© Libro N° 11178.
Mercancías, Valores Y Relaciones De Clase. Harvey,
David. Emancipación. Mayo 6 de 2023
Título original: ©
Mercancías, Valores Y Relaciones De Clase. David Harvey
Versión Original: © Mercancías, Valores Y Relaciones De Clase.
David Harvey
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
MERCANCÍAS, VALORES Y
RELACIONES DE CLASE
David Harvey
Mercancías,
Valores Y Relaciones De Clase
David
Harvey
El método
de análisis empleado por mí y que nadie hasta ahora había aplicado a los
problemas económicos, hace que la lectura de los primeros capítulos resulte
bastante penosa,…Yo no puedo hacer otra cosa que señalar de antemano este
peligro y prevenir contra él a los lectores que buscan la verdad. En la ciencia
no hay calzadas reales, y quien aspire a remontar sus luminosas cumbres, tiene
que estar dispuesto a escalar la montaña por senderos escabrosos [El
capital, I, p. XXV].1
Marx inicia
su análisis en El capital examinando la naturaleza de las
mercancías. A primera vista esta elección parece en cierto modo arbitraria,
pero si revisamos los escritos con los que se preparó El capital —
y que ocuparon casi tres décadas— encontraremos que la elección no fue
arbitraria en absoluto. Fue el resultado de una indagación extensa, un largo
viaje de descubrimiento que llevó a Marx a una conclusión
fundamental: descubrir los secretos de la mercancía es descifrar los
intrincados secretos del propio capitalismo. Así, el principio es en realidad
una conclusión.
Marx considera
la mercancía como la encarnación material del valor de uso, valor de
cambio y valor. De nuevo nos presenta estos conceptos en una forma
aparentemente arbitraria, por lo que parece “que se tenga la impresión de
estar ante una construcción a priori» [El capital, I, p: XXIII]. Sin
embargo, éstos son conceptos absolutamente fundamentales para todo lo que
sigue. Son el eje sobre el cual gira todo el análisis del capitalismo. Tenemos
que entenderlos si hemos de entender lo que nos quiere decir Marx.2
En esto
existe cierta dificultad. Para entender plenamente los conceptos se requiere
que entendamos la lógica interna del propio capitalismo. Como no es posible que
logremos esto desde el principio, nos vemos obligados a usar los conceptos sin
saber precisamente lo que significan. Además, la forma relacional en que Marx procede
implica que no puede tratar ninguno de estos conceptos como un bloque de
construcción fijo, conocido o siquiera conocible sobre cuya base se pueda
interpretar la rica complejidad del capitalismo. Marx parece
decimos que no podemos interpretar los valores sin entender qué es el valor de
uso y el valor de cambio, y no podemos interpretar esta última categoría sin
entender cabalmente la primera, Marx nunca trata un concepto
aisladamente como si se pudiera entender por sí mismo. Siempre se enfoca en una
u otra de las tres relaciones posibles entre ellos —entre el valor de uso y el
valor de cambio, entre el valor de uso y el valor, y entre el valor de cambio y
el valor. Las relaciones entre los conceptos es lo que realmente cuenta.
En el
curso de El capital podemos observar a Marx cambiando
de un par relacional a otro, usando percepciones acumuladas desde un punto de
vista para establecer interpretaciones desde otro. Como ha dicho Ollman,
es como si Marx viera cada relación como una “ventana”
separada desde la cual pudiéramos mirar la estructura interna del capitalismo.
Lo que se ve desde una ventana carece de relieve y de perspectiva, pero cuando
pasamos a otra podemos ver las cosas que anteriormente estaban ocultas a
nuestra vista. Armados con ese conocimiento, podemos reinterpretar y
reconstruir lo que vimos a través de la primera, dándole mayor profundidad y
perspectiva. Al pasar de una ventana a otra y registrar cuidadosamente lo que
vemos, nos acercamos más y más a entender la sociedad capitalista y sus
inherentes contradicciones.
Esta
forma dialéctica de seguir adelante impone un gran esfuerzo al lector. Nos
vemos obligados a andar a tientas en la oscuridad, armados con conceptos
sumamente abstractos y aparentemente a priori de los que conocemos poco, y
a trabajar desde perspectivas que aún no estamos en posición de evaluar. Por
tanto, la mayoría de los lectores encuentran grandes dificultades al leer los
primeros capítulos de El capital. No obstante, después de un
periodo penoso y a menudo frustrarte de andar a tientas, comenzamos a percibir
en dónde estamos y qué es lo que estamos viendo. A medida que Marx va
iluminando poco a poco ante nosotros los diferentes aspectos de la intrincada
complejidad del capitalismo comienza a surgir cierta comprensión, aún confusa.
El significado de los conceptos valor de uso, valor de cambio y valor se vuelve
más claro en el curso del análisis. Cuanto más entendemos cómo funciona el
capitalismo, más entendemos a qué se refieren estos conceptos.3
Todo esto
contrasta vívidamente con la forma de enfocar los conocimientos como “bloques
de construcción”, tan común en la ciencia social burguesa y tan
profundamente arraigada en los modos de pensar burgueses. Según estas formas de
pensar, es posible y deseable construir bases sólidas para los conocimientos
aislándolos en sus componentes básicos dentro del sistema social y
sometiéndolos a una investigación detallada. Una vez que se ha entendido el
componente, podemos contar con él como si fuera una base inmutable para
indagaciones subsecuentes. De vez en cuando, como es natural, parecen faltar
las piedras angulares del conocimiento, y cuando sus grietas llegan a ser
evidentes para todos, presenciamos una de esas revoluciones dramáticas del
pensamiento —cambios de paradigmas, como se les llama algunas veces— tan
característicos de la ciencia burguesa.
La
mayoría de nosotros, que fuimos educados en las tradiciones “occidentales”
del pensamiento, nos sentimos a gusto con esa estrategia de indagación. El
hecho de que Marx se apartara de ella, si llegamos a
entenderlo, nos parece desconcertante si no es que verdaderamente perverso.
Además, siempre está allí la tentación de tratar de reducir lo que no es
familiar a términos familiares, volviendo a enunciar los argumentos de Marx en
términos más fáciles de comprender. Esta tendencia está en la base de muchas interpretaciones
erróneas de Marx, hechas por marxistas y no marxistas por igual, y
produce lo que yo llamo una interpretación «lineal» de la teoría
expuesta en El capital.4
Esta
interpretación «lineal» sigue los lineamientos siguientes. Marx,
según se dice, ha creado tres bloques de construcción potenciales para
interpretar la producción e intercambio de mercancías, presentándonos los
conceptos de valor de uso, valor de cambio y valor. Supuestamente, Marx resume
la cuestión del valor de uso en la primera página de El capital y
de allí en adelante considera que su estudio no tiene que ver con su propósito
aunque sigue teniendo interés histórico. Una investigación de los valores de
cambio sirve simplemente para mostrar que los secretos del capitalismo no se
pueden revelar haciendo únicamente un estudio sobre ellos. Así Marx construye
la teoría del valor-trabajo como la base sólida, el bloque de construcción fijo
que cuando construyamos sobre él nos dirá todo lo que necesitamos saber sobre
el capitalismo. La justificación de la teoría del valor-trabajo, bajo este
punto de vista, estriba en el descubrimiento de Marx de que “toda
la historia es la historia de la lucha de clases”, y que dicha teoría debe
sostenerse porque es la expresión de las relaciones de clase en el capitalismo.
Esa
versión “lineal» de la teoría de Marx se encuentra con
varias dificultades, de las cuales consideraremos una brevemente. En el tercer
volumen de El capital, Marx examina la “transformación
de los valores en precios«. La exactitud de su procedimiento de
transformación es vital para la interpretación “lineal” porque Marx parece
estar derivando el valor de cambio del bloque de construcción fijo de la teoría
del valor. Como todos conceden que los capitalistas operan con el valor de
cambio y no con los valores, el análisis de Marx de las “leyes
del movimiento” del capitalismo se levantan o caen, según esta
interpretación, con la coherencia lógica de la transformación.
Desgraciadamente
la transformación de Marx es incorrecta. No parece haber una
relación necesaria entre los valores que representan las mercancías y las tasas
a las cuales se intercambian estas mercancías. Los detractores burgueses (y
algunos simpatizantes) han tenido un día de actividades muy interesantes. Dicen
que el primero y el tercer volúmenes de El capital se
contradicen irreconciliablemente. Según ellos, Marx finalmente
recuperó la cordura en el tercer volumen y se dio cuenta de que la teoría del
valor del primero era una distracción inaplicable a la comprensión de los
procesos reales de producción e intercambio de mercancías. Todo lo que se
requería para lograr esto último era una teoría de precios relativos que no
hiciera alusión a los valores. Además este argumento, dada la interpretación “lineal”,
es suficientemente poderoso como para llevar a los marxistas a dudar un poco de
la aplicabilidad de la teoría marxista del valor o a caer en líneas de defensa
que suenen meramente afirmativas en vez de coherentes y convincentes.
Sin
embargo, un examen de la obra de Marx muestra que el valor de
cambio, lejos de derivarse de la teoría del valor en alguna etapa posterior del
juego, es fundamental para investigar esta teoría desde el principio. Sin
entender esos valores no podemos decir nada significativo sobre el valor. El
valor de cambio y el valor son categorías relacionales, y ninguno de los dos se
puede tratar como un bloque de construcción fijo e inmutable. El estudio
de Marx del problema de la transformación es sólo un paso en una
investigación continua de las intrincadas relaciones entre ellos. Además,
definitivamente no está tratando de derivar el valor de cambio de los valores,
como parece suceder bajo la interpretación lineal. Esto explica por qué Marx,
que se daba cuenta plenamente de los defectos lógicos de su argumento (aunque
quizá no de todas sus implicaciones), los pudo descartar por considerarlos poco
importantes en relación con el tópico real que le preocupaba. Este es, empero,
un asunto al que regresaremos en el capítulo II.
De esto
se deriva que debemos evitar cualquier cosa que huela a interpretación “lineal»
de la teoría marxista. No obstante, si seguimos el método de Marx,
entonces esto significa que estamos destinados a encontrar el tipo de
dificultades que enfrenta cualquier lector de El capital. Tenemos
que comenzar caminando a tientas en la oscuridad, armados con categorías
marxistas que en el mejor de los casos entendemos parcialmente.
Desgraciadamente no hay forma de evitar esta dificultad: “no existe una vía
fácil para llegar a la ciencia”.
En este
capítulo trataremos de reconstruir el argumento de Marx con
respecto a las relaciones entre valor de uso, valor de cambio y valor bajo
condiciones de producción e intercambio de mercancías. Al mismo tiempo
trataremos de explicar lo que hace Marx y por qué lo hace. En
esta forma espero hacer menos fatigosa la ascensión de los empinados caminos
que llegan a las cumbres luminosas de la teoría marxista.
1. VALOR
DE USO, VALOR DE CAMBIO Y VALOR
a) Valor
de uso
Con base
en la concepción del mundo de Marx está la idea de que los
seres humanos se apropian de la naturaleza para satisfacer sus deseos y
necesidades. Bajo condiciones de producción de mercancías, los actos de
producción y consumo están separados por el intercambio, pero la apropiación de
la naturaleza siempre sigue siendo fundamental. De esto se deduce que nunca
podemos pasar por alto lo que Marx llama “el lado material”
de las mercancías. Si lo hiciéramos dejaríamos la satisfacción de los deseos y
necesidades humanas sin ninguna relación con la naturaleza.
El lado
material de las mercancías entra en relación con las necesidades y los deseos
humanos a través del concepto de su valor de uso. Este valor de uso
se puede considerar “desde los dos puntos de vista de la calidad y la
cantidad”. Como un “conjunto de muchas propiedades” que pueden “ser
útiles en diversas formas«, la mercancía posee ciertas cualidades que se
relacionan con diferentes clases de deseos y necesidades humanas. El alimento
satisface nuestra hambre, la ropa nuestra necesidad de calor y la vivienda
nuestra necesidad de alojamiento. Además, aunque Marx insiste
en que “como valores de uso, las mercancías representan, ante todo,
cualidades distintas«, también insiste en que “al apreciar un valor de
uso, se le supone siempre concretado en una cantidad, v. gr. una docena de
relojes, una vara de lienzo, una tonelada de hierro, etc.” [El capital, I,
p. 4].
En
relación con el valor de cambio, al que considera básicamente como una relación
cuantitativa, Marx hace hincapié en los aspectos cualitativos
de los valores de uso; pero en un sistema sofisticado e intrincado de
producción de mercancías, los aspectos cuantitativos de los valores de uso
adquieren gran importancia. Los productores usan cierta cantidad de insumos
—fuerza de trabajo, materias primas e instrumentos de producción— para crear
una cantidad de producto físico que se usa para satisfacer las necesidades y
deseos de cierto número de gentes. La proporción entre los insumos físicos y
los productos en el proceso de producción proporciona una medida física de la
eficiencia. Una descripción del total de los insumos y los productos
proporciona una imagen global de cómo se relaciona la apropiación de la
naturaleza con las necesidades y deseos humanos.
En una
sociedad caracterizada por la división del trabajo y la especialización de la
producción, podemos definir lo que se requiere para la reproducción social en
términos de la cantidad de producto en determinada industria (como el hierro y
el acero) que se necesita para satisfacer las demandas de todas las demás
industrias (como los automóviles, la construcción, las herramientas, etc.). Un
estado de reproducción es aquél en que los insumos y los productos están
equilibrados. Al excedente dentro de un sistema de este tipo lo podemos llamar
plus-producto, o sea, una cantidad de valores de uso materiales que sobrepasan
a los que se necesitan para reproducir el sistema en determinado país. Este
plus-producto se puede usar en diversas formas, como en la construcción de
monumentos o en crear nuevos medios de producción o en ayudar a producir aún
más plus-producto. El plus-producto de diferentes industrias se puede combinar
de nuevo de tal manera que la cantidad total de producto se haga más grande a
través del tiempo, ya sea por simple expansión de las industrias existentes o
por la formación de otras enteramente nuevas.
Las
características cuantitativas de un sistema de producción físico de este tipo
son de considerable interés, aunque existen, como es natural, algunos problemas
de especificación. Necesitamos saber qué valores de uso se requieren para
reproducir o ampliar la fuerza de trabajo (lo que nunca ha sido un tema fácil),
cómo identificar a las industrias, cómo justificar el capital fijo, los
productos conjuntos, etc. No obstante, la necesidad obvia de equilibrar las
cantidades de insumos y productos hace que el estudio directo de los aspectos
físicos de la producción sea posible y a la vez potencialmente ilustrativo —y
por lo tanto han sido el foco de la atención desde que Quesnay creó
su Tableau économique. Marx sigue esta técnica en
el segundo volumen de El capital, y en años más recientes Leontieff creó
un método elaborado para estudiar la estructura de los flujos físicos dentro de
la economía. Tenemos ahora estudios de los insumos productos de economías
nacionales, regionales y urbanas seleccionadas. La cuestión es, entonces, ¿qué
ideas se pueden obtener, con respecto a la lógica interna del capitalismo, de
estudiar las características físicas de este sistema de producción aislado?
Marx reconoce,
naturalmente, que todas las sociedades se deben reproducir físicamente para
poder sobrevivir. Desde el punto de vista de la producción, el aspecto físico
de la reproducción social es captado por una descripción del proceso de
trabajo. Podríamos describir esto en términos universales como: «la
actividad adecuada a un fin, o sea, el propio trabajo, su objeto y sus medios«.
[El capital, I, p. 131]
Los
estudios de Marx sobre la economía política lo llevaron a
sentir una profunda suspicacia hacia las clasificaciones universales de este
tipo. El veía a las propias categorías como un producto de una determinada
sociedad, y buscó conceptos que pudieran servir para distinguir al capitalismo
de otras formas de producción y por lo tanto que sirvieran como base para
disertar la lógica interna del capitalismo. En esta forma, Marx trata
de hacer que su materialismo sea genuinamente histórico.
En la
primera página de El capital, Marx trata de
separarse del valor de uso argumentando que la comprensión de la naturaleza
exacta de las necesidades y deseos humanos “no hace ninguna diferencia»
y no contribuye en nada a un estudio de la economía política. No podemos
diferenciar a las sociedades sobre la base de sus valores de uso. Por lo tanto,
“descubrir los diversos lisos de las cosas es trabajo de la historia»
más bien que de la economía política.
Esto ha
sido interpretado por algunos en el sentido de que Marx consideraba
que las características estructurales del capitalismo se podían investigar
independientemente de cualquier consideración del valor de uso. Nada podía
estar más lejos de la verdad. De hecho, si Marx hubiera tomado
verdaderamente ese camino, habría destruido la base materialista de esa
investigación. Habiendo rechazado el valor de uso como una categoría universal
en la primera página de El capital, la vuelve a introducir como una
categoría relacional en la segunda. La mercancía es concebida como una
personificación del valor de uso y del valor de cambio. Esto prepara la escena
para considerar el valor de uso en relación con el valor de cambio y con el
valor. 5 6
En su
forma relacional, la categoría “valor de uso” es extremadamente importante
para el análisis subsecuente. “Solamente un vir oscurus que no haya entendido
nada de El capital«, afirma Marx, “puede argumentar así;… el
valor de uso no desempeña, según él, papel alguno” (Notas marginales al
“Tratado de economía política» de Adolph Wagner, p. 416). Marx explica
su estrategia en Grundrisse, II, (pp. 285-286)* muy explícitamente.
Un valor de uso es el “objeto de satisfacción de un sistema cualquiera de
necesidades humanas. Esto constituye su aspecto material [de la
mercancía], que puede ser común a las más distintas épocas de producción y
cuyo estudio cae, por consiguiente, fuera [del campo] de la economía política”.
Sin embargo, luego añade que “el valor de uso entra en la órbita de ésta [la
economía política] cuando es modificado por las modernas relaciones de
producción, o interviene, a su vez, en ellas, modificándolas”.
Ésta es
una afirmación extremadamente importante. Explica cómo y por qué Marx entreteje
el estudio del valor de uso en su argumento. Los valores de uso van tomando su
forma de las relaciones modernas de producción, y a su vez intervienen para
modificar esas relaciones. Los análisis del proceso de trabajo, la organización
social y técnica de producción, las características materiales del capital
fijo, y cosas por el estilo —todas consideradas desde el punto de vista del
valor de uso— , se entretejen con el estudio del valor de cambio y el valor en
forma intrincada. En el caso del capital fijo, por ejemplo, encontramos a Marx afirmando
una y otra vez que el valor de uso aquí “desempeña también un papel, como
categoría económica” (Grundrisse, II, p. 65) [Todas las citas que aquí se
hacen de los Grundrisse están tomadas de la edición del fce, ofme,
13, y la paginación corresponde a este tomo]. Una máquina es un valor de uso
producido bajo relaciones de producción capitalistas. Personifica el valor de
cambio y el valor. Además, tiene un papel sumamente importante en la
modificación del proceso de trabajo, las estructuras de producción, las
relaciones entre los insumos y los productos, y cosas por el estilo. La
producción y el uso de máquinas caen dentro del terreno de la economía
política.
No
estamos aún en posición, naturalmente, de entender cómo modifican al concepto
de valor de uso las relaciones capitalistas de producción (y al mismo tiempo
cómo las modifica éste) porque aún nos falta captar las interpretaciones
marxista del valor de cambio y del valor, pero sería útil considerar cómo
evoluciona la comprensión marxista del valor de uso en el curso del análisis,
examinando con detenimiento un ejemplo importante.
Consideremos
la concepción de las necesidades y deseos humanos que Marx parece
relegar a una mera cuestión de historia en la primera página de El capital.
Ya al final de la primera sección, después de un breve examen del valor de
cambio y del valor, Marx modifica su argumento e insiste en
que para producir mercancías “no basta producir valores de uso, sino que es
menester producir valores de uso para otros, valores de uso sociales«. A
menos que la mercancía satisfaga una necesidad o deseo social, no puede tener
ni valor de cambio ni valor [El capital, I, p, 8]. La categoría valor de uso,
aunque ahora ya se entiende como un valor de uso social en relación con el
valor de cambio y el valor, indudablemente ya está realizando una función
económica.
Esto nos
invita a considerar cómo modifica el capitalismo las necesidades y deseos
sociales. A través de gran parte del primer volumen de El capital, Marx da
por sentado que estas necesidades y deseos sociales son conocidos. En lo que se
refiere a los trabajadores, por ejemplo, los considera como “un
producto histórico» que depende del “nivel de cultura de un país y,
sobre todo, entre otras cosas, de las condiciones, los hábitos y las exigencias
con que se haya formado la clase de los obreros libres” [El capital, I, p.
124]. No obstante, luego Marx pasa a considerar cómo
afecta la acumulación de capital a las condiciones de vida
del trabajador. El “nivel de vida” del trabajador se ve ahora
como algo que varía de acuerdo con la dinámica de la acumulación
capitalista.
Hacia el
final del segundo volumen de El capital, Marx da
un paso más allá. La totalidad del sistema físico de reproducción es separado
en tres sectores que producen medios de producción, mercancías-salario
(necesidades) y artículos de lujo. Las corrientes entre los sectores tienen que
equilibrarse (en cantidad, valor y términos monetarios) si ha de ocurrir la
simple reproducción o si ha de ocurrir una expansión ordenada de la producción.
La concepción de los deseos y necesidades de los trabajadores experimenta ahora
otra modificación. Los trabajadores confían en la producción capitalista de
mercancías para satisfacer sus necesidades, y al mismo tiempo los productores
de mercancías confían en que los trabajadores gasten su dinero en las
mercancías que los capitalistas pueden producir. El sistema de producción (bajo
control capitalista) responde a las necesidades y deseos del trabajador y
a la vez los crea.
Esto
prepara el camino para considerar la producción de nuevos consumos como un
aspecto necesario de la acumulación de capital. Esta producción de consumo se
puede lograr en diversas formas: “en primer lugar, ampliación cuantitativa
del consumo existente; en segundo lugar, creación de nuevas necesidades,
mediante la extensión de las necesidades ya existentes en un círculo más
amplio; en tercer lugar, creación de nuevas necesidades, descubrimientos y
producción de nuevos valores de uso” [Grundrisse, I, p. 277]. El concepto
valor de uso cambia así de algo incrustado en «cualquier sistema de
necesidades humanas” a una comprensión más específica de cómo se moldean
las necesidades y deseos humanos bajo el modo de producción capitalista [véase
Lebowitz, 1977-1978].
b) Valor
de cambio, dinero y sistema de precios
Nada es
más necesario para el funcionamiento de la sociedad capitalista que la
transacción elemental en la cual adquirimos cierta cantidad de valor de uso a
cambio de cierta suma de dinero. La información generada por estas
transacciones —que la tonelada de trigo cuesta “x” cantidad, lo mismo que un
par de zapatos o una tonelada de acero— proporciona señales que nos sirven de
guía al tomar decisiones de producción y de consumo. Los productores deciden
qué cantidad deben producir de una mercancía en vista del precio promedio de
venta, y compran ciertas cantidades de mercancías a precio de compra a fin de
emprender la producción de mercancías. En los hogares se decide qué cantidad se
va a comprar de determinado producto en vista de su precio en relación con sus
deseos y necesidades y del ingreso de que se dispone. Estas transacciones — tan
fundamentales en la vida diaria bajo el capitalismo— constituyen el “mundo
de las apariencias” o la “forma fenoménica” de la actividad
económica. El problema de la economía política siempre ha sido explicar por qué
las mercancías se intercambian a los precios que lo hacen.
El valor
de cambio, expresado a través del sistema de precios, sería relativamente fácil
de entender si pudiéramos aceptar sin dudas dos premisas iniciales. En primer
lugar, una mercancía funciona como un numeraire imparcial
—como dinero— a fin de que los valores relativos de todas las demás mercancías
se puedan expresar sin ambigüedad como un precio. En segundo lugar, vivimos en
un mundo de producción de mercancías; todos los productos son producidos para
intercambiarse en el mercado. En una sociedad capitalista, estas dos premisas
parecen casi “naturales”, no parecen plantear dificultades serias,
aunque sólo sea porque reflejan circunstancias que nos son familiares. Armados
con ellas, podemos proceder a analizar directamente el sistema de precios.
Vemos que las mercancías se intercambian de acuerdo con precios relativos y que
los precios cambian en respuesta a la oferta y la demanda. El sistema de
precios evidentemente proporciona un mecanismo descentralizado sumamente
sofisticado para coordinar las diversas actividades de innumerables agentes
económicos de diversa índole. Además, parece como si las leyes dé la oferta y
la demanda fueran suficientes para explicar los precios relativos.
Marx acepta
la importancia de la oferta y la demanda para equilibrar el mercado, pero niega
con vehemencia que la oferta y la demanda nos puedan decir algo acerca de cuál
será el equilibrio de los precios de las mercancías.
Cuando la
oferta y la demanda se neutralizan recíprocamente, dejan de explicar nada, no
influyen en el valor comercial ni nos ayudan en lo más mínimo a comprender por
qué el valor comercial se expresa precisamente en esta suma de dinero, no en
otra. Las verdaderas leyes internas de la producción capitalista no pueden
explicarse, evidentemente, por el juego mutuo de la oferta y la demanda [El
capital, III, pp. 192-193].7
Esta es
una afirmación muy drástica, y tenemos que ver cómo la justifica Marx.
Finalmente lo explica en el capítulo III, pero una de las piezas claves de su
argumento está en su análisis del dinero.
Marx inicia
su argumentación en El capital tratando el valor de cambio
como si fuera un asunto sencillo, a fin de llegar a su definición inicial sobre
la teoría del valor; pero luego regresa inmediatamente a cuestiones
de intercambio para mostrar que es algo verdaderamente problemático y que
su estudio, en relación al valor, es muy ilustrativo. Su línea de conducta
general es mostrar que el valor de cambio de una mercancía no se puede entender
sin analizar la naturaleza del “dinero” que permite que el valor de
cambio sea expresado inequívocamente como un precio. En particular, pone en
tela de juicio la idea de que cualquier mercancía pueda ser alguna vez un
numerable imparcial, y trata de mostrar que, por el contrario, el dinero
personifica una contradicción fundamental.
La tarea
básica, afirma Marx, “no estriba en saber que el dinero es una
mercancía, sino en saber cómo, por qué y de qué modo lo es” [El capital, I,
p. 55]. El dinero es una creación social. “La naturaleza”,
argumenta Marx, «no produce dinero, como no produce banqueros o
letras de cambio» [Grundrisse, I, p. 131). Además, el dinero no ha sido
establecido arbitrariamente o por meros convencionalismos. La mercancía
llamada dinero fue producida en el curso de la historia por un proceso social
específico —la participación en actos de intercambio— que se tiene que entender
si hemos de penetrar alguna vez en la lógica interna del sistema de precios.8
Marx trata
la forma mercancía simple como el “germen” de la forma monetaria. Un
análisis del trueque directo muestra que las mercancías pueden asumir lo que él
llama forma de valor “equivalente” y “relativa”. Cuando una
comunidad mide el valor de los bienes que se adquieren contra el valor único de
un bien del cual se deshace la gente, este último funciona como su forma de
valor equivalente. En un estado inicial, cada comunidad o agente de trueque
posee mercancías que operan como la forma de valor equivalente. Con la
proliferación del intercambio, una mercancía (o conjunto de mercancías)
probablemente surgirá como el “equivalente universal” —una
mercancía-dinero básica como el oro. Los valores relativos de todas las demás
mercancías se pueden expresar entonces en términos de esta mercancía-dinero. En
consecuencia, el “valor” adquiere, una medida claramente reconocible,
única y socialmente aceptada. La sustitución de muchas determinaciones
diferentes del valor de cambio (subjetivas y a menudo accidentales) a una
medida monetaria establecida es producido por una proliferación de las
relaciones de intercambio hasta el punto en que la producción de bienes para el
cambio se convierte en “un acto social normal”. Por otro lado, también podemos
ver que un sistema general de intercambio de mercancías sería imposible sin
dinero que lo facilite. Por tanto, el crecimiento del cambio y la aparición de
una mercancía-dinero van necesariamente de la mano.
La
mercancía que asume “el símbolo de dinero” llega a ser diferente a todas
las demás. Un análisis de sus características especiales resulta ilustrativo,
puesto que “el enigma del fetiche dinero no es, por tanto, más que el enigma
del fetiche mercancía, que cobra en el dinero una forma visible y fascinadora”
[El capital, I, p. 55).
La
mercancía-dinero, como cualquier otra mercancía, tiene un valor, un valor de
cambio y un valor de uso. Su valor es determinado por el tiempo de trabajo
socialmente necesario que se utiliza en su producción, y refleja las
condiciones sociales y físicas específicas del proceso de trabajo bajo el cual
es producido. Los valores de cambio de todas las demás mercancías se miden
contra el patrón formado por estas condiciones específicas de producción de la
mercancía-dinero. Desde este punto de vista, el dinero funciona como una medida
de valor, y su valor de cambio supuestamente debe reflejar ese hecho. El valor
de uso del dinero consiste en que facilita la circulación de todas las demás
mercancías. Desde este punto de vista funciona como un medio de circulación.
Sin embargo, en el curso de la lubricación del intercambio del dinero adquiere
un valor de cambio que se forma como “el reflejo, adherido a una mercancía, de
las relaciones que median entre todas las demás» [El capital, I, p. 53]. El
dinero llega a tener el valor de lo que puede comprar. Como resultado, la
mercancía-dinero adquiere un valor de cambio dual, el valor dictado por sus
propias condiciones de producción (su valor de cambio “inherente») y el que
dicta lo que puede comprar (su valor “reflejo»).
Esta
dualidad surge, explica Marx, porque el valor de cambio, que
concebimos inicialmente como un atributo inherente de todas las
mercancías, ahora está representado por un patrón de medición que se encuentra
fuera y separado de las propias mercancías [Grundrisse, I, pp. 51-52]. El
problema de cómo representar y medir los valores queda solucionado en esta
forma, pero se llega a esta solución a expensas de volver inherente la dualidad
del valor de uso y el valor dentro del valor de cambio del propio dinero. En
pocas palabras, el dinero “soluciona las contradicciones del trueque
directo y el intercambio, a cambio de plantearlas como contradicciones
generales” [Grundrisse, I, p. 200]. Todo esto tiene algunas ramificaciones
muy importantes.
Podemos
ver, por ejemplo, que la cantidad total de dinero que circula en la sociedad a
determinada velocidad tiene que ser suficiente para facilitar una cantidad
determinada de intercambio de mercancías a precios apropiados. Podemos designar
la demanda de dinero como PQ (donde P es un vector de los precios y Q las
cantidades respectivas de mercancías en circulación) y el abastecimiento de
dinero como M-V (donde M es la cantidad de dinero disponible y V es su
velocidad de circulación). En equilibrio, MV = PQ (El capital, I. p. 81). Si la
cantidad de mercancías en circulación aumenta repentinamente, mientras que M y
V permanecen constantes, entonces el valor reflejo de la mercancía-dinero
subirá a un nivel que puede estar muy por encima de su valor inherente. Un
aumento en el abastecimiento de dinero o en su velocidad de circulación puede
rectificar esto, pero el volumen del intercambio de mercancías estará
fluctuando perpetuamente, día a día, mientras que las circunstancias que
hicieron que determinada mercancía fuera seleccionada como mercancía-dinero
(escasez, etc.) contra de un ajuste instantáneo en su abastecimiento. Una forma
por la que salir de esta dificultad es crear un fondo de reserva, una
acumulación, que se puede usar flexiblemente frente a fluctuaciones
potencialmente amplias en el volumen del intercambio de mercancías. Otra
posibilidad de usar algún tipo de sistema de crédito, y luego usar la
mercancía-dinero para pagar el saldo de las cuentas al final de determinado
periodo de tiempo (un día, un mes o un año). En esta forma la demanda de dinero
se puede reducir considerablemente y los efectos de las fluctuaciones que
ocurren día a día en el volumen del intercambio de mercancías se pueden
neutralizar.
Esto
enfoca inmediatamente nuestra atención sobre ciertas funciones adicionales del
dinero: como una reserva de valor y como un medio de pago. Ambas dependen de la
capacidad del dinero para operar como una forma independiente de poder social,
que a su vez se deriva del hecho de que el dinero es la expresión social del
propio valor. “El individuo”, sugiere Marx consecuentemente,
“lleva consigo, en su bolsa, su potencia social a manera de nexo con la
sociedad» [Grundrisse, I, p. 61]. Este poder social es “alienable sin
restricción o condiciones”, y, por tanto, llegar a ser el “poder privado
de personas privadas” [El capital, I, pp. 110 y 132]. La codicia de ese
poder social lleva a la apropiación, el robo, la acumulación —todo se vuelve
posible. Marx se extiende considerablemente, con detalle
en Grundrisse, I [véanse particularmente las pp. 51-81], para
describir los efectos destructivos de la monetarización, a través de las
relaciones de poder social, sobre las sociedades tradicionales.
En El
capital, Marx se ocupa de demostrar otro punto. Si el uso
del dinero como una reserva de valor o como un medio de pago proporciona la
única forma de mantener equilibradas las dos formas de valor de cambio
inherentes en el dinero, entonces esto requiere que el poder social del dinero
se use en cierta forma. Si la acumulación es necesaria para equilibrar el
proceso de intercambio [El capital, I, p. 91], entonces esto implica que el
dinero acumulado se debe usar de acuerdo con ciertos principios racionales; el
dinero se debe retirar de la circulación cuando la producción de mercancías
esté baja, y ponerse de nuevo en circulación cuando reviva la producción de
mercancías. Cuando el dinero se usa como medio de pago, todos los agentes en el
proceso de intercambio se convierten en deudores o acreedores, y esto implica
de nuevo ciertos principios coherentes para contraer deudas y para pagarlas. En
ambos casos nuestra atención se enfoca en determinada forma de circulación. Así
entendemos por qué la circulación de dinero, como un fin en sí misma, aparece
como “una necesidad social que brota automáticamente de las condiciones del
proceso de circulación” [El capital, I, p. 94].
Marx define
la forma de circulación de las mercancías (mercancía-dinero-mercancía, o M-D-M
en forma abreviada) como un intercambio de los valores de uso (el uso de
zapatos contra el de pan, por ejemplo) que depende esencialmente de las cualidades de
los artículos que se intercambian. El dinero funciona aquí como un cómodo
intermediario. Ahora encontramos una forma de circulación, M-D-M, que comienza
y termina con la misma mercancía exactamente. La única motivación posible para
poner dinero en circulación en forma repetida es obtener al final más dinero
del que se poseía al principio. Una relación cuantitativa reemplaza
las cualidades del intercambio. El dinero es puesto en circulación
para obtener más dinero, una ganancia, y al dinero que circula en esta forma se
le llama capital.
Hemos
llegado al punto en que podemos ver que las condiciones de intercambio general
de mercancías hacen que la forma de circulación capitalista sea socialmente
necesaria. Esto tiene multitud de implicaciones sociales. Se crea un espacio
social en que las operaciones del capitalista se vuelven necesarias a fin de
estabilizar las relaciones de intercambio. Sin embargo, actúa como capitalista,
como capital personificado, dotado de conciencia y de voluntad, en la medida en
que sus operaciones no tienen más motivo propulsor que la apropiación
progresiva de riqueza abstracta. El valor de uso no puede, pues, considerarse
jamás como fin directo del capitalismo… Este afán absoluto de enriquecimiento,
esta carrera desenfrenada en pos del valor hermana al capitalista y al
atesorador; pero, mientras que éste no es más que el capitalista trastornado,
el capitalista es el atesorador nacional. El incremento insaciable de valor que
el atesorador persigue, pugnando por salvar a su dinero de la circulación, lo
consigue, con más inteligencia, el capitalista, lanzándolo una y otra vez,
incesantemente, al torrente circulatorio [El capital, I, p. 109].
Así
llegamos a la pregunta fundamental que podemos hacer a una sociedad capitalista:
¿de dónde vienen las ganancias? Sólo la teoría del valor nos puede dar los
medios para contestar esta pregunta.
c) La
teoría del valor
Ahora
podemos considerar la teoría del valor implícita en los procesos de producción
e intercambio de mercancías. A diferencia de los valores de uso y de los
precios, no hay un punto de partida evidente para este análisis. O comenzamos
con una suposición a priori sobre la naturaleza del valor, o buscamos una
teoría objetiva del valor a través de una investigación material de cómo
funciona la sociedad. Marx sigue el segundo camino. Puesto que
en nuestra sociedad el mundo de las apariencias está dominado por los precios
de ciertas cantidades de valores de uso, éstos proporcionan los datos para
establecer una versión inicial de la teoría del valor. Una vez que esta última
está en su lugar, se puede examinar la relación dialéctica entre los valores,
los precios y los valores de uso como un medio para analizar la lógica interna
del capitalismo.
El
argumento inicial en El capital llama la atención por su
simplicidad. Marx define la mercancía como la personificación
de los valores de uso y de cambio, los separa inmediatamente y procede
directamente a analizar el valor de cambio. El hecho de igualar dos valores de
uso diferentes (que son ellos mismos cualitativamente diferentes) en el
intercambio, implica que ambos valores de uso tienen algo en común. El único
atributo que tienen en común todas las mercancías es que son productos del
trabajo humano. “Pues bien, considerados como cristalización de esta
sustancia social común a todos ellos, estos objetos son valores,
valores-mercancías» [El capital, I, p. 6].
El
argumento es casi idéntico al que presentó Ricardo en Principios
de economía política y tributación. Marx parece seguir
totalmente a Ricardo al tratar el problema del valor, en esta
etapa, como el problema de encontrar un patrón apropiado para el valor. 9 Su
única modificación es que introduce una distinción; entre el «trabajo útil”
definido como “trabajo humano realizado con un objetiva definido para
producir valores de uso” y el «trabajo humano abstracto”, que “crea
y forma el valor de las mercancías” [El capital, I, pp. 41-46]. Sin
embargo, el argumento de Marx ahora parece redundante, puesto
que el patrón del valor es ese aspecto del trabajo humano que crea el valor.
Marx rompe
la redundancia por medio de un análisis de la diferencia entre el trabajo
abstracto y el concreto. Todo trabajo es concreto en el sentido de que abarca
la transformación material de la naturaleza, pero el intercambio en el mercado
suele borrar las diferencias individuales tanto de las circunstancias de la
producción como en las personas que realizan el trabajo. Si yo pago de acuerdo
con el tiempo de trabajo real personificado, entonces cuanto más perezoso sea
el trabajador más le debo pagar, pero en general yo pago el precio que rige en
el mercado. Lo que realmente sucede es que la conmensurabilidad de las
mercancías adquiridas a través del intercambio hace que el trabajo
personificado en ellas sea igualmente conmensurable. Si se requiere un día como
promedio para fabricar un par de zapatos, entonces el trabajo abstracto
personificado en un par de zapatos es un día, sin importar si le tomó a
determinado trabajador 2 o 50 horas fabricarlo. El trabajo abstracto es
definido entonces como «tiempo de trabajo socialmente necesario»
[El capital, I, p. 7].
Todo lo
que esto hace es insertar el calificativo de “socialmente necesario”
dentro de la teoría de Ricardo que considera el tiempo de
trabajo como el patrón del valor. Esto casi no hace que la versión de Marx sea
suficientemente fuerte como para soportar el peso de todos los análisis
subsecuentes, ni parece suficientemente profunda como para justificar que
se le trate como la base sólida de la teoría marxista y por tanto como una
premisa que se debe defender a toda costa. Cierto, pero sólo hasta que preguntamos
qué quiere decir exactamente “socialmente necesario”.
La
invocación de la necesidad social debe ponemos sobre aviso. Contiene las
semillas de la crítica de Marx de la economía política así
como de su disección del capitalismo. Lo que Marx nos mostrará
eventualmente, en una disertación llena de profunda preocupación por establecer
los linderos entre la libertad y la necesidad bajo el capitalismo, es que el
trabajo humano en su forma abstracta es una destilación, finalmente lograda bajo
relaciones de producción muy específicas, de una variedad aparentemente infinita
de actividades laborales concretas. Descubriremos que el trabajo abstracto se
puede convertir en la medida del valor sólo en el grado en que se vuelva
general un tipo específico de trabajo humano, el trabajo por un salario.
Esto
diferencia inmediatamente la teoría del valor de Marx de las
teorías del valor-trabajo convencionales (en particular la de Ricardo). Marx convierte
una declaración universal transhistórica en una teoría del valor qué opera
únicamente bajo relaciones de producción capitalistas. Al mismo tiempo, la
teoría del valor trata de llegar más allá del problema de definir simplemente
un patrón de valor para determinar los precios relativos de las mercancías. La
teoría del valor viene a reflejar y a personificar las relaciones sociales
esenciales que son el meollo de la forma de producción capitalista. El valor es
concebido, en pocas palabras, como una relación social, pero Marx no
nos arroja este concepto arbitrariamente, como una construcción a priori. En
vez de eso, trata de mostramos paso por paso que éste es el único concepto del
valor que tiene sentido; que la ley del valor como él la concibe opera
realmente como una guía dentro de la historia del capitalismo. La prueba de
esto debe estar necesariamente al final de su análisis, no al principio.10
Marx comienza
casi de inmediato a explicar qué es lo “socialmente necesario«. Nos
dice que es el trabajo “que se requiere para producir un valor de uso
cualquiera, en las condiciones normales de producción y con el grado medio de
destreza e intensidad de trabajo imperantes en la sociedad”. Esto no se
puede entender sin regresar a un análisis del valor de uso. En primer lugar, la
productividad del trabajo es considerada en términos puramente físicos: la
determinan “el grado medio de destreza del obrero, el nivel de progreso de
la ciencia y de sus aplicaciones, la organización social del proceso de
producción, el volumen y la eficacia de los medios de producción, y las
condiciones naturales” [El capital, I, pp. 6-7]. En segundo lugar, el
trabajo no puede crear un valor a menos que cree un valor de uso social,
valores de uso para otros. Marx no entra en detalles sobre lo
que quiere decir por un “valor de uso social» en esta etapa. Simplemente
afirma que el valor tiene que ser creado en la producción y realizado por
medio del intercambio y consumo si ha de seguir siendo un valor. Este breve
regreso a la esfera del valor de uso es una muestra de gran parte de lo que
vendrá.
Por
ahora Marx opta por enfocar más de cerca el valor en relación
con el valor de cambio. Su investigación de las formas materiales del valor
logrado por medio del intercambio revela que la sustancia del valor —el trabajo
humano abstracto— puede regular la producción e intercambio de mercancías sólo
si existe una forma de representar materialmente ese valor. En seguida llega a
la conclusión: “El dinero, como medida de valores, es la forma o
manifestación necesaria de la medida inmanente de valor de las mercancías: el
tiempo de trabajo» [El capital, I, p. 56].
Nótese
una vez más la invocación de la necesidad. Cuando relacionamos esto con la idea
anterior del “tiempo de trabajo socialmente necesario” llegamos a una
premisa importante. La existencia del dinero es una condición necesaria para la
separación y destilación de lo abstracto del trabajo concreto.
Podemos
ver por qué sucede esto examinando las consecuencias de un crecimiento en las
relaciones de intercambio. Este crecimiento, como ya hemos visto, depende del
dinero y al mismo tiempo propicia su existencia, pero también tiene
consecuencias para la distinción entre el trabajo concreto y el abstracto:
Es en el
acto de cambio donde los productos del trabajo cobran una materialidad de valor
socialmente igual e independiente de su múltiple y diversa materialidad física
de objetos útiles. Este desdoblamiento del producto del trabajo en objeto útil
y materialización de valor sólo se presenta prácticamente allí donde el cambio
adquiere la extensión e importancia suficientes para que se produzcan objetos
útiles con vistas al cambio… A partir de este instante, los trabajos privados
de los productores asumen, de hecho, un doble carácter social. De una parte,
considerados como trabajos útiles concretos, tienen necesariamente que
satisfacer una determinada necesidad social y encajar, por tanto, dentro del
trabajo colectivo de la sociedad, dentro del sistema elemental de la
división social del trabajo. Más, por otra parte, sólo serán aptos para
satisfacer las múltiples necesidades de sus propios productores en la medida en
que cada uno de esos trabajos privados y útiles concretos sea susceptible de
ser cambiado por cualquier otro trabajo privado útil, o lo que es lo mismo, en
la medida en que represente un equivalente suyo. Para encontrar la igualdad
toto coelo de diversos trabajos, hay que hacer forzosamente abstracción de su
desigualdad real, reducirlos al carácter común a todos ellos como desgaste de
fuerza humana de trabajo, como trabajo humano abstracto [El capital, I, pp.
38-39].
El rápido
movimiento de Marx de una “ventana” a otra en el primer
capítulo de El capital nos ha llevado al punto en que podemos
ver claramente las interconexiones entre el crecimiento del intercambio, la
aparición del dinero y la del trabajo abstracto como una medida de valor.
También hemos ganado suficiente perspectiva de estas interrelaciones como para
ver que la forma en que se nos aparecen las cosas en la vida diaria puede
ocultar y revelar en igual medida su significado social. Marx capta
esta idea en “el fetichismo de las mercancías”.
La
extensión del intercambio pone a los productores en relaciones de dependencia
recíproca. No obstante, se relacionan entre sí por medio de los productos que
intercambian en vez de relacionarse directamente como seres humanos. Las
relaciones sociales son expresadas como relaciones entre cosas. Por otro lado,
las propias cosas se intercambian de acuerdo con su valor, que se mide en
términos de trabajo abstracto, y el trabajo abstracto se convierte en la medida
del valor a través de un proceso social específico. El “fetichismo de las
mercancías” describe un estado en que “las relaciones sociales que se
establecen entre sus trabajos privados aparecen como lo que son; es
decir, no como relaciones directamente sociales de las personas
en sus trabajos, sino como relaciones materiales entre personas y
relaciones sociales entre cosas» [El capital, I, p. 38].
No es un
accidente que Marx exponga este principio general del “fetichismo
de las mercancías» inmediatamente después de considerar la aparición del
dinero como forma de valor 11. Ahora se ocupa de hacer un
análisis a fin de usar el principio general del “fetichismo” para
explicar el carácter problemático de la relación entre el valor y su expresión
monetaria;
Pero esta
forma acabada del mundo de las mercancías —la forma dinero—, lejos de revelar
el carácter social de los trabajos privados y, por tanto, las relaciones
sociales entre los productores privados, lo que hace es encubrirlas [El
capital, I, p. 41].
El
intercambio de mercancías por dinero es suficientemente real, y no obstante
oculta nuestras relaciones sociales con los demás detrás de una sola cosa, la
propia forma monetaria. El acto de intercambiar no nos dice nada acerca de las
condiciones de trabajo de los productores, por ejemplo, y nos mantiene en un
estado de ignorancia con respecto a nuestras relaciones sociales ya que éstas
son mediadas por el sistema de mercado. Nosotros respondemos únicamente a los
precios de cantidades de valores de uso. Esto también indica que, cuando
intercambiamos cosas, “implicamos la existencia del valor… sin estar
conscientes de ella«. La existencia del dinero —la forma del valor— oculta
el significado social del propio valor. “El valor no lleva escrito en la
frente lo que es.” [El capital, I, p. 39].
Consideremos
ahora la relación que esto implica entre los valores y los precios. Si el
sistema de precios permite la formación de valores al mismo tiempo que oculta
la base social de los valores, entonces la magnitud de los precios relativos no
tiene que corresponder necesariamente a la magnitud de los valores
relativos. Marx considera que las desviaciones entre las dos
magnitudes “no son un defecto”, porque “adoptan admirablemente
la forma de precio” a una situación que se caracteriza, aparentemente, por
irregularidades sin ley que se compensen entre sí [El capital, I, p. 63]. El
flujo y reflujo de la producción de mercancías para intercambio, que provienen
de las decisiones espontáneas de multitud de productores, pueden ser adaptados
por el sistema de precios precisamente porque los precios son libres
para fluctuar en formas en que no podría fluctuar una medición estricta de
los valores. Los valores, después de todo, expresan un punto de equilibrio en
las proporciones de intercambio después de que la oferta y
la demanda han sido equilibradas en el mercado. La flexibilidad
de los precios permite que tenga lugar un proceso de equilibrio,
y por tanto, es esencial para la definición de los valores.
Algo más
problemático, empero, es que “la forma de precio puede, además, encerrar una
contradicción cualitativa” hasta el punto en que “el precio deje de ser
en absoluto expresión de valor”. Los objetos que no son producto del
trabajo humano, tierras, conciencia, honor, etc., «pueden ser cotizados en
dinero por sus poseedores y recibir a través del precio el cuño de
mercancías” [El capital, I, p. 63]. Entonces, las mercancías que son
producto del trabajo humano se deben distinguir de las “formas de mercancía»
que tienen un precio pero no un valor. Este tópico no se trata seriamente de
nuevo hasta el tercer volumen de El capital. Allí descubriremos el
fetichismo que se da a las categorías renta (que pone un precio a la tierra y
hace parecer como si el dinero creciera en la tierra) e interés (que le pone un
precio al propio dinero). Por el momento nosotros también dejaremos a un lado
estas espinosas cuestiones.
La
caracterización de Marx del fetichismo de las mercancías nos
anima a considerar con más profundidad el significado social del valor. En una
de sus primeras declaraciones sobre este tema, Marx consideró
el valor como “el modo de existencia civil de la propiedad«. En El
capital Marx no es tan drástico, pero sin embargo esta
dimensión de su argumento es de gran importancia.
El
intercambio de mercancías presupone el derecho de los propietarios privados a
disponer libremente de los productos de su trabajo. Esta relación jurídica no
es sino «una relación de voluntad en que se refleja la relación económica”
de intercambio [El capital, I, p. 48]. Si se han de establecer proporciones de
intercambio que reflejen con exactitud los requerimientos sociales, entonces
los productores deben “tratarse entre sí como dueños privados de objetos
alienables y por implicación como individuos independientes”. Esto
significa que los “individuos jurídicos” (personas, corporaciones, etc.)
deben poder abordarse entre sí en condiciones de igualdad en el intercambio,
como dueños únicos y exclusivos de las mercancías, con la libertad de comprar y
vender a quien ellos deseen. La existencia de condiciones de este tipo supone
no sólo una sólida base legal de intercambio sino también el poder para obtener
los derechos a la propiedad privada y hacer valer los contratos. Este poder,
naturalmente, reside en “el Estado«. El Estado en una u otra forma es
una precondición necesaria para el establecimiento de valores.
En la
medida en que estén garantizados los derechos a la propiedad privada y en que
se hagan valer los contratos, la producción se podrá llevar a cabo cada vez más
“porque son productos de trabajos privados independientes los unos de los
otros» y que expresan sus relaciones con la sociedad a través del intercambio
de sus productos [El capital, I, p. 38]. El sistema de precios,
que también requiere la reglamentación del Estado aunque sólo sea para
garantizar la calidad del dinero en circulación (véase más adelante el cap. x),
facilita la coordinación de las actividades espontáneas de innumerables
individuos para que la producción alcance “la proporción cuantitativa… que la
sociedad requiere». Podemos, bajo estas condiciones, estudiar “la conducta
puramente atomística de los hombres en su proceso social de producción, y, por
tanto, la forma material que revisten sus propias relaciones de producción,
sustraídas a su control y a sus actos individuales conscientes” [El
capital, I, p. 55].
Este
modelo funcional de una sociedad de mercado con todos sus aditamentos políticos
y legales prevaleció mucho, como es natural, en la economía política de ese
tiempo y se remonta, como ha demostrado tan hábilmente el profesor MacPherson,
por lo menos hasta Hobbes y Locke. 12 Es
evidente que Marx consideraba que la operación de la ley del
valor dependía de la existencia de estas condiciones básicas de la sociedad.
Además, Marx considera que las ideas de “individualidad”,
“igualdad”, “propiedad privada” y “libertad” adquieren
significados muy específicos en el contexto del intercambio del mercado,
significados que no deben confundirse con ideologías más generales de libertad,
individualidad, igualdad, etc. En la medida en que estos significados altamente
específicos se difunden totalmente en las ideas burguesas de
constitucionalidad, creamos confusiones en el pensamiento y también en la
práctica.
Consideremos,
por ejemplo, que la idea de igualdad, desempeña un papel clave en el argumento
de Marx. Aristóteles había argumentado desde mucho
antes que “el intercambio no se puede realizar sin la igualdad”,
principio que Marx cita aprobatoriamente. Esto no significa
que cada persona es o debe ser considerada igual en todos aspectos. Simplemente
significa que no intercambiaríamos un valor de uso por otro bajo condiciones de
libre intercambio a menos que valoráramos a los dos por lo menos igualmente
bien. O, dicho en términos monetarios, un peso equivale a otro peso en términos
de su valor adquisitivo sin importar en el bolsillo de quién está. Todo el
razonamiento de la operación del sistema de precios descansa en el principio de
que “el cambio de mercancías es siempre un cambio de equivalentes” (El
capital, I, p. 113). Por tanto, la definición de los valores descansa en esta
idea restringida y bastante específica de la igualdad en el sentido de que
diversos valores de uso producidos bajo diversas condiciones concretas de
trabajo humano se reducen al mismo patrón, en el curso del intercambio en el
mercado. Se les puede poner en una relación de equivalencia. Empero, una vez
que hemos puesto esta idea de la igualdad firmemente en su lugar, podemos
usarla como una palanca para llevar toda la discusión de la lógica interna del
capitalismo a un nuevo plano de análisis más provechoso. Veamos cómo lo
hace Marx.
d) La
teoría de la plusvalía
Hemos
llegado al punto en que podemos presentar una concepción del capital que
integre nuestra comprensión de las relaciones entre el valor de uso, el valor
de cambio y el valor. El capital, insiste Marx, debe definirse como
un proceso más bien que como una cosa. La manifestación material de este
proceso existe como una transformación del dinero en mercancías, y de estas en
dinero con una ganancia adicional: D — M — (D + A). Sin embargo,
como ya hemos definido el dinero como la representación material del valor,
podemos decir también que el capital es un proceso de expansión del valor. A
esto le llama Marx la producción de plusvalía.
El
capital debe, en el curso de su circulación, asumir las formas de dinero (valor
de cambio) y de mercancías (valores de uso) en diferentes momentos:
En
realidad, el valor se erige aquí en sujeto de un proceso en el que, bajo el
cambio constante de las formas de dinero y mercancía, su magnitud varía
automáticamente, desprendiéndose como plusvalía de sí mismo [El
capital, I, pp. 109-110].
Sin
embargo, no debemos divorciar nuestra comprensión de este proceso de “autoexpansión
del valor” de su expresión material. Por esta razón,
el valor
necesita ante todo una forma independiente en que se contraste su identidad
consigo mismo. Esta forma sólo puede dársela el dinero. Por eso el dinero
constituye el punto de arranque y el punto final de todo proceso de
valorización. El valor se convierte, por tanto, en valor progresivo, en dinero
progresivo, o lo que es lo mismo, en capital [El
capital, I, p. 110].
Esta
definición de capital tiene algunas implicaciones de amplio alcance. En primer
lugar, implica que el capital que funciona en la sociedad no es igual a la
existencia total de dinero, ni es igual a la existencia total de valores de uso
(que podemos definir como el total de riqueza social). El dinero que guardo en
mi bolsillo como un medio para comprar las mercancías que necesito para vivir
no está siendo usado como capital. Lo mismo se puede decir de los valores de
uso de la casa en que vivo o de la pala con la que trabajo en el jardín.
Existen, por lo tanto, muchas cosas que pasan en la sociedad y que no están
relacionadas directamente con la circulación de capital, y por tanto debemos
resistir la tentación de reducir todo a estas simples categorías marxistas. El
capital monetario es, entonces, esa parte de la existencia total de dinero, y
el capital productivo y en mercancías son aquellas porciones de la riqueza
social total que están atrapadas en un proceso muy específico de circulación.
Según esto, el capital se puede formar convirtiendo el dinero y los valores de
uso y poniéndolos en circulación a fin de obtener dinero, de producir
plusvalía.
En
segundo lugar, esta definición del capital como «proceso» significa que
podemos definir a un “capitalista” como un agente económico que pone en
circulación el dinero y los valores de uso a fin de obtener más dinero. Existe
la posibilidad de que a los individuos les agrade o no este papel, que lo
personifiquen e incorporen su razonamiento dentro de su propia psicología. Los
capitalistas pueden ser personas buenas o malas, pero esto no nos interesa:
podemos tratar simplemente a “los papeles económicos representados por los
hombres” como “otras tantas personificaciones de las relaciones económicas en
representación de las cuales se enfrentan los unos con los otros» [El
capital, I, p. 48]. Para los propósitos que tenemos a mano nos podemos
concentrar en los papeles en vez de concentramos en las personas. Esto nos
permite sustraemos de la diversidad de las motivaciones humanas y operar al
nivel de la necesidad social en la forma en que ésta es captada en un estudio
de los papeles de los agentes económicos.
Lo
último, aunque no lo menos importante, es que la definición de Marx del
capital demuestra una relación necesaria más bien que fortuita entre la forma
capitalista de circulación y la determinación de los valores como tiempo de
trabajo socialmente necesario. Como éste es un asunto muy importante, debemos
volver a repasar sus bases.
Hemos
visto que la extensión del intercambio y la aparición del dinero son partes
integrales una de otra. También hemos visto que la contradicción incorporada
dentro de la forma-dinero (entre su valor de uso y su valor) se puede resolver
sólo si existe un fondo monetario de reserva que se puede poner o sacar de
la circulación como lo requieran las condiciones de intercambio de
mercancías. El dinero debe comenzar a circular en cierta forma. Puesto
que D — M — D no produce un cambio cualitativo en la naturaleza
de la mercancía con que se cuenta al principio y al final del proceso, la única
motivación sistemática para esta forma de circulación está en el cambio
cuantitativo, que significa un proceso de circulación de la forma:
D – M –
(D + A).
Lo
que Marx nos muestra es que, incluso si no existieran las
diversas motivaciones humanas (la codicia del oro, el deseo de tener poder
social o de dominar), la forma capitalista de circulación habría tenido que
llegar a existir en respuesta a las presiones contradictorias que se ejercen
sobre el dinero a través de la expansión y extensión del intercambio. Por otro
lado, el intercambio también establece valores como reguladores de la
proporción de intercambio. También podemos deducir la conexión: la aparición de
la forma capitalista de circulación y de los valores como reguladores del
intercambio van de la mano, porque ambos son producto de la extensión y
expansión de éste.
En el
libro de Marx las contradicciones rara vez se resuelven, casi
siempre se desplazan, y lo mismo sucede en este caso. La forma capitalista de
circulación descansa en una desigualdad porque los capitalistas poseen más
dinero (valores) al final del proceso del que tenían al principio. Sin embargo,
los valores son establecidos por un proceso de intercambio que descansa en el
principio de la equivalencia. Esto plantea una dificultad. ¿Cómo pueden
realizar una desigualdad los capitalistas —A D— a través de un proceso
de intercambio que presupone la equivalencia? En pocas palabras, ¿de dónde
viene la ganancia bajo condiciones de intercambio justo?
Por más
que nos esforcemos, argumenta Marx, no podemos encontrar una
respuesta a esa pregunta en el terreno del intercambio. Violando los principios
de la equivalencia (haciendo trampas, forzando el intercambio, robando o
haciendo cosas por el estilo) sólo podemos hacer que la ganancia de un individuo
sea la pérdida de otro. Esto puede resultar en la concentración del dinero y de
los medios de producción en unas cuantas manos, pero no puede formar una base
estable para una sociedad en la que se supone que innumerables productores van
a tratar de obtener una ganancia “justa” sin volverse caníbales en el
proceso.
Por
tanto, tenemos que buscar la respuesta por medio de un escrutinio cuidadoso del
terreno de la producción. Tenemos que cambiarnos de la “ventana” que
mira al mundo desde la relación formada entre el valor de cambio y el valor, y
considerar la relación entre el valor y el valor de uso. A partir del capítulo
VI del primer volumen de El capital hasta bien entrado el
tercer volumen, Marx generalmente da por sentado (con pocas
excepciones significativas) que todas las mercancías se intercambian a sus
valores, que no existe distinción entre precios y valores. Entonces, el
problema de la ganancia llega a ser idéntico al de la expansión de los valores,
y hay que buscar la solución de ese problema sin apelar en ninguna forma a la
idea de que hay desviaciones entre los precios y los valores. Desde esta nueva
“ventana» que da a la lógica interna del capitalismo, Marx ve
claramente el camino que lo lleva a la construcción de la teoría de la
plusvalía. Veamos cómo fluye este argumento.
La
producción ocurre en el contexto de relaciones sociales definidas. La relación
social que domina bajo la forma de producción capitalista es la relación entre
el trabajo asalariado y el capital. Los capitalistas controlan los medios de
producción, el proceso de producción y el destino que se da al producto final.
Los trabajadores venden su fuerza de trabajo como una mercancía a cambio de
salarios. En pocas palabras, presuponemos que la producción ocurre en el
contexto de una relación de clase definida entre el capital y el trabajo.
La fuerza
de trabajo como una mercancía tiene un carácter doble: tiene un valor de uso y
un valor de cambio. El valor de cambio es determinado, de acuerdo con las
reglas del intercambio de mercancías, por el tiempo de trabajo socialmente
necesario que se requiere para reproducir dicha fuerza a cierto nivel de vida y
con cierta capacidad para participar en el proceso de trabajo. El trabajador se
desprende del valor de uso de la fuerza de trabajo a cambio de su valor de
cambio.
Una vez
que los capitalistas adquieren la fuerza de trabajo, pueden ponerla a trabajar
en formas que los benefician a ellos. Como los capitalistas compran el uso de
la fuerza de trabajo durante cierto lapso de tiempo en que pueden mantener sus
derechos a dicho uso, pueden organizar el proceso de producción (su intensidad,
tecnología, etc.) para asegurarse de que los trabajadores produzcan un valor
mayor al que reciben durante el lapso de tiempo contratado. Para los
capitalistas, este valor de uso de la fuerza de trabajo no consiste simplemente
en que pueden poner a trabajar dicha fuerza para producir mercancías, sino que
tiene la capacidad especial de producir un valor mayor del que tiene ella
misma, puede, en pocas palabras, producir una plusvalía.
El
análisis de Marx está fundado en la idea de que “el valor
de la fuerza de trabajo y su valorización en el proceso de trabajo son, por
tanto, dos factores completamente distintos” [El capital, I, p. 144]. El
excedente del valor que personifican los trabajadores en mercancías en relación
con el valor que requieren para su propia reproducción da la medida de la
explotación del trabajo en la producción. Nótese, sin embargo, que la regla de
la equivalencia en el intercambio no se ha violado en ninguna forma aunque se
ha producido un excedente. Por tanto, no hay explotación en la esfera del
intercambio.
Esta
solución al origen de las ganancias es tan simple como elegante. Da en el
clavo, como dijo Engels, “desencadenando una tormenta repentina” [El
capital, II, p. 17].
La
economía política clásica no pudo ver la solución porque confundió el trabajo
como medida del valor con la fuerza de trabajo como mercancía que se compra y
se vende en el mercado. En la teoría de Marx se hace una
distinción vital entre el trabajo y la fuerza de trabajo. “El trabajo”,
afirma Marx, “es la sustancia y la medida inmanente de los
valores, pero de suyo carece de valor«. Suponer otra cosa sería suponer que
podemos medir el valor del propio valor. Además, “si realmente existiese
algo como el valor del trabajo y, al adquirirlo [el
capitalista], pagase efectivamente este valor, el capital no existiría,
ni su dinero podría, por tanto, convertirse en capital” [El capital, I, pp.
449-453]. Lo que vende el trabajador al capitalista no es el trabajo (la
sustancia del valor) sino la fuerza de trabajo, la capacidad para llevar a cabo
en forma de mercancías cierta cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario.
La
distinción entre trabajo y fuerza de trabajo lleva a Marx a
una conclusión clave, una conclusión que le permite rectificar y transformar la
teoría del valor-trabajo de Ricardo. En una sociedad en que no se
pudiera distinguir entre el trabajo y la fuerza de trabajo (como sucede en la
teoría de Ricardo), la ley del valor podría operar sólo en grado
muy restringido. La ley del valor, “ley que precisamente se desarrolla en
toda su plenitud a base de la producción capitalista” [El capital, I, p.
448], y esto presupone relaciones sociales de trabajo asalariado. En otras
palabras, la contradicción entre el capital y el trabajo asalariado “constituye
el último desarrollo de la relación de valor y del sistema de producción basado
en él» [Grundrisse, II, p. 114].
Esto
significa simplemente que el valor y la producción de plusvalía son parte una
de la otra. El pleno desarrollo de una ocasiona el florecimiento de la otra.
Puesto que la producción de la plusvalía sólo puede ocurrir bajo ciertas
relaciones específicas de producción, tenemos que entender cómo llegaron a
existir éstas. Tenemos que entender el origen del trabajo asalariado.
Pero, hay
algo indiscutible, y es que la naturaleza no produce, de una parte, poseedores
de dinero o de mercancías, y de otra parte simples poseedores de sus fuerzas
personales de trabajo. Este estado de cosas no es, evidentemente, obra de la
historia natural, ni es tampoco un estado de cosas social común a todas las
épocas de la historia. Es, indudablemente, el fruto de un desarrollo histórico
precedente, el producto de una larga serie de transformaciones económicas, de
la destrucción de toda una serie de formaciones más antiguas en el campo de la
producción social [El capital, I, pp. 122-123].
Marx ha
juntado ahora todos los hilos lógicos de un complejo argumento. Comenzó, igual
que nosotros, con el simple concepto de la mercancía como la personificación
del valor de uso y del valor de cambio. De la proliferación del intercambio
dedujo la necesidad del dinero como una expresión del valor, y mostró una
relación necesaria entre la forma capitalista de circulación y la determinación
de las proporciones de intercambio de acuerdo con un tiempo de trabajo
socialmente necesario. Ahora nos ha mostrado que la contradicción que esto
genera entre la equivalencia presupuesta por el cambio y la desigualdad
implicada por las ganancias sólo se puede resolver identificando una mercancía
que tenga la característica especial de poder producir un valor mayor que el
que ella misma tiene. La fuerza de trabajo es esa mercancía. Cuando se pone a
trabajar para producir plusvalía, puede resolver la contradicción, pero esto
implica la existencia del trabajo asalariado. Todo lo que queda por explicar es
el origen del propio trabajo asalariado.
A esta
tarea es a la que ahora debemos abocarnos.
2. LAS
RELACIONES DE CLASE Y EL PRINCIPIO CAPITALISTA DE ACUMULACIÓN
Las
investigaciones de Marx sobre las relaciones entre los valores
de uso, los precios y los valores en el contexto de la producción e intercambio
de mercancías llegan a una conclusión fundamental. La relación social que está
en la base de la teoría marxista del valor es la relación de clase entre el
capital y el trabajo. La teoría del valor es una expresión de esta relación de
clase. Esta conclusión separa a Marx de Ricardo y
constituye la esencia de su crítica de la economía política burguesa. Pero,
¿qué quiere decir exactamente una relación de clase?
Marx inserta
con la mayor cautela el concepto de clase en su análisis de El capital.
No hace profesiones de fe directas como aquélla de que “toda la historia es
la historia de la lucha de clases”, ni encontramos que introduzca el
concepto de clase como algún “deus ex machina” que explica todo pero no
tiene que ser explicada. El concepto de clase evoluciona en el curso de la
investigación de los procesos de producción e intercambio de mercancías. Una
vez que está en su lugar una definición inicial, Marx puede
ampliar inmensamente el radio de acción de su investigación, incorporar ideas
específicas en las relaciones de clase, y moverse libremente entre los valores
de uso, los precios, los valores y las relaciones de clase al diseñar la lógica
interna del capitalismo. Esto es lo que le permite romper la camisa de fuerza
de la economía política tradicional.
El
análisis de la producción e intercambio de mercancías revela la existencia de
dos papeles distintivos y opuestos en la sociedad capitalista. Los que buscan
las ganancias adoptan el papel del capitalista, y los que renuncian a la
plusvalía para alimentar esas ganancias adoptan el papel del trabajador. A
través de todo El capital, Marx trata al
capitalista como “el capital personificado» y al trabajador simplemente
como el portador de una mercancía, que es la fuerza de trabajo [El capital, I,
p. 48]. En pocas palabras, los trata como “personificaciones de las
relaciones económicas que existen entre ellos”. Marx entra
en detalles sobre las implicaciones sociales, morales, psicológicas y políticas
de estos papeles distintivos, y sólo se aparta de esta representación dual de
la estructura social capitalista en la medida en que lo considera necesario
para el análisis.
Sin
embargo, este modo formal y severo de tratar el concepto de clase está
yuxtapuesto en El capital con significados más ricos y
confusos que se derivan del estudio de la historia. En consecuencia, a los
comentaristas contemporáneos que siguen la tradición marxista les agrada
distinguir entre el concepto de clase en cuanto se relaciona con el modo
de producción capitalista y aquel que lo hace con
las formaciones sociales capitalistas. Esta distinción es útil.
El
término “modo de producción’’ aparece con frecuencia en toda la obra
de Marx, mientras que el concepto “formación social» aparece
menos. La distinción entre los dos conceptos llegó a ser motivo de ardiente
debate en la obra de Althusser (1969), Althusser y Balibar (1970), Poulantzas (1975)
y otros que trabajaban en lo que llegó a ser conocido como la tradición “althuseriana»
del marxismo estructuralista. El debate subsecuente ha ido desde lo
innecesariamente oscuro y difícil (Althusser y Balibar)
hasta lo ridículo (Hindess y Hirst, 1975), y alcanzó su
nadir de autodestructividad en la obra de Hindess y Hirst (1976)
y Cutler, Hindess, Hirst y Hussain (1978);
véase también la reseña de este último por Harris (1978).
Cierta cantidad de cordura, junto con algunas ideas importantes, han sido
inyectadas en el debate por escritores como Ollman (1971), Godelier (1972), Therbom (1976), Laclau (1977)
y más recientemente Cohen (1978). E. P. Thompson (1978),
justamente encolerizado por el carácter poco histórico y poco interesante de
gran parte del debate, lo descarta todo como una idiotez teórica grande y
arrogante, pero en el proceso es censurado con toda razón por Anderson (1980)
por tirar pepitas de oro dentro de lo que, como él mismo reconoce, es una
escoria voluminosa.
El
propio Marx usa el término «modo de producción» en tres
formas bastante diferentes. Escribe sobre el “modo de producción del algodón«,
por ejemplo, refiriéndose a los métodos y técnicas reales que se usan en la
producción de determinada clase de valor de uso. El modo de producción capitalista a
menudo quiere decir la forma característica del proceso de trabajo bajo las
relaciones de clase del capitalismo (incluyendo, por supuesto, la producción de
la plusvalía), que presume la producción de mercancías para intercambio. Ésta
es la forma principal en que Marx usa el concepto a lo largo
de todo El capital. El concepto es una representación abstracta de
un conjunto de relaciones definido en forma razonablemente estrecha [véase el
capítulo IV de este libro donde se explica la manera en que las fuerzas
productivas [la capacidad de transformar la naturaleza] y las relaciones
sociales [de clase] se combinan dentro del proceso de trabajo para definir el
modo de producción característico]. Por otro lado, algunas veces Marx usa
holísticamente el concepto, particularmente en sus escritos preparatorios como
los Grundrisse, y para propósitos comparativos. El concepto se
refiere entonces a toda la gama de relaciones de producción, intercambio,
distribución, y consumo, así como a los arreglos institucionales, jurídicos y
administrativos, a la organización política y al aparato del Estado, a la
ideología y a las formas características de reproducción social [de clase]. En
esta vena podemos comparar los modos de producción «capitalistas«, «feudales”,
“asiáticos«, etc. Este concepto del modo de producción capitalista trata
de despojar a la dura lógica del capitalismo de todos los rasgos que la
complican. Los conceptos usados no presuponen más que lo que es estrictamente
necesario para esa tarea, pero una formación social —una sociedad determinada,
constituida en determinado momento histórico— es mucho más compleja.
Cuando Marx escribe acerca de los sucesos históricos reales
usa categorías de clase más amplias, más numerosas y mucho más flexibles.
Por ejemplo, en los pasajes históricos de El capital encontramos
a la clase capitalista tratada como un elemento dentro de las clases
gobernantes en una sociedad, mientras que la burguesía significa de nuevo algo
diferente. En el Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, que Marx presenta
a menudo como el modelo del análisis histórico en acción, encontramos
analizados los sucesos ocurridos en Francia de 1848 a 1851 en términos de
lumpen proletariado, proletariado industrial, pequeña burguesía, clase
capitalista, dividida en facciones industriales y financieras, aristocracia
terrateniente y clase campesina. Todo esto está muy lejos de los pulcros
análisis de dos clases presentados en gran parte de El capital.13 Esto,
que abarca todo pero es sumamente abstracto, es en algunas formas el más
interesante, pero también crea las mayores dificultades. La mayor parte del
debate ha versado sobre este uso del término.
Yo usaré
este tercer sentido del «modo de producción» como un concepto
preliminar, cuyo contenido aún está pendiente de descubrirse por medio de un
cuidadoso estudio teórico, histórico y comparativo. La ambigüedad que algunos
han detectado con toda razón en el uso que le da el propio Marx al
concepto atestigua la naturaleza tentativa de sus propias formulaciones y, en
este sentido, haríamos bien en seguirlo. El problema con el enfoque de Althusser es
que supone que se puede lograr una teorización completa a través de algún tipo
de «práctica teórica” rigurosa. Aunque Marx genera
algunas ideas importantes, el pleno significado de la idea llegará a verse sólo
después de un prolongado proceso de indagación que seguramente debe incluir
estudios históricos y comparativos, pero tenemos que comenzar nuestra
indagación en alguna parte, armados con conceptos que aun necesitan
completarse. Con este fin, apelaré principalmente al segundo concepto, más
limitado, del modo de producción, a fin de construir paso a paso una comprensión
más amplia del modo de producción capitalista en general. Me permito hacer
hincapié en que ésta es sólo una de las formas en que podemos abordar el
significado pleno del concepto.
La idea
de una “formación social” sirve principalmente para recordarnos que la
diversidad de las costumbres humanas dentro de cualquier sociedad no se puede
reducir simplemente a las costumbres económicas dictadas por su modo de
producción dominante. Althusser y Balibar sugieren
dos formas en que podemos pensar en una formación social. En primer lugar,
debemos reconocer la «relativa autonomía” de las costumbres económicas,
políticas ideológicas y teóricas en la sociedad. Esta es una forma de decir que
existen muchas oportunidades, dentro de ciertos límites, de hacer variaciones
culturales, institucionales, políticas, morales e ideológicas bajo el
capitalismo. En segundo lugar, en las situaciones históricas reales ciertamente
encontramos varios modos de producción entretejidos o «articulados» unos
con otros, aunque un modo puede ser evidentemente dominante. Dentro de
determinada formación social se pueden encontrar elementos residuales de modos
pasados, las semillas de modos futuros y elementos importados de algún modo que
existe en esa época. Todas estas características, debemos mencionar, son
explicables más bien que accidentales o puramente idiosincrasias, pero para
entenderlas tenemos que adoptar una estructura de análisis mucho más compleja
que la dictada por el análisis de cualquier modo de producción en particular
(concebido en el sentido estricto). Por esta razón es muy útil la unión de los
términos «modo de producción» y «formación social».
La
interacción entre dos sistemas conceptuales aparentemente dispares —el
histórico y el teórico— es crucial para explicar plenamente el concepto de
clase. Además, por extensión la interacción es crucial para entender la
naturaleza del propio valor, pero los lazos son duros de forjar y Marx ciertamente
no completó la tarea. A lo largo de gran parte de El capital, por
ejemplo, Marx “se aferra teóricamente al hecho” del
trabajo asalariado, exactamente del mismo modo que el capitalista contemporáneo
acepta el hecho “prácticamente” [El capital, I, p. 122]. No obstante,
detrás de este hecho teórico está al acecho una importante pregunta histórica:
¿cómo y por qué sucede que el dueño del dinero encuentra a un trabajador que
vende libremente la mercancía fuerza de trabajo en el mercado? La relación
entre el capital y el trabajo no tiene una base «natural», surge como
resultado de un proceso histórico específico. Al final del primer volumen
de El capital, Marx describe los procesos por los
cuales el capitalismo viene a reemplazar al feudalismo.
La
historia que relata Marx es discutible en sus detalles, pero
simple en su concepción básica. 14 La aparición de la clase
capitalista va de la mano con la formación de un proletariado. Este último es “el
fruto de una lucha multisecular entre capitalistas y obreros” [El capital,
I, p. 212], cuando los que se dedicaban a la forma de circulación capitalista
luchaban por encontrar un modo de producción apropiado como base sistemática
para generar ganancias. Ambas clases están atrapadas en una oposición simbiótica
pero inexorable. Ninguna puede existir sin la otra, pero la antítesis entre
ellas es profunda. Su desarrollo mutuo toma varias formas intermedias, y avanza
sin uniformidad por sector y por región. Al final, la relación entre el capital
y el trabajo se vuelve hegemónica y dominante, dentro de una formación social
en el sentido de que toda la estructura y dirección del desarrollo baila
principalmente al son que le tocan ellos. A esta altura estamos justificados en
llamar a esa sociedad una sociedad capitalista. Sin embargo, no se ha
demostrado el punto esencial, o sea, que el trabajo asalariado no es una
categoría universal. La relación de clase entre el capital y el trabajo, y la
teoría del valor que ésta expresa, es una creación histórica.
a) El
papel de los capitalistas como clase y el imperativo de acumular
La esfera
del intercambio, según recordamos, se caracteriza por la individualidad, la
igualdad y la libertad. “No cabe buscar en ellas relaciones entre clases
sociales enteras” porque en el terreno del intercambio (que incluye la
compra y la venta de fuerza de trabajo) “las compras como las ventas se
celebran siempre entre ciertos individuos» [El capital, I, p. 494]. Por
tanto, ¿bajo qué condiciones podemos buscar relaciones entre clases sociales
enteras, y cuáles son las implicaciones de que la individualidad parece tomar
precedencia sobre la clase en el terreno del intercambio?
Marx demuestra
que, debajo de la superficie de las relaciones de intercambio, “en lo
profundo, se desarrollan otros procesos muy distintos, en los que esta igualdad
y esta libertad aparentes de los individuos desaparecen” porque el “valor
de cambio… implica ya de antemano una coacción para el individuo”
[Grundrisse, I, p. 138]. La coacción surge de la necesidad de proporcionar un
valor de uso para otros a un precio reglamentado por las condiciones usuales de
producción de una mercancía; y el mecanismo que se halla detrás de esta
coacción es la competencia.
Es
importante entender la manera en que Marx apela al principio
de la competencia 15. Marx argumenta que la
competencia es la causa de que se vendan las cosas al precio que valen o uno
aproximado, pero no nos explica la naturaleza del propio valor; tampoco puede
arrojar ninguna luz sobre el origen de la ganancia. La igualación de la tasa de
ganancias se debe explicar en términos de competencia, pero para saber de dónde
vienen las ganancias se requiere una estructura de análisis totalmente
diferente. Marx no creyó necesario analizar detalladamente la
competencia en los dos primeros volúmenes de El capital, con una
excepción muy importante.
La
conducta del capitalista individual no depende de “la buena o mala voluntad
de cada capitalista ‘porque’ la libre concurrencia impone al capitalista individual,
como leyes exteriores inexorables, las leyes inmanentes de la producción
capitalista» [El capital, I, p. 212]. En la medida en que los individuos
adoptan el papel de capitalistas, se ven obligados a hacer que el motivo de la
búsqueda del lucro forme parte inherente de su ser subjetivo. La avaricia y la
codicia, y las inclinaciones del avaro, encuentran la forma de expresarse en
este contexto, pero el capitalismo no está fundado en estos rasgos del
carácter, la competencia se impone sobre los infortunados participantes,
quieran o no.
Existen
otras consecuencias para los capitalistas. Consideremos, por ejemplo, lo que
pueden hacer con los excedentes que se apropian. Pueden elegir entre
consumirlos o reinvertirlos. Esto da lugar a “un conflicto demoníaco entre el
instinto de acumulación y el instinto de goce” [El
capital, I, p. 500].
En un
mundo de innovación tecnológica y de cambio, el capitalista que reinvierte
puede ganar la partida al capitalista que disfruta de los excedentes como
ingresos. La pasión de la acumulación quita el deseo de disfrutar. El
capitalista no se abstiene de disfrutar por inclinación: El capitalista sólo es
respetable en cuanto personificación del capital. Como tal, comparte con el
atesorador el instinto absoluto de enriquecerse. Pero lo que en éste no es más
que una manía individual, es en el capitalista el resultado del mecanismo
social, del que él no es más que un resorte. Además, el desarrollo de la
producción capitalista convierte en ley de necesidad el incremento constante
del capital invertido en una empresa industrial, y la concurrencia impone a
todo capitalista individual las leyes inmanentes del régimen capitalista de
producción como leyes coactivas impuestas desde fuera. Le obliga a expandir
constantemente su capital para conservarlo, y no tiene más medio de expandirlo
que la acumulación progresiva [El capital, I, p. 499].
Por
tanto, la regla que gobierna la conducta de todos los capitalistas es “acumular
por acumular, producir por producir” [El capital, I, p. 501]. Esta regla,
puesta en vigor por la competencia, opera independientemente de la voluntad
individual del capitalista. Es el sello distintivo de la conducta del
individuo, así como la característica que distingue a todos los miembros de la
clase capitalista. También sirve de lazo de unión a todos los capitalistas,
porque todos tienen una necesidad común: fomentar las condiciones de la
acumulación progresiva.
b) Implicaciones
de la acumulación del capitalista para el trabajador
La
competencia entre los capitalistas obliga a cada uno de ellos a usar un proceso
de trabajo que sea por lo menos tan eficiente como el que prevalece en la
sociedad. Los que acumulan más rápidamente suelen sacar del mercado a los que
acumulan con menor velocidad. Esto implica que cada capitalista siente un
incentivo perpetuo de aumentar la velocidad de acumulación por medio de una
mayor explotación en el proceso de trabajo en relación con la tasa de
explotación que prevalece en la sociedad. Esto tiene numerosas implicaciones
para los trabajadores.
El límite
máximo de la jornada diaria de trabajo, por ejemplo, está fijado por las
restricciones físicas y sociales, que por otro lado son de “un carácter muy
elástico y dejan el más amplio margen” [El capital, I, p. 178]. Movidos
por la competencia o por su propia inclinación, los capitalistas pueden tratar
de obtener una plusvalía absoluta extendiendo la jornada de
trabajo. Los trabajadores, por su parte, demandan una jornada diaria “normal”
de trabajo, y obviamente sufrirán si se permite que la necesaria pasión de los
capitalistas por la acumulación siga adelante sin obstáculos. La batalla ha
comenzado.
Pugnando
por alargar todo lo posible la jornada de trabajo, llegando, incluso, si puede,
a convertir una jornada de trabajo en dos, el capitalista
afirma sus derechos de comprador. De otra parte, el carácter específico de la
mercancía vendida entraña un límite opuesto a su consumo por el comprador, y,
al luchar por reducir a una determinada magnitud normal la jornada de trabajo,
el obrero reivindica sus derechos de vendedor. Nos encontramos, pues, ante
una antinomia, ante dos derechos encontrados, sancionados y
acuñados ambos por la ley que rige el cambio de mercancías. Entre derechos
iguales y contrarios, decide la fuerza. Por eso, en la historia de
la producción capitalista, la reglamentación de la jornada de trabajo se
nos revela como una lucha que se libra en tomo a los
límites de la jornada, lucha ventilada entre el capitalista universal, o
sea, la clase capitalista, de un lado, y del otro el obrero
universal, o sea, la clase obrera [El capital, I, p.
180] 16
Finalmente
hemos llegado al punto en que no sólo es admisible sino necesario buscar las
relaciones entre clases sociales enteras. Además, ahora podemos ver más
claramente por qué un mundo de igualdad, libertad e individualidad en el
terreno del intercambio, oculta un mundo de lucha de clases, que afecta al
capital y a los trabajadores por igual, en el terreno de la producción.
Individualmente
los trabajadores son libres de vender su trabajo bajo condiciones contractuales
de cualquier tipo [por una jornada de trabajo de cualquier duración] si así lo
desean, en principio. Sin embargo, también tienen que competir entre sí en el mercado
de trabajo. Todo esto significa que “el obrero aislado, el obrero como
vendedor ‘libre’ de su fuerza de trabajo, se halla totalmente indefenso”
ante el afán de acumular de los capitalistas. El único remedio es que los
trabajadores “se junten… como clase” para resistir las deprecaciones del
capital [El capital, I, pp. 238-241]. Además, cuantas más formas de resistencia
colectiva ofrezcan los trabajadores, más se verán obligados los capitalistas a
constituirse como una clase para asegurar colectivamente que sean preservadas
las condiciones de acumulación progresiva.
El
estudio de la lucha de clases a propósito de la duración de la jornada de
trabajo revela otro punto. Cuando los trabajadores no se han organizado como
clase, la competencia desenfrenada entre los capitalistas tiene potencial para
destruir la fuerza de trabajo, la fuente misma de la plusvalía. De vez en
cuando, los capitalistas deben, por interés propio, constituirse como una clase
y poner límites al grado de su propia competencia. Marx interpreta
los decretos de las primeras fábricas inglesas como un intento hecho por “un
estado gobernado por capitalistas y terratenientes” por “poner un freno
a la avidez del capital, a su codicia de explotar sin medida la fuerza de
trabajo” y a atentar arrancar las “raíces de la fuerza vital de la
nación” [El capital, I, p. 184]. Existe entonces una distinción —que a
menudo es bastante borrosa— entre la reglamentación de este tipo y la
reglamentación obtenida por las victorias de la clase trabajadora y de sus
aliados en la lucha por obtener una jornada de trabajo razonable.
Los
capitalistas también pueden acumular captando la plusvalía relativa, Marx señala
dos formas de hacerlo. Cuando aumenta la productividad de los trabajadores en
los sectores que producen “mercancías-salarios” —las mercancías que
necesitan los trabajadores— disminuye el valor de la fuerza de trabajo. El
nivel de vida absoluto, medido en términos de las cantidades de bienes y
servicios materiales que puede obtener el trabajador, no sufren cambios; sólo
la proporción de intercambio (los precios) y los valores cambian. Sin embargo,
el abaratamiento sistemático de las mercancías-salario está más allá de la
capacidad de los capitalistas individuales. Se requiere una estrategia de clase
de algún tipo (subsidios a las mercancías básicas, comida barata y políticas de
vivienda, etc.) si esta forma de plusvalía relativa se ha de traducir en un
medio sistemático de acelerar la acumulación (y no en un medio esporádico e
incontrolado).
La
segunda forma de plusvalía relativa está al alcance de los capitalistas
individuales. Los individuos pueden usar sus palancas para salvar la brecha
entre el tiempo de trabajo socialmente necesario y sus propios costos de
producción privados. Los capitalistas que emplean técnicas de producción
superiores y cuentan con una productividad de los trabajadores superior al
promedio, pueden obtener una plusganancia vendiendo al precio fijado por el
promedio social cuando sus costos de producción por unidad están muy por debajo
de dicho promedio. Esta forma de plusvalía relativa suele ser efímera, porque
la competencia obliga a otros productores a mejorar sus tácticas o a salirse
del mercado. No obstante, al mantenerse a la cabeza de su campo de
productividad, los capitalistas individuales pueden acelerar su propia
acumulación en relación con el promedio social. Esto explica entonces por qué
el capitalista “a quien sólo le interesa la producción de valor de cambio,
tiende constantemente a reducir el valor de cambio de sus mercancías”
aumentando la productividad de los trabajadores [El capital, I, p. 257].
Aquí está
la fuente del cambio tecnológico y organizativo bajo el capitalismo.
Posteriormente regresaremos a este punto, en el capítulo IV. Por el momento nos
ocuparemos simplemente de definir las consecuencias para el trabajador de que
los capitalistas individuales busquen la plusvalía relativa a través de la
extensión de la cooperación, la división del trabajo y el empleo de la
maquinaria.
La
cooperación y la división del trabajo dentro del proceso de trabajo implican la
concentración del trabajo y los trabajadores en el lugar donde estén instalados
los medios para la coordinación y control bajo la autoridad despótica del
capitalista. La competencia obliga a que se concentren progresivamente las
actividades (hasta que, supuestamente, todas las economías de escala estén
agotadas), a que las estructuras de autoridad se hagan cada vez más estrictas,
y a controlar los mecanismos dentro del lugar de trabajo. Junto con esto va una
organización jerárquica y de formas de especialización que estratifican a la
clase trabajadora y crean una capa social de administradores y supervisores que
dirigen —en nombre del capital— operaciones realizadas día con día en el lugar
del trabajo.
El empleo
de la maquinaria y la aparición del sistema de fábricas han afectado aún más
profundamente a los trabajadores. Las habilidades individuales que se requieren
son más reducidas (un proceso que ahora se ha descrito, en forma bastante poco
elegante, como “desentrenar” o “descapacitar”), y el artesano se
ha convertido en un operador de la fábrica. Se ha hecho hincapié en la
separación entre el trabajo «intelectual» y el «manual”, y se
suele convertir al primero en un poder “del capital sobre los trabajadores”.
Las mujeres y los niños también pueden ser incluidos en la fuerza de trabajo
más fácilmente, y la fuerza de trabajo de toda la familia viene a sustituir el
trabajo del individuo. La intensidad del proceso laboral aumenta, y se imponen
ritmos de trabajo más estrictos. Además, en todo esto el capitalista tiene a la
mano un nuevo mecanismo mucho más poderoso para reglamentar la actividad y
productividad del trabajador, la máquina. El trabajador tiene que adaptarse a
los dictados de la máquina, y la máquina está bajo el control del capitalista o
de su representante.
El
resultado global es el siguiente: la competencia por la acumulación requiere
que los capitalistas infrinjan una diaria violencia a la clase trabajadora
en el lugar de trabajo. La intensidad de esa violencia no está bajo el control
de los capitalistas individuales, particularmente si la competencia no está
regulada. La búsqueda incansable de la plusvalía relativa aumenta la
productividad de los trabajadores, al mismo tiempo que devalúa y deprecia el
trabajo, y eso sin decir nada de la pérdida de la dignidad, el sentido de
control sobre el proceso de trabajo, del perpetuo acosamiento de los
supervisores y de la necesidad de adaptarse a los dictados de la máquina. Como
individuos, los trabajadores casi no están en posición de resistir, muy
particularmente porque el aumento de la productividad suele “liberar” a
cierto número de ellos dejándolos entre las filas de los desempleados. Los
trabajadores pueden ir adquiriendo el poder para resistir sólo a través de una
acción de clase de algún tipo, ya sea por actos espontáneos de violencia (la
destrucción de máquinas, los incendios y la furia del populacho de eras
anteriores, que no han desaparecido de ninguna manera) o por la creación de
organizaciones (como los sindicatos) capaces de librar una lucha de clase colectiva.
La compulsión de los capitalistas por captar aún más plusvalía relativa no
sigue adelante sin tropezar con un reto. La batalla se libra una vez más, y los
motivos principales de la lucha de clases son problemas relacionados con la
aplicación de la maquinaria, la velocidad e intensidad del proceso laboral, el
empleo de mujeres y niños, las condiciones de trabajo y los derechos del
trabajador en el lugar de trabajo. El hecho de que las luchas por estos puntos
son parte de la vida diaria en la sociedad capitalista atestiguan que la
búsqueda de la plusvalía relativa está presente en todas partes, y que la
violencia necesaria que esto implica está destinada a provocar algún tipo de
respuesta de clase de parte de los trabajadores.
c) La
clase, el valor y la contradicción de la ley capitalista de la acumulación
A esta
altura, la explicación del concepto de clase está lejos de ser completa. No
hemos dicho nada sobre la forma en que una “clase” se constituye a sí
misma social, cultural y políticamente en determinada situación histórica;
tampoco nos hemos aventurado a decir nada en lo absoluto sobre los complejos
problemas de la conciencia de clase, la ideología y las identificaciones del yo
que las acciones de clase presuponen inevitablemente. Sin embargo, la versión
limitada del concepto de clase que hemos presentado es suficiente para permitir
algunas reflexiones y conclusiones.
Consideremos
en primer lugar el significado que debemos darle al “tiempo de trabajo
socialmente necesario» como la medida del valor. La clase capitalista se
debe reproducir a sí misma, y sólo puede hacer esto por medio de la acumulación
progresiva. La clase trabajadora también se debe reproducir a sí misma en
condiciones apropiadas para la producción de plusvalía. Y sobre todo, la
relación de esta clase entre el capital y los trabajadores se debe reproducir.
Como todas estas características son socialmente necesarias para la
reproducción de la forma de producción capitalista, entran en el concepto de
valor. El valor, por tanto, pierde su simple connotación tecnológica y física y
llega a verse como una relación social. Ya hemos penetrado en los fetichismos del
intercambio de mercancías e identificado su significado social. En esta forma,
el concepto de clase está integrado en el concepto del propio valor.
Ahora
estamos en posición de ser mucho más explícitos acerca de la naturaleza de la
ley del valor. Consideremos este asunto desde un punto de vista histórico, ya
que el trabajo asalariado es un producto histórico al igual que la relación de
clase entre el capital y los trabajadores. La ley capitalista del valor es un
producto histórico específico de las sociedades en que domina la forma de
producción capitalista. La descripción del paso de la sociedad precapitalista a
la capitalista tiene por objeto revelamos cómo pudo haber ocurrido esta
transición. En primer lugar, la aparición de la forma monetaria y el
crecimiento del intercambio ha ido disolviendo poco a poco los lazos de
dependencia personal y los ha reemplazado con dependencias impersonales a
través del sistema de mercado. El crecimiento del sistema de mercado da lugar a
una forma de circulación claramente capitalista, que descansa en la búsqueda de
las ganancias. Esta forma de circulación contiene una contradicción, ya que por
un lado presupone la libertad, igualdad e individualidad mientras que por otro
lado las propias ganancias presuponen una desigualdad. Esta contradicción
fundamental da lugar a diversas formas inestables de capitalismo, en que se
buscan las ganancias sin dominar el proceso de producción. Los banqueros ponen
a trabajar el dinero para obtener más dinero, los comerciantes tratan de
obtener ganancias por medio del intercambio, los especuladores de tierras
comercian con las rentas y las propiedades, y así sucesivamente. Durante un
tiempo, el intercambio injusto, el pillaje, el robo y los actos coercitivos de
todas clases pueden sostener esos sistemas; pero al final llega a ser necesario
dominar la propia producción a fin de resolver la contradicción fundamental
entre la igualdad que presupone el intercambio y la desigualdad que se
requiere, para obtener ganancias. Diversas fases de la industrialización que al
principio eran débiles, como los experimentos con el sistema de plantaciones,
preparan el camino para la institucionalización de la forma industrial
capitalista, que descansa en el trabajo asalariado y en la producción de
plusvalía. El advenimiento de la forma de producción capitalista resuelve las
contradicciones del intercambio, pero no lo hace desplazándolas, y surgen
nuevas contradicciones de un tipo muy diferente.
El
análisis del concepto de clase dentro de El capital tiene por
objeto revelar la estructura de estas nuevas contradicciones que prevalecen en
el fondo del modo de producción capitalista. Por extensión, llegamos a ver la
teoría del valor como la personificación e integración de fuertes
contradicciones, las cuales originan el cambio social.
Recordemos
ante todo la forma en que la igualdad, la individualidad y la libertad de
intercambio son transformadas por la competencia en un mundo de compulsión y
coacción, de tal manera que cada capitalista individual se ve obligado de buen
o mal grado a acumular por el simple afán de acumular. Sin embargo, el terreno
de la igualdad, la individualidad y la libertad nunca es revocado totalmente.
De hecho, no puede serlo porque el intercambio continúa desempeñando un papel
fundamental, y sus leyes permanecen intactas. La producción de plusvalía
resuelve la contradicción dentro del modo de producción capitalista de acuerdo
con las leyes del intercambio. Sólo en la producción llega a estar claro el
carácter de clase de las relaciones sociales. Dentro de la clase capitalista
esto produce una contradicción entre la individualidad que presupone el
intercambio y la acción de clase necesaria para organizar la producción. Esto
plantea problemas, porque la producción y el intercambio no están separados
entre sí sino que están enlazados orgánicamente dentro de la totalidad del modo
de producción capitalista.
Podemos
ver en acción esta contradicción en el análisis de Marx de las
luchas por la duración de la jornada de trabajo. En este análisis descubrimos
que cada capitalista actúa buscando su propio beneficio y se enzarza en una
lucha competitiva contra los demás capitalistas, lo que produce un resultado
global que va en contra de sus intereses como clase. Su acción individual puede
poner en peligro la base de la acumulación, y puesto que la acumulación es el
medio por el cual la clase capitalista se reproduce a sí misma, puede, por
tanto, poner en peligro la base de su propia reproducción. Los capitalistas
entonces se ven obligados a constituirse como clase —generalmente por medio del
Estado — y a poner límites a su propia competencia. Sin embargo, al hacerlo se
ven obligados a intervenir en el proceso de intercambio —en este caso en el
mercado de trabajo— y por tanto a ofender las reglas de la individualidad y la
libertad de intercambio.
La
contradicción dentro de la clase capitalista entre la acción individual y los
requerimientos de clase nunca se pueden resolver dentro de las leyes presupuestas
por el modo de producción capitalista, y esta contradicción está en las raíces,
como veremos posteriormente, de muchas de las contradicciones internas de la
forma de acumulación capitalista. También sirve para explicar muchos de los
dilemas sociales y políticos a los que se ha enfrentado la clase capitalista a
través de toda la historia del capitalismo. Existe una línea que oscila
continuamente entre la necesidad de preservar la libertad, la igualdad y la
individualidad, y la necesidad de tomar medidas como clase que a menudo son
represivas y coactivas. La única forma en que la producción de plusvalía
resuelve las contradicciones dentro de la forma de circulación capitalista es
planteando una nueva forma de contradicción dentro de la clase capitalista, la
contracción entre el capitalista individual y el interés de la clase
capitalista en reproducir las condiciones generales que se necesitan para la
acumulación.
En
segundo lugar, consideremos la relación entre el capital y el trabajo que
presupone la producción de plusvalía. Como cualquier otra mercancía, la fuerza
de trabajo se intercambia en el mercado de acuerdo con las reglas normales de
dicho intercambio, pero hemos visto que ni el capitalista ni el trabajador
pueden realmente darse el lujo de dejar que el mercado de fuerza de trabajo
opere sin restricciones, y que ambos bandos se ven obligados en ciertos
momentos a tomar acción de clase. La clase trabajadora debe luchar por
preservarse y reproducirse a sí misma, no sólo físicamente sino también social,
moral y culturalmente. La clase capitalista debe necesariamente infligir una
violencia a la clase trabajadora a fin de mantener la acumulación, y al mismo
tiempo debe controlar sus propios excesos y resistir aquellas demandas de la
clase trabajadora que amenazan a la acumulación. Esto hace que la relación
entre el capital y los trabajadores sea simbiótica y contradictoria a la vez.
La contradicción es la fuente de la lucha de clases. También genera
contradicciones internas dentro de la forma de acumulación capitalista, al
mismo tiempo que ayuda a explicar gran parte de lo que ha sucedido en la
historia del capitalismo.
No es
sino hasta los capítulos finales del primer volumen de El capital que
podemos apreciar finalmente la transformación que ha llevado a cabo Marx con
la teoría del valor-trabajo de Ricardo. Vemos ahora que el tiempo
de trabajo socialmente necesario es el patrón de valor sólo en la medida en
que han llegado a existir un modo de circulación capitalista y un modo de
producción capitalista con sus relaciones sociales características. Además,
éste es el resultado de un proceso de transformación histórica específico, que
creó el trabajo asalariado como un fenómeno vital de la vida social. En su
camino hacia esta conclusión fundamental, Marx ha reunido
multitud de ideas valiosas sobre la estructura del capitalismo. Hemos visto la
importancia de ciertas relaciones jurídicas expresadas a través de los derechos
de propiedad y la acción del Estado para hacer valer esos derechos. Hemos advertido
la importancia de ciertas clases de libertad, individualidad e igualdad.
Por
tanto, la teoría del valor incorpora y personifica las contradicciones
fundamentales del modo de producción capitalista expresadas a través de las
relaciones de clase. La necesidad social requiere que se reproduzcan tanto el
capital como los trabajadores, así como las relaciones de clase entre ellos. La
relación entre capital y trabajadores es en sí misma una contradicción que
constituye la fuente de la lucha de clases, mientras que la reproducción del
capital y del trabajo incorpora una contradicción entre la individualidad y la
acción colectiva de clase. El concepto del valor no se puede entender
independientemente del de lucha de clases.
El
concepto del tiempo de trabajo socialmente necesario se extiende ahora mucho
más allá de lo que Ricardo soñó alguna vez cuando enunció su
teoría del valor-trabajo. Debemos estar preparados para seguirla a donde nos
lleve, porque hemos creado un vehículo realmente poderoso que nos permitirá
analizar la lógica interna del capitalismo.
Apéndice
LA TEORÍA
DEL VALOR
La
interpretación correcta de la teoría del valor de Marx es un
asunto muy discutido. Las escuelas de pensamiento rivales se han separado tanto
en años recientes que sus raíces comunes ya casi no se pueden discernir. La
gravedad de la desavenencia está ejemplificada por el creciente clamor de parte
de algunos en el sentido de abandonar por completo el concepto del valor,
puesto que es “un impedimento importante» para una investigación
histórico-materialista del capitalismo (Steedman, 1977: Hodgson,
1980; Levine, 1978; Morishima, 1973; Elster,
1978). La demanda puede estar justificada cuando se aplica a aquella
interpretación del valor como un concepto puramente explicativo, como un patrón
fijo e inmutable ligado a los insumos-trabajo, que luego debe dar razón no sólo
de los precios relativos de las mercancías, sino también de las acciones
distributivas, la explotación, y cosas por el estilo. Pronto nos parece
insuficiente ese concepto tan estrecho cuando lo comparamos con fines tan
grandiosos. Es difícil explicar sin ambages la relación entre los valores y los
precios relativos; el capital fijo y los productos conjuntos plantean problemas
aparentemente insalvables [véase el cap. VIII]. Los críticos de la teoría del
valor han realizado una campaña bastante exitosa en contra de las
interpretaciones tradicionales, como las que presentan Dobb (1940), Sweezy (1968)
y Meek (1973).
La
respuesta de muchos ha sido volver a manifestar lo que consideran que ha sido
siempre el verdadero significado de la posición tradicional, o sea, que el
valor es una expresión unificada de los aspectos cuantitativos y cualitativos
del capitalismo y que ninguno hace sentido sin el otro (Sweezy, 1979).
El valor está entonces investido con “más que un significado estrictamente
económico”, expresa “no meramente la base material de la explotación
capitalista sino también, e inseparablemente, su forma social» (Clarke,
1980, p. 4). Aunque algunos, como Desai (1979), evidentemente
sienten que no hay problema en explorar conjuntamente los aspectos
cuantitativos y cualitativos, el efecto de interpretaciones más “radicales»
del valor ha sido negar los rigores de la matematización cuantitativa empleada
por los “constructores del modelo” (en su mayoría economistas profesionales
como Morishima, 1973; Roemer, 1980; etc.) y empujar la
teoría marxista hacia una crítica más incisiva de la economía política (que a
veces incluye tratar con desprecio a los constructores del modelo) y a una
exposición más vibrante del materialismo histórico. El peligro aquí es que el “valor”
degenere en un concepto puramente metafísico. Lo que se ganará en indignación
moral se perderá en eficacia científica. O bien la teoría del valor, al abarcar
“toda la magnitud de la interpretación materialista de la historia”,
será presa de la objeción de Joan Robinson (1977) de que “algo
que significa todo no significa nada”. Esas acusaciones no se llevan bien
con aquellas que se identifican con la afirmación de Marx de
que ha construido una base verdaderamente científica para entender la forma de
producción capitalista.
Todo esto
ha preparado el escenario para una reconstrucción más cuidadosa de lo que dijo
el propio Marx (siguiendo la tradición de eruditos como Rubin,
1972; Rosdolsky, 1977, etc.). Aunque la idea del valor como un
instrumento explicativo o como una magnitud empíricamente observable
sencillamente tuvo que ser abandonada, todavía se le puede tratar como un “fenómeno
real con efectos concretos” (Pilling, 1972; Fine y Harris,
1979, cap. 2). Se le puede interpretar como la “esencia» que está detrás
de la “apariencia”, la “realidad social” que está detrás del
fetichismo de la vida diaria. La validez del concepto se puede evaluar entonces
en términos de los efectos concretos que nos ayuda a entender e interpretar. El
concepto del valor es crucial porque nos ayuda a entender, como no lo
puede hacer ninguna otra teoría del valor, la intrincada dinámica de las
relaciones de clase (tanto en la producción como en el intercambio), del cambio
tecnológico, de la acumulación con todos los rasgos que le acompañan de crisis
periódicas, del desempleo, etc. Sin embargo, para lograr esto, las
interpretaciones tradicionales como aquello que logra el trabajo en producción
tienen que ceder el lugar a una comprensión más compleja del trabajo social
expresado y coordinado dentro de una unidad de producción e intercambio,
mediada por relaciones de distribución (Fine y Harris,
1979, cap. 2).
Incluso
este concepto, aunque obviamente se acerca mucho más a la intención de Marx,
no capta totalmente el significado de la revolución real que forjó Marx en
su método de enfoque. Elson (1979), ha reunido recientemente
un conjunto de interesantes ensayos (y añadió uno sumamente interesante de su
cosecha) que exploran los aspectos revolucionarios de la teoría del valor de
Marx en términos de la unidad entre la ciencia rigurosa y la política. Yo
siento gran simpatía por estos argumentos, y veo mi propio trabajo como un
ensayo exploratorio que sigue las líneas que Elson y otros han
comenzado a definir.
Mi propia
interpretación está basada en una lectura de los textos de Marx en
que destacan y dominan ciertas ideas. El valor, en primer lugar, es “un modo
social definido de existencia de la actividad humana” logrado bajo
relaciones capitalistas de producción e intercambio (Teorías sobre la
plusvalía, I, p. 46)**. Por tanto, Marx no está interesado
principalmente en dar forma a una teoría de los precios relativos, o incluso en
establecer reglas fijas de distribución del producto social. Está interesado
más directamente en contestar esta pregunta: ¿cómo y por qué asume el trabajo
bajo el capitalismo la forma que en él adopta [cf. Elson, 1979, p.
123]. La disciplina impuesta por el intercambio de mercancías, las relaciones
monetarias, la división social del trabajo, las relaciones de clase en la
producción, la enajenación de los trabajadores del contenido y el producto del
trabajo, y el imperativo de “acumular por el afán de acumular” nos ayudan a
entender los logros y limitaciones reales del trabajo humano bajo el
capitalismo. Esta disciplina contrasta con la actividad del trabajo humano como
“el fuego viviente que da forma”, como “la transitoriedad
de las cosas, su temporalidad” y como la libre expresión de la creatividad
humana. La paradoja que hay que entender es cómo la libertad y la
transitoriedad del trabajo viviente como un proceso es
objetivada en una fijación de ambas cosas e intercambia proporciones entre
las cosas. La teoría del valor trata del encadenamiento de las fuerzas
y restricciones que disciplinan al trabajo como si fueran una
necesidad impuesta externamente; pero lo hace reconociendo claramente
que en el análisis final el trabajo produce y reproduce las condiciones de
su propia dominación. El proyecto político es liberar al trabajo como un “fuego
viviente que da forma” de la disciplina de hierro del
capitalismo.
De esto
se deduce que el trabajo no es y nunca puede ser un patrón de valor fijo e
invariable. Marx, en las Teorías sobre la plusvalía, se
burla de aquellos economistas burgueses que tratan de establecerlo como tal.
Por medio del análisis del fetichismo de las mercancías, Marx nos
muestra por qué “el valor no lleva escrito en la frente lo que es«, y
por qué la economía política burguesa no puede contestar la verdadera pregunta:
«¿por qué el trabajo toma cuerpo en el valor y por qué la medida del trabajo
según el tiempo de su duración se traduce en la magnitud de valor del producto
del trabajo? [El capital, I, p. 45]. “La prueba y demostración de
la verdadera relación del valor”, escribió Marx a Kugelmann,
presa de gran inquina contra los críticos de El capital, está en “el
análisis de las relaciones reales” de tal manera que “toda esa
palabrería sobre la necesidad de probar el concepto del valor proviene de una
completa ignorancia del tema que se trata y del método científico«. El
valor no se puede definir al principio de la investigación, sino que tiene que
descubrirse en el curso de ella. La meta es descubrir exactamente cómo se da
valor a las cosas, a los procesos, e incluso a los seres humanos, bajo las
condiciones sociales que prevalecen dentro de un modo de producción
predominantemente capitalista. Proceder en otra forma significaría “presentar
a la ciencia antes de la ciencia”. La ciencia consiste, concluye Marx,
“en demostrar cómo la ley del valor se afirma a sí misma” [Selected
C.orrespondence [con Engels], pp. 208-209].
Una
explicación cabal de ese “cómo» requiere hacer teorías rigurosas. Marx en
parte logra esto último aplicando implacablemente métodos dialécticos de
razonamiento, cuyos principios son muy diferentes de los del formalismo
matemático, pero igual de duros y rigurosos. La tarea del materialismo
histórico es también “asimilarse en detalle la materia investigada, a
analizar sus diversas formas de desarrollo, y a descubrir sus nexos internos”
con toda la integridad y respeto sin concesiones por las “relaciones reales»
que caracterizan las formas materialistas de la ciencia. “Sólo después de
coronada esta labor, puede el investigador proceder a exponer adecuadamente el
movimiento real» a fin de “reflejar idealmente en la
exposición la vida de la materia” [El capital, I, p. 19].
El método
de exposición que se utiliza en El capital —el método que he
tratado de duplicar en este libro— es descifrar paso a paso las restricciones a
la libre aplicación del trabajo humano bajo el capitalismo, para ver
las contradicciones de esta o aquella forma que contienen las semillas de
otras contradicciones que requieren exploración ulterior. El reflejo, como el
asunto que describe, experimenta una transformación perpetua. La descripción
rigurosa del “cómo” no es una carta para el dogmatismo, sino una puerta
hacia una ciencia de la historia humana verdaderamente revolucionaria y
creativa. Además, esa ciencia es sólo una parte de una lucha mucho más amplia
para disciplinar a la propia disciplina, “para expropiar a los
expropiadores”, y así lograr la reconstrucción consciente de la forma del
valor por medio de la acción colectiva.
** Las
Teorías sobre la plusvalía están publicadas en tres tomos en las ofme del FCE y
a ellos corresponden los núms. 12, 13 y 14.
NOTAS
1. Todas
las citas de El capital que aparecen en este texto están
tomadas de la edición del fce y la paginación, por tanto,
corresponde a ella.
2. El sello característico del método materialista de Marx es comenzar
la explicación examinando las características de objetos materiales con los que
todos estamos familiarizados. «Yo no arranco nunca de los ‘conceptos’, ni,
por tanto, del ‘concepto del valor’… Yo parto de la forma social más simple en
que toma cuerpo el producto del trabajo en la sociedad actual, que es la
‘mercancía’» (Notas marginales al «Tratado de economía política» de Adolph
Wagner, 415-416. [Todas las citas que aquí aparecen de las obras de Marx, están
tomadas de las ediciones que de dichas obras ha realizado el Fondo de Cultura
Económica en su colección «Obras Fundamentales de Marx y Engels» (en adelante
= ofme); entonces, pues, siempre que aparezca por primera vez algún
título de alguna obra de Marx, se señalará el número del tomo de la colección y
la página a que corresponde dicha transcripción, antecediéndola siempre las
iniciales del título de la colección a que aquí hacemos referencia; en las
veces posteriores a la primera mención de las obras que aquí referimos
señalaremos nada más el número de la página de donde procede, dando por sabido
el número del tomo mencionado.])
3. Ollman
(1973). Engels también nos previene específicamente cuando dice: «No ha
sabido comprender que Marx, donde él cree que define, se limita a desarrollar
cosas existentes, sin que haya que buscar en él definiciones acabadas y
perfectas, valederas de una vez por todas. Allí donde las cosas y sus mutuas
relaciones no se conciben como algo fijo e inmutable, sino como algo sujeto a
mudanza. es lógico que también sus imágenes mentales, los conceptos, se hallen
expuestos a cambios y transformaciones, que no se las enmarque en definiciones
rígidas, sino que se las desarrolle en su proceso histórico o lógico de
formación.» [El capital, III, p. 16].
4. Esa
interpretación «lineal” caracteriza a las presentaciones de Robinson
(1967) y de Samuelson (1971) sobre este tema (que parece ser uno de los pocos
puntos en que están de acuerdo). Se pueden encontrar versiones «estructuralistas”
más problemáticas en Bronfenbrenner (1968) y Elster (1978), mientras que
incluso Sweezy (1968) —en una obra que por lo demás merece la mayor admiración-
parece caer en esta trampa. En mi opinión, esto le sucedió por no apreciar
plenamente la relación que establece Marx entre los conceptos de valor de uso y
de valor [véanse las notas 5 y 9].
5.
Steedman (1977), basándose en lo que dice Sraffa (1960), reinterpreta a Marx a
la luz de las características de los sistemas de producción físicos. Fine y
Harris (1979) resumen las críticas de este enfoque.
6.
Rosdolsky (1977, pp. 73-98), explica perfectamente el uso de Marx del concepto
“valor de uso” y la manera en que se emplea el concepto, principalmente
en los Grundrisse pero también en El Capital. También señala la siguiente
declaración bastante sorprendente en Sweezy (1968, p. 26) de que «Marx
excluyó el valor de uso (o como se le llamaría ahora, «utilidad”) del campo de
la investigación de la economía política basándose en que no personifica
directamente una relación social«. Sweezy, como señala Rosdolsky, está
duplicando aquí una mala interpretación de Marx que se remonta por lo menos a
los escritos de Hilferding a principios de la década de 1900.
7. Debemos
señalar que Marx siguió en esto a Ricardo. Éste consideró que la oferta y la
demanda eran importantes como un mecanismo de equilibrio pero, como Marx, no
consideró que era una concepción suficientemente fuerte del mundo como para
formar la base de la teoría del valor. “Usted dice que la oferta y la
demanda regulan el valor”, le escribió a Malthus, pero “esto, según
creo, no dice nada» (citado en Meek, 1977, p. 158). La oferta y la demanda
es el meollo de la teoría del valor neo clásica y marginalista, pero la
crítica de Sraffa (1960) de esta última ha hecho retroceder por lo menos a un
segmento de la teoría económica contemporánea hasta la base común
proporcionada, por lo menos a este respecto, por Marx y Ricardo. Meek tiene una
buena explicación sobre este punto (1977, cap. 10).
8. Los
estudios sobre la teoría del dinero de Marx son pocos y espaciados. Rosdolsky
(1977) da una excelente explicación de cómo llegó Mane a su concepción final
del dinero. Marx on Money de De Brunhoff (1976) es útil, pero como indica su
autocrítica al final, esta autora pasó por alto varios puntos que trata de
incluir en sus obras posteriores (1976b y 1978) que en general son excelentes.
Harris (1976; 1979) y Barrére (1977) también han reunido algún material de
interés. Sin embargo, lo que es inquietante es la forma en que las obras
generales sobre Marx a menudo hacen a un lado el problema del dinero como un
tópico especial, en vez de tratarlo como el centro de todo el análisis. La
única excepción es Mandel (1968), que en forma encomiable integra el dinero y
el crédito en su texto. Del mismo modo, hay un peligro inherente en la
aparición de estudios especiales que tratan la teoría del dinero de Marx como
algo que se puede tratar por separado de los demás aspectos de su teoría. Espero
evitar este escollo en los capítulos IX y X.
9. Itoh
(1976) proporciona un estudio excelente de la forma en que Marx usa los
argumentos de Ricardo para dar forma a su propia concepción en El capital, y el
artículo de Pilling (1972) también es de considerable interés. Véase también
Elsor. (1979).
10. El
contraste entre este punto de vista y otras interpretaciones de la teoría del
valor será considerado en el apéndice de la p. 35.
11. Rubin
(1972) ha hecho algunos comentarios fascinantes sobre el tema del fetichismo en
El capital de Marx.
12 No
quiero implicar con esto que estoy enteramente de acuerdo con MacPherson
(1962), cuya obra Political Theory of Possessive Individualism pasa por alto,
entre otras cosas, la organización patriarcal de las familias al mismo tiempo
que se salta muchas de las complejidades reales. Véase Tribe (1978) y
Macfarlane (1978). El propio Marx trata estos temas con algún detalle en los
Grundrisse, I (pp. 157-165).
13 En el
tercer volumen de El capital, Marx comienza a dividir la clase capitalista en «facciones”
o «clases«: comerciantes, capitalistas en dinero, financieros y
terratenientes, sobre la base del papel distintivo que juega cada uno de ellos
en relación con la circulación del capital. También considera brevemente las
implicaciones de la separación entre la propiedad y el control, y los «salarios
de superintendencia» que se pagan a la administración. Aparentemente Marx
pensó que ¡a teoría de la estructura de clase bajo el modo de producción
capitalista iba a ser uno de los productos finales, que se sacaría al final del
análisis, de sus detalladas investigaciones de cómo opera la ley del valor.
14 La
versión de Marx de la «acumulación originaria» en Gran Bretaña ha sido
repasada una y otra vez por los historiadores, y no se puede considerar
separadamente de todo el argumento sobre la transición del feudalismo al
capitalismo. El estudio de Dobb (1963) sobre el desarrollo económico del
capitalismo todavía tiene muchas cosas recomendables, y las líneas generales
del debate dentro del campo marxista están detalladas en Hilton (1976). También
vale la pena estudiar con cuidado el debate que giró alrededor del estudio
clásico de Thompson (1968), The Making of the English Working Class.
15 La
suposición de una perfecta competencia desempeña un papel muy diferente en la
teoría de Marx a aquel que desempeña en las economías convencionales. Marx lo
usa para mostrar cómo, incluso cuando el capitalismo está funcionando en una
forma que los economistas políticos burgueses consideran perfecta, de todos
modos tiene en la explotación de la fuerza de trabajo la fuente de las
ganancias.
16 La
idea de que, en una sociedad ligada a las clases como es el capitalismo, la
fuerza es el único medio de decidir entre dos derechos, lleva a Marx a criticar
enérgicamente a aquellos que, como Proudhon, trataron de formar una sociedad
socialmente justa apelando a ciertos conceptos burgueses de la justicia.
Tucker (1970) tiene un capítulo excelente sobre este tema.
