© Libro N° 9618. Anatomías. Aldersey-Williams, Hugh. Emancipación.
Febrero 19 de 2022.
Título original: © Anatomías.
Hugh Aldersey-Williams
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Original: © Anatomías. Hugh Aldersey-Williams
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANATOMÍAS
Hugh Aldersey-Williams
Anatomías
Hugh Aldersey-Williams
CONTENIDO
Introducción
Prólogo
Parte I: El todo
§ 1. Cartografiando el territorio
§ 2. Carne
§ 3. Huesos
Parte II: Las partes
§ 4. Repartiendo el territorio
§ 5. La cabeza
§ 6. La cara
§ 7. El cerebro
§ 8. El corazón
§ 9. Sangre
§ 10. La oreja
§ 11. El ojo
§ 12. El estómago
§ 13. La mano
§ 14. El sexo
§ 15. El pie
§ 16. La piel
Parte III. El futuro
§ 17. Extendiendo el futuro
Epílogo
Agradecimientos
Referencias y bibliografía selecta
Lista de ilustraciones
Anatomías
Hugh Aldersey-Williams
Para Moira
Figura 1
Estos pequeños miembros, estos ojos y manos que
aquí encuentro, estas sonrosadas mejillas con que mi vida empieza; ¿Dónde
estabais? ¿Detrás de qué cortina estuvisteis ocultos para mí durante tanto
tiempo? ¿Dónde estaba, en qué abismo, mi lengua recién hecha?
De «The Salutation», Thomas Traherne, 1637-74 [i]
Introducción
Llega un momento en nuestra vida en que nos damos
cuenta de que, después de todo, probablemente no seremos la primera persona que
viva eternamente.
Darse cuenta de eso es normal, o al menos así lo
supongo, pero es totalmente contrario a nuestras legítimas expectativas. Es una
conmoción.
Digámoslo claramente. Nuestra mente no tiene ningún
problema con la idea de vivir para siempre. ¿Qué hay de malo con que siga
funcionando tal como lo hace ahora? No puede ver ninguna razón para no hacerlo.
No. El problema es nuestro cuerpo. Empieza a funcionar menos bien. Y comienza a
hablar sin cesar de sí mismo, enviándonos mensajes cada vez más frecuentes,
mensajes insistentes y perentorios: ¿Qué hay de mí? ¿Es que nadie me escucha?
Deja de hacer esto, duele. O bien: «He de ir al retrete». «¿Qué? ¿Ahora?»,
responde nuestra mente soñolienta. «¡Son las tres de la madrugada!» «Sí,
ahora.»
En la escuela, tuve que dejar la biología a los
trece años de edad, aunque ya empezaba a encaminarme hacia las ciencias. Una
lección cada quince días se convirtió en ninguna lección en absoluto. Ahora me
parece sorprendente que se permitiera que tal cosa ocurriera, no sólo porque
entonces ya era evidente que la biología era la especialidad científica que
ofrecía el campo más extenso para los descubrimientos, sino porque cada uno de
nosotros es el dueño y el operador de nuestro propio cuerpo humano, y seguramente
aquélla hubiera sido la época para aprender algo acerca de él. En cambio, se me
dejó a cargo de un organismo biológico complejo del que no sabía casi nada y al
que, si tenía suerte, seguiría instruyendo y en el que continuaría habitando
durante otros setenta años, aproximadamente.
Una consecuencia de esta omisión educativa y de mi
propia desidia intelectual es que no tengo respuesta para el problema de tener
que ir al baño a las tres de la madrugada. No tengo ni idea de cómo funciona mi
vejiga, o por qué parece funcionar ahora de manera diferente a como lo hacía
cuando yo era más joven. Y hay muchas probabilidades de que el lector tampoco
lo sepa.
Sólo tengo una vaga imagen de algún tipo de globo
estanco que se llena y se vacía, situado en algún lugar de mi abdomen. Para una
información más precisa, descubro que he de consultar un libro de texto
universitario. El libro es como un adoquín, y está lleno de ilustraciones a
color, pero sin arte. Busco «vejiga» en el índice. No está allí. Veo que me
veré obligado a traducir mi pregunta sencilla en una jerga extraña. Considero
brevemente el asunto y después me dirijo a las U para encontrar una entrada para
«urinario, sistema».
La vejiga, según descubro, es una bolsa elástica
constituida por delgadas capas de músculo. Internamente está tapizada con mucus
para hacerla estanca. Cuando está llena, se distiende hasta el tamaño y la
forma de un aguacate grande y contiene aproximadamente medio litro de orina (o
un litro, según otro libro de texto). Una radiografía adjunta, calificada (como
si se supusiera que he de conocer el significado del término) de pielograma,
muestra la disposición del sistema urinario dentro del cuerpo, destacada
mediante un agente de contraste que se ha inyectado al sujeto humano. Veo un
depósito bulboso protegido por los huesos pélvicos en la base de la columna
vertebral. Surgen de ella las dos finas líneas de los uréteres, que abrazan la
columna en su recorrido hasta los riñones, donde cada uno de ellos se ramifica
en dos, después cinco y después muchos más tubos más finos que terminan en las
profundidades de cada riñón, en algún punto situado aproximadamente al nivel de
la costilla inferior de la caja torácica. La imagen es relativamente hermosa,
como dos lirios de tallo largo en un jarrón abultado.
Los uréteres son tubos musculares que hacen entrar
en la vejiga la orina producida por los riñones. Cuando la vejiga alcanza su
capacidad, se estimulan unos receptores de alargamiento que hay en la pared
muscular, que envían señales a nuestro cerebro, que interpretamos en el sentido
de que hemos de levantamos y evacuar.
Bueno, no exactamente. En realidad, el sistema es
más ingenioso. La vejiga envía sus primeras señales simplemente para poner a
prueba nuestra preparación. En este caso, nuestro cerebro responde a la
información enviando un mensaje de vuelta a la vejiga que hace que sus músculos
se contraigan un poco, lo que aumenta la presión del líquido en su interior. La
finalidad de eso es averiguar si otro conjunto de músculos, los que permiten a
la vejiga vaciarse cuando se relajan, aguantarán un poco más. El cerebro le
está dando largas al asunto, mientras le pregunta a la vejiga: «¿Lo dices de
veras?». Cuando la vejiga devuelve señales por las que admite que sólo era un
bluf, nuestro cerebro responde con una instrucción a los músculos de la pared
de la vejiga para que se relajen de nuevo y permitan que se acumule más orina.
Todo esto ocurre mientras estamos durmiendo, y evita que nos despertemos hasta
que realmente lo necesitamos. Es como el botón de sueño ligero de un reloj
despertador.
Los manuales comentan el deterioro de este sistema
admirable en la edad madura. Intento analizarlo. Quizá nuestra vejiga se
contrae, lo que significa que debe vaciarse con más frecuencia. O quizá se
expande, disparando más pronto los receptores de alargamiento. Quizá estos
mismos receptores se tornan más espasmódicos. Quizá el telégrafo neural entre
nuestro cerebro y nuestra vejiga se torna un poco atolondrado y empieza a
enviar mensajes equivocados. Quizá nuestro cerebro envejecido se asusta y
piensa que más vale prevenir que lamentar. Hay muchísimas posibilidades.
Desgrano mis teorías a un amigo que es médico especialista en un hospital. «Yo
también he intentado averiguarlo», me dice al cabo de un rato, pero el proceso
le ha dejado tan desconcertado como lo estoy yo. Finalmente, transmite mis
preguntas a un colega que es urólogo. En realidad, me dicen, simplemente
producimos más orina mientras dormimos a medida que envejecemos. Es una verdad
incómoda, cuando menos.
Parece absurdo que encontrar una explicación para
esta función corporal, una de las más banales, haya requerido tanta consulta
con expertos. Pero también tengo preguntas más embarazosas. La vejiga, ¿es sólo
una «bolsa» o es algo más? ¿Es un órgano? ¿Qué requisitos hacen falta para ser
un órgano? ¿Dónde empiezan y terminan los órganos? Los estudiantes de medicina
suelen comprar un esqueleto de plástico y un modelo del cuerpo también de
plástico en el que órganos pintados de vivos colores encajan perfectamente en
su lugar, unos junto a otros. ¿Es así realmente como es el cuerpo? ¿O acaso los
órganos son invenciones culturales, que es mejor considerar como depósitos para
las diversas ideas que nos hemos formado acerca de la vida que como entidades
discretas de la realidad biológica? ¿Acaso tiene sentido siquiera hablar del
cuerpo en partes? ¿Para quién tiene sentido eso? Y, si es así, ¿es el cuerpo
humano simplemente la suma de dichas partes, o es algo más? Porque Aristóteles
pensaba precisamente en el cuerpo humano cuando acuñó la frase, en la
actualidad trillada, de «más que la suma de sus partes» en su Metafísica. Y
si el cuerpo humano es más que la suma de sus partes,
entonces, ¿qué es este «más»?
Anatomías es mi intento de compensar la educación que
no tuve en biología humana y de encontrar respuestas a estas preguntas. Como la
mayoría de nosotros, sé escandalosamente poco acerca de cómo funciona realmente
mi cuerpo (y de cómo en ocasiones no funciona). Los que lo saben, nuestros
médicos, parecen dispuestos a mantener este conocimiento para sí, guardando su
estatus profesional con sus largas palabras, sus intentos de explicaciones
simplificadas y aquellas recetas típicamente ilegibles.
Es evidente que el cuerpo humano es un asunto
difícil. Quizá nos encontramos demasiado cerca de él. El cuerpo humano se suele
describir como una maravilla de la naturaleza, pero seguramente es la maravilla
de la naturaleza que con menos frecuencia nos detenemos a observar. Cuando todo
va bien, simplemente lo ignoramos. Supongo que así es como debe ser; después de
todo, ningún otro animal invierte tiempo reflexionando sobre su bienestar.
Pero, para nosotros, la ignorancia no es una bendición. Con frecuencia nuestro
cuerpo nos avergüenza y nos desconcierta.
Al mismo tiempo, nos vemos bombardeados con
imágenes del cuerpo humano. Invariablemente, éstas se presentan como versiones
más perfectas de nosotros mismos. Tienen mejor aspecto (supermodelos) y se
desempeñan mejor (héroes de acción), pero esencialmente hacen lo que hacemos
nosotros. Estos sustitutos nos recuerdan que también nuestro cuerpo está ahí
afuera, en el mundo. Es a través de nuestro cuerpo que sentimos el mundo y
hemos de interactuar con él. Y es a través de nuestro cuerpo como somos vistos
y se nos reconoce por lo que somos.
Pero, aun así, nuestro cuerpo nos inquieta. Lo
disfrazamos con ropa. Distraemos la atención hacia él con accesorios, un estilo
de peinado, un modo de andar, un repertorio de gestos, una voz, una manera de
hablar, hasta el extremo de que éstos se convierten en la mayor parte de
nuestra identidad personal. Con la ayuda de técnicas médicas modernas, nos
estamos haciendo más osados con estas manipulaciones. Desde la Brain Gym [1] al aumento de los senos, ahora buscamos transformar nuestra mente,
nuestra personalidad, nuestra cara y nuestro cuerpo. Y lo cierto es que siempre
nos hemos alterado de maneras psicológicas y físicas. Éste no es más que el
último capítulo de una historia continuada. La idea del cuerpo como un lienzo
no es nueva. Lo que ocurre es que ahora hay más gente que nunca que ha empezado
a pintar.
Después está nuestra actitud hacia la medicina, la
ciencia de mantener y restablecer la salud corporal. En la mayoría de las
ciencias, existe un cierto respeto por la historia. Puede que los científicos
no hagan mucha referencia al pasado de su campo, o que quizá no conozcan sus
personajes y fechas clave, pero aceptan sin dificultad que los descubrimientos
actuales se basan en los del pasado, y que podemos ver más allá porque nos
elevamos sobre los hombros de gigantes. En cambio, es fácil mofarse de la historia
de la biología humana y de la medicina. Nos reímos ante la creencia, antaño muy
extendida, de que se puede deducir el carácter de alguien a partir de las
protuberancias de su cabeza. Nos reímos ante las curas imposibles y los
dolorosos procedimientos de antaño; ante la idea, por ejemplo, de que el pastel
de ratón de campo era un remedio efectivo contra la tos ferina. Reímos porque
la risa es una respuesta al miedo, y sentimos miedo por los frágiles mecanismos
y la desechabilidad última del cuerpo humano, nuestro propio cuerpo humano.
Mientras tanto, la ciencia nos lleva en una nueva
dirección: más profundamente. Poco a poco, nos estamos acostumbrando a la idea
de que aprenderemos mucho más acerca de nuestro cuerpo si reducimos el foco de
nuestro examen: las células, los genes, el ADN, las proteínas y otras moléculas
biológicas que hacen que seamos como somos. Se nos da a entender que la clave
de las funciones corporales y de su mal funcionamiento (nuestras enfermedades)
reside en los códigos y las secuencias que determinan el carácter de estos
componentes minúsculos, y en las reacciones químicas que tienen lugar y en las
señales eléctricas que pasan entre ellos.
Se trata de una tarea apasionante y especializada.
Para unos pocos privilegiados, ofrece una visión informada y nueva del cuerpo.
Pero es una visión muy parcial. Quizá se pueda describir a la persona humana
como una ristra de letras o números basados en estos nuevos métodos de
investigación, y quizá dicha descripción sea útil en algunos tipos de
investigación. Pero no es ésta la descripción que me interesa. No es ésta la
descripción con la que hemos vivido estas últimas decenas de miles de años como
especie. No es ésta la imagen que tenemos de nosotros mismos. Saber que cada
cuerpo humano posee un conjunto de cromosomas, el llamado genoma, que contiene
más de 20.000 genes, y que cada uno de dichos genes está descrito por una
secuencia determinada de ADN, y que todos estos genes están presentes en cada
célula de aquel cuerpo es importante, pero no sustituye el saber más antiguo de
que el cuerpo contiene un corazón, dos ojos, 206 huesos y un ombligo.
Simplemente lo aumenta. En su detalle técnico, es el tipo de descripción que
para muchos de nosotros parece errar el tiro. No nos cuenta acerca de nosotros
en su totalidad.
«Conócete a ti mismo», rezaba la famosa inscripción
en el templo del oráculo de Delfos, en la Grecia antigua. Pero, a pesar de
todas nuestras proezas científicas, parece que nos conocemos a nosotros, y por
encima de todo a nuestro yo físico, cada vez menos. Quizá se da incluso el caso
de que la búsqueda de comprensión científica del cuerpo se convierte en un
sustituto de la experiencia corporal real: una encuesta reciente de los
estudiantes de una universidad americana concluyó que los niveles más altos de virginidad
se daban en los que estudiaban biología y otras ciencias (los niveles más bajos
se dieron entre los que estudiaban arte y antropología).
En las facultades de medicina ha ocurrido algo de
este tipo de desplazamiento. En la actualidad, el énfasis está en el detalle,
no en el conjunto. La sensación de totalidad del cuerpo humano se ha reducido
debido al aumento de la especialización, que insiste en que el cuerpo sea
considerado en términos no sólo de partes, sino de partes aisladas. La
necesidad de comprender los fundamentos básicos de la genética, la biología
molecular, la farmacología, la epidemiología y la salud pública casi ha
obligado a abandonar la enseñanza de la anatomía humana, que fue fundamental
para la educación médica durante cientos, si no miles de años. En 1900, un
estudiante de medicina podía haber asistido a unas 500 horas de anatomía
general, la anatomía del cuerpo entero. En la actualidad, la cifra podría ser
de un tercio de aquélla. Y, cada vez más, dicha anatomía no se ve en carne
literal, sino como una imagen digital en una pantalla.
En suma, el cuerpo se da por sentado. Se supone no
sólo que la profesión médica sabe todo lo que necesita saber sobre su
disposición general y su función, sino que, a nuestro nivel de conocimientos
mucho más bajo, el resto de nosotros también lo sabe. No soy médico, y
naturalmente intento evitar los hospitales. Antes de embarcarme en este
proyecto, yo no había visto nunca un cuerpo abierto. Es casi como si alguien
creyera que es mejor de esta manera. Es mejor que no sepamos demasiado. Así no
interpelaremos a nuestros médicos. Así no nos preocuparemos sobre lo que nos
ocurre realmente cuando enfermamos y cuando morimos.
Aun así, ¡arriba esos ánimos! Somos únicos entre
las especies y nos vemos bendecidos y, a la vez, maldecidos, por esta
consciencia de nosotros mismos y de nuestro cuerpo. ¿No deberíamos emplear esta
distancia crítica para llegar a una visión más informada, para llegar
efectivamente a algún tipo de reconciliación con nuestra carne mortal?
Anatomías es un intento personal para hacer esto. Tal
como cabría esperar para un tema con una historia cultural tan rica como el
cuerpo, se basa no sólo en perspectivas pasadas y actuales de la ciencia
médica, sino también en las opiniones que del cuerpo y sus partes han
manifestado filósofos, escritores y artistas. El cuerpo no es sólo una cosa, ya
se trate del objeto que hay sobre la mesa del anatomista o del sujeto de una
clase de dibujo del natural. Está animado. De manera que también consideraré el
cuerpo en acción: el cuerpo que se mueve y ejecuta, y que expresa pensamiento y
emoción. Esto, tanto como nuestros genes, constituye lo que somos y quienes
somos. Pero no se preocupe el lector. Le ahorraré las descripciones de las
deficiencias de mi propio cuerpo. Citando mal a Montaigne: «Yo no soy
el sujeto de mi libro».
Anatomías se dispone en capítulos basados en partes
importantes del cuerpo. Esto proporciona una estructura familiar, aunque pronto
se verá que el contenido de estos capítulos va mucho más allá de los límites de
estas partes. Tenemos una idea acerca de todas estas partes que he distinguido,
ya se trate de órganos internos o rasgos visibles de nuestro cuerpo, una idea
que debe relativamente poco a la ciencia o a la medicina modernas. Por el
contrario, está modelada por nuestra cultura, que ha conferido simbolismo y
significado a las partes del cuerpo a través de una larga e íntima familiaridad
con ellas. Para redescubrir estos significados es necesario que toquemos y
sintamos, observemos y escuchemos el cuerpo que pensamos que nos es tan
familiar, y que hemos preferido considerar en abstracto.
Una de las más poderosas de estas asociaciones, por
ejemplo, es la idea de que el corazón es la sede del amor. «Ven, trae tu
cuaderno de bocetos, y con arte, / Dibuja en él un corazón herido», [2] escribió el poeta inglés Robert Herrick hace cuatro siglos en su
gran poema de amor no correspondido. Pero, hoy en día, ¿tiene sentido esto? A
buen seguro lo tiene para las tiendas en las que los ingleses gastan sólo en el
día de San Valentín dos mil millones de libras esterlinas. No es sólo como un
icono visual en un millón de tarjetas de felicitación que el corazón vive en
nuestra cultura. Su ritmo de latidos puede subyacer a los placeres del metro
yámbico en poesía y al compás de la música de rock.
Hace tiempo que se dice que, en el momento de la
muerte, el ojo conserva la imagen de la última cosa que vio. ¿Se ha disipado
este mito? Apenas, quizá. En 1888, la Policía Metropolitana de Londres
fotografió los ojos de Mary Jane Kelly, la última presunta víctima de Jack el
Destripador, con la desesperada posibilidad de que pudieran contener la imagen
residual de su asesino.
Tales creencias reflejan intentos tempranos de
comprender y llegar a un acuerdo con nuestro cuerpo. A menudo, la medicina
moderna está influida por estas ideas más de lo que está dispuesta a admitir.
Tomemos la sangre. Todavía resuenan viejos tabúes en los cuestionarios que hay
que rellenar con el fin de dar sangre, con sus extrañas alusiones a la pureza
tribal. También nuestros sentimientos acerca de la donación de órganos están
teñidos de profundos prejuicios culturales. Si los donantes o sus familiares plantean
restricciones en los órganos que pueden utilizarse, lo más probable es que sean
el corazón y los ojos, sobre la base de la creencia de que el corazón es el
núcleo esencial de la persona y los ojos son la ventana al alma.
Las artes pueden decirnos cosas acerca de nuestro
cuerpo que la medicina y la biología no pueden. La cabeza es una parte
importante, tanto que puede valer por todo el cuerpo, como vemos en el busto
del escultor o en la fotografía de nuestro propio pasaporte. Pero ¿qué ocurre
cuando la nariz solamente vale por la cabeza? En el relato breve «La nariz», de
Nikolai Gogol, la nariz de un hombre se despega de su cara y se pasea por su
cuenta por San Petersburgo, perseguida por su propietario, nasalmente provocado.
Es importante para el tono sarcástico del relato que la nariz adopta las
pretensiones sociales del hombre. El cuento plantea preguntas acerca de la
manera en que determinadas partes del cuerpo constituyen nuestra identidad
personal, y otras no lo hacen. Pero sobre todo nos recuerda que el cuerpo y sus
partes son divertidos, si no ridículos... o al menos nuestra consciencia
constante de nosotros mismos hace que lo sean.
Separados de su cuerpo, órganos y partes se
multiplican a veces de manera alarmante, y al mismo tiempo consiguen poderes
extraños. En Gargantúa y Pantagruel, Rabelais imagina un muro
de vulvas que protegen la ciudad de París. «Me he dado cuenta de que, en esta
ciudad, las cosas esas de las mujeres son más baratas que la piedra», observa
Panurgo, el compañero de Pantagruel. «Deberíais construir murallas con ellas,
disponiéndolas con una buena simetría arquitectónica, colocando los coños más
grandes en las primeras filas, después haciendo que pendan hacia atrás como la
columna de un asno, situando después las filas de los de tamaño medio y
finalmente las de los más pequeños.» Un retrato de la reina Isabel I de
Inglaterra pintado hacia el final de su reinado, allá por 1600, la muestra
llevando un vestido cubierto de ojos y orejas sobrepuestos, emblemáticos del
estado omnisciente del que ella, desde luego, era la cabeza. El artista Marcus
Harvey causó un gran revuelo cuando creó una pintura de grandes dimensiones de
Myra Hindley, la infanticida, utilizando como píxeles individuales huellas de
manos de niños. La obra adaptaba una fotografía de Hindley que se había
reproducido mucho en los periódicos por la época de su juicio. ¿Había maldad en
aquella cara? ¿Hay bondad en la mano de un niño? ¿Que significaba unir ambas
cosas?
Este libro trata de nuestro cuerpo, sus partes y
sus múltiples significados. También trata de dónde trazamos los límites del
cuerpo, y de cómo estamos siempre buscando la manera de extender dichos
límites, y ello especialmente en la actualidad. En lugar de «extender» quizá
debiera escribir «redibujar», porque aunque nos gusta pensar que extendemos
constantemente la frontera humana, lo cierto es que de vez en cuando decidimos
efectuar una retirada táctica. Trazamos los límites cada vez más cerca, no cada
vez más lejos. Pensamos que nos gusta la idea de ser totalmente capaces, pero
en realidad preferimos no poner a prueba nuestra capacidad para el dolor, o ni
siquiera utilizamos mucho nuestros sentidos del olfato y el tacto, por ejemplo.
Pensamos que nos gustaría vivir más tiempo... ¿o quizá es que preferiríamos
evitar morir? Soñamos que escapamos de nuestro cuerpo y existimos de manera
transformada o desmaterializada. Podemos pensar que dichos sueños son el
producto de avances recientes o prometidos de la tecnología biomédica. Pero en
realidad son el producto intemporal de nuestra imaginación.
Superpuesta a este progreso de parte a parte hay
pues otra idea: la idea del cuerpo como geografía, como territorio a descubrir,
explorar y conquistar. Esta poderosa metáfora se encuentra en toda la cultura
humana, desde las obras de teatro de Shakespeare hasta el filme de 1966 Viaje
alucinante, [3] en el que unos humanos miniaturizados viajan por el interior del
cuerpo de un hombre con el objetivo de salvarle la vida. También parece
reflejar la manera en que la ciencia ha avanzado, tomando posesión de tierras
recién descubiertas, dividiéndolas en partes, proclamando soberanía sobre ellas
en nombre de nuevas disciplinas especializadas. Debiera añadir que es una
aproximación muy masculina, y ello nunca es más cierto que cuando es el cuerpo
femenino el que se explora.
En un punto determinado de mi investigación advertí
algo peculiar en mi lista de lecturas. Me atraían curiosamente los libros cuyo
argumento se desarrollaba en islas: Robinson Crusoe por su
importantísima huella de un pie humano, Los viajes de Gulliver por
los cambios en la escala humana que impone, Typee por los
tatuajes y los caníbales, La isla del Dr. Moreau por la
vivisección y los híbridos humano-animal. ¿Por qué ocurría esto? Las islas
presentan poblaciones aisladas. Aquí, los humanos son casi una subespecie
de Homo sapiens, preparados para el tipo de escrutinio
antropológico que podría parecer impertinente entre la población general. Las
islas son lugares en los que, durante un tiempo, se puede observar y controlar
una comunidad como si fuera parte de un experimento. Pero la situación no puede
mantenerse. Finalmente, el héroe escapa para contar su relato improbable (o no,
en el caso del visitante del Dr. Moreau, que pretende padecer amnesia porque lo
que ha visto es tan increíble). Tal como John Donne nos recuerda en la famosa
frase de sus Meditaciones: «Ningún hombre es una isla,
completa en sí misma; cada hombre es un pedazo del continente, una parte del
todo».
Estos laboratorios insulares ficticios son lugares
para la exploración no sólo de la naturaleza humana en mayúsculas, sino también
de la identidad del individuo. El cuerpo puede ser considerado como un
territorio con partes que han sido exploradas con mayor o menor detenimiento,
pero en algún lugar de dicho territorio, estamos convencidos, hay un lugar
especial, la sede del alma, como decíamos antes, o del yo, como podríamos decir
en la actualidad. En la época medieval, a menudo se conservaba el corazón de una
persona o se enterraba separadamente del resto del cuerpo, porque se creía que
era la parte que estaba más estrechamente asociada con el alma. Durante el
Renacimiento se extendió una idea más refinada. El alma había que buscarla en
las proporciones divinas del cuerpo humano, que era el microcosmos en respuesta
al macrocosmos del universo ordenado. Los cuerpos ideales y las anatomías de
este período, desde el hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci a las pinturas
de disección de Rembrandt, reflejan esta creencia. Sin embargo, con el progreso
de la ciencia pronto se reafirmó la necesidad de encontrar un punto focal. La
atención se centró en la cabeza, pues los fisonomistas buscaron sus respuestas
al problema del yo en la expresión humana y los frenólogos en las
protuberancias del cráneo. Hoy en día, observamos las imágenes de resonancia
magnética del cerebro y creemos que éstas nos acercan más a conocer nuestro yo.
Parece que sólo una imagen visual nos dará la seguridad que buscamos.
Esta necesidad de ver el yo es fuerte porque
vivimos en una sociedad que estima el individualismo humano, y también porque
tenemos la sensación de que el yo es susceptible de manipulación de maneras en
que nunca lo fue antes. Nos damos cuenta de que nuestra identidad personal
puede ser alterada (y quizá mejorada) por una extensión emprendida de manera
consciente, dicha extensión puede ser psicológica (libros de autoayuda), física
(cirugía cosmética), química (drogas que alteran la mente) o tecnológica (ambientes
virtuales). Por el momento, estas posibilidades quizá sólo se ponen a prueba de
manera tosca. Sin embargo, parece seguro que en el futuro será cada vez más
fácil, y probablemente cada vez más aceptable, manipular tanto el aspecto
externo del cuerpo como nuestra constitución genética, y que esto puede alterar
lo que un bioético denomina la antigua «naturalidad del yo».
Son tiempos apasionantes y preocupantes para el
cuerpo humano. Parece que somos excesivamente conscientes de dicho cuerpo y, no
obstante, al mismo tiempo estamos profundamente insatisfechos con él. Las
ciencias biológicas prometen muchas cosas acerca de la manera en que viviremos
en el futuro. Pero, por muy hermosos que seamos, por muy supercapaces que nos
convirtamos, por mucho tiempo que vivamos, todavía tendremos que habitar en
nuestro cuerpo. Quizá, si reconocemos el cuerpo humano como una sede de invención continua, podremos
superar las distorsiones del momento presente.
Finalmente, una barrera a una comprensión más
amplia del cuerpo es la profusión de nombres griegos y latinos, nombres que los
que se dedican a la profesión médica tuvieron que dedicar en su momento mucho
esfuerzo para aprender. Está el argumento de que proporcionan un lenguaje
universal, muy parecido a la misa cantada en latín, pero no estoy convencido.
De modo que he tratado de minimizar el uso de dichos términos, muchos de los
cuales me desconcertaron cuando me dispuse a empezar el libro. No utilizaré «anterior»
cuando «delantero» servirá, ni «fémur» por «hueso de la cadera». Parece
incorrecto que las partes de nuestro cuerpo tengan que describirse con un
vocabulario que nos es extraño. [4]
Ahora, si me disculpan, tengo que ir a mear.
Prólogo
La lección de anatomía
¿Quién es, me pregunto, el sujeto de este cuadro?
Me encuentro en la Mauritshuis, una de las grandes
colecciones mundiales de arte holandés, instalada en un palacete perfecto
situado a la orilla de un lago en el centro de La Haya. Acabo de ver La
joven de la perla. Su diáfana belleza produce una emoción sofocante.
Ahora, dos salas más allá, me encuentro de pie ante el cuadro de Rembrandt
conocido como La lección de anatomía del doctor Tulp.
Éste es su gran cuadro. Rembrandt llegó a Ámsterdam
en 1631, cuando tenía veinticinco años, en busca de trabajo como retratista. Lo
encontró casi de inmediato cuando Nicolaes Tulp, el prelector, o profesor
público, del gremio de cirujanos de Ámsterdam, pidió al joven artista que lo
pintara con sus colegas miembros del gremio. El encargo tuvo que haber superado
las esperanzas de Rembrandt, porque le ofrecía un reto fantástico: pintar no
sólo un hombre, sino muchos, encontrar una manera para comunicar la individualidad
de cada uno de ellos, y además cumplir asimismo las expectativas del
equivalente en el siglo XVII de una fotografía de grupo. ¿Y acaso habría
también margen, debió meditar Rembrandt mientras aceptaba la obra, para contar
una historia más universal?
Se trata de un lienzo enorme. Muestra un grupo de
siete hombres, casi a tamaño natural, que prestan gran atención al doctor Tulp,
que está sentado en un sillón, entronado y ligeramente elevado, y que demuestra
un punto de detalle de la anatomía humana. Pero quizá el doctor Tulp no sea el
sujeto, como la muchacha del pendiente es de manera muy obvia el sujeto del
Vermeer. El título del cuadro es posterior a su ejecución. Es, tal como se
pretendía, una pintura de género de un grupo de profesionales consagrados. Se
conoce la identidad de los otros hombres retratados. También son cirujanos.
Puede parecer que están ansiosos por aprender, pero la audiencia de Tulp en el
cuadro son sus colegas, igualmente proficientes. No tiene ninguna lección de
anatomía que enseñarles. De modo que quizá el sujeto sean todos los cirujanos
en conjunto. Fueron ellos los que pagaron el cuadro, que se colgó
inmediatamente en la pared de su gremio.
Figura 2
Pero tampoco creo que estos colegas con sus rojas
mejillas y sus extravagantes gorgueras sean realmente el sujeto. Para nosotros,
y para Rembrandt, el verdadero sujeto es la única persona que queda en el
cuadro: el hombre muerto sobre la mesa de disección, alrededor del cual se han
reunido los cirujanos.
Es, o era, Adriaen Adriaenszoon, apodado ‘t Kint,
«el niño», de veintiocho años de edad y bien conocido de los juzgados por una
serie de asaltos y robos realizados a lo largo de los nueve años anteriores. En
Ámsterdam, en aquel invierno de 1631-1632, hurtó la capa de un hombre.
Desgraciadamente para Adriaenszoon, su víctima se resistió, y fue capturado.
Fue juzgado y sentenciado a morir en la horca, y a continuación a que su cuerpo
fuera sometido a disección, que era el castigo usual para los crímenes graves;
la disección se había añadido específicamente para desengañar a los criminales
y a sus familias de cualquier esperanza que todavía pudieran albergar de una
resurrección corpórea cristiana. Tres días más tarde, el 31 de enero de 1632,
su cuerpo sin vida fue bajado de una de las horcas que reseguían la zona
portuaria de la ciudad y fue trasladado, listo para la fase final de su
castigo, al teatro anatómico de la ciudad.
Porque en el siglo XVII una disección era realmente
una ocasión teatral. La disección sólo podía tener lugar cuando se disponía de
un cadáver reciente, por lo general procedente de una ejecución criminal. Tenía
que producirse en los meses de invierno, cuando el frío conserva el cuerpo el
tiempo suficiente para que la anatomía pudiera demostrarse antes de que el
hedor de la descomposición fuera insoportable. Para muchos, la oportunidad de
presenciar cómo el criminal obtenía los justos postres que merecía era
demasiado buena para perdérsela. Uno podía verlo colgado, y después asistir a
la disección para asegurarse de que realmente estaba acabado. De manera que
entre los cirujanos y médicos que iban en busca de instrucción y los líderes
cívicos que iban para comprobar que se hacía justicia, estaban los que buscaban
un buen entretenimiento moral. Las entradas costaban quizá seis o siete stuivers (alrededor
de un tercio de florín, más caras que el precio de admisión a un teatro de
comedia de la época).
Estas raras ocasiones eran una agresión a los
sentidos. Con el frío no bastaba: se quemaba incienso para disfrazar los olores
procedentes del cadáver. Se tocaba música. Se comía, se bebía cerveza y vino.
La magnífica ilustración de la portada del más grande manual de anatomía del
Renacimiento, los siete volúmenes de De Humani Corporis Fabrica (Sobre
la estructura del cuerpo humano), de Andreas Vesalio, de 1543, muestra un perro
y un mono sueltos entre la muchedumbre de aspecto pendenciero. Para cuando todo
había terminado y se habían retirado de la mesa todas las partes del cuerpo y
se habían ensacado para su eliminación, la recaudación podía haber alcanzado
los 200 florines o más, lo suficiente para pagar al verdugo y proporcionar un
festín a los miembros del gremio de cirujanos, con una procesión de antorchas
para redondear el día.
Rembrandt muestra el cadáver de Adriaenszoon
tendido sobre la mesa y en ángulo con respecto al observador, visto en escorzo.
La luz cae sobre su tórax en tonel. Le tomo medidas y compruebo que mide más de
120 centímetros desde la cabeza a la punta del pie. Incluso teniendo en cuenta
el escorzo, que aplasta al criminal y lo hace parecer un trasgo, parece ser un
hombre robusto, grande y musculoso en comparación con los cirujanos vestidos de
negro. Aunque se halla parcialmente velada en una sombra de muerte, la cara de
Adriaenszoon se abre a nuestra mirada. En realidad, parece como si su cabeza
hubiera sido colocada sobre algo para permitir esta sorprendente indiscreción.
Pero su cuello, que debía tener las cicatrices dejadas por la soga de la horca,
permanece oculto a la vista. En contraste con la sonrosada salud de los
cirujanos, la carne de Adriaenszoon es de un color gris verde pálido. Rembrandt
ha añadido una minúscula cantidad de negro de humo a su pintura para producir
esta palidez cenicienta. Cuando Joshua Reynolds vio el cuadro en 1781, comentó
en su diario de viaje: «Nada puede tener más genuinamente el color de carne
muerta».
Pero el cuadro es una construcción ficticia. En una
disección anatómica normal, el prelector abre el abdomen con el fin de revelar
los órganos mayores, y para permitir que se muestren las partes del sistema
digestivo de olor más ofensivo, para extraerlas después y sacarlas rápidamente
de la escena. Rembrandt nos presenta el tronco de Adriaenszoon intacto. Sólo el
antebrazo izquierdo tiene la piel separada con el fin de revelar los músculos y
tendones que hay bajo ella. Rembrandt y su cliente Tulp eligieron mostrar
la mano del criminal en disección. Ésta es una falsificación
deliberada. ¿Por qué lo hicieron? Es más que probable que Rembrandt se
encontrara entre la audiencia mientras ‘t Kint era gradualmente destripado y
desmembrado. Quizá encontró incluso una oportunidad para realizar algunos
esbozos rápidos del cuerpo de Adriaenszoon antes de que tuviera lugar la
anatomía. Es asimismo posible que pintara el antebrazo y la mano izquierda
desollados a partir de un sujeto distinto, algún tiempo después. O quizá trabajó
a partir de un espécimen parcial conservado durante mucho tiempo en su estudio,
puesto que un anticuario que visitó al artista poco antes de su muerte en 1669
encontró a lo que parece en su colección «cuatro brazos y piernas desollados
anatomizados por Vesalio». Existe la sospecha, además, de que la mano derecha puede
no pertenecer al cuerpo que vemos. A Adriaenszoon se le pudo haber cortado esta
mano como un castigo previo por robar, y de nuevo Rembrandt pudo haber pintado
a partir de una mano diferente. Estudios mediante rayos X indican que el brazo
derecho del cadáver pintado terminaba anteriormente en un muñón, y la manicura
actual es, en opinión de algunos de los que han examinado el cuadro,
«ciertamente no la de un ladrón».
De modo que no todo es lo que parece en la obra
maestra temprana de Rembrandt. Con el fin de que la anatomía de Adriaenszoon
adoptara su posición como sujeto de la obra, su cuerpo tuvo que experimentar
indignidades duales. El doctor lo desmontó. Pero también tuvo que ser montado,
como el monstruo de Frankenstein, por el artista. Ambas acciones se basan en
una nueva concepción del cuerpo, como algo que puede abrirse como un almacén o
un cofre del tesoro, un conjunto y un contenedor de partes misteriosas e intrigantes.
En los años transcurridos entre la publicación del
tratado de Vesalio sobre la anatomía humana en 1543 y el cuadro de Rembrandt de
1632, el tema de la anatomía humana se convirtió casi en un furor. La caída de
Constantinopla en 1453 en manos de los otomanos fue seguida de una entrada en
Europa de erudición médica basada en fuentes árabes y griegas antiguas. Las
restricciones de abrir el cuerpo humano, que habían dominado cuando los médicos
eran asimismo hombres del clero, ya no eran aplicables. Decretos papales y
reales permitían la disección de los cadáveres de criminales ejecutados. De
repente, todo podía ser «anatomizado», si no físicamente al menos
filosóficamente. John Donne proclamó en sus Devotions: «He
despedazado mi propia Anatomía». El depresivo Robert Burton
publicó La anatomía de la melancolía. William
Shakespeare hace que el rey Lear grite en su
aflicción: «¡Que se anatomice a Regan, para que veamos qué es lo que alimenta
su corazón!». [5]
Un teatro anatómico adecuado se convirtió en algo
esencial para cualquier universidad que quisiera ser competitiva en el estudio
de la medicina. En las regiones protestantes, estos teatros solían ser capillas
convertidas, que indicaban no que la medicina atea se apoderaba de la religión,
sino ciertamente que la Iglesia aceptaba los nuevos métodos de la ciencia. Tal
fue el caso en la Universidad de Leiden, en la que se construyó un teatro
anatómico en 1596. Rembrandt creció en Leiden, a treinta kilómetros de
Ámsterdam, y Tulp estudió allí, de modo que éste fue seguramente el primero de
estos espacios que ambos vieron. Hoy en día, hay una elegante reconstrucción
del teatro en el Museo Boerhaave de la ciudad. Se trata de un espacio circular
con gradas que tienen una inclinación empinada con el fin de que tantos
espectadores como fuera posible consiguieran una buena visión de la anatomía,
que tenía lugar en una mesa rotatoria situada en el centro de la sala. El
teatro de Leiden ha sido adornado con esqueletos, tanto humanos como animales,
entre los que hay un esqueleto humano que cabalga un esqueleto de caballo,
sostenido con postes desde el suelo. Estos embellecimientos macabros imitan un
grabado del siglo XVII del teatro, en el que hay esqueletos entremezclados con
la audiencia, y que llevan pancartas que proclaman «MEMENTO MORI» y «NOSCE TE
IPSUM». [6] El teatro construido en Ámsterdam en 1619 tenía un diseño similar.
Allí es donde Tulp efectúa su anatomía. En la actualidad, dicho teatro hace ya
mucho tiempo que desapareció, pero la inscripción «THEATRUM ANATOMICUM» sigue
estando sobre la entrada de una de las torrecillas de la Puerta de San Antonio,
donde estaba situado.
Así pues, el doctor Tulp fue tanto un pionero como
un miembro destacado de una profesión respetable. Había trabajado duro para
llegar hasta allí. Se matriculó en la Universidad de Leiden como Nicolaes, o
Claes, Pieterszoon, hijo de un comerciante calvinista de lencería. Escribió su
disertación sobre el cólera, debidamente cualificado como doctor en medicina, y
retornó a su ciudad nativa de Ámsterdam para establecerse. No era un
especialista en anatomía, sino un generalista, capaz de prescribir a sus pacientes
tanto tratamiento médico como cirugía. Adoptó como emblema el tulipán, y lo
exhibió en su casa y en su escudo de armas. Esta flor, que acababa de llegar de
Turquía, pronto se convertiría en una manía nacional en la República Holandesa,
desencadenando la primera burbuja económica del mundo al aumentar la gente el
precio del último bulbo exótico. Pero esto quedaba todavía a algunos años en el
futuro. El doctor iba muy por delante del juego y, a medida que prosperaba, su
símbolo se convirtió en su nombre: doctor Tulipán. En 1628 ya había alcanzado
el puesto de prelector en el gremio de cirujanos. Realizó su primera anatomía
pública en enero de 1631. En el cuadro de Rembrandt lo vemos un año más tarde,
cercano a los cuarenta años de edad, en el apogeo de sus poderes, un concejal
de la ciudad, inmerso en su segunda demostración anatómica.
El personaje de Tulp es la clave del mensaje más
amplio del cuadro. Resulta ser, tal como esperamos de Rembrandt, algo más que
otro retrato de grupo. Obsérvense las caras de los cirujanos reunidos,
sonrojadas por el frío de enero y por su propia importancia. Al igual que un
libro de tiras cómicas, se desplazan en el tiempo desde la izquierda a la
derecha, y revelan diferentes estados de expresión, desde la simple percepción
hasta la comprensión intelectual y finalmente hasta algo parecido a la
revelación divina. El propio Tulp posee la luz interior de la convicción
religiosa. Porque, con Rembrandt como su intérprete, Tulp está revelando la
verdad metafísica a la vez que la científica. La elección que hacen los dos
hombres de la mano como el foco de la anatomía demuestra su verdadera
intención. Puede demostrar su destreza, su pericia, su invención y su habilidad
(como cirujano, como pintor, como ligero de dedos), y después muere. El hombre
es a la vez vital y mortal; crea, pero es la creación de Dios.
Como si el mensaje no fuera lo bastante claro, el
cirujano que se encuentra de pie detrás del grupo señala el cuerpo y mira fuera
del cuadro, directamente hacia nosotros. Casi está acusando.
Somos nosotros los que hemos de preparamos para
recibir la lección.
La primera vez que veo un cuerpo sometido a
disección tengo una sorpresa. Se trata de una mujer. Los textos de anatomía
hacen un énfasis injusto en el cuerpo masculino, no sólo porque los anatomistas
y los cirujanos eran hombres, sino porque cadáveres de hombres era lo que solía
producir la horca. La profesión médica emergente pudo haber tenido que bregar
con la constante escasez de cadáveres para su estudio, pero entre ellos los
hombres jóvenes y en buen estado físico no tenían una representación reducida.
Los textos anatómicos ilustrados están llenos de varones jóvenes y bien
musculados.
También encuentro otras sorpresas. La mujer que
estoy mirando tenía una edad considerable cuando murió. Su piel tiene el color
de la masilla, como el de un pollo que se ha conservado demasiado tiempo en el
congelador. El mayor impacto es que le han cortado la cabeza, y no por donde
uno esperaría, por el cuello, sino torpemente a través del mentón, porque los
dientes se han retirado, como el resto de la cabeza, para los estudios
dentales, y se ha dejado sólo la parte inferior del cráneo y la mandíbula.
La mujer está tendida en un saco corporal blanco
abierto sobre una de la docena de mesas de acero de una sala de disección del
Centro de Enseñanza de Ciencias Médicas de la Universidad de Oxford. Es una
sala blanca, bien iluminada por la luz solar baja que penetra por ventanas
estrechas y largas y la que procede de las lámparas fluorescentes del techo.
Sólo una cosa trastorna el aire de modernidad clínica, y son los esqueletos que
penden de marcos situados entre las mesas. Posteriormente, en un libro, veo una
fotografía de una sala de disección de una universidad de la época victoriana,
y tiene la misma disposición de mesas y esqueletos. Las mesas son de madera y
los cadáveres están envueltos en vendajes de tela, pero aparte de eso la escena
no ha variado.
Estoy aquí como invitado de la Escuela Ruskin de
Dibujo y Bellas Artes, y acompaño a una clase de estudiantes de arte de primer
año. La Ruskin es la única escuela de arte del país que requiere que sus
estudiantes dibujen a partir de la anatomía, algo que antaño era una parte
común del aprendizaje de cualquier artista. De modo que siento que calzo más
los zapatos de Rembrandt que los del doctor Tulp.
Dibujar enseña la observación adecuada. También yo
intentaré dibujar lo que veo. Nuestra instructora, Sarah Simblet, es a la vez
artista y académica. [7] Para su doctorado examinó la relación entre dibujo y disección,
las semejanzas y las diferencias en la acción de la pluma y del escalpelo.
Llega con la cara enrojecida por haberse desplazado en bicicleta por la ciudad.
Es otro frío día de enero y sus mejillas están tan rojas como las de Tulp y sus
colegas cirujanos.
Sarah explica que los cadáveres que dibujaremos han
sido donados por personas de la ciudad para investigación médica. (Los
cadáveres de miembros de la facultad de medicina que se hacen donantes son
enviados a otro lugar, para que no terminen dando una desagradable sorpresa a
sus antiguos colegas.) En ello hay una desventaja. El sesgo sexual de tiempos
anteriores se ha eliminado, pero la balanza se decanta ahora a favor de los
cuerpos ancianos de los que han fallecido de una muerte natural. Los que mueren
jóvenes suelen ser objeto de un examen post mortem, lo que significa que
después el cadáver puede que ya no sea «viable».
Nos ponemos batas blancas de laboratorio y guantes
de látex. Sarah nos asegura que todo lo que veremos es «absolutamente inerte» y
que no hay obligación de manipular o tocar las anatomías. La expectación de los
estudiantes aumenta. Uno o dos se saludan en broma entre sí como «doctor».
Alguien se pregunta en voz alta si fue sensato haber almorzado.
A guisa de preparación suave, Sarah nos muestra
primero una caja de huesos. Los estudiantes ya han adquirido los rudimentos de
la anatomía humana a partir del estudio de esqueletos de plástico, pero para la
mayoría de ellos es su primer encuentro con partes reales del cuerpo. «Servios
vosotros mismos», nos dice Sarah, mientras escoge su propio surtido. Sostiene
un omóplato tan fino que se puede ver la luz a su través, y señala las crestas
de los huesos mayores en los que anteriormente se fijaban los músculos. Yo he
manejado huesos con anterioridad, pero todavía me maravillo ante lo ligeros que
son.
Pasamos a las anatomías. La fila de mesas más
cercanas a la ventana tiene cadáveres en varias fases de disección, preparados
por los estudiantes de cirugía de la facultad de medicina que trabajan en ellos
progresivamente a lo largo del decurso del año académico. Las otras mesas
sostienen un surtido de torsos y extremidades en los que la piel y las capas de
tejido subcutáneo han sido cortadas en algunos sitios. Se trata de lo que
llaman prosecciones, disecciones de rasgos clave de la anatomía humana que han sido
preparadas de forma experta para la instrucción de estudiantes de medicina
general, que no realizarán sus propias disecciones.
Nos reunimos alrededor de la primera mesa, sobre la
que se encuentra la anciana. Su piel se ha cortado de tal manera que puede
separarse del pecho para revelar una delgada capa de grasa amarilla
superficial. Vemos los músculos que conectan los pechos a las costillas. Los
músculos se ahúsan y se convierten en tendones. Los tendones, hace notar Sarah,
tienen «esta cualidad plateada relativamente hermosa». Las costillas y el
esternón han sido cortados limpiamente y separados del resto del esqueleto. Con
el entusiasmo de un profesor, Sarah aparta su largo cabello rubio de la cara,
consciente quizá de que tal vez se lo debería haber recogido atrás, y escudriña
la cavidad torácica. «¡Oh!, este año estáis de suerte», dice. «Está muy bien
hecho.» Levanta los pulmones de la mujer, el pulmón derecho con tres lóbulos,
el izquierdo con dos. El tejido esponjoso tiene un color azulado. Ello sugiere
que la mujer vivía en el campo. (Los pulmones de los habitantes de las ciudades
son negros, como descubro en una visita posterior al museo de un hospital
universitario londinense.) Mientras los sostiene en sus manos, Sarah muestra
cómo los dos pulmones encajan como las piezas de un molde, dejando un vacío con
la forma del corazón. Después, retira el pericardio, la membrana en forma de
taza que mantiene al corazón en su posición. Vemos el corazón mismo.
El segundo cuerpo es también de una mujer, más
robusto que el primero. Un leve olor rancio producido por la oxidación
progresiva de su grasa corporal penetra las emanaciones de los fluidos usados
para conservar las anatomías. (Se tiende a no seleccionar a las personas muy
gordas para la disección porque la grasa es simplemente desperdicio en términos
anatómicos, y hace falta un trabajo innecesario para extraerla.) Sus pulmones
están muy elevados en el interior del tórax, lo que quizá indica alguna condición
médica, como un hígado engrosado, o quizá sólo sea una variación normal.
El tercer cadáver es de un hombre. En su brazo
derecho se distingue un tatuaje, un motivo que combina un corazón y una espada.
Conserva el pelo del pecho. Esta prueba de identidad personal hace difícil
verlo como sólo un cadáver. Su carne aparece más oscura que la de la mujer
porque la sangre no drenó fácilmente de su cuerpo. Tiene una estructura
robusta, y observamos que su corazón se ha agrandado para poder continuar
impulsando la sangre alrededor de sus arterias obstruidas.
Viendo estos cuerpos me sorprende la manera en que
los órganos principales adoptan la forma para encajar ordenadamente los unos
junto a los otros. Esta misma pulcritud parece implicar diseño, [8] y los primeros anatomistas, entre los que ciertamente se incluía
el doctor Tulp, la consideraron una prueba de la creación divina. Una de mis
ingenuas preguntas iniciales (¿existen los órganos, o se trata de invenciones
culturales?) parece que ya tiene respuesta. Los órganos aparecen muy distintos
entre sí y de los demás tejidos. Tienen sus propios colores, texturas y
densidades. Puedo levantarlos y volverlos a poner en su lugar en secuencia, al
igual que en uno de estos modelos de plástico para los estudiantes de medicina.
Deslizar un hígado bajo el diafragma o encajar uno de los pulmones detrás del
corazón resulta una acción agradable, pues el órgano y la cavidad de la que
procede encuentran húmedamente su lugar mutuo y se deslizan fácilmente hasta
encontrar de nuevo su disposición en vida. Después de ver otros varios
cadáveres, es evidente que las personas varían en su interior al menos tanto
como lo hacen en su exterior. Bajo la piel, no todos somos iguales. Veo grandes
variaciones en la morfología interna que, vistas en la superficie, serían sin
duda causa de comentario, desaprobación, revulsión y discriminación. Dentro del
cuerpo pasan inadvertidas, incluso para su poseedor. ¿Qué es lo que eso, me
pregunto, nos dice acerca de nuestra humanidad?
Las prosecciones son una miscelánea: un par de
corazones, una caja torácica limpiamente abierta como si fueran puertas de un
aparador, una vesícula biliar de color verdoso, riñones con sus uréteres que
los conectan a la vejiga, un útero con sus ovarios y trompas de Falopio. El
intestino no es como la ristra de salchichas que se ven en las tiras cómicas,
sino que está irrigado por una intrincada red de vasos sanguíneos a lo largo de
su longitud. Un corazón tiene un tubo de plástico, una reliquia de la cirugía
histórica. Un cráneo se ha separado a la fuerza por las líneas de sutura a lo
largo de las cuales los huesos craneales se fusionan por primera vez en la
infancia. Esto se hace llenando el cráneo con guisantes secos y después
empapándolos para que absorban agua y a continuación se hinchen lentamente y
separen las piezas. Algunas prosecciones hace muchos años que están aquí. Se
conservan en un cóctel de alcohol, formaldehido y agua que satura la atmósfera
con un olor penetrante y que todavía tengo pegado a mí y a mi ropa horas
después de que la clase haya terminado. El tejido muscular está más arrugado
que en los cadáveres de disección. Me alarma comprobar que observo que la carne
tiene innegablemente el color de la carne cocida a fuego lento. Una médula espinal
preparada tiene 150 años de antigüedad, y está disecada a un nivel que en la
actualidad nadie es capaz de igualar.
El curso de Sarah comprende ocho clases que toman
el cuerpo fragmento a fragmento: hombro y brazo, antebrazo y mano, torso, etc.
Vuelvo la segunda semana, que está dedicada a la cabeza y al cuello. De un
depósito que contiene una docena o más de cabezas, cada uno de nosotros escoge
una para dibujar. Un anciano tiene una barbilla puntiaguda con una barba fina y
blanca y una nariz romana doblada a un lado. Su lengua sobresale ligeramente.
Parece lleno de carácter, como una gárgola. De otra cabeza se ha extraído el
cerebro, lo que deja un globo ocular apersogado en el espacio, ya que la carne
alrededor de la cuenca ocular ha sido disecada y extraída. La cabeza de otro
hombre ha sido disecada verticalmente, cortando por la mitad incluso su bigote
de color rojo. Parece bastante reconocible a partir de sólo la mitad de su
cara, lo que me hace meditar acerca de la importancia de la simetría en la cara
y la forma humanas.
La cabeza es un gran sujeto para dibujar. Está la
dificultad formal de sus formas. Está el atisbo de identidad en la cara, o lo
que queda de ella. Está el reto de recuperar un cierto sentido de vida en esta
carne ahora muerta. Quizá es algo más que un reto. Quizá sea el deber del
artista devolver a su sujeto de entre los muertos de alguna manera. Hay
demasiado detalle para dibujarlo todo. Una parte grande de la tarea del artista
es editar. ¿Qué mostrar? ¿Qué dejar fuera? Plantea la cuestión del motivo. El artista,
¿representa una curiosidad inanimada, o presenta una alegoría de la vanidad
humana, o pretende una ilustración precisa desde el punto de vista científico?
Las bromas nerviosas terminan y los estudiantes
quedan en silencio al tiempo que empiezan a dibujar. He escogido una cabeza y
hombros que se sitúan planos sobre la mesa. La cara está intacta pero está
ligeramente girada en la dirección contraria a la mía. La piel, la grasa y
parte de la musculatura de la mejilla han sido extraídas, y el cuello se ha
preparado de tal manera que revela una masa de vasos sanguíneos y tendones.
Intento dibujar lo que creo que veo, trazando el perfil de la cabeza y después
introduciendo los rasgos principales, como la espectacular línea a lo largo de
la cual se ha cortado abruptamente la piel. Buscando la representación precisa,
espero que las partes se clarifiquen a medida que dibujo, pero esto no ocurre.
Esta cabeza, con su maraña de tendones, músculos y tubos, parece desordenada
sin remedio. Descubro que mis trazos de lápiz hechos a pulso pueden seguir las
curvas orgánicas con suficiente facilidad. La abertura de un agujero de la
nariz, en forma de teléfono, me sale bien. Pero el complejo flujo y reflujo de
las superficies y el cambio de texturas entre piel, carne y hueso me derrotan.
Los estudiantes dibujan mejor, pero por encima de
todo más rápidamente, que yo. Intento trabajar más deprisa, más
espontáneamente. Pruebo con lápices más blandos. Mis esfuerzos me decepcionan,
como sabía que ocurriría. Observo la obra de los estudiantes. Es evidente que
algunos no están interesados, ya sea en dibujar como un medio o en la anatomía
humana como sujeto, pero la mayoría han respondido de forma valiente. Me
impresionan su batería de técnicas y la elección de sujetos difíciles o
aparentemente no prometedores. Uno, que ha dibujado el interior de un cráneo,
sombrea de manera espectacular para destacar el juego de la luz sobre sus
concavidades. Otro parece encontrar todas las curvas y espiras en una
prosección que incluye la aorta, líneas que nunca pensé seguir, y las resigue
para construir una composición casi abstracta.
Las partes del cuerpo son complejas en todo
respecto. Pueden variar en su lisura o tersura relativas, pero no tienen
realmente retazos fáciles y retazos difíciles. En mi caso, todo es difícil. No
hay un contraste que ayude entre forma orgánica y geometría regular, como lo
hay en una naturaleza muerta de un cuenco de fruta o de una pipa sobre una
mesa.
«Bueno, la reconozco», dice Sarah diplomáticamente
de mi esfuerzo cuando ya me he dado por vencido. Ella ha dibujado estas mismas
cabezas y ha supervisado los dibujos de sus estudiantes, y las conoce como si
de viejos amigos se tratara. En su propio trabajo, Sarah ha pasado de la
anatomía a temas botánicos. Sus dibujos a pluma de árboles parecen acentuar su
aspecto óseo, con ramas que terminan en siniestras ramitas que parecen dedos y
cuyos troncos están deformados por nudos. Ha descubierto que el cambio de
sujetos es instructivo. «A menudo me sorprende la gran cantidad de errores que
hay en dibujos de cuerpos en textos bien conocidos», dice. «Estos errores no
los ves en los dibujos de plantas. Con las plantas no existe esta presunción de
que sabemos lo que es.»
Pero el cuerpo es nosotros, y pensamos conocerlo
mejor de lo que lo conocemos. Incluso Vesalio se equivocó en determinados
detalles anatómicos, y también existe la controversia de si la mano disecada de
Rembrandt del criminal ‘t Kint es una representación exacta. Leonardo da Vinci,
me cuenta Sarah, dibujó correctamente las válvulas del corazón, de una manera
que no se repetiría hasta el siglo XX, pero ni siquiera él pudo resistirse a
colocar un agujero que atravesaba el pericardio con el fin de permitir el paso
del espíritu, la fuerza fluida de la vida que entonces se pensaba que recorría
el cuerpo.
Me doy cuenta, cuando escribo acerca de estas
clases, de que pueden parecer más alarmantes de lo que las encontré en su
momento. Quizá sea sorprendente leer sobre arcones de plástico con ruedas
etiquetados de manera muy informal con, por ejemplo, «Manos y brazos», y
encontrar que, efectivamente, contienen manos y brazos, cada uno de ellos
disecado para demostrar puntos determinados de la anatomía, pero cada uno de
ellos dispuesto aparentemente al azar, de manera que parecen retorcerse unos
alrededor de los otros, y algunos incluso emergen del agua en la que se los
conserva. Podría ser un espectáculo horripilante. Pero el contexto es
importante: no sólo la luz brillante, las superficies clínicas y el olor
antiséptico, sino también el talante calmado que desciende automáticamente
sobre nuestro grupo en presencia de los cadáveres.
Me pongo a pensar sobre estas personas. Si dieron
su cuerpo «a la ciencia», ¿eran conscientes de que también podrían convertirse
en sujetos artísticos? ¿Les habría importado? Los artistas de la Ruskin
aprenden anatomía humana de la manera que han elegido. No son estudiantes de
medicina, pero es que el cuerpo no debería ser únicamente el dominio de la
medicina. La manera como emplean en último término su saber puede ser
diferente, y menos directamente aplicada para el beneficio humano, pero
continúan una noble tradición de obligamos al resto de nosotros a ver qué
aspecto tiene el cuerpo humano.
Si pensamos en una autopsia, nuestra mente salta
inmediatamente a escenas de las series televisivas de crímenes. Aquí está el
detective desesperado para capturar al asesino: ojeroso, fanfarrón, bajo
presión. Y aquí está el patólogo sondeando el cuerpo muerto que acabará por
revelar la pista vital: metódico, imperturbable, tranquilamente chistoso.
Siempre es el patólogo el que tiene la distancia crítica necesaria para
resolver el caso. Pero sólo recientemente se ha aplicado la autopsia a la
inspección de un cadáver de manera específica y casi exclusiva con el propósito
de descubrir la causa de la muerte o de la enfermedad. El término autopsia
significa literalmente «ver con los propios ojos». Su conexión con el cuerpo
abierto surge de las primeras y provisorias investigaciones occidentales de la
anatomía humana en la antigua Grecia y de la novedad de ver y conocer los
órganos y partes por primera vez.
Ver con nuestros propios ojos se aplica
necesariamente al cuerpo de otro. «NOSCE TE IPSUM», reza la piadosa pancarta
del teatro anatómico: «Conócete a ti mismo». Pero no podemos conocemos a
nosotros mismos de esta manera porque no podemos ver nuestro propio interior
expuesto. Esta imposibilidad nos permite creer en nuestra propia inmortalidad.
No podemos vemos como somos, ni nuestro interior (porque primero tendríamos que
estar muertos) ni el exterior (porque no podemos salir de nuestro cuerpo para
mirar). De modo que lo mejor que podemos hacer es contemplar otros cuerpos en
la conjetura de que son como nosotros. Hacer esto es un paso importante.
Requiere no sólo que aceptemos nuestra propia mortalidad, sino también que
reconozcamos la unidad de la humanidad.
Con el especialista privilegiado a nuestro lado
para guiamos y señalamos los hitos dignos de mención, todos somos capaces de
realizar una autopsia. Tal como descubriremos, tanto el médico como el
filósofo, el artista como el escritor, todos tienen verdades que revelar acerca
del cuerpo humano y de sus partes.
Pero lo primero es lo primero. Para encontrar
nuestro camino, necesitaremos un mapa.
Parte I
El todo
§ 1. Cartografiando el territorio
Mientras me encontraba de vacaciones en Grecia una
vez, recuerdo que el barquero me señaló una peculiaridad geográfica conocida
como montaña Kimomeni, en el continente, al otro lado del canal entre éste y la
pintoresca isla de Poros. Kimomeni significa Mujer Durmiente, y, una vez eres
consciente de ello, es imposible no ver su forma en las colinas, especialmente
al atardecer, cuando el sol poniente destaca su perfil y el retsina [9] hace su efecto. Su cabeza tiene claros rasgos faciales, sus pechos
se yerguen hacia el cielo, y su vientre se adelgaza por debajo de la costilla
inferior de su caja torácica. Sus piernas están levantadas, de manera que la
rodilla forma otra cumbre. Es una trampa para turistas, desde luego, pero
resulta que estas colinas siempre han tenido este aspecto. La Mujer Durmiente
es anterior a la Acrópolis. Los antiguos griegos se habrían dado cuenta de ella
y la habrían señalado a los viajeros de la misma manera que lo hacen los
modernos. Incluso Platón de Atenas, a cincuenta kilómetros de distancia, pudo
haberse referido a ella.
Hay otras mujeres durmientes, en Tailandia, México
y en otros países, más o menos convincentes. Las colinas inglesas
llamadas paps[10], así como muchas otras, se asemejan a pechos humanos. Hay rocas
solitarias que reciben el nombre de figuras humanas aisladas de la mitología,
como la Mujer de Lot. En las montañas de California se encuentra Homer’s
Brow. [11] Abra el lector un mapa de cualquier parte del mundo de contornos
generosos y es seguro que tarde o temprano encontrará una característica cuyo
nombre corresponde a alguna parte de la forma humana. Estos símiles
anatomicogeográficos perviven en la edad de las cartografías precisas y de las
vistas aéreas: la «mano de Michigan» es la parte de este estado, con forma de
mitón, que sobresale hacia el norte y divide los lagos Michigan y Hurón.
Pero cuando buscaban un ideal de la forma humana,
los griegos no miraron hacia la tierra, sino a los cielos. Hicieron al hombre
la réplica del universo. En la metafísica platónica, el macrocosmos, que
podemos traducir como «el gran mundo del orden», tenía su réplica en el
microcosmos, el pequeño mundo del orden que era el cuerpo humano.
Aproximadamente por esta época, las partes del cuerpo se asignaban a los
diferentes signos del zodíaco (de manera general, y desplazándose por el cuerpo
en sentido descendente a lo largo del año astrológico, desde Aries, que
representaba la cabeza, hasta Piscis, los pies).
La idea del cuerpo humano como un microcosmos es
generalizada y persistente. Se encuentra en las tradiciones hindú y budista, y
asimismo ha sobrevivido la transición hasta las creencias cristianas en
Occidente. El auge de la ciencia después del Renacimiento, cuando los
anatomistas empezaron a trabajar para desmantelar el misterio del cuerpo, pudo
haber asestado un duro golpe a esta metafísica abstracta. Pero, no obstante,
continuó siendo atractiva para filósofos como Spinoza y Leibniz. Hoy en día,
hay ecos de la misma en el pensamiento new age [12] y en la teoría de Gaia, que equipara la Tierra a un organismo
vivo.
No es extraño que busquemos el cuerpo en la
geografía y la cosmografía. En un sentido real, nuestro cuerpo humano
individual es el ambiente, de hecho casi el terreno, dentro del que existimos y
representamos nuestra vida. El cuerpo es a la vez nosotros y, en cierto
sentido, nuestro ecosistema. Tal como el sociólogo Bryan Tumer lo plantea, «Yo
tengo y a la vez soy un cuerpo». O, tal como Epicteto, el filósofo estoico,
indicaba de forma concisa a sus discípulos, «Sois una pequeña alma que
transporta un cadáver». Es este modo de existencia dual lo que hace de la
geografía una metáfora tan convincente del cuerpo y lo que, a su vez, confiere
al cuerpo su propia potencia como metáfora.
La idea del cuerpo como territorio será recurrente
a lo largo de todo el libro. Será particularmente clara en los relatos de
anatomistas cuando exploran el cuerpo tendido frente a ellos como si de un
océano no cartografiado se tratara, tomando posesión de nuevas tierras y
dándoles su propio nombre. Las trompas de Falopio (los oviductos humanos) y las
trompas de Eustaquio en los oídos fueron descritas y recibieron su nombre
(procedentes de los médicos italianos Gabriele Falloppio y Bartolomeo Eustachi)
el mismo siglo que el estrecho de Magallanes y el paso de Drake. También está
en la base de la metodología de lo que se denomina medicina tópica (topos significa
lugar en griego), que actúa aislando problemas o enfermedades en partes
concretas del cuerpo, e informa nuestra esperanza simple de que el médico podrá
«poner su dedo en» el problema, como un lugar en el mapa. La exposición de
especímenes anatómicos en la colección del Colegio Real de Cirujanos de Londres
ha sido reorganizada hace poco «regionalmente», según su conservadora, Carina
Phillips, en lugar de hacerlo por conexiones funcionales, lo que refleja un
cambio de énfasis parecido en la educación médica. Los libros de anatomía
humana ilustrada todavía se siguen llamando en gran parte atlas, lo que supone
realmente un escaso cambio desde el siglo XVII, cuando se les denominaba
microcosmografías, en evocación de los esquemas del sistema solar y las
constelaciones conocidos como cosmografías. Ambos términos se aferran a la
antigua idea del cuerpo como microcosmos del universo.
¿Por qué funciona tan bien la metáfora geográfica?
Es evidente que el cuerpo tiene caminos que lo recorren, nervios, venas y
arterias. Inervan determinados órganos o salen de ellos. Transportan fluidos
preciosos y son como los ríos vivificadores que los griegos adoraban. El simple
hecho de trazar sus rutas a través del cuerpo nos pone inmediatamente en la
mente un mapa con rasgos distintivos aquí y allá, y entre ellos regiones en las
que no ocurre gran cosa. Después de la demostración filosófica de Descartes de
la separación entre cuerpo y alma, y de avances en la ciencia moderna como el
descubrimiento por William Harvey de la circulación de la sangre, podíamos
empezar a ver el cuerpo como una especie de máquina. Pero, hasta entonces,
había sido todo un mundo, con partes conocidas y partes todavía por explorar,
una tierra con una costa familiar pero con un interior inexplorado.
El cuerpo humano era también un prototipo
inspirador. Ciudades enteras, así como edificios individuales, se han modelado
siguiendo su estructura. En el siglo XV, el arquitecto Antonio di Pietro
Averlino, conocido como Filarete, diseñó la ciudad imaginaria de Sforzinda en
honor de su patrón, Francesco Sforza, el duque de Milán.
Figura 3
Fue el primero de muchos planos urbanos ideales del
Renacimiento. Los muros de Sforzinda describían una estrella octogonal por
razones defensivas, pero en el interior de esta piel protectora la ciudad se
concebía para una comunidad que funcionaría de manera tan uniforme como el
organismo humano.
Zamosc, en el sudeste de Polonia, se construyó
realmente según estos principios del Renacimiento italiano; el centro de la
ciudad es el estómago: el Gran Mercado; la iglesia de Santa Catalina se
encuentra a un lado, como el corazón; el Palacio Zamoyski es la cabeza. Hay
incluso el Mercado del Agua, situado aproximadamente en el mismo lugar que los
riñones.
En el siglo siguiente, el arquitecto y famoso
biógrafo de artistas Giorgio Vasari estableció su plan conceptual para el
palacio ideal también en términos de la estructura humana. La fachada era el
análogo de la cara, el patio era el cuerpo, las escaleras los miembros, y así
sucesivamente. Sin embargo, una vez construidas estas estructuras no revelaban
fácilmente su inspiración. Después de todo, la mayoría de los edificios tienen
una fachada para dar la bienvenida a los visitantes y una parte trasera en la que
los desechos se eliminan sin necesidad de rimbombantes teorías antropomórficas.
El ideal corporal puede explorarse más extensamente en la literatura. En The
Faerie Queene, [13] de Edmund Spenser, los caballeros Arthur y Guyon llegan a un
lujoso castillo estructurado como un cuerpo humano. El ascenso a los pisos
superiores se hace por las costillas, «diez peldaños de alabastro [sic]
trabajado». Al llegar a la cabeza, los caballeros descubren que la boca es un
pórtico con una plantilla completa: «en la barbacana había un portero sentado»
(es la lengua) y a cada uno de sus costados «se sentaban dos veces dieciséis
guardianes» (los dientes). Los ojos son «dos considerables faros», mientras que
tres habitaciones separadas albergan las diversas funciones del cerebro. En la
primera zumban las moscas, que representan las fantasías y la imaginación de
los hombres. La segunda contiene el intelecto y la capacidad de juicio,
mientras que en la última aguarda «un hombre muy viejo... de memoria infinita».
El poeta convertido en sacerdote John Donne, quien
pasó mucho tiempo considerando el cuerpo tanto desde el punto de vista camal
como del espiritual, no lo imaginó como un palacio ni como un castillo. En
cambio, se fijó en los cimientos y los espacios de la servidumbre, y en uno de
sus sermones describió sus «despensas y bodegas, y subterráneos» repletos de
«azumbres [recipientes de medio galón] y galones» [14] de orina, sangre y otros líquidos, los combustibles y desechos del
cuerpo.
Máxime du Camp, el amigo de Gustave Flaubert,
anatomizó la ciudad de París como un sistema de órganos y sus funciones,
mientras que el filósofo socialista Henri de Saint-Simon soñaba con situar un
enorme templo con la forma de una mujer en el centro de su París remodelado y
utópico. Esta hembra monumental, redentora de su movimiento, tenía que sostener
una antorcha en una mano, que iluminara su cara bondadosa, mientras que en la
otra sostendría un globo que contendría un teatro entero. Sus ropajes caerían hasta
un extenso parque y paseo en el que la gente podría entretenerse en diversiones
amables en medio del aroma de las flores de azahar. La idea básica no es nueva
en absoluto. Tal como señala la mitógrafa Marina Warner, un templo de la Edad
de Piedra descubierto en Skara Brae, en las Oreadas, adopta la «forma de
cincoenrama de un cuerpo femenino esquemático, y la entrada se hace a través
del canal del parto».
Es indudable que detrás de este impulso de
construir moradas cuya forma reproduce la del cuerpo humano hay un deseo
freudiano de retomo al útero. Pero, lo que es más importante, al nivel
consciente del intelecto, se tomó el cuerpo humano como modelo para el diseño
porque se consideraba que en su interior contenía un ideal. Si el hombre estaba
hecho a la imagen de Dios, entonces, ¿no debería hacerse todo lo demás a imagen
del hombre?
El ideal humano existía claramente en la mente de
los artistas, pero ¿podría describirse de tal manera que todos pudieran
conocerlo? ¿Podría, por ejemplo, ser destilado en el nuevo lenguaje que los
griegos habían desarrollado, las matemáticas? Platón creía que la vista era el
más noble de los cinco sentidos. Su noción de la belleza humana era por lo
tanto visual, y desde entonces ha establecido los términos de la discusión
filosófica de la belleza. De hecho, continúa rigiendo nuestros prejuicios en la
actualidad, tal como vemos cuando una presentadora de televisión es despedida
de repente por un pecado no mayor que, simplemente, envejecer al mismo ritmo
que el resto de nosotros. Pero, sea justa o no, la medida de la belleza que
estamos buscando tiene que ser asimismo visual.
En la segunda mitad del siglo v AEC, [15] Policleto, el escultor griego de atletas, estableció una
prescripción para la belleza humana en un texto que denominó Canon, y
usó estas proporciones para crear un desnudo de bronce ejemplar de un joven
portador de una lanza, el Doríforo. La escultura original no se conserva, pero
han bastado unos pocos fragmentos y copias romanas en mármol para realizar
moldes exactos, que están ampliamente repartidos por los museos de todo el
mundo. El artista se concentró en el torso, confiriéndole magníficos pectorales
y oblicuos (los músculos que se encuentran justo encima de las caderas). La
segunda de estas características aparece especialmente desarrollada en exceso a
los ojos modernos, pero contribuyó a definir el ideal en la escultura clásica,
y se la llegó a conocer como cintura de Aquiles o pliegue griego. Este lancero
es quizá la estatua más copiada en la Antigüedad. Su torso se tomó incluso como
modelo para la armadura de bronce ajustada al cuerpo de generaciones
posteriores de soldados griegos y romanos. Esta «coraza musculosa» (o cuirasse
esthétique [16] en francés) replicaba no sólo rasgos propios del guerrero, como
los pectorales y las costillas, sino también el ombligo e incluso los pezones.
Este ideal sobrevive en los héroes de tiras cómicas, como Superman y Batman,
cuyas apretadas túnicas revelan cada músculo... pero que por lo general omiten
estos extras homoeróticos.
Al igual que el Doríforo original, el texto
del Canon se ha perdido, y con él presumiblemente los números
que nos revelarían el sistema de Policleto de proporciones ideales. Resulta
sorprendente, quizá, que ha resultado imposible deducirlos de la propia
escultura. Simplemente, el cuerpo humano tiene demasiadas dimensiones, y
demasiados puntos en los que uno puede situar su cinta de medir, para siquiera
empezar a adivinarlos.
Al sistema de la proporción humana que estableció
unos 400 años después de Policleto el arquitecto romano Vitruvio le ha ido
mucho mejor. Se encuentra en la única obra de arquitectura que sobrevive del
período clásico, De Architectura. Los diez volúmenes de
Vitruvio fueron el texto estándar para los arquitectos hasta el Renacimiento,
cuando hombres como León Battista Alberti y Andrea Palladio produjeron sus
propias guías en varios volúmenes. El patrón ideal de Vitruvio para el cuerpo
humano aparece en el tercer volumen de la serie, que comprende sus principios
para el diseño de templos:
... no puede decirse de un edificio que esté bien
diseñado si carece de simetría y proporción. En realidad, son tan necesarios
para la belleza de un edificio como lo son para la de una figura humana bien
formada, que la naturaleza ha modelado de tal manera que en la cara, desde la
barbilla hasta la parte alta de la frente, o a las raíces del cabello, sea la
décima parte de todo el cuerpo. Desde la barbilla hasta la coronilla de la
cabeza es una octava parte de la altura total, y desde la nuca del cuello hasta
la coronilla lo mismo. Desde la parte superior del pecho hasta las raíces del
cabello una sexta parte; hasta la coronilla de la cabeza una cuarta parte. Una
tercera parte de la altura de la cara es igual a la que hay desde la barbilla
hasta la parte inferior de los agujeros de la nariz, y de aquí a la parte media
de las cejas lo mismo; desde esta última a las raíces de los cabellos, donde
termina la frente, la tercera parte restante. La longitud del pie es una sexta
parte de la altura del cuerpo. El antebrazo una cuarta parte. La anchura del
pecho una cuarta parte. De forma parecida, otros miembros tienen sus
proporciones adecuadas, y por atención a ellas los pintores y escultores
antiguos obtuvieron tanta reputación.
El modelo de Vitruvio permitió que todos los rasgos
principales de la forma humana se describieran en términos de proporciones
simples o de sólo unos pocos números pequeños. Cuatro dedos constituían un
palmo y seis palmos un codo. La altura de un hombre eran cuatro codos o seis
pies. Mediante una argumentación un tanto complicada, Vitruvio llegó incluso a
sugerir que «los números tuvieron su origen en el cuerpo humano». Hoy en día,
podemos observar de manera escéptica los trucos mediante los cuales Vitruvio
ideó su elegante sistema, al elegir rasgos humanos que se adecuaran a sus
proporciones en lugar de aquellos que cualquiera podría usar; la parte inferior
de los agujeros de la nariz en lugar de la punta de la nariz, las cejas en
lugar de los ojos, etc.
Vitruvio sigue explicando que el ombligo se halla
«situado naturalmente en el centro del cuerpo humano», y que un círculo
dibujado a partir de dicho centro sobre un hombre con los brazos y piernas
extendidos tocará a la vez los dedos de las manos y los de los pies. De manera
similar, escribe, los brazos en su extensión horizontal máxima tienen una
envergadura de cuatro codos, la misma que la altura, de manera que también se
puede dibujar un cuadrado alrededor del cuerpo. Estas dos formas (la
circunferencia y el cuadrado) fueron importantes simbólicamente en el diseño de
templos, debido a su pureza geométrica, y era importante conectarlos con la
figura humana con el fin de demostrar su proporción divina.
Vitruvio no dejó ninguna ilustración que acompañara
su detallado texto. Aunque varios artistas contribuyeron con ilustraciones a
las ediciones de De Architectura publicadas en el siglo XVI,
tuvieron dificultad en reconciliar todos los elementos que Vitruvio requería;
las dimensiones del hombre, el cuadrado y el círculo. Al suponer que cuadrado y
círculo tenían que ser concéntricos, se veían obligados a distorsionar la
figura humana para que encajara en ambos. Sólo Leonardo da Vinci fue capaz de
reconciliar todos los preceptos del arquitecto romano en un único diseño
armonioso.
Leonardo fue probablemente el primer artista en
cortar el cuerpo humano y dibujar lo que veía. Se jactaba de haber disecado más
de diez cadáveres, procediendo por fases a medida que cada cadáver se iba
deteriorando gradualmente, y repitiendo todo el ejercicio con el fin de obtener
una apreciación de las diferencias típicas entre un cuerpo y otro. Describió la
experiencia en sus cuadernos, haciendo estremecer a sus lectores con el relato
de que pasaba «las horas nocturnas en compañía de estos cadáveres, descuartizados
y desollados y horribles de contemplar».
El genio de la solución de Leonardo fue tomar la
verdad de la forma humana como su guía última y hacer que la geometría encajara
alrededor de ella. De modo que, simplemente, superpuso al hombre de pie situado
dentro del cuadrado sobre el hombre con las extremidades extendidas dentro del
círculo, una resolución deliciosa en la que los dos conjuntos de piernas
proporcionan incluso una sugerencia de animación humana. El resultado es que
tanto el cuadrado como el círculo tocan el suelo. La figura inscrita en el
círculo tiene su ombligo en el centro, tal como Vitruvio exige, pero como sea
que el centro del cuadrado se encuentra ahora en posición inferior con respecto
al centro de la circunferencia, éste coincide no con el ombligo sino, de manera
significativa, con los genitales. Aquí está, pues, la figura humana; progenitor
y progenie, creador y creación. Es innegablemente pulcro. Pero ¿es cierto?
Después de todo, ¿por que habría de poder describirse el cuerpo en términos de
simples proporciones numéricas?
Al final de su carrera, el arquitecto suizo del
siglo XX Le Corbusier sintió la necesidad de reinventar el hombre de Vitruvio
para la era moderna. Si no hubiera elegido la arquitectura, Le Corbusier podría
haber sido un boxeador. Dibujaba esbozos de boxeadores y se veía a sí mismo
como un boxeador en sus bregas profesionales. Su nuevo hombre ideal, al que
llamó Le Modulor, levanta un puño enorme hacia el cielo. La primera versión de
Le Modulor se basaba en un francés típico de 1,75 metros, pero al arquitecto no
le gustaba el sistema métrico, al estar basado en las dimensiones de la Tierra
y no en las del cuerpo humano, y posteriormente anunció que su modelo sería un
inglés de 1,83 metros, «porque en las novelas de detectives inglesas, los
hombres bien parecidos, como los policías, ¡siempre miden seis pies de alto!».
Hasta la parte superior del puño en alto, Le Modulor tiene 226 centímetros de
altura, y su ombligo está posicionado centralmente a los 113 centímetros. Las
distancias desde el suelo al ombligo y desde el ombligo a la parte superior de
la cabeza tienen la proporción de la regla áurea (0,618:1 = 1:1,618), al igual
que la distancia que queda, desde la cabeza al puño, y Le Modulor tiene,
efectivamente, seis pies (182,9 centímetros) de altura. Este personal sistema
de proporción ideado en la década de 1940 rige las proporciones de la Unité
d’Habitation, el influyente bloque de pisos de Le Corbusier en Marsella. La
lógica de Le Corbusier produce un edificio que es «en todos los aspectos tan
penetrante, anguloso y terrorífico como el Partenón», en palabras de un crítico
de arquitectura, aunque se consiga una «fuerza semántica» y no nada mágico que
tenga que ver con las proporciones numéricas empleadas o con su conexión
intrínseca con el cuerpo humano. El hombre de Le Modulor aparece como un
relieve escultural en el cemento, pero parece improbable que muchos de los
residentes sepan que sus idas y venidas son vigiladas por un policía inglés.
Figura 4
Le Modulor puede parecer un poco arbitrario, quizá
incluso que se burla cariñosamente de la noción del cuerpo ideal, pero como el
hombre de Vitruvio está seguro de su altura. Porque, ciertamente, es verdad
que, con el fin de acercarse a cualquier tipo de ideal humano, una persona ha
de tener no sólo proporciones armoniosas, sino que él o ella ha de tener
asimismo el tamaño adecuado.
Las unidades antiguas de medida se basaban
directamente en las dimensiones del cuerpo humano. Todavía usamos algunas de
ellas en la actualidad. Una definición de la pulgada era la longitud del pulgar
(real) desde la punta hasta la primera articulación. El pie cubre una estrecha
gama de distancias basada en la longitud del pie humano, entre las cuales el
pie imperial de doce pulgadas es aproximadamente promedio. Además de ser la
anchura de cuatro palmos, un codo es la longitud desde el codo a la punta del
dedo más largo, y por lo general equivale a dieciocho pulgadas, pero a veces a
veintiuna o más. Una ana, derivada del latín ulna, codo, era
originalmente como un codo. Posteriormente, la ana se adoptó como unidad para
medir tela con una longitud mucho mayor, de cuarenta y cinco pulgadas. [17] Pudo haber tomado su nombre debido a que medir la tela implicaba
sostenerla en los dedos de una mano hasta el hombro opuesto y después enderezar
el codo hasta que el brazo está estirado en su lado correcto. En cualquier
caso, soy un poco más bajo que el héroe inglés de Le Corbusier, y en mí esta
distancia se acerca a las cuarenta y cinco pulgadas.
Todas estas unidades de medida empiezan a partir de
una parte diferente del cuerpo. No hay nada que diga que tiene que existir una
relación aritmética simple entre una y otra. De modo que el hecho de que se
hayan unido precisamente de esta manera (el que doce pulgadas constituyan
exactamente un pie, por ejemplo) es una prueba de que Vitruvio y su idealismo
matematizante permanece entre nosotros.
Dichas medidas, sin embargo, son todas lineales. El
cuerpo es menos servicial cuando se trata de áreas, masas y volúmenes. Unas
pocas dimensiones se basan no en las dimensiones del hombre, sino en sus
capacidades. Por ejemplo, un acre [18] es la superficie que se suponía que un hombre y su buey podían
labrar en un día. Pero cantidades como el peso que un hombre puede levantar o
el volumen de agua (o de cerveza) que puede beber son tan variables que el
cuerpo ya no proporciona un patrón adecuado. Incluso los vitruvianos de seis
pies pueden ser flacuchos o robustos. No obstante, hay algunas otras medidas de
las llamadas antrópicas, que incluso comprenden unidades de tiempo. En la
tradición hindú, nimesha es la duración del parpadeo de un
ojo, y paramaanus es el intervalo entre parpadeos.
La importancia de tener el tamaño adecuado resulta
aparente en relatos en lo que todo sale mal. Alicia en el país de las
maravillas y Los viajes de Gulliver son dos de los
relatos preferidos en los que el tamaño relativo del personaje central deviene
importante. Alicia y Gulliver pasan por experiencias instructivamente
diferentes. Cuando Alicia bebe por primera vez de la botella con el marbete
«BÉBEME» y descubre que se está encogiendo, y después come el dulce que hace
que crezca de nuevo, extrapola a partir de lo que le está ocurriendo para
imaginar las horribles consecuencias de ser arrastrada hasta el extremo de cada
escala: quizá «acabe desapareciendo por completo, como una vela». Alicia se
halla en un mundo en el que uno ya no puede fiarse de la medida (e incluso los
propios números), como descubre cuando intenta recitar sus tablas de
multiplicar y también éstas le salen mal.
En cambio, la medida de las cosas que hace Gulliver
permanece muy precisa. Describe con seguridad que los árboles más altos de
Lilliput tienen «dos metros de altura», mientras que en Brobdingnag uno de los
segadores que lo encuentra lo levanta «a más de dieciocho metros del suelo». El
lector comprende por ello que Gulliver conserva su tamaño. Los cálculos son
asimismo una característica de Los viajes de Gulliver, de
manera más notable cuando los liliputienses calculan que tendrán que dar de
comer a Gulliver 1.728 veces la cantidad de alimento que requiere cada uno de
ellos, pues Gulliver tiene doce veces su tamaño en las tres dimensiones (y 12
al cubo es 1.728).
Alicia cambia claramente de tamaño a lo largo de la
madriguera del conejo, mientras que Gulliver visita países de tamaños
diferentes. Pero en ambos relatos se hace valer la ley de manera enérgica. «No
tienes derecho de crecer aquí», reprende el Lirón a Alicia
cuando ésta empieza a recuperar su escala adecuada en preparación para su
retorno al exterior del suelo. «Regla Cuarenta y dos. Todas las
personas de más de una milla de alto tendrán que abandonar la corte», grita
el Rey. Asimismo, el Emperador de Lilliput impone condiciones a Gulliver:
«Primero, el Hombre Montaña no se irá de nuestros dominios sin nuestra
licencia, estampada con nuestro gran sello». El tamaño importa, y tener el
tamaño equivocado reclama medidas disciplinarias para poner de nuevo al transgresor
en vereda.
Hoy en día hemos abandonado en gran parte la noción
del hombre ideal. William Hogarth, el pintor y caricaturista del siglo XVIII
declaró que era imposible encontrar geometría en la cara humana, y celebró su
irregularidad en sus caricaturas satíricas. Edmund Burke, en una sección
titulada «La proporción no es la causa de la belleza en la especie humana», de
su famoso ensayo de 1757 Indagación filosófica sobre el origen de
nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello, rechazaba todo el
concepto, y señalaba que las proporciones «ideales» podían encontrarse tanto en
personas consideradas bellas como en las feas. «Se puede asignar cualquier
proporción que se quiera a cada parte del cuerpo humano; y yo garantizo que un
pintor que las observe todas religiosamente, producirá no obstante, si quiere,
una figura muy repulsiva.» Reservó una crítica especial para el hombre de
Vitruvio. El hombre no estuvo nunca basado en un cuadrado; si acaso, estuvo
basado en su contrario, una cruz. «La figura humana nunca proporcionó al
arquitecto ninguna de sus ideas.»
Gracias a un pionero belga de la estadística y la
ciencia social, Adolphe Quetelet, ahora tenemos en cambio la idea del hombre y
la mujer «promedio», un progreso en el pensamiento acerca de la humanidad que
requirió el invento de la estadística, con su concepto de media (promedio) y
desviación estándar o típica (la importancia de la variancia a cada lado de la
media). Quetelet fue el primero en acopiar datos sistemáticos sobre la altura y
el peso humanos, e introdujo el concepto del hombre promedio ( l’homme
moyerí) en un libro de 1835. Quetelet encontró incluso una manera de
separar las dos medidas, de manera que las personas pudieran ser descritas
adecuadamente como pesadas o ligeras en función de su tamaño, al
introducir el índice que en la actualidad lleva su nombre, y que la mayoría de
nosotros conocemos mejor como el índice de masa corporal.
El nuevo enfoque de Quetelet facultó un vasto
ejercicio de recolección de datos. El campo de estudio que surgió de ello se
denominó antropometría algunos años después. Al reconocer que una persona era
físicamente diferente de otra y que la medición de dichas variaciones podría
proporcionar información útil, los antropometristas reconocían implícitamente
que un humano era tan válido como otro, de modo que rechazaron efectivamente el
concepto de hombre ideal.
Estos datos eran demasiado potentes para dejarlos
únicamente en manos de los científicos. En el Museo de la Prefectura de Policía
de París hay una reconstrucción de un estudio fotográfico insólito. Además de
las enormes cámaras de la época, contiene un surtido de compases, reglas y otra
parafernalia para medir sujetos así como para captar su imagen. Aquí fue donde
Alphonse Bertillon introdujo las primeras tarjetas de identidad científicas del
mundo. Además de fotografías de frente y de perfil, las tarjetas de Bertillon
contenían las principales dimensiones corporales... y algunas secundarias
sorprendentes, entre ellas dieciséis características que describen la forma de
la oreja. Las probó en miembros de su familia. Su propia tarjeta, elaborada el
14 de mayo de 1891, cuando tenía treinta y ocho años de edad, lo muestra con
una barba recortada, cabello tieso y corto y una frente alta; su cabeza parece
un poco grande para su cuerpo. De hecho, podemos leer en la tarjeta que su
cabeza tenía 19,4 centímetros de alto, mientras que su altura desde la cintura
era de 78 centímetros y su tórax tenía 95,2 centímetros de circunferencia. Su
pie izquierdo medía 27,4 centímetros. Bertillon, curiosamente, procedía de una
familia que parece haber tenido una predisposición genética a este tipo de
trabajo: su hermano mayor era el director de estadística de la ciudad de París;
su padre fundó su escuela de antropología; y su abuelo había desarrollado la
obra de Quetelet y había acuñado el término demografía. Las innovaciones de Bertillon
(introdujo asimismo la fotografía en la escena del crimen) le valieron ascender
desde una posición administrativa menor cuando se incorporó a la policía de
París en 1879 hasta dirigir su influyente Servicio Judicial de Identidad menos
de una década más tarde. El «bertillonaje» fue adoptado pronto por servicios de
policía de todo el mundo. Aunque no podía emplearse para establecer una
culpabilidad definitiva, pues otras personas no conocidas por la policía podían
tener medidas similares, el método de Bertillon era sin embargo lo bastante
bueno para descartar sospechosos de las pesquisas de la policía si no
coincidían con la descripción de un testigo.
No fue posible probar la culpabilidad mediante el
uso de medidas corporales hasta el descubrimiento de que las huellas digitales
son únicas de cada individuo. Después de la Rebelión India de 1857, William
Herschel, un administrador colonial inglés en Bengala, se hizo más impopular
todavía de lo que sin duda ya era al exigir que los trabajadores locales
garantizaran su contrato con una huella de la mano. Herschel registró asimismo
sus propias huellas digitales a lo largo de varios años, y demostró que no cambian.
Su trabajo atrajo la atención de Francis Galton, una de las figuras señeras de
la ciencia victoriana. Incluso según las normas de la época, Galton estaba
obsesionado con las medidas. Durante una carrera infatigable que se extendió a
lo largo de setenta años, realizó muchas contribuciones a la ciencia, entre las
que figuran el trazado de los primeros mapas meteorológicos, cuestionarios y
tests de inteligencia. Inventó un «registrador de bolsillo» que se llevaba en
la mano, algo parecido a los dispositivos que utilizan los asistentes de vuelo
de los aviones para contar pasajeros, que podía hacer el seguimiento de cinco
variables distintas a la vez, según los botones que se pulsaran. La
revista Nature indicaba que permitiría a los científicos
«tomar datos antropológicos estadísticos de cualquier tipo entre muchedumbres
de gente sin provocar la observación». Simplemente, Galton no podía reposar.
Uno de sus artículos se titulaba «Notas sobre las ondas en el agua de la
bañera». Otra vez, en una pesada conferencia en la Real Sociedad Geográfica,
propuso derivar un índice cuantitativo del aburrimiento humano a partir de la
tasa de impaciencia manifestada por los miembros de la audiencia. Su verdadero
legado no estuvo en ninguna de las cosas que midió, sino en su contribución a
los progresos de los métodos estadísticos necesarios para procesar todos sus
datos.
Galton estudió las huellas que Herschel había hecho
junto con huellas de otros sujetos, utilizando un pantógrafo que había
construido para medir alas de mariposas para reseguir y aumentar detalles
clave. Se dio cuenta de que aparentemente no había dos huellas dactilares
iguales, pero pudo ir más allá de esto y confirmar su singularidad mediante
análisis estadísticos. Galton había entablado correspondencia con Bertillon
(ambos hombres llevaban con orgullo su propio sistema Bertillon de tarjetas de
identidad), y había influido mucho a la hora de recomendar el bertillonaje a
las fuerzas de policía inglesas. Ocasionalmente se habían empleado las huellas
dactilares, como las demás medidas tomadas por Bertillon, como un medio de
refutar la conexión de un sospechoso con un crimen. Pero ahora Galton vio que
el método de las huellas dactilares era en realidad una técnica mucho más
potente, que podía utilizarse para capturar criminales. En 1902, Rose Guilder,
una doncella, advirtió la huella de un pulgar en una pared recién pintada
después de un robo con allanamiento en la casa en la que trabajaba. Fue la
primera vez que pruebas basadas en huellas dactilares llegaban a un tribunal.
Galton, mientras tanto, seguía su propio programa de trabajo, recolectando
miles de huellas con la fútil esperanza de que pudiera usarlas para demostrar
el grado de parentesco de la gente.
Galton sentía una admiración ardiente por su primo
Charles Darwin. (Posiblemente no sea una coincidencia que entre sus muchos
libros haya uno titulado Hereditary Genius.) Pero mientras que
Darwin estudiaba el reino animal, Galton se centraba en su prójimo, el hombre.
Y la mujer. Mientras viajaba por África con un grupo de misioneros cuando era
joven, en 1850, se sorprendió al observar a la esposa de uno de los intérpretes
del grupo, «una persona encantadora, no sólo una hotentote por su figura, sino
en este respecto una Venus entre los hotentotes». Naturalmente, deseaba obtener
sus medidas. Pero había una dificultad. «Yo no sabía una palabra de hotentote,
y por lo tanto nunca podría haber explicado a la señora cuál podía ser el
objeto de mi regla de medir.» No se atrevía a pedirle al intérprete que
negociara por él. Pero allí estaba ella, «girando hacia todos los puntos
cardinales, como suelen hacer las señoras que desean ser admiradas». Entonces
Galton se dio cuenta de que sus instrumentos tenían la solución a su dilema.
Tomó su sextante y, situado a una distancia respetable, registró «su figura en
todas direcciones, arriba y abajo, de través, diagonalmente, y así
sucesivamente, y registré sus medidas meticulosamente en un esbozo dibujado por
miedo de equivocarme; hecho esto, saqué atrevidamente mi cinta métrica y medí
la distancia entre el punto en el que yo estaba y el lugar en el que se
encontraba ella, y habiendo así obtenido la base y los ángulos, deduje los
resultados mediante trigonometría y logaritmos».
En 1884, Galton instaló un laboratorio en la
Exposición Internacional de Salud que se celebró en South Kensington, en
Londres, y colectó datos de los visitantes voluntarios sobre su «Agudeza visual
y auditiva; Sentido del color y discernimiento ocular; Capacidad respiratoria;
Tiempo de reacción; Fuerza de tracción y de compresión; Fuerza de golpeo;
Envergadura de los brazos; Altura, tanto de pie como sentada; y Peso». Utilizó
la nueva técnica de la fotografía para realizar retratos «compuestos», superponiendo
exposiciones individuales para producir un supuesto promedio. De esta manera
pretendía (de nuevo en vano) destilar el aspecto típico de muchas poblaciones
diversas. En su conjunto, el proyecto antropométrico de Galton era de largo
alcance, y oiremos más sobre él en capítulos posteriores.
Los científicos no necesitan síntesis engañosas
como los compuestos de Galton, pero sí que necesitan especímenes típicos. Los
zoólogos conservan un espécimen de cada animal, al que denominan holotipo de la
especie. Es el patrón frente al que se comparan otros especímenes para ver si
pertenecen a aquella especie o a alguna otra. El científico que describió por
primera vez la especie tiene el privilegio de seleccionar el holotipo. [19] Dichos holotipos están repartidos por los museos universitarios de
todo el mundo.
Así pues, ¿dónde está el holotipo humano? Y, si a
eso vamos, ¿quién es el holotipo humano? Por raro que parezca, en realidad no
existe ninguno. Ello se debe en parte a que los holotipos son sólo un
requerimiento designado para especies descritas desde 1931, y en parte porque
no existe ambigüedad científica sobre la pertenencia a la especie humana. (Los
racistas quizá no estén de acuerdo, pero sus objeciones surgen en gran parte
debido a que las diferentes razas pueden entrecruzarse, lo que demuestra nuestra
humanidad común.)
Sin embargo, en 1959 se nominó al naturalista sueco
Carl Linné para este puesto, aunque había muerto 181 años antes. El Systema
Naturae de Linné, de 1758, introdujo la nomenclatura para las especies
que todavía utilizamos en la actualidad, e incluía su descripción de nuestra
especie, con el nuevo nombre que le dio de Homo sapiens. No ha
sido el único candidato. Más recientemente se supo que el paleontólogo
americano Edward Drinker Cope se postuló para el puesto. Poco antes de su
muerte en 1897, Cope vendió sus fósiles al Museo Americano de Historia Natural,
y dejó instrucciones para que sus propios restos se conservaran en pro de esta
insólita oferta para la inmortalidad. Este ejercicio pudo haber sido un último
envite en la batalla de este científico con su rival paleontólogo en las
«guerras de los huesos», Othniel Charles Marsh, pues también quería que su
cerebro se pesara para ver si era más voluminoso que el de Marsh... un desafío
que Marsh no aceptó. El envite de Cope fracasó porque su historia no llegó a
conocerse hasta mucho más tarde, cuando, sin saberlo sus patrocinadores de
épocas posteriores, Linné ya había sido adoptado para el puesto (aunque es
probable que sus huesos sigan sin ser perturbados en su tumba de Uppsala, en
Suecia).
La búsqueda constante de una imagen que sea la
referencia estándar del cuerpo humano termina por ahora en algo que se denomina
el Proyecto Humano Visible. Hemos recorrido un largo camino desde Vitruvio y
Policleto. Y en la actualidad, se presentan tanto el hombre como la mujer
(aunque, como de costumbre, primero fue el hombre).
El Proyecto Humano Visible se inició en 1988 como
una iniciativa de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos en
respuesta al aumento de dos posibilidades tecnológicas nuevas: primera, la
capacidad de congelar tejidos humanos sin dañarlos; y segunda, los avances en
procesamiento digital de la imagen. La idea era tomar un cadáver humano,
cortarlo a rebanadas y después fotografiarlo para ensamblar la primera
referencia visual detallada del interior humano basada en un cuerpo real.
Tal como ocurrió con los cuerpos anatomizados
pintados por Rembrandt y otros mucho antes, el sujeto elegido fue un criminal
convicto. Joseph Paul Jernigan, de Waco, Texas, fue ejecutado en 1993 mediante
la inyección de una dosis letal de cloruro potásico, doce años después de ser
condenado a muerte por robo con allanamiento y asesinato. Incitado por el
capellán de la prisión, e imposibilitado de donar sus órganos para trasplantes
porque iban a estar envenenados por el cloruro potásico, firmó un formulario de
aceptación para la donación de todo su cuerpo. Jernigan superó la «prueba»
porque no padecía ninguna enfermedad desfiguradora ni había estado sometido a
cirugía mayor, pues cualquiera de estas dos situaciones lo hubiera hecho no
representativo de forma automática. Pero las autoridades debieron tener mucho
interés en tirar adelante el proyecto, porque Jernigan no era totalmente ideal,
al haber padecido una apendicetomía y por faltarle un diente. A las pocas horas
de su ejecución, el cuerpo de Jernigan fue trasladado en avión a la Universidad
de Colorado y registrado como una serie de imágenes de resonancia magnética
como referencia. Después fue congelado y escaneado de nuevo. Una vez
solidificado, el cuerpo fue cortado secuencialmente en planos paralelos a los
usados en los registros de MRI, separados un milímetro entre ellos, y las
secciones expuestas se fotografiaron. El tejido que se rebanaba cada vez se
reducía a «serrín».
La Biblioteca Nacional de Medicina puso las
imágenes en una página web en noviembre de 1994. La vista general de Jernigan
muestra un hombre con un sobrepeso moderado, con la cabeza rapada y un cuello
corto y grueso. Está muy tatuado y es muy reconocible. Las secciones a través
de su cuerpo, en cambio, son desconcertantes para ojos no adiestrados. Cada una
parece una enorme chuleta en una carnicería. Es difícil distinguir incluso los
órganos principales entre el tejido de color rojo oscuro, en marcado contraste
con los cadáveres preparados que yo había visto en Oxford. El efecto de reducir
la complejidad tridimensional del cuerpo humano a una serie de planos es, de
nuevo, rehacer el cuerpo como una especie de mapa, con rojas islas sin nombre
en un océano de grasa amarilla.
Una hembra humana visible se añadió un año más
tarde. Permanece anónima, y es conocida simplemente como un «ama de casa de
Maryland», que murió de un ataque cardíaco a los cincuenta y nueve años de
edad. Tiene una cabeza bastante cuadrada con una boca grande y la barbilla
redondeada. También ella casi no tiene cuello, la Biblioteca Nacional de
Medicina preveía que el Proyecto Humano Visible beneficiaría principalmente a
los estudiantes de medicina, pero las descargas han sido mucho más amplias,
siendo otras muchas personas las que han encontrado la idea de la visualización
demasiado potente para resistirse, y que producen sus propias imágenes de
exploración a lo largo de los vasos sanguíneos, o atlas de partes relevantes
para sus especialidades concretas. También ha generado el interés popular. Los
medios e incluso los científicos implicados en el Proyecto Humano Visible se
refieren a menudo a sus dos sujetos como «Adán» y «Eva». «Adán» es quien tiene
más cobertura, porque fue el primero, porque su vida inicua nos es conocida y
porque existe la creencia de que pudo haberse ganado una especie de redención
al ofrecer indirectamente su cuerpo para salvar otras vidas. Destruido como
consecuencia de su castigo, fue reconstituido digitalmente, casi reencarnado en
el sentido literal del término, que significa «restaurado en forma corporal».
Tales narraciones están ausentes de la mujer visible. He aquí la historia que
no se cuenta de ella: desde el punto de vista científico es la más valiosa de
la pareja. Fue registrada con posterioridad, y se la cortó en rebanadas más
delgadas (tres veces más en total), lo que produjo una biblioteca de imágenes
más detallada. Sin embargo, y de manera casi bíblica, es «Adán» quien continúa
siendo la referencia primaria. La mayoría de la investigación general se ha
basado en él, mientras que «Eva» ha sido empleada «principalmente para la
anatomía reproductiva».
Según Lisa Cartwright, una experta americana en
cultura visual y estudios de género, el Proyecto Humano Visible «tiene una gran
probabilidad de convertirse en el patrón oro internacional de la anatomía
humana en los años venideros». Es mucho más que únicamente un registro visual.
Sus cuerpos humanos cortados y ensamblados de nuevo pueden ser experimentados y
manipulados. Proporcionan un ambiente virtual en el que es posible sumergirse.
Naturalmente, el sueño ahora se extiende a «animar» los cuerpos.
No obstante, el Proyecto Humano Visible tiene sus
fallos. Al presentar el cuerpo interno tal como es, paradójicamente no siempre
es una ayuda útil para la docencia. La misma densidad de los detalles hace
difícil resaltar lo que interesa. Es un complemento, pero no un sustituto, de
los esquemas claros y con colores codificados de los manuales de medicina. La
manera en la que los datos se organizan en rebanadas horizontales a través del
cuerpo entra en conflicto con lo que los estudiantes de medicina verán posteriormente
en las imágenes clínicas médicas, en las que el plano de la imagen puede
encontrarse en un ángulo distinto, o el cuerpo tener una posición diferente,
etc. De una manera extraña, puede ser que estas imágenes tengan más cosas que
decir a la persona profana. Nos proporcionan una nueva visión de tal como somos
realmente.
En este sentido, el Proyecto Humano Visible puede
ser considerado como la antítesis del Proyecto del Genoma Humano, que es mejor
conocido. Mientras que el genoma humano descifrado proporciona una lista
inescrutable de letras y números que describen los miles de genes y la
secuencia exacta de los miles de millones de aminoácidos que constituyen el ADN
humano, el Proyecto Humano Visible nos muestra dos personas reales. Según la
científica social australiana Catherine Waldby, cada uno de estos proyectos aspira
a ser, y es a su manera, un «archivo exhaustivo de información humana», pero
únicamente el Proyecto Humano Visible es «espectacular». Y si, tal como nos
cuenta Wittgenstein, «el cuerpo humano sigue siendo la mejor imagen del alma
humana», entonces quizá sea la mejor respuesta que tengamos todavía al
antiquísimo instinto de visualizar el yo.
Y ahora, tomemos nuestra propia rebanada de carne
humana.
§ 2. Carne
¿Cuánto es una libra de carne?
Para Shylock, en El mercader de Venecia, no
tiene precio: «La libra de carne que le pido / La he comprado cara, es mía, y
la tendré». [20] El mercader, Antonio, el lector recordará, se halla necesitado de
dinero mientras espera que lleguen sus barcos. No obstante, ha aceptado
respaldar a su amigo Bassanio, que no tiene dinero, en su plan de viajar a
Belmont, donde cortejará a la encantadora (y rica) Porcia, y lo ha enviado para
que consiga los 3.000 ducados necesarios que él, Antonio, avalará. Bassanio
encuentra al prestamista judío y llegan a un acuerdo. De forma insólita,
Shylock no pide intereses, pero en cambio exige como prenda una libra de la
carne de Antonio si no puede devolverle el préstamo. Shylock y Antonio son
enemigos y rivales en los negocios, y no es la razón menor de ello que Antonio
socava la usura de Shylock al prestar dinero sin intereses a sus amigos, tal
como exige la doctrina cristiana. Cuando, tres meses después, vence el
préstamo, Antonio no puede reembolsarlo, pensando que sus barcos han
naufragado, y el desgraciado asunto llega al tribunal. Desesperado, Bassanio
ofrece a Shylock devolverle el capital y además otra cantidad igual, un total
de 6.000 ducados (dinero del que de repente dispone procedente de Porcia, su
prometida). Pero Shylock lo rechaza altivamente hasta seis veces. «Tendré mi
prenda», [21] insiste.
¿Qué hay de esta libra de carne en términos
físicos? ¿Se supone que se puede sobrevivir a su extirpación? Shakespeare hace
que sus personajes consideren el asunto con un cierto detalle. En el drama está
claro que será el propio Shylock el que empuñe el cuchillo: algunos de los
mejores cirujanos y anatomistas de la época eran judíos. Cuando se aceptan los
términos del acuerdo, Shylock estipula que la carne «tendrá que cortarse y
tomarse / De la parte de vuestro cuerpo que me plazca». [22] En el tribunal, sin embargo, el «doctor en leyes» que ha venido a
juzgar el asunto (y que en realidad es Porcia disfrazada) le dice que la carne
«tendrá que cortársela / Lo más cerca posible del corazón del mercader», [23] añadiendo un requerimiento contradictorio para el judío: «Sed
compasivo».
La libra de carne no es invención de Shakespeare.
Pudo haberla conocido a partir de fuentes italianas «anglicizadas» o
indirectamente a partir del Cursor Mundi, [24] del siglo XIV, escrito en dialecto northúmbrico. En esta versión,
el judío, que es llevado al tribunal por una tal reina Elena, jura que tomará
la carne de su víctima de la manera más perjudicial posible, extrayendo los
ojos, cortando las manos, la lengua, la nariz «y así sucesivamente hasta que se
cumpla el pacto». La prenda tiene ecos de castigo legalmente sancionado
mediante amputación.
Siempre es difícil de estimar cuánto pesa cualquier
parte del cuerpo puesto que, para la mayoría de los fines normales, es
inseparable del conjunto. Pero es posible tener una cierta idea de cuánto
podría ser una libra de carne. La carne humana y la de los animales son
aproximadamente de la misma densidad, de manera que una libra de bistec
proporciona una buena impresión visual. Un método más notable consisten en
hundir la mano en un cubo lleno hasta el borde de agua, hasta que el líquido
desplazado pese esa cantidad (el agua también tiene aproximadamente la misma
densidad que el cuerpo humano). En mi caso, descubro que el corte se sitúa a
unos cinco centímetros por encima de la muñeca. Alternativamente, una libra se
llevaría la mayor parte del pie de un hombre. De los órganos que pude manipular
en la Escuela Ruskin, el corazón era el que más se acercaba al peso requerido.
Un corazón disecado pesa aproximadamente las dos terceras partes de una libra.
Goteando sangre fresca, podría pesar una libra.
Pero a Shylock se le dice que no puede tomar el
corazón, sólo la carne que hay a su alrededor. En general, entonces, la carne
se caracteriza por lo que no es. No es los órganos, que realizan determinadas
funciones en el cuerpo. En los animales, se utiliza carne para calificar la
carnadura comestible, aparte de los menudos (la carne que se deja caer del tajo
del carnicero). [25] Tampoco es el hueso duro. La frase bíblica «carne y huesos»
implica que la carne es blanda. «Carne y sangre» (una frase que Shakespeare
emplea muchas veces en sus obras) significa entretanto que la carne es sólida
en contraste con la sangre circulante. Aunque en ocasiones puede ser sinónima
de piel, la carne tampoco es piel. La carne es asimismo distinta del
«espíritu»; de hecho, los dos se oponen en constante batalla moral. Así pues,
la carne es la masa física del cuerpo, principalmente músculo, pero también la
grasa. La carne tiene profundidad. Podemos cortar en su espesor. La imaginamos
en tres dimensiones. En su célebre ensayo «Sobre los caníbales», Montaigne
escribe gráficamente acerca de tribus que pueden asar a un enemigo capturado y
después enviar «pedazos de su carne a amigos ausentes».
Nunca descubrimos qué pedazo de la anatomía de
Antonio ha de tomarse, desde luego. Porcia, que piensa con rapidez, examina la
carta del contrato y observa que especifica una libra de carne, ni más ni
menos. Dispone que Shylock pueda tener su libra de carne, a condición de que no
vierta ni «Una gota de sangre cristiana» [26] y que tome una libra exacta, hasta la vigésima parte de un
escrúpulo (un escrúpulo era poco más de un gramo).
Este pronunciamiento judicial pretende plantear un
acertijo moral y no simplemente un dilema para el disector. La interpretación
del letrado sigue la convención bíblica al distinguir de manera general la
carne de la sangre. En la doctrina judía, la carne es el cuerpo (comparten el
término hebreo básár). Pero entonces, tal como nos dice el
Levítico, «la vida de la carne es la sangre». [27] De modo que hay una importante distinción que hacer entre ambas.
Allí donde en la Biblia «carne y sangre» aparecen emparejadas, por lo general
es en referencia a ofrendas quemadas y sacrificios animales. Puesto que se le
puede quitar su carne corporal pero no su sangre vital, comprendemos al menos
que Antonio no será sacrificado de esta manera brutal.
Los cuerpos y sus partes abundan en Shakespeare.
«Carne» aparece 142 veces, y en El mercader de Venecia la
palabra se emplea el doble de veces que en cualquier otra pieza teatral. Hay
1.047 «corazones» en los dramas y los sonetos, con otras 208 variaciones, como
«de corazón» y «enamorado». [28]El rey Lear es la que tiene el número más elevado, con treinta y nueve,
no Romeo y Julieta como cabría esperar. «No consigo elevar mi
corazón hasta mis labios», [29] responde Cordelia visceralmente a la pregunta de su padre para
saber si ella lo quiere más que sus volubles hermanas. Hay incluso una
indicación sutil en su nombre de que ella es realmente la hija más querida de
su padre: Cordelia, han señalado los especialistas en Shakespeare, es homónimo
con cor-de-Lear (corazón de Lear).
Según él mismo admite, Hamlet tiene «el hígado de
paloma, sin una gota de hiel». [30] El danés también da razón de la única presencia de tobillos en
Shakespeare, cuando aparece ante Ofelia, «sucias las medias, / sin ligas y
cayendo sobre el tobillo a modo de grilletes; / pálido como su camisa, chocando
una con otra sus rodillas». [31] Macbeth habla de su «poder descarado», [32] el primer empleo del adjetivo en lengua inglesa. También «de
hígado de lirio» [33] es frase inventada por Shakespeare, que utiliza dos veces,
en Macbeth y Lear. Se consideraba que un
hígado pálido era señal de debilidad, en relación con el papel que entonces se
le suponía en la generación de sangre y de calor corporal. Hay cabezas y manos,
ojos y oídos a cientos, pero, lo que es más significativo, también 82 cerebros,
44 estómagos y 37 vientres, 29 bazos, 20 pulmones, 12 intestinos, 9 nervios y
un único riñón, que asoma en Las alegres comadres de Windsor, cuando
Falstaff intenta describirse como una figura miserable mientras cuenta las
afrentas que ha sufrido a manos de las «alegres comadres»: «un hombre de mi
riñón», farfulla incrédulo. En realidad, no hay ningún otro personaje de
Shakespeare que sea más espléndidamente corpóreo que Falstaff, quien en la
misma escena nos ha recordado cómo, en el curso de uno de los trucos de las
mujeres, su enorme forma al caer fue «transportada en un cesto, como una
carretilla de menudos de carnicero». [34]
Shakespeare escribía en unos tiempos de crisis en
nuestra comprensión del cuerpo humano. Fue por esta época que al cuerpo se le
dio, por así decirlo, un perfil duro en distinción por contraste del resto del
mundo. Nos convertimos en homo clausus, tal como el sociólogo
Norbert Elias nos apoda: hombre cerrado. No estoy totalmente seguro de creerme
dicha teoría. Es seguro que el cuerpo vivo ha sido siempre un misterio
impenetrable. Cuando me rasco porque tengo alguna comezón bajo la superficie,
sé que su causa permanecerá oculta debido a mi piel. Y así ha sido siempre. Me
exaspera pensar que si pudiera ver a su través, incluso separarla brevemente,
entonces podría tratar el problema con más efectividad. Los médicos deben
sentir esta frustración de manera más aguda todavía. Pero a lo que parece éste
es un pensamiento moderno. Según los teóricos, simplemente no cabía en el
ámbito imaginativo de los medievales aquejados de picazón pensar de esta
manera. Habrían buscado las respuestas a las ocultas dolencias del cuerpo
exteriormente, quizá dirigiéndose a la astrología y a la magia.
El auge de la anatomía forma parte de este cambio,
porque el impulso de abrir el cuerpo demanda, para empezar, que esté cerrado.
El anatomista, como el escéptico, tiene que ver con sus ojos para poder creer y
comprender. De Humani Corporis Fabrica, de Vesalio, abrió de
par en par las puertas a este mundo interior. La gente empezó a hablar de
manera más atrevida y sin vergüenza en términos corporales. Incluso la reina
Isabel aseguró a sus tropas, que se preparaban para repeler a la Armada Invencible:
«Sé que sólo tengo el cuerpo de una mujer débil y enfermiza, pero tengo el
corazón y el estómago de un rey, y de un rey de Inglaterra, por añadidura». Las
abundantes referencias de Shakespeare no sólo a partes externas del cuerpo,
sino a las entrañas que vemos raramente, son la respuesta del escritor a las
nuevas posibilidades literarias. Las partes del cuerpo proporcionan una
profusión de imágenes y metáforas frescas. El historiador de la medicina
italiano Arturo Castiglioni afirma incluso que Shakespeare obtuvo la idea de su
más famosa escena visual, en la que Hamlet en el camposanto coge el cráneo del
antiguo bufón del rey y lo sostiene en su mano mientras recita los versos «¡Ay,
pobre Yorick!», [35] de una de las ilustraciones del tratado de Vesalio, que muestra
«un esqueleto en meditación», con su mano derecha posada sobre una calavera
situada sobre la lápida de una tumba frente a él.
Shakespeare va más allá que sus contemporáneos en
este nuevo mundo del lenguaje. Es conocedor de la medicina, e incluye en varios
lugares de sus obras teatrales referencias a la mayoría de las enfermedades y
remedios de la época. Más que eso, su utilización de imágenes corporales anima
nuestra implicación en el drama y produce en nosotros una fuerte identificación
con sus personajes. Esto lo distingue de sus contemporáneos, como Christopher
Marlowe, Ben Jonson e incluso el sanguinario John Webster. Y, desde luego, el
nuevo lenguaje y las jugosas metáforas basadas en partes del cuerpo sólo podían
funcionar desde el punto de vista dramático si las audiencias de Shakespeare ya
compartieran su sentido del cuerpo humano.
Es Hamlet quien más brega con el significado de la
personificación humana, utilizando escenas sucesivas para indagar más
profundamente todavía en la cuestión. ¿Se halla el yo personificado constreñido
por los límites físicos del cuerpo? A propósito de lo que él llama
«transformación» de Hamlet, su tío Claudio observa que «ni en lo externo ni en
lo interno / se parece al que antes era». [36] Hamlet dice de sí mismo: «Podría estar yo encerrado en una cáscara
de nuez, y me tendría por rey del espacio infinito, si no fuera por los malos
sueños que tengo. [37] Y así es que se esfuerza por reconciliar los confines de su cuerpo
con la escala de sus ideas cada vez más alocadas. Hamlet sueña: «¡Oh!... ¡Que
esta sólida, excesivamente sólida carne, no pudiera derretirse». [38] Y en su más famoso soliloquio, sopesa la posibilidad de acabar
para siempre con «el pesar del corazón y a los mil naturales conflictos / que
constituyen la herencia de la carne». [39]
En Macbeth, son las imágenes de
sangre las que predominan. La sangre se derrama y se agita por toda la obra
como un río que rompe sobre sus orillas. No contenida ya adecuadamente dentro
del cuerpo, mancha dagas, manos y caras. Incluso se derrama fuera del propio
drama y dentro del mundo real del teatro para «amenazar su sangriento
escenario», [40] tal como anuncia uno de los personajes. Las brujas remueven en su
caldero sangre de papión y sangre de cerda. Ya en el acto tercero, Macbeth está
tan hundido en ella que descubre que ha de «vadear» en sangre. Escocia, como
Dinamarca, es un cuerpo: «¡Ay, pobre patria, sangra, sangra!», [41] dice Macduff. «Llora, y sangra», [42] concuerda Malcolm unos pocos versos más adelante.
Una serie de imágenes igualmente líquidas acompañan
a Falstaff (esta carretilla cargada de «menudos de carnicero») a lo largo de la
acción de tres obras teatrales. En Enrique TV, Parte I, el
joven y capaz príncipe Enrique se mofa continuamente de Falstaff a propósito de
sus entrañas que se mueven de forma alarmante: «os llevasteis vuestras tripas»,
«este saco atestado de tripas», «¡cómo te caen las tripas hasta las
rodillas!». [43] De nuevo, los dos personajes representan facetas del cuerpo
político, ahora blandos y fláccidos, pero con el potencial de convertirse en
cenceños y eficientes. En la actualidad escuchamos el mismo lenguaje, por
ejemplo por parte de conservadores fiscales que se refieren de manera rutinaria
a los presupuestos del Estado como «hinchados». En realidad, parece dudoso que
una persona claramente gorda pueda ser elegida hoy como líder nacional, incluso
en países en los que la obesidad es epidémica entre el electorado.
Antes de cerrar la tapa sobre el cuerpo de
Shakespeare, hemos de efectuar una pausa para considerar «este torbellino
mortal», la imagen vital más famosa de todas en el discurso más famoso de
todos, el soliloquio de Hamlet «Ser, o no ser». [44] ¿De qué se trata? La frase extraña y poderosa de Shakespeare
sugiere naturalmente muchas cosas. El término coil significaba
tumulto o dificultad en el siglo XVI. Un coil era un término
coloquial para un ruido y alboroto, derivado de su significado original como
verbo para amontonar, reunir o recolectar, a partir del francés [45]coillir. Pero
por la misma época en que Shakespeare escribía Hamlet, coil también
empezaba a significar una disposición más uniforme de lazadas sucesivas. [46] El término parece perfectamente adecuado para describir la
arquitectura caótica de los intestinos humanos (a Hamlet le preocupan las
tripas, como hemos visto) y, de manera más general, para comunicar un sentido
de la vida como un viaje enmarañado que tiene un comienzo y un final, pero que
también posee un aspecto cíclico, repetitivo. De manera anacrónica, no puede
dejar de sugerir, asimismo, las espirales helicoidales dobles del ADN, la
molécula de la vida.
La característica distintiva de Falstaff es, desde
luego, su gordura. Es el «caballero rollizo», un «bellaco gordo» y, de manera
más satisfactoriamente insultante, un «hideputa redondo». Ser gordo, como se
burla el príncipe Enrique, es estar sentado por ahí, siendo haragán e inútil.
Le toca a Falstaff señalar agriamente que la grasa tiene sus usos. ¿Acaso no
son las vacas gordas preferibles a «las delgadas parientas del faraón»?,
pregunta. ¿Y qué hay de la grasa humana? Hacia el final de Las alegres
comadres, Falstaff se queja de todos los engaños a los que lo han
sometido adversarios que podrían «fundir y extraer de mí toda mi grasa, de gota
en gota, y engrasar conmigo las botas de pescadores». [47] En tiempos de Shakespeare, la grasa humana se obtenía del cuerpo
de criminales ejecutados y disecados. Llamado «aceite de hombre», se usó al
menos hasta finales del siglo XVIIIcomo un ungüento para los miembros emaciados
(y, sin duda, también ocasionalmente para impermeabilizar botas).
La naturaleza problemática de la grasa me viene a
la memoria cuando veo un insólito modelo de cera de un cuerpo disecado en el
Museo Boerhaave. A principios del siglo XIX, Petrus Koning, un anatomista
morboso de la Universidad de Utrecht, dio el paso inusitado de preparar modelos
de cera realistas en lugar de las versiones idealizadas que típicamente se
producían en Italia. Se preparaban los modelos de cera como sustitutos
duraderos de los cadáveres para la instrucción de los estudiantes de medicina.
El realismo era el objetivo ostensible de sus dotados creadores, pero era
evidente que se producía un cierto adecentamiento, y a veces se introducía en
las obras una dimensión alegórica. Siguen siendo más bellas y conmovedoras que
los juegos de plástico de colores vivos que los han sucedido. La desviación de
Koning consistía en extender el realismo de sus modelos hasta incluir las capas
amarillas de grasa que otros artistas preferían omitir, y que en la actualidad
siguen sin ser incorporadas a los modelos de plástico.
Nuestra actitud hacia nuestra propia grasa es muy
ambivalente. En el Génesis, el faraón promete que sus seguidores comerán «la
grasa de la tierra», [48] y es claro que la grasa es lo mejor de lo que la tierra puede
ofrecer. En épocas en las que pocas personas podían aspirar a estar gordas, la
gordura era un ideal en sí misma, una señal de prosperidad y salud. Al no
carecer de nada, gobernantes desde Hapshepsut a Guillermo el Conquistador y a
Enrique VIII de Inglaterra alcanzaron una magnífica circunferencia. La obesidad
extrema tampoco fue algo insólito. El médico griego Galeno atendió a un tal
Nicómaco de Esmirna, que a lo que parece era incapaz de moverse de la cama
debido a su peso. Lo que la filósofa Susan Bordo denomina la «tiranía de la
delgadez» sólo empezó a imponerse a finales de la época victoriana, entre
aquellos pocos adinerados que reaccionaron de manera ascética a la mayor
abundancia de comida. Nuevas ideas científicas acerca de la dieta y el
ejercicio les ayudaron a tomar esta dirección, al igual que lo hizo sin duda la
invención de la báscula de baño por esta época. Es revelador que las últimas
versiones de dichas balanzas emitan pequeñas corrientes eléctricas a través del
cuerpo de quien las usa con el fin de hacer el seguimiento de los cambios en el
peso de su grasa de manera independiente del peso total del cuerpo.
Una respuesta a la nueva moda de la delgadez fue
encontrar nuevas etiquetas para que se ajustaran a los que no eran delgados. El
espléndido adjetivo «rubensiano» data de 1913. Derivado de los voluptuosos
desnudos pintados por Peter Paul Rubens tres siglos antes, es un recordatorio
de que «carnoso» no siempre fue malo. Una figura rubensiana es una paradoja en
el mundo en el que la talla cero es la reina. No significa gorda, ni tampoco
grande, pero algo rolliza y de curvas definitivamente marcadas... y deseable,
no repulsiva. Sugiere carne blanda, no el duro cuerpo del Homo clausus: más
Marilyn Monroe que la Madonna de los últimos tiempos.
Científicos interesados en la atracción han
examinado recientemente las obras del artista flamenco con el fin de comprobar
la suposición, ampliamente aceptada por los psicólogos evolutivos, de que los
hombres están condicionados biológicamente a preferir mujeres con una
proporción baja entre la cintura y la cadera, alrededor de 0,70, equivalente a
una cintura de 63 centímetros y una cadera de 90 centímetros, a pesar de la
evidencia de que en algunas sociedades no occidentalizadas la atracción viene
condicionada ante todo por un peso corporal elevado. Midieron la proporción de
la cintura a la cadera de veintinueve desnudos de Rubens, que se acepta que
representaban un patrón artístico de belleza, y encontraron que ésta era
sustancialmente superior, de 0,78, lo que proporciona evidencia adicional para
sugerir que la figura en reloj de arena que representa la proporción de 0,70 no
es un ideal para todas las sociedades ni en todas las épocas.
Así pues, ¿cuánta grasa es demasiada? Se sabe que
la grasa cumple una serie de funciones vitales, de las que la más evidente es
el almacenamiento de energía. En el cuerpo hay alrededor de treinta mil
millones de células de grasa. [49] Esta cifra no cambia si uno gana peso... al menos al principio. Lo
que ocurre es que cada célula almacena más lípidos ricos en energía, y aumenta
en peso hasta cuatro veces. Sin embargo, si el aumento de peso va más allá de
un determinado punto, esas células empiezan a dividirse y se forman nuevas
células de grasa. Después de esto, es difícil perder peso. Pero la grasa
realiza otras varias funciones útiles, como proporcionar ácidos grasos que
controlan la actividad celular y las hormonas que regulan diversas funciones
corporales.
Es evidente, pues, que la grasa no es únicamente
relleno o almohadillado, aunque está mucho menos estudiada que la carne, el
hueso y los órganos del cuerpo. Pero así es como nos suele parecer. Puede estar
presente en abundancia, o ausente en gran parte. Cuando aparece, es amorfa e
indócil. Parece continua, homogénea, sin estructura y prácticamente infinita.
No cumple ningún propósito visible, pero a pesar de ello sigue aumentando,
creando su propio espacio en la envoltura en expansión del cuerpo. Escarnece las
normas de la forma humana ideal. Y, abultando casi en cualquier lugar, se burla
del gracioso Homo clausus.
Plinio el Viejo fue uno de los primeros en meterse
con la grasa, en su Historia Natural, en la que nos dice que
la grasa no tiene sentido. La carne puede sentir y tocar, pero una capa de
grasa es un obstáculo esponjoso a la sensación, y por lo tanto un estorbo para
nuestra conexión con el mundo. También en el discurso contemporáneo no se
considera que la grasa sea el complemento necesario de la carne, sino en
algunos aspectos su inverso. Algunas personas incluso equiparan la eliminación
de grasa con la adición de tejido muscular o con el desarrollo de un físico más
cenceño. Un cirujano cosmético que entrevisté me explicaba que una operación
que cada vez es más popular en los hombres es la extracción de grasa subcutánea
del estómago en surcos estrechos, para dejar la ilusión de un «paquete de
seis», [50] es decir, un bien desarrollado rectus abdominis, el
músculo grande y plano que se extiende sobre el estómago y en el que aparecen,
bien definidas, tres líneas transversales de tendones.
Las preguntas no desaparecen cuando la grasa ya no
forma parte de nosotros. ¿Se trata de un desecho o de un recurso útil? En los
quirófanos se clasifica como residuo clínico. Pero, a buen
seguro, no puede ser un residuo corporal si no abandona el
cuerpo a través de los orificios reservados para este fin. Si ha de ser cortada
o succionada y extraída por la fuerza, es seguro que tiene que ser preciosa
para nosotros, más parecida a nuestra carne. Pero, una vez extraída, nadie la
quiere, y la voluminosa sustancia inspira algo de la misma revulsión que los
residuos corporales normales.
Reglas sociales y tabúes complejos rigen nuestras
opiniones sobre la sangre y el excremento. Pero no se han establecido reglas de
este tipo en lo que respecta a la grasa. Toda esta incertidumbre excita a los
artistas. El alemán Joseph Beuys era famoso por el uso que hacía de grasa en
sus obras. Aunque realmente utilizaba grasa animal, parece claro que hemos de
leer la grasa como si fuera nuestra. Al explicar su empleo de este material,
Beuys hizo la exótica afirmación de que, cuando fue abatido sobre la península
de Crimea en 1944 mientras servía en la Luftwaffe, recuperó la salud al ser
cuidado por lugareños tártaros que lo envolvieron en capas de grasa y fieltro.
La popularidad creciente de la liposucción nos
obliga a confrontar de nuevo el significado cultural de la grasa. ¿Qué
significa extraerla? ¿Y qué representa su existencia separada fuera del cuerpo?
En la Antigua Grecia, se usaba grasa humana para las ofrendas sacrificatorias y
de sepultura, pues se pensaba que su liquidez contenía la esencia de la vida y
contrarrestaba la sequedad de los huesos. En la actualidad, los rituales toman
formas nuevas y extrañas y sugieren nuevos significados. En 2005, Stelarc, el
artista australiano de instalaciones, y su compañera Nina Sellars se sometieron
a sendas liposucciones, y después mezclaron la grasa extraída de su cuerpo en
una gran cámara transparente para crear una obra de arte que denominaron Blender. [51] Cada pocos minutos, la mezcla es agitada con una mezcladora
eléctrica con el fin de mantener su estado líquido homogenizado. Una parte
importante del logro de los artistas, dicen, para empezar, fue obtener la
propiedad legal de sus propios residuos corporales con el fin de elaborar la
obra. Stefan Gates, un escritor gastronómico y que se autocalifica de
«gastronauta» fue decididamente más allá cuando convirtió grasa extraída
mediante liposucción de su cuerpo en glicerol, para emplearlo en alcorzar un
pastel, que después se comió. ¿Qué nos dicen estas hazañas, la primera una
extraña simulación de unión sexual, la segunda un sorprendente ejercicio de
autocanibalismo? Quizá sólo que nuestra relación con la grasa está dispuesta a
seguir por su inquietante camino.
Sin embargo, los relatos en diarios
sensacionalistas de asesinos que extraen la grasa de sus víctimas y la venden
por grandes sumas a fabricantes de cosméticos, o de cirujanos plásticos que
hacen funcionar sus automóviles con combustible diesel derivado de la grasa de
sus pacientes, han de tratarse con cautela. Para la mayor parte de las
finalidades prácticas, la grasa procedente de un origen es tan buena como la
procedente de otro, y es uno de los productos animales más baratos. No tendría
sentido tomarse la molestia de utilizar grasa humana para realizar una tarea
que podría hacerse igualmente bien empleando grasa animal o vegetal. Si el
«aceite de hombre» ha de tener valor en el futuro, es más probable que sea por
la materia celular que contiene que por sus lípidos ricos en energía. En 2002,
por ejemplo, un equipo dirigido por Patricia Zuk, de la Universidad de
California en Los Ángeles, demostró que la grasa humana puede ser una fuente
adecuada de células madre [52] que son capaces de diferenciarse más fácilmente en tejido
muscular, cartilaginoso u óseo que las células madre adultas obtenidas de otras
partes del cuerpo. Puede que al final hayamos encontrado una razón para amar
nuestros michelines.
§. 3. Huesos
Los esqueletos que penden de forma tan prominente
en las salas de anatomía antiguas y modernas, en los rincones médicos de las
librerías universitarias y, si a eso vamos, del patíbulo, imploran ser
admirados como pura estructura. Cuando planteamos los huesos mondos de un
razonamiento queremos decir que explicaremos sus aspectos esenciales. Nuestros
huesos mondos representan algo esencial de nosotros. Son, también, una
maravilla estética y de ingeniería.
La gente se precipitó a ver huesos vivos cuando
surgió por primera vez la oportunidad, con la aparición de los rayos X en 1896.
La Neue Freie Presse de Viena anunció el descubrimiento de
Wilhelm Röntgen el 5 de enero en un artículo ilustrado con una radiografía de
la mano izquierda de frau Röntgen. Sólo eran visibles sus
huesos y su anillo de boda; la carne se había vuelto transparente. A los pocos
días, los entusiastas fabricaban dispositivos de rayos X para su propia
diversión así como para la diagnosis médica, la aplicación que Röntgen había
identificado desde el principio. Tan importante fue la aceptación por parte de
los aficionados que los médicos les pedían a sus pacientes que les llevaran las
radiografías que habían efectuado ellos mismos en casa... una práctica que
produjo unas feas quemaduras de radiación debido a los prolongados tiempos de
exposición que se necesitaban.
La tecnología hace una notable aparición en La
montaña mágica, la novela de 1924 de Thomas Mann. El ingenuo
protagonista Hans Castorp visita un sanatorio antituberculoso alpino. Acompaña
a su primo cuando a éste le hacen una radiografía y después ofrece su propia
mano, aun cuando no está enfermo. Ve lo que se esperaba ver, «pero que ningún
hombre ha intentado nunca ver y que él tampoco había supuesto nunca que podría
ver: vio su propia tumba».
Figura 5
Más notable es la carga macabra y erótica que
acompaña a estas nuevas visiones del cuerpo, en que se puede ver no a través de
la ropa hasta la piel, sino más allá de ésta, a través de la piel hasta los
huesos. En un momento dado, a Castorp se le enseña la radiografía del brazo de
una mujer y se le recuerda: «Esto es lo que te ponen alrededor cuando hacen el
amor contigo, sabes». Mientras espera su propia sesión de rayos X, fantasea
sobre una paciente, de la que ve que «el hueso de la nuca que salía de forma
prominente, y casi toda su columna vertebral se marcaba bajo el suéter
ajustado».
Inmediatamente, la gente quería que los rayos X
hicieran más que sólo mostrarles sus huesos. El 5 de febrero de 1896, sólo un
mes después de haberse anunciado su descubrimiento, el magnate de la prensa
William Randolph Hearst cablegrafió al inventor Thomas Edison para preguntarle
si querría radiografiar el cerebro humano.
Edison agarró primero la oportunidad y después la
cabeza de su ayudante, que situó durante una hora en la trayectoria de los
rayos X. Pero todo lo que pudo ver fue la «oscuridad curvilínea» del cráneo del
hombre. Habrían de pasar muchas décadas antes de que otras técnicas revelaran
algo de esta parte del cuerpo, la más misteriosa. Mientras tanto, los rayos X
siguen siendo el principal recurso médico para mostrar los huesos en contraste
con la carne y otros tejidos blandos, y sus fantasmagóricos perfiles en negativo
conservan su atractivo para la imaginación pública.
Puede haber pecados de la carne, pero el esqueleto
que soporta nuestro peso es el esclavo inocente del cuerpo, un mecanismo
sencillo, admirable en su devoción al deber. Es la única parte del cuerpo que
perdura para siempre, lo que le confiere importancia más allá del resto
perecedero. Aunque parece inanimado porque es rígido y duro, el esqueleto
representa así la continuación de la vida (lo que resulta un simbolismo
biológicamente muy adecuado, puesto que el hueso contiene la médula, que genera
las células sanguíneas).
El principal de los huesos del esqueleto en
términos simbólicos es, desde luego, el cráneo. Sus cuencas sin ojos miran
fijamente, sus dientes ríen irónicamente, su boca sin labios acusa. El cráneo
es la advertencia fundamental contra la vanidad humana, el símbolo de la vanitas del
arte clásico, porque es hueso pero asimismo porque todavía es reconocible como
una cara. Una calavera de este tipo reposa ominosamente en la tapa de la tumba
en el menos conocido de los dos cuadros de Nicolás Poussin titulados Et
in Arcadia Ego, [53] según la inscripción que aparece en la tumba. Puesto que a menudo
la cabeza equivale a toda la persona en vida, también la calavera equivale a
toda la persona cuando está muerta. Antaño se usaba el símbolo dibujado a mano
de una calavera en los libros de bitácora de los barcos para registrar la
muerte de un miembro de la tripulación. Esta costumbre explica probablemente el
origen en el siglo XVI de la bandera Jolly Roger que
enarbolaban los barcos pirata, en la que aparece una calavera y huesos
cruzados, blancos sobre fondo negro. Jolly Roger puede ser una
corrupción del francés jolie rouge, [54] porque anteriormente las banderas eran rojas, una indicación
todavía más sanguinaria de las intenciones de los piratas.
Pero el cráneo se une a su cuerpo en otros
momentos. Esqueletos enteros ejecutan la danse macabre o Totentanz, la
danza de la muerte, un tema alegórico de los artistas que alcanzó prominencia
en el siglo XV después de las desastrosas consecuencias de la peste negra.
Cuando Camille Saint-Saéns escribió su Danse Macabre para
orquesta en 1874, utilizó adecuadamente el xilófono para reproducir el
matraqueo fantasmal de los huesos en sus cabriolas.
Los textos médicos antiguos suelen presentar el
esqueleto como una de las maravillas de la naturaleza. La ingeniería de
precisión de nuestros huesos, que nos permite andar y correr y levantar y
acarrear se ha presentado a menudo como prueba de la existencia de Dios.
«Desafío a cualquier hombre a producir, en las articulaciones y pivotes de la
máquina más complicada o de la más flexible que jamás se haya ideado, una
construcción más artificial, [55] o más evidentemente artificial, que la que se ve en las vértebras
del cuello humano», escribió William Paley en el que quizá es el más famoso de
estos himnos de alabanza, su Natural Theology, or Evidences of the
Existence and Attributes of the Deity Collected from the Appearances of
Nature, [56] de 1802. Paley admira las vértebras del cuello en particular
porque están articuladas de manera que la cabeza puede a la vez inclinarse
hacia delante y hacia atrás y girar hacia la izquierda y hacia
la derecha. Esto es teleología pura, desde luego: dado que los huesos realizan
su tarea de manera tan milagrosa, bueno, pues tienen que haber sido formados de
manera milagrosa. Fue Paley el que hizo la famosa analogía de la creación
natural con un reloj de bolsillo, un mecanismo tan complejo que no era posible que
hubiera sido hecho sin la intervención de un creador. Los intrincados detalles
de la anatomía humana eran una parte importante de su inspiración.
En cualquier caso, cuando contemplamos un esqueleto
no vemos únicamente una imagen de mortalidad, sino lo que es claramente algún
tipo de sistema mecánico. Algunos huesos son columnas de sostén. Otros son como
vigas. Les corresponde trabajar en una variedad de maneras. Imagine el lector
un esqueleto que sostiene una cesta de la compra. El peso de esta carga se
transmite a través de los huesos de la mano y del brazo hasta el punto de
articulación del hombro. Desde allí, el peso se transmite a través de la clavícula,
el omóplato y otros huesos a la columna vertebral, donde corre a lo largo de
sus vértebras hasta la pelvis, y de allí hacia abajo a través de los huesos de
cada pierna hasta que alcanza el suelo. Si se levanta la bolsa, los huesos del
brazo entran en tensión mientras que la columna y los huesos de las piernas se
comprimen. La clavícula actúa como una viga, con fuerzas de tensión que
distienden la parte superior del hueso y fuerzas de compresión que lo comprimen
por abajo cuando se dobla bajo el peso.
A buen seguro podemos aceptar, sin tener que
invocar a un creador divino, la opinión de Paley de que los huesos realizan
notables proezas. Una mujer joven y delgada que pese, pongamos por caso,
cincuenta kilogramos, puede poseer un esqueleto cuyo peso seco sea de no más de
tres o cuatro kilogramos. Esto es, y creo que el lector estará de acuerdo, casi
increíblemente liviano. Es más liviano que algunos de los esqueletos de
plástico que son réplica y que se venden a los estudiantes de medicina. ¿Por
qué es esto tan sorprendente? En vida, solemos pensar que los huesos son
pesados y que la carne es liviana. Esto es debido a que ésta se mueve, mientras
que aquéllos han de ser movidos. Pensamos que el músculo es activo y el hueso,
en cambio, es pasivo, y por lo tanto inerte y resistente a nuestra voluntad.
Pero descubro que esta percepción cambia frente a un cadáver disecado. Si uno
ha sostenido alguna vez un hueso en la mano descubrirá que, tan pronto como
levante toda una pierna, es la carne lo que pesa, y que los huesos son
livianos.
Los huesos secos están compuestos principalmente
por hidroxiapatito, una forma hidratada de fosfato cálcico. La densidad de esta
sustancia mineral es suficiente para bloquear los rayos X. Éstos pueden así
revelar dónde están los huesos en el interior del cuerpo y los defectos
materiales que haya en ellos, pero lamentablemente nada acerca de cómo
funcionan. Pero nos dicen que hay aproximadamente 206 huesos en el cuerpo
humano.
¿Por qué aproximadamente 206? No
es que 206 sea un número tan elevado que no pueda hacerse un recuento exacto.
El número es una aproximación porque determinados huesos se fusionan a medida
que crecemos. El hueso denominado sacro se forma cuando las cinco vértebras
inferiores que soportan peso se fusionan allí donde entran en contacto con la
pelvis. Bajo ellas, otras tres, cuatro o cinco vértebras se fusionan también
para formar el cóccix, mucho más pequeño, que se fija a la parte inferior del
sacro. El cóccix es nuestra cola vestigial. En los animales con cola, hay
muchas más vértebras articuladas que proporcionan su estructura flexible. Puede
suponerse que el cóccix es redundante en los humanos, pero ha evolucionado en
paralelo con nuestro estilo de vida sedentario para servir como la tercera pata
del trípode óseo sobre el que nos sentamos (las otras dos son las denominadas
con el engañoso nombre de tuberosidades isquiales de la pelvis): transportamos
con nosotros nuestro propio taburete de tres patas. Por lo general, hay más de
206 huesos en el cuerpo; ocasionalmente, se fusionan algunos más de los que
debieran hacerlo realmente, y terminamos con un número algo menor.
Los huesos se fusionan debido a la gravedad. En el
ambiente subacuático, realmente ingrávido, los huesos de ballenas y peces
pueden no fusionarse nunca, de manera que siguen creciendo. En algunos casos,
el crecimiento está tan poco dificultado que el tamaño es una buena indicación
de la edad de un animal. Los humanos, en cambio, dejamos de crecer a un tamaño
relativamente constante. El biólogo y filósofo J. B. S. Haldane lo planteaba
así en un famoso ensayo:
Tomemos el más obvio de los casos posibles, y
consideremos un gigante de dieciocho metros de altura (aproximadamente la
altura del Papa Gigante y del Pagano Gigante en el Progreso del peregrino [57] ilustrado de mi infancia). Estos monstruos no sólo eran diez
veces más altos que Cristiano, sino diez veces más anchos y diez veces más
gruesos, de manera que su peso total era mil veces el de Cristiano, es decir,
unas ochenta o noventa toneladas. Lamentablemente, la sección transversal de
sus huesos era sólo cien veces mayor que la de Cristiano, de manera que cada
centímetro cuadrado de hueso de gigante tenía que sostener diez veces el peso
que soportaba un centímetro cuadrado de hueso humano. Puesto que el fémur, el
hueso del muslo, se rompe bajo unas diez veces el peso humano, Papa y Pagano se
hubieran roto los fémures cada vez que dieran un paso. Ésta era sin duda la
razón por la que estaban sentados en la imagen que recuerdo. Pero ello reduce
nuestro respeto por Cristiano y por Jack el matador de gigantes. [58]
Incidentalmente, este razonamiento, aunque es
persuasivo acerca de la idealidad del tamaño humano, no hace
más que refutar la existencia de una proporción humana ideal,
porque si hubiéramos evolucionado para tener dieciocho metros de altura,
entonces nuestras proporciones habrían sido muy distintas de las que dieron
Policleto y Vitruvio.
Con más de 200 huesos que sólo pesan unos pocos
kilogramos en total, el peso medio de un hueso humano resulta ser de menos de
una onza. Desde luego, dichos huesos recorren una amplia gama tanto de tamaño
como de forma. El «hueso más largo, ancho y fuerte del esqueleto», tal como
indica la Anatomía de Gray, es el fémur. Con su caña larga y
recta y sus extremos engrosados y con la junta articulada, constituye un
garrote práctico, como descubren los simios en las primeras escenas de 2001:
Una odisea del espacio. En el otro extremo de la escala están los
famosos y minúsculos huesos del oído: malleus, incus y, el más
pequeño de todos, stapes (martillo, yunque y estribo). El
estribo, que puede pesar sólo tres miligramos, tiene efectivamente la forma
casi exacta de un estribo ecuestre.
Muchos de los nombres de los huesos son visualmente
descriptivos como éstos, aunque a veces se refieren a objetos que ahora son
menos familiares. Se dice que el esternón tiene la forma de una daga romana, y
sus partes fusionadas (manubrium y gladiolus) reciben el nombre de su
empuñadura o mango y su hoja. El cráneo, por su parte, se asimila a una casa:
los huesos laterales se denominan parietales, derivados del latín que significa
pared. Bajo éstos se hallan los huesos temporales, lo que puede estar relacionado
o bien con la idea de un templo, como localización en la cabeza apropiada para
el pensamiento superior, o bien con el paso del tiempo, pues es ahí donde el
pelo empieza a volverse gris. La clavícula, que Gray describe como una
letra f cursiva, deriva su nombre del término latino que
significa «llave pequeña» (las llaves eran mayores en aquellos tiempos). En la
muñeca está el hueso pisiforme, que tiene el tamaño y la forma de un
guisante. [59] Otros huesos de las manos y los pies son deudores de la geometría:
los huesos trapecio, trapezoide y cuboide. Todo es muy directo si uno es
versado en latín y griego. [60] La cuestión es por qué no hay más huesos que tengan nombres
anglosajones ordinarios, como tienen los principales órganos y partes externas.
Sólo la columna vertebral, las costillas y el hueso más evidente de todos, el
cráneo, tienen nombres cuya raíz es vernácula. Otros huesos, en especial en los
miembros y articulaciones, reciben simplemente el nombre derivado de sus
contrapartes de carne.
Todos estos nombres y descripciones se basan en el
esqueleto masculino. Reevaluaciones feministas de textos médicos históricos han
sugerido que «no existía ninguna descripción del esqueleto femenino antes del
siglo XVIII », y con anterioridad sólo hay una tosca
descripción, que data de 1605. Esta situación lamentable se ha rectificado algo
últimamente, pero a costa de considerar ahora el esqueleto femenino en gran
parte en términos de sus diferencias con el masculino, en especial en relación
a su supuesta función o finalidad de la maternidad.
Hay, de hecho, muchas diferencias entre los
esqueletos de los dos sexos, aunque son casi en su totalidad diferencias de
grado y no de tipo. Las mujeres tienden a tener huesos más gráciles, una caja
torácica más estrecha y un cráneo más redondeado, así como una pelvis
relativamente mayor y más ancha. (O, a la vista de la omisión señalada más
arriba, podríamos decir que el macho puede ser identificado por sus
extremidades más pesadas, su pecho más ancho y su cráneo más angular.) Sin
embargo, los esqueletos masculino y femenino no pueden distinguirse ciertamente
por su número diferente de costillas. El mito de que las mujeres poseen trece
pares de costillas mientras que los hombres tienen doce procede del relato
bíblico según el cual Eva fue creada a partir de una de las costillas de Adán.
Los eruditos de la Biblia han puesto en cuestión el significado de dicho
relato. En hebreo, la palabra que se traduce como costilla (tsela) puede
también significar costado, de manera que la cirugía divina pudo ser algo mayor
cuando formó a Eva a partir de Adán. Este insólito acto de creación conecta la
teología cristiana con otros mitos, como el de Dioniso que nace del muslo de
Zeus. Aunque las mujeres no poseen esta costilla suplementaria (lo que hace
que Spare Rib [61] sea un título adecuadamente cómico para esta famosa revista
feminista), uno de cada 200 de nosotros posee realmente una costilla adicional,
un recordatorio evolutivo de que descendemos de animales con muchos conjuntos
de costillas (como la serpiente del Jardín del Edén, que habría tenido cientos
de ellos).
Otra diferencia aparentemente obvia entre los sexos
no se refleja en el esqueleto. A juzgar por su nombre, cabría pensar que la
nuez de Adán es un aditamento exclusivamente masculino. Pero, tal como explica
el Génesis, Eva probó por primera vez el fruto [62] antes de tentar a Adán para que comiera del árbol de la ciencia
del bien y del mal. El hecho anatómico es que tanto hombres como mujeres poseen
un rasgo conocido como prominencia laríngea (un saliente de cartílago, no de
hueso) que se forma alrededor de la laringe. La laringe es una cavidad en la
que se hace vibrar el aire al usar las cuerdas vocales. Tiene una frecuencia
resonante natural regida por el volumen de la cavidad y el tamaño y la forma de
su abertura. Los físicos denominan resonadores de Helmholtz a dichos volúmenes,
por el fisiólogo y médico alemán del siglo XVII que construyó estos
dispositivos para que le ayudaran a analizar la música. Una botella vacía es un
buen ejemplo de un tal resonador. Si soplamos a través de su abertura, produce
un tono a su frecuencia de resonancia. Si llenamos la botella hasta la mitad,
la altura del tono aumenta. En la adolescencia, el cartílago situado alrededor
de la laringe empieza a abultarse hacia afuera, lo que aumenta el volumen de la
laringe, de manera que puede producir sonidos más graves. Este abultamiento es
mayor en los chicos que en las chicas, y produce un ángulo típico de 90 grados
en comparación con 120 grados, y esta diferencia es la que explica la mayor
prominencia, así como la voz más grave.
El hueso está más avanzado a su manera que muchos
materiales artificiales. Los huesos (entre ellos huesos humanos, como
fragmentos de cráneo utilizados como raspadores) figuran entre los primerísimos
utensilios de la humanidad, y en la actualidad el hueso continúa inspirando a
los científicos de materiales que buscan maneras de combinar una gran
resistencia con un rendimiento de peso ligero. Como cabría esperar de una
sustancia que pasa la mayor parte del tiempo sosteniendo nuestro peso, el hueso
es algo más fuerte en compresión que en tensión. Un hueso puede resistir
típicamente una carga de una tonelada y media por centímetro cuadrado antes de
romperse. Los huesos del brazo de un niño suelen ser lo bastante fuertes para
sostener el peso de un automóvil familiar, por ejemplo. Su resistencia a la
tracción es casi igual de grande, comparable a la de metales tales como el
cobre y el hierro fundido. Sólo en la torsión es el hueso relativamente débil,
lo que explica por qué la mayoría de las fracturas son la consecuencia de
fuerzas de giro importante.
La mayoría de los huesos, en especial los huesos
largos de las extremidades, tienden a ser relativamente rectos. Ello no tiene
tanto la finalidad de que puedan extenderse tanto como sea posible para una
mínima inversión de material, sino porque un hueso recto tiene una resistencia
mucho mayor que uno curvado. Las columnas estructurales que sostienen edificios
son rectas por la misma razón. Muchos de los huesos mayores son de forma
básicamente tubular, si el lector corta a su través (pregúntele al carnicero),
verá una estructura interior como una esponja, llena de agujeros. Es evidente
que esto hace que el hueso sea más liviano de lo que sería si fuera macizo.
Pero todavía hay más. en realidad, esto no es una esponja, sino una
microestructura construida de manera precisa que proporciona una red de
diminutos puntales situados exactamente allí donde es más probable que el hueso
experimente fuerzas que actúen sobre él. En la actualidad, los diseñadores de
muebles están empezando a fabricar sillas y mesas según estos mismos principios
mínimos, empleando para ello esquemas de fuerzas generados por ordenador que
les dicen dónde es mejor colocar la trama estructural del objeto.
No es un único hueso concreto el que realmente
inspira; es como todos operan en concierto. Tal como el espiritual «Dem
Bones» [63] nos recuerda (un poco incorrectamente), cada hueso está conectado
al menos a otro. En una primera aproximación, el cuerpo es simplemente un
conjunto de vigas rectas y rígidas articuladas de diversas maneras a los
extremos de la siguiente de dichas vigas para constituir un todo articulado. Se
habían hecho pocos estudios del cuerpo humano como sistema mecánico hasta el
lanzamiento del programa espacial americano, cuando resultó importante saber
cómo respondería aquél a la ausencia de gravedad. Sin embargo, dos pioneros de
este campo fueron Christian Braune y su estudiante Otto Fischer, en Leipzig. Su
investigación durante la década de 1880 surgió de estudios anteriores sobre la
marcha humana, que a su vez fueron promovidos por las investigaciones de
hombres tales como Étienne-Jules Marey y Eadweard Muybridge sobre el movimiento
humano y animal, mediante el uso de métodos iniciales de fotografía
ultrarrápida. Una extensión lógica de este trabajo fue el deseo de establecer
el centro de gravedad del cuerpo, lo que Braune y Fischer hicieron poniendo
cuidadosamente en equilibrio cadáveres congelados. También identificaron los
centros de gravedad de componentes principales del cuerpo, cortándolos de
cadáveres y realizando las mismas pruebas de ponerlos en equilibrio. Cálculos
que se realizan hoy en día (por ejemplo, para estimar la extensión del latigazo
o golpe de conejo en los accidentes de automóvil) se basan todavía en datos de
unos pocos estudios originales como éstos.
La aproximación tosca implicada en este trabajo
apenas hace justicia a la elegante complejidad que Paley tanto admiraba. El
esqueleto humano debe realizar una enorme variedad de tareas, entre las que se
incluyen la locomoción, equilibrio, resistencia y manipulación, todas las
cuales exponen a los huesos a grandes tensiones. El andar normal implica
ajustes fracciónales en la posición de muchos huesos individuales. La andadura
tiene media docena de acciones componentes, por ejemplo, desde la rotación de la
pelvis que permite que el cuerpo pivote alrededor de la pierna sobre la que se
apoya, de manera que la pierna libre puede oscilar hacia delante hasta que el
talón toca el suelo, hasta los ajustes posteriores que transfieren el peso del
cuerpo desde la anterior pierna de apoyo a la nueva que se ha adelantado.
Muchas flexiones sutiles de la rodilla, el tobillo y el pie aseguran que el pie
toque el suelo y se alce de él suavemente con cada paso. Las fuerzas que
resultan de toda esta complicada actividad son equivalentes a hasta ocho veces
el peso del cuerpo.
Todo es muy intrincado e interdependiente. Siento
que necesito volver a lo básico, de manera que me dirijo no a un osteólogo,
sino a un ingeniero estructural. Chris Burgoyne es lector de estructuras de
cemento en la Universidad de Cambridge, y también ha hecho estudios sobre la
mecánica de los huesos. Como corresponde a un ingeniero, explica mejor las
cosas con ayuda de lápiz y papel, y dibuja esquemas simples de líneas de fuerza
a la velocidad del rayo mientras habla. Hay tres tipos fundamentales de palanca,
y el cuerpo incorpora los tres. El primer tipo tiene el fulcro (el punto de
apoyo) situado entre el peso que hay que levantar y una fuerza aplicada hacia
abajo, como un balancín; los otros tipos ponen el fulcro en un extremo de la
palanca, ya sea con la fuerza en el otro extremo, levantando un peso
intermedio, ya con la fuerza en el medio que levanta un peso en el extremo.
Cuando levantamos el dedo, lo hacemos utilizando músculos del brazo que se
encuentran muy por encima del punto de apoyo del nudillo. Éste es el caso del
balancín: el peso del dedo está en el otro lado del fulcro de la fuerza
muscular. Ahora, usemos el bíceps para levantar el brazo. Esta vez, el fulcro
está en el hombro, y el músculo que aplica la fuerza está situado entre éste y
el centro de gravedad del brazo que se levanta. Finalmente, pongámonos de
puntillas. Ahora, la fuerza hacia arriba la proporciona el tendón de Aquiles y
los músculos de la pierna, el fulcro está donde los dedos se articulan con el
resto del pie y el peso del cuerpo se encuentra entre los dos.
Como el lector se dará cuenta por sus doloridos
músculos (ahora ya puede descansar), los huesos no son un armazón estructural
completo. Son un complemento de lo que se conoce como sistema
musculoesquelético. Cualquier estructura funcional ha de tener partes que se
hallen en tensión y partes que puedan soportar compresión, pues de otro modo se
desmontarían o se desmoronarían. Los huesos se usan principalmente en la
compresión. Los músculos son los que proporcionan la tensión. Uno de los
estudios de Burgoyne implicaba un análisis estructural de las costillas
humanas. Las costillas no son totalmente redondas en sección, como barras, ni
planas como las piezas de un corsé de ballenas. Por el contrario, varían en su
sección transversal desde trapezoidales cerca de donde se unen a la columna
vertebral, pasando por triangulares, hasta elípticas cuando terminan en el
pecho. De entrada, esto parece tener poco sentido en términos de su función
como jaula protectora alrededor de los órganos más importantes del cuerpo. Cabría
esperar sencillamente que la sección transversal más fuerte se mantuviera a lo
largo de toda la longitud del hueso. Sin embargo, las costillas también están
modeladas para albergar tejido muscular que está fijado a ellas mediante
crestas rugosas en parte de la superficie ósea. Dicho músculo une efectivamente
entre sí las costillas. Cuando se toma asimismo en consideración el músculo,
resulta que la forma constantemente cambiante de la costilla se halla
optimizada a lo largo de toda su longitud para las cargas que es probable que
soporte.
Una discusión que empieza con ingeniería mecánica
no debe omitir algunas consideraciones sobre los defectos mecánicos. Porque el
esqueleto no está tan perfectamente diseñado como William Paley y otros han
pensado. La cabeza puede moverse hacia delante y hacia atrás y girar hacia un
lado y hacia el otro, como Paley se maravillaba en comprobar, pero no puede,
por ejemplo, girar a lo largo de 360 grados, lo que en ocasiones podría ser
bastante útil. Con toda su capacidad de resistir golpes externos, las costillas
se hallan a veces más expuestas al propio cuerpo. Un caso frecuente de
fracturas de costillas es un fuerte acceso de tos, cuando la presión procede
del interior de la caja torácica.
Una característica sorprendentemente ventajosa del
esqueleto es la manera en que los dos huesos principales del brazo forman una
vara rígida al usar el segundo hueso del antebrazo, la ulna o cúbito, para
crear una traba en el codo. Si extendemos hacia delante la palma de la mano,
podemos transportar una carga pesada, como un cubo de agua, inclinado y
separado del cuerpo lo suficiente para que no golpee en las rodillas a cada
paso. Pero en otros aspectos, el codo es desde luego un punto débil, como se nos
recuerda cuando nos golpeamos el hueso de la alegría. Este punto de debilidad
(donde los nervios que se dirigen a los dos dedos meñiques se hallan
comprimidos entre el codo y la piel, sin protección muscular) es una
consecuencia de nuestra evolución hacia animales bípedos. Si todavía
anduviéramos a cuatro patas, el antebrazo se hallaría en un ángulo tal que el
codo se doblaría hacia atrás, no hacia afuera, y estaría mejor protegido.
También nuestras rodillas sufren, como descubrimos cuando alcanzamos una determinada
edad, y esto también es consecuencia de la evolución y de que empleamos dos
pies para soportar el peso que anteriormente se sostenía sobre cuatro. Sin
embargo, el talón de Aquiles no puede considerarse realmente un punto débil:
cualquiera sucumbiría si se le clavara en el tendón una flecha envenenada, como
le ocurrió a Aquiles según la leyenda. Se cree, en cambio, que esta metáfora
victoriana se originó por la referencia que Samuel Taylor Coleridge hizo a
«Irlanda, este talón vulnerable del Aquiles británico». [64]
La física es muy notable, pero el hueso es también
tejido vivo. Debe realizar su función estructural al mismo tiempo que crece con
el resto del cuerpo. Los huesos se desarrollan en respuesta a la tensión. Se
forman minúsculas grietas cuando son sometidos a fuerzas durante el ejercicio
normal. Dichas grietas emiten mensajes químicos con instrucciones para la
formación de nuevo tejido óseo. Sin embargo, el hueso fallará si se le hace ir
un poco más allá de su límite normal de rendimiento: hasta el 120 por ciento,
en comparación con el 200 por ciento de materiales como el acero. «El cuerpo no
está diseñado ni por encima ni por debajo de su rendimiento, porque todos los
huesos tienen este factor del 120 por ciento», me dice Chris. «En realidad, es
muy natural que seamos óptimos.» En otras palabras, un hueso no se hace
«demasiado fuerte» a menos que exista algún esfuerzo que así lo provoque, en
cuyo caso se hace, simplemente, lo bastante fuerte. Y al
revés, por lo general un hueso no se debilita más allá de un nivel de seguridad
a menos que sea por falta de uso. Cuando los deportistas hablan de «dar el 110
por ciento», lo hacen con más sentido de lo que quizá piensan.
Debido a la gravedad, el cuerpo necesita conservar
peso a medida que crece, como Haldane ha explicado con referencia a los
gigantes en El progreso del peregrino. Consigue este objetivo
en parte al hacer que el hueso crezca más rápidamente a lo largo que a lo ancho
(al precio de una cierta reducción en la resistencia comparada en el hueso
adulto). Hay algo que guía claramente al hueso para crecer donde más se lo
necesita. Sea cual sea dicho mecanismo (y a él volveremos en un momento) es muy
dinámico y responde al mundo corporal que lo rodea. Hace tiempo que se sabe que
se puede hacer que los huesos aumenten de tamaño y resistencia si se tensionan
repetidamente. Los huesos del brazo que portaba la lanza de un soldado romano
son mayores que los huesos del otro brazo, y lo mismo vale para el brazo que
sostiene la raqueta de los jugadores de tenis en la actualidad. Especialmente
en el caso de actividades atléticas que se realizan en la juventud, como el
ballet o la gimnasia, los huesos también pueden modelarse en respuesta al
ejercicio antes de que se endurezcan.
Este proceso nos permite saber muchas cosas de
nuestros antepasados a partir de los huesos que han sobrevivido de ellos.
Creemos vanamente que somos más altos que nuestros antepasados porque comemos
muy bien. En realidad, las pruebas procedentes de esqueletos de Homo
erectas y del Homo sapiens primitivo demuestran que
eran más altos que nosotros, debido al trabajo arduo necesario para sobrevivir.
A partir del tamaño de las áreas rugosas a las que se fijan los músculos, se
sabe que proporcionalmente también tenían un mejor estado físico y eran más
pesados. No hay nada que nos impida recuperar estas proporciones suprahumanas
si estamos preparados para dedicar esfuerzo a ello: nuestra estatura más
reducida no es un cambio evolutivo, sino una respuesta a nuestro ambiente.
Hasta hace poco, se sabía muy poco acerca de este
tipo de crecimiento del hueso. El crecimiento normal de los huesos durante el
desarrollo se comprende bien; implica la división de células de cartílago en
frentes situados en los extremos de los huesos largos y su posterior
endurecimiento en hueso. Pero la manera en que los huesos responden al uso o
desuso durante la vida ha sido prácticamente un enigma, a pesar de la
importancia evidente de saber más sobre ello. Los huesos pueden perder hasta un
tercio de su masa durante el corto período en el que una pierna rota está
enyesada, por ejemplo; afortunadamente, esta masa se recupera con la misma
rapidez cuando se reanuda el ejercicio. También se atrofian en las condiciones
ingrávidas del espacio, y de ahí la importancia de modelar el comportamiento
del cuerpo de los astronautas.
Y ahora, vayamos al misterio. El hueso muestra un
efecto curioso llamado piezoelectricidad. Esto significa que genera un pequeño
campo eléctrico cuando se le aplica una fuerza. Esto es lo que ocurre alrededor
de las diminutas grietas que se forman cuando un hueso se tensiona. Aunque los
detalles siguen sin ser claros, parece que este efecto debe ser la clave de la
capacidad de los huesos de remodelarse. Unas células precursoras denominadas
osteoblastos crean nuevas células óseas; tienen una carga eléctrica positiva
debido a los iones calcio constructores del hueso que portan con ellas. La
tensión que actúa sobre el hueso existente durante el ejercicio genera una
carga negativa mediante el efecto piezoeléctrico, que entonces atrae
automáticamente a estos osteoblastos al lugar en el que más se les necesita. Es
un detalle que habría encantado a William Paley.
Quizá al igual que Paley, nos sentimos inclinados a
pensar que el esqueleto es el marco arquitectónico perfecto, y con variaciones
así lo es para la mayoría de nosotros. Para tener una idea de la difícil
carrera que supone el crecimiento de un esqueleto adecuado, es necesario
visitar una colección anatómica, como la que se conserva en el Real Colegio de
Cirujanos, en Londres, que contiene el esqueleto de una víctima de una rara
condición genética llamada fibrodisplasia osificante progresiva, en la que el
tejido muscular se transforma en hueso, produciendo enormes excrecencias
calcáreas que a lo largo de los años van aumentando, hasta provocar la
inmovilidad completa. Me veo obligado a reconocer que el esqueleto no es una
armadura firme como una roca, como la estructura de acero de un edificio, sino
una florescencia completamente orgánica, sujeta a ser moldeada por sustancias
químicas y fuerzas externas.
En la actualidad, la capacidad de hacer crecer
tejido orgánico en condiciones de laboratorio es una atracción para los
artistas. En 2005, por ejemplo, Tobie Kerridge, que por aquel entonces se
encontraba en el Real Colegio de Arte, en Londres, buscaba parejas que
estuvieran interesadas en un nuevo tipo de prenda de amor: anillos hechos a
partir de tejido óseo de su pareja. Los participantes potenciales en este
llamado Proyecto de Biojoyería tenían que ser personas que tuvieran que
extraerse ambas la muela del juicio. A partir de pequeños fragmentos de hueso
extraído durante el procedimiento normal de la extracción dental, Kerridge
podía cultivar nuevo tejido óseo, que crecía y se endurecía sobre un andamiaje
en forma de anillo a lo largo de un período de varias semanas, alimentado por
los nutrientes adecuados. Cada consorte romántico podía entonces llevar una
sortija que era «parte» del otro. «No puedo imaginar nada más íntimo, nada que
sea más simbólico de nuestro vínculo, como dos individuos, el uno para el
otro», escribía uno de los solicitantes del proyecto. Las parejas tienen varios
motivos para tomar parte. Una pareja son científicos de materiales, otra lo
hace como protesta contra el comercio de diamantes, mientras que una tercera es
partidaria de la perforación del cuerpo, y así lleva dicho arte a profundidades
internas. Los anillos se diseñaron con la participación de sus portadores, y se
tallaron y decoraron de maneras que evocan inevitablemente los 30.000 años de
historia humana de trabajar y llevar huesos como herramientas y decoración.
Parte II
Las partes
§ 4. Repartiendo el territorio
Los detalles de fondo en las magníficas
ilustraciones de los siete volúmenes de anatomía humana de Vesalio cuentan su
propia historia. Grabados en madera de peral por un artista veneciano
desconocido, posiblemente un discípulo de Tiziano, más de 200 dibujos muestran
el cuerpo y sus partes en todas las fases de la disección. El detallado texto
de Vesalio que los acompaña discute el aspecto y las funciones de estas partes,
mezclando sus propios descubrimientos con las opiniones respetadas de los
eruditos clásicos y con anécdotas autobiográficas. Cuando se publicó en
1543, De Humani Corporis Fabrica se convirtió, tal como
pretendía su autor, en la enciclopedia sobre el cuerpo humano más precisa y más
completa desde el punto de vista científico jamás publicada, o que se
publicaría durante mucho tiempo. El principal objeto de estudio está dibujado
de una manera vigorosa y clara, que se corresponde bien con el objetivo de
Vesalio, es decir, instruir e ilustrar. Pero en las imágenes también hay drama
y pathos. Por ejemplo, en los dibujos que muestran los músculos, la piel
desollada pende del cuerpo como los relojes blandos y colgantes de Salvador
Dalí. En los esquemas de órganos internos, los torsos abiertos tienen las
extremidades cortadas abruptamente como los torsos de las estatuas de la
Antigüedad clásica. Los órganos destacan con realismo visceral, pero los
muñones de estos brazos y piernas están sombreados para sugerir que están
hechos de mármol de escultor y no de carne y hueso. Estas ilustraciones son una
fusión perfecta de arte y ciencia.
El único retrato de Vesalio que se sabe que es
auténtico se halla en uno de estos grabados. Lo presenta sosteniendo un
antebrazo disecado sobre el que enseña la operación de la mano. (Es seguro que
tanto Tulp como Rembrandt estaban familiarizados con esta efigie.) Se le
muestra compacto y de complexión oscura con cabello enhiesto y corto y una
barba recortada de manera inmaculada. Su cabeza parece demasiado grande para el
cuerpo, que es ciertamente diminuto en comparación con el cadáver sobre el que
trabaja. Se gira hacia nosotros, fuera de la página, y fija en nosotros una
mirada directa que exhibe más que algo de picardía. Su actitud resuena con el
humor siniestro de algunos de los demás grabados. En uno, un cuerpo musculoso
se yergue, cuchillo en mano, mientras sostiene triunfante en alto su propia
piel desollada. En otro, un esqueleto se apoya imperturbable sobre su pala, a
lo que parece después de haberse desenterrado a sí mismo. Con su brazo libre
hace un gesto que parece decir: «¡Bueno! ¿Y qué?».
Figura 6
Pero, como digo, son los pequeños detalles los que
son reveladores acerca del hombre. Unas colinas en el fondo de esta ilustración
han sido identificadas como las que hay cerca de Padua, donde, en 1537, a la
edad excepcionalmente joven de veintitrés años, Vesalio accedió a la cátedra de
cirugía y se dispuso a hacer que la anatomía fuera básica para el currículo de
la escuela médica más importante de Europa. En muchas de las ilustraciones
aparecen ruinas romanas, lo que quizá simboliza la demolición por Vesalio de la
obra de Galeno, el médico y anatomista griego que estuvo activo en Roma durante
el segundo siglo EC, y cuyos textos habían dominado el saber médico durante
casi 1.400 años.
Un grabado está organizado de manera que presente
un esqueleto en visión lateral. Ésta es la ilustración que contiene la pose de
Hamlet: el esqueleto apoya su mano derecha sobre una calavera, que a su vez
reposa sobre una tumba. La tumba lleva la inscripción «VIVITUR INGENIO CAETERA
MORTIS ERUNT», un antiguo aforismo latino que puede considerarse que significa,
de manera impersonal, «El genio sobrevive, el resto pertenece a la muerte»,
pero que se podría considerar que se refiere a la inmodesta esperanza de
Vesalio de que su genio pudiera sobrevivir al de sus rivales.
Detrás del esqueleto, la cepa de un arbusto está retoñando, lo que indica que
la vida es a la vez cercenada y renovada, un motivo que aparece en unos cuantos
grabados.
En la primera ilustración del volumen de la Fabrica dedicado
a los músculos, aparecen dos puffi [65] alrededor de una letra mayúscula decorada inicial en el texto. Si
se observan atentamente, se advierte que no son ángeles, sino en realidad
ladrones de cuerpos. Como diversión, a lo que parece, una ilustración posterior
muestra a su sujeto anatómico suspendido de una soga, como si lo hubieran
colgado, aunque la cuerda no pasa alrededor del cuello sino a través de las
cuencas oculares de manera que la cabeza queda echada hacia atrás con el fin de
exponer los músculos de la garganta a la vista del observador. Las imágenes son
un recordatorio no sólo de la dureza de los tiempos, sino de los métodos de que
Vesalio había de valerse con el fin de obtener sus materiales de investigación.
Él mismo cuenta la historia de cómo robó los restos de un criminal del patíbulo
situado en las afueras de Leiden, la ciudad universitaria flamenca donde
estudió antes de trasladarse a París y Padua. Un día se va a pasear «allí donde
se suele situar a los criminales ejecutados a lo largo de los caminos del
país... para beneficio de los estudiantes». Encuentra un cadáver seco, con la
carne arrancada por las aves. «En consecuencia, los huesos estaban
completamente mondos y sólo se mantenían unidos por los ligamentos, de manera
que sólo se habían conservado los orígenes e inserciones de los músculos.» Con
ayuda de un amigo médico, se encarama al poste y separa el fémur de la cadera,
arranca los omóplatos con los brazos y manos a ellos fijados y transporta las
partes a casa «subrepticiamente», efectuando varios viajes. Deja atrás cabeza y
tronco, que están fijados al patíbulo mediante una cadena. Pero poco después,
una noche, se queda fuera de la ciudad, que es cerrada, de manera que tenga
tiempo para liberar el resto del cuerpo sin que lo molesten, mientras está
oscuro. «Tan grande era mi deseo de poseer aquellos huesos que, en plena noche,
solo y en medio de todos aquellos cadáveres, trepé al palo con considerable
esfuerzo y no dudé en tomar prestado todo lo que tanto deseaba.» Esconde los
huesos recuperados en el suelo y después, «parte por parte», se los lleva
también a casa, de manera que puede ensamblar de nuevo el esqueleto entero en
su dormitorio, y completa las pocas partes que faltan (una mano, un pie y ambas
rótulas) a partir de otros restos corporales misceláneos.
Figura 7
Andries van Wesel, cuyo nombre latinizado fue
Andreas Vesalius, [66] nació en 1514 en Bruselas, hijo de un boticario, y estudió
medicina en la Universidad de París. Mediante la observación directa, Vesalio
reinventó en gran parte el estudio de la anatomía humana, modernizando el saber
de Galeno, el mayor de los pensadores médicos del período Clásico. Galeno había
aportado de Grecia las ideas de Aristóteles e Hipócrates, este último
considerado todavía hoy como el fundador de la medicina científica gracias en
no menor parte al hecho de que Galeno fue su gran valedor, y sobresalió en Roma
hasta llegar a ser el médico personal del emperador Marco Aurelio. El concepto
que Galeno tenía del cuerpo, formulado en la Antigua Grecia y que persistió a
lo largo de todo el Imperio romano y el auge del cristianismo, era de una serie
de partes importantes; las principales de entre ellas eran el cerebro, el
corazón y el hígado, que regían respectivamente los compartimentos corporales
de la cabeza, el tórax y el abdomen. Estas partes estaban unidas entre sí por
los cuatro humores (sangre, flema, [67] bilis negra y bilis amarilla) y un fluido más tenue, el espíritu,
que daba cuenta de la existencia del alma. Era lo que hoy llamaríamos una
concepción holística.
Las obras de Galeno se habían redescubierto y
publicado en París poco antes de que Vesalio llegara allí como estudiante de
medicina. Vesalio apoyó este renacimiento, y lo tuvo como base de sus propias
disecciones, pero asimismo se atrevió, de manera singular, a refutar a Galeno
cuando la evidencia ante sus ojos no correspondía a la interpretación clásica.
Una característica anatómica denominada rete mirabile («red
maravillosa») ilustra el cambio de comprensión. La rete es un
entramado de venas y arterias que se encuentra recubriendo el cerebro en
especies tan variadas como las ovejas y los monos. Galeno y otros creían que se
trataba de un conducto para el espíritu, y posteriormente los cristianos lo
aceptaron como la interfaz entre el cuerpo y el alma. Las primeras disecciones
de animales que realizó Vesalio no le dieron razones para impugnar esta idea,
pero cuando llegó a realizar disecciones humanas mientras preparaba la Fabrica en
Padua, no pudo encontrar la rete mirabile, y negó
atrevidamente su existencia en los humanos. El que Vesalio cuestionara a Galeno
fue un momento crucial no sólo en el estudio de la anatomía, sino también de la
ciencia moderna, al implantar la idea de que, mientras que los griegos habían
proporcionado unos cimientos valiosos, su saber antiguo no era insuperable. No
obstante, Vesalio tuvo buen cuidado al principio de no enemistarse con sus
mayores y sus colegas galenistas, y no señaló finalmente el error hasta la
segunda edición de la Fabrica, en 1555.
No resulta difícil imaginar que la medicina hizo
pocos progresos mientras tantas de sus ideas de anatomía se basaban en
disecciones de animales y no de partes humanas. Vesalio criticó a Galeno por
ello, pero tampoco se vio libre de tomar atajos similares. Su plan para
la Fabrica era verificar todo lo que hacía referencia al
cuerpo humano, pero la escasez de cadáveres hizo que en ocasiones tuviera que
basarse en fuentes publicadas anteriormente o en disecciones de animales.
Aunque fue el primero que describió la glándula prostática, Vesalio fue por lo
general incompleto en lo que se refiere al sistema reproductor. Su anatomía del
útero, basada a lo que parece en «la amante de un monje cuyo cuerpo fue
adquirido por medios dudosos», era bastante fiable, pero su sección de la
anatomía de una embarazada era deficiente, debido a la escasez de especímenes
humanos, pues las mujeres embarazadas solían tener buena salud, y su
ilustración de un feto humano iba acompañada lamentablemente por el dibujo de
una placenta canina.
La Fabrica reveló el interior del
cuerpo como una térra incógnita lista para su exploración. Los
anatomistas viajeros se hacían ahora a la vela para descubrir territorios, y al
hacerlo daban nombre a las partes del cuerpo como si se tratara de nuevos
canales e islas. Falloppio, un discípulo de Vesalio, corrigió las deficiencias
de su maestro al cartografiar el sistema reproductor femenino; como ya hemos
visto, los tubos que hay entre el útero y los ovarios, aunque se habían
descrito ya mucho antes, reciben ahora el nombre en su honor. Eustachi hizo lo
mismo para el oído. Incluso Nicolaes Tulp entró en escena: la válvula de Tulp
es el portal fruncido entre los intestinos grueso y delgado que regula el paso
de los residuos de alimento digerido.
En anatomía humana, el enfoque consistente en
señalar puntos concretos realiza algunas conjeturas peligrosas. Supone, por
ejemplo, que las partes identificadas tienen una composición y función
distintivas. Esto sólo es cierto algunas veces. También crea un sentido de
división, en el que la interconexión puede ser lo que importa. Puede parecer
que los órganos principales tengan una naturaleza distintiva y, aun así, que
estén integrados de manera múltiple con otras partes del cuerpo. Mientras
tanto, los «pedacitos intermedios», como el diafragma, pongamos por caso, que
separa los órganos del tórax de los del abdomen, pueden ser injustamente
olvidados porque no se considera que formen unidades discretas convenientes.
Pero separar el cuerpo en partes también tiene
algunas ventajas importantes. Una aproximación reduccionista fue esencial para
que el progreso científico empezara a comprender adecuadamente las funciones
verdaderas y a derrocar el antiguo modelo simbólico de los órganos, por
ejemplo. La idea del cuerpo humano como una especie de juego de piezas que
pueden separarse nos perturba porque descubre, cuando todas las partes se han
puesto a la vista, que la importantísima alma que antaño parecía habitar el
cuerpo, de alguna manera ha desaparecido. Desmontar un cuerpo también plantea
la posibilidad de que pueda montarse: Victor Frankenstein creó
su monstruo a partir de partes del cuerpo (presumiblemente tanto humanas como
animales) robadas de «osarios... de la sala de disección y del matadero». Mary
Shelley describe de manera muy escueta al «monstruo miserable». «Sus miembros
eran proporcionados, y yo había seleccionado sus rasgos como bellos», hace que
Frankenstein cuente. Pero, desde luego, cuando llega el momento de «conferirle
animación», estas hermosas partes se unen para formar un todo horrible y sin
alma.
Para investigar cómo funcionaba realmente el
cuerpo, era natural empezar por el corazón, el más dinámico de todos los
órganos, lleno de partes que se mueven accionadas por músculos poderosos. La
función corporal era afortunadamente un área en la que la comparación con los
animales se hallaba en un terreno más seguro que la descripción anatómica. La
vivisección se convirtió en una herramienta importante. La vivisección humana,
que antaño se había practicado en Alejandría, fue descartada por las enseñanzas
de la iglesia cristiana, pero no había ninguna restricción en los experimentos
que empleaban animales vivos. Si se observaba que el mismo órgano respondía de
una manera parecida en un número suficiente de animales de distintas especies,
entonces esto se podía considerar como un comportamiento general que también se
encontraría en los humanos.
A mediados de la década de 1540, Realdo Colombo, el
sucesor de Vesalio en la cátedra de Padua, dio la primera descripción detallada
de la circulación pulmonar, el paso de la sangre a través de los pulmones desde
una cámara del corazón a otra. (Mucho más tarde se supo que Ibn al-Nafis, de
Damasco, la había descubierto más de 300 años antes.) Vesalio y otros habían
aceptado el parecer de Galeno de que la sangre debía pasar directamente a
través de poros en la pared muscular que separa dichas cámaras, aunque nadie
había observado tales poros. Las vivisecciones de Colombo demostraron que la
sangre exhausta en realidad abandona totalmente la cámara derecha del corazón y
viaja a cada pulmón a través de una arteria, mientras que venas procedentes de
los pulmones aportan sangre fresca a la cámara izquierda. Aparte de todo lo
demás, el descubrimiento de Colombo ofrece una ilustración espectacular de los
beneficios que pueden obtenerse cuando no se considera que los órganos son
completamente independientes. Aristóteles sostenía que la sangre de la cámara
izquierda es fría y que la de la derecha es caliente. Colombo pudo corregirlo.
La sangre que penetra en la cámara izquierda del corazón es más cálida porque,
como ahora sabemos, se ha cargado de oxígeno, cuya reacción con la hemoglobina
libera calor. También pudo demostrar que la acción más importante del corazón
es la vigorosa contracción que comprime y expulsa la sangre, y no su expansión
subsiguiente. [68]
No todos los experimentos de Colombo fueron tan
informativos. En una demostración pública espectacularmente de mal gusto,
extirpó un cachorro de las entrañas de una perra preñada, lo hirió y después lo
mostró a la madre, que lo lamió solícita, sin preocuparse de su propio dolor.
Aparentemente, la escena encantó a los sacerdotes que había entre el público,
como una demostración de la fuerza del amor materno, incluso en las criaturas
animales.
La obra de Colombo preparó el terreno para el
descubrimiento de William Harvey de la circulación de la sangre por el cuerpo
en su conjunto. Harvey (otro graduado de la facultad de medicina de Padua) fue
el médico de los reyes Jacobo I y Carlos I de Inglaterra. En su libro de 1628,The
Movement of the Heart and Blood in Animáis, o De Mota Coráis, incluye
una empalagosa dedicatoria al último de los reyes citados, al tiempo que traza
una analogía entre el corazón en el cuerpo y el rey en su reino. «Situado, el mejor
de los reyes, como estáis en la cumbre de los asuntos humanos, podréis de todos
modos contemplar a la vez un fragmento de obra principal en el cuerpo humano y
una imagen de vuestro propio poder real», escribió.
La anatomía, solía decir Harvey a sus estudiantes,
«informa a la cabeza, guía la mano y familiariza al corazón con el tipo de
necesaria inhumanidad». Tal como ha señalado la historiadora Ruth Richardson,
esta «necesaria inhumanidad» es lo que ahora llamamos desapego clínico. Harvey
lo tenía en abundancia, ciertamente. Disecó a su propio padre post mortem y,
cuando su hermana también murió, completó su conocimiento con una disección
complementaria de la anatomía femenina, un reflejo estricto de la falta de cadáveres
disponibles para la experimentación médica. En Inglaterra, una asignación real
de cuatro cadáveres por año y cirujano que se había establecido bajo Enrique
VIII se aumentó a sólo seis bajo Carlos II un siglo más tarde.
Harvey consiguió su descubrimiento casi a pesar de
sí mismo. Era un hombre muy conservador que una vez recomendó al diarista John
Aubrey que se dirigiera a fuentes tales como Aristóteles y Avicena, el persa
del siglo XI, si quería aprender medicina, y que ignorara a los «calzones
cagados» de moda como Vesalio. Pero, afortunadamente, Harvey creyó en la
evidencia de sus propios ojos. Su examen del corazón latente en vivisecciones
animales reveló que sus válvulas funcionan sólo en una dirección, de modo que
la sangre rica en oxígeno que retorna al corazón desde los pulmones sólo puede
abandonarlo de nuevo a través de la aorta, lo que significa que tiene que haber
una circulación de la sangre por todo el cuerpo igual a la que circula entre el
corazón y los pulmones, que Colombo había descubierto. Harvey midió la cantidad
de sangre bombeada por el corazón, equivalente a aproximadamente una doble
medida de licor en una taberna por cada latido. A esta tasa, toda la cantidad
de un galón de sangre pasa por el corazón ¡en no más de un minuto! Era
claramente imposible que el hígado, que antes se creía que era el responsable
de la fabricación de sangre, pudiera producir la sustancia a este ritmo, de
modo que Harvey llegó a la conclusión de que tenía que ser usada repetidamente.
Señaló la anchura de las venas y arterias que entran en el corazón y que salen
de él como evidencia adicional de que deben transportarse grandes volúmenes de
sangre y, sosteniendo el corazón latente de un animal en su mano, advirtió lo
duro que se ponía cada vez que su potente músculo se contraía.
El descubrimiento de la circulación de la sangre
causó una cierta consternación en Harvey. Otros veían ahora el corazón como una
bomba mecánica en conformidad con la concepción de René Descartes del cuerpo
como una máquina, pero Harvey se resistía a esta interpretación. Estaba más
excitado por la circularidad esquemática del movimiento de la sangre por todo
el cuerpo, que para él reforzaba ideas más antiguas de ciclos a la escala
cósmica. No obstante, el descubrimiento de Harvey fue de importancia fundamental
para la cirugía y todas las ramas de la medicina, por ejemplo porque
proporcionaba nuevas pistas de cómo una enfermedad puede extenderse tan
rápidamente por todo el cuerpo, algo que había intrigado mucho a los médicos
hasta entonces.
Sobre el papel, al menos, la disponibilidad de
cadáveres en la Gran Bretaña tuvo que haber mejorado después de la aprobación
por el Parlamento de una ley «para mejor impedir el horrendo crimen de
asesinato» en 1752. Ésta estipulaba que los cuerpos de los criminales colgados
no tenían que ser enterrados de una manera cristiana normal, sino que su
ulterior disección podía considerarse parte de su castigo. Pero ni siquiera
este paso fue suficiente para saciar las demandas de la profesión médica en
aumento. Edimburgo era una de las ciudades en las que la ciencia médica
prosperaba y la demanda de cadáveres era en consecuencia elevada. En el
cementerio de la iglesia de Greyfriars todavía se pueden ver rejas de tumbas,
las jaulas de hierro situadas sobre las sepulturas con el fin de evitar el robo
de cadáveres que ocasionó una inquietud social grave allí y en otras ciudades
inglesas durante todo el siglo XVIII.Los ladrones de cuerpos, o
resurreccionistas, como se les conocía, podían obtener un buen dinero por cadáveres
frescos saqueados de tumbas que se habían ocupado recientemente. (Tenían
cuidado de llevarse sólo el cuerpo y no cualquier posesión que se pudiera haber
enterrado con él, para no ser acusados de robo: un cuerpo muerto no pertenecía
a nadie, pero la propiedad todavía pertenecía a los familiares.)
En Edimburgo, incluso el suministro de cuerpos
muertos procedentes de los cementerios de la ciudad pronto resultó inadecuado.
Entre noviembre de 1827 y octubre de 1828, William Burke y William Haré, dos
trabajadores ocasionales procedentes del Ulster, asesinaron al menos a
dieciséis personas de la ciudad con el fin de vender su cuerpo para las clases
de anatomía del doctor Robert Knox. Era importante que los cuerpos no
estuvieran mutilados ni dañados, de manera que Burke y Haré seleccionaban
víctimas que era probable que fueran fáciles de dominar. Después las llenaban
de whisky antes de que uno de ellos le pusiera una mano sobre nariz y boca
mientras que el otro se colocaba sobre el cuerpo para impedir cualquier
forcejeo. Para los mejores cadáveres, Knox daba diez libras a esos hombres.
Knox no estaba especialmente bien preparado para su
profesión. Encontraba el interior del cuerpo humano desagradable y desordenado,
carente de cualquier «forma que el sentido comprenda, o desee». No podía dejar
de ver su propio final en los cuerpos que abría. Pero, a lo que parece, la
forma humana externa era otro asunto. La tercera víctima de Burke y Haré era
una prostituta de dieciocho años de edad llamada Mary Paterson, a la que Knox
encontró tan hermosa de contemplar que no pudo decidirse a blandir el cuchillo.
En lugar de ello, en una macabra inversión del relato de Pigmalión, dispuso su
cuerpo en una postura reclinada adecuada y encargó a un artista que hiciera un
retrato de la muchacha como si estuviera viva. Conservó durante tres meses su
cuerpo intacto en whisky antes de dejar que sus estudiantes demostraran en ella
sus habilidades. Muchos años después, Knox, que para entonces ya había caído en
desgracia, publicó A Manual of Artistic Anatomy, en el que recordaba
el cuerpo perfecto de Mary Paterson, como el de la Venus de Milo, que no tenía
ninguna señal en su superficie que indicara «la presencia de ningún órgano o
cavidad internos». Es ésta una definición reveladora de la belleza humana,
especialmente viniendo de un cirujano, y una reacción significante contra el
reduccionismo científico y su cuerpo formado por partes.
Edimburgo no era una gran ciudad, y pronto empezó a
notarse la desaparición de personajes familiares. Burke y Haré casi quedaron
descubiertos cuando algunos de los estudiantes de Knox identificaron a su
decimoquinta víctima en la mesa de operaciones como un retrasado mental llamado
James Wilson, bien conocido en la ciudad como «Jamie el tonto». Knox negó que
fuera él, pero aquel día inició la anatomía de manera inusual, cortando y
extrayendo la cara. Los asesinos fueron capturados finalmente cuando se descubrió
en su alojamiento el cuerpo de su siguiente víctima, que fue la última, antes
de que pudieran llevarla a la facultad de Knox. Haré se libró de la sentencia
de muerte por testificar contra Burke, quien, en un exquisito giro irónico, se
convirtió en uno de los últimos asesinos en la Gran Bretaña que fuera
sentenciado a muerte y disección. Hoy en día, su esqueleto se exhibe en el
museo médico de la Universidad de Edimburgo.
Burke y Haré son infames por sus obras, pero un
episodio anterior en la historia anatómica inglesa es posiblemente más
horripilante todavía, y se refiere al escalón más alto del cuerpo médico. En
1774, William Hunter publicó The Anatomy of the Human Gravid Uterus, un
atlas ilustrado del sistema reproductor femenino y del desarrollo del feto,
basado en veinticinco años de trabajo y en la adquisición de al menos catorce
cuerpos de mujeres que acababan de morir durante el parto o en diversas fases
del embarazo. ¿Cómo consiguió Hunter estos cuerpos? Tal como ya hemos visto,
las mujeres en un estado avanzado de gestación no suelen enfermar (o cometer
delitos por los que merezcan ser ahorcadas), de manera que las tumbas recientes
y la horca debían ofrecer escasas oportunidades. Tal como escribió el propio
Hunter, «se dan muy raramente las oportunidades de disecar cuando uno quiere el
útero humano grávido». De hecho, una de las principales razones para escribir
el libro de texto era ofrecer a los estudiantes de medicina un atisbo de lo que
era muy improbable que consiguieran ver a partir de disecciones reales. No
obstante, podría quizá ser posible en una ciudad atestada como Londres, donde
trabajaba Hunter, conseguir tener a su disposición, de maneras más o menos legítimas,
catorce cadáveres a lo largo de un período de más de dos décadas. Sin embargo,
en 2010, un historiador del arte llamado Don Shelton sometió la Anatomy de
Hunter a un análisis estadístico, y llegó a la conclusión de que tuvo que haber
trabajado a partir del cuerpo de más mujeres de las que era concebible que
hubiera obtenido a partir de «resurrecciones aleatorias», y que, por lo tanto,
algunas de ellas sólo pudieron haberse conseguido mediante una campaña
continuada de asesinatos.
El eslabón débil pudo haber sido el hermano menor
de William Hunter, John, que le ayudaba en su trabajo. Posteriormente John
realizó contribuciones a muchas ramas de la medicina, y se le reconoce como el
padre de la cirugía científica. Pudo haber sido el primero en emplear el
término «trasplante» en relación al tejido humano. Sus experimentos en este
campo parecen en la actualidad repugnantes y equivocados: trasplantar tejido de
una parte del mismo animal a otra (por ejemplo, pasar un espolón de la pata de un
gallo a la cresta), así como trasplantar tejidos entre animales y entre
especies.
También experimentó en la sustitución de los
dientes cariados de sus pacientes. Algunos dientes humanos pudieron haber sido
suministrados por ladrones de cuerpos. Pero consiguió mejores resultados
utilizando dientes vivos, y en particular dientes definitivos jóvenes obtenidos
de niños. Puesto que los dientes definitivos son de tamaño completo, y por ello
el diente típico de un muchacho no sería menor que el de un hombre típico,
recomendaba en especial utilizar dientes tomados de muchachas para un ajuste
más fácil. Incluso entonces podía haber dificultades para conseguir que
hicieran juego. En tal caso, escribía Hunter, «El mejor remedio es tener varias
personas preparadas, cuyos dientes aparentemente encajen; porque si la primera
no corresponde, la segunda puede hacerlo». Los trasplantes dentales fueron algo
común hasta 1785, cuando se estableció que una joven había muerto de sífilis,
contraída a partir de un implante infectado. Tal como observa una historia
moderna, «Hunter parece que hizo oídos sordos a las críticas éticas».
No cabe duda de que ambos Hunter provocarían cierto
desasosiego en los comités de ética médica actuales. Tampoco cabe duda de que
influyeron mucho en la enseñanza de la obstetricia y contribuyeron a salvar
muchas vidas de niños. Hoy en día su reputación es alta: el Museo y Galería
Hunterianos de Glasgow reciben su nombre de William Hunter, mientras que el
museo del Real Colegio de Cirujanos de Londres lleva el nombre de su hermano
John. Pero Don Shelton nos invita a trazar un paralelismo entre ellos y científicos
nazis tales como Josef Mengele, cuyos datos, obtenidos de experimentos con las
víctimas del campo de concentración de Auschwitz, están también disponibles
para su uso por parte de los investigadores, aunque con frecuencia ello se
evita. Otros han planteado objeciones similares a un atlas anatómico publicado
por primera vez en Alemania en 1943, que pudo haber usado cuerpos obtenidos de
campos de concentración. Su autor, Eduard Pernkopf, era un nazi entusiasta, y
algunos de los artistas que produjeron sus ilustraciones a color firmaban sus
dibujos, que embellecían con el símbolo de las SS. Al igual que ocurre con los
Hunter, el problema moral se complica por el hecho de que la obra de Pernkopf
es excelente desde el punto de vista técnico, y se ha reconocido como quizá el
mejor atlas anatómico desde Vesalio. El atlas está todavía disponible en la
actualidad en una edición revisada, con nuevos dibujos añadidos desde la época
nazi y las ofensivas insignias de las SS borradas... excepto, aparentemente, en
dos casos que el editor debió de pasar por alto.
No existe nombre más estrechamente relacionado con
la anatomía en la imaginación popular que el de Gray. Con el tiempo, unos pocos
hombres se convierten en su libro (el Diccionario de Webster, el Tesauro de
Roget), pero raramente hay uno del que se sepa menos que Henry Gray. El Webster
y el Roget son obras generales de referencia. También lo fueron, en su día, las
guías Baedeker y los horarios de trenes Bradshaw. Pero ¿por qué deberían
saber todos acerca de la Anatomía de Gray?
Nacido en Londres en una fecha desconocida de 1827,
Henry Gray creció sin dejar ningún rastro. Los primeros registros de Gray
demuestran que se incorporó a la escuela de medicina del Hospital de San Jorge
cerca de la casa familiar en Belgravia, a los quince años de edad. Lo hizo sin
haber efectuado el aprendizaje usual con un boticario, lo que sugiere que ya
había resuelto ser cirujano a una edad muy temprana. En una fotografía que le
hizo un amigo estudiante, aparece con una amplia frente y pelo oscuro y ondulado,
con las quijadas algo largas y delgadas y con una boca que se disuelve en las
comisuras, como la Mona Lisa. Posee ojos oscuros con una mirada recta y cejas
oscuras que surgen bajas sobre ellos, lo que le da un aspecto encapuchado, con
más de una indicación de poeta romántico. Gray demostró pronto su temple al
ganar importantes premios por sus ensayos: uno de anatomía comparada, que en
aquella época estaba a la moda, en el que comparó los nervios ópticos de todo
tipo de animales (comestibles), para lo que empleó claramente todos aquellos
especímenes que podía procurarse en los mercados de Londres. Le siguió otro
ensayo premiado, sobre el bazo, que en 1854 convirtió en su primer libro. No
fue un éxito.
Sin amilanarse, sin embargo, Gray y su editor
aspiraban ahora al mayor lienzo posible: todo el cuerpo humano. A pesar de su
denominación, la Anatomía de Gray no es la obra únicamente de
Gray. Se basa en gran manera en los dibujos de un tal Henry Vandyke Cárter,
quien también se incorporó joven a la escuela de medicina de San Jorge, unos
años después de Gray. Cárter también estudiaba para ser cirujano, y además
intentaba procurarse algo de dinero ilustrando especímenes zoológicos para el
famoso naturalista Richard Owen, cuando Gray le propuso que ilustrara su nuevo
libro.
En 1855, cuando acordaron trabajar juntos, ambos
hombres eran cirujanos cualificados y detentaban puestos docentes en el
hospital, Gray con veintiocho años de edad y Cárter con veinticuatro. Su
ambición era producir un nuevo tipo de anatomía que fuera moderna, clara y
asequible. La colaboración fue necesariamente estrecha y prolongada, pero no
carente de tensión. En el espacio de menos de dos años, y trabajando en la sala
de disección de la facultad de medicina de Knightsbridge, disecaron suficientes
cuerpos para producir 360 ilustraciones. No se sabe de qué manera obtuvieron
aquellos hombres los cadáveres, porque los registros del hospital
correspondientes a aquella época no han sobrevivido, pero, en general, por
aquel entonces los hospitales se basaban en los cuerpos de los que morían en
asilos y en sus propios pabellones. Sea cual fuere la verdad, su deuda no se ha
reconocido. Según Ruth Richardson, «Hay un silencio en el centro de la Anatomía de
Gray, como lo hay en todos los libros de anatomía, que está relacionado con lo
inexpresable: un vacío del que ningún anatomista parece ocuparse como no sea
volviendo la cabeza».
La relación entre los dos hombres es fascinante.
Cárter se dio cuenta muy pronto de que Gray era una estrella en ascenso en el
hospital. Al principio, el chico procedente de una escuela elemental de Hull
pensaba que Gray y su grupo eran «presuntuosos», pero pronto vio que era «muy
listo y diligente», «un gran trabajador» y «un compañero encantador». Pero
cuando Gray obtuvo el Premio Asdey Cooper por su ensayo sobre el bazo, Cárter
indica que lo ganó al precio de «derrotar a hombres buenos». Admira y envidia a
la vez a Gray: se queja en su diario del enfoque «¡Hazlo!» de Gray, cuando él
mismo no consigue empezar las cosas, y se siente «emulador» del primer libro de
Gray, al que él había contribuido con algunos dibujos. Pero también lo
desprecia: el objetivo de Gray es «el dinero», y no es «tan cándido» a la hora
de dejar claro que a Cárter no se le reconocerá su obra. Cuando se embarcan en
el proyecto mucho mayor, y ostensiblemente más igual, de la anatomía, Cárter
califica de «mezquino» el acuerdo al que se llega en relación a su ilustración,
pero sin embargo sigue adelante. Gray obtendría unos derechos de autor de 150
libras esterlinas por cada 1.000 ejemplares vendidos, Cárter un único pago de
150 libras. Cuando Gray vio las pruebas de la portada con su nombre y el de
Cárter con el mismo tamaño de tipo, tachó el nombre de Cárter y dio
instrucciones para que éste apareciera en un tamaño menor. En ediciones
posteriores, el nombre de Cárter se redujo de nuevo, y cuando en 1909 se
publicó la decimoséptima edición, había desaparecido por completo.
De modo que fue la Anatomía de
Gray. Éstas son las palabras que aparecen en el lomo en la primera edición de
1858, aunque el título completo de la obra es Anatomy Descriptive and
Surgical. Las expectativas del editor eran que el volumen único y
manejable «de Gray» soportara favorablemente la comparación con las anatomías
de varios volúmenes ya consolidadas: las de Quain, Wilson, etc. Y así fue. Para
el autor de la recensión en la Lancet, la Anatomía de
Gray era «una obra de factura no ordinaria, y exigió los mayores logros, tanto
del anatomista como del cirujano, para conseguir su exitoso acabado. Podemos
decir en verdad que no existe un tratado, en ningún idioma, en el que las
relaciones de la anatomía y la cirugía se muestren de manera tan clara y completa».
Efectivamente, fue en la presentación de la
anatomía humana para las necesidades de la cirugía moderna donde la obra de
Gray consiguió su reputación duradera. Gray ponía el énfasis en lo que un
cirujano que operara tenía más probabilidades de ver cuando abriera a un
paciente para realizar un tratamiento. Al hacerse más segura la cirugía mayor y
con la introducción reciente de la anestesia inhalada (la reina Victoria
recibió cloroformo durante el nacimiento del príncipe Leopoldo en 1853),
apareció en el momento perfecto. Su prosa es sencilla y técnica, incluso sin
gracia, sin ninguna pretensión de grandeza. Las ilustraciones de Cárter cumplen
de manera brillante las mismas instrucciones. Son excepcionalmente bien
delineadas, debido a un feliz accidente: las láminas grabadas resultaron ser
muy grandes para el formato del libro. Los soportes clásicos y las bufonadas
transparentes de Vesalio y otras anatomías tradicionales no se encuentran aquí,
al no estar afectado Cárter, por suerte, por la enseñanza de las escuelas de
arte. En cambio, las leyendas de texto aparecen directamente sobre los dibujos
con el fin de ayudar al estudiante a conectar el aspecto y el nombre de
muchísimas partes del cuerpo. El historiador del arte Martin Kemp compara el
estilo de Cárter (o la falta de estilo) a los dibujos de los ingenieros. Para
mí, sus ilustraciones se parecen a un antiguo catálogo de grandes almacenes o a
las características geográficas que aparecen en los mapas del Servicio
Cartográfico.
Sólo tres años después de la publicación de
la Anatomía, en la casa en la que todavía vivía con su madre,
Henry Gray murió de viruela, contagiada de su sobrino. Tenía treinta y cuatro
años. Su libro, desde luego, pervive, en la actualidad en su cuadragésima
edición, [69] producido por un equipo de ochenta y cinco colaboradores
editoriales y doce ilustradores en lugar de Gray y su único artista contratado.
La Anatomía de Gray se ha convertido en la Anatomía de
Gray.
Iniciamos este recorrido por la ciencia anatómica
con preguntas acerca de la existencia discreta de los órganos. Hace casi 400
años, Helkiah Crooke podía escribir todavía en su Microcosmographia: «La
división de partes en principales y menos principales es muy famosa, y ya hace
mucho tiempo que está en escena». Estas partes principales eran el corazón, el
hígado y el cerebro. Galeno también había considerado que lo eran los
testículos, debido a su papel en la procreación, pero Crooke no les concede
este elevado nivel porque no son esenciales para la supervivencia.
Pero ¿tiene sentido dividir el cuerpo en dichas
partes? Puede que yo tenga partes del cuerpo, pero no puedo «apartar», es
decir, separar, ninguna de las partes del resto de mi cuerpo sin producir
sangre. ¿Son las partes, como Darwin creía que tenían que ser las especies,
«objetos tolerablemente bien definidos»? Esta separación, ¿nos explica muchas
cosas útiles sobre el cuerpo, o nos dice más acerca de las actitudes de los
anatomistas a la hora de explorarlo?
Hay una parte del cuerpo que, más que ninguna otra,
demuestra que la anatomía humana no está completamente cartografiada, incluso
en la actualidad. Parece que el clítoris ha sido conocido, perdido, encontrado,
perdido de nuevo y encontrado una vez más durante el curso de 2.000 años de
historia médica.
La dificultad podría haberse mitigado si hubiera
habido más mujeres anatomistas. Hubo unas pocas, en especial en Italia, donde
algunas universidades dieron posiciones influyentes a mujeres. En el siglo
XVIII, Anna Morandi sucedió a su marido en la cátedra de anatomía de la
Universidad de Bolonia. Sus magníficos modelos en cera fueron adquiridos por
Catalina la Grande de Rusia, como lo fueron los de su contemporánea francesa,
Marie Marguerite Biheron, que enseñó a John Hunter en Londres. Un siglo después,
Marie-Geneviéve-Charlotte Thiroux d’Arconville estudió anatomía en París y
tradujo un manual de osteología de Alexander Monro, el fundador de una dinastía
de anatomistas escoceses. También supervisó los dibujos para el manual, al
tiempo que daba pasos para conservar su anonimato en la obra. Se aseguró la
inclusión de un esqueleto femenino (que era algo considerado muy opcional en
las anatomías de la época), pero lamentablemente permitió que fuera la cultura,
y no la biología, lo que dictara su aspecto. La ilustración de d’Arconville
tiene la pelvis más ancha de las mujeres, pero una cabeza desproporcionadamente
pequeña y una caja torácica fuertemente ahusada, lo que indica o bien que fue
indebidamente influida por las expectativas contemporáneas de la forma femenina
ideal, o bien que utilizó una modelo que había pasado sus años formativos
dentro de corsés. El esqueleto de d’Arconville se convirtió en el esqueleto
femenino de referencia para los osteólogos varones de todo el mundo.
El clítoris era conocido por los griegos, y fue
considerado o bien como una versión imperfecta del pene masculino o, en una
extravagante analogía con la úvula y la garganta, como el guardián situado a la
entrada del útero. Parece que este conocimiento se perdió posteriormente en las
traducciones de la literatura médica del griego al árabe y del árabe al latín
durante los períodos postromano y medieval. Falloppio redescubrió el clítoris
como una parte definida del cuerpo en el siglo XVI, aunque fue Colombo, el
rival de Falloppio, quien primero lo publicó, añadiendo su propia observación
importante sobre su papel en la generación de placer sexual. Sin embargo,
Vesalio no se sintió impresionado. Le dijo a Falloppio: «difícilmente podéis
adscribir esta parte nueva e inútil, como si se tratara de un órgano, a mujeres
sanas». Insistió en que el clítoris no era otra cosa que un rasgo patológico
que sólo se encontraba en las «mujeres hermafroditas».
El clítoris desapareció de nuevo de gran parte de
la literatura anatómica durante el siglo XIX (y la leyenda correspondiente se
borró, por ejemplo, de algunas ediciones americanas del Gray), debido a la
incomodidad social (masculina) acerca de la sexualidad femenina. Según Helen
O’Connell, una uróloga australiana, el peor transgresor es la Anatomía de
Last, un manual actual popular entre los estudiantes que preparan exámenes. En
otros libros de texto médicos a menudo se le sigue enmascarando como el «equivalente
femenino del pene», y se le da un tratamiento esquemático superficial,
mostrando quizá sólo el aspecto externo. Un dibujo en sección, si es que acaso
se incluye, es probable que sea a través del plano medio del cuerpo, de delante
a atrás, del tipo que basta para mostrar los atributos funcionales situados
centralmente del pene, pero que no representa por completo la extensión interna
tridimensional del órgano femenino.
El «descubrimiento» y descripción más recientes del
«punto G» revela dificultades similares. En el decadente Berlín de Marlene
Dietrich y Kurt Weill, un ginecólogo llamado Ernst Gráfenberg se ganó una
reputación con el invento de uno de los primeros dispositivos contraceptivos
intrauterinos. Huyó de los nazis en 1940 y finalmente estableció un consultorio
privado en Nueva York, donde pudo continuar sus investigaciones sobre el
orgasmo femenino. No vivió para ver el término «punto G» acuñado en su honor en
1980 y, lo que es más importante, en su trabajo no se refirió nunca a ningún
tipo de «punto», sólo a una «zona» implicada en la eyaculación femenina. Desde
luego, el punto G no es nuevo, excepto como construcción cultural. Incluso
ahora, hay quien cree que existe y hay quien no.
Lo que muestra lamentablemente el debate es que
parecemos incapaces de ir más allá de la mentalidad del explorador en nuestras
investigaciones de un cuerpo humano que, para nuestra conveniencia, tiene que
estar compuesto por partes con fronteras claras, como los países, y puntos
precisos en los que se concentran los acontecimientos fisiológicos importantes,
como las ciudades que son sus capitales. En este sentido, hemos transformado la
geografía física del cuerpo en una geografía política.
§ 5. La cabeza
En la iglesia de los payasos, la Santísima Trinidad
en Dalston, en el norte de Londres, me encuentro con Mattie Faint, que
supervisa el registro menguante de miembros de su profesión. Mattie es un
payaso profesional, aunque hoy va vestido de paisano. El registro no es una
lista de papel, sino una colección de huevos. Hay docenas de ellos, alineados
en una vitrina de la pared en una zona dedicada a ello en la iglesia. Cada
huevo ha sido pintado, por lo general de negro, rojo y blanco, para parecerse a
un payaso concreto, y muchos llevan un pequeño sombrero de fieltro o de cartón
piedra. Algunos poseen una nariz protuberante, pegada como una grosella.
Algunos portan señales del aspecto natural del ejecutante bajo la marca del
bufón: patas de gallo o arrugas faciales pintadas. Busco nombres famosos en las
filas, y localizo a Grimaldi, una cara blanca con ojos grandes y amistosos.
Tiene grandes triángulos rojos por mejillas y tres mechones de pelo anaranjado.
El favorito de Mattie es Lou Jacobs, que introdujo el ridículo automóvil de
pequeño tamaño en la pista de circo y cuya característica más distintiva son
las cejas que se arquean sobre su cara como el logo de McDonald’s.
El Registro de Payasos de Huevos no es una broma.
Tiene una finalidad seria como lista oficial de payasos en activo. Para ser un
payaso uno tiene que llevar maquillaje, de otro modo uno es sólo un cómico.
Tradicionalmente, los payasos conservan su maquillaje personal, aunque pueden
renovar su número. «Como payaso, y a diferencia de los actores, se te considera
por lo que eres», explica Mattie. «No esperas a que te den un papel.» De modo
que si eres un payaso, tu huevo es en realidad un registro de identidad
profesional. Una o dos veces, un huevo se ha mostrado incluso en los tribunales
para resolver casos de usurpación. Encuentro que es una feliz variante de las
serias fotografías para las fichas con las que el resto de nosotros estamos
obligados a identificamos.
El registro funciona por dos cosas: porque estamos
acostumbrados a aceptar una representación de la cabeza como una señal de la
cabeza verdadera y a aceptar que la cabeza puede simbolizar la persona entera.
En la tradición griega y en otras tradiciones antiguas, el pecho es la sede de
la consciencia, pero la cabeza contiene la psique, el principio de la vida y el
alma, y el poder de la persona. Un asentimiento de la cabeza ha de
interpretarse como una señal física de transmisión de este poder al mundo. En su
manera más enfática y explosiva, se consideraba que un estornudo era todavía
más significativo, por ser involuntario. Tenía una fuerza profética: sea lo que
fuere que el que estornudaba estuviera pensando en aquel instante, sería algo
que se cumpliría. Esta creencia se mantuvo hasta el siglo XVII. Es en
compensación por la expulsión forzada de parte del alma desde la cabeza que en
la actualidad todavía decimos «¡Jesús!» [70] cuando alguien estornuda. En el lenguaje, hablamos de un cabeza de
Estado o de contar cabezas (quizá en una votación, cuyo nombre en inglés, poli, indicaba
originalmente la nuca o parte posterior de la cabeza). Abreviamos el todo por
la cabeza en las monedas, en los bustos esculpidos y retratos pintados, y por
encima de todo en los documentos de identidad oficiales. Firmas, huellas
digitales, lectura del iris y perfiles de ADN pueden utilizarse para establecer
nuestra identidad. A estas claves se les pueden unir en el futuro arcanos
biométricos tales como la geometría de la mano, la forma de la oreja y la
reflectancia de la piel, o nuestra voz y andadura, que son personalmente
distintivas, y nuestra manera de pulsar las teclas de un teclado. Pero es la fotografía
facial el medio de reconocimiento oficial que ha resultado ser más ampliamente
aceptado. Cualquier registro de identidad es siempre una reducción
insatisfactoria (y a veces algo insultante) de nuestro complejo yo. Pero la
fotografía excita menos controversia que los métodos que implican un elevado
grado de abstracción tecnológica, porque en este caso incluso uno mismo puede
ver que se trata de uno. No obstante, es una versión particular de nosotros la
que las autoridades desean ver. Las instrucciones para el pasaporte en el Reino
Unido estipulan que uno ha de tener «una expresión neutra y la boca cerrada (no
se puede sonreír, fruncir el entrecejo ni levantar las cejas)». En otras
palabras, no se puede hacer el payaso.
Que la cabeza simboliza a la persona entera no
resulta nunca más claro que cuando está clavada en una estaca. Es ésta la señal
última de que el cuerpo ya no existe. En la muerte, la cabeza se convierte en
el trofeo del vencedor y en un factor disuasivo para los demás. Es sabido que
la deteriorada cabeza de Oliver Cromwell estuvo empalada en el exterior de
Westminster Hall durante más de veinte años, como aviso a los que pretendían
ser republicanos, hasta que la pértiga que la sostenía se rompió durante una tormenta,
después de la cual fue puesta a buen recaudo, mantenida por una serie de
guardianes autoelegidos. finalmente fue enterrado en terrenos de su antiguo
colegio en Cambridge, la ciudad a la que había servido como miembro del
Parlamento, 300 años después de su ejecución póstuma, en 1960.
A veces la cabeza se conserva porque proporciona
una prueba sólida de la identidad, pero también por la razón más supersticiosa
de que se pensaba que, incluso después de la muerte, albergaba el alma. Esta
proposición recibió una prueba inverosímil durante la ejecución, por la
guillotina, de un criminal condenado, Henri Languille, en Orléans, el 28 de
junio de 1905. Un médico curioso, Gabriel Beaurieux, examinó la cabeza del
hombre cuando ésta cayó de la guillotina. Primero, los párpados y los labios de
Languille tuvieron espasmos durante cinco o seis segundos, que es una reacción
que se suele observar. Beaurieux siguió observando y, pasados unos segundos, la
cara del hombre se relajó y los ojos se dirigieron hacia arriba. Entonces el
médico hizo una cosa extraordinaria: llamó al hombre por su nombre. Vio que los
párpados se abrían y que los ojos de Languille «se fijaron en los míos y las
pupilas se enfocaron». Cuando los ojos se cerraron de nuevo, Beaurieux repitió
su llamada, y otra vez obtuvo la misma respuesta. «No trataba yo entonces con
el tipo de mirada embotada y vaga, sin ninguna expresión, que puede observarse
un día cualquiera en personas moribundas a las que se habla: me encontraba ante
ojos innegablemente vivos que me miraban.» El saber médico actual es que una
cabeza cortada puede permanecer despierta y consciente hasta que la presión
sanguínea que se reduce y la falta de oxígeno provocan que el cerebro se
desconecte, lo que puede tomar efectivamente algunos segundos.
En el caos Victoriano del Museo Pitt Rivers en
Oxford, encuentro varias cabezas humanas conservadas mediante reducción en una
vitrina de exhibición que lleva el rótulo «El tratamiento de los enemigos
muertos». Para mitigar mi sorpresa, una leyenda me recuerda fríamente que tomar
la cabeza de los enemigos de uno ha sido «una forma de violencia socialmente
aprobada» en muchas culturas, incluida la nuestra. Estas cabezas reducidas
concretas, o tsantsas, tienen el tamaño aproximado de una
pelota de criquet y algo de su mismo aspecto: duras, correosas y
misteriosamente oscurecidas por la edad. Algunas tienen abundante pelo humano,
otras están embellecidas con gallardetes. Las cabezas las hicieron miembros de
la tribu shuar en el Alto Amazonas de Ecuador y Perú. Los shuar creen que los
cuerpos existen en un número limitado. Para ellos, la cabeza capturada de un
enemigo simboliza la adquisición de un cuerpo suplementario para ser ocupado
por sus propios descendientes. Sin embargo, cuando el enemigo era un pariente de
sangre cercano era costumbre no tomar su cabeza como trofeo, sino preparar
cabezas sustitutivas utilizando animales. La colección del Pitt Rivers está
complementada con diversas cabezas de animales adecuadamente antropomórficos,
como monos y perezosos. Al igual que los europeos, los shuar creen que parte
del alma reside en la cabeza, y una parte del objetivo de la reducción de la
cabeza de un enemigo es pacificar dicha alma.
Quizá el lector quiera saber cómo preparar
una tsantsa. En primer lugar, extraiga cuidadosamente la piel
del cráneo cortando una ranura hacia arriba desde el cogote del cuello. Deseche
el cráneo, el cerebro y otro material interior. Cosa la hendidura que ha hecho
en la piel, y remiende los ojos y la boca, asegurándose de que se conserva la
forma facial. Después, hierva la piel hasta que se haya reducido a un tercio
aproximadamente de su tamaño inicial. Arranque cualquier fragmento de carne que
pueda estar todavía adherido a su interior. Después curta la piel llenando
repetidamente la cabeza con guijarros calientes. Esto la secará al tiempo que
conservará la forma general y los rasgos característicos. Finalmente, la cabeza
reducida se suspende de hilos. Entonces se la puede someter a insultos
verbales, después de lo cual su boca se cierra clavándole agujas de madera
antes de que pueda replicar.
La preparación de cabezas de esta manera era un
ritual prolijo, que se realizaba en fases durante la retirada de incursiones de
guerra. Cada fase del proceso era fundamental, y la ejecución adecuada de todo
el ritual era más importante que el artefacto acabado. El Museo Pitt Rivers
conserva varias cabezas reducidas que considera que son falsas debido a
irregularidades en la manera en que fueron preparadas. En la actualidad,
descubro consternado, las gentes de la región hacen cabezas, para el comercio
con los turistas, remendadas empleando cuero animal.
De la misma manera que la cabeza puede simbolizar
la persona completa, así a veces la nariz simboliza la cabeza. Una nariz roja
es suficiente para anunciar un payaso, después de todo. La nariz no es el rasgo
facial más importante, pero es incuestionable que es el más prominente, debido
a su naturaleza singular, su posición central y a que sobresale de la cabeza
hacia delante. Por todas estas razones, la nariz no pasa inadvertida. No es
sorprendente, por tanto, que sea el rasgo facial hacia el que la gente tiende a
ser más crítica. Las estadísticas de la Asociación Británica de Cirujanos
Plásticos Estéticos indican que hay más personas que se someten a rinoplastia
que a ningún otro cambio de su aspecto facial. (En un distante segundo puesto
se hallan las correcciones de las orejas para los hombres y la elevación de las
cejas para las mujeres.)
El hilarante relato corto «La nariz», de Nikolai
Gogol, publicado en 1836, juega con la confusión que se produce cuando una
nariz adopta la vida de una persona. El relato empieza una mañana en San
Petersburgo, cuando el barbero Ivan Yakovlevich encuentra una nariz en su bollo
del desayuno, y la reconoce como perteneciente a uno de sus clientes, el asesor
colegiado Kovalyov, al que afeita dos veces por semana. Mientras tanto,
Kovalyov se despierta y se encuentra con una extensión de piel lisa en lugar de
su «no indecorosa nariz de proporciones moderadas». Cuando se dirige a realizar
sus tareas matutinas, y mientras sostiene un pañuelo contra la cara y piensa
qué hará, de pronto se cruza con «un caballero en uniforme», que no es otro que
su propia nariz. En tanto que asesor colegiado, Kovalyov disfruta de un rango
en el servicio civil ruso equivalente al de comandante en el ejército. ¿Y la
nariz? Por su galón dorado y su sombrero con roseta, «era evidente que
pretendía tener el grado de consejero de Estado». Kovalyov cobra la valentía
necesaria para retar a la nariz: «El asunto es que usted es mi propia nariz»,
profiere encolerizado. Pero la nariz le corrige: «Yo soy una persona por
derecho propio». Efectivamente, no quiere saber nada de su anterior propietario,
que se encuentra en un nivel social inferior.
Desairado, Kovalyov no sabe qué hacer con su vida
sin la nariz, en especial porque espera un ascenso y un buen matrimonio. Esto
no formaba parte de su plan. Irónicamente, en ruso «acabar con nada» es
«quedarse con una nariz». Pero se ha quedado sin una nariz: ¿qué
significa esto? No es como si hubiera perdido un dedo del pie, se
lamenta; entonces podría introducir simplemente el pie mutilado dentro de una
bota y nadie se enteraría. «Si hubiera perdido un brazo o una pierna... habría
sido mucho mejor; o incluso mis orejas... esto habría sido duro, pero lo habría
podido soportar; pero sin su nariz un hombre no es nada.» Intenta poner un
anuncio en el periódico, pero el empleado se niega, temiendo que un anuncio de
este tipo supondría el ridículo para su publicación, que ya está acusada de
publicar muchas tonterías. Kovalyov está indignado: «¡Se trata de mi propia
nariz, que prácticamente es lo mismo que yo!».
Finalmente, la nariz es capturada. Ahora ha de
reunirse con su cara. «¿Y qué ocurre si no se pega?» Al principio, Kovalyov
intenta volverla a unir él mismo, pero cae sobre la mesa con un ruido sordo,
como un fragmento de corcho. Un médico advierte que la cirugía restauradora
podría únicamente empeorar las cosas. Después, pasadas un par de semanas, la
nariz vuelve a aparecer en la cara de Kovalyov en circunstancias igual de
inexplicables que cuando desapareció, y Kovalyov reanuda su vida normal con
gran ánimo, como si no hubiera ocurrido nada.
Sería ridículo buscar demasiado significado en lo
que es esencialmente un brillante relato del absurdo. Gogol explota alegremente
la visible absurdidad de la nariz humana. El ridículo con el que Kovalyov se
topa cuando anda por San Petersburgo, y el que suscita en el lector, resulta
amplificado al pensar en éste, el más grotesco de los apéndices humanos. La
aguda ansiedad de clase social del asesor colegiado significa que, mientras que
resulta manifiesto que no se toma nunca el asunto como una ofensa personal,
simplemente no quiere que se insulte su rango o título. Una vez ha recuperado
su probóscide, se siente otra vez seguro de sí mismo, pero es tan consciente de
su nivel social como antes. Después de un viaje conciliador al barbero, visita
una pastelería en la que se permite el placer de dirigir una «mirada desdeñosa
a dos oficiales, uno de los cuales tenía una nariz no mayor que un botón de
chaleco».
La autonomía temporal de la nariz de Kovalyov
proporciona asimismo un travieso ensayo de algunas de las ideas de la obra
maestra inacabada de Gogol, Almas muertas, que gira alrededor
del comercio ilícito de siervos que «existen» con fines tributarios, aunque
hayan muerto. En un mundo de este tipo, la cuestión de la propiedad que un
hombre tiene de otra persona, ya sea entera o de una parte del cuerpo, consigue
un fuerte tinte satírico. Al final de «La nariz», el narrador de Gogol toma el
pelo a su lector con la observación de que ciertamente ocurren cosas extrañas,
incluso en San Petersburgo, incluso cosas que pueden no representar un
beneficio para la nación. El que una nariz se despegue de una cara, se nos
viene a decir, no es la experiencia más extraña a la que un ciudadano ruso
puede esperar verse sometido. El relato ocasionó la primera de varias refriegas
de Gogol con los censores por poner al descubierto lo absurdo del sistema de
rango, privilegios y favoritismo del que dependía el Estado. Puede que no sea
irrelevante añadir que el propio Gogol tenía una gran nariz corva.
El carácter conspicuo supone importancia. El tamaño
y la forma de la nariz han proporcionado siempre material para los que buscan
significado y diferencia, así como material para la comedia. ¿Por qué, pregunta
el Gargantúa de Rabelais, tiene el hermano Juan una nariz tan hermosa? Se
sugieren diversas teorías: Dios así lo hizo, «como los alfareros modelan sus
vasijas»; o bien, fue el primero en elegir cuando se pusieron las narices a la
venta. El propio Juan sugiere que «creció como la pasta con la levadura» en el
calor de los blandos pechos de su nodriza. Gargantúa añade la blasfemia obscena
de que «ad formam nasi cognoscitur ad te Zevavi». [71] Tristram Shandy, el narrador de la obra maestra del siglo XVIII
que lleva este título, se refiere también con tristeza a la «sucesión de
narices pequeñas» en su familia, y observa que su abuelo se vio limitado en su
elección de esposa «debido a la brevedad de su nariz». En resumen, uno no tiene
que ser Sigmund Freud para ver que la nariz es un símbolo de esa otra parte del
cuerpo que sobresale, el pene. En el relato de Gogol hay también un atisbo de
este simbolismo. Cuando la nariz de Kovalyov es restituida, se da cuenta de que
también se ha fortalecido de otras maneras, y que está menos interesado en el
matrimonio, pero bien preparado para el sexo.
Las narices han atraído también la atención más
seria de hombres con reglas y transportadores. El médico y viajero François
Bemier fue el primero que intentó clasificar a la población humana en razas,
mucho antes de que el proyecto cobrara fuerza en el siglo XIX. Realizó un viaje
de doce años a Egipto, Oriente Próximo y la India, y escribió un relato de su
viaje titulado Voyages de François Bemier... contenant la description
des états du Grand Mogol: de L’Hindoustan, du royaume de Kachemire, &c. [72] Volvió a los salones de París con el apodo de Bemier Gran Mogol,
aunque cuando Luis XIV le preguntó cuál de los países que había visitado le
gustaba más, contestó a lo que parece: «Suiza». En 1684 publicó de forma
anónima sus ideas científicas en A New División of the Earth by the
Different Species or Races which Inhabit It . [73] Dividió los pueblos del mundo en cuatro grupos: lapones, africanos
subsaharianos, asiáticos centrales y orientales y un amplio grupo restante que
incluía los europeos junto con los norteafricanos, los pueblos de Oriente
Próximo y sur de Asia y americanos nativos. Su clasificación es notable porque
ignora en gran parte el color de la piel y, en cambio, se basa en rasgos
fisonómicos, y en particular en la forma de la nariz. A partir de entonces, la
nariz aparecía en la mayoría de los proyectos antropométricos sistemáticos, y
su papel casual en la definición de la raza consiguió una nueva respetabilidad
científica. Estos datos son útiles en la actualidad a la hora de planear la
cirugía nasal, pero nunca dijeron demasiado sobre las razas. Lo cierto es que
es tan frecuente que la nariz de las personas reales no se ajuste a los
parámetros de su supuesto tipo racial que siempre fueron una medida inútil para
cualquier cosa. Quizá es extraño que Bemier no se hubiera dado cuenta de ello
muy pronto, puesto que, cuando era estudiante en París, hizo amistad con Cyrano
de Bergerac, cuya nariz parece que merecía una categoría propia.
A partir de esta categorización no hay más que un
paso para imputar un carácter distintivo a las diferentes formas de la nariz.
Inevitablemente, los frenólogos y fisonomistas que inferían las características
humanas a partir de las protuberancias del cráneo y los rasgos faciales
tuvieron sus contrapartes nasales. El anatomista holandés del siglo XVIIIPetrus
Camper intentó evaluar el intelecto a partir de la pendiente de la nariz, una
hipótesis basada en el hecho de que este ángulo cambia desde la infancia a la
edad adulta. «La idea de la estupidez está asociada, incluso por el vulgo, con
la elongación de las napias», escribió Camper. Según sus medidas, los bustos
clásicos tenían las narices más verticales, y seguían, por este orden, los
europeos modernos, los asiáticos y los africanos. Para los antropólogos
raciales que siguieron en su estela, la métrica de Camper implicaba una
jerarquización de las razas, aunque el propio Camper declaró su convencimiento
de que tanto blancos como negros compartían el mismo origen a partir de Adán y
Eva.
El editor americano Samuel Wells especificó cuatro
perfiles de nariz en sus populares anuarios frenológicos (cuatro era un
recordatorio de esquemas anteriores que relacionaban los tipos faciales con los
cuatro humores). Sus ideas las expandió con un desagradable gusto artístico
John Orlando Roe, un cirujano de oído, nariz y garganta de Rochester, Nueva
York. En 1887, Roe publicó un artículo que definía cinco tipos de nariz: romana
(que indicaba «carácter ejecutivo o fuerza»), griega («refinamiento»), judía («comercialismo
o deseo de ganancias»), chata o respingona («debilidad y falta de desarrollo»)
y celestial. El antisemitismo de Roe es asombroso; Wells había caracterizado la
«nariz judía o siria» más amablemente, pues denotaba «astucia, perspicacia de carácter,
previsión mundana y espíritu dominante de comercialismo». «Celestial» fue la
adición de Roe. No tengo ni la más remota idea de qué forma tiene una nariz
celestial, aunque Google Images me informa servicialmente de que la actriz
Carey Mulligan tiene una. Roe dice que posee los mismos atributos carentes de
atractivo que la nariz chata, con la adición de «carácter inquisitivo».
El interés de Roe por promover una tipología de
esta guisa es más que evidente: su especialidad era «corregir» narices chatas,
a cuyo fin introdujo la innovación de operar desde el interior de los agujeros
nasales, para no dejar ninguna cicatriz visible. En los Estados Unidos de
finales del siglo XIX, una nariz respingona se consideraba indeseable porque se
identificaba con la nariz del inmigrante irlandés degenerado. Cincuenta años
después, en la Alemania nazi, era la nariz supuestamente grande del judío degenerado
lo que era anatema. La nariz se ve en función de los prejuicios de la época.
Laurence Sterne anticipa gran parte de las
tonterías que surgirían de la medición científica de la nariz y de su
subsiguiente organización en «tipos». Tristram Shandy encuentra en la
biblioteca de su padre un tratado de un tal Prignitz (ficticio), y cita con
aprobación sus hallazgos de que «las partes óseas o huesosas de la nariz
humana... son mucho más parecidas de lo que el mundo se imagina», y que «el
tamaño y la jovialidad de cada nariz concreta, y por lo que una nariz se sitúa
sobre otra, y alcanza un precio más elevado, se deben a las partes
cartilaginosas y musculares de la misma». Concluye de manera satírica que «la
excelencia de la nariz se halla en una proporción aritmética directa con la
excelencia de la imaginación de su portador».
La nariz aparece de forma abundante entre las
muchas locuciones que empleamos y que están basadas en partes del cuerpo.
Metemos las narices en los asuntos de otras personas o les restregamos algo por
las narices; estamos hasta las narices de algo o de alguien, o le hinchamos a
alguien las narices (o bien se nos hinchan las narices); hay quien no ve más
allá de sus narices y hay quien se nos monta en las narices; hay cosas de dos
pares de narices y hay quien se toca las narices. [74] Pero a la mayoría de las partes del cuerpo, tanto externas como
internas, les llega su tumo. Tenemos nariz para oler el peligro, pero cabeza
para los negocios u ojo para los detalles. Por ejemplo, podríamos rehacer las
«siete edades del hombre» del discurso de Shakespeare en Como gustéis, completamente
en términos de locuciones corporales asociadas a dichas edades. El niño tiene
la piel tan fina como el culo de un bebé y anda a cuatro patas. En la infancia,
nos damos con un canto en los dientes y gritamos a todo pulmón. El joven puede
tener el corazón en un puño, pero a falta de corazón, buenas las piernas son.
El soldado va armado hasta los dientes y, si tiene estómago para ello, lucha
con uñas y dientes y a brazo partido. La justicia puede ser ciega, hacer las
cosas a zurdas o poner el pulgar en la balanza. Después, cuando nos jubilamos,
cojeamos del mismo pie que la pareja, se nos hacen los dientes largos y ponemos
al mal tiempo buena cara. Alternativamente, podemos proceder de la cabeza a los
pies a la hora de caracterizar al hombre o la mujer ideal que conocimos antes,
y por la que daríamos la cara, aunque puede que coma a dos carrillos y no entre
con el pie derecho. Su contraparte menos afortunada puede andar con una mano
delante y otra detrás, o bien de pie quebrado, tener mucho estómago y bajar a
menudo las orejas.
Se define una locución como una forma de palabras
peculiar de un lenguaje o una cultura determinados. Sin embargo, muchas
locuciones que tienen que ver con el cuerpo tienen traducciones literales en
otros idiomas. En francés, por ejemplo, hay equivalentes directos para elbow
grease, [75] tener mariposas (o un nudo) en el estómago y to have fleas
in the ear; [76] también ellos learn things by heart, [77] le dan a la lengua y hay cosas que les ponen los nervios de punta.
Como nosotros, los italianos se tocan con las piernas bajo la mesa (play
footsie, far piedino). Otras parejas lingüísticas son más
aproximadas: a sweet tooth [78] es une bouche sucrée, una boca azucarada;
nosotros sentimos algo en el vientre, [79] mientras que los alemanes lo notan en los riñones ( Das
geht mir an die Nieren). A menudo se emplea un hiperónimo o un
hipónimo, una alternativa que comprende más de una región del cuerpo, o que se
las apaña con menos. Hablamos del largo brazo de la ley; los checos,
simplemente, tienen dedos largos. Nos caemos de cara (o de bruces); los
alemanes se caen, con más precisión, de narices. La sinécdoque es total cuando
una única parte del cuerpo simboliza a la persona entera, como cuando decimos
de alguien que es un gran cerebro o, que siempre echa una mano, que es un culo
de mal asiento o que no tiene estómago para hacer algo. A veces los idiomas se
pasean por el cuerpo en busca de nueva inspiración. Algo que a nosotros nos
cuesta un brazo y una pierna le costará a un francés la piel de la espalda o
los ojos de la cabeza; [80] y una rule of thumb se convierte en une
vue de nez. [81] Mientras tanto, la misma acción corporal universal, como parir un
niño, puede generar una multiplicidad de locuciones: to be wet behind
the ears [82] tiene una traducción exacta en alemán, pero un ingenuo francés
es encore bleu, [83] mientras que a un italiano todavía le gotea la nariz. En suma,
pocas de estas frases son únicas de su idioma, como se supone que son las
locuciones.
Existen algunas excepciones. Los alemanes parecen
favorecer los órganos internos. Ihm ist eine Laus über die Leber
gelaufen (le corrió una chinche por el hígado) significa que él está
de mal humor. En cambio, der hat einen Spleen se refiere a
alguien claramente obsesionado (encaprichado) por algo. [84] En hebreo, una persona con cuyos sentimientos no se puede jugar es
alguien «que no fue hecho con un dedo». En español, los amigos íntimos son como
uña y carne. Y en todos los idiomas cada día se añaden algunas frases de este
tipo: ahora hablamos de eye candy, a bad hair day y the
arse end of nowhere. [85] También hay algunas pistas falsas. Dar coces contra el aguijón no
es un vulgarismo moderno, como el lector puede suponer, que sugeriría
resistencia a los idiotas que nos mantienen tendidos en el suelo, sino una cita
bíblica directa [86] que se refiere a la futilidad de que los bueyes del arado lancen
coces contra los palos usados para estimularlos.
Aunque algunas de estas locuciones son inventivas y
entretenidas, nos damos perfecta cuenta de su obviedad. El cuerpo es nuestra
fuente más inmediata y familiar de inspiración lingüística. Sus partes y
nuestras palabras para ellas están, de manera simple, a mano, en la punta de
los dedos, a nuestro alcance o, al menos, en la punta de la lengua. Estos
ejemplos no han surgido de plumas famosas, aunque otros mucho más imaginativos
sí lo han hecho, y a menudo han acabado encontrando su puesto en el lenguaje,
como vimos cuando consideramos el cuerpo en las obras de Shakespeare. Se trata
de mezcolanzas vernáculas, la mayoría de ellas apenas símiles, simples
extensiones leves procedentes de la observación casual. Son obvias, y aun así
irresistibles por su obviedad. Las locuciones corporales suelen ser, tal como a
Rabelais, Cervantes y Shakespeare les encantaba repetir, «tan simples como la
nariz en la cara».
Resulta que todos somos «peludos como un simio».
Los humanos tenemos tanto pelo como los chimpancés. Únicamente el hecho de que
el nuestro es más fino, más corto y por lo general más pálido es lo que nos
deja en libertad para llamarnos el simio desnudo. No obstante, sacamos el mayor
partido de lo que tenemos. Animales de muchas especies pasan tantas horas
acicalándose a ellos mismos y a otros que no deberíamos quejarnos nunca más del
tiempo que nuestra pareja pasa en la peluquería, pero somos los únicos animales
que hemos concebido la idea de un diseño de peinado.
Nuestro pelo es tan cultural como natural: no hay
nada que haga envejecer más a una película de época que los peinados de moda de
sus actores. Qué pelo cortamos, afeitamos o depilamos y qué pelo dejamos que
crezca es una decisión fuertemente guiada tanto por tradiciones culturales que
vienen de lejos como por los antojos a corto plazo de la moda. Esto se aplica
al pelo corporal, en el que las modas para afeitarse los sobacos, las piernas y
el pelo púbico vienen y van. Pero se aplica de la manera más evidente al pelo
que exhibimos en la cabeza.
Nuestro pelo corporal, y sus raras espesuras allí
donde las extremidades se unen al tronco del cuerpo, se explican fácilmente
como pelaje residual. Pero la gloria con la que estamos coronados confunde a
los biólogos evolutivos. Puede ser principalmente funcional, una capa de greñas
para aislar nuestro gran cerebro. O puede que sencillamente sea lo que todos
consideramos que es en cualquier caso, una extravagancia evolutiva como la cola
del pavo real que proporciona una base para la selección sexual. Ciertamente,
éste es el espíritu en el que consideramos en general el cabello. Incluso
Martín Lutero, el reformador protestante, de quien difícilmente se sospecharía
que hubiera hecho esta observación, declaró: «El cabello es el adorno más rico
de las mujeres».
Una abundancia de cabello indica fuerza en el macho
y belleza en la hembra, y por lo tanto potencial generador en ambos. El cabello
adquiere un fuerte valor narrativo (piénsese en Sansón, Rapónchigo, Sinead
O’Connor, Britney Spears) por el hecho de que puede cortarse y, al fin, volver
a crecer. Su aparición y desaparición es un índice de estas virtudes
abstractas. De manera que es una equivocación que los personajes de los relatos
morales se encariñen excesivamente con su cabello. «Dios, cuando me concedió fuerza,
para demostrar además / Lo escaso que era el regalo, lo colgó de mi
cabello», [87] se lamenta Sansón en el poema de John Milton Samson
Agonistes.
El pelo abundante adopta el aspecto de hirsuto en
los hombres, y cubre grandes superficies de la piel, y una longitud sinuosa en
las mujeres. Cuando se esconde, el cabello de las mujeres se equipara a la
castidad. Dirigirlo hacia arriba indica elegibilidad para el matrimonio. El
cabello largo y ondeante es una indicación de sensualidad: la extrapolación
imaginativa que hace nuestra cultura culpable del regalo del cabello que otorga
la naturaleza en la pubertad. La Venus de Botticelli, Lorelei,
Rusalka, Mélisande, María Magdalena y La Belle Dame Sans Merci [88] poseen todas una larga cabellera. A la figura alegórica de la
Oportunidad le cae un mechón de cabello sobre el ojo. Cherchez la
femme. [89] Un cabello enmarañado es todavía más inquietante. El cabello es
una trampa, como una telaraña, dispuesta a atrapar a los hombres. Belinda, en
el poema heroico-burlesco de Alexander Pope «El rizo robado», tiene su cabello
en «bucles laberínticos». Y, tal como
Simone de Beauvoir observó con referencia a
Brigitte Bardot, «La cabellera larga y voluptuosa de Mélisande cae hasta sus
hombros, pero su peinado es el de un expósito negligente».
Al cabello le ocurren cosas raras cuando es
cortado. Esta excrecencia muerta pero todavía no muerta de nuestro cuerpo se
convierte a la vez en fetiche y fobia. La tricofobia, una repugnancia por los
pelos sueltos, por ejemplo sobre la ropa o taponando el desagüe de la bañera,
es uno de los temores humanos más comunes. Resume el miedo a las cosas
enmarañadas, pero también la sensación de que el pelo cortado es abyecto, como
los recortes de las uñas, los salivazos o las heces, porque han abandonado el
cuerpo que los produjo. Y, sin embargo, apreciamos un mechón del cabello del
amante y, cada vez más, según parece, incluso llevamos pelo de otras personas.
La cantante Jamelia acostumbraba a llevar extensiones de cabello, con el fin de
transformarse, como una heroína de tira cómica, desde «una atareada mamá de dos
hijos en mi alter ego, Jamelia, la estrella del pop», hasta que fue en busca de
su origen para un documental televisivo de la BBC. El análisis del ADN de sus
extensiones la llevó a la India, donde descubrió que afeitaban la cabeza de
mujeres y de niños, ostensiblemente como parte de una ceremonia religiosa,
excepto que después se conservaba el cabello para venderlo a compradores
occidentales. Aunque ahora se ha hecho global, el comercio de pelo es un negocio
de larga tradición. Jo March en Mujercitas y Marty South
en Los habitantes del bosque, son algunos de los personajes de
ficción que venden su cabello, mientras que la pobre Fantine en Los
miserables es obligada a vender asimismo sus dos dientes incisivos
centrales. Jo consigue veinticinco dólares, Marty dos soberanos y Fantine
cuarenta francos... un buen dinero.
Las diversas reacciones de estas mujeres a su
pérdida repentina cubren toda la gama de teorías evolutivas que buscan explicar
la presencia de pelo sobre nuestra cabeza. Jo, como señala su madre con muy
poco tacto cuando la cosa ya está hecha, ha perdido ahora lo que ya se le ha
dicho varias veces antes que es su «única belleza». Jo dice que esto le hará
bien a su vanidad, porque de todos modos ya se estaba sintiendo demasiado
orgullosa de su pelo. Las cuatro hermanas terminan casándose debidamente (cosa
que su creadora, Louisa May Alcott, no hizo nunca). Sin embargo, Jo se asegura
para sí no al convencional hombre bien parecido, sino al corpulento profesor
Bhaer, de mediana edad y extranjero: las normas de la selección sexual
renacientes. Al haber perdido su cabello, la campesina Marty South pierde
asimismo sus expectativas de matrimonio con Giles Winterborne, que muere, de
manera muy propia de Hardy, de frío. Irónicamente, antes le había contestado a
la rapada Marty, que se quejaba de dolor de cabeza, diciéndole que debía ser
porque su cabeza estaba fría. Fantine, mientras tanto, se consuela porque al
menos ha conseguido el calor de su hijo a cambio de su propio pelo.
§ 6. La cara
En 1859, mientras los académicos se disponían a
considerar las implicaciones de El origen de las especies, de
Charles Darwin, su infatigable primo, Francis Galton, se embarcó en una
investigación sistemática de la belleza en las Islas Británicas. Las jóvenes de
Londres eran las más hermosas, declaró finalmente, y las mujeres de Aberdeen
las más feas.
¿Cómo llegó a esta conclusión? Galton, como el
lector recordará, era un hombre dado a la medición. Durante el decurso de su
larga carrera, buscó maneras de medir el número de pinceladas que son
necesarias para producir un cuadro, los parámetros de la tetera perfecta y la
eficacia de la oración (su estudio demostró que los miembros del clero no
vivían más que otras clases profesionales, pero no preguntó nunca qué pedían en
sus rezos). Para acopiar los datos en bruto para lo que llamaba su «Mapa de la
belleza», cortaba un pedazo de papel adecuado en la forma de un crucifijo.
Utilizando una aguja montada en un dedal, perforaba agujeros en el papel para
indicar el número de «muchachas junto a las que pasaba en las calles o en
cualquier otro lugar, como atractivas, indiferentes o repelentes». Los agujeros
para las chicas atractivas los hacía en la parte superior de la cruz, los
correspondientes a las mujeres corrientes en el palo horizontal, y los de las
feas en la base de la cruz. La ventaja de ello era que podía notar al tacto
cada parte de la plantilla de papel en su bolsillo y registrar sus datos sin
que la plebe femenina de la ciudad que fuera le viera ni sospechara que la
estaba evaluando de una manera tan poco victoriana. «Desde luego, se trataba de
una estima puramente individual», concedía Galton en sus memorias. Pero
defendía enérgicamente su método científico, del que decía que era
«consistente, a juzgar por la coincidencia de diferentes pruebas en la misma
población». El proyecto nunca se completó; quizá la perspectiva de un estudio
completo de las muchachas británicas fuera demasiado incluso para Galton.
La investigación no se emprendió simplemente por
diversión (o indirectamente para obtener beneficios, como lo son de manera bien
evidente los «estudios» de belleza que llevan a cabo los fabricantes de
cosméticos). Por lo que a Galton se refiere, sus datos eran de poca utilidad a
menos que, como el ganado, los humanos pudieran mejorarse. En El origen
de las especies, Darwin había especulado sobre la variación de los
animales sometidos a domesticación, y esto inflamó el interés de Galton por la
variación en la población humana. Galton introdujo el término eugenesia para
describir este siniestro proyecto en 1883, pero en cierto modo, la fantasía
básica por la que los ricos, inteligentes y fecundos iban a ser seleccionados
con el fin de mejorar la raza británica tenía muy poca necesidad de la ciencia
moderna. Tal como Galton señalaba: «no hace mucho tiempo, en Inglaterra se
consideraba completamente natural que el lancero más fuerte del torneo ganara
en recompensa a la más hermosa o la más noble dama... ¡Qué extraordinario
efecto se produciría en nuestra raza si su objetivo fuera unir en matrimonio a
los que poseyeran las naturalezas más bellas y adecuadas, mentales, morales y
físicas!».
Sin embargo, antes de que pudiera iniciarse la
reproducción, sería necesario hacer una cantidad ingente de medidas. Desde
luego, éste era el principal deleite de Galton, y la inocente razón de su
seguimiento de muchachas hermosas. Además de buscar datos de campo en las
calles de las ciudades de Gran Bretaña, Galton también pretendía captar la
esencia de la belleza mediante otras formas de análisis. Una técnica
desarrollada por Galton fue emplear la nueva tecnología de la fotografía en un
esfuerzo para identificar características faciales comunes entre poblaciones de
muestra. Probó tanto la «fotografía compuesta», disponiendo unas sobre otras
hojas transparentes de retratos faciales con la esperanza de que la borrosa
imagen acumulada supusiera un promedio representativo, como, años después,
cuando esto no había logrado producir resultados significativos, el proceso
inverso de la «fotografía analítica», en el que débiles transparencias de una
persona en positivo y de otra en negativo se podían superponer de manera que
los rasgos comunes a ambos se cancelaran, dejando visibles sólo sus diferencias
faciales supuestamente importantes.
Ambas técnicas exigían una preparación cuidadosa,
con fotografías de los sujetos tomadas al mismo tamaño y en la misma actitud
para facilitar su comparación. Galton tuvo acceso a muchos grupos de personas
distinguidas por sus hazañas, por sus fechorías o por la fortuna de su
nacimiento. Hizo la relación de algunos de ellos: «Hombres de ciencia
americanos, ministros baptistas, pacientes del Hospital Real de Belén y del
Asilo Hanwell, soldados del regimiento de Chatham, niños, criminales, familias,
griegos y romanos [¡que aparentemente fueron considerados como un lote
variado!], niños del refugio de Leeds, judíos, Napoleón I y la reina Victoria y
su familia, pacientes de tisis, hombres robustos, doctores en filosofía, [90] escolares de Westminster». Resultó que de los compuestos no surgió
ningún aspecto característico firme. Hemos de llegar a la conclusión de que
esta lista dice más acerca de Galton y de su época que de cualquier categoría
de individuos.
El principal (y decepcionante) resultado de la
fotografía compuesta de Galton fue demostrar que cuantos más sujetos
individuales se añadían a la imagen compuesta, más tendía a difuminarse
cualquier característica facial concreta. Incluso los criminales, en los que
Galton estaba particularmente interesado para identificar un tipo facial que
pudiera ser útil a la policía, tenían un aspecto bastante inofensivo una vez se
habían superpuesto algunos de sus retratos.
Esta tendencia tuvo una extraña consecuencia en el
caso de la belleza. Tal como Galton observó con frecuencia, sus fotografías
compuestas tendían a tener mejor aspecto que los retratos individuales a partir
de los que se hicieron. Los criminales parecían menos criminales, los enfermos
menos achacosos, etc. Los bien parecidos adquirían un aspecto todavía mejor,
como Galton descubrió cuando fotografió bustos de retratos en moldes de monedas
y medallas antiguas del Museo Británico. En un caso, se conmovió al extraer una
«combinación singularmente hermosa de las caras de seis damas romanas
distintas, que formaba un perfil ideal encantador».
Figura 8
El compuesto en cuestión muestra una faz
formidable, con una nariz fuerte y recta, una barbilla sobresaliente y una
cierta dureza en el labio inferior. En su búsqueda de la belleza, naturalmente,
Galton no olvidó las monedas egipcias del museo que llevan la cabeza de
Cleopatra. Produjo una fotografía compuesta basada en cinco especímenes: «Aquí
el compuesto tiene, como de costumbre, un aspecto mejor que cualquiera de los
componentes, ninguno de los cuales, sin embargo, ofrece indicación alguna de su
reputada belleza; en realidad, sus rasgos no son sólo corrientes, sino que para
un gusto inglés ordinario son simplemente feísimos».
¿Qué nos dice esto acerca de la belleza de la cara
humana? En lugar de que la belleza esté en los ojos de quien la mira, la
investigación de Galton nos invita a encontrar algo objetivo en ella. Una cara
compuesta, el promedio combinado de varias caras individuales, es más bella que
ninguna de las caras de gente real que la componen. Pero también es un
promedio, con todo lo que el término implica. Así pues, ¿es la belleza
simplemente insipidez? ¿O quizá es, incluso, algo más siniestro, la cara humana
a la que se ha extraído la individualidad? Un importante talento de las modelos
de moda es poder tener siempre buen aspecto en diferentes estilos de vestidos,
y por ello una cara normal es un buen lugar para empezar. En 1990, dos
psicólogas americanas, Judith Langlois y Lori Roggman, de la Universidad de
Texas en Austin, volvieron a repetir el experimento de Galton, empleando
ordenadores para crear imágenes compuestas superiores de mujeres, y esta vez
también de hombres. Variando la escala de las imágenes para poder superponerlas
exactamente unas sobre otras, pudieron eliminar el aspecto borroso que había
afectado a los compuestos de Galton. Después sometieron las imágenes
resultantes a un panel de asesores en lugar de basarse en su propio criterio
personal. Quizá de manera sorprendente, confirmaron los resultados de Galton.
Tanto mujeres como hombres fueron juzgados más atractivos como compuestos, y
cuantos más individuos constituían el compuesto, más atractivo se juzgaba que
era, debido a la eliminación progresiva de «defectos» y asimetrías faciales.
Las autoras concluyeron que sus hallazgos eran consistentes con la presión de
la evolución; en otras palabras, que tendemos naturalmente a seleccionar
parejas con características cercanas al promedio. Se trata de una conclusión
tan abrumadoramente poco romántica como la que cualquier científico desearía, y
Langlois y Roggman parecen debidamente desconcertadas, pues se refieren con una
autocrítica evasiva, en el resumen de su artículo, a la búsqueda perenne por
parte de la ciencia de «una respuesta parsimoniosa a la pregunta de qué
constituye la belleza».
Ser atractivo resulta tener ventajas mucho más allá
del mundo de las citas. En circunstancias en las que la selección sexual no
podría ser menos relevante, la belleza tiene todavía el poder de sesgar nuestro
criterio. Un descubrimiento típicamente sorprendente es que las personas
atractivas tienen más probabilidades de ser absueltas en los juicios.
¿Se puede leer algo más que la belleza superficial
en la cara? Si la criminalidad pudiera diagnosticarse a partir del aspecto,
como Galton esperaba demostrar, entonces, ¿qué pasa con las virtudes
superiores? Los filósofos griegos creían que el carácter podía leerse en la
cara. La figura más influyente a la hora de revivir esta idea (llamada
fisiognomía) fue el suizo Johann Raspar Lavater, un pastor zwingliano, que
publicó una colección de ensayos sobre el tema en la década de 1770, que fue
ampliamente traducida. Lavater hizo su contribución a la clasificación de
orejas y narices en tipos, y entre otras cosas creía que las personas que se
parecían a determinados animales también tenían algo del carácter de dichos
animales. «Una hermosa nariz», sugirió, «no se encontrará nunca acompañando un
semblante feo. Una persona fea puede tener bellos ojos, pero no una hermosa
nariz.» El propio Lavater poseía una gran nariz cuyo perfil era casi
perfectamente triangular, de lo que podemos extraer nuestras propias conclusiones
acerca de la imagen que tenía de sí mismo.
Por encima de todo, Lavater anhelaba ver la faz de
Jesucristo. La mera visión de ella, creía, sería una revelación divina. También
proporcionaría un modelo ideal: cuanto más se pareciera uno a Él, mejor sería
su carácter moral. La dificultad era que, a falta de un segundo advenimiento,
sólo disponía de las representaciones de los artistas para seguir adelante, y
desde luego éstas se basaban en sus propias ideas del aspecto que tenía la
virtud cristiana, un vislumbre de la cual quizá habían visto en las caras de
contemporáneos virtuosos. Al cabo, este razonamiento teleológico no nos dice
nada acerca de la faz divina, y no hay manera de decir que Jesucristo no se
parecerá a un luchador o a un camionero en lugar de al hippie californiano en
el que los artistas se han puesto de acuerdo.
Al igual que su campo relacionado de la frenología,
la fisiognomía está en la actualidad científicamente desacreditada. Sus
principales adeptos son hoy los muchos autores cuyos personajes tienen un
aspecto que proporciona la pista de su comportamiento y personalidad: el
notorio avaro Ebenezer Scrooge, de Charles Dickens, del que se nos dice: «La
frialdad que tenía dentro había congelado sus viejas facciones y afilaba su
nariz puntiaguda, acartonaba sus mejillas, daba rigidez a su porte; había
enrojecido sus ojos, azulado sus delgados labios»; o Gwendolen Harleth,
en Daniel Deronda, de George Eliot, cuya boca
«autocomplaciente» y ojos de serpiente, que se describen en un capítulo inicial
dedicado por entero al discutible asunto de su belleza, dan a entender su
comportamiento manipulador posterior; o el poco atractivo Keith Talent de Campos
de Londres, de Martin Amis, cuyos ojos «relucen con tremendas
acomodaciones hechas para el dinero», pero sin «la sangre suficiente» para el
asesinato... y los millones de lectores que siguen felizmente la ficción.
Provocados, quizá, por la difamación que de las
muchachas de Aberdeen hizo Galton, los psicólogos escoceses han sido
peculiarmente activos en la investigación reciente en nuestra percepción de la
cara humana. Ahora los ordenadores permiten a los científicos manipular
imágenes faciales de maneras que posibilitan una investigación más indagatoria
que la que jamás hubiera conseguido Galton con sus monedas y sus compuestos. Un
proyecto especialmente sorprendente, que ha emprendido Rachel Edwards, de la
Universidad de Saint Andrews, implicó alterar un retrato de Isabel I para hacer
que pareciera que usaba cosméticos modernos. Su familiar base de alabastro (en
realidad, una pasta venenosa de albayalde) [91] fue sustituida por un ligero tostado y una aplicación de colorete.
De golpe, el ejercicio confirmó la legendaria belleza de la Reina Virgen y
proporcionó una demostración convincente de cuán poderosa es la influencia
cultural del maquillaje en nuestra opinión sobre la belleza en el aspecto.
Sin embargo, la mayoría de los estudios actuales se
centran en el reconocimiento facial y no en la percepción de la belleza.
Generalmente, es más importante poder reconocer a una persona real que
construir un ideal artificial. Galton descubrió esto a su costa un día en el
que envió algunas de las fotografías compuestas que había hecho a un par de
hermanas a su padre. «Estoy muy agradecido por los curiosísimos e interesantes
retratos compuestos de mis dos hijas», escribió el padre en su respuesta.
«Conociendo tan bien su cara, tuve una cierta sorpresa cuando abrí su carta.
Puse una de las caras en la mesa para que la madre la viera casualmente. Me
dijo: “¿Cuándo le hiciste esta fotografía a A? ¡Cómo se parece a
B! ¿O es B? Nunca pensé antes que fueran tan parecidas”.» Ésta
fue una respuesta educada e insólita. A la mayoría de los destinatarios de las
fotografías, comentó Galton apesadumbrado, «rara vez les parece preocupar
demasiado el resultado, excepto como curiosidad». Galton no se entretuvo de
manera precisa en por qué la gente debería interesarse por sus esfuerzos para
hacer que tuvieran un aspecto más promedio. Pero seguramente extrajo la
conclusión correcta de los desaires que recibió cuando añadió: «Todos tendemos
a hacer valer nuestra individualidad».
Resulta que identificar a un individuo no es una
simple cuestión de presentar una semejanza precisa. Philip Benson y David
Perrett, también de Saint Andrews, registraron imágenes digitales de varias
caras, y después exageraron rasgos distintivos de las mismas para producir una
gama de caricaturas más o menos extremas de cada una. Cuando pidieron a
diversas personas que seleccionaran la mejor imagen de cada gama, la que
tendieron a seleccionar no fue el retrato verdadero, sino una leve caricatura.
En realidad, somos muy buenos a la hora de
identificar caras. Es lo que los psicólogos denominan una tarea natural. Lo
hacemos detectando su simetría general, y en particular el triángulo invertido
que describen los ojos y la boca. Los ojos son importantes porque comunican
emoción, mientras que observamos la boca en busca de señales de placer o
aversión. Ésta es la razón por la que no nos damos cuenta de que la Mona Lisa
no tiene cejas, o de que los niños de South Park carecen de
nariz. Debido a que reconocer caras es algo tan natural, los adiestramientos
especiales, como el que a veces se da a los agentes de policía, pueden conducir
en realidad a peores en lugar de a mejores resultados, si alteran los
mecanismos subconscientes de procesamiento de imágenes que están operando.
Recordar e identificar una cara para nosotros
mismos es una cosa.
Pero describir una cara para que otra persona pueda
identificarla asimismo es una cuestión totalmente distinta. En esas
circunstancias, lo hacemos descomponiendo la cara en los fragmentos para los
que tenemos términos. De manera que empezamos hablando sobre los ojos, la
nariz, la boca, y así sucesivamente, y quizá una forma general de la cabeza
(redonda, almendrada, angular, etc.). Además de los órganos funcionales,
nuestro inventario conversacional de componentes faciales incluye asimismo
rasgos tales como los pómulos, la barbilla y la frente, las cejas y el perfil
del cuero cabelludo. Las orejas pueden considerarse importantes o no en función
de su prominencia (excepto en los pasaportes suecos, para los que es un
requisito que el poseedor sea fotografiado en un cierto ángulo de manera que
sea visible una oreja). Pero esta lista no refleja de forma exacta el modo como
identificamos en realidad una cara. Es simplemente la manera más fácil de
comunicación lo que consideramos que son los rasgos característicos que hacen
que la identificación sea posible.
Como en tantas cosas, Leonardo da Vinci pudo haber
sido el primero en reunir un inventario de las representaciones dibujadas de
los rasgos faciales humanos, lo que hizo con el fin de poder enseñar a sus
colegas artistas cómo producir retratos reconocibles basados en sólo una breve
mirada a su sujeto. Pero, en general, desde la época medieval y durante el auge
de los retratos pintados hasta la aparición de la fotografía, a las personas se
las identificaba normalmente por medios que hoy nos parecen peligrosamente poco
fiables, basados en papeles firmados y en objetos que llevaban consigo, el
único vestido que llevaban o diversas marcas o rasgos que los distinguían. Los
grabados al boj del siglo XVII de criminales notables pueden parecerse a los
anuncios actuales de personas buscadas, pero invariablemente se producían para
difundir la buena noticia después de que el criminal hubiera sido capturado. La
idea de producir una imagen previa, trabajando a partir de los recuerdos de la
gente y no de un sujeto vivo (o para entonces quizá muerto), no apareció hasta
mucho más tarde.
En la década de 1960, muchos cuerpos de policía que
buscaban maneras de mejorar la identificación de sospechosos de crímenes,
utilizaron el hecho de que describimos las caras
descomponiéndolas en partes. Sistemas iniciales, como el Identikit americano,
que empleaba dibujos lineales, y el Photofit inglés, que utilizaba fotografías,
permitieron a los testigos presenciales componer la imagen de un sospechoso
como si fuera un rompecabezas, utilizando piezas tomadas de una biblioteca de
componentes faciales básicos. Los métodos funcionaban bien en las entrevistas
porque se basaban en un vocabulario común (y parecían más analíticos que
trabajar con un artista que dibujaba bocetos), pero producían resultados pobres
en términos de parecido. Cada vez más, estos sistemas se consideran poco
satisfactorios porque no reflejan la manera en que realmente reconocemos las
caras. Gradualmente, los ordenadores más potentes introdujeron mejoras. El
sistema E-fit, desarrollado por John Shepherd, un psicólogo de la Universidad
de Aberdeen, opera a partir de una base de datos de imágenes faciales completas
que pueden ser manipuladas y mezcladas según las instrucciones de un testigo
para producir una impresión preferida. Uno de los primeros éxitos del E-fit se
produjo en julio de 1993, cuando el asesino en serie Colin Ireland, de Londres,
se entregó a la policía después de haber comprobado lo mucho que se parecía a
su imagen de E-fit que se había hecho circular.
Logros más recientes se basan en el hecho de que
reconocemos las caras de una manera holística. El sistema Evo-fit, desarrollado
en la Universidad de Stirling, funciona mostrando a los testigos una «rueda de
reconocimiento» de seis caras reales de las que éstos seleccionan las que más
se parecen a la persona buscada. Desde luego, es improbable que el parecido sea
muy grande al principio, pero el procedimiento se repite y se hace que las
caras más parecidas que se encuentran en cada pase se «reproduzcan» juntas para
obtener por «evolución» un compuesto final más aproximado. En efecto, el método
permite que el testigo seleccione en función de características faciales
distintivas, mientras que el foco del ejercicio se mantiene en caras enteras.
La confusión de simples parecidos con la verdadera
identidad es una causa principal de errores judiciales. Ésta es la verdadera
razón que hay detrás de la potencia escocesa en la investigación en este campo,
que recibió su estímulo inicial del Ministerio del Interior del Reino Unido
después de la investigación en 1976 de un comité gubernamental de casos en los
que los tribunales se habían equivocado debido a una identificación visual
defectuosa. Cuando decimos «su cara se me ha quedado grabada en el cerebro», o
algo parecido, ello puede ser verdad hasta cierto punto. Pero una leve
alteración de la cara (un afeitado, un bronceado, un corte de pelo, incluso la
misma cara vista desde un ángulo nuevo) puede ser suficiente para confundir el
reconocimiento. En otras palabras, recordamosretratos, momentos
congelados en el tiempo, pero conocemos personas.
O pensamos que las conocemos. El 18 de octubre de
1997, un muchacho que estaba desaparecido desde hacía tres años se reunió
aparentemente con su familia en Texas, después de haber sido encontrado en un
albergue juvenil en España. En el aeropuerto de San Antonio, «Nicholas» fue
recibido con abrazos y lágrimas por su hermana y por otros parientes. Su madre
también estaba allí, pero se abstuvo del júbilo general. En su casa y a lo
largo de las semanas siguientes, el chico volvió a la vida normal, fue a la escuela
y pudo recordar incidentes familiares. Si una o dos personas sospechaban que
algo no iba del todo bien, los agentes de policía y de inmigración estaban
cerca para asegurarles que todo estaba en orden. Sin embargo, al cabo de un par
de meses, «Nicholas» empezó a desenmarañarse. Finalmente, en marzo de 1998,
cinco meses después de haber acogido al chico, la madre comunicó su sospecha de
que era un impostor, y se descubrió una cruel decepción. Se demostró que
«Nicholas», el americano de dieciséis años, era Frédéric Bourdin, un francés de
veintitrés años con el pelo teñido y un talento para memorizar los detalles de
la vida de otras personas. Fue sentenciado a seis años de prisión por perjurio
y por falsificación de documentos. Cuando fue puesto en libertad reemprendió su
carrera de impostor infantil en serie, y en 2005 fue descubierto una vez más,
esta vez en Francia, donde afirmaba ser Francisco, un huérfano español. Nunca
se ha sabido el paradero del Nicholas real.
La sociedad tiene una necesidad desesperada de que
seamos en realidad exactamente quien parecemos ser. No son sólo los Lavater y
Galton los que quieren que Jesucristo tenga una apariencia virtuosa y los
criminales tengan el aspecto adecuadamente depravado. Si las apariencias no
corresponden a lo que pensamos que sabemos, entonces el resto de nosotros (en
la familia, la comunidad, la autoridad) podemos quedar profundamente
perturbados. Podemos sentirnos insultados, avergonzados y amenazados cuando
descubrimos de repente que alguien en quien habíamos depositado nuestra
confianza no es lo que parecía ser. Tan fuerte es nuestra necesidad de que la
gente se ajuste a lo que esperamos de ellos que muchas afirmaciones
convencionales de identidad, entre ellas el parecido visual, pueden pasarse por
alto si al hacerlo se produce un ajuste más claro. Esto es lo que ocurrió con
Frédéric / Nicholas. El muchacho encontrado era demasiado bueno para no creer
en él; respondía a la necesidad de aquella familia y ponía en orden los libros
de registro de las autoridades. Era tanta la presión social que incluso la
incrédula madre fue persuadida a que aceptara al impostor.
La identidad personal es una actuación. La mayoría
de nosotros nos acomodamos en un «personaje» y lo mantenemos sin demasiada
dificultad, al menos en parte porque esto es lo que la sociedad nos exige que
hagamos. La presión para mantener la actuación es constante, y no siempre
podemos conseguirlo. De modo que dedicamos momentos especiales (despedidas de
soltera, pongamos por caso) y lugares especiales (como en el escenario de un
teatro) en los que ya no hemos de ser lo que somos; en
realidad, resulta socialmente necesario que «seamos» alguna otra persona. En
los casos más extremos, el malabarismo fracasa, con resultados catastróficos.
Bourdin no podía «ser» él mismo, de modo que buscaba salir adelante «siendo»
otra persona. Pero el deseo subyacente no es pretender, sino pertenecer: que la
actuación se convierta en la vida. Incapaz de mantener la actuación de su yo
verdadero, intentó otras actuaciones, una tras otra, pero al final también fue
incapaz de mantenerlas.
A menudo, lo que es más sorprendente de estas
historias no es la representación, la actuación realizada con más o menos éxito
por la figura central, sino la reacción de los que la rodean. Como
observadores, nos permitimos el lujo de sorprendernos por la aparente
credulidad de estas personas: ¿cómo es posible que se hayan dejado engañar?,
nos preguntamos. Pero visto desde el interior de la historia, resulta evidente
que su actitud surge de la necesidad de creer, en aras de la supervivencia
psicológica personal y de la cohesión social, que la persona es quien él o ella
afirma ser. Tomemos la famosa historia del retorno de Martin Guerre. A mediados
del siglo XVI, un campesino acomodado apellidado Guerre abandona de repente su
hogar, y a su mujer y a su hijo, en una aldea de los Pirineos sin causa ni
explicación algunas. Años más tarde, un hombre retorna y es aceptado como
Guerre por la esposa y el pueblo. Todo transcurre tranquilamente durante unos
cuantos años más, hasta que la mujer lo lleva a los tribunales, afirmando ahora
que es un impostor. Cuando el caso legal está a punto de resolverse (a favor
del hombre, como quizá el lector no se sorprenderá de descubrir, y además el
resto de la comunidad no tiene ninguna razón especial para dudar de su
identidad), el verdadero Martin Guerre hace una reaparición espectacular, pero
con una pierna menos, pues ha estado lejos, en las guerras.
El núcleo psicológico de la historia es realmente
la esposa de Guerre, Bertrande de Rols. ¿Era una mujer sencilla, engañada por
el impostor, como lo fueron otras personas, y como han sugerido los relatos del
episodio (hechos por hombres)? ¿O bien había, como ha sugerido Natalie Zemon
Davis, la historiadora de la cultura que dio una gran difusión al episodio,
suficientes razones para que Bertrande siguiera adelante con el fingimiento? Su
estatus se había reducido mucho por el abandono de Guerre, y necesitaba
asegurar la herencia para su hijo. De pronto, allí aparecía una nueva pareja,
plausible y quizá más satisfactoria. «Más allá de una condición de mujer joven
con sólo un breve período de sexualidad, más allá de un matrimonio en el que su
marido la comprendió poco, la pudo haber temido y con toda seguridad la
abandonó, Bertrande soñaba con un marido y un amante que retornara, y que fuera
diferente», especula Davis.
Tales dramas animan algunas de las cuestiones más
fundamentales e inquietantes sobre la identidad. ¿Cómo sabemos que somos la
misma persona que éramos hace diez minutos o hace diez años? ¿Cómo lo saben
nuestras personas amadas, y las demás? ¿Acaso es importante ser la misma
persona y saberlo? Un Guerre puede levantar dudas, pero cuando nuestra pareja
retorna del trabajo estamos seguros de que es la misma persona que se fue por
la mañana. La manera como establecemos esto para nuestra satisfacción no es un
asunto trivial. Y entonces, ¿qué hemos de pensar del hecho de que nuestras
células corporales se renuevan completamente a lo largo de un período de unos
siete años, de modo que, desde el punto de vista material, no somos en absoluto
la misma persona? La cara es nuestro principal marco de reconocimiento, aunque
el movimiento, el gesto y la voz son también importantes. Pero la cara también
cambia con la edad. ¿En qué sentido seguimos siendo realmente la misma persona?
Los filósofos siempre se han sentido intrigados por
lo que hace que alguien sea un individuo reconocible. John Locke y David Hume
afirmaron que la consciencia, y la continuidad de la consciencia en la memoria,
eran el sine qua non de la identidad personal. Para Hume, «el principio de la
individuación no es otra cosa que la invariabilidad y la ininterrupción de
cualquier objeto a lo largo de una supuesta variación del tiempo, por la que la
mente puede reseguirla en los diferentes períodos de su existencia, sin ninguna
interrupción de la perspectiva». El sueño no constituye una interrupción de
este tipo porque recordamos el día anterior. Pero ¿y un intervalo de varios
años? Bueno, quizá esto ya es otra cuestión.
Especulaciones filosóficas recientes han tendido a
centrarse en situaciones hipotéticas en las que la continuidad de la identidad
del yo se interrumpe de repente. Por ejemplo, se nos pide que imaginemos que la
mente y el cuerpo de una persona están de algún modo separados una de otro y
que se entremezclan de varias maneras en el espacio y el tiempo. Pero estos
diversos experimentos mentales de viaje en el tiempo, teleportación e
intercambio de cuerpos parecen haber aportado poco a la comprensión de la cuestión.
Imaginar que la mente de una persona se sitúa en el cuerpo de otra plantea
inmediatamente el problema del cuerpo: ¿es necesariamente del mismo género? ¿Ha
de sentirse similar o exactamente igual? Imaginar que una persona se transporta
hacia atrás en el tiempo y se le da el aspecto y los recuerdos de algún
personaje histórico tampoco funciona. No podemos decir que entonces la
persona es el personaje histórico porque cualquier otra
persona pudo haber sido transportada también de manera parecida. La esperanza
de estos ejercicios intelectuales es descubrir qué es lo que nos hace realmente
ser lo que somos (puesto que parece que no tenemos alma y que ninguna otra
parte menor de nosotros contiene nuestro «yo»). Los expertos llegan a la
conclusión, y me parece que de manera bastante apologética, de que nuestra
identidad reside en la persona que más se parece a «nosotros» hace un momento o
a un paso de distancia, la llamada «teoría del continuador más cercano». Esto
apenas parece que sea lo bastante bueno cuando se compara con los crudos dramas
humanos de identidades adoptadas y confundidas.
Tampoco hace mucho para prepararnos para el futuro.
En noviembre de 2005, una mujer francesa de treinta
y ocho años, Isabelle Dinoire, recibió el primer trasplante facial parcial del
mundo en un hospital de Amiens, después de que su perro le arrancara a
mordiscos la nariz y la boca mientras ella permanecía inconsciente, después de
haber tomado una sobredosis de drogas. Desde entonces se han realizado más de
una docena de operaciones similares en Francia, España, China y Estados Unidos.
La primera operación de trasplante facial total se le realizó en un hospital de
Barcelona a un agricultor que se había disparado accidentalmente en la cara. En
Gran Bretaña, un equipo de trasplantes faciales del Hospital Real Libre de
Londres tiene la aprobación ética para realizar cuatro operaciones de
trasplante, que serán supervisadas como ensayos clínicos. La primera operación
se iniciará tan pronto como se hayan encontrado un receptor y un donante
adecuados.
Me he acercado al hospital para hablar no con Peter
Butler, que dirigirá el equipo de treinta cirujanos, anestesistas y enfermeras,
sino con Alex Clarke, la psicóloga clínica asesora que trabaja con él en este
fascinante proyecto. Su tarea es preparar a receptores potenciales de
trasplantes, pero la fuerza impulsora de su trabajo, dado que los trasplantes
faciales son todavía una novedad, ha sido ayudar a las personas a aceptar la
desfiguración en lugar de habérselas con el diferente conjunto de cuestiones que
plantea la perspectiva de recibir una nueva cara.
A menudo, somos todos los demás los que necesitamos
ayuda. «Las sociedades no son buenas para las personas cuyo aspecto no es el
ordinario», dice. En el pasado, Alex ha trabajado con Changing Faces, [92] una institución de beneficencia dispuesta a acabar con lo que ella
denomina la «discriminación facial» que sienten las personas con la cara
desfigurada, un prejuicio que es reforzado de manera irreflexiva en la cultura
popular, en la que los malos siempre son los que tienen cicatrices. Changing
Faces se ha opuesto a la panacea de los trasplantes faciales, pues cree que la
obligación debe ser que la sociedad cambie sus actitudes. También el Real
Colegio de Cirujanos de Inglaterra estaba antes en contra de esta idea, al
juzgar que el riesgo de rechazo biológico del tejido donado era demasiado
grande, pero ha modificado su posición a la luz del caso Dinoire y otros y de
la investigación psicológica, que parece sugerir que los obstáculos éticos no
son tan grandes como se había supuesto. Ahora está prudentemente a favor del
trasplante facial, al tiempo que advierte de los peligros de una proliferación
de operaciones «desastrosas» realizadas por «equipos sin experiencia», como
ocurrió a continuación de los primeros trasplantes de corazón en la década de
1960.
La ética del trasplante facial no tiene paralelismo
médico. En un sentido biomédico, un trasplante de cara no es diferente de otros
trasplantes: todos implican la sustitución de tejido enfermo o lesionado del
receptor por tejido sano del donante. Pero hay algunas importantes distinciones
de contexto, que no son necesariamente obvias. La cara es externa al cuerpo,
normalmente muy visible, nuestro medio usual de reconocimiento humano. Junto
con las manos (que antaño se creía que eran indicadores más fieles de la
identidad personal que la cara, porque no pueden cambiar de expresión), nuestra
cara es la representación más importante de nuestro yo. Pero Alex me dice que
esto no es un problema. «No hay ningún elemento de identidad que explique los
escrúpulos relacionados con las manos y la cara. Es sólo la novedad [de la
perspectiva quirúrgica].»
A Alex le preocupan más los aspectos prácticos. Ha
encontrado que es tranquilizador poder demostrar mediante gráficos de ordenador
que la cara que aparecerá después de la cirugía no será una máscara macabra de
la cara del donante, sino un aspecto completamente nuevo que resultará de
extender la piel del donante sobre los huesos del receptor. «Esto nos ayudó a
alejarnos de la visión de la ciencia ficción de horror», dice. Una preocupación
casi tan grande como el propio trasplante es la duración, a lo largo de toda la
vida, del tratamiento con medicamentos inmunosupresores que serán necesarios
para asegurar que no haya rechazo. Los receptores potenciales tendrán que ser
investigados para establecer la probabilidad de que puedan soportar las
exigencias físicas de muchas operaciones y del régimen de medicamentos
posterior. No todos pueden: Clint Hallam, un neozelandés que perdió su mano en
un accidente con una sierra circular, se sometió a cirugía para implantársela,
pero ésta no prendió, y tuvo que ser amputada. Algunos años después recibió el
primer trasplante de mano. Sin embargo, después de más de dos años de utilizar
su mano de repuesto, Hallam dejó de tomar voluntariamente sus inmunosupresores,
y la mano le fue amputada de nuevo.
También hay cuestiones psicológicas alrededor del
donante. ¿Qué tipo de persona desea donar su cara? ¿Son altruistas, como los
donantes de órganos, o fantasistas que imaginan que conseguirán un extraño tipo
de inmortalidad al llevar alguien su cara después que ellos habrán muerto? ¿Qué
debería saber el receptor acerca de la vida del donante? No contribuyó a la
percepción cuando se supo la noticia de que la donante de Dinoire fue una
suicida.
Finalmente, hay que recordar que, a pesar de toda
su fascinación médica, un trasplante facial no se encuentra, como un trasplante
de corazón, al final de un procedimiento para salvar una vida. Seguir adelante
con el trasplante ha de sopesarse frente a alternativas tales como los injertos
de piel y otra cirugía cosmética convencional, o a un tratamiento
exclusivamente psicológico. En el caso de que se dé vía libre al trasplante,
todavía queda la tarea de explicar al público que su objetivo no es realmente
el proporcionar al paciente una cara de aspecto normal, sino principalmente
restablecer funciones fisiológicas importantes como la capacidad de accionar la
mandíbula. Existe incluso una cierta necesidad de refrenar el impulso de las
personas acostumbradas a la idea de la cirugía cosmética electiva de que un día
podrán salir del quirófano con su cara ideal. A estas personas les puede ser
útil recordar el descubrimiento de Galton de que la belleza es sólo promedio.
§ 7. El cerebro
Albert Einstein, el mayor científico de todos los
tiempos, según muchos, y el mayor judío desde Jesús, en palabras de J. B. S.
Haldane, murió en las primeras horas del domingo 17 de abril de 1955 en su casa
de Princeton. El doctor Thomas Harvey, del Hospital de Princeton, realizó la
autopsia, y determinó que la causa de la muerte había sido la rotura de un
aneurisma aórtico. Una docena de las personas más allegadas a Einstein
asistieron a una breve ceremonia funeral. Después, su cuerpo fue incinerado. Habían
pasado poco más de catorce horas desde que el físico expiró su último aliento.
Sin embargo, no todos los restos mortales de
Einstein se convirtieron en las cenizas que después se esparcieron en una
localidad secreta con el fin de evitar la atención de los cazadores de
celebridades. Y es que en algún momento de las primeras horas de la mañana de
aquel domingo, Harvey, actuando por propia iniciativa y sin el permiso de la
familia, extrajo el cerebro de Einstein del cráneo en el que había residido de
manera tan provechosa durante setenta y seis años y lo reservó para examinarlo
posteriormente.
Inyectó formalina en las arterias internas del
cerebro y después colocó todo el órgano en el líquido conservador. El cerebro
no reveló ningún indicio inmediato de las especiales capacidades que había
poseído cuando estaba vivo. Fue cuidadosamente medido y fotografiado, y después
cortado en unos 240 fragmentos numerados. Muchos de dichos fragmentos se
rebanaron además en secciones finas y se encapsularon en capas de una sustancia
parecida al celuloide para poder observarlas bajo un microscopio. Parece que Harvey
pasó muchos de estos especímenes a científicos amigos suyos, mientras que
conservó otros. Según se dice, un médico de Chicago recibió un espécimen como
regalo de Navidad. Otro fue adquirido por un profesor japonés de matemáticas
que coleccionaba recuerdos de Einstein. Cuando en 1978 un periodista siguió la
pista de Harvey hasta Wichita, Kansas, encontró los restantes trozos del
cerebro de Einstein almacenados en contenedores de cristal en una caja de
cartón que llevaba la etiqueta de una marca de sidra.
Ya hace más de cincuenta años que partes del
cerebro de Einstein han estado en manos de científicos. ¿Qué hemos aprendido
acerca de cómo se manifiesta el genio en el cuerpo físico? Harvey prometió
publicar sus resultados una vez hubiera estudiado el cerebro, pero durante
mucho tiempo no apareció ninguna investigación. Finalmente, en 1996, Harvey
publicó un artículo en Neuroscience Letters, en el que daba
los resultados de su comparación de una sección preparada de la corteza
prefrontal derecha (una parte del cerebro que se cree que está implicada en el
control de la personalidad y en juzgar y comparar pensamientos) de Einstein con
la de cinco sujetos ancianos control. La noticia trascendental fue que el
cerebro de Einstein poseía neuronas en un número no superior y con un tamaño no
mayor que el de los demás sujetos.
Marian Diamond, de la Universidad de California en
Berkeley, tuvo sólo un poco más de éxito cuando le pidió un espécimen a Harvey
y lo recibió en un viejo tarro de mayonesa. En una parte del lóbulo parietal,
en la parte alta de la cabeza, encontró una proporción de células gliales a
neuronas superior a la normal. En el cerebro, las células gliales se emparejan
con las neuronas de maneras que todavía no se comprenden muy bien, contribuyen
al crecimiento y a la función del cerebro y se ha descubierto que aumentan en
los animales cuando se les sitúa en un ambiente estimulante. No puede saberse
si el excedente de células gliales de Einstein se hallaba presente desde el
nacimiento o era la consecuencia de su inmersión en el Instituto de Estudios
Avanzados de Princeton.
Sandra Witelson y otros de la Universidad McMaster
de Hamilton, Ontario, afirman haber realizado el primer examen de la anatomía
general del cerebro de Einstein sólo en 1999. Utilizando calibradores,
compararon las dimensiones tomadas a partir de las fotografías de Harvey con
las de treinta y cinco cerebros de machos normales, y no encontraron
diferencias significativas, excepto en las regiones parietales, «importantes
para la cognición visuoespacial y el pensamiento matemático». Los lóbulos
parietales medían aproximadamente un centímetro más de anchura que el promedio
de los controles de Witelson. A diferencia de todos los demás cerebros de
varones (y a diferencia asimismo de otros cincuenta y seis cerebros de mujeres
que también se examinaron), el cerebro de Einstein parecía carecer de una
característica denominada opérculo parietal, una banda de tejido que bordea el
surco lateral, una de las hendiduras principales que divide el cerebro en sus
lóbulos componentes. Sin éste, especulaban los científicos canadienses, los
lóbulos parietales de Einstein pudieron haberse expandido más allá del tamaño
usual y confinar más cerca de otras regiones del cerebro, con las que entonces
pudieron haber establecido un número insólito de conexiones neurales. Witelson
concluye que «El excepcional intelecto de Einstein... y su modo de pensamiento
científico, que él mismo describió, pudieron estar relacionados con la anatomía
atípica de sus lóbulos parietales inferiores», pero añade con pesar que su
trabajo «es claro que no resuelve la antigua cuestión del sustrato
neuroanatómico de la inteligencia».
El intento de localizar los orígenes del genio en
los grandes científicos no es nuevo. Cuando Isaac Newton murió en 1727, el
escultor flamenco Jan Rysbrack hizo una máscara mortuoria con yeso blanco del
gran hombre para que lo ayudara en la preparación de la extravagante estatua
conmemorativa de Newton que en la actualidad se encuentra en la abadía de
Westminster. Muestra una cara regordeta y angular, con una arruga severa por
boca y una frente igualmente severa. La faz del gran hombre es notablemente diferente
del retrato familiar de Godfrey Kneller, pintado al óleo, que le confiere una
cara larga y labios rojos y femeninos. También Rysbrack intentó suavizar los
rasgos auténticos para su escultura final. Desde entonces, tanto la máscara
como el busto han sido copiados con frecuencia en yeso, comprados y vendidos
como las reliquias de un santo para colocarlos en la mesa de pensadores
pretenciosos de las siguientes generaciones. De esta manera, Newton se
convirtió en uno de los sujetos favoritos de los frenólogos.
El pionero de esta nueva ciencia, el alemán Franz
Joseph Gall, empezó a coleccionar estas cabezas en 1792, y desarrolló
gradualmente una teoría de la localización de la función cerebral que afirmaba
que se le había ocurrido por primera vez cuando todavía iba a la escuela. Allí
advirtió que un alumno con una excelente memoria verbal tenía un rasgo físico
característico: ojos grandes y prominentes. Esta correlación aparente, que
observó de nuevo en estudiantes cuando se hallaba en la Universidad de Viena,
llevó a Gall a creer que un área del cerebro situada directamente detrás de los
ojos tenía que ser responsable de la memoria verbal. Gall realizó medidas
sistemáticas de las protuberancias y depresiones en los cientos de cabezas de
muestra que reunió. Al creer que los mejores sujetos serían los que exhibieran
el comportamiento o las capacidades más extremos, se interesó por los cráneos
de asesinos, lunáticos, hombres de Estado de renombre y líderes militares, y
genios en las artes, las ciencias y la filosofía. Su ambición no era otra que
encontrar una anatomía y fisiología del cerebro que en último término revelara
una psicología completa del hombre.
Mediante su proceso de «cranioscopia», Gall
identificó veintisiete «órganos» distintos del cerebro, que describió en
términos de los instintos y facultades mentales que supuestamente
proporcionaban. Éstos incluían sabiduría, bondad, amistad, valentía, orgullo,
vanidad, precaución y firmeza de propósito, así como otros relacionados con los
sentidos (de lugar y espacio, musical, numérico y matemático) y la capacidad de
recordar (personas, palabras, hechos). También había regiones del cerebro que
identificó con el talento como poeta, como satírico y como mimo. Al menos dos
de las cualidades (la tendencia a robar y la tendencia a asesinar) reflejan a
buen seguro el acceso de Gall a sujetos en prisión. Las ideas de Gall se
oponían a la ortodoxia de la época de que el cerebro era un órgano homogéneo
cuyas funciones no podían localizarse, y fueron consideradas demasiado
materialistas por la Iglesia y por las autoridades vienesas. Puede ser que el
hecho de que identificara el sentimiento religioso en una de las veintisiete
áreas del cerebro no ayudara a sus ideas. En 1805 se marchó de Viena para
buscar apoyos para su teoría en otros lugares de Europa, y finalmente se afincó
en París, donde, en 1810, publicó su teoría completa, acompañada por un atlas
del cerebro magníficamente ilustrado.
Un joven médico inglés, Henry Reeve, figuraba entre
los muchos que asistían a las conferencias de Gall. Aunque al principio quedó
impresionado, Reeve encontró a Gall vulgar y amanerado en una segunda ocasión,
y escribió en su diario que «como muchas cosas vistas a distancia, el velo
desaparece con una inspección más detenida, y con él el placer». Sin embargo,
quizá Reeve no fuera típico, pues las ideas de Gall iban a ser adoptadas en
Gran Bretaña y, posteriormente, en América, con más entusiasmo que lo fueron en
el continente.
El principal acólito de Gall en su recorrido
europeo fue su disecador y ayudante en las conferencias, Johann Raspar
Spurzheim.
Sin embargo, Spurzheim vio una mayor oportunidad de
popularizar el tema que ahora se empezaba a conocer como frenología, y los dos
hombres riñeron en 1812.
Figura 9
Spurzheim reorganizó el sistema de Gall de los
órganos cerebrales, dando a muchos de ellos nombres nuevos y atractivos, y
añadiendo otros ocho a la lista. Dividió los treinta y cinco órganos de
entonces en los que eran intelectuales y los afectivos o morales. Sus etiquetas
atractivas incluían: Amatividad, Habitatividad, Adhesividad, Combatividad,
Destructividad, Veneración, Autoestima y Maravillosidad, que sustituía a la
categoría de la religión de Gall. Spurzheim inició asimismo la práctica de
inscribir en pequeños bustos de sobremesa estas regiones, que se demostraron
populares iconos de recuerdo de la nueva ciencia.
Mientras que Gall se había interesado por la
ciencia pura del cerebro, Spurzheim y sus seguidores vieron tanto un programa
moral como una oportunidad comercial en demostrar y ofrecer lecturas del
carácter. Aparecieron sociedades frenológicas locales. Se puso de moda que a
uno le palparan las protuberancias craneales. Todas las boticas vendían bustos
frenológicos. Empezaron a multiplicarse las revistas científicas de frenología,
que llenaban sus páginas con análisis detallados de los famosos y de los infames,
sobre la base de las medidas de su cráneo o de los moldes de su cabeza.
Lo maravilloso de todo esto, desde luego, era que
uno sabía la respuesta antes de empezar. En 1846, George Combe, de Edimburgo,
la principal autoridad inglesa en este campo, publicó un análisis detallado del
cráneo de Rafael, el artista. Describió el cráneo mismo como «un óvalo hermoso
y gracioso; y su superficie era notablemente suave y uniforme». Esta
regularidad fue básica en su concepción de la grandeza de Rafael como artista:
«El gusto es el resultado de la combinación armoniosa de todos los órganos, con
un temperamento excelente; al contemplar estas dotes en Rafael, vemos el origen
de su refinamiento y gracia exquisitos». William Stark, el presidente de la
Asociación Frenológica de Norwich, poseía una colección de moldes, a cada uno
de los cuales había adjuntado un membrete con un único rasgo personal que,
asimismo, corresponde curiosamente a los datos conocidos de la vida de aquella
persona. Por ejemplo, «Disimulo» se identifica como la facultad más prominente
de un hombre que ya se sabía que era un «deudor astuto».
El gran cerebro de Newton recibió un tratamiento
acrítico parecido. En 1845, el Phrenological Journal(and Magazine of
Moral Science, para dar su nombre completo y para distinguirlo de
otros varios Phrenological Journal) publicó los hallazgos
según los cuales la cabeza de Newton indicaba «talentos matemáticos del máximo
orden», al estar dotado con las grandes facultades de peso, forma, tamaño,
orden y número, así como de una «fracción tolerable de causalidad y comparación»,
lo que explicaba su capacidad de señalar la relación de causa y efecto y de
descubrir analogías, semejanzas y diferencias. Hoy en día, el reto consiste en
decidir si este tipo de cosa es en realidad algo menos válido que el análisis
del cerebro de Einstein que, como hemos visto, encuentra cosas especiales que
decir acerca de las regiones parietales de la parte superior de su cabeza,
«importante para la cognición visuoespacial y el pensamiento matemático».
La frenología es curiosa por tener partidarios
serios y toda la parafernalia de la ciencia digna (revistas, sociedades,
conferencias), al tiempo que era atacada por otros científicos como fraude, era
satirizada en teatros y revistas, y recibía las burlas de un público escéptico.
Por ejemplo, el famoso caricaturista George Cruikshank se reía de las
facultades que Spurzheim distinguía en el cerebro, e ilustraba la «adhesividad»
(que se refería a la propensión a formar amistades) con una pareja clavada en el
fango hasta la rodilla. Otros sugerían nuevas facultades, extrañas y
específicas, como un talento «para conducir una calesa tílburi». Es difícil
pensar en otra ciencia que haya vivido una doble vida de este tipo durante
siquiera una fracción de algo más de un siglo que fue el tiempo en el que
persistió la frenología.
La fuerza de la frenología residía en su promesa
social. Las dimensiones morales de la mente humana podían evaluarse mediante el
expediente ridículamente fácil de mediciones físicas de la cabeza. El frenólogo
que tuviera la capacidad de entrever una buena oportunidad podía establecerse
como un protopsicoanalista, un asesor de carreras profesionales, un consultor
de reclutamiento o incluso un casamentero, en función de las necesidades de su
cliente.
Mientras tanto, los críticos del método advertían
sus fallos evidentes, como el número aparentemente arbitrario de órganos
cerebrales, y sus cualidades intercambiables y contradictorias, que permitían
extraer cualquier número de conclusiones de una evaluación del carácter. De
manera muy apropiada, se adoptó la cabeza de Voltaire como un soporte de los
que intentaban desacreditar la frenología. A lo que parecía, éste, «el más
célebre de los infieles y, más aún, el más violento e implacable enemigo del cristianismo»
mostraba un órgano de la veneración impracticablemente grande. ¿Por qué poseía
el gran filósofo tal cosa si era evidente que no la usaba? Pero no iba a ser
tan fácil vencer a la frenología. En 1825, un frenólogo escribió que el ejemplo
de Voltaire en realidad confirmaba la veracidad de la técnica,
puesto que, aunque el francés no había demostrado mucha veneración divina, era
seguro que la había tenido para la corte de Francia, en la que había buscado
favores políticos.
Como hemos visto, Thomas Edison no consiguió
obtener una radiografía del cerebro para William Randolph Hearst en 1896. Las
primeras radiografías rudimentarias del cerebro no se hicieron hasta 1918,
cuando se descubrió que se podía introducir aire en sus ventrículos para
aumentar el contraste con el tejido circundante. Sin embargo, una técnica
práctica para ver de manera rutinaria dentro del cerebro no aparecería hasta la
década de 1970. ¿Qué nos iba a mostrar? ¿Acaso revelaría la localización de los
poderes que nos elevan por encima de los animales?
Las referencias científicas describen típicamente
el cerebro como el órgano más complejo del cuerpo humano. No lo parece. Es
menos variado que el corazón, menos intrincado que los pulmones. Extraído de la
cabeza, cortado en secciones y comprimido entre láminas de vidrio para su
inspección fácil, tal como lo he visto preparado en museos médicos, es blanco y
opaco... literalmente, desde luego, pero también figuradamente. Oculta bien su
mecanismo. Quizá sea sólo la vanidad humana la que insiste en la complejidad.
El propio Hipócrates pudo haber hecho el
descubrimiento de que el cerebro no es simplemente una masa lumpen. [93] Hacia el 400 AEC, probablemente basándose en su examen de soldados
griegos heridos en combate, compiló un libro titulado Sobre las heridas
de la cabeza. Allí señaló, por ejemplo, que las heridas en un lado de
la cabeza tienden a producir convulsiones en el lado opuesto del cuerpo. Más
tarde, Galeno buscaría en el cerebro la localización del alma, y haría
referencia a que el cerebro posee partes dedicadas a funciones corporales
específicas. Personajes medievales, como el erudito persa Avicena, consideraban
que los cuatro ventrículos del cerebro que contienen el líquido cerebroespinal
eran espacios de almacenaje para imágenes e ideas, que respectivamente regían
la percepción, la imaginación, la cognición y la memoria. Mucho más tarde,
Descartes creyó haber localizado el alma en la minúscula glándula pineal, en la
base del cerebro. Los frenólogos hicieron poco para hacer avanzar la ciencia,
pero también ellos compartían la convicción de que el cerebro no era una unidad
homogénea y de funcionamiento holístico, sino un órgano de partes distintas.
Esta convicción se ha reforzado con la aparición de nuevas maneras de sondear y
cartografiar el cerebro.
Los métodos son a menudo brutales. Como en la época
de Hipócrates, la guerra es un estímulo para el saber. En la guerra ruso-
japonesa, un oftalmólogo llamado Tatsuji Inouye pudo cartografiar la corteza
visual con un nuevo detalle sobre la base de heridas de disparos recibidas en
el lóbulo occipital, en la parte posterior de la cabeza. Pudo aprovecharse (si
ésta es la palabra) del uso que hacían los rusos de nuevos fusiles que
disparaban balas que eran más penetrantes pero que causaban menos lesiones que
las armas anteriores. Los neurólogos ingleses, de manera parecida, pudieron
hacer grandes avances en la comprensión del papel que el lóbulo occipital
desempeña en la visión debido a que los cascos Brodie que llevaban los soldados
ingleses proporcionaban muy poca protección en esta zona. (Lamentablemente para
ellos, los frenólogos habían tendido a localizar las facultades visuales, de
manera muy poco imaginativa, justo detrás del ojo, muy lejos del lóbulo
occipital, al que adjudicaban cualidades de amor y amistad.)
Estudios posteriores realizados por el
neurocirujano Wilder Penfield, nacido en Estados Unidos y que trabajaba en
Montreal, observaron la respuesta de pacientes epilépticos conscientes a la
estimulación del cerebro mediante electrodos. Penfield empleaba la técnica con
el fin de planificar la cirugía cerebral para mitigar las convulsiones que se
observaban en regiones específicas del cuerpo. Pero lo que obtuvo como
resultado fue un nuevo mapa del cerebro. La jugada maestra de Penfield fue
emplear a una artista cuando publicó sus hallazgos en 1937. La señora H. P.
Cantlie dibujó un «homúnculo cortical» en el que las diversas funciones
sensoriales y motrices del cuerpo se ilustraban a una escala en proporción al
volumen del área del cerebro que se pensaba que era responsable de su control.
Lamentablemente, el esquema (que mostraba pulgares muy grandes y dedos, manos y
pies grandes en comparación con las extremidades y el tronco del cuerpo) se
parecía un poco a una rana aplastada en la carretera. Más instructiva y
duradera es una versión posterior que publicó Penfield, en la que los órganos
sensoriales y motores están situados alrededor de los hemisferios cerebrales en
una sección transversal de la cabeza. Destacan especialmente los labios y el
pulgar. Desde entonces, esta idea gráfica ha arraigado y ha inspirado variantes
incluso más grotescas, y asimismo tiene sus precursores en el homúnculo
medieval, que era, literalmente, un hombrecillo, o «maniquí», una especie de
Mini-yo [94] que puede ser conjurado por un alquimista o un mago. Estas figuras
humanas distorsionadas quizá también son invocadas de manera imaginativa en los
larguiruchos dragones y monstruos de nuestras pesadillas y tiras cómicas, con
sus dedos ansiosos de agarrar y sus torpes pies.
Figura 10a
Una magia diferente nos proporciona imágenes
verdaderas del cerebro. El secreto es el fenómeno de la resonancia magnética
nuclear, un descubrimiento de importancia tan fenomenal que ha estado marcado
por la concesión de premios Nobel en seis ocasiones: tres en física, dos en
química y el último en medicina, concedido en 2003 por su aplicación en la
forma de imagenología médica que ahora se conoce universalmente como MRI.
Fui a que me escanearan el cerebro hace más de
veinte años. Era la primavera de 1988, y esta forma de imagenología acababa de
obtener la aprobación para su uso clínico. La técnica era tan nueva que nadie
había pensado todavía en eliminar la parte «nuclear» del nombre que de alguna
manera no conseguía tranquilizar a los pacientes en potencia. Pero yo no soy un
paciente, sino que escribo un artículo para la revista Popular Science.
Cuando llego al Centro Médico de Albany, en la
capital del estado de Nueva York, el jefe de neuroradiología, Gary Wood,
vestido de blanco, empieza haciéndome algunas preguntas básicas. «¿Hay algún
problema con usted? ¿Lleva encima alguna cosa de metal: plumas, presillas?»
Deposito llaves, una pluma y mi magnetófono en una gaveta. Después el doctor
abre una gran puerta forrada de cobre y me escolta hasta la sala de MRI.
Figura 10b
Una gran máquina en forma de rosquilla llena la
sala. Está adornada con el logotipo de General Electric, la compañía fundada
hace casi 100 años por Thomas Edison, lo que resulta divertido, y cuya sede
central está en la vecina Schenectady. Plástico blanco de perfil liso esconde
su imán de cinco toneladas. (Los imanes de NMR médica pueden generar campos
magnéticos que miden unos 15.000 gauss; el campo magnético de la Tierra, en
comparación, mide en promedio sólo 0,5 gauss, mientras que los imanes que el lector
tiene en la puerta de su frigorífico pueden producir unos 50 gauss.) El
ayudante de Wood me ayuda a instalarme sobre una camilla que sale del ánima del
imán, y después le da a un interruptor, accionado hidráulicamente (los motores
no funcionan cerca de este imán enorme), me deslizo casi en silencio hacia el
imán hasta que mi cabeza se halla situada en el centro del mismo. Cualquier
sensación de claustrofobia está mitigada por el espejo que se ha dispuesto
cuidadosamente en ángulo sobre mis ojos de manera que puedo ver más allá de mis
pies y a través de la ventana de observación de la sala, donde Gary y sus
colegas supervisan el escaneo. Mediante una conexión audio de dos sentidos los
oigo teclear instrucciones en el ordenador y parlotear excitadamente sobre su
nuevo equipo. «Permanezca inmóvil», me dicen. Gary aprieta un botón. Un
tamborileo rápido y apagado me llena los oídos, pero no noto nada mientras la
enorme máquina escanea las profundidades de mi cerebro.
Después, Gary me enseña qué es lo que ha registrado
en el monitor. Es la primera vez que he podido ver el interior de mi propio
cuerpo. Pero incluso en esta fecha temprana, me hastía la familiaridad genérica
de las imágenes. «La MRI ha alterado nuestro sentido de la transparencia, de
modo que ahora podemos ver estructuras cuya forma y función había sido
previamente el ámbito de poetas y filósofos», leo en un relato más bien
anonadado de la imagenología médica. Pero ¿qué es ver? Me doy cuenta de que
aquello que estoy mirando no es una simple fotografía, sino una imagen
totalmente indirecta, una manifestación digital de una serie de señales de
radiofrecuencia, que a su vez son el producto de minúsculos campos magnéticos
producidos por los átomos de hidrógeno de mi cerebro en respuesta a la enorme
señal de entrada de la máquina productora de imágenes. Me parece que poetas y
filósofos quizá todavía lleven ventaja.
Gary, que quizá advierte mi ambivalencia, señala
los diferentes tonos de gris de la pantalla que representan la cubierta externa
de mi cráneo, mi médula ósea e incluso mi líquido cerebroespinal. «Ahora iremos
pasando páginas», me dice. «Entraremos directamente en su cabeza.» En la
pantalla aparece una serie de imágenes a medida que Gary persigue mis nervios
ópticos, desde los ojos al cerebro. Se detiene en una imagen, una sección
transversal que muestra claramente mi nariz, garganta y senos. «Aquí hay algo que
parece un anuncio de Dristan», [95] ríe. Cuando me voy, me da una impresión de mi escaneo, de
recuerdo. Lamentablemente, ya no tengo aquella imagen, de modo que no puedo
decir si mi lóbulo parietal está expandido o mi surco lateral está cerrado como
los de Einstein.
Mejoras en la imagenología de resonancia magnética
efectuadas desde la época de mi escaneo permiten que los científicos obtengan
imágenes en vivo y conmovedoras del cerebro en funcionamiento. Experimentos de
imagenología de resonancia magnética funcional (fMRI) suponen
típicamente escanear el cerebro de un sujeto mientras éste o ésta realizan
tareas concretas. Esto proporciona imágenes que realzan las partes del cerebro
que temporalmente son más activas, el procesamiento de la imagen digital
aplicado a los registros de MRI muestra generalmente una sección a través de
todo el cerebro en blanco y negro, con el área activa destacada en color.
Gracias a esta manipulación, ahora hablamos normalmente de las partes del
cerebro que se «encienden» cuando pensamos en cosas concretas, aunque, hablando
estrictamente, el «encendido» que se observa es una indicación de un aumento
del flujo sanguíneo y no necesariamente de una determinada actividad mental.
Esta nueva tecnología es una importante ayuda en el
diagnóstico de enfermedades mentales, pero también proporciona una nueva
herramienta para investigar la manera en que el cerebro funciona normalmente.
Hay en marcha muchos estudios para examinar aspectos de la actividad mental
humana que tendemos a considerar importantes a la hora de definir quiénes somos
como individuos.
Entre éstos se cuentan efectuar elecciones morales,
mostrar prejuicios y ejercer la creatividad personal. Incluso decisiones
sencillas sin consecuencias requieren el ejercicio de la elección, que es una
expresión de la personalidad. Neurocientíficos del Centro para la MRI Funcional
del Cerebro, de Oxford, diseñaron un experimento que requería que los sujetos
presionaran botones con el fin de pasar de un estado arbitrario A a los estados
B o C. Cuando los sujetos elegían libremente, su acción estaba acompañada de un
aumento de la actividad en una parte concreta del cerebro y de una reducción en
otra. Sin embargo, cuando al mismo sujeto le indicaba una segunda persona lo
que tenía que hacer, esta imagen se invertía. El experimento parece mostrar que
los mecanismos neurales que están en la base de nuestra evaluación de las
elecciones que hacemos son diferentes según que dichas elecciones sean
obligadas o se hagan libremente.
Pero ¿qué ocurre cuando nos enfrentamos a un dilema
moral real? Joshua Greene, de la Universidad de Harvard, les preguntó a sus
sujetos que imaginaran una situación en la que un bebé que llora amenaza con
descubrir la presencia de un grupo de personas que se esconden de soldados
enemigos: ¿asfixiaríamos al bebé para salvar la vida de los demás? Sus
resultados demostraron que las regiones del cerebro asociadas con la
planificación, el razonamiento y la atención eran en comparación más activas
cuando la gente elegía dañar a algunos individuos con el fin de salvar a otros.
En otras palabras, la gente piensa más intensamente cuando lo que va a decidir
tendrá consecuencias para otros. Es lo que al menos esperaríamos de los seres
humanos que son nuestro prójimo.
Jason Mitchell, un colega de Greene en Harvard, ha
estado utilizando la fMRI para investigar la empatía y el prejuicio. Comprender
a otras personas implica imaginamos a nosotros en su lugar. Esto es más fácil
de hacer cuando la otra persona es parecida a nosotros. Mitchell les pidió a
sus sujetos, definidos según sus creencias sociales y políticas, que evaluaran
personas imaginadas tanto muy parecidas a ellos como muy diferentes. Las
imágenes cerebrales que registró muestran que la percepción de un «otro» similar
afecta a una región del cerebro que se sabe que está relacionada con el
pensamiento autorreferente, mientras que la percepción de un «otro» disímil
activa una región diferente. No revela por qué, pero sí que
muestra algo de lo que ocurre cuando, por ejemplo, las
personas blancas asocian más fácilmente las caras negras con atributos
negativos y las caras blancas como la suya con cualidades positivas. Este
trabajo puede proporcionar una clave para comprender los prejuicios raciales y
de otro tipo.
Las obras creativas, como los cuadros, las
sinfonías y las novelas, se consideran muy expresivas desde el punto de vista
personal. Pero ¿puede verse cómo tiene lugar el proceso creativo en el cerebro?
Charles Limb, de la Facultad de Medicina Johns Hopkins, en Washington DC, ha
intentado captar un atisbo de ello registrando escaneos de fMRI de músicos de
jazz expertos cuando improvisan al piano, inventando música que nunca se había
pensado o tocado antes. Un promedio hecho a partir de las imágenes cerebrales
de varios improvisadores muestra áreas concretas del cerebro activadas y otras
desactivadas, lo que sugiere que también la creatividad está localizada.
Estudios de imagenología del cerebro normal como éstos ganan en validez si se
toman datos de una población muestral de sujetos, y no de una única persona.
Puedo ver lo peligroso que sería interpretar el registro de una única persona
de una determinada manera cuando se busca algo tan personal y subjetivo como el
prejuicio o la creatividad. Pero no puedo dejar de preguntarme si estos
agregados estadísticos, como las fotografías compuestas de Galton, no corren el
riesgo de perder la información misma que intentan conseguir.
La MRI funcional se aplica asimismo para fines
menos elevados. Los escáneres cerebrales de personas que siguen dietas de
adelgazamiento, realizados cuando eligen si comer alimentos saludables o comida
basura, por ejemplo, parecen destacar áreas del cerebro implicadas en el
autocontrol. Fabricantes de productos y agencias publicitarias están, como es
natural, muy interesados en esta actividad del cerebro... y en poder evitarla.
Ahora que la MRI ha demostrado ser una técnica de diagnóstico y el coste del equipo
se reduce, las empresas están empezando a pensar qué es lo que podría
ofrecerles. Gemma Calven es una antigua psicóloga académica, y ahora directora
general de Neurosense, una compañía que utiliza la imagenología cerebral para
sondear los misteriosos escondrijos de la mente del consumidor. «Hay una
percepción general de que esto se desarrolló como una tecnología médica... y
que ahora lo estáis usando con fines comerciales: ¿a qué estáis jugando?»,
admite Gemma. Pero es evidente que las grandes empresas no tienen tales
escrúpulos. Neurosense utilizó imagenología cerebral en nombre de un programa
de la televisión comercial inglesa a la hora del desayuno, y produjo el
resultado interesado de que los espectadores prestaban más atención a los
anuncios emitidos por la mañana, y eran más capaces de recordarlos.
«No tendrías que mostrarte escéptico de que esta
tecnología nos permita ver de qué forma el cerebro efectúa una determinada
tarea», me reprende Gemma. «El aspecto delicado aparece cuando empiezas a
plantear cuestiones más sociales. ¿Acabarás realmente por emplear estas
tecnologías para leer lo que estoy pensando? A mí me gustaría verlo.» Pero, por
ahora, esta perspectiva sigue siendo teórica, al requerir escáneres con una
resolución mucho mayor que los actualmente disponibles, que pudieran captar el
disparo de neuronas individuales en el cerebro. Esto podría indicar lo que está
pensando alguien en respuesta a un determinado estímulo. «Pero esto sigue sin
alcanzar el sentido de la experiencia. El sentir que esta cosa está viva es
algo grande.»
Mientras tanto, en San Diego, una compañía llamada
No Lie MRI [96] muestra una de las direcciones hacia las que esta tecnología se
encamina. Espera emplear la fMRI para permitir que sus clientes evalúen
solicitantes de empleo y demandantes de seguros. Puesto que la técnica de
imagenología supervisa directamente el sistema nervioso central, y no el
sistema nervioso autónomo que controla las funciones corporales, No Lie MRI
afirma ser capaz de superar las restricciones legales americanas que se aplican
al uso por parte de las compañías de polígrafos detectores de mentiras. Su plan
consiste en establecer VeraCentros de resonancias orwellianas en los que se
entrevistará a los sujetos mientras son escaneados por una máquina de MRI. En
la actualidad, la compañía cabildea para que las «pruebas» de fMRI sean
admisibles en los tribunales americanos. Incluso organizaciones neutras, como
la Sociedad Psicológica Británica admiten que probablemente sólo sea cuestión
de tiempo hasta que los escaneos cerebrales sean admitidos en los tribunales,
aunque, como ocurre con las pruebas de ADN, el aura de ciencia que los rodea
puede significar que los miembros de los jurados les concedan un crédito que no
siempre merecen.
En su celo por identificar a los mentirosos, puede
que No Lie MRI no advierta el panorama general. Para un neurocientífico, y cada
vez más para todos nosotros, somos nuestro cerebro. Puede que no esté lejos el
día en el que un hombre pueda entrar en un tribunal y acusar del crimen a su
propio cerebro, y las pruebas confirmarán su afirmación. O, para decirlo de
otra manera, cualquier acusado en el futuro podrá argüir un refinado
equivalente moderno del alegato de enajenación mental. La cuestión entonces es
si tendrá algún sentido castigar a la persona... o a su cerebro.
§ 8. El corazón
El corazón es un órgano muscular hueco de forma
cónica, situado entre los pulmones, y encerrado en la cavidad del pericardio.
El corazón es piramidal, o más bien turbinado, y
corresponde parcialmente a la proporción de una piña.
El corazón de los animales es el fundamento de la
vida, el Príncipe de todo, el Sol de su microcosmos, del que depende toda la
vegetación, del que fluye todo el vigor y la fuerza.
El corazón, como una casulla.
El corazón, como un carnoso almohadón de pedos.
Tortuoso es el corazón sobre todo, y perverso.
El corazón tiene sus razones que la razón no
entiende.
El corazón es una cosa hambrienta e incansable;
tendrá algo para comer. Si no le gusta nada de Dios, cazará algo entre las
criaturas, y aquí a menudo se pierde, así como su fin.
El corazón es siempre inexperto.
El corazón es un cazador solitario.
El corazón, pues, es muchas cosas para muchas
personas, tal como atestiguan estas diversas descripciones. Las tres primeras
descripciones son de anatomistas de épocas diferentes, y se han tomado
respectivamente de la Anatomía de Gray, de la Microcosmographia de
Helkiah Crooke y de De Motu Coráis, de William Harvey. El
siguiente, «El corazón, como una casulla», es de Pantagruel, de
François Rabelais, que era anatomista además de monje, letrado y escritor. En
una ocasión, en 1538 y en Lyon, un cadáver habló a Rabelais; al menos así se
relata en un poema contemporáneo de Étienne Dolet. El cadáver sentía que había
burlado a los jueces que sólo habían querido aumentar su castigo al
sentenciarlo a muerte con disección cuando supo que iba a ser disecado por el
gran Rabelais: «Ahora, Fortuna, bien puedes enfurecerte: gozo de todas las
bendiciones». El siguiente símil, quizá más informativo, procede de The
Book of the Heart, de Louisa Young. Las siguientes frases proceden del
Libro de Jeremías, del Antiguo Testamento; de Blaise Pascal, el filósofo
francés del siglo XVII, y de su contemporáneo, el clérigo inglés John Flavel, y
de los escritores americanos Henry David Thoreau y Carson McCullers.
La idea de que el corazón representa de alguna
manera importante nuestra esencia misma se remonta a Aristóteles y más allá.
Según Young, relatos egipcios y griegos de más de 3.000 años de antigüedad
revelan que el corazón ya se consideraba la sede de «la identidad, la vida, la
fertilidad, la lealtad y el amor». Si esto era cierto desde el punto de vista
fisiológico seguiría siendo desconocido durante muchos siglos. Pero el hecho de
que éste era absolutamente el caso en un sentido simbólico era algo que se suscribió
durante 1.300 años, cuando Galeno, en el siglo n EC, situó el hígado, el
corazón y el cerebro a cargo del cuerpo tripartito (abdomen, tórax y cabeza),
siendo el corazón, inevitablemente, el central de los tres.
A diferencia de todos los demás órganos internos,
el corazón es claramente discernible como un lugar de actividad; late, y late a
un ritmo que cambia en respuesta al mundo que lo rodea, más rápido en presencia
de un amante, o de peligro, más lento en el sueño y al acercarse la muerte. Los
médicos clásicos consideraban que el corazón era el origen del calor del cuerpo
y entendían que estaba conectado con la sangre, pero es asombroso que no se
comprendiera durante tanto tiempo su verdadera función como bomba que envía la
sangre a circular por todo el cuerpo. Leonardo da Vinci se acercó a la verdad
de manera exasperante cuando observó, cosa que Galeno no había hecho, que el
corazón tiene cuatro cámaras, es muy muscular y es el origen de todos los vasos
sanguíneos. Sólo con que se hubiera dado cuenta de que algunos de dichos vasos
se llevan sangre del corazón y otros la retoman a él, seguramente hubiera
sacado la conclusión evidente y hubiera sellado su reputación como algo más que
un aficionado en el campo de la anatomía.
Cuando sostengo un corazón en la mano, resulta
obvio inmediatamente que antes tuvo que hacer alguna cosa. Comparado con los
pulmones o el cerebro, el hígado o los riñones, que poseen una textura uniforme
inescrutable, este órgano posee una arquitectura complicada. Separo los
delgados pliegues de grasa que lo envuelven como papel de seda alrededor de una
pieza de porcelana. Posee una base muscular con sus diversas cámaras (dos
aurículas y dos ventrículos) situadas encima. Cuando está vacío de sangre, tiene
su parte inferior claramente más pesada. Los vasos sanguíneos recorren rutas
contorneadas sobre su superficie externa. Este corazón en concreto fue cortado
a través de la aorta, que se revela como un enorme túnel de unos dos
centímetros de diámetro. Leo que el corazón bombea 5.600 litros de sangre al
día, y que a través de este tubo puede emitir un chorro de sangre hasta una
altura de dos metros en el aire. ¿Cómo pudo la gente en el pasado imaginar que
el cuerpo simplemente fabricaba sangre al ritmo colosal que este profundo
conducto exige con toda seguridad? La mayor vena del cuerpo, la vena cava, es
casi tan grande cuando penetra en el corazón. Otros cuatro vasos sanguíneos
grandes, las venas y arterias pulmonares, que transportan la sangre hacia los
pulmones, donde se oxigena, y desde ellos, tienen alrededor de un centímetro de
diámetro. Todo el diseño me hace pensar en un esquema de una estación de
ferrocarril metropolitano. Imagino que será un rompecabezas colocar de nuevo el
corazón en el cuerpo prosecado del que lo he levantado para que los tubos
cortados vuelvan a su lugar, pero en realidad se desliza fácilmente en el hueco
que los pulmones dejan para él, y mientras cae en su lugar encuentra su
orientación correcta, como un animal que se acomodara en su nido.
En determinados lugares puedo ver haldas sinuosas
de carne. Son las válvulas que regulan el flujo sanguíneo. Crean el
característico latido doble del corazón, que típicamente suena como «lab-dab» o
«lab-dap». Si se pronuncian en voz alta estas dos sílabas, nuestra lengua
imitará la acción de los dos conjuntos de válvulas que regulan el flujo de
sangre. Parte de la razón por la que William Harvey pudo descubrir la
circulación de la sangre allí donde Galeno y Leonardo habían fracasado pudo
deberse a los avances en ingeniería hidráulica que se hicieron a principios del
siglo XVII,que incluían, curiosamente, el invento de la prensa hidráulica por
Pascal. Quizá estos artefactos para bombear agua permitieron a Harvey ver el
corazón de otra manera. En cualquier caso, Harvey dilucidó el mecanismo del
corazón y el flujo sanguíneo con claridad científica ejemplar, aunque siguió
quedando estupefacto en lo que respecta a la utilidad de toda aquella
actividad. Para esto hubo que esperar al descubrimiento del oxígeno y del papel
de los glóbulos rojos sanguíneos, más de un siglo después. Lamentablemente,
después de haber publicado su libro, las cosas no le fueron tan bien a Harvey.
Su amigo y biógrafo John Aubrey escribió que «su práctica médica se redujo
muchísimo, y el vulgo creía que estaba mal de la cabeza; y todos los médicos
estaban en contra de su opinión, y lo envidiaban; muchos escribieron en su
contra».
Pero el descubrimiento de Harvey no afectó a la
consideración convencional del corazón como centro de todas las cosas. Aunque
en realidad se halla un poco descentrado (hacia la izquierda) dentro del
cuerpo, el corazón representa una centralidad sensible, un punto medio entre la
cabeza y el sexo, el fulcro de la razón y la lascivia. Su papel, recién
descubierto, en el bombeo de la sangre por todo el cuerpo simplemente reforzó
su importancia metafórica, como el propio Harvey no tardó en comprender cuando escribió
su efusiva dedicatoria a Carlos I. Ahora se reconocía al corazón como regulador
del cuerpo, y por lo tanto se hizo más potente que nunca como símbolo de la
autorregulación moral. Hablamos desde el corazón cuando estamos convencidos de
lo que decimos. Guardamos los secretos en el corazón. Aunque sabemos que el
cerebro es el centro de la percepción y la cognición, el corazón sigue siendo
el lugar en el que queremos sentir las cosas. En Occidente, el
corazón ha sido desde hace mucho tiempo el órgano más estrechamente asociado
con las emociones, aunque en Oriente ha tenido que ver con más frecuencia con
el intelecto y la intuición. Antaño, también las creencias occidentales
recurrían al corazón para realizar estas tareas. «Porque como piensa en su
corazón, así es él», advierte Proverbios 23:7. [97] La oración conocida como Manual Sarum, por el libro de 1514 en el
que se encuentra, dice así:
Dios sea en mi cabeza,
Y en mi comprensión;
Dios sea en mis ojos
Y en mi mirada;
Dios sea en mi boca
Y en mi habla;
Dios sea en mi corazón
Y en mi pensamiento;
Dios sea en mi final
Y en mi marcha. [98]
En esta época, el corazón se identifica con el
pensamiento, mientras que la cabeza, o el cerebro, se ocupan de la comprensión.
Irónicamente, el descubrimiento de Harvey, algo más de 100 años después, de que
el corazón era una bomba (una bomba central, suntuosamente importante en el
cuerpo, pero sólo una bomba al fin y al cabo) fue uno de los primeros hallazgos
que empezaron a persuadir a la gente de que el cerebro era en realidad más
importante, señalando así lo que la historiadora de la cultura Fay Bound Alberti
denomina la «transición científica desde un cuerpo cardiocéntrico a uno
craneocéntrico».
En 1997, un cardiólogo canadiense, Andrew Armour,
publicó un artículo que exponía la revolucionaria afirmación de que, en
realidad, el corazón posee un «pequeño cerebro» propio. Los circuitos
neuronales observados en el corazón pueden ser capaces de «procesamiento local
de la información», sugería Armour. Aquí el corazón se reformula como análogo
no de una bomba ni de ningún dispositivo mecánico, sino, más a la moda, como un
sistema informático; el cerebro es nuestro ordenador central, mientras que el corazón
y quizá también otros órganos son servidos por procesadores locales. Rechazados
en algunos ámbitos como pseudociencia, los hallazgos de Armour fueron aceptados
por iglesias y teósofos por proporcionar pruebas científicas del corazón
pensante de la Biblia.
De una manera u otra, el corazón conserva su lugar
en nuestros corazones, por así decirlo. Las metáforas que tienen que ver con el
corazón parecen muy reales. Morir de un corazón roto es seguramente una de las
maneras más atroces de morir, con independencia de que este órgano blando y
elástico no pueda romperse en un sentido físico. Puede debilitarse, atrofiarse
y enfermar, pero nunca es el objeto quebradizo que supone el tópico de un
corazón que al recibir el impacto de un rayo se parte en dos. La condición
emblemática del corazón viene reforzada por su compacidad y portabilidad.
Especialmente en el caso de santos y mártires, a menudo el corazón se enterraba
separado del resto del cuerpo. Esta práctica procedía en parte de la necesidad;
los intestinos y los órganos eviscerados se enterraban primero con el fin de
reducir el hedor de un cuerpo en putrefacción en la iglesia. Pero también era
simbólica. El corazón, tal como nos cuenta Young, puede también ser «encurtido,
enviado, ofrecido, conservado, comido o llevado alrededor del cuello». Un
corazón también podía ser repatriado desde guerras lejanas cuando las leyes
sobre la peste impedían el retomo del cuerpo.
Dada su importancia simbólica, quizá sea
sorprendente que nos contentemos con seguir ignorando en gran parte el aspecto
real del corazón. Esa cosa visceral que late desempeña un papel tan invisible
en nuestra vida que ni siquiera sabemos su forma. Esto es tan cierto del
corazón humano como del corazón animal, porque éste ha sido marginado en la
cocina, y no es un artículo central, sino que se le clasifica con las asaduras,
al mismo tiempo, el corazón se ha estandarizado todavía más como símbolo.
Dibujos del siglo XVII muestran el corazón sombreado como un objeto
tridimensional, quizá no siempre delineado con precisión anatómica, pero no
obstante mostrando al menos parte de la morfología irregular del órgano real.
Pero durante los siglos XVIII y XIX, en cartas de la baraja, en grabados en boj
y bordados, y finalmente en postales comerciales del día de San Valentín, el
corazón se hizo mucho más familiar como una figura plana y simétrica.
¿Cómo llegó el corazón a este artefacto estilizado,
totalmente irrealista y bidimensional: un triángulo invertido rojo de dos
lóbulos? Las teorías son muchas y antiguas. En los jeroglíficos egipcios, el
corazón estaba representado por un jarrón. ¿Es nuestro icono del corazón el
perfil de un jarrón? El dibujo con volutas de una lira ofrece una explicación
griega. O puede ser simplemente una elaboración de aquel triángulo invertido
que se usa para representar el sexo femenino, un simbolismo que la diseñadora de
modas Mary Quant celebró cuando hizo que su marido le recortara el pelo púbico
de aquella forma. En realidad, el dibujo que en la actualidad interpretamos
como un símbolo del corazón tuvo sus inicios como ilustración de una hoja de
hiedra o un racimo de uvas. El símbolo en el palo de la baraja de cartas que
llamamos «corazones» fue originalmente esta hoja.
En el arte y la literatura medievales se solía
describir que los corazones tenían forma de pera o de melocotón. El fresco de
la Caridad de Giotto en la Capilla de los Scrovegni, de Padua, la ilustra
ofreciendo un corazón en forma de lágrima que toma de un cuenco de fruta. Pero
parece que, en algún momento, el motivo de la hoja de hiedra plana ganó como
forma preferida para el corazón humano. El primer corazón con una hendidura
pudo ser el que está pintado en el libro de emblemas de Francesco da Barberino, I
Documenti d’Amore, que data de 1310, aproximadamente, mientras que el
primer corazón estilizado en una anatomía ilustrada data de 1345. En las
iglesias, el culto dedicado al Sagrado Corazón de Jesús suplantó gradualmente a
la devoción franciscana de las cinco heridas de Jesucristo. Posteriormente, el
Sagrado Corazón solo se convirtió en el símbolo de la reacción violenta de la
Iglesia católica contra el protestantismo. Sin embargo, este símbolo
extravagante no dejaba de plantear problemas. Por ejemplo, a finales del siglo
XIX los misioneros católicos en Ruanda fueron acusados de canibalismo por sus
conversos en potencia debido a la naturaleza gráfica del logotipo de su
cruzada.
La forma simplificada del corazón fue tallada en
muebles por los amish y por los ebanistas del movimiento inglés de Artes y
Oficios. [99] Hoy en día, aparece en las marcas de muchos productos, de los que
prometen, de manera confusionaria, o bien que son buenos para nosotros o bien
que son atrevidos pero buenos. En mi ordenador Apple hay incluso una opción en
el teclado para un símbolo del corazón, que hasta ahora no me ha servido para
nada; ♥.
El diseñador de Nueva York Milton Glaser fue el
primero en poner el V en una frase; I ♥ NY. [100] Este eslogan de larga vida (data de 1976) ha tenido éxito mucho
más allá de las expectativas de su creador. Envía un abrazo inequívocamente
cálido, que desarma al visitante de la ciudad que, de otro modo, podría ponerse
a temblar ante el caos de la ciudad. I ♥ NY es
ingenioso, por encima de todo, porque en su meollo hay una verdad que tiene que
ver con nuestro amor de lugar y con como éste a su vez crea comunidad. También
tiene una habilidad más calculada. Es fácil copiar el logo. Hay clones del
símbolo I ♥NY por toda la ciudad, y ello no es
accidental. Aunque se hacen grandes esfuerzos para asegurar que el logotipo de
una compañía sólo sea reproducido por las personas adecuadas y de la manera
adecuada, el logo de Glaser no tiene protección de derechos de autor. La idea
era que cualquier persona y todas las personas de Nueva York pudieran usarlo.
Fue una estrategia impredecible, pero más de treinta años después, ha producido
enormes dividendos. Es verdad que no se replica con precisión en cada situación.
Puede que la forma del corazón no se dilate de la misma manera que el original;
lo más probable es que el tipo de letra no sea el que Glaser eligió (American
Typewriter). Pero, a su manera, el diseño cumple perfectamente con su tarea
debido a esto, al demostrar tan bien como todo lo demás que los neoyorquinos no
son conformistas de nadie. Y hay una difusión inesperada y multicultural que va
mucho más allá de los cinco distritos. [101] Otros estados rinden un torpe homenaje; «Virginia ♥ is for
lovers», por ejemplo, o «I L ♥Vermont», ambos
pegatinas oficiales de automóviles. Un poco más lejos encontramos «J’ ♥
Québec, Me♥ Antigua y I ♥ Allah». [102] Todas estas variantes recuerdan asimismo subliminalmente a Nueva
York, con lo que aumentan sin esfuerzo el mensaje de muchas culturas que se
codean unas con otras, que es un hecho tan propio de la vida de Nueva York,
aunque estén anunciando sus propias pasiones.
El riñón tiene una forma casi tan bien
proporcionada como la del corazón. Cualquier confección propia del día de los
Enamorados que se respete ha de ser cordiforme, pues si no se pasaría por alto
su objetivo amatorio. Pero hoy en día encontramos también pasteles en forma de
riñón para celebrar operaciones exitosas de trasplante. Tal como ocurre con los
pasteles de celebraciones, éstos suelen ser horriblemente realistas, a veces
con el uréter y los vasos sanguíneos principales esculpidos en alcorza de colores
codificados, como si se hubieran copiado de un libro de anatomía. No parecen
haberse considerado las implicaciones de esta nueva costumbre. Es claro que
obsequiar regalos con la forma del corazón quiere representar que se ofrece el
propio corazón. Un objeto de pastelería en forma de riñón empieza bastante bien
como una especie de pastel de «nuevo cumpleaños». Al comerlo, el receptor quizá
representa la incorporación del órgano donado. Pero el consumo simbólico del
riñón donado por parte de cualquier otro celebrante parece un poco macabro.
La mayoría de los órganos tienen, como el corazón,
una forma que es característica, pero que todavía es lo bastante irregular para
eludir la descripción fácil. En otras palabras, un corazón tiene la forma muy
parecida a otro, pero no lo bastante a otro objeto familiar para que pueda
utilizarse como un índice visual. El riñón va un paso más allá, y posee una
forma tan característica sólo de sí mismo que ha dado su nombre a una
miscelánea de otros objetos naturales y artificiales, desde las judías de riñón
a las piscinas de jardín que se anuncian «en forma de riñón», presumiblemente
diseñadas de esta manera para que parezcan más naturales que el rectángulo
obvio.
A veces también las hojas de plantas tienen forma
arriñonada, o son reniformes, para emplear el término técnico. Hay una única
explicación para explicar la presencia de este forma insólita en tantos
organismos naturales (si no en las piscinas). Hemos visto cómo el corazón
estilizado pudo haberse desarrollado (y quizá también los diamantes, los
tréboles y las espadas) a partir de representaciones esquemáticas de distintas
hojas. D’Arcy Thompson, en su obra maestra Sobre el crecimiento y la
forma, muestra cómo todas estas formas se originan a partir de
pequeñas alteraciones de los vectores radial y tangencial del crecimiento
foliar (es decir, la tasa a la que el crecimiento a partir del tallo avanza
hacia arriba y la tasa a la que se expande hacia los lados). Un crecimiento
axial elevado y un crecimiento lateral reducido producen una hoja lanceolada, o
«diamante», mientras que una forma de corazón surge cuando la fuerza de
expansión lateral es mayor en relación a la fuerza de crecimiento axial, de
manera que parte de la hoja se despliega más ampliamente alrededor del
pedúnculo. Una mayor restricción del crecimiento nominal hacia arriba conduce a
la forma aplastada pero de otro modo simétrica de riñón que se ve en las hojas
de plantas tales como el ombligo de Venus, [103] muchas habichuelas y nuestros propios riñones.
En la novela de Vladimir Nabokov Barra
siniestra se destacan diversas formas difíciles de describir. Motivos
visuales recurrentes (charcos oblongos y «espatulados», el perfil lleno de agua
de una pisada, una mancha de tinta con la forma de un lago) parecen indicarle
algo de vital importancia que ha sido olvidado por el personaje central, Adam
Krug, que acaba de perder a su esposa y que está empeñado en una lucha contra
el régimen totalitario que dirige su antiguo compañero de escuela. El relato
abunda asimismo en imágenes de órganos humanos; un balón de fútbol hinchado
tiene «su rojo hígado apretadamente introducido»; hay «un colon negro» de tinta
en el cuello de la camisa de alguien; las nalgas de una persona son como «un
corazón invertido». Las formas y los colores, y los recuerdos que parecen
representar, permiten al lector compartir algo de la condición
sinestésica [104] a que era propenso Nabokov. Estos cabos simbólicos convergen
finalmente cuando el torturador de Krug vierte un vaso de leche, que forma un
charco de forma arriñonada, lo que proporciona un innecesario recordatorio de
que la mujer de Krug murió después de una operación de riñón.
Hay todavía muchos misterios por resolver en
relación a las curiosas formas en que crecen el cuerpo y sus órganos. Y no es
el menor de ellos la cuestión de por qué poseemos dos riñones. La norma general
de la naturaleza es concedernos exactamente lo que necesitamos en la cantidad
justa, ni más ni menos. Dos ojos dispuestos horizontalmente nos proporcionan
visión binocular por la que podemos juzgar la distancia. Asimismo, la
separación entre ambos oídos nos ayuda a determinar de dónde procede un sonido.
Sin embargo, la Federación Nacional del Riñón, del Reino Unido, dice que no se
sabe por qué tenemos dos riñones. Puede ser un efecto de repercusión de la
duplicación anatómica general que produce dos piernas en una fase muy temprana
del desarrollo del embrión. Esto explicaría también por qué poseemos
innecesariamente dos testículos o dos ovarios. O puede que sea la herencia de
alguna necesidad situada muy atrás en nuestro pasado evolutivo. La mayoría de
los animales poseen dos riñones como nosotros, pero algunos tienen más, e
incluso el embrión humano desarrolla en realidad tres pares de riñones
aproximadamente un mes después de la concepción, y sólo los últimos de los tres
se convierten en órganos funcionales.
Al final, ni la forma ni el número de riñones
importa tanto como su función. Uno de cada 400 de nosotros posee de hecho un
único riñón formado por la fusión a través de un istmo central de dos riñones
situados normalmente. Estos riñones en «herradura» suelen funcionar
perfectamente bien, sin producir ningún síntoma ni evidencia de su presencia.
Es típica del tipo de deformidad que puede pasar totalmente inadvertida porque
es interna, mientras que aquellas que se encuentran en la superficie del cuerpo
pueden hacer fácilmente que la gente muestre rechazo.
Su redundancia ha hecho que el riñón sea el órgano
precursor en el trasplante de tejidos humanos. El riñón que permanece en el
cuerpo de un donante vivo pronto crece del orden del 80 por ciento, lo que
prácticamente restablece la función renal completa. Cirujanos de la Facultad de
Medicina de Harvard llevaron a cabo la primera operación de trasplante renal
con éxito en 1954, utilizando como donante y receptor unos gemelos idénticos
con el fin de reducir el riesgo de rechazo del órgano. El receptor vivió ocho
años más; el donante murió en 2010, a los setenta y nueve años de edad. En el
Reino Unido, 2.732 personas recibieron un nuevo riñón durante el año 2011, de
los que poco más de 1.000 procedían de un donante vivo, pero todavía hay del
orden de 7.000 personas en lista de espera. En Estados Unidos se realizan
anualmente unas 15.000 operaciones, pero la lista de espera está cerca de las
100.000 personas, y va en aumento. Se estima que para 2015 este mismo número de
pacientes presentará insuficiencia renal cada año, y para
ellos un trasplante de riñón puede ser la única esperanza.
Ampliar la gama de donantes está lleno de
dificultades, tanto médicas como éticas. Por ejemplo, en el pasado se ha
valorado la posibilidad de tener donantes potenciales no emparentados con el
presunto receptor, pero se ha visto que se hallaban en el límite de la
«psicopatología». Se cree que los «donantes relacionados emocionalmente» son
más fiables. Otra propuesta controvertida es conceder clemencia a prisioneros
que están en el corredor de la muerte a cambio de un riñón. Esta idea casi
propia de Swift parece tentadora cuando se recuerda que en Estados Unidos hay
más de 3.000 reclusos que se enfrentan a una sentencia de muerte. Sin embargo,
dado que este número ha permanecido prácticamente estático desde 1996, parece
más un gesto político que una solución práctica.
La idea del trasplante se sigue con una cierta
facilidad si creemos que las partes son discretas y separables del cuerpo que
las contiene. Cirujanos griegos realizaron experimentos de trasplante de huesos
humanos ya en 400 AEC. Las razones para el fracaso eran médicas; no se sabía
nada del rechazo ni del sistema inmune. Pero también existían poderosas razones
morales para los escrúpulos, como los métodos de fuerza mediante los cuales se
obtenían entonces las partes del cuerpo, y la infracción evidente del primer
precepto del juramento hipocrático de no hacer daño.
El éxito del primer trasplante de riñón a mediados
del siglo XX pronto fue eclipsado por el trasplante más fascinante y simbólico
del corazón. Al ser único, el corazón no podía ser proporcionado por un donante
perfectamente adecuado, como un mellizo, como ocurre con el riñón. En cambio,
se precisaban muchos mayores cuidados previos y posteriores a la operación, con
el fin de asegurar un resultado funcional, así como gran habilidad por parte
del cirujano. Christiaan Barnard, el cirujano de Ciudad del Cabo que se
convirtió en un nombre familiar cuando realizó las primeras operaciones con
éxito, practicó primero con corazones de perro, en los que realizó más de
cincuenta trasplantes. (También injertó una segunda cabeza a un perro,
simplemente, a lo que parece, porque podía hacerlo.) El primer receptor humano
de un corazón por parte de Barnard sobrevivió durante dieciocho días; el
segundo durante dieciocho meses. Sin embargo, después de estos primeros éxitos
la imagen del trasplante cardíaco sufrió reveses cuando otros empezaron a
efectuar estas operaciones con tasas de supervivencia mucho más bajas, y cuando
algunos de los pacientes de Barnard, de manera completamente fortuita,
empezaron a mostrar un comportamiento psicótico después de recuperarse de la
operación quirúrgica.
Pero en la actualidad los trasplantes son una
opción estándar, aunque extrema, en el repertorio del cirujano. El trasplante
se acepta de manera general, y no en menor medida por razones pragmáticas,
debido a la demanda creciente de órganos de sustitución. Pero sigue siendo, en
palabras de Lesley Sharp, una antropóloga de la Universidad de Columbia,
«simultáneamente algo prodigioso y extraño». Se trata de un procedimiento
médico, de ello no hay duda, pero ninguna cantidad de jerga mecanicista (el
corazón caracterizado sólo como una bomba, el hígado y los riñones como simples
filtros) puede disfrazar el hecho de que también es un acto personal, un gesto
de una persona hacia otra que parece que debería, al menos, obedecer las normas
sociales usuales de dar. Tal como explica Sharp; «Los órganos cadavéricos
donados aparecen simultáneamente como partes intercambiables, como regalos
preciosos y como piezas que albergan el alma transmigrada del muerto».
Cirujanos y neurólogos rechazan la idea de que haya
aspectos de la personalidad que puedan transferirse de una persona a otra
durante las operaciones de trasplante. Pero nada puede impedir que los
receptores imaginen cosas acerca del donante de su nuevo órgano, especialmente
cuando dicho órgano es el corazón. Los pacientes que expresan la sensación de
que otra persona mora en su interior (sólo unos pocos, insisten las agencias
médicas) se dice que son víctimas del «síndrome de Frankenstein». Fay Bound Alberti
da el ejemplo de Claire Sylvia, una receptora de corazón, que había sido una
bailarina que comía de forma saludable antes de su operación, y que de manera
inexplicable se convirtió después en amante de los bocaditos de pollo. Más
natural es la culpa que un receptor puede sentir por haber recibido un órgano
de recambio y no haber dado nada a cambio. Michelle Kline, por ejemplo, se
sintió tan culpable por recibir el riñón de su hermano que fue incapaz de
hablar con él hasta que se demostró a sí misma que era digna de ello, cuando se
convirtió en miss Pensilvania y en finalista del concurso de belleza de miss
América. Cuando su hermano la vio coronada, comentó; «Teníamos un aspecto
magnífico allá arriba en el escenario».
Por su parte, un familiar del donante fallecido
puede tener la sensación de que la identidad del donante sigue viviendo en el
«nuevo» cuerpo. Las normas de anonimato del donante significan que por lo
general no se hace la conexión directa entre la familia del donante y el
receptor, pero ocasionalmente han ocurrido contravenciones. Ralph Needham
recibió un doble trasplante de pulmón de un donante que había muerto después de
un trauma cefálico grave. Comentó lo siguiente de la mujer del donante; «Su
marido me dio dos buenos pulmones. Ella piensa que su marido vive en mí, pero
yo me siento incómodo con esto; ahora siento que son mis pulmones».
La consideración social de un órgano como un regalo
no acaba de sentirse cómoda con la manera en que funciona realmente la medicina
moderna. Aunque por lo general los órganos se gestionan en el seno de
autoridades sanitarias estatales o de organizaciones sin ánimo de lucro, no
pasa mucho tiempo sin que aparezca el idioma del dinero. Poner un precio a los
órganos humanos está mal visto, por decir lo menos, y comerciar con ellos está
prohibido de manera general, pero los almacenamos en bancos, por ejemplo. De
hecho, un único cadáver puede proporcionar 150 partes utilizables, que «valen»
en total más de 200.000 euros. Aunque la donación de órganos depende de
donantes desinteresados que no obtienen ninguna compensación monetaria, se dice
que los trasplantes figuran «entre las especialidades médicas más provechosas»
en América.
Planteo algunos de estos problemas éticos a James
Neuberger, el director médico adjunto de la autoridad del Servicio de Sangre y
Trasplantes de la Sanidad Nacional del Reino Unido, y él mismo un cirujano de
trasplante de hígado. Empieza señalando la enorme disparidad en actitud de un
país a otro. «Allí donde la muerte se discute y acepta más libremente, la
donación es más aceptada, por ejemplo en los países católicos. Pero en el
Sudeste Asiático, la donación después de la muerte es muy rara. No estoy seguro
de si es por la religión o por la cultura.»
En algunos aspectos de la psicología del donante,
adopta la visión materialista médica que yo esperaba. «La preocupación es por
el cuerpo, y las percepciones de lo que le ocurra a tu cuerpo y a tus órganos
después de la muerte, pero cuando estás muerto, estás muerto, por lo que a mí
concierne. La gente no ve qué aspecto tiene un cuerpo al cabo de seis meses...
no queda mucho de él.» Pero después me sorprende con esto; «Mi opinión personal
es que lo que hace que los humanos seamos diferentes de los animales no es el
cuerpo, sino el espíritu». Es mordaz acerca de la resistencia a donar los
propios órganos sobre la base de la idea de que entonces uno no llegaría
intacto ante Dios. «Nunca he oído esto cuando a la gente se le extirpan las
amígdalas.» Pero inmediatamente atempera el pensamiento, y añade que sabe de
casos en los que personas amputadas desean ser enterradas junto con el miembro
conservado que se les había cortado. «Lo primero es saber qué es lo que la
gente siente realmente, y por qué están preocupados.»
Neuberger alberga la esperanza de que los
trasplantes, tal como hoy los entendemos, puedan acabar siendo un episodio
pasajero en la historia de la medicina. En una conferencia sobre tecnología en
marzo de 2011, Anthony Atala, director del Instituto de Medicina Regenerativa
Wake Forest, en Winston-Salem, Carolina del Norte, describió la manera en que
impresoras tridimensionales del tipo que empieza a utilizarse para fabricar
objetos en plástico a medida podrían adaptarse para que «imprimieran» tejido
humano. En este caso, se escanea ópticamente la herida de un paciente, y la
información digital así obtenida se emplea para determinar el tamaño y la forma
del tejido necesario para ocupar el hueco. Después, esta forma se fabrica
depositando células cultivadas, capa a capa, en una matriz adecuada en la que
puedan fusionarse entre sí para formar un órgano funcional. Atala imprimió un
riñón de muestra para beneficio de la audiencia de la conferencia. «Es como
hornear un pastel», les dijo.
§ 9. Sangre
A partir de los datos experimentales que acopió y
que revelaban la asombrosa potencia y capacidad del corazón, William Harvey
llegó a la conclusión, con lógica irresistible, de que la sangre que se bombea
a su través no puede ser generada de nuevo al ritmo necesario, y que por lo
tanto ha de ser transportada repetidamente en un circuito alrededor del cuerpo.
El capítulo 14 de su De Motu Coráis hace llegar su pensamiento
a una conclusión tajante. En su totalidad, reza lo siguiente:
Se me permitirá ahora ofrecer de manera resumida mi
idea de la circulación de la sangre, y proponer su adopción general.
Puesto que todo, tanto el razonamiento como la demostración ocular, muestra que
la sangre pasa a través de los pulmones, y del corazón por la fuerza de los
ventrículos, y es enviada para su distribución a todas las partes del cuerpo,
donde se abre camino hasta las venas y las porosidades de la carne, y después
fluye por las venas desde la circunferencia a todos los lados del centro, de
las venas más pequeñas a las mayores, y es finalmente descargada por ellas a la
vena cava y la aurícula derecha del corazón, y ello en tal cantidad o en tal
flujo y reflujo ya sea por las arterias, ya por las venas, que no es posible
que sea suministrado por la ingesta, y es mucho mayor que el que puede
necesitarse para los simples propósitos de la nutrición; es absolutamente
necesario llegar a la conclusión de que la sangre en el cuerpo animal es
impelida en un círculo, y se halla en un estado de movimiento incesante; que
éste es la acción o función que el corazón realiza mediante su pulso; y que es
el único fin del movimiento y la contracción del corazón.
Se trata de una información científica ejemplar,
clara y completamente descriptiva, y absolutamente carente del tipo de
expresiones literarias floridas y barrocas que caracterizan gran parte de los
textos del siglo XVII. La circularidad complacía especialmente a Harvey, y le
llevó a expresar una analogía con el ciclo del agua, tal como lo había descrito
Aristóteles. Sin tardar demasiado, la saludable circulación de la sangre
descubierta por Harvey inspiraría metáforas de otras circulaciones saludables, como
la del comercio en el seno del naciente Imperio británico.
La circulación de la sangre empezó a explicar
fenómenos que antes habían sido enigmáticos, como la manera en que una
infección en una parte del cuerpo podía extenderse rápidamente a otras partes.
Pero las ideas tradicionales sobre la propia sangre (el líquido rojo que brota
de nuestras heridas y del que nuestro cuerpo es a lo que parece el contenedor)
apenas era necesario que cambiaran al principio. El hecho de que la sangre
circulara en lugar de ser generada no era motivo para que se modificaran los tratamientos
médicos establecidos, como las sangrías (en las que se corta una vena para que
libere una cantidad de sangre) o la aplicación de ventosas (en la que un vaso
calentado se sitúa sobre la piel con el fin de atraer la sangre a un área
afectada). En realidad, en opinión de Harvey, la circulación de la sangre
explicaba por primera vez la supuesta eficacia de tales tratamientos. El
descubrimiento de Harvey supuso un cambio radical desde la concepción galénica
según la cual la sangre se fabricaba en el hígado, se le daba vida completa en
el corazón y después se enviaba a todas las partes del cuerpo, de las que no
retornaba nunca, como la luz del sol. Pero esta revolución en uno de los cuatro
humores hipocráticos (los otros eran la flema, la bilis negra y la bilis
amarilla) hacía poco para desbaratar el equilibrio de este sistema de medicina,
que continuó guiando a los médicos durante otro par de siglos después de
Harvey. Otras antiguas creencias relacionadas con la sangre (el horror y miedo
ante la misma, y los rituales y tabúes que rodeaban su aspecto) continuaron
todas intactas.
En el judaísmo, toda la sangre es considerada como
la fuente de la vida. Sólo ha de comerse la carne de los animales; la sangre ha
de verterse en tierra o verterse como un sacrificio en el altar del Señor,
según el Deuteronomio. La sangre humana es impura. Conceder a la sangre este
tipo de privilegio surge, en opinión de algunos antropólogos, de una memoria
popular del sacrificio humano, pero a buen seguro es también evidencia de una
consciencia primitiva de que la sangre puede estar infectada con la enfermedad.
Aunque el cristianismo surgió del judaísmo, su
actitud hacia la sangre es completamente distinta. Puesto que el Dios cristiano
se revela en el sacrificio sangriento de Jesús, la sangre es una parte central
del ritual. Hasta el Cuarto Concilio Laterano de 1215, la ceremonia cristiana
que implicaba pan y vino era simplemente simbólica de la Última Cena. El
concilio decretó que el pan y el vino tenían que considerarse el cuerpo y la
sangre reales de Jesucristo, y al hacerlo inventó un ritual, la Eucaristía, que
podía replicarse en todas las iglesias de la cristiandad, y en el que los
creyentes podían empeñarse en una comunión física con Cristo. Así la sangre se
ve, se medita sobre ella e incluso se bebe. Por el milagro de la
transubstanciación, los creyentes pueden compartir el cuerpo de Cristo sin
repugnancia, eludiendo claramente cualquier sugerencia de canibalismo. Sin
embargo, este ritual mucho más antiguo es inevitablemente lo que salta a la
mente de un antropólogo, y el altar cristiano siempre llevará consigo un débil
eco de la mesa de sacrificios pagana.
La sangre es impura o contaminada tan pronto como
abandona el cuerpo. Comparte esta propiedad con otras emisiones corporales,
como la orina, las heces y los mocos. Pero no abandona normalmente el
cuerpo como estas otras sustancias, de modo que su aparición en el mundo
exterior es siempre notable. A menudo, desde luego, es un mal presagio. John
Keats, que anteriormente se había formado como cirujano, reconoció su propia
muerte inminente debida a tuberculosis a la edad de veinticinco años cuando vio
sobre su almohada «sangre arterial. No puedo engañarme. Esta gota de sangre es
mi sentencia de muerte». Destinado a morir de la misma enfermedad un siglo más
tarde, Kafka interpretó su sangre de manera muy diferente cuando «en la bañera
escupí algo rojo. Era extraño e interesante, ¿no es cierto?». Una deposición
normal o un burujo de moco no son extraños ni interesantes. Pero la sangre
reclama atención.
Los hombres encontraban la sangre menstrual
especialmente perturbadora. Tradicionalmente se exigía una penitencia de varias
semanas de ayuno a las mujeres que entraban en la iglesia mientras menstruaban.
Después de dar a luz, una madre tenía que someterse a un ritual de cuarenta
días de «descontaminación», durante los cuales debía abstenerse de ir a la
iglesia y de aparecer en público, una costumbre que en algunos lugares se
siguió hasta bien entrado el siglo XX. La desigualdad sexual se establece desde
el nacimiento; según el Levítico, cuando el bebé es una niña ello supone un
doble problema, pues hace que la madre sea impura durante catorce días, en
comparación con los siete días si el recién nacido es un niño. La sangre
menstrual era temida como un recordatorio del útero, el órgano de la fertilidad
femenina que muy fácilmente podría formar una base para el culto alternativa al
complejo sistema erigido por el clero masculino. La sangre menstrual no es un
tabú universal, como demuestra la antropóloga Mary Douglas en referencia a los
walbiri de Australia central, cuyas mujeres están sometidas a un brutal control
físico por parte de sus maridos, lo que aparentemente obvia la necesidad de
normas más matizadas de polución sexual. Pero dicho tabú estaba muy extendido y
sigue estándolo (piense el lector en los anuncios de tampones que, de manera
sorprendente, emplean tinta azul para demostrar su eficacia). En general, la
aparición de sangre es una señal de debilidad e ineptitud en el hombre, como
cuando es herido en combate o, de modo más común actualmente, se corta mientras
se afeita. Pero en las mujeres es un recordatorio de la fuerza de dar la vida,
y en las sociedades dominadas por los hombres esto conduce a la división
social, expresada por ejemplo en la calumnia de que el contacto con una mujer
en menstruo tiene el poder de empañar espejos, agriar el vino, asfixiar a los
niños en su cuna y debilitar fatalmente a un hombre de muchas maneras, todas
desagradables.
Encuentro algunas de dichas observaciones en A
History of Women’s Bodies, escrita por un hombre, Edward Shorter, que
anuncia en su prefacio, como si de una revelación se tratara, que «el título
algo extravagante» elegido es «para dejar claro que el cuerpo de las mujeres
tiene una historia propia». El ejemplar de biblioteca de este libro de 1982 que
consulto ha sido anotado de manera liberal con expresiones de incredulidad por
generaciones recientes de mujeres estudiantes, no tanto por los relatos del
mismo, sino por el hecho de que Shorter problematiza y medicaliza su sujeto,
los cuerpos de las mujeres, lo que parece perpetuar, a su manera, el antiguo
prejuicio patriarcal. Por ejemplo, casi la mitad del libro se dedica al tema
del parto, y un capítulo se titula «¿Gozaron del sexo las mujeres antes de
1900?».
Antes de que supiéramos acerca de los genes, la
sangre se entendía también como el medio de nuestra herencia. La sangre es la
familia. «¿Acaso no soy consanguíneo? ¿No soy de su sangre?», pregunta sir Toby
Belch en Noche de Reyes [105] en referencia a su sobrina Olivia. La sangre es también la tribu.
«Por nuestra sangre, vierte sangre de los Montesco», exhorta la señora Capuleto
en Romeo y Julieta. Y la sangre es la raza. La pureza racial
se mide a menudo en términos de sangre, como fue el caso de la notoria «norma
de una gota» adoptada como ley en muchos estados americanos sureños a
principios del siglo XX. Según dicha norma, cualquier persona con la más mínima
herencia africana («una gota» de sangre) era definida legalmente como negra (en
estados más liberales, la definición era a partir de un octavo o de un cuarto
de herencia africana). Hacer cumplir esta ley era imposible, desde luego, y en
la práctica los casos que llegaban a los tribunales se basaban en las pruebas
de herencia reciente. Hoy en día, las pruebas genéticas sugieren que un cuarto
de los estadounidenses «blancos» no cumplirían la norma de una gota.
Descubro que muchas de estas creencias antiguas
parecen persistir cuando, por primera vez, me inscribo para donar sangre.
Primero, he de rellenar un cuestionario en línea. Al hacerlo, consiento que se
permita «que el Servicio Nacional de Sangre use cualquier información personal
médica, religiosa u otra que pueda ser sensible que yo haya facilitado». El
formulario hace muchas de las preguntas que cabe esperar sobre mi salud general
y la posibilidad de exposición a la infección. Hay también una sección sobre
«Estilo de vida», que quiere saber la probabilidad que tengo de estar expuesto
a los virus VIH y de la hepatitis, y si me he hecho acupuntura, perforaciones o
tatuajes, así como sondea cortésmente mis gustos sexuales. Hay varias preguntas
que es imposible contestar con certeza completa, como si alguna vez he «tenido
sexo con alguien que pueda haberse inyectado drogas», o si he «tenido sexo con
alguien que pueda haber tenido sexo en partes del mundo en las que el sida /
VIH es muy común (esto incluye la mayoría de los países en África)». Tampoco
puedo estar totalmente seguro de que no haya, en las últimas cuatro semanas,
«estado en contacto con alguien con una enfermedad infecciosa».
Siempre que aparece una nueva enfermedad infecciosa
se tiene el temor de que sea transportada en la sangre. Al principio, los
científicos eran muy renuentes a creer que el sida se llevaba en la sangre,
debido a las terribles implicaciones para la infectividad. Y al revés, una vez
que una determinada infección se asocia con la sangre, puede
resultar muy difícil revisar la opinión general. En Canadá y en otros países, a
los hombres declaradamente homo- y bisexuales se les ha impedido donar sangre.
Sin embargo, métodos más efectivos de inspeccionar la sangre donada en busca de
VIH y hepatitis, y la probabilidad reducida de que tales hombres porten estos
virus, debido a una mejor educación, han llevado ahora a las autoridades
canadienses a considerar una relajación de la prohibición. Pero primero, para
ver si esto sería una acción adecuada, se requería más investigación, para la
que se ofreció una financiación de medio millón de dólares. De manera
totalmente atípica, ningún científico se ofreció para aceptar la tarea.
Más extrañas todavía son las preguntas en mi
formulario acerca de «Viajes fuera del Reino Unido». Éstas parecen asumir que
las fronteras de la nación debieran ser barreras infranqueables a las
enfermedades y a la sangre impura. Me traen a la mente el discurso de Juan de
Gante en Ricardo II; «Esta fortaleza construida por la naturaleza para sí misma
/ Contra la infección y la mano de la guerra». [106] Se me pregunta si he estado en el extranjero en los últimos doce
meses, y se me hace sentir que es algo impropio el que, desde luego, haya
estado fuera. El cuestionario también quiere saber si «alguna vez he vivido o
he permanecido fuera del Reino Unido durante un período continuado de 6 meses o
más». De nuevo, mi lealtad nacional se considera deficiente. Señalo las
casillas del Sí y el cuestionario en línea se cierra de inmediato,
agradeciéndome mi participación con este consuelo desconcertante; «quizá usted
todavía pueda donar sangre». Por simple curiosidad, vuelvo a entrar en la
página web y relleno el cuestionario mintiendo hasta el final. Esta vez, me
obsequia con el siguiente mensaje; «Parece que usted puede donar sangre», que
yo interpreto como su manera de decir; «Creemos que podemos aceptar su sangre».
Me pregunto qué le sucederá a mi sangre si se me
permite donarla. ¿La mezclarán con la de personas de otras etnias, de
ascendencia extranjera, amantes de vacaciones exóticas? ¿Acaso la tendencia de
la política sanitaria es hacia un banco de sangre global que reconozca nuestra
humanidad común (al tiempo que distingue entre grupos sanguíneos para asegurar
la compatibilidad de los anticuerpos)? ¿o quizá el movimiento compensatorio es
más fuerte y está aumentando lo que he oído, especialmente en Estados Unidos,
que la gente establece bancos de su propia sangre para su uso exclusivo?
El día de mi cita me dirijo a mi ayuntamiento
local. Allí hay instaladas media docena de camas, con personas con uniformes
azules que se apresuran a su alrededor. Firmo, y me animan a servirme un gran
vaso de agua o de zumo sin azúcar. He estado relajado hasta este momento a
propósito de convertirme en un donante de sangre, pero ahora noto que tengo
mariposas en el estómago, y mi brazo izquierdo se tensa en anticipación de la
aguja. Hoy la mayoría de los donantes son mujeres. Sus edades parecen abarcar la
gama completa permitida a los donantes, desde los dieciséis a los sesenta y
seis años de edad. Me siento a esperar, mientras hojeo inútilmente unos
folletos que intentan tranquilizarme con respecto a lo que estoy a punto de
experimentar. Uno de ellos tiene en la cubierta la fotografía de un afligido
spaniel. Intrigado por la relevancia que ello pueda tener, lo abro y leo que la
primera transfusión de sangre, anotada por Samuel Pepys en su diario, tuvo
lugar en 1666, cuando, según las actas de la Sociedad Real, un spaniel recibió
sangre de un «pequeño mastín». El folleto continúa con más honestidad que
juicio; «El spaniel sobrevivió (aunque el mastín fue menos afortunado), y los
científicos se sintieron animados para pasar a sujetos humanos». Estoy pensando
precisamente por qué alguien se sintió tan contento informando de la muerte del
perro donante cuando oigo que me llaman por mi nombre.
Primero una enfermera repasa mis respuestas al
cuestionario. Discutimos las respuestas que he dejado en blanco. Le explico que
he estado en el extranjero, en Italia y Holanda. Estoy libre de sospechas; si
hubiera estado en el noreste de Italia o en uno o dos otros lugares, se me
podría haber descartado debido al riesgo de que hubiera contraído el virus del
Nilo occidental. También había dudado acerca de una pregunta sobre operaciones
hospitalarias. ¿Acaso cuenta el tratamiento como paciente externo cuando me
extrajeron la muela del juicio? ¿Y qué hay de la vez en que curaron mi pierna
rota? Esto requiere que la enfermera consulte con una colega. Finalmente, se me
juzga aceptable y me pasan a una segunda enfermera, que comprueba la densidad
de mi sangre, poniendo una gota de la misma en una solución de sulfato de
cobre. Esto confirmará si tengo al menos el nivel promedio de hierro en mi
sangre, que es el umbral de la donación. La gota flota, y después se hunde. He
aprobado.
Me envían a una de las camas, donde una tercera
enfermera inserta una aguja en mi brazo derecho (¡no en el izquierdo!). El
rasguño es casi completamente indoloro, y ciertamente se ha hecho con más
destreza que la última vez que doné sangre en un dispensario de médico
generalista. Después la enfermera pone en marcha la máquina que a lo largo de
los próximos diez minutos, aproximadamente, extraerá 470 mililitros de mi
sangre. Noto una sensación de calor allí donde el tubo por el que corre la
sangre es fijado con cinta adhesiva a mi antebrazo; es mi propio calor corporal
que se va. Pronto el saco de plástico está hinchado con líquido de color rojo
oscuro. La cantidad no es exactamente la pinta [107] de la leyenda («esto es casi una brazada», tal como decía el
comediante Tony Hancock). Mientras sigo echado, contemplando el techo del
ayuntamiento, le pregunto a la enfermera qué efecto cree que esta pieza teatral
clásica ha tenido en la donación de sangre en Gran Bretaña. Suelta una risa
triste y no dice nada.
Una vez el proceso ha terminado, se me invita a
descansar unos momentos y a beber más líquidos. Hay donantes regulares sentados
en la sala, comparando notas de cuándo dieron sangre por primera vez y qué
estímulos o motivaciones tuvieron para hacerlo. Entre ellos está el vicario
local, comiendo galletas con buen apetito. Me pregunto cuánto vale realmente mi
sangre. La recolección es un esfuerzo intensivo. En este puesto hay más de una
docena de personal sanitario. Su objetivo para la sesión es de 115 donantes, lo
que les proporcionará más de cincuenta litros de sangre. ¿Acaso un vaso de zumo
y un paquetito de tres galletas es una recompensa justa por mi contribución?
Pregunto qué le pasará ahora a mi sangre, o a la sangre que sigo llamando mía.
Me dicen que es llevada al centro de Transfusión de Sangre del Servicio de la
Sanidad Nacional, [108] en el norte de Londres, donde se le harán análisis y se almacenará
para tenerla disponible para su uso. Más tarde descubro que a mi sangre se le
pone precio. El mercado interno en el NHS supone que el NHSBT la «venda» a los
hospitales; mis 470 mililitros tienen un precio de 125 libras. Esto es un
montón de galletas.
Abandono el ayuntamiento. ¿Parece más brillante la
luz del sol? ¿El aire más cortante? No estoy seguro. Estoy aturdido, como se me
advirtió que podría ocurrirme, ¿o quizá es sólo el ajuste natural por haber
estado bajo techo en un magnífico día de primavera? Un par de semanas después,
quedo impresionado cuando recibo una llamada personal de agradecimiento. A ésta
le sigue una carta estándar en la que se confirma mi grupo sanguíneo y se me
dice que he «hecho algo realmente asombroso». Con ella llega lo que supongo que
es una especie de tarjeta de fidelidad, que se me invita a llevar conmigo. Es
roja y dice que he efectuado «1-4 donaciones»; el grado más alto es para los
que han hecho más de 100 donaciones.
Muchos estudios académicos han examinado esta
insólita transacción; un sistema de donación en el que donante y receptor son
mutuamente anónimos, en el que no todos pueden donar, en el que no se
intercambia una donación recíproca. Cuando se les pregunta, los donantes
tienden a esgrimir motivos humanitarios y altruismo como razones para donar
sangre, pero también se ha demostrado que un factor poderoso es una
satisfacción egoísta subyacente. Puedo creerlo cuando vuelvo para mi segunda
cita, cuatro meses después de la primera. En esta ocasión, el hierro en mi
sangre es un poco demasiado bajo, y me envían a casa. La sensación de rechazo
es sorprendentemente aguda.
Dar sangre es un acto humanitario, que se «adopta a
pesar de costes físicos evidentes», según un estudio. Evidentemente, es un
sacrificio superior a donar dinero a una organización benéfica o ayudar a una
anciana a cruzar la calle. Pero donar sangre, se sugiere, puede convertirse en
parte de uno, parte de lo que define a una persona. Los autores hacen una
comparación con asistir a la iglesia. En una encuesta en la que se preguntaba a
personas que habían donado por primera vez por qué lo habían hecho, un encargado
de mantenimiento citó a John Donne; «Nadie es una isla».
Con el fin de promover la donación es importante
saber más cosas acerca de los motivos de los donantes. La carta estándar que
recibí de Transfusión de Sangre del NHS me dice que sólo el 5 por ciento de las
personas que podrían donar lo hacen regularmente. Los donantes que repiten son
mucho más valiosos para el servicio de salud, aunque la investigación se ha
centrado casi completamente en los que donan sangre por primera vez. El dinero,
según parece, no es la respuesta. Se cree de manera general que convertir este
intercambio en uno comercial (dar una gratificación en lugar de las galletas)
iría en contra de los motivos nobles y comunitarios que se han identificado en
las encuestas. También, con toda probabilidad, sesgaría el perfil del donante
hacia los que necesitan el dinero, y esto a su vez provocaría preguntas (no
siempre racionales) acerca de la calidad de la sangre que se podría obtener.
Durante las décadas de 1950 y 1960, en Estados Unidos aparecieron carteles que
rezaban «Se paga dinero por la sangre» en los barrios pobres, y se animaba a
los donantes a facilitar sangre a cambio de crédito familiar. Pero el número de
éstos aumentó sólo de manera muy modesta en aquella época, mientras que en Gran
Bretaña, después de la fundación del NHS la tasa de donaciones se multiplicó
casi por cuatro.
Desde entonces, la inscripción de donantes ha
continuado aumentando, pero a un ritmo más lento, lo que plantea la pregunta de
cómo aumentar las existencias ante la creciente demanda de sangre (aunque, en
realidad, también se sabe que la percepción de que existe esta
necesidad perpetua es un factor principal a la hora de hacer que los que donan
por primera vez vuelvan a hacerlo, y esto lo explotan las agencias de donación
de sangre). Se habla de encontrar nuevas maneras de aumentar los niveles de
donación. Pero puede haber límites a lo que se puede conseguir, que se remontan
a nuestros temores más profundos acerca de nuestra sangre vital. En la década
de 1960, Jack Kevorkian, el conocido activista americano de la eutanasia
conocido como «Doctor Muerte» (y que también es el autor de una suite musical
titulada A Very Still Life [109] ] y que a veces pintaba con su propia sangre), propuso que se
obtuviera sangre de cadáveres humanos recientes. Sus primeros experimentos
confirmaron que se podía emplear sangre cadavérica en transfusiones, pero su
trabajo fue rechazado por sus colegas de hospitales. En la revista Military
Medicine sugirió, en 1964, que la técnica podría ser de utilidad en el
campo de batalla, pero no consiguió interesar al Pentágono. En principio, puede
considerarse que la idea no es más censurable que obtener órganos de donantes
certificados. La sangre no es más que otro tejido, uno de los tejidos
conectivos, así llamados porque corre por el cuerpo en lugar de hallarse
asociado exclusivamente con órganos localizados. Pero parece que las barreras
culturales son mayores que las médicas.
Quizá mi gesto cívico y desinteresado es una
reliquia de la antigua costumbre de las gentes del campo de someterse a
sangrías cada equinoccio de primavera y de otoño. Esta tradición le debe mucho
a Galeno, cuyo pensamiento modeló tanto la medicina islámica como la occidental
durante muchos siglos después de su muerte, acaecida alrededor del 200 EC.
Reforzada por intentos medievales de relacionar aspectos de la salud humana con
el calendario astrológico, se convirtió en un ritual estacional que no desapareció
totalmente hasta bien entrado el siglo XIX. Era usual dejar escapar o drenar
casi tanta sangre como la de la bolsa que yo llené para el NHS. He visto en
museos médicos los utensilios sangrientos que se usaban para ello; la sencilla
lanceta y un dispositivo escarificador que es como una versión en miniatura del
rodillo de púas que se utiliza para airear un césped, y que podía infligir
muchas heridas pequeñas y superficiales en un área de la piel. Las sangrías
persistieron durante siglos, y no era la menor de las razones que a menudo
funcionaba. Era un remedio práctico para personas aquejadas de una tensión
sanguínea alta, flujos menstruales abundantes, hemorroides y diversas
inflamaciones y fiebres. Sin duda, también era efectivo como placebo (como en
la actualidad lo son las píldoras), así como por tener el saludable efecto
espiritual de inspirar pensamientos de Jesús en la Cruz.
Esto no quiere decir que no hubiera ocasiones en
las que sangrar a una persona fuera la cosa absolutamente equivocada que hacer.
El 14 de diciembre de 1799, George Washington se despertó con un fuerte
resfriado de garganta. Un criado preparó un bálsamo de melaza, vinagre y
manteca, que el general fue incapaz de tragar. En lugar de ello, pidió que se
le extrajera del brazo media pinta de sangre, al haber empleado previamente
sangrías, con efectos beneficiosos, en sus esclavos. Cuando llegaron sus
médicos, continuaron el tratamiento; el primero en llegar a la escena le drenó
1.100 gramos de sangre en dos flebotomías, y el segundo le extrajo otros 900
gramos. Éste fue, tal como tanto su criado como su esposa Martha habían temido,
el peor de los tratamientos, y al llegar la tarde el primer presidente de
Estados Unidos había muerto. Al final, apenas debía quedar sangre en su cuerpo.
La sangre era el primero entre iguales de los
cuatro humores, el sistema que rigió la práctica médica durante más de dos
milenios, desde antes de Hipócrates hasta mucho después de la aparición de la
anatomía y de la medicina modernas con Vesalio y Harvey. Los cuatro humores
eran invisibles, pero sus señales se veían en la sangre, la flema, la bilis
amarilla y la bilis negra. La sangre transportaba todos los humores a través
del cuerpo, así como el fluido más tenue conocido como espíritu. La flema
incluía una gama de secreciones ricas en proteínas como las lágrimas y el
sudor, así como el moco nasal. La bilis amarilla se veía en el pus que aparece
alrededor de una herida que sana y en los jugos estomacales. La bilis negra se
veía en la sangre coagulada o en una deposición anormalmente oscura. Los cuatro
humores representaban el equilibrio en el microcosmos humano al igual que los
cuatro elementos (tierra, aire, fuego y agua) y las cuatro estaciones lo hacían
en el macrocosmos. Se consideraba que la enfermedad era un desequilibrio en uno
o más de los humores. Los coléricos tenían un exceso de bilis amarilla asociada
con los mismos temperamentos calientes y secos que el elemento fuego. Los
flemáticos eran su opuesto, fríos y húmedos, como el agua. Los melancólicos
combinaban lo seco y lo frío, como la tierra, mientras que los tipos sanguíneos
eran cálidos y húmedos, como la sangre y el aire. (Quizá sea una indicación del
poder lógico de este sistema que quedaba muy bien trabado el que su base
evidente en un clima mediterráneo lo pasaran tan fácilmente por alto los
médicos del norte de Europa, donde el aire es frío y la tierra húmeda.)
Los médicos no tenían ningún modo de suplementar
una deficiencia en ninguno de los humores, de forma que en la práctica el
tratamiento se basaba en mitigar un supuesto exceso. La sangría era el método
más directo. Un exceso de flema podía tratarse con expectorantes, la bilis
amarilla con eméticos y la bilis negra con laxantes. Todo el cuerpo se
convertía en una especie de red hidráulica de canales, desagües y compuertas de
agua, de la que se debía eliminar el exceso de líquido para mantenerla en buen
orden. Los cuatro humores pueden parecemos ahora vagos e inadecuados, pero el
sistema que describían era a la vez intrínsecamente coherente y robusto, tal
como demuestra su prolongada longevidad. También, en un grado notable, se
basaba en la evidencia. Me quedo con la conclusión de que probablemente una
sangría equinoccial me hará más bien que una cura moderna de desintoxicación,
aunque pienso que prefiero los rituales del NHSBT antes que someterme al
escarificador.
La idea de los humores pervive, no sólo en nuestra
continua creencia en el valor diagnóstico de un análisis de sangre, en el
sonido de una tos, el aspecto de una deposición o de un corte mientras se cura,
sino en nuestro reconocimiento, durante el pasado siglo, de la importancia de
la endocrinología. Ahora comprendemos que es el sistema endocrino, y las
hormonas que libera en nuestro sistema sanguíneo, lo que rige nuestro
metabolismo y nuestro talante, y hemos empezado a hablar de dopamina y
melatonina, endorfinas y adrenalina de la misma manera que los antiguos
hablaban de los invisibles humores.
§ 10. La oreja
Existe una raza de médicos a cuyos miembros
imagino, con toda probabilidad llevando corbatín, rondando por las galerías de
arte del mundo, en busca de representaciones artísticas de su especialidad
médica. Por lo general ya se han retirado de la práctica, pero todavía
conservan la fascinación con la parte concreta del cuerpo que en su momento los
llevó a la medicina. De manera que los que fueron hepatólogos consideran la
exactitud de las escenas clásicas que muestran a Prometeo encadenado a una
roca, con el águila que picotea su hígado (y que quizá se maravillan de la
regeneración nocturna del órgano, de forma que Prometeo tiene que pasar otra
vez por todo ello al día siguiente). Los podiatras detectan triunfantes a los
artistas que, por razones de elegancia de composición o por mera distracción,
han dado a sus sujetos dos pies izquierdos. (Ocurre con más frecuencia de la
que el lector pueda pensar.)
Inspirados por su ejemplo, consideremos el extraño
caso de la oreja en el arte holandés. La oreja goza de una condición peculiar
en el arte del retrato. Por lo general se piensa que la mano es la parte más
difícil de dibujar. De los rasgos faciales, los ojos, la nariz y la boca son
casi inevitables en cualquier retrato. Las orejas, sin embargo, son en cierto
modo opcionales. Las orejas (o, más generalmente, la oreja) siempre pueden
cubrirse por el ala de un sombrero o por una gorguera extravagante. Ello lleva
implícito que la oreja es un ejercicio obligato, algo que sólo
deben intentar los dibujantes más ambiciosos. Incluso en La joven de la
perla, de Vermeer, sólo es visible el lóbulo de la oreja del que pende
la famosa arracada. Los médicos que visitan galerías de arte y que me han
encaminado en esta dirección particular, y a los que estoy muy agradecido, son
un cirujano plástico, Wolfgang Pirsig, y un historiador de la medicina, Jacques
Willemot, quienes han editado conjuntamente un volumen titulado Ear, Nose
and Throat in Culture. [110] Confirman esta suposición. «No es sorprendente encontrar orejas
prominentes en las obras de cuatro pintores notables que dibujaron la mayoría
de sus retratos con una considerable fidelidad a la naturaleza; Hieronymus
Bosch, Leonardo da Vinci, Albrecht Dürer y Rembrandt», escriben. Dichos
artistas eran dibujantes notablemente grandes, a la vez que grandes pintores.
Para la mayoría de los artistas, las orejas no
importan realmente; son una cuestión lateral, de manera muy literal. Cuando
dibujé la disección parcial de una cabeza, encontré que la oreja era
inevitable. Consideré que había hecho un notable esfuerzo para trazar la curva
de su perfil y para sombrear sus pliegues, y mi empeño me satisfizo hasta que
me di cuenta de que la había colocado unos buenos dos centímetros por debajo
del lugar en que se hallaba en la cabeza. Los viejos maestros no cometen estos
fallos elementales. Pero sí que tratan la oreja como un apéndice insólitamente
moldeable y móvil. De hecho, los artistas suelen desarrollar una «rúbrica de
oreja» por la que la obra puede identificarse como suya; una costumbre que
surge del hecho de que la forma de la oreja varía mucho más entre individuos
que muchas otras características corporales, pero al que apenas hace justicia.
La estrella de la Virgen del canónigo Van
der Paele, de Jan van Eyck, de 1436, que cuelga del Museo Groeninge de
Brujas, no es, definitivamente, la virgen entronizada y central, ni el Niño
Jesús en su regazo. Es el otro sujeto epónimo. El canónigo se presenta a la
Virgen en el marco de la iglesia de San Donaciano, de Brujas. La Virgen tiene
un aspecto sin rasgos característicos, con la expresión imperturbable, pero el
canónigo rebosa de carácter y de ropaje. Se arrodilla, malhumorado, a la
derecha del cuadro. Acaba de quitarse sus gafas (que entonces todavía eran una
novedad) para revelar una cara surcada por arrugas y cicatrices. Su rígida
quijada sobresale entre un mar de carrillos bamboleantes. Una mirada implacable
surge de ojos acuosos sobrecargados por pesadas bolsas. Está vestido
humildemente en comparación con la Virgen y con san Jorge en su armadura y con
san Donaciano en ropajes de brocado y mitra, que la atienden. Con sus ropas
sencillas y su faz arrugada, parece casi como si lo hubieran recortado de una
fotografía moderna y lo hubieran insertado en el cuadro para obtener un collage profano.
El retrato fue en tiempos todavía más realista y
sombrío. Parece que el canónigo Van der Paele tenía una gran verruga o tumor en
su oreja izquierda. Hay que reconocerle el mérito de que posara para el artista
de manera que veamos su lado izquierdo. Y hay que reconocer el mérito de éste, que
pintó la verruga. En esta obra y otras, es evidente que a Van Eyck le
encantaban los detalles repulsivos de la fisionomía humana. Pero en la
actualidad, la verruga ya no está aquí. Ni tampoco hay ninguna explicación de su
desaparición. Ha sido aerografiada de la historia. Según una versión, la
verruga fue sobrepintada durante una restauración del cuadro realizada en 1934,
pero el museo no responde a mis peticiones de confirmación o negación de esta
historia.
Ahora se sabe que las verrugas son el resultado de
infecciones víricas, pero hasta el siglo XVII se solían asociar con brujería,
de modo que pudo haber buenas razones para omitir una de ellas del retrato
desde buen principio. Es indudable que hay muchas más verrugas que han quedado
fuera de los grandes cuadros que las que han permanecido en ellos. La
conservación de una imperfección de este tipo muestra el compromiso con el
realismo veraz que es típicamente representativo de los ideales no jerárquicos
del Renacimiento septentrional. La verruga más famosa del arte es también obra
de un artista de ascendencia holandesa, Peter Lely, que tuvo mucho éxito en
Inglaterra, al conseguir el truco de trabajar tanto para Carlos I como, después
de la Restauración, para Carlos II, y que produjo un retrato memorable de
Oliver Cromwell entre uno y otro. No es seguro que Cromwell pidiera que se le
pintara «con verrugas y todo», [111] como registra la leyenda. Horace Walpole, que escribía cien años
después del hecho, es el origen de esta cita. Transcribe una instrucción para
«resaltar todas estas asperezas, pecas, verrugas y todo lo que vos veis en mí,
de otro modo nunca pagaré ni un cuarto de penique por el cuadro». Cromwell
tenía, efectivamente, una verruga prominente en su labio inferior, como
atestiguan tanto el retrato de Lely como la máscara mortuoria de Cromwell.
Rembrandt es famoso por la serie de autorretratos
igualmente resueltos que pintó a lo largo de su carrera. En 2003, otro de
nuestros médicos convertidos en críticos de arte, Ben Cohen, un cirujano de
oído, nariz y garganta retirado, se dio cuenta de que en muchos de ellos la
oreja del artista aparece hinchada y dañada. En los autorretratos posteriores,
del lóbulo no dañado, debajo del tejido endurecido de la parte lesionada de la
oreja, pende un arete. Cohen especula que Rembrandt fue víctima de un intento chapucero
de perforación de la oreja, pero que no obstante volvió posteriormente a que le
hicieran la operación de manera adecuada. «Tuvo que haber sido un joven muy
determinado para arriesgarse a que le hicieran más daño a la oreja», escribe
Cohen. Al igual que con la representación de Van Eyck de la oreja deforme del
canónigo Van der Paele, el cuadro proporciona pruebas de una honestidad
artística. Rembrandt podía haber evitado fácilmente presentar la oreja
lesionada pintándose desde el otro lado.
Las orejas adquieren vida propia en El
jardín de las delicias, el tríptico de Hieronymus Bosch, el Bosco,
pintado aproximadamente a principios del siglo XVI, es bien conocido, pero está
tan repleto de sucesos caóticos que sus detalles tienden a pasar desapercibidos
a un escrutinio normal. Sus tres paneles muestran a Adán y Eva en el Jardín del
Edén a la izquierda, una escena central del paraíso atestada de figuras
desnudas y retozonas, aves exóticas y frutas de gran tamaño, y una oscura
escena del infierno a la derecha. Ésta es una de las visiones más fantásticas
de todo el cuadro. Vemos monstruos que devoran a hombres, actos de bestialidad,
cabezas, manos y pies cortados, fuego y excremento, e incluso un cerdo con la
toca de una monja, que ilustran un conjunto de castigos absolutamente
ingeniosos para los siete pecados capitales.
Colocado de manera prominente en el cuadro, justo
encima de la figura central de un hombre con troncos de árboles por piernas y
un cuerpo que es una cáscara de huevo rota (y que bien pudiera ser el mismo
Bosco), hay un gran cuchillo sujeto entre un par de orejas gigantescas. La
disposición de las orejas con el cuchillo que se extiende hacia delante entre
ellas no puede hacer otra cosa que sugerir los genitales masculinos. Alojado
dentro de los pliegues de la oreja dirigida hacia el observador hay una diminuta
figura negra que parece que está haciendo subir a otro hombre. Pueden ser
demonios invasores, pues originalmente los pendientes se llevaban para impedir
que los demonios penetraran en este orificio, y esta oreja no está adornada y,
por lo tanto, está indefensa. En su mano libre, la figura negra sostiene una
espada que perfora la carne de la oreja. Ambas orejas están asimismo perforadas
por separado por una gran flecha.
Figura 11
¿Qué significa este complicado artificio? (Resulta
absurdo que se puedan comprar figuritas del mismo, con o sin los invasores en
miniatura, en la Galería Nacional de Londres, aunque el cuadro se halla en
realidad en el Museo del Prado, en Madrid.) El cuadro del Bosco va mucho más
allá del realismo narrativo que desarrollaron los artistas de la Europa
septentrional en un esfuerzo para acercar los relatos bíblicos a los feligreses
ordinarios, y crea su propio mundo de pesadilla, digno de Sigmund Freud. Los detalles
individuales se refieren claramente a pecados concretos. La gula y la lujuria
se castigan severamente. Vemos figuras que vomitan y a un infortunado con el
ano ardiendo mientras de él surge una sucesión de negros mirlos. Quizá las
orejas estén cortadas con el fin de interrumpir el flujo de habladurías y de
escuchas furtivas que alimentan la envidia y la rabia. ¿Quién, culpable de tal
pecado y viendo estas orejas perforadas, no sentiría que sus propias orejas
empiezan a picar?
El infierno del Bosco es también un lugar
clamoroso, tan lleno de instrumentos musicales que algunos de sus moradores se
tapan las orejas contra el estrépito. Sin embargo, los médicos señalan que las
orejas gigantescas carecen de canales auditivos; no pueden oír, por tanto. El
oído interno y el medio contienen los mecanismos por los que podemos oír,
mientras que el oído externo, la oreja o aurícula, funciona simplemente como un
colector de sonido, un aspecto que queda brutalmente claro en el filme de Quentin
Tarantino Reservoir Dogs, cuando el gánster Mr. Blonde corta
la oreja del policía cautivo y a continuación le habla para ver si su
propietario puede oírlo. Las aurículas captan y dirigen el sonido al oído
interno; cuando las personas con orejas salientes buscan hacerlas menos
prominentes mediante cirugía, en realidad es probable que como resultado oigan
peor. René Magritte (belga, no holandés) sugiere gráficamente de qué manera el
sonido puede encauzarse al interior del oído en una pequeña aguada no menos
surrealista que la imagen del Bosco. Su Sin título (concha en forma de
oreja) presenta una gigantesca concha vermiforme sobre una playa; sus
repeticiones en espiral están modeladas sobre la oreja humana.
La expresión familiar inglesa a word inyour
shell-like, [112] que emplea típicamente alguien que está a punto de hacer una
confidencia, reconoce esta semejanza. En realidad, nuestra oreja es más
parecida a una concha de lo que podríamos imaginar. Nuestra capacidad de oír
sonidos de distinto tono se basa en la cóclea o caracol, un hueso hueco del
oído interno cuya forma es la de la concha de un caracol. Funciona un poco como
un como francés, pero al revés. A lo largo de este tubo que se va adelgazando
hay diminutas células piliformes, afinadas según la posición que ocupan, como
las cuerdas de un piano. Vibran en respuesta a las diferentes frecuencias de
sonido transmitidas a la cóclea por la acción del tímpano sobre los tres
huesecillos del oído medio. Dichas vibraciones disparan señales nerviosas al
cerebro, que interpretamos como sonido. Es sorprendente que estos miles de
pelos puedan efectuar su tarea simultáneamente, de modo que, en la sinfonía de
Haydn que estoy escuchando mientras escribo, puedo distinguir cada instrumento
que suena por su tono y su timbre individuales. Cuando perdemos la capacidad de
oír tonos agudos con la edad, ello es debido a que algunas de estas células
piliformes mueren. En cambio, mi sordera a los tonos leves no se explica por
deficiencias físicas en el oído, sino por un desarrollo reducido relativo de
parte de mi cerebro, que probablemente podría remediarse con ejercicios
auditivos adecuados si encontrara el tiempo para ello.
Algunas personas piensan que el oído externo puede
ser importante en otros aspectos además de como captador de sonidos. En la
década de 1950, un médico y acupuntor francés llamado Paul Nogier advirtió que
se parece a un feto humano acurrucado (el lóbulo de la oreja representa la
cabeza y el pliegue interior conocido como antehélix la espina dorsal del feto
en este caso). El sistema de medicina alternativa que desarrolló sobre la base
de este parecido se denomina auriculoterapia. La oreja del paciente se considera
un homúnculo o mapa de todo el cuerpo, y la estimulación en diferentes puntos
de la misma se utiliza para tratar dolencias en las partes del cuerpo
correspondientes. La idea quizá no sea distinta a la creencia de los antiguos
griegos de que la oreja proporciona un canal, a través de la boca y la
garganta, hasta el núcleo del cuerpo, y tiene ecos de la cauterización que
antaño se empleaba como tratamiento para dolores corporales intensos, como la
ciática, y en la que se podía quemar y eliminar parte de la carne de la oreja
utilizando un hierro candente. Advirtiendo que la oreja que podemos ver en el
cuadro del Bosco está perforada en dos lugares, Nogier y un colega tomaron
estas posiciones como lugares para clavar las agujas de acupuntura y probaron el
efecto en algunos de sus pacientes. Afirman que la estimulación en el punto de
entrada de su aguja de acupuntura fue efectiva a la hora de suprimir la libido,
mientras que la estimulación en el punto de salida aumentó el interés sexual.
Los peinados largos de la época supusieron que
Antoon van Dyck (que prosperó en Inglaterra durante el segundo cuarto del siglo
XVII, hasta el punto de serle conferido el título de sir Anthony) pintara
muchos retratos pero pocas orejas. Una de las excepciones es una obra temprana,
realizada cuando el artista tenía diecinueve años de edad, y que muestra el
momento en el que Jesucristo es capturado en el jardín de Getsemaní después de
que Judas lo traicionara. El cuadro es un caos de acción violenta. En primer
plano, el apóstol Pedro retiene a Maleo, el criado del sumo sacerdote que
provoca el prendimiento, sobre el suelo y está a punto de rebanarle la oreja en
un esfuerzo para impedir el arresto. La oreja en cuestión brilla roja como si
anticipara el tajo. El Pedro de Van Dyck empuña un cuchillo corto en lugar de
la espada que se menciona en la Biblia, lo que hace que la acción se parezca
más a uno de los crímenes callejeros comunes que tienen lugar cerca de casa.
Jesús advierte a Pedro que deje la hoja (pronunciando la célebre frase «quien
toma la espada, a espada morirá», del Evangelio de San Mateo). [113] En la versión de San Lucas, que era médico, Jesús también cura la
oreja tocándola con la mano, la única ocasión en todas las Escrituras en que
sana una herida reciente. [114] Este episodio bíblico ha sido un tema constante para los artistas.
La mayoría no pierden la oportunidad de pintar a Pedro en el acto sangriento,
pero unos cuantos enseñan las consecuencias, ya sea mostrando triunfalmente la
oreja en alto, ya centrando el tema en el gesto curativo de Jesús. Wolfgang
Pirsig ha contado cincuenta y cuatro de tales cuadros, en los que los artistas
suelen escoger libremente entre la oreja izquierda y la derecha en función de
la conveniencia de la composición, aunque dos de los evangelios especifican que
la que fue cortada era la oreja derecha de Maleo. En tres ejemplos descuidados,
Cristo el sanador implanta realmente la oreja equivocada en la herida del lado
de la cabeza de Maleo.
Aunque parece probable, por la manera en que los
evangelios describen el incidente, que Pedro habría infligido una herida mortal
a Maleo, rebanar una oreja ha sido desde hace mucho tiempo un castigo favorito.
La guerra de la Oreja de Jenkins (ahora un episodio casi olvidado de la
historia de la Gran Bretaña) se inició precisamente con esta prenda. En 1731,
un guardacostas español abordó a un buque mercante británico, el Rebecca, que
pasaba frente a La Habana en su retomo a la metrópoli desde Jamaica. El capitán
del guardacostas rebanó la oreja izquierda de Robert Jenkins, el patrón
del Rebecca, y se la devolvió diciéndole que la conservara
como una advertencia de lo que les ocurriría a otros buques ingleses que
siguieran aquella ruta. Jenkins contó efectivamente el suceso al secretario del
rey en Hampton Court cuando llegó a Inglaterra, pero el asunto se demoró. El
orificio real no se convirtió en una cause célebre hasta seis
años más tarde, cuando las relaciones con España se deterioraban debido a la
cuestión de los derechos del comercio de esclavos en los territorios
americanos. Jenkins fue convocado ante un comité de la Cámara de los Comunes en
marzo de 1738, y supuestamente mostró la oreja, conservada desde hacía tiempo,
en un frasco. En realidad, Jenkins fue un testigo renuente, que declinó la
primera citación, y parece probable que el comité estuviera lleno de miembros
del Parlamento que cabildeaban en favor de la guerra. No se tomaron registros
detallados de la sesión del comité, y si Jenkins mostró algo es muy probable
que no fuera su oreja, sino un fragmento conveniente de carne de cerdo que uno
de los cabilderos puso en su mano para reforzar su postura. No obstante, la oreja,
ausente o presente, ofreció un símbolo útil de la crueldad de la España papista
para mostrar al público inglés. La Gran Bretaña declaró la guerra a España el
año siguiente.
Podemos atribuir la culpa de la narración a la
imaginación hiperactiva del historiador tory Thomas Carlyle, a quien se debe la
frase «la guerra de la Oreja de Jenkins» que aparece en su historia monumental
de Federico II de Prusia, publicada en 1858. Dice allí que Jenkins enseñó «su
oreja envuelta en algodón; todos se inflamaron (excepto las personas oficiales)
al verla». Pero las «personas oficiales» fueron las que tuvieron la última
palabra. El tema de la oreja de Jenkins aparece como una de las preguntas que
se plantean con frecuencia en la página web de las Cámaras del Parlamento,
donde obtiene la escueta respuesta de que «¡parece muy improbable que la
hubiera conservado durante siete años!».
Cortar las orejas es una práctica bárbara que ha
continuado hasta nuestros días. A J. Paul Getty III le cortaron la oreja
derecha cuando unos gánsteres italianos le secuestraron en 1973. Sus captores
exigieron un elevado rescate a la familia Getty, que se negó a pagar. «Si pago
un penique ahora, tendré 14 nietos secuestrados», dijo el abuelo de Getty,
famoso por su tacañería. Después de tres meses de punto muerto, los
secuestradores cortaron la oreja y la enviaron, junto con un mechón de pelo, a
un periódico, y redujeron sus peticiones. Se dice que entonces el abuelo pagó
2,2 millones de dólares, «el máximo que su contable dijo que se podría deducir
de impuestos». Cuatro años después, Getty fue sometido a cirugía en Los Ángeles
para crear un pabellón auricular protésico a partir de un segmento de cartílago
tomado de su costilla.
La oreja más famosa del arte holandés es, desde
luego, la oreja izquierda de Vincent van Gogh, una parte ausente que resulta
tan grande que a menudo parece bloquear nuestra visión de los cuadros del
pintor. Se ha convertido en lo que el crítico Robert Hughes llama, hastiado,
«la Santa Oreja».
Unos días antes de la Navidad de 1888, Van Gogh se
peleó con su amigo Paul Gauguin, al que había persuadido para que fuera a
trabajar con él en Arlés. El holandés esgrimió una navaja antes de que los dos
hombres se fueran por caminos distintos. Después, Van Gogh se cortó su oreja
izquierda y la dio a una prostituta llamada Rachel. «Conserva cuidadosamente
este objeto», le pidió. No está claro qué es lo que la mujer tenía que hacer
con el obsequio, como tampoco lo es lo que le ocurrió a la oreja después de esto.
Van Gogh se fue a su casa y se acostó, y allí lo encontró a la mañana siguiente
la policía, tendido casi inconsciente sobre una almohada empapada de sangre.
Ésta, al menos, es la versión oficial. Sin embargo, una investigación realizada
por dos historiadores del arte alemanes ha abierto otra posibilidad. Hans
Kaufmann y Rita Wildegans creen que fue Gauguin quien infligió la herida, al
utilizar una espada durante la pelea, y que después los dos artistas acordaron
la tapadera, que era (algo) más plausible. Después de todo, son los relatos
escritos de Gauguin los que proporcionan la mayor parte de las pruebas de la
historia oficial.
Lo que esto sigue sin explicar es por qué, si fue
la oreja izquierda de Van Gogh la que se cortó, es la oreja derecha la que
aparece vendada de forma extravagante en su Autorretrato con la oreja
vendada, realizado uno o dos meses después. Otro autorretrato de 1889,
efectuado cuando el artista había recuperado algo su salud mental, lo muestra
en perfil de tres cuartos desde el lado izquierdo... con la oreja intacta.
Cuando los periódicos informaron de la teoría de Kaufmann y Wildegans, varios
de ellos mostraron el retrato con la oreja derecha vendada al tiempo que se
referían despreocupadamente a la oreja izquierda cortada en el artículo
acompañante.
La explicación, desde luego, es que Van Gogh se
pintó a partir de su imagen en un espejo. En ambos cuadros lleva el mismo
gabán, que está abrochado en la parte superior. El botón está a la izquierda y
pasa a través del ojal de la derecha; la costumbre en las prendas femeninas.
Las prendas masculinas se suelen abotonar al revés, de modo que esto confirma
que Van Gogh pintó a partir de una imagen reflejada por un espejo. Lo mismo
hace un esbozo realizado por su amigo el doctor Gachet, que muestra a Van Gogh
en su lecho de muerte, con el tejido lesionado alrededor de la oreja izquierda
claramente visible.
Utilizar un espejo parece que es una cosa bastante
directa. Los autorretratistas han estado usando espejos desde que éstos
estuvieron disponibles de forma general, lo cual, y quizá de forma no
coincidente, es cuando empezó el género. Rembrandt, por ejemplo, pudo pintar de
repente autorretratos mayores cuando adquirió un espejo grande. Pero la
práctica plantea una cuestión más profunda sobre la identidad. ¿Acaso no
importa que mostremos nuestro lado izquierdo por el derecho, y el derecho por
el izquierdo (si no para el observador, que puede desconocer el hecho, al menos
para el propio artista)? En este sentido óptico ciertamente obvio, el cuadro no
representa el verdadero yo del artista. Jan van Eyck, al pintar al canónigo Van
der Paele, nos muestra la fea verdad de su oreja lesionada. Vincent van Gogh,
al pintarse a sí mismo, nos muestra un reflejo de la verdad, pero quizá también
una verdad más profunda. El engaño común del pintor de utilizar un espejo
resulta menos una cuestión de procedimiento irreflexivo y más una cuestión de
afirmación deliberada debido a la sorprendente asimetría de su herida. Para van
Gogh fue relativamente poco importante, como lo fue para tantos artistas que
pintaron sus autorretratos antes que él, que nos dejara con una imagen especular
de su yo «verdadero». Era más importante que nos mostrara su herida; en enero
de 1889, la herida autoinfligida es el autorretrato.
¿Qué hemos de concluir acerca de la oreja a partir
de esta pequeña galería? Hemos visto la oreja como un lugar de fealdad e
imperfección, como un símbolo con muchos significados, como objeto de castigo,
como prenda de amor y como muestra de mutilación por hastío de uno mismo. Es la
plasticidad de este modesto apéndice lo que le permite desempeñar tantos
papeles. El oído externo está compuesto enteramente de tejido blando y
cartílago. No hay hueso de sostén. Esto significa que puede deformarse y
reformarse, cortarse y sustituirse. Es un ejemplo de tejido humano arbitrario.
En esta condición, la carne de la aurícula puede
reemplazar al cuerpo entero, ya sea muerto o vivo. El monumento Mimizuka en
Kioto (poco conocido incluso entre los japoneses) contiene amontonadas las
orejas cortadas de coreanos tomadas como trofeos durante la invasión japonesa
en la década de 1590; se tomaron las orejas en lugar de las cabezas simplemente
porque se masacraron muchísimas personas, hasta 126.000 según una de las
fuentes. Cuando se le rebana un pabellón auditivo a un sujeto vivo sólo queda
una pequeña herida y no se cortan vasos sanguíneos principales, de manera que
es poco probable que ello acabe con la muerte. También puede simbolizar la
persona completa, como hemos visto en el caso del malhadado Jenkins.
La función de esta florescencia carnosa a la hora
de contribuir a la audición parece casi marginal; es el oído interno el que
realiza el verdadero trabajo. Nos topamos con la oreja como con algo adicional;
quizá como una adehala erótica, algo útil para enganchar ahí las gafas, o
simplemente un adorno. Es carne como un medio escultural, una idea que viene
reforzada por sus curvas deliciosamente barrocas. Incidentalmente, los pliegues
que complican la curva externa de la oreja surgen de una característica embrionaria
conocida como los seis montecillos de Hiss. Algunos de esos montecillos cuentan
historias casi olvidadas. Por ejemplo, una malformación conocida como punto de
Darwin es el resto vestigial de un pliegue que en tiempos permitía que la
aurícula se doblara y cerrara la abertura del canal auricular, mientras que
otro de los montecillos estuvo antaño asociado con la criminalidad, y todavía
es a veces el motivo de peticiones de cirugía cosmética.
Estas ideas florecen en el arte y la ciencia
contemporáneos, en los que la oreja sigue siendo un lugar para demostrar
proezas técnicas. Tal como observa la crítica de arte Edwina Bartlem, «Por
extraño que parezca, las orejas artificiales son poderosas señales de la
ingeniería del cultivo de tejidos y de las biotecnologías de manera más
general». El carácter icónico de la oreja no hizo más que reforzarse en 1995,
cuando Charles Vacanti, de la Universidad de Massachusetts, y Linda
Griffith-Cima, del Instituto de Tecnología de Massachusetts, produjeron con
éxito tejido animal en forma de una oreja humana en el dorso de un ratón vivo.
La excrecencia no tenía función auditiva. Era, simplemente, tejido que creció,
alimentado por el ratón, sobre un andamiaje de poliéster que se podía haber
hecho de cualquier forma. Así pues, ¿por qué una oreja? Un objetivo del
experimento era demostrar que se podían hacer crecer estructuras cartilaginosas
de un tipo que en el futuro podría ser adecuado para usarlo en trasplantes de orejas.
El encanto escultural de la forma también pudo haber desempeñado un papel.
Además, el hecho de que la oreja era identificable de inmediato permitió a los
legos ver el potencial de la tecnología. Quizá los científicos esperaban
también generar un poco de valor a partir de la sorpresa. En cualquier caso, el
ratón con la oreja en el dorso pronto se convirtió en un símbolo no tanto del
potencial para producir mediante bioingeniería piezas de repuesto para el
cuerpo humano como de las cosas estúpidas que los científicos pueden llegar a
hacer cuando se les deja con sus propios recursos.
En 2003, un grupo australiano denominado Tissue
Culture & Art, [115] basado en la Universidad de Australia Occidental, empezó a
trabajar con el artista Stelarc en una pieza llamada Oreja extra a
escala Va, que parece que a la vez parodia y extiende su trabajo. La
idea era hacer crecer una réplica a una escala de una cuarta parte de la oreja
de Stelarc a partir de tejido humano. Orón Catts y Ionat Zurr,
los artistas de Tissue Culture & Art, escribieron acerca del ejercicio
original en Massachusetts; «Nos maravillaron las posibilidades esculturales de
confrontación que esta tecnología podría ofrecer. La oreja es en sí misma una
forma escultural fascinante, extraída de su contexto original y situada sobre
el dorso de un ratón; se podía observar la oreja en toda su gloria escultural».
Desde entonces, Stelarc se ha dedicado a construir una «oreja» de tamaño
natural insertada a su antebrazo. El procedimiento necesitó cirugía primero
para hacer crecer piel adicional en el brazo, y después insertar un andamiaje
de polímero poroso que se uniera al nuevo tejido en la forma adecuada. Hay
cirujanos que han realizado operaciones similares como parte del procedimiento
para reconstruir orejas dañadas. Stelarc, sin embargo, ha ido más allá de la
cirugía cosmética con un perturbador intento de suplementar la cuota corporal
de órganos funcionales. La Oreja en el brazo acabada incorpora
un micrófono y la electrónica adicional para transmitir sonido y comunicarse
mediante una conexión Bluetooth, lo que permite que gente situada en
localidades remotas oiga lo que «oye» la «oreja»; es «un órgano de internet»,
dice Stelarc.
§ 11. El ojo
El filósofo francés René Descartes pasó el período
más fructífero de su vida en la República Holandesa, en la que se desplazaba
con frecuencia entre los centros académicos (Franeker, Dordrecht, Leiden,
Utrecht), mientras desarrollaba su conocimiento de matemáticas, física y
fisiología, antes de instalarse en el apartado pueblo costero de Egmond-Binnen
para escribir su nueva teoría de todo. En 1632 lo encontramos en Ámsterdam; es
muy posible que formara parte de la audiencia de la demostración de anatomía del
doctor Tulp.
Descartes no fue un filósofo de café. Sus ideas
radicales acerca del cuerpo humano como una especie de mecanismo, y el rigor
intelectual que pronto aplicaría su nombre a un adjetivo (cartesiano), [116] se basaban en observaciones de primera mano y en sus propios
experimentos. En una ocasión concreta, durante la década de 1630, dio el
insólito paso de conseguir el ojo de un buey con el fin de comprender de manera
más exacta los intrincados detalles de la visión.
Describió sus resultados en un ensayo
titulado La Dioptrique, [117] una obra que se ha desatendido en comparación con la que le sirve
de prefacio, el ilustre Discurso del método para conducir bien la
propia razón y buscar la verdad en las ciencias, que incluye el famoso
aforismo cogito ergo sum (pienso, luego existo). Descartes
publicó La Dioptrique en 1637 en Leiden, acompañada de dos
volúmenes adicionales sobre los meteoros y la geometría, que constituían tres
partes principales (y el prefacio) de lo que tenía que haber sido un gran Tratado
del mundo, del que se vio obligado a retirar otros capítulos cuando se
hicieron obsoletos de golpe por el descubrimiento de Galileo de que la Tierra
gira alrededor del Sol.
Empieza su discusión del ojo con un esquema óptico.
«Si fuera posible cortar el ojo por la mitad sin verter los líquidos de los que
está lleno, o ninguna de sus partes que se mueven, y el plano de la sección
transversal pasara directamente a través de la mitad de la pupila, aparecería
tal como se muestra en esta figura», nos dice. Ya resulta interesante, a la
vista de su materia de estudio filosófico, señalar que Descartes llama nuestra
atención hacia algo que, por la misma buena razón que da, no podía verse
realmente. El texto que sigue describe cada una de las partes que Descartes ha
indicado en su esquema; la dura piel externa del ojo, una segunda piel suelta
«que pende como un tapiz» dentro de la primera, el nervio óptico y sus ramas,
que se entremezclan con finas venas y arterias a través del hemisferio interno
del ojo en una tercera capa carnosa, y tres zonas de «babas o humores»
transparentes diferentes que llenan el interior del globo ocular.
Figura 12
¿De qué manera estos líquidos y nervios nos
permiten ver? Descartes tomó su ojo de buey y su escalpelo y, con cuidado,
extrajo las capas externas desde la parte posterior hasta que estuvo
transparente. Después, colocó el ojo mirando hacia afuera en un agujero de una
ventana en una habitación oscura. Colocó en la parte posterior del ojo, allí
donde había despejado la superficie, un delgado fragmento de cáscara de huevo
blanca. La luminosa escena del exterior se reprodujo fielmente, invertida y en
miniatura, en la pantalla de la cáscara de huevo. Así escribió en su relato del
experimento; «veréis allí, quizá no sin admiración y deleite, una pintura [peinture]
que representará de una manera estrictamente tosca y en perspectiva todos los
objetos que hay en el exterior».
Esta imagen interna se forma por refracción óptica,
lo que explica por qué aparece invertida. En cambio, la imagen de nosotros que
vemos cuando miramos de cerca en el centro negro del ojo de alguien está
formada por reflexión. Esta pequeña efigie ha inspirado nuestra palabra pupila,
que deriva del latín pupilla, que significa muñequita, así
como el encantador coloquialismo del siglo XVII «mirar niños en» alguien, que
significa mirar con adoración al interior de sus ojos, una referencia (no como
el lector pudiera pensar a un impulso a procrear con dicha persona) a la visión
de esta forma humana diminuta. Sin embargo, esta parte del ojo no recibió el
nombre de pupila hasta la década de 1660; Descartes la describe utilizando el
término prunelle, que significa un endrino.
Decido intentar repetir el experimento. Mi premiado
carnicero local, Crawford White, es muy tolerante frente a mis raras y
ocasionales peticiones, y no se inmuta cuando le pido ojos de buey o de vaca,
aunque me explica que no puede conseguirlos para mí, presumiblemente a causa de
los peligros de la encefalopatía espongiforme bovina. Pero, me dice, podría
tener algunos ojos de cerdo preparados para mí si vuelvo más tarde ese mismo
día. En casa, abro delicadamente la pequeña bolsa que me ha dado y dentro encuentro
cuatro pares de ojos que se bambolean. Cada ojo tiene el tamaño aproximado de
un grano de uva, bastante más pequeño que un ojo bovino, y me preocupa que eso
pueda hacer la disección complicada. Tres cuartas partes de la superficie
esférica del ojo están cubiertas por una capa blanca, como un gran casquete
polar. El muñón del nervio óptico cercenado sobresale del centro de este
espacio. La parte anterior del ojo es transparente con profundidades negras y
grises brillantes.
Cojo uno de los ojos y empiezo a eliminar la carne
y la grasa que están pegadas al mismo. Después, apretando ligeramente el ojo
entre mis dedos con el fin de conferirle una superficie firme, empiezo a cortar
en la membrana blanca que proteja la clara cuenca ocular interior. Es muy dura,
y me siento nervioso por si aplico demasiada presión y perforo la membrana
interior con mi escalpelo. Casi de inmediato, ocurre lo peor, y un líquido
gelatinoso rezuma del ojo. Tomo un segundo ojo y empiezo de nuevo. Ocurre lo
mismo. Cambio de táctica, e intento extraer el tejido blanco afeitándolo en
lugar de cortarlo. Esto funciona mejor, y en el cuarto intento ya he extraído
suficiente tejido de la parte posterior del ojo para empezar a percibir la luz
que pasa a través del resto de la película.
Finalmente, llevo el ojo a una gran caja de cartón
que he preparado. En su parte frontal he recortado un agujero del tamaño del
ojo. En la parte posterior he recortado la forma de un triángulo con la punta
hacia arriba y más allá, fuera de la caja, he situado una luz brillante. Coloco
el ojo en el agujero, de forma que «mire» a través de la caja hacia la luz, y
después sitúo mi propio ojo directamente detrás del de cerdo, mirando a éste.
Me emociono al ver una imagen imprecisa del triángulo con la punta hacia abajo
proyectado sobre la blanca película.
«Ahora, después de haber visto esta pintura en el
ojo de un animal muerto, y después de haber considerado las causas, no puede
dudarse de que forma un todo similar en el de un hombre vivo.» El ojo, había
descubierto Descartes, funciona como una cámara oscura, y proyecta una imagen
invertida del mundo externo en su superficie posterior. En su Dioptrique, proporciona
un esquema de rayos que muestra cómo ocurre esto. Es, a la vez, más claro y más
bello que los esquemas que encuentro en los pocos libros de texto de anatomía
actuales que se ocupan de la física de cómo funciona realmente el cuerpo. En
otra versión del esquema, el ilustrador de Descartes ha dibujado la pequeña
cabeza barbuda de un hombre en miniatura que mira hacia la parte posterior del
ojo, donde se forma la imagen invertida. Parece un astrónomo oteando los
cielos.
Esta idea de un homúnculo situado en la parte
posterior del ojo plantea una paradoja. ¿Por qué contempla este
hombrecillo con otros ojos que no son los suyos?
¿Acaso el alma posee ojos al igual que el hombre? Es, dice Descartes, «como si
hubiera otros ojos en nuestro cerebro». En cualquier caso, y de alguna manera,
esta imagen es convertida en una forma que puede ser transmitida a través del
cerebro hasta el alma, que Descartes sitúa en la glándula pineal. Ahora se sabe
que este órgano, del tamaño de un guisante, es responsable de la liberación de
la hormona promotora del sueño, la melatonina. Esta glándula es, efectivamente,
sensible a la luz, pues la liberación de melatonina es desencadenada por la
oscuridad, pero en realidad no se halla implicada en la percepción visual.
La imagen de Descartes del ojo era incompleta, así
como errónea; por ejemplo, no ofrecía ninguna explicación de nuestra capacidad
de juzgar el tamaño de las cosas, que tenemos al poseer dos ojos separados.
Pero era revolucionaria porque parecía situar la vista (el más misterioso,
incluso místico, de nuestros sentidos, relacionado después de todo con las
«visiones» así como con la visión directa) dentro del ámbito de una concepción
mecanicista del cuerpo. El tacto, el gusto y el olfato implican nuestra interacción
física con la sustancia del mundo. Incluso el oído, por el tiempo que tarda un
sonido en alcanzarnos, es fácil imaginar que es alguna cosa que llega a
nuestros oídos desde un origen distante. Ahora podía comprenderse la vista de
una manera similar.
Puesto que tengo ojos de cerdo de sobras, decido
redondear mi experimento intentando ver un ojo en sección transversal, que
produzca realmente el esquema que Descartes nos advierte que no puede verse,
realizando un tajo profundo a través de su ecuador. Abordo la tarea con
azoramiento y una cierta sensación de horror. La imagen de Luis Buñuel de un
hombre que corta el ojo de una mujer con una navaja implacable fulgura en mi
cabeza, aunque nunca he visto el filme surrealista del que procede. [118] (Al igual que Descartes, Buñuel empleó realmente un ojo de
ternera, lo que resulta totalmente aparente en la secuencia cuando la veo
finalmente.) En el momento antes de empuñar el escalpelo, comprendo por qué los
donantes de órganos suelen ser más renuentes a facilitar sus ojos de lo que lo
son incluso para su corazón.
Pero cuando corto realmente el ojo, mi percepción
cambia. Mi cuchillo no es lo bastante afilado, y no puedo evitar aplastar y
deformar el ojo al presionar con la hoja, y el contenido de éste se derrama.
Pasado lo peor, mi horror se disipa para ser sustituido por fascinación. Aunque
no se han mantenido en sus posiciones correctas, puedo ver que hay tres
líquidos claramente transparentes;
una pequeña cantidad de un líquido acuoso, una
cantidad mayor de un líquido como jalea que todavía no haya cuajado del todo y,
deslizándose entre ellos, una cuenta transparente del tamaño aproximado de un
guisante. Aunque es blanda, mantiene una forma definida que es achatada, y más
plana por un lado que por el otro. Son el humor acuoso, el humor vitreo y la
lente o cristalino, cuyos diferentes índices de refracción nos permiten enfocar
imágenes del mundo exterior. Las vísceras animales se revelan como un mecanismo
cartesiano puro. Lo que empezó como una investigación anatómica ha terminado
como un experimento de física.
Los ojos son un elemento importante de nuestra
identidad. Se dice que son la ventana al alma. Incluso en las fábulas de
hombres lobo, el hombre transformado conserva sus ojos humanos. Pero ¿qué es lo
que hay en ellos que transmite individualidad? El color es su atributo más
distintivo. El color de los ojos era una característica del sistema de
identificación de Alphonse Bertillon para la policía de París, y se ha incluido
de forma rutinaria en los registros oficiales de identidad desde la
introducción de los pasaportes normalizados, donde complementa el aspecto que
ofrece una fotografía en blanco y negro. [119] La idea popular de que el color de los ojos es importante parece
verse reforzada una vez más con la introducción de la tecnología del escaneado
del iris para sustituir a las comprobaciones de documentos.
Esto resulta doblemente irónico porque el color no
es lo que se escanea. Los escáneres de iris usan en realidad radiación
infrarroja para detectar patrones únicos en el iris. Y, aunque
el iris recibe este nombre del término griego para el arco iris, puede resultar
sorprendente saber que en ningún caso existe en el ojo un color distintivo. Los
colores que percibimos no surgen de diferentes pigmentos, sino que son lo que
se conoce como «colores estructurales»; una ilusión de color producida por un
efecto de interferencia entre rayos luminosos que también se encuentra en las
alas de las mariposas y en las plumas iridiscentes de las aves. Todos los ojos
contienen una determinada cantidad de un pigmento, melanina. encuentro pecas
oscuras de este pigmento flotando en los humores cuando corto mi ojo de cerdo.
Es la variación en los niveles de este pigmento, junto con el efecto de
interferencia luminosa, lo que da origen a toda la gama de colores de ojos que
apreciamos. Con cada vez menos melanina presente, el ojo puede aparecer castaño
oscuro o claro, avellana, verde, gris o azul.
Francis Galton tenía curiosidad por saber qué tenía
que decir el color de los ojos acerca de la herencia. Se construyó un maletín
con dieciséis ojos de cristal numerados de diferentes colores. Los ojos estaban
dispuestos en una lámina metálica moldeada de tal manera que proporcionara a
cada ojo párpados y una ceja, un toque alarmantemente surrealista cuando se
abre por primera vez el maletín. Galton necesitaba estar seguro de que las
etiquetas de color que eligió de entre la «gran variedad de términos» utilizados
por los compiladores de los registros familiares eran los importantes en la
naturaleza. No escogió pardo o azul, como solemos hacer, sino categorías de
claro y oscuro, dividiendo las que tenían ojos «avellana» en ambos campos.
Después comparó los hijos con sus padres y abuelos, empleando abundantemente su
tormenta estadística usual, pero no encontró nada más notable que decir al
final de todo ello que se observa que tanto los ojos azules como los pardos
persisten a lo largo de generaciones.
La respuesta última a la pregunta de Galton acerca
de la herencia llegó en 2008, cuando un equipo de investigadores (en su mayoría
de ojos azules) de la Universidad de Copenhague descubrió una mutación de un
gen concreto que regula una proteína necesaria para producir melanina. Los
niños suelen tener los ojos azules al principio, aun cuando sus padres tengan
los ojos castaños, porque esta proteína todavía no se ha liberado
completamente, Según Hans Eiberg, que dirigió la investigación, su
descubrimiento genético sugiere que todos los individuos de ojos azules que
viven en la actualidad pueden hacer remontar su origen a un original «Viejo
Ojos Azules», [120] el primero en experimentar esta mutación, que vivió hace entre
6.000 y 10.000 años.
Un mero accidente de la naturaleza, quizá el color
de los ojos no tiene tampoco la importancia cultural que creíamos. Becky Sharp,
en La feria de las vanidades, tiene ojos verdes, Anna Karenina
los tiene grises, James Bond azules. Cuanto peor es la novela, a lo que parece,
más importante es ser exacto en la descripción. A saber, la Princesa
Daisy de Judith Krantz tiene «ojos oscuros, no totalmente negros, sino
del color del corazón más interno de un pensamiento [121] púrpura gigante». Pero muchos de los personajes de ficción más
famosos resultan ser sorprendentemente escurridizos cuando del color de los
ojos se trata. Mister D’Arcy piensa simplemente que Elizabeth Bennet tiene
«ojos bonitos» en Orgullo y prejuicio. Julián Barnes dedica
grandes fragmentos de su novela El loro de Flaubert al asunto
de los ojos de Emma Bovary, regañando así a un crítico (de la vida real) que
había advertido de manera triunfal el supuesto descuido de Flaubert al
describir sus ojos de diversas maneras; azules, negros y castaños. No importa,
sugiere Barnes; o, más bien, sí, pero no en el sentido de que hemos de saber el
color de sus ojos para identificar a la heroína, o para identificarnos con
ella. Los ojos de Emma son de cualquier color que Flaubert decida que sean por
sus propias razones en aquel punto de la narración. En Tess de los
D’Urberville, Thomas Hardy también soslaya la cuestión del color de
los ojos de su heroína, que no son «ni negros ni azules, ni grises ni violeta;
más bien todos estos matices juntos, y otros cien, que podían verse si uno
miraba en sus iris (sombra detrás de sombra, matiz más allá de matiz,
profundidades redondas sin fondo); casi una mujer típica». Si un autor quiere
hacernos creer que su personaje es todas las mujeres, entonces ser vago acerca
del color de los ojos es una buena manera de empezar.
Parece que nuestro sentido de la vista ha aumentado
en importancia a lo largo de la evolución humana, y este crecimiento puede
haber sido a expensas de otros sentidos. Por ejemplo, tenemos muchos genes
implicados en el procesamiento de olores, pero se usan poco en comparación con
los relativamente pocos que tenemos dedicados a la visión. Puesto que la vista
se ha hecho más importante para nosotros, es la capacidad del cerebro para
procesar señales visuales la que se ha desarrollado más rápidamente. Nuestros
ojos no han evolucionado al ritmo de nuestra sed de información visual, lo que
puede ayudar a explicar por qué, en un mundo en el que la comunicación visual
es cada vez más importante, somos muchos los que no obstante necesitamos llevar
gafas.
Con el fin de comprender en qué medida la visión se
realiza en el cerebro y no en el propio ojo, y en qué medida se superpone con
otra información sensorial, efectúo una visita al Laboratorio de Investigación
Intermodal, de la Universidad de Oxford. El minúsculo laboratorio parece algo a
medio camino entre una juguetería y una tienda de la esquina, atestado como
está de extraños artilugios y de marcas conocidas de alimentos. Su director es
Charles Spence, un profesor de psicología experimental. Cuando me encuentro con
él lleva sus característicos pantalones rojos, y habla con una forma de
expresarse entrecortada y desconcertante. Los sentidos (los cinco familiares de
vista, oído, tacto, gusto y olfato, aunque hay muchos más según creen algunos)
suelen considerarse aislados, explica. Pero los usamos en concierto. Esto
conduce a algunas percepciones muy extrañas con implicaciones inquietantes. Por
ejemplo, me dice Charles, es más probable que un entrevistador considere que un
solicitante de trabajo es un candidato serio si éste [122] sostiene en su regazo una carpeta pesada que si lleva una más
ligera. El peso de la carpeta cuenta más que lo que ve y oye. «No se preocupe
por la calidad, fíjese en la capacidad», a lo que parece, no es sólo el
sonsonete de un vendedor desesperado, sino también un axioma en la naturaleza.
Nuestra mezcla inconsciente de señales sensoriales
puede engañarnos fácilmente. También puede explotarse para alterar nuestro
comportamiento. Gran parte del trabajo de Charles es para fabricantes de
productos que pueden sacar buen partido de descubrimientos multisensoriales,
como el hecho de que el sonido que oímos cuando nuestros dientes trituran una
patatas fritas, e incluso sólo el ruido crujiente del paquete, es un factor
importante en nuestra percepción del sabor. «Estamos interesados en la interacción
de los sentidos, tanto al nivel de la célula como a la manera en que todo se
junta en el cerebro. Por ejemplo, ¿puedes “saborear el peso”? O, ¿de qué modo
el perfume que alguien lleva influye en tu estima de su edad?»
La visión es sorprendentemente fácil de engañar,
quizá debido a que nuestro cerebro está muy sesgado en favor de este sentido.
Hay un famoso experimento, conocido como la ilusión de la mano de goma. La mano
de un sujeto se sitúa fuera de su vista, mientras que una mano artificial (un
guante de goma puede servir) se sitúa en la línea de visión en la que éste
podría esperar normalmente que estuviera su mano real. Entonces el
experimentador toca a la vez la mano real invisible y la mano artificial
visible con una acción sincronizada. Al cabo de un rato, el sujeto empieza a
sentir que la mano falsa es realmente la suya. Una extensión cruel del
experimento implica dar un martillazo a la mano artificial; el sujeto no puede
evitar dar un respingo. En estas situaciones, el cerebro prioriza la
información visual frente a las señales más débiles que envían los receptores,
situados bajo la piel, de la propriocepción, que es nuestro sentido de nuestra
posición en el espacio. La mano ha de tener un aspecto razonable para que el
truco funcione; un guante izquierdo para una mano derecha no producirá el
efecto. Sin embargo, puesto que un guante de goma de color amarillo vivo
funciona perfectamente bien, parece que, por una vez, el color de la piel no
importa.
Una ilustración todavía más espectacular procede
del psicólogo Richard Gregory, que presenció la recuperación de un hombre que
había sido ciego de nacimiento hasta que se le efectuó un injerto de córnea.
Gregory llevó al hombre a varios lugares estimulantes de Londres, entre ellos
el parque zoológico y museos. En el Museo de Ciencia se le mostró un torno,
pues siempre se había interesado por la maquinaria. En su caja de vidrio, fue
incapaz de reconocerlo. Pero una vez le hubo pasado las manos por encima, lo
comprendió totalmente. Tal como Gregory lo cuenta, «se retiró un poco, abrió
los ojos y dijo; “Ahora que lo he tocado, puedo verlo”». El momento explicaba
por qué, en su viaje a Londres, el sujeto se había mostrado totalmente
desconcertado por las vistas que se sucedían a través de la ventanilla del
automóvil. El hecho de que siguiera siendo efectivamente ciego a los objetos
hasta que los hubiera tocado indica que el tacto se había apoderado en su
ceguera de las rutas neurales implicadas en la visión, y que sólo ahora
empezaba su cerebro a reconectarse.
Comprender la manera en que nuestros sentidos se
superponen en el cerebro puede conducir a mejores tratamientos para la pérdida
sensorial. Por ejemplo, procedimientos terapéuticos que emplean espejos pueden
ayudar a amputados que experimentan dolor asociado a su extremidad «fantasma»
perdida y a víctimas de apoplejías que han perdido el control motor de un lado
del cuerpo, al permitirles comparar el retorno sensorial obtenido mediante
propriocepción con lo que ven en el espejo. Un sentido puede incluso empezar a
sustituir a otro sobre una base permanente. Las personas ciegas que emplean
parte de su cerebro normalmente dedicada a la visión para interpretar las
letras del alfabeto Braille encuentran a veces que la sensibilidad táctil de
los dedos aumenta, lo que les proporciona una mejor discriminación espacial. En
1969, Paul Bach-y-Rita, de la Universidad de Wisconsin en Madison, desarrolló
todavía más esta idea para crear «ojos» protésicos utilizando conjuntos de
agujas vibradoras que actúan como píxeles para crear toscas imágenes de escenas
registradas por una cámara. El dispositivo, llamado BrainPort, se diseñó
originalmente como un chaleco que se fijaba al estómago, donde la gran
extensión de piel serviría como pantalla sensible al tacto. Versiones posteriores
se miniaturizaron para que se adaptaran a la superficie de la lengua, que es
mucho más sensible al tacto. Las siguientes innovaciones de Bach-y-Rita
demuestran que se pueden recrear otros sentidos de la misma manera, como el
equilibrio en sujetos que han padecido lesión de la parte del oído normalmente
responsable de proporcionar este sentido. Después de un corto período de
utilizar el BrainPort, modificado para detectar la inclinación, algunos
pacientes encontraron incluso un cierto restablecimiento de la «memoria de
equilibrio» que duró varias horas después de haber retirado el dispositivo. Las
personas aprenden a usar este equipo mediante un laborioso proceso de
traducción sensorial consciente, pero a medida que se familiarizan más con él,
las rutas neurales cerebrales se adaptan de manera que el sentido sustituto se
experimenta más como el sentido que se ha perdido.
Somos intrínsecamente seres multisensoriales. Vemos
y oímos a la vez. Utilizamos conjuntamente nuestros sentidos del olfato y del
gusto. Las señales sensoriales combinadas suelen significar más que la suma de
sus partes, y son más memorables. Por ejemplo, estoy seguro de que yo no
recordaría una ocasión concreta en la que escuchaba la entrada de los dioses en
el Valhalla, de la ópera El oro del Rin, de Wagner, en la
radio del coche si en aquel mismo momento no hubiera estado conduciendo por el
puente que atraviesa el Severn. Sólo cuando Marcel Proust huele y gusta la
famosa magdalena se desencadenan sus recuerdos del tiempo perdido; únicamente
su visión no basta para que ello ocurra. También ocurre lo contrario; si
eliminamos un sentido, quizá uno que ni siquiera nos damos cuenta que
utilizamos, nuestra percepción se ve alterada de manera desproporcionada. Una
pérdida del sentido del olfato se lleva en gran medida el placer de la comida,
porque buena parte de lo que creemos que es gusto está en realidad ligada al
olfato. O, como han demostrado pruebas realizadas por Charles Spence, puede ser
importante que una señal de aviso en el salpicadero de un automóvil se emita
mediante señales visibles y audibles al unísono, como una luz que destella y un
tono intermitente. El cerebro puede pasar por alto cualquiera de las dos
señales por separado, pero tiene una probabilidad mucho mayor de registrar el
acontecimiento correlacionado.
Le pregunto a Charles acerca de la sinestesia, un
efecto que siempre me ha intrigado y en el que una señal en un sentido estimula
también una respuesta cerebral en otro. Un sinesteta puede encontrar que los
tonos musicales corresponden a determinados colores y texturas, o que las
formas evocan gustos, por ejemplo. Algunos de mis compositores y artistas
favoritos han afirmado haber tenido experiencias sinestéticas; Kandinsky,
Hockney, Messiaen, Sibelius y F. T. Marinetti, del que La cocina
futurista incluye recetas que requieren que el comensal coma con una
mano mientras con la otra acaricie seda o papel de vidrio, o que coma en un
simulador de vuelo de modo que las vibraciones estimulen las papilas
gustativas. Uno de los defensores más persuasivos es el autor Vladimir Nabokov,
quien en su autobiografía, Habla, memoria, lista los colores
que asocia con las letras del alfabeto. Para él, cada letra conserva su color
distintivo cuando se halla situada junto a las demás en una palabra, a menos
que produzca un diptongo que en otro idioma resulte existir como una única
letra (tal como ocurre con sh y ch y otras
combinaciones en el alfabeto ruso de los primeros años de Nabokov); en este
caso, el color único asociado con la letra en el otro idioma mancha
extrañamente las letras inglesas que constituyen el fonema equivalente.
La sinestesia atrajo primero la atención de los
científicos a finales del siglo XIX, cuando las experiencias multisensoriales
que ofrecían las «obras de arte totales» de Wagner, el postimpresionismo, la
absenta y el opio los animaron sin duda en este camino. Sin embargo, se
hicieron pocos progresos en su comprensión, debido a la naturaleza muy
subjetiva del fenómeno. Sólo ahora empiezan a desempolvarla los
neurocientíficos, que están interesados en lo que nos puede decir acerca de la
capacidad del cerebro de interconectar los sentidos.
¿Qué es la sinestesia? ¿Es una condición, un
engaño, una ventaja o una maldición? No aparece listada en el manual de
psiquiatría más ampliamente usado. Parece que es un estado neurológico del ser,
pero no un trastorno neurológico, menos como una condición y más como un
«superpoder» de los héroes de cómics. Tampoco todo son vino y rosas; «Los
sinestetas pueden ser incapaces de leer un libro debido a la embestida de
información adicional», me dice Charles. Pero sí que gozan de las sensaciones
adicionales y como resultado son más capaces de recordar cosas. «Los sinestetas
no se tomarían una píldora para librarse de ello.» Los sinestetas aparecen más
bien como los miembros de un club pseudoartístico exclusivo. Ciertamente, hay
muchos que claman ser admitidos en él. Estetas conspicuos, tales como Rimbaud y
Baudelaire, escribieron obras que implicaban que poseían sinestesia, por
ejemplo, pero ahora los estudiosos creen que su experiencia de ella fue
enteramente vicaria, y probablemente sólo adquirieron el concepto a partir de
informes médicos. En pruebas modernas se encuentra, efectivamente, que las
mujeres tienen más probabilidades de experimentar sinestesia que estos
supuestos sinestetas masculinos. Pero cualquiera de nosotros puede referirse,
sin afectación, a un parterre de flores diciendo que es una sinfonía de color.
Sabemos que hay una música llamada blues. Quizá todos seamos sinestetas
latentes.
Incluso las personas ciegas pueden tener
experiencias visuales sinestéticas, por ejemplo viendo «destellos» de color en
respuesta a señales auditivas tales como números o letras que se leen en voz
alta. Se cree que los niños pequeños pueden poseer rutas neurales que se
entrecruzan entre lo auditivo y lo visual, y que en la vida posterior se
cortan. Un neurocientífico, Vilayanur Ramachandran, que también ha trabajado en
miembros fantasma, describe el caso extraordinario de un paciente ciego que
empezó a darse cuenta de que siempre que tocaba objetos o leía Braille su mente
evocaba destellos luminosos o imágenes vividas (aunque no imágenes de los
objetos que tocaba). Tales experiencias sugieren que las rutas neurales al
cerebro por detrás del ojo lesionado son regidas de alguna manera por estas
señales auditivas y táctiles. Otras personas ciegas encuentran que su audición
mejora. Quizá no sea su acuidad a cualquier sonido lo que aumenta, sino la
capacidad para procesar específicamente sonidos que ayudan a la percepción
espacial, que se convierte en un gran reto con la pérdida de la visión. Casos
individuales como éstos proporcionan pruebas crecientes de que lo que los
científicos denominan la «neuroplasticidad» del cerebro se dirige a restablecer
o mejorar su función útil cuando se necesita, en lugar de simplemente barajar
los sentidos al azar.
§ 12. El estómago
No está claro en qué momento el proyecto del
reverendísimo doctor William Buckland de comer de todo pasó de una indagación
científica honesta a mera tontería.
Buckland era un geólogo notable, y el primer
profesor de la materia en la Universidad de Oxford. Su obra maestra era Vindiciae
Geologiae, [123] una obra que estableció una nueva teoría para la disciplina, en la
que los fósiles eran anteriores al Diluvio Universal pero la Biblia seguía
siendo, no obstante, literalmente cierta; era una interpretación ingeniosa que
se basaba en definir el «principio» del Génesis como un vago momento en el
tiempo después de la formación de la Tierra pero antes de la aparición del
hombre y de otras especies actuales. Fue el primero en identificar los
coprolitos (excrementos fosilizados), que nos proporcionan los únicos indicios
directos de lo que comían los dinosaurios. En un entorno de aumento súbito del
precio de los cereales, escribió en favor de la agricultura científica, del
drenaje e irrigación adecuados de la tierra y de asignaciones para los «pobres
trabajadores». Todo este trabajo afianzó la reputación de Buckland, que fue
subiendo puestos en la academia y la Iglesia hasta convertirse en canónigo de
la Iglesia de Cristo, en Oxford, y posteriormente en deán de Westminster.
Sin embargo, Buckland no era hombre que se sintiera
limitado por las convenciones de la clase social. Al mismo tiempo que quedaba
bien con todo el mundo con sus esfuerzos para hacer cuadrar el relato bíblico
con las pruebas de la geología, seguía un plan para probar la carne de todos
los animales. Aunque fue un científico notable, parece que no dejó ningún
registro sistemático de su experimento gustativo extendido; la poca información
que tenemos procede de anécdotas que los descendientes de Buckland continúan
transmitiendo. Podría suponerse que el proyecto era una extensión de su deseo
de identificar nuevas fuentes de alimento para la población en aumento, pero en
realidad parece que fue sencillamente su propio capricho excéntrico. Probó
erizo, cocodrilo, pantera, cachorro de perro y caracol de jardín. Al
naturalista Richard Owen le invitó a avestruz asado, que encontró que sabía a
«pavo ordinario». El crítico John Ruskin lamentó mucho perderse otra cena en la
que se sirvió «una delicada parrilla de ratones».
Ciertamente, Buckland no temía sorprender a sus
contemporáneos. Mientras visitaba una catedral en el extranjero, llamó su
atención «una sangre del mártir; manchas oscuras sobre el pavimento, siempre
frescas e indelebles». Excitado en su escepticismo, Buckland se arrodilló, puso
la lengua sobre las manchas y pudo informar de inmediato de otra cosa; «Puedo
decirles lo que es; es orina de murciélago». El relato de una comida
excepcional sólo vio la luz casi cincuenta años después de su muerte, cuando el
escritor Augustus Haré recordó haber asistido a una cena con lady Lyndhurst en
su casa de Nuneham, cerca de Oxford, donde se decía que reposaba el corazón de
un rey francés (quizá el de Luis XIV o Luis XVI; los relatos difieren),
conservado en un cofrecillo de plata. Así lo cuenta Haré;
El doctor Buckland, mientras lo contemplaba,
exclamó: «He comido muchas cosas extrañas, pero nunca comí antes el corazón de
un rey» y, antes de que nadie pudiera impedirlo, lo engulló apresuradamente, y
la preciosa reliquia se perdió para siempre. El doctor Buckland solía decir que
se había abierto camino comiendo a través de toda la creación animal, y que lo
peor de todo era un topo... que era absolutamente horrible.
En una nota a pie de página, Haré añade;
«Posteriormente, el doctor Buckland le dijo a lady Lyndhurst que había una cosa
incluso peor que un topo, y ésta era la moscarda azul de la carne». [124]
El insólito pasatiempo de Buckland no hizo nada
para dificultar su progreso. Quizá incluso lo ayudó; como deán de Westminster
en 1845, utilizó su posición para mejorar las comidas de los muchachos en la
Escuela de Westminster... ¡quién sabe qué exquisiteces les servían! Murió en
1856 a los setenta y tres años de edad, de una infección en la columna
vertebral que se extendió al cerebro, de modo que podemos suponer al menos que
nada de lo que había comido le produjo ningún daño duradero.
Desde luego, en nuestras tiendas de alimentación
más de moda es posible encontrar ahora artículos tales como avestruz y
cocodrilo. Mi manoseado ejemplar de The Joy of Cooking, [125] un clásico americano, incluye instrucciones para cocinar
puercoespín, mapache, oso («Un osezno necesitará unas 2½ horas de cocción; para
un animal mayor, déjese de 3½ 4 horas») y otras recetas de animales muertos en
la carretera.
¿Qué nos dice este desgraciado bestiario acerca del
estómago humano? Parece que Buckland comió todo lo que se le presentaba en
parte por un deseo de divertir o sorprender. El reverendo doctor no tenía
ciertamente escrúpulos bíblicos en relación a las prohibiciones del Levítico,
puesto que es indudable que comió numerosas «cosas abominables», entre ellas la
moscarda azul de la carne, que cae dentro de la categoría prohibida de insectos
alados. Si no probó otras especies impuras como la abubilla y el damán, probablemente
sólo fue porque no se le presentó nunca la oportunidad. Si se considera su
proyecto de manera más general, parece razonable suponer que si hubiera
dedicado una fracción del esfuerzo que puso en comer animales a la evaluación
de nuevas fuentes vegetales de nutrición hubiera hecho una contribución más
práctica a los problemas de alimentar a la población mundial.
El catálogo de animales que Buckland consumió es
quizá notable principalmente por recordarnos al resto de nosotros qué pocas
especies suelen constituir nuestra dieta. El estómago es una de las partes más
simples del cuerpo que se ganó el nombre de órgano. Como me veo obligado a
conceder al ver uno por primera vez en la sala de disección, se trata realmente
de sólo una bolsa y, como ocurre con cualquier bolsa, se puede poner en su
interior cualquier cosa, con tal que quepa. Chevalier Jackson, un laringólogo de
Filadelfia, hizo una colección de los objetos que recuperó de la garganta y el
estómago de pacientes hace 100 años. Reunió miles de artículos, entre ellos
llaves, un candado, clavos y agujas imperdibles abiertas. El Museo Gordon, que
alberga las colecciones de anatomía patológica de varios de los hospitales
universitarios de Londres, exhibe una miscelánea igualmente extrema de objetos
tragados a lo largo de los años a propósito o por accidente, entre ellos los
muelles de la cama que se encontraron en el estómago de un recluso de la
prisión de Brixton, que estaba desesperado por «salir fuera por un rato».
Los humanos somos omnívoros naturales. Aunque no
estamos dotados de dientes agudos ni de garras, ni de la velocidad para
capturar presas, poseemos el gran cerebro que la evolución nos ha conferido y
que nos ha permitido utilizar herramientas y astucia para diversificar nuestra
dieta. Nuestro estómago sacciforme puede contener cualquier cosa, y los cinco
metros de intestinos que se hallan aguas abajo de él pueden hacer una buena
tarea a la hora de digerir la mayoría de las cosas. Podemos digerir carne cruda,
pero el descubrimiento del fuego nos dio la capacidad de procesar la carne de
manera mucho más efectiva, y por lo tanto comer mucha más cantidad de ella (más
de lo que es bueno para nosotros). En cambio, y de manera sorprendente, podemos
digerir muy poco de lo que el reino vegetal nos puede ofrecer, y preferimos los
frutos maduros a la hierba y la corteza, puesto que nuestro estómago carece de
los compartimentos que actúan como cubas de fermentación en los verdaderos
herbívoros y descomponen la materia orgánica más fibrosa. Por lo tanto, la
repugnancia que sentimos cuando nos vemos obligados a considerar una comida a
base de moscardas azules de la carne o, si a eso vamos, el consumo humano de un
corazón humano, está basada completamente en la cultura y no en la naturaleza.
En el que quizá es el más famoso de sus ensayos,
«Sobre los caníbales», Michel de Montaigne escribió; «Pienso que hay más
barbarie... en lacerar mediante el potro y la tortura un cuerpo todavía capaz
de sentir cosas... que en asarlo y comerlo después de su muerte». Y,
efectivamente, la carne humana, como la mayoría de las carnes, es nutritiva
para el cuerpo humano omnívoro. ¿Qué gusto tiene? «La carne humana sabe como la
de cerdo», según Helen Tiffin, autora de un ensayo que explora la deuda que la
humanidad tiene con los cerdos que nos alimentan y que ahora también producen
nuestros órganos de recambio; «de ahí», continúa, «el término “cerdo largo”
para las tajadas de carne humana, en que “largo” se refiere a la diferencia
entre la longitud de las extremidades de cerdos y humanos. Aunque hay pocos
relatos “de primera mano” del sabor de la carne humana, parece que hay un
acuerdo generalizado acerca de su semejanza en textura y paladar a la del
cerdo». Si el uso de cadáveres en medicina es una práctica utilitaria
aceptable, razonaba Montaigne, entonces, ¿por qué no lo es su uso en la
alimentación? En una época en la que los médicos podían probar la sangre de un
paciente como ayuda para el diagnóstico, y se recetaba cráneo humano molido
(con o sin jengibre) como remedio para los accesos epilépticos, las prácticas
caníbales podían incluso considerarse como un uso medicinal legítimo para el
cuerpo.
Aunque los relatos de canibalismo continúan
excitándonos como antaño lo hicieron con Montaigne, Defoe y Melville, los
antropólogos lo han dejado más o menos de lado como tema de estudio serio. Los
supuestos ejemplos eran históricos o de otro modo difíciles de confirmar, y el
sensacionalismo generado confería a la antropología en conjunto un mal nombre.
Sin embargo, el interés se reavivó a mediados del siglo XX debido a un brote de
kuru, una enfermedad priónica, entre los fore de las tierras altas de Papúa- Nueva
Guinea. Los priones son agentes infecciosos basados en proteínas y no en ácidos
nucleicos, como ocurre con virus y bacterias. Las enfermedades priónicas causan
pérdida progresiva de coordinación muscular que se caracteriza típicamente por
temblores, demencia y parálisis. La epidemia de Papúa-Nueva Guinea acabó
matando a más de 2.500 personas. El patrón particular de incidencia del kuru se
explicaba supuestamente por una costumbre residual de canibalismo como modo de
transmisión. Las mujeres comían el cerebro y la médula espinal de los parientes
muertos y se infectaban, al igual que los niños mediante contacto con su madre
durante los festines rituales. Los hombres, que comían sobre todo el tejido
muscular, menos infeccioso, mostraban una menor tasa de infección.
Pero el antropólogo americano William Arens se
muestra escéptico en relación a todos los supuestos casos de canibalismo
ritual, incluso de aquellos en los que el estudio antropológico está
complementado por investigación científica médica. Arens señala que tanto los
científicos médicos como los sociales han tendido a considerar reales relatos
de canibalismo no confirmados, y que incluso «testigos» que son antropólogos
profesionales pueden haber sido engañados al ver a nativos consumiendo lo que
en realidad es carne de cerdo. (Melville toma el pelo al lector con este tipo
de confusión en Typee, su novela de los mares del Sur, en la
que el mero hecho de encender un fuego es suficiente para excitar los temores
de los dos náufragos del núcleo del relato de que están destinados al caldero.
Entonces aparece en escena «algún tipo de carne humeante. ¡Un niño cocido, me
atrevería a decir!». Encuentran que tiene un sabor «excelente, muy bueno... muy
parecido a ternera». Pero su terror reaparece cuando recuerdan que en la isla
no hay vacas. «¡Qué sensación en la región abdominal! Y especialmente, ¿de
dónde podían haber obtenido carne estos espíritus malévolos encarnados?»
Finalmente, uno de los hombres sostiene una cerilla encendida sobre el caldero
y, para su gran alivio, identifica «los restos mutilados de un puerco cebado
juvenil».) Cuando se pudo identificar adecuadamente la proteína infecciosa o
prión responsable del kuru, la ruta del canibalismo para la transmisión se
aceptó de modo general, aunque en opinión de Arens las pruebas seguían siendo
sólo «circunstanciales». ¿Cómo puede ser, se pregunta, que el canibalismo
explique el kuru que se ve en una remota tribu de Nueva Guinea, pero no se
sugiere como ruta para la transmisión de una enfermedad relacionada, la de Creutzfeldt-Jakob,
cuando se encuentra entre las sociedades desarrolladas? En general, persiste la
controversia acerca de la existencia misma de canibalismo ritual, del que no
hay pruebas sólidas de práctica contemporánea y sólo pruebas no sustanciadas de
práctica en el pasado. Pero si la práctica es ausente, el miedo de la misma es
aparentemente universal. Antropólogos más imparciales han observado que, con
mucha frecuencia, los grupos «primitivos» que son investigados por un supuesto
comportamiento de canibalismo ¡resultan tener sus propios mitos de canibalismo
acerca de los que han venido a estudiarlos!
De la variedad a la calidad... y a la cantidad.
La capacidad del estómago humano de acomodar, si no
todo, al menos una impresionante variedad de lo que la naturaleza tiene para
ofrecemos nos lleva a la idea de lo delicioso. ¿Por qué razón, cuando hay
tantas cosas que pueden denominarse comida, somos tan quisquillosos acerca de
lo que comemos? Por lo general, es sensato buscar consejo en los franceses para
estos asuntos, y en este campo ninguno se sitúa más alto que el autor de la
obra maestra cuasicientífica La fisiología del gusto, de Jean
Anthelme Brillat- Savarin, el único hombre, hasta donde puedo descubrir, que
goza del honor singularmente gálico de tener un queso que lleva su nombre.
«Comer es una necesidad», señalaba. «Comer bien es un arte.»
Publicado en 1825, cuando Buckland se hallaba sólo
en los entrantes de su grotesco experimento de comida, La fisiología
del gusto estableció los parámetros de una cocina nacional emergente
en la Francia posrevolucionaria. Es una mezcla gloriosa de recetas, historia,
anécdotas humorísticas, palabras inventadas, autobiografía y ciencia de la
alimentación, todo ello con el prefacio de varios «aforismos del profesor», que
incluyen los siguientes comentarios, todavía famosos; «Dime lo que comes y te
diré quién eres», y «El descubrimiento de un nuevo plato hace más para la
felicidad humana que el descubrimiento de una estrella». Brillat-Savarin, que
era abogado y escribió grandes porciones del libro en aburridos interludios
mientras actuaba en el tribunal como juez, es bastante preciso para la época
acerca del funcionamiento del sentido humano del gusto, y de por qué algunos de
nosotros somos no catadores mientras que otros somos supercatadores, capaces
quizá de distinguir «la latitud a la que un vino ha madurado» o «el sabor
especial de la pata sobre la que un faisán que duerme reposa su peso». Explora
la estrecha relación de gusto y olfato, y obtiene mucha información de la
entrevista con un hombre cuya lengua ha sido cortada como castigo. También es
bueno sobre la patente insuficiencia de nuestra convención de dividir los
sabores en dulce, agrio, amargo y salado. Las clasificaciones modernas admiten
asimismo la sensación de calidez que proporcionan las guindillas y un sentido
aromático y sabroso, umami, del japonés, que Brillat parece
anticipar al inventar el término «osmazomo» al describir la profundidad de una
buena base. Pero estos pocos términos ni siquiera empiezan a contener la
infinidad de gustos, que necesitarían «montañas de papel de oficio de tamaño
folio para definirlos, y una cantidad desconocida de caracteres numéricos para
su clasificación».
Sin embargo, tiene menos que decir acerca de cómo
el tubo digestivo digiere la comida y de las maneras en que de ella extrae
energía, proteínas, vitaminas y minerales. Porque la principal preocupación de
Brillat es nuestro placer en la comida, tal como revela el subtítulo de su
libro; Meditaciones de gastronomía trascendental. En resumen;
quiere que todos nosotros seamos golosos. «La golosería es una preferencia
apasionada, considerada y habitual para todo lo que agrada al gusto», escribe;
y no hay que confundirla con la glotonería, añade rápidamente, porque la
golosería «es enemiga del exceso de comida». Identifica algunas clases
naturales de golosos; el clero, los escritores, los banqueros, y también los
médicos, a quienes sin embargo increpa por sus medicinas de mal sabor y por sus
regímenes dietarios austeros. La golosería es también para las chicas; «es
básicamente favorable para su belleza». Los golosos hacen mejores matrimonios y
viven más tiempo.
Pero los placeres de la mesa (la legítima
recompensa de la humanidad por ser la única especie que experimenta el
sufrimiento, dice Brillat) se toman demasiado fácilmente con exceso. Ni
siquiera los franceses no son tan quisquillosos acerca de la comida que puedan
evitar comer con exceso injustificadamente. Los clérigos son especialmente
propensos. Rabelais, en el cuarto libro de Pantagruel, ataca a
los monjes como hombres que, de forma profana, convierten el vientre en un
dios. Estos «gastrólatras holgazanes y de grandes tragaderas», como los llama,
adoran al dios Gaster [126] y le hacen ofrendas; la lista de Rabelais recorre varias páginas
de platos de carne que son para chuparse los dedos, y dedica algunas páginas
más a platos de pescado que podían presentarse en los días de ayuno, cuando era
necesario abstenerse de la carne. Pero Gaster no resulta impresionado por todo
ello, y dirige rudamente a los idólatras al retrete, «donde considerar, meditar
y reflexionar sobre cualquier deidad que encuentren en sus heces».
Brillat-Savarin anticipó el problema del exceso, y
de manera sorprendente incluye en su libro un capítulo muy contemporáneo sobre
la obesidad. No se preocupa por él mismo; «Siempre he considerado a mi panza
como un enemigo terrible; la he conquistado y he limitado sus perfiles a lo
puramente majestuoso», anuncia. (La Fisiología fue la obra de
toda una vida, y se publicó el año antes de la muerte de Brillat, a la edad de
setenta, de modo que parece razonable que hubiera alcanzado una cierta cincha.)
Pero le preocupa un grupo de personas para las que inventa otro nombre nuevo,
el de «gastróforos», los que, mediante el consumo excesivo de almidón y azúcar,
falta de ejercicio y demasiado sueño, «pierden su forma y sus proporciones
armoniosas originales». Los remedios de Brillat-Savarin surgen de manera muy
evidente de su identificación de estas causas, y todavía hoy merecen
consideración. Pero si el ejercicio y la disciplina dietaria fracasan, también
tiene un «cinturón antigrasa» que recomendar, una restricción del vientre que
debe llevarse día y noche. Advierte contra medidas más extremas, como la
costumbre, entonces generalizada, de que las mujeres bebieran vinagre, y cuenta
la conmovedora historia de una muchacha que había conocido en su juventud y que
se consumió de lo que en la actualidad reconoceríamos como anorexia (esta
condición recibió su nombre en la década de 1860) y terminó muriendo en sus
brazos. Así, quizá, el feliz matrimonio del goloso eludió a Jean Anthelme.
Un notable hito moderno del exceso gustativo
francés es el filme La gran comilona, [127] en el que, a lo largo de un fin de semana, y servidos por varias
prostitutas, cuatro hombres de mediana edad se reúnen en una casa de campo
apartada y deciden comer hasta morir. Uno tras otro, lo consiguen. Fin. Es
el tipo de película que da mal nombre al cine europeo en el mundo anglosajón,
donde se suele ignorar cualquier tipo de apetito camal. La gran
comilona causó indignación cuando se proyectó por primera vez, en el
Festival de Cine de Cannes en 1973, no tanto debido a su mórbido guiso de
comida, sexo y muerte, sino más porque su director italiano, Marco
Ferreri, se había atrevido a posar su mirada
satírica sobre el rito central de la vida francesa.
En una escena, los cuatro hombres se desafían entre
sí para ver quién puede comer más rápidamente, anticipando uno de los
espectáculos públicos más extraños de hoy en día; la comida extrema. Sin
embargo, en estos concursos modernos no hay arte relacionado con la comida, ni
edificio alegórico de la civilización que demoler como si fuera un croquembouche. [128] Se trata simplemente de comer tanto de una cosa (guisantes,
ostras, barritas Mars, bocadillos de mantequilla de cacahuete y jalea) como se
pueda. Según la Federación Internacional de Comida Competitiva, los campeones
de esta dudosa actividad se denominan (y esto al menos complacería a Brillat y
Rabelais) gurgitadores. [129] Un tal Patrick Bertoletti tiene el récord por comer la mayor
cantidad de pastel de lima ácida, encurtidos y rebanadas de pizza, así como 275
pimientos jalapeños, en ocho minutos. Resulta una sorpresa descubrir que no
todos los gurgitadores campeones son gordos. Sonya Thomas pesa sólo 47
kilogramos pero aun así se comió cuarenta y cuatro bogavantes de Maine en doce
minutos. Hace falta preparación física y entrenamiento para tener éxito al
máximo nivel. En estos concursos hay asistencia médica a mano, pero, me doy
cuenta, también la hay en los acontecimientos deportivos importantes. Los
exámenes médicos de los comedores competitivos que tienen éxito demuestran que
desarrollan un estómago capaz de distenderse mucho más allá de los límites
usuales. Otros aspectos siguen siendo un misterio. En notable contraste con el
filme de Ferreri, a la Federación Internacional de Comida Competitiva no le
importa la manera en que sus gurgitadores vacían el exceso que han consumido,
por ejemplo. Se anima al consumo, pero se niega educadamente la producción de
residuos. El fenómeno aumenta en popularidad, atrae el seguimiento de la
televisión y de empresas patrocinadoras, que incluyen las esperables compañías
de alimentación, pero también de Procter & Gamble, el fabricante de
Pepto-Bismol. [130] «Comida competitiva», aunque apenas empieza a estudiarse por parte
de los psicólogos humanos, es un término establecido y empleado por los
estudiosos del comportamiento animal. La terminología es un recordatorio de
que, dejando aparte el espectáculo público, estos certámenes proporcionan un
ejemplo grotesco de la contienda de la naturaleza para la supervivencia de los
más aptos.
En La gran comilona, el último de
los cuatro hombres en morir, Philippe (interpretado por Philippe Noiret), da
bocaditos de comida a uno de los perros que se han reunido en el jardín de la
casa, a la espera de su propio festín. «Sed voraces», aconseja a los animales.
«Comed muchísimo. Comed siempre muchísimo.» Su último acto es tragarse un
pastel de gelatina enorme en forma de un par de pechos, un retomo simbólico a
su primerísima comida. Tal como ilustran tanto el filme de Ferreri como los
concursos de comida a su manera inexorable, el velo que el arte de la
gastronomía extiende sobre la alimentación esencial es tan frágil como el
algodón de azúcar.
§ 13. La mano
Pruebe el lector lo siguiente: levante la mano
izquierda y apriete el pulgar y el dedo índice para formar una O. Después doble
los dedos restantes por el nudillo medio, o lo que los tipos médicos, a su
manera servicial, denominan la articulación interfalángica proximal (los huesos
del dedo se llaman falanges). No es especialmente fácil, el lector descubrirá
que tiene tendencia a doblar también las demás articulaciones. Pero resista
dicha tendencia (tanto como pueda), y mantenga en cambio los dedos libres con
su articulación media tan próxima como pueda a un ángulo recto, y las otras
articulaciones tan rectas como sea posible. Esto parecerá un poco raro. No es
una posición que se adopte espontáneamente, y requiere utilizar determinados
músculos y no otros de una manera que no es usual.
Ésta es la postura exacta que tiene el doctor Tulp
en el cuadro de Rembrandt con el que empecé este libro. Tanto los historiadores
del arte como los de la medicina han examinado el cuadro minuciosamente, pero
en su mayoría pasan por alto este detalle. Esto es extraño, porque es
claramente un detalle importante para el artista, que ha colocado minúsculas
pinceladas de pintura blanca en las uñas bien cuidadas de Tulp de modo que
captan la luz. La única otra cosa que capta la luz de esta manera es el brillante
par de pinzas que Tulp aprieta en su mano derecha. La mayoría de los estudiosos
han supuesto que Tulp simplemente mueve su mano libre en un gesto retórico. Sin
embargo, uno, William Schupbach, ha observado que Tulp mantiene su mano y dedos
de esta manera peculiar con el fin de demostrar la acción de los mismos
músculos que simultáneamente está levantando del brazo disecado frente a él. De
esta manera, Rembrandt lo presenta ejecutando debidamente las dos funciones
como prelector del gremio de cirujanos de Ámsterdam: efectúa una disección y, a
la vez, dicta una lección sobre el funcionamiento del cuerpo humano. De una
manera ampliamente humanista, demuestra la semejanza objetiva de los muertos y
los vivos. Podemos presumir que le está diciendo a su atenta audiencia lo que
está haciendo al mismo tiempo. En este caso, señala Simón Schama, «Tulp se ve
en el preciso momento de demostrar dos de los atributos únicos del hombre: el
habla y la flexibilidad prensil». Desde luego, éstos no plantean una afirmación
humanista, sino que más bien demuestran la singularidad del hombre, otorgada
por dios.
Figura 13
Cuando el lector dobló los dedos hace un momento,
debió notar, y quizá vio, que un determinado músculo se contraía en su
antebrazo. Se trata del flexor digitorum superficialis, en
otras palabras, del músculo superficial que flexiona los dedos. En la parte
inferior del brazo, se estrecha y se divide en cuatro tendones que pasan a
través de la muñeca. Cada uno de esos cuatro tendones se divide después en dos
cuando llega al final de su recorrido, y esos pares de ramas de tendones se
fijan a lados opuestos de la articulación media de cada dedo. Esta bifurcación
es una pieza de diseño especialmente elegante, pues permite que un segundo
conjunto de tendones, que proceden de un músculo flexor distinto, el flexor
digitorum profanáis, pase a través de los huecos con el fin de operar
la articulación terminal de cada dedo. Estos ocho tendones
controlan el arrollamiento de los dedos como los hilos de una marioneta. En el
otro lado del brazo hay músculos llamados extensores, de los que salen otros
tendones que sirven para enderezar cada dedo. Además de un extensor general,
hay extensores individuales para el dedo índice y para el meñique, lo que
explica por qué nuestro índice es más efectivo para señalar que el dedo medio,
más largo, y por qué podemos romper la etiqueta inglesa a la hora de tomar el
té al dejar que nuestro dedo meñique se proyecte groseramente en el aire
mientras que los demás dedos agarran el asa de la taza (un gesto que puede
proceder de la etiqueta caballeresca cuando era mejor mostrar refinamiento no agarrando
todo lo que era comestible con un puño codicioso). En resumen, dice J. E.
Gordon en su brillante libro Estructuras, estos tendones
«recorren el cuerpo de una manera casi tan complicada como los cables de un
anticuado sistema de campanillas Victoriano». Los propios dedos no contienen
músculos, y la destreza humana se consigue así en su totalidad mediante este
control remoto como el de las marionetas. El hecho de que Rembrandt y Tulp
opten por ilustrar este aspecto de la anatomía humana les permite plantear una
afirmación nueva y revolucionaria, la que René Descartes pronto articularía en
detalle: que el cuerpo humano puede considerarse como una especie de máquina.
Hemos visto que varias falsificaciones rodean la
mano disecada de La lección de anatomía del doctor Tulp. Pudo
haber sido pintada a partir de un espécimen anatómico separado, y ni siquiera
pertenecer a Adriaen Adriaenszoon, el hombre tendidos sobre la losa. Y puesto
que ninguna disección real empezó nunca con la mano, es probable que el artista
y su patrón acordaran centrarse en la mano por razones relacionadas con la
belleza de su intrincada anatomía y su indicación de lo divino en lo humano.
Pero lo que es más extraño es que los músculos y tendones que Tulp sostiene no
pueden ser en absoluto de un brazo izquierdo. Salen del lado equivocado del
codo. Parece que Rembrandt trabajó a partir de un brazo derecho, y después
replicó lo que dibujó como una calcomanía sobre el brazo izquierdo de
Adriaenszoon. Sigue existiendo el enigma de por qué el prelector accedió a
dejar que esta parodia de su propio arte de la cirugía quedara plasmada para
siempre en el lienzo. Quizá estaba más preocupado por su propio retrato.
Las pinceladas de Rembrandt, no obstante, muestran
una bellísima disección, hecha con un nivel superior a la de ninguna de las
manos que he visto en las salas de disección modernas, y que iguala fácilmente
a las que encuentro conservadas en colecciones anatómicas. Está claramente a la
altura de la consideración contemporánea de la mano como el apéndice más noble
del hombre. Para Helkiah Crooke, que en 1618 escribía «Sobre la excelencia de
las manos», son las «dos armas maravillosas» del hombre y de ningún otro
animal. La mano es el «primer instrumento, de modo que es el forjador, y aun el
empleador de todos los demás instrumentos. Porque al no estar formada para un
uso determinado fue capaz de todos los usos... Con ayuda de la mano se escriben
leyes, se construyen templos al servicio del Creador, buques, casas,
instrumentos, y se forman todo tipo de armas».
Esta versatilidad general es la marca de la
superioridad de la mano... y de la nuestra. No es la garra especializada de
animales menos capaces. En especial con la extensión de las herramientas, la
mano es capaz de todo. Se convierte en el análogo físico de nuestra mente que
vaga libremente. Anaxágoras, el filósofo presocrático, creía que el hombre era
más inteligente que las bestias debido a sus manos. Aristóteles, casi un siglo
después, creía aproximadamente lo contrario, que nuestras manos sólo se hicieron
necesarias con la inteligencia. En cualquier caso, estaban de acuerdo en que la
destreza manual y la inteligencia están estrechamente conectadas. Éste sigue
siendo el consenso en la actualidad, aunque todavía es tema de debate qué fue
primero.
El acto aparentemente sencillo de señalar con el
dedo índice demuestra lo estrechamente que está conectado el uso de la mano con
el desarrollo de otras capacidades humanas. Helkiah Crooke y otros pensaban que
somos los únicos animales que utilizamos herramientas. Esta creencia se ha
demostrado errónea por las observaciones de chimpancés y algunas otras
especies, que quita algo de importancia al caso histórico de la singularidad de
la mano humana. Sin embargo, seguimos siendo, hasta donde sabemos, el único animal
que señala. Señalar es una acción muy «antinatural». Señalar hacia algo
presupone que tenemos una etiqueta mental o un nombre para aquello a lo que
señalamos, o de otro modo la acción no significaría nada. Esto, a su vez,
precisa la existencia no sólo de lenguaje, sino de un lenguaje compartido y,
además, de nuestra comprensión de que la persona por la que señalamos tiene una
mente semejante a la nuestra, de manera que puede inferir exactamente qué es,
de las muchas cosas que pueden hallarse frente a nuestro dedo, lo que estamos
señalando. Según el médico y filósofo Raymond Tallis, esto hace que señalar sea
«una acción fundamental de compartir el mundo, o de hacer un mundo en común».
La mano que señala adquirió pronto vida propia, y
es conocida como índice, manecilla o «manícula». Enrique VIII dibujaba sus
propios símbolos de manos que señalaban, muy bien pintados, en los márgenes de
sus libros cuando quería poder encontrar de nuevo determinados pasajes. A
menudo las manículas se dibujaban bellamente, en estilos muy individuales, que
reforzaban el sentido de que no eran simplemente marcadores, sino gestos
personales genuinamente sentidos. La mano que señala se convirtió en uno de los
primeros clisés, siendo originalmente los clisés los símbolos especiales que
los impresores necesitaban con tanta frecuencia que valía la pena fundir una
pieza de tipo especial para ellos. Considerada como una señal de puntuación
estándar hasta el siglo XViii, la manecilla revivió en la década de 1980 como
el símbolo del cursor fácil de utilizar en las pantallas de ordenador. Las
manos solas pueden señalar y ejecutar otros cometidos útiles, como Thing
(Dedos), la mano cortada que es el criado de las tiras cómicas de la Familia
Addams y que enciende los cigarros de Gómez (Homero). Pero también señalan
ominosamente hacia nosotros, como el guante maligno de los
Malitos Azules en el filme de los Beaües Yellow Submarine, la
mano voladora de los anuncios «Podría tocarte a ti» de la Lotería Nacional del
Reino Unido y los dedos impresionantes del general Kitchener y del Tío Sam en
carteles de la primera guerra mundial.
Señalar es sólo uno de un enorme vocabulario de
gestos de los que es capaz la mano. En realidad, se ha estimado que hay más
gestos de la mano posibles que palabras en el idioma inglés. La Mano de Dios no
sólo señala, sino que también extiende dos dedos juntos (en bendición) y ofrece
una palma abierta (extendiendo beneficencia sobre la Tierra). En 1644, John
Bulwer, un hombre tan obsesionado con las manos que llamó Chirothea (Mano de
Dios) a su hija adoptada, publicó Chironomia y Chirologia, un
catálogo exhaustivo de gestos humanos. Bulwer creía que el gesto se basaba en
«la razón universal», que era independiente del idioma, y que podía adoptarse
como una especie de esperanto silencioso. Proporciona algunas explicaciones
perspicaces para gestos familiares, tales como:
Retorcerse las manos es una expresión natural de
aflicción excesiva, que usan los que se conduelen, deploran y se lamentan.
Gesto al cual este elegante comentador de la naturaleza ha asignado la
siguiente razón. La pena que disminuye al cuerpo que afecta, provoca por
tortura de la mente, lágrimas, las tristes expresiones de los ojos; que son
producidas y causadas por la contracción de los espíritus del cerebro, cuya
contracción fuerza al máximo la humedad del cerebro, con lo que provoca la
entrada de lágrimas a los ojos; de esta compresión del cerebro procede el
FUERTE RETORCIMIENTO DE LAS MANOS, que es un gesto de expresión de humedad.
La extensión de sus descripciones en estos
volúmenes confiere una cierta fuerza a su argumento en favor de un lenguaje
basado en los gestos y no en las palabras. Es un solaz, a la vez que un placer,
detenerse en los diminutos grabados, dispuestos en cuadrículas de veinticuatro
por página, de manos levantadas, caídas, apretadas, extendidas, que
tamborilean, golpean, agarran y señalan, cada una de ellas con su propio e
inmediato poder expresivo.
Bulwer es más fuerte en gestos de devoción que en
gestos de insultos vulgares, pero muchos de éstos se remontan incluso más aún
en la historia. En su comedia Las nubes, Aristófanes da a
Estrepsiades una dirección de escena para que le dé «el dedo» a Sócrates cuando
éste le haga a Estrepsiades una pregunta sobre marcar un ritmo. «Bien, se trata
de golpear rítmicamente con este dedo», responde Estrepsiades.
«Desde luego, cuando yo era un muchacho», añade, levantando ahora su falo,
«acostumbraba a marcar el ritmo con éste». La connotación fálica del dedo es
inequívoca, y no sería ninguna sorpresa descubrir que se remonta mucho más allá
de los antiguos griegos. Otros gestos han perdido en gran parte sus evidentes
connotaciones vulgares. Tanto el pulgar levantado como el gesto «conforme» del
índice y el pulgar cerrados en un círculo son señales positivas para la mayoría
de nosotros, aunque en Grecia y en Brasil, respectivamente, siguen siendo una
ofensa indecible.
Los orígenes del equivalente inglés del «dedo», la
señal en V, son más misteriosos. Una historia dice que a los arqueros ingleses,
capturados durante la guerra de los Cien Años con Francia, se les cortaban los
dos primeros dedos de la mano (los que guían el vuelo de la flecha), de modo
que cuando retornaban al campo de batalla fueran inútiles. Por ello, los
arqueros que nunca habían sido capturados blandían sus dedos intactos al
enemigo como un gesto de desafío. Un signo en V hace también su aparición en un
duelo absurdo en Pantagruel. El inglés Thaumast ha ido a París
a aprender del sabio gigante Pantagruel, después de lo cual Panurgo, el
travieso compañero de Pantagruel, lo aborda con una batalla gestual de ingenio.
Pero es Panurgo y no el inglés el que hace la señal en V. Los gestos son tan
inventivos y tontos que Rabelais describe que es imposible estar seguro de si
esta señal en V tiene un significado concreto. Al igual que Bulwer, Rabelais
está muy decidido a sugerir el poder de comunicación de las señales realizadas
con las manos, pero termina demostrando principalmente que son los gestos más
groseros los que se comprenden de manera más generalizada.
Figura 14
La manera más importante en que nuestras manos han
informado a nuestra inteligencia es al habernos proporcionado un sistema de
numeración ya preparado. Los números romanos I, II, III y IIII pueden estar
basados en los dedos levantados, y el símbolo para cinco, V, basado en la forma
que adoptan el pulgar y el índice cuando toda la mano se mantiene erecta. El
sistema de contar decimal o «denario» se basa en los diez dedos y pulgares de
las manos, y la mayor parte de las demás bases numéricas, como la binaria y las
bases cuatro, doce y veinte, se basan en varias combinaciones de miembros y
dedos. Incluso un sistema octal usado por algunas culturas americanas nativas
empieza con las manos: cuenta no los picos que constituyen nuestros dedos, sino
los valles entre ellos.
Ningún animal ha evolucionado con más de cinco
dedos desde que los vertebrados terrestres (reptiles, aves y mamíferos)
surgieron de su propia senda evolutiva al principio del período Carbonífero,
hace 360 millones de años. Pero ¿por qué tenemos tantos como cinco? Tal como
hemos visto antes, la naturaleza tiende a proporcionarnos tantas partes como
necesitamos, y si éstas están duplicadas, como ocurre con ojos y oídos, es por
una buena razón. Así pues, ¿qué hacen los cinco dedos (ya sea individualmente o
juntos en varias combinaciones) que les confiere a todos ellos un papel?
A la hora de contar, cada dedo es exactamente
equivalente. Pero para la mayoría de las demás tareas, son tan variados como
las herramientas de un cuchillo del ejército suizo. El dedo índice es el mejor
señalador debido a su longitud y al músculo dedicado que lo pone enhiesto.
También es más maniobrable que los demás dedos. El dedo índice que pertenece al
inspector Bucket en Casa desolada, de Dickens, es tan versátil
que casi es un personaje por propio derecho, un confidente de Bucket cuando
éste lo pone sobre sus labios, sus orejas y lo restriega sobre su nariz antes
de blandirlo ante un hombre culpable. «Los augures del Templo de los Detectives
predicen invariablemente que cuando míster Bucket y este dedo están en plena
conferencia, no pasará mucho tiempo sin que se oiga hablar de un terrible
vengador.»
El dedo medio, aunque es algo más largo que el
índice, es un mal señalador: pruébelo el lector y encontrará que es difícil
poner erecto este dedo mientras se mantienen los demás fuera del camino. Pero
tiene otros usos. Los romanos lo llamaban digitus impúdicas, el
dedo de la impudicia: quizá adquirieron de los griegos la costumbre de dar «el
dedo» a la gente. También se denomina digitus medicas porque
los médicos romanos tenían a lo que parece la costumbre de usarlo para agitar
las medicinas. Después viene el digitus annularis, el dedo del
anillo, del latín annulus, anillo pequeño. Tiene esta función
por razones simbólicas más que porque se halle especialmente adaptado a esta
tarea. Los antiguos creían (incorrectamente) que este dedo estaba directamente
conectado al corazón mediante una vena especial. El dedo meñique se llama
también digitus auricularis porque ni siquiera éste es inútil:
tiene el tamaño adecuado para limpiar el pabellón de la oreja.
Finalmente, está el pulgar, «el padre de la
tecnología», según Raymond Tallis. Es el hecho de poseer un pulgar oponible
(que significa que podemos emplearlo en oposición a los demás dedos) lo que
aumenta mucho la capacidad de la mano, de modo que puede ejercer una amplia
variedad de agarres. Montaigne, en la nota «Sobre los pulgares» de sus Ensayos, proporciona
la derivación correcta para el francés del pulgar, pouce, del
latín pollere, que significa sobresalir en fuerza. Ofrece
asimismo un nombre alternativo espurio pero no obstante adecuado, anticheir (derivado
del griego, significaría «opuesto a la mano»); ambos términos son reveladores
de la importancia única de este dedo.
Pero es el pulgar oponible junto con la operación
mutualmente independiente de los dedos lo que nos proporciona realmente nuestra
destreza. Los nombres de los dedos concretos indican usos especiales para cada
uno de ellos, pero hay muchas más cosas que pueden hacer en sus muchas
permutaciones, desde la manera en que el índice y el pulgar pellizcan
delicadamente con el fin de coger una flor o quitar una lente de contacto,
hasta el uso cuidadosamente equilibrado de los cinco para manejar un par de
palillos chinos. Añádase a ello la velocidad vertiginosa de otras
manipulaciones (de cartas por un tramposo, de cuerdas por un guitarrista) que
han generado su nombre propio y especial de prestidigitación.
Hace milenios que se «lee» la palma de la mano,
pero sólo en fecha reciente se ha puesto esta práctica a prueba desde el punto
de vista científico. La tradición quizá la hizo respetable Aristóteles cuando
observó de pasada en su Historia Animalium que la línea de la
vida que atraviesa la mano parecía ser más larga en las personas que vivían
muchos años. ¿Por qué tendría que ser la mano lo que revela nuestro destino?
Parece simplemente que la palma de la mano contiene un número adecuado de rasgos
legibles y que se ofrece fácilmente para su inspección. En 1990, científicos de
la Enfermería Real de Bristol consideraron la línea de la vida de 100 autopsias
consecutivas. De forma sorprendente, quizá, encontraron una correlación entre
la longitud de la línea de la vida y la edad de la muerte. Pero no era
exactamente la prueba de la veracidad de la lectura de manos que pudiera
parecer. Tal como señalan los científicos: «Con la edad todos nos volvemos más
arrugados». En su artículo, admiten que una idea mejor sería supervisar la
longitud de la línea de la vida de varios sujetos a lo largo de toda la vida,
de preferencia, añaden irónicamente, «con investigadores que se reunieran cada
10 años en localidades exóticas para informar de los resultados preliminares».
Todavía no se ha emprendido un estudio de este tipo.
Otro rasgo evidente de la mano es la longitud
relativa de los dedos, unos en relación con otros. Antaño se creía que
denotaban las cinco edades del hombre (no las siete de Shakespeare), [131] desde el dedo meñique de la juventud hasta el dedo anular de la
época del matrimonio, pasando por los dedos más largos de la madurez y
finalmente hasta la decadencia del pulgar. En 1875, un anatomista y antropólogo
alemán llamado Alexander Ecker observó que el dedo índice de las mujeres tiende
a ser más largo que su dedo anular, mientras que en los hombres ocurre lo
contrario. Fue éste un hallazgo tan curioso que otros se apresuraron a
confirmarlo, cosa que hicieron, pero cuando nadie pudo descubrir qué es lo que
ello significaba en realidad, la información se ignoró tranquilamente. Ésta fue
la situación hasta 1983, cuando Glenn Wilson, del Instituto de Psiquiatría de
Londres, respondió a una invitación del Daily Express para
contribuir a una encuesta sobre «actitudes cambiantes de las mujeres en la
década de 1980». Su cuestionario para lectoras femeninas preguntaba acerca de
su carácter asertivo y sus instintos de competitividad, y pedía, de paso, que
midieran la longitud de sus dedos. Los resultados mostraron una cierta
tendencia a que las mujeres con una proporción baja entre el dedo índice y el
anular fueran más asertivas; en otras palabras, las mujeres que tenían los
dedos más parecidos a los de los hombres se comportaban más como hombres
(después de haber considerado literalmente, a lo que parece, que el carácter
asertivo es esencialmente un atributo masculino). Este descubrimiento confirmó
la relación entre ambos dedos como un indicador conveniente del nivel de
testosterona al que una persona se ha visto expuesta en el útero. La
investigación basada en las relaciones entre dedos ha proliferado, y en la
actualidad se han usado en estudios de selección sexual, orientación sexual,
fertilidad, razonamiento espacial, capacidad deportiva, talento musical, autismo
(que se da sobre todo en machos) y éxito en las finanzas comerciales. En 2010,
investigadores de la Universidad de Warwick obtuvieron resultados que sugieren
que los hombres con dedos índices largos tienen menos probabilidad de contraer
cáncer de próstata. Parece que las manos todavía tienen mucho que decirnos.
La conclusión más general y más divisiva que hemos
extraído de nuestras manos es que una es mejor que la otra. La preferencia de
la mano derecha se desarrolla muy temprano en la vida. Hay pruebas de que a las
quince semanas de gestación la mayoría de nosotros muestra una preferencia por
chupar el pulgar derecho. Haciendo el seguimiento de una serie de sujetos antes
y después del nacimiento, Peter Hepper, de la Universidad de la Reina en
Belfast, encontró que los diestros prenatales conservan su dexteridad cuando
niños. La mayoría de los zurdos conservaron su preferencia por la izquierda,
pero algunos cambiaron a la derecha.
Es evidente que en cierto nivel profundo nos
perturba el hecho de poseer estos dos conjuntos de miembros que parecen ser
enteramente simétricos pero que por lo general son asimétricos en lo que se
refiere a su uso. Este desequilibrio es una de las bases más antiguas para la
discriminación: entre la izquierda y la derecha. La Biblia declara
repetidamente un sesgo a favor de la mano derecha de Dios (y de todos los
demás) y contra la izquierda. De forma arbitraria, a lo que parece, en el
Evangelio según San Mateo, Dios pide «a los de la izquierda: Apartaos de mí,
malditos, al fuego eterno», mientras que los de la derecha «tomarán posesión
del reino». [132] Existe un amplio vocabulario para designar o insultar a los
zurdos, y en muchos idiomas los mismos términos «izquierda» y «derecha» están
cargados de prejuicios. A partir de otros idiomas europeos, y a veces de raíces
muy antiguas, el inglés por sí solo ha adquirido los términos gauche,
sinister y cack-handed, [133] siendo este último una referencia a la costumbre en las sociedades
predominantemente diestras de reservar la mano izquierda para limpiar las heces
o caca. Poseo incluso un libro sobre simetría que contiene
esta entrada en el índice: «levo-, véase en: dextro-». Incidentalmente, la
izquierda política, que puede tener o no esta connotación peyorativa según
nuestras propias opiniones políticas, se origina en la disposición de la
Asamblea Francesa, en la que, después de 1789, los revolucionarios se sentaban
en el ala izquierda.
Los zurdos son minoría, pero el tamaño real de
dicha minoría es incierto. En 1942, la psicóloga Charlotte Wolff podía escribir
sin hacer una pausa para reflexionar que «en estos días no más del 2 al 3 por
ciento de la población son zurdos». Estudios recientes sugieren, en cambio, que
hasta un tercio de niños se desarrollarían como zurdos naturales en ausencia de
influencias externas. Esto concuerda con el reparto entre zurdos y diestros en
el hombre paleolítico según se infiere de la manera en que modelaban sus
hachas. Pero en muchos ambientes hay una fuerte presión social para ser diestro
(incluso los zurdos han de estrechar la mano con la derecha, por ejemplo), de
manera que la proporción observada de zurdos suele ser muy inferior a ésta. Por
ejemplo, los reclutas del ejército de Estados Unidos tienen sólo un 8 por
ciento de zurdos en sus filas.
Pero la eliminación sistemática de la zurdería no
es lo que era. Escuchando un día las curiosidades estadísticas que son el plato
principal durante los momentos aburridos de los comentarios de los partidos
internacionales, me sorprendió descubrir que la primera vez que en la historia
del criquet los cuatro primeros hombres que bateaban eran todos zurdos fue en
2000; desde entonces, ello ha ocurrido veintiocho veces. A primera vista, esto
resulta rarísimo, porque el registro estadístico se remonta a 1877. Podría
deberse a una presencia casual de buenos bateadores zurdos, pero es mucho más
probable que sea un reflejo del hecho de que ahora estamos menos dispuestos a
penalizar a los zurdos en todas las condiciones de la vida. En muchos deportes,
desde luego, ser zurdo puede conferir una ventaja porque todos los jugadores,
incluidos los zurdos, están más acostumbrados a jugar contra diestros.
Sin embargo, se mantienen presiones más insidiosas.
Casi todas las actividades que se hacen con una sola mano, desde accionar la
cremallera de los pantalones a utilizar un cajero automático, tiene un sesgo
cultural en favor de los diestros. Una visita a Anything
Left-Handed, [134] la tienda del Club de los Zurdos, que antaño ocupó locales en el
Soho de Londres pero que ahora vende en línea, da idea de la extensión de la
iniquidad. Hay tijeras, abrelatas, plumas estilográficas y muchas otras cosas
en la tienda minúscula y en su catálogo paginado al revés. Hay también
productos en los que muchas personas no sospecharían nunca un sesgo: reglas y
cintas métricas (numeradas de derecha a izquierda), sacacorchos (que giran en
el sentido contrario a las agujas del reloj para un mejor apoyo), cuchillos de
cocina (serrados en el otro lado de la hoja). La tienda tiene también CD de
música tocada por zurdos, aunque no estoy seguro de cómo se supone que
escucharemos la diferencia. Pero me decepciona descubrir que no tiene el
deslumbrante Concierto de piano para la mano izquierda, de
Ravel. La obra fue escrita para Paul Wittgenstein, el hermano del filósofo
Ludwig, que perdió su brazo derecho en la primera guerra mundial. Cuando Ravel
terminó la obra, Wittgenstein declaró que era demasiado difícil y pidió
cambios. «Soy un veterano del piano», dijo en broma. «Y yo soy un veterano de
la orquestación», replicó Ravel. Otros pianistas zurdos desean un teclado
invertido, con las notas graves a la derecha, que permita, por una vez, que sea
la izquierda la que lleve la melodía. Ya que hablamos del teclado, podemos
señalar que el tamaño de las manos puede afectar asimismo al tipo de música que
se escribe. Rachmaninov tenía manos que podían abarcar una octava y media, lo
que pone algunas de sus composiciones literalmente fuera del alcance de muchos
pianistas más delicados.
La discriminación diseñada en tantos objetos
cotidianos puede ser algo más que una inconveniencia. En 1989, el psicólogo
Stanley Coren hizo un indagación de un gran número de estudiantes de la
Universidad de la Columbia Británica y encontró que un zurdo tenía casi el
doble de probabilidades de tener un accidente de automóvil que un diestro, y
dos veces y media la probabilidad de un diestro de tener un accidente mientras
utilizaba una herramienta de cualquier tipo. Coren atribuyó la causa no a una
torpeza innata de los zocatos, sino a un diseño que de manera consciente o
inconsciente está sesgado para acomodarse a los diestros. Estimó que la
esperanza de vida de los zurdos se reducía de este modo en ocho meses.
Las manos no son las únicas partes de nuestro
cuerpo que tienen una orientación diferente. Dentro del tronco humano, la
asimetría es la norma. El corazón se halla a la izquierda y el hígado a la
derecha. El estómago se sitúa hacia la izquierda. El pulmón izquierdo tiene dos
lóbulos, el derecho, tres. También hay diferencias externas que no suelen
advertirse tanto. Nuestro cabello cae hacia un lado o hacia otro. El pecho
izquierdo suele ser un poco mayor que el derecho. Por lo general, el testículo
izquierdo pende más abajo que el derecho, aunque el derecho suele ser más
pesado. Las razones para ello no se han establecido de manera firme, pero hace
mucho tiempo que se sabe: la mayoría de las estatuas clásicas lo confirman.
En un cierto sentido, es la presencia de simetría
en el cuerpo lo que es más notable que cuando ésta desaparece. El proceso de
desarrollo embrionario es de pérdida progresiva de la simetría. El huevo
fecundado es esférico y simétrico, pero con cada división celular pierde algo
de simetría. En tanto que organismos que hemos de vivir bajo la influencia de
la gravedad, perdemos pronto cualquier simetría arriba-abajo. Con la locomoción
viene necesariamente la necesidad de desplazarse hacia delante, y con ello un
sentido de delante y detrás, que hace que perdamos la simetría en esta
dirección. Esto nos deja sólo con la simetría en la tercera dimensión, de un
lado al otro. Aquí no hay una influencia ambiental que distorsione, de modo que
la simetría que se ve en el embrión puede persistir. Pero, ocasionalmente, este
tercer bilateralismo es subvertido, y algo crece en un lado pero no en el otro.
Para ver por qué sucede tal cosa, hemos de observar más detenidamente lo que
ocurre en el embrión en desarrollo.
El proceso de pérdida de simetría aumenta de ritmo
con la aparición en el embrión de una disposición de células llamada línea
primitiva. A medida que el crecimiento continúa, las células empiezan a
distribuirse de manera igual a cada lado de esta supuesta línea media del
organismo. Aunque se utiliza el mismo conjunto de instrucciones genéticas para
hacer las partes correspondientes a cada lado de dicha línea, es algo
misterioso cómo las células, que de otro modo parecen idénticas, se dirigen a
posiciones que son imágenes mutuamente especulares. Las células pueden adquirir
información de posición al detectar variaciones en las ondas de actividad
celular, algo así como un conductor que utiliza un sistema de navegación por
satélite. Pero esto todavía deja el problema de la asimetría izquierda-derecha
dirigida.
Una pista potencial para este fenómeno que no puede
ignorarse se reveló en 1848, cuando el joven Louis Pasteur descubrió que
determinadas moléculas químicas existen en versiones diestras y zurdas. Sabía
que el ácido tartárico rotaba la luz polarizada (luz filtrada de una
determinada manera) hacia la derecha, mientras que el ácido tartárico producido
sintéticamente no tenía este efecto. Cuando cristalizó parte del ácido
producido de manera sintética encontró que tenía una mezcla igual de cristales
que eran imágenes mutuamente especulares. La mitad eran la forma
«dextrorrotatoria», la que se encuentra en la naturaleza, y la mitad una nueva
forma «levorrotatoria». Finalmente se descubrió que muchas moléculas
biológicas, entre ellas los azúcares, los aminoácidos y el ADN, poseen esta
propiedad. Puede ser muy importante qué forma de estas sustancias se halle
presente en nuestro cuerpo, tal como parece que el autor Lewis Carroll adivinó.
La lactosa y el ácido láctico son dos ejemplos de las moléculas llamadas «quirales» [135] que se encuentran de forma natural en sólo una de sus versiones
quirales. En A través del espejo, Alicia sostiene a su gatito
frente al espejo y se pregunta si le gustaría ir allí, pero después considera:
«A lo mejor la leche del espejo no es buena para beber».
Es difícil creer que esta quiralidad molecular no
esté conectada de alguna manera a la quiralidad general de los organismos
biológicos. Así pues, ¿se deben nuestras asimetrías izquierda-derecha «a alguna
asimetría molecular que se transfiere a una asimetría global», tal como sugiere
el embriólogo Lewis Wolpert? Y si es así, ¿cómo podría tener lugar este paso de
un nivel a otro superior? Wolpert especula que las moléculas asimétricas
producidas a lo largo de la línea media del cuerpo pueden funcionar químicamente
para empujar a otras determinadas moléculas (y células) de preferencia a un
lado en lugar de al otro.
Un mecanismo químico como éste puede explicar los
sesgos zurdos y diestros que (casi) todos compartimos, como el hecho de tener
el corazón a la izquierda. Pero ¿qué hace que la naturaleza produzca moléculas
quirales en cantidades desiguales? La respuesta a esta pregunta no se sabe con
seguridad. Sin embargo, las formas de imagen especular de los aminoácidos y
otras sustancias que son biológicamente importantes contienen una última
asimetría: tienen más de sus electrones con el espín hacia la izquierda que hacia
la derecha. ¿Podría esto explicar el sesgo? Y si es así, ¿cómo surgió dicha
disparidad? Quizá hubo algún acontecimiento cósmico que lo causó, como una gran
explosión de luz polarizada. En tal caso, puede haber otra mitad del universo
en la que sea de aplicación el sesgo contrario.
En cuanto al carácter diestro y zurdo en el
comportamiento, el psicólogo Chris McManus propone un mecanismo genético. La
quiralidad puede estar controlada por dos genes, no un gen izquierdo y
un gen derecho como se podría esperar, sino uno que favorezca
el carácter diestro, llamado dextral, y uno que no discrimine,
llamado chance. [136] Un mecanismo de este tipo explicaría la minoría observada
(natural, no la suprimida culturalmente) de zurdos en la población general.
Como ocurre siempre que la conversación deriva hacia «un gen para...», esto
plantea la perspectiva de la terapia genética. Quizá un día podamos «curar» la
zurdería suprimiendo el gen chance. Pero ¿no sería un signo de
nuestra liberación de antiguas supersticiones si en cambio eligiéramos suprimir
el gen dextral y dejarlo todo en una probabilidad del
cincuenta por ciento?
§ 14. El sexo
El mejor chiste visual de toda la historia del arte
debe ser la hoja de parra. [137] ¡Qué grande es! ¡Y qué sugestiva es su forma! ¡Cómo acapara la
atención hacia lo que pretende esconder! ¡Cuántas otras hojas de plantas
podrían haber hecho la función con menos vocinglería! Y sin embargo es la hoja
de parra lo que sin vacilación han elegido emplear los artistas cuando se les
ha pedido que conserven la decencia pública. La Biblia les proporciona la
tapadera; en el Génesis, cuando Adán y Eva se dan cuenta de su desnudez,
«cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores». [138] Pero los ceñidores son prendas que a buen seguro proporcionan más
cubrimiento que la única hoja, estratégicamente situada, de la convención
artística, con sus tres lóbulos principales que a la vez ocultan y destacan el
pene y los testículos que hay detrás, y otros dos lóbulos vestigiales que
resultan representar de manera tan clara rizos de pelo púbico.
La hoja de parra artística se hizo prácticamente
obligada cuando en 1563 el Concilio Católico Romano de Trento dictaminó que «se
evitara toda lascivia» en las imágenes religiosas «de tal guisa que las figuras
no deben pintarse ni adornarse con una belleza que excite la lujuria». Hasta
aquella fecha, en las estatuas clásicas y en el arte del Renacimiento inspirado
por ellas, la falsa modestia había tomado una forma diferente. La figura humana
se modelaba con frecuencia sobre el cuerpo de atletas, que realizaban sus
esfuerzos desnudos. En un monumento dedicado a un dignatario civil, un filósofo
o un general, un cuerpo armonioso era la manera que tenía el escultor de
indicar su buena ciudadanía. En tales estatuas, el artista esculpía los
genitales de un tamaño algo menor que el natural. A menos que el objetivo fuera
celebrar la fertilidad, como con el conspicuo pene erecto de Príapo, el dios
griego que tan fácilmente adoptaron los romanos, un pene esculpido de tamaño
normal, aunque fuera fláccido, se consideraba vulgar y una distracción de los
logros que la estatua tenía como objetivo celebrar.
La primera estatua desnuda que se exhibió en
público en Londres desde la época romana fue el monumento erigido al duque de
Wellington no mucho después de su victoria sobre las tropas de Napoleón en
Waterloo. El escultor Richard Westmacott creó una dinámica figura de bronce de
Aquiles tan grande que no pudo ser transportada hasta el Hyde Park, donde iba a
ser instalada, sin echar abajo una pared. El artista había tenido la precaución
de incluir una hoja de parra, pero la hoja (y presumiblemente también los genitales
que ocultaba) era cómicamente pequeña. El caricaturista George Cruikshank no
fue lento a la hora de ver el potencial del asunto. Su dibujo del
descubrimiento del monumento muestra a unas damas agrupadas alrededor de la
estatua, que fue pagada mediante una suscripción de mujeres inglesas, y
«erigida en Hide Park», como explica el pie en una andanada de juegos de
palabras. [139] Una dama chilla; «¡Ojos míos, qué tamaño!», mientras que otra
localiza finalmente el detalle saliente con ayuda de un telescopio. Otra opina;
«Entiendo que pretende representar a Su Gracia después de bañarse en el
Serpentine». [140] Una dama le dice al propio duque; «¡Ved lo que las damas podemos
levantar cuando deseamos hacer recordar a un hombre lo que ha hecho y que
esperamos que vuelva a hacer cuando se le pida!». E, inevitablemente, un niño
señala a la hoja; «¿Qué es esto, mamá?». Inmunes a este ridículo, los
Victorianos actualizaron el diseño de muchas estatuas añadiéndoles hojas de
parra. Incluso la estatua fundida del David de Miguel Ángel en
el Museo Victoria y Alberto porta este adorno adicional.
En el arte del desnudo, el hombre consigue virtud
simbólica a expensas de la identidad personal. Después de todo, Westmacott
nunca hubiera representado a Wellington realmente desnudo. Y
tampoco el público inglés hubiera esperado ver las partes privadas reales de su
gran líder, ni siquiera su cuerpo replicado en bronce. La mujer también pierde
su identidad; se convierte simplemente en «el desnudo», lo genérico de la
sexualidad y vulnerabilidad femenina.
El desnudo masculino fanfarronea por las calles de
la ciudad, manteniendo la decencia pública con su hoja de parra. El desnudo
femenino es para el consumo privado, y preserva su modestia de manera más
tímida, en lo que en el gremio se conoce como pose púdica; con una mano que
intenta, de manera más o menos vaga, cubrir el área genital (¿o acaso es
dirigiendo hacia ella la vista?). El término especializado reconoce en realidad
esta ambigüedad, al proceder como lo hace de términos latinos para los genitales
externos y la vergüenza.
En ambos casos, nos sentimos incómodos ante la
ilustración honesta del sexo. Hemos trasladado incluso nuestra mojigatería al
espacio exterior. El David de Miguel Ángel quizá tenga un pene
pequeño, pero la representación chapada en oro de la mujer que se envió mucho
más allá de nuestro sistema solar a bordo de las sondas espaciales Pioneer
10 y Pioneer 11 en 1972 y 1973 carece totalmente de vagina. ¿Por qué
negamos a otras especies el relato de nuestro aspecto físico verdadero? ¿Se
preguntarán cómo nos reproducimos?
La idea de que aquellas naves espaciales (los
primeros objetos hechos por humanos destinados a abandonar el sistema solar)
tenían que llevar algún tipo de mensaje sobre las criaturas que los enviaron,
fue adoptada de manera entusiasta por Carl Sagan, el científico espacial y
personaje televisivo. Al principio, sólo se iban a incluir esquemas científicos
que indicaran nuestra situación en el universo y una o dos otras cosas que
hemos descubierto. Pero la mujer de Sagan, Linda Salzman, una artista, sugirió
que el gráfico tenía que mostrar también a un hombre y una mujer. Se supone que
las figuras tienen rasgos «panraciales», para utilizar el término de Sagan,
aunque Salzman las basó en ideales griegos y los dibujos de Leonardo da Vinci.
Pero cualquier extraterrestre que esté al tanto de la moda advertirá de
inmediato que sólo sus peinados por sí solos los sitúan a finales del siglo XX
e implican una etnicidad caucásica. En realidad, la pareja parece tan
provinciana, el hombre saludando con la mano y la mujer derecha modestamente a
su lado, que una revista satírica de Berkeley reprodujo la imagen con la
leyenda; «¡Hola! Somos de Orange County». [141] Tal como escribió Sagan;
«La mano derecha del hombre se levanta en lo que
una vez leí en un libro de antropología que es una señal “universal” de buena
voluntad... aunque, desde luego, cualquier universalidad literal es
improbable».
La placa de las Pioneer suscitó
comentarios procedentes de casi todos los ámbitos. Las mujeres querían saber
por qué la mujer no saludaba también. Los homosexuales querían saber por qué no
se representaba también la asociación homosexual. Ernst Gombrich, el crítico de
arte, señaló en Scientific American que sólo los
extraterrestres con un sistema visual que operara dentro de la misma región
específica del espectro que el nuestro podrían ver la imagen.
Pero el debate más acalorado giró alrededor de la
desnudez de los humanos y de sus órganos sexuales visibles o invisibles. Las
dos figuras se hallan ligeramente separadas en lugar de cogidas de la mano como
inicialmente se pensó, para que no se interpretaran erróneamente como un único
organismo hermafrodita. Pero dejando aparte esta pista tan sutil, hay pocas
cosas que indiquen que somos una especie que se basa en la reproducción sexual,
lo que parece una omisión importante considerando que este fenómeno sigue
siendo una de las rarezas más profundas de la vida sobre la Tierra. Reproducido
en los periódicos, el dibujo provocó las predecibles acusaciones de
pornografía. El Philadelphia Inquirer tuvo la precaución de
borrar los pezones de la mujer y los genitales del hombre. El Chicago
Sun Times corrigió progresivamente las versiones que imprimieron en
sucesivas ediciones del diario de aquel día para obliterar también los
genitales del hombre. Por otra parte, lo incompleto del dibujo de la mujer
también provocó quejas de censura. Sagan defendió la omisión de una línea en
representación de la vagina sobre la base de la tradición artística, aunque
parece que él y su mujer tomaron la decisión, al menos en parte, para atajar
cualesquiera dificultades que pudieran plantear los puritanos entre los jefazos
de la NASA.
Figura 15
Sagan señaló en particular la estatuaria griega,
aunque los griegos crearon pocas estatuas de mujeres que no fueran Afrodita, la
diosa de la belleza. En su mayor parte, durante los períodos clásico y
neoclásico, los artistas preferían eludir todo el asunto mediante el uso de la
pose púdica o de un ropaje situado estratégicamente, pero es cierto que los
desnudos femeninos realizados sin estos dispositivos omitían generalmente, como
los dibujos de las Pioneer, cualquier indicación de una
vagina. Tal como señaló el propio Sagan, el valor real de todo el episodio era
plantear la cuestión de cómo nos representamos a nosotros ante nosotros más que
ante cualquier otra especie.
Roland Barthes, el filósofo francés del siglo XX,
emitió la misma queja de calidad de incompleto cuando comentaba el striptease parisino
en sus Mitologías. «La mujer se desexualiza en el mismo
momento en el que se desnuda», descubre. (Imaginamos a la pobre desnudista
haciendo su mejor número mientras el semiótico experto, con su suéter y su
chaqueta de lana asargada, está sentado y toma notas.) «Por lo tanto, podemos
decir que, en un cierto sentido, estamos tratando con un espectáculo basado en
el miedo, o más bien en la pretensión del miedo, como si el erotismo aquí no
fuera más allá que una especie de delicioso terror, del que sólo hay que
anunciar sus señales rituales para evocar a la vez la idea del sexo y de su
conjuración.» La hoja de parra representa una barrera vegetal al sexo carnoso y
animal. La pampanilla diamantée [142] que se revela en el (anti)clímax del striptease, se
queja Barthes, presenta una barrera mineral impenetrable. «Este triángulo
extremo, por su forma pura y geométrica, por su material duro y reluciente,
impide el paso a las partes sexuales como una espada de pureza.»
No podemos dejarlo aquí. John Donne recorre todo el
camino en su elegía, «A su amante al acostarse». Todos estos obstáculos son
quitados de uno en uno en este striptease del poeta;
«Desabrocha este peto de lentejuelas que llevas, / Que allí puedan detenerse
los ojos de los tontos atareados». Después cae el «corsé», el vestido y la
calza, hasta que, finalmente...
¡Oh!, mi América, mi nueva tierra hallada,
Mi reino, más seguro cuando sólo está dirigido por un hombre,
Mi mina de piedras preciosas, mi imperio;
¡Qué afortunado soy al descubrirte! [143]
Estoy sentado al borde de la cama de April Ashley,
en su piso del oeste de Londres, revisando sus recuerdos personales que hay en
una caja de cartón. Hay numerosos recortes de diarios y revistas («Mi extraña
vida, por April Ashley», «El marinero que se convirtió en una bella dama»,
«Chica operada se casa de nuevo»), así como fotografías en las que posa como
modelo y una placa de matrícula de automóvil de California que reza «APRIL».
Estoy buscando los documentos de identidad que April me ha asegurado con un
autoritario movimiento de la mano que tienen que estar aquí, en alguna parte.
April Ashley fue una de las primeras personas en
Gran Bretaña que se sometió a una operación completa de cambio de sexo. (Este
procedimiento se describe ahora generalmente como reasignación de género, que
es a la vez más sensible y más exacto desde el punto de vista biológico, como
veremos.) Nació como un muchacho (George Jamieson) en Liverpool y allí creció
en una familia numerosa durante la segunda guerra mundial. «Aunque fui criado
como un muchacho católico estricto, supe desde siempre que era una chica»,
escribió posteriormente. A los quince años de edad se incorporó a la marina
mercante y se abrió camino, a través de una sucesión de empleos, hasta Londres
y después París y al escenario del club nocturno Carrousel, famoso por sus
imitadores de mujeres, donde adoptó el nombre de teatro Toni April. Empezó un
tratamiento con hormonas femeninas para acentuar su feminidad, pero creía que
únicamente la cirugía produciría el alineamiento total entre el sexo que ella
sentía que tenía y el sexo que para entonces aparentaba tener y que le permitía
ganarse la vida. En mayo de 1960, a los veinticinco años de edad, viajó a
Marruecos y se sometió a una operación quirúrgica para extirpar los genitales
masculinos que sentía que no eran suyos y para construir una vagina en su
lugar. De vuelta a Gran Bretaña, se le pidió que se cambiara oficialmente de
nombre y, como April Ashley, empezó una larga lucha para ser oficialmente
reconocida como mujer.
Encuentro los documentos que busco (pasaportes
sellados, un certificado de matrimonio, una tarjeta de residente extranjero en
Estados Unidos, un certificado de nacimiento reemitido en 2006). Hay muchas
maneras de contar la historia de una persona; o, para decirlo de forma más
honesta, para hacer una historia de una persona. Las fotografías y los
documentos oficiales son sólo el modo más evidente y convencional de hacerlo,
el que aceptan las autoridades. Se me ocurre que la historia de April podría
contarse muy bien en zapatos; los zuecos de madera de tamaño creciente que
llevaba George cuando crecía en los barrios pobres de Liverpool, los zapatos
náuticos de un marino mercante, los zapatos de tacón alto de París y los
zapatos más sensibles de la madurez femenina. Al menos, esto tendría carácter.
Suele ocurrir que los pedazos de papeles oficiales que señalan el progreso de
nuestra vida parecen omitir lo que realmente nos importa. En el caso de April,
apenas están a la altura.
April (George) era macho al nacer, como registran
los documentos. El hecho de que no se sintiera masculino mientras crecía no se
puede encontrar en parte alguna. Como vimos cuando comentábamos la cara, la
sociedad requiere que seamos lo que parecemos ser, con poca consideración a
todas las demás cosas que podamos sentir que somos. Si uno tiene genitales
masculinos, ha de marcar la casilla H del documento. Si tiene una vagina,
marque M. Son las únicas opciones. En lo que se refiere a los aspectos oficiales,
sexo y género son la misma y única cosa. Sólo después de haberse operado pudo
April cambiar de nombre y obtener un pasaporte con su identidad femenina.
April se ha casado dos veces. El primer matrimonio
no fue un éxito, y su primer marido entabló juicio para obtener la anulación
sobre la base de que April era del sexo masculino en el momento del matrimonio,
aunque éste tuvo lugar después de haberse sometido ella a la operación, y de
haber usado un nuevo pasaporte como prueba de identidad en la ceremonia. El
caso llegó a los tribunales en noviembre de 1969. April fue sometida por
equipos médicos a exámenes físicos y psicológicos, tanto por parte de la acusación
como de la defensa. Demostraron que tenía los cromosomas masculinos XY
normales, pero puntuaba hacia el extremo «femenino» del espectro sexual en un
test psicológico. En un fallo controvertido con implicaciones trascendentales,
el juez desestimó el perfil psicológico de April y el hecho de su alteración
quirúrgica, y declaró que el «verdadero sexo del demandado» era el que
indicaban las pruebas cromosómicas y la anatomía original. El caso proporcionó
un precedente legal para determinar que el sexo de una persona según la ley
inglesa era el que tenía al nacer, con independencia de su historia de género
subsiguiente. Hasta 2004 no se liberalizó la ley para permitir que las personas
transexuales sean reconocidas en el género al que se han cambiado. La Ley de
Reconocimiento de Género se ocupa ahora de la corrección de los certificados de
nacimiento para que muestren el nuevo género. Esto permite a las personas que
se han sometido a reasignación de género mantener su género anterior
confidencial frente a patrones y parejas.
Hay muchas maneras en las que el sexo biológico
puede no corresponder al género psicológico, algunas de las cuales desafían las
normas sociales y causan consternación en la ley. En el nivel fundamental, hay
variaciones cromosómicas. Puede que alguien se sorprenda al saber que, en la
concepción, todos somos esencialmente femeninos. Aunque el óvulo de la mujer
contribuye con un cromosoma X y el espermatozoide del hombre con un cromosoma X
o uno Y, éstos no determinan inmediatamente el sexo del embrión. A las ocho
semanas de gestación, el huevo fecundado se implanta en el útero. Si posee un
cromosoma Y, entonces responde a una señal química que hace que se empiecen a
formar los testículos, y que el sistema reproductor femenino potencial se
marchite. Si no, continúa en su «configuración por defecto» hasta que, a las
trece semanas, las gónadas del feto empiezan a transformarse en ovarios.
En una pequeña proporción de personas, los
cromosomas no se emparejan adecuadamente. Un cromosoma adicional puede hacer
que un macho nazca con XYY, lo que se ha denominado un «supermacho», o con XXY,
con poca testosterona y poco apetito sexual. Estas personas suelen tener
aspecto masculino y se consideran hombres, aunque pueden tener genitales
pequeños y un principio de pechos. Barry (posteriormente Carolyn) Cossey nació
no XXY, sino XXXY, con dos cromosomas adicionales. Posteriormente se sometió a
una operación de reasignación de género y apareció brevemente como chica Bond
en el filme Sólo para sus ojos. Una hembra puede tener
asimismo XXX al nacer. En cambio, una persona XO, en la que el segundo
cromosoma sexual no aparece nunca, puede tener genitales de aspecto femenino,
pero carecer de ovarios. Además, tensiones ambientales en la madre durante las
primeras semanas de embarazo pueden alterar el equilibrio de hormonas liberadas
en el útero, y causar cambios fisiológicos en el niño no nacido aún. Estas variaciones
pueden llevar a un amplio rango de anomalías cromosómicas, gonádicas, genitales
y hormonales. En su conjunto, las denominadas condiciones intersexuales de un
tipo u otro pueden afectar hasta al 2 por ciento de la población. Una
consecuencia de la operación de April fue hacer imposible establecer si nació
intersexual.
La verdadera intersexualidad, en la que una persona
tiene características sexuales claras de ambos sexos, como un ovario a un lado
del cuerpo y un testículo al otro, es extremadamente rara. El término general
tradicional para estas condiciones es hermafrodita, por el nombre dado a los
hijos de los dioses griegos Hermes y Afrodita. Pero el Hermafrodito original no
nació intersexual. En las Metamorfosis, de Ovidio,
Hermafrodito es un hermoso muchacho que se baña en el estanque de Salmacis.
Allí, esta ninfa acuática lo abraza y sus cuerpos se fusionan en uno, «que no
podría describirse claramente como masculino ni femenino. Parecían no ser
ninguna de las dos cosas y ambas a la vez». La explicación más sencilla del
relato puede ser el frustrante efecto del agua fría sobre la anatomía del
muchacho. Al salir del agua (quizá como lo hiciera Wellington del Serpentine),
ve que «el estanque en el que entró su hombría lo había dejado sólo medio
hombre».
Ésta es una de diversas transformaciones sexuales
en las Metamorfosis. Otro relato se refiere a Ifis, una
muchacha que ha sido criada como un chico porque su padre advirtió a su madre
que debería matar a cualquier hija que pariera. Llega el día en el que Ifis ha
de casarse y, después de una desesperada súplica a los dioses, abandona el
templo transformada milagrosamente en hombre, «con pasos más largos que los que
daba normalmente», una complexión más oscura, rasgos más angulares e incluso el
pelo corto. En otro relato, a la bella Cenis se le concede su deseo de ser
transformada en hombre por Neptuno, en compensación por haberla violado.
Satisfecho con el efecto, Cenis, ahora Céneo, desde entonces «dedicó su vida a
actividades masculinas».
Estas narraciones antiguas son un recordatorio de
que nuestro sexo y nuestra identidad sexual no siempre se han considerado como
entidades fijas. Antes de que se comprendiera lo que eran los cromosomas y
cuando el examen de los órganos sexuales internos era todavía imposible, la
línea entre biología y psicología estaba trazada de manera menos clara. Es una
ironía que la posibilidad moderna de transformación quirúrgica pueda estar
reforzando en realidad una concepción social de que estas cosas debieran dejarse
tal como se encontraron al nacer, o al menos de manera firme allí donde
posteriormente se situaron. Los psicólogos, mientras tanto, suelen hablar de un
espectro sexual. La idea del espectro es útil porque sugiere la posibilidad de
posiciones intermedias a lo largo del camino, así como concentraciones en los
extremos opuestos «masculino» y «femenino». Pero quizá no sea la analogía
adecuada, al sugerir como lo hace que, cuando uno se desliza hacia un extremo
de la escala, necesariamente se aparta del otro.
Porque, hablando desde el punto de vista biológico,
el sexo no es un juego de suma cero. La hormona «masculina» testosterona y las
hormonas «femeninas» estrógeno y progesterona se hallan presentes tanto en los
hombres como en las mujeres. Desempeñan diversas funciones además de su papel
bien conocido en el desarrollo sexual. Los niveles de estas hormonas refuerzan
típicamente el sexo aparente de la persona, con un promedio de cincuenta veces
más testosterona en los hombres que en las mujeres, por ejemplo. Pero la gama de
concentraciones se superpone realmente en hombres y mujeres, de modo que
algunos hombres tienen menos testosterona que algunas mujeres, y algunas
mujeres tienen menos estrógeno o progesterona que algunos hombres. No obstante,
la imagen popular de que hay una esencia química para los hombres y otra para
las mujeres es difícil de eliminar, y es probable que todavía hablemos durante
algún tiempo de jugadores de fútbol y de agentes de bolsa «impulsados por la
testosterona». Extrañamente, nunca se describe a las mujeres como «impulsadas
por el estrógeno», aunque ocasionalmente se las pueda tachar de maternales o
cluecas.
Experimentos en los que se trata a animales con
estas hormonas demuestran ahora que, contrariamente a lo que antes se creía, la
«masculinidad» y la «feminidad» son variables independientes. Por ejemplo,
hembras de varias especies animales a las que se suministra testosterona
empiezan a exhibir un comportamiento típicamente masculino, que incluye
intentar montar a otras hembras, pero esto no va acompañado de una pérdida de
comportamiento femenino. Lo que esto parece indicar en los humanos es que los
hombres homosexuales, por ejemplo, pueden ser algo femeninos, pero
simultáneamente tan «machos» como los hombres genuinos. En general, las
personas homosexuales pueden ser sexualmente más parecidas a las personas del
sexo al que no pertenecen, pero no menos parecidas a su propio sexo que los
heterosexuales. Las personas bisexuales pueden no estar simplemente interesadas
en el sexo a la vez con hombres y mujeres (o confundidos, como dirían algunos
heterosexuales), sino simplemente más interesadas en el sexo, quizá porque
recibieron una mayor dosis de hormonas prenatales. Los neurocientíficos, tanto
los agresivamente heterosexuales como los que hacen campaña a favor de los
derechos de los homosexuales, han intentado encontrar regiones del cerebro que
«explicarían» la homosexualidad. Pero estos comportamientos no requieren tanto
una explicación excepcional como encajar dentro de un cuadro general que
abarque toda la gama de permutaciones del sexo biológico, la sexualidad
psicológica y la preferencia sexual.
A esta variabilidad biológica natural hemos de
añadir los factores culturales. El género se refiere a nuestra autodefinición
social y cultural como algo distinto de nuestro sexo biológico. Nuestras
expectativas de lo que es y debiera ser el sexo están modeladas por la cultura,
y una de las principales restricciones es la existencia del género en la
gramática. ¿Por qué, en francés, [144] una mesa es femenina y un escritorio masculino? ¿Y por qué, si a
eso vamos, una mesa es femenina en francés pero masculina en alemán? El dislate
de todo ello se revela en el hecho de que las palabras para los propios órganos
sexuales suelen tener el género equivocado. En francés, por ejemplo, la
bite es el pene, y le con es el término en argot
correspondiente a los genitales femeninos (que es menos ofensivo que su
equivalente inglés). En griego, observa Marina Warner, las palabras para
cuchillo, tenedor y cuchara tienen tres géneros diferentes. El género es un
desarrollo superfluo en la gramática que debiera desaparecer gradualmente de
los idiomas del mundo, dicen los expertos, aunque quizá no lo hará con rapidez;
en inglés, que hace tiempo que carece de género, los buques se designan todavía
en femenino (incluso el USS Benjamín Franklin y el HMS Nelson). [145] El término «género» significa simplemente «tipo» y no tiene un
significado sexual intrínseco. Allí donde había dos (o tres) de tales tipos,
ocurrió simplemente que los gramáticos eligieron llamarlos masculino y femenino
(y neutro). Pudieron igualmente haberlos llamado izquierda y derecha, o arriba
y abajo o blanco y negro.
El género es una de las principales maneras en que
nos reinventamos continuamente. De toda la vida, respondemos a los que nos
rodean actuando según la identidad de nuestro género elegido con el fin de
ajustamos (u ocasionalmente de poner en tela de juicio) las expectativas
sociales. Quizá el ejemplo más evidente de ello es la presión contemporánea
para vestir a los niños pequeños de azul y a las niñas de rosa. Se trata de un
consenso cultural sin base ninguna en la biología. En la época victoriana, en completo
contraste, niños y niñas pequeños eran vestidos igual en batitas cortas hasta
que a los niños se les ponían calzones (pantalones) hacia los seis años de
edad. Pasaportes y lavabos públicos nos obligan a elegir uno de los dos
géneros. Incluso el lenguaje nos obliga a hacer una declaración, pues en
algunos idiomas la misma frase tendrá palabras con terminaciones diferentes
según que la emita un hombre o una mujer. Pero en nuestro cuerpo y mente
podemos sentimos sólo comparativamente machos o hembras, en lugar
de serlo de manera total e inequívoca de esta manera. Además, esta fortaleza
del género puede alterarse durante nuestra vida.
Existen numerosos ejemplos en la realidad y la
ficción de hombres y mujeres que han pasado un período prolongado de su vida
presentándose de manera distinta a su sexo de nacimiento; esto incluye la
leyenda de la papisa Juana, que supuestamente estuvo en el poder en el siglo
IX, aunque probablemente se trate de una invención posterior destinada a
desacrecitar al papado. He aquí dos relatos del siglo XVIII.
El diplomático y espía francés Chevalier [146] d’Eon de Beaumont afirmaba haber nacido como niña en 1728. Fue
criado como muchacho, posiblemente con el fin de que sus padres pudieran
obtener una herencia que estaba condicionada a que produjeran un heredero
varón. Se convirtió en espía de Luis XV y combatió en la guerra de los Siete
Años, pero acabó cayendo en desgracia y recibió una pensión para que viviera
exiliado en Londres. Allí, su aspecto femenino dio origen a habladurías y en la
Bolsa de Londres se inició un fondo de juego a propósito de su verdadero sexo;
sin embargo, la apuesta no fue reclamada. Después de la muerte de Luis XV,
D’Eon pidió volver a Francia como la mujer que ahora afirmaba ser. Se le
concedió su deseo, a condición de que se vistiese como mujer. Horace Walpole
conoció a D’Eon y posteriormente indicó; «sus manos y brazos no parecen haber
participado en el cambio de sexos, pero son más adecuadas para transportar una
silla que un abanico». Un examen post mórtem encontró que había sido siempre un
hombre.
Hannah Snell, nacida en Worcester cinco años antes
que D’Eon, viajó en la dirección opuesta. Cuando su matrimonio se deshizo
después de la muerte de su hijo, adoptó la identidad de su cuñado y se
incorporó a los Royal Marines [147] en busca del marido que la había abandonado. Cuando niña le había
gustado jugar con soldaditos de juguete. Ahora tomó parte en la campaña inglesa
en la India. Fue herida once veces, una de ellas en la ingle. Se supone que
ella misma se curó la herida, o bien que tuvo la ayuda de una enfermera india
con la que simpatizó para que no se supiera la verdad entonces. En 1750 su
buque retomó a Inglaterra, y ella reveló su verdadero sexo, aprovechando la
sensación provocada para vender su relato a la prensa y ofrecer
representaciones en los escenarios. En años posteriores dirigió una taberna en
Wapping, a la que puso el nombre de «La viuda disfrazada o la mujer guerrera».
Antes de que fuera relativamente fácil someterse a
cirugía para reasignación de género, y antes de que la ciencia poseyera los
medios para pensar en localizar puntos en el cerebro que pudieran determinar
qué pensamos que somos, la experiencia de cambiar de sexualidad era menos un
problema que resolver y más una parte de la vida que vivir. Es una consecuencia
irónica de la posibilidad de reasignación de género que nuestras ideas
culturales acerca de la identidad sexual se hayan vuelto más fijas, en lugar de
menos.
§ 15. El pie
Después de pasar quince años solo en la isla en la
que naufragó, un día Robinson Crusoe descubre una única huella de un pie en el
litoral arenoso. Del pie derecho o del izquierdo, grande o pequeña, no lo dice.
Ni hace inmediatamente lo más obvio, que es situar su pie junto a la huella
para confirmar que no sea en realidad él quien hizo la marca previamente.
La huella hace su aparición exactamente hacia la
mitad del famoso relato de Daniel Defoe. Sin embargo, desde el momento en que
es arrojado a la costa hasta este punto ha habido repetidas insinuaciones de
que Crusoe no está completamente solo. Teme que haya caníbales aunque cree que
la isla está desierta. Tiene una visión de un hombre que le dice que se
arrepienta de sus pecados. Algún animal pisotea su comida. Incluso oye
hablar... pero es sólo su loro, Poli.
La huella es la primera prueba real de la presencia
de otro ser humano. Tres días después de haberla visto por primera vez, Crusoe
considera finalmente la posibilidad de que fuera suya, y lo descarta al medirla
en relación a su pie, que resulta ser «no tan grande, de manera evidente».
Crusoe acaba descubriendo que la isla es visitada
ocasionalmente por caníbales que llevan allí a sus víctimas para sacrificarlas.
Cuando se le presenta una oportunidad conveniente, pone en práctica un sueño
que ha tenido de salvar a uno de estos prisioneros del caldero. El «indio»
rescatado, al que llama Viernes, se convierte en su «criado... compañero...
ayudante». Y ahora, ¿qué hay de la huella? Está muy claro que no es en absoluto
probable que la huella pertenezca a Viernes, a pesar de la creencia popular de
que sí (una idea que aparentemente comparte Umberto Eco, quien entiende la
huella de esta manera en una discusión de señales y pistas en su Tratado
de semiótica general). Al haberla visto un cierto tiempo atrás, resulta
evidente que es mucho más probable que pertenezca a uno de los caníbales o a
sus cautivos de una visita previa a la isla, aunque en realidad nunca sabemos
de quién es la huella. Sigue siendo una pista, una señal genérica de la
presencia humana.
Esto no quiere decir que la huella no tenga otro
significado. Una pisada es muchas cosas. Es, por ejemplo, una declaración de
posesión de la tierra. Una tal señal suele ser seguida de manera célere por la
acción todavía más asertiva de plantar una bandera, como nos recuerda la huella
de la bota de Neil Armstrong en el polvo de la Luna. En la isla de Crusoe, de
forma reveladora, es (presumiblemente) un salvaje indígena el que dejó la
huella, pero es Crusoe quien reclama «derecho indudable de dominio» sobre «todo
el país».
En su aislamiento, sin embargo, esta huella del pie
es más intensamente simbólica que sólo esto. Una serie de huellas sugeriría una
persona concreta, un cuerpo con dirección y propósito, quizá la senda de un
cazador. Pero una única huella en la arena plantea la cuestión de cómo llegó
allí. En este sentido, es un símbolo divino, una indicación de que Crusoe no ha
de carecer de compañía divina ni humana. Porque los dioses y los hombres
sagrados dejan huellas (Jesucristo lo hace en el Monte de los Olivos, y Mahoma
lo hace en La Meca, mientras que Buda y Vishnu miden el tamaño del universo con
sus pasos). Este contacto con el suelo demuestra claramente preocupación
terrenal.
En Investigación sobre el entendimiento
humano, David Hume utiliza la circunstancia hipotética de encontrar
precisamente una huella solitaria de este tipo para considerar la cuestión de
si existe «una Providencia particular» o Dios. «La impronta de un pie en la
arena sólo puede probar, cuando se considera sola, que había alguna figura
adaptada a ella, por la que se produjo; pero la huella de un pie humano prueba
asimismo, a partir de nuestra otra experiencia, que probablemente hubo otro
pie, que también dejó su impresión, aunque fue borrada por el tiempo o por
otros accidentes», escribe.
En cambio, razona Hume, «La deidad nos es conocida
sólo por sus producciones». Pero a partir de estas producciones, las maravillas
de la naturaleza, no podemos inferir nada directamente acerca de Él porque, a
diferencia del caso de la huella, no tenemos otro conocimiento que aducir.
Somos humanos, y conocemos la forma de un pie y la marca que deja, pero las
producciones de Dios (si es que es esto lo que son) carecen de esta referencia.
Por lo tanto, las obras de la naturaleza no pueden tomarse como prueba de Su
existencia. Y más todavía; «Toda la filosofía del mundo, por lo tanto, y toda
la religión, que no es nada más que una especie de filosofía, no podrán nunca
llevamos más allá del curso normal de la experiencia, ni damos medidas de
conducta y comportamiento diferentes de las que proporcionan las reflexiones
sobre la vida común».
El autor checo Karel Capek, cuya obra teatral R.
U. R. (Robots Universales Rossum) nos dio la palabra «robot», y del
que más adelante diremos más cosas, hace de esta lógica su punto de partida en
un relato corto humorístico titulado «Huellas». El señor Rybka vuelve a casa
andando sobre la nieve reciente, y especula ociosamente acerca de los
propietarios de las diferentes huellas que ve. Después se da cuenta de que unas
huellas se dirigen hacia su propia casa. «Había cinco huellas, y terminaban
directamente en medio de la calle, con la clara impresión de un pie izquierdo.»
Ahora alterado, Rybka abre la puerta de su casa y llama a la policía. Aparece
el sargento, deduce varias cosas de las huellas (zapatos cosidos a mano, paso
enérgico) y le asegura a Rybka que, puesto que el dedo gordo de la última
huella no produjo una impresión más profunda, la persona que la dejó no pudo
haber saltado simplemente a algún otro lugar. Y entonces, ¿adonde fue? ¿Por qué
las huellas simplemente terminan? El sargento no puede ir más allá; no se ha
cometido ningún crimen. Pero un hombre ha desaparecido, insiste indignado
Rybka. La policía, el sargento le increpa finalmente, está interesada en
delitos, no en misterios.
¿Qué podemos decir a partir de la huella de un pie
humano? Ciertamente, no si su propietario es salvaje o civilizado. La moraleja
de Robinson Crusoe gira alrededor de la cuestión de quién es
el más civilizado, Crusoe o el isleño, y el inglés se ve obligado a reconocer
que el derecho no está todo de su parte. Pero quizá podamos inferir la
naturaleza de la relación amo-criado que Crusoe impone. Los pies de Viernes son
mayores que los de Crusoe, pero en una extraña escena Viernes se arrodilla ante
Crusoe, apoya su cabeza en el suelo y después coloca el pie de Crusoe sobre él,
un gesto que Crusoe interpreta como una «señal de juramento de ser mi esclavo
para siempre». Unas páginas más adelante, la lectura que Crusoe hace del
simbolismo queda muy clara cuando le enseña a Viernes que «Dios está por encima
del demonio y, por lo tanto, rogamos a Dios que lo ponga bajo nuestros pies».
Las huellas fósiles permiten a los científicos
obtener más información acerca de quienes las hicieron hace miles o incluso
millones de años. La forma de un pie revela cuál de varias especies de
homínidos pudo haber pasado por allí. La altura puede estimarse a partir del
tamaño de las huellas utilizando un factor de conversión basado en datos
antropométricos. Después puede deducirse la velocidad de la marcha o de la
carrera a partir de la longitud del paso. La profundidad de la depresión de un
pie muestra dónde se aplicó la mayor presión, y esta información puede usarse
para extraer conclusiones acerca de la andadura. ¿Se hallaba el caminante
avanzando furtivamente hacia una presa? ¿Llevaba una criatura sobre su cadera?
¿O portaba un animal muerto sobre los hombros? Incluso pueden fecharse con una
cierta seguridad las huellas al analizar la manera en que diferentes elementos
del suelo se han pisoteado y mezclado cuando se hizo la impresión.
En 2005, antropólogos australianos informaron del
descubrimiento de huellas de pisadas fósiles del Pleistoceno, hace unos 20.000
años, en la región de los lagos Willandra, de Nueva Gales del Sur. Se
conservaban las marcas de varios adultos y niños. Las pisadas de un hombre,
designadas T8, mostraban que había estado corriendo en la fina capa de fango
que rodeaba el lago. A partir de la situación y la profundidad de las
depresiones y de la distancia entre ellas, los científicos estimaron que la
velocidad del hombre había sido de unos respetables veinte kilómetros por hora.
Sin embargo, un año más tarde, Steve Webb, el científico principal que informó
de tales hallazgos, reexaminó la localidad después de haber descubierto nuevas
huellas, entre ellas cuatro nuevas pisadas de T8 (lo que elevaba su cuenta
personal a once entre cientos de pisadas individuales). Esta vez obtuvo una
estima muy diferente de la velocidad de T8; treinta y siete kilómetros por
hora, más célere de lo que Usain Bolt, el actual corredor que detenta el récord
mundial, sería capaz de correr sobre la misma superficie. El descubrimiento
causó un cierto revuelo, y proporcionó munición útil para Peter McAlister en su
libro Manthropology, que cataloga las supuestas insuficiencias
físicas del hombre moderno. Además, Webb declaró de forma increíble que T4 era
el rastro de un hombre con una sola pierna que se desplazaba a unos rápidos
21,7 kilómetros por hora, dejando al hacerlo las huellas de un pie y la marca
del palo que utilizaba como muleta. Esta improbable revelación se hizo después
de consultar a pintubis de Australia Central la interpretación que hacían de
las huellas; estas gentes todavía cazan siguiendo las presas a pie. Los
recuerdos que tenían de uno de los suyos que había perdido una pierna pero que
no obstante era todavía muy móvil en el campo animaron a Webb a extraer esta
audaz conclusión.
Otro rastro sorprendente se estableció
aproximadamente por la misma fecha cuando se encontró otro conjunto de huellas
en ceniza volcánica del lecho seco de un lago en el centro de México. Las
pistas mostraban aves, ganado y animales domésticos, así como adultos y niños,
que posiblemente huían todos juntos de una erupción volcánica. Las depresiones
en la ceniza comprimida se dataron inicialmente en hasta 38.000 años de edad.
Puesto que se cree que los humanos llegaron por primera vez a las Américas hace
menos de 15.000 años, el descubrimiento iba a revolucionar la arqueología
humana. O bien el continente norteamericano tuvo una población humana mucho
antes de lo que previamente se había creído, o bien había un error de bulto en
la datación de las huellas. Un segundo equipo de científicos dató entonces la
propia ceniza en 1,3 millones de años, mucho antes de la aparición de humanos
en ningún lugar del planeta, lo que obligó al primer equipo a considerar de
nuevo sus datos y a reconocer su error. Las huellas están dañadas allí donde
sobre ellas ha pasado agua, de modo que incluso es difícil discernir en ellas
un patrón claro derecha-izquierda. ¿Podría tratarse de huellas de un homínido
mucho más antiguo? ¿O quizá se trate de una complicada mezcla de huellas modernas
y de rastros de otros mamíferos en ceniza antigua, de manera parecida a lo que
le ocurre a aquella última huella en la nieve del relato de Capek cuando, en la
página final, llega el colega del sargento de policía e inadvertidamente la
pisa con sus botas? Parece que, tal como descubre el señor Rybka, leer huellas
de pies de cualquier edad es un arte poco digno de confianza.
La huella de un pie, pues, no es sólo la marca de
una persona que ha pasado por allí, sino también una reliquia de una acción
dinámica humana en el pasado. Hace mucho tiempo, aquella persona anduvo, o
corrió, o se arrastró y saltó tras la presa, o huyó del peligro. El pie es un
lugar de un poder extraordinario, no sólo la plataforma de lanzamiento de la
acción física, sino una parte del cuerpo identificada en las creencias antiguas
con el potencial generativo. Hace tres mil años, se creía que el primer emperador
chino de la dinastía Chou nació como la sencilla consecuencia de que su madre
pisó la huella del pie de la deidad. Ya bien entrado el período moderno en
China, la tradición era que a marido y mujer no se les permitía ver los pies
del otro debido a su significado procreativo. Tan fuerte era este tabú que se
vendaba los pies a las mujeres para que no fueran vistos, y tan apretadamente
que a veces quedaban deformados de manera permanente. Esta vergüenza tiene su
eco en Occidente, que ocasionó el famoso mito de que los Victorianos incluso
cubrían los pies de sus pianos, aunque parece que esto es en realidad un mito;
por un lado, los catálogos Victorianos anunciaban los pianos con los pies
desnudos, e «incluso en la época victoriana salió a la luz como un chiste
satírico», según el estudio Nudity, de Ruth Barcan.
El cuerpo humano que mejor conocemos no es el
cadáver del anatomista o el ideal pétreo del escultor, sino el nuestro, en vida
y movimiento constantes. Sus acciones más animadas implican variedades de
movimiento bípedo. En la actualidad, el deporte proporciona un vestigio
ritualizado de estas acciones que son necesarias para luchar, huir y
sobrevivir. El pentatlón de los Juegos Olímpicos de la antigüedad suponía cinco
de dichas demostraciones de agilidad que todavía aparecen en los
acontecimientos deportivos de la actualidad; una carrera, salto de longitud,
lanzamiento de jabalina y de disco, y lucha. La adición de artefactos
culturales tales como balones, campos de juego medidos y normas formales nos
distanció gradualmente de estas actividades primitivas, y dio a los pies tareas
atléticas más exigentes que realizar, como chutar para marcar un gol.
Sin embargo, la forma de movimiento que me interesa
más es la danza. Aquí, el ejercicio físico extremo ha de combinarse con la
limitación extrema para producir una expresión artística. Es una actividad a la
vez muy sofisticada y a la vez extrañamente primaria. Si el deporte es nuestro
legado cultural de las acciones necesarias para la supervivencia individual,
entonces la danza, según me parece, es nuestra herencia de nuestros primeros
intentos para hacer conexiones. Contiene lo erótico, lo religioso y, en la
sincronía de una danza de guerra o de un corps de ballet, el
impulso para ser uno del grupo. La danza es la expresión corporal de la
civilización.
He llegado a aprender más cosas sobre la danza de
Deborah Bull, una antigua primera bailarina del Ballet Real del Covent Garden,
de Londres. La vi en varios papeles en su mejor época. La actuación que mejor
recuerdo fue en un ballet inventivo que describía la situación apurada de las
especies en peligro, que actuaba con la música de un conjunto llamado Penguin
Café Orchestra. Deborah era un camero cornilargo de Utah, un papel que exigía
una buena cantidad de convulsiones afligidas por todo el escenario mientras
llevaba un incómodo tocado, y una rendición total de la elegancia femenina que
se suele asociar con el ballet. Hoy está sentada, vestida elegantemente de
color crema y negro en un despacho sin ventanas de la Royal Opera House, de la
que es la directora creativa. De la pared cuelga un cartel de los Juegos
Olímpicos de Londres de 1948. Zangolotea de forma negligente una sandalia en su
pie, desnudo por otra parte, como para recordarme mi propósito.
Las reglas del ballet, me cuenta Deborah, se
desarrollaron en la corte de Luis XIV. Dichas reglas pueden parecer arbitrarias
ahora, incluso caprichosas, pero surgieron de las modas y las costumbres de
aquella época. Establecen que determinadas acciones físicas han de tener un
aspecto concreto. «En el deporte, no importa qué aspecto tengas. Un futbolista
puede marcar un gol de cualquier manera. Pero un bailarín de ballet ha de mover
su pierna de la manera adecuada». Por ejemplo, la posición que
en ballet se conoce como turnout [148] (mantener los talones juntos, con los pies dirigidos hacia afuera
en una línea recta) pudo haberse desarrollado debido a que el rey, que también
bailaba, giraba sus pies para que la gente admirara sus zapatos de seda. La
acción nos parece ahora muy estilizada. En realidad, parece imposible. Pero,
como descubro para mi sorpresa, incluso yo puedo mantenerme en esta posición
sin demasiada dificultad. Mantenerme derecho en esta posición me hace
nuevamente consciente del funcionamiento de los principales músculos y
articulaciones de mis piernas. Siento una tensión no habitual en los ligamentos
de mis caderas, por ejemplo, que un bailarín adiestrado con ligamentos más
elásticos no notaría. Y lo que es más importante, me doy cuenta de que mi
propriocepción (mi sentido de la posición de mi propio cuerpo en relación a él
mismo y a su entorno) se despierta.
Mantenerme en pointe (con todo el
peso del cuerpo que gravita sobre la parte anterior de los dedos de los pies)
es algo que no intento. La posición se desarrolló para que los bailarines
aparecieran elegantemente más ligeros que el aire, como si flotaran a unos
pocos centímetros del suelo, y todavía parece más antinatural. Así lo digo, y
descubro que Deborah está dispuesta a desmontar el espantajo de las supuestas
exigencias torturadoras del ballet. «El ballet desarrolla los músculos para
mantener el esqueleto de una determinada forma», me dice un poco severamente.
«Y desarrollar un músculo no es una mala cosa.» en pointe, el
pie constituye la parte final de una línea recta hasta el suelo, que en cada
momento es arriostrada a lo largo de todo el cuerpo por los músculos de la
pantorrilla, la cadera y el abdomen. Me viene a la memoria la concepción del
cuerpo que tiene un ingeniero mecánico, como un sistema de columnas, vigas y
palancas. Veo que, mantenido de esta manera, todo el peso del cuerpo es llevado
constantemente hacia atrás hacia este eje central, de manera que pasa a lo
largo de la pierna y afuera a través del pie en punta. Es como la columna de
acero de un edificio moderno, que se ahúsa casi hasta una punta donde toca el
suelo, a pesar del gran peso que soporta. «Estos movimientos están totalmente
dentro de las capacidades del cuerpo humano», dice Deborah. «No conocemos sus
límites.»
El concepto de batir récords, tan crucial en los
deportes, está ausente en la danza, pero sin embargo existe una tendencia para
la mejora física constante. Así, por ejemplo, en el arabesque (un
movimiento en el que la bailarina se sostiene sobre un pie y extiende el otro
hacia atrás), la altura a la que la bailarina eleva esta pierna ha ido
aumentando a lo largo de las décadas. Sin embargo, hay algunos límites
fundamentales; la altura a la que puede saltar un bailarín ha permanecido
constante debido a que se halla sujeta a leyes físicas inmutables. (En
realidad, y en buena aproximación, resulta que no sólo todos los humanos
comparablemente en buen estado físico, sino también todas las especies capaces
de saltar, desde la pulga al elefante, pueden saltar a la misma altura absoluta
de un metro aproximadamente. Ello se debe a que tanto la energía necesaria para
producir el salto, generada por los músculos, como la energía potencial que se
consigue en la parte alta del salto son directamente proporcionales a la masa
del animal, lo que en último término hace que esta masa, o el tamaño, sean una
consideración irrelevante.)
Por encima de todo, la actividad física de la danza
se distingue del deporte por la necesidad de disimular el esfuerzo implicado.
Cuando observamos un deporte, oímos el gruñido del luchador, vemos el sudor del
corredor en la rueda de andar y nos damos cuenta de la vacilación de las
piernas de un levantador de pesos cuando éstas amenazan con ceder bajo él.
Algunas de estas señales de esfuerzo pueden ser únicamente culturales, es
decir, evitables desde el punto de vista físico, y usadas únicamente por el deportista
como una manera de demostrar el gran esfuerzo que realiza. Por ejemplo, es
difícil creer que los extravagantes chillidos con los que algunos tenistas
embellecen ahora sus golpes sean otra cosa que parte de la representación de un
actor.
Pero gruñir está claramente fuera de lugar en el
ballet. E igual ocurre con sudar visiblemente y con piernas vacilantes. Todo
esto haría añicos el caparazón externo de ausencia de esfuerzo que el bailarín
ha de proyectar con el fin de producir arte. En el Centro de Danza Laban, en su
casa moderna y pintoresca de Deptford Creek, en el sudeste de Londres, me
entero de un proyecto científico para explorar los límites físicos del cuerpo
del bailarín allí donde esta ilusión se viene abajo. In Preparation es
una pieza de danza de veinte minutos que pretende, según sus creadores, exponer
«el esfuerzo que hay bajo la “ausencia de esfuerzo”». La bailarina y el sujeto
del experimento será Emma Redding, una científica de la danza del centro. La
coreografía exigirá que ejecute repetidas acciones enérgicas hasta que se vea
vencida por la fatiga muscular y el agotamiento. La «actuación» se basará no en
lo que ella cree que es su límite, porque de forma natural tendemos a detenemos
antes de alcanzarlo, sino en el límite ulterior al que será empujada por un
entrenador. «Cerca del colapso», me dice Emma, «alguien sentirá náuseas y
mareos y experimentará temblores. ¿Cuáles son nuestras costumbres
antropológicas y qué cosas necesitamos desde el punto de vista biológico?». A
las piernas de Emma se sujetarán dispositivos que controlen el aumento de
lactato en sus músculos y otras señales vitales. Los datos científicos se
interpretarán junto con informaciones más subjetivas, como el comentario
continuo de Emma de lo que nota y los comentarios críticos de los observadores.
Estos últimos son valiosos porque las impresiones
de espectadores expertos en actividad física son especialmente informadas. Se
sabe que se basan en la acción de las llamadas neuronas espejo. Descubiertas
recientemente, en 1992, durante el curso de estudios de imagenología de
resonancia magnética, las neuronas espejo son células cerebrales que se
disparan no sólo cuando uno realiza una determinada acción para la que ha sido
adiestrado, sino también cuando uno ve realizar dicha acción. El fenómeno ayuda
a explicar por qué los mejores comentadores deportivos suelen ser personas que
también han sido deportistas de alto nivel en aquel deporte. Cuando el
comentarista de fútbol ve que el pie del futbolista golpea el balón de una
determinada manera puede predecir con más exactitud el recorrido del balón que
un espectador ingenuo. También explica por qué los críticos de danza son ex
bailarines con más frecuencia de lo que críticos de música o de teatro son
antiguos músicos o actores. De manera muy literal, tienen una sensibilidad
especial para lo que ven, y utilizan esta dimensión extrasensorial para
informar su juicio. A un nivel más amplio, parece que las neuronas espejo
pueden desempeñar un papel fundamental a la hora de ayudamos a aprender
mediante observación, y pueden asimismo hallarse implicadas en nuestra
capacidad de sentir empatía.
Emma parece asombrosamente animada ante la
perspectiva de lo que, en otras circunstancias, podría describirse claramente
como tortura. Al no ser un bailarín, yo no puedo hacer que mis neuronas espejo
empaticen adecuadamente con ella. Todo lo que puedo hacer cuando me voy es
desearle que el experimento vaya bien.
Quizá porque por lo general están en movimiento de
uno u otro tipo, cuando los pies están inmovilizados en piedra parecen ejercer
extraños poderes. En el Libro de Daniel, Nabucodonosor, el rey de Babilonia,
tiene un sueño terrible en el que se le aparece un ídolo con cabeza de oro,
brazos de plata, tronco de bronce y «sus piernas, de hierro, y sus pies, parte
de hierro y parte de barro». [149] Parece que cuanto más alejadas están las partes de la figura del
suelo, más preciosas y artificiales resultan. Los pies de barro (una metáfora
de la frágil unidad de su reino y que todavía se usa en la actualidad para
indicar una persona de carácter imperfecto) están débilmente arraigados en la
tierra. Quizá se trate de una advertencia al rey de que no olvide el suelo
sobre el que reina.
Otro «rey de reyes» es el sujeto del conocido
«Ozymandias» de Percy Shelley, inspirado por los restos de la enorme tumba de
Ramsés II, el soberano de Egipto, del siglo XIII AEC, que reinó unos 700 años
antes de Nabucodonosor. El poema es otra visión onírica, y de hecho Shelley
trabajó a partir de un relato de un historiador de la Grecia antigua sobre el
monumento, que ya era una ruina en el primer siglo AEC y había desaparecido
completamente para cuando escribía sus famosos versos en 1817. Su narrador anónimo
da cuenta de la descripción por parte de «un viajero de un antiguo país» de la
destruida estatua de Tebas, de la que sólo quedan «dos enormes piernas de
piedra sin tronco». El poema se escribió en un certamen con su amigo Horace
Smith, cuyo propio esfuerzo reduce los restos a una única pierna;
En el arenoso silencio de Egipto, toda sola,
Se yergue una pierna gigantesca, que produce muy lejos La única sombra que el
desierto conoce.
«Yo soy el gran Ozymandias», dijo la piedra,
«El rey de reyes; esta poderosa ciudad muestra
Las maravillas de mi mano.» La ciudad ha desaparecido,
Nada más que la pierna queda para revelar El lugar de esta olvidada
Babilonia. [150]
Para tener una impresión del poder residual de
únicamente un pie, recomiendo una visita al Museo Capitolino, en Roma. Allí hay
los fragmentos monumentales que sobreviven del memorial a otro gran gobernante,
el emperador romano Constantino. El llamado Coloso de Constantino se
elevaba antaño a doce metros de altura en una basílica del Foro. Pero todo lo
que se conserva en la actualidad es la cabeza, el brazo derecho, dos manos
derechas (se ha sugerido que la estatua se remodeló en algún momento, de modo
que se veía al emperador sosteniendo un símbolo cristiano), ambas rodillas,
algunos fragmentos de espinilla y los pies, que son tan grandes que hay que
utilizar ambos brazos para rodear un dedo gordo del pie. La razón por la que
sólo sobreviven las extremidades es que fueron esculpidas en mármol en lugar de
ser montadas a partir de blandos ladrillos como el grueso de la estatua. Cuando
los fragmentos fueron descubiertos en 1487, la historia nos recordó las partes
que más nos hacen humanos.
§ 16. La piel
Quizá ya en el siglo XV, llegó a Francia una
variedad de rosa desde su Crimea nativa, y allí recibió el nombre de Cuisse
de Nymphe, que significa «muslo de ninfa». La flor era de un rosa muy
pálido con un ligero matiz de lila. En 1835, el viticultor Laurent- Perrier dio
el mismo nombre a un nuevo champán rosado. En Gran Bretaña, la gazmoñería
victoriana consiguió que la variedad de rosa recibiera otro nombre más
modesto, Great Maiden’s Blush. (Produce un capullo grande y
lleno; el nombre inglés no es una referencia a la circunferencia de las
damas.) [151] Pero estas restricciones no se aplicaban en Francia, de manera que
cuando se desarrolló una nueva variedad de la rosa con una flor de un color
rosa más fuerte, recibió el nombre de Cuisse de Nymphe Émue: muslo
de ninfa emocionada. Esta rosa era una favorita de la escritora Colette, y hace
una breve aparición en su novela semiautobiográfica Sido. El
color ha sido traducido en inglés, de manera deprimente, como hot
pink. [152] Este tono se extendió también rápidamente a otras cosas. Entre el
arco iris de colores sintéticos que se pusieron a disposición de las pinturas
de artistas a mediados del siglo XIX, y que a menudo recibieron los nombres de
batallas europeas recientes, como magenta y solferino, había también un
color Cuisse de nymphe émue, aunque su tono preciso era
aparentemente algo variable, «desde el rosa al lila y al amarillo».
Pintar la carne ha sido siempre uno de los grandes
retos del arte. No es un color que salga ya preparado de algún tubo de pintura,
en especial porque los tonos individuales de la piel varían muchísimo. Surge,
en cambio, de la hábil mezcla de los cuatro colores básicos de la antigua
paleta que prefirieron artistas como el griego Apeles; rojo, amarillo, negro y
blanco. Estos colores se asociaban con los cuatro elementos y, por extensión,
con los cuatro humores. Mezclados en proporciones diferentes, podían representar
cualquier tono de piel, desde el niño más pálido hasta el marinero más
bronceado, y desde el encarnado jaranero de una bacanal hasta el cadáver más
cerúleo.
El tono realista de la piel (o, más bien, la
variabilidad del tono a lo largo y lo ancho de la piel de una persona) es algo
que se evita escrupulosamente en la mayoría de las representaciones
tridimensionales del cuerpo humano. La piel de la muñeca Barbie no muestra
ningún defecto (a menos que uno pueda encontrar el ombligo desde el que fue
moldeada por inyección), pero tampoco ninguna variación en el color debida a
las venas y los vasos sanguíneos. No tiene manchas escrofulosas, ni pelo
corporal, ni siquiera líneas de bronceado. Es glabra de forma suprema.
Asimismo, los maniquíes de los escaparates de tiendas pueden tener pezones
pretematuralmente graciosos, pero no parecen poseer nunca aréolas más oscuras
que el resto de su piel de plástico, como tenemos nosotros.
Cuando se reproducen fielmente la variación natural
y la textura de la piel, como en las esculturas de Ron Mueck, el efecto puede
ser perturbador. Hijo de jugueteros, Mueck empezó su carrera haciendo modelos
de animación para la televisión australiana y la industria publicitaria, y sólo
posteriormente se convirtió en artista. Una obra de 1997 titulada Papá
muerto da una buena idea de su técnica. Es una figura supina del padre
fallecido del artista, de no más de un metro de longitud, de modo que tiene
aproximadamente la mitad del tamaño natural. Reproduce su piel, que es pálida
con un leve brillo, virando a rosado en las orejas y los párpados. Allí están
todas las arrugas de los nudillos, y todos los pelillos de la barba incipiente
en el mentón. La obra es inquietante no sólo debido a su naturaleza muy
personal, sino porque tiene la característica combinación de Mueck de realismo
extremo al nivel del detalle y la burda inexactitud de su escala. Pone a
nuestra percepción y nuestra experiencia en conflicto directo, y nos pide, de
manera enérgica, que creamos que aquello es real al mismo tiempo que nos dice,
de forma igualmente vigorosa, que no lo es.
De lo que todos estos cuerpos carecen, desde luego,
además de una tercera dimensión o del tamaño correcto, es de vida. La piel
perfecta de Barbie es repelente al tacto porque es dura, fría y pegajosa y
resbaladiza, mientras que sabemos que nuestra piel real es cálida, ya sea
blanda o firme, y muy agradable de acariciar. La calidez proviene de la sangre
que circula, que también proporciona el color superficial que distingue el
cuerpo vivo de un cadáver. Un ser humano irradia energía a una tasa de 100 watts
cuando está en reposo, que suben a 300 watts cuando hace ejercicio, que es una
conversión energética por unidad de superficie aproximadamente igual a la de un
panel solar fotovoltaico de los que se instalan en el tejado, y suficiente para
que los arquitectos lo tengan en cuenta cuando diseñan espacios que estarán
atestados de gente. Por lo general, este calor es una grata señal de vida.
Preferimos un apretón de manos cálido al que da una persona seca. Pero a veces
es un recordatorio de la presencia humana que preferiríamos no tener. Marcel
Grossmann, un matemático suizo que era un estudiante contemporáneo de Einstein,
le confesó una vez al físico que no podía sentarse a gusto en un asiento de
retrete cálido, a lo que Einstein le indicó imperturbable que el calor es
«completamente impersonal, de manera que recibirlo de esta manera no era
someterse a una intimidad no deseada».
Desconozco si Charles Darwin cultivaba rosas Cuisse
de Nymphe (Émue o de las otras) en el jardín en el que daba sus paseos
circulares diarios, pero sí que se ocupó de la cuestión de los rubores de las
doncellas. En realidad, fue algo que le preocupó durante la mayor parte de su
vida activa. Tomó sus primeras notas sobre el tema en 1838, al especular que
las personas de piel oscura seguramente se sonrojan igual que hacen los
europeos, y que los animales no lo hacen; estaba casi seguro de haber visto
sonrojarse a una mujer de Tierra del Fuego cuando visitó aquellas tierras
durante el viaje del Beagle. Dedicó todo un capítulo a ello
en La expresión de las emociones en el hombre y los animales, publicado
en 1872. Sonrojarse es una característica únicamente humana. Pero ¿por qué
habría de aparecer dicho comportamiento? ¿Qué ventajas evolutivas proporciona?
El hecho de que el rubor sea invisible entre las gentes de piel oscura lo
descarta como una señal sexual efectiva. La opinión generalizada en la época de
Darwin era que el rubor era parte del designio de Dios de mostrar la vergüenza
humana, una idea estúpida que Darwin rechaza adecuadamente con la observación
de que entonces sería injusto, ¿no es cierto?, infligir el rasgo especialmente
a los que sólo son tímidos.
Darwin obtuvo pruebas de amigos y correspondientes
acerca de ésta, «la más peculiar y la más humana de todas las expresiones».
Preguntó si los niños se ruborizan, y si lo hacen, pero no desde el nacimiento,
a qué edad empiezan. Preguntó si las personas ciegas se sonrojaban. Confirmó
que el rubor no depende del color de la piel al encontrar sujetos en los que
los tejidos cicatriciales o el albinismo permitían que la coloración se
mostrara a su través. Una entusiasta dama correspondiente le informó que las mujeres
que se sonrojan hermosamente se venden a un precio más elevado en el serrallo
del sultán. Le pidió al escultor Thomas Woolner que le informara hasta dónde se
extendía el rubor de sus modelos ingenuas; «Estoy seguro de que con frecuencia
debéis toparos con pintores, y conocerlos bien. ¿Podríais persuadir a algunos
hombres dignos de crédito de que observaran a las muchachas
jóvenes e inexpertas que sirven de modelos, y que al principio se sonrojan
mucho, hasta qué distancia a lo largo del cuerpo se extiende el rubor?». La
respuesta fue que el aspecto del rubor está generalmente
confinado a la cara y el cuello, aunque la persona que se ruboriza puede sentir como
si todo el cuerpo se sonrojara. (Así, el muslo de una ninfa emocionada bien
puede enrojecerse debido a un efecto similar de flujo
sanguíneo aumentado a través de sus capilares, pero esto tiene una causa
fisiológica y no mental, de manera que no es un sonrojo. También
los monos, señalaba Darwin, «enrojecen de pasión».)
Al final, Darwin llegó a la conclusión de que el
sonrojo se produce debido a la «costumbre humana de pensar lo que otros piensan
de nosotros». No era un resultado del que estuviera especialmente contento,
pues resaltaba la singularidad de la consciencia humana sobre nuestra conexión
evolutiva con otras especies. Pero explicaba las observaciones; por qué los
bebés no se sonrojan, pero los niños sí; por qué los retrasados mentales
raramente se ruborizan, pero las personas ciegas sí; por qué tendemos a no sonrojarnos
cuando estamos solos, pero no obstante podemos ruborizarnos debido a un
recuerdo embarazoso. Lo que no hacía realmente era explicar por qué encontramos
que ruborizarse es tan atractivo en los demás, lo que, para Darwin, interesado
como estaba en los mecanismos y efectos de la reproducción, era seguramente lo
importante. En la actualidad, los científicos pueden medir el flujo sanguíneo
de los capilares e incluso la temperatura de las mejillas sonrojadas, pero
todavía no se hallan mucho más cerca de obtener una respuesta.
«El hombre darwiniano, aunque bien educado, / En el
mejor de los casos ¡es sólo un mono afeitado!» [153] Así canta una de las damas profesoras en Princesa Ida, la
sátira musical de Gilbert y Sullivan sobre el feminismo, la evolución y otras
novedades que se pensaba que confundirían a los padres de familia Victorianos.
Desde el mono afeitado de Darwin al simio desnudo de Desmond Morris [154] se nos recuerda continuamente nuestra piel; su enorme extensión,
unos dos metros cuadrados en total, que hacen de ella, en respuesta a una
famosa pregunta con trampa, el órgano más extenso del cuerpo humano; su color
en relación a los demás, y nuestra curiosa propensión, después de haber
declarado que éste es importantísimo, a ignorar su matiz real y a quedamos con
llamarlo «blanco» o «negro»; y, por encima de todo, su completa, vulnerable y
embarazosa desnudez.
Tan grande es nuestro sentido de exposición que
hemos desarrollado un vocabulario complejo para ocuparnos de ello. El concepto
del «desnudo», tal como señala Kenneth Clark en su examen magistral (y sólo
marginalmente lujurioso) del tema, se desarrolló en el siglo XVIII como una
manera de permitir que los artistas trabajaran a partir del cuerpo desnudo y
hablaran de él sin vergüenza. Pero con la llegada del cine y, poco después, de
abundante pornografía, necesitamos también distinguir entre «el desnudo» y la
«desnudez» y, tediosamente, entre las clasificaciones oficiales, tales como
desnudez parcial, desnudez trasera, desnudez frontal total, desnudez breve,
desnudez natural, desnudez sexual, desnudez gráfica, etc. Incluso tenemos el
estado oximorónico de «desnudez totalmente vestida», que se ve, por ejemplo, en
un corto filme de 1956 sobre Lady Godiva, en el que Maureen
O’Hara cabalga por las calles de un Coventry de Hollywood llevando ropa
interior, un body completo de color carne y, sólo para asegurarse del todo,
cabello que le cuelga hasta las rodillas. Diferencias mínimas en el uso de
estos términos tienen enormes diferencias semánticas. Por ejemplo, hallarse «al
desnudo» no es exactamente lo mismo que estar desnudo, y tampoco es equivalente
a un desnudo artístico. Implica la presencia de un espectador cuyos motivos no
son primariamente estéticos. Y también lleva consigo la expectativa de que, de
alguna manera, el desnudo está allí para ser contemplado. Así, en la prensa
amarilla podrá decirse convencionalmente que una actriz fotografiada por
paparazzi ha sido «pillada al desnudo», mientras que de un político
fotografiado en alguna situación comprometida se dirá simplemente que estaba
«desnudo». Hay cientos de estudios académicos sobre el desnudo en el arte, pero
en comparación, pocos sobre el desnudo en el cine, en la publicidad, en la
playa o en el cuarto de baño. A veces, incluso corremos un velo donde no hay
velo que correr. Por ejemplo, los estudiosos clásicos han traducido a menudo el
griego gymnos y el latín nudus por «ligero de
ropa», pero estos términos significan efectivamente «desnudo», a pesar de las
opiniones de personas bienintencionadas como William Gladstone, que no podía
creer que los certámenes con atletas desnudos fueran normales en la Grecia homérica.
La diferencia esencial tiene que ver totalmente con
el contexto y la intención. Una persona desnuda puede convertirse en un desnudo
si es pintada al óleo pero quizá no si es fotografiada, si es vista en un
estudio pero no en un club, si se está quieta pero no si se mueve (una persona
que corre desvestida [155] en un acontecimiento deportivo no es un desnudo), si mantiene una
determinada actitud codificada, como en la pose púdica, como hemos visto, pero
no si hace ostentación de su desnudez. Lo absurdo de estas distinciones llegó a
sus límites en los clubs de striptease ingleses a mediados del
siglo XX, donde era ilegal que una stripper apareciera desnuda
si también se movía. Se inventaron actos complicados en los que la desnudista
se quitaba la ropa mientras se hallaba estratégicamente escondida detrás de los
abanicos que blandían otras bailarinas (vestidas). Al final del acto, la
desnudista se quedaba quieta durante un breve momento bajo los focos.
El crítico Victoriano John Ruskin es famoso por
haberse sorprendido cuando vio desnuda a su hermosa esposa Effie Gray en su
noche de bodas. El matrimonio no se consumó, y posteriormente la pareja se
divorció. Ruskin dijo que «aunque su cara era hermosa, su persona no estaba
formada para excitar pasión. Por el contrario, había en su persona determinadas
circunstancias que la contrarrestaban completamente». Effie le dijo a su padre
que Ruskin «había imaginado a las mujeres muy diferentes de lo que vio que yo era,
y que la razón por la que no me hizo su esposa fue porque le repugnó mi persona
la primera noche del 10 de abril». Pero ¿por qué? ¿Alguna deformidad horrible,
una marca de nacimiento, celulitis? La especulación por parte de los eruditos,
ampliada por los relatos populares, cuenta que el gran crítico quedó asombrado
al ver el pelo púbico, tan conspicuamente ausente de las estatuas que eran el
sujeto habitual de su admiración. Matthew Sweet deshace este mito en su
libro Inventing the Victorians, al citar la familiaridad
previa de Ruskin con «alcahuetas desnudas» cuando era un estudiante, pero sigue
sin explicar la dificultad, y prefiere ignorar la cándida descripción de Effie
de su feminidad normal. Era evidente que Ruskin había notado algo en el cuerpo
desnudo de ella que no le gustó. Quizá era sólo la diferencia inesperada entre
la carne cálida, palpitante, dúctil de un cuerpo animado y el frío mármol que
estaba acostumbrado a inspeccionar. A lo que parece, esta sensación no era
totalmente insólita. Por ejemplo, el Handbook of Anatomy for Art
Students, de Arthur Thomson, publicado en 1896, da gran importancia al
desengaño de su autor de que las nalgas femeninas no siempre son los lisos
globos de la estatuaria clásica. Aquí, escribe, «la grasa tiene una particular
tendencia a aparecer en modelos femeninos que ya han pasado la flor de la vida,
e imparte una gordura a la forma que está reñida con la delicadeza y el
refinamiento que es propio de la época anterior de la vida». Quizá
Ruskin se hubiera sentido más cómodo con las
modernas revistas pornográficas, en las que, en contradicción con las
publicaciones médicas, ha existido a menudo una obligación legal para retocar
las imágenes, recortando el pelo corporal (de las mujeres) y para «enmendar» de
otras maneras a las modelos que se exhiben. Ya se haga por razones legales o
estéticas, esta edición libidinosa puede no producir «desnudos» en el sentido
que el mundo del arte entiende, pero sí que sirve para distanciar al sujeto de
la ordinariez de estar simplemente desnudo.
Es sólo la vestimenta humana lo que hace que la
piel desnuda sea excepcional y la moralidad humana lo que la hace perturbadora,
como se me recuerda cuando, por primera vez en mi vida, asisto a una clase de
dibujo del natural. Empecé este libro en una sala de disección, donde yo
intentaba reproducir sobre el papel el aspecto de partes del cuerpo muertas. A
medida que me acerco a su conclusión, al menos parece más natural dibujar a
partir de sujetos vivos.
Más natural, pero ciertamente no más fácil. Somos
unas veinte personas que nos hemos reunido en un centro comunitario a las
ventosas afueras de Cambridge; dos tercios son mujeres, y hay una extensa gama
de edades. Nos sentamos en sillas de plástico baratas situadas formando un gran
círculo sobre un piso marcado para jugar al baloncesto. En medio del círculo
hay dos mujeres jóvenes, que más tarde me enteraré de que son estudiantes
universitarias que así se ganan algo de dinero. Tienen gradas en las que sentarse
y barandillas a las que agarrarse para ejecutar poses interesantes. Sin
alharacas, se quitan sus vestidos y adoptan las posiciones que les indica el
instructor de la clase. Cada uno de nosotros elegimos una de las modelos y
empezamos a dibujar. Inmediatamente me encuentro con todo tipo de problemas.
Encuentro difícil obtener las proporciones principales entre el torso y las
extremidades. Mi lápiz crea líneas duras y definidas que no consiguen comunicar
la lisura de la piel y la difusa formación de sombras sobre el cuerpo. La cosa
empeora cuando intento sombrear, y mi falta de técnica queda cruelmente al
descubierto. Pero a medida que transcurre la tarde creo que descubro uno o dos
trucos, como extender una línea más allá de lo que veo con el fin de conferir a
los músculos un sentido de movimiento y vida. La mera creación de un dibujo,
por pobre que sea, parece producir una conexión con todo el arte. Hay aspectos
de mis miserables esbozos que recuerdan cabezas y figuras antiguas. Las dos
mujeres, que se hallan desnudas ante nosotros, sobre el papel se han convertido
en desnudos, no debido a ninguna falta suya sino a mi poca habilidad.
La segunda vez que asisto a la sesión, uno de los
sujetos es un hombre robusto y musculoso, que nos es presentado como Andy. Se
le pide que se tienda sobre la espalda con la cabeza colgando. Da la impresión
de estar muy incómodo, aunque parece estar a punto de dormirse. Curiosamente,
presenta un vendaje blanco sobre el puente de la nariz. No es claro si ello se
debe a alguna herida o ha sido puesto allí por su interés artístico. Nuestro
instructor, Derek Batty, nos invita a dibujar su cara en esta posición invertida;
«un interesante desafío psicológico». Se refiere a lo que se conoce como la
ilusión de Thatcher. En 1980, Peter Thompson, un psicólogo de la Universidad de
York, demostró la importancia fundamental de los ojos y la boca en el
reconocimiento facial tomando una fotografía de Margaret Thatcher, que entonces
era la reciente primera ministra de Gran Bretaña, y alterándola invirtiendo
únicamente estos dos rasgos. Cuando la cabeza alterada se ve invertida, es
fácil reconocer de quién se trata porque ojos y boca aparecen correctamente.
Pero cuando la cabeza tiene la posición correcta, con los ojos y la boca
invertidos, aparece monstruosa. Advierto divertido que en su artículo Thompson
agradecía a la Asociación Conservadora de York por suministrar el «material de
estímulo». En cualquier posición, descubro, una cara es mucho más difícil de
dibujar que un cuerpo.
Después de las clases, me dirijo a los modelos y
les pregunto cómo se sienten por haber tenido nosotros este permiso excepcional
para contemplar atentamente su cuerpo y su cara. Lo que les sorprende, me
dicen, es lo rápidamente que dejan de ser conscientes de la clase. La desnudez
no es un problema. Su mente está en otra parte. Andy está preparándose
mentalmente para el combate del campeonato de kickboxing de mañana (lo que
finalmente explica el vendaje). La mujer que he decidido dibujar, Rosie, pasa
el tiempo pensando en su tesis de doctorado (sobre el cine soviético). Pero,
añade, «si Derek menciona una parte del cuerpo, inmediatamente siento la
necesidad de moverla». Su observación me recuerda la exploración de Darwin del
sonrojo, que al final consideró como una respuesta involuntaria al foco de
atención de otra persona sobre el cuerpo.
Nuestra piel, los dos metros cuadrados de ella,
aproximadamente el área de una sola sábana camera, es una pantalla. Lleva la
proyección de quienes somos y de lo que somos, como un filme en el cine.
También es una pantalla en otro sentido; como la que hay en un rincón de una
habitación, impidiendo la vista y ofreciendo protección al cuerpo que está al
otro lado. Hablando desde el punto de vista biológico, la piel es una membrana
formidable entre lo sólido y el aire, entre nuestras entrañas y el mundo exterior.
En su profundidad están los sensores por los que sentimos placer y dolor, y
nuestro medio de defensa contra muchas infecciones. Pero, en términos
culturales, la piel es la más fina de las barreras entre la interioridad y la
exterioridad. Su espesor no cuenta para nada cuando nuestra salud, nuestra edad
y nuestra raza se exponen para que todos las vean en su misma superficie. La
piel es a la vez nuestra autoprotección y nuestra autorrevelación.
Esta dualidad está en el meollo de su significado.
Antes de la medicina moderna, se consideraba a la piel como la garante de la
integridad corporal, no tanto una parte del cuerpo como su portero designado.
En cierta medida, fue considerada incluso como prescindible; quizá era una
barrera a la iluminación del yo interior. En la Biblia, Job se libra del
sufrimiento a que ha sido sometido como prueba de su fe por «la piel junto a
mis dientes», y se regocija; «y detrás de mi piel yo me mantendré erguido, / y
desde mi carne yo veré a Dios». [156] Pero, para otros autores antiguos, la piel comprendía también al
menos parte del yo. En las Metamorfosis, Ovidio cuenta cómo el
sátiro Marsias, despellejado vivo después de haber sido derrotado en un combate
con Apolo, suplica; «No me arranquéis de mi yo». Aquí la piel es el órgano de
nuestro aplomo literal. Mantiene en su lugar al resto de nosotros. La condición
ambigua de la piel (¿forma parte del cuerpo, o es una especie
de envoltura prescindible para éste?) refleja quizá un
malestar más extendido a la idea general de personificación humana que es
seguro que surgirá de la idea dualista de cuerpo y alma.
Estas percepciones de la piel tuvieron importantes
implicaciones médicas. Muchas enfermedades no se entendían, como las entendemos
ahora, como enfermedades «de la piel», sino que se consideraban como señales en
la superficie de degradación corporal (y moral) subyacente. La lepra es
especialmente abominable en las narraciones bíblicas. El libro del Levítico
contiene una descripción larga y casi crítica de las diversas maneras en que la
enfermedad puede aparecer en la piel, y las medidas precautorias a tomar según
la extensión de la piel afectada y, lo que resulta crucial, si la infección
aparece más profunda que la piel, que van desde poner al paciente en cuarentena
hasta obligarle a gritar; «¡Inmundo, inmundo!». [157]
Pero mientras que la piel puede anunciar
enfermedades tales como la lepra, la viruela o la sífilis, enmascara la
presencia de otras. La piel es opaca para todos nosotros. Incapaces de ver más
allá de ella, incluso médicos expertos pueden llegar a efectuar sorprendentes
diagnósticos equivocados. Por ejemplo, la apendicitis no se identificaba de
manera típica hasta que el paciente empezaba a vomitar materia fecal. Un
tratamiento recomendado para los dolores abdominales que figuraban entre los
primeros síntomas era comer membrillo, que probablemente no hacía otra cosa que
exacerbar la condición. Pero en la actualidad los médicos se enfrentan a
dificultades parecidas. Una amiga mía, que se quejaba de pérdida intermitente
de audición, fue visitada primero por un neurólogo que sospechó que padecía
vasculitis, una enfermedad que destruye los vasos sanguíneos; también se le
hicieron pruebas por si padecía sífilis y se le recetó un tratamiento con
esteroides, que resultaron ineficaces. Un segundo neurólogo optó por la
esclerosis múltiple, pero las pruebas realizadas en su líquido epidural
resultaron negativas. Después intervinieron una serie de expertos en audición,
el tercero de los cuales descubrió al final que los tres huesos de uno de los
oídos medios se habían fracturado. Después éstos fueron extraídos
quirúrgicamente y sustituidos por prótesis de metal. Para ser justos con la
profesión médica, el resto de nosotros también utilizamos la piel como un telón
conveniente para negar el desorden de lo que ocurre bajo ella. El Homo
clausus de Norbert Elias, el hombre «separado de todas las demás
personas y cosas “externas” por la “pared” del cuerpo», se ha convertido en una
piedra de toque de la condición humana. En los dibujos animados, por ejemplo,
la convención exige que los golpes físicos reboten del cuerpo de manera
resiliente, o que temporalmente lo aplasten; no rompen realmente la piel.
Pensamos sellarnos frente al mundo.
La impenetrabilidad psicológica de la piel, incluso
para los cirujanos, que dudan en aplicar el escalpelo por miedo de empeorar las
cosas (Hipócrates; lo primero es no hacer daño), sigue siendo una de las
verdades más inamovibles acerca del cuerpo humano. Explica el gran valor que
damos a todo lo que proporciona, o parece proporcionar, una idea de lo que
ocurre bajo la piel; los humores, la cabeza frenológica, los rayos X, el perfil
genético, los ubicuos «escáneres», a los que nos referimos alegremente sin considerar
sus medios tecnológicos, o si a eso vamos su capacidad diagnóstica, casi como
si se tratara de un milagro moderno.
Si la piel es una pantalla, entonces, ¿qué hay en
ella? El filme de la vida empieza en blanco. La piel inocente es «lisa como el
culo de un niño»; no está marcada por la enfermedad, el pecado o los estragos
del tiempo. Pero ¿durante cuánto tiempo puede permanecer así? La tersura de los
traseros y del resto del cuerpo de, pongamos por caso, la escultura de Antonio
Canova Las tres gracias, una estatua de mármol de principios
del siglo XIX famosa por su fría belleza erótica, no era sólo una declaración
de proeza artística, sino también una reacción ante la fea realidad de «las
pieles corrompidas, eruptivas y escamosas que constituían el paisaje corporal
real en el siglo XVIII». Cuanto más lisa es la piel, más impenetrable y por lo
tanto protectora del cuerpo subyacente parece. La unción (el ungimiento de
consagración con aceite de un sacerdote o un monarca) suaviza el aspecto de la
piel, produciendo un brillo satinado que define más claramente y, en un cierto
sentido, endurece esta barrera, aislando a estos líderes de sus súbditos
impuros. La aplicación de loción bronceadora contiene un eco secular de este
ritual, al sellar el cuerpo contra la radiación solar dañina. Los músculos
lubricados del culturista, las ropas de caucho y cuero del fetichista, y los
cuerpos relucientes y cromados de los héroes de aventuras de las imágenes
generadas por ordenador, todos ellos pretenden, por sus propias razones
concretas, producir el mismo sello hermético.
Áreas conspicuas de piel desnuda pueden ser una
señal de vulnerabilidad; Adán y Eva en el Jardín del Edén, Cristo en la Cruz,
el cuento de hadas de Hans Christian Andersen «El traje nuevo del emperador».
Pero también pueden ser una afirmación de poder; lady Godiva consigue para sus
conciudadanos una reducción de impuestos a cambio de su galopada desnuda. El
torso desnudo del primer ministro ruso Vladimir Putin se ha convertido en un
tal fenómeno político que incluso el Journal of Communist Studies se
ha visto obligado a comentarlo. Francamente, estoy desconcertado acerca de cómo
reaccionar ante esto. ¿Se supone que tengo que admirarlo, que temerlo, que
cogerle cariño? ¿Qué ocurriría si el primer ministro «Dave» Cameron se
arrancara la camisa? ¿Cómo me sentiría ante esto? Conociéndolo como lo
conocemos, quizá interpretamos el torso desnudo de Putin como una expresión de
su autoritarismo, y sin embargo, también la figura de la Libertad en el cuadro
de Eugéne Delacroix La Libertad guiando al pueblo aparece
desafiante, con los pies desnudos y los pechos al aire. (Sin embargo,
exhibiciones similares pueden llevar en la actualidad a una restricción de la
libertad; en 2003, una miembro del Parlamento australiano fue conducida fuera
de la cámara de debates por amamantar a su bebé, supuestamente por haber
infringido la norma de «no puede haber extraños en la Cámara». Tal como comentó
la australiana Ruth Barcan, historiadora de la cultura, «no era tanto el bebé
como el pecho lo que era extraño en la Cámara».)
La piel es también un tablón de anuncios
médicos. An Essay Concerning the Infinite Wisdom of God, Manifested in
the Contrivance and Structure of the Sídn, [158] de «Un amante de la física y la cirugía», es una típica mezcla
moderna temprana; descripciones bien observadas del cuerpo combinadas con
frecuentes recordatorios de su idealidad divina. Cada capítulo termina con un
incrédulo ataque al ateísmo. Todas las partes del cuerpo tienen el tamaño y la
forma adecuados, señala el autor, y hay mucha especulación moralizante de que
todo hubiera ido horriblemente mal para la humanidad si algo hubiera ocurrido
de otro modo. Por ejemplo, es debido a que nuestra piel es desnuda que nuestras
uñas son tan útiles para rascar. El que las uñas sean transparentes, continúa
el anónimo autor del siglo XVIII, las convierte en la cosa perfecta para
indicar el verdadero color de la sangre que hay debajo. Son como pequeñas
ventanas a través de la piel, o lámparas indicadoras al final de nuestros
dedos, que se tornan pálidas con la fiebre palúdica, rojas con la «plétora» o
tensión sanguínea alta, amarillas, verdes o negras con la ictericia y otras
dolencias.
La piel puede llevar nuestros propios mensajes
publicitarios, de una manera muy literal. Puesto que la piel todavía es usada
con una despreocupada confianza por parte de los que tienen autoridad para
asignarnos a grupos raciales concretos (la Policía Metropolitana de Londres,
por ejemplo, aspira a describir a las personas de orígenes étnicos mixtos con
términos tan confusos como «asiático y blanco»), de ahí se sigue, al menos para
algunos, que pueden aplicarse nuevas marcas a la piel con el fin de crear nuevas
categorías de distinción social. Históricamente, marcar la piel ha tenido a
menudo un aspecto casi legal, desde los hierros candentes aplicados a la piel
de los esclavos por sus propietarios hasta las cicatrices que dejaba el látigo,
al marcar de manera permanente a una persona como criminal. Esta costumbre
persiste hoy en la forma benigna de estampar un tampón de goma en el dorso de
la mano para entrar a un club nocturno, por ejemplo. Pero lo que es notable y
está teniendo cada vez más predicamento en la actualidad es la idea de que uno
pueda elegir marcarse a sí mismo a propósito. La piel nunca se ha exhibido
tanto en la sociedad occidental como hoy en día, y nunca ha estado más sometida
a nuestras propias alteraciones, adaptaciones que pretenden comunicar una nueva
versión de nosotros.
Mis editores me han recomendado que visite a un
artista del tatuaje al que previamente han encargado la producción de cubiertas
para libros. No se trata de cubiertas de piel humana, debo añadir, aunque dicha
práctica no ha sido insólita en el pasado, en especial para encuadernar
registros criminales y obras médicas. Un poeta ruso incluso encuadernó un
volumen de sonetos para su amante con piel recuperada de su propia pierna, que
le iban a amputar.
El estudio («salón» parece un término pasado de
moda) se llama «Into You». [159] Parece un nombre apropiado, con su acúmulo de sugerencias de
penetración del cuerpo, físicamente, a través de la piel con agujas, pero
también sexual y emocionalmente. Aquí conozco al propietario, Duncan X, cuyo
nombre, cambiado de forma oficial, es en sí mismo una marca. Su cuerpo está
cubierto de dibujos del color azul de las magulladuras; cráneos, ataúdes,
diversos lemas, un símbolo masónico de algún tipo en la parte alta de su
frente. Su cara está libre en su mayoría, excepto por un par de lágrimas que
salen de su ojo izquierdo. También tiene el número de su teléfono móvil tatuado
en el dorso de la mano, un recordatorio útil para él, y un recordatorio para mí
de que ocasionalmente todos escribimos sobre nuestra piel para tales
finalidades.
Para Duncan, los motivos individuales no son tan
importantes como el patrón general, aquí más claro, allí más denso, simétrico
en general, pero con asimetrías más pequeñas y detalles caóticos, como el
propio cuerpo humano. «Fue importante que no fuera una imagen», dice de su
primer tatuaje, que se hizo a los veintiún años en un intento de sorprender a
sus padres, que eran médicos los dos. «Era el concepto del tatuaje, la rebelión
por excelencia.» Desde ahí, siguió cubriéndose el cuerpo. «Me sentiría realmente
extraño si no los tuviera. Son como una coraza, me siento protegido, pero es
también como tener la piel arrancada para revelar el yo verdadero.»
La notable obra de Duncan incluye inspiraciones a
partir de grabados de mapas medievales y de cuadros de los Bruegel, así como
motivos más convencionales procedentes de la cultura del tatuaje, prevalente de
manera tradicional entre los marineros y los presidiarios. Las personas que
acuden a su estudio no son de las que quieren un tatuaje (o la ilusión
transferida de uno) por razones de moda. «Mis clientes están más preocupados
por cambiarse. Son personas en un estado de cambio, y éste es uno muy visible.
He visto a personas liberadas», me dice. No cree que sea parte de su trabajo
preguntar por qué una persona desea un dibujo particular o qué significa algún
texto en un idioma extraño. La psicoterapia está en adquirir la marca. Igual
que en culturas supuestamente remotas o primitivas, un tatuaje marca un rito
iniciático. Hay muchísimas razones para no tatuarse; la
permanencia, el proceso de realizarlo, que tarda mucho tiempo, el dolor que
supone, la rotura de la piel. Todas estas barreras se convierten en parte del
motivo principal. «Habrán pensado que éstas no son razones suficientes para
impedir que sigan adelante.»
Para estas personas, al igual que las que se
someten a los cortes que desde el punto de vista médico se clasifican como
«daño autoinfligido», e incluso quizá para algunos de los que se someten a
cirugía cosmética, el dolor es una parte esencial de la experiencia. Estas
acciones parecen ser versiones seculares de la mortificación de la carne. La
mortificación de la carne, que es una característica tradicional de muchas
religiones, puede adoptar diversas formas, siendo las más comunes diversos
grados de ayuno, pero las formas más extremas implican la creación de
cicatrices visibles mediante acciones tales como la autoflagelación o el tirar
de cordeles atados a ganchos clavados en la piel. Se experimenta el dolor como
un aspecto enfático de la abstención de los placeres normales, mientras que las
cicatrices son la señal conspicua y pública de la devoción del celebrante. En
el equivalente secular actual, estas cosas parecen reflejar un deseo de una
existencia sentida en un mundo en el que el ambiente regulado de la
civilización hace mucho para embotar nuestros sentidos, y para ser una
afirmación desesperada de identidad, al transformar la piel que se nos ha dado
por la naturaleza y que es reconocida por la autoridad, y reinscribirla como
nuestra. La piel es, como siempre, nuestra forma más sensible de interacción
con el mundo, pero de alguna manera todavía parece ser la barrera para nuestra
inmersión más profunda en él.
Con esto, sentimos que hemos llegado a una especie
de límite. Nos encontramos finalmente en la costa de nuestro yo insular. Y, sin
embargo... «¿Por qué habría de terminar en la piel nuestro cuerpo?», quiere
saber la historiadora de la ciencia Donna Haraway en «Un manifiesto del
cíborg», una polémica llamada a repensar nuestra existencia libre de los
grilletes de género, raza y todas las demás convenciones sociales que se
anuncian en la superficie carnosa del cuerpo humano. Haraway señala que en el
caparazón ya se ha abierto una brecha; ya invitamos al interior de nuestro
cuerpo «a otros seres encapsulados por la piel» mediante xenotrasplantes de
tejidos de animales tales como cerdos y monos, e incluso inyecciones, como las
de bacterias botulínicas utilizadas en los tratamientos cosméticos con Botox.
Estas incursiones dérmicas pueden interpretarse como señales de nuestro impulso
para explorar más allá del límite de la piel. ¿Está abriéndose finalmente
el Homo clausus? Si es así, ¿qué deleites (y qué peligros) nos
esperan? Éstas son las posibilidades que exploraremos en el capítulo final
de Anatomías.
Parte III
El futuro
§ 17. Extendiendo el futuro
¿Qué es lo que cantan los chicos de Fama?
«Viviré para siempre / Aprenderé cómo volar.» [160] No es que planeen realmente hacer ninguna de estas dos cosas,
desde luego. Para ellos, tiene más importancia la sensación de estar en el
momento físico, el de la ejecución. Y, aun así, existen, en algún profundo
lugar en nosotros, estos deseos intensos. Admiramos lo que el cuerpo puede
hacer, y aun así desearíamos que hiciera más cosas. Soñamos con la extensión;
de nuestras capacidades físicas, de nuestras percepciones sensoriales, de la
duración de nuestra breve vida. Curiosamente, este deseo se dirige principalmente
hacia nuestro yo corpóreo. Nuestra mente no es tocada por dicho deseo; por
alguna razón, no ansiamos una mayor sabiduría o imaginación de la misma manera.
Tales sueños no son nuevos. Podemos haber sido
creados a imagen de Dios, pero imaginamos a nuestros dioses como versiones
supercapaces de nosotros. Lakshmi, la diosa hindú de la prosperidad, tiene dos
pares de brazos, mientras que Brahma tiene también cuatro cabezas. Superando a
ambos, Guanyin, el bodhisattva [161] de compasión del budismo de Asia Oriental, posee once cabezas y
mil brazos. Príapo, el dios griego de la fertilidad, y su contraparte egipcia,
Min, tienen erecciones permanentes. Artemisa, la diosa madre griega, posee
múltiples pechos.
Las Metamorfosis de Ovidio
encabezan una vasta literatura que demuestra que el impulso humano para mejorar
o transformar el cuerpo, o para cambiar un cuerpo por otro, es a la vez fuerte
y constante. El tema continúa mediante poderosas narraciones, como el Frankenstein de
Mary Shelley y los cuentos de hadas acopiados e incrementados en el siglo XIX,
como «El rey sapo», de los hermanos Grimm. Hoy en día, los grandes éxitos de
Hollywood han resucitado el género con ayuda de realista imagenología gráfica
por ordenador. Las transformaciones de los personajes de estas historias pueden
ofrecerse como una lección salutífera o una moraleja a la audiencia, como la
aparición del convidado de piedra en la leyenda de Don Juan, cuyo inesperado
movimiento avisa que el Don no quedará impune por sus pecados, o bien pueden
ser personalmente liberadoras y capaces de alterar las percepciones sociales,
como en los filmes de Shrek. De una u otra manera, son
acontecimientos que cambian la vida.
Todas las tecnologías son, en la famosa frase de
Marshall McLuhan, «extensiones del hombre». A menudo, según parece, nuestro
deseo es para un mayor potencial de destrucción. Por ejemplo, cuando soñamos
con extender las capacidades de la mano, a menudo es un arma lo que deseamos
añadir, como nos recuerda ver a un niño soplar el humo imaginario de la punta
del dedo que acaba de usar para disparar a su amigo. «Mi brazo derecho vuelve a
estar completo», exulta el barbero asesino Sweeney Todd mientras blande sus
queridas navajas en el musical de Stephen Sondheim. Pero una extensión
tecnológica parecida de la capacidad humana sirve para una finalidad más
benigna en Eduardo Manostijeras. El filme de Tim Burton
procede de arquetipos tradicionales como «El aprendiz de brujo», en el que hay
inventores que crean criaturas vivas mutantes, y en particular de la narración
alemana de Struwwelpeter, [162] un cuento amonestador acerca de un muchacho que nunca se corta las
uñas ni se peina. El relato sigue el camino convencional; al principio, Eduardo
no es comprendido, antes de realizar maravillas y ser finalmente aceptado por
lo que es. Muestra de qué manera la extensión física puede llevar
tranquilamente a una transformación personal más completa.
Mientras que Ovidio se basaba en cambios en los
tipos naturales, ahora la metamorfosis adopta una forma tecnológica. Sin
embargo, tanto las transformaciones naturales como las asistidas
artificialmente muestran nuestro compromiso con la invención interminable de
nuestro propio cuerpo. Con el auge de la biotecnología, podemos esperar ver una
convergencia de estos dos mundos, el mecánico y el orgánico, y una mayor
integración entre nuestro cuerpo natural y los rasgos con que lo extendemos.
Tal como observa McLuhan, nuestras extensiones
tecnológicas exigen nuestra obediencia. Nuestro cuerpo ha de convertirse en su
sirviente si a su vez nos han de ser útiles. Siento curiosidad por saber cómo
funciona esto en la vida real. Para descubrirlo, he preparado una visita a Jody
Cundy, un miembro del equipo paralímpico británico de ciclismo que posee varias
medallas de oro. Antes fue un nadador campeón del mundo, pero ahora goza de un
nivel no menos exaltado como ciclista. Al nacer, su pie derecho carecía de
tobillo y de pie, y terminaba con dos dedos al final de su tibia. Ahora utiliza
varias piernas protésicas, con versiones de alto rendimiento hechas de fibra de
carbono para usarlas en las competiciones. Éste es un grado de extensión. La
bicicleta de Jody, hecha también de fibra de carbono, es otro. Es su cuerpo,
más su pierna artificial, más la bicicleta que juntos son capaces de conseguir
velocidades con las que bate récords. Me intriga saber dónde termina «Jody» y
dónde empieza la tecnología.
Llego al Centro Nacional de Ciclismo de Manchester,
donde los atletas se entrenan para los Juegos Paralímpicos de 2012. Un gran
estandarte fuera del velódromo reza; «Persiguiendo la inmortalidad». Jody tiene
un cabello revuelto de color rubio rojizo y un comportamiento nada complicado,
expansivo. No es ninguna sorpresa saber que cuando no está en la pista se gana
la vida dando charlas motivacionales.
A Jody se le puso su primer miembro protésico a los
tres años de edad. Después, cada seis meses mientras creció, se requería una
nueva adaptación. Al principio se trataba de complicados artefactos metálicos
que tenían que fijarse al muslo mediante una especie de corsé de cuero y
alrededor de la cintura con un cinturón. «Papá tenía una caja de herramientas
para ajustar las piernas», recuerda Jody. La fijación actual es una gran
mejora. Tiene un manguito hecho a medida para acomodarse al muñón ahusado bajo
la rodilla de Jody y un revestimiento lubricado de silicona para crear un
sellado hermético. «La única vez que he tenido una pierna que realmente no noto
es con estas últimas, en las que el encaje es muy bueno», dice.
Jody empezó a correr en bicicleta como parte de un
régimen de adiestramiento físico para su natación. Pero un día un entrenador lo
vio correr por la pista y pensó que lo hacía como un ciclista innato. Jody tomó
la difícil decisión de cambiar los acontecimientos, y nunca volvió la vista
atrás. «Pasé de ser un novato completo a subirme a un podio en unos dieciocho
meses», me dice, mientras cambia imperturbable su pierna de «andar» por una
versión para correr en bicicleta, que tiene un clip integrado para encajar en
el pedal de la bicicleta.
Después de una breve charla con su entrenador
acerca del programa del día (quizá para intentar unas cuantas salidas y unas
cuantas aceleraciones), empieza con cuarenta vueltas de calentamiento. Una
motocicleta marca el ritmo, y los ciclistas siguen inmediatamente detrás en su
estela. Las vueltas de Jody tardan veintiséis segundos. El paso parece pausado,
pero calculo que ya se está desplazando a más de treinta kilómetros por hora.
Para cuando dé la última vuelta, irá a sesenta. Durante lo que los atletas llaman
un «esfuerzo», puede alcanzar los setenta kilómetros por hora.
La pierna normal de Jody está excepcionalmente bien
desarrollada, como cabría esperar de un ciclista de competición. Su pantorrilla
parece un jamón rechoncho. La pierna protésica junto a ella puede estar
esculpida para que parezca una pierna real (aunque sin la musculatura
exagerada), pero no funciona exactamente como ella. Las diferencias suponen que
Jody tiene que utilizar su cuerpo de manera distinta a como lo hacen otros
ciclistas, y ha de pensar de manera diferente, con el fin de producir las acciones
requeridas. Un ciclista en pista utiliza normalmente la articulación del
tobillo y los músculos de la parte inferior de la pierna para hacer subir el
pedal después de cada órbita circular (el pie está fijado al pedal). Sin
embargo, puesto que su pierna derecha carece de un tobillo que pivote
normalmente, para producir esta elevación Jody ha de usar en cambio un grupo de
músculos de su cadera (conocidos colectivamente como iliopsoas). La prótesis no
le proporciona ninguna ventaja en cuanto a potencia. En todo caso, Jody nota
que es su pierna izquierda normal la que es infatigable, simplemente porque
siempre es la derecha la que cede primero, limitada por la fortaleza no de los
músculos de la pantorrilla, sino por el cuádriceps de la parte superior de la
pierna derecha. Las pruebas de laboratorio demuestran que, aunque se cansa
primero, el iliopsoas derecho de Jody es en realidad más fuerte que el
izquierdo debido a la acción particular necesaria para que compense el hecho de
que por debajo de la rodilla no tiene ningún músculo.
Para la mayoría de nosotros, ir en bicicleta es
algo que hacemos sin pensar. Pero Jody ha de pensar en ello, tanto con el fin
de mejorar su rendimiento como en relación a su discapacidad. Cuando empuja
hacia abajo con su pierna izquierda, explica Jody, «tienes toda esta unidad que
quiere hacer su trabajo. Mientras que en la derecha, tengo este movimiento»;
dobla torpemente su cadera y levanta el muslo. «Es casi como si intentara
mantenerme en la parte interior de la pierna cuando subo. La parte más dura es rebasar
la parte inferior del pedal. Lucho con el mismo centro arriba y abajo. No
siento que consiga ninguna potencia.» Éstos son los puntos en la acción de
pedalear en los que el tobillo normalmente se doblaría y los músculos de la
parte inferior de la pierna estarían más atareados. Esto es especialmente
importante al inicio de una sesión. En los entrenamientos, la estrategia de
Jody para esto es «engañar al cuerpo para que aprenda a hacerlo rápidamente», y
después poder repetir el truco cuando progresivamente pasa a ejercicios cada
vez más fuertes, lo que hace cambiando repetidamente la marcha única de su
bicicleta de pista por marchas de una relación mayor.
La competencia principal de Jody es la prueba de
tiempo de un kilómetro, por la que ganó el oro en los Juegos Paralímpicos de
Pekín, en un tiempo de 1 minuto y 5,47 segundos, al ser lo suficientemente
larga para que el cuerpo comience a padecer y el lactato, un producto de la
degradación de la glucosa, que proporciona energía, empiece a acumularse
dolorosamente en los músculos. Puesto que durante la prueba es mucha la sangre
que se dirige hacia sus piernas, Jody encuentra que tiene que tenderse inmediatamente
después, con el fin de restablecer su equilibrio. «No puedes imaginar hacer
mucho más sin desmayarte», dice con emoción. Su observación me recuerda la
exploración que hace
Emma Redding del punto de agotamiento basado en la
danza.
El sentido de Jody de su propio cuerpo se altera
cuando corre en bicicleta. Normalmente, su envuelta corporal está definida por
su biología natural; termina donde acaba su cuerpo, en los límites literales de
su físico. Su pierna izquierda termina en los dedos, pero la derecha termina
justo debajo de la rodilla. Pero cuando lleva su pierna artificial, que pesa
mucho menos que la parte inferior de una pierna de carne y hueso, dice que
siente que pesa de manera desproporcionada, porque es una fijación inerte; hace
que sienta su pierna, en conjunto, un poco como un péndulo. A velocidades
bajas, Jody puede notar la diferencia en sus piernas. Sin embargo, cuando corre
a gran velocidad, la envuelta de su cuerpo se expande para incluir la prótesis
de fibra de carbono e incluso su bicicleta, que pesa algo menos de siete
kilogramos. «Nunca siento que hay algo al final del muñón», me dice. «Y al
estar hecha la pierna del mismo material que mi bicicleta, tienes esta
sensación de que pierna y bicicleta son una misma cosa. Lo sientes más cuando
aceleras, y la sensación de toda la fuerza que aplico a mi pierna protésica se
abre camino de manera inconsútil hasta la rueda de atrás. Es una sensación
asombrosa.»
Me ha resultado conveniente utilizar mi propia
bicicleta para ir del centro de Manchester hasta el velódromo. Cuando salgo de
éste, luce el sol. Mi yo que está menos que en forma y mi bicicleta de
tecnología simple apenas contribuyen a una armonía de hombre y máquina. Mi
velocidad es una modesta fracción de la de Jody. Para mí, la experiencia tiene
que ver más con estar al aire libre, moviéndome con libertad a través del
paisaje urbano, una capacidad extendida muy cercana a volar que es lo más que
la mayoría de nosotros conseguiremos nunca sin energía artificial.
En la era prometida de la autotransformación
(biológica, tecnológica, psicológica, química), ¿cómo nos sentimos realmente
acerca de la extensión de las capacidades de nuestro cuerpo? ¿Debería ser la
extensión claramente artificial, o idealmente debería ser indistinguible del
cuerpo patrón, unida en un organismo integral? Antes de optar por una u otra
posición, quizá valga la pena recordar que esta distinción ya está lejos de ser
clara. Tal como advierte tajantemente un bioético, incluso los que son propensos
a objetar que ya no seríamos nosotros mismos con dichas intervenciones, tienden
a ser «personas que llevan gafas, usan insulina y tienen caderas artificiales».
Una de las imágenes más frecuentes que tenemos de
entidades que pueden a la vez volar y vivir para siempre son los ángeles. Donde
yo vivo, en East Anglia, están clavados por docenas a los techos de sus grandes
iglesias como mariposas en los cajones de coleccionistas. Representan un estado
del ser que es inaccesible a los humanos de carne y hueso, pero evidentemente
un estado en el que nos gustaría vivir y experimentar por nosotros mismos. La
manera como se fijan las alas parece reflejar esta ambigüedad. En términos
estrictamente anatómicos, apenas es viable. Las alas suelen surgir de los
omóplatos (quizá la parte que sobresale de este hueso sugirió a los artistas
que primero desarrollaron tales imágenes un apéndice aviar desaparecido), pero
nunca hay indicación alguna de la voluminosa musculatura que sería necesaria
para accionarlas. Representan la idea del vuelo, pero no la
perspectiva realista del mismo.
Sabiamente, los artistas rara vez eligen pintar
ángeles que vuelen realmente. De hecho, la Biblia proporciona sólo uno de
dichos atisbos (cuando Daniel ve a «aquel varón, Gabriel... volando
rápidamente»), [163] y en general es ambivalente acerca de que los ángeles necesiten en
absoluto alas. Cuando cuadros y esculturas muestran alas, se han tomado
claramente de las aves, y se han aumentado proporcionalmente. Pero, como
extensiones del hombre, no pasan ninguna prueba práctica porque el artista
nunca aumenta el hueso y el músculo de manera que tenga sentido fisiológico. En
cambio, deberían ser consideradas realmente como emblemas del poder divino. Tal
como observó el autor y apologista cristiano C. S. Lewis, «A los demonios se
los ilustra con alas de murciélago, y a los ángeles buenos con alas de aves, no
porque nadie crea que el deterioro moral pueda transformar las plumas en
membrana, sino porque a la mayoría de los hombres les gustan más las aves que
los murciélagos. A todos se les dan alas con el fin de sugerir la ligereza de
la energía intelectual sin impedimentos. Se les da forma humana porque el
hombre es la única criatura racional que conocemos».
Mientras que los ángeles poseen forma humana y
poderes superhumanos, los robots son artefactos tecnológicos con poderes
humanos. Después de todo, han sido diseñados en su mayor parte para hacer
tareas que nosotros preferiríamos no hacer. Pero realizar tareas humanas no
requiere necesariamente una forma humana. Por ello resulta extraño descubrir
que, en la creciente comunidad de investigación en robótica, todavía existe una
inexplicable inclinación no sólo para modelar estos artefactos de manera muy
literal sobre lo que pueden hacer los humanos, y de la manera en que lo hacen,
sino también por conferirles aspecto humano. Leo, por ejemplo, acerca de
proyectos de crear robots que puedan empujar sillas de ruedas. Esto parece
errar el tiro; seguramente, la respuesta es una silla de ruedas «inteligente»,
y no una silla de ruedas convencional con una segunda máquina de aspecto humano
que la empuje. Puedo añadir que en R. U. R., de Karel Capek,
los robots adoptan forma humana, pero sólo porque su creador «carecía totalmente
de sentido del humor». A nuestra manera literal, nos vemos impulsados a modelar
tanto los ángeles como los robots a nuestra imagen porque la forma humana
proporciona el vehículo más convincente para describir las aspiraciones
humanas.
Por el momento, los robots nos divierten porque
parecen muy poco naturales a la hora de imitar nuestras acciones. En el futuro,
si los soñadores de la tecnología se salen con la suya, parecerán tan humanos
que no será cosa de reírse. El Valle Inquietante es el lugar en el que los
humanos empiezan a sentirse genuinamente incómodos ante la capacidad de algo de
parecer humano cuando no lo es. Este «valle», en realidad, es un camellón en un
gráfico lineal que relaciona el entusiasmo humano por los robots con su aspecto
cada vez más humano. La línea empieza alta, mientras es perfectamente claro que
los robots son sólo máquinas. Pero poco después de que se tornen tan realistas
que ya no podemos decir si son humanos o no, hay una caída; una fase en la que
simplemente parecen muy preocupantes. Hay otras creaciones extrañas que ya
pueblan el Valle Inquietante; por ejemplo, el Papá muerto de
Ron Mueck, con su
«piel» pálida y su pelo corporal, o las muñecas
hiperrealistas conocidas como reborns [164] que a veces las mujeres llevan como sustituto de un bebé que ya ha
crecido o de uno que no llegó nunca. Estamos aproximándonos rápidamente al
punto en el que tendremos que decidir si deberemos atravesar el Valle
Inquietante y compartir cada vez más nuestra vida con estas creaciones, o bien
dar media vuelta.
La serie de robots Geminoid creada por Hiroshi
Ishiguro, de la Universidad de Osaka, es quizá el pináculo del parecido humano
en robótica. La última versión de Ishiguro se ha modelado a partir de un colega
danés, Henrik Scharfe, y se presenta completa con piel, pelo, ojos que
parpadean y una barba incipiente, cerdosa y canosa, para ocultar sus entrañas
metálicas. La propia investigación de Scharfe, publicada recientemente, examina
cómo puede construirse la confianza en encuentros con su alter ego mecánico. Tales
innovaciones pueden representar apartarse de nuestras expectativas de libro de
cómics del aspecto que debiera tener un robot, pero es importante recordar que
los robots no fueron pensados originalmente como ayudantes de metal reluciente
con piernas cuadradas, ojos rojos y ruedas por pies. Tampoco el monstruo de
Frankenstein tuvo nunca un tornillo que le atravesara el cuello. El
primer Frankenstein ilustrado, una edición publicada en 1831,
trece años después de la original, muestra a la criatura aturdida y de aspecto
estúpido, pero con perfecta musculatura humana. Lo que se sugiere es vida
biológica, no alguna tosca recomposición mecánica.
En general, la tecnología tiene la costumbre de
realizar nuestros sueños de maneras distintas a como imaginamos que lo haría.
¿Queremos volar? No nos crecen alas de ángeles. En cambio, entramos en Google
Earth. Incluso un corazón artificial se parece más a un motor de pistones que a
un corazón real. Durante una de mis clases de dibujo anatómico me sorprendió
ver una pieza de tubo de plástico alojada en la maraña de vasos sanguíneos
dentro de la cavidad cardíaca de uno de los cadáveres. La línea recta y el color
uniforme de esta inserción quirúrgica contrastaban de manera muy evidente de
los colores y texturas variados del tejido circundante.
Ángeles y robots nos ayudan a pensar dónde se
encuentran realmente los límites entre lo humano y lo no humano (o lo
extrahumano). Así, ¿qué es lo que tendremos? ¿Añadidos tecnológicos
desvergonzados, como la pierna de Jody? ¿Tecnología hecha para que parezca
biológica, como robots con barba? ¿O directamente biología? Nuestras elecciones
dependerán de con qué nos sintamos cómodos, o quizá de con qué nos sintamos
menos incómodos. Es notable que los receptores potenciales de órganos suelen
preferir la idea de dispositivos mecánicos, mientras que sus cirujanos
prefieren los xenotrasplantes: trasplante de órganos o tejidos procedentes de
especies no humanas. Les gusta porque les permite continuar trabajando en el
medio familiar del tejido biológico. Si el resto de nosotros no nos sentimos
inclinados a pensar como ellos, puede ser que sea sólo la profesión médica la
culpable, como veremos en un momento.
Las especies híbridas que empezaron a aparecer en
los manuscritos miniados, en bestiarios y como gárgolas durante la época
medieval (y que incluían rasgos humanos, especialmente brazos y manos, así como
ojos y cara humanos, junto con los deseable atributos animales, como alas y
cola) no eran simplemente representaciones fantásticas de especies exóticas,
basadas en el juego de los disparates, ni la celebración excitada de la
biodiversidad con la que hoy podríamos interpretarlas fácilmente. Por el
contrario, estos híbridos entre el hombre y los animales buscaban comprender
los cambios en el hombre. La transformación física fantástica era la manera del
mundo premoderno de explorar la transformación psicológica real y llegar a un
acuerdo con ella. Es clave para nuestra comprensión de estas imágenes saber que
mientras que las apariencias externas de un personaje pueden cambiar, su
identidad se conserva. Es la misma persona, sólo que con distinto aspecto. El
nuevo aspecto revela el nuevo estado psicológico. Es lo mismo que en las Metamorfosis de
Ovidio. Cuando Júpiter viola a lo, y Juno castiga después a lo por adulterio
transformándola en una novilla blanca, ésta todavía es hermosa a su manera,
pero ahora se revela en su carácter bestial. Sigue siendo lo, y puede reconocer
a su padre, pero es lamentablemente incapaz de decirle que es ella, excepto
mediante las huellas de sus pezuñas hendidas, que dejan en el suelo las letras
10. En la Odisea de Homero, los hombres de Odiseo pierden un
año en su viaje de regreso a Ítaca deleitándose en la casa de Circe, que los
transforma en cerdos. En aspecto y comportamiento son cerdos, pero sus sentidos
y recuerdos son los que tuvieron como hombres.
En los relatos de metamorfosis se aplican normas
estrictas. Sin ellas, no resultaría demasiado claro qué grado de cambio
deberíamos considerar notable y digno de ser contado. Dichas normas
proporcionan asimismo un marco para la filosofía moral. Si un hombre lobo es,
como hemos visto, un hombre (con ojos humanos) en el cuerpo de un lobo,
entonces tiene los derechos y deberes de un hombre. Así pues, ¿hay que
considerar homicidio matar a un hombre lobo? Un hombre lobo que se come a un
humano, ¿es un caníbal? Reimaginar un encuentro dramático humano de formas como
éstas puede ayudar a resolver un dilema sobre cómo tratar de manera justa (para
la época) a la persona psicológicamente perturbada que ha cometido un crimen
terrible, por ejemplo.
Si la perturbación psicológica es una situación
difícil en la que cuerpo y mente pueden no hallarse ya alineados, el
xenotrasplante es otra. En 1984, una niña de cuatro años, Baby Fae, recibió el
corazón de un papión en una operación realizada en el Centro Médico
Universitario de Loma Linda, en California. Muy pronto se calificó de
«impropio» y «antinatural» el procedimiento, aunque iba a preparar el camino
para los trasplantes de órganos exitosos en niños. Aquí la norma ovidiana era
que un papión era lo bastante similar a un niño humano para que la operación de
trasplante valiera la pena desde el punto de vista biológico, y no obstante no
tan parecido para que sacrificarlo para el objetivo que se pretendía contara
como asesinato.
Sin embargo, no ayuda a tranquilizarnos que el
animal elegido para muchos procedimientos quirúrgicos sea cada vez más el
cerdo, un animal que, como Homero nos recuerda, llega hasta nosotros con una
historia cultural demasiado familiar. El animal nos recuerda lo peor de
nosotros mismos, con su glotonería y su promiscuidad, y su aspecto desnudo y
carnoso. Los científicos prefieren a los cerdos a otras especies porque tienen
un tamaño parecido a los humanos, a los que también se asemejan en algunos
aspectos inmunológicos, porque se reproducen rápidamente y porque, al ser
criados principalmente como alimento, están menos estrictamente regulados que
otros candidatos, como simios y monos, y plantean además menos escrúpulos
éticos. En resumen, el tabú del cerdo es más débil que el tabú del simio. Esta
preferencia parece «completamente peculiar desde un punto de vista lego», según
la antropóloga médica Lesley Sharp, porque también asociamos a los cerdos con
la inmundicia y la corrupción. Si la carne de cerdo se halla todavía sujeta a
prohibiciones dietarias en muchas religiones, ¿cómo podemos pensar en insertar
de manera permanente tejido de cerdo en el cuerpo? La misma adecuación del
cerdo en términos biológicos (su relativa cercanía en algunos aspectos a la
calidad de humano) es también su problema en términos culturales.
Con el fin de persuadir a los familiares de un
donante humano para que consientan un trasplante, el mensaje de promoción suele
ser que «la persona amada que se fue pueda “vivir” en otros». Por ello no
debiera suponer ninguna sorpresa que la gente empiece a plantearse qué cantidad
de un «donante» animal podrá asimismo «vivir» dentro de ellos. Las encuestas de
investigación producen algunas respuestas divertidas. Un sujeto observó que
sería «un poco extraño» tener el corazón de un papión. «¿Acaso empezaría yo a
enseñar los dientes y el trasero?» Tampoco es ninguna sorpresa encontrar que
los pacientes a los que les gusta explicar su cirugía de válvula cardíaca
suelen omitir mencionar que un cerdo es el origen de la válvula de recambio.
Si nuestro legendario entusiasmo para el
cruzamiento con otras especies parece habernos abandonado justo cuando se
convierte en una posibilidad médica, puede ser debido a que la ciencia se ha
hecho muy pocos favores. Hemos visto muchísimas pruebas de la facilidad con la
que pioneros médicos han empleado toda suerte de sujetos humanos y animales en
experimentos de trasplante a lo largo de las diferentes épocas. Pero quizá el
más notorio innovador moderno en este campo fue el pionero del tratamiento de
la «glándula de mono», Serge Voronoff, un personaje cuyas extrañas hazañas
inspiraron una excelente ficción satírica, una canción de Irving Berlin y un
cóctel aparentemente mortal de absenta y ginebra.
Voronoff nació en 1866 en Rusia, y realizó sus
investigaciones durante una larga carrera como cirujano en Francia. Pero su
inspiración le llegó de Egipto. Durante una prolongada estancia allí cuando
contaba la treintena, «hizo un gran número de observaciones personales en
hombres castrados». Estos eunucos tenían el aspecto, según su criterio, de
hallarse prematuramente envejecidos y parecían, en conjunto, morir
relativamente jóvenes. Pensó que se trataba «de algo más que de una mera
coincidencia» que los hombres que no se hallaban menoscabados de esta manera
continuaran siendo sexualmente activos a edad avanzada.
Voronoff razonó que si podía injertar en hombres
viejos tejido procedente de los órganos sexuales de jóvenes, eso podría
prolongar su vida. Estaba «fuera de cuestión» que obtuviera testículos humanos;
esto sería «una mutilación», señaló quizá con apenas un matiz de pesadumbre;
pero como se suele castrar al ganado doméstico, siempre había «material». Hizo
sus primeros experimentos en machos cabríos y toros, cortando sus testículos en
rebanadas de medio centímetro y después introduciéndolas en el escroto de los
animales receptores. Se utilizaban rebanadas con el fin de aumentar la
superficie de contacto entre el tejido del donante y el del receptor, con lo
que se promovía la vascularización, la formación de vasos sanguíneos necesarios
para que el injerto prendiera. Los animales generalmente sobrevivían. La
memoria de Voronoff de 1926 muestra orgullosamente fotografías de un toro
llamado Jacky y de la descendencia que fue capaz de producir después del
trasplante.
Sin embargo, antes de que se pudiera observar
ninguna prolongación real de la vida de este animal, Voronoff había pasado ya a
sujetos humanos. En su memoria deplora el hecho de que la ley no permita a los
voluntarios donar uno de sus testículos; el testículo restante acabaría de
hecho por producir la mayor parte del trabajo de ambos, tal como ocurre con el
riñón restante de un donante, e incluso como puede hacer una mitad del cerebro
si la otra se lesiona. En cambio, aunque el desgraciado accidente ocasional
puede proporcionar un órgano inesperado, se siente consternado al descubrir que
tiene que «recurrir a simios». En diciembre de 1913, Voronoff había injertado
con éxito una glándula tiroides tomada de un chimpancé a un niño con una
condición hipotiroidea. Seis meses después, pudo presentar triunfalmente al
niño ante la Academia Francesa de Medicina. «Gracias a su injerto, todos los
síntomas... han desaparecido y el niño, que anteriormente era tan retardado que
se hallaba casi reducido al nivel animal, ha recuperado su inteligencia y su
crecimiento normal», escribió Voronoff posteriormente. «La prueba de esta
afirmación reside en el hecho de que cuatro años después, cuando tenía
dieciocho de edad, el joven Jean, al que yo había conocido en 1913 como un pobre
y pequeño imbécil, que tenía sólo un cerebro rudimentario y el cuerpo de un
niño de ocho años, fue encontrado apto para el servicio militar y cumplió con
su deber en las trincheras de la manera más valiente.» Animado por este éxito,
Voronoff realizó a lo largo de la década siguiente cientos de injertos en
sujetos humanos de glándulas sexuales de simios, así como, al menos en un caso,
utilizando testículos humanos. También intentó injertos de ovario en mujeres,
al insertar los ovarios de monos de preferencia en los labios externos de la
vagina, en un esfuerzo por restaurar la función hormonal, si no la capacidad
completa para la ovulación.
Según él mismo, el método fue un triunfo. En 1923,
por ejemplo, un caballero inglés de ochenta y tres años se benefició de la
cirugía de Voronoff, «a pesar del hecho de que tuvo la temeridad de abandonar
mi clínica en Auteuil media hora después de la operación, con el fin de volver
a su casa en automóvil». Por la época en que Voronoff contaba estos logros, el
hombre tenía ochenta y cinco años y, a juzgar por las fotografías de antes y
después, se hallaba en mejor condición que nunca. Otro paciente inglés aparece
repantigado y aburrido en una fotografía que se le tomó a los setenta y cuatro
años de edad; a los setenta y siete, se le ve corriendo hacia la cámara con
botines.
Pero el momento de Voronoff pasó, y su muerte unos
treinta años después de estos experimentos pasó casi inadvertida. Sobrevive en
creaciones de ficción como el ambicioso doctor Obispo en la novela de Aldous
Huxley Viejo muere el cisne, [165] que espera explotar la longevidad de la carpa para prolongar la
vida de su patrón californiano, un millonario del estilo de Hearst, y como el
profesor Preobrazhensky, en Corazón de perro, de Mijaíl
Bulgakov, que implanta testículos humanos y una glándula pituitaria a un perro
callejero. El perro adquiere rápidamente las peores características tanto del
perro como del hombre, con lo que satiriza el comportamiento esperado por el
partido comunista del «nuevo ciudadano soviético».
La misión desesperada de Serge Voronoff nos
recuerda que quizá la mayor de las extensiones humanas sería una vida
extendida. ¿Quién no optaría por unos cuantos años más (o décadas) de vida
saludable?
Hay dos fuerzas poderosas detrás de este
pensamiento, una de atracción, la otra de repulsión. La primera es la tentadora
perspectiva de continuar el aumento de longevidad de que ha gozado la humanidad
desde la aparición de la ciencia moderna. La edad a la que podemos esperar
morir se ha triplicado a lo largo del decurso de la historia humana. En 1750,
un sueco (los suecos han conservado los mejores archivos históricos de
mortalidad) podía esperar vivir hasta los treinta y ocho años de edad. Desde
1950, los americanos han añadido a su vida nueve años en promedio. En Gran
Bretaña, la esperanza de vida aumentó en casi dos años completos durante
únicamente ocho años de la última década. En la mayor parte del mundo
desarrollado, la esperanza de vida se encuentra ahora alrededor de los ochenta
años. Esta tasa de aumento es relativamente constante, y se debate acerca de
cuándo (o si) se detendrá.
El segundo factor es, desde luego, el espectro de
la muerte. Tal como observa el cirujano y escritor americano Sherwin Nuland, en
la actualidad a nadie se le permite morir simplemente de edad avanzada. Los
departamentos de sanidad de los gobiernos nacionales y la Organización Mundial
de la Salud llevan estadísticas que requieren que, en todos los casos, se
indique la causa de muerte. «A todo el mundo se le pide que muera de una
entidad con nombre.» Es evidente que estos datos son útiles para los planificadores
de la asistencia médica y los actuarios de seguros, que necesitan saber los
riesgos de mortalidad debidos a condiciones médicas y accidentes. Pero ¿todas las
muertes? ¿Qué es lo que hay realmente detrás de esta ansia de adscribir una
causa? ¿De qué compensa saber la causa de la muerte? ¿Qué dice
acerca de la manera en que tratamos la muerte? Es evidente que su efecto es
hacemos pensar en la muerte como si se tratara de un accidente, como algo que
puede prevenirse (quizá incluso evitarse totalmente), sólo con que seamos lo
bastante cuidadosos. Morir a la edad de ochenta y cinco años, por decir algo,
puede parecer que pide pocas explicaciones. Pero morir a los ochenta y cinco
años de edad como resultado de complicaciones después de una caída (que resulta
ser exactamente la manera como Serge Voronoff encontró su fin) plantea una
serie de preguntas. ¿Cómo cayó? ¿Podría haberse evitado esta caída? ¿Cuáles
fueron las complicaciones? ¿Se podrían haber evitado? ¿Qué hubiera ocurrido si
no hubiera caído? ¿Cuánto tiempo más hubiera vivido?
A los visionarios de hoy en día no les basta
extender la vida un poquitín. Quieren extenderla mucho. Y creen hallarse muy
cerca de tener las herramientas científicas para hacerlo. Su enfoque no es ya
el de añadir un año aquí y otro allí sobre la base de lo que puedan extraer,
intelectual o quirúrgicamente, de humanos o animales de vida excepcionalmente
prolongada. Su pensamiento es totalmente más atrevido, y ciertamente hostil a
la filosofía tradicional de la biología. En resumen, consideran que la muerte es
un fallo técnico. Su proyecto es identificar las causas de este fallo, y
después inventar los medios para eliminar estas causas de una en una. Por esto,
se han ganado el nombre de transhumanistas o, más específicamente, de
inmortalistas.
El más pintoresco y controvertido de esta nueva
raza de pensadores es Aubrey de Grey, que es el cofundador de la Fundación
SENS. SENS son las siglas de Estrategias para una Senescencia Planeada y
Negligible. [166] De Grey trabajaba anteriormente en el departamento de genética de
la Universidad de Cambridge, algo que ha conferido a su proyecto una apariencia
de credibilidad que no se merece totalmente. En realidad, es un informático, y
trabajaba en aquel departamento en esta calidad, y sólo se interesó por la
genética cuando se casó con una genetista del departamento.
Nos encontramos en un bar a la orilla del río,
lejos del centro académico de Cambridge. Dejando aparte la pinta de cerveza que
sostiene en la mano, Aubrey tiene todo el aspecto de un gurú, completo con una
barba que le llega al ombligo y que acaricia pensativamente mientras se lanza a
un resumen bien ensayado de su ascenso a la celebridad. Sus primeros artículos
teóricos, publicados en revistas especializadas de gerontología, dieron origen
a la teoría del envejecimiento debido a los radicales libres, que sostiene que
el envejecimiento puede atribuirse a lesiones progresivas a las células del
cuerpo infligidas por oxidantes y otros radicales libres (moléculas con
electrones impares). De Grey propuso un intrincado mecanismo por el que ADN
mitocondrial mutante (el ADN situado dentro de lo que son efectivamente las
salas de máquinas de cada célula) impide la capacidad de la célula de
encargarse del ataque de radicales libres. Amplió su tesis en un libro, y por
su solidez le fue concedido un doctorado en 2000. Pero entonces reconoció que
el ADN mitocondrial era sólo uno de los factores posibles implicados en el
envejecimiento, no su única causa. Sus especulaciones se hicieron más amplias
en su alcance, y más polémicas. Empezó a publicar artículos con títulos provocativos,
tales como «El planteamiento de un ingeniero al desarrollo de una medicina
antiedad real» y «¿Es todavía el envejecimiento humano lo bastante misterioso
para dejarlo únicamente a los científicos?». Se atrevió no sólo a discutir la
detención del envejecimiento, sino de invertirlo realmente, y de hacerlo «en
cosa de décadas». Esta atrevida promesa lo lanzó al circuito de congresos
internacionales, en el que prosperó. Su afirmación posterior de que pronto
podríamos esperar vivir hasta los 1.000 años de edad fue muy repetida en los
medios; rápidamente lo redondeó para sugerir, de manera excitada, que la
primera persona destinada a vivir hasta los 1.000 ya podría estar viva ahora.
Y, aun así, me dice Aubrey, «las predicciones
acerca de la longevidad son las cosas menos polémicas que digo». Lo que
realmente le metió en problemas fue que listó los descubrimientos que será
necesario hacer con el fin de que podamos vivir un par más de décadas, después
de lo cual, afirma alegremente, prolongar todavía más la vida resultará mucho
más fácil. Hay siete causas de muerte en la lista, la mayoría de las cuales
tienen que ver con la sustitución o no de células del cuerpo y con su
contaminación o lesión por factores externos, todas y cada una de las cuales
tendrán que ser abordadas con éxito si es que la vida humana ha de prolongarse
de manera significativa. La lista de deseos hizo que el proyecto de De Grey
pareciera práctico, y esto preocupó a los investigadores biológicos ortodoxos,
que empezaron a parecer que hacían muy poco para mejorar nuestras
probabilidades de vida. «Pongo a la gente en una posición muy conflictiva. No
pueden ver un fallo en mi argumentación. Tienen un miedo terrible de que yo
pueda estar en lo cierto», me dice Aubrey.
Las estructuras que De Grey ha reunido a su
alrededor sugieren asimismo una seriedad de objetivos. Ayudó a establecer la
Fundación SENS (basada en la optimista California, no en Cambridge) para que
pagara investigaciones sobre la prevención del envejecimiento utilizando
donaciones benéficas, e instituyó el Premio del Ratón Matusalén, una recompensa
para científicos que consigan extender la longevidad de ratones de laboratorio.
Los donantes van desde ingenieros a lectores de ciencia ficción, desde fanáticos
de la buena forma física hasta los que donan dinero en recuerdo de seres
queridos fallecidos.
Quizá la investigación científica principal ha sido
laxa. Pero encuentro que Aubrey es igualmente despectivo hacia la cultura
popular. La ciencia ficción dedicada a la idea de una duración extendida de la
vida provoca una ira sorprendente. «Está claro que su especulación es sólo para
el entretenimiento», dice. Esto envía el mensaje implícito de que la muerte es
aceptable. «Considero que es absolutamente trágico y pasmoso. Ahora que la
biotecnología nos ha puesto a una distancia de tiro adecuada, todo este asunto
de la negación es más importante. El origen de la negación es el puro terror.
Es universal desde el punto de vista de la cultura. Sólo las personas que
trabajan en biogerontología no lo comparten. Tienen otras razones para tenerme
antipatía», añade Aubrey en broma.
De Grey vio el lado feo de la organización
científica en 2005, cuando Technology Review, una respetable
revista del Instituto de
Tecnología de Massachusetts, encargó un perfil de
De Grey a Sherwin Nuland, quien, como ya hemos visto, está del lado de los que
De Grey califica despectivamente de «defensores del envejecimiento». En
contraste con el idealismo visionario de De Grey, el tono de Nuland era sabio,
magistral... y fatalista; se conformaba con ver que la duración de la vida
humana se nivelara a «un máximo biológicamente probable» de 120 años. El
artículo estaba precedido por un editorial mal concebido que suponía un ataque
ofensivo y ad hominem a De Grey. Pero tales ataques
simplemente hacen aparecer la autoimagen de De Grey como un disidente acosado
pero honrado. «Ahora mismo, me encuentro al menos en la fase tres y media de
Gandhi», dice.
Lo que une a De Grey con Voronoff y cualquier otro
científico que busque extender la vida es el hecho que, al nivel de las
células, hay efectivamente inmortalidad. No todas las células mueren. En
particular, las células germinales muestran lo que se conoce como «inmortalidad
biológica». Por qué ello es así mientras que otras células perecen sigue siendo
el objetivo de muchas investigaciones. Consciente de ello, el biólogo del
desarrollo Lewis Wolpert (un hombre del que no puede decirse que eluda la controversia
en defensa del racionalismo científico) resulta ser sorprendentemente tolerante
en su juicio de los inmortalistas. No cree que vayan a tener éxito, pero no los
descarta como «chiflados», a diferencia de los editores de Technology
Review, que utilizaron este término en su portada. Las células
germinales (el óvulo y el espermatozoide) no envejecen, y son sólo las células
creadas posteriormente en el embrión en desarrollo las que son mortales. «Así,
en potencia», concedió Wolpert en la BBC Radio en 2011, «todas las causas de
muerte son antinaturales».
Tengo la impresión de que nada irrita más a Aubrey
de Grey que esta réplica recurrente: sí, pero ¿qué haremos con todo el tiempo
adicional? «Los eruditos se toman desconcertantes al respecto», dice. Pero no
es en absoluto un asunto trivial. La extensión humana no tiene sentido a menos
que se dirija hacia un objetivo. Utilizamos nuestras extensiones tecnológicas
para ir más deprisa, para saltar más alto, para ver el mundo de una manera
diferente. De modo que, ¿para qué prolongar la vida? ¿Qué nos proporcionará que
no tengamos ya? Insisto en la pregunta. ¿Qué supondrá para usted personalmente?
Aubrey se esfuerza por pensar imaginativamente acerca de lo que podría hacer.
«Es completamente absurdo tomar decisiones», farfulla. «¿Más tiempo para hacer
qué? No tengo ni la más remota idea. Y ésta es la cuestión. Hasta ahora, mi
vida ha sido relativamente impredecible, y esto es perfecto. Se trata de
tiempo adicional. Pero el tiempo adicional es un beneficio colateral. Todo el
asunto es sobre la salud. Mis motivos son humanitarios.
«Si desde el punto de vista biológico todavía
tienes treinta años a la edad de ochenta y cinco, el golf perderá su novedad»,
continúa con una sonrisa. «De modo que hay la posibilidad de probar otras
cosas. Las carreras y las relaciones en serie son ahora mucho más la norma, de
modo que esto simplemente extiende una pauta.» Después intenta resumirlo con un
chiste: «¡Tantas mujeres, tanto tiempo!». Se trata evidentemente de una frase
publicitaria que le gusta, y posteriormente descubro que la ha estado usando
durante años. Pero deja al descubierto la gran cuestión que él no considera.
Vivimos para siempre al tener hijos.
Quizá no alcancen conclusiones que gusten a De
Grey, pero considero que muchos de nuestros relatos exploran la longevidad
extendida con considerable sutileza. Los personajes de edad muy avanzada han
sido siempre personajes esenciales. En la Biblia, Matusalén vivió 969 años.
Entiendo que ésta es una exageración comprensible. En épocas anteriores, en las
que la mayoría de la gente moría antes de alcanzar los treinta años de edad,
unos pocos sobrevivían sin embargo hasta duplicar o triplicar dicha edad. En la
actualidad no ocurre esto: la mayoría morimos alrededor de la misma edad, y
entre nosotros no existe una representación equivalente de personas que
alcancen los 150 o 200 años. En realidad, esta diferencia estadística podría
tomarse como un indicio de que hay menos campo para extender la vida humana de
lo que De Grey piensa.
La edad de Matusalén se da en el génesis más o
menos como una cuestión de récord. Sin embargo, en narraciones más recientes
los personajes de avanzada edad se utilizan para dramatizar los dilemas morales
del envejecimiento y la mortalidad. Anticipan algunas de las cuestiones
sociales y económicas a las que se enfrentan los gerontólogos modernos. Por
ejemplo, los struldbrugs de Los viajes de Gulliver envejecen
pero no mueren, y por lo tanto tienen que ser declarados legalmente muertos
para evitar que acumulen las riquezas de que podrían gozar las generaciones más
jóvenes.
Pero el relato que más exactamente capta la
situación hipotética que imaginan De Grey y sus colegas de una duración de la
vida muy extendida (pero quizá no de manera infinita), y de una juventud
extendida en lugar de una vejez prolongada, es El caso
Makropulos, [167] la obra de teatro de 1922 de Karel Capek, que posteriormente Leos
Janácek adaptó como una ópera. El secreto del título es una fórmula
desarrollada en 1601 por un tal Hieronymus Makropulos para su patrón, el
emperador Rodolfo II, que puede prolongar la vida en 300 años. Temiendo que
pueda ser envenenado, Rodolfo le pide a Makropulos que pruebe la pócima primero
en su hija de dieciséis años, Elina. La acción de la obra, sin embargo, empieza
en 1922 en Praga, donde hace casi un siglo que se arrastra un complejo caso
legal. La encantadora cantante Emilia Marty es un testigo clave, y resulta
tener una extraña familiaridad con aspectos muy antiguos del caso, relacionados
en particular con una serie de mujeres, todas ellas con las iniciales E. M.
Finalmente, Emilia cuenta su historia: es Elina, nacida en 1585, y desde
entonces ha vivido todos estos siglos, cambiando periódicamente de nombre para
evitar sospechas en relación a su edad, y dejando tras ella una estela de
admiradores heridos de amor. Ahora, como la cínica Emilia Marty, cansada de la
vida pero temerosa de la muerte, es la única que sabe dónde está escondida la
fórmula, y necesita rellenar el depósito si es que ha de sobrevivir más tiempo.
Pero al final elige olvidar la posibilidad de renovar su vida, y entrega la
fórmula. Los protagonistas y los abogados del caso la rechazan, y finalmente la
pasan a la joven hija del asistente legal, que aspira a ser una cantante y
tiene la misma edad que tenía Elina cuando ingirió la pócima. Sin dudarlo,
quema la fórmula y Emilia / Elina expira finalmente a la edad espléndida de 337
años.
Cuando Janácek vio la obra teatral, él mismo se
hallaba en el fructífero otoño de su carrera, rejuvenecido por su pasión por
una mujer mucho más joven, Kamila Stósslová. Inmediatamente se dispuso a
adaptar la inteligente comedia de ideas de Capek y a transformarla en una
emotiva tragedia personal. «Somos felices porque sabemos que nuestra vida no es
larga», le comentó a Kamila. «Esta mujer (la belleza de 337 años) ya no tenía
corazón.»
El tema de Capek lo retoma el filósofo Bemard
Williams en un ensayo «sobre el tedio de la inmortalidad». Williams no piensa
en absoluto que la existencia de E. M. haya perdido todo el sentido. «Cuanto
más se piensa de alguna manera realista en las condiciones de la vida
inacabable de E. M., menos parece una simple contingencia que se congelara como
lo hizo», escribe. Para De Grey, este tipo de conversación es simple
derrotismo; y resulta interesante señalar, de paso, que Williams tiene cuidado
de no ser arrastrado a lo que podría ser una edad adecuada para que empiece la
congelación. Caer en ello pondría al descubierto la debilidad de su
argumentación y la fuerza del proyecto de los inmortalistas.
Desde luego, el aburrimiento es una pobre respuesta
a las oportunidades que la vida ofrece en cualquier edad. E. M. ha vivido como
varios personajes, y se ha cansado de cada uno de ellos. Ha intentado las
relaciones en serie que De Grey anhela, y ha descubierto que incluso éstas son
deficientes. Pero si tenemos realmente una lista de cosas que planeamos hacer
en nuestro próximo siglo (hacer el amor con amantes hermosos o bellas, escribir
aquella novela, ganar una medalla de oro olímpica, el lector puede hacer su
propia lista), hemos de preguntamos por qué no estamos haciendo cada una de
estas cosas ahora, mientras tengamos claramente la oportunidad. Las respuestas
son distintas en cada caso, y algunas de ellas pueden sorprendemos.
Epílogo: De vuelta al hogar
Mientras escribía este libro me he visto
interrumpido de vez en cuando por noticias de exposiciones públicas con nombres
tales como «Humano+», «Superhumano», e incluso por la publicación de un libro
titulado, de manera enigmática, pero supongo que audaz, Humanity 2.0. He
descubierto que los términos «posthumano» y «transhumano» no se hallan
ciertamente confinados al género de la ciencia ficción. He leído que nuestra
propia carne está en juego «en nuestra época posthumana», y que las «fronteras
entre lo humano y lo no humano se han traspasado completamente». Otro libro
lleva el siguiente subtítulo (¿optimista?, ¿amenazador?): When Humans
Transcend Biology. [168]
Pero también he leído acerca de la «mejora» y la
«optimización» del cuerpo biológico humano... aunque a menudo con poco sentido
de la dirección en la que se encuentra la mejora. He visto cómo la disciplina
emergente de la biología sintética (utilizar un conjunto de tecnologías que
permiten la fabricación de dispositivos biológicos funcionales a partir de
materiales de partida artificiales) está animando no sólo a los científicos de
la vida, sino también a ingenieros y diseñadores, a especular en términos cada
vez más prácticos sobre el tipo de cambios que podríamos hacer. «La definición
de “humano” se expandirá», afirma un manifiesto nada atípico. «Los hijos de
nuestros hijos no se parecerán en nada a nosotros. Y ello será por diseño.»
Lo que encuentro asombroso en la retórica de ambos
grupos (los trascendedores del cuerpo y los transformadores del cuerpo) es su
adopción acrítica del lenguaje de la cultura consumista, con su implicación de
que nuestro propio cuerpo es una mercancía que se puede encargar y elegir,
comprarla y venderla, e incluso devolverla a la tienda si no nos gusta. Este
lenguaje está distorsionado en particular por la jerga publicitaria que se
utiliza para vender tecnología digital. El cuerpo como máquina cartesiana se ha
reinterpretado a la luz tanto de la ciencia médica moderna como del desarrollo
de la inteligencia artificial, para convertirse en el cuerpo como ordenador.
Vemos levantado frente a nosotros un nuevo cuerpo al que se nos invita a
describir no en partes, sino, por así decirlo, en bits. La hipótesis no
formulada detrás de este reposicionamiento es que a nuestra especie ya le toca
una modernización, y se la merece.
Mientras que los inmortalistas buscan simplemente
maneras de vivir durante más tiempo o para siempre en nuestro propio cuerpo,
los transhumanistas desdeñan totalmente la existencia corpórea, y desean
escapar de ella. Su objetivo es poder «descargar» nuestra mente a alguna gran
red etérea, y ya no depender de la carne en absoluto, o si a eso vamos de la
biosfera necesaria para sostenerla. (Hasta donde he podido averiguar, los que
proponen estas fantasías son en su totalidad hombres; en cambio, gran parte de la
filosofía de la corporealidad que más da que pensar procede de mujeres, que
parecen más contentas —o resignadas— a seguir viviendo la vida dentro del
cuerpo que se nos ha dado.)
Nada de esto es nuevo. La idea de que el cuerpo es
la prisión del alma se remonta en el tiempo mucho más allá de descartes, hasta
la filosofía platónica. Por lo tanto, la excitación actual sobre la mente
separada del cuerpo no puede atribuirse únicamente al momento tecnológico en el
que nos encontramos. Habla más de una incomodidad aguda y de una insatisfacción
con el cuerpo. La ciencia refleja esta incomodidad con su inexorable reducción
del foco sobre los componentes cada vez más pequeños de nuestra existencia
biológica. Los artistas lo viven de una manera diferente, explotando nuestras
ansiedades corpóreas con un nuevo giro al arte figurativo y a proyectos
híbridos para crear arte de tejido y «organismos semivivos». Al mismo tiempo,
cualquier exhibición pública de cuerpos humanos reales, con cualquier
propósito, y en cualquier estado de preparación o descomposición, genera
controversia.
La inferencia de que el cuerpo es una simple
molestia nos separa más que nunca de cualquier reconciliación significativa
entre cuerpo y mente. ¿Aspiramos realmente a escapar del cuerpo? Y, si es así,
¿adonde? ¿A un lugar mejor, un lugar seguro, un lugar de orden y regularidad,
un lugar de desempeño fiable y predecible? Este sueño no es una extensión de la
vida humana, sino una negación de su naturaleza real. Pretende que nuestra
mente es una máquina de nuestro propio y brillante diseño: estamos tan embelesados
con los ordenadores que hemos inventado que da la impresión de que queremos ser
más como ellos. Esto olvida convenientemente que nuestra mente también es
biológica, y que reside en nuestro cuerpo, del que depende.
No hay escapatoria. Pero ello no significa que
debamos considerar como una prisión lo que en realidad es nuestro hogar. Es un
lugar magnífico.
Agradecimientos
Nuestras actitudes hacia el cuerpo humano son tan
confusas y conflictivas que en muchas ocasiones, durante la investigación para
este libro, me encontré el paso impedido a cosas que yo sentía que tenía que
ver y experimentar; impedido, ostensiblemente, por la normativa, pero en
realidad por tímidos porteros que no querían tomarse la molestia de abrir sus
recursos a la mirada de un extraño. Por ello, estoy muy agradecido a los pocos
que estuvieron dispuestos, ante tales restricciones lamentables, a concederme
un acceso privilegiado para ver lo que en realidad es nuestro mundo corpóreo.
Estoy agradecido, ante todo, a Sarah Simblet, de la Escuela Ruskin de Dibujo y
Bellas Artes, que me permitió unirme a sus clases de dibujo anatómico, y a John
Morris, profesor de anatomía humana de la Universidad de Oxford, en cuyo
departamento tiene lugar esta actividad singularmente informativa.
Ken Amold fue quien me presentó a Sarah, y sin ello
este libro ni siquiera se hubiera empezado. Una vez más, estoy totalmente en
deuda con él y sus colegas de la Colección Wellcome, James Peto, Lisa Jamieson,
Rosie Tooby y Elayne Hodgson, por su ayuda y conocimientos. En 2009, tuvieron
la amabilidad de invitarme a ser el comisario de una exposición titulada
«Identidad: Ocho habitaciones, nueve vidas». He tomado prestado con avidez
material correspondiente a algunas de las vidas que allí presentamos. Estoy inmensamente
agradecido a April Ashley, que nos permitió contar la notable historia de su
reasignación de género en aquella exposición, y que he vuelto a explicar
brevemente aquí. También estoy agradecido a Ruth Garde, que ahondó en la
literatura frenológica, de la que consiguió muchos tesoros, de algunos de los
cuales también me sirvo, y de los diferentes neurocientíficos cuyas imágenes de
fMRI [169] del cerebro se presentaron en aquella exposición. Una pequeña
parte del capítulo que trata del cerebro se ha adaptado de un ensayo que
escribí para el catálogo de aquella exposición, Identity and
Identification (2009).
Éste es el primer libro que he escrito sobre
ciencias de la vida, y uno de los principales placeres asociados con ello ha
sido mi descubrimiento de la Biblioteca Wellcome. Allí fui guiado
imaginativamente por William Schupbach, Simón Chaplin, Ross Macfarlane,
Christopher Hilton y Lesley Hall. Diana Wood, de la biblioteca del Museo
Fitzwilliam, y el personal de la Biblioteca de la Universidad de Cambridge
proporcionaron asimismo ayuda.
Quisiera también dar las gracias a Fay Bound
Alberti, Sam Alberti y sus colegas Carina Phillips, Tony Lander y Martyn Cooke,
del Colegio Real de Cirujanos; Santiago Álvarez, Vittorio y Enrica Norzi,
Andrea Sella, Erik Spiekermann, Luba Vikhanski, Barbora Kolácková y Jana
Vokacova, quienes respondieron de forma entusiasta a mi solicitud de locuciones
corporales en idiomas distintos del inglés; Derek Batty, Sarah-Jayne Blakemore,
Barry Bogin, Serena Box, Vicki Bruce, Edwin Buijsen, de la Mauritshuis; Deborah
Bull y Molly Rosenberg, de la Royal Opera House; Chris Burgoyne, Gemma Calvert,
Emily Campbell, Emma Chambers, Alex Clarke, Jody Cundy, Chris Furber e Iga
Kowalska-Owen, del equipo paralímpico británico de ciclismo; Andrew Douds, Alan
Eaton, William Edwards, del Museo Gordon; Pascal Ennaert, del Museo Groeninge;
Mattie Faint, Chris Frith, David Gault, Roderick Gordon, Michael John Gorman y
Brigid Lanigan, de la Science Gallery, de Dublín; Daniel Green, Gary Green y
Sam Johnson, del Centro de Neuroimagiología de York; Aubrey de Grey, Annabel
Huxley, Karen Ingham, Jim Kennedy, Tobie Kerridge, Vivienne Lo, Natasha
McEnroe, James Neuberger, Helen O’Connell, Deborah Padfield, James Partridge,
David Perrett, Wolfgang Pirsig, Emma Redding y sus colegas Mary Ann Hushlak,
Sarah Chin y Luke Pell, del Centro Laban; Keith Roberts, Laura Bowater, Hope
Gangata y David Heylings, de la Universidad de East Anglia; Nichola Rumsey,
Volker Scheid, Don Shelton, Jim Smith, Charles Spence, Lindsay y Justin Stead,
Viren Swami, Julián Vincent, Crawford White, Fiona Wollocombe, Duncan X y Blue
de Into You. Confieso que la idea de la ilustración para la página de la
dedicatoria se la robé a Ruth Richardson.
Doy gustosamente las gracias a mi agente Antony
Topping, mi editor Will Hammond, al revisor de mi texto original, David Watson,
y a mi esposa, Moira, y mi hijo, Sam, que de nuevo me han soportado mientras yo
me esforzaba por aprender alguna cosa de un tema sobre el que, como la mayoría
de nosotros, sabía y todavía sé tan poco.
Hugh Aldersey-Williams
Norfolk, julio de 2012
Referencias y bibliografía selecta
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Lista de ilustraciones
Figura 1. Grabado de un corazón humano y de los vasos
sanguíneos cardíacos, posiblemente de Bartolomeo Eustachio, 1717. Wellcome
Library, Londres.
Figura 2. Rembrandt van Rijn, La lección de
anatomía del doctor Tulp, 1632. Gabinete Real de Pinturas, Mauritshuis, La
Haya.
Figura 3. Grabado, plano de la ciudad de Zamosc, Polonia, de
Georg Braun y Franz Hogenberg, Civitates Orbis Terrarum, volumen
6, 1617. Copyright © ullstein bild / TopFoto.
Figura 4. Le Corbusier, «Le Modulor», 1945. Copyright O FLC /
DACS 2012.
Figura 5. Radiografía de Wilhelm Róntgen de la mano de su
esposa, 1895. Science Museum, Londres, Wellcome Images.
Figura 6. Grabado en madera de Andreas Vesalio de su De
Humani Corpoñs Fabrica, 1543. Wellcome Library, Londres.
Figura 7. Grabado en boj de Vesalio de su De Humani
Corporis Fabrica, 1543. Wellcome Library, Londres.
Figura 8. Francis Galton, «Specimens of Composite
Portraiture», 1883. Wellcome Library, Londres.
Figura 9. Cráneo humano que muestra veintisiete
«órganos» del cerebro, de Franz Joseph Gall y Johann Caspar Spurzheim, Anatomie
et physiologie du systéme nerveux et général, 1810. Wellcome Library,
Londres.
Figura 10a. Homúnculos corticales (sensorial) de Penfield
y Rasmussen, The Cerebral Cortex ofMan, 1950, figs. 114 y 115.
Wellcome Library, Londres.
Figura 10b. Homúnculos corticales (motor) de Penfield y
Rasmussen, The Cerebral Cortex ofMan, 1950, figs. 114 y 115.
Wellcome Library, Londres.
Figura 11. Hieronymus Bosch, El jardín de las
delicias: Infierno, hacia 1500- 1505 (detalle). El Prado / Giraudon /
The Bridgeman Art Libraiy.
Figura 12. René Descartes, esquema en sección del ojo,
de La Dioptrique, 1637. Wellcome Library, Londres.
Figura 13 . Rembrandt van Rijn, La lección de
anatomía del doctor Tulp, 1632 (detalle). Gabinete Real de Pinturas,
Mauritshuis, La Haya.
Figura 14. Grabados de gfestos de las manos de John
Bulwe, Chirologia, 1644, pág. 151. Wellcome Library, Londres.
Figura 15. Placa fijada en la nave espacial Pioneer
10, 1972. NASA.
Notas al pie de página
[1] Gimnasia cerebral, ejercicios de quinesiología educativa
destinados a mejorar habilidades cognitivas o tratar disfunciones
mentales. (N. del T.)
[2] [Come bringyour sampler, and with art/Draw in't a
wounded heart]
[3] Fantastic Voyage, de Richard Fleischer. (N.
del T.)
[4] Este propósito del autor puede ser adecuado en lengua inglesa,
pero no lo es tanto en español, lengua romance que ha incorporado sin esfuerzo
al idioma vulgar la mayor parte de términos anatómicos cultos. En la traducción
se ha intentado seguir la pauta del autor, aunque sin forzar excesivamente el
discurso. (N. del T.)
[5] En la mayoría de las versiones en español, anatomize se
traduce por despedazar, pero anatomizar (o disecar) es más acorde con el
original. Anatomizar, según el Diccionario de la RAE, es
«Hacer o ejecutar la anatomía de algún cuerpo». Asimismo, una de las acepciones
de anatomía es, según el mismo Diccionario, «Disección o
separación artificiosa de las partes del cuerpo de un animal o de una
planta». (N. del T.)
[6] «Recuerda que morirás» y «Conócete a ti mismo»,
respectivamente. (N. del T.)
[7] Entre otras obras, es autora de Anatomía para el artista (Barcelona:
Blume, 2002). (N. del T.)
[8] Diseño y designio se escriben igual en inglés, design. El
doble sentido se pierde en español. (N. del T.)
[9] Vino griego con sabor a resina. (N. del T.)
[10] Tetas o pezones. (N. del T.)
[11] Ceja de Homero. (N. del T.)
[12] Nueva era. (N. del T.)
[13] La reina de las hadas. (N. del T.)
[14] Un galón equivale a 4,5 litros. (N. del T.)
[15] Antes de la Era Común. En la actualidad se prefiere esta notación
a a. de C. (y EC, Era Común, a d. de C., antes y después de Jesucristo,
respectivamente), por ser neutra desde el punto de vista religioso (aunque
también se ha interpretado EC como Era Cristiana). (N. del T.)
[16] Coraza estética. (N. del T.)
[17] El lector puede convertir estas medidas al sistema métrico
recordando que una pulgada equivale a 2,54 centímetros y un pie a 30,48
centímetros. (N. del T.)
[18] 4.000 metros cuadrados, o 0,4 hectáreas. (N. del T.)
[19] Y de que su nombre (y el año de la descripción) figure junto al de
la especie. (N. del T.)
[20] The pound o[ flesh which I demand of him / Is dearly bought, ’tis
mine, and I will have it.]
[21] [I would have my bond.]
[22] [ to be cut offand taken /In whatpart ofyour body pleaseth
me.]
[23] [to be by him cut o[[/ Nearest the merchant's heart]
[24] Mensajero del mundo . (N. del T.)
[25] En el original hay un juego de palabras, que no es posible en
español, entre offal (menudos, asadura) y fall o/f
(caer de). (N. del T.)
[26] [One drop of Christian blood.]
[27] Lev 17,11. (N. del T.)
[28] En inglés (heartily y sweet-heart, respectivamente)
son variaciones de corazón (heart), pero no en español. (N.
del T.)
[29] [I cannot heave my heart into my mouth.]
[30] [pigeon-liver'd, and lack gall.
[31] [his stocking fouled, / Ungart'red, and
down-gyved to his ankle; / Palé as his shirt, his knees knocking each other.]
[32] [barefaced power.]
[33] [Lily-liver'd.]
[34] [carried in a basket, like a barrow ofbutcher's offal]
[35] [Alas, poor Yorick!]
[36] [Ñor th' exterior ñor the inward man / Resembles that it was.]
[37] [I could be bounded in a nutshell and count myselfa king of
infinite space were it not that I have bad dreams.]
[38] [O, that this too too solid flesh would melt.]
[39] [The heartache, and the thousand natural shocks /
That flesh is heir to.]
[40] [Threaten this bloody stage.]
[41] [Bleed, bleed, poor country!]
[42] [It weeps, it bleeds.]
[43] [You carried your guts away... that stuffed cloak-bag ofguts...
how would thy guts fall about thy knees!]
[44] [This mortal coil... To be, or not to be.]
[45] Francés antiguo. (N. del T.)
[46] Es decir, una espiral o serpentín, que es el sentido actual. (N.
del T.)
[47] [Melt me out of my fat drop by drop and liquor fishermen's
boots with me.]
[48] En la versión española de la Sagrada Biblia (la de E. Nácar y A.
Colunga, Madrid: BAC, 1966, que es de la que se han tomado las citas bíblicas),
el fragmento reza «Yo os daré lo mejor de la tierra de Egipto» (Gén 45,
18). (N. del T.)
[49] Lipocitos o adipocitos. (N. del T.)
[50] Conjunto de seis latas de bebida unidas por tiras de
plástico. (N. del T.)
[51] Literalmente, mezclador. (N. del T.)
[52] Células troncales o totipotentes. (N. del T.)
[53] Yo también estoy en la Arcadia. (N. del T.)
[54] Bella roja. (N. del T.)
[55] En el sentido de haber sido hecha por un artífice (el Artífice por
excelencia). (N. del T.)
[56] Teología natural, o pruebas de la existencia y
atributos de Dios reunidas de los aspectos de la naturaleza . (N.
del T.)
[57] The Pilgrim's Progress, de John Bunyan (1678). Cristiano es
el protagonista del libro. (N. del T.)
[58] Personaje de un cuento de hadas de Comualles. (N. del T.)
[59] En latín, pisum. (N. del T.)
[60] O en algún idioma románico, como el español. Esta disquisición
etimológica no es de aplicación al español (y además puede explicarse porque
los primeros textos anatómicos —como el de Vesalio, que el autor cita— estaban
escritos en latín, la lengua culta de la época), pero se ha conservado en aras
de la integridad del texto. (N. del T.)
[61] Costilla de repuesto. (N. del T.)
[62] La referencia al fruto del árbol prohibido se debe a que en inglés
la nuez de Adán es la «manzana» de Adán (Adam’s applé). (N. del T.)
[63] Estos huesos. (N. del T.)
[64] [.Ireland, that vulnerable heel of the British
Achilles.]
[65] Motivos ornamentales, generalmente en forma de niños desnudos y
alados. (N. del T.)
[66] Durante mucho tiempo fue común latinizar los nombres de los sabios
e intelectuales, pues en latín escribían sus obras o dictaban sus clases.
Adicionalmente, estos nombres latinos se adaptaron a las lenguas románicas, de
manera que Vesalius fue Vesalio en España, Portugal e Italia y Vésale en
Francia. Lo mismo vale para Erasmo, Agrícola, etc. (N. del T.)
[67] Moco, mucosidad. (N. del T.)
[68] También Miguel Servet, por la misma época, describió la
circulación pulmonar, pero lo hizo en un texto teológico polémico pues negaba
el dogma de la Trinidad y la necesidad del bautismo infantil. La mayor parte de
la edición de Christianismi Restitutio fue quemada en la
hoguera junto con Servet (1553), por lo que su descubrimiento tuvo poca
difusión. (N. del T.)
[69] Publicada en 2008, en el 150 aniversario de la edición de la obra
original. (N. del T.)
[70] Por «¡Jesús te bendiga!». En el original, «bless you!» (por «God
bless you!»). (N. del T.)
[71] «Por la forma de su nariz podrás saber lo que de él se levanta
hacia ti.» (N. del T.)
[72] Viajes de Frangois Bemier... con la descripción de los estados
del Gran Mogol: del Indostán, del reino de Cachemira , etc.
(N. del T.)
[73] Una nueva división de la Tierra por las diferentes especies o
razas que la habitan. (N. del T.)
[74] No todas las locuciones del original conservan en su contrapartida
en español las partes anatómicas, y a la inversa, de manera que se ha optado
por ofrecer algunas de las más comunes en este idioma. (N. del T.)
[75] Literalmente, grasa del codo (esfuerzo físico). (N. del
T.)
[76] Literalmente, poner pulgas en la oreja (mandar a paseo a
alguien). (N. del T.)
[77] Literalmente, aprender algo de corazón (de memoria). (N.
del T.)
[78] Literalmente, diente dulce (ser goloso). (N. del T.)
[79] Tenerla sensación de algo. (N. del T.)
[80] O un ojo de la cara en español. (N. del T.)
[81] Literalmente, regla de pulgar y vista de nariz (regla empírica,
cálculo primitivo), respectivamente. (N. del T.)
[82] Literalmente, tener mojada la parte de atrás de las orejas (estar
con la leche en los labios, ser un imberbe). (N. del T.)
[83] Literalmente, todavía azul (estar todavía verde). (N. del
T.)
[84] En inglés, spleen es bazo, entre otras acepciones
(entre ellas también capricho), pero no en alemán. (N. del T.)
[85] Literalmente, ojo de caramelo (lentes de contacto que agrandan el
tamaño del iris), un mal día del pelo y el culo del mundo,
respectivamente. (N. del T.)
[86] Hch 26,14. En español no es posible la confusión, pero sí en
inglés (To kick against the pricks), pues prick, además
de aguijón u objeto punzante, es un vulgarismo para pene. (N. del T.)
[87][God, when
he gave me strength,to shew withal / How slight the gift was, hung
it in my hair.]
[88] Poema de John Keats: La mujer hermosa sin gracia. (N.
del T.)
[89] Buscad la mujer. (N. del T.)
[90] En realidad, doctores en cualquier ciencia. (N. del T.)
[91] Blanco de plomo. (N. del T.)
[92] Cambiar las caras. (N. del T.)
[93] Grupo social de las clases más bajas; aquí, informe e
improductivo. (N. del T.)
[94] Personaje de la serie de filmes Austin Powers, de
Jay Roach y Mike Myers. (N. del T.)
[95] Un descongestivo nasal en espray. (N. del T.)
[96] MRI Sin Mentiras. (N. del T.)
[97] En otras versiones, como la de Nácar y Colunga, no aparece el
corazón: «... porque será como un torbellino en su alma». (N. del T.)
[98] [God be in my head, / And in my understanding; /
God be in my eyes / And in my looking; / God be in my mouth /And in my
speaking; / God be in my heart/And in my thinking; / God be at my end/And at my
departing.]
[99] Arts and Crafts. (N. del T.)
[100] Amo (o me gusta) Nueva York. (N. del T.)
[101] Circunscripciones electorales de Nueva York. (IV. del T.)
[102] «Virginia es para los enamorados, Amo Vermont, Amo Quebec, Amo
Antigua, Amo a Alá», respectivamente. (N. del T.)
[103] Umbilicus rupestris. (N. del T.)
[104] De sinestesia, tropo lingüístico por el que se unen imágenes que
corresponden a ámbitos sensoriales distintos. Véase otra acepción del término
en el capítulo sobre el ojo. (N. del T.)
[105] Twelfth Night, de Shakespeare. (N. del T.)
[106] [This fortress built by Nature for herself /Against infection
and the hand ofwar.]
[107] Una pinta equivale a 568 mililitros. (N. del T.)
[108] National Health Service Blood Transfusión (NHSBT). (N. del
T.)
[109] Una naturaleza muy muerta. (N. del T.)
[110] La oreja, la nariz y la garganta en la cultura. (N. del
T.)
[111] With warts and all se traduce mejor por «con todas sus
imperfecciones», pero aquí cuadra mejor la literalidad. (N. del T.)
[112] Literalmente, una palabra en tu concha. (N. del T.)
[113] Mt 26,52. (N. del T.)
[114] Le 22,51. (N. del T.)
[115] Cultivo de tejido y arte. (N. del T.)
[116] Derivado del nombre en latín con el que firmaba sus trabajos,
Renato Cartesio. (N. del T.)
[117] Dióptilca. (N. del T.)
[118] Un chien andalou, de 1928. (N. del T.)
[119] O, últimamente, en color. (N. del T.)
[120] OI' Blue Eyes, apodo cariñoso de Frank Sinatra. (N.
del T.)
[121] Trinitaria, Viola tricolor. (N. del T.)
[122] En el original, por error, el entrevistador. (N. del T.)
[123] Vindicación de la geología. (N. del T.)
[124] Calliphora vomitoria. (N. del T.)
[125] El placer de cocinar. (N. del T.)
[126] Estómago, en griego. (N. del T.)
[127] La grande bouffe. (N. del T.)
[128] Tarta cónica a base de profiteroles de crema y chocolate e hilos
de caramelo crujiente. (N. del T.)
[129] De gurgito, hartar. (N. del T.)
[130] Un conocido medicamento contra la acidez gástrica y la
indigestión. (N. del T.)
[131] Por su poesía del mismo nombre. (N. del T.)
[132] Mt 25,41 y 25,34. (N. del T.)
[133] Respectivamente: torpe (del francés gauche,
izquierda), siniestro (del latín sinister, izquierda) y
desmañado. (N. del T.)
[134] Todo para zurdos. (N. del T.)
[135] Del griego cheir, mano. (N. del T.)
[136] Los genes reciben nombres aceptados internacionalmente, ya sean en
inglés o en latín. El significado de los citados sería: diestro y
casualidad. (N. del T.)
[137] Mientras que en el texto, como en general en la cultura inglesa,
el objeto que tapa las vergüenzas en los desnudos artísticos es la hoja de
higuera, en la cultura hispana es la hoja de parra o pámpana; ambos apéndices
foliares son muy parecidos y de tamaño adecuado a dicha función, y aparecen
indistintamente, cuando es posible distinguirlos, en diversas representaciones
artísticas (que también incluyen, si viene a cuento, hojas de otras especies
vegetales, como las del manzano en muchas pinturas sobre Adán y Eva). Aquí se
ha optado por la versión hispana, salvo cuando las citas textuales obligan a
otra cosa. (N. del T.)
[138] Gen 3,7. (N. del T.)
[139] Que se pierden en español: erected puede ser
también erguido, enhiesto, y Hide (en lugar de Hyde) es
también esconder u ocultar. (N. del T.)
[140] Nombre del lago de Hyde Park. (N. del T.)
[141] Uno de los condados de California. (N. del T.)
[142] De lentejuelas. (N. del T.)
[143] [Unpin that spangled breast-plate, which you wear, / That th'eyes
of busy fools may be stopp’d there . /... O, my America, my new found land, /
My kingdom, safeliest when with one man mann'd, / My mine of precious stones,
my empery; / How blest am I in this discovering thee!]
[144] Y en español. (N. del T.)
[145] Buque de Estados Unidos y Buque de Su Majestad, respectivamente;
en español depende de si se trata de la nave o del barco
o buque. (N. del T.)
[146] Caballero. (N. del T.)
[147] Real Infantería de Marina. (N. del T.)
[148] Posición de premiére. (N. del T.)
[149] Dan 2,33. (N. del T.)
[150] [In Egypts sandy silence, all alone, / Stands a
gigantic Leg, which far off throws / The only shadow that the Desart knows: - /
T am great Ozymandiassaith the stone, / ’The king of Kings;
this mighty City shows / ’The wonders of my hand.' - The City’s gone ,
- / Nought but the Leg remaining to disclose / The site ofthis
forgotten Babylon.]
[151] Referencia al hecho de que el nombre puede traducirse a la vez por
Gran rubor de la doncella (el correcto aquí) o Rubor de la gran doncella. (N.
del T.)
[152] Rosa cálido. (N. del T.)
[153] [Darwinian Man, though well-behaved, / At best is
only a monkey shaved!]
[154] Autor de El mono desnudo (Barcelona: Plaza &
Janes, 1968). (N. del T.)
[155] Un streaker. (N. del T.)
[156] Job 19,20,26. (N. del T.)
[157] Lev 13,45. (N. del T.)
[158] Ensayo sobre la sabiduría de Dios, manifestado en
el artificio y la estructura de la piel. (N. del T.)
[159] Dentro de ti». (N. del T.)
[160] /I’m gorma Uve for ever/I’m gonna team how to fly
[161] En el budismo, ser dedicado a la búsqueda de la suprema
iluminación. (N. del T.)
[162] Pedro Melenas. (N. del T.)
[163] Dan 9,21. (N. del T.)
[164] Literalmente, renacidas. (N. del I.)
[165] After Many a Summer. (N. del T.)
[166] Strategies for Engineered Negligible Senescence . (N.
del T.)
[167] The Makropulos Secret. (JV. del T.)
[168] Cuando los humanos trascienden la biología . (N.
del T.)
[169] Imaginología de resonancia magnética funcional. (IV. del
T.)
Notas al fin del libro
[i] [llfiese little Limbs, / lhese Eyes and Hands which hiere 1 find,
/ lhese rosy Cheeks wherewith my Life begins; / Where have ye been? Behind /
What curtain were ye from me hid so long? / Where was, in what Abyss, my new-
made tongue?]

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