© Libro N° 9000. La Clave. Asimov, Isaac. Emancipación. Agosto 28 de 2021.
Título
original: © La Clave. Isaac Asimov
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Isaac Asimov
La Clave
Isaac Asimov
CAPÍTULO I
Karl Jennings sabía que iba a morir.
Le quedaban pocas horas de vida y mucho que hacer.
No había
suspensión en la ejecución de la sentencia, no podía
haberla allí en la Luna
y muchísimo menos sin que funcionara el sistema
de comunicaciones.
Incluso en la Tierra había unos
cuantos lugares dispersos donde, sin una radio
a mano, un hombre podría morir sin que le
prestara ayuda la mano de otro hombre, sin que
otro hombre le compadeciese, sin que
los ojos de
otros hombres descubrieran el cadáver.
Allí, en la Luna,
había muy pocos lugares donde las
cosas fueran diferentes. Por supuesto, los habitantes de
la Tierra sabían que él estaba en la Luna.
Formaba parte de una expedición geológica…
¡No, de una expedición selenológica! Resultaba
extraño cómo su mente, influida aún por
la Tierra, se negaba a abandonar el prefijo « geo» .
Mecánicamente se dejó arrastrar por
los pensamientos, al mismo tiempo que trabajaba. Aun cuando
estaba muriendo, todavía sentía aquella claridad de pensamiento
impuesta artificialmente.
Ansiosamente, miró a su alrededor. No
había nada que ver. Se hallaba en la oscuridad de
las eternas sombras que bañaban la cara norte
del muro interior del cráter, una negrura que
solamente quebraba el intermitente parpadeo de su
linterna. Seguía manteniendo aquel parpadeo, en parte porque no
se atrevía a consumir su fuente de energía eléctrica antes de morir y en parte porque tampoco se
atrevía a arriesgarse a ver más de lo que veía.
A su izquierda, y hacia el Sur, a lo
largo del cercano horizonte de la Luna, había
una creciente luminosidad blanca producida por el sol. Más
allá del horizonte, e invisible, se encontraba el borde opuesto del
cráter. El Sol nunca ascendía lo suficiente
sobre el borde del cráter, como para iluminar el suelo
que se hallaba bajo sus pies. Se hallaba a salvo de
la radiación…, al menos contaba con tal ventaja.
Cavaba cuidadosamente, pero con torpeza, demasiado
oprimido por su traje espacial. Le dolía el costado terriblemente.
El polvo y rocas destrozadas no tomaban el aspecto
de « castillo de hadas» característico de aquellas partes de la Luna expuestas
a las alternativas de luz y oscuridad, de calor y frío. Allí, en el frío
eterno, el lento derrumbarse de la pared del cráter, simplemente había apilado
un fino polvillo formando una masa heterogénea. No sería fácil distinguir que
se había excavado allí.
Por un instante calculó mal la desnivelada
superficie oscura y dejó caer un puñado de finos fragmentos polvorientos. Las
partículas cayeron con la característica lentitud de la Luna, y aún así con
todo el aspecto de una cegadora velocidad, y a que no había aire que opusiera
resistencia para reducir más su
movimiento y extenderlas en forma de polvorienta
neblina.
La linterna de Jennings se encendió un momento y
Jennings apartó de su camino una roca aplicándole un puntapié.
No disponía de mucho tiempo. Continuó excavando más
profundamente en el polvo.
Un poco más de profundidad y podría introducir el
dispositivo en el agujero y comenzar luego a cubrirlo. Strauss no debía
encontrarlo.
¡Strauss!
El otro miembro del equipo. La mitad en el
descubrimiento. La mitad en el terreno de la fama.
Si solamente se tratara
de arrogarse la totalidad del crédito que
Strauss deseaba, Jennings podría haberlo permitido. El
descubrimiento era más importante que
cualquier mérito individual que
pudiese acompañarle. Pero lo que
Strauss deseaba era algo más; algo
que, para impedirlo, Jennings estaba dispuesto a morir.
Y estaba muriendo.
Lo habían encontrado juntos. En realidad, Strauss
había encontrado la nave; o, mejor dicho, los restos de
la nave, o quizá con más propiedad podría decirse
lo que sin duda alguna eran los restos de
algo parecido a una nave.
—Metal —había dicho Strauss al recoger algo
desigual y casi amorfo.
Apenas se podían ver sus ojos y
rostro a través del grueso cristal-plomo del visor, pero su
voz un tanto áspera sonaba claramente a través de
la radio del traje.
Jennings llegó entonces hasta él desde el lugar que
ocupaba, a media milla de distancia, y respondió:
—¡Muy extraño es eso! No hay metal libre en la
Luna.
—No debía
haberlo. Pero sabes muy bien que no
la han explorado más que en un uno por
ciento de su superficie. ¿Quién sabe lo que se
puede encontrar en ella?
Jennings gruñó unas palabras de
asentimiento y extendió su manopla para tomar el objeto.
Era auténticamente cierto
que casi cualquier cosa podría encontrarse en la
Luna, al menos así se podía suponer. La suy
a era la primera expedición selenológica,
financiada particularmente, que había
alunizado. Hasta entonces sólo había
habido empresas de tipo gubernamental, realizadas mediante
lanzamientos, de los cuales aún restaban una media
docena. Era una señal de la
avanzada edad espacial el que la Sociedad Geológica pudiera
permitirse enviar a dos hombres a la Luna
con el sólo objeto de realizar estudios selenológicos.
Strauss dijo:
—Parece como si en otros tiempos hubiese tenido una
superficie pulida.
—Tienes razón —respondió Jennings—. Puede que hay a
más trozos por ahí.
Encontraron tres pedazos más, dos de pequeño tamaño
y uno que mostraba huellas de una junta remachada.
—Llevémoslos a la nave —dijo Strauss.
A continuación dirigieron la pequeña
nave rastreadora hasta la nave madre. Una vez a bordo se
quitaron sus trajes, algo que por
lo menos Jennings siempre se alegraba de
hacer. Se rascó vigorosamente las costillas y se
frotó las mejillas hasta que la blanca piel mostró
un color escarlata.
Strauss despreció tales debilidades y se puso a
trabajar. El rayo láser atacó al metal y el vapor fue registrado por el
espectrógrafo. Se trataba esencialmente de acero-titanio, con un poco de
cobalto y molibdeno.
—Por supuesto, se trata de algo artificial —dijo
Strauss.
Su ancho y huesudo rostro aparecía tan inexpresivo
y duro como siempre. No exteriorizaba ni alegría ni sorpresa, aunque Jennings
sentía cómo su corazón latía con violencia.
Quizá fue la emoción lo que hizo murmurar a
Jennings en aquel momento:
—Este es un acontecimiento respecto al que debemos
imponernos cierta obligación…
Strauss miró a Jennings con frío disgusto
y dejó a un lado la colección de trozos metálicos, como si
no les diese la menor importancia.
Jennings suspiró hondo. Resultaba
extraño, pero no podía « tragar» aquella
actitud. ¡Nunca había podido hacerlo! Recordó la
Universidad… bien, no tenía importancia. El descubrimiento que
había hecho valía la pena. Por lo menos
era muchísimo más valioso que toda aquella fría y
despreciativa calma de Strauss.
Jennings se preguntó si Strauss
concedía realmente valor al descubrimiento.
Sabía muy poca cosa de Strauss,
a no ser su reputación de selenólogo. O lo
que era igual, había leído las publicaciones de Strauss y suponía
que también Strauss había leído las suyas. Aunque sus caminos hubiesen
seguido igual rumbo en sus días universitarios, jamás se
habían conocido hasta que ambos se presentaron
voluntariamente para formar parte de aquella expedición
y fueron aceptados.
Durante
la semana del viaje, Jennings había tenido constantemente
delante de él aquella fornida figura, los cabellos agrisados y
los ojos azules y
fríos. Se fijaba constantemente en cómo trabajaban aquellas
poderosas mandíbulas cuando mascaban los alimentos. El propio
Jennings,
de mucha menor corpulencia, también con ojos azules, pero con
cabellos más negros, automáticamente tendió a
retirarse de aquel poder y fuerza que parecía irradiar
del otro.
Jennings dijo:
—No existe dato alguno sobre el hecho de que una
nave hay a alunizado por estos lugares, y tampoco hay ningún registro que
asegure hay a habido alguna
catástrofe.
—Si todo esto fuese parte de una nave
—respondió Strauss—, las piezas estarían suaves y
pulidas. Todo esto ha estado sujeto a algún tipo
de erosión y, al no haber aquí atmósfera, eso
significa la
exposición al bombardeo de micrometeoritos durante muchos años.
Por lo tanto, Strauss « se daba cuenta» del valor
del hallazgo. Jennings dijo:
—Es un artefacto construido
por manos o cerebros que no son
humanos. Unas criaturas, no de la Tierra, alguna vez
visitaron la Luna.
¿Quién sabe cuánto tiempo hará de esto?
—Sí…, ¿quién lo sabe? —convino Strauss con tono
seco.
—En el informe…
—Un momento —le interrumpió
Strauss imperiosamente—. Habrá mucho tiempo
de informar cuando tengamos algo sobre qué
informar. Si ha sido una nave, habrá por
ahí más trozos que los que hemos encontrado.
Pero en aquellos momentos no valía la pena seguir
buscando más. Habían dedicado a la labor varias horas y sentían hambre y sueño.
Sería mucho mejor emprender la tarea cuando estuviesen más frescos y
descansados. Los dos parecieron estar de acuerdo sobre tal punto, sin
mencionarlo para nada.
La Tierra aparecía muy baja en
el horizonte, casi llena en su fase, brillante
y veteada de azul. Jennings
la miró mientras comían y experimentó, como siempre le ocurría, una
terrible nostalgia.
—Desde aquí parece un oasis de
paz —murmuró—, pero hay en ella
seis mil millones de personas atareadas.
Strauss alzó la cabeza y replicó secamente:
—¡Seis mil millones de seres que la están
arruinando! Jennings frunció el ceño.
—No serás un ultra, ¿verdad? —preguntó. Strauss
interrogó, a su vez:
—¿De qué diablos estás hablando?
Jennings sintió que enrojecía. Su piel siempre
adquiría una tonalidad rosada cuando sus emociones eran un tanto violentas.
Jennings consideraba muy embarazoso su sonrojo, como si fuera un vicio del que
no pudiera liberarse.
Al cabo de un par de segundos, continuó comiendo
sin decir nada más.
Durante toda una generación, la población
de la Tierra se había mantenido sin variación
alguna. Todo el mundo admitía que no se podía permitir
un mayor aumento de seres humanos. En realidad
había muchos que decían que no era suficiente
con ordenar « no más aumento de población» .
Esta tenía que disminuir. El propio Jennings simpatizaba
con tal punto de vista. El globo terráqueo estaba
siendo devorado por su enorme peso en habitantes.
Pero, ¿cómo disminuir la población? ¿Al azar,
quizá, estimulando a la gente
para que hiciera disminuir
aún más el índice de natalidad, cosa que y a se había realizado
repetidas veces? Últimamente habían
sonado campanas lejanas que deseaban no solamente una
disminución en el número de habitantes, sino más bien
una disminución seleccionada…, la supervivencia de los mejores.
Jennings pensó: « Supongo que
le habré insultado» .
Más tarde, cuando y a
estaba casi dormido, súbitamente, se le ocurrió pensar que no
sabía prácticamente nada sobre el carácter de
Strauss. ¿Y si en aquellos momentos se le ocurría al hombre emprender una
solitaria expedición por su propia cuenta,
con objeto de arrogarse todo el mérito?
Jennings se apoy ó sobre un codo, enormemente
alarmado. Pero Strauss respiraba pesadamente, y aun
cuando Jennings estuvo escuchando
atentamente, al final la respiración pesada fue convirtiéndose poco a
poco en un característico ronquido.
Invirtieron los siguientes tres
días en la búsqueda de más piezas adicionales. Encontraron
algunas. Pero hallaron algo más que
esto. Descubrieron una zona que resplandecía
con la diminuta fosforescencia de las bacterias lunares.
Tales bacterias eran muy corrientes, pero nunca
se había registrado en ninguna otra
parte en concentración tan enorme como para producir
tal resplandor.
Strauss dijo:
—Es probable que en otro tiempo hay a
estado aquí un ser orgánico o sus restos. Murió, pero no
sucedió así con los microorganismos de su interior. Al final
le consumieron.
—Y quizá se extendieron luego —dijo Jennings—. Esta
puede ser la fuente habitual de las bacterias lunares. Puede que no sean
nativas en absoluto, sino más bien el resultado de una contaminación… de hace
siglos.
—También puede ser lo opuesto —dijo Strauss—.
Desde el momento en que
las bacterias son completamente diferentes en lo fundamental, de toda otra forma de microorganismos terrestres,
las criaturas que invadieron…, suponiendo que ésta fuera su
fuente, también debieron haber sido fundamentalmente diferentes.
Otra indicación más de un origen extraterrestre.
El sendero
terminaba en la pared de un pequeño cráter.
—Se trata de una excavación importante —comentó
Jennings sintiéndose decepcionado—. Mejor sería informar sobre todo esto y
conseguir ayuda.
—No —replicó Strauss sombríamente—.
Puede que ahí no hay a nada que
precise ayuda. Puede que el cráter se hay
a formado un millón de años después
de haberse estrellado la nave.
—¿Quieres decir que se ha vaporizado en su mayor
parte y resta de ella solamente lo que nosotros hemos encontrado? —interrogó
Jennings.
Strauss asintió con un movimiento de cabeza.
Jennings añadió:
—De
todas maneras, probemos. Excavaremos un
poco. Si trazamos una línea desde el punto
donde encontramos los pedazos, hasta aquí, y luego mantenemos…
Strauss asintió de mala gana y trabajó con mal
humor, de forma que fue Jennings quien llevó a cabo el verdadero hallazgo.
¡Seguro que aquello era algo! Aun cuando Strauss hubiese encontrado el primer
trozo de metal, Jennings había hallado el auténtico artefacto.
« Era» un artefacto… encajado, por
así decirlo, a tres pies de profundidad bajo la
irregular forma de
una roca que al caer había formado un hoy
o en su contacto con la superficie de la Luna. En aquel
hueco se hallaba el artefacto, protegido de todo por un
millón de años o más. Protegido de la radiación, de
los micrometeoros, de los cambios de temperatura, etc.,
de manera que se hallaba completamente nuevo.
Jennings inmediatamente le bautizó
con el vocablo « Dispositivo» . No tenía un
aspecto muy diferente a cualquier otro dispositivo que él y
Strauss hubiesen visto alguna vez, pero, como Jennings
preguntó, ¿por qué iba a ser diferente?
—No veo en esto ningún borde áspero o rugoso —dijo
Jennings—. Quizá no esté roto.
—Pero es posible que le falten piezas.
—Puede ser —dijo Jennings—. Sin embargo, no parece
poseer algo movible.
Está formado de una sola pieza y, ciertamente, con
unos desniveles extraños.
Jennings hizo una pausa y luego añadió, tratando de
dominarse, cosa que no consiguió hacer:
—« Esto» es lo que necesitamos. Una pieza
de metal desgastado, o
una zona rica en bacterias es solamente material para deducción
y disputa. Pero esto es auténtico…, un dispositivo
que claramente es de fabricación extraterrestre.
El dispositivo se
hallaba en la mesa entre ambos hombres
en aquel momento y ambos lo contemplaron gravemente.
Jennings añadió finalmente:
—Ahora mismo podemos comenzar a redactar el
informe…
—¡No! —exclamó Strauss con tono de disensión—.
¡Diablos, no!
—¿Por qué no?
—Porque, si lo hacemos, en el acto
se convertirá en proy ecto de una
sociedad. Caerán sobre él como un enjambre de
avispas y nosotros, cuando todo esté hecho, ni siquiera llegaremos a
ser más que una nota al pie. ¡No!…
Strauss se detuvo. Respiró hondo y añadió:
—Hagamos con esto todo cuanto podamos y saquemos
todo el partido posible de este artefacto antes de que las arpías desciendan
sobre nuestras cabezas.
Jennings reflexionó. No podía negar que
él,
también, deseaba ardientemente no perder crédito. Pero aun así…
Luego dijo:
—No sé si decidirme a correr ese riesgo…
Hubo un silencio entre los dos hombres y a
continuación Jennings añadió:
—Escucha, Strauss…
Tuvo la intención, durante una décima de
segundo, de usar el nombre de pila de
su compañero, pero finalmente apartó la idea de
su mente.
—Escucha, Strauss, no está bien esperar. Si esto es
de origen extraterrestre, entonces debe pertenecer a algún otro sistema
planetario. En el Sistema Solar no hay, aparte de la Tierra, un lugar donde se
pueda suponer una forma de vida avanzada.
—Eso, en realidad, aún no se ha demostrado —replicó
Strauss con un gruñido
—. Pero…, ¿y si tuvieses razón?
—Entonces significaría que
las criaturas de esa nave realizaron un viaje interestelar
y que, por lo tanto, tenían que estar
tecnológicamente mucho más avanzados que nosotros. Podría ser
la clave… de sabe Dios qué. Podría ser una pista que nos llevara a
una revolución científica inimaginable.
—Eso no es más que una tontería romántica. Si esto
es el producto de una tecnología más avanzada que la nuestra, nada aprenderemos
de ella. Resucita a Einstein y enséñale una microprotocurva, y dime, ¿sacaría
algo de ella? ¿La entendería?
—No podemos estar seguros de que nada
aprenderíamos.
—Aun así, ¿y qué? ¿Qué es lo que va a ocurrir
aunque hay a una pequeña demora? ¿Y si nos quedamos con todo el crédito de
esto? ¿Qué sucederá si nos quedamos con esto y seguimos estudiándolo en nuestro
propio beneficio?
—Pero, Strauss —dijo Jennings sintiéndose
enormemente conmovido y haciendo un gran esfuerzo para que Strauss penetrase en
la importancia que quizá pudiera tener el dispositivo—. ¿Y si nos estrellamos
con él? ¿Y si no logramos regresar con él a la Tierra? No podemos correr el
riesgo de que esto se pierda.
Y al pronunciar estas últimas
palabras, acarició al artefacto, como si
estuviese enamorado de él, añadiendo:
—Debemos informar ahora mismo sobre
su hallazgo y hacer que
envíen naves aquí para que se lo lleven.
Es demasiado precioso para…
En aquel instante, cuando Jennings
hablaba
con más emoción, el dispositivo pareció calentarse bajo su mano. Una
porción de
su superficie, medio oculta bajo un
suave pliegue del metal, emitió una débil fosforescencia.
Jennings retiró la mano rápidamente, con
gesto espasmódico, y el artefacto se
oscureció repentinamente. Pero había sido
suficiente; aquel momento acababa de ser
infinitamente revelador.
Jennings dijo con voz ahogada:
—Fue como si se hubiera abierto una ventana en tu
cerebro, Strauss. Vi todo cuanto había en tu mente.
—Y y o leí en la tuy a —replicó Strauss—,
o, más bien, la experimenté, penetré en ella,
o como quieras tú decirlo.
A continuación tocó el dispositivo con frío ademán,
pero nada sucedió.
—Tú eres un ultra —dijo Jennings con tono de
indignación—. Cuando toqué esto…
Y, a la vez que hablaba, volvió a hacerlo.
—Mira…, vuelve a suceder otra vez. Lo
veo… ¿Eres un loco? ¿Acaso
puedes honradamente creer que es humanamente decente condenar a
toda la humanidad a la extinción y destruir la versatilidad y variedad de
las especies?
Su mano se apartó
nuevamente del dispositivo, experimentando repugnancia ante lo
que él veía, y de nuevo el artefacto se
oscureció. Otra vez lo tocó Strauss y no ocurrió nada.
Strauss dijo:
—No iniciemos una discusión, por amor de
Dios… Esta…
cosa es una ay uda para la comunicación… Un
amplificador telepático. ¿Por qué
no? Las células cerebrales poseen cada una de
ellas su potencial eléctrico. El pensamiento se puede
considerar como un campo de
ondas electromagnéticas de microintensidades…
Jennings se volvió hacia otro lado.
No deseaba hablar con Strauss. Luego dijo:
—Informaremos ahora mismo sobre esto.
Me importa tres cominos la fama.
Quédatela para ti. Sólo quiero que esto salga de
nuestras manos.
Durante un momento, Strauss reflexionó
profundamente y a continuación repuso:
—Es algo más que un comunicador. Responde a la
emoción y la amplifica.
—¿De qué estás hablando? —interrogó Jennings.
—Por
dos veces funcionó bajo el contacto de
tu mano, aun cuando lo
estuviste manejando todo el día sin ejercer sobre él
el menor efecto. Y tampoco funciona cuando lo toco
y o.
—¿Y bien…?
—Reaccionó inmediatamente cuando tú
estabas bajo una tensión emocional elevada. Ese es
el requisito para la activación, creo y o. Y cuando
te indignaste con los ultras, mientras lo
sostenías en tu mano, durante un instante sentí
lo mismo que tú.
—Eso debías pensar.
—Pero, escúchame un momento. ¿Estás
seguro de tener razón? No hay un solo hombre con
sentido común sobre la Tierra que no sepa
que el planeta estaría mucho mejor con una población
de mil millones, que con
seis mil millones. Si empleásemos la automación a
tope, como ahora la muchedumbre no nos
permite hacerlo, probablemente dispondríamos de una eficiente y
viable Tierra, con una población que no sobrepasaría, digamos, los
cinco millones de habitantes… Escúchame, Jennings, no te
vuelvas hacia otro lado.
La dureza de la voz de Strauss casi llegó a
desaparecer en su esfuerzo por mostrarse convincente. Continuó:
—Pero no podemos reducir la
población democráticamente. Lo sabes bien.
No es problema lo que se podría llamar urgencia
sexual, porque las inserciones uterinas han resuelto el problema del
control de la natalidad hace y a tiempo. También lo sabes.
Es más bien cuestión de
nacionalismo. Cada grupo étnico desea que
otros grupos reduzcan su población primero, y y o estoy de acuerdo con
ellos. Quiero que prevalezca mi grupo étnico, «
nuestro» grupo étnico. Quiero que
la Tierra sea heredada por la élite. Lo cual significa
que debe ser heredada por hombres como nosotros. Somos
los verdaderos hombres y la horda de semimonos que nos
estorba nos está destruyendo a todos. De todas formas están
condenados a muerte, ¿por qué no salvarnos nosotros?
—No —replicó
Jennings calurosamente—. Ningún grupo posee el monopolio de
la humanidad. Tus cinco millones
de « imágenes de espejo» , atrapadas en una humanidad a
la que se ha robado su variedad y versatilidad, morirían de
aburrimiento…, y no les estaría mal.
—Tonterías emocionales, Jennings. Tú
no crees en eso. Te han enseñado
a creerlo nuestros locos igualitarios. Mira, este
dispositivo es lo que necesitamos. Aun cuando
no podamos construir otros,
ni comprender cómo funciona éste, sin duda alguna
este artefacto será suficiente. Si pudiésemos dominar o
influenciar sobre las mentes de
los hombres clave, entonces, poco a poco, podríamos
imponer al mundo nuestros puntos de
vista. Ya tenemos una organización. Debes saber eso si
has leído en mi mente. Está mejor motivada y mejor estructurada
que cualquier otra organización de
la Tierra. Los grandes cerebros de
la humanidad acuden a nosotros diariamente. ¿Por qué
no tú también? Este instrumento es una especie de llave,
una clave, pero no solamente una clave para alcanzar un
poco más de conocimientos. Es la clave de la solución final a
los problemas de los hombres. ¡Únete a nosotros! ¡Únete
a nosotros!
Strauss acababa de alcanzar un punto de entusiasmo
tan formidable, como nunca había visto Jennings.
La mano de Strauss cayó
sobre el dispositivo, y éste parpadeó luminosamente una o
dos veces, y luego se apagó.
Jennings
sonrió sin la menor gana. Veía el significado
de todo aquello. Strauss trataba deliberadamente de
excitarse emocionalmente, para activar el dispositivo,
y acababa de fracasar.
—No puedes lograr que funcione —dijo Jennings—,
porque eres excesivamente superhumano, supercontrolado, y no
puedes derrumbarte emocionalmente, ¿verdad?
Jennings tomó con ambas manos el artefacto, con
dedos que temblaban por la emoción, y el dispositivo se iluminó inmediatamente.
—Entonces, sé tú quien lo haga funcionar. Para ti
el crédito de salvar a la
humanidad.
—Ni soñarlo… —murmuró Jennings, abriendo
la boca como si se sintiese incapaz de
respirar cómodamente bajo la fuerte
emoción—. Voy a informar sobre
esto ahora mismo.
—¡No! —exclamó Strauss tomando uno de los cuchillos
de la mesa—.
Mira…, tiene suficiente punta y está bien afilado.
—No necesitas ponerte
así para exteriorizar tus puntos de vista —dijo Jennings,
todavía bajo la emoción del momento—. Veo perfectamente cuáles son
tus proy ectos. Con el dispositivo puedes convencer a
cualquiera de que y o nunca existí. Podrás lograr una
victoria ultra.
Strauss asintió con un movimiento de cabeza, y
dijo:
—Lees mis pensamientos maravillosamente bien.
—Pero no lo conseguirás —añadió Jennings casi
jadeando de emoción—. No, mientras y o sostenga esto entre mis manos…
Deseaba en aquel instante la inmovilidad de
Strauss.
Strauss trató de moverse y no pudo.
Sostuvo el cuchillo
con el brazo extendido, pero fue incapaz de dar
un solo paso.
Ambos hombres sudaban abundantemente. Strauss dijo
mordiendo las palabras:
—No puedes… sostener eso… todo el día.
La sensación era clara, pero Jennings no estaba
seguro de tener palabras para describirla. Era, en términos físicos, como
sostener un resbaladizo animal de enorme fuerza, un animal que constantemente
estuviera retorciéndose. Jennings tenía que concentrarse en sus deseos de
inmovilidad.
No estaba familiarizado
con el artefacto. No sabía cómo usarlo hábilmente.
Aquello era igual que esperar que una persona
que jamás hubiera visto un
florete, tomara uno y
lo manejara como un mosquetero.
—Exactamente —murmuró Strauss siguiendo los
pensamientos de Jennings. Y, a continuación, dio un paso hacia adelante.
Jennings sabía muy bien que nada podría hacer en
contra de la loca determinación de Strauss. Los dos lo sabían. Pero aún estaba
la nave rastreadora. Jennings tenía que salir de allí, y con el dispositivo.
Pero Jennings no tenía secretos en aquel momento.
Strauss leía también sus pensamientos e intentó situarse entre su compañero y
la nave rastreadora.
Jennings redobló sus esfuerzos. Ya no deseaba la
inmovilidad, sino la inconsciencia. « Duerme, Strauss —pensó desesperadamente—.
¡Duerme!»
Strauss cay ó de rodillas, al mismo tiempo que sus
párpados se cerraban pesadamente.
Latiéndole el corazón violentamente, Jennings se
lanzó hacia fuera. Si pudiera golpearle con algo y apoderarse del cuchillo…
Pero sus pensamientos se habían apartado en aquel
mismo instante de su
importante concentración sobre el sueño,
y sintió la mano de Strauss que le asía un
tobillo, tirando de él hacia abajo con súbita fuerza.
Strauss no dudó ni un solo segundo. Cuando Jennings
cay ó, la mano que sostenía el cuchillo ascendió y bajó. Jennings sintió el
agudo dolor y su mente enrojeció de temor y desesperación.
Fue aquel acceso de emoción el que hizo aumentar
el brillo del dispositivo, hasta alcanzar la luminosidad de una
auténtica llama. Strauss soltó a Jennings, a la vez que
la mente de este último, silenciosa
e incoherentemente, pasaba a la mente de
su enemigo el temor y
la desesperación que él sentía.
Strauss rodó sobre sí mismo, con el rostro
congestionado por el pánico.
Jennings se puso en pie trabajosamente y
retrocedió. No se atrevía a hacer nada, a no ser mantener inconsciente al otro.
Cualquier intento de actuar violentamente reduciría mucho su fuerza mental.
Acto seguido retrocedió hacia la
nave rastreadora. A bordo
habría un traje… y vendas…
La nave rastreadora no estaba realmente diseñada
para recorrer grandes distancias. Ni Jennings podía hacerlo en aquel momento. A
pesar de los vendajes, su costado derecho estaba empapado en sangre. Y la
sangre llenaba también la parte interior del traje espacial.
Nada indicaba
que en aquellos momentos le siguiera la
nave madre, pero era indudable que más pronto
o más tarde le seguiría. La fuerza del navío
principal era muchas veces superior a la de la
nave rastreadora; por
otra parte, poseía detectores que captarían la
nube de concentración iónica dejada atrás por
los reactores impulsores de la nave pequeña.
Desesperadamente, Jennings había tratado de
alcanzar la estación Luna con su
radio, pero aún no había recibido respuesta
alguna. Se detuvo, completamente
desesperado. Sus señales simplemente ayudarían a Strauss a
perseguirle con más efectividad.
Podría llegar a pie hasta la estación Luna, pero en
el fondo no creía poder hacerlo. Le recogerían primero. Moriría
estrellado, posiblemente. No lo conseguiría. Tendría que ocultar el
dispositivo, dejarlo en algún lugar seguro, y entonces partir hacia la estación
Luna.
El dispositivo…
No estaba seguro de tener razón. El dispositivo
podría arruinar a toda la raza humana, pero por otra
parte quizá fuera infinitamente valioso. ¿Acaso debía
destruirse? Era el único resto de una vida inteligente
no humana. Guardaba los secretos de una tecnología
superavanzada; era un instrumento de una avanzada ciencia de
la mente. Fuera cual fuese el peligro, había que
considerar el valor…, el valor potencial…
No, debía ocultarlo de manera que lo
volviesen a encontrar…, pero solamente por los
cultos moderados del Gobierno y no por los ultras…
La pequeña nave rastreadora descendió
sobre el borde inferior, en su cara norte, del
cráter. Jennings sabía cuál era y allí podía enterrar
el dispositivo. Si no podía alcanzar la estación
Luna más tarde, bien personalmente o bien
por radio, al menos tenía que alejarse del lugar
de ocultamiento, y hacerlo lejos, para que su
propia persona no denunciara aquel punto. Y
tendría, además, que dejar alguna clave de
su localización.
Jennings
estaba pensando con claridad asombrosa, o al
menos eso creía él.
¿Sería la influencia del dispositivo que llevaba
consigo? ¿Acaso estimulaba su pensamiento y le
guiaba al mensaje perfecto? ¿O acaso se trataba
de la alucinación del moribundo y lo
que él dejara quizá no tendría
sentido para nadie?
Lo ignoraba. Pero no tenía otra alternativa. Debía
Intentarlo.
Pues Karl Jennings sabía que iba a morir.
Le quedaban
horas de vida y mucho que hacer.
H. Seton Davenport, de la División Norteamericana
del Bureau Terrestre de Investigación, se frotó la cicatriz en forma de
estrella que exhibía en su mejilla izquierda. Lo hizo pensativamente.
—Sé, señor, que los ultras son peligrosos —dijo.
El jefe de la división,
M. T. Ashley, miró a Davenport con
los ojos entornados. Sus resecas mejillas mostraban
ciertas líneas de desaprobación. Como una vez más había dejado de fumar, tomó
de encima de la mesa una pequeña pastilla
de goma de mascar y la
introdujo en su boca, haciendo
una mueca de repugnancia. Estaba haciéndose viejo, persona amargada, y
sonó suavemente el vello de su bigote grisáceo cuando
lo frotó con los nudillos de una mano.
Luego dijo:
—No sabes lo peligrosos que son.
Y me pregunto si hay alguien que lo sepa. Son poco
numerosos, pero fuertes entre los más poderosos quienes,
después de todo, están perfectamente dispuestos a considerarse a
sí mismos como la élite. Nadie sabe con seguridad quiénes son ni
cuántos hay.
—¿Ni siquiera el Bureau?
—El Bureau está en el alero del tejado. Ni siquiera
nosotros estamos libres de ese tinte. ¿Lo estás tú?
Davenport frunció el ceño y respondió secamente:
—Yo no soy ultra.
—No dije que lo fueras —adujo Ashley
—. Te pregunté si estabas libre de tal sospecha. ¿Se te ha
ocurrido pensar en lo que
sucede en la Tierra desde hace un par
de siglos? ¿No se te ha ocurrido pensar que
un moderado descenso de su población sería cosa
buena? ¿No se te ha ocurrido pensar tampoco que sería
maravilloso desembarazarse de las personas poco inteligentes, liquidar
a los incapaces, a los insensibles, y dejar al resto
vivos? Pues a mí sí, ¡maldita sea!
—Creo que soy
culpable también de haber pensado en eso
algunas veces, sí. Pero una
cosa es pensar en algo como un deseo, y
otra el proyectar ese algo para llevarlo
a la realidad, a una realidad hitlerizada…
—La distancia que hay del deseo a
la acción no es tan
grande como piensas. Si te convences de
que el fin es suficientemente importante, de
que el peligro es enorme, entonces verás que
los medios son cosa que va
adquiriendo cada vez menos importancia. Ahora
que el asunto de Estambul se ha
solucionado, permíteme ponerte al corriente de este otro
asunto. Estambul no tenía la menor importancia en
comparación… ¿Conoces al agente Ferrant?
—¿El que desapareció? Personalmente, no.
—Bien, hace dos meses se encontró en la Luna una
nave perdida. Había transportado a un equipo de exploración financiado
particularmente; se trataba de una expedición selenográfica. La Sociedad
Geológica Ruso-Norteamericana
había apadrinado el vuelo
e informó sobre la desaparición de la nave. Más
tarde se llevó a cabo una búsqueda de rutina y la
localizaron sin muchas dificultades a una razonable distancia
del punto desde el cual había emitido su último informe.
» La nave no estaba dañada,
pero había desaparecido su nave rastreadora y
con ella un miembro del equipo. Su nombre era
Karl Jennings. El otro hombre, James Strauss, vivía aún, pero en pleno
delirio; se había vuelto loco. Todavía lo está, y eso es importante.
—¿Por qué? —interrogó Davenport.
—Porque el equipo
de médicos que
le examinaron informó sobre anormalidades de tipo
neuroeléctrico y neuroquímico de una
naturaleza sin precedentes. Jamás habían visto
un caso semejante. Nada que
fuese humano podía haber producido tal dolencia.
En el rostro solemne de Davenport, sus labios
esbozaron una ligera sonrisa.
—¿Acaso sospechas de invasores extraterrestres?
—preguntó.
—Puede ser. Pero déjame continuar,
una búsqueda de rutina, por las cercanías del lugar donde se
encontraba la nave perdida,
no reveló la menor huella sobre el
paradero de la nave rastreadora. Entonces la estación
Luna informó haber recibido señales débiles de origen
incierto. Se suponía que procedían del borde
occidental del Mare Imbrium, pero no era seguro
si procedían de algún ser humano o no, y no
se creía que en las proximidades hubiese
alguna nave. Por lo tanto, se ignoraron tales
señales. Sin embargo, pensando todavía en la
nave rastreadora, el grupo de búsqueda y rescate se
puso en marcha hacia Mare Imbrium y allí la
localizaron. Jennings estaba a bordo. Muerto. Mostraba una herida de
cuchillo en un costado. Y resultaba sorprendente que hubiera podido
vivir tanto tiempo.
» Mientras tanto,
los médicos se mostraban completamente desorientados
ante la naturaleza de la enfermedad de
Strauss. Se pusieron en contacto con el Bureau y
nuestros dos hombres de la Luna… Sucedía que uno de
ellos era Ferrant… Llegaron hasta la nave.
» Ferrant estudió las
cintas grabadas de las conversaciones a bordo. No se
podían hacer preguntas porque no había ni
hay forma de llegar hasta Strauss. Hay un
alto muro entre el universo y
él, probablemente un muro que será permanente para
siempre. Sin embargo, las grabaciones hechas
en pleno delirio, aun cuando repetían constantemente muchas cosas,
tenían cierto sentido. Ferrant sumó entonces dos y
dos, como si estuviese resolviendo un jeroglífico.
» Al parecer, Strauss y Jennings habían
hallado un objeto que consideraron
no era de fabricación humana, un artefacto perteneciente
a una nave estrellada contra la Luna hacía siglos.
Y al parecer dicho artefacto poseía la propiedad de
dominar y dirigir la mente humana.
Davenport le interrumpió:
—¿Y fue eso lo que volvió loco a Strauss? ¿No fue
así?
—Exactamente. Strauss era un ultra, podemos decir
que « era» y a que está vivo sólo técnicamente, y Jennings no deseaba
entregarle aquel objeto. Cosa razonable también. Strauss habló de emplearlo en
una media liquidación, como él la calificaba, de todo ser humano indeseable.
Quería que en la Tierra solamente existieran unos cinco mil millones de
habitantes, esta era su idea. Hubo entonces una lucha durante la cual solamente
Jennings, al parecer, pudo manejar aquella cosa que « pensaba» , pero Strauss
sostenía en su mano un cuchillo. Cuando Jennings se fue iba herido, pero la
mente de Strauss había quedado destruida para siempre.
—¿Y dónde está ese extraño dispositivo que
encontraron?
—El agente Ferrant actuó con decisión.
Registró la nave e inspeccionó
una vez más las cercanías. No había nada por
ninguna parte que no fuesen naturales formaciones lunares o
un producto evidente de la tecnología humana. No había nada que se
pudiese calificar de « objeto pensante» . Entonces registró la
nave rastreadora cuidadosamente
e hizo lo mismo con sus alrededores y tampoco halló
nada de nada.
—Quizá el primer equipo de
búsqueda, el equipo que nada sospechaba, se llevó consigo
algo sin saber lo que era.
—Juraron no haberlo hecho y no hay razón alguna
para sospechar que mientan. Entonces, el compañero de
Ferrant…
—¿Quién era?
—Gorbansky —replicó el jefe del distrito.
—Le conozco. Hemos trabajado juntos.
—Lo sé. ¿Qué opinas de él?
—Honrado y capaz.
—Está bien. Gorbansky encontró algo. No
un artefacto extraño, sino algo que era muy humano,
evidentemente. Se trataba de una tarjeta corriente, de
color blanco, que medía tres por cinco pulgadas, escrita,
y enrollada en el dedo anular de la manopla de
Jennings. Probablemente este último la había escrito antes
de morir, y quizá representaba la clave del lugar
donde había escondido el objeto en cuestión.
—¿Qué razón hay para creer que
lo había escondido?
—Dije que no
lo hemos encontrado en ninguna parte.
—Me refiero a… ¿y si lo destruyó como algo
peligroso si se dejaba intacto?
—Eso es
muy dudoso. Si aceptamos la conversación que
se ha reconstruido en el delirio de Strauss,
y Ferrant formó lo que parece ser
un perfecto registro de palabra por palabra, Jennings debió
pensar que aquel artefacto era de importancia
clave para toda la humanidad. La calificó de « clave de una
inimaginable revolución científica» . No podía destruir una cosa semejante. Simplemente,
la ocultaría a los ultras e intentaría informar al Gobierno
sobre su paradero. De lo contrario, ¿por qué
y para qué molestarse en dejar una pista?
Davenport movió la cabeza dubitativamente y dijo:
—Camina
usted formando círculos, jefe. Dice usted
que dejó una pista, una clave, porque
usted cree que existe un objeto escondido,
y cree que hay un objeto escondido
porque Jennings dejó una clave.
—Admito eso. Todo resulta muy dudoso. ¿Significa
algo el delirio de Strauss?
¿Es válida la reconstrucción de
Ferrant? ¿Es realmente una
clave lo que ha dejado Jennings? ¿Existe en realidad
un « objeto pensante» , como Jennings lo llamó, o no
existe? No vale la pena hacer tales preguntas. Ahora mismo
debemos actuar bajo la suposición de que existe
tal artefacto y que debe ser hallado.
—¿Porque Ferrant desapareció?
—Exactamente.
—¿Raptado por los ultras?
—Nada de eso. La tarjeta desapareció con él.
—¡Oh…, comprendo!
—Ferrant desde hacía tiempo estaba bajo sospechas
de ser un ultra secreto. Y no es el único del Bureau sobre el que existen tales
sospechas. Las pruebas que había no aconsejaban una acción abierta. Sabes que
tampoco podemos andar por ahí sospechando e investigando, porque de ser así
habría que investigar al Bureau completo de arriba abajo. Ferrant estaba sujeto
a vigilancia.
—¿Por quién?
—Por Gorbansky, por
supuesto. Afortunadamente, Gorbansky fotografió
la tarjeta y envió la copia al cuartel general de
la Tierra, pero admitió que no consideraba a
tal tarjeta más que como una nota
jeroglífica sin sentido alguno y que la incluía en
el informe enviado a la Tierra con el deseo de
que su informe fuese rutinariamente completo.
Ferrant, el mejor cerebro de los dos, supongo, se dio
cuenta del significado y decidió actuar. Lo hizo así
a gran costo, y a que se ha denunciado a sí mismo y
destruido su futura utilidad a los ultras, pero es probable que
no hay a futura utilidad. Si los ultras
controlan el dispositivo…
—Quizá Ferrant y a tenga en sus manos tal
artefacto.
—Recuerda que estaba bajo vigilancia. Gorbansky
jura que el dispositivo no apareció por ninguna parte.
—Gorbansky no pudo detener
a Ferrant al partir con
la tarjeta. Quizá tampoco pudo impedirle
que encontrara el dispositivo.
Ashley tamborileó con las yemas de sus dedos sobre
la pulida superficie de la mesa, con ritmo desigual. Finalmente, dijo:
—No quiero
pensar en eso. Si encontramos a
Ferrant, podremos saber el daño que se ha hecho.
Hasta ese momento
debemos buscar el dispositivo. Si Jennings lo escondió,
debió intentar alejarse del lugar del escondite. De no ser
así, ¿por qué dejar una clave?
—Quizá no viviera lo suficiente para alejarse mucho
de tal lugar. Una vez más, Ashley golpeó suavemente la mesa con sus dedos.
—La nave rastreadora muestra señales
de haber realizado un largo vuelo, y un vuelo veloz hasta
detenerse al final. Eso encaja con el punto de
vista de que Jennings estaba tratando de poner gran distancia
entre él y el lugar del escondite.
—¿Puede usted calcular de qué dirección partió?
—Sí, pero no es probable que ay ude nada. A juzgar
por el estado de las troneras laterales de la nave, es evidente que estuvo
derivando de acá para allá deliberadamente.
Davenport suspiró hondo.
—Supongo que tendrá usted una copia de la tarjeta.
—Sí, aquí está…
Ashley alargó a Davenport una copia de la tarjeta
en cuestión. Davenport la examinó durante unos momentos. En ella aparecía lo
siguiente:
Davenport dijo finalmente:
—No veo que esto tenga algún significado.
—Al principio, tampoco y o vi nada ni tampoco
aquellos a quienes consulté. Jennings debió pensar que Strauss le perseguía.
Quizá ignoraba que Strauss estaba fuera de combate definitivamente. Por lo
tanto, temería que cualquier ultra lo encontrara antes de que lo hiciese un
moderado. No se atrevía a dejar una clave demasiado clara…
Hubo un silencio entre los dos hombres, y a
continuación el jefe de la división
golpeó la tarjeta con un dedo, añadiendo:
—Esto representa una clave que es oscura en su
superficie, pero lo suficientemente clara para cualquiera que tenga un poco de
ingenio.
—¿Podemos confiar en eso?
—interrogó Davenport con tono de duda—. Después de todo,
Jennings era un hombre moribundo, atemorizado, que
podía en aquellos momentos estar sujeto a un
fallo mental. Es probable que
no pensara claramente, ni
siquiera humanamente. Por ejemplo, ¿por qué
no hizo un esfuerzo por alcanzar la estación lunar? Casi trazó
una enorme circunferencia a su alrededor. ¿Acaso se hallaba tan
confundido o inconsciente para no
pensar claramente? ¿Quizá excesivamente desequilibrado para llegar
hasta la estación lunar? ¿O quizá no confiaba en tal
estación? Sí, debió intentar llegar
allí al principio, puesto que recogieron sus
señales, pero lo que en realidad estoy
diciendo es que esta tarjeta, que parece estar
cubierta con un jeroglífico, no es más que eso, un
incomprensible jeroglífico.
Ashley movió
la cabeza solemnemente.
—Cierto. El pánico se había apoderado de
él. Y supongo que careció de la suficiente presencia de ánimo
para alcanzar la estación lunar. Solamente le impulsaba el ansia
de huir. Aun así, esto no puede ser un jeroglífico. Estos
signos encajan demasiado bien unos con otros. Cada anotación de
esta tarjeta puede tener sentido, y el total bien
interpretado puede dar algo.
—Entonces, ¿dónde está ese sentido, jefe?
—Verás que hay siete signos en el lado
izquierdo y dos en
el derecho. Primero examinemos la parte izquierda.
El tercer signo parece un signo de
« igual» . ¿Significa algo para ti el signo «
igual» …, algo en particular?
—Una ecuación algebraica.
—Eso es en general. Me refiero a algo en
particular.
—No.
—Supongamos que lo consideras como un par de líneas
paralelas.
—¿Quinto postulado de Euclides? —sugirió Davenport.
—¡Bien! Hay un cráter en la Luna llamado Euclides…
nombre griego del célebre matemático.
Davenport asintió con un movimiento de cabeza.
Luego dijo:
—Ya veo adónde quieres ir a parar. En cuanto a F/A,
eso es la fuerza dividida por la aceleración, la definición de la masa, según
Newton, en su segunda ley del movimiento…
—Sí, y hay un cráter llamado Newton en la Luna,
igualmente.
—Sí, pero espera un momento. El signo más bajo es
el símbolo astronómico del planeta Urano y no hay ningún cráter o ningún otro
objeto lunar, que y o sepa, que lleve ese nombre.
—También tienes
razón. Pero Urano fue descubierto por
William Herschel, y
la H que forma parte del símbolo astronómico es la inicial de su nombre. Sucede
que hay un cráter en la
Luna llamado Herschel… En realidad hay tres, porque
uno se llama así en nombre de
Caroline Herschel, su hermana, y otro se llama
John Herschel, su hijo.
Davenport reflexionó unos momentos, y después dijo:
—PC/2… Medida de presión, la mitad de la velocidad
de la luz… No estoy familiarizado con esta ecuación.
—Prueba con los cráteres. Prueba la
P para Ptolomeo,
y la C para Copérnico.
—¿Y sacar una media? ¿Significaría
eso el lugar exacto entre Ptolomeo y Copérnico?
—Me decepcionas, Davenport —respondió
Ashley sardónicamente—. Creí que conocías la historia de la
astronomía algo mejor que todo eso. Ptolomeo,
o Ptolomaeus en latín, presentó un cuadro geocéntrico
del Sistema solar, con la Tierra en
el centro; mientras que Copérnico presentó uno heliocéntrico,
con el Sol en el centro. Un astrónomo trató de establecer
un compromiso entre el de Ptolomeo y el de Copérnico…
—¡Ty cho Brahe! —exclamó Davenport.
—Muy bien. Y el cráter Ty cho es una de las
características más visibles de la superficie de la Luna.
—Bien…, ahora veamos el resto. La C-C es una forma
corriente de anotar un tipo normal de grado de afinidad química y creo que hay
un cráter llamado Bond.
—Sí, llamado como el astrónomo norteamericano, W.
C. Bond.
—La primera anotación, XY2. Bien… XYY.
Una X y dos Y. ¡Espera!… Alfonso X.
Era el astrónomo real de la España medieval, a
quien llamaron Alfonso X el Sabio. X el Sabio.
XYY. El cráter Alphonsus.
—Muy bien. ¿Y SU?
—Eso me desorienta, jefe.
—Te diré una
teoría. Se refiere a la Unión Soviética,
antiguo nombre de la Región Rusa. Fue la Unión Soviética la
que primero trazó el mapa de la cara oculta
de la Luna, y puede que allí hay a un
cráter. Tsiolkovsky, por ejemplo. Entonces, los símbolos de
la izquierda se pueden interpretar como relacionados con
un cráter: Alphonsus, Ty cho, Euclides,
Newton, Tsiolkovsky, Bond, Herschel…
—¿Y qué me dices de los símbolos del lado derecho?
—Eso está enormemente claro. El círculo dividido en
cuatro partes es el signo astronómico de la Tierra. Una flecha señalándole
indica que la Tierra debe estar directamente encima.
—¡Ah! —exclamó Davenport—.
El Sinus Medii… La Middle Bay, sobre
la cual la Tierra está perpetuamente en cenit.
Eso no es un cráter, y por eso está en
el lado derecho, lejos de los demás símbolos.
—Está bien —dijo Ashley —. Las anotaciones tienen
sentido o se puede hacer que lo tengan, de manera que por lo menos hay una
buena oportunidad de que no sea un jeroglífico y que tales anotaciones tratan
de indicarnos algo. Pero…, ¿qué? Hasta ahora tenemos siete cráteres y uno sin
mencionar y, ¿qué significa esto? Es de suponer que el dispositivo se encuentre
sólo en un cráter.
—Bien
—dijo Davenport calmosamente—, un cráter puede ser un
lugar enorme para efectuar una búsqueda de esa clase. Aun
cuando supongamos que Jennings eligió la sombra para evitar la
radiación solar…, aun así pueden existir docenas de
millas para explorar en cada caso. Supongamos que
la flecha que señala al símbolo de
la Tierra define el cráter donde
escondió el dispositivo, el lugar desde donde el
cual puede verse a
la Tierra más próxima al cenit.
—En eso y a se ha pensado, muchacho. Elimina un
lugar y nos deja con siete cráteres, los situados en la extremidad sur del
ecuador lunar y los situados en la extremidad norte de los del sur. Pero… ¿cuál
de los siete?
Davenport reflexionaba con el ceño fruncido. Hasta
entonces nunca había pensado en nada que y a estuviera más que pensado.
—Investigarlos todos —replicó.
Ashley se echó a reír bruscamente, y respondió:
—En todas las semanas que han
transcurrido desde que surgió esto y a lo hemos hecho con
todo cuidado.
—¿Y qué han encontrado?
—Nada. No hemos encontrado nada de nada. Aunque
todavía estamos buscando.
—Evidentemente uno de los signos no está
interpretado correctamente.
—¿Evidentemente…?
—Tú mismo has dicho que había
tres cráteres llamados Herschel. El
símbolo SU significa la Unión Soviética, si es que
significa esto y por lo tanto el otro lado de la Luna
puede referirse a cualquier cráter situado en
el otro lado: Lomonosov, Julio Verne, Joliot-Curie…, cualquiera de ellos.
Y de igual manera el símbolo de
la Tierra podría referirse al cráter Atlas, puesto que
se le describe sosteniendo a la tierra en algunas
versiones del mito. La flecha podría significar la Muralla
Recta.
—Ahí no hay discusión,
Davenport. Pero aun cuando interpretemos bien los símbolos,
¿cómo los reconoceremos entre todas las
interpretaciones erróneas o entre las
interpretaciones correctas, de los símbolos equivocados? Tiene que haber algo
que salte hacia nosotros desde esta tarjeta y nos proporcione
una información clara y terminante, algo que nos
diga inmediatamente qué es lo
que debemos hacer. Todos hemos
fracasado y necesitamos quizá una mente fresca, Davenport.
¿Qué es lo que tú ves aquí?
—Te diré una cosa, te diré lo que podríamos hacer
—respondió Davenport de mala gana—. Podríamos consultar a alguien que y o… ¡Oh,
cielo santo…!
Y al lanzar esta última exclamación Davenport se
levantó a medias de su asiento.
Ashley hizo un esfuerzo terrible por
dominar su repentina excitación y preguntó:
—¿Qué es lo que ves?
Davenport sintió cómo temblaban sus manos. Esperaba
que no ocurriera lo mismo con sus labios. Respondió:
—Dime, ¿han investigado el pasado de Jennings?
—Desde luego que sí.
—¿A qué colegio fue?
—A la Universidad Oriental.
Davenport estuvo a punto de lanzar una exclamación
de júbilo, pero se contuvo. Aquello aún no era suficiente.
—¿Estudió algún curso de extraterrología?
—Sí, desde luego. Eso es pura rutina para un
geólogo.
—Entonces, bien, ¿no sabes quién enseña
extraterrología en la Universidad Oriental?
Ashley hizo sonar dos dedos y respondió:
—Ese rechoncho de… ¿cómo se llama…? Wendell Urth.
—Exactamente, un rechoncho que es un hombre brillante en su terreno, y también un rechoncho que
ha actuado como asesor del
Bureau en varias ocasiones y con maravillosos
resultados en cada una de ellas. Iba
a sugerirte que le consultáramos esta vez y
entonces me di cuenta de que esta tarjeta nos estaba
diciendo que « debíamos» hacerlo así…
Una flecha señalando el símbolo de la Tierra. Una
indicación que no podría estar más clara: « Ir a Urth»
, escrita por un hombre que en otro momento fue
un estudiante de Urth y le debe conocer bien[2].
Ashley miró la tarjeta.
—¡Cielos! —exclamó—, es posible…, pero, ¿qué podría
decirnos Urth sobre esta tarjeta que no podemos ver por nosotros mismos?
Davenport dijo,
con paciencia, cortés:
—Sugiero que se lo preguntemos a él.
Ashley miró a su alrededor con
curiosidad, parpadeando un poco al mirar en una y otra
dirección. Tenía la impresión de
hallarse en una tienda de antigüedades,
oscura y de aspecto peligroso, de cuyo interior
y en cualquier momento podría surgir repentinamente un
demonio aullando lúgubremente.
La luz era pobre
y muchas las sombras. Las paredes
parecían hallarse muy lejos y terriblemente llenas de
librofilms desde el suelo hasta el techo. En un
rincón había una poderosa lente galáctica en tres dimensiones y tras
ella algunas cartas de estrellas que se distinguían débilmente. En
otro rincón había un mapa de la Luna, que bien
podría haber sido el de Marte.
Solamente la mesa de despacho, que se hallaba en el
centro de la estancia, se hallaba brillantemente iluminada por una lámpara de
lectura. La mesa se hallaba enteramente cubierta de papeles y libros abiertos.
En un extremo de la mesa se alzaba un proyector de películas, y en otro extremo
sonaba con alegre tictac un reloj con esfera pasada de moda.
Ashley en aquellos momentos no pudo recordar que
fuera de allí, eran las primeras horas de la tarde, y que el sol brillaba
todavía en el cielo. Allí dentro parecía reinar la noche eterna. No había
señales de ninguna ventana y la clara presencia del aire que circulaba no
suprimía en él la molesta sensación de claustrofobia.
Sin darse cuenta se acercó más a Davenport, que no
parecía dar importancia alguna a lo desagradable de la situación.
Davenport dijo en voz baja:
—Ya no tardará en venir.
—Todo esto… ¿siempre está así? —preguntó Ashley.
—Siempre. Que y o sepa jamás abandona
este lugar, excepto para dar un rápido paseo por el campus y
atender a sus clases.
—¡Caballeros! ¡Caballeros! —exclamó una voz de
tenor—. Me alegra mucho verles. Son muy amables al venir aquí.
La redonda figura de un hombre surgió de otra
estancia y desde la oscuridad pasó a la luz.
Les sonrió y
ajustó mejor sus gafas para observarlos
con más facilidad. Cuando sus dedos abandonaron la montura
de las gafas, éstas volvieron a descender
nuevamente, deteniéndose milagrosamente casi en el
extremo de su pequeña nariz.
—Soy Wendell Urth —declaró.
La barba a lo Van Dy ke, que lucía en su redondo
mentón, no añadía dignidad alguna al sonriente rostro ni al rechoncho cuerpo
que casi resultaba ridículo.
—Caballeros —repitió—, son muy amables al venir a
visitarme…
Tomó asiento en una silla balanceando sus piernas
en el aire. Su corta estatura
hacía que las suelas de sus zapatos quedasen a una
pulgada de distancia del pavimento. Luego, tras un breve silencio, añadió:
—El
señor Davenport recuerda, quizá,
que para mí es cuestión de
importancia permanecer aquí.
No me gusta viajar, excepto pasear, por supuesto,
y paseo por el campus, cosa que para mí y
a es suficiente.
Ashley se hallaba en pie y evidentemente
confundido, y lo mismo parecía sucederle a Urth, y a que le miró dos o tres
veces con expresión de muda interrogación. Urth extrajo un pañuelo del bolsillo
y limpió los cristales de sus gafas, y luego, cuando las hizo cabalgar
nuevamente sobre su nariz, dijo:
—¡Oh, me doy cuenta de la dificultad…!
Necesitan sillas. Sí. Bien, tomen dos,
por favor. Si hay cosas sobre ellas apártenlas. Siéntense,
por favor.
Davenport apartó los libros que había sobre
una silla y los colocó cuidadosamente en
el suelo. Arrastró la silla hacia Ashley
y luego tomó un cráneo humano que
había sobre una segunda silla y lo depositó
aún más cuidadosamente sobre
la mesa de trabajo de Urth. La
mandíbula, precariamente sujeta
con alambres, pareció que se desencajaba un poco
cuando trasladó el cráneo de un lugar a otro, y quedó sobre
la mesa, en tal forma.
—No se preocupe —comentó Urth, amablemente—, no le
dolerá. Y ahora díganme qué es lo que les trae por aquí, caballeros.
Davenport esperó un momento a que
hablase Ashley, y luego al ver que el jefe de la
División no lo hacía, tomó la palabra:
—Doctor Urth, ¿recuerda usted a un
estudiante suy o llamado Jennings? Karl Jennings…
La sonrisa que esbozaban los labios de Urth
se esfumó momentáneamente bajo el esfuerzo
del recuerdo. Parpadearon sus ojos saltones y finalmente
respondió:
—No…, no por el momento.
—Licenciado en geología. Estudió extraterrología
con usted hace años. Tengo aquí su fotografía por si puede ay udar…
Urth estudió la fotografía manejándola con sumo
cuidado, pero aún seguía dudando.
Davenport añadió:
—Dejó un mensaje que es la
clave para un asunto de la mayor importancia.
Hasta ahora no hemos podido
interpretarlo satisfactoriamente, pero, sospechamos
casi con seguridad que indica el hecho de venir a verle
a usted.
—¿De veras…? ¡Qué interesante! ¿Y con qué propósito
han venido a verme?
—Con el objeto de que nos aconseje para descifrar
el mensaje.
—¿Puedo verlo?
Silenciosamente, Ashley pasó
la hoja de papel a Wendell Urth. El extraterrólogo
la examinó con indiferencia, dio la
vuelta al papel y miró durante un par de
segundos al dorso en blanco. Luego murmuró:
—¿Dónde dice que vengan a verme a mí?
Ashley pareció sorprenderse ante la pregunta, pero
Davenport dijo rápidamente:
—La flecha que apunta hacia el símbolo de la
Tierra. Parece claro.
—Aquí veo con toda claridad
una flecha que señala hacia el símbolo del
planeta Tierra. Supongo que puede significar literalmente « ir a
la Tierra» , si esto se hubiese hallado en otro mundo.
—Se encontró en la Luna, doctor
Urth, y podría, creo y o, significar
eso. Sin embargo, la referencia a
usted me pareció
clara cuando recordamos que Jennings había
estudiado con usted.
—¿Estudió un curso de extraterrología aquí en la
Universidad?
—Así es.
—¿En qué año, señor Davenport?
—En el 18.
—¡Ah…, el jeroglífico y a está resuelto!
—¿Se refiere usted al significado del mensaje?
—preguntó Davenport.
—No, no. El mensaje no tiene para mí ningún
significado. Me refiero al jeroglífico de por qué y o no le recordaba, pero
ahora sí le recuerdo perfectamente. Era un individuo muy calmoso, tímido,
evidentemente no la clase de persona que siempre se recuerda con facilidad. Sin
esto, sin esta tarjeta, quizá nunca le hubiera recordado.
—¿Por qué la tarjeta cambió así las cosas?
—interrogó Davenport.
—Porque
se refiere a mí con
un juego de palabras. Con la pronunciación de
la palabra « tierra» . La cosa no es muy sutil, por
supuesto, pero esto es típico de Jennings.
Era muy aficionado al retruécano, al juego de
palabras,
y así mis únicos recuerdos de él están formados por
esta afición suy a. También a mí me gustan
los juegos de
palabras, pero Jennings… sí, le recuerdo
muy bien…, a Jennings
le encantaban, aunque como en este caso tenía
poco talento para el retruécano.
Ashley interrumpió bruscamente:
—Este mensaje está formado enteramente por juegos de
palabras, doctor Urth. Por lo menos así
lo creemos, y eso parece ajustarse a lo que
usted dice.
—¡Ah! —exclamó Urth, ajustándose las gafas y
estudiando una vez más la tarjeta y los símbolos que contenía.
Al cabo de unos momentos frunció ambos labios y
dijo alegremente:
—No saco nada en consecuencia.
—En tal caso… —murmuró Ashley, crispando ambos
puños con impaciencia.
—Pero si ustedes me dicen algo más —añadió Urth—,
entonces quizá esto llegue a significar algo.
Davenport dijo rápidamente:
—¿Puedo hacerlo, jefe? Estoy seguro de que se puede
confiar en este hombre… y nos puede ay udar.
—Adelante —murmuró Ashley —. En estos momentos…, ¿a
quién se podría perjudicar?
Davenport resumió la historia, relatándola
mediante frases casi telegráficas, mientras que
Urth escuchaba atentamente, moviendo sus gruesos dedos sobre la
pulida superficie de la mesa como si estuviese limpiando
unas invisibles cenizas de cigarrillo. Hacia el final del relato
alzó ambas piernas y las cruzó quedando sentado como un
simpático Buda.
Cuando Davenport terminó, Urth estuvo
pensativo durante un momento y luego preguntó:
—¿Poseen ustedes una copia de la conversación
reconstruida por Ferrant?
—Sí —respondió Davenport—, ¿le gustaría verla?
—Por favor.
Urth colocó la cinta de microfilm en un
visor y la examinó rápidamente a la vez que se movían sus
labios en algunos momentos. Luego golpeó con un dedo sobre
la tarjeta del mensaje preguntando:
—¿Y dicen ustedes que esta es la clave de todo el
asunto? ¿La clave principal?
—Eso suponemos, doctor Urth.
—Pero no es el original. Es una reproducción.
—Cierto.
—El original ha desaparecido con este
Ferrant, y ustedes creen que está en manos de
los ultras.
—Posiblemente.
Urth movió la cabeza de un lado a otro. Parecía
preocupado. Luego declaró:
—Todo el mundo sabe que mis simpatías no están con
los ultras. Lucharía en contra de ellos con todos los medios, de manera que no
desearía parecer que doy marcha atrás en este caso, pero… ¿qué es lo que hay
aquí que nos demuestre que tal dispositivo existe todavía? Ustedes no cuentan
más que con las palabras pronunciadas por un hombre enfermo, y sus dudosas
deducciones a causa de la reproducción de un misterioso conjunto de marcas que
probablemente nada signifique.
—Sí, doctor Urth, pero tenemos que correr ese
riesgo.
—¿En qué medida están ustedes seguros de que esta
copia es segura? ¿Y qué hay si el original tiene algo más que aquí falta, algo
que aclara más el mensaje, algo sin lo cual este mensaje es indescifrable?
—Estamos seguros de que la copia es exacta.
—¿Y qué hay sobre el dorso? No hay nada en el dorso
de esta reproducción.
¿Y en el dorso del original?
—El agente que hizo la reproducción nos
dice que el dorso del original
estaba en blanco también.
—Los hombres cometen errores.
—No tenemos razón
alguna para creer que él se hay
a equivocado, y debemos trabajar bajo la
suposición de que no ha cometido ningún
error. Por lo menos hasta el momento
en que el original vuelva a recuperarse.
—Entonces ustedes me aseguran —dijo
Urth— que cualquier interpretación que se realice de
este mensaje debe hacerse sobre la base de lo
que exactamente uno ve aquí.
—Eso creemos. Estamos virtualmente seguros
—respondió Davenport con enorme confianza.
Urth parecía continuar preocupado. Luego dijo:
—¿Por qué no dejar el instrumento donde está? Si
ningún grupo lo encuentra, mejor. Desapruebo totalmente el andar jugando con
las mentes, y eso no contribuirá en nada a hacerlo posible.
Davenport colocó
una mano pacificadora sobre un antebrazo de
Ashley al intuir que este último estaba a punto de decir algo.
Luego dijo:
—Permítame decirle, doctor Urth, que no solamente
se trata del aspecto
« juguetear con
las mentes» como usted dice, que pueda tener ese dispositivo.
Supongamos que una expedición de la Tierra emprendida a un planeta
primitivo dejó caer allí una radio antigua, y supongamos que los
nativos hayan descubierto la corriente eléctrica, pero no
todavía el tubo de vacío.
» Los nativos podrían descubrir entonces que
si el aparato de radio entraba en contacto con
una corriente, los objetos que había en su interior
se calentaban y brillarían, pero, por supuesto, no
recibirían ningún sonido inteligible, simplemente muchos
crujidos y demás interferencias. Sin embargo, si dejaban
caer el aparato de
radio en una bañera estando el aparato
enchufado, cualquier persona que estuviese bañándose
quedaría inmediatamente electrocutada.
Por lo tanto, dígame, ¿acaso los nativos de este hipotético
planeta debían deducir que el aparato que
tenían en estudio estaba solamente diseñado
con el propósito de matar gente?
—Veo la analogía —respondió el doctor
Urth—. ¿Cree usted que esa propiedad de influir sobre
la mente de las gentes
sólo es una función accidental del dispositivo?
—Estoy seguro de ello —dijo
Davenport, calurosamente—. Si podemos descubrir
su verdadero propósito, la tecnología de la Tierra puede
dar un salto hacia delante de muchos siglos.
—Entonces está usted de acuerdo con Jennings cuando
dijo… Urth consultó de nuevo el microfilm y añadió:
—… que podría ser la clave… ¿Quién sabe eso? Podría
ser la clave de una inimaginable revolución científica.
—¡Exactamente!
—Pero aun así permanece el juego con la mente
humana y es altamente
peligroso. Fuese cual fuere el propósito de aquel
aparato de radio, lo cierto es que
« electrocutaba» .
—Razón por la que no podemos consentir que ese
dispositivo caiga en manos de los ultras.
—¿Ni tampoco en las del Gobierno?
—Pero debo señalar que hay un límite razonable
a la precaución. Consideremos que
los hombres siempre han
mantenido el peligro en sus manos. La primera hacha de pedernal en la
Edad
de Piedra, la primera estaca de madera, aún
antes del hacha, podían matar.
Podían emplearse para doblegar la voluntad de
los más débiles ante los más fuertes, y también eso era una forma de jugar con
la mente. Lo que cuenta, doctor Urth, no es
el dispositivo en sí, por muy peligroso
que pueda ser en un sentido abstracto, sino más bien
las intenciones de los hombres que lo usen. Los ultras tienen
la declarada intención de matar a más del
99,9 por ciento de la humanidad. El Gobierno, con todas sus faltas, no tendría
tales intenciones.
—¿Qué trataría de hacer el Gobierno?
—Estudiar científicamente ese dispositivo. Incluso
ese aspecto que usted menciona de
influenciar mentalmente podría redundar en grandes beneficios.
Usando ese dispositivo bien podría educarnos en lo concerniente
a la base física de la función mental. Podríamos
aprender a corregir los desórdenes
mentales o curar a los ultras. La humanidad podría
desarrollar una may or inteligencia en general.
—¿Cómo puedo creer que se llevaría a la práctica
semejante idealismo?
—Yo lo creo. Considere que
se enfrenta usted a un posible giro hacia el mal del
Gobierno si usted nos ayuda, pero arriesga el cierto
y declarado mal propósito de los ultras si no
lo hace.
Urth asintió con un movimiento de cabeza,
pensativamente.
—Quizá tenga usted razón. Y aun así tengo que
pedirle un favor. Tengo una sobrina que sospecho me quiere demasiado. Está
constantemente molesta por el hecho de que tenazmente me niego a emprender la
locura de hacer un viaje. Ella asegura que no descansará con tranquilidad hasta
el día en que y o la acompañe a Europa, a Carolina del Norte, o a algún otro
lejano lugar…
Ashley se inclinó hacia delante, impaciente, sin
hacer el menor caso del gesto que le hacía Davenport para que se contuviese.
—Doctor Urth —dijo—, si usted nos ayuda a encontrar
el dispositivo y si se logra que funcione, entonces le aseguro que para
nosotros será una satisfacción liberarle de su fobia contra los viajes y
haremos posible que acompañe usted a su sobrina, gustosamente, a cualquier
parte del mundo que usted guste.
Los saltones ojos de Urth
se abrieron desmesuradamente y durante un par de
segundos pareció sufrir
una fuerte conmoción. Pareció que acababa de caer en una trampa peligrosa.
—¡No! —gritó—. ¡Nada de eso! ¡Nunca!
Hubo un momento de silencio y luego, y a calmado,
el doctor Urth murmuró en tono normal:
—Permítanme que les
explique cuáles son mis honorarios. Si les ayudo,
si ustedes recuperan el dispositivo y aprenden a usarlo,
si el hecho de mi ayuda se hace público,
entonces mi sobrina caerá sobre el Gobierno hecha una
furia. Es terriblemente terca y es a la vez
una mujer de voz chillona que sería capaz de organizar
suscripciones públicas y manifestaciones. No se detendrá
ante nada. Ustedes no deben ceder ante ella. ¡No
deben hacerlo! Tienen
que resistir todas las
presiones. Deseo estar solo, exactamente igual
que ahora. Esos son mis únicos
honorarios, mis únicos y absolutos honorarios.
Ashley se sonrojó.
—Sí, por supuesto, si ése es su deseo.
—¿Tengo su palabra?
—Tiene usted mi palabra.
—Por favor, recuerde…, confío en usted también,
señor Davenport.
—Será como usted desea —replicó con tono calmoso
Davenport—. Y ahora, creo, ¿puede usted interpretar esas anotaciones?
—¿Las anotaciones? —interrogó Urth, pareciendo
centrar su atención con dificultad en la tarjeta—. ¿Se refiere usted a estas
marcas, XY2 y demás?
—Sí, ¿qué quiere usted decir?
—No lo sé. Creo que la interpretación de ustedes es
tan buena como otra cualquiera.
Ashley explotó:
—¿Quiere usted decir que toda esta charla sobre su
ay uda es inútil? Entonces,
¿a qué viene esa tontería de sus honorarios y
demás?
Wendell Urth parecía confuso y hasta sorprendido.
Murmuró:
—Me gustaría ayudarles.
—Pero usted no sabe lo que significa esto, lo que
significan los signos de este mensaje.
—Yo…, no. Pero sí sé lo que significa el mensaje.
—¿De verdad? —exclamó Davenport.
—Desde luego
que sí. Su significado es transparente. Ya lo
sospeché a través de su relato. Y estuve seguro de
ello en cuanto leí la reconstrucción de
las conversaciones sostenidas entre Strauss y Jennings.
Ustedes mismos se habrían dado cuenta, caballeros,
de haberse detenido a pensar.
—Veamos —dijo
Ashley completamente desesperado—. Acaba usted de decir
que no entendía lo que significaban las partidas, las notas.
—Y es cierto. Pero sé lo que significa el «
mensaje» .
—¿Y cuál es el mensaje sin esas notas? ¿Acaso se
trata sólo del papel, por amor de Dios?
—Sí, en cierta forma.
—Se referirá usted, sin duda, a tinta invisible o
algo por el estilo.
—¡No! ¿Por qué es tan difícil que ustedes
lo entiendan cuando casi lo tienen a la mano?
Davenport se inclinó hacia Ashley y dijo en voz
baja:
—Jefe, ¿me permite manejar esto a mí, por favor?
Ashley gruñó y luego respondió con tono rígido:
—Adelante.
—Doctor Urth —dijo Davenport, dirigiéndose de nuevo
al profesor—, ¿quiere usted darnos su análisis?
—¡Ah! Bien…, está bien.
El pequeño extraterrólogo se recostó cómodamente en
su silla y se enjugó el sudor de la frente con el borde de una manga. Luego
continuó diciendo:
—Consideremos el mensaje. Si ustedes aceptan el círculo dividido en cuatro y
la flecha como señal de dirigirse
a mí, eso deja a un lado siete partidas. Si éstas
se refieren como parece ser a
siete cráteres, seis de ellos deben también sin duda
alguna figurar ahí simplemente para despistar, puesto
que el dispositivo no puede hallarse en más de un sólo
lugar. No estaba formado por partes desmontables…,
sólo formaba una pieza.
» Entonces, y también, ninguna de las partidas
son directamente indicadoras. De acuerdo con su
interpretación, SU podría significar cualquier lado
situado en la otra cara de la Luna,
que es una zona de aproximadamente el
tamaño de América del Sur. También PC/2 puede
significar Ty cho, como dice el señor Ashley, o
puede significar “distancia media entre Ptolomeo y
Copérnico”, como pensó el señor Davenport, y si así
opinamos también podríamos sugerir que
significaría “media distancia entre Platón y Cassini”. Seguro que
XY2 podría significar Alphonsus…, muy ingeniosa
interpretación, pero también podría referirse a algún
sistema de coordenados en el que
la coordenada Y fuera el cuadrado de
la coordenada X. De igual forma C-C significaría
“Bond” o “distancia media entre Cassini y
Copérnico”. F/A podría ser “Newton” o
significar “entre Fabricius y Arquímedes”.
» En resumen, las partidas o anotaciones
tienen tantos significados que llegan a no tener ninguno.
Aun cuando una nota de estas lo tuviera, no se podría seleccionar entre las
otras de manera que resulta sensato suponer que todas estas
anotaciones son simplemente “floreros”.
» Entonces, se hace necesario
determinar qué es lo que hay en
el mensaje que no sea completamente ambiguo, lo que
está perfectamente claro. La respuesta a esto sólo puede
ser que “es” un mensaje; que es la pista que
llevará a un escondite. Esa es la única cosa sobre la
que estamos seguros, ¿no es así?
Davenport asintió con un movimiento de cabeza y
luego dijo, con sumo cuidado:
—Por lo menos creemos estar seguros de ello.
—Bien. Han mencionado ustedes
este mensaje como si fuera la clave de
todo el asunto. Han actuado ustedes como si fuese
la pista principal. Jennings se refirió al dispositivo como clave
o pista. Si combinamos este serio punto de vista
sobre el asunto, con la afición de Jennings a los juegos de
palabras, una afición o tendencia
que quizá se acrecentó con el dispositivo que
llevaba encima…, un momento, permítanme que les cuente
una historia…
» En la segunda mitad del
siglo XVI, vivía en Roma un
jesuita alemán. Era matemático y astrónomo
de fama y ayudó al papa
Gregorio XIII a reformar el calendario en
el año 1582, ejecutando todos los enormes cálculos
que eran necesarios. Este astrónomo admiraba mucho a
Copérnico, pero no aceptaba el punto de vista
heliocéntrico del Sistema Solar. Se adhería al viejo punto
de vista en el que la Tierra era
el centro del universo.
» En el año 1650, casi
cuarenta años después de la muerte de
este matemático, otro jesuita trazó el mapa de la
Luna, el astrónomo italiano
Giovanni Battista Riccioli. Bautizó a
los cráteres con los nombres de astrónomos del pasado,
y como él tampoco estaba de acuerdo con
Copérnico,
seleccionó los cráteres más grandes y espectaculares
para darles los nombres de los que opinaban que
la Tierra era el centro del universo: Ptolomeo, Hipparcus,
Alfonso X, Ty cho Brahe. El cráter más grande que
pudo encontrar Riccioli lo reservó
para su predecesor, el jesuita alemán.
» Este cráter es
en realidad el segundo en tamaño de los que se divisan
desde la Tierra. El más grande es Bailly, que
está a la derecha del limbo de la Luna y es, por lo
tanto, muy difícil verle desde la Tierra. Riccioli lo
ignoraba, y así recibió el nombre de un
astrónomo que vivió un siglo más tarde y que fue guillotinado durante
la Revolución francesa.
Ashley escuchaba todo con gran impaciencia.
Finalmente preguntó:
—¿Qué tiene que ver todo eso con el mensaje?
—¡Vay a…!, pues todo, amigo mío —respondió Urth con
tono de sorpresa—.
¿No calificó usted a este mensaje en clave de todo
el asunto? ¿No es la pista principal?
—Sí, desde luego.
—¿Hay alguna
duda en que estamos relacionándonos con algo
que es una clave o pista que nos llevará a otra cosa?
—No, no la hay —dijo Ashley.
—Bien. Entonces… el nombre del jesuita alemán que
he mencionado es Christoph Klau…, pronunciado « clou» . ¿No ven el juego de
palabras? ¿Klau… clue?
Todo el cuerpo de
Ashley pareció estar a punto
de derrumbarse de decepción. Murmuró.
—Eso…, eso me parece muy remoto.
Davenport dijo ansiosamente:
—Doctor Urth. Que y o sepa no hay ningún
lugar en la Luna que se llame Klau.
—Desde luego que no —respondió
Urth, excitadamente—. Esa es la cuestión. En este período
de la historia, en la segunda parte del siglo XVI, los
eruditos europeos latinizaban sus nombres. Klau también lo hizo así.
En lugar de la « u» alemana empleó la letra
equivalente en latín, la « v» . Entonces añadió « ius» , típico final
de los nombres latinos, y así Christoph Klau se convirtió en Christopher
Clavius, y supongo que ustedes habrán oído hablar
del cráter gigante que todos llamamos Clavius.
—Pero… —comenzó Davenport.
—Por favor nada de « peros»
—interrumpió Urth—. Permítame señalarle que la
palabra latina « clavis» significa
« clave» . Ahora, ¿se dan cuenta del
doble y bilingüe juego de palabras? Klau, clue, Clavius,
clavis, clave. En toda su vida Jennings no
podría haber construido
un juego de palabras como éste sin la ay uda
del dispositivo. Entonces sí pudo hacerlo y
hasta me pregunto si la muerte no llegó a ser
triunfante bajo tales condiciones. Y les dirigió
a ustedes a mí porque sabía que y o recordaría su
afición a los juegos de palabras y
porque él sabía que a mí también me gustaban.
Los dos hombres del Bureau se miraron mutuamente
con los ojos muy abiertos.
Urth dijo solemnemente:
—Le sugeriría buscar en el borde en sombras de
Clavius, en el punto donde la Tierra está más cerca del cenit.
Ashley se puso en pie. Preguntó:
—¿Dónde está su videófono?
—En la estancia contigua.
Ashley corrió hacia allá. Davenport quedó atrás.
—¿Está usted seguro, doctor Urth?
—Completamente seguro. Pero aunque esté equivocado,
sospecho que no importa.
—¿Qué es lo que no importa?
—Que encuentren ustedes el dispositivo o no. Porque
si los ultras lo encuentran, probablemente no serán capaces de usarlo.
—¿Por qué dice usted eso?
—Me preguntó usted si Jennings había sido
estudiante mío, pero no me preguntó si lo había sido Strauss, que también era
geólogo. También estudió conmigo un año o algo así después de Jennings. Le
recuerdo muy bien.
—¡Oh…!
—Un hombre desagradable. Muy frío. Esa es la marca
típica de los ultras, creo. Todos son muy fríos, muy rígidos, muy seguros de sí
mismos. No pueden
ser de otra forma. De lo contrario no hablarían de
matar a miles de millones de seres.
—Creo que lo entiendo.
—Eso supongo. La conversación reconstruida de los
delirios de Strauss nos demostró que él no podía
manipular el dispositivo. Carecía de la intensidad emocional
para poder hacerlo. Imagino que todos los demás ultras
se encuentran en la misma situación. Jennings, que
no era ultra,
pudo manejarlo. Cualquiera que pudiese manejarlo,
creo que sería incapaz de una deliberada crueldad, a
sangre fría. Podría quizá sembrar
el pánico como lo hizo Jennings con
Strauss, pero nunca de una manera calculadora
y fría, como Strauss trató de hacerlo con Jennings…
En resumen, creo que el dispositivo puede manipularse
mediante el amor, pero nunca mediante el odio, y
los ultras no son más que seres que odian fríamente.
Davenport asintió con un movimiento de cabeza.
Luego dijo:
—Espero que tenga usted razón. Pero entonces…, ¿por
qué sospechaba usted sobre los motivos del Gobierno si suponía que tal tipo de
hombres no podían manipular el dispositivo?
Urth se encogió de hombros y respondió:
—Quería estar seguro de que usted podría baladronar
y razonar, a la vez que podría lograr convencer y persuadir cuando llegara el
momento de hacerlo. Después de todo, puede que tenga usted que enfrentarse con
mi sobrina.
F I N
