© Libro N° 8599. Los Rios Profundos. Arguedas, José María. Emancipación. Mayo 8 de 2021.
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María Arguedas
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José María Arguedas
Los Rios Profundos
José María Arguedas
ENSOÑACION Y MAGIA EN "LOS RIOS
PROFUNDOS"
E L HILO conductor entre los episodios de este
libro traspasado de nostalgia y, a ratos, de pasión, es un niño desgarrado por
una doble filiación que si-multáneamente lo enraiza en dos mundos hostiles.
Hijo de blancos, criado entre indios, vuelto al mundo de los blancos, Ernesto,
el narrador de Los ríos profundos, es un desadaptado, un solitario y también un
testigo que goza de una situación de privilegio para evocar la trágica
oposición de dos mundos que se desconocen, rechazan y ni siquiera en su propia
persona coexisten sin dolor.
Al comenzar la novela, a la sombra de esas piedras
cuzqueñas en las que, al igual que en Ernesto (y en José María Arguedas),
ásperamente se tocan lo indio y lo español, la suerte del niño está sellada. El
no cambiará ya y, a lo largo de toda la historia, será una presencia aturdida
por la violencia con que chocan a cada instante, en mil formas sutiles o
arteras, dos razas, dos culturas, dos clases, en el grave escenario de los
Andes. Subjetivamente soli-dario de los indios que lo criaron ("Me criaron
los indios; otros, más hom-bres que éstos") y que para él, ya lo veremos,
representan el paraíso per-dido, pero lejos de ellos por su posición social
que, objetivamente, lo hace solidario de esos blancos de Abancay que lo
indignan y entristecen por su actitud injusta, torpe o simplemente ciega hacia
los indios, el mundo de los hombres es para Ernesto una contradicción
imposible. No es raro que los sentimientos que le inspire sean el desconcierto
y, a veces, un horror tan profundo que llega a no sentirse entre sus prójimos
en ese mundo, a imaginar que procede de una especie distinta de la humana, a
preguntarse si el canto de la calandria es "la materia de la que estoy
hecho, la difusa región de donde me arrancaron para lanzarme entre los
hombres". Hay que vivir, sin embargo, y Ernesto, que no puede escapar a su
condición, debe buscar la manera de
soportarla. Para ello, tiene dos armas: la primera
es el refugio interior, la ensoñación. La segunda, una desesperada voluntad de
comunicarse con lo que queda del mundo, excluidos los hombres: la naturaleza.
Estas dos acti-tudes conforman la personalidad de Ernesto y se proyectan
curiosamente en la estructura del libro.
¿Por qué ese repliegue interior, qué fuerzas lleva
en sí Ernesto que lo ayudan a vivir? Ocurre que hubo un tiempo en que todavía
no tenía concien-cia de la dualidad que malogra su destino y vivía en
complicidad inocente con los hombres, dichoso sin duda, al amparo de ese
"ayllu que sembraba maíz en la más pequeña y alegre quebrada que he
conocido", donde las "mamakunas de la comunidad me protegieron y me
infundieron la impa-gable ternura en que vivo". Y los dos alcaldes de esa
comunidad india, Pablo Maywa y Víctor Pusa, son las sombras protectoras que el
niño convoca se-cretamente, en el internado de Abancay, para conjurar sus
sufrimientos. La corriente nostálgica que fluye por la novela proviene de la
continua evoca-ción melancólica de esa época en que Ernesto ignoraba la fuerza
"poderosa y triste que golpea a los niños, cuando deben enfrentarse solos
a un mundo cargado de monstruos y de fuego". Ese enfrentamiento con el
"mundo cargado de monstruos" coincide con su llegada a Abancay y su
ingreso al colegio donde se educan los jóvenes acomodados de la ciudad. Ante
ellos, Ernesto descubre las diferencias abisales que lo separan de los demás,
su soledad, su condición de exiliado: "Mis zapatos de hule, los puños
largos de mi camisa, mi corbata, me cohibían, me trastornaban. No podía
acomodarme. ¿Junto a quién, en dónde?". Ya no puede volver atrás, retornar
al ayllu: ahora sabe que él tampoco es indio. No puede pero, a pesar suyo, sin
darse cuenta, tra-tará locamente de hacerlo y vivirá como hechizado por el
espectáculo de su "inocencia" perdida. Este estado de añoranza y
solicitación tenaz del pasado, hace que la realidad más vividamente reflejada
en Los ríos profundos, no sea nunca la inmediata, aquella que Ernesto encara
durante la intriga central de la novela (situada en Abancay), sino una realidad
pretérita, decantada, diluida, enriquecida por la memoria. Este determina,
también, el lirismo acen-drado de la escritura, su tono poético y reminiscente,
y la idealización cons-tante de objetos y de seres que nos son dados tal como
el propio Ernesto los rescata del pasado, a través de recuerdos.
En el último capítulo de Los ríos profundos,
Ernesto se pasea por el patio del colegio "más atento a los recuerdos que
a las cosas externas". En verdad, ésta es una actitud casi permanente en
él; incluso cuando su aten-ción recae en algo inmediato que parece absorberlo,
su conciencia, está con-frontando la experiencia presente con otra pasada,
apoyándose en lo actual para impulsarse hacia atrás. Ya desde las primeras
páginas de la novela, el niño lamenta melancólicamente que su padre decidiera
"irse siempre de un pueblo a otro, cuando las montañas, los caminos, los
campos de juego, el lugar donde duermen los pájaros, cuando los detalles del
pueblo empezaban a formar parte de la memoria". Es fácil suponer que desde
entonces hay ya en él una determinación voraz: capturar esa realidad fugitiva,
conservar en su espíritu las imágenes de esos paisajes y pueblos donde nunca se
queda. Más tarde, vivirá de esas imágenes. Los recuerdos afloran a la mente de
Er-
nesto ante cualquier circunstancia, como si se
tratara de un viejo, y con una precisión desconcertante ("el charango
formaba un torbellino que grababa en la memoria la letra y la música de los
cantos"): ocurre que es un ser entera-mente consagrado a la tarea de
recordar, pues el pasado es su mejor estímulo para vivir. En el colegio (es
significativo que el Padre Director lo llame "loco", "tonto
vagabundo", por no ser como los otros), sueña con huir para reunirse con
su padre. Pero no lo hace y espera, "contemplándolo todo, fijándolo en la
memoria". En una novela tan visiblemente autobiográfica, se puede decir
que Arguedas ha trasplantado de manera simbólica a la narración su propia
tentativa. Ese niño que el autor evoca y extrae del pasado, en función de una
experiencia anterior de su vida, está presentado en una actitud idéntica:
viviendo también del pasado. Como en esas cajas chinas que encierran, cada una,
una caja más pequeña, en Los ríos profundos, la materia que da origen al libro
es la memoria del autor: de ella surge esa ficción en la que el prota-gonista,
a su vez, vive alimentado por una realidad caduca, va sólo en su propia
memoria.
Tras esa constante operación de rescate del pasado,
Ernesto descubre su añoranza de una realidad, no mejor que la presente, sino
vivida en la inocen-cia, en la inconsciencia incluso, cuando todavía ignoraba
(aunque estuviera sumergido en él y fuera su víctima) el mal. En Abancay, los
días de salida, el niño merodea por las chicherías, oye la música y allí
"me acordaba de los campos y de las piedras, de las plazas y los templos,
de los pequeños ríos adonde fui feliz". La idea de felicidad aparece ya,
en esta evocación, asociada más a un orden natural que social: habla de campos,
piedras y pequeños ríos. Porque ésta es la otra vertiente de su espíritu, el
vínculo más sólido con la realidad presente.
En cierta forma, Ernesto es consciente de esa
naturaleza suya refracta-ria a lo actual, pasadista, y a menudo intuye su
futuro condicionado por ella. Los domingos, sus compañeros de colegio cortejan
a las muchachas en la Plaza de Armas de Abancay, pero él prefiere vagar por el
campo, recordando a esa joven alta "de hermoso rostro, que vivía en aquel
pueblo salvaje de las huertas de capulí". Sueña entonces con merecer algún
día el amor de una mujer que "pudiera adivinar y tomar para sí mis sueños,
la memoria de mis viajes, de los ríos y montañas que había visto". Habla
de sí mismo en pa-sado, como se habla de los muertos, porque él es una especie
de muerto: vive entre fantasmas y aspira a que su compañera futura se instale,
con él, entre esas sombras familiares idas.
Un muerto, pero sólo a medias, pues aunque una
invisible muralla lo aisla de los hombres con quienes se codea, hay algo que lo
retiene todavía, como un cordón umbilical, en la vida presente: el paisaje. Esa
"impagable ternura" que el niño se resiste a volcar en sus
condiscípulos crueles o en los religiosos hipócritas o fanáticos del internado,
y que no tiene ocasión de entregar efectivamente al indio, prisionero como está
de una clase que practica, sin decirlo, una severa segregación racial, la
verterá en las plantas, los animales y el aire de los Andes. A ello se debe que
el paisaje andino desempeñe, en este libro, un papel primordial y sea el
protagonista de mayor relieve de la novela.
¿No es sintomático que el título, Los ríos
profundos, aluda exclusiva-mente al orden natural? Pero este orden no aparece,
en la novela, contra-puesto al humano y reivindicado en tal sentido. Todo lo
contrario: se halla humanizado hasta un límite que va más allá de la simple
metáfora e invade el dominio de la magia. De una manera instintiva, oscura,
Ernesto tiende a sustituir un orden por otro, a desplazar hacia esa zona del
mundo que no lo rechaza los valores privativos de lo humano. Ya hemos visto que
a veces con-cibe una filiación entre él y el canto de un ave; en otra ocasión
protestará con vehemencia contra los hombres que matan con hondas a los pájaros
y a los loros, y en el primer capítulo de la novela, se conduele amargamente
por un árbol de cedrón "martirizado" por los niños cuzqueños. Furioso
cla-ma más tarde contra aquellos que matan al grillo "que es un mensajero,
un visitante venido de la superficie encantada de la tierra", y en
Abancay, una noche se dedica a apartar los grillos de las aceras "donde
corrían tanto pe-ligro" . En el capítulo titulado Zumbayllu, hay una
extensa, bellísima y tierna elegía por el 'tankayllu', ese tábano de
"cuerpo afelpado" que desaparece en la luz y cuya miel perdura en
aquellos que la beben como "un aliento tibio que los protege contra el
rencor y la melancolía". Siempre que describe flo-res, insectos, piedras,
riachuelos, el lenguaje de Arguedas adquiere su tem-peratura mejor, su ritmo
más logrado, el vocabulario pierde toda aspereza, reúne los vocablos más
delicados, discurre con animación, se musicaliza, endulza y exalta de imágenes
pasionales: "El limón abanquino, grande, de cáscara gruesa y comestible
por dentro, fácil de pelar, contiene un jugo que, mezclado con la chancaca
negra, forma el manjar más delicado y poderoso del mundo. Arde y endulza.
Infunde alegría. Es como si se bebiera la luz del sol". Este entusiasmo
por la naturaleza, de raíz compensatoria, colinda con el embeleso místico. El
espectáculo de la aparición del sol en medio de lluvias dispares, deja al niño
"indeciso" y anula en él la facultad de razonar. Ese arrobo contiene
en sí una verdadera alienación, entraña en germen una concepción animista del
mundo. Su sensibilidad exacerbada hasta el ensimis-mamiento por la realidad
natural, llevará a Ernesto a idealizar paganamente plantas, objetos y animales
y a atribuirles propiedades no sólo humanas, también divinas: a sacralizarlas.
Muchas de las supersticiones de Ernesto proceden de su infancia, son como un
legado de su mitad espiritual india, y el niño se aferra a ellas en una
subconsciente manifestación de solidaridad con esa cultura, pero, además, su
propia situación explica y favorece esa inclina-ción a renegar de la razón como
vínculo con la realidad y a preferirle intui-ciones y devociones mágicas. Desde
su condición particular, Ernesto reproduce un proceso que el indio ha cumplido
colectivamente y es por ello un perso-naje simbólico. Así como para el comunero
explotado y humillado en todos los instantes de su vida, sin defensas contra la
enfermedad y la miseria, la realidad difícilmente puede ser lógica, para el
niño paria, sin arraigo entre los hombres, exiliado para siempre, el mundo no
es racional sino esencial-mente absurdo. De ahí su irracionalismo fatalista, su
animismo y ese sola-pado fetichismo que lo lleva a venerar con unción religiosa
los objetos más
diversos. Uno, sobre todo, que ejerce una función
totémica a lo largo de la novela: el 'zumbayllu', ese trompo silbador que es
para él "un ser nuevo,
una aparición en el mundo hostil, un lazo que me
unía a ese patio odiado, a ese valle doliente, al Colegio".
El desamparo alimenta las supersticiones de
Ernesto. El mundo es para él un escenario donde oscuras fuerzas batallan contra
el hombre indefenso y atemorizado que ve por doquier la presencia de la muerte.
Esta es anun-ciada por el 'chirinka', una mosca azul que zumba en la oscuridad
"y que siente al que ha de ser cadáver, horas antes, y ronda cerca".
Y además hay la peste que en cualquier momento puede venir "subiendo la
cuesta" "dis-frazada de vieja, a pie o a caballo". Frente a
tales amenazas, el hombre sólo puede recurrir a deleznables exorcismos
mágico-religiosos que humillan todavía más su suerte. Los indios "repugnan
del piojo" y sin embargo les muelen la cabeza con los dientes, "pero
es contra la muerte que hacen eso". Cuando muere la opa, Ernesto corta las
flores del patio del colegio, donde los alumnos venían a copular con la
infeliz, porque creía que "arrancada esa planta, echadas al agua sus
raíces y la tierra que la alimentaba, quemadas sus flores, el único testigo
vivo de la brutalidad humana que la opa desenca-denó, por orden de Dios, había
desaparecido".
Refractario a los otros, Ernesto lo es también a
aquello que los otros creen y adoran: su fe no es la de ellos, su Dios no es el
de él. En el interior de ese mundo cristiano en el que está inmerso, el niño
solitario entroniza una religión personal, un culto subrepticio, una divinidad
propia. De ahí su hostilidad hacia los ministros de la fe, adversaria: el Padre
Director del internado, el "santo" de Abancay, es presentado ante el
lector como encar-nación de la duplicidad humana y cómplice de la injusticia. Una
ola de furor irrumpe en Los ríos profundos cuando asoma este personaje. El
discurso ma-soquista que el Padre Director pronuncia ante los indios de
Patibamba y su alocución untuosa y falaz para aplacar a las mujeres sublevadas,
rozan la caricatura. Ni el gamonal que explota al indio, ni el soldado que lo
reprime, son tan duramente retratados en Los ríos profundos como el cura que
inculca la resignación y combate la rebeldía con dogmas. Esto se comprende: el
asiento de la novela, ya lo dijimos, es la realidad
interior, aquella donde el elemento religioso despliega sus sutiles y eficaces
poderes. El gamonal
no aparece sino de paso, aunque el problema del
feudalismo andino es men-cionado con frecuencia e, incluso, alegóricamente
representado en la ciudad de Abancay, "pueblo cautivo, levantado en la
tierra ajena de una hacienda".
Desde su refugio interior, Ernesto participa de la
pugna terrible que opone al indio y a sus amos. Dos episodios fundamentales de
la novela dan testimonio de esta guerra secular: el motín de las placeras, los
estragos de la peste. Son los dos momentos de mayor intensidad, dos radiadores
que desplazan una corriente de energía hacia el resto del libro, dinamizando
los otros episodios, concebidos casi siempre como cuadros independientes. Y es
como si esa lava que brota de esos dos cráteres abrasara al narrador, ese niño
cohibido y retraído, y lo convirtiese en otro hombre: son los momentos en que
la nostalgia es sumergida por la pasión. Cuando las placeras de Abancay se
rebelan y los vecinos de la ciudad se parapetan en sus casas, acobardados,
Ernesto se lanza a la calle y corre, regocijado y excitado, entre las polleras
multicolores de las indias, cantando igual que ellas en quechua. Y más tarde,
con esa propensión suya a sacralizar lo vivido y
proyectar su experiencia del mundo en mitos, Ernesto hace de Felipa, la
chichera caudillo, un sím-bolo de redención: "Tú eres como el río, señora.
No te alcanzarán. ¡Jajay-llas! Y volverás. Miraré tu rostro que es poderoso
como el sol del medio-día. ¡Quemaremos, incendiaremos! ". Es curioso cómo
un libro volcado hacia el mundo interior, que extrae su materia primordial de
la contemplación de la naturaleza y de la doliente soledad de un niño, puede,
de pronto, car-garse de una violencia insoportable. Arguedas no se preocupaba
demasiado por el aspecto técnico de la novela e incurría a veces en defectos de
cons-trucción (como en el capítulo Cal y Canto, donde el punto de vista se
tras-lada, sin razón, de la primera a la tercera persona), pero a pesar de ello
su intuición solía guiarlo certeramente en la distribución de sus materiales.
Esos
coágulos de violencia cruda, por ejemplo,
insertados en el cuerpo del relato, son una proeza formal. Desde la primera vez
que leí Los ríos profundos,
hace años, he conservado la terrible impresión que
deja uno de esos coágulos que iluminan la historia con una luz de incendio: la
imagen de la niña, en el pueblo apestado, con "el sexo pequeñito cubierto
de bolsas blancas, de granos enormes de piques". Estos minúsculos cráteres
activos que salpican la lisa superficie de la novela, crean un sistema
circulatorio de emociones, tensiones y vivencias que enriquecen su belleza con
un incontenible flujo de vida.
¿Una conciencia atormentada? ¿Un niño al que
contradicciones imposi-bles aislan de los demás y enclaustran en una realidad
pasada cuyo soporte es la memoria? ¿Un predominio del orden natural sobre el
orden social? No faltará quienes digan que se trata de un testimonio enajenado
sobre los An-des, que Arguedas falsea el problema al trasponer en una ficción
las misti-ficaciones de una realidad en vez de denunciarlas. Pero el reproche
sería injusto y equivocado. Es lícito exigirle a cualquier escritor que hable
de los Andes, dar cuenta de la injusticia en que se funda allí la vida, pero no
exigirle una manera de hacerlo. Todo el horror de las alturas serranas está en
Los ríos profundos, es la realidad anterior, el supuesto sin el cual el
desgarramiento de Ernesto sería incomprensible. La tragedia singular de este
niño es un testimonio indirecto, pero inequívoco, de aquel horror: es su
producto. En su confusión, en su soledad, en su miedo, en su ingenua
aproximación a las plantas y a los insectos, se transparentan las raíces del
mal. La literatura atestigua así sobre la realidad social y económica, por
refrac-ción, registrando las repercusiones de los acontecimientos históricos y
de los grandes problemas sociales a un nivel individual: es la única manera de
que el testimonio literario sea viviente y no cristalice en un esquema.
MARIO VARGAS
LLOSA
LOS RIOS PROFUNDOS
I. EL VIEJO
INFUNDÍA RESPETO, a pesar de su anticuada y sucia
apariencia. Las personas principales del Cuzco lo saludaban seriamente. Llevaba
siempre un bastón con puño de oro; su sombrero, de angosta ala, le daba un poco
de sombra sobre la frente. Era incómodo acompañarlo, porque se arrodillaba
frente a todas las iglesias y capillas y se quitaba el sombrero en forma
llamativa cuando saludaba a los frailes.
Mi padre lo odiaba. Había trabajado como
escribiente en las haciendas del Viejo: "Desde las cumbres grita, con voz
de condenado, advirtiendo a sus indios que él está en todas partes. Almacena
las frutas de las huertas, y las deja pudrir; cree que valen muy poco para
traerlas a vender al Cuzco o lle-varlas a Abancay y que cuestan demasiado para
dejárselas a los colonos.1 ¡Irá al infierno! ", decía de él mi padre.
Eran parientes, y se odiaban. Sin embargo, un
extraño proyecto conci-bió mi padre, pensando en este hombre. Y aunque me dijo
que viajábamos a Abancay, nos dirigimos al Cuzco, desde un lejanísimo pueblo.
Según mi padre, íbamos de paso. Yo vine anhelante, por llegar a la gran ciudad.
Y co-nocí al Viejo en una ocasión inolvidable.
Entramos al Cuzco de noche. La estación del
ferrocarril y la ancha ave-nida por la que avanzábamos lentamente, a pie, me
sorprendieron. El alum-brado eléctrico era más débil que el de algunos pueblos
pequeños que cono-cía. Verjas de madera o de acero defendían jardines y casas
modernas. El Cuzco de mi padre, el que me había descrito quizá mil veces, no
podía ser ése.
1 Indios que
pertenecen a las haciendas.
Mi padre iba escondiéndose junto a las paredes, en
la sombra. El Cuzco era su ciudad nativa y no quería que lo reconocieran.
Debíamos de tener apariencia de fugitivos, pero no veníamos derrotados sino a
realizar un gran proyecto.
—Lo obligaré.
¡Puedo hundirlo! —había dicho mi
padre.
Se refería al Viejo.
Cuando llegamos a las calles angostas, mi padre
marchó detrás de mí y de los cargadores que llevaban nuestro equipaje.
Aparecieron los balcones tallados, las portadas
imponentes y armoniosas, la perspectiva de las calles ondulantes, en la ladera
de la montaña. Pero ¡ni un muro antiguo!
Esos balcones salientes, las portadas de piedra y
los zaguanes tallados, los grandes patios con arcos, los conocía. Los había
visto bajo el sol de Hua-manga. Yo escudriñaba las calles buscando muros
incaicos.
— ¡Mira al frente! —me dijo mi padre—. Fue el
palacio de un inca. Cuando mi padre señaló el muro, me detuve. Era oscuro,
áspero; atraía
con su faz recostada. La pared blanca del segundo
piso empezaba en línea recta sobre el muro.
—Lo verás, tranquilo, más tarde. Alcancemos al
Viejo —me dijo. Habíamos llegado a la casa del Viejo. Estaba en la calle del
muro inca. Entramos al primer patio. Lo rodeaba un corredor de columnas y arcos
de piedra que sostenían el segundo piso, también de
arcos, pero más delgados. Focos opacos dejaban ver las formas del patio, todo
silencioso. Llamó mi padre. Bajó del segundo piso un mestizo, y después un
indio. La escalinata no era ancha, para la vastedad del patio y de los
corredores.
El mestizo llevaba una lámpara y nos guió al
segundo patio. No tenía arcos ni segundo piso, sólo un corredor de columnas de
madera. Estaba oscuro; no había allí alumbrado eléctrico. Vimos lámparas en el
interior de algunos cuartos. Conversaban en voz alta en las habitaciones.
Debían ser pie-zas de alquiler. El Viejo residía en la más grande de sus
haciendas del Apu-rímac; venía a la ciudad de vez en cuando, por sus negocios o
para las fies-tas. Algunos inquilinos salieron a vernos pasar.
Un árbol de cedrón perfumaba el patio, a pesar de
que era bajo y de ramas escuálidas. El pequeño árbol mostraba trozos blancos en
el tallo; los niños debían de martirizarlo.
El indio cargó los bultos de mi padre y el mío. Yo
lo había examinado atentamente porque suponía que era el pongo.1 El pantalón,
muy ceñido, sólo le abrigaba hasta las rodillas. Estaba descalzo; sus piernas
desnudas mostra-ban los músculos en paquetes duros que brillaban. ''El Viejo lo
obligará a que se lave, en el Cuzco", pensé. Su figura tenía apariencia
frágil; era espi-gado, no alto. Se veía, por los bordes, la armazón de paja de
su montera. No nos miró. Bajo el ala de la montera pude observar su nariz aguileña,
sus ojos hundidos, los tendones resaltantes del cuello. La expresión del
mestizo era, en cambio, casi insolente. Vestía de montar.
Nos llevaron al tercer patio, que ya no tenía
corredores.
1 Indio de
hacienda que sirve gratuitamente, por
turno, en la casa del amo.
Sentí olor a muladar allí. Pero la imagen del muro
incaico y el olor a cedrón seguían animándome.
—¿Aquí? —preguntó mi padre.
—Él caballero ha dicho. El ha escogido —contestó el
mestizo.
Abrió con el pie una puerta. Mi padre pagó a los
cargadores y los des-pidió.
—Dile al caballero que voy, que iré a su dormitorio
en seguida. ¡Es ur-gente! —ordenó mi padre al mestizo.
Este puso la lámpara sobre un poyo, en el cuarto.
Iba a decir algo, pero mi padre lo miró con expresión autoritaria, y el hombre
obedeció. Nos que-damos solos.
— ¡Es una cocina! ¡Estamos en el patio de las
bestias! —exclamó mi padre.
Me tomó del brazo.
—Es la cocina de los arrieros —me dijo—. Nos iremos
mañana mismo, hacia Abancay. No vayas a llorar. ¡Yo no he de condenarme por
exprimir a un maldito!
Sentí que su voz se ahogaba, y lo abracé.
— ¡Estamos en el Cuzco! —le dije.
— ¡Por eso, por eso!
Salió. Lo seguí hasta la puerta.
—Espérame, o anda a ver el muro —me dijo—. Tengo
que hablar con el Viejo, ahora mismo.
Cruzó el patio, muy rápido, como si hubiera luz.
Era una cocina para indios el cuarto que nos
dieron. Manchas de hollín subían al techo desde la esquina donde había una
tulipa indígena, un fogón de piedras. Poyos de adobes rodeaban la habitación.
Un catre de madera tallada, con una especie de techo, de tela roja, perturbaba
la humildad de la cocina. La manta de seda verde, sin mancha, que cubría la
cama, exaltaba el
contraste. " ¡El Viejo! —pensé—. ¡Así
nos recibe! "
Yo no me sentía mal en esa habitación. Era muy
parecida a la cocina en
que me obligaron a vivir
en mi infancia; al cuarto
oscuro donde recibí los
cuidados, la
música, los cantos y el dulcísimo hablar de las sirvientas indias
y de los "concertados".1 Pero ese catre tallado ¿qué significaba? La escan-
dalosa alma del Viejo, su locura por ofender al
recién llegado, al pariente trotamundos que se atrevía a regresar. Nosotros no
lo necesitábamos. ¿Por qué mi padre venía donde él? ¿Por qué pretendía
hundirlo? Habría sido mejor dejarlo que siguiera pudriéndose a causa de sus
pecados.
Ya prevenido, el Viejo eligió una forma certera de
ofender a mi padre. ¡Nos iríamos a la madrugada! Por la pampa de Anta. Estaba
previsto. Corrí a ver el muro.
Formaba esquina. Avanzaba a lo largo de una calle
ancha y continuaba en otra angosta y más oscura, que olía a orines. Esa angosta
calle escalaba la ladera. Caminé frente al muro, piedra tras piedra. Me alejaba
unos pasos, lo contemplaba y volvía a acercarme. Toqué las piedras con mis
manos; seguí
1 Peones a
sueldo anual.
la línea ondulante, imprevisible, como la de los
ríos, en que se juntan los bloques de roca. En la oscura calle, en el silencio,
el muro parecía vivo; sobre la palma de mis manos llameaba la juntura de las
piedras que había tocado.
No pasó nadie por esa calle, durante largo rato.
Pero cuando miraba, agachado, una de las piedras, apareció un hombre por la
bocacalle de arriba. Me puse de pie. Enfrente había una alta pared de adobes,
semiderruida. Me arrimé a ella. El hombre orinó, en media calle, y después
siguió caminando. "Ha de desaparecer —pensé—. Ha de hundirse." No
porque orinara, sino porque contuvo el paso y parecía que luchaba contra la
sombra del muro; aguardaba instantes, completamente oculto en la oscuridad que
brotaba de las piedras. Me alcanzó y siguió de largo siempre con esfuerzo.
Llegó a la esquina iluminada y volteó. Debió de ser un borracho.
No perturbó su paso el examen que hacía del muro,
la corriente que entre él y yo iba formándose. Mi padre me había hablado de su
ciudad nativa, de los palacios y templos, y de las plazas, durante los viajes
que hicimos, cruzando el Perú de los Andes, de oriente a occidente y de sur a
norte. Yo había crecido en esos viajes.
Cuando mi padre hacía frente a sus enemigos, y más,
cuando contem-plaba de pie las montañas, desde las plazas de los pueblos, y
parecía que de sus ojos azules iban a brotar ríos de lágrimas que él contenía
siempre, como con una máscara, yo meditaba en el Cuzco. Sabía que al fin
llegaríamos a la gran ciudad. " ¡Será para un bien eterno! ", exclamó
mi padre una tarde, en Pampas, donde estuvimos cercados por el odio.
Eran más grandes y extrañas de cuanto había
imaginado las piedras del muro incaico; bullían bajo el segundo piso encalado,
que por el lado de la calle angosta, era ciego. Me acordé, entonces, de las
canciones quechuas que repiten una frase patética constante: "yawar
mayu", río de sangre; "yawar unu", agua sangrienta;
"puk-tik' yawar k'ocha", lago de sangre que hierve; "yawar
wek'e", lágrimas de sangre. ¿Acaso no podría decirse "yawar
rumi", piedra de sangre, o "puk'tik yawar rumi", piedra de
sangre hirviente? Era estático el muro, pero hervía por todas sus líneas y la
superficie era cambian-te, como la de los ríos en el verano, que tienen una
cima así, hacia el centro del caudal, que es la zona temible, la más poderosa.
Los indios llaman "yawar mayu" a esos ríos turbios, porque muestran
con el sol un brillo en movimien-
to, semejante al de la sangre. También llaman
"yawar mayu" al tiempo vio-lento de las danzas guerreras, al momento
en que los bailarines luchan. —¡Puk'tik, yawar rumi! —exclamé frente al muro,
en voz alta. Y como la calle seguía en silencio, repetí la frase varias veces.
Mi padre llegó en ese instante a la esquina. Oyó mi
voz y avanzó por la calle angosta.
—El Viejo ha clamado y me ha pedido perdón —dijo—.
Pero sé que es un cocodrilo. Nos iremos mañana. Dice que todas las habitaciones
del primer patio están llenas de muebles, de costales y de cachivaches; que ha
hecho bajar para mí la gran cuja de su padre. Son cuentos. Pero yo soy
cris-tiano, y tendremos que oír misa, al amanecer, con el Viejo, en la
catedral. Nos iremos en seguida. No veníamos val Cuzco; estamos de paso a
Abancay. Seguiremos viaje. Este es el palacio de Inca Roca. La Plaza de Armas
está
cerca. Vamos despacio. Iremos también a ver el
templo de Acllahuasi. El Cuzco está igual. Siguen orinando aquí los borrachos y
los transeúntes. Más tarde habrá aquí otras fetideces... Mejor es el recuerdo.
Vamos.
—Dejemos que el Viejo se condene —le dije—.
¿Alguien vive en este palacio de Inca Roca?
—Desde la Conquista.
—¿Viven?
—¿No has visto los balcones?
La construcción colonial, suspendida sobre la
muralla, tenía la apariencia de un segundo piso. Me había olvidado de ella. En
la calle angosta, la pared española, blanqueada, no parecía servir sino para
dar luz al muro.
—Papá —le dije—. Cada piedra habla. Esperemos un
instante.
—No oiremos nada. No es que hablan. Estás
confundido. Se trasladan a tu mente y desde allí te inquietan.
—Cada piedra es diferente. No están cortadas. Se
están moviendo.
Me tomó del brazo.
—Dan la impresión de moverse porque son desiguales,
más que las pie-dras de los campos. Es que los incas convertían en barro la
piedra. Te lo dije muchas veces.
—Papá, parece que caminan, que se revuelven, y
están quietas.
Abracé a mi padre. Apoyándome en su pecho contemplé
nuevamente el muro.
—¿Viven adentro del palacio? —volví a preguntarle.
—Una familia noble.
—¿Como el Viejo?
—No. Son nobles, pero también avaros, aunque no
como el Viejo. ¡Como el Viejo no! Todos los señores del Cuzco son avaros.
—¿Lo permite el Inca?
—Los incas están muertos.
—Pero no este muro. ¿Por qué no lo devora, si el
dueño es avaro? Este muro puede caminar; podría elevarse a los cielos o avanzar
hacia el fin del mundo y volver. ¿No temen quienes viven adentro?
—Hijo, la catedral está cerca. El Viejo nos ha
trastornado. Vamos a rezar.
—Dondequiera que vaya, las piedras que mandó formar
Inca Roca me acompañarán. Quisiera hacer aquí un juramento.
—¿Un juramento? Estás alterado, hijo. Vamos a la
catedral. Aquí hay mucha oscuridad.
Me besó en la frente. Sus manos temblaban, pero
tenían calor. Pasamos la calle; cruzamos otra, muy ancha, recorrimos una calle
an-
gosta. Y vimos las cúpulas de la catedral.
Desembocamos en la Plaza de Armas. Mi padre me llevaba del brazo. Aparecieron
los portales de arcos blancos. Nosotros estábamos a la sombra del templo.
—Ya no hay nadie en la plaza —dijo mi padre.
Era la más extensa de cuantas había visto. Los
arcos aparecían como en el confín de una silente pampa de las regiones heladas.
¡Si hubiera graznado allí un yanawiku, el pato que merodea en las aguadas de
esas pampas!
Ingresamos a la plaza. Los pequeños árboles que
habían plantado en el parque, y los arcos, parecían intencionalmente
empequeñecidos, ante la cate-dral y las torres de la iglesia de la Compañía.
—No habrán podido crecer los árboles —dije—. Frente
a la catedral, no han podido..
Mi padre me llevó al atrio. Subimos las gradas. Se
descubrió cerca de la gran puerta central. Demoramos mucho en cruzar el atrio.
Nuestras pisa-das resonaban sobre la piedra. Mi padre iba rezando; no repetía
las ora-ciones rutinarias; le hablaba a Dios, libremente. Estábamos a la sombra
de la fachada. No me dijo que rezara; permanecí con la cabeza descubierta,
ren-dido. Era una inmensa fachada; parecía ser tan ancha como la base de las
montañas que se elevan desde las orillas de algunos lagos de altura. En el
silencio, las torres y el atrio repetían la menor resonancia, igual que las
montañas de roca que orillan los lagos helados. La roca devuelve profunda-mente
el grito de los patos o la voz humana. Ese eco es difuso y parece que naciera
del propio pecho del viajero, atento, oprimido por el silencio.
Cruzamos, de regreso, el atrio; bajamos las gradas
y entramos al parque. —Fue la plaza de celebraciones de los incas —dijo mi
padre—. Mírala
bien, hijo. No es cuadrada sino larga, de sur a
norte.
La iglesia de la Compañía, y la ancha catedral,
ambas con una fila de pequeños arcos que continuaban la línea de los muros, nos
rodeaban. La cate-dral enfrente y el templo de los jesuítas a un costado.
¿Adonde ir? Deseaba arrodillarme. En los portales caminaban algunos
transeúntes; vi luces en pocas tiendas. Nadie cruzó la plaza.
—Papá —le dije—. La catedral parece más grande
cuanto de más lejos la veo. ¿Quién la hizo?
—El español, con la piedra incaica y las manos de
los indios.
—La Compañía es más alta.
—No. Es angosta.
—Y no tiene atrio, sale del suelo.
—No es catedral, hijo.
Se veía un costado de las cúpulas, en la oscuridad
de la noche. —¿Llueve sobre la catedral? —pregunté a mi padre—. ¿Cae la lluvia
sobre la catedral?
—¿Por qué preguntas?
—El cielo la alumbra; está bien. Pero ni el rayo ni
la lluvia la tocarán. —La lluvia sí; jamás el rayo. Con la lluvia, fuerte o
delgada, la catedral
parece más grande.
Una mancha de árboles apareció en la falda de la
montaña.
—¿Eucaliptos? —le pregunté.
—Deben de ser. No existían antes. Atrás está la
fortaleza, el Sacsayhua-man. ¡No lo podrás ver! Nos vamos temprano. De noche no
es posible ir. Las murallas son peligrosas. Dicen que devoran a los niños. Pero
las piedras son como las del palacio de Inca Roca, aunque cada una es más alta
que la cima del palacio.
—¿Cantan de noche las piedras?
—Es posible.
—Como las más grandes de los ríos o de los
precipicios. Los incas ten-drían la historia de todas las piedras con
"encanto" y las harían llevar para construir la fortaleza. ¿Y éstas
con que levantaron la catedral?
—Los españoles las cincelaron. Mira el filo de la
esquina de la torre. Aun en la penumbra se veía el filo; la cal que unía cada
piedra labrada
lo hacía resaltar.
—Golpeándolas con cinceles les quitarían el
"encanto". Pero las cúpulas de las torres deben guardar, quizás, el
resplandor que dicen que hay en la gloria. ¡Mira, papá! Están brillando.
—Sí, hijo. Tú ves, como niño, algunas cosas que los
mayores no vemos. La armonía de Dios existe en la tierra. Perdonemos al Viejo,
ya que por él conociste el Cuzco. Vendremos a la catedral mañana.
—Esta plaza, ¿es española?
—No. La plaza, no. Los arcos, los templos. La
plaza, no. La hizo Pacha-kutek', el Inca renovador de la tierra. ¿No es
distinta de los cientos de pla-zas que has visto?
—Será por eso que guarda el resplandor del cielo.
Nos alumbra desde la fachada de las torres. Papa; ¡amanezcamos aquí!
—Puede que Dios viva mejor en esta plaza, porque es
el centro del mundo, elegida por el Inca. No es cierto que la tierra sea
redonda. Es larga; acuér-date, hijo, que hemos andado siempre a lo ancho o a lo
largo del mundo.
Nos acercamos a la Compañía. No era imponente,
recreaba. Quise cantar junto a su única puerta. No deseaba rezar. La catedral
era demasiado grande, como la fachada de la gloria para los que han padecido
hasta su muerte. Frente a la portada de la Compañía, que mis ojos podían ver
completa, me asaltó el propósito de entonar algún himno, distinto de los cantos
que había oído corear en quechua a los indios, mientras lloraban, en las
pequeñas igle-sias de los pueblos. ¡No, ningún canto con lágrimas!
A paso marcial nos encaminamos al Amaru Cancha, el
palacio de Huayna Capac, y al templo de las Aellas.
—¿La Compañía también la hicieron con las piedras
de los incas? —pre-gunté a mi padre.
—Hijo, los españoles, ¿qué otras piedras hubieran
labrado en el Cuzco? ¡Ahora verás!
Los muros del palacio y del templo incaicos
formaban una calle angosta que desembocaba en la plaza.
—No hay ninguna puerta en esta calle —dijo mi
padre—. Está igual que cuando los.incas. Sólo sirve para que pase la gente.
¡Acércate! Avancemos.
Parecía cortada en la roca viva. Llamamos roca
viva, siempre, a la bár-bara, cubierta de parásitos o de liqúenes rojos. Como
esa calle hay paredes que labraron los ríos, y por donde nadie más que el agua
camina, tranquila o violenta.
—Se llama Loreto Quijllu —dijo mi padre.
—¿Quijllu,
papá?
Se da ese nombre, en quechua, a las rajaduras de
las rocas. No a las de las piedras comunes sino de las enormes, o de las
interminables vetas que
cruzan las cordilleras, caminando irregularmente,
formando el cimiento de los nevados que ciegan con su luz a los viajeros.
—Aquí están las ruinas del templo de Acllahuasi, y
de Amaru Cancha —exclamó mi padre.
Eran serenos los muros, de piedras perfectas. El de
Acllahuasi era altí-simo, y bajo el otro, con serpientes esculpidas en el
dintel de la puerta.
—¿No vive nadie adentro? —pregunté.
—Sólo en Acllahuasi; las monjas de Santa Catalina,
lejos. Son enclaus-tradas. No salen nunca.
El Amaru Cancha, palacio de Huayna Capac, era una
ruina, desmoronán-dose por la cima. El desnivel de altura que había entre sus
muros y los del templo permitía entrar la luz a la calle y contener, mejor, a
la sombra.
La calle era lúcida, no rígida. Si no hubiera sido
tan angosta, las piedras rectas se habrían, quizá, desdibujado. Así estaban
cerca; no bullían, no ha-blaban, no tenían la energía de las que jugaban en el
muro del palacio de Inca Roca; era el muro quien imponía silencio; y si alguien
hubiera can-tado con hermosa voz, allí, las piedras habrían repetido con tono
perfecto, idéntico, la música.
Estábamos juntos; recordando yo las descripciones
que en los viajes hizo mi padre, del Cuzco. Oí entonces un canto.
— ¡La María Angola!
—le dije.
—Sí. Quédate quieto. Son las nueve. En la pampa de
Anta, a cinco leguas, se le oye. Los viajeros se detienen y se persignan.
La tierra debía convertirse en oro en ese instante;
yo también, no sólo los muros y la ciudad, las torres, el atrio y las fachadas
que habían visto.
La voz de la campana resurgía. Y me pareció ver,
frente a mí, la imagen de mis protectores, los alcaldes indios: don Maywa y don
Víctor Pusa, re-zando arrodillados delante de la fachada de la iglesia de
adobes, blanqueada, de mi aldea, mientra la luz del crepúsculo no resplandecía
sino cantaba. En
los molles, las águilas, los wamanchas tan temidos por carnívoros, elevaban
la cabeza, bebían la luz, ahogándose. cinco leguas de distancia.
Yo sabía que la voz de la campana llegaba a
Creí que estallaría en la plaza. Pero surgía
lentamente, a intervalos suficien-tes; y el canto se acrecentaba, atravesaba
los elementos; y todo se convertía en esa música cuzqueña, que abría las
puertas de la memoria.
En los grandes lagos, especialmente en los que
tienen islas y bosques de totora, hay campanas que tocan a la media noche. A su
canto triste salen del agua toros de fuego, o de oro, arrastrando cadenas;
suben a las cumbres y mugen en la helada; porque en el Perú los lagos están en
la altura. Pensé que esas campanas debían de ser illas, reflejos de la
"María Angola", que convertiría a los amarus en toros. Desde el
centro del mundo, la voz de la campana, hundiéndose en los lagos, habría
transformado a las antiguas cria-turas.
—Papá —le dije, cuando cesó de tocar la campana—.
¿No me decías que llegaríamos al Cuzco para ser eternamente felices?
— ¡El Viejo está aquí! —dijo—. ¡El
Anticristo!
—Ya mañana nos vamos. El también se irá a sus
haciendas. Las cam-
panas que hay en los lagos que hemos visto en las
punas, ¿no serán illas de la "María Angola" ?
—Quizás, hijo. Tú piensas todavía como un niño. —He
visto a don Maywa, cuando tocaba la campana. —Así es. Su voz aviva el recuerdo.
¡Vamonos!
En la penumbra, las serpientes esculpidas ¿obre la
puerta del palacio de
Huayna Capac caminaban. Era lo único que se movía
en ese kijllu acerado.
Nos siguieron, vibrando, hasta la casa.
El pongo esperaba en la puerta. Se quitó la
montera, y así descubierto, nos siguió hasta el tercer patio. Venía sin hacer
ruido, con los cabellos re-vueltos, levantados. Le hablé en quechua. Me miró
extrañado.
—¿No sabe hablar? —le pregunté a mi padre.
—No se atreve —me dijo—. A pesar de que nos
acompaña a la cocina. En ninguno de los centenares de pueblos donde había
vivido con mi pa-
dre, hay pongos.
—Tayta —le dije en quechua al indio—. ¿Tú eres
cuzqueño? —Manan —contestó—. De la hacienda.
Tenía un poncho raído, muy corto. Se inclinó y
pidió licencia para irse.
Se inclinó como un gusano que pidiera ser
aplastado.
Abracé a mi padre, cuando prendió la luz de la
lámpara. El perfume del cedrón llegaba hasta nosotros. No pude contener el
llanto. Lloré como al borde de un gran lago desconocido.
— ¡Es el Cuzco! —me dijo mi padre—. Así agarra a
los hijos de los cuzqueños ausentes. También debe ser el canto de la
"María Angola".
No quiso acostarse en la cuja del Viejo. —Hagamos
nuestras camas —dijo.
Como en los corredores de las casas en que nos
alojaban en los pueblos, tendimos nuestras camas sobre la tierra. Yo tenía los
ojos nublados. Veía al indio de hacienda, su rostro extrañado; las pequeñas
serpientes del Amaru Cancha, los lagos moviéndose ante la voz de la campana.
¡Estarían marchan-do los toros a esa hora, buscando las cumbres!
Rezamos en voz alta. Mi padre pidió a Dios que no
oyera las oraciones que con su boca inmunda entonaba el Viejo en todas las
iglesias, y aun en las calles.
Me despertó al día siguiente, llamándome:
—Está amaneciendo. Van a tocar la campana.
Tenía en las manos su reloj de oro, de tres capas.
Nunca lo vendió. Era un recuerdo de su padre. A veces se le veía como a un
fanático, dándole cuerda a ese reloj fastuoso, mientras su ropa aparecía vieja,
y él permanecía sin afeitarse, por el abatimiento. En aquel pueblo de los niños
asesinos de pájaros, donde nos sitiaron de hambre, mi padre salía al corredor,
y frente al bosque de hierbas venenosas que crecían en el patio, acariciaba su
reloj, lo hacía brillar al sol, y esa luz lo fortalecía.
—Nos levantaremos después que la campana toque, a
las cinco —dijo.
—El oro que doña María Angola entregó para que
fundieran la campana ¿fueron joyas? —le pregunté.
—Sabemos que entregó un quintal de oro. Ese metal
era del tiempo de los incas. Fueron, quizá, trozos del Sol de Inti Cancha o de
las paredes del templo, o de los ídolos. Trozos, solamente; o joyas grandes
hechas de ese oro. Pero no fue un quintal, sino mucho más, .el oro que
fundieron para la campana. María Angola, ella sola, llevó un quintal. ¡El oro,
hijo, suena como para que la voz de las campanas se eleve hasta el cielo, y
vuelva con el canto de los ángeles a la tierra!
—¿Y las campanas feas de los pueblos que no tenían
oro?
—Son pueblos olvidados. Las oirá Dios, pero ¿a qué
ángel han de hacer bajar esos ruidos? El hombre también tiene poder. Lo que has
visto anoche no lo olvidarás.
—Vi, papá, a don Pablo Maywa, arrodillado frente a
la capilla de su pueblo.
—Pero ¡recuerda, hijo! Las campanitas de ese pueblo
tenían oro. Fue pueblo de mineros.
Comenzó, en ese instante, el primer golpe de la
"María Angola". Nuestra habitación, cubierta de hollín hasta el
techo, empezó a vibrar con las ondas lentas del canto. La vibración era triste,
la mancha de hollín se mecía como un trapo negro. Nos arrodillamos para rezar.
Las ondas finales se percibían todavía en el aire, apagándose, cuando llegó el
segundo golpe, aún más triste.
Yo tenía catorce años; había pasado mi niñez en una
casa ajena, vigilado siempre por crueles personas. El señor de la casa, el
padre, tenía ojos de párpados enrojecidos y cejas espesas; le placía hacer
sufrir a los que depen-dían de él, sirvientes y animales. Después, cuando mi
padre me rescató y vagué con él por los pueblos, encontré que en todas partes
la gente sufría. La "María Angola" lloraba, quizás, por todos ellos,
desde el Cuzco. A nadie había visto más humillado que a ese pongo del Viejo. A
cada golpe, la cam-pana entristecía más y se hundía en todas las cosas.
— ¡Papá! ¿Quién la hizo? —le pregunté, después del
último toque. —Campaneros del Cuzco. No sabemos más.
—No sería un español.
—¿Por qué no? Eran los mejores, los maestros. —¿El
español también sufría?
—Creía en Dios, hijo. Se humillaba ante El cuanto
más grande era. Y se
mataron también entre ellos. Pero tenemos que
apurarnos en arreglar nuestras cosas.
La luz del sol debía estar ya próxima. La cuja
tallada del Viejo se exhi-bía nítidamente en medio del cuarto. Su techo absurdo
y la tela de seda que la cubría, me causaban irritación. Las manchas de hollín
le daban un fondo humillante. Derribada habría quedado bien.
Volvimos a empacar el colchón de mi padre, los tres
pellejos de carnero sobre los que yo dormía, y nuestras frazadas.
Salimos. Nos miraron sorprendidos los inquilinos
del segundo patio. Mu-chos de ellos rodeaban una pila de agua, llevando baldes
y ollas. El árbol
de cedrón había sido plantado al centro del patio,
sobre la tierra más seca y endurecida. Tenía algunas flores en las ramas altas.
Su tronco aparecía des-cascarado casi por completo, en su parte recta, hasta
donde empezaba a rami-ficarse.
Las paredes de ese patio no habían sido pintadas
quizá desde hacía cien años; dibujos hechos con carbón por los niños, o simples
rayas, las cruza-ban. El patio olía mal, a orines, a aguas podridas. Pero el
más desdichado de todos los que vivían allí debía ser el árbol de cedrón.
"Si se muriera, si se secara, el patio parecería un infierno", dije
en voz baja. "Sin embargo lo han de matar; lo descascaran."
Encontramos limpio y silencioso el primer patio, el
del dueño. Junto a una columna del segundo piso estaba el pongo, con la cabeza
descubierta. Desapareció. Cuando subimos al corredor alto lo encontramos
recostado en la pared del fondo.
Nos saludó, inclinándose; se acercó a mi padre y le besó las manos.
— ¡Niño, niñito! —me dijo a mí, y vino detrás,
gimoteando. El mestizo hacía guardia, de pie, junto a una puerta tallada. —El
caballero lo está esperando —dijo, y abrió la puerta. Yo entré rápido, tras de
mi padre.
El Viejo estaba sentado en un sofá. Era una sala
muy grande, como no
había visto otra; todo el piso cubierto por una
alfombra. Espejos de anchos marcos, de oro opaco, adornaban las paredes; una
araña de cristales pendía del centro del techo artesonado. Los muebles eran
altos, tapizados de rojo. No se puso de pie el Viejo. Avanzamos hacia él. Mi
padre no le dio la mano. Me presentó.
—Tu tío, el dueño de las cuatro haciendas —dijo.
Me miró el Viejo, como intentando hundirme en la
alfombra. Percibí que su saco estaba casi deshilachado por la solapa, y que
brillaba desagradable-mente. Yo había sido amigo de un sastre, en Huamanga, y
con él nos ha-bíamos reído a carcajadas de los antiguos sacos de algunos
señorones avaros que mandaban hacer zurcidos. "Este espejo no sirve
—exclamaba el sastre, en quechua—. Aquí sólo se mira la cara el diablo que hace
guardia junto al señor para llevárselo a los infiernos."
Me agaché y le di la mano al Viejo. El salón me
había desconcertado; lo atravesé asustado, sin saber cómo andar. Pero el lustre
sucio que observé en el saco del Viejo me dio tranquilidad. El Viejo siguió
mirándome. Nunca vi ojos más pequeños ni más brillantes. ¡Pretendía rendirme!
Se enfrentó a mí. ¿Por qué? Sus labios delgadísimos los tuvo apretados. Miró en
seguida a mi padre. El era arrebatado y generoso; había preferido andar solo,
entre indios y mestizos, por los pueblos.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó el Viejo, volviendo
a mirarme.
Yo estaba prevenido. Había visto el Cuzco. Sabía
que tras los muros de los palacios incas vivían avaros. "Tú", pensé,
mirándolo también deteni-damente. La voz extensa de la gran campana, los amarus
del palacio de Huayna Capac, me acompañaban aún. Estábamos en el centro del
mundo.
—Me llamo como mi abuelo, señor —le dije.
—¿Señor? ¿No
soy tu tío?
Yo sabía que en los conventos, los frailes
preparaban veladas para reci-birlo; que lo saludaban en las calles los
canónigos. Pero nos había hecho llevar a la cocina de su casa; había mandado
armar allí esa cuja tallada, frente a la pared de hollín. No podía ser este
hombre más perverso ni tener más poder que mi cejijunto guardador que también
me hacía dormir en la cocina.
—Es usted mi tío. Ahora ya nos vamos, señor —le
contesté.
Vi que mi padre se regocijaba, aunque permanecía en
actitud casi so-lemne.
Se levantó el Viejo, sonriendo, sin mirarme.
Descubrí entonces que su rostro era ceniciento, de piel dura, aparentemente
descarnada de los huesos. Se acercó a un mueble del que pendían muchos
bastones, todos con puño de oro.
La puerta del salón había quedado abierta y pude
ver al pongo, vestido de harapos, de espaldas a las verjas del corredor. A la
distancia se podía percibir el esfuerzo que hacía por apenas parecer vivo, el
invisible peso que oprimía su respiración.
El Viejo le alcanzó a mi padre un bastón negro; el
mango de oro figu-raba la cabeza y cuello de un águila. Insistió para que lo
recibiera y lo lle-vara. No me miraron. Mi padre tomó el bastón y se apoyó en
él; el Viejo eligió uno más grueso, con puño simple, como una vara de alcalde.
Cuando pasó por mi lado comprobé que el Viejo era
muy bajo, casi un enano; caminaba, sin embargo, con aire imponente, y así se le
veía aun de espaldas.
Salimos al corredor. Repicaron las campanas. La voz
de todas se recortaba sobre el fondo de los golpes muy espaciados de la
"María Angola".
El pongo pretendió acercarse a nosotros, el Viejo
lo ahuyentó con un movimiento del bastón.
Hacía frío en la calle. Pero las campanas
regocijaban la ciudad. Yo es-peraba la voz de la "María Angola".
Sobre sus ondas que abrazaban al mun-do, repicaba la voz de las otras, las de
todas las iglesias. Al canto grave de la campana se animaba en mí la imagen
humillada del pongo, sus ojos hun-didos, los huesos de su nariz, que era lo
único enérgico de su figura; su cabeza descubierta en que los pelos parecían
premeditadamente revueltos, cubiertos de inmundicia. "No tiene padre ni
madre, sólo su sombra", iba repitiendo, recordando la letra de un huayno,
mientras aguardaba, a cada paso, un nuevo toque de la inmensa campana.
Cesó el repique, la llamada a misa, y tuve libertad
para mirar mejor la ciudad a la luz del día. Nos iríamos dentro de una hora, o
menos. El Viejo hablaba.
—Inca Roca lo edificó. Muestra el caos de los
gentiles, de las mentes primitivas.
Era aguda su voz y no parecía la de un viejo,
cenizo por la edad, y tan recio.
Las líneas del muro jugaban con el sol; las piedras
no tenían ángulos ni líneas rectas; cada cual era como una bestia que se
agitaba a la luz; trans-mitían el deseo de celebrar, de correr por alguna
pampa, lanzando gritos de
júbilo. Yo lo hubiera hecho; pero el Viejo seguía
predicando, con palabras selectas, como tratando de abrumar a mi padre.
Cuando llegamos a la esquina de la Plaza de Armas,
el Viejo se postró sobre ambas rodillas, se descubrió, agachó la cabeza y se
persignó lenta-mente. Lo reconocieron muchos y no se echaron a reír; algunos
muchachos se acercaron. Mi padre se apoyó en el bastón, algo lejos de él. Yo
esperé que apareciera un huayronk'o y le escupiera sangre en la frente, porque
estos insectos voladores son mensajeros del demonio o de la maldición de los
santos. Se levantó el Viejo y apuró el paso. No se puso el sombrero; avanzó con
la cabeza canosa descubierta. En un instante llegamos a la puerta de la
catedral. Mi padre lo seguía comedidamente. El Viejo era imperioso; pero yo le
hu-biera sacudido por la espalda. Y tal vez no habría caído, porque parecía
pesar mucho, como si fuera de acero; andaba con gran energía.
Ingresamos al templo, y el Viejo se arrodilló sobre
las baldosas. Entre las columnas y los arcos, rodeados del brillo del oro,
sentí que las bóvedas altísimas me rendían. Oí rezar desde lo alto, con voz de
moscardones, a un coro de hombres. Había poca gente en el templo. Indias con
mantas de colores sobre la cabeza, lloraban. La catedral no resplandecía tanto.
La luz filtrada por el alabastro de las ventanas era distinta de la del sol.
Parecía que habíamos caído, como en las leyendas, a alguna ciudad escondida en
el centro de una montaña, debajo de los mantos de hielo inapagables que nos
enviaban luz a través de las rocas. Un alto coro de madera lustrada se ele-vaba
en medio del templo. Se levantó el Viejo y nos guió hacia la nave de-recha.
—El Señor de los Temblores —dijo, mostrando un
retablo que alcanzaba la cima de la bóveda. Me miró, como si no fuera yo un
niño.
Me arrodillé junto a él y mi padre al otro lado.
Un bosque de ceras ardía delante del Señor. El
Cristo aparecía detrás del humo, sobre el fondo del retablo dorado, entre
columnas y arcos en que habían tallado figuras de ángeles, de frutos y de
animales.
Yo sabía que cuando el trono de ese Crucificado
aparecía en la puerta de la catedral, todos los indios del Cuzco lanzaban un
alarido que hacía es-tremecer la ciudad, y cubrían, después, las andas del
Señor y las calles y caminos, de flores de ñujchu, que es roja y débil.
El rostro del Crucificado era casi negro,
desencajado, como el del pongo. Durante las procesiones, con sus brazos
extendidos, las heridas profundas, y sus cabellos caídos a un lado, como una
mancha negra, a la luz de la plaza, con la catedral, las montañas o las calles
ondulantes, detrás, avanzaría ahon-dando las aflicciones de los sufrientes,
mostrándose como el que más padece, sin cesar. Ahora, tras el humo y esa luz
agitada de la mañana y de las velas, aparecía sobre el altar hirviente de oro,
como al fondo de un crepúsculo del mar, de la zona tórrida, en que el oro es
suave o brillante, y no pesado y en llamas como el de las nubes de la sierra
alta, o de la helada, donde el sol del crepúsculo se rasga en mantos temibles.
Renegrido, padeciendo, el Señor tenía un silencio
que no apaciguaba. Ha-cía sufrir; en la catedral tan vasta, entre las llamas de
las velas y el resplan-
dor del día que llegaba tan atenuado, el rostro del
Cristo creaba sufrimiento, lo extendía a las paredes, a las bóvedas y columnas.
Yo esperaba que de ellas brotaran lágrimas. Pero estaba allí el Viejo, rezando
apresuradamente con su voz metálica. Las arrugas de su frente resaltaron a la
luz de las velas; eran esos surcos los que daban la impresión de que su piel se
había descarnado de los huesos.
—No hay tiempo para más —dijo.
No oímos misa. Salimos del templo. Regresamos a
paso ligero. El Viejo nos guiaba.
No entramos a la iglesia de la Compañía; no pude
siquiera contemplar nuevamente su fachada; sólo vi la sombra de sus torres
sobre la plaza.
Encontramos un camión en la puerta de la casa. El
mestizo de botas ha-blaba con el chofer. Habían subido nuestros atados a la
plataforma. No nece-sitaríamos ya entrar al patio.
—Todo está listo, señor —dijo el mestizo.
Mi padre entregó el bastón al Viejo.
Yo corrí hasta el segundo patio. Me despedí del
pequeño árbol. Frente a él, mirando sus ramas escuálidas, las flores moradas,
tan escasas, que tem-blaban en lo alto, temí al Cuzco. El rostro del Cristo, la
voz de la gran cam-pana, el espanto que siempre había en la expresión del
pongo, ¡y el Viejo!, de rodillas en la catedral, aun el silencio de Loreto
Kijllu, me oprimían. En
ningún sitio debía sufrir más la criatura humana.
La sombra de la catedral y la voz de la "María Angola" al amanecer,
renacían, me alcanzaban. Salí. Ya nos íbamos.
El Viejo me dio la mano.
—Nos veremos —me dijo.
Lo vi feliz. Un poco lejos, el pongo estaba de pie,
apoyándose en la pared. Las roturas de su camisa dejaban ver partes del pecho y
del brazo. Mi padre ya había subido al camión. Me acerqué al pongo y me despedí
de él. No se asombró tanto. Lo abracé sin estrecharlo. Iba a sonreír, pero
gi-moteó, exclamando en quechua: " ¡Niñito, ya te vas; ya te estás yendo!
¡Ya te estás yendo! ".
Corrí al camión. El Viejo levantó los dos bastones
en ademán de despe-dida.
— ¡Debimos ir a la iglesia de la Compañía! —me dijo
mi padre, cuando el camión se puso en marcha—. Hay unos balcones cerca del
altar mayor; sí, hijo, unos balcones tallados, con celosías doradas que
esconden a quienes oyen misa desde ese sitio. Eran para las enclaustradas. Pero
sé que allí ba-jan, al amanecer, los ángeles más pequeños, y revolotean,
cantando bajo la cúpula, a la misma hora en que tocan la "María
Angola". Su alegría reina después en el templo durante el resto del día.
Había olvidado al Viejo, tan apurado en
despacharnos, aún la misa no oída; recordaba sólo la ciudad, su Cuzco amado y
los templos.
—Papá, la catedral hace sufrir —le dije.
—Por eso los jesuítas hicieron la Compañía.
Representan el mundo y la salvación.
Ya en el tren, mientras veía crecer la ciudad, al
fuego del sol que caía
sobre los tejados y las cúpulas de cal y canto,
descubrí el Sacsayhuaman, la fortaleza, tras el monte en el que habían plantado
eucaliptos.
En filas quebradas, las murallas se asentaban sobre
la ladera, entre el gris del pasto. Unas aves negras, no tan grandes como dos
cóndores, daban vueltas, o se lanzaban desde el fondo del cielo sobre las filas
de muros. Mi padre vio que contemplaba las ruinas y no me dijo nada. Más
arriba, cuando el Sacsayhuaman se mostró, rodeando la montaña, y podía
distinguirse el per-fil redondo, no filudo, de los ángulos de las murallas, me
dijo:
—Son como las piedras de Inca Roca. Dicen que
permanecerán hasta el juicio final; que allí tocará su trompeta el arcángel.
Le pregunté entonces por las aves que daban vueltas
sobre la fortaleza. —Siempre están —me dijo—. ¿No recuerdas que huaman
significa águi-
la?
"Sacsay huaman' quiere
decir "Aguila repleta".
—¿Repleta? Se llenarán con el aire.
—No, hijo. No comen. Son águilas de la fortaleza.
No necesitan comer; juegan sobre ella. No mueren. Llegarán al juicio final.
—El Viejo se presentará ese día peor de lo que es,
más ceniciento.
—No se presentará. El juicio final no es para los
demonios.
Pasamos la cumbre. Llegamos a Iscuchaca. Allí
alquilamos caballos para seguir viaje a Abancay. Iríamos por la pampa de Anta.
Mientras trotábamos en la llanura inmensa, yo veía
el Cuzco; las cúpulas de los templos a la luz del sol, la plaza larga en donde
los árboles no podían crecer. ¿Cómo se habían desarrollado, entonces, los
eucaliptos, en las lade-ras del Sacsayhuaman? Los señores avaros habrían
envenenado quizá, con su aliento, la tierra de la ciudad. Residían en los
antiguos solares desde los tiem-pos de la conquista. Recordé la imagen del
pequeño cedrón de la casa del Viejo.
Mi padre iba tranquilo. En sus ojos azules reinaba
el regocijo que sentía al iniciar cada viaje largo. Su gran proyecto se había
frustrado, pero estába-mos trotando. El olor de los caballos nos daba alegría.
En la tarde llegamos a la cima de las cordilleras
que cercan el Apurímac.
"Dios que habla" significa el nombre de
este río.
El forastero lo descubre casi de repente, teniendo
ante sus ojos una cadena sin fin de montañas negras y nevados, que se alternan.
El sonido del Apurímac alcanza las cumbres, difusamente, desde el abismo, como
un rumor del espacio.
El río corre entre bosques negruzcos y mantos de
cañaverales que sólo crecen en las tierras quemantes. Los cañaverales reptan
las escarpadas laderas o aparecen suspendidos en los precipicios. El aire
transparente de la altura va tornándose denso hacia el fondo del valle.
El viajero entra a la quebrada bruscamente. La voz
del río y la hondura del abismo polvoriento, el juego de la nieve lejana y las
rocas que brillan como espejos, despiertan en su memoria los primitivos
recuerdos, los más antiguos sueños.
A medida que baja al fondo del valle, el recién
llegado se siente trans-parente, como un cristal en que el mundo vibrara.
Insectos zumbadores apa-recen en la región cálida; nubes de mosquitos venenosos
se clavan en el
rostro. El viajero oriundo de las tierras frías se
acerca al río, aturdido, febril, con las venas hinchadas. La voz del río
aumenta; no ensordece, exalta. A los niños los cautiva, les infunde
presentimientos de mundos desconocidos. Los penachos de los bosques de carrizo
se agitan junto al río. La corriente marcha como a paso de caballos, de grandes
caballos cerriles.
—¡Apurtmac tnayul ¡Apurímac tnayul —repiten los
niños de habla que-chua, con ternura y algo de espanto.
II. LOS
VIAJES
Mi PADRE no pudo encontrar nunca dónde fijar su
residencia; fue un abo-gado de provincias, inestable y errante. Con él conocí
más de doscientos pue-blos. Temía a los valles cálidos y sólo pasaba por ellos
como viajero; se quedaba a vivir algún tiempo en los pueblos de clima templado:
Pampas, Huaytará, Coracora, Puquio, Andahuaylas, Yauyos, Cangallo... Siempre
junto a un río pequeño, sin bosques, con grandes piedras lúcidas y peces
menudos. El arrayán, los lambras, el sauce, el eucalipto, el capulí, la tara,
son árboles de madera limpia, cuyas ramas y hojas se recortan libremente. El
hombre los contempla desde lejos; y quien busca sombra se acerca a ellos y
reposa bajo un árbol que canta solo, con una voz profunda, en que los cielos,
el agua y la tierra se confunden.
Las grandes piedras detienen el agua de esos ríos
pequeños; y forman los remansos, las cascadas, los remolinos, los vados. Los
puentes de madera o los puentes colgantes y las oroyas, se apoyan en ellas. En
el sol, brillan. Es difícil escalarlas porque casi siempre son compactas y
pulidas. Pero desde esas piedras se ve cómo se remonta el río, cómo aparece en
los recodos, cómo en sus aguas se refleja la montaña. Los hombres nadan para
alcanzar las grandes piedras, cortando el río, llegan a ellas y duermen allí.
Porque de ningún otro sitio se oye mejor el sonido del agua. En los ríos anchos
y gran-des no todos llegan hasta las piedras. Sólo los nadadores, los audaces,
los héroes; los demás, los humildes y los niños se quedan; miran desde la
orilla, cómo los fuertes nadan en la corriente, donde el río es hondo, cómo
llegan hasta las piedras solitarias, cómo las escalan, con cuánto trabajo, y
luego se yerguen para contemplar la quebrada, para aspirar la luz del río, el
poder con que marcha y se interna en las regiones desconocidas.
Pero mi padre decidía irse de un pueblo a otro,
cuando las montañas, los caminos, los campos de juego, el lugar donde duermen
los pájaros, cuando los detalles del pueblo empezaban a formar parte de la
memoria.
A mi padre le gustaba oír huaynos-,1 no sabía
cantar, bailaba mal, pero recordaba a qué pueblo, a qué comunidad, a qué valle
pertenecía tal o cual canto. A los pocos días de haber llegado a un pueblo
averiguaba quién era el mejor arpista, el mejor tocador de charango, de violín
y de guitarra. Los llamaba, y pasaban en la casa toda una noche. En esos
pueblos sólo los indios tocan arpa y violín. Las casas que alquilaba mi padre
eran las más baratas de los barrios centrales. El piso era de tierra y las paredes
de adobe desnudo o enlucido con barro. Una lámpara de kerosene nos alumbraba.
Las habitacio-nes eran grandes; los músicos tocaban en una esquina. Los
arpistas indios tocan con los ojos cerrados. La voz del arpa parecía brotar de
la oscuridad que hay dentro de la caja; y el charango formaba un torbellino que
grababa en la memoria la letra y la música de los cantos.
En los pueblos, a cierta hora, las aves se dirigen
visiblemente a lugares ya conocidos. A los pedregales, a las huertas, a los
arbustos que crecen en la orilla de las aguadas. Y según el tiempo, su vuelo es
distinto. La gente del lugar no observa estos detalles, pero los viajeros, la
gente que ha de irse, no los olvida. Las tuyas prefieren los árboles altos, los
jilgueros duermen o des-cansan en los arbustos amarillos; el chihuaco canta en
los árboles de hojas oscuras: el saúco, el eucalipto, el lambras; no va a los
sauces. Las tórtolas vuelan a las paredes viejas y horadadas; las torcazas
buscan las quebradas, los pequeños bosques de apariencia lejana; prefieren que
se les oiga a cierta distancia. El gorrión es el único que está en todos los
pueblos y en todas partes. El viuda-pisk'o salta sobre las grandes matas de
espino, abre las alas negras, las sacude, y luego grita. Los loros grandes son
viajeros. Los loros pequeños prefieren los cactos, los árboles de espino.
Cuando empieza a oscu-recer se reparten todas esas aves en el cielo; según los
pueblos toman dife-rentes direcciones, y sus viajes los recuerda quien las ha
visto, sus trayectos no se confunden en la memoria.
Cierta vez llegamos a un pueblo cuyos vecinos
principales odian a los forasteros. El pueblo es grande y con pocos indios. Las
faldas de los cerros están cubiertas por extensos campos de linaza. Todo el
valle parece sem-brado de lagunas. La flor azul de la linaza tiene el color de
las aguas de al-tura. Los campos de linaza parecen lagunas agitadas; y, según
el poder del viento, las ondas son menudas o extensas.
Cerca del pueblo, todos los caminos están orillados
de árboles de capulí.
Eran unos árboles frondosos, altos, de tronco
luminoso; los
únicos árboles
frutales del valle. Los pájaros de pico duro, la
tuya, el viuda-pisk'o, el chihuaco,
rondaban las huertas. Todos los niños del pueblo se
lanzaban sobre los árbo-
1 Canción y
baile popular de origen incaico.
les, en la tarde y al mediodía. Nadie que los haya
visto podrá olvidar la lucha de los niños de ese pueblo contra los pájaros. En
los pueblos trigueros, se arma a los niños con hondas y latas vacías; los niños
caminan por las sendas que cruzan los trigales; hacen tronar sus hondas, cantan
y agitan el badajo de las latas. Ruegan a los pájaros en sus canciones, les
avisan: " ¡Está envenenado el trigo! ¡Idos, idos! ¡Volad, volad! Es del
señor cura. ¡Salid! ¡Buscad otros campos! ". En el pueblo del que hablo, todos
los niños estaban
armados con hondas de jebe; cazaban a los
pájaros como a enemigos de
guerra;
reunían los
cadáveres a
la salida de las huertas, en el camino, y los
contaban:
veinte tuyas, cuarenta chihuacos, diez
viuda pisk'os.
Un cerro alto y puntiagudo era el vigía del pueblo.
En la cumbre estaba clavada una cruz; la más grande y poderosa de cuantas he
visto. En mayo la bajaron al pueblo para que fuera bendecida. Una multitud de
indios vinie-ron de las comunidades del valle; y se reunieron con los pocos
comuneros del pueblo, al pie del cerro. Ya estaban borrachos, y cargaban odres
llenos de aguardiente. Luego escalaron el cerro, lanzando gritos, llorando.
Desclavaron la cruz y la bajaron en peso. Vinieron por las faldas erizadas y
peladas de la montaña y llegaron de noche.
Yo abandoné ese pueblo cuando los indios velaban su
cruz en medio de la plaza. Se habían reunido con sus mujeres, alumbrándose con
lámparas y pequeñas fogatas. Era pasada la medianoche. Clavé en las esquinas
unos car-teles en que me despedía de los vecinos del pueblo, los maldecía. Salí
a pie, hacia Huancayo.
En ese pueblo quisieron matarnos de hambre;
apostaron un celador en cada esquina de nuestra casa para amenazar a los
litigantes que iban al es-tudio de mi padre; odiaban a los forasteros como a
las bandas de langostas. Mi padre viajaría en un camión, al amanecer; yo salí a
pie en la noche. La cruz estaba tendida en la plaza. Había poca música; la voz
de unas cuantas arpas opacas se perdía en la pampa. Los indios hacen bulla
durante las vísperas, pero en esa plaza estaban echados, hombres y mujeres;
hablaban junto a la cruz, en la sombra, como los sapos grandes que croan desde
los pantanos.
Lejos de allí, ya en la cordillera, encontré otros
pueblos que velaban su cruz. Cantaban sin mucho ánimo. Pero estaban bien
alumbrados; centenares de velas iluminaban las paredes en las que habían
reclinado las cruces.
Sobre el abra, antes de pasar la cumbre, recordé
las hileras de árboles de capulí que orillan los muros en ese pueblo; cómo
caían, enredándose en las ramas, los pájaros heridos a honda; el río pequeño,
tranquilo, sin piedras grandes, cruzando en silencio los campos de linaza; los
peces menudos en cuyos costados brilla el sol; la expresión agresiva e
inolvidable de las gentes.
Era un pueblo hostil que vive en la rabia, y la
contagia. En la esquina de una calle donde crecía yerba de romaza que escondía
grillos y sapos, ha-bía una tienda. Vivía allí una joven alta, de ojos azules.
Varias noches fui a esa esquina a cantar huaynos que jamás se habían oído en el
pueblo. Desde el abra podía ver la esquina; casi terminaba allí el pueblo. Fue
un homenaje desinteresado. Robaba maíz al comenzar la noche, cocinaba choclos
con mi padre en una olla de barro, la única de nuestra casa. Después de comer,
odiábamos al pueblo y planeábamos nuestra fuga. Al fin nos acostábamos;
pero yo me levantaba cuando mi padre empezaba a
roncar. Más allá del patio seco de nuestra casa había un canchón largo cubierto
de una yerba alta, ve-nenosa para las bestias; sobre el canchón alargaban sus
ramas grandes capu-líes de la huerta vecina. Por temor al bosque tupido, en
cuyo interior cami-naban millares de sapos de cuerpo granulado, no me acerqué
nunca a las ramas de ese capulí. Cuando salía en la noche, los sapos croaban a
intervalos; su coro frío me acompañaba varias cuadras. Llegaba a la esquina, y
junto a la tienda de aquella joven que parecía ser la única que no miraba con
ojos severos a los extraños, cantaba huaynos de Querobamba, de Lambrama, de
Sañayca, de Toraya, de Andahuaylas... de los pueblos más lejanos; cantos de las
quebradas profundas. Me desahogaba; vertía el desprecio amargo y el odio con
que en ese pueblo nos miraban, el fuego de mis viajes por las gran-des
cordilleras, la imagen de tantos ríos, de los puentes que cuelgan sobre el agua
que corre desesperada, la luz resplandeciente y la sombra de las nubes más
altas y temibles. Luego regresaba a mi casa, despacio, pensando con lucidez en
el tiempo en que alcanzaría la edad y la decisión necesarias para acercarme a
una mujer hermosa; tanto más bella si vivía en pueblos hos-tiles.
Frente a Yauyos hay un pueblo que se llama Cusi.
Yauyos está en una quebrada pequeña, sobre un afluente del río Cañete. El
riachuelo nace en uno de los pocos montes nevados que hay en ese lado de la
cordillera; el agua baja a saltos hasta alcanzar el río grande que pasa por el
fondo lejano del valle, por un lecho escondido entre las montañas que se
levantan brusca-mente, sin dejar un claro, ni una hondonada. El hombre siembra
en las faldas escarpadas inclinándose hacia el cerro para guardar el equilibrio.
Los toros aradores, como los hombres, se inclinan; y al fin del surco dan la
media vuelta como bestias de circo, midiendo los pasos. En ese pueblo, el
pequeño río tiene tres puentes: dos de cemento, firmes y seguros, y uno viejo
de troncos de eucalipto, cubiertos de barro seco. Cerca del puente viejo hay
una huerta de grandes eucaliptos. De vez en cuando llegaban bandadas de loros a
posarse en esos árboles. Los loros se prendían de las ramas; gritaban y
cami-naban a lo largo de cada brazo de árbol; parecían conversar a gritos,
cele-brando su llegada. Se mecían en las copas altas del bosque. Pero no bien
empezaban a gozar de sosiego, cuando sus gritos repercutían en las rocas de los
precipicios, salían de sus casas los tiradores de fusil; corrían con el arma en
las manos hacia el bosque. El grito de los loros grandes sólo lo he oído en las
regiones donde el cielo es despejado y profundo.
Yo llegaba antes que los fusileros a ese bosque de
Yauyos. Miraba a los loros y escuchaba sus gritos. Luego entraban los
tiradores. Decían que los fusileros de Yauyos eran notables disparando en la
posición de pie porque se entrenaban en los loros. Apuntaban; y a cada disparo
caía un loro; a veces, por casualidad, derribaban dos. ¿Por qué no se movía la
bandada? ¿Por qué no levantaban el vuelo al oír la explosión de los balazos y
al ver tantos heridos? Seguían en las ramas, gritando, trepando, saltando de un
árbol a otro. Yo hacía bulla, lanzaba piedras a los árboles, agitaba latas
llenas
de piedras; los fusileros se burlaban; y seguían
matando loros, muy formal-mente. Los niños de las escuelas venían por grupos a
recoger los loros muer-tos; hacían sartas con ellos. Concluido el
entrenamiento, los muchachos pa-seaban las calles llevando cuerdas que cruzaban
todo el ancho de la calle; de cada cuerda colgaban de las patas veinte o
treinta loros ensangrentados.
En Huancapi estuvimos sólo unos días. Es la capital
de provincia más humilde de todas las que he conocido. Está en una quebrada
ancha y fría, cerca de la cordillera. Todas las casas tienen techo de paja y
solamente los forasteros: el juez, el telegrafista, el subprefecto, los
maestros de las escue-las, el cura, no son indios. En la falda de los cerros el
viento sacude la paja; en el lecho de la quebrada y en algunas hondonadas crece
la k'eñwa, un árbol chato, de corteza roja. La montaña por donde sale el sol
termina en un preci-picio de rocas lustrosas y oscuras. Al pie del precipicio,
entre grandes piedras, crecen también esos árboles de puna, rojos, de hojas
menudas; sus troncos salen del pedregal y sus ramas se tuercen entre las rocas.
Al anochecer, la luz amarilla ilumina el precipicio; desde el pueblo, a gran
distancia, se distin-gue el tronco rojo de los árboles, porque la luz de las
nubes se refleja en la piedra, y los árboles, revueltos entre las rocas,
aparecen. En ese gran preci-picio tienen sus nidos los cernícalos de la
quebrada. Cuando los cóndores y gavilanes pasan cerca, los cernícalos los
atacan, se lanzan sobre las alas enor-mes y les clavan sus garras en el lomo.
El cóndor es inerme ante el cernícalo; no puede defenderse, vuela agitando las
alas, y el cernícalo se prende de él, cuando logra alcanzarlo. A veces, los
gavilanes se quejan y chillan, cruzan la quebrada perseguidos por grupos de
pequeños cernícalos. Esta ave ataca al cóndor y al gavilán en son de burla; les
clava las garras y se remonta; se precipita otra vez y hiere el cuerpo de su
víctima.
Los indios, en mayo, cantan un huayno guerrero:
Killinchu yau, Oye, cernícalo,
Wamancha yau, oye, gavilán,
urpiykitam k'echosk'ayki voy a quitarte a tu paloma,
yanaykitam k'echosk'ayki. a
tu amada voy a quitarte.
K'echosk'aykim, He de arrebatártela,
k'echosk'aykim he
de arrebatártela,
apasak'mi apasak'mi me
la he de llevar, me la he de llevar,
killincha ¡oh cernícalo!
wamancha ¡oh gavilán!
El desafío es igual, al cernícalo, al gavilán o al
cóndor. Junto a las grandes montañas, cerca de los precipicios donde anidan las
aves de presa, cantan los indios en este mes seco y helado. Es una canción de
las regiones frías, de las quebradas altas, y de los pueblos de estepa, en el
sur.
Salimos de Huancapi antes del amanecer. Sobre los
techos de paja había nieve, las cruces de los techos también tenían hielo. Los
toros de barro que
clavan a un lado y a otro de las cruces parecían
más grandes a esa hora; con la cabeza levantada, tenían el aire de animales
vivos sólo sensibles a la pro-fundidad. El pasto y las yerbas que orillan las
acequias de las calles estaban helados; las ramas que cuelgan sobre el agua,
aprisionadas por la nieve, se agitan pesadamente con el viento o movidas por el
agua. El precipicio de los
cernícalos es muy visible; la vía láctea
pasaba junto a la cumbre. Por el
camino a Cangallo bajamos hacia el
fondo del valle, siguiendo el curso de
la quebrada. La noche era helada y no
hablábamos; mi padre iba delante, yo
tras él, y el peón me seguía de cerca, a pie.
Ibamos buscando al gran río, al Pampas. Es el río más extenso de los que pasan
por las regiones templadas. Su lecho es ancho, cubierto de arena. En mayo y
junio, las playas de arena y de piedras se extienden a gran distancia de las
orillas del río, y tras las playas, una larga faja de bosque bajo y florido de
retama, un bosque virgen donde viven palomas, pequeños pájaros y nubes de
mariposas amarillas. Una paloma demora mucho en cruzar de una banda a otra del
río. El vado para las bestias de carga es ancho, cien metros de un agua
cristalina que deja ver la sombra de
los peces, cuando se lanzan a esconderse bajo las
piedras. Pero en verano el río es una tempestad de agua terrosa; entonces los
vados no existen, hay
que hacer grandes caminatas para llegar a los
puentes. Nosotros bajamos por el camino que cae al vado de Cangallo.
Ya debía amanecer. Habíamos llegado a la región de
los lambras, de los molles y de los árboles de tara. Bruscamente, del abra en
que nace el torren-te, salió una luz que nos iluminó por la espalda. Era una
estrella más lumi-nosa y helada que la luna. Cuando cayó la luz en la quebrada,
las hojas de los lambras brillaron como la nieve; los árboles y las yerbas
parecían tém-panos rígidos; el aire mismo adquirió una especie de sólida
transparencia. Mi corazón latía como dentro de una cavidad luminosa. Con luz desconocida,
la
estrella siguió creciendo; el camino de tierra
blanca ya no era visible sino a lo lejos. Corrí hasta llegar junto a mi padre;
él tenía el rostro agachado;
su caballo negro también tenía brillo, y su sombra
caminaba como una man-cha semioscura. Era como si hubiéramos entrado en un
campo de agua que reflejara el brillo de un mundo nevado. " ¡Lucero
grande, werak'ocha, lucero grande! llamándonos, nos alcanzó el peón; sentía la
misma exaltación ante esa luz repentina.
La estrella se elevaba despacio. Llegamos a la
sombra de un precipicio alto, cortado a pico en la roca; entramos en la
oscuridad como a un refugio. Era el último recodo del torrente. A la vuelta
estaba el río, la quebrada am-plia, azul; el gran Pampas tranquilo, del
invierno. De la estrella sólo quedó un pozo blanco en el cielo, un círculo que
tardó mucho en diluirse. Cruzamos el vado; los caballos chapotearon, temblando
de alegría, en la corriente cris-talina. Llegamos a los bosques de lúcumos que
crecen rodeando las casas de las pequeñas haciendas, cerca de Cangallo. Eran
unos árboles altos, de tronco recto y con la copa elevada y frondosa. Palomas y
tuyas volaban de los árboles hacia el campo.
De Cangallo seguimos viaje a Huamanga, por la pampa
de los indios morochucos.
Jinetes de rostro europeo, cuatreros legendarios,
los morochucos son descendientes de los almagristas excomulgados que se
refugiaron en esa pam-pa fría, aparentemente inhospitalaria y estéril. Tocan
charango y wad'rapucu, raptan mujeres y vuelan en la estepa en caballos
pequeños que corren como vicuñas. El arriero que nos guiaba no cesó de rezar
mientras trotábamos en la pampa. Pero no vimos ninguna tropa de morochucos en
el camino. Cerca de Huamanga, cuando bajábamos lentamente la cuesta, pasaron
como diez de
ellos; descendían
cortando camino, al galope. Apenas pude verles el rostro.
Iban emponchados; una
alta bufanda les abrigaba el
cuello; los largos pon-
chos caían
sobre los costados del
caballo. Varios llevaban wad'rapucus a la
espalda, unas trompetas de cuerno ajustadas con
anillos de plata. Muy abajo, cerca de un bosque reluciente de molles, tocaron
sus cornetas anunciando su llegada a la ciudad. El canto de los wak'rapucus
subía a las cumbres como un coro de toros encelados e iracundos.
Nosotros seguimos viaje con una lentitud
inagotable.
III. LA
DESPEDIDA
H A S T A UN DÍA en que mi padre me confesó, con
ademán aparentemente más enérgico que otras veces, que nuestro peregrinaje
terminaría en Abancay.
Tres departamentos tuvimos que atravesar para
llegar a esa pequeña ciu-dad silenciosa. Fue el viaje más largo y extraño que
hicimos juntos; unas quinientas leguas en jornadas medidas que se cumplieron
rigurosamente. Pasó por el Cuzco, donde nació, estudió e hizo su carrera; pero
no se detuvo; al contrario, pasó por allí como sobre fuego.
Cruzábamos el Apurímac, y en los ojos azules e
inocentes de mi padre
vi la
expresión característica que tenían cuando el desaliento le hacía con-cebir la
decisión de nuevos viajes. Mientras yo me debatía en el fuego del valle, él
caminaba silencioso y abstraído.
—Es siempre el mismo hombre maldito —exclamó una
vez.
Y cuando le pregunté que a quién se refería, me
contestó: " ¡El Viejo! ". Se
llama amank'ay a una flor silvestre, de
corola amarilla, y awankay al balanceo
de las grandes aves. Awankay es volar
planeando, mirando la pro-fundidad.
¡Abancay! Debió de ser un pueblo
perdido entre bosques de piso-nayes y de árboles desconocidos, en un valle de
maizales inmensos que lle-gaban hasta el río. Hoy los techos de calamina
brillan estruendosamente; huertas de
mora separan los pequeños barrios, y los campos de cañaverales se extienden
desde el pueblo hasta el Pachachaca. Es un pueblo cautivo, le-
vantado en la tierra ajena de una hacienda.
El día que llegamos repicaban las campanas. Eran
las cuatro de la tarde. Todas las mujeres y la mayor parte de los hombres
estaban arrodillados en las calles. Mi padre se bajó del caballo y preguntó a
una mujer por la causa de los repiques y del rezo en las calles. La mujer le
dijo que en ese instante operaban en el Colegio al padre Linares, santo
predicador de Abancay y
Director del Colegio. Me ordenó que desmontara y
que me arrodillara junto a él. Estuvimos cerca de media hora rezando en la
acera. No transitaba la gente; las campanas repicaban como llamando a misa.
Soplaba el viento y la basura de las calles nos envolvía. Pero nadie se levantó
ni siguió su camino hasta que las campanas cesaron.
—El ha de ser tu Director —dijo mi padre—. Sé que
es un santo, que es el mejor orador sagrado del Cuzco y un gran profesor de
Matemáticas y Castellano.
Nos alojamos en la casa de un notario, ex compañero
de colegio de mi padre. Durante el largo viaje me había hablado de su amigo y
de la convic-ción que tenía de que en Abancay le recomendaría clientes, y que
así, empe-zaría a trabajar desde los primeros días. Pero el notario era un
hombre casi inútil. Encorvado y pálido, debilitado hasta el extremo, apenas
caminaba. Su empleado hacía el trabajo de la notaría y le robaba sin piedad.
Mi padre sintió lástima de su amigo y se lamentó,
durante todo el tiempo que estuvo en Abancay, de haber ido a alojarse en la
casa de este caballero enfermo y no a un tambo. Nos hicieron dos camas en el
suelo, en el dormi-torio de los niños. Los hijos durmieron sobre pellejos y
nosotros en los col-chones.
— ¡Gabriel! Dispensa,
hermano, dispensa —decía el notario.
La mujer caminaba con los ojos bajos, sin atreverse
a hablar ni a mirar. Nosotros hubiéramos preferido salir de allí con cualquier
pretexto. " ¡Debi-bos ir a un tambo, a cualquier tambo! " exclamaba
mi padre, en voz baja.
—Después de tanto tiempo; viniendo tú de tan lejos
y no poder aten-derte —se lamentaba el enfermo.
Mi padre le agradecía y le pedía perdón, pero no se
decidía a declararle que nos dejara irnos. No fue posible. La voz de su amigo
parecía que iba a apagarse en cualquier instante; hablaba con gran esfuerzo.
Los niños ayuda-ban a la madre, me miraban sin mucha desconfianza; pero estaban
asombra-dos y no se atrevían a observar a mi padre.
Mi padre llevaba un vestido viejo, hecho por un
sastre de pueblo. Su aspecto era complejo. Parecía vecino de una aldea; sin
embargo, sus ojos azules, su barba rubia, su castellano gentil y sus modales,
desorientaban. No, no debíamos causar lástima, ni podíamos herir aun a la gente
más humilde. Sin embargo, fue un día cruel. Y nos sentimos dichosos cuando al
día siguien-te pudimos dormir sobre un poyo de adobes, en una tienda con
andamios que alquilamos en una calle central.
Nuestra vida empezó así, precipitadamente, en
Abancay. Y mi padre supo aprovechar los primeros inconvenientes para justificar
el fracaso del principal interés que tuvo ese viaje. No pudo quedarse, no
organizó su es-tudio. Durante diez días estuvo lamentando las fealdades del
pueblo, su silencio, su pobreza, su clima ardiente, la falta de movimiento
judicial. No había pequeños propietarios en la provincia; los pleitos eran de
carácter penal, querellas miserables que jamás concluían; toda la tierra pertenecía
a las haciendas; la propia ciudad, Abancay, no podía crecer porque estaba
rodeada por la hacienda Patibamba, y el patrón no
vendía tierras a los pobres ni a los ricos y los grandes señores sólo tenían
algunas causas antiguas que se ventilaban desde hacía decenas de años.
Yo estaba matriculado en el Colegio y dormía en el
internado. Com-prendí que mi padre se marcharía. Después de varios años de
haber viajado juntos, yo debía quedarme; y él se iría solo. Como todas las
veces, alguna circunstancia casual decidiría su rumbo. ¿A qué pueblo; y por qué
camino? Esta vez él y yo calculábamos a solas. No tomaría nuevamente el camino
del Cuzco; se iría por el otro lado de la quebrada, atravesando el Pachachaca,
buscando los pueblos de altura. De todos modos empezaría bajando hacia el fondo
del valle. Y luego subiría la cordillera de enfrente; vería Abancay por última
vez desde un abra muy lejana, de alguna cumbre azul donde sería invisible para
mí. Y entraría en otro valle o pampa, ya solo; sus ojos no verían del mismo
modo el cielo ni la lejanía; trotaría entre las piedras y los arbustos sin
poder hablar; y el horizonte, en las quebradas o en las cimas, se hundiría con
más poder, con gran crueldad y silencio en su interior. Porque cuando andábamos
juntos el mundo era de nuestro dominio, su alegría y sus sombras iban de él
hacia mí.
No; no podría quedarse en Abancay. Ni ciudad ni
aldea, Abancay deses-peraba a mi padre.
Sin embargo, quiso demostrarme que no quería faltar
a su promesa. Limpió su placa de abogado y la clavó en la pared, junto a la
puerta de la tienda. Dividió la habitación con un bastidor de tocuyo, y detrás
del bas-
tidor, sobre una tarima de adobes, tendió su cama.
Sentado en la puerta de la tienda o paseándose, esperó clientes. Tras la
división de madera, por
lo alto, se veían los andamios de la tienda. A
veces, cansado de caminar o de estar sentado, se echaba en la cama. Yo lo
encontraba así, desesperado. Cuan-do me veía, trataba de fingir.
—Puede ser que algún gran hacendado me encomiende
una causa. Y bas-taría con eso —decía—. Aunque tuviera que quedarme diez años
en este pueblo, tu porvenir quedaría asegurado. Buscaría una casa con huerta
para vivir y no tendrías que ir al internado.
Yo le daba la razón. Pero él estaba acostumbrado a
vivir en casas con grandes patios, a conversar en quechua con decenas de
clientes indios y mes-tizos; a dictar sus recursos mientras el sol alumbraba la
tierra del patio y se extendía alegremente en el entablado del
"estudio". Ahora estaba agacha-do, oprimido, entre las paredes de una
tienda construida para mercachifles.
Por eso, cuando una tarde fue a visitarme al
Colegio en compañía de un forastero con aspecto de hacendado de pueblo,
presentí que su viaje estaba resuelto. Una alegría incontenible brillaba en su
rostro. Ambos habían be-bido.
He venido un instante, con este caballero —me
dijo—. Ha llegado de Chalhuanca para consultar con un abogado; y hemos tenido
suerte. Su asunto es sencillo. Ya tienes autorización para salir. Ven al
estudio después de las clases.
El forastero me dio la mano.
Se despidieron
inmediatamente. El pantalón de montar,
con refuerzos
de cuero, del forastero, sus polainas opacas, su
saco corto, su corbata con un nudo pequeño sobre el cuello ancho de la camisa;
el color de sus ojos, su timidez, su sombrero ribeteado, eran muy semejantes a
los de todos los ha-cendados de los distritos de indios.
En la tarde fui a ver a mi padre. Encontré al
chalhuanquino en el es-tudio, sentado en una de las bancas. La puerta de la
tienda estaba casi com-pletamente cerrada. Sobre la mesa había varias botellas.
Mi padre servía un vaso de cerveza negra al forastero.
—Mi hijito, el sol que me alumbra. Helo aquí, señor
—dijo.
El hombre se levantó y se acercó a mí con ademán
muy respetuoso.
—Soy de Chalhuanca, joven. Su padre, el doctor, me
honra.
Puso su mano sobre mi hombro. Una bufanda de vicuña
colgaba de su cuello; los botones de su camisa eran morados. Tenía ojos claros,
pero en su cara quemada parecían ojos de indio. Era idéntico a todos los amigos
que mi padre había tenido en los pueblos.
—Usted es el contento del señor doctor, usted es su
corazón. Yo; yo estoy de paso. ¡Por él, doctor!
— ¡Por él!
Y bebieron un vaso lleno.
—Ya es un hombre, señor don Joaquín —dijo mi padre,
señalándome—. Con él he cruzado cinco veces las cordilleras; he andado en las
arenas de la costa. Hemos dormido en las punas, al pie de los nevados. Cien,
doscientas, quinientas leguas a caballo. Y ahora está en el internado de un
Colegio reli-gioso. ¿Qué le parecerá, a él que ha trotado por tantos sitios, el
encierro día y noche? ¡Pero estás en tu Colegio! ¡Estás en tu lugar verdadero!
Y nadie te moverá hasta que termines, hasta que vayas a la Universidad. ¡Sólo
que nunca, que jamás serás abogado! Para los grandes males basta conmigo.
Estaba inquieto. Se paseaba a lo ancho de la sala.
No necesitaba hablar más. Allí estaba ese viajero; su bufanda de vicuña, su
sombrero de hechura india, sus polainas con hebillas amarillas, los botones
morados de su camisa; sus cabellos largos, apelmazados por el sudor; sus ojos
verdes, pero como diluidos por el frío. Me hablaba en castellano. Cuando
hablara en quechua se quitaría la bufanda, o se la envolvería al cuello como
era debido.
—Yo, joven, soy de Chalhuanca. Estoy pleiteando con
un hacendado grande. Le quitaré el cuero. ¡Ahora sí! Como el cernícalo cuando
pedacea al gavilán en el aire. Con los consejos de su padre, desde lejos no
más. ¿Qué necesidad hay de que me acompañe hasta mi pueblo? ¿No es cierto,
doctor?
Se dirigió hacia él; pero mi padre se quedó quieto, de espaldas.
Entonces el forastero volvió a mirarme.
—No vaya usted a creer nada, joven. Soy de
Chalhuanca; he venido por un consejo para mi pleito. Ahí está el doctor. Como
un gavilán ha visto. Yo ya estaba amarrado. Pero un abogado es un abogado y
sabe más que un tin-
terillo. ¡Tinterillitos de porquería! ¡Ahura verán!
¡Payhunak'a nerk'achá...! Y continuó desahogándose en quechua.
Mi padre ya no pudo contenerse. Era inútil ocultar
que se iría. Los es-fuerzos inocentes de su amigo para aplazar la noticia
estaban denunciando su viaje, y lo turbaron definitivamente. Se recostó sobre
la mesa y lloró. El
chalhuanquino pretendió consolarlo; le hablaba en
quechua, ofreciéndole todas las recompensas y los mundos que en el idioma de
los indios pueden prometerse, hasta calmar por un instante las grandes
aflicciones. Luego se dirigió a mí:
—No es lejos Chalhuanca, joven —me dijo—. Detrás de
estas cordille-ras; en una quebradita. Vendremos en comisión para llevarte.
Reventaremos cohetes cuando entres a la plaza. Haremos bailar a los danzantes.
Pescarás con dinamita en el río; andarás por todos los cerros, a caballo;
cazarás ve-nados, vizcachas, chanchos cerriles...
Lo dejé hablando y me acerqué a mi padre. Estuvimos
muchos rato jun-tos. El chalhuanquino siguió hablando en quechua, rodeándonos,
haciendo bulla, pronunciando las palabras en voz cada vez más alta y tierna:
—Chalhuanca es mejor. Tiene un río, juntito al
pueblo. Allí queremos a los forasteros. Nunca ha ido un abogado, ¡nunca! Será
usted como un rey,
doctorcito. Todos se agacharán cuando pase, se
quitarán el sombrero como es debido. Comprará tierras; para el niño le
regalaremos un caballo con un buen apero de metal... ¡Pasarás el vado al
galope...! ¡En mi hacienda ma-nejarás un zurriago tronador y arrearás ganado!
Buscaremos a los patos en los montes del río; capearás a los toritos bravos de
la hacienda. ¡Ja caraya! ¡No hay que llorar! ¡Es más bien el milagro del Señor
de Chalhuanca! ¡El ha escogido ese pueblo para ustedes! ¡Salud, doctor; levante
su cabeza! ¡Levántate, muchacho guapo! ¡Salud, doctor! ¡Porque se despide de
este pueblo triste!
Y mi padre se puso de pie. El chalhuanquino me
sirvió medio vaso de cerveza:
—Ya está grandecito; suficiente para la ocasión. ¡Salud!
Fue la primera vez que bebí con mi padre. Y comenzó
nuevamente su alegría. Los planes deslumbrantes de siempre, en la víspera de
los viajes.
—Me quedaré en Chalhuanca, hijo. ¡Seré por fin
vecino de un pueblo! Y te esperaré en las vacaciones, como dice el señor, con
un caballo brioso en que puedas subir los cerros y pasar los ríos al galope.
Compraré una chacra junto al río, y construiremos un molino de piedra. ¡Quién
sabe po-damos traer a don Pablo Maywa para que lo arme! Es necesario afincarse,
no seguir andando así, como un Judío Errante... El pobre Alcilla será tu
apoderado, hasta diciembre.
Y nos separamos casi con alegría, con la misma
esperanza que después del cansancio de un pueblo nos iluminaba al empezar otro
viaje.
El subiría la cumbre de la cordillera que se
elevaba al otro lado del Pachachaca; pasaría el río por un puente de cal y
canto, de tres arcos. Desde el abra se despediría del valle y vería un campo
nuevo. Y mientras en Chal-huanca, cuando hablara con los nuevos amigos, en su
calidad de forastero recién llegado, sentiría mi ausencia, yo exploraría palmo
a palmo el gran valle y el pueblo; recibiría la corriente poderosa y triste que
golpea a los niños, cuando deben enfrentarse solos a un mundo cargado de monstruos
y de fuego, y de grandes ríos que cantan con la música más hermosa al chocar
contra las piedras y las islas.
IV. LA
HACIENDA
Los HACENDADOS de los pueblos pequeños contribuyen
con grandes vasijas de chicha y pailas de picantes para las faenas comunales.
En las fiestas salen a las calles y a las plazas, a cantar huaynos en coro y a
bailar. Caminan de dia-rio con polainas viejas, vestidos de diablo fuerte o
casinete, y una bufanda de vicuña o de alpaca en el cuello. Montan en caballos
de paso, llevan es-puelas de bronce y, siempre, sobre la montura, un pellón de
cuero de oveja. Vigilan a los indios cara a cara, y cuando quieren más de lo
que comúnmente se cree que es lo justo, les rajan el rostro o los llevan a
puntapiés hasta la cárcel, ellos mismos. En los días de fiesta, o cuando se
dirigen a la capital de la Provincia, visten de casimir, montan sobre pellones
sampedranos, con apero de gala cubierto de anillos de plata, estribos con
anchas fajas de metal y "roncadoras", con una gran aspa de acero.
Parecen transformados; cruzan la plaza a galope u obligan a los caballos a
trotar a paso menudo, braceando. Cuando se emborrachan, estando así vestidos,
hincan las espuelas hasta abrir una herida a los caballos; los estribos y el
aspa de las espuelas se bañan en sangre. Luego se lanzan a carrera por las
calles y sientan a los caballos en las esquinas. Temblando, las bestias
resbalan en el empedrado, y el jinete los obliga a retroceder. A veces los
caballos se paran y levantan las patas de-lanteras, pero entonces la espuela se
hunde más en la herida y la rienda es recogida con crueldad; el jinete exige,
le atormenta el orgullo. La gente los contempla formando grupos. Muy rara vez
el caballo logra arrancar la brida y zafar hacia el camino, arrastrando al
jinete y sacudiéndolo sobre la tierra.
La casa de esos hacendados es bien conocida por los
indios. Duermen en catres de bronce, antiguos, con techo de varillas doradas.
La casa tiene un patio y un corral, grandes; un corredor, una despensa, un
troje, una sala amueblada con bancas y sillones antiguos de madera; y la
cocina, que siem-
pre está lejos, al otro lado del patio, porque allí
comen los peones. El ha-cendado también pasa el alferado o mayordomía de las
fiestas. No puede agasajar al pueblo menos que un indio, salvo que haya perdido
su honor de terrateniente.
Abancay está cercado por las tierras de la hacienda
Patibamba. Y todo el valle, de sur a norte, de una cima a la otra, pertenece a
las haciendas.
El parque de Patibamba estaba mejor cuidado y era
más grande que la Plaza de Armas de Abancay. Arboles frondosos daban sombra a
los bancos de piedra. Rosales y lirios orillaban las aceras empedradas del
parque. La casa
tenía arquería blanca, un corredor silencioso con piso
de losetas brillantes
y grandes ventanas de rejas torneadas. La huerta de
la hacienda se
perdía
de vista, sus sendas estaban bordeadas de flores, y
de plantas de café. En
una esquina de la huerta había una pajarera alta; su
cúpula llegaba hasta
la cima de los árboles. La jaula tenía varios pisos
y encerraba decenas de jilgueros, de calandrias y otros pájaros. La
casa-hacienda aparecía rodeada de muros blanqueados. Una reja de acero protegía
el arco de entrada.
El patrón y su familia vivían como perdidos en la
inmensa villa. Yo fui muchas veces a mirar desde la reja; siempre estaban
silenciosos y vacíos el parque y los corredores. Mariposas comunes, de alas
rojas y manchas negras, volaban sobre las flores, se elevaban hasta las ramas
altas de los pisonayes. Sólo una vez escuché desde ese sitio la voz de un
piano; alguien tocaba en el interior de la mansión, y la música parecía llegar
desde la huerta de árbo-les frutales que rodeaba a la casa.
Un callejón ancho comunicaba la residencia del
patrón con la fábrica y el caserío donde viven los indios "colonos".
A poca distancia de la casa-hacienda el callejón ya estaba cubierto de bagazo.
La fábrica se levanta sobre un patio empedrado. Durante muchos años el bagazo
acumulado había for-mado un montículo ancho y blando, había sido llevado a la
callejuela del caserío y se extendía más lejos, cubriendo parte de un cerco de
grama.
El sol arde sobre la miel seca, sobre los restos
blancos de la caña molida. Cae la lluvia, el bagazo hierve, huele a
aguardiente, y su vaho cubre todo el caserío. Las paredes de las casas son
bajas, de adobe angosto; un techo
de hoja de caña, haraposo, lleno de polvo, cubre a
las casas. Los indios y las mujeres no hablaban con los forasteros.
—Jampuyki mamaya (Vengo donde ti, madrecita) —llamé
desde algunas puertas.
—¡Mánan! ¡Ama rimawaychu! ( ¡No quiero! ¡No me
hables!) —me con-testaron.
Tenían la misma apariencia que el pongo del Viejo.
Un sudor negro cho-rreaba de sus cabezas al cuello; pero eran aún más sucios,
apenas levantados sobre el suelo polvoriento del caserío y de la fábrica, entre
las nubes de mosquitos y avispas que volaban entre los restos de caña. Todos
llevaban sombreros de lana, apelmazados de grasa, por el largo uso.
—¡Señoray, rimakusk'ayki! (¡Déjame hablarte,
señora!) —Insistí, muchas veces, pretendiendo entrar en alguna casa. Pero las
mujeres me miraban ate-
morizadas y con desconfianza. Ya no escuchaban ni
el lenguaje de los ayllus;1
les habían hecho perder la memoria; porque yo les hablé con las palabras
y el tono de los comuneros, y me desconocieron.
Y tenía que regresar a la ciudad. Aturdido,
extraviado en el valle, cami-naba por los callejones hirvientes que van a los
cañaverales. Al atardecer, cuando ya no quedaba luz del sol sino en las
cumbres, llegaba al pueblo, temiendo desconocer a las personas, o que me
negaran. En el Colegio, vién-dome entrar al patio, así cubierto de polvo, el
Padre Director me llamaba "loco" y "tonto vagabundo".
Durante muchos días no podía jugar ni retener lo que estudiaba. En las noches
me levantaba y decidía irme, hacer un atado de mi ropa, y cruzar de noche el
Pachachaca; alcanzar la otra cumbre y ca-minar libremente en la puna hasta
llegar a Chalhuanca. Pero supe respetar la decisión de mi padre, y esperé,
contemplándolo todo, fijándolo en la me-moria.
En esos días de confusión y desasosiego, recordaba
el canto de despedida que me dedicaron las mujeres, en el último ayllu donde
residí, como refu-giado, mientras mi padre vagaba perseguido.
Huyendo de parientes crueles pedí misericordia a un
ayllu que sembraba maíz en la más pequeña y alegre quebrada que he conocido.
Espinos de flores ardientes y el canto de las torcazas iluminaban los maizales.
Los jefes de fa-milia y las señoras, tnatnakunas de la comunidad, me
protegieron y me in-fundieron la impagable ternura en que vivo.
Cuando los políticos dejaron de perseguir a mi
padre, él fue a buscarme a la casa de los parientes donde me dejó. Con la
culata de su revólver rom-pió la frente del jefe de la familia, y bajó después
a la quebrada. Se em-borrachó con los indios, bailó con ellos muchos días. Rogó
al Vicario que viniera a oficiar una misa solemne en la capilla del ayllu. Al
salir de la misa, entre cohetazos y el repique de las campanas, mi padre abrazó
en el atrio de la iglesia a Pablo Maywa y Víctor Pusa, alcaldes de la comunidad.
En seguida montamos a caballo, en la plaza, para comenzar el inmenso viaje.
Salimos del caserío y empezamos a subir la cuesta. Las mujeres cantaban el
jarahui de la despedida:
¡Ay warmallay warma ¡No
te olvides, mi pequeño,
yuyaykunlim,
yuyaykunkim! no
te olvides!
Jhatun yurak' ork'o Cerro
blanco,
kutiykachimunki ; hazlo
volver;
abrapi puquio, pampapi
puquio agua
de la montaña, manantial de la
yank'atak' yakuyananman. [pampa
Alkunchallay, kutiykamunchu que
nunca muera de sed.
raprachaykipi apaykamunki. Halcón, cárgalo en tus alas
Riti ork'o, jhatun riti ork'o y
hazlo volver.
yank'tak' ñannimpi ritiwak'; Inmensa
nieve, padre de la nieve,
yank'atak' wayra no lo hieras en el camino.
1 Comunidad de
indios.
ñannimpi k'ochpaykunkiman. Mal viento,
Amas pára amas pára no
lo toques.
aypankicnu; Lluvia de tormenta,
amas k'ak'a, amas k'ak'a no
lo alcances.
ñannimpi
tuñinkichu. ¡No, precipicio,
atroz precipicio,
¡Ay warmallay warma no lo sorprendas!
kutiykamunki ¡Hijo mío,
kutiykamunkipuni! has de volver,
has de volver!
—No importa que llores. Llora, hijo, porque si no, se te
puede partir
el corazón —exclamó mi padre, cuando vio que
apretaba los ojos y trotaba callado.
Desde entonces no dejamos ya de viajar. De pueblo
en pueblo, de pro-vincia en provincia, hasta llegar a la quebrada más profunda,
a estos feudos de cañaverales. Mi padre se fue demasiado pronto de Abancay,
cuando em-pezaba a descubrir su infierno; cuando el odio y la desolación
empezaban a aturdirme de nuevo.
Los dueños de las haciendas sólo venían al Colegio
a visitar al Padre Director. Cruzaban el patio sin mirar a nadie.
— ¡El dueño de Auquibamba! —decían los internos.
— ¡El dueño de Pati!
— ¡El dueño de Yaca!
Y parecía que nombraban a las grandes estrellas.
El Padre Director iba a celebrar misa para ellos en
las capillas de las haciendas. Pero ciertos domingos venían los hacendados al
pueblo. Entonces había sermón y canto en la iglesia.
El Padre Director empezaba suavemente sus prédicas.
Elogiaba a la Virgen con palabras conmovedoras; su voz era armoniosa y delgada,
pero se exal-taba pronto. Odiaba a Chile y encontraba siempre la forma de pasar
de los temas religiosos hacia el loor de la patria y de sus héroes. Predicaba
la futura guerra contra los chilenos. Llamaba a los jóvenes y a los niños para
que se prepararan y no olvidaran nunca que su más grande deber era alcanzar el
desquite. Y así, ya exaltado, hablando con violencia, recordaba a los hombres
sus otros deberes. Elogiaba a los hacendados; decía que ellos eran el
fun-damento de la patria, los pilares que sostenían su riqueza. Se refería a la
religiosidad de los señores, al cuidado con que conservaban las capillas de las
haciendas y a la obligación que imponían entre los indios de confesarse, de
comulgar, de casarse y vivir en paz, en el trabajo humilde. Luego bajaba
nuevamente la voz y narraba algún pasaje del calvario.
la Después de la misa, las autoridades y
los hacendados lo esperaban en
puerta de
la iglesia; lo
rodeaban y lo acompañaban hasta
el Colegio.
la Esos domingos el Padre Director almorzaba con los
internos; presidía
mesa, nos miraba con expresión bondadosa.
Resplandecía de felicidad;
bromeaba con los alumnos
y se
reía. Era rosado,
de nariz aguileña; sus
ca-
bellos blancos, altos,
peinados hacia atrás, le daban una expresión
gallarda
e imponente, a pesar de su vejez. Las mujeres lo adoraban; los
jóvenes y
los hombres creían
que era un santo; y ante los indios de
las haciendas lle-
gaba como una aparición.
Yo lo confundía en mis sueños; lo veía
como un
pez de cola ondulante y ramosa, nadando entre las
algas de los remansos, persiguiendo a los pececillos que viven protegidos por
las yerbas acuáticas, a las orillas de los ríos; pero otras veces me parecía
don Pablo Maywa, el indio que más quise, abrazándome contra su pecho al borde
de los grandes mai-zales.
V. PUENTE
SOBRE EL MUNDO
" ¡Pachachaca!
Puente sobre el mundo, significa este nombre."
SÓLO UN BARRIO alegre había en la ciudad:
Huanupata. Debió ser en la anti-güedad el basural de los ayllus, porque su
nombre significa "morro del ba-sural". En ese barrio vivían las
vendedoras de la plaza del mercado, los peo-nes y cargadores que trabajaban en
menesteres ciudadanos, los gendarmes, los empleados de las pocas tiendas de
comercio; allí estaban los tambos donde se alojaban los litigantes de los
distritos, los arrieros y los viajeros mestizos. Era el único barrio donde
había chicherías. Los sábados y domingos tocaban arpa y violín en las de mayor
clientela, y bailaban huaynos y marineras. De-cían que en esas jaranas podían
encontrarse mujeres fáciles y aun mestizas que vivían de la prostitución.
Oleadas de moscas volaban en las puertas de las
chicherías. En el suelo, sobre los desperdicios que arrojaban del interior,
caminaba una gruesa manta de moscas. Cuando alguien entraba a las chicherías,
las moscas se elevaban del suelo y formaban un remolino. El piso estaba
endurecido por el caminar de la gente; las mesas eran bajas, y las bancas
pequeñas. Todo era negro de suciedad y de humo. Varias mestizas atendían al
público. Llevaban rebozos de Castilla con ribetes de seda, sombreros de paja
blanqueados y cintas an-chas de colores vivos. Los indios y cholos las miraban
con igual libertad. Y la fama de las chicherías se fundaba muchas veces en la
hermosura de las mestizas que servían, en su alegría y condescendencia. Pero sé
que la lucha por ellas era larga y penosa. No se podía bailar con ellas
fácilmente; sus pa-trañas las vigilaban e instruían con su larga y mañosa
experiencia. Y muchos forasteros lloraban en las abras de los caminos, porque
perdieron su tiempo inútilmente, noche tras noche, bebiendo chicha y cantando
hasta el amanecer.
Las chicherías recibían gente desde el mediodía,
pero sólo en la tarde y en la noche de los sábados y domingos iban los músicos.
Cualquier parroquiano
podía pedir que tocaran el huayno que prefería. Era
difícil que el arpista no lo supiera. A las chicherías van más forasteros que a
un tambo. Pero ocurría, a veces, que el parroquiano venía de tierras muy
lejanas y distintas; de Hua-raz, de Cajamarca, de Huancavelica o de las
provincias del Collao, y pedía que tocaran un huayno completamente desconocido.
Entonces los ojos del arpista brillaban de alegría; llamaba al forastero y le
pedía que cantara en voz baja. Una sola vez era suficiente. El violinista lo aprendía
y tocaba; el arpa acompañaba. Casi siempre el forastero rectificaba varias
veces: " ¡No; no es así! ¡No es así su genio! ". Y cantaba en voz
alta, tratando de imponer la verdadera melodía. Era imposible. El tema era
idéntico, pero los músicos convertían el canto en huayno apurimeño, de ritmo
vivo y tierno. "¡Manan!", gritaban los hombres que venían de las
regiones frías; los del Collao se en-furecían, y si estaban borrachos, hacían
callar a los músicos amenazándolos con los grandes vasos de chicha. "Igual
es, señor" protestaba el arpista; "¡No alk'o (perro)!",
vociferaba el collavino. Ambos tenían razón. Pero el collavino cantaba, y los
de la quebrada no podían bailar bien con ese canto. Tenía un ritmo lento y
duro, como si molieran metal; y si el huayno era triste, parecía que el viento
de las alturas, el aire que mueve a la paja y agita las pequeñas yerbas de la
estepa, llegaba a la chichería. Entonces los viajeros recordábamos las nubes de
altura, siempre llenas de amenaza, frías e inmi-sericordes, o la lluvia lóbrega
y los campos de nieve interminables. Pero los collavinos eran festejados. Las
mestizas que no habían salido nunca de esas cuevas llenas de moscas, tugurios
con olor a chicha y a guarapo ácido, se detenían para oírles.
Ellas sabían sólo huaynos del Apurímac y del
Pachachaca, de la tierra tibia donde crecen la caña de azúcar y los árboles
frutales. Cuando cantaban con sus voces delgaditas, otro paisaje presentíamos;
el ruido de las hojas grandes, el brillo de las cascadas que saltan entre
arbustos y flores blancas de cactus, la lluvia pesada y tranquila que gotea
sobre los campos de caña; las quebradas en que arden las flores del pisonay,
llenas de hormigas rojas y de insectos voraces:
¡Ay
siwar k'enti! ¡Ay picaflor!,
amaña wayta tok'okachaychu, ya
no horades tanto la flor,
siwar k'enti. alas de esmeralda.
Ama jhina kaychu No seas cruel
mayupataman urayamuspa, baja
a la orilla del río,
k'ori raphra, alas de esmeralda,
kay puka mayupi wak'ask'ayta y
mírame llorando junto al agua roja,
k'awaykamuway. mírame llorando.
K'awaykamuway Baja
y mírame,
siwar k'enti, k'ori
raphra, picaflor dorado,
llakisk'
ayta, toda mi tristeza,
purun wayta kirisk'aykita, flor del campo
herida,
mayupata wayta flor de los
ríos
sak'esk'aykita. que abandonaste.
Yo iba a las chicherías a oír cantar y a buscar a
los indios de hacienda. Deseaba hablar con ellos y no perdía la esperanza. Pero
nunca los encontré. Cierta vez, entraron a una chichería varios indios
traposos, con los cabellos más crecidos y sucios que de costumbre; me acerqué
para preguntarles si pertenecían a alguna hacienda. ¡Manan haciendachu kanil
(No soy de ha-cienda), me contestó con desprecio uno de ellos. Después, cuando
me con-vencí que los "colonos" no llegaban al pueblo, iba a las
chicherías, por oír la música, y a recordar. Acompañando en voz baja la melodía
de las cancio-nes, me acordaba de los campos y las piedras, de las plazas y los
templos, de los pequeños ríos adonde fui feliz. Y podía permanecer muchas horas
junto al arpista o en la puerta de calle de las chicherías, escuchando.. Porque
el valle cálido, el aire ardiente, y las ruinas cubiertas de alta yerba de los
otros barrios, me eran hostiles.
Las autoridades departamentales, los comerciantes,
algunos terratenien-tes y unas cuantas familias antiguas empobrecidas vivían en
los otros barrios de Abancay. La mayoría de las casas tenían grandes huertas de
árboles fru-tales. La sombra de los árboles llegaba hasta las calles. Muchas
huertas esta-ban descuidadas, abandonadas; sus muros derruidos, en muchos
sitios casi hasta los cimientos. Se veían las raíces de los espinos plantados
en la cima de las paredes, las antiguas veredas, desmoronadas y cubiertas de
ramas y de mantos de hojas húmedas. Los sapos caminaban en el fondo de las
yerbas. Caudalosas acequias de agua limpia, inútil, cruzaban las huertas.
En esos barrios había manzanas enteras sin
construcciones, campos en que crecían arbustos y matas de espinos. De la Plaza
de Armas hacia el río sólo había dos o tres casas, y luego un campo baldío, con
bosques bajos de higuerilla, poblado de sapos y tarántulas. En ese campo
jugaban los alumnos del Colegio. Los sermones patrióticos del Padre Director se
realizaban en la práctica; bandas de alumnos "peruanos" y
"chilenos" luchábamos allí; nos arrojábamos frutos de la higuerilla
con hondas de jebe, y después, nos lanzábamos al asalto, a pelear a golpes de
puño y a empellones. Los "perua-nos" debían ganar siempre. En ese
bando se alistaban los preferidos de los campeones del Colegio, porque
obedecíamos las órdenes que ellos daban y teníamos que aceptar la clasificación
que ellos hacían.
Muchos alumnos volvían al internado con la nariz
hinchada, con los ojos amoratados o con los labios partidos. "La mayoría
son chilenos, padrecito", informaban los "jefes". El Padre
Director sonreía v nos llevaba al botiquín para curarnos.
El "Añuco" era un "chileno"
artero y temible. Era él el único interno descendiente de una familia de
terratenientes.
Se sabía en Abancay que el abuelo del
"Añuco" fue un gran hacendado, vicioso, jugador y galante. Hipotecó
la hacienda más grande e inició a su hijo en los vicios.
El padre del "Añuco" heredó joven, y
dedicó su vida, como el abuelo, al juego. Se establecía en las villas de los
grandes propietarios; invitaba a los hacendados vecinos y organizaba un casino
en el salón de la casa -hacienda. Tocaba piano, cantaba, y era galante con las
hijas y las esposas de los terra-
tenientes. Las temporadas que él pasaba en los
palacios de las haciendas se convertían en días memorables. Pero al cabo, se
quedó sin un palmo de tierra. Sus dos haciendas cayeron en manos de un
inmigrante que había lo-grado establecer una fábrica en el Cuzco, y que estaba
resuelto a comprar tierras para ensayar el cultivo del algodón.
Contaban en Abancay que el padre del
"Añuco" pasó los tres últimos años de su vida en la ciudad. Habitaba
su propia casa; una mansión desman-telada, con una huerta de árboles inútiles y
de yerbas que se secaban en el invierno y renacían con las lluvias del verano.
El señor decidía suicidarse casi todos los días. Iba a la iglesia y rezaba; se
despedía del mundo contem-plando el cielo y las montañas; luego se dirigía a su
casa caminando con pasos firmes. Al principio, sus vecinos y los pocos amigos
que tenía en el pueblo, lo observaban con temor y con cierto alivio. Sabían
cuál era su de-cisión. Pero a la mañana siguiente, se abría la puerta, y el
señor aparecía, siempre abrigado con una amplia capa española. Contaban que una
vez lo vieron, antes de la hora del rosario, armando un nudo corredizo en un
na-ranjo de la huerta; que dejó la cuerda suspendida y trajo del interior de la
casa dos cajones, y los puso uno encima del otro. Y que así, ya parecía todo
resuelto. Pero el ex hacendado esperó, apoyado en el árbol. Y cuando a la hora
del rosario tocaron las campanas, salió a la calle, se dirigió lentamente a la
iglesia, y volvió. Pero ya no pasó a la huerta. Se quedó en las habita-ciones
interiores. No deshizo en los días siguientes la horca que había ar-mado, y los
cajones quedaron junto al árbol.
El "Añuco" era hijo natural de ese señor.
Los frailes del Colegio lo re-cogieron cuando tenía nueve años, poco antes que
muriera el padre. La casa fue vendida para pagar las últimas deudas que dejó el
caballero.
A pesar de su absoluta pobreza, el
"Añuco" era distinguido en el Cole-gio. Los hacendados que visitaban
a los Padres le dirigían a veces la palabra; y se aseguraba que algunos dejaban
dinero para sus gastos de libros y pro-pinas. Pero él lo negaba con violencia,
y atropellaba a quien lo insinuara. " ¡A mí me mantienen los Padres!
", gritaba.
El "Añuco" tenía un protector: Lleras, el
campeón de garrocha, de ca-rreras de velocidad y back insustituible del equipo
de fútbol. Lleras era el estudiante más tardo del Colegio; no se conocía bien
su origen, y los padres lo protegían. Había repetido tres veces el primer año
de media, pero era el más fuerte, y nadie en el pueblo dejaba de temerle. Había
destrozado a todos los estudiantes y a los jóvenes del pueblo que pelearon con
él. Era altanero, hosco, abusivo y caprichoso. Sin embargo, muchos domingos,
después de las competencias de fútbol, cuando el equipo del Colegio derrotaba a
los clubes del pueblo o a los equipos de otras provincias, los alumnos lo
llevá-bamos en hombros, desde el Estadio hasta el Colegio. Gritábamos su nombre
por las calles. Iba él en medio del tumulto, con un semblante frío y
displi-cente; muy raras veces parecían conmoverle nuestros aplausos. El
"Añuco" era entonces el héroe, el engreído. Le hacíamos un espacio
delante del cam-peón, y saltaba solo, chillaba el nombre de Lleras, echaba ajos
y voceaba grandes interjecciones. Formaba otra multitud separada, celebraba su
fiesta. Pero ocurría, a veces, que después de una gran competencia en que
Lleras
había decidido el triunfo, al concluir el match,
empezaba a vestirse lentamente y con expresión de desafío. El "Añuco"
le alcanzaba su ropa, empaquetaba los zapatos de juego, la chompa. Y se erguían
ambos: "¡Fuera de aquí!", gritaba Lleras; "¡Largo, perros!
¡Sarnas!", agregaba el "Añuco". Y nos dispersaban en el campo.
Nadie entonces podía felicitarlos, ni el Padre Di-rector se atrevía a acercarse
a Lleras. Sólo en la noche lo llevaba a la capilla del Colegio; lo abrazaba, y
así juntos, iban hasta la capilla. Casi siempre, Lleras salía con los ojos
hundidos, pero con el semblante despejado. Y du-rante algunos días no torturaba
a los pequeños; comía y almorzaba sin ha-blar con nadie. La misma sombra
dominaba al "Añuco".
El "Añuco" aparecía bruscamente entre los
"chilenos". Atacaba como un gato endemoniado. Era delgado; tendría
entonces catorce años. Su piel era delicada, de una blancura desagradable que
le daba apariencia de enfer-mizo; pero sus brazos flacos y duros, a la hora de
la lucha se convertían en fieras armas de combate; golpeaba con ambas manos,
como si hiriera con los extremos de dos troncos delgados. Nadie lo estimaba.
Los alumnos nue-vos, los que llegaban de las provincias lejanas, hablaban con
él durante algunos días. El "Añuco" trataba de infundirles
desconfianza y rencor por todos los internos. Era el primero en acercarse a los
nuevos, pero acababa siempre por cansarlos; y se convertía en el primer
adversario de los recién llegados. Si era mayor, lo insultaba con las palabras
más inmundas, hasta ser atacado, para que Lleras interviniera; pero si reñía
con algún pequeño lo golpeaba encarnizadamente. En las guerras era feroz.
Hondeaba con piedras y no con frutos de higuerilla. O intervenía sólo en el
"cuerpo a cuerpo", pateando por detrás, atropellando a los que
estaban de espaldas. Y cambiaba de "chi-leno" a "peruano",
según fuera más fácil el adversario, por pequeño o porque estuviera rodeado de
mayor número de enemigos. No respetaba las reglas. Se sentía feliz cuando
alguien caía derribado en una lucha en grupo, porque entonces se acomodaba
hábilmente para pisotear el rostro del caído o para darle puntapiés cortos,
como si todo fuera casual, y sólo porque estaba ce-gado por el juego. Sin
embargo, alguna vez, su conducta era distinta. Al "Añuco" se le llegó
a prohibir que jugara a las "guerras". A pesar de Lleras, en una gran
asamblea, lo descalificamos, por "traicionero" y
"vendepatria". Pero él intervenía casi siempre, cuando no iba a
escalar los cerros con Lle-ras, o a tomar chicha y a fastidiar a las mestizas y
a los indios. Llegaba repentinamente; aparecía en los bosques de higuerilla,
saltaba de una tapia o subía del fondo de alguna zanja; y a veces peleaba a favor
de cualquier pequeño que estuviera perseguido o que había sido tomado
prisionero y estaba en el "cuartel", escoltado por varios
"guardias". Se lanzaba como una pequeña fiera, gruñía, mordía,
arañaba y daban golpes contundentes y decisivos. "¡Fuera sarnas! ¡Tengo
mal de rabia!", gritaba, con los ojos brillantes, que causaban
desconcierto; se lanzaba a luchar de verdad, y sus adversarios huían. Pero
muchas veces, cuando el "Añuco" caía entre algún grupo de alumnos que
lo odiaban especialmente, era golpeado sin piedad. Gritaba como un cerdo al que
degüellan, pedía auxilio y sus chillidos se oían hasta el centro del pueblo.
Exageraba sus dolores, gemía durante varios días. Y los odios no cesaban, se
complicaban y se extendían.
En las noches, algunos internos tocaban armónica en
los corredores del primer patio; otros preferían esconderse en el patio de
recreo, para fumar y contar historias de mujeres. El primer patio era
empedrado. A la derecha del portón de entrada estaba el edificio; a la
izquierda sólo había una alta pared desnuda y húmeda. Junto a esa pared había
un gran caño de agua con un depósito cuadrangular de cal y canto, muy pequeño.
Viejos pilares de madera sostenían el corredor del segundo piso y orillaban el
patio. Tres focos débiles alumbraban el corredor bajo; el patio quedaba casi en
la som-bra. A esa hora, algunos sapos llegaban hasta la pila y se bañaban en la
pe-queña fuente o croaban flotando en las orillas. Durante el día se escondían
en las yerbas que crecían junto al chorro.
Muchas veces, tres o cuatro alumnos tocaban huaynos
en competencia. Se reunía un buen público de internos para escucharlos y hacer
de juez. En cierta ocasión cada competidor tocó más de cincuenta huaynos. A
estos to-cadores de armónica les gustaba que yo cantara. Unos repetían la
melodía; los otros "el acompañamiento", en las notas más graves;
balanceaban el cuer-po, se agachaban y levantaban con gran entusiasmo, marcando
el compás. Pero nadie tocaba mejor que Romero, el alto y aindiado rondinista de
Anda-huaylas.
El patio interior de recreo era de tierra. Un
pasadizo largo y sin pavi-mento comunicaba el primer patio con este campo. A la
derecha del pasadizo estaba el comedor, cerca del primer patio; al fondo, a un
extremo del campo de juego, tras de una pared vieja de madera, varios cajones
huecos, clavados sobre un canal de agua, servían de excusados. El canal salía
de un pequeño estanque.
Durante el día más de cien alumnos jugaban en ese
pequeño campo pol-voriento. Algunos de los juegos eran brutales; los elegían
los grandes y los fuertes para golpearse, o para ensangrentar y hacer llorar a
los pequeños y a los débiles. Sin embargo, muchos de los alumnos pequeños y
débiles preferían, extrañamente, esos rudos juegos; aunque durante varios días
se quejaban y caminaban cojeando, pálidos y humillados.
Durante las noches, el campo de juego quedaba en la
oscuridad. El único foco de luz era el que alumbraba la puerta del comedor, a
diez metros del campo.
Ciertas noches iba a ese patio, caminando despacio,
una mujer demente, que servía de ayudante en la cocina. Había sido recogida en
un pueblo pró-ximo por uno de los Padres.
No era india; tenía los cabellos claros y su rostro
era blanco, aunque estaba cubierto de inmundicia. Era baja y gorda. Algunas
mañanas la encon-traron saliendo de la alcoba del Padre que la trajo al
Colegio. De noche, cuando iban al campo de recreo, caminaba rozando las
paredes, silenciosa-mente. La descubrían ya muy cerca de la pared de madera de
los excusados, o cuando empujaba una de las puertas. Causaba desconcierto y
terror. Los alum-nos grandes se golpeaban para llegar primero junto a ella, o
hacían guardia cerca de los excusados, formando una corta fila. Los menores y
los peque-ños nos quedábamos detenidos junto a las paredes más próximas,
temblando de ansiedad, sin decirnos una palabra, mirando el tumulto o la rígida
espera de
los que estaban en la fila. Al poco rato, mientras
aún esperaban algunos, o seguían golpeándose en el suelo, la mujer salía a la
carrera, y se iba. Pero casi siempre alguno la alcanzaba todavía en el camino y
pretendía derribarla. Cuando desaparecía en el callejón, seguía el tumulto, las
increpaciones, los insultos y los pugilatos entre los internos mayores.
Jamás peleaban con mayor encarnizamiento; llegaban
a patear a sus com-petidores cuando habían caído al suelo; les clavaban el taco
del zapato en la cabeza, en las partes más dolorosas. Los menores no nos
acercábamos mucho a ellos. Oíamos los asquerosos juramentos de los mayores;
veíamos cómo se perseguían en la oscuridad, cómo huían algunos de los
contendores, mientras el vencedor los amenazaba y ordenaba a gritos que en las
próximas noches ocuparan un lugar en el rincón de los pequeños. La lucha no cesaba
hasta que tocaban la campana que anunciaba la hora de ir a los dormitorios; o
cuando alguno de los Padres llamaba a voces desde la puerta del comedor, porque
había escuchado los insultos y el vocerío.
En las noches de luna la demente no iba al campo de
juego.
El "Añuco" y Lleras miraban con inmenso
desprecio a los contusos de las peleas nocturnas. Algunas noches contemplaban
los pugilatos desde la esquina del pasadizo. Llegaban cuando la lucha había
empezado, o cuando la violencia de los jóvenes cedía, y por la propia
desesperación organizaban una fila.
— ¡A ver, criaturas! ¡A la fila! ¡A la fila!
—gritaba el "Añuco", mien-tras Lleras reía a carcajadas. Se refería a
nosotros, a los menores, que nos alejábamos a los rincones del patio. Los
grandes permanecían callados en su formación, o se lanzaban en tumulto contra
Lleras; él corría hacia el come-dor, y el grupo de sus perseguidores se
detenía.
Un abismo de odio separaba a Lleras y
"Añuco" de los internos mayores. Pero no se atrevían a luchar con el
campeón.
Hasta que cierta noche ocurrió algo que precipitó
aún más el odio a Lleras.
El interno más humilde y uno de los más pequeños
era Palacios. Había venido de una aldea de la cordillera. Leía penosamente y no
entendía bien el castellano. Era el único alumno del Colegio que procedía de un
ayllu de indios. Su humildad se debía a su origen y a su torpeza. Varios
alumnos pretendimos ayudarle a estudiar, inútilmente; no lograba comprender y
per-manecía extraño, irremediablemente alejado del ambiente del Colegio, de
cuanto explicaban los profesores y del contenido de los libros. Estaba con-denado
a la tortura del internado y de las clases. Sin embargo, su padre insistía en
mantenerlo en el Colegio, con tenacidad invencible. Era un hombre alto, vestido
con traje de mestizo; usaba corbata y polainas. Visitaba a su hijo todos los
meses. Se quedaba con él en la sala de recibo, y le oíamos vociferar
encolerizado. Hablada en castellano, pero cuando se irritaba, perdía la
serenidad e insultaba en quechua a su hijo. Palacitos se quejaba, imploraba a
su padre que lo sacara del internado.
— ¡Llévame al Centro Fiscal, papacito! —le pedía en quechua.
— ¡No! ¡En
colegio! —insistía enérgicamente el
cholo.
Y luego se iba. Dejaba valiosos obsequios para el
Director y para los otros frailes. Traía cuatro o cinco carneros degollados y
varias cargas de maíz y de papas.
El Director llamaba a Palacitos luego de cada
visita del padre. Tras una larga plática, Palacitos salía aún más lloroso que
del encuentro con su padre, más humilde y acobardado, buscando un sitio
tranquilo donde llorar. A ve-ces la cocinera podía hacerlo entrar en su
habitación, cuidando de que los Padres no lo vieran. Nosotros le disculpábamos
ante el profesor, y Palacitos pasaba la tarde, hasta la hora de la comida, en
un extremo de la cocina, cubierto con algunas frazadas sucias. Sólo entonces se
calmaba mucho. Salía de la cocina con los ojos un poco hinchados, pero con la
mirada despejada y casi brillante. Conversaba algo con nosotros y jugaba. La
demente lo miraba con cierta familiaridad, cuando pasaba por la puerta del
comedor.
Lleras y
"Añuco" se cansaron de molestar a Palacitos. No era rebelde,
no podía interesarles. Al cabo de un tiempo,
el "Añuco" le dio un punta-
pié y no volvió a fijarse en él.
Pero una noche, la demente fue al patio de recreo
en forma inusitada; debió de caminar con gran sigilo, porque nadie la
descubrió. De pronto oímos la voz de Palacitos que se quejaba.
•—¡No! ¡No
puedo! ¡No
puedo, hermanito!
Lleras había desnudado a la demente, levantándole
el traje hasta el cue-llo, y exigía que el humilde Palacios se echara sobre
ella. La demente quería, y mugía, llamando con ambas manos al muchacho.
Se formó un tropel. Corrimos todos. La oscuridad no
era tan grande. Era una noche sin nubes y muy estrellada. Vimos a Palacios
cerca de la puerta, dentro de la pared de madera; en el suelo se veía también
el cuerpo de la
demente. Lleras estaba frente a la puerta.
—¿Qué quieren, perros? —habló a gritos—. ¡Fuera, fuera! ¡Aquí está
el doctor Palacios, el doctor Palacios!
Iba a reírse, pero saltamos sobre él. Y entonces
llamó con voz deses-
perada.
— ¡Auxilio, Padres, auxilio! astutamente, corrió
La demente pudo escapar. No se dirigió al callejón;
hacia el otro extremo del campo. Dos Padres
vinieron al patio.
—Me han querido huayquear/ Padre —se quejó Lleras.
Los demás no pudieron decir nada.
—¿Por qué? —preguntó uno de los Padres.
—Ustedes saben, Padre, que es un matón, un abusivo
—contestó Ro-mero, el mayor de todos.
—¿Qué he hecho?
¡Digan qué he hecho! —preguntó cínicamente Lleras.
—Ha querido abusar de Palacios, como un demonio,
suciamente...
—¿Suciamente? ¿Qué es eso? —preguntó uno de los
Padres, con apa-rente ira.
—Pretextos, Padrecito —contestó el
"Añuco"—. Le tienen envidia por sus campeonatos.
1 Golpear
entre muchos a uno solo.
— ¡Estupideces de malcriados! ¡A dormir! ¡Largo de
aquí todos! —or-denó el Padre.
Lleras corrió primero. Todos fuimos tras él. Ya en
el dormitorio, Romero desafió a Lleras. —Mañana en la noche —dijo Lleras.
— ¡Ahora mismo!
—pidió Romero.
— ¡Ahora mismo!
—clamamos todos.
Pero el Director empezó a caminar frente al
dormitorio.
Palacios no se atrevía a mirar a nadie. Se acostó
vestido y se cubrió la cabeza con las mantas.
El "Añuco" miró a Romero antes de entrar
en su cama, y le dijo:
— ¡Pobrecito, pobrecito!
Romero estaba decidido y no contestó al
"Añuco"; no se volvió siquiera hacia él.
Luego el Padre Director apagó las luces. Y nadie
más volvió a hablar. A pesar de nuestra gran ansiedad el desafío no pudo
realizarse. El Di-
rector prohibió que durante la semana fuéramos al
patio interior.
Lleras y su amigo fumaban en los sitios ocultos del
corredor, o se paseaban abrazados. Nadie se acercaba a ellos. El
"Añuco" corría a la fuente, cuando oía croar a los sapos, y lanzaba
pequeñas piedras al depósito de agua, o daba golpes en los bordes del estanque,
con un palo largo de leña. " ¡Malditos, malditos", exclamaba; y
golpeaba ferozmente. "Va uno, Lleras. Le rompí el cuerpo", decía
jubilosamente. Y venía al pie del foco para ver si el palo tenía sangre.
Pasaron los días y Romero perdió su coraje. Dejó de
hablar sobre sus planes para derrotar a Lleras, del método que iba a emplear
para fundirlo y humillarlo. "Llegó por fin la hora", nos había
prometido: "Le romperé la nariz. Han de ver chorreando sangre a ese
maldito". Y podía haberlo con-seguido. Romero era delgado, pero ágil y
fuerte; sus piernas tenían una musculatura poderosa; jugaba de centro half en
el equipo del Colegio; cho-caba con adversarios más altos y gruesos y los derribaba;
o saltaba como un mono, esquivando diestramente a grupos de jugadores. Teníamos
una gran fe en él. Sin embargo, fue callando día a día. Y nadie quiso
obligarlo. Lleras era mañoso, experimentado y feroz. "Si se ve perdido
puede clavarle -un cuchillo a Romero", dijo uno de los internos.
Pero Lleras tampoco recordó el compromiso. El
domingo siguiente sa-lieron primero, él y su amigo. No los vimos en el pueblo
ni en el campo de
fútbol. No vinieron a almorzar al Colegio. Dijeron
después que habían ido a escalar montes y que consiguieron llegar hasta las
primeras nieves del Ampay.
Palacios huía de Lleras y del "Añuco". Se
protegía caminando siempre con nosotros; sentándose a nuestro lado. Su terror
hizo que confiara algo más en sus compañeros de clase.
—Si lo viera en mi pueblo, con mi padre lo haría
matar —me dijo en aquellos días en que esperábamos la pelea. Temblaba un poco
mientras ha-blaba. Y por primera vez vi que una gran resolución endureció su
mirada y dio a su rostro una expresión resplandeciente. Sus mejillas
enrojecieron.
Su padre vino a visitarlo cuando el desafío se
había frustrado. Poco des-pués de la visita me llamó a nuestro salón de clase.
Junto a la mesa del pro-fesor me habló en voz muy baja.
—Oye, hermanito, dale esto a Romero. Mi padre me lo
ha regalado porque le he ofrecido pasar de año.
Y puso en mis manos una libra de oro brillante, que
parecía recién acu-ñada.
—¿Y si no quiere?
—Ruégale. Nadie sabrá. Si no quiere, dile que me
escaparé del Colegio. Fui donde Romero. Lo llevé al internado. Era cerca de las
seis de la tarde y todos los alumnos estaban en los patios. Le entregué la
libra. Primero enrojeció, como ante un gran insulto, luego me dijo: "No;
yo no puedo aceptar; soy un
perro". "Tú ya has humillado al Lleras —le contesté en voz alta—. ¿No
lo ves? Hace muchos días que no impera como antes, que no abofetea a los
chicos. Grita, rezondra y amenaza; pero
no tiene valor para tocarnos. Mejor que no peleaste. Le has puesto un bozal sin
haberle derro-tado." Y como siguió dudando y no levantaba los ojos, yo
continué hablán-dole. Me aturdía verle con la mirada baja, siendo tan mayor y
llevándome tantos grados de
estudios. "¿No ves
cómo Palacitos ha cambiado?
—le dije—. Tú tendrías la culpa si huye del Colegio." Recibió la
moneda. Y se decidió a mirarme.
"Pero no lo voy a gastar
—dijo—. La guardaré para
recuerdo." Luego pudo sonreír.
Y Palacios llegó a ser un buen amigo de Romero. No
de pronto, sino lentamente. Este hecho, por sí mismo, se convirtió en una
especie de adver-tencia a Lleras. Creo que desde entonces Lleras decidió fugar
del Colegio, aun teniendo en cuenta que debería abandonar al "Añuco",
dejándolo tan inerme, tan bruscamente hundido.
La demente no volvió a ir al patio oscuro, varias
semanas.
Muchos internos se impacientaron. Uno de ellos, que
era muy cobarde, a pesar de su corpulencia, llegó a maldecir. Le llamaban
"Peluca", porque su padre era barbero. "Peluca" se escondía
en los excusados y aun bajo los catres, cuando alguno de los Padres llevaba al
patio de juego los guantes de box. Tenía una constante expresión lacrimosa,
semejante a la de los niños que contienen el llanto.
—"Peluca", no llores. No seas así —le
decían sus compañeros de clase y los internos. El enrojecía de ira; rompía sus
cuadernos y sus libros. Y cuan-do lo exasperaban, llamándole en coro, llegaba a
derramar lágrimas.
—"Peluquita", no seas triste.
—"Peluquita", traeré a mi abuela para que
te consuele.
— ¡Agú, "Peluquita"! —le decían.
Debía tener 19 ó 20 años. Su cuello era ancho, su
nuca fuerte, como la de un toro; sus manos eran grandes. Tenía piernas
musculosas; durante las vacaciones trabajaba en el campo. Al principio creyeron
que podría boxear. Contaban los alumnos que temblaba mientras le aseguraban los
guantes; que su rival, a pesar de todo, lo miraba con desconfianza. Pero cuando
recibió el primer golpe en la cara, "Peluca" se volvió de espaldas,
se encogió y no
quiso seguir luchando. Lo insultaron; los propios
Padres le exigieron, lo avergonzaron, con las palabras más hirientes; todo fue
inútil, se negó a dar cara a su contendor. El padre Cárpena, que era aficionado
al deporte, no pudo contenerse, le dio un puntapié y lo derribó de bruces.
Sin embargo, en el patio interior, cuando veía
llegar a la demente, el "Peluca" se transfiguraba. Aprovechaba el
desconcierto del primer instante para que no lo rezagaran. Decían que entonces
se portaba con una astucia que enloquecía a los demás. Y luego huía al patio de
honor, cerca de los Padres. Muchas veces, ciegos de ira, los otros internos
pretendían separarlo de la demente, con terribles golpes; pero decían que la
demente lo abra-zaba con invencible fuerza. Y "Peluca" salía de los
excusados entre una lluvia de puntapiés. Muy raras veces lo dejaban atrás; y en
una de aquellas ocasiones rompió la pared de madera de un solo puñetazo.
A la cuarta semana de espera, luego del incidente
de Palacitos y la opa, "Peluca" fue presa de gran impaciencia. No
hablaba, caminaba agitadamen-te; subía y bajaba las escaleras que conducían a
los dormitorios. Profería obscenas maldiciones. No oía los insultos y las
burlas con que acostumbra-ban herirlo.
—Oye, "Peluca"; oye, bestia —le llamaban.
— ¡Qué amorcito a la demente!
— ¡Se muere, se muere por ellita!
— ¡Miren cómo llora!
Y reían todos.
Pero a él no le importaba ya; estaba demasiado
pendiente de su propia impaciencia.
El aislamiento de sí mismo que el
"Peluca" había logrado alcanzar a cau-sa de la devoradora espera,
exasperó a los internos. Y lo atacaron, una noche, en el patio interior.
—Ya no nos oye el "Peluca" —se quejaron
varios.
—Hay que sacudirlo a fondo —recomendó otro.
Entonces era noche de luna. La tierra casi blanca
del patio interior y las paredes encaladas iluminaban el campo de juego. El
"Peluca" entró al cam-po, solo. Los internos formaron una especie de
cerco tras él, y lo encerra-ron. El "Peluca" no lo advirtió; siguió
caminando en el patio; y cuando se volvió, porque había llegado junto a los
estudiantes que estaban frente a él, vio que lo habían rodeado. Le empezaron a
llamar, entonces:
— ¡ Mueres, " Peluca"!
— ¡Por la inmunda chola!
— ¡Por la
demente!
— ¡Asno como tú!
— ¡Tan doncella que es!
— ¡La doncella! ¡Tráiganle la doncellita al
pobrecito! ¡Al "Peluquita"! Quedó paralizado en el centro del corro.
Los internos siguieron gritán-
dole. Luego, él se repuso, y acercándose al sitio
donde estaban los alumnos más grandes, lanzó un juramento con voz firme y
ardiente.
— ¡Silencio, k'anrasl1 ¡Silencio!
1 Asquerosos.
Se paró frente a Ismodes y le habló. Ismodes era
cerdón y picado de vi-ruela.
— ¡Yo te he vitso, k'anra\ —le dijo—. Te he visto
aquí, en el suelo, junto a los cajones, refregándote solo, como un condenado.
¡Casi te saltaban los ojos, chancho!
—Y tú ¡Anticristo! —le dijo a Montesinos—. ¡Tú
también, en el mis-mo sitio! Te restregabas contra la pared, ¡perro!
Y fue señalando a todos y acusándolos del mismo
crimen. A Romero le habló en forma especial.
—Tú, a medianoche, en tu cama; acezando como animal
con mal de rabia. ¡Aullando despacito! ¡Sólo el Lleras y yo somos cristianos
valientes! ¡Te vas a condenar, k'anra\ ¡Todos, todos ustedes van a revolcarse
en el infierno!
Nadie lo detuvo. Se fue con la cabeza levantada,
rompiendo el corro; orgulloso, como ninguno podía mostrarse.
Los internos se dispersaron, procurando no rozar
mucho el suelo, no levantar ningún ruido; como si en el patio durmiera un gran
enemigo, un nakak'}
Durante el rosario, después de la comida, lloraron
algunos de los peque-ños. El Padre Director se sorprendió mucho. Pero se sintió
muy satisfecho del sollozo intenso de los alumnos. Por única vez el rosario fue
coreado con gran piedad y fervor.
El patio oscuro fue desde entonces más temido e
insondable para muchos de los internos menores. Desde el patio empedrado, donde
cantábamos huay-nos jocosos y alegres, donde conversábamos plácidamente, oyendo
y contando interminables historias de osos, ratones, pumas y cóndores; desde el
río pequeño de Abancay, el Mariño cristalino, al tiempo que construíamos
estan-ques cerrando la corriente, no podíamos salvarnos del súbito asalto del
temor a ese patio.
Las palabras del "Peluca" definieron un
antiguo presentimiento. Yo sabía que los rincones de ese patio, el ruido del
agua que caía al canal de cemento, las yerbas pequeñas que crecían escondidas
detrás de los cajones, el húmedo piso en que se recostaba la demente y donde
algunos internos se revolvían, luego que ella se iba, o al día siguiente, o
cualquier tarde; sabía que todo ese espacio oculto por los tabiques de madera
era un espacio ende-moniado. Su fetidez nos oprimía, se filtraba en nuestro
sueño; y nosotros, los pequeños, luchábamos con ese pesado mal, temblábamos
ante él, preten-díamos salvarnos, inútilmente, como los peces de los ríos,
cuando caen en el agua turbia de los aluviones. La mañana nos iluminaba, nos
liberaba; el gran sol alumbraba esplendorosamente, aun sobre las amarillas
yerbas que crecían bajo el denso aire de los excusados. Pero el anochecer, con
el viento, desper-taba esa ave atroz que agitaba su ala en el patio interior.
No entrábamos solos allí, a pesar de que un ansia oscura por ir nos sacudía.
Algunos, unos pocos
1 Degollador
de seres humanos.
de nosotros, iban, siguiendo a los más grandes. Y
volvían avergonzados, como bañados en agua contaminada; nos miraban con temor;
un arrepenti-miento incontenible los agobiaba. Y rezaban casi en voz alta en
sus camas, cuando creían que todos dormíamos.
Una noche, vi levantarse a Chauca. Descalzo y medio
desnudo salió al corredor. Un foco rojo, opaco, alumbraba brumosamente el
dormitorio. Chauca era rubio y delgado. Abrió con gran cuidado la puerta, y se
fue. Lle-vaba una correa de caucho en la mano. Al poco rato volvió. Tenía los
ojos llenos de lágrimas y temblaban sus manos. Besó la correa de caucho, y se
acostó muy despacio. Su cama estaba frente a la mía, en un extremo del
dor-mitorio. Permaneció unos instantes recostado sobre los fierros del catre;
si-guió llorando, hasta que se cubrió con las frazadas. A la mañana siguiente
despertó muy alegre; cantando un hermoso carnaval de su pueblo fue a lavarse a
la pila del patio; bajó las escaleras corriendo; pasó el patio a saltos y rodeó
el pequeño estanque, bailando; gritó burlonamente a los pequeños sapos,
salpicándoles chorros de agua. Su alegría, la limpidez de sus ojos,
contagiaba. Ni una sombra había en su alma;
estaba jubiloso, brillaba la
luz en
sus pupilas. Supe después que en la noche
se había flagelado frente
a la puerta de la
capilla.
Yo esperaba los domingos para lanzarme a caminar en
el campo. Durante los otros días refrenaba el mal recordando a mi padre,
concibiendo grandes hazañas que intentaría realizar cuando fuera hombre;
dedicando mi pensa-miento a esa joven alta, de rostro hermoso, que vivía en
aquel pueblo salvaje de las huertas de capulí. Y con ella, recordando su
imagen, me figuraba otras niñas más jóvenes; alguna que acaso pudiera mirarme
con más atención, que pudiera adivinar y tomar para sí mis sueños, la memoria
de mis viajes, de los ríos y montañas que había visto, de los precipicios y
grandes llanuras po-bladas de lagos que había cruzado. Debía ser delgada y
pequeña, de ojos azules, y de trenzas.
Pero yo también, muchas tardes, fui al patio
interior tras de los grandes, y me contaminé, mirándolos. Eran como los
duendes, semejantes a los mons-truos que aparecen en las pesadillas, agitando
sus brazos y sus patas velludas. Cuando volvía del patio oscuro me perseguía la
expresión de algunos de ellos; la voz angustiosa, sofocada y candente con que
se quejaban o aullaban triun-falmente. Había aún luz a esa hora, el crepúsculo
iluminaba los tejados; el cielo amarillo, meloso, parecía arder. Y no teníamos
adonde ir. Las paredes, el suelo, las puertas, nuestros vestidos, el cielo de
esa hora, tan raro, sin pro-fundidad, como un duro techo de luz dorada; todo
parecía contaminado, perdido o iracundo. Ningún pensamiento, ningún recuerdo
podía llegar hasta el aislamiento mortal en que durante ese tiempo me separaba
del mundo. Yo que sentía tan mío aun lo ajeno. ¡Yo no podía pensar, cuando veía
por primera vez una hilera de sauces hermosos, vibrando a la orilla de una
ace-quia, que esos árboles eran ajenos! Los ríos fueron siempre míos; los
arbustos que crecen en las faldas de las montañas, aun las casas de los
pequeños pue-blos, con su tejado rojo cruzado de rayas de cal; los campos
azules de alfalfa,
las adoradas pampas de maíz. Pero a la hora en que
volvía de aquel patio, al anochecer, se desprendía de mis ojos la maternal
imagen del mundo. Y lle-gada la noche, la soledad, mi aislamiento, seguían
creciendo. Estaba rodeado de niños de mi edad y de la otra gente, pero el gran
dormitorio era más temible y desolado que el valle profundo de Los Molinos
donde una vez quedé abandonado, cuando perseguían a mi padre.
El valle de Los Molinos era una especie de
precipicio, en cuyo fondo corría un río pequeño, entre inmensas piedras
erizadas de arbustos. El agua bullía bajo las piedras. En los remansos, casi
ocultos bajo la sombra de las rocas, nadaban, como agujas, unos peces plateados
y veloces. Cinco molinos de piedra, escalonados en la parte menos abrupta de la
quebrada, eran movi-dos por la misma agua. El agua venía por un acueducto
angosto, abierto por los españoles, hecho de cal y canto y con largos socavones
horadados en la roca. El camino que comunicaba ese valle y los pueblos próximos
era casi tan angosto como el acueducto, y así como él, colgado en el
precipicio, con
largos pasos bajo techo de
rocas; los
jinetes debían agacharse allí, mirando
el río que hervía en el fondo
del barranco. La tierra era amarilla y
ligosa.
En los meses de lluvia el
camino quedaba cerrado; en el barro
amarillo res-
balaban hasta las cabras cerriles. El sol llegaba
tarde y desaparecía poco des-pués del mediodía; iba subiendo por las faldas
rocosas del valle, elevándose lentamente como un líquido tibio. Así, mientras
las cumbres permanecían iluminadas, el valle de Los Molinos quedaba en la
sombra.
En esa quebrada viví abandonado durante varios
meses; lloraba a gritos en las noches; deseaba irme, pero temía al camino, a la
sombra de los trechos horadados en la roca, y a esa angosta senda, apenas
dibujada en la tierra amarilla que, en la oscuridad nocturna, parecía guardar
una luz opaca, blanda y cegadora. Cuando salía la luna, me levantaba; la
tarabilla de los molinos tronaba; las inmensas piedras del río, coronadas de
arbustos secos, me espe-raban, y yo no podía ir contra ellas. El pequeño puente
de eucaliptos, tam-bién cubierto de tierra amarilla, se movía con los primeros
pasos de los tran-seúntes.
Pero aun allí, en aquel valle frío, que sepultaba a
sus habitantes; solo, bajo el cuidado de un indio viejo, cansado y casi ciego,
no perdí la espe-ranza. Los peces de los remansos, el gran sol que cruzaba
rápidamente el cielo, los jilgueros que rondaban los patios donde se tendía el
trigo, y los molinos que empujaban lerdamente la harina; el sudario, cubierto
de polvo, de las cruces que clavan en las paredes de los molinos; el río, aun
así enmarañado y bárbaro, me dieron aliento. Viví temblando, no tanto porque
estaba aban-donado, sino porque el valle era sombrío; y yo había habitado hasta
enton-ces en pampas de maizales maternales e iluminadas; y necesitaba compañía
para dominarme y explorar tranquilo las rocas, los socavones, las grandes
piedras erizadas de ese río hosco y despoblado.
Lo recordaba, lo recordaba y revivía en los
instantes de gran soledad; pero lo que sentía durante aquellas noches del
internado, era espanto, no como si hubiera vuelto a caer en el valle triste y
aislado de Los Molinos, sino en un abismo de hiél, cada vez más hondo y
extenso, donde no podía llegar ninguna voz, ningún aliento del rumoroso mundo.
Por eso, los días domingos, salía precipitadamente
del Colegio, a recorrer los campos, a aturdirme con el fuego del valle.
Bajaba por el camino de los cañaverales, buscando
el gran río. Cuanto más descendía, el camino era más polvoriento y ardoroso;
los pisonayes for-maban casi bosques; los molles se hacían altos y corpulentos.
El molle, que en las montañas tibias es cristalino, de rojas uvas musicales que
cantan como sonajas cuando sopla el viento, aquí, en el fondo del valle
ardiente, se con-vertía en un árbol coposo, alto, cubierto de tierra, como
abrumado por el sueño, sus frutos borrados por el polvo; sumergido como yo bajo
el aire denso y calcinado.
A veces, podía llegar al río, tras varias horas de
andar. Llegaba a él cuando más abrumado y doliente me sentía. Lo contemplaba,
de pie sobre el releje del gran puente, apoyándome en una de las cruces de
piedra que hay clavadas en lo alto de la columna central.
El río, el Pachachaca temido, aparece en un recodo
liso, por la base de un precipicio donde no crecen sino enredaderas de flor
azul. En ese precipi-cio suelen descansar los grandes loros viajeros; se
prenden de las enredaderas y llaman a gritos desde la altura.
Hacia el este, el río baja en corriente tranquila,
lenta y temblorosa; las grandes ramas de chachacomo que rozan la superficie de
sus aguas se arras-tran y vuelven violentamente, al desprenderse de la
corriente. Parece un río de acero líquido, azul y sonriente, a pesar de su
solemnidad y de su hondura. Un viento casi frío cubre la cima del puente.
El puente del Pachachaca fue construido por los
españoles. Tiene dos ojos altos, sostenidos por bases de cal y canto, tan
poderosos como el río. Los contrafuertes que canalizan las aguas están
prendidos en las rocas, y obligan al río a marchar bullendo, doblándose en
corrientes forzadas. Sobre las columnas de los arcos, el río choca y se parte;
se eleva el agua lamiendo el muro, pretendiendo escalarlo, y se lanza luego en
los ojos del puente. Al atardecer, el agua que salta de las columnas, forma
arcoiris fugaces que giran con el viento.
Yo no sabía si amaba más al puente o al río. Pero
ambos despejaban mi alma, la inundaban de fortaleza y de heroicos sueños. Se
borraban de mi mente todas las imágenes plañideras, las dudas y los malos
recuerdos.
Y así, renovado, vuelto a mi ser, regresaba al
pueblo; subía la temible cuesta con pasos firmes. Iba conversando mentalmente
con mis viejos amigos lejanos: don Maywa, don Demetrio Pumaylly, don Pedro
Kokchi... que me criaron, que hicieron mi corazón semejante al suyo.
Durante muchos días después me sentía solo,
firmemente aislado. Debía ser como el gran río: cruzar la tierra, cortar las
rocas; pasar, indetenible y tranquilo, entre los bosques y montañas; y entrar
al mar, acompañado por un gran pueblo de aves que cantarían desde la altura.
Durante esos días los amigos pequeños no me eran
necesarios. La deci-sión de marchar invenciblemente, me exaltaba.
— ¡Como tú, río Pachachaca! —decía a solas.
Y podía ir al patio oscuro, dar vueltas en su suelo
polvoriento, aproxi-marme a los tabiques de madera, y volver más altivo y
sereno a la luz del
patio principal. La propia demente me causaba una
gran lástima. Me apenaba recordarla sacudida, disputada con implacable
brutalidad; su cabeza gol-peada contra las divisiones de madera, contra la base
de los excusados; y su huida por el callejón, en que corría como un oso
perseguido. Y los pobres jóvenes que la acosaban; y que después se profanaban,
hasta sentir el ansia de flagelarse, y llorar bajo el peso del arrepentimiento.
¡Sí! Había que ser como ese río imperturbable y
cristalino, como sus aguas vencedoras. ¡Como tú, río Pachachaca! ¡Hermoso
caballo de crin brillante, indetenible y permanente, que marcha por el más
profundo camino terrestre!
VI. ZUMBAYLLU
LA TERMINACIÓN quechua yllu es una onomatopeya.
Yllu representa en una de sus formas la música que producen las pequeñas alas
en vuelo; música que surge del movimiento de objetos leves. Esta voz tiene
semejanza con otra más vasta: illa. Illa nombra a cierta especie de luz y a los
monstruos que nacieron heridos por los rayos de la luna. Illa es un niño de dos
cabezas o un becerro que nace decapitado; o un peñasco gigante, todo negro y
lúcido, cuya superficie apareciera cruzada por una vena ancha de roca blanca,
de opaca luz; es también illa una mazorca cuyas hileras de maíz se entrecruzan
o forman remolinos; son illas los toros míticos que habitan el fondo de los
lagos solitarios, de las altas lagunas rodeadas de totora, pobladas de patos
negros. Todos los illas, causan el bien o el mal, pero siempre en grado sumo.
Tocar un illa, y morir o alcanzar la resurrección, es posible. Esta voz illa
tiene parentesco fonético y una cierta comunidad de sentido con la termina-ción
yllu.
Se llama tankayllu, al tábano zumbador e inofensivo
que vuela en el campo libando flores. El tankayllu aparece en abril, pero en
los campos regados se le puede ver en otros meses del año. Agita sus alas con
una velocidad alocada, para elevar su pesado cuerpo, su vientre excesivo. Los
niños lo persiguen y le dan caza. Su alargado y oscuro cuerpo termina en una
especie de aguijón que no sólo es inofensivo sino dulce. Los niños le dan caza
para beber la miel en que está untado ese falso aguijón. Al tankayllu no se le
puede dar caza fácilmente, pues vuela alto, buscando la flor de los arbustos.
Su color es raro, tabaco oscuro; en el vientre lleva unas rayas brillantes; y
como el ruido de sus alas es intenso, demasiado fuerte para su pequeña figura,
los indios creen que el tankayllu tiene en su cuerpo algo más que su sola vida.
¿Por qué lleva miel en el tapón del vientre? ¿Por qué sus pequeñas y ende-
bles alas mueven el viento hasta agitarlo y
cambiarlo? ¿Cómo es que el aire sopla sobre el rostro de quien lo mira cuando
pasa el tankayllu? Su pequeño cuerpo no puede darle tanto aliento. El remueve
el aire, zumba como un ser grande; su cuerpo afelpado desaparece en la luz,
elevándose perpendi-cularmente. No, no es un ser malvado; los niños que beben
su miel sienten en el corazón, durante toda la vida, como el roce de un tibio
aliento que los protege contra el rencor y la melancolía. Pero los indios no
consideran al tankayllu una criatura de Dios como todos los insectos comunes;
temen que sea un reprobo. Alguna vez los misioneros debieron predicar contra él
y otros seres privilegiados. En los pueblos de Ayacucho hubo un danzante de
tijeras que ya se ha hecho legendario. Bailó en las plazas de los pueblos
durante las grandes fiestas; hizo proezas infernales en las vísperas de los
días santos; tragaba trozos de acero, se atravesaba el cuerpo con agujas y
garfios; caminaba alrededor de los atrios con tres barretas entre los dientes;
ese danzak' se llamó "Tankayllu". Su traje era de piel de cóndor
ornado de espejos.
Pinkuyllu es el nombre de la quena gigante que
tocan los indios del sur durante las fiestas comunales. El pinkuyllu no se toca
jamás en las fiestas de los hogares. Es un instrumento épico. No lo fabrican de
caña común ni de carrizo, ni siquiera de mámak', caña selvática de grosor
extraordinario y dos veces más larga que la caña brava. El hueco del mámak' es
oscuro y profundo.
En las regiones donde no existe el huaranhuay los
indios fabrican pinkuyllus
menores de mámak', pero
no se atreven a dar al instrumento el
nombre de
pinkuyllu,
le llaman simplemente mámak', para diferenciarlo de la
quena
familiar. Mámak' quiere decir la madre, la
germinadora, la que da origen; es un nombre mágico. Pero no hay caña natural
que pueda servir de materia para un pinkuyllu-, el hombre tiene que fabricarlo
por sí mismo. Construye
un mámak' más
profundo y grave; como
no nace ni aun
en la selva.
Una
gran caña curva. Extrae el corazón de las ramas del huaranhuay, luego
lo
curva al sol y lo ajusta con
nervios de toro. No es posible ver directamente
la luz que entra
por el hueco
del extremo inferior del madero vacío,
sólo
se distingue una penumbra que brota de la curva, un
blando resplandor, como el del horizonte en que ha caído el sol.
El fabricante de pinkuyllus abre los huecos del
instrumento dejando apa-rentemente distancias excesivas entre uno y otro. Los
dos primeros huecos deben ser cubiertos por el pulgar y el índice, o el anular,
abriendo la mano izquierda en toda su extensión; los otros tres por el índice,
el anular y el meñique de la mano derecha, con los dedos muy abiertos. Los
indios de bra-zos cortos no pueden tocar pinkuyllu. El instrumento es tan largo
que el hombre mediano que pretende servirse de él tiene que estirar el cuello y
le-vantar la cabeza como para mirar el cénit. Lo tocan en tropas,
acompañán-dose de tambores; en las plazas, el campo abierto o en los corrales y
patios de las casas, no en el interior de las habitaciones.
Sólo la voz de los wak'rapukus es más grave y
poderosa que la de los pinkuyllus. Pero en las regiones donde aparece el
wak'rapuku ya no se conoce el pinkuyllu. Los dos sirven al hombre en trances
semejantes. El wak'rapuku es una corneta hecha de cuernos de toro, de los
cuernos más gruesos y tor-
cidos. Le ponen boquilla de plata o de bronce. Su
túnel sinuoso y húmedo
es más impenetrable y oscuro que el
del pinkuyllu, y como él,
exige una
selección entre los hombres que pueden tocarlo. danzas
épicas.
En el pinkuyllu
y el wak'rapuku se
tocan sólo canciones y
Los indios borrachos llegan a enfurecerse cantando
las danzas guerreras anti-guas; y mientras otros cantan y tocan, algunos se
golpean ciegamente, se sangran y lloran después, junto a la sombra de las altas
montañas, cerca de los abismos; o frente a los lagos fríos, y la estepa.
Durante las fiestas religiosas no se oye el
pinkuyllu ni
el wak'rapuku.
¿Prohibirían los misioneros que los indios tocaran
en los templos, en los atrios o junto a los tronos de las procesiones católicas
estos instrumentos de
voz tan grave y extraña? Tocan el pinkuyllu y
el wak'rapuku en el acto de la
renovación de las autoridades de la comunidad; en
las feroces luchas de
los
jóvenes, durante los días del carnaval; para la hierra
del ganado; en las co-
rridas de toros. La voz del pinkuyllu o
del wak'rapuku los
ofusca, los exalta,
desata sus fuerzas; desafían
a la muerte mientras lo oyen.
Van contra
los
toros salvajes,
cantando y maldiciendo; abren caminos extensos o túneles
en las rocas;
danzan sin descanso, sin
percibir el cambio de la luz ni del
tiempo. El pinkuyllu y
el wak'rapuku marcan
el ritmo; los
hurga y alimenta;
ninguna sonda, ninguna música, ningún elemento
llega más hondo en el co-razón humano.
La terminación yllu significa la propagación de
esta clase de música, e illa la propagación de la luz no solar. Killa es la
luna, e illapa el rayo. Illariy nombra el amanecer, la luz que brota por el
filo del mundo, sin la presencia del sol. Illa no nombra la fija luz, la
esplendente y sobrehumana luz solar. Denomina la luz menor: el claror, el
relámpago, el rayo, toda luz vibrante. Estas especies de luz no totalmente
divinas con las que el hombre peruano antiguo cree tener aún relaciones
profundas, entre su sangre y la materia fulgurante.
—¡Zumbayllu! En el mes de mayo trajo Antero el
primer zumbayllu al Colegio. Los alumnos pequeños lo rodearon.
— ¡Vamos al patio, Antero!
— ¡Al patio, hermanos! ¡Hermanitos!
Palacios corrió entre los primeros. Saltaron el
terraplén y subieron al campo de polvo. Iban gritando:
—/Zumbayllu, zumbayllu!
Yo los seguí ansiosamente.
¿Qué podía ser el zumbayllu? ¿Qué podía nombrar
esta palabra cuya terminación me recordaba bellos y misteriosos objetos? El
humilde Palacios había corrido casi encabezando todo el grupo de muchachos que
fueron a ver el zumbayllu', había dado un gran salto para llegar primero al
campo de recreo. Y estaba allí, mirando las manos de Antero. Una gran dicha,
anhe-lante, daba a su rostro el esplendor que no tenía antes. Su expresión era
muy semejante a la de los escolares indios que juegan a la sombra de los molles,
en los caminos que unen las chozas lejanas y las aldeas. El propio
"Añuco", el engreído, el arrugado y
pálido "Añuco", miraba a Antero desde un extremo del grupo; en su
cara amarilla, en su rostro agrio, erguido sobre el cuello delgado, de nervios
tan filudos y tensos, había una especie de tierna ansiedad. Parecía un ángel
nuevo, recién convertido.
Yo recordaba al gran "Tankayllu", al
danzarín cubierto de espejos, bai-lando a grandes saltos en el atrio de la
iglesia. Recordaba también el verda-dero tankayllu, el insecto volador que
perseguíamos entre los arbustos flo-ridos de abril y mayo. Pensaba en los
blancos pinkuyllus que había oído tocar en los pueblos del sur. Los pinkuyllus
traían a la memoria la voz de los wak'ra-pukus, ¡y de qué modo la voz de los
pinkuyllus y wak'rapukus es semejante al extenso mugido con que los toros
encelados se desafían a través de los montes y los ríos!
Yo no pude ver el pequeño trompo ni la forma cómo
Antero lo encor-delaba. Me dejaron entre los últimos, cerca del
"Añuco". Sólo vi que An-tero, en el centro del grupo, daba una
especie de golpe con el brazo dere-cho. Luego escuché un canto delgado.
Era aún temprano; las paredes del patio daban mucha
sombra; el sol encendía la cal de los muros, por el lado del poniente. El aire
de las quebra-das profundas y el sol cálido no son propicios a la difusión de
los sonidos; apagan el canto de las aves, lo absorben; en cambio hay bosques
que permi-ten estar siempre cerca de los pájaros que cantan. En los campos
templados o fríos, la voz humana o la de las aves es llevada por el viento a
grandes dis-tancias. Sin embargo, bajo el sol denso, el canto del zumbayllu se
propagó con una claridad extraña; parecía tener agudo filo. Todo el aire debía
estar henchido de esa voz delgada; y toda la tierra, ese piso arenoso del que
pa-recía brotar.
—¡Zumbayllu, zumbayllu!
Repetí muchas veces el nombre, mientras oía el
zumbido del trompo. Era como un coro de grandes tankayllus fijos en un sitio,
prisioneros sobre el polvo. Y causaba alegría repetir esta palabra, tan
semejante al nombre de los dulces insectos que desaparecían cantando en la luz.
Hice un gran esfuerzo; empujé a otros alumnos más
grandes que yo y pude llegar al círculo que rodeaba a Antero. Tenía en las
manos un pe-queño trompo. La esfera estaba hecha de un coco de tienda, de esos
peque-ñísimos cocos grises que vienen enlatados; la púa era grande y delgada.
Cuatro huecos redondos, a manera de ojos, tenía la esfera. Antero encordeló el
trompo, lentamente, con una cuerda delgada; le dio muchas vueltas, en-volviendo
la púa desde su extremo afilado; luego lo arrojó. El trompo se detuvo, un
instante, en el aire y cayó después en un extremo del círculo formado por los
alumnos, donde había sol. Sobre la tierra suelta, su larga púa trazó líneas
redondas, se revolvió lanzando ráfagas de aire por sus cuatro ojos; vibró como
un gran insecto cantador, luego se inclinó, volcándose sobre el eje. Una sombra
gris aureolaba su cabeza giradora, un círculo negro lo partía por el centro de
la esfera. Y su agudo canto brotaba de esa faja oscura. Eran los ojos del
trompo, los cuatro ojos grandes que se hundían, como en un líquido, en la dura
esfera. El polvo más fino se levantaba en círculo en-volviendo al pequeño
trompo.
El canto del zumbayllu se internaba en el oído,
avivaba en la memoria la imagen de los ríos, de los árboles negros que cuelgan
en las paredes de los abismos.
Miré el rostro de Antero. Ningún niño contempla un
juguete de ese modo. ¿Qué semejanza había, qué corriente, entre el mundo de los
valles profundos y el cuerpo de ese pequeño juguete móvil, casi proteico, que
escarbaba can-tando la arena en la que el sol parecía disuelto?
Antero tenía cabellos rubios, su cabeza parecía
arder en los días de gran
sol. La piel de su rostro era
también dorada; pero tenía muchos lunares
en la frente.
"Candela" le llamaban sus
condiscípulos; otros le decían en
quechua "Markask'a", "El Marcado", a
causa de sus lunares. Antero miraba
el zumbayllu con un detenimiento contagioso.
Mientras bailaba el trompo todos guardaban silencio. Así atento, agachado, con
el rostro afilado, la nariz delgada y alta, Antero parecía asomarse desde otro
espacio.
De pronto, Lleras gritó, cuando aún no había caído
el trompo:
— ¡Fuera, akatank'as\x ¡Mirando esa brujería del
"Candela"! ¡Fuera, zorrinos!
Nadie le hizo caso. Ni siquiera el
"Añuco". Seguimos oyendo al zum-bayllu.
— ¡Zorrinos,
zorrinos! ¡Pobres k'echasl (meones)
—amonestaba Lle-
ras, con voz casi indiferente.
El zumbayllu se
inclinó hasta rozar el suelo; apenas
tocó el polvo, la
esfera rodó en línea curva y se detuvo.
— ¡Véndemelo!
—le grité a Antero—. ¡Véndemelo!
Antes de que nadie pudiera impedírmelo me lancé al
suelo y agarré el trompo. La púa era larga, de madera amarilla. Esa púa y los
ojos, abiertos con clavo ardiendo, de bordes negros que aún olían a carbón,
daban al trom-po un aspecto irreal. Para mí era un ser nuevo, una aparición en
el mundo hostil, un lazo que me unía a ese patio odiado, a ese valle doliente,
al Cole-gio. Contemplé detenidamente el juguete, mientras los otros chicos me
rodea-ban sorprendidos.
— ¡No le vendas al foráneo! —pidió en voz alta el "Añuco".
— ¡No le vendas a ése! —dijo el otro.
— ¡No le vendas! —exclamó con voz de mando,
Lleras—. No le ven-das, he dicho.
Lleras se abrió paso a empujones y se paró frente a
Anfero. Le miré a los ojos. Yo sé odiar, con pasajero pero insofrenable odio.
En los ojos de Lleras había una especie de mina de poco fondo, sucia y densa.
¿Alguien había detenido el relámpago turbio de esos
ojos? ¿Algún pe-queño había permanecido quieto delante de él, mirándolo con
odio creciente, arrollador de todo otro sentimiento?
—Te lo vendo, forastero. ¡Te lo regalo, te lo
regalo! —exclamó Antero, cuando aún la mirada de Lleras chocaba contra la mía.
Abracé al "Markask'a", mientras los otros
hacían bulla, como si aplau-dieran.
1 Escarabajos.
—Deja a los k'echas, campeón —habló el
"Añuco" con cierta dulzura.
— ¡Regalo éstos también! —dijo Antero. Y echó al
aire varios zum-bayllus.
Los chicos pelearon alegremente por apoderarse de
los trompos. Lleras
y "Añuco" se fueron al patio de honor.
Los dueños de los otros zumbayllus improvisaron cordeles; reunidos en
pequeños grupos empezaron a hacer bailar sus
trompos. Se oía la voz de algunos zumbayllus. Desde los extremos del patio
llegaba el zumbido leve y penetrante. Era como si hubiera venido desde algún
bosque de arbustos floridos una tropa pequeña de insectos cantadores, que
extraviados en el patio seco se levantaran y cayeran en el polvo.
Rogué a Antero que lanzara su trompo. Junto a
nosotros se volvió a reunir el grupo más numeroso de alumnos. Nadie hacía
bailar el trompo du-rante más tiempo ni con la intensidad que Antero. Sus dedos
envolvían al trompo como a un gran insecto impaciente. Cuando tiraba de la
cuerda, la gris esfera se elevaba hasta la altura de nuestros ojos, y caía
lentamente.
—Ahora tú —me dijo—. Ya has visto cómo lo hago
bailar.
Yo tenía la seguridad de que encordelaría bien el
zumbayllu y
que lo
lanzaría como era debido. Estaba impaciente y
temeroso. Agarré el trompo
y empecé a envolverle la cuerda. Ajustaba el cordel
en la púa, ciñendo las vueltas lentamente y tirando fuerte. Aseguré el trompo
entre mis dedos, en la mano izquierda; saqué el extremo de la cuerda por el
arco que formaba el índice y el anular, como lo había visto hacer al
"Candela".
— ¡Pretensión del foráneo!
— ¡El forasterito!
— ¡El sonso!
Empezaron a gritar los abanquinos.
—Este juego no es para cualquier forastero.
Pero Antero, que me había estado observando
atentamente, exclamó:
— ¡Ya está! ¡Ya está, hermano! el
zumbayllu
Tiré de la cuerda, cerrando los ojos. Sentí que giraba en
la palma de mi mano. Abrí los
dedos cuando todo el cordel se desenrolló.
El zumbayllu saltó
silbando en
el aire; los alumnos que estaban de pie se
echaron atrás; le dieron campo para que cayera al suelo. Cuando lo estuve
contemplando, ante el silencio de los otros chicos,
tocaron la campana, anun-ciando el fin del recreo. Huyeron casi todos los
alumnos del grupo. Sólo quedaron dos o tres, ante quienes Antero me felicitó
solemnemente.
— ¡Casualidad!
—dijeron los otros.
— ¡Zumbayllero de nacimiento! —afirmó el
"Candela"—. ¡Como yo, zumbayllero!
La base de sus cabellos era casi negra, semejante a
la vellosidad de ciertas arañas que atraviesan lentamente los caminos después
de las lluvias torren-ciales. Entre el color de la raíz de sus cabellos y sus
lunares había una especie de indefinible pero clara identidad. Y sus ojos
parecían de color negro a causa del mismo inexplicable misterio de su sangre.
Hasta aquella mañana de los zumbayllus, Antero
había sido notable úni-camente por el extraño color de sus cabellos y por sus
grandes lunares ne-gros. El apodo lo singularizó pero le quitó toda importancia
a la rareza de su rostro. "Es el Candela, el Markask'a", me dijeron
cuando pregunté por él. Era mayor que yo y estudiaba en el segundo grado de
media; me adelan-taba en dos grados. En su clase no se distinguía ni por
excelente ni por tardo. No tenía amigos íntimos y era discreto. Sin embargo,
algún poder tenía, alguna autoridad innata, cuando sus compañeros no lo
convirtieron en el "punto" de la clase, es decir, en el hazmerreír,
en el manso, o el raro, el predilecto de las bromas. A él sólo le pusieron un
apodo que no lo repetían ni con exceso ni en son de burla.
Cuando salía del Colegio y del salón de clases, su
cabeza atraía la aten-ción de los recién llegados. En el Colegio, durante los
recreos, se paraba apoyándose en las columnas de los corredores, miraba jugar y
a veces inter-venía, pero no en los juegos crueles.
—Oye, Ernesto, me han dicho que escribes como
poeta. Quiero que me hagas una carta —me dijo el "Markask'a" algunos
días después del estreno de los zumbayllus.
Fue a buscarme a mi sala de clases. Todos salieron
al recreo y nos que-damos solos.
—Así no más yo no pediría a los de aquí un favor
como éste. Tú eres de otro modo.
— ¡Claro! ¡Muy bien, hermanito! —le dije—. Te
escribiré la carta más linda. Es para una chica; ¿no es cierto?
—Sí. Para la reina de Abancay. Tú debes saber quién
es, ¿no es cierto? —No. Dime cuál es tu reina, hermano.
— ¡Qué bruto soy! No me acordaba que tú eres el
forastero. Tú no conoces Abancay. Caminas entre los cañaverales de Patibamba.
Estás aton-tado, hermano. Pero yo te abriré los ojos. Te voy a guiar un poco en
este pueblo. De lejos y de cerca he mirado a todas las chicas. Y ella es la
reina. Se llama Salvinia. Está en el Colegio de Las Mercedes. Vive en la
Avenida de Condebamba, cerca del Hospital. Tiene ojos chiquitos y negros. El
cer-quillo le tapa la frente. Es bien morena, casi negra.
— ¡Como un zumbayllu, hermano
"Markask'a"!
— ¡Eso, Ernesto! ¡Como un zumbayllu, cuando está
bailando desde que amanece! Pero tienes que verla antes de escribir la carta.
Tienes que mirarla bien. Y siendo mía, tú no te enamorarás de ella. ¿No es
cierto?
— ¡Ni digas!
Es como si fuera ya mi hermana.
—Mañana sábado iremos a mi cuarto. Esta noche te
haré un zumbayllu especial. Tengo un winkucholo. Los winkus cantan distinto.
Tienen alma.
—Iré pensando en la carta. ¿Tú ya le hablas?
—No. Todavía no. Pero con su sirvienta le he
mandado decir. Su sir-vienta es de mi pueblo.
1 Deformidad
de los objetos que debían ser redondos.
Tocaron la campana y salimos a formar, al patio. En
la puerta de mi salón nos apretamos las manos en señal de alianza.
El "Markask'a" cruzó el patio y fue a
alinearse en la fila de sus compa-ñeros de aula.
Después de la última lección de la mañana, cuando
salieron del Colegio los externos, yo me quedé solo en mi clase. Sentía la
necesidad de pensar en el encargo del "Markask'a".
¿Cómo empezaría la carta? Yo no recordaba a esa
pequeña reina de Aban-cay. La Avenida Condebamba era ancha, sin aceras. La
llamaban avenida por los árboles de mora que crecían a sus orillas. Decían que
fue el camino de entrada de una gran quinta. Cuando llegué a Abancay, unía el
pueblo con el campo de fútbol. No recordaba haber visto a una niña de cerquillo
junto a ninguna puerta de las pocas casas que había tras las moras, ni aso-mada
a las ventanas. Los árboles crecían junto a los muros de piedra. Las hojas
grandes, nervudas, daban una sombra tupida sobre el camino. En los pueblos
andinos no hay moreras. A Abancay las trajo un sericicultor que fracasó porque
los hacendados consiguieron hacer dictar un impuesto contra él. Pero las
moreras se multiplicaron en las huertas de la ciudad; crecieron con una lozanía
sin igual; se convirtieron en grandes y coposos árboles, mansos y nobles. Los
pájaros y los niños disfrutaban de sus frutos. Los mu-ros de piedra conservaban
las manchas rosadas del fruto. Durante el tiempo de la cosecha, los pájaros
fruteros se reunían en las huertas del pueblo para hartarse de moras; el
excremento de todos ellos era rojo y caía sobre la cal de las paredes, sobre la
calamina de los techos, a veces sobre el sombrero de paja de los transeúntes.
¿En qué casa, a qué distancia del término de la
avenida viviría la reina del "Markask'a" ? Era un camino hermoso para
esperar a la niña amada.
Yo no conocía a las señoritas del pueblo. Los
domingos me internaba en los barrios, en las chicherías, en los pequeños
caseríos próximos. Consideré siempre a las señoritas como seres lejanos, en
Abancay y en todos los pue-blos. Las temía, huía de ellas; aunque las adoraba
en la imagen de algunos personajes de los pocos cuentos y novelas que pude
leer. No eran de mi mundo. Centelleaban en otro cielo.
Desde las rejas de la gran hacienda que rodea y
estrangula a Abancay es-cuché muchas veces tocar al piano un vals desconocido.
Cantaban las calan-drias y los centenares de jilgueros que hay entre los
árboles, junto al corre-dor de la casa-hacienda. Nunca pude ver a la persona
que tocaba el piano; pero pensé que debía de ser una mujer blanca, de cabellos
rubios, quien tocaba esa música lenta.
En el valle del Apurímac, durante el viaje que hice
con mi padre, tuvi-mos que alojarnos en una hacienda. El arriero nos guió al
tambo, lejos de la gran residencia del patrón. Yo tenía el rostro hinchado a
causa del calor y de la picadura de los mosquitos. Pasamos bajo el mirador de
la residencia. Aún había sol en las cumbres nevadas; el brillo de esa luz
amarillenta y tan lejana parecía reflejarse en los penachos de los cañaverales.
Yo tenía el corazón
aturdido, febril, excitado por los aguijones de los
insectos, por el ruido in-significante de sus alas, y la voz envolvente del
gran río. Pero volví los ojos hacia el alto mirador de la casa-hacienda, y vi a
una joven delgada, vestida de amarillo, contemplando las negras rocas del
precipicio de enfrente. De esas rocas negras, húmedas, colgaban largos cactos
cubiertos de salvajina. Aquella noche dormimos entre unas cargas de alfalfa
olorosa, cerca de la cuadra de los caballos. Latió mi rostro toda la noche. Sin
embargo pude recordar la expre-sión indiferente de aquella joven blanca; su
melena castaña, sus delgados brazos apoyados en la baranda; y su imagen bella
voló toda la noche en mi mente.
La música que oí en la residencia de Patibamba
tenía una extraña seme-janza con la cabellera, las manos y la actitud de
aquella niña. ¿Qué distancia había entre su mundo y el mío? ¿Acaso la misma que
mediaba entre el mi-rador de cristales en que la vi y el polvo de alfalfa y
excremento donde pasé la noche atenaceado por la danza de los insectos
carnívoros?
Yo sabía, a pesar de todo, que podía cruzar esa
distancia, como una saeta, como un carbón encendido que asciende. La carta que
debía escribir para la adorada del "Markask'a" llegaría a las puertas
de ese mundo. "Ahora pue-des escoger tus mejores palabras —me dije—.
¡Escribirlas! " No importaba que la carta fuera ajena; quizá era mejor
empezar, de ese modo. "Alza el vuelo, gavilán ciego, gavilán
vagabundo", exclamé.
Un orgullo nuevo me quemaba. Y como quien entra a
un combate em-pecé a escribir la carta del "Markask'a":
"Usted es la dueña de mi alma, adorada niña.
Está usted en el sol, en la brisa, en el arco iris que brilla bajo los puentes,
en mis sueños, en las páginas de mis libros, en el cantar de la alondra, en la
música de los sauces que crecen junto al agua limpia. Reina mía, reina de
Abancay; reina de los pisonayes floridos; he ido al amanecer hasta tu puerta.
Las estrellas dulces de la aurora se posaban en tu ventana; la luz del amanecer
rodeaba tu casa, formaba una corona sobre ella. Y cuando los jilgueros vinieron
a cantar desde las ramas de las moreras, cuando llegaron los zorzales y las
calandrias, la avenida semejaba la gloria. Me pareció verte entonces, caminando
sólita, entre dos filas de árboles iluminados. Ninfa adorada, entre las moreras
juga-bas como una mariposa..."
Pero un descontento repentino, una especie de aguda
vergüenza, hizo que interrumpiera la redacción de la carta. Apoyé mis brazos y
la cabeza sobre la carpeta; con el rostro escondido me detuve a escuchar ese
nuevo sentimiento. "¿Adonde vas, adonde vas? ¿Por qué no sigues? ¿Qué te
asusta; quién ha cortado tu vuelo?" Después de estas preguntas, volví a
escucharme ardientemente.
"¿Y si ellas supieran leer? ¿Si a ellas pudiera yo escribirles?"
Y ellas eran Justina o Jacinta, Malicacha o Felisa;
que no tenían melena ni cerquillo, ni llevaban tul sobre los ojos. Sino trenzas
negras, flores silves-tres en la cinta del sombrero... "Si yo pudiera
escribirles, mi amor brotaría como un río cristalino; mi carta podría ser como
un canto que va por los cielos y llega a su destino." ¡Escribir! Escribir
para ellas era inútil, inservi-
ble, " ¡Anda; espéralas
en los caminos, y canta! ¿Y, si fuera posible, si pu-
diera empezarse?" Y
escribí: k'entita"...
"Uyariy
chay k'atik'niki s'twar
"Escucha al
picaflor esmeralda que
te sigue; te
ha de hablar de mí; no
seas cruel, escúchale. Lleva fatigadas las pequeñas
alas, no podrá volar más; deténte ya. Está cerca la piedra blanca donde
descansan los viajeros, espera allí y escúchale; oye su llanto; es sólo el
mensajero de mi joven corazón, te ha de hablar de mí. Oye, hermosa, tus ojos
como estrellas grandes, bella flor, no huyas más, ¡deténte! Una orden de los
cielos te traigo: ¡te mandan ser mi tierna amante...! "
Esta vez, mi propio llanto me detuvo. Felizmente, a
esa hora, los internos jugaban en el patio interior y yo estaba solo en mi
clase.
No fue un llanto de pena ni de desesperación. Salí
de la clase erguido, con un seguro orgullo; como cuando cruzaba a nado los ríos
de enero cargados del agua más pesada y turbulenta. Estuve unos instantes
caminando en el patio empedrado.
La campanilla que tocaban durante largo rato
anunciando la hora de entrar al comedor me despertó de esa especie de arrebato.
Cuando entré al comedor, los internos estaban de pie junto a sus asientos. El
Hermano Mi-guel rezó en voz alta y el coro de alumnos repitió la oración. Yo
seguía aún aturdido; mis compañeros parecían moverse en un espacio turbio y
ondu-lante; los veía alargados y extraños.
—¿Qué te pasa? —me preguntó Palacitos—. Pareces
como asustado. Los zumbayllus te están loqueando.
—Que lea Ernesto el Manual de Carreño —ordenó el Hermano Miguel. Un
sirviente me alcanzó el libro. Empecé a leer el capítulo que estaba señalado
por el marcador. La corrección que se exigía en la lectura de ese Manual despertó inmediatamente todo mi pensamiento. Fueron esas lectu-ras
públicas las que me dieron prestigio. Yo era uno de los alumnos más crecidos de
mi año; y cuando ingresé al Colegio no
sabía leer en voz alta. Fracasé la primera vez y fui relevado a los pocos
instantes. Así pareció con-firmarse que la causa de mi retardo no era la vida
errante que había lle-vado, sino alguna otra más grave. Pero a los quince días
pedí leer nueva-mente —había ensayado muchas horas— y sorprendí a todos. Leí
con voz alta, clara y pausadamente. Los internos dejaron de tomar la sopa por
unos instantes y me miraron. Desde entonces fui uno de los lectores predilectos
de todos los Padres que presidían la mesa, y del Hermano Miguel. Esta vez,
cuando fui relevado por Romero, me había tranquilizado ya. Y pude decirle
a Palacios:
— ¡Era el hambre, Palacitos! Yo no soy tan amigo de
la cocinera como tú.
Palacitos estiró el cuello y me habló al oído:
—Estuve en la cocina. Esta noche va a ir la opa al
patio. El Lleras le ha pedido. ¡Algo ha de suceder esta noche, hermanito! El
Lleras ha estado hablando con "Añuco", como dos brujos.
—Está bien. Nosotros no iremos.
—Tocaremos rondín con Chauca en el patio de afuera
Lleras empezó a observarnos. Palacitos se
aterrorizó y no volvió a ha-blarme.
—Se ha dado cuenta.
¡Pero no seas así; no te
asustes! —le dije.
Su terror era muy grande. No volvió a levantar la
cabeza. Humildemente almorzó. Yo tuve que conversar con Rondinel que se sentaba
a mi derecha; le tuve que hablar, a pesar de que siempre me miraba
orgullosamente. Lle-ras y el "Añuco" seguían observándonos.
—Tú crees ya leer mucho —me dijo Rondinel—. Crees
también que eres un gran maestro del zumbayllu. ¡Eres un indiecito, aunque
pareces blan-co! ¡Un indiecito, no más!
—Tú eres blanco, pero muy inútil. ¡Una nulidad sin remedio!
Algunos que me oyeron rieron de buena gana.
Palacitos siguió cuidán-dose.
— ¡Te desafío para el sábado! —exclamó Rondinel
mirándome con furia.
Era muy delgado, hueso puro. Sus ojos hundidos,
como no he visto otros, y muy pequeños, causaban lástima; estaban rodeados de
pestañas grue-sas, negrísimas, muy arqueadas y tan largas que parecían
artificiales. "Po-drían ser hermosísimos sus ojos —decía Valle, un alumno
de quinto año, muy lector y elegante—. Podrían ser hermosísimos si no
parecieran de un niño muerto."
Causaban lástima por eso. Daban la impresión de que
sólo sus pestañas habían crecido; y hacia adentro sus ojeras; pero los ojos
mismos seguían siendo como los de una criatura de pocos meses.
— ¡Pobre guagua!
¡Pobre guagua! —le dije.
Palideció de rabia.
—Te mataré a patadas el sábado —me dijo.
Yo no le contesté;
ni volvimos a hablar más durante el almuerzo.
A la salida del comedor me buscó Lleras.
— ¡Qué bien disimulas, cholito! —me dijo en voz muy
alta, para que oyera Palacios—. Pero yo sé que el indio Palacios te secreteaba
de mí.
—Yo no, Lleras —le contestó Palacios, casi
gimoteando—. Le hablaba de mi rondín.
— ¡Cuidadito, cuidadito! Sólo que Rondinel le
cajeará las costillas al fo-ráneo. Buenos fierros son sus brazos y sus piernas.
Hacen doler. ¡Ay zum-bayllito, zumbayllul
Acabó riéndose y mirándome irónicamente. Se llevó a
Rondinel, del brazo.
—Te entrenaré —le dijo—. ¡Cálmate! Yo te garantizo
que le sacarás un buen chocolate al foráneo.
Sentí miedo al oírle hablar.
—Te asustaste —me dijo Palacitos, mirándome—. Si te
pega te hará su oveja por todo el año.
Hasta entonces yo no había luchado en formal
desafío con nadie. Esa debía ser la primera vez, y tuve miedo. No podía dominar
el vergonzoso, el inmundo temor.
—Es al Lleras, no al Flaco —decía.
Sin embargo no era cierto. Era al otro.
Y el "Markask'a" no vino en la tarde al
Colegio.
—Cuídate —me dijo Romero—. Los muy flacos son
peligrosos. Si le das primero, lo desarmas; pero si te adelanta, te abre un
forado en la cara.
Los internos no comentaron mucho el desafío. El
único que le dio impor-tancia fue Valle.
—Será una lucha original —dijo—. Hay que verla. Un
zancudo de alam-bre contra un forastero melancólico. Debemos procurar que no se
frustre. Será un espectáculo raro.
Hasta aquel día había sentido mucho respeto por
Valle. Era el único lec-tor del Colegio. Escondía novelas y otros libros bajo
el colchón de su cama. Los Padres lo vigilaban porque declaró ser ateo y
prestaba libros a los inter-nos. "Dios no existe —decía al entrar a la
Capilla—. Mi Dios soy yo." Su orgullo era muy grande, pero parecía tener
fundamento. Me prestó una Anto-logía de Rubén Darío; y como aprendí de memoria
los poemas más largos, me los hacía repetir. Luego, con una expresión meditativa,
decía: "Emotivo, sensible; demasiado, demasiado". Y se iba.
Valle enamoraba a las señoritas más encumbradas del
pueblo. Tenía de-recho, pues cursaba el último año de estudios, y era elegante.
Planchaba sus ternos con un cuidado y acierto que causaban envidia. Usaba las
corbatas con un lazo de su invención que él nombraba, increíblemente, con una
palabra quechua: k'ompo. El k'ompo llegó a ponerse de moda en Abancay. Era un
nudo ancho, de gran volumen. Valle empleaba en hacerlo casi toda la corbata.
Así llamaba la atención de las jóvenes. El despreciaba a las colegialas, su
desdén era sincero. Decía que su gran amor era la esposa del médico titular, y
lo demostraba. Se paraba los domingos en la esquina que ocupaba la casa del
médico. Muy perfumado, con el sombrero hundido sobre la frente; su enorme
k'ompo, tan visible, tan perfecto; los zapatos relucientes, esperaba. Erguido,
y adoptando una postura muy distinguida. Valle silbaba en la es-quina.
A pesar de que parecía un joven galante, con sus
derechos ya expeditos, no era admitido en la sociedad. La esposa del médico, le
dedicaba alguna mi-rada complaciente; las otras jóvenes toleraban sus
galanterías, pero no con-seguía que lo invitaran a las fiestas sociales. El se
consolaba, porque de todos modos ocupaba una situación de privilegio entré los
alumnos; sabía que las colegialas murmuraban de él, le dedicaban su atención,
le contemplaban. Su ateísmo era famoso, y su "materialismo", pues él
decía tener cultura "enci-clopédica". Adoraba sólo la forma;
desdeñaba a los románticos y "pasionis-tas". "El pobre, el
desgraciado Espronceda; y el otro, el más desventurado, el llorón
Bécquer", decía. Consideraba sus ídolos a Schopenhauer y a Cho-cano. Nunca
intervenía en las luchas por la demente, ni tenía amigos. Prestaba novelas y
libros de poesía con ademán gentil aunque algo desdeñoso; sólo un libro de
Schopenhauer que guardaba bajo llave, en una pequeña maleta, no lo prestó jamás
a nadie. "Esta es lectura de los fuertes, de los gigantes; únicamente el
oro recibe este líquido sin disolverse. Ustedes se condenarían si lo leyeran, o
no lo entenderían", nos decía.
Valle le habló a Rondinel; esperó vernos cerca y mientras yo escuchaba,
demostró a mi rival que dadas las características
de ambos, él tenía todas las probabilidades de derrotarme, de darme una buena y
concluyente paliza. Luego se acercó a mí, y me dijo:
—Tu situación es pues honrosa. Si le ganas será por
tu coraje, y nada más que por tu coraje. Te felicito; bien quisiera tener una
oportunidad se-mejante.
Su lenguaje era siempre así, atildado. Y como todos
creíamos que tenía derecho a hablar de ese modo, a causa de sus lecturas, no
nos hería ni sor-prendía su estilo. Al contrario, influía en muchos, que
trataban de imitarlo.
Valle era el
único estudiante que no hablaba quechua; lo comprendía
bien, pero no lo hablaba. No simulaba ignorancia; las
pocas veces que le
oí intentar la pronunciación
de algunas palabras, fracasó realmente; no le
habían enseñado de niño.
—No tengo costumbre de hablar en indio —decía—. Las
palabras me suenan en el oído, pero mi lengua se niega a fabricar esos sonidos.
Por for-tuna no necesitaré de los indios; pienso ir a vivir a Lima o al
extranjero.
Con el reto de Rondinel, Valle encontró una ocasión
de divertirse. —Sólo tu coraje puede salvarte —me repetía—. Felizmente los
senti-
mentales son grandes valientes o grandes cobardes.
Y me miraba agudamente.
Yo empecé a sentir hacia él una especie de rencor
impotente. Adivinaba o conocía ciertamente el miedo que me oprimía, que estaba
a punto de ven-cerme. Quizá él había sentido alguna vez ese bajo y vergonzoso
temor.
—Debe ganar el sarmentoso Rondinel —pregonaba—. Un
Quijote de Abancay derribará a un quechua, a un cantador de jarahuis. ¡Qué
combate, jóvenes, qué homérico y digno combate! Un nuevo duelo de las razas.
¡Por Belcebúi Será un espectáculo merecedor de la atención del internado en
pleno. ¡Hasta de una loa épica!
A Rondinel le inflamaban los pronósticos de Valle.
Se paseaba agitada-mente. Rechazaba ya los consejos de Lleras. Extendía su
brazo flaco —ente-ramente influenciado por el lenguaje y los ademanes de Valle—
y le decía
a Lleras:
— ¡No me des consejos! A ese cholito lo tumbo yo
solo. ¡Lo hago tiras! El "Añuco" me buscaba, pasaba por mi lado y me
gritaba:
— ¡Qué triste estás, zumbayllero! ¡Qué tal duelo tan anticipado!
—Cierto —confirmaba Palacitos—. Te has puestos
amarillo. Frótate, hermano, la cara y las orejas. Mejor es que salga sangre.
Los internos de mi edad no me hablaban. Preferían
estar a la expec-tativa. Romero me daba ánimos, pero en tono compasivo.
Por la noche, en el rosario, quise encomendarme y
no pude. La vergüen-za me ató la lengua y el pensamiento.
Entonces, mientras temblaba de vergüenza, vino a mi
memoria, como un relámpago, la imagen del Apu K'arwarasu. Y le hablé a él, como
se enco-mendaban los escolares de mi aldea nativa, cuando tenían que luchar o
com-petir en carreras y en pruebas de valor.
— ¡Sólo tú, Apu
y el "Markask'a"! —le
dije—. \Apu
K'arwarasu, a
ti voy a dedicarte mi pelea! Mándame tu kilincho 1
para que me vigile, para que me chille desde lo alto. ¡A patadas, carago, en su
culo, en su costilla de perro hambriento, en su cuello de violín! ¡Ja caraya!
¡Yo soy lucana, minero lucana! ¡Nakak!
Empecé a darme ánimos, a levantar mi coraje,
dirigiéndome a la gran montaña, de la misma manera como los indios de mi aldea
se encomendaban, antes de lanzarse en la plaza contra los toros bravos,
enjalmados de cóndores.
El K'arwarasu es el Apu, el Dios regional de mi
aldea nativa. Tiene tres cumbres nevadas que se levantan sobre una cadena de
montañas de roca negra. Le rodean varios lagos en que viven garzas de plumaje
rosado. El cer-nícalo es el símbolo del K'arwarasu. Los indios dicen que en los
días de Cuaresma sale como un ave de fuego, desde la cima más alta, y da caza a
los cóndores, que les rompe el lomo, los hace gemir y los humilla. Vuela,
bri-llando, relampagueando sobre los sembrados, por las estancias de ganado, y
luego se hunde en la nieve.
Los indios invocan
al K'arwarasu únicamente en los
grandes peligros.
Apenas pronuncian su nombre el temor a la muerte
desaparece.
Yo salí de la capilla sin poder contener ya mi
enardecimiento. Inmedia-tamente después que el Padre Director y los otros
frailes subieron al segundo piso, me acerqué a Rondinel y le di un puntapié
suave, a manera de anuncio.
—Oye, alambre —le dije—. ¡Ahora mismo, ahora mismo!
¡En el patio! En ese sitio, frente a la capilla, había poca luz. Valle saltó
entre los dos.
— ¡La explosión de los sentimentales! —dijo
tranquilamente, apartando al Flaco—. Este es un desafío legal, caballeresco,
para el sábado y no para luchar a tientas en la oscuridad.
— ¡Sí, sí!
¡Ahora no! —gritaron varios.
—Déjalos que se zurren —dijo Romero.
—Mi desafío es para el sábado, en el campo de
higuerillas —dijo Ron-dinel, y saltó al corredor. Se paró bajo un foco de luz—.
¡Quiero ver lo que hago! No soy un indio para trompearme en la oscuridad.
Comprendí que temía, que era él, ahora, el que
estaba asustado.
—Indio traicionero —dijo Lleras.
Pero el Flaco rectificó, creo que para no
enfurecerme más. —No me ha pateado de veras —dijo—. Sólo ha sido de anuncio.
—Creo que el Quijote eres tú. ¡Serás vencido, ahora con mayor razón!
—me dijo Valle, poniéndome sus manos sobre los
hombros—. Ese puntapié "de anuncio" te retrata. Fue un aperitivo,
para ti y para nosotros que vere-mos tu noble derrota.
Su ironía esta vez no me hizo mella. Se dirigía al
vacío. El Flaco huyó al dormitorio, sigilosamente, mientras hablaba Valle; y
los otros internos se dispersaron. Palacitos se retiró al mismo tiempo que
Rondinel. Y Valle per-dió su entusiasmo.
Yo ya no sentí vergüenza de esperar a Antero para
contarle la historia; hasta pude recordar las cartas que había escrito.
1 Cernícalo.
A las ocho y media tocaban la campanilla indicando
la hora de entrar al dormitorio. Pero los que deseaban acostarse antes podían
hacerlo.
Yo me dirigí al patio interior. Estaba seguro que
iría la demente y que algo ocurriría. Debía faltar aún cerca de media hora para
que tocaran la campanilla.
En una de las esquinas del patio, junto a los
excusados, hacía guardia el "Peluca". Estaba solo. Muy cerca, sobre
la explanada, Lleras y el "Añuco"
fumaban. Como yo sabía que Lleras había hablado con
la demente, podía percibir que él y el "Añuco" vigilaban al
"Peluca". De la casa vecina entraba mucha luz al patio; iluminando la
cima del muro carcomida por la lluvia, una fuerte luz pasaba hacia lo alto del
patio. Grupos de alumnos que estaban sen-tados al pie del muro permanecían
completamente ocultos. Contaban histo-rias de mujeres, chistes de curas y
sacristanes.
Yo me retiré, solo, hacia el fondo del patio, junto
al muro. No deseaba hablar con nadie. Sentía un placer raro; me asaltaba una
especie de deseo de echarme a reír a carcajadas. "El Flaco Rondinel te ha
hecho sudar frío. El Flaco Rondinel te ha hecho temblar como a un conejo"
—decía casi en voz alta. Pero no pude reír una sola vez.
Luego recordé cómo había hecho frente al Lleras,
devolviéndole su mi-rada de perdonavidas. Y hubiera seguido repasando en mi
memoria los ins-tantes de flaqueza y de coraje que tuve que sufrir, si el
"Peluca" no salta al patio y se encamina hacia mí:
—¿Qué te ocultas aquí? —me preguntó con voz
amenazadora.
—Va a venir la opa —le dije—. ¡Cuídate, hermano!
Creo que el Lleras te va a hacer algo.
—¿Me tienes miedo? —volvió a preguntarme, ya no con
rabia sino con gran curiosidad.
—No sé —respondí—. En este momento no me das miedo.
Te aviso porque odio a Lleras.
Lleras y el
"Añuco" vinieron, casi corriendo, hacia nosotros.
—¿Qué te dice el foráneo? ¡O me avisas o te rompo
el lomo! —advirtió Lleras al "Peluca", aún antes de llegar.
El "Peluca" se quedó callado. A Lleras se
le veía pequeño junto a él; en la penumbra, la mole, la sola figura del
"Peluca" aparecía inclinada ante la más pequeña de Lleras.
— ¡No le digas, "Peluca"! ¡No le digas!
¡Aplástalo con tu cuerpo! —le grité.
Los otros internos corrieron para ver lo que
ocurría. "Peluca" iba a ha-blar ya; pero oyó los pasos de los que
venían corriendo y escapó de un salto; bajó la alta grada del terraplén, pasó
velozmente frente a los reserva-dos y entró al pasadizo. Yo le seguí
atentamente; no oí sus pasos en el callejón y comprendí que se había ocultado a
la vuelta de la esquina. El grupo de alumnos llegó junto a nosotros.
—¿Qué hay, k'echas? El foráneo está nerviosito;
grita por gusto. ¡Fuera de aquí! —ordenó Lleras—. ¡Fuera de aquí!
Yo busqué a Romero en el grupo. No estaba. Todos se
alejaron. Algunos ya no volvieron al rincón. Se dirigieron al patio de honor.
Yo permanecí
tranquilo. Esperé que Lleras me amenazara. Y podía
haberle contestado va-lientemente. Pero bajó con el "Añuco", del
campo hacia la vereda de los re-servados. Los otros internos se acomodaron
nuevamente en los rincones. Al poco rato se fueron, en grupos de dos y tres.
Chauca se separó del último grupo; caminando despacio vino hacia mí; más de una
vez se detuvo, mi-rando a Lleras, como si esperara que le diera un grito,
prohibiéndole conti-nuar.
—¿Qué hay? —me preguntó en voz baja, cuando llegó—.
¿Por qué tan solitario?
—Estoy esperando. Algo va a suceder. La opa ha de
venir.
—¿La opa ha de venir? ¿Y cómo lo sabes?
—Lleras ha estado hablando con ella en la cocina.
Palacitos los vio. Des-pués, parece que Lleras y "Añuco" han tramado
algo. ¿Será contra el "Pe-luca" ?
—¿La opa ha de venir? No hay casi nadie en el
patio, hermanito. ¡Yo espero! ¡Alguna vez seré yo!
— ¡Pobrecito Chauca! —le dije—. Esta noche no sé
qué sucederá. Ya vendrá Lleras y nos expulsará de aquí.
— ¡Gritaré! Le amenazaré con pedir auxilio si no me
deja. ¡Hoy será, o nunca! —la impaciencia ahogaba su respiración.
—No te metas con Lleras —le dije—. Anda a
Huanupata. Dicen que allí hay otras cholas mejores. ¡Esta es una opa! ¡Sucia,
babienta!
—No sé, hermano. ¡Ella tiene que ser! Creo que
estoy endemoniado. ¡Me estoy condenando, creo! ¿Por qué me aloca esta opa
babienta? Le ruego al Niño Dios todas las noches. ¡En vano, en vano! Yo he
estado con otras cholas. ¡Claro! Mi propina me alcanza para dos. Pero vengo
aquí, de noche; el excusado me agarra, con su olor, creo. Yo todavía soy
muchacho; estoy en mis dieciséis años. A esa edad dicen que el demonio entra
con faci-lidad en el alma. ¿Dónde, dónde estará mi ángel de la guardia? Yo creo
que si la tumbo una sola vez quedaré tranquilo, que me curará el asco...
Cuando estaba hablando Chauca, apareció la demente
en el patio; pe-gada a la pared, rechoncha, bajita, entró a la vereda de los
excusados. No había caminado dos metros, cuando el "Peluca" saltó
sobre ella y la derribó. Lleras y el "Añuco" salieron de uno de los
tabiques de madera; se acercaron hacia el "Peluca".
—Hay que dejar tranquilo al buen padrillo —oímos
que decía Lleras, con voz casi normal, sin temer que le escucháramos.
Chauca no se atrevió a correr. Fue caminando paso a
paso, casi medi-tando. Yo le seguí. Así llegamos al borde del terraplén.
El "Añuco" le amarraba algo en la espalda
al "Peluca". Parecía ser la punta de una honda de lana, de aquellas
que terminan en pequeñas borlas. Lleras vigilaba la maniobra. No nos hizo caso;
no volvió la cara siquiera ha-cia nosotros. El "Añuco" se levantó y
nos miró; luego miró a Lleras.
—Vámonos —le dijo éste, en voz muy baja—. Que
disfruten los k'echas, si quieren.
Y se fueron, caminando de puntillas, sin hacer el
menor ruido.
Yo sentí que Chauca temblaba. Se puso la mano
derecha sobre las me-
jillas. Un denso calor empezó a escalarme por el
cuerpo, como si brotara desde los pies.
Salté al callejón, y corrí al patio.
El Hermano Miguel agitaba ya la campanilla desde el
corredor del se-gundo piso. Dos Padres llamaron, palmeando:
— ¡Ya, ya! ¡A
dormir!
Avanzaron hacia el callejón y vocearon allí varias
veces. Los alumnos que estábamos cerca pasamos al dormitorio. El
"Peluca" vino corriendo del patio interior; subió a grandes trancos
la escalera. Entró al dormitorio con el rostro sumamente pálido; sus ojos
parecían bañados en un líquido brilloso. Todos los internos, de pie, esperamos
que el Padre Director entrara.
El Director no pasó a inspeccionar el dormitorio.
Lo hacía casi todas las noches. Esta vez se detuvo a dos pasos de la puerta
junto al primer catre y rezó el Ave María. Le contestamos en coro.
—Buenas noches, hijos. Dormid en paz —dijo, y se
fue.
En la puerta se encontró con Chauca.
— ¡Eh, tú!
¡Malcriado! —le dijo—. ¡Sinvergüenza!
— ¡Estuve en el reservado, Padrecito! —oímos que decía Chauca.
Yo sentí que su voz desfalleciente no sólo
imploraba disculpa sino un auxilio mayor.
—¿Qué tienes? ¿Te pasa algo? —preguntó el Director
con mucha ter-nura—. ¡Ven aquí, hijo! ¡Ven aquí!
Lo hizo entrar al dormitorio y lo contempló en la
luz.
Todos lo miraron. Estaba sucio de tierra. Había
tierra aún en sus cabe-llos. Su actitud era de una humillación tan extremada
que ni siquiera hubo risas del "Añuco" y de Lleras. "Ahora,
ahorita se ríen", pensé, ardiendo de odio. Pero no pudieron reírse.
— ¡Me caí, Padre!
—exclamó Chauca, lloriqueando.
— ¡No seas tonto, hijo! ¡Vuelve en ti! —le dijo el
Padre. Y con ambas manos le sacudió el polvo.
Chauca se
dirigió hacia su cama con
la cabeza inclinada. El Padre salió,
y cerró la puerta del dormitorio.
"Ahora
empieza la fiesta del Lleras", pensé. Creí que reaccionaría pron-
to y que se ensañaría con Chauca. Pero ambos, él y
el "Añuco" miraban al
"Peluca".
al Uno
de los vecinos de cama del "Peluca" exclamó, de
pronto, saltando
medio del dormitorio:
— ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Dios mío!
la Era
nativo de Pampachiri, un pueblo de altura.
Con gran terror señaló
espalda
del "Peluca".
—/Apasankas, apasankas! —gritó.
Una sarta de
inmensas arañas velludas colgaba del saco del "Peluca".
la Aun
los internos que ya estaban acostados se
levantaron y fueron hacia
cama
del "Peluca".
—¿Y...? ¿Qué
importa? —dijo éste, al parecer muy tranquilo.
Se quitó el
saco suavemente; lo levantó, lo más alto que pudo, soste-
niéndolo de una de las solapas.
Las arañas pataleaban. No con movimientos convulsos
y rápidos, sino lentamente. Las tarántulas son pesadas; movían sus extremidades
como si estuvieran adormecidas. El cuerpo rojinegro de las arañas, oscuro,
aparecía enorme, tras de los vellos erizados que también se movían.
Yo no pude contenerme. Temí siempre a esas
tarántulas venenosas. En los pueblos de altura son consideradas como seguros
portadores de la muerte. No grité; pude sofrenar el grito en mi garganta; pero
me apoyé en el catre y luché con gran esfuerzo contra la terrible ansia que
sentía de llamar a grandes voces. Chauca y Romero se me acercaron.
— ¡Qué bruto, qué maldito! —dijo Romero—. ¡Pero ve,
fíjate! ¡No son nada!
El "Peluca" había arrancado la sarta de
arañas; las había arrojado al suelo y las aplastaba con ambos pies.
— ¡Con esto sí que no me asustan! Yo las reviento
desde que era guagua —dijo.
Pasaba la planta de los pies sobre los cuerpos
molidos de las apasankas. Luego bailó en el sitio. No quedó allí sino una
mancha.
Romero me ayudó a desvestirme. Me miró a los ojos
mucho rato, pro-curando ahuyentar mi temor.
—No es nada, chico. Además, no es cierto que pican
—me dijo—. Yo creo que aquí, en el valle, se amansan. Hasta las niñas juegan
con ellas; las pelotean de lo lindo. ¡Claro! Ni qué decir que su cuerpo es feo.
El vecino del "Peluca", el pampachirino, con lo grandazo que es, está
igual que tú; hasta más pálido.
Chauca se sentó junto a mi cama. Nadie se ocupaba
ya de él, felizmente. Lleras y el "Añuco" se acostaron rápidamente;
se hacían los dormidos. Chauca me puso una de sus manos en la frente.
—Esto sí que no es para asustarse tanto —me dijo—.
¡Espera no más! ¡Algún día le haremos algo al Lleras! ¡Algo de que se acueide
toda su vida!
— ¡El apasanka no es para asustarse! —se atrevió a
decirme Palacitos, desde su cama.
El incidente salvó a Chauca. Recuperó su
tranquilidad; se disipó de su rostro todo misterio, toda sombra. Y pudo
acompañarme un instante. Romero se había ido antes.
Sin embargo, durante la noche, como un estribillo
tenaz, escuché en sue-ños un huayno antiguo, oído en la infancia, y que yo
había olvidado hacía ya mucho tiempo:
Apank' orallay, apank' orallay, Apankora, apankora,1
apakullawayña, llévame
ya de una vez;
tutay tutay wasillaykipi en
tu hogar de tinieblas
uywakullawayña. críame, críame por piedad.
Pelochaykiwan Con
tus cabellos,
yana wañuy pelochaykiwan con tus
cabellos que son
la muerte
kuyaykullawayña. acaríciame, acaríciame.
1 Como
apasanka, nombre de la tarántula.
Al día siguiente me levanté muy temprano. Me bañé
en la fuente del primer patio para refrescarme la cabeza. Luego me vestí con
gran cuidado sin despertar a los internos. Y me dirigí al patio de tierra.
La madrugada se extinguía. Los pequeños sapos
asomaban la cabeza en-tre las yerbas que rodeaban el pozo de la fuente. Bajo
las nubes rosadas del cielo, los pocos árboles que podían verse desde el patio
interior, y las calan-drias amarillas que cantaban en las ramas, se dibujaban
serenamente; algu-nas plumas de las aves se levantaban con el aire tibio del
valle.
Encordelé mi hermoso zumbayllu y lo hice bailar. El
trompo dio un salto armonioso, bajó casi lentamente, cantando por todos sus
ojos. Una gran feli-cidad, fresca y pura, iluminó mi vida. Estaba solo,
contemplando y oyendo a mi zumbayllu que hablaba con voz dulce, que parecía
traer al patio el canto de todos los insectos alados que zumban musicalmente
entre los arbustos flo-ridos.
— ¡Ay zumbayllu, zumbayllu\ ¡Yo también bailaré
contigo! —le dije. Y bailé, buscando un paso que se pareciera al de su pata
alta. Tuve que
recordar e imitar a los danzantes profesionales de
mi aldea nativa.
Cuando tocaron la campanilla para despertar a los
internos, yo era el alumno más feliz de Abancay. Recordaba al
"Markask'a"; repasaba en mi memoria la carta que había escrito para
su reina, para su amada niña, que según él tenía las mejillas del color del
zumbayllu.
— ¡Al diablo el "Peluca"! —decía—. ¡Al
diablo el Lleras, el Valle, el Flaco! ¡Nadie es mi enemigo! ¡Nadie, nadie!
VIL EL
MOTIN
E SA MAÑANA, a la hora del recreo, le entregué a
Antero el borrador de la carta para Salvinia.
—La leeré en mi cuarto, a solas —me dijo—. Y en la
tarde la leeremos juntos. Yo te esperaré a la una en la puerta del Colegio.
—¿No quieres leerla ahora? —le pregunté.
—No. Ahora no, mejor a solas, recordándola. Si
quisiera preguntarte algo no podría hacerlo aquí. Los alumnos nos fastidiarían.
Luego le conté mi aventura con Rondinel.
— ¡Pero si a ese flaco puedes matarlo! —exclamó—.
Llora por cual-quier cosa. ¡Pobrecito! Mejor será que no pelees con él. A esta
hora debe estar temblando, llorando como un pajarito. Es malogrado el pobre.
Dicen que su madre es medio loca y que cuando el Flaco era niño lo castigaba
como a un condenado.
— ¡De veras! Ya ni me mira, ni mira a nadie. Está
como sepultado —le dije.
Entonces Antero me pidió que lo esperara en la
puerta de mi salón de clases, y fue a buscar a Rondinel.
—Lo calmaré —me dijo—. Me da lástima. Su madre es
muy amiga de la madre de mi reina. Por ella lo hago. Le diré que estás decidido
a no recla-mar el desafío.
Volvió al poco rato de brazo con el Flaco. Llegaron
corriendo. Antero lo guiaba, lo arrastraba casi.
—Aquí está —dijo—. El también quiere amistar. Yo
soy el juez. ¡Dense la mano!
Le tendí la mano, sonriéndole. En sus pequeños ojos
hundidos, tras de sus pestañas arqueadas y hermosas, una mirada angustiosa
pugnaba por no
extinguirse. Comprendí que si no seguía
sonriéndole, que si no me acercaba a él, cerraría los ojos y se echaría a
correr.
Lo abracé.
— ¡Soy un perro, soy un perro! —decía. Y empezó a llorar.
Lo llevamos a mi sala de clases. Todos los alumnos
jugaban en los pa-tios, y los internos no vieron nuestra reconciliación. Eran
los únicos que hubieran podido perturbarla.
El Flaco se sentó en una carpeta y apoyando la
cabeza sobre los brazos de Antero lloró unos instantes. Después levantó el
rostro para mirarme.
— ¡No seas sonso!
—le dijo el
"Markask'a".
—Los otros son los peores —le dije yo—. El Lleras,
el Valle, el "Añuco".
Nosotros no, hermano.
—Dios los castigará. ¡Algún día!
—exclamó.
Se levantó y volvió a darme la mano.
—Tú eres un caballero. ¡Lo reconozco como hombre!
Desde hoy te voy a querer.
Temblaba un poco.
— ¡Juguemos, hermanitos! —gritó de repente—.
¡Juguemos al zumbay-llul ¡Vamos!
Salimos corriendo. El me llevaba de la mano.
En el callejón que une los patios nos topamos con
Valle. Venía a paso lento, erguido como siempre. Un gesto de gran sorpresa
interrumpió, como un relámpago, su pesada solemnidad. Rondinel le sacó la
lengua y le dijo a gritos:
— ¡Espera sentado a que peleemos! ¡Sonso!
Y seguimos adelante. Ni rastros de forzada
amabilidad hubo entre noso-tros. Deseábamos halagarnos. Hicimos cantar a
nuestros zumbayllus con gran destreza. Los arrojábamos al mismo tiempo. Y una
vez el del Flaco derrotó en duración al de Antero. ¡Qué felicidad fue para él!
Saltaba; me miraba y miraba al "Markask'a". Daba vueltas sobre un
pie. El sol alum-braba para él solo, esa mañana. El mundo redondo, como un
juguete bri-llante, ardía en sus manos. ¡Era de él! Y nosotros participamos de
la dicha de sentirlo dueño.
A las doce, cuando los externos salían a la calle,
se oyeron gritos de mujeres afuera. Rondinel y yo, de pie en la pequeña
escalera que conducía a mi sala de clases, podíamos ver la calle. Varias
mujeres pasaron corriendo; todas eran mestizas, vestidas como las mozas y las
dueñas de las chicherías. El Padre Director salió de su oficina, se dirigió al
zaguán y observó la calle, mirando a uno y otro lado. Volvió en seguida; entró
precipitadamente a la Dirección. Creímos percibir que tenía miedo.
El tumulto aumentó en la calle. Más mujeres pasaban
corriendo. Un ofi-cial entró al Colegio.
El Director apareció en la puerta y llamó a gritos
a los Padres.
— ¡Hazles oír!
—me dijo, palmeando.
Yo corrí a los dormitorios y al comedor, llamando a
los Padres. Eran
cinco, y el Hermano Miguel. Se reunieron en la
Dirección con el oficial. Con-ferenciaron pocos minutos y salieron juntos a la
calle. El Hermano Miguel se quedó a cargo del Colegio.
—No es nada —dijo—. Ya voy a llamar para el
almuerzo.
El portero continuaba observando la calle, no había
cerrado aún el zaguán. Seguía corriendo la gente en la calle. Hombres, mujeres
y niños pa-saban como persiguiéndose unos a otros. Todos los internos nos
acercamos al zaguán.
En ese instante, las campanas tocaron a rebato y un
griterío de mujeres, tan alto como el sonido de las campanas, llegó desde la
plaza. Lleras y Ro-mero saltaron a la calle y siguieron adelante, hacia la
plaza. Todos los segui-mos. El portero empezó a gritar en quechua:
— ¡Se escapan, Padrecitos! ¡Auxilio!
En la primera
esquina nos encontramos con
Antero; venía corriendo.
Rondinel iba conmigo.
— ¡El Flaco, no! —dijo Antero—. Tu mamá irá a
buscarte al Colegio y se alocará si no te encuentra. Anda a tu casa. ¡Corre! La
plaza está hir-viendo de mujeres rabiosas. Te pueden atropellar. ¡Te pueden
matar! ¡Anda!
Rondinel dudaba, entre el espanto y la curiosidad.
— ¡Llévenme, hermanitos! —dijo.
En la energía con que Antero hablaba parecía
encontrar la protección su-ficiente.
— ¡Quiero ir,
"Markask'a"! ¡Llévame,
hermanito!
— ¡No! —le replicó Antero—. Hay mucha gente. Es
como un repunte de agua. ¿Quién podría cuidarte, hermano? Te contaremos todo.
Sube a un balcón de tu casa y verás pasar a la gente. ¡Ya! Nosotros vamos a
carrera.
Partimos, y el Flaco no pudo seguirnos. Volví la
cabeza para verlo, cuando llegamos al final de la calle. Rondinel seguía aún en
el mismo sitio, du-dando.
Cuando desembocamos a la plaza, una gran multitud
de mujeres vocife-
raba, extendiéndose desde el atrio de la iglesia
hasta más allá del centro de la plaza. Todas llevaban mantas de Castilla y
sombreros de paja. Los colegiales miraban a la multitud desde las esquinas.
Nosotros avanzamos hacia el centro. Antero se abría paso, agachándose y
metiendo la cabeza entre la cintura de las mujeres.
No se veían hombres. Con los pies descalzos o con
los botines altos, de taco, las mujeres aplastaban las flores endebles del
"parque", tronchaban los rosales,' los geranios, las plantas de
lirios y violetas. Gritaban todas en que-chua:
— ¡Sal, sal! ¡Los
ladrones, los pillos de la Recaudadora!
Antero continuó acercándose a la torre. Yo le
seguía furiosamente.
La violencia de las mujeres me exaltaba. Sentía
deseos de pelear, de avanzar contra alguien.
Las mujeres que ocupaban el atrio y la vereda ancha
que corría frente al templo, cargaban en la mano izquierda un voluminoso atado
de piedras.
Desde el borde del parque pudimos ver a la mujer
que hablaba en el arco de entrada a la torre. No era posible avanzar más. En la
vereda la mul-
titud era compacta. Sudaban las mujeres; los aretes
de plata y de quintos de oro que llevaban algunas, brillaban con el sol. La
mujer que ocupaba el arco de la torre era una chichera famosa; su cuerpo gordo
cerraba comple-tamente el arco; su monillo azul, adornado de cintas de
terciopelo y de piñes, era de seda, y relucía. La cinta del sombrero brillaba,
aun en la som-bra; era de raso y parecía en alto relieve sobre el albayalde
blanquísimo del sombrero recién pintado. La mujer tenía cara ancha, toda picada
de viruelas; su busto gordo, levantado como una trinchera, se movía; era
visible, desde lejos, su ritmo de fuelle, a causa de la respiración honda.
Hablaba en que-chua. Las ees suavísimas del dulce quechua de Abancay sólo
parecían ahora notas de contraste, especialmente escogidas, para que fuera más
duro el golpe de los sonidos guturales que alcanzaban a todas las paredes de la
plaza.
—¡Manan! ¡Kunankamallam suark'aku...! —decía.
(¡No! ¡Sólo
hasta hoy robaron la sal! Hoy vamos a
expulsar de Abancay
a todos los ladrones. ¡Gritad, mujeres; gritad fuerte;
que lo oiga el mundo
entero!
¡Morirán los ladrones! )
Las mujeres gritaron: (
¡Hoy van
a morir los ladrones! )
—¡Kunanmi suakuna wañunk'aku!
Cuando volvieron a repetir
el grito, yo también lo coreé.
El "Markask'a" me miró asombrado.
—Oye, Ernesto, ¿qué te pasa? —me dijo—. ¿A quién
odias? —A los salineros ladrones, pues —le contestó una de las mujeres.
En ese instante llegó hasta nosotros un movimiento
de la multitud, como un oleaje. El Padre Director avanzaba entre las mujeres,
escoltado por dos frailes. Sus vestiduras blancas se destacaban entre los
rebozos multicolores de las mujeres. Le hacían campo y entraba con cierta
rapidez. Llegó junto al arco de la torre, frente a la chichera. Levantó el
brazo derecho como para bende-cirla; luego le habló. No podíamos oír la voz del
Padre; pero por la expresión de la mujer comprendimos que le rogaba. Las mujeres
guardaron silencio; y, poco a poco, el silencio se extendió a toda la plaza.
Podía escucharse el caer del sol sobre el cuerpo de las mujeres, sobre las
hojas destrozadas de los lirios del parque... Oímos entonces las palabras del
Padre. Habló en que-chua.
—...No, hija. No ofendas a Dios. Las autoridades no
tienen la culpa. Yo te lo digo en nombre de Dios.
—¿Y quién ha vendido la sal para las vacas de las
haciendas? ¿Las vacas son antes que la gente, Padrecito Linares?
La pregunta de la chichera se escuchó claramente en
el parque. La es-quina que formaban los muros de la torre y del templo servían
como caja de resonancia.
— ¡No me retes, hija! ¡Obedece a Dios!
—Dios castiga a los ladrones, Padrecito Linares
—dijo a voces la chi-chera, y se inclinó ante el Padre. El Padre dijo algo y la
mujer lanzó un grito:
— ¡Maldita no, padrecito! ¡Maldición a los ladrones!
Agitó el brazo derecho, como si sacudiera una
cuerda. Todas las campanas se lanzaron a vuelo, tocando nuevamente a rebato.
— ¡Yastá! ¡Avanzo,
avanzo! —gritó la chichera, en
castellano.
Bajó del arco; dio un rodeo junto a los Padres,
respetuosamente, y se dirigió a la esquina más próxima. La multitud le abrió
campo. Las mujeres mayores, que eran también las más gordas, como las dueñas de
las chiche-rías, formaron una especie de primera fila, a la izquierda y derecha
de la cabecilla. Avanzaron hacia la esquina.
Se oyeron unos tiros.
— ¡Nada, nada!
¡Avanzo, avanzo! —gritó la
cabecilla.
— ¡Avanzo, avanzo!
—repitió la multitud de mujeres.
— ¡Avanzo, avanzo!
— ¡Avanzo, avanzo!
Fue ya el grito único que se repetía hasta la cola
del tumulto. El grito corría como una onda en el cuerpo de una serpiente.
Los gendarmes que resguardaban la esquina fueron
arrollados. No los golpearon. Eran humildes parroquianos de las chicherías, y
dispararon al aire, levantando visiblemente el cañón del rifle al cielo. Les
quitaron sus armas.
La mayoría de los colegiales y los curiosos huyeron
al escuchar los pri-meros disparos. El "Markask'a" no se asustó. Me
miró dudando. "¿Segui-mos?", me preguntó.
—Seguimos hasta el fin.
—Griten ¡Avanzo! —nos decían las mujeres.
Gritábamos a todo pulmón.
— ¡Ahora sí! ¡Valiente
muchacho! ¡Avanzo, avanzo!
Al voltear una esquina, la última para llegar a la
oficina del estanco de la sal, Antero me quiso arrastrar hacia afuera.
— ¡Vámonos! —me dijo—. Es feo ir entre tanta chola.
¡Vámonos! Ya es bastante para mataperradas.
—No —le dije—, veamos el final. ¡El final,
"Markask'a"!
La muchedumbre empezó a gritar con más furia. Se
oyeron unas descar-gas menos resonantes y de pocos tiros. Antero escapó.
"Yo me voy. ¡No soy solo! —me gritó al oído—. ¡Tengo que cuidarla! "
Era cierto. En todas las casas debían de estar
temblando a esa hora. El no tenía miedo, lo vi en sus ojos. Al contrario,
cuando habló de protegerla y se lanzó fuera de la multitud, parecía que iba a
enfrentarse a otra lucha mayor.
Se abrió camino, agachándose. Yo avancé más. Si era
verdad que él iba a custodiar a su amada, ¿qué haría yo? Grité más alto, empujé
hacia ade-lante. En las primeras filas se sentía un gran alboroto. Las piedras
empezaron a sonar al caer sobre los postes, contra las rejas y las puertas de
la Salinera. Se deshacían vidrios. Ya no dispararon más.
— ¡Sangre! ¡Sangre! —oí que decían en quechua,
junto a las paredes de la Salinera.
Derribaron varias puertas y entraron al patio de la
Salinera. Yo alcancé allí la primera fila. La cabecilla se había terciado un
rifle a la espalda. Un gran sudor le chorreaba de los cabellos. Subida en el
alto poyo del corredor, miraba agudamente a todos.
— ¡ Silencio!
—ordenó.
Una mujer que estaba a su lado tenía una larga
mancha de sangre en el costado, hacia el hombro izquierdo. También cargaba un
rifle.
—¿Qué es esto, mujer? —dijo ella—. ¡Bala de
salinero! ¡No sirve! —Movió el brazo violentamente, en molinete, y lanzó una
risotada.
— ¡Almacén!
¡Veinte al almacén! —ordenó en
quechua la cabecilla.
Un grupo de cholas entró al depósito de sal.
Llamaron al instante desde
dentro:
—¡Kachi, kachi!1 ¡Harto!
Empezaron a arrastrar los sacos de sal hasta el
patio.
Ante el asombro y el griterío de las mujeres,
sacaron cuarenta costales de sal blanca al patio.
— ¡Padrecito Linares: ven! —exclamó con un grito
prolongado la chi-chera—. ¡Padrecito Linares, ahistá sal! —hablaba en
castellano—. ¡Ahistá sal! ¡Ahistá sal! ¡Este sí ladrón! ¡Este sí maldecido!
La multitud se detuvo, como si fuera necesario
guardar un instante de silencio para que las palabras de la chichera alcanzaran
su destino. Una vez más volvió a llamar la mujer:
— ¡ Padrecito Linares...!
Luego bajó del poyo, por un instante; hizo despejar
la puerta del alma-dén; dio varias órdenes y las mujeres formaron una calle,
aplastándose unas a otras.
Y comenzó el reparto.
Presidió ella, desde lo alto del poyo. No hubo
desorden. Con cuchillos, las chicheras encargadas abrían los sacos y llenaban
las mantas de las muje-res. Luego ellas salían por la tienda y las que estaban
hacia el zaguán, se acercaban.
En los pueblos de indios las mujeres guardan
silencio cuando los hom-bres celebran reuniones solemnes. En las fiestas
familiares, aun en los ca-bildos, los indios hablan a gritos y a un mismo
tiempo. Cuando se observan desde afuera esas asambleas parecen una reunión de
gente desaforada. ¿Quién habla a quién? Sin embargo existe un orden, el
pensamiento llega a su des-tino y los cabildos concluyen en acuerdos. La mujer
que es callada cuando los hombres intervienen en los cabildos, chilla,
vocifera, es incontenible en las riñas y en los tumultos.
¿Por qué en el patio de la Salinera no se arañaban,
no se destrozaban a gritos? ¿Cómo no insultaban o llamaban las que aún
permanecían fuera del zaguán, en la calle? Si una sola hubiera podido gritar
como cuando era libre, habría incendiado a la multitud y la hubiera destrozado.
Pero ahí estaba ella, la cabecilla, regulando desde
lo alto del poyo hasta los latidos del corazón de cada una de las enfurecidas y
victoriosas cholas. Al menor intento de romper el silencio, ella miraba, y las
propias mujeres se empujaban unas a otras, imponiéndose orden, buscando
equilibrio. Del rostro ancho de la chichera, de su frente pequeña, de sus ojos
apenas visibles, bro-taba una fuerza reguladora que envolvía, que detenía y
ahuyentaba el temor. Su sombrero reluciente le daba sombra hasta los párpados.
Un contraste había
i Sal.
entre la frente que permanecía en la sombra y su
mandíbula redonda, su boca cerrada y los hoyos negros de viruela que se
exhibían al sol.
—Para los pobres de Patibamba tres costales —dijo,
como para sacu-dirme.
Hasta ese momento se había repartido ya la mayor
parte de los sacos de sal, y el patio se veía despejado.
Ante la orden, casi inesperada, varias mujeres
fueron a ver el corral de la Salinera. Encontraron cuarenta muías aún aperadas.
La noticia desconcertó a las cholas. Pero la cabecilla ordenó que arrearan tres
al patio. No hizo nin-gún comentario.
Mientras las repartidoras seguían llenando las
mantas de las mujeres con grandes trozos de sal, alegremente, se dedicaron a
preparar las cargas para los "colonos" de Patibamba.
Levantaron con gran dificultad los costales llenos.
Tuvieron que sacar buena cantidad de sal de los sacos y los volvieron a coser.
Pesaban mucho para que las mujeres pudieran alzarlos hasta el lomo de las
muías.
La mujer herida quiso ir a Patibamba. La cabecilla
la miró con duda.
—Ya no sale sangre —le dijo. Se desnudó el pecho y
levantó su monillo.
Mostró la herida.
La cabecilla no accedió. Señaló a diez; y pidió que
las acompañaran todas las que quisieran. Cerca de cincuenta mujeres cargadas ya
con sus mantas de sal siguieron a las que fueron designadas.
— ¡Que viva doña Felipa! ¡Patibambapak! —gritaron
las mujeres que salían tras de las muías.
— ¡Doña Felipa! ¡Doña Felipa! —corearon todas,
despidiéndose de la cabecilla.
Ella no se había olvidado de los indefensos, de los
"pobres" de Patibam-ba. Con la violencia del éxito ninguna otra se
había acordado de ellos.
—Despacio van a repartir —dijo en quechua,
dirigiéndose a la comisión. El reparto continuaba aún en el patio, pero yo no
dudé; salí tras de las mujeres que iban
a Patibamba. Como ellas, tenía impaciencia por llegar. Una inmensa alegría y el
deseo de luchar, aunque fuera contra el mundo entero,
nos hizo correr por las calles.
Arrearon las muías al trote. En el barrio de la
Salinera, todas las calles estaban llenas de gente. Hombres del pueblo formaban
una especie de ba-rrera pasiva. No dejaban avanzar a los caballeros de corbata.
—Las mujeres te pueden degollar, señor —oí que les
decían. —¡Patibambapak! ¡Patibambapak! —gritaban las mujeres y arreaban las
muías. Les abrieron campo.
Desde algunos balcones, en las calles del centro,
insultaron a las cholas.
— ¡ Ladronas!
¡ Descomulgadas!
No sólo las señoras, sino los pocos caballeros que
vivían en esas casas insultaban desde los balcones.
— ¡Prostitutas, cholas asquerosas!
Entonces, una de las mestizas empezó a cantar una
danza de carnaval; el grupo la coreó con la voz más alta.
Así, la tropa se convirtió en una comparsa que
cruzaba a carrera las ca-
lies. La voz del coro apagó todos los insultos y
dio un ritmo especial, casi de ataque, a los que marchábamos a Patibamba. Las
muías tomaron el ritmo de la danza y trotaron con más alegría. Enloquecidas de
entusiasmo, las mu-jeres cantaban cada vez más alto y más vivo:
Patibamballay patisachachay sonk'oruruykik'a
k'orimantas kask'a sonk' ruruykik'a k'ollk'emantas kask'a. K'ocha mayullay
k'ocha remanso challwachallaykik'a k' orimantas kask'a patuchallaykik'a
k'ollk'emantas kask'a.
¡Oh árbol de pati
de Patibamba!
nadie sabía
que tu corazón era de oro, nadie sabía
que tu pecho era de plata.
¡Oh mi remanso,
mi remanso del río!
nadie sabía
que tus peces eran de oro, nadie sabía
que tus patitos eran de plata.
Cerca de Huanupata muchos hombres y mujeres se
sumaron a la comi-sión. La gente salía de las casas para vernos pasar, corrían
de las calles trans-versales para mirarnos desde las esquinas.
Así llegamos a la carretera, al ancho camino
polvoriento de la hacienda.
Era ya un pueblo el que iba tras de las muías,
avanzando a paso de danza.
Las chicheras seguían cantando con el rostro
sonriente.
Pensé que en el camino dejarían el canto y que
iríamos al paso. Hay cerca de dos kilómetros de Abancay al caserío de
Patibamba. El polvo era remo-vido por los cascos de las muías, por los pies de
la gente que marchaba a la carrera; en el aire quieto se elevaba el polvo hasta
las copas de los árboles; las grandes flores rojas de los pisonayes se cubrían
de tierra en la altura y su resplandor se apagaba. Dentro de la lengua de polvo
las muías y la gente avanzábamos en marcha jubilosa. Cruzábamos chapoteando los
acequiones y los charcos, arrastrábamos por un instante a los transeúntes o los
incorpo-rábamos a la danza.
Las mujeres llegaron a los límites de la
casa-hacienda, al camino empe-drado. Ellas pasaron frente a las rejas sin mirar
siquiera hacia el parque. De-seaban entrar al caserío, al polvoriento barrio de
los indios colonos inme-diatamente. Pero yo miré los corredores de la gran
residencia, mientras corría tras de la comisión. Las mujeres levantaron la voz,
aún más, junto a las re-jas; fue ésa la única advertencia. En los extremos de
los corredores, dos mes-tizos de botas y de grandes sombreros alones, se arrodillaron
con fusiles en las manos. Un hombre vestido de blanco estaba de pie en la
última grada de la escalinata; vio pasar a las cholas sin hacer ningún ademán,
con aparente tranquilidad.
Llegamos a la "ranchería"; entramos a la
carrera, y cantando todavía, a la agria callejuela.
Las puertas de todas las chozas permanecieron
cerradas.
—¿No han de salir, acaso? ¿No han de salir ahora?
¿Qué va a suceder, Dios santo? —me preguntaba, contemplando los techos
deshilacliados y re-negridos de las pequeñas casas.
— ¡Salid, madrecitas! ¡Os traemos sal! —gritó en
quechua una de las chicheras.
—¡Mamachakuna!
¡Mamachakuna!1 —llamó otra.
El silencio continuó. Las mujeres empezaron a mirar
a todos lados, con los semblantes escrutadores y llenos de odio, mientras
algunas descargaban las muías.
—¿Pim manchachinku, merdas? (¿Quién
las asusta...?) —exclamó la guía.
Su voz casi varonil,
llena de amenaza, vivificó el caserío.
—¿Pim manchachinku, merdas? —repitió
la pregunta. Avanzó violenta-
mente hacia una puerta y la hundió con el hombro.
— \Au mamacita! \Au mamacita! —gimieron mujeres y
niños en el oscuro interior de la choza.
— ¡Sal del pueblo, para ti, madrecita! —exclamó la
chichera y señaló las cargas de sal. Su voz se tornó tierna y dulce.
— ¡Salid a recibir, madrecitas! —gritó entonces en
quechua una de las mujeres de Patibamba.
Se abrieron las puertas, a lo largo de la
callejuela melosa, poblada de avispas; y vinieron las mujeres, dudando aún,
caminando muy despacio.
En ese momento la chichera levantó un gran trozo de
sal blanca y la dejó caer sobre la falda de la india de Patibamba que llamó a
las otras. Le ordenó que sostuviera bien su falda y le echó varios trozos más
de sal. La india miró a la chichera y los trozos de sal. Dio media vuelta y se
lanzó a la carrera, hacia su choza; la siguieron sus criaturas; y cuando todos
estuvieron adentro, cerró la puerta.
Todas las mujeres se acercaron luego al sitio del
reparto. Se abrieron los tres sacos y se hizo la distribución con cierto orden,
entre un murmullo inin-teligible. Las indias recibían la sal, la bendecían con
sus manos, se volvían a sus chozas, y se encerraban.
Mientras repartían la sal sentí que mi cuerpo se
empapaba de sudor frío. Mi corazón palpitaba con gran fatiga; un intenso vacío
me constreñía el es-tómago. Me senté en el suelo enmelado de esa especie de
calle y me apreté la cabeza con las manos. El rumor de la gente disminuía. Oí
unos disparos. Las mujeres de Abancay empezaron nuevamente a cantar. El olor
agrio del bagazo húmedo, de la melaza y de los excrementos humanos que rodeaban
las chozas se hinchaba dentro de mis venas. Hice un esfuerzo, me puse de pie y
empecé a caminar hacia el parque de la hacienda, buscando la senda empedrada.
En el cielo brillaban nubes metálicas como grandes
campos de miel. Mi cabeza parecía navegar en ese mar de melcocha que me
apretaba crujiendo, concentrándose. Vencido de sueño llegué junto a una de las
columnas de las rejas de acero. Pude ver aún, en el jardín de la hacienda,
algunas mari-posas amarillas revoloteando sobre el césped y las flores; salían
de la pro-
1 Madrecitas.
funda corola de los grandes lirios y volaban,
girando sus delicadas, sus suaves alas. Me eché bajo la sombra de la columna y
de los árboles, y cerré los ojos. Se balanceaba el mundo. Mi corazón sangraba a
torrentes. Una san-gre dichosa, que se derramaba libremente en aquel hermoso
día en que la muerte, si llegaba, habría sido transfigurada, convertida en
triunfal estrella.
Galoparon las muías por el camino empedrado, muy
cerca de mis pies; pasaron en tumulto, de regreso, las mujeres de Abancay. Se
alejó rápidamente el tropel, como un viento ligero. Yo no lo pude ver. Estaba
sumergido en un sopor tenaz e invencible.
Tarde, al declinar el sol, una señora gorda,
vestida de rosado, me des-pertó. Cuando abrí los ojos, me humedecía la frente
con un pañuelo empa-pado en agua.
— ¡Estás amarillo, hijito! —me dijo.
Descascaró una naranja y me la dio de comer, gajo
tras gajo. La miré des-pacio. Tenía medias negras y zapatos bajos; su falda
rosada le cubría hasta los pies; su monillo estaba adornado de cintas que
dibujaban flores sobre el pecho, a la moda de las mestizas. Pero ella era
blanca y de mejillas encen-didas, de ojos azules. Tenía la apariencia de una
costurera de casa grande o de la mujer de algún mayordomo o empleado de
hacienda.
—¿Quién eres, hijito? —me preguntó—. ¿Qué te ha
sucedido? ¡Ay, felizmente en la hacienda hasta se pudren las naranjas y los
limones!
Unos álamos que crecían cerca de la reja nos daban
sombra. La sombra de las hojas jugaba sobre los cabellos y la frente de la
señora. Estaba en cuclillas frente a mí. Me recosté sobre sus rodillas. Sentí
que me acariciaba la cabeza con sus manos. Luego oí que sollozaba, hablando en
quechua.
—¿Quién te ha traído aquí, hijito? ¿Quién te ha
abandonado?
—Vine con las cholas trayendo sal para los colonos
de Patibamba —le dije.
Se quedó callada. Bajo sus manos gordas que me
acariciaban suavemente, se disipaba la inclemencia del camino polvoriento, del
alto cielo quemado y de mis recuerdos. Su llanto no me inducía como otros a
llorar más desespe-radamente. Llamaba al sueño, al verdadero sueño de los niños
en el regazo materno. La señora lo comprendió. Se sentó sin incomodarse,
apoyándose en el muro que servía de base al enrejado, y esperó que descansara.
No debió pasar mucho rato. Gente de a caballo cruzó
a galope por el camino. Las herraduras hicieron crujir el empedrado. Levanté la
cabeza y
vi a
varios jinetes galopando entre el polvo, con dirección a Abancay. Me pareció
que alguno de ellos volteaba la cabeza para mirarme. En ese mo-mento empezaron
a cerrar la puerta de las rejas de hierro de la hacienda.
—Se llevaron la sal —dijo la señora. Me incorporé y
le pregunté, ya de pie. —¿Qué sal, señora?
—La que le quitaron a las indias. —¿A qué indias?
—A las de la hacienda. Entraron a las casas,
mientras el amansador de
potros y su ayudante hacían restallar zurriagos en
el caserío; y les quitaron toda la sal. El zurriago no dejaba oír ni lo que
lloraban las pobres mujeres.
—¿Usted es de aquí, señora?
—No. Soy cuzqueña. Estoy con mi señora en
Patibamba. Ella ha venido de visita donde el administrador.
—¿Les han quitado la sal a zurriagazos?
—No. El zurriago sólo tronaba en la callecita del
rancherío. Los peones siguen en el cañaveral. Los están atajando con disparos
de revólver. ¡Qué pasará, hijito! Los peones dicen que están acorralados y
quieren pasar a bus-car a sus mujeres. Están avanzando a pocos. Pero ahora que
ya les quitaron la sal los dejarán pasar. Y tú, criatura. ¿Quién eres? ¿Por qué
no te vas? Tengo miedo.
Le dije quién era.
Entonces me acompañó lejos, casi hasta la mitad del
camino.
Yo hubiera querido cantar, entre lágrimas de
sangre, aquel carnaval de Patibamba con que avanzamos por el mismo camino,
hacia la hacienda. La señora me llevaba casi abrazándome, pero su ancho brazo
con que me ro-deaba el cuello y que tocaba mi hombro, no lo apoyaba en mí. No
sentía ningún peso, sólo el calor de su piel. Yo iba callado. El mundo nunca
fue más triste; calcinado, sin esperanza, hundido en mis entrañas como un
he-lado duelo. " ¡Dios mío! —iba diciendo—, ¡haz que encuentre a mi padre
en la puerta del Colegio! "
En el momento de despedirnos, la señora me besó en
los ojos. Y se regresó. Yo me olvidé de preguntarle su nombre. Pero como un sol
inapa-gable veo siempre sus ojos azules, sus inmortales y tiernos ojos.
Caminé rápidamente. Tenía la obsesión de que
encontraría a mi padre en el pueblo. No podía correr porque mis piernas
temblaban y desfallecían.
Llegué al barrio de Huanupata y lo encontré
alborotado. Un rumor de fiesta, de gran día, se escuchaba en la sucia calle. El
suelo es duro, lo riegan diariamente; manchas húmedas, extensas, alternan en el
suelo con las huellas de los orines de caballos y de hombres. Cada vecino y
cada chichería empapa la parte de la calle que le corresponde. El piso es
quebrado. A veces, el viento corre hacia la ciudad, desde los caminos, y
arrastra polvo, basura, trozos de lana y hojas secas. Ahora entraba el polvo
por el lado de Huanupata, cargaba desperdicios calle adentro; girando y
revolviéndose, el viento ingresaba como un manto, buscando el otro extremo del
pueblo. Frente a las chicherías bai-laban. La gente rebosaba de las
picanterías. La voz delgada y jubilosa de las mozas llegaba lejos, hasta la
boca del camino.
Cuando avancé algunos pasos en la calle vi que
también cantaban hom-bres en el interior de las chicherías. Entré al barrio
como si una luz de ama-necer lloviera sobre la calle; una luz ploma, húmeda y
ondulante. Las nu-bes, tan encendidas al mediodía, se condensaron y
oscurecieron; ahora cu-brían al sol débil de la tarde.
¿De dónde habían venido tantos mestizos e indios al
barrio de las chi-cherías? Ya estaban borrachos, bailaban con los ojos cerrados
y haciendo figuras casi acrobáticas con los pies. No era posible entrar a las
chicherías. De mano en mano alcanzaban por lo alto jarras llenas de chicha para
los que
estaban afuera. Todos tomaban, como en los días de
fiesta, a costa ajena, hasta hartarse.
—¿Tú quieres, muchacho? —me preguntó un mestizo que
parecía ser un cargador del mercado.
—Sí quiero —le contesté.
Me alcanzó una jarra pesada; la levanté y la
sostuve en alto con mucha dificultad, para beber, mientras el mestizo y los de
su grupo se reían. La chicha era fuerte y sentí que me abrigaba.
— ¡Buena, muchacho! ¡Caray! ¡Caray, guapo!
¡Adentro, adentro con-suelo! —gritaba mi invitante oyendo los largos tragos que
tomaba.
—¿Y por qué
es la fiesta, don? —le pregunté .
— ¡Ja caraya! —dijo. Y lanzó una gran carcajada—.
La mujer, pues, ha hecho correr a los guardias. La Salinera, pues, han
agarrado. ¡Viva doña Felipa!
Y empezó a cantar un huayno cómico que yo conocía;
pero la letra, im-provisada por él en ese instante, era un insulto a los
gendarmes y al salinero. Todos los del grupo formaron un coro. Alternaban cada
estrofa con largas carcajadas. El cholo cantaba la estrofa, lentamente,
pronunciando cada palabra con especial cuidado e intención, y luego la repetía
el coro. Se miraban y vol-vían a reírse.
Impusieron el canto en la chichería. Desde el
interior empezaron a co-rearlo. Luego bailaron todos con esa melodía.
Zapateaban a compás. Los descalzos, los de ojotas y los de zapatos golpeaban el
suelo brutalmente. Los talones de los descalzos sonaban hondo; el cuero de las
ojotas palmeaba el suelo duro y los tacos martilleaban. Parecía que molían las
palabras del huayno.
Soldaduchapa riflink'a El rifle del soldadito
tok'romantas kask'a había sido de huesos de cactus,
chaysi chaysi tok'yan, por eso, por
eso,
yank'a yank'a truena
inútilmente,
chaysi chaysi tok'yan por eso, por
eso,
yanka' yank'a truena inútilmente.
Manas manas wayk'ey, No,
no, hermano,
riflinchu tok'ro no es
el rifle,
alma rurullansi es
el alma del soldadito
tok'ro tok'ro kask'a. de leña inservible.
Salineropa revolverchank'a El revólver del salinero
llama akawansi estaba cargado
armask'a kask'a, con excremento de
llama,
polvorañantak' y
en vez de pólvora
muía salinerok' y
en vez de pólvora
asnay asnay
supin. pedo
de muía salinera.
El canto se extendió a todos los grupos de la calle
y a las otras chiche-rías. Mi invitante y su grupo bailaban con entusiasmo
creciente. No debían ya acordarse de mí ni de nada.
Yo quedé fuera
del círculo, mirándolos,
como quien contempla
pasar
la creciente de esos ríos andinos de régimen
imprevisible; tan
secos, tan pe-
dregosos, tan humildes y vacíos durante años, y en algún verano entoldado,
al precipitarse las nubes, se hinchan de un agua
salpicante, y se hacen pro-fundos; detienen al transeúnte, despiertan en su
corazón y su mente medi-taciones y temores desconocidos.
Debí permanecer quizá una hora sentado en el suelo
delante de la chi-chería. Antero me encontró allí, al anochecer.
— ¡Te he buscado como a Cristo, hermanito! He
pasado por aquí varias veces. ¿Por qué te escondiste? —me preguntó.
Me ayudó a levantarme.
—No me escondí; aquí he estado, desde que regresé
de Patibamba —le dije.
—El Padre Director está furioso. Les ha quitado la
salida de mañana. Yo lo vi rezondrando a los internos.
Hablaba a gritos para hacerse oír. Me llevó del
brazo, hacia el centro del pueblo.
—Comerás a la vuelta. ¡Te esperan, hermanito! ¡Te
esperan! ¡Salvinia y Alcira! Sé que es un abuso llevarte antes de que comas
algo; y así como estás. Pero ella dice que le gustas, por loco, por huraño.
—¿Quién?
¿A quién?
—Alcira es una amiga de Salvinia. Te quiere ver. Si
no llegamos dentro de unos minutos ya será tarde.
Me obligó a correr un poco. Yo tenía sueño. Oía
mal; seguía muy atur-dido. Deseaba sentir los latidos del corazón y no los
percibía. Me detuve en una esquina.
—¿Te sientes mal? —me preguntó Antero. —No —le
dije—. Corramos.
—Así le gustarás más —me dijo acezando el
"Markask'a"—. Tus cabe-llos están revueltos, casi parados; estás bien
pálido.
Yo no podía fijar mi pensamiento en la joven
desconocida, que según Antero, me esperaba en la casa de Salvinia.
Quizá en otro día, en otra tarde, una noticia como
ésa me hubiera arre-batado, y habría corrido al encuentro de quien me esperaba.
¿Qué impor-taba que fuera hermosa o fea? Era la primera noticia y yo tenía
catorce años. Aguardaba desde la infancia ese instante.
Frente a mi aldea nativa existe un río pequeño
cuyas orillas se hielan en invierno. Los pastos de las orillas, las ramas
largas que alcanzan el agua per-manecen cubiertas de nieve hasta cerca del
mediodía. Los niños de la aldea sueltan pequeños barcos de papel y de totora en
la corriente. Las navecillas pasan bajo las figuras arborescentes de nieve,
velozmente. Yo esperaba muy abajo, junto a una mata de espino, de grandes
agujas que también parecían de hielo. Echado sobre el pasto veía cruzar los
pequeños barcos. ¡Muchas veces creía que a bordo de alguno de ellos aparecería
la niña impar, la más bella de todas! ¡Sería rubia! Los arcos de hielo la
alumbrarían con esa luz increíble, tan blanca. Porque el sol a ninguna hora es
blanco como la luz que brota de la nieve endurecida sobre la delgada grama.
Pero cuando llegamos muy cerca de la casa de
Salvinia, otro sentimiento rudo me dominaba. ¿Por qué no habían entrado a las
chicherías hasta encontrar a doña Felipa? Quizá al verla bailar habría olvidado
la triste imagen de las mujeres de Patibamba entregando la sal, mientras los
zurriagos tronaban. Quizá ya no volvería a verla más. Una gran impaciencia me
detuvo. " ¡Iré a buscarla! —pensé—. ¡Y buscaré también a la señora de
Patibamba; le pre-guntaré su nombre y le besaré las manos! "
—¿Qué tienes? —me preguntó Antero—. ¿No ves que ya
hemos llegado? ¡Mira! ¡Ahí está Salvinia!
¡Qué delgada y morena parecía! Su falda corta, de
color lila, y su blusa blanca, lucían juvenilmente bajo el resplandor solemne
de las nubes altísimas.
—¿Es alegre, ella? —pregunté a Antero.
—Nadie más alegre que ella. ¡Mira!
Nos llama.
Corrió bajo las moreras, llamándonos. Se detuvo
junto a la reja que cerraba el muro de la huerta.
Yo sabía que Antero caminaba en ese instante muy
despacio, con paso de ladrón, a causa de su gran temor. No se atrevía a
mirarme. Me agarró del brazo, no para apoyarse, sino para contenerme, para
transmitirme su confu-sión.
—No te apures, hermano. Sí. Tengo como un miedo
alegre —me dijo. ¿Era a causa de sus lunares y del agudo perfil de su nariz, o
de ese raro
juego que existía entre sus ojos y sus lunares, que
en el rostro del "Markask'a" se expresaban con tanto poder los
sentimientos, aun el pensamiento?
Yo tuve que empujarlo un poco.
—¿Por qué tan despacio? —dijo ella desde el otro
lado de la pequeña reja—. Ya Alcira se fue.
Tenía ojos rasgados, imperceptiblemente oblicuos;
era el cerquillo, recto, cuidadosamente cortado, lo que hacía posible descubrir
la graciosa línea de sus ojos. No eran su rostro ni sus brazos del color del
zumbayllu sino sus ojos. Pero no del zumbayllu detenido, que es prieto, sino en
pleno canto, girando velozmente; porque entonces el color del zumbayllu clarea,
se torna pardo cristalino.
Yo me presenté con la mayor cortesía. Mi padre era
un modelo de ade-manes caballerescos. ¡Si -yo hubiera tenido los ojos azules de
él, sus manos blancas y su hermosa barba rubia...!
Me dio la mano. Sus dedos eran largos y dejaban una
sensación de sua-vidad que perduraba.
—Ya me tengo que ir —dijo—. Mi padre puede llegar
de un momento a otro. Los he esperado mucho; porque a Antero debía agradecerle
nueva-mente. ¡Qué valiente es! Muchas gracias, Antero. Déme la mano.
El no dijo una sola palabra.
Cuando Salvinia cerró la reja y se despidió de mí
con un ademán, Antero pudo hablar; dijo en voz muy baja:
— ¡Adiós, adiós, mi reina!
Quizá ella lo oyó, pero no quiso demostrarlo. Se
fue caminando airosa-mente.
— ¡Es linda, muy linda! —le dije.
—¿Sabes? —me dijo él—. ¿Por qué será? Cuando están
quietos sus ojos parecen un poco bizquitos; no se fijan parejos; uno de ellos
se queda sin haber llegado al centro. En esa desigualdad hay una duda de su
alma; su hermosura queda como pensando, atrayéndote. ¡Y otra cosa, hermanito!
Cuando los ojos de mi reina se detienen así muestran mejor su color. ¿Cuál es?
¿Tú podrías decirlo?
—No, "Markask'a". Creo que es del color
del zumbayllu, del canto del zumbayllu.
— ¡Cierto! ¡Cierto! Pero yo estoy pensando en otro
parecido. ¡Es más exacto! Algún día te llevaré a la hacienda de mi padre. Está
muy adentro del Pachachaca, donde empieza la selva. Más allá nadie ha entrado.
Yo te voy a mostrar un remanso que hay entre precipicios amarillos. El barranco
se refleja en el remanso. ¡Ese es el color, hermano! El amarillo del precipicio
con el verde del agua tranquila en ese remanso del Pachachaca. Los patitos del
río y un pajarito que merodea en las orillas tienen las alas de ese color. Los
indios dicen que son criaturas del remanso grande. Si yo, algún día, llevo a
Salvinia a mi hacienda, ellos dirán que sus ojos fueron hechos de esa agua;
dirán que es hija del río. ¡Seguro, hermanito! Creerán que yo la llevo por
orden del río. Y quizá es cierto. ¡Quizá es la verdad!
—¿Y el zumbayllu?
— ¡Ah, también es como el zumbayllu! ¡Pero
mira esto, hermano!
Me mostró un pequeño puñal que desenvainó de su
funda. Lo había ase-gurado a su cinturón. La funda tenía adornos de plata; el
mango del puñal era dorado.
— ¡Quisiera que alguien intentara quitármela! ¡Que
alguien se opu-siera! ¡Tengo ansias de pelear, hermano! —me dijo a gritos el
"Mar-kask'a"—. ¡Que ella me viera desde su ventana quebrantando a
algún rival, o algún ofensor de ella! ¡A caballo! Mejor sería a caballo. Le
haría bracear en el aire las patas delanteras; de un solo golpe de pecho
derribaría al otro. Yo he pasado a galope por caminos que cruzan precipicios.
Mi madre lloraba al saberlo. Ella también llorará, y seré feliz. ¿Oíste cómo dijo
que yo era valiente? Por una tontería. Porque a unos mestizos que se detuvieron
en la avenida y miraron la casa de Salvinia los espanté mostrándoles el puñal.
Le he prometido hacer guardia esta noche en la avenida, cerca de su casa. Los
indios y mestizos están borrachos y cantarán en pandilla en todas las calles.
Los soldaditos se han escondido. Y aunque ella se opone, yo iré con mi puñal y
rondaré su casa. Si por curiosidad sale a la ventana, me verá...
Bajo el alumbrado de la calle pude verle mejor el
rostro. Su nariz mos-traba casi el filo del hueso; sus ojos seguían ardiendo de
impaciencia.
—No es nada, no es ninguna prueba el hacer ronda
contra los indios borrachos. ¡Que hubiera otro peligro quisiera! Que hubiera
ido de paseo a una isla del río y que llegara el repunte y rodeara la isla.
Entre los tumbos nadaría, solo, o en mi caballo. ¡Iría a rescatarla, hermanito!
La traería, la volvería a su casa. Yo conozco a los ríos bravos, a estos ríos
traicioneros; sé cómo andan, cómo crecen, qué fuerza tienen por dentro; por qué
sitios pasan sus venas. Sólo por asustar a los indios de mi hacienda me tiraba
al Pachachaca en el tiempo de lluvias. Las indias gritaban, mientras dejaba que
el río me llevara. No hay que cruzarlos al corte;
de una vena hay que esca-par a lo largo; la corriente tiembla, tú te estiras en
su dirección, y de re-pente, con un movimiento ligero del cuerpo te escapas; la
fuerza del agua te lanza. ¡Esa prueba sí, es como para que vea tu adorada! ¡Que
llore, y que después te mire alcanzar la orilla! ¿Y si la salvas? ¿Si llegas
bajo tormentas a la isla, en tu caballo, y la salvas? ¡Gran Pachachaca, río
maldito, eso quisiera! Mi caballo conoce mejor que yo las mañas de este río.
Porque es hondo, porque corre entre barrancos; porque en esos barrancos se
extienden como culebras los cactos espinosos, feos, enredados de salvajina, los
indios le temen. Mi caballo se ríe de él. Yo le he enseñado y él a mí. A veces
hemos cruzado el río contra un precipicio, por sólo tocar la roca de enfrente.
Los indios dicen que mi fuerza está guardada en mis lunares, que estoy
encantado. ¡Lindo, hermano, lindo! Creo que algunas veces hasta mi madre duda.
Me mira pensativa, examinando mis lunares... Mi padre en cambio se ríe, se
alegra, me regala caballos...
El "Markask'a" era mejor que yo, había
explorado un río; un río te-mido, y no como hombre de paso. ¡Pachachaca!
"Puente sobre el mundo" significa este nombre. Yo no podía decir cuál
era el que más amaba, el ver-dadero, el autor de mi pensamiento.
La voz del "Markask'a" era como la del
Pachachaca irritado. Cuando dominara la timidez de los primeros días, le
hablaría a Salvinia con ese len-guaje. "O la asusta o la domina",
pensaba yo.
—Dicen que se puede querer a una después de otra
—siguió hablando—. ¡No! A ella sola. Yo no pienso estudiar mucho. Me la
llevaré, y si el demo-nio me la quita, me dedicaré a las cholas. Tendré diez o
veinte.
Ya no parecía un colegial; a medida que hablaba, su
rostro se endurecía, maduraba. "No le conocía, no le conocía bien",
pensaba yo, mientras tanto. Podía haberse vestido de montar, con esos
pantalones que tienen refuerzos de cuero; llevar en las manos un fuete y
cubrirse la cabeza con un sombrero alón de paja. Tendría el aspecto de un
hacendado pequeño, generoso, lleno de ambición, adorado por sus indios. ¿Dónde
estaba el alegre, el diestro co-legial campeón del zumbayllu> Sus ojos que
contemplaban el baile del zum-bayllu confundiendo su alma con el juguete
bailador, ahora miraban como los de un raptor, de un cachorro crecido,
impaciente por empezar su vida libre.
Llegamos a la puerta del Colegio. Me abrazó.
—Me has hecho hablar —dijo—. Todo lo que pienso a
solas lo he can-tado. No sé por qué, contigo se abre mi pensamiento, se desata
mi lengua. Es que no eres de acá; los abanquinos no son de confiar. Fuera del
Romero y de Lleras, los otros parece que hubieran nacido para amujerados.
Mañana te busco temprano. ¡Te llevo tu zumbayllul ¡Del winku, hermano, del
winku
brujo! ¡Ahora
mismo lo hago!
Se fue, corriendo. Yo entré al Colegio por la
puerta pequeña.
VIII. QUEBRADA
HONDA
E L PADRE DIRECTOR me llevó a la capilla del
Colegio. Delante del pequeño altar adornado con flores artificiales, me azotó.
—Es mi deber sagrado. Has seguido a la indiada,
confundida por el de-monio. ¿Qué han hecho, qué han hecho? Cuéntale a Dios,
junto a su altar.
Era un pequeño azote trenzado. Recibí los golpes y
el dolor, casi jubilo-samente. Recordé el trueno de los zurriagos en el caserío
de Patibamba. Me incliné sobre el alfombrado, en las gradas del altar.
—Te han visto correr por Huanupata, detrás de las
muías robadas por las indias. ¿Cantabas con las forajidas? ¿Cantabas? ¡Di!
—Sí cantaba. Llevaban la sal para los pobres de la
hacienda. ¡Cantá-bamos!
Mi pecho parecía inundado de fuego.
—¿La Felipa me maldecía? ¡Confiesa! Estamos solos
en la capilla. ¡A so-las con Dios! ¿Me maldecía?
—No, Padre. Lo llamó, nomás, fuerte, cuando
descubrieron los cuarenta sacos de sal.
El Padre me puso sus manos sobre los hombros.
—Tienes ojos inocentes. ¿Eres tú, tú mismo, o el
demonio disfrazado de cordero? ¡Criatura! ¿Por qué fuiste? —me preguntó.
— ¡Usted hubiera ido, Padre!
—Yo no sabía que la sal había llegado. El
recaudador es un imbécil. Pero que no entre la furia aquí. Recemos, hijo.
Después te confiesas; para que duermas.
Le conté todo. El reparto; las órdenes de doña
Felipa. La llegada a la hacienda; mi caminata desfalleciente a las rejas de
acero del parque. Mi des-
pertar sobre el regazo de la señora de ojos azules.
Cómo vimos galopar los caballos en que devolvían la sal.
—No entraron por la carretera —dijo el Padre—.
Felizmente alcanzaron la Prefectura dando un rodeo. El administrador es
enérgico y sutil.
—Les quitaron la sal a los pobres mientras
reventaban zurriagazos. El corazón les arrancaron —me atreví a decirle.
—Lo robado, no, hijo. Lo robado ni para los pobres.
—Ellas no robaron; no quisieron recibir nada. Les
entregamos la sal y corrían.
—¿Por qué dices "les entregamos"?
—Yo también fui, Padre. ¿Es robo eso?
—Te atreves, pequeño. Si eres inocente no juzgues.
Yo soy viejo, e hijo de Dios.
—A mí también me golpearon el corazón. Los vi
galopar en el camino.
Y la señora lloró, lágrimas de sangre.
Me apoyé en el pecho del fraile.
—Eres enfermo o estás enfermo. O te han insuflado
algo de su inmun-dicia, las indias rebeldes. ¡Arrodíllate!
Sobre mi cabeza rezó en latín. Y me azotó
nuevamente, en la cara, aun-que con menos violencia.
—Avisaré a tu padre. No saldrás más del internado.
No vagabundearás los domingos. Irás conmigo a las haciendas. Tu alma necesita
compañía. Ven.
Salimos. El castigo y los rezos me habían
empequeñecido. Temí seguir llorando hasta ahogarme. Los internos ya habían
comido y murmuraban en el corredor semioscuro. Lleras y el "Añuco"
vigilaban la capilla desde una columna del corredor. El Padre apoyó su brazo
sobre mi hombro, como para protegerme; y me llevó al comedor. No sentía hambre
sino sueño.
El Padre comió largo rato. Tomó su vino.
—Tu cuerpo está vacío, por eso no apeteces nada.
Mejor que ayunes —me dijo.
Hizo llamar al rosario.
—Tú ya has cumplido. Mereces la piedad de Dios. Que
te lleven a acostar. El viejo Padre Augusto me llevó al internado. Fue él quien
trajo a la demente. Su rostro gordo estaba siempre animado por una expresión
bon-
dadosa y persuasiva, a pesar de que era avaro,
famoso por avaro.
— ¡Eh, tú, vagabundillo; zorrillo,
zorrillo! —me iba'diciendo.
Los internos subieron atropellándose al dormitorio;
se persignaron, con-testaron las oraciones de costumbre a la voz del Padre, y
se acostaron. Pero apenas sintieron perderse los pasos del Padre Director en la
escalera corrie-ron hacia mi cama. Veía mal sus caras en la penumbra.
—¿Qué te dijo? Amenazó que te azotaría hasta que te
sacara sangre. —Nunca estuvo así. Ya no era santo; parecía un vengativo. ¿Por
qué? —¿Qué hicieron las cholas?
—Te vieron correr tras las muías. Parecías loco.
— ¡Que cuente mañana! —exclamó Romero.
— ¡Mañana!
—repitió Chauca.
— ¡Es un héroe!
Que cuente ahora —dijo Valle.
— ¡Déjenlo, déjenlo, avispas! —dijo el
"Chipro", y se dirigió hacia su cama—. ¡Avispas, akatank'as\
Yo me cubrí la cabeza con las frazadas. Estuvieron
hablando largo rato. —Si quieren que hable, sáquenle las frazadas. ¡Echenle
agua, o cállense!
—gritó Lleras.
La voz de los internos, la voz del Padre; la voz de
Antero y de Salvinia, la canción de las mujeres, de las aves en la alameda de
Condebamba, reper-cutían, se mezclaban en mi memoria; como una lluvia desigual
caían sobre mi sueño. La luz del sol suele aparecer en medio de las lluvias
dispares; fulge por algún vacío de las nubes, y el campo resalta, brilla el
agua, los árboles y las yerbas se agitan, iluminados; empiezan a cantar los
pájaros. El hombre contempla indeciso el mundo así disputado, sacudido por el
sol y las nubes tenebrosas que se precipitan.
El Padre Director entró al dormitorio, al día
siguiente, muy temprano, casi al amanecer. No tocaron la campanilla. Abrió la
puerta y vino directa-mente hacia mi cama:
—Levántate —me dijo—. Vamos a Patibamba.
Algunos internos se sentaron y saludaron al Padre.
— ¡Sigan ustedes, sigan! No es hora todavía. Tengo
una misión con Ernesto.
Esperó que me vistiera. Bajamos al patio. En la
puerta del Colegio había un automóvil. Era de la hacienda.
Ni el amanecer es penetrante en los valles cálidos.
A esa hora, en la al-tura, el resplandor atraviesa los elementos; el hombre
domina el horizonte; sus ojos beben la luz y en ella el universo. En el
Pachachaca la luz del ama-necer es blanda, invita al sueño, flota en el mundo
como un vapor rosado.
Era el mismo camino atroz de la víspera. Pero ahora
lo cruzaba en auto-móvil, junto al santo de Abancay. El Padre iba rezando. Las
flores inmensas de los pisonayes pasaban rápidamente como una roja franja, en
lo alto. No se les veía una por una o árbol por árbol, como yendo a pie.
Reconocí un gran cedro en el camino.
—Aquí me despedí de ella —dije en voz alta. —¿De
quién? —preguntó el Padre.
—De la señora de ojos azules.
No se detuvo el automóvil frente a la reja de la
casa-hacienda. Siguió de frente, hacia el caserío de los indios.
En el patio de la fábrica estaba reunida la gente
de la hacienda, todos los "colonos" o runas de Patibamba. Las mujeres
orillaban el campo; vestían de azul o negro. Los hombres, de bayeta blanca y
chaleco de diablo fuerte.
Cuando apareció el Padre lanzaron un grito, al
unísono.
Habían levantado una especie de estrado junto al
arco de entrada a la fábrica, y lo habían adornado con hojas de palma.
El Padre subió al palco por una escalera. Yo le
seguí.
Allí, frente al tabladillo, estaban los hombres que
yo había buscado en vano en las chicherías del pueblo; y más lejos, junto a los
muros, las mujeres
que nos recibieron, el día anterior, aterrorizadas
y huyendo, la sal del pueblo. ¿Qué iba a hacer el Padre con ellos y conmigo?
Miré a mi alrededor, bus-cando.
El olor a bagazo se levantaba más agriamente del
suelo, con la llegada del día.
El Padre se sentó en una silla que había sobre el
tabladillo. Violenta-mente se escucharon los pasos del mayordomo principal que
subió al palco. Tenía botas, de las más altas, con botones de acero. Habló en
quechua desde el extremo del tabladillo. Dijo que el santo Padre de Abancay
había venido temprano, a decir un sermón para la gente de la hacienda, porque
los colonos de Patibamba le preocupaban mucho; a ellos era a quienes más amaba.
El mayordomo saltó luego al suelo; no bajó por las gradas.
Cuando el Padre se puso de pie y avanzó hacia el
borde del tabladillo, los indios volvieron a lanzar un grito. Se retorcían los
dedos; lo contemplaban con los ojos brillantes, conteniendo el llanto. El
viento había empezado a agitar la sotana blanca del Padre.
Con su voz delgada, altísima, habló el Padre, en
quechua:
"Yo soy tu hermano, humilde como tú; como tú,
tierno y digno de amor, peón de Patibamba, hermanito. Los poderosos no ven las
flores pequeñas que bailan a la orilla de los acueductos que riegan la tierra.
No las ven pero ellos les dan el sustento. ¿Quién es más fuerte, quién necesita
más mi amor? Tú, hermanito de Patibamba, hermanito; tú sólo estás en mis ojos,
en los ojos de Dios, nuestro Señor. Yo vengo a consolarlos, porque las flores
del campo no necesitan consuelo; para ellas, el agua, el aire y la tierra les
es suficiente. Pero la gente tiene corazón y necesita consuelo. Todos
padece-mos, hermanos. Pero unos más que otros. Ustedes sufren por los hijos,
por el padre y el hermano; el patrón padece por todos ustedes; yo por todo
Abancay; y Dios, nuestro Padre, por la gente que sufre en el mundo en-tero.
¡Aquí hemos venido a llorar, a padecer, a sufrir, a que las espinas nos
atraviesen el corazón como a nuestra Señora! ¿Quién padeció más que ella? ¿Tú,
acaso, peón de Patibamba, de corazón hermoso como el del ave que canta sobre el
pisonay? ¿Tú padeces más? ¿Tú lloras más...?"
Comenzó el llanto de las mujeres, el Padre se
inclinó, y siguió hablando:
— ¡Lloren, lloren —gritó—, el mundo es una cuna de
llanto para las pobrecitas criaturas, los indios de Patibamba!
Se contagiaron todos. El cuerpo del Padre se
estremecía. Vi los ojos de los peones. Las lágrimas corrían por sus mejillas
sucias, les caían al pecho, sobre las camisas, bajaban al cuello. El mayordomo
se arrodilló. Los indios le siguieron; algunos tuvieron que arrodillarse sobre
el lodo del canchón.
El sol resplandecía ya en las cumbres. Yo no me
arrodillé; deseaba huir, aunque no sabía adonde.
— ¡Arrodíllate!
—me ordenó el Padre—.
¡Arrodíllate!
Atravesé el tabladillo; salté lejos, y caí a los
pies de un peón viejo. La voz del Padre empezó de nuevo:
"El robo es la maldición del alma; el que roba
o recibe lo robado en condenado se convierte; en condenado que no encuentra
reposo, que arras-tra cadenas, cayendo de las cumbres nevadas a los abismos,
subiendo como
asno maldito de los barrancos a las cordilleras...
Hijitas, hermanitas de Pati-bamba, felizmente ustedes devolvieron la sal que
las chicheras borrachas robaron de la Salinera. Ahora, ahora mismo, recibirán
más, más sal, que el patrón ha hecho traer para sus criaturas, sus pobrecitos
hijos, los runas de la hacienda..."
Me levanté para mirarlo. Del oscuro piso bajo del
tabladillo, ayudantes del mayordomo principal arrastraban costales repletos.
El Padre Director impartió la bendición a los
colonos. Se persignaron todos. Se buscaban unos a otros. Eran felices. Se
arremolinaron murmurando confusamente, como moscardones que horadan madera
vieja, dando vueltas, y cantando.
Salí al camino. Desde la cima de un muro vi que les
repartían la sal. El sol se acercaba al patio; había llegado ya a los penachos
de los cañaverales. En ese instante, decidí bajar a carrera hasta el río. El
Padre me vio y me llamó. Le miré con temor; pero él también sonreía.
—Vete al Colegio —me dijo—. Yo voy a decir misa en
la capilla. Tú eres una criatura confusa. Veré lo que hago. Un mayordomo te
acompañará.
—Padre, ¿podría tan sólo visitar a la señora? —le
pregunté.
—No. El mayordomo te llevará a caballo hasta la
puerta del Colegio. Tú no saldrás, los otros tampoco.
Y volví a Abancay, en el anca de un caballo de
Patibamba. Por cuarta vez iba huyendo por ese camino.
—Señor —le dije al mayordomo—. ¿Conoce usted a una
señora de ojos azules que ha venido a la hacienda con su patrona?
—Sí.
—¿Se va pronto?
—Mañana.
—¿Por qué?
—No llega todavía la tropa del Cuzco. Están
asustadas; por eso se van. —¿La tropa?
—Dicen. Se han asustado los patrones. Viene tropa,
en camión hasta Limatambo. La señora es visita.
—Le dice usted que el estudiante del Colegio se
despide de ella, que le besa las manos.
—¿Le besa las manos? ¿Por qué?
—¿Podría darle sólo ese encargo?
—Bueno. Es muy cariñosa esa señora.
—¿Y el dueño de la hacienda?
—Casi no viene. Vive en el Cuzco. No habla bien
castellano.
—¿Quién se ha asustado entonces?
—El mayordomo grande. Los patrones de las haciendas
de abajo. —¿Qué va a hacer la tropa?
—No sé, joven. Vendrán, pues, a asustar a las
cholas, y a los indios tam-bién. Quizá matarán a alguien, por escarmiento.
—¿ Escarmiento?
—Doña Felipa, pues, ha acorralado a los gendarmes.
Los ha hecho correr.
¿Escarmiento? Era una palabra antigua, oída desde
mi niñez en los pueblos chicos. Enfriaba la sangre.
—¿Y la sal? ¿Es la misma que les quitaron ayer? —le
pregunté.
—No sé, joven. Ahora, a la madrugada, sacamos los
costales del almacén de la hacienda. El Padrecito es un santo.
—Así ha de ser. Hace llorar a los indios. —Ahora
van a estar bien contentos, pues. ¿Cuántos indios tiene la hacienda?
—De su pertenencia serán trescientos. También hay
de a jornal, para tra-bajos de responsabilidad.
Llegamos al pueblo. Había poca gente en las calles.
No vi guardias.
Bajamos en la puerta del Colegio. El mayordomo tocó
fuerte el postigo.
Abrió la puerta el Hermano Miguel.
—¿No te quedaste? —me preguntó.
—No, hermano, el Padre me despachó del patio de la
fábrica.
El mayordomo saludó al Hermano y partió al galope.
— ¡Qué raro! Algo ocurre —dijo el Hermano—. En mi
celda tomarás desayuno y me contarás.
Me llevó a su celda.
Era negro el Hermano Miguel; pero de rostro agudo,
de nariz casi agui-leña.
—No le temas al Padre —me dijo—. Guía a las almas
como un santo. Pero las cholas de ayer lo han perturbado.
—El Padre también es extraño, Hermano —le
contesté—. ¡No lo com-prendo! ¿Por qué me azotó ayer? Decía que porque me
quería. Y ahora, fren-te a los indios, ha hablado para que lloren. Yo no me
quise arrodillar, mien-tras hacía llorar a los colonos. Creo que me ha
amenazado...
—Eres un pequeño, y estás al cuidado del Colegio.
Debías jugar, jugar nada más. Ahora sacaré la red del volley-ball. Jugaremos
toda la mañana. Los internos están en el patio. El Padre ha de perdonarlo todo.
Hizo que me sirvieran chocolate y bizcochos; el
desayuno de los Padres. —¿Ha venido Antero, Hermano? —le pregunté, recordando
de repente
la promesa de
"Markask'a". —No. Quizá más tarde.
—¿Lo dejará entrar usted, Hermano? —Lo dejaré
entrar, te lo prometo.
Me levanté, me acerqué a él, y lo abracé.
—Cuando venga el Padre Director lo abrazarás
también, como a mí. —Sí, si no me rechaza.
—Ya verás que te recibe, que te abraza. Yo le
pregunté en seguida:
—¿Le gusta el zumbayllu, Hermano?
—Es un juguete precioso. En Lima hay otros
semejantes; pero son de colores, como el arco iris, y grandes. Bailan con una
cuerda automática. Pero no son tan extraños; diría yo que son tontos, si los
comparamos con los pequeños trompos de Abancay, a pesar de sus colores y de que
cantan más fuerte.
—¿De qué son los limeños?
—De lata pintada.
— ¡No sabía! ¿No son, entonces, sólo de Abancay?
—De Abancay. Los trompos de Lima no te gustarían.
Tocaron la puerta, cuando temía enfrentarme ya a
los internos. —Es el joven Antero, Hermano —dijo el portero.
Salimos con el Hermano. —Abrele pronto —ordenó.
Antero vino corriendo y nos encontró al pie de la
escalera.
— ¡El winko, hermano\ —gritó—. \Winko y layk'a;1
nunca visto! Mostró un zumbayllu gris oscuro, con resplandores rojos.
—Hermano Miguel, es el mejor que he hecho en mi
vida. He trabajado
casi toda la noche. ¿Lo hago bailar?
—¿Sobre las piedras, criatura?
—Un brujo puede bailar en la punta de una aguja.
Vea el filo de la púa.
Lo encordeló. La cuerda era también de color
amarillo y negro.
— ¡No baila!
—dijo el Hermano—. ¡Que no baila!
Antero lo lanzó alto. El trompo bajó girando. Se
posó sobre una de las piedras redondas del piso, cantó agudamente; el zumbido
fue haciéndose más intenso, penetraba en el oído como un llamado que brotara de
la propia sangre del oyente.
" ¡No habrá escarmiento! ¡No habrá
escarmiento! ¡Vivirá doña Felipa! ", exclamé yo, voceando para mí mismo,
al tiempo que el zumbayllu giraba en la tierra.
— ¡Diablo, muchacho! ¡Qué le has hecho! —exclamó el
Hermano—. Parece que el juguete se me ha metido.
No se rió Antero;
clavó sus ojos en el zumbayllu, agachándose.
—Está volando sobre el río —dijo—. ¡Ya alcanza,
alcanza el recodo donde el Pachachaca tuerce a la montaña!
El zumbido bajó de tono. Nos agachamos los tres.
Empezaron a sepa-rarse las manchas del pequeño trompo. Su voz parecía la de un
moscardón lento.
—Ahora es un viudo.
¡Pero no mueres! ¡Yo
te paro con las manos!
Lo recogió. La esfera rojiza dio algunas vueltas en
los dedos de Antero. —Hermano, este zumbayllu no es para todos los días. Es un
"maldito"
—dijo—. ¡Hay que cuidarlo! Ernesto lo va a hacer
bailar para él solo. Si lo ven los internos, se lo quitan, o lo chancan con los
pies, o a pedradas. ¡Winko y layk'a!
— ¡Quiero ver si tú puedes manejarlo! —me dijo,
entregándome el trompo.
--¡Claro, yo conozco a los layk'asl He
visto al San Jorge cargar a las
tarántulas.
Encordelé
el trompo, respetándolo,
rezándole. Felizmente el
patio se-
guía
solitario.
Lancé el zumbayllu hacia
arriba. ¡Creí que se iba de lado y que
chocaría
1 Layk'a: brujo; winko, ivinku\ deformidad de los objetos que debían ser
redondos.
con el muro! El cordel se deslizó como una culebra
en mis manos. Pero la esfera se detuvo en el aire, enderezó la púa y cayó,
lentamente. Cayó entre piedras ásperas, y empezó a escarbar.
— ¡Sube, winkul —gritó
Antero.
El trompo apoyó la púa en un andén de la piedra más
grande, sobre un milímetro de espacio; se balanceó, girando, templándose, con
el pico clavado. La piedra era redonda y no rozaba en ella la púa.
—No va a la montaña ahora, sino arriba —exclamó
Antero—. ¡Dere-chito al sol! Ahora la cascada, winko. ¡Cascada arriba!
El zumbayllu se detuvo, como si fuera un brote de
la piedra, un hongo móvil sobre la superficie del canto rodado. Y cambió de
voz.
—¿Oyen? —dijo Antero—. ¡Sube al cielo, sube al
cielo! ¡Con el sol se va a mezclar...! ¡Canta el pisonay! ¡Canta el pisonay!
—exclamaba.
Es que las flores del pisonay crecen en el sol
mejor que en la tierra, según los indios del Pachachaca. Cuando empezó a bajar
el tono del zumbido, Antero levantó el trompo.
—¿Qué dice ahora, Hermano? —preguntó Antero.
—Digo que eres un diablillo o diablote. ¿Cómo
puedes modelar este juguete que cambia así de voz?
—No, Hermano;
no soy yo, es el material.
—Bueno. Yo saco la red y entretengo a los internos.
Ustedes sigan.
Cuando se fue el Hermano Miguel, Antero me miró
fijamente.
—Este es mezcla de ángel con brujos —me dijo—.
Layk'a por su fuego y winku por su forma, diablos; pero Salvinia también está
en él. Yo he can-tado su nombre mientras clavaba la púa y quemaba los ojos del
zumbayllu.
— ¡Soy de palabra! —exclamó cuando comprendió que
quizá reclama-ría—. Es tuyo, hermano. ¡Guárdalo! Lo haremos llorar en el campo,
o sobre alguna piedra grande del río. Cantará mejor todavía.
Lo guardé en el bolsillo. Sentía temor de que allí,
en el empedrado, cho-cara contra las piedras y se rompiera la púa. Lo examiné
despacio con los dedos. Era de verdad winku, es decir, deforme, sin dejar de
ser redondo; y layk'a, es decir, brujo, porque rojizo en manchas difusas. Por
eso cambiaba de voz y de colores, como si estuviera hecho de agua. La púa era
de naranjo.
—Si lo hago bailar, y soplo su canto hacia la
dirección de Chalhuanca, ¿llegaría hasta los oídos de mi padre? —pregunté al
"Markask'a".
— ¡Llega, hermano! Para él no hay distancias.
Enantes subió al sol. Es mentira que en el sol florezca el pisonay. ¡Creencias
de los indios! El sol es un astro candente, ¿no es cierto? ¿Qué flor puede
haber? Pero el canto no se quema ni se hiela. ¡Un layk'a winku con púa de
naranjo, bien encor-delado! Tú le hablas primero en uno de sus ojos, le das tu
encargo, le orien-
tas al camino,
y después, cuando
está cantando, soplas despacio hacia la
dirección que quieres; y sigues dándole tu encargo.
Y el zumbayllu canta al oído de quien te espera. ¡Haz la prueha, ahora, al
instante!
—¿Yo mismo tengo que hacerlo bailar? ¿Yo mismo?
—Sí. El que quiere dar el encargo.
—¿Aquí, en el empedrado?
—¿Ya no lo viste? No lo engañes, no lo desanimes.
Lo encordelé más cuidadosamente que otras veces. Y
miré a Antero.
—Háblale bajito —me advirtió.
Puse los labios sobre uno de sus ojos.
"Dile a mi padre que estoy resistiendo bien
—dije—; aunque mi cora-zón se asusta, estoy resistiendo. Y le darás tu aire en
la frente. Le cantarás para su alma."
Tiré la cuerda.
— ¡Corriente arriba del Pachachaca, corriente
arriba! —grité.
El zumballyu cantó fuerte en el aire. Se paró en
una de las gradas de madera que subían al corredor; saltó sobre las fibras de
la madera vieja y se detuvo sobre una vena lúcida del piso.
— ¡Sopla! ¡Sopla
un poco! —exclamó Antero.
Yo soplé hacia Chalhuanca, en dirección de la
cuenca alta del gran río.
Cantó dulcemente.
—Déjalo que muera solo —me dijo el "Markask'a".
El layk'a se balanceó, apagando su voz poco a poco;
rozó la cabeza en el fondo de la grada, y se extendió bajo la sombra.
— ¡Que venga ahora el Padrecito Director! —le dije
a Antero—. Me ha azotado. ¡Me ha empujado! Ha hecho sanku 1 del corazón de los
colonos de Patibamba. ¡Pero que venga ahora! Mi padre está conmigo. ¿Qué dices,
"Markask'a" ?
—Vamos al patio de adentro. ¡Lanzaremos el winku en
el centro! —ex-clamó—. Los dos lo defenderemos contra el Lleras, el
"Añuco" el Valle...
— ¡No! Tú
dijiste que debe bailar a solas.
—Bueno, cuéntame lo que te pasó anoche, entonces.
¿Qué hay de los colonos de Patibamba? ¿Por qué te azotó el Padre? ¿Te azotó de
veras?
—Cuenta tú si rondaste la casa de Salvinia...
Cuando hablábamos, se detuvo un automóvil a la
puerta del Colegio. Nos miramos. Iba a decir algo Antero pero la voz del
Hermano Miguél nos sorprendió. Gritó en el patio interior:
— ¡De rodillas, so bestia! ¡De
rodillas!
Corrimos por el pasadizo; saltamos al terraplén del
patio. Lleras estaba de rodillas, bajo la red. Le habían destrozado la nariz y
un chorro de sangre corría desde su boca al pecho. El "Añuco" se
arrodilló, cuando llegamos, y se tapó la cara con las dos manos. Hasta sus
piernas desnudas, porque usaba todavía pantalón corto, estaban pálidas; los
tendones del cuello se le habían saltado, tensos; se veían arrugas gruesas en
su frente, por el espanto. Valle miraba al Hermano con expresión casi de desafío;
Romero se le había acer-cado y tenía las manos cerradas en puños.
—¿Lo agarro a patadas, Hermano? —dijo Romero—. ¿Lo
hago avanzar
a patadas?
— ¡Camina de rodillas! —le gritó el Hermano—; lo empujó con el pie.
Hubiera hecho caminar a una piedra. Creímos que
todos se prosterna-rían. Valle pestañeó. Porque el Hermano tenía color de
ceniza; las fosas abiertas de su nariz aguileña tragaban aire como las de los
toros salvajes de
1 Harina
cocida en agua. Potaje muy antiguo del Perú.
puna que embisten la sombra de los pájaros; sus
ojos mostraban la parte
blanca;
infundían terror, creo que hasta al polvo.
Lleras se arrastró de rodillas, y el "Añuco" le siguió, llorando.
— ¡Hasta la capilla! —dijo el Hermano.
Los internos le seguimos; Antero y yo, rodeando el patio, despacio, ha-
bíamos llegado hasta donde estaban los alumnos.
"Peluca" y Palacitos, mi-raban de lejos, desde la pared.
"¿Cómo ha de bajar las gradas del terraplén?
¡Se caerá! Aprovechará el sitio para escapar", pensé, mientras Lleras
caminaba de rodillas y se ra-jaba la piel en el cascajo. Valle también nos
seguía. Chauca empezó a llo-rar, y se detuvo.
Vimos en ese instante al Padre Director. Iba a
cruzar el patio hacia la es-calera. Descubrió el tumulto; nos miró extrañado.
— ¡Auxilio, Padre!
—chilló el "Añuco"—. ¡Auxilio, Padrecito!
El Director vino. Hubiera querido correr, pero se
contuvo. Lo vi clara-mente. Apresuró el paso.
— ¡Sin levantarse!
—ordenó el Hermano.
Pero el
"Añuco" corrió, se lanzó sobre el Padre, lo abrazó.
— ¡El negro, Padre, el negro abusivo! —gritó, enfurecido.
Avanzamos; nos pusimos casi en fila, para ver al
Padre. Antero quedó atrás, retrocedió hasta la puerta de los excusados. El
Hermano se apaciguó y permaneció junto a Lleras. No le permitió levantarse. El
Director no pudo caminar muy rápido porque el "Añuco" se le prendió
de un brazo.
— ¡El negro! ¡El negro! —repetía, atolondrado,
ahogándose con las lágrimas. El Padre le tapó la boca y lo sacudió.
Llegó el Director frente a nosotros. Lleras parecía
como degollado, por la cantidad de sangre. Se le había empapado la camisa y le
rezumaba por la cintura. Y como aún le manaba de la nariz, el sol fuerte de la
quebrada exhi-bía la sangre.
—¿Qué es eso? —exclamó el Director, mirando al
Hermano. Nosotros, Antero y yo, hubiéramos querido hacer la misma pregunta. —Me
ha ofendido, Reverendo Padre —contestó el Hermano—. Por
nada, casi por nada, me insultó. Me empujó por el
pecho, me derribó al suelo. Entonces no pude más, y por Dios, con la mano de
Dios, lo castigué.
—¿Con la mano de quién? ¿Con la mano de quién, dice
usted? —pre-guntó el Padre.
— ¡Lo castigué, porque me afrentó! Yo llevo un
hábito de Dios. —Levántate, Lleras, y ven —ordenó el Padre—. Vamos a la
capilla.
Usted vaya a su celda, y espéreme.
Lleras se puso de pie con dificultad, y mientras se
erguía, dijo con voz contenida; lo oímos los alumnos:
— ¡Es un negro maldecido!
Quiso soplar la exclamación por lo bajo.
El Director nos había dado ya la espalda. Nunca
supimos si oyó a Lle-ras. El Hermano había empalmado sus manos y así bajó del
terraplén, detrás de Lleras. No lo seguimos. Sólo el "Añuco" fue
caminando junto al Padre.
Parecía que se le doblaban las piernas, que se
rendía; iba de un costado a otro. Empezaron a hablar los internos.
—Así tenía que acabar ese k'anra —dijo Romero.
— ¡Es un condenado!
—dijo Chauca.
— ¡Ha empujado al Hermano! —exclamó Palacitos—. ¡Lo
ha tumbado, hermanito! Porque le marcó un fául nada más, le agarró del hombro,
y le dijo: "¡Negro, negro é mierda!". El Hermano, no sé cómo, se
levantó, le dio un puñete y la sangre chispeó de toda su cara. ¡Qué sucederá!
¡Qué habrá! ¡Lloverá quizá ceniza! ¡Quizá la helada matará a las plantitas! ¡El
cielo va a vengarse, hermanitos!
Palacios se abrazó a Romero, y sólo entonces, se
puso a llorar desespe-radamente.
— ¡Creo que el sol se morirá! ¡Ay papacito!
Romero lo cargó, subiéndolo hasta la altura de su
pecho. Lo llevó al internado.
—Pero se excedió el Hermano. Que es negro, es negro
—dijo en voz alta Valle.
—Y que tú eres una gallina de muladar también es
cierto —le gritó el "chipro" ] Ismodes.
—¿Qué? —exclamó Valle, dudando.
— ¡Una gallina de pata amarilla! Y se le acercó.
—Yo no peleo, nunca. No me rebajo —dijo Valle, con
menosprecio. —¿No ven? ¡La prueba! A la gallina se le pisa no más. No pelea.
El "Chipro" lanzó una carcajada. Todos
nos miramos. Hasta el "Peluca"
se acercó mucho y quiso mirar de cerca a Valle.
Antero no se atrevía a salir.
— ¡Los imbéciles! —dijo Valle al bajar del
terraplén, y apuró el paso. —Ver sangre es así, hermanitos —nos dijo a todos el
"Chipro"—. A unos
los engallina, a los fifís, a estos k'echas. A
otros nos da ganas de defender a alguien. No se puede estar tranquilo. ¡Caray,
el Hermano! ¡El Hermano Miguel! ¿Quién dice que no es bueno, que no es
cariñoso? ¿Quién, perro, dice?
— ¡Sólo algún condenado, algún maldito! —le dije. Lo abracé.
—¿Y quién dice que el Lleras no es un putañero, un
abusivo, un conde-nado? ¿El Valle? ¡Ahí está, esperando que algún gallo le
zurre en la ca-beza !
— ¡A la capilla!
—llamó el Padre Director.
Antero se quedó en el patio, escondido tras los
tabiques de madera. Los internos corrimos en tropel.
— ¡A la capilla!
—voceó el Padre.
Romero bajó del internado con Palacitos. Valle
apareció en el corredor; se había retirado a uno de los salones de clases.
Estaba pálido; bajó al patio empedrado y avanzó como sonámbulo. Yo lo miré
detenidamente. Caminó hasta la puerta de la capilla, echando las piernas en
forma inarmónica. " ¡Algo, algo le pasa! ", pensé.
1 Mote quechua
con que se nombra a los picados por la viruela.
Entramos a la capilla. No estaba Lleras. El Padre
llegó al altar y se paró delante de nosotros. Nos miró un largo rato; nos
contempló a todos, uno por uno. Yo sentí que la expresión de su rostro me
calmaba. Nos miramos especialmente; no era sólo el asunto de Lleras el que
necesitaba ser discurri-do entre nosotros, entre él y yo, sino el recuerdo de
la mañana, las lágrimas de los colonos que no sé si él recordaría aún, pero que
en mí seguían llameando, como el sol que llegó tan de sorpresa a los cañaverales
de la ha-cienda. El Padre me miró, tranquilo.
— ¡Hijos míos! ¡Hijitos queridos! —habló—. Quien ve
cometer un gran pecado también debe pedir perdón a Dios; el gran pecado
salpica; todos los testigos debemos arrodillarnos y clamar a fin de que ni
rastros, nada, nada de la mancha persista, ni en el corazón de los que
delinquieron ni en el pensamiento de los que tuvieron el infortunio de ser
testigos...
El Padre hablaba esta vez de otro modo, no como lo
hizo en el tabladillo de la hacienda, frente al patio barroso que pisaban los
colonos de Patibam-ba. Quizá era una idea, un presentimiento sólo mío. El
quechua en que habló a los indios me causaba amargura. "¿Tiene varios
espíritus?", me pregunté, oyéndole en la capilla. "A nosotros no
pretende hacernos llorar a torrentes, no quiere que nuestro corazón se humille,
que caiga en el barro del piso, donde los gusanos del bagazo se arrastran... A
nosotros nos ilumina, nos levanta hasta confundirnos con su alma..."
— ¡Hijitos...! Nuestro Señor os bendice, cada
mañana con su piedad; un ángel vigila a cada uno... pero somos también libres;
es el bien y el mal del mundo. Pero nada es más infinito que el corazón que
Dios nos ofrendó, que cimentó en la criatura humana... ¡Ya veréis la prueba...!
Rezamos, después, a esa hora de la mañana, un
rosario completo. Pero yo pude ver que Valle no rezaba. Estaba a dos bancas de
mí, en la fila opues-ta, como siempre. Cambiaba de rodillas en el madero del
banco. Tenía apoyada la cabeza sobre sus manos y a ratos la movía, con muestras
de im-
paciencia. El
"Añuco" rezó en voz
alta, al pie del
altar, sobre las gradas
de piedra.
con El
Padre nos bendijo y nos dio licencia para salir. El "Añuco" se quedó
él.
Valle salió,
el último. La mayor parte de los internos
se quedaron en
el
patio de honor. No hablaban. Yo me dirigí al
terraplén, a buscar a Antero. No estaba ya. Vi que el "Chipro" y
Chauca entraban al pasadizo. Venían juntos. El Padre y el "Añuco"
atravesaron el patio y empezaron a subir las gradas. Llegaron el
"Chipro" y Chauca al terraplén. El pampachirino también vino al patio
interior, solo. Detrás de él llegó Valle, caminando rápido. No nos miró; fue
hasta el extremo del muro que daba hacia la calle.
— ¡Ismodes!
—llamó—. ¡Ven,
Ismodes!
El "Chipro" fue, andando despacio. Yo
llegué primero junto a Valle.
—No desafiarás al Padre —le dije.
No me contestó.
—¿Qué hay? ¿Qué quieres? —le preguntó el "Chipro".
No sé por qué, todos los picados de viruela que
conocí en mi niñez eran trigueños, de expresión imprevisible, siempre fáciles a
la ira, enérgicos, y de
ojos pequeños, como Ismodes. Alguna rigidez tenían
en el semblante y por eso resaltaba la expresión de sus ojos.
Valle era más alto; junto a Ismodes daba la
impresión de un patrón jo-ven delante de un empleado o de un mensajero. El
"Chipro" tenía la camisa sucia, cerca del cinturón; creo que todas
sus camisas eran cortas y siempre estaba metiéndolas con las manos, dentro del
pantalón, y las ensuciaba. Hizo un ademán mientras contestaba a Valle.
—Ahora hay poca gente en el patio. Recojo tu
desafío y tu asqueroso insulto, de chusco —le dijo Valle.
— ¡Ahora! Para que el Padre me expulse, para que
vea que soy un anti-cristo. ¡Fifí, fifí! —gritó el "Chipro".
Valle lo agarró del saco. Apretó sus labios
delgadísimos y palideció.
— ¡Cera de muerto! —exclamó, mirándolo, y sin
reaccionar aún, el "Chipro".
Valle le dio un cabezazo y, al mismo tiempo, le
golpeó con la rodilla en el vientre. Lo soltó en seguida.
— ¡Traicionero k'echa\ —gritó Ismodes—. ¡En la cara
no! ¡Que no vea el Padre!
Se agachó, inesperadamente, y con ambas manos se
prendió de los tes-tículos de Valle.
— ¡Ahora fifí! —decía, casi riéndose—. ¡Sí tenía,
hermanos; sí tenía! Valle cayó sobre el "Chipro" sin gritar. El
"Chipro" quitó el cuerpo y
lo dejó derrumbarse; se
irguió en seguida y nos preguntó:
—¿Tengo chichón en la nariz? ¿Estoy morado?
Una pequeña hinchazón se le había formado en el
borde de la frente, hacia abajo. Chauca empezó a apretarle con una moneda.
El pampachirino levantó a Valle; inmediatamente le
sacudió el polvo de la ropa, mientras lo sostenía con una mano. Estaba aún más
pálido Valle. Temblaban sus labios; me acerqué a él.
—Eres valiente —le dije—. Eres valiente. ¿No sabías
que los chipros son extraños, que son de temer?
— ¡Los indios!
—dijo—. O los hijos de indios, solamente.
No le contesté. Con el pampachirino lo acompañamos
hasta las gradas que bajaban a los reservados, donde había sombra. Se sentó
allí, rendido. El pampachirino lo contemplaba apenado, muy afligido, sin poder
compren-derle.
Por las rendijas de las tablas que cerraban los
excusados asomaban sus ramas algunas yerbas endebles. Yo sabía que al otro
lado, hacia la pared, había una flor amarilla que alcanzaba el sol que se
filtraba por el techo. En ese rincón no podían aplastarla los alumnos. Pensé en
ese lobulillo afelpado —ayak'zapatilla le llaman en quechua (zapatilla de
cadáver)— porque frente a Valle, así rendido, y con mis ardientes recuerdos de
todo lo ocurrido aquel día y en la víspera, no pude encontrar otro pensamiento
que me cautivara. El ayak'zapatilla florece alegremente, con gran profusión, en
las paredes hú-medas que sostienen a los andenes sembrados, en los muros que
orillan los
caminos; tiembla con el aire; y los wayronk'os, los
grandes moscardones ne-gros, lo buscan; se detienen pesadamente en la pequeña
abertura de su co-
rola y se lanzan después a volar, con las alas y el
vientre manchados por el polvo amarillo de la flor.
Al día siguiente, lunes, no vinieron al Colegio los
externos. Supimos que las calles del centro estaban vacías, que las tiendas de
comercio no fue-ron abiertas.
Los internos pasamos el día, como la tarde del
domingo, desperdigados. Antero no volvió. Rondinel se quedó en la casa de su
madre. Los internos leían o escribían. Valle pasaba las horas en su aula, al
parecer leyendo. Ro-mero andaba fatigado con la compañía de Palacitos. El
pampachirino se acer-caba con frecuencia hasta la puerta del salón donde
permanecía Valle, pero no miraba hacia el interior. El "Chipro" y
Chauca conversaban o alguno de ellos leía en voz alta. Eran compañeros de
clase.
—El sarmentoso Valle se acabó —me dijo Chauca, en
la mañana, cuando pasé cerca de las gradas donde estaban sentados—. ¡El
valiente!
—No —le dije—. Ayer también resucitó después de
haber estado pen-
sando.
—Sigue tu camino —me dijo el "Chipro".
Yo acariciaba a mi zumbayllu, pero
temía exhibirlo. El "Chipro" no me
habló con enojo.
"¿Si les contara a los dos que tengo un winko layk'a?,
pensé. Tenía fe en ambos; sin embargo, recordaba la advertencia de
Antero:
" ¡Es un
layk'a, un maldito; y también en su alma está Salvinia; he pro-nunciado su
nombre, mientras le abría a fuego sus ojos...!". No podía arriesgarme. El
"Chipro" era de Andahuaylas, hijo de mestizo; quizá repu-diaba a los
layk'as; sería feliz, entonces, aplastando con la planta de los
pies a un zumbayllu winko, a un réprobo, por muy hermoso que fuera su
canto.
Al mediodía
Romero se decidió a tocar su rondín. Romero llevaba el
compás de la música con su cuerpo alto y flexible.
Se quebraba. Empezó
con los primeros ritmos, la "entrada" de
un carnaval que él prefería: "Apu-rímac mayu...". Como los verdaderos
maestros del rondín, se metía muy adentro de la boca el instrumento y lanzaba
con los labios, desde el fondo, a bocanadas, el acompañamiento, el ritmo lento;
luego corría el rondín y to-caba la melodía, altísima...
Romero nunca había tocado de día. Empezó desganado,
y fue animán-dose. Quizá presintió que la inocencia de la música era necesaria
en ese pa-tio. Lleras no aparecía ni el Hermano Miguel; el "Añuco"
seguía recluido en el cuarto del viejo Padre Augusto. El Director había
presidido el al-muerzo y la comida del domingo; sabíamos que a esa hora de la
mañana, estaba en la calle. Los alumnos fueron apareciendo en el corredor. No
se acercaron de inmediato donde Romero, que tocaba junto a la pila. Fui yo
primero, luego el pampachirino, el "Chipro" y Chauca, el
"Peluca", Satur-nino, el "Iño" Villegas...
—No cambies de tonada —le rogué.
Concluía el canto con una "fuga", para el
zapatero. Romero se agacha-ba, o levantaba la cabeza, según el compás. El ritmo
se hacía más vivo al
final. Romero alzaba la cara, como para que la
música alcanzara las cumbres heladas donde sería removida por los vientos;
mientras nosotros sentíamos que a través de la música el mundo se nos acercaba
de nuevo, otra vez feliz. Pero cuando ya estábamos reunidos en círculo, junto a
Romero, oímos de repente, como desde la otra orilla de la quebrada, la voz del
"Añuco":
— ¡Calla, Romerito! ¡Hermanito
Romero, no toques!
Lloraba en la baranda del corredor alto. Estaba
desencajado, blanco, con los ojos hundidos.
Romero dejó de tocar.
—¿Qué pasa con Abancay, estos días? —dije casi en
voz alta, aturdido.
Apreté el zumbayllu en
el fondo de mi bolsillo.
El "Añuco" desapareció; volvió al cuarto del Padre Augusto.
Cuando nos dispersábamos, entró al patio, por el
zaguán, el portero; corrió hacia nosotros, hablando:
— ¡Ya baja la tropa, ha volteado, dicen, el abra de
Sok'llak'asa! Las chicheras se están escondiendo. Los gendarmes han ido y han
rescatado sus fusiles. Menos los de doña Felipa; ella se ha quedado con dos
máuseres. Dicen que van a tumbar la puerta de su chichería, cuando llegue la
tropa. Está correteando la gente de Huanupata. La gente está saliendo de las
chi-
cherías; se están yendo. Dicen que viene un coronel
que estuvo en Huanta y que quinteó a los indios en el panteón. Los hombres se
están yendo. En Huanupata están temblando... Los gendarmes también tienen
miedo... El Coronel los puede afusilar por lo que se hicieron vencer con las
chicheras...
Algunos, dicen, están corriendo, cuesta abajo, a
esconderse en el Pacha-chaca... ¡Cristianos, Abancay ha caído en maldición...!
Entonces, a cual-quiera ya pueden matarlo...
—Y tú ¿por qué te asustas? —preguntó Romero.
—Está corriendo la gente. ¡Cómo entrará la tropa!
Dice que esta vez van a apretar Huanupata. No echarán bala. Se quemaría. Tanto
techo de malahoja. Sería incendio. ¡Ahora pues váyanse, escapen; ahí está la
puerta!
Nos mostró el zaguán con el brazo extendido, y
siguió hablando:
—/Jajaylla! Yo
he visto tiroteo. En el tiroteo creo no apuntan; las balas
perdidas pasan por lo alto también, caen en las
ventanas, a los postes, a la torre. En Huanta, hasta los cañaverales llegaron;
dice ardieron, y en la no-che alumbraban la quebrada. Así quintearon a los
indios en el panteón.
— ¡Animal:
eso fue en 1910! —le gritó
Romero.
Pero el mal ya estaba hecho. El portero había
logrado despertar los peo-res presentimientos entre los internos que lo
rodeábamos en el patio. Nos miramos. "Peluca" giraba los ojos, como
buscando a alguien o un lugar donde esconderse.
— ¡Ahora no van a matar a nadie! Quizá las zurren a
las cholas —dijo el "Iño" Villegas. Pero su voz se quebraba.
El portero oyó que abrían el postigo del zaguán y
corrió hacia la cocina. Vimos entrar al Padre Director. Sonreía, caminaba
ligero. Palmeó al ingresar al patio.
— ¡Al comedor! —dijo—. ¿Por qué no los han llamado?
Ya pasó la hora.
—Padrecito, ¿qué dice que la tropa va a entrar a
Abancay por Huanu-pata, fusilando a las chicheras? —preguntó el
"Peluca"; se atrevió a hablar.
—¿Qué imbécil criminal ha dicho eso? El ejército
viene a restablecer el orden. Los comerciantes están abriendo ya sus tiendas.
—¿Y en Huanupata? —le pregunté.
—Las cholas huyen. Las responsables. ¡Nada más!
Vamos; vamos al comedor.
No pudo transmitir su alegría a los internos.
Almorzamos en silencio. Valle se atrevió a mirar al "Chipro". Estaba
solo. Los testigos de su derrota guardaron el secreto. Quizá sentía vergüenza.
Mucho más tarde acaso el "Chipro" contaría la historia, riéndose como
un chivo. Ahora estaba como desconcertado; devolvió la mirada de Valle sin
ironía, enrojeció un poco. Y Valle siguió mirándole. El no tenía otra
preocupación. Nos miró después a Chauca, a mí y al pampachirino. Nos escrutó. Luchaba
por reconstruir su famosa elegancia. ¿Podría mantenerla después de cómo lo
tumbaron en el patio? Pero nosotros habíamos oído al portero, casi trastornado
por las ame-nazas, por los presagios que recogió en la calle; habíamos oído y
visto al "Añuco", colgado de las barandas del segundo piso,
implorando; sabíamos que Lleras estaba tendido de espaldas, con un emplasto de
yerbas sobre la boca y la nariz, en la antesala del Padre Director, y que el
Hermano no salía de su cuarto. A Valle no le podía importar nada de eso.
¿Contarían que el "Chipro"... ?
Algún mal grande se había desencadenado para el
internado y para Aban-cay; se cumplía quizá un presagio antiguo, o habrían
rozado sobre el pe-queño espacio de la hacienda Patibamba que la ciudad
ocupaba, los últimos mantos de luz débil y pestilente del cometa que apareció
en el cielo, hacía sólo veinte años. "Era azul la luz y se arrastraba muy
cerca del suelo, como la neblina de las madrugadas, así transparente",
contaban los viejos. Quizá el daño de esa luz empezaba recién a hacerse
patente. "Abancay, dice, ha caído en maldición", había gritado el
portero, estrujándose las manos. "A cualquiera ya pueden matarlo..."
El Padre Director no parecía, sin embargo,
participar de esos presenti-mientos; nos contemplaba con plácida
condescendencia; hasta sospeché que le hacía bien vernos desconcertados y
anhelantes.
La tropa debía llegar a las cinco de la tarde. A
las tres tocaron la cam-pana del Colegio.
Salieron los internos de las aulas y los
corredores, algunos vinieron del patio interior. Los Padres bajaron de sus
celdas. El Director, de pie, en la puerta de su oficina, ordenó en voz alta:
— ¡A formar! Como para ir a misa.
En una fila, por orden de estatura, con frente a la
Dirección, nos ali-neamos. El "Añuco", sin mirar a nadie, ocupó su
sitio, entre Palacitos y el "Iño".
Los cinco padres formaron otra corta fila, en el
corredor, delante de las gradas que bajaban al patio.
Vino el Hermano Miguel, después, sin sombrero. Bajó
las gradas de ma-dera, lentamente, como si temiera. Sus cabellos parecían
haberse ensortijado más, en mil nudos pequeños. Su color era cenizo; pero
anduvo erguido, con la cabeza levantada, aunque sus ojos miraban bajo, con una
humildad que oprimía.
Lo seguimos todos con la vista; repercutían en el
patio y en nuestro espantado corazón, sus pasos. Quise ver qué expresión tenía
Valle, qué sem-blante mostraba, entonces. No miraba al Hermano; quizá lo vio
bajar las gradas, pero después no le dio cara; miraba al Director, fríamente.
El Director se acercó a nuestra fila. El Hermano se
había detenido a cierta distancia del grupo de los Padres, en el corredor.
— ¡Baja ya, Lleras!
—voceó el Padre.
Vimos aparecer a Lleras en el corredor de enfrente,
por la puerta del salón del Director, sobre el techo de la bóveda que conducía
al zaguán. Estaba aún amoratada su boca. Se detuvo, como tambaleándose.
— ¡Baja! —le
ordenó el Padre.
Se decidió y caminó rápidamente hacia la escalera.
Bajó a trancos, de dos en dos, las gradas. Fue directamente hacia el Hermano.
Ya muy cerca de él se detuvo, bruscamente. Lo examinó. Vimos que lo examinó con
los ojos. Le miró la cabeza descubierta.
— ¡Hermano! ¡Perdóneme! Le pido perdón delante de
mis compañe-ros... —dijo.
Algo, algo más iba a decir y hacer. Se inclinó,
empezó a inclinarse. El Hermano había levantado las manos.
— ¡No! —gritó Lleras—. ¡No! ¡Es negro, Padrecito!
¡Es negro! ¡Atatauya!1
De un salto bajó al patio empedrado, lo cruzó a
gran velocidad, entró a la sombra de la bóveda; oímos que abría el zaguán, una
hoja de la puerta grande, y la cerró en seguida, desde fuera, empujándola
violentamente.
El Director no se alteró mucho. Con una mirada
fulgurante detuvo al "Añuco" que se movió en la fila.
— ¡Tú! —le
dijo—. ¡Tú, el amigo de ese condenado!
— ¡Yo sí, Padre!
—gritó el
"Añuco"—. ¡Yo sí, Padrecito!
Fue al corredor, a paso vivo, sin correr. Subió las
gradas y se arrodilló ante el Hermano. No pudo hablar. Lloraba. Ambas manos del
Hermano las besó. Entonces Palacitos, lo siguió. A la carrera pasó delante de
nosotros. Nadie lo contuvo. Se prosternó delante del Hermano y empezó a besar
los extremos de su hábito.
— ¡Perdón, perdoncito! —clamaba—. ¡La luna va a
llorar, el sol va a hacer llover ceniza! ¡Perdón, Hermanito! ¡Diga perdón,
Hermanito!
El Hermano lo levantó; lo abrazó contra su pecho.
Lo besó en la cara y en los ojos. El "Añuco" saltaba de alegría.
—Yo los perdono y pido perdón —dijo el Hermano.
Y se inclinó ante el "Añuco". Le dio un
beso en la mejilla, casi respe-tuosamente.
1 Interjección de
asco.
—Le ruego, Padre, que me deje ir a la capilla
—dijo.
Sus ojos parecían acuosos, la parte blanca se veía
grande y también bri-llaba. Era ese color, tan exaltado por su piel oscura, que
rodeando sus ojos, sus verdaderos ojos, le daba tanta ternura a su mirada. Una
onda de calor, como venida del sol o del suelo, vivificó mi sangre, le dio
alegría a nuestra vida. Palacitos y el "Añuco" bailaban junto al
Hermano Miguel, bajo esa quebrada temible, en medio de tantos presagios
funestos. " ¡Ya no morirá nadie! —pensaba yo—. Caerá una lluvia fresca sobre
los campos. La tropa entrará, quizá tocando cornetas, a caballo."
—Id con el Hermano —accedió el Padre.
—Sólo los que quieran —dijo el Hermano.
Pero fuimos todos.
El "Chipro" buscaba a Valle. Se miraron
ambos. En su rostro picado, "moro", como solemos decir en la sierra,
revuelto y perturbado por tanta
cicatriz pequeña, los
ojos del "Chipro" ardían de júbilo. Valle
sonrió, no
tan limpiamente, pero
el "Chipro" siguió mirándolo, transmitiéndole la fuer-
za de su alegría. Como
una flor de pisonay era su cara;
tan pequeños sus
ojos, pero el rostro todo, a pesar de su rigidez,
estaba encendido por el fuego de sus ojos. "¡Es un diablo el 'Chipro'!
—decía yo, mientras caminaba—. ¡Es un diablo! ¡Nadie tiene ese brillo en los
ojos! Quizá la luz de un pe-jerrey cuando cruza un remanso bajo el sol. ¿Quién
no ha de reír, quién no ha de bailar ante esa alegría? Hasta el Valle, el
orgulloso, el 'gran' caballero..."
Riéndose entraron a la capilla, él, el
"Chipro" y el Don Juan, el peti-metre del internado. Pero Valle
sonreía midiéndose ostensiblemente. El "Chi-pro" debió de percibir el
gesto cómico de su contendor; me miraba de
otro modo que a Valle, y guiñaba un ojo.
Ya en el altar, el Hermano no supo de qué
hablarnos; nos
miraba a
todos y sonreía. Mejor habría sido ir al patio y
dejarnos sueltos allí, o lan-zarnos a la calle.
"Es que tiene que concluir la ceremonia, de
alguna manera", reflexionaba yo. Largo rato después, pudo hablar el
Hermano:
—Cerca de mi ciudad natal, de San Juan de Mala
—recuerdo que dijo— hay un farallón, quiero decir unas rocas altísimas adonde
el mar golpea. En lo alto de esas rocas se ha descubierto la figura de una
Virgen con su Niño.
¿Saben, hijos?, la roca es prieta, más que yo...
Vayan a
jugar; con mis hu-
mildes manos
yo les doy la bendición de esa Virgen; que
ella les haga ol-
vidar los
pecados que han visto. Yo sólo quiero escuchar las olas que caen
a sus pies; será una voz más fuerte
que la de mis culpas. ¡Adiós, hijos...!
Vayan al
patio. Yo me quedo todavía.
Salimos. ¿Cómo, siendo negro, el Hermano
pronunciaba con tanta per-fección las palabras? ¿Siendo negro?
Palacitos corrió, dándose fuertes palmadas en los
muslos, para simular que era un caballo brioso. Dio vueltas. El
"Añuco" dudó unos instantes en la puerta de la capilla.
Me acerqué a él.
— ¡Mira! —le
dije.
Le mostré el winku rojizo.
— ¡Un winkul
—exclamó.
— ¡Y layk'al
—le contesté.
—¿Lo has hecho bailar? —preguntó.
—Baila más que un tankayllu. Como un mundo baila;
según Antero, su canto sube hasta el sol. ¿Lo hacemos bailar,
"Añuco"? ¿Lo defendemos si alguien lo quiere pisar?
—¿Quién lo va a querer pisar? ¿Quién? —dijo.
— ¡Vamos, entonces! ¡Vamos,
hermano! ¡Recuerda que es layk'al
Lo arrastré un poco. Después se echó a correr.
Palacitos daba cabriolas en el campo.
Empecé a encordelar el trompo. Se acercaron casi
todos adonde yo es-
taba.
— ¡Un winko\ —dijo
Romero. Lo contempló más, y gritó:
— ¡Layk'a,
por Diosito, layk'al ¡No
lo tires!
Palacitos pudo llegar a mirar el trompo.
—¿Quién dice layk'a? ¿Lo tenía en la capilla,
cuando el Hermano nos echó la bendición?
—Sí —le contesté.
— ¡Ya no es brujo, entonces! ¡Ya está bendito!
¡Hazlo bailar, foras-tero! —exclamó Palacitos con energía.
Sentí pena.
—¿Ya no es layk'a? —le pregunté al
"Añuco". Me miró, reflexionando.
—Siempre ha de haber algo. ¡Tíralo!
Lo arrojé con furia. El trompo bajó girando casi en
línea recta. Cantaba por sus ojos, como si de los huecos negros un insecto
extraño, nunca visto, silbara, picara en algún nervio profundo de nuestro
pecho.
— ¡Lo ha hecho el "Candela"! —exclamó el
"Chipro"—. ¡Seguro! —¿Me lo regalas? —me preguntó, angustiado el
"Añuco"—. ¿Me lo
regalas?
—Hazlo bailar, "Añuco" —le dije.
Lo encordeló con cuidado, pasando cada vuelta junto
a la otra, empu-
jando con la uña los círculos del cordel para apretarlos. No me miró antes
de arrojar el trompo. zumbayllu sobre el polvo,
cantando
Lo hizo bailar diestramente. Giró el
como si lo oyéramos en medio del sueño; se
detuvo, como paralizado, girando
invisiblemente.
— ¡Duerme!
—dijo el pampachirino.
Luego se revolvió, escarbó el suelo con la púa.
— \Layk'a, no layk'a, layk'a, no layk'a, layk'a, no
layk'a...! ¡No layk'al ¡Bendito! —gritó Palacitos, levantado el trompo, cuando
cesó de bailar y cayó estirado en la tierra suelta.
—Algo ha de tener —afirmó Romero—. ¡Algo ha de
tener! —Es tuyo, "Añuco" —le dije alegremente.
—¿De veras?
— ¡Qué zumbayllu
tienes! —le repetí, entregándole
el pequeño trom-
po—. En su alma hay de todo. Una linda niña, la más
linda que existe; la
fuerza del "Candela"; mi recuerdo; lo
que era layk'a\ la bendición
de
la Virgen de la costa. ¡Y es winkol Lo
harás bailar a solas.
—¿Qué dices?
—Ya te contaré.
—Que baile una vez más —dijo Valle.
Me sorprendió.
—¿Tú quieres que baile? —le preguntó el "Añuco".
—Sí —dijo—. Precioso instrumento. Es un precioso
instrumento.
IX. CAL
Y CANTO
H A S TA LAS SEIS no escuchamos tiros de fusil ni
tropel de caballos. Nos reunimos en el patio de honor para estar cerca de la
calle. No oímos pasar al ejército. Cuando anochecía escuchamos aplausos, a lo
lejos.
—Han bajado despacio. Están llegando —dijo Romero.
No pudimos ver la marcha de la tropa; pero los
aplausos se escuchaban cada vez más fuerte.
— ¡Mueran las chicheras! —Oímos claramente este
grito. Y luego otro inmediato:
— ¡La machorra doña Felipa!
En ese momento prendieron el alumbrado eléctrico;
unos focos rojizos, débiles, que no servían sino para marcar la sombra de las
cosas.
Estábamos todos los internos agolpados contra el
zaguán.
Pero ninguna detonación hubo.
— ¡Viva el Coronel!
—gritaron.
— ¡El glorioso regimiento!
—Contra las cholas, ¿un regimiento? —dijo Valle.
—Las chicheras son peor que hombres, más que
soldados —contestó el "Chipro".
— ¡El mito de la raza! Las cholas mueren igual que
los indios si las ametrallan.
Valle hablaba siempre así; no se podía saber si
quería ofender a quien le escuchaba o a la persona de quien hablaba, aun a las
cosas.
—¿No oíste al portero? Doña Felipa no ha entregado
los fusiles. —Dos máuseres —dijo—. Dos máuseres. ¡Gran artillería para luchar
contra un regimiento! Repicaron las campanas.
—El regimiento está formado por cholos —gritó
Romero para hacer-se oír.
—Nuevamente, el mito de la raza. ¡Que se maten
hasta el fin de los siglos! Yo soy un espectador infausto. "
—¿Infausto! ¿Qué
es eso? Pero un cholo puede borrártelo.
—Puede, claro, puede. Mientras los hijos de los
hijos de mis hijos jue-gan... montados sobre ellos.
—¿Y si te hacen unas cosquillitas? —le preguntó
el "Chipro".
—Tendría
que reírme.
— ¡Ay lágrimas, lagrimitas! —exclamó socarronamente el
"Chipro".
— ¡Balazos!
—gritó Palacitos.
—¿No sabes distinguir, cholo? Cohetes de arranque
en honor de la tropa.
Las detonaciones llegaban de lo alto.
No oímos ya los gritos. La tropa habría llegado a
la prefectura y mar-charía al cuartel, hacia el lado de Condebamba. Había un
cuartel viejo, allí. Pintado de gris oscuro, con almenas y torres en las
esquinas, era un edificio vacío. La gente contaba que en las noches de luna se
oía la voz de los cen-tinelas que voceaban números. Los gendarmes llevaban
algunos presos al cuartel, los días sábados, y hacían arrancar la yerba que
crecía en los patios; el Municipio cuidaba de las calles laterales. El cuartel
mostraba así su fa-chada, sus almenas y contrafuertes; era el edificio más
grande de la ciudad. Inspiraba temores porque estaba vacío. Nadie ensuciaba el
pie de los mu-ros, por los sapos que allí abundaban y por miedo a los
gendarmes. Los sapos se prenden, inesperadamente, de la piel humana desnuda.
Seguían repicando las campanas. Escuchamos los
pasos de un grupo que se acercaba a la puerta del Colegio.
— ¡No hubo tiros! —dijo jubilosamente Palacitos.
—Debe ser el Padre que viene —advirtió Romero. Nos retiramos al patio.
El Padre abrió la puerta. Avanzó rápidamente hacia
donde estábamos los
internos.
—Todo tranquilo, hijos. El Coronel es ahora el
Prefecto. Mañana habrá clases. No hagan caso a las predicciones de los cholos.
Están aterrorizados —dijo, mientras se acercaba.
—¿No fusilarán? —preguntó el "Peluca".
—¿Otra vez tú? ¡Al
salón de estudio, todos! —ordenó.
No me atreví a preguntarle por doña Felipa ni por
Lleras, en ese ins-tante. Los internos se dirigieron al salón. El Padre iba a
subir a su residen-cia. Lo alcancé al pie de las gradas, protegiéndome en la
oscuridad del corre-dor, tras de una columna.
— ¡Padrecito!
—le dije—. ¿Y doña Felipa?
—La prenderán esta noche —me contestó con
violencia.
—Tiene fusiles, Padre.
—Por eso mismo. Si se defiende, la matarán.
— ¡Se defenderá, Padre!
—Dios no lo quiera. La acribillarían. Es culpable.
—Pero ella también puede matar. ¡Quizá yo iría!
¡Quizá yo traería los fusiles!
—¿Tú? ¿Por
qué?
Se me acercó mucho. En esa luz opaca, sus ojos y su
rostro resaltaban, sus pómulos, su cabellera blanca.
—¿Por qué, tú?
Parecía más alto. Su vestidura blanca centelleaba,
como si reflejara la gran impaciencia que lo aturdía; su pecho se fatigaba,
casi sobre mis ojos.
—Yo, Padre, la he conocido... Yo le puedo pedir las
armas... Le puedo decir...
—¿Qué, hijo? Tú la has seguido como un perro. ¡Ven;
sube! Escaló las gradas, ágilmente. No había nadie ya en el patio.
— ¡Con el Hermano Miguel puedo ir! —le dije en voz
alta, acercándome a él, en el corredor del segundo piso.
—¿Sabes? Si tu padre estuviera todavía en
Chalhuanca, yo te despacharía mañana; pero ya llegó a Coracora, a cien leguas
de aquí.
— ¡Yo puedo irme! —le dije—. ¡Yo puedo irme,
Padrecito! ¡Cien le-guas! Yo sé andar por las cordilleras. Despáchame, Padre.
¡Despáchame! ¿Qué son cien leguas para mí? ¡La gloria!
—Ya sé, por los cielos, que necesitas mi
protección. Pero, ¿por qué andas tras los cholos y los indios? No le harán nada
a la Felipa. ¡No le harán nada! Yo iré. Yo le mandaré decir, hijo, que entregue
los rifles.
— ¡Con el Hermano Miguel iré! —le dije, acercándome más a él.
Me llevó al salón de recibo. Se parecía al del
Viejo. Una alfombra roja cubría casi todo el piso. Había un piano; muebles
altos, tapizados. Me sentí repentinamente humillado, ahí dentro. Dos grandes
espejos con marcos do-rados brillaban en la pared. La luz profunda de esos
espejos me ha arreba-tado siempre, como si por ellos pudiera verse más allá del
mundo. En los templos del Cuzco hay colgados, muchos, en lo alto de las
columnas, inal-canzables.
El Padre me acarició la cabeza. Hizo que me sentara
en un sillón forrado de seda.
—No importa que tu padre se haya ido tan lejos;
estás conmigo —dijo. —¿Por qué no me anunciaría su viaje a Coracora, mi padre?
Conoceré
otro pueblo. Iré lejos. ¿Usted defenderá a doña
Felipa? —le pregunté.
—No, hijo. Ya te he dicho que es culpable. Le
mandaré decir que fugue...
Intercederé, de algún modo, a su favor.
—Y después me iré. Usted me soltará. Preguntando de
pueblo en pueblo llegaré hasta donde está mi padre. ¡Como un ángel lloraré,
cuando, de re-pente, me aparezca en su delante! ¿Está muy lejos del Pachachaca
ese pue-blo? ¿Muy lejos, muy a un lado de su corriente?
—Muy lejos.
— ¡El canto del winko se ha perdido entonces!
—exclamé—. ¡Y ahora ya no sirve! Lo bendijo el Hermano.
El Padre me miró detenidamente.
—¿Estás resuelto a desobedecer a tu padre y a mí?
El quiere que estu-dies. ¿De qué hablas?
—Pero usted, ¿no me dijo de despacharme?
—Ahora no, pequeño. Y parece que desvarías. ¡Te
quedarás! Serás un buen hijo de Dios. ¡Lo juro!
Me dejó solo; fue a su dormitorio y trajo un vaso
de agua.
—Toma —me dijo.
Era un líquido amargo.
—Yo también he tomado.
—Me quedo, Padre —le dije—. ¡Claro! Le fue mal en
Chalhuanca.
A usted le encargó que me lo dijera.
—Y ya ha mandado dinero de Coracora. Te comprarás
un vestido nuevo. —¿Y me dejará salir con Antero, Padrecito?
Le tomé una mano.
—¿Con Antero, Padre?
—¿Por qué no, hijo? Te daré permiso, el sábado en
la tarde, y una buena propina.
Me atreví a ponerme de pie, sobre el alfombrado.
—Vamos —me dijo el Padre.
Rodeó mi cuello con su brazo. Empecé a sentir el
perfume que solía echarse en los cabellos. Salimos. Desde el corredor alto
pudimos ver dos cohetes de arranque que subían y estallaban en el cielo.
— ¡Mueran las chicheras! ¡Mueran! —gritaron en la
calle.
—Así es todavía el mundo —habló el Padre—. Cuando
unos festejan, otros se esconden.
—¿Y Lleras? —le pregunté.
—Seguramente se perderá. Huyó de nosotros. ¡Ya
hijo! ¿Por qué, con-tigo, hemos de hablar de asuntos graves? ¡A estudiar y
jugar, en lo sucesivo! ¡Nada más!
—Sí, Padre. Quizá por lo que ha abusado de los
chicos, el Lleras se ha condenado.
—Llama a los Padres, corre —me ordenó—. Toca, toca
tres campa-nadas.
Bajó las gradas. Toqué la campana. Los Padres y el
Hermano se dirigie-ron al salón de los altos.
No vino el "Añuco" al comedor. El
Director presidió la mesa. Yo había pensado hacer cantar al winku de noche, en
el patio interior, en compañía del "Añuco", y repetir el mensaje a mi
padre. Tirar alto el trompo y, guián-dome por el zumbido, recibirlo en la palma
de la mano. Lo habría hecho bailar en un rincón del patio oscuro.
Ningún alumno fue al campo de tierra, después de la
comida. Vimos que los Padres se dirigieron al comedor, llevando al
"Añuco". Lo vigilaron. No pude hablarle a la salida. Fue caminando
entre los Padres, con la vista hacia el suelo. No me atreví a llamarlo. Su
rostro estaba como rígido. Nunca más se juntó con nosotros.
Llamé a Romero.
— ¡Romerito! —le dije—. ¿Podrías tocar ese carnaval
del río Apurímac en tu rondín, conmigo, allá, en el patio de juego?
—¿Por qué? —me preguntó.
—Abancay tiene el peso del cielo. Sólo tu rondín y
el zumbayllu pueden llegar a las cumbres. Quiero mandar un mensaje a mi padre.
Ahora ya está en Coracora. ¿Has visto que las nubes se ponen como melcocha,
sobre los cañaverales? Pero el canto del zumbayllu los traspasa. Al mediodía,
el winko hizo volar su canto y con Antero lo empujamos, soplando, hacia
Chalhuanca.
—El agua también sirve —me dijo Romero—. Ahí está
la del Colegio; viene desde un manantial, no es del Mariño. Háblale poniendo la
boca sobre el chorro.
—No creo, Romerito. No puedo creer. La cordillera
es peor que el acero.
Si gritas, rebota la voz.
—Pero el agua filtra hasta en la piedra alaymosca.
¿No has visto que de los precipicios de roca gotea agua?
—¿Por dónde va a entrar el agua a la casa en que mi
padre, a esta hora, quizá se pasea?
— ¡Buen cholo forastero eres! ¿Tu sangre acaso no
es agua? Por ahí le habla al alma, el agua, que siempre existe bajo la tierra.
—No creo, Romerito. Vamos a tocar tu rondín.
—¿Rondín? ¿No ves que tiene lata? El winku es
distinto. El winko zumba con fuerza que nadie puede atajar, como el parpadeo de
la estrella. ¡Así es, así es! Pero el Hermano lo ha amansado, bendiciéndolo en
la ca-pilla; le ha quitado su fuerza.
Palacitos descubrió que hablábamos en secreto y
vino hacia nosotros, casi corriendo.
—¿Tú crees que el canto del rondín puede llegar
hasta cien leguas, si alguien le ruega? —le preguntó Romero.
—Quiero mandarle un mensaje a mi padre, en el canto
del rondín, Pa-lacitos —le dije—. Que Romero toque "Apurímac mayo"...
Yo imploraré al canto que vaya por las cumbres, en el aire, y que llegue a los
oídos de mi padre. El sabrá que es mi voz. ¿Llegará, Palacitos? ¿Llegará la
música hasta Coracora si le ruego en quechua? Tú sabes mejor que yo de estas
cosas.
—¿Y esa lata que hay sobre el rondín? ¡Que la
arranque primero! —¿Por qué?
—La madera del rondín que quede al aire. ¿No sabes?
—Bueno —dijo Romero—. Yo sé.
Con los dientes le arrancó la lámina en que
aparecía la marca de fábrica. El era un atleta, un indio generoso de
Andahuaylas.
—Vamos —dije.
Pudimos llegar, solos, al patio oscuro. Tocó el
carnaval.
Iría la música por los bosques ralos que bajan al
Pachachaca. Pasaría el puente, escalaría por los abismos. Y ya en lo alto sería
más fácil; en la nieve cobraría fuerza, repercutiría, para volar con los
vientos, entre las lagunas de las estepas y la paja que en el gran silencio
transmite todos los sonidos.
"Si la voz del winku no te ha llegado, aquí va
un carnaval", dije, pen-sando en mi padre, mientras Romero tocaba su
rondín. " ¡Que quiera ven-cerme el mundo entero! ¡Que quiera vencerme! ¡No
podrá! y seguí hablando con más entusiasmo: "Ni el sol ni el polvo del
valle, que sofocan; ni el Padre ni el regimiento... Iré, iré siempre..."
—Como para pelear es esta música —dijo el
"Chipro" desde el extremo del patío, subiendo al terraplén.
También él se puso a cantar.
— ¡Mira! ¡La opa! —exclamó Palacitos, señalando la
figura de la de-mente que subió al patio. Ella se detuvo.
— ¡Fuera!
—le gritó el "Chipro".
Romero siguió tocando.
Apareció también el "Peluca". A
empellones quiso llevar a la opa hacia los excusados. Ella se resistía.
— ¡Bestia el "Peluca"! —dijo el
"Chipro".
Vimos que el "Peluca" le daba de
puntapiés a la demente. Oímos que la insultaba.
Romero dejó de tocar.
—Te vas, "Peluca" o
te rompo la crisma —le gritó.
Mientras él se detenía, y volvió la cara para ver
si Romero se decidía a
intervenir,
la opa escapó. El
"Peluca" quiso
seguirla. Romero zapateó en
el suelo. Dudó el
"Peluca" un instante, y la mujer desapareció en el pasa-
dizo.
— ¡Bestia el "Peluca"! —repetía Ismodes—.
¡Condenado bestia! Al poco rato nos llamaron al internado.
Los externos no asistieron al Colegio, al día
siguiente. El portero abrió el zaguán a la hora de costumbre. El Padre Augusto
lo mandó cerrar largo rato después. El Director intervenía en los asuntos de la
ciudad.
El "Añuco" no bajó al patio. En la mañana
se llevaron su catre del inter-
nado, su baúl, y un pequeño cajón donde guardaba insectos secos, semilla
de higuerilla, huayruros...,1 bolitas
de cristal y trapos de colores. Cerraba el
cajón con candado, y algunos internos sólo pudimos ver de lejos
la mezcla
de colores de los objetos curiosos que guardaba.
Sabíamos que tenía una colección de bolas de cristal que llamábamos
"daños", porque eran las más grandes; todas las que compraba el
"Añuco" eran de ondas rojas. El rojo en sus diversos matices, hasta
el amarillo. Jugaba con ellas eligiendo a los competidores menos diestros o a
los débiles. Y nunca perdió una. Deposi-taba los "daños" junto a los
insectos. En las pequeñas esferas de cristal, esas ondas profundas de colores,
unas delgadas que se alargaban como varios ejes, y otras que se expandían hacia
el centro de la esfera, en un solo haz, para adelgazar suavemente en los
extremos, nos cautivaban. En las del "Añuco" eran rojas y en bolas
nuevas; aunque en las desportilladas y opacas las ondas de colores también
aparecían, extrañas e inexplicables. Se llevaron las cosas del
"Añuco" a la celda del Padre Augusto.
1 Especie de
frijol, nativo, de color rojo y negro.
Cerca de las doce se asomó el "Añuco" a
las barandas del corredor alto. No llamó a nadie. Nos pareció que sus ojos se
habían hundido. Estaba pálido, casi verdoso. El tenía un color blanco delicado
y no muy varonil. Esta vez la palidez lo favorecía. Respetaron los internos su
aislamiento. Desapareció al poco rato. Valle sonrió. Leía junto a la fuente.
Un externo, amigo del "Iño" Villegas,
entró al Colegio por el postigo del zaguán. Corrió, seguido del portero, hasta
el final de la bóveda. Allí lo alcan-zamos.
—Están zurrando a las chicheras en la cárcel
—dijo—. Algunas han chillado duro, como alborotando. Dice que las fuetean en el
trasero, delante de sus maridos. Como no tienen calzón les ven todo. Muchas han
insultado al Coronel, en quechua y en castellano. Ya ustedes saben que nadie en
el mundo insulta como ellas. Les han metido excremento en la boca. ¡Ha sido
peor, dicen! Insultos contra vergazos es la pelea...
— ¡Homérico! ¡Eso es homérico! —exclamó Valle.
Nadie le hizo caso.
—" ¡Al
Coronelcito no me lo hagan
tragar, pues! ¡Es
mierda! ¡Es
mierda! ¡Había sido mierda! ¿Han traído mierda
desde el Cuzco? ¿Qué hechor le ha sacado su porquería? ¡Viva el hechor! ¡Le
hará parir al Co-ronel, por Diosito! " —ha dicho una de las chicheras; una
de las que fueron a Patibamba. La gente se está riendo a escondidas en las
calles...
—¿De quién?
—Será pues de las cholas. Pero hay soldados con
fusil en Huanupata y en todas las esquinas. Los gendarmes buscan en los
caseríos de las alturas y en los cañaverales a las que han escapado.
—¿Y doña
Felipa? —le pregunté.
—Dicen que ha huido de noche. Pero la han visto.
Han salido a perse-guirla; un sargento con muchos gendarmes. Ella ha bajado al
Pachachaca. Dicen que tiene parientes en Andahuaylas.
—¿Dicen que llevaba fusiles?
—Por eso la persiguen tantos. Va con otra, en
muías. Las han visto bajar al trote y con el fusil terciado a la espalda. Dicen
que por los sombre-ros blancos ofrecen buen bulto y que seguro las van a tumbar
en la cuesta; porque los gendarmes van en caballos del ejército.
—¿Gendarmes o soldados? —preguntó Valle.
— ¡Yo qué sé! Pero las alcanzarán.
—Si son gendarmes no, si son soldados de línea o
guardias civiles, quizá, quizá...
—¿Por qué no han venido los externos?
—Nadie está tranquilo. La chilladera de los cholas
ha alborotado. Han insultado como condenadas al Coronel. No tienen miedo. Se
pueden levantar los indios y los cholos. Va a haber bando hoy. Un pregonero va
a leer el bando del Prefecto. Si matan a las dos chicheras...
—No lo sabrá nadie —dijo Valle, sonriendo—. Las
echarán al río. —Los indios mueren no más —dijo Romero—. ¿Pero una chichera con
fusil? ¿Ya no te acuerdas lo del sábado?
—Ahora está el ejército. Y ellas, de espaldas, o
con el trasero desnudo.
No pasará nada.
El amigo del "Iño" se fue. El portero lo
obligó a salir. Los internos no formaron grupos; se dispersaron.
El sol caldeaba el patio. Desde la sombra de la
bóveda y del corredor mirábamos arder el empedrado. El sol infunde silencio
cuando cae, al me-diodía, al fondo de estos abismos de piedra y de arbustos. No
hay árboles inmensos.
Varios moscardones cruzaron el corredor, de un
extremo a otro. Mis ojos se prendieron del vuelo lento de esos insectos que
absorben en su cuerpo negro, inmune, el fuego. Los seguí. Horadaban la madera
de los pilares, can-tando por las alas. Doña Felipa estaría quizá disparando
desde la sombra de un arbusto contra la tropa, en ese instante. La matarían al
fin, entre tantos, y la enterrarían en algún sitio oculto de la quebrada. Pero,
podía ocurrir que disparara detrás de un parapeto de piedra, bien resguardada
en cualquier laberinto o bóveda de la orilla derecha del río, que es, por el
lado del puente, un abismo de rocas. Allí repercute la voz de los loros
viajeros. Si tal ocurriera, mientras yo seguía con los ojos el vuelo lento de
los moscar-dones, quizá ella apuntaba, mirando hasta descubrir aun a las
hormigas, sobre el camino de enfrente. Apuntaría con su ojo pequeño, que ardía
como un diamante, en su enorme rostro picado de viruela. Entonces sólo podría
ser herida en la cabeza, y caería al Pachachaca, desde lo alto del precipicio.
No podrían quizá alcanzar su cuerpo. Eso era importante, pensaba. Los
gen-darmes furiosos ante un cuerpo atravesado, odiado y tan deforme ¿qué no
harían?
Pero supimos que sus persecutores encontraron una
de las muías, tum-bada en medio del puente del Pachachaca. La habían matado,
degollándola, y habían extendido las entrañas a lo ancho del puente. De una
cruz a otra del releje amarraron las tripas de la bestia. Algunos viajeros se
habían dete-nido. Examinaban los cordones y no se atrevían a cortarlos. De una
de las cruces de piedra caía al fondo del río un cabestro. Y sobre la cruz
flameaba un rebozo de Castilla.
Los guardias cortaron las tripas que impedían el
paso, y cuando exami-naban el cabestro que caía al río, escucharon un coro de
mujeres que cantaba
desde un lugar oculto, por el lado de Abancay:
"Huayruro", ama
baleaychu; No
dispares; huayruro 1
chakapatapi chakaykuy; sobre
el puente sé puente;
"huayruro", ama
sipiychu no
mates, huayruro;
chakapatapi suyaykuy, sobre
el puente espera,
tiayaykuy;
ama manchaychu. siéntate; no
te asustes.
' Mote que dieron en quechua a los guardias
civiles, por el color del uniforme.
Los guardias montaron; pasaron a galope el puente y
el pequeño trecho de camino plano que faldea el precipicio. Habían subido ya
una parte de la inmensa cuesta cuando escucharon disparos; vieron levantarse
polvo en el puente y se detuvieron. Muy cerca a ellos cayó un tiro. Echaron pie
a tierra, observaron la montaña de enfrente. Era arbórea y no rocosa como la
que ellos escalaban. Los cañaverales llegaban casi hasta el río y estaban
orillados de árboles de pacae y guayabas. En los sitios muy escarpados los molles
for-maban bosques.
—Las cholas se han quedado al otro lado, donde hay
monte —dijo el sargento.
—Las machorras nos van a cruzar el puente a tiros.
Ya lo han calculado.
— ¡Disparan de dos sitios! El sargento ordenó
volver.
—No nos joden —dijo—. Cruzar a galope, y uno a uno.
Las chicheras
no pueden tener puntería.
Siguieron disparando. Cuando los guardias llegaron
junto al precipicio en que está apoyado un extremo del puente, se detuvieron
para observar y oír. El Pachachaca brama en el silencio; el ruido de sus aguas
se extiende como otro universo en el universo, y bajo esa superficie se puede
oír a los insectos, aun el salto de las langostas entre los arbustos.
No dispararon mientras los guardias hacían alto en
el recodo del camino, donde comienza el trecho plano que desemboca en el
puente. El sargento cruzó al galope el camino y el puente; le siguieron los
guardias. Subieron al trote la cuesta. Muy arriba, colgando de un molle,
encontraron los dos fusiles.
—Nos han hecho pato —dijo uno de los guardias—. No
son las cabe-cillas. Ellas ya deben de estar muy lejos; se habrán ido por los
caminos de a pie. Pueden llegar a la cumbre más rápido que un caballo.
—Usted y un guardia las persiguen aunque sea hasta
Andahuaylas. Yo llevaré los fusiles. Ya no hay peligro. Tengan presente que una
de ellas está herida —había ordenado el sargento al guardia más antiguo, a un
tal Zama-lloa, apodado "El Machete".
La historia la contaron muchos en Abancay. Hubo
testigos; los viajeros que estuvieron detenidos en el puente y que observaron
el regreso de los guardias, las cholas que cantaron desde el monte mientras los
guardias mira-ban el río, y que después dispararon; los propios
"civiles".
Durante mucho tiempo, por las noches, en Abancay y
en los caseríos
próximos, coros de mujeres cantaron el mismo
jarabui: "No
dispares, *huay-
ruro...'"; pero
le agregaron otra estrofa.
Fusil warkusk'atas
tarinku, Encontraron colgados los
fusiles
mana piyta
sipisk'anta. que
a nadie mataron.
Muía yawarllas
chakapatapi Sólo
la sangre de las muías desde el
sutuspa sutusiask'a goteando goteaba [puente,
sutuspa sutusiask'a goteando goteaba.
Cantaron en los barrios, y dicen que una noche
llegaron hasta muy cerca de la Plaza de Armas.
Antero vino a visitarme el sábado en la tarde.
Conversamos en el patio interior.
—A los maridos de las chicheras los han sacado a
puntapiés de la cárcel y les han hecho barrer la calle —me dijo—. Eran diez.
Dos de doña Fe-lipa. Les pusieron un rabo de trapos y les hicieron barrer la
calzada. Les daban de puntapiés, mientras avanzaban. Al final de la cuadra los
soltaron. Reventaron cohetes mientras escapaban. Todo lo han hecho por consejos
del alcaide.
—¿Es cierto, Antero, que los maridos de las
chicheras son humildes? —le pregunté.
—Los de doña Felipa, dicen. Dos tenía. Dicen que el
alcaide, de la cárcel lo arrojó a empellones de su chichería, porque él también
quiso que-darse a dormir en la chichería. Ya estaba borracho y lo tendió en la
calle. Ahora se ha vengado. Pero, doña Felipa ha prometido volver sobre
Aban-cay. Unos dicen que se ha ido a la selva. Ha amenazado regresar con los
chunchos, por el río, y quemar las haciendas. Lleras se ha ido con una mes-tiza
del barrio de Huanupata. A caballo se fueron hacia el Cuzco. La mes-tiza era
costurera y tenía una cantina en el barrio de Huanupata. El Lleras ha dejado su
maldición en Abancay; ha dicho que tumbó al Hermano y que lo revolcó a patadas.
La gente ya sabe; las beatas y las señoras están rezando por el Hermano.
"Aunque sea negro, tiene hábito", dicen. Pero quieren que se vaya de
Abancay. La tía donde quien vivo me ha dicho: "Vamos a
pedir al Padre Director que lo despache;
un fraile que ha
sido afrentado
ya no
debe seguir en el pueblo; no
debe salir siquiera a la calle". La madre
de Rondinel
ha decidido no mandar ya al Flaco al Colegio; lo
van a trasladar
a un internado del Cuzco. "Donde han ofendido
a Dios no irá mi hijo", ha dicho. Y no lo deja salir. El Flaco ha llorado;
yo lo he visto.
—¿Adonde irá Lleras? —le dije a Antero—. Si pasa
por las orillas del Apurímac, en "Quebrada Honda" el sol lo
derretirá; su cuerpo chorreará del lomo del caballo al camino, como si fuera de
cera.
—¿Lo maldices?
—No. El sol lo derretirá. No permitirá que su
cuerpo haga ya sombra. El tiene la culpa. La desgracia había caído al pueblo,
pero hubiera respe-tado el internado. Lleras ha estado empollando la maldición
en el Colegio, desde tiempo.
—¿Y el
"Añuco"? el
winko
—Casi ha muerto ya. Le regalé y se animó en ese instante. El
Hermano, al bendecirnos, bendijo al zumbayllu y
le quemó su brujería. Pero
cantaba y
bailaba como antes. El "Añuco" acabará
por amansarlo; nació
para libre y ahora está en una celda, igual que su
nuevo dueño. Le crecerá moho en la púa y en los ojos, así como ya se apagó el
genio del "Añuco". Creo que a él los Padres, como es huérfano, han
decidido hacerlo fraile tam-bién. Para eso se reunieron. Y ya no vino más donde
nosotros.
— ¡Entonces los malditos del Colegio se acabaron!
—exclamó Antero—. Mejor, hoy verás a Alcira. Abancay también está en silencio.
Pero dicen que en todas las haciendas hablan de doña Felipa; que tienen miedo.
Dicen que si vuelve con los chunchos y prende fuego a las haciendas, los
"colonos" pueden escapar e irse al bando de la chichera.
—¿Los colonos?
¡No van,
"Markask'a"; no van!
—En mi hacienda hay poquitos —me dijo—. Y siempre
les echan látigo. Mi madre sufre por ellos; pero mi padre tiene que cumplir. En
las haciendas grandes los amarran a los pisonayes de los patios o los cuelgan
por las manos desde una rama, y los zurran. Hay que zurrarlos. Lloran con sus
mujeres y sus criaturas. Lloran no como si les castigaran, sino como si fueran
huér-fanos. Es triste. Y al oírlos, uno también quisiera llorar como ellos; yo
lo he hecho, hermano, cuando era criatura. No sé de qué tendrían que
conso-larme, pero lloraba como buscando consuelo, y ni mi madre, con sus
brazos, podía calmarme. Todos los años van Padres franciscanos a predicar a
esas haciendas. ¡Vieras, Ernesto! Hablan en quechua, alivian a los indios; les
hacen cantar himnos tristes. Los colonos andan de rodillas en la capilla de las
haciendas; gimiendo, gimiendo, ponen la boca al suelo y lloran día y noche. Y
cuando los Padrecitos se van ¡vieras! Los indios los siguen. Ellos, los Padres,
cabalgan rápido; los indios corren detrás, llamándolos, saltando por los
cercos, por los montes, por las acequias, cortando camino; gritando, caen y se
levantan; suben las cuestas. Regresan de noche; siguen gimiendo a la puerta de
las capillas. Mi madre se cansaba procurando consolarme en esos días, y no
podía.
— ¡Yo he oído a los colonos en Patibamba, "Markask'a"!
—Cuando se es niño y se oye así, llorar a la gente
grande, en tumulto; como una noche sin salida ahoga el corazón; lo ahoga, lo
oprime para siem-pre. —Antero se exaltó.
— ¡"Markask'a"! —le dije—. En los pueblos
donde he vivido con mi padre, los indios no son erk'es} Aquí parece que no los
dejan llegar a ser hombres. Tienen miedo, siempre, como criaturas. Yo he
sentido el ahogo de que tú hablas sólo en los días de las corridas, cuando los
toros rajaban el pecho y el vientre de los indios borrachos, y cuando al
anochecer, a la salida del pueblo, despedían a los cóndores que amarraron sobre
los toros bravos. Entonces todos cantan como desesperados, hombres y mujeres,
mientras los cóndores se elevan, sufriendo. Pero ese canto no te oprime; te
arrastra, como a buscar a alguien con quien pelear, algún maldito. Esa clase de
sen-timiento te ataca, te agarra por dentro.
— ¡Ernesto! —clamó Antero—. Si vinieran los
chunchos con doña Fe-lipa. ¿Adonde se lanzarían los "colonos", viendo
arder los cañaverales? Qui-zás seguirían quemando ellos más cuarteles, más
campos de caña; e irían, como ganado que ha agarrado espanto, cuesta abajo
buscando el río y a los chunchos. Yo los conozco, Ernesto, ¡pueden enfurecerse!
¿Qué dices?
— ¡Sí, "Markask'a"! —grité—. ¡Que venga
doña Felipa! Un hombre que está llorando, porque desde antiguo le zurran en la
cara, sin causa, puede
1 Niños
llorones, menores de cinco años.
enfurecerse más que un toro que oye dinamitazos,
que siente el pico del cóndor en su cogote. ¡Vamos a la calle,
"Markask'a"! ¡Vamos a Huanu-pata!
Antero me miró largo rato. Sus lunares tenían como
brillo. Sus ojos ne-grísimos se hundían en mí.
—Yo, hermano, si los indios se levantaran, los iría
matando, fácil —dijo.
— ¡No te entiendo, Antero! —le contesté,
espantado—. ¿Y lo que has dicho que llorabas?
—Lloraba. ¿Quién no? Pero a los indios hay que
sujetarlos bien. Tú no puedes entender, porque no eres dueño. ¡Vamos a
Condebamba, mejor!
Era sábado. Podíamos salir. El Padre me había
comprado un traje nuevo. —¿A Condebamba? ¿A qué?
—Nos esperan, Alcira y Salvinia, en la alameda. Con
tu ropa nueva hasta yo te tengo recelo. Alcira va a sufrir.
—¿Está lejos, muy lejos del puente, tu hacienda?
—le pregunté. —¿De qué puente?
—Del Pachachaca. —Muy lejos, a dos días. —¿Y los
chunchos?
—A tres días de mi hacienda. —¿Corriente abajo del
Apurímac? —Corriente arriba, si se viene a Abancay. —¿Por quién crees que está
el Pachachaca?
—¿Hablas de nosotros? ¿De ti y de mí, y de Salvinia y Alcira?
—No, "Candela", habló de los
"colonos" y de los chunchos y de doña Felipa, contra ustedes y los
guardias.
—Parece que está de parte de doña Felipa. Atajó a
los guardias civiles. El rebozo de doña Felipa sigue en la cruz del puente.
Dicen que el río y el puente asustan a quienes intentan sacarlo. El viento se
lo llevará.
—Tú anda a la alameda, "Candela". —¿Por
qué me dices "Candela"? —¿No te decimos "Candela"?
—Tú no. Me dicen "Markask'a", desde que
te regalé mi zumbayllu, de-
lante del Lleras.
— ¡Anda a Condebamba, Antero! Yo puedo llegar
todavía al río. —¿Al río?
—Le hablaré de ti, de Salvinia, de doña Felipa. Le
diré que tú puedes
disparar contra los colonos; que como tu padre, vas
a azotarlos, colgán-dolos de los pisonayes de tu hacienda.
—¿Qué?
—¿No es cierto?
—Estás mal, Ernesto. ¿Qué es del winko> ¿Por qué
lo obsequiaste al "Añuco" ?
—Tengo el otro. ¡El primero! Lo haré bailar sobre
alguna piedra del Pachachaca. Su canto se mezclará en los cielos con la voz del
río, llegará a tu hacienda, al oído de tus colonos, a su corazón inocente, que
tu padre azota cada tiempo, para que jamás crezca, para que sea siempre como de
criatura.
¡Ya sé! Tú me has enseñado. En el canto del
zumbayllu le enviaré un men-saje a doña Felipa. ¡La llamaré! Que venga
incendiando los cañaverales, de quebrada en quebrada, de banda a banda del río.
¡El Pachachaca la ayudará! Tú has dicho que está de su parte. Quizá revuelva su
corriente y regrese, cargando las balsas de los chunchos.
—Estás enfermo; estás con delirio, hermanito, sólo
los winkus pueden llevar mensajes. ¡Los winkus no más! Y el Hermano Miguel me
has dicho que malogró al layk'a en la capilla. ¡Vamos a Condebamba! ¿Qué diría
Sal-vinia al saber que imploras al Pachachaca para que traiga a los chunchos a
que incendien el valle? ¡Que muramos todos, los cristianos y los animales!
¿Todo quemándose, mientras tú festejas? Estás con delirio. Alcira te va a
calmar. Verla solamente...
Me rodeó el cuello con uno de sus brazos. Me hizo
salir del Colegio. Brillaban mis zapatos nuevos de hule; me sentía azorado con
mi traje recién estrenado.
—Vamos al río, "Markask'a" —le rogué en
quechua—. El Pachachaca sabe con qué alma se le acercan las criaturas; para qué
se le acercan.
— ¡Claro! Tenemos el domingo, todo el día. Yo lo
pasaré a nado, debajo del puente. Verás cómo me respeta, el Señor. Te dedicaré
a ti ese paso; me meteré donde más se arremolina el agua. Después tú le
contarás a Salvinia.
— ¡Te seguiré,
"Markask'a"! El río me
conoce.
—Si entras a él, no. Si desafías su corriente, no.
Querrá arrastrarte, rom-perte los huesos en las piedras. Otra cosa es que le
hables con humildad des-de la orilla o que lo mires desde el puente.
— ¡Yo lo pasaré, por donde tú vayas! —Quizá.
—Pero en medio de la corriente asusta más; mejor dicho, allí parece
demonio. No es ese Señor que figura cuando lo
contemplas. Es un demo-nio; en su fuerza te agarran todos los espíritus que
miran de lo alto de los precipicios, de las cuevas, de los socavones, de la
salvajina que cuelga en los árboles, meciéndose con el viento. ¡No has de
entrar; no has de entrar! Yo, pues, soy como su hijo...
El "Markask'a" me llevó siempre a la
alameda.
Cantaban, como enseñadas, las calandrias, en las
moreras. Ellas suelen posarse en las ramas más altas. Cantaban también,
balanceándose, en la cima de los pocos sauces que se alternan con las moras.
Los naturales llaman tuya a la calandria. Es vistosa, de pico fuerte; huye a lo
alto de los árboles. En la cima de los más oscuros: el lúcumo, el lambra, el
palto, especialmente en el lúcumo que es recto y coronado de ramas que forman
un círculo, la tuya canta; su pequeño cuerpo amarillo, de alas negras, se divisa
contra el cielo y el color del árbol; vuela de una rama a otra más alta, o a
otro árbol cercano para cantar. Cambia de tonadas. No sube a las regiones
frías. Su canto transmite los secretos de los valles profundos. Los hombres del
Perú, desde su origen, han compuesto música, oyéndola, viéndola cruzar el
espa-cio, bajo las montañas y las nubes, que en ninguna otra región del mundo
son tan extremadas. ¡Tuya, tuya! Mientras oía su
canto, que es, seguramente, la materia de que estoy hecho, la difusa región de
donde me arrancaron para lanzarme entre los hombres, vimos aparecer en la
alameda a las dos niñas.
Alcira era casi el retrato fiel de otra joven que
amé, cuando tenía diez años. La conocí en Saisa, un pueblo de cabreros, seco,
sin agua, que no pro-ducía sino calabazas. Esa joven de Saisa tenía los
cabellos del color y de la calidad de la paja ya trillada de la cebada. Sus
ojos eran azules, como los de mi padre, pero inquietos, cual los de un ave de
altura; y no podían ser más grandes, parecían manantiales. Vestía de percala y
usaba botines. Su novio era un contrabandista de aguardiente, cerdón; de manos enormes
y ca-llosas, color de muerto, en la palma. Ella se llamaba Clorinda. Estuve
sólo dos días contemplándola, y seguimos viaje. Repetí su nombre mientras
cru-zaba el gran desierto que separa Saisa de un puerto del sur.
El rostro de Alcira se parecía tanto al de Clorinda
que por instantes creí que era ella la joven de mi niñez. Debía de haberse
escapado de su novio y de su pueblo.
Frente a las jóvenes no pude vencer mi azoramiento.
Resolví despedir-me. Debía ir al río, aunque tuviera que volver de noche.
Salvinia me miraba con sorpresa, comprendí que me examinaba, como si antes no
me hubiera conocido. Alcira no levantó los ojos sino dos veces. Parecía temer a
Salvinia. Estábamos a la sombra de una morera muy frondosa, que nos protegía.
Me atreví a examinar por un instante a Alcira, y descubrí que sus pantorrillas
eran muy gruesas y cortas, muy cortas sus piernas. Cuando volví a mirarle el
rostro sentí alivio.
—Yo tengo que ir a Patibamba —dije.
—¿De aquí? ¿Ahora? —preguntó Salvinia.
—Tengo que irme. Hasta luego. ¿Dónde vive usted,
Alcira? —le pre-gunté.
—En el camino de la Plaza de Armas a la planta
eléctrica.
Le di la mano a Alcira y luego a Salvinia. No miré
a Antero. Corrí.
Antero dio unos pasos tras de mí. No le oí decir
nada.
Corrí por la alameda, huyendo. Volvía.
Fui a ver el cuartel. Lo estaban pintando. Diez
hombres le echaban pin-tura con unos hisopos de pellejos amarrados en el
extremo de largos palos de maguey. En la puerta hacían guardia dos soldados; un
sargento observaba el campo, apoyándose contra la pared, en la sombra. Pude
ver, por la puerta grande, unos caballos enormes, y varios oficiales cruzando
el patio. Habían cortado los arbustos que rodeaban el cuartel. Me detuve unos
instantes frente a la puerta. Luego corrí hacia Huanupata.
— ¡Alcira, Alcira!
—iba diciendo—. ¡Clorinda!
Las chicherías estaban abiertas. Entré a dos.
Varios soldados comían pi-cantes y tenían frente a sí, en las mesas, grandes
vasos de chicha. Las mozas los atendían.
"Ya tocarán música —pensé— y los soldados
bailarán. Es sábado." Los soldados hablaban en quechua, contaban historias
soeces y graciosas,
hacían juegos de palabras y se reían. Las mozas
festejaban.
No estaba en silencio el barrio. Había gente. Fui,
de prisa, a la chichería
frente a la cual me detuve aquel día del motín de
las cholas, a mi vuelta de Patibamba; la encontré abierta. Era la de doña
Felipa. Entré. Más soldados había allí. No me detuve en las mesas. Seguí de
frente, hasta el corral. En-contré un perro amarrado a una estaca. Estaba
estirado en el piso inmundo, entre los desperdicios. Las moscas zumbaban en
mantos, oscurecían el aire. No me gruñó el perro. Me acerqué a él. Entró un
soldado y orinó a la pared. Luego me miró detenidamente.
—¿Tu perro? —me preguntó.
—De doña Felipa —le dije.
— ¡Judido!
Le daremos un tiro. Un tirito no más.
—Con los chunchos, dicen, ha de volver doña Felipa
—le dije.
El soldado se echó a reír.
—Será pues su alma. Ella judido ya, en San Miguel.
¡Seguro! Estaba borracho.
—No hay para ejército ¡caray! Nosotros, yo, patrón,
jefe. La mujer aquí, llorando, llorando; pero echa no más. Rico ¡caray!
abanquina. Llorando bo-nito, caray.
Salí. Le pregunté a una de las mestizas quién había
abierto la chichería.
—Su esposo de doña Felipa —me dijo. Y lo señaló.
Estaba sentado en una de las mesas, con dos cholas.
Tenía la piel roja como la de los rocoteros
viciosos. Cortaba un gran rocoto verde amarillo. Lo cortaba cuidadosamente.
Sudaba por la frente.
—¿Cierto han matado a doña Felipa? —le pregunté a
la mestiza, mirán-dola a los ojos.
—¡Jajayllas! ¡Jajayllas! —gritó ella; se rió—.
Soldado borracho seguro sueña —dijo—. ¡Borracho es borracho! ¡Andate de aquí
niño! —Me em-pujó.
Salí a la calle. El soldado que me habló en el
corral se acercaba, tamba-leándose, a una mesa.
El camino al río empezaba, allí, muy cerca. La
pequeña cruz policro-mada, que señala el punto de partida de los largos
caminos, aparecía, cla-vada sobre una piedra, en la bocacalle; la tela blanca
que le servía de sudario flameaba con el viento.
Me lancé a la carrera. Debía ir al Pachachaca, al
puente. Ver el rebozo de la cabecilla, los restos de la sangre de la bestia que
degollaron; mirar el río y hablarle, darle mis encargos, y preguntarle por
Clorinda.
Vi al Padre Augusto que bajaba la cuesta, por la
otra banda, montado en una muía, muy cerca ya del río. Recordé, en ese
instante, que lo habían hecho llamar de la hacienda Raurabamba para que dijera
misa en la capilla. Debía ocultarme antes de llegar al puente, y dejarlo pasar.
Me escondí tras un árbol de guayaba aprisionado por enredaderas. Las pequeñas
hojas de la enredadera se extendían sobre el muro que orillaba el camino y
escalaban el árbol, envolviéndolo; sus frutos eran unas vainas plateadas de carne
sedosa y dulce. Cogí algunos y los fui mascando, mientras observaba al Padre
acercarse al puente. Lo cruzó, al paso lento de la bestia. Descubrí luego a la
opa, a la demente del Colegio, corriendo medio
oculta entre los arbustos, a cierta distancia del Padre, tras él. Divisé en ese
instante el rebozo de doña Felipa sobre la cruz de piedra del puente; el viento
lo sacudió. Era de color anaranjado.
La opa llegó al puente, siempre a la carrera; entró
a la calzada y se de-tuvo frente a la cruz. Observó la tela de Castilla del
rebozo. Permaneció un rato junto a la cruz, miró el camino, hacia este lado del
río, y lanzó un mugido. No era muda, pero no podía gritar sino de ese modo.
Mugió varias veces. Bajé, entonces, hasta alcanzar una piedra alta que había
cerca del río, en el límite de un campo de caña. Desde la cima de la piedra vi
que el Padre Augusto se detenía en el camino y llamaba con la mano a la demente;
ella también lo llamaba. El Padre espoleó a la muía y abandonó a la opa. Temí
por ella. El puente es altísimo y el agua atrae, moviéndose en remolinos,
sal-picando sobre los contrafuertes; y el precipicio de rocas, recto, húmedo,
que se eleva desde el puente al cielo, presiona sobre el corazón; se oye allí,
en la calzada del puente, una especie de rumor, de sonido metálico pro-fundo,
que viene de dentro del precipicio, del agua encrespada, del cielo mismo, tan
alejado, cercado por las rocas. Sabía que las bestias nerviosas corcovean en el
puente, y que entonces, los jinetes se lanzan, porque al correr cerca del
releje las bestias espantadas pueden arrojar a los jinetes al río.
La opa subió al releje. De allí no podía recoger el
rebozo. Se abrazó a la cruz y empezó a subirla, como un oso. Alcanzó un brazo
de la cruz; se
colgó de él, y llegó a poner el pecho sobre la
piedra extendida. Corrí en-tonces; ya el Padre había pasado. Bajé entre los
arbustos, rompiendo las enredaderas. La opa arrancó el trozo de castilla; se lo
amarró al cuello. Yo estaba a la entrada del puente. La opa se abrazó al eje de
la cruz, con la espalda al río, no a la calzada. ¿Cómo iba a bajar las manos de
los brazos de la cruz? Caería al Pachachaca. Quizá lo merecía. Pero fue
rodeando la piedra vertical, de pecho y de barriga, y puso ambos pies sobre el
releje. Descansó así un rato. Saltó en seguida a la calzada. Sacudió el rebozo
con gran alegría y se lo puso a la espalda. "Yo voy —pensé—. Le quito el
rebozo. Lo lanzo al río. La traeré en seguida al monte." Pero ella empezó
a correr, mugiendo, mugiendo, como una condenada. Pasó por mi lado sin mirarme.
Su rostro resplandecía de felicidad. Llamaba al Padre Augusto, o quizá a
Lleras. Desapareció en un zig-zag de la cuesta,
corriendo siempre, tan bajita y rechoncha. Mugió con esa voz característica de
los gordos cuellicortos.
Me acerqué al puente. Se habían trastornado mis
primeros pensamientos, los anhelos con que bajé al Pachachaca. Varias
golondrinas se divertían cru-zando por los ojos del puente, volando sobre las
aguas y por encima del releje de cal y canto; alejándose y volviendo. Pasaban
sobre las cruces, siempre en líneas caprichosas; no se detenían ni aquietaban
el vuelo; festejaban delica-damente, al gran puente, a la corriente que bramaba
y se iba en bullente cabalgata, salpicando en el fondo del abismo, donde me sentí,
por un ins-tante, como un frágil gusano, menos aún que esos grillos alados que
los transeúntes aplastan en las calles de Abancay.
Pero recordé a doña Felipa, a Clorinda y a la
mestiza de la chichería.
—Tú eres como el río, señora —dije, pensando en la
cabecilla y mirando a lo lejos la corriente que se perdía en una curva
violenta, entre flores de retama—. No te alcanzarán. ¡Jajayllas! Y volverás.
Miraré tu rostro que es poderoso como el sol de mediodía. ¡Quemaremos,
incendiaremos! Pondre-mos a la opa en un convento. El Lleras ya está derretido.
El "Añuco", creo, agoniza. Y tú, ¡río Pachachaca!, dame fuerzas para
subir la cuesta como una golondrina. Tengo que rondar la casa de Alcira. Y si vengo
mañana con el "Markask'a", no lo mates, pero asústalo y déjame pasar
rápido, como el canto del zumbayllu. ¡Como el canto del zumbayllu\
Me lancé a correr cuesta arriba. Tenía fe en llegar
primero que el Padre Augusto a Abancay. Me detuve un instante en el borde del
camino para contemplar el río. Las golondrinas cortaban el aire, sin producir
ruido; lle-gaban en su revoloteo hasta donde yo estaba; como estrellas negras,
se lan-zaban bajo los ojos del puente.
— ¡No seré menos yo, golondrina! —exclamé.
Pero en los límites de Patibamba tuve que
descansar. Había dejado atrás al Padre Augusto y a la opa. Ellos subían por el
camino real; yo lo cortaba por las sendas de a pie.
— ¡Atrevimiento! —me dije—. Pensar siquiera en las
hijas del puente. Son más veloces que las nubes y el agua. Pero más que yo,
ningún colegial de Abancay. ¡Ni el "Markask'a"!
Llegué a la ciudad cuando empezaba el crespúsculo.
Los soldados se retiraban, en tropa, de Huanupata.
Un sargento los arreaba, vigilándolos. Las nubes iban quemándose en llamas, del
poniente hacia el centro del cielo.
— ¡Yo, patroncito! —decía lloriqueando un soldado. Mezclaba su
cas-
tellano bárbaro con
el quechua rukana—. Yo... jefe, Aguila, wamanchallay,
patu
rialchallay} ¡Cuatro ya, judidu; sigoro
preñada, ya
de mí, en pueblo
extraño!
¡Yo...! ¡Kunapa llak'tampi ñok'achallay...!1
Lloraba. El sargento le
dio un puntapié. El rostro del
soldado se
heló,
se puso rígido. Pretendió marchar, pero volvió a
cantar, despacio: "Aguila
wamanchallay, patu rialchallay". Y
dijo: "Preñada de mí, en pueblo
extraño,
¡judidu! ".
"Si viera el puente —dije en silencio—. Si
viera el puente, este indio
rukana quizá cesaría de llorar o, bramando, se
lanzaría a la corriente, desde
la cruz."
Yo debía ir hacia la planta eléctrica, a rondar la
casa de Alcira. Debía
apurar el paso. No pude; seguí al soldado hasta la
Plaza de Armas. Cerró los ojos y marchó tanteando. Hablaba el mismo quechua que
yo. En la esquina de la plaza, el sargento hizo que la tropa se desviara a la
izquierda.
Era tarde;
el crepúsculo se hundía, ennegreciéndose. Regresé al Colegio.
1 Primeras
palabras de un huayno-.
"Oh, águila, oh, gavilán, oh, pato real".
1 "Solito,
solito, en pueblo extraño."
Seguí cantando, en mi interior, el huayno
inconcluso del soldado: "Cuando te vi desde la altura, estabas llorando
sola, águila real...".
La mayor parte de los internos ya habían llegado al
Colegio. Ellos pare-cían felices. Romero tocaba su rondín en las gradas que
conducían al corre-dor. Palacios se había sentado junto a él.
Se acercó el portero y nos dijo:
—Mañana temprano se va el Hermano al Cuzco, con el
niño "Añuco".
Ya están los caballos.
X. YAWAR MAYU
No BAJÓ a rezar el rosario el Hermano. El Padre
Director no presidió la mesa. Comimos en silencio. Palacitos alcanzó al Padre
Cárpena en el pasadizo y le preguntó en voz alta:
—¿Se va el Hermano, Padre? ¿Se va el
"Añuco"?
—No sé nada —le contestó secamente el Padre.
Palacitos regresó a la puerta del comedor.
— ¡Se van! —dijo en quechua—. ¡Ahora sí! ¡El Lleras
se condenará vivo! Le crecerán cerdas de su cuerpo; y sudará en las
cordilleras, espan-tando a los animales. Gritará de noche en las cumbres; hará
caer peñascos; sus cadenas sonarán. Y nadie, nadie, ni su madre, ya lo
perdonará. ¡Diosito!
Miró a Valle que lo examinaba.
— ¡Confiésate mañana, Valle! —le dijo en
castellano, con inesperada energía—. Con el Padre Director confiésate, para que
tengas corazón.
El
"Chipro" estaba con
nosotros.
—Me confesaré —dijo Valle, sonriendo. Y se dirigió
al patio. —Quisiera cajearlo en una pelea verdadera —dijo el
"Chipro". —Mañana, antes de la partida del Hermano —habló Chauca—.
Desafíalo
ahora. Y nos levantaremos en la madrugada. —Mañana
no —dijo Palacitos.
— ¡Mañana! —afirmó Chauca—. He oído decir que la
banda del regi-miento va a dar retreta en la plaza, después de misa, y en la
tarde. Si le
tapas un ojo no podrá pavonearse con su k'ompo, el
Valle. ¡Cajéalo!
El "Chipro" fue al patio, llamando:
— ¡Valle! ¡Valle! ¡Oye, zacuara! ¡Oye, pavo! Lo
seguimos.
Valle lo esperaba en el corredor, junto a la
primera columna.
—¿Hay retreta mañana? —le preguntó el
"Chipro". Todos los internos habíamos llegado al patio. —¿Por qué,
mañana?
—Mañana te cajeo; no así, como el otro día, en
partes blandas; mañana, hasta rompernos la cara. ¿No quieres desquitarte? Al
amanecer, en el terra-plén.
Valle dudó.
— ¡Mañana! —dijo—. Bueno. Eres un indio taimado. Me
despiertas. Y se alejó por el corredor.
—Si el Hermano se queda, no, "Chipro". Si
el Hermano se queda, ire-
mos a la retreta con el Valle —dijo Palacios.
—Valle ¿ir contigo? —preguntó el
"Chipro".
—No. El irá con sus señoritas. Pero si el Hermano y
"Añuco" se van, cajéalo. Yo voy a encomendarme por ti. Le sacarás
chocolate. Se confesará de veras, tú le obligarás.
—Ya —dijo el
"Chipro".
Era noche oscura; el "Peluca"
desapareció. Al poco rato, los internos mayores desaparecieron también. Se
fueron al patio interior.
—Los condenados no tienen sosiego —nos decía
Palacitos en el corre-dor—. No pueden encontrar siquiera quien los queme.
Porque si alguien, con maña, los acorrala en una tienda o en una cancha de
paredes altas, puede quemarlos, rodeándolos, rodeándolos, con fuego de chamizo
o con kerosene. Pero hay que ser un santo para acorralar a un condenado. Arden
como cer-dos, gritando, pidiendo auxilio, tiritando; hasta las piedras, dice,
se rajan cuando les atraviesa el gruñido de los condenados que arden. Y si oyen
tocar quena en ese instante, así, llameando, bailan triste. Pero al consumirse
ya, de sus cenizas una paloma se levanta. ¡Cuántos condenados sufrirán para
siempre su castigo! En cuatro patas galopan en las cordilleras, pasan los
nevados, entran a las lagunas; bajan también a los valles, pero poco. El Lleras
ya estará sintiendo que su piel endurece, que le aumenta la grasa bajo el
cuero. ¡Ay, pobrecito!
—¿Y su mujer?
— ¡A ella primero la devorará, Diosito!
Regresaron los internos mayores del patio interior.
El "Peluca" subió al corredor alto.
La opa estaría a esa hora contemplando su rebozo,
riéndose, o quizá lo habría escondido en algún cajón de la despensa. Había
subido la cuesta, casi bailando, con la Castilla en la espalda. No fue al
terraplén.
A altas horas de la noche oímos pasos de caballos
en el patio. Yo estaba despierto. Palacitos se arrodilló en su cama. El
"Chipro" lo sintió, después Chauca y el "Iño". Nos
vestimos.
—Despierta a Valle —dijo Chauca, cuando el
"Chipro" vino de puntillas hacia mi cama.
—No. Despidamos primero al "Añuco" —le
dije.
Salimos al corredor, juntos.
La luna menguante alumbraba el patio. Dos caballos
ensillados esperaban al pie de la escalera. Un hombre los tenía de la brida.
Una muía cargada pateaba en el empedrado, cerca de la fuente. La alcoba del
Padre Augusto estaba abierta. Salió de allí el Hermano, y la luna iluminó su
hábito blanco; el sombrero afelpado le daba sombra a la cara. Nosotros
estábamos descal-zos. Salió después el "Añuco". Nunca lo vi tan
pequeño, en esa luz y en el silencio. La cumbre de los tejados se veía muy
claramente; la luna formaba un halo en la cima de las casas. La sombra de las
paredes, de las cruces de techo, de las yerbas que crecían en los tejados,
parecía más negra, como lú-gubre y más triste que todas las cosas nocturnas. El
Hermano y el "Añuco" caminaban muy despacio. Nos vieron y no
hablaron. Yo me acerqué primero a la escalera. Al Hermano le dio la luna en el
rostro; me tocó la cabeza con las manos y me besó; se inclinó ante Palacitos y
lo besó en la frente. Cuando llegó el "Añuco" y la claridad de la
luna iluminó sus ojos hundidos, no pude contener el llanto. Pero él estaba
resuelto a no llorar. "Adiós", me dijo, y me dio la mano. Su rostro
se había alargado; llevaba una camisa blanca, al-midonada, que brillaba.
"Me voy, me estoy yendo", dijo. Y como yo no me movía, le alcanzó la
mano a Palacitos. "Te dejo mis 'daños' ", le dijo. "No dejes que
te los quiten; el Padre Augusto te los va a entregar." Me hice a un lado.
Palacitos lo abrazó. "Nadie los verá, sólo los de mi pueblo" dijo. No
lloraba. Su júbilo por el obsequio lo desconcertó. Bajó las gradas el
"Añuco". La luna le bañaba. Montaron. El Hermano partió primero. El
"Añu-co" se volvió hacia nosotros a la entrada de la bóveda; sofrenó
al caballo y nos hizo una señal de adiós con el brazo. No sólo parecía muy
pequeño sobre el caballo, sino delgado, frágil, próximo quizá a morir.
El patio quedó vacío. Palacitos me abrazó, y se
echó a llorar a torrentes.
— ¡Hermanito, hermanito, papacito! —clamaba.
La noche lo agarró; la noche, que con esa despedida
se hizo más inson-dable, sin aire, noche en que la vida parecía correr el
riesgo de esfumarse.
El "Chipro", el "Iño" y Chauca
salieron de la oscuridad donde estuvie-ron esperando.
Llevamos a Palacitos entre todos, cargándolo
suavemente.
— ¡No despierten a Valle! —pedía—. ¡Hay que
respetarlo! ¡Hay que quererlo!
— ¡No lo despertemos! Que nadie ya pele —le dije al
"Chipro".
El "Chipro" asintió con la cabeza.
—Ya no —dijo.
Escuchamos aún durante un rato, por las ventanas,
el trotar de los ca-ballos en el empedrado de la calle. Nos acostamos y
dormimos fuerte.
Valle miró al "Chipro" en la mañana.
—No me despertaste —le dijo.
—Lo aplazamos, ¿quieres? Primero la retreta, las
muchachas; para las trompadas hay tiempo. El regimiento puede irse.
Valle no contestó. Seguía interrogando con los
ojos.
— ¡Dispénsame, Valle! —le dijo el
"Chipro"—. No es por miedo. Se fue el Hermano; no quiero pelear más.
—Es razonable, muy razonable —contestó Valle; abrió
su ropero y se dedicó a examinar sus corbatas y sus temos.
El "Chipro" fue donde Palacitos y le
preguntó:
—¿Me darás un "daño" del "Añuco"?
El "Iño", Chauca y yo lo rodeamos, no le
pedimos nada. Pero él debía comprender.
Palacitos dudó, nos miró un instante,
examinándonos, y dijo casi solem-nemente:
—A Romero también. Pero no lo jugarán. Será un
recuerdo.
La retreta cambió a la ciudad. Durante la misa, el
Padre pronunció un sermón largo, en castellano. Nunca hablaba en quechua en el
templo de Abancay. Elogió al Coronel Prefecto; exaltó la generosidad, el tino,
la recti-tud del jefe del regimiento. Dijo que, sabiamente, había castigado a
cada culpable conforme a su condición y que había impuesto la paz en la ciudad.
"Las que han huido por el espanto a sus culpas, volverán —dijo—. Quizá ya
no reciban más pena que la vergüenza y las fatigas que han sufrido. Se ha hecho
escarmiento sin derramar sangre. Sólo ellas, en su barbarie, inmo-laron a un
animal generoso y pretendieron cerrar con las entrañas de la víc-tima el paso
del puente." Anunció que se instalaría en el cuartel la guardia civil
permanente, formada por gendarmes ilustrados que harían respetar el orden.
"El populacho está levantando un fantasma para atemorizar a los cristianos
—dijo—. Y ésa es una farsa ridicula. Los colonos de todas las haciendas son de
alma inocente, mejores cristianos que nosotros; y los chunchos son salvajes que
nunca pasarán los linderos de la selva. Y si por obra del demonio vinieran, no
ha de poder la flecha con los cañones. ¡Hay que recordar Cajamarca...! ",
exclamó, y dirigiendo sus ojos hacia la Virgen, con su voz metálica, altísima,
imploró perdón para las fugitivas, para las ex-traviadas. "Tú, amantísima
Madre, sabrás arrojar el demonio de sus cuerpos" dijo. Se arrodilló en el
pulpito y empezó a rezar la Salve. Las señoras y los caballeros, los mestizos y
los alumnos de los colegios y algunos comuneros, que habían llegado a la ciudad
con sus mujeres, coreaban la oración, de rodillas. "Doña Felipa: tu rebozo
lo tiene la opa del Colegio; bailando, bai-lando, ha subido la cuesta con tu
castilla sobre el pecho. Y ya no ha ido de noche al patio oscuro. ¡Ya no ha
ido! —iba hablando yo, casi en voz alta, en quechua, mientras los demás
rezaban—. Un soldado ha dicho que te ma-taron ¡pero no es cierto! ¡Qué
soldadito ha de matarte! Con tu ojo, mi-rando desde lejos, desde la otra banda
del río, tú puedes agarrarle la mano, quizás su corazón también. El Pachachaca,
el Apu está, pues, contigo. ¡Ja-jayllas!"
—Estás riéndote —me dijo Chauca, muy despacio.
Pronuncié, uniéndome al coro, las últimas palabras
del "Ave María" y luego dije: "Ya no está la sangre de la muía
en el puente, los perros la habrían lamido".
A la salida del templo, bajo el sol radiante, la
banda de músicos tocó una marcha. Era una banda numerosa; desfilaron de cuatro
en fondo, hacia el centro del parque. Los últimos soldados quedaron iluminados,
como reduci-dos por los grandes instrumentos metálicos que cargaban.
— ¡Soldaditos, soldaditos! —gritaban algunos
chicos, y todos los se-guimos.
No habíamos oído nunca, la mayor parte de los niños
de Abancay, una gran banda militar. Los pequeños soldados que cargaban, en las
últimas filas, esos inmensos instrumentos, nos regocijaban; saltábamos de
dicha. El direc-tor tenía dos galones dorados, de sargento; era muy alto; una
hermosa barriga le daba solemnidad a su gran estatura.
Formó la banda en la glorieta del parque. Yo estaba
con Palacitos y el "Chipro". Los clarinetes negros y sus piezas de
metal, tan intrincadas, nos cautivaron; yo miraba funcionar los delgados brazos
de plata que movían los tapones, cómo descubrían y cerraban los huecos del
instrumento, cómo dejaban escapar el aire y los sonidos tan distintos. Los
saxofones brillaban íntegramente; los soldados los levantaban dirigiéndolos
hacia nosotros. Can-taban con voz de seres humanos, estos instrumentos plateados
en los que no se veía ni un trozo de madera ni de metal amarillo. Sostenían un
tono, largamente, con dulzura; la voz grave inundaba mi alma. No era como la
del
gran pinkuyllu del sur ni como la del wak'rapuku
chanka. En esa plaza cal-deada, el saxofón tan intensamente plateado, cantaba
como si fuera el heraldo del sol; sí, porque ningún instrumento que vi en los
pueblos de los Andes, ningún instrumento que mestizos e indios fabrican tiene
relación con el sol. Son como la nieve, como la luz nocturna, como la voz del
agua, del viento o de los seres humanos. Sólo ese canto de los saxofones y de
las trompetas metálicas que los soldados elevaban jubilosamente, me parecía que
iba al sol y venía de él. Uno de los músicos, que tocaba el trombón, hacía
funcionar el émbolo, como un héroe de circo. Los tamboriles y el tocador del
platillo parecían brujos o duendes benéficos; veíamos en el aire algún percutor
de redoblante, girando. A instantes callaban los bajos y escuchábamos la
melodía en los clarinetes y saxofones; y luego, como un río sonoro, dominado,
que llegara de repente con todo su caudal a un bosque donde cantaran
calan-drias, elevaban su voz, sacudiendo las barandas y el techo de la
glorieta, los instrumentos metálicos, los trombones y los discos que marcaban
el compás. Un soldado en cuyo pecho resaltaban los botones dorados del
uniforme, gol-peaba los discos. Yo no sabía que tenían un nombre tan escaso,
"platillos". Los chocaba a veces con furia; los hacía estallar y me
parecía extraño que no saltaran de esos golpes, por el filo de los discos,
culebrillas de fuego. Los miraba, a ratos, atentamente, esperando.
No sólo la plaza; la fachada del templo, cubierta
de cal; las torres, los balcones, las montañas y los bosques ralos que
escalaban por las faldas de la cordillera, hasta cerca de la región helada; el
cielo despejado en que el sol resplandecía; todo estaba encantado por la música
de la banda del regi-miento, por la armonía impuesta a tantos instrumentos
misteriosos. El di-rector no nos miraba. A cada instante que pasaba nos parecía
más poderoso, de mayor estatura; su majestuosa barriga debía cumplir alguna misión
indis-pensable en la forma como él hacía callar a unos músicos, apaciguaba con
las manos los sonidos o, repentinamente, ponía en marcha las trompetas.
Cuando tocaron un huayno, se levantó un alarido
alrededor de la glo-rieta.
—Oye, "Chipro", espérame —le dije—. Voy a
declararme a Alcira. Palacitos, que se había quedado alelado al pie de la
glorieta, gritó en ese
instante:
— ¡"Chipro", "Iño", Ernesto!
¡Miren! El Prudencio, de K'ak'epa, de mi pueblo; el Prudencio toca clarinete.
¡Prudenciucha! ¡Guapo! ¡Papa-cito!
Lo señaló. Como lo apuntó con el dedo, el indio nos
hizo señas con los ojos y la cabeza.
—/Jajayllas! /Jajayllas!
Palacitos empezó a saltar, a levantar las manos.
Nos abrazaba.
— ¡El Prudencio! ¡De mi pueblo! ¡Era indio,
hermanitos! Lo llevaron mancornado en el contingente; le despedimos con
jarahuis. ¡Ahí está, to-cando! ¡Guapo! ¡Rey!
Lo dejé con el "Chipro" y el
"Iño". —Espérenme. Regreso en seguida —les dije.
Deseaba ver a Salvinia y a Alcira, a Antero. Y
luego, convertirme en halcón para volar sobre los pueblos en que fui feliz;
bajar hasta la cumbre de los techos; seguir la corriente de los pequeños ríos
que dan agua a los caseríos; detenerme unos instantes sobre los árboles y
piedras conocidas que son señas o linderos de los campos sembrados, y llamar
después desde el fondo del cielo.
Vi a Valle, paseando muy orondo, escoltando una
fila de señoritas. Su
gran k'ompo de corbata roja, de seda tejida, se
exhibía que daba risa, por lo grande, de mucho bulto para su cuello delgado,
aun para su figura cere-moniosa y el modo con que hablaba, tan cortesano,
moviendo los labios como si no fueran de él. Simulando, simulando, hacía reír a
las chicas. ¿De dónde habían salido tantas jóvenes elegantes, señoras y
caballeros? Los habrían hecho llamar de las haciendas. Sólo ellos paseaban por
la acera del contorno del parque, con los militares; en las aceras interiores y
en la calzada no andaba la gente del pueblo; estaban sentados o de pie, en
grupos. Los cole-giales de años superiores también paseaban en largas filas,
detrás de las alumnas del Colegio de mujeres.
Salvinia y Alcira y otras chicas formaban un grupo.
Más tiernas se les veía con sus uniformes. Las medias negras hacían resaltar
las pantorrillas de Alcira. Causaban desagrado. En cambio, su cabellera era
hermosa, tenía esa especie de luz del tallo de la cebada madura. El color de su
rostro recor-daba también el de la cebada molida en la era, aunque parecía algo
más oscuro, quizá como el capulí herbáceo que madura dentro de un lóbulo que
amarillea con el tiempo; un
vello finísimo cubría
su cutis; sus ojos eran
como los de Clorinda, tristes. ¿Por qué? En Clorinda era
explicable. Vivía
y había
crecido en un pueblo desolado, ventoso, rodeado de cerros secos
que florecían en el invierno, fugazmente; en el invierno, cuando hacía frío
y la neblina se asentaba durante
semanas o se deslizaba en mantos
bajos,
casi sin elevarse, descendiendo a las hondonadas y
escalando, lentamente, las montañas. "¿Qué son ustedes? Ceja de
costa", les decían a los de Saisa, pueblo de Clorinda. Ni costa ni sierra.
Ni agua de mar ni de río. Sólo la llovizna y las neblinas del invierno. No
estaba en el desierto; tampoco había
campos de labranza o de pastos permanentes; en
Saisa sólo había yerbas precarias; un manantial escaso al que venían a beber
las bestias y los zorros, desde inmensas distancias; y calabazas que los
comuneros sembraban en el fondo de las quebradas, donde alguna humedad debía
existir. Además, el novio de Clorinda era cerdudo y de manos callosas. Ella era
la única flor perma-nente en Saisa, rara como su región nativa; inolvidable; su
voz algo ron-quita, quizá por la humedad y la belleza de los inviernos. No se podía
estar cerca de Alcira, con el recuerdo de la niña de Saisa. Las pantorrillas y
lo ancho de su cuerpo irritaban. Había que irse.
No vi a Antero. Caminé un poco tras de Salvinia.
Ella y sus amigas procuraban no mirar de frente a los jóvenes. Me sentía más
seguro que otras veces. Mis zapatos de charol eran elegantes; llevaba corbata;
los pu-ños de mi camisa eran algo largos. Mi traje nuevo no me azoraba ya.
Levanté la cabeza. Me crucé con el Coronel y un grupo de caballeros que lucían
ca-denas de oro en el chaleco; me hice a un lado sin sentir esa especie de
apo-camiento e indignación que me causaban: "Que pasen", dije. Dos
jóvenes que no había visto antes, se acercaron al grupo de muchachas en que
estaba Salvinia. Se presentaron muy gentilmente antes ellas. Y el más alto se
de-tuvo junto a Salvinia.
—Soy el hijo del Comandante de la Guardia. Llegué
ayer —le oí decir. Las invitó a seguir caminando, y él tomó del brazo a
Salvinia para sepa-rarla de sus compañeras e ir junto a ella. Los dejaban
intervenir, ruborizán-
dose, atolondradas, pero creo que radiantes.
Me enfurecí. Seguí tras el grupo, ofuscado, sin
conocer a las personas. Pero en la esquina, subido en el sardinel, vi a Antero.
Sus ojos habían enro-jecido; estaban turbios, como los de un perro bravo al que
le hincaran en la boca con un bastón. Me detuve junto a él.
—Lo voy a rajar —me dijo—. ¡Ahora mismo! La banda
tocó una marinera. Era cerca de las doce.
Esperó que se alejaran unos pasos. Oímos que
Salvinia reía. Antero fue tras ellos, a trancos. Lo seguí.
Le tocó el hombro al joven. "Es el hijo del
Comandante", le había ad-vertido.
—Oiga —le dijo—.
¡Oiga, voltee!
Se detuvo. Los demás se volvieron hacia nosotros.
Como venían más fi-las de paseantes, nos retiramos a un extremo de la acera,
hacia la calzada, todos. Salvinia palideció. Vi que quiso acercarse adonde
estábamos los cua-tro hombres; nos miraba con extravío.
—Más acá —advirtió Antero al joven—. Ustedes
¡sigan! —les dijo a las muchachas. Ellas obedecieron; se alejaron a paso
rápido.
Antero nos llevó hasta el campo de higuerillas. Los
dos jóvenes, tomados de sorpresa, caminaron. No estaba lejos el campo. Unos
veinte metros. Creí que el hijo del Comandante haría algo por detenernos. Los
sojuzgó Antero. Nos dominó a todos; quizá yo contribuí con mi furor a
precipitarlo. La voz del "Markask'a" tenía el tono con que me habló
la noche del sábado, día del motín, cuando regresábamos de la alameda.
—Oiga —le dijo al joven, ya en el campo—, esa
muchacha, a la que
usted tomó del brazo, es mi enamorada. Soy Antero
Samanez. Si usted desea pretenderla, tiene que hacerme desaparecer, o, más
difícil, amansarme. Soy del Apurímac.
Lo vi, nuevamente, como si tuviera ya polainas y
fuete. ¡Claro! Podía matar colonos en su hacienda, "fácil", como me
había confesado el día an-terior.
—¿Sabe usted que soy hijo del Comandante? —dijo el
joven, increíble-mente nervioso. Temblaban algo sus labios.
—Su padre —le contestó Antero—. ¡Acaso su madre sea una perra!
El otro se le echó encima, el otro muchacho, el
testigo. Antero se agachó a tiempo, lo tomó de las piernas y lo lanzó contra la
pared vieja que nos protegía de la vista de los paseantes del parque. Los
lunares de Antero se avivaron, creo que palpitaban.
—Me importa una m ... esa cholita —gritó el hijo
del militar. Y se lanzó a correr hacia el parque. Antero no pudo detenerlo.
El otro se levantó.
—Vamos más lejos —dijo—. Yo o tú tiene que pedir
perdón de rodi-llas. Yo también soy hijo del Comandante. ¡Que no vayan a
separarnos!
La banda tocó una marcha; se iba ya. Yo tenía que seguir a los músicos.
Palacitos debía presentarme a Prudencio.
—No tengo nada con usted. Lo he ofendido sin
querer. Yo me arrodillo.
¡Yo me arrodillo, joven! ¡Pero
de hombre! —dijo Antero.
Se inclinó de veras, el "Markask'a"; puso
una rodilla en la tierra, donde había excrementos humanos; porque tras la pared
vieja, los transeúntes se ensuciaban.
El otro muchacho lo contempló sorprendido; vi el
extravío en sus ojos, y luego la llama de su espíritu, encendiéndose.
—Soy de Piura —dijo—. No creí que en Abancay, en
Abancay...
Levantó al
"Markask'a". Le dio la mano.
—Voy tras de los músicos —dije.
Me eché a correr, dejándolos solos; la velocidad de
mi carrera era nada, menos que nada para el impulso que llevaba dentro.
— ¡El Prudencio! ¡El "Markask'a"! ¡Yo!
—exclamaba a gritos—. ¡Pa-lacitos!
Encontré la plaza despejada; no se oía ya la
marcha. Seguí corriendo. Alcancé a los soldados cerca del cuartel. Palacitos se
había detenido al borde de la carretera. La banda entró por la gran puerta de
arco del cuartel. Mar-charon los músicos formando un ángulo recto frente a la
vereda de piedras que se extendía del campo al cuartel.
—Voy a esperar a Prudencio a la tarde, aquí —me
dijo Palacitos. —Yo vendré contigo.
—No. En la chichería de doña Felipa me esperarás.
Voy a hablar primero con él, de mi pueblo.
—¿Yo no puedo oír, Palacitos?
—De mi pueblo, pues, vamos a hablar. Tengo que
contarle; después vamos a ir a la picantería; seguro.
—¿Y si no sueltan al Prudencio en la tarde?
—La retreta es a las seis, él saldrá después del
rancho. Mejor espero; anda tú al Colegio. Ruégale al Padrecito de mí; dile que
estoy esperando a mi paisano. Corre, mejor.
—¿Y si no lo sueltan?
—Rogaré en la puerta, ¡seguro! Le rogaré al
Sargento —me dijo, com-prendiendo que yo dudaba.
Lo dejé al borde del ancho camino de tierra que
llegaba al cuartel. Los chicos del pueblo y algunos mestizos pasaban aún, del
cuartel hacia el centro de la ciudad; otros subían a los caseríos por los
caminos de a pie que ser-penteaban en la gran montaña, perdiéndose por trechos,
entre la maleza y los árboles.
"Hablarán a solas de su pueblo, como yo lo
haría si entre los músicos hubiera encontrado a un comunero de mi aldea nativa.
¡Un hijo de Kokchi o de Felipe Maywa! —iba pensando yo, de regreso al colegio,
obsesionado con la idea de ese descubrimiento y encuentro tan repentino del
indio de K'ak'epa y Palacios—. Preguntará el Prudencio por todos sus parientes,
por las muchachas casaderas, por los mozos, por los viejos y abuelas, por los
músicos de su aldea; algún arpista, algún famoso tocador de quena, de man-dolina,
o de quirquincho; preguntará por los maestros que los fabrican; por los
tejedores y tejedoras. ¿Qué moza hizo el poncho o el chumpi más cele-brado?
¿Para quién lo hizo? Reirían. El Prudencio haría chistes sobre tal o cual
personaje; acaso un tuerto cascarrabias, algún vecino avaro, o el propio cura,
y las beatas; o algún burro rengo pero servicial que al trotar balan-ceara en
el aire a su dueño. Si fuera una muchacha quien lo montaba, ¡fes-tejarían las
historias con más estruendo! Palacitos se retorcería de risa. El clarinetero
preguntaría también por los animales famosos de la aldea; quizá una yunta de
bueyes aradores poderosos, codiciados, que por fortuna, algún
pequeño propietario
poseía; las vacas madres, adoradas por sus dueños; y
los perros, los gallos; los perros, especialmente.
Esa región, la oriunda de
Palacitos, es
de pumas y
zorros; algún
perro habría, valiente y fuerte, que
por haber destrozado zorros o recibido grandes
heridas persiguiendo a los pumas, sería famoso y festejado en el pueblo.
Después, Palacitos fatigaría al maestro preguntándole por su vida de soldado.
¿Cómo llegó a aprender
a tocar ese instrumento que sólo en los pueblos
grandes existe? ¿Cómo, cómo pudo? ¿Qué era un coronel? Quizá había visto a un
general. Y él, el Prudencio, ¿manejaba ametralladoras? ¿Cómo era esa arma, a
qué distancia llegaban sus balas? ¿Y era verdad que un disparo de cañón podía
abrir una bocamina, destripar toda una manada de bueyes y decapitar un millón
de hombres puestos en fila? ¿Que la sangre de ese miÚón de hombres podía correr
y salpicar, y formar espuma como un río? ¿Y que un general o un capitán estaban
tan bien templados que podían brindarse aguardiente a la orilla de ríos de
sangre? ¿Y que un sargento no alcanzaba nunca ese tem-ple, aunque en las
guerras se enfurecían más que los coroneles y destripaban a los cristianos con
los cuchillos que llevaban en los desfiles a la punta de los máuseres?
"Dicen que como un perro, en la guerra, los soldados, por la rabia, hasta
lamen la sangre; que se levantan después, como un degollador, manchados hasta
la quijada, hasta el pecho, con la sangre, y avanzan gritando;
ni el trueno, ni el condenado asusta como ésos,
dicen. ¡El cristiano, el cris-tiano, hermanitos! ", nos contaba Palacios,
en las noches, sentado en las gra-das del corredor. A mí me infundió su terror
por la guerra. Con él, muchas veces, pensamos que mejor era morir antes de los
21 años. "A los muertos de la guerra ni la madre luna los compadece. No
llora por ellos, dicen. Ni en los dientes del cadáver su luz alumbra; al revés,
los dientes del cadáver se vuelven negros, dicen, con la luna. En los campos
donde ha habido guerra los huesos han de padecer hasta el día del juicio. Los
buitres vomitan cuando han comido a un cadáver de esos."
Palacitos no tenía fin cuando hablaba de los
muertos y de los condena-dos. Después de oírle nos íbamos a la cama como a un
abismo helado, a temblar.
Ahora hablaría con el Prudencio de sus temores, de
los militares que le espantaban, de las máquinas que manejaban, adiestrándose
para matar;
y nos contaría después sus descubrimientos. El
encuentro con el músico le había hecho olvidar aun de los "daños" que
el Padre Augusto debía entre-garle, a la misma hora en que él, en ayunas,
esperaba al clarinetero, de pie en la carretera, con el cielo todo ardiendo
sobre su cabeza. Porque ni una nube se levantó; estaba el día despejado; y él,
como yo, no era valluno.
Yo iba reflexionando, en las calles, sobre estos
recuerdos. Debía caminar muy despacio.
Cerca del Colegio vi aparecer a un kimichu 1 de la
Virgen de Cocharcas. Desembocó en la esquina, por la ruta del camino al Cuzco.
Junto a la puerta del Colegio me crucé con él. Tocaba su chirimía, convocando a
la gente. Un lorito iba sobre la urna de la Virgen; lucía alegre, muy
emplumado, mirando a los transeúntes. Pero más que el canto de la chirimía, que
yo había oído en las altas regiones donde la voz de los instrumentos solitarios
suena crista-linamente, me llamó la atención la cara y el aspecto del acompañante
del peregrino. Ambos vestían como los indios de Andahuaylas, de bayeta blanca
moteada de gris. El acompañante tenía barba, casi rubia; su saco era
cortí-simo. Una bufanda gruesa, de fondo oscuro, en la que resaltaban grandes
figuras de flores entre líneas ondulantes, como de tallos acuáticos, de color
amarillo, le cubría el cuello. Iba el hombre con la cabeza gacha; sus cabellos
caían, en crenchas, sobre la bufanda. Me miró. Sus ojos eran claros,
transmi-tían alguna inquietud profunda. Quizá era un demente. Le seguí unos
pasos. Empezó a cantar en quechua, en altísimo tono. Su voz era como sus ojos,
penetrante. El himno que cantaba era lento. La gente que lo seguía y los
muchachos guardaron silencio. El himno se escuchó mejor. El kimichu aquietó el
paso. Yo no podía seguirlos más lejos. El cantor tenía los labios man-chados
por el zumo de la coca. Vi que en una mano llevaba un "porito" con
boquilla de metal, para la llipta} "¿De dónde es, de dónde?", me
pregunté sobresaltado. Quizá lo había visto y oído en alguna aldea, en mi
infancia, bajando de la montaña o cruzando las grandes y peladas plazas. Su
rostro, la
1 Peregrino
indio músico que viaja por los pueblos cargando un retablo de la Virgen.
Recauda limosnas.
1 Cal o ceniza
de quinua.
expresión de sus ojos que me atenaceaban, su voz
tan aguda, esa barba rubia, quizá la bufanda, no eran sólo de él, parecían
surgir de mí, de mi memoria. Se fueron. Un pequeño grupo los seguía. "Lo
buscaré", dije. "Será fácil en-contrarlo en Abancay"; y entré al
Colegio.
Un arpista tocaba en la chichería de doña Felipa,
solo. Me extrañó que no le acompañara un violín. Es la orquesta común en los
pueblos: violín y arpa. Pocos arpistas muy famosos conocí que eran contratados,
solos, para las fiestas, y se bastaban. Alguien cajeaba sobre la delicada
madera del arpa para marcar el ritmo y animar el baile. La voz de las buenas
arpas se escucha dulce y nítidamente. A medianoche, según las fiestas, los
celebrantes salen a bailar a las calles y a la plaza. El arpista carga el instrumento
sobre el pecho y el hombro, con la parte ancha hacia arriba y las cuerdas de
alambre cerca de la quijada. En el campo abierto, la voz del instrumento no se
debilita. Puede oírsele a más de una cuadra, desde todas las bocacalles de una
plaza. Por el estilo del acompañamiento, reconocían a los arpistas célebres,
contra-tados a veces en pueblos muy lejanos. "Quizá sea éste un gran
arpista", pensé, al ver al hombre sentado en un extremo de la picantería,
frente a su instrumento.
Los muchachos de mi edad solían ir a las
picanterías, aunque rara vez solos. No me senté. Permanecí de pie cerca del
arpista, apoyándome contra la pared. Llegaban ya los parroquianos. Yo hubiera
deseado haberme vestido con mi traje viejo; pero no era posible en día domingo.
Me miraban con extrañeza, muchos. Las mozas que atendían me reconocieron y
sonreían entre complacidas y burlonas. La que me habló de doña Felipa me trajo
un gran vaso de chicha. El arpista empezó a templar en ese momento las cuerdas.
¿Cómo iba a tomar yo tanta chicha sin estar sentado
junto a una mesa? Me miró ella con expresión triunfante.
— ¡Toma, pues, niño! —me dijo. No, no se burlaba de
mí. Se reía.
—Toma, pues, niño. Como para hombre te he traído.
Miré a un lado y a otro. El arpista se volvió hacia
mí y también se echó
a reír.
Yo levanté el vaso con ambas manos y, tras dos o
tres pausas, vacié toda
la chicha en mi garganta. Terminé agitado. la
cara sucia; sus
pechos altos
— ¡Caray, guapo!
—dijo la moza. Tenía
y redondos se mostraban con júbilo bajo su monillo
rosado.
Sentí un violento impulso por salir a la calle, y
esperar afuera a Pala-
citos.
—Oirás pues al Papacha 1
Oblitas —me dijo la moza, señalando al ar-
pista—. De doña Felipa también va a cantar.
Me recibió el vaso y se fue hacia la cocina. Sus
lindas caderas se movían
a compás; sus
piernas desnudas y sus pies descalzos se
mostraban sobre el
sucio suelo, juvenilmente.
Caminaba rápido, a
paso menudo, su
cabeza incli-
1 Puede
traducirse por "Gran padre":
es un mote admirativo.
nada a un lado de su pequeño rebozo morado. El
arpista había observado mi inquietud, socarronamente; lo sorprendí mirándome.
— ¡Buena, muchacho!
—me dijo.
Comprendí que debía ser un músico de gran
experiencia. Habría estado en mil fiestas de mestizos, señores e indios; y si
le decían Papacha no podía ser sino porque era un maestro, un maestro famoso en
centenares de pue-blos. Yo debía irme, o sentarme junto a alguna mesa. Mis
zapatos de hule, los puños largos de mi camisa, mi corbata, me cohibían, me
trastornaban. No podía acomodarme. ¿Junto a quién, en dónde? Cuatro soldados
entraron a la chichería en ese instante. Uno de ellos era cabo. Se sentaron
cerca del arpista, alrededor de una mesa. El Cabo llamó para que lo atendieran.
—Oye, ven, moza de lindos cabellos 1 —dijo en
quechua cuzqueño.
Cuando la moza se acercó, el Cabo le dirigió una
frase sensual, grosera.
Los soldados rieron. Me descubrió el Cabo.
—Con la muchacha, jugando, pues. No ofendiendo; de
cierto, joven —dijo en castellano.
— ¡Asno, asno!
—dijo la muchacha.
—No asno; enamorado, como borrico —le contestó el
Cabo, y reímos todos.
El arpista continuó templando su instrumento.
Seguramente era un Pa-pacha. Templaba rápido, arrancando de las cuerdas
arpegios y escalas muy sonoras. No se quedaban las notas a ras del suelo, como
cuando el arpista es tímido o mediocre. En el techo de la chichería se
balanceaban hilachas de hollín negro. Entraban más soldados, pero no llegaban
el Prudencio y Palacitos. Debía irme.
El arpista comenzó a tocar un huayno. No era de
ritmo abanquino puro. Yo lo reconocí. Era de Ayacucho o de Huancavelica. Pero
algo del estilo del Apurímac había en la cadencia del huayno. Cantó. El
semblante de los pueblos de altura, del aire transparente, aparecieron en mi
memoria:
Utari pampapi En la
pampa de Utari,
muru pillpintucha mariposa manchada,
amarak wak'aychu no llores todavía,
k'ausak'rak'mi kani aún estoy vivo,
kutipamusk'aykin he
de volver a ti,
vueltamusk'aykin he de volver.
Nok'a wañuptiyña Cuando yo me
muera,
nok'a ripuptiyña cuando yo desaparezca
lutuyta apaspa te vestirás de luto,
wak'ayta yachanki aprenderás a llorar.
¿Por qué el maestro Oblitas, eligió ese canto para
iniciar la música ese domingo? No había oído nunca en Abancay ni letra ni
melodía tan tristes.
1 "Yau
suni chujcha, hamuy".
En el instante en que empezó el tercer cuarteto,
ingresó a la chichería el cantor acompañante del kimichu de la Virgen de
Cocharcas. Caminó algo agachado entre la gente; vino hacia el arpa. Tenía aún
la bufanda suelta, las figuras impresionaban lo mismo en la calle, a plena luz,
que en ese tugurio oscuro. El amarillo de las líneas onduladas parecía
alumbrar, las flores se destacaban como si tuvieran bulto y no como dibujos de
un tejido. Eran flores enormes y ocupaban casi todo el ancho de la bufanda; una
rosa, un clavel rojo con su corola, en fondo negro denso. En ningún pueblo
había visto tejido tan grueso; ni las medias de los morochucos, ni los chullos
1 del sur. Cuando la vi de cerca comprobé con sorpresa que la bufanda estaba
sucia.
El maestro Oblitas continuó cantando:
Kausarak'mi kani alconchas nisunki luceros nisunki
kutimusk'rak'mi vueltamusak'rak'mi. Amarak'wak'aychu muru pillpintucha,
saywacha churusk'ay manaras tuninchu tapurikamullay.
Aún estoy vivo,
el halcón te hablará de mí,
la estrella de los cielos te hablará de mí, he de
regresar todavía,
todavía he de volver.
No es tiempo de llorar,
mariposa
manchada,
la saywa2 que elevé en la cumbre no se ha
derrumbado, pregúntale por mí.
El arpista siguió tocando la melodía. Las estrofas
del huayno habían con-cluido.
El acompañante del kimichu pidió chicha. Estuvo
mirando al arpista que cantaba. Sus ojos claros brillaban como los de un
gavilán en la penumbra; me alcanzaban. " ¡Yo lo he visto! ¿En
dónde?", volví a preguntarme. Bebió un gran vaso, un "caporal"
de chicha. Luego se acercó más al maestro. El arpista tocaba la melodía en las
cuerdas de alambre. Se detuvo el hombre detrás del arpa, junto a mí. Era bajo,
muy bajo, casi un enano, y gordo. En la calle, mientras entonaba el himno
solemne de la Virgen, no pude percibir su verdadera estatura. Debió darse
cuenta de que lo examinaba obsesionada-mente. "Arpista, bueno", me
dijo con su voz aguda, señalando al músico. Cuando concluyó la melodía, él la
recomenzó, cantando:
Paraisancos
mayu Río
Paraisancos,
río caudaloso caudaloso río,
aman pallk'ankichu no
has de bifurcarte
kutimunaykama hasta que yo regrese,
vueltamunaykama. hasta que yo vuelva.
1 Gorro que
cubre la cabeza y parte de la cara.
2 Montículo de
piedra que los viajeros levantan en las abras.
Pall'ark'optikik'a Porque si te bifurcas,
ramark'optikik'a si
te extiendes en ramas,
challwacha
sak'esk'aypin en
los pececillos que yo he criado
pipas challwayk'ospa alguien se cebaría
usuchipuwanman. y
desperdiciados, morirían en las playas.
El ritmo era aún más lento, más
triste; mucho
más tristes el tono y
las palabras. La voz aguda caía en mi corazón, ya
de sí anhelante, como un río helado. El Papacba Oblitas, entusiasmado, repitió
la melodía como la hubiera tocado un nativo de Paraisancos. El arpa dulcificaba
la canción, no tenía en ella la acerada tristeza que en la voz del hombre. ¿Por
qué, en los ríos profundos, en estos abismos de rocas, de arbustos y sol, el
tono de las canciones era dulce, siendo bravio el torrente poderoso de las
aguas, teniendo los precipicios ese semblante aterrador? Quizá porque en esas
ro-cas, flores pequeñas, tiernísimas, juegan con el aire, y porque la corriente
atronadora del gran río va entre flores y enredaderas donde los pájaros son
alegres y dichosos, más que en ninguna otra región del mundo. El cantor siguió
acentuando el lamento en los otros versos:
Kutimuk', kaptiyña pallkanki ramanki. Kikiy,
challwaykuspay uywakunallaypak'. Yaku faltaptinpas, ak'o faltaptinpas ñokacha
uvwakusak'i warma wek'eywanpas, ñawi ruruywanpas.
Cuando sea el viajero que vuelve a ti te
bifurcarás, te extenderás en ramas. Entonces yo mismo, a los pececillos, los
criaré, los cuidaré.
Y si les faltara el agua que tú les das, si les
faltara arena
yo los criaré
con mis lágrimas puras, con las niñas de mis ojos.
¿Quién puede ser capaz de señalar los límites que
median entre lo he-roico y el hielo de la gran tristeza? Con una música de
éstas puede el hombre llorar hasta consumirse, hasta desaparecer, pero podría
igualmente luchar contra una legión de cóndores y de leones o contra los
monstruos que se dice habitan en el fondo de los lagos de altura y en las
faldas llenas de som-bras de las montañas. Yo me sentía mejor dispuesto a
luchar contra el demo-nio mientras escuchaba este canto. Que apareciera con una
máscara de cuero de puma, o de cóndor, agitando plumas inmensas o mostrando
colmillos, yo iría contra él, seguro de vencerlo.
Los concurrentes dejaron de tomar y de conversar.
Nadie intentó bailar. Cuando dejó de cantar el acompañante del kimichu, el Cabo
se acercó a él con un vaso de chicha; le brindó y quisó llevarlo a su mesa. El
no aceptó. Se sentó en el piso, detrás del arpa. Yo me agaché y le pregunté con
voz fuerte, en quechua:
—¿No has estado en Aucará, en una fiesta del Señor
de Untuna, con otro kimichu, hace años?
—He estado —me dijo.
—¿Cantaste en la orilla de la laguna, en un canchón
donde dicen que apareció el Señor?
—Sí.
—¿Y te entró una espina de anku en el pie, cuando
caminabas; y mi padre, un señor de ojos azules, te dio media libra de oro?
— ¡Claro! Tú eras un niñito, así, asisito —y señaló
la altura sobre el suelo.
Seguimos hablando en quechua.
Me senté junto a él. La moza nos trajo chicha. Se
rió francamente vién-dome en el suelo junto al cantor. La chichería estaba
llena ya de parroquia-nos y forasteros.
—¿Ese canto es de Paraisancos?
—No. De Lucanamarca es. Un mozo, volviendo de la
costa, lo ha can-tado. El lo ha hecho, con música de pueblo. Lo oí, aquí, desde
la calle, y he entrado. Yo, pues, soy cantor.
—¿Y el mozo?
—Se regresó a la costa; don Luis Gilberto. —¿Don?
—Don. Ya está caballero. Mi primo es, tiene negocio
de sastrería. —¿Y tú?
—Andando, andando, con la Virgen de Cocharcas.
¡Cuánto tiempo! Nunca canto en chichería. Pero de mi hermano su canto es,
fuerte. Cuando regresó a su pueblo, todas las muchachas de él ya tenían dueño.
Sufrían. La mujer sufre.
—¿Y la bufanda?
—De Paraisancos. ¡Seguro! —¿De tu mujer?
—¿Mujer? Ando, ando, por el mundo entero, con la
Virgen. Una tuer-tita me lo ha tejido.
—¿Una tuertita?
—Rápido lo hizo. ¿Acaso destiñe? Siempre firme su
color. —¿Pero la Virgen es de Cocharcas? Paraisancos es lejos.
—Yo peregrino; andando vivo. A Lucanamarca no voy
desde joven-cito.
—¿Y la tuerta?
—De Paraisancos, pues, de la Virgen. ¡Seguro! —¿Y
la urna?
—Antigua, de la Virgen.
Le repetí los nombres de veinte pueblos distintos.
Todos los conocía. —Y tú, niño, ¿por qué andas?
—Mi padre también, peregrino.
En los ojos del cantor se había disipado mucho del
misterio. Me miraban familiarmente, con una ternura que me fortalecía. Tomé un
extremo de su bufanda en mis manos.
El cantor olía a sudor, a suciedad de telas de
lana; pero yo estaba acos-tumbrado a ese tipo de emanaciones humanas; no sólo
no me molestaban, sino que despertaban en mí recuerdos amados de mi niñez. Era
un indio
como los de mi pueblo. No de hacienda. Había
entrado a la chichería y había cantado; el Cabo le rindió homenaje; y la
chichería también; ahora estábamos sentados juntos. No vi al marido de doña
Felipa.
—Comeremos picantes. Te convido —le dije al
cantor—. ¿Cómo te llamas?
—Jesús Warank'a Gabriel.
—¿Gabriel?
—Jesús Warank'a Gabriel.
—Jesús; ¿tenías un chullu rojo oscuro, de color
entero, cuando estuviste en Aucará?
— ¡Claro, niño!
Grosella era.
—Te distinguías también por eso en la pampa, cuando
rodeábamos el lago. Tú sólo tenías chullu de ese color. Cientos de palomas
volaban de un extremo a otro del lago, a los montes de espinos. Los patos
nadaban serpen-teando, marcando su camino en el agua.
— ¡Eso sí, niño! ¡Tanto espino había en la pampa!
En el agua aparecía también el monte de espinos.
—¿Vamos a comer picante? Mi padre me ha mandado
plata, de Co-racora.
— ¡Caray, Coracora!
Lindo tocan charanguito.
No había ya mesas desocupadas. El maestro Oblitas
tocaba dulces huaynos de Abancay. El Cabo y los soldados bailaban entre sí. Se
les había escapado una de las mozas de la chichería, la misma que me obsequió
el vaso de
chicha; sirvió
a algunas mesas
y volvió en seguida donde los soldados. Bailó
con la cabeza
inclinada; sus
brazos rollizos llevaban el aire de la
danza,
moviéndose tiernamente; zapateaba menudo, levantando
el pie derecho, o
avanzaba de un lado a otro entre los soldados,
impulsada por el ritmo ale-gre. Me sentía feliz. Nos quedamos de pie
contemplando a la moza, espe-rando pasar hacia la cocina.
No bailaban los otros parroquianos mestizos,
miraban a los soldados. Me
intrigaba la ausencia del marido de doña Felipa.
—Huayno abanquino,
hermoso; el
corazón entibia viendo bailar, oyendo
—dijo don Jesús, siempre en quechua.
El maestro Oblitas cantaba:
Jilgueroy, jilgueroy, ¡Oh! mi jilguero, jilguero,
mañoso; mañoso.
abaschallaytas suwanki Tú
robas en mis campos de habas,
jilgueroy; jilguero.
sarachallaytas suwanki Tú
robas en mis campos de maíz,
jilgueroy. jilguero.
Abaschallayta
suwaspas Simulando robar
en mi campo
de
jilgueroy, jilguero, [habas,
sarachallayta suwaspas simulando robar en mi campo de maíz,
jilgueroy, jilguero,
sonk'ochallayta
suwanki, mi pequeño corazón robaste,
jilgueroy. jilguero.
Concluyó la danza con una "fuga" de ritmo
vivo. Los soldados zapatearon con energía. Sudaban ya.
Hubo una pausa. Me acerqué a la cocina y pedí
picantes. Dirigía la co-cina una mestiza gorda, joven, con varios anillos en
los dedos. Aretes de oro pendían de sus orejas.
—¿Usted es amistad de doña Felipa? —le pregunté en
quechua. Ella asintió moviendo la cabeza.
—Yo en Patibamba repartí sal a las mujeres —le
dije. Sonrió. —Mi comadre, pues, doña Felipa. Hemos botado a don Paredes. —¿Don
Paredes?
—Ocioso, pues. A otra picantería se habrá ido. —Y
volvió a sonreír.
—Para el cantor más, sírvanos.
En platos grandes nos sirvió, junto a la cocina. De
pie, empezamos a saborear los picantes. Quemaban como el propio diablo, pero el
cantor se regodeaba con ellos. "¡Rico, pues!", decía.
La chichera no nos prestó mucha atención, ni aun
cuando le hablé de doña Felipa. Miraba al arpista.
No la moza que bailó, sino otra, de mayor edad, se
acercó al músico.
Vimos que le dictaba una melodía.
—Ya —dijo el maestro Oblitas.
Tocó una danza, como un jaylli de Navidad. El ritmo
era muy semejante al contrapunto final de un jaylli. Los parroquianos se
sorprendieron. Don Jesús y yo esperamos, mirando al músico. La mestiza empezó a
cantar:
"Huayruros", "huayruros" Dicen
que el huayruro, huayruro,
mana atinchu no
puede
mana atinchu, no puede, poder!
maytak'atinchu ¡cómo
ha de
Imanallautas atinman Por qué ha de poder
¡way! a.tinman ¡huay! qué ha de poder
manchak' wayruro el
espantado huayruro
Doña Felipa makinwan con
la mano de doña Felipa,
Doña Felipa kallpanwan. con
la fuerza de doña Felipa.
"Huayruroy" "huayruro", Huayruro, huayruro,
maytas atiwak' qué has de poder,
maytas chinkanki adonde
has de huir.
Doña Felipa mulallan De
doña Felipa la muía
chunchul mulallan las
tripas de la muía
chinkachiyta chinkachin de
perder, te perdieron
huayruroy huayruroy. huayruro, huayruro.
Los soldados dudaban. El rostro del Cabo pareció
enfriarse; a pesar de su embotamiento, vi que en sus ojos bullía un sentimiento
confuso.
Uno de los soldados pretendió levantarse. No era la
indignación lo que se reflejaba en sus ojos sino el destello que el golpe
súbito del ritmo enciende en los bailarines. Quizá fue en su pueblo danzante de
jaylli o de tijeras, querría desafiar a algún otro, porque la fuga del jaylli o
la danza de tije-
ras, son bailes de competencia. Pero yo creía
percibir lo más característico de la danza.
—¡Piruchan! —le dije al cantor—. Creo que es la
danza con que cele-bran en mi pueblo la llegada del agua; en Chaupi, en el
ayllu de Chaupi. ¡Piruchan!
El cantor negó con un ademán.
—Imachá —dijo—.
Piruchan es
más rápido.
Volvió a cantar la moza. Y le siguieron de la
cocina tres mujeres. Yo continué examinando a los soldados y al Cabo, mientras
oía esa especie de himno que parecía llegado de las aguas del Pachachaca. ¿Qué
iba a pasar allí después? Descubrí en ese instante que la moza era también
picada de viruelas, tenía las marcas en el rostro.
El soldado que pretendió levantarse escapó al
pequeño claro que había frente al arpista. El Cabo volvió a dudar. Sudaba.
El soldado no hizo callar a la mestiza; levantó los
brazos y empezó a danzar diestramente.
— ¡Guapo! ¡Caray, guapo! —exclamó el cantor, don
Jesús. Sus ojos tenían, otra vez, esa luz clara y profunda, insondable.
Comprendí que yo no existía para él en ese momento. Miraba al soldado como si
fuera no el sol-dado quien danzaba, sino su propia alma desprendida, la del
cantor de la Virgen de Cocharcas.
—¡K'atiy!
—le gritó al soldado—. ¡K'atiy! 1
El soldado giraba en el aire, caía con las piernas
abiertas, y volvía a sal-tar; zapateaba luego, con pasos complicados, cambiando
las piernas; se apo-yaba en un pie y zapateaba con el otro, levantándolo hasta
la altura de las rodillas. El maestro Oblitas agitaba, al parecer, el ritmo de
la danza; no
miraba al bailarín; pero yo sabía que así, con la
cabeza agachada, no sólo lo seguía sino que se prendía de él, que sus manos
eran guiadas por los saltos del soldado, por el movimiento de su cuerpo; que
ambos estaban impulsados por la misma fuerza. La muchacha improvisaba ya la
letra de la danza; ella, como el bailarín y el músico, estaba igualmente
lanzada a lo desconocido.
Huayruruy
huayruruy Huayruro, huayruro,
imallamantas
kaswanki y
de qué, de qué habías sido hecho;
¡Way!, titillamantas ¡Huay! de plomo, sólo de plomo
Kask'anki, habías sido hecho;
¡Way!, karkallamantas ¡Huay!, de excremento de vaca
kask'anki. habías sido hecho.
Fue la última estrofa. Luego quedaron solos el
arpista y el soldado. El maestro Oblitas empezó a variar la melodía y los
ritmos. No podíamos saber de quién nacía, en quién comenzaba el cambio de los
ritmos, si del soldado o del arpista. Pero no era de Abancay ¡seguro! De ese
valle an-
1 Intraducibie en este caso; literalmente significa "sigue, empuja, o arrea".
gosto que empezaba en el fuego e iba hasta la
nieve, y que en su región más densa, era caluroso, con olor a bagazo; lleno de
avispas, y de colonos mudos y lloriqueantes.
Cuando todos, de pie, contemplábamos al soldado, un
huayruro, un guardia civil, hizo callar la música y cesar la danza.
— ¡Fuera! —gritó desde la puerta.
No debió verlo entrar nadie. Lo probable es que
oyera el canto desde la calle y entrara.
—Yo sé quechua, soy de Pausa. Llevo presos al
arpista y al soldado —dijo.
Detrás de él apareció otro guardia. Ambos llevaban
sombreros de grandes alas tiesas, de copa en punta y cinta de cuero. Los trozos
de tela roja de las polacas se distinguían bien en la penumbra. Estaban muy
bien afeitados. Eran altos. Sus polainas y zapatos, a pesar del polvo de las
calles de Aban-cay, mostraban el lustre.
El cantor de la Virgen los miró tranquilo,
alcanzándolos con sus ojos pro-
fundos, como si los huayruros estuvieran aún muy lejos.
Los dos guardias llevaban pistolas al cinto. Uno de
ellos sacó el arma y encañonó a la gente desde la puerta, el otro avanzó hacia
el músico. La mestiza gorda salió de la cocina. No parecía sentir miedo.
Algunos hombres pretendieron escapar de la chichería, arrastrándose a cuatro
patas. El guardia los hizo volver.
Cuando el otro huayruro llegó donde estaba el
soldado, el Cabo se puso de pie junto a su mesa.
—Yo, Cabo;
mando —dijo.
El guardia pestañeó.
—Usted está de franco; yo estoy de guardia —contestó.
—Yo mando; Cabo —repitió, en su castellano bárbaro,
el Cabo—. Ven, Condemayta —ordenó al soldado.
El Cabo era de pequeña estatura. Se mantenía bien
de pie, pero sus ojos estaban embotados por la borrachera. Miró atentamente al
guardia, con las piernas algo abiertas. El soldado se encaminó a la mesa del
Cabo. El guardia lo dejó ir.
—Pero usted va preso —le dijo al maestro Oblitas, y
le obligó a ponerse de pie, levantándolo violentamente del saco.
—¿Yo? Yo soy profesional, señor —dijo el maestro—.
Lleve a la dueña de la chichería.
Hablaba un castellano muy correcto.
— ¡Tráelo!
—le gritó el otro guardia desde la puerta.
La patrona de la chichería se abalanzó sobre el
guardia, chillando.
—A mí pues, llévame. ¡Abalea, si quieres! ¡Abalea
no más! Es inocente —le dijo en quechua. Las tres mozas rodearon al guardia.
El cantor, a mi lado, lanzó en su voz más alta, las
primeras notas de un himno religioso.
El guardia ya estaba maniatado por las cholas que
se le prendieron de los pies y los brazos. A poco lo iban a derribar. El otro
disparó.
— \Jajayllas balitas! —gritó la chichera grande, y se abrazó más
firme-
mente a las piernas del guardia. Don Jesús siguió
cantando el himno, como si estuviera en el interior de una iglesia o entre los
escombros de una aldea que fuera arrasada por alguna creciente.
El Cabo hizo callar al cantor; "Upallay, hermano",
le dijo.
Y fue con
paso lento hacia el guardia maniatado; todos los
soldados le
siguieron.
— ¡Deja, deja! \Mamitay, deja! —le dijo a la chichera grande.
Ella soltó al guardia y las otras también; se
retiraron unos
pasos atrás.
— ¡Vamos, guardia!
—le dijo el Cabo al huayruro.
— ¡Con el arpista!
—Ya; con el arpista. ¡Marchando! —ordenó el
Cabo. Los soldados
arrastraron al arpista. El soldado bailarín iba
detrás.
Las mujeres se quedaron absortas.
—No hay nadie para mí —dijo en voz alta el
Cabo—. ¡Yo, ejército!
Caminaba erguido a la cabeza del grupo.
La chichera grande no podía decidirse. Su mente
trabajaba. Como a una manada de cerdos, miró a los parroquianos que estaban
inquietos, de pie. Miró al cantor. Miró el arpa recostada en la pared. Me miró
a mí. Mientras tanto, los soldados salieron a la calle.
El cantor de la Virgen saltó hacia el arpa.
— ¡Yo! ¡Papacha! —dijo.
Recorrió las cuerdas, templándolas. Sus dedos se
prendían de las cuerdas y las hacían estallar. Luego tocó la misma danza que
bailó el soldado. No "bajeaba" bien; su mano derecha no acertaba a
componer acordes variados en las notas graves, pero la melodía brotaba de las
cuerdas de alambre como un surtidor de fuego. El rostro del peregrino, la
frente, estaban rojos; sus barbas parecían tener luz; sus ojos eran como los de
un gavilán, por la hon-dura. Pero ninguna bestia inocente es capaz de dar a su
mirada ese arrebato contagioso, más intrincado y penetrante que todas las luces
y sombras del mundo. Debí danzar yo al compás de esa música. Lo iba a hacer ya.
Había visto' a los bailarines de tijeras saltar como demonios en los atrios de
las iglesias; manejar sus piernas como si fueran felinos; levantarse en el
aire; atravesar a paso menudo, a paso de ciempiés, los corredores de lajas de
las aldeas; en la madrugada, a la luz del amanecer, los había visto danzar
sobre los muros del cementerio, tocando sus tijeras de acero, de cuyas puntas
parecía nacer la aurora. Había deseado, mil veces,
imitarlos; lo
había hecho
en la escuela, entre niños. Lo podía hacer
allí, ahora, con la música de mi
amigo y ante un público espantado que
necesitaba algo
sorprendente, que
lo sacudiera, que le devolviera su alma, para salir
y rescatar al Papacha Obli-
tas. Pero huyeron todos los parroquianos,
derrumbando mesas y bancos. La chichera los insultaba en quechua:
—K'anras, wiswis, gente sin madre, nacidas del viento.
Nos tuvimos que ir con el cantor, despacio, cuando
la picantería quedó en silencio. Acompañé a don Jesús largo rato, por algunas
callejuelas y el campo.
El estaba alojado en una choza con techo de
malahoja, cerca del acueducto que pasa por la montaña, arriba de Abancay. En un
corredor dormitaba el kimichu. El lorito se espulgaba, parado sobre la urna de
la Virgen. Era tarde.
La luz del sol caldeaba el corredor, le daba de
lleno el sol que iba cayendo sobre las montañas filudas de enfrente, por el
camino a Andahuaylas. Llega-mos cansados.
—¡Taytallay tayta!1 —dijo el cantor.
Me acordé entonces de Palacitos, el ingrato. Debió
pasar la tarde con el clarinetero, en alguna otra chichería o en el campo,
conversando.
—¿Pedirán limosna, a la noche? —le pregunté a don
Jesús.
—No —me dijo—. Nos iremos mañana. Abancay no sirve.
¡Claro! La Virgen de Cocharcas camina cargada por
su kimichu en las aldeas de indios y mestizos, de señoras y señores creyentes.
Los servidores de la Virgen no hablan sino quechua. En las ciudades, ella
recorre los ba-rrios; entra a la catedral o a la iglesia mayor, o se detiene en
el atrio, un instante, en homenaje al templo, y se va. Centenares de leguas
camina. El kimichu toca chirimía; el lorito otea los campos, de lo alto de la
urna o desde el hombro del peregrino. Su ingreso a las aldeas se convierte pronto
en una fiesta. El kimichu y su acompañante, si lo tiene, son homenajeados. Pero
allí, en Abancay, lleno de soldados, y de esos guardias de espuelas, y de
polainas lustrosas, señores recién llegados, que miraban a la gente de los
barrios con un semblante tan espetado como el de un mayordomo de
terra-teniente, ¿qué, qué podía hacer la Virgen de Cocharcas, su lorito, su
kimichu y su cantor? ¡Adiós! Me despedí de don Jesús en el corredor.
—Papay, don Jesús, vas a cantar en el puente del
Pachachaca, al pie de la Cruz —le dije—. Por mí; para que me vaya pronto.
— ¡Seguro! —me contestó—. ¡Seguro! Haremos estación
con la Virgen. —Al río también le rogarás, don Jesús.
—Seguro. Al Apu
Pachachaca, le rogaré.
—Le dirás a nuestro Padre que iré a despedirme.
—¡Seguro!
Lo abracé. El sol caía sobre la gran cordillera de
enfrente, toda rocosa
y llena de abismos.
Regresé a Abancay entre confundido, temeroso y
feliz.
—¿Qué, qué es, pues, la gente? —iba preguntándome.
Encontré a la banda militar marchando hacia la
plaza, seguida por una parvada de chicos, "señoritos" y mestizos.
Algunos pequeños corrían, reto-zando, sacudiendo sus harapos; tropezaban en las
piedras, y se levantaban luego sin quejarse. Rodeaban, rodeaban a los músicos;
los miraban de cerca, contemplaban los instrumentos. Un grupo se había
organizado detrás de la banda; y marchaban, moviendo exageradamente los brazos,
por el esfuerzo que hacían para dar largos pasos; se veían obligados a correr
cuando se re-trasaban, ante el riesgo de que el espacio vacío fuera ocupado por
otros. Los niños sueltos miraban los instrumentos, especialmente los bajos de
metal, tan espectaculares y gigantes. Reían, porque los instrumentos disminuían
a los soldados hasta presentarlos como enanos, como pintorescos insectos. Reían
1 "¡Oh
padre, padre mío!", expresión muy usual en trances difíciles o amargos.
a gritos. Escuchaban la marcha; se miraban unos a
otros; se perseguían. Una pequeña multitud casi solemne de mestizos y algunos
comuneros acompaña-ban a la banda por las aceras o los bordes de la calzada.
Los niños, al perse-guirse, se escondían detrás de los mestizos y de las
mujeres, se prendían de sus piernas, miraban a los mayores, sin reparar en su
condición, con los ojos brillantes, en que el júbilo reinaba como en un mar, o
en un bosque en que la lluvia hubiera dejado miríadas de escarcha que el sol hiciera
resplan-decer.
Yo no podía, no pude contagiarme de esa felicidad
pura de los inocentes; marché a un costado de la banda, cerca de los grandes.
Reconocí a Palacitos; iba casi junto al Prudencio. No formaba parte de ninguno
de los grupos de chicos que retozaban en la calle; iba solo; se podía notar la
importancia que se daba a sí mismo; resaltaba la seriedad de su expresión; en
cierto modo parecía ser integrante de la banda, aunque no se pudiera precisar
qué fun-ción desempeñaba. ¿Manejaba algún hilo invisible que tenía relación
secreta e indispensable con la marcha de la banda y la sincronización de los
instru-mentos? Examinándolo bien comprendí que él era el único espectador o
acompañante verdaderamente solemne de la banda.
Llegamos al parque y el júbilo de los niños
estalló, lanzaron gritos. Los chicos invadieron el jardín, pisotearon las rosas
y las otras flores para llegar primero junto a la glorieta. ¡Una plaza! El
hombre al entrar a ella alguna transformación sufre, por el brusco cambio de
espacio o por los recuerdos.
Pretendí buscar a Palacitos, pero él también había
corrido y estaría ya en la primera fila de la glorieta, prendido de las rejas
de hierro. Me detuve en una de las aceras interiores del parque.
Yerbas crecían en la calzada ancha que separaba el
parque de las casas del contorno y de sus aceras. En las noches cantaban allí
grillos alados, tí-picos de los valles de la costa y de las profundas quebradas
cálidas de la sierra próxima a la selva. A pesar de la alta música de la banda,
los grillos planeaban en el aire y algunos cantaban aparentemente en sitios
lejanos. Me cautivaban estos insectos. ¿Grillos alados? Habría considerado
extravagante a quien, en las aldeas donde residí antes, me hubiera dicho que
los grillos volaban. Eran tiernos y vivaces, como los que habitan en las zonas
templa-das o frías; movían sus largas antenas, tratando de adivinar el camino o
los espacios desconocidos a los que caían. Entraban riesgosamente a las
habi-taciones iluminadas. Y la gente, como en la costa, los mataba,
aplastándolos, sin tener en cuenta su dulcísima voz, su inofensiva y graciosa
figura. A un mensajero, a un visitante venido de la superficie encantada de la
tierra, lo mataban, pudiendo echarlos a volar, después de sentir en las manos
la palpi-tación de su pequeñísimo y frío cuerpecillo. Aquella noche, me dediqué
a apartar los grillos de las aceras donde corrían tanto peligro. Los de mi
región nativa no han sido dotados de crueles alas; cantan cristalinamente en la
noche, desde todos los campos que rodean al ser humano, encantándolo. En
Abancay había que defenderlos. Costaba trabajo atraparlos y llevarlos lejos,
con mucho cuidado; porque, además, son frágiles, de articulaciones débiles; sus
miembros se desprenden fácilmente, y verlos sin un brazo o sin una pier-na, o
sin alas, es tan atroz como descubrir la mancha, la especie de sombra
que de ellos queda cuando los aplastan en el piso
de las habitaciones o en las piedras de las aceras. Por fortuna, aquella noche
llegaban pocos al parque que está cerca de los campos baldíos. Y la música me
auxiliaba espléndida-mente.
Cuando por un instante, presté atención a los
transeúntes del parque, vi que había llegado cerca de una esquina y que algunos
me miraban con curio-sidad excesiva. Yo era un jovencillo ya. Decidí irme al
Colegio, a estudiar o leer. Y descubrí a Antero que venía con el hijo del
Comandante. Ambos te-nían igual estatura, pero el costeño caminaba con más
donaire; era delgado, no flaco. Miraba vivazmente a los paseantes, a las
muchachas. Las colegialas ya no llevaban uniforme; reconocí a algunas; ahora
tenían más presencia, cual verdaderas señoritas. Antero me saludó con la mano y
siguió de largo. Pero volvieron casi en seguida. Se me acercaron ambos.
— ¡No habrás dicho nada! ¡No dirás nada! —me dijo
Antero—. Te presento a Gerardo.
El hijo del Comandante me extendió la mano, con
ademán grave.
—Sé que eres un hombre —me dijo—. Que quieres a
Antero, que es valiente, como pocos, o como ninguno.
Le estreché la mano. Hablaba al modo de los
costeños, pronunciando las palabras con rapidez increíble. Pero cantaba algo al
hablar.
—Yo no voy a decir nada; no he dicho nada
—contesté—. Vayan no más. Mucho gusto en conocerle, Gerardo.
A pesar del alumbrado débil, aquella noche, en la
plaza, pude descubrir una rara diferencia de brillo en los ojos del joven
costeño; el izquierdo pa-recía algo opaco, sin embargo ése hería más,
transmitía, diría que mejor, lo que el joven tenía de distinto. Un costeño, en
lo denso de los pueblos an-dinos, donde todos hablamos quechua, es singular,
siempre; es diferente de todos. Pero Gerardo, además, por aquel ojo, por la
especie de sombra que en él había, me miraba suavemente, como con el ojo grande
de un caballo en el que se hubiera diluido la inteligencia, la sangre humana.
Le daba de lleno un foco de luz en la cara. Durante la lucha del mediodía no
percibí
ese rasgo de su rostro. No lo percibí; pero esta
vez, el joven se fijó en mí detenidamente. Comprendí que tanto él como Antero
se dirigían a mí como a un menor. Lo era; pero la diferencia entre Antero y yo,
en lugar de
haber sido marcada, la habíamos olvidado, borrado.
El se acercó, se hizo a mí desde el regalo del zumbayllu, desde que ambos nos
enfrentamos al
Lleras; así llegamos donde Salvinia en la alameda;
así hicimos bailar el winko en el patio del Colegio; pero, esta vez, en el
parque, se mostraba, más claramente y por entero, como el cachorro crecido,
"maltón", cual solemos decir en la sierra, más aún que aquel que
habló, de vuelta de la alameda, amenazando con tener de mancebas a una docena
de indias, si Salvinia pre-fería a otro, o si la perdía.
Se fueron; alcanzaron a una fila de muchachas, y
luego aquietaron el paso. A Antero se le notaba recio y pesado junto al hijo
del Comandante. Comprobé que los colegiales lo miraban con sorpresa, quizá algo
admirados. Esperé en la esquina que concluyera el vals que tocaba la banda.
No pasaron Salvinia ni Alcira. En el aire había
perfume. Elegantes se-
ñoras y caballeros paseaban; grupos de oficiales y
señoritas que caminaban lentamente, en filas. Los oficiales las rodeaban y
acompañaban. Las joyas con que se habían adornado las damas, brillaban. Algunos
aretes eran largos; pendían de las orejas de las jóvenes, prodigiosamente, las
alumbraban; de verdad hacían resaltar la belleza de sus rostros. Yo no las
conocía, pero ha-bría tendido mantos de flores a su paso, hubiera deseado
ascender al cielo y bajar una estrella para cada una, a manera de respetuosa ofrenda.
Me chocaba el vocerío de los jóvenes y mozalbetes que las seguían, la excesiva
libertad con que las obligaban, aunque pocas veces, a replegarse para pasar
ellos; y mucho más, las miradas que les dirigían, insolentes. Aunque algunos
las contemplaban, rindiéndose, como debía ser; y se retiraban con inmenso
respeto para dejarlas pasar. Creía que era un deber humillar, azotándolos, o de
cualquier otra manera, a los brutos que no se inclinaban con regocijado
silencio ante ellas. Pero dudaba que esas alhajadas niñas pudieran dar la
feli-cidad, sin mancillarse. ¿Cómo? Si estaban a tan inalcanzable altura; aquí,
sobre la tierra, caminando, oyendo el vals, pero a una distancia que yo sentía
extremada, temeraria, que ningún halcón se lanzaría a cruzar; ningún insecto
alado y fuerte, como un huayronk'o o cantárida, ni siquiera el mágico vuelo del
"San Jorge". ¿O era necesario llevar uniforme y un fuete lustrado, o
andar como Gerardo, gallardamente y con cierto aire de displicencia, para vivir
cerca de ellas y tomarles las manos? No, yo no alcanzaría a corrom-perme a ese
extremo.
Concluyó el vals. Valle se acercaba, escoltando a
una fila de lindas mu-chachas. Pero este hombre exageraba, fingía, se burlaba;
creía saber más de lo que sabía y haber llegado más allá del verdadero sitio
que ocupaba. Gesticulaba, movía las manos con los dedos en evidentes posturas
forzadas; las adelantaba hacia la cara de las niñas y aun su boca la
adelantaba; debían sentirle su humano aliento. ¿Por qué no lo empujaban a la
calzada?, refle-xionaba yo. Pero no parecían sentir mucha repugnancia hacia él.
Me retiré de la plaza. Y tomé una decisión que creí
alocada y que sin embargo me cautivó: ir a la cárcel y preguntar por el Papacha
Oblitas.
La cárcel quedaba cerca de la plaza, a media
cuadra. A esa hora estaría cerrada. Pero una ventanilla enrejada tenía la
puerta en su parte central, a la altura de la cabeza del centinela de guardia.
No me podía ver bien el guar-dia, desde allí.
—Señor —le dije—. Señor guardia, soy ahijado del
arpista, del Papacha Oblitas que trajeron preso en la tarde. ¿Lo han soltado
ya?
—No sé nada —me contestó.
Por su modo de hablar comprendí que era de Apurímac
o de Ayacucho.
Le hablé en quechua.
— ¡Papacito! —le dije—. Pregunta, pues, quiero
traerle aunque sea su comida.
—Le han traído comida como para un obispo. No ha
querido comer. Mañana sale, seguro.
—¿Está llorando?
—No seas "pavo". ¡Qué va a llorar!
—hablaba en voz muy baja el guardia—. Ha jodido sus manos más bien trompeando
la pared. ¡Andate ya!
—Gracias, papacito. ¿Le dirás que su ahijado, el
muchacho estudiante que estaba a su lado en la chichería, ha venido?
—Cómo no.
¡Fuera ya, fuera!
Oí pasos detrás de la puerta, y me alejé corriendo.
Decidí ir entonces donde el notario Alcilla.
Disponía aún de media hora. Debía pasar por la puerta del Colegio. Encontré
abierto el postigo del za-guán.
Alcilla estaría ya acostado y sus hijos encerrados
en la casa; la mujer humildísima y pálida rezaría a esa hora. Temía a esa
familia. La enfermedad, el aislamiento, las quejas, los amurallaban. Entrar
allí era para sufrir sin com-prender nada. Yo ya no iba. El Padre Director era
mi apoderado, hacía tiempo.
El patio del Colegio, semioscuro y en silencio, me
tentó. Desistí de vi-sitar al notario y preferí el Colegio.
No había estado nunca solo en el patio de honor. Me
senté en el borde de la fuente. La música que tocaba la banda llegaba con
plenitud, a pesar de la distancia y los muros. Los sapos caminaban cerca de la
pila, croaban vigo-rosamente. Advertí mejor, entonces, que esas voces eran más
graves que la de los sapos de altura, a pesar de que en el fondo del coro de
los grillos, la voz de los sapos de las regiones frías tiembla como el tañido
lento de las campanas. Los de Abancay croan con cierto júbilo y ternura. En
estos hondos valles los grillos no forman coros, vuelan y gimen casi
solitarios. Son otros insectos, los que vibran en mantos, y con voz incierta,
mezclada, en una vibración que confunde al forastero, lo fascina y lo aturde,
infundiéndole sueño.
En el patio interior del Colegio, detrás de los
tabiques de madera, tam-bién, aunque muy raramente, se ocultaban sapos y
grillos. Allí había arañas; tejían su red en los techos, y envolvían audazmente
a las pequeñas flores amarillas que crecen cerca de las rendijas.
Por primera vez me sentí protegido por los muros
del Colegio, com-prendí lo que era la sombra del hogar. Como hasta entonces
había mudado tantas veces de residencia, y en la aldea con la aue estaba
identificado mi pensamiento, había vivido en una casa hostil y ajena (sí, la
aldea era mía, pero ninguna de sus casas, ningún dormitorio, ningún patio,
ningún corre-dor; los gatos que tuve fueron despedazados por los perros del
dueño de la casa que azuzaba a las bestias con sus gritos y sus ojos carnosos),
el Colegio me abrigó aquella noche; me recibió con sus espacios familiares, sus
grandes sapos cantores y la fuente donde el agua caía en el silencio; el alto
corredor donde vi llorar al pálido, al confundido "Añuco", donde
escuché la voz radiante del Padre Director, enfadado e indeciso. Y así, ya
seguro de mí, y con la esperanza de que el patio interior también me recibiría,
fui allá, caminando despacio; una especie de gran fatiga y sed de ternura hacía
ar-der mis ojos.
Encontré al "Peluca", paseando junto a
los excusados.
—No ha venido, la india puta —me dijo, en voz alta,
cuando me reco-noció—. No quiere venir. Yo ahora te la daría, seguro,
garantizado. Aprende ya a ser hombre.
Siguió caminando frente a los tabiques de madera.
Levanté un puñado de tierra y le aventé a la cara.
Gritó, se tapó los ojos, sentí que me perseguía. Me hice a un lado y él siguió
de frente hacia el patio. Yo entré a la cocina.
La cocinera era mi amiga, de mí y de Palacitos.
Ella oyó la carrera; se echó a reír. Un foco opaco, cubierto de manchas que las
moscas dejaban, alumbraba apenas las paredes negras de la cocina.
— ¡Ella está en la torre! —me dijo en quechua—. / J
a j a y l l a s! —¿En la torre?
—En la torre, pues. —¿Con su rebozo nuevo?
—Seguro. ¡Qué lo va a dejar! Escondido, escondido,
lo ha llevado. —¿Tú la has visto subir?
— ¡Claro, pues! El candadito es falso, como el
sacristán borracho. Mejor que oso camina ella, despacio. He visto que ha
entrado.
No me parecía posible que hubiera podido deslizarse
tan largo espacio en la plaza, sin que la descubrieran. Aunque nadie caminaba
con mayor sigilo que ella, como si fuera una pequeña sombra redonda. Así
aparecía en el patio interior, repentinamente, a pesar de que los ansiosos
internos vigilaban el pasadizo.
—Iré. ¡Voy a
verla! —dije.
La cocinera me miró asombrada.
—¿Por qué no se ha sentado en un rincón de la
plaza, a oír a la banda? ¿Junto a una puerta, a un zaguán, o al costado de una
tienda? —le pre-gunté.
—La pueden patear, pues. Cualquier cosa pueden
hacerle; es opa. La opa es "distinto"; si quiere también puede irse
de este mundo, tranquila, saltando a un kifllu 1 de los precipicios o entrando
a las sombras de las cuevas. Pero tiene que sufrir todavía, dicen. A eso ha
venido.
—¿Sufren?
— ¡Es gente! ¿Por qué no va a sufrir? ¿Acaso es
callo muerto su cuerpo? —¿Por qué sufrir solamente?
—Para eso Dios la ha mandado a este pueblo.
—Quizá, ahora, en la torre, está gozando. Más que
tú todavía, que estás
en la cocina día y noche. ¡Y más que yo!
— ¡Ja, niño;
ja!
— ¡Voy a ir!
—le dije—. Pero el "Peluca" me agarrará en el patio.
— ¡A ver!
—dijo.
Sacó un tizón grueso del fuego.
— ¡ A ver! ¡
Seguro espanta!
Salimos. El "Peluca" escuchó nuestros
pasos y vino a alcanzarnos. La cocinera lo empujó con el tizón, lejos. Lo
acorraló junto a la escalera.
— ¡Papacito hechor!
—le decía—. ¡Tranquilo, pues!
Corrí por la calle. La banda seguía tocando aún en
la glorieta de la plaza. El parque se lucía con las damas, los oficiales y los
caballeros paseando
1 Rajadura
profunda.
en el anillo, y los mestizos y comuneros detenidos
en la calzada, en las aceras de las calles y apiñados junto a la glorieta. Pude
correr hasta la esquina de la iglesia sin llamar la atención de nadie.
El pequeño candado de la puerta de la torre había
desaparecido; el cerrojo pendía sobre la madera. La puerta estaba junta. Llegué
a ella por la sombra de la torre. Tuve miedo, pero abrí con inmenso cuidado una
hoja de la puerta. Entré y la cerré. La oscuridad se hizo densa. Pero en ella
perdí todo temor. Sentí esperanza, una esperanza que hacía latir vigorosa-mente
mi sangre. Me descalcé. Empecé a subir las gradas, a tientas. Yo era diestro en
caminar descalzo. Había imitado en mi niñez, con éxito, a los gatos. ¡No me
oiría!
Fui acercándome a la luz, en la torre, a pocos. Era
no la luz eléctrica pura, sino su resplandor y la del cielo, muy estrellado
aquella noche. Había asegurado mis zapatos bajo el cinturón, para tener las
manos libres.
Llegué muy cerca de ella, de la opa. La vi bien. Se
había echado bajo el arco que daba de frente a la plaza. Sus cabellos
deshechos, tan desiguales, ruinosos, se destacaban a la luz. Movía los pies,
uno y otro, como muestra de felicidad, cual un puma su cola. Oí que reía sin
recato. Estaba lejos de la gente. Reía fuerte, en cortos desahogos. Señalaba
con el brazo extendido el parque, y volvía a reír. Apuntaría a las personas
conocidas o a las que según ella merecían ser celebradas o que aparecían ridiculas.
Su risa era desigual, no incoherente.
Había desatado el rebozo de doña Felipa de lo alto
de la cruz, en el puente de Pachachaca, el día anterior; su hazaña de esta
noche era mayor. Oía a la banda de músicos desde el mirador más alto y solemne
de la ciudad, y contemplaba, examinándolos, a los ilustres de Abancay. Los
seña-laba y enjuiciaba. Se festejaba a plenitud, quizá como ninguno. Pero su
risa, el movimiento de su cuerpo, sus cabellos, repercutían en mí con atroz
tris-teza. ¿Por qué? Quizá por los recuerdos de haberla visto desnuda, con el traje
sobre la cabeza, blanca, disputada en ciegas peleas por los internos. Su propia
figura, su rostro atolondrado. ¡Cómo temblaba yo en esas horas en que de noche
ella caía al patio interior, y los cielos y la tierra no podían devorarme a
pesar de mis ruegos!
Aturdido, permanecí un instante más. Creí que
cometía una maldad con verla. Una maldad grande que debería expiar.
Bajé con más cuidado, porque bajar los caminos y
gradas difíciles re-quiere más tino, y porque un sentimiento contrario al que
me impulsó durante la ascensión a la torre, me oprimía.
Sólo los ojos azules de mi padre me habrían
calmado, me habrían libe-rado aquella noche de tanta maldad que vi durante el
día. Como otras veces, me dirigí rápido al Colegio con la fantástica esperanza
de encontrarlo, son-riendo en la puerta.
Me acordé del "Peluca" y esperé que
llegaran otros internos. Escuché que la banda tocaba la marcha con la que se
retiraba a su cuartel.
— ¡Te habrá llegado el canto del rondín! ¡Quizá el
canto del winku\ ¡Al no encontrarte en Chalhuanca tiene que haber volteado
hacia Coracora, tenía fuerza para eso, para rodear el mundo! —exclamé, pensando
en mi
padre. Y me sentí nuevamente solo y firme, en esa
ciudad de la que con razón, él, mi padre, había huido.
¿Y el "Añuco"? Cabalgaría a esa hora,
llorando, por las orillas febriles del Apurímac. Del Lleras sabía que sus
huesos, convertidos ya en fétida materia, y su carne, habrían sido arrinconados
por el agua del gran río ("Dios que habla" es su nombre) en alguna
orilla fangosa donde lombrices endemo-niadas, de colores, pulularían
devorándolo.
XI. LOS
COLONOS
A LOS GUARDIAS que persiguieron a doña Felipa los
extraviaron en los pue-blos, durante varios días. Unos decían haber visto pasar
a la chichera "mo-mentos antes, en muía y a paso lento. En los mismos
sitios declaraban otros no saber nada de su llegada ni de su nombre. Una
indicación falsa o come-dida obligaba a los guardias a subir grandes cuestas, a
bajar al fondo de las quebradas o a faldear durante horas las montañas. Los
guardias volvían muchas veces a los pueblos, y castigaban a las autoridades.
Llegaron así a Andahuaylas. La mitad de la gente afirmaba en la ciudad que doña
Felipa había pasado, camino de Talavera, la otra mitad aseguraba que aún no
había llegado y que sabían que ya se acercaba.
No la pudieron encontrar. Por orden del Prefecto
los guardias perma-necieron en Andahuaylas e instalaron allí un puesto.
Siguieron recibiendo noticias, a diario, del avance de doña Felipa y su
acompañante, de su huida hacia Huamanga. Otros afirmaban que había instalado
una chichería en San Miguel, en la frontera con la selva, adonde llegan ya
parvadas de inmensos loros azules.
En Abancay no cerraron la chichería de la
cabecilla, ni aun después del incidente con los guardias. Don Paredes se hizo
nuevamente dueño, con el apoyo de la guardia, y expulsó a la joven chichera
gorda. La notificaron a ella que saliera de Abancay, que se fuera a Curahuasi
de donde era oriunda. Se fue con el arpista, el Papacha Oblitas que también era
de Curahuasi.
A la semana siguiente se marchó el regimiento. En
el cuartel quedó ins-talada la Guardia Civil. Dijeron los Padres que el
regimiento había marchado sobre Abancay no por el motín solamente, sino a
cumplir las maniobras del año; que la tropa estaba inactiva hacía mucho tiempo,
y que la marcha re-
lámpago al Apurímac y al Pachachaca fue un gran
movimiento que enaltecía al Comando del Cuzco.
La ciudad, según la impresión de los externos,
quedó vacía. Los oficiales ya no deslumhraban a los transeúntes en las calles,
en las cantinas, en los salones y en las villas de las haciendas. Yo no podía
comprender bien cómo muchas de las señoritas más encopetadas habían quedado
tristes y aun llo-rando por los oficiales, y que algunas se hubieran
comprometido en matri-monio. Supe que dos muchachas de la ciudad pretendieron
suicidarse. Habían ido a lugares lejanos, por las orillas del Mariño, en paseos
con los militares, y decían que allí fueron "deshonradas", aunque
voluntariamente.
Los uniformes daban a los oficiales un aspecto
irreal. Nunca había visto a tantos, juntos, dominando una ciudad, asentándose
en ella como una par-vada de aves ornamentadas que caminaran dueñas del suelo y
del espacio. Los jefes provinciales que conocí en los pueblos eran fanfarrones,
casi siem-pre descuidados y borrachos; éstos del regimiento, así, juntos,
despertaban preocupaciones desconocidas. Los fusiles, las bayonetas, las plumas
rojas, la hermosa banda de músicos, se confundían en mi memoria; me atenaceaban
la imaginación, el temor a la muerte.
Los más jóvenes oficiales llevaban fuetes de cuero
lustrados. Calzados de botas altas y finas, caminaban con pasos gallardos y
autoritarios. En las raras veces que entraban al barrio de Huanupata, causaban
revuelo, un res-peto inmenso y admiración. En cambio, a los jefes ya
"maduros", se les mi-raba sin consideración especial; la mayoría de
ellos eran barrigones y gordos. Las cholas los veían pasar con temor.
Del Coronel me dijeron que una sola vez fue a
Huanupata. Era truji-llano, tenía un apellido histórico, y su solemnidad, su
adustez, como sus ademanes, parecían fingidos. Pero en la iglesia mostró un
semblante severo que impresionó a todos. Lo vimos imponente, con sus
entorchados y charre-teras, bajo el alto techo del templo, entre el incienso,
solo, sentado en un gran sillón; lo contemplamos como a algo más que a un gran
hacendado. Me contaron que cuando fue al barrio de las picanterías pasó por las
calles muy rápido. Lo escoltaban varios oficiales y caballeros. Concluyó la
visita lamen-tando la repugnancia que le causó el olor que emanaba de las
chicherías y las chozas.
La gente criaba muchos cerdos en ese barrio. Las
moscas hervían felices, persiguiéndose, zumbando sobre la cabeza de los
transeúntes. Los charcos de agua se pudrían con el calor, iban tomando colores
diferentes aunque siempre densos. Pero sobre algunas tapias muy altas, allí,
bordeando Huanu-pata, colgaban sus ramas algunos árboles de limón real;
mostraban sus frutos maduros o verdes, en lo alto; y los niños los codiciaban.
Cuando algún pequeño de Huanupata, bajaba a pedradas un limón real de aquéllos,
lo tomaba casi con fervor en sus manos, y huía después, a la mayor velocidad de
que era capaz. Con seguridad guardaba en alguna parte de su ropa, quizá dentro
de un nudo hecho en la camisa, un trozo de la chancaca más barata que hacían en
las haciendas del valle. El limón abanquino, grande, de cáscara gruesa y
comestible por dentro, fácil de pelar, contiene un jugo que mezclado
con la chancaca negra, forma el manjar más delicado
y poderoso del mundo.
Arde y endulza. Infunde alegría. Es como si se
bebiera la luz del sol.
Yo no pude comprender cómo muchas de las lindas
señoritas que vi en el parque, durante las retretas, lloraban por los
militares. No lo com-prendía; me causaba sufrimiento. Ya dije que casi todos
aparecían gallardos, algo irreales, con sus fuetes puntiagudos y lustrosos.
Pero sospechaba de ellos. Vestidos de polacas ceñidas, raras, y esos kepis
altos, de colores; las botas especialísimas; los veía displicentes, como
contemplando a los demás desde otro mundo. Eran corteses, hasta algo exagerados
en sus ademanes caballerescos. Pero todo eso me impresionaba como no natural,
como repre-sentado, como resultado de ensayos, quizá de entrenamientos ocultos
y minu-ciosos que hacían en sótanos o cuevas secretas. No eran como los otros
seres humanos que conocía, distantes o próximos a mí. Y en los oficiales ya
madu-ros, no observé —en el poco tiempo que los vi en Abancay— no observé ya
sino rastros de esa cortesía de aspavientos y genuflexiones de los jóvenes. Se
paraban con gran aplomo en todas partes, como si no fueran de tierra sino que
la tierra naciera de ellos, en dondequiera que estuviesen. Y miraban con
expresión distinta; diría que algo más ruda, con una especie de lujuria, acaso
exclusiva de ellos. Cuando supe que se habían ido de Abancay y me dijeron que
la ciudad estaba desierta, no pude dejar de meditar en ellos.
Recuerdo que llegué a creer, durante la noche, en
el patio interior, que eran también como bailarines o aparecidos. "¡Son
disfrazados!", me dije. Los disfrazados a algún sitio nos quieren llevar,
siempre. El danzak' de ti-jeras venía del infierno, según las beatas y los
propios indios; llegaba a des-lumhrarnos, con sus saltos y su disfraz lleno de
espejos. Tocando sus tijeras de acero caminaba sobre una soga tendida entre la
torre y los árboles de las plazas. Venía como mensajero de otro infierno,
distinto de aquel que describían los Padres enardecidos y coléricos. Pero los
ukukus, trajeados con pieles completas de osos peruanos, sus pequeñas orejas
erguidas, los cortes de sus máscaras, que dejaban salir el brillo de los ojos
del bailarín; los ukukus pretendían llevarnos a la "montaña", a la
región próxima a la gran selva, hacia las faldas temibles de los Andes donde
los bosques y las enredaderas feroces empiezan. ¿Y estos disfrazados? ¿El
Coronel; los huayruros de es-puelas y polainas, tan distintos de los humildes
gendarmes a los que reem-plazaron, y los gordos comandantes que se emplumaban
para escoltar al Co-ronel en el desfile? ¿Adonde nos querían llevar? ¿Qué densa
veta del mun-do representaban? ¿En qué momento iban a iniciar su danza, durante
la cual quizá pudiéramos reconocerlos, comunicarnos con ellos?
¿Qué les habían dicho, qué les habían hecho a las
hermosas muchachas que fueron con ellos a las orillas del Mariño? ¿Por qué
lloraban esas niñas? ¡Quizá Salvinia les había dirigido alguna de sus
cristalinas sonrisas! Me horroricé cuando me asaltó la última sospecha. Y el
horror mismo me llevó más lejos: quizá Clorinda, la frágil flor de los campos
áridos que sólo rever-decen en el invierno, había mirado también a algunos de
estos disfrazados; quizá hasta lo hubiera preferido a su novio, el
contrabandista taimado, y
hubiera consentido aunque no fuera sino en poner
una de sus manos sobre las charreteras.
Prendí mi memoria de la imagen del puente del
Pachachaca, de la ima-gen de la opa, feliz en lo alto de la torre, con el
rebozo de doña Felipa a su costado, para no lanzarme contra la pared, cegado
por el sufrimiento. Y re-cordé en seguida a Prudencio, y al soldado a quien
acompañé en la calle, porque iba cantando entre lágrimas una canción de mi
pueblo. " ¡Ellos no!" —dije en voz alta—. "Son como yo, no más.
¡Ellos no! "
Palacitos, que me había oído, se acercó a hablarme.
—¿Estás
"disvariando"? —me preguntó.
—¿Para qué sirven los militares? —le dije, sin
reflexionar.
—¿Para qué? —me contestó, de inmediato, sonriendo—.
Para matar, pues. ¡Estás "disvariando"!
—¿El también?
¿El Prudencio también?
— ¡Más de frente! —me dijo—. Yo sé. ¿Y por qué
preguntas?
—Por sonso —le dije, convencido—. Es que yo no
tengo a mi padre tan cerca como tú. ¡Desvarío! ¡Puramente!
— ¡Mi padre va a venir! —exclamó—. ¡Va a venir! —Y
me abrazó, con todas sus fuerzas.
Me hizo olvidar inmediatamente los pasados
presentimientos. Nunca, antes, había esperado él con entusiasmo la visita de su
padre. Por el con-trario, si le anunciaban, por carta, que su padre estaba al
llegar, se aturdía; intentaba estudiar, repasar los libros. Preguntaba por
algunas definiciones; temía; pasaba el tiempo, en las tardes, recostado en la
cocina, sobre unos pellejos que la cocinera tendía para él tras la puerta, en
el más oscuro sitio. Salía de allí a preguntar nuevamente, y apuntaba en su cuaderno
algunas notas. Ante los Padres se humillaba, especialmente ante el Director. El
Padre se daba cuenta, claramente, y a veces lo consolaba.
— ¡Arriba el corazón, Palacios! —le decía—. ¡Arriba
el corazón, mu-chacho!
Le levantaba el rostro alzándole la barbilla. Lo
obligaba a que lo mirara. Y Palacios llegaba a sonreír.
Ahora, por primera vez, sentía impaciencia ante la
llegada de su padre.
— ¡Los "daños", hermanito! —me dijo—.
¡Voy a entregarle! ¡Le voy a contar del Lleras, del Hermano! ¡Del Prudencio!
Había examinado uno a uno los "daños".
Todos eran distintos, como ojos de animales desconocidos. La visión de estos
pequeños vidrios esféri-cos, cruzados en el fondo por luces de colores, lo
exaltó hasta aislarlo de nuevo, pero con otra especie de aislamiento. Nos había
mostrado los "daños" a sus amigos: a Romero, al "Chipro", a
mí. Dudó por un instante si decidía llamar especialmente a Valle, para que los
viera, pero luego pronunció un sarcástico insulto en quechua, y cerró la caja.
Se paseó dos o tres días en el internado, casi siempre solo, cantando, silbando
a ratos, acercándose a nos-otros.
— ¡Me quiere el
"Añuco"! ¿No? —Nos
preguntaba de repente.
Y empezó a estudiar, a estar atento a las clases, a
comprender mejor. Levantó el brazo una vez, en la clase, para contestar a una
proposición del
maestro, y la absolvió en seguida. No tuvo tiempo
el maestro ni siquiera de sorprenderse mucho. Le hizo varias preguntas más y
Palacitos, algo atemo-rizado ya, tartamudeando, respondió bien.
Yo vi que sus compañeros tampoco tuvieron tiempo,
ni ocasión para acosarlo a preguntas o con su sorpresa y su curiosidad, a causa
de su brusco "repunte". En los recreos nos buscaba, a mí, a Romero,
al "Iño". Romero, el campeón, altazo y famoso, le fue fiel. Jugaba
con él, charlaba. Y su som-bra lo protegía y lo dejaba desarrollarse tranquilo.
Ahora esperaba la llegada de su padre, presintiendo
un triunfo, la mayor hazaña.
—¿Tu padre te creerá? ¿Le gustarán los
"daños"? —le pregunté.
— ¡Creerá, hermanito! ¡El corazón lo sofocaré! Me
acuerdo de todo. Le hablaré de los libros; de Aritmética, de Geometría. ¡De
Geometría, her-
mano! Se asustará, capaz. No me reconocerá. ¡Ja...
jayllas, jajayllas...! Corrimos juntos al patio de honor. Felizmente me
encontré con él esa
noche, en triunfo.
Pero Antero se alejó de mí. Su nuevo amigo Gerardo
se convirtió en un héroe recién llegado. Superó a todos, aun a Romero, en salto
triple y con garrocha. Destrozó a sus contendores de box. Jugaba de forward
centro, como una anguila y una saeta. Sólo en las carreras de velocidad no pudo
con Ro-mero, y en el salto largo con impulso. "Romero, ¡tú eres grande!
", le dijo, delante de todos, en el patio interior. Romero comandaba la
defensa en el equipo de fútbol, reemplazando a Lleras, y Gerardo dirigía la
delantera. El Director planeaba ya un viaje al Cuzco, para desafiar al equipo
del colegio nacional.
— ¡Al Cuzco! —gritaba el Padre, después de los
entrenamientos, en Condebamba. Y caminaba entre Romero y Gerardo, de brazo con
ellos. Se le veía joven, con su cabellera blanca, levantada, sonriente,
cruzando a paso de marcha el campo.
Los
aplaudíamos.
—Con Gerardo yo aprendo —me dijo Antero, en el
patio del Colegio, durante un recreo de la tarde—. ¡Las mujeres! El conoce.
—¿Las mujeres?
Yo no le había oído llamarlas así, antes. El decía,
como yo, las mucha-chas, las chicas, y en los últimos tiempos no existía sino
un nombre: Salvi-nia, y en segundo orden, otro: Alcira.
—Las mujeres, pues —me contestó—. El sabe; es
ducho. Ya tiene dos enamoradas. Hemos dejado a Salvinia para nadie.
—¿Cómo para nadie?
—Yo tengo una, y otra en "proyecto". Pero
a Salvinia la cercamos. Es pasto prohibido, por mí y por Gerardo. ¡Nadie prueba
eso! Gerardo ya tumbó a una, en el Mariño. La hizo llorar, el bandido. La
probó. ¡Yo...!
— ¡Qué! —le
grité.
—Nada, hermano —me dijo—. Estamos castigando a
Salvinia. Tú viste
que se rió con Pablo, el hermano de Gerardo. ¿No es
cierto? Tú lo viste. Ahora nos mira a los dos, asustada. ¡A los dos por igual!
¿No es traición?
—Ustedes dos se pavonean. Están ya casi como el
Lleras o el "Peluca" —le dije.
Me miró entre horrorizado y curioso.
—No abusan, no son malvados. Pero están peor que el
Lleras, sucios, acechando a las niñas, como perros. ¿Por qué asustan a
Salvinia?
— ¡Di si se rió! ¡Niega
si coqueteó! —me dijo.
—Yo no sé, "Markask'a". Tú eres más
grande que yo. Tú sabrás. Pero a la tarde te devolveré el zumbayllu. Ya lo he
estudiado. Yo puedo hacer otros iguales.
—¿De qué hablan? —preguntó Gerardo. Saltó del
corredor al patio.
Uno de sus ojos tenía el iris extendido como el de
un noble caballo. Y no era del mismo color que el del otro, pardo brillante;
este iris era verde
claro, un verde flotante entre otros colores
difusos, predominando quizá, como agua de fondo, el mismo pardo, alegre,
brillante.
—Ernesto no entiende; todavía es guagua —dijo
Antero—. Ha rabiado porque le he dicho que hemos cercado a Salvinia y que tú ya
has probado a una abanquina.
— ¡Cercado! Ya sé que eres como un perro ansioso
que va oliendo por las calles. ¿No sería mejor que no se metieran con Salvinia?
—le dije.
—¿Perro ansioso? Vamos a defender a Salvinia. Nadie
se acercará a su puerta. No es mi estilo —contestó Gerardo—. Pero Antero lo ha
decidido. Yo le dije que mejor entrara él a fondo, como yo le entro a las
mujeres. Lo demás no les gusta a ellas.
—¿Qué no les gusta?
—La adoración, pues —contestó Antero—. Están locas
por Gerardo, porque es positivista; porque él va a la carne.
— ¡Mentira, perro! ¡Mentira, ladrón! ¡Asqueroso!
—le grité. —¿Mentira? Ellas me siguen. Me escriben cartitas. Irán donde yo
quiera. —Entonces, Gerardo, eres un perdido no más. ¡Como el
"Peluca"! ¡Si
el "Peluca" fuera valiente te molería a
patadas, y te quitaría tu facha y las mujeres! Te haría andar de rodillas por
todas las calles, tras de él, como mereces. Haría que fueras su paje mientras
abusa de la opa. ¿No dice An-tero que a todas las haces llorar? ¡Fuera de aquí,
hijo de militar! ¡Cerdo!
Se lanzó sobre mí. Antero lo pudo agarrar del saco.
Yo lo esperaba, para estrellarme contra él. Se alborotaron los alumnos, nos
rodeó un tumulto. Yo estaba cegado por la ira. Llegué a darle un puntapié al
hijo del Comandante. Me agarraron por detrás.
— ¡Qué hay aquí! —oí que hablaba el Padre Director,
bajando las gra-das del corredor.
Muchos alumnos se retiraron a los extremos del
patio, por respeto al Director. Los tres quedamos juntos.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó el Padre, mirándonos uno
a uno. —Nada, Padre —contestó firmemente Gerardo.
—El Ernesto ha insultado a Gerardo, hasta un
puntapié le ha dado —dijo el "Peluca"—. Yo lo he visto.
Todos miraron al "Peluca". Se reía, con
esa expresión extraña, de tonto compungido, que parecía que ya iba a lanzar el
llanto. No le hicieron caso.
— ¡Miente!
—dijo Gerardo—. Eran bromas.
— ¡Tú, primero! ¡Largo de aquí, a tu clase, que
bien la necesitas! —ordenó el Padre al "Peluca"—. ¡Toquen la
campanilla!
Concluyó el recreo.
El Padre se quedó con nosotros tres, solos.
—Padre —le rogué— déjeme ir un instante al
internado, tengo que traerle algo urgente a Antero.
—Anda —me dijo.
A saltos subí las escaleras. Abrí mi baúl y saqué,
del fondo, mi único zutnbayllu. El dormitorio estaba en penumbras; las vigas de
madera, que no habían sido aún cubiertas de cielorraso, se veían a la luz de la
ventana entreabierta. Un ruiseñor americano, el jukucha pesk'o, pequeñísimo e
in-quieto, saltaba sobre un tirante de madera, cantando; voló por la ventana.
—¡Zumbayllu, zumbayllu! ¡Adiós! ¡Te compadezco! —le
dije al trom-po—. Vas a caer en manos y en bolsillos sucios. Quien te hizo es
ahora ahi-jado del demonio.
Bajé. El Padre seguía hablando con Gerardo y
Antero. Los vi altos y corpulentos, de color amarillo. Creí que de la mancha
del ojo de Gerardo iba a saltar un chorro de pus, o algún otro líquido insano.
Llegué junto a ellos. Dudé, delante del Padre. Pero
me decidí a mostrar el zumbayllu.
—Te lo devuelvo, Antero —le dije—. Mejor ahora que
el Padre es testigo.
Lo sorprendí. Me recibió el pequeño trompo, sin
reflexionar. Pero vi en sus ojos un torbellino. El agua pura de los primeros
días pareció volver; su rostro se embelleció, bañado desde lo profundo por la
luz de la infancia que renacía. Lo que había de cinismo, de bestialidad en sus
labios, se desva-neció; enrojecieron de sangre.
—No, hermano —me dijo—. ¡Padre, yo le regalé ese
zumbayllu\ ¡Que no me lo devuelva!
Gerardo quedó aturdido, incómodo. Percibió el
cambio de expresión de Antero. El Padre comprendió que algo había ocurrido
entre nosotros. Nos examinó a los ojos, detenidamente. Gerardo permaneció
indeciso, casi per-dido entre nosotros tres. La mancha de sus ojos flotaba,
inconsciente, como la pupila dilatada de los gatos en la sombra, sin intención,
sin inteligencia. No lo despreciaba ya; mi indignación fue calmándose. Lo miré
y él pes-tañeó.
—¿Por qué le devuelves el trompo? ¿No era un
recuerdo? —preguntó el Padre.
La atención que nos prestaba era, claramente, un
homenaje al hijo del jefe de la guardia, al nuevo campeón.
—Fue un recuerdo de Abancay —le dije—. Ya lo
recibió, pero si él quiere devolvérmelo ahora...
Antero me alcanzó el zumbayllu, como
si le quemara.
—¿Un recuerdo de Abancay? ¿Cómo es eso? —preguntó el Padre.
— ¡Por el zumbayllu soy de Abancay, Padre! —le
repliqué—. No existe en ningún otro pueblo.
Volvió a mirarnos a los tres.
—Arreglen el pleito entre ustedes —dijo—. Creo que
es cosa de mucha-chos. Pero juren no pelearse. Además, éste es chico. Ustedes
son casi jóve-nes. ¡Unos jóvenes!
El Padre los halagaba, como solía hacerlo con
quienes tenían poder en el valle. Era muy diestro en su trato con esta clase de
personas; elegía cui-dadosamente las palabras y adoptaba ademanes convenientes
ante ellos. Yo era sensible a la intención que al hablar daban las gentes a su
voz; lo en-tendía todo. Me había criado entre personas que se odiaban y que me
odia-ban; y ellos no podían blandir siempre el garrote ni lanzarse a las manos
o azuzar a los perros contra sus enemigos. También usaban las palabras; con
ellas se herían, infundiendo al tono de la voz, más que a las palabras, veneno,
suave o violento.
Se fueron primero ellos, Antero y su amigo; se
despidieron respetuosa-mente del Padre. Antero siguió a Gerardo. No me dieron
la mano.
— ¡Anda tú, loquito! —me dijo después el Padre—. Y
no molestes a Gerardo. Ya verás cómo barremos con todos los equipos de fútbol y
los atletas del Cuzco. ¡Que eso te alegre!
Puse en un bolsillo de mi saco el zumbayllu.
Acaricié su pata fría y sus ojos; por ellos cantaba y bailaba. Estaba quieto e
inerte sobre el tocuyo de mi bolsillo, entre los desperdicios de pan y
chancaca. Pero cuando los exter-nos se fueran, lo haría bailar en el patio de
honor, sobre el empedrado; y sería entonces el más vivo, el más activo y
dichoso, la mejor criatura que se movía a la luz del sol.
Al día siguiente ninguno de los dos jóvenes me
habló. Me ignoraron. En los labios de Antero había madurado otra vez esa
especie de bestialidad que endurecía su boca, más que los otros rasgos de su
cara. Sus lunares, especial-mente los que tenía sobre el labio superior y en el
cuello, parecían estar unidos por alguna corriente interna secreta, con los
labios. Yo había visto en la piel de los cerdos machos encelados trozos
semejantes a esos lunares, tal como ahora se exhibían.
No vino Gerardo a pedirme cuentas de los insultos
que delante de tes-tigos le dirigí en el patio. Supe que Antero dijo que yo era
un forastero algo "tocado". Se dedicaban a entrenarse en pruebas de
atletismo; Antero pros-peraba en las de lanzamiento. Los alumnos admiraban cada
vez más a Ge-rardo. Era alegre, generoso con los pequeños. Los adiestraba en
saltos y ca-rreras y otros ejercicios que según él desarrollaban la agilidad o
la resisten-cia. Palacitos tomaba parte en los juegos; se enaltecía.
Pablo, el hermano de Gerardo, se hizo amigo de
Valle. El también culti-vaba la erudición y la elegancia. Conquistó, además, a
un Martel, a un Gar-mendia, y a un joven delgado y pálido, de apellido
extranjero que tampoco se mezclaba con la plebe. Cuidaban de su ropa y no iban
al campo de tierra. Subían durante los recreos al corredor alto. El Padre
Director los toleraba. Ocuparon también la parte del corredor que daba al salón
privado del Di-rector, sobre la bóveda de entrada al Colegio. El Padre no los echó
de allí.
Reunidos en ese lugar privado, limpios, con los
puños de la camisa almido-nados, sus corbatas de seda bien cuidadas, y el
k'ompo de Valle que se hizo cotidiano, ese grupo de alumnos daba la impresión
de gente empingorotada que estuviera de visita en el Colegio. Todos eran
alumnos de años superio-res. Las discusiones y peroratas que armaban en ese
alto escenario me daban la impresión de ficticias, de exageradas, aunque Valle
era el que más ges-ticulaba; la actitud de los otros parecía más natural, aun
la expresión de tranquilo menosprecio con que nos miraban.
Ocurría, con frecuencia, que al toque de la
campanilla llegaba corriendo al patio de honor, Gerardo; sudoroso, despeinado,
la ropa llena de polvo. Miraba con expresión socarrona a los doctos y
acicalados jóvenes del corre-dor alto, y se echaba a reír de buena gana.
— ¡Caballeros! ¡Caballeros! —decía. Y se reía a carcajadas.
Y no llevaban intención malévola sus palabras ni su
ademán. Era un muchacho feliz y fuerte. Se reía de los excluidos. Daba vueltas
alrededor del "Peluca", a gran velocidad.
—A ver si te quito de la cara ese gesto de llorón
—le decía, también sin deseo de herirlo.
El "Peluca" giraba la cabeza mirándolo
correr. La gran mancha del ojo izquierdo se avivaba en el rostro de Gerardo,
cuando se detenía frente al "Peluca"; una expresión de dicha
avasalladora y cruel transmitía.
Los jóvenes del corredor alto lo trataban con una
especie de condescen-dencia que no podía disimular la preocupación y quizá la
envidia, a pesar de que, excepto Valle y el hijo del Comandante, tenían
realmente la apariencia de jóvenes discretos, retraídos por el estudio y las
costumbres. Pero un tem-blor perceptible sacudía sus rostros cuando oían hablar
de los éxitos amorosos y deportivos de Gerardo y cuando reía a carcajadas.
Romero también se dejaba guiar por él.
—No hay discusión —decía—. En la costa saben más
que nosotros; tienen más adelanto en todo.
Dejó de tocar su rondín varias noches. Lo sentí
preocupado. Yo lo se-guía. Palacitos estaba deslumhrado por sus nuevos
descubrimientos.
—No puedo tocar. No hay ánimo —me dijo Romero,
cierta noche. —Sin ti no habría equipo, de nada. Y no conoces sino Andahuaylas
y
Abancay, y el camino —le dije.
—¿Así que tú crees que en la costa no hay más
adelanto?
—Sí, creo que hay más adelanto. Pero, ¿quién te
gana a ti en salto largo? ¿Quién te pasa en la defensa? ¿Te pasa Gerardo? ¿No
he visto cómo lo haces hociquear en el campo y la bola queda a tus píes?
Romero era ingenuo, alto, fuerte y creyente.
Tocó huaytios en
seguida, esa noche.
—Casi te avergüenzas del huayno ¿no?
—le pregunté.
—¿Será eso? —dijo.
—Yo he estado en la costa, hermano —le dije—. En el
puerto de Lomas. La iglesia es una cueva que los pescadores les han quitado a
los lobos, y la torre es una armazón de huesos de ballena. ¡Lindo puerto,
hermanito! Pero
triste y con la braveza del mar que te predica en
las noches como una ma-nada de toros.
—Ese Gerardo le habla a uno, lo hace hacer a uno
otras cosas. No es que se harte uno del huayno. Pero él no entiende quechua; no
sé si me des-precia cuando me oye hablar quechua con los otros. Pero no
entiende, y se queda mirando, creo que como si uno fuera llama. ¡Al diablo!
Vamos a tocar un huayno de chuto/ bien de chuto —dijo entusiasmándose. Se metió
el rondín a la boca, casi tragándose el instrumento, y empezó a tocar los
bajos, el ritmo, como si fuera su gran pecho, su gran corazón quien cantaba.
Por las primeras notas reconocí la melodía; la
letra empezaba con estos versos:
Vaquillachallaykita tiyay watakuykuy Amarra
tía a tu
vaquillita
torillochallaymi
suelto kacharisk'a. mi
torillo está suelto.
—Oye —me dijo, después, Romero—. Pero es cierto que
las mujeres se
mueren por Gerardo. Será la novedad y que él es
campeón. Lo persiguen.
—No hablemos de eso, Romerito; sigue
tocando. El padre
de Palacios
llega mañana...
Era cruel oírle decir que las muchachas se
disputaban a Gerardo. Era
cruel confirmarlo así, después de haber escuchado a los dos amigos, a
él y
a Antero, en confidencias. ¿Es que ellas nada
sabían? ¿No
sabían que el
hijo del Comandante era sólo como el "Peluca"? ¿Nada más?
Así, asque-
roso, aunque sin su impaciencia, sin ese indomable
furor, pero con la misma
baba de sapo; y
cauteloso, artero, y tan contagioso que había
transmitido
a los lunares y al rostro del "Markask'a"
esa huella de bestialidad que ahora
lo manchaba.
—Espérame, Romerito —le dije.
" ¡Claro
que sería su destino, el de su sangre! " —iba diciendo, recor-dando a
Antero, mientras me dirigía, despacio, al campo de juego. En un extremo del
patio oscuro, cavé con mis dedos un hueco. Con un vidrio fino me ayudé para
ahondarlo. Y allí enterré el zumbayllu. Lo estiré al fondo, palpándolo con mis
dedos, y lo sepulté. Apisoné bien la tierra. Me sentí ali-viado.
—¿Qué sucederá? —me dijo el "Peluca" que
rondaba en el pasadizo—. Ocho días que no viene.
—La opa, ¿no?
—Sí. Dice la cocinera que seis días ha temblado con
la fiebre. Y los Pa-dres ¡ni saben, ni les importa!
—¿Con fiebre alta?
—Tiembla, dice. ¿Por qué no vas a verla? A ti te
deja entrar la co-cinera.
—Mañana temprano,
"Peluca"; iré
tempranito.
Regresamos juntos al patio empedrado. Romero seguía
tocando la música
1 Indio.
con la que me acompañé mientras enterraba el
zumbayllu-, el bailarín que me hizo conocer el valle, grano a grano de la
tierra, desde las cimas heladas hasta las arenas del fondo del Pachachaca, y el
Apurímac, dios de los ríos. Ahora yo buscaría en las tiendas de los barrios un
winku nuevo. Los había estudiado. Con la protección de la cocinera, delante de
la opa, abriría a fuego, con un clavo ardiendo, los ojos del trompo. Le haría
una púa de naranjo. Bajaría después al río. En el puente lo estrenaría. Desde
el fondo del abismo cantaría el winku, sobre el sonido del río. Y en seguida
del primer canto, iría a las orillas del Pachachaca, y bautizaría al zumbador
con las aguas, en plena corriente. Lo templaría, como los herreros a las hojas
finas de acero.
—Oye —me dijo, con voz misteriosa, el
"Peluca", cuando estábamos por llegar al corredor—. Oye: cuídate de
Gerardo. ¿No le ves sus ojos? ¿Son acaso como de un cristiano? Lo has insultado
feo. Los guardias te pueden llevar lejos y te pueden degollar. En un rato te
comerían los perros y los buitres. Estos guardias saben todo, por estudio. No
son como los gendarmes que andaban con las chicheras. ¡Cuídate, forastero!
¿Quién re-clamaría por ti? ¿No dices que tu padre está a cien leguas? ¿Y si
echan tu cuerpo al Pachachaca, de noche? "¡Cerdo, hijo de militar!",
le dijiste. Es para no olvidarse. Y ellos, ¿no ves?, son los papachas, aquí, en
Abancay.
Lo que decía era incoherente, pero alguna evidencia
transmitía. Se ex-pandió su garganta para pronunciar fúnebre y solemnemente las
palabras. Le presté atención.
—¿Que echarían mi cuerpo al Pachachaca? —le dije.
—Tu cuerpo ya muerto.
—¿Muere el cuerpo?
—¿Qué dices?
—¿El agua es muerta, "Peluca"? ¿Crees?
—Otra cosa es.
—Si no es muerta sería mejor que llevaran mi cuerpo al
Pachachaca.
Quizá el río me criaría en algún bosque, o debajo
del agua, en los remansos.
¿No crees? —le pregunté.
—Si fueras mujer, quizá. "Disvarías".
—Pero no soy todavía como tú. Quizá me llevaría
lejos, adentro de la montaña; quizá me convertiría en un pato negro o en un pez
que come arena.
—De veras, creo que eres loco. Oye, Ernesto; yo que
tú, después de lo que has insultado al hijo del Comandante y después que, en
dos semanas, ni te ha mirado siquiera, y que tu amigo tampoco, el
"Markask'a", por con-veniencia con el Gerardo, ni te habla, ¡yo me
fugaría lejos, donde mi padre! Llegar a cualquier parte es fácil ¿pero aquí?
¡Algo te van a hacer ...! ¿Tú crees que el Padre reclamaría por ti? —siguió
hablando—. Y no confíes. Van a esperar. No será mañana ni pasado... Pero yo no
he de olvidar. Será cualquier día...
—¿Y también
fugarías, después de lo que me has dicho?
—¿Por qué? Yo te he dicho no más. ¡Sucederá,
seguro! Si Gerardo no le cuenta, otros le dirán al Comandante.
— ¡Tú irás a decirle, como al Padre! —le grité.
—¿Yo hermanito, yo hermanito? Soy un perro, soy un
perro, ¡qué voy a ir! Cuídate; no creas, yo también te voy a cuidar.
—¿Por qué?
—Dios ha permitido que te avise. Me ha castigado.
Estoy contigo ya, por eso, como los condenados a los que encadenan juntos.
¡Diosito! ¡No vayas lejos de Abancay; no entres a los cañaverales; no bajes al
Pachachaca!
Lo dejé gimoteando.
Romero había dejado de tocar y conversaba con
el "Chipro".
—¿Qué te ha dicho el "Peluca" —me preguntó.
—Dice que la opa tiene fiebre.
—¿De veras?
—Fiebre alta.
—Oye —dijo el "Chipro" con voz
temblorosa—, sé que en la banda de enfrente, en la hacienda Ninabamba están
muriendo. ¡Algo sucede! ¡Al Padre Augusto lo llevaron para una misa! Dicen que
no ha valido sino para que la fiebre salga a otros caseríos. Yo soy de un
pueblo de las alturas de Ninabamba; me visitaron ayer. Estoy para irme al otro
lado de la cordi-llera, con mi familia. ¡Creen que es la peste! No hay que
bajar a los valles. Las fiebres grasan en el calor, sin misericordia.
—¿Y cómo es que en Abancay nada saben?
—¿Cómo? Será por el regimiento que estuvo. Las
diversiones. Pero ya deben saber; algo estarán preparando.
Se acercaron el "Iño" y el pampachirino.
—Dice que el pampachirino ha oído que ya hay
control de guardias en el puente.
—¿Control? ¿Quién ha de controlar a la fiebre?
—dijo el "Chipro".
— ¡Cuentos! —dijo Romero—. Desde la llegada del
regimiento inventan en los barrios esos cuentos. ¡Que la peste ha de venir, que
los chunchos, que el "yana batalla"!
—Ninabamba es la hacienda más pobre y la que está
más lejos de Aban-cay, casi en la altura. ¡Veremos! —contestó el
"Chipro"—. Si es la fiebre llegará, de cañaveral en cañaveral, como
el incendio, cuando el viento empuja al fuego. ¡A mí no me alcanza! Me iré tras
la cordillera
Llamaron para subir al dormitorio. Escalamos
despacio las gradas, sin atropellarnos, cuidando de no hacer ruido.
El Padre entró al dormitorio y nos hizo rezar.
Cuando iba a salir y se dirigía a la puerta, le habló el pampachirino.
—Padre —le dijo—, me han avisado que la fiebre está
grasando en la otra banda. ¿Usted sabe?
—¿Qué? —preguntó el Padre.
—La fiebre, Padre; el tifus. Está grasando en
Ninabamba; dicen que está bajando a las otras haciendas. Los colonos ya están
comiendo los piojos de los muertos. Así es...
— ¡Nada sé, nada sé! Serán las chicheras que
inventan historias para asustar a la gente. ¡Silencio! Vuelvan a rezar.
Nos hizo rezar de nuevo. Y su voz cambió. Imploraba
con vehemencia. Se dio cuenta y cambió de tono, al sonsonete de costumbre. Pero
se santiguó al final, pronunciando las palabras con solemnidad.
—Duerman tranquilos, hijos.
Se despidió y fue a pasos lentos hasta la
puerta; apagó la luz.
Creí que los internos, todos, se levantarían de sus
camas o se sentarían para seguir preguntando y averiguando sobre la peste. Que
se reunirían alre-dedor de la cama del pampachirino o del "Chipro".
Los había visto siempre alborotarse fácilmente, exagerar los rumores, contar,
inventar, deducir, casi en un estado de competencia. Pero esta vez, se
cubrieron la cabeza con las frazadas y se callaron inmediatamente; se aislaron.
Quedé solo, como debían estar los demás. Todos habríamos visto a la peste, por
lo menos una vez, en nuestros pueblos. Serían los recuerdos que formaron un
abismo entre una cama y otra.
" ¡Está grasando la fiebre!" La noticia
resonaba en toda la materia de que estoy hecho. Yo había visto morir con la
peste, a cientos, en dos pue-blos; en Querobamba y Sañayca. En aquellos días
sentía terror cuando alguna mosca caminaba sobre mi cuerpo, o cuando caían,
colgándose de los techos o de los arbustos, las arañas. Las miraba
detenidamente, hasta que me ardían los ojos. Creían en el pueblo que eran la
muerte. A las gallinas que cacareaban en el patio o en el corral, las
perseguían, lanzándoles trozos de leña, o a pedradas. Las mataban. Sospechaban
también que llevaban la muerte adentro, cuando cacareaban así, demostrando
júbilo. La voz de las gallinas, imprecisa, ronca, estallaba en el silencio que
en todas las casas cuidaban. El viento no debía llegar con violencia, porque en
el polvo sabían que venía la muerte. No ponían al sol los carneros degollados,
porque en la carne anidaba el chiririnka, una mosca azul oscura que zumba aun
en la oscuridad, y que anuncia la muerte; siente, al que ha de ser cadáver,
horas antes, y ronda cerca. Todo lo que se movía con violencia o repentinamente
era temible. Y como las campanas doblaban día y noche, y los acompañantes de
los muertos cantaban en falsete himnos que helaban la médula de nuestros
huesos, los días y semanas que duró la peste no hubo vida. El sol parecía en
eclipse. Algunos comuneros que conservaban la esperanza, quemaban el pasto y
los arbustos en la cima de los cerros. De día, la sombra del humo nos
adormecía; en la noche, la luz de los incendios
descendía a lo profundo de nuestro corazón. Veíamos con desconcierto que los
grandes eucaliptos
no cayeran también con la peste, que dentro del
barro sobrevivieran retor-ciéndose las lombrices.
Me encogí en la cama. Si llegaba la peste entraría
a los caseríos inmundos de las haciendas y mataría a todos. " ¡Que no pase
el puente! ", grité.
Se sentaron algunos internos.
— ¡Eso es! ¡Que
no pase el puente! —dijo el
pampachirino.
—Sí. Que se mueran los del otro lado no más. Como
perros —replicó el "Chipro".
—Tú has dicho que se están comiendo ya a los piojos
de los muertos. ¿Qué es eso, hermanito? ¿Qué es eso?
Mientras preguntaba al pampachirino, se me enfriaba
la sangre; sentí hielo en ese salón caldeado.
—Sí. Las familias se reúnen. Le sacan al cadáver
los piojos de la cabeza y de toda su ropa; y con los dientes, hermano, los
chancan. No se los comen.
—Tú dijiste que se los comían.
—Los muerden, antes. La cabeza les muelen. No sé si
los comen. Dicen ellos "usa waykuy". Es contra la peste. Repugnan del
piojo, pero es contra la muerte que hacen eso.
—¿Saben, hermano, que el piojo lleva la fiebre?
—No saben. ¿Llevan la fiebre? Pero el muerto, quién
sabe por qué, se hierve de piojos, y dice que Dios, en tiempo de peste, les
pone alas a los piojos. ¡Les pone alas, hermanito! Chicas dice que son las
alas, como para llegar de un hombre a otro, de una criatura a su padre o de su
padre a una criatura.
— ¡Será el
demonio! —dije.
— ¡No! es ¡Dios; Dios sólo manda la muerte! El demonio tiene rabo;
la muerte más grande que él.
Con el rabo
nos tienta, a los de sangre
caliente.
—¿Tú le has visto las alas al piojo enfermo?
— ¡Nadie, nadie, hermanito! Más que el vidrio dicen
que es transpa-rente. Y cuando el piojo se levanta volando, las alas, dice,
mueve, y no lo ven. ¡Recemos, hermanitos!
— ¡En silencio! —gritó Valle—. ¡En silencio!
—repitió, suplicando. —Como en la iglesia, mejor, en coro —dijo,
arrodillándose, el "Peluca".
— ¡Cállense! Parecen gallinas cluecas —dijo Romero
con voz firme—. Por la opa no más tanta tembladera. No hay peste en ningún
sitio. Las chi-cheras se defienden o se vengan con la boca. ¡Ojalá las zurren
de nuevo!
Ya nadie habló. Romero debió tranquilizar a muchos.
El "Peluca" se acostó. Se durmieron todos. Algunos gemían en el
sueño. Yo escuché durante la noche la respiración de los internos. Pasaron
grupos de gentes por la calle. Oí, tres veces, pronunciar la palabra peste. No
entendí lo que decían, pero la palabra llegó clara, bien dirigida. Algunos
internos despertaron a media noche; se sentaban y volvían a recostarse.
Parecían sentir calor, pero en mi cama seguía el frío.
Yo esperé el amanecer, sin moverme. Hubo un
instante en que me sa-cudí, porque creí que me había pasado, de tanto contener
mi cuerpo. No me fiaba de los gallos. Cantan toda la noche; se equivocan; si
alguno, por alte-rado, o por enfermo, canta, le siguen muchos, arrastrados por
el primer lla-mado. Esperé a las aves; a los juskucha pesk'os que habitaban en
el tejado. Uno vivía dentro del dormitorio, en el techo sin cielorraso. Salía a
la ma-drugada; brincaba de tijera a tijera, sacudiendo las pequeñas alas, casi
como las de un picaflor, y volaba por la ventana que dejaban abierta para que
entrara aire.
El ruiseñor se levantó al fin. Bajó a un tirante de
madera y saltó allí muchas veces, dándose vueltas completas. Es del color de la
ardilla e in-quieto como ella. Nunca lo vi detenerse a contemplar el campo o el
cielo.
Salta, abre y cierra las alas, juega. Se recreó un
rato en la madera, donde caía la luz de la ventana. Le dio alegría a mi corazón
casi detenido; le trans-mitió su vivacidad incesante; pude verle sus ojos,
buscándolos. ¡Ni un río, ningún diamante, ni la más noble estrella brilla como
aquella madrugada los ojos de ese ruiseñor andino! Se fue, escapó por la
ventana. La claridad del amanecer lucía, empezaba sobre las cosas del
dormitorio y en mí. Bajé de la cama y pude vestirme, en silencio. Recordando a
Chauca, cuando escapó para flagelarse en la puerta de la capilla, abrí la
puerta del dormitorio, em-pujándola hacia arriba, y no hice ruido.
Ya en el patio, el cielo que iba iluminándose, con
ese júbilo tierno que la naturaleza muestra en los valles cálidos, al nacer el
día, fue cautivándome.
Pensé, entonces, que debía hacer bailar, mejor, a
mi zumbayllu, como en la madrugada en que por primera vez me sentí una criatura
del Pachachaca.
" ¡Lo
rescataré! —dije—. ¡Ahora habrá aprendido quizá otros tonos ya que ha dormido
bajo la tierra! "
Corrí al patio interior. La puerta del pequeño
callejón que conducía a la cocina y al cuarto de la opa no estaba cerrada.
Todos mis temores renacie-ron. "¡Ella!", dije.
Entré al angosto pasadizo. Llegué al pequeño patio
donde guardaban la leña. Pasaba por allí la acequia empedrada, de agua
pestilente, de los excusados. La puerta del cuartucho donde dormía la opa
estaba entreabierta. La empujé. Me miró la cocinera; parecía que ella también
acababa de en-trar; sus ojos se llenaron de lágrimas.
Sobre unos pellejos descansaba el cuerpo de la opa.
Me acerqué. En la rama mocha de uno de los troncos que sostenía el techo de
malahoja y cala-mina, el rebozo de doña Felipa se exhibía, cubriendo andrajos.
Le vi el rostro a la enferma. Le vi los cabellos,
de cerca, y la camisa mugrienta que le cubría el pecho, hasta el cuello.
— ¡Mamita! —le dije a la cocinera—. ¡Mamita! ¡Adiós
dile! ¡A mí también dime adiós!
Me arrodillé en el suelo, ya decidido.
En los cabellos y en la camisa de la opa pululaban
los piojos; andaban lentamente, se colgaban de cada hilo de su cabellera, de
los que caían hasta el rostro y la frente; en los bordes de la camisa y en las
costuras, los veía en filas, avanzando unos tras otros, hasta el infinito
mundo.
—¿Imam?
¿Imam? —preguntaba la cocinera.
—Tranquilízate;
sal a la puerta; de allí reza. Se
está muriendo —le dije. Ella lo sabía. Se arrodilló y empezó a rezar el
Padrenuestro, en quechua. Como a la luz de un gran sol que iluminara mi aldea
nativa, vi clara-mente la cascada de agua cristalina donde los deudos de los
muertos por la fiebre lavaban la ropa de los difuntos; y el eucalipto ante cuya sombra llo-
raban en la plaza, mientras hacían descansar a los
féretros.
"A esta criatura que ha sufrido recógela, Gran
Señor —la cocinera, con-cluido el Padrenuestro, dirigió a Dios su propio ruego,
en quechua—. ¡Ha sufrido, ha sufrido! Caminando o sentada, haciendo o no
haciendo, ha sufri-do. ¡Ahora le pondrás luz en su mente, la harás ángel y la
harás cantar en tu gloria, Gran Señor...! "
—Voy a avisar al Padre —le dije—. No entres ya a la
choza, hasta que vuelva yo.
En el patio de honor me detuve. Sentí que millares
de piojos caminaban sobre mi cuerpo, y me calentaban. "¿Cómo le llevo el
contagio, cómo le llevo?", exclamaba, indeciso. Pero había que salvar a
los otros. "Lo llamaré y correré", dije.
Subí las gradas, despacio, cuidando de no hacer
rechinar la madera. Toqué la ventana del dormitorio del Padre. Me oyó.
—Padre —le dije—. La opa Marcelina ha muerto. ¡De
tifus, Padre!
¡Hágala sacar del Colegio!
Bajé las gradas, casi a la carrera.
La cocinera seguía de rodillas, en la puerta de la
choza.
Yo entré. Miré el rebozo de doña Felipa, con
repentina alegría. Lo bajé del tronco y se lo entregué a la cocinera.
—Guárdamelo, señora, es un recuerdo para mí —le
rogué.
Se puso de pie y fue a guardar la castilla en la
cocina.
Cuando regresó, me había sentado ya en el suelo,
junto a los pellejos de la opa.
—Si yo me muero, lavarás mi ropa —le dije a la
cocinera.
Ella me miró extrañada, sin contestarme.
Levanté los brazos de la opa y los puse en cruz
sobre el pecho; sus manos pesaban mucho. Le dije a la cocinera que eso era
extraño.
— ¡Es lo tanto que ha trabajado, que ha
padecido! —me contestó.
Una chiririnka empezó a zumbar sobre mi cabeza. No
me alarmé. Sienten a los cadáveres a grandes distancias y van a rondarles con
su tétrica musi-quita. Le hablé a la mosca, mientras volaba a ras del techo:
"Siéntate en mi cabeza —le dije—. Después escupes en la oreja o en la
nariz de la muerta".
La opa palideció por completo. Sus rasgos
resaltaron.
Le pedí perdón en nombre de todos los alumnos.
Sentí que mientras hablaba, el calor que los piojos me causaba iba
apaciguándose; el rostro de ella embellecía, perdía su deformidad. Había
cerrado ya sus ojos, ella misma.
Llegó el Padre.
— ¡Fuera! —me gritó—. ¡Sal de allí, desgraciado!
—Yo ya no, Padre —le rogué—. Yo ya no.
Me sacó, arrastrándome del cuello. Dos hombres
estaban detrás de él,
con sábanas en las manos. Envolvieron rápidamente a
la muerta y la levanta-ron. Se la llevaron a paso ligero. Yo los seguía.
Uno de los hombres la agarraba de la cabeza y el
otro de los pies. Era aún la madrugada. En un instante cruzaron el patio
empedrado, entraron a la sombra de la bóveda. El portero tenía abierto el
postigo. Se fueron.
Estaba llorando cuando el Padre me llevó a
empujones, hincándome por la espalda con un trozo de leña, hasta el pequeño
estanque de cemento que había junto a los excusados. Desde fuera ordenó que me
desnudara. El por-tero me limpió el cuerpo con un trapo; me cubrió con otra
sábana y me llevó cargado a la celda todavía deshabitada del Hermano Miguel.
Desde el corredor alto vi ascender al sol, por las
cimas de los precipicios, sobre la otra banda de la quebrada.
Me acostaron en la cama del Hermano. El Padre me
empapó los cabellos con "kreso" y me envolvió la cabeza con una
toalla blanca.
—Ella fue con el Padre Augusto a Ninabamba, hace ya
como dos sema-nas —le dije—. Los vi pasar el puente del Pachachaca. Doña
Marcelina subió a la cruz de piedra, como un oso. Ya estaba para morir, seguro,
como yo, ahora.
— ¡La desgraciada, la bestia! Se metería con los
indios en la hacienda, con los enfermos —dijo el Padre, estallando en ira, sin
poder contenerse.
— ¡Ya está la peste, Padre, entonces! ¡Ya está la
peste! Yo voy a mo-rir. Hará usted que laven mi ropa, que no la quemen. Que
alguien cante mi despedida en el panteón. Aquí saben —le dije.
— ¡Infeliz!
—me gritó—. ¿Desde qué hora estuviste con ella?
—En la madrugada.
—¿Entraste a su cama? ¡Confiesa!
—¿A su cama, Padre?
Me escrutó con los ojos; había un fuego asqueroso en ellos.
— ¡Padre! —le grité—. ¡Tiene usted el infierno en
los ojos! Me cubrí el rostro con la frazada.
—¿Te
acostaste? Di; ¿entraste
a su cama? —seguía
preguntándome.
Acezaba; yo
oía la respiración de su pecho.
El infierno existe. Allí estaba, castañeteando
junto a mí, como un fuelle de herrero.
— ¡Di, oye, demente! ¿Entraste a su cama?
— ¡Padrecito! —le volví a gritar, sentándome—.
¡Padrecito! No me pre-gunte. No me ensucie. Los ríos lo pueden arrastrar; están
conmigo. ¡El Pachachaca puede venir!
—¿Qué? —dijo; se acercó más aún a mí. Sentí el
perfume de sus ca-bellos—. ¿No entraste, entonces, a su cama? ¡No entraste!
¡Contesta!
Le sentí amedrentado; creo que la confusión
empezaba a marearlo. Era violento.
Me tomó de las manos. Y volvió a mirarme, tanto,
que le hice frente. Sus ojos se habían descargado de esa tensión repugnante que
lo hizo aparecer como una bestia de sangre caliente. Le hablé, mirándolo:
—Recé a su lado —dije—. Le crucé sobre el pecho sus
manos. Le he despedido en nombre de todos. Se murió tranquila. Ya se murió,
felizmente. Ahora, aunque me dé la fiebre, me dejará usted irme donde mi padre.
— ¡Siempre el mismo! Extraviada criatura. No tienes
piojos, ni uno. Te hemos sálvado a tiempo. Quizá no debí preguntarte cosas,
esas cosas. ¡Ya vuelvo!
Se fue, en forma precipitada. Sentí que cerraba la
puerta con llave. Había que evocar la corriente del Apurímac, los bosques de
caña brava
que se levantan a sus orillas y baten sus penachos;
las gaviotas que chillan con júbilo sobre la luz de las aguas. ¿Y al Hermano
Miguel? Su color prieto, sus cabellos que ensortijándose mostraban la forma de
la cabeza. El no me hubiera preguntado como el Padre Director; me habría hecho
servir una taza de chocolate con bizcochos; me habría mirado con sus ojos
blancos y humildes, como el de todo ser que ama verdaderamente al mundo.
Me cubrí la cabeza con las frazadas y no pude
contener el llanto. Un llanto feliz, como si hubiera escapado de algún riesgo,
de contaminarme con el demonio. Me senté después, ya descansado, para examinar
bien el pequeño cuarto, los cuadros religiosos que colgaban de las paredes.
Reconocí a una Virgen, y le hablé al Hermano:
"Te digo Hermano Miguel que, una vez, en
Huamanga, la señora donde quien estuve alojado me obsequió una Virgen como esta
que preside tu cuarto. Tenía un marquito de vidrio. La guardé en el bolsillo de
mi saco durante los días que estuve en Huamanga. Por las noches colgaba el
cua-drito de la pared, cerca de mi cabecera. Mi padre se fue primero a
Cangallo. Me hizo llamar a la semana siguiente, con unos arrieros. Envió un
lindo burro azulejo para mí. Pero los arrieros tuvieron más carga; me rogaron
que les prestara el burro, que ellos me llevarían en el anca de un mulo orejón,
con cara de aburrido, porque era manso. Me dio pena el mulo y preferí ir a pie.
¡Yo soy bravo caminando a pie, Hermano! Salimos a las tres de la mañana de
Ayacucho para subir la gran cuesta, amanecer en la cumbre, y pasar la pampa de
los morochucos, de día. Tú sabes, Hermano, que esos caballistas barbones son
bandidos. Con el apuro y la confusión de la partida olvidé a mi Virgen, la dejé
en la pared. Me acordé de ella cerca de la cum-
bre, cuando el sol aparecía. '¡Los alcanzo,
seguro!', les dije a los arrieros. Y regresé a la ciudad; dos leguas de
distancia. Entré a carrera al patio y al cuarto donde me habían alojado. Estaba
la Virgen. La descolgué; era peque-
ñita, pero con su marco de vidrio. La dueña de la
casa me besó al verme salir con la imagen y me regaló una naranja para el
camino. ¡Alcancé a los arrieros, Hermano, en plena pampa, al mediodía! Iban
rápido, arreando la piara de muías. Me subieron al anca del mulo. Me
festejaron, cuando les mostré la Virgen. Podía protegernos contra los
bandoleros. Tres años des-pués, un maldito, en mi pueblo, rompió el marco y me
tiró la estampa a la cara. Tú debes saber quién fue, Hermano. Que una víbora
entre a su cama y le eche veneno a los ojos. Ciego que marche al infierno,
cayéndose y le-vantándose, sin encontrarlo en años de años. Quizá para él sea
peor eso que arder en el fuego. ¡Yo lo conozco! "
Escuché pasos en el corredor, el andar de mucha
gente. Ya estarían al-borotados. La bulla había empezado mientras le hablaba al
Hermano.
Me saqué la toalla de la cabeza. Era blanca. Ni un
piojo encontré. Olía a desinfectante.
" ¡Hermano!
—volví a decir—. ¡Quizá no me dé la fiebre! ¡Quizá me salve! La opa Marcelina
estará rogando por mí en la gloria. Ella quemará las alas de los piojos, nos
salvará. Pero ya no podré bajar al Pachachaca. Tendré que irme por el lado del
Cuzco, rodeando."
Salté de la cama. Me vi desnudo y me cubrí con una
frazada. Caminé probando mis fuerzas. " ¡Yo no tengo la fiebre! Voy a
escapar. El Padre me ha salvado. Tiene suciedad, como los otros, en su alma,
pero me ha de-fendido. ¡Dios lo guarde! "
Volví a acostarme. Sentí que la cama me abrigaba.
"Es el espíritu del Hermano", pensé. "¡Que cierren el puente, no
hay ya sino que cerrar el puente! ", exclamé.
Pretendí salir para ayudar en los mandados; para
bajar con los "civiles" al río, aunque no me pareciera seguro que
esos chillantes soldados de botas y sombrero pudieran soportar el sol de la
quebrada y la guardia permanente. Pero la celda estaba firmemente cerrada.
" ¡Vendrán
en avalancha los colonos de enfrente —reflexioné a solas—. O se morirán
tranquilos en sus chozas de malahoja! Ellos no tienen espanto a la muerte. La
reciben entre himnos fúnebres, aunque nadie le hace caso a la muerte de un
indio. Se visten de luto en las comunidades, pero los co-lonos ya ni eso saben;
pululan en tierra ajena como gusanos; lloran como criaturas; como cristianos
reciben órdenes de los mayordomos que represen-tan a Dios, que es el patrón,
hijo de Dios, inalcanzable como El. Si un patrón de estos dijera: 'Alimenta a
mi perro con tu lengua', el colono abriría la boca y le ofrecería la lengua al
perro. ¡Morirán tiritando, como la opa Mar-celina, e irán al cielo a cantar
eternamente! No bajarán al puente —dije—. No se atreverán. Y si alguien baja y
ve a los guardias armados de sus fu-siles, y con esos sombreros alones y las
polainas y espuelas, les temerán más que a la muerte."
No oí la campana. No oí llegar a los externos.
Recordé que era día sá-bado. Me trajeron el desayuno. Entró el Padre Cárpena.
—A ver —me dijo.
Me examinó largo rato la cabeza.
—Ni uno —dijo—. Pero no saldrás hasta mañana.
Demasiado "kreso" te han puesto, inútilmente.
Me hizo lavar la cabeza en un balde de agua, con un
jabón pestilente.
—Padre, no han venido los externos —le dije.
—Es por el entrenamiento general, de fútbol y
atletismo. Los internos también salieron. Ya saben que estás enfermo.
—¿Enfermo?
—Sí, de gripe. No deben alarmarse. Yo llevé el
cadáver de la demente al hospital. Fue un ataque al corazón.
—¿Un ataque?
¿Y los piojos?
—Esas siempre los tienen.
—¿Van a dejar entrar a los sirvientes allí? ¿A todos?
—Ya no está la cocinera; por precaución. Se ha
quemado la ropa de la demente. La cocina ha sido barrida con "kreso".
¡Todo con "kreso", sin dejar un rincón! El portero ha sido también
desinfectado, a pesar de que duerme lejos.
—¿Por qué, si no hay peste?
—¿Peste? Los piojos aumentan en cualquier cuerpo
sucio, más si está enfermo.
—No, Padre. Es la fiebre. Diga que cierren el
puente. Yo he visto morir con el tifus en los pueblos. La misma cara que la
Marcelina tenían. Y así como cuentan todos de la peste, los piojos estaban
hirviendo en el cuerpo de doña Marcelina.
—¿Doña? ¿Por qué doña? ¡Deliras, no sin razón! Pero ten calma, hijo.
Por el Hermano, a quien querías.
Nada pudieron. En la tarde, los internos rondaron
cerca de la puerta de mi cuarto. Debían vigilarlos, pues no me hablaron desde
fuera.
Durante la noche hubo silencio en el patio. Sólo
por unos instantes oí el rondín de Romero. Tocó el huayno de Huanta, dedicado
al Coronel Ramírez que hizo quintear a los indios en el panteón. El Padre
Cárpena me trajo la comida.
—No hables —me ordenó.
Y comí en silencio, atenaceado, nuevamente, por los
presentimientos.
Muy entrada la noche, tocaron a mi puerta.
—¿Tienes fiebre? —me preguntó una voz. Era Abraham,
el portero.
—¿Tienes fiebre? —volvió a preguntarme.
—No —le dije.
—Yo sí, niño.
¡Me voy a morir a mi pueblo!
— ¡No! —le
dije—. Vas a llevar el contagio. ¿Adonde vas?
— ¡A Quishuara! Al otro lado del Pachachaca. Allí
ya estarán muriendo. ¡El Padre me ha quemado ya todos los piojos! Ya no voy a
llevar contagio; él dice que es por el piojo. Estaban correteando en todo mi
cuerpo y en mi cabeza también —hablaba en quechua, fatigándose—. ¡Ya no hay
ahora!
Iba a preguntarle si había dormido con la opa, pero
me asusté de la in-tención, y me quedé callado.
—En Nanibamba ha comenzado —le dije.
— ¡De allí lo levantó la finada! Yo, pues, iba a
veces donde ella. ¡La desgracia, la desgracia! Así viene la muerte, niño. La
finada defenderá a otros desde el cielo, pero a mí me estará llamando, porque
he dormido en su cama cuando ya tenía la fiebre. ¡Me estará llamando! En dónde
también me encontrará; Dios le ayuda ahora. Ya no hay salvación. En un
manantial quisiera hundirme; a la gran selva podría irme, en vano. Ya estoy
señalado. Mejor en mi pueblo voy a morir.
Les gusta hablar mucho de la muerte, a indios y
mestizos; también a nosotros. Pero oyendo hablar en quechua de ella, se abraza
casi, como a un fantoche de algodón, a la muerte, o como a una sombra helada
que a uno lo oprimiera por el pecho, rozando el corazón, sobresaltándolo; a
pesar de que llega como una hoja de lirio suavísima, o de nieve, de la nieve de
las cumbres, donde la vida ya no existe.
— ¡Abraham! ¡Aquí puedes sanar! La opa no ha de
pedir tu muerte. Ya en la gloria no se acordará de lo que ha sufrido —le rogué.
—No es ella, niño —contestó—. ¡Es Dios! Con una
enferma he dor-mido. Ella no quería. ¡No quería, pues, niño! No habré sido yo,
seguro, el que ha ido a su cama, sino el demonio. Cuanto más caliente su
cuerpo, más quería ir. El panteón no más es mi camino. Allá ¡de frente! Mi
calavera van a echar, seguro, después de años, a una ventana del cementerio. Si
tú vas a mi pueblo, cuando seas grande, búscala, niño. Tendrá un verde en la
frente. Le rompes esa parte con una piedra, y me entierras, aunque no sea en
hondo. ¡Adiós niño! He venido a darte ese encargo. ¡Llegarás a Quishua-ra,
aunque sea dentro de veinte años! ¡Gracias, papay\ El demonio que está en mi
cuerpo tiene que morir. ¡Adiós, papayl
Lo oí alejarse. " ¡Adiós! ". le dije.
Bajó las gradas. En esos instantes hubiera
percibido sus pasos, aunque por obra del demonio se hubiera convertido en
ciempiés o en culebra. Al poco rato abrió el postigo y lo cerró en seguida.
Iría al puente, a paso ligero, entraría aún de noche. Al pie de la cruz se
inclinaría, quitándose el som-brero. Nadie podría atajarlo. Llegaría hasta su
aldea, para morir.
No iba a dormir yo después de esa despedida. Más
grupos de gentes caminaron en la calle esa noche. El cuarto del Hermano era muy
oscuro; sólo una ventana alta y pequeña daba a la calle, un tragadero de luz.
Oí que caminaban rápido; escuché aún los pasos de pies descalzos. Permanecí
inmó-vil en la cama, atento. La muerte se acercaba, seguro, en mantos; avanzaba
desde el otro lado del río. "Habría que hundir el puente —pensé—, volarlo
con dinamita, hacer caer sus tres arcos. ¡Que ataquen a la fiebre por la es-palda!
" Porque ella venía con la frente hacia Abancay.
Me despertaron en la mañana, al abrir la puerta.
— ¡Ya!
—exclamó el Padre Cárpena, alarmado.
Me había dormido de espaldas, tendido, como suelen
acomodar a los muertos.
Me puse de pie.
—¿Y Abraham, Padre? —le pregunté.
—¿Abraham? —dijo, examinándome.
Tenía una gran salud el Padre Cárpena; sus orejas
eran rojas; bajo sus cejas espesas, sus ojos brillaban, siempre con alegría.
—¿Por qué preguntas?
—Se fue, Padre —le dije—. Tiene la fiebre. Vino a
despedirse de mí. ¡Llegará a su pueblo! La fiebre no lo va a tumbar en el
camino. ¡No ha de poder!
Se sentó en una silla el Padre, mirándome.
—Pero tú no estás enfermo —me dijo.
—Yo no. Vino a despedirse porque yo atendí a la opa
en su agonía y crucé sus brazos. El lo sabía, seguro.
—Hay rumores en todo el pueblo y en las haciendas.
La gente se asusta en un instante. ¿Sabes? —me dijo—. El "Peluca" ha
sido arrojado del internado, porque aullaba como un perro en el patio de
tierra, junto a los excusados. Creo que ha perdido el juicio. Simeón, el
pampachirino, se ha escapado. Mañana se van los internos. Tú te quedas aquí.
—¿El
"Peluca" aullaba, Padre?
—Sí, hijo, aullaba.
—Su madre oiría aullidos cuando lo tuvo en su
vientre; se criaría en algún lugar pesado donde los perros sufrían.
—Quizá hijo. Tres parientes lo han llevado amarrado
con sogas de cuero. Ha alborotado al pueblo. Yo creo que reventará de un
ataque.
Me hablaba con desasosiego el Padre. Fue él quien
derribó al "Peluca" de un puntapié, en el patio de tierra.
— ¡Hermano! —le dije—. El Padre creyó... que soy un
demonio, que mi sangre es caliente. ¡Ahí está el castigo!
—Pero tú, no te vas.
— ¡Me iré!
Todos se van a ir.
—Mañana —me dijo—. Las clases se suspenden por un
mes.
No me dejaron salir del dormitorio. Al principio
empujé la puerta, pre-tendí reventar el candado. Pero el Padre Cárpena me habló
desde el co-rredor.
—¿Qué has de hacer afuera? —me dijo—. ¿Ver la
desesperación? Allí, el espíritu del Hermano te acompaña.
—Esperaré —le contesté— cualquier tiempo.
A la mañana siguiente entraron caballos al patio.
Bajaron las escaleras muchas veces, murmurando, procurando guardar silencio.
"Deben temer que la fiebre se desarrolle en mi
sangre —reflexioné—. Por eso no me sueltan. Dejan irse a mis amigos, sin que se
despidan."
Los caballos salían del patio, al paso. Conté diez.
Cerca del mediodía, oí que alguien se acercaba a mi
cuarto. Se detuvo junto a la puerta. Hizo rodar dos monedas de oro, de una
libra, por la ren-dija que había junto al piso, y empujó un pequeño papel
doblado. ¡Era Pa-lacitos! Salté de la cama.
—Me voy con mi padre, hermanito. ¡Adiós! —dijo en
voz baja, apresu-radamente. Y se fue.
No alcancé a contestarle. Se alejó corriendo. No
pude hablarle. Levanté el papel. Estaba escrito, también a prisa. Lo leí:
"Mi papá te manda eso para tu viaje. Y si no salvas, para tu entierro.
Adiós, hermanito Ernesto".
Escuché que bajaban las gradas. Recogí las dos
monedas. Y volví a la cama.
Palacitos era igual que los indios y mestizos de
las comunidades. Se preocupaba del entierro. Si no se hace con un cura bien
ornamentado y si no se cantan misas, el diablo gana la competencia y se lleva
el espíritu, a rastras. Era un regalo de su parte aliviarme de todo temor,
escribiéndome en su despedida: " ¡Para tu entierro! ".
Pero si llegaba a sentir la fiebre, haría como el
Abraham. Me escaparía. Quizá no podría llegar a Coracora, pero sí a mi aldea
nativa, que estaba a tres días menos de camino. Bajaría por la cuesta de tierra
roja, de Huayrala; con esa arcilla noble modelaría la figura de un perro, para
que me ayudara a pasar el río que separa ésta de la otra vida. Entraría
tiritando a mi pueblo; sin un piojo, con el pelo rapado. Y moriría en cualquier
casa que no fuera aquella en que me criaron odiándome, porque era hijo ajeno.
Todo el pue-blo cantaría tras el pequeño féretro en que me llevarían al
cementerio. Los pájaros se acercarían a los muros y a los arbustos, a cantar
por un inocente. Por ausencia de mi padre, el Varayok' Alcalde echaría la
primera tierra so-bre mi cuerpo. Y el montículo lo cubrirían con flores. "
¡Mejor es morir así!", pensé, recordando la locura del "Peluca",
los ojos turbios, conta-minados, del Padre Director; y recordando al
"Markask'a", tan repentina-mente convertido en un cerdo, sus lunares
extendidos como rezumando grasa. Y saldría de la ciudad por Condebamba; dejaría
en la puerta de la casa de Salvinia un tallo de lirio que arrancaría de la
plaza, con su flor morada, de Abancay. "No te confíes", le escribiría
en un sobre grande, con mi firma.
El Abraham había venido, seguro, a despedirse de
mí, para iluminarme. Examiné de pie, contento, las libras de oro. Eran ya raras
las personas
que gastaban esas monedas. El padre de Palacitos
halagaba al Director, pa-gando los derechos del Colegio en libras de oro. Lo
hacía solemnemente, como quien entrega un tributo, de un noble a otro noble.
Por primera vez le dejó a su hijo una de esas monedas, cuando Palacitos quiso,
a la manera de su padre, agasajar a Romero y expresarle su agradecimiento. Yo
ahora tenía dos en mis manos. Para mi entierro o para mi viaje. Palacitos, el
"in-dio Palacios", como solían llamarlo a veces los soberbios, y los
enemigos, hizo rodar hasta mi encierro las monedas de oro que me harían llegar
a cualquiera de los dos cielos: mi padre o el que dicen que espera en la otra
vida a los que han sufrido.
El oro es un hallazgo encontrado por el ser humano
entre las rocas profundas o la arena de los ríos. Su brillo lento exalta, aun
cuando creemos ver entre las arenas, o en las vetas que cruzan las paredes
oscuras de las cuevas, algún resplandor semejante al suyo. Sabía que su
elaboración es difícil, que se le cierne merced al fuego y a mezclas sabias que
los ingenieros o los brujos conocen por largos estudios y secretos. Pero una
libra de oro en las manos de un niño, lo convierte en rey, en un picaflor de aquellos
que vuelan, por instinto selecto, en línea recta, hacia el sol. Yo los he
visto, brillando y subiendo a golpes de ala.
Las monedas, a pesar del mensaje que traían,
calmaron mis fúnebres te-mores. Las hice sonar lanzándolas al aire; las
contemplé por ambas caras y los dientes de los bordes. El penacho de plumas del
Inca, acuñado en el anverso de la libra de oro, me regocijaba.
"No las gastaré nunca —dije—. En los pueblos
las mostraré solamente, y me atenderán. Creerán que soy el hijo errante de
algún príncipe o un men-sajero del Señor que anda probando la honradez de las
criaturas."
Pesaban las monedas. Nunca vi libras de oro
gastadas. Todas son nuevas. Las mías tenían brillo y sonido mayores, por el
silencio en que me encon-traba.
"Es por ti, Hermano —pensé—. Estoy en tu
cuarto. Como a un templo se ha acercado, seguro, el Palacitos, a dejar su oro.
¡No será para mi en-tierro! "
Se El
martes, al mediodía, el Padre Director abrió la puerta del dormitorio.
acercó a mi
cama, apresuradamente.
ya —Te
vas a las haciendas de tu tío Manuel Jesús —me dijo—. Tengo
autorización
de tu padre. No hay caballos. Irás a pie, como dices que
te gusta.
Me senté
sobre la cama. El siguió de pie.
—¿Donde el
Viejo, Padre? ¿Donde el Viejo? —le
pregunté.
El Director
me dio a leer un telegrama de mi padre. Ordenaba que sa-
liera de Abancay a la hacienda Huayhuay y que
volviera cuando me llamaran del Colegio.
—Supongo que para ti dos días de camino no es nada.
Las haciendas están sobre el Apurímac, en parte alta —me dijo el Padre.
—¿En parte alta, Padre?
—Precipicios de rocas hay entre el río y las
haciendas. Pero un camino, que sólo los indios pueden transitar, baja como un
tornillo, hasta el río. El caballero nos invitó hace tres años. Tú podrás
bajar...
—No me dará de comer, el Viejo, Padre —le
interrumpí—. ¡No me dará de comer! Es avaro, más que un Judas.
Enrojecieron las mejillas del Padre.
—¿Avaro? —dijo, indignado—. ¿Dices que avaro?
—Yo lo conozco. Deja que se pudra la fruta antes
que darla a su servi-dumbre. Mi padre...
— ¡Deliras! Don Manuel Jesús lleva misiones de
franciscanos todos los años a sus haciendas. Los trata como a príncipes.
—¿Misiones de franciscanos...? ¿Tiene, entonces,
muchos colonos, Padre? —Quinientos en Huayhuay, ciento cincuenta en Parhuasi,
en Sijlla-
bamba...
— ¡Voy, Padre!
—le dije—. ¡Suélteme ahora mismo!
Me miró más extrañado aún.
—No te entiendo, muchacho —me dijo—. No te
entiendo, igual que otras veces. Saldrás mañana, al amanecer.
—Padre. ¿El Viejo habla en quechua con sus colonos
de Huayhuay? —le pregunté.
—A veces; pero tú no podrás hablar con los indios.
¡Te advierto! Don Manuel Jesús es severo y magnánimo; es un gran cristiano. En
su hacienda no se emborrachan los indios, no tocan esas flautas y tambores
endemo-niados; rezan al amanecer y al Angelus; después se acuestan en el
caserío. Reina la paz y el silencio de Dios en sus haciendas.
—¿Y el Apurímac, Padre?
—¿Qué tiene que ver?
—¿Ni en carnavales van al río a cantar, los indios?
—Te he dicho que el patrón es un hombre religioso.
Deberás observar las reglas de las haciendas. Trabajo, silencio, devoción.
—Lo conozco, Padre. Iré. ¿Dos días, dice usted? Yo
llegaré en día y medio. Rezaré con los colonos, viviré con ellos. ¿Ya se fueron
todos los internos?
—Todos.
—¿Y Antero?
—También.
—¿Y los hijos del Comandante?
—Todos se han ido; sólo los hijos de los pobres se
quedarán. —¿Y la fiebre, Padre?
—Sigue en las haciendas de la otra banda. Aumenta.
—¿Y el puente?
—Está tapiado. Le han hecho una puerta. Van las
medicinas. —¿Y la cocinera, Padre?
—No sé —dijo.
— ¡Murió! —le dije; porque su respuesta, tan
rápida, me pareció que lo delataba.
—Sí, pero en el hospital, aislada. —Rapada; sin
cabellera la enterraron. —Claro, hijo. ¿Cómo lo sabías?
—Por presentimiento, Padre. El Abraham se fue a
morir a Quishuara.
Allá debe estar ya la fiebre.
— ¡Tú no saldrás del Colegio! —exclamó, con
inesperado enojo—. Voy a traerte aquí un reloj despertador. Sonará a las cuatro
de la mañana. Hay un nuevo portero. Duerme en la cocina.
—¿No me dejará usted salir para despedirme de
Abancay? —le rogué. —Le he prometido a tu padre...
El tono de su voz se había vuelto extraño, desde
que le hablé de Abraham. Me examinaba. Me clavaba los ojos a lo profundo, y se
perdía, cada vez más, como todo aquel que intenta encontrar en lo infinito
indicios extraviados, premeditados por su propia turbación, por los falsos
pensamientos.
Le mostré las dos libras de oro. Quizá lo hice al
fuego de la inquietud maligna que él mismo despertaba en mí, mientras sufría.
—¿Qué es eso? —dijo. —Dos libras de oro, Padre.
—¿Las robaste, acaso?
—Con ellas iré por el camino, como el hijo de un
rey, Padre. Se las mostraré al Viejo. Probaré si Dios le oye...
Mientras le decía estas palabras inesperadas,
revivió en mí la imagen del Cuzco, la voz de la "María Angola", que
brotaba como del fondo de un lago; la imagen del Señor de los Temblores, de los
espejos profundos que hay en la catedral, brillando en la penumbra.
Se me acercó el Padre. Sus ojos se habían opacado.
Una especie de turbia agua flameaba en ellos, mostrando su desconcierto, las
ansias todavía no bien definidas que se iban formando en su alma.
—¿Las robaste, hijo? —me preguntó.
Era sabio y enérgico; sin embargo, su voz temblaba;
siglos de sospechas pesaban sobre él, y el temor, la sed de castigar. Sentí que
la maldad me quemaba.
—Lea, Padrecito —le dije—. Es un regalo de mi
amigo. Ya debe estar en su pueblo.
El Padre leyó la nota de Palacitos. Se apoyó en la
cabecera del catre. Me miró después. Creo que su primer impulso fue el de
castigarme con bruta-lidad. Lo esperaba. Pero se despejaron sus ojos.
—Te dejaré salir —me dijo—. Hemos sufrido mucho
estos días. El Co-legio está vacío. Ya verás Abancay. Te traerán tu ropa. El
padre de tu amigo, el pequeño Palacios, se fue radiante de alegría, con su
hijo, a pesar del miedo a la fiebre.
—¿Lo examinó?
¿Hizo que usted lo examinara? —le pregunté.
—No fue necesario. El chico mostró el regalo del
"Añuco", esa colec-ción de "daños" rojos; una carta del
Hermano en que lo felicita y lo ben-dice. Y él mismo, junto a mí, le habló de
Historia a su padre, de Ciencias Naturales, de Geometría. ¡Sé feliz, hijo!
Palacios deslumhró a su padre; se le veía respetable.
—¿Ya Romero se había ido?
—Sí.
—¿Y el "Chipro"?
—También él.
—"Serás ingeniero" —le dijo el padre. Y
después los dejé en el despacho. —Entonces, a solas, le pediría las libras de
oro para mí. ¿Se fueron en
seguida?
—No, al poco rato. El chico subió al internado, por
sus libros y su al-forja. Cuando se despidió de mí no lloró. No me habló de ti,
a pesar de que te dejaba encerrado, y eso me causó extrañeza.
—Ya había venido.
—Llevarás tus libras de oro con cuidado; vas a viajar solo.
—No las voy a gastar nunca, Padre.
—Espera un rato;
te mandaré tu ropa.
Salió del cuarto y dejó la puerta abierta. Era
alto, de andar imponente, con su cabellera cana, levantada. Cuando ninguna
preocupación violenta lo asaltaba, su rostro y toda su figura reflejaban
dulzura; un abrazo suyo, en-tonces, su mano sobre la cabeza de algún pequeño
que sufriera, por el rencor, la desesperación o el dolor físico, calmaba,
creaba alegría. Quizá yo fuera el único interno a quien le llegaba, por mis
recuerdos, la sombra de lo que en él también había de tenebroso, de
inmisericorde.
Con mi traje nuevo salí en la tarde; bajé al patio.
Ni Palacitos, ni Antero, ni la opa, ni el
"Peluca", ni Romero, ni Valle, ni el "Añuco", ni la
cocinera, ni Abraham, estaban ya. Sabía que me encon-traba solo en el caserón
del Colegio.
Me senté un instante en las gradas del corredor,
frente al pequeño es-tanque.
Me dirigí al patio interior, caminando despacio.
Estaba más atento a los recuerdos que a las cosas externas.
Eran tres las casetas de madera de los excusados; y
una más grande, la que daba techo al pequeño estanque y a otro cajón. Allí
tumbaban a la de-mente. Me acerqué a esa puerta; me vi frente a ella, sin
habérmelo pro-puesto. La abrí. Había florecido más la yerba que crecía en el
rincón hú-medo, junto a la pared. Un ramo de ayak' zapatilla podía hacerse.
Corté todas las flores; arranqué después la planta, sacudí la tierra que vino
con las raíces y la eché a la corriente de agua. Luego salí al patio.
El panteón quedaba muy lejos del pueblo. Hubiera
deseado colgar ese ramo en la puerta, porque nadie podría identificar, entre
los cúmulos de tierra de las tumbas de la gente común, cuál era la de doña
Marcelina. Me dirigí al cuarto donde murió. Pasé por el callejón angosto y miré
la cocina. Vi allí a dos hombres. No me sintieron pasar. Olía aún a
"kreso" el pequeño patio. Habían cerrado con un candadito de color,
el cuarto. No encontré cintas de luto cruzadas en la puerta, como es costumbre
en los pueblos cuando alguien muere. En el cerrojo prendí el ramo.
El sol mataría rápidamente esas flores amarillas y
débiles. Pero yo creía
que arrancada esa planta, echadas al agua sus
raíces y la tierra que la alimen-taba, quemadas sus flores, el único testigo
vivo de la brutalidad humana que la opa desencadenó, por orden de Dios, había
desaparecido. Ya ella no ven-dría, inútilmente, a pretender matar esa yerba con
sus manos de fantasma, que nada pueden contra la causa de las maldiciones o
pecados de esta vida. Miré el ramo en su puerta, feliz, casi como un héroe;
saqué las libras de oro de mi bolsillo. ¡Mi salida de Abancay estaba asegurada!
Yo también, como ella en el cielo, me sentí libre de toda culpa, de toda
preocupación de conciencia.
Salí corriendo al patio. Los hombres de la cocina
me siguieron. Deseaba ver el pueblo, ir a Patibamba y bajar al Pachachaca.
Quizá en el camino encontraría a la fiebre, subiendo la cuesta. Vendría
disfrazada de vieja, a pie o a caballo. Ya yo lo sabía. Estaba en disposición
de acabar con ella. La bajaría del caballo lanzándole una piedra en la que
hubiera escupido en cruz; y si venía a pie, la agarraría por la manta larga que
lleva flotante al viento. Rezando el Yayayku,1 apretaría su garganta de gusano
y la tumbaría, sin soltarla. Rezando siempre, la arrastraría hasta el puente;
la lanzaría des-pués, desde la cruz, a la corriente del Pachachaca. El espíritu
purificado de doña Marcelina me auxiliaría.
Corrí hasta la puerta del camino de Patibamba. Tres
guardias con fusiles cerraban la entrada.
—Nadie pasa —me dijo uno de ellos.
—¿Por qué, señor? —le pregunté—. Yo voy por mandato
hasta el puente.
—¿Por mandato? ¿De quién?
No me iba a comprender. Desconfié.
—Déjeme pasar. El camino es libre —le dije.
—¿No ves que la ciudad está en alarma? Hay peligro.
—¿Ya llegó la fiebre?
—Llegará por miles.
¡Ya, muchacho! Retrocede. Vete a
tu casa.
Yo podía entrar a los cañaverales por cien sitios
diferentes. ¿Qué me importaba el camino? Pero el guardia decía algo misterioso.
¿Cómo iba a llegar por miles la fiebre si era una sola? Me retiré. Entraría a
Huanupata, averiguaría.
Las chicherías y las puertas de las casas estaban
cerradas. Vi gente subiendo la montaña, hacia el Apurímac. Iban a pie, a
caballo y en bu-rros. Llevaban a sus criaturas, los perros les seguían. Hasta
las peque-ñas cantinas donde expedían cañazo para los indios y mestizos
viajeros estaban cerradas. El viento zarandeaba la malahoja de los techos,
revolvía el polvo en las calles. Así era en las tardes, siempre, el aire de la
quebrada. Pero esta vez, en el barrio vacío, el aire me envolvió, y como andaba
rápido, pasé por las calles como flotando. Miraba de puerta en puerta. Vi un
enre-jado de palos, abierto. Entré a esa casa.
Excrementos de animales cubrían el patio. Las
moscas se arremolinaban en todas partes. El sol daba de lleno sobre unas mantas
viejas, tendidas en
1 El Padrenuestro.
un extremo del corredor, frente a la cocina.
Troncos gruesos y secos, forma-ban las paredes de un entarimado. Me acerqué
allí. Encontré a una anciana echada en el suelo, con la cabeza reclinada sobre
un madero redondo. Lle-vaba makitu, una antigua prenda indígena de lana tejida,
que le cubría los brazos; le habían envuelto la cabeza con un trapo. Su rostro
parecía momifi-cado, la piel pegada a los huesos, su nariz filuda y
amarillenta. De sus labios delgados rezumaba jugo de coca. Cuando me vio, pudo
mover un brazo, y me hizo una seña, espantándome. "Es la fiebre",
pensé. Y no retrocedí. Me acerqué más. Pude comprobar entonces la identidad de
esa cama con otras, de ancianos yacentes, que había visto en los pueblos de
indios.
—¿Quién eres? —le pregunté en quechua, gritando.
—Voy a morir, pues —me contestó.
—¿Y tu familia?
—Se han ido.
Su voz era aún inteligible.
—¿Por qué no te han llevado? —pregunté, sin
reflexionar.
—Voy a morir, pues.
Volvió a mover un brazo, espantándome de nuevo.
Comprendí que la impacientaba. Pero no pude decidirme, al instante, a
obedecerle. La habían abandonado, sin duda de acuerdo con ella misma.
— ¡Adiós, señora! —le dije, respetuosamente, y salí
tranquilo, no hu-yendo.
Desde la calle descubrí, en el cerro, cerca del
barrio, a una familia que iba subiendo por el camino al Apurímac. Corrí para
alcanzarlos.
—¿Por qué se van? —les pregunté, a unos pasos de
distancia.
El hombre se detuvo y me miró sorprendido. Había
cargado en un burro ollas y frazadas. A la espalda llevaba el hombre más
objetos y la mujer a una niña; un muchacho como de seis años iba junto al
padre.
—Han pasado el río, de enfrente a esta banda, por
oroyas. ¡Por diez oroyas! Ya están llegando —dijo.
—¿Quiénes? —le pregunté.
—Los colonos, pues, de quince haciendas. ¿No sabes,
niño?. Anoche, un guardia ha muerto. Una oroya cortó con su sable, dice a
golpes, cuando los colonos estaban pasando. Ya no faltaban muchos. Ocho, dicen,
cayeron al Pachachaca; el guardia también. Han querido acorralar a los colonos
a la orilla del río; no han podido. Han bajado los indios de esta banda, y como
hormigas, han apretado a los guardias. ¡Pobrecitos! Tres no más eran. No
dispararon, ellos también no les han hecho nada a los guardias. Los "civiles"
han llegado ya. Están contando. Dice que todos los guardias van a ir ahora con
metralla para atajar a los colonos en el camino. ¡Mentira, niño! No van a
poder. Por todos los cerros subirán. Yo soy cabo licenciado...
—¿Los colonos han apretado a los civiles, dices?
¿Los colonos?
— ¡Los colonos, pues!
— ¡Mentira! ¡Ellos no pueden! ¡No pueden! ¿No se
han espantado viendo a los guardias?
— ¡Ja caray, joven! No es por nada. El colono es
como gallina; peor. Muere no más, tranquilo. Pero es maldición la peste. ¿Quién
manda la peste?
¡Es maldición! " ¡Inglesia, inglesia; misa,
Padrecito!", están gritando, dice, los colonos. Ya no hay salvación, pues,
misa grande, dice quieren, del Padre grande de Abancay. Después sentarán
tranquilos; tiritando se morirán, tran-quilos. Hasta entonces van a empujar
fuerte, aunque como nube o como viento vayan los civiles. ¡Llegarán no más! ¡Ya
estarán llegando!
—¿Creerán que sin la misa van a condenarse?
— ¡Claro, pues; seguro! Así es. Condenarían.
Llenarían la quebrada los condenados. ¡Qué sería, Diosito! Andarían como piojos
grandes, más gran-des que carnero merino; limpio se tragarían a los animalitos,
acabando pri-mero a la gente. ¡Padrecito!
—Por eso te vas.
¡Ya tú te vas!
—¿Y el piojo, niño? Habrá misa, seguro. Los colonos
llegarán de noche a Abancay. Quizá oyendo misa se salvarán los indios. Van a
venir dejando a sus criaturitas ¡son angelitos, pues! Con sus mujeres vendrán.
¡Se salvarán! Pero sus piojos dejarán en la plaza, en la iglesia, en la calle,
delante las puertas. De allí van a levantar los piojos, como maldición de la
maldición. Van a hervir. ¡Nos van a comer! ¿Acaso en Abancay la gente va a
mascar a los piojos como los colonos? ¿Acaso van a mascar? De los rincones se
han de alzar, en cadenas. Así es piojo de enfermo.
—Cabo licenciado —le dije—. ¡Tienes miedo! Tú mismo
creo te ali-mentas, lloriqueando, la cobardía, al revés de los colonos...
Me contestó en quechua:
—Onk'ok usank'a jukmantan miran... (El piojo del
enfermo se repro-duce de otro modo. Hay que irse lejos. ¿De qué sirve el
corazón valiente contra eso?)
Quiso atajarme, llevarme con él, cuando pretendí
volver al pueblo. La mujer me dijo en quechua:
—Eres una criatura hermosa. ¿Por qué vas, de
voluntario, a que te de-fequen los piojos?
Tenían espanto.
—Mañana, antes del amanecer, yo también estaré
subiendo esta cuesta —les dije.
Me despedí;
y bajé a la carrera al pueblo.
Por un cañaveral, lejos de Abancay, entré a
Patibamba. Sudé, caminando agachado, bajo las plantaciones que ardían con el
sol de todo el día. Temía que me descubrieran, y no salí a los anchos senderos
que separan los cuar-teles. Por esos espacios, las muías de la hacienda
cargaban la caña hasta el gran patio del ingenio.
Arrastrándome sobre el bagazo, llegué al caserío de
los indios. Estaba vacío, sin nadie. Lo miré desde la altura del montículo de
bagazo. Las avis-pas zumbaban con sus patas colgantes. No me dejaban ver bien.
Las puertas de las chozas estaban cerradas; la malahoja de los techos se
alzaba, hervía con el viento. ¡Yo bajo! —dije—. ¡Entro! —Me puse de pie y
avancé. Llegué a la callejuela.
Toqué la primera puerta. Oí que corrían adentro.
Miré por una rendija.
Tres niños huyeron a un rincón.
Volví a tocar.
—¡Manan! —contestó
el mayor, sin que le hubiera preguntado nada.
Se ocultaron en la oscuridad, apretándose en una
esquina de la choza.
—¡Manan! —volvió
a gritar el mismo niño.
Me alejé. Busqué otra casa. Me contestaron lo
mismo.
Recorrí toda la calle, despacio, sin hacer ruido.
Me acerqué a la choza en que comenzaba la callejuela, del otro lado. Miré por
la rendija más pró-xima al piso, arrodillándome en el suelo. El sol alumbraba
el interior, esplén-didamente, por un claro del techo. Era ya el atardecer, la
luz amarilleaba.
Junto al fogón de la choza, una chica como de doce
años, hurgaba con una aguja larga en el cuerpo de otra niña más pequeña; le
hurgaba en la nalga. La niña pataleaba sin llorar; tenía el cuerpo desnudo.
Ambas estaban muy cerca del fogón. La mayor levantó la aguja hacia la luz. Miré
fuerte, y pude ver en la punta de la aguja un nido de piques, un nido grande,
quizá un cúmulo. Ella se hizo a un lado para arrojar al fuego el cúmulo de
nidos. Vi entonces el ano de la niña, y su sexo pequeñito, cubierto de bolsas
blancas, de granos enormes de piques; las bolsas blancas colgaban como en el
tra-sero de los chanchos, de los más asquerosos y abandonados de ese valle
me-loso. Apoyé mi cabeza en el suelo; sentí el mal olor que salía de la choza,
y esperé allí que mi corazón se detuviera, que la luz del sol se apagara, que
cayeran torrentes de lluvia y arrasaran la tierra.
La hermana mayor empezó a afilar un cuchillo.
Me levanté y corrí. Sentí que tenía más energías
que cuando me despedí de la muerta doña Marcelina, en su choza sin luto,
adornada con el ramo de flores que amarré sobre el candado. Llegué a las rejas
de acero que rodeaban la mansión de la hacienda. Y llamé a gritos desde la
puerta.
—¡Yauúú... /
¡Yauúúa... /
La casa-hacienda estaba también vacía. Volví a
gritar con más violencia, apoyándome en las rejas.
Parecía que el sol declinante brotaba por mi boca y
era lanzado inútil-mente contra las rejas y toda la quebrada estática. Temí
enloquecer o que mi pecho se quebrara, si seguía gritando. Y me dirigí al río.
Bajé a la carrera, cortando camino, temiendo que
oscureciera. Muy abajo, me encontré con una tropa de guardias y un sargento. Me
agarraron.
— ¡Mire! —me dijo el Sargento. Me llevó a un recodo
del camino.
Los colonos subían, verdaderamente como una mancha
de carneros, de
miles de carneros. Se habían desbordado del camino
y escalaban por los montes, entre los arbustos, andando sobre los muros de
piedras o adobes que cercaban los cañaverales.
— ¡Mire! —repitió el Sargento—. Tengo ya la orden
de dejarlos pasar. Malograrán la iglesia y la ciudad por muchos días. El Padre
Linares, el santo, dirá misa para ellos a media noche, y los despedirá hasta la
otra vida.
Me calmé viéndolos avanzar. —No morirán —le dije.
—¿Quién es usted? —me preguntó el Sargento. Le dije
mi nombre.
—Usted es el amigo de Gerardo, hijo del Comandante
—me contestó—.
Tengo encargo de protegerlo.
—¿El le pidió?
—Sí. Es un gran muchacho. Nos retiraremos a medida
que los indios avanzan. Usted váyase, suba despacio. ¿A qué ha venido?
—¿Usted es amigo de Gerardo? —le pregunté. —Ya le
dije. ¡Es un gran muchacho! —Déjeme ir, entonces, con usted.
—El pregonero debe haber leído ya el bando en que
se ordena que todos cierren la puerta de sus casas en Abancay. Pero usted puede
entrar al Co-legio.
—Yo voy con ellos, Sargento. Voy a rezar con ellos.
—¿Por qué? ¿Por qué, usted?
—Míreme —le dije—. Gerardo no es como yo, ni
Antero, el amigo de Gerardo. Me criaron los indios; otros, más hombres que
éstos, que los "colonos".
—¿Más hombres, dice usted? Para algo será, no para
desafiar a la muer-te. Ahí vienen; ni el río ni las balas los han atajado.
Llegarán a Abancay.
—Sí, Sargento. Usted va abriendo camino,
retrocediendo. Mejor yo vuel-vo, entonces. Le avisaré al Padre.
—Dígale que los haré llegar cerca de la media
noche. Enviaré un guardia cuando estemos a un kilómetro.
Me apretó las manos. Estaba sorprendido, casi aturdido.
Regresé, cantando, mientras la luz del sol
desaparecía.
Ya cerca a la reja de la casa-hacienda, de noche,
entoné en voz alta un canto de desafío, un carnaval de Pampachiri que es un
pueblo frío, el último del Apurímac, por el sudoeste.
Recorrí en triunfo la carretera que va de la
hacienda a la ciudad. Aplas-taba las flores de los pisonayes en el suelo; aun
en la noche, los rojos man-tos de esas flores aparecían, clareaban.
Cuando llegué al Colegio, el Padre Director me dijo
"loco" y "vagabun-do", entre colérico y burlón. Era tarde;
ya los Padres habían cenado. Me amenazó con encerrarme de nuevo. Pero se enfrió
al saber, por mí, que los indios avanzaban, que el Sargento trataba de regular
la marcha para hacerlos llegar a media noche.
—¿Tú los has visto? ¿Tú mismo? —me preguntó
anhelante. Comprendí que hasta ese momento había alentado la esperanza de que
los colonos retrocederían ante los disparos de los
guardias.
—¿Viste si tenían ametralladoras los guardias?
—No. Creo que no —le dije.
—Sí —me contestó con brusquedad—. Las tendrían
escondidas detrás de algún matorral.
—No han disparado contra ellos, Padre —le dije—. No
me han dicho que mataron.
—La
sangre...
No concluyó la frase. Pero yo la había presentido.
—Cuando avanzan tantos, tantos... ¡No
los asusta! —dije.
—¿No? —exclamó con violencia—. Es que ahora, morir
así, pidiendo misa, avanzando por la misa... Pero en otra ocasión, un solo
latigazo en la cara es suficiente... ¡Ya! Ayudarás. Tú parece que no temes;
eres casi un demente. Ayudarás a la misa, si el sacristán no aparece. Repicarás
las campanas.
— ¡Sí, Padre! —le dije, abrazándolo—. Yo repicaba
en mi pueblo las campanas, cuando descubría al cura bajando la cuesta de
Huayrala. Lo haré a ese estilo.
— ¡Arrodíllate!
—me dijo.
Estábamos en el corredor alto, bajo la luz del foco
que alumbraba la puerta de entrada a su dormitorio.
Me arrodillé en el piso. El Padre pronunció unas
palabras en latín. —Te he absuelto —me dijo—. Esperaremos en el Colegio hasta
que
llegue el mensajero del Sargento.
Antes que el mensajero se presentó el sacristán. El
Padre me llevó, to-mándome de un brazo, al cuarto del Hermano Miguel. En una
alforja puso mi ropa e hizo que la cargara al hombro.
—Soy responsable de tu vida —me dijo—. Voy a
encerrarte con llave.
Después de la misa abriré el candado.
Le dio cuerda a un reloj que mandó traer de su
dormitorio; era un reloj alto, de metal amarillo.
—Te despertará a las cuatro —me dijo—. Te
levantarás; irás a la cocina, llamarás al nuevo portero; te acompañará hasta el
zaguán; saldrás y él cerrará el postigo. En tres horas habrás llegado a la
cumbre; antes del anochecer entrarás a Huanipaca; allí te esperan. Al día
siguiente, a la hora del almuerzo, verás la hacienda de tu tío, desde el
camino, a poca distancia.
—¿Repicarán a las 12, Padre?
—Antes de las 12. La gente de Abancay sabe que esa
llamada no será para ellos.
—¿Dirá usted un sermón para los indios?
—Los consolaré. Llorarán hasta desahogarse. Avivaré
su fe en Dios. Les pediré que a la vuelta crucen la ciudad rezando.
—Irán en triunfo, Padre, así como vienen ahora,
subiendo la montaña.
¡Yo no los veré!
Oiré desde aquí el rezo.
—Tú deseas la muerte, extraña criatura —me dijo—.
Ten la paz; acués-tate. Las campanas te despertarán.
Me levantó el rostro con sus manos. Me miró largo
rato, como si yo fuera un remanso del Pachachaca. Sentí su mirada lúcida y
penetrante.
—Que el mundo no sea cruel para ti, hijo mío —me
volvió a hablar—. Que tu espíritu encuentre la paz, en la tierra desigual,
cuyas sombras tú percibes demasiado.
Coronado de su cabellera blanca, su frente, sus
ojos, aun sus mejillas, sus manos que tenía bajo mi rostro, transmitían calma;
aquietaron la deses-peración que sentía ante la evidencia de que no podría ver
la llegada de los
colonos, su ingreso al templo, con los cabellos
levantados en desorden, los ojos candentes.
El Padre esperó que me acostara. Se fue. Y no le
echó candado a la puerta. Yo no iba a desobedecerle.
A la medianoche repicaron tres veces las campanas.
Ninguna de ellas debía tener oro ni plata, ni grasa humana, porque sus voces
eran confusas y broncas.
Bajo el sonido feo de las campanas de Abancay
estarían llegando los co-lonos. No percibí, sin embargo, ningún ruido de pasos,
ni cantos, ni gritos, durante largo rato. Los animales comunes tienen cascos
que suenan en el empedrado de las calles o en el suelo; el "colono"
camina con las plantas de sus pies descalzos, sigilosamente. Habrían corrido en
tropel silencioso hacia la iglesia. No oiría nada en toda la noche.
Estuve esperando. Fue una misa corta. A la media
hora, después que cesó el repique de las campanas, escuché un rumor grave que
se acercaba.
— ¡Están rezando!
—dije.
La calle transversal directa, de la plaza a la
carretera de Patibamba, que-daba a menos de cien metros del Colegio. El rumor
se hizo más alto. Me arrodillé. El aire traía el sonido del coro.
—Ya se van. Se van lejos, Hermano —dije en voz
alta.
Empecé a rezar el Yayayku. Lo recomencé dos veces.
El rumor se hizo más intenso y elevé la voz:
"Yayayku, hanak' pachapi kak'..."
Oí, de repente, otros gritos, mientras concluía la
oración. Me acerqué a la puerta. La abrí y salí al corredor. Desde allí escuché
mejor las voces.
— ¡Fuera peste!
¡Way jiebre!¡Waaay...!
—¡Rípuy,
rtpuy! ¡Kañask'aykin!¡Wáaay...!1
Lejos ya de la plaza, desde las calles,
apostrofaban a la peste, la amena-
zaban.
Las mujeres empezaban a cantar. Improvisaban la
letra con la melodía funeraria de los entierros:
Mamay María wañauchisunki Mi
madre María ha de matarte,
Taytay Jesús kañachisunki mi
padre Jesús ha de quemarte,
Niñuchantarik' sek'ochisunki nuestro
Niñito ha de ahorcarte.
¡Ay, way, jiebre! ¡Ay, huay, fiebre!
¡Ay, way, jiebre! ¡Ay, huay, fiebre!
Seguirían cantando hasta la salida del pueblo. El coro se alejaba; se des-
prendía de mí.
Llegarían a Huanupata, y juntos allí, cantarían o
lanzarían un grito final
1 "¡Vete,
vete! ¡He
de quemarte!".
de harahui, dirigido a los mundos y materias
desconocidas que precipitan la reproducción de los piojos, el movimiento menudo
y tan lento, de la muerte. Quizá el grito alcanzaría a la madre de la fiebre y
la penetraría, haciéndola estallar, convirtiéndola en polvo inofensivo que se
esfumara tras los árboles. Quizá.
Entré al dormitorio.
Desde Patibamba ya se repartiría la masa de indios,
a las otras haciendas; cada colono donde su dueño.
Yo me iría al día siguiente. ¡Ay, huay, fiebre! Los
que ya estaban en-fermos y debían morir, serían enterrados en los panteones sin
muros, sin fachada ni cruz, de las haciendas; pero los vivos quizá vencerían
después de esa noche a la peste.
Los gritos de imprecación a la fiebre siguieron
repercutiendo en el dor-mitorio horas de horas.
Estaba despierto cuando el reloj dorado del Padre
Director tocó una cristalina marcha europea, una diana que repitió tres veces.
Prendí la luz y me acerqué al reloj.
Representaba la fachada de un pala-
cio. Sus columnas terminaban en capiteles con figuras de hojas.
Seguía to-
cando. Me vestí
rápidamente. Esa música me recordaba la marcha
de la
banda militar;
abriría delante de mis ojos una avenida feliz a lo desconocido,
no a lo temible. "Formaré un ramo de lirios
para Salvinia y
lo prenderé en
las rejas de su casa" dije.
" ¡Ya no voy a regresar nunca! "
El mestizo portero estaba despierto. Se abrigó con
un poncho y me acom-pañó hasta el zaguán. Dejé el Colegio. La diana del reloj
lo bañaba, lo apa-ciguaba, recorría los corredores, se vertía en los rincones
oscuros, por siempre.
Hice el ramo de lirios en la plaza. Los colonos no
los habían pisado. No debieron desbordarse en el parque. Marcharían fúnebre y
triunfalmente, en orden. Me dirigí a la alameda. El ramo sólo tenía tres
flores, y lo llevé con cuidado, como si fuera la suavidad de las manos de
Salvinia.
Fue fácil dejar el ramo prendido en la reja, al
compás de la hermosa diana que aún me acompañaba. La noche era estrellada,
densa de manchas. Me alejé. "¡Es para ti, Salvinia, para tus ojos!",
dije en la sombra de las mo-reras. " ¡Color del zumbayllu, color del
zumbayllul ¡Adiós, Abancay! "
Empecé a
subir la
cuesta. Recordé entonces la
advertencia del Padre
Director y los relatos de Antero.
— ¡El Viejo!
—dije—. ¡El
Viejo!
Cómo rezaba frente al altar del Señor de los
Temblores, en el Cuzco.
Y cómo me miró, en su sala de recibo, con sus ojos
acerados. El pongo que permanecía de pie, afuera, en el corredor, podía ser
aniquilado si el Viejo daba una orden. Retrocedí.
El Pachachaca gemía en la oscuridad, al fondo de la
inmensa quebrada.
Los arbustos temblaban con el viento.
La peste estaría, en ese instante, aterida por la
oración de los indios, por los cantos y la onda final de los harahuis, que
habrían penetrado a las rocas, que habrían alcanzado hasta la raíz más pequeña
de los árboles.
— ¡Mejor me hundo en la quebrada! —exclamé—. La
atravieso, llego a Toraya, y de allí a la cordillera... ¡No me agarrará la
peste!
Corrí; crucé
la ciudad.
Por el puente colgante de Auquibamba pasaría el
río, en la tarde. Si los colonos, con sus imprecaciones y sus cantos, habían
aniquilado a la fiebre, quizá, desde lo alto del puente, la vería pasar,
arrastrada por la corriente, a la sombra de los árboles. Iría prendida en una
rama de chachacomo o de retama, o flotando sobre los mantos de flores de
pisonay que estos ríos pro-fundos cargan siempre. El río la llevaría a la Gran
Selva, país de los muer-tos. ¡Como al Lleras!
CUENTOS
JOSE MARIA ARGUEDAS, ENTRE SAPOS Y HALCONES
Es ARRIESGADO aceptar a pie juntillas las
interpretaciones que hace un autor de su propia obra, ya que ésta, por su
cercanía —ese contexto que el escritor difícilmente distingue del texto—, puede
resultar para él más enigmática que para sus lectores. Tomar al pie de la letra
lo que José María Arguedas decía sobre lo que escribió ha llevado a muchos —a
mí mismo, en una época— a pensar que el mérito de sus libros está en haber
mostrado más verazmente la realidad india que otros escritores. Es decir, en el
documen-talismo de su ficción.
En varias ocasiones Arguedas afirmó que su vocación
había surgido por la necesidad que sintió de rectificar la imagen que
presentaba del indio la literatura peruana de su tiempo. Se lo oí decir en una
entrevista que le hice en 1955;1 dos años más tarde, en la revista Américas,
volvió a asegurar que el estímulo para sus primeros relatos fue haber
descubierto, al entrar a la Universidad, que "la novela, el cuento y la
poesía mostraban un indio sus-tancialmente distinto del verdadero y no sólo al
indio sino todo el universo humano y geográfico de los Andes".2 Y ocho
años después, en el Primer
Encuentro de Narradores, lo repitió de manera
categórica: "Yo comencé a escribir cuando leí las primeras narraciones
sobre los indios; los descri-
bían de una forma tan falsa escritores a quienes yo
respeto, de quienes he recibido lecciones, como López Albújar, como Ventura
García Calderón. López Albújar conocía a los indios desde su despacho de juez
en asuntos penales, y el señor Ventura García Calderón no sé cómo había oído
hablar
1 Narradores de hoy. José María Arguedas, en
"El Comercio", Lima, domingo, 4 de septiembre de 1955.
Suplemento Dominical,
2 Canciones
quechuas,
en Américas, Washington, 1957, vol. 9, núm. 9.
de ellos ... En esos relatos estaba tan desfigurado
el indio y tan meloso y tonto el paisaje o tan extraño que dije: 'No, yo lo
tengo que escribir tal cual es, porque yo lo he gozado, yo lo he sufrido', y
escribí esos primeros relatos que se publicaron en el pequeño libro que se
llama Agua"
Sin embargo, junto al deseo de dar un testimonio
fiel de la realidad an-dina, había en los orígenes de su vocación, más
decisiva, más secreta, una razón personal. Esa infancia atormentada y exaltada
que tuvo, su orfandad
precoz, los maltratos de la madrastra y el
hermanastro, las orgías que éste le obligó a presenciar y que sin duda lacraron
su vida sexual, su condición
de hombre a medio camino de dos culturas, la
necesidad de exorcizar de su memoria amarguras, nostalgias, odios, debieron ser
tan determinantes como aquella razón social en su destino de escritor.
Afortunadamente ocurrió así. Gracias a esos factores que él, en una ocasión,
lúcidamente llamó "indivi-duales y perturbadores" 2 fue José María
Arguedas, además de un testigo sutil del mundo de los Andes, un genuino
creador.
Mostrar la verdad andina, enmendar a los escritores
que habían desfi-gurado al indio son declaraciones de buena intención. Otra
cosa son las obras que fraguaron, en un proceso del que Arguedas sólo podía ser
par-cialmente consciente, sus sentimientos solidarios, su imaginación y ese
sus-trato de experiencias trastornadoras que se formó sobre todo en sus años de
infancia. Lo cierto es que, partiendo de un conocimiento más directo y
descarnado de la Sierra, Arguedas no desfiguró menos la realidad objetiva de los
Andes. Su obra, en la medida en que es literatura, constituye una ne-gación
radical del mundo que la inspira: una hermosa mentira. Simplemente, en su caso,
como era mejor escritor que López Albújar o García Calderón, su visión de ese
mundo, su mentira, fue más persuasiva y se impuso como verdad artística. Los
cuentos de Arguedas no son 'veraces' en el sentido que dan a esta palabra
quienes creen que el valor de la literatura se mide por su aptitud para
reproducir lo real, para repetir lo existente, quienes pien-san, como decía
Stendhal, que la novela es un "espejo". La literatura expresa una
verdad que no es histórica, ni sociológica, ni etnológica, que no se determina
por su semejanza con un modelo pre-existente. Es una escurri-diza verdad hecha
de mentiras: modificaciones profundas de la realidad, desacatos subjetivos ante
el mundo, correcciones de lo real que fingen ser su representación. Discreta
hecatombe, contrabando audaz, una ficción lo-grada destruye la realidad real y
la suplanta por otra cuyos elementos han sido nombrados, ordenados y movidos de
tal modo que traicionan esencial-mente lo que pretenden recrear. No se trata de
una operación caprichosa: el desordenador verbal rehace, corrige, desobedece lo
existente a partir de ex-periencias claves que estimulan su vocación y
alimentan su trabajo. El mundo forjado así, de palabra y fantasía, es
literatura cuando en él lo añadido a la
1 Primer Encuentro de Narradores Peruanos
(Arequipa, 1965), Lima, Casa de la Cultura del Perú, 1969, pp. 4 0 4 1 .
2 En el artículo Canciones quechuas ya citado:
"...pretendí escribir relatos en los que intenté describir ese mundo tal
como vivía en mi memoria y en mi naturaleza. Pero en los relatos podían
intervenir elementos muy individuales y perturbadores". (El subra-yado es
mío.)
vida prevalece sobre lo tomado de ella. Ese
elemento nuevo, la originalidad de un escritor, resume, curiosamente, con
implacable fidelidad, su más ín-tima historia. Si en ella otros hombres se
reconocen, la admiten como suya, leen en ella sus propias vidas, la mentira
literaria, como tocada por una varita mágica, pasa a ser verdad, realidad viva,
mito y símbolo en los que el hombre ha transfigurado sus heridas y sus deseos.
Esta reconstitución sediciosa de la vida en una
ficción, a imagen y seme-janza de una historia personal —en la que, desde
luego, se refleja la historia a secas— es lo que intentaré describir en los
cuentos y relatos que escribió Arguedas.1 Los primeros aparecieron en diarios y
revistas de Lima en 1934 y los últimos en 1967, dos años antes de su muerte.
Fueron concebidos, pues, con intervalos, prácticamente a lo largo de toda su
vida, y algunos de ellos
—Diamantes y pedernales, La agonía
de Rasu-Ñiti, El
sueño del lo pongo,
Warma Kuyay, El
forastero— son,
junto con
Los ríos profundos, mejor
que escribió.
I
. LA VIOLENCIA
La más acusada característica de la sociedad que
estos cuentos describen es
la violencia, una
crueldad que, encubierta o impúdica, comparece en todas
las manifestaciones de la vida. Se trata de una
sociedad andina —sólo El
cargador, Orovilca, El
forastero y
el trunco El puente de hierro no
suceden
en la sierra peruana, pero también en ellos se
halla ésta presente como refe-rencia-—, feudal, en la que un puñado de 'mistis'
—gamonales, comercian-tes— de cultura medianamente occidentalizada, ejerce una
explotación múl-tiple sobre la masa india, de habla y tradición quechuas. Esta
masa se divide en comuneros independientes, como los de Utej-Pampa, y comuneros
ads-critos a tierras patronales en calidad de tributarios, o concertados,
pastores, mayordomos, sirvientes, etc. Existe una delgada capa de mestizos, tan
insig-nificante que no sirve de lazo de unión ni siquiera de amortiguador entre
indios y 'mistis'. Estos viven incomunicados, odiándose y desconociéndose, y
sus únicas relaciones resultan del abuso y la expoliación que los unos
infli-gen a los otros. La injusticia de que es víctima el indio está
documentada a lo largo de los relatos, que, desde este punto de vista, pueden
ser leídos como un catálogo de iniquidades. El 'misti' se apodera
arbitrariamente de las tierras de las comunidades, haciéndolas cercar y luego
llamando a la auto-ridad política y al juez para que convaliden el despojo
(como Don Ciprián); monopoliza el agua y concede a los campesinos raciones
avaras de modo que
sus tierras se
agostan (como Don Braulio); se adueña de
vacas, caballos,
1 La
compilación mejor hecha hasta ahora es la de Jorge Lafforgue, Relatos comple-
tos. Buenos
Aires, Editorial Losada,
S. A., 1975.
A ella hay
que añadir los primeros
cuentos,
que exhumó José Luis Rouillón,
Cuentos olvidados, Lima, Ediciones Imágenes
y letras, 1973, y los relatos Doña
Caytana (Suplemento Dominical de
"La Prensa", Lima,
29 de
septiembre de 1935); Runa
Yupay, Lima, Comisión Central
del Censo, 1939; El
forastero {"Marcha", Montevideo, 31 de
diciembre de 1964) y El puente de hierro ("Runa",
Revista del Instituto Nacional de Cultura, Lima, mayo 1977).
chanchos y demás animales de los indios con el
pretexto de que han invadido sus heredades (como Don Ciprián Palomino); viola
impunemente a las in-dias (como Don Froilán) y se hace justicia por su mano,
sin rendir cuenta a nadie y de acuerdo a su código moral racista y machista
(como Don Silves-tre). El 'misti', aunque habla quechua —para dar órdenes—
menosprecia a los indios, considera "asquerosas" sus costumbres (así
califican los princi-pales de San Juan al ayla), y, para castigarlos por faltas
cometidas, o por simple maldad, es capaz de flagelarlos o martirizarlos, como
el patrón de El sueño del pongo que obliga a su sirviente a imitar a perros y
vizcachas y lo expone a la mofa de los otros indios.
Sus lugartenientes, en estos vandalismos, son el
gobierno y el cura. Aquél le envía soldados para que escarmienten a balazos a
los indóciles, como a los chaviñas en Agua por insubordinarse contra Don Pedro,
o para llevar a cabo la leva de reclutas, operación en la que —se ve en Doña
Cay tana— los indios son cazados y arreados igual que animales. Sin embargo,
algo positivo resulta de esta experiencia en la que el campesino es
desarraigado, rapado, uniformado y enviado al cuartel. Una constante de la realidad
ficticia es que
los rebeldes
sean casi siempre ex reclutas que
han vuelto a sus pueblos,
como el Victo
Pusa de Los comuneros de Utej-Pampa, como Pantacha y el
varayok de
los tinkis en Agua y como Pascual
Pumayauri en Los escoleros.
Incluso en Runa Yupay, relato de encargo, escrito
en 1939, aparece este per-
sonaje: Crispín Garayar,
indio licenciado, tranquiliza a
sus hermanos que
desconfían y los exhorta a colaborar con el Censo;
y quienes recaban las informaciones son los 'movilizables' Teodoro Garayar,
Lucas Mayhua y Fe-lipe Delgado. En cuanto al cura, su función no parece ser
otra que la de predicar la resignación ante la injusticia, o, como se dice en
Los escoleros, ir "de puerta en puerta, avisando a todos los comuneros
para que se enga-llinen ante el principal".
Si la denuncia de estas iniquidades hubiera sido el
logro mayor de Ar-guedas, es probable que sus relatos no hubieran sobrevivido a
las narracio-nes de sus contemporáneos, donde tales horrores se referían
incansablemente. Lo innovador en su caso no estuvo en estos temas ni en el
sentimiento de indignación que impregna sus cuentos. Este es el aspecto
convencional de ellos, algo que era moda en la literatura de su época. Su
originalidad con-sistió en que, al tiempo que parecía "describir" la
Sierra, realizaba una super-chería audaz: inventaba una Sierra propia. En 1950
diría que, para escribir con autenticidad sobre el indio, debió efectuar
"sutiles desordenamientos" en el castellano.1 Los desordenamientos
más atrevidos los llevó a cabo en las cosas y las personas antes que en las
palabras.
Observada de cerca, se descubre que la pintura de
la injusticia en sus relatos no es precisamente realista. El principal, por sus
excesos, suele des-humanizarse, asumir las características abstractas de
ejecutante de una fuerza malvada e impersonal que se manifiesta por su
intermedio. El Don Rufino de Kellkatay-Pampa es un depredador irredento:
"todo" cae bajo el plomo
1 En "La novela y el problema de la expresión
literaria en el Perú", Mar del Sur, vol. III, enero-febrero 1950,
Lima/Perú, p. 70.
de su carabina —carneros, llamas, caballos
cerriles, vacas, vicuñas—, salvo las ágiles 'parionas', que siempre alzan el
vuelo a tiempo. El Don Silvestre de El vengativo es un psicópata sádico que
goza con su rabia, un hombre al que el odio da tanto placer como el amor. Y el
Don Aparicio de Diaman-tes y pedernales perpetra crueldades vertiginosas, como
despedazar contra las baldosas a su dócil arpista y cortar en vivo una lonja de
carne a su potro. Los 'mistis' de Hijo solo, Don Adalberto y Don Angel, dos hermanos
'caínes'. están enfrentados en una guerra sin cuartel, maldición
autodestructiva más que lucha de intereses, en la que rivalizan en vesanías,
como arrasar cose-chas, aniquilar animales, torturar a sus respectivos peones.
Depredador, psicó-pata, caín, el 'misti' es también el corruptor, el que
cancela la inocencia: el Don Guadalupe de Amor mundo lleva en las noches a un
niño a contemplar cómo estupra a las señoras del pueblo.
Estas últimas historias se basan, le dijo Arguedas
a Sara Castro Klarén, en "experiencias traumáticas que sólo he relatado
después de cuarenta años de meditar en cómo tratarlas".1 El hermanastro
del que, en los últimos años de su vida, Arguedas habló con tanta libertad,
como rompiendo un tabú, no sólo lo sometió a ese género de espectáculos. Su
llegada a la casa de San Juan de Lucanas, donde José María vivía con la
madastra —pues el padre, juez, pasaba la mayor parte del tiempo en Puquio—, procedente
de Lima, trastornó la posición del niño en el hogar. El hijo de sangre desplazó
al entenado, quien se vio disminuido a la condición de sirviente. ¿Fue el
hermanastro tan cruel con Arguedas como éste lo recordaba? No tiene mu-cho
interés averiguarlo. Lo importante es que, en la memoria y en los sen-timientos
del futuro escritor, este personaje de su infancia se convirtió en el
responsable primero de sus desgracias y —¿por extensión?— de las ajenas:
"Llegó e inmediatamente se convirtió en
personaje central del pueblo. Desde el primer momento yo le caí mal porque este
sujeto era de facciones indígenas y yo de muchacho tenía el pelo un poco
castaño y era blanco en comparación con él. En la sierra, el blanco es
superior, o había sido. El era un sujeto de aspecto desagradable. Por lo menos,
causaba cierto temor porque tenía una expresión de engreído, de esos que hacen
lo que les da la gana. Yo le cogí temor. Con la presencia de este hombre me
metí más que antes a la cocina. Aquí ya la cosa estaba clara. Yo fui relegado a
la cocina e incluso, cuando mi padre no estaba, quedaba obligado a hacer
algunas labores domés-ticas; a cuidar a los becerros, a traerle el caballo,
como mozo. No era una labor que yo la sintiera como humillante. Por lo menos
hasta que él no me hizo sentirlo, yo no lo sentí.
"Yo estaba completamente feliz. Yo lo que
sentía cuando llegó este hom-bre era que la madrastra no trataba mal a los
indios pero que este hombre impuso un cambio. Era un criminal, de esos
clásicos. Trataba muy mal a los indios, y esto sí me dolía mucho y lo llegué a
odiar como lo odiaban todos los indios." 2
1 José María Arguedas, Testimonio sobre preguntas
de Sara Castro Klarén, en His-pamérica, Revista de Literatura, año IV, núm. 10,
Md. USA, 1975, p. 48.
2 Ibíd.,
p. 47.
Esto último es verdad, no cabe duda. El 'misti' de
los relatos está dise-ñado a menudo a partir del odio que brotó en esa infancia
lastimada, un odio tan poderoso que pudo durar cuarenta años. Los rasgos
demoníacos del 'misti' de los cuentos de Arguedas deben menos, seguramente, a
los modelos vivos de gamonales que conoció en sus años serranos, que a ese
'demonio' de su niñez, a los sentimientos de amargura y rencor, de desquite,
que le ins-piraba ese personaje que le arrebató la inocencia, lo maltrató e hizo
de él —hijo de 'misti'— un pongo.1
Por lo demás, es muy posible que ese 'temor' que el
niño sentía por el verdugo de su infancia —sensación de impotencia total que
confiere al adulto un halo todopoderoso, que lo acoraza de invulnerabilidad— se
haya pro-yectado en la realidad ficticia, como elemento universal y objetivo,
caracte-tístico de las relaciones entre indios y principales. Estas relaciones
parecen
a veces
mágico-religiosas más que económico-sociales. Es verdad que el poder de los
'mistis' es grande —tienen armas, los soldados vienen a socorrerlos, los curas
los ayudan predicando la sumisión—, pero la mayor parte del tiempo vemos que el
temor y el servilismo de la masa son desproporcio-nados respecto de la fuerza
del principal. Este, hombre solo o rodeado de un reducido número de adictos,
podría ser derrotado por la marea india. No ocurre así porque ejerce sobre ella
una suerte de hechizo. Su presencia im-pone silencio y propaga el miedo. Sus
órdenes, aunque sean bestiales, se acatan sin replicar y sus desmanes se
aceptan como fatalidades. Cuando el patrón parte por unos días parece romperse
un encantamiento y hay una ex-plosión de júbilo, pues (sucede cuando sale de
viaje el Don Ciprián de Los
escoleros) "hasta
el día era
más claro y el
pueblo mismo parecía menos
pobre". Ser maligno,
encarnación de
un destino sombrío, esa figura odiada
y respetada parece existir
por decisión de
una divinidad implacable
ante
cuyos designios el indio no tiene otra alternativa
que la resignación o la rebeldía estéril, condenada (como la de Pantacha o la
de los chaviñas) al fracaso, es decir a la muerte.
La violencia que impera en la realidad ficticia
está magnificada, además, por el hecho de que quien relata y protagoniza las
historias, la víctima o el testigo de la crueldad, es casi siempre un niño, o
una persona indefensa y marginal, el ser más vulnerable, el menos preparado
para defenderse. Una cons-tante es el huérfano, hijo de 'misti', que por
razones oscuras es criado como sirviente. Este personaje —el niño Ernesto y
Juancha de Agua, el niño San-tiago de Amor mundo, el niño anónimo de Doña
Caytana—, con ligeras va-riantes y distintos nombres reaparece obsesivamente en
la realidad ficticia, y la desubicación, la tristeza, el miedo, la soledad y
los arrebatos de exalta-ción que son sus rasgos contagian su contorno, se
convierten a menudo en cualidades del hombre, de la vida. Arguedas ha
proyectado en ese personaje
1 "Aquel personaje poderoso e inmensamente
malvado que presento en el cuento Agua fue sacado de la vida real. Era un
hermanastro mío", le dijo Arguedas a Tomás Gustavo Escajadillo (en
"Entrevista a José María Arguedas", Cultura y Pueblo, Publica-ción de
la Casa de la Cultura del Perú, julio -diciembre de 1965, Lima, núms. 7-8, p.
22). Esto es cierto, pero sólo parte de la verdad. Porque casi todos los demás
'mistis' princi-pales de sus cuentos tienen la misma matriz.
recurrente el niño que fue (o que, de lejos, creyó
o quiso ser) en esa época "tremenda" en que nacieron la mayoría de
sus temas, esa infancia que —como escribió en el Segundo Diario de El zorro de
arriba y el zorro de abajo— se prolongó "encarnizadamente hasta la
vejez". Cuando este personaje no apa-rece, ocupa su lugar alguien tan
desamparado como él: seres recogidos, como el huérfano Singu y el perrito
vagabundo de Hijo solo, el humilde hombrecillo de El sueño del pongo a quien
por su poquedad alguien llama "huérfano de huérfanos", madres que
pierden a su hijo y enloquecen como Doña Caytana o como la vaca Ene que cada
mañana va a lamer el cuero del becerrito Pringo, o parias solitarios que son (o
la gente las cree) pobres de espíritu, como el 'upa' Mariano de Diamantes y
pedernales, o fantasmas sin cara y sin nombre que deambulan enfermos de
nostalgia por una ciudad des-conocida como el anti-héroe de El forastero.
Estos marginales son, en la realidad ficticia, el
centro del mundo, el eje en torno al cual nacen las historias. Testigos
privilegiados de la violencia congènita a la vida, sus más lastimosas pruebas,
son, también, almas lúcidas respecto de esa condición trágica, que se acongojan
por su suerte. La compa-sión por el débil, por el indefenso, por la víctima que
reina en esta sociedad disimula —y a veces la exhibe sin tapujos— una tendencia
a la auto-com-pasión, e, incluso, un latente masoquismo: el hombre se complace
en sufrir para apiadarse de su sufrimiento. El arpista de Diamantes y
pedernales se sienta un día a llorar en el poyo de la casa del patrón. Llora
por las moscas, por una arañita de cuerpo grande y patas cortas. "Y era
—dice el narra-dor— que el mundo le hacía llorar, el mundo entero, la
esplendente morada, amante del hombre, de su criatura." Este
desbordamiento de un ser que padece y se contempla padecer y llora por el
padecimiento propio y univer-sal es otra constante de la realidad ficticia. A
veces, como en este caso, es actitud de un personaje, pero, en la mayoría de
los relatos, es la actitud del narrador, lo que explica en qué seres se encarna
o a quienes acompaña de cerca, la clase de historias que cuenta y las
reacciones que trata de provocar en los lectores. Violenta y emotiva, de un
sentimentalismo a flor de piel y de una sensibilidad tan aguzada, en la
realidad ficticia hay, se diría, una irreprimible vocación por experimentar el
sufrimiento para poder compade-cerlo.
La crueldad, por lo demás, no depende
exclusivamente de la explotación de 'mistis' sobre indios, no resulta sólo de
la estructura socio-económica o de los prejuicios de los blancos. Con la misma
ferocidad que entre los hom-bres, hace estragos entre los animales. Vacas,
becerros, vicuñas, perros, pá-jaros, insectos, nadie está a salvo de esa fuerza
dañina que, a través de agen-tes varios, irrumpe contra todo y contra todos
como para acabar con lo existente. Del martirio de los animales no sólo es
responsable el 'misti'; tam-bién el mestizo y el indio suelen descargar contra
esos seres indefensos sus frustraciones y su cólera. Un motivo que pasa de
relato a relato, estableciendo
un denominador común, es la imagen de seres
desbarrancados por culpa de
la maldad o del azar. Así como en uno de los textos
más antiguos, El ven-
gativo,
vemos a la amante infiel
de Don Silvestre "caer
al barranco y rodar
al fondo de la quebrada", veremos luego (en
El barranco), atropellado por
la muía nazqueña de Don Garayar, al becerrito
Pringo rodar al abismo, re-botando entre los peñascos. En La muerte de los
Arango será el sacristán Don Jauregui quien despeñe al caballo tordillo de un
principal como con-juro contra la peste, y en Hijo solo, uno de los 'caínes',
Don Adalberto, des-barranca veinte vacas de su hermano.
La maldad del hombre contra el animal alcanza
extremos asombrosos. En la comarca devastada por la guerra de los 'caínes' han
desaparecido los perros, pues Don Adalberto y Don Angel los han matado a todos
"a balazos, con venenos o ahorcándolos en los árboles". En Warma
Kuyay, el indio Kutu se venga de su patrón empuñando el zurriago y rajando el
lomo a los becerros más finos y delicados. El mestizo Don Antonio, chofer del
cuento de ese nombre, ciego de rabia porque se le ha muerto un novillo, se ceba
contra
su cadáver:
le punza
los ojos y trata de incrustarle una rama en el ano. He
citado el caso de
Don Aparicio, que rebana a su
potro preferido, Halcón,
para alimentar a
un cernícalo. Pero no sólo los adultos
son propensos a esta
forma de crueldad;
también los niños, como
se sabe en El horno viejo,
donde Santiago recuerda que Jonás —sin duda otro
chiquillo— "atraviesa
grillos con una espina, por parejas, y les amarra un yugo de trigo, para que
aren" }
"Yo he sentido, desde pequeño, cierta aversión
a la sensualidad", le confesó José María Arguedas a Tomás Gustavo
Escajadillo.2 Si no lo hu-biera dicho, de todos modos lo sabríamos, por el
cariz del mundo que creó, un mundo espartano y frugal, donde los únicos
placeres celebrados son espi-rituales, como el goce de la naturaleza —ríos,
árboles, plantas, cerros, pá-jaros— o la embriaguez con la música, pero en el
que la menor concesión a los apetitos del cuerpo está presentada con
repugnancia, como síntoma de deshumanización y envilecimiento. (Beber, por
ejemplo, animaliza y enlo-quece, como le ocurre a Don Braulio.)
El sexo, sobre todo, reviste en la realidad
ficticia formas temibles. Es descrito (en verdad, inventado) con la
sobrecogedora y enfermiza naturaleza que tiene en la literatura puritana. Quizá
éste sea uno de los elementos más desrealizadores de la realidad ficticia, el
que le da una de las connotaciones más independientes de la realidad real.
Hacer el amor no es jamás en el mundo de estos relatos una fiesta en la que una
pareja encuentra una forma de plenitud, una acción que enriquece y completa a
la mujer y al hombre, sino un impulso gobernado por oscuras fuerzas a las que
es difícil desobe-
1 En la entrevista citada anteriormente, Arguedas
le hizo a Sara Castro Klarén esta confidencia, muy instructiva: "Cuando
fui a Lima la primera vez, sufría por el maltrato a los animales. No había
camiones, pero sí carros de carrera. Había coches y costaba igual tomar un
coche que un automóvil de carrera. Pero todo el transporte de carga se hacía en
carretas. Había algunos carreteros sumamente crueles porque tenían
frecuente-mente muías muy cansadas y les hacían una herida donde les hincaban
con el palo y me acuerdo que una vez en la esquina de la calle Amazonas uno de
estos carreteros le pinchó tanto que por el dolor el animal se arrodilló.
Entonces el sujeto fue y lo agarró a patadas. Pretendió levantarlo y no se pudo
levantar y de lejos le empezó a pinchar con el palo y yo fui a mi casa y me
puse a llorar sin consuelo" (ibíd., p. 49). La escena está traspuesta en
Don Antonio y la crueldad con los animales es omnipresente en la realidad
ficticia.
2 Ibíd., p. 22.
decer y que precipitan al hombre, cada vez que cede
a ellas, en un pozo de inmundicia física y moral. (Esto es visible, sobre todo,
en la última novela de Arguedas, El zorro de arriba y el zorro de abajo, donde
el sexo sólo apa-rece en manifestaciones abyectas y repelentes.) Las palabras
que inevitable-mente designan a la vida sexual son "sucio" y
"suciedad". Por lo pronto, en muchos relatos esta experiencia ha sido
suprimida, la vida reorganizada aboliendo en ella el amor corporal. Pero cuando
éste aparece, al principio de manera discreta, y luego, en 1967, en los cuatro
relatos de Amor mundo, como una fuerza beligerante, descubrimos que, tal vez
más que en ningún otro orden de las relaciones humanas —incluido el económico—
la violencia del mundo se hace presente con tanta brutalidad como en el sexual.
No hay sexo sin crueldad; el cuerpo sólo es capaz de poseer eróticamente a otro
cuerpo causando o recibiendo dolor, y esto afea esencialmente la cópula.
Hombres o animales, al copular, perpetran una acción bestial, como se ve en El
horno viejo, donde al niño Santiago le produce idéntico escándalo el enlace del
caballero y de Doña Gabriela y la fornicación del burro y de la yegua. Ambas
escenas, por lo demás, para que no quepa ninguna duda, están hermanadas en la
narración, descritas una a continuación de la otra, como dos caras de un mismo
horror. Ocurre que en la realidad ficticia, como dice Don Antonio,
chofer-filósofo del sexo: "En eso de juntarse con la mujer, el hombre no
es hijo de Dios, más hijo de Dios son los animales...".
La forma más simple del ejercicio de la crueldad
que es el acto sexual es el abuso que perpetran los patrones con las indias,
como Don Froilán con Justina, o con mujeres más humildes, como Don Aparicio con
la ocobam-bina y sus abundantes queridas, objetos que son usados y abandonados
a discreción. Pero hay formas más refinadas y complejas, en las que el sadismo
y el exhibicionismo integran la relación erótica. El 'misti' de El horno viejo,
a quien el narrador designa con el apelativo solemne de 'el caballero', no se
contenta con seducir a la mujer de su tío, Doña Gabriela; además, la obliga a
someterse a su deseo, en su propio hogar, a pocos pasos de donde duermen sus
hijos, y a la vista de un niño que ha llevado para que sea testigo de su
hazaña. El caballero hace el amor entre los rezos confundidos de su víctima y
de la criatura. Y, en otra ocasión, ordena a sus validos, en el curso de una
orgía, que tumben a la mujer de un ganadero, Doña Gudelia, y le abran las
piernas para violarla en público. Y añade: "Mejor si se queja, Faustino.
Más gusto al gusto".
Se trata de una sociedad a la que conviene como
anillo al dedo la eti-queta de 'chauvinista fálica', un mundo donde, como
explica con crudeza el chofer Antonio a Santiago: "Con su voluntad, sin su
voluntad, por el man-dato de Dios, la mujer es para el goce del macho".
Sí, la mujer es en el dominio del sexo una víctima, sea india, mestiza o
blanca, alguien que es ultrajado por el ardor del varón, ese ser que, cuando
ama, como 'el caballero' se convierte en un animal que 'babea y goglotea palabras
sucias'. Por eso, al oír que el guitarrista Ambrosio asegura que también la
mujer goza, San-tiago piensa, asqueado: "Ambrosio animal, Ambrosio chancho
que persigue a chanchas, que hace chorrear suciedad a las chanchas,
montándolas. Ambro-sio anticristo". Sin embargo, una vez contaminada por
la peste del sexo, la
mujer, por esa proclividad masoquista de la
realidad ficticia que comparten hombres y mujeres, se aficiona a él y, como
Irma la ocobambina, se desvive por seguir siendo esclava de quien la degradó.
El caso más patético es, sin duda, el de la infeliz Marcelina, esa lavandera
gorda y velluda, violada alguna vez por unos soldados que, al parecer, le
contagiaron una enfermedad, y que se ha convertido en una especie de ninfómana.
Ella inicia al niño Santiago en el comercio carnal y su manera de tentarlo es "orinando
para él". El olor de su sexo hechiza a Santiago, que, pese al asco y al
remordimiento, vuelve siempre a la huerta, en su busca, como tiranizado por una
maldición.
No resulta difícil averiguar el origen de esta
visión escandalizada y torci-da del sexo (que, en última instancia, es de raíz
cristiana) pues el propio Arguedas lo mostró, al revelar que las escenas
exhibicionistas que observa Santiago en El horno viejo son autobiográficas.
Para ese niño, cuyo apren-dizaje de la vida sexual consistió en experiencias
que casi medio siglo después seguía llamando "traumáticas" y
recreando en ficciones —lo que significa que nunca las superó del todo— es
comprensible que el sexo fuera siempre algo perverso. En la realidad ficticia
el sexo se ha convertido, objetiva, um-versalmente, en manifestación predilecta
y devastadora de la violencia del mundo.
Como consecuencia, la mujer en ese mundo está
escindida en figuras antagónicas. Una de ellas es la mujer de carne y hueso
—Marcelina, Doña Gaudencia, Doña Gabriela, Irma—, víctima, herramienta y
transmisora de la infección sexual, que, por ello, es vista con una mezcla de
piedad y re-pugnancia. Otra, la mujer abstracta y asexuada, ideal, de los
sueños y de las fantasías —como Justina, Adelaida o Hercilia—, cuyo modelo es
la Madre, la Virgen de la mitología cristiana, ser 'puro', a salvo de ese
flagelo de la vida. Esta mujer 'celestial' es la que tiene presente Santiago
cuando piensa: "La mujer es más que el cielo, llora como el cielo, como el
cielo alumbra... No sirve para la tierra ella".
I I . LA CEREMONIA
Sin embargo, es verdad que el sexo durante El ayla,
esa fiesta en que las parejas de solteros hacen el amor entre cantos y danzas,
no tiene caracteres negativos. ¿Por qué ocurre así? Porque en este caso hacer
el amor no es un acto individual sino social, una representación comunitaria
que se lleva a cabo según una tradición y respetando un programa. Este es un
hecho importante, pues otro componente básico y permanente de la realidad
ficticia, al igual que la violencia, es la ceremonia. La vida, al mismo tiempo
que crueldad, su-frimiento, explotación, es rito, espectáculo, canto, danza.
Todos los actos importantes para la colectividad o
la persona están acom-pañados de un ritual en el que son ingredientes centrales
la música y el aire libre. Las historias ocurren en la plaza pública o en el
campo más que bajo techo, quizá no tanto porque el mundo ficticio es rural y
campesino en la mayoría de los relatos, como porque esos lugares —la plaza, la
campiña—
constituyen el decorado cabal, el escenario mejor
para esas representaciones (en el sentido más teatral de la palabra) de que se
compone la vida.
Muchas de las interesantes teorías de Mijhail
Baktin sobre la cultura po-pular y el carnaval —si se segrega de ellas el
elemento humorístico, inexis-tente en Arguedas— encuentran confirmación en
estos relatos. La sociedad de blancos y de indios, en la realidad ficticia, no
está dividida sólo por ra-zones económicas —explotadores y explotados— o
culturales —castellano y quechua— sino también porque aquéllos suelen aparecer
como individuos aislados —aunque, como hemos visto, se trate en la práctica de
un solo 'misti' que cruza los relatos con distintos nombres— y éstos, en
cambio, son casi siempre colectividades que se mueven y actúan coralmente, a
veces como conjuntos armónicos, a veces como conjuntos disímiles, pero en todo
caso como suma de individuos que comparten conductas, tradiciones, oficios y
atuendos, que tienen una personalidad común.
Este fue el elemento más novedoso que introdujo en
la literatura peruana el primer libro de Arguedas, Agua, en 1935: un mundo
donde se borran los individuos y los reemplazan como personajes los conjuntos
humanos. Ahora bien, en esos tres relatos y en los que escribiría después, esto
será sobre todo constante del mundo de los indios; entre los 'mistis'
prevalecerán las figuras individuales. Pero la sociedad india no es uniforme.
En su seno hay diferen-cias y ellas corresponden a colectividades, generalmente
constituidas por el lugar donde viven y el trabajo que realizan sus miembros.
Arguedas ha dado a cada uno de estos grupos, muchas veces, psicologías propias.
Así, en Agua, los sanjuanes son cobardes y sumisos, los tinkis bravios y
huraños y los co-muneros de Utej-pampa indios "listos" a los que
hasta el patrón respeta.
Estos personajes colectivos pueden ser también de
otro orden, agluti-narse, por ejemplo, en razón de la edad. El mundo de los
niños —se ve en
Los escoleros, El barranco y Orovilca— es
una ciudadela divorciada del
mundo adulto y entre ambos existe la desconfianza e
incluso hostilidad que vemos (en Los escoleros) entre lukanas y a'kolas. ¿Y las
mujeres y los hom-bres no viven también en universos distintos y distantes? En
este caso, además, como entre 'mistis' e indios, hay entre las dos
colectividades una relación de dominio: la mujer es víctima del hombre así como
el campesino lo es del patrón.
Si uno analiza de cerca la realidad ficticia,
advierte que toda ella, de manera transversal y vertical, está organizada de
este modo, en unidades co-lectivas y a menudo enemigas unas de otras. El mundo
ficticio es una colec-tividad formada por colectividades antes que por
individuos, una sociedad cuyas partes son, a su vez, sociedades (indios,
'mistis', 'maktillos', adultos, 'dansaks', músicos, 'varayoks', escoleros,
sirvientas, etc.). La mejor manera de comprobarlo es consultando la memoria: lo
que más dura en el lector de estos relatos son esas presencias numerosas que
evolucionan y actúan de ma-nera sincronizada —los 'maktillos' emotivos, los
'mistis' crueles, las sirvien-tas maternales— en tanto que los individuos se
disuelven y confunden con ellas.
Es sobre todo el movimiento —la manera como
comparecen o se apar-tan, como pasan ante el lector— lo que acentúa el relieve
de las unidades
colectivas de la sociedad ficticia. La acción de
casi todos los relatos se com-pone de continuos desplazamientos, de desfiles de
grupos sociales. Estos mo-vimientos colectivos, por su color, por el dinamismo
que imprimen a la na-rración, porque gracias a ellos la realidad ficticia se
reviste de esa cualidad ceremonial, son, quizá, el aspecto más destacado del
elemento añadido, ese factor al cual debe el mundo literario de Arguedas ser
original y no un mero 'documento' sobre los Andes.
Hay relatos en los que, de principio a fin, este
movimiento de conjunto hace de la historia la descripción de un espectáculo, de
una fiesta (a veces trágica), como Agua, Los escoleros y El ayla. En Warma
Kuyay, la narración
se abre con un coro de voces y entre los
parlamentos y cantos hay brevísi-mas apuntaciones impersonales sobre el
escenario ("Noche de luna en la quebrada de Viseca" ), lo que da al
texto el semblante de un libreto dramá-
tico. En los cuentos posteriores de Arguedas, a
medida que la apariencia de 'realismo' se va desvaneciendo y el elemento
imaginario —lo mágico, lo fantástico— se presenta con menos disimulo, la
ceremonia (que es siempre
invención) es más importante y frecuente. Habrá
relatos, como La agonía de Rasu Ñiti, que consisten en referir un rito, la
última representación que
ofrece ante un auditorio privilegiado (su familia,
sus músicos y su discípulo) un célebre dansak. Y en todas las historias, la
fiesta es una actividad que trasciende la mera diversión, un culto que se
cumple obedeciendo un man-dato antiguo, oscuro, religioso, irrenunciable, y en
el que, como el 'misti' Don
Juan de La muerte de los Arango, un hombre puede
dilapidar sus ganancias de tres años. Las devastaciones simétricas de los
'caínes' de Hijo solo y que
sirven de telón de fondo a la anécdota, rodean a
ésta de un ambiente apo-calíptico, de tragedia épica. En Diamantes y pedernales
la historia está subli-minalmente teatralizada por desfiles que puntúan la
acción: el recorrido de los indios por la ciudad cargados de flores de las
cumbres para Adelaida, el entierro de Don Mariano, la cabalgata de Don Aparicio
y sus mayordomos con sus potros aperados de lujo para impresionar a la
forastera, etc.1 Y hasta
en las idas y venidas de El forastero por ese
infierno que es para él Gua-temala, se advierte que el movimiento no es, en la
realidad ficticia, el andar
normal, funcional, expeditivo, que desplaza al ser
humano de uno a otro lugar, sino el caminar ensayado, preciso, artificial, de
quien —en el esce-nario de un teatro, ante el altar de una iglesia, en una
plaza de desfile— actúa, oficia, danza o marcha.
Junto con el movimiento, es decisivo para la
naturaleza ceremonial de
la realidad ficticia la importancia principalísima que
tiene en ella la música.
Violenta y ritualizada, la vida en este mundo es
igualmente lírica. También
en esto es posible rastrear un 'demonio' de
infancia del autor que se ha pro-
yectado universalmente en sus
ficciones. La música fue siempre
necesaria
1 En las cartas-testamento que escribió antes de
suicidarse, Arguedas estipuló el programa que quería para su entierro: quién
debía pronunciar los discursos, quién cantar
y qué instrumento debía tocarse. Ese amor a la
ceremonia, en su caso, no tenía nada que
ver con la vanidad: se trataba de algo más intenso
e impersonal. En el Ultimo Diario de El zorro de arriba y el zorro de abajo,
escribió: "Me gustan, hermanos, las ceremonias honradas, no las
fantochadas del carajo".
para Arguedas, que tenía fino oído y sensibilidad
de melómano. Escribió muchos estudios valiosos dedicados a bailes y cantos de
los Andes, y, según confesó, esta pasión fue precoz y absorbente: "Pasé mi
niñez siguiendo a bailarines y músicos de esas danzas, siguiéndolos noches de
noches, imi-tándolos, hasta que gané el mote de 'zonzo' que mi propio padre y
mi her-mano me lo aplicaban con todo convencimiento".1
Lo cierto es que la música, el canto, el baile son
en la realidad ficticia medios de expresión tan importantes como la palabra, y,
en determinados casos, más que ella. Están asociados a las principales
actividades de la comu-nidad, desde la siembra y la cosecha o la herranza del
ganado, hasta las pro-cesiones, misas y demás ceremonias religiosas, así como a
los grandes hechos de la vida: nacimientos, bodas, bautizos, sepelios. Pero
también los peque-ños entusiasmos o las menudas tristezas individuales se expresan
cantando y bailando. Los ejemplos pueden multiplicarse. Los escoleros expresan
su alegría de una mañana de domingo zapateando la danza de la hierra. Tres
niños bailan en torno de la vaca Gringacha para mostrarle que la quieren. Los
pastorcitos de Kellkatay-Pampa saludan la aparición del sol bailándole y
cantándole un ayarachi. El upa Don Mariano acostumbra, a solas en su cuarto,
bailar delante de su cernícalo Jovín. Y una de las maneras de hacer la corte es
ofreciendo serenatas al pie del balcón, como los 'mistis' en Don Antonio.
Cantar, tocar el arpa, el violín o la flauta,
expresan desde luego conten-tamiento, afecto, duelo. Pero son, ante todo,
elementos del rito, maneras de comunicarse con el auqui (espíritu de la
montaña), con los ríos, con las pampas, con el tayta Inti o con Dios. Mediante
el canto y la danza se con-juran calamidades y se atraen bonanzas y dádivas de
la naturaleza y del más allá. Irma la ocobambina, para evitar que Don Aparicio
la abandone, le prepara una emboscada que consiste en cantar para él y hacerle oír,
en el nido
de sus amores, las milagrosas melodías del arpa de
Don Mariano. Porque la música y el canto también están vinculados al amor, al
que en ciertos
casos purifican. El sexo —esa fea manifestación de
la violencia— se dul-cifica cuando tiene lugar durante el ayla, la celebración
de la limpieza de los acueductos por la comunidad. Solteros y solteras,
bailando cogidos de las manos y cantando sin cesar, forman una serpiente que
cruza el pueblo y
escala las faldas del
cerro, donde, entre canción y canción,
se aman. Es
la única vez que el sexo no aparece en la realidad ficticia
como algo innoble
y vil; la
razón es que en este caso no es fin sino medio, acción
ceremonial o,
más exactamente, religiosa.
El músico,
y, tal
vez más que él,
el dansak, son personajes
imbuidos
de una función sacerdotal y sagrada, que llegan más
allá que los otros hom-bres en la comunicación con el espíritu que alienta en
el fondo de las cosas. Uno de los mejores relatos de Arguedas, La agonía de
Rasu Ñiti, es prolijo en la descripción de este aspecto de la realidad
ficticia. Los dansak, explica, albergan espíritus: de una montaña, de un
precipicio, de una cueva, de la cascada de un río, de un pájaro y aun de un
insecto. Es decir, toda la natu-
1 Carta citada por Emilio Adolfo Westphalen,
"José María Arguedas" (1911-1969), en Arnaru, Revista de artes y
ciencias, núm. 11, Lima, diciembre de 1969, p. 2.
raleza está animada, todas las cosas son envolturas
de espíritus, la materia tiene un alma. Y esta alma se hace visible a través de
personas misteriosa-mente designadas, como el arpista Don Mariano o el Gran
Untu, "padre de todos los danzantes de Lucanas", o el Pachakchaki y
Rumisonko, o Rasu Ñiti y su discípulo Atok'sayku. En este mundo, en el que el
cura cristiano aparece siempre como ser obtuso y cómplice de la injusticia, los
danzantes y músicos en cambio son reverenciados y queridos. Ellos son los verdaderos
sacerdotes, intermediarios con el otro mundo, portavoces y testigos de las
fuerzas mágicas de la tierra.
I I I . LA
NATURALEZA ANIMADA
¿Estamos todavía en un mundo 'realista', en una
realidad verificable? ¿O, más bien, en un universo en el que, de acuerdo a las
concepciones ani-mistas, los seres naturales comparten con los hombres los
atributos de la espiritualidad y la sapiencia? Porque, en la realidad ficticia,
la música, una de las formas más elevadas de la vida, es también expresión de
lo sagrado natural, de esa vida lúcida y secreta que late en el seno de la
naturaleza. Hacer música, por eso, es una operación mágica a través de la cual
se aprehen-de y comunica el alma de la vida material. En Diamantes y
pedernales, los veinte arpistas de la capital de la provincia, la noche del 23
de junio des-cienden por los cauces de riachuelos que van a aumentar el río
principal. Allí, bajo las cataratas de los torrentes, reciben un mensaje:
" ¡Sólo ésa noche el agua crea melodías nuevas al caer sobre la roca y
rodando en su lustroso cauce! Cada maestro arpista tiene su paklla (santo de
agua) secreta. Se echa de pecho, escondido bajo los penachos de las sacuaras;
algunos se cuelgan de los troncos de molle, sobre el abismo en que el torrente
se pre-cipita y llora. Al día siguiente, y durante todas las fiestas del año,
cada ar-pista toca melodías nunca oídas, directamente al corazón; el río les
dicta música nueva".
No existen, pues, fronteras entre lo humano y la
naturaleza: ésta se halla interiormente animada y la música que ella dicta a
los arpistas en esa fantástica ceremonia nocturna, la víspera de San Juan, es
la voz de su es-píritu.
Como los ríos y las cascadas, los cerros de la
realidad ficticia tienen un ánima que dialoga con los hombres, a quienes
aconseja, protege y limpia espiritualmente. Las montañas lucen nombre propio:
Santa Bárbara, Jatun Cruz, Chitulla, Kanrara, Ak'chi, Osk'onta, Chawala,
Koropuna, Santa Brí-gida, Aukimana, Arayá. En La huerta, cada vez que el niño
Santiago hace el amor con la lavandera borracha, trepa luego al cerro tutelar,
al que, con humildad, pide que lo absuelva: "Tú nomás eres como yo quiero
que todo sea en el alma mía, así como estás, padre Arayá, en este rato. Del
color del ayrampo purito". El cura del pueblo, no entiende al padre Arayá;
no niega que tenga una vida interior, pero, según él, se trata de una vida
malé-fica: " ¡Este cerro que tiene culebras grandes en su interior, que
dicen que tiene toros que echan fuego por su boca! " Los indios, por su
parte, respetan
y adoran a esas montañas donde (en El ayla) suben
ceremonialmente a cele-brar la limpieza de los acueductos degollando un carnero
y una llama y donde el Auqui Mayor va a transmitir las quejas y súplicas de los
comune-ros. Auqui es el nombre de los sacerdotes indios; pero también se llama
así al espíritu de las montañas, que, materializado en forma de cóndor, puede
tomar posesión de un dansak, guiarlo en vida, y, en el momento oportuno,
anunciarle que va a morir, como le ocurre a Pedro Huancayre. Los niños llaman
'tayta' (señor) a las montañas y (en Agua) comparan sus voces y sus cóleras y
discuten sobre cuál es más poderosa. Ellos están convencidos, como los indios
sanjuanes, que también hay rivalidades y desafíos entre los cerros, y que, por
ejemplo, el tayta Chitulla y el tayta Kanrara, "en las noches oscu-ras,
bajan hasta la ribera del Viseca y se hondean allí, de orilla a orilla". Y
hasta ocurre que las montañas sean propietarias de tierras que, como el tayta
Ak'chi de Los escoleros, recorren de noche, con un cuero de cóndor sobre la
cabeza y con chamarra, ojotas y pantalón de vicuña. Muchos arrie-ros y viajeros
han visto a ese auqui alto y silencioso al que "los riachuelos juntan sus
orillas para dejarle pasar".
También las rocas y los pedruscos participan de la
animación profunda de las cosas y tienen actividad e historia, lo mismo que el
hombre. En las afueras de Ak'ola está sentada una piedra que se llama Jatunrumi
y a la que en ciertas ocasiones se oye cantar. Ese canto es el de los
'maktillos' (niños) que las piedras se tragan "enteritos" cuando
sienten hambre y que, prisioneros en el corazón de la materia, entonan
nostálgicas melodías re-cordando la tierra, sus pueblos, sus familias.
Como los seres humanos, los árboles de la realidad
ficticia, pueden tener sexo. La maestra de La muerte de los Arango afirma que
el eucalipto de ca-bellera redonda, ramosa y tupida de la plaza del pueblo
"es hembra". Este es un buen ejemplo del sistema de desrealización
(de mitificación literaria) de la naturaleza que lleva a cabo Arguedas, y
recuerda lo que sucede, en el Tercer Diario de El zorro de arriba y el zorro de
abajo, con el pino de Arequipa. En la bellísima descripción del cuento, el
eucalipto va perdiendo materialidad, espiritualizándose. Los niños creen que de
sus ramas "caen lágrimas" cuando el árbol escucha el canto funerario
de los indios que traen a sus muertos —abatidos por la peste— a reposar unos
momentos a su som-bra, como ante un altar, y el eucalipto cobra para ellos un
significado fasci-nante. No es el único árbol animado de los cuentos; quizá lo
sean todos, pues ¿acaso el protagonista recurrente —el niño 'misti' que hace
vida de indio— no habla en La huerta con un sauce llorón y en El ayla con un
árbol de espino? En otras ocasiones lo hace con el sol y con piedras.
Si la vecindad entre el orden natural y el humano
es tan estrecha, si la materia inorgánica y las plantas son interlocutores del
hombre, la comunión entre éste y los animales puede ser absoluta. Hay
historias, como El barranco e Hijo solo, en las que la humanización del mundo
animal es tan extrema que una vaca y un perro comparten, respectivamente, con
personas la función de protagonistas. Se trata de seres con emociones humanas,
e, incluso —como la Ene—, dotados de una capacidad de ternura hacia sus crías más
intensa que la de muchos padres con sus hijos. En los animales, los hombres en-
cuentran compañeros comprensivos y atentos a
quienes contar sus penas, como hacen con las vicuñas y las torcazas los
pastores de Los escoleros, y entre un hombre y un animal puede brotar una
fraternidad cálida, como en-tre el cernícalo y Don Mariano, la vaca Gringa y
los escoleros o el pequeño Singu y el perrito que recoge. Estos son animales
concretos y tangibles. Pero en la realidad ficticia hay otros, cuya existencia
está respaldada por la fe y la imaginación, como esa corvina dorada de cola
ramosa y aletas ágiles que boga por los arenales de lea, entre el mar y las
lagunas, con una muchacha en el lomo. Algunos animales reales, por lo demás,
tienen propiedades ima-ginarias, como este pez fantástico. Así, los 'chaschas'
(perros) poseen una
mirada especial que les
permite ver las ánimas y (Los escoleros) "cuando el
alma anda
en lejos, ladran; pero si está en el mismo pueblo aullan de tris-
tes". Si
a un 'chascha' lo sacan de la querencia,
su alma permanece en ella
y él, por eso —como el Kaisercha de Don Ciprián— al
oscurecer ladra, llamándola.
La contrapartida de la humanización de los animales
es el contagio de lo humano por la zoología. Esto acontece en los cuentos de
Arguedas a un nivel formal, como recurso estilístico, pero de manera tan
constante, a lo largo de los relatos, que esos símiles a que recurre sin tregua
el narrador, utilizando a perros, cóndores, chanchos, gallos, novillos,
padrillos, pájaros, sapos, etc., como puntos de referencia para precisar las
conductas, los senti-mientos y las apariencias de los personajes, que, en el ánimo
del lector, el acercamiento metafórico acaba por establecer un efectivo
parentesco, una relación de familia en la que hombres y animales resultan
ontológicamente semejantes: dos manifestaciones de la vida, indiferenciables
desde el punto de vista de la emoción, de la moral y del conocimiento.
Este mundo violento y ceremonioso, musical y
encantado, de montañas que lavan los pecados y dibujan los arabescos de los
danzantes, de árboles sensitivos y vacas sentimentales, de hombres lobos de
corazón de piedra, no es una crónica de la realidad peruana. Está erigido, sí,
a partir de vivencias profundas, dolorosas, del país. Pero, con ayuda de la
imaginación y de los condicionamientos del idioma, debido a la alquimia
inevitable que realizan esas pasiones, frustraciones, ambiciones y rencores que
intervienen en la tarea creadora, cuando un escritor —como lo hacía Arguedas—
escribe con todo su ser, vertiendo en esa empresa lo mejor y lo peor de sí
mismo, esa realidad que fue materia prima ha sido transformada en algo
sustancial-mente distinto del modelo. Esta infidelidad prueba que Arguedas fue
un escritor original, alguien que dio al mundo algo que no existía antes de
él, y, también, el carácter genuino de su
narrativa, esa mentira persuasiva
en la que otros hombres —de aquí o de otras
geografías, de nuestro tiempo
o del porvenir—
reconocerán, en las caras cobrizas y las voces
chillonas
de los muchachos
escoleros, en la ternura de esas sirvientas serranas,
en
esos comuneros hieráticos, en esa fama espiritual y
esa orografía mágica, un mito donde ha quedado perennizáda, una vez más, la
protesta de un hombre contra la insuficiencia de la vida.
MARIO VARGAS LLOSA
Lima, agosto 1977.
WARMA KUYAY
(Amor de niño)
NOCHE
DE LUNA en la quebrada de Viseca.
Pobre palomita, por dónde has venido, buscando la
arena por Dios, por los cielos.
— ¡Justina!
¡Ay, Justinita!
En un terso lago canta la memoria me deja de gratos
gaviota,
recuerdos.
— ¡Justinay, te pareces a las torcazas de Sausiyok!
— ¡Déjame, niño, anda donde tus señoritas!
—¿Y el Kutu? ¡Al
Kutu le quieres, su cara de sapo te gusta!
— ¡Déjame, niño Ernesto! Feo, pero soy buen
laceador de vaquillas y hago temblar a los novillos de cada zurriago. Por eso
Justina me quiere.
La cholita se rió, mirando al Kutu; sus ojos chispeaban como dos luceros.
— ¡Ay Justinacha!
— ¡Zonzo, niño zonzo! —habló Gregoria, la cocinera.
Celedonia, Pedrucha, Manuela, Anitacha... soltaron
la risa; gritaron a carcajadas.
— ¡Zonzo niño!
Se agarraron de las manos y empezaron a bailar en
ronda, con la musiquita de Julio el charanguero. Se volteaban a ratos, para
mirarse, y reían. Yo me quedé fuera del círculo, avergonzado, vencido para
siempre.
Me fui hacia el molino viejo; el blanqueo de la
pared parecía moverse como las nubes que correteaban en las laderas del
"Chawala". Los eucaliptus
de la huerta sonaban con ruido largo e intenso; sus
sombras se tendían hasta el otro lado del río. Llegué al pie del molino, subí a
la pared más alta y miré desde allí la cabeza del "Chawala": el cerro
medio negro, recto, amena-zaba caerse sobre los alfalfares de la hacienda. Daba
miedo por las noches; los indios nunca lo miraban a esas horas y en las noches
claras conversaban siempre dando las espaldas al cerro.
— ¡Si te cayeras de pecho, tayta
"Chawala", nos moriríamos todos! En medio del Witron, Justina empezó
otro canto:
Flor de mayo, flor de mayo,
flor de mayo primavera,
por qué no te liberaste
de esa tu falsa prisionera.
Los cholos se habían parado en círculo y Justina
cantaba al medio. En
el patio inmenso, inmóviles sobre el empedrado, los
indios se veían como estacas de tender cueros.
—Ese puntito negro que está al medio es Justina. Y
yo la quiero, mi corazón tiembla cuando ella se ríe, llora cuando sus ojos
miran al Kutu. ¿Por qué, pues, me muero por ese puntito negro?
Los indios volvieron a zapatear en ronda. El
charanguero daba voces alrededor del círculo, dando ánimos, gritando como potro
enamorado. Una paca-paca empezó a silbar desde un sauce que cabeceaba a la
orilla del río; la voz del pájaro maldecido daba miedo. El charanguero corrió
hasta el cerco del patio y lanzó pedradas al sauce; todos los cholos le
siguieron. Al poco rato el pájaro voló y fue a posarse sobre los duraznales de
la huerta; los cholos iban a perseguirle, pero Don Froilán apareció en la puerta
del Wi-tron.
— ¡Largo! ¡A
dormir!
Los cholos se fueron en tropa hacia la tranca del
corral; el Kutu se quedó solo en el patio.
— ¡A ése le quiere!
Los indios de Don Froilán se perdieron en la puerta
del caserío de la hacienda, y Don Froilán entró al patio tras de ellos.
— ¡Niño Ernesto!
—llamó el Kutu.
Me bajé al suelo de un salto y corrí hacia él.
—Vamos, niño.
Subimos al callejón por el lavadero de metal que
iba desmoronándose en un ángulo del Witron; sobre el lavadero había un tubo
inmenso de fierro y varias ruedas enmohecidas, que fueron de las minas del
padre de Don Froilán.
Kutu no habló nada hasta llegar a la casa de
arriba.
La hacienda era de Don Froilán y de mi tío; tenía
dos casas. Kutu y yo estábamos solos en el caserío de arriba; mi tío y el resto
de la gente fueron al escarbe de papas y dormían en la chacra, a dos leguas de
la hacienda.
Subimos las gradas, sin mirarnos siquiera; entramos al corredor, y ten-
dimos allí nuestras camas para dormir alumbrados
por la luna. El Kutu se echó callado; estaba triste y molesto. Yo me senté al
lado del cholo.
— ¡Kutu! ¿Te
ha despachado Justina?
— ¡Don Froilán la ha abusado, niño Ernesto!
— ¡Mentira, Kutu, mentira!
— ¡Ayer no más la ha forzado; en la toma de agua,
cuando fue a ba-ñarse con los niños!
— ¡Mentira, Kutullay, mentira!
Me abracé al cuello del cholo. Sentí miedo; mi
corazón parecía rajarse, me golpeaba. Empecé a llorar. Como si hubiera estado
solo, abandonado en esa gran quebrada oscura.
— ¡Déjate, niño! Yo, pues, soy "endio",
no puedo con el patrón. Otra vez, cuando seas "abugau", vas a fregar
a Don Froilán.
Me levantó como a un becerro tierno y me echó sobre
mi catre.
— ¡Duérmete, niño! Ahora le voy a hablar a Justina
para que te quiera. Te vas a dormir otro día con ella, ¿quieres, niño? ¿Acaso?
Justina tiene corazón para ti, pero eres muchacho todavía, tiene miedo porque
eres niño.
Me arrodillé sobre la cama, miré al
"Chawala" que parecía terrible y fú-nebre en el silencio de la noche.
— ¡Kutu:
cuando sea grande voy a matar a Don Froilán!
— ¡Eso sí, niño Ernesto! ¡Eso sí!
¡Mak'tasu!
La voz gruesa del cholo sonó en el corredor como el
maullido del león que entra hasta el caserío en busca de chanchos. Kutu se
paró; estaba alegre, como si hubiera tumbado al puma ladrón.
—Mañana llega el patrón. Mejor esta noche vamos a
Justina. El patrón seguro te hace dormir en su cuarto. Que se entre la luna
para ir.
Su alegría me dio rabia.
—¿Y por qué no matas a Don Froilán? Mátale con tu
honda, Kutu, desde el frente del río, como si fuera puma ladrón.
— ¡Sus hijitos, niño! ¡Son nueve! Pero cuando seas
"abugau" ya esta-rán grandes.
— ¡Mentira, Kutu, mentira! ¡Tienes miedo, como mujer!
—No sabes nada, niño. ¿Acaso no he visto? Tienes
pena de los becerri-tos, pero a los hombres no los quieres.
— ¡Don Froilán! ¡Es malo! Los que tienen hacienda
son malos; hacen llorar a los indios como tú; se llevan las vaquitas de los
otros, o las matan de hambre en su corral. ¡Kutu, Don Froilán es peor que toro
bravo! Mátale no más, Kutucha, aunque sea con galga, en el barranco de
Capitana.
— ¡Endio no puede, niño! ¡Endio no puede!
¡Era cobarde! Tumbaba a los padrillos cerriles,
hacía temblar a los po-tros, rajaba a látigos el lomo de los aradores, hondeaba
desde lejos a las vaquitas de los otros cholos cuando entraban a los potreros
de mi tío, pero era cobarde. ¡Indio perdido!
Le miré de cerca: su nariz aplastada, sus ojos casi
oblicuos, sus labios delgados, ennegrecidos por la coca. ¡A éste le quiere! Y
ella era bonita: su cara rosada estaba siempre limpia, sus ojos negros
quemaban; no era como las otras cholas, sus pestañas eran largas, su boca
llamaba al amor y no me
dejaba dormir. A los catorce años yo la quería; sus
pechitos parecían limo-nes grandes, y me desesperaban. Pero ella era de Kutu,
desde tiempo; de este cholo con cara de sapo. Pensaba en eso y mi pena se
parecía mucho a la muerte. ¿Y ahora? Don Froilán la había forzado.
— ¡Mentira, Kutu! ¡Ella
misma, seguro, ella misma!
Un chorro de lágrimas saltó de mis ojos. Otra vez
el corazón se sacudía, como si tuviera más fuerza que todo mi cuerpo.
— ¡Kutu!
Mejor la mataremos los dos a ella,
¿quieres?
El indio se asustó. Me agarró la frente: estaba
húmeda de sudor.
— ¡Verdad!
Así quieren los mistis.
— ¡Llévame donde Justina, Kutu! Eres mujer, no
sirves para ella. ¡Dé-jala!
— ¡Cómo no, niño, para ti voy a dejar, para ti
solito! Mira, en Wayrala se está apagando la luna.
Los cerros ennegrecieron rápidamente, las
estrellitas saltaron de todas partes del cielo; el viento silbaba en la
oscuridad, golpeándose sobre los duraznales y eucaliptos de la huerta; más
abajo, en el fondo de la quebrada, el río grande cantaba con su voz áspera.
Despreciaba al Kutu; sus ojos amarillos, chiquitos,
cobardes, me hacían temblar de rabia.
— ¡Indio, muérete mejor, o lárgate a Nazca! ¡Allí
te acabará la terciana, te enterrarán como a perro! —le decía.
Pero el novillero se agachaba no más, humilde, y se
iba a Witron, a los alfalfares, a la huerta de los becerros, y se vengaba en el
cuerpo de los ani-males de Don Froilán. Al principio yo lo acompañaba. En las
noches entrá-bamos, ocultándonos, al corral; escogíamos los becerros más finos,
los más delicados; Kutu se escupía en las manos, empuñaba duro el zurriago, y
les rajaba el lomo a los torillitos. Uno, dos, tres... cien zurriagazos; las
crías se retorcían en el suelo, se tumbaban de espaldas, lloraban; y el indio
seguía, encorvado, feroz. ¿Y yo? Me sentaba en un rincón y gozaba. Yo gozaba.
— ¡De Don Froilán es, no importa! ¡Es de mi enemigo!
Hablaba en voz alta para engañarme, para tapar el
dolor que encogía mis labios e inundaba mi corazón.
Pero ya en la cama, a solas, una pena negra,
invencible, se apoderaba de mi alma y lloraba dos, tres horas. Hasta que una
noche mi corazón se hizo grande, se hinchó. El llorar no bastaba; me vencían la
desesperación y el arre-pentimiento. Salté de la cama, descalzo, corrí hasta la
puerta; despacio abrí el cerrojo y pasé al corredor. La luna ya había salido;
su luz blanca bañaba la quebrada; los árboles rectos, silenciosos, estiraban
sus brazos al cielo. De dos saltos bajé al corredor y atravesé corriendo el
callejón empedrado, salté la pared del corral y llegué junto a los becerritos.
Ahí estaba "Zarinacha" la víctima de esa noche; echadita sobre la
bosta seca, con el hocico en el suelo; parecía desmayada. Me abracé a su
cuello; la besé mil veces en su boca con olor a leche fresca, en sus ojos
negros y grandes.
— ¡Niñacha, perdóname! ¡Perdóname mamaya! Junté mis
manos y, de rodillas, me humillé ante ella.
— ¡Ese perdido ha sido, hermanita, yo no! ¡Ese Kutu
canalla, indio perro!
La sal de las lágrimas siguió amargándome durante
largo rato. "Zarinacha" me miraba seria, con su mirada humilde,
dulce.
— ¡Yo te quiero, niñacha, yo te quiero!
Y una ternura sin igual, pura, dulce, como la luz
en esa quebrada madre, alumbró mi vida.
A la mañana siguiente encontré al indio en el
alfalfar de Capitana. El cielo estaba limpio y alegre, los campos verdes,
llenos de frescura. El Kutu ya se iba tempranito, a buscar "daños" en
los potreros de mi tío, para ensa-ñarse contra ellos.
—Kutu, vete de aquí —le dije—. En Viseca ya no
sirves. ¡Los comune-ros se ríen de ti, porque eres maula!
Sus ojos opacos me miraron con cierto miedo.
— ¡Asesino también eres, Kutu! Un becerrito es como
una criatura. ¡Ya en Viseca no sirves, indio!
—¿Yo no más, acaso? Tú también. Pero mírale al
tayta Chawala: diez días más atrás me voy a ir.
Resentido, penoso como nunca, se largó al galope en
el bayo de mi tío. Dos semanas después, Kutu pidió licencia y se fue. Mi tía
lloró por él,
como si hubiera perdido a su hijo.
Kutu tenía sangre de mujer: le temblaba a Don
Froilán, casi a todos los
hombres les temía. Le quitaron su mujer y se fue a
ocultar después en los pueblos del interior, mezclándose con las comunidades de
Sondondo, Chacralla... ¡Era cobarde!
Yo, solo, me quedé junto a Don Froilán, pero cerca
de Justina, de mi Justinacha ingrata. Yo no fui desgraciado. A la orilla de ese
río espumoso, oyendo el canto de las torcazas y de las tuyas, yo vivía sin
esperanzas; pero ella estaba bajo el mismo cielo que yo, en esa misma quebrada
que fue mi nido. Contemplando sus ojos negros, oyendo su risa, mirándola desde
lejitos, era casi feliz, porque mi amor por Justina fue un "warma
kuyay" y no creía tener derecho todavía sobre ella; sabía que tendría que
ser de otro, de un hombre grande, que manejara ya zurriado, que echara ajos
roncos y peleara a látigos en los carnavales. Y como amaba a los animales, las
fiestas indias, las cosechas, las siembras con música y jarawi, viví alegre en
esa quebrada verde y llena del calor amoroso del sol. Hasta que un día me
arrancaron de mi querencia, para traerme a este bullicio, donde gentes que no
quiero, que no comprendo.
El Kutu en un extremo y yo en otro. El quizá habrá
olvidado: está en su elemento; en un pueblecito tranquilo, aunque maula, será
el mejor novi-llero, el mejor amansador de potrancas, y le respetarán los
comuneros. Mien-tras yo, aquí, vivo amargado y pálido, como un animal de los
llanos fríos, llevado a la orilla del mar, sobre los arenales candentes y
extraños.
DIAMANTES Y PEDERNALES
I
I BA A CUMPLIR tres años de residencia en el
pueblo. Todos sabían que era forastero; y quien deseaba humillarlo, lo
proclamaba.
Sus ojos eran pequeños, su frente corta, sus
pómulos relucientes; era bajo y recio. Se ajustaba el pantalón con un chumpi
(cinturón) ornado de figuras de patos y toros.
Sólo él usaba esa clase de fajas. Desde su lejano
pueblo, algún indio ven-dedor de fruta le traía, de tiempo en tiempo, un
cinturón nuevo y llamativo que sus hermanas le enviaban como recuerdo. En el
fondo rojo o azul del tejido, las figuras reciamente compuestas, de toros,
patos o caballos, resal-taban, como si estuvieran vivos.
Los indios y los mestizos se detenían para ver la
faja de Mariano; la exa-minaban minuciosamente; y las mujeres parecían
encantadas con la belleza del tejido.
Los vecinos principales, los caballeros, se reían.
Mariano no demostraba ninguna emoción ante las
burlas o los elogios; permanecía callado y tranquilo, mientras contemplaban o
examinaban la vistosa prenda.
Mariano era arpista y ayudante de sastre. Criaba un
cernícalo al que lla-maba "Inteligente Jovín".
La sastrería ocupaba la única tienda de una gran
casa deshabitada de la cual Mariano era el guardián.
La casa pertenecía a una señora muy principal de un
distrito próximo. Se decía que la señora era dueña de la mayor parte de las
tierras y de los indios del distrito. Cuando iba a la Capital de la Provincia
entraba a la pe-
queña ciudad acompañada de su único hijo y de tres
o cuatro indios a quienes llamaba "lacayos". Mariano escuchaba el
tropel de los caballos y los reconocía de inmediato, antes de que llegaran a la
esquina. Corría al patio arrojando en cualquier sitio la "obra" que
tenía en las manos y abría el zaguán de la casa. Durante los días que la señora
permanecía en el pueblo, Mariano no aparecía en el taller.
El hijo de la señora era alto, cejijunto, de
expresión candente e intran-quila. Cuando venía con su madre excitaba al
vecindario. Invitaba siempre champaña a sus amigos, hasta emborracharlos; y se
reía de ellos en forma escandalosa. Sus risotadas se escuchaban a gran
distancia. El pueblo se di-vertía con este espectáculo. Y duraba algunos días
la vergüenza de los "ca-balleros" bebedores de champaña. La gente
exageraba los sucesos de las bo-rracheras :
—Dicen que Don Aparicio hizo caminar de cuatro
patas a varios señores y que a algunos los montó todavía.
—Dicen que a Don Esteban lo hizo subir al mostrador
para que discur-seara. ..
—Dicen que Don Aparicio se reía como un condenado y
hasta en la plaza retumbaban sus carcajadas.
— ¡Qué gracia!
Mil indios trabajan para él.
Mariano esperaba en la calle a su patrón y lo
acompañaba en las noches hasta la gran casona. Iba tras de él, y Don Aparicio
no le hablaba.
En algunas de aquellas noches, Don Aparicio
ordenaba a Mariano que llevara su arpa al salón de la casa. Se acomodaba en una
mecedora y le decía al sastre:
—Toca "Palomita del campo".
Mariano se sentaba en la puerta, sobre un banquito,
y tocaba los huay-nos y tristes que su patrón iba nombrando.
—Ahora "El sauce ingrato"... "El
chihuaco"... "El tuquito"... ¡Ahora canta el carnaval de mi
pueblo! ¡De Lambra!
Mariano tenía voz grave y baja, como la de un sapo
cantor. Porque entre las yerbas de los campos húmedos y baldíos que había en
ese pueblo, los sapos cantaban larga y dulcemente, estremeciendo el profundo
cielo estrellado o las lóbregas noches de verano.
—Don Mariano, a ti no más te dejo tranquilo, por tu
canto; por tu arpa también —le decía el corpulento señor de Lambra, paseándose
lenta-mente en la sala, a la luz temblorosa de la única vela que prendía en el
can-delabro.
—¿Por qué será, Don Mariano? Mis mujeres no me dan
tranquilidad; el trago, ya sea cañazo o champán, es para peor. ¡Anda ya a
dormir! Pero en medio del patio tócame por último cualquier huayno de tu
pueblo.
Mariano era nativo de uno de los pueblos fruteros
del "interior", de más adentro de la cordillera. Allí, en hondas
quebradas, crecían manzanos, peros y duraznos, que florecían como jardines y
daban frutos limpios, bri-llantes, de colores que esplendían a distancia.
Mariano
tocaba fuertemente los
huaynos alegres de esas
regiones. En
las cuerdas de alambre, de las notas altas, se
regocijaba repitiendo la melo-día; con la otra mano arrancaba los bajos en lo
alto del arpa.
— ¡Don Mariano, tú no más para mí, para mi alma...!
—iba diciendo el patrón desde la escalera, mientras subía paso a paso hacia su
dormitorio.
El "Upa" no hablaba delante de Don
Aparicio, casi ni lo miraba. El joven hablaba solo y pedía los cantos.
—¿Por qué, por qué no lo maltrata? ¿Por qué pues no
lo lleva a tocar en las jaranas que arma donde sus queridas? —se preguntaban en
el pueblo.
Y esta consideración que Don Aparicio tenía por el
sastre intrigaba a la gente, y permitía defender sus costumbres al humilde, al
"Upa" Mariano.
Los indios llaman "Upa" (el que no oye) a
los idiotas o semi-idiotas. El músico Mariano tenía algo de upa: iba a ver las
fiestas de los barrios, y con-templaba los grandes bailes de indios y mestizos,
los convites fastuosos, las danzas, desde lejos. Cierta vez, durante la
celebración de un matrimonio, las mujeres le llevaron un plato de
"patachi" y de algún otro potaje escogido, y no los aceptó; a pesar
de que para convidarle tuvieron que caminar mucho hasta llegar donde él estaba;
y fueron tan hermosamente vestidas, con sus largos rebozos de castilla
cubriéndoles la espalda:
—Padrecito Mariano —le dijeron en quechua— ahora
comerás nuestra dulce comida; hasta aquí te hemos traído, pasando vergüenza.
Tuvieron que cruzar media calle con los platos
escondidos bajo el rebozo. Mariano las contempló con sus ojos grises y
pequeños, cargados de temor, de extrañeza. No podía hablar, sus labios temblaban un poco. Ya parecía
que huiría. Pero casi arrodillándose, todo
inclinado ante las mujeres, les dijo con su voz baja y suave:
— ¡No, mamacitas! ¡Mamachakuna, no, patroncitas!
¡Almas, almas! Las mujeres no se resistieron. La voz de Mariano las acarició
con tristí-
sima dulzura.
—¿Por qué, pues;
por qué, pues?
Hablando, lamentándose, regresaron.
Mariano se quedó de pie, apoyándose en la pared
caleada en que el sol tan ardientemente repercutía. Y vio cómo los indios
bailaban en grandes círculos; y miró a los arpistas que tocaban en una esquina
del pampón. ¡Era por ellos que había baile, que los hombres y las mujeres
danzaban con tanta alegría! Al atardecer, Mariano se acercaba a los patios en
donde la gente bailaba; y muy levemente llevaba el compás de la música con el
cuerpo.
El "Upa" se iba pronto, al empezar la
noche. Entraba por la pequeña puerta del zaguán, atravesaba el gran patio de la
casona, y se dirigía a su cuarto. Era la monturera; habían allí algunos
caballetes vacíos, y poyos en los cuatro lados de la habitación. Don Mariano
prendía el mechero, la callana de sebo con que solía alumbrarse, y templaba su
arpa. No tocaba las danzas y cantos que acababa de oír, sino los de su pueblo.
Se agachaba hasta apoyar la frente en el gran arco del instrumento; y la música
de los pueblos fruteros del "interior" nacía en ese cuarto oscuro.
Los pocos transeúntes que pasaban por la calle a esa hora se detenían, para oír
al arpista. Y no le remecían la puerta, no le molestaban ni le gritaban desde
fuera.
— ¡Quizás San Gabriel, quizás cual ángel toca! ¡El
"Upa" no será! ¡El Mariano es inocente! —comentaban los indios, en
quechua.
—Cantos de pueblo extraño —afirmaban los vecinos
notables.
Si algún indio o mestizo borracho le oía, se
acercaba hasta la puerta; se sentaba en la vereda, apoyando la cabeza sobre las
rodillas, y escuchaba.
Mariano sentía a veces que a su puerta se detenían
algunos transeúntes. —Su espíritu no más está
tocando —dijo cierta noche un mestizo de mala vida, guitarrista, y
dedicado a corromper mujeres casadas—.
¡Su espí-ritu no más! A ver si me limpia mi alma; pura mujer no más
quiero. ¡Mucho
hey maldecido...!
Y se tendió junto a la puerta de Mariano, en la
oscuridad.
La música de los pueblos fruteros del "interior" era distinta que la de
ese pueblo grande y frío, de horizonte abierto,
donde las montañas altas se veían lejanas, en brumosa cadena. Mariano había
crecido bajo la protección de un río pequeño, al pie de una tibia montaña, con
árboles bajos, y yerbas que florecían desde enero y morían con el calor y la
sequía de junio. Los árboles también daban flores pequeñas. Sólo el sanki
(cactus gigante) y los bajos sok'onpuros amanecían, de repente, con una inmensa
flor, blanca el sanki y roja el sok'o; ambas atraían la luz, y refulgían. Para
tener una flor de sanki en las manos había que bajarla a hondazos o derribar el
tallo espi-noso, que lloraba. El sok'o, en cambio, se colgaba de los
precipicios y su flor llameaba en el aire de las zanjas inalcanzables. "
¡Ay sok'os, aypaykuykiman! ( ¡Si pudiera alcanzarte! )", clamaban los
niños.
Mariano tocaba recordando su valle, su pueblo
nativo, adonde el sol se hundía, caldeando las piedras, mezclándose con el
polvo, haciendo brillar las flores, las plumas de los pequeños patos del río,
el vientre de los pejerreyes que cruzaban como agujas los remansos.
—¿Quién pues va a bailar con el arpa del Mariano?
—decían sus oyen-tes—. El "Upa" toca diferente.
Don Mariano no quiso tocar nunca fuera de la casa
del señor de Lam-bra, ni siquiera en la iglesia.
— ¡No, papacito! —gemía, cuando intentaban llevarlo
a tocar en una fiesta, de indios o mestizos.
—Al primero que arrastre a Don Mariano a tocar en
cualquier casa aje-na, lo mato a puntapiés —había dicho Don Aparicio en muchos
sitios y en forma rotunda—. ¡Lo mato a puntapiés! Aquí hay más de veinte
arpistas; nadie necesita de Don Mariano.
Era extraño que un joven tan poderoso, tan altivo,
le llamara Don al "Upa". Ese tratamiento tuvo quizá más influencia
que las propias amenazas que lanzó para proteger al arpista.
Nadie caminaba con más humildad y menos frecuencia
en las calles prin-cipales del pueblo que Mariano. Pasaba como si en realidad
no fuera nadie. Cuando su joven patrón bebía en las cantinas, Mariano
permanecía quieto tras la sombra de algún poste. Cuando Don Aparicio salía para
dirigirse a otra tienda o a su casa, el "Upa" lo seguía, andando por
en medio de la
calle. Si el joven se iba a dormir donde alguna de
sus queridas, Don Apari-cio se despedía de él luego de una o dos cuadras de
compañía. "Hasta ma-ñana, Don Mariano", le decía en quechua, y
Mariano se iba a la casa del patrón. Y ningún mestizo o señor principal se
atrevió jamás a abofetearlo o a insultarlo a gritos en la calle, como a los
indios de los barrios.
I I
¿POR QUÉ HABÍA salido de su pueblo Don Mariano; y
cómo pudo llegar a la Capital de la Provincia? ¿Por qué prefería vivir en este
pueblo grande y frío, de tantos barrios, donde permanecía como un forastero,
como una pie-dra que jamás se disolvería? ¡Cuán diferente era la vida en los
pequeños pueblos fruteros del "interior"! Allá había pobreza; las
tierras de sembrar eran escasas; los melocotones, las manzanas y los peros se
vendían a tres por medio, las tunas ordinarias a 20, las amarillas a 30; y no
se conocía otro negocio. Pero las autoridades residían lejos y los comuneros
seguían viviendo según sus costumbres antiguas. No habían allí verdaderos
terrate-nientes voraces y crueles. Lenta, sin acontecimientos súbitos, la vida
cursaba tranquila. Las pocas fiestas estaban previstas; y la gente se preparaba
para ellas todo el año. Duraban dos o tres días; días grandes, de bailes,
cantos y convites abundantes, con los mejores potajes. Los hombres y las
mujeres estrenaban ropa nueva en esos días; las mujeres se alhajaban y los
niños con-templaban los bailes y danzas, jugaban en las huertas; algunos
lloraban, per-didos en la oscuridad durante las danzas nocturnas.
Mariano era el quinto y último hijo de la familia.
Aprendió a tocar arpa
cuando tenía
ocho años; su padre y su
abuelo fueron arpistas. Los padres
y hermanos comprendieron desde temprano que Mariano
era medio "upa".
Carecía de
destreza muscular, tenía apariencia de niño mudo,
soñoliento.
¡Pero entendía y hablaba! No le confiaron nunca los
trabajos que requerían agilidad, malicia o iniciativa. Lo dedicaron a
espantador de pájaros en las huertas, o guiador de yuntas en las siembras y a
acompañante de sus her-manas cuando tenían que ir a hacer compras a la capital
del distrito. El hermano mayor, que era el primogénito, lo miraba con cierto
desprecio y vergüenza. Era alto, de nariz aguileña, de labios delgados y de
pómulos bri-llantes que resaltaban; se llamaba Antolín. Tocaba charango, y era
"nego-ciante arriero". Era él quien llevaba la legendaria fruta de la
comunidad a los pueblos más lejanos, a aquellos en que los melocotones y
manzanas al-
canzaban altos precios. La mayor parte de los comuneros le encomendaban
a él la venta de su fruta. Se la entregaban bien
cargada, en buenos asnos
que habían descansado medio año.
Cuando Antolín
salía de viaje, toda la comunidad
lo despedía, en
un
extremo del pueblo, junto a una piedra inmensa
cargada de arbustos y de yerbas. Mariano veía irse a su hermano mayor como a un
ser poderoso en cuyo cuerpo se hubiera concentrado la energía de los cielos y
de la tierra. Las bellas pasñas, las solteras más codiciadas y hermosas,
adornaban de flo-
res a Antolín; le ponían un wallco, un cordón de
frutas y flores que le ceñía como una banda presidencial. La gran piedra se
cubría de niños. Abrazaban a Antolín todos, sin estrecharlo mucho, poniéndole
después las manos sobre los hombros. Luego partía. Mariano permanecía a la
sombra de la gran pie-dra y escuchaba el coro de la despedida, el kacharpariy;
solo, porque siendo "upa" nadie se quedaba muy cerca de él. Las
mujeres se cubrían medio ros-tro con las mantas, se reunían en un grupo cerrado,
y así cantaban el harawi de la despedida. Los hombres y los niños, las viejas,
todos permanecían en su sitio, callados.
Antolín se alejaba por la falda de la montaña y las
mujeres lo seguían, lo alcanzaban, lo sacudían con su canto. El harawi lento,
largo, coreado en la voz más aguda, dominaba al día, al sol menguante de esa
hora; y Antolín tras de su piara caminaba a paso de cuesta. Mariano lo
contemplaba; la imagen de su hermano bullía en su corazón; veía que el harawi
había hecho detenerse al mundo para que sólo el fuerte y alegre Antolín
viviera, caminara, resaltara en la honda quebrada. Al anochecer, entre el canto
de los pájaros, sin la presencia del sol que tanto se había infundido del
silencio de la des-pedida, todo el ayllu 1 regresaba a la aldea, a bailar en la
plaza y más tarde
en la choza de la familia de Antolín.
El upa Mariano
iba tras el ayllu,
solo; porque era el
único upa del
pueblo.
—Yo también tocaré arpa —le pedía al padre, cuando
la fiesta se trasla-daba a su casa.
Le daban el arpa. Y agachaba la cabeza como un
forastero avergonzado; pegaba su frente al arco del arpa, y tocaba.
—Porque pasa el día con los pájaros cantores será
que así dulce toca —decían los viejos y las mujeres.
En la mente de Mariano brillaba la gran piedra del
kacharpariy-pata2 con todas sus flores. Desde la cima de esa piedra él
ahuyentaba a los pá-jaros con el tronar de su honda y con sus gritos. Los
pájaros volaban exhi-biendo sus plumas amarillas, negras, verdes y rojas. Y él
se reía, bailaba y daba algunos saltos de regocijo.
— ¡Ay tuya tuya, chaynataraq, manchayta,
pawariykunti! (Y así ¡oh calandria! tan extremadamente vuelas), exclamaba.
Con estos recuerdos se ocultaba más para tocar.
Casi con la barba sobre el pecho arrancaba notas dulces y enérgicas al arpa.
Las mujeres lo contem-plaban con admiración y lástima. Los hombres bailaban sin
acordarse que era el "Upa" quien tocaba.
Cuando el padre de la familia murió, Antolín
resolvió despachar al "Upa" a la Capital de la Provincia. Las dos
hermanas y los cuñados aceptaron la decisión del arriero. Antolín los
atemorizó. Les recordó que los "upas" eran sensuales y taimados.
1 Comunidad de
indios.
2 Andén de las
despedidas.
—Yo no puedo tomar mujer porque le tengo miedo —les
dijo—. Ya es hombre. En la noche no va a poder sujetar al demonio.
Mariano se dedicaba entonces a su
"Jovín". El cernícalo lo miraba con inteligencia. El rostro del
músico se reflejaba resplandeciente de felicidad en los ojos profundos del
cernícalo. Mariano tocaba una danza guerrera de carnaval y luego bailaba a
grandes saltos, sin dejar de mirar a la pequeña ave de nariz acerada.
— ¡Son amigos! ¡Se entienden! ¡La misma alma
tienen, seguro! —ex-clamaba Antolín, observando que en esos instantes de
regocijo, Mariano y el cernícalo no dejaban de mirarse—. El corazón del
"Upa" está palpitando como si fuera killincho (cernícalo); en su
adentro es vivo; quizá hay can-dela, infierno, en su alma. ¡Fuera! Desde la
puna lo soltaré.
Antes del amanecer, en el tiempo de la sequía y de
la helada, Antolín obligó a levantarse a su hermano para marchar hacia el
grande y lejano pueblo desconocido donde residían "los
todopoderosos".
—Allí los arpistas son rogados, mandan —le dijo
Antolín—. Ganarás en una fiesta más que una cosecha entera de dos huertas. Los
alcaldes van a suplicarte; los mayordomos te van a llorar; los poderosos
también, el "Go-
biernos", los patrones, te van a llamar
bonito, como a amigo. ¡Grande va a ser tu vida, Mariano! A tu familia también
vas a cuidar, desde lejos. ¡Con tu killincho te irás! Adivinando tu viaje,
seguro, el finado compró para ti el killincho. ¡Como tú, es grande! A los
cóndores los hace llorar en todos los aires...
Le halagó lentamente, lo deslumhró; hizo que se
decidiera. Y lo despertó, cuando la estrella de la mañana se anunciaba con un
resplandor helado y tenue que crecía tras las cumbres de la lóbrega cadena de
montañas.
Al salir del patio, en el umbral de la puerta,
Mariano dudó. Quería re-tractarse.
— ¡Vivo, vivo!
—le gritó Antolín, empujándolo.
El killincho aleteó sobre el arco del arpa; Mariano
cerró los ojos, apre-tándolos por un instante, y salió al camino.
Escalaron juntos la cordillera.
Por la región de las huertas y las faldas de las
montañas que circundan la comunidad, caminaron de noche. Amaneció cuando la
última abra estaba próxima.
Se sentaron a descansar en la cumbre. Antolín rezó
en quechua y ofreció un poco de cañazo al abra y a la pampa temible que
empezaba, cerca, al pie de los nevados.
Es la meseta más plana y alta del Perú, sembrada de
lagos sin toto-rales, sin arbustos. Antolín pudo señalar desde la cumbre, como
un mapa, todos los caminos que cruzan la estepa.
—¿Yo por allí? ¿Hasta dónde? —exclamó el
"Upa", contemplando la vibración del viento en el confín difuso de la
pampa.
— ¡Viento no más, como agua! Parece lejos. ¡Viento
no más! ¡Es cerca! El killincho sabe —le dijo Antolín, con voz enérgica—. Yo te
voy a ver de
aquí. Si regresas te reventaré la cabeza con estas
piedras del auki.1 ¡Ya!
¡Vivo!
Y el "Upa" comenzó a descender a la
pampa.
Antolín lo vio caminar durante varias horas. En la
superficie amarilla de la pampa, la sombra de las nubes dibujaba manchas
informes que se deshacían y viajaban. Con el cernícalo duramente agarrado del
arpa, Mariano caminaba rápido. Llevaba el arpa a la espalda, pero un extremo
del arco quedaba sobre su cabeza; allí iba prendido el cernícalo. Ambos
escrutaban los confines sin pensar ya en nada. Los insondables ojos con una
sola ex-presión: el anhelo de vencer la distancia; de cruzar ese mundo extraño,
devorado por los silencios, por la resonancia del graznido de los patos. ¡Y
cómo centelleaba la nieve y se reflejaba, tanto en los lagos como en el
temeroso corazón del viajero!
Cuando perdió de vista a su hermano, Antolín, el
arriero, derramó nue-vamente unas gotas de aguardiente sobre la cumbre, y
empezó a bajar la montaña, hacia su pueblo.
El arpista fue cobrando valor mientras cruzaba la
meseta en la que, según las leyendas, vivían monstruos voraces, arrojadores de
fuego. Si el silencio no lo había diluido, si su corazón seguía latiendo, si no
habían saltado de los lagos tropas de toros y serpientes encrespadas para
enloquecerlo con sus bramidos y arrastrarlo, él podía vencer ya a todos los
demonios de la tierra. Y con paso enérgico apuró la marcha.
— ¡Papacito! —le dijo a su cernícalo—. ¿Dónde está
"Encantos"? ¿Dón-de tus enemigos, papacito? Tú eres patrón, yo
también patrón, aquí en K'allak'ata.
Con la misma decisión contempló desde una cumbre
baja el gran pueblo, la ciudad de los seis barrios, con seis iglesias pequeñas,
de indios, y un tem-plo mayor, largo, de piedra blanca y techo de calamina. No
le sorprendió ya la gran extensión de tierra que cubrían las casas, a
diferencia de su pe-queña aldea, en que las humildes construcciones estaban
separadas por huer-tas y sembrados. Le impresionó la plaza de armas, un campo
extenso y des-nudo, cruzado por aceras embaldosadas; y las casas de los señores
princi-pales, mansiones de dos pisos con dos patios y corrales defendidos por
altos cercados.
Pero una resolución firme aunque confusa inspiraba
al "Upa": "Ya no más su pueblo; allí abajo, en ese laberinto de
casas que cubrían el lomo y las faldas de una roja colina él se hundiría, él
viviría".
— ¡Yo maestro arpista! ¡Yo, patrón valiente! ¡Ja,
caraya! Guapeándose en voz alta empezó a descender la última cuesta.
¿Pero a qué iba el "Upa"? ¿A qué iba, si en ese pueblo habían más de
veinte arpistas famosos que tocaban en competencia
durante las fiestas de la capital y de todos los pueblos circundantes? Ellos
eran los creadores de las melodías que después se difundían en quinientos
pueblos, hacia todas las re-
1 Montaña
sagrada.
giones. La noche del 23 de junio esos arpistas
descendían por el cauce de los riachuelos que caen en torrentes al río
profundo, al río principal que lleva su caudal a la costa. Allí, bajo las
grandes cataratas que sobre roca ne-gra forman los torrentes, los arpistas
"oían". ¡Sólo esa noche el agua crea melodías nuevas al caer sobre la
roca y rodando en su lustroso cauce! Cada maestro arpista tiene su pak'cha1
secreta. Se echa, de pecho, escondido bajo los penachos de las sacuaras;
algunos se cuelgan de los troncos de molle, sobre el abismo en que el torrente
se precipita y llora. Al día siguiente, y durante todas las fiestas del año,
cada arpista toca melodías nunca oídas, directamente al corazón; el río les
dicta música nueva.
¡Qué, pues, iba a hacer entre esos maestros el
"Upa" Mariano!
Cuando llegó al pueblo era casi el medio día. Entró
por el barrio alto de Alk'amare. La única calle derecha del barrio empalma con
el girón Bolognesi, donde viven los señores, en el centro. Alk'amare estaba
vacío a esa hora; sólo algunas indias vieron pasar al músico y lo siguieron con
la mirada hasta que se perdió de vista en la calle. Distinguieron claramente al
pájaro que iba posado sobre el pico del arpa. Mariano tenía la apariencia de
ciertos devotos indios que llegaban a la ciudad desde lejanísimas comarcas para
rezar ante el Señor de Challwa, que era el barrio más antiguo.
Mariano ingresó al barrio de los señores y se
detuvo en la sombra, frente a la casa de Don Aparicio. El joven llegó seguido
de dos "lacayos", de Lambra. Miró al músico y le sorprendió su
aspecto. Mariano examinaba .los balcones tallados.
—¿Quién eres? —le preguntó con voz tonante.
El músico se volvió hacia el joven y sus ojos
temblaron. —Aquí estoy, patrón —contestó rápidamente—. ¡Yo, arpista! El
cernícalo aleteó.
—No bravo, patrón. ¡Mansito,
bonito!
Hizo saltar al pájaro hasta su mano y lo mostró,
sonriente. Se había calmado su alma. Don Aparicio dudaba, lo miraba.
— ¡Entra!
Necesito un guardián para mi casa.
Esperó que el indio forastero pasara. Ya en el gran
corredor se acercó más al músico. Llevaba aún el pájaro prendido en el dedo
índice.
"¿No será un brujo?", pensó el
terrateniente.
Su cuerpo era raro; la espalda redonda, como la de
los jorobados; las piernas delgadas; tenía casi barbas...
— ¡Toca! —le
ordenó.
Entonces los ojos pequeños de Mariano se
iluminaron; Don Aparicio re-cibió esa mirada y sintió un clamor profundo en su
alma, como la primera luz de un día de fiesta en la infancia.
El cernícalo fue a posarse sobre el arco alto del
arpa y Don Mariano tocó un wanka de la cosecha. Los lacayos se atrevieron a
acercarse hasta donde estaba el patrón, y formaron con él un pequeño público
que rodeó al arpista.
1 Santo de
agua.
El "Upa" tocó la triunfal música con que
los comuneros del "interior" cantan, mientras llevan las gavillas de
trigo o de maíz, del campo a las eras. Un acompañamiento semejante al del
huayno, acordes que tocaba en las cuer-das graves, daba al wanka un aire de
baile y de imploración. Con esa melo-día, entonada por voces de hombres, el
comunero indio alcanza el profundo corazón de la tierra, la región de donde los
seres vivos brotan. El "Upa" mezclaba en su arpa esta música y el
ritmo de los cantos de amor.
Don Aparicio se separó del grupo, y lentamente se
dirigió a la escalera.
Iba preguntando y hablando mientras oía:
— ¡Para mí no más vas a tocar, Don! ¿Cómo te
llamas? —Mariano.
—Aquí vas a quedar. Llévenlo a la monturera. Allí
va a ser su casa. Y la
cocina también será para él. Le daremos buenos
pellejos, frazadas. Le paga-remos veinte soles al mes. Le dejaremos maíz,
papas, ollucos; le mandaremos coser ropa de indio, buena...
Don Aparicio continuó hablando desde la escalera.
Don Mariano, de pie, con la cabeza descubierta, le oía y le seguía con los
ojos. Los "lacayos" de Lambra habían comprendido ya, por la figura,
por los ademanes del mú-sico, que era medio "upa", que era un
"illa" 1 tocado por algún rayo bené-fico.
III
UNA JOVEN RUBIA, delgada y de pelo corto, llegó al
pueblo tres años después que el "Upa" Mariano. Su madre la
acompañaba. Se alojaron en el único "hotel" de la pequeña ciudad. El
"hotel" ocupaba una de las más antiguas casas del pueblo. Tenía un
patio extenso cubierto de yerbas y pastos donde cantaban sapos y millares de
grillos. Muy pocos viajeros llegaban al "hotel"; algunos agentes de
casas comerciales, empleados y maestros recién nombra-dos, militares en tránsito
y raros viajeros que tomaban esa ruta para inter-narse hacia los ríos
amazónicos; porque los Andes centrales ofrecen por esa región un paso menos
helado y alto.
La llegada de la rubia y su pemanencia conmovió a
la juventud de la capital provinciana y a la de los distritos próximos. Era
bella y elegante; y era de la costa, de una ciudad importante y aristocrática.
Sin duda pertene-cía a una familia modesta, pero vestía exactamente como las
señoritas lime-ñas, a la última moda. Su melena era muy corta, como no se
atrevían a usarla las jóvenes del pueblo; y caminaba con esa gracia encantadora
propia de las muchachas bonitas de las ciudades costeñas.
Don Aparicio compró una de las casas más nuevas del
pueblo, el mismo día que vio a la joven rubia.
Casi todas las señoritas del pueblo estaban
preocupadas y tristes. Las señoras hacían conjeturas obscenas y crueles acerca
de la niña recién llegada.
1 Ser que
contiene virtudes mágicas.
Don Aparicio arregló la casa nueva con pocos
muebles de dormitorio, comedor, sala y cocina; luego se encaminó resueltamente
al hotel. Y ofreció su casa en alquiler, a la madre.
Los cuartos del hotel ocupaban sólo el primer piso
de la vieja casa, porque el segundo estaba en ruinas. Las habitaciones eran
oscuras; el empa-pelado humedecido, cruzado por vetas y manchas. El piso de
ladrillos, gastado y polvoriento, tenía huecos y desniveles.
Don Aparicio no se mudó de ropa para la visita, no
se acicaló especial-mente. Fue de botas y de bufanda, con un sombrero muy fino
de paja, y usando fuete. Miró a la joven profundamente, con sus ojos entre
alocados y crueles, tan enérgicos y grises. Brotaba de ellos una gran ansiedad.
—Señora —dijo a la madre—, yo tengo una casa
antigua en la que se han alojado todos mis antepasados. Compré otra nueva
creyendo que se avenía mejor a mí, que soy joven y educado en Lima, pero no
puedo vivir en ella. Soy nada más que un buen vecino de Lambra, de un
pueblecito de acá cerca. Sólo vengo de vez en cuando a la capital. Para mí
sería un honor si ustedes aceptaran tomar mi casa nueva. Yo pago un guardián en
la otra...
Se comportó muy cortés y hábilmente. Persuadió a la
señora, y fueron a ver la casa. También consiguió que se decidieran a
trasladarse sin demora.
De vuelta al hotel, Don Aparicio caminó junto a
Adelaida; iba pensan-do, y hablando para sí: " ¡Padre Santo! ¡Qué rubia
es, qué delgadita! ¡Pa-dre Santo, no la quiero para esposa; en mi pueblo se
derretiría como una saywa1 de hielo; se reiría a carcajadas viendo una wifala
de carnavales! ¡No me importa que no sea ya pura o que sea enferma! ¿Para qué
la quiero? ¡K'ella runa! Así como es no sé para qué la tendría. ¡Pero voy a
echarle un cerco, como de perros ansiosos, que no tienen miedo a morir, y rodean
igual a las vicuñas que a los pumas...! ¡Esto comienza! ".
La joven lo sintió pensar, y no le habló. Ella
tenía ojos azules, limpios y alegres. La señora miró al joven varias veces,
examinándolo.
Al despedirse le agradecieron ambas.
—Somos pobres —le dijo la madre—. Soy viuda de un
músico italiano que trabajaba en el Colegio Nacional y como profesor particular
en muchas casas grandes... Sólo estaremos unos meses aquí...
Hablaba con esa franqueza rápida y espontánea,
característica de las bue-nas mujeres costeñas de la clase media.
Adelaida deseaba irse. No miraba al joven.
-—A mí, a mí lo que me gusta son las flores del
campo —habló ines-peradamente, interrumpiendo a su madre—. Durante el viaje, en
las alturas de este pueblo, ¡vi tantas! ¡Azules y rojas, azules y rojas! Como
un manto que se movía...
— ¡No ha visto las blancas, las grandes flores! Ya
tendrá ocasión, si me permite.
—Usted es un caballero... muy bueno.
La joven expresaba un entusiasmo real. Sus mejillas
se encendieron con un timbre rosado, blando, de su sangre cálida.
1 Pequeño
monumento de piedras, mágico.
"Padre Santo —continuaba hablando Don
Aparicio—, Padrecito: yo le traeré las flores de la gran cordillera. ¡Si ahora
su mejilla está como la hoja del achank'aray rojo y alba! ¿Yo no dije? Si el
achank'aray y el phalcha parecen como el rostro mismo de las criaturitas
inocentes. ¡Hermosura para la eterna gloria! ¡Mi caballo, mi caballo, k'ellas
(ociosos), y a saltos llegaré a los nevados! " Don Aparicio movía los
labios en forma perceptible. Se des-pidió un poco confundido.
—Perdone, señorita —dijo a Adelaida—. Usted me ha
hecho pensar mucho hablándome de las flores de mi tierra. ¿Aceptaría usted que
le en-viara dos indias de mi hacienda, para su servicio? Es gente humilde y
obe-diente. Yo tengo algunas que entienden las órdenes caseras en castellano.
Adelaida aceptó el ofrecimiento, sin esperar a que
su madre interviniera.
—Con una es suficiente —dijo la madre.
—Nunca, señora. Una para la cocina y otra para los
mandaditos.
El cerco estaba hecho, y no de perros rabiosos,
sino uno más alto e in-visible, tendido por la audacia: la casa, la
servidumbre, y las cargas de co-mestibles que él les enviaría "en venta al
costo", constituirían el infranquea-ble cerco, el derecho adquirido que él
sabría imponer a los de fuera.
Las señoras del pueblo respiraron tranquilamente;
los jóvenes se resig-naron; las muchachas ansiaban contemplar a la rubia, verla
caminar, y sufrir. Don Aparicio juró arruinar y golpear hasta dejar agonizante
a quien hablara mal de la niña recién llegada. Podía hacerlo. Una noche,
trescientos indios llegarían a cualquier hacienda o chacra; derrumbarían los
cercos, dirigidos por despiertos y fieles mayordomos mestizos; matarían los
chanchos, los caballos y las vacas; los espantarían hacia los abismos... El señor
de Lambra era un hombre de acción y no había aparecido aún otro joven poderoso
e igualmente decidido que le hiciera sombra. Era, además, fuerte, gran jinete;
y cuando le atacaba la ira, enrojecían sus ojos, se erizaban sus espesas cejas,
infundía miedo. Y no lanzaba puñetazos; golpeaba con el filo de su mano derecha
como si fuera un trozo de madera pesada. A ese golpe le llamaba
"pescuezaso", y decía que un peleador limeño le había enseñado.
Pero la vida de la Capital provinciana se alteró
con la llegada de la rubia y de su madre. "¿Qué pasará? ¿En que irá a
parar? ¿Cuándo se irá? ¿Qué es ella de Don Aparicio? ¿Ya es de él; o le ha
sorbido de veras el seso, y la quiere como un colegialito?", se
preguntaban en el barrio de los vecinos principales.
Los jóvenes casaderos y los muchachos, los
adolescentes, pasaban por la calle donde ella vivía, cuando Don Aparicio se iba
a Lambra. En realidad, la imagen de Adelaida reinaba en el barrio de los
señores. Sólo en los ayllus de los indios se hablaba poco de ella. Se contaba
que una hermosa niña, de cabellos rubios como los de las Vírgenes de las
iglesias, había llegado al pue-blo y que todas las señoras y sus hijas la
odiaban; que muchas jóvenes lloraban en la noche, de ansias y de envidias.
La tarde en que la viuda y Adelaida se mudaron del
hotel, Don Aparicio entró al patio de su casa, turbado y conteniéndose. Apoyó
el hombro y la cabeza en una de las columnas de piedra blanca que sostenían el
corredor del segundo piso. Luego llamó a grandes voces al músico. Mariano salió
co-rriendo de la monturera.
—Mariano, trae tu arpa —le dijo—. Trae también a tu
killincho.
El cernícalo aleteaba sobre el arco del
instrumento. El músico venía casi corriendo. Llegó al corredor y se sentó en el
poyo, cerca de la columna.
—¿Qué toco, patrón?
—Huayno de altura, bien triste.
Mariano tocó el más triste de todos, aquel cuyas
primeras palabras di-cen: "Pato negro ¡por quién lloras! Yo también tengo
luto eterno, pero no sólo en las plumas...".
Don Aparicio confundía el verdadero amor con
la tristeza.
—Canta, Don Mariano.
El "Upa" comenzó a entonar las primeras
palabras. Su voz grave, tan tierna, como la de las aguas que se aquietan
después de haberse precipitado en los ásperos abismos, y lloran en los floridos
campos, sobre la amada tierra; su voz exaltaba ahora la confusa pasión de su
amo. "¿Qué es esto, upa Mariano? ¡Tu arpa me ahonda más! ", se
preguntó el señor de Lambra, y no pudo seguir oyendo el canto.
—Mariano, tráeme mi caballo —le ordenó.
El indio dejó el arpa recostada en la pared y se
dirigió corriendo a la cuadra. El cernícalo contempló al joven con ese aparente
detenimiento con que las aves de rapiña cautivas miran; sus ojos parecían un
líquido profun-do que se abría y cerraba. El dueño de casa lo ignoró.
Don Aparicio no pidió su poncho. Hizo que el músico
le calzara las espuelas y montó de un salto. Partió al galope.
El "Upa" cerró el zaguán, y fue caminando
a paso ligero hacia la salida del pueblo. Subió a una piedra cubierta de
liqúenes rojizos, a la orilla del riachuelo en que termina la ciudad; y desde
allí vio a su patrón subir la cuesta a gran velocidad. Los ijares del caballo
estarían sangrando.
IV
A L DÍA SIGUIENTE, en la tarde, un grupo de diez
indias guiadas por un Varayok' (Alcalde), canoso y de color cetrino, entraron
al pueblo, por el lado del riachuelo, camino de Lambra. Cada mujer llevaba en
las manos un ramo de achank'arayes blancos y violáceos y sobre la cinta del
sombrero, como anchos adornos, flores de phalcha azules y grises. El viejo
alcalde indio empuñaba una vara gruesa de chonta, ajustada con anillos de
plata: insignia de su autoridad. El extremo alto de la vara, el de mayor diámetro,
estaba cubierto con una lámina de plata que tenía en su centro una cruz.
Sobre el madero negro de la vara lucían las franjas
de metal. Cada anillo
era un "pallay", una cinta labrada:
pájaros, flores, venados y caballos, di-bujados a cincel, y en los bordes una
línea, a manera de marco.
Los indios del barrio de Challwa avanzaron hacia
los campos y calles por donde debía pasar la comitiva. Hombres y mujeres
saludaban al Varayok' quitándose el sombrero, pero no podían comprender el
objeto de esa marcha de flores. Por el vestido de bayeta azul oscuro y la
montera con franjas do-radas, en forma de cruz sobre la copa, reconocieron que
era gente de Lambra.
Pero llegaban en un día común. ¿Para quién eran las
flores? Algunos pensaron que vendrían a cumplir una promesa hecha al milagroso
Señor de Challwa. Sin embargo nadie preguntó. El Varayok' cruzó los pampones y
callejuelas del barrio, en silencio, sin mirar a nadie; las jóvenes indias lo
seguían sin demostrar ninguna alegría, ningún sentimiento que pudiera ser
reconocido por las mujeres del barrio indio. "¿Qué es pues esto? —se
preguntaban ellas—. ¿Por qué no cantan? ¿A qué vienen con sus trajes de fiesta?
¡No es tampoco para un muerto! "
En el barrio central, las señoras y señoritas, los
jóvenes y caballeros lo comprendieron todo.
— ¡Qué escándalo! —dijo uno—. ¡El Varayok' a las
órdenes de Don Aparicio para una alcahuetería!
— ¡Está loco ese mozo! —pensó una señora, amiga de
la madre de Don Aparicio.
Todos murmuraron, sorprendidos. Algunas jóvenes
reían al ver pasar a las indias con sus ramos de flores; a otras les atacó la
amargura. "Hay que ir hasta el pie de los nevados para recoger estas
flores; él mismo habrá subido anoche. Y en nuestra cara hace desfilar a sus
indios por las calles; como a una Virgen le envía ramos de las flores más
raras. ¡Aquí, en mi pueblo! ", pensaban.
Porque el achank'aray y el phalcha florecen sobre
la tierra helada, bajo los pedregales en que comienza la nieve. Respiran
lozanas en las silentes regiones adonde no llegan ni las gramíneas ni las aves
pequeñas, ni las vicuñas. El corazón humano se enciende al encontrarlas. Quien
las descubre junto a los desiertos cegadores de nieve, vibra dulcemente y se
arrodilla. Los jóvenes indios amantes la cortan en las noches de carnaval; y un
líquido cristalino brota de su tallo roto.
El Varayok' y las mujeres llegaron a la puerta de
la casa en que vivían Adelaida y su madre, seguidos por grupos de curiosos. Se
oían voces.
— ¡Está loco!
—exclamaban.
— ¡Está tronado, y de rodillas!
El Varayok' tocó la puerta del zaguán y Adelaida
salió a abrirla. Se turbó y quedó absorta.
— ¡Señoracha Adelaida! ¡Mi
papá niño, Don Aparicio, manda!
Las jóvenes se quitaron la montera respetuosamente.
Sus largas trenzas, cuidadosamente arregladas, sus monteras cubiertas de
flores, los grandes ramos que ellas levantaron; y el viejo indio, de semblante
tranquilo y severo, todo el conjunto se mostraba como un homenaje a ella, un
homenaje extraño.
— ¡Pase, señor! ¡Pasen, jóvenes! —dijo la
forastera. Y salió a la calle. Dejó que la comitiva entrara. Y no vio a nadie
más; no se fijó en el
grupo de gente que la miraba con expresión de
curiosidad, de burla y de escándalo. Cerró la puerta; y ya en el pequeño patio
de la casa contempló detenidamente al Varayok' y a las mujeres. Su madre salió
en ese momento al corredor.
Las mujeres se acercaron a la joven, unas tras de
otras, y le fueron en-tregando los ramos de flores. El sol hizo brillar su
melena rubia. Los diez ramos formaron uno muy grande en sus brazos. Su rostro
fino aparecía entre las flores, resplandeciente de alegría. Las indias, cuando
la vieron así, vol-vieron juntas, nuevamente, hacia ella, le besaron las manos
y retrocedieron.
— ¡Mamá! ¡Qué
lindas son! ¡Qué
lindas son todas!
Se acercó, casi corriendo, hacia las jóvenes
indias, y las fue abrazando estrechamente, con su brazo izquierdo. Ellas
sintieron el roce del pecho pe-queño de la joven, y se detuvieron a examinar
sus ojos. Sólo algunas rocas lustrosas que orillan a los ríos profundos tenían
ese color. Adelaida abrazó también al Varayok'. El viejo le habló en quechua.
—¿Qué dices ahora, mamá? —preguntó ansiosamente, la
joven. —Todo esto es tan desconocido, hijita ... Nos tendremos que ir pronto.
—Sólo su nombre es horrible; y sus cejas —dijo la forastera en voz
baja—. Y su corpulencia... Pero... ¡qué
alma, qué alma!
V
ENTRE LA GENTE que vio pasar a las indias de Lambra
una mujer lloraba sin poder contenerse. Era Irma, la ocobambina.
Don Aparicio la trajo desde su lejano pueblo, de
vuelta de un largo viaje de negocios. Llevó a vender veinte caballos finos y
cien muías, y las cambió por reses.
La conquista y rapto de Irma fueron una aventura
corriente. La conoció en un paseo y "jarana" que el comprador de
muías organizó para agasajar a Don Aparicio.
Cerca del pueblo de Ocobamba hay una laguna rodeada
de pasto, de mai-zales y de árboles de sauces. El maizal avanza hasta donde la
tierra es buena; en el pantano crecen yerbas altas y grama; y rodeando la mayor
parte de las orillas, sauces de ramas largas como cabelleras, que se mojan en
el agua o tocan la sombra. La laguna de Ocobamba era motivo de orgullo para la
gente del distrito. Ningún viajero del pueblo había visto en otras regiones
lugar más hermoso para el descanso y los juegos, de grandes y chicos. Porque a
sus orillas rejuvenecía la gente, y hasta los caballeros más serios corrían
bajo la sombra de los sauces y se colgaban de sus ramas. En el centro de la
laguna había una huaca, un montículo con base de piedras. Era el
"puputi", el ombligo de la laguna. Altas sacuaras agitaban sus
penachos allí y servían de refugio a los pequeños patos de alas rojas que
visitaban la laguna.
El paseo dedicado a Don Aparicio fue muy concurrido
y de los "gran-des". La llegada de algún forastero importante era
siempre la mejor oportu-nidad para realizar banquetes y fiestas que todos los
vecinos principales del pueblo deseaban.
Irma no era hija de una familia muy principal. Su
padre era propietario de un molino, de pocas tierras de maíz y de una huerta.
Tenía un solo caballo, ya viejo, lerdo y adormilado, víctima de las amarguras
de su dueño. Irma era la mayor de cinco hermanos mal vestidos, que constituían
la desesperación del padre.
Irma tenía hermosa voz y sentía "locura"
por los huaynos. No era la más bella de las jóvenes del pueblo, pero no se
concebía una fiesta sin ella. Su rostro anguloso y de color perla llamaba la
atención; sus rivales decían que era "amarillosa". Sus ojos grandes,
negros y oblicuos, parecían estar buscando siempre a alguien en las reuniones;
giraban, examinando, de un extremo a otro, los patios y salones o el campo,
tiernamente, en una es-pecie de inconsciencia, de distraimiento.
Don Aparicio sintió por ella una ansiedad violenta.
Bailaron algunas marineras y huaynos, y le habló en seguida.
— ¡Irma! —le dijo—, yo volveré a mi pueblo tras un
caballo en que usted irá como una reina. Tenemos que cruzar dos cordilleras.
¡Separaré mi yegua mora para usted! Ni mi madre ha montado en ella.
Irma se enardeció. El era alto, de espesas y
temibles cejas. Todas las jóvenes estaban pendientes de lo que hacía.
— ¡Ay, usted me engaña! Pero no sucederá —contestó.
Don Aparicio sintió la respiración ardiente de la
joven y, mientras le apretaba un hombro, le miró los pechos que el monillo
ajustaba tan fuerte-mente.
— ¡Oh! ¡Yo sé que es virgen! —exclamó, pronunciando
claramente las palabras—. En la laguna de Ocobamba otro forastero más será
ahogado por el amor.
Don Aparicio no ocultó su elección, al contrario,
hizo gala de ella, sin ofender a la reunión ni al padre de Irma.
Ella cantó huaynos y todos bailaron. El forastero
agasajado cajeaba el arpa, palmeaba con sus fuertes manos, daba ánimos a
quienes bailaban, con gritos y voceando, siempre al lado de su
"pareja".
Al atardecer, los invitados regresaron a caballo,
hasta la casa del ofe-rente.
Don Aparicio había hecho traer para Irma la yegua
mora, aperada con montura de lado. Y ambos jóvenes cabalgaron juntos, montando
en las más finas bestias. El potro de Don Aparicio y la yegua mora braceaban al
trotar, hasta mostrar la herradura; y avanzaban suavemente.
El padre de ella, el molinero, estuvo inquieto
durante la fiesta. No sabía qué hacer. Tomaba cerveza y pisco con uno y con
otro; no se detenía a conversar con nadie; y en el camino de vuelta fue
retrasándose, con su viejo caballo. Y no lo martirizó, no le hincó las espuelas
en las viejas y supurantes heridas que la bestia tenía en los costados, allí
donde rozaban las espuelas. Deseaba meditar todo el tiempo. Y el caballo lo
llevó paso a paso hasta la
puerta de su casa. Bajó; entró al patio, jalando al
caballo de las riendas. Y su mujer no pudo convencerlo de que volviera a
acompañar a su hija, a protegerla.
— ¡Manan, mananpunim! (¡No, de ningún modo!)
—afirmaba en que-chua.
Se dirigió al dormitorio y se acostó.
La señora tampoco pudo ir, porque no tenía un
vestido como para asistir a una fiesta de gentes principales. Se abrigó con un
pañolón y per-maneció sentada largo rato, en la puerta de su casa. Después se
decidió a salir. "Me quedaré frente a la casa donde está la fiesta; en un
rincón me taparé la cara con el pañolón; y esperaré. ¡Tiene que salir
pronto!", se dijo.
En las calles oscuras, sucias, el olor a excremento
de cerdo se esparcía; bajo las yerbas croaban los sapos; las ramas de los
árboles crujían leve-mente tras los cercados de las huertas.
Por la esquina de la plaza desembocó una pareja.
Venían tomados de las manos. La madre esperó. Eran ella y el joven ganadero.
— ¡Cómo has tardado, hijita! —dijo la madre, y no
pudo contener el llanto.
Don Aparicio le explicó que habían buscado al
padre, que lo habían es-perado, y que ahora venían por él. Las acompañó
respetuosamente; y se despidió en la puerta de la casa. La madre se había
calmado.
— ¡Mamacita! ¡Mamacita! —exclamó la niña, ya en el
patio—. ¡Dame tu bendición, aquí mismo! ¡Quiero la voz del cielo!
Estrechó a su madre tan exaltadamente, que ella
sintió miedo.
—No eres para ese señor —le dijo expresando su
convicción serena. Luego le habló en quechua; le dijo que su padre había
llegado trastornado, que se había acostado pero que no dormía; que tenía los
ojos abiertos, con ese brillo penetrante y triste que despiden los ojos de la
gente desventu-rada, que en la muerte o en el sueño no pudieron cerrar los
párpados—. ¡Es un mal, un mal grande! ¡El cielo advierte! ¡Que no te lleve la
co-rriente!
Pero la corriente era dulce y poderosa: "Ya
no, ya no. Estamos con dueño", pensaba ella.
Y atajó a su madre en el patio; hizo que la
acompañara hasta que salió la luna, una media luna de luz amante, a la que la
ardorosa Irma quiso
esperar para contemplar sus figuras insondables.
Creía que en
ellas se veía
a la Virgen y al Niño cabalgando. No se encomendó
ya a ninguno. Era feliz
y comprendió que no necesitaba ya de nadie. Las
ramas del gran
nogal que
crecía en la huerta, junto a los muros del patio,
empezaron a temblar sobre la tierra iluminada.
—Vámonos, mamacita. Ya estoy tranquila —dijo a la
señora.
Ella, la madre, fue rezando en quechua, pero las
palabras ahondaban más su temor; y la señora siguió humillándose
ilimitadamente.
A las cuatro de la mañana se escapó de su casa.
Engañó a su madre con una resignación fingida. Y aquella madrugada montó en la
briosa yegua que pateaba impaciente a la orilla del río. El la esperaba con su
mayordomo grande que tenía a la yegua por la brida. La abrazó, apretándola
sobre su
pecho, y la levantó como a una pluma sobre la
montura. Y partieron a ga-lope.
— ¡Mi querida, la mejor de mis queridas! ¡Está
virgen! ¡Su carnecita dura! —hablaba él, mientras el galopar de los veloces
caballos excitaba su regocijo, su poderío.
Los bosques de retama perfumaban el campo. Se veían
las flores como claras manchas a las orillas del río. La luna menguante no
opacaba a las estrellas, iba acercándose al filo de los montes, en un extremo
del cielo des-pejado; bajo su luz tranquila brillaban las estrellas, sin herir
tanto. Nunca se funden las cosas del mundo como en esa luz. El resplandor de
las estre-llas llega hasta el fondo, a la materia de las cosas, a los montes y
ríos, al color de los animales y flores, al corazón humano, cristalinamente; y
todo está unido por ese resplandor silencioso. Desaparece la distancia. El
hombre galopa pero los astros cantan en su alma, vibran en sus manos. No hay
alto cielo.
Irma tenía esa transparencia. Y cuando fue
clareando y el sol se mostró, vio en el fondo del valle, tan lejos, su pequeño
pueblo, los huertos; el río impetuoso, el río de su pueblo, el suyo, el dueño
de su infancia.
— ¡Mamita mía!
—exclamó.
El mayordomo guiaba, y paró a su caballo.
— ¡Sigue!
—le gritó el patrón.
—¿Adonde me lleva? ¡Soy una pobrecita! —se inclinó,
abrazándose del caballo, de su oloroso cuello.
Don Aparicio golpeó con el rebenque las ancas de la
yegua y le hizo dar un salto.
— ¡Adelante! —ordenó—. Puedes llorar mientras la
yegua va al paso. ¡No fuerte! ¡No me gusta!
Y desde entonces se convirtió en una de las
queridas del patrón; quizás en la preferida, aunque igualmente sumisa, como él
las criaba.
Alquiló para ella una casa en el barrio de
Alk'amare, muy cerca del barrio de los señores, en la zona en que vivían los
mestizos, los pequeños propietarios y artesanos.
Irma aprendió a tocar guitarra. Agrandaba sus penas
cantando. Y no perdió la esperanza.
"Cuando él se case con otra, me mataré;
mientras no se case seré la preferida. ¡Quién sabe, pues; quién, sabe!",
reflexionaba.
No quiso hacer amistades en el pueblo. Las
"otras" pretendieron mez-clarla en peleas y escándalos. Gritaban en
vano; la insultaban o la hacían insultar con mestizas y cholos borrachos. Ella
los miraba con tranquilidad, sin decirles una palabra; sus grandes ojos
rasgados eran tiernos y extraños. Y supo imponerse a los celos y la amargura de
las "otras" y a la fingida in-solencia de los borrachos.
—¿Qué será pues, ella? ¿Qué será, pues? —se
preguntaban.
Y no sólo las "queridas" y sus
mandaderos, sino también los hijos de los hacendados, los militares y los
mismos terratenientes que la deseaban, algunos encarnizadamente.
— ¡Qué chola fiel! ¡Chola
amorosa! —comentaban.
Y sentían que la palabra "chola" no
le correspondía exactamente, que
la pronunciaban por rencor y codicia. se habían fugado con guardias civiles
Otras queridas de Don
Aparicio
o pequeños ganaderos y
agricultores de los
pueblos vecinos; y
no fue muy
difícil para los principales del pueblo conseguir
que algunas de ellas los recibieran, de noche, cuando el señor de Lambra
regresaba a su distrito.
Irma no aparecía en las calles del centro. Muy
entrada la noche, o al mediodía, cantaba. La memoria le ayudó a reconstruir los
temples de gui-tarra originales de su pueblo, de su lejana región nativa.
Apurímac está cru-zado por los ríos más profundos y musicales del Perú; ríos
antiguos, pode-rosos, de corriente de acero, que han cortado los Andes en su
parte más alta —pedernales y diamantes—, hasta formar abismos a cuyas orillas
el hombre tiembla, ebrio de hondura, contemplando las corrientes plateadas que se
van, entre bosques colgantes.
Irma no cantaba para su dueño. Lo acariciaba en el
lecho, una alta cama de fierro, armada tras de una división de tocuyo.
Don Aparicio le pidió una sola vez que entonara los
huaynos de Apu-rímac.
—Quizás alguna vez pueda. Ahora no —le contestó
ella.
Don Aparicio no le exigió.
Se iba temprano. Nunca amanecía en las casas de sus
queridas. Le atacaba la intranquilidad. Se vestía pronto. Algunas le rogaban. Y
él se iba, mien-tras la amante lloraba. A muchas tuvo que golpearlas al
principio; las aven-taba contra la pared; y después, ya en la calle, sufría.
"Soy un endemoniado. ¡Un maldito!", exclamaba.
La ocobambina no le demostró nunca esa
desesperación. Lo dejaba irse. No lloraba. Y a los pocos días él volvía. Irma
lo abrazaba, a veces son-riendo.
Muchas noches Don Aparicio le tocaba la puerta muy
tarde; y la lla-maba.
— ¡He venido sólo por ti, ocobambina! —le decía.
Era cierto. El caballo sudoroso, echando espuma por
la boca, esperaba en la puerta.
La llegada de la joven costeña trastornó también a
Irma.
Una tarde Don Aparicio fue a visitarla.
—Vas a cantar ahora, Irma —le dijo, sentándose en
uno de los poyos de adobes del cuarto, afuera de la división de tocuyo.
Ella templó su guitarra y cantó aquel huayno que
tiene como estribillo:
" ¡Oh
pavo real, águila de los ríos! ".
— ¡Otra vez canta, eso mismo! —le pidió Don Aparicio.
Las cejas del
joven parecían como revueltas; ocultaban por completo
sus ojos.
— ¡Otra vez, ocobambina, otra vez!
Escuchó, cerrando los ojos, tanto tiempo; se
levantó, sin mirarla, abrió
la puerta y salió.
A los tres días llegó al pueblo el Varayok' de
Lambra trayendo flores para Adelaida.
Entonces, esa noche, temprano, Irma visitó a Don
Mariano. Había con-cebido un plan audaz. El músico abrió la puerta pequeña del
zaguán, para ver quién tocaba. Irma entró resueltamente, y ella misma puso el
cerrojo
a la puerta.
—Vamos a hablar de tu patrón. A ver, ¿en qué cuarto
vives?
Don Mariano la guió a la monturera. Sobre una
estaca clavada en la
pared blanca, el cernícalo estaba erguido, alegre. Irma había
interrumpido
un recreo de ambos. El "Upa" solía
bailar graciosamente delante del
"Jo-
vín", y él se erguía y agachaba, como
suelen moverse ciertas aves hechas
al hombre. El piso de la habitación cubierto de
paja nueva, de la paja brava, dura y dorada que crece en las grandes alturas,
reflejaba aún el crepúsculo.
— ¡Niñacha, niñita! ¡Don
Aparicio! ¡Patrón! ¿Qué
hará?
Ella lo había sorprendido; y el músico nombraba a
Don Aparicio, y es-tiraba las manos hacia la joven, desconcertado e inerme.
—Nada. ¡Siéntate!
Y le habló en el dulce y patético quechua de
Apurímac. Don Mariano la escuchó: el quechua que oía era semejante al que
hablaban en los peque-ños valles fruteros del "interior", en su
pueblo. Allí nacen ya ríos amazó-nicos, se forman las extensas venas que
ingresan tronando a los cauces labrados entre las cadenas de montañas. El
quechua en que Irma le hablaba tenía el aire de esos ríos, de las aves que
sobre ellos juegan, gritando, lla-mando a los seres humanos.
Irma le hizo olvidar, lentamente, el tiempo y que
él era "upa". Sus húmedos ojos, su rostro juvenil, doliente; y la
historia que oía, la esperanza, lo confundieron. Se arrodilló; apoyó un poco la
cabeza, sin sentir temor, sobre las manos de la joven. Los tibios dedos
acariciaron su vida anhelante. ¡La más dulce estrella, el "Yutu" 1 de
la insondable noche se diluía en sus ojos!
— ¡Mamacita! ¡Señoracha! ¡Criaturita! —exclamó,
levantándose—. ¡Aquí estamos! ¡Aquí, pues, sufriendo! ¡Lo que vas a mandar
haré! ¡Con mi arpa! ¡Con mi alma también!
Irma lloró, por la primera vez delante de alguien,
en ese pueblo.
El semblante del "Upa" estaba iluminado,
como un lago cristalino a cuyas orillas se puede llorar sin descanso. Los
patitos vendrán nadando agi-tadamente; soplará el viento, la imagen de las
montañas y de los totorales se doblarán.
— ¡Tocaré, mamita, en tu casa, para el patrón! ¡Tú
llevarás mi arpa! —dijo el músico.
Y la acompañó, de vuelta, hasta el barrio de
Alk'amare, hasta la puerta de su casa. No los vio nadie, porque en los pueblos
fríos la gente rara vez anda de noche. El músico regresó caminando a prisa. Ya
en la monturera bailó a esa hora, para el "Jovín". Se revolcó sobre
la paja lustrosa.
— ¡Mi patronal ¡Será mi patrona! ¡Ajajay,
killincho! ¡Ajajay, killincho! Y miraba de reojo al profundo cernícalo, que
estaba tranquilo.
1 Perdiz.
Nombre quechua de Sirio.
D I EZ DÍAS PERMANECIÓ Don Aparicio en Lambra.
Llegó a la Capital de la Provincia, en la mañana, seguido de dos mayordomos que
montaban en bue-nos caballos. Don Aparicio vino en su potro negro, el
"Halcón", y con su apero de fiesta. No tomó la entrada de Lambra, por
el barrio de Challwa; se desvió en la altura y bajó a Alk'amare; así tuvo que
pasar por la calle central. Cuatrocientos anillos de plata brillaban en las
piezas trenzadas del apero; los grandes estribos estaban cruzados por fajas de
plata; calzaba sus roncadoras, hechas a fuego, de plata pura, y con una gran
aspa de acero. El potro pulía su andar en la calle, el jinete lo gobernaba;
sobre el empedrado, el potro negro braceaba majestuosamente; su cuello, ancho y
poderoso en la parte naciente, se arqueaba con gallarda suavidad; y las
pequeñas orejas se movían en tijera, vibraban con el latido de la sangre
bullente del animal, que se contenía.
La gente se agolpaba en la calle para verlos pasar;
salían a los balcones. El andar del potro y el sonido de las roncadoras del
señor de Lambra eran conocidos en el pueblo.
Don Aparicio tenía puesto su más fino poncho de
vicuña. El poncho no flameaba con el viento ni el andar del potro, su peso era
el justo; una punta levantada sobre el hombro del jinete dejaba ver el pellón
azul sanpedrano de flecos atorzalados, y la montura de cajón ribeteada de
plata.
Los mayordomos seguían de cerca al patrón.
—Este Aparicio, educado en Lima, nada ha aprendido.
—Le gusta que lo vean. ¡A las mujeres las engaña
con ese aire de dueño!
—A las mujeres de bajo pelo. Las educadas en Lima
no se impresionan con las antiguallas.
Conseguía que estuvieran pendientes de él. Algunas
señoritas sentían des-precio por sus costumbres. " ¡Es un bruto, como sus
antepasados puebleri-nos", decían. Sin embargo, casi todas miraban pasar
al potro, y a su dueño, que saludaba inclinando la cabeza. Su expresión
intranquila trascendía. Para tomar la calle en que estaba su casa debía doblar
a la izquierda, en una esquina. Hincaba las espuelas y hacía levantarse al
caballo sobre las patas traseras; el potro saltaba corto, varias veces; y entonces,
el rostro del joven se animaba. Sus mayordomos también herían a sus caballos y
alborotaban; los herrajes de las bestias sacaban fuego del empedrado.
Esa mañana el tema de las conjeturas y habladurías
fue no sólo Don Apa-ricio, sino la joven costeña.
— ¡Este bárbaro es capaz de pedirla hoy! Su madre
se habrá negado a hacerlo y él se presentará solo.
—¿No habrá desmontado frente a la casa de la
costeña?
—¿Por qué ha traído dos mayordomos en bestias de
estimación, y tra-jeados de fiesta?
—No la pedirá. Podría ser rechazado. Aunque sea un
principal, ellas no lo conocen bien. Quizá no hay amores todavía.
—¿Y quién sabe lo que son ellas? ¿No será tísica la
madre o la hija? Tísicos pobres que vienen a comer papas y a tomar leche. ¡Y el
clima! Lo aceptarían de rodillas...
Don Aparicio sólo deseaba quedarse unos días. Se
presentó en el pueblo con esplendor; y no lo haría de otro modo mientras
Adelaida estuviera en la ciudad. Siempre entraría por la calle principal e iría
aumentando el nú-mero de sus acompañantes, aunque tuviera que despacharlos a
Lambra el mismo día.
Y esta vez no se dirigió a su casa,
fue a paso de
calle, hasta la puerta
de la casa en que vivía Adelaida.
Cuando los caballos se detuvieron en brusca parada,
formando un tropel
ruidoso, la joven Adelaida
salió a ver
la calle. Don Aparicio estaba frente
a su puerta;
el ancho
pecho del potro cruzado de correajes anillados de
plata. La saludó quitándose el sombrero; los
mayordomos imitaron el pa-
trón. Los tres caballos dieron unos pasos atrás.
—Aquí estamos sus servidores, señorita.
Las mejillas de la joven se encendieron; y él lo vio;
sintió en el corazón,
como un fuego, la causa que hizo ruborizarse a la niña.
Hincó las espuelas
e hizo dar un salto atrás al potro; luego, a paso
corto, suavemente, sin mover casi las riendas, dio unas vueltas en la angosta
calle. " ¡Pórtate bien, mira quién te alaba!", le habló al potro, al
darse cuenta que Adelaida los con-templaba.
—¿Lo montará usted? —le preguntó, descabalgando
junto a la puerta. Se acercó a ella y le dio la mano. La melena rubia y corta
de la joven, sus manos tan delgadas, despertaban en la memoria de Don Aparicio
un antiguo sueño. "¿Qué es, qué es?", se preguntaba. Había dormido,
de niño, en las chozas de paja de los indios que vivían en las interminables
lomas heladas de la puna. Su padre lo sacaba a la luz, al rayar la aurora.
Entre el canto triste de las poquísimas aves de la estepa, el sol aparecía; sus
rayos se ten-dían a ras del suelo, débilmente. Y la paja alta, brillosa,
amarilla, se rodeaba de un resplandor, cada tallo, en los campos sin árboles.
—Usted lo montará, Adelaida. Este potro es el
criado más obediente, a pesar de su facha de rey —le dijo.
La llevó del brazo junto al potro.
—Si yo y todos nos fuéramos de aquí y nos
olvidáramos de él, creo que se moriría de hambre antes que moverse del sitio.
Lo compré joven; yo lo he amansado, yo lo he enfrenado. ¡Mira aquí,
"Halcón"! ¡La llevarás como a una florecita!
Lo tomó de la rienda e hizo que agachara un poco la
cabeza. El potro la miró, realmente, con sus ojos acuosos, grandes, que no
demostraban su orgullo ni su fuerza, sino una hondura plácida; pero orejeaba
vivamente.
—Puede ahora agarrarle las orejas, Adelaida.
¡Hágalo! Así se conven-cerá que la reconoce. Quizá no sabe usted que es la
prueba más grande de obediencia para un animal de temple.
La joven le acarició una de las orejas al potro.
Ninguna piel, ningún trozo de nada es más delicado en las manos del hombre. El
gran potro pa-reció contenerse, y vibrar. Algo fluía bajo su pecho brillante.
Se agachó más
y volvió a alzarse. La crin del cuello se estiraba
a un lado, más oscura, con una especie de luz que brotaba de su propia
negrísima esencia.
—Sí; lo
montaré. Mañana. ¡Le diremos a mi mamá!
Y llamó a su madre. Salieron tras de la señora las
dos indias de Lambra y casi se prosternaron delante del joven. El hizo que se
apartaran, sin ha-blarles. " ¡Muy hermosa, muy hermosa, del corazón y del
rostro! " iban diciendo en quechua y en alta voz, mientras se iban.
La señora aceptó la invitación a Adelaida.
Cabalgarían hasta una laguna próxima, célebre porque la rodeaba una angosta
playa de arena amarilla. El camino era plano y cruzaba entre alfalfares y
campos de trigo.
Don Aparicio se despidió hasta más tarde, de la
joven y de su madre. Los mayordomos habían permanecido de pie, junto a la pared
de enfrente, quietos y observando respetuosamente. Todos montaron. Los
mayordomos siguieron al patrón, en fila.
— ¡Avanza, Félix!
—ordenó el patrón.
El hombre que iba detrás, en primer término,
alcanzó al patrón. —Su brazo es delgadito —le dijo Don Aparicio a su mayordomo
gran-
de—. Es una criatura de otro mundo. ¡Quisiera verla
en el atrio de nuestra iglesia!
—La llevará usted, patrón.
—Todavía debe gustarle jugar corriendo; para eso es
buena nuestra plaza, con su sombra.
—La hará usted limpiar todos los días, señor.
—Pero... no es de nuestra casta. ¡No es, no es! —Depende de usted.
Félix era barbudo; el mejor rodeador de ganado.
—¿Qué dices, Félix? ¿Mi padre se estará riendo de mí?
—El finado estará mirando con cuidado. Hay que
conocer bien a la niña. Las indias lo estuvieron llamando a usted.
Mientras tanto, en el patio, Adelaida le decía a su
madre:
— ¡No le dije de las flores! No me acordé. No me
dio tiempo. Cada vez parece otro, parece más alto.
Cerca del zaguán de la casa de Don Aparicio, Félix
preguntó a su pa-trón:
—¿Y la ocobambina, niño?
—¿Qué...? —se volvió hacia el mayordomo con ademán
de castigar. Sus cejas hervían.
—Sí, Don Aparicio. ¿Qué va usted a hacer? —Seguirá.
¡Siempre! Tendrá que seguir.
Félix lo miró detenidamente, sin quitar la cara.
Había acompañado al antiguo patrón y a Don Aparicio en todos los viajes y
empresas. Había visto aquella madrugada del rapto, entre los húmedos árboles de
molle, trotar llorando a la virgen ocobambina. Y sus altivas costumbres, su
rostro angu-loso y enérgico, sus ojos, le habían conmovido. "¿Y si a mí me
arrancaran de mi querencia, con engaños, así, de un repente, para llevarme a
otro pue-blo, y queriendo todavía que me haga perro? ¡Siendo inocente, siendo
ino-cente! En fin, si mi alma fuera sucia, caliente, desde su nacer..."
Don Aparicio intuía las reflexiones de su mayordomo
grande. Félix era para él como una parte de su cuerpo y de su alma.
—Anda donde ella, y salúdala. Que me espere esta
noche —le ordenó.
Así lo complacía y lo humillaba. Sonrió. El músico
abría ya el zaguán.
El potro entró paso a paso y se detuvo junto al
pilar central del corredor.
Félix partió a galope, calle abajo.
El joven no se detuvo a hablar con el arpista,
subió la escalera, lenta-mente.
Don Mariano esperó sentado en el poyo. Una
convicción feliz lo domi-naba.
Cuando el mayordomo grande regresó a la casa, ya el
patrón había salido. Mariano no estaba en el patio. Félix lo encontró en la
cuadra contemplando a los caballos.
—No vas a cocinar —le dijo—. Yo te voy a convidar a
la picantería. El músico no
conversaba nunca con
los mestizos mayordomos;
sólo cuando la Señora traía
"lacayos" hablaba con ellos en quechua. Los indios
"lacayos" lo buscaban en la
monturera, elogiaban al cernícalo, ponderaban las hazañas de los cernícalos libres: "A los cóndores los hace llorar; del mismo patio de la gran casa de la señora
se levantan a los pollos, hasta a los pollos crecidos de los pavos. Bajan como
flechas. El aire los esconde; sólo la bulla de sus alas se oye". Y algunos
"lacayos" dormían en la mon-turera. Al amanecer, Don Mariano tocaba
el arpa, muy bajito, casi al oído
de los indios. Porque la Patrona grande desconfiaba
de Mariano.
—A mi hijo lo quiere, por eso nomás no lo hago
llevar hasta su pueblo.
Me parece brujo. Este oye lo que nosotros no oímos.
Y una vez lo llamó al corredor del segundo piso, lo
hizo arrodillarse sobre las tablas, y le preguntó en quechua casi a gritos:
—¿Qué oyes?
¿Qué oyes todo el día, bestia del Señor?
El músico no podía contestarle.
—Está inclinado para la tierra, como si fuera de
plomo —exclamó la
señora; se
fue hasta su
dormitorio y lo dejó arrodillado. bajó
El músico se levantó cuando ya tenía las
piernas agarrotadas; y
grada por grada
la escalera, descansando y temiendo que
lo llamaran, que
lo sintieran irse.
¿Cómo iba ahora a almorzar en una fonda con el
mayordomo grande? A las 12, Don Félix lo sacó por la puerta falsa.
No le habló en la calle. Se sentaron en una mesita
que había en el corre-dor interior de la picantería. Durante el almuerzo, Félix
miraba al músico cariñosamente; Don Mariano veía que el mayordomo ya le iba a
hablar, a decirle algo; pero no se decidía. Tomaron chicha. El mayordomo bebió
media jarra. Se sonrió y ya no sirvió la chicha en los vasos; levantó la jarra
y bebió largamente. Se limpió la barba y gritó:
— ¡Otra, mamita! ¡Ahora
sí!
Invitó al músico;
le puso en las manos la jarra llena.
— ¡Como yo; seguido! —le dijo. Don Mariano no pudo
beber tanto. —No hay costumbre, padrecito.
Ya habían terminado de almorzar.
Félix se acercó al músico. Rodeó la mesa y se sentó
junto a Don Ma-
riano, en la misma banca.
— ¡Don Mariano! ¡Don Mariano! ¡De mí también mi
patrona, niña Irma! ¡De ti también! —le dijo.
Luego lo levantó del brazo. Dejó unas monedas sobre
la mesa, y salie-ron. Un trecho de la calle lo llevó, caminando despacio, con
el brazo sobre los hombros del músico. Don Mariano era bajo y casi redondo y el
mayor-domo fornido y de un buen tamaño; parecía, por eso, que él lo conducía,
lo guiaba, protegiéndolo. Los transeúntes los observaron; algunos se
detuvie-ron extrañados. "¿Borracho el músico 'upa'? ¿Y con el mayordomo
grande de Lambra?"
Pero se separaron luego, y siguieron caminando, Don
Félix sobre la acera y el músico en la tierra de la calzada.
El "Upa" entró a la casa del patrón. Don
Félix siguió de largo.
Don Mariano se sentó al sol en la puerta de la
monturera. Las moscas jugaban en los sitios húmedos del piso; se perseguían
algunas, zumbaban. Una arañita de cuerpo grande y patas cortas, agitaba sus
pequeños brazos delanteros, casi oculta tras una piedra polvorienta, acechando.
Don Mariano escuchaba a los animalitos, los veía empañados por las lágrimas.
— ¡De qué estoy llorando, mamita! ¡De qué estoy
llorando! —se pre-guntó en quechua.
Y era que el mundo le hacía llorar, el mundo
entero, la esplendente mo-rada, amante del hombre, de su criatura.
Don Aparicio no vino a ninguna hora.
Cuando se disipó el último resplandor en el cielo y
se hizo la noche muy oscura, el mayordomo grande entró a la monturera, levantó
el arpa y se la llevó.
—Vas a ir ya —le dijo al músico desde el patio—.
Don Aparicio está donde las costeñas. Seguro derecho se va a ir de allá.
El arpista salió al zaguán, vio cómo Félix cargaba
el instrumento, sobre el pecho, ocultándolo por atrás con su cuerpo. Muy pronto
desapareció en la oscuridad.
¡Las estrellas brillaban tan lejos! Había viento.
Grupos de nubes se trasladaban de un extremo a otro del espacio e iban
cubriendo y prendiendo a las estrellas. En este aparecer de las estrellas se
escuchaba el canto de agua de los grandes sapos de ese pueblo. Se alocaban,
quizá porque las nubes corrían y bajaban, a veces hasta el suelo; y entonces
croaban musicalmente, acariciando, como la voz más baja, más empapada de
hondura, de la tierra nocturna.
Don Mariano oía el canto de los sapos y se
olvidaba. Estuvo mucho
tiempo sentado en la puerta pequeña del zaguán.
Luego sacudió la cabeza, cerró la puerta y se echó a andar con dirección a
Alk'amare.
Cuando se detuvo frente a la tienda, Irma salió.
Don Félix estaba allí, apoyado contra la pared, agarrándose la barba. Lo vio
intranquilo.
—Ya me voy —dijo—. Voy a seguir al patrón. Cuando
venga para acá regresaré a la casa grande.
Una lámpara de kerosene con el tubo muy limpio
alumbraba bien el cuarto. No era una casa la de Irma; era sólo
"tienda". Las tiendas no tienen
zaguán ni patio grande: la única puerta es la de la
"tienda" y por allí no entran caballos. El jinete que visita una
tienda deja al caballo parado en la calle, frente a la puerta.
Un solo cuarto, un pequeño patio y una cocina en
uno de los extremos del angosto corredor interior, forman toda la casa-tienda.
Irma tenía mace-tas de pensamientos y geranios en el corredor y en el patio;
una mata de madreselvas luchaba contra el frío y empezaba a trepar
enzarcillándose sobre unas cuerdas lúcidas de cabuya que la joven había colgado
desde el techo. Un arbolito de retama, cerca de la puerta de la cocina, lucía
ya flores muy pequeñas. ¡Le recordaba los bosques que orillan a los ríos luminosos
de Apurímac!
La división de tocuyo separaba el dormitorio de la
"sala". El poyo de adobes que servía de mueble en la "sala"
había sido acolchonado por Irma con almohadas y pellejos de carnero. Una repisa
alta servía de asiento a la lámpara. Todas las paredes estaban caleadas.
Irma llevó del brazo al músico hasta el
dormitorio: ahí estaba el arpa.
— ¡Ya va a venir, seguro! Ya es tarde.
Don Mariano revisó el templado del arpa. Estaba
sereno. Irma oyó las notas y entró al dormitorio.
—Padrecito mío, toca despacito. Toca algo —le dijo.
Don Mariano
tocó la melodía del huayno que
tanto pedía su Señor:
"Por qué vistes de luto, gusano del río, por
qué tan lento te arrastras...".
Oyeron pasos.
— ¡Ahora mejor! —dijo ella. Y salió a abrir la
puerta.
Era Don Aparicio, vestido de fiesta; de sobretodo negro y no de pon-
cho; de corbata y con una bufanda angosta, y no con
su ancha bufanda de vicuña de flecos bordados. Sin botas, con traje de
ceremonia; los zapatos de charol, brillaban.
—Ocobambina, he venido a oírte cantar, solamente
—le dijo.
Ya bajo la luz de la lámpara, perdió un poco de su
fe.
— ¡Qué buenamoza estás, Dios del cielo! ¿Por qué te
has puesto ese geranio en la trenza? ¿Qué tienes, ocobambina? ¡La esperanza!
¡Tu ca-riño! ¿Hasta cuándo tus brazos serán duros, como de virgen? Y tus ojos
también, ocobambina. ¡Tú no te pierdes! ¿Por qué hoy te has puesto esa flor en
la trenza? Me recuerdas las palomas de las quebradas. Cada ojo tuyo, en tu cara
trigueña, es como una torcacita cantando; pero cantando en tiempo de lluvia
fuerte. El mundo le parte a uno, a veces, por el mismo centro del pecho... ¡A
ver, canta!
Se sentaron juntos.
La joven sintió miedo de empezar.
— ¡Ya lo he aprendido! —le dijo Don Aparicio.
Aguila del
espuma del
río, te
estoy río, águila
del
esperando,
monte...
Con el siguiente verso debía repetirse la melodía,
y ella levantó la voz. Don Mariano oyó ese verso; cerró los ojos, apoyó la
frente sobre el arco: la luz del día inundaba su recuerdo; contempló las
huertas y el río amado... "Niñacha, niñachallay", repitió para sí
mismo. Y empezó a tocar siguiendo
el canto de los jóvenes. Don Aparicio tardó un poco
en tomar conciencia de esa otra música que parecía que ellos mismos la emitían
al cantar, quizá con el oído, quizá con los ojos...
Se levantó y dio un paso. Percibió la voz del arpa.
Entró al dormitorio y encontró al músico tocando aún, con el rostro agachado,
auscultando. Salió. Irma lo contempló, sonriente, amorosa, más dueña de su casa
que nunca. Don Aparicio hizo un movimiento falso. No tenía el fuete.
— ¡Afuera, indio!
—gritó.
Irma quiso saltar, pero los ojos del hombre de
Lambra echaban fuego, como si todo él ardiera.
Don Mariano salió cargando su arpa. Don Aparicio se
la arrancó del cuerpo e hizo saltar las cuerdas y el arco. Con grandes
pisotones destrozó el instrumento, lo aplanó. Abrió la puerta, y empujó al
músico.
— ¡K'anra!
—le gritó en quechua.
Se volvió a la joven, y le dijo:
— ¡Adiós, ocobambina! ¡Adiós, adiós! Y salió.
Don Mariano pasó corriendo las calles como un oso
que va huyendo.
La puerta del zaguán estaba sin cerrojo. Entró al
patio, y dudó. No sabía
adonde ir. Don Félix estaría durmiendo o esperando
en uno de los cuartos del segundo patio. No deseaba entrar a la monturera y
mirar a su killincho. Fue a la cuadra y volvió. Se sentó en el piso
enladrillado del corredor, al pie de la escalera. En su confusión oía el canto
de los sapos. Se levantó nueva-mente y empezó a subir las gradas, ascendiendo
de rodillas. Se puso de pie al llegar al entablado, y caminó con gran cuidado
hasta la puerta del dormitorio de Don Aparicio; se sentó allí, apoyándose en sus
piernas, junto a la pared.
El patrón no demoró mucho. Corrió el cerrojo de la
puerta e hizo sonar los fierros. Félix salió rápido desde el segundo patio.
— ¡No quiero nada! ¡A
dormir! —le ordenó Don Aparicio.
Estuvo paseándose un rato en el corredor de
ladrillos del primer piso. Luego subió; miró al cielo nublado, apoyándose en la
baranda, sólo un ins-tante. Y avanzó resueltamente hacia su dormitorio. Cuando
iba a meter la llave en la chapa, el músico lo abrazó, le estrechó las
rodillas, gimiendo:
— ¡ Padrecito! ¡
Papacha!
Don Aparicio lo rechazó empujándole la cabeza. Pero
el músico siguió llamándolo, ceñido fuertemente a las rodillas del joven.
Entonces él dio un paso violento arrastrando al "Upa", y lo alzó
después, agarrándolo del cuello y de las piernas, corrió hacia la baranda y lo
lanzó, al aire.
No gritó al caer; ni un quejido oyó el patrón de
Lambra, sólo el ruido del cuerpo al estrellarse sobre el empedrado del patio.
Don Aparicio se lanzó de costado contra la puerta del dormitorio, y no la pudo
abrir. Volvió a arrojarse contra ella, y cayó al piso. Entonces usó de la llave
y entró. Pren-dió las dos velas del candelabro de cobre y se sentó sobre la
alfombra, con la espalda a la pared. La luz de las velas danzaban, llameaba en
ondas.
Al amanecer entró Félix.
—No ha cerrado usted la puerta, patrón, no ha
entrado a la cama. Las velas se han acabado. Y Don Mariano está muerto sobre el
empedrado. ¡Us-ted lo ha matado, patrón!
— ¡Félix! ¡Llama al Varayok' de Alk'amare! Que
entre a mi dormi-torio. Mariano ha caído de la baranda. Creo que quería
matarme, él a mí. ¡Félix! ¡Llama al Varayok'! ¡Que doblen las campanas de
Alk'amare! Yo estoy solo, mi cuerpo en el suelo. ¡Que venga el Varayok'!
Se puso de pie. En su rostro amarillo quemaban sus
ojos, las cejas re-vueltas le daban sombra, le daban sombra.
Félix bajó a la carrera.
Doblaron las campanitas de Alk'amare. En la luz del
amanecer anuncia-ron una muerte, tañendo a gotas. Los indios del barrio se
santiguaron. La voz cristalina y triste de las campanas se difundía lejos; los
parásitos rojos, húmedos y endebles que crecían sobre las piedras altas del
barrio, se agacha-ban con el viento helado del amanecer, se empapaban de la
delgada y lú-gubre música. Sobre las torres blanqueadas cantaban ya los
pájaros.
El Varayok' Alcalde de Alk'amare subió las gradas
de la casa grande; llevaba su insignia y la iba apoyando en el piso al caminar.
Se quitó la montera y entró al dormitorio del señor
de Lambra. Corti-najes blanquísimos pendían de la alta cúpula de la cuja de
bronce. Don Apa-ricio estaba sentado en una silla de madera oscura, tapizada de
tela roja.
—Alcalde —le habló en quechua Don Aparicio—, mi
guardián don Ma-riano, ha muerto. A tu ayllu (comunidad) lo entrego para el
entierro. En-tierro grande. Aquí va a ser el tutay (velar). A tu casa
convidarás en el "Pichk'ay".1 Te doy dos mil soles para los gastos.
En el patio de adentro hagan la velación. Yo no voy a salir. Don Mariano por tu
barrio llegó, allí que quede. Allí está el panteón. ¡Que venga todo al ayllu,
que se reúna! ¡Su hijo es! ¡Tocará arpa desde el cielo para la fiesta de Alk'amare!
¡Tocará arpa, siempre, en la eternidad; en mi pecho también!
El Varayok' lo escuchó de pie e inmóvil. Don
Aparicio le alcanzó un fajo de billetes amarillos.
1 Ritos del
quinto día.
—Papay —contestó el Alcalde—. A tu criatura vamos a
despedir como a comunero grande que ha pasado sus cargos. ¡Lindo tocará en el
cielo para el Señor Dios, después que ha sufrido! Dicen le ha pateado el potro
negro.
—En la noche ha muerto. ¡Que venga la gente!
El Varayok' salió rezando: "
¡Ave María Purísima! ".
Félix se quedó en la puerta; la sombra que formaba su cuerpo caía sobre
la alfombra,
alcanzaba a
Don Aparicio; y él la
veía. Un instante demoró en
levantar el rostro; su mirada
era firme, no se
quebraría ni con el surunpi
(la luz
del sol reflejándose en los campos de nieve).
—¿El potro?
¿Por qué,
"lacayo"? —preguntó.
—Don Mariano tiene sangre en la cabeza, le chorrea
al cuello, a la cara. Una vez en la era de "Tantar", el caballo
"Huaycho" pateó al arreador de las bestias trilleras y le hizo una
herida así. Lo mató de golpe.
— ¡El potro negro es más que tú, Félix,
"lacayo"! ¡Le envidias! ¡En Alk'amare dirán ya que el
"Halcón" ha matado! Ya no podré entrar nunca más al pueblo, montado
en el potro. Tú también ya no entrarás. Dos días, tres días, y en Lambra cada
indio abrirá en su alma una sepultura para el "Halcón". Creerán que
su olor es el olor de la muerte; que de sus ojos mira la muerte; que de su cola
y de su crin del cuello se agarra la muerte. Su relincho que hacía temblar el
aire de Lambra... ¿Qué dirán? Están do-blando las campanas,
"lacayo"... Pero el "Halcón" resucitará. ¡Está vivo! ¡Como
yo! ¡Yo también estoy vivo! Dile al otro mayordomo que venga. Que esté parado
junto a la puerta. Tú ya no vendrás. Despídete de los barrios y anda a Lambra.
Que mi madre no venga. ¡Sí, "lacayo"! ¡De una vez!
Félix se fue caminando con pasos firmes.
Por el zaguán abierto de par en par, el ayllu de
Alk'amare entró a la casa. Los tres Varayok' encabezaban a la multitud. Estaban
vestidos de ne-gro. Una cruz de plata llevaba en el pecho el Alcalde Mayor; la
cruz pendía de una cadena de plata antigua, renegrida. El Cristo del crucifijo
tenía un rostro difuso, en que la nariz era maciza. El Alcalde iba entre el
Regidor y el "Campo". 1 La mayor parte de los hombres y de las
mujeres vestían de negro, los que no llevaban luto iban de color azul oscuro.
Llenaron los dos patios de la casa. Ocuparon la
cocina y todas las ha-bitaciones del segundo patio. En el corredor del patio de
adentro, sobre una mesa, tendieron bayetas negras. Allí estiraron el cadáver. A
una señal del cantor, todo el ayllu rezó el "Yayayku" (Padre
nuestro). Como una nube de moscardones corearon las solemnes palabras. Hasta el
dormitorio del joven llegó el ondulante murmullo. El taksa (pequeño) mayordomo
que estaba de pie, en la puerta del dormitorio, se quitó el sombrero; los
cabellos apelmazados le ocultaban casi la frente; aguzó el oído, escuchó, y
empezó a rezar en voz alta, en el tono exacto que el gran murmullo tenía. Don
Apa-ricio se levantó, dio un paso hacia la puerta. La voz grave del mayordomo
le perturbó, mucho más que el coro del ayllu. Eran palabras claras sobre el
1 Regidor para
el campo.
fondo de ese canto rodeante de moscardones. Se
volvió a sentar, y le pareció que se había doblado porque su corazón pesaba más
que todo su cuerpo.
Terminó el rezo y hubo un instante de silencio.
¡Don Aparicio ya lo sabía! Las mujeres cantarían el aya-harawi. Cerró los ojos.
Un grupo de mu-jeres se cubrieron un lado del rostro con sus rebozos y
comenzaron a can-tar. No pronunciaban palabras, sólo sílabas, con la voz más
aguda y pe-netrante de la creación. Los hombres mayores, junto al cadáver,
masticaban lentamente hojas escogidas de coca; los otros hombres oían con el
rostro firme, convertido en un dique. Las cantoras iban subiendo el tono y
alar-gando las notas, arrastrándolas por el mundo. Las mujeres del ayllu
comen-zaron a llorar, iban contagiándose y lloraban cada vez más
desesperada-mente. Se sentaron en el suelo. El taksa mayordomo se paseaba. Don
Apa-ricio cerró sus oídos para el llanto de las mujeres, y prendió su corazón
del harawi. El canto le oprimía, pero lo sangraba a torrentes; elevaba su vida,
lo llevaba a tocar la región de la muerte. Los altísimos eucaliptos que crecían
cerca de Lambra, como una mancha en la ladera, parecían venir hacia él,
marchando, envueltos en tierno y lúgubre halo.
Se apagó el canto, y el joven sintió que mejor
habtía sido seguir viviendo en esa opresora onda.
Pero el coro volvía de hora en hora como un péndulo
que batía desde el centro del cielo. ¡Qué sol ni sol! Toda la luz era como
aquella temblorosa y amarillenta que baña la tierra al final de los eclipses.
El hombre de altura camina lleno de presentimiento bajo esa luz.
En un féretro pesado, de madera de eucalipto, se
llevaron el cadáver del músico. Don Aparicio vio a la comitiva escalar la
colina en cuya cima está el panteón. La gente de los ayllus cubría el campo. El
señor de Lambra permaneció en el balcón de la casa hasta que la multitud
comenzó a ingresar en el panteón.
Se decidió, de repente, y ordenó al mayordomo:
— ¡Ensilla el potro negro!
Estuvo paseándose en el corredor alto; con sus
zapatos de charol, su traje negro, una corbata azul brillante, y ensombrerado.
El mayordomo trajo el potro negro. Cuando alguien
de a pie lo jalaba de la brida, el potro no corría, caminaba paso a paso, con
el hocico en alto.
Don Aparicio bajó las gradas sin apresurarse. Tomó
al potro de las rien-das, iba a montar, pero se detuvo.
— ¡Las roncaderas! —ordenó.
Se calzó él mismo las espuelas. Y montó. Ya el
mayordomo había abierto el zaguán.
Las calles estaban vacías; toda la gente de los
barrios seguía al féretro. El potro fue al trote. De algunas ventanas las
señoras y señoritas muy prin-cipales vieron pasar al joven. "¿En el
potro?" —se preguntaron—. "Y él está fúnebre", exclamaron
algunas. Pero en ese instante no pudieron hacer comentarios malignos.
Unos cuantos comuneros muy borrachos caminaban
tanteando en la cima
pelada que servía de atrio al cementerio. "
¡Don Mariano, papacito, ángel! ",
oyó decir
Don Aparicio, mientras desmontaba. Los
rayos horizontales del
sol que
iba ya a caer detrás de los montes, iluminaron la gran puerta azul
del panteón; sobre
la piedra central del arco una calavera esculpida y blan-
queada de cal se
destacaba, con el rostro hacia el pueblo.
de En
el extenso campo del cementerio hablaban
en voz baja los indios
todos los
barrios.
Cuando
vieron a Don Aparicio abrieron calle para que avanzara. Un pasto
alto, y verde aún,
crecía en el suelo. Llegó al borde de la sepultura; el cadá-
ver había sido ya bajado al fondo. Estaba vestido
con un hábito de color café. Los pies desnudos y amarillos se veían. Un capucho
le cubría la cabeza; sobre el rostro habían extendido algodones. De las manos
enlazadas pendía una figurita de llama, hecha de trozos de madera y forrada con
un tejido de alpaca. La llama lo acompañaría en silente viaje, hasta llegar a
la gran torre que según los indios de Alk'amare construyeron los muertos, sin
con-cluirla jamás, sobre la lejana cima del K'oropuna.
Cerrando los ojos, Don Aparicio le habló al
cadáver: "Mi alma también, padrecito Mariano, como perro blanco te va a
acompañar, por todos los silencios que tienes que andar. Y aquí, en mi cuerpo,
mi sangre está como los tiempos de la helada, en mayo, en junio; como la nevada
en las altas cumbres, donde las almas condenadas lloran sin consuelo,
flameando. ¡Adiós, adiós, adiós, adiós!".
El Alcalde, de pie, con la cara hacia el poniente,
presidía el último rito. No le dijo una palabra al señor de Lambra. Había
bebido toda la noche, su tez parecía enlucida; no podía estarse más derecho ni
más severo; sus ojos miraban a todos y todo; tenía una especie de embotamiento
que parecía necesario. Hizo un ademán con la cabeza; un cantor rezó el
"Yayayku" y la multitud lo coreó. Don Aparicio permaneció frente al
Alcalde contemplando el cadáver y percibiendo la figura del Varayok' indio en
cuyo pecho la cruz de plata latía con opaca luz.
Terminó la oración y el Varayok' miró al joven,
como si el jefe del ayllu se dirigiera a él desde un mundo brumoso y distante.
— ¡Tú, primero! —le ordenó en quechua. Un indio le
alcanzó una pala a Don Aparicio.
Con la pala en las manos se hizo a un lado y pudo
ver a su mayordomo
grande. A unos pasos, vestida de negro y el rostro
casi oculto por una mantilla, Irma, con los ojos llenos de lágrimas que
brillaban. Don Aparicio sacudió la cabeza. ¿Qué sol inmenso se ahogaba en su
interior? Estaba en el panteón. Se arrodilló, levantó muy poca tierra con la
pala y la echó sobre el cadáver; no en el rostro, a los pies desnudos.
— ¡Ya está! —oyó la voz autoritaria del Varayok'
que allí, con su as-pecto y sus ojos indeterminables, era el dueño, el señor.
Obedeció. El "Campo" le alcanzó la pala
al Alcalde; él se agachó y dio una gran palada sobre la tierra suelta, la lanzó
a la sepultura, se irguió nueva-mente y entregó el instrumento al Regidor.
Desde la puerta del panteón un grupo de mujeres
empezó a cantar el aya-taki. Don Aparicio inclinó la cabeza ante el Alcalde y
salió.
Montó el potro, y bajó casi al galope la colina. Al
entrar a las calles em-pedradas sofrenó a la bestia y la hizo andar corto, como
cuando llegaba de Lambra. Pasó de largo por la puerta de su casa y desmontó
frente a la resi-dencia de Adelaida. Tocó el zaguán varias veces. Salió una de
las indias.
—Llama a la niña. Que venga sola.
Ella llegó a la puerta abierta, vestida de
amarillo. El sol alcanzaba toda-vía a rozar su melena corta, la luz dorada la
alumbraba por la espalda.
—¿Qué le pasa, Aparicio? Debe estar al morir —le
dijo la joven, y le tomó ambas manos.
—Más decisión no he tenido nunca —le contestó—. Es
que voy a salir de viaje, hasta Ocobamba. Tres cordilleras más adentro. He
venido a des-pedirme, de usted solamente. Aquí no más.
Se agachó, le besó el borde de la falda; montó al
potro, y partió al ga-lope.
— ¡Es un bárbaro!
¡Un serrano bárbaro! —gritó ella.
— ¡Ay niñita, ay mamita linda, ay tortolita! —La
joven india de Lambra se echó a llorar. Había visto la despedida, el semblante
helado de Don Apa-ricio. Era acaso la misma muerte que había tomado la figura
del señor , de Lambra para visitar la casa. ¿Quién, quién más pues, iba a
morir? ¿El, el joven poderoso que partió al galope o la dulce, la hermosísima
niña de ca-bellos dorados?
— ¡Mamacita!
¡Ayalay! ¡Criaturita! —y se
postró gimiendo.
Corrió la madre de Adelaida, y entre ambas la
llevaron.
Don Aparicio había decidido esperar la noche,
entrar a la casa de Irma, flagelarla y llevarla después a Lambra.
—Me casaré con ella, temprano, al amanecer. Y la
haré sufrir toda la vida. No saldrá ni a ver los árboles de pisonay de la
plaza, la alfombra roja que sus flores tienden. El Félix estará pensando en
consolarla. Querrá arro-dillarse a sus pies, y quizá tendrá la esperanza de
poner su cabeza sobre las faldas de la ocobambina. ¡Creerá que ha de hacerlo
pasar a la tienda! Pero el corazón que yo he cerrado no tiene otra llave; el
corazón que yo he cerrado está como en una sepultura. Así como yo, en mi memoria
he borrado, desde esta hora sus ojos azules, sus ojos azules. ¡Una falda corta,
amarilla! ¡El sol que prendía en su cabello, que la alumbraba como si fuera
hija del trigo! La hemos borrado, "Halcón". Este será el último
pensamiento. ¡Ya estarán ondeando mis trigales en las lomas de Lambra Alto!
¡Estarán ondeando como
una bandera donde el sol se despide! ¡Estarán
alumbrando aún! Porque el bosque de eucaliptos ya estará de noche.
El potro estaba frente a él, esperando. Don
Aparicio hablaba sentado en el poyo.
Escuchó unos pasos. Era el taksa mayordomo.
—Patrón, ¿y el killincho? Está de hambre, creo. Se
pasea en la estaca, dando vueltas —le dijo.
—¿No hay carne?
—No hay, patrón.
—Espera, hijo.
Se puso de pie. Sacó una cuchilla de su bolsillo.
Abrió la hoja más grande y la afiló en el pilar. Se acercó al potro.
—Tú, gran volador, le darás tu carne.
Le tomó un trozo del cuello, le agarró duro con la
mano izquierda, y de un fuerte tajo, lo cortó. El mayordomo temblaba. El potro
dio un salto atrás, y se cuadró en seguida.
Don Aparicio se dirigió a la monturera. El
killincho lo miró ansiosa-mente. El joven partió un trozo de músculo y le
alcanzó un bocado. El ki-llincho lo devoró. Y fue cebándolo a trozos. Hasta que
no quedó en sus manos sino el cuero, y la sangre que había rezumado hasta
mancharle los dedos.
— ¡Ven acá, ahora! —le dijo al cernícalo.
Lo apresó con ambas manos, salió al patio, y puso
al ave en su hom-bro. El killincho se prendió cómodamente de la tela del saco.
— ¡Mejor me voy contigo! Y dejo a las vidas que
vayan solas adonde quieran en este pueblo —exclamó con repentina alegría.
El potro tenía el pecho cubierto de sangre.
— ¡Como yo, "Halcón"! ¡Como yo, no más! —le dijo, y montó.
El mayordomo abrió el zaguán. Estaba anocheciendo.
El Varayok' Alcalde, los dos Regidores, los hombres
de cabildo, los que habían pasado los "cargos", y algunas mujeres
acompañaron a Irma hasta su casa. Félix iba detrás.
El Alcalde, el Regidor y el "Campo"
entraron a la tienda. Los comu-neros de Alk'amare llenaban la calle.
Cuando Irma se levantó la mantilla, el Varayok' la
miró; los ojos del indio, no turbios sino detenidos, como por un hondo sueño,
empezaron a clarear; apoyado en el pomo ancho y plateado de su vara, se irguió
más aún, y le dijo en quechua, pronunciando las palabras claramente:
—Niña. Hemos sabido que tú sola eres su
"familia" del finado. Has llo-rado con nosotros, con tu ayllu, has
velado también, sentada en el suelo. Don Mariano es hijo de Alk'amare ya; cruz
de Alk'amare hemos clavado sobre su tumba. Vamos a levantar casa para ti en el
barrio; con su corral, con su arbolito de molle; su patio también le haremos.
Alk'amare es grande. En dos meses, todo será terminado. Harás costura,
monillos, chalecos, para tu ayllu... Estarás llorando un tiempo.
Ordenó que entraran las mujeres. Y él y los
regidores se retiraron. Creyó ella que lloraría a torrentes, llamando a su
madre, por primera
vez; llamando a sus hermanos menores. Pero sus
lágrimas caían de su rostro al pecho, y sentía la tibia corriente en silencio.
Las mujeres de Alk'amare la contemplaban y no sabían aún cómo acercarse a la
joven.
LA MUERTE DE LOS ARANGO
CONTARON QUE HABÍAN visto al tifus, vadeando el
río, sobre un caballo negro, desde la otra banda donde aniquiló al pueblo de
Sayla, a esta banda en que vivíamos nosotros.
A los pocos días empezó a morir la gente. Tras del
caballo negro del tifus pasaron a esta banda manadas de cabras por los pequeños
puentes. Soldados enviados por la Subprefectura incendiaron el pueblo de Sayla,
vacío ya, y con algunos cadáveres descomponiéndose en las casas abandonadas.
Sayla fue un pueblo de cabreros y sus tierras secas sólo producían calabazas y
arbustos de flores y hojas amargas.
Entonces yo era un párvulo y aprendía a leer en la
escuela. Los pequeños deletreábamos a gritos en el corredor soleado y alegre
que daba a la plaza.
Cuando los cortejos fúnebres que pasaban cerca del
corredor se hicieron muy frecuentes, la maestra nos obligó a permanecer todo el
día en el salón oscuro y frío de la escuela.
Los indios cargaban a los muertos en unos féretros
toscos; y muchas veces los brazos del cadáver sobresalían por los bordes.
Nosotros los con-templábamos hasta que el cortejo se perdía en la esquina. Las
mujeres iban llorando a gritos; cantaban en falsete el ayataki, el canto de los
muertos; sus voces agudas repercutían en las paredes de la escuela, cubrían el
cielo, pare-cían apretarnos sobre el pecho.
La plaza era inmensa, crecía sobre ella una yerba
muy verde y pequeña, la romesa. En el centro del campo se elevaba un gran
eucalipto solitario. A di-ferencia de los otros eucaliptos del pueblo, de ramas
escalonadas y largas, éste tenía un tronco ancho, poderoso, lleno de ojos, y
altísimo; pero la cima del árbol terminaba en una especie de cabellera redonda,
ramosa y tupida. "Es hembra", decía la maestra. La copa de ese árbol
se confundía con el
cielo. Cuando lo mirábamos desde la escuela, sus
altas ramas se mecían sobre el fondo nublado o sobre las abras de las montañas.
En los días de la peste, los indios que cargaban los féretros, los que venían
de la parte alta del pue-blo y tenían que cruzar la plaza, se detenían unos
instantes bajo el eucalipto. Las indias lloraban a torrentes, los hombres se
paraban casi en círculo con los sombreros en la mano; y el eucalipto recibía a
lo largo de todo su tronco, en sus ramas elevadas, el canto funerario. Después,
cuando el cortejo se ale-jaba y desaparecía tras la esquina, nos parecía que de
la cima del árbol caían lágrimas, y brotaba un viento triste que ascendía al
centro del cielo. Por eso la presencia del eucalipto nos cautivaba; su sombra,
que al atardecer to-caba al corredor de la escuela, tenía algo de la imagen del
helado viento que envolvía a esos grupos desesperados de indios que bajaban
hasta el panteón. La maestra presintió el nuevo significado que el árbol tenía
para nosotros en esos días y nos obligó a salir de la escuela por un portillo
del corral, al lado opuesto de la plaza.
El pueblo fue aniquilado. Llegaron a cargar hasta
tres cadáveres en un féretro. Adornaban a los muertos con flores de retama;
pero en los días postreros las propias mujeres ya no podían llorar ni cantar
bien; estaban roncas e inermes. Tenían que lavar las ropas de los muertos para
lograr la salvación, la limpieza final de todos los pecados.
Sólo una acequia había en el pueblo; era el más
seco, el más miserable de la región, por la escasez de agua; y en esa acequia,
de tan poco caudal, las mujeres lavaban en fila, los ponchos, los pantalones
haraposos, las faldas y las camisas mugrientas de los difuntos. Al principio
lavaban con cuidado y observando el ritual estricto del pichk'ay; pero cuando
la peste cundió y em-pezaron a morir diariamente en el pueblo, las mujeres que
quedaban, aun las viejas y las niñas, iban a la acequia y apenas tenían tiempo
y fuerzas para remojar un poco las ropas, estrujarlas en la orilla y
llevárselas, rezumando todavía agua por los extremos.
El panteón era un cerco cuadrado y amplio. Antes de
la peste estaba cubierto de bosque de retama. Cantaban jilgueros en ese bosque,
y al medio-día, cuando el cielo despejaba quemando al sol, las flores de retama
exha-laban perfume. Pero en aquellos días del tifus, desarraigaron los arbustos
y los quemaron para sahumar el cementerio. El panteón quedó rojo, hora-dado;
poblado de montículos alargados con dos o tres cruces encima. La tierra era
ligosa, de arcilla roja oscura.
En el camino al cementerio había cuatro catafalcos
pequeños, de barro, con techo de paja. Sobre estos catafalcos se hacía
descansar los cadáveres, para que el cura dijera los responsos. En los días de
la peste los cargadores seguían de frente; el cura despedía a los muertos a la
salida del camino.
Muchos vecinos principales del pueblo murieron. Los
hermanos Arango eran ganaderos y dueños de los mejores campos de trigo. El año
anterior, Don Juan, el menor, había pasado la mayordomía del santo patrón del
pue-blo. Fue un año deslumbrante. Don Juan gastó en las fiestas sus ganancias
de tres años. Durante dos horas se quemaron castillos de fuego en la plaza. La
guía de pólvora caminaba de un extremo a otro de la inmensa plaza, e iba
incendiando los castillos. Volaban coronas fulgurantes, cohetes azules
y verdes, palomas rojas desde la cima y de las
aristas de los castillos; luego las armazones de madera y carrizo permanecieron
durante largo rato cruzadas de fuegos de colores. En la sombra, bajo el cielo
estrellado de agosto, esos altos surtidores de luces, nos parecieron un trozo
del firmamento caído a la plaza de nuestro pueblo y unido a él por las coronas
de fuego que se perdían más lejos y más alto que la cima de las montañas.
Muchas noches los niños del pueblo vimos en sueños el gran eucalipto de la plaza
flotando en llamaradas.
Después de los fuegos, la gente se trasladó a la
casa del mayordomo. Don Juan mandó poner enormes vasijas de chicha en la calle
y en el patio de la casa, para que tomaran los indios; y sirvieron aguardiente
fino de una docena de odres, para los caballeros. Los mejores danzantes de la
provincia amanecieron bailando en competencia, por las calles y plazas. Los
niños que vieron a aquellos danzantes, el "Pachakchaki". el
"Rumisonk'o", los imita-ron. Recordaban las pruebas que hicieron, el
paso de sus danzas, sus trajes de espejos ornados de plumas; y los tomaron de
modelos, " ¡Yo soy Pachak-chaki", "¡Yo soy Rumisonk'o!"
exclamaban; y bailaron en las escuelas, en sus casas, y en las eras de trigo y
maíz, los días de la cosecha.
Desde aquella gran fiesta, Don Juan Arango se hizo
más famoso y res-petado.
Don Juan hacía siempre de Rey Negro, en el drama de
la Degollación que se representaba el 6 de enero. Es que era moreno, alto y
fornido: sus ojos brillaban en su oscuro rostro. Y cuando bajaba a caballo
desde el cerro, vestido de rey, y tronaban los cohetones, los niños lo
admirábamos. Su capa roja de seda era levantada por el viento; empuñaba en alto
su cetro relu-ciente de papel dorado; y se apeaba de un salto frente al
"palacio" de Hero-des; "Orreboar", saludaba con su voz de
trueno al rey judío. Y las barbas de Herodes temblaban.
El hermano mayor, Don Eloy, era blanco y delgado.
Se había educado en Lima; tenía modales caballerescos; leía revistas y estaba
suscrito a los diarios de la capital. Hacía de Rey Blanco; su hermano le
prestaba un ca-ballo tordillo para que montara el 6 de enero. Era un caballo
hermoso, de crin suelta; los otros galopaban y él trotaba con pasos largos,
braceando.
Don Juan murió primero. Tenía treinta y dos años y
era la esperanza del pueblo. Había prometido comprar un motor para instalar un
molino eléc-trico y dar luz al pueblo, hacer de la capital del distrito una
villa moderna, mejor que la capital de la provincia. Resistió doce días de
fiebre. A su en-tierro asistieron indios y principales. Lloraron las indias en
la puerta del panteón. Eran centenares y cantaron en coro. Pero esa voz no
arrebataba, no hacía estremecer, como cuando cantaban solas, tres o cuatro, en
los en-tierros de sus muertos. Hasta lloraron y gimieron junto a las paredes,
pero pude resistir y miré el entierro. Cuando iban a bajar el cajón de la
sepul-tura, Don Eloy hizo una promesa: " ¡Hermano —dijo mirando el cajón,
ya depositado en la fosa— un mes, un mes nada más, y estaremos juntos en la
otra vida! ". Entonces la mujer de Don Eloy y sus hijos lloraron a gritos.
Los acompañantes no pudieron contenerse. Los hombres gimieron; las mu-jeres se
desahogaron cantando como las indias. Los caballeros se abrazaron,
tropezaban con la tierra de las sepulturas. Comenzó
el crepúsculo; las nubes se incendiaban y lanzaban al campo su luz amarilla.
Regresamos tanteando el camino; el cielo pesaba. Las indias fueron primero,
corriendo. Los amigos de Don Eloy demoraron toda la tarde en subir al pueblo;
llegaron ya de noche.
Antes de los quince días murió Don Eloy. Pero en
ese tiempo habían caído ya muchos niños de la escuela, decenas de indios,
señoras y otros prin-cipales. Sólo algunas beatas viejas acompañadas de sus
sirvientas iban a im-plorar en el atrio de la iglesia. Sobre las baldosas
blancas se arrodillaban y lloraban, cada una por su cuenta, llamando al santo
que preferían, en quechua y en castellano. Y por eso nadie se acordó después
cómo fue el entierro de Don Eloy.
Las campanas de la aldea, pequeñas pero con alta
ley de oro, doblaban día y noche en aquellos días de mortandad. Cuando doblaban
las campanas y al mismo tiempo se oía el canto agudo de las mujeres que iban
siguiendo a los féretros, me parecía que estábamos sumergidos en un mar
cristalino en cuya hondura repercutía el canto mortal y la vibración de las
campanas; y los vivos estaban sumergidos allí, separados por distancias que no
podían cubrirse, tan solitarios y aislados como los que morían cada día.
Hasta que una mañana, Don Jáuregui, el sacristán y
cantor, entró a la plaza tirando de la brida al caballo tordillo del finado Don
Eloy. La crin era blanca y negra, los colores mezclados en las cerdas
lustrosas. Lo habían ape-rado como para un día de fiesta. Doscientos anillos de
plata relucían en el trenzado; el pellón azul de hilos también reflejaba la
luz; la montura de cajón, vacía, mostraba los refuerzos de plata. Los estribos
cuadrados, de ma-dera negra, danzaban.
Repicaron las campanas, por primera vez en todo ese
tiempo. Repicaron vivamente sobre el pueblo diezmado. Corrían los chanchitos
mostrencos en los campos baldíos y en la plaza. Las pequeñas flores blancas de
la salvia y las otras flores aún más pequeñas y olorosas que crecían en el
cerro de Santa Brígida se iluminaron.
Don Jáuregui hizo dar vueltas al tordillo en el
centro de la plaza, junto
a la sombra del eucalipto; hasta le dio de latigazos y le hizo pararse
en las
patas traseras, manoteando en el aire. Luego gritó,
con su voz delgada, tan conocida en el pueblo:
— ¡Aquí está el tifus, montado en el caballo
tordillo de Don Eloy! ¡Can-ten la despedida! ¡Ya se va, ya se va! ¡Aúúú! ¡A ú ú
ú!
Habló en quechua, y concluyó el pregón con el
aullido final de los ja-rahuis; tan largo, eterno siempre:
— ¡Ah... ííí! ¡Yaúúú... yaúúú! ¡El tifus se está
yendo; ya se está yendo!
Y pudo correr. Detrás de él, espantaban al tordillo
algunas mujeres y hombres emponchados, enclenques. Miraban la montura vacía,
detenida-mente. Y espantaban al caballo.
Llegaron al borde del precipicio de Santa Brígida,
junto al trono de la Virgen. El trono era una especie de nido formado en las
ramas de un arbusto ancho y espinoso, de flores moradas. El sacristán
conservaba el nido por algún secreto procedimiento; en las ramas retorcidas que
formaban el asiento del trono no crecían nunca hojas, ni flores ni espinos. Los
niños adorábamos y temíamos ese nido y lo perfumábamos con flores silvestres.
Llevaban a la Virgen hasta el precipicio, el día de su fiesta. La sentaban en
el nido como sobre un casco, con el rostro hacia el río, un río poderoso y
hondo, de gran correntada, cuyo sonido lejano repercutía dentro del pecho de
quienes lo miraban desde la altura.
Don Jáuregui cantó en latín una especie de responso
junto al "trono" de la Virgen, luego se empinó y bajó el tapaojos, de
la frente del tordillo, para cegarlo.
— ¡Fuera!
—gritó—. ¡Adiós
calavera! ¡Peste!
Le dio un latigazo, y el tordillo saltó al
precipicio. Su cuerpo chocó y rebotó muchas veces en las rocas, donde goteaba
agua y brotaban liqúenes amarillos. Llegó al río; no lo detuvieron los andenes
filudos del abismo.
Vimos la sangre del caballo, cerca del trono de la
Virgen, en el sitio en que se dio el primer golpe.
— ¡Don Eloy, Don Eloy! ¡Ahí está tu caballo! ¡Ha
matado a la peste! En su propia calavera. ¡Santos, santos, santos! ¡El alma del
tordillo recibid! ¡Nuestra alma es, salvada! ¡Adiós millahuay,
despidillahuay...! (¡Decidme adiós! ¡ Despedidme...!)
Con las manos juntas estuvo orando un rato, el
cantor, en latín, en quechua y en castellano.
LA AGONIA DE RASU-ÑITI
ESTABA TENDIDO en el suelo, sobre una cama de
pellejos. Un cuero de vaca colgaba de uno de los maderos del techo. Por la
única ventana que tenía la habitación, cerca del mojinete, entraba la luz
grande del sol; daba contra el cuero y su sombra caía a un lado de la cama del
bailarín. La otra sombra, la del resto de la habitación, era uniforme. No podía
afirmarse que fuera oscuridad; era posible distinguir las ollas, los sacos de
papas, los copos de lana; los cuyes, cuando salían algo espantados de sus huecos
y exploraban en el silencio. La habitación era ancha para ser vivienda de un
indio.
Tenía una troje. Un altillo que ocupaba no todo el
espacio de la pieza, sino un ángulo. Una escalera de palo de lambras servía
para subir a la troje. La luz del sol alumbraba fuerte. Podía verse cómo varias
hormigas negras subían sobre la corteza del lambras que aún exhalaba perfume.
—El corazón está listo. El mundo avisa. Estoy
oyendo la cascada de Saño. ¡Estoy listo!, dijo el dansak'.
"Rasu-Ñiti"}
Se levantó y pudo llegar hasta la petaca de cuero
en que guardaba su traje de dansak' y sus tijeras de acero. Se puso el guante
en la mano derecha y empezó a tocar las tijeras.
Los pájaros que se espulgaban tranquilos sobre el
árbol de molle, en el pequeño corral de la casa, se sobresaltaron.
La mujer del bailarín y sus dos hijas que
desgranaban maíz en el corre-dor, dudaron.
—Madre, ¿has oído? ¿Es mi padre, o sale ese canto
de dentro de la montaña? —preguntó la mayor.
— ¡Es tu padre! —dijo la mujer.
1 Dansak': bailarín; Rasu-Ñiti: que aplasta nieve.
Porque las tijeras sonaron más vivamente, en golpes
menudos.
Corrieron las tres mujeres a la puerta de la
habitación.
"Rasu-Ñiti" se estaba vistiendo. Sí. Se
estaba poniendo la chaqueta or-nada de espejos.
— ¡Esposo! ¿Te despides? —preguntó la mujer,
respetuosamente, desde el umbral. Las dos hijas lo contemplaban temblorosas.
—El corazón avisa, mujer. ¡Llamen al
"Lurucha" y a Don Pascual! ¡Que vayan ellas!
Corrieron las dos muchachas. La mujer se acercó al
marido.
—Bueno. ¡Wamani1 está hablando! —dijo él—. Tú no
puedes oír. Me habla directo al pecho. Agárrame el cuerpo. Voy a ponerme el
pantalón. ¿Adonde está el sol? Ya habrá pasado mucho el centro del cielo.
—Ha pasado. Está entrando aquí. ¡Ahí está!
Sobre el fuego del sol en el piso de la habitación,
caminaban unas mos-cas negras.
—Tardará aún la chiririnka2 que viene un poco antes
de la muerte. Cuando llegue aquí no vamos a oírla aunque zumbe con toda su
fuerza, por-que voy a estar bailando.
Se puso el pantalón de terciopelo, apoyándose en la
escalera y en los hombros de su mujer. Se calzó las zapatillas. Se puso el
tapabala y la mon-tera. El tapabala estaba adornado con hilos de oro. Sobre las
inmensas faldas de la montera, entre cintas labradas, brillaban espejos en
forma de estrella. Hacia atrás, sobre la espalda del bailarín, caía desde el
sombrero una rama de cintas de varios colores.
La mujer se inclinó ante el dansak'. Le abrazó los
pies. ¡Estaba ya ves-tido con todas sus insignias! Un pañuelo blanco le cubría
parte de la frente. La seda azul de su chaqueta, los espejos, la tela del
pantalón, ardían bajo el angosto rayo de sol que fulguraba en la sombra del
tugurio que era la casa del indio Pedro Huancayre, el gran dansak'
"Rasu-Ñiti", cuya presencia se esperaba, casi se temía, y era luz en
las fiestas de centenares de pueblos.
—¿Estás viendo al Wamani sobre mi cabeza? —preguntó
el bailarín a su mujer.
Ella levantó la cabeza.
—Está —dijo—. Está tranquilo. —¿De qué color es?
—Gris. La mancha blanca de su espalda está
ardiendo.
—Así es. Voy a despedirme. ¡Anda tú a bajar los
tipis de maíz del co-rredor! ¡Anda!
La mujer obedeció. En el corredor, de los maderos
del techo, colgaban racimos de maíz de colores. Ni la nieve, ni la tierra
blanca de los caminos, ni la arena del río, ni el vuelo feliz de las parvadas
de palomas en las cosechas, ni el corazón de un becerro que juega, tenían la
apariencia, la lozanía, la gloria de esos racimos. La mujer los fue bajando,
rápida pero ceremonial-mente.
1 Dios montaña
que se presenta en figura de cóndor.
2 Mosca azul.
Se oía ya, no tan lejos, el tumulto de la gente que
venía a la casa del bailarín.
Llegaron las dos muchachas. Una de ellas había
tropezado en el campo y le salía sangre de un dedo del pie. Despejaron el
corredor. Fueron a ver después al padre.
Ya tenía el pañuelo rojo en la mano izquierda. Su
rostro enmarcado por el pañuelo blanco, casi salido del cuerpo, resaltaba,
porque todo el traje de color y luces y la gran montera lo rodeaban, se diluían
para alumbrarlo; su rostro cetrino, no pálido, cetrino duro, casi no tenía
expresión. Sólo sus ojos aparecían hundidos como en un mundo, entre los colores
del traje y la rigidez de los músculos.
—¿Ves al Wamani en la cabeza de tu padre? —preguntó
la mujer a la mayor de sus hijas.
Las tres lo contemplaban, quietas.
—¿Lo ves?
—No —dijo la mayor.
—No tienes fuerza aún para verlo. Está tranquilo,
oyendo todos los cielos; sentado sobre la cabeza de tu padre. La muerte le hace
oír todo. Lo que tú has padecido; lo que has bailado; lo que más vas a sufrir.
—¿Oye el galope del caballo del patrón?
—Sí oye —contestó el bailarín, a pesar de que la
muchacha había pro-nunciado las palabras en voz bajísima—. ¡Sí oye! También lo
que las patas de ese caballo han matado. La porquería que ha salpicado sobre
ti. Oye tam-bién el crecimiento de nuestro dios que va a tragar los ojos de ese
caballo. Del patrón, no. ¡Sin el caballo él es sólo excremento de borrego!
Empezó a tocar las tijeras de acero. Bajo la sombra
de la habitación la fina voz del acero era profunda.
—El Wamani me avisa. ¡Ya vienen!
—dijo.
—¿Oyes, hija? Las tijeras no son manejadas por los
dedos de tu padre.
El Wamani las hace chocar. Tu padre sólo está
obedeciendo.
Son hojas de acero sueltas. Las engarza el dansak'
por los ojos, en sus dedos y las hace chocar. Cada bailarín puede producir en
sus manos con ese instrumento una música leve, como de agua pequeña, hasta
fuego; de-pende del ritmo, de la orquesta y del "espíritu" que
protege al dansak'.
Bailan solos o en competencia. Las proezas que
realizan y el hervor de su sangre durante las figuras de la danza dependen de
quién está asentado en su cabeza y su corazón, mientras él baila o levanta y
lanza barretas con los dientes, se atraviesa las carnes con leznas o camina en
el aire por una cuerda tendida desde la cima de un árbol a la torre del pueblo.
Yo vi al gran padre "Untu", trajeado de
negro y rojo, cubierto de es-pejos, danzar sobre una soga movediza en el cielo,
tocando sus tijeras. El canto del acero se oía más fuerte que la voz del violín
y el arpa que tocaban a mi lado, junto a mí. Fue en la madrugada. El padre
"Untu" aparecía negro bajo la luz incierta y tierna; su figura se
mecía contra la sombra de la gran montaña. La voz de sus tijeras nos rendía,
iba del cielo al mundo, a los ojos y al latido de los millares de indios y
mestizos que los veíamos avanzar desde el inmenso eucalipto de la torre. Su
viaje duró acaso un siglo. Llegó a
la ventana de la torre cuando el sol encendía la
cal y el sillar blanco con que estaban hechos los arcos. Danzó un instante
junto a las campanas. Bajó luego. Dentro de la torre se oía el canto de sus
tijeras; el bailarín iría bus-cando a tientas las gradas en el lóbrego túnel.
Ya no volverá a cantar el mundo de esa forma, todo constreñido, fulgurando en
dos hojas de acero. Las pa-lomas y otros pájaros que dormían en el gran
eucalipto, recuerdo que can-taron mientras el padre "Untu" se
balanceaba en el aire. Cantaron pequeñi-tos, jubilosamente, pero junto a la voz
del acero y a la figura del dansak' sus gorjeos eran como una filigrana apenas
perceptible, como cuando el hom-
bre reina
y el bello universo solamente, parece, la orna, le da el jugo vivo
a su señor.
El genio de un dansak' depende de quién vive en él: el "espíritu" de
una montaña (Wamani);
de un precipicio cuyo silencio es transparente;
de una cueva de la que salen toros de oro y "condenados" en andas de fuego.
O la cascada de un río que se precipita de todo lo
alto de una cordillera; o quizás sólo un pájaro, o un insecto volador que
conoce el sentido de abis-mos, árboles, hormigas y el secreto de lo nocturno;
alguno de esos pájaros "malditos" o "extraños", el
hakakllo, el chusek' o el San Jorge, negro in-secto de alas rojas que devora
tarántulas.
"Rasu- Ñiti" era hijo de un Wamani,
grande, de una montaña con nieve eterna. El, a esa hora, le había enviado ya su
"espíritu": un cóndor gris cuya espalda blanca estaba vibrando.
Llegó "Lurucha", el arpista del dansak',
tocando; le seguía Don Pas-cual, el violinista. Pero el "Lurucha"
comandaba siempre el dúo. Con su uña de acero hacía estallar las cuerdas de
alambre y las de tripa, o las hacía gemir sangre en los pasos tristes que
tienen también las danzas.
Tras de los músicos marchaba un joven: "Atok'
sayku",1 el discípulo de "Rasu-Ñiti". También se había vestido.
Pero no tocaba las tijeras; caminaba con la cabeza gacha. ¿Un dansak' que
llora? Sí, pero lloraba para adentro. Todos lo notaban.
"Rasu-Ñiti" vivía en un caserío de no más
de veinte familias. Los pue-blos grandes estaban a pocas leguas. Tras de los
músicos venía un pequeño grupo de gente.
—¿Ves, "Lurucha" al Wamani? —preguntó el
dansak' desde la habi-tación.
—Sí, lo veo. Es cierto. Es tu hora.
— ¡ "Atok' sayku"! ¿Lo
ves?
El muchacho se paró en el umbral y contempló la
cabeza del dansak'.
—Aletea no más. No lo veo bien, padre.
—¿Aletea?
—Sí, maestro.
—Está bien. "Atok' sayku" joven.
—Ya siento el cuchillo en el corazón. ¡Toca! —le
dijo al arpista. "Lurucha" tocó el jaykuy (entrada) y cambió en
seguida al sisi nina
(fuego hormiga), otro paso de la danza.
1 Que cansa al
zorro.
"Rasu-Ñiti" bailó tambaleándose un poco.
El pequeño público entró en la habitación. Los músicos y el discípulo se
cuadraron contra el rayo de sol. "Rasu-Ñiti" ocupó el suelo donde la
franja de sol era más baja. Le quemaban las piernas. Bailó sin hervor, casi
tranquilo, el jaykuy; en el sisi nina sus pies se avivaron.
— ¡El Wamani está aleteando grande; está aleteando!
—dijo "Atok' sayku", mirando la cabeza del bailarín.
Danzaba ya con bríos. La sombra del cuarto empezó a
henchirse como de una cargazón de viento; el dansak' renacía. Pero su cara
enmarcada por el pañuelo blanco, estaba más rígida, dura; sin embargo, con la
mano iz-quierda agitaba el pañuelo rojo como si fuera un trozo de carne que
luchara. Su montera se mecía con todos sus espejos; en nada se percibía mejor
el ritmo de la danza. "Lurucha" había pegado el rostro al arco del
arpa. ¿De dónde bajaba o brotaba esa música? No era sólo de las cuerdas y de la
madera.
— ¡Ya! ¡Estoy llegando! ¡Estoy por llegar! —dijo
con voz fuerte el bailarín, pero la última sílaba salió como traposa, como de
la boca de un loro.
Se le paralizó una pierna.
— ¡Está el Wamani! ¡Tranquilo! —exclamó la mujer
del dansak' por-que sintió que su hija menor temblaba.
El arpista cambió la danza al tono de Waqtay (la lucha).
"Rasu-Ñiti"
hizo sonar más alto las tijeras. Las elevó en
dirección del rayo de sol que se iba alzando. Quedó clavado en el sitio; pero
con el rostro aún más rígido
y los ojos más hundidos, pudo dar una vuelta sobre
su pierna viva. Entonces sus ojos dejaron de ser indiferentes; porque antes
miraban como en abstracto, sin precisar a nadie. Ahora se fijaron en su hija
mayor, casi con júbilo.
—El dios está creciendo. ¡Matará
al caballo! —dijo.
Le faltaba ya saliva. Su lengua se movía como
revolcándose en polvo.
— ¡"Lurucha"! ¡Patrón! ¡Hijo! El Wamani
me dice que eres de maíz blanco. De mi pecho sale tu tonada. De mi cabeza.
Y cayó al suelo. Sentado. No dejó de tocar las
tijeras. La otra pierna se le había paralizado.
Con la mano izquierda sacudía el pañuelo rojo, como
un pendón de chi-chería en los meses de viento.
"Lurucha", que no parecía mirar al
bailarín, empezó el yatoar mayu (río de sangre), paso final que en todas las
danzas de indios existe.
El pequeño público permaneció quieto. No se oían
ruidos en el corral ni en los campos más lejanos. ¿Las gallinas y los cuyes
sabían lo que pasaba, lo que significaba esa despedida?
La hija mayor del bailarín salió al corredor,
despacio. Trajo en sus bra-zos uno de los grandes racimos de mazorcas de maíz
de colores. Lo depositó en el suelo. Un cuye se atrevió también a salir de su
hueco. Era macho, de pelo encrespado; con sus ojos rojísimos revisó un instante
a los hombres y saltó a otro hueco. Silbó antes de entrar.
"Rasu-Ñiti" vio a la pequeña bestia. ¿Por
qué tomó más impulso para seguir el ritmo lento, como el arrastrarse de un gran
río turbio, del yawar
mayu éste que tocaban "Lurucha" y Don
Pascual? "Lurucha" aquietó el endiablado ritmo de este paso de la
danza. Era el yawar mayu pero lento, hondísimo; sí, con la figura de esos ríos
inmensos cargados con las primeras lluvias; ríos de las proximidades de la
selva que marchan también lentos, bajo el sol pesado en que resaltan todos los
polvos y lodos, los animales muertos y árboles que arrastran, indeteniblemente.
Y estos ríos van entre montañas bajas, oscuras de árboles. No como los ríos de
la sierra que se
lanzan a saltos, entre
la gran luz; ningún bosque
los mancha y las
rocas de
los abismos les dan silencio.
"Rasu-Ñiti" seguía con la cabeza
y las tijeras este ritmo denso. Pero
el brazo con que batía el pañuelo empezó a
doblarse; murió.
Cayó sin control,
hasta tocar la tierra.
Entonces "Rasu-Ñiti" se
echó de espaldas. "Atok'
sayku".
— ¡El Wamani aletea sobre
su frente! —dijo
—Ya nadie más que él lo mira
—dijo entre sí la esposa—. Yo ya
no
lo veo. del yawar mayu. Parecía
"Lurucha" avivó el ritmo que tocaban campa-
nas graves. El arpista no se esmeraba en recorrer
con su uña de metal las cuerdas de alambre; tocaba las más extensas y gruesas.
JLas cuerdas de tripa. Pudo oírse entonces el canto del violín más claramente.
A la hija menor le atacó el ansia de cantar algo.
Estaba agitada, pero como los demás, en actitud solemne. Quiso cantar porque
vio que los dedos
de su padre
que aún
tocaban las tijeras iban
agotándose, que iban también
a helarse. Y el rayo de sol se había
retirado casi hasta el techo. El
padre
tocaba las
tijeras revoleándolas un
poco en la sombra fuerte que había en
el suelo.
"Atok' sayku" se separó un pequeñísimo
espacio de los músicos. La es-posa del bailarín se adelantó un medio paso en la
fila que formaba con sus hijas. Los otros indios estaban mudos; permanecieron
más rígidos. ¿Qué iba a suceder luego? No les habían ordenado que salieran
afuera.
— ¡El Wamani está ya sobre el corazón! —exclamó
"Atok' sayku", mirando.
"Rasu-Ñiti" dejó caer las tijeras. Pero
siguió moviendo la cabeza y los ojos.
El arpista cambió de ritmo, tocó el illapa vivon
(el borde del rayo). Todo en las cuerdas de alambre, a ritmo de cascada. El
violín no lo pudo seguir. Don Pascual adoptó la misma actitud rígida del
pequeño público, con el arco y el violín colgándole de las manos.
"Rasu-Ñiti" movió los ojos; la córnea, la
parte blanca, parecía ser la más viva, la más lúcida. No causaba espanto. La
hija menor seguía atacada por el ansia de cantar, como solía hacerlo junto al
río grande, entre el olor de flores de retama que crecen a ambas orillas. Pero
ahora el ansia que sen-tía por cantar, aunque igual en violencia, era de otro
sentido. ¡Pero igual en violencia!
Duró largo, mucho tiempo, el illapa vivon.
"Lurucha" cambiaba la melodía a cada instante, pero no el ritmo. Y
ahora sí miraba al maestro. La danzante llama, que brotaba de las cuerdas de
alambre de su arpa, seguía como sombra
el movimiento cada vez más extraviado de los ojos
del dansak'; pero lo se-guía. Es que "Lurucha" estaba hecho de maíz
blanco, según el mensaje del Wamani. El ojo del bailarín moribundo, el arpa y
las manos del músico fun-cionaban juntos; esa música hizo detenerse a las
hormigas negras que ahora marchaban de perfil al sol, en la ventana. El mundo a
veces guarda un silen-cio cuyo sentido sólo alguien percibe. Esta vez era por
el arpa del maestro que había acompañado al gran dansak' toda la vida, en cien
pueblos, bajo miles de piedras y toldos.
"Rasu-Ñiti" cerró los ojos. Grande se
veía su cuerpo. La montera le alum-braba con sus espejos.
"Atok' sayku" saltó junto al cadáver. Se
elevó ahí mismo, danzando; tocó las tijeras que brillaban. Sus pies volaban.
Todos lo estaban mirando. "Lurucha" tocó el lucero kanchi (alumbrar
de la estrella), del wallpa wak'ay (canto del gallo) con que empezaban las
competencias de los dansak', a la medianoche.
— ¡El Wamani aquí! ¡En mi cabeza! ¡En mi pecho,
aleteando! —dijo el nuevo dansak'.
Nadie se movió.
Era él, el padre "Rasu-Ñiti", renacido,
con tendones de bestia tierna y el fuego del Wamani, su corriente de siglos
aleteando.
"Lurucha" inventó los ritmos más
intrincados, los más solemnes y vi-vos. "Atok' sayku" los seguía, se
elevaban sus piernas, sus brazos, su pa-ñuelo, sus espejos, su montera, todo en
su sitio. Y nadie volaba como ese joven dansak'; dansak' nacido.
— ¡Está bien! —dijo "Lurucha"—. ¡Está
bien! Wamani contento. Ahí está en tu cabeza el blanco de su espalda como el
sol del mediodía en el nevado, brillando.
— ¡No lo veo!
—dijo la esposa del bailarín.
—Enterraremos mañana al oscurecer al padre "Rasu-Ñiti".
—No muerto. ¡Ajajayllas! —exclamó la hija menor—.
No muerto. ¡El mismo! ¡Bailando!
"Lurucha" miró profundamente a la
muchacha. Se le acercó, casi tam-baleándose, como sí hubiera tomado una gran
cantidad de cañazo.
— ¡Cóndor necesita paloma! ¡Paloma, pues, necesita
cóndor! ¡Dansak' no muere! —le dijo.
—Por dansak' el ojo de nadie llora. Wamani es
Wamani.
EL SUEÑO DEL PONGO
A la memoria de Don Santos Ccoyoccossi
Ccataccamará, Comisario Escolar de la comunidad de Umutu, provincia de
Quispicanchis, Cuzco. Don Santos vino a Lima seis veces; consiguió que lo
recibieran los Mi-nistros de Educación y dos Presidentes. Era monolingüe
quechua. Cuando hizo su primer viaje a Lima tenía más de sesenta años de edad;
llegaba a su pueblo cargando a la espalda parte del material escolar y las
dona-ciones que conseguía. Murió hace dos años. Su majestuosa y tierna fi-gura
seguirá protegiendo desde la otra vida a su comunidad y acompa-ñando a quienes
tuvimos la suerte de ganar su afecto y recibir el ejem-plo de su tenacidad y
sabiduría.
UN HOMBRECITO se encaminó a la casa-hacienda de su
patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente en la
gran residencia. Era pe-queño, de cuerpo miserable, de ánimo débil, todo
lamentable; sus ropas viejas.
El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo
contener la risa cuando el hombrecito lo saludó en el corredor de la
residencia.
—¿Eres gente u otra cosa? —le preguntó delante de
todos los hombres y mujeres que estaban de servicio.
Humillándose, el pongo no contestó. Atemorizado,
con los ojos helados, se quedó de pie.
— ¡A ver! —dijo el patrón—, por lo menos sabrá
lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas manos que parece que no
son nada. ¡Llé-vate esta inmundicia! —ordenó al mandón de la hacienda.
Arrodillándose, el pongo le besó las manos al
patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina.
El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas
eran sin embargo como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer lo
hacía
bien. Pero había un poco de espanto en su rostro;
algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. "Huérfano de
huérfanos; hijo del vien-to de la luna debe ser el frío de sus ojos, el corazón
pura tristeza", había dicho la mestiza cocinera, viéndolo.
El hombrecito no hablaba con nadie; trabajaba
callado; comía en silen-cio. Todo cuanto le ordenaban, cumplía. "Sí,
papacito; sí, mamacita", era cuanto solía decir.
Quizá a causa de tener una cierta expresión de
espanto, y por su ropa tan haraposa y acaso, también, porque no quería hablar,
el patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito. Al anochecer, cuando
los siervos se reunían para rezar el Ave María, en el corredor de la
casa-hacienda, a esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo delante de
toda la servidum-bre; lo sacudía como a un trozo de pellejo.
Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se
arrodillara y, así, cuan-do ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la
cara.
—Creo que eres perro. ¡Ladra!
—le decía.
El hombrecito no podía ladrar.
—Ponte en cuatro patas —le ordenaba entonces.
El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro
pies.
—Trota de costado, como perro —seguía ordenándole
el hacendado.
El hombrecito sabía correr imitando a los perros
pequeños de la puna.
El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía el cuerpo.
— ¡Regresa! —le gritaba cuando el sirviente
alcanzaba trotando el ex-tremo del gran corredor.
El pongo volvía, de costadito. Llegaba fatigado.
Algunos de sus semejantes, siervos, rezaban
mientras tanto el Ave María, despacio, como viento interior en el corazón.
— ¡Alza las orejas ahora, vizcacha! ¡Vizcacha eres!
—mandaba el señor al cansado hombrecito—. Siéntate en dos patas; empalma las
manos.
Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido
la influencia mode-lante de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la
figura de uno de esos animalitos, cuando permanecen quietos, como orando sobre
las rocas. Pero no podía alzar las orejas.
Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el
patrón derribaba al hom-brecito sobre el piso de ladrillo del corredor.
—Recemos el Padrenuestro —decía luego el patrón a
sus indios, que esperaban en fila.
El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar
porque no estaba en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a
nadie.
En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor
al patio y se dirigían
al caserío de la hacienda.
— ¡Vete, pancita!
—solía ordenar, después, el patrón al pongo.
Y así, todos los días, el patrón hacía revolcarse a
su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir
llanto. Lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos.1
1 Indio que
pertenece a la hacienda.
Pero ... una tarde, a la hora del Ave María, cuando
el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón
empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ése, ese hombrecito, habló muy
claramente. Su rostro seguía como un poco espantado.
—Gran señor, dame tu licencia; padrecito mío, quiero hablarte —dijo.
El patrón no oyó lo que oía.
—¿Qué? ¿Tú
eres quien ha hablado u otro? —preguntó.
—Tu licencia, padrecito, para hablarte. Es a ti a
quien quiero hablarte —repitió el pongo.
—Habla... si puedes —contestó el hacendado.
—Padre mío, señor mío, corazón mío —empezó a hablar
el hombrecito—.
Soñé anoche que habíamos muerto los dos
juntos; juntos habíamos muerto.
—¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio —le dijo el gran
patrón. —Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos, los
dos juntos; desnudos
ante nuestro gran Padre San Francisco.
—¿Y después? ¡Habla! —ordenó el patrón, entre
enojado e inquieto por la curiosidad.
—Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro gran
Padre San Fran-cisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos
hasta qué distancia. A ti y a mí nos examinaba, pesando, creo, el corazón de
cada uno y lo que éramos y lo que somos. Como hombre rico > grande, tú
enfrentabas esos ojos, padre mío.
—¿Y tú?
—No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no
puedo saber lo que valgo.
—Bueno. Sigue contando.
—Entonces, después, nuestro Padre dijo con su boca:
"De todos los ángeles, el más hermoso, que venga. A ese incomparable que
lo acompañe otro ángel pequeño, que sea también el más hermoso. Que el ángel
pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de miel de chanchaca más
transparente".
—¿Y entonces? —preguntó el patrón.
Los indios siervos oían, oían al pongo, con
atención sin cuenta pero te-merosos.
—Dueño mío: apenas nuestro gran Padre San Francisco
dio la orden, apareció un ángel, brillando, alto como el sol; vino hasta llegar
delante de nuestro Padre, caminando despacio. Detrás del ángel mayor marchaba
otro pequeño, bello, de luz suave como el resplandor de las flores. Traía en
las manos una copa de oro.
—¿Y entonces? —repitió el patrón.
—"Angel mayor: cubre a este caballero con la
miel que está en la copa de oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen
sobre el cuerpo del hombre", diciendo, ordenó nuestro gran Padre. Y así el
ángel excelso, levan-tando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito, todo,
desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te erguíste, solo; en el
resplandor del cielo la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de
oro, transparente.
—Así tenía que ser —dijo el patrón, y luego
preguntó—: ¿Y a ti?
—Cuando tú brillabas en el cielo, nuestro gran
Padre San Francisco volvió a ordenar: "Que de todos los ángeles del cielo
venga el de menos valer, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de
gasolina excre-mento humano".
—¿Y entonces?
—Un ángel que ya no valía, viejo, de patas
escamosas, al que no le alcan-zaban las fuerzas para mantener las alas en su
sitio, llegó ante nuestro gran Padre; llegó bien cansado, con las alas
chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande. "Oye, viejo —ordenó
nuestro gran Padre a ese pobre án-gel—, embadurna el cuerpo de este hombrecito
con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de
cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido! " Entonces, con sus manos
nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata, me cubrió, desigual,
el cuerpo, así como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin
cuidado. Y aparecí aver-gonzado, en la luz del cielo, apestando...
—Así mismo tenía que ser —afirmó el patrón—.
¡Continúa! ¿O todo concluye allí?
—No, padrecito mío, señor mío. Cuando nuevamente,
aunque ya de otro modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro gran Padre San
Francisco, él volvió a mirarnos, también nuevamente, ya a ti ya a mí, largo
rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó,
jun-tando la noche con el día, el olvido con la memoria. Y luego dijo:
"Todo cuanto los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora
¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo". El viejo ángel rejuveneció
a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza. Nuestro
Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.
EL FORASTERO
E L FORASTERO
iba repitiendo mentalmente la letra de un canto de su pueblo:
Solitario cóndor de los abismos,
helado cóndor negro; en tu nido
me dijeron que yo nací
triste la
aguja de roca que nace
sobre
de la
gran nieve, triste,
Aun así, aun así, llora.
cóndor de la nieve que
No explicaría mi nacimiento
este dolor, este llanto,
esta sombra que grita
en mis entrañas,
helado cóndor...
Y como no conocía la ciudad, llegó sin darse cuenta
al barrio de la sucia estación del ferrocarril. En el corredor dormían ya
pasajeros sin dinero y vagabundos.
Siguió cantando y, a pesar de la turbación de su
memoria, percibió la gran semejanza de esos hombres recostados en el suelo, con
los pies desnu-dos, y la musical estación de su pueblo lejanísimo donde muchos
dormían en iguales posturas, mientras tocaban quenas y charangos.
Aun así,
aun así
cóndor de la
nieve que llora
—También ellos —dijo.
—¿Quiénes? —oyó que le preguntaban.
—Esos —contestó—. Tienen una sombra en las
entrañas. Por eso duer-men así. Y no podrán levantarse.
— ¡Estás "bolo" 1 papacito! ¡Más
que yo!
Era una muchacha de rostro cetrino; tenía un
extremo de la boca algo fruncido, como la de ciertas locas de pueblo, y vio a
la luz de la lámpara que, exactamente, esa parte de sus labios estaba húmeda de
saliva; sus ca-
bellos lacios, espesos, no habían sido peinados; su
nariz era ancha...
—Tienes los ojos buenos —le dijo él.
—¿Buenos?
—Y negros. ¿Qué eres?
—¿No
sabes? No pareces mexicano, ni panameño,
ni de Nicaragua...
A esos los conozco en seguida. ¿De dónde?
—Soy del Perú.
—¿A cuántas horas de avión está?
—Diez.
—No importa. Acompáñame. Quiero ver a mi hijo; después
bailamos;
después te acompaño, a donde quieras.
—Vamos, María.
—¿Cómo sabes que es mi nombre?
—Claro, pues;
aquí, con lo que eres y lo que yo soy...
—Así hablan los...
¿De dónde dijiste que eres?
—No importa. Vamos.
Su hijo estaba sobre las rodillas de un negro
viejo. El cuarto de madera del hotelucho olía a sábanas sucias, como todos los
otros cuartos por cuyas puertas habían pasado. "Huele a engrudo de hombre
y de hembra", había dicho ella. "Pero yo... Ahora..." Se
quejaban o aullaban, despacio, en los cuartos.
Hasta los oídos del niño llegaban, lentamente, el
acezar o el llamado entre angustioso y triunfal de los "mierdas",
como ella dijo, refiriéndose a los hombres.
—¿No sabes un canto, oye forastero? —preguntó.
—Sí. Pero es triste.
—Claro, pues. Este negro es peor.
E hizo bailar al niño sobre las rodillas del
anciano.
A la luz de la vela, María detuvo el baile.
—¿Has oído, negro? —preguntó.
—No. No es canto. Otra cosa ha de ser.
—Ha bailado el chico. No ha querido llorar.
El negro parecía ciego, la sombra delgada de una
varilla d^catre le caía en la frente.
1 Ebrio en el
lenguaje popular de Guatemala.
María levantó al niño en sus brazos y dirigió sus
ojos a los del forastero, detenidamente.
—Eres bella —le dijo él.
—Pero sucia.
—Del rostro, un poco de tus cabellos. Así son
ellas, las indias de mi
pueblo.
—¿Qué es eso, y qué es el cóndor?
—India es
una hembra que sufre, las que me
criaron; cóndor
es un
animal negro, de alas grandes, que sufre más.
—¿Por qué?
—A causa de mí.
— ¡Anda
"bolo"! Será
por mí. Ya viste al negro. ¿Tienes un
quetzal
o un dollar?
—Cinco.
—No. Es mucho. Dame dos. El negro es bueno. Abuelo
del chico. Dos quetzales vale su buena voluntad. No sale nunca del hotel.
—¿Oye toda la noche?
—No, señor. Duermo sentado. Esa cama tiene
suciedad. Quema más que un carbón encendido. Esta me trajo de Puerto Barrios.
Llega borracha a esta hora, más o menos. Entra sola. ¿Por qué lo ha traído a
usté?
—Es cóndor. ¿No has oído? Dice que sufre.
—Pobre perra. Crees todavía saber quién es
inocente. Voy a recibir el billete de cinco.
—Muy bien amigo. De todas partes viene la oscuridad
hasta este cuarto.
Pero ella tiene hermosa luz en sus ojos, María.
No dijo nada ella. Permitió que el forastero le
entregara al negro el billete.
— ¡Es de diez! Pobre perra. Anda a bailar. María
tomó de la mano al forastero.
—El negro y el niño no salen. Convídame cerveza.
Al cuarto vaso el forastero se decidió a bailar.
Había hecho repetir diez veces el mismo disco en el enorme y erizado
tragamonedas:
Que
que
te quiero te quiero
pollo
asado.
Apretó el cuerpo de la muchacha. Ella reclinó su
cabeza sobre el hom-
bro del forastero; luego
se separó y volvió a mirarlo
detenidamente.
—¿Por qué me has dicho que soy bella? Me salen
babas.
—Es saliva. Pero todo, todo queda iluminado por tus
ojos. La noche
ésta parece de luz;
el cóndor triste dentro de mi pecho.
—No eres mexicano, no eres cubano, menos gringo que
no habla. Creo no eres nadie.
—Al revés. Ahora estoy bailando. Soy alguien. Todos
los cóndores son helados y grandes. Aquí se ahogarían. Si vieran al negro
volarían, heridos, como después de las corridas de toros, en mi pueblo.
—¿Al cóndor lo torean?
—No. Lo clavan sobre el toro, para que aletee y le
pique en el lomo. Después, con las piernas medio despedazadas, lo sueltan a la
orilla del pue-blo, entre cantos, como a mí me soltaron. Pero, eres delgada,
suciecita y algo así como india; he bebido...
Un hombre se acercó a la mesa, cuando se habían
sentado. Ella acariciaba la pierna del forastero. Estaban en una cantina
maloliente; sólo en otras dos mesas habían parejas. El hombre vino desde una
mesa rodeada de borrachos. Las dos parejas y los individuos que bebían en las
diez o quince pequeñas mesas redondas, lo vieron dirigirse hacia el forastero.
—Párate —le dijo ella—. Yo tengo una botella en la
mano.
El forastero no se levantó.
"Ojalá me mate."
El hombre abrió la hoja grande de un cortaplumas.
Apuntó al forastero de cerca, con el cuchillo, y ordenó:
— ¡María! ¡Bailas conmigo! ¡Babienta! ¡Boca
torcida! El forastero se echó a reír.
— ¡Baila!
Sal de allí —insistió el otro.
El forastero se puso de pie, rodeó la mesa para
acercarse al hombre.
—No hay música —dijo—. Toquen eso del "Pollo".
Lanzó varias monedas hacia el grupo de compañeros
del hombre y al mostrador.
—María no
baila; está
sola —dijo—. Tú de hembra yo de caballero.
¡A bailar, carajo! Guarda
esa porquería de matar piojos.
Empezó el ritmo de la gran guaracha. El hombre iba
a lanzarse sobre el forastero pero el grupo de sus compañeros aplaudió
riéndose; entonces el hombre apretó la cuchilla. El forastero lo esperó
sonriendo.
—Este... este... No sirve para el cuchillo —dijo—.
Para... ¡Nada! Ni para un trago, siquiera.
El borracho se fue;
volvió en seguida.
—María —dijo—.
¡Babienta!
—Sí. Pero hermosa, delgada. Eso no lo ves,
compañero, porque estás de cuchillo.
—Es un güevón. No tiene cuerpo ni para un escupe.
¡Quédate, mierda! Los hombres se echaron a reír. Y cuando el provocador estuvo
a punto
de sentarse, lo empujaron entre varios hasta la
puerta.
— ¡Gallina! ¡A dormir el "bolo" en la
estación! No mereces. Le dieron de patadas.
—Tenemos que bailar —dijo María. Y ciñó su cuerpo
al del forastero.
—Será boca-torcida, pero éste se la llevó de
legítimo. Cada quien, sabe
—habló uno de los hombres con desgano.
En ese momento, ella puso sus dedos sobre la boca
del forastero, en sus labios fríos. Lo acarició. Y sobre él cayeron hojas, un
viento.
—Vamos —dijo—. Me pesa la sangre. Se ha puesto a
hervir sin motivo. Ella siguió acariciándolo con los dedos. La parte torcida de
su boca se
hizo más intensa.
— ¡No conocía a la mujer! ¡No la conocía! —exclamó
él—. ¡Nunca! Pagó la cuenta. Salieron, sin que los parroquianos borrachos los
obser-
vasen. Unicamente, la negra visiblemente
embarazada, hermosa, que acom-pañaba a una especie de gringo, sonrió y se quedó
pesada, en el asiento.
—Es un hotel verdadero —afirmó María.
Una toalla, un lavatorio con agua, una pieza de
techo altísimo, pero de paredes enlucidas. Sin embargo, él pudo oír el leve
crujido de un catre ve-cino.
"Habría sido mejor ese cortaplumas del
cobarde. En un nido helado, peor que éste, fui concebido; era el de un cóndor
negro, de lento, de solem-ne, de triste vuelo. Yo soy peor que..."
Ella ya estaba con el torso desnudo, su pequeño y
delgado hombro; sonriéndole, lo abrazó.
—Hay luz eléctrica —dijo.
No podía ser más morena, ni más frágiles sus
brazos.
—Siempre tengo fiebre a esta hora.
Sus ojos negrísimos estaban rodeados de ojeras
ardientes, tiernas, hon-das como las paredes inalcanzables de los ríos oriundos
del forastero. En esos abismos crecen flores muy pequeñas y cruzan en su aire
picaflores de fuego.
—Tú no eres...
—No soy, pues.
Y se acostó desnudo junto a ella, que parecía
verdaderamente afiebrada. —Hiciste bailar a mi hijito. ¿De dónde eres? ¿De qué
eres? Ni de Mé-
xico, ni de Nicaragua, ni menos de gringo.
El percibió, por primera vez, que la parte
irregular de su boca no le per-mitía pronunciar las palabras con toda claridad.
"Felizmente no concluye, no perfecciona la voz
humana."
Y mientras lo acariciaba con sus también delgadas
piernas, y le rozaba los labios con sus dedos no muy suaves, y toda la pieza se
llenaba de calor desconocido, absorto, iluminado, perdida la lucidez que era
tormento, al forastero, hablaba:
—No lo sabía, no las conocía; andaba. Sólo ella, ella sola porque es así.
Reconoció la estación del ferrocarril. Los mismos
hombres con los pies desnudos dormían. El se puso a cantar improvisando en su
lengua materna:
Los peces cruzan su dorado cuerpo
en el río; es muda, no tiene lengua,
la golondrina
en mi pecho tiembla; quemando,
el sol se mueve triste,
yo con él;
dorado cuerpo de los peces; la tiniebla,
él saldrá mañana, hará de nuevo
yo estaré dando fuego helado,
a todo nido de cóndor
en que nací.
Lo había seguido, seguramente.
A la puerta del hotel lujoso, la encontró
temblando. Sus ojeras se habían ahondado más pero no evocaban ya picaflores
candentes ni flores que brillan en los abismos del Perú.
—Usted, amigo ... Mi hijito ya está en una
guardería. El negro habrá muerto. Llévame al hospital de San Patricio.
La dejó en una sala larguísima, de madera, a causa
de los techos bajos, todo el hospital quemaba por dentro.
—Aquí sanaré en diez meses. No me dejes dinero.
Sólo un quetzal.
El forastero tuvo que despedirse de ella. El
inmenso hospital era peor que todo nido helado de cóndor donde si alguien nace
marchará triste sin remedio hasta la muerte. En ese hospital de Guatemala nadie
puede ser con-cebido ni nacer. El forastero salió de allí, improvisando otro
canto con la melodía de una danza solemne de su pueblo:
El fuego había sido más que la nieve
el helado llanto cesa al amanecer,
el sol maligno se pega a los ojos,
María, se pega a la ceniza
los cóndores buscan con tiempo
su helado nido.
El fuego de la
ceniza quemó sus ojos
y en el gran cielo se revuelcan;
dame para morir la nieve.
Pero a los diez meses, ella salía del hospital. No
tomó el tren para el puerto. Buscó el hotel. Esperaba encontrar algún día al
forastero.
Sólo recordaba un nombre, como indicio; la extraña
palabra cóndor. (1964)
AMOR MUNDO
EL HORNO VIEJO
DORMÍA BIEN en la batea grande que había
pertenecido al horno viejo. A su lado, sobre pellejos, dormía la sirvienta
Facunda. Cerca del fogón, en una tarima hecha de adobes que en el día era
utilizada como apoyo para los peones, dormía la cocinera, Doña Cayetana.
—Apesta a indio y cebolla —dijo el caballero, en la
puerta de la cocina. Prendió un fósforo y llegó hasta la batea. Vio las ollas
de barro y leña en el suelo, y agua sucia. No había obstáculo alguno para
llegar a la batea:
— ¡Ah, candelas! Al diablo éste le ponen buenos
pellejos sobre la batea. El condenado siempre es condenado; como éste es
blanquito, aunque esté de sirviente, aquí le sirven.
Despertó al muchacho punzándolo con el bastón en la
garganta. El bas-tón tenía punta de metal. Alumbraba aún el fósforo.
—Levántate;
acompáñame.
El muchacho se levantó. Estaba vestido. Siguió al
caballero. El el patio preguntó:
—¿Adonde?
—Adonde has de ser hombre esta noche. ¿Cuántos años
tienes? —El 17 de febrero cumplí nueve.
—Temprano hay que ser hombre. Duermes bien. —Duermo
bonito.
—Yo también voy a dormir bonito. Ya verás.
Atravesaron el patio grande de la casa. Las
blanquísimas lajas del piso flotaban en la noche; se veían sus irregulares
formas. La oscuridad sólo lle-gaba hasta cierta altura de las piedras, y el
muchacho caminó en el patio como sobre barro de niebla. Pero en la plaza,
inmensa, el silencio cubría el
vacío; toda
la tierra. Sopló un viento y los dos eucaliptos gigantes del cemen-
terio cantaron.
—¿Adonde me llevas? —preguntó el muchacho.
—Adonde has de aprender lo que es ser lo que
sea. j Sigúeme!
Lo siguió por varias calles. Sobre los techos de
las casas abandonadas y en los muros de las huertas lograban destacarse los
troncos de algunos espi-nos feroces.
Subieron a un muro. El caballero dejó caer una
piedra sobre la rodilla del chico:
—¿Te dolió? —dijo.
—No. Cayó debajo.
— ¡Sigúeme!
El muchacho comprobó que habían cortado los espinos
a lo largo de la cima de un muro; luego saltaron a un corral. Allí vivía un
chancho muy gordo; pero había también una pequeña mancha, seguramente de romaza
verde. Cantaban los grillos en ese sitio: oyó el chico, con toda claridad, el
contraste del ronquido del cerdo y la voz de los grillos. "Uno de esos
gri-llitos está llorando", pensó. "Quizás no ha muerto. Aquí, el
Jonás atraviesa grillos con una espina, por parejas, y les amarra un yugo de
trigo, para que aren. No habrá muerto, pues, gracias a Dios."
— ¡Si es la casa de Doña Gabriela, tu tía! —dijo el
muchacho, al saltar de otro muro hacia un patio donde florecía un pequeño árbol
de cedrón.
— ¡Sigúeme!
—dijo el hombre.
Abrió con bastante cuidado la puerta que daba al
interior de la casa.
Hizo que el muchacho entrara. Estaba todo muy a
oscuras.
—Agárrate de mi poncho —le dijo.
El caballero se dirigió, claramente y sin
vacilaciones, hacia el dormitorio de Doña Gabriela. No separaba el dormitorio
de la llamada sala, por donde los dos caminaban a oscuras, sino una división de
madera.
—No vienes solo. ¡No vienes solo! ¿A quién has
traído? —preguntó Doña Gabriela.
—A Santiago; para que aprenda lo más grande de
Dios. ¡Háblale, mu-chacho; que vea que ya eres hombre!
—Yo soy —dijo él, en voz muy baja; el grillo herido
y el eucalipto es-taban en su voz.
— ¡Anticristo! ¿Crees que te voy a dejar? ¿Crees?
—habló la señora. Santiago sintió un ruido en la cabeza.
—Me desvisto —dijo el hombre. Prendió un fósforo.
—Mira, Santiago —dijo.
Sólo un calzoncillo largo le cubría las piernas.
—Ahora me acuesto. Ahora oyes. Si
quieres ver, ves. Aquí
tienes el
fósforo.
Y empezó el forcejeo. Sobre la cama de madera, bien
ancha, el hombre y la mujer peleaban. El esposo de Doña Gabriela había ido de
viaje a una
ciudad muy lejana de la costa. Ella tenía ojos
pequeños y quemantes en el rostro enflaquecido pero lleno de anhelos. Sus dos
hijos dormían en otra "división", al extremo opuesto de la sala. Eran
amigos de Santiago.
—¿No es tu tío carnal, Don Pablo, el que ha ido de
viaje? —habló, sin darse cuenta el chico.
—Calla, cacanuza; esta mujer se resiste como una
vaca de esas que saben que las van a degollar, cuando otras veces era paloma
caliente. ¡Calla, perro!
Santiago empezó a tragar la oscuridad como si fuera
candela. Se tocó las rodillas que estaban temblando. No estaban calientes.
—Si no te quitas esa sábana, voy a gritar para que
tus hijos vean que estoy en tu cama. ¡Que vean! A la de seis grito. El hombre
no se embarra con estas cosas, al contrario. Yo más todavía. Cuento..., una...,
dos..., tres..., cuatro...
Hablaba despacio;
también tragaba fuego.
Al cantar el cinco, todo se detuvo, nunca recordará
el muchacho por cuánto tiempo.
El hombre empezó a babear, a gloglotear palabras
sucias, mientras ella lloraba mucho y rezaba. Entonces el chico sintió que se
le empapaba el ros-tro. Casi al mismo tiempo, su mano derecha resbaló hacia su
propio vientre helado. No pudo seguir de pie; empezó a rezar desde el suelo, el
cuerpo he-lado sobre la tierra: "Perdón, Mamacita, Virgen del cielo,
Virgencita linda, perdón...".
—Tu voz es de que estás gozando, oye, aunque estás
rezando; oye...
—habló el hombre.
El llanto de la mujer se hizo más claro, como el de
esos escondidos hilos de agua que a veces bajan millares de metros de altura
entre precipicios ne-gros, de roca sin yerbas. De repente, se acrecentó, como
un repunte. Asustó al chico: " ¡Me voy, me voy! ", decía, cantaba;
pero no podía irse.
No oyó la voz del eucalipto tan grande del
cementerio, en el camino de regreso. Tenía las manos metidas en los bolsillos;
seguía a cierta distancia al caballero. El hombre ya no fue al zaguán que
estaba a la vuelta de la esquina. "Mañana o pasado será mejor. En el horno
viejo" —le dijo, al tiempo de cerrar la puerta.
En la esquina estuvo. Las montañas de la gran
quebrada hervían, porque la luna alumbró aún antes de aparecer. Alumbró de ese
modo con que lo hace. El chico se fue al zaguán. "Lloraba más grande que
estos cerros, Doña Gabriela. Así dicen que la lágrima se puede llevar los
cerros. Se pueden llevar, es cierto; a mí también." Fue hablando el
muchacho.
Encontró la batea, fácil. Se recostó de espaldas.
Sintió que la luz le ca-lentaba muy fuerte.
— ¡Facunda!
—dijo—. Dame agüita.
El Jerónimo soltó al hechor en el corral cuando la
joven hija del hacen-dado estaba en el corredor. La acompañaba Santiago. La
joven cantaba mejor que la calandria; plateaba al fangoso y encabritado río
grande, acercaba las cumbres filudas que los ojos apenas alcanzaban pero que el
corazón sentía,
los acercaba con el canto hasta que tocaran con sus
dientes las flores de la alfalfa de esa hacienda que, según contaban los
viejos, un español bruto había cercado donde ni los incas pudieron llegar. El
español bruto hizo que los "antiguos" construyeran acueductos con
túneles y regó una falda del cerro, a orillas del río más bruto aún, y tuvo que
hacer otros túneles para que la gente pudiera llegar a la tierra regada. Ahora
daba alfalfa, la mejor de toda la provincia. El garañón se lanzó a la carrera,
rebuznando con un júbilo que dejó rígido el rostro de la joven. Porque el burro
enorme iba con su miembro viril aún más enorme a embestir a una yegua que
estaba al otro lado del muro del corral, a pocos metros de la señorita, que
apenas tenía diecisiete años. La yegua sintió la carrera del burro y empezó a
retroceder, abriendo la boca, mostrando los dientes, echando a un lado el rabo.
El garañón le hundió el miembro; mordió en el lomo a la yegua.
Los dos animales se movían, y el río fangoso se
convirtió en sangre pura y terrible que empezó a subir desde los pies hasta la
frente de la jovencita. Santiago miraba; tenía diez años. Se había escapado de
la casa de su guar-dador, el más caballero del pueblo, el más decente, que a
él, al chico, lo había convertido en sirviente muy maltratado. El dueño de esa
hacienda profunda lo cobijó por un tiempecito; lo recibió como a un hijo de
señor que era. Si, ella, la hija del hacendado, cantaba mejor que las calandrias,
pero en ese instante, viendo el asalto y los movimientos del garañón, su rostro
enrojeció desde dentro, como lirio blanco que se transformara, de repente, por
que-mazón, en un trozo de crepúsculo que es la luz roja de uno mismo más que
del sol y del cielo. "Así es, así es, así es, perdón, Diosito", dijo
la niña, sin darse cuenta. Y volvió la cara para observar a Santiago. El había
prefe-rido mirar a ella que al burro, apenas se encendieron sus mejillas,
apenas el río se trasladó a las venas de su cuello para apretar allí toda su
fuerza; el chico sintió lo que pasaba en la cara de la señorita y se volvió
hacia ella. "Y tú me miras, bestia —le dijo—. ¿Por qué me miras, botado,
muerto de hambre...? ¡Estoy asquerocienta! Tú eres..."
—No, pues, señorita linda. Adiós.
Santiago se fue corriendo hacia el puente amarillo
que cruzaba ese río que sólo el español bruto y los "antiguos"
pudieron alcanzar. Al otro lado del puente empezaba la cuesta, famosa en
cientos de pueblos, por lo em-pinada y por sus túneles (cuatro); uno de ellos
requería vela para pasar. En los zig-zag que escalaban el abismo, también
amarillo, el movimiento del garañón empezó a perturbar la imagen del encendido
rostro de la niña en lá memoria de Santiago. Felizmente se asustó. Si no se
apuraba, no le alcan-zaría el día para subir la cuesta y llegar a la puna. De
allí se iría, asustado, pero por camino seguro donde su señor. Nadie sabe qué
hizo más sombra en su alma, si el miembro espantoso del garañón o el color
rojo, que nunca creyó fuera sucio, del rostro de aquella niña que era blanca,
linda, demasiado vigilada. La jovencita vio correr a Santiago, cuesta abajo,
por el callejón empedrado de la hacienda. Ya el chico, entonces, estaba
descalzo.
— ¡Hermanito, ven! —creyó gritar—. Tú eres ángel;
yo soy peor que yegua.
Y como el muchacho se perdió a los pocos minutos en
el recodo del ca-
llejón, cerca del río, ella también corrió, pero
hacia la capilla de la hacienda. Subió al coro. Abrió una alacena donde
guardaban los látigos para los "mar-tirios" del Viernes Santo. Se
alzó el traje y, llorando, empezó a flagelarse con furia.
El altar dorado, las pinturas de los muros y del
techo ardían como entre humaredas. Pero al décimo o duodécimo latigazo empezó a
ceder el llanto; pudo ver bien el rostro de la Virgen en el altar mayor.
"Estás perdonada", oyó que le decían, "Santiago pasa los
túneles; lo que le pusiste de pecado está limpio. Descansa, hijita". Se
recostó en un escaño antiguo y sintió frío. "La madre superiora... el
burrito" habló, "ya no más".
Al día siguiente galopaba en un caballo feliz por
el camino tendido, muy corto, el único que había al borde de los alfalfares.
Pisaba firmemente en el estribo de plata. Bandadas de loros gritaban en el aire
angosto de la que-brada, a gran altura. Los alcanzó y acalló cantando un
harahui aprendido a escondidas en una comunidad donde cosechaban maíz. Al
término del ca-mino derecho, empezaba una especie de abismo donde su caballo
bajaba con mucho cuidado. Allí, en el abismo, entre arbustos, vivían unos zorzales
raros que entonaban largas melodías. "Santiaguito, Santiago... ¿adonde
esta-rás?", dijo la muchacha al oír cantar a un zorzal. "Te asustaste
de mí para siempre." El caballo orejeaba. "Cuida más de mi vida que
la suya." Se santiguó y procurando mantenerse serena, se puso a escuchar
los cantos de los pájaros que en ese abismo se entusiasmaban. "Así dicen
las novelas, los cuentos también que en quechua cuentan... Los animales
saben."
Se aburrió de la bajada, hizo volver al caballo y
lo espoleó para que alcanzara los alfalfares a paso más ligero, por la difícil
cuesta. El olor del caballo es el olor del mundo.
El horno viejo mantenía aún su techo y estaba
cerrado con un viejo candado.
— ¡Levántate! Vamos
al horno viejo; acompáñame.
Era la misma orden. Lo despertó con la misma punta
de metal del bastón.
—¿Tú sabías que la Doña Gudelia le tiene asco a su
marido? —le pre-guntó el señor, en la esquina—. ¿Sabías que tiene baticola
floja?
Las hojas del eucalipto reverberaban; todo el árbol
estaba como solo en la noche, como si la luna no hubiera aparecido sino para
él; sin embargo, muchas de sus hojas reverberaban, cada una por su cuenta.
—¿Te dije? —volvió a preguntar el caballero.
—No he oído. ¿Por qué reverbera?
—Te he dicho que Doña Gudelia es un poco de mala
vida. Y ahora te aumento que Faustino, ese que espanta a los gatos diciendo:
" ¡misée! ", es alcahuete y putañero. Ha traído desde Santa Cruz a
una chola bonita, para que caliente a Doña Gudelia.
—Nada he sabido.
Vio que la sombra de la torre cubría la sombra del
otro eucalipto; que
por eso el árbol no tenía sombra. Un gorrión cantó
con gran aliento desde un bajo sauce del cementerio.
—Ese gorrioncito sabe. Ha hecho mover la torre con
su canto.
—Ha malogrado mi... Cuando ese animal canta de
noche, puede suceder que un chico de tu edad... ocho o diez' años... se muera.
Eso sabrás seguro.
—Yo he conocido a la muerte. Es de otra forma,
pues. El gorrión, dicen, canta en falso así, en la noche, su voz tiene
fuerza...
—"Yo he conocido ya a la muerte..." Así
se sabe que necesitas apren-der de mí. Ahora aprenderás aún mejor. He visto que
Doña Gudelia te alegra los ojos, también las piernas.
Al salir de la plaza y entrar a una calle muy
angosta el mundo se dividió en suelo y cielo. Así, por el suelo, en toda la
sombra, caminaron hasta el horno viejo.
—A que no se quita usted el monillo, señora
Gudelia. ¡A que no lo hace! ¡A que no lo hace!
El señor le gritaba de cerca mientras la mujer del
ganadero bailaba con Faustino, algo retorciéndose. Una lámpara de gasolina
alumbraba desde la boca del horno.
— ¡A que no lo hace!
Ella lo hizo. Se detuvo, mientras Faustino seguía
zapateando con sus botas muy largas en que el metal amarillo de los broches
chispeaba. Se quitó el monillo; se lo sacó por encima de la cabeza; lo tiró
sobre el arpa. Sus senos quedaron al aire. Eran blanquísimos, más que la luna,
más que la loza en que almorzaba el caballero; también porque se le deshizo el
moño y las trenzas de pelo negro cayeron en medio de los dos pechos.
— ¡Yo hago lo mismo! ¡Hago
el honor! —gritó el caballero.
Se bajó los pantalones, mientras Faustino seguía
bailando sin mirar, tran-quilo, con los ojos hacia la tierra. Quedó desnudo
desde la cintura para abajo, el señor. " ¡Haga el honor, Santiaguito!
" Se acercó a Doña Gudelia.
Le levantó el traje.
— ¡Eso no! ¡Soy
casada y sacramentada! ¡Sacramentada!
—Yo no. Yo chuchumeca no más, Don Faustino. No me
emborracho con nada —dijo la chola, que estaba recostada en el poyo carcomido
del horno viejo.
—Tumbar y abrirle las piernas —ordenó el caballero;
les ordenó a Faus-tino y a un hombre que permaneció sentado en el mismo poyo,
bebiendo aguardiente. "Señorita", dijo en voz baja Santiago y se echó
a andar hacia la puerta. "Señorita", siguió diciendo. La puerta
estaba con llave.
Pero el horno viejo era enorme. Sirvió, cuando allí
se hacía pan, a doce pueblos, años de años. Apoyado en la puerta humienta, el
chico vio que tumbaron a la señora blanca. "Mejor si se queja, Faustino.
Más gusto al gusto", oyó decir al señor, ya echado sobre la esposa del
pequeño ganadero. El arpa seguía tocando sonoramente. Era ciego el arpista; era
famoso. Su cabeza aparecía inclinada hacia la caja del instrumento. Doña
Gudelia empezó a llorar fuerte. Y la otra, la que decía ser "chuchumeca",
también. Entonces,
desde el suelo, el señor dijo: "Pon a Santiago
encima de la santanina. Le he ofrecido. Oye, Faustino".
A Faustino lo alcanzó la santanina cuando había
pasado el sitio en que el techo, negro de humo, del horno viejo, hacía bastante
sombra en el suelo. Lo atacó con una kurpa, que es un trozo de adobe como
fosilizado. "Me rompiste la frente. Cómete mi sangre", dijo Faustino,
alzando los puños.
— ¡Por qué no, pues! ¡Siendo de ti que eso
obedeces! Que el anti-cristo mande, mandará. ¡La criaturita! No lo había visto.
¡La criaturita! Trompéame en la vista, Faustino. Tú me has traído de lejos, dp
lo que estaba tranquila.
Faustino llegó a la puerta, mientras la mujer se
sentaba en el suelo y empezaba a rezar levantando los brazos. El hombre tenía
en la cara un chorro de sangre que apareció ancha a la luz de la luna, cuando
abrió la puerta del horno viejo.
—Andate, mejor. Yo le voy a hacer comer mi sangre a
esa "chuchu". Lo empujó, porque el muchacho se resistió a salir.
"Mentira, mentira.
Yo también me voy a ir —le dijo en voz baja—. Iba a
pisar a la chola, pero será por tu causa que ella me ha pisado en la frente con
fuerza. Ya estoy fregado, merecidamente, eso sí. Anda, vete, hijito."
Pero no se fue. Se quedó afuera. Oyó que la
santanina gritaba, insultaba, decía palabras inmundas, rezaba en quechua.
Sentado en la puerta, Santiago estuvo mirando la luz. El arpista seguía
tocando, pero ya mezclaba las to-nadas. En la puerta del horno viejo había una
grada de piedras; allí llegaba, sobre la laja, toda la luz. Sin embargo, no
alcanzaba para nada. Los montes, los ríos... ¿qué no estaba tranquilo con esa
luna llena viniendo del centro del cielo? Menos él, el chico, pues. "No es
nadie ése", decía el señor. Lo hicieron caer al abrir la puerta del horno
viejo.
LA HUERTA
— L A MUJER SUFRE. Con lo que le hace el hombre,
pues, sufre. —¿Con qué dices, de lo que el hombre le hace?
—De noche, en la cama. O en cualquier parte sucia.
—Eres criatura. Ella goza más que el hombre. Más
goza, por eso acepta también quedarse con el hijo sin que el hombre le ayude en
nada. Con eso sí sufre, buscando comida para el hijo. Porque siempre la mujer
pobre acepta nomás que le hagan hijo, porque goza.
— ¡No goza! —gritó Santiago al oído de Ambrosio, el
guitarrista—. ¡No goza! Y siendo más que el corazón, teniendo esos ojitos que
son mejor que la estrella, mejor que la paloma, mejor que todo. ¿Has conocido a
la hija del hacendado de "Quebrada Honda"?
—Sí. Es la más linda de estos pueblos. Su padre la
tiene como encerrada en esa cárcel de indios que es la hacienda. Los indios
pueden irse, escapando o de puro valientes, si son valientes. Ella, la pobre
Hercilia, espera nomás. Es linda. Pero ¿por qué dices que la mujer es más que
el corazón y que es mejor que estrella? A veces son como patada de burro de
feas y mejor que Lucifer de malas.
— ¡No son malas, entiende! Si no fuera por ellas,
¿tú tocarías la gui-tarra? ¿Harías llorar a los cerros con lo triste de tu
guitarra? La mujer es, pues, triste.
— ¡Zorro! Hercilia hace años que espera que alguien
le "haga el favor". Yo se lo hice una vez. ¡Sí se lo hice! Y no era
ángel, era una yegua retor-ciéndose de felicidad. Casi me destronca. Corrí
peligro de muerte para conse-guirla. Me vine de noche por los túneles del
camino. Me puse a cantar a la salida del último socavón. Me duraba todavía en
la boca la mordedura de los dientes de la hembra. Ese dolorcito es rico...
Santiago escapó. Ambrosio vio que el rostro del
muchacho cambiaba como cuando el cielo se enfurece de repente en los Andes. Se
levantan nubes entre rojas y oscuras;
aparecen no se sabe dónde, siempre por la espalda de las montañas más
altas, y empieza a llover el mundo o, simplemente, las nubes se quedan en el
cielo, moviéndose, inquietando a la gente y a los animales. "Es loquito,
de razón. Criado por ese hombre. Vio a Hercilia
hace...
tres años... Y no es cierto que yo le hice nada a
ella. Le hizo el otro gui-tarrista, el de San Pedro. Está preñada ahora, y se
va a escapar con el guita-rrista de San Pedro. Y va a heredar o lo van a
matar..."
Vio a Santiago correr calle abajo, hacia el
cementerio nuevo, es decir, al cementerio de los tiempos actuales, porque el de
la época que dicen de los españoles era un campo cercado que rodeaba a la
iglesia. Y allí estaban esos dos eucaliptos.
El muchacho escaló el muro de una huerta de
hortalizas y de capulíes que pertenecía a un viejo hacendado borracho. Los
niños habían clavado estacas para escalar el muro y robar capulíes en el tiempo
de la fruta. El viejo hacendado permitía que robaran la fruta de noche pero no
de día. Las estacas no fueron rotas ni desclavadas; un guardián vigilaba la
huerta durante el día. Vigilaba a los niños y espantaba a gritos y cantos a los
pá-jaros. Rodeaban la huerta los árboles de sauce frondosos; zumbaban con el viento
o servían de reposo a los pájaros del pueblo. Un sauce, uno sólo había que
tenía las ramas hacia el suelo. Le llamaban "llorón" y parecía una
mujer rendida, con la cabellera como chorros de lágrimas.
Santiago se echó bajo el sauce. El suelo estaba
cubierto de pequeñas hojas amarillas y rojizas.
"Ambrosio animal, Ambrosio chancho que
persigue chanchas, que hace chorrear suciedad a las chanchas, montándolas.
Ambrosio anticristo. ¿Cómo te sale música triste de tu dedo si eres
bestia?"
Contuvo el ansia de seguir insultando. Su pecho le
caldeaba la respira-ción. "La mujer es más que el cielo; llora como el
cielo alumbra... No sirve la tierra para ella. Sufre."
Había rondado la casa de Doña Gudelia todo el día
siguiente en que la señora se quitó el monillo en el horno viejo. La había
llegado a seguir un rato cuando ella subió por el camino cascajiento que
conducía al manantial de donde el pueblo sacaba el agua para beber. Le extrañó
que no cojeara, que no gimiera mientras andaba. Pero sus ojos, hundidos cada
día entre ne-grura, se volvieron hacia él. Como siempre, parecían alcanzar
distancias que nadie conoce, pero no tenían el filo de antes. "¿Tú también
vas por agüita?", le dijo la señora, a pesar de que Santiago no llevaba
ningún cántaro. No era del pueblo ella; su marido, vecino pobre y algo
enfermizo, la había traído de Parinacochas, una provincia lejana. Su fama de
buenamoza se extendió por los distritos próximos. Hablaban de sus ojeras que en
lugar de disimular la negrura de los ojos de la señora, la hacían más candente.
Miraba, como algunas aves carnívoras prisioneras, lejos, pero con intención y
no en forma neutra como las aves. Esa intención, seguramente, tocó el alma
sucia de Don Guadalupe, dueño del horno viejo, amo putativo de Santiago.
"No voy por agua, señora", contestó el muchacho en el camino del
manantial, entonces
Doña Gudelia le preguntó: "Hijito: ¿mi cara
está pálida?". "Sí, señora. Está flaca también." " ¡Adiós,
criatura! Si no vas por agua, regrésate. Estoy flaca... ¡maldecida!"
" ¡Maldecida,
no; abusada, pateada, emborrachada. Sólo el hombre as-queroso patea el cielo,
también lo emborracha, alcanza con su mano emba-rrada al ángel... a la niña...
a la señora... a la flor...! " Bajo las ramas del sauce hablaba en voz
alta el muchacho, recordando la última queja de Doña Gudelia.
Sintió pasos. Era la gorda Marcelina, lavandera del
viejo hacendado; ella se acercaba al árbol, porque había visto a Santiago. No
se sabe desde qué hora estaría en la huerta o desde qué tiempo. Avanzó hasta
meterse en la sombra del sauce llorón; se levantó la pollera, se puso en
cuclillas.
—Voy a orinar para ti, pues —dijo mirando al
muchacho. En su boca verdosa, teñida por el zumo de la coca, apareció algo como
una mezcla de sonrisa y de ímpetu—. ¡Ven, ven pues! —volvió a decir, mostrando
su parte vergonzosa al chico, que ya se había levantado.
El fue, apartando con la mano una rama fresca que
le estaba cayendo de la cabeza hacia la espalda; avanzó rápido. Era el
mediodía, manchas de jilgueros llegaban a la huerta para reposar y cantar en
los sauces.
La gorda Marcelina lo apretó duro, un buen rato.
Luego lo echó con violencia.
—Corrompido muchacho. Ya sabes —dijo.
Su cuerpo deforme, su cara rojiza, se hizo enorme
ante los ojos de San-tiago. Y sintió que todc hedía. La sombra de los sauces,
las hojas tristes del árbol que parecía llorar por todas sus ramas. El alto
cielo tenía color de hediondez. No quiso mirar al Arayá, la montaña que
presidía todo ese uni-verso de cumbres y precipicios, de ríos cristalinos.
Escaló el muro, tranquilo. Fue corriendo hacia el arroyo que circundaba al
pueblo.
No pudo lavarse. Se restregaba la mano y la cara
con la brillante arena del remanso; alzaba las piedras más transparentes desde
el fondo del pe-queño remanso y se frotaba con ellas. Esas piedras recibían el
viento, el ojo de los pájaros, la nieve más alta del Arayá, el río grande, la
flor de k'antu que sangra de alegría en la época de- más calor. Pero el
muchacho seguía recordando feo la parte vergonzosa de la mujer gorda; el mal
olor continuaba cubriendo el mundo.
Entonces decidió marchar al Arayá.
Del Arayá nacía el amanecer; en el Arayá se detenía
la luz, siempre, durante el crepúsculo, así estuviera nublado el cielo. Ese
resplandor que ya salía de la nieve misma y de las puntas negras de roca, ese
resplandor, pues, llegaba a lo profundo. No quemaba como el sol mismo la
superficie de las cosas, no transmitía, seguro, mucha fuerza, mucha ardencia,
pero llegaba a lo interno mismo del color de todo lo que hay; a la flor su
pensamiento, al hombre su tranquilidad de saber que puede traspasar los cerros,
hasta el mismo Arayá; al muchacho, a él, a Santiaguito, saber que la mujer
sufre, que ese pensamiento hace que la mujer sea más que la estrella y como la
flor amarilla, suave, del sunchu que se desmaya si el dedo pellejudo del hom-
bre sucio la toca. Al Arayá, unicamente los
hacendados que habían hecho fla-gelar a la gente no lo entendían. Así era. Y el
muchacho necesitaba tres horas de andar para acercarse hasta las nieves del
poderoso: en ese momento el sol ya no estaría en el cielo.
Veía desde el camino las puntas de las rocas que
saltaban del hielo del Arayá como agujas; las miraba cada vez más cerca y se
estaba tranquilizan-do. La boca verde de la lavandera, borracha como su patrón,
empezaba a di-fuminarse en esa oscuridad maciza que volaba en las agujas de la
roca del Arayá...
—Hijito..., estarás cansado. Te hago regresar en el
anca de mi caballo —le dijo el cura. Se encontraron en un recodo de la gran
cuesta.
—Quiero confesarme, padre —le dijo el muchacho.
—Sí, claro. Aquí no se puede, tiene que ser en la
iglesia. Llegaremos de nochecita. Te haré entrar, pues, a la sacristía.
—Quiero confesarme delante del Arayá, padre.
—¿Delante del Arayá? ¿Eres hijo de brujo? ¿Estás
maldecido? —Capaz estoy maldecido. ¡Me han malogrado, creo!
— ¡El Arayá te habrá maldecido! —dijo el cura con impaciencia.
—El horno viejo, padre. La gorda Marcelina. Lo que
han rezado dos señoras, delante de mí, a la Virgen, a Nuestro Señor Jesucristo.
El cura desmontó del caballo.
—Confiésate —le dijo—. ¡Este cerro que tiene
culebras grandes en su interior, que dicen que tiene toros que echan fuego por
su boca...! ¿Qué tienen que hacer las santas oraciones con tu maldición?
¡Confiésate de rodi-llas! ¿Has fornicado con la Marcelina?
No se arrodilló. Estuvo mirando al sacerdote. Unos
vellos rojizos, como los que había visto que temblaban en el rostro de la gorda
Marcelina, apa-recieron clarísimos en la frente del cura, debajo mismo del
borde del som-brèro. Pero estos vellos jugaban, no estaban separados uno a uno,
feos como en la cara de la borracha.
—¿Qué cosa es fornicar, padre?
El cura miró detenidamente al muchacho.
—No te arrodilles, hijo. ¿Te ha...?
—Sí, padre, asimismo ha sido. Estoy apestado; estoy sucio...
—Más de lo que crees, de cuerpo y alma. Esa chola
está enferma. ¿Oyes? Está enferma. Yo te lo digo. Por eso nadie quiere con
ella. Esos gendarmes que vinieron a buscar indios cuatreros, la agarraron a
ella.
— ¡El Arayá me va a limpiar, seguro! Me voy, me
voy. Deme su ben-dición, padrecito —rogó el chico.
—Sí, cómo no; contra las serpientes del cerro, no
contra tu cuerpo su-cio: "En nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu
Santo...".
Tarde se dio cuenta el sacerdote de que le había
dado la bendición en quechua: "Dios Yaya, Dios Churi, Dios Espíritu
Santo...".
Santiago continuó subiendo el cerro.
—Tú también sufres. ¿De qué estarás enferma,
pobrecita, triste Marce-lina? —se preguntó, mientras la luz del sol se enfriaba
en la quebrada.
Pudo ver la nieve cuando su color rojizo se
debilitaba. Porque la cima del Arayá cambiaba tanto como la gran zona del cielo
en que el sol desapa-recía. Allí la luz jugaba hondo; los hombres no podían
reconocer bien los colores que ardían unos como consolando, otros como abriendo
precipicios en el corazón mismo tanto de las criaturas cual de los viejos.
¿Cuántos y qué colores? Del negro al amarillo cegador, hasta hundirse en lo que
llamamos tiniebla. Así también la nieve del Arayá.
Santiago quedó tranquilo hablándole a la nieve:
"Tú no más eres como yo quiero que todo sea en el alma mía, así como
estás, padre Arayá, en este rato. Del color del ayrampo purito. ¡Ahora sí me
regreso! ".
Habló en castellano muy correcto. Y bajó a la
carrera la cuesta. Ya tenía zapatos. Su nuevo protector le había comprado
zapatos de mestizo, fuertes y bien duros. Levantaba polvo con ellos en el
camino, seco en ese mes de agosto. Llegó de noche, silbando, al pueblo. Con él
cantaban los gallos. Era la medianoche, seguramente. No sentía hambre ni sed.
La voz de los gallos repercutía fuerte en todo su cuerpo.
Pero a las pocos días regresó a la huerta, a la
misma hora. Se echó bajo el mismo sauce, entre la cortina de las ramas que
parecían cabelleras de lá-grimas. La borracha Marcelina también vino, se alzó
la pollera, orinó, llamó al muchacho. Santiago fue hacia ella, casi corriendo.
Y se dejó apretar más fuerte y más largamente que la primera vez, se revolcó e,
igual que entonces, fue ella quien lo arrojó, y se marchó luego de mirarlo como
se mira a los huesos botados. Los vellos esparcidos no se movían con el aire en
el rostro de la Marcelina. Parecían estacas. Y de allí brotaba la suciedad sin
remedio, más que de otros sitios. De esa parte del cuerpo de la chola gorda.
El muchacho estuvo mirando al sauce llorón largo
rato. "Tú no eres como la Marcelina, tú eres como las otras... " Se
levantó aturdido; escaló el muro y saltó después hacia el pequeño río. La arena
de las orillas reverbe-raba con la luz del sol; bajo la corriente muy lenta del
agua, en el remanso, las piedras mostraban sus colores y el de las yerbas que
se colgaban jugando sobre ellas. ¡Ahí estaba, pues, la hermosura limpia, la que
la gente no podía conseguir para ella! Sin embargo el muchacho ya no se lavó.
Le rendía el hedor que todo su cuerpo exhalaba. Al borde de un pequeño
barranco, junto al río, descubrió un cúmulo de remilla y otras yerbas de olor
fuerte, el chikchinpa, el k'opayso... Santiago arrancó las puntas de las ramas;
bajó a la orilla del remanso y se frotó la cara con las yerbas ya mezcladas.
—Ahora agüita —dijo.
Pero no se lavó, como quiso, al agacharse a la
corriente. Bebió del río.
Y luego, ya más calmado, tomó el camino del Arayá.
¿Cuántas semanas, cuántos meses, cuántos años
estuvo yendo de la huerta al Arayá? No se acordaba. En el camino maldecía,
lloraba, prometía y juraba firmemente no revolcarse más sobre el cuerpo
grasiento de la Marcelina. Pero la huerta, se hacía, en ciertos instantes, más
grande que todos los cielos, que los rayos y la lluvia juntos, que el padre
Arayá; esa huerta con su sauce llorón, con ese hedor, con los orines de la
borracha, más poderosa. Y cada vez le atacaba el anhelo de ir donde el padre
Arayá, cuando los pelos de la Marcelina se erizaban y de allí brotaba algo como
el asco del mundo. "Será
que me sucede esto porque no soy indio verdadero;
porque soy un hijo ex-traviado de la Iglesia, como el cura me dice,
rabiando..." Esas palabras, más o menos, repetía en el camino de ida.
Y siempre encontraba luz rojiza, algo moribunda en
la nieve de la mon-taña. Regresaba aliviado; creía reconocer mejor las cosas en
la oscuridad; durante la marcha al Arayá, en toda la cuesta, las cosas se le
confundían: las flores y las grandes piedras, las mariposas y los saltamontes
que cruzaban el aire; el mal recuerdo, como brea, cubría feo, no para bien, las
diferencias que felizmente existen sobre la tierra. A la vuelta, en la noche,
cuando llegaba al pueblo, el canto de los gallos repercutía bajo su pecho,
iluminaba la que-brada, ese abismo donde también el sol se enfurecía y
enfriaba, en el mis-mo día.
HIJO SOLO
LLEGABAN POR bandadas las torcazas a la hacienda y
el ruido de sus alas azotaba el techo de calamina. En cambio, las calandrias
llegaban solas, exhi-biendo sus alas; se posaban lentamente sobre los lúcumos,
en las más altas ramas, y cantaban.
A esa hora descansaba un rato, Singu, el pequeño
sirviente de la ha-cienda. Subía a la piedra amarilla que había frente a la
puerta falsa de la casa; y miraba la quebrada, el espectáculo del río al
anochecer. Veía pasar las aves que venían del sur hacía la huerta de árboles
frutales.
La velocidad de las palomas le oprimía el corazón;
en cambio, el vuelo de las calandrias se retrataba en su alma, vivamente, lo
regocijaba. Los otros pájaros comunes no le atraían. Las calandrias cantaban
cerca en los árboles próximos. A ratos, desde el fondo del bosque, llegaba la
voz tibia de las palomas. Creía Singu que de ese canto invisible brotaba la
noche; porque el canto de la calandria ilumina como la luz, vibra como ella,
como el rayo de un espejo. Singu se sentaba sobre la piedra. Le extrañaba que
precisa-mente al anochecer se destacara tanto la flor de los duraznos. Le
parecía que el sonido del río movía los árboles y mostraba las pequeñas flores
blan-cas y rosadas, aun los resplandores internos, de tonos oscuros, de las
flores rosadas.
Estaba mirando el camino de la huerta, cuando vio
entrar, en el callejón empedrado del caserío, un perro escuálido, de color
amarillo. Andaba husmean-do con el rabo metido entre las piernas. Tenía
"anteojos"; unas manchas redondas de color claro, arriba de los ojos.
Se detuvo frente a la puerta falsa. Empezó a lamer
el suelo donde la cocinera había echado el agua con que lavó las ollas. Inclinó
el cuerpo hacia atrás; alcanzaba el agua sucia estirando el cuello. Se agazapó
un poco. Estaba
atento, para saltar y echarse a correr si alguien
abría la puerta. Se hundieron aún más los costados de su vientre; resaltaban
los huesos de las piernas; sus orejas se recogieron hacia atrás; eran oscuras,
por las puntas.
Singu buscaba
un nombre. Recordaba
febrilmente nombres de perros.
— ¡"Hijo Solo"! —le
dijo cariñosamente—. ¡"Hijo
Solo"! ¡Papacito!
¡ Amarillo! ¡
Niñito! ¡
Niñito! alzando
la cabeza, dudan-
Como no huyó, sino que lo miró sorprendido,
do, Singuncha siguió hablándole en quechua con tono
cada vez más familiar. —¿Has venido por fin a tu dueño? ¿Dónde has estado, en
qué pueblo,
con quién?
Se bajó de la piedra, sonriendo. El perro no se
espantó, siguió mirán-dolo. Sus ojos también eran de color amarillo, el iris
negro se contraía sin decidirse.
—Yo, pues, soy Singuncha. Tu dueño de la otra vida.
Juntos hemos estado. Tú me has lamido, yo te daba queso fresco, leche también;
harto. ¿Por qué te fuiste?
Abrió la puerta. De la leche que había para los
señores echó apresura-damente, bastante, en un plato hondo; y corrió. Estaba
aún ahí el perro, sorprendido, dudando. Puso el plato en el suelo. "Hijo
Solo" se acercó casi temblando. Y bebió la leche. Mientras lamía haciendo
ruido con las fauces, sus orejitas se recogieron nuevamente hacia arriba; cerró
un poco los ojos. Su hocico, como las puntas de las orejas, era negro.
Singuncha puso los dedos de sus manos sobre la cabeza del perro, conteniendo la
respiración, tratando de no parecer ni siquiera un ser vivo. No huyó el perro,
cesó por un instante de lamer el plato. También él paralizó su aliento; pero se
decidió a seguir. Entonces Singuncha pudo acariciarle las orejas.
Jamás había visto un animal más desvalido; casi sin
vientre y sin múscu-los. "¿No habrá vuelto de acompañar a su dueño, desde
la otra vida?", pensó. Pero viéndole la barriga y la forma de las patas,
comprendió que era aún muy joven. Sólo los perros maduros pueden guiar a sus
dueños, cuando mueren en pecado y necesitan los ojos del perro para caminar en
la oscuridad de la otra vida.
Se abrazó al cuello de "Hijo Solo".
Todavía pasaban bandadas de palo-mas por el aire; y algunas calandrias,
brillando.
Hacía tiempo que Singu no sentía el tierno olor de
un perro, la suavidad del cuello y de su hocico. Si el señor no lo admitía en
la casa, él se iría, fuga-ría a cualquier pueblo o estancia de la altura, donde
podían necesitar pasto-res. No lo iban a separar del compañero que Dios le
había mandado hasta esa profunda quebrada escondida. Debía ser cierto que
"Hijo Solo" fue su perro en el mundo incierto de donde vienen los
niños. Le había dicho eso al perro, sólo para engañarlo; pero si él había oído,
si le había entendido, era porque así tenía que suceder.; porque debían
encontrarse allí, en "Lucas Huayk'o," la hacienda temida y odiada en
cien pueblos. ¿Cómo por qué mandato "Hijo Solo" había llegado hasta
ese infierno odioso? ¿Por qué no se había ido, de frente, por el puente, y
había escapado de "Lucas Huayk'o" ?
— ¡Gringo! ¡Aquí sufriremos! Pero
no será de hambre —le dijo—.
Comida hay, harto. Los patrones pelean, matan
sus animales; por
eso dicen
que "Lucas Huayk'o" es infierno. Pero tú
eres de Singuncha,
"endio" sir-
viente. ¡Jajay! ¡Todo tranquilo para mí! ¡Vuela,
torcacita! ¡Canta,
tuyay;
tuyacha! ¡Todo
tranquilo!
Abrazó al perro, más estrechamente; lo
levantó un poco en peso. Hizo
que la cabeza triste
de "Hijo Solo" se apoyara en su pecho. Luego lo miró
a los ojos. Estaba aún desconcertado. Sonriendo,
Singuncha alzó con una mano el hocico del perro, para mirarlos más
detenidamente e infundirle con-fianza.
Vio que el iris de los ojos del perro clareaba. El
conocía cómo era eso. El agua de los remansos renace así, cuando la tierra de
los aluviones va asen-tándose. Aparecen los colores de las piedras del fondo y
de los costados, las yerbas acuáticas ondean sus ramas en la luz del agua que
va clareando; los peces cruzan sus rayos. "Hijo Solo" movió el rabo,
despacio, casi como un gato; abrió la boca, no mucho; chasqueó la lengua,
también despacio. Y sus ojos se hicieron transparentes. No deseaba ver más el
Singuncha; no espe-raba más del mundo.
Le siguió el perro. Quedó tranquilo, echado sobre
los pellejos en que el cholito dormía, junto a la despensa, en una habitación
fría y húmeda, debajo del muro de la huerta. Cuando HovL o regaban, rezumaba
agua por ese muro.
Quizá los perros conocen mejor al hombre que
nosotros a ellos. "Hijo Solo" comprendió cuál era la condición de sus
dueños. No salió durante días y semanas del cuarto. ¿Sabía también que los
dueños de la hacienda, los que vivían en ésta y en la otra banda se odiaban a
muerte? ¿Había oído las historias y rumores que corrían en los pueblos sobre
los señores de "Lucas Huayk'o" ?
—¿Viven aún los dos? —se preguntaban en las
aldeas—. ¿Qué han derrumbado esta semana? ¿Los cercos, las tomas de agua, los
andenes?
—Dicen que Don Adalberto ha desbarrancado en la
noche doce vacas lecheras de su hermano. Con veinte peones las robó y las
espantó al abismo. Ni la carne han aprovechado. Cayeron hasta el río. Los pumas
y los cóndores están despedazando a los animales finos.
— ¡Anticristos!
— ¡Y su padre vive!
— ¡Se emborracha! ¡Predica como diablo contra sus
hijos! Se aloca. —¿De dónde, de quién vendrá la maldición?
No criaban ya animales caseros ninguno de los dos
señores. No criaban
perros. Podían ser objetos de venganza, fáciles.
—"Lucas Huayk'o" arde. Dicen que el sol
es allí peor. ¡Se enciende! ¿Cómo vivirá la gente? Los viajeros pasan corriendo
el puente.
Sin embargo, "Hijo Solo" conquistó su
derecho a vivir en la hacienda. El y su dueño procedieron con sabiduría. Un
perro allí era necesario más que en otros sitios y hogares. Pero los habían
matado a balazos, con veneno o
ahorcándolos en los árboles, a todos los que ambos
señores criaron, en ésta y en la otra banda.
Los primeros ladridos de "Hijo Solo"
fueron escuchados en toda la que-brada. Desde lo alto del corredor, "Hijo
Solo" ladró al descubrir una piara de muías que se acercaban al puente. Se
alarmó el patrón. Salió a verlo.
—¿Es tuyo? ¿Desde cuándo?
—Desde la otra vida, señor —contestó
apresuradamente el sirviente. —¿Qué?
—Juntos, pues, habremos nacido, señor. Aquí nos
hemos encontrado. Ha venido solito. En el callejón se ha quedado, oliendo. Nos
hemos conocido. Don Adalberto no le va a hacer caso. De "endio" es,
no es de werak'ocha.1 Tranquilo va a cuidar la hacienda.
—¿Contra quién? ¿Contra el criminal de mi hermano?
¿No sabes que Don Adalberto come sangre?
—Perro de mí es, pues, señor. Tranquilo va ladrar.
No contra Don Adal-berto.
"Hijo Solo" los escuchaba inquieto.
Miraba al dueño de la hacienda, con esa cristalina luz que tenía en los ojos,
desde la tarde en que fue alimentado y saciado por Singuncha, junto a la puerta
falsa de la casa grande.
—Es simpático; chusco. Lo natarán sin duda —dijo
Don Angel—. Se desprecia a los perros. Se les mata fácil. No hay condena por
eso. Que se quede, pues, Singuncha. No te separes de él. Que ladre poco. Te
cuidará cuando riegues de noche la alfalfa. Enséñale que no ladre fuerte. Le
beberá la sangre, siempre, ese Caín. ¿Cómo se llama? Su ladrar ha traído
recuerdos a la quebrada.
—"Hijo Solo", patrón.
Movió el rabo. Miró al dueño, con alegría. Sus ojos
amarillos tenían la placidez de la luz, no del crepúsculo sino del sol
declinante que se posaba sobre las cumbres ya sin ardor, dulcemente, mientras
las calandrias cantaban desde los grandes árboles de la huerta.
"Más fácil es ver aquí un perro muerto. Ya no
tengo costumbre de verlos vivos. Allá él. Quizá mi hermano los despache a los
dos juntos. Volverán al otro mundo, rápido."
El dueño de la hacienda bajó al patio, hablando en
voz baja.
No se dieron cuenta durante mucho tiempo. El perro
exploró toda la hacienda por la banda izquierda que pertenecía a Don Angel. No
escanda-lizaba. Jugaba en el campo con el pequeño sirviente. Se perdía en la
alfalfa floreada; corría a saltos, levantaba la cabeza, para mirar a su dueño.
Su cuerpo amarillo, lustroso ya, por el buen trato, resaltaba entre el verde
feliz de la alfalfa y las flores moradas. Singuncha reía.
— ¡Hijos de Dios en medio de la maldición! —decía
de ellos la coci-nera.
El perro pretendía atrapar a los chihuillos que
vivían en los bosques de retama de los pequeños abismos. El chihuillo tiene
vuelo lento y bajo; da la
1 Antiguo Dios supremo de los Incas. Nombra ahora a
los individuos de la clase señorial.
impresión de que va a caer, que está cansado. El
perro se lanzaba, anhe-lante, tras de los chihuillos, cuando cruzaban los
campos de alfalfa buscando los árboles que orillaban las acequias. El Singuncha
reía a carcajadas. La mis-ma absurda pretensión hacía saltar al perro, a la
orilla del río, cuando veía pasar a los patos, que eran raros en "Lucas
Huayk'o".
Singu era becerrero, ayudante de cocina, guía de
las yuntas de aradores, vigilante de los riegos, espantador de pájaros,
mandadero. Todo lo hacía con entusiasmo. Y desde que encontró a su perro
"Hijo Solo", fue aún más diligente. Había trabajado siempre. Huérfano
recogido, recibió órdenes desde que pudo caminar.
Lo alimentaron bien, con suero, leche, desperdicios
de la comida, huesos, papas y cuajada. El patrón lo dejó al cuidado de las
cocineras. Le tuvieron lástima. Era sanguíneo, de ojos vivos. No era tonto.
Entendía bien las órde-nes. No lloraba. Cuando lo enviaban al campo, le
llenaban una bolsa con mote 1 y queso. Regresaba cantando y silbando. Los
señores peleaban, pro-curaban quitarse peones. Los trataban bien por eso. El
otro, Don Adalberto, tenía los molinos, los campos de cebada y trigo, las
aldeas de la hacienda, y las minas. Don Angel, los alfalfares, la huerta, el
ganado, el trapiche.
Singu no tomaba parte aún en la guerra. La matanza
de animales, los incendios de los campos de trigo, las peleas, se producían de
repente. Co-rrían; el patrón daba órdenes; traían los caballos. Se armaban de
látigos y lanzas. El patrón se ponía un cinturón con dos fundas de pistolas.
Partían al galope. La quebrada pesaba, el aire parecía caliente. La cocinera
lloraba. Los árboles se mecían con el viento; se inclinaban mucho, como si
estuvieran condenados a derrumbarse; las sombras vibraban sobre el agua. Singuncha
bajaba hasta el puente. El tropel de los caballos, los insultos en quechua de
los jinetes, su huida por el camino angosto; todo le confirmaba que en
"Lucas Huayk'o" de
veras, el demonio salía a desplegar sus alas negras y
a batir el viento, desde las cumbres.
Hubo un período de calma en la quebrada; coincidió
con la llegada de "Hijo Solo".
—Este perro puede ser más de lo que parece —comentó
Don Angel se-manas después.
Pero sorprendieron a "Hijo Solo", en
medio del puente, al mediodía. Singuncha gritó, pidió auxilio. Lo envolvieron
con un poncho, le dieron
de puntapiés.
Oyó que el perro caía al río. El sonido fue hondo,
no como el de un pequeño animal que golpeara con su desigual cuerpo la
superficie del re-manso. A él lo dejaron con un costal sucio amarrado al
cuello.
Mientras se arrancaba el costal de la cabeza,
huyeron los emisarios- de Don Adalberto. Los pudo ver aún en el recodo del
camino, sobre la tierra roja del barranco.
1 Maíz cocido
en agua.
Nadie había oído los gritos del becerro. El remanso
brillaba; tenía espu-mas en el centro, donde se percibía la corriente.
Singu miró el agua. Era transparente, pero honda.
Cantaba con voz pro-funda; no sólo ella, sino también los árboles y el abismo
de rocas de la orilla, y los loros altísimos que viajaban por el espacio. Singu
no alcanzaría jamás a "Hijo Solo". Iba a lanzarse al agua. Dudó y
corrió después, sacu-diendo su pantalón remendado, su ponchito de ovejas. Pasó
a la otra banda, a la del demonio Don Adalberto; bajó al remanso. Era profundo
pero corto. Saltando sobre las piedras como un pájaro, más ligero que las
cabras, siguió por la orilla, mirando el agua, sin llorar. Su rostro brillaba,
parecía sorber
el río.
¡Era cierto! "Hijo
Solo" luchaba, a media agua. El Singuncha se lanzó
a la corriente, en la zona del vado. Pudo
sumergirse. Siempre llevaba, a manera de cuchillo, un trozo de fleje que él
había afilado en las piedras. Pero el perro estaba ya aturdido, boqueando. El
río los llevó lejos, golpeándolos en las cascadas. Cerca del recodo, tras el
que aparecían los molinos de Don
Adalberto,
Singuncha pudo agarrarse de las ramas de un sauce que caían
a la corriente. Luchó fuerte, y salió a la orilla,
arrastrando al perro.
Se tendieron en la arena: "Hijo
Solo" boqueaba, vomitaba agua como
un odre.
Singuncha empezó a temblar, a rechinar los dientes.
Tartamudeando mal-decía a Don Adalberto, en quechua: "Excremento del
infierno, posma del
demonio. Que el sol te derrita como a las velas que
los condenados llevan a los nevados. ¡Te clavarán con cadenas en la cima de
'Aukimana'; 'Hijo
Solo' comerá tus ojos, tu lengua, y vomitará tu
pestilencia, como ahora! ¡Vamos a vivir, pues! ".
Se calentó en la arena el perro; puso su cabeza
sobre el cuerpo del Sin-guncha; moviendo sus "anteojos", lo miraba.
Entonces lloró Singu.
— ¡Papacito! ¡Flor! ¡Amarillito! ¡Jilguero!
Le tocaba las manchas redondas que tenía en la
frente, sus "anteojos".
— ¡Vamos a matar a Don Adalberto! ¡Dice Dios
quiere! —le dijo. Sabía que en los bosques de retama y lambras de Los Molinos
cantaban
las torcazas más hermosas del mundo. Desde
centenares de pueblos venían los forasteros a hacer moler su trigo a
"Lucas Huayk'o", porque se afirmaba que esas palomas eran la voz del
Señor, sus criaturas. Hacían turnos que duraban meses, y Don Adalberto tenía
peones de sobra. Se reía de su her-mano.
— ¡Para mí cantan, por orden del cielo, estas
palomas! —decía—. Me traen gente de cinco provincias.
Escondido, Singuncha rezó toda la tarde. Oyó,
llorando, el canto de las torcazas que se posaban en el bosque, a tomar sombra.
Al anochecer se encaminó hacia Los Molinos. Pasó
frente al recodo del río; iba escondiéndose tras los arbustos y las piedras.
Llegó frente al ca-serío donde residía Don Adalberto; pudo ver los techos de
calamina del primer molino, del más alto.
Cortó un retazo de su camisa y lo deshizo, hilo
tras hilo; escarmenán-dolas con las uñas, formó una mota con las hilachas, las
convirtió en una mecha suave.
Había escogido las piedras, las había probado.
Hicieron buenas chispas; prendieron fuerte aun a plena luz del sol.
Más tarde vendrían "concertados" a la
orilla del río, a vigilar, armados de escopetas. Anochecía. Los patitos volaban
a poca altura del agua. Singu los vio de cerca; pudo gozar contemplando las
manchas rojas de sus alas y las ondas azules, brillantes, que adornaban sus
ojos y la cabeza.
— ¡Adiós, niñitas!
—les dijo en voz alta.
Sabía que el sonido del río apagaría su voz. Pero
agarró del hocico al "Hijo Solo" para que no ladrase. El ladrido de
los perros corta todos los sonidos que brotan de la tierra.
Tupidas matas de retama seca escalaban la ladera,
desde el río. No las que-maban ni las tumbaban, porque vivían allí las
torcazas.
Llegaron palomas en grandes bandadas, y empezaron a
cantar. Singuncha escogió hojas secas de yerbas y las cubrió con ramas viejas
de
k'opayso y retama. No oía el canto. Su corazón
ardía. Hizo chocar los peder-nales junto a la mecha. Varios trozos de fuego
cayeron sobre el trapo deshi-lacliado y lo prendieron. Se agachó; de rodillas,
mientras con un brazo tenía al perro por el cuello, sopló la llama que se
formaba. Después, a pocos, sopló. Y casi de pronto se alzó el fuego. Se
retorcieron las ramas. Una lla-marada pura empezó a lamer el bosque, a
devorarlo.
— ¡Señorcito Dios! ¡Levanta fuego! ¡Levanta fuego!
¡Dale la vuelta! ¡Cuida! —gritó alejándose, y volvió a arrodillarse sobre la
arena.
Se quedó un buen rato en el río. Oyó gritos, y
tiros de carabina y dina-mita.
Volvió hacia el remanso. Más allá del recodo, cerca
del vado, se lanzó al río. "Hijo Solo" aulló un poco y lo siguió.
Llegaban las palomas a esta banda, a la de Don Angel, volando descarriadas,
cayendo a los alfalfares, tonteando por los aires.
Pero Singu se iba ya; no prestaba oído ni atención
verdaderos a la que-brada; subía hacia los pueblos de altura. Con su perro, lo
tomarían de pastor en cualquier estancia; o el Señor Dios lo haría llamar con
algún mensajero, el Jakakllu o el Patrón Santiago. Entonces seguiría de frente,
hasta las cumbres; y por algún arco iris escalaría al cielo, cantando a dúo con
el "Hijo Solo".
—Amarillito! ¡Jilguero! —iba diciéndole en voz
alta, mientras cruza-ban los campos de alfalfa, a la luz de las llamas que
devoraban la otra banda de la hacienda.
En la quebrada se avivó más ferozmente la guerra de
los hermanos Caínes.
Porque Don Adalberto no murió en el incendio.
DON ANTONIO
POR LA NOCHE, cuando cruzaba la calle principal del
pueblo para ir donde Don Antonio, el camionero que lo llevaría a la costa, vio
que dos jóvenes señores cantaban a dúo al pie de un balcón.
Si duermo, contigo sueño,
si despierto, pienso en ti.
Fina estrella del cielo inclemente, inerte,
paloma que cruza por el cielo
si duermo, contigo sueño...
Santiago siguió andando y escuchando. Cuando el
camión pasó por esa misma calle, otra vez cantaba en tono alto. El chofer tuvo
que frenar y pasar muy despacio por la estrecha vía.
Traigo del cementerio una flor
victoriosa de la muerte,
te traigo una flor ardiente, es solo mía...
todo el hielo y la negrura
— ¡Los sapos! —dijo el camionero—. Esos pendejos
cantan letra anti-gua para engañar. ¡Pior que el ayla!
—No es cierto, Don Antonio. Todo es verdad.
—La muchacha debe estar riéndose de esas
mariconadas: "Traigo una flor del cementerio". Ahora en ese
cementerio no hay sino excremento de lechuza.
El motor apagó todos los ruidos externos. Era un
camión inmenso en que Don Antonio, el chofer, cargaba doce novillos.
—Pa que se los coman en lea. Ciudad grande...
"cevilizada"; como es debido en la época que dicen vivimos.
Cuando apareció la delgada mancha del gran valle de
Nazca a dos mil metros más abajo de la cumbre de Toro Muerto, entre arena
candente y sin límites, Santiago vio la costa.
—El Arayá no come novillos; él los cría. Come
serpientes y viento, oiga, Don Antonio —dijo.
—Sí, pues, cría novillos pa'que los coman los que
viven en ese valle; viento pa'que hayga lluvia y serpientes pa'asustar a los
indios que nu'han bajado allá, a ese valle donde lo que hay que hacer lo hace
casi todito la máquina.
—¿Usted no se asusta con la serpiente de agua que
vive en las lagunas de altura? Amaru le llaman. Usted sabe.
—Quizá, si se me presenta; pero dicen que a los
choferes esos animales les tienen asco o miedo.
—¿No será este valle de Nazca una serpiente Amaru
que ha vomitado el Arayá?
—Es decir... Así es —contestó el chofer—. Sin el
agua que hace el viento ese de la montaña Arayá, este valle no habría. De Cerro
Blanco al mar no habría sino lo más muerto del desierto, qui'así le llaman a
esa arena
donde todo corazón, dicen, se seca. Nu'hay animales
allí. Pero en el valle el agua hace reventar la semilla como balazo. Así es.
Yo soy chofer por vida,
el Chiaralla es mi valle,
mi "Comanche" es por
vida...
Empezó a cantar un huayno mientras el camión, que
llevaba sobre la ca-seta el nombre de "Comanche" en letras negras,
entraba a la bajada más polvorienta y calurosa de la ruta. Los novillos
empezaron a acezar y a ser golpeados contra las barandas del camión. Estos
desiertos montañosos de la cabezada de la costa del Perú son más crueles para
cualquier animal que llevan a matar que las candentes llanuras de arena.
Encajonado por los abismos secos, respirando polvo,
Santiago le hizo una pregunta al chofer cuando terminó de cantar:
—En estos valles, también, donde tan difícil se
llega y es diferente todo lo que se ve, ¿la mujer, también...?
—La mujer, en donde quiera, está hecha para que el
hombre goce, pues —le contestó Don Antonio, con tono convencido.
—Y ella sufre, llora.
—Así es. Con voluntad, sin su voluntad, por el
mandato de Dios, la mujer es para el goce del macho. En cambio el hombre tiene
que alimentar a la familia, a los hijos que ha hecho parir a la mujer. Y eso,
también, parir también es sufrimiento fuerte. Así digo yo: ¡pobrecita la mujer!
Yo creo, muchacho, que la puta a veces goza más que la mujer d'iuno. Todavía
recibe
su plata. En Nazca, en lea hay putas cariñositas.
La mujer d'iuno ¿cuándo va a acariñar al marido? Eso se ve mal, hijo. La esposa
tiene que echarse quietecita y tú también con respeto...
—¿Con respeto...?
—Claro. Si uno nu'está borracho, lo más un abrazo.
Porque estando borracho no hay, pues, control. Se agarra a la mujer con fuerza.
Y ella, po-brecita, llora, rabia...
—Reza.
—Eso no. ¿Quién mujer va rezar teniendo un hombre
encima? —Yo he oído, Don Antonio, cuando era chico.
—Tendría la culpa la mujer, hijo. Porque, como sea,
la esposa tiene que aguantar.
Se quedó pensativo. La montaña de arena, por un
costado del camino y las rocas feas, no lúcidas sino cubiertas de polvo, del
otro lado de la que-brada, ardía sordamente, como bebiendo el sol para lanzarlo
después sobre el cuerpo de los animales y de la gente, en forma de sed, de
quemazón por dentro, no como el sol de la altura.
—Mira, muchacho... Yo me acuerdo... Por las
queridas uno hace cual-quier hazaña, sea dicha. Pasar de noche un río
caudaloso; sí, pues, a caballo, nadando como demonio sobre la corriente que
tiene crestas; escalar paredes grandes, bien difíciles. Y la querida está entre
la puta y la esposa bende-cida... Y uno también, está entre el infierno y el
cielo, gozando. Uno, pues, puede hacer esas cosas que dicen que están contra la
Iglesia. Porque ella, la querida, no es casada o tú no eres casado; porque si
los dos son casados, ya eso es el infierno purito. Digo... por las queridas uno
hace hazañas lindas, por la santa esposa es obligación tranquilo. Sólo cuando
hay borrachera. Yo... hijito, le pego a mi mujer cuando estoy borracho, duro le
doy y des-pués, me echo sobre ella como cerdo mismo. Y ella llora y ¡Jesús me
per-done! pero me abraza llorando y todo. ¡Las cosas que hay! En eso de
ajun-tarse con la mujer, el hombre no es hijo de Dios, más hijo de Dios son los
animalitos. Hay confusión cuando uno quiere meterse con una mujer...
—¿Y el enamoramiento, Don Antonio?
—Sí, pues, sólo cuando estás muchacho, como tú, o
menos quizá. Pero desde el momento en que tú ves cómo es la cosa de la mujer,
la ilusión se acaba.
—Sí, Don Antonio.
—Los ojos de la mujer, hasta sus manos, su pelo
también, es obra de nuestro Dios, pero su cosa... ¡ahí está el asunto enredado!
Porque el cura dice que es el pecado más mortal, según el caso. Y el hombre
quiere ver la cosa de la mujer, quiere mucho y... en cuanto la ve, ansias como
de purga-torio, quizás de infierno, te atacan. Te quitan la ilusión, hijo, la
sangre se te envenena de vicio. ¿Qué es vicio? Dicen. Vicio es gozar más de lo
debido y como es debido. Pero ahí está el goce grande, hijo, el goce que te
quema el hueso ¡y uno se vuelca en lo más dulce como en ceniza del demonio! Así
estamos en la sierra. En la costa dicen que es pior. Yo digo que no. Porque
con una puta tú haces todo, todo. Pagas tu platita.
Y la conciencia limpia. Pa'eso la puta. ¡Sea Dios Bendito!
—¿Por la plata? La mujer también, Don Antonio, ¿por
la plata?
—La verdad, muchacho. Ahí es claro todo. Ni más ni
menos que entrar a una fonda y pedir un hígado a la parrilla bien aderezado. La
boca goza, está gozando fuerte tu lengua, tu cuerpo se alegra ¿y? pagas con
billetes; el dueño de la fonda también goza con tu dinero. Es negocio limpio.
—La mujer que es puta me han dicho que es triste,
como el condenado que anda en las nieves de las cordilleras, aullando.
—Te habrán dicho. Yo no sé más que eso, que ella
dice palabras como dulce en tu oreja. Y se cinturea ¡caray! bonito. Quizás,
quién sabe, en la semilla de su corazón sea triste. Yo eso no puedo ver. ¿Quién
puede ver? Algún corrompido que no paga, que abusa, algún culebra de ojos como
veneno. De todo hay en la vida. Dicen que ven el alma. Será, pues. Yo voy de
buen corazón, de ánimo limpio a los burdeles.
—Don Antonio: ¿y por qué tanto bendicen a la madre,
al padre... al hijo? ¿Si usted dice...?
—Ahí, ahí está. Con la puta, con la querida, entras
sólo por... el gusto de la maldita cosa que se te despierta y te hace cerrazón
en el alma que de-cimos. Con la esposa bendita es por el hijo, aunque seas un
borracho lleno de cacana del diablo. Ahí está la bendición del matrimonio. Una
cosa es en la cama bendecida por el cura y por los padres de uno. Ahí con
respeto, con delicadeza... Sí, el pior asco del hombre que es el sexo hace
nacer al hijo... que uno quiere más que a los cielos y a las estrellas...
Detuvo el camión. Habían llegado al valle. La rama
de un árbol se exten-día sobre el camión. Y se oía un canto feliz, como si el
fuego de las arenas y las rocas, de tanto haberse arrebatado, de haber quemado
al viajero, se hubieran arrepentido y le diera al cansado animal y a la gente
agua pura, voz de inocencia llameante, nueva, limpia de tristeza y de
solemnidad, para el viajero que llega de las sierras tan bravas y con tanto
nubarrón en el re-cuerdo...
—Es el chaucato, hijo. Ese pajarito es como el
valle de la costa, pura alegría, pura calor de ánimo. Tú, no sé cómo, no sé por
qué, me has hecho hablar. Las queridas no deben parir el hijo d'iuno que es
casado. ¿Sabes? Este pajarito que canta, volando de árbol en árbol, mostrando
la pluma blanca que tiene en el rabo como una banderita del Dios verdadero, ve
a la víbora. Es enemigo de la víbora. Así también el alma y la cosa de la
mujer; así también el hombre y su pene que dicen son contra. Por eso, entre el
hombre y la mujer salen varios enriedos. Algunas queridas se encaprichan por
tener hijo y ese hijo sale de sangre caliente, como la víbora. Así soy, yo...
chofer. Mi padre es el viejo Aquiles...
—¿El patrón de la lavandera borracha que a mí me ha
ensuciado de por vida?
—Así es. Te habrá desvirgado... Oigamos el cantito
del chaucato. Primera vez... primera vez que se me sale decir. ¡Yo no soy
López, yo soy hijo de la porquería que hierve cuando cuerpo de hombre y de
mujer no bendecidos se machucan por fuerza del infierno! Echan baba, como
cuando se montan
chancho y chancha. Pero yo... así como soy tengo un
hijo... Se llama Ma-rianito. Es mismo como el canto del chaucato y él mata
todas las víboras que andan por mi cuerpo... A ver..., los novillos!
Uno de los toros estaba semicolgado de la alta
baranda del camión. Tenía los ojos abiertos, blancos, atracados de polvo, y las
moscas zumbaban ya, rodeando su cabeza.
— ¡Maricón! ¡Hijo
de burra...!
El chofer arrancó una rama del árbol y empezó a
punzarle en los ojos al novillo muerto.
— ¡Te matara, carajo!
Dio una vuelta al camión y trató de meter la rama
bajo el rabo de la bestia.
—Así, como dicen que ese viejo le hizo a mi
madre...
Oyó una especie de quejido detrás. Encontro a
Santiago que lo miraba.
Alzó el palo y con el brazo en alto gritó a los
ojos del muchacho.
—¿Inocente? Pareces. Todos estamos maldecidos,
menos mi hijito. ¡Anda al río! Tray agua para los otros maricones. Tú me
hiciste olvidar con tu conversación. Mi madre ha andado por caminos de sangre
purita ¡por mí que tengo víbora que ella me sembró!
Y deshizo el palo en la baranda del camión, lo
convirtió en pedazos de un solo golpe. Los otros novillos dormitaban.
— ¡Vamos por agua, Santiaguito, vamos apurando!
Atravesaron un campo de algodón y un extenso
arenal, llorando. El cho-fer de rostro erizado, de barba semicrecida, empezó a
llorar primero, antes que el muchacho, pero sin detenerse.
—Con qué ansias tomas agua para morir mañana —le
dijo el gran chofer a uno de los toros, mientras los chaucatos cantaban,
incendiando la vida de música, de claridad.
—Esta noche te hey de llevar al burdel. Ya eres mi
amigo, mi más amigo. ¡Tan muchacho, tan sufrido, tan pendejo! —dijo Don
Antonio, mien-tras hundía el pie en el embrague del camión.
—Felizmente está el chaucato, señor; por él
conocemos en nuestro llo-rar que hay la esperanza.
—Esperanza de abracarse a una puta después que uno
ha llorado como maricón, pior que el novillo muerto. Ahora cierra el pico.
Lo obligó a ir al burdel.
—Yo conozco la casa de la comadre de tu papá. Te
llevo después. Si no quieres, no quieres. Pero me vas a ver bailar a mí el
baile de los afrocuba-nos, con mujeres que están libres, como quien dice, que
hacen lo que quieren, porque están en el reino del demonio, no pues de la
Iglesia.
Santiago se quedó sentado en una silla bajo la luz
roja de una lámpara. Todas las mujeres se parecían en algo a la borracha, sólo
a ella. Eran muy distintas de la chuchumeca de Santa Ana que lloró en el horno
viejo, porque chuchumeca también quiere decir puta. Toda la pieza olía a ruda;
pero por debajo de la ruda otro olor sentía el muchacho, como a sudor e in-
cienso. Don Antonio bailaba con una mujer alta; él
la besaba en el cuello, parecía que la mordía como culebra, y la mujer reía.
— ¡Quítate de ahí, palomilla! —le dijo a Santiago
un hombre gordo que llevaba del brazo a una negra.
— ¡Bailemos mejor, gordito rico...!
La negra le tapó la boca al gordo. Otra mujer fue
hacia el jovenzuelo.
Era delgada, joven, olía a perfume fuerte.
—Anda, vete de aquí o acuéstate conmigo. No te
cobro; por amor no se cobra.
Lo tomó de las manos y lo sacó de la pieza, lo
llevó hacia un pasadizo angosto.
—Mira —le dijo—. Aquí, el que quiere lo hace con la
puerta abierta.
El pasadizo olía a incienso y ruda mezclados.
Santiago salió corriendo.
Había visto un inmenso cuerpo de mujer, blanco,
desnudo, con las piernas abiertas, tendido sobre una cama.
No pudo ir lejos. Se quedó sentado al final de la
acera de cemento, donde la ciudad concluía. Metió la cabeza entre las rodillas
y pudo recordar la alfalfa florecida de la hacienda, de esa finca escondida
entre montañas de roca límpida donde gotea el agua, donde repercute la voz del
río. Y el rostro de Hercilia, como espejo de oro en que está brillando la nieve
del Arayá que purifica, que cría arañas transparentes.
El chofer lo encontró inmóvil, acurrucado. Sin
decir una palabra, lo guió hasta la casa de la señora Rosa. Tarde de la noche
tocaron la puerta con una piedra.
—Sí —dijo una voz de mujer—. Ha llegado un
telegrama. Ya está el cuarto para el joven Santiago.
—El chofer se persignó. "He estado con putas,
Dios", dijo, y el joven oyó claramente la frase.
—Su mano está sucia, ¿no? —le preguntó.
—Otra cosa está sucia. Usted... Mejor, oiga.
Santiaguito, métase pronto, no respondo...
Un pequeño árbol de naranjo exhalaba perfume en la
humedad del es-trechísimo patio de la casa.
Santiago se quitó el sombrero y saludó al gran
chofer.
—Adiós, adiós, Don Antonio.
Don Antonio también se quitó el sombrero delante
del muchacho.
CRONOLOGIA
Se agradece la colaboración de los hermanos del
escritor, Arístides, Pedro y Nelly y de su tía Hortensia Altamirano, viuda de
Cornejo, así como de la directora de la Biblio-teca Nacional, María Bonilla de
Gavidia, y de las autoridades del Instituto Riva-Agüero y de la Universidad
Católica. Las iniciales I.R.A. distinguen los materiales procedentes del
mencionado Instituto. (E. M. M. de Z.)
La cronología de este volumen ha sido revisada y
completada por el Departamento Técnico de la Biblioteca Ayacucho.
V J
1911 Nace José
María Arguedas en
la ciudad de
Andahuaylas, provincia de
Andahuaylas, departamento de Apurímac (18-1); segundo hijo del ma-
trimonio del abogado Víctor Manuel Arguedas Arellano (que contaba
37 años),
natural del Cuzco, y de doña Victoria Celestina Altami-
rano Navarro
de Arguedas (26 años), "blanca,
natural de Andahuaylas",
ambos de la
pequeña burguesía provinciana.
Fue bautizado en la parro-
quia de San
Pedro de Andahuaylas
el 25 de
febrero del mismo año,
siendo su
padrino don Narciso Pacheco. Heredó el
nombre de su abuelo
José María Arguedas, casado con Teresa Arellano. Su padre ejerce el
cargo de Notario público.
1 9 1 2 A
principios de año el padre pasa a Ayacucho como Juez Interino de Primera
Instancia. Con los padres y el hermano mayor, Arístides Argue-das Altamirano
(nacido también en Andahuaylas, 29-X-1908, y bauti-zado el 5-III-1909), el niño
inicia así un peregrinar que parece con-vertirse en el sino de su infancia y de
su madurez.
1913 Retorna el juez titular,
su padre es
nombrado Juez de
Primera Ins-
tancia en San Miguel, provincia
La Mar, departamento de Ayacucho.
La madre permanece en Ayacucho
por hallarse embarazada y fuerza a
su hermana
menor Hortensia Altamirano
Navarro (hoy viuda de Cor-
nejo) a que se quede
acompañándola. Es época
vacacional y ésta debe
renunciar a su puesto de
profesora en Talavera.
Nace Pedrito Argue-
das Altamirano (24-IX-1913) en Huanipaka, Abancay, y
todos vuelven a
San Miguel. Una
fotografía familiar publicada
ilustra acerca de la posi-
ción social de sus
primeros años.
1914 IV: Repentinamente, el día 3, fallece su madre (en San Miguel) ("blan-
ca, de 29
años. . . murió de colerina"). La tía Hortensia continúa a cargo
de los
niños por unos
pocos meses y
parte a Ayacucho
donde contrae
enlace. Cuando
le escribe y le habla,
ya adulto, siempre le diría "ma-
mita". Podía
ser ella la señora buena, muy blanca, de ojos azules, de
Los ríos profundos. Al
morir Victoria, doña
Amalia Arguedas de Gui-
llén, hermana
mayor de Víctor Manuel, manda recoger a Pedrito, de
6 meses, y lo lleva a
su hacienda Guayo-Guayo (más tarde llamada
Triunfo), pues
con su esposo Manuel
María Guillén deciden adoptarlo.
Esto es guardado
secreto, llevará el nombre de Pedro Guillén Argue-
das. La
Triunfo, colindaba con la hacienda Karquequi,
ambas en la hoya
del río Apurímac
(límite entre los departamentos de Apurímac y Cuzco)
y ésta, a su
vez, con la hacienda
Udcubamba, en la
hoya del río
Pacha-
chaca (límite entre
las provincias de Abancay y Andahuaylas). A unos
40 Km.
se hallaba la
cuarta hacienda, Sicllabamba;
las cuatro haciendas
pertenecían al distrito de Huanipaka, Abancay-Apurímac y al mismo
pro-
pietario terrateniente Guillén. José María y Arístides son trasladados
por su padre a Andahuaylas,
a casa de la abuela paterna doña
Teresa
Arellano de
Arguedas, quien vive
allí con sus
hijos, uno de
ellos José
Manuel Perea
Arellano. El pequeño quedará allí solo, en tanto su padre
y Arístides
vuelven a San
Miguel. La tía
Eudocia Altamirano Navarro,
hermana mayor de Victoria, y profesora en Andahuaylas, se hace cargo
del niño. El padre pide traslado,
por ser San Miguel plaza muy pobre,
y pasa como
suplente a Huanta por 2 ó 3
meses.
1915 Permaneció en Andahuaylas, en casa de la abuela, hasta 1917. El padre
es
nombrado Juez de
Primera Instancia en
la provincia de Lucanas, con
sede en Puquio, adonde se traslada con Arístides (28-VII).
1916 Sigue solo en Andahuaylas. Allí nace también su tercer hermano, Carlos
Arguedas Altamirano,
hijo de Eudocia, quien retorna a Ayacucho. Car-
los permanecerá con la familia Altamirano Navarro, en Ayacucho.
1917 Su padre contrae enlace con doña Grimanesa Arangoitia viuda de Pa-
checo, terrateniente
de San Juan
de Lucanas, quien
tiene tres hijos;
el
segundo es
Pablo, 13 años
mayor que José
María con el cual trabará
singular animadversión. El
muchacho es llevado
de Andahuaylas para
reunirse con su padre y su hermano Arístides, comisión encomendada
a don
Romón Escajadillo —recuerda
especialmente su viaje
a caballo—.
Residen en
Puquio. Ingresa a la escuela
particular del joven Aurelio
Bendezú para
aprender las primeras letras. "Nuestro padre me sacaba
por las
noches al corredor y al ver el cielo se me quitaba la angustia. En-
tonces, entre los cinco y seis años, me espantaba por
las noches" (IRA).
1918 Se trasladan al Colegio en San Juan con los
hijos de la madrastra. Allí
estudia el
primer año; viven con su madrastra y semanalmente reciben
la visita
del padre. A esta
época se referirá
José María como la de su
mayor compenetración con el pueblo indígena, su ternura y sufrimiento,
su música
y creencias mágicas.
"Voy a hacerles
una confesión un
poco
curiosa: yo soy
hechura de mi madrastra". . . "hubo
otro modelador tan
eficaz como
ella, un poco más
bruto: mi hermanastro.
Cuando yo tenía
siete años
de edad (...) pedí a Dios que me mandara
la muerte". (Primer
Encuentro de Narradores Peruanos, Casa de la Cultura del Perú, CCP,
p. 38.) "Así viví muchos
años. Cuando mi padre venía a la capital del
distrito, entonces era subido al comedor,
se me limpiaba un poco la
ropa; pasaba el domingo,
mi padre volvía a la capital de la provincia
y yo a la batea, a los piojos de los indios" (CCP, p. 36).
1919 En vacaciones,
viaja de Lucanas a Lima (II) con toda la familia; son
seis días a
caballo; en el
puerto de Lomas-Arequipa, se embarcan
en el
"Urubamba". "Conocí el mar, de
noche. Visité Lima por primera vez
en 1919"
(UNA) . Enferma su padre;
Arístides es matriculado en el
Colegio
de Guadalupe y José
María, pasa unos meses
con su abuela pa-
terna, quien ya reside, muy modestamente, en Lima. En mayo vuelven
a Puquio,
excepto Arístides, pero
privado de su
cargo por razones
políticas, el
ex juez viaja continuamente
ejerciendo su profesión de
abo-
gado. El
niño queda con
la madrastra en
San Juan de Lucanas, nueva
etapa en la que sufrirá los abusos
y la prepotencia de su hermanastro...
y la
protección indígena. "La bárbara forma en que nos trataban en casa
de la
madrastra; mi aproximación tan entrañable a los indios en todo
ese tiempo,
todo eso formó
la base, el
material incomparable de mis
trabajos. Nuestros ríos y precipicios, esos personajes sin paralelo que
son los
vecinos, mestizos, choclos y comuneros. . . " (IRA) .
Cuarenta años
más tarde escribirá: "A Doña
Cayetana, mi madre
india, que me pro-
tegió con
sus lágrimas y su
ternura, cuando yo
era un niño huérfano
alojado en una casa hostil y ajena".
1920 En septiembre vuelve a
Lima con su
padre y demás
familiares; se
reúnen también
con Arístides y ambos
hermanos vivirán con
su abuela
(Arístides ya
no estaba en el Colegio,
por falta de dinero
de su padre;
sólo estudiaba
con su abuela).
Pasados unos días
regresan a Puerto
de
Lomas para
veranear durante dos meses y posteriormente retornan
a San
Juan de
Lucanas. " . . .porque yo aprendí a hablar el castellano con cierta
eficiencia
después de los ocho años, hasta entonces sólo
hablaba quechua"
(CCP, p. 41). " . . . m e siento como
un niño; como
cuando en la casa
de doña Grimanesa (la madrastra) me echaba a dormir en el regaso
(sic) de doña Cayetana (la cocinera)
o contemplaba a José Delgado y
a
don Felipe
Mayhua o a Victo Pusa
como a una especie de árboles
mis-
teriosamente
protectores" (IRA).
1921 Matriculado en segundo año de
primaria en la
escuela de la señorita
Bedriñana, el
doctor y su
esposa se trasladan
a Puquio por
cuestiones
judiciales. Los
muchachos quedan con su hermanastro,
que los hostiga
duramente. José
María cuenta 9 años de
edad y en
una trompeadura,
Bernaco Bedriñana
le rompe la
nariz, quedando caracterizado
así para
siempre, delgada y algo achatada.
En julio ambos
hermanos fugan hacia
la hacienda
Viseca, a 8 Km de San Juan, donde los acogen sus tíos
José
Manuel Perea
Arellano y Zoyla
Peñafiel de Perea,
propietarios de la
misma. Comprensivamente su padre consiente en el cambio y los visi-
ta con
la frecuencia posible.
"Mi primer contacto
con la creación artís-
tica literaria
fue el poema Amor, de González Prada, que leí cuando
tenía diez años y era
apenas alfabeto". "Mi niñez pasó quemada entre
el fuego y el
amor" (CCP, p. 37).
1922 Estos dos años constituyen nueva oportunidad para su convivencia ín-
tima con
el mundo afectivo, mágico y doloroso del hombre quechua;
aquí se configuran
en la realidad
los personajes que vitalizarán el uni-
verso indígena
que Arguedas describía
y nos descubrirá.
Viseca será el
escenario de su primer cuento conocido, Warma Kupay (Amor de Mu-
chacho), y a esta hacienda se referirá
constantemente en su futura obra literaria. Agua será dedicada años más tarde
"a los comuneros y 'la-cayos' de la hacienda Viseca con quienes temblé de
frío en los regadíos nocturnos y bailé en carnavales, borracho de alegría, al
compás de la Tinya y de la flauta". Rouillon ha grabado muy valiosos
testimonios orales y fílmicos de los primos Hilda y Julio Peñafiel, acerca de
esta época de su infancia; de sus faenas y penurias, de sus alegrías y juegos,
de sus primeros versos (románticos) en castellano; del Pbro. Fausto Puza Silva,
de los "maltratos del hermanastro", etc.
1923 En mayo los hermanos son
recogidos por su padre y vuelven a San Juan
con la madrastra; en septiembre
van otra
vez a
la ciudad de Ayacucho.
En Zoras se detienen y
viene Carlitos a visitarlos
por un día; así cono-
cen a
su hermano menor.
Por razones económicas,
se ven precisados
a
continuar viaje a Cangallo, pero llamados
por la madrastra regresan
a Puquio. José María permanecerá
algunos meses sin
Arístides, al par-
tir éste
a lea.
" . . . un largo viaje
de Puquio a Andahuaylas y Ayacucho,
14 días a
caballo, por las
punas y algunos pueblos de las quebradas".
1924 Alrededor del mes de abril los
hermanos incian con su padre otro aza-
roso recorrido hacia lea, el puerto de
Pisco, el de
Moliendo; diez días
en Arequipa:
"Tuvimos que vivir
un tiempo en
la 'Casa Rosada'
de
Arequipa, un
alojamiento, un Tambo
de gente pobre",
diez días en el
Cuzco "Conocí el Cuzco en 1924". Arístides
y José María tienen noti-
cias de la existencia en
el Cuzco de
un hermano menor,
y "a escon-
didas van
al internado de los Padres
de La Salle,
a conocerlo, como
primos hermanos, sin decirle
la verdad". Pasan
2 ó 3 días en Santa
Ana,
pueblo terminal del
ferrocarril a Abancay, y arriban a
ésta en los
primeros días
de junio. José
María es matriculado
en el cuarto
año de
primaria. "Ese viaje que hicimos al Cuzco y Abancay y las haciendas
del Viejo". (IRA).
1925 Son enviados a pasar sus vacaciones a la
hacienda Carkequi; luego van
a la hacienda Triunfo (distrito Huanipaka-Abancay), ambas de la tía
Amalia de Guillén.
Aquí lee Los Miserables. José María tiene 14 años y
en una reunión junto al trapiche de
la Triunfo, sufre
el accidente que
casi le
inutiliza la mano derecha. Para curarlo
mejor lo llevan a Car-
kequi, pero
allí le cuenta a Pedrito
que son hermanos,
por lo que, sin
que sane
bien de sus heridas, lo
devolvieron a la Triunfo.
"La vida en
esas haciendas era horrible. La segunda
parte de Los ríos profundos
será una
descripción e interpretación de
esa vida". Internado
con su
hermano en
Abancay, en el
Colegio Miguel Grau
de los Padres
Mer-
cedarios, estudia el quinto año de primaria, obteniendo, igual que en
el curso anterior, medalla
de oro: " ... desde la
casi niñez caía
en esos
estados de ansiedad.
En el internado de Abancay
sentía angustia y una
especie de aproximación inminente a la muerte"
(IRA) . Escribe su pri-mer acróstico a una joven, Olimpia Rivas.
1 9 2 6 Junto
con su hermano Arístides, es internado en el Colegio de lea; estudia primero de
media ( " . . . b a t í el record de los veintes en toda la historia de
'San Luis Gonzaga', porque era una responsabilidad del serrano hacerlo y lo
hice") (CCP, p. 39)- Hay testimonio de un cuento, posiblemente titulado
"Los gallos", que habría sido ya escrito por estos años. El inédito
no ha sido aún localizado.
1927 Pasan las vacaciones en San
Juan pero será la última vez que se aloja-
rán con
la madrastra. Prosiguen
sus estudios en lea
aunque sin la
con-
dición de
internos. Enamorado de una jovencita,
Pompeya, es rechazado
por ella: "No
quiero tener amores
con serranos". Un cuaderno lleno
de acrósticos que le dedicó, se conserva inédito, hasta la actualidad, y
en poder
de esa persona. Hondamente herido, José
María acude al
lado
de su
padre que, separado
ya de la
madrastra, vive en
Huaytará. Ese
repudio va a ser trascendental en su vida. "Las
únicas mujeres a las
que amé fueron Pompeya y Sybila". Se ha dado también testimonio
de la
lectura de un relato
referente a este doloroso período sentimental;
sin embargo, el inédito, tampoco ha
sido ubicado.
1928 Siéndole insoportable permanecer en lea, se traslada con su padre a
Huancayo para
ser matriculado en
tercero de
media en el
Colegio Na-
cional Santa
Isabel, donde inicia nuevas actividades: como luchador so-
cial, integrando
el "Comité de estudiantes", y como
escritor en, al pare-
cer su primer artículo, la revista estudiantil Antorcha: " . . . l a unión es
el único
derrotero que puede
conducirnos a la grandeza, unámonos y
serenos grandes"; trata
de Bolívar; elogia el
Día de la
Madre y cola-
bora con
diversas notas periodísticas de junio
a septiembre. Una de ellas,
'Fantasía -
El Pensamiento', la subtitula: "De mi obra en preparación
'la historia de un hombre'... proyecto de un adolescente de 17 años".
En el Colegio,
"fue el único
que llevaba el curso de francés" (IRA).
"En el
Colegio lo llamamos
'loco', que es una
manera indirecta de re-
conocer el
talento" (J. P.).
Sin embargo continúa
errante con su
proge-
nitor. "De
Pampas, mi padre
se trasladó a Yauyos por
Huancayo; yo
tuve que
hacer el viaje
a pie, cinco días de camino". "Nuestro gran
viejo, hermano;
esos viajes que
hice con él,
por Pampas, Huancayo
y
luego a Yauyos" (IRA)
. El
3 de enero nace en
la hacienda Viseca
su
hermana Nelly
Daniela Arguedas Ramírez, hija
de Víctor Manuel
y de
doña Demetria
Ramírez Roca Viuda
de Medina, suceso que sus herma-
nos ignoran.
Ella es bautizada
y luego reclamada, a los tres meses de
edad, por
sus tíos Perea,
propietarios de la
hacienda, quienes deciden
adoptarla.
1 9 2 9 Se
halla ahora en Lima, estudiando en el Colegio de los Mercedarios, y surgen sus
angustias. " . . . Otra vez me fui, por uno de esos ataques (de ansiedad)
de Lima a San Juan; y a Yauyos", siguiendo a su padre que estaba con
Carlos, su hijo menor. Pasa por Pacarán.
1930
1931
1932
Como matriculado en Lima, cursa José María el
quinto año de media, aunque permanece más en Yauyos que en la capital. "Ya
no pude ir al colegio, estudié el 49 y 59 años de media como alumno
libre".
Jo s é María tiene 20 años y decide ingresar a la
Universidad de San Marcos; se reúne con su hermano Arístides, estudiante de
ingeniería, quien lo prepara en matemáticas. Opta por la especialidad de
Letras. Vive como pensionista en la calle Padre Jerónimo. Su padre viaja a
Puquio en los últimos meses del año, para entablar su divorcio de doña
Grimanesa. "El primer amigo que tuve fue Luis Felipe Alarco que per-tenece
a la aristocracia de Lima". ( . . . ) "Yo declaro con todo júbilo que
sin Amauta, la revista dirigida por Mariátegui, no sería nada, que sin las
doctrinas sociales difundidas después de la primera guerra mundial
tampoco habría sido nada". ( . . . ) "Cuando
yo tenía 20 a ñ o s . . . " (CCP,
pp.
235-236).
Arístides estudia segundo
año de ingenería.
Su papá fallece
en Puquio
el 31 de enero (3-20 p.m., a los 58 años de edad). Manuel
Moreno Ji-
meno,
otro entrañable amigo
suyo, da fe de su pobreza y falta de tra-
bajo que lo
lleva hasta a
"vender baratijas en el mercado". Privados
de todo apoyo económico, su amigo
Héctor Araujo Alvarez le consigue
en octubre la plaza de
auxiliar de la administración central de correos
de Lima, con el haber mensual de
S/ 180. "Araujo me salvó... Mi tra-
bajo era casi de obrero y
tuve compañeros de trabajo,
de la clase obrera
y media de Lima,
hombres formidables a quienes
quise y quiero mucho.
Algunos ya
han muerto".
1933 Se
separa de su hermano Arístides al trasladarse éste
a Caraz. José María
continúa
empleado en el
correo. Con un
amigo Jimeno, toma
clases de
canto con la señorita Zegarra.
Se aloja como pensionista en la calle
Juan Pablo. Publica Warma Kuyay (Amor de muchacho), considerado
como su primer cuento, en la revista Signo, de Lima. (Es
hasta la actua-
lidad el relato suyo que más reimpresiones ha
tenido.)
1934 El semanario La Calle, de Lima, publica sus narraciones cortas "Los
comuneros de A'Kola" y "Los comuneros de Utej-Pampa" (IV-V).
" . . .
Agua. Lo leía a estas gentes tan inteligentes como Westphalen, Cue-to y Luis
Felipe Alarco. El relato les pareció muy bien. Yo lo había escrito en el mejor
castellano que podía emplear ( . . . ) me pareció horri-ble ( . . . ) ; que
había disfrazado el mundo ( . . . ) . Ante la consternación de estos mis
amigos, rompí todas esas páginas. Unos seis o siete meses
después, las escribí en una
forma completamente ditinta ( . . . ) (CCP,
p. 4 1 ) .
1 9 3
5Hace un
recorrido por el Valle
del Mantaro junto
con Manuel Moreno Jimeno, quien
declara: "Eramos como
hermanos ( . . . ) . Allí
me reveló sus traumas
infantiles, su temor
a la soledad,
su sed inacabable
de ter-nura. Me
contó 'lo que
había padecido de
niño y su adoración
por su padre'" (N.
Espinoza H.). Informa,
asimismo, cómo ayudaba
a los co-
muneros y también cuánto gozaba con ellos. Durante una semana goza
de la
compañía de Arístides
que llega a Lima de vacaciones. En La
Prensa, de Lima, aparece "El cargador", cuento acerca de un ayudante
de correos en Lima. Publica Agua (IV). Los escoleros. Warma Kuyay,
obra que
obtiene el segundo
premio de la Revista Americana de Bue-
nos Aires, el
mismo año. Cabe
a Alberto Tauro
haber sido el
primer
crítico en
apreciar la valía
del tema y del
lenguaje empleado en Agua.
"Nunca percibimos
mejor al indio
que en estas páginas de brava rebel-
día literaria" (L. E.
Valcárcel, 1936, en
L. Lévano). Su conocimiento
del francés le
permite exonerarse del
curso del primer
año de prepara-
toria en la Universidad.
1936 Publica "Los comuneros de A'Kola" en Alma Quechua, revista del
Cuzco ( I ) . Nuevamente estará unido a su hermano Arístides durante
los tres
meses de vacaciones.
Se organiza en
la Universidad el
Centro
federado de
la Facultad de Letras y resulta elegido delegado del tercer
año, juntamente
con José Russo
y Roberto Koch.
Fallece en Lima
su
hermano Carlos, joven de 20 años, traído de emergencia desde Cerro
de
Pasco. (De su entierro, su prima Yolanda Pozo de Ochoa
guarda tes-
timonio fotográfico en el que se ve a José
María.) Publica con
Augusto
Tamayo Vargas,
Alberto Tauro, José
Alvarado Sánchez y
Emilio Cham-
pion, la revista
Palabra en defensa de la cultura (VIII) como órgano
de los
alumnos de su facultad. Allí
se expresa acerca de los
mineros de
Cerro de
Pasco y seguirá
colaborando con sus
artículos hasta el año
siguiente. En
estos años es el embajador de Bolivia Moisés Sáenz, su
gran amigo.
1937 Integra el CODRE (Comité de amigos para la defensa de la República
Española). Se hospeda en la calle Plumereros y allí recibe a su her-
mano en las
vacaciones veraniegas. Concluye
la especialidad de
lite-
ratura. Es declarado "cesante" en la oficina de correos donde traba-
jaba (VII) .
Es detenido y encarcelado junto con otros estudiantes uni-
versitarios por
la violenta protesta
que efectúan en
los claustros san-
marquinos contra el Gral. Camarotta, representante de Mussolini (XI).
"Estuve en 'el
Sexto' ocho meses; dos en la intendencia y un mes y
medio en el hospital." "
. . . N o me gradué en la Universidad: Cuando
estaba estudiando el cuarto año, uno de los buenos dictadores
que he-
mos tenido
me mandó al
Sexto, prisión que
fue tan buena
como mi
madrastra, exactamente tan generosa como ella" (CCP, p. 41). Contesta
a un
cuestionario de Tauro: "
. . . q u e he estado enamorado varias veces,
sin pizca
de suerte, que ahora estoy más enamorado que nunca, que
amo a mi
Ratita" (así llamaban familiarmente a Celia Bustamante).
1938 Desde el cuartel "El Sexto" envía los originales de Canto Kechua a su
amigo Alberto Tauro, quien se
los copiaba. Esta primera recopilación
folklórica se
publica ese mismo
año. Es liberado
en octubre de 1938.
Reveló en
la intimidad, que si subsistió fue gracias a la abnegación de
su joven amiga Celia Bustamante, quien cocinaba y le llevaba los ali-
mentos a escondidas de su familia.
Con el seudónimo de "Pedro Tierra",
publica en el
periódico comunista Hoz y Martillo, de Lima, un home-
naje a "César Vallejo, el
más grande poeta
del Perú", en
su falleci-
miento. En octubre
comienza una pionera labor de difusión de la cultura
y folklore andinos (lingüística,
creencias, ritos, costumbres) a
nivel inter-
nacional, por medio de La Prensa de
Buenos Aires, hasta junio de 1948
(alrededor de
34 artículos según
señala alguna vez).
Estos textos, hasta
ahora dispersos, los ha reunido Angel Rama en la valiosa obra Señores
e Indios (Siglo XXI, 1977).
1939 Terminando su década limeña
del 30, en marzo se traslada una vez más
al interior:
Ingresa al magisterio
oficial como profesor
de castellano y
geografía, del Colegio Nacional
de Varones "Mateo
Pumacahua" de
Sicuani, provincia de Canchis,
departamento del Cuzco, con 21 horas y
el haber mensual
de S/. 252,00. Prepara y publica con sus alumnos una
recopilación del
folklore de la
zona. Allí conoce
e inicia una estrecha
amistad con el Padre Jorge A. Lira, con quien comparte sus inquietudes
e intereses
en el folklore
andino. El 30
de junio contrae
enlace con la
señorita Celia
Bustamante Vernal. Decide
escribir sobre las
experiencias
vividas en
la cárcel del "Sexto", según aseverará años más tarde.
1940 Especialmente invitado al I
Congreso Indigenista Interamericano, de
Patzcuaro ( V ) ,
viaja "representando al profesorado peruano" y perma-
nece en
México dos meses; publica "El
wayno y el problema del idioma
en el mestizo". Pumaccahua se
edita en el
Cuzco, como fruto
de la re-
copilación ya mencionada
y con un valioso prólogo suyo sobre
la impor-
tancia del folklore en la
educación.
1941 Acompañado de su esposa y "para colaborar en la Reforma de los Pla-
nes de
Educación Secundaria", pasa
de Sicuani a
Lima en octubre,
en
condición de "destacado", al Ministerio de Educación (XI-42). A par-
tir de entonces vivirán ambos siempre en compañía de su suegra (ma-
ternal, comprensiva) y de su cuñada la pintora Alicia
Bustamante, quien
por esos años
inicia su colección
de arte popular, la primera en el país,
y forma la "Peña Pancho Fierro". Aparece Yawar Fiesta. Mariano La-
torre
escribe: "El mismo
año en que apareció
Yawar Fiesta se publicó
en
Santiago El mundo es ancho y ajeno de Ciro
Alegría. Me inclino
definitivamente por Ya-war Fiesta. Posee
Arguedas el arte
de novelar,
la
observación aguda y,
por eso mismo, la profundidad" (La Nación,
Santiago,
1942).
1 9 4 2 Recibe
el nombramiento de profesor de la sección diurna del Colegio Nacional
"Alfonso Ugarte" (IV) .
1 9 4 3 Como
profesor de castellano "enseña a más de 250 alumnos" en el
"Al-fonso Ugarte"; además es nombrado profesor reemplazante en el
colegio de "Nuestra Señora de Guadalupe". Solicita 30 días de
licencia por en-fermedad.
\944 Se le concede interinamente la enseñanza de 20 horas de castellano en
el Colegio
de Guadalupe. Pide 60 días de licencia por hallarse enfermo.
"En mayo de
1944 hizo crisis una
dolencia psíquica contraída
en la in-
fancia y estuve casi
cinco años neutralizado para
escribir ... " (J. M. A.,
Los Xorros, novela postuma). En
noviembre asume una actitud de pro-
testa y crítica
que caracterizará su
acción respecto al
arte folklórico
ante las deformaciones impuestas
por la comercialización. Publica
en
La Prensa de Lima: "En defensa del folklore musical andino".
1945 Se le conceden 90 días de licencia por enfermedad.
1946 "Hasta 1946-47,
estuvo muy cerca de los comunistas, en labores, por
ejemplo, de capacitación a círculos
obreros. . . clases de castellano... a
un grupo
de sindicalistas" (C. Lévano, p. 21) . Sale con el Dr. Holmberg
a la hacienda
Vicos, Ancash, donde la
Universidad de Cornell y el
Ins-
tituto Indigenista
Peruano desarrollarán un
programa de antropología
aplicada.
1947 Como "Conservador General de Folklore", ingresa al Ministerio de
Educación Pública,
a la Dirección
de Educación Artística
y Extensión
Cultural, siendo Francisco
Izquierdo Ríos jefe
de la sección de
Folklore
y Artes Populares (III). Realizan la primera encuesta nacional magis-
terial de folklore,
de la que se publica el
mismo año Mitos, leyendas y
cuentos peruanos con la selección y
notas de ambos. (En el Ministerio
laborará hasta 1952.) Continúa además con el dictado de clases en el
Colegio de
Guadalupe. Se le
nomina miembro de
la comisión que
in-
vestigará las causas de la huelga del Colegio Nacional "Nuestra Señora
de Guadalupe". El diario aprista La Tribuna informa que es un "cono-
cido militante comunista" (IX). Arguedas responde en una carta a La
Prensa "
. . . m i conducta ha estado normada siempre por la inspiración
de mi
propia conciencia, en la más
absoluta libertad".
1948 El cargo docente se le reduce
a 3 horas
de clase y
se le traslada
al
Colegio "Mariano Melgar" del Rímac
(IV) . A pesar de la segura ayuda
económica que
le significan sus
colaboraciones en La
Prensa de Buenos
Aires, cesa de enviarlas para entregarlas a Mar del Sur, que principia
a publicarse en Lima (IX-X).
1949 Declarado excedente como profesor,
sufre una honda
depresión a más
de lo grave
que se torna su economía familiar (III). Dentro del pro-
yecto de
investigación de Tupe,
que dirige en la Universidad de San
Marcos José Matos Mar, viaja José María como alumno del Instituto
de Etnología y miembro integrante del grupo. Publica Canciones y
Cuentos del pueblo quechua que posteriormente la Universidad de Te-
xas editará en inglés.
1950 En la Dirección de Educación
Arística y Extensión
Cultural, se forma
la Sección Folklore, Bellas Artes
y Despacho a cuya
Jefatura es promo-
vido. Arguedas,
cargo que servirá
hasta finalizar 1952. Es nombrado
Profesor de Etnología con 4
horas en el
Instituto Pedagógico Nacional
de Varones (VI), al asumir la Dirección
el doctor Peñaloza
concluye la
especialidad de antropología en la Universidad de San Marcos. "Tuve
la suerte
de ser alumno de George Kubler, de Jorge Muelle,
de Alian
R. Holmberg,
de Jean Vellard y de Valcárcel."
1951 Como "observador" del Perú
es enviado a
la Reunión de Expertos en
el Trabajo indígena, OIT, a
la Paz-Bolivia, país
que visita por
vez pri-
mera. Sus impresiones las graba
en un artículo
"La ciudad de La Paz,
una visión general
y un símbolo", con
que principian sus
colaboraciones
algo continuas a La Prensa de Lima, sobre temas folklóricos especial-
mente.
Alrededor de este año Estados
Unidos le deniega la visa de in
-
greso, a
pesar de haber
sido seleccionado para seguir el curso especial
que se preparó para los futuros profesores de la Escuela Normal Supe-
rior "La Cantuta", de Lima.
De su experiencia y sensibilidad como
profesor y funcionario, son
ilustrativas estas líneas: "
. . . l a única auxiliar
y la única
amiga que encontré
en mis doce
años de trabajo del Minis-
terio de
Educación. . .". Participa en el "Primer Congreso Internacional
de Peruanistas" convocado por la
Universidad de San Marcos (VIII) y,
en función
de su cargo, organiza y presenta un extraordinario "Pro-
grama de
danzas y canciones
del Perú", con
intérpretes y conjuntos
folklóricos seleccionados especialmente en el interior del país; llevando
así por vez primera un espectáculo
de folklore al
Teatro Municipal de
Lima. Como
presidente de la
Comisión Calificadora de
Conjuntos Fol-
klóricos (Ministerio de Educación), realiza una exigente tarea de control
y asesoramiento
para la más
fiel representación de
las manifestaciones
artísticas vernaculares (música, canciones, danzas, vestuario), período
al que se ha denominado "la edad de oro del folklore" en Lima.
1952 Viaja
a Jauja y Concepción con
Celia para recoger folklore narrativo que
publicó posteriormente
con el título
Cuentos mágico-realistas y cancio-
nes de fiestas tradicionales del valle del Mantaro. Provincias de Jauja
y Concepción. Se le aumentan 3 horas en el profesorado de Quechua en
el Instituto
Pedagógico, totalizando 7
horas. Regresa al
Cuzco (V) en
misión especial
del Ministerio de
Educación, para formar
y presidir la
comisión que elabore un
nuevo "Guión general
de la ceremonia del
Ynti Raymi",
debido al compromiso
que adquiere el
ministro con una
empresa cinematográfica francesa.
Allí integra la comisión con profeso-
res universitarios y especialistas. Su
informe personal no fue
publicado.
Años más tarde se referirá a él en Celebraciones del Ynti-Raymi
(12-VI-57). Presidente de la comisión nombrada para
presentar un nuevo
plan de estudios para las Secciones Normales del Conservatorio y de
la Escuela
Nacional de Bellas
Artes. Viaja a
Puquio en tareas
de in-
vestigación (VIII). Anota respecto al Quijote (XI): "este libro eterno
en que ha de encontrar la pureza espiritual, la generosidad sin lími-
t e s . . .
" (IRA). (La dedicatoria de
libros es una fuente muy valiosa
para conocer su criterio acerca del autor o del contenido de la obra.)
A fines
de este año o primeros días del siguiente detalla en un in-
forme: "En 4 años de labor
formé el Archivo
de Folklore del
Mi-
nisterio de
Educación, que contiene
más de 30
mil informaciones etno-
gráficas y
cerca de 300
grabaciones de música folklórica". "Propuesto
para la
jefatura del Instituto
de Estudios Etnológicos
a fin de dedicarse
exclusivamente a estudios de carácter científico, especialmente al aná-
lisis del Archivo Folklórico ya mencionado" (Biblioteca Nacional B.N.).
El archivo
documental pasó al
Museo en 1953; el de grabaciones en
discos virgen quedó en la Dirección de Educación Artística. Posterior-
mente fue inutilizado, y finalmente perdido.
1953 Con su categoría de Auxiliar cuarto
se le traslada
como jefe del Insti-
tuto de
Estudios Etnológicos del Museo de la
Cultura Peruana ( I ) . Viaja
por vez
primera a Chile,
comisionado por el
Ministerio de Educación
Pública para
asistir a la "Primera
semana del folklore
americano" con-
vocada en
Santiago, de la que publica
un corto informe. Declarado ce-
sante en la docencia por reorganización de la Escuela Normal Central
de Varones
"Enrique Guzmán y Valle", que
así pierde su lograda
auto-
nomía (VI)
. Declina el
cargo de Director de Cultura, Historia y Arqueo-
logía al nombrársele (VIII) sin haber sido consultado, por lo que con-
tinúa como
Etnólogo-Jefe del Instituto,
hasta 1963. Su
novela inédita
Diamantes y Pedernales es presentada al Premio
de Fomento a la Cultu-
ra "Ricardo Palma" 1953, que es declarado desierto. Como miembro
y
Secretario del Comité
Interamericano de Folklore, con
sede en el Perú
—integrante de
la Comisión de
Historia, del Instituto
Panamericano de
Geografía e Historia radicado en México— edita el primer número
de
la revista Folklore Americano, órgano oficial
de enlace de los estudiosos
nacionales y extranjeros. Allí aparece Cuentos mágicos-realistas.. .
1954 Del 12-IV al 18-IV
viaja a Ayacucho integrando la embajada de cultura
sanmarquino-iqueña, presidida
por el doctor Manuel Beltroy,
e inte-
grada por
intelectuales y artistas,
profesores y estudiantes. (IV) Viaja a
Huancayo para
el "Estudio etnográfico
de la Feria de
Huancayo", in-
forme publicado
por la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo
en 1957.
Empeñado en su tarea de depuración de la autenticidad de
las expresiones
en El Comercio de Lima, "La marinera, las academias y
lo criollo" (VII). Vuelve a Huancayo
el 30-XI, interesado en la arte-
sanía popular,
y es homenajeado
junto con otros intelectuales por el
diario. La voz de Huancayo. Aparece Diamantes y Pedernales del que
según una entrevista periodística
de 1967 que (como "testimonio de un
Perú andino integral") considera que es el menos logrado de sus relatos
"por estar escrito por (sic) una carga demasiado poética" (W
. R
. ) . En
cambio, Escajadillo
observa: " ... Tómese por ejemplo el caso de las
aves y
flores con valor
simbólico-poético. No hay, en
todo el sector que
hemos considerado
"indigenismo
ortodoxo" en Arguedas, un uso amplio
de estos
elementos. Las flores
y pájaros, todavía
sin valor claramente
simbólico, comienzan
a aparecer solamente
a partir de
Diamantes y Pe-
dernales". Extrañamente,
es la novela
corta que menos
comentarios ha
recibido hasta la
actualidad.
1955 Viaja nuevamente (II) por cuatro semanas para investigar el carnaval
en el valle y confirmar su cuadro de artesanía de los distritos de Jauja
y Huancayo.
En sendos artículos,
se refiere a un "admirable poeta
que-
chua aún no
revelado", oculto por el seudónimo
"Mosoh Marka" ( V I ) ,
y
a Taki Partva como "la contribución más importante a la literatura
quechua desde
el siglo XVIII"
(VIII) . Como embebido
en la serranía
andina, por
su casi continua
permanencia durante los
meses anteriores,
escribe el cuento
"La Muerte de los hermanos Arango" (VIII)
que ob-
tiene el
primer premio de El Nacional en el Concurso Latinoamericano
Trimestral Permanente del cuento, instituido en 1953 por ese diario
en México,
D.F. (Corresponde al del segundo
trimestre.) "Al triunfar
en este
concurso, no hicieron más que ratificar su prestigio y
su aureola"
(El Nacional).
1956 Publica en Fanal "Industrias populares en el valle del
Mantaro". Prosi-
guiendo los estudios hechos en Puquio en 1952, efectúa
nuevos tra-
bajos de
campo, en esta
oportunidad con los doctores François Bourri-
caud y
Josafat Roel Pineda (IX-X). Titula "Puquio, una cultura en
proceso de cambio" al
ensayo que aparece en la Revista del Museo Na-
cional. (En los Mitos descubre un nuevo mundo creativo del hombre
andino, vital para su más profundo conocimiento.)
1957 Obtiene el grado de Bachiller en
etnología, en la
Universidad de San
Marcos, con
la tesis "La
evolución de las
comunidades indígenas", pu-
blicada el mismo año con el subtítulo "El valle del
Mantaro y la ciudad
de Huancayo". Publica
"Hijo solo" en la
revista Fanal. "Comencé a re-
dactar esta novela (El Sexto) en 1957." Uno de los sucesos
más felices
de su vida
tiene lugar al
conocer a su hermana Nelly Arguedas Ramírez
de Carbajal en Lima (XII). "Aunque nuestro encuentro
se haya pro-
ducido después
de tanto tiempo,
creo que debemos consolarnos con el
hecho de que
al fin y al cabo nos encontramos (...) Arístides y
yo siem-
pre anhelamos verte pero la
suerte no nos favoreció. De
ahora en ade-
lante estaremos unidos hasta donde
sea posible ... " (IRA).
1958 Conoce Europa becado por la UNESCO
para realizar estudios en Es-
paña y Francia
durante 7 meses. Lo
acompaña su esposa Celia (
I ) . En
España se
establece en las Comunidades Bermillo
y Muga de
Sayago,
para investigaciones comparativas
con las peruanas; viaja por
San Vi-
tero, Madrid
y diversas ciudades y
pueblos. Adscrito al Museo Nacional
de Artes y Tradiciones, de París,
siempre por la
UNESCO, el 8-VII
da una charla "bien concurrida", con
"proyección de tres
pequeñas pe-
lículas que
traje". Allí, en
París, se les
une su cuñada
Alicia. De su
admiración minuciosa y solitaria en la visita a las más recónditas salas
de los
museos parisinos, presta testimonio el arquitecto
y escritor Héc-
tor Velarde (Louvre, Joyas prehistóricas; 1958; Museo Rodin: 1963).
El día 10 recibe la noticia de la muerte de su cuñada Mercedes (esposa
de
Arístides). Le escribe de inmediato que se sobreponga a la "
. . . a p a -
rente ruina espiritual que nuestros
enemigos —siempre los
tenemos—
quisieran que fuera definitiva y aplastante" (IRA). Recorre Italia con
E. A.
Westphalen, conoce Roma y retorna a París.
Reitera a su hermano
que continúe
enviándole: "Los periódicos (peruanos) aunque no traen
sino malas
informaciones respecto de
nuestro país, nos permiten sin
embargo mantenernos al día
de lo que en tan desventurada patria
ocurre" (IRA). Obtiene el Premio
de Fomento a la Cultura (XI) "Ja-
vier Prado"
1958, por su tesis
universitaria "La evolución
de las comu-
nidades indígenas". Por
hallarse en el
extranjero, el premio
por la tesis
universitaria lo recibe a su
nombre, en Lima,
su sobrina política
tan
querida, Nita Zapata Bustamante. A su regreso (XII) publica "París y
la patria".
En la polémica
iniciada con su artículo "¿Una novela sobre
las barriadas?" acerca de La tierra prometida de Luis Felipe Angelí, par-
ticipan Luis Jaime Cisneros y Mario
Castro Arenas. Aparece
Los ríos
profundos; " ... cuando (lo) publiqué
( . . . ) alcancé
a tener algún presti-
gio en
L i m a . . . " (CCP, p. 42)
. Saúl Yurkievich analiza:
"De no existir
ésta, su última novela, toda su producción anterior ( . . . ) quizá no hu-
biera trascendido el ámbito de lo
nacional y comarcano; pero con Los
ríos profundos los otros libros suyos se vuelven escalas de un mismo
ascenso hacia lo universal; se justifican y se convierten en necesarios
para explicar el logro final (...). Todo está
dicho bajo el
influjo de
una alta tensión lírica;
con frecuentes raptos
de efusividad, a
una ele-
vada temperatura emocional, que sorprendentemente se mantiene fresca
a través de
todo el libro ( . . . ) .
. .este libro, como toda la producción de
Arguedas, constituye
una clave para
la comprensión de
los problemas
peruanos; pero en primera instancia, Los ríos profundos es una obra
literaria, sin
intromisiones doctrinales, sin
cargazón
ideológica...". Como
nota curiosa citaremos la afirmación de Vargas
Llosa: "La mejor prosa
de J. M.
A. está en
Ríos profundos, pero
su mejor novela
es Yawar
Fiesta" (1964). Lo
que no obsta
para que su artículo Los ríos pro-
fundos (La Habana) se
reproduzca como Ensoñación y magia en J. M. A.
en Lima, y sirva de prólogo a la edición de la obra
en Santiago.
1959 P°
r oposición de la Inspectora de
los Jardines (de la Infancia) (IV) su
esposa Celia
no reingresó al
servicio: "He vivido
días atroces con
este
conflicto. Se
trata de una
monstruosa injusticia. He pasado noches y
días como
envenenado por la
impotencia ante un
abuso hecho con
todo
cinismo ( . . . ) . Nos han
hecho un daño horrible, no
sólo en lo
econó-
mico sino
en lo moral" (IRA). Pide hacerse representar como testigo en
el
matrimonio de su hermano Arístides con
Inés Escobedo (IX). "
. . . m i
salud es,
como bien lo
sabes, muy endeble, y que no me permite hacer
un viaje
de sábado a domingo; porque
no puedo abandonar
la Univer-
sidad por ahora".
" . . . Y ocurre esto (la pérdida
de la carta
a su her-
mano) precisamente ahora que estoy verdaderamente más deshecho que
de costumbre de los nervios" (IRA). Premio Nacional de Fomento a
la Cultura
"Ricardo Palma" 1959,
por su novela Los ríos profundos.
Breve polémica
con Carlos Salazar Romero surgida por La sociología y
la reforma de la educación secundaria (XI).
1960 César Lévano, comenta acerca de Los ríos profundos (II): "Si los indios
toman una
ciudad, a pesar de que
se les trata
de impedir el
paso con
ametralladoras y fusiles,
por una causa de orden religioso y
mágico, ¿no
sería posible
que tomaran el
mismo valor y aún
mucho más si
fueran
impulsados por una razón de tipo social
mucho más violenta?". (En
enero de
1968, en Cuba,
Arguedas confiará: "Yo
estaba sumamente
desolado cuando en
los comentarios del
libro (...) no se descubría la
intención de la
obra, hasta que (...) lo dijo expresamente (...) Léva-
no") . Elogia a Rulfo en Reflexiones peruanas sobre un narrador me-
xicano, a raíz de su novela Pedro Páramo (V). Participa en el III Fes-
tival del Libro Americano presentado
en Buenos Aires (VIII), al que
también concurren sus compatriotas Ciro Alegría, Juan Mejía Baca y
José Miguel Oviedo.
1 9 6 1 Viaja
a Guatemala mediante una beca de la OEA para realizar inves-tigaciones sobre el
arte popular (III-V). Visita múltiples localidades del país. Y aunque en carta
a su acompañante y generoso guía. Dr. To-
ledo Palomo
le dirá después:
"No pude escuchar a fondo la voz del
país, estaba pendiente o perturbado
por mis propias
preocupaciones",
escribe una
carta de protesta
a un diario
y concibe el
cuento "El Fo-
rastero". Publica
"Homenaje a William C. Townsed", Director
del I.L.V.
(23-VII), "Cuentos
religioso-mágicos quechuas de
Lucanamaría" (con
análisis por "Motivos") y El Sexto, del que
Yerko Moretic dice: "
. . . n o -
vela sensacional
( . . . ) el lector
comprende desde las
primeras páginas
que este egocentrismo nada tiene
que ver con la egolatría. Todo
lo con-
trario: al acendrar Arguedas los elementos de
su individualidad, lo hace
a través
de una incesante
recepción y proyección social, proceso dialéc-
tico que resulta extraordinariamente definidor y profundo. . .".
1962 La Universidad Agraria "La
Molina" lo contrata como
profesor a tiempo
parcial (VIII). El 11 declara
a un periodista:
"los tres hombres que
más admiro:
Cristo, Tolstoy y Túpac Amara".
. . "Sí, soy feliz. Porque
he trabajado
al servicio de mi
país hasta donde mis fuerzas
han podido
permitírmelo.
. . " Por vez primera publica una
composición hecha en que-
chua: el Haylli-Taki (Himno-Canción) Túpac Amaru Kamag Taytan-
chisman. Lo
dedica a Doña
Cayetana. " . . . aunque quisiera
pedir perdón
por haberme
atrevido a escribir en quechua. . .
" Del 16 al 23-IX concurre
al "Primer coloquio de escritores iberoamericanos y alemanes", organi-
zado por
la revista Humboldt en Berlín oeste, sobre "Sentido y limita-
ciones de la
traducción" y "La
misión del escritor
en la evolución de
nuestra época. El escritor como intérprete de la sociedad actual", en
la que
se refiere a
la creación del
movimiento "humanismo socialista".
Premio Nacional
de Fomento a la Cultura "Ricardo Palma", 1962, por
su novela El Sexto. A un "Inventario confidencial", periodístico, res-
ponde los 3 libros que más le han impresionado: El Quijote, Hamlet
y La Guerra y la Paz. ¿La
bomba atómica?: "la
más terrible amenaza
contra la humanidad y que
debe ser abolida". Publica La agonía de
Rasu Ñiti, cuento basado en una leyenda folklórica. En sus innumera-
bles cartas es posible hallar su
pensamiento acerca de los más variados
e importante temas, o asimismo,
extraerlo de modo
indirecto de las
de sus corresponsales: (13-V-62) "yo, como
usted, también he pensado
a veces
que la ciencia
sustentada por el
arte puede ser la fuerza salva-
dora de
la humanidad" (B.N.). "Sangre Negra (...) me adhiero a Ud.
en la
creencia de que es una de las mejores, si no la mejor de las novelas
americanas
de estos últimos tiempos" (la obra de Wrigth) (B.N.). Refe-
rente a
la sublevación de La Convención
expresará posteriormente: "yo
estaba seguro de
que esas gentes se rebelarían
antes que las
comunida-
des libres, porque estaban
mucho más castigadas
y mucho más al borde
de la muerte que las comunidades libres que tienen algo de tierra"
(CCP, p. 39).
1963 Los ríos profundos recibe un "Certificado de mérito" de la Fundación
William Faulkner, de los EE.UU. como candidata al Premio (II).
La Comisión
Técnica de Folklore
presenta un plan
para el estudio
del
Centro y Sur
de los Andes, durante 7 meses, a cargo de J. M. A., Emi-
lio Mendizábal,
antropólogo, y Abraham
Guillén, fotógrafo (IV). Se
gradúa de Doctor en Etnología en la Universidad de San Marcos, con
la tesis
"Las comunidades de
España y del Perú". En el artículo "¿En
otra misión?" (IX) expone su plan de acción como director de la Casa
de la
Cultura del Perú,
cargo que recién asume.
Realiza una labor am-
plia, y
de vigoroso relieve,
tanto a la
cultura tradicional como a la
académica, " . . . quien propició
entusiastamente que se otorgara
un Pre-
mio Nacional
de Cultura especial a dicho libro (
H i s t o r i a de la República
del Perú, 5 tomos) en 1963 y lo consiguió, fue
el gran escritor indige-
nista J.
M. A., Director
entonces de esa
Casa, evocado aquí con in-
mensa
gratitud y admiración. . . " (J. Basadre). Con Delfina Otero
Villa-
rán como Jefe del
Departamento respectivo, pone al día los "Premios
de Fomento a la Cultura", entregando los pendientes desde 1957 has-
ta 1963
inclusive. Dirige una
"Mesa Redonda sobre
el monolingüismo
quechua y
aymara y su
relación con la
educación formal", a la que
convoca a lingüistas, educadores y antropólogos (20-24-XI, será impresa
en 1966).
1964 Con Francisco Izquierdo Ríos como Jefe de Departamento de Edicio-
nes, publicó
el primer número
de Cultura y pueblo (III), revista de
divulgación cultural
y destinada verdaderamente a la masa popular
pues, asimismo,
su precio es de dos
soles oro. Dirige,
igualmente, el
número 2
de la Revista Peruana de Cultura y en ambas colabora con
sus escritos. En "La Molina", es promocionado como Profesor Asocia-
do (IV) .
El ministro de
Educación, Doctor Francisco Miró Quesada, lo
condecora con
las "Palmas Magisteriales" en el grado de "Comenda-
dor" (VII). Renuncia a la dirección de la Casa de la Cultura (VIII),
solidarizándose con la renuncia de la Comisión Nacional de Cultura
que preside el doctor Carlos Cueto Fernandini. Su discurso se publica
en un periódico
local. El Presidente de la República, en la Resolución
de aceptación
de su renuncia,
le da las "gracias por los servicios pres-
tados
en favor de la cultura
nacional". Es nombrado
Director del Museo
Nacional de Historia
(1 - IX) y viaja a México en representación del mi-
nistro de Educación, para asistir a la inauguración de los Museos de
la ciudad de
México. A su regreso publica un
artículo "México: los
mu-
seos y la historia del hombre". En el
artículo Danzas y cantos del Perú
y no ballet folklórico, sintetiza su pensamiento y posición acerca del
controvertido tema
(19-VII) y su primer cuento no peruano "El foras-
tero" lo
ambienta en Guatemala.
Aparece Todas las sangres: " . . . y o he
tenido la
fortuna de recorrer
con la vida
casi todas las escalas y jerar-
quías sociales
del P
e r ú . . . " . "Conozco el Perú a través de la vida y en-
tonces intenté
escribir una novela
en que mostrara todas estas jerar-
quías con
todo lo que tienen de promesa y todo lo que tienen de lastre.
Somos un país formidable." (CCP, p. 42)
. Castro
Klaren, sostiene: "La
violencia va
ascendiendo en la
obra de Arguedas.
Mientras que los
personajes de Yawar Fiesta se quedan al
borde de ella,
los de Los ríos
profundos, El Sexto y Todas las sangres ven en ella
el único modo
de
afirmación y salvación. La participación en la violencia
es parcial en
El Sexto, Los ríos profundos y El zorro de arriba y el zorro de abajo
pero en Todas las sangres es universal e ineludible". Mientras
que Ovie-
do declara 'Todas las sangres, que ha sido
para mí como un
texto, un
texto de
explicación, un texto
de investigación social, que me ha acer-
cado a
un mundo para
mí inédito y me ha revelado esto que creo es
una gran lección: que pertenezco a un
país que es
muchos países a
la vez,
que pertenezco a
un mundo que es
una suma de
mundos a
veces cerrados y excluyentes. La novela ha testimoniado esto" (CCP,
p. 257).
1965 Concurre al "Coloquio de escritores" reunido en Génova, del que tra-
tará luego
en un artículo
periodístico (
I ) . Tiene ahora
un "Volkswa-
gen" 1.300.
Algo después lo
cambiará por un
1.500. Lo que
para otras
personas supone
una dimensión económica
o de comodidad,
en su
sensibilidad guarda matices insospechados; habla de "su hijo de fierro".
Se separa
de su esposa
peruana después de veintiséis años de matrimo-
nio. No tuvieron hijos. Edita el primer número de la revista Historia
y Cultura, como
órgano del Museo
Nacional de Historia (de la Repú-
blica), con
Franklin Pease como
secretario. Invitado
por el Departa-
mento de
Estado de los
EE.UU. realiza una
gira por las
principales
Universiades de Washington, Indiana, Bloomington (Congreso de Etno-
musicología),
Cornell, California, etc., dictando conferencias (IV-V). A su
regreso hace
escala en Panamá.
Proyecta escribir "un pequeño libro so-
bre los EE.UU.". (Nota: Posiblemente el
cuento "El puente
de hierro"
que acaba de publicar el Instituto Nacional de Cultura, V-1977, lo iba
a integrar.
Sabemos de un
texto, también inédito, obsequiado a la fa-
milia del
fallecido maestro Carlos
Issamitt, distinguido etnomusicólogo
chileno; quizá se trate de otra copia del mismo o más completa.) Asiste
al "I Encuentro ,de narradores peruanos" en Arequipa, organizado por
la Casa de la Cultura,
de ese departamento (14-17-VI).
A nombre de
los participantes (de
Costa, Sierra y Selva, representados estos últimos
por Hernández e Izquierdo Ríos) se refiere en
el discurso de
clausura.
Dada la
notoriedad alcanzada por
Todas las sangres, el Instituto de Es-
tudios Peruanos
organiza una mesa redonda que
ocupa dos sesiones.
Asisten críticos literarios, sociólogos, economistas. Nadie midió el im-
pacto que
los conceptos allí
vertidos le alcanzaría,
dado su estado
de
ánimo. El 22 en la
noche escribe: "Creo
que hoy mi vida ha dejado
por entero de tener razón de ser (...) casi demostrado por dos sabios
sociólogos y un economista, también hoy, de que mi libro Todas las
sangres es
negativo para el país, no tengo nada que hacer ya en este
mundo. Mis fuerzas
han declinado creo
que irremediablemente (...).
(El quechua será inmortal,
amigos de esta noche. Y eso no se mastica,
sólo se
habla y se oye)" (IRA). Radica definitivamente en Lima la jo-
ven chilena señora
Sybile Arredondo Ladrón
de Guevara (VII) con sus
dos niños
también chilenos. Se
dirige a Francia donde permanecerá un
mes y medio (
I X ) . A su regreso publica
un artículo (17-X), "New York
y
Quito", en que se refiere
a New York como
estímulo de la fe en el
poder de la
mente humana y Quito, ilumina y alienta.
Ya en Lima,
en
reuniones con
un reducido grupo
de amigos, elaboran la fundamen-
tación y
anteproyecto de creación
de un Instituto
Peruano de Etno-
musicología y Folklore (IRA). Dicta una conferencia sobre Mitos
Quechuas a la
comunidad de estudiantes
jesuítas en Huachipa, a invita-
ción del padre Rouillon. En texto bilingüe publica El sueño del pongo,
el que más tarde, en edición postuma, aparecerá grabado en disco con
su propia
voz (1969) . Consiste
en un cuento
folklórico, con alguna
re-
elaboración debida
a insuficiente registro,
según propia declaración
del
recolector.
1966 Viaja a Chile. Asiste en Arica a la Reunión de escritores y artistas orga-
nizada por
el Consejo Nacional
de la Cultura,
de Santiago, para consi-
derar el
problema de la
integración de América
Latina. En un
folder
titulado "Hombres
y Dioses de
Huarochirí" escribe "Borrador de la
traducción
obsequiada a mi esposa Celia el 11 de Marzo de 1966" (B.N .) .
La obra
se publica el
mismo año. En
adición a su puesto
oficial se le
encarga
la dirección del
Museo de la Cultura
Peruana, que desempeñará
hasta el 11 de abril.
"No tengo ya
aliento para servir a mi país. El
día 25
vi en la Casa de la
Cultura el presupuesto aterrador
de esa Ins-
titución." "He tomado
Seconal (IV) . Esta decisión... Se precipitó por
el viraje
del gobierno que no
ha de permitirnos trabajar ... " "Hay
que
defender el país, yo no sé
cómo." (IRA). En las oficinas de la Direc-
ción del
Museo Nacional de
Historia, el día 11 realiza su primer in-
tento de suicidio. Deja varios sobres "al Sr. Chumpitaz" (portero).
"Para su
hermano Arístides. Encargos
y decisiones", para el Dr. José
Ortiz Reyes. . .
Son varios los
testamentos,
"instrucciones finales" cono-
cidas a
partir de entonces.
Y tiene unas palabras de aliento para Celia
quien aún
es su esposa legalmente: "Que sea fuerte como fue generosa
en el
momento más duro
para ella. Le
beso las manos" (IRA). Poco
antes había entregado
un artículo: "La
política cultural y la crisis de
los museos". Vuelve a
Paracán después de muchos años; lo encuentra
muy
cambiado (VI) . Parte a Chile, esta vez
sólo por cuatro días (VII).
Pide su
cesantía, retirándose del
cargo y del servicio oficial (VIII). La
Universidad Agraria lo
nombra Profesor Principal
a tiempo completo.
Asiste al XXXVII Congreso Internacional de Americanistas en la Ar-
gentina (IX) (Buenos Aires y La Plata) invitado al Simposio de Folklore
que organiza
el Dr. Richard
M. Dorson, de
la Universidad de Indiana,
Bloomington es nominado uno de los Secretarios del Congreso. De
allí pasa al
Uruguay a consultar a un médico y a Santiago por dos días.
Dura su viaje una quincena. Con
fecha 16 aparece
en Marcha, de Mon-
tevideo, el primer
capítulo de Harina Mundo, novela sobre Supe (lugar
adonde concurría
anualmente a veranear
con su familia y ocasional-
mente durante
el año), que
parece nunca continuó (ver: Westphalen).
Mejía Baca publica José Marta Arguedas en la serie Perú Vivo, refe-
rente a
"La Literatura como
testimonio y como una
contribución". Frag-
mentos del
libro son grabados
por el mismo
autor en el
disco que se
acompaña. Con
su introducción y
traducción, sale Dioses y hombres de
Huarachirt en edición bilingüe. En 1975, Ed. Siglo X X I la preparará
de modo
accesible; Angel Rama,
en "Nota a
la presente edición", ex-
plícita: "...cumpliendo el
voto formulado por
J. M. A. (este libro
podrá convertirse
en lectura universal
y no destinado
únicamente a los
eruditos'), se
ha prescindido del
aparato erudito de
la anterior publi-
cación".
1967 Invitado como miembro
del Jurado del
Concurso folklórico programado
en Puno para
la tradicional fiesta
de la Virgen
de la Candelaria (II)
realiza una
investigación y publica
un artículo periodístico, "Puno
otra
capital del
Perú" (III), en que la
nomina como "Capital folklórica".
Concurre al II Congreso Latinoamericano de Escritores, Guadalajara,
México (14-3
l-III). Participará, en Chile, en el Congreso Internacional
de Escritores.
Asiste a la "Reunión
de Antropólogos en Viena (23/VII-
2/VIII) para considerar
la integración de la enseñanza
con las investi-
gaciones antropológicas". A
su regreso, da
un informe especial
a los
Profesores de Ciencias Sociales en
el Campus de
la Universidad Cató-
lica, en Lima. Contrae matrimonio en la Acaldía de Miraflores, Lima,
con Sybila Arredondo (13-V).
Ultimo año que
sirve como Profesor
Auxiliar a
la Universidad de San Marcos,
en cuyo Departamento
de
Etnología desarrolló diversas
cátedras de " 'Quechua', Antropología
Cultural" (con
Emilio Mendizábal como
"Ayudante"),
"Estudio de la
cultura a
través de la
literatura oral", etc.
Ante las "reminiscencias o
confluencias" que André Jonela Ruau establece entre Todas las sangres
y Romance de lobos, Arguedas, declara que "no ha leído
a Valle-Inclán".
Amor Mundo y otros relatos es publicada por Ed.
Arca en Montevideo
(137 p.) y, a
pedido del autor,
ceden sus derechos
para su impresión
en Lima como Amor mundo y todos los cuentos, que incluye otros
relatos más (207 p.).
1968 La UNMSM publica su tesis doctoral "Las comunidades de España y
del Perú" estructurada en el
trabajo de campo efectuado años ha en
aquel país. Es elegido Jefe del Departamento de Sociología en "La
Molina", por
lo que se retira
de la Universidad
de San Marcos
( I ) .
Parte a
Cuba, vía Madrid,
Terranova, para integrar el Jurado de la
"Casa de las Américas". En
la Habana se
le reunió Sybila.
Durante el
viaje escribe
su último poema
quechua: "Cubapaq" (14-22-11). Escobar
escribe: "Son varios los campos creativos
en que J. M. A.
impuso el
signo inequívoco de su personalidad
de excepción. No
solemos in-
cluirlo, sin
embargo, entre los cultores de la poesía (...). La poesía de
Arguedas arranca de una constante: de la
contemplación de la realidad
múltiple; del asombro o la
adhesión, del amor
o del odio
acerados,
del compromiso siempre" (Katatay).
La publicación del
capítulo inicial
de su novela
entonces en preparación, El zorro de arriba y el zorro de
abajo, desata una desdichada polémica con Julio Cortázar (IV-VI) que
lo afectará
sobremanera a decir
de sus íntimos. Se dirige a Chile por
siete semanas
(5 - V) . La conmovedora
carta del día
12 a su
hermano
Arístides, conjuntamente
con Nelly, patentiza
su estado de
ánimo. Su
prolongada y variada estancia en Chimbóte, preparando "Los zorros"
(I-II-IX-X) le proporciona una "experiencia del hervidero que es el
Perú actual y, bastante, nuestro
tiempo, el más
crítico y formidable,
nuestra época
que tenemos la
suerte de sufrir
y gozar como ángeles
y
condenados". Envía
una carta condenatoria
del "Acto" de
Talara y del
Gobierno (IX). Desde Chimbóte envía una tiernísima carta a su her-
mana Nelly, "Siento, ya sabes cuánto
siento todo lo que padeciste por-
que no vivimos juntos, porque nuestro viejo no te dio a ti el amor y
el auxilio
que nos dio a nosotros, (...) el infortunio te hizo buenísima
hasta convertirte en una especie de madre de tu querido José
María que
tanto te quiere
( . . . ) y yo
necesito que estés cada vez más fuerte porque
siempre he de necesitar tu cariño y el de tus hijos que felizmente he
ganado
en buena
ley. Yo los
quiero mucho y tu casita
ha sido y es un
sitio donde mi cuerpo y mi alma descansan como un pedazo de cielo"
(3-X-68) (IRA). Una verdadera consagración nacional se considera su
designación para el Premio Inca "Garcilaso de la Vega" instituido por
la Beneficiencia Pública de Lima
y concedido por
primera vez en el
país; al
recibirlo en la Casa de
la Cultura, pronuncia
su discurso-
conferencia: "No soy un aculturado", en el que afirma: "Fue leyendo
a Marx
y después a
Lenin que encontré
un orden permanente en las
cosas; la teoría socialista no sólo dio un cauce a todo el porvenir sino
a lo que
había en mí de energía, le dio un destino y lo cargó aún más de
fuerza por
el mismo hecho
de encauzarlo. ¿Hasta
dónde entendí el
socialismo? No lo
sé bien. Pero no mató en
mí lo mágico. No
pretendí
jamás ser un político
... " .
1969 En su último viaje a Chimbóte alternando la inquietud de su investiga-
ción y
creación, se acoge
a la paz
de la residencia
de los Padres
Ca-
nadienses, padre Enrique Camacho y
un viejo sacerdote
que le lee pa-
sajes de la Biblia que lo conmueven hondamente. "La colección Alicia
Bustamante y la Universidad" es un sentido
artículo que publica por el fallecimiento de su ex cuñada. De regreso a Lima,
sus febriles y ator-
mentados
viajes serán todos a Chile:
"Admiro y estimo como al que
más a Juan Rulfo; a don Felipe
Maywa, el único indio que aún vive
de quienes me protegieron en mi
infancia; a la doctora Lola Hoff-
man, de Santiago; a Fidel Castro, a Nicanor Parra,
a Pedro Lastra, a Carmichael, a los poetas peruanos Washington Delgado, Javier
Solo-guren y Antonio Cisneros; al lingüista y maestro universitario. . .
Al-berto Escobar ... " ( . . . ) "Uno de los libros que más admiro es
'El se-pulcro de los vivos', de Dostoiewski" (En Santiago: A. Calderón,
22-1). Se acoge a la tranquilidad del Museo de Puruchuco, en Lima, por al-gunos
días. Dirige una carta a la revista Oiga sobre la Nueva Ley Orgánica de la
Universidad Peruana. Parte a Santiago el día 25 y retorna a Lima en los
primeros días de marzo. Viaja a Yauyos en busca de una hermana de padre, de la
que tienen conocimiento los hermanos
Arguedas. Nuevamente a Santiago el día 18 y
permanecerá allí hasta el 6 de septiembre, con alguna interrupción: "En
este viaje todo fue
bien, mejor que otras veces. . . Esta última vez en
menos de dos meses escribí dos capítulos y medio de la nueva novela. No es
muchísimo. Algo más de cien páginas sobre un tema muy difícil" (IRA) . En
este
lapso regresa
al Perú, entra por
Arica rumbo a
Arequipa, atravesando
"por tierra de Tacna, vía Moquegua, que no conocía".
Allá (en Are-
quipa) escribí unas
quince páginas
en siete días ... y paseamos
de lo
lindo (con
sus primos Pozo, tío Abel y Sybila) (IRA) .
El 12 de mayo
se
halla nuevamente en
Santiago pero antes, en
el pueblo de
Quilpué,
escribe algunas páginas de su novela. "Ahora estoy sin
poder escribir
nada. . .
Algo peor que en
Lima." " . . .Tengo mucha pena
de estar lejos
y de no poder escribir." "Preocupado hasta
los tuétanos por
el peligro
en. . . que
está Nelly de que la
consideren excedente en su colegio."
" . .
.Ojalá me pase este dolor a la nuca" (IRA) . "Con Sybila el asunto se
perturbó por falta de comprensión más hacia ella que tampoco tenía medios de
hacerme entender que su falta de prejuicios estaba sostenida por una lealtad y
amor maravillosos. Luego, los niños de ella fueron inconquistables para mí que
casi siempre he tenido facilidad para ha-
cerme querer con
los niños" (IRA) .
Desde Santiago de
Chile envía a
la revista Oiga, de Lima, un artículo
intitulado "El ejército
peruano",
que implica en parte una carta abierta
al General Velasco
"y que dice
de su esperanza"; "¿Y si alguna vez? ... " . "Washington
Delgado es
uno de los poetas y amigos a quienes más
estimo" ( . . . ) . Admiro y estimo especialmente a Juan Rulfo. Admiro
muchísimo a Mario Vargas Llosa
(Coral,
p. 45) . Se
halla en Valparaíso. "Como
estoy tan conturbado
y
aturdido
y fatigado me
eximí de asistir
al Congreso de Escritores
La-
tinoamericanos que se
realiza en estos días
en Santiago." La Federación
de
Estudiantes de la
Universidad Agraria de
Lima, imprime su mensaje
"Al pueblo excelso de Vietnam", escrito
en texto bilingüe (quechua-español). Sigue agobiado por la estrechez económica
" ... porque durante estos diez meses he vivido sólo de derechos de
autor" (IRA) . Envía un testamento ológrafo a su hermano Arístides y
añade: "el que dejé donde Ortiz Reyes queda anulado. Así lo digo en
éste" (IRA) . (Es por éstos y otros que se habla de los diversos
testamentos existentes.) Viaja a Chile por última vez, el 25-X es el retorno
definitivo a su patria. La obse-sión de no poder escribir, luchar; la situación
universitaria del país lo
quebranta;
sucesos personales lo agobian
como una premonición (el
cambio,
la pérdida de
propiedad de su
carrito, "su hijo de fierro"),
"cosas
monstruosas", como él
las define. Poco
después va donde su
hermano Arístides, le dice el contenido
de su testamento (a favor de
los hermanos Arguedas)
y se lo
entrega en un
sobre, lo que Arístides
rechaza airado recriminándole que piense siquiera en la idea de su
muerte
y rompiendo el sobre ante él. "Reafirma" en carta a Gonzalo
Losada (5 -
XI): "Algún día los libros y
todo lo útil
no serán motivo
de comercio
lucrativo en ninguna parte. Ya sé
que usted está
de acuer-
do, en el
fondo, con esta
conveniencia y que no ha sido el lucro el
estímulo principal de su empresa de editor (...). Mi viuda estará absolu-
tamente de
acuerdo con el
pedido que le
hago. Ella tiene derecho sobre
esos dos libros" (Todas las sangres y Los Zorros). Escribe una carta en
quechua a Hugo Blanco (27 - XI),
ex estudiante de Derecho, guerrillero
campesino que
se halla preso;
lo invoca: "Piedra y paloma". Fechada en
la Molina, escribe:
a "Sybi, amor: (... ) . Me
voy de la vida sin más ago-
bio verdadero que el dejarte y dejar a
Carolina" ( . . . ) . En las últimas semanas una amistad muy cordial se
estableció con la pequeña Caro, compañera de sus paseos dominicales. "No
sé cómo harás para que en-tienda mi desaparición". El viernes 28, desde su
oficina de la Universidad Agraria hace una llamada telefónica a Celia, su
primera esposa, y envía con el Dr. Alfredo Torero un grueso sobre a Sybila. Al
promediar la tarde se dispara dos tiros. Una bala se le incrusta en el cerebro
pro-duciéndole una lenta agonía. Fallece el martes, 2 de diciembre, en el
"Hospital del Seguro
Social del Empleado", dejando cartas dirigidas
a
Sybila,
"Acero y
Paloma"; al Rector y estudiantes de la Agraria, a Fran-
cisco Ygartúa (Director de la revista Oiga) pidiendo la publicación de
su "Ultimo
diario", a Gonzalo
Losada (Buenos Aires) y a su hermano
Arístides. Son "las
siete horas y
quince minutos del día dos de di-
ciembre ( .
. . ) en
el Hospital Central del Empleado. El deceso se produjo
a
consecuencia de herida
por arma de
fuego, de pequeño calibre, de
cañón corto, penetrante de la cabeza, inferido por mano propia". Te-
nía 58 años
de edad. Su
velación en la Universidad Agraria y el tras-
lado de sus restos constituyen
un multitudinario homenaje,
aunque
explotado políticamente. Fue enterrado en el Cuartel San Donato, ni-
cho 9-B, del Cementerio "El Angel", en
Lima. Sobre su tumba un es-tudiante escribe: "Kaypiraqmi Kachkani"
("Aquí me tienen todavía").
Aquí
estoy: Su espíritu
y su obra permanecen en
nosotros. El día
7 se
publica su artículo postumo: "Salvación del
arte popular". El 18 de enero de 1976, el Ministerio de Educación dispone
su traslado a la tumba 33-34, Jardín X (equis), Sector San Benito, del mismo
Cementerio.
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INDICE
PRÓLOGO, por Mario Vargas Llosa IX
LOS RIOS PROFUNDOS
I. El viejo 3
II. Los viajes 19
III. La despedida 26
IV. La hacienda 31
V. Puente
sobre el mundo 36
VI. Zambayllu 52
VII. El motín 71
VIII. Quebrada
honda 87
IX. Cal y canto 107
X. Yawar
mayu 125
XI. Los
colonos 153
CUENTOS
Prólogo, por Mario Vargas Llosa 191
Warma Kuyay (Amor de niño) 207
Diamantes y pedernales 212
La muerte de los Arango 245
La agonía
de Rasu-Ñiti 250
El sueño
del pongo 257
El forastero 261
Amor Mundo
El horno
viejo 267
La huerta 274
Hijo Solo 280
Don Antonio 287
CRONOLOGÍA 295

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