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Libro N° 9517. Fábula De Polifemo Y Galatea. De Góngora Y Argote, Luis.

 


© Libro N° 9517. Fábula De Polifemo Y Galatea. De Góngora Y Argote, Luis. Emancipación. Enero  22 de 2022.

 

Título original: ©  Fábula De Polifemo Y Galatea. Luis De Góngora Y Argote

 

Versión Original: © Fábula De Polifemo Y Galatea. Luis De Góngora Y Argote

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FÁBULA DE POLIFEMO Y GALATEA

Luis De Góngora Y Argote

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fábula de Polifemo y Galatea

Luis de Góngora y Argote

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fábula de Polifemo y Galatea

Luis de Góngora y Argote









 

I

Estas que me dictó rimas sonoras,

culta sí, aunque bucólica Talía,

¡oh excelso conde!, en las purpúreas horas

que es rosas la alba y rosicler el día,

ahora que de luz tu niebla doras,

 5

escucha, al son de la zampoña mía,

si ya los muros no te ven, de Huelva,

peinar el viento, fatigar la selva.



 

II

Templado, pula en la maestra mano

el generoso pájaro su pluma,

 10

o tan mudo en la alcándara, que en vano

aun desmentir al cascabel presuma;

tascando haga el freno de oro, cano,

del caballo andaluz la ociosa espuma;

gima el lebrel en el cordón de seda,

 15

y al cuerno, al fin, la cítara suceda.



 

III

Treguas al ejercicio sean robusto,

ocio atento, silencio dulce, en cuanto

debajo escuchas de dosel augusto,

del músico jayán el fiero canto.

 20

Alterna con las Musas hoy el gusto;

que si la mía puede ofrecer tanto

clarín (y de la Fama no segundo),

tu nombre oirán los términos del mundo.



 

IV

Donde espumoso el mar sicilïano

 25

el pie argenta de plata al Lilibeo

(bóveda o de las fraguas de Vulcano,

o tumba de los huesos de Tifeo),

pálidas señas cenizoso un llano

-cuando no del sacrílego deseo-

 30

del duro oficio da. Allí una alta roca

mordaza es a una gruta de su boca.



 

V

Guarnición tosca de este escollo duro

troncos robustos son, a cuya greña

menos luz debe, menos aire puro

 35

la caverna profunda, que a la peña;

caliginoso lecho, el seno obscuro

ser de la negra noche nos lo enseña

infame turba de nocturnas aves,

gimiendo tristes y volando graves.

 40



 

VI

De este, pues, formidable de la tierra

bostezo, el melancólico vacío

a Polifemo, horror de aquella sierra,

bárbara choza es, albergue umbrío

y redil espacioso donde encierra

 45

cuanto las cumbres ásperas cabrío,

de los montes, esconde: copia bella

que un silbo junta y un peñasco sella.



 

VII

Un monte era de miembros eminente

este que, de Neptuno hijo fiero,

 50

de un ojo ilustra el orbe de su frente,

émulo casi del mayor lucero;

cíclope, a quien el pino más valiente,

bastón, le obedecía, tan ligero,

y al grave peso junco tan delgado,

 55

que un día era bastón y otro cayado.



 

VIII

Negro el cabello, imitador undoso

de las obscuras aguas del Leteo,

al viento que lo peina proceloso,

vuela sin orden, pende sin aseo;

 60

un torrente es su barba impetüoso,

que (adusto hijo de este Pirineo)

su pecho inunda, o tarde, o mal, o en vano

surcada aun de los dedos de su mano.



 

IX

No la Trinacria en sus montañas, fiera

 65

armó de crüeldad, calzó de viento,

que redima feroz, salve ligera,

su piel manchada de colores ciento;

pellico es ya la que en los bosques era

mortal horror al que con paso lento

 70

los bueyes a su albergue reducía,

pisando la dudosa luz del día.



 

X

Cercado es (cuanto más capaz, más lleno)

de la fruta, el zurrón, casi abortada,

que el tardo otoño deja al blando seno

 75

de la piadosa hierba, encomendada;

la serba, a quien le da rugas el heno,

la pera, de quien fue cuna dorada

la rubia paja, y -pálida tutora-

la niega avara, y pródiga la dora.

 80



 

XI

Erizo es el zurrón, de la castaña,

y (entre el membrillo o verde o datilado)

de la manzana hipócrita, que engaña,

a lo pálido no, a lo arrebolado,

y, de la encina (honor de la montaña,

 85

que pabellón al siglo fue dorado)

el tributo, alimento, aunque grosero,

del mejor mundo, del candor primero.



 

XII

Cera y cáñamo unió (que no debiera)

cien cañas, cuyo bárbaro rüído,

 90

de más ecos que unió cáñamo y cera

albogues, duramente es repetido.

La selva se confunde, el mar se altera,

rompe Tritón su caracol torcido,

sordo huye el bajel a vela y remo;

 95

¡tal la música es de Polifemo!



 

XIII

Ninfa, de Doris hija, la más bella

adora, que vio el reino de la espuma.

Galatea es su nombre, y dulce en ella

el terno Venus de sus Gracias suma.

 100

Son una y otra luminosa estrella

lucientes ojos de su blanca pluma;

si roca de cristal no es de Neptuno,

pavón de Venus es, cisne de Juno.



 

XIV

Purpúreas rosas sobre Galatea

 105

la Alba entre lilios cándidos deshoja:

duda el Amor cuál más su color sea,

o púrpura nevada, o nieve roja.

De su frente la perla es, eritrea,

émula vana. El ciego dios se enoja,

 110

y, condenado su esplendor, la deja

pender en oro al nácar de su oreja.



 

XV

Invidia de las ninfas y cuidado

de cuantas honra el mar deidades era;

pompa del marinero niño alado

 115

que sin fanal conduce su venera.

Verde el cabello, el pecho no escamado,

ronco sí, escucha a Glauco la ribera

inducir a pisar la bella ingrata,

en carro de cristal, campos de plata.

 120



 

XVI

Marino joven, las cerúleas sienes,

del más tierno coral ciñe Palemo,

rico de cuantos la agua engendra bienes,

del Faro odioso al promontorio extremo;

mas en la gracia igual, si en los desdenes

 125

perdonado algo más que Polifemo,

de la que, aún no le oyó, y, calzada plumas,

tantas flores pisó como él espumas.



 

XVII

Huye la ninfa bella; y el marino

amante nadador, ser bien quisiera,

 130

ya que no áspid a su pie divino,

dorado pomo a su veloz carrera;

mas, ¿cuál diente mortal, cuál metal fino

la fuga suspender podrá ligera

que el desdén solicita? ¡Oh cuánto yerra

 135

delfín que sigue en agua corza en tierra!



 

XVIII

Sicilia, en cuanto oculta, en cuanto ofrece,

copa es de Baco, huerto de Pomona;

tanto de frutas ésta la enriquece,

cuanto aquél de racimos la corona.

 140

En carro que estival trillo parece,

a sus campañas Ceres no perdona,

de cuyas siempre fértiles espigas

las provincias de Europa son hormigas.



 

XIX

A Pales su viciosa cumbre debe

 145

lo que a Ceres, y aún más, su vega llana;

pues si en la una granos de oro llueve,

copos nieva en la otra mil de lana.

De cuantos siegan oro, esquilan nieve,

o en pipas guardan la exprimida grana,

 150

bien sea religión, bien amor sea,

deidad, aunque sin templo, es Galatea.



 

XX

Sin aras, no; que el margen donde para

del espumoso mar su pie ligero,

al labrador, de sus primicias ara,

 155

de sus esquilmos es al ganadero;

de la Copia -a la tierra, poco avara-

el cuerno vierte el hortelano, entero,

sobre la mimbre que tejió, prolija,

si artificiosa no, su honesta hija.

 160



 

XXI

Arde la juventud, y los arados

peinan las tierras que surcaron antes,

mal conducidos, cuando no arrastrados

de tardos bueyes, cual su dueño errantes;

sin pastor que los silbe, los ganados

 165

los crujidos ignoran resonantes,

de las hondas, si, en vez del pastor pobre,

el céfiro no silba, o cruje el robre.



 

XXII

Mudo la noche el can, el día, dormido,

de cerro en cerro y sombra en sombra yace.

 170

Bala el ganado; al mísero balido,

nocturno el lobo de las sombras nace.

Cébase; y fiero, deja humedecido

en sangre de una lo que la otra pace.

¡Revoca, Amor, los silbos, o a su dueño

 175

el silencio del can siga, y el sueño!



 

XXIII

La fugitiva ninfa, en tanto, donde

hurta un laurel su tronco al sol ardiente,

tantos jazmines cuanta hierba esconde

la nieve de sus miembros, da una fuente.

 180

Dulce se queja, dulce le responde

un ruiseñor a otro, y dulcemente

al sueño da sus ojos la armonía,

por no abrasar con tres soles el día.



 

XXIV

Salamandria del Sol, vestido estrellas,

 185

latiendo el Can del cielo estaba, cuando

(polvo el cabello, húmidas centellas,

si no ardientes aljófares, sudando)

llegó Acis; y, de ambas luces bellas

dulce Occidente viendo al sueño blando,

 190

su boca dio, y sus ojos cuanto pudo,

al sonoro cristal, al cristal mudo.



 

XXV

Era Acis un venablo de Cupido,

de un fauno, medio hombre, medio fiera,

en Simetis, hermosa ninfa, habido;

 195

gloria del mar, honor de su ribera.

El bello imán, el ídolo dormido,

que acero sigue, idólatra venera,

rico de cuanto el huerto ofrece pobre,

rinden las vacas y fomenta el robre.

 200



 

XXVI

El celestial humor recién cuajado

que la almendra guardó entre verde y seca,

en blanca mimbre se lo puso al lado,

y un copo, en verdes juncos, de manteca;

en breve corcho, pero bien labrado,

 205

un rubio hijo de una encina hueca,

dulcísimo panal, a cuya cera

su néctar vinculó la primavera.



 

XXVII

Caluroso, al arroyo da las manos,

y con ellas las ondas a su frente,

 210

entre dos mirtos que, de espuma canos,

dos verdes garzas son de la corriente.

Vagas cortinas de volantes vanos

corrió Favonio lisonjeramente

a la de viento, cuando no sea cama

 215

de frescas sombras, de menuda grama.



 

XXVIII

La ninfa, pues, la sonorosa plata

bullir sintió del arroyuelo apenas,

cuando, a los verdes márgenes ingrata,

segur se hizo de sus azucenas.

 220

Huyera; mas tan frío se desata

un temor perezoso por sus venas,

que a la precisa fuga, al presto vuelo,

grillos de nieve fue, plumas de hielo.



 

XXIX

Fruta en mimbres halló, leche exprimida

 225

en juncos, miel en corcho, mas sin dueño;

si bien al dueño debe, agradecida,

su deidad culta, venerado el sueño.

A la ausencia mil veces ofrecida,

este de cortesía no pequeño

 230

indicio la dejó -aunque estatua helada-

más discursiva y menos alterada.



 

XXX

No al Cíclope atribuye, no, la ofrenda;

no a sátiro lascivo, ni a otro feo

morador de las selvas, cuya rienda

 235

el sueño aflija, que aflojó el deseo.

El niño dios, entonces, de la venda,

ostentación gloriosa, alto trofeo

quiere que al árbol de su madre sea

el desdén hasta allí de Galatea.

 240



 

XXXI

Entre las ramas del que más se lava

en el arroyo, mirto levantado,

carcaj de cristal hizo, si no aljaba,

su blanco pecho, de un arpón dorado.

El monstro de rigor, la fiera brava,

 245

mira la ofrenda ya con más cuidado,

y aun siente que a su dueño sea, devoto,

confuso alcaide más, el verde soto.



 

XXXII

Llamáralo, aunque muda, mas no sabe

el nombre articular que más querría;

 250

ni lo ha visto, si bien pincel süave

lo ha bosquejado ya en su fantasía.

Al pie -no tanto ya, del temor, grave-

fía su intento; y, tímida, en la umbría

cama de campo y campo de batalla,

 255

fingiendo sueño al cauto garzón halla.



 

XXXIII

El bulto vio y, haciéndolo dormido,

librada en un pie toda sobre él pende

(urbana al sueño, bárbara al mentido

retórico silencio que no entiende);

 260

no el ave reina, así, el fragoso nido

corona inmóvil, mientras no desciende

-rayo con plumas- al milano pollo

que la eminencia abriga de un escollo,



 

XXXIV

como la ninfa bella, compitiendo

 265

con el garzón dormido en cortesía,

no sólo para, mas el dulce estruendo

del lento arroyo enmudecer querría.

A pesar luego de las ramas, viendo

colorido el bosquejo que ya había

 270

en su imaginación Cupido hecho

con el pincel que le clavó su pecho,



 

XXXV

de sitio mejorada, atenta mira,

en la disposición robusta, aquello

que, si por lo süave no la admira,

 275

es fuerza que la admire por lo bello.

Del casi tramontado sol aspira

a los confusos rayos, su cabello;

flores su bozo es, cuyas colores,

como duerme la luz, niegan las flores.

 280



 

XXXVI

En la rústica greña yace oculto

el áspid, del intonso prado ameno,

antes que del peinado jardín culto

en el lascivo, regalado seno;

en lo viril desata de su vulto

 285

lo más dulce el Amor, de su veneno;

bébelo Galatea, y da otro paso

por apurarle la ponzoña al vaso.



 

XXXVII

Acis -aún más de aquello que dispensa

la brújula del sueño vigilante-,

 290

alterada la ninfa esté o suspensa,

Argos es siempre atento a su semblante,

lince penetrador de lo que piensa,

cíñalo bronce o múrelo diamante;

que en sus paladïones Amor ciego,

 295

sin romper muros, introduce fuego.



 

XXXVIII

El sueño de sus miembros sacudido,

gallardo el joven la persona ostenta,

y al marfil luego de sus pies rendido,

el coturno besar dorado intenta.

 300

Menos ofende el rayo prevenido,

al marinero, menos la tormenta

prevista le turbó o pronosticada;

Galatea lo diga, salteada.



 

XXXIX

Más agradable y menos zahareña,

 305

al mancebo levanta venturoso,

dulce ya concediéndole y risueña,

paces no al sueño, treguas sí al reposo.

Lo cóncavo hacía de una peña

a un fresco sitïal dosel umbroso,

 310

y verdes celosías unas hiedras,

trepando troncos y abrazando piedras.



 

XL

Sobre una alfombra, que imitara en vano

el tirio sus matices (si bien era

de cuantas sedas ya hiló, gusano,

 315

y, artífice, tejió la Primavera)

reclinados, al mirto más lozano,

una y otra lasciva, si ligera,

paloma se caló, cuyos gemidos

-trompas de amor- alteran sus oídos.

 320



 

XLI

El ronco arrullo al joven solicita;

mas, con desvíos Galatea suaves,

a su audacia los términos limita,

y el aplauso al concento de las aves.

Entre las ondas y la fruta, imita

 325

Acis al siempre ayuno en penas graves;

que, en tanta gloria, infierno son no breve,

fugitivo cristal, pomos de nieve.



 

XLII

No a las palomas concedió Cupido

juntar de sus dos picos los rubíes,

 330

cuando al clavel el joven atrevido

las dos hojas le chupa carmesíes.

Cuantas produce Pafo, engendra Gnido,

negras vïolas, blancos alhelíes,

llueven sobre el que Amor quiere que sea

 335

tálamo de Acis ya y de Galatea.



 

XLIII

Su aliento humo, sus relinchos fuego,

si bien su freno espumas, ilustraba

las columnas Etón que erigió el griego,

do el carro de la luz sus ruedas lava,

 340

cuando, de amor el fiero jayán ciego,

la cerviz oprimió a una roca brava,

que a la playa, de escollos no desnuda,

linterna es ciega y atalaya muda.



 

XLIV

Árbitro de montañas y ribera,

 345

aliento dio, en la cumbre de la roca,

a los albogues que agregó la cera,

el prodigioso fuelle de su boca;

la ninfa los oyó, y ser más quisiera

breve flor, hierba humilde, tierra poca,

 350

que de su nuevo tronco vid lasciva,

muerta de amor, y de temor no viva.



 

XLV

Mas -cristalinos pámpanos sus brazos-

amor la implica, si el temor la anuda,

al infelice olmo que pedazos

 355

la segur de los celos hará aguda.

Las cavernas en tanto, los ribazos

que ha prevenido la zampoña ruda,

el trueno de la voz fulminó luego;

¡referidlo, Pïérides, os ruego!

 360



 

XLVI

«¡Oh bella Galatea, más süave

que los claveles que tronchó la aurora;

blanca más que las plumas de aquel ave

que dulce muere y en las aguas mora;

igual en pompa al pájaro que, grave,

 365

su manto azul de tantos ojos dora

cuantas el celestial zafiro estrellas!

¡Oh tú, que en dos incluyes las más bellas!



 

XLVII

»Deja las ondas, deja el rubio coro

de las hijas de Tetis, y el mar vea,

 370

cuando niega la luz un carro de oro,

que en dos la restituye Galatea.

Pisa la arena, que en la arena adoro

cuantas el blanco pie conchas platea,

cuyo bello contacto puede hacerlas,

 375

sin concebir rocío, parir perlas.



 

XLVIII

»Sorda hija del mar, cuyas orejas

a mis gemidos son rocas al viento:

o dormida te hurten a mis quejas

purpúreos troncos de corales ciento,

 380

o al disonante número de almejas

-marino, si agradable no, instrumento-

coros tejiendo estés, escucha un día

mi voz, por dulce, cuando no por mía.



 

XLIX

»Pastor soy, mas tan rico de ganados,

 385

que los valles impido más vacíos,

los cerros desparezco levantados

y los caudales seco de los ríos;

no los que, de sus ubres desatados,

o derivados de los ojos míos,

 390

leche corren y lágrimas; que iguales

en número a mis bienes son mis males.



 

L

»Sudando néctar, lambicando olores,

senos que ignora aun la golosa cabra,

corchos me guardan, más que abeja flores

 395

liba inquïeta, ingenïosa labra;

troncos me ofrecen árboles mayores,

cuyos enjambres, o el abril los abra,

o los desate el mayo, ámbar distilan

y en ruecas de oro rayos del sol hilan.

 400



 

LI

»Del Júpiter soy hijo, de las ondas,

aunque pastor; si tu desdén no espera

a que el monarca de esas grutas hondas,

en trono de cristal te abrace nuera,

Polifemo te llama, no te escondas;

 405

que tanto esposo admira la ribera

cual otro no vio Febo, más robusto,

del perezoso Volga al Indo adusto.



 

LII

»Sentado, a la alta palma no perdona

su dulce fruto mi robusta mano;

 410

en pie, sombra capaz es mi persona

de innumerables cabras el verano.

¿Qué mucho, si de nubes se corona

por igualarme la montaña en vano,

y en los cielos, desde esta roca, puedo

 415

escribir mis desdichas con el dedo?



 

LIII

»Marítimo alcïón roca eminente

sobre sus huevos coronaba, el día

que espejo de zafiro fue luciente

la playa azul, de la persona mía.

 420

Miréme, y lucir vi un sol en mi frente,

cuando en el cielo un ojo se veía;

neutra el agua dudaba a cuál fe preste,

o al cielo humano, o al cíclope celeste.



 

LIV

»Registra en otras puertas el venado

 425

sus años, su cabeza colmilluda

la fiera cuyo cerro levantado,

de helvecias picas es muralla aguda;

la humana suya el caminante errado

dio ya a mi cueva, de piedad desnuda,

 430

albergue hoy, por tu causa, al peregrino,

do halló reparo, si perdió camino.



 

LV

»En tablas dividida, rica nave

besó la playa miserablemente,

de cuantas vomitó riquezas grave,

 435

por las bocas del Nilo el Orïente.

Yugo aquel día, y yugo bien süave,

del fiero mar a la sañuda frente

imponiéndole estaba (si no al viento

dulcísimas coyundas) mi instrumento,

 440



 

LVI

»cuando, entre globos de agua, entregar veo

a las arenas ligurina haya,

en cajas los aromas del Sabeo,

en cofres las riquezas de Cambaya;

delicias de aquel mundo, ya trofeo

 445

de Escila, que, ostentado en nuestra playa,

lastimoso despojo fue dos días

a las que esta montaña engendra arpías.



 

LVII

»Segunda tabla a un ginovés mi gruta

de su persona fue, de su hacienda;

 450

la una reparada, la otra enjuta,

relación del naufragio hizo horrenda.

Luciente paga de la mejor fruta

que en hierbas se recline, en hilos penda,

colmillo fue del animal que el Ganges

 455

sufrir muros le vio, romper falanges;



 

LVIII

»arco, digo, gentil, bruñida aljaba,

obras ambas de artífice prolijo,

y de Malaco rey a deidad Java

alto don, según ya mi huésped dijo.

 460

De aquél la mano, de ésta el hombro agrava;

convencida la madre, imita al hijo:

serás a un tiempo en estos horizontes

Venus del mar, Cupido de los montes.»



 

LIX

Su horrenda voz, no su dolor interno,

 465

cabras aquí le interrumpieron, cuantas

-vagas el pie, sacrílegas el cuerno-

a Baco se atrevieron en sus plantas.

Mas, conculcado el pámpano más tierno

viendo el fiero pastor, voces él tantas,

 470

y tantas despidió la honda piedras,

que el muro penetraron de las hiedras.



 

LX

De los nudos, con esto, más süaves,

los dulces dos amantes desatados,

por duras guijas, por espinas graves

 475

solicitan el mar con pies alados;

tal, redimiendo de importunas aves

incauto meseguero sus sembrados,

de liebres dirimió copia, así, amiga,

que vario sexo unió y un surco abriga.

 480



 

LXI

Viendo el fiero jayán, con paso mudo

correr al mar la fugitiva nieve

(que a tanta vista el líbico desnudo

registra el campo de su adarga breve)

y al garzón viendo, cuantas mover pudo

 485

celoso trueno, antiguas hayas mueve:

tal, antes que la opaca nube rompa,

previene rayo fulminante trompa.



 

LXII

Con vïolencia desgajó infinita,

la mayor punta de la excelsa roca,

 490

que al joven, sobre quien la precipita,

urna es mucha, pirámide no poca.

Con lágrimas la ninfa solicita

las deidades del mar, que Acis invoca;

concurren todas, y el peñasco duro

 495

la sangre que exprimió, cristal fue puro.



 

LXIII

Sus miembros lastimosamente opresos

del escollo fatal fueron apenas,

que los pies de los árboles más gruesos

calzó el liquido aljófar de sus venas.

 500

Corriente plata al fin sus blancos huesos,

lamiendo flores y argentando arenas,

a Doris llega, que, con llanto pío,

yerno lo saludó, lo aclamó río.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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