autodestructivas, gracias a su inmersión postmortem, con todo
detalle, en la historia secreta de tan desdichado individuo. No obstante, debo
poner punto final a la contemplación de los contenidos propios de la que con
toda solidez puede efectivamente pasar por ser la mejor novela de mi padre,
para atar los cabos sueltos de su implicación en la Sociedad Fabiana. Hasta qué
grado era una persona radicalmente distinta del círculo en que se estuvo
moviendo es un extremo que se encuentra idealmente resumido en las dos últimas
frases de la crítica que dedicó a la novela el inefable Bland: «Pero para
hacer justicia al señor Wells, no se ha propuesto en este libro ir al grano;
por el contrario, se jacta y se deleita en dar toda suerte de rodeos. Zigzaguea
de principio a fin.» Este barato varapalo, aplicado a manera de correctivo
sobre el gran libro de un gran hombre, para más inri por parte de un crítico
que sólo se había salvado por los pelos de quedar convertido en un desastrado
don nadie por pura casualidad, mejor dicho, por haberse casado con una mujer
industriosa y muy dotada, deseosa de mantenerlo a todo tren, capta a la
perfección el tono de condescendencia que prevalece en todo el discurso
fabiano. Constituye un pronunciamiento que no soy capaz de oír sin lamentar que
Wells malgastara tantísimo tiempo y tantas energías intentando erigirse en
dueño y señor de tan minúsculo escenario. Entre sus biógrafos, algunos
sostienen que cometió el mayor error de toda su vida cuando decidió dar la
espalda a dicho escenario, cuando lo cierto es que los hechos no respaldan
semejante opinión. La historia de la Sociedad Fabiana se enmarca dentro de dos
etapas distintas; cuando mi padre renunció a ser miembro de la misma, los Webb
estaban ya a punto de poner fin a la primera de las dos, por medio de un
deslumbrante despliegue de ineptitud política.
La ocasión que propició esta
demostración tuvo lugar cuando los trabajos de la comisión de la Cámara de los
Comunes, que se encargó de investigar los defectos de las Leyes de Pobreza
existentes, llegaron por fin al momento de tomar forma de libro blanco sobre la
cuestión. El comité se dividió en dos bloques, uno mayoritario y otro
minoritario, en lo tocante a la cuestión de las recomendaciones al Gobierno;
así como el Informe de la Mayoría respondió positivamente ante el sentimiento
popular de toda la nación, proponiendo que se dieran una serie de osados pasos
tendentes a la humanización de los servicios de seguridad social existentes en
la época, el Informe de la Minoría, al pie del cual estamparon sus firmas los
Webb[227], no
pasó de proponer una maraña de reformas administrativas, plenamente consciente
de su elevado coste, para mejorar la eficacia interna de la vieja maquinaria,
pero dejando intacto su anticuado carácter. Cuando los Webb cayeron en la
cuenta de hasta qué extremo habían metido la pata, salieron corriendo del
escenario del crimen y emprendieron un viaje de placer alrededor del mundo
entero, dejando a Lloyd George solo para que sacase adelante el arduo trabajo
de cimentar el sistema británico de subsidios de desempleo y de seguridad
social. Se pasaron un año entero al margen de todo, y durante este tiempo la
Sociedad fue desmoronándose. El pronunciado ritmo con que se fueron
incrementando los miembros de la Sociedad durante los años que dedicó mi padre
a insuflar nuevos aires a la organización muy pronto menguó hasta caer en
picado; al mismo tiempo, aumentó el número de miembros deseosos de que su
condición de tales prescribiese por impago de las cuotas. La Sociedad sólo se
salvó de la extinción que la amenazaba en 1916, cuando remodeló por completo su
imagen G. D. H. Colé y otros miembros hechos de la misma pasta que él. Desde
aquel momento, su función principal fue la de ser depósito del pensamiento de
las izquierdas, por tener en su haber los hechos y las cifras necesarios para
justificar cuantos dogmas socialistas pudieran estar en boga a cada momento. Su
influencia sobre la política del partido laborista desde que tuvo
representación parlamentaria nunca llegó a ser tan grande como sus apologetas
insisten en subrayar, aparte de no haber tenido tampoco influencia semejante en
ningún otro terreno.
En cuanto a los Webb,
socialistas que aborrecían y despreciaban a las masas de los descamisados sólo
un punto menos que el propio procedimiento democrático que necesitaba, por
deseos y por ambiciones, para ser tenidos al menos en cuenta, iban a terminar,
con absoluta naturalidad y de la mano de George Bernard Shaw, en las filas de
los más acérrimos defensores del estalinismo incluso en sus aspectos más
atroces. Cerca ya del final de sus vidas, convencidos a pie juntillas de que el
Estado soviético tal y como era entonces representaba el cumplimiento pleno del
ideal del fabianismo, escuchaban todas las noches sin falta las emisiones en
lengua inglesa de Radio Moscú[228], para
así cerciorarse de que sus opiniones respecto de la marcha de los
acontecimientos a nivel mundial no estaban en deuda con ninguna fuente de
información que pudiera ser tachada de propagandista.
La verdad es que los Webb
formaban una pareja con la que era bien fácil reñir. Tenían de sí mismos una
altísima opinión, al tiempo que eran opiniones muy pobres las que tenían de la
humanidad en general. Beatrice era una mujer extremadamente arrogante y de muy
limitada inteligencia, mientras que él, tal y como iba a manifestar sin lugar a
dudas su tremendo fracaso como ministro del Gabinete, era un hombre con una
fatal mezcla de autocomplacencia y de total falta de sentido común. Se ha
reconocido que no fue por cierto una sinecura la que le cayó encima cuando se
vio lanzado a la Oficina de Asuntos Coloniales, por entonces responsable de
Palestina, exactamente cuando la inmigración de los judíos a Palestina se iba
convirtiendo en una cuestión de candente importancia. Con eso y con todo, los
Webb no dejaron pasar la ocasión de aportar su granito de arena al problema. A
medida que el ambiente político se fue calentando a raíz de la revuelta
protagonizada por Jabotinsky frente al Muro de las Lamentaciones, Beatrice
plantea en su diario una cuestión cuando menos singular: «¿De quién son
descendientes todos esos judíos rusos y polacos?»[229] Y
llega por sí sola a una notabilísima respuesta a la cuestión que tanto la
intriga, sólo que un año más tarde:
Lo que más me interesa de
toda esta incesante fermentación sobre la cuestión de Palestina es la total
ausencia que en ella se da, desde que principia hasta que concluye, de toda
consideración de Palestina en tanto cuna del credo cristiano... Basta con imaginar
el pasmo de los cruzados del Medievo si hubiesen podido prever que los reinos
cristianos de Inglaterra, Francia e Italia, llegaran a arrebatar Jerusalén de
manos del islam para entregarlo a quienes crucificaron a Jesús de Nazaret, a
quienes han negado siglo tras siglo, desde el principio de los tiempos y hasta
hoy en día, que sea el Hijo de Dios... Se ignora olímpicamente la tradicional
infamia de la Crucifixión. Y un toque de ironía adicional de todo este
malhadado episodio estriba en el hecho de que los judíos que emigran a
Palestina sean eslavos y mongoles, y en modo alguno semitas, además de que la
inmensa mayoría de todos ellos no sean seguidores de Moisés y de los profetas,
sino de Karl Marx y de las Repúblicas Soviéticas...[230]
Los Webb coincidieron con mi
padre alrededor de la misma mesa, con ocasión de un almuerzo al que unos y otro
estaban invitados, más o menos en la época en que Beatrice Webb confiaba a su
diario semejantes profundidades de pensamiento, y fue así como pusieron
bruscamente punto final a unas relaciones que habían aguantado durante siete
años. A mi padre le parecieron los dos muy divertidos en su radical
equivocación sobre todas las cuestiones cruciales del momento, y experimentó no
pocas dificultades, aunque pasajeras, para disimular la gracia que le hacían. A
Beatrice no le gustó nada esta reacción, y mencionó por lo tanto lo grueso y lo
autocomplacido que le pareció Wells al cabo del tiempo. A su juicio, no dejaba
de tener interés que así como la mayor parte de los ingleses terminan por
parecerse a tal o cual raza canina, en tal o cual etapa de sus vidas, él
empezara a tener un inequívoco aire porcino.
El enorme error que mi padre
había cometido en 1909 no fue tanto el dimitir de la Sociedad Fabiana, sino más
bien la pérdida de control sobre su vida privada y su consiguiente exposición
en público, al alcance de un rencor implacable. De todas sus experiencias de
adulto, al margen quizá de la lectura que hizo de los amañados diarios de mi
abuela y del descubrimiento de la doblez de Moura Budberg, ninguna otra iba a
afectarle más hondamente que el escándalo público en que iba a convertirse su
aventura con Amber Reeves. Se le hizo todo lo que puede hacérsele a un hombre
para que piense lo peor de sí mismo, al menos cuando este escándalo alcanzó su
punto culminante, pero por espacio de otros dos años más se vio como diana de
una constante descarga de insultos y desdenes gratuitos. Así se condujo con él
no sólo gran cantidad de personas, muy variadas y en su mayor parte de todo
punto desconocidas, sino también un grupo de hombres y mujeres a los que él
había llegado a apreciar como buenos amigos. Iba a costarle nada menos que diez
años recobrar la fe en su propia valía, el mismo tiempo que tardó en devolver a
su vida profesional el rumbo más adecuado. Y su recuperación como escritor se
produjo a la vez que un desplazamiento de terreno: ya no recobró nunca la garra
necesaria para correr el riesgo de la exposición en público, que es parte
inherente de toda escritura de textos de ficción, y cuando regresó a la
palestra en condiciones fue, en cambio, con Perfil de la historia. Desde
entonces y en lo sucesivo fue más bien un autor de textos didácticos, un hombre
de ideas y, sobre todo, un propagandista que sólo incidentalmente se dedicó de
nuevo a la novela. Los tratamientos directos, tan maravillosos, de sus primeras
obras —esto es, la ausencia que en esas primeras obras se da, tan pronto pudo
dar por concluidos sus ejercicios de calentamiento, de toda distancia qtie lo
separe del lector—, se habían desvanecido para siempre. Y el resultado de esta
aciaga época iba a ser para él un profundo resquemor que vivió de cuando en
cuando durante un período mucho más dilatado.
Fue por ejemplo ya en 1932[231],
después de entonar el mea culpa en su Experimento autobiográfico,
después de la muerte de Pember Reeves, cuando lanzó una sonda hacia Rivers
Blanco White, por medio de E. S. P. Haynes, insinuándole que seguramente
estaría de acuerdo en que habría llegado el momento de que prescribiese la
prohibición por la cual se había visto impedido de mantener el más mínimo
contacto con la hija que había tenido de Amber. Blanco White se mostró de
acuerdo en que quizá hubiese llegado el momento idóneo para que Anna-Jane
supiese quién era su verdadero padre, y así accedió a darle una oportunidad
para que se conociesen los dos y para que se tratasen, caso de que ella lo
quisiera. Ella había crecido convencida de que Rivers Blanco White era sin duda
su verdadero padre; éste era uno de los cimientos de su estructura emocional, a
partir de la cual iba a realizar su abordaje de la vida de adulta. No le gustó
nada que esta piedra angular fuese súbitamente desplazada bajo sus pies. A los
veintitrés años, sentía un gran cariño por Rivers, quien era por cierto un
hombre muy agradable en el que ella había aprendido poco a poco a depositar
toda su confianza. Cuando hubo de vérselas cara a cara con mi padre, se
encontró ante un perfecto desconocido. Sabía que se esperaba de ella que
manifestase cierto aprecio, pero no fue capaz de cumplir con dicha expectativa.
Y tuvo que pasar algún tiempo hasta que mi padre pudo digerir y asumir este
duro revés de la vida. No supo lidiar nada bien con la situación. Buena parte
del problema se debió seguramente a que por entonces atravesara una fase de su
vida en la que sintió la imperiosa necesidad de revisar ciertos aspectos de su
pasado personal. No le gustaba nada por entonces que sus hijos se hubiesen
criado y hubiesen crecido siendo perfectos desconocidos los unos de los otros.
Sentía verdaderas ansias por reunirlos a todos y por conformar cierta vida de
familia antes de que le llegase la muerte. Víctima de sus prisas, imprimió
demasiada velocidad a las cosas. A mí me presentó a Anna-Jane antes de que él
mismo hubiese podido establecer alguna relación con ella. Organizó una merienda
en la que al parecer íbamos a conocernos, a los pocos días de que me comunicase
su existencia mientras almorzábamos los dos en Scott's. Dicha merienda tuvo
lugar en el salón de su poco acogedor apartamento de Chiltern Court, el enorme
bloque de pisos que se alza sobre la estación del metro de Baker Street. Ella
estaba allí cuando yo llegué, y el embrollo de vibraciones que estaba
emitiendo, de manera bastante potente, me hizo pensar en que mi padre
seguramente le había pedido a ella que acudiese antes, para disponer así de una
ocasión de explicarle mi existencia, tal y como me había sido explicada a mí la
suya. Imaginé que podía entender sus sentimientos, pero no se me ocurrió nada
que decirle; tras haber intercambiado los saludos de rigor, envarados los dos y
medio ahogados, nos sentimos incapaces de pronunciar ni siquiera una palabra
más. Mi padre nos ofreció té con pastas y corrió con el peso de la conversación
como si fuese una persona temerosa de los
animales pero pese a todo
empeñada en ganarse la confianza de dos ejemplares de buen tamaño, conocidos
los dos por su tendencia a morder. Fue un encuentro que Rivers Blanco White no
podría haber dispuesto, y que tampoco se le habría ido de las manos si le
hubiese tocado hacerlo. Siempre he pensado que ese encuentro tuvo una gran
repercusión en la decisión que tomó Anna-Jane acerca de sus sentimientos
respecto de mi padre, aparte de conducirlo a él a ver con toda claridad cuáles
iban a ser dichos sentimientos. El golpe, cuando por fin hubo de reconocer para
sí que a ella no le caía nada bien, fue tal que no se lo pudo tomar nunca a la
ligera.
Por haber participado
marginalmente en otra u otras dos experiencias más de este mismo tipo, me pude
dar cuenta del peso enorme que había supuesto la tremenda paliza que se había
llevado mi padre entre 1908 y 1916. Siendo como era plenamente consciente de
que él mismo se había prestado a ser víctima de la persecución social que se
organizó contra él, y que efectivamente hubo de resistir durante todos esos
años, no le fue más fácil convivir con esas sensaciones; estoy convencido de
que fue precisamente esa conciencia la que lo llevó a desarrollar la tendencia
a responder de manera excesiva ante toda crítica personal, característica de su
persona desde que cumplió cincuenta y pico años. No pienso fingir que, en esos
años finales de su vida, no llegase a enaltecer esos estallidos emocionales al
nivel del arte; ahora bien, es de esperar cierta vulnerabilidad de piel, cierta
carencia de protección, en un hombre que ha sobrevivido a una desolladura
semejante. Cuanto más voy sabiendo acerca
de lo que tuvo que
sobrellevar mi padre inmediatamente a resultas de la finalización de su
dedicación a la Sociedad Fabiana, así como por sus consecuencias a largo plazo,
más fácil me resulta entender y perdonar su limitada paciencia y sus violentas
explosiones de carácter.
Capítulo XV
Caso de seguir mucho más
tiempo a bordo de este maldito vapor, empezaré a escribir igual que Dorothy
Richardson.
Carta escrita a bordo del Adriatic.
Entre noviembre de 1906 y
abril del año siguiente, estando en su apogeo el combate que sostuvo mi padre
en el seno de la Sociedad Fabiana, se las ingenió sin embargo para disponer de
tiempo suficiente y dedicarlo a la más extraña y reveladora de sus aventuras
amorosas. Fue con Dorothy Richardson, una mujer a la que ya conocía desde sus
tiempos en Worcester Park[232].
Treinta años después, cuando tuve ocasión de trabar contacto con ella, me
produjo una fuerte impresión, aun cuando sólo fuese por parecerme la persona
más presumida y menos sensual, de uno u otro sexo, que hubiese conocido yo
hasta entonces. Se comportaba con particular envaramiento, y vestía con una
peculiar rigidez, con lo cual recordaba un maniquí de modista o una anticuada
figurilla de Belén. Me costó trabajo creer que en efecto hubiera llegado a
acostarse con un hombre tan animado y tan vitalista como mi padre, aunque de
ello no pudiera caberme ninguna duda: ella misma había escrito su propia
versión de los devaneos que tuvo con él, sólo que escuetamente encubierta,
transmutada en ficción, dentro de su desmesurado novelón autobiográfico, un
interminable flujo de conciencia titulado Pilgrimage (Peregrinación);
él, por su parte, nunca había desmentido que dicha aventura hubiese tenido
lugar.
De jovencita, Dorothy
Richardson había ido a la misma escuela que Amy Catherine Robbins. Las dos
habían estado muy unidas por sentimientos comunes. La juventud de ambas estuvo
ensombrecida por una constante sensación de que iban a producirse problemas inminentes,
y no sin razón: una cosa u otra se había torcido aviesamente en los asuntos
profesionales de sus respectivos padres. Los problemas del señor Richardson
fueron característicos de la época que le tocó vivir[233].
Brotaron de su apasionamiento por trepar desde abajo y hasta la cúspide de la
escala social, hasta llegar al peldaño en que fuese plenamente aceptado como
caballero. Era hijo único del próspero propietario de un ultramarinos; lo
primero que hizo, nada más heredar el negocio de su padre, fue venderlo.
Gracias a la operación obtuvo trece mil libras en limpio, y en cuanto cobró
semejante cantidad se dispuso a darse la buena vida, invirtiendo en acciones de
bolsa. Aunque técnicamente contase con una muy precaria financiación, tuvo
relativamente buena suerte, y logró mantenerse a salvo y alejado de los
tribunales por haberse declarado insolvente durante veinte años seguidos.
Siendo, en efecto, el típico hombre dedicado a su familia que tanto abundó en
la época, nunca comentó la menor cuestión monetaria con las mujeres de su
familia, y su lento rodar hacia un desastre del que no podría recobrarse,
difuminado por algunos episodios de ilusorio éxito, fueron un infierno de
incertidumbres y aprensiones constantes para su esposa y sus cuatro hijas[234]. Las
dos hijas mayores de Richardson llegaron a la edad de casarse más o menos
cuando empezaban a aquietarse las aguas sobre la cabeza sumergida del señor
Richardson; las dos pudieron llegar al altar justo antes de que las aguas se lo
tragasen por última y definitiva vez. Cuando llegó efectivamente el momento de
afrontar una demanda judicial en toda regla, la señora Richardson, desbordada
al darse cuenta de que sus más atroces temores, tanto por ella misma como por
sus dos hijas todavía sin casar, habíanse hecho realidad, se volvió loca de
remate. Como la más pequeña de todas ni siquiera había terminado sus estudios
elementales, cayó sobre Dorothy la penosa tarea de ser la enfermera y custodia
personal de la demenciada señora. Al cabo de unas cuantas semanas, sus dos
yernos se conchabaron para conseguir que «Madre» se marchase a vivir a la costa
y que Dorothy la cuidase, con la esperanza de que la paz y la quietud de
Hastings, en temporada baja, sirvieran para tranquilizarla y, sobre todo, para
devolverle la cordura. Fue fútil el esfuerzo, ya que el reposo de poco podría
haber servido a la señora Richardson. Se encontraba profundamente hundida en
una agitada depresión, sin poder conciliar el sueño, sin poder tampoco dejar de
hablar, ni mucho menos quedarse quieta. Cumplidos los primeros cinco días de
estancia en su alojamiento de Hastings, la demenciada señora estaba exhausta;
tocó fondo y hubo de guardar cama. Su hija, casi tan agotada como ella estaba,
al verla por fin profundamente dormida, al menos aparentemente y por lo visto
durante un buen rato, hizo una maniobra sin duda arriesgada y salió a tomar el
fresco, a recapacitar a solas por el paseo marítimo. Allí cometió la estupidez
de tomar asiento en uno de los bancos que miraban al rompeolas, y se quedó
adormecida en cuestión de segundos. Transcurrida una hora, cuando volvió
corriendo a la casa en que había dejado a su madre sin vigilancia ninguna, se
encontró muerta a la pobre señora: se había rajado el cuello con el cuchillo
del pan.
Todo el mundo se había
portado con Dorothy con una gran amabilidad, pero el sentir general de que
nunca debería haber dejado a solas a la finada fue a la vez ineludible. Que no
se llegase a decir nada a ese respecto fue, de hecho, la peor de las condenas.
Una vez consumada esta traumática disolución de la familia, Dorothy se mudó a
un lugar del centro de Londres, para iniciar una nueva vida trabajando como
recepcionista de unos dentistas que habían instalado la consulta en Harley
Street. Sus patronos iban a pagarle una libra por semana.
Tan pronto se hubo alojado
en la buhardilla de una casa de huéspedes, a sólo un paseo de su trabajo,
empezó a dar los pasos necesarios para conseguir que su nueva vida resultase al
menos soportable. Su primera iniciativa fue buscar a sus antiguas compañeras de
colegio, al menos a las que aún vivieran en la ciudad o en sus alrededores.
Bien pronto consiguió hacerse recibir en la acogedora villa de Worcester Park,
en la que vivía con mi padre Amy Catherine Robbins, al tiempo que experimentaba
los primeros compases de su transformación en Jane Wells. Jane guardaba
recuerdos muy vivos de lo que había tenido que sufrir cuando su propio padre se
suicidó, y no tuvo la más mínima dificultad a la hora de sintonizar con los
sentimientos de su maltrecha amiga. También mi padre, al acordarse de la
funesta sombra que había proyectado sobre sus años de juventud el tropezón que
dio Joseph Wells en el patio posterior de su casa, estuvo en condiciones de
mostrarle a Dorothy su simpatía con lógica presteza. Entre los dos convirtieron
el apoyo a Dorothy en un proyecto común: bien pronto pasó a ser invitada
habitual de sus gregarios almuerzos dominicales, por no decir que muy a menudo
se presentaba en Worcester Park los sábados, para pasar allí la noche anterior
a las reuniones.
La autora de la biografía de
Dorothy, Gloria Fromm, dice que muy pronto se granjeó la admiración de mi
padre, aunque yo no soy de la misma opinión. Cuando mi padre y Jane miraban a
Dorothy en aquellos tiempos de Worcester Park, era sin duda para ver una misma
imagen, a saber, la que puede proyectar la entumecida víctima de una racha de
enconada mala suerte. Les costó algún tiempo aprender a ver en ella algo
diferente, pues no en vano a ella misma le hizo falta invertir la mejor y mayor
parte de los dieciséis años siguientes en recobrarse del revés que supuso la
muerte de su madre y en ponerse en marcha y salir del punto muerto en que se
encontró de golpe. La capacidad de comprensión por parte de mi padre, a la hora
de calibrar el peso enorme que a ella le lastraba, sin duda aumentó cuando la
muerte de su propia madre, en 1905, le otorgó la posesión del diario en el que
ella había anotado sus reacciones ante las estremecedoras experiencias que hubo
de vivir cuando murieron sus padres uno tras otro en la posada de Midhurst. Los
paralelismos que puedan trazarse entre la dura experiencia de Sarah Neal y los
sufrimientos de Dorothy no llegan a tanto, pero el exceso del infortunio que a
las dos les dio su tono vital fue el factor común que de veras contaba. Aun así,
esta semejanza a mi padre le habría dado pie más para la empatia y la compasión
que para una verdadera admiración. A los diez años de su primer encuentro en
Worcester Park, ella seguía dedicada a su no demasiado impresionante trabajo de
recepcionista, al tiempo que su unico logro literario digno de mención había
sido un artículo publicado sin firma en The Outlook[235]. No
había en ella gran cosa a ojos del joven que acababa de publicar Kipps,
aparte de llevar escritas ya veinte novelas y tres colecciones de relatos;
difícilmente podría haberse quitado el sombrero ante las proezas de ella, que
era, por decirlo no sin tosquedad, más objeto de su compasión que de cualquier
otro sentimiento, cuando en 1906 iniciaron su breve y penosamente fracasado
romance.
El fiasco tuvo lugar tal
como sigue. Cuando Dorothy empezó a vivir por su cuenta en Londres, notó que
corría ciertos riesgos. Tan pronto pudo permitírselo, comenzó a vivir en
compañía de un hombre que la protegiese de las amenazas ante las que se consideraba
expuesta, en calidad de sencilla y encantadora jovencita sin relación de pareja
conocida. No tuvo que buscar mucho hasta dar con lo que tenía en mente, pues la
providencia puso a un tal Benjamín Grad, un joven judío ruso, en la planta
inferior de su buhardilla, en la misma pensión. Como era nuevo en el país y era
muy escaso su conocimiento de la lengua inglesa, a ella no le costó demasiado
hacerse un hueco en la vida de él, en calidad de guía y mentora, de la más
sencilla de las maneras, es decir, instruyéndole en la lengua y las costumbres
locales. La relación entre ambos fue desarrollándose y adoptó a la sazón otro
carácter, convirtiéndose en un juego de perpetuos cortejos, en el que ninguno
de los dos pretendientes deseaba en el fondo llevarse el gato al agua. Para
asegurarse de que Grad nunca le pidiese una rendición incondicional, Dorothy le
dijo muy al principio que, por haber sido testigo de todo lo que condujo a su
madre a la locura y al suicidio, era contraria al matrimonio de por vida,
mientras él, tras informarle de que había pasado un año internado en un
sanatorio psiquiátrico antes de marcharse de Rusia, le aclaró que, en lo que a
él incumbía, el sexo sin mediar matrimonio era algo inconcebible. Los dos
podrían haber seguido practicando ad infinitum este juego libre de riesgos, de
no haber sido por la aparición en escena de una joven actriz, llamada Veronica
Leslie-Jones, huida por las bravas de su familia, que aún vivía en el campo.
Cayó entre ellos dos como una cuña, declarando al punto una profana pasión
carnal por Dorothy, quien con gran sorpresa por su parte descubrió que estaba
más que dispuesta a corresponder de igual a igual a dicho enamoramiento. Por
vez primera en toda su vida, Dorothy se sorprendió al pensar si de hecho no se
estaría vetando algo quizá esencial al planear para sí una vida en la que no
tendrían cabida las relaciones sexuales. Hallábase casi tentada a dar a su
ansiosa y reciente amiga lo que ésta al parecer tan desesperadamente ansiaba,
pero se abstuvo de consumar el impulso por no tener entonces ninguna certeza de
que el manifiesto lesbianismo de la otra joven no fuese simplemente mera
representación escénica, cuestión de que el deseo de la otra persona pareciera
atronadora e interesadamente corrupto, en vez de lo que habitualmente se llega
a hacer sólo por impresionar, más allá de esta sospecha, supuso, no era sólo la
feminidad de Verónica el factor ante el cual había respondido; se trataba, más
bien, de su propia sexualidad y de sus propias ganas. No estaba ni mucho menos
segura de que fuese en realidad una historia entre lesbianas lo que en el fondo
deseaba. Su gran dificultad era que no sabía nada, lo que se dice nada, de ese
aspecto de la vida. Lo cierto era que sólo la experiencia física de tal
realidad podría servirle para aclarar las cosas.
El hombre que irrumpe en
escena para desempeñar el papel de instructor de una mujer joven que se
encuentre en tal situación a la fuerza ha de pasar por sospechoso. Existe un
legado de la tradición cómica del pasado que relaciona indisolublemente la
juventud con la inocencia y la experiencia con la madurez, de manera tal que
sólo sugerir un intercambio entre la una y la otra concita imágenes de un
decrépito viejo chocho que pierde el seso, esclavizada su voluntad, por una
jovencita intacta. La historia amorosa que pueda darse entre estos dos
personajes a menudo se presenta bajo esa luz, en parte por la existencia y el
vigor de la tradición, y en parte porque el yo soñado por Dorothy, la heroína
de su inacabable Peregrinación, envejeció mucho más lentamente que ella a
medida que fue transcurriendo la acción. La realidad del caso es que cuando se
hicieron amantes con todas las de la ley, mi padre tenía treinta y nueve años y
Dorothy treinta y dos. A veces suele insinuarse que fue una temeridad por parte
de mi padre, e incluso, quién sabe, fruto de una crueldad bien calculada,
juguetear frivolamente y sin ninguna consideración con el cariño de una joven y
brillante escritora, que era entonces todo intuición, todo sensibilidad a flor
de piel, de tal modo que bien pudo hacerle perder pie y desbaratar por completo
su prometedora trayectoria futura. No fue del todo así. Cuando tuvo lugar el
affaire, en 1906, a Dorothy se la tenía más bien por una autora a la antigua
usanza, en modo alguno prometedora. Su envaramiento, que en tiempos había sido
uno más de sus encantos, parte de una desafiante impertinencia capaz de
arrostrar toda adversidad, empezaba a apuntar a un cierto sometimiento a una
prematura rigidez. Mi padre, y también Jane, puesto que los dos habían empezado
por seguirle la corriente, por respaldar su reclamación de ser alguien que
estaba convencido de que un buen día haría algo, aunque fuese sólo por pura
amabilidad, no pudo sustraerse al sentimiento de que ella empezaba a dar todas
las muestras de estar convirtiéndose en una solterona corriente y moliente.
Así, empezó a enviar a mi
padre inconfundibles mensajes indicativos de la existencia de su firme deseo de
cambiar su condición. Y él se alegró al sentir que por fin había encaminado
ella sus pasos de la forma más sensata. Ni siquiera por un instante se regodeó
en pensar que había despertado en ella las más hondas pasiones. Y es que no
habría podido acariciar esta idea, ni siquiera aunque lo hubiese deseado, ya
que ella le hizo saber con toda claridad que se había vuelto hacia él por estar
deseosa de averiguar algo acerca de sí misma. Se sintió encantado de
complacerla, y no sólo porque disfrutase sobremanera del acto en sí. Confió en
que a ella le resultase placentero hacer el amor, pues creía que la experiencia
sexual formaba parte integral del crecimiento y la maduración de la persona. No
pensaba que fuese posible completarse como individuo sin conocer el sexo;
estaba seguro de que un ayuntamiento satisfactorio entre los dos supondría el
final de los años de suerte adversa que ella había vivido, el comienzo de un
capítulo mucho más feliz en la historia de su vida...
Cuando de hecho quedó bien
claro que ella no disfrutaba acostándose con él, que él además no le estaba
prestando ninguna ayuda, se dio cuenta del embrollo que había liado, y se
apenó. La verdad, y él tuvo que reconocerla ante ella, era que le había hecho
daño. Había llegado a ella cansado, pensando en otras cosas, sin dedicarle la
debida atención. A decir verdad, aunque no cometió la falta de delicadeza que
habría supuesto decírselo tal cual, se había limitado a hacerle un hueco.
Durante los seis meses a lo largo de los cuales tuvieron seis o siete penosos
encuentros, él había estado metido hasta el cuello en la fase más intensa de su
agotadora, exigentísima pugna con Sidney Webb y la Vieja Guardia de la Sociedad
Fabiana; había estado luchando a brazo partido por dar forma a Tono-Bungay;
había sacado adelante sus elaborados, complejos flirteos con Violet Hunt, que
en efecto le habían interesado y entretenido sobremanera; había hecho infinidad
de cosas, aparte de todo esto. Ciertamente, no puede decirse que hubiese hecho
todo lo posible por ella. Todo era culpa suya. Le dijo que ella no debía
sentirse culpable de nada. Todo lo que entre los dos había salido mal, salió
mal en consonancia con las costumbres y la familiaridad. Tendrían que
concederse más tiempo; cuando ella acudiese a él, debería hacerlo sin tanta
ansiedad, sin cifrar demasiadas expectativas en el encuentro, por más que el
sexo constituyese uno de los mayores placeres de la vida, por más que fuese la
fuente de una particular felicidad, capaz de irradiar una luz que iluminase el
resto de las facetas de la vida, sin ser en cambio nada trascendente o
sacramental, sino, al contrario, la más sencilla y natural de las cosas;
Dorothy no debía desanimarse.
Ahora bien, Dorothy se quedó
helada ante semejante falta de comprensión, horrorizada ante la aparente
sugerencia de que continuasen con la aventura amorosa. No era cuestión de que
entre los dos algo en concreto se hubiese torcido o hubiese salido mal, ni
tampoco que él hubiese incurrido en una falta de tacto o en un error de
planteamiento. El problema, lisa y llanamente, era que ella no había sido capaz
de soportar el asunto en ninguno de sus aspectos; el acto sexual le había
resultado más profundamente desagradable de todo lo que en principio pudo
temer. Lo que había aprendido acostándose con mi padre fue que no deseaba
mantener relaciones sexuales con nadie: quería permanecer intacta,
inconmovible. Sólo deseaba huir, pero sin adquirir el estigma que se impone al
fugitivo.
Se libró de mi padre en dos
etapas sucesivas. Primero le dijo que estaba embarazada, dándose así una excusa
para romper toda relación física con él; luego le contó que había tenido un
aborto. Así pudo distanciarse de él sin que pareciese que había emprendido la
huida. Obtuvo seis meses de baja, alejándose de su miserable empleo, y fue a
esconderse en un rincón del condado de Sussex, por entonces apacible y lejano,
comprendido entre Hailsham y Hurstmonceux, alegando que necesitaba absoluto
reposo tras la tortura que había
sufrido.
Mi padre nunca pudo creer
que Dorothy hubiese quedado embarazada, y para qué hablar de que hubiese
abortado, con lo cual notó que su proceder para cortar la relación por lo sano
tuvo algo de naturaleza similar a la capacidad de destrucción que a todas luces
resulta superior a la de las fuerzas enemigas. Sin embargo, no movió ni un dedo
para resistirse a la decisión por la que Dorothy puso fin a su insípida
relación amorosa. Ésa fue esencialmente una cuestión, a su juicio, en la que
ella debía tener entera libertad y hacer lo que le viniera en gana. Lo que más
le preocupó fue que ella pudiera verse en graves complicaciones de tipo
puramente práctico una vez hubiese cortado el cordón umbilical que la unía
mediante una nómina mensual a la consulta de los dentistas. Había hecho cuanto
pudo por enseñarle el sistema Barrie, perfecto para pergeñar prosas de ocasión
a partir, como quien dice, de nada; ella en cambio carecía de la ligereza
necesaria para sacar buen partido del trabajo a destajo para los diarios, al
tiempo que sí tenía verdadero olfato para una línea de producción mucho menos
gratificante, habida cuenta de lo cual se centró en publicaciones tales como Ye
Crank, The Open Road y The Dental Record[236]. Con
objeto de echarle una mano en lo que él consideró su problema inmediato, le
ofreció que trabajase como correctora para él: le haría llegar sus galeradas
cada vez que sus impresores se las enviasen, y ella debería corregir erratas
varias y especialmente detectar las repeticiones verbales que constituían su
principal debilidad estilística, amén de enmendar las pifias gramaticales y
sintácticas que se le hubiesen podido colar inadvertidamente. Releer sus
escritos para fijarse en tales defectos y encontrarles solución siempre le
había parecido la tarea más tediosa de cuantos tedios pueden darse en esta
vida; le estaría, pues, eternamente agradecido si aceptase realizar esa labor
sobre sus textos. Le pagaría bien por ello, cómo no.
Tengo la sensación de que
Dorothy se inventó la historia de su lucha por librarse de las garras de mi
padre para dar una cierta coherencia a la imagen de su situación general en
aquella época. A raíz de sus diversos y sucesivos fiascos en sus relaciones con
él, quiso dejarlo todo atrás y olvidarlo cuanto antes. No sólo dijo adiós al
sexo, a mi padre y a la odontología, sino que despachó tambien su asendereada
vida londinense y mandó a paseo a su viejo amigo Benjamin y a su nueva amiga
Verónica. La señorita Leslie-Jones, una tigresa de tomo y lomo, fue todo lo
eficaz que se podía ser entonces en acelerar la ruptura de relaciones. A
principios de junio tuvo una iniciativa que a Dorothy le metió el miedo en el
cuerpo, aunque sólo fuese por su apremio y por su insistencia: iban a
convertirse en amantes por las buenas, sin más que añadir, porque Verónica se
había quedado destrozada a resultas del abandono de su compañero de cama
durante aquella época. Dorothy la mantuvo a cierta distancia sólo durante unos
cuantos días, para exponerle después una contrapropuesta: los tres eran
espíritus afines, Dorothy, Veronica y Benjamin, luego sería de lo más natural
que consumasen su unión en un plano puramente espiritual, a la vez que Veronica
y Benjamin se unirían legalmente al nivel inferior de las relaciones físicas.
Así podrían cohabitar sin suscitar escándalos, e incluso engendrar hijos que
espiritualmente serían como Dorothy y físicamente como Veronica y Benjamin...
Cuando hubo plantado esta semilla en sus mentes respectivas —los otros dos
jamás se habían mirado en tal sentido el uno al otro, al menos hasta que ella
esbozó la idea—, Dorothy salió por piernas, refugiándose de toda presión en el
edénico escondite que había descubierto en el corazón de Sussex. Volvió brevemente
en octubre, sólo para asistir a la boda que se había sacado de la manga,
distanciándose después de la pareja al marcharse a Suiza a pasar unas largas
vacaciones. Y no regresó después al familiar mundo londinense de las pensiones
y los camastros más o menos compartidos, sino a su remanso de paz. Se alojó en
régimen de media pensión con una familia de cuáqueros, los Penrose. La señora
Penrose cuidaba de la casa, mientras que los dos hijos se ocupaban de la
pequeña propiedad que tenían, una sencilla huerta. Convirtieron a Dorothy en
una más de la familia, y ella desde luego permaneció con ellos durante los
cuatro años siguientes.
La realidad de esta
actuación fue algo que ella no iba a reconocer jamás. A mi padre le dijo que se
había retirado en el campo para restablecerse de las secuelas del aborto; al
parecer, a los Penrose les comentó que su médico de cabecera le había indicado
que la única forma de ahorrarse una inminente crisis nerviosa era guardar
reposo absoluto en un entorno bien tranquilo. Para mí, tan falso es un cuento
como el otro; la utilización que ella hizo de los dos cuentos le dio la clave
de una magnífica estrategia para librarse indefinidamente de la confrontación
con la verdad. Aún había de fabricar otra historieta, mucho más larga, que
expondría sus actos bajo una luz radicalmente distinta. Y de la actividad de
relatarla por lo menudo iba a hacer su medio de subsistencia, al cual consagró
su vida. Iba a convertirse en novelista, igual que mi padre, sólo que su novela
no sería mera ficción, al contrario que las de mi padre. Su novela iba a ser su
arte y su vida en el arte. Iba a describir, pensamiento tras pensamiento, el
desarrollo vital de una artista dedicada en cuerpo y alma a su obra, cuyo medio
de expresión sería la prosa, y de ese modo pondría de manifiesto cómo había
sido cada una de las fases de ese proceso, a pesar de lo que pudiera parecer
desde fuera, determinadas todas y cada una de ellas por la interacción que se
dio entre una sensibilidad única y un irresistible imperativo estético.
Los hechos que más
descuellan en la trayectoria profesional adoptada a resultas de tal estrategia
son impresionantes: amplió su ensayo sobre el examen de sí misma hasta que
adquirió la naturaleza de una especie de novela descomunal que iba a constar
nada menos que de doce volúmenes[237]. Los
primeros once se publicaron como entidades autónomas, pero el duodécimo no
llegó a editarse como novela independiente. Apareció como colofón del volumen
cuarto y último de la edición recopilada de 1938. Se presentó como edición
completa, pero lo cierto es que no lo era. Peregrinación era una obra
inconclusa. Aunque la autora comenzó a trabajar en una decimotercera sección,
no consiguió ponerla en marcha. Lo que sí había logrado, en doce volúmenes y a
lo largo de veinticuatro años consagrados a su escritura, desde 1912 hasta
1936, fue abarcar los dieciséis años de su vida real que van desde 1891 hasta
finales de 1907. No será preciso subrayar el significado que tiene la fecha de
arranque. El decimoprimer volumen, Clear Horizons (Despejado horizonte),
se centra en una inverosímil versión de los últimos compases que vivió en su
relación con mi padre, y termina con una conclusión en toda regla. Creíble o
no, el volumen tiene comienzo, nudo y desenlace. El volumen siguiente, Dimple
Hill (Cerro del hoyuelo), pese a tener longitud de novela, en ningún
momento parece que vaya a llegar a ninguna parte; al final, traquetrea y
termina por calarse, como un motor sin combustible. Que Dorothy fuese incapaz
de darle forma y de alcanzar un climax adecuado, terminó por agotar la
monumental paciencia de Duckworth. Esta editorial puso con verdadero gusto la
informe masa de páginas en manos de Dent, con la seguridad de que Dorothy no
iba a saber cómo salir del atolladero. En Dent, los responsables del proyecto
editorial confiaron en poder hallar un medio para indicar a la autora cuál era
la salida, sólo que no conocían cómo era esta mujer. Al cabo de dos años sin
llegar a ninguna parte, aprovecharon el plazo transcurrido para anunciarle que
ya había llegado a una conclusión triunfal; casi accionaron el mecanismo de la
guillotina. No iban a perder tiempo, le dijeron, publicando Cerro del hoyuelo
de forma independiente; el libro tendría una acogida mucho mejor si se
publicase tal como estuvo previsto desde el principio, es decir, como colofón
del tomo cuarto de su magna obra.
Las objeciones de Dorothy
ante este arbitrario proceder no fueron demasiado contundentes; en sus quejas,
sus amigos notaron un deje pro forma. Es bien posible que sintiera un gran
alivio; sus editores en Dent, después de todo, le habían facilitado una honrosa
salida del atolladero ofreciéndole una perfecta disculpa por no haber llegado
nunca a lidiar con aquello de lo que, fuera lo que fuese, había decidido huir
en el transcurso de aquel lejano mes de agosto. Ciertamente, fue una pena que
perdiese fuelle cuando iba acercándose al meollo de la cuestión que todo lo
habría aclarado; así concluyó la aventura, como una de las cosas que ocurrían
inevitablemente ya por aquel entonces, puesto que el mundo de la edición se
había convertido meramente en una cruda actividad comercial. Al menos halló
consuelo en un detalle, a saber, que nadie podría haberla acusado de no
intentar explicarse.
Cuando mi padre leyó la
primera parte de esta obra monumental, titulada Pointed Rüofa (Tejados
puntiagudos) y publicada en 1915, le embargaron las dudas acerca de lo que
había de seguir, acerca del futuro que aguardaba a Dorothy. Ella había hablado
constantemente del libro durante los ocho años transcurridos desde su
desaparición en lo más recóndito de Sussex, y algunas de las ideas que expresó
no carecieron de interés. Iba a pronunciarse sobre un punto narrativo por lo
demás perfectamente válido, a saber, que en una novela sólo puede existir un
personaje, al igual que en cualquier otra obra de ficcion que no haya sido
escrita en colaboración. Iba de hecho a afrontar esa limitación, e iba a sacar
partido de ella, escribiendo una novela acerca de la vida interior de un solo
personaje que por fuerza había de ser una transposición de sí misma. La
totalidad de la acción iba a girar en torno al desarrollo de sus percepciones
del mundo exterior, de su profundización y comprensión del mundo. A él le había
extrañado que ella no se diese cuenta de que su gran descubrimiento era un
truismo, una verdad de Pero Grullo que cualquier escritor que se haya parado a
pensar en lo que hace sabe casi desde que empieza; contra todo pronóstico, se
había empeñado en creer firmemente que la novela que ella iba a construir sobre
tal cimiento pudiera pese a todo funcionar. Y tras ocho años de charlas
apareció Tejados puntiagudos. Mi padre conocía bien su fundamento. En
1891, cumplidos los dieciocho años, Dorothy había empezado a trabajar como
maestra, al tiempo que completaba su formación, en una escuela para chicas de
clase media, en la ciudad alemana de Hanover. No le habían caído bien sus
alumnas, hijas de oficiales del Ejército, funcionarios, profesionales
liberales, banqueros y empresarios de pro; tampoco supo entenderse con quienes
la habían contratado. Poco después de su llegada resultó evidente que carecía
de la calificación adecuada para desempeñar el trabajo y que no tenía madera de
maestra. Al cabo de seis meses la despidieron y regresó. Mi padre sabía de
sobra qué se siente al tener que dar clase sin la preparación necesaria y,
conociendo a Dorothy, pudo adivinar qué había ocurrido. Se habría mostrado
condescendiente con sus alumnas, pues no en vano tenía por costumbre mostrarse
condescendiente con él; las habría tratado con descarada superioridad en lo
tocante a la cultura y la inteligencia, y las jovencitas habrían rechazado
semejante tratamiento despectivo. Alemania, en la época en que ella sitúa su
espúrea ficción, a comienzos de la última década del siglo pasado, era la
sociedad con mayor conciencia de clase, la más estratificada de toda Europa;
aquellas jovencitas tuvieron que decidir mostrarse implacables con ella, sin
dejarle pasar ni una, hasta que lograsen colocarla exactamente en el lugar que
le correspondía. Con sólo haber dejado caer media frase que hubiese podido
servirles como indicio de sus orígenes, de su condición de hija del humilde
vastago de un modesto propietario de una tienda de ultramarinos... Con sólo haber
insinuado que su padre se había declarado en bancarrota, que era nieta de un
simple comerciante... El acoso y derribo de un mirlo blanco por parte del resto
de la bandada habría sido una minucia en comparación con aquello. Y si Dorothy
de hecho se hubiese topado con algo semejante, algo habría sacado en limpio,
aunque esto hubiese supuesto el tener que enfrentarse con el hecho más sencillo
y sobresaliente de todo el episodio, a saber, que por excusable o comprensible
que pudiera ser, no había estado a la altura de las circunstancias. No había
sido capaz de hacer acopio de coraje y de quitarse la costra de tan vieja
herida, de modo que lo que había cocinado, en lugar de preparar en crudo la
realidad de la experiencia, no pasaba de ser sino una pequeña y asoleada viñeta
en la que figuraba el episodio tal y como en realidad no había sido. ¿Iba a
resultar que la totalidad de Peregrinación terminaría por ser así, una
estéril fabulación consolatoria? Quiso esperar que no, quiso creer que estaba
equivocado, aun cuando sólo fuese por ella.
No tuvo que aguardar
demasiado hasta que Dorothy le dio ulterior confirmación de la pesimista visión
que se le ofrecía al pensar en las perspectivas a que ella estaba
literariamente abocada. Sus sucesivos alojamientos eran determinantes de por sí
a la hora de identificar el momento que vivía ella. Las pensiones y las casas
de familia que habían constituido sus habitats naturales habían configurado el
contorno de su vida. El primer sitio en que vivió le proporcionó el
conocimiento de Benjamin Grad y, con él, su primera relación íntima con un
hombre. Tras la publicación de Tejados puntiagudos vivió otra relación análoga,
aunque la intimidad fuese en este caso de mayor importancia. El libro dio
bastante que hablar, e incluso pareció que iba a devengarle más ingresos,
aparte del anticipo. Parecía muy probable que fuese a proporcionarle veinte
libras más de las treinta que ya había percibido. Con la confianza reforzada
que le dio esta perspectiva, subió un peldaño en la escala y pasó de los siete
chelines por semana que pagaba por su cuarto en una casa cercana a St. John's
Wood, a un alojamiento mucho más grato, por seis peniques más, en Queen's
Terrace, en las inmediaciones de Marlborough Road. Siguió encontrándose
inmediatamente bajo el vigamen del edificio; en cambio, ya no tuvo que echarse
a la calle cuando quisiera desayunar algo caliente, puesto que la dueña de la
pensión preparaba el desayuno para sus huéspedes en la cocina del sótano.
Empezó a bajar a diario; casi todas las mañanas se encontraba con el inquilino
fijo de la mejor habitación de la casa, la que la dueña llamaba «El Estudio»,
despachándose su arenque ahumado en salazón que tomaba a diario y leyendo su
propio ejemplar del Times.
Alan Odie estaba en esta
época a punto de tocar fondo; a duras penas sobrevivía gracias a la escueta
asignación semanal que le pasaba su padre, director de una sucursal bancaria.
No tenía prácticamente ningún ingreso fijo; dicho con palabras de Robert Ross,
sólo por los pelos mantenía la barbilla por encima del nivel del agua, a fuerza
de apurar cada penique y de cumplir religiosamente su rutina cotidiana. Sólo
comía algo al desayunar; tras despachar su arenque y engullir dos tostadas con
mermelada y un poco de té que le servía la patrona en su desconchada tetera
marrón, ayunaba hasta el anochecer y mataba las largas horas del día en su
cuarto, enredando con lo que en cada momento tuviese sobre la mesa de dibujo.
Al anochecer, sacaba del armario su atuendo de artista de campanillas y salía a
guardar las apariencias de tal y a dar la cara en el Salón del Dominó del Café
Royal, lugar que verdaderamente tenía por centro neurálgico de la vida
artística y literaria londinense. Había tomado la inquebrantable determinación
de que en tanto en cuanto mantuviese su presencia visible en dicho salón, en
calidad de miembro respetado de algún que otro círculo, se tomaría en serio su
dedicación al arte.
El patetismo de Odie no pudo
convencer a nadie. Habría bastado verlo hacer una de sus aparatosas entradas en
el Salón del Dominó para darse cuenta de que estaba irremediablemente
enganchado a uno de los peores vicios que pueden darse en el arte, a saber, una
moda caduca y engolada. Mientras asistió a la escuela de artes y oficios, época
en que debiera haber luchado para superar la timidez y las agotadas
convenciones de la novedad que habían concluido en los noventa, en ningún
momento intentó dar con algo fresco, distinto. Se había atado cual esclavo al
carro de la imaginería legada por Aubrey Beardsley, en la que sólo buscó trucos
de los cuales apropiarse... aun cuando su propio estilo procediese del
repertorio más recargado y lleno de obstáculos que desplegaba Beardsley. Era la
misma vieja historia del siglo pasado, una repetición, aunque a otro nivel, de
la peripecia vivida por el padre de Dorothy Richardson. Alan Odie había
decidido ser tan diferente como su tozudo, trabajador, implacablemente escrupuloso
pariente, tanto como pudiera llegar a ser; para llegar a tal objetivo, pensó
que el arte sería el camino más corto, el más rápido. Se había metido de hoz y
coz en la decadencia finisecular para ahorrarse una dura actuación contraria a
las finanzas y las costumbres bancarias. Había logrado salirse con la suya, por
completamente faltos de originalidad que fuesen sus quehaceres, al menos
mientras fue un tío guapo, prometedor, impecable, pero ya a sus veintipocos
años se había dado un batacazo tremendo, posiblemente a resultas de ingerir
demasiada absenta y con demasiada frecuencia. Despareció del todo, virtualmente
de la noche a la mañana, su equívoca apariencia de fauno; tan pronto perdió ese
atractivo, sus rondas y andanzas dejaron de tener el menor encanto. El precio
que hubo de pagar por su falta de originalidad y su insuficiente talento pronto
resultó tan exorbitante que se le quedó pendiente de pago. Cuando Dorothy topó
con él por primera vez, mientras despachaba su arenque matinal, llevaba cuatro
años sometido a la dolorosa experiencia de verse rechazado continuamente. No
mucho antes de este encuentro se había hecho falsas ilusiones debido a que un
individuo llamado Henry Savage le había pedido que fuese el director de arte
final de una revista que por entonces comenzaba a publicarse, The Gypsy, si
bien todo quedó en mera estratagema para sacarle unos cuantos trabajitos
gráficos que luego no le pagó. Estaba tan a punto de tocar fondo
definitivamente que unos cuantos amigos suyos de sus tiempos de crápula habían
empezado a hacerle pequeños favores por pura compasión; él había dado en
alegrarse de que así fuera.
Y fue la desesperada
situación de Odie lo que atrajo a Dorothy. Era, igual que su padre, un perdedor
nato; como él, era un jainéant que fingía ser artista, tal y como había fingido
su padre ser un caballero de posibles; exactamente igual que su padre, iba
cuesta abajo y sin frenos. Ella pudo servirle de ayuda porque sabía bien qué
teclas había que tocar en el desvencijado y farisaico mundo de los que han de
empezar bajo mínimos. Había aprendido todos los trucos del sablazo, todas las
argucias esenciales para ir tirando prácticamente sin ingresos de ningún tipo.
Empezó llamándole la atención sobre su dieta: de ninguna manera podía contar
con sobrevivir a base de té, arenques y tostadas. Debía comer, al menos de
cuando en cuando, otras cosas más nutritivas[238]. Le
advirtió que su salud era algo que ya no podía seguir descuidando alegremente:
si enfermase, en su situación, sería como darse por perdido. El le tomó el pelo
siguiendo por un tiempo fiel a su dieta, pero ella cayó como un vendaval sobre
él y poco a poco, pero con gran seguridad, venció su resistencia y le hizo
depender de ella.
Pasados dos años descubrió
acerca de él algo que le significó un gran conocimiento de su persona, y es que
vivía aterrado por la inminente posibilidad de ser llamado a filas. A ella,
esto no le llevó a imaginárselo como un cobarde en el sentido más convencional;
sin embargo, sí le hizo pensar que su amaneramiento era, si acaso, pura
representación. Caso de haber sido el homosexual al uso, sin contemplaciones ni
tapujos, ella creyó que no tendría por qué haber temido el ser llamado a filas,
más de lo que podría temer un atracador una oferta de empleo en un banco. Las
fuerzas armadas eran, debido a una sacrosanta tradición, terreno abonado para
los fieles a ese peculiar credo. Adivinó, así pues, que Odie tenía en realidad
una insuperable aversión a las relaciones sexuales, con hombres y mujeres por
igual Y acertó de pleno al llegar a semejante conclusión. Había intentado nadar
entre dos aguas, a favor de la corriente homosexual de su época, mientras pudo
contar con su justa fama de guapo, pero por más que hubiese disfrutado en sus
pavoneos, por más que lo hubiesen cortejado no pocos homosexuales, siempre le
había resultado ingrato o incluso cruento afrontar las expectativas que su
conducta había suscitado. La faceta física del acto no la había disfrutado ni
lo más mínimo, y había terminado por refugiarse en su pobreza como quien se
emboza en un capote, rehuyendo la mención siquiera de irse a la cama con quien
fuese, hombre, mujer o pájaro. Estaban hechos de la misma pasta, y bien podrían
montar sociedad sin correr riesgos.
Las últimas, infundadas
dudas de Dorothy, en el sentido de que quizá rondase al acecho de Alan un
residuo al menos de fuerza viril, de ganas de dominar, desaparecieron
totalmente y de un plumazo cuando hubo de presentarse ante un comité de examen
médico en julio de 1917. Cuando el médico que lo examinó hubo terminado con él,
no sólo se vio con la calificación de «C3» en el bolsillo, que lo eximía del
servicio militar, sino también con una nota dirigida «A quien pueda interesar»,
en la que se certificaba que la precaria condición de sus pulmones
desaconsejaba que tuviese que realizar un trabajo regular del tipo que fuera.
Esto bastó para obrar el milagro. Si Alan Odie se hallaba de veras en tales
condiciones, para ella no podía ser ninguna amenaza; lo más probable era que
dependiese por completo de ella durante el resto de sus días. Cuando
contrajeron matrimonio, dos meses después de someterse él a dicho examen
médico, ella tenía cuarenta y cuatro años, y él acababa de cumplir veintinueve.
Cuando poco después mi padre
tuvo un encuentro con los recién casados, se percató al instante de que Dorothy
había logrado mediante dicha boda la apariencia perfecta de la unión conyugal
sin asomo de sus realidades físicas. Si era eso lo que deseaba, espléndido,
adelante, aunque cuanto más se puso a pensar en ello, más probable le pareció
que todo el apaño resultase fatal para sus confesas ambiciones literarias. Si
estaba realmente no ya dispuesta, sino incluso deseosa de llegar tan lejos en
la falsificación de todo lo que había sido su vida, su gran novela, en la que
iba a explorar minuciosamente hasta los más recónditos rincones de su ser,
tenía todas las trazas de convertirse en una gran impostura, consagrada a la
pormenorizada explicación de sus invenciones y sus evasivas. El tiempo se encargaría
de poner de manifiesto que tenía desde luego valor más que de sobra para tratar
de los avatares propios del pacto que había sellado, aun cuando él no pensara
ni por asomo que ésa pudiera ser una perspectiva venturosa. No pudo creer que
Dorothy pudiera a su vez permitirse el lujo de convivir con Alan Odie. Ella le
había referido la historia de la dotación de fondos que había recibido éste de
su padre; el director del banco había dispuesto que recibiese una libra a la
semana, al menos durante todo el tiempo en que él por su parte condescendiera a
escribir una carta semanal en la que solicitase dicha asignación. Ése era el
total de sus ingresos regulares. Los recién casados habían tenido no pocas
dudas de que el director de la sucursal bancaria estuviese dispuesto a seguir
remitiéndoles la libra semanal, después de que su hijo se hubiese casado, y
precisamente por ello no apareció en el Times el anuncio formal de la boda.
Habían optado por ocultar la realidad al señor Odie. Mi padre supuso que al
cabo de bien poco tiempo, según todo hacía pensar, volvería a los sablazos y a
vivir de gorra. Recordó de qué modo se había empecinado Dorothy en no
escucharle, sin atender a razones, todas las veces en que quiso darle algún que
otro consejo de utilidad acerca de cómo dar mayor encanto a los trabajos que
realizaba a destajo; le había querido explicar cuan fácilmente podría
embolsarse la holgada cantidad de trescientas o cuatrocientas libras al año,
sólo con aprender a fondo los trucos del oficio. Ella, en cambio, le había
contestado que no era capaz de ponerse a ello. Mi padre adivinó qué estrategia
adoptaría ella cuando llegara el momento oportuno: se pondría de rodillas,
dándose el aire de mártir de quien está dispuesto a sacrificar lo que sea,
incluido su propio orgullo, por lealtad a su absoluta e irrenunciable lealtad
hacia los más enaltecidos principios de la estética.
La instintiva apreciación de
mi padre resultó acertada. En cuestión de pocos años, los Odie se habían
instalado en lo que esencialmente era una existencia limosnaria. Era una
existencia de carácter migratorio, como la de los postulantes, engarzada sobre las
idas y venidas de Londres a Cornualles y viceversa. Pasaban los veranos en la
ciudad y los inviernos en el típico pueblo vacacional, a orillas del mar, para
aprovechar mejor los precios de los alojamientos en temporada baja, a uno y
otro extremo de sus destinos estacionales. Tanto en la ciudad como en la costa
cumplían con los actos elementales para ganarse el pan de cada día, aunque la
mayor parte de sus ingresos procedieran de obras de caridad tenuemente
disimuladas. Alan Odie, cuyas obras eran virtualmente imposibles de
comercializar en el mercado abierto, vendía de cuando en cuando los dibujos que
daba por buenos de cualquier manera a un conocido o a un antiguo amigo, y de
cuando en cuando recibía pingües comisiones por publicar obritas de carácter
erótico y marginal, con la vana intención, más que nada, de dar a las llamadas
ediciones de lujo el aire de la pornografía pura
y dura sin que los
contenidos tuviesen ni mucho menos esa sustancia capaz de venderse realmente
bien. Todos estos encargos procedían sobre todo de algunos bohemios
aficionados, situados en la periferia artesanal de ese dudoso negocio, bien que
conseguidos a resultas de la insistente presión de Dorothy y de sus amistades,
rayana en el chantaje, mientras que la paga recibida, en el supuesto de que
mereciese tal nombre, por regla general ni siquiera llegaba a cubrir el coste
de los materiales empleados. Odie tenía además ese olfato privativo casi de los
perdedores natos cuando se trata de detectar los barcos a punto de irse a
pique. Sus dos proyectos de mayor envergadura, en los años de entreguerras, se
volatilizaron cuando sus editores fueron a la quiebra, dejando el trabajo en
ambos casos impagado. Y la propia Dorothy nunca tuvo mucha más suerte. Su Peregrinación
dio mucho que hablar al poco de ser publicada, pero el interés que suscitó en
los círculos literarios no llegó a sostenerse a flote, y tampoco trascendió
mucho más allá. De sus volúmenes, pocos llegaron a vender sus primeras
ediciones, con tiradas por otra parte penosamente reducidas, de modo que rara
vez recibió algo más, aparte del anticipo, incluso cuando Duckworth redujo con
elemental prudencia sus anticipos de cincuenta a treinta libras por volumen.
Bien pronto se habrían visto los dos al borde de la inanición, de no ser por el
pago de las colaboraciones que siguió haciendo Dorothy para mi padre en calidad
de correctora de pruebas y de estilo, o bien por otras subvenciones más
directas con las que tuvieron la suerte de toparse por el camino, desde 1923 en
adelante, gracias a una escritora que resultó ser la hija del más acaudalado
propietario de las compañías navieras de Gran Bretaña. Bryher, casada por
entonces con Robert McAlmon y residente en París, se encontró con las primeras
entregas de Peregrinación en la librería de Sylvia Beach, y muy
posiblemente porque ella misma había invertido algún tiempo en intentar
escribir algo que a buen seguro habría sido extremadamente similar, lo
consideró un material infinitamente prometedor. En cuanto pasó por Londres
buscó a Dorothy para comunicarle esta impresión. Cuando se presentó en las
habitaciones en que se alojaban los Odie, en St. John's Wood, se sintió
abrumada por la visión y, sobre todo, por lo que de ella pudo deducir, ya que
el ambiente en que vivían hablaba a gritos no sólo de la mezquindad de los
recursos de que tenían que echar mano más para seguir con vida que para
ganársela, sino también de la pobreza de sus contactos humanos.
Bryher no era persona capaz
de apreciar el estilo de vida propio de las pensiones y de las habitaciones
alquiladas, aparte de conocer bien qué significaban las privaciones en cuanto
las olía. Dijo a los Odie que deberían ver más mundo, y al cabo de unas semanas,
cuando tal y como acostumbraban deberían haber desaparecido en su escondite del
norte de Cornualles, a invernar, partieron rumbo a París y a Suiza con dinero
suficiente para pasar un semestre en el extranjero. El dinero se lo había dado
Bryher, so amable pretexto de que era solamente un préstamo.
A la corta, este giro de los
acontecimientos dio lugar a unas cuantas escenas de espléndida comicidad[239], pues
Dorothy intentó por todos los medios causar una indeleble impresión en ciertos
amigos de Bryher, como Ernest Hemingway por ejemplo, dándoselas de auténtico
figurón en el mundo de las letras; a la larga, desembocó en esa clase de
dependencia que mi padre había previsto para ella, a resultas de su matrimonio.
El préstamo con el que pudieron financiar el viaje quedó enseguida reconocido
como el regalo que, en el fondo, siempre había sido, y no pasó demasiado tiempo
hasta que Dorothy comenzó a enviar, por costumbre, periódicos informes a
Bryher, que en realidad constituían rogativas de caridad. Bryher no sólo tenía
dinero, sino también un gran corazón, y bien pronto hizo saber a Dorothy que
siempre podía contar con ella, que siempre sería capaz de pasarle un cheque o
dar una orden bancaria a su favor, a cambio de un informe suficientemente
«valeroso» acerca del último revés, del último descalabro que se hubiesen
llevado los pobres Odie. Y así desarrolló Dorothy, con celeridad más que
notable, el dominio de las artes propias del gorrón avezado.
Las experiencias que tuvo
Dorothy de la generosidad de Bryher la llevaron a adoptar una mezquina visión
del trato que mi padre había tenido con ella sobre este mismo terreno, de modo
que a finales de 1924 se consideró sobradamente pertrechada para indicarle de
qué forma podría ponerse a la altura de las expectativas que ella tenía. Wells
recibió una carta suya que le sorprendió más de la cuenta. Un viejo amigo de
Alan Odie, un poeta, estaba muriéndose sumido en la miseria. Sería sin duda un
gesto espléndido por parte de mi padre si ofreciese de su propio peculio
solamente «unos cientos de libras», pues con una cantidad semejante bastaría
para proporcionar al «anciano» la debida comodidad durante los últimos meses
que le quedaban, alojándolo en un lugar de la costa, del estilo de Brighton o
Hove, poco antes de que le llegase la hora de la muerte.
La reacción de mi padre
frente a esta carta ha de considerarse en relación con el hecho de que el poeta
en cuestión fue uno de los más ruidosos actores del desabrido reparto que había
tenido un papel u otro en la tragedia vital de Oscar Wilde. Se trataba de uno
de los últimos en llegar a dicho escenario teatral: el consumado embaucador
literario llamado T. W. H. Crosland, que había tenido a bien pegarse como una
sanguijuela a Lord Alfred Douglas en el desorbitadamente ingrato final de dicha
tragedia. No sólo había escrito ese texto abominable titulado Oscar Wilde and
Myself (Oscar Wilde y yo), un nauseabundo vilipendio de la figura de
Wilde que Douglas publicó como propio corriendo además con todos los gastos,
justificando de ese modo su aberrante intento por equilibrar la balanza frente
a lo que su antiguo amante había dicho de él en De Profundis, sino que
además había sido el factótum de la agria campaña lanzada por Douglas para
llevar a la ruina a uno de los amigos de Wilde, que también fue buen amigo de mi
padre: el afable y atento Robert Ross. Esta campaña no había sido mera cuestión
de mancillar la buena fama de Ross por el simple procedimiento de esparcir por
aquí y por allá unas cuantas habladurías, sino que se había tratado de un
concienzudo plan, muy a la balzaquiana, pasando por la falsificación de
documentos que habrían servido como pruebas incriminatorias y por el soborno a
cambio del perjurio de dos ex convictos; por si fuera poco, tuvo por intención
obligar a la policía a tomar las medidas necesarias para que Ross tuviese que
comparecer ante un tribunal y responder de acusaciones muy similares a las que
habían terminado por destrozar a Wilde. Lo cierto es que toda la trama terminó
con la comparecencia judicial de Crosland y de Douglas, acusados de publicar
libelos delictivos. Mi padre, que fue llamado a declarar en el caso como
testigo, solicitado por Robert Ross, el procurador[240], no
disfrutó lo más mínimo de esta experiencia, y dio en pensar que su desagrado
era debido sobre todo a los procedimientos de Crosland, dignos de un Yago
shakespeariano. De este modo podrá entenderse por qué la carta de Dorothy lo
llevó a escribir una réplica de esas que a veces se dice que dan asco. ¿No se
le había pasado nunca por la cabeza, empezaba diciendo, al menos cuando se le
ocurrió hacerle precisamente a él esa sugerencia, esto es, que invirtiese unos
cientos de libras en hacerle la vida más fácil a un moribundo llamado Crosland,
que el lamentable viejo chocho para el que ella requería su conmiseración y su
dinero era, a los cincuenta y seis años de edad, dos más joven que él? ¿Y no se
había llegado a enterar de que sus ataques cardiacos, magníficamente simulados,
habían sido notorios ya cuando se dedicó a sacarle los cuartos a Douglas
mientras los dos estuvieron en contacto por razones más que obvias[241]? ¿No
se había dado cuenta de que había intentado sacar tajada de esa misma treta al
menos con una docena de personas, que él supiera, en los últimos años? Para
terminar, ¿no le había parecido extremadamente llamativo que, si Crosland
estuviera muriéndose de veras cuando ella fue a visitarlo a sus habitaciones
durante el mes de agosto, disfrutase pese a todo de una condición que hiciera
aconsejable su traslado a Brighton, o a donde fuese, a mediados de diciembre?
¿Tendría Dorothy la amabilidad, concluía, por lo que más quisiera, de intentar
no comportarse como una idiota? Fue sin embargo tan incauto que puso en manos
de Dorothy un triunfo. Crosland, indigno de toda confianza y molesto hasta el
final, no estaba fingiendo cuando Dorothy lo visitó en agosto. Falleció muy
poco tiempo después de que Dorothy recibiese la colérica nota de mi padre. Y
ella aprovechó la oportunidad que él le había brindado, para escribirle
comentándole qué asco le había producido su respuesta. En esa carta quedaba
bien claro no sólo que era un individuo despiadado, sino también que no era un
caballero. El pobre Crosland había sido un devoto amigo de Douglas.
Quizá ayude al lector a
saber algo más acerca de Dorothy Richardson y de su mentalidad si menciono que
seguía librando esta ardua batalla, al pie del cañón, cuando fui a visitarla ya
en 1949, veinticinco años después del incidente. Cuando me contó su versión de
este antiquísimo conflicto, pintó el mismo cuadro que iba a martillearle a la
autora de su biografía, la norteamericana Gloria Fromm, a saber, un
desencuentro que a ella le daría mayor credibilidad y que para Wells habría de
ser totalmente ignominioso. Dijo que todo el asunto no podía ser más revelador
del ramalazo de mezquindad que por desgracia le había salido a mi padre del
fondo del alma. Se había comportado, oh, realmente muy mal cuando ella apeló a
sus buenos sentimientos en favor del pobre Crosland. Ella en cambio le plantó
cara y le dijo exactamente lo que había que decirle en tales circunstancias,
sin callarse ni una, insistiendo sobre todo en los detalles que delataban su
total falta de buena educación. Eso era algo que la propia Jane debería haber
hecho en múltiples ocasiones, sólo que nunca tuvo agallas para plantarle cara,
ya que siempre se sintió temerosa de él. Por eso, Wells jamás se había
acostumbrado a que la gente le plantase cara: era algo que en el fondo
detestaba. Ella asumió un riesgo enorme al hacer este gesto, porque supo desde
el primer momento que plantarle cara, y además de ese modo, podría haber
supuesto el fin de sus encargos de correción de pruebas y de corrección de
estilo, y eso sí que le habría perjudicado. Tuvo que hacer acopio de todo su
valor... y quedarse esperando a que el hacha del verdugo no cayese sobre su
cuello. Él no había contestado a su carta -ella supuso que le habría dado
demasiada vergüenza-, de modo que se quedó sumida en un mar de dudas durante
dos meses, hasta que le llegó otro de sus manuscritos para que lo corrigiese.
Así era él, un desconsiderado. Lamentaba tener que decirlo así de claro, pero
Wells carecía totalmente del instinto que tiene un gentleman. En su trasfondo
personal, en su educación, siempre permaneció al acecho, siempre a punto de
aflorar, el rastro del dependiente de una pañería, algo que en cualquier caso
distaba mucho de la auténtica finura. Y nunca era posible saber qué podría dar
salida a ese residuo...
Mientras me fue contando
todo esto, mentalmente retrocedí una década, hasta situarme a comienzo de los
años treinta, en una cena entre amigos en la que ambos habíamos estado
presentes. Esta ocasión queda descrita, casi totalmente desde el punto de vista
de Dorothy, en la biografía de Gloria Fromm, escrita con diligencia pero, a mi
juicio, con infinidad de cabos sueltos.
Al término del verano
[Dorothy] volvió a verse las caras una vez más con el «archi-manipulador» de su
juventud. Poco antes de que Alan y ella dejaran Londres para marchar a
Cornualles, pasaron una velada en la casa que H. G. Wells tenía cerca de
Regent's Park. También estuvieron presentes la baronesa Budberg, que le fue
presentada como «Moura», y el hijo de Wells, Anthony West... Anthony le
conmocionó, dijo, «por su aspecto tenso y recluido en lo más lejano de sí
mismo», adonde ella tuvo la total seguridad de que se había retirado «para
rehuir toda clase de coercimientos». Confió en que su joven esposa pudiera
ayudarle, con el tiempo, a salir a la luz. Por el momento, sin embargo, a
Dorothy le pareció que a duras penas era capaz de hablar, lo cual era debido,
en su opinión, a los diversos «intentos» que a buen seguro se habían hecho en
lo tocante a su vida. Y tuvo la sensación de que sabía de primera mano qué
intentos podían haber sido.
Dorothy estuvo en aquella
ocasión del peor talante, del más hiriente que pudo estar. Empezó por tratar a
mi mujer, que ya por entonces había gozado del reconocimiento de dos
exposiciones individuales en las galerías de arte del West End, y que
lógicamente tenía ya bien avanzada su trayectoria profesional, como si fuese
una señoritinga de dudoso talento recién salida de la escuela, aparte de
tratarme como si yo fuese un idiota clínico que diese muestras alentadoras, por
lo inesperado, de comenzar a entender las frases más sencillas e incluso
algunas palabras de varias sílabas. Cuando hubo hecho todo lo posible por
menoscabarnos, decidió dedicar la velada a tomarle el pelo a mi padre a cuento
de la ingenuidad de su superficial concepción de la literatura o de cualquier
otro de los temas que fueron surgiendo. Odie no dijo gran cosa, seguramente por
no tener gran cosa que decir, pero se le notó en todo momento que se lo estaba
pasando en grande. Los dos habían comparecido diríase que sólo por mostrar a su
audiencia, compuesta por Moura, mi mujer y yo mismo, que en ningún momento se
habían dejado engañar por mi padre, y que en cambio estaban realizando una
«divertidísima» actuación en público, dándose un paseo por un territorio
claramente inferior al que acostumbraban a frecuentar, sólo por haber accedido
a tomar asiento a la mesa de un pigmeo farisaico que se tenía por un gigante, y
que estaba convencido de saberlo todo sin haber entendido ni papa.
Ante una de las ocurrencias
de Dorothy más particularmente exasperantes, me sentí casi obligado a volverme
a mi padre y darle muestras de incredulidad, más que nada por calibrar si iba a
dejar que Dorothy se saliera con la suya. Cazó al vuelo mi mensaje y, con una
mirada que me hizo saber que entendía lo que yo estaba sintiendo, me indicó que
la situación estaba bajo control y que, a pesar de las apariencias, todo iba
tal y como se esperaba de antemano que fuese. Para demostrármelo, a renglón
seguido puso sobre la mesa un tema que aún no había salido a relucir, y lo hizo
mediante una pregunta en apariencia torpe y desmañada: ¿había tenido Dorothy
alguna noticia, recientemente, de su amigo americano, el brujo de Devonshire
Place? Ella mordió el anzuelo y se lanzó instantáneamente a referir, perdiendo
el resuello varias veces, cómo el verano anterior había sido testigo de un
milagro realizado por William Macmillan[242], el
curandero, relato que salpimentó con los clásicos términos de los «testimonios
no solicitados», propios de los anuncios publicitarios de las patentes
medicinales de viejo cuño. El hombre del que tan fervorosamente hablaba, al
parecer, se había encargado del caso de una mujer aquejada de parálisis que ya
había pasado por las manos de una docena de médicos escoceses, por las
consultas de otros tantos especialistas de renombre, de los de Harley Street, y
que había sido incluso examinada por el gran Lord Horder en persona, tan sólo
en seis años, para que todos y cada uno de ellos le comunicasen que «la ciencia
de la medicina» carecía del poder necesario para ayudarle a recuperarse,
terminando con que su caso era «absolutamente incurable». A Macmillan le había
costado menos de una semana conseguir que volviera a ponerse en pie y a caminar
por sí sola. Dorothy le dijo a mi padre que podía reírse todo lo que quisiera,
si tanta gracia le hacía la historia; ella sabía bien que su curandero
milagroso era genuino. Aquel mismo invierno le había salvado a ella en persona
la facultad de la vista. Tuvo la certeza de que estaba quedándose ciega, pero
el curandero la sanó en sólo seis semanas de tratamiento. Moura le preguntó qué
dolencia había sufrido con exactitud; Dorothy no estaba segura. Pero su
oculista debería habérselo comunicado, insistió mi padre. Dorothy reconoció que
no había consultado a un oculista; no podía especificar con precisión qué
dolencia había padecido. Sin embargo, Macmillan lo detectó a la primera y la
curó del todo: eso era todo lo que necesitaba saber. Macmillan era un brillante
psicólogo, y aunque no tuviese ninguna de las calificaciones al uso, sí que
tenía muy válidas intuiciones. Eso era lo que al final contaba.
Cuando Moura y los Odie por
fin se despidieron, cuando mi esposa se fue al chamizo del «señor Mumford», la
improvisada vivienda situada al final del jardín de atrás, en donde nos íbamos
a quedar a pasar la noche, pregunté a mi padre qué era lo que sucedía con
Dorothy. Sopesó un instante la pregunta, diría que incluso calibrando si valía
la pena contestarme, y me dijo entonces que él al menos la tenía por un ejemplo
extremo de un determinado tipo humano. Quizá con la lógica excepción de su
propio marido, Dorothy era el ser humano más totalmente desprovisto de
contactos sociales que él hubiese llegado a conocer sin franquear las puertas
de un manicomio. Era una exageradísima caricatura del solipsismo activo. Alan Odie
estaba especialmente hecho para ella; el uno era fiel espejo del otro, espejo
capaz de dar invariablemente la respuesta adecuada a la única pregunta de
verdadera importancia. Aun así, no era el extremo en que se tenían cada cual en
consideración lo que los hacía tan notorios, sino su radical aislamiento.
Mi padre me contó aquella
noche que llevaba algún tiempo encontrándose con personas hechas de la misma
pasta que los Odie, personas aquejadas con diversos grados de intensidad por la
incapacitante convicción de ser superiores al grueso de la humanidad, personas
que había ido encontrando ya desde que vio cómo acallaba Morris las voces
discordantes que no deseaba escuchar, con la campana de mano, en su
casa-embarcadero de Hammersmith. Le había dado la impresión de que lo que
afectaba a Morris y a su camarilla era el sentimiento de que estaban haciendo
al resto de la humanidad un gran favor meramente por el hecho de estar vivos.
Ya desde entonces se había dedicado a estudiar más o menos en serio los modelos
y las estructuras del autohalago y del autoengaño de sus semejantes, con una
especie de fascinada repulsión. Los Odie eran, de esta especial raza de
personas, los especímenes de quienes más cerca estaba y a quienes mejor
conocía. Había dado en pensar en ellos como casos ejemplares de una particular
patología social, más o menos lo que se había iniciado en el culto o adoración
compensatoria del propio yo, con Byron, y que se había convertido en epidémico
con la propagación del mito de Goethe, para terminar por ser tan endémico como
la anemia en los hijos de los miembros de la clase media, por entonces una
especie de nuevos ricos, cuyo flujo sanguíneo se había deteriorado en función
de una única idea dominante, a saber, que vivir sin trabajar, dedicándose a la
hermosa tarea de ser uno mismo, una persona especialísima y muy amada, era el
más alto objetivo que podría idear el ser humano. Los Odie jamás tuvieron la
sensación de deber lo que se dice nada a la comunidad en que vivían; nunca
llegaron a creer que existiera ninguna razón por la cual debieran tomar parte
en la vida del colectivo. Su existencia tenía su centro en la idea de que
habían sido apartados de todas las cosas del común debido a su terrible
destino. Eran personas de la cultura, que tenían por deber para con la sagrada
causa del arte mantenerse alejados de las degradantes vulgaridades el mercado y
de la calle, sin tener lo que se dice nada que ver con las ásperas y cegadoras
estupideces propias de un mundo en el que todo estribaba en ganar y gastar.
Presa de su desmedida ansiedad por certificarse la inmunidad frente a tales
contagios, los dos habían optado por la ignorancia, y presa de un miedo cerval
por la posibilidad de verse contaminados por las ideas recibidas se aferraron a
una visión del mundo concebida íntegramente en función de sus propias ideas
preconcebidas y de sus limitaciones. Creían a pie juntillas en la proverbial
venalidad de la prensa, en la mediocridad
inherente a todos los
políticos, en que todo juego político era siempre algo de segunda fila, en la
mortífera influencia de la ciencia y de todo enfoque cientifista, en la amenaza
de todo lo que fuese grande, por el mero hecho de serlo. Tenían particular
aversión por todo lo que proviniese de los Estados Unidos, por la posibilidad
de ganar dinero fácil que América parecía ofrecer a cualquiera, y éste era un
sentimiento situado tan lejos de las palabras que, por norma general, sólo era
posible expresarlo expulsando con fiereza el aire por entre los dientes
entrecerrados. Todas las experiencias salvo las suyas propias, salvo las de los
poquísimos elegidos que, como ellos, vivían en aras del arte, eran experiencias
vulgares y carentes de significado, igual que toda acción y actividad tal y
como meramente se entendían en el mundo de los de a pie. Ellos estaban muy por
encima de todo eso.
Escuché la explicación que
acerca de los Odie me facilitó mi padre con una quizá inocultable mezcla de
sentimientos. En dicha explicación tuve la impresión de reconocer fragmentos de
los que ya había tenido noticia antes. La mayor parte de sus novelas globales,
escritas para expresar por así decir el estado de la nación, de las que Tono-Bungay
y Kipps son exponentes destacados, comprenden a lo largo de su decurso
algún ataque ferozmente lanzado contra la blandura y la incoherencia de los
hijos privilegiados de los nuevos ricos y de los ganadores de la lotería
social, hombres y mujeres que, como el padre de Dorothy Richardson, habían
aprovechado los frutos heredados de las luchas por medrar libradas duramente
por sus padres, trocándolos por dinero contante y sonante con objeto de vivir
como los nobles, sin haber tenido que luchar a brazo partido, sin haber tenido
que jugarse la piel, sino, muy al contrarío, con toda la comodidad que sus
ingresos, modestos, sí, pero obtenidos de manera gratuita, les permitieron.
A medida que mi padre siguió
hablando, sin perder de vista la pretensión de hablar de Dorothy y de Alan
Odie, poco a poco fue resultándome cada vez más obvio que más pronto o más
tarde iba a tener que preguntarle el porqué en el fondo, ¿de qué se había tratado
durante aquella velada? Era literalmente imposible que la hubiese organizado
por puro placer, ni por satisfacción suya ni mucho menos mía o de mi esposa.
Cuando por fin me armé de valor para
planteárselo, lo que me
salió fue, en cambio, mi propia suposición a la adivinanza: le sugerí que lo
que había querido que sacase yo en claro de aquella velada con Dorothy y con
Alan Odie era una advertencia acerca de los efectos que puede tener sobre cualquier
persona el dárselas de artista tan a la ligera. Me estuvo escrutando unos
momentos, con la cabeza ligeramente ladeada, de una manera muy especial, muy
suya, y por un instante temí que fuese a mentirme. Lo cierto es que si llegó a
sopesar dicha posibilidad, muy pronto la desechó sin miramientos.
«Pues sí —dijo—, eso
era, ciertamente, lo que me había propuesto.» Este cambio de impresiones
significó el inicio de una época de franqueza y de palabras llanas entre
nosotros dos, a lo largo de la cual logramos algo muy similar a la auténtica
intimidad entre dos personas; durante esta época pude conocerlo mucho más a
fondo, y este conocimiento me llevó a quererlo y a admirarlo mucho más de lo
que por propia naturaleza hubiese sido de esperar. Por desgracia, no iba a
durar mucho, e iba a terminar de manera más bien penosa, tal y como ya he
descrito al referirme a los últimos compases de la dolencia que acabó con su
vida.
Tal y como seguramente
apreciarán quienes puedan recordar algo de lo que ya he referido de los últimos
compases de su vida, la situación cuando llegó el momento de despedirnos para
siempre fue tal que por fuerza hube de quedarme con la intensa sensación de que
entre nosotros dos habían quedado demasiadas cosas pendientes de resolución.
Gran parte de lo que reconozco que fue para mí motivo de constante meditación
durante el año que transcurrió entre la muerte de mi padre y su definitiva
certificación mediante la dispersión de sus cenizas, gran parte de dichos
pensamientos me llevaron a la conclusión de que el meollo de la cuestión
radicaba en una intencionada interpolación de una pieza ficticia entre los
hechos que constituían mi propia vida. Mi padre se había hecho de mi persona,
en un lapso en el que sus facultades críticas se hallaban bajo mínimos, y
menguando a gran velocidad, una idea tal que dio en suponer que me encontraba
enzarzado en un feo asunto que no tenía ni la menor relación con la realidad.
Mientras me dediqué a repasar los detalles de esta fase de malicia nacida de
una total ausencia de motivos, se me ocurrió que era muy alta la probabilidad
—por lo menos, desde mi punto de vista era sin duda una probabilidad con visos
de ser muy real— de que gran parte de las percepciones de mi padre bien pronto
fuesen susceptibles de un notable enriquecimiento, de una sustancial
ampliación, por medio de ese mismo y sencillo procedimiento. Me resultó
enormemente claro que quizá fuese necesario que una persona que se hubiese
apercibido del peligro existente dedicase el tiempo y los esfuerzos necesarios
para llevar la cuenta de lo que había sido mi padre, de lo que había
representado, y que esa cuenta quedara detallada hasta con decimales.
Quienes no vivieron los
cuatro o cinco años de anticlimax constante que sucedieron a la derrota final
de las potencias del Eje siendo adultos, solamente podrán tener, a lo sumo, una
idea muy vaga de cómo fueron dichos años: era muchísimo lo que se había perdido,
era muchísimo lo que aún estaba por hacerse, era más aún lo que había que
limpiar y restaurar antes de perpetrar cualquier intento, y eran mínimos los
indicios de que pudieran existir la energía, los recursos, el ánimo y los
fondos necesarios para tal empresa. Fue un tiempo de agotamiento, durante el
cual muchas personas entendieron que las ideas de mi padre respecto de la
transformación de la sociedad por medio de la unión de todos los hombres de
buena voluntad eran de una irrelevancia casi repugnante. Para la opinión
pública, Wells representaba todo aquello que la experiencia de la guerra total
y de los años del fascismo había reducido a un posibilismo liberal, optimista,
fácil y falsario. La idea de que cualquier escritor competente estuviese dispuesto
a consagrar dos o tres años de su vida a la redacción de la biografía de un
hombre que a todas luces no pasaba de ser el superviviente de una época
periclitada tenía por entonces todas las trazas de un absurdo intolerable.
Nunca había conocido una posición y una estima tan bajas: parecía existir casi
un acuerdo universal con el veredicto de Lytton Strachey, pronunciado en
Cambridge muchísimos años antes[243], en el
sentido de que Wells, lisa y llanamente, no pasaría a la historia. En cambio,
mi pasión, mis intereses, mi sentido de la justicia me llevaron a pensar todo
lo contrario. Me parecía entonces que mi padre seguía estando muy vivo en los
pensamientos de ese sector del público más ágil y más realista, por entonces
dedicado en cuerpo y alma a la puesta en práctica del Plan Marshall, a la
conversión de la alianza que había salido victoriosa en lo militar en una Liga
de las Naciones cualitativamente mejorada respecto del pasado, y a dar nuevo
impulso a la idea de una federalización de toda Europa que tomó cuerpo con la
creación del Mercado Común. Se me ocurrió que si nadie más estaba preparado o
decidido a aclarar el caso, a defender que se le considerase como uno de los
precursores más influyentes en los planteamientos más verídicamente
progresistas que existen hoy en día, ocuparme de ello bien podría ser una
agradable manera de saldar todas las deudas que hube contraído con él. Podría
intentar poner de manifiesto que no había sido únicamente el novelista que
había carecido de la paciencia para aprender su profesión adecuadamente, tal y
como sostenía la leyenda, sino todo eso y mucho más. Quizá podría incluso
justificar la conclusión a la que había llegado Bertrand Russell, a saber, que
había sido un hombre de gran importancia por haber liberado de sus ataduras el
pensamiento y la imaginación, así como el estimulante de un sano y constructivo
enfoque de la consideración de las reformas sociales y de la ética en las
relaciones personales[244]. Con
este estado de ánimo inicié la tarea que por fin ha terminado con la
elaboración del libro que el lector tiene en sus manos.
Comencé a trabajar sobre
este proyecto en 1948, y al año siguiente la casualidad quiso que me instalase
en la misma zona de Cornualles en que ella pasaba el verano, de modo que
contacté con Dorothy Richardson, con la esperanza de que se sintiera inclinada
bien a modificar, bien a añadir nuevos datos, al nada halagador retrato que
había trazado de mi padre como personaje estúpido y obtuso en la parte final de
su Peregrinación. Tenía por entonces setenta y seis años, edad que,
junto con las obligadas austeridades de la guerra y la pérdida de su marido,
acaecida dieciocho meses antes, habían terminado por acelerar su
desmoronamiento. Alan Odie había salido a dar un paseo matinal, un día de
mediados de febrero de 1948, al mes de cumplir sesenta años, y murió fulminado
por el camino, antes de recorrer siquiera doscientos metros desde que salió de
casa.
A Dorothy la dejó
petrificada la brusquedad con que perdió la vida, así como el descubrimiento de
que iba a ser ella la que se quedase sola. Tras una breve temporada, durante la
cual quiso refugiarse frente a lo inaceptable en el más absoluto silencio, consiguió
salir de la depresión forjándose una presencia sustitutoria de Alan, es decir,
lanzándose de lleno a clasificar e inventariar sus dibujos y bocetos. Siempre
lo había tenido por un alma generosa en el plano de la creación artística, y se
quedó asombrada al descubrir cuan escasa era su obra. Todos los cartapacios que
presuntamente contenían, uno tras otro, la obra realizada durante una
temporada, durante todo un año, o incluso las pruebas ya terminadas de alguno
de sus intentos de mayor envergadura, destinados a su propia imprenta,
resultaron estar virtualmente vacíos. No le quedó más alternativa que llegar a
una de estas dos conclusiones: o Alan Odie había sido un vago de tomo y lomo,
un costosísimo talento, o bien sus cartapacios habían sido pasto de los
ladrones, sistemáticamente, año tras año. Comprensiblemente, optó por esta
segunda posibilidad; no menos comprensible es que renunciase a poner en orden
el decepcionante legado. En lugar de esta tarea emprendió otra, en la que aún
estaba teóricamente comprometida cuando la pude localizar. Por entonces se
había empeñado, contra viento y marea, en mantener en pie el fingimiento de que
su Peregrinación seguía siendo todavía una «obra en marcha», de que la
escritura de su obra le dejaba poquísimo tiempo libre. Me dejó a elegir: podía
acercarme a tomar el té con ella o bien pasar a ver si estaba disponible
durante una hora después de la cena, ya que jamás rompía su ritmo de trabajo
para dedicar parte del día a alguna clase de actividades sociales. Así pues,
mientras conversamos al tomar el té, en un ambiente que me recordó con gran
exactitud el maravilloso retrato de los Odie, cuando contaban treinta y pico
años, pintado por Adrián Allinson, me comentó que lo que en realidad le había
ocupado tantísimo durante los últimos meses fue la relectura detallada de Peregrinación,
en la edición completa publicada por Dent, repasando el texto en busca de las
erratas tipográficas que pudieran haber escapado a sus ojos y a los de los
correctores de la editorial. No tengo ni idea de cuál era mi ánimo cuando le
pregunté si le agradaba lo que se había propuesto leer, en tanto en cuanto obra
literaria, pero me alegré de haberlo hecho, ya que sin solución de continuidad
me comunicó que se sentía asombrada por lo buena que era la obra. «Algunas
veces -dijo-, me entran ganas de ponerme a cacarear de placer.»[245] Había
empezado a entender, prosiguió, por qué la novela había merecido tan
distinguida consideración, por parte de tantos lectores, cuando la publicó
Duckworth por primera vez. Y esto era algo que anteriormente no había llegado a
entender: había creado una obra de arte, y sólo entonces empezaba a darse
cuenta, de manera casi inadvertida, a consecuencia de su absoluta determinación
de dar una versión radicalmente honrada del desarrollo y maduración de una sola
mentalidad; no creía que nadie más se hubiese aproximado tanto a la solución de
la problemática literaria del punto de vista, ni siquiera Proust. Mi padre,
continuó dándome palmaditas en el brazo, como si quisiera dejar bien claro que
de ningún modo deseaba resultar ofensiva, ni siquiera había llegado a
imaginarse la existencia de tal problema. Sencillamente, dijo, porque había
creído en la existencia de algo que se llamaba ciencia, algo dotado de una voz
que él podía tomar en préstamo. Sí que se había percatado de que algo faltaba
en todo su planteamiento, algo que daba un tono más bien hueco a su voz. El
gran escollo estuvo en que ni siquiera creía en sí mismo, porque carecía de una
vida interior en condiciones. No había querido nunca indagar en su interior,
explorar su propio ser, porque caso de haberlo intentado se habría visto cara a
cara con el hecho inapelable de su propia deficiencia. Porque sabía que era un
hombre hueco, vacío, por eso había hecho el uso que hizo de la ciencia. Había
utilizado el conocimiento científico tal y como los espíritus de las sesiones
de espiritismo utilizan megáfonos que les proporcionan los médiums, a manera de
compensación por su carencia de voz propia. Y por haber tenido mi padre plena
conciencia de que ella estaba en posesión de lo que él carecía por completo,
por eso había desarrollado con ella tal grado de dependencia, por eso había
sido tan exigente con ella. Había querido vivir a través de ella, y habría
terminado por chupar su alma hasta dejarla reseca si ella no hubiese tenido
agallas para romper con él toda relación. Le había costado muchísimo trabajo,
porque ya entonces sentía por él una empatia a medio crecer, todavía tierna y
necesitada de cuidados. En los momentos más íntimos de su relación, habían sido
como madre e hijo, y por eso había sido para ella un dolor agónico el volver la
espalda a las súplicas de mi padre, que le pedía básicamente consuelo y
protección. Sin embargo, se había visto obligada a hacer lo que hizo. No habría
podido sobrevivir, caso de haberse dejado llevar por la debilidad. Mucha gente tenía
tendencia a considerarlo un pensador hondamente interesado por el reino de las
ideas, pero él mismo le había dicho en cierta ocasión que ella sí que era capaz
de pensar en profundidad, que todo lo repensaba más de la cuenta, que se estaba
haciendo un lío al tener tal cantidad de ideas. Él nunca había sido tan abierto
de miras ni tan intelectual como ella, y a menudo había recurrido a ella; para
que le proporcionase explicaciones comprensibles de ciertos conceptos que le
resultaban extremadamente difíciles tal y como los había configurado. Una vez
incluso le había dicho —en tono de chanza, por descontado, aunque a menudo daba
en expresar sus más hondos sentimientos de esa manera, porque le daba auténtico
pavor desplegar sus emociones— que si le fuese dado poseer a una sola de las
abundantes mujeres que habían tenido arte y parte en su vida, en el supuesto de
que tuviese que vivirla de nuevo, la habría escogido a ella. Y esto se lo había
dicho porque sabía en el fondo que ella sí había sido capaz de comprenderle, de
comprender su irresoluble conflicto entre el yo instintivo, el yo emocional, y
la identidad racional que había asumido, mucho mejor que nadie.
Mientras escuchaba toda esta
perorata, se me ocurrió que se trataba de algo que Dorothy había repasado
tantísimas veces mentalmente que había terminado por creer que ésa era la
realidad de la experiencia que tuvo durante el invierno y la primavera de 1906
y 1907, temporada durante la cual invirtió unas cuantas horas diseminadas con
mi padre, mientras él intentaba, sin conseguirlo, lograr unos instantes de
armonía puramente física con ella. Pude desviar el curso de sus recuerdos y no
tardó en pasar a decirme lo terrible que había sido el comportamiento de mi
padre en lo tocante a la muerte del pobre Crosland, comentándome de paso que de
nuevo se vio obligada a plantarle cara por ese triste asunto. Nos despedimos
amigablemente, sobre la base de que volvería a tomar el té con ella algún día
de la semana siguiente.
Volvimos a encontrarnos
varias veces durante mis vacaciones, habitualmente para tomar el té, salvo una
ocasión en que nos reunimos para despachar dilatadamente una de las colaciones
de ración que hacía en la pequeña pensión cercana a la casa de campo en que
residía. La experiencia de conocerla a fondo fue de lo más curioso, en parte
por la intensa coloración que le dio el entorno. En el teatro europeo, la
guerra se había dado por terminada sin más, y muy pocas personas llegaron a
tener una ligera sensación de triunfo. Era como si la guerra hubiese tardado
demasiado en morir por causas naturales. La decepción por fuerza tuvo que
sentirse de forma particularmente punzante en sitios similares al que visitaba
Dorothy periódicamente para pasar una larga temporada, sitios que uno conociera
desde antaño. Yo había conocido el pueblo siendo un niño, en esa edad en la que
los veranos parecen durar toda una eternidad. Forma parte del paisaje que
proporciona el trasfondo idóneo a la sensación que se tiene en lo alto del acantilado
de los poemas de adolescencia escritos por John Betjeman. La marea alta de la
guerra lo había arrasado, para dejar con la bajamar el consabido residuo de los
recintos misteriosamente protegidos por alambres de espino, las casamatas
improvisadas y acto seguido destruidas, las piezas desechadas de quién sabe qué
ingenios de maquinaria pesada, como las mezcladoras de cemento o las
excavadoras. A lo largo y ancho de este rastro de caracol dejado por un clima
de militarización, el auténtico espíritu del lugar se manifestaba con obsesiva
insistencia, ofreciente un estímulo tras otro para recordar la felicidad vivida
en la niñez. No era posible responder a todos aquellos estímulos sin revivir a
la vez la insistente idea de que en aquellos años recientes en todo el mundo se
había torcido algo de forma irreparable, terrible, hasta el punto de que jamás
debiera permitirse que tal cosa aconteciera de nuevo. No era solamente cuestión
de que fuesen tantas las cosas que se habían destrozado, estropeado, deteriorado,
esta vez mucho más que la anterior, sino que se trataba más bien de la
advertencia que ofrece el final, un final concretado en aquellas dos
explosiones de impensable capacidad de destrucción, en el sentido de que si se
produjese una nueva guerra total, el incremento del número de víctimas y el
despilfarro de los artefactos tan laboriosa y costosamente fabricados sería
tanto mayor que bien podría suponer el final mismo de la vida y de la creación
tal y como hasta entonces las habíamos entendido. Todo esto, por descontado, no
es más que una
visión subjetiva de lo que
flotaba en el aire durante aquellos tiempos, si bien entiendo que puede
decirse, no obstante, con toda justicia, a manera de reflejo del humor
prevaleciente en toda la nación, del sentimiento general de toda Europa
occidental, en el sentido de que el mundo ya no podía permitirse el lujo de
correr los riesgos que entrañaba el consentir que una guerra de tales
características se desatase con tal frecuencia, de que tanto los hombres en
particular como las naciones en general tendrían que hallar formas más sensatas
de convivencia, más que aquellas en las que habíamos ido creciendo, hasta
tenerlas por naturales e inevitables.
Las tardes en que fui a
tomar el té con Dorothy terminaron por transportarme a otro país mental. La
huida de la realidad que le supuso la muerte de Alan Odie, rumbo al texto de la
edición completa que recogía todos los volúmenes de su novela, era de hecho
mucho más que un mero duplicado de su huida al corazón de Sussex, escapando de
los problemas propios de su vida londinense tal y como era en 1907. Esta vez lo
que procuraba era salirse por completo del mundo de las experiencias comunes,
para empezar a vivir desde cero dentro de sus propias fantasías.
Dorothy, aunque de esto yo
no tuve constancia entonces, estaba atravesando un período de intensísima
actividad mental, en el cual sufrió mucho esas confusiones de pensamiento que
terminaron por acercarla muchísimo a esa condición en la cual su madre había
puesto fin a su propia vida. Se trataba de un preludio a la caída en la
demencia senil, quizá no tan distante como pudiera parecer, aunque no fuese
nada obvio. Todavía parecía ser la de siempre, una mujer enormemente habladora
y con una tremenda confianza en sí misma, y el único indicio que podía dar
acerca de que las cosas no iban nada bien radicaba en su acusada tendencia a
terminar por hablar única y exclusivamente de sí misma, al margen del tema del
que hubiese querido ocuparse. Era evidente que había vivido en su propia carne
la experiencia de la guerra; estaba igual de claro que lo había hecho
estrictamente a su manera. Su vida había oscilado durante aquellos años entre
Ealing, en Londres, y la bahía de Constantine, cuando se marchaba de Londres a Cornualles.
Estaba convencida de que el rinconcito de Comualles en el que pasaba largas
temporadas había sido el punto de apoyo sobre el cual accionó su palanca el
Ejército aliado durante el último año de la contienda en Europa. Había sido
exactamente allí, a la puerta de su casa, en los alrededores de Padstow, donde
se concentró el Ejército de liberación antes de pasar a la acción. Tuvo una más
bien marginal conciencia de que todo lo que estaba ocurriendo por los
alrededores había trastocado el discurrir sin sobresaltos de la vida de muchas
personas; para referirme con toda claridad qué extraordinarias desviaciones de
la normalidad había impuesto la interrupción de la guerra, me contó cómo un
buen día, ya. muy cerca del final de la contienda, había entrado con Alan en un
café de Padstow y, como no pudieron encontrar mesa libre, tomaron asiento a la
mesa de un joven soldado que estaba a solas. Resultó ser, nada menos, ¡el hijo
de una pareja a la que Alan y ella habían conocido tiempo atrás, pero de la
cual llevaban años sin saber nada! Habían sido legión los sucesos de este
estilo mientras el país estuvo en guerra; se trataba siempre de acontecimientos
tan improbables que desafiaban toda explicación racional. Se sentía una
inclinada a creer que se había dado provisionalmente una retirada de las
barreras que separaban lo normal de lo paranormal.
Y todo esto no había
concluido con la guerra. Su amigo Mac, el curandero, había logrado algunas de
sus curaciones más espectaculares durante los dieciocho meses que precedieron a
nuestro encuentro, aun cuando fuese un hombre cansado... amén de que no conseguía
olvidar la mirada extrañamente enigmática y suplicatoria que le dedicó Alan
antes de salir de la casa en la que vivían cuando decidió dar aquel último
paseo. Se había dado la vuelta en el umbral, antes de salir a afrontar la
muerte, para preguntarle, con un tono muy peculiar, si no le parecía que hacía
un frío inusitado... Fue como si ya supiese algo... Los científicos, a pesar de
todas sus chacharas, a pesar de estar convencidos de tener la respuesta para
todo, carecían de la explicación de momentos como aquéllos, en los que todas
sus reglas dejaban de tener vigencia.
Mientras Dorothy se dedicó a
seguir perorando de esta manera, pasé buena parte de mi tiempo maravillándome
ante lo que, dentro de la configuración intelectual de mi padre, hubiese hecho
posible que aguantase durante tanto tiempo la condescendencia de Dorothy,
mientras que otra parte de sí mismo llegó casi al punto de encariñarse con
ella, con su desquiciante instinto para volverlo todo del revés, para tomar el
rábano por las hojas. Cuando volví de Cornualles al terminar aquel verano me
propuse de todo corazón mantener el trato con ella, pero por desgracia hube de
pasar fuera del país varios años seguidos. A mi regreso, lamenté saber que
había fallecido durante mi ausencia[246]. Al
comienzo de los años cincuenta, su actitud para quienes consideraba seres
inferiores se había crecido tanto que resultaba casi insoportable de tolerar, y
empezó a la vez a verse metida de lleno en dificultades y escollos prácticos
tales que le resultó imposible seguir viviendo enteramente por su cuenta. Sus
parientes se habían sentido compelidos a arrancarla de cuajo del rincón de
Cornualles al que ella terminó por creerse indisolublemente ligada, con objeto
de encontrarle alojamiento en un asilo del sur de Londres, en el cual podrían
visitarla con mayor facilidad y mayor frecuencia. Accedió al traslado no sin
expresar sus protestas, y sólo sobrevivió tres años más al mismo; durante esta
temporada se diría que fue una persona más que nada inaccesible. Sería muy
difícil precisar hasta qué punto se había vuelto quisquillosa, demente, ya que
quienes tenían por deber cuidar de ella no habían recibido los informes
adecuados, de manera que fueron capaces de tomarse sus afirmaciones de que era
una novelista como parte de sus múltiples desvarios. Cuando le dio por decir a
los responsables de su cuidado que mi padre muy pronto iría a visitarla,
comentando en cada ocasión que no iba a dejar de decirle con qué poco respeto
la trataban, para que él se encargase de que se le prestase la debida atención
a una persona de su categoría, esas amenazas, cómo no, fueron consideradas otra
nueva parte de sus desvarios. Pobre viejecilla, se decían unos a otros: cuando
atina un poco, sabe tan bien como el que más que Wells lleva ni se sabe cuántos
años en la tumba. Cuando falleció Dorothy, en 1957, había vivido una década más
que mi padre.
He dedicado todo este
espacio a una persona cuyo auténtico papel en la vida de mi padre no pasó de
ser el de una correctora de pruebas y de estilo, más que un gran amor, más que
una amistad, en parte por pensar que esta relación ilumina un determinado aspecto
del carácter de Wells, y en parte también porque el uso que ella hizo de dicha
relación como fundamento de una mitología privada proporciona un perfecto
ejemplo de lo que suele acontecer a los fabuladores, a esas personas que
manipulan verdades inadmisibles modificándolas una y otra vez, hasta lavarles
la cara tan por completo que logran su transformación en materiales con los que
resulta más llevadero convivir. He querido dejar bien claro, al mostrar sin
añadidos lo que hizo Dorothy para sustituir su experiencia de cada día por sus
ensoñaciones, que lo que he dicho anteriormente de mi madre, esto es, lo que
hizo por hábito consumado, no resulta ni tan inusitado ni, habida cuenta de sus
circunstancias, tan difícil de entender. Las diferencias esenciales entre estas
dos mujeres, evidentemente, son muy marcadas. Pero son sin embargo diferencias
de escala, más que de tipo, que se hallan muy a la par de las diferencias que
distinguen al solista de salón de la prima donna capaz efectivamente de colmar
y dominar los mayores teatros de la ópera con su voz y su presencia. Y así como
estos dos ejemplos tienen el canto en común, también Dorothy y mi madre
tuvieron en común el impulso irreprimible de mejorar la verdad, de persistir a
toda costa en dicha mejora. Ni siquiera por un instante se me ocurriría sugerir
que el hecho de que las dos fuesen mujeres tenga alguna relación con todo esto:
la transformación de la verdad es también el nombre del juego practicado tanto
por Gissing como por Bland en lo que atañe a las imágenes de sí mismos que
quisieron dar, y hay una novela de mi padre, La autocracia del señor Parham,
que constituye una crítica muy directa de sus propias tendencias en este
terreno. El único propósito que me lleva a hacer hincapié en la enorme parte
que la fabulación ha desempeñado en las vidas y en las obras de estas dos
mujeres ha sido la justificación de una de mis opiniones, a saber, que ninguna
de las dos deberían ser aceptadas como fuentes de información en lo tocante al
carácter o al comportamiento de mi padre, siempre y cuando quede claro que no
son fuentes dignas de confianza. En sus pronunciamientos, en sus comentarios,
cada una de ellas desvela mucho de sí misma, pero poco más.
Habrá algunos lectores
inclinados a despachar esta cautela, tomándola como una simple invitación a
alinearse de uno u otro bando en una fea disputa familiar. A pesar del riesgo
de dar cierto color a esta visión de las cosas, debo ahora mismo aducir un fragmento
de mi historia personal que sólo a primera vista parecerá vino de tercera
clase, hecho de uvas despreciables. Al comenzar la primavera de 1928, una
mezcla de estrés y de la crisis habitual en la adolescencia hizo presa en mi
ánimo y comenzó a agotar mis fuerzas. Cualquier victoriano diría que había
iniciado yo el decaimiento, y lo habría aceptado sin más consideraciones como
una de esas cosas que suelen pasar cuando los jóvenes «se exceden a pesar de su
fortaleza». Sin embargo, en la ilustrada década de los veinte, todo el mundo
había comenzado a esperar bastante más de los médicos, de modo que primero un
médico y luego otro, y después uno de los más brillantes, uno de los que tenían
consulta de renombre en Harley Street, vino a visitarme a mi lecho de
convaleciente, en Kensington, con objeto de auscultarme el pecho y la espalda,
de tocarme la nuca, detrás de las orejas, darme ánimos con unos instantes de
conversación afable y nada profunda, acorde con mi juventud y mi estado de
postración, para terminar por retirarse a murmurar la mala noticia con mi madre
en la sala de estar del piso bajo. Pues parece tuberculosis, dijeron cada cual
a su manera, por turnos, y por tumos dijeron que habría que esperar hasta tener
los resultados de la baciloscopia y las radiografías. A su debido tiempo,
hechas las pruebas y reveladas las radiografías, podría emitir su veredicto.
Del significado esencial de
este diagnóstico no pudo caber por aquel entonces la más mínima duda: había
hecho presa en mí una enfermedad contra la que no se conocía en aquella época
ninguna curación eficaz. Pero eso no era lo mismo que decir que me había
llegado la hora. Si bien en aquel entonces la tuberculosis era causa de la
muerte de millares de personas, también era algo omnipresente, que distaba
mucho de ser fatal. Por desproporcionada que pudiera ser la cifra de los
muertos por tuberculosis en un año determinado, la cifra de los afectados,
marcados y, pese a todo, curados aun con deficiencias, era rnucho mayor. Y las
autopsias, que por entonces se practicaban incluso con más frecuencia que hoy
en día, ponían de manifiesto que en infinidad de casos, los afectados por el
bacilo en una u otra etapa de sus vidas habían sido inconscientes de padecer la
enfermedad: en tales casos, la afección potencialmente fatal no había sido
seria en exceso. El punto de vista adoptado al respecto por las autoridades no
exageraba la gravedad de la dolencia precisamente por estas causas. Sostenían
que las infecciones detectadas en una etapa
muy temprana sólo producían
una pequeña mancha en un pulmón, sin que esto fuese motivo de alarma. Bastaba
con unos meses de reposo, de aire puro, de alimentos sencillos y de calidad, de
inactividad absoluta, para que yo en concreto me restableciese. Aún era
demasiado pronto para pensar en desplazarme a Suiza; ya llegaría la hora de
calibrar esa posibilidad. El lugar idóneo para un caso como el mío era el
sanatorio que dirigía el doctor Morris en Kelling, condado de Norfolk. Morris
había tenido muchísimos éxitos en el tratamiento de sus pacientes más jóvenes,
y lo más probable, se dijo, era que estuviese como nuevo antes de que pasaran
seis meses de cura.
Teniendo en cuenta la
situación, mi madre se encontró con dos opciones posibles: podía optar por dar
las gracias a su buena estrella, porque la cosa no era del todo grave, y por
mantener la calma mientras el doctor Morris se ocupaba de mí, pero podía también
estrujar el asunto y convertirlo en un drama épico. Mi madre se decantó por la
segunda opción. No pasó demasiado hasta que el ambiente que me rodeaba se tornó
de un lúgubre terrorífico; a mi padre se le había hecho entender que no quedaba
ni la menor esperanza de que me repusiera. El semestre que habían mencionado
los médicos se transformó de un día a otro en el plazo que posiblemente me
quedaba de vida.
Cuando mi padre se enteró de
esta mala noticia le inundó una inmensa simpatía por mi madre y una idéntica
preocupación por mí: entendió que era una verdadera lástima que mi trayectoria
fuese a tocar a su fin de manera cochina, y pensó que quizá me facilitase las
cosas que iba a tener que soportar, habida cuenta de los problemas que me
quedaba por experimentar hasta el final, si se me hiciera saber que tenía en
cierto modo una familia, y que esa familia estaba a mi lado. Convencido de que
este pensamiento un tanto confuso valía la pena, convencido de que había que
formar una piña a mi alrededor, acto seguido hizo que mi hermanastro George
Philip, a sus veintisiete años, viniese a velarme en mi lecho de convaleciente.
Cuando entraron los dos en mi habitación yo había decidido dármelas de
interesante, hacerme el inválido muy en serio, de modo que me quedé muy quieto,
muy empequeñecido bajo las mantas, sin moverme apenas, empeñado en disimular en
la medida de lo posible el placer que me producía ser el centro de toda la
atención, el que se me consintieran todos los caprichos.
Pero mi padre no era
únicamente, tal y como Shaw iba a quejarse más adelante, un individuo de un
encanto irresistible, sino también un constante inyector de energía. No llevaba
más de diez minutos junto a mi cama cuando me hizo incorporar y sentar, para mejor
disfrutar de su presencia. Mi hermanastro, que había parecido más bien proclive
a la solemnidad por lo que le inspiraba la ocasión, se animó visiblemente. Pasó
en un santiamén una media hora, al término de la cual, cuando mi padre me dijo
que estaba totalmente semiro de que iba a ponerme bien prácticamente enseguida,
sentí que de uno u otro modo él se había hecho cargo de la situación, y que
todo efectivamente iba a solucionarse.
No sabría decir hasta qué
pundo ha podido agrandarse con el paso de los años el contento que me produjo
este primer contacto de hombre a hombre, pero sí recuerdo que desde entonces
tuve perfecta conciencia de que mi enfermedad significaba una cosa para mi
madre, y otra mucho menos tétrica, mucho menos sobrecogedora, más tramitable,
desde el punto de vista de mi padre. Supongo que habría tenido una impresión
sumamente diferente acerca de esta convicción de que de mi propio poder
dependía el curarme rápidamente, sólo con hacer acopio de valor para
proponérmelo, caso de haber sabido cuan equivocado estuvo en este mismo
respecto, sobre la enfermedad de Jane, a comienzos del año anterior, pero por
entonces no tenía yo ni la menor noticia de ese suceso, de modo que en mi caso
su mágica conjura sí que funcionó. Cuando una gran limusina de alquiler, marca
Daimler, llegó desde Knightsbridge a la puerta de mi casa una semana más tarde,
para llevarme hasta el norte de Norfolk, estaba yo totalmente bajo su hechizo.
Al subirme a aquel impresionante automóvil azul marino, ayudado por el chófer
de uniforme y adornos de cuero que iba a conducir todo el trayecto, y por mi
padre, no tuve ninguna sensación de que estaba a punto de ser transportado a un
sitio en el que iba a estar enfermo. Al contrario, estaba convencido de que, al
margen de donde estuviese el Sanatorio Kelling, iba allí para curarme. De eso
no me cabía
ninguna duda, pues me lo
había dicho mi padre.
La tregua entre mis padres,
dictada por la aflicción, había empezado a hacer agua antes incluso de que
llegara yo a mi destino. Al cabo de pocos días de la sesión que tuvimos en mi
dormitorio, mi padre había escrito a mi madre para expresarle su rechazo de la
tétrica visión de mi futuro que ella le había propuesto sin vuelta de hoja.
Ella le expresó una acusada objeción contra la reprensión implícita en su nota,
y cuando a su enojado rechazo del moderado optimismo por el que había optado mi
padre, éste contestó con una refutación en la que no midió sus palabras al
apostar claramente por las posibilidades que yo tenía de restablecerme muy
pronto, el enojo que sintió ella por lo que le pareció un detalle de
insensibilidad —y en cierto modo de egoísmo— al descartar sin más
complicaciones la realidad de la situación en que yo me encontraba se tornó
ultraje. Dejó que pensara lo que quisiera. El especialista le había dicho a mi
madre que yo a lo sumo podía aspirar a vivir un tiempo de prestado, como un
inválido. Tendría que marcharme al extranjero, a un lugar cuyo clima
favoreciese mi salud. Era algo penoso de contemplar, pero así estaban las
cosas, y a él no le quedaría más remedio que acostumbrarse a esa situación. Era
imposible ordenar el futuro de manera que encajase con sus planes para un nuevo
libro. Él contestó de manera cortante. Había tenido ocasión de verme con
detenimiento; yo le había parecido ciertamente fatigado, escaso de peso. Quizá
me iba a morir, pero él no lo creía demasiado probable. No estaba dispuesto a
que nada le impidiese trabajar por mi pronta recuperación.
Me fue francamente bien
gracias a los cuidados del doctor Morris, y cada vez que mi madre se desplazaba
desde Londres para verme, haciendo el viaje en uno de aquellos imponentes
Daimler de alquiler, con conductor, pasando en el sanatorio el fin de semana,
disminuía su convicción de que fuese yo el muchacho moribundo que en principio
había pensado. Al término de los tres meses que pasé en Norfolk, a ella le
quedó bien claro que se había metido en un callejón sin salida ya desde el
principio, mientras que mi padre en todo momento estuvo en lo cierto.
Todo esto a mi madre no le
hizo ninguna gracia, y muy poco después de que se hubiese dado cuenta de cómo
iba mi recuperación, los hechos concretos de mi situación experimentaron un
proceso de transformación que iba a durar varios años. Cuarenta y tres años más
tarde, cuando una de las versiones más elaboradas del asunto fue proporcionada
a un distinguido académico norteamericano, la historia había cambiado de tal
manera que nadie la habría podido reconocer. Había sido mi madre la primera que
entendió que mis posibilidades de recuperación eran muy buenas, mientras que mi
padre tardó mucho en aceptar su punto de vista. Al mismo tiempo, por
equivocados que estuviesen los médicos cuando por error certificaron que mi
vida corría grave peligro debido a la tuberculosis, yo sí que había estado en
peligro. Mi afección era una entidad clínica sumamente selectiva, de la que
antes nadie había oído hablar, «un tipo de neumonía muy poco común que por
entonces acabó con la vida de muchos de los que las publicaciones médicas
denominaban "niños bien alimentados"».
Creo que este buen ejemplo
de la habitual y caprichosa manera de obrar de los fabuladores fue ideado para
explicar por qué mi madre, al haber ido proyectivamente más allá de la
defectuosa prognosis de los profesionales médicos, seguía sintiéndose aún tan
ansiosa respecto de mi situación que le llegó a parecer necesario el mantenerse
de guardia a las puertas del Sanatorio Kelling durante mis primeros tres meses
de internamiento. El académico norteamericano al que antes he hecho referencia
cree a pies juntillas en esta guardia junto a mi lecho mortuorio, y refiere a
los lectores de su pequeña monografía, acerca de la relación existente entre
mis padres, no sólo que para ella fue una «negra experiencia», sino que,
además, «el único rasgo que la pudo redimir» fue que a ella le aportó el valor
necesario para romper definitivamente una aventura con un amante cuya falta de
constancia había terminado por ser muy ingrata para ella. Tendría que suponer,
por mi parte, que ella lo citó allá en Norfolk para recibir debidamente su
reprimenda, en el supuesto de que mis recuerdos de aquellos primeros noventa
días en el establecimiento del doctor Morris no estuviesen totalmente claros.
Durante esta primera etapa de mi curación, mi madre vino a verme a intervalos
de dos o tres semanas. Venía a pasar el fin de semana; salía de Londres el
viernes y pasaba tres noches en uno de los lujosos hoteles eduardianos de la
costa, como los que aún hay en Cromer y Sheringham, para regresar el lunes por
la mañana. Iba y venía siempre en uno de aquellos Daimler mastodónticos, porque
el viaje en tren era muy incómodo; se quedaba con el coche y con su chófer
durante todo el fin de semana, pues pensaba que los taxis y los autobuses de la
zona no eran muy de fiar. A la sazón, no me quejo de que no viniese a visitarme
con frecuencia. Todo lo contrario: llevaba los cinco años anteriores
escolarizado en diversos internados, y me había acostumbrado a verla muy poco
entre los períodos vacacionales. Mientras estuve en el sanatorio del doctor
Morris pude verla mucho más que durante el curso, y en ese sentido tuve
conciencia de mi suerte. Entre sus visitas, por supuesto, se dedicaba a seguir
con su vida profesional y social en Londres. No estuvo, pues, de guardia; sea
como fuere, la historia que oyó de mi madre el académico norteamericano
concluye como sigue:
Por fin, el médico que
dirigía el sanatorio, alertado por el hecho de que Anthony, de manera
inexplicable, había ganado bastante peso y estaba con más fuerzas, tuvo que reconocer
que nunca había padecido una tuberculosis. Rebecca consultó entonces a otro
especialista, a la máxima autoridad en la materia, quien tampoco encontró
rastro de una tuberculosis superada. A juzgar por la historia clínica, su
opinión fue que el muchacho había sido víctima del peculiar tipo de neumonía
que ya he mencionado.
Todo esto resulta tan
circunstancial como cabría esperar, a pesar de lo cual todas las radiografías
torácicas que se me han realizado desde que el doctor Morris me dio el alta han
indicado la inconfundible señal de una lesión tuberculosa en otro tiempo activa.
Algunos darán por hecho, como evidentemente hizo mi madre, que una cicatriz en
un órgano interno lógicamente se desvanece con el paso del tiempo, hasta
desaparecer al cabo de cinco décadas más o menos. Ahora bien, no es éste el
caso de los tejidos pulmonares. En el caso de las lesiones tuberculosas, en los
límites de la región dañada se acumulan minúsculos depósitos de calcio, con lo
que dichos límites se van definiendo con mayor precisión a medida que pasa el
tiempo. El acierto del diagnóstico original, en mi caso, es en consecuencia
algo que nunca se ha podido poner en duda: desde que me rozó la afección
pulmonar, he convivido con la confirmación de su exactitud estampada en el
pulmón.
Soy de la opinión de que
cualquier intento por encontrar los motivos de esta fabulación tan
singularmente arbitraria ha de comenzar por otro repaso a aquella «negra
experiencia». No creo que sea algo que se pueda despachar sin más diciendo que
mi madre era una dramatizadora incurable en todo lo tocante a su persona. La
idea de una «negra experiencia» tiene que tener un punto de cristalización, por
remoto que sea, en alguna realidad experimentada bien distinta de la que se
comenta. Está bien claro que lo que se aduce no funcionará en ese papel. Si
bien pudo haber sido muy aburrido para mi madre el desplazarse a través de East
Anglia hasta Norfolk, el lenguaje que se emplea parece excesivamente fuerte:
mantenerse en contacto con un hijo, mientras éste realiza una recuperación
inesperadamente rápida a partir de una infección potencialmente muy peligrosa
sí puede calibrarse como una de las más negras experiencias que se puedan
tener. También resulta difícil entender por qué, toda vez que el resultado fue
de lo más feliz, al menos en términos convencionales, sale a la palestra la
necesidad de revestirlo de rasgos externos que lo rediman de toda culpa. A mí
me parece bien claro que se ha operado una transferencia, y que en realidad se
está comentando una experiencia real como si se hablase de otra más difícil de
manipular. Entiendo que una de las claves más útiles para descifrar el acertijo
es la que ofrece la interpolación gratuita de la información que concierne al
rechazo de ese amante «inconstante». Aunque las palabras que se usan se han
medido con cautela, a fin de eliminar la posibilidad de que se refieran a mi
padre, estoy convencido de que en realidad de eso se trata.
Esta postura aparentemente
perversa se basa desde luego en el hecho de que yo enfermase a los seis meses,
más o menos, de la muerte de Jane Wells, más o menos en la época en la que mi
madre se vio definitivamente forzada a reconocer que el suceso por el que tanto
había suplicado desde 1917-1918, esto es, la desaparición de la mujer que
ocupaba el centro de la vida de mi padre, una vez se produjo no iba a
constituir ninguna diferencia. Así se vio obligada a afrontar el hecho
incontestable de que aun cuando ya nada le impidiera hacerlo, mi padre no tenía
ni la más remota intención de pedirle que se casara con él. Caso de que alguien
fuese a ocupar en su vida la plaza vacante que había dejado Jane a su muerte,
había de ser nada menos que Odette Keun. Esta lectura da cuenta, creo yo, de la
curiosa evocación de la valentía como producto principal de aquella guardia que
nunca tuvo lugar a las puertas del sanatorio. Hace falta valor, desde luego,
para reconocer que uno ha dedicado no pocos años, de manera estúpida, a la
consecución de un fata morgana, y poner luego en limpio las pérdidas antes de
hacer borrón y cuenta nueva.
Todo esto es así, pero no
deja de ser bien diferente de la idea de una guardia, de una prolongada espera
hasta que ocurra algo muy desagradable, que sin embargo no ha ocurrido; esta
idea tenía que proceder de algún otro sitio. Creo que éste fue más bien un mero
error táctico que cometió en la guerra de guerrillas que libraba con mi padre.
Cuando me llevó por vez primera al Sanatorio Kelling, para ponerme en manos del
doctor Morris, ya había enviado las pruebas corregidas de su libro de ensayos
de crítica literaria, titulado The Strange Necessity (Una extraña necesidad).
Su publicación estaba prevista para mediados de julio. Sabía de sobra que le
estaba esperando una riña nada desdeñable con mi padre tan pronto éste leyese
el libro, que no en vano contenía una dura parodia de su estilo, rebajándolo a
su peor nivel, y que se ofrecía al lector como si fuese una cita tomada
directamente de una de sus novelas. La idea de la trifulca que se avecinaba no
le abandonó en ninguno de los momentos que duró su pendencia con él por el
estado de gravedad en que yo realmente me encontraba, es decir, durante mayo,
junio y buena parte de julio. Una extraña necesidad de una de esas apuestas que
hay que hacer mediada la vida cuando uno es una figura literaria ajena al medio
académico y universitario, si se pretende alcanzar el reconocimiento de crítico
en serio. Con ese volumen mi madre quiso convencer a quienes sólo la conocían
como periodista literaria y colaboradora del Saturday Evening Post de que
llevaba en las venas lo necesario para destacar como crítica. Teniendo en
cuenta el año en que estaba, teniendo en cuenta su objetivo, era más o menos
inevitable que el grueso de sus ensayos fuesen consideraciones laudatorias de
las innovaciones narrativas de Joyce y de Proust. También era inevitable, ya
que había sido muy precoz, amén de haber hecho su debut literario como si fuese
uno de los genios descubiertos por Ford Madox Ford, aunque en tiempos
antediluvianos, lógicamente tenía que empezar por desmentir de manera ritual
algunas lealtades pasadas de moda. Para quitarse de encima todo rastro del olor
eduardiano, incluyó algunas críticas deprecativas de Shaw, de Galsworthy, de
Arnold Bennet y de H. G. Wells. Mientras se dedicó a cubrir esta parte del
expediente cometió su error técnico.
Mi madre quiso acabar con mi
padre tan rápidamente como pudiera, para que no diese la sensación de que se
estaba tomando su obra en serio. Por lo tanto, arremetió directamente contra el
defecto vertebral de su ficción, a saber, la pobreza de las escenas en la que
sus personajes masculinos y femeninos tenían que desarrollar un creciente
interés mutuo en el plano de las emociones. Mi madre quiso ilustrar esta
deficiencia con una cita de una de sus novelas, y contó con que encontraría
exactamente lo que necesitaba en las páginas de Amigos apasionados.
Pensó, con conocimiento de causa, que en este aspecto en concreto ésta era la
novela más floja de cuantas había escrito y publicado. Pero también había
olvidado que era, sin ninguna duda, el escrito más difuso de cuantos ostentaban
su nombre. En medio de esa neblina de palabras vagas no pudo, lisa y
llanamente, encontrar el intercambio esencial entre hombre y mujer, típico de
la prosa wellsiana, que había supuesto que hallaría a la primera de cambio. Sin
embargo, tenía verdaderas dotes para la parodia, un ingenio muy avispado, buen
oído: para ella fue coser y cantar el inventarse una escena más wellsiana que
todo Wells. En menos que canta un gallo se había sacado de la manga una de las
escenas de amor más deplorables que podría haber escrito mi padre, visible sólo
a sacudidas, gracias al uso de una estratagema emparentada con la luz de un
estroboscopio, ligando una serie de frases ultra-wellsianas por medio de
ristras de puntos suspensivos, tal que así:...
Y ahí es donde cometió su
error. Enmarcó toda la pieza entre comillas, indicando que se trataba de una
cita. De esta manera, un jeu d'esprit crítico y legitimo se había convertido en
una prueba toscamente urdida. Por debajo de este manifiesto delito yacía otro
introducido de manera subliminal. Mi madre había dado a su personaje femenino,
arquetípicamente wellsiano, el nombre de Queenie.
Para entender del todo la
fuerza de esta segunda pifia es necesario recordar que las dos partes
implicadas en este episodio se habían criado en la sociedad estratificada
anterior a 1914, en la que los
prejuicios de clase afectaban incluso a los nombres propios. Lo primero que se
acordaba entre una doncella recién contratada y la señora de la casa en la que
iba a servir, en aquellos tiempos, era por ejemplo cuál de los nombres de
doncella permitidos en la casa iba a ser el que se emplease para llamarla —así,
quedaba fuera de toda duda el que contestase la doncella cuando se le llamase
por alguno de sus nombres de pila, a menos que éste fuese acorde con su
posición social—; los menestrales tenían que atender a nombres de menestrales,
que los identificaban dentro de la clase de los de abajo. En este terreno, mi
padre siempre manifestó tener un oído enfrente del otro, como se suele decir, y
sus admiradores más refinados a menudo se quejaban por el defecto, desde luego
menor, que lo llevaba a dar a sus personajes femeninos nombres espantosos,
buena prueba de ello es la pobre Weena de La máquina del tiempo, aunque saliera
favorecida. Este defecto le fue echado en cara con gran frecuencia en los años
escandalosos que siguieron a 1909, cuando gente como St. Loe Strachey, los
Webb, Colegate o Harley Granville Baker desataron sus jaurías en su
persecución. Se dijo por entonces que su utilización de los nombres delataba
sin paliativo el que nunca hubiera llegado a ser un gentleman, amén de explicar
por qué le resultaba imposible comportarse como tal. Los cambios acaecidos en
la sociedad habían empezado a dejar en ridículo esta línea de ataque ya a
finales de los años veinte, pero aún llevaba veneno el empleo que le dio mi
madre en su parodia. Queenie nunca había sido nombre de doncella en casa de
unos señores —tenía una procedencia aún más baja en la escala social—; si
acaso, era nombre de una modistilla, de una lavandera, de una camarera de bar o
de una fregona de pensiones, siempre y cuando se llevase bien con los propietarios,
hombres por supuesto, esto es, nombre de una moza residente en lo más bajo de
la sociedad, del estilo de las dos primeras esposas de Gissing. Al utilizarlo,
mi madre jugó con fuego quizá sin darse cuenta, dando a entender que la
imaginación de mi padre era propia de un cockney barriobajero y chabacano, y
que jamás había logrado superar sus propias limitaciones. Tengo la convicción
de que mi madre terminó por darse cuenta de que había cometido estas dos pifias
en algún momento de clarividencia, sólo que cuando ya era tarde y el volumen
estaba en encuadernación, cuando ya era imposible corregir los errores. Su
negra experiencia no fue otra que la de aguardar a que llegara el momento de la
inevitable trifulca que terminaría por disipar hasta la última sombra de
esperanza de que algo todavía pudiera salvarse del naufragio a que estaba
condenada su relación con él.
A su debido tiempo, a
mediados de julio, llegó el día de autos. ¿Quién se creía que era, le espetó mi
padre, para mostrarse condescendiente con él? No le había impresionado en
absoluto el que se las diera de crítica literaria encumbrada. Tampoco creyó que
pudiese impresionar a nadie. Tenía un estilo demasiado elaborado, intrincado,
alusivo, admirable para demostrar lo lista que era, sin duda, sólo que cuando
se aplicaba a lo esencial lo único que conseguía demostrar es que
irremediablemente era un peso ligero. Era la historia de El juez vuelta
a empezar. Había querido que el mundo entero se enterase de que era una segunda
Dostoievski cuando escribió esa novela, y no le había salido como quiso.
Tendría que ir haciéndose a la ida de reconocer cuál era su lugar dentro del
mundo de la literatura. Su nivel era el de una de las estrellas de turno de la
cuadra de Ray Long; lo suyo era el relato corto, igual que lo de Willie
Maugham. Como mucho, y con no poca inteligencia por su parte, podría llegar a
construir una larga y próspera trayectoria basándose en el talento narrativo
que Long le había reconocido. Una extraña necesidad era una aberración; lo
único que había conseguido demostrar era que ni siquiera había entendido en qué
era realmente buena como escritora.
El golpe inicial de mi padre
desató un lógico contragolpe, y así comenzó uno de los agotadores ejercicios de
exasperación mutua de la pareja. El abismo que los separaba fue ensanchándose a
medida que las insultantes cartas que habían pasado a ser su único vínculo
fueron de un lado a otro. Mi padre seguía siendo, a pesar de la batalla del
Somme y de todas las demás estupideces de la humanidad, el adorador de la Gran
Enciclopedia y de todos los enciclopedistas. Estaba, y seguiría estándolo hasta
el final, fiel e indisolublemente entregado a los propósitos de la Ilustración.
Sostuvo con firmeza la postura de que existía una realidad objetiva acerca de
la cual era preciso calibrar una serie de verdades verificables, y que la peor
de las traiciones contra la causa de los hombres era fingir que el conocimiento
eran meros prejuicios y suposiciones, amén de propagar los errores mediante ese
fingimiento. Uno de sus motivos de máxima aversión era Matthew Arnold, cuya
concepción de las responsabilidades sociales del individuo sí que admiraba,
pero cuyas ideas en general despreciaba y detestaba. La emprendió muy en
concreto contra los reiterados esfuerzos de Arnold por lograr que sus coetáneos
diesen la espalda a las ciencias, basándose en que Lucrecio y todos los filósofos
clásicos ya supieron todo lo que la humanidad necesita saber sobre la
naturaleza de las cosas, y que las ciencias únicamente podían ofrecer una mera
proliferación innecesaria de hechos. El peor de los crímenes de Arnold, a ojos
de mi padre, fue su defensa de la tesis de que la verdad de las cosas tenía que
ser algo más grandioso y más noble que cualquier conjunto de cualidades y
atributos propios de los objetos materiales y de los fenómenos tangibles. A su
juicio, la única investigación que merecería la pena no se hallaba en la
exploración de los vastos desiertos de lo observable y lo calculable, sino en
el cultivo de una vida interior. Poco podía interesarle a mi padre la creencia
de Arnold en que la verdad consistía en la suma de las intuiciones que hubieran
sido dadas a los mejores cuando mirasen el fondo de sus corazones.
Mi madre, en este terreno,
era partidaria de las opiniones de Matthew Arnold. Aun cuando sintiera una
violenta antipatía por lo que le había llevado a acuñar el sentimental y vulgar
eslogan de dulzura y luminosidad, simpatizaba sin ambages con lo que a su
juicio había querido decir Arnold de esta manera, a saber, una especie de
radiación espiritual generada por la clase cultural e intelectualmente más
privilegiada, dentro de una sociedad idealmente estratificada. Había de ser,
por descontado, una sociedad en la que los artistas y los poetas fuesen los
legisladores de facto, una sociedad en la que la emoción y las intuiciones
fuesen los valores decisivos. En los últimos compases de la correspondencia que
mantuvieron, mi madre intentó adoptar la actitud de Arnold, a pesar de que mi
padre no estaba dispuesto a tragarse nada de lo que éste postulase. Le dijo que
para ella no podía ser nada bueno presentarle su filosofía como un complejo de
finos sentimientos, propios de un artista dedicado a su arte, ni tampoco resucitar
los cuentos del viejo Henry James, de uso personal, acerca de la primacía del
arte y de la singular belleza del proceso creativo. El lugar en el que a ella
le agradaba reunirse con otros espíritus afines era The Ivy. Y ella sabía tan
bien como él que las artes habían hecho acto de presencia preñadas y con
sobrado tiempo libre, y que una carrera profesional dedicada a las artes
contemplativas y a la vida interior era un rasgo propio de las sociedades que
también se enorgullecieran de instituciones como las castas, la esclavitud y
las inversiones. Los griegos, con sus minas de plata explotadas gracias a los
esclavos, o los indios, con sus parias e intocables para encargarse de los
trabajos más sucios, eran idóneos para tal clase de enaltecidos valores
espirituales. Mi madre se subió por las paredes cuando se dio cuenta de que él,
lisa y llanamente, no contaba con nada de lo que ella pudiera decir acerca de
la función sacerdotal del artista en tanto mediador entre el mundo divino de
los instintos y los impulsos que se revelan de forma intuitiva y el reino
cotidiano de la vulgaridad y la razón. Él parecía hablar muy en serio cuando
describía que expresar la verdad era el logro definitivo, el más prometedor de
los que puede alcanzar la mente de los hombres; parecía hablar totalmente en
serio cuando pasaba, después, a exponer una nueva cultura que habría de
fundamentarse en el concepto del método científico. La literatura propia de
esta nueva cultura sería exactamente la antítesis de la literatura existente,
basada en la fantasía y la verosimilitud, objetiva y exacta en sus
manifestaciones, absoluta por su candor e intolerante en lo relativo a los
prejuicios y las falsificaciones. A mi madre le asqueó el deliberado
filisteísmo de estos planteamientos, y la insinuación de que una de las cosas
que había de exigirse al escritor en el futuro sería la honestidad absoluta.
Con poca o ninguna sabiduría contraatacó comentando la decisión de mi padre en
lo tocante a centrar sus actividades, en el futuro, en la casa que tenía Odette
Keun en Provenía, como continuación de su existencia en Easton Glebe. Y esto lo
hizo a su manera, advirtiéndole que las ideas del propio Wells empezaban a
resultarle grotescas excentricidades, como si hubiese perdido de vista la
realidad de los contactos con sus pares intelectuales. Dicho y hecho todo esto,
él seguía siendo una persona de gran consideración; sería una tragedia que
corriese a esconderse en un mundo de referencias exclusivamente privadas, en un
atrasado remanso de provincias. Mi padre, que había sopesado la cuestión de las
comillas de su texto hasta este punto, sin decir ni palabra al respecto, le
arrojó a mi madre a la cara, con amargura, sus reflexiones sobre este tema.
Odette, le dijo, quizá fuese una salvaje, y cuando se pasaba de vueltas tal vez
fuese una parlanchína compulsiva, pero por lo menos era una mujer honesta
consigo misma. Jamás se le habría pasado por la cabeza hacer lo que mi madre
había hecho con la misma naturalidad del respirar. Mi madre se había sacado de la
manga una invención, la había hecho pasar por un escrito de mi padre y la había
utilizado como prueba para destruir la reputación de escritor que pudiera
tener. Él jamás había sacado en ninguno de sus libros, nunca, a un personaje
llamado Queenie. Mi madre volvió a la carga, aunque sin aludir a este asunto.
Él no tenía ningún derecho a poner objeciones de ninguna clase contra lo que
había hecho ella. Siempre había sido, en lo profesional, su enemigo declarado.
Había rebajado los méritos de El regreso del soldado y de El juez,
y esto lo había hecho a espaldas de ella, por no decir que había intentado
muchas veces sabotear su carrera al predisponer a los editores y a los
directores literarios de las editoriales en su contra. Contra estas
acusaciones, él adujo una brevísima respuesta. Sólo con lanzar tales
acusaciones, ella sabía tan bien como él mismo que estaba mintiendo por no
callar. La correspondencia concluyó bruscamente. A él había terminado por
asquearle, así que la dio por terminada.
Mi madre se sintió ultrajada
cuando mi padre le volvió la espalda de esta manera. Y él no tuvo constancia de
haber cometido una ofensa imperdonable con tal gesto. Muy al contrario, se
quedó con la impresión de que había aireado el ambiente hablando oportunamente
de la manera más directa que sabía hablar, con llaneza, poniendo fin a una
sarta de estupideces. Cuando acudió a Norfolk a visitarme, semanas más tarde,
apareció muy animado, alegre, obviamente convencido de que había despejado el
nuboso panorama de nuestras relaciones. En aquel momento yo ya me levantaba de
la cama, e incluso se me permitía salir del sanatorio por espacio de cuatro
horas, siempre que un visitante deseara llevarme a almorzar por los
alrededores. Por eso le fue posible llevarme a Wells-next-the-sea[247],"
más allá de Blakney Point, en una zona de marismas saladas frente al frío mar
del Norte, al laclo de Holkham Park. Era un lugar campestre y entretenido, que
él recordaba con afecto de sus tiempos de ciclista empedernido. Después de
almorzar frugalmente a la sombra de un parral, en el jardín de una taberna,
salimos a pasear por el camino que cruzaba las salinas hasta llegar al puesto
del salvavidas. Allí me pidió que le sacase una fotografía con la Kodak de
bolsillo que me había enviado por mi cumpleaños, que había sido poco antes, a
principio de agosto. Posó de pie sobre la rampa de botadura de los barcos, ante
el límpido cielo de septiembre, y cuando le dije que ya estaba me comentó: «Ahí
lo tienes: una fotografía de Wells junto al mar en Wells junto al mar». En el
instante en que lanzó al aire este juego de palabras tan llano, aunque por otra
parte tan cariñoso, se convirtió en la extrapolación de uno de sus personajes:
el señor Polly, quizá, cuando por fin le fuera dado llegar a ser padre, o un
Art Kipps muy seguro de sí mismo, al que se le hubiese concedido el don de
vivir en paz consigo mismo y con su buena suerte. Preferiría dejarlo ahí,
envuelto por la calidez de esos instantes del recuerdo, de afecto compartido y
de buen humor, en los cuales se convertía de forma tan seductora en el padre de
mis sueños, pero eso equivaldría a presentar su figura sólo a la luz de las
necesidades de un niño solitario y muy necesitado de afecto. Por sí mismo, sin
aditivos de ninguna clase, era mucho más que eso. Este individuo afectuoso,
generoso, impaciente, pero en general de buen talante, al que conocí ya en mi
madurez, en el que detecté una imaginación portentosa, de la cual habían salido
todos sus libros, hombre capaz de escrutar hasta el fondo, de forma muy minuciosa,
el pasado y el futuro, y que tanto se preocupó por el presente bienestar y por
la felicidad futura de la totalidad de la estúpida raza humana, llegó a
trascender sus orígenes y a convertirse en un hombre sin duda de enorme
estatura.
[1] Recensión, Rebecca West. The Freevoman. 19 de septiembre de 1912
[2] Carta
de H. G. W. a Rebecca West, febrero de 1913.
[3] Carta de H. G. W.
a R. W., junio de 1913
[4] Comunicación oral:
A. R. al autor
[5] Comunicaciones
orales: H. G. W., E. S. P. H. y otros.
[6]
Comunicaciones
orales: G. B. S. (1948) , diarios de B. W. 1906-1910, passim.
[7] Biografía: B. W., Kitty Muggeridge y Ruth Adam, 1967
[8] Ibid.
[9] Carta de G. B. S.
a B. W. 30 de septiembre de 1909.
[10] Muggeridge y Adam,
op. cit.
[11] Diario de Sidney
Waterlow, 29 de noviembre de 1911
[12] Comunicación oral:
A. R. al autor
[13] Carta de H. G. a
R. W., enero de 1914
[14] Artículo en el N.
Y. World, 1 de enero de 1909
[15] Contra
Douglas se habían realizado cuatro acusaciones distintas por haber incurrido en
delito de libelo; la audiencia, en la Central Criminal Court, comenzó el 19 de
noviembre y terminó ocho días después. El jurado parecía hambriento, y el
fiscal introdujo una querella nolle prosequi el 11 de diciembre. Véase William
Freeman, Life of Lord Alfred Douglas.
[16] Cartas de H. G. W.
a R. W. y a R. R., agosto de 1914
[17] Correspondencia
entre H. G. W. y R. W. en ambos sentidos, 1914-1920, pássim. 36 «Ella dijo que el tal caballero era Mr.
West...» El desarrollo de esta anécdota puede seguirse secuencialmente en las
siguientes cartas: de H. G. W. a R. W.. entre febrero y octubre de 1914. En su
justo punto, se puede ver en carta de H. G. W. a R. W.. julio de 1911.
[18] Carta de H. G. W.
a R. W.. abril de 1915
[19] Memorias. Portraits from
Life, Ford. 1937. Al
igual que todos los demás textos que traten sobre e! mundo real, el conjunto
resulta más o menos fiel a la realidad, aunque no sea posible fiarse de ningún
detalle en concreto.
[20] Memorias.
Portraits from Life, Ford. 1937. Al igual que todos los demás textos que traten sobre e! mundo
real, el conjunto resulta más o menos fiel a la realidad, aunque no sea posible
fiarse de ningún detalle en concreto.
[21] Todo lo que pueda
decirse a favor de este personaje secundario, e incluso algo más. queda
recogido en una recensión: W. M., Mirards a Sane Feminism, R. W. Daily News, 17
de noviembre de 1916.
[22] Carta
de R. W. a S. K. R.. 4 de febrero de
1916.
[23] Carta de R. W. a
H. G. W.. 19 de septiembre de 1916
[24] Carta de H. G. W.
a Jane, 4 de agosto de 1914
[25] Carta de H. G. W.
a Jane, mediados de abril de 1915
[26] Recogido en el diario de Sydney Waterlow,
7 de diciembre de 1907
[27] Carta de H. J. a
V. H., 4 de julio de 1903
[28] Carta de H. J. a
H. G. W., 21 de septiembre de 1913
[29] Carta de H. G. W.
a H. J., 21 de septiembre de 1913
[30] Carta de H. J. a
H. G. W., 20 de marzo de 1912
[31] Carta de H. G. W.
a H. J., 25 de marzo de 1912
[32] Carta de H. J. a
E. G., 26 de marzo de 1912
[33] Diario, T. H., 1886, citado en The Earh Life of TH
(biografía), Florence Emily Hardy, 1928
[34] Se trata del
mayordomo de Mr. Blandish, Mutimer. El nombre está tomado prestado de la novela
de George Gissing, Demos, en la cual, de forma probablemente muy significativa,
se atribuye a un personaje que lee infinidad de libros solamente por lo que
pueda sacar en claro de ellos, ajeno e indiferente al valor estético de los
mismos, en el supuesto que tal cosa sea posible
[35] H.
J. tenía el imperdonable hábito de la doblez en este sentido. Véase, por
ejemplo, su alabanza de Tess, la novela de Hardy, delante del propio Hardy, al
tiempo que denigraba y tachaba de vil la misma novela ante Robert Louis
Stevenson.
[36] Carta de H. J. a
W. J. y a A. J., 12 de diciembre de 1915
[37] Carta de H. J. a
H. G. W., 10 de julio de 1915
[38] Carta de H. G. W.
a H. J., 14 de julio de 1914
[39] E.
B. Ashmore, responsable de la Defensa de Londres entre 1915 y 1919. Air
Defence. 1929.
[40] Carta de H. G. W.
a R. W., 13 de septiembre de 1917
[41] Carta de H. G. W.
a R. W., 18 de septiembre de 1917
[42] Nótese
que el autor escribe antes de 1984. [N. del. T.]
[43] El
desarrollo de toda esta urdimbre puede seguirse desde su aparición en la carta
anteriormente citada, de R. W. a S. K. R., 21 de marzo de 1923. a través de una
forma intermedia, en H. G. W.. His Turbulent Life and Times, la biografía de
Lovat Dickson, capítulo 17, pp. 292 y ss.; a través de otra versión ampliada y
más detallada, ofrecida por Norman y Jeanne MacKenzie, The Time Traveller,
capítulo 21, pp. 336-340; a partir de aquí, pasa a su versión definitiva,
acompañada de una documentación mucho más sospechosa (esbozos de cartas de las
que no existe constancia, memoranda fechados en distintos momentos, presuntos
extractos de diarios, cuyos originales cabe a lo sumo la posibilidad de que
existan), en Gordon Ray, H. G. W. And R. W., op. cit.
[44] Ibíd., p. 61
[45] Ibíd., p. 108
[46] Los diarios de
bolsillo de H. G. W. están recogidos entre los Wells Papers
[47] Ray, op. cit., p. 117
[48] Ibíd., p. 122
[49] H. G. W. se hizo
miembro de la Liga de la Asociación de las Naciones Libres al año siguiente de
su fundación por parte de Leonard Woolf entre otros
[50] Autobiografía, H.
G. W., capítulo 9, sección 6
[51] La declaración de
intenciones sobre esta cuestión que hiciera H. G. W. se imprimió en el número
correspondiente a septiembre-octubre de 1918 de la revista Today and Tomorrow,
de la Liga de Naciones
[52] Las cuentas
bancarias y demás documentación se encuentran en los Wells Papers
[53] Carta de W. C. a
H. G. W., Wells Papers
[54] Georg von Rauch, A History of Soviet
Russia, p. 117
[55] Comunicación oral
de H. G. W. al autor
[56] G. von R., op. cit., p. 118
[57] Wells Papers
[58] Comunicación oral
de R. W. al autor
[59] G. von R.. op. cit., p. 40
[60] Comunicación oral
de H. G. W. al autor. Véase también Nina Berberova, Nina Berberova, Circe
Ediciones, Barcelona, 1990
[61] Comunicación oral
de M. B. al autor
[62]
Estuvo
en Georgia en calidad de miembro de la Delegación de la Segunda Internacional,
enviada con objeto de expresar la solidaridad del movimiento socialdemócrata
con el régimen menchevique que ostentaba entonces el poder en Tiflis con el
apoyo de los nacionalistas georgianos. Véase G. von R., op. cit p. 122.
[63] Artículos de H. G.
W., «El soñador en el Kremlin», «El colapso de Petersbtirgo». en el Daily
Express, 1920, y recogidos en el volumen Rusia en la penumbra en aquel mismo
año
[64] Berberova, op.
cit., p. 129, informa de una ocasión en la cual Vladislav Jodasiévich y Gorki
compararon sus respectivas notas respecto de lo que habían experimentado en sus
visitas a dicho albergue
[65] Artículos:
recensión de W. C. sobre el libro de H. G. W., 15 de diciembre; contestación de
H. G. W., 16 de diciembre de 1920, ambas en el Daily Express
[66] La correspondencia
y los contratos relativos a estas cuestiones se encuentran en los Wells Papers
[67] Novela
de H. G. W., Lugares secretos del corazón. Aunque se trate de una obra de
ficción, contiene un relato casi literal de la impresión que causó M. S. en H.
G. W., así como una descripción de lo que en su opinión debiera ser una de
estas «aventuras».
[68] Carta de H. G. W.
a R. W., agosto de 1922. La crítica tiene su mérito
[69] Carta de R. W. a
S. K. R., 21 de marzo de 1923
[70] Carta de G. P. W.,
número de Books and Bookmen correspondiente a marzo de 1976, en el cual se
establece la cronología correcta de este episodio. Comunicaciones orales de H.
G. W. y E. S. P. al autor
[71] Comunicación
oral de R. W. a G. R., 1971 o l972, cit. en Ray, op. cit.
[72] Boceto
de carta de R. W. a H. G. W.; fecha de composición aducida, junio de 1913.
Fecha real de composición, desconocida.
[73] Diarios
de bolsillo de H. G. W., op. cit., y correspondencia entre H. G. W. y R.
W.,passim.
[74] Carta de R. W. a
H. G. W., 3 de noviembre de 1923
[75] Carta de H. G. W.
a R. W., 19 de noviembre de 1923
[76] Carta de H. G. W.
a R. W., 26 de noviembre de 1923
[77] Carta de H. G. W.
a R. W., 27 de noviembre de 1923
[78] Carta de H. G. W.
a R. W.. 15 de diciembre de 1923
[79] Dejando aparte los
temores que pudiera sentir mi madre respecto de lo que A. B. pudiera haber
anotado en su diario a partir de las confidencias que le hiciera H. G. W., el
intenso desprecio que R. W. siente por A. B. en esta época se debe en gran
parte a que la pianista Harriet Cohen le había tomado en cambio verdadero
aprecio
[80] Mussolini había
dado permiso a Gorki para que permaneciese en cualquier lugar de Italia salvo
en Capri, durante la primavera de 1924, después que le fuese permitido salir de
Rusia. La vida en la villa queda recogida en Berberova, op. cit., pp. 138-142
[81] Novela, H. G. W.,
El mundo de William Clisiold, libro IV, sección 14
[82] Último de los
avalares de la que había sido anteriormente Mary Beauchamp y antes incluso
Elizabeth von Arnim, que se casó con el hermano mayor de Bertrand Russell, el
segundo conde Russell, en 1916. Nacida en el mismo año que H. G. W., había
tenido gran éxito con su primera novela, publicada en 1898 con el seudónimo de
«Elizabeth». Su trayectoria de novelista fue larga y de relativo éxito, aunque
terminase súbitamente con la publicación de su undécima novela, en 1934. Con
evidente hostilidad, aunque muy probablemente fuese cierto, solía decirse que
cada una de sus novelas ponía punto final a una aventura personal suya. Mantuvo
tratos con H. G. W. entre el otoño de 1911 y comienzos del verano de 1913, y en
lo sucesivo siguió siendo su amiga. Auténtica gata que sacaba las garras cuando
se la incordiaba, su línea de comportamiento era más proclive a una ironía
distanciada; rara vez perdía los estribos
[83] Comunicaciones
orales: H. G. W., G. P. W., F. R. W., Peggy Wells, Juliana y Juliette Huxley, y
otros
[84] Diarios, A. B.,
vol. III. Bennett nunca dio su visto bueno al modo que tuvo mi padre de
comportarse en aquella época, y así se lo hizo saber; esta desaprobación
terminó por romper su ya antigua amistad, de por sí bastante deteriorada por la
incapacidad que tuvo H. G. W. para disimular su creencia de que A. B. había
incurrido en un error imperdonable cuando dio en convivir con Dorothy Cheston
Bennett. Las cosas ni siquiera fueron más fáciles entre ellos dos cuando el
desarrollo de los acontecimientos demostró que, en esta opinión, H. G. W. había
acertado de pleno. Los dos hombres no se habían reconciliado cuando sobrevino
el fallecimiento ríe A. B.. razón por la cual resultó doblemente doloroso a H.
G. W
[85] En tomo a los
argumentos con los que H. G. W. respalda esta opinión, ver El mundo de William
Clissold, 1926 y «Tras la democracias» 1932. un panfleto en el cual se amplía
el discurso pronunciado ante los asistentes al curso de verano del Partido
Liberal en aquel mismo año
[86] Autobiografía, H.
G. W., capítulo 9, secc. 9
[87] La entrevista
apareció en el New Statesman del 10 de noviembre de 1934; el comentario de Shaw
el 17 de noviembre de 1934
[88] La
similitud entre las cabeceras de las dos publicaciones, la real y la
imaginaria, es evidente; si la primera podría traducirse por «El tiempo y la
corriente», la segunda equivaldría a «Usar y tirar». (N. del T.}
[89] Time and Tide, 13. 20 y 27 de octubre. 1934. bajo el título
genérico de Wells the Placer, traducción literal de Wells le Comedien, título
de Odette
[90] Comunicación oral
de A. R. al autor
[91] Novela, H. G. W.,
1935
[92] H. G. W. tenía,
evidentemente, sesenta y nueve años en 1935
[93] Carta de H. G. W.
al director del Times, 23 de octubre de 1939
[94] Autobiografía, H.
G. W., capítulo 1, sección 3
[95] Aunque su papel
sea importante en el contexto que nos ocupa, tiene derecho a gozar de una fama
mucho más sólida en tanto coleccionista de arte. Había llegado a acumular
trescientos veintiocho lienzos de artistas vivos cuando falleció, y era el
principal defensor de la nueva escuela de pintura antirromántica y naturalista,
cuyo principal exponente iba a ser Sir Edwin Landseer
[96] Autobiografía, H.
G. W., capítulo 1, sección 3
[97] La transcripción
errónea «Up Park» se ha copiado de libro en libro, en torno a Wells, desde que
él mismo diera la pista en su autobiografía. Mi padre, ahora bien, se fiaba
exclusivamente de la memoria cuando decidió adoptar dicha transcripción, y lo
único que tenía en mente era el uso de la zona de la servidumbre. Existe
abundante documentación sobre la propiedad rural de Uppark, así como de Uppark
en tanto obra arquitectónica, lo cual nos hace pensar que es Uppark la forma
correcta de transcribir el nombre. En Nairn y Pevsner, The Buildings of
England, Sussex, Penguin Books, 1973, pp. 358-360, se encuentra una historia
exhaustiva de la mansión; un tratamiento más amplio, más atento a las
cuestiones estéticas, podrá encontrarse en el volumen II de English Country
Houses: Mid Georgian, editado por Country Life, Londres, 1956, pp. 29-40
[98] Diario: S. W. Wells Papers. Inédito
[99] Comunicación oral:
Sir Charles Shuckburgh, propietario de la finca en el momento de la redacción
de este libro
[100] Diario: S. W., op.
cit
[101] Por
desgracia, el enrevesado juego de palabras es irreproduciblc en castellano,
debido a la absoluta similitud gráfica que existe entre la tópica exclamación
atribuida a los españoles y la palabra «hoyo», «agujero», que en inglés es
hole. (N. del T.)
[102] Autobiografía: H.
G. W., capítulo 1, sección 4
[103] Ibíd., capítulo 1,
sección 5
[104] Ibid., capítulo 3,
sección 1
[105] carta: H. G. W. a
S. W., 4 de julio de 1880
[106] Autobiografía, H.
G. W., capítulo 3, sección 4
[107] Ibíd.
[108] Biografía: The Time Traveller. Norman y Jeanne MacKenzie, capítulo
titulado «.Little Bertie», pp. 38-39
[109] Autobiografía: H.
G. W., capítulo 3, sección 7
[110] Carta: H. G. W. a
S. W., reproducida en facsímil, autobiografía: capítulo 4, sección 3
[111] Ibíd., capítulo 5,
sección 6
[112] Ibíd., capítulo 6,
sección 6
[113] Carta: H. G. W. a
S. W., 14 de octubre de 1891
[114] Carta: T. Ormerod
al director del Manchester Guardian, 21 de agosto de 1946; en este breve
recuerdo, un antiguo alumno suyo pone de manifiesto lo buen profesor que llegó
a ser H. G. W. en tan poco tiempo
[115] Mi padre tuvo la
suerte de tener a su disposición un camino directo a esta publicación, ya que
uno de sus compañeros de profesorado, a las órdenes de Brigg, un tal Walter
Low, quien fue por cierto su mejor amigo en aquella época, era el redactor jefe
de esta publicación en sus ratos libres. Low, cuyos padres de ascendencia judía
habían emigrado de Hungría a Londres, tenía una hija llamada Ivy que con el
tiempo llegó a ser una novelista de cierto mérito y esposa del mismo Maxim
Litvínov que pasó a ser el sucesor de Chichean en calidad de comisario del
Soviet para Asuntos Exteriores. Mi padre se mantuvo en contacto con la esposa y
las hijas de Low después de la prematura muerte de éste, acaecida en 1895, y su
ligazón con Litvínov, a través de Ivy, sin duda tuvo su importancia a la hora
de dar un notable cariz amistoso a la entrevista que, a su debido tiempo,
mantuvo H. G. W. con Stalin
[116] Autobiografía: H.
G. W., capítulo 7, sección 2
[117] Carta: H. G. W. a
Eliz Healey, Wells Papers, enero o febrero de 1888
[118] Diario: S. W., op.
cit
[119] De esto se dio
cuenta mi padre, y decidió que se mudaran a una casa bastante mejor, y no muy
lejos, que encontró en Liss, durante el invierno de 1895-1896
[120] Autobiografía, H.
G. W., capítulo 6, sección 6
[121] Ibíd
[122] Ibid.
[123] Carta: H. G. W. a
F. J. W., octubre o noviembre de 1893
[124] Carta: E. H. a H. G. W., Wells Papers
[125] Autobiografía, H.
G. W., capítulo 7, sección 1
[126] Si bien gran parte
de lo que se dice acerca de la señora Robbins en las páginas siguientes está
tomado de la autobiografía de H. G. W., mucho más se deriva de una serie de
conversaciones mantenidas con una prima y antigua compañera de estudios de Jane
Wells, que me proporcionó notable información de los Robbins y de sus
reacciones frente al rapto. Quiso el azar que fuésemos vecinos en el pueblo de
Hampshire en el que pasé yo el principio de la década de los cuarenta
[127] Autobiografía: H.
G. W., capítulo 8, sección 1
[128] Ibíd
[129] Ibíd
[130] Carta: W. E. H. a
H. G. W., julio de 1894
[131] carta: W. E. H. a
H. G. W., septiembre de 1894
[132] Comunicación oral:
H. G. W. al autor
[133] Carta: W. E. H. a
H. G. W., 28 de septiembre de 1894
[134] Biografía, Kennedy Williamson, W. E.
Henley, 1930
[135] Recopilación de ensayos: H. G. W., Select
Conversations with an Uncle, 1895. «Un
artista incomprendido.»
[136] Autobiografía: H.
G. W., capítulo 8, sección 1
[137] Comunicción oral:
H. G. W. al autor
[138] Biografía, Kennedy Williamson, op. cit
[139] Respecto de la
ambivalencia de la mansión en tanto institución como tal, véanse ciertos
pasajes in re Bladesaver, en la novela de H. G. W. Tono-Bungay, passim
[140] Autobiografía: H.
G. W., capítulo 8, sección 2
[141] memorias: Edgar
Jepson recuerda este incidente en sus Memorias de un Victoriano', respecto de
la versión de G. B. S., véase Grant Richards, Author Hunting
[142] Recensión en The
Speaker, 18 de abril de 1896
[143] Recensión, 9 de
mayo de 1896
[144] Recensión en el
Guardian, 3 de junio de 1896
[145] Carta de J. B. P.
a H. G. W., 13 de enero de 1896. A Pinker le encantaba enganchar caballos de
pura sangre a su coche de punto, muchas veces de dos en dos, y se jactaba de
haber recorrido 35 millas en una hora en uno de sus habituales paseos
[146] The Time Machine
(La máquina del tiempo), capítulo III
[147] The Invisible Man
(El hombre invisible], capítulo I
[148] Love and Mr.
Lewisham (El amor y el señor Lewisham), capítulo I, línea 1, página 1
[149] Biografía: Siegfried Sassoon, George
Meredith, 1948, p. 230
[150] Biografías y
memorias: Siegfried Sassoon, op. cit.; W. Robertson Nichol, A Bookman's
Letters, E. S. P. H., A Lawyer's Notebook (varios volúmenes) ; E. Clodd,
Memories, así como Jepson, op. cit., y Grant Richards, op. cit., libros que
abren una puerta al mundo de las relaciones de mi padre con otros hombres
[151] Diario: G. G., 13
de julio de 1895. Carta: G. G. a E. Bertz, 27 de agosto de 1895
[152] Autobiografía: H.
G. W., capítulo 8, sección 3
[153] Carta: G. G. a H.
G. W., 27 de noviembre de 1896
[154] Cartas: G. G. a Bertz,
15 de agosto de 1890, 6 de septiembre de 1890, 23 de octubre de 1890, 23 de
enero de 1891
[155] Carta: Rupert
Brooke a Hugh Dalton, abril de 1898
[156] Autobiografía: H.
G. W., capítulo 8, sección 4
[157] Carta: G. G. a
Jane, 18 de agosto de 1898
[158] Comunicación oral:
H. G. W. al autor
[159] Autobiografía: H.
G. W., capítulo 8, sección 3. Diario: G. G., 6 de julio de 1898
[160] Carta: G. G. a H.
G. W., 30 de julio de 1898.
[161] Se puede aventurar
una suposición sin extralimitarse, respecto de lo que pudiera contener la carta
en la que G. G. dio esta noticia a H. G. W., con tan gran exasperación por su
parte, tras leer la carta: G. G. a Bertz, 1 de noviembre de 1898, en la que se
trata esta misma cuestión
[162] Carta: G. G. a H.
G. W., 27 de agosto de 1898
[163] Carta: G. G. a H.
G. W.. 1 de septiembre de 1898
[164] Carta: G. G. a
Bertz, 24 de febrero de 1902
[165] Carta: G. G. a
Morley Roberts, 6 de febrero de 1899
[166] Carta: G. G. a
Bertz, 1 de noviembre de 1898
[167] Ibid
[168] Véanse cartas: G.
G. a Clara Collet. H. G. W., Jane, Morley Roberts y Gabrielle; además, las de
Gabrielle a estos mismos corresponsales, passim, en lo tocante a la progresiva
decadencia de la fe de G. G. en la situación de los Fleury durante todo este periodo,
en especial la de Gabrielle a Jane, 12 de julio de 1901
[169] Autobiografía: H.
G. W., capítulo 8, sección 3, y Memorias: Henry Hick, Recollections of George
Gissing
[170] El médico personal
de G. G. en Francia, el doctor Chauffard, le había dicho anteriormente que en
esto no había ningún peligro, pero G. G. fue incapaz de creer la palabra de un
extranjero en estas cuestiones
[171] Buen ejemplo es la
carta: Gabrielle a H. G. W., 12 de julio de 1901
[172] Véase, por
ejemplo, Carta: Gabrielle a Jane, 12 de julio de 1901
[173] Cartas: las partes
implicadas en esta correspondencia fueron tan compulsivas a la hora de
escribirla como cuando se trataba de guardarla (sin embargo, véase prólogo); la
mayor parte se conservan entre los Wells Papers
[174] A este incidente
hay una referencia oblicua y engañosa en The Time Traveller (El viajero del
tiempo), parte III, capítulo 11, en donde se dice que concluyó con una grave
disputa entre los dos hombres. En realidad no sucedió tal cosa; fueron aún
mejores amigos que antes cuando las vacaciones tocaron a su fin
[175] Autobiografía: H.
G. W., capítulo 8, sección 3. Morley Roberts aporta una versión ficcionalizada
de estos sucesos en The Private Life of Henry Maitland, 1912
[176] El episodio que se
basa en los últimos días de la vida de G. G. se encuentra en las secciones 6 y
7 del primer capítulo del Libro Cuarto
[177] Carta: H. G. W. a
Edmund Gosse, 4 de enero de 1904
[178] Cartas: F.
Harrison a H. G. W., 27 de enero de 1904 y 4 de febrero de 1904
[179] Diario: G. G., 1
de marzo de 1888
[180] Carta: Gabrielle a
H. G. W., 24 de junio de 1907
[181] De este texto se
imprimió una versión muy modificada en un obituario de la Monthly Review,
agosto de 1904
[182] Carta: Gabrielle a
Morley Roberts, 24 de septiembre de 1904, declara esta intención
[183] Comunicción oral:
H. G. W. al autor. Siguió teniéndole aprecio, y lamentó la ruptura de
relaciones
[184] Autobiografía: H.
G. W., capítulo 5, sección 4
[185] Respecto de una
visión marxista y contemporánea de B. B., véase Biografía: E. P. Thompson,
William Morris, 1955, parte III, capítulo IV, sección I
[186] Poema: William
Morris, All For the Came, escrito especialmente para ser recitado con ocasión
del debate entre Hyndman y Bradlaugh, 17 de abril de 1884
[187] Poema: William
Morris. Título
original: Death Song, publicado por vez primera en el libro de canciones
obreras de Commonweal, Chants for Socialists.
[188] Citado en E. P.
Thompson, op. cit
[189] Discurso: informe
transcrito verbatim, Commonweal, 24 de diciembre de 1887
[190] Autobiografía: H.
G. W., capítulo 9, sección 9
[191] Carta: Pease a H.
G. W., 29 de marzo de 1904
[192] Diario: B. Webb,
19 de abril de 1904
[193] Diario: B. Webb,
20 de abril de 1904
[194] Carta: H. G. W. a
Pease, 28 de abril de 1904
[195] H. G. W. había
empezado a escribir Kipps con el título de The Wealth of Mr. Waddy (La riqueza
del señor Waddy) durante el invierno de 1898-1899. Sobre la historia de esta
pre-publicación, véase: Monografía, Harris Wilson, con el título original de la
novela
[196] novela: H. G. W.,
1905. Contiene una versión ficcionalizada del paseo de H. G. W. por el Jura en
compañía de Graham Wallas, supra
[197] Carta: Marjorie
Pease a Jane, 24 de marzo de 1906
[198] Autobiografía: H.
G. W., capítulo 8, sección 5; Biografía: Doris Langley Moore, E. Nesbit, 1933.
MacKenzie, The Time Traveller, op. cit., fueron posiblemente las últimas
personas que aceptaron la valoración que él tenía de sí mismo: «Un católico,
hijo de la nobleza venida a menos del norte de Inglaterra.» Ya conocían a
Langley Moore y a otros cuando decidieron escribir The First Fabians, 1977
[199] Para la versión de
estas maniobras de La Vieja Guardia véase Memorias: E. Pease, History of the
Fabian Society, 1925. Cuando contacté con Pease, a finales de los años
cuarenta, le encontré como siempre obcecado en sus imaginarias batallas por el
poder
[200] Memorias, E.
Pease, op. cit., capítulo IX
[201] Novela: H. G. W., In the Davs of the Comet (En tiempos del cometa), 1906, epílogo
[202] Carta: E. Pease a
H. G. W., 15 de febrero de 1906
[203] Recensión anónima,
14 de septiembre de 1906
[204] Carta: G. B. S. a
H. G. W., sin fecha, probablemente 14 de septiembre de 1906
[205] Carta: Bland a
Pease, 14 de octubre de 1906
[206] Diario: B. Webb,
18 de octubre de 1906
[207] Cartas: B. Webb a
H. G. W. y a Millicent Fawcett, 2 de noviembre de 1906
[208] Hoja impresa:
documento reproducido en facsímil en Collected Letters of GBS, vol. 1898-1910,
edición de Dan Laurence, p. 665
[209] Comunicación oral:
H. G. W. al autor, confirmada en el capítulo 13 de The First Fabians, op. cit
[210] Carta: Graham
Wallas a H. G. W., 10 de diciembre de 1906
[211] Carta: G. B. S. a
S. Webb, 25 de noviembre de 1906. En esta misiva, Shaw indica a Webb que H. G.
W. tiene razón cuando propone la conversión de la Sociedad en un partido
político
[212] Carta: L. H. G. a
H. G.W., 6 de febrero de 1907
[213] Memorias: E.
Pease, History of the Fabian Society, op. cit., cap. IX; véase también cap. X, que comienza con
el reconocimiento de que los años de 1907 y 1908, gracias a la cantidad y a la
calidad de los miembros inscritos debido al «entusiasmo propagandístico de H.
G. W.», fueron años en los que se alcanzó el máximo nivel de la historia
anterior a la guerra de la sociedad en tanto que se constituyó en foro de
opiniones y en grupo de influencia.
[214] Esta y las cifras
siguientes están tomadas de Pease, op. cit
[215] Biografía: Christopher Hassall, Rupert
Brooke, cap. IV
[216] Ibíd., capítulo V
[217] Carta: S. Webb a
H. G. W., 12 de junio de 1907, clara reacción ante estas tomaduras de pelo
[218] Carta: G. B. S. a
H. G. W., 22 de marzo de 1908
[219] Carta: H. G. W. a
Pease, 30 de abril de 1908
[220] Se puede encontrar
una breve historia de ese asunto, desmembrado como el cadáver de cierta víctima
de un asesinato, en las páginas 140 y 351,y en parte entre ambas, de la obra de
N. y J. MacKenzie, The First Fabians, op. cit. Otra versión mucho más sincera es la que
propone Sidney Caine, History of the Foundation of the London School of
Economic1,, 1963
[221] Caine, op. cit
[222] Carta: R. M. a
Pease, 8 de abril de 1896
[223] Diario: B. Webb,
30 de abril de 1908
[224] Diario, B. Webb,
15 de septiembre de 1908
[225] Por buena parte de
lo que sigue, estoy en deuda con la biografía: Keith Sinclair, William Pember
Reeivs, 1965. Sin embargo, los hechos que aporta han sido libremente
interpretados a la luz de la información recibida en comunicaciones orales de
A. R. y de otros
[226] Se
trata del proyecto de investigación del Gobierno estadounidense por el cual,
entre 1942 y 1945, se fabricó la prinera bomba atómica. (N del T.)
[227] Diario: B. Webb,
17 de enero de 1909. Esta entrada recoge la firma del Informe de la Minoría. La
entrada correspondiente al 7 de marzo de 1911 recoge la virtual disolución de
la Sociedad Fabiana, tal como se concibió en su origen, bajo el peso de la victoria
arrasadora del Partido Liberal en las elecciones generales de 1910. La
legislación basada en las recomendaciones comprendidas en el Informe de la
Mayoría se introdujeron en la Cámara de los Comunes en mayo de 1911. Los Webb
emprendieron un viaje de placer que a la postre sería una vuelta al mundo a
mediados de junio de 1911
[228] Historia social: N. y J. MacKenzie, The
First Fabians, epílogo
[229] Diario:. B. Webb,
4 de enero de 1929
[230] Diario:
B. Webb, 26 de octubre de 1930
[231] Comunicación oral:
A. R. al autor
[232] Autobiografía: H.
G. W., capítulo 8, sección 3
[233] Biografía: Gloria
Fromm, Dorothy Richardson, 1977. Fromm estatuye que Richardson «padre» se zampó
la herencia de su padre «en algo menos de dieciséis años». Como heredó su
pequeña fortuna en enero de 1874 y terminó con el juicio por bancarrota «a
final de año», en 1893, me da la impresión de que la comilona le duró casi
veinte años, aunque ello no tenga mayor importancia
[234] D. R. tenía por
costumbre poner por prefacio a su siempre muy realista versión de la caída de
su padre y de los últimos días que vivió su madre con una declaración en la que
proclamaba que estaba a punto de revelar algo de lo que anteriormente nunca
había conseguido hablar. La versión que ofrezco del episodio se basa sobre todo
en la historia, tal y como ella misma me la refirió en 1948, aunque también he
tenido en consideración leves distinciones de detalle que existen entre aquel
relato y las versiones que ofreció a H. G. W., a R. W. y a Gloria Fromm en
distintas ocasiones
[235] Número de The
Outlook correspondiente al 4 de octubre de 1902
[236] Las dos primeras
revistillas que menciono las editó y publicó su propietario, Charles Daniels,
buen amigo de D. R
[237] Los sucesivos
volúmenes de la obra aparecieron en 1915, 1916, 1917, 1919 (dos volúmenes),
1921, 1923, 1925, 1927, 1931 y 1935. El duodécimo volumen nunca llegó a
publicarse por separado, y terminó por aparecer como conclusión del conjunto de
la obra cuando se publicó la obra completa, en cuatro volúmenes, en 1938
[238] Los años que pasó
D. R. como recepcionista de la consulta de aquellos dentistas le habían bastado
para ser, a su juicio, una experta en dietética, papel gracias al cual colaboró
con frecuencia en la tercera de las publicaciones emprendidas por Charles Daniels,
The Healthy Life
[239] Autobiografía: Robert McAlmon, Being
Geniises Together, 1938
[240] No pocos lectores
esperarían en este punto la aparición del vocablo «querellante», pero lo cierto
es que este caso judicial se tramitó de acuerdo con el antiguo orden, según el
cual un particular acusado por otro de haber cometido un delito de tipificación
tal que podría desembocar en un castigo de orden físico (como verse condenado a
prisión), podía defenderse de dicha acusación por el simple método de poner en
manos de la policía una información suficiente para acusar a quien a su vez lo
acusaba de haber incurrido en libelo delictivo. Desde el momento en que
declaraba en juramento que se había incurrido un libelo delictivo, y hasta que
se determinase la validez de su querella, la persona que estaba en posesión de
toda la información del caso era denominada el fiscal del mismo. La defensa
contra una acusación de comisión de libelo delictivo era únicamente demostrar
la veracidad de la acusación original
[241] Biografía: William Freeman, Life of Lord
Alfred Douglas, op. cit
[242] Autobiografía: W. M., The Reluctant
Healer, 1952. Después de que los
presentase D. R., la intempestuosa Verónica, casada con Benjamin Grad, pasó a
ser la secretaria de Macmillan y su más devota admiradora
[243] En un festivo
desayuno dominical celebrado por Maynard Keynes: véase JMK, Biografía, obra de
R. F. Harrod, 1951
[244] Portraits from Memory (Retratos de memoria), Memorias, B. R., 1956
[245] Comunicación oral:
D. R. al autor
[246] Estoy en deuda con
Gloria Fromm por buena parte de la información que sigue. G. F.: Biografía, D.
R., op. cit
[247] Literalmente.
«Wells junto al mar», lugar así llamado que existe realmente. (N. del Tr.)
