/* ELIMINACIÓN DE TEXTOS RESIDUALES EN EL MENÚ */ .label-size, .label-name, .label-count, .cloud-label-widget-content, .label-wrapper, .label-item, .label-head, .label-list, .feed-link, .show-more, .status-msg-wrap { display: none !important; visibility: hidden !important; height: 0 !important; font-size: 0 !important; /* Mata el texto aunque el contenedor no cierre */ margin: 0 !important; padding: 0 !important; } /* SI ES PUBLICIDAD DE ADSENSE MAL UBICADA */ ins.adsbygoogle[data-ad-status="unfilled"], .google-auto-placed { display: none !important; }

Menú

Slider

Libros Más Recientes

EMANCIPACIÓN DE YOUTUBE, OTRA MANERA DE VER LA ACTUALIDAD

Libros Más Leídos

Libro N° 8600. Vecinos. Chejov, Anton P.

 


© Libro N° 8600. Vecinos.  Chejov, Anton P. Emancipación. Mayo 8 de 2021.

Título original: ©  Vecinos. Anton       P.      Chejov

 

Versión Original: © Vecinos. Anton                                         P.                                                                                                   Chejov

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ciudadseva.com/texto/vecinos/

 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.  

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

Portada E.O. de Imagen original:

https://www.elejandria.com/covers/Vecinos-Anton_Chejov-lg.png

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VECINOS

Anton    P. Chejov

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vecinos

ANTON    P.  CHEJOV

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VECINOS

 

 

 

ANTON P.      CHEJOV

 

 

 

Ediciones elaleph.com

 

 

 

Editado por

 

elaleph.com

 

 

 

ã  2000 – Copyright www.elaleph.com Todos los Derechos Reservados

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VECINOS

 

 

Piotr Mijáilich Ivashin estaba de muy mal hu-mor: su hermana, una muchacha soltera, se había fugado con Vlásich, que era un hombre casado. Tratando de ahuyentar la profunda depresión que se había apoderado de él y que no le dejaba ni en casa ni en el campo, llamó en su ayuda al sentimiento de justicia, sus honoradas convicciones (¡porque siem-pre había sido partidario de la libertad en el campo!), pero esto no le sirvió de nada, y cada vez, contra su voluntad, llegaba a la misma conclusión: que la estú-pida niñera, es decir, que su hermana había obrado mal y que Vlásich la había raptado. Y esto era horro-roso.

 

La madre no salía de su habitación, la niñera ha-blaba a media voz y no cesaba de suspirar, la tía ma-nifestaba constantes deseos de irse, y sus maletas ya las sacaban a la antesala, ya las retiraban de nuevo a su cuarto. Dentro de la casa, en el patio y en el jardín reinaba un silencio tal, que parecía que hubiese un difunto. La tía, la servidumbre y hasta los mujiks, según parecía a Piort Mijáilich, le miraban con ex-presión enigmática y perpleja, como si quisiesen de-cir: «Han seducido a tu hermana, ¿por qué te quedas con los brazos cruzados?» También él se reprochaba su inactividad, aunque no sabía qué era, en realidad, lo que debía hacer.

 

Así pasaron seis días. El séptimo -un domingo, después de la comida- un hombre a caballo trajo una carta. La dirección - «A su Excel. Anna Nikoláievna Iváshina» - estaba escrita con unos familiares carac-teres femeninos. Piotr Mijáilich creyó ver en el so-bre, en los caracteres y en la palabra escrita a medias, «Excel.», algo provocativo, liberal. Y el liberalismo de la mujer es terco, implacable, cruel...

 

«Preferirá la muerte antes de hacer una conce-sión a su desgraciada madre, antes de pedirle per-dón», pensó Piotr Mijáilich cuando iba en busca de su madre con la carta en la mano.

 

Aquélla estaba en la cama, pero vestida. Al ver al hijo, se incorporó impulsivamente y, arreglándose los cabellos grises que se le habían salido de la cofia, preguntó con frase rápida:

-¿Qué hay? ¿Qué hay?

 

-Ha mandado... -dijo el hijo, entregándole la carta.

 

El nombre de Zina y hasta el pronombre «ella» no se pronunciaban en la casa. De Zina se hablaba de manera impersonal: «ha mandado», «se ha ido»...

 

La madre reconoció la escritura de la hija, y su cara, desencajada, se hizo desagradable. Los cabellos gri-ses se escaparon de nuevo de la cofia.

 

-¡No! -dijo, apartando las manos como si la carta le hubiese quemado los dedos-. ¡No, no, jamás! ¡Por nada del mundo!

 

La madre rompió en sollozos histéricos produ-cidos por el dolor y el bochorno; parecía sentir de-seos de leer la carta, pero el orgullo se lo impedía. Piotr Mijáilich se daba cuenta de que debía él mismo abrirla y leerla en voz alta, pero de pronto se sintió dominado por una cólera como nunca había cono-cido. Corrió al patio y gritó al hombre que había traído la misiva:

 

-¡Di que no habrá contestación! ¡No habrá con-testación! ¡Dilo así, animal!

 

Y a renglón seguido hizo pedazos la carta. Luego las lágrimas afluyeron a sus ojos y, sintiéndose cruel, culpable y desdichado, se fue al campo.

Sólo tenía veintisiete años, pero ya estaba gordo, vestía como los viejos, con trajes muy holgados, y padecía disnea. Poseía ya todas las inclinaciones del terrateniente solterón. No se enamoraba, no pensaba en casarse y únicamente quería a su madre, a su hermana, a la niñera y al jardinero Vasílich. Le gus-taba comer bien, dormir la siesta y hablar de política y de materias elevadas... Había terminado en tiem-pos los estudios en la Universidad, pero ahora mira-ba esto como si hubiese sido una carga inevitable para los jóvenes de los dieciocho a los veinticinco años. Al menos, las ideas que ahora rondaban cada día por su cabeza no tenían nada de común con la Universidad ni con lo que en ésta había estudiado.

 

En el campo hacía calor y todo estaba en calma, como anunciando lluvia. El bosque exhalaba un lige-ro vapor y un olor penetrante a pino y a hojas des-compuestas. Piotr Mijáilich se detenía a menudo para limpiarse el sudor de la frente. Revisó sus tri-gales de otoño y primavera, recorrió el campo de alfalfa y un par de veces, en un claro del bosque, es-pantó a una perdiz con sus perdigones. Y a todo esto no cesaba de pensar que tan insoportable situa-ción no podía prolongarse eternamente y que debe-rían ponerle fin de un modo u otro. Como fuera, de un modo estúpido, absurdo, pero había que ponerle fin.

 

«¿Pero cómo? ¿ Qué hacer?», se preguntaba, mi-rando al cielo y a los árboles como si implorase su ayuda.

 

Mas el cielo y los árboles guardaban silencio. Las convicciones honestas no le servían para nada y el sentido común le decía que el lacerante problema sólo podía tener una solución estúpida y que la esce-na con el hombre que había traído la carta no sería la última de este género. Le daba miedo pensar lo que aún podía ocurrir.

 

Dio la vuelta hacia casa cuando ya se ponía el sol. Ahora le parecía que el problema no podía tener solución alguna. Era imposible aceptar el hecho consumado, pero tampoco se podía no aceptarlo, y no existía una solución media. Cuando, con el som-brero en la mano y haciéndose aire con el pañuelo, marchaba por el camino y hasta casa le quedaban un par de verstas, a sus espaldas oyó un campanilleo. Se trataba de un conjunto muy agradable de campani-llas y cascabeles que producían un tintineo como de cristales. Sólo podía ser Medovski, el jefe de la poli-cía del distrito, antiguo oficial de húsares que había derrochado sus bienes y su salud, un hombre enfermizo, pariente lejano de Piotr Mijáilich. Tenía gran confianza con los Ivashin y sentía por Zina gran admiración y cariño paternal.

 

-Voy a su casa -dijo al llegar a la altura de Piotr Mijáilich-. Suba, le llevaré.

 

Sonreía jovialmente; estaba claro que no sabía lo de Zina. Acaso se lo hubiesen dicho y él no lo había creído. Piotr Mijáilich se sintió en una situación vio-lenta.

 

-Lo celebro -balbuceó, enrojeciendo, hasta el punto que se le saltaron las lágrimas, y no sabiendo qué mentira decir- Me alegro mucho -prosiguió, tratando de sonreír-, pero... Zina se ha ido y mamá está enferma.

 

-¡Qué lástima! -dijo el jefe de policía, mirando pensativamente a Piotr Mijáílich-. Y yo que pensaba pasar con ustedes la velada... ¿Adónde ha ido Zinaí-da Mijáilovna?

 

-A casa de los Sinitski; de allí parece que quería ir al monasterio. No lo sé a ciencia cierta.

 

El jefe de policía dijo algo más y dio la vuelta. Piotr Mijáilich siguió hacia su casa pensando horro-rizado en lo que el jefe de policía sentiría cuando supiese la verdad. Se lo imaginaba, y bajo esta im-presión entró en la casa.

 

«Ayúdame, Señor, ayúdame... », pensaba.

 

En el comedor, tomando el té, estaba sólo la tía. Como de ordinario, su cara tenía la expresión de quien, aunque débil e indefensa, no permite que na-die la ofenda. Piotr Mijáilich se sentó al otro lado de la mesa (no sentía gran afecto por la tía) y, en silen-cio, se puso a tomar el té.

 

-Tu madre tampoco ha comido hoy -dijo la tía-Tú, Petrusha, deberías prestar atención. Dejarse mo-rir de hambre no aliviará nuestra desgracia.

 

A Piotr Mijáilich le pareció absurdo que la tía se mezclase en asuntos que no eran de su incumbencia e hiciese depender su marcha del hecho de que Zina se había ido. Sintió deseos de decirle una insolencia, pero se contuvo. Y al contenerse advirtió que había llegado el momento oportuno para obrar, que era incapaz de sufrir por más tiempo. O hacer algo aho-ra mismo, o caer al suelo gritando y dándose de ca-bezadas. Se imaginó que Vlásich y Zina, ambos liberales y satisfechos de sí mismos, se besaban bajo un arce, y todo el peso y el rencor que durante los siete días se habían acumulado en él se volcaron so-bre Vlásich.

 

«Uno ha seducido y raptado a mi hermana - pensó-, otro vendrá y degollará a mi madre, un tercero nos robará o incendiará la casa... Y todo esto bajo la máscara de la amistad, de las ideas elevadas y los sufrimientos.»

 

-¡No, no será así! -gritó de pronto, y descargó un puñetazo sobre la mesa.

 

Se puso en pie de un salto y salió con paso rápi-do del comedor. En la cuadra estaba ensillado el ca-ballo del administrador. Montó en él y salió al galope en busca de Vlásich.

 

En su alma se había desencadenado una verda-dera tormenta. Sentía la necesidad de hacer algo que se saliese de lo común, tremendo, aunque luego tu-viera que arrepentirse durante la vida entera. ¿Llamar a Vlásich miserable, darle un bofetón y luego desa-fiarlo? Pero Vlásich no era de los que se baten en duelo; y, al sentirse tachado de miserable y recibir el bofetón, lo único que haría sería sentirse más des-graciado y recluirse más en sí mismo. Estas personas desgraciadas y sumisas son los seres más insoporta-bles, los más difíciles de tratar. Todo en ellos queda impune. Cuando el hombre desgraciado, en res-puesta a un merecido reproche, mira con ojos en que se refleja la conciencia de su culpa, sonríe dolo-rosamente y acerca dócilmente la cabeza, parece que la justicia misma es incapaz de levantar la mano contra él.

 

«Es lo mismo. Le sacudiré un fustazo ante ella y le diré unas cuantas groserías», decidió Piotr Mijái-lich.

 

Cabalgaba por su bosque y sus tierras baldías y se imaginaba el modo como Zina, justificando su acción, hablaría de los derechos de la mujer, de la libertad personal y de que era absolutamente igual casarse por la Iglesia o por lo civil. Discutiría, como mujer que era, de cosas que no comprendía. Y pro-bablemente acabaría por preguntarle: «¿Qué tienes tú que ver en todo esto? ¿Qué derecho tienes a in-miscuirte?»

 

-Sí, no tengo ningún derecho -gruñía Piotr Mi-jáilich- Pero tanto mejor... Cuanto más grosero re-sulte, cuanto menos derecho tenga, tanto mejor.

 

Hacía un calor sofocante. Nubes de mosquitos volaban muy bajo, a ras del suelo, y en los baldíos lloraban lastimeramente las averías. Piotr Mijáilich cruzó sus lindes y siguió al galope por un campo completamente liso. Había recorrido muchas veces este camino y conocía cada matorral, hasta la última zanja. Aquello que a lo lejos, entre dos luces, parecía una roca oscura, era una iglesia roja; se la podía imaginar hasta el último detalle, incluso el enlucido del portal y los terneros que siempre pacían en su re-cinto. A la derecha, a una versta de la iglesia, negrea-ba la arboleda del conde Koltóvich. Y tras la arboleda empezaban las tierras de Vlásich.

 

Por detrás de la iglesia y de la arboleda del conde avanzaba un enorme nubarrón, que de vez en cuan-do quedaba iluminado por unos pálidos relámpagos.

 

«¡Ahí está! -pensó Piotr Mijáilich-. ¡Ayúdame, Señor!»

 

El caballo no tardó en dar muestras de cansan-cio, y el propio Piotr Mijáilich se sentía fatigado. El nubarrón le miraba con enfado, como aconsejándole que volviese a casa. Sintió cierto miedo.

 

«¡Les demostraré que no tienen razón! -trató de infundirse ánimos- Dirán que eso es el amor libre, la libertad personal; pero la libertad está en la absten-ción, y no en la subordinación a las pasiones. ¡Lo suyo es depravación, y no libertad!»

 

Llegó al gran estanque del conde. El reflejo de la nube daba a aquél un aspecto plomizo y sombrío, y de él salía una intensa humedad. Junto al dique, dos sauces, uno viejo y otro joven, se inclinaban para buscarse cariñosamente. Por este mismo lugar, dos semanas antes, Piotr Mijáilich y Vlásich habían pasa do a pie, cantando a media voz una canción estu-diantil: «No amar es destruir la vida joven... » ¡Mise-rable canción!

 

Cuando Piotr Mijáilich cruzó la arboleda, re-tumbó el trueno y los árboles zumbaron, inclinándo-se por la fuerza del viento. Debía darse prisa. Desde la arboleda hasta la hacienda de Vlásich tenía que cruzar aún la pradera, algo así como una versta. A ambos lados del camino se alineaban los vicios abe-dules, de aspecto tan triste y desgraciado como Vlá-sich, su dueño; lo mismo que él, eran delgados y habían crecido desmesuradamente. En las hojas de los abedules y en la hierba repiquetearon grandes gotas; el viento se calmó al instante y se extendió un olor a tierra mojada y a álamo. Apareció la cerca de Vlásich, con su acacia amarilla, que también era del-gada y había crecido más de la cuenta. En un lugar donde la cerca se había venido abajo, se veía un abandonado huerto de árboles frutales.

 

Piorr Mijáilich no pensaba ya ni en el bofetón ni en el fustazo. No sabía lo que haría en casa de Vlá-sich. Se acobardó. Le daba miedo pensar en su her-mana y en él mismo, se horrorizaba ante la perspectiva de que ahora iba a verla. ¿Cómo se comportaría ella con el hermano? ¿De qué hablarían? ¿No era preferible dar la vuelta antes de que fuese tarde? Pensando así, galopó hacia la casa por la avenida de tilos, dejó atrás los grandes macizos de lilas y, de pronto, vio a Vlásich.

 

Este, descubierto, con una camisa de percal y botas altas, inclinado bajo la lluvia, iba de la esquina de la casa al portal. Le seguía un obrero con un martillo y cajón de clavos. Seguramente había repa-rado las maderas de las ventanas, batidas por el viento. Al ver a Piotr Mijáilich, Vlásich se detuvo.

 

- ¿Eres tú? - preguntó sonriendo -. Excelente.

 

-Sí; como ves, he venido... -dijo Piotr Mijáilich con voz suave, sacudiéndose la lluvia con ambas manos.

 

-Perfectamente, me alegro mucho - añadió Vlá-sich, pero sin darle la mano; evidentemente, no se decidía a hacerlo y esperaba que se la tendieran-. ¡Esta lluvia vendrá muy bien para la avena! - añadió, mirando al cielo.

-Sí.

 

Entraron en la casa en silencio. A la derecha del recibidor había una puerta que conducía a la antesala y luego a la sala; a la izquierda había una pequeña pieza que en invierno ocupaba el administrador. Piotr Mijáilich y Vlásich entraron en esta última.

 

 

-¿Dónde te ha sorprendido la lluvia? -preguntó Vlásich.

 

-Cerca. Cuando llegaba a la casa.

 

Piotr Mijáilich se sentó en la cama. Le agradaba que la lluvia hiciese ruido y que la habitación estu-viese oscura. Era preferible: así sentía menos miedo y no hacía falta mirar a su interlocutor a la cara. Su cólera había desaparecido; lo que ahora sentía era miedo e irritación consigo mismo. Se daba cuenta de que había empezado mal y de que de esta iniciativa suya no resultaría nada práctico.

 

Durante cierto tiempo ambos permanecieron silenciosos, haciendo ver que prestaban atención a la lluvia.

 

-Gracias, Petrusha -empezó Vlásich, carraspean-do- Te agradezco mucho que hayas venido. Es una acción generosa y noble. La comprendo y, créeme, la estimo mucho. Puedes creerme.

 

Miró a la ventana y prosiguió, de pie en el centro de la habitación:

 

-Todo esto se ha producido en secreto, como si nos ocultásemos de ti. La conciencia de que tú po-días sentirte ofendido y estuvieses enfadado con no-sotros ha sido durante estos días una mancha en nuestra felicidad. Pero permítenos que nos justifiquemos. Si guardamos el secreto, no fue porque no tuviéramos confianza en ti. En primer lugar, todo se produjo inesperadamente, como por una inspira-ción, y no había tiempo para entrar en razonamien-tos. En segundo, se trataba de un asunto íntimo, delicado... Resultaba violento hacer intervenir a una tercera persona, aunque fuese tan allegada como tú. Lo principal de todo es que confiábamos mucho en tu generosidad. Eres un hombre muy generoso y noble. Te estoy infinitamente agradecido. Si en algu-na ocasión necesitas mi vida, ven y tómala.

 

Vlásich hablaba con voz suave y sorda, monóto-na, como un zumbido; estaba visiblemente agitado. Piotr Mijáilich sintió que le había llegado la vez de hablar y que escuchar y callar habría significado, en efecto, hacerse pasar por un tipo generoso y noble en su inocencia. Y no había acudido con estas inten-ciones. Se puso rápidamente en pie y dijo a media voz, jadeante:

 

-Escucha, Grigori: sabes que te quería y que no hubiese podido desear mejor marido para mi her-mana. Pero lo que ha ocurrido es horroroso. ¡Da miedo pensarlo!

 

-¿Por qué? -preguntó Vlásich, con voz temblo-rosa-. Daría miedo si nosotros hubiésemos procedi-do mal, pero no es así.

 

-Escucha, Grigori: sabes que yo no tengo prejui-cios. Pero, perdóname la franqueza, a mi modo de ver los dos habéis procedido con egoísmo. Claro que no se lo diré a Zina, esto la afligiría, pero tú de-bes saberlo; nuestra madre sufre hasta tal punto, que es difícil explicarlo.

 

-Sí, eso es muy lamentable -suspiró Vlásich -. Nosotros lo habíamos previsto, Petrusha, pero ¿qué podíamos hacer? Si lo que uno hace desagrada a otro, eso no significa que la acción sea mala. Así son las cosas. Cualquier paso serio de uno debe desagra-dar forzosamente a algún otro. Si tú fueses a com-batir por la libertad, esto también haría sufrir a tu madre. ¡Qué le vamos a hacer! Quien coloca por en-cima de todo la tranquilidad de sus allegados debe renunciar por completo a una vida guiada por las ideas.

 

Un relámpago resplandeció vivamente y su brillo pareció cambiar el curso de los pensamientos de Vlásich. Se sentó junto a Piotr Mijáilich y empezó a decir cosas que no venían para nada a cuento.

 

-Yo, Petrusha, adoro a tu hermana - dijo-. Siem-pre que iba a tu casa me parecía ir en peregrinación, a elevar mis oraciones a Dios, cuando lo cierto es que mis oraciones se dirigían a Zina. Ahora mi ado-ración crece por días. ¡Para mí está más alta que si fuese mi esposa! ¡Mucho más! - Vlásich agitó ambos brazos -. Es mi santuario. Desde que vive aquí, en-tro en mi casa como si fuera un templo. ¡Es una mujer excepcional, extraordinaria, nobilísima!

 

«¡Vaya, ya ha empezado su canción!», pensó Piotr Mijáilich. Pero la palabra «mujer» no le había agradado.

 

-¿Por qué no os casáis como es debido? - preguntó-. ¿Cuánto pide tu mujer por concederte el divorcio?

 

-Setenta y cinco mil.

 

-Parece mucho. ¿Y si tratas de sacarlo por algo menos?

 

-No rebajará ni un kópek. ¡Es una mujer terrible, hermano! - dijo Vlásich, con un suspiro-. Antes no te había hablado nunca de ella, pues me desagradaba recordarlo, pero las cosas se han desarrollado así, y te hablaré ahora. Me casé movido por un noble sen-timiento pasajero, honradamente. En nuestro regi-miento, si quieres saber los detalles, había un jefe de batallón que se enredó con una señorita de diecio-cho años; es decir, hablando simplemente, la sedujo, vivió con ella dos meses y la abandonó. Ella quedó en la situación más espantosa. Le daba vergüenza volver a casa de los padres, además de que no le aceptarían, y el amante la había dejado: como para ir a los cuarteles y venderse. Los oficiales estaban in-dignados. Tampoco ellos eran unos santos pero la infamia era demasiado evidente. Para colmo, en el regimiento nadie podía aguantar a aquel jefe de ba-tallón. Para hacerle ver que era un cerdo, ¿compren-des?, los tenientes y capitanes empezaron a reunir dinero para la desgraciada muchacha. Y entonces, cuando los oficiales de graduación inferior nos ha-bíamos juntado y uno daba cinco rublos y otro diez, a mí se me subió la sangre a la cabeza. La situación me pareció muy apropiada para realizar una auténti-ca proeza. Acudí a ella y le manifesté con fogosas expresiones mi simpatía. Y cuando iba a verla y, lue-go, cuando le hablaba, la amaba calurosamente, viendo en ella a una mujer humillada y ofendida. Sí...

 

resultó que al cabo de una semana pedía su mano. Los jefes y compañeros encontraron que este ma-trimonio era incompatible con la dignidad de un ofi-cial. Esto fue como si echaran aceite al fuego. Yo, ¿comprendes?, escribí una larga carta en la que afir-maba que mi acción debía ser escrita en la historia del regimiento con letras de oro, etc. La mandé al jefe y envié copias de ella a los compañeros. Estaba exaltado, se entiende, y hubo palabras fuertes. Me pidieron que dejara el regimiento. Por ahí tengo guardado el borrador (te lo daré para que lo leas). La carta estaba escrita con mucha emoción. Podrás ver los honestos y sinceros sentimientos que entonces me movían. Solicité la baja y vine aquí con mi mujer. Mi padre había dejado algunas deudas, y carecía de dinero, y ella, desde el primer día, hizo muchas amistades, empezó a presumir y a jugar a las cartas, y tuve que hipotecar la hacienda. Se conducía muy mal, y eres tú, entre todos mis vecinos, el único que no ha sido su amante. Al cabo de dos años, para que me dejase, le di todo cuanto entonces tenía, y se fue a la ciudad. Sí... Y ahora le paso dos mil rublos al año. ¡Es una mujer horrible! Es una mosca que pone su larva en la espalda de la araña de tal modo, que ésta no se la puede sacudir; la larva se agarra a la araña y le chupa la sangre del corazón. Lo mismo hace esta mujer: se ha agarrado a mí y me chupa la sangre. Me odia y me desprecia porque hice la estu-pidez de casarme con ella. Mi generosidad le parece algo miserable. «Un hombre inteligente», dice, «me abandonó, y me recogió un estúpido.» Piensa que sólo un desgraciado idiota pudo proceder como yo. Y a mí, hermano, esto me produce una amargura intolerable. Entre paréntesis, te diré que el destino me oprime. Me oprime ferozmente.

 

Piotr Mijáilich escuchaba a Vlásich y se pregun-taba, perplejo: «¿Cómo ha podido agradar tanto a Zina? No es joven, tiene ya cuarenta y un años, es flaco, estrecho de pecho, de nariz larga y con alguna cana en la barba. Cuando habla, parece que zumba; su sonrisa es enfermiza y mueve las manos de una manera desagradable. No puede presumir de salud ni de hermosas maneras varoniles, carece de espíritu mundano y alegría, y así, a juzgar por las apariencias, es algo turbio e indefinido. Se viste sin gusto, su casa es triste y no admite la poesía ni la pintura, porque «no responden a las demandas del día»; es decir, porque no las comprende; y no le conmueve la mú-sica. Es mal administrador. Su hacienda está en el abandono más completo y la tiene hipotecada; por la segunda hipoteca paga el doce por ciento y, además, ha firmado pagarés por valor de diez mil rublos. Cuando llega el momento de entregar los intereses o de mandar dinero a su mujer, pide a todos prestado con una expresión que parece que se le estuviera quemando la casa, y al mismo tiempo, sin pararse a pensarlo, vende todas sus reservas de leña para el invierno por cinco rublos, y la paja por tres, y luego hace que para encender sus estufas utilicen la cerca del huerto o los viejos marcos del invernadero. Los cerdos estropean su pradera y el ganado de los mu-jiks se come en el bosque los árboles jóvenes, mien-tras que los vicios van desapareciendo cada invierno. En el huerto y el jardín están tiradas las colmenas, y allí abandonan los cubos viejos. Carece de facultades para nada, y ni siquiera posee la virtud común y co-rriente de vivir como la gente vive. En los asuntos prácticos, es ingenuo y débil, se le puede engañar sin dificultad alguna, y por algo los mujiks le tachan de «simple».

 

»Es liberal y en el distrito lo tienen por rojo, pe-ro esto resulta en él algo aburrido. En su libre pen-samiento no hay originalidad y énfasis; se indigna, se irrita y se alegra siempre en el mismo tono, como con desgana, sin producir efecto. Ni siquiera en los momentos de gran exaltación levanta la cabeza, y siempre permanece encorvado. Pero lo más aburrido de todo es que hasta sus ideas buenas y honestas se las ingenia para expresarlas de tal modo, que parecen triviales y atrasadas. Uno piensa que está tratando de algo viejo, que leyó hace mucho, cuando, con pala-bra lenta, como si dijera algo muy profundo, empie-za a hablar de sus minutos lúcidos y honestos, de años mejores, o cuando se entusiasma con la juven-tud que siempre marchó a la cabeza de la sociedad, o cuando censura a los rusos porque durante treinta años se ponen una misma bata y olvidan adquirir su alma mater. Cuando me quedo a dormir en su casa, pone en la mesilla de noche a Písarev o a Darwin. Y, si le digo que ya los he leído, sale y trae a Dobroliú-bov.»

 

En el distrito calificaban esto de librepensa-miento, que muchos miraban como una extravagan-cia ingenua e inocente; sin embargo, a él le hacía profundamente desgraciado. Era para él la larva de que antes hablaba: se le había agarrado con toda fuerza y le chupaba la sangre del corazón. En el pa-sado, el extraño matrimonio al gusto de Dostoievski, las largas cartas y las copias escritas con una letra ilegible, pero con un profundo sentimiento; los eter-nos equívocos, explicaciones y desilusiones; y luego las deudas, la segunda hipoteca, el dinero que pasaba a su mujer, las nuevas deudas que contraía todos los meses... y todo esto sin provecho para nadie, ni para él ni para los demás. Y ahora, lo mismo que antes, no cesa de sentir prisas, quiere realizar una proeza y se mete en asuntos que no le incumben; lo mismo que antes, en cuanto se presenta la ocasión, escribe largas cartas con sus copias, mantiene fatigosas y triviales conversaciones sobre la comunidad campe-sina o la necesidad de poner en pie las industrias ar-tesanas, o sobre la construcción de una fábrica de quesos: conversaciones muy semejantes unas a otras, hasta el punto que parecen salir no de un cerebro vivo, sino de una máquina. Y, por fin, este escándalo de Zína, que no se sabe cómo terminará.

 

Y entre tanto Zina es joven -sólo tiene veintidós años.-, es bonita, elegante y jovial; le gusta reír y charlar, es muy aficionada a las discusiones y siente pasión por la música; muestra buen gusto en la elec-ción de vestidos, libros y muebles, y en su casa no habría sufrido una habitación como ésta, en la que se huela a botas y a vodka barato. Es también liberal, pero en su librepensamiento se dejan sentir una su-perabundancia de energías, la vanidad de una mu-chacha joven, fuerte y atrevida, la apasionada sed de ser mejor y más original que el resto... ¿Cómo pudo enamorarse de Vlásich?

 

«El es un Quijote, un fanático terco, un maníaco

 

-  pensaba Piotr Mijáilich-; y ella es tan blanda, tan débil de carácter y acomodaticia, como yo... Los dos nos rendimos pronto y sin resistencia. Se enamoró de él; aunque yo mismo le profeso cariño, a pesar de todo... »

 

Piotr Mijáilich tenía a Vlásich por un hombre bueno y honesto, aunque de miras estrechas. En sus emociones y sufrimientos, y en toda su vida, no veía altos fines, próximos o remotos; veía únicamente el tedio y la incapacidad de vivir. Su sacrificio y todo lo que Vlásich denominaba proeza o impulso honrado, le parecía un derroche inútil de energía, innecesarios disparos sin bala en los que se quemaba mucha pól-vora. La circunstancia de que Vlásich estuviera faná-ticamente seguro de la extraordinaria honradez e infalibilidad de su manera de pensar, le parecía inge-nua y hasta morbosa. En cuanto al hecho de que se las hubiera ingeniado toda su vida para confundir lo mezquino con lo sublime, que se hubiera casado estúpidamente y lo considerase una proeza, y que luego hubiera buscado a otras mujeres, viendo en ello el triunfo de una idea, todo esto resultaba senci-llamente incomprensible.

 

A pesar de todo, Piotr Mijáilich sentía afecto por Vlásich, advertía en él la presencia de cierta fuerza, y por eso nunca era capaz de llevarle la contraria.

 

Vlásich se había sentado junto a él para charlar bajo el rumor de la lluvia, en la oscuridad, y ya ca-rraspeaba dispuesto a contar algo largo, por el estilo de la historia de su boda. Pero Piotr Mijáilich no hu-biera podido escucharlo. Le abrumaba la idea de que dentro de unos minutos iba a ver a su hermana.

 

-Sí, no has tenido suerte en la vida -dijo suave-mente-. Pero, perdóname, nos hemos apartado de lo principal. No era de eso de lo que teníamos que ha-blar.

 

-Sí, sí, tienes razón. Volvamos a lo principal - asintió Vlásich, y se puso en pie-. Escucha lo que te digo, Petrusha: nuestra conciencia está limpia. No nos ha casado un sacerdote, pero nuestro matrimo-nio es perfectamente legítimo. No voy a demostrarlo ni tú tienes por qué oírlo. Tu pensamiento es tan libre como el mío y, a Dios gracias, entre nosotros no puede haber discrepancia en este punto. En cuanto a nuestro futuro, no te debe asustar. Trabaja-ré hasta sudar sangre, sin dormir por las noches; en una palabra, haré cuanto pueda para que Zina sea feliz. Su vida será hermosa. ¿Que si seré capaz de hacerlo? ¡Sí lo seré, hermano! Cuando uno piensa sin cesar en una misma cosa, no le es difícil conseguir lo que quiere. Pero vayamos a ver a Zina. Hay que darle esta alegría.

 

A Piotr Mijáilich le dio un vuelco el corazón. Se levantó y siguió a Vlásich a la antesala y de allí a la sala. En esta pieza, enorme y sombría, no había más que un piano y una larga fila de viejas sillas, con in-crustaciones de bronce, en las que nadie se sentaba nunca. Sobre el piano ardía una vela. De la sala pasa-ron en silencio al comedor, otra habitación amplia y poco confortable en el centro de la cual había una mesa redonda plegable, de seis gruesas patas, sobre la cual lucía también una única vela. El reloj, de caja roja parecida a la urna de un icono, marcaba las dos y media.

Vlásich abrió la puerta del cuarto vecino y dijo:

 

-¡ Zínochka, ha venido Petrusha!

 

Se oyeron pasos precipitados y en el comedor entró Zina, alta, un tanto gruesa y muy pálida, tal como Piotr Mijáilich la había visto la última vez en casa: vestida con falda negra, blusa roja y un cintu-rón de gran hebilla. Atrajo hacia sí a su hermano con un abrazo y le dio un beso en la sien.

 

-  ¡Qué tormenta! - dijo -. Grigori había salido y me he quedado sola en toda la casa.

 

No daba muestras de turbación y miraba a su hermano con ojos sinceros y diáfanos, como en ca-sa. Al verla, Piotr Mijáilich dejó de sentirse turbado.

 

-Pero tú no tienes miedo a las tormentas - dijo, sentándose junto a la mesa.

 

-Sí, pero aquí las habitaciones son enormes, el edificio es viejo y, en cuanto suena un trueno, todo él se estremece como un armario con vajilla. Por lo demás, es muy agradable - siguió, sentándose frente a su hermano- Aquí todas las habitaciones guardan un recuerdo agradable. En la mía, lo que son las co-sas, se pegó un tiro el abuelo de Grigori.

 

-En agosto tendré dinero y arreglaré el pabellón del jardín -dijo Vlásich.

 

-No sé por qué, cuando hay tormenta recuerdo al abuelo -prosiguió Zina-. Y en este comedor mata-ron a un hombre.

 

-Es cierto -confirmó Vlásich, y miró con los ojos muy abiertos a Piotr Mijáilich-. En los años cuarenta tenía arrendada esta hacienda un francés llamado Olivier. El retrato de su hija está aún en la buhardi-lla. Este Olivier, según contaba mi padre, desprecia-ba a los rusos por su ignorancia y se burlaba de ellos terriblemente. Así, exigía que el sacerdote, al pasar junto a la finca, se descubriera media versta antes de la casa, y cuando cruzaba con su familia por la aldea quería que hiciesen repicar las campanas. Con los siervos y la gente menuda, se entiende, gastaba aún menos ceremonias. En cierta ocasión pasó por aquí uno de los hijos más nobles de la Rusia vagabunda, algo parecido al estudiante Jorná Brut de Gógol. Pi-dió que le dejasen pasar la noche, agradó a los em-pleados y le permitieron quedarse en la oficina. Existen varias versiones. Unos dicen que el estu-diante sublevó a los campesinos; otros, que la hija de Olivier se enamoró de él. No lo sé a ciencia cierta, pero lo que es seguro es que un buen día Olivier le hizo comparecer aquí, lo sometió a interrogatorio y luego ordenó que le diesen una paliza. ¿Te das cuenta? Mientras él permanecía sentado tras esta mesa, bebiendo como si tal cosa, los criados pega-ban al estudiante. Hay que suponer que lo martiriza-ron. A la mañana siguiente el estudiante murió e hicieron desaparecer el cadáver. Se dice que lo tira-ron al estanque de Koltóvich. Empezaron las inves-tigaciones, pero el francés pagó varios miles de rublos a quien correspondía y se fue a Alsacia. Como a propósito, el plazo del arriendo se extinguía, y ahí terminó todo.

 

-¡Qué canallas! - exclamó Zina, estremeciéndose. -Mi padre recordaba muy bien a Olivier y a su hija. Decía que era muy hermosa y excéntrica. Yo creo que el estudiante hizo lo uno y lo otro: sublevó a los campesinos y sedujo a la hija. Puede que ni si-quiera se tratase de un estudiante, sino de una per-

 

sona que se había presentado de incógnito. Zínochka quedó pensativa: la historia del estu-

 

diante y la bella francesa parecía haber transportado su imaginación muy lejos. Piotr Mijáilich concluyó que, exteriormente, no había cambiado en absoluto en la última semana; la notaba, eso sí, un poco más pálida. Su mirada era tranquila, como si hubiese acu-dido con el hermano a visitar a Vlásich. Pero Piotr Mijáilich advertía cierto cambio en él mismo. En efecto, antes, cuando Zina vivía en casa, podía ha-blar con ella de todo, mientras que ahora era incapaz de preguntarle siquiera: «¿Cómo vives aquí?» Le pa-recía una pregunta torpe e innecesaria. En ella debía de haberse producido el mismo cambio. No mostra-ba prisa en hablar de la madre, de su casa, de su historia amorosa con Vlásich; no se justificaba, no decía que el matrimonio civil era mejor que el eclesiástico, no mostraba inquietud y se había quedado tranquilamente meditando en el caso de Olivier... ¿Y por qué habían sacado de pronto la conversación del francés?

 

-Los dos tenéis la espalda mojada por la lluvia - dijo Zina, sonriendo alegremente, afectada por esta pequeña semejanza entre su hermano y Vlásich.

 

Y Piotr Mijáilich sintió toda la amargura y todo el horror de su situación. Recordó su casa vacía, el piano cerrado y la clara habitación de Zina, en la que nadie entraba ahora. Recordó que en las avenidas del jardín no había ya huellas de sus pies pequeños y que poco antes del té de la tarde ya no iba nadie a bañar-se entre grandes risas. Aquello que más le atraía des-de su más tierna infancia, en lo que le agradaba pensar sentado entre el pesado aire del aula - clari-dad, pureza, alegría -, todo cuanto llenaba la casa de vida y luz, se había ido para no volver, había desapa-recido y se mezclaba con la grosera y torpe historia de un jefe de batallón, de un generoso teniente, de una mujer corrompida, del abuelo que se había pe-gado un tiro... Y empezar la conversación de la ma-dre o imaginar que el pasado podía volver, significaría no comprender lo que estaba tan dato.

 

Los ojos de Piotr Mijáilich se llenaron de lágri-mas y su mano, puesta sobre la mesa, tembló. Zina adivinó lo que él pensaba y sus ojos resplandecieron también con el brillo de las lágrimas.

 

-Ven aquí, Grigori -dijo a Vlásich.

 

Se retiraron a la ventana y empezaron a hablar en voz baja. Por la manera como Vlásich se inclina-ba hacia ella y cómo ella miraba a Vlásich, Piotr Mi-jáilich comprendió una vez más que todo había acabado para siempre y no hacía falta hablar de na-da. Zina se retiró.

 

-Verás, hermano - empezó Vlásich después de un breve silencio, frotándose las manos y sonriendo-

 

:   antes te decía que nuestra vida era feliz, pero lo hacía para someterme, por así decirlo, a las exigen-cias literarias. En realidad, todavía no hemos expe-rimentado la sensación de la felicidad. Zina no cesaba de pensar en ti y, en vuestra madre, y se atormentaba; eso significaba un tormento para mí. Es un espíritu libre, decidido, pero con la falta de costumbre se le hace pesado, además de que es jo-ven. Los criados la llaman señorita. Parece que es algo sin importancia, pero esto la preocupa. Así es, hermano.

 

Zina trajo un plato de fresas. Tras ella entró una pequeña doncella de aspecto sumiso. Puso en la me-sa un jarro de leche y, antes de retirarse, hizo una inclinación muy profunda... Tenía algo de común con los viejos muebles, daba la sensación de algo estupefacto y aburrido.

 

La lluvia había cesado. Piotr Mijáilich comía fre-sas y Vlásich y Zina lo miraban en silencio. Se acer-caba el momento de la conversación innecesaria pero inevitable, y los tres sentían ya su peso. Los ojos de Piotr Mijáilich se llenaron de nuevo de lá-grimas; apartó el plato y dijo que ya era hora de vol-ver, pues se le iba a hacer tarde y acaso empezase de nuevo la lluvia. Llegó el momento en que Zina, por razones de decoro, debía sacar la conversación sobre los suyos y su nueva vida.

 

-  ¿Qué hay en casa? - preguntó con frase rápida, y su pálido rostro tembló ligeramente-. ¿Y mamá?

 

-Ya la conoces... - contestó Piotr Mijáilich, apartando la vista.

 

-Petrusha, tú has pensado mucho en lo sucedido

 

-  siguió ella, agarrando a su hermano de la manga, y él comprendió lo difícil que le era hablar- Has pen-sado mucho. Dime: ¿podemos esperar que mamá se reconcilie alguna vez con Grigori... y acepte toda esta situación?

 

Estaba junto a él, mirándole a la cara, y él se asombró al verla tan hermosa y al pensar que nunca lo había advertido. Y el hecho de que su hermana, tan parecida físicamente a la madre, delicada y ele-gante, viviera en casa de Vlásich y con Vlásich, junto a aquella doncella, junto a la mesa de seis patas, en una casa donde habían matado a palos a un hombre, el hecho de que ahora no volviese con él a casa, sino que se quedase allí a dormir, le pareció un absurdo increíble.

 

-Ya conoces a mamá... -dijo, sin contestar a la pregunta-. A mi modo de ver, convendría observar...

hacer algo, pedirle perdón...

 

-Pero pedir perdón significa admitir que hemos procedido mal. Para la tranquilidad de mamá, estoy dispuesta a mentir, pero esto no conducirá a nada. La conozco. En fin, ¡sea lo que sea!- añadió Zina, contenta de que lo más desagradable hubiese queda-do dicho-. Esperaremos cinco años, diez, aguanta-remos, y sea lo que Dios quiera.

 

Tomó a su hermano del brazo y, al pasar por la oscura antesala, se apretó a su hombro.

 

Salieron al portal. Piotr Mijáilich se despidió, montó a caballo y emprendió la marcha al paso. Zi-na y Vlásich siguieron con él para acompañarle un rato. Era una tarde apacible y tibia, y en el aire había un maravilloso olor a heno; en el cielo, entre las nu-bes, brillaban las estrellas. El viejo jardín de Vlásich, testigo de tantas historias penosas, dormía envuelto en la oscuridad, y al pasar por él se despertaba en el alma un sentimiento de melancolía.

 

-Zina y yo hemos pasado hoy, después de la comida, un rato verdaderamente magnífico - dijo Vlásich- La he leído un excelente artículo sobre los emigrados. ¡Debes leerlo, hermano! ¡Te gustará! Es un artículo notable por su honradez. No he podido resistirlo y he escrito a la redacción una carta para que se la entreguen al autor. Una sola línea: «¡Le doy las gracias y estrecho su honrada mano!» Piotr Mijái-lich estuvo tentado de decir: «No te metas en lo que no te importa», pero guardó silencio.

 

Vlásich caminaba junto al estribo derecho y Zina junto al izquierdo. Los dos parecían haber olvidado que tenían que volver a casa, aunque había mucha humedad y quedaba ya poco hasta la arboleda de Koltóvich. Piott: Mijáilich se dio cuenta de que espe-raban algo de él, aunque ellos mismos no sabían qué, y sintió por los dos una profunda piedad. Ahora, cuando marchaban junto al caballo pensativos y su-misos, tuvo la profunda convicción de que eran des-graciados y de que no podían ser felices, y su amor le pareció un error triste e irreparable. La piedad y la conciencia de que no podía hacer nada en su favor le produjo esa enervación en que, para evitar el fatigo-so sentimiento de la compasión, uno está dispuesto a cualquier sacrificio.

 

-Vendré alguna vez a pasar la noche con voso-tros.

 

Pero esto parecía como si hubiese hecho una concesión y no le satisfizo. Al detenerse junto a la arboleda de Koitóvich para despedirse definitiva-mente, se inclinó hacia su hermana, puso la mano en su hombro y dijo:

-Tienes razón, Zina: ¡has hecho bien!

 

Y, para no añadir nada más y no romper a llorar, dio un fustazo al caballo y se perdió al galope entre los árboles. Al entrar en la oscuridad, volvió la cabe-za y vio que Vlásich y Zina regresaban a casa por el camino - él a grandes zancadas y ella como a saltitos - y conversaban animadamente.

 

 

«Soy una vieja - pensó Piotr Mijáilich-. Venía pa-ra resolver la cuestión y aún la he enredado más. Bueno, ¡que se queden con Dios!»

 

Se notaba apesadumbrado. Cuando terminó la arboleda puso el caballo al paso y luego, junto al es-tanque, lo detuvo. Sentía deseos de permanecer in-móvil y pensar. La luna había salido y se reflejaba como una columna rojiza al otro lado del estanque. A lo lejos retumbó el sordo estruendo del trueno. Piotr Mijáilich miraba sin pestañear el agua y se ima-ginaba la desesperación de su hermana, su dolorosa palidez y los secos ojos con que trataría de ocultar a la gente su humillación. Imaginó su embarazo, la muerte y el entierro de la madre, el horror de Zina...

 

Porque la supersticiosa y orgullosa vieja no podía por menos de morirse. Los horribles cuadros del futuro se dibujaron ante él en la oscura superficie del agua, y entre las pálidas figuras de mujer se vio él mismo, pusilánime, débil, con la cara de quien se siente culpable...

 

A cien pasos de él, en la orilla derecha del estan-que, había algo inmóvil y oscuro: ¿era una persona o un tronco de árbol? Piotr Mijáilich recordó lo del estudiante a quien habían arrojado a este estanque después de matarlo.

 

«Olivier fue inhumano, pero, después de todo, resolvió el problema, mientras que yo no he resuelto nada, no he hecho más que enredarlo pensó, miran-do la oscura silueta, que semejaba un aparecido El decía y hacía lo que pensaba, y yo no digo ni hago lo que pienso. Ni siquiera sé de seguro lo que en reali-dad pienso ... »

 

Se acercó a la negra silueta: era un viejo tronco podrido, lo único que quedaba de una antigua cons-trucción.

 

De la arboleda y la hacienda de Koltóvich venía hasta él un fuerte perfume de muguete y de aromáti-cas hierbas. Piotr Mijáilich siguió a lo largo de la ori-lla del estanque, contemplando tristemente el agua, y al rememorar su vida se convenció de que hasta en-tonces no había dicho y hecho lo que pensaba, y que los demás le habían pagado con la misma moneda. Esto le hizo ver su vida entera tan sombría como aquel agua en que se reflejaba el cielo de la noche y se confundían las algas. Y le pareció que aquello no tenía remedio.

 

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Suscripcion

📚 Biblioteca Emancipación

Accede y recibe automáticamente cada nuevo libro publicado

Suscríbete gratis

📩 Contacto: emancipacionbiblioteca@gmail.com