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martes, 2 de diciembre de 2025

Libro N° 9000. La Clave. Asimov, Isaac.

 


© Libro N° 9000. La Clave. Asimov, Isaac. Emancipación. Agosto 28 de 2021.

Título original: ©  La Clave. Isaac Asimov

 

Versión Original: © La Clave. Isaac Asimov

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://solocienciaficcion.blogspot.com/2020/07/la-clave-isaac-asimov.html

 

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Portada E.O. de Imagen original:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CLAVE

Isaac Asimov

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Clave

Isaac Asimov

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



CAPÍTULO I

 

Karl Jennings sabía que iba a morir. Le quedaban pocas horas de vida y mucho que hacer.

No había suspensión en la ejecución de la sentencia, no podía haberla allí en  la Luna y muchísimo menos sin que funcionara el sistema de comunicaciones.

Incluso en la Tierra había  unos cuantos lugares dispersos donde, sin una  radio a mano, un hombre podría morir sin que le prestara ayuda la mano de otro hombre, sin que otro hombre le compadeciese, sin que los ojos de otros hombres descubrieran el cadáver.

Allí, en la Luna, había muy pocos lugares donde las cosas fueran diferentes. Por supuesto, los habitantes de la Tierra sabían que él estaba en la Luna.

Formaba parte de una expedición geológica… ¡No, de una expedición  selenológica! Resultaba extraño cómo su mente, influida aún por la Tierra, se negaba a abandonar el prefijo « geo» .

Mecánicamente se dejó arrastrar por los pensamientos, al mismo tiempo que trabajaba. Aun cuando estaba muriendo, todavía sentía aquella claridad de pensamiento impuesta artificialmente.

Ansiosamente, miró a su alrededor. No había nada que ver. Se hallaba en la oscuridad de las eternas sombras que bañaban la cara norte del muro interior del cráter, una negrura que solamente quebraba el intermitente parpadeo de su linterna. Seguía manteniendo aquel parpadeo, en parte porque no se atrevía a consumir su fuente de energía eléctrica antes de morir y  en  parte  porque  tampoco se atrevía a arriesgarse a ver más de lo que veía.

A su izquierda, y hacia el Sur, a lo largo del cercano horizonte de la Luna, había una creciente luminosidad blanca producida por el sol. Más allá del horizonte, e invisible, se encontraba el borde opuesto del cráter. El Sol nunca ascendía lo suficiente sobre el borde  del cráter, como para iluminar el suelo que se hallaba bajo sus pies. Se hallaba a salvo de la  radiación…, al menos contaba con tal ventaja.

Cavaba cuidadosamente, pero con torpeza, demasiado oprimido por su traje espacial. Le dolía el costado terriblemente.

El polvo y rocas destrozadas no tomaban el aspecto de « castillo de hadas» característico de aquellas partes de la Luna expuestas a las alternativas de luz y oscuridad, de calor y frío. Allí, en el frío eterno, el lento derrumbarse de la pared del cráter, simplemente había apilado un fino polvillo formando una masa heterogénea. No sería fácil distinguir que se había excavado allí.

Por un instante calculó mal la desnivelada superficie oscura y dejó caer un puñado de finos fragmentos polvorientos. Las partículas cayeron con la característica lentitud de la Luna, y aún así con todo el aspecto de una cegadora velocidad, y a que no había aire que opusiera resistencia para reducir más su



movimiento y extenderlas en forma de polvorienta neblina.

La linterna de Jennings se encendió un momento y Jennings apartó de su camino una roca aplicándole un puntapié.

No disponía de mucho tiempo. Continuó excavando más profundamente en el polvo.

Un poco más de profundidad y podría introducir el dispositivo en el agujero y comenzar luego a cubrirlo. Strauss no debía encontrarlo.

¡Strauss!

El otro miembro del equipo. La mitad en el descubrimiento. La mitad en el terreno de la fama.

Si solamente se tratara de arrogarse la totalidad del crédito que Strauss  deseaba, Jennings podría haberlo permitido. El descubrimiento era  más  importante que cualquier mérito individual que pudiese acompañarle. Pero lo que Strauss deseaba era algo más; algo que, para impedirlo, Jennings estaba dispuesto a morir.

Y estaba muriendo.

 

 

Lo habían encontrado juntos. En realidad, Strauss había encontrado la nave; o, mejor dicho, los restos de la nave, o quizá con más propiedad podría decirse lo  que sin duda alguna eran los restos de algo parecido a una nave.

—Metal —había dicho Strauss al recoger algo desigual y casi amorfo.

Apenas se podían ver sus ojos y rostro a través del grueso cristal-plomo del visor, pero su voz un tanto áspera sonaba claramente a través de la  radio  del traje.

Jennings llegó entonces hasta él desde el lugar que ocupaba, a media milla de distancia, y respondió:

—¡Muy extraño es eso! No hay metal libre en la Luna.

—No debía haberlo. Pero sabes muy bien que  no la  han explorado más que  en un uno por ciento de su superficie. ¿Quién sabe lo que se puede encontrar en ella?

Jennings gruñó unas palabras de asentimiento y extendió su manopla para tomar el objeto.

Era auténticamente cierto que casi cualquier cosa podría encontrarse en  la Luna, al menos así se podía suponer. La suy a era la primera expedición selenológica, financiada particularmente, que había alunizado.  Hasta  entonces sólo había habido empresas de tipo gubernamental, realizadas mediante lanzamientos, de los cuales aún restaban una media docena. Era una señal de la avanzada edad espacial el que la Sociedad Geológica pudiera permitirse enviar a dos hombres a la Luna con el sólo objeto de realizar estudios selenológicos.

Strauss dijo:



—Parece como si en otros tiempos hubiese tenido una superficie pulida.

—Tienes razón —respondió Jennings—. Puede que hay a más trozos por ahí.

Encontraron tres pedazos más, dos de pequeño tamaño y uno que mostraba huellas de una junta remachada.

—Llevémoslos a la nave —dijo Strauss.

A continuación dirigieron la pequeña nave rastreadora hasta la nave madre. Una vez a bordo se quitaron sus trajes, algo que por lo menos Jennings siempre se alegraba de hacer. Se rascó vigorosamente las costillas y se frotó  las  mejillas hasta que la blanca piel mostró un color escarlata.

Strauss despreció tales debilidades y se puso a trabajar. El rayo láser atacó al metal y el vapor fue registrado por el espectrógrafo. Se trataba esencialmente de acero-titanio, con un poco de cobalto y molibdeno.

—Por supuesto, se trata de algo artificial —dijo Strauss.

Su ancho y huesudo rostro aparecía tan inexpresivo y duro como siempre. No exteriorizaba ni alegría ni sorpresa, aunque Jennings sentía cómo su corazón latía con violencia.

Quizá fue la emoción lo que hizo murmurar a Jennings en aquel momento:

—Este es un acontecimiento respecto al que debemos imponernos cierta obligación…

Strauss miró a Jennings con frío disgusto y dejó a un lado la colección de trozos metálicos, como si no les diese la menor importancia.

Jennings suspiró hondo. Resultaba extraño, pero no podía « tragar» aquella actitud. ¡Nunca había podido hacerlo! Recordó la Universidad… bien, no tenía importancia. El descubrimiento que había hecho valía la pena. Por lo menos era muchísimo más valioso que toda aquella fría y despreciativa calma de Strauss.

Jennings se  preguntó si Strauss concedía  realmente valor al descubrimiento.

Sabía muy poca cosa de Strauss, a  no ser su reputación de  selenólogo. O lo que era igual, había leído las publicaciones de Strauss y suponía que también Strauss había leído las suyas. Aunque sus caminos hubiesen seguido igual rumbo en sus días universitarios, jamás se habían conocido hasta que ambos se presentaron voluntariamente para formar parte de aquella expedición y fueron aceptados.

Durante la semana del viaje, Jennings había tenido constantemente delante de él aquella fornida figura, los cabellos agrisados y los ojos azules y fríos. Se fijaba constantemente en cómo trabajaban aquellas poderosas mandíbulas cuando mascaban los alimentos. El propio Jennings, de mucha menor corpulencia, también con ojos azules, pero con cabellos más negros, automáticamente  tendió  a retirarse de aquel poder y fuerza que parecía irradiar del otro.

Jennings dijo:

—No existe dato alguno sobre el hecho de que una nave hay a alunizado por estos lugares, y tampoco hay ningún registro que asegure hay a habido alguna



catástrofe.

—Si todo esto fuese parte de una nave —respondió Strauss—, las piezas  estarían suaves y pulidas. Todo esto ha estado sujeto a  algún tipo de  erosión y, al no haber aquí atmósfera,  eso significa la exposición al bombardeo de micrometeoritos durante muchos años.

Por lo tanto, Strauss « se daba cuenta» del valor del hallazgo. Jennings dijo:

—Es un artefacto construido por manos o cerebros que no son humanos. Unas criaturas, no de la Tierra, alguna vez visitaron la Luna. ¿Quién  sabe  cuánto  tiempo hará de esto?

—Sí…, ¿quién lo sabe? —convino Strauss con tono seco.

—En el informe…

—Un momento —le interrumpió Strauss imperiosamente—. Habrá mucho tiempo de informar cuando tengamos algo sobre qué informar. Si ha sido una  nave, habrá por ahí más trozos que los que hemos encontrado.

Pero en aquellos momentos no valía la pena seguir buscando más. Habían dedicado a la labor varias horas y sentían hambre y sueño. Sería mucho mejor emprender la tarea cuando estuviesen más frescos y descansados. Los dos parecieron estar de acuerdo sobre tal punto, sin mencionarlo para nada.

La Tierra aparecía muy baja en el horizonte, casi llena en su fase, brillante y veteada de azul. Jennings la miró mientras comían y experimentó, como siempre le ocurría, una terrible nostalgia.

—Desde aquí parece un oasis de paz —murmuró—, pero hay en ella seis mil millones de personas atareadas.

Strauss alzó la cabeza y replicó secamente:

—¡Seis mil millones de seres que la están arruinando! Jennings frunció el ceño.

—No serás un ultra, ¿verdad? —preguntó. Strauss interrogó, a su vez:

—¿De qué diablos estás hablando?

Jennings sintió que enrojecía. Su piel siempre adquiría una tonalidad rosada cuando sus emociones eran un tanto violentas. Jennings consideraba muy embarazoso su sonrojo, como si fuera un vicio del que no pudiera liberarse.

Al cabo de un par de segundos, continuó comiendo sin decir nada más.

Durante toda una generación, la población de la Tierra se había mantenido sin variación alguna. Todo el mundo admitía que no se podía permitir un mayor aumento de seres humanos. En realidad había muchos que decían que no era suficiente con ordenar « no más aumento de población» . Esta  tenía  que disminuir. El propio Jennings simpatizaba con tal punto de vista. El globo  terráqueo estaba siendo devorado por su enorme peso en habitantes.

Pero, ¿cómo disminuir la población? ¿Al azar, quizá, estimulando a la gente



para que hiciera disminuir aún más el índice de natalidad, cosa que y a se había realizado repetidas veces? Últimamente habían sonado campanas lejanas que deseaban no solamente una disminución en el número de habitantes, sino  más bien una disminución seleccionada…, la supervivencia de los mejores.

Jennings pensó: « Supongo que le habré insultado» .

Más tarde, cuando y a estaba casi dormido, súbitamente, se le ocurrió pensar que no sabía prácticamente nada sobre el carácter de Strauss. ¿Y si en aquellos momentos se le ocurría al hombre emprender una solitaria expedición por su propia cuenta, con objeto de arrogarse todo el mérito?

Jennings se apoy ó sobre un codo, enormemente alarmado. Pero Strauss respiraba pesadamente, y aun cuando  Jennings estuvo  escuchando atentamente, al final la respiración pesada fue convirtiéndose poco a poco en un característico ronquido.

 

 

Invirtieron los siguientes tres días en la búsqueda de más piezas adicionales. Encontraron algunas. Pero hallaron algo más que esto. Descubrieron  una  zona que resplandecía con la diminuta fosforescencia de las bacterias lunares. Tales bacterias eran muy corrientes, pero nunca se había registrado en ninguna  otra parte en concentración tan enorme como para producir tal resplandor.

Strauss dijo:

—Es probable que en otro tiempo hay a estado aquí un ser orgánico o  sus restos. Murió, pero no sucedió así con los microorganismos de su interior. Al final le consumieron.

—Y quizá se extendieron luego —dijo Jennings—. Esta puede ser la fuente habitual de las bacterias lunares. Puede que no sean nativas en absoluto, sino más bien el resultado de una contaminación… de hace siglos.

—También puede ser lo opuesto —dijo Strauss—. Desde el momento en que las bacterias son completamente diferentes en lo fundamental, de  toda  otra forma de microorganismos terrestres, las criaturas que invadieron…, suponiendo que ésta fuera su fuente, también debieron haber sido fundamentalmente diferentes. Otra indicación más de un origen extraterrestre.

El sendero terminaba en la pared de un pequeño cráter.

—Se trata de una excavación importante —comentó Jennings sintiéndose decepcionado—. Mejor sería informar sobre todo esto y conseguir ayuda.

—No —replicó Strauss sombríamente—. Puede que ahí no hay a nada que precise ayuda. Puede que el cráter se hay a formado un millón de  años después de haberse estrellado la nave.

—¿Quieres decir que se ha vaporizado en su mayor parte y resta de ella solamente lo que nosotros hemos encontrado? —interrogó Jennings.

Strauss asintió con un movimiento de cabeza.



Jennings añadió:

—De todas maneras, probemos. Excavaremos un poco. Si trazamos una línea desde el punto donde encontramos los pedazos, hasta aquí, y luego mantenemos…

Strauss asintió de mala gana y trabajó con mal humor, de forma que fue Jennings quien llevó a cabo el verdadero hallazgo. ¡Seguro que aquello era algo! Aun cuando Strauss hubiese encontrado el primer trozo de metal, Jennings había hallado el auténtico artefacto.

« Era» un artefacto… encajado, por así decirlo, a tres pies de  profundidad bajo la irregular forma de una roca que al caer había formado un hoy o en su contacto con la superficie de la Luna. En aquel hueco se hallaba el artefacto, protegido de todo por un millón de años o más. Protegido de la radiación, de los micrometeoros, de los cambios de temperatura, etc., de manera que se hallaba completamente nuevo.

Jennings inmediatamente le bautizó con el vocablo « Dispositivo» . No tenía  un aspecto muy diferente a cualquier otro dispositivo que él y Strauss hubiesen visto alguna vez, pero, como Jennings preguntó, ¿por qué iba a ser diferente?

—No veo en esto ningún borde áspero o rugoso —dijo Jennings—. Quizá no esté roto.

—Pero es posible que le falten piezas.

—Puede ser —dijo Jennings—. Sin embargo, no parece poseer algo movible.

Está formado de una sola pieza y, ciertamente, con unos desniveles extraños.

Jennings hizo una pausa y luego añadió, tratando de dominarse, cosa que no consiguió hacer:

—« Esto» es lo que necesitamos. Una pieza de metal desgastado, o una zona rica en bacterias es solamente material para deducción y disputa. Pero esto es auténtico…, un dispositivo que claramente es de fabricación extraterrestre.

El dispositivo se hallaba en la mesa entre ambos hombres en aquel momento y ambos lo contemplaron gravemente.

Jennings añadió finalmente:

—Ahora mismo podemos comenzar a redactar el informe…

—¡No! —exclamó Strauss con tono de disensión—. ¡Diablos, no!

—¿Por qué no?

—Porque, si lo hacemos, en el acto se convertirá en proy ecto de  una sociedad. Caerán sobre él como un enjambre de avispas y nosotros, cuando todo esté hecho, ni siquiera llegaremos a ser más que una nota al pie. ¡No!…

Strauss se detuvo. Respiró hondo y añadió:

—Hagamos con esto todo cuanto podamos y saquemos todo el partido posible de este artefacto antes de que las arpías desciendan sobre nuestras cabezas.

Jennings reflexionó. No podía negar que él, también, deseaba  ardientemente no perder crédito. Pero aun así…



Luego dijo:

—No sé si decidirme a correr ese riesgo…

Hubo un silencio entre los dos hombres y a continuación Jennings añadió:

—Escucha, Strauss…

Tuvo la intención, durante una décima de segundo, de usar el nombre de pila de su compañero, pero finalmente apartó la idea de su mente.

—Escucha, Strauss, no está bien esperar. Si esto es de origen extraterrestre, entonces debe pertenecer a algún otro sistema planetario. En el Sistema Solar no hay, aparte de la Tierra, un lugar donde se pueda suponer una forma de vida avanzada.

—Eso, en realidad, aún no se ha demostrado —replicó Strauss con un gruñido

—. Pero…, ¿y si tuvieses razón?

—Entonces significaría que las criaturas de esa nave realizaron un viaje interestelar y que, por lo tanto, tenían que estar tecnológicamente mucho más avanzados que nosotros. Podría ser la clave… de sabe Dios qué. Podría ser una pista que nos llevara a una revolución científica inimaginable.

—Eso no es más que una tontería romántica. Si esto es el producto de una tecnología más avanzada que la nuestra, nada aprenderemos de ella. Resucita a Einstein y enséñale una microprotocurva, y dime, ¿sacaría algo de ella? ¿La entendería?

—No podemos estar seguros de que nada aprenderíamos.

—Aun así, ¿y qué? ¿Qué es lo que va a ocurrir aunque hay a una pequeña demora? ¿Y si nos quedamos con todo el crédito de esto? ¿Qué sucederá si nos quedamos con esto y seguimos estudiándolo en nuestro propio beneficio?

—Pero, Strauss —dijo Jennings sintiéndose enormemente conmovido y haciendo un gran esfuerzo para que Strauss penetrase en la importancia que quizá pudiera tener el dispositivo—. ¿Y si nos estrellamos con él? ¿Y si no logramos regresar con él a la Tierra? No podemos correr el riesgo de que esto se pierda.

Y al pronunciar estas últimas palabras, acarició al artefacto,  como  si estuviese enamorado de él, añadiendo:

—Debemos informar ahora mismo sobre su hallazgo y hacer que envíen naves aquí para que se lo lleven. Es demasiado precioso para…

En aquel instante, cuando Jennings hablaba con más emoción, el dispositivo pareció calentarse bajo su mano. Una porción de su  superficie,  medio  oculta bajo un suave pliegue del metal, emitió una débil fosforescencia.

Jennings retiró la  mano rápidamente, con gesto espasmódico, y  el artefacto  se oscureció repentinamente. Pero había sido suficiente; aquel momento acababa de ser infinitamente revelador.

Jennings dijo con voz ahogada:

—Fue como si se hubiera abierto una ventana en tu cerebro, Strauss. Vi todo cuanto había en tu mente.



—Y y o leí en la tuy a —replicó Strauss—, o, más bien, la experimenté, penetré en ella, o como quieras tú decirlo.

A continuación tocó el dispositivo con frío ademán, pero nada sucedió.

—Tú eres un ultra —dijo Jennings con tono de indignación—. Cuando toqué esto…

Y, a la vez que hablaba, volvió a hacerlo.

—Mira…, vuelve a suceder otra vez. Lo veo… ¿Eres un loco? ¿Acaso puedes honradamente creer que es humanamente decente condenar a toda la humanidad a la extinción y destruir la versatilidad y variedad de las especies?

Su mano se apartó nuevamente del dispositivo, experimentando repugnancia ante lo que él veía, y  de nuevo el artefacto se oscureció. Otra vez lo tocó Strauss   y no ocurrió nada.

Strauss dijo:

—No iniciemos una discusión, por amor de Dios… Esta… cosa es una ay uda para la comunicación… Un amplificador telepático. ¿Por qué no? Las células cerebrales poseen cada una de ellas su potencial eléctrico. El pensamiento  se puede considerar como un campo de ondas electromagnéticas de microintensidades…

Jennings se volvió hacia otro lado. No deseaba hablar  con Strauss. Luego dijo:

—Informaremos ahora mismo sobre  esto. Me  importa  tres cominos la fama.

Quédatela para ti. Sólo quiero que esto salga de nuestras manos.

Durante un momento, Strauss reflexionó profundamente y a continuación repuso:

—Es algo más que un comunicador. Responde a la emoción y la amplifica.

—¿De qué estás hablando? —interrogó Jennings.

—Por dos veces funcionó bajo el contacto de tu mano, aun  cuando  lo estuviste manejando todo el día sin ejercer sobre él el menor efecto. Y tampoco funciona cuando lo toco y o.

—¿Y bien…?

—Reaccionó inmediatamente cuando tú estabas bajo una tensión emocional elevada. Ese es el requisito para la activación, creo y o. Y cuando te  indignaste con los ultras, mientras lo sostenías en tu mano, durante un instante sentí lo mismo que tú.

—Eso debías pensar.

—Pero, escúchame un momento. ¿Estás seguro de tener razón? No hay  un solo hombre con sentido común sobre la Tierra que no sepa que el planeta estaría mucho mejor con una población de mil millones, que con seis mil millones. Si empleásemos la automación a tope, como ahora la muchedumbre  no  nos permite hacerlo, probablemente dispondríamos de una eficiente y viable Tierra, con una población que no sobrepasaría, digamos, los cinco millones  de habitantes… Escúchame, Jennings, no te vuelvas hacia otro lado.



La dureza de la voz de Strauss casi llegó a desaparecer en su esfuerzo por mostrarse convincente. Continuó:

—Pero no podemos reducir la población democráticamente. Lo sabes  bien. No es problema lo que se podría llamar urgencia sexual, porque las inserciones uterinas han resuelto el problema del control de la natalidad hace y a tiempo. También lo sabes. Es más bien cuestión de nacionalismo.  Cada  grupo  étnico desea que otros grupos reduzcan su población primero, y y o estoy de acuerdo  con ellos. Quiero que prevalezca mi grupo  étnico,  « nuestro»  grupo  étnico. Quiero que la Tierra sea heredada por la élite. Lo cual significa que debe ser heredada por hombres como nosotros. Somos los verdaderos hombres y la horda de semimonos que nos estorba nos está destruyendo a todos. De todas formas están condenados a muerte, ¿por qué no salvarnos nosotros?

—No —replicó Jennings calurosamente—. Ningún grupo posee el monopolio de la humanidad. Tus cinco millones de  « imágenes de  espejo» ,  atrapadas en una humanidad a la que se ha robado su variedad y versatilidad, morirían de aburrimiento…, y no les estaría mal.

—Tonterías emocionales, Jennings. Tú no crees en eso. Te han enseñado a creerlo nuestros locos igualitarios. Mira, este dispositivo es lo que necesitamos. Aun cuando no podamos construir otros, ni comprender cómo funciona éste, sin duda alguna este artefacto será suficiente. Si pudiésemos dominar o influenciar sobre las mentes de los hombres clave, entonces, poco a  poco,  podríamos imponer al mundo nuestros puntos de vista. Ya tenemos una organización. Debes saber eso si has leído en mi mente. Está mejor motivada  y  mejor estructurada que cualquier otra organización de la Tierra. Los grandes cerebros de la humanidad acuden a nosotros diariamente. ¿Por qué no tú también? Este instrumento es una especie de llave, una clave, pero no solamente una clave para alcanzar un poco más de conocimientos. Es la clave de la solución final a los problemas de los hombres. ¡Únete a nosotros! ¡Únete a nosotros!

Strauss acababa de alcanzar un punto de entusiasmo tan formidable, como nunca había visto Jennings.

La mano de Strauss cayó sobre el dispositivo, y éste parpadeó luminosamente una o dos veces, y luego se apagó.

Jennings sonrió sin la menor gana. Veía el significado de todo aquello. Strauss trataba deliberadamente de excitarse emocionalmente,  para  activar  el dispositivo, y acababa de fracasar.

—No puedes lograr que funcione —dijo Jennings—, porque eres excesivamente superhumano, supercontrolado, y no puedes derrumbarte  emocionalmente, ¿verdad?

Jennings tomó con ambas manos el artefacto, con dedos que temblaban por la emoción, y el dispositivo se iluminó inmediatamente.

—Entonces, sé tú quien lo haga funcionar. Para ti el crédito de salvar a la



humanidad.

—Ni soñarlo… —murmuró Jennings, abriendo la boca como si se sintiese incapaz de respirar cómodamente bajo la fuerte emoción—. Voy  a  informar sobre esto ahora mismo.

—¡No! —exclamó Strauss tomando uno de los cuchillos de la mesa—.

Mira…, tiene suficiente punta y está bien afilado.

—No necesitas ponerte así para exteriorizar tus puntos de vista  —dijo Jennings, todavía bajo la emoción del momento—. Veo perfectamente cuáles son tus proy ectos. Con el dispositivo puedes convencer a cualquiera de que y o nunca existí. Podrás lograr una victoria ultra.

Strauss asintió con un movimiento de cabeza, y dijo:

—Lees mis pensamientos maravillosamente bien.

—Pero no lo conseguirás —añadió Jennings casi jadeando de emoción—. No, mientras y o sostenga esto entre mis manos…

Deseaba en aquel instante la inmovilidad de Strauss.

Strauss trató de moverse y no pudo. Sostuvo el cuchillo con el brazo  extendido, pero fue incapaz de dar un solo paso.

Ambos hombres sudaban abundantemente. Strauss dijo mordiendo las palabras:

—No puedes… sostener eso… todo el día.

La sensación era clara, pero Jennings no estaba seguro de tener palabras para describirla. Era, en términos físicos, como sostener un resbaladizo animal de enorme fuerza, un animal que constantemente estuviera retorciéndose. Jennings tenía que concentrarse en sus deseos de inmovilidad.

No estaba familiarizado con el artefacto. No sabía cómo usarlo hábilmente. Aquello era igual que esperar que una persona que jamás  hubiera  visto  un florete, tomara uno y lo manejara como un mosquetero.

—Exactamente —murmuró Strauss siguiendo los pensamientos de Jennings. Y, a continuación, dio un paso hacia adelante.

Jennings sabía muy bien que nada podría hacer en contra de la loca determinación de Strauss. Los dos lo sabían. Pero aún estaba la nave rastreadora. Jennings tenía que salir de allí, y con el dispositivo.

Pero Jennings no tenía secretos en aquel momento. Strauss leía también sus pensamientos e intentó situarse entre su compañero y la nave rastreadora.

Jennings redobló sus esfuerzos. Ya no deseaba la inmovilidad, sino la inconsciencia. « Duerme, Strauss —pensó desesperadamente—. ¡Duerme!»

Strauss cay ó de rodillas, al mismo tiempo que sus párpados se cerraban pesadamente.

Latiéndole el corazón violentamente, Jennings se lanzó hacia fuera. Si pudiera golpearle con algo y apoderarse del cuchillo…

Pero sus pensamientos se habían apartado en aquel mismo instante de su



importante concentración sobre el sueño, y  sintió la mano de Strauss que le asía  un tobillo, tirando de él hacia abajo con súbita fuerza.

Strauss no dudó ni un solo segundo. Cuando Jennings cay ó, la mano que sostenía el cuchillo ascendió y bajó. Jennings sintió el agudo dolor y su mente enrojeció de temor y desesperación.

Fue aquel acceso de emoción el que hizo aumentar el brillo del dispositivo, hasta alcanzar la luminosidad de una auténtica llama. Strauss soltó a Jennings, a la vez que la mente de este último, silenciosa e incoherentemente,  pasaba  a  la mente de su enemigo el temor y la desesperación que él sentía.

Strauss rodó sobre sí mismo, con el rostro congestionado por el pánico.

Jennings se puso en pie trabajosamente y retrocedió. No se atrevía a hacer nada, a no ser mantener inconsciente al otro. Cualquier intento de actuar violentamente reduciría mucho su fuerza mental.

Acto seguido retrocedió hacia la nave  rastreadora. A bordo habría  un traje… y vendas…

 

 

La nave rastreadora no estaba realmente diseñada para recorrer grandes distancias. Ni Jennings podía hacerlo en aquel momento. A pesar de los vendajes, su costado derecho estaba empapado en sangre. Y la sangre llenaba también la parte interior del traje espacial.

Nada indicaba que en aquellos momentos le siguiera la nave madre, pero era indudable que más pronto o más tarde le seguiría. La  fuerza  del navío principal era muchas veces superior a la de la nave rastreadora; por otra parte, poseía detectores que captarían la nube de concentración iónica dejada atrás por los reactores impulsores de la nave pequeña.

Desesperadamente, Jennings había tratado de alcanzar la  estación Luna  con su radio, pero aún no había recibido respuesta alguna. Se detuvo, completamente desesperado. Sus señales simplemente ayudarían a Strauss a perseguirle con más efectividad.

Podría llegar a pie hasta la estación Luna, pero en el fondo no creía poder hacerlo. Le recogerían  primero. Moriría estrellado, posiblemente. No lo conseguiría. Tendría que ocultar el dispositivo, dejarlo en algún lugar seguro, y entonces partir hacia la estación Luna.

El dispositivo…

No estaba seguro de tener razón. El dispositivo podría arruinar a toda la raza humana, pero por otra parte quizá fuera infinitamente valioso. ¿Acaso debía destruirse? Era el único resto de una vida inteligente no humana. Guardaba los secretos de una tecnología superavanzada; era un instrumento de una avanzada ciencia de la mente. Fuera cual fuese el peligro, había que considerar el valor…,  el valor potencial…



No, debía ocultarlo de manera que lo volviesen a encontrar…, pero solamente por los cultos moderados del Gobierno y no por los ultras…

La pequeña nave rastreadora descendió sobre el borde inferior, en su cara norte, del cráter. Jennings sabía cuál era y allí podía enterrar el dispositivo. Si no podía alcanzar la estación Luna  más tarde, bien personalmente  o bien por  radio, al menos tenía que alejarse del lugar de ocultamiento, y  hacerlo lejos, para  que su propia persona no denunciara aquel punto. Y tendría, además, que  dejar  alguna clave de su localización.

Jennings estaba  pensando  con  claridad  asombrosa, o  al menos eso  creía él.

¿Sería la influencia del dispositivo que llevaba consigo? ¿Acaso estimulaba su pensamiento y le guiaba al mensaje perfecto? ¿O acaso se trataba de  la alucinación del moribundo y  lo que él dejara quizá  no tendría sentido para nadie?

Lo ignoraba. Pero no tenía otra alternativa. Debía Intentarlo.

Pues Karl Jennings sabía que iba a morir. Le quedaban horas de  vida  y mucho que hacer.



CAPÍTULO II

 

H. Seton Davenport, de la División Norteamericana del Bureau Terrestre de Investigación, se frotó la cicatriz en forma de estrella que exhibía en su mejilla izquierda. Lo hizo pensativamente.

—Sé, señor, que los ultras son peligrosos —dijo.

El jefe de la división, M. T. Ashley, miró a Davenport con los ojos entornados. Sus resecas mejillas mostraban ciertas líneas de desaprobación. Como una vez más había dejado de fumar, tomó de encima de la mesa una pequeña pastilla de goma de mascar y la introdujo en su boca, haciendo una mueca de repugnancia. Estaba haciéndose viejo, persona amargada, y sonó suavemente el vello de su bigote grisáceo cuando lo frotó con los nudillos de una mano.

Luego dijo:

—No sabes lo peligrosos que son. Y me pregunto si hay alguien que lo sepa. Son poco numerosos, pero fuertes entre los más poderosos quienes, después de todo, están perfectamente dispuestos a considerarse a sí mismos como la élite. Nadie sabe con seguridad quiénes son ni cuántos hay.

—¿Ni siquiera el Bureau?

—El Bureau está en el alero del tejado. Ni siquiera nosotros estamos libres de ese tinte. ¿Lo estás tú?

Davenport frunció el ceño y respondió secamente:

—Yo no soy ultra.

—No dije que lo fueras —adujo Ashley —. Te pregunté si estabas libre de tal sospecha. ¿Se te ha ocurrido pensar en lo que sucede en la  Tierra desde  hace un par de siglos? ¿No se te ha ocurrido pensar que un moderado descenso de su población sería cosa buena? ¿No se te ha ocurrido pensar tampoco que sería maravilloso desembarazarse de las personas poco inteligentes, liquidar a los incapaces, a los insensibles, y dejar al resto vivos? Pues a mí sí, ¡maldita sea!

—Creo que soy culpable también de haber pensado en eso algunas veces, sí. Pero una cosa es pensar en algo como un deseo, y otra  el proyectar  ese  algo para llevarlo a la realidad, a una realidad hitlerizada…

—La distancia que hay  del deseo a la acción no es tan grande como piensas.   Si te convences de que el fin es suficientemente importante, de que el peligro es enorme, entonces verás que los medios son cosa que va adquiriendo cada vez menos importancia. Ahora que el asunto de Estambul se ha solucionado, permíteme ponerte al corriente de este otro asunto. Estambul no tenía la menor importancia en comparación… ¿Conoces al agente Ferrant?

—¿El que desapareció? Personalmente, no.

—Bien, hace dos meses se encontró en la Luna una nave perdida. Había transportado a un equipo de exploración financiado particularmente; se trataba de una expedición selenográfica. La Sociedad Geológica Ruso-Norteamericana



había apadrinado el vuelo e informó sobre la desaparición de la nave. Más tarde   se llevó a cabo una búsqueda de rutina y la localizaron sin muchas dificultades a una razonable distancia del punto desde el cual había emitido su último informe.

» La nave no estaba dañada, pero había desaparecido su nave rastreadora  y con ella un miembro del equipo. Su nombre era Karl Jennings. El otro hombre, James Strauss, vivía aún, pero en pleno delirio; se había vuelto loco. Todavía lo está, y eso es importante.

—¿Por qué? —interrogó Davenport.

—Porque el equipo de médicos que le examinaron informó sobre anormalidades de tipo neuroeléctrico y neuroquímico de una naturaleza sin precedentes. Jamás habían visto un caso semejante. Nada que fuese humano podía haber producido tal dolencia.

En el rostro solemne de Davenport, sus labios esbozaron una ligera sonrisa.

—¿Acaso sospechas de invasores extraterrestres? —preguntó.

—Puede ser. Pero déjame continuar, una búsqueda de rutina, por las  cercanías del lugar donde se encontraba la nave perdida, no reveló  la  menor huella sobre el paradero de la nave rastreadora. Entonces la estación Luna  informó haber recibido señales débiles de origen incierto. Se suponía  que procedían del borde occidental del Mare Imbrium, pero no era  seguro si procedían de algún ser humano o no, y no se creía que en las  proximidades hubiese alguna nave. Por lo tanto, se ignoraron tales señales. Sin embargo, pensando todavía en la nave rastreadora, el grupo de búsqueda y rescate se puso  en marcha hacia Mare Imbrium y allí la localizaron. Jennings estaba a bordo. Muerto. Mostraba una herida de cuchillo en un costado. Y resultaba sorprendente que hubiera podido vivir tanto tiempo.

» Mientras tanto, los médicos se mostraban  completamente  desorientados ante la naturaleza de la enfermedad de Strauss. Se pusieron en contacto con el Bureau y nuestros dos hombres de la Luna… Sucedía que uno de ellos era Ferrant… Llegaron hasta la nave.

» Ferrant estudió las cintas grabadas de las conversaciones a bordo. No se podían hacer preguntas porque no había ni hay forma de  llegar  hasta  Strauss. Hay un alto muro entre el universo y él, probablemente un muro que será permanente para siempre. Sin embargo, las grabaciones hechas en pleno delirio, aun cuando repetían constantemente muchas cosas, tenían cierto sentido. Ferrant sumó entonces dos y dos, como si estuviese resolviendo un jeroglífico.

» Al parecer, Strauss y Jennings habían hallado un objeto que consideraron no era de fabricación humana, un artefacto perteneciente a una  nave  estrellada contra la Luna hacía siglos. Y al parecer dicho artefacto poseía la propiedad de dominar y dirigir la mente humana.

Davenport le interrumpió:

—¿Y fue eso lo que volvió loco a Strauss? ¿No fue así?



—Exactamente. Strauss era un ultra, podemos decir que « era» y a que está vivo sólo técnicamente, y Jennings no deseaba entregarle aquel objeto. Cosa razonable también. Strauss habló de emplearlo en una media liquidación, como él la calificaba, de todo ser humano indeseable. Quería que en la Tierra solamente existieran unos cinco mil millones de habitantes, esta era su idea. Hubo entonces una lucha durante la cual solamente Jennings, al parecer, pudo manejar aquella cosa que « pensaba» , pero Strauss sostenía en su mano un cuchillo. Cuando Jennings se fue iba herido, pero la mente de Strauss había quedado destruida para siempre.

—¿Y dónde está ese extraño dispositivo que encontraron?

—El agente Ferrant actuó con decisión. Registró la nave  e  inspeccionó una  vez más las cercanías. No había nada por ninguna parte que no fuesen naturales formaciones lunares o un producto evidente de la tecnología humana. No había nada que se pudiese calificar de « objeto pensante» . Entonces registró la nave rastreadora cuidadosamente e hizo lo mismo con sus  alrededores  y  tampoco halló nada de nada.

—Quizá el primer equipo de búsqueda, el equipo que nada sospechaba, se  llevó consigo algo sin saber lo que era.

—Juraron no haberlo hecho y no hay razón alguna para  sospechar  que mientan. Entonces, el compañero de Ferrant…

—¿Quién era?

—Gorbansky —replicó el jefe del distrito.

—Le conozco. Hemos trabajado juntos.

—Lo sé. ¿Qué opinas de él?

—Honrado y capaz.

—Está bien. Gorbansky encontró algo. No un artefacto extraño, sino algo que era muy humano, evidentemente. Se trataba de una tarjeta corriente, de color blanco, que medía tres por cinco pulgadas, escrita, y  enrollada  en el dedo anular de la manopla de Jennings. Probablemente este último la había escrito antes de morir, y quizá representaba la clave del lugar donde había escondido el objeto en cuestión.

—¿Qué razón hay  para creer que lo había escondido?

—Dije que no lo hemos encontrado en ninguna parte.

—Me refiero a… ¿y si lo destruyó como algo peligroso si se dejaba intacto?

—Eso es muy dudoso. Si aceptamos la conversación que se  ha  reconstruido en el delirio de Strauss, y Ferrant formó lo que parece ser un perfecto registro de palabra por palabra, Jennings debió pensar que aquel artefacto  era   de importancia clave para toda la humanidad. La calificó de « clave de una inimaginable revolución científica» . No podía destruir una cosa semejante. Simplemente, la ocultaría a los ultras e intentaría informar al Gobierno sobre su paradero. De lo contrario, ¿por qué y para qué molestarse en dejar una pista?



Davenport movió la cabeza dubitativamente y dijo:

—Camina usted formando círculos, jefe. Dice usted que dejó una pista, una clave, porque usted cree que existe un objeto escondido, y cree  que  hay  un objeto escondido porque Jennings dejó una clave.

—Admito eso. Todo resulta muy dudoso. ¿Significa algo el delirio de Strauss?

¿Es válida la reconstrucción de Ferrant? ¿Es realmente una clave  lo  que  ha  dejado Jennings? ¿Existe en realidad un « objeto pensante» , como Jennings lo llamó, o no existe? No vale la pena hacer tales preguntas. Ahora mismo debemos actuar bajo la suposición de que existe tal artefacto y que debe ser hallado.

—¿Porque Ferrant desapareció?

—Exactamente.

—¿Raptado por los ultras?

—Nada de eso. La tarjeta desapareció con él.

—¡Oh…, comprendo!

—Ferrant desde hacía tiempo estaba bajo sospechas de ser un ultra secreto. Y no es el único del Bureau sobre el que existen tales sospechas. Las pruebas que había no aconsejaban una acción abierta. Sabes que tampoco podemos andar por ahí sospechando e investigando, porque de ser así habría que investigar al Bureau completo de arriba abajo. Ferrant estaba sujeto a vigilancia.

—¿Por quién?

—Por Gorbansky, por supuesto. Afortunadamente, Gorbansky fotografió la tarjeta y envió la copia al cuartel general de la Tierra, pero admitió que no consideraba a tal tarjeta más que como una nota jeroglífica sin sentido alguno y que la incluía en el informe enviado a la Tierra con el deseo de que su informe fuese rutinariamente completo. Ferrant, el mejor cerebro de los dos, supongo, se dio cuenta del significado y decidió actuar. Lo hizo así a gran costo, y a que se ha denunciado a sí mismo y destruido su futura utilidad a los ultras, pero es probable que no hay a futura utilidad. Si los ultras controlan el dispositivo…

—Quizá Ferrant y a tenga en sus manos tal artefacto.

—Recuerda que estaba bajo vigilancia. Gorbansky jura que el dispositivo no apareció por ninguna parte.

—Gorbansky no pudo detener a Ferrant al partir con la  tarjeta.  Quizá tampoco pudo impedirle que encontrara el dispositivo.

Ashley tamborileó con las yemas de sus dedos sobre la pulida superficie de la mesa, con ritmo desigual. Finalmente, dijo:

—No quiero pensar en eso. Si encontramos a Ferrant, podremos saber el daño que se ha hecho. Hasta  ese  momento debemos buscar el dispositivo. Si Jennings lo escondió, debió intentar alejarse del lugar del escondite. De no ser así, ¿por qué dejar una clave?

—Quizá no viviera lo suficiente para alejarse mucho de tal lugar. Una vez más, Ashley golpeó suavemente la mesa con sus dedos.



—La nave rastreadora muestra señales de  haber  realizado un largo vuelo, y un vuelo veloz hasta detenerse al final. Eso encaja con el punto de vista de que Jennings estaba tratando de poner gran distancia entre él y el lugar del escondite.

—¿Puede usted calcular de qué dirección partió?

—Sí, pero no es probable que ay ude nada. A juzgar por el estado de las troneras laterales de la nave, es evidente que estuvo derivando de acá para allá deliberadamente.

Davenport suspiró hondo.

—Supongo que tendrá usted una copia de la tarjeta.

—Sí, aquí está…

Ashley alargó a Davenport una copia de la tarjeta en cuestión. Davenport la examinó durante unos momentos. En ella aparecía lo siguiente:



 

Davenport dijo finalmente:

—No veo que esto tenga algún significado.

—Al principio, tampoco y o vi nada ni tampoco aquellos a quienes consulté. Jennings debió pensar que Strauss le perseguía. Quizá ignoraba que Strauss estaba fuera de combate definitivamente. Por lo tanto, temería que cualquier ultra lo encontrara antes de que lo hiciese un moderado. No se atrevía a dejar una clave demasiado clara…

Hubo un silencio entre los dos hombres, y a continuación el jefe de la división



golpeó la tarjeta con un dedo, añadiendo:

—Esto representa una clave que es oscura en su superficie, pero lo suficientemente clara para cualquiera que tenga un poco de ingenio.

—¿Podemos confiar en eso? —interrogó Davenport con tono de duda—. Después de todo, Jennings era un hombre moribundo, atemorizado, que podía en aquellos momentos estar sujeto a un fallo mental. Es probable que no pensara claramente, ni siquiera humanamente. Por ejemplo, ¿por qué no hizo un esfuerzo por alcanzar la estación lunar? Casi trazó una enorme circunferencia a su alrededor. ¿Acaso se hallaba tan confundido o inconsciente para no pensar claramente? ¿Quizá excesivamente desequilibrado para llegar hasta la estación lunar? ¿O quizá no confiaba en tal estación? Sí, debió intentar llegar allí  al principio, puesto que recogieron sus señales, pero lo que en realidad  estoy diciendo es que esta tarjeta, que parece estar cubierta con un jeroglífico, no es  más que eso, un incomprensible jeroglífico.

Ashley  movió la  cabeza solemnemente.

—Cierto. El pánico se había apoderado de él. Y supongo que careció de la suficiente presencia de ánimo para alcanzar la estación lunar. Solamente le impulsaba el ansia de huir. Aun así, esto no puede ser un jeroglífico. Estos signos encajan demasiado bien unos con otros. Cada anotación de esta tarjeta  puede tener sentido, y el total bien interpretado puede dar algo.

—Entonces, ¿dónde está ese sentido, jefe?

—Verás que hay siete signos en el lado izquierdo y dos en el derecho.  Primero examinemos la parte izquierda. El tercer signo parece un signo de

« igual» . ¿Significa algo para ti el signo « igual» …, algo en particular?

—Una ecuación algebraica.

—Eso es en general. Me refiero a algo en particular.

—No.

—Supongamos que lo consideras como un par de líneas paralelas.

—¿Quinto postulado de Euclides? —sugirió Davenport.

—¡Bien! Hay un cráter en la Luna llamado Euclides… nombre griego del célebre matemático.

Davenport asintió con un movimiento de cabeza. Luego dijo:

—Ya veo adónde quieres ir a parar. En cuanto a F/A, eso es la fuerza dividida por la aceleración, la definición de la masa, según Newton, en su segunda ley del movimiento…

—Sí, y hay un cráter llamado Newton en la Luna, igualmente.

—Sí, pero espera un momento. El signo más bajo es el símbolo astronómico del planeta Urano y no hay ningún cráter o ningún otro objeto lunar, que y o sepa, que lleve ese nombre.

—También tienes razón. Pero Urano fue descubierto por William Herschel, y la H que forma parte del símbolo astronómico es la inicial de su nombre. Sucede



que hay un cráter en la Luna  llamado Herschel… En realidad hay  tres, porque uno se llama así en nombre de Caroline Herschel, su hermana, y otro se llama John Herschel, su hijo.

Davenport reflexionó unos momentos, y después dijo:

—PC/2… Medida de presión, la mitad de la velocidad de la luz… No estoy familiarizado con esta ecuación.

—Prueba con los cráteres. Prueba la P para Ptolomeo, y  la  C  para Copérnico.

—¿Y sacar una media? ¿Significaría eso el lugar exacto entre Ptolomeo y Copérnico?

—Me decepcionas, Davenport —respondió Ashley sardónicamente—. Creí que conocías la historia de la astronomía algo mejor que todo eso. Ptolomeo, o Ptolomaeus en latín, presentó un cuadro geocéntrico del Sistema solar, con la Tierra en el centro; mientras que Copérnico presentó uno heliocéntrico, con el Sol en el centro. Un astrónomo trató de establecer un compromiso entre el de Ptolomeo y el de Copérnico…

—¡Ty cho Brahe! —exclamó Davenport.

—Muy bien. Y el cráter Ty cho es una de las características más visibles de la superficie de la Luna.

—Bien…, ahora veamos el resto. La C-C es una forma corriente de anotar un tipo normal de grado de afinidad química y creo que hay un cráter llamado Bond.

—Sí, llamado como el astrónomo norteamericano, W. C. Bond.

—La primera anotación, XY2. Bien… XYY. Una X y dos Y. ¡Espera!… Alfonso X. Era el astrónomo real de la España medieval, a quien  llamaron Alfonso X el Sabio. X el Sabio. XYY. El cráter Alphonsus.

—Muy bien. ¿Y SU?

—Eso me desorienta, jefe.

—Te diré una teoría. Se refiere a la Unión Soviética, antiguo nombre de la Región Rusa. Fue la Unión Soviética la que primero trazó el mapa de la cara oculta de la Luna, y puede que allí hay a un cráter. Tsiolkovsky, por ejemplo. Entonces, los símbolos de la izquierda se pueden interpretar  como relacionados con un cráter: Alphonsus, Ty cho, Euclides, Newton, Tsiolkovsky, Bond, Herschel…

—¿Y qué me dices de los símbolos del lado derecho?

—Eso está enormemente claro. El círculo dividido en cuatro partes es el signo astronómico de la Tierra. Una flecha señalándole indica que la Tierra debe estar directamente encima.

—¡Ah! —exclamó Davenport—. El Sinus Medii… La Middle Bay, sobre la cual la Tierra está perpetuamente en cenit. Eso no es un cráter, y por eso está en el lado derecho, lejos de los demás símbolos.



—Está bien —dijo Ashley —. Las anotaciones tienen sentido o se puede hacer que lo tengan, de manera que por lo menos hay una buena oportunidad de que no sea un jeroglífico y que tales anotaciones tratan de indicarnos algo. Pero…, ¿qué? Hasta ahora tenemos siete cráteres y uno sin mencionar y, ¿qué significa esto? Es de suponer que el dispositivo se encuentre sólo en un cráter.

—Bien —dijo Davenport calmosamente—, un cráter puede ser un lugar enorme para efectuar una búsqueda de esa clase. Aun cuando supongamos que Jennings eligió la sombra para evitar la radiación solar…, aun así pueden existir docenas de millas para explorar en cada caso. Supongamos que la flecha que señala al símbolo de la Tierra define el cráter donde escondió el dispositivo, el lugar desde donde el cual puede verse a la Tierra más próxima al cenit.

—En eso y a se ha pensado, muchacho. Elimina un lugar y nos deja con siete cráteres, los situados en la extremidad sur del ecuador lunar y los situados en la extremidad norte de los del sur. Pero… ¿cuál de los siete?

Davenport reflexionaba con el ceño fruncido. Hasta entonces nunca había pensado en nada que y a estuviera más que pensado.

—Investigarlos todos —replicó.

Ashley se echó a reír bruscamente, y respondió:

—En todas las semanas que han transcurrido desde que surgió esto y a lo hemos hecho con todo cuidado.

—¿Y qué han encontrado?

—Nada. No hemos encontrado nada de nada. Aunque todavía estamos buscando.

—Evidentemente uno de los signos no está interpretado correctamente.

—¿Evidentemente…?

—Tú mismo has dicho que había tres cráteres llamados Herschel. El símbolo SU significa la Unión Soviética, si es que significa esto y por lo tanto el otro lado de la Luna puede referirse a cualquier cráter situado en el otro lado: Lomonosov, Julio Verne, Joliot-Curie…, cualquiera de ellos. Y de  igual manera el símbolo de la Tierra podría referirse al cráter Atlas, puesto que se le describe sosteniendo a   la tierra en algunas versiones del mito. La flecha podría significar la  Muralla Recta.

—Ahí no hay discusión, Davenport. Pero aun cuando interpretemos bien los símbolos, ¿cómo los reconoceremos entre todas las interpretaciones erróneas o entre las interpretaciones correctas, de los símbolos  equivocados?  Tiene  que haber algo que salte hacia nosotros desde esta tarjeta y nos proporcione una información clara y terminante, algo que nos diga inmediatamente qué es lo que debemos hacer. Todos hemos fracasado y necesitamos quizá una mente fresca, Davenport. ¿Qué es lo que tú ves aquí?

—Te diré una cosa, te diré lo que podríamos hacer —respondió Davenport de mala gana—. Podríamos consultar a alguien que y o… ¡Oh, cielo santo…!



Y al lanzar esta última exclamación Davenport se levantó a medias de su asiento.

Ashley hizo un esfuerzo terrible por dominar su repentina excitación  y preguntó:

—¿Qué es lo que ves?

Davenport sintió cómo temblaban sus manos. Esperaba que no ocurriera lo mismo con sus labios. Respondió:

—Dime, ¿han investigado el pasado de Jennings?

—Desde luego que sí.

—¿A qué colegio fue?

—A la Universidad Oriental.

Davenport estuvo a punto de lanzar una exclamación de júbilo, pero se contuvo. Aquello aún no era suficiente.

—¿Estudió algún curso de extraterrología?

—Sí, desde luego. Eso es pura rutina para un geólogo.

—Entonces, bien, ¿no sabes quién enseña extraterrología en la Universidad Oriental?

Ashley hizo sonar dos dedos y respondió:

—Ese rechoncho de… ¿cómo se llama…? Wendell Urth.

—Exactamente, un rechoncho que es un hombre brillante en su terreno, y también un rechoncho que ha actuado como asesor del Bureau en varias  ocasiones y con maravillosos resultados en cada una de ellas. Iba a  sugerirte  que le consultáramos esta vez y entonces me di cuenta de que esta tarjeta nos estaba diciendo que « debíamos» hacerlo así… Una flecha señalando el símbolo de la Tierra. Una indicación que no podría estar más clara: « Ir a Urth» , escrita por un hombre que en otro momento fue un estudiante de Urth y le  debe  conocer bien[2].

Ashley miró la tarjeta.

—¡Cielos! —exclamó—, es posible…, pero, ¿qué podría decirnos Urth sobre esta tarjeta que no podemos ver por nosotros mismos?

Davenport dijo, con paciencia, cortés:

—Sugiero que se lo preguntemos a él.



CAPÍTULO III

 

Ashley miró a su alrededor con curiosidad, parpadeando un poco al mirar en una y otra dirección. Tenía la impresión de hallarse en  una  tienda  de antigüedades, oscura y de aspecto peligroso, de cuyo interior y en cualquier momento podría surgir repentinamente un demonio aullando lúgubremente.

La luz era pobre y muchas las sombras. Las paredes parecían hallarse muy lejos y terriblemente llenas de librofilms desde el suelo hasta el techo. En  un rincón había una poderosa lente galáctica en tres dimensiones y tras ella algunas cartas de estrellas que se distinguían débilmente. En otro rincón había un mapa de la Luna, que bien podría haber sido el de Marte.

Solamente la mesa de despacho, que se hallaba en el centro de la estancia, se hallaba brillantemente iluminada por una lámpara de lectura. La mesa se hallaba enteramente cubierta de papeles y libros abiertos. En un extremo de la mesa se alzaba un proyector de películas, y en otro extremo sonaba con alegre tictac un reloj con esfera pasada de moda.

Ashley en aquellos momentos no pudo recordar que fuera de allí, eran las primeras horas de la tarde, y que el sol brillaba todavía en el cielo. Allí dentro parecía reinar la noche eterna. No había señales de ninguna ventana y la clara presencia del aire que circulaba no suprimía en él la molesta sensación de claustrofobia.

Sin darse cuenta se acercó más a Davenport, que no parecía dar importancia alguna a lo desagradable de la situación.

Davenport dijo en voz baja:

—Ya no tardará en venir.

—Todo esto… ¿siempre está así? —preguntó Ashley.

—Siempre. Que y o sepa jamás abandona este lugar, excepto para dar un rápido paseo por el campus y atender a sus clases.

—¡Caballeros! ¡Caballeros! —exclamó una voz de tenor—. Me alegra mucho verles. Son muy amables al venir aquí.

La redonda figura de un hombre surgió de otra estancia y desde la oscuridad pasó a la luz.

Les sonrió y ajustó mejor sus gafas para observarlos con más facilidad. Cuando sus dedos abandonaron la montura de las gafas, éstas volvieron a descender nuevamente, deteniéndose milagrosamente casi en el extremo de su pequeña nariz.

—Soy Wendell Urth —declaró.

La barba a lo Van Dy ke, que lucía en su redondo mentón, no añadía dignidad alguna al sonriente rostro ni al rechoncho cuerpo que casi resultaba ridículo.

—Caballeros —repitió—, son muy amables al venir a visitarme…

Tomó asiento en una silla balanceando sus piernas en el aire. Su corta estatura



hacía que las suelas de sus zapatos quedasen a una pulgada de distancia del pavimento. Luego, tras un breve silencio, añadió:

—El señor Davenport recuerda,  quizá, que para mí es  cuestión de importancia permanecer aquí. No me gusta viajar, excepto pasear, por  supuesto, y paseo por el campus, cosa que para mí y a es suficiente.

Ashley se hallaba en pie y evidentemente confundido, y lo mismo parecía sucederle a Urth, y a que le miró dos o tres veces con expresión de muda interrogación. Urth extrajo un pañuelo del bolsillo y limpió los cristales de sus gafas, y luego, cuando las hizo cabalgar nuevamente sobre su nariz, dijo:

—¡Oh, me doy cuenta de la dificultad…! Necesitan sillas.  Sí.  Bien, tomen  dos, por favor. Si hay cosas sobre ellas apártenlas. Siéntense, por favor.

Davenport apartó los libros que había sobre una silla y los colocó cuidadosamente en el suelo. Arrastró la silla hacia Ashley y  luego  tomó  un cráneo humano que había sobre una segunda silla y lo depositó aún más cuidadosamente sobre la mesa de trabajo de Urth. La mandíbula, precariamente sujeta con alambres, pareció que se desencajaba un poco cuando trasladó el cráneo de un lugar a otro, y quedó sobre la mesa, en tal forma.

—No se preocupe —comentó Urth, amablemente—, no le dolerá. Y ahora díganme qué es lo que les trae por aquí, caballeros.

Davenport esperó un momento a que hablase Ashley, y luego al ver que  el jefe de la División no lo hacía, tomó la palabra:

—Doctor Urth, ¿recuerda usted a un estudiante suy o llamado Jennings? Karl Jennings…

La sonrisa que esbozaban los labios de Urth se esfumó momentáneamente bajo el esfuerzo del recuerdo. Parpadearon sus ojos saltones y finalmente respondió:

—No…, no por el momento.

—Licenciado en geología. Estudió extraterrología con usted hace años. Tengo aquí su fotografía por si puede ay udar…

Urth estudió la fotografía manejándola con sumo cuidado, pero aún seguía dudando.

Davenport añadió:

—Dejó un mensaje que es la clave para un asunto de la mayor importancia. Hasta ahora no hemos podido interpretarlo  satisfactoriamente,  pero,  sospechamos casi con seguridad que indica el hecho de venir a verle a usted.

—¿De veras…? ¡Qué interesante! ¿Y con qué propósito han venido a verme?

—Con el objeto de que nos aconseje para descifrar el mensaje.

—¿Puedo verlo?

Silenciosamente, Ashley pasó la hoja de papel a Wendell Urth. El extraterrólogo la examinó con indiferencia, dio la vuelta al papel y  miró durante un par de segundos al dorso en blanco. Luego murmuró:



—¿Dónde dice que vengan a verme a mí?

Ashley pareció sorprenderse ante la pregunta, pero Davenport dijo rápidamente:

—La flecha que apunta hacia el símbolo de la Tierra. Parece claro.

—Aquí veo con toda claridad una flecha que señala hacia el símbolo  del planeta Tierra. Supongo que puede significar literalmente « ir a la Tierra» , si esto se hubiese hallado en otro mundo.

—Se encontró en la Luna, doctor Urth, y podría, creo y o, significar eso. Sin embargo, la referencia a usted me pareció clara cuando recordamos  que  Jennings había estudiado con usted.

—¿Estudió un curso de extraterrología aquí en la Universidad?

—Así es.

—¿En qué año, señor Davenport?

—En el 18.

—¡Ah…, el jeroglífico y a está resuelto!

—¿Se refiere usted al significado del mensaje? —preguntó Davenport.

—No, no. El mensaje no tiene para mí ningún significado. Me refiero al jeroglífico de por qué y o no le recordaba, pero ahora sí le recuerdo perfectamente. Era un individuo muy calmoso, tímido, evidentemente no la clase de persona que siempre se recuerda con facilidad. Sin esto, sin esta tarjeta, quizá nunca le hubiera recordado.

—¿Por qué la tarjeta cambió así las cosas? —interrogó Davenport.

—Porque se refiere a  mí con un juego de  palabras. Con la  pronunciación de la palabra « tierra» . La cosa no es muy sutil, por supuesto, pero esto es típico de Jennings. Era muy aficionado al retruécano, al juego de palabras, y  así  mis únicos recuerdos de él están formados por esta afición suy a. También a mí me gustan los juegos de palabras, pero Jennings… sí, le recuerdo muy bien…, a Jennings le encantaban, aunque como en este caso tenía poco talento para el retruécano.

Ashley interrumpió bruscamente:

—Este mensaje está formado enteramente por juegos de palabras, doctor  Urth. Por lo menos así lo creemos, y eso parece ajustarse a lo que usted dice.

—¡Ah! —exclamó Urth, ajustándose las gafas y estudiando una vez más la tarjeta y los símbolos que contenía.

Al cabo de unos momentos frunció ambos labios y dijo alegremente:

—No saco nada en consecuencia.

—En tal caso… —murmuró Ashley, crispando ambos puños con impaciencia.

—Pero si ustedes me dicen algo más —añadió Urth—, entonces quizá esto llegue a significar algo.

Davenport dijo rápidamente:



—¿Puedo hacerlo, jefe? Estoy seguro de que se puede confiar en este hombre… y nos puede ay udar.

—Adelante —murmuró Ashley —. En estos momentos…, ¿a quién se podría perjudicar?

Davenport resumió la historia, relatándola mediante frases casi telegráficas, mientras que Urth escuchaba atentamente, moviendo sus gruesos dedos sobre la pulida superficie de la mesa como si estuviese  limpiando unas invisibles cenizas de cigarrillo. Hacia el final del relato alzó ambas piernas y las cruzó quedando sentado como un simpático Buda.

Cuando Davenport terminó, Urth estuvo pensativo durante un momento y luego preguntó:

—¿Poseen ustedes una copia de la conversación reconstruida por Ferrant?

—Sí —respondió Davenport—, ¿le gustaría verla?

—Por favor.

Urth colocó la cinta de microfilm en un visor y la examinó rápidamente a la vez que se movían sus labios en algunos momentos. Luego golpeó con un dedo sobre la tarjeta del mensaje preguntando:

—¿Y dicen ustedes que esta es la clave de todo el asunto? ¿La clave principal?

—Eso suponemos, doctor Urth.

—Pero no es el original. Es una reproducción.

—Cierto.

—El original ha desaparecido con este Ferrant, y ustedes creen que está en manos de los ultras.

—Posiblemente.

Urth movió la cabeza de un lado a otro. Parecía preocupado. Luego declaró:

—Todo el mundo sabe que mis simpatías no están con los ultras. Lucharía en contra de ellos con todos los medios, de manera que no desearía parecer que doy marcha atrás en este caso, pero… ¿qué es lo que hay aquí que nos demuestre que tal dispositivo existe todavía? Ustedes no cuentan más que con las palabras pronunciadas por un hombre enfermo, y sus dudosas deducciones a causa de la reproducción de un misterioso conjunto de marcas que probablemente nada signifique.

—Sí, doctor Urth, pero tenemos que correr ese riesgo.

—¿En qué medida están ustedes seguros de que esta copia es segura? ¿Y qué hay si el original tiene algo más que aquí falta, algo que aclara más el mensaje, algo sin lo cual este mensaje es indescifrable?

—Estamos seguros de que la copia es exacta.

—¿Y qué hay sobre el dorso? No hay nada en el dorso de esta reproducción.

¿Y en el dorso del original?

—El agente que hizo la reproducción nos dice que el dorso del original estaba en blanco también.



—Los hombres cometen errores.

—No tenemos razón alguna para creer que él se hay a  equivocado,  y debemos trabajar bajo la suposición de que no ha cometido ningún error. Por lo menos hasta el momento en que el original vuelva a recuperarse.

—Entonces ustedes me aseguran —dijo Urth— que cualquier interpretación que se realice de este mensaje debe hacerse sobre la base de lo que exactamente uno ve aquí.

—Eso creemos. Estamos virtualmente seguros —respondió Davenport con enorme confianza.

Urth parecía continuar preocupado. Luego dijo:

—¿Por qué no dejar el instrumento donde está? Si ningún grupo lo encuentra, mejor. Desapruebo totalmente el andar jugando con las mentes, y eso no contribuirá en nada a hacerlo posible.

Davenport colocó una mano pacificadora sobre un antebrazo de Ashley al intuir que este último estaba a punto de decir algo. Luego dijo:

—Permítame decirle, doctor Urth, que no solamente se trata del aspecto

« juguetear con las mentes» como usted dice, que pueda tener ese dispositivo. Supongamos que una expedición de la Tierra emprendida a un planeta primitivo dejó caer allí una radio antigua, y supongamos que los nativos hayan descubierto la corriente eléctrica, pero no todavía el tubo de vacío.

» Los nativos podrían descubrir entonces que si el aparato de radio entraba en contacto con una corriente, los objetos que había en su interior se calentaban y brillarían, pero, por supuesto, no recibirían ningún sonido inteligible, simplemente muchos crujidos y demás interferencias. Sin embargo, si dejaban caer el aparato de radio en una bañera estando el aparato enchufado, cualquier persona que estuviese bañándose quedaría inmediatamente electrocutada. Por lo  tanto, dígame, ¿acaso los nativos de este hipotético planeta debían deducir que el  aparato que tenían en estudio estaba solamente diseñado con el  propósito  de matar gente?

—Veo la analogía —respondió el doctor Urth—. ¿Cree usted que esa  propiedad de influir sobre la mente de  las gentes sólo es una  función accidental del dispositivo?

—Estoy seguro de ello —dijo Davenport, calurosamente—. Si podemos descubrir su verdadero propósito, la tecnología de la Tierra puede dar un salto hacia delante de muchos siglos.

—Entonces está usted de acuerdo con Jennings cuando dijo… Urth consultó de nuevo el microfilm y añadió:

—… que podría ser la clave… ¿Quién sabe eso? Podría ser la clave de una inimaginable revolución científica.

—¡Exactamente!

—Pero aun así permanece el juego con la mente humana y es altamente



peligroso. Fuese cual fuere el propósito de aquel aparato de radio, lo cierto es que

« electrocutaba» .

—Razón por la que no podemos consentir que ese dispositivo caiga en manos de los ultras.

—¿Ni tampoco en las del Gobierno?

—Pero debo señalar que hay un límite razonable a la precaución. Consideremos que los hombres siempre han mantenido el peligro en sus manos. La primera hacha de pedernal en la Edad de Piedra, la primera estaca  de  madera, aún antes del hacha, podían matar. Podían emplearse para doblegar la voluntad de los más débiles ante los más fuertes, y también eso era una forma de jugar con la mente. Lo que cuenta, doctor Urth, no es el dispositivo en sí,  por  muy peligroso que pueda ser en un sentido abstracto, sino más bien las intenciones de los hombres que lo usen. Los ultras tienen la declarada  intención  de matar a más del 99,9 por ciento de la humanidad. El Gobierno, con todas sus faltas, no tendría tales intenciones.

—¿Qué trataría de hacer el Gobierno?

—Estudiar científicamente ese dispositivo. Incluso ese aspecto que usted menciona de influenciar mentalmente podría redundar en grandes beneficios. Usando ese dispositivo bien podría educarnos en lo concerniente a la  base  física de la función mental. Podríamos aprender a corregir los desórdenes mentales o curar a los ultras. La humanidad podría desarrollar una may or inteligencia en general.

—¿Cómo puedo creer que se llevaría a la práctica semejante idealismo?

—Yo lo creo. Considere que se enfrenta usted a un posible giro hacia el mal del Gobierno si usted nos ayuda, pero arriesga el cierto y declarado mal  propósito de los ultras si no lo hace.

Urth asintió con un movimiento de cabeza, pensativamente.

—Quizá tenga usted razón. Y aun así tengo que pedirle un favor. Tengo una sobrina que sospecho me quiere demasiado. Está constantemente molesta por el hecho de que tenazmente me niego a emprender la locura de hacer un viaje. Ella asegura que no descansará con tranquilidad hasta el día en que y o la acompañe a Europa, a Carolina del Norte, o a algún otro lejano lugar…

Ashley se inclinó hacia delante, impaciente, sin hacer el menor caso del gesto que le hacía Davenport para que se contuviese.

—Doctor Urth —dijo—, si usted nos ayuda a encontrar el dispositivo y si se logra que funcione, entonces le aseguro que para nosotros será una satisfacción liberarle de su fobia contra los viajes y haremos posible que acompañe usted a su sobrina, gustosamente, a cualquier parte del mundo que usted guste.

Los saltones ojos de Urth se abrieron desmesuradamente y durante un par de segundos pareció sufrir una fuerte conmoción. Pareció que acababa de caer en una trampa peligrosa.



—¡No! —gritó—. ¡Nada de eso! ¡Nunca!

Hubo un momento de silencio y luego, y a calmado, el doctor Urth murmuró en tono normal:

—Permítanme que les explique cuáles son mis honorarios. Si les ayudo, si ustedes recuperan el dispositivo y aprenden a usarlo, si el hecho de mi ayuda se hace público, entonces mi sobrina caerá sobre el Gobierno hecha una furia. Es terriblemente terca y es a la vez una mujer de voz chillona que sería capaz de organizar suscripciones públicas y manifestaciones. No se detendrá ante nada. Ustedes no deben ceder ante ella. ¡No deben hacerlo! Tienen que  resistir  todas  las presiones. Deseo estar solo, exactamente igual que ahora. Esos son mis únicos honorarios, mis únicos y absolutos honorarios.

Ashley se sonrojó.

—Sí, por supuesto, si ése es su deseo.

—¿Tengo su palabra?

—Tiene usted mi palabra.

—Por favor, recuerde…, confío en usted también, señor Davenport.

—Será como usted desea —replicó con tono calmoso Davenport—. Y ahora, creo, ¿puede usted interpretar esas anotaciones?

—¿Las anotaciones? —interrogó Urth, pareciendo centrar su atención con dificultad en la tarjeta—. ¿Se refiere usted a estas marcas, XY2 y demás?

—Sí, ¿qué quiere usted decir?

—No lo sé. Creo que la interpretación de ustedes es tan buena como otra cualquiera.

Ashley explotó:

—¿Quiere usted decir que toda esta charla sobre su ay uda es inútil? Entonces,

¿a qué viene esa tontería de sus honorarios y demás?

Wendell Urth parecía confuso y hasta sorprendido. Murmuró:

—Me gustaría ayudarles.

—Pero usted no sabe lo que significa esto, lo que significan los signos de este mensaje.

—Yo…, no. Pero sí sé lo que significa el mensaje.

—¿De verdad? —exclamó Davenport.

—Desde luego que sí. Su significado es transparente. Ya lo sospeché  a  través de su relato. Y estuve seguro de ello en cuanto leí la reconstrucción de las conversaciones sostenidas entre Strauss y Jennings. Ustedes mismos se habrían dado cuenta, caballeros, de haberse detenido a pensar.

—Veamos —dijo Ashley completamente desesperado—. Acaba usted  de  decir que no entendía lo que significaban las partidas, las notas.

—Y es cierto. Pero sé lo que significa el « mensaje» .

—¿Y cuál es el mensaje sin esas notas? ¿Acaso se trata sólo del papel, por amor de Dios?



—Sí, en cierta forma.

—Se referirá usted, sin duda, a tinta invisible o algo por el estilo.

—¡No! ¿Por qué es tan difícil que ustedes lo entiendan cuando casi lo tienen a la mano?

Davenport se inclinó hacia Ashley y dijo en voz baja:

—Jefe, ¿me permite manejar esto a mí, por favor? Ashley gruñó y luego respondió con tono rígido:

—Adelante.

—Doctor Urth —dijo Davenport, dirigiéndose de nuevo al profesor—, ¿quiere usted darnos su análisis?

—¡Ah! Bien…, está bien.

El pequeño extraterrólogo se recostó cómodamente en su silla y se enjugó el sudor de la frente con el borde de una manga. Luego continuó diciendo:

—Consideremos el mensaje. Si ustedes aceptan el círculo  dividido en cuatro  y la flecha como señal de dirigirse a mí, eso deja a un lado siete partidas. Si éstas se refieren como parece ser a siete cráteres, seis de ellos deben también sin duda alguna figurar ahí simplemente para despistar, puesto que el dispositivo no puede hallarse en más de un sólo lugar. No estaba formado por partes desmontables…, sólo formaba una pieza.

» Entonces, y también, ninguna de las partidas son directamente indicadoras. De acuerdo con su interpretación, SU podría  significar  cualquier  lado situado en la otra cara de la Luna, que es una zona de aproximadamente el tamaño de América del Sur. También PC/2 puede significar Ty cho, como dice el señor Ashley, o puede significar “distancia media entre Ptolomeo y Copérnico”, como pensó el señor Davenport, y si así opinamos también podríamos sugerir que significaría “media distancia entre Platón y Cassini”. Seguro que XY2 podría significar Alphonsus…, muy ingeniosa interpretación, pero también podría referirse a algún sistema de coordenados en el que la coordenada Y fuera el cuadrado de la coordenada X. De igual forma C-C significaría “Bond”  o “distancia media entre Cassini y Copérnico”. F/A podría  ser  “Newton”  o significar “entre Fabricius y Arquímedes”.

» En resumen, las partidas o anotaciones tienen  tantos significados que  llegan a no tener ninguno. Aun cuando una nota de estas lo tuviera, no se podría seleccionar entre las otras de manera que resulta sensato suponer que todas estas anotaciones son simplemente “floreros”.

» Entonces, se hace necesario determinar qué es lo que hay  en el mensaje que no sea completamente ambiguo, lo que está perfectamente claro.  La respuesta a esto sólo puede ser que “es” un mensaje; que es la pista que llevará a un escondite. Esa es la única cosa sobre la que estamos seguros, ¿no es así?

Davenport asintió con un movimiento de cabeza y luego dijo, con sumo cuidado:



—Por lo menos creemos estar seguros de ello.

—Bien. Han mencionado ustedes este mensaje como si fuera la clave de todo el asunto. Han actuado ustedes como si fuese la pista principal. Jennings se refirió al dispositivo como clave o pista. Si combinamos este serio punto de vista sobre el asunto, con la afición de Jennings a los juegos de palabras,  una  afición  o tendencia que quizá se acrecentó con el dispositivo que llevaba encima…, un momento, permítanme que les cuente una historia…

» En la segunda mitad del siglo XVI, vivía en Roma un jesuita alemán. Era matemático y astrónomo de fama y ayudó al papa Gregorio XIII a reformar el calendario en el año 1582, ejecutando todos los enormes cálculos que eran necesarios. Este astrónomo admiraba mucho a Copérnico, pero no aceptaba el punto de vista heliocéntrico del Sistema Solar. Se  adhería  al viejo punto de  vista en el que la Tierra era el centro del universo.

» En el año 1650, casi cuarenta años después de la muerte  de este matemático, otro jesuita trazó el mapa de la Luna, el astrónomo italiano Giovanni Battista Riccioli. Bautizó a los cráteres con los nombres de astrónomos del pasado, y como él tampoco estaba de acuerdo con Copérnico, seleccionó  los  cráteres más grandes y espectaculares para darles los nombres de los que opinaban que la Tierra era el centro del universo: Ptolomeo, Hipparcus, Alfonso X, Ty cho Brahe. El cráter más grande que pudo encontrar Riccioli lo reservó para  su predecesor, el jesuita alemán.

» Este cráter es en realidad el segundo en tamaño de los que se divisan desde la Tierra. El más grande es Bailly, que está a la derecha del limbo de la Luna y   es, por lo tanto, muy difícil verle desde la Tierra. Riccioli lo ignoraba, y  así  recibió el nombre de un astrónomo que vivió un siglo más tarde y que fue guillotinado durante la Revolución francesa.

 

Ashley escuchaba todo con gran impaciencia. Finalmente preguntó:

—¿Qué tiene que ver todo eso con el mensaje?

—¡Vay a…!, pues todo, amigo mío —respondió Urth con tono de sorpresa—.

¿No calificó usted a este mensaje en clave de todo el asunto? ¿No es la pista principal?

—Sí, desde luego.

—¿Hay alguna duda en que estamos relacionándonos con algo que  es una clave o pista que nos llevará a otra cosa?

—No, no la hay —dijo Ashley.

—Bien. Entonces… el nombre del jesuita alemán que he mencionado es Christoph Klau…, pronunciado « clou» . ¿No ven el juego de palabras? ¿Klau… clue?

Todo el cuerpo de Ashley pareció estar a punto de derrumbarse  de  decepción. Murmuró.

—Eso…, eso me parece muy remoto.



Davenport dijo ansiosamente:

—Doctor Urth. Que y o sepa no hay ningún lugar en la Luna que se  llame Klau.

—Desde luego que no —respondió Urth, excitadamente—. Esa es la cuestión. En este período de la historia, en la segunda parte del siglo XVI, los eruditos europeos latinizaban sus nombres. Klau también lo hizo así. En lugar de la « u» alemana empleó la letra equivalente en latín, la « v» . Entonces añadió « ius» , típico final de los nombres latinos, y así Christoph Klau se convirtió  en Christopher Clavius, y supongo que ustedes habrán oído hablar del cráter gigante que todos llamamos Clavius.

—Pero…  —comenzó Davenport.

—Por favor nada de « peros» —interrumpió  Urth—.  Permítame  señalarle que la palabra latina « clavis» significa « clave» . Ahora,  ¿se  dan  cuenta  del doble y bilingüe juego de palabras? Klau, clue, Clavius, clavis, clave. En toda su vida Jennings no podría haber construido un juego de palabras como éste  sin  la ay uda del dispositivo. Entonces sí pudo hacerlo y hasta me pregunto si la muerte no llegó a ser triunfante bajo tales condiciones. Y les dirigió a  ustedes  a  mí porque sabía que y o recordaría su afición a los juegos de palabras y porque él sabía que a mí también me gustaban.

Los dos hombres del Bureau se miraron mutuamente con los ojos muy abiertos.

Urth dijo solemnemente:

—Le sugeriría buscar en el borde en sombras de Clavius, en el punto donde la Tierra está más cerca del cenit.

Ashley se puso en pie. Preguntó:

—¿Dónde está su videófono?

—En la estancia contigua.

Ashley corrió hacia allá. Davenport quedó atrás.

—¿Está usted seguro, doctor Urth?

—Completamente seguro. Pero aunque esté equivocado, sospecho que no importa.

—¿Qué es lo que no importa?

—Que encuentren ustedes el dispositivo o no. Porque si los ultras lo encuentran, probablemente no serán capaces de usarlo.

—¿Por qué dice usted eso?

—Me preguntó usted si Jennings había sido estudiante mío, pero no me preguntó si lo había sido Strauss, que también era geólogo. También estudió conmigo un año o algo así después de Jennings. Le recuerdo muy bien.

—¡Oh…!

—Un hombre desagradable. Muy frío. Esa es la marca típica de los ultras, creo. Todos son muy fríos, muy rígidos, muy seguros de sí mismos. No pueden



ser de otra forma. De lo contrario no hablarían de matar a miles de millones de seres.

—Creo que lo entiendo.

—Eso supongo. La conversación reconstruida de los delirios de Strauss nos demostró que él no podía manipular el dispositivo. Carecía de la intensidad emocional para poder hacerlo. Imagino que todos los demás ultras se encuentran en la misma situación. Jennings, que no era  ultra, pudo manejarlo. Cualquiera  que pudiese manejarlo, creo que sería incapaz de una deliberada crueldad, a sangre fría. Podría quizá sembrar el pánico como lo hizo Jennings con Strauss,  pero nunca de una manera calculadora y fría, como Strauss trató de hacerlo con Jennings… En resumen, creo que el dispositivo puede manipularse mediante el amor, pero nunca mediante el odio, y los ultras no son más que seres que odian fríamente.

Davenport asintió con un movimiento de cabeza. Luego dijo:

 

—Espero que tenga usted razón. Pero entonces…, ¿por qué sospechaba usted sobre los motivos del Gobierno si suponía que tal tipo de hombres no podían manipular el dispositivo?

Urth se encogió de hombros y respondió:

—Quería estar seguro de que usted podría baladronar y razonar, a la vez que podría lograr convencer y persuadir cuando llegara el momento de hacerlo. Después de todo, puede que tenga usted que enfrentarse con mi sobrina.

 

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