© Libro N° 8598. Jose Asuncion Silva. Obra Completa. Emancipación. Mayo 8 de 2021.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Obra Completa
Jose Asuncion
Silva
Obra Completa
PROLOGO
E L “c a s o ” Silva resulta extraordinariamente
interesante para comprender la situación de cierto tipo de intelectual en los
medios dominantes latino americanos de fines del siglo xix, y para comprender
también cómo funciona la mentalidad mitificante del aficionado a las letras,
especial mente en un país como Colombia, donde la literatura y la cultura, los
sabios y los poetas han constituido un preciado mito de ciertos sectores de las
clases medias y altas. José Asunción ha llegado a ser una especie de leyenda,
un “caso” de la sensibilidad poética, de la exquisitez de espíritu, de la
genialidad enfermiza, de los desvíos del ser superior, del conflicto con la
realidad que tiene toda alma privilegiada, y en fin, de la psicopatología del
genio artístico. Su vida y actitudes de “dandy”, su desdén aristocrático y
decadente, sus comentadas relaciones con su her mana Elvira, las
circunstancias de su suicidio a tan temprana edad y, desde luego, su “Nocturno”
mayor, han configurado la leyenda. Por otra parte, es uno de los poetas cuya
obra se ha editado más en toda la historia de las letras colombianas: el
“Nocturno” podría ser, incluso, el poema más editado y leído de todas las
letras hispánicas. Ningún otro poeta ha merecido tantos homenajes (eso sí,
después de muerto) en esta “tierra de poetas”, como irónicamente, sin duda,
solían llamar a Colombia.
¿Cuáles son las razones de tal culto? Todo tiene
que ver, seguramente, con el momento histórico en que Silva vivió, con su medio
social y desde luego con las calidades de su obra.
Su vida no tuvo la espectacularidad pública de su
muerte por sui cidio antes de cumplir los 31 años, ni fue tan agitada,
pintoresca o excéntrica como la de otros contemporáneos suyos. Sin embargo, sus
amigos y biógrafos se han encargado de potenciar los rasgos de su
IX
leyenda, y pocas voces lúcidas y sensatas se han
escuchado cuando se habla de Silva 1.
Nace en plena época de convulsiones políticas y
económicas. Estudios reducidos e ineficaces; como ha dicho su gran amigo
Baldomero Sanín Cano, “el día que sintió las mordeduras del genio sobre la
frente, tendió la vista hacia atrás para averiguar lo que había aprendido en la
escuela y descubrir, como todos nosotros, que no sabía nada”. Así, toda su for
mación es autodidacta y éste es un hecho que se olvida frecuentemente, ya que
suele presentársele como poco menos que un erudito en filosofía, psicología, medicina
(el hecho de que se hiciera indicar, el día anterior a su suicidio, el lugar
del corazón, pone en duda la veracidad de tales atribuciones), literatura, etc.
Desde luego, realizó el periplo obligado de los intelectuales de su clase en la
Latinoamérica de fin de siglo: París, aún muy joven y por poco tiempo. Luego
irá a Caracas, en el servicio diplomático. Su cultura es diletante y sus
lecturas, al parecer abundantísimas, en muchos casos resultan desordenadas, mal
asimiladas y anodinas. Su curiosidad intelectual se saciaba en el último libro
que caía en sus manos y muchas veces en obras de las que por fortuna no
guardamos ningún recuerdo. De muy joven leyó y tradujo a Maurice de Guérin y a
Béranger2; luego, con apasionamiento justificable, a Hugo, Tennyson, Sully
Prudhomme; no descuidó a Edgar Alian Poe, Baudelaire o a Bécquer; pero sus
maestros también fueron Joaquín María Bartrina, don Ramón de Campoamor y el
inefable don Gaspar Núñez de Arce. Poco hay en su obra que permita creer que
gustó de (o que le influyó) la obra de Verlaine, Mallarmé, y desde luego ignoró
com pletamente a Rimbaud 3. En este sentido su obra es, en buena parte,
1 La bibliografía sobre Silva, sobre el caso
humano, sobre su psicología, etc., es tan estrambótica como abundante. La
intuitiva simpatía que suscita el poeta perseguido por el sórdido mundo del
"materialismo”, las ejecuciones judiciales por deudas de negocios, suelen
excitar al impenitente romántico que duerme en la pluma de muchos de nuestros
críticos. Destaquemos aquí, sin embargo, el artículo de Camilo de Brigard
Silva, sobrino del poeta, titulado “El infortunio comercial de Silva”, incluido
en las Obras completas, edición del Banco de la República, Bogotá, 1965; este
artículo sobrio, informativo y documentado contrasta notablemente con tantas
indigestas leyendas psicobiológicas de criollos biógrafos.
2 Son curiosas las coincidencias entre Guérin
(1810-1839) y Silva: el amor por la hermana, la muerte prematura, por ejemplo.
3 Resulta curiosísimo examinar las menciones que
hace el propio Silva en la obra literaria o en la correspondencia de los
autores que dice conocer; he aquí algu nas, al azar: Spinoza, Spencer, Wundt,
Max Nordau, Verlaine, Taine, Tolstoi, Pierre Loti, Paul Bourget, María
Bashkirtseff, Sully Prudhomme, Maurice de Gué rin, Béranguer, Pereda, Núñez de
Arce, Renán, Mauricio Barrés, D'Annunzio, Zola, Mallarmé, Claude Bernard, etc.
Existe una mención reveladora. Cuando debe entregar sus libros en parte de pago
de sus deudas, en la lista aparecen estos títulos: “un ejemplar de Ismaelillo,
de pasta marroquí blanco con esquinas de oro, seguido de la anotación “regalo
de José Martí” ( . . . ) un ejemplar de A rebours, pasta marroquí rojo, regalo
de S. M allarm é ...” (cit. por de Brigard, art. cit., pág. 394). Las
relaciones entre Silva y Mallarmé eran, al parecer, muy amistosas, ya que en
alguna ocasión el colombiano le envía al francés una orquí dea venezolana, que
éste le agradece en una esquela. Sin embargo, no aparecen
un intento de imitación, asimilación y adaptación
de las letras decimo nónicas europeas, españolas o francesas, o incluso,
norteamericanas (Poe). Es decir, una obra culturalmente colonizada, como casi
toda la poesía modernista y como una muy buena parte de las letras
latinoamericanas que, sin embargo, ofrecen algo propio y diferente.
La actitud poética de Silva expresa formalmente el
mismo conflicto que expresa la de los poetas franceses del simbolismo y de la
modernidad: la hostilidad del capitalismo y de la burguesía que, según los
casos, nace o se afirma contra el arte y la cultura. Silva formula este
conflicto de una manera peculiar, sin distinguir tal vez muy claramente los
términos que se enfrentan. Desde luego, tal conflicto no puede plantearse en
Colombia o en Latinoamérica en los mismos términos europeos, ya que es difícil hablar
de burguesía en el sentido clásico o técnico del término en el continente,
especialmente en aquellos tiempos, aunque el auge de cierta clase social de
comerciantes se deba a la inyección capitalista del comercio exterior, en buena
parte. Pero, indudablemente, Silva se sentía tan rechazado, incomprendido y
hostilizado por su medio ambiente, por su propia clase, como Baudelaire por la
burguesía triunfante a partir de la segunda mitad del siglo xix. No sólo
tenemos al respecto las protestas de Silva contra la “realidad”, sino la
persecución desatada contra él, que comienza en cierta manera en los reproches
de su madre por escribir poesía, y llega hasta la justicia, que le acosó con
cincuenta y dos ejecuciones, al quebrar su negocio y fracasar como comerciante,
en parte debido a las consecuencias de la guerra civil de 1885, en parte a su
falta de espíritu burgués y de talante capitalista.
Que Silva se hallaba en contraposición a su clase
se ha convertido en un lugar común entre los que se han ocupado de su obra. Oue
él extremó en ocasiones sus desafíos a las convenciones sociales de esa pequeña
sociedad pacata y conservadora, también resulta ya demasiado repetido. Que esa
sociedad lo hostilizó y persiguió en varias formas, ya no es tan resabido.
Presumido (lo apodaban José Presunción), altivo, aristócrata sin medios,
europeizado, dandy descreído y desafiante, fue rechazado por sus propios congéneres
sociales (y aun por su propia familia: su abuela lo ejecutó judicialmente por
deudas), que se reían de él y que contemplaron su ruina y suicidio con frialdad
o reproche. Imagen de todos ellos, el temible “señor Uribe” de su
correspondencia, quien, con la Imitación de Cristo y El progreso del alma del
padre Faber, en alto, persigue implacablemente y con gran saña al pobre poeta
en quiebra comercial. La escena, relatada por Silva con admirable y sutil
ironía, es muy ilustrativa; el joven poeta, arruinado pero sin
huellas apreciables de su poesía en la obra de
nuestro poeta. En la única referen cia que aparece en ella, en el artículo “El
doctor Rafael Núñez", Silva cita un verso de Mallarmé: La vie est triste,
hélasl, et j’ai lu tous les livres, en vez de La chair est triste. . . Se dice
también que Gustave Flaubert le regaló la primera edición de Las flores del mal
de Baudelaire.
XI
abandonar su actitud snob de noble criollo y de
literato, va a proponer soluciones a su rico y despiadado, maguer piadoso,
acreedor:
Llegué a su cuarto, lo saludé con gran cariño, me
acomodé en un sillón, encendí un cigarrillo turco, y comencé a hablarle. Usted
dejó de leer un libro místico que tenía en la mano, la Imitación de Cristo, o
El progreso del alma, del padre Faber, uno de esos libros divinos que aconsejan
la man sedumbre, el amor al prójimo, el perdón de las ofensas y el
desprendimiento de los bienes terrenales; uno de esos libros que usted quería
siempre que yo leyera para que abandonara mis malas ideas 4.
Al hablar el poeta, el señor Uribe se inflama de
celo económico-religioso: “la ira sagrada de usted no tuvo límites, yo le decía
a usted mis frases con el aire de un hombre que sabe lo que hace y que no tiene
miedo a nadie, ni a nada. Usted me gritaba furioso que mi tranquilidad revelaba
falta de vergüenza. . .” La santa indignación del piadoso comerciante y
financiero se debía en parte al fracaso de su intento de hacer regresar a Silva
al buen camino de la sensatez comercial y la religión, cosas que para él eran
la misma. Ante la ruina total, cuenta el poeta, el señor Uribe
me aconsejaba la confianza en lo sobrenatural, en
los milagros, me hacía leer el libro de Henri Laserre sobre Nuestra Señora de
Lourcles y la vida de San Ignacio de Loyola. Otras veces me indicaba medios más
humanos, en una ocasión me aconsejó que especulara en minas y en otra que
tomara boleta de la lotería española, para ver si me sacaba el groslot.
El incidente es muy revelador de la mentalidad del
comerciante típico de la época y su choque con la actitud del tipo de
intelectual que representa Silva.
A pesar de que la mayoría de los biógrafos han
tratado de presentar a Silva como un hombre inhábil e incapacitado para actuar
en ese mundo comercial, el comercio fue su carrera, y el dinero su problema
constante. El problema no era de inhabilidad o de incapacidad; más bien era de
gustos y de desprecios. En aquellos días, en aquella estrecha y mezquina “alta”
sociedad bogotana de su época seguramente no había ninguna posibilidad de hacer
otra cosa para alguien como él. Desde muy joven fue impulsado por su padre al
comercio. En 1884, “cuando apenas contaba 19 años, lo asoció a su casa de
comercio, para lo cual fue necesario obtener la habilitación de edad. En 1885
el poeta viajó a Francia, enviado por su padre, con el probable propósito de
que entrara en contacto con los fabricantes y comisionistas que surtían de
mercancías el almacén. . .” El mismo Brigard opina que sus dificul tades
económicas hubieran podido ser sorteadas
4 Brigard, art. cit., pág. 408.
X II
si Silva hubiera poseído en el fondo un
temperamento mercantil, pero su extraordinaria sensibilidad de artista no era
la más apropiada para el manejo de estos bajos intereses materiales, y esa
manera de considerar la vida, a que lo inclinaba su inteligencia, lo ponía en
constante conflicto con el medio en que necesariamente debía desarrollar sus
actividades, granjeándole la antipatía de muchos y la enemistad de otros.
Sin embargo, en otro lugar también dice: “A pesar
de su juventud, Silva demostró, desde su primer contacto con los negocios, un
espíritu aplomado y previsivo ( . . . ) ”.
Desde luego, hay una contradicción entre el
“espíritu aplomado y previsivo” y la “extraordinaria sensibilidad de artista”,
pero parece acla rado ahora que Silva se estrelló contra las circunstancias
económicas y culturales del país y de la ciudad y contra la hostilidad, envidia
y justificable antipatía de enemigos y amigos que no quisieron ayudar a este
extraño personaje tan diferente de ellos y que tanta superioridad exhibía, que
los satirizaba constantemente y que no compartía ni sus creencias ni su cortedad
de miras 5.
Al trasladarse a Caracas, continúa con sus
proyectos de grandes ne gocios, “pero ya nadie creía ett él, nadie tenía
confianza en sus habilidades comerciales”. Luego, al regresar a Bogotá, instaló
una fábrica de baldosas, pero también fracasó y de nuevo comenzaron las
persecuciones econó micas y judiciales. Esta vez el poeta no puede soportar la
situación y se suicida. A pesar de la leyenda tejida alrededor de su muerte, la
versión más sensata parece ser ésta: su muerte se debió, como causa inmediata, a
su fracaso comercial y social, a sus deudas que no podía satisfacer, es decir,
a su choque con lo que su sobrino y editor llama “los bajos intereses
materiales” y que él llamaba "struggle forlífero” °.
5 Baldomero Sanín Cano ha dicho, en sus
reproducidísimas “Notas”, que "el medio donde se agitaba le cerró todos
los caminos” . Su descendiente describe así el ambiente económico de la ciudad
y la actitud del poeta: “sólo dos o tres bancos ejercían las funciones del
crédito y ellos estaban dirigidos por un reducido grupo de gentes adineradas,
sin cuya aquiescencia era imposible conseguir un préstamo. Como no existían las
industrias, fuera del comercio y la agricultura, eran pocas las actividades a que
los ciudadanos podían dedicarse. Silva, posiblemente no ambicionaba la riqueza,
pero sí las cosas que con ella se podían adquirir. El, de tan depurado y
exquisito gusto en su obra poética, no había podido sustraerse al snobismo fin
de siglo que predominaba en el mundo y especialmente en Francia. Gustaba (3e
vestirse bien, tal vez en forma exagerada para la época, amaba las obras de
arte, las joyas, las ediciones de lujo, los cigarrillos turcos, el té chino.
Austero en su vida afectiva, vivía obsesionado por el lujo ( . . . ) Más que en
sus capacidades como escritor o como poeta, creía y confiaba en su habilidad
como hombre de negocios y como capitán de grandes empresas”, art. cit., pág.
411. Véanse abundantes ilustraciones de la obra de Silva en la Introducción a
nuestro libro La poesía de José Asunción Silva, Bogotá, Universidad de los
Andes, 1968.
6 En carta a Sanín Cano: “Usted que, a Dios gracias
v para bien de su alma, no es ambicioso, no sabe cómo es la fiebrecita de ganar
dinero que le entra a un struggle fo rlífe ro ...” . En la edición del Banco de
la República, ya citada (en adelante E. BR .), pág. 381.
X III
En último término, a un choque profundo con su
sociedad. Sin duda los años más odiosos de su vida son los inmediatamente
anteriores a su viaje a Caracas. En 1894 escribe a Baldomero Sanín Cano sobre
el posible traslado de su madre y su hermana a la capital venezolana:
( . . . ) cuando recuerdo los dos últimos años, las
decepciones, las luchas, mis cincuenta y dos ejecuciones, el papel moneda, los
chismes bogotanos, aquella vida de convento, aquella distancia del mundo, lo
acepto todo con la esperanza de arrancar a mis viejas encantadoras de esa culta
capital 7.
Evidentemente, Silva quería ser rico, cosmopolita,
tener éxito en los negocios, triunfar con la imaginación; pero despreciaba su
medio social, la esmirriada clase en que se movía, la mezquindad y la pequeñez
de su ambiente; el dinero para él era una manera de salir, de abandonar, de
ignorar ese medio y esa clase. Su conflicto no era tanto con el dinero mismo
cuanto con la vulgaridad y la tontería maliciosa de los “señores Uribe”, y con
la falta de respuesta que encontraba en otras clases sociales, analfabetas y
explotadas. Silva rechazaba el presente, el aquí y el ahora, pero en términos
concretos, no en abstracto. Estos términos se generalizan en su obra, pero
siempre parten de una base concreta. El rechazo del presente y la condena que
hace repetidas veces de la “realidad”, son generalizaciones del conflicto con
su circunstancia in mediata, su situación concreta, en medio de ese ambiente
confuso y convulsionado, mezcla de arcaísmo y modernidad, del fin de siglo.
“Nuestra época mediocre y ruin”; “estas sociedades decrépitas”, son frases que
en De sobremesa se pueden encontrar con frecuencia, así como también en algunos
poemas. “Presente” y “realidad” son términos equivalentes en una página de la
novela que merece transcribirse a pesar de su extensión, ya que plantea ese
conocido y acuciante conflicto del intelectual latinoamericano de la época: la
“materia” y el espíritu:
¿La realidad. .. ? Llaman realidad a todo lo
mediocre, todo lo trivial, todo lo insignificante, todo lo despreciable; un
hombre práctico es el que poniendo una inteligencia escasa al servicio de
pasiones mediocres, se constituye una renta vitalicia de impresiones que no
valen la pena de sentirlas ( . . . ) .
¡La realidad! ¡La vida real! ¡Los hombres
prácticos!... ¡H orror!... Ser práctico es aplicarse a una empresa mezquina y
ridicula, a una empresa de aquellas que vosotros despreciasteis, ¡oh! colosos,
¡oh! creadores, ¡oh! pa dres de los que llamamos el alma humana, que
impedisteis con vuestra subli mes locuras que nuestros ojos iluminados por un
resto de la luz que irradió de vuestros espíritus, no sean los ojos átonos de
los rumiantes. . . ) ¡Vo sotros no fuisteis prácticos! ¡oh! poetas, ¡oh!
genios, ¡oh! faros, ¡oh! padres del espíritu humano que atravesasteis la vida
amando, odiando, cantando, so ñando, mendigando mientras que los otros se
enriquecían, gozaban y morían satisfechos y tranquilos!
7 Id.
Ibid., pág. 384.
XIV
No es difícil reconocer los términos concretos a
los que se refiere Silva: el mundo del capitalismo, el avasallador desarrollo
de la bur guesía moderna. Obsérvese el tono económico de la definición. Dice
en otra parte: “Pero, ¿qué es la vida real, dime, la vida burguesa, sin
emociones y sin curiosidad?”
sin embargo
Silva conoció una cierta popularidad como poeta. Cuando sale de Bogotá, camino
de Caracas, se detiene unos días en Cartagena. Esta ciudad tropical, donde la
naciente burguesía no ha quitado aún el tono a una vida sencilla, natural y
arcaica, impresiona favorablemente al poeta. En primer lugar, lo que llama “la
simpatía y sencillez de costumbres de la gente de aquí”. “Nada de tiesura, nada
de ‘pose’ ”, añade en una carta a su madre. Al hablar de doña Soledad Román, la
esposa del presidente Rafael Núñez, dice:
Doña Sola tiene en la calle de Lozano una
cigarrería y otra en otro lugar y un cochecito de alquiler por horas. Enrique
Román, el Gobernador, se pasa todos los ratos en que no está en la Gobernación
en su botica despachando él mismo. Es muy simpático eso y lo hace a uno
descansar de los tipos artificiales y llenos de prentensiones que tanto abundan
en esa ciudad.
También compara el “bajo pueblo” favorablemente
para el de la costa: “Con toda su fealdad, el bajo pueblo negro es más
atrayente que el nuestro; la gente se mueve, grita, chapurrea inglés, francés,
no tiene el dejo terrible de nuestros pobres sabaneros”.
Como
decía, allí encuentra
admiradores de su
obra. Al hablar
del
Gobernador Román,
dice:
No se rían ni lo tomen a vanidad si les cuento que
él y diez o doce más me han dicho de memoria “Las dos mesas”, “Suspiros”, “La
serenata”, “Azahares”, en fin, todo lo que he publicado. Los versos a Rubén
Dario los dicen veinte o treinta. “Rítmica reina lírica” forma parte del saludo
que me hace cada persona a quien me presentan. Yo me río de la fama literaria,
pero, fran camente no deja de ser cómodo que lo conozcan a uno de nombre y que
le traten con las consideraciones con que me tratan 8.
Esta popularidad iba a crecer considerablemente con
la publicación del “Nocturno” ("Una noche". . .) en La lectura para
todos, de la misma Cartagena, en julio de 1894. Sin embargo, Silva no fue poeta
en su tierra, o al menos no lo fue tanto como en otras. Sanín Cano cuenta
Esta carta,
de agosto de 1894, publicada en la Ed. BR, es doblemente impor tante, ya que
señala algunos poemas y confirma la paternidad de "Rítmica reina lírica”,
poema que inexplicablemente, como otros muchos, no figura en las edi ciones
colombianas de poemas u obras completas. Esto es especialmente extraño, ya que
uno de los editores de la edición del BR es el propio señor Miiamón, en cuyo
libro José Asunción Silva, publicado muchísimos años antes (1 9 3 7 ), se
incluye el texto del poema.
xv
que, cuando salió el “Nocturno”, “la sensación del
gran público fue de estupor. Los menos inteligentes la tomaron de memoria para
reírse a solas, juzgándola obra de mistificador. No le hicieron justicia sino
tarde y a regañadientes, cuando la prensa del continente se apoderó de ella con
asombrado amor” 9. Es verdad, como dice el mismo Sanín Cano, que “lo que
apareció antes de su muerte no fue sino la menor parte de su obra poética, y no
la más característica, seguramente” 10 y por tanto no pudo ser justipreciada en
su verdadero valor, pero también es cierto que Silva parecía preferir el éxito
comercial o mercantil al éxito literario, como dice Brigard. Para él pudo ser
una tragedia el tener que decidirse por “el comercio simple en un almacén de
novedades” frente al “comercio de las ideas”, en frase de Sanín Cano, pero eso
no es más que un aspecto de la verdadera tragedia: la progresiva degrada ción
del mundo, el veloz aburguesamiento de la vida, la invasión capitalista.
No creo que exista ninguna duda de que la poesía de
Silva es la que inicia en Colombia la literatura moderna. Antes de Silva, todo
es siglo xix, sin excepción: Silva inaugura nuestro tiempo. Principalmente,
claro, con el “Nocturno” Silva se aventura en el
irracionalismo, en el clima misterioso que ya los simbolistas europeos habían
inaugurado. La estética de lo raro, lo misterioso, lo invisible, lo neurótico,
exótico, etc., es inaugurada por él en las letras colombianas. Quizás esto no
tenga demasiada importancia en otros países de tradiciones más liberales y
menos clasicistas; pero en un país cuyas clases dirigentes han demos trado en
general tan arraigado conservadurismo; en donde se aplastó tan pronto y tan
definitivamente todo progresismo, el valor de la actitud y la obra de Silva es
históricamente muy considerable, aunque el de la primera sea, más que todo,
ejemplar o ilustrativo. Silva es, a su manera, un rebelde, un rebelde, contra
la sociedad en que le tocó vivir, y un rebelde, aunque no de manera declarada,
contra la poesía de su tiempo. Sin embargo, en el aspecto poético, su actitud
no es negativa, ya que no se propone rechazar la poesía de su época, a la cual
debe mucho más de lo que suele decir la crítica; simplemente la supera, la
sobrepasa. Si damos un vistazo a la poesía colombiana que antecede a la suya,
la diferencia es tan grande como la que existe entre la poesía de Bécquer y el
rimbombante romanticismo trasnochado de Zorrilla
9 Sanín Cano, “Notas”,
Ed. BR, pág. 113.
10 Desde luego, Sanín Cano olvida el “Nocturno” al
afirmar lo anterior, pero de todos modos su afirmación es válida.
11 Las notas de “nuevo” y “diferente” aparecen en
casi todas las menciones del “Nocturno” . Pedro Henríquez Ureña habla del
frisson nouveau; Anderson Imbert afirma que “es una de las más altas
expresiones líricas de la época, nueva en tim bre, en su tono, en su
estructura musical, en su tema fantasmalmente elegiaco, en su rítmica imitación
del sollozo” ; Robert Bazin dice que “de ese poema se desprende una música
hasta entonces desconocida para la poesía castellana” (Refe rencias en nuestro
libro ya citado).
X V I
o el acartonado neoclasicismo de Núñez de Arce. No
debe olvidarse que antes de Silva el panorama poético colombiano está dominado
por figuras de sentido estético bastante arcaico: Rafael Núñez, Jorge Isaacs y
sobre todo Miguel Antonio Caro. Sólo la gran figura de Rafael Pombo se acerca
en este sentido a la de Silva. Pero nada hay en la literatura colombiana del
xix que pueda compararse a los turbadores versos del “Nocturno” o a la soberbia
matización de “Poeta, di paso. . .” Novelista frustrado y poeta que, cuando
abandona su línea doliente, interrogante, de un romanticismo depurado y se
aventura en el verso épico, cae en la retórica dieciochesca (a lo Quintana, a
lo M. A. Caro), de “Al pie de la estatua”; también incursiona por los campos de
la sátira con poca suerte poética, pero con indudable acierto histórico, ya que
en este sentido su obra tiene un significado análogo al que la crítica
contemporánea atribuye a la poesía (o antipoesía) de Campoamor 12. Silva es
nuestro primer antipoeta, precursor del gran Luis Carlos López en no pocos
aspectos.
El tono intimista, familiar, nostálgico y sin
pedanterías ni ripios de los poemas que evocan la infancia; la sinceridad y los
aciertos rítmicos y los matices de los poemas en que evoca su amor muerto;
algunos aciertos parciales de sus poemas satíricos, pero, sobretodo, el gran
acierto integral del “Nocturno” tanto en lengua, en ritmo, en tono, en
sentimiento, en suspenso, en expresión del misterio, como en su oportunidad
histórico-literaria, hacen de Silva nuestro primer poeta del siglo xix.
Desde luego, Silva, como Martí, como Julián del
Casal, es un poeta frustrado. Ellos componen esa trilogía tan sorprendente de
poetas renovadores — premodernistas, los llaman injustamente los manuales— ,
muertos en la flor de la edad 13. Cabe preguntarse por las razones de que todos
estos delicados y renovadores poetas no hayan dejado atrás la juventud. No
trataré de ensayar aquí una respuesta que me desviaría considerablemente de mis
propósitos. La temprana muerte de los artistas excita inevitablemente la curiosidad
por la obra no escrita, por lo que
12 Por ejemplo, las palabras lúcidas de Luis
Cernuda, el libro de Vicente Gaos, las revaluaciones de Dámaso Alonso, José
Luis Cano, etc. Cfr. nuestro libro La elegía funeral en la poesía española,
Madrid, Gredos, 1969, págs. 264 y ss. Son, por otra parte, muy importantes las
definiciones de Roberto Fernández Retamar sobre la antipoesía, en “Antipoesía y
poesía conversacional en América Latina”, incluido en Panorama de la actual
literatura latinoamericana, La Habana, Casa de las Américas, 1969.
13 Los poetas y artistas muertos jóvenes son
muchos, como es bien sabido. Men cionemos aquí sólo a los que tienen alguna
relación con el autor del “Nocturno” : Casal, muerto a los 30 años; Martí, a
los 42; Bécquer, a los 34; Gutiérrez Nájera, a los 36; el propio Darío, muerto
a los 49 en plena ruina física, tampoco alcanza una vida de duración normal.
Entre los escritores franceses también es abundante este fenómeno, pues Nerval
y Baudelaire mueren antes de cumplir los cincuenta años; Rimbaud, a los 37; Laforgue
a los 27. María Baskirtseff, a quien tanto estimaba Silva, muere de tisis a los
24. Sin olvidar a Guérin, muerto a los 29.
XVII
pudo ser. En el caso de Silva, esta pregunta es
incluso más obligada al ver los pocos pero soberbios logros de su obra juvenil.
Sin embargo, resulta ocioso plantearse tales cuestiones y lo que importa más
bien es intentar ubicar histórica y literariamente su obra.
La segunda mitad del siglo x ix presencia la
elaboración de una literatura que representa la emergencia de un continente
surgido de una larga lucha de liberación y cuya inteligencia se pregunta por su
sentido histórico y por su lugar en el mundo. La prosa intenta dar una
respuesta a estos interrogantes en la acción y la obra de pensadores,
novelistas, ensayistas, políticos, desde Bolívar a Martí, pasando por
Sarmiento. El continente se abre a las influencias de otras culturas no
hispanas. Como territorio que abandona un estado colonial y se adentra en el
neocolonialismo cultural y económico, más sutil que la antigua dominación
metropolitana, pero no menos omnipresente, los países lati noamericanos — o
mejor, sus clases dirigentes— , absorben porosamente y con avidez la cultura
europea que tanto tiempo les fuera negada por la metrópoli española 14. Con la
independencia ilusoria y la soberanía ficticia que proyecta el no tener
aparentemente dominación militar ni ocupación física del territorio, el
continente se figura su libertad y se inventa un “alma”, un “ser” extrañamente
parecido a lo que sus clases dirigentes creen que es el europeo. Los
intelectuales, que pertenecen en general a estas clases o que son absorbidos y
asimilados por ellas, reflejan en sus obras los conflictos, las
contradicciones, los sueños de la minoría dirigente. Esta minoría quiere
actualizarse, quiere ser moderna, quiere tener su lugar en el mundo, en la
historia coetánea. Al respecto Octavio Paz dice:
Sólo aquellos que no se sienten del todo en el
presente, aquellos que se saben fuera de la historia viva, postulan la
contemporaneidad como una meta ( . . . ) Desear ser ( . . . ) contemporáneo
implica una voluntad de participar, así sea idealmente, en la gesta del tiempo,
compartir una historia que, siendo ajena, de alguna manera hacemos nuestra.
Silva expresa este deseo de integración con la
cultura de las nuevas metrópolis, pero también su repulsa y rechazo por la
mediocridad y la degradación de su tiempo y circunstancia inmediatos. Paz
afirma: “Se ha dicho que el modernismo fue una evasión dé la realidad
americana. Más cierto sería decir que fue una fuga de la actualidad local — que
era, a sus ojos, un anacronismo— en busca de una actualidad univer sal, la
única y verdadera actualidad”. Silva expresa unos deseos que sus contemporáneos
todavía no han formulado y casi diría que sentido, pero
Octavio Paz
ha dicho, con respecto al modernismo: “El amor a la moder nidad no es culto a
la moda: es voluntad de participación en una plenitud histó rica hasta
entonces vedada a los hispanoamericanos” . "El caracol y la sirena”, en
Cuadrivio, México, Joaquín Mortiz, 1965, pág. 18.
xvm
también formula unas críticas que éstos no pudieron
ni asimilar ni tolerar.
Recientemente, Roberto Fernández Retamar ha
planteado el moder nismo con un fenómeno cultural nacido del subdesarrollo y
de la exclusión histórica de España y de Latinoamérica 15. Pero el modernis mo
implica también un doloroso desgarrón entre el disfrute del capita lismo,
entre ese lujo, esa riqueza y ese refinamiento que el imperia lismo derrocha
en museos y salones, y el subdesarrollo menesteroso de los países
latinoamericanos. Y, como ha dicho Fernández Retamar, es también cierto que
cuantos más aislado y pobre, cuanto más alejado está un país de la penetración
capitalista (Nicaragua, Colombia. . . ) , más florece en él el modernismo como
exaltación de ese lujo y esa riqueza ajenas, parisienses, imperiales y de
museo, pero también mayor con flicto hay entre el poeta y su medio local. Esto
puede muy bien explicar el “caso Silva”.
¿Es Silva un poeta burgués, representante de esa
incipiente burgue sía del comercio, surgida entre los terratenientes y una
clase proletaria aún sin voz, que expresa su anhelos y nostalgias, su deseo de
plenitud y de asimilación a la clase de los amos metropolitanos, su
aristocracia imposible? Tal vez lo más cierto sea decir que Silva expresa la
vaciedad histórica de esta clase, su falta de configuración real. No es
burguesía aún; nunca podrá ser aristocracia: no tiene ni las ventajas de la
primera (estabilidad económica, dinero, modernidad), y sí sus carencias, así
como de la segunda sólo tiene formas ilusorias. Silva es, en este sentido, y
como todo intelectual latinoamericano de su época, un “desclasado”. ¿O es que
se puede insertar a Rubén Darío, por ejemplo, en la “bur guesía” nicaragüense?
Estos intelectuales registran ese oscilar del conti nente entre dos
imperialismos y ese vacío social y cultural que es origi nado en el mundo
moderno por la presencia de elementos arcaicos en dura pugna con las innovaciones
y por una deformación del proceso histórico llevada a cabo por el imperialismo,
es decir, en una palabra, por el secuestro económico, social y cultural a que
se ven sometidos los pueblos americanos apenas salidos de la noche colonial.
Pero no hay que olvidar en ningún momento que el
modernismo es, también y principalmente, un resultado de una emergencia
histórica, un surgir, un brotar, un manantial, en suma, al que debemos muchas
de las realizaciones de la literatura latinoamericana actual.
Silva nace y vive entre crisis económicas, entre
guerras civiles, entre transformaciones sociales y políticas, en medio de
grandes cambios en la conciencia religiosa y cultural del país. El reacciona
vivamente contra el proceso de “modernización”, de degradación que implica el
afianza miento de la naciente burguesía dependiente y entra en pugna con todo
Roberto
Fernández Retamar, “Modernismo. Noventiocho. Subdesarrollo”, en Ensayo de otro
mundo, Santiago, Editorial Universitaria, 1969, págs. 52-62.
XIX
lo que ella significa y representa: el
materialismo, la vulgaridad, la inau-tenticidad, la moral del lucro. Pero no
hay que olvidar tampoco que canta un mundo que sólo hace posible la plenitud
burguesa: el paraíso soñado del dinero, el acceso a los cerrados salones de la
verdadera cul tura, de la aristocracia dorada y extranjera. El juicio sobre
sus contem poráneos, así como su pesimismo ante el futuro, contrastan
vivamente con la actitud afirmativa de compañeros de generación como Martí y,
desde luego, con el “arielismo” que Rodó comunica a Darío y a otros, más tarde.
Silva ve a un Calibán vencedor de un Ariel menesteroso e impotente en el mundo
real, pero capaz de triunfar en el mundo del espíritu, de la imaginación. Su
pesimismo contrasta, finalmente, con el del “desintelectualizado” Darío y se
aproxima al sofisticado cataclismo de Schopenhauer, su “maestro” precisamente
porque no tuvo la oportu nidad de ver en el futuro cosa distinta a una oscura
niebla que emanaba de un cadáver: el del espíritu — el de Dios, decía
Nietzsche— , muerto a manos de gordos alcaldes como el Karl Hamstaengel de su
sátira “Futura”.
La obra de Silva es reducida. Murió antes de
cumplir 31 años, y ade más, como se sabe, parte de ella se perdió en el
naufragio del barco que lo traía a Colombia en 1895. Hay que considerar también
su condi ción de écrivain de dimanche. Sólo algunos poemas vieron la luz en
vida, en periódicos y revistas, pero el grueso de su obra fue publicado
postumamente. Consta ésta de un libro organizado por el poeta, otro, de poemas
reconstruidos en parte por sus amigos, una serie de poemas sueltos, una novela
y algunas prosas sobre temas literarios principal mente. También existen
algunos poemas de dudosa atribución o franca mente apócrifos, que demuestran,
entre otras cosas, la popularidad de su obra y de su estilo.
El primer libro se titula simplemente El libro de
versos. Está fechado por el autor: 1891-1896, pero contiene poemas escritos
desde 1883. Son treinta y una composición divididas en cuatro secciones,
subtituladas tres de ellas; en la primera, después de una especie de
introducción, están los poemas de tema infantil o en los que aparecen niños; la
se gunda se titula “Páginas suyas” en que incluye los tres “Nocturnos” 1G
precedidos por el poema “Junto los dos”; es la sección amorosa del libro y, con
justicia, la más famosa e importante. A continuación, “Sitios”, que incluye
poemas de temas variados, descripciones, paisajes, estampas, reflexiones
líricas, etc. Por último, “Cenizas”, donde se concentran los poemas pesimistas,
cuyo tema es, en casi todos, la muerte o la degra dación de la vida.
En muchas
ediciones, estos constituyen sección aparte bajo el subtítulo de “Nocturnos” .
No así en el manuscrito.
X X
Desde luego, El libro de versos es la parte central
de la obra silviana. Lo demás poemas y la novela adolecen de muchas
imperfecciones y de fectos, ya que son incompletos, apresurados,
insuficientemente elabora dos y, en algunos casos, han sido rechazados por su
propio autor. El libro de versos, en cambio, está cuidadosamente estructurado:
después de un prólogo al lector, que define la materia y el tono de los poemas,
se inicia por la infancia, continúa con el intenso amor de la juventud, luego
con las observaciones y reflexiones de la vida, y se cierra con la muerte. El
libro constituye una unidad biográfica, recorre el ciclo hu mano y sus
preocupaciones dominantes; sus grandes temas son la vida y la muerte, el
tiempo, el misterio. Desde una evocación del pasado infantil, de estirpe
romántica, hasta un enfrentarse al misterio del más allá mortuorio, el poeta va
poetizando la vida humana con tono pesimista que se torna amargo paulatinamente
hasta llegar al sarcasmo.
El primer gran tema es el de infancia. El viejo
tema romántico de la edad infantil como época feliz de la vida, frente al
presente dolo roso y negativo. En el caso de Silva, lo rechazado es el
presente histó rico, la realidad local y mezquina a la que ya nos hemos
referido; la contraimagen 17 se compone de elementos de la infancia individual
y ge nérica, del pasado histórico, de valores extranjeros y exóticos, como
suele ocurrir en la obra de románticos y modernistas. Sin embargo, al examinar
la contraimagen infantil en la poesía de Silva, se echan de ver interesantes
peculiaridades.
En primer término, la infancia es un recinto
paradisíaco, pero real: la evocación presenta una imagen apenas idealizada,
perfectamente reco nocible e incluso localizable: el lugar campestre, el
“valle ameno”; la imaginación libre, tras los personajes de los cuentos de
hadas: el ritual de la Navidad, la inocencia, la calma, la placidez, la
suavidad, la di cha . . . Infancia semirrural de la Nueva Granada, momento
privilegiado donde no entran aún afanes, civilización, técnica, capitalismo.
Una época, un lugar, un estado de ánimo completamente opuesto no sólo al
presente, a las actuales “horas de amargura”, sino al futuro, a esos “días
ignorados de angustia y desengaño”, que presiente la Abuela para su nieto en
“Los maderos de San Juan”.
Los personajes de los cuentos y los juegos
infantiles, los lugares, todo ello nos sitúa concretamente en la infancia real
de un miembro de la “aristocracia” sabanera, bogotana, de la segunda mitad del
siglo xix. Un niño que, como vemos en “Crepúsculo”, vive más en lo imaginario
que en lo real, en los cuentos de .hadas que en los juegos o en los bancos de
la escuela y cuya fantasía es alimentada con toda clase de ficciones
aristocráticas, con la moral del milagro y la solución sobrenatural de
Ver nuestro
artículo “La Gran Negación y su Contraimagen en la poesía de la generación del
27”, en Studia Hispanica in Honorem R. Lapesa, II, Madrid, Editorial Gredos,
1974, págs. 157-170.
X X I
Cenicienta, la Bella Durmiente, etc. Así la
imaginación resulta ser la más preciada facultad de la infancia:
¡Fantásticos cuentos de duendes y hadas,
llenos de paisajes y de sugestiones,
que abrís a lo lejos amplias perspectivas
a las infantiles imaginaciones!
esta
valoración de la infancia conlleva, desde luego, la devaluación del presente y
el futuro, es decir, de la época de las relaciones humanas, en la que el mundo
se degrada por la ausencia de las antiguas virtudes, placeres y libertades
señoriales. La evocación de la infancia personal se hace reflexión épica sobre
el pasado histórico latinoamericano, sobre el futuro y sobre el presente de
nuestros pueblos en el único poema que Silva escribe sobre América. Vale la
pena comentarlo, a pesar de su evidente tono retórico neoclásico, inspirado
seguramente y por desgra cia, en Quintana, Caro y Núñez de Arce. “Al pie de la
estatua” es un poema dedicado a Bolívar, que Silva recitó en la Legación de
Vene zuela en 1895, es decir, un año antes de su muerte. La fecha es
importante, pues el contenido del poema nos muestra la probable evo lución del
pensamiento de Silva, la naciente preocupación histórica y política que parecía
empezar a dominarle, pero también su probable (y deplorable) dirección poética
y estilística. Con una convención en parte clásica y en parte romántica, la
estatua de Bolívar se dirige al poeta. La prosopopeya clásica se complica con
el misterio romántico, con esas “voces secretas” de las cosas, con esa “alma”
oculta en lo inanimado, que se comunica con el poeta, “con quien conversa el
alma de las cosas”. La voz evoca el pasado indígena y la conquista
primeramente: para ella, todas aquellas generaciones pasaron y se olvidaron,
C • • • ) no
dejaron al pasar más huellas, con sus glorías, sus luchas y sus duelos, que la
deja el pájaro que cruza
el azul transparente de los cielos!
Sólo la generación de la independencia es exaltada:
¡Una sola, una sola
generación se engrandeció en la lucha
que redimió a la América Española!
¡Y legó a los poetas del futro,
más nombres que cantar, más heroísmos
que narrar a las gentes venideras,
que astros guarda el espacio en sus abismos y
conchas tiene el mar en sus riberas!
XXII
Esta valoración de la independencia no encierra,
desde luego, senti mientos antiespañoles, ya que España es “la madre España”,
sino exal tación del heroísmo, la fuerza, la potencia de aquellos hombres “de
cuerpos de titán y almas enteras”, que tanto contrastan con el presente:
¡Más bien que orgullo, humillación sentimos si
vamos comparando
nuestras vidas triviales con las vuestras!
Somos como enfermizo descendiente
de alguna fuerte raza. . .
El futuro histórico es mencionado sombríamente:
el porvenir de luchas y de horrores que le aguarda
a la América Latina.
el juicio
sobre su propia generación, tan negativo, incluye una curiosa nota literaria,
una definición de la poesía de la época que Silva parece rechazar:
¡No será nuestra enclenque
generación menguada
la que entrar ose al épico palenque
a cantar nuestras glorias!
¡Oh siglo que declinas:
te falta el sentimiento de lo grande!”
Calla el poeta y si la estrofa escande
o huye la vasta pompa
y le da blando son de bandolinas
¡y no tañido de guerrera trompa!
Estos versos son muy importantes por lo que
implican como definición de la época presente, de la degradada actualidad
frente al pasado glorioso, y muestran cómo, a medida que pasa el tiempo, el
poeta se reafirma en su condena del tiempo en que le tocó vivir.
El poema termina como empieza: la mirada del poeta
se fija en los niños que juegan en el parque; la “loca turba infantil” alegra
el lugar y forja
Un idilio de vida sonriente
y de alegría fatua
al pie del pedestal, donde imponente
se alza sobre el cielo transparente
la epopeya de bronce de la estatua.
Esta última imagen parece establecer un contraste
entre pasado y fu turo, entre las glorias de la independencia y las
posibilidades de la actual infancia; pero ya se ha visto el pesimismo histórico
constante e inmo-
XXIII
dificable del poeta: la baja calidad del presente
no permite otra actitud ante el futuro que la de la desconfianza y la
desesperanza.
La segunda sección del libro, la del amor, está
dominada por ese her moso poema "Poeta, di paso. . también conocido como
“Nocturno” II, pero sobre todo por ese opus magnus de la poesía latinoamericana
que es el “Nocturno”.
El llamado “Nocturno” II ( “Poeta, di paso. . . ”)
es un poema tri-partitito, cuyo tema es el amor tronchado por la muerte. Su
construcción es muy sabiamente cuidada: cada una de las tres estrofas es
portadora de un recuerdo amoroso que, en la última, es el recuerdo de la
muerte, de la amada muerta. Cada estrofa comienza por un apostrofe dirigido al
“poeta”, lo que da al poema un cierto carácter narrativo o de diálogo más que
nada interior: Silva, el hombre, se dirige a Silva el poeta, el único que puede
expresar la belleza del recuerdo y la emoción de la historia. El tono del poema
es susurrante, como un suspiro adolorido: por ello, el poeta debió escribirlo
“paso”.
El primer recuerdo es el de los “besos furtivos”;
los inicios amorosos a campo abierto, en medio de la naturaleza; pero esto no
es más que anécdota y decoración:
La selva negra y mística fue la alcoba sombría. . .
La selva se hace alcoba y, a pesar de ser mística,
no le interesan al poeta las posibles conexiones entre el acto amoroso y la
naturaleza; ésta, más bien, es el marco de la furtividad del amor. El ambiente
es som brío, de una oscuridad completa durante los primeros versos; luego apa
rece la luz, sabiamente graduada. En medio de la sombra total ( . . .la luna no
vertía / allí ni un solo rayo. . . ”), de pronto un encenderse que revela el
beso:
Una errante luciérnaga alumbró nuestro beso. . .
La oscuridad así cortada vuelve a ser completa.
Pero una claridad, un blancor lento, delicado, comienza a insinuarse casi
imperceptiblemente:
Entre las nieblas pálidas la luna aparecía. . .
Esta manera de matizar la luz se inspira, desde
luego, en el claros curo romántico, principalmente becqueriano. Aquí, su
función es la mis ma que la de los tonos oscuros y plateados en ciertos
grabados: resaltar las figuras. Esta estrofa (como las otras dos) recuerda un
grabado o al menos un dibujo, aunque las dos primeras incluyan movimiento: dos
cuerpos, tendidos bajo el follaje, a la luz pálida de la luna. Pero ade más la
escena tiene olores, perfumes: la reseda le da su peculiar aroma; también hay
una imagen importante que define la tersura de los labios
XXIV
femeninos como seda. Por último, la posesión define
el contenido de la estrofa; el poeta repite, emocionado:
. . . Temblabas y eras mía.
Temblabas y eras mía bajo el follaje espeso.
El segundo recuerdo es el de los besos íntimos. Se
vuelve a encontrar la misma plasticidad, el mismo dibujo claroscuro. El ámbito
ahora es otra alcoba, esta vez real, interior: su descripción está dibujada
apenas por el color rojo de la seda; una lámpara sombría; una alfombra espesa.
Y en esta alcoba, los amantes en la posesión:
Desnuda tú en mis brazos fueron míos tus besos. . .
Pero ella está humanizada, ya que no es solamente
un cuerpo, una figura: la definen la melancolía y la frescura de virgen, a más
del olor a reseda; tiene veinte años y los cabellos dorados. Pero nada se dice
de más: es un tú, como en las demás estrofas, el tú de la lírica.
En la tercera y última estrofa, el recuerdo es el
del último beso. Una sala mortuoria donde el ataúd yergue su mole negra,
magníficamente resaltada por el esdrújulo central:
El ataúd heráldico en el salón yacía. . .
La luz también incierta y pálida; el rumor de los
rezos monótonos. Y el olor de reseda y la seda, esta vez negra. La seda y el
aroma de la reseda parecen ser el hilo conductor del recuerdo, de la memoria
atormentada: estos dos testigos impasibles presencian tanto los besos como la
posesión o la muerte. El ambiente de los tres recuerdos es distinto ya que cada
uno está localizado en un espacio diferente: la selva, la alcoba del amor, el
salón mortuorio; los dos primeros son del tiempo del amor, el último del tiempo
de la muerte. Pero los tres poseen mucho en común: una pareja humana, un olor,
una tela. Lo físico, lo exterior, no cambia, pero en cambio la muerte ha
cambiado radical mente lo humano. Y el dramatismo del poema consiste en esta
mutación en medio de la permanencia: las cosas permanecen; los hombres se
marchan, mueren. El paso del tiempo degrada.
El poema es un acierto en todo sentido: rítmico,
arquitectónico, sen timental. Toda una historia de amor y muerte apretada en
tres estrofas de nueve versos, con caprichosa y difícil versificación. Tal vez
la eco nomía verbal, la ausencia de retórica o de palabras innecesarias, la
pre cisión de lenguaje y de construcción sean lo que más contribuye a hacer de
este atado de palabras un poema soberbio.
Señalemos tan sólo un detalle estilístico para
terminar: se trata del empleo continuado del esdrújulo que, sin embargo, no se
hace notar:
XXV
Una errante luciérnaga alumbró nuestro beso,
La selva negra y mística fue la alcoba sombría. . .
Entre las nieblas pálidas la luna aparecía
Apenas alumbraba la lámpara sombría
¡Ah, de la noche trágica me acuerdo todavía!
El ataúd heráldico en el salón yacía,
¡Sintió como a distancia los monótonos rezos!
Tú, mustia, yerta y pálida entre la negra seda,
Perfumaba la atmósfera un olor de reseda, un crucifijo pálido los brazos
extendía
¡y estaba helada y cárdena tu boca que fue mía!
Cada uno de estos versos es un acierto indudable,
un certero logro rítmico: uno pone de relieve la luminosidad de la luciérnaga;
otro, el ambiente raro de la entrega amorosa; otro, la trágica mole del ataúd;
otro, remeda vagamente confusa letanía ritual; otro resalta el cuerpo en el
ataúd; los últimos, el penetrante aroma, el color del crucifijo que extiende
los brazos como para arrebatar patéticamente el alma de la muerta, cuya boca
vital y hermosa está ahora “helada y cárdena”; color, luz, grandes sentimientos,
volúmenes, aromas. . . el esdrújulo, manejado con mano maestra, como tal vez no
lo había sido antes en castellano, desde don Luis de Góngora, despliega aquí
sus amplias posibilidades poéticas 18 dándonos también una muestra de lo que
era capaz el poeta bogotano en sus mejores momentos.
Pero es el “Nocturno” siguiente el gran poema
silviano, como es tam bién el gran poema colombiano y quién sabe si
latinoamericano. Sin este poema la obra de Silva se hubiera perdido, ahogado
entre la multitud de versos que escribieron docenas y docenas de poetas
olvidados, unos en imitación de los parnasianos, otros, de los primeros y
últimos román ticos de España y Francia, otros, muy pocos, de los simbolistas.
Si Jo sé Asunción es uno de los grandes poetas de la literatura
latinoamericana, se lo debe a este poema inagotable. El “Nocturno” es poema
último en el sentido de que corona, completa, acaba una obra poética. Es
último, y los demás poemas son anteriores, en una perspectiva ascensional.
El “Nocturno” constituye lo que podría llamarse un
concierto vocálico. Los acentos recorren, como la mano por el piano, notas
altas, resonan cias profundas, prolongaciones vibrantes, pausas y silencios
organizados con maravillosa precisión y eficacia poética. El verso:
Desde luego,
no aparece aquí otra posibilidad esdrújula, descubierta más adelante por Rubén
Darío: la métrica. Como es sabido, cuando Rubén intenta reproducir la métrica
latina, utiliza el viejo recurso, ya usado en el siglo XVIII por el poeta
español Esteban Manuel de Villegas, de considerar el esdrújulo como un pie
dactilico (ó o o), asimilando el acento a la vocal larga. Para el problema
métrico, véase La poesía de José Asunción Silva, Apéndice: “Nota sobre la mé
trica silviana” .
XXVI
Por los cielos azulosos, infinitos y profun dos
esparcía su luz blanca,
comienza por un predominio del sonido o (por los
cielos azulosos) se guido por un período de i (infinitos) que alterna
enseguida con la ú (profundos esparcía su I M Z ) , para terminar abriéndose en
la doble a final (blanca). En este contexto, la repetición de la o produce una
impresión de anchura, el sonido de la i y el de la u una de altura y
profundidad y la a una cierta sensación de expansión y así, todo el verso
aparece henchido de una infinitud, de una profundidad y de una claridad ad
mirables.
La aliteración es abundante. Podría decirse que hay
en el poema como una tensión entre sonidos iguales y sonidos diferentes. Los
efectos simbólicos de los sonidos son casi siempre aciertos espléndidos:
Una noche toda llena de perfumes, de murmullos y
[de músicas de alas
La repetición de la ú acentuada, los significados
sensoriales, el contraste final con la a de la asonancia le dan al verso una
misteriosa calidad, un particular embrujo que lo sitúa en un ámbito
sobrenatural como de coro angélico o de cánticos de extraños habitantes de la
noche.
Veamos otros ejemplos:
Separado de ti misma por la sombra, por el tiempo y
[la distancia
La combinación de la vocal y nasal ( om, em, an) se
repite tres veces y el efecto logrado es el de realzar el espacio de la
separación por medio de un eco de prolongaciones graves, como el de una lápida
sobre un sepulcro.
Los acentos también logran bellísimos efectos. En
el siguiente verso se repite un intento del poema que comentamos inmediatamente
antes:
Una noche,
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las
[luciérnagas fantásticas
Los acentos esdrújulos (tres esdrújulos seguidos
sin cancaneo, lo cual ya es vencer un difícil obstáculo) reproducen el rápido
titilar de los insectos, en medio de un ámbito extraño y electrizante, creado
por la adjetivación.
Otro fenómeno rítmico fundamental y muy complejo en
el poema es su tiempo, su andadura, difícil equilibrio entre sonido y silencio,
entre avance y pausa. Con la adecuada lectura del poema se echa de ver cla
XXVII
ramente que al final de casi cada verso existe una
pausa, un silencio, unos puntos suspensivos invisibles, pero no menos
perceptibles que si estuvieran allí gráficamente indicados. El avanzar del
poema es lento, entrecortado, suspirante, asombrado. Ello tiene varias causas.
En primer lugar, una causa sintáctica: los versos están llenos de incisos, de
parén tesis: parece que la línea sintáctica no avanzara, que diera vueltas
sobre sí misma. Abundan las determinaciones adjetivas, adverbiales, pero el elemento
verbal está alejado del sujeto. Además, la puntuación consta en general de
comas, sin puntos. Todo esto, unido a causas rítmicas (el pie trisílabo
regular, combinado irregularmente; la asonancia en los ver sos pares), crean
ese paso lento, lleno de pausas y silencios, de resonan cias misteriosas, de
vibraciones mágicas y ecos sobrenaturales.
Sin embargo, la estructura del poema en este
sentido experimenta dos aceleraciones notables. El poema se divide claramente
en dos partes de aproximadamente el mismo número de versos. En la primera, la
lentitud del verso describe entrecortadamente la marcha de la pareja por la
llanu ra y la unión de sus sombras. Al llegar al final de esta primera parte,
el ritmo se acelera y se rompe el pausado paso de andadura: el poeta ve las dos
sombras unidas y exclama:
y eran una
y eran una
¡y eran
una sola sombra larga!
¡Y eran
una sola sombra
larga!
¡Y eran
una sola sombra
larga!
Aquí no hay variación acentual o métrica; la
sintaxis termina su desa rrollo, cada verso acaba en sí mismo, pero parece
desbordarse, insistente. El ritmo se aviva, se acelera, impulsado por la
aliteración (soZ-, sora-), adquiere vehemencia. La repetición es como un
“tartamudeo lírico”, pro ducido por una intensa emoción.
En la segunda parte acontece lo mismo. Desde los
versos
Esta noche
solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías
[de tu muerte,
hasta
aquellos otros:
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
se vuelve a sentir ese andar entrecortado y
suspirante; pero al ver su sombra, el poeta exclama
XXVIII
Iba sola
Iba sola
¡Iba sola por la estepa solitaria!
El ritmo vuelve a acelerarse, para conocer su punto
final. Pero a partir de este momento, el ritmo se hace más vivo e inquieto; el
realce del acento (en la palabra ágil') parece encabritar el verso
y tu sombra esbelta y ágil,
fina y lánguida;
luego sigue un remanso de dos versos lentos que
constituye una trans lación del recuerdo al ambiente del comienzo del poema:
Como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de perfumes, de murmullos
[y de músicas de alas
Inmediatamente después, el acento se hace agudo,
doblemente agudo en la reiteración de la unión y el ritmo se precipita a la
exlamación final, en la que la aliteración de la ú marca como las cimas de una
ola invasora:
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella. . . ¡ Oh las sombras
[enlazadas!
¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las
[noches de negruras y de lágrimas!. . . 19
Desde el punto de vista del contenido el poema
consiste en el estable cimiento de un equilibrio que se dehace a continuación
y vuelve a reha cerse al final. Hay dos determinaciones temporales: la
primera, “una noche”, anterior; la segunda, “esta noche”, presente. Pero
asimismo se se encuentran tres situaciones, cada una situada en una región
distinta: la unión en vida, la separación por la muerte y la reunión, no ya en
la vida real, pero tampoco en la muerte.
En un ambiente de excepcional amplitud, poblado de
sonidos miste riosos, de perfumes, iluminado por la intermitencia de las
luciérnagas
Sea ésta la
ocasión de dejar en claro la deuda que los estudiosos de Silva tenemos para con
mi compañero Gustavo Mejías, quien descubrió la primera publi cación del
“Nocturno” (véase “Notas” de este volumen) y aclaró así la confusión que nos
dejaba perplejos a todos los críticos, a saber, el origen de ese (entrome
tido) penúltimo verso que aparecía inexplicablemente en tantas y tantas
ediciones:
¡Oh las sombras de los cuerpos que se juntan con
las sombras de las almas!. . .
Ahora ya sabemos que el verso viene de la primera
publicación, 1894, pero que no aparece en el manuscrito. Creo que el manuscrito
es una versión posterior, más depurada, de la primera publicación.
XXIX
y por la lívida claridad de la luna, dos figuras,
la una ceñida estrecha mente a la otra y transida de presentimientos, caminan
tan lentamente que casi están quietas. Las sombras se juntan y se hacen una
sola. El poema entonces se desborda a impulsos de la emoción producida por la
unión de las sombras. Las sombras se han unido en la noche nupcial. Un fino
simbolismo recorre la primera parte: la boda de las sombras. Ya no es la
cercanía de los cuerpos; estamos en el plano de la delgadez, la evanescencia.
La pareja se une en un ambiente matizado de irrealidad, de vaguedad y de
misterio.
De este recuerdo pasa el poema a un presente
inmediato y determi nado. Este momento está lleno de “infinitas amarguras y
agonías”. Una figura solitaria atraviesa la llanura; han desaparecido las
determinaciones ambientales de la primera parte. Lo que antes estaba lleno de
júbilos misteriosos, ahora es “negro”, hostil. Los sonidos, las músicas de
alas, son ahora ruidos muy distintos: aullidos de perros y croar de ranas. La
imagen de la amada muerta, el frío de su cuerpo, son los recuerdos que asedian
al poeta.
Recordemos ahora que en esta imagen, en la cárdena
boca de la muerta, terminaba el anterior “Nocturno”. La muerte triunfaba allí
total mente de la vida.
El poeta se mira así, solitario: la soledad le
obsesiona y repite: “solo”, “solo y mudo”; la sombra va “sola”, “por la estepa
solitaria” .
Entonces, con soltura de hada, con ademán de
espíritu, de gracia, sin el peso del cuerpo, la otra sombra aparece y,
abandonando los cuerpos a su vida y su muerte, las sombras se enlazan y se
hacen una y la emoción se desborda, incontenible, en una especie de éxtasis.
El poema se instala franca y decididamente en la
irrealidad, rompiendo toda convención “natural”. La unión se realiza en el
mundo de la fanta sía, sin ninguna concesión racionalista. El poeta trasciende
la muerte y elude la imposibilidad física. Y ello es lo que definitivamente
eleva el poema y le da todo su inmenso valor poético, al desplazarlo hacia ese
mundo ultranatural, misterioso, que no debe asociarse con el más allá
religioso, a mi ver, sino con el afiebrado irrealismo del visionario.
Desde luego, este motivo, que podría llamarse “amor
más poderoso que la muerte” cuenta con antecedentes tradicionales 20. Pero
estos ante cedentes se relacionan más bien con el milagro o tienen matices o
legendarios o intervención sobrenatural. Aquí todo es más simple, pero no dejan
de existir analogías con el irrealismo religioso o meramente legendario de
poemas antiguos.
Por ejemplo,
en el romancero medieval, el hecho de que la tumba de los enamorados broten
rosales o se eleven aves que representan las almas, es bastante conocido.
Concretamente, uno de estos romances se titula “Amor más poderoso que la
muerte” .
XX X
Yo creo que aquí Silva se aproxima francamente al
irrealismo moderno. Por primera vez en la literatura colombiana y tal vez en la
latino americana, la realidad es vencida no religiosa sino fantásticamente,
sin concesiones racionalistas. Y eso tal vez es la mayor aportación silviana a
esas literaturas: la inauguración de lo que Hugo Friedrich ha llamado
precisamente la lírica moderna 21.
En la siguiente sección del libro, se abarcan
distintos temas como corresponde simbólicamente a la diversidad de la vida.
Destaquemos aquí poemas como “Un poema”, en el que Silva nos muestra su lúcida
con
ciencia poética; el titulado turbador poema sobre
el misterio cósmico; “Vejeces”, en donde el poeta canta su “hondo cariño” por
el pasado colonial idealizado y aristocrático 22.
En la última sección, cuyo título “Cenizas” ya
revela todo el pesimismo y desengaño que va inundando la obra silviana, se
destaca especialmente el poema “Día de difuntos”, tanto por sus logros formales
cuanto por su visión pesimista de la vida y el tiempo humanos. Desde el punto
de vista métrico y rítmico, este poema nos muestra el experimentalismo de Silva
quien, con un éxito tan definitivo y rotundo en el “Nocturno”, intenta aquí
nuevas conquistas en cuanto al ritmo imitativo, la combina ción de metros largos
y cortos que obedecen a necesidades internas del poema. Los bruscos cambios de
metro, de acentos y de rimas, además del encabalgamiento, realzan bien el
sonido doble de las campanadas. Para lograr esta armonía imitativa, Silva tenía
que romper la rigidez métrica tradicional. Así, hay versos de ocho, dieciséis,
catorce, once, nueve, doce, seis y siete sílabas, es decir polimetría,
procedimiento no extraño a la poesía romántica.
El otro libro unitario, aunque nacido en
condiciones y con intenciones muy distintas, es Gotas amargas, de contenido
satírico. Existen otros poemas satíricos de Silva no incluidos en las Gotas
(por ejemplo “Psico patía”, de El libro de versos), pero el núcleo de la
sátira silviana está constituido por las trece “gotas”. El propio poeta no daba
mucha impor tancia a estos poemas, al parecer, e incluso se deduce que no los
consi deraba dignos de su talento poético. Su amigo y mentor Sanín Cano nos
dice al respecto en sus conocidas “Notas” :
De estas poesías quiso José Asunción hacer un
cuerpo aparte. No consintió que vieran la luz pública. Rehusó siempre
considerar el proyecto de sacarlas en libro, como se lo pidieron muchos amigos.
Las miraba con cierto desdén altivo.
Además, en uno de los textos en prosa, “La protesta
de la Musa”, puede verse la condena de la sátira como forma poética: un poeta
satírico
21 Hugo Friedrich, Estructura de la lírica moderna, Barcelona, Seix Barral,
1974, 2* ed.
22 Más adelante
comentaremos los dos primeros.
XXXI
lee su libro; se le presenta la Musa y le reprocha
haber utilizado “las formas sagradas, los versos que cantan y ríen” para
remover “cieno y fango donde hay reptiles” que ella detesta. Al final, después
de la indignada protesta, la Musa se aleja y el poeta “con la frente apoyada en
las manos, sollozó desesperadamente”.
En verdad, estos poemas no tienen valor poético y
debe considerár seles más bien como una denuncia abierta, como un grito de
rebeldía contra la sociedad que rodea al poeta, contra la mezquina realidad
local, la simulación, las convenciones, la inautenticidad de la vida de esa
clase que empieza a ser burguesía sin dejar de ser arcaica, colonial y
provinciana.
La sátira abarca temas tales como la literatura de
la época, a la que Silva califica como “sensiblerías semi-románticas”; la
afectación intelectual; los poetas “grandiosos y sibilinos”; los lectores que
confunden la literatura con la vida; las convenciones sociales, morales y
sexuales; las creencias religiosas de su sociedad y de su tiempo. Puede verse
también en estos poemas un eco del conflicto ideológico de la clase dirigente
latinoamericana y colombiana en particular durante buena parte del siglo xix : el
choque entre el positivismo y el pensamiento tradicional, por una parte y del
positivismo con el espíritu romántico, por la o tra23. La ciencia, como
representante de la verdad objetiva, frente a la filosofía, el arte, las
convenciones sociales, como represen tantes del idealismo 24.
Realmente todos estos conflictos van naciendo con
la implantación progresiva del orden capitalista con todas sus consecuencias:
degradación de las relaciones humanas y de las condiciones de vida de la
antigua sociedad colonial y rural; insuficiente modernización y subdesarrollo,
agudización de las diferencias de clase, proletarización y aburguesamien to,
etc. Silva capta claramente esta invasión con toda la repugnancia de su
espíritu aristocrático y refinado; él la ve como un triunfo del “materialismo”,
en el sentido de antiespiritualismo. Así, hay un doble conflicto: ante la
vaciedad retórica y superficial de la vieja cultura, surge el positivismo como
método científico; pero al imponerse paso a paso la concepción burguesa y
capitalista dependiente, surge la pro testa contra esa pretendida ciencia
antiespiritualista, materialista, des-humanizadora. Veamos ejemplos. El primero
se titula “Psicoterapéutica”,
23 Se describe este conflicto en La poesía de José
Asunción Silva, págs. 66 y ss. 24
El historiador Jaime
Jaramillo Uribe resume
así parte de
la cuestión: “En una forma muy general puede decirse que
desde fines del siglo XVIII y comienzos del
XIX, todo el pensamiento
colombiano político, filosófico,
pedagógico y social estaba más o menos impregnado de
espíritu positivo, si por tal entendemos no una posición filosófica en sentido
estricto, sino la reacción contra una cultura intelectual demasiado
especulativa y verbalista y la orientación del espíritu moderno hacia la experiencia y el
contacto directo con
la naturaleza” El
pensamiento colombiano en el
siglo XIX, Bogotá,
Editorial Temis, 1964,
pág. 442. Véanse
también las
págs. 176
n., 256, 446.
XXXII
y es una arremetida contra las convenciones y
contra lo que se podría llamar el “idealismo” (por contraposición a lo que
Silva llama el ma terialismo”) :
Si quieres vivir muchos años
y gozar de salud cabal,
ten desde niño desengaños,
practica el bien, espera el mal.
Desechando las convenciones
de nuestra vida artificial,
lleva por regla en tus acciones
esta norma:
¡lo natural!
De los filósofos etéreos
huye la enseñanza teatral
y aplícate buenos cauterios
en el chancro sentimental.
Claramente este poema contiene una sátira
positivista, especialmente en su exaltación de lo natural. Pero también
contiene algo que nunca deja de aparecer en la obra de Silva: la visión
pesimista y desilusionada de la vida, de la sociedad. El poema, desde luego, es
satírico, pero trasluce ese constante y dolorido desengaño.
En “Filosofías” esta visión pesimista abarca todos
los aspectos de la vida: convenciones sociales, arte, religión, trabajo,
filosofía, etc. Por ejemplo, la religión tratada curiosamente en términos
económicos ca pitalistas :
( . . . ) sé
creyente, fiel, toma otro giro
y la razón prosterna
a los pies del absurdo, ¡compra un giro
contra la vida eterna!
Págalo con tus goces; la fe aviva;
ora, medita, impetra;
y al morir pensarás: ¿y si allá arriba
no me cubren la letra?
Sin embargo, esta ironía de origen positivista
pronto se ve reemplazada por una denuncia vigorosa y exaltada de esa invasión
“materialista” que conlleva el positivismo y el afianzamiento del modo
capitalista y burgués de vida. En su poema “Futura”, satiriza ese porvenir sin
idealismo alguno; en el siglo xxiv, se venera al
( . . . ) fundador
de la más grande de las obras
de nuestra santa Religión.
Eterna gloria a su divisa,
eterna gloria al redentor,
que con su ejemplo y sus palabras
el idealismo derrotó.
XXXIII
El personaje es el “ventripotente y bonachón”
Sancho Panza.
Esta denuncia es aún más clara en varios pasajes de
la novela De sobremesa, en los que Silva define la realidad de su tiempo y su
contorno, “la vida burguesa sin emociones y sin curiosidades” en ese “fin de
siglo angustioso” :
( . . . ) la
villanía de los cálculos y de las combinaciones que harán venir a las manos y
acumularán en el fondo de los cofres el oro, esa alma de la vida moderna!
Silva se coloca decididamente del lado del
idealismo, por oposición al espíritu burgués. Esto no se debe olvidar al
considerar su actitud ante el positivismo, al cual utiliza como una arma contra
la simulación, la hipocresía y la inautenticidad. Para él, la realidad
verdadera es un más allá misterioso, no religioso, al cual se encamina en el
“Nocturno” y que en la última página de De sobremesa es aludido con claridad y
convicción al referirse a la idealizada muchacha muerta:
Tal vez no hayas existido nunca y seas sólo un
sueño luminoso de mi espíritu; pero tú eres un sueño más real que eso que los
hombres llaman la Realidad. Lo que ellos llaman así, es sólo una máscara oscura
tras de la cual se asoman y miran los ojos de sombra del misterio, y tú eres el
Misterio mismo.
Tal irrealismo, tal contradicción irreductible,
parece ser el sino de estos poetas desgarrados por la historia. Pero también es
un comienzo, anuncio de una búsqueda de la verdad histórica futura.
Los poemas dispersos, recogidos con el título de
Versos varios (y cuyo número en esta edición pretendemos fijar, así como su
texto, excluyendo apócrifos e incluyendo, por el contrario, poemas no recogidos
en otras ediciones), son traducciones y versiones de poemas europeos (franceses
en su gran mayoría), poemas juveniles y unos pocos posteriores a El libro de
versos.
El estilo de Silva se puede definir por su
particular actitud ante la realidad. Tres modalidades estrechamente unidas
entre sí y a veces difícilmente separables pueden determinarse: en primer
término, un proceso de desrealización; luego, una dignificación de la realidad
y por último una orientación decidida hacia una dimensión irreal. En esta
poesía, como en la de muchos de los poetas modernistas, existe un
distanciamiento progresivo de esa realidad inmediata, local, tan negativa y
prosaica.
Un curioso poema resume con precisión admirable los
elementos más importantes de la poesía silviana. El poeta presenta en
alejandrinos pareados, flexibles y elegantes, el proceso de composición y los
elementos de un poema suyo, arrojando al final un dardo satírico a la crítica
lite
XXXIV
raria. El poema se titula así, simplemente: “Un
poema”. Al leer las referencias al “arte nervioso y nuevo” no se puede dejar de
pensar en el papel de precursor e innovador de la “nueva poesía y especialmente
de la métrica y el ritmo ( “llamé a todos los ritmos”). Con la mención del
tema, vienen a la memoria inevitablemente los “Nocturnos” II y III, los de “la
historia triste, desprestigiada y cierta” de la mujer “hermosa, idolatrada y
muerta”. Nótese también ese mundo lujoso y aristocrático ( “huyendo lo servil”)
que brilla entre las estrofas ( “frenos áureos”, “soneto rey”, rimas “de plata
y de cristal”), tanto en lo material como en un plano exótico de refinamiento y
sensualidad ( “olor de heliotropos”, “caretas negras de raso y terciopelo”) .
Por otra parte, el “carácter trágico, fantástico y sutil”, la “música extraña”,
los “sentimien tos místicos”, nos orientan hacia lo desconocido, hacia una
dimensión en que las categorías de lo “real” son insuficientes. Un pareado de
este poema resume un rasgo fundamental del estilo silviano:
Dejé en una luz vaga las hondas lejanías llenas de
nieblas húmedas y de melancolías.
Inicialmente en el mundo poético de Silva aparece
la realidad ilumi nada por una luz vaga; en ella sólo se divisan con claridad
algunas lejanas hondonadas y cumbres, de las que penden jirones de niebla entre
manchas de sombra, ondeantes como ese verso soberbio, magistral en su
acentuación esdrújula y grave. Poesía de luz crepuscular o vesper tina, como
dijo Unamuno: "Silva canta como un pájaro, pero un pájaro triste, que
siente el advenimiento de la muerte a la hora en que se acuesta el sol” .
En “La voz de las cosas” menciona con atemperada
vehemencia los elementos anhelados para su mundo poético: “frágiles cosas”,
“pálido lirio que te deshojas”, “rayo de luna”, “pálidas cosas”,
"fantasmas grises”, “sueños confusos”, “ósculo triste” que las cosas dan
al alma “entre las sombras”. Es decir, aquello que tenga la calidad de la
delgadez, la de licadeza, lo vago, lo sutil. Este poema pertenece
temáticamente a la más pura tradición romántica, y recuerda la poesía de
Bécquer con cierta insistencia.
Las cosas hablan a Silva, pero sólo las cosas
“leves”, vagas, como el liquen y el musgo; y además, lo hacen con “voz
secreta”, como vimos en “Al pie de la estatua”, o como dice en “La ventana”, al
hablar del poeta, “para quien tienen una voz secreta / los liqúenes grisosos. .
.” En cambio las cosas llenas de fortaleza física, mineral, en toda su
inmutabilidad y su permanencia, se contraponen a la frágil y perecedera
existencia humana; contemplan impasibles el afán temporal del hombre:
[Ay! todo pasará:
niñez risueña,
juventud sonriente,
edad viril que en el futuro sueña. . .
XXXV
Tal vez mañana
cuando de aquellos niños queden sólo
las ignotas y viejas sepulturas,
aún tenga el mismo sitio la ventana.
Los sentidos aprehenden un mundo físico exterior
determinado por la vaguedad y la imprecisión. Así, la vista se posa sobre las
sombras, sobre una materia oscura o apenas iluminada por una tenue luz que
batalla con la penumbra. Los paisajes con sombreados, penumbrosos, en el
crepúsculo o bajo la luz lunar, como vemos en los “Nocturnos” o en otros muchos
poemas, de los cuales sólo daremos aquí un ejemplo extremado: 25
La luz
vaga.. . opaco el día,
(...)
por el aire tenebroso ignorada mano arroja
un oscuro velo opaco de letal melancolía,
y no hay nadie que, en lo íntimo, no se
[aquiete y se recoja
al mirar las nieblas grises de la atmósfera
[sombría,
y al oir en las alturas
melancólicas y oscuras
los acentos dejativos
y tristísimos e inciertos
con que suenan las campanas. . .
Y más
adelante insiste:
Y hoy, día de muertos, ahora que flota,
en las nieblas grises la melancolía,
en que la llovizna cae, gota a gota,
y con sus tristezas los nervios embota,
y envuelve en un manto la ciudad sombría. . .
( “Día de difuntos” )
La insistencia en la nota sombría, nebulosa,
oscura, es casi obsesiva: en diecisiete versos encontramos doce palabras que
determinan el am biente, haciéndolo vago y oscuro (y de paso logrando una
precisa mati-zación del clima de tantos días bogotanos).
Los ambientes interiores, los objetos y hasta los
espíritus, también suelen encontrarse en la penumbra, y la luz siempre se ve
disminuida, atenuada:
En este
caso, como en todo lo que sigue, pueden verse abundantes ejemplos en La poesía
de José Asunción Silva, de cuyo capítulo “El Estilo” es una reduc ción y
adaptación lo que sigue.
XXXVI
Astros que en abismos ignotos
derramáis resplandores vagos. . .
Velada por las nubes pasa la luna. . .
Además, la sombra no es sólo un elemento del mundo
físico; simboliza también el pasado y la muerte:
Lejos del mundo, bajo la oscura tierra
donde otros, en la sombra, desde hace tiempo están.
Es
significativo, en este sentido,
el verso de “A
un pesimista” :
Hay demasiada sombra en tus visiones.
Para los demás sentidos, además de la vista,
también las sensaciones son vagas e imprecisas. Los murmullos, por ejemplo,
ocupan primerísimo sitio en el mundo de los sonidos; no hay en él estridencias,
la poesía de Silva está dicha en voz baja, “muy paso”, y su oído recoge los
suspiros de las cosas:
( . . . ) la
brisa ligera
lleva murmullos de vida
y olores de primavera.
El mundo poético de José Asunción está, en verdad,
“todo lleno de murmullos”, y además, estos murmullos, con toda su delgadez y
sutileza, son misteriosos y vagos:
Tendrán vagos murmullos misteriosos
el lago y los juncales. . .
También el olfato percibe con delicadeza e
imprecisión, fundiendo el mundo del olor con el del pasado, en versos como
estela de humo blanco y delgado, como el camino del perfume en el aire:
La fragancia indecisa de un olor olvidado
llegó como un fantasma y me habló del pasado.
En el mundo interior también la vaguedad es el
ámbito de todo elemento. Los sentimientos, los recuerdos, los sueños, en fin,
lo anímico es impreciso, confuso, indeterminado.
En un poema la delgadez, Ja vaguedad se apuran
hasta el extremo:
Las cosas viejas, tristes, desteñidas,
sin voz y sin color, saben secretos,
de las épocas muertas, de las vidas
que ya nadie conserva en la memoria,
y a veces a los hombres, cuando inquietos
XXXVII
las miran y las palpan, con extrañas
voces de agonizante, dicen, paso,
casi al oído, alguna raza historia
que tiene oscuridad de telarañas,
son de laúd y suavidad de raso.
Las cosas son viejas, no tienen voz ni color. Sus
historias, raras y oscuras, las dicen con voz de agonizante, paso, casi al
oído. Una rigurosa precisión de lo impreciso.
“Al oído del lector” es un poema altamente
revelador, a este respecto de la vaguedad y la intederminación. Desde el título
habla de ello; es el prólogo, la primera advertencia de la poesía silviana. Por
eso la define bien: es una poesía literalmente susurrada “al oído del lector”.
Este pequeño poema resume la poética de Silva mucho mejor que el pretencioso y
retórico “Ars”.
No fue pasión aquello,
fue una ternura vaga. . .
La que inspiran los niños enfermizos,
los tiempos idos y las noches pálidas.
El espíritu sólo
al conmoverse canta:
cuando el amor lo agita poderoso
tiembla, medita, se recoge y calla.
En los primeros cuatro versos hay una definición
muy precisa de toda una época de la poesía silviana.
Pero también hay en la poesía de Silva una
dignificación de la reali dad, además y junto a esta desrealización. Tal
dignificación se lleva a cabo en dos sentidos; en primer término, encontramos
una exaltación basada en valores de tipo material: el oro, la plata, las joyas,
las ricas telas, etc., a través de símiles y metáforas, llevan los objetos o
los rasgos humanos a un plano de lujo y suntuosidad. Sin embargo, es más sig
nificativo un segundo procedimiento de dignificación: se resaltan los valores de
refinamiento sensorial, de exquisitez, de exotismo que a veces roza la
perversión a lo poete maud.it. Fundamentalmente estos pro sos valorativos se
realizan por medio de metáforas, comparaciones y símiles.
El mundo metafórico de Silva, en el sentido de los
valores materiales, no se sale de lo manido, de ese lenguaje “preconcebidamente
poético” de que habla Luis Cernuda. Por ejemplo, al referirse a la mujer, la
tez es nacarada, los labios de seda o la cabellera de oro. Y precisamente el
oro es un término de comparación abundante, desde la metáfora lexicalizada (
“áureas arenas”), pasando por la aristocrática valoración
XXXVIII
del soneto ("Vestido de oro y púrpura llegó el
soneto rey”) hasta la más significativa:
Oh dulce niña pálida, que como un montón de oro de
tu inocencia cándida conservas el tesoro. . .,
en la cual se transluce la intención satírica que
relaciona el pudor y la virtud con la avaricia.
También la plata que se asocia (junto con el
cristal) a ciertos sonidos, o el nácar, el ópalo, el armiño, los encajes. . .
Todos estos términos de comparación dignifican la realidad según unos valores
materiales comunes y no ofrecen, a nuestro juicio, cosa distinta de la
oportunidad de mostrar que en el sistema axiológico de Silva actúan frecuente y
positivamente.
Mucho más interés ofrece otro grupo de
comparaciones y metáforas que, como decíamos, ponen de relieve cualidades de
mayor sutileza y refinamiento. Sin embargo, los límites entre el presente campo
axio-lógico y el mencionado inmediatamente antes son bastantes indefinidos,
como se puede ver por los siguientes versos en los que se funde el refinamiento
sensual y el valor material de manera difícilmente separable:
Complacido en mis versos, con orgullo de artista,
les di olor de heliotropos y color de amatista. . .
Las flores prestan su belleza a los hombres y los
instrumentos legenda rios, que simbolizan músicas extrañas, dan a estos
ambientes o sensaciones, hermosura, tristeza, amabilidad o misterio, como el
laúd, la mandolina, el arpa, los violines, etc.
Exotismo, influencia de las lecturas de Baudelaire,
cierto morboso gusto que apuntaba en Silva, pueden tal vez explicar curiosas
referencias de sus versos. Tal vez nunca antes en la poesía colombiana (tan
sana, tan ordinaria, tan conservadora) se había oído una valoración basada en
la enfermedad:
fue una ternura vaga. . .
la que inspiran los niños enfermizos,
los tiempos idos y las noches pálidas.
Tampoco se había oído nunca, seguramente, que el
lirio o el rayo de luna dieran al alma del poeta un
Osculo triste, suave y perverso. . .
Silva, así, expresa su creciente afán por rehuir lo
real, lo cotidiano y por aproximarse a un mundo fantástico.
XXXIX
En Silva, hay algo que nos llama inmediatamente a
un mundo extraño, alucinado, vibrante, distante de la vida ordinaria ( . . . )
. Es éste, sin duda, un nuevo ambiente, un aire distinto, que se respira sólo
en un segundo plano de sensibilidad. 26
Esta última etapa de irrealidad, fantasía y
misterio, significa una intensificación de las anteriores. En vez de
desrealizar la realidad o de dignificarla, se la niega como tal realidad. Se
abandona el plano de lo normal o lo cotidiano; tampoco no hallamos en el de lo
vago o indeterminado; ni siquiera en el de lo fino, lujoso o exótico; se
ingresa ahora a una nueva dimensión, a un mundo que no se puede conocer ni
comprender ni explicar, que no se hace patente, que se diferencia de lo
cotidiano, atraviesa la fantasía y se proyecta hacia un insondable vacío.
La mayor parte de las veces, un simple adjetivo
basta para hacer saltar el verso a la región de la irrealidad:
Por el aire tenebroso ignorada mano arroja un
oscuro velo opaco de letal melancolía.
Esta ignorada mano nos coloca en un ámbito lleno de
sobrenaturales sugerencias. En “Crepúsculo”, leemos:
de la calle vienen extraños ruidos. . .
y más abajo, en el mismo poema, otro adjetivo
reitera e insiste sobre lo desconocido: la sombra suscita, “por los rincones
oscuros”, unas dis tancias enormes e ignotas”. Extraño, ignoto, oscuro . . .
Los poemas silvianos están constantemente lanzando sus flechas hacia esa
dimensión situada “más allá” de lo real.
Tal modalidad se caracteriza por una negación de
determinadas cate gorías de la realidad, que abre un panorama cuya existencia,
sin embargo, sólo se hace presente como tal existencia, ya que no es posible
hallar en él más que la oscuridad que lo circunda. En palabras del poeta: un
“misterioso panorama oscuro”.
En primer término, como ya anotábamos, se establece
un diálogo sutil entre el poeta y las cosas que rehúye, en su secreto, toda
otra participación; pero no sólo hablan en secreto las cosas al poeta: sus
voces también son “extrañas”.
La normalidad se quiebra y aparece lo que se halla
“fuera” de ella, lo que le es extraño: Cenicienta, abandonada, se queda
Mirando los juegos extraños que hacían
en las sombras negras los carbones rojos. . .
2B Andrés Holguín, “El sentido del misterio en
Silva” en La poesía inconclusa y otros ensayos, Bogotá, 1947. pág. 120.
X L
La abuela mece al niño, sonriendo cariñosamente,
mas cruza por su espíritu como un temor extraño.
Una calavera
abre los ojos, sin fondo,
como a visiones extrañas.
Esta senda lleva casi sin dilaciones a las puertas
del misterio, a la superación de la comprensión humana, y el poeta percibe esa
“brisa que sopla, ultrahumana, desde lo desconocido”, como ha dicho un crítico,
cuyo roce nos da muchos de sus mejores versos.
La poesía aparece definida en varias ocasiones por
ese “no sé qué”, por ese algo inefable:
Para que la existencia mísera se embalsame cual de
una esencia ignota,
quemándose en el fuego del alma enternecida, de
aquel supremo bálsamo basta una sola gota.
“Las sombras de las viejas catedrales” narran
“poemas misteriosos” o “leyendas misteriosas” al poeta; éste sabe la “magia
soberana / que tienen las ruinas” y hará “el poema sabio / lleno de misteriosas
armonías”; también ama las “sugestiones místicas y raras” de las cosas viejas;
en la naturaleza sorprende “vagos murmullos misteriosos”. . .
Existe un poema en la obra silviana, cuyo análisis
ilustra con gran claridad todo este complejo campo estilístico. Se trata del
titulado
... ? ... (“Estrellas que entre lo sombrío. . .”)
En primer término, la in sistencia y la reiteración de un grupo de palabras
procedentes de una misma zona es bien significativa, qomo resulta evidente en
la siguiente escueta lista: sombrío, ignorado, inmenso, vacío, pálido, lejos,
infinito, abismos ignotos, vagos, remotos, lejanos, fantásticos, océanos sin
fin ni fondo, inciertas. Es decir, la adjetivación del poema casi en su
totalidad se coloca en un mismo campo semántico y su efecto es acumulativo. La
atmósfera así creada se caracteriza por una minuciosa precisión de lo
impreciso; paradójicamente, por una estrecha familiaridad con lo insólito, con
aquello que se sale del familiar mundo cotidiano.
Podría pensarse que esta proyección hacia el
misterio posee lejanas raíces religiosas en cuanto un mero proyectarse. Pero, a
diferencia radical de la religión, la proyección que aquí vemos no encuentra un
término, por indeterminado que este pueda ser. Refiriéndose a Rim-baud, Hugo
Friedrich dice:
X L I
Ni siquiera logra explicarse el motivo de su huida.
Pero su obra nos muestra una correspondencia inequívoca entre su relación con
la realidad y su pasión por lo desconocido. Este desconocido al que no puede
darse ya ningún conte nido religioso, filosófico ni mítico, es más intenso que
en Baudelaire; es el polo de una tensión y, porque el polo es vacuo, repercute
sobre la realidad 27.
Esta explicación bien podría servir en el caso de
Silva, si bien la intensidad del conflicto, los intentos de solución artística
o sus modali dades psicológicas difícilmente podrían ser motivo de
comparación, entre el autor del Batean Ivre y el del “Nocturno”.
Silva parece haber comprendido bien uno de los
problemas del arte de la época: la separación cada vez más acentuada entre el
artista y su público. En De sobremesa escribe una frase fundamental que,
además, hace patente su conciencia de estilo:
Es que yo no quiero decir sino sugerir y para que
la sugestión se produzca es preciso que el lector sea un artista. En
imaginaciones desprovistas de facultades de ese orden ¿qué efecto producirá la
obra de arte? Ninguno. La mitad de ella está en el verso, en la estatua, en el
cuadro, la otra en el cerebro del que oye, ve o sueña.
En un mundo dominado por intereses pecuniarios, por
la competencia, por la incultura y la vulgaridad, tal tipo de lector llega a
ser, en verdad, tan escaso que a veces llega a confundirse con el propio
artista, llega a ser “mon sembláble, mon frére”.
Silva parece querer seguir, por otra parte, el
consejo de Mallarmé: “Excluye de tu poema la realidad porque es vulgar”. Sin
embargo, me nester es decirlo, las analogías de la obra silviana con el
simbolismo francés se limitan a ese plano general, pero de ninguna manera
podrían prolongarse. Silva se halla, en mi opinión, en los umbrales de la
poesía moderna, pero no es posible considerarlo un poeta de la modernidad, en
sentido europeo. En la poesía de Silva no existe la energía destructora de
simbolistas y surrealistas; él no intenta una deformación ni un divorcio total
de la materia. Y no se trata tan sólo de una diferencia de grado, sino de algo
mucho más esencial. Silva, y en esto podría considerársele un romántico, choca
con la realidad y su única posibilidad de trans ponerla es la proyección de
raíz religiosa que lleva a lo sobrenatural; los simbolistas dinamitan ese muro
de lo real y abren la senda del surrealismo.
Silva mismo nos pone de presente su desconfianza
ante el arte de los simbolistas y su nostalgia del romanticismo:
Moriste a tiempo, Hugo, padre de la lírica moderna;
si hubieras vivido quince años más, habrías oído las carcajadas con que se
acompaña la lectura de tus poemas animados de un enorme soplo de fraternidad
optimista; moriste a tiempo; hoy la poesía es un entretenimiento de mandarines
enervados, una adivinanza cuya solución es la palabra nirvana.
27 Hugo Friedrich, op. cit., pág. 101.
XLII
Con ello revela su estirpe romántica y su
temperamento conservador que, afortunadamente, no logró imponerse a la hora de
realizar su mejor creación poética.
De sobremesa fue la última obra que escribió Silva
28. Indudablemente, no llega a tener gran decoro novelístico. Posee, desde
luego, pasajes valiosos, valores documentales muy considerables, y se adivinan,
más que evidenciarse, posibilidades narrativas de mucho interés que, de haberse
desarrollado, seguramente nos hubieran dado una de las grandes novelas de
nuestro siglo xix. La búsqueda del ideal que acucia al pro tagonista, por
ejemplo; la personalidad neurótica y apasionada de este héroe dannunziano con
ribetes de superhombre nietzscheano, que oscila entre la espiritualidad, el
arte, el idealismo y sus ansias de dominio político, entre sus delirios de
grandeza y su snobismo, entre su refinada vida parisiense y el sentimentalismo
ingenuo y provinciano de su venera ción por “su abuelita”. Pero los excesos
descriptivos, las pretenciones aristocratizantes, la pedantería literaria, el
mal modernismo, en una palabra, que infesta la mayor parte de la novela, así
como su descuidada construcción, hacen de ella una obra fallida.
El asunto de la novela es bastante simple: un rico
escritor latinoame ricano reúne en su casa, llena de exóticos y atosigantes
lujos y de ambiente abrumadoramente refinado y recargado, a un grupo de amigos
que le piden que lea los manuscritos de una obra suya en la que se desvelan
misterios de su vida. El escritor los complace y comienza a leer una serie de
textos, de anotaciones fechadas, como si fueran un diario, en las cuales cuenta
acontecimientos de su vida sucedidos en Europa entre el 3 de junio de 189. . y
el 28 de octubre del año siguiente. A veces deja de leer y se establecen pausas
que son como divisiones de la obra. Se puede decir que la novela consta de tres
partes principales: la primera es la ambientación y caracterización del autor
en la situación posterior a los acontecimientos que relata; la novela es, pues,
una especie de retroceso temporal; luego, el escritor lee una serie de
anotaciones que contienen reflexiones y comentarios sobre lecturas suyas,
autocaracteri-zaciones y soliloquios, la muerte de su santa abuela y un
incidente, que da comienzo a la acción, en el cual el neurótico poeta apuñala a
su amante, famosa cocotte parisina y huye a las montañas suizas. Allí,
Su mentor
literario, Sanín Cano, nos cuenta en sus “Notas” : “Silva había estado
escribiendo febrilmente varias semanas antes de su muerte para poner en firma
definitiva su novela De sobremesa. El manuscrito, casi terminado, consta de dos
partes. La primera, que contiene rasgos suntuosos de un talento completo,
encierra la sustancia de una serie de novelas cortas escritas antes de 1849 y
que desaparecieron en el naufragio del Amérique, en 1895. La otra parte, la
final, está premurosamente ejecutada. Parece obra de otro autor. La descripción
de unos amores abruptos en París es inferior a la fortaleza física de Silva. El
fragmento sobre la locura y el suicidio incrustado en la novela, con otros
bocetos de data anterior, fue escrito en 1892, al recibirse en Bogotá la
noticia de que Mau-passant se había vuelto loco. Esas reflexiones no le fueron
sugeridas a Silva por el temor de perder el juicio, sino por el hecho de
haberlo perdido Maupassant” .
XLIII
en Interlaken, en contacto con la naturaleza,
comienza a elaborar una curiosa utopía, de corte fascista avant la lettre para
su país, al que piensa modernizar y conducir por la senda del progreso. Una vez
enterado de que la puñalada que asestara a Lelia Orloff no ha tenido consecuen
cias, viaja a Ginebra y allí, en un hotel, encuentra repentinamente, a un viejo
y elegante señor que viaja en compañía de su joven hija, llamada Helena. El
poeta repentinamente se enamora de ella y de noche le envía a través de la
ventana un ramo de flores; ella le devuelve un ramo de rosas, pero al día
siguiente, él se entera de que se han marchado con destino desconocido.
Locamente enamorado, el poeta parte en su búsqueda. Este encuentro y la
búsqueda subsiguiente de la amada constituyen la tercera parte de la novela,
junto a otros acontecimientos que luego mencionaremos.
Así, después de esa especie de prólogo, la novela
se compone de episodios sin otra unidad que el hilo autobiagráfico; pero luego,
con el hallazgo de la muchacha, cobra unidad y se convierte en una búsqueda de
la amada idealizada. Este motivo tan wagneriano, tan romántico, es el que
vertebra la novela: el héroe en busca del ideal, a través de obstáculos,
tentaciones, enfermedades. Pero ahí terminan las analogías. El protagonista es
un héroe modernista y su búsqueda se resuelve final mente en su sofisticado refugio
de aristócrata criollo nostálgico que divierte a sus amigos con el recuento de
su aventura.
Pero, además, la novela está llena de
descripciones, de reflexiones, aventuras amorosas, disquisiciones literarias,
artísticas, científicas que vale la pena mencionar en conjunto brevemente.
El protagonista es modelo acabado de héroe
modernista, si es que existe tal figura literaria o real. José Fernández es una
especie de super hombre, pero lleno de todas las debilidades, neurotismos y
languideces fin de siglo. Es un superhombre, se podría decir, pero “humano,
dema siado humano” . Riquísimo propietario latinoamericano, poeta refinado,
bon vivant, rastaquoére, europeizado, aristócrata de gustos y maneras, soñador
en pugna con su mezquino medio natal, al cual sin embargo pretende redimir por
la fuerza de su riqueza y su inteligencia, bello, culto con una cultura
diletante y dispersa, amoral, don juan, pedante, protofascista, es también y
sin darse cuenta, sentimental, infantil, ingenuo y cursi a pesar suyo. Y, como
estos contrastes no son, a mi juicio, voluntarios por parte del autor, en vez
de sintetizar una personalidad, se contradicen irreductiblemente. Por ejemplo:
este refinadísimo lector de Baudelaire, de Barrés, de la Bashkirtseff, Sully
Prudhomme y demás “raros”; este estudioso del latín, el griego, la filosofía y
la ciencia, que es sorprendido por su amante, Lelia Orloff, en la siguiente
escena:
( . . . ) entrándose en puntas de pies, se me
acercó por detrás y me cerró con las manos blandas y suaves los ojos que leían
en ese momento una página de Spinoza. . .;
XLIV
este intelectual, no puede ocultar su admiración
por los versos ¡de Núñez de Arce! o las novelas de Pereda. Y en otro orden de
cosas, este poeta maldito que abusa del opio, las orgías, las cocottes,
adúltero don juan descreído y hombre de mundo aristocrático parisino, reacciona
ante la muerte de “su abuelita” como cualquier escolar de provincias.
Es más importante, pues, José Fernández por lo que
tiene de repre-sentatividad histórico-cultural que como creación literaria. Es,
indudable mente, la encarnación de muchos de los sueños, aspiraciones y
fracasos del propio Silva, quien llega a incluir detalles autobiográficos,
personajes y acontecimientos reales. Pero no se debe olvidar la intención del
autor de crear una figura imaginaria, literaria 29.
Es importante resaltar a Fernández como héroe
modernista, sobre todo en ese afán europeísta, en ese malestar que experimenta
respecto a su realidad local, en ese snobismo y en esa pedantería con que
revela su inseguridad en el campo de la cultura. José Fernández es Silva, pero
también es Rubén Darío y hasta Vicente Huidobro. Encarna esas ansias de
participar, de pertenecer a ese mundo de la cultura, el arte, la gran burguesía
europea, la aristocracia, si fuera posible. De sus ansias lo sabemos todo. De su
obra no sabemos nada. Y esto último es lo que verdaderamente importa en el caso
de los modernistas. Su desarraigo social y nacional, sus irreductibles
contradicciones entre el subdesarrollo y el esplendor imperial del declinar de
siglo; su mal oculta inquietud ante el desarrollo capitalista, la decadencia
aristocrática, la degradación del espíritu. . . Sus sueños infantiles de
dominios y “progresos” fascis-toides, su adolescente búsqueda del ideal, todo
ello lo hace una imagen extremada de cierto intelectual latinoamericano de la
época y aún de nuestro tiempo, que se debate entre límites como el de un Martí,
en el pasado y el de un Mariátegui en el futuro. Fernández es la réplica
conservadora, aristócrata, snob y mediocre de un César Vallejo.
Otros personajes de la novela son más bien tipos,
encarnaciones de ideas o de actividades, sin vida propia; con todos sus
defectos, Fernández resulta ser una creación llena de posibilidades no
suficientemente apro vechadas. Tal vez con un tratamiento un poco más crítico,
posiblemente irónico, José Fernández sería ahora uno de los grandes personajes
de la novela latinoamericana. Para terminar, digamos que su representativi-dad
histórico-social se condensa tal vez en un rasgo, que el autor acentúa particularmente:
su ansia de totalidad, su afán indiscriminado de poseerlo todo, de saberlo
todo, como los pueblos jóvenes y dominados que aspiran a ser como sus
dominadores:
La “falacia
autobiográfica” ha presidido la lectura de De sobremesa, hasta llegar a
extremos tales como el de Sanín Cano cuando dice: “La descripción de unos
amores abruptos en París es inferior a la fortaleza física de Silva” ( !) .
X L V
( . . . ) Como me fascina y me atrae la poesía, así
me atrae y me domina todo, irresistiblemente: todas las artes, todas las
ciencias, la política, la especula ción, el lujo, los placeres, el misticismo,
el amor, la guerra, todas las formas de la vida, la misma vida material, las
mismas sensaciones que por una exigencia de mis sentidos, necesito de día en
día más intensas y más delicadas.
Como decía, los restantes personajes, no poseen
vida propia. Entre ellos, hay dos interesantes, a mi juicio: el científico, el
médico, en el que Silva paga tributo a su admiración y su desconfianza por el
positi vismo, repitiendo en esencia el esquema ya estudiado al hablar de Gotas
amargas ( “Psicoterapéutica”), y la heroína “modernista” encarnada en la
escritora rusa María Bashkirtseff, romántica y moderna, consumida por la tisis
mientras intenta afanosamente acumular toda la cultura y la vida, al igual que
su gran admirador, José Fernández. Ella también dice: “Para ser feliz necesito
TODO, el resto no me basta”. Pero ella queda libre de algo que caracteriza a la
época negativamente y que sí afecta profundamente a Fernández:
¡Feliz tú, muerta ideal que llevaste del Universo
una visión intelectual y artística y a quien el amor por la belleza y el pudor
femenino impidieron que el entusiasmo por la vida y las curiosidades
insaciables se complicaran con sensuales fiebres de goce, con la mórbida
curiosidad del mal y del pecado, con la villanía de los cálculos y de las
combinaciones que harán venir a las manos y acumularán en el fondo de los
cofres de oro, esa alma de la vida moderna!
Como se ve, aquí vuelve a plantearse la gran
contradición histórica que luego iba a definir Rodó: la materia y el espíritu,
Calibán persi guiendo a Ariel; contradicción que en Silva se manifiesta de
varias formas, como por ejemplo entre la espiritual rusa y el médico Max Nordau
30 cuya obra arranca a Fernández sus acentos más indignados por su grosero
positivismo y su ceguera espiritual:
¿Por qué has de simpatizar tú con la muerta
adorable a quien Barrés venera y a quien amamos unos cuantos, ¡oh grotesco
doctor Max Nordau! si tu fe en la ciencia miope ha suprimido en ti el sentido
del misterio; si tu espíritu sin curiosidades no se apasiona por las formas más
opuestas de la vida; si tus rudimentarios sentidos no requieren los
refinamientos supremos de las sensa ciones raras y penetrantes?
Habría que mencionar también a Helena, la joven
idealizada; pero ella es más bien una imagen proyectada por José Fernández, una
con
El “grotesco
doctor alemán”, Max Nordau, sabio sionista nacido en 1849 era, en verdad,
austríaco.
XLVI
creción de sus ansias, de su búsqueda, de su
intento de escapar de un mundo materialista y degradado.
Estoy harto de la lujuria y quiero el amor; estoy
cansado de la carne y quiero el espíritu. . .
Puesto que revestida de misterio y de más allá,
entraste en mi vida, virgen inmaculada y dulcísima, nuestro amor será un
éxitasis. Ennoblecidos por ti, los detalles de la existencia diaria se
transfigurarán. . .
¡Helena! ¡Helena! Me corre fuego por las venas y mi
alma se olvida de la tierra cuando pienso en esas horas que llegarán si logro
encontrarte y unir tu vida con la m ía. . .
Citemos una vez más el final de la novela:
. . .Tú no puedes morir. Tal vez no hayas existido
nunca y seas sólo un sueño luminoso de mi espíritu; pero eres un sueño más real
que eso que los hombres llaman la Realidad. Lo que ellos llaman así, es sólo
una máscara oscura tras de la cual se asoman y miran los ojos de sombra del
misterio y tú eres el Misterio mismo.
Helena es el espíritu, el amor pleno, la poesía, la
pureza, la divinidad, el misterio. . . La contraimagen silviana se aclara y el
conflicto histórico se evidencia una vez más.
Otro de los temas fundamentales de la novela, junto
con el ya mencionado de la búsqueda del ideal, del espíritu, es lo que llamamos
la vitalización de la cultura, estrechamente relacionado con el anterior. Más
que en la “realidad”, en la práctica, en la vida diaria, Fernández vive en el
mundo de la cultura (arte ciencia, literatura), y una especie de “bovarismo”
soterrado recorre la novela 31. Como hemos dicho, ésta se inicia con una larga
disquisición sobre la obra y la personalidad de María Bashkirtseff y el doctor
Max Nordau, hecha por el escritor José Fernández, autor de dos libros de
versos. Antes, en la introducción, éste entona un emocionado canto a la figura
del poeta, exaltándolo y, dándonos una faceta importante de su propia
personalidad que constituye, a su vez, un rasgo marcadamente modernista:
Lo que me hizo escribir mis versos fue que la
lectura de los grandes poetas me produjo emociones tan profundas como son todas
las mías; que esas emo ciones subsistieron por largo tiempo en mi espíritu y
se impregnaron de mi sensibilidad y se convirtieron en estrofas ( . . . ) .
Viví unos meses con la imaginación en la Grecia de Pericles, sentí la belleza
noble y sana del arte heleno con todo el entusiasmo de los veinte años y bajo
esas impresiones
"1 Tema
que no es, en absoluto, ajeno
a Silva, el
cual le dedica
dos poemas:
“Lentes
ajenos” y “Cápsulas” .
XLVII
escribí los “Poemas Paganos” ; de un lluvioso otoño
pasado en el campo leyendo a Leopardi y a Antero de Quental, salió la serie de
sonetos que llamé después “Las Almas Muertas” ; en los “Días Diáfanos”
cualquier lector inteligente adivina la influencia de los místicos españoles
del siglo XVI, y mi obra maestra, los tales “Poemas de la Carne”, que forman
parte de los “Can tos del más allá”, que me han valido la admiración de los
críticos de tres al cuarto, ¿qué otra cosa son sino una tentativa mediocre para
decir en nuestro idioma las sensaciones enfermizas y los sentimientos
complicados que en for mas perfectas expresaron en los suyos Baudelaire y
Rosetti, Verlaine y Swinburne?. . .
Vale cita tan larga porque en ella el poeta nos
revela ese proceso de creación en “segundo grado” que es tan típico del
modernismo más ortodoxo, digamos, el de Azul, Prosas profanas, etc. La realidad
de la que parten estos poemas es una realidad “preconcedibamente poética”, y
entonces el poema es más bien una recreación. La literatura la cultura se hacen
vida desde la que se crea y sobre la que se crea la obra poética de muchos
modernistas.
Citemos aquí el caso principal de la novela: José
Fernández entrevé, más que conoce, la hermosa y joven Helena Scilly Dancourt, y
nunca cruza una palabra con ella; sólo recibe de ella unas rosas de té y se
apodera de un camafeo que ella ha perdido. Este resulta, a la postre, la única
prueba real de su existencia. Pero un buen día descubre un sucedáneo de la
presencia de Helena: un retrato prerrafaelita de la madre, hecho por un pintor
desconocido, que posiblemente Fernández había visto ya antes de que el médico
inglés Rivington se lo enseñe. Curiosamente es otro científico, el médico
francés Charvet, quien le revela la identidad de la dama del cuadro. Antes de
conocer esta identidad, Fernández se dedica afanosamente a investigar a los
pintores prerrafaelistas para encontrar algo sobre J. F. Siddal, autor del
cuadro.
El poeta no volverá nunca a ver a Helena y venerará
religiosamente la imagen artística. Naturalmente, el motivo no es nuevo, y este
“culto a la virgen”, por llamarlo así, tiene indudables antecedentes de tipo
religioso y literario, pero en este caso ilustra bien esa distancia que existe
entre “lo vivo y lo pintado”, o mejor, esa identificación entre “lo pintado”
y lo vivo, situada en la base de buena parte de la
creación artística modernista. La vida imita al arte, como diría otro héroe
modernista europeo, la cultura engendra vida, se hace vida, la realidad se
edifica a partir de la cultura, la cultura, eso sí, europea, la vasta e
imponente cultura extranjera y ajena sin la cual el habitante de las
neocolonias siente que no tiene entidad histórica. Cuando Fernández imagina, en
las montañas suizas su utopía política, desvela un momento su menta lidad
colonizada al revelarnos el sentido de la transformación que sueña para su
país:
X L V lI I
La capital transformada a golpes de pica y de
millones — como transformó el Barón Haussman a París— recibirá al extranjero
adornada con todas las flores de sus jardines y las verduras de sus parques, le
ofrecerá en amplios hoteles refinamientos de confort que le permitan forjarse
la ilusión de no haber abandonado el risueño home. ..
Técnicamente la novela adolece de grandes fallos,
así como también desde el punto de vista estilístico: énfasis retórico
constante que se manifiesta en el intento de fastuosidad de las descripciones,
recargadas y pedantes, y en las reiterativas y declamatorias imprecaciones y
apos trofes: Fernández apostrofa (el tú y el vosotros entre grandes signos
admirativos) al doctor Max Nordau, a María Bashkirtseff, a las “mons truosas
máquinas de guerra” que piensa comprar para conquistar el poder en su país; a
la Naturaleza; a los personajes que observa en el comedor de un hotel; muchas
veces a Helena, como es natural; a la Beatriz del Dante; a los grandes artistas
que no fueron prácticos; a París, al camino que lo llevará a Helena; a una
actriz que le hizo trasladar su dinero a una compañía comercial en la que
también lo deposita el padre de Helena; al obrero en general; a Víctor Hugo; al
crítico optimista; a las piedras preciosas una a una; a su propia voz atávica y
salvaje; a los patricios romanos; al cielo y a muchísimas cosas y personas más.
Léase, por ejemplo, el apostrofe al neomisticismo de Tolstoi, al teosofismo
intelectual y a otras muchas abstracciones a las que el poeta envuelve “en una
sola carcajada de desprecio” y “escupe a la cara”. . . El abuso de esta figura
retórica hace la lectura de la novela dificultosa y aburrida en ocasiones.
También las técnicas dialogales adolecen de fallos
tales como el tono discursivo y magistral, la longitud del parlamento sin
acotaciones ni pausas y la presentación ingenua y confusa de los
interlocutores; aunque también existe el intento de reproducir el habla
coloquial, con intención más bien satírica.
Mencionemos asimismo un aspecto importante de la
novela. Se trata de la ideología política explícita del héroe modernista, que
acaso sea portavoz de su autor. Estas páginas políticas reflejan con gran
claridad la ubicación de clase y la conciencia de clase de este personaje y de
tantos otros como él en la Latinoámerica de fin de siglo. El plan político y
económico que Fernández imagina tiene como fin, desde luego, la transformación
y el progreso de su país, “modificar un pueblo y elevarlo y verificar en él una
vasta experiencia de sociología experi mental”, como dice su autor; el sueño
último es el de lograr el pleno desarrollo, el progreso material del país, lo
cual producirá el verdadero fin esperado, es decir, “levantará al pueblo a una
altura intelectual y moral superior a la de los más avanzados de Europa” y así,
al extran jero que visite el país se le ofrecerán
XLIX
nobles placeres a su inteligencia y como flor de
esos progresos materiales podrá contemplar el desarrollo de un arte, de una
novela que tengan sabor netamente nacional y de una poesía que cante las viejas
leyendas aborígenes, la gloriosa epopeya de las guerras de emancipación, las
bellezas naturales y el porvenir glorioso de la tierra regenerada.
Así, pues, el “sueño” político es, al fin de
cuentas, nacionalista, pero su nacionalismo es una competencia con los modelos
europeos, un proceso de imitación y emulación que, al fin y al cabo, no es
nacionalismo. De todos modos, lo que importa es este deseo de participar en la
historia contemporánea, de tener derecho al futuro, de transformar una realidad
nacional grotesca y aberrante. Este es, a mi juicio, el mismo sueño de Martí,
pero en Martí es acción política revolucionaria y en Silva mera utopía fascistoide;
es también, como mero anhelo, el sueño de Rubén y también de Rodó 32 en su
primacía espiritual, de tantos otros, hasta el de Sarmiento, con el que el de
Fernández tiene alguna coincidencia. Es una versión del sueño histórico del
modernismo, que a su vez es una versión del sueño histórico de la clase
dirigente latinoamericana.
Los medios para lograr esta utopía ya no son tan
admirables y gene rosos; al exponerlos, Fernández hace gala de cinismo, pero
también de perspicacia y de realismo al describir la situación política
nacional. Todo comienza en el propio Fernández, cuya fortuna acrecentada en
afortu nados negocios, será la base del plan; el poeta viajará a Estados
Unidos a “indagar los porqués del desarrollo fabuloso de aquella tierra de la
energía y a ver qué puede aprovecharse, como lección, para ensayarlo luego, en
mi experiencia”. Luego, un viaje de estudios por el país acompañado “de un
cuerpo de ingenieros y de sabios que serán para mis compatriotas, ingleses que
viajan en busca de orquídeas”; a conti nuación, una de las alternativas
políticas: entrar en el gobierno, ir estudiando la administración y elaborando
“un plan de finanzas nacional, que es la base de todo gobierno” y, al tiempo,
fundar un partido cen trista, liberal, laico, “un partido de civilizados que
crean en la ciencia y pongan su esfuerzo al servicio de la gran idea” . Luego,
la presidencia de la república. Pero esa es una alternativa solamente. “Eso,
por las buenas. Si la situación no permite esos platonismos ( . . .), hay que
recurrir a los resortes supremos para excitar al pueblo a la guerra”. Provocando
“una poderosa reacción conservadora, aprovechar la libertad de imprenta
ilimitada que otorga la constitución actual para denunciar los robos y los
abusos del gobierno”, recurrir a “la influencia del clero perseguido para
levantar las masas fanáticas, al orgullo de la vieja estirpe conservadora ( . .
. ) , al egoísmo de los ricos ( . . . ) ”, para, “tras
32 El médico le dice a Fernández en Londres:
“Francamente, ¿no cree usted más cómodo y más práctico vivir dirigiendo una
fábrica en Inglaterra que ir a hacer ese papel de Próspero de Shakespeare con
que usted sueña, en un país de Caliba-nes?” . Como se ve, las figuras rodianas
tienen más de un antecedente.
L
de una guerra en que sucumban unos cuantos miles de
indios infelices ( . . .), asaltar el poder, espada en mano y fundar una
tiranía”. Y, así, desde la dictadura absoluta que, sin embargo, conserva algo
de las apariencias liberales ( “el juego”, como dice cínicamente), llevar a
cabo la transformación científica, racional, calculada del país, hasta conver
tirlo en modelo de desarrollo, progreso y riqueza, en emporio de artes, letras,
ciencias, en ese paraíso en el que lo material queda al servicio del espíritu,
en plenitud y perfección no lograda antes.
Fernández justifica el empleo de esos medios,
violentos y reaccionarios, para lograr un fin de progreso y perfección, por la
situación actual del país. Así, pues, en su utopía existen dos aspectos
fundamentales: la negación, que es el presente, la realidad local mezquina y
ridicula, absurda e injusta; y la contraimagen, que es ese país feliz, rico y
pleno. En la utopía silviana existen definidas proyecciones de la historia
colombiana coetánea, así como también de la historia latinoamericana. Cuando
trata de justificar la contradicción entre los medios y los fines, dice:
Establecer una dictadura conservadora como la de
García Moreno en el Ecuador o la de Cabrera en Guatemala y pensar que bajo ese
régimen som brío con oscuridades de mazmorra y negruras de inquisición, se
verifique el milagro de la transformación con que sueño, parece absurdo a
primera vista. No lo es si se medita. Está cansado el país de peroratas
demagógicas y falsas libertades escritas en la carta constitucional y violadas
todos los días en la práctica y ansia una fórmula política más clara, prefiere ya
el grito de un dictador de quien sabe que procederá de acuerdo con sus ame
nazas, a las platónicas promesas de respeto por la ley burladas al día
siguiente.
Parece indudable que aquí hay una fuerte crítica
contra el régimen liberal de la Constitución de Rionegro y que Silva rinde
tributo en cierta forma a Rafael Núñez, autor de la llamada Regeneración al
hablar del “porvenir glorioso de la tierra regenerada”. Pero su crítica va más
allá y se dirige contra todo aquello que está destruyendo el “viejo régimen”,
sin traer nada más que miseria y desorden. Toda la realidad social, política y
cultural actual puede ser negativa, por com paración con el pasado. Véase, por
ejemplo, la opinión que le merecen la literatura y los movimientos sociales, la
propia poesía moderna y el estado del espíritu en “nuestra época mediocre y
ruin” ; el anarquismo, el teatro de Ibsen, la poesía, Nietzsche, etc., son
enjuiciados negativa mente por Fernández en su anotación del. 14 de abril.
Su visceral repugnancia ante cualquier cambio
social, ante la posi bilidad de una acción proletaria, le arranca las más
temerosas protestas contra Nietzsche, al cual atribuye el materialismo y las
convenciones sociales de la época, al sonar su “Evangelio” en el
"rudimentario cerebro” del obrero “cuyas encallecidas manos hacen todavía
la señal de la
LI
cruz”; la moral de los amos: “vive más allá del
bien y del mal”, practicada por los obreros llevará a una situación en la cual
“muertos los amos serán los esclavos los dueños y profesarán la moral verdadera
en que son virtudes la lujuria, el asesinato y la violencia”. El socialismo
excita su retórica hasta llegar casi a la histeria y, así, habla de “la
asquerosa utopía socialista que en los falansterios con que sueña para el
futuro, repartirá por igual pitanza y vestidos a los genios y a los idiotas”.
Nos hemos alargado tal vez demasiado en esta
caracterización de José Fernández como héroe modernista y él lo hizo mucho
mejor en un párrafo definitivo:
( . . . ) al entrar por primera vez a los veintiún
años, corbateado de blanco y con el busto moldeado por un frac de Poole al
salón donde hice mi pri mera conquista aristocrática, cuatro almas: la de un
artista enamorado de lo griego, y que sentía con acritud la vulgaridad de la
vida moderna; la de un filósofo descreído de todo por el abuso de estudio; la
de un gozador cansado de los placeres vulgares, que iba a perseguir sensaciones
más profundas y más finas, y la de un analista que las discriminaba para sentirlas
con más ardor, animaron mi corazón que latía bajo la resplandeciente pechera,
coque tamente abotonada con una perla negra.
En la historia de la novela colombiana, De
sobremesa, de haber sido un poco más lograda, hubiera llegado a ser
seguramente, junto a María, algunas novelas de Carrasquilla y La vorágine una
de las grandes reali zaciones del género. Desde luego, es la primera novela
urbana y la mejor de las que produjo el modernismo en nuestro país.
EDUARDO
CAMACHO GUIZADO
CRITERIO DE ESTA EDICION
EL PROBLEMA EDITORIAL
D E S D E E L punto de vista editorial, la obra de
Silva ofrece la dificultad de que el poeta, prefiriendo — como dice alguno de
sus amigos— el aplauso de un selecto público de allegados a la aprobación
anónima, publicó muy pocos poemas en vida. A este hecho se suma una dificultad
adicional que proviene de que sólo quedan manuscritos de muy pocas de sus
obras.
La obra poética de Silva puede dividirse en tres
grandes grupos. En primer lugar, El Libro de Versos, concebido por el autor
como una unidad, del que se conservan la mayoría de los manuscritos, aunque,
desafortunadamente, se han perdido algunos. De estos poemas cuyos manuscritos
no se conservan, algunos fueron publicados en revistas en vida del autor y así
se han podido recuperar. Otros, en cambio, se han perdido definitivamente y de
ellos no queda sino el título, que aparece en el índice del manuscrito. Tal es
el caso de “Lloviendo y
haciendo frío. . “Mañana es domingo. . “Son para ti
mis versos. . . “Res, non verba” y “Postuma” .
El segundo grupo de poemas lo constituyen las
llamadas Gotas amargas, que Silva nunca quiso dar a conocer, y que según B.
Sanín Cano, siempre quiso man tener aparte e inéditas. Estos poemas fueron
publicados — algunos de ellos en versiones recontruidas— por los amigos del
poeta varios años después de su muerte en publicaciones periódicas. De estas
obras no se conservan manuscritos, y por tanto, no solamente su atribución a
Silva sino también la exactitud de la versión, dependen de la buena fe y del
conocimiento que de la obra de Silva tuviera quien hacía la publicación. Por
ello no dejan de presentarse aquí problemas graves, como es el caso del poema
Futura, publicado inicialmente por Sanín Cano, intelectual de credibilidad, muy
cercano a Silva y conocedor profundo de su obra. Sin em bargo, pocos años
después, otros amigos del poeta, con las mismas características que el primero,
corrigieron la versión de Sanín Cano, añadiendo algunos versos al final del
poema.
Finalmente, hay en la obra poética de Silva un
grupo de obras que fueron pu blicadas, algunas, en vida del autor, otras, por
sus amigos después de su muerte.
L U I
y que se conocen bajo el título de Versos varios.
Desde el punto de vista editorial, este grupo ofrece los mismos problemas que
los anteriores, pero, a diferencia de ellos, no conforman estos poemas una
unidad, sino que se trata de piezas sueltas y desordenadas en el corpus
silviano. Nosotros hemos tratado de introducir un poco de claridad en la
ordenación agrupando algunos poemas que debían ir juntos y, en la medida de lo
posible, dándole una ordenación cronológica.
LA EDICION
Al preparar la presente edición de las obras
completas de Silva nos hemos basado en la edición facsimilar del Libro de
Versos de la editorial Horizonte, que hemos utilizado para cotejar los
manuscritos. Además, hemos tratado de localizar la más antigua publicación en
periódicos y revistas de cada poema. Aparte de la reproduc ción facsimilar de
los manuscritos y de las primeras publicaciones, hemos compa rado nuestra
versión con algunas de las ediciones que se consideran generalmente como las
más autorizadas, bien por tratarse de la primera recopilación en forma de libro
de la obra poética de Silva — i.e., la edición de la Imprenta de Pedro Ortega
realizada para la Casa Maucci de Barcelona en 1908 y su variante subtitu lada
“Nueva edición corregida” de c. 1918— , cuanto por haberse basado en los
manuscritos — como ocurre con la edición de las Prensas de la Biblioteca
Nacional de Colombia realizada en 1946 y las dos ediciones hechas al cuidado de
don Camilo de Brigard Silva: la de Aguilar y la del Banco de la República, que
generalmente se considera como la edición básica de las obras completas del
poeta.
El estudio comparativo de estos textos nos ha
puesto de presente la importancia del registro de las variantes que se han ido
introduciendo en las diversas ediciones. Pero, teniendo en cuenta la situación
especial de los originales de la obra, que hemos expuesto arriba, y que ha
llevado tanto a los amigos de Silva como a los sucesivos editores a introducir
variantes y correcciones en su obra, especialmente en materia de puntuación,
sería prácticamente interminable un registro sistemático de las variantes por
puntuación y ortografía. Nosotros hemos optado por modernizar la ortografía y
la puntuación, sistematizar el uso de signos de amiración e inte rrogación, y
en cambio, sí registrar por medio de notas explicativas las variantes más
importantes. En este aspecto, creemos que, por ejemplo, en el caso de “Una
Noche”, la documentación que hacemos de las variantes existentes entre el
manus crito y la primera publicación contribuye a aclarar aspectos
importantes.
Hemos también optado por suprimir algunos poemas
atribuidos a Silva y que, siendo apócrifos, llegaron incluso a figurar en
colecciones de su obra. Tal es el caso de “A ti” (de luto está vestida), del
cual ya Arias Argáez había dicho que pertenecía a Diógenes Arrieta. Igualmente
hemos excluido el poema “ ¿Que por qué no publico versos?”, publicado en El
Cojo Ilustrado de Caracas y atribuido a Silva. Fue también Arias Argáez —
incidentalmente, uno de los mejores conocedores de la obra del poeta— quien señaló
que este poema había sido el fruto de una travesura de Delio Seraville,
aseveración que Donald McGrady ha confirmado al señalar que el poema está
incluido en reproducción facsimilar del manuscrito en la edición de 1952 de la
obra de este autor. También hemos excluido “En la tortura”, publicado en el
Nuevo Tiempo Literario de Bogotá, ya que en realidad se trata de un error en la
armada de la revista, que juntó la primera parte de un poema de Isaacs con la
última parte de Al pie de la estatua. Este error fue aclarado
LIV
por la propia dirección de la revista en el número
del 4 de agosto de 1903 con la siguiente nota: "Por equivocación se puso
en el número anterior de este periódico el final de una composición de J. A.
Silva en seguida del principio de una de Jorge Isaacs. Hacemos la salvedad del
caso, y nos prometemos que dentro de poco hemos de reproducir una y otra de
dichas composiciones” . Esta promesa no se cumplió, pero de todas maneras el
empastelado poema hizo carrera, hasta el punto de que Miramón, en su libro sobre
Silva lo considera uno de los mejores del autor, y algunos críticos más
suspicaces — entre quienes se cuenta, sorprendentemente Donald McGrady— se lo
han atribuido a la picardía de Carlos Arturo Torres, direc tor de El Nuevo
Tiempo Literario.
En cambio, hemos considerado necesaria la
introducción de una sección en la que recogemos aquellos poemas que, por una u
otra razón no hemos podido com probar definitivamente que pertenecen a Silva,
ni que son apócrifos. Se trata, pues, de una especie de limbo, producto de la
falta de información sobre ciertos aspectos de la obra de Silva.
Para la edición de la novela, hemos comparado las
dos primeras ediciones de Cromos con la edición del Banco de la República. En
este texto también hemos considerado necesario modificar la puntuación y la
ortografía, así como unificar y sistematizar las convenciones para presentación
de diálogos, etc.
EDUARDO
CAMACHO GUIZADO Y GUSTAVO ME JÍA
ABREVIATURAS
UTILIZADAS
ECI: El
Cojo Ilustrado, Caracas.
EH: El
Heraldo, Bogotá.
EL: El
Liberal, Bogotá.
EN TL: El
Nuevo Tiempo Literario, Bogotá.
ETdD: El
Telegrama del Domingo, Bogotá.
GB: Gil
Blas, Bogotá.
LLN: La Lira
Nueva, Bogotá, Imprenta de Medardo Rivas,
1886.
Lpt: Lectura para
Todos, Cartagena.
LS: La
Sierra, Bogotá.
Patria, Bogotá.
PC: Parnaso
Colombiano, Bogotá, Camacho Roldán y Tamayo,
1886.
PPI: Papel
Periódico Ilustrado, Bogotá.
RC: Repertorio
Colombiano, Bogotá.
RCh: Revista
Chilena, Santiago.
RI: Revista
Ilustrada, Bogotá.
RL: Revista
Literaria, Bogotá.
RM: Registro
Municipal, Bogotá
Thesaurus:
Thesaurus. Boletín del
Instituto Caro y
Cuervo, Bogotá.
Universidad,
Bogotá
LV
POESIA
EL LIBRO DE VERSOS
AL OIDO D EL LECTOR
N o f u
e pasión
aquello,
fue una ternura vaga. . .
La que inspiran los niños enfermizos, los tiempos
idos y las noches pálidas.
El espíritu
sólo
al conmoverse canta:
cuando el amor lo agita poderoso tiembla, medita,
se recoge y calla.
Pasión hubiera sido
en verdad;
estas páginas
en otro tiempo más feliz escritas, no tuvieran
estrofas sino lágrimas.
INFANCIA
Esos
recuerdos con olor
de helecho
son el idilio de la edad primera.
G.G.G
CON E L recuerdo vago de las cosas
que embellecen el tiempo y la distancia, retornan a
las almas cariñosas, cual bandada de blancas mariposas,
5 los
plácidos recuerdos de la
infancia.
3
¡Caperucita, Barba Azul, pequeños liliputienses,
Gulliver gigante
que flotáis en las brumas de los sueños, aquí tened
las alas,
que yo con
alegría
llamaré para
haceros compañía
al
ratoncito Pérez y
a Urdimalas!
¡Edad feliz! Seguir con vivos ojos, donde la idea
brilla,
de la
maestra la cansada mano sobre los grandes caracteres rojos de la rota cartilla,
donde el esbozo de un bosquejo vago, fruto de
instantes de infantil despecho,
las
separadas letras juntas puso bajo la sombra de impasible techo.
En alas de
la brisa
del luminoso Agosto, blanca, inquieta a la región
de las errantes nubes
hacer que se
levante la cometa en húmeda mañana;
con el vestido nuevo hecho jirones,
en las ramas gomosas del cerezo el nido sorprender
de copetones;
escuchar de
la abuela
las sencillas historias peregrinas; perseguir las
errantes golondrinas; abandonar la escuela
y organizar horrísona batalla
en donde
hacen las piedras de metralla y el ajado pañuelo de bandera; componer el
pesebre
de los silos
del monte levantados;
tras el
largo paseo bullicioso
trae la
grama leve,
los corales, el musgo codiciado, y en extraños
paisajes peregrinos y perspectivas nunca imaginadas,
hacer
de áureas arenas
los caminos
y de talco
brillante las cascadas. Los reyes colocar en la colina y colgada del techo
la
estrella que sus
pasos encamina,
4
y en el
portal el Niño-Dios
fíente
sobre mullido
lecho
de musgo
gris y verdecino helecho.
¡Alma blanca, mejillas sonrosadas, cutis de niveo
armiño cabellera de oro,
ojos vivos
de plácidas miradas,
cuán bello hacéis al inocente niño! Infancia, valle
ameno,
de
calma y de
frescura bendecida,
donde es
süave el rayo
que abrasa el resto de la vida
¡cómo es de santa tu inocencia pura, cómo tus
breves dichas transitorias,
cómo es de
dulce en horas
de amargura
dirigir al
pasado la mirada y evocar tus memorias!
CRISALIDAS
CUANDO enferma la niña todavía salió cierta mañana
y recorrió, con
inseguro paso,
la vecina montaña,
5 trajo, entre
un ramo de silvestre flores, oculta una crisálida,
que en su aposento colocó, muy cerca de la camita
blanca . . .
Unos días
después, en el momento
10 en
que ella expiraba,
y todos la
veían, con los
ojos
nublados por las lágrimas,
en el instante en que murió, sentimos leve rumor de
alas
15 y
vimos escapar, tender el vuelo por la antigua ventana
que da sobre el jardín, una pequeña mariposa
dorada. . .
La
prisión, ya vacía,
del insecto
5
busqué con
vista rápida; al verla vi de la difunta niña
la
frente mustia y pálida,
y pensé: si al dejar su cárcel triste la mariposa
alada
25 la
luz encuentra y el espacio inmenso y las campestres auras,
al dejar la prisión que las encierra, ¿qué
encontrarán las almas?
LOS MADEROS
DE SAN JUAN
ASERRÍN!
¡Aserrán!
Los
maderos de San Juan,
piden queso, piden pan,
5 los de Roque
alfandoque,
los de Rique
alfeñique
¡los de Triqui,
triqui, tran!
10 Y en
las rodillas duras y firmes de la Abuela, con movimiento rítmico se balancea el
niño y ambos agitados y trémulos están;
la
Abuela se sonríe
con maternal cariño
mas cruza
por su espíritu como
un temor extraño
por lo que
en lo futuro, de angustia y desengaño los días ignorados del nieto guardarán.
Los
maderos de San
Juan
piden
queso, piden pan.
¡Triqui, triqui,
20 triqui, tran!
Esas arrugas
hondas recuerdan una historia
de
sufrimientos largos y
silenciosa angustia
y sus cabellos, blancos, como la nieve, están.
De un gran
dolor el sello
marcó la frente mustia
y son sus
ojos turbios espejos que empañaron
los años, y que, ha tiempos, las formas reflejaron
de cosas y seres que nunca volverán.
Los de Roque, alfandoque ¡Triqui, triqui, triqui,
tran!
6
Mañana
cuando duerma la Anciana, yerta y muda, lejos del mundo vivo, bajo la oscura
tierra,
donde otros, en la sombra, desde hace tiempo están,
del nieto a la memoria, con grave son que encierra
todo el poema
triste de la remota infancia,
cruzando por
las sombras del tiempo y la distancia, ¡de aquella voz querida las notas
vibrarán!
Los de Rique, alfeñique
¡Triqui,
triqui, triqui, tran!
en tanto en
las rodillas cansadas de la Abuela 40 con movimiento rítmico se balancea el
niño
y ambos conmovidos y trémulos están; la Abuela se
sonríe con maternal cariño
mas cruza por su espíritu como un temor extraño por
lo que en lo futuro, de angustia y desengaño
45 los días
ignorados del nieto
guardarán.
¡Aserrín!
¡Aserrán!
Los
maderos de San
Juan
piden
queso, piden pan,
50 los de
Roque
alfandoque
los de Rique
alfeñique
¡Triqui, triqui, triqui,
tran!
55 ¡Triqui, triqui, triqui, tran!
CREPUSCULO
Ju n to de la cuna aún no está encendida la lámpara
tibia, que alegra y reposa,
y se filtra opaca, por entre cortinas, de la tarde
triste la luz azulosa.
Las niñas,
cansadas, suspenden los juegos, de la calle vienen extraños ruidos,
en estos momentos, en todos los cuartos, se van
despertando los duendes dormidos.
7
La
sombra que sube
por los cortinajes,
para las
hermosas oyentes pueriles,
se puebla y se llena con los personajes de los
tenebrosos cuentos infantiles;
Flota
en ella el
pobre Rin Rin
Renacuajo,
corre y
huye el
triste Ratoncito Pérez,
y la
entenebrece la forma del trágico Barba Azul, que mata sus siete mujeres;
en unas distancias enormes e ignotas, que por los
rincones oscuros suscita, andan por los prados el Gato con Botas,
y el Lobo
que marcha con Caperucita,
y, ágil caballero,
cruzando la selva,
do vibra el ladrido fúnebre de un gozque, a escape
tendido va el Príncipe Rubio
a ver a la
Hermosa Durmiente del
Bosque.
Del infantil
grupo se levanta leve, argentada y pura, una vocecilla,
que comienza: “¡Entonces se fueron al baile y
dejaron sola a Cenicentilla!
Se quedó la pobre, triste, en la cocina,
de llanto de
pena nublados los ojos, mirando los juegos extraños que hacían en las sombras
negras los carbones rojos.
“Pero vino el Hada que era su madrina,
le
trajo un vestido
de encaje y crespones,
le hizo un
coche de oro de una calabaza, convirtió en caballos unos seis ratones,
“le dio un ramo enorme de magnolias húmedas, unos
zapaticos de vidrio, brillantes,
¡y de un solo golpe de la vara mágica,
40 las
cenizas grises convirtió en diamantes!”
8
¡Con atento
oído las niñas la escuchan,
las muñecas duermen, en la blanda alfombra medio
abandonadas, y en el aposento
la luz
disminuye, se aumenta la sombra!
¡Fantásticos
cuentos de duendes y hadas, llenos de paisajes y de sugestiones,
que abrís a lo lejos amplias perspectivas, a las
infantiles imaginaciones!
Cuentos. que nacisteis en ignotos tiempos,
y que vais,
volando por entre lo oscuro, desde los potentes Aryas primitivos, hasta las
enclenques razas del futuro.
Ciientos que repiten sencillas nodrizas
muy paso, a los niños, cuando no se duermen,
y que en
sí atesoran del
sueño poético
el
íntimo encanto, la
esencia y el
germen.
Cuentos más durables que las convicciones de graves
filósofos y sabias escuelas,
y que rodeasteis con vuestras ficciones, 60 las
cunas doradas de las bisabuelas.
¡Fantásticos
cuentos de duendes
y hadas
que pobláis los sueños confusos del niño,
el tiempo os sepulta por siempre en el alma
y el hombre os evoca, con hondo cariño!
AL PIE DE LA ESTATUA
A Caracas
Con m a je s t a d de semidiós, cansado por un
combate rudo,
y expresión de mortal melancolía, alzase el bronce
mudo,
que el
embate del tiempo desafía sobre marmóreo pedestal que ostenta de las libres
naciones el escudo
y las batallas formidables cuenta; y su perfil
severo,
9
que del sol
baña la naciente gloria, parece dominar desde la altura
el horizonte inmenso de la historia. Un mundo de
nobleza se adivina en la grave expresión de la escultura
que el
triunfador acero a tierra inclina con noble y melancólica postura;
y tiene el monumento soberano, alzado de los
hombres para ejemplo, lo triste de una tumba — do no llega
el vocerío
del tumulto humano—
y la solemne majestad de un templo. Amplio jardín
florido lo circunda
y se extiende a sus pies, donde la brisa que entre
las flores pasa,
con los
cálices frescos se perfuma, y la luz matinal brilla y se irisa de claros
surtidores en la espuma; y, do bajo lo verde
de las tupidas
frondas,
sobre la
grama de la tierra negra, loca turba infantil juega y se pierde y del lugar la
soledad alegra
al agitarse en cadenciosas rondas, forjando con las
risas y los gritos
35 de
las húmedas bocas encarnadas, con las rizosas cabecitas blondas y las frescas
mejillas sonrosadas, un idilio de vida sonriente
y de
alegría fatua,
al pie del
pedestal, donde imponente se alza sobre el cielo transparente la epopeya de
bronce de la estatua. Nada la escena dice
al que pasa
a su lado indiferente
sin que la
poetice
en su alma el patrio sentimiento. . .
Fija
en ella sus
miradas el poeta,
con quien conversa el alma de las cosas, en son que
lo fascina;
para quien
tienen una voz secreta las leves lamas grises y verdosas
que al brotar
en la estatua alabastrina
1 0
del beso de los siglos son señales,
y a
quien narran leyendas
misteriosas
55 las
sombras de las viejas catedrales.
al ver el
bronce austero que sobre el alto pedestal evoca
al héroe invicto de la magna lucha, una voz
misteriosa que lo toca
en lo más
hondo de su ser escucha
y en el amplio jardín detiene el paso.
Dice la voz de la ignorada boca
que en el fondo del alma le habla paso:
“¡Oh, mira
el bronce, mira
cuál se
alza, en el íntimo reposo de la materia inerte,
y qué solemne
majestad respira
la estatua del coloso
vencedora del tiempo y de la muerte!
70 ¡Que
resuene tu lira
para decir que el viento de los siglos
— que al soplar al través de las edades, va
tornando en pavesas
tronos,
imperios, pueblos y ciudades—
se trueca en
brisa mansa cuando su frente pensativa besa!
“En la feraz
llanura
vivió feliz el indio, cuya seca momia, por mano
amiga sepultada,
duerme en el
fondo de la cripta hueca, ha siglos olvidada.
A la orilla del lago
en
donde el agua,
cuando el sol
se oculta,
forja
un paisaje tenebroso
y vago,
¡ha siglos
vino hispano aventurero atravesando la maleza inculta
a abrevar el ligero
corcel, cansado del penoso viaje, cuyas recias
pisadas despertaron
los dormidos
murmullos del follaje!
“¡Como
sombras pasaron!
¿Quién sus nombres conserva en la memoria? ¡Cómo
escapa, perdido,
de las hondas
tinieblas del olvido
11
un pueblo al
veredicto de la historia! ¡Cuántas generaciones olvidadas,
hoy en las sombras de lo ignoto duermen, a la
fecunda tierra entremezcladas,
do el
humus yace y se dilata
el germen,
que no
dejaron al pasar más huellas, con sus glorias, sus luchas y sus duelos, que la
que deja el pájaro que cruza el azul transparente de los cielos!
“ ¡Cuántas!
Y en cambio,
escucha:
105 ¡Una
sola, una sola
generación se engrendeció en la lucha que redimió a
la América Española! ¡Y legó a los poetas del futuro
más
nombres que cantar,
más heroísmos
110 que
narrar a las gentes venideras,
que astros guarda el espacio en sus abismos y
conchas tiene el mar en sus riberas!
“Cuenta
la grande hazaña
de aquella juventud que decidida
en guerra
abierta con la madre España, ofrendó sangre, bienestar y vida; canta las rudas
épocas guerreras,
de luchas;
los potentes paladines
de cuerpos de
titán y almas enteras,
que de
América esclava los confines,
— desplegadas al aire las banderas, y al rudo
galopar de sus bridones— recorrieron, llamando a las naciones
con el bélico son de sus clarines.
Y en la oda
potente
que en sus estrofas sonorosas cuente el esfuerzo
tenaz, la lidia dura, que dieron libertad a un continente
y al
hispano dominio sepultura,
¡haz surgir
la figura
del Padre de la Patria, cuyas huellas irradian del
pasado
en el fondo sombrío,
como en las noches plácidas y bellas
Júpiter
coronado de centellas, hace palidecer en el vacío
la lumbre sideral de las estrellas!
1 2
“No lo evoque tu acento
cuando el designio soberano toma
de redimir
la América oprimida, en la hora sublime y taciturna
en que pronuncia
el grave juramento
de la cesárea
Roma
en la desierta soledad nocturna;
no, cuando
en el fragor de la batalla, en sus ojos la idea,
con
eléctrico brillo centellea,
mientras que la metralla
y el bronco resonar de los cañones
y el ímpetu
de rayo
de los americanos batallones, pavor y angustia
extrema
siembran en los deshechos escuadrones de los nietos
del Cid y de Pelayo;
no, cuando
la Victoria,
como mujer
enamorada, sigue
el paso audaz
de su corcel
fogoso
que va a beber del Rímac en las ondas, y se le
entrega loca y lo persigue;
no, cuando
brinda opima cosecha de placeres soberanos,
a sus sentidos la opulenta Lima, ni cuando el gran
concierto
de un continente,
Padre le proclama
y “árbitro
de la paz y de la guerra” y su nombre la Fama
esparce a los confines de la tierra. No, no lo
cantes en las horas buenas en que, unido a los vítores triunfales,
vibró en su
oído el son de las cadenas, que rompió, de los tiempos coloniales: cántalo en
las derrotas,
en la escena de grave desaliento en que sus huestes
considera rotas
por las
hispanas filas,
y perdida
la causa sacrosanta,
y una
lágrima viene a
sus pupilas,
y la
voz se le
anuda en la
garganta,
y recobrando
brío,
y dominando
el cuerpo que estremece de la fiebre el sutil escalofrío,
grita:
“Triunfar”.
13
Y la
tristeza exalta
de tenebrosa noche de septiembre cuyos negros
recuerdos nos oprimen,
en que la
turba su morada asalta, y femenil amor evita el crimen infando. . . Y luego
cuenta
las graves decepciones
que
aniquilan su ser;
las pequeñeces
de míseras
pasiones,
que, por el campo en que soñó abundante cosecha ver
de sazonadas mieses,
van
extendiendo míseras raíces
en torno — cual
la yerba
que el vigor
de los gérmenes enerva y mata, al envolverlos en sus lazos— . Di su sueño más
grande hecho pedazos. ¡Di el horror suicida
de la primera contienda fratricida,
en que,
perdidos los ensueños grandes de planes soberanos,
las colosales gradas de los Andes moja sangre de
hermanos!
Oh! di cuando
clarea
el
misterioso panorama oscuro
que ofrece a sus
miradas el futuro,
y con sus ojos de águila sondea
hasta el fin de los tiempos, y adivina el porvenir
de luchas y de horrores
que le
aguarda a la América latina. Di las melancolías
de sus últimos días
cuando a la
orilla de la mar, a solas
sus tristezas profundas acompaña
el tumulto
verdoso de las olas; ¡cuenta sus postrimeras agonías! “Otros canten el néctar
que su labio
libó: di tú las hieles;
tú que sabes la magia soberana
que tienen
las ruinas,
y al placer huyes, y su pompa vana, y en la
tristeza complacerte sueles, di en tus versos, con frases peregrinas la corona
de espinas
14
que colocó
la ingratitud humana en su frente, ceñida de laureles, y haz el poema sabio
lleno de
misteriosas armonías,
tal que, al
decirlo, purifique el labio
como el
carbón ardiente de Isaías; hazlo un grano de incienso
que arda, en desagravio
a su grandeza, que a la tierra asombra, !y al
levantarse al cielo un humo denso
trueque en
sonrisa blanda
el ceño grave de su augusta sombra!
"Deja que, al conmoverse cada fibra
de tu ser, con las glorias que recuerdas, en ella
vibre un canto, como vibra
una nota
melódica en las cuerdas del teclado sonoro;
la débil voz
levanta:
inmensa multitud formará el coro; ¡flota en la luz
del sol, estrofa santa!
¡vibrad,
liras sonoras del espíritu! ¡Alzate, inspiración; poeta, canta. . . ” !
“ ¡Oh, no! Cuanto pudiera
(así en interno diálogo responde, del poeta la voz)
el bronce augusto
sugerir de
emoción grave y sincera, escrito está en la forma
que en clásico decir buscó su norma, por quien
bebió en la vena
de la
robusta inspiración latina
y apartando
la arena
tomó el oro más puro de la mina y lo fundió con
cariñoso esmero, y en estrofas pulidas cual medallas grabó el perfil del
ínclito guerrero. . .
“ ¡Oh
recuerdos de trágicas batallas! ¡Oh recuerdos de luchas y victorias! ¡No será
nuestra enclenque generación menguada
la que
entrar ose al épico palenque
15
a cantar
nuestras glorias! ¡Oh siglo que declinas:
te falta el sentimiento de lo grande!” Calla el
poeta; y si la estrofa escande
huye la vasta pompa
y le da
blando son de bandolinas ¡y no tañido de guerrera trompa!
“ ¡Oh
sacrosantos manes
de los que “Patria y libertad” clamando perecisteis
en trágicas palestras:
más bien que
orgullo, humillación sentimos si vamos comparando
nuestras vidas triviales con las vuestras! somos
como enfermizo descendiente
de alguna fuerte raza,
que
expuestos en histórica vitrina mira el escudo, el yelmo, la tizona y la férrea
coraza
que
para combatir de
Palestina
en la distante
zona,
en la Cruzada,
se ciñó el
abuelo;
al pensar,
baja la mirada al suelo, con vergüenza sombría
que si el arnés pesado revistiera de aquél cuya
firmeza y bizarría
en el campo
feral causaba asombros, bajo su grave peso cedería
la
escasa resistencia de
sus hombros. . .
“¡Oh Padre de la Patria!
te sobran nuestros cantos; tu memoria
cual bajel
poderoso
irá surcando el océano oscuro
que ante su dura quilla abre la historia y llegará
a las playas del futuro. Junto a lo perdurable de tu gloria,
es el
rítmico acento de los que te cantamos
cual
los débiles gritos
de contento
que lanzan esos niños, cuando en torno giran del
monumento;
mañana, tras
la vida borrascosa dormirán en la tumba, hechos ceniza, y aun alzará a los
cielos su contorno el bronce que tu gloria inmortaliza”.
16
Dice el poeta, y tiende la mirada,
por el
amplio jardín, donde la brisa que entre las flores pasa,
en los cálices frescos se perfuma, y la luz matinal
brilla y se irisa de claros surtidores en la espuma;
y do bajo lo
verde
de las tupidas frondas,
sobre la grama de la tierra negra,
loca turba infantil grita y se pierde y la tristeza
del lugar alegra
al agitarse
en cadenciosas rondas, forjando con las risas y los gritos de las húmedas bocas
encarnadas, con las rizosas cabecitas blondas
y las frescas mejillas sonrosadas,
un idilio de
vida sonriente y de alegría fatua
al pie del pedestal, donde imponente se alza sobre
el cielo transparente
la epopeya de bronce de la estatua.
17
PAGINAS
SUYAS
JUNTOS LOS
DOS
Ju ntos lo s dos reímos cierto día. . .
¡Ay, y
reímos tanto
que
toda aquella risa bulliciosa
se tornó pronto en llanto!
5 Después,
juntos los dos, alguna noche, lloramos mucho; tanto,
¡que quedó como huella de las lágrimas un
misterioso encanto!
¡Nacen hondos suspiros, de la orgía
10 entre las copas cálidas,
y en el agua salobre de los mares, se forjan perlas
pálidas!
A VECES
CUANDO EN ALTA NOCHE
v e c e s,
cuando en alta noche tranquila, sobre las teclas vuela tu mano blanca, como una
mariposa sobre una lila
y al teclado sonoro notas arranca,
cruzando del espacio la negra sombra filtran
por la ventana rayos de luna, que trazan luces largas sobre la alfombra, y en
alas de las notas a otros lugares
vuelan mis pensamientos, cruzan los mares 10 y en
gótico castillo donde en las piedras
1 8
musgosas por los siglos crecen las yedras, puestos
de codos ambos en tu ventana miramos en las sombras morir el día y subir de los
valles la noche umbría,
y soy
tu paje rubio,
mi castellana,
y cuando en los espacios la noche cierra, el fuego
de tu estancia los muebles dora, y los dos nos miramos y sonreímos ¡mientras
que el viento afuera suspira y llora!
¡Cómo
tendéis las alas, ensueños vanos, cuando sobre las teclas vuelan sus manos!
POETA,
DI PASO
¡POETA, di paso
los
furtivos besos! . . .
¡La sombra! ¡Los recuerdos! La luna no vertía allí
ni un solo rayo. . . Temblabas y eras mía.
Temblablas y
eras mía bajo el follaje espeso; una errante luciérnaga alumbró nuestro beso,
el contacto furtivo de tus labios de seda. . .
La selva negra y mística fue la alcoba sombría. . .
En aquel sitio el musgo tiene olor de reseda. . .
h
\emdash
Filtró luz por las ramas cual si
llegara el día. . .
Entre las nieblas pálidas la luna aparecía. . .
!Poeta,
di paso
los íntimos besos!
¡Ah, de las noches dulces me acuerdo todavía!
En señorial
alcoba, do la tapicería amortiguaba el ruido con sus hilos espesos, desnuda tú
en mis brazos fueron míos tus besos; tu cuerpo de veinte años entre la roja
seda,
tus
cabellos dorados y tu
melancolía,
tus
frescuras de virgen y tu olor de reseda.
. .
apenas alumbraba la lámpara sombría los desteñidos
hilos de la tapicería.
¡Poeta, di
paso
el último beso!
19
¡Ah, de la
noche trágica me acuerdo todavía! El ataúd heráldico en el salón yacía,
¡mi oído fatigado por vigilias y excesos, sintió
como a distancia los monótonos rezos!
Tú, mustia, yerta y pálida entre la negra seda,
la llama de
los cirios temblaba y se movía, perfumaba la atmósfera un olor de resada, un
crucifijo pálido los brazos extendía
¡y estaba helada y cárdena tu boca que fue mía!
NOCTURNO
UNA NOCHE,
una
noche toda llena de perfumes,
de murmullos y de [música de alas,
una noche,
en que
ardían en la sombra nupcial y húmeda, las [luciérnagas fantásticas,
a mi lado,
lentamente, contra mí ceñida, toda, muda y pálida
como si un prensentimiento de amarguras infinitas,
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara, por la senda que atraviesa
la llanura florecida
caminabas,
y la luna llena
por los cielos
azulosos, infinitos y
profundos esparcía
[su
luz blanca,
y tu sombra,
fina y
lánguida,
15 y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban
y eran una
20 y eran una
¡y eran
una sola sombra larga!
¡Y eran una sola sombra larga!
¡Y eran una sola sombra larga!
Esta noche
25 solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu
muerte, separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo
[y la distancia,
20
por el infinito negro,
donde nuestra voz no alcanza,
solo y mudo
30 por
la senda
caminaba,
y se oían los ladridos de los perros a la luna, a
la luna pálida
y el chillido
35 de
las ranas. . .
Sentí frío; ¡era el frío que tenían en la alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
entre las blancuras niveas
de las mortüorias sábanas!
Era el frío
del sepulcro, era el frío de la muerte, era el frío de la nada. . .
Y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
iba sola
4 5 iba
sola
¡iba sola
por la estepa solitaria!
Y tu
sombra esbelta y ágil,
fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa
noche llena de perfumes, de murmullos [y de músicas de alas,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella. . . ¡Oh las sombras
enlazadas! ¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las
[noches de negruras y de lágrimas!. . .
21
SITIOS
LA VOZ DE LAS COSAS
i Si os encerrara yo en mis estrofas, frágiles
cosas que sonreís, pálido lirio que te deshojas, rayo de luna sobre el tapiz
de húmedas
flores, y verdes hojas que al tibio soplo de Mayo abrís, si os encerrara yo en
mis estrofas, pálidas cosas que sonreís!
¡Si aprisionaros pudiera el verso,
fantasmas
grises, cuando pasáis, móviles formas del Universo, sueños confusos, seres que
os vais, ósculo triste, suave y perverso
que entre las sombras al alma dais,
si
aprisionaros pudiera el verso fantasmas grises, cuando pasáis!
OBRA HUMANA
E n LO profundo de la selva añosa, donde una noche,
al comenzar de Mayo, tocó en la vieja enredadera hojosa
de la pálida luna
el primer rayo,
pocos meses
después la luz de aurora, del gas en la estación, iluminaba
el paso de la audaz locomotora, que en el carril
durísimo cruzaba.
22
Y en donde
fuera en otro tiempo el nido,
albergue
muelle del alado enjambre, pasó por el espacio un escondido telegrama de amor,
por el alambre.
ARS
E l VERSO es un vaso santo; ¡poned en él tan sólo,
un pensamiento puro,
en cuyo fondo bullan hirvientes las imágenes,
¡como burbujas de oro de un viejo vino oscuro!
Allí verted
las flores que en la continua lucha ajó del mundo el frío,
recuerdos deliciosos de tiempos que no vuelven, y
nardos empapados de gotas de rocío.
Para que
la existencia mísera se embalsame
cual de una
esencia ignota, quemándose en el fuego del alma enternecida, de aquel supremo
bálsamo basta una sola gota.
VEJECES
LAS COSAS viejas, tristes, desteñidas, sin voz y
sin color, saben secretos de las épocas muertas, de las vidas que ya nadie
conserva en la memoria,
y a veces a
los hombres, cuando inquietos las miran y las palpan, con extrañas voces de
agonizante, dicen, paso,
casi al oído, alguna rara historia
que tiene oscuridad de telarañas,
son de laúd
y suavidad de raso. ¡Colores de anticuada miniatura,
hoy, de algún mueble en el cajón, dormida;
cincelado puñal; carta borrosa;
tabla en que se deshace la pintura
por el
tiempo y el polvo ennegrecida; histórico blasón, donde se pierde
la divisa latina, presuntuosa, medio borrada por el
liquen verde; misales de las viejas sacristías;
23
de otros
siglos fantásticos espejos que en el azogue de las lunas frías guardáis de lo
pasado los reflejos; arca, en un tiempo de ducados llena; crucifijo que tanto
moribundo,
humedeció
con lágrimas de pena y besó con amor grave y profundo; negro sillón de Córdoba;
alacena
que guardaba un tesoro peregrino y donde anida la
polilla sola;
sortija que
adornaste el dedo fino de algún hidalgo de espadín y gola;
mayúsculas del viejo pergamino; batista tenue que a
vainilla hueles; seda que te deshaces en la trama
confusa de
los ricos brocateles;
arpa olvidada que al sonar, te quejas; barrotes que
formáis un monograma
incomprensible en las antiguas rejas; el vulgo os
huye, el soñador os ama
y en vuestra
muda sociedad reclama las confidencias de las cosas viejas!
El pasado perfuma los ensueños con esencias
fantásticas y añejas
y nos lleva a lugares halagüeños
en épocas
distantes y mejores; ¡por eso a los poetas soñadores, les son dulce, gratísimas
y caras,
las crónicas, historias y consejas, las formas, los
estilos, los colores,
las sugestiones místicas y raras
y los perfumes de las cosas viejas!
RESURRECCIONES
COMO
Naturaleza,
cuna y sepulcro eterno de las cosas, el alma humana
tiene ocultas fuerzas, silencios, luces, músicas y sombras;
Sobre
una eterna esencia
pasos instables de caducas formas y senos ignorados
de la vida y la muerte se eslabonan.
24
¡Nacen
follajes húmedos
de cuerpos
descompuestos en las fosas* adoraciones nuevas
de los altares
en las Aras rotas!
MARIPOSAS
EN TU aposento tienes,
en urna frágil,
clavadas mariposas
que si brillante
rayo de sol
las toca parecen nácares
o pedazos de cielo, cielos de tarde,
o brillos opalinos
de alas
süaves;
y allí están las azules hijas del aire
fijas ya para siempre,
las alas ágiles,
¡las alas,
peregrinas de ignotos valles, que como los deseos de tu alma amante
a la
aurora parecen
resucitarse,
cuando de tus ventanas las hojas abres
y da el sol en tus ojos y en los cristales!
NUPCIAL
Como U N A flor rosada, la novia, bajo el diáfano
cendal que al pelo rubio sujeta la corona,
frente al altar solemne y entre el incienso
místico, a las delicias íntimas de un sueño se abandona
y al novio
que la mira, no puede sonreír, ¡y la esperanza
de besos puros, que a los futuros días, la avanza
25
10
y la hace huir
a las fantásticas
horas cercanas,
vibra en las
músicas
de las campanas!
Entre las copas frágiles expira la champaña,
en la enervante atmósfera flota un olor de fiesta,
el vals ondula y bulle y agítanse las últimas
parejas a
los sones lejanos de la orquesta;
¡el nupcial
cortejo se aleja y va a partir!
20 ¡Y la importuna
melancolía
del muerto
día
que hace
la luna,
lenta, surgir
25 del cielo pálido
por los confines
vibra en las
músicas
de los violines!
ESTRELLAS que entre lo sombrío de lo ignorado y de
lo inmenso, asemejáis en el vacío jirones pálidos de incienso;
nebulosas
que ardéis tan lejos en el infinito que aterra, que sólo alcanza los reflejos
de vuestra luz hasta la tierra;
astros que en abismo ignotos
derramáis
resplandores vagos, constelaciones que en remotos tiempos adoraron los Magos;
millones de mundos lejanos,
flores de fantástico broche,
islas claras
en los océanos
sin fin ni
fondo de la noche;
26
¡estrellas, luces pensativas! ¡Estrellas, pupilas
inciertas! ¿Por qué os calláis si estáis vivas
20 y por
qué alumbráis si estáis muertas?.
SERENATA
La CALLE está desierta; la noche fría; velada por
las nubes pasa la luna; arriba está cerrada la celosía
y las notas vibrantes, una por una,
suenan
cuando los dedos fuertes y ágiles, mientras la voz que canta, ternuras narra,
hacen que suenen todas las cuerdas frágiles de la guitarra.
La calle está desierta; la noche fría;
una nube
borrosa tapó la luna; arriba está cerrada la celosía
y se apagan las notas, una por una. Tal vez la
serenata con su ruido
busca un
alma de niña que ama y espera,
como buscan
alares donde hacer nido las golondrinas pardas en primavera.
La calle está desierta; la noche fría; en un
espacio claro brilló la luna;
arriba ya está abierta la celosía
y se apagan
las notas una por una,
el cantor con los dedos fuertes y ágiles, de la
vieja ventana se asió a la barra
y dan como un gemido las cuerdas frágiles de la
guitarra.
TALLER
MODERNO
POR EL aire del cuarto, saturado
de un olor de vejeces peregrino,
del crepúsculo el rayo vespertino
va a desteñir los. muebles de brocado.
El piano
está del caballete al lado
y de un busto del Dante el perfil fino, del
arabesco azul de un jarrón chino, medio oculta el dibujo complicado.
27
Junto al rojizo orín de una armadura,
hay un viejo
retablo, donde inquieta, brilla la luz del marco en la moldura,
y parecen clamar por un poeta
que improvise del cuarto la pintura las manchas de
color de la paleta.
UN POEMA
SOÑABA en ese entonces en forjar un poema, de arte
nervioso y nuevo obra audaz y suprema,
escogí entre un asunto grotesco y otro trágico,
llamé a todos los ritmos con un conjuro mágico,
y los ritmos
indóciles vinieron acercándose, juntándose en las sombras, huyéndose y
buscándose;
ritmos sonoros, ritmos potentes, ritmos graves,
unos cual choques de armas, otros cual cantos de
aves.
De Oriente hasta Occidente, desde el Sur hasta el
Norte,
de metros y
de formas se presentó la corte.
Tascando frenos áureos bajo las riendas frágiles
cruzaron los tercetos, como corceles ágiles;
abriéndose ancho paso por entre aquellas grey
vestido de oro y púrpura llegó el soneto rey,
y allí
cantaron todos. . . Entre la algarabía, me fascinó el espíritu, por su
coquetería,
alguna estrofa aguda que excitó mi deseo, con el
retintín claro de su campanilleo.
la escogí
entre todas. . . Por regalo nupcial 20 le di unas rimas ricas, de plata y de
cristal.
En ella conté un cuento, que huyendo lo servil tomó
un carácter trágico, fantástico y sutil:
era la historia triste, desprestigiada y cierta, de
una mujer hermosa, idolatrada y muerta;
2 8
y para que
sintieran la amargura, exprofeso, junté sílabas dulces como el sabor de un
beso;
bordé las frases de oro, les di música extraña como
de mandolinas que un laúd acompaña;
dejé en una luz vaga las hondas lejanías,
llenas de
nieblas húmedas y de melancolías;
y por el fondo oscuro, como en mundana fiesta,
cruzan ágiles máscaras al compás de la orquesta,
envueltas en palabras que ocultan como un velo, y
con caretas negras de raso y terciopélo;
cruzar hice
en el fondo las vagas sugestiones
de
sentimientos místicos y humanas
tentaciones. . .
Complacido en mis versos, con orgullo de artista,
les di olor de heliotropos y color de amatista. . .
Le mostré mi poema a un crítico estupendo. . .
40 Y lo
leyó seis veces y me dijo. . . “¡No entiendo!’'
MIDNIGHT DREAMS
ANOCHE, estando solo y ya medio dormido,
mis sueños de otras épocas se me han aparecido.
Los sueños de esperanzas, de glorias, de alegrías y
de felicidades que nunca han sido mías,
se fueron
acercando en lentas procesiones
y de la alcoba oscura poblaron los rincones.
Hubo un silencio grave en todo el aposento y en el
reloj la péndola detúvose al momento.
La fragancia indecisa de un olor olvidado,
llegó como
un fantasma y me habló del pasado.
Vi caras que la tumba desde hace tiempo esconde. Y
oí voces oídas ya no recuerdo dónde.
29
Los sueños se acercaron y me vieron dormido, se
fueron alejando, sin hacerme ruido
15 ¡y
sin pisar los hilos sedosos de la alfombra,
y fueron deshaciéndose y hundiéndose en la sombra!
PAISAJE TROPICAL
MAGIA adormecedora vierte el río en la calma
monótona del viaje, cuando borra los lejos del paisaje
la sombra que se extiende en el vacío.
Oculta en
sus negruras el bohío la maraña tupida, y el follaje semeja los calados de un
encaje al caer del crepúsculo sombrío.
Venus se enciende en el espacio puro.
La corriente
dormida una piragua rompe en su viaje rápido y seguro
y con sus nubes el poniente fragua otro cielo
rosado y verdeoscuro
en los espejos húmedos del agua.
30
CENIZAS
LAZARO
“¡VE N , Lázaro!” — gritóle
el Salvador, y del sepulcro negro el cadáver alzóse
entre el sudario, ensayó caminar, a pasos trémulos,
olió, palpó,
miró, sintió, dio un grito y lloró de contento.
Cuatro lunas más tarde, entre las sombras del
crepúsculo oscuro, en el silencio
del lugar y la hora, entre las tumbas
de antiguo
cementerio,
Lázaro estaba, sollozando a solas y envidiando a
los muertos.
LUZ DE LUNA
ELLA estaba con é l. . . A su frente pensativa y
pálida,
penetrando al través de las rejas de antigua
ventana,
5 de la
luna naciente venían
los rayos de plata.
El estaba a sus pies, de rodillas, perdido en las vagas
visiones que cruzan en horas felices
10
los cielos del alma, con las trémulas manos asidas,
31
con el mudo fervor de los que aman, palpitando en
los labios los besos,
entreambos hablaban
15 el
lenguaje mudo sin voz ni palabras
que en momentos de dicha suprema tembloroso el
espíritu habla. . .
El
silencio que crece. . . la
brisa
20 que
besa las ramas,
dos seres que tiemblan, la luz de la luna que el
paisaje baña,
¡Amor, un instante detén allí el vuelo, murmura tus
himnos de triunfo y recoge las alas!
25 Unos
meses después, él dormía bajo de una lápida
el último sueño de que nadie vuelve el último sueño
de paz y de calma
Anoche,
una fiesta
con su grato
bullicio animaba
de ese amor el tranquilo escenario. ¡Oh burbujas
del rubio champaña! ¡Oh perfume de flores abiertas!
¡Oh girar
de desnudas espaldas!
¡Oh
cadencias del valse que mueve torbellinos de tules y gasas!
Alli estuvo, más linda que nunca. Por el baile tal
vez agitada
se apoyó levemente en mi brazo,
40 dejamos
las salas
y un instante después penetramos
en la misma
estancia
que un año antes no más la había visto
45 ¡cerca
de temblando, callada,
él! . . .
. .
.Amorosos recuerdos,
tristezas
lejanas,
cariñosas memorias que
vibran,
como sones
de arpa,
tristezas profundas
del amor,
que en sollozos estallan, presión de sus manos,
32
son de sus palabras,
calor de sus besos,
¿por qué no volvistéis a su alma?
A su pecho
no vino un suspiro, a sus ojos no vino una lágrima ni una nube nubló aquella
frente
pensativa y pálida,
y mirando
los rayos de luna
que al
través de la reja llegaban, murmuró con su voz donde vibran,
como notas y cantos y músicas de campanas vibrantes
[de plata:
¡qué valses tan
lindos!
¡Qué noche tan clara!
MUERTOS
E n LOS húmedos bosques, en otoño, al llegar de los
fríos, cuando rojas, vuelan sobre los musgos y las ramas, en torbellinos, las
marchitas hojas,
la niebla al
extenderse en el vacío
le da al paisaje mustio un tono incierto y el
follaje do huyó la savia ardiente tiene un adiós para el verano muerto
y un color opaco y triste
10 como
el recuerdo borroso de lo que fue y ya no existe.
En los antiguos cuartos hay armarios que en el
rincón más íntimo y discreto, de pasadas locuras y pasiones
guardan, con
un aroma de secreto, viejas cartas de amor, ya desteñidas, que obligan a evocar
tiempos mejores, y ramilletes negros y marchitos,
que son como cadáveres de flores
20 y
tienen un olor triste como el recuerdo borroso
de lo que fue y ya no existe.
Y en las almas amantes cuando piensan en perdidos
afectos y ternuras
33
que de la
soledad de ignotos días no vendrán a endulzar horas futuras,
hay el hondo cansancio que en la lucha acaba de
matar a los heridos,
vago como el color del bosque mustio,
30 como
el olor de los perfumes idos,
¡y el el cansancio aquel es triste
como el recuerdo borroso
de lo que fue y ya no existe.
TRISTE
CUANDO al
quererlo la suerte
se mezclan a nuestras vidas,
de la ausencia o de la muerte,
las penas desconocidas,
y, envueltos
en el misterio, van, con rapidez que asombra, amigos al cementerio, ilusiones a
la sombra,
la intensa voz de ternura
que vibra en
el alma amante como entre la noche oscura una campana distante,
saca recuerdos perdidos
de angustias
y desengaños
que tienen
ocultos nidos en las ruinas de los años,
y que al cruzar aleteando
por el espacio
sombrío
van en el ser derramando
sueños de
angustia y de frío
hasta que alguna lejana idea consoladora,
que irradia en el alma humana como con lumbre de
aurora,
34
en su
lenguaje difuso entabla con nuestros duelos el gran diálogo confuso
de las tumbas y los cielos.
PSICOPATIA
E l PARQUE se despierta, ríe y canta en la frescura
matinal. . . La niebla donde saltan aéreos surtidores, de arco iris se puebla
y en
luminosos velos se levanta.
Su olor esparcen entreabiertas flores, suena en las
ramas verdes el pío, pío, de los alados huéspedes cantores, brilla en el césped
húmedo el rocío. . .
¡Azul el
cielo! . . . Y la suave brisa que pasa, dice
¡reíd! ¡Cantad!
¡Amad! ¡La vida es fiesta!
¡Es calor, es pasión, es movimiento! Y forjando en
las ramas una orquesta,
con voz
grave lo mismo dice el viento, y por entre el sutil encantamiento de la mañana
sonrosada y fresca, de la luz, de las yerbas y las flores, pálido, descuidado,
soñoliento,
sin tener en
la boca una sonrisa y de negro vestido,
un filósofo joven se pasea, olvida luz y olor
primaverales, ¡e impertérrito sigue en su tarea
de pensar en
la muerte, en la conciencia y en las causas finales!
Lo sacuden las ramas de azalea, dándole al aire el
aromado aliento de las rosadas flores,
lo llaman
unos pájaros, del nido do cantan sus amores,
y los cantos risueños
van por entre el follaje estremecido, a suscitar
voluptuosos sueños
y él sigue
su camino, triste, serio,
pensando en Fichte, en Kant, en Vogt, en Hegel, ¡y
del yo complicado en el misterio!
35
La chicuela del médico que pasa, una rubia
adorable, cuyos ojos
arden como
una brasa,
abre los labios húmedos y rojos
y le pregunta
al padre, enternecida:
— aquel señor, papá, ¿de qué está enfermo, qué
tristeza le anubla así la vida?
Cuando va a
casa a verle a usted, me duermo; tan silencioso y triste. . . ¿Qué mal sufre? .
. .
. . .Una sonrisa el profesor contiene, mira luego
una flor, color de azufre,
oye el canto de un pájaro que viene,
y comienza
de pronto, con descaro. . .
— Ese señor padece un mal muy raro, que ataca rara
vez a las mujeres
y pocas a los hombres. . . ¡hija mía!
Sufre este mal:
. . .pensar. . esa es la
causa
de su
grave y sutil melancolía. . .
El profesor después hace una pausa y sigue. . . —
En las edades
de bárbaras naciones,
serias autoridades
curaban ese
mal dando cicuta, encerrando al enfermo en las prisiones o quemándolo vivo. . .
¡Buen remedio! Curación decisiva y absoluta
que contaba de lleno la disputa
y sanaba al
paciente. . . mira el medio, la profilaxia, en fin. . . Antes, ahora
el mal reviste tantas formas graves, la invasión se
dilata aterradora
y no la curan polvos ni jarabes;
en vez de
prevenirlo los gobiernos lo riegan y estimulan,
tomos gruesos,
revistas y cuadernos,
revuelan y circulan
y dispersan el germen homicida. . .
El mal,
gracias a Dios, no es contagioso y lo adquieren muy pocos: en mi vida, sólo he
curado a dos. . . Les dije:
[— mozo,
váyase usted a trabajar de lleno, en una fragua
negra y encendida
80 o en
un bosque espesísimo y sereno;
36
machaque hierro hasta arrancarle chispas, o tumbe
viejos troncos seculares
y logre que lo piquen las avispas; si lo prefiere
usted, cruce los mares
de grumete
en un buque, duerma, coma, muévase, grite, forcejee y sude,
mire la tempestad cuando se asoma, y los cables de
popa ate y anude,
hasta hacerse diez callos en las manos
|y limpiarse
de ideas el cerebro! . . .
Ellos lo hicieron y volvieron sanos. . .
— Estoy tan bien, doctor. . . — ¡Pues lo celebro!
Pero el joven aquel es caso grave,
como conozco pocos:
más que
cuantos nacieron piensa y sabe, irá a pasar diez años con los locos,
y no se curará sino hasta el día
en que duerma a sus anchas
en una angosta sepultura fría,
lejos del
mundo y de la vida loca, entre un negro ataúd de cuatro planchas, ¡con un
montón de tierra entre la boca!
DON JUAN DE COVADONGA
DON JUAN de Covadonga, un calavera, sin Dios, ni
rey, ni ley, y cuyo hermano, Hernando, el mayor, era,
después de haber llevado airada vida
Prior de
cierto convento en Talavera; don Juan, el poderoso, el cortesano, grande de
España, seductor de oficio, el hombre en cuya mano
tuvo grandeza excepcional el vicio,
después de
amar, de odiar, de lograr todo cuanto es posible e imposible, un día sintió el
cansancio de la vida, el lodo
de cuantos goces le ofreció la suerte,
se mezcló a su tenaz melancolía
el ansia de
consuelos superiores;
pensó en Dios, pensó en Dios, pensó en la muerte,
pensó en la eternidad y desprendido
del lujo, del amor, de los honores, escribió a la
Duquesa de Vilorte
37
diciéndole
un adiós, definitivo, arregló todo, abandonó la Corte, y sin un escudero, al
paso vivo
de su yegua andaluza, macilento, huyendo del
pecado, fugitivo,
por ignorada
vía llegó a la portería
silenciosa y oscura del convento.
— ¿Nuestro padre
Prior? . . ., preguntó al lego,
— en oración,
hermano.
— ¡Por la vida!
¿Lo llamará
vuesamerced? . . . — Ahora es imposible, hermano. . . Vuelva luego; es
imposible ahora. . . Extasis santo cuando reza lo embarga. — Mas le ruego,
yo estoy aquí perdiéndome, entre
tanto,
siento la
angustia del infierno, el fuego. . .
— Sírvase entrar al locutorio. . . — ¡Vanos
placeres, del Señor sonó la hora!,
don Juan dijo, al entrar; — ¡mundo, hasta luego! Y
por fin se encontraron los hermanos. . .
Don Juan,
perdido en crápulas y excesos, temblándole las manos,
con el aire de un pobre arrepentido y la boca
marchita por los besos,
y Hernando, el Prior, brillándole en los ojos,
un fuego
juvenil, siempre encendido, y suaves y rojos
los labios por las santas oraciones
y el olvido del mundo y sus pasiones.
— ¿Orando tú? . . . le dijo
don Juan,
con voz monótona y cansada, lejos de todo, en la quietud suprema
de la vida del claustro. . . — cuando fijo,
temblando, una mirada
en el abismo actual de mi miseria,
sueño
también en el retiro. . . — ¿Cómo, interrumpió el Prior, — la cosa es seria?
¿Te arruinaste por fin? ¿La de Vilorte, la archiduquesa de cabellos rubios. . .
La dama más airosa de la Corte,
38
la rival de
la reina en el donaire? . . .
Aún de sus besos guardas los efluvios. . .
¿Qué pasa por allá? . . . ¡Si traes un aire! Oye,
Juan, mira, hermano. . . Aquí en la triste vida conventual, todo reviste
un aspecto
satánico, mis horas tienen angustias indecibles, mira, un enjambre de formas
tentadoras,
entre mi celda, por la noche, gira
y huye. . . De
la oración con los empeños
lo disipo
por fin. . . Ansio el oro, suenan choques de armas en mis sueños, flota un
sabor de besos en el coro,
y es mi vida una lucha prolongada,
de rudos
sacrificios,
en que domo
la carne alborotada, con ayunos y rezos y cilicios. . .
Y yo llegué al convento. . . ¡pobre loco! Triste y
arrepentido,
soñando en fin en descansar un poco,
y en ansiedades místicas perdido. . .
Pero, dime, ¿a qué vienes? . . .
[—Yo, por verte,
dijo don Juan, — por verte, a toda prisa, y por
darte noticia de la muerte
de don Sancho de Téllez; tú, mi santo,
¡por su
eterno descanso di una misa!
¡Y al salir por el negro camposanto, en que el
convento oscuro se prolonga,
ansiando la quietud de los que fueron, por la
primera vez se humedecieron
90 los
ojos de don Juan de Covadonga!
DIA DE DIFUNTOS
LA LUZ vaga. . . opaco el día,
la llovizna cae y moja
con sus hilos penetrantes la ciudad desierta y
fría.
Por el aire tenebroso ignorada mano arroja
un oscuro
velo opaco de letal melancolía,
y no hay nadie que, en lo íntimo, no se aquiete y
se
[recoja
al mirar las nieblas grises de la atmósfera
sombría,
39
y al oír en las alturas
melancólicas
y oscuras
10 los acentos
dejativos
y tristísimos e inciertos
con que suenan las campanas,
¡las campanas plañideras que les hablan a los vivos
de los muertos!
15 ¡Y
hay algo angustioso e incierto que mezcla a ese sonido su sonido,
e inarmónico vibra en el concierto
que alzan los bronces al tocar a muerto por todos
los que han sido!
20 Es la
voz de una campana que va marcando la hora, hoy lo mismo que mañana, rítmica,
igual y sonora; una campana se queja,
25 y la
otra campana llora, esa tiene voz de vieja, esta de niña que ora.
Las campanas más grandes, que dan un doble recio
suenan con un acento de místico desprecio,
30 mas
la campana que da la hora, ríe, no llora.
Tiene en su timbre seco sutiles ironías,
su voz parece que habla de goces, de alegrías, de
placeres, de citas, de fiestas y de bailes,
de las
preocupaciones que llenan nuestros días: es una voz del siglo entre un coro de
frailes,
y con sus notas se ríe,
escéptica y burladora,
de la campana que ruega
40 de la
campana que implora
y de cuanto aquel coro conmemora, y es porque con
su retintín
ella midió el dolor humano
y marcó del dolor el fin;
45 por
eso se ríe del grave esquilón que suena allá arriba con fúnebre son,
por eso interrumpe los tristes conciertos
con que el bronce santo llora por los muertos. . .
¡No la oigáis, oh bronces! No la oigáis, campanas,
que con la
voz grave de ese clamoreo, rogáis por los seres que duermen ahora
4 0
lejos de la vida, libres del deseo, lejos de las
rudas batallas humanas! ¡Seguid en el aire vuestro bamboleo,
55 no la
oigáis, campanas! ¿Contra lo imposible qué puede el deseo?
Allá arriba suena,
rítmica y serena,
esa voz de oro
y sin que lo
impidan sus graves hermanas que rezan en coro,
la campana del reloj suena, suena, suena ahora, y
dice que ella marcó
con su
vibración sonora de los olvidos la hora, que después de la velada
que pasó cada difunto,
en una sala enlutada
y con la
familia junto en dolorosa actitud mientras la luz de los cirios alumbraba el
ataúd
y las coronas de lirios;
que después
de la tristura de los gritos de dolor,
de las frases de amargura,
del llanto
desgarrador,
marcó ella misma
el momento
en que con
la languidez
del luto huyó el pensamiento del muerto, y el
sentimiento. . .
Seis meses más tarde o diez. . .
Y hoy, día de muertos, ahora que flota,
en las
nieblas grises la melancolía, en que la llovizna cae, gota a gota, y con sus
tristezas los nervios emboba,
y envuelve en un manto la ciudad sombría,
ella que ha medido la hora y el día
en que a
cada casa, lúgubre y vacía, tras del luto breve volvió la alegría; ella que ha
marcado la hora del baile
en que al año justo, un vestido aéreo estrena la
niña, cuya madre duerme
95 olvidada
y sola en el cementerio,
41
suena indiferente a la voz de fraile del esquilón
grave y a su canto serio; ella que ha medido la hora precisa,
en que a cada boca, que el dolor sellaba,
como por
encanto volvió la sonrisa, esa precursora de la carcajada;
ella que ha marcado la hora en que el viudo habló
de suicidio y pidió el arsénico,
cuando aun en la alcoba, recién perfumada,
flotaba el
aroma del ácido fénico
y ha marcado luego la hora en que, mudo por las
emociones con que el goce agobia,
para que lo unieran con sagrado nudo, a la misma
iglesia fue con otra novia;
¡ella no
comprende nada del misterio
de aquellas quejumbres que pueblan el aire, y lo ve
en la vida todo jocoserio
y sigue marcando con el mismo modo el mismo
entusiasmo y el mismo desgaire
115 la
huida del tiempo que lo borra todo!
y eso es lo angustioso y lo incierto que flota en
el sonido,
¡esa es la nota irónica que vibra en el concierto
que alzan los bronces al tocar a muerto
120 por
todos los que han sido!
Esa es la voz fina y sutil,
de
vibraciones de cristal,
que con acento juvenil
indiferente al bien y al mal,
125 mide
lo mismo la hora vil,
que la sublime o la fatal
y resuena en
las alturas,
melancólicas y oscuras,
sin tener en su tañido
130 claro,
rítmico y sonoro, los acentos dejativos
y tristísimos
e inciertos
de aquel misterioso coro,
con que ruegan las campanas, las campanas,
135 las
campanas plañideras que les hablan a los vivos de los muertos!
4 2
LAS VOCES SILENCIOSAS
(De
Lord Tennyson)
¡OH VOCES
silenciosas de los muertos!
Cuando la hora muda
y vestida de fúnebres crespones, desfilar haga ante
mis turbios ojos
5 sus
fantasmas inciertos, sus pálidas visiones. . .
¡Oh voces silenciosas de los muertos!
En la hora que aterra
no me llaméis hacia el pasado oscuro,
10 donde
el camino de la vida cruza los valles de la tierra.
¡Oh voces silenciosas de los muertos! Llamadme
hacia la altura
donde el camino de los astros corta
15 la
gélida negrura;
hacia la playa donde el alma arriba, llamadme
entoces, voces silenciosas, ¡hacia arriba! . . . ¡hacia arriba! . . .
43
GOTAS AMARGAS
AVANT-PKOPOS
PRESCRIBEN
los facultativos,
cuando el estómago se estraga,
al paciente,
pobre dispéptico,
dieta sin
grasas.
Le prohiben
las cosas dulces, le aconsejan la carne asada y le hacen tomar como tónico
gotas amargas.
¡Pobre estómago literario
que lo
trivial fatiga y cansa, no sigas leyendo poemas
llenos de lágrimas!
Deja las comidas que llenan,
historias, leyendas y dramas
y todas las
sensiblerías semi-románticas.
para
completar el régimen que fortifica y que levanta, ensaya una dosis de estas
20 gotas
amargas.
45
EL MAL
DEL SIGLO
El Vacíente:
— Doctor, un desaliento de la vida
que en lo íntimo de mí se arraiga y nace:
el mal del siglo. . . el mismo mal de Werther, de
Rolla, de Manfredo y de Leopardi.
Un cansancio
de todo, un absoluto desprecio por lo humano. . un incesante renegar de lo vil
de la existencia,
digno de mi maestro Schopenhauer; un malestar
profundo que se aumenta
10 con
todas las torturas del análisis. . .
El Médico:
— Eso es cuestión de régimen: camine de mañanita;
duerma largo; báñese; beba bien; coma bien; cuídese mucho: jlo que usted tiene
es hambre! . . .
LA RESPUESTA
DE LA TIERRA
ERA U N poeta
lírico, grandioso y sibilino,
que le hablaba a la tierra una tarde de invierno,
frente a una posada y al volver de un camino:
—¡Oh madre, oh Tierra! — díjole— , en tu girar
eterno
5 nuestra existencia efímera tal parece que
ignoras. Nosotros esperamos un cielo o un infierno, sufrimos o gozamos, en
nuestras breves horas,
e indiferente y muda, tú, madre sin entrañas, de
acuerdo con los hombres no sufres y no lloras.
¿No sabes el
secreto misterioso que entrañas? ¿Por qué las noches negras, las diáfanas
auroras? Las sombras vagarosas y tenues de unas cañas
que se reflejan lívidas en los estanques yertos,
¿no son como conciencias fantásticas y extrañas
que les
copian sus vidas en espejos inciertos?
¿Qué somos? ¿A do vamos? ¿Por qué hasta aquí
vinimos? ¿Conocen los secretos del más allá los muertos?
¿Por qué la vida inútil y triste recibimos?
¿Hay un oasis húmedo después de estos desiertos?
4 6
¿Por qué
nacemos, madre, dime, por qué morimos? ¿Por qué? Mi angustia sacia y a mi
ansiedad contesta. Yo, sacerdote tuyo, arrodillado y trémulo,
en estas soledades aguardo la respuesta.
La Tierra, como siempre, displicente y callada, 25
al gran poeta lírico no le contestó nada.
LENTES
AJENOS
A l
TRAVÉS de los libros amó siempre
mi amigo Juan de Dios,
y tengo presunciones de que nunca
supo lo que es amor.
5 Apenas le
apuntaba el bozo, cuando,
muy dado a
Lamartine,
hizo de Rafael, con una Julia
que se encontró en Choachí.
Tras de muy largo estudio obtuvo luego
10 título
de Doctor;
la Dame aux camelias de Dumas, hijo, una noche
leyó,
y creyéndola cierta como un texto de
Dujardin-Beaumetz,
fue el
Armando Duval de una asquerosa Margarita Gautier.
Después
estando en Tunja, como médico
del hospital
mayor,
dio en soñar
con amores que ofrecían
20 menos
complicación.
De Gustavo
Flaubert prestóle un tomo
Antonio José
Ruiz,
y fue el Rodolfo Boulanger de una madama Bovary.
25 Pasada
aquella crisis formidable con Ana se casó;
siguieron cuatro meses de ternuras a lo Gustavo
Droz.
4 7
Todo
hubiera marchado a
maravillas
30 en
esa unión feliz,
sin la influencia fatal de una novela que le dañó
el magín.
Leyó de Emilio Zola un solo tomo y se
creyó el Muffat
de Aniceta
Contreras que era entonces una semi-Naná.
Y así
pasó la vida entre los sueños y llegó de ella al fin
dejando tres chicuelos y una esposa
40 que
fue muy infeliz.
Al través de los libros amó siempre mi amigo Juan
de Dios, y tengo presunciones de que nunca
supo lo que es amor.
CAPSULAS
E l P O B R E Juan de Dios, tras de los éxtasis del
amor de Aniceta, fue infeliz.
Pasó tres meses de amarguras graves, y, tras lento
sufrir,
se curó con
copaiba y con las cápsulas de Sándalo Midy.
Enamorado luego de la histérica Luisa, rubia
sentimental,
se enflaqueció,
se fue poniendo tísico
10
y, al año y medio o más, se curó con bromuro y con las cápsulas
de éter de
Clertán.
Luego, desencantado de la vida,
filósofo sutil,
a Leopardi
leyó, y a Schopenhauer y en un rato de spleen,
se curó para siempre con las cápsulas de plomo de
un fusil.
4 8
MADRIGAL
Tu TEZ rosada y pura, tus formas gráciles de
estatua de Tanagra, tu olor de lilas, el carmín de tu boca, de labios tersos,
las miradas ardientes de tus pupilas,
el ritmo de
tu paso, tu voz velada, tus cabellos que suelen, si los despeina tu mano blanca
y fina toda hoyuelada, cubrirte como un rico manto de reina,
tu voz, tus ademanes, tú. . . no te asombres:
10 todo
eso está, y a gritos, pidiendo un hombre.
ENFERMEDADES
DE LA NIÑEZ
A UNA boca
vendida,
a una infame boca,
cuando sintió el impulso que en la vida a locuras
supremas nos provoca,
dio el
primer beso, hambriento de ternura, en los labios sin fuerza, sin frescura.
No fue como Romeo
al besar a Julieta;
el cuerpo que estrechó cuando el deseo
ardiente
aguijoneó su carne inquieta, fue el cuerpo vil de vieja cortesana, Juana
incansable de la tropa humana. Y el éxtasis divino
que soñó con delicia,
lo dejó
melancólico y mohíno al terminar la lúbrica caricia.
Del amor no sintió la intensa magia y consiguió. .
. una buena blenorragia.
PSICOTERAPEUTICA
Si QUIERES
vivir muchos años
y gozar de salud cabal,
ten
desde niño desengaños,
practica el bien, espera el mal.
Desechando
las convenciones de nuestra vida artificial, lleva por regla en tus acciones
4 9
esta norma: ¡lo
natural!
De los filósofos etéreos
huye la
enseñanza teatral y aplícate buenos cauterios en el chancro sentimental.
FUTURA
Es E N el
siglo veinticuatro,
en una plaza de Francfort,
por donde cruza el tren más rápido de Liverpool
para Cantón.
La multitud
que se aglomera de un pedestal alrededor, forma un murmullo que semeja
el del mar en agitación.
Suena la música de Wagner
y el
estampido del cañón,
y entre los hurras populares sube a su puesto el
orador.
Es el alcalde Karl Hamstaengel
quien preside la reunión,
y en el
silencio que se agranda, dice con monótona voz: “¡Ciudadanos! ¡Compatriotas!
¡Salud! Honrad al fundador
de la más grande de las obras
de nuestra
santa Religión. Eterna gloria a su divisa, eterna gloria al redentor,
que con su ejemplo y sus palabras
el idealismo derrotó.
Salud al
genio sobrehumano cuyo evangelio derramó
de este planeta por los ámbitos
la postrera revelación.
¡Paz y salud a sus creyentes!
¿Cuál de
nosotros lo invocó sin sentir instantáneamente mejorarse la digestión?
¿Cuál en sus heroicos sueños de entusiasmo y de
valor,
al
inspirarse en sus ejemplos no vencerá la tentación.
50
Ha cuatro siglos que los hombres lo proclaman único
Dios.
¡Su imagen ved, su noble imagen, 40 su imagen ved!”
. . .Un gran telón
se va corriendo poco a poco
del pedestal al derredor,
y la estatua de Sancho Panza,
ventripotente y bonachón,
perfila el
contorno de bronce sobre el cielo ya sin color. . .
Cuando de pronto estalla un grito, un grito
inmenso, atronador,
de quince mil quinientas bocas
como de
una sola voz,
que ladra: “¡Abajo los fanáticos! ¡Abajo el culto!
¡Abajo Dios!” Es un mitin de nihilistas,
y en una súbita explosión
de picrato
de melinita, vuelan estatua y orador.
ZOOSPERMOS
E l C O N O C I D Ó sabio Cornelius Von
Ken-Rinegen, que disfrutó en Hamburgo de una clientela enorme y que dejó un
in-folio de mil quinientas páginas
sobre hígado y riñones,
abandonado
luego por todos sus amigos,
murió en Leipzig, maniático, despretigiado y pobre,
debido a sus estudios de los últimos años
sobre espermatozoides.
Frente de un microscopio que le costó un sentido,
obra maestra
y única de un óptico de Londres, la vista recogida, temblándole las manos,
ansioso,
fijo, inmóvil, reconcentrado y
torvo, como un fantasma pálido,
a media voz decía:
“¡Oh, mira cómo corren
y bullen y
se mueven y luchan y se agitan los espermatozoides!
“¡Mira! si no estuviera perdido para siempre; si
huyendo por caminos que todos no conocen
51
hubiera al fin logrado tras múltiples esfuerzos
20 el
convertirse en hombre, corriéndole los años hubiera sido un Werther y tras de
mil angustias y gestas y pasiones
se hubiera suicidado con un Smith & Wesson
ese espermatozoide!
“Aquel de
más arriba que vibra a dos milímetros del Werther suprimido, del vidrio junto
al borde, hubiera sido un héroe de nuestras grandes guerras.
¡Alguna estatua en bronce
hubiera recordado, cual vencedor intrépido
y conductor
insigne de tropas y cañones, y general en jefe de todos los ejércitos,
a ese espermatozoide!
“¡Aquél hubiera sido la Gretchen de algún Fausto;
ese de más arriba
un heredero noble,
dueño a los
veintiún años de algún millón de thallers y un título de conde;
aquel, un usurero; el otro, el pequeñísimo, algún
poeta lírico; y el otro, aquel enorme,
un profesor científico que hubiera escrito un libro
40 sobre
espermatozoides!
Afortunadamente,
perdidos para siempre
os agitáis ahora,
¡oh, puntos que sois hombres!
entre los vidrios gruesos traslúcidos y diáfanos
del microscopio enorme;
afortunadamente,
zoopermos, en la tierra
no creceréis poblándola de dichas y de horrores:
dentro de diez minutos todos estaréis muertos,
¡hola,
espermatozoides!
Así el ilustre sabio Cornelius Von Ken-Rinegen,
que disfrutó
en Hamburgo de una clientela enorme y que dejó un in-folio de mil quinientas
páginas
sobre hígado y riñones,
murió en Leipzig, maniático, desprestigiado y
pobre, debido a sus estudios de los últimos años
5 5 sobre
espermatozoides.
52
FILOSOFIAS
D e PLACERES camales el abuso, de caricias y besos
goza, y ama con toda tu alma, iluso; agótate en
excesos.
Y si evitas
la sífilis, siguiendo la sabia profilaxia,
al llegar los cuarenta irás sintiendo un principio
de ataxia.
De la copa que guarda los olvidos
bebe el
néctar que agota: perderás el magín y los sentidos con la última gota.
Trabaja sin cesar, batalla, suda,
vende vida por oro:
conseguirás
una dispepsia aguda mucho antes que un tesoro.
Y tendrás ¡oh placer! de la pesada
digestión en el lance,
ante la vista ansiosa y fatigada,
las cifras
de un balance.
Al arte sacrifícate: ¡combina, pule, esculpe,
extrema!
¡Lucha, y en la labor que te asesina,
—lienzo,
bronce o poema—
pon tu
esencia, tus nervios, tu alma toda! ¡Terrible empresa vana!
pues que tu obra no estará a la moda de pasado
mañana.
No: sé
creyente, fiel, toma
otro giro
y la razón
prosterna
a los pies del absurdo: ¡compra un giro contra la
vida eterna!
Págalo con tus goces; la fe aviva;
ora,
medita, impetra;
y al morir
pensarás: ¿y si allá arriba no me cubren la letra?
53
Mas si acaso el orgullo se resiste a tanta
abdicación,
si la fe ciega te parece triste,
confía en la
razón.
Desprecia los placeres y, severo, a la filosofía,
loco por encontrar lo verdadero, consagra noche y
día.
Compara
religiones y sistemas de la Biblia a Stuart Mili, desde los escolásticos
problemas hasta lo más sutil
de Spencer y de Wundt, y consagrado
a sondear
ese abismo
lograrás este hermoso resultado: no creer ni en ti
mismo.
No
pienses en la
paz desconocida.
Mira: al
fin, lo mejor
en el
tumulto inmenso de la vida es la faz interior.
Deja el estudio y los placeres; deja la estéril
lucha vana
y, como Cakia-Muni lo aconseja,
húndete en
el Nirvana.
Excita del vivir los desengaños y en téte-á-téte
contigo,
como un yogui senil pasa los años mirándote el
ombligo.
De la vida
del siglo ponte aparte; del placer y el amigo
escoge para ti la mejor parte y métete contigo.
cuando
llegues en postrera hora 70 a la última morada,
sentirás una angustia matadora de no haber hecho
nada. . .
54
IDILIO
ELLA LO idolatraba, y él la adoraba.
— Se casaron al fin?
— No, señor: ella se casó con otro. Y ¿murió de
sufrir?
— No,
señor: de un aborto.
— Y él, el
pobre, ¿puso a su vida fin? No, señor: se casó seis meses antes del matrimonio
de ella, y es feliz.
EGALITE
JUAN LANAS, el mozo de esquina, es absolutamente
igual
al emperador de la China:
los dos son el
mismo animal.
Juan Lanas
cubre su pelaje con nuestra manta nacional; el gran magnate lleva un traje de
seda verde excepcional.
Del uno
cuidan cien dragones
de porcelana
y de cristal; Juan Lanas carga maldiciones y gruesos fardos por un real.
Pero si alguna
mandarina,
siguiendo el instinto sexual,
al potentado
se avecina en el traje tradicional
que tenía nuestra madre Eva en aquella tarde fatal
en que se comieron la breva
del árbol
del Bien y del Mal,
y si al mismo Juan una Juana se entrega de un modo
brutal y palpita la bestia humana
en un solo espasmo sexual,
55
Juan Lanas,
el mozo de esquina, al emperador de la China
es absolutamente igual:
los dos son el mismo animal.
RESURREXIT
PARA QUÉ arrepentimos, si es bastante a purgar
nuestro mísero pecado
el doliente recuerdo de un pesado cada vez más
cercano y más distante;
si no hemos
de encontrar más adelante todo lo que nos hubo conturbado,
ni las bocas que ya nos han besado ni el loco amor
ni la caricia amante,
ríe y no te arrepientas, que mañana
nuestras dos
almas solas irán juntas
a explorar los misterios del Nirvana. . .
Mientras que Magdalena, la divina, entre el coro de
vírgenes difuntas hace un triste papel de celestina.
56
VERSOS VARIOS
PRIMERA COMUNION
TODO EN esos momentos respiraba una pureza mística:
las luces matinales que alumbraban la ignorada
capilla,
los cantos
religiosos que pausados hasta el cielo subían,
el aroma süave del incienso
al perderse en espiras,
las
voces ulteriores de
otro mundo,
10 sonoras
y tranquilas,
los dulces niños colocados junto
al altar de rodillas,
y hasta los viejos santos en los lienzos de oscura,
vaga tinta,
bajo el
polvo de siglos que los cubre, mudos se sonreían.
IDILIO
SENCILLA y grata vida de la aldea: levantarse al
nacer de la mañana cuando su luz en la extensión clarea y se quiebra en la
cúpula lejana,
vagar a la
ventura en el boscaje. . .
espiar en los recodos del camino
el momento en que el ave enamorada,
57
oculta en el
follaje,
sus
esperanzas y sus dichas canta.
10 En
rústica vasija
coronada de
espuma
libar la leche; contemplar la bruma que en el fondo
del valle se levanta; el aire respirar embalsamado
15 con
los suaves olores
de la savia y las flores; tomar fuerza en la calma
majestuosa donde la vida universal germina,
en ignotos lugares
que no ha
hollado la vana muchedumbre, en el bosque de cedros seculares,
del alto monte en la empinada cumbre;
después tranquilamente bañarse en el remanso de la
fuente.
25 Con
el rural trabajo
que a los músculos da fuerza de acero y que las
fuentes abre de riqueza, endurecer el brazo fatigado
y devolverle calma a la cabeza.
Sin fatigas,
sin penas, sin engaños dejar correr los años
y en la hora postrera descansar, no en lujoso
monumento
sino bajo el ramaje
del verde
sauce a su tranquila sombra cabe la cruz piadosa.
SUSPIRO
Si EN TUS recuerdos ves algún día, entre la niebla
de lo pasado, surgir la triste memoria mía
medio borrada ya por los años,
piensa que
fuiste siempre mi anhelo, y si el recuerdo de amor tan santo mueve tu pecho,
nubla tu cielo, llena de lágrimas tus ojos garzos, ¡ah! no me busques aquí en
la tierra,
donde he
vivido, donde he luchado, ¡sino en el reino de los sepulcros donde se encuentra
paz y descanso!
58
LAS ARPAS
VA LA brisa por valles y collados y cargada de
aromas y silencios no lleva entre sus alas invisibles
ni una voz —
ni una
música— ni un
eco.
Pero en
oscuro bosque retirado, patria de las dríadas y los genios,
en alto tronco
suspendida encuentra
arpa eolia de místicos acentos:
¡al pasar vibra en las sonoras cuerdas
del dulce y
melancólico instrumento y van sus sosegadas armonías
a
perderse a lo
lejos!
El alma del
poeta es delicada
arpa —
que cuando vibra
el sentimiento
en sus
cuerdas sensibles— se estremece y produce sus cantos y sus versos.
PERDIDA
¡ALGO TERRIBLE sentirá tu alma, infame libertino
que el taller tornas de la pobre obrera en lupanar
maldito!
¡Era una hermosa niña! Sus pupilas tuvieron luz y
brillo,
y en su gracia inocente y descuidada hubo algo de
divino.
Mas algún día entre el tumulto humano
se deslizó
en su oído una palabra. Luego su mirada
perdió el fulgor antiguo y se llenó de lágrimas, y
luego,
de una noche entre el frío,
se encontró
sola en medio de la calle con el honor perdido;
en el alma llevando la tristeza
y en los
brazos un niño,
y, de vergüenza y de miseria llena, a sí misma se
dijo:
“Del hombre aquel me vengaré en los hombres; de mi
cuerpo marchito
59
haré un altar donde en su afán de goces le rindan
culto al vicio.
25 Soy
el placer; soy cual dorada copa
llena
de añejo vino,
mas que guarda en el fondo envenenado un germen
maldecido.
Venid a mí los que os sentíis sedientos,
30 ¡venid, os daré alivio!. . . ”
Y ellos fueron, volaron a sus brazos blancos,
alabastrinos,
y ella bajó con prontitud pasmosa al fondo de un
abismo. . .
35 Luego
la edad su cabellera negra pobló de blancos hilos,
y perdió su color y su frescura
el semblante
marchito,
y a pocas horas,
por infame lepra
40 el
cuerpo corroído,
entre sonrisas y cristianas preces y
semblantes virgíneos, recostada en un
lecho miserable del hospital sombrío,
¡en brazos
de las santas enfermeras dio el último suspiro!
Marchando vas sin ver el horizonte que forma tu
camino,
pero si acaso tornas la mirada
50 al
pasado perdido,
¡verás alzarse su fantasma blanco en tu conciencia
fijo!
Oh! cuando alguna vez errante y solo veas al pobre
niño,
55 a
quien nunca en su vida de miserias
podrás llamar
tu hijo,
¡algo terrible sentirá tu alma,
infame libertino
que el taller tornas de la pobre obrera
60 en
lupanar maldito!
6 0
LA VENTANA
Oh! tem ps évanouis! Oh! splendeurs éclipsées!
Oh! soleils descendus derriére l’horizon!
V íctor Hugo
A l FRENTE de un balcón, blanco y dorado, obra de
nuestro siglo diez y nueve,
hay en la estrecha calle una muy vieja ventana
colonial. Bendita rama
adorna
la gran
reja
de barrotes de hierro colosales,
que tiene en lo más alto un monograma hecho de
incomprensibles iniciales.
A la lumbre postrera
del sol en
Occidente, ¿quién no espera mirar allí, sombría,
medio perdida en la rizada gola, la cabeza severa
de algún
oidor, o los oscuros ojos
de una
dama española
de nacarada tez y labios rojos,
que al venir de la hermosa Andalucía
a la colonia nueva
el germen de letal melancolía
20 por
el recuerdo de la patria lleva?
¡Pero no, ni las sombras le han quedado de los que
vio perderse en el pasado! Loca turba infantil la invade ahora; uno ríe, otro
llora;
a la palma
bendita
la niña arranca retejida rama,
y mientras uno al compañero llama con incansable
afán, el otro grita.
No
guarda su memoria
de la
ventana la vetusta historia, y sólo en ella fija
la
atención el poeta
para quien tienen una voz secreta
los liqúenes
grisosos
que, al
nacer en la estatua alabastrina, del beso de los siglos son señales,
61
y a quien narran poemas misteriosos las sombras de
las viejas catedrales, hoy hace más de siglo, ha muchos años,
ella escuchó
la cántiga española que tristes desengaños
o
desventuras amorosas narra
de la alta noche en la quietud serena,
acompañada
en la gentil guitarra
por noble
caballero,
a quien tornara con la estrofa grata el recuerdo de
alegre serenata dada en la aristocrática Sevilla,
cabe el Guadalquivir,
do en claras
noches
la calada
Giralda se retrata
y la luz de
la luna limpia brilla.
La brisa,
dulce y leve
como las vagas formas del deseo,
llevó al pasar los barrotes duros
aroma de
azahares y de lirios
en las risueñas fiestas de himeneo; juramentos de
amor, santos y puros;
de mortuorios cirios
el triste
olor; las plácidas historias
con que la
noble abuela
a rubio nieto adormeció en la cuna,
y la oración que hacia los cielos vuela suave como
los rayos de la luna. Inútil, allí, a solas,
ella miró
pasar generaciones
como pasan, con raudo movimiento sobre la playa las
marinas olas, en la sombra los coros de visiones
y las aristas leves en el viento;
¡y ora mira
la turba de los niños de risueñas mejillas sonrosadas, que al asomar tras de la
fuerte reja sonriente semeja
un ramo de
camelias encarnadas!
¡Ay! todo
pasará: niñez risueña, juventud sonriente,
edad viril que en el futuro sueña, vejez llena de
afán. . .
62
. . .Tal vez mañana
cuando de aquellos niños queden sólo
las ignotas
y viejas sepulturas,
aun tenga el mismo sitio la ventana.
CREPUSCULO
EN LA TARDE — en las horas del divino crepúsculo
sereno—
se pueblan de tinieblas los espacios y las almas de
sueños.
Sobre un fondo de tonos nacarados, la silueta del
templo
Las altas tapias del jardín antiguo y los árboles
negros,
cuyas ramas semejan un encaje
movidas por el viento,
se destacan oscuras, melancólicas, como un extraño
espectro.
En estas
horas de solemne calma
vagan los pensamientos,
y buscan en la sombra de lo ignoto la quietud y el
silencio.
NOTAS
PERDIDAS
Es MEDIA noche. Duerme el mundo ahora bajo el ala
de niebla del silencio.
Vagos rayos de luna
y el fulgor incierto
de lámpara
velada alumbran su aposento. En las teclas del piano
vagan aún sus marfilinos dedos; errante la mirada,
dice algo
que no alcanza el pensamiento. ¡Cómo perfuma el aire el blanco ramo
marchito en el florero, cuán suave es el suspiro
que vaga entre sus labios entreabiertos!
63
¡Adriana!
¡Adriana! ¡De tan dulces, horas guardarán el secreto
tu estancia, el rayo de la luna, el vago ruido de
tus besos,
la
noche silenciosa,
20 y en
mi alma el recuerdo! . . .
IV
La noche en que al dulce beso del amor, se abrió su
alma, caminando lentamente
iba, en mi
brazo apoyada.
No había
luna. Las estrellas vertían su luz escasa,
y sobre el cielo profundo nuestros ojos
contemplaban, como una bruma ligera,
la brillante
vía láctea,
........................ suspiró. Con voz muy
queda,
— dime, le dije, ¿te cansas? Alzó la hermosa
cabeza,
se iluminó su mirada
y murmuró: —
Mira, dicen que es grande, inmensa, la vaga bruma que brilla a lo lejos como
una niebla de plata,
que la forman otros mundos
que están a
inmensa distancia, que la luz solar invierte siglos en atravesarla,
y si Dios quisiera un día
a ti y a mi darnos alas,
¡esa
distancia infinita, feliz, contigo cruzara!
Bajó la
noble cabeza,
desvió la
viva mirada,
y dijo, paso, de nuevo:
50 — me
preguntabas “¿te cansas?”
64
IX
Bajad a la pobre niña,
bajadla con mano trémula,
y con cuidadoso esmero
entre la fosa ponedla,
¡y arrojad
sobre su tumba fríos puñados de tierral
Aún sobre sus labios rojos
la sonrisa postrimera,
tan joven y tan hermosa
y descansa
helada, yerta, ¡y está marchito el tesoro de su dulce adolescencia! ¡Bajad a la
pobre niña,
bajadla con mano trémula
y con
cuidadoso esmero entre la fosa ponedla,
¡y arrojad sobre su tumba fríos puñados de tierra!
Cavad ahora otra fosa
cavadla con
mano trémula, de la sonriente niña
del triste sepulcro cerca,
para que
lejos del mundo
su sueño postrero duerman
mis recuerdos
de cariño
y mis memorias más tiernas. Bajadlos desde mi alma,
bajadlos con mano trémula
¡y arrojad
sobre su fosa
fríos
puñados de tierra! . . .
X
(A Natalia Tanco A .)
¿Has visto, cuando amanece,
los velos con que la escarcha
los vidrios de los balcones
cubre en la noche callada?
Deja que el
rayo primero de la luz de la mañana los hiera, y verás entonces
65
formarse figuras vagas
en la superficie fría,
lielechos de
formas raras. Paisajes de sol y niebla de perspectivas lejanas
por donde van los ensueños
a la tierra
de las hadas
y al fin un
caos confuso de luz y gotas de agua de ramazones inciertas y perspectivas
lejanas,
que al
deshacerse semejan
el vago
esbozo de un alma.
Las neblinas que el espíritu llenan en horas
amargas como a los rayos del sol
de los cristales
la escarcha,
si las hiere
tu sonrisa,
se vuelven visiones blancas.
XIV
En el
aposento estrecho,
en la blanca pared fijo,
tiene muy cerca del lecho
donde
duerme, un crucifijo
que, como a dulces abrazos llamando al ánima vil,
tiende los rígidos brazos sobre una cruz de marfil
y, de
espinas coronada, dobla la cabeza, inerte, de noble expresión, helada por el
beso de la muerte.
En ese
sitio,. amorosa,
la oración
de ritmo breve va de sus brazos de rosa hacia los brazos de nieve.
6 6
EN LA
MUERTE DE MI
AMIGO
LUIS A. VERGARA R.
ALGUNA amarga lágrima vertida
al pensar en lo bueno del ausente como signo de
eterna despedida, y una oración de mística tristeza,
aspiración
de la amistad doliente, forman los dones que dejar podemos cabe la fresca y
entreabierta fosa
de aquel que en el albor de su mañana supo cruzar
la ruta peligrosa
con noble
amor y con cristiano celo, mirar lo inmenso de la lucha humana y en plenitud de
vida y de esperanza decir ¡adiós! a la mentira vana,
¡y hacia otras playas dirigir el vuelo!
Mas consuela
el pensar que nuestra vida es istmo que separa dos océanos
y que mide la mano de la suerte. . .
a él sobre las cunas arribamos
viniendo
en ignorados oleajes,
y al acabar
de caminarlo vamos a proseguir interminables viajes
sobre las negras sombras de la muerte; y que el
oscuro velo de tristeza
con el misterio inmenso de la fosa
envuelve de
los muertos la cabeza. Esa quietud solemne en que reposa
el cuerpo humano, su misión cumplida, y de la tumba
la pesada losa
que última etapa son de la partida
del espíritu
humano aquí en la tierra, le abren los ojos a una vida nueva
en que hallará lo que el misterio encierra y en
cuya vasta oscuridad sombría
verá la luz quien va, cual nuestro amigo,
que un
tesoro de luz lleva consigo.
¡“Sí! El no manchó la punta de las alas en el
vicio, pantano corrompido,
y ornada aún de las primeras galas
en su vida feliz juntó su alma
la inocencia
del niño distraído, del grave adulto la juiciosa calma
67
y los sueños de dulce poesía
de que hace el vulgo indiferente mofa, sueños que
en conservar se complacía
bajo el
cristal de su sonora estrofa, y que recuerdan con sin par cariño, con emoción
purísima y sin nombre, los que te vieron — candoroso niño— ¡amar como ángel y
pensar como hombre!
Del social
torbellino en el ruido su misión fue la de la dulce nota que para el blando
halago del oído de entre las cuerdas de la lira brota, ¡y en el vicio infinito
y extendido
la virtud
dulce de su vida hacía
la impresión de una ráfaga de incienso entre el
discorde estruendo de una orgía y el aire impuro, pestilente y denso!
Ha partido entre lágrimas de amores
que quemando
al rodar por la mejilla bajaron a morir sobre esas flores. Más de una amarga
lágrima sencilla
vertida por el ser a quien quisiera con el amor sin
fin que en ella brilla,
amor que en
medio de su vida fuera vaporosa columna al medio día,
y en las tinieblas de la noche, hoguera cual la que
en el desierto conducía
al través de la arena al pueblo hebreo,
al país que
soñó su fantasía. . .
Aún me parece que contemplo y veo su constante
entusiasmo por aquella
que fue su aspiración y su deseo, por la que su
alma candorosa y bella
colocar supo
en la región que abarca el alma humana al proseguir la huella del amor
sublimado de Petrarca;
por la que hoy siente inexplicable frío cuando por
vetle entre nosotros mira,
y su mirar.
. . ¡se pierde en el vacío!
Que en el recuerdo del ser a quien decimos
enternecidos el adiós postrero
(el de su vida que pasarse vimos bajo la egida del
deber severo)
6 8
sea, en todo
momento de desmayo
en la senda del bien, como una estrella que nos
alumbra con su tibio rayo;
que desciende dulcísimo de ella a sus tristes
hermanos el consuelo
y a su madre
infeliz. . . que con los ojos nublados por las lágrimas y rojos esperándolo
ver. . . ¡mira hacia el cielo! Cuando el cuerpo perece nace el alma. . .
Mientras el uno entre la tumba mora,
la otra
recobra su perdida calma. Hay una dulce claridad que dora con sus rayos el
fondo de la huesa,
lumbre de un día que en la muerte empieza: del sol
del infinito. . . ésa es la aurora.
LAS GOLONDRINAS
(De P. J. Béranger)
EN LA ribera del
Maure
encorvado por los hierros
de la prisión, tristemente,
así cantaba
un guerrero:
“Os vuelvo a
ver, pajarillos que dais al invierno el ala, golondrinas, portadoras
de
piadosas esperanzas,
que venís a estos desiertos
desde mi
risueña Francia
¿No os detendréis por un instante breve para
contarme de mi hermosa patria? “¿Cerca de donde nací,
en el alar de mi choza,
entre blando
y tibio nido nació alguna de vosotras? ¿De una madre desdichada
que hacia la tumba camina,
que a cada
momento espera
oír, como
antes oía, el ruido de mis pasos, y sin oírlo agoniza,
de su amor, de su pena, de sus lágrimas, no me
habláis, pasajeras golondrinas?
69
“Ha tres
años os conjuro a traerme algún recuerdo de mi valle, en que soñaba con un
porvenir risueño;
del arroyo transparente
en la
encantadora orilla en donde crecen frondosas como en guirnaldas, las lilas,
en un tranquilo rodeo
¿habéis visto mi casita?
¿Del valle
idolatrado de mi infancia no me habláis, pasajeras golondrinas?
“Decidme, ¿casó mi hermana? ¿Vistéis los alegres
jóvenes
de nuestro pueblo, en las nupcias
celebrarla
en sus canciones? ¿Volvieron a nuestra aldea los que entraron en la liza y me
siguieron valientes
cuando en batalla reñida
me lanzaba
presuroso a las lanzas enemigas?
¿De los caros amigos de la infancia no me habláis,
pasajeras golondrinas? “Sobre sus cuerpos tal vez
el enemigo
cobarde
toma de nuevo el camino que conduce a nuestro
valle,
y mientras manda cual dueño
en mi tranquila
cabaña
e interrumpe
el venturoso himeneo de mi hermana, rodeado estoy de hierros
sin
quien por mí
vierta lágrimas.
¡Golondrinas,
errantes golondrinas!
60 ¿no
me habláis de los males de la patria?”
IMITACION
(De M aurice
de G u érin )
PEQUEÑAS cavidades
hay en la cumbre de la inmensa roca,
70
a cuyos pies acompasadas baten sobre la playa, las
movibles ola?:.
Guardan allí
las grietas, entancadas de la lluvia las gotas,
y a beberías, a veces se detienen las errantes
bandadas de palomas.
Yo suelo por las tardes
ir a la cima
a sollozar a solas,
y mi llanto se mezcla con las aguas entre las
piedras toscas.
¡Sueltas bandadas que, al morir el día, tendeis el
vuelo entre la lumbre rósea
con que, al
ponerse el sol en Occidente, ilumina la atmósfera:
¡jamás bebáis las aguas escondidas en la gigante
roca,
que mis lágrimas tienen la amargura 20 de las
marinas ondas!
ENCONTRARAS
POESIA
ENCONTRARÁS
poesía,
dijo
entonces sonriendo
en el recinto sagrado
de los cristianos templos,
do, como el
humo a la altura, sube la oración al cielo;
en los lugares que nunca humanos pies recorrieron,
en los bosques seculares
donde se
oculta el silencio, en los murmullos sonoros de las ondas y del viento, en la
voz de los follajes,
del amor en los recuerdos,
de las niñas
de quince años en los blancos aposentos, en las noches estrelladas. . .
Jamás. . . ¡en los malos versos!
71
REALIDAD
(D e
“Canciones de Calles y Bosques”
de V
íctor Hugo').
N ATURALEZA es una dondequiera, en Japón o en
Gonesa. Las distancias suprime y son lo mismo Triptolemo y Dombasle; la toga y
las enaguas.
Lavalliére
con su Luis, entre la regia carroza blasonada,
es tan feroz cual la chipriota Venus en el capullo
de la concha blanca.
¡Oh mis hijos!
¡Oh hermanos! ¡Oh poetas!
Decid si
existe el hecho, la palabra. Sed espíritus puros y haced siempre. No hay nada
bajo para nobles almas.
En Poestum se convierte en hipo triste la risa de
Sileno, a Príapo canta
Horacio, y
cruza Bottom, el grotesco, de Shakespeare por el drama.
¡No tiene la verdad límites, hijo!
Del gran Pan, dios bestial, la hirsuta barba y los
cuernos torcidos se columbran
20 del
ideal tras de la frente pálida.
A UN
PESIMISTA
HAY DEMASIADA sombra en tus visiones, algo tiene de
plácido la vida;
no todo en la existencia es una herida donde brote
la sangre a borbotones.
La lucha
tiene sombra; y las pasiones agonizantes, la ternura huida,
todo lo amado que al pasar se olvida es fuente de
angustiosas decepciones.
Pero, ¿por qué dudar, si aún ofrecen,
en el remoto
porvenir oscuro, calmas hondas y vividos cariños
72
la ternura profunda, el beso puro
y manos de mujer, que amantes mecen las cunas
sonrosadas de los niños?
VOZ DE
MARCHA
A ORILLAS de la senda de la vida, ya fatigado se
sentó el mancebo y murmuró con voz adolorida:
“cansada el alma llevo.
“Inútil es
seguir, ruda la carga: de la existencia humana sólo brota honda tristeza,
pertinaz y amarga,
cual del laúd la nota.
“No alumbra en el futuro luz de aurora,
en lo más
hondo el entusiasmo ha muerto, sólo eres, esperanza soñadora,
miraje del desierto.
“¡Ay! y el amor y la amistad, mentiras;
como brumas vacilan las ideas,
sólo
tristeza y desaliento inspiras, vida, ¡maldita seas!”
Renegó de virtud y de nobleza,
y de pasado y porvenir maldijo;
pero en el aire, entre la sombra espesa,
20 oyó
una voz que dijo:
“por más que traiga el viento tempestuoso entre las
alas blanquecina escarcha, oíd del siglo el grito poderoso,
oíd la voz de marcha.
“¿Conque os
cansó lo rudo del camino?, ¿conque está el corazón agonizante? . . .
Pensad que sólo sois un peregrino. . .
Y ¡seguid adelante!
“Al doblar los recodos del sendero
la
muchedumbre, en la primera cruzada, gritaba al ver un pueblo en el otero:
— ¡Jerusalén
sagrada!
73
“Cuántas veces, su engaño repetido, al apagarse el
entusiasmo ardiente,
al viento
poderoso del olvido se doblegó su frente.
“¡Cuántas veces volviera a su memoria de la patria
el recuerdo cariñoso, huyera de ella la ambición de gloria
40 y
deseara el reposo!
“Pero una tarde, tarde vislumbrada en místicos
ensueños, de improvisto contempló la ciudad santificada
por la pasión del Cristo.
“¡Seguid!
¡Seguid! ¡Y si en la ruta umbrosa el paso os cierra levantado monte,
subid hasta su cumbre tenebrosa y ved el horizonte!
“Tal vez el porvenir guarde en su seno,
que hoy os
parece lóbrego y oscuro, de claridades misteriosas lleno,
un rayo de luz puro.
“Tal como son, hirvientes, las marinas
aguas que pasman de temor al verlas,
en el fondo,
entre conchas nacarinas, guardan pálidas perlas.
“¡Marchad! ¡Marchad! Y al fin de la partida torne
un momento a confortar el alma
el recuerdo feliz de una cumplida
60 misión
de paz y calma
“Mas si os cansó lo rudo del camino, y si está el
corazón agonizante, pensad que sólo sois un peregrino. . .
Y ¡seguid adelante!
“Pide el
siglo potente y majestuoso, cuya voz conmovida el alma escucha, quien lidie sin
cansancio ni reposo
del progreso en la lucha”.
74
Alzó el joven los miembros agitados,
cual los del
muerto ante el poder divino, y se limpió los ojos enturbiados
¡y prosiguió camino!
El viento arriba murmuró querellas, rompió la luz
los tenebrosos velos,
y,
temblando, brillaron las estrellas en lo alto de los cielos.
ESTRELLAS
FIJAS
CUANDO ya de la vida
el alma tenga, con el cuerpo, rota, y duerma en el
sepulcro
esa noche más larga que las otras,
mis ojos,
que en recuerdo
del infinito eterno de las cosas, guardaron sólo,
como de un ensueño, la tibia luz de tus miradas hondas,
al ir descomponiéndose
entre la
oscura fosa,
verán, en lo ignorado de la muerte,
tus ojos. . .
destacándose en las sombras.
EL RECLUTA
HASTA QUE
manos piadosas
algún sepulcro le dieron,
al bajar de la cañada,
junto a las matas de helecho.
destrozada
la cabeza
por una bala de rémigton; con la blusa de bayeta
y la camisa de lienzo, un escapulario santo
colgado al
huesoso cuello, los pantalones de manta manchados de barro fresco, las rudas
manos crispadas,
75
los ojos aún
abiertos,
y la sangre,
ya viscosa, pegándole los cabellos, estuvo toda la noche
de aquel combate sangriento
abandonado el cadáver
del pobre
recluta muerto.
¿Su nombre?. . .
Un oscuro nombre. . .
Di junto Juan Abudelo,
cuando hablan de la campaña lo nombran los
compañeros. . .
¿Su madre?.
. . Una pobre madre, que en el rancho, al pie del cerro, abandonada y estúpida
pasa los días inciertos. . .
¿Su vida?. . una oscura vida,
la vida vaga
de un cuerpo, que fue tranquila y sin odios hasta en el cuartel infecto, do
penetrado de frío,
que le calaba los huesos
y que
tiritar le hacía bajo el bayetón deshecho, conoció toda la angustia de largas
noches sin sueño,
y de tristes soledades,
el pobre
recluta muerto.
Los soldados que seguían en titánicos esfuerzos, de
Egipto a los arenales
y de Rusia
a los desiertos,
al hombre de
ojos de águila y de caprichos de hierro, tenían tras el reñido batallar, largo
y supremo, en cada voz un halago,
en cada
mandato un premio. Mas del capitán Londoño, que fue su jefe en el Cuerpo,
sólo conoció dos órdenes
de detención y de cepo,
55 un planazo
en las espaldas
76
y el modo de gritar: "¡Juegol”,
hasta la tarde en que, herido
en el
combate siniestro,
cayó, gritando:"¡Adiós, mamá!",
60 el
pobre recluta muerto.
LA CALAVERA
E n EL derruido muro
de la huerta del convento,
en un agujero oscuro
donde, al
pasar, silba el
viento,
y, como una
dolorida
queja a las piedras arranca, hay, en el fondo,
escondida una calavera blanca.
De algún
fraile soñador
de vida
ejemplar y bella y dedicada al Señor,
en el mundo única huella. Abre los ojos, sin fondo,
como a visiones extrañas,
y del vacío
en lo hondo forjan telas las arañas.
Húmedo musgo grisoso
recubre la antigua grieta,
donde en
supremo reposó
descansa
ignorada y quieta.
Pero hasta a aquella escondida mansión, la brisa
ligera
lleva murmullos de vida y olores de primavera.
Golondrinas,
que en sus marchas dejaron el patrio río,
huyendo de las escarchas, de las brumas y del frío,
77
cuando la luz del Poniente
filtra por
el hondo hueco y hace parecer viviente el cráneo rígido y seco,
desde las negras ruinas,
alzan sosegado vuelo,
y en sus
vueltas peregrinas tocan las ramas y el suelo, como buscando en el prado,
ya por la tarde, sombrío,
el espíritu elevado
40 que
habitó el cráneo vacío.
A DIEGO
FALLON
CUANDO de tus estancias sonorosas las solemnes
imágenes,
en los lejanos siglos venideros
ya no recuerde
nadie;
cuando estén
olvidados para siempre tus versos adorables,
y un erudito, en sus estudios lentos, descubra a
Núñez de Arce,
aun
hablarán, a espíritus que
sueñen,
las selvas
seculares
que se llenan de nieblas y de sombras al caer de la
tarde.
Tendrán vagos murmullos misteriosos el lago y los
juncales,
nacerán los idilios
entre el musgo, a la sombra de los árboles, y
seguirá forjando sus poemas Naturaleza amante,
que rima en una misma estrofa inmensa
20 los
leves nidos y los hondos valles.
EL ALMA
DE LA ROSA
V o lv ió del rico baile. Está dormida en el
mullido lecho,
y tal es el silencio de la estancia, que no se
escucha un eco.
78
5 Cerca de
ella — en velador tallado
en cincelada copa—
está con los diamantes de la fiesta una marchita
rosa.
De repente sus hojas se conmueven,
10 y
mientras todo calla,
entre el silencio de la oscura noche
se oye una voz que canta:
“Temblorosa, cubierta de rocío,
y perfumada y fresca,
tu mano me
tomó para llevarme a la brillante fiesta.
“Y al regresar de allí sólo traías mi marchito
cadáver,
única huella de mi leve paso
20 por
este triste valle.
“¡Adiós, jardín
querido! ¡Adiós, hermanas!
¡Murmullos de los vientos!
¡Adiós, tardes doradas! ¡Adiós, vida!
Por adorarte he muerto.
25 “Sobre
el tul perfumado del vestido, cerca del niveo pecho,
donde van de los ojos de los hombres a posarse los
besos,
“expiré, poco ha, sin que vertieran tus ojos una
lágrima.
¡Mas cuántos no querrán morir así, sobre tu pecho,
ingrata!
A TI
Tú NO LO sabes, mas yo he soñado entre mis sueños
color de armiño, horas de dicha con tus amores, besos ardientes, quedos
suspiros
cuando la
tarde tiñe de oro esos espacios que juntos vimos, cuando mi alma su vuelo
emprende a las regiones de lo infinito.
79
SINFONIA
COLOR DE FRESAS
EN LECHE
A los
colibríes decadentes
¡RÍT M IC A Reina lírica! Con venusinos cantos de
sol y rosa, de mirra y laca
y polícromos cromos de tonos mil, oye los
constelados versos mirrinos,
escúchame
esta historia Rubendariaca, de la Princesa verde y el paje Abril, rubio y
sutil.
Es bizantino esmalte do irisa el rayo las
purpuradas gemas que enflora junio
si Helios
recorre el cielo de azul edén, es liblial albura que esboza mayo
en una noche diáfana de plenilunio cuando los
crisodinas nieblas se ven a tutiplén!
En las
víridas márgenes que espuma el Cauca,
— áureo pico, ala ebúrnea— currucuquea,
de sedeñas verduras bajo el dosel,
de las perladas ondas se esfuma glauca:
¿es paloma, es estrella o azul idea?. . .
Labra el
emblema heráldico de áureo broquel, róseo rondel.
Vibran sagradas liras que ensueña Psiquis, son
argentados cisnes, hadas y gnomos
y edenales olores, lirio y jazmín
y vuelan
entelechias y tiquismiquis de corales, tritones, memos y momos, del horizonte
lírico nieve y carmín
hasta
el confín.
Liliales manos vírgenes al son aplauden
y se
englaucan los líquidos y cabrillean con medioevales himnos al abedul,
desde arriba Orion, Venus, que Secchis lauden
miran como
pupilas que cintillean
por los
abismos húmedos del negro tul
35 del
cielo azul.
8 0
Tras de las cordilleras sombrías, la blanca Selene,
entre las nubes de ópalo y tetras surge como argentífero tulipán
y por entre lo negro que se espernanca
huyen los
bizantinos de nuestras letras hacia el Babel Bizancio, do llegarán
con grande afán.
¡Rítmica Reina lírica! Con venusinos
cantos de sol y rosas, de mirra y laca
y polícromos
cromos de tonos mil, ¡estos son los caóticos versos mirrinos, ésta es la
descendencia Rubendariaca, de la Princesa verde y el paje Abril,
rubio y sutil!
LA
ULTIMA DESPEDIDA
La Muerte:
Yo S O Y la luz, y sin embargo temen los hombres
encontrarme.
Yo soy la misteriosa soñadora
que los espacios abre.
¡Dudáis!. .
. ¡Oíd las voces que del sepulcro salen!
Los Cuerpos:
Nosotros vamos de la madre tierra a la región
oscura,
nosotros vamos a perdernos ora
en la vida
fecunda
que en los profundos senos de la muerte murmura.
Los Recuerdos:
Nosotros viviremos en las almas
de aquellos que os sintieron
a su lado
pasar en vuestra vida. ¡Aquí sobre la tierra
nosotros mantendremos vuestra memoria fresca!
81
Las Almas:
Nosotras vamos de la vida eterna
a proseguir
la ruta,
nosotras vamos a tender el vuelo a regiones más
puras,
¡cómo es la luz de bella tras de las vagas brumas!
SUS DOS MESAS
De Soltera:
En L O S tallados frascos guardados los olores de
las esencias diáfanas, dignas de alguna hurí; un vaso raro y frágil do expiran
unas flores; el iris de un diamante; la sangre de un rubí
cuyas
facetas tiemblan con vivos resplandores entre el lujoso estuche de seda
carmesí,
y frente del espejo la epístola de amores que al
irse para el baile dejó olvidada allí. . .
De Casada:
Un biberón que
guarda mezcladas dos terceras
partes de
leche hervida y una de agua de cal, la vela que reclama las despabiladeras
desde la palmatoria verdosa de metal; en rotulado
frasco, cerca de las tijeras, doscientos gramos de una loción medicinal;
un libro de
oraciones, dos cucharas dulceras, un reverbero viejo y un chupo y un pañal.
PASEO
E STÁ N los
grupos alegres
al pie
de las altas
rocas,
humo grisoso se eleva
del boscaje entre las frondas
y junto a
los viejos árboles están cocinando ahora.
82
Vienen olores de campo
de la llanura espaciosa,
carcajadas a los labios
y manos a
las bandolas y del bambuco resuena la música melancólica y con el humo que sube
van a perderse las notas,
¡alegres
para el que ríe
y tristes para el que llora! Las servilletas
tendidas sobre la yerba reposan
del piquete
campesino
con los
platos y las copas, rayos de franca alegría ojos y labios coloran, alegres
manos ligeras
se confunden y se tocan,
y las
parejas se mueven
del césped sobre la alfombra, y las palabras
sonríen
y las palabras
rebosan,
mientras suena del bambuco
la música
melancólica
y con el humo que sube van a perderse las notas,
¡alegres para el que ríe
y tristes para el que llora! . . .
¡SEÑOR! ¡MIRAD LAS
ALMAS. . . !
S E Ñ O R !
¡M I R A D las almas, que en busca de lo eterno, en el amor humano se
detuvieron locas,
cruzar, como las sombras del Dante en el infierno,
unidas de los brazos y unidas de las bocas!
¡Oh Padre!
Perdonadlos por el martirio santo del Salvador Divino, del Gólgota en la
cumbre. Haced que se conviertan los gritos en un canto y que una luz remota su
largo viaje alumbre.
Y dadnos fuerza
¡Oh Padre! para cruzar la vida,
para luchar
de lleno por la contraria suerte, para domar, severos, la carne corrompida,
¡para esperar, tranquilos, las sombra de la muerte!
83
CONVENIO
“ ¿ V A S A C A N T A R tristezas?, dijo la Musa;
entonces yo me vuelvo para allá arriba. Descansar quiero ahora de tantas
lágrimas; hoy he llorado tanto que estoy rendida.
Iré contigo
un rato, pero si quieres que nos vayamos solos a la campiña a mirar los
espacios por entre ramas
y a oír qué cosas nuevas cantan las brisas.
Me hablan tanto de penas y de cipreses
que se han
ido muy lejos mis alegrías, quiero coger miosotys en las riberas: si me das
mariposas te daré rimas.
Forjaremos estrofas cuando la tarde
llene el valle de vagas melancolías;
yo sé de
varios sitios llenos de helechos y de musgos verdosos donde hay poesía; pero tú
me prometes no conversarme de horrores y de dudas, de rotas liras,
de tristezas sin causas y de cansancios
y de odio a
la existencia y hojas marchitas. . .
Sí, vámonos al campo, donde la savia, como el poder
de un beso, bulle y palpita; a buscar nidos llenos en los zarzales:
¡si me das mariposas te daré rimas!”
CUANDO
HAGAS UNA ESTROFA . . .
C U A N D O H A G A S una estrofa, hazla tan rara,
que sirva luego al porvenir de ejemplo,
con perfiles de mármol de carrara y solideces de
frontón de templo.
DE LOS ROSADOS
LABIOS . . .
D e L O S R O S A D O S labios de hermosas
bogotanas siempre propicio el cielo los votos escuchó;
hoy esos votos vagos no son quimeras vanas, que
todas ellas quieran y miran como hermanas
a la que de
esta fiesta las horas les brindó. Como una flor de Mayo la dicha fugaz pasa. .
.
Puesto que reina ahora franca alegría aquí,
84
la copa de champaña que el labio fresco abraza
tomemos, de la dueña y el dueño de la casa,
10 por
las tranquilas horas de un porvenir feliz.
SONETOS
NEGROS
I
T IE N E IN S T A N T E S de intensas amarguras la
sed de idolatrar que al hombre agita.
Del supremo Señor la faz bendita ya no ríe del
cielo en las alturas.
¡Qué poco
logras, Fe, cuando aseguras término a su ansiedad, que es infinita, y otra vida
después, do resucita
y halla, en mundo mejor, horas más puras!
Sin columna de luz,
que en el desierto
guíe su paso
a punto conocido, continúa el cruel peregrinaje,
para encontrar en el futuro incierto las soledades
hondas del olvido tras las fatigas del penoso viaje.
II
¿El
pensamiento humano? No sonrías si al llegar, las nociones verdaderas a polvo
imperceptible de Quimera reducen tu ilusión, con manos frías.
Deja las peligrosas
fantasías
y busca en
perfumadas primaveras todo el supremo bienestar que esperas del Cielo que
prometes o que ansias.
85
?
¿POR
qué de los cálidos besos
de las dulces idolatradas
en
noches jamás olvidadas
nos
matan los locos
excesos?
¿Son sabios
los místicos rezos y las humildes madrugadas en celdas tan sólo adornadas con
una cruz y cuatro huesos?
¡No, soñadores de infinito!
De la carne
el supremo grito hondas vibraciones encierra;
dejadla gozar de la vida antes de caer, corrompida,
en las negruras de la tierra.
NOCTURNO
OH d u lc e niña pálida, que como un montón de oro
de tu inocencia cándida conservas el tesoro;
a quien los más audaces, en locos devaneos, jamás
se han acercado con carnales deseos;
tú, que
adivinar dejas inocencias extrañas en tus ojos velados por sedosas pestañas,
y en cuyos dulces labios — abiertos sólo al rezo—
jamás se habrá posado ni la sombra de un beso. . .
Dime quedo,
en secreto, al oído, muy paso,
con esa voz
que tiene suavidades de raso:
si entrevieras dormida a aquel con quien tú sueñas,
tras las horas de baile rápidas y risueñas,
y sintieras sus labios anidarse en tu boca y
recorrer tu cuerpo y en su lascivia loca
besar todos
sus pliegues de tibio aroma llenos y Jas rígidas puntas rosadas de tus senos;
si en los locos, ardientes y profundos abrazos
agonizar soñaras de placer en sus brazos,
por aquel de quien eres todas las alegrías,
20 ¡oh
dulce niña pálida!, di, ¿te resistirías?
86
POESIA VIVA
Es D E noche, cariñosa
lámpara
vierte su lumbre
y baña en vaga luz rosa
la pared y la techumbre.
En el
corredor sombrío óyese el viento silbar, pero no llega su frío hasta el rincón
del hogar,
do ella, amorosa y sencilla,
en una
actitud risueña, apoyada en la mejilla
la
mano, medita y sueña.
con profundo
cariño contempla la cuna leve
en donde
descansa un niño tan blanco como la nieve.
Mientras el esposo amante lee con voz agitada,
a la luz
tibia y brillante
de la
lámpara rosada:
“En estos
días risueños
de nuestros meses queridos, se llena el alma de
ensueños como los bosques de nidos.
“Vemos tras
de la neblina, como al través de un encaje; el contorno se adivina
del verde oscuro follaje.
“La sombra crepuscular
que crece en
el horizonte envuelve el prado y el mar y las llanuras y el monte.
“Mas la noche no me aterra,
si rompen su oscuro velo
sus pupilas
en la tierra y los astros en el cielo.
87
“¡Oh! mira cómo destaca
la luna el bosque sombrío,
y, temblando, se retrata
en los cristales
del río.
“Su luz los espacios puebla de visiones fugitivas,
y forja en la láctea niebla ideales perspectivas. .
Pero de
pronto el poeta hace en su lectura pausa, quiere buscar con inquieta vista la
emoción que causa,
y nota que la mujer
de ojos
negros y pie breve se ha dormido sin querer junto a la cuna de nieve.
RONDA
PO E T A , di
paso
los
furtivos besos. . .
La ronda. . . Los recuerdos. . . La luna no vertía
allí ni un solo rayo, temblabas y eras mía
el aire
estaba tibio bajo el follaje espeso.
Una errante luciérnaga alumbró nuestro beso. . .
El contacto amoroso de tus labios de seda. . .
La selva oscura y mística fue la alcoba sombría el
musgo, en ese sitio tiene olor de reseda
filtró luz
por las ramas cual si llegara el día la luna entre las pálidas nieblas aparecía
Poeta, di
paso
los íntimos besos. . .
¿De las noches más dulces te acuerdas, todavía?
En señorial
alcoba, do la tapicería amortiguaba el ruido, con sus hilos espesos, desnuda tú
en mis brazos, fueron míos tus besos, tu cuerpo de veinte años sobre la roja
seda,
8 8
tus cabellos dorados y tu melancolía
20 tus
caricias de virgen y tu olor de reseda. . .
Apenas alumbraba la lámpara sombría las desteñidas
sedas de la tapicería
Poeta, di paso
el
último beso. . .
De la
trágica noche me acuerdo todavía el ataúd heráldico en el salón yacía fatigado
mi cuerpo por vigilias y excesos oí, como a distancia, los monótonos rezos,
tú, mustia, yerta y rígida entre la negra seda,
la llama de
los cirios temblaba y se movía, perfumaba la atmósfera un olor de reseda. . .
un crucifijo pálido, los brazos extendía,
y estaba helada y cárdena tu boca que fue mía.
Poeta, a las sombras
35 temblando
me vuelvo
NECEDAD YANQUI
E N N UEVA YO RK . Cenando con William W.
Breakhart, comisionista yanqui de fortuna notoria,
y que, según los cálculos de gente respetable, no
baja de 350.000 dólares
le oí decir las frases siguientes, que atribuyo
a embriaguez producida por quince o viente copas:
“¿Amigos suyos? Ensaya. Está usted en Europa,
préstales por servicio your francs if you are in
París
your pounds if you are in London if in Spain your
onzas
well. . . il amigo suyo es muy agradecido;
usted es very pleased. . . Entonces il es
desagradado I don’t pay a usted nada. .. y no es su amigo ahora o bien él paga
todo. . . and that’s very silly
yo no es su buen amigo y dice usted le roba. .
Yo he atribuido siempre aquel discurso estúpido
a embriaguez producida por quince o veinte copas.
89
POEMAS ATRIBUIDOS A SILVA
RIEN DU TOUT
CUANDO S
E murió Margarita
en brazos de Armando Duval,
la contemplaste, pobrecita,
con una
amargura mortal.
¿Qué
sentiste? ¿Su horrible cuita o la lucha del Bien y el Mal? No era nada: una
fiestecita en el Teatro Municipal.
lloraste, y
te conmoviste
10 y estabas tan pálida y triste como pocas se ven
aquí;
y yo exclamé:
¡qué cosas raras! . . .
mejor fuera que tú lloraras
no por Margarita. . . por tí.
VIEJO ROSAL
SOY UN viejo rosal hecho rüinas cuyos gajos
sedientos. . . ya sin rosas, de las grandes macetas olorosas padece las
nostalgias asesinas.
Solamente
las pardas golondrinas páranse en su silencio, silenciosas; pues ya nunca las
bellas mariposas pondrán allí sus alas peregrinas.
Mas, cuando un rayo azul de primavera
su desolado
cuerpo al cabo teca, rayo divino que el rosal espera,
surge una flor que al colibrí provoca
y esa flor que es retoño, es mi alma entera que en
un verso se escapa de mi boca.
¿PARA
QUE QUIERES VERSOS . . . ?
¿P a ra QUÉ quieres versos cuando en ti misma
encontrarás raudales de poesía?
¿Sabes mis opiniones sobre poemas? Mejor es un buen
cuento que una elegía
y mejor que
los cantos de vagos temas una boca rosada que se sonría.
Mas quieres versos. . . ¡Vayan mis pobres versos!
Cuando los leas,
mis estrofas oscuras, que nada dicen,
10 tendrán
la lumbre diáfana de tus ideas.
ARMONIAS
A la señorita
Marta Valenzuela
CU A L
la naturaleza,
de la cual forma parte y es fiel copia, el alma
humana tiene ocultas fuerzas, silencios, luces, músicas y sombras.
Vagas
nieblas también: . . .las ilusiones, que el paisaje embellecen cuando brillan y
que desaparecen cuando asomas,
sol de la realidad, que las disipas. . .
Y como en sucesión, jamás turbada,
todo nace en
la tierra y todo muere, en el mundo ideal de los espíritus rigen eternas,
semejantes leyes:
brotan sobre las tumbas de los muertos las flores,
mensajeras de alegría;
sobre la
tumba de un amor llorado brotan ensueños de tristeza mística. . .
NIDOS
T RA S D E la inmensidad clara y serena, cuyo azul
esplendor al fin fatiga,
la virgen selva de perfumes llena,
de ocultos charcos
y de sombra amiga.
92
Y en la rama
más vieja y más musgosa, bajo un dosel de sombras escondido, el hogar donde el
pájaro reposa,
casto y ardiente al mismo tiempo, el nido.
Y unas alas amantes que atesoran
ternura
inmensa en el espacio breve, briznas de paja que los cielos doran y tibios
huevos de color de nieve.
Y cual nota en las cuerdas musicales,
como en
las almas pensamientos
santos,
cuando
llegan las luces matinales, ¡batir de alas y vibrar de cantos!
Y luego de la noche entre lo umbrío, rumores vagos,
y el fulgor distante de la luna, viajera del vacío,
y los
murmullos de la brisa errante,
que a los dormidos pájaros risueños va diciendo con
voces cariñosas: ¡dencansad en el mundo de los sueños y en la calma infinita de
las cosas!
93
NOTAS Y VARIANTES
EL LIBRO DE VERSOS
AL OIDO D EL LECTO R . Primera publicación en EN
TL, año I, tomo I, N 9 489-29, diciembre 6 de 1903, pág. 457 . No se conserva
Ms.
1903 vaga3.
1903 lo que
inspiran5. 1903, 1965
El espíritu
soloCreemos necesario el acento en el
adverbio (no adjetivo)
para el sentido
de la estrofa. 8. 1903 c
a l l a ... 9. 1903 sido, 10. 1903 en verdad
estas 11. 1903
escritas
INFANCIA .
Primera publicación en RI,
vol. I, N 9 1, junio
18 de 1898,
págs.
14-15. Este poema, al igual que “Primera comunión”
e “ Idilio” ("V ida aldeana” ) que fueron publicados en la misma entrega
de la RI, y al igual que “Suspiro”, “Las Arpas”, “Perdida” y las siguientes
“Notas perdidas” ("E s media n o c h e ...” , "La noche en que el
dulce heso. . . ” y "¿H as visto, cuando amanece. . . ”, publica dos por
primera vez en la revista U, N*? 106, noviembre 8 de 1928, formaba parte de un
cuadernillo manuscrito titulado Intimidades, que el poeta dedicó a doña Paca
Martín de Salgar. Aparentemente los poemas contenidos en él fueron escritos
entre 1880 y 1884. El manuscrito fue copiado nuevamente por su dueña cuando
estaba ya bastante deteriorado y en 1928 era esta copia la única que se
conservaba. En la primera publicación lleva como fecha de composición el 28 de
junio de 1883. El epígrafe es de Gregorio Gutiérrez (1 8 2 6 - 1 8 7 2 ), poeta
colom biano, autor de la Memoria sobre el cultivo del maíz en Antioquia.
3. 1898 cariñosas 7. 1898 liliputienses; 32. 1898 golondrinas
1898 levantados.
CRISALIDAS. Publicado por primera vez en PC, vol.
I, pág. 158, durante la estadía de Silva en Europa. Según Alberto Miramón, este
poema fue escrito a raíz de la muerte de Inés, hermana del poeta.
Ms., 1886
paso5. Ms. 1886
flores10. Ms. En
que en ella expi
raba • 21.
1908 al mirar
vi24. Ms., 1886
alada,25. Ms. inmen
so,1886 encuentra, 27. Ms. encierra 1886 ¿al dejar
28. Ms. que
Variantes
estróficas: 1886: vv.
1-18; 19-28.
LOS MADEROS DE SAN JU A N . Primera publicación en
RL, vol. III, noviem bre de 1892, págs. 462-463, que no hemos podido cotejar.
En el índice manus crito del Ms. de El libro de versos lleva este título, pero
el texto del poema el de “Aserrín” . El estribillo es el de un juego infantil.
Ms.
están,26. 1908 Los años, y que a tiempo
las formas reflejaron
Ms. están3.
1908 con grave voz34.
Ms. infancia36. De
aque
lla 41
. Ms.
están, pues en
algún caso indican
la falta de
un verso.
95
25. Ms. leve 26. Ms. “Entonces 29. Ms. Se 36. Ms.
ratones. 37.
Ms. Le húmedas 39. Ms. Y mágica 41
. Ms. Con 69. Ms
.bisabue
las, 61. Fantásticos.
AL PIE DE LA ESTATU A . Este poema fue leído por
Silva el día 5 de julio de 1895 en ceremonia realizada en la Legación de
Venezuela en Bogotá. A pesar de ello, la primera publicación lleva como fecha
el 28 de octubre de 1895. Apa reció en ECI, vol. III, N*? 166, noviembre 15 de
1898, págs. 780-781. El texto manuscrito no se conserva, pero el poema figura
con el mismo título en el índice, lo cual permite deducir que éste data de 1895
o 1896. Indicamos las diferencias de puntuación con 1898.
3. melancolía 17. soberano 54. misteriosas, 64. “ ¡O
h! mira el
bron
ce, mira, 65.
reposo, 69. muerte. 79. sepultada 83. oculta 85.
ha 97. ignoto, 9
t . yace, germen 108. Y ¡Más 131. hue
llas, 138. acento, 143. Roma, 155. no
cuando la Victoria 156.
enamorada 158. en sus ondas, 159. loca, 167. tierra; 181. de la
fiebre al 182.
1898 da como dos versos diferentes grita:
“T riu n far". (escrito
Grita “Triunfar” ') e Y la tristeza exalta 1965 da
el segundo en sangría, como si fuera parte (separada) del primero. Creemos
acertada esta lectura, pues de otra manera grita: “Triunfar” , queda con sólo 5
sílabas. Integrado con Y la tristeza exalta forma un endecasílabo. En 1898 no
hay separación interestrófica.
ver,193.
raíces,197. de su sueño229. Tal, que al decirlo,
224. Flota
en la
luz del sol; estrofa santal 260. ¡Oh
recuerdos 275. Tal
vez pudiera leerse vuestras glorias! 267 . grande! 275. ¡M as 285.
abue
lo, 249. 1898 Te sobran nuestros campos evidente errata. 303. torno,
308.
inmortaliza 309. poeta; 315. verde! 327. pedestal
JU N TO S LOS DOS. La primera publicación que hemos
documentado en la EN T L, año II, tomo II, N 9 673-12, junio 26 de 1904, pág.
187. En el índice del Ms. aparece con este título, pero no lleva en el texto.
Ms., 1904
Reímos mucho, tanto,evidente errata
que corrigen todas
o
casi
todas las ediciones. 7. Ms., 1904 Que 9. Ms., 1904 Nacen hondos
suspiros de la orgía 10. 1904 entre las capas
A V ECES CUANDO EN ALTA NOCHE. Primera publicación
en RC, vol. XVII, N*? 5, marzo de 1898, págs. 353-354. El grupo de poemas que
apareció en esta entrega del Repertorio constituye prácticamente la primera
edición de la obra de Silva. Este poema aparece en el índice del Ms. como “A
veces cuando en alta noche”, pero en el texto lleva el título de
"Nocturno” . En muchas edicio nes se establece, a partir de este poema,
nueva sección del libro titulada “Noctur nos” . No así en el índice manuscrito
o en el manuscrito mismo.
Ms. lugares,11.
1898 hiedras,14. umbría19.
Ms., 1898. Ms.
mientras20.
1898 tendéis, las alas,
N O CTU RN O . POETA, D I PASO. Primera publicación
en RC, pág. 358. En el índice del Ms. figura como “Poeta, di paso” , pero en el
texto va precedido del título “Nocturno” . Existe una versión distinta, también
manuscrita por su autor, con el título de “Ronda”, fechada el 22 de diciembre
de 1889, que transcribimos en Apéndice. La presente versión parece ser
posterior y, desde luego, mucho
más depurada.
1. Ms., 1898 Poeta! 5. Ms. espeso, 10. Ms. día 1898 día,
12. M
s.'Poeta, 1898 Poeta! 14. Ms. A
h! 1898 ¡Ah! todavía.
15.
1898 En severo retrete, 16. Ms., 1898 espesos 17. 1898, 1908 Rendida
tú a mis
súplicas, fueron míos tus besos 19. Ms.
melancolía 20. 1898,
1908 Tus frescuras de niña
y tu olor de r e se d a ... 23. Ms. Poeta,
1898 Poeta! 27. Ms. Mi 29. Ms. T
ú mustia yerta y pálida 30. Ms. Y
NO CTURN O . UNA NOCHE. Primera publicación en la
LpT, año II, N 9 7, agosto de 1894, págs. 50-51, donde lleva como fecha de
composición el año 1892. Algunos investigadores han tenido dificultades para
localizar la primera publicación
96
del “Nocturno” porque la buscaban en un periódico
que, con el título de La Lectura publicaba en Cartagena por la misma época
Rafael Núñez. En el índice manuscrito figura como “ Una noche” pero en el texto
lleva el título de “Nocturno” . Es posible que haya habido una primera
redacción, de donde salió la publicación de 1894, y otra posterior, la del Ms.,
ambas de la mano de Silva (como en el caso del poema anterior), y ésta sería la
razón de tantas confusiones.
Ms. Una noche /
toda llena / de perfumes, / de
murmullo I y de m úsi/cas
de
alas,1894, 1908 Una
noche toda llena
de murmullos, de
perfumes y de
músicas
de alas,4. 1894,
1908 húmeda las6.
1894, 1908 A
mi lado
lentamente,
contra mí ceñida
toda, muda y
pálida,7. 1894, 1908
infinitas
1894, 1908
Hasta el más secreto fondo9.
1894, 1908 Por la senda
flore
cida
que atraviesa la
llanura 10. 1894, Caminabas. 16. Ms., 1965 pro
yectada 1894, 1908
proyectadas, 18. 1894, 1908 juntaban, 19-20. A
continuación de una debería seguir una coma ( ,) ,
y así en 1894: Y era una,
pero preferimos corregir lo menos posible en este
caso el Ms., que
seguramente se
guía por patrones rítmicos más que puntuacionales. 21.
Ms. Y 1894 Y
larga 22. Ms. Y 1894,
1908 Y la r g a ... 25. Ms.
Sólo 1894,
1908 Solo; 27.
1894, 1908 Separado de ti misma por el tiempo, por la
tumba
y la distancia, 28. Ms El poeta había escrito originalmente Y por
ese espacio
negro Tachó la
Y y escribió
encima el infinito 30. Ms.
El poeta había
escrito
Por la senda que
atraviesa la llanura Tachado: palabra ilegible sobre
y entre senda
y que tachado todo el verso;
añadido al margen
Solo y mudo
1894,
1908 Mudo y solo 31. 1894, 1908
Por la senda cam inaba. . .2 3
. Ms.
lúna 1894, 1908 pálida, 35. Ms., 1965 ranas, 36. Ms. Tachado
hacía al comienzo del verso y escrito arriba Sentí A
continuación: frío, era
1894 Sentí
frío; era 1908 Sentí frío. Era 39.
1894 mortuorias sábanas,
40.
1894, 1908 Era el frío
del sepulcro, era el hielo de la muerte 42. 1894
sombra, 44-45. 1965
Iba sola, Al igual que en
19-20 preferimos respetar
el Ms. 46. Ms. Iba 1894 Iba solicitaría, 47 .
Ms. esbeta [stc]
y
ágil 1908 Y tu sombra, 48. 1894, 1908 lánguida 51. 1894, 1908
Como en
esa noche llena de
murmullos, de perfumes y de
músicas de alas,
53.
1894, 1908 Se acercó y marchó con ella. . . ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las
sombras de los
cuerpos se juntan
con las sombras
de las alm as!. . .
¡Oh las
sombras de los
cuerpos se juntan
con las sombras
de lágrim
as!. . .
Variantes estróficas: 1894, 1908: I, vv. 1-22;
II, vv. 23-54.
LA VOZ DE LAS COSAS. Seguimos, como primera
publicación, el texto de 1908 e indicamos las diferencias de puntuación.
Ms. estrofas2.
Ms. sonreís3. Ms.
deshojas6. 1908 abrís;
1908 ¡Si9. Ms.,
1908 verso14. 1908
dais;
OBRA HUMANA.
Primera publicación en LLN , pág. 387. 1886 De
1. Ms., 1886
añosa 4. Ms. De la
pálida luna el primer rayo.
la
naciente luna el
primer rayo, 8. Ms. cruzaba v
i . 1886 Pasaba en el
espacio
ARS. Primera publicación en LLN , págs. 373-374.
Ms., 1886
santo. Poned en él tan sólo3. Ms. imágenes1886 bullan
brillantes4.
Ms. Comooscuro!v886 Como
burbujas de oro
de viejo
vino oscuro. 5. Ms. lucha, 6. 1886 frío, 7. 1886 recuerdos amoro
sos 8. 1886 empapados en
gotas de rocío. . . 1908 empapados
en gotas
de rocío. 9. 1886 Para
que la existencia del hombre 10. Ms.
ignota
1886 Cómo de esencia ignota, 11 Ms., 1886 entenecida 12. 1886 bálsamo,
VEJECES.
Primera publicación en
RC, págs. 355-356.
Ms. telarañas10. Ms., 1898 Són1898
laúd,13. Ms. borrosa;
1898 puñal,borrosa,b3. MS., 1898 llena,38. Ms., 1898 rejas,
45. Ms.
mejores,46. Ms., 1898
Por58. Ms. crónicas49 . Ms.
colores
97
RESURRECCION ES. Primera publicación en LLN , págs. 385-386.
4 .
1886 sombras, 5.
1886 Sobre la 6. 1886
formas, 8. 1886
do la
vida . .A continuación de este
verso, línea de
puntos entre ésta
y la siguiente
estrofa. 9. Ms., 1886 Nacen 10. Ms. de los cuerpos evidente errata
que destruye el
endecasílabo. 1886 f o s a s ... 12. 1886 rotas.
MARIPOSAS.
Primera publicación en la
edición de Barcelona, 1908.
4. Ms. brillante, 10. 1908
de alas süaves; 13. 1908
Fijas para siempre,
15. Ms., 1908 Las 16.
Ms., 1908 valles 24. 1908 cristales.
NUPCIAL. Primera publicación en RC, págs. 351-352.
4. Ms., 1898 místico 4 . 1898 abandona 6. Ms., 1898 Y 9. Ms.
Días, 16. Ms. fiesta 18. Ms. orquesta, 20. Ms.
confines 27. 1898 Vibra en la música
Hemos seguido la distribución en dos estrofas del
manuscrito.
(ESTR ELLA QUE EN TR E LO SO M BRIO). Primera
publicación en RC, pág. 353.
Ms., 1898
sombrío3. Ms., 1898
vacío15. Ms., 1898
océanos,
Ms. sin
fin,17-18. Ms. Estrellas,19. Ms.
Por qué1898 vivas,
SERENATA . Primera publicación en ETdD , serie 23,
N 9 32, mayo 13 de 1888. Fechado allí en febrero de 1888 y dedicado a Isabel
Argáez. No se conserva el Ms. Indicamos las notables variantes ccn respecto a
la versión más conocida
(1965, por ejem plo).
1, 9 y
17. desierta, fría. 2. luna. 3. 1965 celosía, 4. Y las
trémulas notas, 5. Vibran, cuando los dedos, 6. canta 7. Hace que
vibren las
cuerdas frágiles es un endecasílabo en rigor, en medio de un poema
dodecasílabo; Hace que
suenen todas las
cuerdas frágiles es, en cambio,
dodecasílabo. Por ello preferimos la lectura
de 1888. 10. En un espacio claro
brilló la luna, 11.
La voz
tiene una vaga
melancolía 12. Y
resuenan las
notas 13. serenata, con su
ruido 14 espera 16. pardas, 18. Una
nube borrosa cubrió la lu n a ... 20. las notas, 21. cantor, con las manos
22. barra .
. . 23. Y dan como un suspiro 24 y
9. guitarra. . .
TA LLER MODERNO. Primera publicación en el PPI,
vol. V, N*? 110, febrero 15 de 1887, pág. 226, donde aparece fechado en abril
[sic] de 1887. Está dedicado a Alberto Urdaneta.
7. 1887 chino 11. 1887 luz, moldura
UN POEMA. Primera publicación en RC, págs. 360-361.
1898 suprema1965
de arte nervioso y nueva4.
1898 mágico,
Ms., 1898
buscándose,8 Ms. aves,1898
aves;9. Ms. Norte
1898 ágiles,13.
1898 grey,16. Ms.
coquetería17. 1898 agu
da, 21. 1898 servil. 22. Ms., 1898 sutil, 23. Ms., 1898 cierta
Ms., 1898
muerta,28. Ms., 1898
acompaña,29. Ms., 1898
leja
nías30.
Ms., 1898 melancolías34. Ms.,
1898 terciopelo40. Ms. No
entiendo! 1898 ¡N o entiendo!
M IDNIG H T DREAMS. Primera publicación en RC. pág.
352. En el índice del manuscrito figura como “Medianoche”, pero en el texto
como aquí.
Ms. aparecido4.
Ms. mías6. Ms.
rincones11. 1898 esconde,
1898 dormido15.
Ms. alfombra1898 alfombra.
PAISAJE TROPICAL. Primera publicación en RC, pág.
361. El Ms. está fechado en abril de 1895.
Ms. viaje6.
Ms. tupida8. Ms.
sombrío11. 1898 seguro,
LAZARO.
Seguimos, como primera
publicación, en la edición
de 1908.
1. Ms. Ven, Lázaro! gritóle 1908 Ven, Lázaro! — gritóle 8. Ms. oscuro
el silencio Evidente errata. 10. Ms., 1908 cementerio.
98
LUZ DE LUNA . Primera publicación en RC, págs.
358.360.
Ms., 1898 alm a!
4. Ms. ventana 6. Ms.
plata. 7. Ms.
rodillas. 10.
11. Ms. asidas. 17. Ms. 1898 suprema, 22. 1898 b
a ñ a ... 45. Ms.,
1898 Cerca 48.
1898 Cual sones 52. Ms., 1898 són 55. Ms.
suspi
ro 58. Ms., 1898 pálida 62. Ms.
plata.
MUERTOS.
Primera publicación en
RC, pág. 354.
Ms. rojas,16.
Ms. desteñidas27. Ms.,
1898 lucha,31. Ms.,
1898 Y
TR ISTE . Primera publicación en RC, págs. 354-355. 16. años. 21. Ms.
5. Ms. misterio 1898 envueltas en el misterio
lejana,
PSICOPATIA.
Primera publicación en RC,
págs. 362-364. 11. 1898 dice:
7. Ms. pío, pío 10. Ms., 1898
Azul el cielo! Azul. . .
12.
Ms., 1898 Reíd!
Cantad! Am ad! La
vida es fiesta! 13. Ms., 1898 Es
calor 16. Ms., 1898 encantamiento, 21. Ms., 1898 vestido 24.
Ms. E. impertérrito 37. Ms., 1898 Y 42.
Ms., 1898 enternecida
43. Ms., 1898 —
¿Aquél señor, papá, de 45. Ms.
duermo 53. Ms., 1898
h o m b re ... hija mía! 54. Ms.
Sufre este mal, . . . pensar
. . . 62. Ms.,
1898 Buen 67.
Ms. medio 1898 m e d io .. . 66.
Ms. La profilaxia en
f i n . . . 1898 La profilaxia en f
i n . . . Antes; ahora 1965 La profilaxia
en fin . . . Antes,
ahora Antes tiene
aquí valor adversativo correctivo (que
puede ser reforzado por bien;
como si dijera Antes bien, ahora. . .) . 69. Ms.
Y no lo curan 71. Ms., 1898 estimulan 77. Ms.
dos. . . les dije: 78.
Ms.
trabajar, 83 Ms., 1898 avispas, 85. Ms.
coma 90. Ms., 1898 Y
92. Ms. Estoy tan bien, doctor.
. . — Pues lo
celebro! 94. Ms., 1898 pocos
102 Ms. Con
Variantes estróficas: 1908, 1965: vv.
1-103.
DON JU AN DE COVADONGA. Primera publicación en ECI,
vol. VII, N« 163,
septiembre
15 de 1898. Ms. Talavera, 10. Ms.
todo, 28. Ms.
—Nues
3. Ms. Hernando 5.
tro padre P r io r? .. . — preguntó 29. Ms.
En oración hermano [en san
gría] — Por
la vida! 30. Ms. Lo llamará vuesa m
erced?. . . Ahora, 31.
Ms. luego 33.
Ms. lo embarga, — mas le ruego, 37 Ms. hora, 38. Ms.
entrar,
mundo, hasta luego! 42. Ms. arrepentido, 49 .
Ms. t ú ? . . . le dijo,
Ms.
claustro. . . cuando55. Ms. retiro. . . ¿Cómo,56.
Ms. Interrum
pió, el Prior, la cosa
es seria? 57. Ms. fin?
La de Vilorte, 58. Ms. ru
bios, . . . 62. Ms.
Qué pasa por allá? Si traes un
aire! 68. Ms. gira,
72. 1898 flota un rumor
de besos en el coro, 1965 flota un olor 7. Ms.
c ilic io s,... 77. Ms.
co n ven to ... pobre 81. Ms. dime, a [en sangría]
Yo, por
verte 82. Ms. Juan, por 84. Ms.
Téllez, tú 85.
Ms. Por
86. Ms. Y 28-29; 30-39;
40-48; 49 -85; 86 -90.
Variantes estróficas: 1965:
w . 1-27;
DIA DE DIFUNTO S. Seguimos, como primera
publicación, la de EN TL, año II, tomo II, N<? 611-13, abril 24 de 1904. No
se conserva Ms. Corregimos en algunos casos la puntuación de 1965 y damos las
principales variantes de 1904 con respecto a nuestro texto.
Por el
aire, tenebrosa,13. Las
campanas plañideras. . .
.Debajo, nuevo
verso:
Que les hablan
a los vivos20.
la campana26. Esta27.
Esa
ele niña que
llora 3. Habla de fiestas, de alegrías, 34. De citas, de
place
res de cantos
y de bailes, 36. Es
una campana del
siglo 39. que gime
42. Y es que con su retintín 49. No la oigáis, cam panas! no la oigáis, ¡oh bron
ces! 56. Contra lo imposible ¿Qué puede 57-58. Allá arriba suena, rítmica
y serena, 76. Del llanto conmovedor, 78.
De los gritos
de dolor 83.
Seis meses más t
a rd e ... o diez 98. Ella, que ha marcado 99. de dolor
sellada 104. Habló del 107. agobia 114. esgaire 134. con que
suenan
99
Variantes estróficas: 1904: vv. 1-14; 15-27; 28-44;
45-56; 57-83; 84-115; 116-137.
LAS VOCES SILENCIOSAS. Primera publicación en
EH, junio 21 de 1893.
Figura en el índice ms., pero no se conserva el Ms.
del texto.
1893 crespones9.
1893 oscuro11. 1893
tierra,15. 1908, 1965
La
gélida negrura;16. 1893
arriba17. 1893 Llamadme
entonces, voces
silenciosas18. 1893 Hacia arriba!. . . hacia
arriba! Variante estróficas: 1908, 1965: VV. 1-6; 7-11; 12-18.
GOTAS
AMARGAS
AVANT-PROPOS. Seguimos, como primera publicación,
la de la edción de 1908.
I. 1908 facultativos 12. lágrimas. 18 1908 levanta
EL MAL D EL SIGLO. Primera publicación documentada
por nosotros en la edición de 1908. Las correcciones se refiren a este texto.
I I .
régimen; 12. báñese, 13. mucho,
LA
RESPUESTA DE LA
TIERRA . Primera publicación
seguramente en 1908.
Seguimos aquí el texto de 1965, con algunas leves correcciones que indicamos.
1. sibilino 8.
muda tú, 21. ¿Por qué? —
Mi
LE N TE S AJENOS. Seguimos, como primera edición,
la de 1918, ya que este poema no está incluido en 1908.
8. Choachí.
. • -pequeña localidad campesina cercana a
Bogotá. 11. 1918.
De
Dumas, La Dama
de las Camelias 1965 de
Dumas hijo
CAPSULA. No está incluida en 1908. Seguimos, como
primera publicación, 1918.
1918, 1965 y
al año y medio o más16. 1918 esplín
MADRIGAL. Primera publicación utilizada: 1918. No está en 1908.
1918 tersos
1965 tersos; 8. 1965 reina; Variantes estróficas: 1918: 1-4; 5-8; 9-10.
ENFERM EDADES DE LA N IÑEZ . No está incluido en
1908 ni en 1918. La primera que lo incluye es la de 1951. Anotamos un par de
diferencias con 1965.
5. ternura 14. delicia
PSICOTERAPEUTICA . Probable primera publicación en
GB, 24 de mayo de 1912. No está incluido en 1908.
Variantes
estróficas: 1912: 1-4; 5-8; 9-12.
FUTURA . En GB, 27 de mayo de 1912, se publicó este
poema con la siguiente nota: “La poesía FUTURA, que también forma parte de las
Gotas amargas de José Silva, fue publicada en la revista Hispania por el señor
Sanín Cano, quien se permitió hacerle algunas variaciones y suprimirle los diez
versos finales. Sanín fue el grafófono de Silva. Lo que el uno leía lo
aprovechaba el otro. Silva se asimilaba y digería la ajena lectura. A Sanín se
le olvidaba después todo lo que había leído. La poesía FUTURA, tal como Silva
la escribió, sin audaces mutila ciones ni estúpidas corrigendas, va a
continuación” . Reproducimos el texto de GB, con las principales variantes con
respecto a 1918 y 1965. El poema no está incuido en 1908.
1912 alrededor19.
1918, 1965 obras,21
1918 Eterna gloria
a su
enseñanza,1965
eterna gloria a
su enseñanza,24 1918,
1965 el idealis
mo desterró! 30. 1912 vosotros 34. 1912, 1965 valor 40. 1918, 1965
su imagen ved! . . . Un gran telón 43.
1918, 1965 Panza 44
. 1912, 1965
1 0 0
bonachón 45. 1918, 1965 perfila en 47. Los
siguientes diez versos son los suprimidos en casi todas las ediciones: 1918,
1946, 1951, 1953, 1963 — las tres de Aguilar— , 1965, etc .).
Variantes estróficas: 1965: vv. 1-14;
5-46.
ZOOSPERMOS. Primera publicación en GB, 24 de mayo
de 1912, cuyo texto reproducimos, con las estrofas de dos grupos de tres versos
alejandrinos y un heptasílabo (1 4 - 14a - 14 - 7a 14 - 14a 14 - 7a), excepto
la última, a la que falta un alejandrino. Las demás ediciones lo dan en verso
heptasílabos ínte gramente. Indicamos algunas correcciones y las variantes más
importantes con respecto a 1965, cuyo texto aparece con el título “Zospermos” .
Van KerrinJzen,3.
de setecientas páginas4.
1912 riñones;10.
1912 Londres; 14. 1912 "Oh! 17. espermatozoides: 18. 1912 siem
pre, 1965 ¡M ira! 19. 1912
esfuerzos, 20. 1912 hombre 25 y 33.
1965 Aquél 31.
1912 y General en Jefe 32. 1965 espermatozoide.
14. 1912 noble 35. 1912 thallers 1965 thallers 39. 1912 libro 48.
1912 ¡hola; espermatozoides! 1965 ¡H ola espermatozoides! Aquí hola tiene
seguramente el valor ya un tanto antiguo de
interjección con que se llama a los inferiores.
FILOSOFIAS. La primera edición en que se incluye
este poema es 1918.
1965 abuso2.
1918 besos3. 1965
ama con toda
tu alma; goza,
iluso, La siguiente paráfrasis en prosa aclara tal
vez el pasaje: “goza el abuso de placeres carnales, de caricias y besos” .
1918 Y si de la avariosis te librara8.
ataxiaDesorden, perturbación
del sistema nervioso 31. 1918, 1965
absurdo ¡compra! 48 . 1965 sutil.
54. 1965 ¡M ira! 57. 1965 Deja el estudio y los placeres 58.
1965 deja la
estéril
lucha vana Con la distribución acertada de 1918, que reproducimos,
este verso y el anterior tienen su verdadera
cantidad silábica: heptasílabo y ende casílabo, respectivamente; según 1965,
quedan con nueve sílabas los dos, lo que no
tiene sentido en la estructura métrica del poema (11A -7B- 11A - 7 B ). Además,
deshace totalmente la rima. Extraña el descuido de quienes reproducen esta estrofa
tan
erróneamente (1 946, 1951, 1953,
1963, 1965, etc .). 62. 1918
Y en
soledad contigo 1965 contigo
IDILIO . Probable primera publicación en GB, 24 de mayo de 1912.
9. 1912
Ella lo
idolatró y él la adoraba. . . 3.
1912 No,
señor: Ella
infeliz / ¿le puso a la vida fin ? Preferimos la
versión, corregida, de 1912, puesto que los dos versos de 1965 son octosílabos
pareados y el poema está com puesto de endecasílabos y heptasílabos de rima
asonante en los pares.
EG ALITE. Probable primera publicación en GB, 24 de
mayo de 1912.
4. 1918, 1965
los dos son un mismo 10. 1912
cristal: 1819, 1965 de
porcelana y de metal; 11. 1918, 1965 el otro cuenta sus jirones 12.
1918,
1965 triste y
hambreado en un
portal. 13. 1912, 1965 mandarina 14.
1912, 1965 sexual, 15. 1912 Al Emperador 22. 1912
se entrega por Variantes estróficas: transcribimos las cuartetas eneasílabas de
1918, 1965.
1912 da un
texto corrido (1 - 2 8 ).
RESU RREXIT . Este poema no se incluye en ninguna
de las ediciones de las Gotas amargas, a pesar de que fue publicado en GB junto
con “Psicoterapéutica” , “Zoospermos”, “Idilio” , Egalité” y “Necedad yanqui” —
que reproducimos, con vacilaciones, en apéndice— . Ignoramos la causa de tal
exclusión, ya que el poema, por su ironía, gracia y buena factura, no sólo es
digno de figurar entre las Gotas, sino que es superior a muchas de ellas.
1 0 1
VERSOS VARIOS
PRIM ERA COM UNION . Probable primera publicación
en R l, vol. I, N*? 1, junio 18 de 1898, pág. 14, donde aperece con la fecha 8
de diciembre de 1875 (seguramente la de la primera comunión del poeta?). Este
poema formaba parte del cuadernillo Intimidades (véase nota al poema “Infancia”
) .
1898, 1908
de oscura vaga tinta
IDILIO . Probable primera publicación en R l (ib id
), pág. 15. N o ha sido reco gido en otras ediciones de las poesías u obras
completas, aunque sí publicado algu nas veces con el título de “Vida aldeana”
. Formaba parte de Intimidades. Corregi mos la puntuación de 1898.
7. enamorada 8.
follaje 12. leche 13. levanta, 16. flores,
18. germina— 2
1 . seculares
SUSPIRO . Probable primera publicación en U, N Q
106, noviembre 8 de 1928, donde lleva la fecha de junio 2 de 1881, y está
dedicado a A. de W . Formaba parte de Intimidades. Diferencias de puntuación
con 1928.
1. día 7.
pechos; 9. ¡Ah N c tierra
LAS ARPAS. Lo mismo que el anterior, en U, donde
lleva la fecha noviembre 17 de 1881. Formaba parte de Intimidades. Diferencias
de puntuación con 1928.
3.
invisibles, 8. acentos,
PERDIDA . Como los anteriores, en U, págs. 538-539,
donde lleva la fecha de abril 7 de 1883; pertenece también a Intimidades.
Diferencias de puntuación.
alma 13.
luego14. frío19 . Y dellena21.
hombres,
horas44
. sombrío50. perdido58.
libertino,
LA VEN TANA . En Rl, vol. I, N q 2, julio 9 de
1898, pág. 30, donde lleva fecha de agosto I de 1883. Pertenece a Intimidades.
2. 1898, 1908
nueve. . . 1965 nueve. . 3. 1898
ahora. 22. 1908
llora. 38. Son curiosas las coincidencias entre
este poema y “Al pie de la esta tua” . Su análisis podría deducir conclusiones
interesantes sobre la retórica de éste.
Véanse, por
ejemplo, los versos 31, 43-44,
46-55 59. 1898, 1908 olor,
1898, 1908, todo pasará, — niñez.
Variantes estróficas: 1965: 1-8; 9-29; 30-75; 76-83.
CREPUSCULO . Este poema fue publicado por primera
vez en Lecturas Domi nicales ' (Tom o III, N 9 55, Mavo 25, 1 9 2 4 ). En su
libro sobre Silva, Alberto Miramón cita la primera estrofa, a la que introduce
la variante “nieblas” en lugar de “tinieblas” . Al parecer, esta composición
estaba incluida en el cuadernillo Inti midades. Aparece fechada el 9 de Julio
de 1884.
NOTAS PERDIDAS. En realidad están constituidas por
una serie de poemas, de los cuales se conservan unos pocos, que estaban
incluidos en Intimidades. Los poemas IX y XVI fueron publicados por primera vez
en R l, vol. I, N'? 3, agosto
de 1898,
pág. 46 . Este último poema se ha publicado también como “ Oratorio” u
“Oración” (vgr. 1 9 6 5 ). Los restantes poemas fueron publicados en U, N*?
106. Reproducimos la versión de estas primeras publicaciones con indicación de
varian tes y correcciones respecto a 1898 (IX y X V I) y a 1928 (los
restantes).
noche.— Duerme2.
silencio 3. luna,8.
dedos,13. suspiro,
18 .besos.28.
contemplaban31. Así en
el original. Falta,
seguramente,
un verso portador de la asonancia. 32. queda 33. dime, le dije, te cansas!
murmuró: Mira,36.
inmensa44. alas47 . cabeza48.
mira
da 49 . y
dijo paso — de
nuevo 50. me
preguntabas “te cansas"!
81.
amanece 89.
fría 98. lejanas 104.
escarcha 105 . sonrisa 114.
marfil. 115. y de espinas
coronada 119. amorosa
1 0 2
EN LA M UERTE DE UN AMIGO. En RI, vol. I, 3, agosto
4 de 1898, págs. 45-46. Fechado el 20 de noviembre de 1882. No se ha incluido
en ninguna edición de poesías u obras completas. Diferencias de puntuación:
celo;13. vana34.
va cual nuestro
amigo67. la noche
ho
guera 73.
deseo! 79. mira 82. postrero— 83. el
de 84. severo
87. rayo, 88.
ella; 94. mora 98. empieza.
LAS GOLONDRINAS. Apareció por vez primera en PPI,
vol. II, N*? 31, di ciembre 16 de 1882, pág. 108.
1882 hierros,3.
1882 tristemente12. 1908,
1965 a contarme
algo13.
1882, 1908 nací32.
1908, 1965 tilas37.
1882 “¿Acaso
casó mi hermana?Preferimos la lectura de 1908,
1965, sin cacofonía. 42. 1882, 1908 liza,
IM ITACION . Este poema fue publicado por primera
vez en PPI, año III, N 9 50, agosto 20 de 1883, pág. 28. Lleva la fecha de
julio de 1883.
13. 1883 ¡Sueltas bandadas, que al morir el día 16 1883 atmósfera,
ENCONTRARAS POESIA. Primera publicación en EL,
trimestre I, N 9 2, abril 29 de 1884, pág. 14.
1. poesía 2.
sonriendo 14. recuerdos;
REALIDAD.
Primera publicación en PPI, vol.
IV, julio 24 de 1885,
pág. 370.
Epígrafe: 1885 (D e "
Canciones de Calles
y Bosques" ) 1965 (D e
Víctor H ugo).
2. 1885 Gonesa—
Las 1965 Gonesa, — las 6. 1885 blasonada 11.
puros, 16. 1885
del Shakespeare
A UN PESIM ISTA . Publicado orginalmente en LS,
abril 20 de 1886, donde aparece fechado en Brienz, en 1885. No está incluido en
1908 ni en 1918; en 1946: “A una pesimista” . Indicamos correcciones hechas a
1886.
algo tiene
plácido la vida;5. sombra,9. ofrecen10.
oscuro'
VOZ DE MARCHA. Primera publicación en LLN , págs.
375-378. No está en 1908. Corregimos la puntuación de esta versión.
e. adolorida 5.
carga; 13. ¡Ay! Y
el amor y la amistad 44 .
Cristo!
49. seno 51.
lleno 56. perlas! 76. cielos!
ESTRELLA S FIJAS. Primera publicación en LLN , págs. 379-380.
4. 1886 noche, 12.
1886 tus ojos,. . . 1918 en la sombra.
EL RECLUTA .
En LLN ,
págs. 381-383. Diferencias con este texto:
cañada6. 1965
por una bala
rémington;Famosa marca de
fusiles
militares. El verso, así, sólo cuenta siete
sílabas. 22. Silva intenta reproducir la pronunciación popular y campesina del
interior del país, en la que frecuente
mente — f —
— — h — y — b — = —
g— (abuelo = agüelo), pero muy raramente
— g— = — b — . 36. 1886, 1965 bayetón 50. mandato 56. Ver
nota al $erso 22; aquí, el caso muy frecuente de — f —
= — h — . 1886 gri-
tar -—Juego! 59. 1886 gritando —
¡Adiós mama!
LA CALAVERA. Primera publicación en LLN , págs.
389-390, cuya puntuación modernizamos en algún caso.
hay en19.
reposo,22. mansión la
A DIEGO FALLON . Primera publicación en LLN , págs.
391-392. No está in cluido en 1908. En 1965, acento erróneo del apellido del
poeta colombiano Diego Fallón (1 8 3 4 - 1 9 0 5 ).
1886 sueñen18.
1886 amante
EL ALMA DE LA ROSA. Alberto Miramón afirma copiar
el texto de este poema de “la cartera de apuntes que Silva regaló a una amiga
de infancia, en la que se conserva casi toda la obra poética de su primera
juventud” ; allí lleva la fecha
103
de abril de 1887. La transcripción de Miramón es de
poco fiar por sus múltiples erratas. Aquí seguimos el texto de 1965 añadiéndole
las comillas indicadoras de parlamento y alguna leve corrección que indicamos a
continuación:
21. hermanas,
A TI. También transcribe Miramón este poema
indicando la misma procedencia que en “El alma de la rosa” . Allí lleva, como
fecha de composición mayo 7 de 1887. El texto es el mismo de 1965, que
transcribimos.
SINFONIA COLOR DE FRESA CON LECH E . Publicado por
primera vez en EH, abril 10 de 1894, donde lleva como fecha de composición el 6
de marzo de 1894 y está firmado por Benjamín Bibelot García. Silva lo reconoce
como suyo en carta del 21 de agosto de 1894 a su madre y hermana, que ya hemos
citado en el “Estudio Preliminar” de esta edición. El poema no se suele incluir
en las obras o poesías completas. Corregimos la puntuación del texto de 1894.
3. miel 16. áureo ebúrnea, 17. dosel 18.
do las glauca 20.
broquel 22.
Psiquis 23. cisnes hadas 26. momos 36.
sombras,
nubes ópalo
y tetras.Desconocemos el
significado de está
última palabra.
. mirrinos47 .
descendencia,
LA ULTIM A DESPEDIDA . Publicado por primera vez en
R l, vol. I, julio 9 de 1898, pág. 30. Es la primera vez que se incluye entre
las obras completas de Silva. Compuesto el 5 de agosto de 1885.
SUS DOS MESAS. Primera publicación documentada por
nosotros, en la edición de 1908. El poema lleva el mismo título en el
manuscrito.
hurí;3. flores,4.
diamante, la sangre14.
medicinal;
PASEO . Publicado por primera vez en GB y
reproductido por Daniel Arias Ar-gáez en RM, año LXVI, ó9 320-324, junio 30 de
1946, págs. 245-246, con ligeras variantes. Es la primera vez que se incluye
entre las obras completas.
1912 notas
¡SEÑOR! ¡MIRAD LAS ALMAS QUE EN BUSCA DE LO ETERN O
. Este poema fue dado a conocer por Daniel Arias Argáez y publicado por primera
vez,
como “Paseo”, “Convenio” , "Cuando hagas una
estrofa. y "De los rosados labios
de hermosas bogotanas. . en RM, pág. 252. Es la
primera vez que todos ellos se incluyen entre las obras completas.
1946 las
almas que en
busca
CONVENIO . Véase nota al poema anterior. Según
Arias Argáez este poema, lo mismo que “Paseo” , pertenece a la primera época de
Silva.
1946 ¿Vas a
cantar tristezas? dijo la Musa, 8. El sentido de estos versos puede aclararse,
a nuestro juicio, si se supone en 5 el adverbio sólo Qsólo si quie
re s .. . " )24. 1946
rim as!
tí CUANDO HAGAS UNA ESTRO FA, HAZLA TAN RARA. Véase la nota a
"¡Señor! ¡M irad las alm as. Según Arias
Argáez, pertenece a la misma época de “Ars” .
DE LOS ROSADOS LABIOS DE HERMOSAS BOGOTANAS. Véase
también la nota a "¡Señor! Mirad las a l m a s . . . ” . Según Arias
Argáez, ésta fue la única improvisación que Silva hizo en su vida.
SO NETO S NEGROS . Al parecer, la primera
publicación es la de la edición de 1951. Como se ve, al segundo soneto le
faltan dos tercetos. Las ediciones de 1951, 1953 y 1965, entre otras, los
colocan al final de Versos varios, dando la impresión (que no sabemos si será
justificada) de que son los últimos poemas que escribió Silva.
1951 infinita21.
1951 bienestar,
104
(¿P o r qué de los cálidos b e s o s Probable
primera publicación en la edición de 1908.
I. 1908 besos,
NO CTURN O (¡O h dulce niña pálida!'). Probable
primera publicación en la edición de 1908, donde aparece entre los “Nocturnos”
como “Nocturno” IV. Se ha considerado también como una “gota amarga”, pero a
falta de mayor confir mación, preferimos dejarlo entre los Versos varios.
1908 devaneos20. Este verso ha sido materia de polémica.
1946, 1951,
1965 ¡oh dulce niña pálida!, di, ¿te despertarías? Reproducimos la lectura
de 1908.
POESIA
VIVA. Probable primera publicación, 1951.
1951, 1965
la mano medita 53. En la Revista de América, París, vol. I, enero de 1914, pág.
14, se dieron a conocer tres estrofas que, se dice, faltan a este poema al
final:
A sus sentidos
calmados
hablan
con voces inciertas
aquellos ojos cerrados,
aquellas almas abiertas.
Siente el poder misterioso
que en la escena muda nace,
en el labio
tembloroso
muere, sin salir, la frase.
Y
prestando oído al
tema
de una interior armonía,
deja
caer el poema
sobre la alfombra sombría.
RONDA. Esta versión de “Poeta, di paso” fue dada a
conocer por la revista U, N*? 106, noviembre 8 de 1928, aunque la edición
facsimilar no apareció hasta la publicación de la Librería Horizonte. 1965
incluye el facsímil. Transcribimos el Ms. sin modificar la puntuación, y damos
en nota las tachaduras y adcioncs del autor.
3. Tachado en la
segunda parte del verso
Temblabas y eras mía.
4 3 2 1
I I . La luna
entre las nieblas pálidas aparecía
Palpitante
en mis brazos
Desnuda tú
en mis brazos fueron míos tus besos Tus labios perfumados como una
Tu cuerpo
de veinte años
sobre la roja
seda,
NECEDAD YANQUI. Este poema fue publicado por
primera vez en GB, al igual que otras muchas “gotas”, ya mencionadas. Sin
embargo, su incoherencia y falta de sentido, causadas seguramente por
mutilación y mala transcripción, hacen que lo coloquemos aquí, en el Apéndice.
Añade a la obra de Silva una dimensión temática: el sentimiento antiyanqui.
105
POEMAS ATRIBUIDOS A SILVA
RIEN DU TO U T . Publicado por primera vez en ECI,
tomo XVIII, 1909, pág. 534, donde se señala que el poema pertenece a Gotas
amargas. No parece haber evidencia contundente para rechazarlo o aceptarlo como
auténtico.
VIEJO ROSAL. Publicado por primera vez en P, año I,
vol. II, N^ 35, mayo 28 de 1925, donde fue encontrado por Donald McGrady. No
hay mayor evidencia documental para confirmar o negar su autenticidad.
PARA QUE Q UIERES VERSOS. Según Roberto Liévano,
quien incluyó estos versos en su artículo sobre Silva en la RCh, julio de 1922,
pág. 296, este poema pertenece al cuadernillo Intimidades.
4. 1922 mejor en 7. 1922
versos ¡Vayan
ARMONIAS. Este poema aparece publicado en la
antología que realizó Eduardo Santos Molano para el Instituto Colombiano de
Cultura, donde lleva la fecha de Noviembre 27 de 1882 y la siguiente nota del
antologo: “Reproducido del autó grafo original por la Revista Pan, que dirigía
Enrique Uribe White, edición de agosto de 1938” .
NIDOS. Este poema fue recogido por Donal McGrady,
el cual afirm a: “Tanto por el contenido, como por la forma, “Nidos” parece ser
de la pluma de Silva” .
1 0 6
PROSA
DE SOBREMESA
RECOGIDA por la pantalla de gasa y encajes, la
claridad tibia de la lámpara caía en círculo sobre el terciopelo carmesí de la
carpeta, y al iluminar de lleno tres tazas de China, doradas en el fondo por un
resto de café espeso, y un frasco de cristal tallado, lleno de licor
transparente entre el cual brillaban partículas de oro, dejaba ahogado en una
penum bra de sombría púrpura, producida por el tono de la alfombra, los
tapices y las colgaduras, el resto de la estancia silenciosa.
En el fondo de ella, atenuada por diminutas
pantallas de rojiza gasa, luchaba con la semioscuridad circunvecina la luz de
las bujías del piano, en cuyo teclado abierto oponía su blancura brillante el
marfil al negro mate del ébano.
Sobre lo rojo de la pared, cubierta con opaco tapiz
de lana, brillaban las cinceladuras de los puños y el acero terso de las hojas
de dos espadas cruzadas en panoplia sobre una rodela, y destacándose del fondo
oscuro del lienzo, limitado por el oro de un marco florentino, sonreía con
expresión bonachona la cabeza de un burgomaestre flamenco, copiada de
Rembrandt.
El humo de dos cigarrillos, cuyas puntas de fuego
ardían en la penumbra, ondeaba en sutiles espirales azulosas en el círculo de
luz de la lámpara y el olor enervante y dulce del tabaco opiado de Oriente, se
fundía con el del cuero de Rusia en que estaba forrado el mobiliario.
Una mano de hombre se avanzó sobre el terciopelo de
la carpeta, frotó una cerilla y encendió las seis bujías puestas en pesado
candelabro de bronce cercano a la lámpara. Con el aumento de luz fue visible el
grupo que guardaba silencio: el fino perfil árabe de José Fernández, realzado
por la palidez mate de la tez y la negrura rizosa de los cabellos y de la
barba; la contextura hercúlea y la fisonomía plácida de Juan Rovira, tan
atrayente por el contraste que en ella forman los ojazos de expresión infantil
y las canas del espeso bigote sobre lo moreno del
109
cutis atezado por el sol; la cara enjuta y grave de
Oscar Sáenz, que con la cabeza hundida en los cojines del diván turco y el
cuerpo ten dido sobre él, se retorcía la puntiaguda barbilla rubia y parecía
perdido en una meditación interminable.
— ¡Bonita sobremesa! Hace media hora que estamos
callados como tres muertos. Esta medialuz que te gusta a ti, Fernández, ayuda
al silencio y es un narcótico — prorrumpió Juan Rovira, escogiendo un cigarro
en la caja de habanos abierta sobre la mesa, al pie del frasco de aguardiente
de Dantzing. . . — Bonita sobremesa para una comilona rociada con ese borgoña.
¡Si ya me sentía con principios de congestión!
— Y comenzó a pasearse a grandes pasos por el
cuarto, con la mano derecha metida en el bolsillo del chaleco, y arrancándole
al puro las primeras bocanadas de humo.
—¿Qué quieres?— Esto lo llaman los poetas el
silencio de la intimi dad; también es que Oscar nos ha contagiado; le comieron
la lengua los ratones del hospital. . . No has atravesado tres palabras desde
que en traste. Tienes sueño — dijo dirigiéndose a Sáenz, que se incorporó al
oírlo.
— ¿Yo
sueño?. . . no; estoy
un poco cansado.
Pero suponte, Juan
— siguió, clavando en Rovira los ojos pequeños y
penetrantes, que por un hábito profesional observan siempre la fisonomía del
interlocutor como buscando en ella el síntoma o la expresión de una oculta
dolencia,
— suponte: paso la semana entera en las salas frías
del hospital y en las alcobas donde sufren tantos enfermos incurables; veo allí
todas las angustias, todas las miserias de la debilidad y del dolor humano en
sus formas más tristes y más repugnantes; respiro olores nauseabundos de
desaseo, de descomposición y de muerte; no visito a nadie, y los sába dos
entro aquí a encontrar el comedor iluminado a giorno por treinta bujías
diáfanas y perfumado por la profusión de flores raras que cubren la mesa y desbordan,
multicolores, húmedas y frescas, de los jarrones de cristal de Murano; el
brillo mate de la vieja vajilla de plata marcada con las armas de los Fernández
de Sotomayor; las frágiles porcelanas decoradas a mano por artistas insignes;
los cubiertos que parecen joyas; los manjares delicados, el rubio jerez añejo,
el johanissberg seco, los burdeos y los borgoñas que han dormido treinta años
en el fondo de la bodega; los sorbetes helados a la rusa, el tokay con sabores
de miel, todos los refinamientos de esas comidas de los sábados, y luego, en el
ambiente suntuoso de este cuarto, el café aromático como una esencia, los puros
riquísimos y los cigarrillos egipcios que perfuman el aire. . .
Junta a la impresión de todos esos detalles
materiales, la que me causa a mí, acostumbrado a ver moribundos, el exceso de
vigor físico y la superabundancia de vida de este hombrón — dijo señalando a
Fernán dez, que se sonrió con una expresión de triunfo— junta eso con mis
quehaceres habituales y con el ambiente mezquino y prosaico en que
1 1 0
vivo y comprenderás mi silencio cuando estoy aquí.
Por eso me callo, y por otras cosas también. . .
— ¿Cuáles son esas cosas? — inquirió Fernández.
— Son
tus aventuras amorosas,
que todos te
envidiamos en secreto
— insinuó Rovira con aire paternal— y que por el
lado antihigiénico preocupan a este don Pedro Recio Tirteafuera.
— No, lo demás es que he comprendido la inutilidad
de suplicarte para que vuelvas al trabajo literario y te consagres a una obra
digna de tus fuerzas y que cada vez que estoy aquí; prefiero no hablar para no
repetirte que es un crimen disponer de los elementos de que dispo nes, y dejar
que pasen los días, las semanas, los años enteros sin escribir una línea!
¿Dormiste sobre tus laureles, satisfecho con haber publicado dos tomos de
poesía, uno cuando niño y otro hace ya siete años?
— ¿Te parece poco haber escrito un tomo de poesías
como los “Pri meros Versos” y como los “Poemas de más allá”?
— Yo no sé de esas cosas, pero me parece que valen
la pena los versos de Fernández — agregó Rovira con aire de fastidio.
— Para cualquiera otro me parecería mucho, para
Fernández nada. . .
Todo lo que has hecho — continuó volviéndose al
poeta:— todo lo más perfecto de tus poemas es nada, es inferior a lo que
tenemos derecho a esperar de ti, los que te conocemos íntimamente, a lo que tú
sabes muy bien que puedes hacer. Y sin embargo, hace dos años que no produces
una línea. . . Dime, ¿piensas pasar tu vida entera como has pasado los últimos
meses, disipando tus fuerzas en diez direcciones opuestas; exponiéndote a los
azares de la guerra por defender una causa en que no crees, como lo hiciste en
julio al combatir a las órdenes de Monteverde; promoviendo reuniones políticas
para excitar al pueblo de que te ríes; cultivando flores raras en el
invernáculo; seduciendo his téricas vestidas por Worth; estudiando árabe y
emprendiendo excursiones peligrosas a las regiones más desconocidas y malsanas
de nuestro terri torio para continuar tus estudios de prehistoria y de
antropología? Déja me echarte un sermón ya que me he callado tanto tiempo. En
tu fre nesí por ampliar el campo de las experiencias de la vida, en tu afán
por desarrollar simultáneamente las facultades múltiples con que te ha dotado
la naturaleza, vas perdiendo de vista el lugar a donde te diriges. El aspecto
de tu escritorio ayer por la mañana daría a pensar en un principio de incoherencia
a cualquiera que te conociera menos de lo que te conozco. Había sobre tu mesa
de trabajo un vaso de antigua mayólica lleno de orquídeas monstruosas; un
ejemplar de Tíbulo ma noseado por seis generaciones, y que guardaba entre sus
páginas ama rillentas la traducción que has estado haciendo; el último libro
de no sé qué poeta inglés; tu despacho de General, enviado por el Ministerio de
Guerra; unas muestras de mineral de las minas de Río Moro, cuyo análisis te
preocupaba; un pañuelo de batista perfumado que sin duda
1 1 1
le habías arrebatado la noche anterior en el baile
de Santamaría al más aristocrático de tus flirts; tu libro de cheques contra el
Banco An gloamericano, y presidía esa junta heteróclita el ídolo quichua que
sa caste del fondo de un adoratorio en tu última excursión y una estatueta
griega de mármol blanco.
Tú, sentado enfrente del escritorio, azotado ya por
la ducha fría y excitado por tres tazas de té, comenzabas el día. Ya habías
escrito una estrofa musical y perversa destinada probablemente a una de tus
vícti mas; según me dijiste, ya habías girado tres cheques para atender los
pagos de la semana, llamado al teléfono para darle órdenes al arquitecto de
Villa Helena, comenzando en el laboratorio un ensayo del mineral de Río Moro;
ya habías leído diez páginas de una monografía sobre la raza azteca, y mientras
ensillaban al más fogoso de los caballos, te entretenías en estudiar el plano
de una batalla. ¡Dios mío, si hay un hombre capaz de coordinar todo eso, ese
hombre, aplicado a una sola cosa, será una enormidad! Pero no, eso está fuera
de lo humano. . .
Te dispersarás inútilmente. No sólo te dispersarás,
sino que esos diez caminos que quieres seguir al tiempo, se te juntarán, si los
sigues, en uno solo.
— ¿Qué lleva al Asilo de Locos? — preguntó
Fernández, sonriéndose con una sonrisa de desdén. . . ¡No lo creas. . . Yo creí
eso en un tiempo. Hoy no lo creo.
— Bien, suponte que no sea así — continuó Sáenz
imperturbable— . Da por sentado que tu organización de hierro resista las
pruebas a que la sometes, y dime, ¿tú sí crees de buena fe que aunque vivas
cien años alcanzarás a satisfacer los millones de curiosidades que levantas
dentro de ti a cada instante, para lanzarlas por el mundo como una jauría de
perros hambrientos a caza de impresiones nuevas?. . . ¿Y para seguir en esas
locuras echas a un lado lo mejor de ti mismo, tu vocación íntima, tu alma de
poeta?. . . ¿Cuántos versos has escrito en este año?
— Versos. . . ni uno solo. . .; pensé escribir un
poema que tal vez habría sido superior a los otros; no lo comencé,
probablemente no lo comenzaré nunca. . . no volveré a escribir un solo verso. .
. Yo no soy poeta. . .
Una
exclamación de los
dos amigos le
impidió continuar la
frase.
— No, no soy poeta — dijo con aire de convicción
profunda. . . — Eso es ridículo. ¡Poeta yo! Llamarme a mí con el mismo nombre
con que los hombres han llamado a Esquilo, a Homero, al Dante, a Shakes peare,
a Shelley. . . ¡Qué profanación y qué error! Lo que me hizo escribir mis versos
fue que la lectura de los grandes poetas me produjo emociones tan profundas
como son todas las mías; que esas emociones subsistieron por largo tiempo en mi
espíritu y se impregnaron de mi sensibilidad y se convirtieron en estrofas. Uno
no hace versos, los versos
1 1 2
se hacen dentro de uno y salen. El que menos
ilusiones puede formarse respecto del valor artístico de mi obra soy yo mismo
que conozco el se creto de su origen. . . ¿Quieres saberlo? Viví unos meses
con la imagi nación en la Grecia de Feríeles, sentí la belleza noble y sana
del arte heleno con todo el entusiasmo de los veinte años y bajo esas
impresiones escribí los “Poemas Paganos”; de un lluvioso otoño pasado en el
campo leyendo a Leopardi y a Antero de Quental, salió la serie de sonetos que
llamé después “Las Almas Muertas'; en los “Días Diáfanos” cualquier lector
inteligente adivina la influencia de los místicos españoles del si glo xvi, y
mi obra maestra, los tales “Poemas de la Carne', que forman parte de los
“Cantos del más allá", que me han valido la admiración de los críticos de
tres al cuarto, y cuatro o seis imitadores grotescos, ¿qué otra cosa son sino
una tentativa mediocre para decir en nuestro idioma las sensaciones enfermizas
y los sentimientos complicados que en formas perfectas expresaron en los suyos
Baudelaire y Kosseti, Verlaine y Swin-burne?. . . i\lo, Dios mío, yo no soy
poeta. . . Sonaba antes y sueno todavía a veces en adueñarme de la forma, en
forjar estrofas que su gieran mil cosas oscuras que siento bullir dentro de mi
mismo y que quizás valdría la pena de decirlas, pero no puedo conságrame a eso.
. .
— Al oírte comprendo por qué dice Máximo Pérez que
el crítico en ti mata al poeta. . ., que tus facultades analíticas son
superiores a tus fuerzas creadoras — dijo Sáenz.
— Puede ser; soy quien menos puede decirlo —
continuó Fernán dez . . . — Poeta, puede ser, ese tiquete fue el que me tocó
en la clasi ficación. Para el público hay que ser algo. El vulgo les pone
nombres a las cosas para poderlas decir y pega tiquetes a los individuos para
poderlos clasificar. Después el hombre cambia de alma pero le queda el rótulo.
Publiqué un tomo de malos versos a los veinte años y se vendió mucho; otro de
versos regulares a los veintiocho y no se vendió nada. Me llamaron Poeta desde el
primero, después del segundo no he vuelto a escribir ni una línea y he hecho
nueve oficios diferentes, y a pesar de eso llevo todavía el tiquete pegado,
como un envase que al estrenarlo en la farmacia contuvo mirra, y que más tarde,
lleno por den tro de cantáridas, de linaza o de opio ostenta por fuera el
nombre de la balsámica goma. ¡Poeta! ¡Pero no, oye, no son mis facultades
analíticas, que Pérez exagera, la razón íntima de la esterilidad que me echas
en cara; tú sabes muy bien cuál es: es que como me fascina y me atrae la
poesía, así me atrae y me fascina todo, irresistiblemente: todas las artes,
todas las ciencias, la política, la especulación, el lujo, los placeres, el
misti cismo, el amor, la guerra, todas las formas de la actividad humana, todas
las formas de la vida, la misma vida material, las mismas sensaciones que por
una exigencia de mis sentidos, necesito de día en día más intensas y más
delicadas. . . ¿Qué quieres, con todas esas ambiciones
113
puede uno ponerse a cincelar sonetos? En esas
condiciones no manda uno en sus nervios. . .
— Y mucho menos cuando usa como tú un disfraz de
perfecta correc ción mundana, se aisla como vives aislado entre los tesoros de
arte y las comodidades fastuosas de una casa como ésta y sólo trata con una
doce na de chiflados como somos tus amigos, excepción hecha de Rovira, los más
a propósito para aislarte de la vida real. . .
— ¿La vida real?. . . Pero ¿qué es la vida real,
dime, la vida bur guesa sin emociones y sin curiosidades?. . . Cierto que sólo
existen para mí diez amigos íntimos que me entienden y a quienes entiendo y
algunos muertos en cuya intimidad vivo. . . Las demás son amistades epidérmi
cas, por decirlo así; en cuanto a mi vida de hoy, tú sabes bien que, aun que
distinta en la forma de la que he llevado en otras épocas, su orga nización
obedece en el fondo a lo que ha constituido siempre mi aspi ración más secreta,
mi pasión más honda: el deseo de sentir la vida, de saber la vida, de poseerla,
no como se posee a una mujer de quien nos hacen dueños unos instantes de
desfallecimiento suyo y de audacia nuestra, sino como a una mujer adorada, que
convencida de nuestro amor se nos confía y nos entrega sus más deliciosos
secretos. ¿Tú crees que yo me acostumbro a vivir?. . . No, cada día tiene para
mí un sabor más extraño y me sorprende más el milagro eterno que es el
Universo. La vida. ¿Quién sabe lo que es? Las religiones no, puesto que la
consi dera como un paso para otras regiones; la ciencia no, porque apenas
investiga las leyes que la rigen sin descubrir su causa ni su objeto. Tal vez
el arte que la copia. . . tal vez el amor que la crea.
¿Tú crees que la mayor parte de los que se mueren
han vivido? Pues no lo creas; mira, la mayor parte de los hombres — los unos
luchando a cada minuto por satisfacer sus necesidades diarias, los otros
encerrados en una profesión, en una especialidad, en una creencia, como en una
prisión que tuviera una sola ventana abierta siempre sobre un mismo horizonte—
, ¡la mayor parte de los hombres se mueren sin haberla vivido, sin llevarse de
ella más que una impresión confusa de cansan cio!. . . ¡Ah! vivir la vida. . .
eso es lo que quiero, sentir todo lo que se puede sentir, saber todo lo que se
puede saber, poder todo lo que se puede. . . Los meses pasados en la pesquería
de perlas, sin ver más que la arena de las playas y el cielo y las olas
verdosas, respirando a pleno pulmón el ambiente yodado del mar; las temporadas
de orgías y de tumulto mundano en París; los meses de retiro en el viejo con
vento español, entre cuyos paredones grises sólo resuenan los rezos monó tonos
de los frailes y las graves músicas del canto llano; la permanen cia agitada
en el escritorio de Conills, con mi fortuna comprometida en el engranaje
vertiginoso de los negocios yankees, y la cabeza llena de cotizaciones y de
cálculos, en pleno hardwork; las suaves residencias en Italia, en que
secuestrado del mundo y olvidado de mí mismo, viví
114
encerrado en iglesias y museos o soñando por horas
enteras en amorosas contemplación ante las obras de mis artistas predilectos
como el Sodoma y el Vinci, todo eso son cinco caminos emprendidos con loco
entusiasmo, recorridos con frenesí, y abandonados por temor de que me sorpren
diera la muerte en alguno de ellos antes de transitar por otros, por estos
otros nuevos que trato de recorrer ahora y por los cuales dices tú que voy
gastando inútilmente mis fuerzas. . . ¡Ah, vivir la vida! em borracharse de
ella, mezclar todas sus palpitaciones con las palpitaciones de nuestro corazón
antes de que él se convierta en ceniza helada; sen tirla en todas sus formas,
en la gritería del meeting donde el alma con fusa del populacho se agita y se
desborda; en el perfume acre de la flor extraña que se abre, fantásticamente
abigarrada, entre la atmósfera tibia del invernáculo; en el sonido gutural de
las palabras que, hechas can ción, acompañan hace siglos la música de las
guzlas árabes; en la con vulsión divina que enfría las bocas de las mujeres al
agonizar de vo luptuosidad; en la fiebre que emana del suelo de la selva donde
se ocultan los últimos restos de la tribu salvaje. . . Dime, Sáenz, ¿son todas
esas experiencias opuestas y las visiones encontradas del Universo que me
procuran, todo eso es lo que quieres que deje para ponerme a escribir
redondillas y a cincelar sonetos?
— No — contestó el otro sin desconcertarse— . Yo no
te he dicho nunca que no pienses, sino que no abuses. Alegas tú que lo que yo
llamo abuso es para ti lo estrictamente necesario y te ríes de mis sermo nes.
Es claro que si el fin de todos tus esfuerzos me pareciera a tu altura, te
aplaudiría, pero tú lo que quieres es gozar y eso es lo que persigues en tus
estudios, én tus empresas, en tus amores, en tus odios. No son tus
complicaciones intelectuales las que no te dejan escribir, ni tampoco son tus
grandes facultades críticas que requerirían que produjeras obras maestras para
quedar satisfechas, no, no es eso; son las exigencias de tus sentidos
exacerbados y la urgencia de satisfacerlas que te domina. Mira, si en mis manos
estuviera, te quitaría cosa a cosa todo lo que te im pide escribir y hacer
glorioso tu nombre. ¿Quieres saber qué es lo que no te deja escribir? El lujo
enervante, el confort refinado de esta casa con sus enormes jardines llenos de
flores y poblados de estatuas, su parque cen tenario, su invernáculo donde
crecen, como en la atmósfera envenenada de los bosques nativos, las más
singulares especies de la flora tropical ¿Sabes qué es? No son tanto las
tapicerías que se destiñen en el ves tíbulo, ni los salones suntuosos, ni los
bronces, los mármoles y los cuadros de la galería, ni el gabinete del extremo
oriente con sus sederías chi llonas y sus chirimbolos extravagantes, ni las
coleciones de armas y de porcelanas, ni mucho menos tu biblioteca, ni las
aguafuertes y dibujos que te encierras a ver por semanas enteras. No, es lo
otro. Lo que esti mula el cuerpo, las armas, los ejercicios violentos, tus
cacerías salvajes con los Merizalde y los Monteverde; tus negocios complicados;
el salón
115
de hidroterapia, la alcoba y el tocador dignos de
una cortesana. Son los vicios nuevos que dices que estás inventando; esas joyas
en cuya con templación te pasas las horas fascinado por su brillo, como se
fascinaría una histérica; el té despachado directamente de Cantón; el café
escogido grano por grano que te manda Rovira; el tabaco de Oriente y los
cigarros de Vuelta Abajo; el kummel ruso y el krishabaar; sueco; todos los
deta lles de la vida elegante que llevas, y todas esas gollerías que han reempla
zado en ti al poeta por un gozador que a fuerza de gozar corre al agota
miento. . . ¡Hombre, cuando estando sano como una manzana y fuerte como un
carretero has dado en tomar tónicos de los que se les dan a los paralíticos y
eso sólo para sentirte más lleno de vida de lo que estás! Mira, si en mis manos
estuviera te quitaría todos los refinamientos y las suntuosidades de que te
rodeas, te debilitaría un poco para tranquilizarte, te pondría a vivir en un
pueblecillo, en un ambiente pobre y tranquilo donde conversaras con gente del
campo y no vieras más cuadros que las imágenes de la iglesia, ni consiguieras
más libros que el Año Cris tiano, prestado por el cura. Si en mis manos
estuviera te salvaría de ti mismo. A los seis meses de vivir en ese ambiente serías
otro hombre y te pondrías a escribir algún poema de los que debes escribir, de
los que es tu deber escribir.
— ¿Conque yo tengo deber de escribir poemas? —
preguntó Fernán dez riéndose. . . — ¡Pues estoy divertido! — y enseriándose
súbitamente:
— Feliz tú que sabes cuáles son los deberes de cada
cual y cumples los que crees tuyos como los cumple; ¡Deber!; ¡Crimen!;
¡Virtud!, ¡Vi cio. . . Palabras, como dice Hamlet. . . Yo estoy en la
situación en que nos suponía el zapatero aquel que cuando se emborrachaba nos
detenía a la salida del colegio, ¿recuerdas?
— ¿Ah! sí, el zapatero Landínez — contestó Juan
Rovira como si se dirigiera a él— ; antier me lo encontré más borracho que
nunca y me detuvo con su eterno sonsonete: ‘‘Dadme una peseta caballero. Vos no
sabéis la posición que ocupáis en la sociedad; vos no sabéis qué cosa es el mal
ni qué cosa es el bien”. Bueno, José ¿y tú que tienes que ver con ese
perdulario? — dijo interpelando a Fernández.
Tú no entiendes esas cosas — le respondió éste— ,
es una broma que tengo con Sáenz. Conque, dime — preguntó volviéndose al
médico— , ¿tú sí crees que mi deber es escribir poemas? Pues mira, esa calavera
— agregó mostrando con la mano nerviosa y fina un
cráneo cuyas cuen cas vacías, donde se aglomeraba la sombra, parecían mirarlo
desde el pedestal de la Venus de Milo, donde estaba colocado— , ¡esa calavera
me dice todas las noches que mi deber es vivir con todas mis fuerzas, con toda
mi vida!
Y sin embargo los versos me tientan y quisiera
escribir, ¿para qué ocultártelo? En estos últimos días del año sueño siempre en
escribir un poema pero no encuentro la forma. . . Esta mañana, volviendo a ca
l l ó
bailo de Villa Helena, me pareció oír dentro de mí
mismo estrofas que estaban hechas y que aleteaban buscando salida. Los versos
se hacen dentro de uno, uno no los hace, los escribe apenas. . . ¿tú no sabes
eso, Rovira?
— No, ¡qué sé yo de esas cosas! — contestó el
interpelado— . Los tuyos me gustan y son buenos de seguro, porque un hombre de
gusto que tiene caballos como la pareja de moros de tu victoria y el árabe en
que montas, y una casa como esta y tanto cuadro y tantas estatuas y cigarros de
esta calidad — dijo mostrando la larga ceniza del puro casi negro que se estaba
fumando— , ¡pues es clarísimo que no puede hacer malos versos!
— ¿Por qué no escribes un poema, José? — insistió
Sáenz.
— Porque no lo entenderían, tal vez, como no
entendieron los “Can tos del más allá” — dijo el poeta con dejadez— . ¿Ya no
recuerdas el artículo de Andrés Ramírez en que me llamó asqueroso pornógrafo y
dijo que mis versos eran una mezcla de agua bendita y de cantáridas? Pues esa
suerte correría el poema que escribiera. Es que yo no quiero decir sino sugerir
y para que que la gestión se produzca es preciso que el lector sea un artista.
En imaginaciones desprovistas de facultades de ese orden ¿qué efecto producirá
la obra de arte? Ninguno. La mitad de ella está en el verso, en la estatua, en
el cuadro, la otra en el cerebro del que oye, ve o sueña. Golpea con los dedos
esa mesa, es claro que sólo sonarán unos golpes; pásalos por las teclas de
marfil y producirán una sinfonía: Y el público es casi siempre mesa y no un
piano que vibre como éste— , concluvó sentándose al Steinway y tocando las
primeras notas del prólogo del Mephisto.
— Fernández — dijo Rovira suspendiendo su
interminable paseo para acercarse a la mesa y sacudir la ceniza del puro que
fumaba en un pla tillo de cobre repujado— . Oye, Fernández: ¡no te preocupes
con los sermones de este médico, que quiere ser para ti un don Pedro Recio
Tirteafuera, ni con escribir unos versos más o menos, para aue tus admi
radores te proclamen genio al día siguiente del entierro! Más vale vivir tres
días en Nare, como decía el minero, que tres siglos en el corazón de la
posteridad. . . Nada, hijo, diviérte, cuídate, busca más caballos árabes y más
armas si eso te suena, compra más anticuallas y más chirimbolos, métete hasta
las narices en la política, déjate querer por todas las mujeres que se antojen
de ti v hazte querer de todas las que se te antojen, no vuelvas a escribir un
solo verso si no se te da la gana. . .
Para todo eso te doy permiso a cambio de que me
satisfagas esta noche un antojo que tengo desde hace mucho tiempo. . . Quiero
oirte leer unas páginas que, según me dijiste una vez, tienen relación con el
nom bre de tu quinta, con un diseño de tres hojas y una mariposa aue llevan
impreso en oro, en la pasta blanca, varios volúmenes de tu biblio teca, y con
aquel cuadro de un pinto inglés. . . ¿cómo dices tú? ¿de
117
cadente? n o , ¿simbolista? N o . . .
¿prerrafaelita? Eso es, prerrafaelita, que tienes en la galería y que no logro
entender por más que lo miro cada vez que paso por ahí. . . ¿Sabes de qué te
hablo?. . .
— Sí, sé de qué me hablas — contestó Fernández
levantándose al oir ruidos de voces y de pasos en el cuarto vecino. . .
El portier pesado de tela roja de Oriente, bordado
de oro que cierra la entrada de la derecha, se abrió dándoles paso a Luis
Cordovez y a Máximo Pérez.
— Buenas noches; te traigo a este hombre para que
lo distraigas — dijo Cordovez, tendiéndole la mano a Fernández— . Juan, Oscar —
saludan do familiarmente a los amigos con quienes hablaba Pérez— , y vengo yo
a desinfectarme de todas las vulgaridades oídas en estas dos horas. . .
Dame una copa de jerez del más seco, y siéntase tú
aquí, añadió mos trando un sillón cercano al suyo; necesito oír buenos versos
para desin fectarme el alma. . . ¡Si tú supieras de donde vengo!. . .
— Pues no me parece imposible adivinarlo; de una
comida en que has estado cerca de una rubia. . . el vestido lo cuenta. . .;
irreprocha ble!. . . — añadió Fernández fijándose en la gardenia fresca que
llevaba Cordovez en el ojal del frac y en las gruesas perlas que le abotonaban
la pechera.
— Ya lo ves; te equivocaste! Los poetas andan
siempre soñando cosas deliciosas. Nada hombre, de una comida dada por Ramón Rey
a Daniel Avellaneda, en que se habló de política, al comenzar, y de religión y
de mujeres, al concluir. Cuando te digo que necesito que me leas versos de
Núñez de Arce para desinfectarme. No, no son versos — añadió di rigiéndole a
Fernández una mirada en que se adivinaba su amor casi fraternal y su entusiasmo
fanático por el poeta. . . — ¿Sabes?. . . no son versos de Núñez de Arce. . .
es prosa tuya lo que quiero. . . vengo a pedirte de soñar como dices tú . . .
hace tres días que no le pido de soñar a nadie por miedo de que me sirvan mal y
que estoy pensando a cada momento en que llegue esta noche para suplicarte me
leas unas notas tomadas en un viaje por Suiza, que nunca me has mostrado. . .
Nos las vas a leer dentro de un rato, ¿cierto?. . .
Si tú supieras que he pasado hoy un mal día pensando en ti, con la idea fija de
que estabas enfermo. . . Pero estás bien, ¿verdad?. . .
— Nunca estoy bien en los últimos días del año —
contestó Fernán dez como distraído por algo que lo preocupara— ; nunca estoy
bien en los últimos días de diciembre.
La frescura y la animación de Luis Cordovez, cuyas
facciones deli cadas y naciente barba castaña recordaban el perfil de Cristo
de Scheffer, sin que los rizos oscuros que le caían sobre la frente estrecha,
ni el frac que le moldeaba el busto alcanzaran a disminuir el parecido,
formaban extraño contraste con la atonía meditabunda del semblante pálido y lo
apagado de los ojos grises de Máximo Pérez, cuya flacura se advinaba,
118
mal disimulada por el vestido de cheviot claro que
traía puesto, en las líneas del cuerpo tendido sobre el diván vecino, en una
postura de enfer mizo cansancio.
— ¿Tú no sigues bien, eh?. . . ¿aumentan los
dolores?. . . le preguntó Sáenz clavándole los ojos inquisitivos. . .
— Siguen los dolores atroces, a pesar de los
bromuros y de la mor fina. . . Esta noche me sentía tan mal que me retiraba ya
del Club cuando encontré a Cordovez y me hizo el bien de traerme. . . No saben
tus colegas qué es lo que tengo. . . Fernández, dime ¿tampoco pudieron hacer
diagnóstico preciso de una enfermedad que sufriste en París, de una enfermedad
nerviosa de que me ha hablado Marinoni. . .? Dime, ¿tú la describiste en
algunas páginas de tu diario?. . . Si nos las leyeras esta noche. . . Creo que sólo
la lectura de algo inédito y que me interesara mucho, alcanzaría a disipar un
poco mis ideas negras.
—Yo le había instado antes a José para que nos
leyera algo rela cionado con el nombre de la quinta, con Villa Helena — dijo
Rovira malhumorado y como temeroso de no lograr su empeño— ; ahora tú y
Cordovez vienen cada cual con su idea, y va a resultar que José no nos lee nada
al fin. Fernández, ¿qué dices?
— Tú querrías leer la última novela de Pereda ¿no,
Cordovez? — dijo el escritor distraído— , recuérdame darte el tomo.
— No; te había suplicado que nos leyeras unas notas
escritas en Suiza, pero resulta que Rovira desea conocer unas páginas que,
según dice, tienen relación con Villa Helena; Pérez, otras que dizque describen
una enfermedad que sufriste en París y el doctor Sáenz no opina, está callado
como un mudo desde que entramos. . . ¡Habla Sáenz!
— Fernández no me oye nunca cuando le hablo. Hace
cuatro años le vengo diciendo que escriba y no me oye, José, ¿no tienes tú un
cuento o cosa así, que pasa en París, una noche de año nuevo? — insinuó el
médico . . . — ¿Por qué no nos lo lees?
— Todo eso es Ella. . . — dijo el escritor, como
perdido en un en sueño— ; esta mañana las rosas blancas en la verja de hierro
de Villa Helena; a medio día el revoloteo de la mariposilla blanca que se entró
por la ventana del escritorio. . . Ahora cuatro deseos encontrados que se
juntan para que la nombre. . . — Se pasó la mano por la frente y se-quedó
callado luego sin que, durante diez minutos en que pareció olvi darse de todo
y sumirse en honda meditación, ninguno de los amigos se atreviera a distraerlo.
— Fernández, ¿no nos nos vas a leer nada? —
preguntó Rovira impa ciente, deteniéndose cerca del sillón de aquél. . . — .
¿Tienes dolor de cabeza?. . . Eso ha sido el trabajo de hoy. . . ¿Tú para qué
trabajas?. . .
¿nos lees algo al fin?. . .
José Fernández, después de buscar en uno de los
rincones oscuros del cuarto, donde sólo se adivinaba entre la penumbra rojiza
la blancura
119
de un ramo de lirios y el contorno de un vaso de
bronce, y de apagar las luces del candelabro, se sentó cerca de la mesa, y
poniendo sobre el terciopelo de la carpeta un libro cerrado, se quedó mirándolo
por unos momentos.
Era un grueso volumen con esquineras y ceraduras de
oro opaco. Sobre el fondo de azul esmalte, incrustado en el marroquí negro de
la pasta, había tres hojas verdes sobre las cuales revoloteaba una mariposilla
con las alas forjadas de diminutos diamantes.
Acomodándose Fernández en el sillón, abrió el libro
y después de hojearlo por largo rato, leyó así a la luz de la lámpara.
París, 3 de junio de 189. .
La lectura de dos libros que son como una perfecta
antítesis de com prensión intuitiva y de incomprensión sistemática del Arte y
de la vida, me ha absorbido en estos días: forman el primero mil páginas de
pedan tescas elucubraciones seudo-científicas, que intituló Denegeración un
doc tor alemán, Max Nordau, y el segundo, los dos volúmenes del diario, del
alma escrita, de María Bashkirtseff, la dulcísima rusa muerta en París, de
genio y de tisis, a los veinticuatro años, en un hotel de la calle de Prony.
Como un esquimal miope por un museo de mármoles
griegos, lleno de Apolos gloriosos y de Venus inmortalmente bellas, Nordau se
pasea por entre las obras maestras que ha producido el espíritu humano en los
últimos cincuenta años. Lleva sobre los ojos gruesos lentes de vidrio negro y
en la mano una caja llena de tiquetes con los nombres de todas las manías
clasificadas y enumeradas por los alienistas modernos. Detié-nese al pie de la
obra maestra, compara las líneas de ésta con las de su propio ideal de belleza,
la encuentra deforme, escoge un nombre que dar a la supuesta enfermedad del
artista que la produio v pega el tiquete clasificativo sobre el mármol augusto
y albo. Vistos al través de sus ante-oíos negros, juzgados de acuerdo con su
canon estético, es Rosetti un idiota; Swinburne un degenerado, superior;
Verlaine, un medroso dege-rado, de cráneo asimétrico y cara mongoloide,
vagabundo, impulsivo y dipsómano; Tolstoy, un degenerado místico e histérico:
Baudelaire, un maniático obsceno; Wagner, el más degenerado de los degenerados,
gra-fónomo. blasfemo v erotómano. ¡Dichoso clasificador de manías, que no has
sentido la vida y no has encontrado en tu vocabulario técnico la fór mula en
qué encerrar las obras maestras de las edades muertas; oye: ¿eran neurópatas
consumados los hombres del Renacimiento, cuvas obras, telas v mármoles v
bronces, donde el oro v la sombra de los años acu mulan misterio sobre
misterio, turban a los sensitivos de hoy con el enigma cautivador de sus líneas
y de sus medias tintas? Mira los Cristos
1 2 0
dolientes y sombríos, más heridas que carne y más
alma que cuerpo, que languidecen entre las sombras de los lienzos del Sodoma;
interroga la sonrisa ambigua de las figuras del Vinci; respira el hedor que se
des prende de las telas de Valdés Leal; contempla la crueldad refinada y
bárbara de las crucifixiones del Españoleto; vuelve tus manos rudas hacia el
fondo de los siglos y distribuye tiquetes de clasificación patológica a esos
que sintieron y expresaron lo que sienten los hombres de hoy. ¡Oh, grotesco doctor
alemán, zoilo de los Homeros que han cantado los dolores y las alegrías de la
Psiquis eterna, en este fin de siglo angustioso tu oscuro nombre está salvado
del olvido!. . .
Tus rudas manos tudescas no alcanzaron a coger en
su vuelo la mari-posa de luz que fue el alma de la Bashkirtseff, ni a profanar,
analizán dola, una sola de las páginas del diario. “María Bashkirtseff,
escribiste, una degenerada muerta joven, tocada de locura moral, de un
principio del delirio de las grandezas y de la persecución y de exaltación
erótica morbosa”. CDégénérescence, volumen II, página 121). Y escrita la frase
en que acumulaste cuatro entidades patológicas para definir una de las almas
más vibrantes y más ardientes del tiempo presente, ¡flotó sobre tus labios
gruesos deliciosa sonrisa de satisfacción beata y estúpida!
Desde el fondo de la sencilla tumba que guarda tus
cenizas en el Cementerio de Passy y a donde irán los intelectuales de mañana a
cubrir de flores el mármol que conserva tu nombre, desde el fondo del tiempo
donde llegarás agrandada por la leyenda, perdona, ¡oh, muerta dulcísima, al
maniático seudo sabio que te inmortalizó juntándote con Wagner y con Ibsen en
la expresión de su desprecio profundo!
Quiere Mauricio Barres, en las sutiles páginas que
intitula “La leyen da de una Cosmopolita” y en que estudia a la Bashkirtseff,
darnos de ella, ya que no un retrato definitivo, tres impresiones instantáneas
de tres actitudes suyas y nos la presenta adolescente, en las sabanas heladas
de Rusia, dejando desarrollarse en sí el visor espiritual v sensual ciue
animara su vida; en plena juventud, dándole por fondo del retrato los ramajes
oscuros, al través de los cuales vibra la música de una orquesta, al caer de la
tarde, en un lugar, de aguas de Bohemia, y tocada ya por la mano fría de la
tisis que le abrillanta los ojos con artificial brillo y le colora las mejillas
pálidas con la agitación de la sangre empobrecida, bajo el sol de Niza,
sonriente y con el corpiño florecido por diminuto ramo de mimosas y de
anémonas. Ninguno de los negativos del ideólogo me satisface. Cierro los ojos y
me la forjo así, de acuerdo con las páginas del Diario: Es alta noche. . . La
familia, cansada de las fatigas triviales del día, duerme tranquilamente. Ella,
en el cuarto silencioso donde la rodean sus libros predilectos, Spinoza,
Fichte, los más sutiles de los poe tas, los más acres de los novelistas
modernos, acodada sobre el escritorio, cayéndole sobre la masa de cabellos castaños
la luz tibia de la lámpara, la cabeza apoyada en la mano pálida, vela y
recapitula el día. Se ha le
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vantado a la madrugada, y al correr las persianas
tfel balcón, para pro curarse una noche artificial y favorable al estudio, el
paso de un grupo de obreros por la calle, llena de la bruma de la madrugada y
azotada por la lluvia, la ha hecho enternecerse al pensar en la suerte de esos
miserables. Tras de varias horas de lectura de Balzac, en que ha vivido en
comunión con aquel genio enorme, el proyecto del cuadro con que sueña — del
cuadro que ha de inmortalizarla— la ha hecho ir a Sévres, donde la espera, el
modelo y allí, en el luminoso paisaje de primavera, las manos temblándole de
artística fiebre, los ojos bien abiertos para verlo todo, los nervios tendidos
para realizar el milagro de trasladar al lienzo la frescura de los renuevos, la
tibieza del sol que ilumina el campo, la carne sonrosada del modelo sobre la
cual flotan las diáfanas sombras de las ramas de un durazno en flor, el verde
húmedo de la yerba tierna, el morado de las violetas y el amarillo de los
renúnculos que esmaltan el prado, el azul del cielo pálido en el horizonte, ha
trabajado, olvidada de sí misma, en un frenesí, en una locura de arte, hora
tras hora, el día entero. Por la tarde, rendida, desencantada de la pintura
hasta el fondo del alma, convencida de que serán vanos todos sus esfuerzos para
alcanzar la meta soñada, hubo un instante en que tuvo que contenerse para no
rasgar el lienzo en que trabajó con todas sus fuerzas. Un detalle de ele
gancia le hace olvidar la momentánea angustia. Doucet, el costurero, la espera
para ensayarle un vestido de crespón de seda rosado, que tiene por todo adorno
una guirnalda de rosa de Bengala y que han combinado ambos para que, al lucirlo
ella en el próximo baile, la concurrencia, al verla travesar el salón moderno
por entre la corrección de los frac negros y de las blancas pecheras, tenga la
ilusión de contemplar, sonriente y animada por la vida, la más hermosa de las
pinturas de Greuze ¡Y el vestido la ha entusiasmado! Por una hora se olvida de
la artista que es, del filósofo que funciona dentro de ella y que analiza la
vida a cada minuto y a quien preocupan los problemas eternos. . . No, ella no
es eso: siente que ha nacido para concentrar en sí todas las gracias y los
refina mientos de una civilización; que su papel verdadero, el único a la medida
de sus facultades, es de una Madame Récamier; que su teatro será un salón donde
se junten las inteligencias de excepción y de don de irradie la doble luz de
las supremas elegancias mundanas y de la más altas especulaciones
intelectuales. . . los hombres más ilus tres del momento serán los huéspedes
de ese centro; allí sonreirá sua vemente Renán, moviendo la gran cabeza
bonachona, con ademán epis copal; Taine vendrá a veces y se dejará oír, un
poco absorto por instantes en su incesante pensar, animado otras, preguntando
en frases cortas, netas, precisas como fórmulas; Zola, ventrudo y pálido,
contará el plan de su novela futura; Daudet paseará, por sobre las obras de
arte que destacan sus cartones sobre las viejas tapicerías desteñidas, la
mirada curiosa de sus ojos de miope y apoyará en el brocatel de los sillares la
1 2 2
enmarañada melena de piferaro; los pintores—
Bastien Lepage, el pre ferido, chiquitín, enérgico, chatico, con su rubia
barba de adolescente; Carrolus Durán, con sus aires de espadachín y de tenorio;
el Maestro Tony Robert Fleury, el de la dulce fisonomía árabe y los ojos
dormidos— , los poetas — Coppée, Sully Prudhomme, Theuriet— ; todos ellos serán
recibidos allí como en una casa del arte y se sentirán ajonjeados y mimados
como por una hermana. Ella tendrá en las manos el cetro, será la Vittoria Colonna
de mañana, rodeada por esa corte de pensadores y de artistas. . .
¡Oh sueños vanos desechos como bombas de jabón que
nacen, se coloran y revientan en el aire! . . . Al salir de casa de Doucet, la
idea de hablar con el médico, que le dice la verdad respecto del mal que la
está devorando, se le impone. ¡Se ha sentido tan enferma en los últimos días,
han sido tan agudos los dolores que la han atormentado, tan in tensa la fiebre
que le ha quemado las venas, tan profundo el decaimiento que la ha postrado por
horas enteras! . . . En el silencio grave del salón de consultas el esculapio
la ausculta lentamente, golpea, con blandos golpecitos de las yemas de los
dedos, las espaldas gráciles, aplica atento el oído sobre la piel tersa como el
raso del busto delicado, y tras del minucioso examen prescribe cáusticos que
queman el seno, aplicaciones de yodo que manchan y desfiguran, drogas odiosas,
un viaje al Medio día que equivale a abandonarlo todo, arte, sociedad,
placeres y para justificar las prescripciones rígidas y con su frialdad de
hombre de ciencia, acostumbrado al dolor ajeno, suelta las frases brutales.
Está tísica. . . el pulmón derecho destrozado por los tubérculos, el izquierdo
invadido ya; esa sordera que la atormenta desde hace meses irá aumen tando; la
tos que la sacude y la lastima, los insomnios atroces que la agotan, todo eso
va a crécer, a tomar fuerza y a dilatarse como las llamaradas de un incendio, a
acabar con ella. . .
¡Qué está tísica! Sí, lo siente, lo sabe. Hubo un
momento en que al salir de la casa del sabio se abandonó al desaliento y se
sintió cerca de la muerte, pero hace dos horas ha olvidado su mal. . . Por la
gran ventana abierta del taller, cercano al cuartico donde está ahora, se veía,
el cielo nocturno, de un azul profundo y transparente; la luz de la luna se
filtraba por allí e inundaba la penumbra de su sortilegio pacificador. Sentada
ella en el piano, al vibrar bajo sus dedos nerviosos el teclado de marfil, se
extendía en el aire dormido la música de Beetho-ven, y en la semioscuridad,
evocada por las notas dolientes del nocturno y por una lectura de Hamlet,
flotaba, pálido y rubio, arrastrado por la melodía como por el agua pérfida del
río homicida, el cadáver de Ofelia, Ofelia pálida y rubia, coronada de flores.
. . el cadáver pálido y rubio coronado de flores, llevado por la corriente
mansa. . .
Verdad que hacía dos horas la magia de la música la
hizo olvidarse de todo, de sí misma y de la tisis; pero ahora, desvanecido el
encanto,
123
sola, sentada frente al escritorio, acodada sobre
éste, la luz tibia de la lámpara cayéndole sobre la masa de cabellos castaños,
la cabeza apoyada en la mano delicada; ahora al recapitular el día, la lectura
de Balzac, la furia de trabajo artístico en Sévres, el ensayo del vestido, el
sueño de grandeza mundana, los momentos pasados en el piano, todo se borra ante
la realidad cruel de la enfermedad que avanza en el gran silencio religioso de
la media noche; la siniestra profecía del hombre de ciencia llena sola, oscura
y siniestra como un horizonte nublado, el campo de su visión interior. . .
¡Morir, Dios mío, morir así tísica a los veintitrés años, al comenzar a vivir,
sin haber conocido el amor, única cosa que hace digna a la vida de vivirla;
morir sin haber realizado la obra so ñada, que salvará el nombre del olvido;
morir dejando el mundo sin haber satisfecho los millones de curiosidades, de
deseos, de ambiciones que siente dentro de sí; cuando el conocimiento de seis
lenguas vivas, de dos lenguas muertas, de ocho literaturas, de la historia del
mundo, de todas las filosofías, del arte en todas sus formas, de la ciencia, de
las voluptuosidades de la civilización, de todos los lujos del espíritu y del
cuerpo; cuando los viajes por toda Europa y la asimilación del alma de seis
pueblos sólo han servido para desear la vida con ardor infinito y concebir
planes cuya realización requeriría diez vidas de hombre! ¡Morir así,
sintiéndose el embrión de sí mismo, morir cuando se adora la vida, deshacerse,
perderse en la sombra! ¡Imposible!. . .
La idea de la lucha contra el mal la domina ahora.
. . hay que luchar. . . un año destinado a vencerlo será suficiente. En plena
salud, más tarde ganará el tiempo perdido; tules diáfanos y blancuras de mimo
sas y de camelias velarán sobre lo túrgico del seno las manchas de los
cáusticos v del yodo, y el cuerpo entero ostentará la coloración suave de la
sangre vivificada por el aire tibio y salino del Mediterráneo. ¡Hay que luchar,
hay que vivir! Hay que pintar las Santas Mujeres, guardando el sepulcro. La Magdalena,
sentada, de perfil, el codo apoyado en la rodilla derecha y la barba en la
mano, con el ojo átono, como si no viera nada, pegada a la piedra que cierra el
sepulcro y con el brazo izquierdo caído en una postura de infinito cansancio.
En la actitud de María, de pie, tapándose la cara con la mano, y con los
hombros levantados por un sollozo, destacando la silueta oscura sobre el cielo
plomizo del crepúsculo, debe adivinarse una explosión de lágrimas, de
desesperación, de dejo, de agotamiento definitivo. A lo lejos, entre la
semioscuridad de la hora trágica que esfuma los contornos de las cosas, se
adivinarán las formas de los que acaban de enterrar al Cristo y sobre el lienzo
flotará la atmósfera sombría de un dolor infinito. Hay que pintar; hay que
pintar a Margarita, después del encuentro con Fausto, con el seno agitado y los
ojos brillantes y las mejillas encendidas por el fuego de amor que le hacen
correr por las venas las palabras del gallardo caballero. El cuadro de Sévres
no la satisface; hay que pin
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tar otro en pleno aire como los de Bastien y
encerrar en él un paisaje de primavera, donde por sobre una orgía de tonos
luminosos, de pálidos rosados, de verdes tiernos, se oigan cantos de pájaros y
murmullos cristalinos de agua y se respiren campesinos olores de savia y de
nidos; la calle — ese canal de piedra, por donde pasa el río humano— hay que
estudiarla, verla bien vista, sentirla, para trasladar a otros lienzos sus
aspectos risueños o sombríos, los efectos de niebla y de sol; entre las líneas
geométricas de las fachadas, el piso húmedo por la lluvia reciente, los
follajes pobres de los árboles que crecen en la atmósfera pesada de la ciudad,
y sobre el banco del boulevard exterior, quietas y en posturas de descanso para
sorprender en ellas, no el gesto momen táneo de la acción sino el ritmo
misterioso y la expresión de la vida, hay que pintar dos chicuelas flacuchas,
ajadas por la pobreza y el vicio an cestral y un bohemio grasiento y
lamentable con la cara encendida y los ojos encarnados por el uso de venenosos
alcoholes, que sigue, melan cólicamente, con la mirada turbia y vaga, el humo
de la pipa que se está fumando; pero no, ese cuadro, por perfecto que sea, no
será el desiderátum, porque está viciado de canallerta moderna, como dice Saint
Marceaux; hay que hacer algo grande y noble. . . Concluidos esos, será Homero
quien da el tema; y se lavará los ojos de toda la vulgaridad de la vida diaria,
forjando en un lienzo enorme a Alcinoos y a la Reina, sentados en el trono, en
una galería de altas columnas de mármol rosado, rodeados por la Corte, mientras
que Nausícaa, apoyada en una de las pilastras, oye a Ulises contarle al Rey sus
aventuras interminables y Demodocuos, cuyo canto ha interrumpido el viajero,
malhumorado como un poeta a quien no oyen, apoya en las rodillas la lira y
vuelve la cabeza para mirar hacia afuera. . . Hay que pintar eso, pero pintarlo
de veras, en plena pasta, con una factura potente, rica, sólida, donde nadie
reconozca una manecita de mujer; hay que pintarlo vivido, ca liente, amplio de
tal modo que el que vea el cuadro sienta lo que sintió ella al manejar los
pinceles y las brochas. jHay tánto que hacer para llegar allá! Todos esos
cuadros requieren estudios previos, compo siciones complicadas, preparación de
detalles y querría estarlos haciendo ya, haberlos hecho, no perder un minuto. .
. Hay tánto que hacer y la vida es tan corta. . . Los proyectos de escultura la
fascinan porque la escultura es honrada y no engaña al ojo con los colores, ni
admite farsas ni tapujos. . . Modelará todo lo que sueña; moribunda de amor y
de tristeza, caída sobre las arenas de la playa al ver huir en el horizonte la
vela del barco que lleva a Teseo, una Ariadna con el pecho lleno de sollozos;
luego un bajo relieve colosal con seis figuras sorprendidas en actitudes llenas
de gracia, ¡y las esculturas serán tales que Saint Marceaux mismo se
entusiasme, y las pinturas tendrán tal arte que el jurado imbécil no podrá
menos de darle la primera medalla, en un salón próximo! ¡Ah, la medalla!, desde
hace tiempos, cómo la ha desea
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do, cómo la ha perseguido, cómo la ve en sus
sueños; la medalla la hará comprender que hizo bien en consagrarse a la
pintura, que no se ha equi vocado, que es alguien, que puede amar, pensar,
vivir, como viven todos, tranquila, sin atormentarse con tantas ambiciones.
Cuando se la den, podrá vivir como todo el mundo y entonces sus fuerzas,
dirigidas en otro sentido, la llevarán lejos, muy lejos, se abandonará la
delicia de sentir, la dominará una pasión profunda por un hombre superior que
la entienda, irá a respirar por temporadas el aire perfumado y tibio de Niza,
de San Remo, de Sorrento, volverá a España, a Toledo, a Bur gos, a Córdoba, a
Sevilla, a Granada — a embelesarse con las policromías de las arquitecturas
árabes, con los follajes frescos de los laureles rosas y de los castaños
gigantes, con lo azul del cielo— , a Venecia, donde sube hacia el firmanento,
por entre ruinosos palacios de mármol, una fiebre sutil de los canales
verdosos, a ver la melancólica fiesta que son las pinturas de Tiépolo, a Milán,
donde sonríen las creaciones del Vinci, y a Roma, sobre todo, a Roma, la ciudad
madre, la metrópoli, el único lugar del mundo que le ha llenado el corazón,
porque al ponerse el sol tras de las cúpulas de la Basílica, centro de la
cristiandad, alumbra las huellas del arte de hace veinticinco siglos, la
complicación de la vida moderna más fastuosa y más amplia, y sugiere a las
almas pensativas la fórmula de lo que será la sensibilidad de mañana.
¡Ah! Dios mío, y Rusia, Rusia, la madre, la patria,
la tierra del nihilismo y de los zares, con su semi-civilización tan diferente
de la civilización latina, sus costumbres peculiares, su pueblo supersticioso y
medio salvaje, su aristocracia gozadora, su arte propio y su singular
literatura; Rusia la reclama: irá a Petersburgo, donde la recibirá la Corte, a
Moscú, a Kieff, la ciudad santa, llena de catedrales y conventos; volverá a
respirar en los campos solariegos el aire que en la niñez le infundió la fiebre
que la anima, y esos múltiples viajes, esas experiencias casi opuestas de la
vida, los alternará con las temporadas de París, en el salón aquel lleno de
hombres de genio, con días distribuidos entre las fiestas mundanas donde
seducirá a todos su elegancia, y la lectura de filósofos y la audición de las
músicas de Haendel y de Beethoven y la continuación de sus estudios, de otros
estudios nuevos con que sueña, sociología, política, lenguas orientales,
historia y literatura de pueblos que no conoce bien y cuya alma se asimilará
para agrandar su visión del universo. ¡Vivirá así y todo eso lo hará con todos
sus nervios, con toda su alma, con todo su ser, arrancándole a cada sensación,
a cada idea, un máximum de vibraciones profundas!
Ahora un desfallecimiento interior la embarga; ha
sentido una picada ahí, en el punto que el médico le mostró como foco de la
enfermedad que la devora y el punzante dolor vuelve a traerla a la realidad. .
. ¡Ah! sí, la tos, el sudor, el insomnio, los cáusticos, las unturas de yodo,
el viaje al Mediodía, el aniquilamiento. . . la muerte. . . el fin, todo eso
126
está cerca. ¿Y Dios, en dónde está si la deja morir
así, en plena vida, sintiendo esa exuberancia de fuerzas, esos entusiasmos
locos por verlo todo, por sentirlo todo, por comprender el Universo, su obra? .
. . ¿Dios, en dónde está si la deja morir así, después de haber sido buena,
des pués de no haber hablado nunca mal de nadie, ni proferido una queja por
las amarguras que le han tocado en suerte, de haber derramado a su alrededor el
oro para enjugar lágrimas, después de regalar su esme ralda favorita para
distraer a alguien que no la quiere, de un sufrimiento de un instante? . . .
¿Después de haber llorado por los dolores ajenos, de haber llevado su piedad
hasta querer a los animales humildes? Si existe, si es la bondad suprema, ¿por
qué la mata así, a los veintitrés años antes de vivir y cuando quiere vivir? .
. . ¿Dónde está el buen Dios, el Padre Eterno de las criaturas? . . . ¡Ah! no
existe. Spinoza, se lo ha enseñado, las lecturas científicas le han motrado el
universo como una eterna reunión de átomos, regida, desde los millones de soles
que arden en el fondo del infinito hasta el centro misterioso de la conciencia
humana, por leyes oscuras e inconmovibles, que no revelan una voluntad suprema
tendiente al bien. . . Sí, un torbellino de átomos en que las formas surgen, se
acentúan, se llenan, se deshacen para volver a la tierra y renacer en otras
formas que morirán a su vez arrastradas por la eterna corriente. . . No. Eso no
puede ser. Ella no es atea, ella quiere creer, ella cree. La Biblia contiene las
palabras que calman y confortan, los versos del Salmo XCI — “Te cubrirá con sus
alas poderosas; en seguridad estarás bajo su abrigo”— , le cantan en la
memoria; el Salvador, con la cabeza aureolada y los brazos abiertos, camina
ahora por sobre las agitadas olas negras del océano de sus pensamientos y dice
las palabras suaves que le derraman en el alma una divina paz inefable:
“Bienaventurados los que tengan hambre y sed de justicia porque ellos serán
hartos. . .” Y desfalleciente ella de mística emoción, mentalmente se posterna
a los pies del Divino Maestro. . .
Súbita asociación de ideas fórjase en su cerebro y
esa dulce imagen huye disipada por el recuerdo de las obras de Renán y de
Strauss, en que éstos, con su análisis de concienzudos exégetas, muestran al
Cristo al través de los textos interpretados con rígido criterio, no como al
Hombre Dios, encarnado para purgar los pecados del mundo, sino como la más alta
expresión de la bondad humana. Los libros de crítica y de historia religiosa
que ha leído allí mismo en el silencio de ese gabinetico de estudio donde está
sentada ahora, ahuyentan al divino fantasma del consolador de los hombres. . .
No hay a quien invocar en los mo mentos de desesperante angustia . . .y la
muerte viene, la muerte está cerca. Un sudor frío le moja las sienes, el
cansancio la dobla, y en la claridad fría y difusa del amanecer que se filtra
por los cristales y va atenuando, atenuando, la luz tibia de la lámpara que
alumbró la velada pensativa, siente un escalofrío que la obliga a levantarse, a
ab
127
sorber dos cucharadas de jarabe de opio para
conciliar el sueño por una hora y a amontonar sobre el catre de bronce dorado,
los blandos edredones forrados en suave seda, para devolverle calor a su
cuerpecito endeble, minado por la tisis, ¡que dormirá ahora, en el tibio nido
por breve espacio, y para siempre, dentro de unos meses, en el fondo de la
tumba, bajo el césped húmedo del cementerio!. . .
Mañana estará levantada desde temprano, se sonreirá
al contemplar en el espejo su tez aterciopelada y rósea como un durazno maduro,
los grandes ojos castaños que se sonríen al mirar; la espesa cabellera que le
cae sobre los hombros de graciosa curva, y ebria de vida, y hambrienta de
sentir, comenzará el día, lleno de las mismas fiebres, de los mismos sueños, de
los mismos esfuerzos y de los mismos desalientos de la víspera.
Es así como la he visto al leer el Diario. Esa es
la composición del lugar, que para proceder de acuerdo con los métodos
exaltantes de Loyola, el sutil psicólogo, he hecho para sentir todo el encanto
de aquella a quien Mauricio Barrés propone que veneremos bajo la ad vocación
adorable de Nuestra Señora del Perpetuo Deseo. . . Jamás figura alguna de
virgen, soñada por un poeta, — Ofelia, Julieta, Vir ginia, Graziela,
Evangelina, María— , me ha parecido más ideal ni más tocante que la de la
maravillosa criatura que nos dejó su alma escrita en los dos volúmenes que
están abiertos ahora, sobre mi mesa de trabajo y sobre cuyas páginas cae, al
través de las cortinas de gasa japonesa que velan los vidrios del balcón, la
diáfana luz de esta fresca mañana de verano parisiense. . .
Junio 20
Si es cierto que el artista expresa en su obra
sueños que en cerebros menos poderosos, confusos, existen latentes y que por
eso, sólo por eso, porque las líneas del bronce, los colores del cuadro, la
música del poema, las notas de la partición, realzan, pintan, expresan, cantan
lo que habríamos dicho si hubiéramos sido capaces de decirlo, el amor que a la
Bashkirtseff profesamos algunos de hoy tiene como causa verdadera e íntima que
ese Diario, en que escribió su vida, es un espejo fiel de nuestras conciencias
y de nuestra sensibilidad exacerbada. ¿Por qué has de simpatizar tú con la
muerte adorable a quien Barrés venera y a quien amamos unos cuantos, — ¡oh,
grotesco doctor Max Nordau— , si tu fe en la ciencia miope ha suprimido en tí
el sentido del misterio, si tu espíritu sin curiosidades no se apasiona por las
formas más opuestas de la vida, si tus rudimentarios sentidos no requieren los
refinamientos supremos de las sensaciones raras y penetrantes? . . . ¿Qué hay
de ex traño en cambio en que un hombre a quien las veinticuatro horas del día
y de la noche no le alcanzan para sentir la vida, porque querría
128
sentirlo y saberlo todo, y que, situado en el
centro de la civilización europea, sueña con un París más grande, más hermoso,
más rico, más perverso, más sabio, más sensual y más místico, se entusiasme con
aquélla que llevó en sí una actividad violenta y una sensibilidad rayana en el
desequilibrio? . . .
Hay frases del Diario de la rusa que traducen tan
sinceramente mis emociones, mis ambiciones y mis sueños, mi vida entera, que no
habría podido jamás encontrarlo yo mismo fórmulas más netas para anotar mis
impresiones.
Escribe después de una lectura de Kant:
“No sé por dónde comenzar, ni a quién ni cómo
preguntárselo, y me quedo así, estúpida, maravillada, sin saber para dónde
coger y viendo por todos lados tesoros de interés; historias de pueblos,
lenguas, ciencias, toda la tierra, todo lo que no conozco; yo que querría
verlo, conocerlo y aprenderlo todo junto”.
Escribe seis meses antes de morir:
“Me parece que nadie adora todo como yo; lo adoro
todo: las artes, la música, los libros, la sociedad, los vestidos, el lujo, el
ruido, el silencio, la tristeza, la melancolía, la risa, el amor, el frío, el
calor; todas las estaciones, todos los estados atmosféricos; las sabanas
heladas de Rusia y los montes de los alrededores de Nápoles; la nieve en
invierno, las lluvias de otoño, la alegría y las locuras de la primavera, los
tranquilos días del verano y sus noches consteladas, todo eso lo admiro y lo adoro.
Todo toma a mis ojos interesantes y sublimes aspectos, querría verlo, tenerlo,
abrazarlo, besarlo todo, y confundida con todo, morir, no importa cuándo,
dentro de dos o dentro de treinta años, morir en un éxtasis para sentir el
último misterio, el fin de todo o ese principio de una vida nueva. Para ser
feliz necesito TODO, el resto no me basta! . . .”
¡Feliz tú, muerta ideal que llevaste del Universo
una visión intelectual y artística y a quien el amor por la belleza y el pudor
femenino impi dieron que el entusiasmo por la vida y las curiosidades
insaciables se complicaran con sensuales fiebres de goce, con la mórbida
curiosidad del mal y del pecado, con la villanía de los cálculos y de las
combi naciones que harán venir a las manos y acumularán én el fondo de los
cofres el oro, esa alma de la vida moderna! Feliz tú que encerraste en los
límites de un cuadro la obra de arte soñada y diste en un libro la esencia de
tu alma, si se te compara con el fanático tuyo que a los veintiséis años, al
escribir estas líneas, siente dentro de sí bullir y hervir millares de
contradictorios impulsos encaminados a un solo fin, el mismo tuyo: poseerlo
TODO; feliz tú, admirable Nuestra Señora del Perpetuo Deseo!
Después de haber creído por algún tiempo que el
universo tenía por objeto producir de cuando en cuando, un poeta que lo cantara
en
129
impecable estrofas, y a los pocos meses de haber
publicado un tomo de poesías, “Los primeros versos”, que me procuró ridículos
triunfos de vanidad literaria y dos aventuras amorosas que infatuaron mis
veinte años, la intimidad profunda que trabé con Serrano y su alta superio
ridad intelectual y su pasión por la filosofía, cambiaron el rumbo de mi vida.
Fue un año inolvidable, aquel en que, desprendido de toda preocupación
material, libre de toda idea de goce, de todo compromiso mundano, los días y
las noches huyeron, divididos entre los largos paseos matinales por la avenida
de pinos de la Universidad, la lectura de los filósofos de todas las edades, al
mediodía, en la biblioteca silenciosa donde sólo se oía el voltear de las
páginas, tornadas por las manos de los estudiantes, y las noches pasadas en el
aposento silencioso del más noble de los amigos, disertando con él sobre los
más apasionantes problemas que pueden solicitar al espíritu humano.
Tranquilidad de los nervios apaciguados por el régimen calmante y por el
aislamiento conversaciones en que los nombres de Platón, de Epicuro, de
Empé-docles, de Santo Tomás, de Spinoza, de Kant y de Fitche, mezclados a los
de los pensadores de hoy, Wundt, Spencer, Madsley, Renán, Taine, irradiaban
como estrellas fijas sobre la majestad negra del cielo nocturno; vértigo de la
inteligencia que, desprendida del cuerpo, inquiere las leyes del ser; noble
vida de pensador, en que la única figura de mujer que pasaba por mi imaginación
como depurada de sensualidad por las altas especulaciones intelectuales, era la
de la abuela, con sus largas guedejas de plata cayéndole sobre las sienes y su
perfil semejante al de la Santa Ana del Vinci, ¡cuán lejos estáis del vértigo y
del frenesí gozador de mi vida de hoy! La muerte repentina de Serrano, la
llegada de mi mayor edad, la necesidad de administrar una fortuna cuantiosa y
situada en valores fácilmente aumentables, dieron fin a aquel período casi mo
nástico de vida. Devuelto al torbellino del mundo, dueño de un cauda) enorme para
la vida de mi tierra natal, bulléndome en las venas los instintos, animado por
la rabia de acción de los Andrade; suelto, libre, sin padre, sin madre ni
hermanos, recibido y cortejado dondequiera, lleno de aspiraciones encontradas y
violentas, poseído de una pasión loca por el lujo en todas sus formas, fui el
Alcibíades ridículo de aquella sociedad que me abrió paso como a un
conquistador. ¡Años de locura y de acción en que comenzaron a elaborarse dentro
de mí los planes que hoy me dominan, en que la comprimida sensualidad reventó
como brote vigoroso bajo el sol de primavera, en que las pasiones intelectuales
comenzaron a crecer y con ellas la curiosidad infinita del mal; soplo de la
suerte que me hizo conservar la fortuna heredada sin que el fabuloso derroche
alcanzara a disminuirla; ambiciones que haciéndome encontrar estrecho el campo
y vulgares las aventuras femeninas y mez quinos los negocios, me forzásteis a
dejar la tierra, donde era quizás el momento de visar a la altura, y venir a
convertirme en el rastaquoere
130
ridículo, en el snob grotesco que en algunos
momentos me siento! ¡Va nidad que te solazas al leer el suelto en que el Gil
Blas anuncia que el richissime Américain don Joseph Fernández y Andrade compró
tal cua-drito de Raffaeli, y te hinchas como un pavo real que abre la
verdeléc-trica cola constelada de ojos, cuando al rodar la victoria de la
Orloff, al paso rítmico de la pareja de moros por la Avenida de las Acacias,
entre la bruma vaga que envuelve el Bosque a las seis de la tarde, algún gomozo
zute murmura fascinado por la elegancia de los caballos o la excentricidad del
vestido de la impure y le dice al compañero:
— . . .Tiens,
regarde, ma vieille!
Epatante la maitresse
du poetel. . .
debes
estar satisfecha, Vanidad! . . .
Sí, esa es la vida, cazar con los nobles, más
brutos y más lerdos que los campesinos de mi tierra, galopando vestidos con un
casacón rojo, tras del alazán del Duque chocho y obtuso; vestirse con otro
casacón blanco, con un chaleco de seda bordado de colores y con medias y
zapatos femeninos para hacer piruetas de maromeros y grotescos dengues al poner
el cotillón en casa de Madame la Princesse Tres Es trellas; acompañar a la
novicia recién casada que quiere ponerse al corriente, a casa de costureras y modistas,
para dirigirle la hechura de los vestidos que no podría escoger sola; perder
una hora conversando con el camisero para sugerirle la idea de una pechera de
batista plegada y rizada y cinco minutos escogiendo la flor rara que debe
adornar la solapa del frac; ¡sí, vanidad, satisfácete, esa es la vida y son
esas las ocupaciones del hombre que pasó su vigésimo año leyendo a Platón y a
Spinoza!
Es ridiculo. Escribo e involuntariamente cedo a mis
exageraciones. Esa no es toda mi vida. Junto a ese mundano fatuo está el otro
yo, el adorador del arte y de la ciencia que ha juntado ya ochenta lienzos y
cuatrocientos cartones y aguas-fuertes de los primeros pintores antiguos y
modernos, milagrosas medallas, inapreciables bronces, mármoles, por celanas y
tapices, ediciones inverosímiles de sus autores predilectos, tiradas en papeles
especiales y empastadas en maravillosos cueros de Oriente; el adorador de la
ciencia que se ha pasado dos meses enteros yendo diariamente a los laboratorios
de psicofísica; el maniático de filosofía que sigue las conferencias de La
Sorbona y de la Escuela de Altos Estudios, y cerca de ese yo intelectual
funciona el otro, el yo sensual que especula con éxito en la Bolsa, el
gastrónomo de las cenas fastuosas, dueño de una musculatura de atleta, de los
caballos fogosos y violentos, de Lelia Orloff, de las pedrerías dignas de un
Rajah o de una Emperatriz, de los mobiliarios en que los tapiceros han agotado
su arte, de los vinos de treinta años que infunden vigor nuevo y calientan la
sangre; ¡y por encima de todo eso está un analista que ve claro en sí mismo y
que lleva sus contradictorios impulsos múltiples,
131
armado de una voluntad de hierro, como llevaban los
cocheros dóricos los cuatro caballos de la cuadriga en las carreras de las
Olimpiadas!
¿Y estás satisfecho Pangloss!— me pregunta ahora la
voz interior que habla en las horas de análisis íntimo. . . No, jamás, esa vida
que a tantos les parecería increíble por su intensidad no sirve sino para
excitar mis deseos de vivir. . . ¡Más! ¡todo!, grita el Monstruo que llevo por
dentro. . . No eres nadie, no eres un santo, no eres un bandido, no eres un
creador, un artista que fije sus sueños con los colores, con el bronce, con las
palabras o con los sonidos; no eres un sabio, no eres un hombre siquiera, eres
un muñeco borracho de sangre y de fuerza que se sienta a escribir necedades. .
. ¡Ese obrero que pasa por la calle con su blusa azul lavada por la mujercita
cariñosa y que tiene las manos ásperas por el trabajo duro vale más que tú
porque quiere a alguien, y el anarquista que guillotinaron antier porque lanzó
una bomba que reventó un edificio, vale más que tú porque realizó una idea que
se había encarnado en él! ¡Eres un miserable que gasta diez minutos en pulirse
las uñas como una cortesana y un inútil hinchado de orgullo monstruoso! . . .
¡Oh, un plan a qué consagrar la vida, bueno o malo, no importa, sublime o
infame, pero un plan que no sean los que tengo hoy— ni la casa de comercio en
Nueva York para especular en grande y doblar mi fortuna, ni el viaje alrededor
del Mundo para almacenar sensaciones e ideas, ni la vida en el archipiélago
para pescar perlas que me den más oro; no, un plan que no se refiera a mí
mismo, que me saque de mí, que me lleve como un huracán, sin sentirme vivir!. .
.
Bale, 23 de
junio
De la tarde de ayer sólo me quedan dos sensaciones:
el puño de la camisa empapado en sangre y la orla negra de la carta. De la
noche, el ruido del tren al cruzar la sombra. . . A estas horas debe haber
muerto y la policía estará buscándome. Me hice inscribir en el registro del
hotel con el nombre de Juan Simónides, griego, agente viajero, para despitarla.
. . ¡Del estado en que estoy a la locura no hay más que un paso! Marinoni debe
telegrafiarme hoy mismo y del hotel mandarán el telegrama a Whyl. . . donde voy
a esconderme en una hostería a dos kilómetros del pueblecito!
Whyl,
29 de junio
Frente de la hoja de papel en que escribo está el
telegrama de Marinoni desplegado. Lo he leído veinte veces y he necesitado dos
horas de re flexión para despertarme de la sangrienta pesadilla. “Puede volver
132
— dice— , la policía ignora todo. Ella ayer,
perfectamente, en el Bosque, con un vestido nuevo. Comió en buena compañía en*
la Cascada. Felici taciones sinceras”. ¿Dónde fue la herida entonces, si no
dejó huella?. . .
Siento todavía el calor de la sangre en la mano y
ahí en la maleta de viaje está la camisa con el puño empapado en sangre.
Al día siguiente.
La escena brutal, la idea del asesinato, la huida,
la angustia, me ha bían impedido leer, entendiéndola, la carta de Emilia. Sólo
comprendía que había muerto la viejecita, lo único que me quedaba de familia
ver dadera sobre la tierra y sentía como un peso que me oprimiera el pecho,
como un nudo en la garganta y como una negrura en el alma, pero los detalles de
la muerte los ignoraba, como si no los hubiera leído. Quiero copiar la carta
aquí para encontrarla más tarde, dentro de unos años al releer este diario
maldito, y revivir las horas singulares de estos días en que esa impresión
noble se mezcló con la angustia de un crimen. Dicen así los renglones trazados
en el papel de gruesa orla negra por la mano débil de Emilia:
“Mi carta del primero te decía que tu abuelita
estaba extremadamente débil y que había tenido varios vértigos en los últimos
días. La situación se agravó desde la noche del 2. El doctor Alvarez, a quien
mandé llamar a pesar de que ella se opuso, la obligó a guardar la cama desde
ese día y me hizo saber que era inútil todo esfuerzo para salvarla por ser lo
que estábamos viendo el fin de la enfermedad, tal como lo había pre visto
desde hacía años. Se limitó a prescribir quietud completa y una poción narcótica.
Sin insinuación de nadie mandó llamar ella al Arzo bispo, quien era su
confesor, como recuerdas, y después de confesar, reci bió la comunión con su
fervor acostumbrado. En los días que precedie ron a la muerte no recibió a
nadie, con excepción del Prelado, y me habló continuamente de ti, con más amor
que nunca, y de la muerte que esperaba con tranquilidad absoluta. El ocho por
la noche comenzó un delirio extraño, sin fiebre, precursor del fin, en que
divagó continua mente alternando sus oraciones preferidas con extrañas frases
referentes a ti. "j Señor, sálvalo, sálvalo del crimen que lo empuja,
sálvalo de la locura que lo arrastra, sálvalo del infierno que lo reclama. Por
tu agonía en el huerto y por tu corona de espinas, por tus sudores de sangre v
por la hiel de la esponja, sálvalo del crimen, sálvalo de la locura, sálvalo
del infierno!. . . ”, decía agitándose sobre las almohadas. . . “Lo vas a
salvar: ¡míralo bueno, míralo santo. Benditos sean la señal de la cruz hecha
por la mano de la virgen, y el ramo de rosas que caen en su noche como signo de
salvación! ¡Está salvado! ¡Míralo bueno, míralo santo! Benditos sean”. Una
expresión de beatitud suave reemplazó en la
133
cara fina la angustia de antes y, adormecida, la
respiración estertorosa, devolvió a Dios el alma. Perdóname si te doy estos
dolorosos detalles de la agonía. Te conozco y sé que te harán sufrir pero que
quieres saberlos.
“Murió como una santa, como había vivido. A la
estancia mortuoria sólo entramos don Francisco Cordovez, el doctor Alvarez, el
Arzobispo y yo. El Prelado estuvo largo tiempo arrodillado cerca del féretro.
Para mí la velada mortuoria fue una impresión mística superior a todas las que
he sentido en mi vida. Estaba segura de que aquel cadáver era el de una santa
de la raza de las Mónicas, y que su alma había recibido ya el premio de la
existencia sin mancha. La expresión del cadáver, de la cabeza fina con las facciones
como depuradas por la muerte, enmar cada por la blancura de las canas que
parecían de nieve a la luz de los cirios, era de una serenidad infinita. Desde
el fondo de los cuadros de Vásquez que adornan la alcoba, los santos sus amigos
parecían contem plarla, sacando la cabeza del lienzo y saliéndose de entre el
oro desteñido de los antiguos marcos españoles. Esa noche pasada al lado de la
santa muerta me dará valor para sufrir todos los males de la vida con la espe
ranza de morir así.
“El cadáver ocupa la bóveda central en el monumento
de la familia, cerca a tu padre. La casa está cerrada y en su alcoba, a tu
vuelta, si algún día vuelves, encontrarás todavía el olor de los cirios
mortuorios, pues la llave no saldrá de mis manos mientras viva.
“Tu pena es la mía. Te acompaño con todo mi corazón
y a Dios y a la Santa que hoy vela por ti en el cielo les pido por tu felicidad
con todo el fervor de mi cariño por ti. Emilia. .
Mi felicidad. . . ¡Dios mío! Qué fácil que las
líneas anteriores las leyera en una prisión, detenido por haber asesinado a una
de las hetairas de más renombre de la Babilonia moderna. . . ¡Ah, la impresión
que me ha causado la lectura de esa carta el mismo día en que debí cometer un
crimen, en que lo cometí casi! ¡La santa muerta, allá en la alcoba tendida de
antiguo damasco oscuro y yo el mismo día en que supe su muerte, huyendo como un
asesino, después de haber querido matar a una mujer indefensa!
La vi por primera vez, oyendo la música sobrehumana
de las Walki-rias, en un palco de la Opera. Había llegado de Viena la víspera.
El fondo carmesí de la pared del palco realzaba la pureza de su perfil de Diana
Cazadora, como un estuche de raso rojo de oriente de una perla sin tacha; entre
los cabellos de un rubio pálido, en los lóbulos de las orejas diminutas,
alrededor de las muñecas redondas y finas y sobre el corpiño bajo la gasa verde
pálida que dejaba medio desnudo el seno, brillaban, ardían las diáfanas
esmeraldas de mi tierra, las luminosas es meraldas de Muzo.
La expresión soñadora de la cabeza rubia, la
palidez dorada de la tez, el color del aéreo vestido, el brillo de aquellas
joyas de reina, la hacían
134
semejar, más que una mujer de carne y hueso, una
aparición irreal, ondina habitadora de las profundidades de un lago o Willy
salida del fondo negro y misterioso de las florestas. La cabalgata de las
Walkirias poblaba el aire, la sobrehumana música llenaba la sala con sus sobre
humanas vibraciones y ella, como subyugada por la insistencia de mis ojos que
la devoraban desde el palco, volvió a mirarme. La primera mi rada, lenta y
penetrante como un beso columbino, me hizo correr un escalofrío de voluptuosidad
por las espaldas. . . Tres días después era mía.
Esa delicada criatura ataviada e idealizada por
proveedores artistas fue el ídolo de estos seis últimos meses. ¡Oh, las
primeras noches de delicia sensual en el amplio lecho profundo, dorado y
ornamentado como un altar, la palidez ambarina, las líneas perfectas, el olor a
magnolia, el vello de oro sedoso de aquel cuerpo de veinte años, extendido en
volup tuosas posturas sobre las sábanas de raso negro! ¡Oh, las caricias
lentas, sabias e insinuantes de aquellas manos delgadas y nerviosas, la
lascivia de aquellos labios que modulaban los besos como una cantatriz de genio
modula las notas de una frase musical! ¡Oh, el refinamiento de sen sualidad,
la furia de goce, la gravedad casi religiosa de todos los minu tos consagrados
al amor, como si en vez de tener de él la miserable noción moderna que lo
relega al dominio de lo inmundo, lo sintiera ella grave y noble y como una
función augusta! Así debieron de amar las sacerdo tisas de la Afrodita que
creían en su Diosa y consideraban sagrado el Acto.
A los quince días de la primera noche sabía ya qué
extraña mistifi cación era aquella criatura y la comprendía menos que antes, a
pesar de eso. Se llamaba María Legendre, el otro era el nombre de guerra. El
padre y la madre vivían en una callejuela de Batignolles; él, zapatero de
viejo, brutal y alcoholizado; ella, una pobre mujer, delgaducha, pálida, de
aire enfermizo, a quien sacudía el marido cada vez que bebía más de lo
necesario. Criaban dos hijas más, insignificantes. ¿Por qué misterio ésta había
Ido a dar cuatro años antes de que yo la encontra a manos de un ex-presidente
de la república sudamericana, que arrojado de su tierra por una de esas
revoluciones que constituyen nuestro sport predi lecto, llegó a París
desbordante de oro y de color local, en busca de seguridad y de placeres y la
colmó de regalos en un año?. . . ¿El Duque ruso que de paso por París vivió más
tiempo en la alcoba de ella que en otros lugares y la llevó luego a
Petersburgo, de donde volvió rebautizada con apellido de princesa y dueña de
las esmeraldas fabulosas y del collar de diamantes, fue quien le educó los
sentidos y despertó en ella ese sen sualismo sibarítico, que me sedujo desde
el primer momento como una fascinación?, ¿o su educador fue más bien el
perverso poeta italiano de quien se enamoró locamente y a quien colmó de
regalos, sin que el vate famélico y complaciente prosterara contra aquel papel
equívoco de favorito pagado?. . . No lo sé, ni me importa saberlo, ni lo sabré
nunca.
135
La encontré instalada en un departamento pequeño,
cuyos balcones mi raban sobre el parque Monceau, amueblado con un refinamiento
de gusto inverosímil en una mujer, aun nacida sobre las gradas de un trono.
La salita con las paredes tendidas de una sedería
japonesa, amarilla como una naranja madura, y con bordados de oro y de plata
hechos a mano, amueblada sobriamente con muebles que habrían satisfecho las
exquisiteces del esteta más exigente; la alcoba tapizada de antiguo bro
cateles de iglesia, desteñidos por el tiempo, con su mobiliario auténtico del
siglo xvi, y el cuarto de baño, donde lucía una tina de cristal opales cente
como los vidrios de Venecia, junto a las mesas de tocador, todas de cristal y
de nikel, sobre la decoración pompeyana de las paredes y del piso, sugerían la
idea de que algún poeta que se hubiera consagrado a las artes decorativas — un
Walter Crane o un William Morris, por ejemplo— hubiera dirigido la instalación,
detalle por detalle.
Al visitarla la primera vez comprendí claramente
que ninguna noción estética había determinado la escogencia de todo eso; que lo
tenía por que le había gustado como a otras les gustan la felpa rosada, las
terra cotas de a seis francos, las oleografías y las flores de trapo, y cuando
por exigencia suya comí en su departamento, lo suculento de las viandas, lo
inédito de las salsas y lo añejo de los vinos me hizo ver que poseía aquellos
primores de la industria artística, solamente porque necesitaba como cosa
corriente v a cualquier precio sensaciones profundas y finas. Pero, ¿de dónde
diablos había sacado aquella aristocracia de los nervios, más rara quizás que
las de la sangre y la inteligencia, ella, la hija de un zapatero mugriento?. .
. Enigma insoluble. . . El té que bebía en frági les tazas chinas, dignas de
una vitrina de museo, era té de caravana com prado a precio absurdo y sostenía
ingenuamente que era el menos malo que había encontrado en París; tomaba el
único café libre de toda sofis ticación que he bebido en Europa; vivía
quejándose de la mesa y al proponerle que fuéramos a comer en algunos de los
restaurantes afama dos, hacía una mueca de asco, como si en todos ellos juntos
no se pudiera encontrar un beefsteack devorable; cultivaba con pasión la manía
de los encajes antiguos y los amontonaba sin usarlos en el enorme armario de
maderas olorosas, perfumado por Guerlain con aromáticas yerbas, en donde
amontonadas en pilas simétricas y enormes, deslumbraban el ojo las blancas
batistas de sus ropas íntimas, y lo acariciaban los pálidos ma tices de las
camisas de dormir, frágiles como telarañas, de las enaguas bordadas como
pañuelos de baile y de los calzones de seda olorosos a iris de Florencia y
franjiponia.
En su boca de fresa la frase aquella de la
princesita al oír los aullidos del pueblo pidiendo pan: “Si no tienen pan, ¿por
qué no comen bizco
chos?. . parecería natural; el lujo es su elemento
como el agua el de los peces, pero un lujo como inconsciente e ingénito. . .
136
—Tú estudias. . . — ¿cierto?. . . — me preguntaba
una tarde, tendi dos ambos en el diván turco del saloncito de la izquierda. .
. ¿Para qué, dime?. . . — añadió ingenuamente. . . —“Para saber. . . — ” le
contes té sorprendido. . . — “Y qué sacas con saber — añadió besándome— la
vida no es para saber, es para gozar. Gozar; gozar es mejor que pensar
— añadió con
acento de convicción íntima”.
Yparece
que yo hubiera
aceptado su filosofía,
a juzgar por
mis
últimos meses en que no he abierto un libro y he
abandonado el griego y el ruso y los estudios de gramática comparada y los
planes de mis poemas y los negocios, para vivir preocupado sólo de placeres, de
sport, de fiestas, de esgrima, en una incesante cacería de sensaciones. . . Me
estaba ahogando por falta de aire intelectual, acostumbrado al silencio que
forma también parte de la naturaleza de Lelia, porque en días en teros de
estar juntos no atravesaba una palabra, hundiéndome lentamente en una atonía intelectual
increíble. . . ¡Oh, la Circe que cambia los hombres en cerdos!. . . ¡En los
minutos de lucidez me sentí agonizar entre la materia como el Emperador
arrojado a las letrinas por el pueblo romano!
La primera vez que encontré a la de Roberto en casa
de Lelia, la monstruosa sospecha se me clavó en la imaginación. Alta, huesosa,
del gada, los ojos ardientes, el seno sin relieve, calzada y vestida con
estilo masculino y con algo hombruno en toda ella — en el bozo que sombrea el
labio delgado, en los ademanes bruscos, en la voz de modulaciones graves— la
italiana me fue odiosa sólo al verla. . . — “¿Quién es? ¿Por qué la tratas?”—
le pregunté a la Orloff. — “Porque me gusta”— , con testó y se encerró en el
silencio de siempre. Una tarde, al entrar, las lámparas no estaban encendidas y
el salón se adormecía en la oscuridad del crepúsculo. Oí en uno de los rincones
oscuros un cuchicheo, y antes de encender una cerilla pasó rozándome un bulto y
salió a la antecámara. Lelia, al ver luz se incorporó en el diván donde estaba
recostada. . .
— “¿Quién salió de aquí?”— pregunté nervioso —
“Angela de Roberto, ¿no es cierto?. . . — ”. — ‘Sí. . . — ” contestó con su
tranquilidad inalte rable. . . — “Y por qué la recibes, si sabes que me es
odiosa”— dije sin pódeme contener. . . — “Porque me gusta”— contestó, volviendo
a ence rrarse en su silencio enigmático, y la noche que siguió a esa tarde fue
una de las más deliciosas noches de mi vida. . .
El 22 por la tarde me fui a verla, a pedirle una
taza de té y a llevarle una miniatura encantadora, montada por Bassot en un
círculo de dimi nutas perlas rosadas. Me abrió la camarera, y al verme hizo
una mueca extraña, de burla, de alegría, de miedo, un gesto extravagante que me
lo sugirió todo. Al hacer saltar la puerta de la alcoba que se deshizo al
primer empujón brutal y cedió rompiéndose, un doble grito de terror me sonó en
los oídos y antes de que ninguna de las dos pudiera desen lazarse, había alzado
con un impulso de loco duplicado por la ira el
137
grupo infame, lo había tirado al suelo, sobre la
piel de oso negro que está al pie del lecho, y lo golpeaba furiosamente con
todas mis fuerzas, arrancando gritos y blasfemias, con las manos violentas, con
los tacones de las botas, como quien aplasta una culebra. No sé cómo saqué de
la vaina de cuero el puñalito toledano damasquinado y cincelado como una joya
que llevo siempre conmigo y lo enterré dos veces en la carne blanda; sentí la
mano empapada en sangre tibia, envainé el arma, bajé en dos saltos la escalera
oyendo los gritos y me metí en un fiacre dán dole al cochero las señas del
escritorio de Miranda.
De ahí, después de pedirle una suma al cajero y de
recoger mi corres pondencia llegada una hora antes, fui a mi hotel para que
Francisco arreglara un saco de viaje, salí en otro coche pedido por el conserje
y llegué a la estación a tomar el tren, el primero que saliera, para cual
quier parte. . . Tomé el que me trajo a Bále, donde dormí, y desde el día
siguiente estoy aquí, donde, con una angustia suprema ha esperado el telegrama
de Marinoni, que tengo abierto frente a la página que es cribo. . . ¡En fin,
no he matado a nadie, fue un rasguño, ayer estaba comiendo en el Restaurante de
la Cascada, y respiro!. . .
Ahora analizo fríamente. ¿Por qué cometí esa
brutalidad digna de un carretero e intenté un asesinato de que me salvó el
tamaño del puñal que es más bien una joya que una arma, yo, el libertino
curioso de los pecados raros que ha tratado de ver en la vida real, con
voluptuoso dilettantismo, las más extrañas prácticas, inventadas por la
depravación humana, yo, el poeta de las decadencias que ha cantado a Safo la
les biana y los amores de Adriano y Antinoo en estrofas cinceladas como
piedras preciosas? ¿Celos? Sería grotesco. . . ¿Odio por la anormal?. . .
No, puesto que lo anormal me fascina como una
prueba de rebeldía del hombre contra el instinto. . . ¿Entonces?. . . Fue un
movimiento irra zonado, un impulso ciego, inconsciente, como el que una tarde
de otoño pasado me hizo insultar sin motivo al diplomático alemán que me habían
presentado diez días antes, dando ocasión para un duelo estúpido en la frontera
belga y para que Mirinoni me creyera loco.
Whyl, 5 de
julio
Encontré un nido donde esconderme a pensar, una
casucha de madera tosca, habitada por una pareja de viejos campesinos. Es un
sitio inaccesi ble donde no llegan turistas, una garganta salvaje de monte,
llena del ruido de un torrente que se vuelve niebla al rodar entre enormes
pedre gones negros y sombreado por pinos y castaños altísimos. He escrito a
París pidiendo que me manden a Interlaken una multitud de cosas que me hacen
falta, y voy mañana a treparme a mi picacho sin llevar más libros que unos estudios
de prehistoria americana, escritos por un alemán
138
y unos tratados de botánica. Siento una emoción
rara al pensar en mi escondite.
10 de julio
El viejo y la vieja dueños de la casa no han estado
nunca en ninguna ciudad, ni saben leer ni escribir; me miran con un animal
raro, y sólo me dirigen la palabra para decirme buenos días y buenas roches. No
pudiendo comer su comida me alimento con la leche de unas vacas que tienen en
una explanada vecina. Mi cuarto, el cuarto de don José Fer nández, le
richissime américain, tiene por mobiliario una cama en que no se acostaría por
ninguna suma el último de mis criados parisienses, una mesa tosca en que escribo
y un enorme platón de madera, que por la mañana me llenan de agua helada,
cogida en el torrente para bañarme. Todo eso, por fortuna, más aseado que lo de
los mejores hoteles del mundo, probablemente. Las sábanas gruesas de la cama
huelen a campo y los muebles relucen como acabados de barnizar. En estos cinco
días no se me ha pasado por la cabeza una imagen voluptuosa, no he sentido
ningún deseo y me he emborrachado de aire y de ideas.
A la madrugada me levanto y tras del baño helado y
la leche que tiene todavía la tibieza de la urbre, trepo por entre la bruma
gris pene trada de luz, donde los accidentes de las montañas se ven apenas
como sombras azulosas, hasta una colina que domina el paisaje. Es un mar de
vapores blancos que se va iluminando, iluminando, hasta que los rayos del sol
lo deshacen y muestras el paisaje envuelto en brumas suaves, que flotan como
jirones de un velo de novia, sobre el azul de las montañas lejanas, sobre las verduras
de los valles y en último término sobre la blancura de plata de un nevado, allá
en el horizonte. . . Luego se va precisando todo, el cielo se azula, se deshace
la niebla, los tonos se acen túan, se hacen más intensas las verduras, se ve
lo negro o lo rojizo de tal cual roca desnuda. Sólo se oyen los cantos de los
pájaros y el ruido sordo y ahogado del torrente que muge en su cauce de
piedras. El aire tiene un olor vegetal y es ralo, ligero. . . Tendido en la
altura, sobre la manta que me acompaña en todos mis viajes, me dejo invadir por
la sensación penetrante y profunda de frescura que se desprende de todo
aquello. Miro a mi alrededor y en primer término, cerca de la verdura
amarillenta y aérea de un grupo de sauces, diviso el viejo molino cuya gran
rueda, al girar contra lo negro del paredón enmohecido por la humedad,
convierte el chorro de agua que la mueve, en hilos y gotas de cristal
transparente e impalpable vapor, mientras que las golondrinas que anidan en los
aleros y los huecos del edificio vetusto, entrecruzan sobre él los amplios
semicírculos y encontrados zigzags de su incesante y nervioso revoloteo. Pasa a
los pies del molino el camino de cabra que
139
trepa a la cima y en rápida curva se oculta tras de
los primeros contra fuertes de la montaña que son a esa hora, vistos desde
donde estoy, una masa de negruzca neblina argentada, rizada por los verdes
matorrales que se destacan sobre el segundo contrafuerte cuya confusa masa de
detalles esfuma la niebla velándolos. Allá a lo lejos, la oscuridad azulosa de
los montes del fondo, con sus perfiles de puntiagudos picachos y den-teladas
rocas que se cortan oscuras en un ángulo de anfractuosas sinuo sidades sobre
el diáfano azul pálido del cielo y la blancura deslumbrante de las nubes
matinales.
Vuelvo los ojos hacia abajo y veo el valle con lo
verdoso de su al fombra vegetal, sobre la cual flota un poco de niebla,
manchado aquí y allí con las masas oscuras de los matorrales y de los grupos de
árboles, cruzado por las líneas delgadas y amarillentas de los caminos, por los
hilos negros de la ferrovía y por el plateado zig-zag del torrente que lo
atraviesa; y en un recodo de la hondonada, al pie de la montaña diviso los
techos, la cúpula de la iglesia y el cementerio del pueblecito, medio oculto
por la oscuridad verdosa del follaje, y al frente, en el horizonte donde la
niebla interpuesta vuelve a borrar los detalles, las ondulaciones de los
perfiles y la confusa masa azulosa de otra cordillera, que abriéndose en
irregular brecha, muestra en el fondo la cegadora blancura inmaculada de un
ventisquero.
La naturaleza, ¡pero la naturaleza contemplada así,
sin que una voz humana interrumpa el diálogo que con el alma pensativa que la
escucha entabla ella, con las voces de sus aguas, de sus follajes, de sus
vientos, con la eterna poesía de las luces y de las sombras! Cuando aislado así
de todo vínculo humano, la oigo y la siento, me pierdo en ella como en una
nirvana divina. Una noche en medio del Atlántico, sentado en la popa del buque
donde dormían ya los pasajeros, tranquilo, sin preocupación personal ninguna,
me abandoné como lo he hecho estas mañanas a su misterioso sortilegio y a la
fascinadora orgía que es para mí contemplarla. No había luna. El buque era una
masa negra que huía en la sombra. El mar calmado y el cielo de un azul sombrío
y purísimo se confundían en el horizonte; las constelaciones y los planetas
resplandecían en el fondo del azul infinito; el hervidero de soles de la vía
láctea era un camino de luz pálida en la inmensidad negra y abaio la estela que
dejaba el barco era otra vía láctea, donde, entre la fosforescencia
verde-azulosa, ardía sutil polvo de diamantes. En la pri mera hora de quietud
pensativa volvieron a mi mente escenas del pasa do, fantasmas de los años
muertos, recuerdos de lecturas remotas; luego lo particular cedió a lo universal;
algunas ideas generales, como una teoría de musas que llevaran en las manos las
fórmulas del universo, des filaron por el camino de mi visión interior. Luego,
cuatro entidades grandiosas, el Amor, el Arte, la Muerte, la Ciencia, surgieron
en mi
140
imaginación, poblaron solas las sombras del
paisaje, visiones inmensas sus pendidas entre los infinitos del agua y del
cielo; luego aquellas últimas expresiones de lo humano se fundieron en la
inmensidad negra y, olvida do de mí mismo, de la vida, de la muerte, el
espectáculo sublime entró en mi ser, por decirlo así, y me dispersé en la
bóveda constelada, en el océano tranquilo, como fundido en ellos en un éxtasis
panteísta de adoración sublime. ¡Instantes inolvidables cuya descripción se
resiste a todo esfuerzo de la palabra! La luz de la madrugada que destiñó el
brillo de las estrellas y le devolvió al mar su glauca coloración mareante, me
hizo volver a las realidades de la vida.
Ya que no éxtasis de esos, producidos por la
grandiosidad de la escena, sí he sentido por momentos bajar sobre mi espíritu
una suprema paz en las horas pasadas en el picacho a donde subo. El plan que
reclamaba, el fin único a que consagrar la vida, me ha aparecido claro y
preciso como una fórmula matemática. Para realizarlo necesito un esfuerzo de
cada minuto por años enteros, una voluntad de hierro que no ceda un instante.
Más o menos será éste. Tengo que aumentar al doble o al triple de lo que vale
hoy mi fortuna, para comenzar. Si la comisión de ingenieros, mandada de Londres
por Morrel & Blundel, da un dicta men favorable sobre las minas de oro que
tengo casi negociadas con ellos y que en la mortuoria de mi padre se avaluaron
en una suma insignificante, las minas me darán al vendérselas varios millones
de francos. Deben los ingleses cablegrafiar a París, de un momento a otro y los
Miranda me avisarán por telegráfo a Ginebra, donde iré a pasar el mes de
agosto. Hecha esa operación trasladaré a Nueva York todo mi capital y fundaré
con Carrillo la casa para llevar a cabo los nego cios que tiene él pensados.
Tras de Carrillo están los Astor, los millona rios que no han dado un paso en
falso desde que comenzaron a negociar, y en manos de él mi oro trabajará por
mí, mientras me consagro en alma y cuerpo a recorrer los Estados Unidos, a
estudiar el lenguaje de la civilización norteamericana, a indagar los porqués
del desarrollo fabuloso de aquella tierra de la energía y a ver qué puede
aprovecharse, como lección, para ensayarlo luego, en mi experiencia. Desde
Nueva York iré por temporadas a Panamá a dirigir en persona las pesquerías de
perlas, que darán al explotar los bancos desconocidos hasta hoy, mara villas
como las que produjeron cuando Pedrarias Dávila remitió a los Reyes de España
la que remata la corona real. Todo el oro que esas explotaciones produzcan y lo
que hoy poseo estará listo para el momento en que regrese a mi tierra, no a la
capital sino a los Estados, a las Provincias, que recorreré una por una,
indagando sus necesidades, estu diando los cultivos adecuados al suelo, las
vías de comunicación posibles, las riquezas naturales, la índole de los
habitantes, todo esto acompañado de un cuerpo de ingenieros y de sabios, que
serán para mis compatriotas ingleses que viajan en busca de orquídeas. Pasaré
unos meses entre las
141
tribus salvajes, desconocidas para todos allí y que
me aparecen como un elemento aprovechable para la civilización por su vigor
violento las unas, por su indolencia dejativa las otras. Luego me instalaré en
la capital e intrigaré con todas mis fuerzas y a empujones entraré en la
política para lograr un puestecillo cualquiera, de esos que se consiguen en
nuestras tierras sudamericanas por la amistad con el presidente. En dos años de
consagración y de incesante estudio habré ideado un plan de finanzas racional,
que es la base de todo gobierno, y conoceré a fondo la administración en todos
sus detalles. El país es rico, formida blemente rico, y tiene recursos
inexplotados; es cuestión de habilidad, de simple cálculo, de ciencia pura,
resolver los problemas actuales. En un ministerio, logrado con mis dineros y
mis influencias puestas en juego, podré mostrar algo de lo que se puede hacer
cuando hay voluntad. De ahí a organizar un centro donde se recluten los
civilizados de todos los partidos para formar un partido nuevo, distante de
todo fanatismo político o religioso, un partido de civilizados que crean en la
ciencia y pongan su esfuerzo al servicio de la gran idea, hay un paso; De ahí a
la pre sidencia de la república, previa la necesaria propaganda, hecha por
diez periódicos que denuncien abusos anteriores, previas promesas de con
tratos, de puestos brillantes, de grandes mejoras materiales, otro. . . Eso por
las buenas. Si la situación no permite esos platonismos, como desde ahora lo
presumo, hay que recurrir a los resortes supremos para excitar al pueblo a la
guerra; a los medios que nos procura el gobierno con su falso liberalismo para
provocar una poderosa reacción conservadora, apro vechar la libertad de
imprenta ilimitada que otorga la Constitución actual para denunciar los robos y
los abusos del gobierno general y de los Estados; a la influencia del clero
perseguido para levantar las masas fanáticas; al orgullo de la vieja
aristocracia conservadora lastimada por la oclocracia de los últimos años; al egoísmo
de los ricos; a la necesidad que siente ya el país de un orden de cosas
estables; proceder a la ame ricana del sur y tras de una guerra en que
sucumban unos cuantos miles de indios infelices, hay que asaltar el poder,
espada en mano, y fundar una tiranía, en los primeros años apoyada en un
ejército for midable y en la carencia de límites del poder y que se
transformará en poco tiempo en una dictadura con su nueva constitución
suficientemente elástica para que permita prevenir las revueltas de forma republicana,
por supuesto, que son los nombres lo que les importa a los pueblos, con sus
periodistas de la oposición presos cada quince días, sus destierros de los
jefes contrarios, sus confiscaciones de los bienes enemigos y sus sesiones
tempestuosas de las Cámaras disueltas a bayonetazos, todo el juego.
Este camino que me parece el más práctico, puesto
que es el más brutal, requiere para tomarlo, otros estudios que haré con
placer, ce diendo a la atracción que sobre mi espíritu han ejercido siempre
los
142
triunfos de la fuerza. ¡Con qué placer os
estudiaré, monstruosas máquinas de guerra, cuyo acero, donde estalla la mezcla
explosiva, derrama la lluvia de proyectiles en el campo enemigo y siembra la
muerte en las filas destrozadas; granadas de fulminantes picratos y que al
estallar re ducían los piafantes caballos y los cuerpos de los jinetes a
informes despojos sangrientos; cómo inquiriré los secretos de vuestra
estrategia, las sutilezas de vuestra táctica, sombras de monstruos a quienes la
humanidad de gradada venera, legendarios Molochs, Alejandros, Césares,
Aníbales, Bo-napartes, al pie de cuyos altares enrojoce el suelo la hecatombe
humana y humea como un incienso el humo de las batallas!
JOh! qué delicia la de escribir, después de
instalar un gobierno de fuerza, grande y buen amigo, al acreditar los
respectivos plenipotenciarios que pedirán su reconocimiento ante todos los
presidentes de todas las republiquitas a la americana del centro o del sur,
donde las cosas se hacen así, y de pensar que en virtud de un plan elaborado
con la frialdad con que se resuelve la incógnita de una ecuación, llegó uno al
puesto que ambiciona con el fin de modificar un pueblo y elevarlo y verificar
en él una vasta experiencia de sociología experimental. Ningún esfuerzo me
parecerá excesivo para coronar la altura que representa sólo la posibilidad de
comenzar a obrar ampliamente.
En esa lejanía están los años decisivos, en que
todo habrá de ser energía y acción. Equilibrados los presupuestos por medio de
sabias medidas económicas: disminución de los derechos aduaneros, que a la
larga, facilitando enormes introducciones, duplicaría la renta; supresión de
los inútiles empleos, reorganización de los impuestos sobre bases cien
tíficas, economías de todo género; a los pocos años el país es rico y para
resolver sus actuales problemas económicos, basta un esfuerzo de orden; llegará
el día en que el actual déficit de los balances sea un superávit que se
transforme en carreteras, en ferrocarriles indispensables para el desarrollo de
la industria, en puentes que crucen los ríos to rrentosos, en todos los medios
de comunicación de que carecemos hoy, y cuya falta sujeta a la patria, como una
cadena de hierro, y la condena a inacción lamentable.
Esos serán los años de aprovechar los estudios
previos, verificados por los sabios y los ingenieros que la recorrieron años
antes pagados con mi oro. En aquellos climas que van desde el calor de
Madagascar, en los hondos valles equinoxiales, hasta el frío de Siberia, en los
luminosos páramos donde blanquea la nieve perpetua, surgirán, incitados por mis
agentes y estimulados por las primas de explotación, todos los cultivos que
enriquecen, desde el banano cantado por Bello en su oda divina hasta los liqúenes
que cubren las glaciales rocas polares; todas las crías de animales útiles
desde los avestruces que pueblan las ardientes llanuras de Africa, hasta los
rengíferos del polo. Innumerables rebaños pastarán en las fecundas dehesas,
doblaránse bajo el peso de los racimos cárdenos,
143
las ramas de los cafetos; en perspectivas regulares
donde el ojo se pierde en el crepúsculo verde producido por la sombra del guamo
protector, ágil trepará la vainilla por los troncos disformes de los cauchos,
colgando de sus frágiles bejucos sus aromáticas urnas, y en las serranías
abruptas el platino y el oro, la plata y el iridio, brillarán ante los ojos del
minero, tras de la excavación fatigosa y el complicado laboreo del mineral
nativo.
Dudoso de mis propias aptitudes, por grandes que
sean los estudios que haya hecho para ese entonces, llamaré economistas de fama
europea y consultaré los más grandes estadistas del mundo para proceder acorde
con ellos al arbitrar las medidas que coronarán la obra.
Ideadas y planteadas éstas se hará conocer la
tierra nueva y desbor dante de riquezas en los mercados europeos gracias a
agentes fiscales que los recorran y a los esfuerzos de una diplomacia sagaz,
ampliamente renteada y escogida entre la flor y nata de los talentos
nacionales. Los bonos depreciados antes serán una inversión tan segura como los
con solidados ingleses, y colosales empréstitos lanzados por los Hutk y los
Rothschild y suscritos en condiciones favorables permitirán completar los
resultados perseguidos en la constante labor. La inmigración atraída por el
precio mínimo a que se harán las adjudicaciones de baldíos en los territorios
hoy desiertos, afluirá como un río de hombres, como un Ama zonas cuyas ondas
fueran cabezas humanas y mezcladas con las razas indígenas, con los antiguos
dueños del suelo que hoy vegetan sumidos en oscuridad miserable, con las tribus
salvajes, cuya fiereza y gallardía nativas serán potente elemento de vitalidad,
poblará hasta los últimos rincones desiertos, labrará el campo, explotará las
minas, traerá indus trias nuevas, todas las industrias humanas. Para atraer
esa inmigración civilizada, colosales steamers de compañías subvencionadas por
el gobierno con sumas que permitan reducir a un mínimum, suprimir casi, el costo
del pasaje, cruzarán el Atlántico e irán a recoger a los tripulantes, an
siosos de nueva vida, en los puertos de la vieja Europa, de donde el hambre los
arroja, en los del Japón y China, países desbordantes de población hambreada y
en las amplias radas de la península índica de donde el nativo pobre, el paria
desheredado, el bengalí de dulzura casi femenina ¡emigrarán ansiosos de una
patria nueva, para no sentir en las espaldas el látigo inglés que los flagela!
Monstruosas fábricas donde aquellos infelices
encuentren trabajo y pan nublarán en ese entonces con el humo denso de sus
chimeneas el azul profundo de los cielos que cobijan nuestros paisajes
tropicales; vibrará en los llanos el grito metálico de las locomotoras que
cruzan los rieles comunicando las ciudades y los pueblecillos nacidos donde
quince años antes fueron las estaciones de madera tosca y donde, a la hora en
que escribo, entre lo enmarañado de la selva virgen extienden sus ramas
seculares las colosales ceibas, entrelazadas de lianas que trepan por ellas
como serpientes, y sombrean el suelo pantanoso, nido de reptiles y
144
de fiebres; como una red aérea los hilos del
telégrafo y del teléfono agitados por la idea se extenderán por el aire;
cortarán la dormida co rriente de las grandes arterias de los caudalosos y
lentos ríos navegables, a cuya orilla crecerán los cacaotales frondosos,
blancos y rápidos vapores que anulen las distancias y lleven al mar los
cargamentos de frutos, y convertidos estos en oro en los mercados del mundo,
volverán a la tierra que los produjo a multiplicar, en progresión geométrica,
sus fuerzas gigantescas.
¡Luz! ¡Más luz! . . . Las últimas palabras del
potea sublime de Fausto serán el lema del pueblo que así emprende el camino del
progreso. La instrucción pública atendida con especial empeño y propagada por
todos los medios posibles — desde el Kindergarten donde los chicuelos apren
den a deletrear entre las rosas, hasta las grandes universidades en que los
sabios de ochenta años, encanecidos sobre los instrumentos de obser vación, se
entregan a las más audaces especulaciones que solicitan el pensamiento humano—
, levantará al pueblo a una altura intelectual y moral superior a la de los más
avanzados de Europa. Libre el país de los pavorosos problemas que minan las
viejas sociedades europeas y estallan en ellas en alaridos nihilistas y
reventar de bombas, mirará tran quilo hacia el futuro.
La capital transformada a golpes de pica y de
millones — como trasformó el Barón Haussman a París— recibirá al extranjero
adornada con todas las flores de sus jardines y las verduras de sus parques, le
ofrecerá en amplios hoteles refinamientos de confort que le permitan forjarse
la ilusión de no haber abandonado el risueño hom e y ostentará ante él — en la
perspectiva de anchas avenidas y verdeantes plazoletas— las estatuas de sus
grandes hombres, el orgullo de sus palacios de mármol, la grandeza melancólica
de los viejos edificios de la época colonial, el esplendor de teatros, circos y
deslumbrantes vitrinas de alma cenes; bibliotecas y librerías que junten en
sus estantes los libros europeos y americanos ofrecerán nobles placeres a su
inteligencia y como flor de esos progresos materiales podrá contemplar el
desarrollo de un arte, de una ciencia, de una novela que tengan sabor netamente
nacional y de una poesía que cante las viejas leyendas aborígenes, la gloriosa
epo peya de las guerras de emancipación, las bellezas naturales y el porvenir
glorioso de la tierra regenerada.
Establecer una dictadura conservadora como la de
García Moreno en el Ecuador o la de Cabrera en Guatemala y pensar que bajo ese
régimen sombrío con oscuridades de mazmorra y negruras de inquisición, se
verifique el milagro de la transformación con que sueño, parece absurdo a
primera vista. No lo es si se medita. Está cansado el país de peroratas
demagógicas y falsas libertades escritas en la carta constitu cional y
violadas todos los días en la práctica y ansia una fórmula política más clara,
prefiere ya el grito de un dictador, de quien sabe que proce
145
derá de acuerdo con sus amenazas, a las platónicas
promesas de respeto por la ley burladas al día siguiente. El éxito d e .la
enorme empresa depende de la habilidad con que, al normalizarse la situación,
después del triunfo, se inicien las modificaciones que lentamente cambiarán la
situación del partido vencido y le permitirán volver a la escena política
aleccionado por la ruda lección de la derrota y por los primeros años de
régimen estrecho en que sus conductores comprendan lo inútil de la lucha a mano
armada. Soñarán entonces en transacciones que les per mitan escalar puestos
secundarios o vociferarán contra los abusos co metidos, pero sus discursos no
encontrarán eco porque el pueblo sentirá ya las ventajas del nuevo régimen. El
desarrollo industrial absorberá parte de las fuerzas que antes producían hondas
perturbaciones al agitarse en la política y las concesiones, paulatinamente
otorgadas, irán atrayéndole al gobierno la opinión de la juventud, desengañada
de los viejos ideales y el apoyo de los capitalistas de todos los bandos, que
desean seguridad y bienestar. A cada progreso realizado en el orden material, a
cada derecho respetado, corresponderán las filas opuestas con un movimiento que
las acerque y permita nuevas concesiones y a la larga, serenados los ánimos y
desaparecidos de la escena los antiguos caudillos llenos de ideas exageradas,
cuya presencia en ella impedía devolver la elasticidad necesaria al juego del
organismo social, una oposición moderada, apenas viable, porque no tendrá
abusos que denunciar ni reclamos que alzar a lo alto como banderas de guerra,
establecerá un equilibrio casi per fecto entre las exigencias de los más
avanzados y la prudencia previsiva de los más retrógrados.
¡Lento aprendizaje de la civilización por un pueblo
niño, que al traducirte en mi cerebro en una imagen plástica y casi grotesca
por la reducción, me haces pensar en los gateos del chiquitín que balbucea
sílabas informes, en las andaderas que le impiden caer al ensayar los primeros
pasos, en los pinitos que hace entre una silla y una mesa, en el cuarto que
atraviesa, apoyándose en los muebles, en las caminadas de a diez metros que
sorprenden a la mamá sonriente, hasta que el músculo endurecido por el ejercicio
y el vigor de los nervios le permiten caminar colgado de la mano de la nodriza!
. . . ¡Las piernecitas que apenas lo sostienen tendrán más tarde tendones y
músculos y osatura formidable con que oprima los ijares del caballo fogoso en
que cruce la llanura, y las manos pequeñas llenas de sonrosados hoyuelos, cuyos
dedillos sostenían con dificultad el juguete preferido, alzarán la azada para
labrar el suelo de la patria y la espada para defenderlo! . . .
Veo mentalmente la transformación del país en los
personajes que me acompañarán en cada época y en cada escena de la tarea, desde
la entrada a la capital, a sangre y fuego, entre el estallido de las bombas y
las descargas de la fusilería del ejército vencedor, mandado por lo más selecto
de la aristocracia conservadora, mis primos los Monteverde,
146
atléticos, brutales y fascinadores, improvisados
generales en los campos de batalla, debido a sus audacias de salvajes; los
viejos jefes encanecidos en el servicio, el general Castro y los dos
Valderrama, por ejemplo, hasta el día en que estos vejetes venerables y
estorbosos para mi plan duerman tranquilos en la tumba junto con los jefes
civiles del partido vencido, que sesentones y tiritando de miedo presenciaron
el triunfo cruento el día en que se implantó la dictadura. Los que eran en ese
entonces mozuelos insulsos, convertidos los unos en ventrudos ministros de
listado, y los otros en flacos periodistas de la oposición, se darán cuenta, en
esa época distante a donde llega mi imaginación, de que los problemas que a sus
padres les perecieron insolubres, se resolvieron casi de por sí al fundar un
gobierno estable y darles ocupación a los vagos, al cultivar la tierra y al
tender rieles que facilitaran el desarrollo del país.
En ese entonces, desprendido del poder que quedará
en manos se guras, retirado en una casa de campo rodeada de jardines y de
bosques de palmas, desde donde se divise en lontananza el azul del mar y no
lejos la cúpula de alguna capilla sombreada por oscuros follajes, saciado ya de
lo humano y contemplando desde lejos mi obra, releeré a los filósofos y a los
poetas favoritos, escribiré singulares estrofas envueltas en brumas de
misticismo y pobladas de visiones apocalípticas que, contras tando de extraña
manera con los versos llenos de lujuria y de fuego que forjé a los veinte años,
harán soñar abundantemente a los poetas venideros. En ellos pondré, como en un
vaso sagrado, el supremo elíxir que las múltiples experiencias de los hombres y
de la vida, hayan de positado en el fondo de mi alma ardiente y tenebrosa.
Llevaré allí la existencia desencantada y dulcísima
de un don Pedro
desposeído
del trono, que lee a Renán en las tardes de meditación. Depurado mi ser de todo
sentimiento humano e inaccesible a toda emo ción que no venga de alguna
verdad, desconocida de los hombres y entrevista por mí, en el apaciguamiento de
la vejez y con la serenidad que dan los sueños realizados, al morir, nada más,
sobre mi cadáver todavía tibio, comenzará a formarse la leyenda que me haga
aparecer como un monstruoso problema de psicológica complicación ante las gene
raciones del futuro.
Mientras no haya realizado siquiera la primera
parte de ese plan no dormiré tranquilo. Que es grande. . . Más grande era el de
Bolívar al jurar la libertad de un continente en la falda del Montepincio, el
de Bonaparte cuando, encerrado a los veinte años en el cuartico de Dole, pobre
militarcillo desconocido, soñaba en cambiar la faz de Europa y en repartir
tronos a sus hermanos como quien reparte un puñado de monedas.
147
— Yo estaba loco cuando escribí esto, ¿no Sáenz?—
exclamó Fernández, interrumpiendo la lectura, dirigiéndose al médico y
sonriéndole amisto samente. . .
— Es la única vez que has estado en tu juicio—
contestó Sáenz con frialdad.
— Me habían ocurrido todas las cosas posibles e
imposibles respecto de ti, menos ésta, ¡que alguna vez se te hubieran ocurrido
semejante barrabasadas! Tú, presidente de la república, qué degradación para
ti— soltó Rovira con acento indignado— . Tú de presidente de la república. . .
— Dime, ¿las ventas de las minas, los negocios en
Nueva York y las pesquerías de perlas, te dieron los resultados que esperabas,
José?— preguntó Luis Cordovez con aire meditabundo.
— Superiores a lo que esperaba— respondió el poeta.
. .
— Y entonces ¿qué te detuvo, di, qué te detuvo para
hacer eso que habrías podido hacer y que era grande, enorme? — preguntó
Cordovez con su entusiasmo de siempre.
— Los pasteles trufados de hígado de ganso, el
champaña seco, los tintos tibios, las mujeres ojiverdes, las japonerías y la
chifladura lite raria— contestó Oscar Sáenz con displicencia, desde su sillón
perdido en la sombra.
— Eres más psicólogo que fisiólogo— respondió
Fernández.
— Y tú eres un chiflado porque habiendo concebido
eso hace ocho años, nos lo estás leyendo aquí ahora, en vez de haberlo
realizado de parte a parte. . .
El té servido por Francisco, el criado viejo que
acompañó al poeta desde que le vio nacer, interrumpió la lectura por unos
instantes.
—Tres tazas de té has bebido, — ¡tres tazas!— le
gritó Sáenz a Fernández, sin poderse contener al verlo llenar por tercera vez
la frágil tacita de porcelana y agitar el aromático licor con la cucharilla—
¡Fer nández, sigue! — dijeron en coro Cordovez, Sáenz y Pérez, mientras que
Juan Rovira se levantaba para despedirse diciendo. . .
— Soy una bestia. . . Nadie te quiere como yo. Me
encanto al oír a los inteligentes recitar tus versos y llamarte gran poeta: de
repente se me antoja oírte leer algo como esta noche; pongo toda la atención
que Dios me dio, y, mi palabra de honor, que me quedo a oscuras de la mayor
parte de lo que oigo. . . ¿Qué tiene que ver todo eso que nos has leído, con el
nombre de la quinta, con el cuadro de la galería ni con la marca de los libros
empastados en cuero blanco? . . . Soy una bestia. . . Mañana te mandaré las
parásitas que llegaron hoy del cafetal.
— ¿Las odontoglosum? . . . — preguntó Fernández,
usando el nombre técnico de la planta por hábito adquirido al -hablar de
botánica con el inglés que cuida el invernáculo.
— No entiendo eso, las que querías, mandaron un
mundo. . . Mañana las tendrás. . . — Y después de apretar las manos de los
amigos, en la
148
suya grande, dura y tostada, salió refunfuñando
entre dientes:— De cididamente no entiendo nada de eso, ¡soy una bestia! . . .
— José, ¡sigue! — dijo Cordovez con impaciencia al
ver caer la portiére roja sobre las espaldas del gigante.
Y Fernández leyó así a la luz de la lámpara.
Interlaken, 25 de julio.
Borracho de ideas y cansado de pensar, salí de mi
escondite hace ocho días a gastar las fuerzas que la quietud, los baños helados
y el ejercicio habían acumulado en mí, y desde esa mañana hasta esta noche ha
sido una orgía de movimiento incesante, de paisajes recorridos, de escaladas
vertiginosas de montañas y de incansables caminadas por valles frescos llenos
de verdura nueva. ¡Neveras, ventisqueros, altas cimas donde el pulmón se llena
de aire purísimo, los ojos de claridades impre vistas, el cerebro de grandiosas
ideas; donde la sangre se vivifica y se enriquece mejor que con la higiene más
cuidadosa, observada en una ciudad! Nunca experimentada sensación de vigor
ardiente y de fuerza muscular inagotable que gastar en nuevos ejercicios, me ha
hecho sentir todo el vigor que encierra mi cuerpo a pesar del que he derrochado
en los últimos meses, y en todos los momentos he meditado en los pormenores de
mi plan. Ni un deseo, ni una imagen sensual me han perseguido; las tentaciones
enfermizas se respiran con el olor de cocina y de perfumería, de polvos de
arroz y de mujer que flotan en el aire, cargado de efluvios de lascivia y de
gérmenes de enfermedades mentales, de la Babilonia moderna.
¡Naturaleza, bendita seas! . . . ¡Tus espectáculos
vistos en soledad completa, sin oír una voz humana que turbe nuestra
meditación, son como un bromuro eficaz y calmante para las almas insomnes!
Antier estaba en un ventisquero, todo blanco,
claro, diáfano el suelo, las lejanías llenas de niebla, donde reverberaba el
sol matinal, el cielo luminoso. Los guías se habían quedado atrás. Destapé el
frasco plano, lleno de chartreuse verde que llevaba en la cintura y sorbí un
trago largo que me quemó el paladar con el sabor de las plantas aromáticas
diluidas en el alcohol sutil, y me hizo correr calor por todo el cuerpo helado
por el ambiente glacial. Pensé en la Orloff, en las sábanas de raso negro sobre
las cuales extiende las curvas del cuerpo ambarino perfumado de magnolia; en la
tina de cristal rosado llena de agua tibia que se opaliza con los vinagres
aromáticos preparados por Lublin, y al sentirme libre del sortilegio carnal, en
que viví envuelto por seis meses, solté una car cajada, una carcajada vibrante
y poderosa que resonó como un disparo en el silencio blanco del ventisquero;
una carcajada de salvaje, después de que ha roto en mil pedazos el fetiche que
lo asustaba. ¡Adiós, sen sualidades de bizantino! ¡A vivir Adda de hombre!
149
hiterlaken, 26 de
julio.
El conjunto cosmopolita de estas mesas redondas de
los grandes hoteles y los contrastes disparatados de todas ellas! El menú
francés parece un exotismo dada la composición heterogénea de la del Hotel
Victoria, donde vivo. . . ¡Oh!, personajes que me divertís al observaros y dais
a mi imaginación fantaseadora ocasión de forjarme vuestra vida mien tras
engullo los manjares; grueso agente viajero alemán, oloroso a cerveza, que
cuentas tus groseras aventuras de taberna y de burdel, entremez clándolas de carcajadas
sonoras; gomoso parisiense, corbateado de rosa, de los zapatos y los bigotes
puntiagudos y de la inteligencia roma, que estropeas lamentablemente los
términos de sport ingleses al adaptarlos a tus pronunciaciones guturales;
español cuyo perfil regular y cerdoso bigote negro van precedidos de inevitable
pitillo infecto y que a todas horas sigues con ojos de lujuria a la criada
suiza coloradota y fresca; brasileros amarillosos y enclenques, que exhibís
inverosímiles diamantes pajizos montados en los botones de la camisa, y
tiritáis de frío como oistitís del trópico en las noches invernales de Londres;
aventurero ruso de la rizada barba castaña que sientes la nostalgia de la
ruleta y las carpetas verdes de Montecarlo; viejas inglesas, secas unas veces como
sarmientos, desbordantes otras como informes paquetes de carne lin fática, que
recorréis la Europa entera, con el Baedeker en una mano y La Biblia en la otra,
pronunciando el mismo beautiful, beautiful, charm-ing, quite charming, ante los
fiords glaciales de Noruega, los nevados y los lagos azules de la Suiza
heroica, los ardientes sitios de Castilla la vieja, llenos de nobles fiebres y
los paisajes sonrosados del litoral del Mediterráneo; viejas que atravesáis los
países que os atraen bebiendo el mismo té tibio, devorando los mismos asados
sanguinolentos y escri biendo en vuestra clara cursiva las mismas cartas de
diez hojas, con las espaldas vueltas a paisajes adorables; canonesa alemana de
los catorce cuarteles en el escudo, que paseas por sobre la asistencia la
insípida mirada incomprensiva de tus ojuelos grises y meláncolicos; pareja de
renteros franceses a quienes alguna agencia de viajes traslada de lugar en
lugar para que admiréis, sin comprenderlos, los sitios y los edificios
designados por la guía Johanne a vuestros entusiasmos de inofensivo turismo;
honorable Mr. Woodding, que haciendo propaganda por cuenta de la secta
trinitaria, con un ejemplar de los evangelios debajo del brazo, azotas con los
faldones de tu larga levita negra, las madreselvas florecidas por la primavera
y paseas tu prole — las cuatro chiquitínas rubias que parecen salidas de un
álbum de Kate Greenway— por todos los caminos planos de cerca a todos los
hoteles donde cuesta la asistencia diez francos por día; enorme conde valaco o
rumano de la melena rizada a la cara-calla y de los ojos bovinos y apagados;
príncipe italiano, cuyo palacio secular, donde habitaron tus antepasados
gloriosos, vendieron los ácree-
150
dores cansados de cobrarte; ¡oh, muestras de la
calidad corriente de la especie humana, frabricadas de prisa por el Gran
Hacedor, sin hincha zones de músculos y sin afinamientos de nervios, lectores
de Ohnet, adoradores de Gaboriau y de Montepin, que consideráis como lo supremo
del arte los cuadros en que sonríen las venus de pomada rosadas pintadas por
Bouguereua, que os pasmáis oyendo las musiquillas italianas de hace treinta
años y las idiotas pornografías de los cafés-conciertos y a quienes dejan fríos
las dulces ingenuidades de los pintores prerrafaelitas, las sutilezas del arte
japonés, las grandiosas sinfonías de Wagner, los dolo rosos personajes que
atraviesan la sombra gris de las novelas de Dos-toisvsky, las extraterrestres
creaciones de Poe; admiradores de lo medio cre y de lo fácil, a quienes Max
Nordau presentaría como prototipos del perfecto equilibrio, todos vosotros
engullís la misma sopa de fideos cos mopolita, los mismos asados sospechosos,
rociados con el mismo Medoc químico, absorbéis la misma compota de negras
ciruelas pasas con que los amables propietarios de los hoteles suizos nutren
vuestras hermosas personas en las temporadas de veraneo! ¡Leves os sean esos
manjares indigestos y conviértanse en sangre de vuestra sangre y en hueso de
vuestros huesos y ayude a peptonizarlos y a facilitar vuestras difíciles
digestiones la acción de gracias que articulan los labios enjutos y la
bendición que esparcen en el aire los dedos flacos del abate Pazavillini,
sentado a la cabecera de la mesa en que lucen ahora el queso de Camembert de
coloración cadavérica, el roquefort delicuescente y la decocción de chicoria,
amarga con que, creyendo que absorbéis el café aromático, el licor de Voltaire
y de Balzac, finalizáis vuestros panta gruélicos almuerzos!
lnterlaken,
5 de agosto,
por la noche.
Nini Rousset, la divetta de un teatro bufo del
Boulevard; Nini Rousset, la que vestida con una guirnalda de hojas de parra,
enloqueció una sala de prostitutas y de vividores, exhibiendo desnudas las
curvas de estatuas y las frescuras túrgicas de su cuerpo de Venus, en una
revista del año pasado; Nini Rousset, a quien mandé ramos de gardenias y un par
de diamantes sin lograr más que una mueca de burla y una frase grosera el día
en que quise hacerla mía; Nini Rousset, por quien habría dado un mes de vida antes
de tropezar con la Orloff, acaba de salir de mi cuarto, dejándome en él su olor
de Chypre y en los nervios la vibra ción de una violenta sacudida de placer.
Llegó hace una hora, con seis baúles llenos de sombreros y de vestidos y tres
perros falderos y al encontrar mi nombre en el registro del hotel, después de
instalada en su cuarto, se vino Í»1 mío y entrándose en puntas de pies se me
acercó por detrás y me cerró con las manecitas blandas y suaves los ojos que
151
leían en ese momento una página de la ética de
Spinoza. . . “— ¡Adivina quién es, adivina quién es, rastaquoere poeta, especie
de animal, adivina quién es!”— gritaba besándome y mordiéndome la nuca con la
boca olorosa a menta. Como un sátiro borracho de sexo, la lenvanté del suelo
con los brazos al desprenderme de su brazo lascivo, y la provo cación
comenzada con su chanza infantil acabó, unos minutos después, en un doble
maullido salvaje de voluptuosidad, sobre el diván de la alcoba.
Antipatizo con ella con todas mis fuerzas. Es una
encarnación autén tica de toda la canallería y de todo el vicio parisiense. El
Gil Blas contó una vez, en un suelto, el antojo que tuvo al ver en una feria a
un jayán que medio desnudo levantaba pesos de a diez arrobas, y la seduc ción
del hércules hecha por ella al terminarse el espectáculo y la llevada de éste
entre su coche, y el encierro con él durante dos días y dos noches en la alcoba
por donde han pasado todos los que han tenido modo de disponer de unos cuantos
billetes de a mil francos para pagarse ese capricho por una noche. Es una
Mesalina comprable; grosera como una verdulera y hermosa como una venus griega.
. . Se ha ido ahora a arreglar el modo de pasar la noche en mi departamento sin
que la vean los criados y a mandar helar unas botellas de champaña. La orgía
será digna de mis cincuenta días de abstinencia y de estudios estúpidos. . .
Ginebra,
9 de agosto.
Acabo de levantarme, después de pasar cuarenta y
ochos horas bajo la influencia letárgica del opio, del opio divino,
omnipotente, justo y sutil, como lo llama Quincey, que pagó con la vida su amor
por la droga funesta bajo cuya influencia se embrutecen diariamente millones de
hombres en el Extremo Oriente. Ha sido un absurdo pero no podía hacer otra cosa
después de la escena horrible. Quería huir de la vida por unas horas, no
sentirla.
Cuando rendidos ambos de lujuria y de cansancio,
borrachos de cham paña helado, la Rousset comenzaba a adormecerse con la
hermosa cabeza sobre los almohadones blandos, una furia inverosímil, una ira de
Sansón mutilado por Dalila me crispó de pies a cabeza, al pensar, con toda la
excitación del alcohol en el cuerpo, en los insultos groseros que nos habíamos
prodigado en la hora anterior, entremezclándolos de caricias depravadas y en
mis planes de vida racional y abstinente, deshechos por la noche de orgía. Un
impulso' loco surgió en las profundidades de mi ser, irrazonado y rápido como
una descarga eléctrica, y como un tigre que se abalanza sobre la presa cerqué
con las manos crispadas, sujetán dola como con dos garras de fierro, la
garganta blanca y redonda de la divetta. ¡Ahogarla ahí, como un animal dañino
contra las almohadas de
152
plumas! Dio un grito horrible al despertarse,
asfixiándose, me clavó los ojos, con las pupilas dilatadas, como una expresión
de terror sobre humano, y al adivinar mi intención asesina, mientras que
seguía estre chándola con las manos, gritó con voz ronca, — “¡loco!, ¡loco!,
¡está loco!”— y sacudiéndome con la agilidad de un venado perseguido por la
jauría, huyó medio desnuda a encerrarse en su cuarto, llorando de miedo.
No me había atrevido a verle la cara al día
siguiente. A la madrugada llamé al criado que había venido de París con mi
equipaje, le di órdenes para venirme a buscar aquí, y al llegar unas horas más
tarde al hotel me acosté y tomé una violenta dosis de opio. Bajo su influencia
estuve cuarenta y ochos horas. Al asomarme al espejo ayer para vestirme, me he
quedado aterrado de mi semblante. Es el de un bandido que no hubiera comido en
diez días; represento cuarenta años; los ojos apagados y hundidos en las ojeras
violáceas, la piel apergaminada y marchita. Tengo lo voz trémula y vacilante el
paso. Las visiones que me produjo el opio fueron aterradoras, pero no creí
nunca que los estragos de la noche de orgía y de la droga venenosa me dejaran
en la postración en que me siento. . .
¡El delirio de la abuelita moribunda, la locura a
lo lejos! ¡Dios mío! ¡Dios mío! Dios de mi infancia, si existes, sálvame!. . .
¿Dónde están la señal de la cruz y el ramo de rosas blancas que caerán en mi
noche como símbolo de salvación? . . .
Ginebra, 11 de
agosto.
¿Por dónde empiezo? No sé. Es tan delicado, tan
dulce, tan extraño, tan aterrador lo que siento, que temo al querer decir la
impresión con palabras, destrozar su frescura, como se destrozaría el esmalte
de luz de una mariposa de Muzo, al quererla fijar con un clavo de hierro. Fue
ayer tarde en un comedorcito reservado que tiene vista sobre el jardín del
hotel y por cuyos balcones abiertos venía con la brisa del lago el olor
moribundo de las madreselvas que lo enmarcan. Comía solo, deseoso de evitar las
promiscuidades y el ruido de la mesa común, y leía las Soledades de Sully
Prudhomme, a la luz de las bujías del can delabro. Un criado entreabrió la
puerta, encendió las de otro, puesto en la mesita vecina, colocó sobre ella un
menú del día y volviendo a la puerta entreabierta, doblado en dos pronunció un
pus pouvez entre Mosié, pus pouvez, entre Mademuasell. . . con su más puro
acento ale mán. Entraron, ella delante, él atrás, correspondieron la venia que
les hice levantándome y, desembarazada ella del abrigo de viaje y del som
brero que le daba cierto parecido, por su forma extraña, con el retrato de una
princesita hecho por Van Dyck, que está en el Museo de La Haya, se sentaron a
comer.
153
Lentamente, mientras examinaba yo la extraña figura
del hombre, se quitó ella los guantes de Suecia y se frotó las manos, dos
manecitas largas y pálidas de dedos afilados como los de Ana de Austria en el
retrato de Rubens, con que se echó para atrás los bucles de la suelta cabellera
castaña, rizosa y sedeña que donde la luz la hería de frente tenía visos de
oro. La voz argentina y fresca sonó entonces discutiendo los platos de la
comida. . . — “Para ti vino de Rhin y queso, ¿no papá?— , decía— . Para mí leche
y fresas. . . ” El hombre, que podría tener cin cuenta años, pero con la
cabeza y la barba blancas de canas como un anciano, la miraba con dulzura
paternal, que hacía más extraño contraste con la expresión dolorosa de las
líneas de su fisonomía fina de noble o de artista, admirablemente modelada y
cuya distinción aumentaban los cabellos crespos y la fina barba blanca cortada
en punta y el verde des teñido de sus ojos apasionados. — “Vas a comer sola”—
le dijo— estoy ansioso por leer los detalles”— , y colocó sobre la mesa,
doblado a lo largo un periódico impreso en caracteres alemanes. . . — “Lee”— ,
contestóle ella, acercando el candelabro para que la luz cayera sobre la hoja.
Una simpatía irresistible me había ligado a ellos
en esos segundos en que, olvidados de mi presencia, los examinaba con mi
curiosidad insa ciable. Sin duda habían querido huir de la vulgaridad de. los
comensales de la táble d’hote, al refugiarse en el comedor reservado. Para que
aquellas canas blanquearan sus sienes, para que las hondas arrugas de
sufrimiento surcaran así su frente amarillenta de pensador, para que aquella
inde leble expresión dolorosa le marcara así las facciones, debía él haber
sufrido horriblemente, porque el vigor de su naturaleza se adivinada en las
líneas del cuerpo, moldeado por un vestido gris de refinada elegancia y el
perfil enérgico daba a pensar en un militar acostumbrado al mando y retirado
del servicio. El otro perfil, el de ella, ingenuo y puro como el de una virgen
de Fra Angélico, de una insuperable gracia de líneas y de expresión, se
destacaba sobre el fondo sombrío del papel del co medor, iluminado de lleno
por la luz del candelabro. Completaban su belleza los cabellos, que se le
venían y le caían sobre la frente estrecha en abundosos rizos, las débiles
curvas del cuerpecito de quince años, con el busto largo y esbelto, vestido de
seda roja, las manos blanquísimas y finas. Al bajar los párpados, un poco
pesados, la sombra de las pes tañas crespas le caía sobre las mejillas
pálidas, de una palidez sana y fresca como la de las hojas de una rosa blanca,
pero de una palidez exangüe, profunda, sobrenatural casi, y por la curva
armoniosa de los labios rosados flotaba una sonrisa supremamente comprensiva.
No le había visto los ojos y fascinado como estaba por la gracia de su figura
ideal, por la impresión de frescura y de aristocracia que emanaba de toda ella,
como emana el aroma de una flor que se abre, soñaba en vérselos. De repente
sacudió la cabeza hacia atrás, y agitando los sedosos bucles de la cabellera
castaña, la volvió en la dirección de mi asiento y
154
los clavó en mí, mirándome fijamente, con expresión
severa. Eran unos grandes ojos azules, penetrantes, demasiado penetrantes,
cuyas miradas se posaron en mí como las de un médico en el cuerpo de un leproso
corroído por las úlceras, y buscaron las mías como para penetrar, con
despreciativa y helada insistencia, hasta el fondo de mi ser, para leer en lo
más íntimo de mi alma. Por primera vez en mi vida bajé los ojos ante una mirada
de mujer. Me parecía que, en los segundos que sostuve la suya, había leído en
mí, como en un libro abierto, la orgía de la víspera, la borrachera de opio, y
penetrando más lejos, la puña lada de la Orloff, las crápulas de París, todas
las debilidades, todas las miserias, todas las vergüenzas de mi vida. Incliné
la cabeza avergonzado como un chiquillo de escuela sorprendido en falta,
buscando una estrofa del libro. Sentía que sus miradas se habían posado en él,
que ya sabía que era un libro de poesías, de aquellas poesías de Sully
Prudhomme, dulces y penetrantes como femeniles quejidos. . . Con la mirada que
le dirigí habría querido pedirle perdón por haberla contemplado con mis ojos
que han visto la maldad humana y se han delectado en su es pectáculo, porque
la luz de pureza, de santidad que irradió en los suyos a la primera mirada que
cruzamos, me había sugerido no sé qué extraña impresión de místico respeto
irresistible. . . Al mirarla de nuevo me encontré con sus pupilas fijas en mí,
y habría bajado las mías si no hubiera visto en el azul de las suyas, en la
curva de los labios finos, en toda la dulce fisonomía una expresión de lástima
infinita, de suprema ternura compasiva, más suave que ninguna caricia de
hermana. Aquella mirada derramó en mi espíritu la paz que baja sobre un corazón
de cristiano después de confesar sus faltas y de recibir la absolución; una paz
profunda y humilde, llena de agradecimiento por la piedad divina que leía en
sus ojos.
— Si erré antes, fue porque no sabía que existieras
sobre la tierra, criatura de pureza y de luz. Tóquenme otra vez tus miradas y
mi alma salva — decía en el fondo de mi conciencia entenebrecida una voz que
vibraba como un canto de esperanza.
—Descienda la paz sobre ti, pero no te alejes de mi
camino, pobre alma oscura y enferma, yo seré tu conductora hacia la luz, tu
Diotima y tu Beatriz — decían las pupilas azules.
Un coro de esperanzas resonó dentro de mí como una
música mística en la semioscuridad de una iglesia abandonada. Realmente, la
delicia que exnerimentaba al mirarla, con sus misteriosa palidez mortal, sus
ca bellos de oro sombrío y sus radiosas pupilas azules clavadas en las mías,
tenía algo del encanto con que me fascinan ciertas músicas, ciertas frases de
Bach y de Beethoven, al vibrar en mis oídos.
Una expresión, no va de piedad misericordiosa sino
de inefable ter nura, iluminó su semblante pálido, leve sonrisa que se dirigió
hacia mí como un rayo de luz, arqueó la ingenua curva de sus labios y la
fisonomía
155
se humanizó sin perder su nobleza majestuosa y un
ensueño de ternura divina se dilató dentro de mí, como la luz de la aurora
entre la oscuridad de una madrugada tétrica disipando las sombras, llenándome
el alma de claridades tibias, de temblores de savia, de frescuras de agua
crista lina y de cantos de pájaros, que suben hacia el sol, vencedor de la
noche.
Los recuerdos de mis liviandades pasadas
desaparecieron ahuyentados por la luz. la fuente de aguas vivas brotó del
peñasco árido, y las imáge nes de un idilio se desarrollaron y vivieron en el
fondo de mi espíritu. Sería en el fondo del bosque, donde la sombra de las
ramas cae sobre la alfombra de hojas secas y rojizas y sobre el césped blando.
Vestida de blanco, sentada en musgosa roca, yo arrodillado a sus pies, con la
frente febril apoyada en sus rodillas, acariciarían mi cabeza sus largas manos
pálidas, y la caricia derramaría en mí, no la fiebre voluptuosa del amor
humano, sino la calma luminosa del amor divino. Con la voz aho gada le diría
que la había buscado por largos años, que mis labios, que mados por los
cálidos borgoñas y los champañas ardientes de las orgías de la tierra, tenían
sed de su amor infantil y puro, como del agua de una fuente oculta donde se
copian los helechos y se refleja el cielo. Las estrofas dulcísimas de Fray Luis
de León subían de mi boca hacia ella como un cántico
Alma divina, en velo
de femeniles formas encerrada,
cuando
viniste al suelo
robaste
de pasada
la celestial,
riquísima morada.
Volví a buscar las pupilas azules y sus miradas de
misteriosa ternura me decían que consentía en mis sueños y una expresión de
soberano amor esplendía de la pálida faz, vuelta hacia mí. Ante mi imaginación
sobreexcitada y que había perdido la noción de la realidad, el oro de los
cabellos sueltos, heridos por la luz de las bujías, revistió el brillo de una
aureola que irradiaba sobre el fondo oscuro del comedor.
Al levantar los ojos verdosos del periódico que
leía, el padre dirigióle la palabra en italiano y rompió la fascinación. En las
frases que en el mismo idioma le contestó ella percibí los nombres de la
Malloggia, de Silvaplana y de San Moritz entre las dulces sílabas cantantes de
la lengua de Leopardi, que tomaban en su boca sonoridades de música.
— Sírvanos usted el café en el departamento — dijo
al criado el hom bre de la barba blanca, levantándose y pasándole el abrigo y
ayudándole a fijar, con infinitas delicadezas como de madre, sobre los rizos
castaños de la indómita cabellera, la singular toca negra que atrajo mis
miradas cuando entraron.
156
Salieron del comedor, él adelante, ella atrás, y al
volver la cabeza para que fuera mía otra mirada larga, pensativa y profunda de
los grandes ojos azules, el brillo de éstos, la palidez exangüe y como luminosa
del semblante y la esbeltez del cuerpo largo y delgado, le dieron a mis ojos,
al verla, así, sobre el fondo negro que enmarcaba la puerta, el aspecto de una
aparición.
Unos minutos después, al levantarme de la mesa, el
brillo de un objeto caído al pie del asiento donde se había sentado, me hizo
acercarme y recogerlo. Era un camafeo sobre cuyo fondo gris lo blanco del
relieve forjaba una rama con tres hojas, y revoloteando sobre ellas, una mari
posa con las alas abiertas. La piedra estaba montada en oro mate, en forma de
broche y las joya, de una perfección insuperable de trabajo, se le había caído,
seguramente, al quitarse el abrigo.
La guardé para entregársela al día siguiente y
encontrar en la ocasión dada por la casualidad, un principio de relaciones, y
salí a buscar en el registro de la portería los nombres de los singulares
viajeros. Habían llegado hacía tres horas y había dicho él que pasarían dos
días en el hotel al tomar el departamento marcado con el número 9, una gran
sala con dos alcobas laterales, situado en el segundo piso y con vista sobre el
jardín. Venían de Niza, no habían anotado el lugar a donde se diri gían y estaban
inscritos con los nombres de Conde Roberto de Scilly y Helena de Scilly
Dancourt.
Una idea extraña me cruzó por la mente. Aquel
nombre, Helena, no evocaba en mí ninguna figura de mujer que se fundiera con
él, ninguna de las que han atravesado mi vida, dejándome la melancolía de un
fin de amor tras de los fugitivos entusiasmos, se llamaba así, soñé en la
princesa Helena del idilio de Tenysson y mentalmente la llamé Helena, como a
una amiga de la infancia.
Una mano enguantada de cabritilla oscura se apoyó
en mi hombro sacándome de mis sueños. Era la de Enrique Lorenzana, uno de mis
amigos de la adolescencia, que vive en Londres y que, de paso por Gi nebra, en
los días anteriores, había venido a verme sin lograrlo porque mi criado,
mientras estuve bajo la influencia del opio, no dejó entrar a nadie al
departamento, dando como excusa, por orden mía, una enfer medad grave.
— Hombre — de dijo estrechándome la mano entre las
suyas— , he venido a verte tres veces y no lo he conseguido. . . ¿Ha sido grave
el mal?. . . Estás horriblemente desfigurado y pálido y tienes un aire de
crápula, que a no conocerte me haría pensar horrores de ti. . . — agregó
familiarmente y después de conversar conmigo media hora en el cuarto de fumar,
donde dos yankees atléticos y sanguíneos infectaban el aire con el humo de sus
cigarrillos de Virginia y se envenenaban sistemática mente con whisky oloroso
a petróleo, me obligó a vestirme y a acompa ñarlo a una conferencia de
historia que daba esa noche una notabilidad
157
local. Puso en su empeño para llevarme la dulzura
grave de un hermano que quiere arrancar a otro de dolorosas ideas por medio de
una distrae-ción impuesta casi. Indudablemente con su perspicacia de
fisonomista nato, me leyó en la cara los estragos del opio.
Al volver a pie al hotel, con una medianoche
espléndida, constelada de estrellas, eritre cuyo cielo brillaba la luna en su
último cuarto, como una joya de plata sobre un estuche de raso negro, los
follajes de los árboles, que se mecían al soplo del viento, las aguas del lago,
con sus transparencias profundas donde temblaban reflejos de astros, eran un
cuadro digno del sentimiento nuevo que llenaba todo mi ser y me hacía volver a
los puros y lejanos días de mi adolescencia. La mirada de las pupilas azules, radiosas
en la fisonomía mortalmente pálida que enmar caban los rizosos cabellos
castaños, iluminaba mi espíritu. Soñando en ella salvé la puerta de hierro de
la verja del hotel y, temiendo el insomnio seguro en mi lecho, comencé a
pasearme por el jardín. La vegetación oscura manchada de blanco aquí y allí por
las flores abiertas olía, como un frasco de esencia rara: brillaban arriba las
estrellas y, en la quietud de la medianoche, se oía el silencio. De repente al
levantar la cabeza para ver el cielo a través de los árboles que extendían
contra él las masas negras de sus ramazones, vi iluminado en la fachada, uno de
los balcones del segundo piso, con los cristales abiertos, y las cortinas
blancas caídas. Una larga sombra de mujer, como envuelta en un manto que le
cayera de la cabeza sobre los hombros, se destacaba confusa sobre la blancura
de niebla del transparente. Era Ella; era esa la alcoba de la izquierda del
departamento número 9. Seguramente el padre dormía ya, en la de la derecha,
donde no había luz.
Movido por un impulso irresistible arranqué unas
cuantas flores de los matorrales, calculé el peso necesario para que el ramo
llegara a su destino, fijé en él mi tarjeta y volví a bajar al jardín. La luz
alumbraba todavía los transparentes blancos caídos hasta el suelo y agitados
suave mente por la brisa nocturna. La sombra había desaparecido. Con el cora
zón saltándome del pecho, como un ladrón que teme ser descubierto, me escondía
en la sombra de un matorral, y de pie sobre el banco de piedra, tiré el ramo,
que cruzó por el aire y fue a caer adentro, en el cuarto, por entre la abertura
de las cortinas.
Estas se levantaron un momento después y me dejaron
ver en el fondo oscuro del aposento la luz de la lámpara que ardía cobijada por
amplia pantalla de gasa. Volviéndole las espaldas, caminó de frente la silueta
negra y larga, como la de una virgen de Fra Angélico, llegó al balcón y con la
cabeza alzada hacia el cielo, levantó la mano derecha a la altura de los ojos,
trazando con ella lentamente una cruz en la sombra, mientras que la izquierda
arrojaba con fuerza algo que atravesó el espacio, y vino a caer a mis pies —
blanco como una paloma— sobre el suelo sombrío. Era un gran ramo de flores, que
regó pálidos pétalos en el espacio oscuro
158
al cruzarlo y rebotó al tocar la tierra. . . En el
ruido de su caída me pareció oír las palabras del delirio de la abuelita
agonizante, “Señor, sál valo de la locura que lo arrastra, sálvalo del
infierno que lo reclama” . . .
Hondo estremecimiento de religioso temor me sacudió
la carne, corrió por mis espaldas un escalofrío sutil y como si me hubiera
tocado la muerte, caí desfallecido sobre el banco de piedra. Al volver en mí y
recordar la escena busqué las flores cuya blancura se veía en la sombra, para
convencerme de que no había soñado. Era un ramo de pálidas rosas té que levanté
para besarlo. Volví los ojos a la fachada del hotel que estaba ya oscura y
muerta, y por cuyos balcones cerrados no filtraba un sólo rayo de luz.
Cuando desperté esta mañana, después de un dormir
enfermizo, con seguido con dos granmos de doral y lleno de las imágenes del
día, de los ojos azules, de la faz pálida, de la cabellera castaña, del
incesante revoloteo de una mariposilla blanca sobre tres hojas verdes y del
ramo de rosas, el sol rayaba de oro las persianas de mis balcones. Eran las
diez y media. Bosqué con los ojos las flores, creyendo que la escena nocturna
formaba parte de la pesadilla de doral. Ahí estaban en el jarrón de Bohemia donde
las había puesto al acostarme. Medio marchitas ya, pendían algunas sobre la
mesa y dos de ellas cubrían el camafeo montado en oro verdoso.
Tras del baño y la minuciosa toilette con que quise
hacer desaparecer las huellas del opio y del doral, bajé al comedor a tomar el
té matinal. Me sentía triste y con el corazón oprimido por un peso extraño. El
criado que me sirvió la víspera trajo el desayuno y con él un telegrama de
Miranda y Compañía, llegado en las primeras horas de la mañana. Venciendo
cierta repugnancia lo mandé a preguntarle al conserje del hotel si el señor
Scilly y la señorita habían salido. Cuando volvió, tomando ya el té y leído el
telegrama, lo esperaba con ansiedad.
— El señor y la señorita se fueron esta mañana, a
primera hora, llevando sus equipajes en un coche particular que vino a
buscarlos. El conserje le oyó decir a él a la estación, pero no oyó el nombre
de la esta ción. . . ¿El señor toma más té? — preguntó mirando la taza vacía.
. .
¿Dónde buscarla cuando termine en Londres el
negocio con Morrel y Blundel; dónde buscarla, porque necesito verla como
necesito respirar, volverla a ver, bañar mi alma en la luz de sus ojos azules,
besar sus manos largas y blancas, arrodillado a sus pies? ¿Por qué la bendición
y el ramo de rosas que coinciden de tan singular manera con las frases del
delirio de la viejecita agonizante?. . . ¿Conque el misterio puede adquirir así
forma material, mezclarse a nuestra vida, codearnos a luz del sol?. . . El ramo
de rosas está ya encerrado en una caja de cristal que me permitirá llevarlo en
el viaje, y la caja se ha perfumado con el tenue olor de las flores moribundas.
159
Miranda & Compañía me avisan haber recibido
carta de Morrel, di-ciéndoles que aceptan el precio que fijé a las minas, en
virtud del infor me de la comisión de ingenieros que volvió ya y cuyo dictamen
esperá bamos para cerrar el negocio.
Estaré en Londres el 15, como lo exigen, para
firmar las escrituras, y me iré de aquí hoy mismo para soñar con ella mientras
viajo.
¿Dónde estará?. . . En la Engadina, seguramente. .
. Le oí nombrar a la Malloggia, a Silvaplana y a Saint Moritz. . . Terminado mi
asunto con los banqueros ingleses la iré a buscar allá, y si no la encuentro la
buscaré en toda Europa, en todo el mundo, porque necesito verla para vivir.
Londres, 11 de
octubre.
Dos meses de vida en la ciudad monstruo, no
visitada en mi última permanencia en Europa y de la cual guardaba la confusa
impresión reci bida, hace once años; dos meses que se han deslizado rápidos
entre las innumerables diligencias que requirió la venta de las minas, y la an
siedad con que esperé inútilmente respuesta a mis telegramas dirigidos a todos
los grandes hoteles de Europa; y a las cartas en que solicité en vano de
algunas agencias de informes datos acerca del paradero de Scilly y de su hija.
Su hija. . . me sonrió al pensar que he escrito esa
palabra. . . No la llamo así cuando al nombrarla mentalmente la evoco con toda
la suave gracia de esus contornos apenas núbiles de largos lincamientos
envueltos en la seda roja del corpiño, con su mortal palidez exangüe, enmarcada
por el oro oscuro de la destrozada cabellera y alumbrada por la luminosa
sonrisa de las pupilas azules; la llamo Helena, como si la intimidad en que he
vivido con su imagen la hubiera acercado a mí, y la nombro con la ternura que
vibraría en mi voz agitada si oprimiera en las mías, impolutas de todo contacto
femenino desde la noche en que recogí el ramo de rosas blancas hasta el
instante en que escribo estas líneas, sus largas manos alabastrinas que al
hacer en el aire la mística señal de la cruz arrojaron las pálidas flores entre
la sombra nocturna.
¡Helena! ¡H elena!... A veces, en la quietud de la
media noche, silienciosa en este rincón del Londres millonario, sentado frente
a mi escritorio sobre el cual está abierto un tomo de poesías de Shelley o
Rossetti que ahora me embargan con sus etéreas delicadezas y la música casi
italiana de sus estrofas, alzo los ojos del libro y contemplo a la luz de la
lámpara el camafeo montado en oro que no pude devolverle.
Digo entonces su nombre en alta voz como una
fórmula evocatoria que hubiera de hacerla surgir y aparecérseme, allá en el
fondo sombrío de la estancia donde caer en pliegues opulentos y pesados las
cortinas de
160
terciopelo verde, e irse acercando, acercando, sin
tocar la alfombra hasta detenerse en el círculo de luz de la lámpara y»mirarme
con sus ojos dominadores.
¿Por qué sin tocar la alfombra? pregunta al
analista que llevo dentro de mí mismo y que percibe y discrimina hasta las
sombras de mis ideas. . .
¿Por qué sin tocar la alfombra? Ría al oír esta
frase el Metistófeles que todos llevamos dentro del alma, agite las luengas
plumas del rojo birrete, crispe diabólica mueca su irónica fisonomía, iluminada
por un reflejo de infierno y lance al aire su carcajada de burla; sin tocar la
alfombra porque al pensar en ella la veo, incontaminada por la atmósfera de la
tierra, insexual y radiosa como los querubines de Milton. Las frases que vienen
a mis labios para cantarla, entonces, no son los inarmónicos perío dos de mi
prosa incolora, sino estos versos de La Vita Nuova, en que el Dante habla de
Beatriz:
“Cuando mi Dama camina por alguna parte, Amor
extiende sobre los corazones corrompidos una capa de hielo que rompe y destruye
todos los malos pensamientos.
“El que se exponga a verla o se ennoblece o muere;
cuando alguno digno de mirarla la encuentra, experimenta todo el poder de sus
virtudes y si ella le honra con su saludo dulcísimo le vuelve tan modesto, tan
honrado y tan bueno, que llega hasta perder el recuerdo de los que lo
ofendieron.
“Y Dios ha concedido una gracia particular a mi
Dama: la persona que le dirige la palabra no puede tener mal fin”.
Esta noche, hace dos meses de la noche del
Interlaken; a estas horas ya estaba dormido, bajo la influencia del doral. Es
curiosa la historia de los sesenta días que han pasado desde la hora del
encuentro.
Se fueron los primeros diez en formalizar la venta
de las minas de Mal Paso, y al terminar el siguiente ya el Banco de Inglaterra
me tenía abonadas en cuenta las cien mil libras recibidas como precio, de
Morrel y Blundel, sin que esa noche, excitado por la idea de aquel dinero ga
nado casi sin esfuerzo, me sugieran la imaginación ni los sentidos una sola
idea de placeres qué buscar ni de emociones ardientes qué obtener con ese oro
que podía transformarse en sensuales locuras. Retirado en mi casita cuyos balcones
tienen vista sobre Hyde Park, y donde los tapi ceros instalaron rápidamente
los mobiliarios y obras de arte que me ro deaban en París, he dividido mi
tiempo entre un trabajo que estoy ha ciendo en el Foreign Office, las visitas
a los invernáculos de más fama y una serie de estudios nuevos emprendidos aquí,
en la quietud de mi escritorio, con dos profesores de renombre.
Mis derroches de la temporada no alcanzan a mil
libras; setecientas, pagadas por un cuadro de Sir Edward Burne Jones y las
doscientas y pico de una cuenta del librero, cubierta ayer. No he puesto los
pies en un salón a pesar de que los Lorenzana, Roberto Blundell y Camilo
161
Mendoza, nuestro gran estadista que vive en
Richmond, me han visitado con insistencia. No he pisado un restaurante ni un
teatro, y mis paseos a pie se han dirigido de preferencia hacia los barrios
silenciosos de la burguesía acomodada, donde las amplias calles, veladas por
las nieblas de otoño extienden, a la hora del crepúsculo, la monotonía de sus
man siones tranquilas, separadas de la vía pública por las verduras de los
jardinillos que anteceden sus fachadas.
Por ellas cuántas veces he andado a esa hora —
paseante ingenuo y un poco desprendido de sí mismo para sorprender el alma
británica en sus sencillas manifestaciones exteriores— y me detenido cuando por
la ven tana de guillotina de algún balcón entreabierto adivino, al través de
los vidrios, la luz de la lámpara que alumbra la velada familiar, de una
lámpara cuya luz cae sobre la amplia mesa de oscura carpeta cerca de la cual se
sentarán la vieja de antiparras, papalina y peluquín, cantada por Pombo, el grueso
inglesóte colorado y flemático, que lee el Tit-Bits y contempla carcajeándose
las caricaturas de Punch, y las dos misses rubias y frescas de ojos verdosos,
con el visitante vestido del inevitable smoking, para tomar el eterno té tibio,
desvirtuado por la leche abundan te; la infusión insípida en que la vieja y
pudibunda Albion ha conver tido el nervioso licor que en la tierra nativa
apuran los mandarines ves tidos de seda rosada y las risueñas mousmés de
oblicuos ojos, en dimi nutas tazas de frágil porcelana delgada como una
cáscara de huevo, que lucen ramos de crisantemos, doradas medias lunas,
hieráticas grullas e inverosímiles pagodas.
Otras veces para buscar el contraste, envuelto en
oscuro ulster que oculta el vestido, recorro el horror de los barrios pobres,
llenos de seres degradados y oscuros, poblados de mendigos y donde la bruma
otoñal ahoga la escasa luz rojiza de los faroles de petróleo, para entrever,
tras de la grasientas vidrieras de algún tienducho lleno de restos de cosas que
fueron, la cara afilada y hambrienta de algún judío que parece salido de un
ghetto de la Edad Media y en el fondo de las tabernas hediondas a venenoso brandy
y á cervezas nauseabundas, siniestros per files de rufianes, arrugadas facies
de viejas proxenetas y caras marchitas de chicuelas desvergonzadas, corroídas
ya por el vicio, y que tienen toda vía aire de inocencia no destruida por la
incesante venta de sus pobres caricias inhábiles.
¡Flota sobre mi espíritu el melancólico
recogimiento del otoño, de sus follajes quemados y enrojecidos por el frío, de
los nubarrones corizos y violáceos de sus crepúsculos, del olor a nidos
abandonados y a cloro formo de las hojas que se desprenden de las ramas, y
revolotean en el aire húmedo, bajo los rayos enfermizos del sol de octubre, que
apenas las calientan, para caer al suelo y esperar allí, podridas y negras, la
sole dad del invierno helado y las frescas sinfonías de la primavera!
162
Por la noche me envuelve una pereza del cuerpo que
me hace sonreír si al entrar al cuarto de vestime veo el negro frac, los
brodequines de charol, la resplandeciente camisa, los calcetines de seda, los
pañuelos de batista, los guantes blancos y las gardenias para el ojal, puestas
en vasitos de electroplata, que Francisco, mi viejo criado, prepara cuidado
samente, sin consultarme, y extiende sobre un diván bajo, frente al enorme
espejo claro, enmarcado de bronce, en previsión de una salida mundana. Me sonrió
y visto amplio vestido de franela; friolento, hago encender la chimenea cuyo
suave calor neutraliza la temperatura que anuncia un invierno rigurosísimo, y
con las piernas envueltas en la eterna manta sevillana compañera de mis viajes
y aspirando el humo opiado y aromático de un cigarrillo de Oriente, me siento
cerca al fuego para contemplar los derrumbes de negros castillos que forjan los
troncos car bonizados, el rojo de las cavernas de fuego, donde arden los
tizones y los incendios azules de las lengüetas de llama. Horas de infinito
recogi miento en que medito en el plan que ha de inmortalizar mi memoria,
lecturas de Shakespeare y de Milton, en el silencio de las madrugadas insomnes,
¡cuán lejos estáis del brutalismo gozador de mis noches pa risienses en que,
tras de una cena de langosta a la americana y champaña extradry, la alcoba de
la Orloff oía mis gritos de salvaje voluptuosidad y su cuerpo delicado se
lastimaba estrujado por mis manos gozadoras!. . .
Enrique Lorenzana, el socio de Botwell, con quien
estuve en Ginebra, vino aquí anoche y me dijo al entrar y verme: — “Eres otro
hombre del que vi en Suiza; ¡estás rosado y fresco como una miss y se te ríen
los ojos!. . . ”. Ya lo creo que soy otro hombre. . . ¡Si no llevara en el
fondo del alma la incurable nostalgia de las pupilas azules, si supiera cómo
encontrarla, cuán feliz sería al sentirme regenerado por ella!
Londres, 10 de
noviembre.
Pasé una noche atroz y no comprendo la causa. Un
día regular, la mitad gastada en el Ministerio de Relaciones Exteriores tomando
copias fotográficas de la correspondencia del Ministro que acreditó mi país en
Inglaterra para pedir el reconocimiento de su independencia, la tarde en una
fábrica de fusiles — que con furia me he entregado a los estudios militares que
requiere el cumplimiento de mi plan— y la noche aquí, viendo una serie de
aguasfuertes y de acuarelas que me ofrecen en venta; total: ninguna emoción
fuerte. Comida sencilla, con un poco de burdeos viejo y pálido. Y entonces ¿por
qué la horrible pesadilla que me ha hecho gritar y agitarme, la pesadilla
angustiosa sin más imagen que la atravesara, sino una caída mía entre la
oscuridad negra de un abismo y, arriba, arriba, las tres hojas de la rama del
camafeo y el revoloteo de la mariposa blanca sobre un cielo azul cruzado de
nubes blancas?. . .
163
¿Por qué la depresión de hoy en que me siento sin
ánimo de trabajar ni de vivir, y pienso en Helena como un chiquillo, perdido
entre la noche de un bosque, pensaría en las caricias de la madre?. . . Es una
obsesión enfermiza casi; al dormirme la veo, vestida con el corpiño de seda
roja que llevaba en Ginebra, llamarme con la mano pálida; al abrir los ojos, lo
primero en que pienso es en ella y al hacer un esfuerzo para recordar las
impresiones del sueño, me parece que entre la oscuridad de éste ha pasado, vestida
de blanco, con un vestido cuya falda cae sobre los pies desnudos, en una orla
de dibujo bizantino, de oro bordado sobre la tela opaca, y llevando en los
pliegues niveos del manto que la envuelve, un manojo de lirios blancos. . .
Ciertas sílabas resuenan den tro de mí cuando interiormente percibo su imagen
“Manibus date lilia plenis” . . . dice una voz en el fondo de mi alma y se
confunden en mi imaginación su figura, que parece salida de un cuadro de Fra
Angélico, y las graves y musicales palabras del exámetro latino.
Todo eso es delicioso pero es una obsesión
enfermiza y yo sé el reme dio. Digo el remedio porque el placer comprado me
repugna como una droga nauseabunda y no está en Londres ninguna de las dos
amigas inglesas que me darían una noche de caricias — ni aquella aristocrática
Lady Vivían encontrada en Berlín hace un año, tan fresca y tan dulce y tan loca
y tan ardiente; ni la otra, Fanny Green, la profesional a quien tuve tres
semanas en Roma, hace cuatro años, estúpida como una cam pesina ignorante y
sentimental como una heroína de Richardson, pero insuperablemente hermosa.
No están en Londres. Comprendo cuál es la causa de
mi extraño estado nervioso en que las imágenes internas se convierten casi en
alu cinaciones y quiero susprimirlo. Me provoca por momentos salir a Regent
Street a las 11 de la noche, buscar alguna de aquellas Jenny, como la del poema
de Rossetti:
Oh, merry,
lazy, languid Jenny
Fond of a kiss and fond of a guinea;
hacer de ella mi presa, traerla a mi casa donde al
ver el mobiliario y las vajillas y los cuadros, todo el lujo de la instalación,
abriría tamaños ojos y sin explicarse mi capricho por su cuerpecito débil,
tenerla unas semanas en que las pobres voluptuosidades que me procurara se mez
claran para mí de una impresión de piedad por ella y de obra de caridad hecha
al evitarle sus interminables paseos por Piccadilly y las brutalida des de sus
compradores nocturnos, y calmada ccn el abuso la fiebre que me corre por las
venas, despacharla regalándole alguna suma que fuera la que gasto en una joya
de que me antojo y con que pudiera vivir tranquila hasta la vejez, en alguna
casita risueña de los suburbios, casada con el novio que la adoraba antes de
caer y acordándose de mí como de un semidiós con quien se encontró un noche. .
.
164
No puedo. Una presencia femenil en la casa donde
está el broche del camafeo de Helena y donde tanto he pensado en ella, sería
imposible. Al día siguiente habría arrojado a la calle, colmándola de insultos
a la pobrecilla chicuela, sintiendo por ella horrible odio y asco profundo.
Londres, 13 de
noviembre.
Fue Roberto Blundell, quien lo arregló todo. Es
judío por la madre y con la perspectiva del negocio proyectado, habría hecho
más por tener me contento, si yo lo hubiera exigido. Ibamos juntos el día que
la encon tré por primera vez y me quedé maravillado con su belleza que le
valió hasta hace dos años la protección de un miembro de la familia real.
Parece que Blundell y ella son viejos amigos y me supongo que algo lle gará a
su cartera de cuero de caimán y esquineras de oro, de la fuerte suma que le entregué
previamente con la condición de que todo se haría de acuerdo con mis deseos.
Al penetrar en la alcoba la sangre me encendía las
mejillas y me zum baba en los oídos y vi a la sombra de las cortinas verdemar
de azulosos cambiantes el oro del amplio catre y las blancuras de espuma y de
nieve de donde emergía el busto, con el seno desnudo casi, mal oculto por la
abierta camisa de batista, todo alumbrado por la luz de una lamparilla
eléctrica que fingía milagrosa flor de luz sonrosada entre las hojas de bronce
que la sostenían a la cabecera del lecho. — “Ven”— , me gritó sonriendo y mostrando
entre los rosados labios el esmalte de la dentadura maravillosa; — “ven”— , y
tendió los brazos, esparciendo en el ambiente el olor de una mata de rosas que
sacude el aire tibio de la primavera.
— Sí! Ve— , me gritaban los glóbulos de la sangre
encendida por el deseo, los nervios tendidos por la continencia de tres meses,
los músculos vigorizados por la castidad — ve, sacia tu sed en ese puro vaso de
nácar que quiere sentir sus labios, bésalos, sáciate, hártate, agoniza de
volup tuosidad en sus brazos en un espasmo de interminables vibraciones!. . .
Separándolos de los de ella, volví los ojos hacia
el fondo oscuro de la alcoba, donde la sombra se aglomeraba resistente a la luz
eléctrica por el color sombrío de los tapices, y di un grito. . . Acababa de
ver unidas, en lo alto del muro, como en una medalla antigua, el perfil fino y
las canas de la abuelita y sobre él, el perfil sobrenaturalmente pálido de
Helena, en una alucinación de un segundo.
— ¿Por qué gritas?. . . —preguntó, sin que
desapareciera de sus labios frescos la sonrisa deliciosa de voluptuosidad que
los arqueaba. . . ¿Por qué gritas? lo que está caído ahí sobre la alfombra es
un ramo de flores que recibí hoy de Niza, recógelo, tráemelo y bésame — agregó
reclinando los rizos rubios de la hermosa cabeza sobre el olán de los
almohadones.
165
Recogí el ramo, que no había visto antes y con él
en la mano me acerqué al lecho, donde el torneado brazo, blando y fragante
circundó mi cuello.
¡Eres hermoso! — dijo clavándotfie los ojos negros
de acariciadora mi rada y atrayéndome hacia ella— . Eres hermoso, pero, ¿por
qué miras esas flores con ojos de loco? son unas flores que me trajeron de Niza
y las había olvidado ahí. . . ¡Mira la mariposita blanca que se vino entre la
caja! — gritó mirando el insecto que emprendió vuelo por el aire de la alcoba
perfumada y tibia.
Pretexté un vértigo y me despedí besándole las
manos con que me detenía y trayendo en las mías el olor de las rosas té que
formaban el ramo, y en los ojos el aleteo de la mariposilla blanca, que volaba
ahí en ese momento y en mis sueños hace cuatro noches, cuando en pesadilla de
indecible horror, rodaba yo al fondo del abismo vertiginoso.
Helena venía de Niza la tarde en que la encontré en
Ginebra. . . Las frescas rosas del té del ramo que he tenido en mis manos esta
noche, están atadas con la misma cinta de extrañas labores en forma de cruz que
sujeta las del otro ramo que ya no es más que un cementerio de flores negras y
marchitas entre la caja de cristal que las guarda. Al incli narme para
respirar el olor de las flores frescas, en la alcoba donde soñé dejar mi
enfermedad gastando la savia acumulada en tres meses, alzó de ellas el vuelo la
mariposa blanca de mi sueño, la mariposa del cama feo, porque las dos son una
sola. . . Doy por sentado que fue una aluci nación febril haber visto juntas
las dos cabezas de los seres cuyas pala bras y miradas me envuelven hoy en una
trama de sombras, pero. . .
¿por qué estas casualidades que toman para mí la
forma de un interro gante abierto sobre el misterio?. . . ¿por qué la cinta
con la misma labor extraña de cruces entrelazadas; por qué estas flores nacidas
en el mismo sitio que las otras probablemente, llegan, en el momento preciso,
al lugar donde iba yo a envilecerme con un placer comprado, para no pensar en
Ella?. . .
Temí la locura al salir de las orgías brutales de
la carne y ahora el noble amor por la enigmática criatura que me parecía traer
en las manos un hilo de luz, conductor que habría de guiarme por entre las
negru ras de la vida, ese amor delicioso y fresco que me ha rejuvenecido el
alma, es causa de suprema angustias porque mi razón se agota inquiriendo los
porqués del misterio que lo envuelve.
¡Si lograra verla, cambiar estos sueños que me
enloquecen por la se renidad que esparcirían en mi alma las primeras frases
cambiadas con E lla ! ...
166
Londres, 17
de noviembre.
Mi profesor de griego que viene diariamente me
había hablado varias veces de su amigo Sir John Rivington, el gran médico que
ha consagrado sus últimos años a la psicología experimental y a la psicofísica
y cuyas obras, "Codelación de las epilepsias larvadas con la concepción
pesimista de la vida”, “Causas naturales de apariencias sobrenaturales” y sobre
todo “La higiene moral” y “La evolución de la idea de lo Divino”, lo colocan a
la altura de los grandes pensadores contemporáneos, de Spencer y de Darwin, por
ejemplo. Conocía yo los libros de Rivington de tiempo atrás y los leía y releía
con grande entusiasmo, porque la observación directa y precisa de los hechos,
la lógica perfecta de los raciocinios, sólidos como una cadena de hierro, y las
escasas pero segurísimas deducciones genera les que de ellos desprende, hacen
de esa lectura jugoso y fortificante alimento para mi espíritu vacilante y
curioso de los problemas de la vida interior. Esas obras estarán en pie cuando
muchas de las vastas teorías de otros filósofos que gozan hoy de más fama que
él, vayan des moronándose a los golpes de pica de posteriores investigaciones.
Conseguí para Rivington dos cartas de introducción,
releí sus libros antes de ir a la consulta, por creerlo útil para mi plan y por
especialísimo favor logré una conferencia nocturna en que conversamos
largamente por horas enteras, solos en su amplio gabinete, lleno de curiosos
instrumentos de observación y de obras técnicas referentes a su especialidad, y
en su sala donde he tenido una emoción inolvidable.
La primera impresión que produce mi médico con la
frescura casi infantil de sus mejillas sonrosadas y llenas que contrastan con
la barba rizosa y gris y la singular vitalidad que revelan sus miradas y los
ágiles movimientos del cuerpo recio y membrudo no debilitado por los sesenta y
cinco años que lleva gallardamente, es la de una perfecta salud cor poral y
mental. Benévola sonrisa de inteligencia ilumina aquella fisono mía grave y
desde el primer momento experimenté cerca de él la impresión de confianza que
inspira un hombre envejecido en el estudio de las mise rias humanas.
— Doctor — le dije sentándome en el sillón que me
ofrecía— , tiene usted enfrente a un enfermo curioso que, en perefecta salud
corporal, viene a buscar en usted los auxilios que la ciencia puede ofrecerle
para mejorar su espíritu. El catolicismo les da a sus fanáticos directores
espi rituales a quienes se entregan. Yo, falto de toda creencia religiosa,
vengo a solicitar de un sacerdote de la ciencia, cuyos méritos conozco, que sea
mi director espiritual y corporal. ¿Acepta usted el cargo?
— Lo acepto — contestó con gravedad sonriente— ,
exigiendo de ante mano, como los ministros de noble culto que usted nombra,
contrición por los pecados contra la higiene que usted haya cometido y el fírme
propósito de la enmienda. . . Cuénteme usted sus pecados. . .
167
Con la ingenuidad de un adolescente que abre su
alma al sacerdote que ha de absorverlo, le referí mi vida, sin atenuar nada, ni
mis ímpetus idealistas, ni mis desmedidas ambiciones de saber, de gloria, de
riquezas y de placeres, ni las crapulosas orgías, los mujeriles
desfallecimientos y las miserables inacciones que me postran por temporadas. Le
conté los últimos seis meses con mayor sinceridad quizás que la que he empleado
en estas notas escritas para mí mismo.
Oía sin quitarme los ojos que bajaba yo al suelo
por momentos, sin mover una mano, sin que su impasible fisonomía griega
tradujera la más mínima emoción.
Cuente usted ahora los antecedentes de su familia,
descríbamela, pín teme usted su país, la ciudad donde usted se formó, dígame
usted cuanto crea que pueda ilustrarme.
Lo hice sencillamente y hablé por largo tiempo sin
que dejara de pres tarme atención por un segundo, ni me quitara de encima los
ojos.
— Ahora tenga usted Ja bondad de exponerme la
organización actual de su vida, sus planes para el futuro, todo lo que se
refiere al presente.
Hablé contándole mi existencia casi monástica desde
mi encuentro con Helena, los planes que abrigo respecto de mi país, le referí
el incidente que tuvo lugar en la alcoba de Constanza Landseer, mis estudios de
griego y árabe, los infructuosos ensayos hechos para encontrar a la que es hoy
toda la vida de mi alma. . . hasta que esta pregunta, hecha con la inge nuidad
de niño que tienen los sabios cuando se trata de cuestiones de sentimiento, me
desconcertó porque no supe qué responderle.
— ¿Usted tiene intenciones de casarse con esa
hermosa joven, si la encuentra, y de fundar una familia?. . .
Al no darle yo respuesta porque me quedé confuso
como avergonzado por aquella pregunta, se levantó para traer y colocar sobre la
mesa varios aparaticos, a cuyo examen me sometió sucesivamente, haciéndome per
manecer de pie, sentarme, rescostarme, contar, vendándome los ojos para picarme
con alfileres o levantar pesas sujetas a las piernas; estrechar un globo de
caucho; ceñirme a la muñeca un mecanismo de reloj terminado con una pluma que
trazaba sobre una cinta larga línea ondulante y rítmica; levantar diversas
masas de hierro; buscar la incógnita de una ecuación; y traducir por escrito un
texto de Aristófanes del original grie go, mientras que él contaba los minutos
inclinado sobre el cronómetro como tomándole el pulso a mi inteligencia.
— Hay aquí un error — dijo examinando la hoja de
papel que le tendía— , estos adjetivos se refieren a la acción que denota el
verbo y no al sujeto de la frase. . .
entonces
comenzó otro examen de todo mi cuerpo, casi desnudo sobre un diván de marroquí
negro, examen durante el cual analizaba yo el extraño efecto que me habían
producido sus palabras: “¿Usted tiene
1 6 8
intenciones de casarse con esa hermosa joven, si la
encuentra, y de fundar una familia?”.
¡Dios mío, yo, marido de Helena! ¡Helana mi mujer!
La intimidad del trato diario, los detalles de la vida conyugal, aquella visión
deformada por la maternidad. . . Todos los sueños del universo habían pasado
por mi imaginación menos ese que me sugerían las frases del especialista.
— Sería usted un modelo fisiológico — dijo, cuando
después del exa men volvimos a sentarnos cerca del pesado escritorio de nogal—
si fuera un poco más amplia su cavidad torácica y si no existiera cierta
despro porción entre su desarrollo muscular y su fuerza nerviosa; es raro que
su organismo haya soportado los excesos a que usted lo ha sometido.
—Tiene usted que comenzar — continuó con una voz
pausada, baja y suavísima— por regularizar todas, absolutamente todas sus
funciones, sin detenerse a pensar que hay funciones nobles y bajas en el ser
humano. A pesar de que manifiesta usted entusiasmo por la ciencia que no admite
hoy separación alguna entre los fenómenos de la vida y los considera todos,
desde la respiración y la nutrición, hasta las más altas ideaciones y los
sentimientos más nobles, como manifestaciones de una misma causa, los unos compensibles
por caer bajo el dominio de nuestros actuales mé todos de observación y de
análisis y los otros incomprensibles todavía por lo rudimentario de los
aparatos que apenas comenzamos a emplear para observarlos; a pesar de que
afirma usted que no tiene creencias reli giosas, es usted un espiritualista
convencido, un místico casi, tal vez contra su gusto. Sus frases lo han
revelado. Puede usted tener deseos de no creer pero las influencias atávicas
que subsisten en usted lo obligan a creer y usted procede de acuerdo con ellas
en lo que se refiere a la clasificación de sus actos; haga un esfuerzo, triunfe
usted de sí mismo, regularice su vida, dele usted en ella el mismo campo a las
necesidades físicas que a las morales, que llama usted, a los placeres de los
sentidos que a los estudios, cuide el estómago y cuide el cerebro y yo le
garantizo la curación.
Regularice usted su vida y dele una dirección
precisa y sencilla — con tinuó después de otro largo silencio, en que me
pareció leer cierta sim patía en la fría mirada de sus ojos— . Lo primero que
debe hacer es distraerse, forzándose a alternar sus estudios con diversiones,
nobles si usted las prefiere así; frecuente los teatros y los conciertos;
tendría mucho gusto en llevarlo a casa de uno de mis mejores amigos donde se
toca excelente música de los viejos maestros alemanes y donde encontraría usted
buena compañía. Devuélvale a las necesidades sexuales su papel de necesidades
por más que le repugne y no mezcle usted sus sensa ciones de ese orden con
sentimentalismos ni con emociones estéticas que lo exalten; esto mientras
encuentre usted a la joven a quien ama y se case usted con ella para normalizar
en la vida marital los impulsos de su instinto.
169
No le incomode a usted que le hable de su amor en
esos términos
— dijo al ver el gesto que hice involuntariamente
al oír la frase— , ese ideal tiene usted que convertirlo en su esposa; usted
necesita antes que todo, como un niño asustado por la apariencia de un objeto
que no ha visto bien y cuyo miedo se desvanece al tocarlo, encontrar a esa
señorita, tratarla, ver si su carácter y sus ideas coinciden con los de usted
y, si es así, casarse con ella para que desaparezca el fantasma que usted se ha
forjado. Es un fantasma. Lo vio usted estando bajo la influencia del opio y de
una profunda debilidad causada por la orgía de la víspera, la impresión que le
causaron a usted sus miradas en el comedor y el capricho que tuvo ella de
tirarle un ramo de rosas, han determinado en usted una autosugestión, que ha
ido prolongándose gracias al vio lento cambio de régimen a que ha sometido
usted su organismo y al aislamiento en que se ha encerrado. No ha habido
impresiones externas que la combatan, y sigue desarrollándose, y como coincide
con una frase que lo había impresionado a usted, por haberla dicho una persona
de su familia al morir, ha ido revistiendo apariencias sobrenaturales. . .
Se calló, inclinando la cabeza pensativa y la
levantó, al cabo de unos momentos de silencio, sonriéndose:
—Tenga usted la bondad de repetirme la descripción
de la figura de la señorita cuando usted la ve vestida de blanco y con los
lirios en la mano y le parece recordar una frase latina.
Lo hice con la paciencia con ^ue un enfermo le
cuenta por segunda vez al vulgar esculapio un síntoma de la dolencia física que
lo aqueja.
— ¿Se siente usted nervioso esta noche? — me
preguntó sonriendo aún con una franca sonrisa que le arqueó los labios y me
reveló la ani malidad potente de su organismo.
— No, doctor estoy en perfecta calma, la
conversación con usted me ha tranquilizado como una dosis de bromuro —le
respondí, sonriendo a mi vez.
— ¿Quiere usted ver su visión pintada en un lienzo,
por un pintor que murió hace años? — me dijo, sin dejar de sonreír, excitado
por la perplejidad que revelaba mi semblante al oír la extraña propuesta.
— Como usted guste — contesté sin saber a derechas
qué decía y lleno de una curiosidad infantil que se mezclaba con cierta
angustia extraña.
— Perdone usted, voy a dar orden de que enciendan
luz en mi salón donde está la pintura. Qué extraña casualidad — agregó hablando
consigo mismo y levantándose para apretar un timbre eléctrico a cuya llamada
obedeció el criado vestido de frac que se presentó unos instantes después en el
cuarto.
— ¿Las señoras están en la sala? — le preguntó.
— No, señor;
acaban de retirarse a sus alcobas.
— ¿Están encendidas las lámparas en la sala?. . .
— Sí, señor — contestó el sirviente.
170
— Ponga usted una donde alumbre bien el cuadro que
está en la pared de la derecha, y sírvanos usted el té allá — ordenó, y
volviéndose a mí, familiarmente, como si la perspectiva de un triunfo hubiera
roto el hielo que nos separaba, me golpeó el hombro como a un amigo viejo y me
dijo:
— Un capricho de mi mujer me hizo comprar hace diez
años, hacien do un esfuerzo, por cierto, porque la estrechez de mi presupuesto
de entonces no me permitía fantasías de esas, la tela que voy a mostrarle.
¿Usted estuvo en Londres cuando era niño? — me preguntó con anima ción súbita.
. .
— Sí, doctor — le respondí, vine con mi padre y
pasé aquí un mes de que conservo recuerdos muy confusos.
— ¿Dónde vivían ustedes?. . .
— En un hotel cerca de Regent Street que no he
encontrado ahora
— contesté impaciente y enervado por el
interminable interrogatorio.
—Y la exhibición del lienzo tuvo lugar ahí cerca en
la galería donde lo compré — dijo hablando consigo mismo. Venga usted a verlo —
aña dió, levantándose para mostrarme el camino y alzando el portier que
separaba el gabinete de un cuarto oscuro que atravesamos para entrar al salón
donde ardían cuatro lámparas.
— ¿Se parece?— preguntó desde el sillón donde se
había acomodado para ver el efecto que me estaba produciendo la contemplación
de la pintura, al cabo de largo rato en que yo, como hipnotizado por aquella
realidad de mi visión, no podía separar los ojos de la figura de Helena, que
vestida con el fantástico traje y el manto blanco de mis sueños y llevando en
las manos los lirios pálidos pisaba una orla negra que estaba al pie de la
pintura, y sobre la cual se leía en caracteres dorados como las coronas de un cuadro
bizantino, la frase “Manibus date lilia plenis”.
— ¿Se parece?— repitió Rivington. . . —Venga usted
a sentarse aquí desde donde la verá bien y tomará el té conmigo, hablando de
ella.
—Es ella, doctor, es ella— le dije sentado ya en el
sitio que me designaba, y volviendo los ojos hacia la divina aparición que me
sonreía, enmarcada de oro sobre la pared oscura— Es ella doctor, pero ¿cómo se
explica este misterio que rodea todo lo que a ella se refiere, que me hace
encontrar aquí ese lienzo que es su retrato la noche en que vengo a hablarle a
usted de ella, como me hizo encontrar el ramo de rosas y la mariposilla blanca
la noche en que fui a buscar otra mujer para olvi darla por unas horas? ¿cómo
se explica usted todo eso? — agregué sin poderme contener.
—Vuelve usted a ver el fantasma y a soñar con lo
sobrenatural— contestó con gravedad casi severa— . Apliqúese usted a encontrar
causas y no a soñar. Me ha descrito usted a la señorita como una figura seme
jante a las de las vírgenes de Fra Angélico y este cuadro es obra de uno de los
miembros de la cofradía prerrafaelita, el grupo de pintores ingleses que se
propusieron imitar a los primitivos italianos hasta en sus
171
amaneramientos menos artísticos. Es claro que la
señorita no sirvió de modelo porque según me dice usted cuando más podrá tener
quince años y hace veinte que fue pintado el cuadro; pero, dígame: ¿qué tiene
de extraño que el modelo fuera una tía o la madre de la que usted encontró en
Ginebra y que las dos se parecieran mucho? Ahora, ¿por qué se juntaban en su
imaginación cierto verso latino y la figura que usted veía? . . . Porque un
recuerdo de esta pintura y de la leyenda que tiene al pie vistas por usted hace
muchos años resucitó en su memoria, gracias a la analogía que hay entre la
fisonomía de su amada y la que representa este dibujo. . . La memoria es como
una cámara oscura que recibe innumerables fotografías. Quedan muchas guardadas
en la som bra; una circunstancia las retira de allí, recibe la placa un rayo
de sol que la imprime sobre la hoja del papel blanco, y heme aquí que usted se
pregunta quién hizo el retrato, sin recordar el momento en que el negativo
recibió el rayo de luz que lo trazó en las sales de plata. Vamos, ¿todavía está
usted viendo el fantasma? Deseche usted esas ideas místicas que son un resto
del catolicismo de sus antepasados, prefiera usted la acción al sueño inútil,
busque usted desde mañana a la joven, cásese con ella y será usted muy feliz.
¿No es cierto que será usted muy feliz?— preguntó con Ínteres.
— Muy feliz, doctor— contesté sirviéndome el té,
traído por el criado.
— No tome usted más de una taza, debe medirse usted
en el uso de los excitantes. Una taza de té por la noche, nada más, y una
pequeña de café, a la comida. Disminuya usted el vino, pero no brusca, sino
gradualmente; reemplácelo por cerveza; suprima poco a poco los licores y los
condimentos; haga comidas abundantes pero sin refina miento alguno; cambie los
ejercicios fuertes como la equitación y la esgrima, que son excitantes
musculares, por decirlo así, y haga largas caminadas a pie por el campo. Quisiera
que, convencido usted de que es preciso huir toda excitación de cualquier
naturaleza que sea, fuera abandonando paulatinamente sus hábitos de lujo
excesivo y sus preocu paciones de arte para dirigir su inteligencia y sus
esfuerzos en el sentido de alguna vasta especulación industrial, una ferrería,
una fábrica, que le permitiera hacer continuas combinaciones para ensancharla y
lo en tretuviera con los detalles de su administración. Vea usted, en lugar de
pensar en ir a civilizar un país, rebelde al progreso por la debilidad de la
raza que lo puebla y por la influencia de su clima, donde la carencia de
estaciones no favorece el desarrollo de la planta humana, asocíese usted con
alguna gran casa inglesa a cuya industria sea aplicable el arte, con unos fabricantes
de muebles o de porcelanas, de vidrieras o de telas lujosas para tapizar y
consagre usted su talento a hacer por ese medio objetivo la educación estética
de los consumidores. Con una sola idea de arte aplicada a la industria se
ennoblece ésta como se perfuman hectolitros de alcohol con una gota de esencia
de rosas. Ese sería un
172
hermoso plan. Oiga usted otro. Vuelva usted a su
país y aplique usted su fortuna a una gran explotación agrícola que lo hará
inmensamente rico y lo divertirá con todas las experiencias de aclimatación de
razas, animales y plantas exóticas que puedan desarrollarse en esos climas.
También le será provechosa si le permite vivir en el campo. Aquí en Londres
dirigiendo su manufactura, allá en América desarrollando sus empresas podrá
usted vivir tranquilo educando su familia y haciendo feliz a la señorita que se
encontró en Ginebra. Pero de preferencia abandone su sueño de regreso a la
patria y establézcase aquí. ¿Franca mente, no cree usted más cómodo y más
práctico vivir dirigiendo una fábrica en Inglaterra que ir a hacer ese papel de
Próspero de Shakespeare con que usted sueña, en un país de calibanes?
Además, esa es la vida que le conviene— continuó
después de meditar un poco. . . — Deseche esos sueños políticos que son
irrealizables. Usted no tiene el hábito de ejecutar planes y esa es una
educación, un entraine-m ent— dijo usando la palabra francesa— ; hay que
comenzar ideando y llevando a cabo cosas pequeñas, prácticas, fáciles, para
lograr al cabo de muchos años enormidades de esas con que usted sueña. Me hace
usted la impresión de un niño que se siente robusto y al ver a un gimnasta de
profesión jugar con pesas de a doscientos kilogramos cree que puede hacerlo sin
maliciar que las fuerzas de sus músculos apenas le permitirán recoger la pelota
de caucho con que juega.
Abandone usted esos sueños— continuó— abandone los
sueños de gloria, de arte, de amores sublimes, de grandes placeres, la ciencia
uni versal, todos los sueños. El sueño es el enemigo de la acción. Piense
usted, conciba un plan pequeño, realícelo pronto y pase a otro. La delicia de
vivir, que usted experimenta hoy, cortada por bruscas depre siones que lo
postran, es al mismo tiempo la causa de sus ambiciones desmedidas, y el peligro
futuro para usted; la causa, porque es ella la que le hace desear continuamente
impresiones nuevas en la esperanza de que son gratas, el peligro porque revela
una sensibilidad exagerada, una especie de hiperestesia que lo imposibilita
para resistir el dolor, el día en que éste llame a su puerta. ¿Conoce usted el
dolor?— preguntó pensativo. . .
— He sufrido, doctor, menos quizá que la mayor
parte de los hombres y puesto que es convenido que todo detalle de mi vida
interior lo cono cerá usted, debo decirle que en los momentos de sufrimiento
se produce en mí un placer superior al dolor mismo, el de sentir ese dolor, el
de conocer las impresiones nuevas que me procura.
— Ese es el síntoma que completa el cuadro —
continuó— ; hay en usted por el momento tal embriaguez de vida que me hace
recordar la frase de Goethe: “La juventud es una embriaguez de sangre”. Todo le
aparece a usted hermoso, risueño, grandioso, todo lo atrae, todo reclama su
atención. El día en que su sistema, cansado por los abusos, se debilite,
173
los nervios trasmitirán de preferencia las
sensaciones desagradables o dolorosas, mortal apatía lo dominará a usted
inhibiéndole para la acción, su estómago gastado y sin fuerzas digerirá mal,
trabajará escasamente su cerebro y entonces será usted el reverso de la
medalla, su misan tropía, su odio por todo, su desencanto, no tendrán límites.
Todo joven gozador es el proyecto de un anciano melancólico, los botones de
rosa se convierten en rosas marchitas; sólo lo duro guarda la forma que desafía
el tiempo. Si usted lo piensa bien verá que el ascetismo, que es la última
palabra de las religiones, es el secreto de la paz interior: endureciendo al
hombre por las privaciones voluntarias a que lo somete, lo insensibiliza para
el sufrimiento.
Esa quimera que se ha forjado usted de dominarlo
todo, de gozar con los sentidos y siendo al tiempo mundano, artista, sabio,
guerrero y conductor de hombres, es el supremo absurdo. Mientras usted no se
encierre en una especialidad y olvide el resto, se sentirá usted mal. Me
argüirá usted que han existido hombres que lo han realizado casi, que el Vinci
poseyó todas las ciencias y las artes de su tiempo y que quizás no hubo región
alguna de los conocimientos humanos por donde Goethe no paseara su inteligencia
poderosa. Me permitirá observarle que la ciencia en el tiempo en que vivió
Leonardo era un embrión apenas, y que el hombre de Weimar vivió setenta y
tantos años estu diando metódicamente. El simple acto de pensar agota; vea
usted a mi querido amigo Heriberto Spencer que se ha ceñido siempre a las pres
cripciones de la higiene más absoluta y está pagando ya con su falta de fuerzas
sus colosales estudios; recuerde usted a muchos literatos franceses
contemporáneos, neurópatas o imposibilitados para la produc ción en plena
juventud y comprenderá usted que el abuso de trabajo mental es el peor de los
abusos.
Honradamente es mi deber decirle a usted que la
herencia y la vida que usted ha llevado me hacen temer por su porvenir en caso
de que usted no cambie de régimen. Hay en usted un doble atavismo, caso
curioso, de impulsivos inconscientes casi, y de cerebrales, unificados. Si
usted logra equilibrar esas tendencias que luchan entre ellas y con sigue que
sus facultades mentales dirijan sus instintos, está usted sal vado; si
continúa su vida con esas alternativas de acetismo y de crápula, con esos
estudios sin orden, con esos planes imposibles, irá a dar el día en que menos
lo espere, al tropezar con una circunstancia impre vista, a la imbecilidad o a
la locura.
Creo inútil decirle que los excitantes y los
narcóticos que usted ha usado han hecho la mitad de la obra al producir su
estado de hoy. Es usted un predispuesto y son los predispuestos los que dan a
la morfina, al opio, al éter, amplia cosecha de víctimas. Búsquela usted desde
ma ñana— dijo mirando el cuadro al cual había yo dirigido los ojos— , y al
encontrala cásese con ella y funde un hogar, donde dentro de
174
veinte años vea usted a sus hijos sucederle en los
negocios y tenga la sa tisfacción de recordar los extravíos de su juventud,
como recuerda uno un peligro cuando ya está salvado de él. Ese amor puede ser
su salvación. . .
—Y has resistido ocho años de la misma vida de
entonces y hoy, cuando te hablo yo como te hablaba Rivington, hoy cuando
todavía es tiempo, te ríes de mí y no me haces caso— dijo gravemente Oscar
Sáenz desde su asiento, perdido en la semioscuridad carmesí de la estancia
lujosa.
— Hoy es diferente— respondió Fernández con cierta
superioridad— . He distribuido mis fuerzas entre el placer, el estudio, y la
acción, los planes políticos de entonces los he convertido en un sport que me
divierte, y no tengo violentas impresiones sentimentales porque des precio a
fondo a las mujeres y nunca tengo al tiempo menos de dos aventuras amorosas
para que las impresiones de una y otra se contra-resten y. . .
— Y para que las heroínas hagan contraste— insinuó
Luis Cor dovez— , la una rubia y lánguida, lectora de Heine y la otra morena y
ardiente, lectora de la Pardo Bazán; una sentimental como una colegiala y la
otra sensual desde las puntas de las uñas hasta la médula de los huesos. . .
Una sonrisa de vanidad iluminó la fisonomía
fatigada del poeta. . .
— Continúa, José, me ha mejorado tu lectura— dijo
Máximo Pérez desde el diván vecino donde estaba recostado.
Londres, 2
0 de noviem
bre.
¡Ese amor puede ser su salvación!, fue la última
frase del fisiólogo materialista. . . “¡Sálvalo, Señor, del infierno que lo
reclama! Benditos sean la señal de la cruz hecha por la mano de la virgen y el
ramo de rosas que caen en su noche como signo de salvación! ¡Está salvado,
míralo bueno, míralo santo!”, fueron las frases de la abuelita en el misterioso
delirio que tomó forma en una realidad casi divina. El racio cinio de la
ciencia, la intuición de la santidad, el grito de sentimiento, todas las voces de
la vida se funden en un coro sublime para llamarle, ¡oh, misteriosa criatura de
los rizosos cabellos castaños que son de oro donde la luz los toca; de las
subyugadoras pupilas azules y de las pálidas mejillas tersas como las hojas de
las camelias blancas y de las largas manos alabastrinas que al trazar entre la
oscuridad el signo de la redención arrojaron el ramo de rosas que cayó entre la
negrura del jardín, como tus miradas cayeron en las sombras de mi alma! ¡Oh,
túv inmaculada, tú, purísima, todo te llama, ven a salvar el alma man chada y
débil que siente flotar sobre ella las alas negras de la locura y que te invoca
hoy desde el borde del abismo!
175
Reconcentrado en mí como un piloto que en hora de
supremo peligro junta sus fuerzas agotadas para consultar la brújula y alejarse
de la tempestad, las palabras de Rivington me han hecho pensar por horas
enteras. He hecho al analizarme, una plancha de anatomía moral como dice
Bourget en el prefacio de su maravilloso André Cornélis y me he aterrado al
verla. Hela aquí:
Hijo único del matrimonio de amor de dos seres de
opuestos orígenes, dentro de mi alma luchan y bregan los instintos encontrados
de dos razas, como los dos gemelos bíblicos en el vientre materno. Por el lado
de los Fernández vienen la frialdad pensativa, el hábito del orden, la visión
de la vida como desde una altura inaccesible a las tempestades de las pasiones;
por el de los Andrade, los deseos intensos, el amor por la acción, el violento
vigor físico, la tendencia a dominar los hombres, el sensualismo gozador.
¿Hasta qué punto el recuerdo de mi padre, de su figura delicada, de su cuerpo
endeble, de su recogimiento silencioso, de su pasión por las ciencias exactas,
aclara con extraña luz la apa riencia de ciertos momentos de mi vida psíquica?
La abuelita, la pobre santa, muerta sin que yo le cerrara los ojos, aprendió de
aquella familia de ascetas, el desprecio insexual por las debilidades de la
carne. “Es una criatura infame, que no tiene perdón ni de Dios ni de los hom
bres”, decía al oír nombrar a una pobre adúltera y un fulgor de in dignación
le iluminaba los ojos apagados y un temblor de ira le hacía temblar los enjutos
labios. La prescindencia de todo lujo, la modestia casi monástica que reinaban
en la casa paterna, donde las vajillas de plata dormían guardadas en los viejos
escaparates de nogal y los criados desatendían sus quehaceres para ir a la
iglesia. Al hundir los ojos en las lejanías del tiempo, surgen ante mí las
figuras de la familia: por el lado paterno la de doña Inés Fernández de Sotomayor,
la virgen de 22 años que, en vísperas de contraer matrimonio, rompió su
compromiso para consagrarse a Dios y entrar al convento de las monjas de Santa
Inés, con el nombre de Sor María de la Cruz, a fines del siglo XVIII; la del
tercer abuelo que se educó en Salamanca, fue capitán de los reales ejércitos y
desempeñó en mi tierra odiosos puestos dados por la Inquisición; y más lejos,
dominándolas todas, la del hermano del primer antepasado que se trasladó a
América para acompañarlo, aquel Alvaro Fernández de Sotomayor y Vergara, el
arzobispo, sabio comentador de Tertuliano, que a los setenta años, devuelto a
España, murió virgen y en olor de santidad. Delicadas miniaturas encuadradas de
diminutos diamantes, antiguos lienzos españoles donde se destacan figuras
descar nadas y animadas de intensa vida espiritual; apolillados cronicones
amarillentos, reales cédulas, pergaminos manuscritos por insignes artistas, en
que los caracteres góticos de la leyenda alternan con los colores de
complicados blasones heráldicos, cuentan las glorias de aquella raza de
intelectuales de débiles músculos, delicados nervios y empobrecida san
176
gre cuyos glóbulos desteñidos corren por los
ramales azulosos de mis venas. La piedad católica que la animó subsiste en mí
transformada en un misticismo ateo, como revive en ciertos degenerados,
convertido en mórbidas duplicidades de conciencia, el mal sagrado de los átavos
epilépticos.
¡Ah, sí, pero en los hoyuelos de las mejillas de mi
madre reían frescuras de flor, su leche tenía el sabor que tiene la de las
campesinas vigorosas; el abuelo materno era un jayán potente y rudo que a los
setenta años tenía dos queridas y descuajaba a hachazos los troncos de las
selvas enmarañadas y allá en las llanuras de mi tierra cuentan todavía la
tenebrosa leyenda de estupros, incendios y asesinatos de los cuatro Andrade los
salvajes compañeros de Páez en la campaña de los Llanos, que recorrieron victoricsos,
sembrando el terror en las huestes españolas, al rudo galope de sus potros, con
la lanza tendida por el brazo férreo, con la locura en el alma, la sangre
quemada por el al cohol y la blasfemia en la boca gruesa solicitadora de
besos! . . .
Esos instintos comprimidos y encontrados subsisten
en mí, determinan mis impulsos sin que puedan contenerlos las falsas
adquisiciones de la educación y del raciocinio; domíname religiosa impresión
que me hace doblar las rodillas, si penetro en la semioscuridad de un templo a
la hora del crespúsculo y el día en que sentí la mano empapada en la sangre
tibia de la Orloff, no pude contenerán grito de gozo.
Para que la antinomia de esos encontrados impulsos
se hubiera tras-formado en permanente equilibrio, habría sido preciso que un
plan ver daderamente científico de educación los hubiera aprovechado utilizán
dolos. Las circunstancias decidieron que pasara mis primeros años bajo las más
contradictorias influencias. Perdí a mi madre siendo niño; cuando a la muerte
de mi padre, al cumplir diez y siete años, salí del colegio de jesuítas donde
mi adolescencia se deslizó bajo el yugo de severa disciplina, el estado de mi
salud quebrantada por la mala higiene del internado y mi parentesco con los
Monteverde, sobrinos carnales de mi madre y dueños de las propiedades de campo
vecinas a las nuestras, me llevaron a vivir, en pleno contacto con la
naturaleza, brutal vida de campesino, en las haciendas, donde bajo la doble
influencia de la ju ventud y del régimen, mis músculos se vigorizaron y se
enriqueció mi sangre. En aquella temporada de vida singular las cacerías de
venados, y los violentos ejercicios atléticos, se alternaban con las orgías
vertiginosas en que Humberto Monteverde, borracho y con la rizosa cabeza
recostada sobre algún seno desnudo, me gritaba a voz en cuello mientras su
padre, don Teodoro, paseaba por sobre la concurrencia la mirada átona de sus
ojos enturbiados por el alcohol “Oye, José, tú y yo no hemos nacido para vivir
en sociedad, somos salvajes, somos Andrade, somos los nietos de los
llaneros". Extraña temporada aquella en que la lectura de los más grandes
poetas y el hervor sentimental y sensual de la juventud y
177
la dejadez del cuerpo tras de las noches crapulosas
me hicieron escribir mis “Primeros versos”; más extraña si se compara con el
año siguiente en que la intimidad con Serrano, el noble amigo que consagró su
vida a trascendentales especulaciones, resucitó en mí al meditabundo filósofo
que heredó de sus abuelos el intenso amor por la vida moral. Extrañas
influencias que dieron como resultado que al entrar por primera vez, a los
veintiún años, corbateado de blanco y con el busto moldeado por un frac de Poole
al salón donde hice mi primera conquista aristocrática, cuatro almas— la de un
artista enamorado de lo griego, y que sentía con acritud la vulgaridad de la
vida moderna; la de un filósofo des creído de todo por el abuso de estudio; la
de un gozador cansado de los placeres vulgares; que iba a perseguir sensaciones
más profundas y más finas, y la de un analista que las discriminaba para
sentirlas con más ardor— animaron mi corazón, que latía bajo la resplandeciente
pechera, coquetamente abotonada con una perla negra.
Así, proteica y múltiple, ubicua y cambiante,
resistente al influjo de los ambientes, vigorosa por los ejercicios atléticos,
por el uso de suculentos manjares y licores añejos, enervada por sensuales
delicias, mi persona lidad se fue desarrollando y alternaron dentro de mí
épocas de salvajez gozadera y ardiente y largos días de meditativo
desprendimiento de las realidades tangibles y de ascética continencia.
Un cultivo intelectual emprendido sin método y con
locas pretensiones al universalismo, un cultivo intelectual que ha venido a
parar en la falta de toda fe, en la burla de toda valla humana, en una ardiente
curiosidad del mal, en el deseo de hacer todas las experiencias posibles de la
vida, completó la obra de los otras influencias y vino a abrirme el oscuro
camino que me ha traído a esta región oscura, donde hoy me muevo sin ver más en
el horizonte que el abismo negro de la desesperación y en la altura, allá
arriba, en la altura inaccesible, su imagen, de la cual, como de una estrella
en noche de tempestad, cae un rayo, un solo rayo de luz.
¿Terror? . . . ¿Terror de qué? . . . De todo por
instantes. . . De la oscuridad del aposento donde paso la noche insomne viendo
desfilar un cortejo de visiones siniestras; terror de la multitud que se mueve
ávida en busca de placer y de oro; terror de los paisajes alegres y claros que
sonreían a las almas buenas; terror del arte que fija en posturas eternas los
aspectos de la vida, como por un tenebroso sortilegio; terror de la noche
oscura en que el infinito nos mira con sus millones de ojos de luz; terror de
sentirme vivir, de pensar que puedo morirme, y en esas horas de terror, frases
estúpidas que me suenan dentro del cerebro can sado, “¿y si hubiera Dios?. . .
Los pobres hombres están solos sobre la tierra”, y que me hacen correr un
escalofrío por las vértebras.
No, no es terror de eso, es terror de la locura.
Desde hace años el doral, el cloroformo, el éter, la morfina, el haschich,
alternados con excitantes que le devolvían al sistema nervioso el tono perdido
por el
178
uso de las siniestras drogas, dieron en mi cuenta
de aquella virginidad cerebral más preciosa que la otra de que habla Lasegue.
Después, la crápula del cuerpo obstinado en experimentar sensaciones nuevas, la
crápula del alma empeñada en descubrir nuevos horizontes, después todos los
vicios y todas las virtudes, ensayados por conocerlos y sentir su influencia,
me han traído al estado de hoy, en que, unos días, al besar una boca fresca, al
respirar el perfume de una flor, al ver los cambiantes de una piedra preciosa,
al recorrer con los ojos una obra de arte, al oír la música de una estrofa,
gozo con tan violenta intensidad, vibro con vibraciones tan profundas de
placer, que me parece absorber en cada sensación toda la vida, todo lo mejor de
la vida, y pienso que jamás hombre alguno ha gozado así; y en que otros,
cansados de todo, despre ciando, odiando todo, sintiendo por mí mismo y por la
existencia un odio sin nombre, que nadie ha experimentado, me siento incapaz
del más mínimo esfuerzo, permanezco por horas enteras, hebetado, estúpido,
inerte, con la cabeza en las manos y llamando a la muerte ya que la energía no
me alcanza para acercarme a la sien la boca de acero que podría curarme del
horrible, del tenebroso mal de vivir. . .
¡La locura! ¡Dios mío, la locura! A veces, ¿por qué
no decirlo, si hablo para mí mismo?. . . ¡cuántas veces la he visto pasar,
vestida de bri llantes harapos, castañetándóle los dientes, agitando los
cascabeles del irrisorio cetro, y hacerme misteriosa mueca con que me convida
hacia lo desconocido! En una alucinación que la otra noche me dominó por unos
minutos, las joyas que brillaban sobre el terciopelo negro del enorme estuche
"se trocaron a la luz de la lámpara que las alumbraba en los mágicos
arreos de su vestido de reina; otra noche, en una pesadilla que me apretó con
sus garras negras y de la cual desperté bañado en sudor frío, una cabeza
horrible, la mitad mujer de veinte años, sonrosada y fresca pero coronada de
espinas que le hacían sangrar la frente tersa, la otra mitad, calavera seca con
las cuencas de los ojos vacías y negras, y una corona de rosas ciñéndole los
huesos del cráneo, todo ello des tacado sobre una aureola de luz pálida, una
cabeza horrible me hablaba con la boca, mitad labios de rosada carne, mitad
huesos pálidos, y me decía, “¡Soy tuya, eres mío, soy la locura!”
¡Loco! . . . ¡El loco, en el cuartucho oscuro del
manicomio, oloroso a orines de ratón, envuelto en la camisa de fuerza! . . el
loco con el cabello cortado al rape, recibiendo en las flacas espaldas huesosas
el chorro helado de la ducha, bajo el ojo imperturbable del hombre de ciencia
que anota sus gestos violentos y sus entrecortadas blasfemias para convertirlos
en una precisa y razonada monografía. . .
¿Loco? . . . ¿y por qué no? Así murió Baudelaire,
el más grande, para los verdaderos letrados, de los poetas de los últimos
cincuenta años; así murió Maupassant, sintiendo crecer alrededor de su espíritu
la noche y reclamando sus ideas. . . ¡Por qué no has de morir así, pobre dege
179
nerado, que abusaste de todo, que soñaste con
dominar el arte, con poseer la ciencia, toda la ciencia, y con agotar todas las
copas en que brinda la vida las embriagueces supremas!
¡Pero no! dulce visión angélica que en mis sueños
llevas las manos llenas de lirios blancos y que presente ante mí trazaste con
ellas el signo de la redención y arrojaste en mi noche las pálidas flores, el
alma que tú favoreciste con tus miradas santificadoras no irá a desagregarse
así.
Cuando en ti pienso, Beatriz que me harás ascender
desde el fondo de mi infierno hasta las alturas de tu gloria, los versos de
Alighieri suenan dentro de mi alma como un cántico de esperanza y de
consoladora certidumbre :
Cuando mi Dama camina por alguna parte, Amor
extiende sobre los corazones corrompidos una capa de hielo que rompe y destruye
los malos pensamientos.
El que se exponga a verla o se ennoblece o muere.
Cuando alguno digno de mirada la encuentra, experimenta todo el poder de sus
virtudes y si ella lo honra con su saludo lo vuelve tan modesto, tan honrado y
tan bueno que llega hasta perder el recuerdo de los que lo ofendieron.
Dios ha
concedido una gracia particular a mi Dama la persona que le dirige la palabra
no puede tener mal fin”.
¡Oh, ven, surge, aparécete, Helena! Lo que queda de
bueno en mi alma te reclama para vivir.
Estoy harto de la lujuria y quiero el amor; estoy
cansado de la carne y quiero el espíritu. Hubo en mi alma muladares inmundos
que limpió la fuente de aguas vivas abierta en ella por la mirada insostenible
de tus ojos azules. Para recibirte, lo que es hoy seca maleza, florecerá de
flores perfumadas y los sueños buenos de mi adolescencia resucitarán todos
cuando tus pies pequeñuelos huellen la tenebrosa puerta de mi espíritu, y te
acompañarán como una procesión de ángeles; donde quedan charcos de envenenadas
emanaciones, habrá dormidos lagos, apenas riza dos por las alas de los cisnes
blancos. Si sobre mi cuerpo crispado de voluptuosidad se pasearon manos
buscadoras y lascivas, si pedí el olvido a todas las embriagueces de todas las
orgías, si rodé como un borracho por la escalera vertiginosa del vicio, fue
porque no te había visto todavía. Ten piedad de mí. Para alcanzar tu santidad,
porque te siento santa y me apareces ceñida con una aureola de misticismo y
casi sagrada, para alcanzar tu santidad, he procurado ser bueno. No hay una
mancha en mi vida después de que tus ojos cruzaron sus miradas con las mías.
Pero para ser bueno necesito de tí, necesito verte. ¡Ven, surge, aparécete,
sálvame, ven a librarme de la locura que avanza en mi cielo como una nube negra
preñada de tempestades, ven a salvar lo que queda en mí de los santos de mi
raza, del sabio arzobispo y de la dulcísima monja,
180
que en tierra para ti desconocida, duermen su
último sueño, a la sombra de las arcadas góticas, en los viejos sepulcros de
piedra!
Londres, 5
de diciembre.
El hilo de luz que me hará encontrarla, está en el
misterioso parecido del cuadro de Rivington con ella, pensé hace dos semanas y
por un fenómeno que es frecuente en mí y que me hace tomar siempre el camino
más largo y perderme en él cuando trato de investigar algo que me interesa, en
vez de irme derecho al viejo, o de proguntarle el nombre del pintor de la
misteriosa tela y de continuar inquiriendo hasta dar con la verdad, me
entregué, con loco entusiasmo al estudio de los orígenes y del desarrollo de la
escuela prerrafaelita, de las vidas y de las obras de sus jefes y de las causas
que determinaron la aparición de ella en el mundo del arte.
He salido de mi tarea con unas cuantas percepciones
nuevas de la belleza y guarda mi espíritu algo como el perfume y el alma del
ideal que animaba a los nobles artistas que ilustraron la cofradía; como un
suave olor rancio de incienso, producido por la ingenua piedad suavísima de los
pintores precentistas, y como un deslumbramiento causado por el colorido de
ciertas telas inmortales. En resumen, jamás me había sentido más ridiculo en el
interior; quise saber de Helena, y he sabido detalles de la vida del Beato
Angélico de Fiesole, leído cartas de Rossetti y de Holman Hunt; canzones de
Guido Cavalcanti y de Guido Guinicelli, versos de William Morris y de
Swimburne, visto cuadros de Rossetti y de Sir Edward Burne Jones. En resumen,
todo se complica dentro de mí y toma visos literarios, una curiosidad se agrega
a otra, los atractivos de la obra de arte me hacen olvidar los más graves
intereses de la vida, y sin la llamada brutal a la realidad, dada por el doctor
Rivington antier, habría pasado quién sabe cuánto tiempo sin buscarla, soñando
en Ella, con la imaginación dando vueltas alrededor de su radiosa imagen, y los
ojos persiguiendo en poemas y cuadros, frases y lineamientos que me hicieran
recordarla.
No soy práctico. Rivington me lo ha dicho en tono
despreciativo y yo que lo sé mejor que él me sonrío al pensar en el desprecio
que reve laba su voz al decírmelo. No soy práctico, ya lo creo, y los hombres
prácticos’ me inspiran la extraña impresión de miedo que produce lo
ininteligible. Percibir bien la realidad y obrar en consonancia es ser
práctico. Para mí lo que se llama percibir la realidad quiere decir no percibir
toda la realidad, ver apenas una parte de ella, la despreciable, la nula, la
que no me importa. ¿La realidad? . . . Llaman la realidad todo lo mediocre,
todo lo trivial, todo lo insignificante, todo lo despre ciable; un hombre
práctico es el que poniendo una inteligencia escasa
181
al servicio de pasiones mediocres, se constituye
una renta vitalicia de impresiones que no valen la pena de sentirlas. De esa
concepción del individuo arranca la organización actual de la sociedad, que el
más ilustre de sus detractores llama “una sociedad anónima para la producción
de la vida de emociones limitadas”, y esa concepción de la vida sirve de base a
la estética de Max Nordau que clasifica las verdaderas obras de arte como
productos patológicos y a la asquerosa utopía socialista que en los falansterios
con que sueña para el futuro, repartirá por igual pitanza y vestidos a los
genios y a los idiotas.
¡La realidad!
La vida real! ¡los hombres
prácticos! . . . ¡Horror! . . .
Ser práctico es aplicarse a una empresa mezquina y
ridicula, a una em presa de aquellas que vosotros despreciasteis, ¡oh,
celosos, oh, creadores, oh padres de lo que llamamos el alma humana, que
impedisteis con vuestras sublimes locuras que nuestros ojos iluminados por un
resto de la luz que irradió de vuestros espíritus no sean los ojos átonos de
los rumiantes! Tú no fuiste práctico, sublime guerrero, poeta que soñaste y
realizaste la independencia de cinco naciones semisalvajes, para venir a morir,
bajo techo ajeno, sintiendo dentro de ti la suprema melancolía del desengaño, a
la orilla del mar que baña tus natales costas; ni tú tampoco, pobre genovés
soñador que le diste un mundo a la Corona de España, para morir entre cadenas;
ni tú, manco inmortal, que pasaste miserias sin cuento; ni tú, florentino
sublime que con el alma llena de las ardientes visiones de tu Divina Comedia,
mendigaste el pan del desterrado; ni tú, Tasso, ni tú Petrarca, ni tú, pobre
Rembrandt, ni tú, enorme Balzac, perseguido por los ruines acreedores, ni
vosotros, todos, ¡oh poetas, oh genios, oh faros, oh padres del espíritu humano
que atra vesasteis la vida, amando, odiando, cantando, soñando, mendigando,
mientras que los otros se enriquecían, gozaban y morían satisfechos y tranquilos!
Divago al escribir. Cada uno de esos hombres, al
olvidar las miserables materialidades de la vida, lo hacía para realizar algún
plan grande que inmortalizara su memoria. Yo pierdo inútilmente mi tiempo
entretenido como un niño en futilidades más o menos hermosas, sin buscar la
única que devolverá la paz a mi espíritu conturbado.
Cuando puse los pies en el salón de consulta de
Rivington, todas las impresiones de las últimas dos semanas refluían a mi
memoria y, olvi dado de los detalles de la vida real, se movía mi espíritu en
un ambiente de etéreas delicadezas y sobrenaturales y deliciosos sentimientos
producido por la contemplación incesante de los cuadros y la lectura de los
versos de Rossetti. Ese ambiente de ardiente y melancólico misticismo poblado
de ensueños referentes a Helena y perfumado de ella, como el aire de suntuoso retrete
femenino del aroma de las flores que agonizan aro mándolo, me había envuelto
por largas horas, como una niebla espiritual, impidiéndome el contacto con el
mundo exterior. Disipóse como por
182
encantamiento al sentarme en uno de los sillones de
la consulta y recorrer con los ojos la concurrencia que esperaba, haciendo
antesala, el turno obligado para solicitar los auxilios del hombre de ciencia.
Frente a mí un viejazo apoplético y obeso, envuelto en pesado abrigo de pieles,
con el cogote rojo como jamón y rugoso como un cuero de caimán, los ojos
cubiertos por dobles anteojos negros, y los enormes pies defor mados por la
gota, calzados con gruesos botarrones, roncaba a pierna suelta. Se había dormido
esperando el turno. En un ángulo de la sala una mujer de anguloso perfil,
canosa y con cara de hambre, miraba con sus ojuelos grises cargados de odio, a
una pobre chiquilla de doce a trece años de ralos cabellos de un rubio sucio,
desteñida tez salpicada de pecas, y descolorida boca entreabierta que dejaba
ver los dientes picados y las encías desteñidas. En otro sillón estaba sentado
un hom brecillo enclenque, de color de aceituna que guardaba una quietud ab
soluta, inquietante, inverosímil, y por entre aquellos cuatro individuos, de
miserable y dolorosa apariencia, se paseaba a grandes pasos por el salón un
fantástico personaje, desmesuradamente largo y flaco, de as pecto caricatural,
que se retorcía con furia los pelos de larguísimo bigo-tillo encerado y cuyos
gestos sacudidos seguían con indulgente solicitud los ojos de un hombre de
treinta años, vestido con refinada elegancia, pero en cuya delicada y hermosa
fisonomía, de una palidez extraña, se leían los signos de definitivo e
irremediable agotamiento.
La chiquilla del pelo rubio se sacudió toda, dio un
gritico agudo de pájaro herido y agitó sus miembros débiles un estremezón
nervioso; despertosé con un ronquido bronco el personaje de las pieles y se
frotó con la enorme mano rijiza y rellena como un guante de esgrima la faz
apoplética, no hizo un movimiento el individuo verde aceituna, que parecía una
estatua de cera, y visiblemente humillado, al sentirse en aquella asamblea de
incurables, el enfermo elegante que un momento antes paseaba por todo el cuarto
la mirada de sus ojos cansados, los volvió a un anillo de rubíes que le
adornaba el dedo meñique de la mano izquierda.
Excitado por la vista de aquellos infelices, surgió
en el fondo de mí el orgullo de la vida, de la juventud y del vigor, y con
involuntario movimiento me apreté con la derecha, crispada casi, el bíceps del
brazo izquierdo, que sobresalía elástico y fuerte, formando como una masa de
hierro, bajo la gruesa cheviotte del vestido de invierno; la sangre se me subió
a las mejillas y con brusco movimiento me levanté para salir. . .
No, yo no estaba enfermo, yo no era un incurable,
un harapo humano como aquellos desgraciados. ¿Enfermo yo? ¿De qué? De un exceso
de vida, de un exceso de ideas, de un exceso de fuerza y, como si hubiera visto
la muerte al ver aquellos restos de persona que iban a buscar modo de aliviar
sus días miserables, deseé en ese minuto todos los placeres de la vida, todos
los sabores, los perfumes, los colores, las líneas, las músicas,
183
los contactos deliciosos; me provocó apurarlo todo
ahí, en ese minuto, antes de que mi cuerpo se deformara y se convirtiera en una
miseria como las que estaba viendo. . .
Tan profunda fue la impresión que no caí en la
cuenta de la salida de la persona cuya consulta había terminado, ni vi, en el
primer mo mento, a Rivington, que por la puerta entreabierta del gabinete me
miraba de pies a cabeza, con ojos de inquietud.
— Doctor— dije saludándolo olvidado de que había
enfermos que debían precederme.
— Siga usted— dijo con cierta "brusquedad,
haciéndome entrar al cuarto.
Ahí siguió una escena grotesca en que, sin poderme
dominar y llorando como una mujer, abrazado a aquel jayán casi desconocido para
mí, le conté la atroz impresión que me había producido su horrible clientela y
le supliqué que me asegurara que no estaba enfermo, que no me volvería loco, y
en que con frases estúpidamente sentimentales le su pliqué que me permitiera
enviar un pintor a su casa para obtener una copia del cuadro. Suave como una
madre que maneja a un muchacho enfermo, consentido y antojadizo, el especialista
se denegó a mi deseo y con su gravedad acostumbrada, me hizo ver todo lo que
había de anormal y de enfermizo en mi estado de espíritu de esos momentos.
— Yo había creído menos grave su caso. Es preciso
que usted apro veche las fuerzas que le quedan para buscar la curación
inmediatamente; vaya usted desde mañana a buscar a esa señorita, diviértase,
distráigase, no sueñe más; el sueño es un veneno para usted. Juegue,
emborráchese, más bien. Eso sería más higiénico en su estado de hoy. No pierda
usted un minuto, vaya a buscarla. Usted la encontrará y si quiere la hará su
esposa. Está usted joven, posee una hermosa fortuna, tiene usted todos los
elementos para ser feliz; no pierda su tiempo en inútiles desvarios. . .
Sea feliz. . .
Le he remunerado al viejo esa extraña consulta,
terminada con esa fantástica receta, con largueza de príncipe. Creía que me
devolvería el cheque, pero no, lo guardó y lo empleará bien, de seguro. Tanto
mejor.
Dentro de diez días estaré en París, reinstalado en
mi hotel, y con sagrado a buscarla. Pienso con horror en volver a la ciudad
donde mi vida se deslizó por tanto tiempo en medio de asquerosas delicias. ¡Tú
hueles a fábrica y a humo, mi Londres fuliginoso y negro, la trabazón aérea de
telegráficas redes cruza tu cielo opaco; tiene tu ferrocarril subterráneo
aspecto de pesadilla grotesca; el pueblo que te habita ignora la sonrisa; tú,
París, acaricias al viajero con la amplitud de tus elegantes avenidas, con la
gracia latina de tus moradores, con la belleza armoniosa de tus edificios, pero
en el aire que en ti se respira se confunden olores de mujer y de polvos de
arroz, de guiso y de peluquería! Eres una cortesana. Te amo despreciándote,
como se adora a ciertas mujeres
184
que nos seducen con el sortilegio de su belleza
sensual y sé bien que los pies de Helena no huellan tu suelo, ¡oh pérfida y
voluptuosa Ba bilonia!
De la temporada de Londres me llevo una deliciosa
impresión de re cogimiento y de vida interior exacerbada hasta lo indecible.
Dos idiomas que eran para mí letra muerta, el griego y el ruso; dos ramos de la
actividad humana que me eran extraños, todas las artes de la guerra y la
agronomía con todos sus progresos realizados en la última mitad de este siglo
me son completamente familiares. Amplia cosecha de impresiones de arte,
lecturas de los originales de los trágicos griegos que conocía antes en malas
traduciones, de los poetas anteriores a Shakespeare, de toda la pléyade
moderna, desde el sensual y vibrante Swinburne hasta la mística Cristina
Rossetti; inefables ensueños provocados por los cua dros de Holman Hunt,
Whistler y de Burne Jones; ¡todo eso me has dado, ciudad monstruo que me
apareces casi ideal porque mientras he vivido en tu seno, he vivido con su
recuerdo!
Al comenzar los tapiceros a desarmar la casa me he
quedado sor prendido del número de objetos de arte y de lujo que
insensiblemente he comprado en estos seis meses y los he remirado uno por uno,
con cariño, porque en lo futuro me recordarán una época de mi vida más noble
que los últimos años. Tú irás a adornar el vestíbulo del hotel en París, enorme
vaso etrusco que ostentas en tus bajos relieves hermosa procesión de sátiros y
de ninfas, y por sobre las cabezas de carnero que forman tus asas, las orquídeas
del trópico, enredarán sus tallos florecidos de niveas mariposas vegetales,
salpicadas de violado y de púr pura; os cruzaréis en guerrera panoplia sobre
la partesana, cincelada como una joya, vosotras, espadas árabes de polícromas
empuñaduras, con las tersas hojas de complicados gavilanes y retorcidas
contraguardas que templaron en las aguas del Tajo los maestros toledanos del
siglo XVI y las árabes moharras y peligrosas franciscas con las finas dagas
damasquinadas de oro; contra lo desteñido de vuestros matices moribun dos,
antiguos brocateles pesados, sonreirán los dos cuadros de Gains-borough y de
Reynolds que compré en la venta del mes anterior; vosotros, ejemplares de
Shelley, de Burne, de Keats, de Tennyson y de Rossetti, que lleváis sobre el
marroquí blanco de las primorosas pastas, grabadas las tres hojas y la mariposa
del camafeo, iréis a esperar sobre el velador veneciano de malaquita que
recorran vuestras páginas sus ojos, sor prendidos de encontrar allí el diseño
de su joya perdida, ¡y tú, rubí único, rubí de Burmah, pagado a Bentzen en una
fortuna, rubí que ardes como una ascua y brillas como un rayo de luz, tú irás a
irradiar, como una cristalización de sangre, sosteniendo el anillo nupcial, y
em palideciendo más la sobrenatural blancura de sus dedos afilados, en su
pálida mano de reina!
185
Parts, 26 de
diciembre.
Desde el momento en que pisé esta ciudad me ha
invadido un malestar indescriptible. No es una impresión moral, porque,
serenado mi espíritu por la idea de buscar a Helena y confortado por la
esperanza de en contrarla, me siento mejor; no es una enfermedad porque ningún
síntoma externo la traduce, ni lo acompaña dolor alguno, y mi cuerpo rebosa de
vida. Tengo como una plétora de fuerza disponible que no encuentro cómo gastar.
El día de antier lo pasé todo en violentos ejercicios físicos, equitación, ciclismo,
box, florete, que en vez de fatigarme, le dieron a mis músculos una sensación
de fuerza precisa, que por absurda que sea la imagen, se me ocurre comparar con
la que tendría una máquina bien construida si tomara conciencia de la solidez
de sus engranajes de acero y de la potencia del motor que los hace funcionar.
“Estás hecho un Hércules”, me decía antier el viejo Miranda, golpeándome el
hombro, y brillándole los ojos de envidia, en los momentos que pasé en su
escritorio.
Hecho un Hércules y parece que ese exceso de vigor
es la causa del extraño estado en que me encuentro. Ayer no pude resistir más y
me fui a un médico, a quien sin entrar en detalles de otro orden, le referí mis
achaques. Fue el profesor Charvet, el sabio que ha resumido en los seis
volúmenes de sus admirables Lecciones sobre el sistema nervioso lo que sabe la
ciencia de hoy a ese respecto, y que me conoce y me mira con extrema
benevolencia desde que oí sus lecciones en la facultad y presencié sus curiosas
experiencias de hipnotismo en la Salpetriére.
—Há realizado usted el consejo de Spencer— me dijo:
“seamos buenos animales”: es usted un hermoso animal— agregó sonriéndose— .
Espero que no se tratará de una enfermedad grave. ¿A qué le debo el placer de
su consulta? . . .
— A una abominable impresión de ansiedad y de
angustia bajo la cual estoy viviendo desde mi llegada a París; de angustia sin
motivo y por consiguiente más odiosa; de ansiedad que no se refiere a nada, y a
la cual preferiría el dolor más intenso. . . ¿Le ha sucedido a usted, doctor,
correr, ya en retardo, a una cita urgente, contar los minutos, los segundos,
abrir el reloj, no ver la hora, volverlo a abrir, ver que el instantáneo se
mueve, rectificar si el cronómetro funciona, aplicándole el oído, creer que se
ha parado, buscar la hora en los relojes de la calle, sentir que el tren o el
coche no caminan y no descansar de la horrible impresión que le hace correr
sudor frío por las sienes y le aprieta el epigas trio, sino después de estar
en el lugar convenido?. . . Prolongue usted eso por seis días, exacérbelo,
hágalo más insoportable quitándole la causa y tendrá usted idea de lo que
siento.
Me interrogó hábil y discretamente hasta hacerme
confesar los cinco meses de abstinencia sexual a que me ha condenado la
imposibilidad
186
de tolerar cualquier contacto femenino desde la
tarde del bendito en cuentro en Ginebra.
— Acabáramos— prorrumpió con una sonrisa de alegría
que le alum bró toda la cara afeitada y le hizo, al sacudir la cabeza, brillar
los cabellos blancos y lisos que, echados para atrás, le caen en espesa melena
sobre el cuello del largo levitón negro— . Acabáramos, ¿y ese capricho? ¿un
voto de castidad hecho por usted, a sus años y con esa facha?. . . — pre guntó
con amable expresión.
— No es un capricho; obedece a motivos que serían
largos de expli car— dije, para ahorrar comentarios— . ¿Con qué cree usted que
es la causa?
— Ya lo creo, amigo mío— respondió con suavidad
acariciadora— ya lo creo que es esa la causa. ¡Con esa fisiología de atleta que
tiene usted y con sus veintiséis años! Supóngase usted una batería poderosa
acumulando electricidad; una caldera produciendo vapor, ¡electricidad y vapor
que no se emplean! Estos primeros meses han debido de ser terriblemente
incómodos y experimento admiración por la fuerza de voluntad que le ha
permitido a usted pasarlos así. Sobran las drogas amigo mío, usted sabe el
remedio, aplíqueselo. . . en dosis pequeñas al principio— agregó sonriendo
siempre.
— Si no me da usted otro— contesté empleando un
tono análogo al que usaba él— , no me curaré pronto, esté usted seguro.
— ¡Ah! ¿con qué insiste usted en su régimen? . . .
— preguntó con expresión de marcada curiosidad. . .— . Es admirable. . . Vamos,
pues gaste usted fuerza en todo sentido como lo ha hecho usted en estos días y
complete la obra del ejercicio violento con largos baños calientes y altas
dosis de bromuro. Bromuro por agua ordinaria— agregó entre gándome la fórmula—
y. . . , cuidado con que se despierte de repente la bestia que ha logrado usted
domesticar y haga alguna andanada, ¿eh?. . . — me dijo al apretarme la mano en
la puerta de la consulta.
Inútil todo. He permanecido horas enteras en la
enorme tina de mármol blanco, aletargado por la influencia de la temperatura
ardiente del agua; tengo en el paladar el sabor salino de la droga sedante y en
las narices el olor de la esencia de toronjil que el profesor agregó a la sal.
Inútil todo. La angustia me oprime, me agota, me embrutece; me hace sudar frío;
me imposibilita para pensar. En las últimas cuarenta y ocho horas no he podido
pegar los ojos y el cerebro, fatigado por el insomnio, funciona débilmente. No
pienso casi, y me muero de ansiedad. ¿De qué? . . . De nada. . . Esta mañana
hice ensillar el más fogoso de mis caballos— un árabe, fino y nervioso como un
artista, que se excita y pifia al verme— y huyendo de la exhibición del Bosque
y de los trotecitos de ordenanza, galopé furiosamente tendido al través sobre
el fogoso animal que se sorbía los vientos del paisaje invernal, devastado por
el frío. . . Me parecía que aquella carrera furibunda tenía algún
187
objeto que no alcanzaría, y la angustia crecía,
crecía, y en el ruido de las herraduras, al golpear la carretera desierta y
blanca de nieve, me parecía oír una voz que me gritaba: “¡Apura, apura, vas a
llegar tarde; más aprisa, apura, apura!” Y bajo esa impresión llegué cuatro
horas después al hotel, bañado en sudor, rendido y temblando de miedo como si
allí me espeiara una mala noticia. . . “¿Hay cartas?”, le pregunté al portero
que me tendió dos. Como si fueran algo inesperado y gravísimo abrí las cubiertas
con sobresalto; ¡eran una nota de Morrel y Blundel, dándome aviso de cien
libras pagadas a mi sastre en Londres y una esquela de Alberto Miranda
avisándome que me habían conseguido al fin unas aguafuertes tras de las cuales
andaba hace meses!. . .
Desde hace seis horas tirito, calado de frío, hasta
las médulas de los huesos, tendido en el diván de mi despacho sobre el cual ha
acumulado Francisco mantas y pieles que no me calientan, como no me calienta el
claro fuego que arde en la chimenea. Me hielo y me muero de angustia. Para
distraerla escribo estas líneas, y al releerlas y encontrarlas inte ligibles
experimento una sorpresa extraña. Es tan grande la debilidad mental que
experimento que no podría agregarles cien más. El cerebro se rebela a pensar.
Espesa bruma envuelve mi horizonte intelectual; mortal decaimiento me postra, y
si por mí fuera no haría un movimiento para no gastar las escasas fuerzas que
me quedan. Es como si por una herida invisible se me estuvieran yendo al tiempo
la sangre y el alma. Así debió de agonizar Séneca con las venas abiertas, entre
el agua tibia de la tina de mármol. En mi espíritu, donde las imágenes pierden
su relieve y se confunden, flotan dos versos de un soneto de Rosetti, de aquel
soneto en que una visión le habla al poeta entre la bruma nocturna:
Look at tny face, m y ñame is might have beett.
I am also called no more, farewell.
¡Oh, mírame la f a z . . . ¡Oye mi nombre! ¡Me
llamo Lo que pudo ser! Me llamo. . .
Es tarde. . . me llam o. . . ¡Adiós!
no puedo
levantarme y me muero de angustia y de debilidad. . .
¡La Muerte! . . . No me impresiona pensar en ella;
¡estoy seguro de que no es ni más horrible ni más misteriosa que la Vida!
17 de enero.
Estoy mejor ya, acostado todavía, y mientras llega
el profesor Charvet, que vendrá a las tres de la tarde, me entretengo en
describir, poseído de mi eterna manía de convertir mis impresiones en obra
literaria, los síntomas de la extraña dolencia.
188
Las últimas líneas trazadas aquí tienen fecha del
26. Pasé ese día y los dos siguientes en el mismo estado de malestar
indescriptible que experimentaba al escribir entonces. La impresión de angustia
se hizo tan intolerable que, a pesar de mis esfuerzos para dominarme, se tra
ducía en involuntario quejido como el que me habría arrancado una neuralgia y
la postración se acentuó de tal modo, que los esfuerzos para levantarme y
vestirme fueron inútiles. Francisco, aterrado con mi en fermedad y sin orden mía,
corrío al escritorio de los Miranda y a la oficina de Marinoni. Unas horas
después, al oír voces, abrí los ojos, que había mantenido cerrados, y al través
de la bruma que llenaba el cuarto vi seis caras que se inclinaban sobre la mía;
distinguí los bigotazos blancos de don Mariano Miranda, la carita árabe de
Vicente, su hijo, la cabezota rubia de Marinoni y la corbata lila de uno de los
médicos, un personaje rosado y oloroso a Chypre, que me auscultaba frenética
mente, dándome golpecitos con los dedos llenos de anillos.
Hice un esfuerzo para incorporarme, y la cabeza,
como desarticulada por la debilidad, se me fue para atrás sobre los almohadones
en que me habían acomodado. La presencia de aquella gente me devolvió un poco
de energía, irritándome con las caras de pésame que me mostraban. Logré
enderezarme, saludarlos, y le contesté con displicencia al médico de la corbata
lila, de las patillas rubias y del pelo rizado, que me preguntaba qué sentía.
— Debilidad y sueño, señor. ... Debilidad y sueño.
— Me quejaba porque me dolía un poco la cabeza.
— Creo que estamos en presencia, querido colega—
dijo el afeminado personaje, volviéndose a su compañero, un individuo rechoncho
y cari rredondo, de barbilla castaña y pelada cabeza, que me miraba con
expresión entre irónica y despreciativa— de fenómenos neurasténicos atribuíbles
al estado de profunda debilidad en que se encuentra el paciente. Hay ciertos
puntos relativos al diagnóstico y al tratamiento en que la ilustrada opinión de
usted contribuiría a aclarar mis ideas, querido colega.
— Si quieren ustedes hablar a solas pasen al salón—
sugirió don Mariano Miranda, mostrándoles el camino— . Dicen que no es grave.
Eso fue todo lo que saqué en limpio; lo demás no se lo entiendo; astenia,
neurastenia, anemia, epidemia, syringomelia, camelia, neurosis, coriló-poro. .
. qué sé yo refunfuñó entre dientes, mascando el inevitable cigarro cuya ceniza
negruzca caía sobre el tapiz de Ausbusson, que cubría el suelo y cuyo humo
nauseabundo me revolvió el alma.
— Tú lo que tienes es que vagabundeas mucho—
continuó acomo dándose en una silla y mareándome con el olor del tabaco— .
Haces bien, muchacho; tienes dinero, estás joven y fuerte; pero no abuses, no
abuses.
189
— Oye las noticias de la tierra— comenzó Vicente,
con su vivacidad de mico y el insoportable entusiasmo que pone en contar todo
lo que se refiere a los demás— ¿Tú no has recibido las cartas de hoy? . . .
Claro que no. En el escritorio las abrimos hace
media hora. Las Reyes que, como tú sabes, le cuentan a Víctor todo cuanto
sucede allá, le dan una partida de noticias a cual más inesperada; la primera,
el matrimonio del calaverón de tu primo Heriberto Monteverde, del tronera de
Heri-berto; ¿adivina con quién? . . . Con Inés Serrano. ¿No te sorprende? . . .
Casarse Monteverde, todo fuego, con la Serrano, tan
fría y tan Jboba y de posición social inferior a la de él, porque en fin, sea
lo que sea, los Monteverde son los Monteverde. Parece que irán a pasarse la
luna de miel en el Buen Retiro, la hacienda de don Teodoro. Aburrido aquello,
¿eh? Dime, aquí entre los dos: ¿no crees tú que sea puro cálculo de Monteverde
ese matrimonio? . . . Las Reyes le dicen a Víctor que está mal de fortuna y que
le debe mucho a Spínola. Tal vez sea cierto. ¿Quién sabe, eh? . . . A mi papá
le parece muy probable; a Alberto también— agregó con aire de malicia. . . —
Nosotros recibimos las ór denes para el trousseaus de la novia; la madre
encarga un broche de diamantes, que será de lo mejor que se ha mandado para
allá en los últimos años. . . y uno de los hermanos un libro de misa. . .
Ridículo para regalo de matrimonio, ¿no te parece, un libro de misa? . . . ¡Ah!
pero qué te cuento yo de noticias de allá cuando aquí en la colonia hay una
cosa nueva que te interesará muchísimo. . . Llegó al fin Eduar do Montt,
¿oyes?, y sé de buena tinta que no trajo más que cuatro mil francos; ¡y si lo
vieras! . . . Se ha mandado hacer camisas en casa de Doucet, ropa donde Eppler;
comió el domingo en el Café de París, con una cocota famosa, y ayer andaba en
el Bosque en coches de rem ise. . .
Todo eso con cuatro mil francos! Es increíble, ¿ah?
¿Será que juega, no es cierto? . . . ¿Qué dices tú de eso? . . . ¿Será que
juega? . . . A mi papá le parece probable.
— A ese habrá que hacerle suscripción para que se
vuelva a la tierra, como al Muñoz aquel de las letras protestadas— dijo
filosófica mente don Teodoro, mascando su eterno cigarro— . El que dizque tam
poco va muy bien de negocios es el paisano aquel casado con la chilena, que
compró títulos de Conde y farolea tanto con su intimidad con los Orleans y con
los Duques de la Tremaouille. . .
— Es que no todos tienen las rentas de don José
Fernández— le interrumpió Vicente, creyendo decirme una amabilidad— , las
renticas que permiten darse la gran vida sin llegar a pedir pesetas. . . Y a
pro pósito de renta, qué barbaridad de precios los de las aguafuertes que te
mandaron hoy al esritorio. . . y lo que has de ver es que le parecieron
abominables a Alberto, que entiende de pintura. ¡Es que tú tienes unos gustos
tan extravagantes!
190
Los médicos entraron; el buchón de la cara irónica
con el ceño fruncido, el de la corbata lila y las doradas patillas, más
caricontento y más orondo que nunca.
— Mi amable y bondadoso colega ha tenido la bondad
de honrarme autorizándome para decirle a usted la opinión que hemos formado
res pecto de la novedad que usted experimenta. Son graves los desórdenes del
sistema nervioso. . . — comenzó ahuecando la voz y emprendiéndola con una
disertación intermidable en que enumeró todas las neurosis tiqueteadas y
clasificadas en los últimos veinte años y las conocidas desde el principio de
los tiempos. Me habló del vértigo mental y de la epilepsia, de la catalepsia y
de la letargía, de la corea y de las parálisis agitantes, de las ataxias y de
los tétanos, de las neuralgias, de las neuritis y de los tics dolorosos, de las
neurosis traumáticas y de las neurastenias, y con especial complacencia de las
enfermedades recién inventadas, del railway frain y del railway spine, de todos
los miedos mórbidos, el miedo de los espacios abiertos y de los espacios
cerrados, de la mugre y de los animales, del miedo de los muertos, de las
enfermedades y de los astros. A todas aquellas miserias les daba los nombres
técnicos, kenofobia, claustrofobia, misofobia, zoofobia, necrofobia, pasofobia,
astrofobia, qut parecían llenarle la boca y dejársela sabiendo a miel al
pronunciarlas. . .
El otro individuo, el buchón de la barbilla
castaña, continuaba callado, sonriéndose, y tenía cara de divertirse hasta lo
infinito con aquella charla exhibicionista de su querido colega.
— ¿Y cuál
de esas enfermedades
creen ustedes que
tengo yo? . . .
—pregunté, divertido ya por el personaje. . .
— Sería aventurado un diagnóstico en estos momentos
en que la in decisión de los síntomas y las escasas nociones que poseemos
sobre la etiología del mal, impiden la precisión requerida— dijo con gravedad
sacerdotal. . . — Los síntomas harían creer en una somnosis o en una
narcolepsia; pero nada podemos precisar antes de que se regularicen las
funciones del tubo digestivo. Ingeniis largiter ventris. . .
— Hay que purgarlo— soltó el esculapio de la cabeza
calva, dispa rando aquella frase como un pistoletazo, y como si se tratara de
un caballo.
Los versos de la zarzuela española me cantaron en
la memoria y trajeron involuntaria sonrisa a mis labios.
Juzgando por los síntomas
que tiene el animal,
bien puede estar hidrófobo,
bien puede no lo estar.
Y afirma el grande Hipócrates
que el perro en caso tal
suele ladrar muchísimo
o suele no ladrar.
191
Hubo una discusión entre las dos notabilidades
respecto del que escribiría la fórmula, y al fin el hombre de la barbilla
castaña trazó en el papel signos que equivalían a una dosis de sal de
Inglaterra, calcu lada para purgar a un toro Durham.
— Se tomará usted esto mañana temprano, y una dosis
igual pasado mañana, y otra todas las mañanas durante seis días— me dijo con
brus quedad— . Al séptimo, estará usted bueno, le doy mi palabra de honor.
— Celebro que no sea nada. . . Usa pero no abuses—
dijo don Ma riano levantándose. . . — ¿Qué sabio, eh?— insinuó mostrándome el
personaje de la corbata lila. . . — Es el médico de Vicentico.
— Y de ella— me murmuró al oído éste al despedirse.
. . — me lo recomendó ella.
E lla es una actriz de los bufos, que se está
comiendo la fortuna de los Miranda, servida en forma de diamantes y de coches
por mi bien informado amigo, que nació repórter, como otros nacen ciegos.
— Recuérdame contarte otra noticia que trajo el
correo— dijo con aire picaresco sacudiéndome la mano al despedirse. . .
Salieron. ¿A qué habían venido aquellos buenos
amigos? . . . El uno a fumarse un nauseabundo cigarro, arrellenado en una
poltrona más cómoda que las de su despacho; el otro, a traerme su cosecha de
vulga ridades; los dos médicos, a cobrar su charla el uno, su estúpida receta
el otro.
— ¡Deliciosos tus paisanos!— dijo Marinoni,
saliendo del rincón donde se había metido desde que entró— . ¡Deliciosos! ¿Pero
qué es lo que tienes? Estás desfigurado— agregó al ver mi palidez, mis ojeras
profundas y el temblor de mis manos débiles. — ¿Qué te pasa? . . . Tú estás muy
mal. Es necesario que venga Charvet; voy a traerlo; no me gusta tu aspecto—
agregó después de que le hube contado el martirio de los últimos días.
A media noche, después de un sueño que más bien me
había quitado que devuelto las fuerzas, un sueño de niño que se muere de
debilidad, desperté presa de mortal sobresalto, sudando frío y dando un grito
de angustia.
— ¿Qué es esto, amigo mío?— me dijo Charvet que,
sentado al lado del diván, espiaba mi sueño, acomodando los almohadones que me
sos tenían la cabeza. . .— ¿Qué es esto? Haga usted un esfuerzo y cuénteme qué
le ha pasado.
— Que me estoy muriendo, doctor. . .— le dije
estrechándole la mano. . .— ; que me estoy muriendo sin causa, muriéndome de
angustia y de falta de fuerzas.
— ¿Usted cometió alguna locura después de ir a mi
consulta, no es cierto? . . . He llegado a imaginarme, mientras lo veía
dormido, que ha tenido usted una hemorragia abundante. . . Déjeme usted
examinarlo— dijo acercando la luz— . Incorpórese usted un poco para oír el
corazón;
192
así, eso es. . . Bien: ahora, recuéstese usted. . .
póngase ahí el termó metro, no se inquiete usted; crea que haré cuanto esté a
mi alcance para mejorarlo. Usted me interesa de veras. . . ¿Su familia no vive
ahora en París, cierto? . . .
— No tengo familia, doctor; vivo solo con mis
criados.
— Pero tiene usted muchos, muchísimos amigos que lo
quieren— dijo como para consolarme— . Esta noche al entrar he encontrado gente
en el vestíbulo y en el salón. . . ¿Con que vive usted solo, completa mente
solo? . . . — volvió a preguntar. . .— Un grado menos de la temperatura normal—
dijo mirando el termómetro— ; el pulso de un niño moribundo; esa palidez, esa
postración; y el día en que usted estuvo en mi consulta, me quedé asombrado de
su vigor. . . El corazón está débil como el de un viejo de setenta años. . .
Vamos, tenga usted con fianza en mí; confiéseme usted qué es lo que le ha
pasado. . . ¿Fue muy abundante la hemorragia? . . .
Cuando le conté que había seguido estrictamente sus
prescripciones y cuál había sido mi vida desde que no nos veíamos, se levantó
del asiento y comenzó a pasearse por el cuarto a pasos contados y lentos, con
las manos metidas en los bolsillos del patalón y la cabeza inclinada sobre el
pecho.
— No puedo soportar por más tiempo lo que siento—
le dije incorpo rándome— . Deme usted algo que me haga dormir o me vuelvo
loco. Píqueme usted con morfina, hágame beber doral, hágame dormir a todo
trance, aunque me cueste la vida.
— Yo no puedo hacer eso, señor; mi deber me lo
prohíbe— contestó deteniéndose, con aire a la vez ceremonioso y desagradado— .
Además, el sueño artificial no le impediría sentir lo que siente. Yo, respecto
de usted, no sé más que dos cosas: primera, que si le diera a usted la más
pequeña dosis de narcótico, lo envenenaría, porque está usted en un estado de
debilidad extrema increíble; segunda, que tengo que levantarle las fuerzas,
porque el corazón funciona muy lentamente, y su organismo entero presenta fenómenos
graves e inexplicables de depresión y de ago tamiento que no entiendo.
— ¿Estos es mortal, doctor? Dígamelo usted
francamente, de una vez— le dije con voz trémula.
— Mi pobre amigo — comenzó, sentándose otra vez
cerca del diván— , está usted hablando con un ignorante. Usted ha seguido mis
cursos, ha visto mis experiencias; según entiendo, ha leído mis libros, sabe
que gozo de alguna fama en el mundo científico. . . No se extrañe de lo que voy
a decirle. Oiga usted. . .: yo no sé lo que usted tiene. Si fuera un charlatán,
le diría un nombre rotundamente; inventaría una entidad patológica a qué
referir los fenómenos que estoy observando, y lo llenaría de drogas. . . Lo más
que puedo hacer en obsequio suyo es llamar a
193
alguno
de mis colegas para
que me acompañe
a estudiar su
caso. . .
Puede ser que él vea más claro que yo. ¿Quiere
usted que lo hagamos? Me denegué abiertamente, y pareció agradecérmelo. A la
mañana si
guiente volvió y me obligó a beber dos copas de
cogñac, que me quemaron la garganta y me trastornaron un poco. El viejo espiaba
con interés los efectos del licor. Me puso una inyección de éter y me hizo
tomar unos gránulos de cafeína. Me prometió que haría preparar inmediata mente
un medicamento para que comenzara a tomarlo de hora en hora, y quedó en que
volvería antes de la tarde.
— Ofrézcame usted que, por grande que sea el
malestar que sienta, no se moverá usted de esta cama ni tomará usted nada que
no sea su poción.
Se lo ofrecí, y de hora en hora apuré el contenido
de la oscura botella. Era un licor rojizo, perfumado, meloso y amargo en que se
fundían diez sabores extraños. A la quinta cucharada, como quemado por un fuego
interior, sentía correr la sangre por las venas, y estreme cimientos de vida
vibrándome a lo largo de la columna vertebral. Me provocó levantarme. Tomaba la
sexta, cuando entró Charvet con Ma rinoni.
— ¿Ya resucitó usted? — me preguntó el viejo,
tendiéndome la mano. Comencé hablarle en voz alta, vibrante y llena, y le di
las gracias
por sus cuidados.
“Me sentía moribundo y estoy lleno de vida, doctor
— le dije— , me ha devuelto usted mis fuerzas
perdidas en unas horas; ahora va usted a quitarme esta maldita impresión de
ansiedad que me desespera, ¿no es cierto?. . . ”.
— Eso desaparecerá en tres o cuatro días, si todo
sigue bien. ¿Ten drá usted valor suficiente para pasarlos sin recurrir a los
narcóticos?. . .
Si usted lo tiene, me atreveré a pronosticarle una
mejoría rápida. Sin embargo, no debo ocultarle un temor que tengo desde ayer;
es fácil que de un momento a otro le comience a usted una neuralgia violenta
que prolongará su enfermedad por varias semanas. Puede usted levantarse mañana,
si no siente dolor alguno, y pasar unas horas en el escritorio. Cuidado con el
frío. . .
El treinta y uno por la tarde me aseguró que me
encontraba bien y que en algunos días más podría salir a la calle. Sintiéndome
con fuerzas de sobra y desesperado con aquel encierro, en que mis nervios
excitados no habían tolerado más compañía que la del suave Marinoni, a quien el
recargo de ocupaciones le impedía estar a mi lado, convencí a Francisco,
rendido por las noches de vigilia, de que se acostara, y preparé mi salida
nocturna. Desde el mediodía era ya intolerable lo que estaba sintiendo. El malestar
que me hizo ir la primera vez a casa de Charvet, la ansiedad loca del galope en
el camino de Sévres, la horrible angustia de los días pasados, eran un juego de
niños junto al martirio de aquella tarde. . . La perspectiva de la noche
insomne del año nuevo, aquel lento sonar
194
de las horas en el viejo reloj del vestíbulo,
aquella melancolía sin nom bre, que me había invadido el alma desde por la
mañana, me hacían inaceptable la idea de la reclusión. Quería oír el ruido de
la multitud, perderme por unos minutos en el tumulto humano, olvidarme de mí
mismo.
Sonó, cerrándose tras de mí, la piierta del hotel.
Una ráfaga helada me azotó la cara y me hizo correr un escalofrío por las
vértebras. La ansiedad tomó la forma concreta de una idea de movimiento, y tuve
que contenerme, para no realizar el deseo que surgió en las profundidades de mi
ser, de correr como un loco, frenéticamente, hasta caer falto de aliento contra
la sábana helada que extendía el invierno sobre el piso de la calle
silenciosa. *
Eran las doce menos veinte minutos cuando salí al
boulevard y me confundí con el río humano que por él circulaba. El aspecto de
las barra cas de año nuevo, negras sobre la blancura de la nieve, de las
ventanas de los restaurantes, rojizas por la luz que se flitraba por los
despulidos vidrios y las transparentes cortinillas, los esqueletos descarnados
de los árboles, que alzaban las desmedradas ramas hacia el cielo plomizo y
bajo, la misma animación de la multitud, ruidosa y alegre, aumentaron la horrible
impresión que me dominaba. Caminé durante un cuarto de hora con paso bastante
firme y. . . Me detuve un instante cerca de un pico de gas, cuya llama ardía en
la oscuridad nocturna como una mariposa de fuego. . . “¿Cartas transparentes?”
— me dijo un muchacho, que guardó el obsceno paquete al volverlo a mirar.
La luz de las ventanas de una tienda de bronces me
atrajo, y cami nando despacio, porque sentía que las fuerzas me abandonaban,
fui a pararme al pie de una de ellas.
Una mujer pálida y flaca, con cara de hambre, las
mejillas y la boca teñidas de carmín, me hizo estremecer de pies a cabeza al
tocarme la manga del pesado abrigo de pieles que me envolvía, y sonó
siniestramente en mis oídos el pssit pssit, que le dirigió a un inglés obeso y
sanguíneo, forrado en cheviotte gris, que se había detenido a mi lado y que se
fue tras ella. Al volver la cabeza, los faroles de vidrio rojo de un fiacre que
cruzó por la bocacalle vecina, distrajeron mi atención por unos segundos. Me fijé
luego en la ventana, y en el momento mismo en que vi el gran reloj de mármol
negro con su muestra de alabastro y volante montado por fuera, colgando de la
mano de una figura de bronce, sostenido por un hilo de metal dorado, comprendí
a qué se refería la angustia horrible que había venido sintiendo en los días y
las noches anteriores: ¡ah, indudablemente era el terror irrazonado, siniestro
y lúgubre del año que iba a comenzar! Faltaban cinco minutos para las doce. El
puntero de oro avanzaba sobre la muestra de alabastro. El volante iba y venía:
tic tac, tic tac, tic tac; un hilo luminoso sobre el fondo sombrío: tic tac,
tic tac, tic tac. Los dos espejos laterales de la ventana, al copiarse,
reflejaban
195
con un tinte verdoso de cadáver descompuesto mi
fisonomía horrible mente desfigurada y pálida, el perfil adelgazado por el
sufrimiento de los días anteriores y la maraña de la descuidada barba. Me
pareció que estaba preso entre dos muros de vidrio y que jamás podría salir de
allí. El volante iba y venía: tic tac, tic tac, tic tac, y cada oscilación
marcaba un grado más de angustia, de terror y de desesperación en mi alma.
Rígido el cuerpo, crispado los nervios, exacerbados los sentidos, el mur mullo
del río humano que corría a mis espaldas se cambió para mis oídos alucinados en
un sollozo infinito que iba a perderse en aquellos nubarro nes plomizos y
grises que encapotaban el cielo. Tic tac, tic tac, tic tac. El volante iba y
venía sobre el fondo oscuro de la ventana. A cada segundo que pasaba lo
sobrenatural se acercaba más y más para aparecér-seme en el fondo del abismo de
sombra que se abriría tras de la muestra de alabastro al sonar la hora del año
nuevo. La hora se acercaba. Tic tac, tic tac. . . Quise huir para no ver
aquello, y las piernas no obedecieron al impulso de la voluntad. Un frío mortal
me subió desde los pies hasta la nuca. En la pesadilla sin nombre en que se
deshacía mi ser, vi avan zarse hasta mí el reloj de mármol negro, como un ser viviente,
y ate rrado caminé para atrás cuatro pasos. Los doce golpes sonaron en mis
oídos lentamente, gravemente, cubriendo todos los rumores de la calle con un
ruido ensordecedor, metálico y fino de campanas de oro. Con fundidos los
punteros en uno solo para marcar la hora trágica del horror supremo, el volante
se detuvo, inmóvil, como obedeciendo a un mandato de lo invisible. Espesa
niebla flotó ante mis ojos, una neuralgia violenta me atravesó la cabeza de
sien a sien, como un rayo de dolor, y caí des plomado sobre el hielo.
Cuando volví en mí estaba en mi cuarto, vestido,
con la camisa abier ta, acostado en el lecho. Marinoni estaba allí cerca, y
Francisco rezaba, arrodillado, las oraciones de los agonizantes. Sobre la mesa
cercana a mi lecho ardía un cirio al pie de un Cristo. La luz tétrica de la
madrugada se filtraba por los calados de los balcones. Una neuralgia horrible
me apretaba la cabeza como en un círculo de fierro; pero la impresión de
angustia había desaparecido.
— ¡Marinoni! — grité— , me he salvado; acércate.
— Por milagro estás vivo. Eres un loco. Si supieras
la noche que nos has hecho pasar ¿Cómo es eso de que estás bueno?. . .
— Estoy bueno. Tengo un dolor horrible que me va a
matar tal vez, pero no siento la ansiedad de los días pasados. — Dije eso y caí
en una especie de letargía profunda.
De los primeros diez días de fiebre conservo
confusas impresiones. Mis ojos no acostumbrados a la penunmbra gris de la
alcoba, percibían oscuramente lo blanco y lo negro del vestido de una hermana
de caridad sentada a la cabecera del lecho, y el contorno de la nivea corneta
que, contra la oscuridad de la pared se le antojaba a mi pobre cerebro una
196
garza con las alas abiertas, y por asociación de
ideas evocaba el recuerdo de los pantanos de Santa Bárbara.
Al desaparecer la fiebre sentí una debilidad
extrema. Ahora estoy en plena convalecencia, siento que la vida me vuelve con
cada copa de los añejos vinos españoles que apuro, con cada bocado de los que
devoro con apetito pantagruélico, y Charvet está encantado de ver la rapidez
con que voy adquiriendo fuerzas.
Parece que el viejo me hubiera cogido cariño. Es
sensual hasta las puntas de las uñas; tiene la pasión de la obra de arte, un
gusto exquisito, y según dice, posee la más hermosa colección de tapices persas
que existe en París. Cuando viene a verme se acomoda en un sillón cerca del
fuego, bebe a traguitos un jerez desteñido de cuarenta años, saboreándolo,
vién dole el color a levantar a la altura de los ojos la frágil copa de
Salviati en que se le sirve y oliéndolo con delicia. A veces, como para excusarse
de apurar la tercera, dice “excelente”, pegándose a la boca los dedos reco
gidos de la mano, abriéndolos luego y extendiendo el brazo para levan tarlo,
con un movimiento blando que parece esparcir en el aire el perfume del añejo
licor.
— Qué falta hace entre los tesoros de arte que ha
amontonado usted en su vivienda una mujer, no una querida, que sería incapaz de
enten der nada de esto, sino una mujer muy joven y de gran raza, que gozara
con cada detalle suntuoso y animara con su frescura las magnificiencias
sombrías de estos aposentos, donde usted debe echar de menos, a veces, una
delicada presencia femenina. . . Cásese usted, amigo mío. . . El ma trimonio
es una hermosa invención de los hombres, la única capaz de canalizar el instinto
sexual.
¿Se sonríe porque le hablo así?. . . Ha de saber
usted que la medicina no ha sido para mí más que una necesidad, un modo de
ganar el pan. Yo tengo nervios de artista, no de hombre de ciencia; por eso me
entiendo bien con usted. Aquí entre nosotros le confieso que una de las
amarguras de mi vida es que mi nombre va a quedar pegado para toda la eternidad
al de una asquerosa alteración de los cordones nerviosos de la medula. Esa.
idea me revuelve el alma. Un botánico desnicha, en alguna montaña del trópico,
una hermosa planta de olorosas flores; un astrónomo observa un cometa, y la
humanidad en lo futuro no puede separar su recuerdo de la imagen de los pétalos
frescos, o de los luminosos rayos que caen de lo alto. . . uno de nosotros,
doblado sobre el cadáver sanguinolento, hurgándolo con el bisturí, ve una fea
manchita que le parece anómala, somete el tejido al microscopio, gasta sus
pobres ojos observándolo, es cribe una monografía en que inventa lo que le
falta saber, y por premio de sus esfuerzos consigue esto: que un charlatán, al
desahuciar a un infeliz cuvo mal ignora, lo acabe de aterrar diciéndole: “tiene
usted un principio de mal de Bright. . . no puede hacer nada por su salud;
estos síntomas denuncian la neuropatía cerebro-cardíaca de Krishaber; la cien
197
cia es impotente; convénzase usted de que lo devora
la enfermedad de Charvet. . . ”. ¿Le parece a usted muy entretenido eso de que
le den el nombre de uno a una cosa innoble? — concluyó, con las manos metidas
en el fondo de los bolsillos y sacudiendo la cabeza con expresión de asco. . .
— Goce usted suavemente de la vida, cásese usted, amigo mío, sea usted feliz. .
.
10 de marzo.
El regalo de Rivington, una copia suntuosamente
enmarcada y hecha por mano de maesto del cuadro que adorna su sala, llegó hace
cuatro días a mi hotel. Fue en el salón donde abrí la caja, retirando yo mismo
los tornillos, levantando las tablas, rompiendo los papeles que lo envol vían,
hasta contemplar la ideal imagen de la Idolatrada. Imposible per mitir que una
mano servil hubiera ejecutado aquella tarea. La pintura es un perfecto
espécimen de los procedimientos de la cofradía prerrafae lita; casi nulo el
movimiento de la figura noble, colocada de tres cuartos y mirando de frente;
maravillosos por el dibujo y por el color los piese-citos desnudos que asoman
bajo el oro de la complicada orla bizantina que bordea la túnica blanca y las
manos afiladas y largas que desligadas de la muñeca al modo de las figuras del
Parmagiano, se juntan para sostener el manojo de lirios, y los brazos envueltos
hasta el codo en los albos pliegues de largo manto y desnudos luego. El
modelado de la cabeza, el brillo ligeramente excesivo de los colores, agrupados
por to ques, todo el conjunto de la composición se resiente del amaneramiento
puesto en boga por los imitadores de los cuatrocentistas. Está detallado
aquello con la minuciosidad extrema, con todo el acabado que satisfaría al
Ruskin más exigente; distingue quien lo mira uno a uno los rayos que forman las
aureola que circuye los rizos castaños de la cabeza, los hilos de oro de la
orla bordada, las ramazones de los duraznos en flor, los pétalos rosados de
éstas, las hojas de las rosas amarillas, sobre la verdura de los matorrales, y
en los retoños y yerbas del suelo podría un botánico reconocer una a una las
plantas copiadas allí por el artista. Al pie de la pintura, sobre la orla
negra, brilla en dorados caracteres la tinos la frase:
MANIBUS DATE LILIA PLENIS
¿Quién era el pintor, ese J. F. Siddal, cuyo nombre
está al pie de la tela, que con tan extremado amor puso la mística expresión de
unción soberana y casi extática en el lienzo que puebla ahora mi casa y mi vida
de dulcísimo ensueños. . . Ni lo mencionan los críticos que han escrito
198
sobre la Pre-Raphaelite Brotherhood, ni figura su
nombre en ninguna galería ni catálogo de museo.
¿Qué me importa el ideal de arte que le dictaba su
técnica minuciosa, si ante mis ojos sonríes, con la suave gracia de los largos
lincamientos de tu cuerpo delicado, con la misteriosa irradiación de tus
pupilas azules que alumbran la sobrenatural palidez del semblante, enmarcado
por los sedosos rizos castaños de la destrenzada cabellera, ¡oh! imagen que
llenas mi vida y mi alma?. . .
He aquí lo que he encontrado para que, en el cuarto
vecino al escri torio, donde amplia cortina de antiguo tejido y desteñidos
matices deja caer sus pliegues a los lados del balcón enmarcándolo, esté junto
lo mejor de mí mismo. Sobre las paredes tendidas de oscuro cuero de Córdoba
sólo atraen las miradas dos telas: la copia enviada por el doctor Rivington y
el retrato de la abuela, con su perfil de Santa Ana y las canas blancas
destacándose sobre un fondo oscuro que pintó para mí James MacNeil Whistler, el
extraño artista que, al decir de un crítico, sabe con extra-lúcida intuición
desprender en sus obras, bañadas de misterio, lo supra sensible de lo real.
Al pie del retrato de Helena, pesada mesa de bronce
cincelado sostie ne las jardineras llenas de flores que pedí a Cannes por
telégrafo, Sube hasta sus pies el aroma de las rosas rojas, de las rosas
amarillentas y de las rosas blancas, de los ramos de violetas de Parma que
languidecen en altas copas de cristal opalescente, de los montones de claveles
blancos, áureos, sonrosados, purpúreos, confundidos con la suave emanación de
las mimosas y de los lirios. Aquella oposición de vividos tonos que cantan, tentaría
la paleta de un colorista.
Sobre el verde de los veladores de malaquita
contrasta el blanco de las pastas, ornamentadas con las tres hojas y la
mariposa, de los tomos de versos que compré en Londres e hice encuadernar a mi
antojo. Un solo sillón, donde bajo la mirada apaciguadora de los ojos azules,
voy a leer a Shelley o Longfellow, y el pesado cofre de hierro donde guardo las
joyas, su camafeo, y el ramo de rosas de Ginebra, forman el mobiliario del
cuarto.
¡Ese ambiente de espiritualidad es el que
requieres, amor de alma, para que vivas con intensa vida, y el único que me
parece respirable hoy, en que mi ternura aspira a ti con todas sus fuerzas como
débil planta que vuelve sus hojas hacia el sol!
10 de abril.
Charvet, fastidiado de esperarme en el despacho,
mientras me vestía, estaba acomodado en el sillón, la cabezota contra el
espaldar de éste, los quevedos de oro montados en la nariz, y los poemas de
Keats en la mano, cuando entré al saloncito.
199
— Los poetas ateos, de jóvenes, no creen en Dios,
pero creen en los ángeles y en la Virgen Santísima — dijo levantándose al
verme— . Hasta ahora éste es el sitio donde he respirado atmósfera más espesa
de mis ticismo. . . desde que paseo mi persona por este picaro mundo. Si el
pobre Scilly Dancourt entrara a este cuarto, se arrodillaría al ver el retrato
colocado en este ambiente de capilla. . . Se pone usted malo. . .
¿Qué le pasa a usted? — añadió con cara de
sorpresa. . . — . ¿He come tido una indiscreción al entrar aquí?. . .
Perdóneme usted; vi la puerta entreabierta y no resistí la tentación de
hacerlo; vamos a su escritorio.
Sentado cerca de éste, Charvet, instado por mí, con
no sé qué frases locas, para que me.explicara qué quería decir con lo que me
había hecho temblar de sorpresa al oírlo, me dijo más o menos lo siguiente:
— Hizo doce años, a fines de enero, estaba en
Provenza huyéndole al frío del invierno, cuando recibí un telegrama de un
hotelero de Niza, ofreciéndome gruesa suma por ir a pasar algunos días allí y
prestarle mis servicios a un enfermo grave. Era tan halagüeña la oferta que no
vacilé en ponerme en camino, para presenciar a mi llegada una de las escenas
más angustiosas que he visto en la práctica de mi profesión, tanto más cuanto
que mi ciencia nada podía hacer para evitarla. Ahora, al ver ese cuadro del cual
poseo una fotografía regalada entonces por Scilly Dancourt, creo ver a la
probrecilla con la admirable belleza de sus vein titrés años, y recuerdo como
si fuera cosa de ayer los horribles sufri mientos del pobre hombre cuando,
arrodillado al pie del lecho, bebién-dole el aliento envenenado y besándola,
volvía los ojos hacia mí, como pidiéndome que la defendiera contra la muerte.
“Doctor: sálvela usted y le serviré de rodillas toda mi vida; soy rico;
disponga usted de mi fortuna, pero sálvela!”, me decía suplicante; ¡y yo
comprendía el paro xismo de dolor que lo crispaba al ver la figura ideal y la
mirada de ternura sobrehumana con que lo envolvían los ojos azules de la
tísica!
La enfermedad había sido un resfriado, cogido la
noche en que sa lieron de París; pero la frágil constitución de la enferma y
quién sabe qué herencia de tuberculosis, hicieron estallar una tisis galopante,
ante la cual fueron inútiles mis esfuerzos. Decirle a usted qué especie de
dolor, de locura, fue la del marido al convencerse de que estaba muerta, sería
tarea imposible.
“Fuera de esta criatura” me decía, mostrándome días
después una chiquitína de cuatro años que parecía comprender el horror de lo
que había pasado y lo miraba con los mismos ojos azules de la madre y tenía
aspecto delicado como el de una flor enferma “no tengo a nadie en el mundo. Me
voy a Africa, me voy al Extremo Oriente, a recorrer toda la America, a viajar
por años enteros para no morirme aquí de melan colía” ¡Pobre hombre! Me causó
tal impresión verlo en ese estado, que recuerdo hasta sus últimas frases:
200
“Doctor: no se extrañe usted al verme sufrir así,
al ver mi desespe ración; usted no sabe que era una santa, usted no sabe que
todas las de su raza han sido adoradas así, frenéticamente. ¿No ha oído usted
contar la historia de Rossetti, el poeta pintor que casó con María Isabel
Leonor Siddal, que era de la misma familia de mi mujer, hace veinti tantos
años?. . . ¿y que jamás pintó en sus cuadros ni cantó en sus versos a otra que
a ella, y que muerta ella depositó en el ataúd el manus crito de sus poemas para
que durmiera junto de la que los había inspi rado? . . . Rossetti estuvo, al
morir María Isabel, casi loco; y si años más tarde el cloroformo y la tristeza
dieron cuenta de su vida, fue porque no hizo lo que voy a hacer yo, ¡a pedirle
a los viajes y al estudio de las regiones la fuerza necesaria para no dejar a
esta chicuela sola en el mundo!”, decía mostrándome a la niña.
— ¿Y la fotografía, doctor?. . .
— ¡Ah, sí! Ese cuadro que tiene usted es un retrato
de la mujer de Scilly Dancourt, hecho por un hermano que abandonó la pintura
des pués, para irse a la India, según me dijo entonces aquél. . . Y oiga us
ted. . . El amanerado imitador de los prerrafaelitas no hizo más que dañar el
modelo al sujetarlo a las invenciones de su escuela, porque la muerta era más
hermosa todavía; tenía una cabellera castaña de visos dorados, ese color auburn
que dicen los ingleses, ¡v unos ojos azules como no he visto otros después!
Pobre hombre; no lo he vuelto a ver nunca.
— ¿Ni a saber de él, doctor?. . . —le pregunté con
mal disimulada impaciencia.
— Ni una palabra. Creo que la única persona a quien
le escribe en París es al General des Zardes. Sirvió a sus órdenes como Capitán
en la guerra con Prusia en 1870, y éste lo tiene en grande estima por su valor.
. . ¿Y cómo vamos de salud? — inquirió, volviendo a sus carneros.
Charvet me autorizó desde ese día para volver a mi
vida de antes de la enfermedad:
— Está usted hoy más fuerte que la tarde en que
vino a mi consulta por primera vez. Goce usted suavemente de la vida. . . Sea
usted feliz, me dijo golpeándome el hombro al salir.
¡Gozar de la vida sin ella! Gozaré de la vida
cuando me arrodille a sus pies. ¡Bendito seas, rayo de luz que has caído en la
noche de mi alma y que me permitirás encontrarla!
2 0 de marzo.
— Cuanto le puedo contar es cuanto le he contado;
diríjase usted al profesor Mortha, a quien Scilly Dancourt le escribe con
frecuencia sobre sus chifladuras de orientalismo y de historia religiosa —
dijo, con su voz ruda y levantándose de la silla, en el salón del Círculo, el
viejo General
201
des Zardes— . Diríjase usted a Mortha. . . Ahora
resulta usted preocu pado también de esoterismo y de religiones. Creía que la
vida de cuartel que ha llevado lo había preservado de esas vagabunderías. Y es
usted joven para ser General — agregó con irónica expresión, torciéndose el
viejo mostacho canudo.
— Yo no soy General
—le contesté, riéndome, al oír aquella salida.
— Pues es extraño. . . Todos los paisanos de usted
que yo he conocido en el Círculo, son generales — gruñó, despidiéndose.
Poco más había adelantado con la conversación que
tuve con él y que acabó con aquella frase evocatoria de las charreteras de
fácil adquisición en nuestras repúblicas latinoamericanas. Contóme en ella la
campaña hecha por ambos, él como Coronel, Scilly Dancourt como Capitán en la
quinta división del ejército mandado por el General de Tailly, las mar chas y
contramarchas, las indecisiones y los desaciertos de la funesta campaña; me
pintó al pobre Emperador átono y decaído, sumido en la incertidumbre y en el silencio;
puso por las cumbres a Trochu que, al decir suyo, habría salvado a Francia si
hubiera realizado sus planes; llamó imbéciles a Rouher, a Montauban y a
Chevreau; insultó a Bezaine, glorificó a Mac-Mahon; me describió a gritos y con
voces técnicas las batallas de Saint-Privat, de Wissenbourg y de Froeschwiller,
y el aire de mortal tristeza y de embrutecimiento de Napoleón al ver entrar
suce sivamente a la Prefectura de Sedán a Ducrot, a Douay luego, a Lebrun
después; el diálogo brutal entre Ducrot y Wimpfen y la salida de éste a
parlamentar con el enemigo.
— Scilly Dancourt — me dijo energizándose— , no vio
el fin de la batalla, ni figura su nombre en el registro de las vergonzosas
capitula ciones, ni se llevó de Sedán en los ojos el horror de ver a nuestros
noventa mil soldados que, inutilizados por los días que pasaron en el campo de
la miseria, con los pies metidos entre el barro, empapados por la lluvia,
temblando de hambre y de sed, de frío y de vergüenza y sintiendo la trágica
sacudida del desmoronamiento del imperio, esperaban a los batallones de reclutas
alemanes que habían de llevarlos prisioneros a Prusia. No, Scilly Dancourt no
vio nada de esto. Después de animar a los nuestros con su coraje de león, de
excitarnos con el grito, con el ademán y con el ejemplo, y de recibir tres
heridas, al ver perdida la bata lla, desapareció, nadie sabe cómo. Revuelta el
alma por las desgracias de Francia, pasó a Inglaterra, donde contrajo
matrimonio unos años después con la hija de un actor o de un músico de fama, y
cuando murió ésta, se ausentó de Europa. . . Ya le digo a usted, el único que
sabe de él es Mortha, a quién le escribe sobre esas chifladuras de religiones y
de orientalismos.
El corazón se me saltaba del pecho al entrar la
última vez al entre suelo de techo bajo y ruin aspecto situado en una
callejuela del Barrio Latino, donde el autor de “Las Religiones de Oriente”
recibe los escasos
202
visitantes que van a distraerlo de sus
preocupaciones habituales, la inter pretación de seculares textos sagrados, de
los viejos himnos litúrgicos y de los cultos primitivos de la humanidad. ¡Voy a
hablarle de Scilly Dan court y va él a decirme dónde encontraré a Helena!,
pensaba dentro de mí, sentado ya en un canapé de la pobre y aseada salita que
precede el cuarto de estudio, y contemplando una escultura asiría, un cuerpo de
león alado con cabeza humana de luenga y rizada barba, coronada por la tiara sacerdotal,
que, frente a frente del Budha ventrudo, que sonríe sobre la pobre y negruzca
chimenea, forma el único adorno de la estancia.
Mortha es un viejecito adorable, con una cara
larguísima cuya amari llenta y apergaminada piel cruzan hondas arrugas
verticales, y una cabe llera de seda blanca toda despeinada, de la cual le
caen pelos sueltos y largos por sobre la frente enorme y los ojos vivísimos y
negros. Cuando se ríe hay algo de infantil en la alegría que le anima la cara,
y canas, arrugas y ojos todos se ríe. Sus libros y la necesidad de obtener
indica ciones sobre una inscripción lapidaria fueron la disculpa con que me le
presenté hace ya varios días. Me habló en la primera entrevista de unos
pergaminos egipcios que estaban para la venta en Londres; hícelos comprar allí
por Morrel y Blundel, se los envié y estamos al partir de un confite; me cree
un egiptólogo consumado.
Al entrar al cuarto, lleno de papeles, de piedras,
de restos de estatuas y de inscripciones, estaba escribiendo algo con su
letrica finísima, y . un rayo de sol que se colaba por la ventana le hacía
brillar como plata las canas blanquísimas.
— ¿Escribía usted, querido maestro?. . . —preguntóle.
— Sí, anotaba la traducción hecha por mi cofrade
Máspero, del himno descubierto por Grebaut cerca de las necrópolis del
Zaouyet-et-Anyan. Oiga usted qué sublimidad:
Tú te levantas, benéfico Ammon Ra Harmakouti — Tú
te despiertas, verídico Señor de los dos horizontes, ardes, resplandeces, subes
y culminas— Los hombres y los dioses se arrodillan ante esa que es tu forma —
¡Oh Señor de las formas!
Una hora entera en que lo hice hablar y no hablé
para que no des cubriera mi superchería, y al cabo de la cual lo traje por
enredados caminos al asunto en que tengo puesta toda mi alma.
— ¡Ah, sí! Scilly Dancourt — me dijo— , pero Scilly
Dancourt no es un especialista, es un hombre que quiere saber todo lo referente
a todas las religiones. Los ritos egipcios del Antiguo Imperio los conoce
bastante. Hace seis años recibí su última carta, datada en Abydos, donde estaba
estudiando los bajorelieves del templo. Tenía buenos datos para ser dados por
un aficionado, pero su fuerte son las religiones de la India. Es uno de los
pocos europeos que ha logrado entrar al fondo de los
203
santuarios de Benarés y cultivar relaciones íntimas
con los sacerdotes bu distas de las pagodas del Sur; pero no vaya usted a
creerlo un hombre de ciencia, y sobre todo, un hombre desinteresado en sus
estudios. Lo que él persigue es la esencia misma de las religiones, lo
sobrenatural, con que nada tenemos que ver los que procedemos de buena fe. No
hay religión que no haya estudiado, haciendo para ello enormes viajes e
inauditos gastos, visitando los santuarios y recorriendo los lugares en que
nació. A estos últimos charlatanismos de la fuerza psíquica y de las
telepatías, de las sugestiones a largas distancias y de las apariciones lumi
nosas, los conoce como Crookes, y creo que se ríe de ellos. Estuvo en el
Congreso de Religiones de Chicago, en 1893, sin tomar parte en él y estoy
seguro de que les habría podido enseñar algo de la suya a cada uno de los
asistentes. Nosotros nos escribíamos hasta hace seis años, y de repente dejó de
contestarme. Supe después por mi colega Chennevieres que lo encontró en Roma,
que estaba allí con un hijo suyo. Parece que ese joven ha hecho los mismos
estudios que el padre, y que fue quien lo indujo a abandonarlos, para
entregarse al culto católico con raro fervor. Me ha referido Chennevieres que
vivían cerca al Vaticano, que el Papa los recibía frecuentemente y que
comulgaban todos los días en la misa dicha por Su Santidad. Yo he seguido
escribiéndole a Scilly de acuerdo con la promesa que le hice de comunicarle los
resultados obtenidos en mis estudios de las antiguas religiones de Egipto, pero
no me ha vuelto a contestar.
— ;Y le escribe usted a Roma sabiendo que él viaja
continuamen te?. . . —le pregunté.
— No, son sus banqueros quienes corren con
dirigirle las cartas; yo las envío a la oficina de Lazard, Casseres y Compañía.
Poco más deben de interesarle mis pacientes investigaciones a nuestro amigo,
que lo que buscaba en sus viajes no era la ciencia de los orígenes y del
desarrollo de las religiones, sino un culto qué practicar, y por fin vino a dar
al catolicismo, para lo cual sobraban todas las vueltas que dio. ¡Cuando yo le
digo a usted que Scilly Dancourt no ha sido nunca un sabio y que sus investigaciones
no eran desinteresadas!
Al fin di con el hilo de luz que busco, con la
pista que sigo para encontrarle, ¡oh! camino que me llevará hacia ella! pensé
sorprendido de la feliz casualidad que me hizo poner en manos de Lazard,
Casseres y Compañía, las sumas que había mantenido en casa de Miranda hasta el
año antepasado. ¡Bendita sea tú, Actriz de los Bufos, ídolo de mi amigo el
instintivo repórter don Vicente, que con tu apetito de diamantes y el dominio
que ejerces sobre él y el temor que sentí de que fuera a caer mi oro en tus rosadas
manecitas, junto con los patacones de don Mariano, hiciste surgir en mi cerebro
la idea de trasladar mis fondos a casa de los judíos!— pensaba subiendo la
escalera monumental del escritorio de éstos. Un banquero judío sirve para todo.
. . hasta para
20 4
decirle a uno dónde está la visión con que sueña.
¡Oh, Israel! — mur muré dentro de mí mismo al empujar la puerta del
escritorio.
Nathaniel Casseres, doblado en dos, las narices de
águila, los ojos verdosos, el collar de barba rubia, todo él encantado de
verme, me estre chó la mano con afectuoso ademán y me juró que su familia
había estado consternada con mi enfermedad. Vivió el tipo cuatro años en Buenos
Aires y habla español, un español aprendido en Franckfort que destroza los
oídos.
— ¿A qué depem os el fonor de per al señor
Fernández en esta su casa?. . . ¿Tiene compras que hacer u ortener que t«r?
Y al explicarle que deseaba saber el lugar donde
estaba su cliente y que le suplicaba me informara de él:
— ¡Ah, sí!
Fuen cliente, puen hombre, pena persona el señor C h illy . . .
Fuen cliente puen hombre, puena persona, pero no
puedo informarlo a usted te lo que tesea . . . — y más o menos me explicó esto:
Los únicos negocios que la casa de Lazard, Casseres y Compañía tiene con el
Conde, consisten en recibir de una compañía de seguros sobre la vida gruesa
suma que le paga ésta, a la cual entregó su capital para recibir renta viajera.
01 oírlo me corrió un estremecimiento de frío por las espaldas. Y si llegara a
morir, ¿qué sería de la suerte de Helena, abandonada, sola, sin fortuna, sin
amigos?. . .
— Otra operación hacemos por su cuenta — continuó
el obsequioso Nathaniel— es pagar instalamentos de un seguro de vida de una
hija suya, para que ésta lo reciba al cumplir veinte años; un seguro fuerte,
que le devolverá a la señorita Scilly Dancourt el capital que su padre entregó
a la compañía, hábil operación, pero que sobre todo satisface los gustos de
nuestro cliente, que no quiere ocuparse de negocios, ni de dinero, y que gira a
nuestro cargo por cualquier suma que se le ofrezca, desde cualquier punto de
Europa, Asia, América, Africa u Ocea-nía, donde toman sus cheques nuestros
banqueros, porque la casa tiene agentes en todo el mundo — agregó, complacido—
. Para él no llega aquí más correspondencia que la de un sabio, su amigo. Hace
tres años reci bimos del señor Scilly un telegrama de Roma, dando orden de no
enviarle esas cartas, y la casa, cumpliendo las suyas, las guarda aquí. El no
escribe nunca.
— ¿Y dónde está fechado el último cheque del señor
de Scilly? —pre gunté.
— He dado a usted todos esos datos en estricta
reserva, y así le daré el otro. Permítame usted hablo con el tenedor de libros
para informalo.
De Alejandría y es por una suma fuerte.
Probablemente seguiría para Oriente. . . El año pasado, por esta época,
recibimos un cheque de Benarés. . . Puen cliente, puen amigo, puena persona el
señor de
Chilly Tancourtl
205
haciendo
reverencias y ofreciéndome que la casa estaría a mis órde nes siempre, me
acompañó hasta la puerta, por donde salí desesperado.
¡Dios mío, un mes perdido así, cultivando
imbéciles, oyendo referir la batalla de Sedán y leer los himnos a Ammón Ra
Harmakouti, y sabiendo por los judíos cómo está colocada la fortuna del padre,
todo esto sin encontrar el camino que me lleve hacia Ella! Hoy me sé la
historia de los Scilly como tal vez no la sabrá el Conde, que no tiene cara de
darle importancia a esas vanidades. Cuanto libro he encontrado que pueda darme
luz sobre los antepasados de Helena, lo he leído con una paciencia de
benedictino. Tengo la cabeza llena de nombres y de hechos que van desde el año
del cuarenta y ocho, en que un Scilly, amigo íntimo de Lamartine, figuró en la
política, hasta el mil trescientos veintisiete, en que otro partió para la
primera Cruzada. Sé sus armas y sus blasones, su escudo de combate y su grito
de guerra ¡Dios mío! ¿Y qué me importa todo eso si pierdo la esperanza de
encontrarla y si me desespera perder esa esperanza? ¡Helena, amor mío, Helena,
amor mío, de mi alma, ven, surge, aparécete ante mis ojos cansados de bus
carte y hunde en ellos las penetrantes miradas de tus pupilas azules, para que
veas hasta mi alma y que en ella sólo te reflejas tú, como en las aguas de un
lago dormido, el cielo constelado de astros!
12 de abril.
Sólo una ventaja retiré de las entrevistas con el
General des Zardes, con Mortha y con el obsequioso judío: que mi amor por
Helena, de quien conozco ya la familia, la historia del padre y la inversión de
la fortuna de éste, se haya dulcificado, sin disminuirse, pero humanizándose,
por decirlo así. Sólo el amor comprende, Idolatrada, de quien por intuitiva
adivinación sé hasta los más recónditos secretos de bondad y de nobleza; sólo
el amor ¡comprende! ¡Para el General des Zardes no existes, sólo vive en su imaginación
la imagen de tu padre, tal como lo vio en los días de la funesta campaña; para
el profesor Mortha eres un mozo ocupado en estudios de historia religiosa; el
judío sólo sabe de tí el oro que recibirán al cumplir los veinte años! Sólo el
amor comprende! Char vet, a quien la práctica de su profesión no le ha
endurecido el alma, como a tantos de sus queridos colegas, sabe la agonía del
ser que te dio la vida, recuerda el horrible dolor de tu padre cuando el
trágico suceso, y entrevio en tus ojos de niña el fulgor que tienen hoy, el
fulgor terrible de santidad y de dulzura que alumbró mi alma en la noche de
Ginebra. Sólo yo, que quiero buscar en ti la luz que me alumbre y el áncora que
me salve, sé de ti todo cuanto saben ellos juntos y te adivino tal como eres. .
. ¡Sólo el amor comprende!
Hoy hay dos lugares en la tierra donde no se posan
pies humanos. Envuelve sagrado silencio la atmósfera que en ellos se respira;
son la
206
estancia donde murió la santa de los cabellos de
plata cuyo perfil sonríe a seis pasos de este sitio, en el cuadro de Whistler,
y el cuarto, tomado en alquiler por diez años al hotelero suizo y cuya llave
está en la caja de hierro cerca del camafeo; el cuarto por cuyo balcón me
arrojó ella el ramo de rosas en la noche inolvidable.
13 de abril.
Decía ayer que mi amor se dulcificaba,
humanizándose. . . ¡Ah, sí! . . .
!Sólo mi espíritu la reclamaba hace unos días, y
ahora todo mi ser la reclama! . . . Antes de encontrarla no sabía lo que era el
amor y había besado sólo con la imaginación mis ideales de poeta, con mis
labios de carne las bocas lascivas y entreabiertas de mis fáciles idolatradas.
Ahora mi espíritu y mis labios sueñan con ella, y si en ella pienso, vibra todo
mi ser, como las cuerdas de un instrumento sonoro bajo el arco inspirado del
artista que les comunica su alma.
Puesto que revestida de misterio y de más allá,
entraste en mi vida, virgen inmaculada y dulcísima, nuestro amor será un
éxtasis. Ennoble cidos por ti, los detalles de la existencia diaria se
transfigurarán, y cada paso andado por los caminos de la tierra será un paso
hacia lo alto. Por ti abandonaré los planes destinados a hacer pasar mi nombre
a los tiempos venideros. ¡Qué más gloria que vivir arrodillado a tus pies sin
tiendo la caricia de tus manos y bebiendo en tus labios la esencia misma de la
vida!
Oye: en la tierra que me vio nacer hay un río
caudaloso que se precipita en raudo salto desde las alturas de la altiplanicie
fría hasta el fondo del cálido valle donde el sol calienta los follajes y dora
los frutos de una flora para ti desconocida. Las cataratas del Niágara,
profanadas por los ferrocarriles y por la canallería humana que va a divertirse
en los hoteles que las rodean, son un lugar grotesco cerca de la majestad de
templo del agreste sitio, donde cae en sábana de espumas, atronando los ecos de
las montañas seculares, el raudal poderoso. Cortada a pico sobre el abismo,
donde la niebla se irisa y resplandecen las aguas a la salida del sol, álzase
ingente y rígida roca de basalto. Aquella roca es el lindero de una de mis
posesiones.
Sobre ella construiré para ti un palacio que
revista por fuera el as pecto de renegrido castillo feudal, con sus fosos, sus
puentes levadizos y sus elevados torreones envueltos en verdeoscura yedra y
grisosos musgos, y que en el interior guarde los tesoros de arte que poseo y
que animarás tú con tu presencia. Viviremos, cuando la vida de Europa te canse
y quieras pedir impresiones nuevas a los grandiosos horizontes de las llanuras
y a las cordilleras de mi patria, en aquel nido de águilas que por dentro será
un nido de palomas blancas, lleno de susurros y de ca
207
ricias. Habrá mañanas de sol en que nos verán pasar
cabalgando en una pareja de caballos árabes, por los caminos que se extienden
en la sabana, y los rudos campesinos se arrodillarán al verte, creyendo que
eres un ángel, cuando claves en sus cuerpos deformados por las rústicas faenas,
la resplandeciente mirada de tus pupilas azules; habrá noches en que en el aire
perfumado del cuarto, donde humea el té rubio en las tazas de China y alumbra
el suntuoso mobilario la luz de las lámparas, atenuada por pantallas de encaje,
vibren las frases sublimes de una sonata de Beethoven, arrancada por tus
pálidas manos al teclado sonoro y en que, desfalleciente de emoción contenida,
te levantes del piano para contemplar desde el balcón de piedra la catarata
iluminada por la luna. lApoyarás entonces la cabeza en mi hombro, me envolverán
los rizos castaños de la destrenzada cabellera, volverás hacia los míos tus
radiosos ojos azules, y la palidez sobrenatural de tu semblante, la mortal
palidez exangüe de tus mejillas y de tu frente se sonrosará bajo los besos de
mis labios!
¡Helena! ¡Helena! ¡Me corre fuego por las venas y
mi alma se olvida de la tierra cuando pienso en esas horas que llegarán si
logro encontrarte y unir tu vida con la mía! . . .
14 de abril.
Ayer saltó otro edificio destrozado por una bomba
explosiva, y la concu rrencia mundana aplaudió en un teatro del boulevard
hasta lastimarse las manos, La Casa de Muñecas, de Ibsen, una comedia al modo
nuevo, en que la heroína, Nora, una mujercilla común y corriente, con una alma
de eso que se usa, abandona marido, hijos y relaciones para ir a cumplir los
deberes que tiene consigo misma, con un yo que no conoce y que se siente nacer
en una noche como hongo que brota y crece en breve espacio de tiempo. Así a
estallidos de melinita en las bases de los palacios y a golpes de zapa en lo
más profundo de sus cimientos morales, que eran las antiguas creencias, marcha
la humanidad hacia el reino ideal de la justicia, que creyó Renán entrever en
el fin de los tiempos. Ibsen y Ravachol le ayudan, cada cual a su modo; cae el
primer magistrado de Francia herido por el puñal de Cesáreo Santo, y escribe
Suderman La dama vestida de gris, donde la abnegación y el amor a la familia
toman tintes de sentimientos grotescos, sin que el final de cuento de hadas,
agregado por el novelista a su obra, como un farmaceuta hábil echaría jarabe
para dulcificar una pócima que con tuviera estricnina, alcance a disimular el
aere sabor de la letálica droga.
Tórnase el arte en medio de propaganda antisocial,
síntoma curioso que coincide con la tendencia negadora de la ciencia falsa, la
única al alcance de las multitudes. ¡Mientras más pura es la forma del ánfora
208
más venenoso puede juzgarse el contenido; mientras
más dulce el verso y la música, más aterradora la idea que entrañan!
Moriste a tiempo, Hugo, padre de la lírica moderna;
si hubieras vivido quince años más, habrías oído las carcajadas con que se
acompaña la lectura de tus poemas animados de un enorme soplo de fraternidad
optimista; moriste a tiempo; hoy la poesía es un entretenimiento de mandarines
enervados, una adivinanza cuya solución es la palabra nir vana. El frío viento
del Norte, que trajo a tu tierra la piedad por el sufrimiento humano que
desborda en las novelas de Dostoiewsky y de Tolstoi, acarrea hoy la voz terrible
de Nietzche.
Oye, obrero que pasas tu vida doblado en dos, cuyos
músculos se empobrecen con el rudo trabajo y la alimentación deficiente, pero
cuyas encallecidas manos hacen todavía la señal de la cruz, obrero que doblas
la rodilla para pedirle al cielo por los dueños de la fábrica donde te
envenenas con los vapores de las mezclas explosivas, oye,, obrero, ¿nada evocan
en tu rudimentario cerebro las rudas sílabas de ese nombre germano, Nietzche,
cuando vibran en tus oídos? . . Los ecos del Norte las repercuten, suenan ya en
todo Europa y sus discípulos predican el evangelio de mañana. No lo creas
parecido al evangelio que cuenta la historia del pálido Nazareno diciendo las
consoladoras bienaventuranzas junto a las ondas azules del dormido lago de
Tiberiades y expirando en lo alto de la cruz, con el cuerpo amoratado por los
golpes y la pálida frente destrozada por la corona de espinas; es un evangelio
que cuenta la historia de Zaratustra, en una cueva, meditando, entre el águila
y la serpiente, en el reavalúo de todos los valores. ¿Nada le sugiere tam poco
esa frase a tu obtuso entendimiento? . . . Es que la humanidad había estado
recibiendo como verdaderas, nociones falsas sobre su origen y su destino, y el
profundo filósofo encontró una piedra de toque en qué ensayar las ideas como se
ensayan las monedas para saber el oro que contienen. Eso es lo que se llama
reavaluar todos los valores. Lo que tú llamas conciencia, eso que te atormenta
cuando crees haber co metido una falta, no es más que el instinto de la
crueldad que puedes ejercer contra los otros, y que al no ejercerlo, porque la
sociedad te lo impide encerándote en la noción del deber, como a un león en una
jaula de fierro, te atormenta como atormentarían sus inútiles garras al flavo
animal si las hundiera en su propia carne al no poder destrozar los barrotes
rígidos ni la presa deliciosa. Esos mismos deberes en que crees, no son más que
la invención con que una raza potente y noble de hombres alegres que reían
entre los incendios, los estupros, los ase sinatos y los robos, sujetó a las
razas de débiles vencidos, de que hizo sus esclavos. Los buenos entre los
vencedores eran los más crueles, los más brutales, los más duros, y los
esclavos inventaron como virtudes las cualidades opuestas a las que veían en
sus amos: la continencia, el sacrificio de sí mismo, la piedad por el
sufrimiento ajeno. En la
209
revuelta de los esclavos, que tuvo lugar hace
siglos, fue necesaria una víctima para que tuvieran una bandera que levantar,
un hombre que juntara en sí todas aquellas falsas virtudes y muriera por
afirmarlas, e Israel crucificó al Cristo, a ese que tú creías Dios, y triunfó
la moral de los débiles, la que te enseñó tu padre, esa sobre la cual está
fundada la sociedad de hoy.
¿Tú no sabías nada de eso, obrero que con las manos
encallecidas por el trabajo haces todavía la señal de la cruz y te arrodillas
para pedir por los dueños de la fábrica donde te envenenan los vapores de las
mezclas explosivas? Pues, sábelo, y regenerado por la enseñanza de Za-ratustra,
profesa la moral de los amos; vive más allá del bien y del mal. Si la
conciencia son las garras con que te lastimas y con que puedes destrozar lo que
se te presente y coger tu parte de botín en la victoria, no te las hundas en la
carne, vuélvelas hacia afuera; sé el sobrenombre, el Uebermensch libre de todo
prejuicio, y con las enca llecidas manos con que haces todavía, estúpido, la
señal de la cruz, recoge un poco de las mezclas explosivas que te envenenan al
respirar sus vapores, y haz que salte en pedazos, al estallido del fulminante
picrato, la fastuosa vivienda del rico que te explota. Muertos los amos serán
los esclavos los dueños y profesarán la moral verdadera en que son virtudes la
lujuria, el asesinato y la violencia. ¿Entiendes, obrero? . . .
Así, a estallidos de melinita en las bases de las
ciudades y a golpes de zapa en lo más profundo de sus cimientos morales, que
eran las antiguas creencias, marcha la humanidad hacia el reino ideal de la
justicia que entrevistó Renán en el fin de los tiempos. Nietzche, Ibsen y
Ravachol le ayudan, cada cual a su modo.
Allá en las más excelsas alturas de lo intelectual,
noble grupo de desinteresados filósofos, indaga, investiga, sondea el inefable
misterio de la vida y de las leyes que la rigen, y transforma sus pacientes
estu dios en libros que carecen de categóricas afirmaciones, que apenas anotan
lo bien sabido, lo que cae bajo el dominio de la observación; en libros que
muestran en el límite de la humana ciencia “las olas negras del océano del
misterio para embarcarnos en el cual no tenemos ni barca ni brújula”, al decir
de la grandiosa frase de Littré. Coincide la im presión religiosa que esos
grandes espíritus experimentan al considerar el problema eterno y expresan en
sus obras, con el renacimiento idealista del arte, .causado por la inevitable
reacción contra el naturalismo estrecho y brutal que privó hace unos años. En
vez de las prostitutas y de las cocineras, de los ganapanes y de los
empleadillos que ganan cien pesetas al mes, deléitanse los novelistas en
pintarnos grandes damas que se mueven en suavísimos ambientes, magas que
realizan los prodigios de los antiguos teurgos y sabios que poseen los secretos
supremos. Tórnase la música de sensual modulación que acariciaba los oídos y
sugería voluptuosas tentaciones, en misteriosa voz que habla al cerebro; pasan
210
místicas sombras por entre el crepúsculo que
envuelve las estrofas de los poetas y toman forma en los lienzos las visiones
del más allá. Los exploradores que vuelven de la Canaan ideal del arte,
trayendo en las manos frutas que tienen sabores desconocidos y deslumbrados por
los horizontes que entrevieron, se llaman Wagner, Verlaine, Puvis de
Cha-vannes, Gustave Moreau.
En manos de los maestros, la novela y la crítica
son medios de pre sentar al público los aterradores problemas de la
responsabilidad humana y de discriminar psicológicas complicaciones; ya que el
lector no pide al libro que lo divierta sino que lo haga pensar y ver el
misterio oculto en cada partícula del Gran Todo.
¿Dudas todavía del renacimiento idealista y del
neo-misticismo, espíritu que inquieres el futuro y ves desplomarse las viejas
religiones? . . . Mira: del oscuro fondo del Oriente, patria de los dioses,
vuelven el budismo y la magia a reconquistar el mundo occidental. París, la
metrópoli, les abre sus puertas como las abrió Roma a los cultos de Mitra y de
Isis; hay cincuenta centros teosóficos, centenares de sociedades que investigan
los misteriosos fenómenos psíquicos; abandona Tolstoi el arte para hacer propaganda
práctica de caridad y de altruismo, ¡la humanidad está salvada, la nueva fe
enciende sus antorchas para alumbrarle el camino tenebroso!
¡Ah, sí! ¿Pero tú no sabes, crítico optimista, que
cantaleteas el místico renacimiento, y al ver esos síntomas cantas hosanna en
las alturas y paz sobre la tierra a los hombres de buena voluntad, qué es lo
que le llega al pueblo, a la masa, al rebaño humano, de todos esos fulgores que
te deslumbran, del inarmónico coro que forman esas voces al rezar el “Padre
nuestro que estabas en los cielos”, que es la oración a la moda, entre los
intelectuales de hoy? . . . Pues voy a decírtelo: lo que el pueblo comienza a
saber es lo que le enseñan los vulgarizadores de la falsa ciencia, la única
vulgarizable, los Julio Verne de la psicología y de la doctrina evolucionista,
es que el hombre tuvo por antepasado al mono y que el deber es sólo el límite
de la fuerza de que disponemos. Hay voces que le gritan a las multitudes:
“Mira: ese viejecito pálido, vestido de blanco, que se pasea prisionero por el
Vaticano, es un far sante; ese muñeco que está allá arriba en la cúspide del
edificio social, un imbécil”. Y mientras los neo-místicos inventan sus
religiones para poetas, para venteros millonarios o para sabios purificados por
el estudio, el populacho alza los ojos y mira. Así los alzaba hace ciento
veinte años, para ver, entre la atmósfera de la corte, perfumada de maríscala,
los tacones rojos de las favoritas, las empolvadas pelucas, las chorreras de
encajes, las casacas de colorines de los cortesanos que rodeaban al sifilítico
monarca. Voltaire no había reído aún; Rousseau no había llorado todavía. Oyó la
fiera de repente la blasfemia y el sollozo, se sacudió del letargo en que
dormía, clavó las garras en la presa dorada
211
y el charco de sangre del Terror mostró el poder de
sus garras y los destrozos de su ira sangrienta.
En los últimos años, al alzar las miradas hacia lo
alto, lo que el león ha visto es la cara imbécil de papá Grévy, y tras de ella
el perfil judío de Daniel Wilson, que, como un ratero, se guardaba el oro,
producto de la venta de gloriosas condecoraciones; lo que ha visto es al brave
général, caracoleando en el negro caballo; lo que ha visto es el asunto de
Panamá, aquella lluvia de lodo que salpicó las canas de Lesseps y las frentes
de tantos de sus senadores ilustres.
¿Crees tú, crítico optimista que cantaleteas el
místico renacimiento y cantas hosanna en las alturas, que la ciencia notadora
de los Taine y de los Wundt, la impresión religiosa que se desprende de la
música de Wagner, de los cuadros de Puvis de Chavannes, de las poesías de
Verlaine y la moral que le enseñan en sus prefacios Paul Bourget y Eduardo Rod,
sean cadenas suficientes para sujetar a la fiera cuando oiga el Evangelio de
Nietzche? . . . El puñal de Cesáreo Santo y el reventar de las bombas de nitroglicerina
pueden sugerirte la respuesta.
15 de abril.
Una oleada poderosa de sensualismo me corre por
todo el cuerpo, enciende mi sangre, entona mis músculos, da en mi cerebro
relieve y color a las más desteñidas imágenes y hace vibrar interminablemente
mis nervios al contacto de las más leves impresiones gratas. No es fuera de él,
es en el fondo de mi espíritu donde está subiendo la savia, donde están
cantando los pájaros, donde están reventando los brotes verdes, donde están
corriendo las aguas, donde están aromando las flores, al recibir los besos
tibios de la primavera. El amor ha hecho su nido en mi alma. ¡Músicas que
flotáis en ella, líneas, colores, olores, contactos, sensaciones de fuerza
desbordante, sangre que me enciendes las mejillas, sueños que aleteáis en la
sombra, delectación morbosa que traes ante mí el voluptuoso cuadro de los
placeres pasados y me hostigas con el recuerdo de sus punzantes delicias, todos
vosotros bailáis un coro báquico, una saturnal en que los besos estallan, y los
cuerpos se con funden y caen entrelazados sobre el césped aromoso y blando!
¡Helena, Helena! ¡Tengo sed de todo tu ser y no quiero manchar los labios que
no se posan en una boca de mujer desde que la sonrisa de los tuyos iluminó mi
vida, ni las manos, impolutas de todo contacto femenino, desde que recogieron
el ramo de rosas arrojado por tus manos! ¡Helena! ¡Ven, surge, aparécete,
bésame y apacigua con tu presencia la fiebre sensual que me está devorando!
212
19 de abril.
Ahí estaban en la tiendecita Bassot, situada en la
calle de la Paz, deleitando los ojos con el brillo de las piedras aglomeradas
ante mí sobre el vidrio del mostrador por las manos del aristocrático joyero.
Del gran Balzac cuentan que, enamorado de los visos rosados de dos perlas
gemelas, trabajó un año para adquirirlas; de Richelieu moribundo, que hundía
las flacas manos en el cofre rebosante de pedrería y que al hacerlas brillar se
le iluminaban los apagados ojos. Sírvame conmigo mismo de excusa tan ilustres
ejemplos para disculpar mi pasión, superior a las de ellos por vosotros,
misteriosos minerales, más sólidos que el mármol, más duros que el metal, más
durables que las humanas cons trucciones, más radiosos que la luz que
reflejáis, centuplicándola y colorándola con los matices de vuestra esencia.
¡Oh, piedras rutilantes, espléndidas e invulnerables, vividas gemas que
dormistéis por siglos enteros en las entrañas del planeta, delicia del ojo,
símbolo y resumen de las riquezas humanas! Los diamantes se irisan y brillan
como gotas de luz; semejan pedazos del cielo del trópico en las noches
consteladas los oscuros zafiros; tú, rubí, ardes como una cristalización de
sangre; las esmeraldas ostentan en sus cristales luminosos los verdes diáfanos
de los bosques de mi tierra; tenéis vosotros, topacios y amatistas que
ornamentáis los gruesos anillos episcopales, coloraciones suaves del cielo en
las madrugadas de primavera, son azulinas, sonrosadas y verde pálidas las
llamas que arden entre tu leche luminosa, ópalo cambiante; criso berilos:
vosotros brilláis con áureo brillo, como los ojos fosforescentes de los gatos,
y quién dirá la delicia que procuráis a quien os mira, ¡oh, perlas, más
discretas en vuestro brillo que las gemas radiantes, perlas que os formáis en
el fondo glauco de los mares, perlas blancas de sua vísimo oriente, perlas
rosadas de Visapour y de Golconda, fantásticas perlas negras de Veraguas y de
Chiriquí, perlas que adornáis las coronas de los reyes, que tembláis en los
lóbulos de las orejas sonrosadas y pequeñuelas de las mujeres, y os posáis como
un beso sobre la frescura palpitante de los senos desnudos! ¡Más artista y más
crédula, la huma nidad de otros tiempos os revistió con el sagrado carácter de
amuletos y mezcló a la sensual delicia que esparcen vuestras luces la
veneración por vuestros mágicos poderes, diamante conjurador de las maldiciones
y los venenos, zafiro que preservas de los naufragios, esmeralda que ayudas los
partos difíciles, rubí que das la castidad, amatista que evitas la embriguez,
ópalo que te empalideces si la Idolatrada nos olvida! ¡Oh, piedras rutilantes,
invulnerables y espléndidas, vividas gemas que dor misteis por largos siglos
en las entrañas del planeta, delicia del ojo, símbolo y resumen de las riquezas
humanas!
Ahí estaba en la tienda de Bassot, cuando, frente,
en la puerta, se detuvo el coche de elegante y sencillo aspecto. Con
movimientos ágiles
213
y miradas de inquietud, como de venada sorprendida,
bajó de él, caminó diez pasos, en que al través del vestido de opaca seda
negra, ornamentada de azabaches, adiviné las curvas deliciosas del seno, de los
torneados brazos y de las piernas largas y finas, como las de la Diana Cazadora
de Juan Goujon, y vino a detenerse junto al mostrador donde estaban las joyas.
Mi olfato aguzado percibió, fundidos en uno, un olor delicioso de pan fresco
que emanaba de toda ella, de salud y de vida y el del ramo de claveles rosados
que llevaba en el corpiño. Husmeé el olor como un perro de cacería lanzado
sobre la pista, y antes de que pronunciara la primera palabra, ya la habían
desnudado mis miradas y le había besado con los ojos la nuca llena de vello de
oro, los espesos y crespos cabellos oscuros de visos rojizos, recogidos bajo el
gran sombrero de fieltro orna mentado de plumas negras, los grandes ojos
grises, las naricitas finas y la boca, roja como un pimiento, donde se le
asomaba la sangre. Así, son rosada y fresca, con su olor a levadura y a
claveles, parecía una soberbia flor de carne acabada de abrir.
— ¿Tiene usted collares de diamantes blancos? . . .
— preguntó al joyero, con el más puro acento yanqui y con una sonrisa infantil
que le hizo brillar entre lo rosado de los labios el nácar de la dentadura.
—Todo esto es demasiado valioso para mí— murmuró
entre dientes al oír los precios, al tiempo que en su semblante súbita
expresión de mal humor y de tristeza reemplazaba la excitación que le abrió los
ojos y se le asomó a la boca al ver las costosas pedrerías.
— No hay nada demasiado caro para usted. Esta joya
estará en sus manos esta noche, si usted me permite presentársela— le dije
paso, en inglés, al oído casi, con voz ronca en que vibraba la tentación.
— Es espléndido— dijo en el mismo idioma, que
sonaba en su boca como una música, mirándome de pies a cabeza y viendo mi mano
crispada sobre el estuche de seda negra— . ¿Verdad? . . . añadió cla vando en
los míos los ojos claros, y con toda la cara iluminada por una expresión de
felicidad indiscriptible, como jamás la he visto en ninguna fisonomía.
Venga usted a las nueve de la noche y hablaremos.
No pregunte mi nombre al portero; lo esperaré yo misma en la puerta, como si
volviera de la calle; entraremos juntos— dijo, tendiéndome una hoja de papel,
que arrancó de la diminuta cartera forrada en cuero de Rusia, y en la cual
escribió febrilmente las señas, las de una calle tranquila de los Campos
Elíseos— . A las nueve en punto entraré con usted, como si volviera de la
calle— agregó con voz grave y mirándome en los ojos.
Los dependientes de Bassot nos miraban,
cuchicheando, sorprendidos del diálogo a media voz y en idioma extranjero que
se había entablado entre nosotros, personas desconocidas, puesto que no la
había saludado al entrar.
214
— Esas joyas son magníficas, pero demasiado
valiosas para mí; per done usted, señor— dijo al empleado, que se la comía con
los ojos.
—Lo espero a usted a las nueve— volviéndose a mí,
con la expresión seria de una persona que sabe lo que hace y acostumbrada a
negocios importantes.
Y con sus movimientos ágiles y sus miradas de
venada, cruzó el espacio que la separaba del coche, que partió al subir ella,
sin volver los ojos a la joyería.
— ¡Soberbia criatura! Esas americanas del Norte. .
. ¡eh! me insinuó el dependiente, un cincuentón entrecano, con los ojos llenos
de malicia
y la chivera y los bigotes puntiagudos, retorcidos
a lo Napoleón III— . ¡Soberbia criatura! Tiene loco por un collar de diamantes
que no le quiere comprar, al marido, que es un jayanote yanqui con la cara
afeitada y tipo de Cuákero. La semana pasada estuvieron visitando todas las
tiendas de joyas, él de mal modo y regañándola, ella haciéndole mil zalamerías
para decidirlo. Ahora anda sola, pero suguramente no tiene el dinero completo.
Estas americanas del Norte. . . Esté usted seguro de que no descansa hasta que
tenga el collar— ¡Ah! con que se queda usted con él? . . .— dijo abriendo
tamaños ojos. . .— . Es el mejor que hemos tenido en los últimos años. . .—
añadió con displicencia— ; una joya de esas que no provoca vender.
¡En esas piedras os vais a convertir, desteñidos
billetes azules de a mil francos, que habéis venido a mí sin buscaros, en las
tres noches en que, engañando mi hambre de besos con la vertiginosa jugarreta
en que volabais, sobre la carpeta verde, os recogía con helada indiferencia,
mientras que los otros jugadores se levantaban de la mesa con los bolsillos
vacíos, los ojos irritados y las manos trémulas!
Y ahora escribo mi aventura. ¿Qué ha entendido ella
al decirme que vaya a buscarla, después de mi frase brutal? . . . No sé. Sólo
sé que los diamantes, dignos de una princesa, brillan en el fondo de los
cálices de las flores de un ramo, donde los hice colocar para llevárselos, y
que será mía. Veo su carne desnuda, sus gráciles formas ofrecidas a mis besos,
y ardo. Son las ocho de la noche; dentro de dos horas estará en mis brazos, lo
estoy sintiendo, y ¡se realizarán los contenidos deseos que acumulan en mí ocho
meses de loca continencia y de estúpidos sentimentalismos, sugeridos por haber
visto una muchachita anémica, estando bajo la influencia del opio! ¡Hurrah a la
carne! ¡Hurrah a los besos que se posan como mariposas sobre el terciopelo de
la piel sonro sada, a los senos que entran, como áspides por entre el raso
aromoso de los labios, a los besos que penetran como insectos borrachos de miel
hasta el fondo de las flores; a las manos trémulas que buscan; al olor y al
sabor del cuerpo femenino que se abandona. ¡Hurrah a la carne! ¡Afuera voz de
mis tres Andrades, sedientos de sangre, borrachos de alcohol y de sexo, que
tendidos sobre los potros salvajes, con el lanzón
215
en la mano, atravesábais las poblaciones
incendiadas atronándolas con nuestro grito: “¡Dios es pa reírse dél, el
aguardiente pa bebérselo, las hembras pa preñarlas, y los españoles pa
descuartizarlos!” Grita, voz de mis llaneros salvajes: “¡Hurrah a la carne!”
28 de abril.
¡Oh, la extraña y deliciosa criatura! Entramos
juntos, abrió con su llave la puerta del vestíbulo, que atravesó rápidamente, y
cuando llegué al saloncito amable, después de quitarme el abrigo, en uno de
cuyos am plios bolsillos estaba el collar de diamantes disimulado entre las
flores, ya había encendido las lámparas. La desnudez de la pieza estrecha,
amueblada sólo con dos sillas, un diván, un velador y una lámpara, y la
expresión de su carita seria, disiparon mis últimas dudas. No, aquella no era
una mujer comprable; quién sabe qué capricho loco por la valiosa joya la había
hecho recibirme, y qué había entendido al oír mi frase brutal.
— Siéntese usted— me dijo, ya sentada en un sillón
de brocatel grisoso, al pie de una alta lámpara, de la cual caía, en cuadro, la
luz sobre la alfombra, suavizada por un pantallón de gasa de un verde
desteñido.
Fue ella quien rompió primero el silencio. Yo me
contenté, mientras duró éste, con extasiarme los ojos recorriéndola toda, desde
la masa espesa de los cabellos oscuros, que le coronaban la cabeza, de
enérgicas y finas facciones, hasta los piesecitos angostos y largos, que
calzados con un zapato bajo de resplandeciente charol, dejaban adivinar su
blan cura por entre los calados de la media de seda negra, fina como un
encaje.
— ¿Usted ha vivido en los Estados Unidos? . . .—
fue la primera frase que, después de otro silencio, me dirigió la boca
encarnada y fresca, en un francés gutural y bronco, que me hizo sonreír
involuntaria mente al oírlo. . . — . ¿No? . . . Eso equivale, más o menos, a
que usted no me entienda y tal vez a que me juzgue mal, y lo probable es que no
podamos hacer nada. . . — continuó asomándosele a los ojos la misma tristeza de
niño consentido a quien se le niega un juguete, que le había visto en la joyería
al oír los precios de los diamantes. ¡Ah, pero usted habla inglés mejor que yo!
Tal vez podamos entendernos; perdone usted que lo deje solo unos segundos—
añadió, levantándose.
Estas americanas del Norte!, pensaba para mi
coleto, haciendo mía la frase del empleado de Bassot, que había oído por la
mañana.
— Aquí están— dijo, poniendo sobre una mesita que
acercó, unas cajas de terciopelo y de raso y encendiendo dos bujías para
facilitarme el examen. . . Véalas usted avalúelas y después le haré mi
propuesta.
— Valen la mitad de lo que vale el mejor de los
collares que usted vio en la calle de la Paz— le contesté con calma
imperturbable y sin
2 1 6
una sonrisa, después de examinar el contenido de
los estuches, marcados los unos con el nombre de Tiffany, los otros con los de
varios joyeros parisienses de segundo orden, y donde no había una sola piedra
sin defecto— . Esto ha sido escogido más en vista del tamaño que de la calidad;
usted convendrá conmigo en que los diamantes, o son pajizos o tienen defectos,
rayas y quebraduras que los hacen desmerecer; en que los rubíes no son del
mismo matiz y en que una de las esmeraldas del broche es más pálida que las
otras y tiene jardín— le dije asumiendo de lleno mi papel de negociante en
joyas.
—¡Cosas de John, que no distingue! Yo prefiero un
diamantito así de grande— dijo mostrándome la punta de la uña rosada, blanca y
brillante de uno de los dedos— pero que no tenga mácula, a una tapa de botellón
con viso pajizo— . Y, sonriéndome por primera vez: — ¡usted es un maestro, y
qué refinado! hoxv refined— añadió sin quitar los ojos de la perla negra que me
abotonaba la pechera. . . — . Pero, en fin: usted conviene conmigo en que estas
joyas valen la mitad de lo que vale el collar; pues oiga usted mi propuesta: le
daré a usted mi nombre, que ya va siendo una garantía, y esto— dijo, mostrando
los estuches— y un pagaré por la diferencia con el precio del collar. Dentro de
tres meses le enviaré de Chicago el valor total de éste, y usted me devolverá
lo mío, junto con el pagaré cancelado, entregándolo todo en el Consulado de los
Estados Unidos, donde formalizaremos la operación, mañana, a primera hora.
¿Acepta usted?— preguntó son-riéndome con alegría.
— No acepto, señora— respondí con estudiada
frialdad, deleitándome en ver cómo bajaba los ojos, que se le humedecieron, y
cómo le caía sobre las mejillas la sombra de las largas pestañas crespas— .
¿Qué ganaría yo con ese negocio?
— Como usted me dijo esta mañana que podría
procurarme el collar— contestó con un mohín de despecho.
— Pero usted entendió mal— comencé, con una voz que
trataba de hacer firme, sin lograrlo. Hay una combinación por la cual usted
tendrá la joya esta noche, sin pagar ni un centavo por ella— insinué, mirándole
al fondo de los ojos, que había levantado del suelo, ya serenos, y que me
miraban fijamente.
— Se ha equivocado usted, señor— me contestó,
encendiéndosele las mejillas y poniéndose en pie con un movimiento brusco de
todo el cuerpo y mirándome con una expresión profunda de desprecio y de ira— .
¡Se ha equivocado usted, señor! Conque se ha atrevido usted a creer que mi
pasión por las piedras va hasta hacerme olvidar quién soy, y que esos diamantes
pueden comprarme? . . . ¿Pero no ve usted, infeliz que esas cajas llenas de
joyas que le ofrezco son mías, muv mías? . . .
¡Ah, es que usted no sabe mi nombre y cree que le
voy a robar la diferencia— dijo gritando, soy Nelly! . . .— y ahí un apellido
alemán
217
con falsa terminación inglesa, el de un millonario
de Chicago, conocido en el mundo entero como uno de los más fuertes empresarios
de fe rrocarriles de los Estados Unidos— . ¡Qué bien se ve que no ha vivido
usted en mi tierra cuando entiende tal mal mi proceder y me juzga así!—
continuó sin sentarse y con la expresión de angustia de quien se siente
manchado por infame e inmerecida sospecha.
Recogí el fino pañuelo de batista y encajes,
perfumado de clavel, que se le cayó al suelo al levantarse, y le dije,
respirando el olor y con voz dulce:
— Señora: hónreme usted con permitirme permanecer
aquí unos ins tantes más, y crea usted que habla con un caballero.— Puse el
pañuelillo sobre el velador y busqué nervioso la cartera, y abriéndola le tendí
una de mis tarjetas de visita. Si usted se siente ofendida al terminar nuestra
conversación, que me envíe su marido mañana dos testigos que arreglen con los
míos las condiciones de un encuentro. . . Usted le dirá que esta noche me he
entrado tras de usted, que volvía a su casa, y que he pretendido besarla y
poseerla. Haga usted eso, pero déjeme hablarle— le grité casi, poseído de la
furia de coronar el plan que se había formado dentro de mí en esos minutos.
— ¡Cómo! ¿Usted es el señor Fernández, don José
Fernández, el autor de los “Poemas Paganos” que tradujo Murray?— dijo, sentada
ya
y alzando los ojos de la diminuta hoja de papel
bristol. . .— Y yo que no lo había reconocido. . . También es que el retrato es
muy viejo, ¿cierto? No tenía usted barba entonces. . . Ignoraba completamente
que viviera en París. Siéntese usted, señor Fernández; va usted a tomar el té
conmigo y vamos a hablar de sus versos. Así olvidaremos la estúpida historia
del collar. . .
¡Ah! ¿Conque leiste el articulillo aquel publicado
en un magazine de Bostón y escrito por el yanqui que visitó mi tierra y que me
pagó los quinientos dólares que le presté llamándome en él gran poeta, tra
duciendo una parte de mis estrofas y haciendo imprimir con su traduc ción el
retrato que acompaña la segunda edición de "Los Primeros Versos”? ¿Conque
lo has leído, mi yanqui adorable y frenéticamente altiva, y quieres que
hablemos de mis “Poemas Paganos”?
— Hablemos de sus versos, de los “Poemas Paganos”.
Los conozco en la traducción de Murray, publicada en el “North American
Magazine”. ¡Qué hermosos, fascinadores! How lovely, fascinating— dijo
sonrién-dome—, hablemos de sus versos, señor Fernández.
— No, señora; hablemos de usted y del collar que
usted desea y que su marido no quiere comprarle, que le está haciendo cometer
locuras y que me ha hecho a mí presentarme en su casa y tener el honor de
hablar con usted.
— Vuelve usted al collar. . . sea. . . ¿Qué es lo
que pretende usted decirme?— me dijo con mal disimulada impaciencia y un gesto
de
218
orgullo— . Tengo la esperanza de que usted me crea
una señora y de que no va a hacerme perder la ilusión de creerlo a usted un
caballero.
— Lo que pretendo decirle— comencé, temblándome la
voz de emo ción— es que le suplico a usted, del modo más respetuoso, que
acepte esa joya que pongo a sus pies sin pedirle más sino que, cuando la luzca
usted sobre su cuerpo de diosa, recuerde usted al hombre a quien hizo feliz
permitiéndole satisfacer un antojo suyo. Si usted acepta mi pro puesta, el
collar estará en sus manos dentro de un minuto y yo me iré sin haberlas besado,
para no volver a verla, si usted lo exige.
— ¿Habla usted en serio?— me preguntó con honda
agitación inex plicable, al oír mi respuesta.
— Señora: sólo espero que usted me permita, e irme,
porque temo ser importuno.
—¡Dios mío, Dios mío! Busca el modo de hacerme
feliz y me conoció esta mañana; ¡y el otro me insulta cuando le ruego y me deja
sola para irse a buscar mujeres perdidas en Nueva York! ¡Qué vida! . . .—
articuló entre los sollozos que la ahogaban, acostando la cabeza contra el
espaldar del sillón y cubriéndose los ojos llenos de lágrimas con el pañuelito
de batista oloroso a claveles.
Los sollozos la sacudían toda; los nervios
triunfaban de aquella natu raleza rica y enérgica.
Salí a la antecámara, busqué el ramo y entrando en
puntas de pies fui a arrodillarme junto al sillón donde lloraba, como la
serpiente se arrastró al pie de Eva inocente al ofrecerle la poma. Los sollozos
y las lágrimas seguían, y yo guardaba silencio.
¡Nelly!— le dije cuando comenzó a calmarse,
circuyéndole el talle fino con un brazo, acariciándole la frente con las flores
del ramo, y cantándole una canción monótona con que las nodrizas en Florida
arrullan a los chiquillos para que se duerman— . No llore, Nelly; las flores la
están besando para contenerla; los diamantes la quieren ver; Nelly, linda y
fresca como las flores; Nelly, radiosa y fría como los diamantes que valen
menos que esas lágrimas.
Vencida por aquellos mimos y sorprendida al oírlos,
apartó el pañuelo y hundió los ojos en los purpúreos cálices de las gloxinias y
en las blancas hojas de las gardenias, donde temblaban los diamantes como gotas
de luz.
— No, no— dijo sonriéndose, con una sonrisa que le
alumbraba los ojos húmedos como un rayo de sol un paisaje de primavera recién
mojado por la lluvia— . No, no, si usted no acepta mi propuesta, no me hable
más; eso vale una suma loca. Mi padre, que es millonario y que me adora, nunca
me los habría regalado. No, lléveselos usted y regáleme las flores. ¡Están
lindas— dijo, aspirando el ramo— . Guarde usted eso— recogiendo el hilo de
platino, animado de luminosa vida por la palpitación blanca, roja, azul de las
pedrerías radiosas que se
219
irisaban
a la luz
de las bujías
y de la
lámpara— . Fernández: ¿por
qué me quiere usted regalar eso? . . . *
Hablábamos, ella con la cabeza adorable, cuyos
oscuros rizos me aca-riicaban la frente, doblada sobre la mía, que casi se
apoyaba en sus rodillas, hincado como estaba a sus pies, respirando su aroma de
flor y circuyéndola con los brazos.
—Porque los poetas andan por el mundo sólo para
realizar los antojos de las diosas como usted— le respondí cubriendo de besos
una de las manos suaves y frías, con que hacía esfuerzos para alejarme de ella.
Nelly: esos diamantes van a hacer que usted se acuerde de mí al verlos más
tarde; no me niegue usted la delicia de pensar que voy a vivir en su memoria en
sus noches de triunfo. . .
mis labios,
recorriendo los ramales azulosos de las venas, que se transparentaban bajo el
fino cutis de la muñeca delgada, subían por el brazo torneado y blanco, desnudo
hasta el codo de la negra manga de opaca seda ornamentada de azabaches.
— ¿Y por qué quiere que yo me acuerde de usted por
los diamantes? Me acordaré de usted porque sé sus versos deliciosos y porque lo
he visto así arrodillado a mis pies, queriendo realizar un antojo mío a costa
de una suma enorme y diciéndome cosas que nadie me había dicho nunca. . . ¡Qué
cosas las que usted me dice! Cómo se ve que usted es poeta, un gran poeta—
añadió con tono convencido— . ¿Quiere usted oír sus versos, dichos por mí en mi
lengua? Es menos hermosa que la suya. Los sé de memoria. Oiga usted. . .— Y
recitó con voz de oro las estrofas del canto a Venus, que dicen las glorias de
la Afrodita al nacer de las olas marinas.
— Ahora va usted a decírmelos en su idioma; no lo
entiendo, pero suena como una música. How noble, how musical— decía poniendo,
la orejilla sonrosada carca de mi boca, que le recitaba paso, muy paso, mis
mejores endecasílabos.
Hablábamos así, perdidos en la delicia de soborear
la esencia de los versos y de sentirnos cerca, sin que ella, la orgullosa de
unos minutos antes, ni yo, el respetuoso admirador que le había jurado que se
iría sin besarle las puntas de los dedos, nos diéramos cuenta del vértigo que
se estaba apoderando de ambos. Sin saber cómo, estaba sentado en el sillón y la
tenía sentada en las rodillas. Uno de los piesecitos colgaba sobre la alfombra.
En encaje de seda negra de la media transparentaba la blancura del pie angosto
y largo y de la pantorrilla de túrgida curva, descubierta por la falda negra
donde lucía el brillo mate de los azabaches. Le estaba besando la nuca, llena
de vello dorado, y sentía estremecerse bajo mis labios todos sus nervios. La
manecita fina que agarraba la mía hundía crispada en mi carne las uñas
sonrosadas y puntiagudas. En el silencio sólo oíamos las palpitaciones de
nuestras arterias.
220
— Más versos, más paso . . .— me dijo con expresión
acariciadora, acercando a mi mejilla ardiente la suya fría y aterciopelada y
embriagán dome con su olor a pan fresco y a claveles húmedos.
Le dije las
estrofas que pintan los grupos de palomas blancas sobre el altar de Cypris,
envueltas por el humo aromático del sacrificio y ale teando entre las rosas, y
se las dije en su lengua, mientras que le envolvía la muñeca en el collar que
le circuyó el brazo pálido, como una serpiente de luz, y comenzó a irradiar con
el brillo de sus centenares de facetas.
— ¿Cuántos años tienes? . . .— me preguntó de
repente, paseándome suavemente la mano blanca por los cabellos y por la barba.
. .— ¿Veinti séis? Yo, diez y ocho; él tiene cuarenta y dos. . . ¿Con quién
vives? . . .
¿Solo? . . . ¿Ni padre, ni madre, ni mujer, ni
hijos? ¿Nada? ¿Solo en ese hotel?. . . El otro día me detuve a ver la fachada
¿Es antigua, cierto? . . . Y majestuoso, majestic. ¿Y vives solo ahí? . . .
Vives como un príncipe. ¿Y no te da tristeza estar solo? . . . ¿Y qué haces? .
. .
¿Cómo gozarás de la vida, no? . . .
— No. Adoro la belleza y la fuerza, y escribo
versos de esos que sabes— le dije con tono triste y minténdole para acabar de
fascinarla.
— ¿Y recibes mujeres? . . .— me preguntó, riéndose
con una picardía deliciosa.
— No, porque no las encuentro tan bellas como
Nelly— le respondí envolviéndola en una mirada de deseo loco. Hacía ocho meses
que no daba un beso ni recibía una caricia.
— ¡Es imposible! ¡E irreal! It is irreal. . .
Júrame que eso es cierto— dijo con voz ahogada y hablándome al oído.
—Te lo juro. Yo quiero lo perfecto y no lo
encuentro. Lo demás me causa asco. Y cuando hallo una mujer de quien me enamoro
en una hora con todas mis fuerzas y a quien le suplico que conserve unas pobres
piedras para que se acuerde de mí, una a cuyos pies pasaría la vida arrodillado
y por cuyos besos daría mi alma, ella rehúsa mi amor y me tira a la cara el
regalo con que sueño hacerla feliz un minuto.
— No— dijo— ; Suéltame y espera. . .— Y se levantó
para dejar la salita.
— ¿Te vas Nelly? . . .
— Pero vuelvo en este momento, respondió levantando
el portier, que cayó tras de ella.
¡Será tuya, será tuya!, me gritaba por dentro la
voz de los llaneros. ¡Será tuya!”
— ¿Te gusto así?— me preguntó volviendo a sentarse
en mis rodillas en el ángulo del cuarto donde había más sombra y extendía sus
blandos cojines un diván turco, amplio como un lecho nupcial— . No me lo he
estrenado todavía. Míralo.
221
El corpiño de terciopelo negro de un traje de
baile, sujeto en los hombros por dos lazos, sobre uno de los cuales lucía el
ramo de gloxinias y de gardenias, dejaba ver las blancuras túrgidas del seno,
que ondulaba con rítimico movimiento bajo el hilo de platino animado de
luminosa vida, por la palpitación blanca, roja y azul de las pedrerías que se
irisaban en la media luz de crepúsculo. "¿Te gusto así?”— preguntó,
inclinándose para ver los diamantes y dejándome hundir la mirada en los tesoros
que ocultaba mal el terciopelo del corpiño.
—¡Si nos hubiéramos encontrado antes! Me voy mañana
para Nueva York, Fernández, mi poeta— comenzó, reclinando la cabeza en mi
hombro y envolviéndome el cuello con los brazos desnudos y fragantes.
!Si nos hubiéramos encontrado hace un mes! Tal vez
me habrías amado. . . Qué felices seríamos, ¿cierto?
— No seríamos más felices que ahora, Nelly, porque
te amo con toda mi alma. Pero no te irás mañana; te quedarás aquí y yo viviré
de rodillas, adivinándote los pensamientos.
— Me voy mañana por la mañana; tengo todo listo,
cerrados los baúles, tomado el pasaje. . . Esta tarde puse un cablegrama
avisándolo. Mi padre me espera por minutos. Pediré el divorcio al llegar y
viviré tranquila.
— Es un canalla, ¿no es cierto, amor mío? . . .— le
dije al oído— ; no te quiere y no te da las joyas que quieres. . . .
— Es un canalla, un brutal, y no me quiere. ¿Qué
importan las joyas? Tú me las das. . . Ya ves, y si no me las das, me dices
cosas dulces y deliciosas, ¿no es cierto?— contestó ciñendose a mí. . .— Me
llevo el collar. ¿Qué me pides en cambio?— dijo soltando los brazos y sujetán
dome las manos con las suyas—. ¿Qué me pides en cambio? . . .
— Yo nada; lo que quiero es que seas feliz un
minuto y que te acuerdes de mí. Dime que lo guardarás siempre y me iré dichoso
sin darte un solo beso.
— ¿Conque
quieres hacerme feliz
e irte? . . . El
collar es mío. . .
¿Aceptas un regalo que voy a hacerte? . . .— me
dijo al oído con una expresión de triunfo. . .— Yo también te voy a hacer un
regalo, pero inverosímil, digno de ti que eres poeta; un regalo que tú mismo
vas a creer que es un sueño. Yo también quiero hacerte feliz siendo feliz.
Quiero ser feliz una noche. No lo he sido nunca. Odio el tiempo. El tiempo es
una cosa estúpida, a stupid thing! . . . que sólo existe para el cuerpo— añadió
mirándome con la cara inspirada, como la de una pitonisa— . En mi tierra queremos
suprimirlo con la electricidad, con el vapor, con la inteligencia. Allá creamos
en una década ciudades más grandes que las de Europa, que tienen seis siglos, y
hemos hecho una civilización de doscientos años. El tiempo es una cosa estúpida
que se arrastra. Yo quiero suprimirlo en mi vida. . . ¿Entiendes? . . . Te amo,
222
Fernández. . . Me voy mañana. Otra se iría
llevándose su amor; yo, quiero dártelo; te amo— me suspiró al oído, besándome.
— Y Yo te adoro, Nelly— respondí buscando con
locura sus labios primero, y hundiendo luego la frente en el seno blando,
perfumado y fresco. . .
—No; déjame, déjame: aquí, no; llévame; ¿no vives
solo? . . .— articuló ceñida a mí y crispada por el deseo; iremos a pie, donde
quieras. . .
— Mi coche espera en la puerta. . . Ven— dije como
en un sueño, un instante después, en el vestíbulo, abrigándole los hombros
desnudos y apagando las luces.
De la noche sólo me quedan el recuerdo de su
belleza sonriente bajo las amplias cortinas de terciopelo de mi lecho, en la
alcoba alumbrada apenas por la lámpara bizantina de oscuro cristal rojo; la
impresión de tenaz frescura y el perfume de su cuerpo adolescente y el arrullo
de su voz al instarme para que fuera a los Estados Unidos. “Ven en el verano—
me decía— , John no estará allá. Nos encontrarás en New Port y te presentaré a
mi padre y a todos nuestros amigos. . . Buscaremos un lugar en donde vernos, un
cottage rodeado de árboles y de flores, y seré feliz. . . Si me ofreces venir,
no pido el divorcio; tolero lo de hoy a cambio de que estés tranquilo y me
ames. Júrame que irás. . . Bésame!”
Su delirio de goce frisaba a la altura del mío, y
la noche fue un solo beso, entrecortado por sollozos de voluptousidad.
— Todo ha sido irreal y adorable. . . Irreal and
lovely. . . Tú eres irreal y adorable. . . Te espero en junio en New Port— fue
la última frase, gritada desde la barandilla del enorme vapor que soltaba las
amarras y la negra columna de humo, ennegreciendo el cielo del Havre, hasta
donde fui a acompañarla.
Todavía tengo en los ojos su fina silueta envuelta
en el largo sobretodo gris de viaje, y la palpitación del pañuelito blanco que
agitaba al irse alejando el barco sobre las olas gris verdosas del Atlántico,
bajo un cielo nublado, plomizo y sombrío, como una alma llena de
remordimientos.
I 9 de septiembre.
Cinco meses sin haber escrito aquí una línea. Fue
un estímulo apenas la noche de 'delicias pasada con Nelly, una gota de licor
para el que agoniza de sed, sed non satiatal Me excitó, bebimos, me emborraché,
y ahora tengo en el alma el dejo que queda en el cuerpo después de una
borrachera. El baile tuvo por objeto deslumbrarlas, y de tal modo las
deslumbró, que cuando amaneció y las últimas notas de la orquesta vibraron en
la atmósfera de los salones impregnados de emanaciones humanas y del
melancólico perfume de las flores moribundas, ya había
223
besado las tres bocas codiciadas y obtenido de
ellas la promesa de las tres citas.
Suntuosa fiesta, al decir de los diarios
bulevarderos, que me fastidiaron con los detalles del lujo en ella desplegado
por le richissime americain don Joseph Fernández et Andrade. ¿Suntuosa fiesta?
No sé, pero, en todo caso, un poco más elegante y más artística que las que he
alcan zado a ver hasta hoy. Digo más artística, porque en los salones que
amueblaban y ornamentaban objetos dignos de figurar en cualquier nluseo, y en
el hall, decorado con éxoticas plantas y raras flores, se oyeron los penetrantes
sones del violín mágico de Sarasate, las quejas de la guitarra incomporable de
Jiménez Manjón y vibraron las cálidas notas, que al decir de Monteverde,
cuestan a libra esterlina cada una, de la voz del tenor a la moda. Digo más
elegante porque una parte del París frívolo y mundano, que por la tarde se
exhibe en la Avenida de las Acacias y se da cita, en las noches de estreno en
los grandes teatros, codeó en ella por unas horas al París artista y pensador,
que vive en cerrado en los talleres, en los gabinetes de experimentación o
doblado sobre las páginas que pasado mañana serán el libro a la moda. Según
decires, la concurrencia salió sorprendida de las exquisiteces de la mesa y la
calidad de los añejos licores. Un murmullo de aprobación corrió por las salas,
cuando al mariposear el cotillón agitando en ronda rítmica sus alas de cintas y
gasas, se repartieron los regalillos a los danzantes.
La impresión verdaderamente grata que tuve fue ver
mezclado lo más distinguido y simpático de la colonia hispanoamericana con lo
más lina judo y empigorotado del aristocrático barrio. Logré que los
compatriotas que honran la tierra con su ciencia, Serrano, el filólogo, y
Mendoza, el estadista, dejaran su encierro claustral para asomarse aquí por
unos instantes. Duquesas vejanconas de tantísimas campanillas y retumbante
nombre, cuyo origen remonta a la Roma de los Antoninos, paseáronse al brazo de
generales, ex-presidentes de nuestras repúblicas que osten taban uniformes más
de oro que de paño; hubo miembros del Jockey Club que le hiciera la corte a una
chicuela recién llegada, que tenía todavía, en los ojos el recuerdo del cielo
del trópico y en los oídos el rumor de la brisa entre los cafetales, y hasta se
divirtió el grupo donde lucían la calva de Manouvrier, el filósofo
espiritualista, las arrugas de Mortha, mi ex-profesor de arqueología egipcia, y
el monóculo del no velista psicólogo, autor de “Los Perfiles Femeninos”, que,
despreciando esa noche a las mujeres que preguntaban por él para hacerle la
corte, fue a esconderse entre aquellas anticuallas y a conversar con el doctor
Charvet, que me dijo, al pasar por cerca de él, golpeándome el hombro:
— Así se hace. Goce usted suavemente de la vida,
amigo mío; goce usted suavemente de la vida.
¿Qué me importó el éxito de la fiesta. . . si mi
lucidez de analista me hizo ver que para mis elegantes amigos europeos no
dejaré de
224
ser nunca el rastaqouere, que trata de codearse con
ellos empinándose sobre sus talegas de oro; y para mis compatriotas no dejaré
de ser un farolón que quería mostrarles hasta dónde ha logrado insinuarse en el
gran mundo parisiense y en la high life cosmopolita?
Eso no impidió que las tres mujeres concurrieran y
que mi plan se realizara.
¿Y eso qué me importa, si ninguna de las tres ha
podido darme lo que le pido al amor, y sólo me queda hoy el orgullo de haber
seducido en unas horas a las tres bellezas de quien nadie se atrevería a
sospechar y que la concurrencia entera designó como las tres reinas de la
fiesta?
¿Y eso qué me importa, si yo no vivo para los
demás, sino para mí mismo, y si ese triunfo no me satisface, porque sé que tal
vez ellas mismas ignoran las razones que tuvo cada una para entregárseme y para
colmarme de caricias locas? . . .
¿Y qué me importan esas ideas sobre el amor, ni qué
me importa nada, si lo que sientro dentro de mí es el cansancio y el desprecio
por todo, el mortal dejo, el spleen horrible, el tedium vitae que, como un
monstruo interior cuya hambre no alcanzara a saciarse con el universo, comienza
a devorarme el alma?. . .
¡Vosotros conocisteis ese mal sin nombre y sin
remedio, patricios ro manos que, hartos de los goces de la carne, ahitos de
las declamaciones de los filósofos y de los versos de los poetas y de las
creaciones del arte heleno y latino, abandonábais los triclinios de marfil
recubiertos de púr pura, sobre los cuales caían en lluvia las aromosas
esencias y las rosas de Poestum, tirábais al suelo la áurea copa cincelada,
llena de vino de Chypre, y la corona de rosas que os ceñía la frente y,
despreciando la sensual delicia que os brindaba la cortesana desnuda a vuestro
lado, corríais a buscar en la despreciada enseñanza de los rudos discípulos del
Nazareno, en la práctica de la pobreza y de la humildad, una fe nueva y una
esperanza sublime que os hiciera cambiar de vida, abrazaros a la cruz, desafiar
las iras del Emperador y, transfigurados por el éxtasis, ir a esperar la hora
de la muerte bajo las garras de los leones, sobre la arena ensangrentada del
circo!
¡Ah! sí, eso fue entonces. En nuestra época
mediocre y ruin no queda camino abierto para las almas del temple de las
vuestras, que sienten lo que sentisteis. Lo sublime ha huido de la tierra. La
fe ciega que en su regazo de sombra les ofrecía una almohada donde descansar
las cabezas a los cansados de la vida, ha desaparecido del universo. El ojo
humano, al aplicarlo al lente del microscopio que investiga lo infinitesimal y
al lente del enorme telescopio que, vuelto hacia la altura, le revela el cielo,
ha encontrado, arriba y abajo, en el átomo y en la inconmensurable nebu losa,
una sola materia, sujeta a las mismas leyes que nada tienen que ver con la
suerte de los humanos. Sutiles exégetas y concienzudos comenta dores
estudiaron los viejos textos sagrados y los analizaron descubriendo
225
en ellos no las palabras, que son el camino, la
verdad y la vida, sino las sabias prescripciones de los civilizadores de las
naciones primitivas y la leyenda forjada por un pueblo de poetas. El cadáver
del Redentor de los hombres yace en el sepulcro de la incredulidad, sobre cuya
piedra el alma humana llora, como lloró la Magdalena sobre el otro sepulcro.
“Padre nuestro que estás en los cielos, santificado
sea tu nombre. . . ”. La oración que la santa de las guedejas de plata me
enseñó de rodillas apenas podía balbucearla, viene a mis labios de hombre y no
la puedo rezar. ¡Tú estás vacío, oh, cielo, hacia donde suben las oraciones y
los sacrificios!
Neomisticismo de Tolstoi, teosofismo occidental de
las duquesas chi fladas, magia blanca del magnífico poeta cabelludo, de quien
París se ríe; budismo de los elegantes que usan monóculo y tiran florete; culto
a lo divino, de los filósofos que destruyeron la ciencia; culto del yo, inven
tado por los literatos aburridos de la literatura; espiritismo que crees en las
mesas que bailan y en los espíritus que dan golpeciíos; grotescas reli giones
del fin del siglo diez y nueve, asquerosas parodias, plagios de los antiguos
cultos, ¡dejad que un hijo del siglo, al agonizar de éste, os en vuelva en una
sola carcajada de desprecio y os escupa a la cara!
Es esa hambre de certidumbres, esa sed de lo
absoluto y de lo supremo, esa tendencia de mi espíritu hacia lo alto, lo que he
venido engañando con mis aventuras amorosas, como engañaba mi sed de éstas con
las ju garretas de las últimas noches de castidad. Pero el hambre de creer no
hay con qué saciarla que no sea con la creencia misma. . . ¿Y en qué creerás,
alma mía, alma melancólica y ardiente, si los hombres son ese miserable tropel
que se agita, cometiendo infamias, buscando el oro, engañando a las mujeres,
burlándose de lo grande, y si ya murieron los dioses?
Quizás el Amor tuvo sabores acres y extáticos que
pudieran reemplazar a la fe. El de lo místico vino en las rudas épocas
medioevales, y en la expansión grandiosa de pasiones que fue del Renacimiento.
Amar tem blando, porque al través de la puerta de la alcoba, tibia y perfumada
por los besos, se oía el ruido de los pasos y de las armas de los matones
enviados por el marido, que subían a vengar la afrenta; amar orando, porque la
Dama revestía aspecto de Madona; amar sin satisfacer el amor e inmortalizando el
nombre de Ella en canciones o en estatuas; ser Ben-venuto Cellini o Godofredo,
Alighieri, Petrarca o Miguel Angel, cuando Ellas se llamaban Beatriz Portinari,
Laura o Vittoria Colonna, fue em presa de hombres, pero hoy, en estas
sociedades decrépitas — en que el adulterio es fácil y practicable sin peligro,
como un sport, en que la vida de la mujer es toda entera una lenta y gradual
preparación para la caída y en que los maridos vienen a visitar al afortunado
para pedirle favores— es miseria indigna de un hombre.
226
Tal vez mi misantropía me lleva a juzgar a esos
infelices engañados peor de lo que merecen. Habrán creído que lo que vieron la
noche del baile fue un flirt sin consecuencia y explotable para ellos gracias a
mi juventud y a mi dinero; pero lo cierto es que las circunstancias se han
enlazado de tan extraño modo, que se necesitaría benevolencia de santo para no
juzgarlos como los juzgo, por lo menos como unos imbéciles.
— Oye, Pepillo — me dijo el amigo Rivas, usando el
antipático nom bre con que me llama— ; vengo a pedirte un favor que sólo tú
puedes hacerme.
— Estoy a tus órdenes —le respondí, creyendo que se
trataba de un duelo en que debía acompañarlo como testigo, y sorprendido de
oírlo hablar así. . . —¿Tomas café?. . . — añadí, ofreciéndole, porque tomaba
el mío, acabando de comer en el cuarto de fumar, cuando entró como un huracán,
y con aire agitado y la respiración anhelante.
—No, no tomo; me pone vervioso. Oye, Pepe: vas a
hacer un servi-ciazo, de eso que sólo a un amigo íntimo se le pueden pedir. No
me lo niegas, ¿eh? — añadió, entrecortado— ; júrame que no me lo niegas.
— Si te digo que estoy a tus órdenes.
— ¿Con que dejas de ir a Fausto para ayudarme? ¿No
tienes plan para esta noche?. . . Bien, ¡cómo te lo agradezco! Pues, mira:
tenemos cuatro
— Amorteguí, Rodríguez, Saavedra y yo— una cena con
cuatro mujeres, pero de lo fino, ¿oyes?. . . cuatro horizontales que te
quedarías bobo si te dijera los nombres. . . cuatro de lo bueno, ¡suponte la
que se me atraviesa! Consuelo está indispuesta y no tengo quién me la acompañe
y me da pena dejarla sola. Ya ves. . . Y eso de quedarse uno conversando con su
mujer, porque ella se siente débil y de acostarse a las once, des pués de
tomar el té, cuando tiene entre manos una cena con cuatro tipos como Rodríguez
y con cuatro mujeres así, de lo fino. . . No, si estaba desesperado. A fuerza
de cavilar mientras comíamos, se me ocurrió la cosa, ¿no ves?. . . Yo me vuelvo
a casa, porque le dije que salía por un momento; entra tú de visita y te haces
el afanado; me dices que Amor teguí me estaba buscando con urgencia en el
boulevard, porque tiene que hablar conmigo esta noche de un negocio. ¡Te juro
que es ella la que me hace salir! Me voy y tú me la acompañas hasta lo más
tarde posible, ¿no? para que no caiga en la cuenta de la hora a que vuelvo, si
se desvela, como le sucede casi todas las noches. ¿Qué tal el plan, eh? ¿Cómo
te parece mi combinación? ¿Admirable, cierto?. . . ¿Me ayu das . . . ?
— Admirable. . . —le dije— . De mil amores; me
tienes allá dentro de media hora a lo sumo — y salió hecho unas pascuas,
retorciéndose los bigotes y sintiéndose un Maquiavelo.
— ¿Qué primor me trae usted ahí?. . . — me preguntó
la dejativa y lánguida criatura, cuando después de salir el otro, nos quedamos
solos en el cuartico donde recibe a sus íntimos— . ¿Alguna de esas cosas que
227
sólo usted encuentra?. . . — dijo para disimular la
turbación en que estaba al sentirse sola conmigo después del beso delicioso
cambiado en el fondo del invernáculo desierto donde me la llevé por unos
segundos la noche del baile, y de los juramentos de amor que lo acomañé.
— ¿Qué primor me trae, José?. . . ¿Flores? ¡Dios
mío, flores de las rosadas de las de Guaimis!. . . Las mismas — dijo toda
trémula, como acariciando con los ojos el ramo de orquídeas que se había puesto
en las rodillas, y que acababa yo de formar en el invernadero al salir de casa.
. . — ¡Dios mío!!. . . ¿y dónde consigue usted flores de nuestra tierra en
París, José?
— En casa, Consuelo —le dije, sentándome a su lado,
sobre la misma turquesa de donde se había levantado al verme entrar unos
momentos antes— . En casa, Consuelo. . . Desde una tarde, hace nueve años,
tengo siempre, esté donde estuviere, unas plantas que cuido mucho para que den
flores de esas. . . desde hace nueve años y desde una tarde — dije, mirándola,
para ver el efecto de la sugestiva frase que había estudiado desde el momento
en que el astuto Rivas me contó su plan en el cuarto de fumar.
Se puso pálida, más pálida que lo está siempre; le
temblaron las manos y los labios, y bajó los ojos al suelo.
Nueve años antes, casi niños ella y yo, una tarde
deliciosa, una tarde del trópico, de esas que convidan a soñar y a amar con el
aroma de las brisas tibias y la frescura que cae del cielo, sonrosado por el
cre púsculo, volvíamos por un camino estrecho, sombreado de corpulentos
árboles y encerrado por la maleza, al pueblecillo donde salía a veranear su
familia. Nos habíamos adelantado al grupo de paseantes. Yo, diciéndole que la
adoraba, recitándole estrofas del Idilio, de Núñez de Arce, y sintiéndome el Pablo
de aquella Virginia vestida de muselina blanca, que apoyaba su bracito en el
mío.
— Quiero flores de esas — me dijo, mostrándome un
ramo de pará sitas rosadas que colgaban de la rama de un arbusto, y al
entregárselas, en la semioscuridad del camino, donde el aire era tibio y
volaban las luciérnagas y aromaban los naranjos en flor, la cogí en mis brazos
y la besé con todo el ardor de mis diez y ocho años, y ella me devolvió los
idílicos besos con su boca virgen y fresca.
— Son flores de Guaimis, Consuelo — le dije. . . —.
Desde esa tarde tengo siempre plantas de esas en casa para respirar en su olor
el beso de entonces, que ha sido el minuto más feliz de mi vida. Desde entonces
hasta la noche en que, viviendo ya aquí, supe que usted se había casado con
Rivas, no ha habido un solo día en que no piense en usted con la misma ternura.
Si su padre no se hubiera reído entonces de mi amor, porque era yo un niño, y
no me hubiera prohibido volver a su casa, como lo hizo ¡qué feliz hubiera sido
y qué distinta mi suerte! Entonces me amó usted, no me lo niegue; déjeme creer
que fue así; después me
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olvidó. Ojalá hubiera hecho yo lo mismo. Antes de
anoche, al verla a usted en casa, entre las verduras del invernáculo, con ese
vestido de muselina blanca que la hacía parecida a la que me hizo feliz con su
cariño de niña, y al sentirme cerca de usted, me olvidé de todo, me sentí el de
entonces, sentí por usted el mismo amor de ese instante, aumentado por nueve
años de pensar en usted, y tuve la audacia de robarle un beso, que fue un
éxtasis. . . Ahora vengo a pedirle a usted perdón, Consuelo, por esa audacia
sin nombre, y se lo pido en nombre de nuestro amor de niños, y de rodillas. . .
Consuelo: ¿me perdona? — continué, ya arro dillado, al pie de ella y besándole
las manos, que me abandonaba, iner tes— . ¿Usted, con toda su dulzura, no le
podrá perdonar a un hombre que la ha adorado toda su vida y que no hace más que
soñar con usted, que le hable así, porque no puede callar por más tiempo? Dime
— añadí, volviendo al tuteo delicioso que usábamos
cuando niños— , dime, Consuelo: ¿no ves que te adoro con toda mi alma? ¿no
compren diste que la fiesta de la otra noche no tuvo más objeto que verte en
casa, que sentirte cerca unos minutos, que sentir tus manos en las mías? ¿no
sientes que estas flores tienen el mismo olor de nuestras flores del Guai-m
is?. . . Respíralas: ¿no les sientes el olor del beso de entonces?. . .
Ya la tenía en mis brazos, envuelta, fascinada,
subyugada por mi comedia de sentimentalismo, que se transformó dentro de mí en
sensual delirio al sentir que me devolvía los besos que le daba, y al oírla
decirme: “La otra noche me iba muriendo en el invernáculo cuando me besaste. Yo
no he hecho más que pensar en tí desde entonces. Si me casé, fue por venir a
París y verte. Yo nunca le he dado un beso a Rivas. Júrame que me adoras,
porque me parece un sueño oírtelo decir. . . ¡José! ¡José! ¡Por Dios! Pero esto
es un crimen adorarnos así; un crimen espantoso siendo yo su mujer”.
— No, no es un crimen, mi amor; sería un crimen si
él te quisiera, si no fuera quien es, si no se hubiera casado contigo por tu
fortuna, si no te abandonara como te abandona, si yo no te adorara así.
Consuelo, ¿no es cierto que es una locura que me quede aquí un segundo más
— dije, dominándome para lograr la promesa que
buscaba— , cuando pue de volver de un momento a otro y sorprender algo en
nuestras caras de la delicia que han sido estos momentos? ¿No es cierto que es
una locura, cuando mañana podemos pasar horas enteras juntos, donde no tengamos
que temer, en casa, donde haremos de cuenta que no estamos en París y
respiraremos en el invernáculo el olor de nuestros bosques?. . . ¿Qué?
—insistí al oír la respuesta— . ¿Qué? ¿Te da miedo
ir? ¿Y no te acuerdas de que estamos en París, donde nadie mira a nadie y de
que vivimos a dos pasos?. . . ¿Alguna vez ha venido Rivas a medio día, mientras
andas tú por los almacenes, o te pregunta dónde has estado? Podemos pasar
juntos seis horas, que valdrán para mí por seis años de felicidad. . . ¿Me
tienes miedo?. . . ¿No sabes que mi amor es tan puro como lo era enton
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ces, que me basta verte, oírte para ser felrz y que
no te daré un beso si no quieres?. . .
vino y fue
mía; y después ha venido dos veces, sin pedírselo casi, porque ha querido,
porque necesita caricias como necesita respirar, y porque el otro, el hombre
astuto de las maquiavélicas combinaciones, anda cenando con sus horizontales,
que le están comiendo medio lado, y tiene abandonada esa flor de sensualidad y
de inocencia, que se pasa muchos días y muchas noches sola, porque no tiene
casi relaciones en París.
Con otras armas cayó la otra, la rubia baronesa
alemana, que tiene la carnadura dorada de las Venus del Ticiano y está exenta
de todo prejuicio, según dice ella, la lectora de Hauptman y de Germán Bahr.
Con esa afecté frialdad absoluta la noche del baile y me limité a hablarle en
alemán y referirle con sencillez el duelo con su pariente el Secretario de
Embajada, y a hacerla confidente de mi desprecio por los hombres. Creyéndome de
mármol, mientras paseábamos juntos por las salas, em prendió una conversación
destinada probablemente a cerciorarse de mis escasas facultades amatorias y a
escandalizarme con el desprecio profun do que manifestaba por todas las
conveniencias sociales y todas las ideas corrientes sobre moral. La dejé hablar
largamente. La oía como si no la entendiera, sin contestarle más que, lo
necesario, para que siguiera ha blando, y clavándole los ojos en el seno de
Juno, medio desnudo de un corpiño de terciopelo verde oscuro, sobre el cual
esplendían magníficos diamantes, y en los labios rojos como una fresa madura.
Clavaba ella los ojos en mí, como buscando el efecto de sus frases audaces y de
su belleza majestuosa, y se sonreía con una sonrisa de desafío al verme
palidecer por instantes, al crecer dentro de mí la tentación que me estaba crispando
los nervios.
—Todas esas son teorías, señora; teorías y nada
más. Usted en la práctica es una puritana rígida y respeta hasta los más
estúpidos lazos con que nos sujeta la sociedad. Si usted viviera de veras, más
allá del bien y del mal, como dice Nietzsche, sería otra cosa; pero no es así.
Si yo le diera a usted un beso ahora — dije, haciéndola sentarse en un
saloncito donde no había nadie— usted haría que su marido me mandara un par de
testigos; y si la invitara a comer sola conmigo mañana, a las siete de la noche,
no volvería a contestarme el saludo.
— Haga usted el ensayo — me respondió, llevando su
audacia y mi excitación al paroxismo y valiéndose de una frase que lo envolvía
todo.
La besé frenéticamente, y acudió a la cita al día
siguiente por la tarde.
— Lo que me ha fascinado en usted, decía al salir
de casa, es su desprecio por la moral corriente. Los dos nacimos para
entendernos. Usted es el sobrenombre, el Uehermensch con que yo soñaba.
Con la Musellaro fue otra historia. So pretexto de
amor al arte pagano y de mi entusiasmo por los poetas modernos de Italia,
habíamos tenido
230
en los últimos tiempos conversaciones
indeciblemente libertinas. La iba a ver desde tres meses antes, los martes por
la noche, en que recibe en su casa la flor y nata de los condes y marqueses
arruinados y de los pintores y músicos de la colonia. Me había recitado los más
ardientes poemas en que D’Annunzio canta las glorias de la carne, con voz
ligeramente ronca y velada, medio cerrados los oscuros ojos que, con la mate
blancura de la piel, lo puro del perfil y lo espeso de la cabellera negra,
hacen soñar con una romana de los tiempos del Imperio; me había oído decirle
cosas sin nombre, sin ruborizarse. Sus formas esculturales y sus ademanes de
reina atraían las miradas masculinas la noche del baile. Por haber venido
varias veces a casa, con el marido, a ver mis colecciones de medallas, de
camafeo y de piedras grabadas, se sentía como en la suya y hacía los honores.
Esa noche emanaba de ella un tibio olor de Chrypre, que, con fundido con el de
su cuerpo, la envolvía, al bailar, como en una atmós fera espesa de
voluptuosidad. En los brazos redondos y de ideal blancura, sobre el descote
cortado en cuadro y sobre los negros cabellos ondeados y brillantes, ardían los
rubíes sangrientos, que tenían el mismo matiz de la opaca seda del traje,
bordado de argentadas pasamanerías, que llevaba puesto.
— Julia — le dije llevándola hacia el rincón donde
una copia de la Venus de Milo destaca sus blancuras de mármol sobre la pesada
cortina del fondo— esta noche la belleza de usted embriaga, como embriagaría un
vino de Salerno, bebido en copa de oro. Si usted pudiera verse con unos ojos de
hombre, se enamoraría de usted misma. Sueña uno al verla a usted con no vivir
en este siglo dejativo y triste, en que hasta el placer se mide y se tasa, sino
en la época de los Borgias; provoca verla presidiendo una orgía de príncipes,
en que el sabor de los besos se mez clara con el del veneno.
—Usted sueña en eso porque tiene músculos de jayán
y nervios de artista del Renacimiento; a todos estos parisienses les parezco
vulgar, de fijo; para ellos la distinción consiste en ser flaca y pálida. Los
dos debe ríamos ser más íntimos, porque nos parecemos mucho; ambos somos pa
ganos — me dijo, quemándome con sus miradas de fuego y mareándome con su olor
perverso y sugestivo.
— Esa intimidad depende de usted. Si usted viniera
a verme el jueves por la mañana, nos sentiríamos paganos hasta las medulas de
los huesos; le leería unos versos y le mostraría unas aguafuertes de Felicien
Rops, que usted no conoce, porque son dignas del Museo Secreto de Nápoles. . .
— Si estoy loca por verlas" — me dijo, con la
cara iluminada por la alegría y estrechándome el brazo contra el seno de diosa—
. Vendré a las ocho. Musellaro no se levanta nunca antes de las doce.
un beso
selló el tácito pacto que contenían aquellas frases; un beso dado detrás de la
cortina a que le volvían las espaldas los concurrentes,
231
empeñados en ver a Sarasate, que se levantaba para
comenzar a tocar el violín, al que le arrancaba misteriosos quejidos.
¿Donjuanismo? ¿Seducción? . . . Respecto de
Consuelo, tal vez, en quien toqué las más ocultas fibras del sentimiento al
recordarle nuestros infantiles y dulcísimos amores; no con las otras dos,
viciosas, colecciona doras de sensaciones, aleccionadas por quién sabré qué
predecesores míos, corrompidas por el arte y la literatura y empeñadas cada una
de ellas en ver en mí el personaje que les han mostrado como ideal los librejos
ponzoñosos que han leído sin entenderlos, ¿Seducción? No, si nadie seduce a nadie.
. . Si es la idea del placer la que nos seduce. . . Tan ardiente era el deseo
en ellas como en mí; dentro de unos años no recordarán la aventura, y si la
recuerdan, les parecerá a ambas tan inocente como me parece a mí ahora.
¿Y esto llaman crimen los moralistas severos, que
predican su moral en dramas de tres actos? ¿Crimen? ¡Halagar a una mujer,
idealizarle el vicio, ponerle al frente un espejo donde se mire más bella de lo
que es, hacerla gozar de la vida por unas horas y quedarse sintiendo desprecio
por ella, asco de sí mismo, odio por la grotesca parodia del amor y ganas de
algo blanco, como una cima de ventisquero, para quitarse del alma el olor y el
sabor de la carne!
Musellaro me llamó la otra noche en el Círculo,
donde le habían limpiado los bolsillos la víspera, y con mil zalamerías
serviles y poniendo por las cumbres mis conocimientos de arte, me habló de un
cofrecito de plata, cincelado por Pollaiuolo, que vendía un amigo suyo en Flo
rencia.
— Vale siete mil francos — me dijo— . Al momento en
que supe que lo vendían, pensé en avisárselo a usted, seguro de que se quedará
con él. Mi amigo no quiere que se sepa su nombre. Es un objeto que ha
pertenecido a su familia desde hace trescientos años, y del cual se des
prende, obligado por las circunstancias. Usted sabe cómo van las cosas en
Italia.
— De sobra. Telegrafíele usted a primera hora
diciéndole que lo ha colocado y que me lo envíe —le respondí— . Le enviaré a
usted el cheque mañana mismo.
¡Me río del cofre cincelado por Pollaiulo! Recibiré
algún chirimbolo recién salido del molde. ¡Lo que va a reírse de mí el
afortunado marido de la admiradora de Petronio!
El de Olga, el barón alemán delgaducho y triste,
que tiene la manía de las estampillas de correo y Jas colecciona con entusiasmo
de colegial, acaba de salir de aquí para pedirme un favor especial. Quiere el
Busto del Libertador, una condecoración que da el Gobierno de Venezuela, y al
efecto desea que hable con el simpático mozo autor de Espirales de humo, que
representa a aquella nación en París y con quien sabe que me ligan relaciones
de amistad. Dentro de unas semanas tendrá su
232
medalla y se la colgará al uniforme para que luzca
al lado de las siete con que lo engalana al llevarlo, y recibirá una estampilla
de mi colección.
— ¿Siempre ha sido así, no es cierto? preguntó
volviendo a mirarla, como fastidiado por mi solicitud.
— Siempre le contestó, tendida en la otomana y
envuelta en los plie gues de la rosada bata de seda floja que huele a
heliotropo blanco. . .
— Siempre— le contestó, sonriendo, con su dulzura
de moribunda.
— También es que no quiere salir; mira, Pepillo: tú
que estás deso cupado, paséala; a mi los negocios no me dejan un minuto libre;
si lo tuviera, lo haría. Tú que sabes tanto de cuadros y de estatuas, llévamela
a los museos; yo no tengo tiempo. ¿Por qué no vas aí Louvre mañana con
Fernández? —le preguntó. . . — ¿No decías que tenías ganar de ir?
— ¿Iremos, no, José? Es que cuando una no está
acostumbrada a la vida de Europa, no se le ocurre salir con un amigo, cierto?.
. . —Y los ojos árabes me miraban con delicia, y la cabeza, recostada sobre los
cojines blandos de la otomana, me ofrecía millones de besos para el día
siguiente.
— Es que las mujeres no malician lo que lo absorben
a uno los nego cios —continuó el otro— . Tú que sabes la complicación de los
míos, suponte si tendré tiempo para pasearla y distraerla como querría. . .
¿Y sí lo tienes para jugar billar y bacarat en el
club y para pasarte las semanas enteras con tus famosos horizontales e ir a
cenar con ellas, grandísimo tarambana? — pensaba yo entre mí al oírlo.
— ¿De modo, Paco, que me autorizas formalmente para
pasearla y distraerla? —le pregunté con una frialdad de viejo de setenta años.
— Le vengo suplicando desde que llegó, que salga a
conocer a París, ¡y maldito el caso que me hace!
— Oiga usted, Consuelo: su marido me la entrega
para que la haga pasear y la distraiga; después usted no alegue que no le ha
dado permiso para ir a tal o cual parte.
— No, llévala a donde quieras; ve con Fernández a
donde te lleve, ¿oyes? . . . ¡Ah! las diez— dijo, sacando el reloj — ; tengo
que salir; tú me excusas, ¿cierto? Tengo una cita con Amorteguí para un negocio
importante.
Dizque al día siguiente le preguntó ella que si no
hablarían los que nos conocen al vernos juntos en mi coche, y le dijo él
soltando la car cajada :
— No; si a Fernández lo conocen todos. . . ¿Tú
sabes cómo lo llaman? El Casto José. No te afanes por lo que digan, que no
dirán nada. . .
¡Y me lo contaba ella, riéndose con la boca carnuda
y deliciosa, recostada en uno de los divanes de mi biblioteca! “Me voy a pasar
contigo los días enteros, si quieres— me decía—, para que me consientas
233
y me quieras; si no, me muero. . . Estoy muy
enferma ¿sabes? Tengo fiebrecita todas las noches, desde hace un año, desde que
vine. No estudies tanto— agregaba viendo los atlas, las cartas geográficas, los
gruesos volúmenes abiertos sobre las mesas y los estantes enormes de la
biblioteca— ; te matas si sigues estudiando así. Mira: vas a descansar
paseándome; desde mañana le echo llave a este cuarto de viejo y comen zamos
nuestras excursiones”
Dicho y echo. Como no quería que la vieran conmigo,
los sitios predilectos fueron los alrededores de París, los pueblecitos rientes
y llenos de verdura, las salas de los museos, las iglesias más distantes del
centro.
— Cluny no me gusta; hay allí tanto vejestorio, y
aquello huele a sacristía; lo que me encanta es el Luxemburgo, que tiene
cuadros nuevos, y esos jardines tan lindos, cerca. ¿Y esto es lo que ponderan?—
me preguntaba, viendo los arcos de piedra renegrida y las misteriosas es
culturas de las torres de Nuestra Señora— . ¡Cuánto más linda San Francisco,
que es nueva y tiene tantos dorados! Yo comencé una vez a leer una novela que
se llama como esta iglesia, y no seguí porque no entendía nada. ¿Tú has oído
hablar de ella? . . . Creo que es de Dumas.
Resucitó con mi amor. Dio en no querer que
saliéramos y se pasaba los días envuelta en la rosada bata de seda floja,
viendo dibujos a la sanguínea, aguafuertes, grabados en acero y acuarelas de
los que guar dan mis cartones; examinando los camafeos uno por uno. “Mira esta
pintura”, me decía, mostrándomela y paseando por las salas desiertas sus
miradas curiosas y la languidez dejativa y rítmica de su cuerpo delicioso, que
ondula como las palmas de nuestra tierra, al soplo del viento del mar. ¿Hacerla
comer algo que la alimentara? . . . No; golo sinas y frutas, pastelillos
rellenos de confituras, confites, caramelos y almendras de la casa Boissier y
albérchigos y uvas moscateles, que des trozaba con sus dientes de azulosa
blancura.
— Te vas a morir de anemia, Consuelo— le dije una
mañana, en que, sentados ambos en el comedor, no quería probar una ala de pollo
que le ofrecía, suplicándole.
— Pero si tú sabes que nunca como carne. Dame café
negro; eso sí, y una copita de marrasquino— continuó tendiéndome la taza de
Sevres y la frágil copa en forma de lirio—. Dime: ¿a que tú no has pensado en
esto? ¿qué tienen aquí que sea tan bueno como lo que tenemos nosotros allá?
Mira el café, el chocolate, las piñas, la vainilla, las esmeraldas, el oro—
todo eso, que es lo mejor, viene de nuestra tierra. ¿Te acuerdas de las piñas
del Guaimis? . . . Se las manda coger uno a los negros, y se las traen por montones.
. . ¡Aquí sólo las comen los millonarios, los príncipes! . . . ¿De qué te
ríes?— me preguntó, seria, al ver la sonrisa que no pude contener al oírla. . .
234
— De pensar que a las mujeres que nacen allá no las
consiguen ni los príncipes— le dije, aludiendo a la carcajada que le soltó al
de Pontavento la noche del baile en que quiso besarle una mano.
— No, esas son para los que las conocen desde que
nacieron y las consienten como tú a mí. Estas de aquí serán más lindas y más
ele gantes— dijo, pero no saben querer. Aquí nadie quiere a nadie. ¿Sabes tú
lo que a mí me parecen las parisienses?. . . Muñecas vivas. . . — añadió,
soltando una carcajada— . ¿Tú crees que alguna de esas es capaz de querer como
queremos nosotras?
Así se han ido tres meses casi, en diálogos de
esos, en siestas dor midas en las dos hamacas, que hice colocar entre las
palmas del in vernáculo, en paseos de que volvíamos con los ojos llenos del
color y el olor del campo, donde pasábamos las mañanas en rasguear una ban
dola que tenía yo en mi escritorio como adorno, y hacer sonar en el aire de
París las dejativas canciones de la tierra donde nacimos. . . Le he ofrecido ir
a San Sebastian y a Biarritz, para donde se la llevó Paco a ver toros.
— Oye: allá oiremos siquiera hablar español y no me
llamarán Ma-dame. Vamos a estar felices; vendrás, ¿cierto?
— ¡Me la has curado, Pepillo! Mírala cómo está de
rosada y de gorda. . . Han sido los paseos contigo. No se cómo agradecértelo.
Si vieras el buen humor que tiene ahora. Antes vivía suspirando. Ven
a San Sebastian y allá completarás la obra. ¿Te
esperamos precisamente? Instale tú, Consuelo— le decía el marido esta mañana,
al dejarlos en la estación, donde cruzamos la última mirada, y le estreché la
mano que no volveré a sentir en las mías por mucho tiempo, porque, cansado de
besos, de mimos, de enervamientos y de lascivias, me iré dentro de tres semanas
a Nueva York a ver si los negocios a la americana y el hard work me curan del
mal de vivir y del asco de la vida que estoy sintiendo. . .
18 de
septiembre.
¡Y no me he ido! Si vuelve, le cerraré brutalmente
la puerta y haré que alguien le sugiera al marido que no la deje salir sola,
porque corre peligro de que se rían de él, si siguen viéndola conmigo. Desde su
ida me he consagrado a revisar mi plan concebido en Suiza en el verano pasado,
en los días en que viví en el picacho abrupto donde no llegaba ni el ruido de
la canallería humana. Tranquilos los sentidos por los excesos de los meses
pasados, he vuelto a vivir la vida verdadera y a sentir que me renacen las alas
que me habían cortado las tres Dalilas, la lectora de Nietzche, la sensual
romana y mi sentimental y perezosa amiga, que no ha leído, a Dios gracias,
ningún libro que le haya quitado del alma el perfume de sencillez que la hace
adorable.
235
¡Es una almita cerrada, inconsciente y fresca, que
guarda todo su olor a montaña y a nido y a rosas como las parásitas del
Guaimis, como las orquídeas rosadas que le di la tarde en que la besé por
primera vez!
I? de octubre.
Camilo Monteverde, mi primo hermano, que está en
París ahora, y yo, no hablamos nunca de arte. En literatura se quedó en el
naturalismo de Zola, que es para él la fórmula suprema. Sabe que lo considero
de cuarto orden como escultor, a pesar de la fama de que disfruta en mi tierra,
y no entiende mis versos, según confesión propia. “Eso es música del porvenir,
puro Wagner. . .— me dice cuando lee algo mío— . Para mí el primer poeta
contemporáneo de España es Campoamor. . . ese es claro y lo entiendo. . .”
No hablamos de arte nunca. Hablamos de nosotros
mismos o, mejor dicho, me habla él de él y de mí, dada la especie de pudor que
me me impide dejarle ver ciertos modos de sentir míos, de que se reiría. En
cambio, exagera él un poco su cinismo: cuando me hace confiden cias, toma la
pose canaille, que diría un pintor, y me exhibe un personaje muy diferente del
que conoce el público y muy parecido al que describe Luis Montes, que lo
desprecia y lo odia con todas sus fuerzas y no le reconoce ni aún sus más positivos
méritos.
— ¿Tú siempre cazando el pájaro azul?— me decía
antier en el cuarto de fumar— . Voy mil dólares de apuesta a que estás
enamorado platónicamente y a que todo lo que he visto en tu casa lo has
comprado y lo has pagado.
— No conozco otro modo de hacerse uno a lo que
desea— le dije— . ¿Tú has encontrado otro?
—Ya lo creo; se lo hace uno regalar o se lo lleva.
Aquí en París debe ser difícil el procedimiento mío; pero en mi tierra me ha
surtido resultado completo. Todos los tapices, los muebles antiguos, las armas
y los cuadros que tengo han salido de los conventos y de las iglesias. ¿Cómo?—
me dirás tú—. Pues haciendo tales bajezas para tenerlos; diciendo tales cosas
respecto de ellos, que el dueño o la dueña, viejo que le conoció a uno de
muchacho, o muchacho que lo admira y quiere tenerlo contento, a las pocas vueltas
manda la pintura, el broncecito, el objeto histórico, diciéndose: “Esto aquí no
luce mayor cosa y en cambio Monteverde contará que es regalo mío. . .”. ¿Es que
tú no eres práctico? . . . — continuó después de un silencio y como pensando en
alta voz— . Tú te entusiasmas con las cosas, te enamoras de las mujeres, haces
locuras por ellas, tienes la manía de trabajar y de saber. ¿Qué ha sido hasta
ahora tu vida? . . . Una cacería al pájaro azul. . . Mira: el secreto es, con
el menor esfuerzo posible, lograr el mayor resultado
236
posible, sin moverse casi y a punta de imbecilidad
de los otros y de las otras, de adulaciones de uno a los que no las esperan y
de insolencia con los que las esperan. Así, comienza a lloverle a uno todo del
cielo, amigos, fama, dinero y mujeres. ¡Mujeres! siguió en su monólogo, apu
rando a tragos largos una copa grande de whisky que se había servido— ;
¡mujeres! todas incoherentes: Jorge Sand y Cora Pearl, Sarah Bern-harth y Juana
de Arco; ¡todas deliciosas, todas asquerosas, y todas mujeres! ¿Tú conoces la
taberna de Rousselot en Montmartre? . . . ¡Qué vas tú a ir allá! . . . ¡Tú, el
soñador de aristocráticos idealismos! . . .
— ¿Y por qué me preguntas si la conozco?— le
pregunté sonriéndome...
— Porque antes de anoche me encontré ahí una
maravilla, una de las muchachas que venden la cerveza. Es deliciosamente
estúpida y es túpidamente deliciosa. Tú no entiendes de eso. Tú vas soñando
siempre en alguna Dulcinea, como el caballero de la triste figura; yo soy más
práctico. . . Los dos somos del mismo árbol, los Andrade aquellos, ¿oyes? . . .
con dos injertos diferentes, tú de Don Quijote. . . yo de Sancho; tú andas
peleando con los molinos, soltando a los prisioneros, vistiéndote con el yelmo
de Mambrino y buscando a Merlín, el encan tador. . . Dime que no vives leyendo
libros de caballerías. . .
Así llama a todos los que sean de ciencia un poco
abstrusa, de novela psicológica, de poesía de alto aliento, de crítica sutil y
personal.
— Yo me voy ahora para Normandía a comprar una
vacas; después iré a Inglaterra a buscar unos toros Durham. ¿Tú crees en mi
pasión por el arte? . . . La escultura me importa un comino. Vente conmigo a
Inglaterra.
— No puedo—
le dije—; tengo mucho que hacer.
— ¿Tú tienes mucho que hacer, viviendo en París, y
a los veintisiete años, y con tus millones? . . . Pero entonces ya no tienes
remedio. . .
Monteverde es un hombre práctico, indudablemente.
15 de octubre.
En el aislamiento en que he vivido estas semanas,
todos los recuerdos de lo reciente se han borrado a mi alrededor, y la imagen
de Helena ha ido resucitando hasta hacerse más vivida que nunca. Ayer, al abrir
la puerta del cuarto donde están los retratos, la puerta cuya llave sólo tengo
yo y que no había vuelto a usar desde el encuentro con Nelly, un olor extraño y
nauseabundo me impidió entrar. Estaba oscura la tarde, y el tono sombrió del
cuero de Córdoba que cubre las paredes, acreecentaba la oscuridad de la
estancia. Sólo distinguí en ella la blan cura de la túnica y del manto,
destacándose sobre el fondo sombrío.
Volví a pasos lentos y precedido de Francisco, que
entró con las bujías de un candelabro encendidas para alumbrarme el camino. El
237
nauseabundo olor era el de las últimas flores
pedidas a Cannes, que al descomponerse, habían podrido el agua de los vasos.
Olía aquello a sepulcro, y los montones de hojas y de pétalos secos, de
ramillos negros, de cálices duros los unos y acartonados como momias, podridos
los otros por la humedad yacían en los floreros de Murano y en las jardi neras
sobre el mármol cubierto de polvo de la mesa; las rosas despren didas del
tallo y negras casi, sugerían la idea de un cementerio de flores.
El criado abrió el balcón para renovar el aire
pesado. Por él entraron la difusa luz del crepúsculo violáceo y cobrizo y la
llovizna fría, que sacudió las cortinas, melancólicamente. Un rayo de sol
brilló en el marco del retrato de la santa de las guedejas blancas y tirité al
sentir el soplo helado del aire del otoño.
Sobre los veladores de malaquita el polvo opocaba
el verde de la piedra y unas moscas muertas extendían las inertes alitas y las
rígidas patas. El polvo y las moscas habían manchado el marroquí blanco y los
dorados de los libros que compré en Londres en el invierno pasado; y a la doble
luz de las bujías del candelabro y del crepúsculo, que fil traba por el balcón
su tristeza fría, me parecieron desteñidos y ajados los colores de las
alfombras de oriente que cubren el piso.
Mi alma en ese momento estaba más sombría que el
cuarto abandonado y más marchita que las flores. Los pobres libros manchados
han ido a dar a mi biblioteca, y el pesado cofre de hierro de las joyas a mi
escritorio. La copia del cuadro de Rivington y el retrato pintado por Whistler
están en mi alcoba. Duermo bajo las miradas de la santa de las guedejas de
plata y de la figura que lleva en las manos el manojo de lirios blancos, y
pienso a veces que si sobre la oscura tapicería que cubre las paredes hubieran
estado siempre los dos lienzos, ni Nelly, ni la de Rivas, ni la Musellaro, ni
Olga, habrían entrado ni a mi vida, ni a mi alcoba.
25 de
octubre.
Han sido diez días de actividad loca, sin resultado
alguno. Desde hace cinco hay un empleado mío en cada una de las capitales de
Europa, sin más oficio que recorrer los hoteles y telegrafiarme. Por conducto
de Marinoni y so pretexto de un negocio de grande importancia he logrado que la
agencia Charnoz les trasmita a sus corresponsales del mundo entero el nombre de
Scilly, para que averigüen por él, y yo me paso las horas en mi escritorio
esperando, minuto por minuto, la llegada de los partes telegráficos o de los
telegramas. Empresa inútil; ¡empresa inútil y sin embargo, tengo la seguridad
de encontrarla y de que algún día, al contarle mi impaciencia de estas horas,
sus pupilas azules tengan un brillo más dulce al mirarme y se sonrían sus
labios apenas rosados,
238
animando con esa sonrisa la sobrenatural palidez
exangüe de las mejillas enmarcadas por la rizosa e indómita cabellera castaña,
que tiene visos de oro donde la luz la toca!
¡Helena! ¡Helena! Hoy no es el grotesco temor al
desequilibrio, como lo era al escribir los ridículos análisis de Londres, lo
que me hace invo carte para pedirte que me salves. Es un amor sobrenatural que
sube hacia ti como una llama donde se han fundido todas las impurezas de mi
vida. Todas las fuerzas de mi espíritu, todas las potencias de mi alma se
vuelven hacia ti como la aguja magnética hacia el invisible imán que la rige. .
. ¿En dónde estás? . . . Surge, aparécete. Eres la última creencia y la última
esperanza. Si te encuentro será mi vida algo como una ascensión gloriosa hacia
la luz infinita; si mi afán es inútil y vanos mis esfuerzos, cuando suene la
hora suprema en que se cierran los ojos para siempre, mi ser, misterioso
compuesto de fuego y de lodo, de éxtasis y de rugidos, irá a deshacerse en las
oscuridades in sondables de la tumba.
16 de Enero.
Estuve diez días sin saber de mí. Lo primero que vi
al abrir los ojos, a la sombra de las cortinas de terciopelo de la cama y en la
media luz artificial de la alcoba, fue la gran cabeza de Charvet inclinada
sobre la mía. Me hundía en los entreabiertos ojos la mirada aguda y penetrante
de los suyos, y los tenía tan cerca a los míos que le veía una a una las
pestañas grisosas.
— ¿Me conoce usted, Fernández?
— Sí, maestro— articulé con dificultad y con voz
apagada.
— ¡Está salvado!— oí que decía, y al volver a
cerrar los ojos para hundirme en el pesado letargo, alcancé a ver dos cabezas
de mujer que cuchicheaban en la sombra.
Después, nada, ni pensamiento alguno, ni imagen
alguna que cru zara la inconsciencia en que estaba sumido. De cuando en cuando
unas manos que me levantaban la cabeza, la luz de una bujía, el brillo de una
cuchara de plata y el sabor de una droga que me quemaba la garganta; a veces un
dolor que me cruzaba la cabeza de sien a sien, y y por instantes la sensación
de caer, como una piedra, entre lo negro de una noche sin astros.
Cuando comenzó a dolerme todo el cuerpo, como
magullado y herido, y las sensaciones externas fueron acentuándose, me quejaba
como un niño y me debatía como un energúmeno para no tomar las cucharadas.
— Eso es ya la mejoría; va volviendo— decía la voz
acariciadora de Charvet—; ya hay voluntad. ¡Si es una naturaleza de hierro!
— Amigo mío— me dijo el primer día en que después
de larguísimo sueño y de sentirme vivo al despertar, hice un esfuerzo para
moverme— ,
239
tiene usted enfermedades capaces de desconcertar al
que más seguro esté de su ciencia. Ha estado usted entre la vida y la muerte;
hubo un ins tante en que el corazón estuvo tan débil, que con el oído puesto
sobre él esperé las últimas palpitaciones, y en que la temperatura bajó grado y
medio de lo normal. Ahora su corazón funciona bien y la temperatura acusa
ligera fiebre. Ha sido el mismo accidente de hace un año, pero mucho más grave.
Está usted hoy, como entonces, como si hubiera tenido una hemorragia copiosa.
¡Tenemos que hacer sangre, amigo mío! . . .
he hecho
sangre, como dice él, en la convalecencia, que le ha parecido rápida y que me
ha parecido intermidable, porque no veía la hora de ponerme en movimiento; mi
juventud y el vigor de mi orga nización, ayudados por sus sabias indicaciones,
triunfaron de la horrible debilidad en que me dejó el vértigo.
Ahora acabo de pasearme por el hotel, que está
vacío, completamente vacío, con las paredes y los pisos desnudos. Mis pasos
repercuten en los salones desiertos y como agrandados por la falta de muebles.
Tiene todo él, alumbrado por el frío sol de invierno, la tristeza de los sitios
donde vivimos, dejando algo de nosotros mismos, y que no volveremos a ver
nunca. Mañana vendrá a habitar entre sus cuatro paredes otro, quizá menos
desgraciado que el que lo abandona.
Muebles y objetos de arte, caballos y coches, todo
el fastuoso tren que fue como la decoración en que me moví en estos años de
vida en el viejo continente, me esperan ya en el vapor que al romper el día
comenzará a cruzar las olas verdosas del enorme Atlántico para ir a fondear en
la rada donde se alza, con el eléctrico fanal en la mano, la estatua de la
Libertad, modelada por Bartholdi.
Voy a pedirle a vulgares ocupaciones mercantiles y
al empleo ince sante de mi actividad material lo que no me darían ni el amor
ni el arte, el secreto para soportar la vida, que me sería imposible en el
lugar donde, bajo la tierra, ha quedado una parte de mi alma. El coche que me
llevará a la estación para tomar el tren que me aleje de París para siempre,
irá primero al lugar donde he pasado las mañanas de los últimos días.
Al llegar a él el 28 de octubre, con una tarde
destemplada y húmeda, Marinoni se alejó, suplicándome que lo esperara por unos
momentos. Seguramente quería estar solo para conmemorar el aniversario. Caminé
unos pasos, y al sentir lo mojado del piso, fui a deternerme bajo las ramas de
un árbol y cerca de una columna que tenía la inscripición medio borrada por los
años y la lluvia. Recorrí con las miradas el ho rizonte cobrizo, sobre el cual
cortaban sus negruras finas, como los calados de un encaje, las cimas de los
árboles de la entrada, sacudidos por el viento. Allá, lejos, entre las sombras
que empezaban a envolver el paisaje, dorada por un rayo del sol, brillaba la
cúpula de los Inválidos.
240
Por sobre la ciudad, confusamente delineada,
sobresalían las masas negras de las torres de Nuestra Señora, y el cielo rojizo
se reflejaba en la corriente del río.
Al bajar los ojos hacia el suelo alfombrado por las
hojas marchitas, cuyo olor melancólico estaba respirando en la tristeza del
paisaje, tro pezaron mis miradas con una rama que pendía, rota, del rosal
vecino y cuyas tres hojas se agrupaban en la misma disposición que tienen las
del camafeo de Helena. Una mariposilla blanca se detuvo sobre ellas un
instante, y levantando el vuelo vino a tocarme la frente.
Sobrecogióme al verla el superticioso terror que me
invadió al ver la otra alzarse de entre el ramo de rosas blancas, en la alcoba
de Cons tanza Landseer; me crispó el recuerdo de la pesadilla de Londres, en
que rodando hacia el fondo de un abismo negro, veía arriba, arriba, las tres
hojas de una rama y el revoleteo de la mariposa blanca sobre la claridad azul
del cielo; y al recordar el horrible sueño, una ansiedad sin nombre, una
impresión de miedo irrazonado e irresistible, me aflojó las piernas y me quitó
las fuerzas. Comprendí que iba a caerme en ese instante, ahí, sobre el barro, y
a morirme del mismo mal que me hizo caer en el boulevard la última noche del
año antepasado, al detenerse el volante y cruzarse los punteros de oro sobre la
muestra de alabastro.
Las doce campanadas ensordecedoras que oí aquella
noche comenzaron a sonarme en los oídos. Dando media vuelta para buscar un
punto de apoyo en el monumento que tenía a la espalda, y cerrando los ojos,
alcancé a cogerme de la verja baja de hierro y de la pilastra que for maba la
esquina. Caí de rodillas apoyándome con al mano derecha en el suelo y
agarrándome con la izquierda de la baranda de metal frío.
El
desvanecimiento iba pasando
y la impresión
de terror disminuía.
Abrí al fin los ojos. Vi blanco; hice un esfuerzo
horrible para levantarme, y de pie ya, agarrado de la baranda, los volví a
cerrar instantánea mente, porque sentí que me volvía el vértigo. De repente di
un grito de terror. Había sentido unas manos que se apoyaban en mis hombros.
Volví la cabeza. Era Marinoni que había vuelto y me
había cogido por detrás.
— ¿Qué tienes?— preguntó asustado.
— El vértigo. .
.— alcancé a contestarle.
— Quédate quieto; deja que te pase; yo te tengo
para que no te caigas— dijo y me sostuvo con todo su cuerpo. . .— Suelta la
verja; eso es, apóyate en mí. . . Quédate quieto. . .
— Ya pasó— le dije al sentir que disminuía
gradualmente la angus tia, y levanté la cabeza. Al hacerlo, leí la inscripción
negra sobre el mármol blanco, que encierra la verja, di otro grito, que sonó en
todo el cementerio, y caí desplomado.
241
De ahí hasta el despertar en la alcoba, con la
cabeza apoyada en los almohadones y los ojos de Charvet fijos en los míos, no
tengo recuerdo ninguno.
Hace doce días hice mi primera salida para ir al
cementerio, a donde he vuelto después, todas las mañanas, a cubrir de flores la
losa que reza su nombre y dice la fecha y la hora de su muerte. Es la última
hora del año, en que agonicé de angustia frente al reloj de mármol negro viendo
juntarse los punteros de oro para marcar el minuto supremo sobre la muestra de
alabastro, tras de la cual creí sentir que iba a aparecérseme lo Desconocido.
La hora del tren se acerca. Oigo el ruido del coche que se detiene frente a la
puerta del hotel.
Viene a buscarme para ir a llevarle las últimas
flores que pondré sobre su tumba.
¿Su tumba? ¿Muerta tú? . . . ¿Convertida tú en
carne que se pudre y que devorarán los gusanos? . . . ¿Convertida tú en un
esqueletito negro que se deshace? No, tú no has muerto; tú estás viva y vivirás
siempre, Helena, para realizar el místico delirio de las abuelas agoni zantes,
arrojando en el alma de ios poetas ateos, entenebrecida por las orgías de la
carne, el pálido ramo de rosas y para hacer la señal que salva, con los dedos
largos de tus manos alabastrinas.
¿Muerta tú? . . . ¡Jamás! Tú vas por el mundo con
la suave gracia de tus contornos de virgen, de tu pálida faz, cuya mortal
palidez exangüe alumbran las pupilas azules y enmarca la indómita cabellera que
te cae en oscuros rizos sobre los hombros.
¿Muerta tú, Helena? . . . No, tú no puedes morir.
Tal vez no hayas existido nunca y seas sólo un sueño luminoso de mi espíritu;
pero eres un sueño más real que eso que los hombres llaman la Realidad. Lo que
ellos llaman así, es solo una máscara oscura tras de la cual se asoman y miran
los ojos de sombra del misterio, y tú eres el Misterio mismo.
José Fernández, al suspender la lectura, cerró el
libro, empastado en marroquí negro, y ajustándole la cerradura de oro con la
mano nerviosa, lo colocó sobre la mesa.
Los cuatro amigos guardaron silencio, un silencio
absoluto en que se oía el ir y venir de la péndola del antiguo reloj del
vestíbulo, el murmullo de la lluvia que sacudía las ramazones de los árboles
del parque, el quejido triste del viento y el revoleteo de las hojas secas
contra los cristales del balcón.
Adormecíase en él la semioscuridad carmesí del
aposento. El humo tenue de los cigarrillos de Oriente ondeaba en sutiles
espirales en el
242
círculo de luz de la lámpara atenuada por la
pantalla de encajes anti guos. Blanqueaban las frágiles tazas de china sobre
el terciopelo color de sangre de la carpeta, y en el fondo del frasco de
cristal tallado, entre la transparencia del aguardiente de Dantzing, los átomos
de oro se agitaban luminosos, bailando una ronda, fantástica como un cuento de
hadas.
243
PROSAS BREVES
LA
PROTESTA DE LA
MUSA
En E L CUARTO sencillo y triste, cerca de la mesa
cubierta de hojas escritas, la sien apoyada en la mano, la mirada fija en las
páginas frescas, el poeta satírico leía su libro, el libro en que había
trabajado por meses enteros.
La oscuridad del aposento se iluminó de una luz
diáfana de madru gada de Mayo; flotaron en el aire olores de primavera, y la
Musa, sonriente, blanca y grácil, surgió y se apoyó en la mesa tosca, y paseó
los ojos claros, en que se reflejaba la inmensidad de los cielos, por sobre las
hojas recién impresas del libro abierto.
— ¿Qué has escrito? . . .— le dijo.
El poeta calló silencioso, trató de evitar aquella
mirada, que ya no se fijaba en las hojas del libro, sino en sus ojos fatigados
y turbios. . .
—Yo he hecho — contestó, y la voz le temblaba como
la de un niño asustado y sorprendido— , he hecho un libro de sátiras, un libro
de burlas. . . en que he mostrado las vilezas y los errores, las miserias y las
debilidades, las faltas y los vicios de los hombres. Tú no estabas aquí. . . No
he sentido tu voz al escribirlos, y me han inspirado el genio del odio y el
genio del ridículo, y ambos me han dado flechas, que me he divertido en clavar
en las almas y en los cuerpos, y es diver tido. . . Musa, tú eres seria y no
comprendes estas diversiones; tú nunca te ríes; mira, las flechas al clavarse
herían, y los heridos hacían muecas risibles y contracciones dolorosas; he
desnudado las almas y las he exhi bido en su fealdad, he mostrado los
ridiculos ocultos, he abierto las heridas cerradas; esas monedas que ves sobre
la mesa, esos escudos bri llantes son el fruto de mi trabajo, y me he reído al
hacer reír a los hombres, al ver que los hombres se ríen los unos de los otros.
Musa, ríe conmigo. . . La vida es alegre. . .
245
el poeta
satírico se reía al decir esas frases, a tiempo que una tristeza grave contraía
los labios rosados y velaba los ojos profundos de la Musa. . .
— ¡Oh profanación! — murmuró ésta, paseando una
miradada de lástima por el libro impreso y viendo el oro— ; ¡oh profonación!,
¿y para clavar esas flechas has empleado las formas sagradas, los versos que
can tan y que ríen, los aleteos ágiles de la rimas, las músicas fascinadoras
del ritmo?. . . La vida es grave, el verso es noble, el arte es sagrado. Yo
conozco tu obra. En vez de las pedrerías brillantes, de los zafiros y de los
ópalos, de los esmaltes policromos y de los camafeos delicados, de las filigranas
áureas, en vez de los encajes que parecen tejidos por las hadas, y de los
collares de perlas pálidas que llevan los cofres de los poetas, has removido
cieno y fango donde hay reptiles, reptiles de los que yo odio. Yo soy amiga de
los pájaros, de los seres alados que cruzan el cielo entre la luz, y los
inspiro cuando en las noches claras de julio dan serenatas a las estrellas
desde las enramadas sombrías; pero odio a las serpientes y a los reptiles que
nacen en los pantanos. Yo inspiro los idilios verdes, como los campo
florecidos, y las elegías negras, como los paños fúnebres, donde caen las
lágrimas de los cirios. . ., pero no te he inspirado. ¿Por qué te ríes? ¿Por
qué has convertido tus insultos en obra de arte? Tú podrías haber cantado la
vida, el misterio profundo de la vida; la inquietud de los hombres cuando
piensan en la muerte; las conquistas de hoy; la lucha de los buenos; los
elementos domesticados por el hombre; el hierro, blando bajo su mano; el rayo,
convertido en su esclavo; las locomotoras, vivas y audaces, que riegan en el
aire penachos de humo; el telégrafo, que suprime las distancias; el hilo por
donde pasan las vibraciones misteriosas de la idea. ¿Por qué has visto las man
chas de tus hermanos? ¿Por qué has contado sus debilidades? ¿Por qué te has
entretenido en clavar esas flechas, en herirlos, en agitar ese cieno, cuando la
misión del poeta es besar las heridas y besar a los infelices en la frente, y
dulcificar la vida con sus cantos, y abrirles, a los que yerran, abrirles
amplias, las puertas de la Virtud y del Amor? ¿Por qué has seguido los consejos
del odio? ¿Por qué has reducido tus ideas a la forma sagrada del verso, cuando
los versos están hechos para cantar la bondad y el perdón, la belleza de las
mujeres y el valor de los hom bres? Y no me creas tímida. Yo he sido también
la Musa inspiradora de las estrofas que azotan como látigos y de las estrofas
que queman como hierros candentes; yo soy la musa Indignación que les dictó sus
versos a Juvenal y al Dante; yo inspiro a los Tirteos eternos; yo le ense ñé a
Hugo a dar a los alejandrinos de los Castigos clarineos estridentes de
trompetas y truenos de descargas que humean; yo canto las luchas de los
pueblos, las caídas de los tiranos, las grandezas de los hombres libres. . .,
pero no conozco los insultos ni el odio. Yo arrancaba los cartelones que
fijaban manos desconocidas en el pedestal de la estatua
246
de Pasquino. Quede ahí tu obra de insultos y
desprecios, que no fue dictada por mí. Sigue profanando los versos sagrados y
conviértelos en flechas que hieran, en reptiles que envenenen, en Inris que
escarnezcan, remueve el fango de la envidia, recoge cieno y arrójalo a lo alto,
a riesgo de mancharte, tú que podrías llevar una aureola si cantaras lo
sublime, activa las invidias dormidas. Yo voy a buscar a los poetas, a los
enamo rados del arte y de la vida, de las Venus de mármol que sonríen en el
fondo de los bosques oscuros, y de las Venus de carne que sonríen en las
alcobas perfumadas; de los cantos y de las músicas de la naturaleza, de los
besos suaves y de las luchas ásperas; de las sederías multicolores y de las
espadas severas; jamás me sentirás cerca para dictarte una estrofa. Quédate ahí
con tu Genio del odio y con tu Genio del ridículo.
la Musa
grácil y blanca, la Musa de labios rosados, en cuyos ojos se reflejaba la
inmensidad de los cielos, desapareció del aposento, lle vándose con ella la
luz diáfana de alborada de Mayo y los olores de primavera, y el poeta quedó
solo, cerca de la mesa cubierta de hojas escritas, paseó una mirada de
desencanto por el montón de oro y por las páginas de su libro satírico, y con
la frente apoyada en las manos sollozó desesperadamente.
TRANSPOSICIONES
Carta
abierta
SEÑORA:
Hace dos años, en una larga temporada que pasó
usted en el campo, llevando una vida apacible y tranquila, consagrada a la
pintura, me hizo usted el honor de invitarme a almozar una vez en su casa. Las
horas que pasé allí me parecieron breves, como nos parece breve todo lo que es
muy grato. Antes de que nos sentáramos a la mesa nos mostró usted su último
estudio de pintura en pleno aire, acabado en la semana anterior; era aquella
figura la de una muchacha campesina, perdida en un trigal y que lleva en las manos
unos manojos de yerba y unas flores; un cuadro lleno de luz y de aire de campo.
Después del almuerzo, a tiempo del champaña que hervía en las copas, y del café
negro aromático como una esencia, nos propuso usted que diéramos una vuelta por
las cercanías y todos aceptamos alborozados su idea.
Adelante íbamos usted y yo, y nuestra conversación
fue una larga confidencia mutua de nuestra adoración a la Belleza. Me hablaba
usted de los incomparables goces que el arte le ha proporcionado en su vida; de
la serenidad que esparció en su alma la contemplación de los már moles
antiguos; de la fascinación que ejercen sobre usted la ingenuidad inefable de
las Vírgenes de los Primitivos, la sonrisa misteriosa de las
247
figura de Vinci, la claridad que dora las tinieblas
rojizas de Rembrandt, la diáfana luz extraterrestre en que baña Murillo sus
aspiraciones; me contaba usted que la música de algunos maestros, la hace a
usted olvidarse de sí misma y sentir la tristeza, la alegría, los matices de
sentimiento que interpretan las sinfonías inmortales. Con frases ardientes, y
sin do minar mi entusiasmo de fánatico, le decía a usted que en las obras de
los grandes sacerdotes de la palabra, ésta acumula todos los medios de que disponen
las otras partes para recrear la vida, agregándole el alma de artista; le
contaba cómo me desvanece el olor de los cadáveres, de aquella ciudad que
agoniza en el último canto del poema de> Lucrecio;
le contaba que de entre la muchedumbre que
gesticula y ama y odia y mata y muere en los dramas de Shakespeare, salen a
veces a hablar con migo, el pálido príncipe que conversa con los sepultureros
y el judío ávido que reclama su libra de carne; le decía a usted que los poetas
son compasivos con los que los aman, que Musset les da a beber a sus íntimos el
champaña ardiente de su sensualismo gozador; que Vigny,
un brebaje negro que procura la resignación;
Shelley, un haschich sutil que lo hace sentirse a uno hermano de las plantas
que florecen en el jardín encantado; Longfellow, el agua de las fuentes
campesinas en que se mojan los helechos y se refleja el cielo, y Baudelaire y
Poe, un opio enervante que puebla el cerebro de sombras alucinadoras, entre
cuya os curidad brillan los ojos de Lady Ligeia y vibran unas campanas fantás
ticas, y aletea el cuervo y suenan quejidos de inexplicable angustia.
En los silencios de nuestros diálogos oíamos atrás
las voces de nues tros compañeros que discutían el alza de las acciones de un
ferrocarril en construcción; que ponderaban la honradez y la habilidad de un
minis tro recién posesionado, de quien se prometían maravillas; que
pronostica ban la cosecha venidera como muy abundante y calculaban en coro el
alza segura del papel moneda. Nosotros, perdidos en nuestra conver sación,
ellos, discutiendo sus graves cuestiones económicas, y sin que ninguno sintiera
la distancia al caminar paso entre paso por la vereda sombreada de salvios
oscuros y de lánguidos sauces, fuimos a dar al pueblecito vecino.
Para mí se fundieron en una sola, penetrante, fina
y sutilmente voluptuosa, las impresiones del paseo, la temperatura tibia del
aire y la claridad de la hora, la expresión aristocrática de la fisonomía de
usted y los detalles exquisitos de su vestido; la quietud adormecida del
paisaje y el olor de White Rose que emanaba del pañuelo de batista que tenía
usted en la mano enguantada de piel de Suecia; la luz sonrosada en que la
envolvía a usted, al tamizar los rayos verticales del sol, su sombrilla de crespón
rojo; la sonrisa desencantada que asomaba a sus labios y la música de su voz al
contarme las dificultades con que había luchado al pintar su último cuadro.
248
Hoy, en unas horas perdidas, mientras que la
llovizna monótona ex tiende sus cortinas grises por el horizonte y enloda las
calles y lo entene brece todo, como un pianista desconfiado que antes de
preludiar una sinfonía toca interminables escalas para adueñarse de los
secretos de la práctica y dominar el teclado sonoro, me he entretenido en hacer
ejer cicios de estilo, para lograr que las palabras digan ciertas impresiones
visuales. Es así como he escrito estas Transposiciones. Mientras las escri bía
recordaba las horas que pasé aquel día en casa de usted y se me impuso la idea
de suplicarle que aceptara estas páginas en recuerdo de ellas y de nuestra
plática de Arte.
Nuestros compañeros que conversaban esa mañana del
ferrocarril en construcción, de la habilidad del ministro, de la cosecha
mirífica y de la baja del cambio, han tenido después decepciones crueles y han
renegado de sus entusiasmos de entonces; el ferrocarril está inconcluso y las
accio nes no tienen cotización; el ministro resulto un imbécil, las sementeras
se perdieron y el papel moneda bajó veinte por ciento.
Usted y yo no hemos tenido desengaños acerca de los
entusiasmos que motivaron nuestro diálogo de ese día; sigue usted con más amor
que nunca, fijando en sus cuadros la poesía eterna del color, de la luz y de la
sombra; sigo yo leyendo mis poetas y tratando de dominar las frases indóciles
para hacer que sugieran los aspectos precisos de la Rea lidad y las formas
vagas del Sueño; cuando se sienta usted a su piano Weber y pasa los dedos
ágiles y finos sobre el teclado de marfil, las so natas de Beethoven la hacen
entristecerse más suavemente que entonces; cuando abro yo mi ejemplar de los
poemas de Bourget, tirado en papel de la China y empastado por Thibaron en
pasta llana de marroquí rojo de Levante, con filetes de oro, siento una emoción
más profunda al releer la Meditación sobre una calavera, o las estrofas
penetrantes y mu sicales de la Noche de estío; cuando los ojos de usted,
fatigados por la policromía de la paleta, se detienen en la Ninfa de Clodión,
aprecian mejor el moldeado blando del seno y las curvas armoniosas de las
piernas gráciles; cuando vuelve usted a mirar la copia del Angelus hecha por
sus manos, siente más a fondo la poesía sencilla y grandiosa del lienzo
magistral, y se deja invadir lentamente por la melancolía que flota en la
claridad moribunda de aquel cielo de crepúsculo y que cae con la sombra sobre
la tierra ennegrecida y sobre las figuras de los labriegos.
Es que usted y yo, más felices que los otros que
pusieron sus esperan zas en el ferrocarril inconcluso, en el ministro incapaz,
en la sementera malograda o en el papel moneda que pierde de su valor, en todo
eso que interesa a los espíritus prácticos, tenemos la llave de oro con que se
abre la puerta de un mundo que muchos no sospechan y que desprecian otros; de
un mundo donde no hay desilusiones ni existe el tiempo; es que usted y yo
preferimos al atravesar el desierto, los mirajes del cielo a las move dizas
arenas, donde no se puede construir nada perdurable; en una pala
249
bra, es que usted y yo tenemos la chifladura del
arte, como dicen los profanos, y con esa chifladura moriremos.
Señora, déjelos usted que nos llamen chiflados, que
se burlen de nuestra inocente manía. Ya ve usted cómo al cabo de dos años
nosotros adoramos con más fervor lo que queríamos entonces, y ellos han perdido
sus ilusiones. Ríase usted de ellos, señora, si su bondad inefable se lo
permite, y si no, compadézcalos. Los dos hemos escogido en la vida la mejor
parte, la parte del ideal, la parte de María, y mientras que Marta prepara el
banquete y lava las ánforas, nosotros, sentados a los pies del Maestro, nos embelesamos
oyendo las parábolas.
Es fácil que algunos instantes de desabrimiento y
de acedía le impidan gozar del éxtasis de las fruiciones estéticas; que las
tentaciones del mundo vengan a turbar la paz del espíritu de usted, y que la
muselina de Siri-ganor de un vestido de baile salido de las manos de Worth, o
el oriente rosado de las perlas de un collar que tengan en el estuche de raso
negro la marca de Braugrand Rivir le parezcan a usted más deseables que el
claro oscuro exacto de un esbozo difícil o que la interpretación sincera de una
mediatinta fugitiva; yo he tenido días de esos en que desesperado de lograr la
armonía de un período o la música de una estrofa, y olvidado de mis poetas, he
pecado gravemente, y he perdido mi fervor, sin fuerzas para resistir las
tentaciones vertiginosas del oro. Aconsejado en esas horas de aridez espiritual
por mi confesor laico, un viejo psicólogo que tiene en su celda, por todo
adorno, una copia de la Melancolía, de Alberto Durero, y que posee a fondo los
secretos sutiles de la dirección de las almas, he alcanzado grandes consuelos y
he restablecido la paz interior leyendo y meditando mucho aquellos versículos
suavísimos de la imitación:
Excedunt enim spirituales consolationes, omnes
mundi delicias et carnis voluptatis.
Nam omnes mundanae aut vanae sunt turpes.
(De Imitat, Iib . II, cap. X ).
Que al leer ud. estas páginas sienta algo del
encanto que tuve al escri birlas, y al recordar la mañana clara y tibia en que
caminamos juntos por la vereda que lleva a la casa de campo donde pasó ud.
horas tan apacibles retirada del mundo y distraída de las preocupaciones
mezquinas del diario, por el sortilegio misterioso del Arte.
250
I
Al Carbón
La luz fría que entra por la hoja entreabierta de
la ventana del fondo, al través de cuyos barrotes de hierro se ven a contra luz
las ramazones de unos árboles que se cortan sobre el cielo claro y descolorido,
rayado por la llovizna, aclara el cuarto desmantelado, blanqueado, con cal y el
piso de ladrillos, desteñidos por el polvo. Al pie de la ventana hay una cama
vieja con unos colchones tirados en desorden; a la izquierda un armario abierto
y vacío; a la derecha una tina de zinc, sin pintar, un cajón de madera lleno de
coke y sobre el piso, con un montón de botellas de champaña vacías también, una
aglomeración de trastos des vencijados e inútiles; un sillón de cuero, sin
brazos, una sartén, dos cacerolas y una regadera de lata. El hollín de la
cocina cercana y el polvo de carbón mineral han suavizado la blancura de las
paredes, se han acu mulado en las desigualdades del pañete y en los rincones
tenebrosos. En el primer plano un burro viejo levanta la cabeza pensativa de
entre el canasto de hollejos y de desperdicios que tiene al frente; la luz que
llega por detrás le platea el contorno del cuerpo, de las piernas delgadas y el
pelo largo de las orejas enormes; el animal se perfila oscuro sobre la claridad
débil de la pared del frente, y parece el cuarto de trastos viejos, alumbrado
así por la luz sin color de la mañana lloviznosa de noviembre, un estudio al
carbón, hecho con imperceptibles transiciones de lo blanco a lo gris, de lo
gris claro a lo gris oscuro, de lo gris oscuro a lo negro suave, de lo negro
suave a la sombra intensa; un estudio al carbón en que la penumbra domina en el
conjunto; en que la luz brilla en el zinc de la tina, en la lata de la
regadera, en el borde de las cacerolas, en el tiquete blanco de una botella de
champaña, y en que la sombra se acu mula en el espaldar del sillón, en el
mango de la sartén, en el pliegue de los colchones, en el interior del armario
vacío, debajo de las botellas y en tres puntos de la cabeza del burro, en la
nariz entreabierta, en el fondo de la oreja peluda y en el ojo grande y
redondo, sobre el cual brillan las pestañas plateadas y finísimas como rayas
blancas que un dibujante, enamorado del detalle, hubiera trazado con la punta
afilada y dura de un lápiz de tiza sobre la negrura mate y grasa de una sombra
reteñida con carbón Conté.
II
Pastel
Han estado jugando un juego de prendas nuevo, en
que nadie acierta y en que la dueña de la casa para castigar a las perdidosas,
inventa
251
penitencias absurdas. Las ha hecho comer huevos
crudos, marcarse en la frente con ceniza, arrodillarse para decir
versos#grotescos y predicar sermones por mano ajena. L>na de las jugadoras,
una muchacha de quince años, muy vulgar, vestida de muselina blanca con ramos
de flores azules, dos lazos de cintas rosadas en los hombros y una rosa roja en
el seno, no acertó una adivinanza, y en penitencia le pintaron con la punta de
un corcho quemado, una cruz en la frente, otra en la mejilla derecha y otra en
el hoyuelo de la barba. Después para quitar el carbón, se frotó la cara con una
toalla de lino; le quedaron las tres manchitas negras, y en cambio la fricción
le enrojeció las mejillas con el bermellón de la sangre, atraída a flor de
piel. Ahora, para colmo de males, le tocó otra penitencia más difícil que la
anterior: sacar con los dientes de entre la harina de trigo puesta en un plato
hondo, una sortija de oro. Al tratar de hacerlo, una mano atrevida le empujó la
cabeza contra el plato y la hizo enharinarse toda. Tiene cubiertos de harina
los cabellos de visos rojos, blanqueada la cara; no puede levantarse porque
está agitada por el juego, y para refrescarse un poco antes de salir, se pasa
el pañuelo por las mejillas, y va a sentarse, allá lejos, en un rincón donde
hay poca luz, dándose aire con un abanico de raso amarillo. Al envolverlos la
penumbra, aquellos colores violentos que chillaban a la claridad brutal de la
lámpara de petróleo; el blanco y lo rojo del pelo enharinado, el blanco de la
harina sobre la cara, el bermellón de las mejillas, el negro de las tres
manchas de carbón, el azul de las ramazonas del vestido, el rojo de la rosa, el
rosado de las cintas, el amarillo del abanico, se des tiñen, se suavizan, se
esfuminan, se aterciopelan, se funden uno en otro, como sumergidos en un baño
de leche, como velados por una niebla, y es la jugadora retozona de juegos de
prendas, vista así de lejos, en un rincón oscuro, un pastel adorable de la
marquesa del siglo xvm , uno de aquellos pasteles del gran maestro de los
lápices de color, de la pintura delicada como el esmalte de las alas de las
mariposas, del ini mitable La Tour; uno de aquellos pasteles que, a la caída
del crepúsculo, sonríen suavísimamente en la galería de Saint-Quentin.
SUSPIROS
Si FU E R A poeta y pudiese fijar el revoleteo de
las ideas en rimas brillantes y ágiles como una bandada de mariposas blancas de
primavera con alfi leres sutiles de oro; si pudiera cristalizar los sueños en
raras estrofas, haría un maravilloso poema en que hablara de los suspiros, de
ese aire que vuelve al aire, llevándose consigo algo de las esperanzas, de los
cansancios y de las melancolías de los hombres.
¥ ¥ *
252
Y para huir de los suspiros de convención, de las
romanzas sentimen tales, llenas de luna de pacotilla y de ruiseñores
triviales, hablaría de los suspiros angustiosos que flotan en el aire espeso e
impregnado de olor de ácido fénico, en la luz dorada de los cirios, entre el
aroma vago de las flores mortuorias, cerca de aquellos cuyos ojos, cerrados
para siempre, guardan las huellas violáceas de los últimos insomnios, y cuyos
labios se ajaron con el frío de la muerte. . .
* * *
¡Ah, no! Ese suspiro sería demasiado triste para
hablar de él; su recuerdo haría nublarse los ojos nuevos de las lectoras, los
ojos oscuros unas veces como noches de invierno, azules y claros otras, como el
agua de los lagos quietos.
* * *
Para que no se nublaran, hablaría del suspiro de
voluptuosidad y de cansancio que flota en el aire tibio de una sala de baile,
iluminada como el día, reflejada por espejos venecianos; del suspiro de una
mujer her mosa y joven agitada por el valse, cuya piel de durazno se sonrosa,
y cuyos dedos de hada estrechan febrilmente el abanico de plumas flexibles que
le besan la falda; del suspiro sensual y vago que se pierde entre las blancuras
rosadas en el aire donde palpita el iris de los diamantes, donde la luz se
quiebra en el aire de los rubíes, en el azul misterioso de los zafiros, en el
aire que arrastra tentaciones de ternuras y de besos. . .
* * *
¡Ah, no! Ese suspiro demasiado dulce para hablar de
él; su recuer do haría arrugarse la frente cansada, y blanquearía las canas de
los filósofos, por cuyas venas no corre, en oleada ardiente, la sangre de la
juventud. Para que pudieran leerme, hablaría más bien del suspiro de cansancio
de un viejo, de un suspiro oído una tarde de otoño, en el camino que va del
pueblo al cementerio, un camino donde rodaba la hojarasca empujada por el
viento; donde un hilo de agua dejaba oír su queja monótona; donde los árboles,
envueltos en niebla, tomaban extraños aspectos, y en cuyo horizonte entre las
nubes frías y húmedas, se ponía el sol. ¡Oh! Aquel suspiro parecía salir, más
que de un pecho humano, cansado de la vida, del paisaje mismo, del cementerio
donde duermen los huesos bajo la yerba, de la vegetación quemada por el frío,
de las oscuridades vagas del horizonte; parecía ser una queja de la naturaleza
deseosa de dormir en definitivo descanso, fatigada de su tarea eterna, de la
sucesión infinita de los veranos y de los inviernos, de la luz y de la sombra.
. .
* * *
253
¡Si fuera poeta y pudiese fijar el revoleteo de las
ideas en rimas bri llantes y ágiles como una bandada de mariposas blancas de
primavera con clavos sutiles de oro; si pudiera cristalizar los sueños; si
pudiera encerrar las ideas, como perfumes, en estrofas cinceladas, haría un
mara villoso poema en que hablara de los suspiros, de ese aire que vuelve al
aire, llevándose algo de los cansancios, de las esperanzas y de las me
lancolías de los hombres!
* * *
Aun siendo poeta y haciendo el poema maravilloso,
no podría hablar de otro suspiro. . . del suspiro que viene a todos los pechos
humanos cuando comparan la felicidad obtenida, el sabor conocido, el paisaje
visto, el amor feliz, con las felicidades que soñaron, que no se realizan
jamás, que no ofrece nunca la realidad, y que todos nos forjamos en inútiles
ensueños.
EL PARAGUAS DEL PADRE LEON *
(A Clímaco Soto Borda)
M U CH A S veces lo he visto de cerca y muchas de
lejos, y en cada una de ellas yo he mirado y remirado con el empeño con que un
semi-escritor enamorado de la teoría del documento humano, observa a los tipos
que se apartan de la humanidad corriente, de la humanidad de pacotilla. . .
Me he complacido en estudiar los pormenores de su
extraña figura, mezcolanza de líneas purísimas y de detalles grotescos, aquel
perfil regular y noble de la cabeza amplia, aquellos largos cabellos blancos,
aquellos ojos verdosos de expresión alocada, aquella nariz aguileña, aque llos
paraguas inverosímiles que lo abrigan en los días lluviosos, aquel lente
forjado como para el ojo de un cíclope, que carga en el bolsillo, aquel
cuerpecito de gnomo, aquella voz chillona unas veces, cavernosa otras, con que
alarga hasta lo infinito las sonoras sílabas latinas de las liturgias diarias.
. .
Lo he visto oficiar, vestido con una casulla lila,
tramada de oro, cayéndole sobre las canas ensortijadas un rayo de sol matinal,
envuelto en la nube aromática del incienso que sube hacia el tabernáculo, y en
esos momentos la figura toda, el perfil del filósofo romano, los ojos verdosos,
el cuerpo deforme, tomaban una expresión de rara nobleza aumentada por el
prestigio de los movimientos lentos y hieráticos. . . Lo he visto en el tendido
de la plaza de toros, vestido con una sotana raída
Este
artículo fue escrito para servir de prólogo a un álbum que, con el mismo título
y consagrado al R. P. Fray León Caicedo, formaron algunos de los principa les
intelectuales de Bogotá, por iniciativa del malogrado Clímaco Soto Borda.
254
y polvorienta, la fisonomía vulgarizada por el
entusiasmo de la corrida, la cara congestionada por el calor del mediodía,
sacudiéndose como un energúmeno, limpiándose las gotas del sudor que le
perlaban en la frente con un pañuelo enorme de seda amarilla, que estrujaba con
las manos, ridiculamente pequeñas. . .
Sin embargo cuando pasen muchos años y haya muerto
él y lo oiga nombrar y al oír su nombre vuelva yo los ojos hacia los días de
hoy, perdidos para siempre en el fondo del tiempo, no lo recordaré ni her
moseado ni ennoblecido por las lujosas vestiduras sacerdotales ni vul garizado
por el ambiente calignoso del circo. . .
El Padre León. . . El paraguas del Padre León. . .
Las misas del Padre León. . . Las imágenes que entonces, al vibrar en mis
oídos, suscitarán esas sílabas, no serán las evocadas antes, sino otra, tan
precisa, tan neta y al mismo tiempo tan sugestiva que no resisto al deseo de
convertirla en unas líneas para esta primera página del albúm que has tenido la
peregrina idea de dedicarle. . .
La esquina de una calle central; el cielo y los
lejos negros como boca de lobo, rayados por los hilos de plata de una llovizna
fina; el piso húmedo y brillante por la lluvia; allá arriba, entre lo oscuro de
la noche, la irradiación fantasmagórica, la claridad deslumbrante e incolora de
un foco de luz eléctrica, que hace más intensa la sombra alrededor; abajo, en
la calle, diez pasos adelante de la lámpara incandescente, esta silueta
inverosímil: abajo un paraguas enorme, un paraguas rojo de colosales dimensiones,
un duende negro, de un metro de alto, con vestido talar y sombrero plano de
anchísimas alas, que lleva en la mano una linterna de vidrios verdes. . . Sobre
el empedrado brillante por la lluvia, la sombra del duende, la cabeza enorme,
el cuerpo pequeñísimo, los reflejos rojizos del paraguas, los reflejos verdes
esmeralda de la linterna, se proyectaban fantásticos.
El primer instante de verlo así fue delicioso para
los ojos que deseaban color, mucho color, fatigados por lo gris del lluvioso
crepúsculo. . . Aquello daba la impresión de una cosa no cierta, irreal. . .
¿De dónde venía, a dónde iba el Padre León
protegido por el enorme paraguas rojo, alumbrado por la diminuta linterna
verde? . . . De fijo había tomado el chocolate en casa de unas buenas amigas
suyas, dos viejecitas que viven en la calle de los Béjares, en una sala que
olía a papayas, sen tado en un viejo sillón de cuero labrado, de vaqueta
cordobesa, teniendo al frente un cuadrito desteñido de Gregorio Vásquez. . . y
conversando de las profecías del doctor Margallo y del próximo fin del mundo.
Des pués del chocolate le habían dado dulce de uchuvas o de cabellos de ángel,
después un tabaco que olía a vainilla. . . Aquello era el Santafé dormilón,
inocente y plácido de 1700, un pedazo de la vieja ciudad de la muía herrada,
del espanto de la calle del Arco y de la luz de San Victorino. . .
255
En ese instante un coupé negro y brillante, tirado
por un soberbio tronco de alazanes, un coupé que parecía una joya de ónix,
manejado por un cochero inglés, correcto y rígido bajo su casacón de paño
blanco, cruzó bajo el foco de luz eléctrica. . . Era el coche salido de los
talleres de Million Cuet, del ministro X, que vendió por seis mil libras
esterlinas sus influencias para lograr tal contrato escandaloso. . . Alcancé a
ver por la portezuela abierta el perfil borbónico del magnate y la cabecita
rubia, constelada de diamantes, de su mujer, aquella fin de siécle neu
rasténica que lee a Bourget y a Marcel Prevost, y que se ha hecho famosa por
haber comprado todas las joyas que, en su postrer viaje a Europa trajo el
último de los Monteverdes. . . ¿A dónde iba la elegante pa reja? . . . A oír
el segundo acto de Aída en el teatro nuevo, el lujo de la Bogotá de hoy, de la
ciudad de las emisiones clandestinas, del Petit Panamá y de los veintiséis
millones de papel moneda. . .
El siglo diez y ocho encarnado en el Padre León; el
siglo veinte encarnado en el omnipotente X, vistos ambos, en menos tiempo del
que había gastado en convertirse en humo aromático el tabaco dorado del
cigarrillo turco que tenía en los labios, vistos ambos a la luz de la lámpara
Thomson-Houston, que irradiaba allá arriba entre lo negro pro fundo su luz
descolorida y fantasmagórica.
¿No vienen siendo las dos figuras como una viva
imagen de la época de transición que atravesamos, como los dos polos de la
ciudad que guarda en los antiguos rincones restos de la placidez deliciosa de
Santafé y cuyos nuevos salones aristocráticos y cosmopolitas, y cuya corrupción
honda hacen pensar en un diminuto París? . . .
CRITICA
LIGERA
SEÑ O R d o
n Jerónimo Argáez, Redactor de “El
Telegrama”.
Muy respetado amigo mío:
Permítame usted que aproveche de las benévolas
ofertas que me ha hecho de las columnas de su periódico, para devolver unas
felicitaciones que me han llegado, por equivocación, con motivo de algunas
críticas publicadas en La Miscelánea de Medellín, y firmadas por don José Luis
Ríos. Yo no escribo ni he escrito nunca críticas, ni las publicaría en
Antioquia, pudiendo hacerlo en Bogotá. Los que duden, pueden averi guarlo con
el Redactor del periódico a que aludo. Si las hubiera escrito las habría
firmado con todas las letras del mismo nombre que usted encontrará al pie de
estos renglones, por tener la idea, arraigada de tiempo atrás, de que sólo
tiene uno derecho al seudónimo cuando, al darle al público algo muy delicado,
que no hiere a nadie, quiere, por simple coquetería literaria, ponerse una
máscara, y llamándose Julián Viaud firmar Pedro Loti, para contarle su
matrimonio con Rarahu, idilio
256
delicioso que tiene olor de ylang ylang, o los
amores con Crisantema, en la casita de madera de Diou-djen-dji, desde donde se
oye el rumor de las cigarras, en los meses de verano, y se respira ese olor de
jengibre y de té que flota sobre la ciudad japonesa.
Los admiradores de don José Luis Ríos, de don Julio
Torres, o de un señor Cerig, que también critica en La Miscelánea, pueden
escribirles sus felicitaciones, meterlas entre una cubierta, rotular ésta así:
Señor. . .
Tal.
Redacción de La Miscelánea. Medellín. Antioquía,
ponerla en el correo y tener la seguridad de que así van mucho más derechas que
dándoselas a gentes que viven en Bogotá, muy poco ocupadas de las obras
literarias de sus paisanos, aun cuando las estimen en todo lo que valen.
Le decía a usted antes que no he escrito nunca
críticas, y voy ahora a contarle por qué. La Crítica seria, que busca los
orígenes lejanos de una obra, que la aprecia como expresión del pensamiento
dominante en cierta época, y que investiga su influencia en el desarrollo de la
que le sigue, me parece tarea ardua de filósofos, digna de Macualay, de Taine o
de Re villa. La otra, la crítica ligera, al por menor, que coge los detalles y
busca con microscopio los detectos, no me parece tarea sino un simple retozo en
que, a tiempo que le hace uno cosquillas al lector para que se ría, rasguña la
obra de arte para ayudar a ese fin. Aplíquesela usted a la pintura y verá qué
bonitos resultados da. Es cierto que Rem-brandt dejó en sus obras la impresión
más profunda de vida que puede llevarse a una tela con los colores y el pincel;
las figuras que entre el fondo oscuro y caliente de sus cuadros aparecen
bañadas en una claridad tibia de crepúsculo de verano, brillan como pintadas
con luz; a veces, cuando procede por brochazos vigorosos, tienen un relieve que
fascina; su obra, fantástica en fuerza de ser real, parece salida de un sueño,
los personajes se sonríen, viven, y el artista que se enamora de ellos, cuando
ve la Ronda nocturna, se pregunta si esa figurita de mujer, que da, con los
tonos claros del vestido, la clave de las tonalidades luminosas del cuadro, no
es la Perdita de Shakespeare que cruza aquella fantasma goría insuperable de
un genio.
Y, vea usted, un crítico al pormenor no ve nada de
eso, se pone a buscar concienzudamente el lado gracioso del asunto, y lo
encuentra. El Maestro Rembrandt pintó judías del tiempo de Cristo, con los
mismísi mos vestidos que se usaban en su siglo, en la Haya. ¿Ha visto usted
qué anacronismo más disparatado? Vaya una cosa graciosa, ¿no? y luego carece de
ideal. Sus figuras son simples retratos más o menos hábiles. Y a la postre es
vulgar. Usted sabe que, cuando pintó su Ganimedes, que forcejea, levantado por
el águila, le agregó un detalle naturalista, que es de efecto enteramente
cómico. ¿Quiere usted que nos riamos un poco de Rembrandt pensando en todo eso?
257
Pero estamos fuera del campo en que podemos
lucirnos. Vamos a ver pasar algunos poetas franceses modernos, y apliquémosles
el sistema anterior. ¿No cree usted que el lirismo grandioso de los poemas de
Hugo, sus imágenes extrañas, sus antitesis, su visión genial son una simple
charlatanería de declamador? ¿Y aquellas extravagancias como “Desplú meme esa
alma” del Asno? ¿Desplumar un alma? No es creíble. . . ¡Cosas de Hugo! Póngase
usted a verlo bien; desármelo pieza por pieza, dis-lóquelo línea por línea, y
verá en qué queda.
El amor que desborda en los versos enfermizos de
Musset, unas veces dulces como besos, otros angustiosos como gritos de dolor,
Hassan desnudo, la cita de Porcia en el balcón, la última noche de Rolla en la
alcoba: vaya una cosa indecente, ¿no es cierto?
¿Usted admira la suavidad noble, la delicadeza
ideal del Conde de Vigny? La crítica al pormenor la encuentra ridicula. Vea
usted, Eloa es un ángel, que, nacido de una lágrima de sangre del Salvador, en
la noche del Huerto, acaba por enamorarse del diablo y huirse con él.
Tonterías, ¿verdad?
Leconte de Lisie ha hecho cosas soberbias. Hugo lo
recomendó a la Academia francesa en varias ocasiones como candidato para un
sillón vacante. Usted conoce sus sonetos, se ha deleitado con sus composiciones
fabulosamente ricas, bordadas de rubíes y de perlas, como un manto de favorita;
severas y melancólicas otras veces como una ruina de templo. Pues bien,
Leconte, traduciendo una vez a Esquilo, le hizo decir a un personaje: “Siento
un buey en la lengua”. Creo que sobra todo comen tario. En Francia se rieron
de él. ¿Por qué no hemos de imitar a los franceses?
La nobleza y la gracia de la poesía de Lamartine;
su fervor al cantar todo lo grande y lo bello; aquellos versos armoniosos que
todos, más o menos, sabemos de memoria, los tacharemos de que hablan demasiado
del poeta, y el cantor de Elvira caerá por tierra, si le aplicamos a su obra el
chistecito de la sinfonía en mi mayor.
¿Seguimos? Teófilo Gautier usó, para darle a sus
poemas color y relieve, de cuanto sabía de pintura y escultura. Hay en los
Esmaltes piezas que son joyas: ónices de Arabia montados en filigrana, medallas
de plata con perfiles netos como un camafeo griego, ¿El defecto? Que no llora,
que es impasible, que en su obra no hay sensiblerías de anemia.
La musa de Carlos Baudelaire no pudo defenderlo de
la idea fija de la muerte. La preocupación de la tumba, de las carnes lívidas
que se amoratan, del gusano que nace en el cadáver, de la soledad en que quedan
los difuntos, trasmina en sus estrofas, aun cuando sean éstas copas de oro,
llenas de haschich verdoso que hace soñar, aun cuando a ellas traslade
sensaciones mórbidas en fuerza de ser finas, impresiones de una delicadeza
fugitiva, que creería uno imposible reducir a palabras. Llamémoslo extravagante
y pasemos derecho.
258
¿Le haremos caso al Parnaso? . . . Teodoro de
Banville maneja el verso con destreza de prestidigitador. Lo dejaremos a un
lado por ese motivo. Coppée ha dicho con voz alterada por la emoción, los
sufrimientos de los desheredados, de los débiles, de los pobres; ha inventado
una lengua clásica, ampliada con el caudal de la lengua vulgar y ha llegado a
hacerle versos a unos botines viejos y al corsé usado de una muchachita
enferma. . . Eso no es poesía me dirá usted. . . Estamos de acuerdo. ¿Y la
elegancia aristocrática de Sully Prudhomme (el Gellini del soneto), la hechura
maravillosa de sus estrofas, su ternura infinita, aquellos ver sos que hacen
soñar con las estatuas griegas por la nitidez y la firme za? . . . Sully es
frío, y luego en sus versos se nota la preocupación de la ciencia, incompatible
con la verdadera inspiración. . . Eso es; Sully es frío, Musset, tenía el
defecto contrario. Pasemos. Dejemos a los Par nasianos. Allá se queden Mendés,
José María Heredia, Dierx, Arene, Joséphin Soulary y Glatigny, etc., etc. Esos
son poetas menores. Le re comiendo la frasecita que es muy cómoda para juzgar
lo que no hemos leído.
Mauricio Bouchor comienza cantando las comilonas,
el vino, las mu jeres fáciles, las palpitaciones de la carne. Poco a poco ese
espíritu joven se serena; en el transcurso de los años la musa alegre de las
primeras inspiraciones se va convirtiendo en una figura ascética. Una expresión
de gravedad le cierra los labios, la carne se empalidece y toma blancura de
mármol, la cabeza se destaca sobre un nimbo de estrellas y es su Beatriz que
cruza desconocidos paraísos, apoyada en nubes diáfanas, como una visión. . .
¿Como cosa de Lamartine, entonces, me dirá usted?. . .
Eso es, sí señor, y no valía la pena de dar esa
vuelta para salir al mismo llanito.
Después, con el pretexto de que son oscuros
dejaremos a los simbolistas a un lado, aun cuando los versos de Verlaine
aleteen como mariposas, suenen como música de violines, tengan la gracia de una
miniatura en marfil y su elegancia amanerada. A Mallarmé, a Stuart Merrill, y a
los otros les diremos que no saben francés, y cuando aparezca Juan Richepín,
diciéndolo todo, con gritería de gigante, en estrofas potentes y soberbias,
donde canta las canciones de las razas desaparecidas, las tempestades del océano,
los adioses a las religiones muertas, digámosle que es sucio porque escribió la
“Canción de los pillos” y riámonos a carcajada tendida, por que don Juan
Montalvo lo llamó poeta gallináceo en un número de El Espectador, un periódico
que redacta él solo en París.
Ya ve usted que teniendo voluntad, hay algo que
rasguñarles siempre aun a los maestros de quienes no puede uno traducir diez
versos.
259
Creo que usted prefiere admirarlos. Estamos de
acuerdo en sentir así, y creo que debemos felicitarnos por ello. Yo cambiaría
dos tomos de crítica mal hecha por una sola cuarteta inédita de Gustavo
Bécquer.
Soy siempre su amigo afectísimo.
J OSÉ
A. SILVA
DOCTOR RAFAEL NUÑEZ
PO ETA DE altísimo vuelo, singular profundidad de
concepción y extrañas formas esencialmente personales; estadista y filósofo;
sociológo capaz de realizar, dándoles forma concreta, las más atrevidas
concepciones de su poderosa inteligencia; político ilustre, llamado desde hace
años a regir los destinos de su patria, el Dr. Rafael Núñez, ha sido, a no
dudarlo, una de las más levantadas figuras de la América Española. Lejos de
nuestro ánimo ofrecer a los lectores de El Cojo Ilustrado, un estudio sobre la obra
política ideada y realizada por él en la República hermana; juicio difícil de
formar hoy, cuando los documentos que se podrían consultar son debidos a los
mismos interesados en la lucha, cuando lo reciente de la modificación de las
instituciones, la polvareda levantada por la última guerra de 1885, impiden
darse uno cuenta del resultado obtenido, y que estaría en abierta pugna con la
índole de esta publicación.
Para juzgar ciertas épocas, con el desinterés, la
elevación de miras y la equidad perfecta que requieren los estudios históricos,
es necesario que pasen los años, que las pasiones se serenen, que las nubes
aglome radas en el horizonte se disipen para que el alejamiento de los sucesos
en el tiempo le permita al historiador ver en lontananza, de un solo golpe de
vista y formando un conjunto en que se fundan los detalles, la época que
estudia. Así el viajero que transita los caminos de Los Andes inmensos, no puede,
al recorrerlos, adquirir idea exacta de las cimas que escala, de las
vertiginosas alturas que recorre y necesita, para obtener una impresión
sintética y sentir la grandeza del paisaje, ver, la distancia que el ojo humano
puede enseñorearía, la Cordillera grandiosa en cuyos picos altísimos blanquea
la nieve eterna y anidan los cóndores.
Los artículos políticos, científicos y literarios
del Dr. Núñez, 1 magis trales todos por la abundancia de ideas generales, de
datos precisos y por la consición y elegancia del estilo contienen las ideas
que el Presidente
1 Crítica social, I volumen, publicado en París. La
reforma política en Colombia, colección de artículos publicados en La Luz, de
Bogotá y El Porvenir de Cartagena, de 1881 a 1884. I vol. en 806 páginas con
prólogo de don Rafael M. Merchán, Bogotá, Imprenta de La Luz, 1885.
260
Titular de Colombia, ha contribuido a desarrollaren
el curso de su larga carrera política y son, la mayor parte, verdaderas obras
maestras de profundidad, de clarividencia y de reflexión. Esos artículos y sus
poesías 2 le han valido favorables juicios de grandes críticos españoles y
americanos, don Juan Valera, don Marcelino Menéndez y Pelayo, don Miguel Anto
nio Caro, don Rafael M. Merchán, don Martín García Mérou, don José Angel
Porras, don Rubén Darío, y los nombramientos de miembro de la Academia Colombiana
e individuo correspondiente de la Real Acade mia Española.
Su obra poética, inmensamente popular en Colombia,
donde las es trofas de “Todavía” y “Belleza”, “Llanto” y “Virtud” están en
todas las bocas, requeriría capítulo aparte en una historia de la literatura
hispano americana. La estrofa enjuta y nerviosa, llena de audaces elipsis y
desbor dante de graves ideas, incorrecta, voluntariamente incorrecta a veces,
no tiene la música de orquesta de la de Zorrilla y sus románticos com pañeros;
aquella dulcísima música arrulladora, modelo sobre el cual forjaron sus cantos,
con ilustres excepciones, los poetas de la pasada generación, desde México
hasta Chile, ni ostenta tampoco la corrección suprema, los perfiles precisos y
marmoreos de los poemas del impecable maestro Núñez de Arce.
Más pensador que artista, más poeta que retórico, o
como lo ha dicho él mismo:
Más
hombre que vate,
más ser que
pintor,
el Dr. Núñez no ha prestado jamás a la forma el
nimio cuidado que, erigido en canon de la Escuela, sirvió de norma a los
parnasianos fran ceses para escribir sus poemas, y que, convertido ya en
preocupación enfermiza, anima las producciones de los decadentes y simbolistas
de la última hora.
Espiritualista convencido y lector asiduo de los
grandes maestros, los primores de la forma no lo tentaron, despreció las
fiorituras habilidosas y así lo dijo en una de sus más hermosas composiciones:
No es la norma del arte el cauce estrecho Que opio
en la copa cincelada vierte,
Que arma de nuevo de Procusto el lecho Y en el
ritmo sensual halla la muerte.
Libertad
En sus singulares poemas, sin lujo de rimas ni
deslumbramiento de palabras que brillen como pedrerías, la idea aparece,
confusa a veces y
Poesías de
Rafael Núñez, I vol. Merchán, Editor. Bogotá, 1885, tirado a 12 ejemplares.
Poesías de Rafael Núñez, I vol. en 230 páginas, publicado por Daniel J. Reyes,
con prólogo del mismo, Hachette y Co., Editores, París.
261
como encubierta por un velo; más sugestiva así
porque hace pensar que hubiera podido ataviarla con suntuosas vestiduras, y
que, para no ocul tarle las alas, el poeta osó apenas cubrirla con un tul
oscuro. Aquella poesía honda y grave, música de órgano más bien que serenata de
mandolinas, himno llano que resuena en una catedral gótica poblada de sombras,
más bien que endecha de trovador al pie de un castillo, canta la pasión humana
sublimada por el dolor, las incertidumbres de la criatura frente al eterno misterio,
los mitos muertos, las fabulosas creaciones de los pueblos niños, las
civilizaciones desaparecidas, las grandes figuras de la leyenda y de la
historia, la palingenesia eterna de los seres y de las ideas.
Los problemas morales han obsediado al poeta, con
sus secretos. Al comenzar el camino se ha tropezado con la Esfinge; el origen
del bien, el origen del mal, el misterio del más allá; la angustia de la nada
final, el deseo de otra vida, todo lo que la ciencia ignora, lo que las
Religiones afirman, batalla en su espíritu sin que se haga la paz. Sus primeras
poe sías son un eco de ese malestar sin nombre, un grito arrancado por la
duda. Hay un momento de desesperación en que pierde la esperanza de encontrar la
luz, en que el escepticismo lo domina y dice:
Ignoro si mejor es el verano
De la existencia que el invierno cano,
Ser titán o pigmeo, hombre o mujer;
Si es mejor ser humilde que irascible.
Si es mejor ser sensible que insensible,
Creer que no creer
No sé si lo que llaman heroísmo
Es virtud, embriaguez o fanatismo,
Odio, ambición, delirio, saciedad. . .
En la noche que
forman mis pasiones
No alcanzo de mis propias emociones
A saber la
Verdad.
¡Oh confusión! Oh caos! ¡Quién pudiera Del sol de
la verdad la lumbre austera
Y pura en este limbo hacer brillar!
De lo cierto y lo incierto ¡quién un día, Y del
bien y del mal, conseguiría
Los límites fijar!. . .
Que sais-je?
( 1861)
262
Para cualquier observador apenas iniciado en los
secretos de la vida moral, el estado de espíritu que expresan esas estrofas es
ya signo de una evolución mística que inevitablamente habría de efectuarse en
el alma del que las escribió. La duda, la blasfemia misma, ha dicho Renán, son
un homenaje a lo divino, puesto que son la expresión de una necesidad intensa
de justicia y de orden. Dudar implica la necesidad inevitable de inquirir, de
encontrar o de forjar siquiera una creencia final. Pocos son los que hallan en
la duda, aquel Mol oreiller, favt pour y reposer une teste bien fayte de que
habla Montaigne y bien prueban la verdad de lo contrario los acentos
desgarradores con que algunos de los más grandes poetas del siglo, Musset y
Núñez de Arce, por ejem plo, han cantado sus sufriimentos en estrofas
inmortales.
El volumen de versos del doctor Núñez, si se
exceptúan algunas hermosas composiciones eróticas, es la historia del largo
camino recorrido en busca de la fe. Hasta el fondo del abismo negro donde se
agitaba el poeta al escribir su Que sais-je? . . ., rasgando las oscuridades
trá gicas del cielo llega un rayo de luz pálido y débil:
Tal vez
cuando nos alce hasta su seno
Dios, que todos sentimos,
Sabremos lo que somos aquí abajo,
Si hay oculta salud en el veneno,
Reparador reposo en el trabajo
Lo inescrutable
Aquella claridad le sugiere la idea de que es
necesaria una transcrip ción mística de los actos humanos, de que exista una
vida, diferente de la de Tierra:
Si el hombre a lo perfecto aspira y tiende Si en
santa caridad su alma se enciende, Si a su patria se ofrece en oblación Si Dios
es Dios, en fin ¿será posible Que a una nada común lance imposible Vicio y
Virtud, a Borgia y a Cantón?. . .
Lo invisible
La visión que se forma el Poeta del Universo
comienza a serenarse, crece la fe en el Ideal; la humanidad no le aparece como
el borracho que montado en un asno, va cayéndose para uno y otro lado, según la
enérgica frase del reformador alemán; el recuerdo de los grandes hombres de la
historia, el encadenamiento de los hechos que encamina a las muche dumbres
hacia un porvenir mejor, hacia aquella ciudad ideal, colocada por el más noble
de los Emperadores romanos en los límites del tiempo, lo hace decir:
263
Organo inmenso de infinitas notas La humanidad
camina a un solo fin. ¿Quién la empuja? el que mece las espigas, El que arte da
al castor y a las hormigas, Vuelo a las aves, hálito al jazmín
Moisés
El desencanto de lo humano, la necesidad de saber y
la tristeza de saber, la pérdida de las primeras ilusiones, ficticia fuente de
histéricos sentimentalismos en los poetas adocenados, grandioso manantial de
aguas amargas pero vigorizadoras, en los grandes espíritus, le da a las compo
siciones que siguen un acento doloroso casi, doloroso, por lo sincero;
El alma del cantor
Mi
alma, ese mar
de pensamiento y vida
Que calla o muje,
duerme o se estremece. . .
Eros
es aquel mar oscuro sobre cuyas aguas parten, para
no volver nunca, como en el cuadro adorable de Gleyre, 3 las Vírgenes Blancas y
los efebos rubios que entonaron sus coros en las primeras fiestas de la vida.
Desde la arenosa orilla el Poeta cuyos ojos cansados reflejan la luz del
Poniente las ve alejarse y canta su huida.
No, no investigues
tanto los secretos
De la oscura
creación;
Porque al llegar al fin de la
jomada
Perderás la ilusión.
En la seda recuérdase al
gusano,
El áspid en la miel,
En el sueño la
calma del sepulcro,
A Caín en Abel.
El
arrebol celeste de la
tarde
Recójese
en crespón;
En
coágulo de sangre
el escalpelo
Convierte el corazón.
3 Les illusions perdues, Museo de Luxemburgo.
264
La fe conforta
y la razón
quebranta
Con su diente voraz
Y en el
pensamiento espinas trae sólo
En su
carrera audaz
Dulce
Ignorancia
Esa desilusión de lo humano levanta al bardo a
regiones más altas, hace su inspiración más uniforme y le quita el acento de
queja; añade una cuerda más sonora a la lira, aclara los horizontes, le hace
entrever las leyes que él contiene y convierte en claridad de aurora el rayo
débil que alumbraba las tinieblas de la primera parte del libro:
De la flor el perfume
Todo lo invade, aunque jamás se palpe;
La atracción del imán pasma a la ciencia;
El opio
aduerme; pero nadie sabe
Dónde
está del enigma
la fiel clave.
Como encanto incompleto
Colón el
mundo físico, pesándolo
En la fina balanza
de su mente
Hallamos el moral en deficiencia
Cuando activa la edad nuestra conciencia.
Lo grande
tiene un habla
Un no sé qué espasmódico y profundo,
Algo
que hace entrever
cosas remotas
O recordar algunas que pasaron
Y que huellas visibles no dejaron.
También
cuando miramos
Desde audaz
eminencia los abismos,
O en estrellada noche el firmamento,
O escuchamos
el trueno del torrente
El mismo íntimo espasmo el alma siente.
Sursurn
Y el horizonte se aclara y la voz del poeta se
alza:
La realidad — lo que se palpa o mira—
Apenas es perfil de lo que existe;
265
Fin de la vida que entreabre el cielo
Y resucita la edad primera;
También a
tiempo que acaba el hielo
Florecen lirios en primavera.
De los misterios algo se esconde
En cada pliegue de nuestro estambre
Que al llamamiento siempre responde
Del invisible
divino alambre.
Ese algo vence letal cicuta,
Ese algo estatuas hace del lodo,
Ese algo al crimen triunfante inmuta,
Ese algo en Cristo resume el todo.
Ideales
La vida de la Tierra
Es sólo larva nebulosa, informe,
De lo que el Bien inmarcesible encierra,
Como es germen de nuevo continente
Polvo
que el mar arrastra en
su corriente.
Ultra
Ahora es la creencia la que habla, la afirmación
definitiva surge de las vacilaciones, la luz se hace en la oscuridad:
No hay regla de criterio
Que no resulte en un momento falla. . .
Percibe el alma así luz de misterio
Y al cabo, como sol de pira amante
Se eleva a lo inefable, palpitante
y el Poeta, angustiado al comenzar por los
insolubles problemas, desen cantado luego de los triunfos humanos, convencido
ahora de las reali dades eternas, invoca la hora de llegar al puerto y
perderse en la Luz Increada:
¡Oh!
¡Libertad divina,
La crisálida
rota de este suelo,
Deja al alma emprender glorioso vuelo!
Libertad
y, poniendo el infinito del amor místico en lo
infinito del amor humano, le dice a la mujer amada:
¡Oh ven,
mientras llega la
muerte y nos hace
gigantes. Sideral
2 6 6
y el libro se cierra con una grandiosa profesión de
fe, que compensa y hace olvidar los anteriores sufrimientos:
Cada hombre es una parte
De la eterna unidad que en Dios reside
Y no hay ciencia,
ni ley, fuerza ni arte,
Que
impunemente esa. verdad olvide.
Interesante en sí como documento humano, la
historia de la evolución interior contenida en la serie de poesías que acabamos
de recorrer, ad quiere doble valor si se considera como síntoma de las
tendencias idea listas y religiosas que se notan en todos los ramos de la
ciencia y del arte en los últimos años; de ese gran movimiento que les ha dado
millares de lectores a las obras de Dostoiewski y Tolstoi, a la música de
Wagner sus fervorosos adeptos; que ha convertido la novela francesa, simple
medio de anotación de sensaciones en manos de Zola, en delicado instrumento de
análisis psicológico en las de Bourget, Rod y Rosny; que en la pintura ha
venido a reemplazar los procedimientos de Raffaelli y Manet con los de Gustavo
Moreau y Puvis de Chavannes; en la crítica los métodos de Saint Beuve y Taine
con los de Vogüe.y Teodoro de Wysewa, y que en el campo filosófico ha producido
los trabajos de Guyau, Fouillée, Renouvier, Pillon y Dauriac.
Mientras que esos espíritus, nutridos de ciencia y
ansiosos de creen cias al mismo tiempo, prosiguen sus estudios en que clarea
una aurora nueva, los hombres de acción que han sentido la necesidad de nuevas
formas religiosas, se apartan de la avanzada intelectual que encabezan y buscan
la solución práctica del problema en una ética personal y en una creencia
definida. Diósela Tolstoi con su brusco alejamiento de la corte y su retiro a
las propiedades de Yasnaia-Poliana, donde lleva vida de asceta; la han encontrado
otros en la vuelta a las creencias de la infancia.
Más afortunado que sus hermanos de dudas y de
desconciertos, que después de aprender la ciencia humana y de hacer su
experiencia del Universo, pueden decir, poniendo en él todo su cansancio, el
verso adorable de Mallarmé:
La vie est triste, helas! et j’ai lu tous les
livres, el espíritu del Doctor Núñez vino a encontrar la paz anhelada en las
creencias de sus mayores, en la Religión que aprendió de su madre, la dulcísima
anciana cuyo retrato guarda como una reliquia el salón blanco de la quinta del
Ca brero, y que, separada de él por el doble infinito del tiempo y de la
muerte, le sonreía en imagen, y acompañaba sus horas de labor ardua y de
profundas meditaciones.
La quinta del Doctor Núñez, cuya vista ofrece hoy
El Cojo Ilustrado, está situada al noroeste de Cartagena, la vieja ciudad
heroica, tres veces sitiada, cantada por de Heredia en sus maravillosos
sonetos, y que renace
267
hoy gracias al amor de sus hijos y al ferrocarril
que la une con el Río Magdalena.
¡Lugar forjado a propósito para que en él se
deslizara la vida de un pensador desencantado de lo humano, parece la mansión
construida en la pequeña península, que recibe en su doble playa el beso de las
ondas del mar Caribe, que enfrentado por las costas de la bahía llega allí como
acariciador y medio dormido a lamer la arena de la orilla! Desde los balcones
de la Quinta, pintada de blanco, y medio oculta en los jardines que cantan una
estrofa de vida con sus verduras violentas y el color encendido de las flores;
por sobre el bosque de cocoteros que la rodea, se ve en las cercanías la
Capilla que levantó a la Virgen la piedad de la señora Román de Núñez, y allá,
en lontananza, las viejas murallas de la ciudad heroica, negras por los
liqúenes que las cubren, enguirlandadas por las enredaderas que por ellas
trepan y os tentando todavía las huellas de los cañones de Pointis. Las
paredes blanqueadas, las palmas que ondulan como abanicos movidos por el
viento, el azul profundo del cielo, sobre el cual se corta allá en el horizonte
la línea pálida del mar y, quizás la blancura de una vela que hace rumbo hacia
lejanos países, los viejos castillos españoles, levanta dos como centinelas en
las alturas, le dan al paisaje un aspecto de Oriente. Allí, en ese retiro de
filósofo y de poeta, encontrábase al hom bre que ha ejercido en los últimos
años decisiva influencia sobre los destinos de su patria.
Sencillamente vestido de dril blanco, sentado en
una silla de bambú y esparto, el antebrazo apoyado en los brazos del asiento,
la cabeza inclinada sobre el pecho; un mechón de cabellos entrecanos cayéndole
sobre la frente elevadísima, los ojos claros y azulosos, medio cerrados, con
una extraña expresión de cansancio físico y de profunda vida in terior, al
comenzar la conversación parecía abstraído en meditación profunda. Mientras los
temas no se alejaban de las preocupaciones vul gares, de los detalles diarios,
veíasele así, los ojos nublados como por la niebla de una idea; oíase la voz
lenta y perezosa que articulaba frases de fórmula. Al hablársele de sus
contrarios; de los que las odiosas luchas políticas habían colocado frente de
él en actitud de batalla; de los que olvidaron los favores recibidos, su
fisonomía tornábase impasible; no se oía una frase amarga de sus labios,
aquello no le interesaba, su inteligencia parecía volar a inconcebible altura
sobre el tema de la con versación.
En cambio, hubierais nombrado delante de él a una
de las glorias americanas, de los lidiadores que en los días cruentos en que
sacudían Las Américas al yugo secular, pusieron su vida y su fortuna y su valor
al servicio de la Patria; o hablado de los progresos materiales que el país
está llamado a lograr en el curso del tiempo; o dejado caer, como una piedra
preciosa, en la conversación, el nombre de un gran poeta,
2 6 8
de los que formaban su sociedad intelectual,
habríais visto la transfor mación que se efectuaba; la mano cansada hubiera
pasado por sobre los cabellos, y con ademán de fuerza se pasearía por la barba
entrecana, los ojos apagados se hubieran encendido con el fuego de la juventud;
el cuerpo entero, como galvanizado, se erguiría; alzaría la voz su monótono
diapasón, y el hombre que teníais delante os parecería como transfigurado por
el entusiasmo; los sesenta y nueve años que hubiera cumplido en estos días estaban
borrados, tenía treinta, la edad de las luchas y del esfuerzo poderoso; tenía
veinte, la edad de los entusiasmos sublimes y de las noblezas idealistas. . .
no tenía edad como no la tiene el genio.
Cuatro palabras sobre la carrera pública del Dr.
Núñez, completarán para nuestros lectores el esbozo, que, a grandes rasgos les
ofrecemos, para acompañar el retrato con que se engalana este número de El Cojo
Ilustrado. Nacido en Cartagena, el 28 de setiembre de 1825, de ilustre familia,
varios de cuyos miembros se distinguieron en la época de la independencia,
ocupó los siguientes puestos oficiales en los Estados Uni dos de Colombia:
Cónsul de los Estados Unidos de Colombia en Liver pool, Representante por
varios Estados a las Cámaras Nacionales, Senador, Presidente del Senado,
Presidente del Estado de Panamá, Presidente del Estado de Bolívar, Presidente
de los Estados Unidos de Colombia, Presidente Titular de la República de
Colombia desde 1886. Este último puesto lo ocupó desde entonces, sin aceptar el
sueldo que remunera su desempeño; detalle insignificante y vulgar si se quiere,
sobre todo al compararlo con el desprendimiento de los bienes de fortuna, que
fue la norma de su vida, pero que da idea de la nobleza de su carácter.
Ni el desprecio de la obra propia, aun cuando el
éxito la haya coronado, que pretende Renán que sea el signo supremo del hombre
superior le faltaba al Dr. Núñez. Sin las repetidas instancias de sus amigos y
admiradores, sus poesías, de las cuales fue él mismo crítico severísimo, serían
casi imposibles de encontrar, dado que vieron por primera vez la luz en
publicaciones periódicas más o menos efímeras. Idéntica cosa ha pasado con sus
artículos sobre política y finanzas, que otro de sus entusiastas admiradores,
Don Rafael M. Merchán, juntó en el tomo de que antes hemos hablado, con el
nombre de La Reforma política en Colombia.
Dejamos a biógrafos más apasionados y que optan en
todo por las conclusiones simplistas, la tarea de averiguar si los triunfos
políticos lle naron las ambiciones secretas del autor de “Sursum”. De seguro
que la respuesta será categórica y afirmativa.
En nuestra opinión humildísima, el sentimiento que
imperaba en el alma del Presidente titular de Colombia, cuando le abrió el ala
negra de la muerte los espacios desconocidos, es el mismo que lo inspiró a
cantar en su Moisés el descanso del caudillo hebreo, muerto en la
269
altura del monte desde donde alcanzó a ver y a
señalar a su pueblo los horizontes de la Tierra prometida. . .
Después murió. Del triunfo las angustias
Su corazón no tuvo que sufrir:
La ingratitud más
dura que el suplicio,
El laurel más punzante que el cilicio
No pudieron su sueño interrumpir.
Caracas: septiembre 28 de 1894.
JOSÉ A. SILVA
ANATOLE
FRANCE
Noticia bibliográfica y literaria
AN A T O L E FR A N C E 1 nació en París en 1844, y
allí vive consagrado a las letras. Hízose conocer como poeta publicando hace
veinte años un tomo de versos, Los poemas dorados, y un poema, Las nupcias
corintias, en 1878. Ambos libros, concebidos y escritos de acuerdo con la
estética del Parnaso, son obras perfectas de arte, trabajo exquisitos de cin
celador y de orfebre, de tan hermosa forma, que no falta quien los considere
como la mejor de todas sus producciones literarias. Una serie de novelas, Los deseos
de Juan Servien, El gato flaco, Yocasta, El libro de mi amigo, El crimen de
Silvestre Bonnard y T haís, dos tomos de cuentos, Baltasar y El cofre de nácar,
le han valido reputación de no velista, y le han dado fama de crítico sutil y
de erudito insigne los estudios publicados en Le Temps de París, y reunidos en
cuatro volúme nes con el nombre de La vida literaria.
Diferentes en todo de las novelas novelescas, que
entretienen al vulgo de los lectores con la narración de imposibles aventuras y
con la pintura de sentimientos falsos, las de France tienen trama muy sencilla
e ideas muy complicadas y recuerdan a cada página a quien las lee, que son la
obra de un poeta que es un sabio a un mismo tiempo. Del poeta tienen la
invención graciosa y delicada, la fantasía brillante, la belleza lujosa de los
detalles, el soplo de vida que anima a los per sonajes, la nobleza del estilo,
la límpida transparencia de la frase; el sabio ha puesto en ellas el ambiente
en que se mueven las figuras, las decoraciones prestigiosas, la observación
profunda y sagaz de las fla quezas y de los errores humanos, la ironía
amortiguada, el escepticismo benévolo de los que creen muy poco por haber
cavilado mucho. . .
1 El nombre verdadero del autor es Anatole
Frangois.
270
De tales libros puede decirse que corresponden
perfectamente a la definición que su actor da del libro, en reemplazo de la que
trae un diccionario célebre.
“Libro — dice France— es, según Littré, la reunión
de varios cua dernos de páginas manuscritas o impresas. Esa definición no me
sa tisface; yo definiría así: Libro: obra de hechicería de donde salen toda
clase de imágenes que turban los espíritus y cambian los corazones. O así:
Libro: aparatico mágico que lo transporta a uno en medio de las imágenes del
pasado, o entre sombras sobrenaturales”.
Obra de hechicería, eso es Thaís, la más bella de
sus novelas, y quizás una de las más bellas novelas que se han escrito hasta
hoy. Al recorrer esas páginas, el lector cree respirar el ambiente de
Alejandría, ver el horizonte escueto del desierto, donde asaltan las
tentaciones dia bólicas a los ermitaños insomnes, oír lo que dicen la hermosa
cortesana conversa, el atormentado Paphnucio, Nicias el sonriente epicúreo,
todos aquellos personajes que adquieren, por el sortilegio del arte, el mismo
relieve que tendrían si fueran imágenes directas de la realidad.
Las frases severas que usa France para hablar de
Zola, de su natu ralismo grosero y de su visión estrecha de las cosas humanas,
no autorizan para decir que sea France un crítico idealista. Como crítico es,
sobre todo, un enamorado ferviente de la belleza, dispuesto a rendirle home
naje donde quiera que la encuentre, y a quien la exquisita sensibilidad
artística y el desprecio trascendental por las fórmulas estrictas, permiten
gozar con la contemplación de todas las formas armoniosas.
Voces de lira y de flauta que vibran en el fondo
del bosque de laureles, cerca del templo griego; armonías graves del órgano,
que acom pañan las salmodias de los frailes en las iglesias medioevales;
serenatas de mandolinas al pie de los palacios de mármol; ingenuas canciones de
labriegos en los bailes campesinos, todas las músicas son buenas para él con
tal de que los músicos sean buenos. Como se extasía con los cantos serenos de
Virgilio, se deja adormecer por la voz dulcísima, con sejera de paz, del monje
de la Imitación, y aquellas admiraciones no le impiden sentir el calofrío
febril que le comunican al lector artista los extraños poemas en que los
neurasténicos modernos, los Baudelaire y los Verlaine, dicen las visiones
mórbidas de la vida.
No le perdonan a France los críticos dogmáticos y
los jefes de grupos extremos esa imparcialidad que juzgan dilettantismo de mala
ley, ni el que considere las obras de arte desde diferentes puntos de vista, ni
que el tono habitual de sus críticas sea el de una indulgencia plácida, que
tiene visos de amable ironía. Desespérase Brunetiére, por ejemplo, al ver que
France huye de hacer clasificaciones y que, olvidándose por momentos de las
suavidades felinas y de las certidumbres opuestas que acostumbra, se atreve de
vez en cuando a afirmaciones categóricas; renegaron de él los decadentes y los
simbolistas cuando dijo que, a pesar de su buena voluntad de sus esfuerzos, no
se enteraba de las
271
ideas que entrañan los poemas místicos de Mallarmé
y las sinfonías evolucionistas de René Ghil, y los neorrealistas del grupo en
que forma Rosny no alcanzan a comprender por qué les reprocha el autor de Thaís
la oscuridad deliberada del estilo erizado de términos técnicos, ni por qué se
entretiene oyendo las cantilenas arcaicas de Juan Moréas. France al
contestarles su excusa sonriendo con maliciosa modestia, re conoce la ciencia
de los que lo atacan, pondera los admirables métodos de sus adversarios, y los
felicita por el triunfo que han obtenido sobre él; les repite que él es muy
ingenuo, muy sencillo; que siente admiración por la gente convencida y
batalladora, que las críticas que escribe son impresiones de paseo por entre
las obras maestras, y que la parte que escogió al entrar al bosque sagrado,
dejando a otros la exacta mensura del terreno y el deslinde de los predios, fue
la del humilde silvano que, para comodidad de los paseantes, coloca bancos
rústicos en los sitios donde la sombra de los árboles es más espesa, y más puro
el ambiente, y el césped más blando, y más claro el horizonte que se divisa en
lontananza.
Esa humildad casi burlona, esa galantería de gran
señor, exasperan a los adversarios. Verdad es que la crítica, tal como la
entiende France, es lo más a propósito que se puede concebir para lograr la
antipatía seria de todos los que se aferran a un ideal determinado en materia
de arte. Su idiosincrasia en el reino de las bellas letras, se nos antoja a la
obra de Renán en el campo de la historia y de la filosofía, y su caso, como
diría un médico, es uno de los que muestran de modo más visible las ventajas y los
inconvenientes de la gran cultura moderna, y el estado de espíritu, que se
resiste al análisis, de muchos de los que forman hoy la vanguardia intelectual
de la humanidad.
Incrédulo enamorado de las creencias muertas,
demócrata adorador de todas las elegencias aristocráticas, moderno que siente
la nostalgia del pasado, erudito que hace burla de la erudición y reniega de
los libros, hombre de ciencia que suspira por las sorpresas y los goces de la
ignorancia perdida, espíritu complejo, penetrante y sutil, lleno de innúmeras
curiosidades que juzga vanas de antemano, no siente, por fortuna para él, la
indefinible angustia de los que juntan a esas com plicaciones la preocupación
intensa de los problemas morales; esa an gustia que emana de las obras
sugestivas y graves de Pablo Bourget.
¿Debe atribuirse el escepticismo sonriente, el
optimismo sereno de France, al maravilloso equilibrio de sus facultades o a
circunstancias especiales de su temperamento y de su vida? Ardua tarea es esa
de analizar las causas que influyen para determinar el resultado misterioso de
que unas mismas ideas se transformen en torturas angustiosas o en inefables
fruiciones, de acuerdo con la sensibilidad íntima de los que las adquieren.
Contentémonos con anotar que para los que conocen a fondo los libros del insigne
artista del que hablamos, la sonrisa satisfecha, irónica y dulce de France
tiene visos de una sonrisa de tristeza resignada,
272
y que cruza por ella, como un fantasma por
un,jardín florido, aquella mujer que, según dice él mismo, anda por el mundo
desde el día en que los hombres comenzaron a pensar, aquella mujer silenciosa
que lleva velada la faz y que se llama la Melancolía.
Bogotá, Mayo 30: 1893.
JOSÉ A. SILVA
EL
CONDE LEON TOLSTOI
Noticia
biográfica y literaria
N ACIÓ E L conde León Tolstoi, de noble y poderosa
familia, que ha dado a Rusia varios hombres ilustres en la milicia, en la
diplomacia y en las bellas artes, en la tierra de Yasnaia-Poliana, en el
departamento de Toula, el 28 de agosto de 1828. Después de hacer sus estudios
en la universidad militar de Kazan, ingresó al ejército, sirvió como oficial de
artillería en el Cáucaso, luego en Crimea, y tomó parte activa en la defensa de
Sebastopol. Al firmarse la paz hizo un largo viaje por varios países de Europa;
fijó su residencia en San Petersburgo y Moscú al regreso; casó en esta ciudad
en 1860, y poco tiempo después se retiró a sus tierras, donde lleva hoy una
vida humilde y sencilla, consagrada la mayor parte del tiempo a manuales y
rústicos quehaceres.
No son las primeras ni las últimas novelas del
insigne escritor ruso, cuya fama llena hoy el mundo, las más significativas
para el que quiera formarse idea completa de su grandeza literaria. En sus
primeros libros, desde Los Cosacos hasta Katia, puede notar el lector la
evolución pro gresiva de las facultades creadoras, la conquista gradual de los
procedi mientos artísticos, la mayor intensidad en el análisis de las pasiones
humanas; La guerra y la paz (publicada en Moscú en 1869), Ana Ka-renine (en 1874),
marcan el momento supremo del desarrollo psíquico del escritor, reflejan como
un gigantesco espejo el inmenso horizonte abierto en ese entonces ante sus ojos
compasivos, clarividentes y son-deadores; los veinte o treinta volúmenes de
dramas, novelas, narraciones, fábulas y filosofía publicados después muestran
la evolución misteriosa y profunda verificada en ese espíritu, de día en día
más desprendido del arte, de día en día más preocupado de ética y de religión y
más acosado por la angustia de los problemas eternos, más compelido por el
misticismo grave que se anida en el fondo oscuro del alma eslava, a obtener
porqués insolubles de la vida y de la muerte, y a traducir en fórmulas
prácticas la aspiración eterna de la humanidad hacia el bien.
La guerra y la paz, obra formidable, a que cuadra
mal el nombre de novela; narración que abarca en el tiempo veinte años de la
historia de
273
Rusia, en las jerarquías de los personajes toda la
escala que va desde Bonaparte y el Zar hasta los mendigos hambrientos, en la
descripción de la humanidad y de la naturaleza todos los aspectos; desde las
cunas donde los chicuelos agitan las manecitas sonrosadas y blandas hasta los
lechos suntuosos donde agonizan los viejos cansados de la vida; desde los
campos perfumados por la primavera y dorados por el sol naciente donde aroman
las primeras violetas, hasta las estepas desoladas por la sombra nocturna y por
el frío donde se pudren los cadáveres abandonados tras la batalla cruenta;
desde las noches de luna en que las muchachas vestidas de blanco hablan de
amor, asomadas a las ventanas, hasta las tardes trágicas en que las capitales
abandonadas arden en el horizonte, es un inmenso panorama de la Rusia del
pasado. Ana Karenine copia en cuadro menos amplio, en nada inferior al otro,
por la intensidad de la visión y por el poder de la transcripción literaria,
más artístico si se quiere, en el sentido estrecho de la palabra, la sociedad
rusa de hace veinte años. En uno y otro libro se ven ya las preocupaciones que
deter minaron en el espíritu del autor la producción de las obras posteriores,
y que han sido después la guía de su vida. Pedro Besoukoff, Nicolai Levine, el
príncipe Andrés, son el autor, con todas sus dudas, sus an gustiosas
incertidumbres, su malestar doloroso, al considerar los proble mas eternos y
sus utopías para encontrar la fórmula suprema.
Como un mágico aprisionado por ellos en el rombo
que trazó a su rededor para que no lo franquearan los fantasmas evocados, esos
per sonajes lo cercaron y se encarnaron en él; un misterioso moujik le dijo un
día que el secreto de la vida consistía en el desprendimiento de todo, en el
olvido de las grandezas humanas, en el desprecio de la inteligencia, del amor,
del arte, del lujo, de todo lo que puede enno blecerla. De ahí una religión
nueva, singular mezcla de moral evangélica extremada hasta un altruismo
absurdo, hasta un comunismo disolvente y de desprecio por el progreso humano,
llevado hasta el furor de los los iconoclastas. De entonces para acá dejó de
contar la humanidad con uno de los más grandes artistas que han existido y un
nuevo fanatismo tuvo un nuevo apóstol; la mano que describió a Natacha y a
Wronsky, se empleó una veces en ennegrecer páginas que hacen propaganda contra
el tabaco y contra el vino y que relegan el amor al dominio de lo inmundo, y
otras en manejar la hoz en los campos donde amarillean los trigales, y en
clavetear zapatos para los chicuelos de la escuela de Yasnaia-Poliana.
¡Singular figura la del aristocrático escritor en
quien el horror del mal hizo que cediera la inteligencia al sentimiento, y
suprimió el poder de crear! ¡Tal como lo pintan los que de cerca lo han visto,
vestido con una blusa ordinaria, ceñida la cintura con una faja de cuero,
membrudo y de elevada estatura, los largos cabellos blancos cayéndole sobre los
hombros, la luenga barba sobre el pecho, los ojos hundidos y brillantes de
místico ardor bajo las cejas espesas, la boca grave y todo él des
274
greñado y venerable predicando su religión nueva a
los campesinos in cultos, evoca las figuras sombrías de los ermitaños de los
primeros siglos, que retirados al desierto, anunciaban la verdad salvadora y
pre decían la caída de los imperios decadentes!
1893.
PROLOGO
AL
POEMA INTITULADO “BIENAVENTURADOS LOS QUE
LLORAN", DE FEDERICO
RIVAS FRADE
AL P O EM A que Rivas Frade le da hoy al público le
sobraría cualquier prólogo. El público conoce de tiempo atrás al autor y ha
visto con viva simpatía todas sus producciones literarias. Muchos hombres, en
cuyos labios precozmente marchitos, una sonrisa fija disimula la expresión de
completo cansancio; muchas mujeres que, como la Idolatrada de Heine, tienen el
color de la primavera en las mejillas y el frío del invierno en el alma, cuando
oyen nombrar a Rivas, dicen paso, como una con fesión íntima, algún verso
nostálgico de las Rimas, de esos en que el poeta, al delinear la silueta vaga
de algún recuerdo, al trasladar a las sílabas sonoras el tinte de melancolía de
su alma; al fijar alguna impre sión fugitiva, por medio de las frases
rebeldes, habló para todos los cerebros y para todos los corazones que guardan
confusas esas imágenes, sin poderlas reducir a palabras.
¡Y cuántas veces, después de decir ese verso en que
su pensamiento toma forma, y se ennoblece con la música del ritmo, y ve
levantarse el pasado, como un fantasma evocado de su sepulcro por la magia de
la estrofa, viene a los labios que lo dijeron, ajados como raso marchito o
frescos como un botón de flor, una sonrisa de agredecimiento para el que así
supo traducir lo más íntimo de sus sueños, lo peor de sus desengaños o lo más
dulce de sus memorias!
Rivas Frade pertenece al grupo literario que
Catulle Méndes ha bautizado con el nombre de sensitivos y del cual forma parte
Gustavo A. Bécquer. Hasta hoy han ido aglomerándose, y para consuelo de los
redactores de periódicos escasos de material y de los curiosos lectores,
seguirán aglomerándose por muchos años, los estudios en que la pa ciencia de
los críticos busca analogías entre la obra del poeta sevillano y la de Heine y
entre las composiciones cortas y tristes, escritas hoy, con las del maestro sevillano.
Heine, triste, escribía versos cortos, y se quejaba de la vida, Bécquer
imitador de Heine y Rivas Frade y José Angel Porras, y otros, imitadores de
Bécquer, todos melancólicos, im presionados por la muerte, autores de poesías
que, como dice de las rimas dolorosas de Emilio Antonio Escobar el ilustre
crítico don Juan Valera, tiene olor de cementerio y cancamurria de gorigori.
275
Perfectamente, pero ¿no sería más fácil ver en esa
semejanza de la producción una analogía de organizaciones y de temperamentos
que, puestos en contacto con la vida, experimentan sensaciones parecidas, que
se transforman en estados de espíritu en los cuales la emoción senti mental
busca salida y se convierte en uno de esos poemitas que hacen reír a la flor de
los críticos españoles y pensar al vulgo de los lectores colombianos?
¿Por qué han hecho esos hombres versos parecidos en
la forma y en el fondo? ¿Por qué destilan en todos esos vasos preciosos el
mismo licor amargo de sabor raro?
Esta es la explicación que se les ha ocurrido a
algunos al pensar en eso: todos esos poetas son espíritus delicadísimos y
complicados a quienes su misma delicadeza enfermiza ahuyenta de las realidades
brutales de la vida e imposibilita para encontrar en los amores fáciles y en
las felicidades sencillas la satisfacción de sus deseos; a quienes lastiman a
cada paso las piedras del camino y las durezas de los hombres, y que se
refugian en sus sueños. Débiles para la lucha de los sexos, que es el amor, son
vencidos en ella; soñadores de felicidades eternas exigen de este sentimiento
voluble una duración infinita; rinden un culto casi místico al Femenino Eterno,
y cuando vuelven de sus éxtasis, en cuentran a la mujer que los fascinó con la
elegancia del porte, con la belleza de las formas, con el perfume sutil que de
ella emanaba, con la dulzura de los largos besos, y a quien idolatraron de
rodillas, inferior a sus sueños mismos, que se han desvanecido al ponerse en
contacto con la realidad. Cuando el éxtasis pasa, dice tristemente: “todo lo
que se acaba es corto”. Entonces esas almas se enamoran de la Naturaleza, se
pierden en ella, como por un panteísmo extraño; sienten la agonía de los
bosques, ennegrecidos por el otoño; vuelan con la hojarasca en los crepúsculos
rojizos, flotan en la niebla de las hondonadas, se detienen a meditar junto a
las tumbas viejas; donde no hay una piedra que diga el nombre del muerto; junto
a las ruinas llenas de yedra y de recuerdos, que los tranquilizan hablándoles
de la fugacidad de lo humano; se dejan fascinar por el brillo fantástico de las
constelaciones en las noches transparentes; sienten una angustia inexplicable
frente a lo infinito del mar, prestan oídos a todas las voces de la tierra,
como deseosos de sor prender los secretos eternos; y como aquello no les dice
la última palabra, como la tierra no les habla como madre, sino que se calla
como la esfinge pntigua, se refugian en el arte, y encierran en poesías cortas,
llenas de sugestiones profundas, un infinito de pensamientos dolorosos.
Esos espíritus no tienen ni la paciencia ni la
fuerza, convencidos como están de la inutilidad final del esfuerzo humano, de
levantar las armazones gigantescas en que se sostienen los poemas de largo
aliento. . .
Y por eso, para decir lo que sintieron y pensaron,
les basta una estrofa, como las del Intermezzo a Heine, un cantar como los de
la Soledad a Ferrán, una rima como las de sus Rimas a Bécquer. . .
2 7 6
si en Heine
la suprema ironía y la risa de burla desfiguran la ver dadera fisonomía
literaria, no es difícil, viéndolo de cerca, caer en la cuenta de que esa
ironía es una careta roja de Mefistófeles, un disfraz carnavalesco, puesto
sobre la cara, enflaquecida y pálida por el sufri miento, y que solo sirve
para ocultar al vulgo de los lectores las lágrimas de dolor real que, una por
una, amargas como las olas del mar del norte, cantadas por él, se le caían de
los ojos al poeta paralítico.
Nuestro público ama a esos autores, aprecia en lo
que valen las de licadezas de pensamiento y de frase. El poema que Rivas Frade
le entrega hoy, encontrará en él, como la han encontrado las Rimas, la acogida
que merece, por la belleza del asunto, la maestría de la forma y la elección de
los detalles.
. . .Y si acaso, dentro de algunas semanas los
críticos al por menor se ponen a anotarle lunares y a averiguar a quién imitó,
yo le contaré a Rivas Frade, para que se ría de ellos, que a muchas bocas
marchitas las una como raso ajado, frescas las otras como botones de flores,
les he oído repetir, en voz baja, como un secreto dicho en el confesionario de
la conciencia, estos versos adorables de una de sus Rimas:
Cuando paso rozando
tu vestido
e indiferentes al cruzar nos vemos,
sin que asomen las
almas a los ojos
para
cambiarse por saludo un beso.
Mirando nuestra mutua indiferencia
me parece que piensas, cual yo pienso
que este mundo es
un baile de
antifaces,
o que en los dos el corazón ha muerto.
PIERRE LOTI
E l EN CA N TO de las novelas de Loti y de ésta en
particular reside simple mente en el exotismo, y esa fuente de éxito explotada
por Loti se agotará rápidamente. Sus libros no están llamados a vida duradera.
Azi-
yadé, Constantinopla, Karoni, Tahiti, Crysanthéme,
Yokohama, Fleurs d’Ennui, Propos d’Exil, Japoneries d’Automne, simples estudios
de me dios ambientes; artísticos, no psicológicos; coloreados, no profundos;
preferibles, para el que busca el temperamento del autor, a la novela.
En los otros libros, la primera de las impresiones
se amortigua; en la novela de Spahi los amuletos y la luz y el calor de los
personajes insípidos están de sobra. El mismo lo ha dicho en su prólogo de Cry
santhéme. “Los personajes de esta novela somos: el japonés, yo y el
277
efecto que el país me produjo”. Así de todas, y
para disminuir el esfuerzo, los personajes de sus novelas son todos
rudimentarios, organi zaciones débiles donde no se mueve la pasión y que se
destacan del fondo del cuadro como un signo, como una impresión última del
medio descrito. Cuando Loti ensaya trasplantar a nuestras regiones sus pro
cedimientos, éstos no dan resultados completos.
De ahí la inferioridad del Frére Ivés. Uno de los
secretos que hacen la magia de su estilo, que le dan el sello característico,
consiste en la lejanía de los lugares descritos, en la vaguedad de la frase, en
algo delicadamente incierto de los adjetivos que podría resumirse en esto:
grandiosos cuando caracterizan un aspecto general de las cosas; en Crysanthéme,
las comidas extravagantes, la pipita de oro sacudida, las linternas, etc. Para
el primero de los dos procedimientos, Loti es pintor de grandes toques, para el
segundo es miniaturista consumado.
Loti no es novelista. El único carácter que sale de
su obra es el suyo propio: una inteligencia alta que quizás se hubiera
satisfecho en es tudios científicos; una sensibilidad sentimental nula, con
propósito deliberado de no dejarse enternecer; una sensibilidad sensorial
enorme; una delicadeza que lo hace sensible a los matices más fugitivos de las
cosas, de los horizontes; un verbo nuevo, en fuerza de ser, será. . .
¿creíble? viejo. . . "Ce grand secret de
melancolie que la lune raconte aux chines anciens et aux mirages deserts des
mers”. Esta frase de Chateaubriand, diluida en mil páginas, y su sugestiva
melancolía, contiene las tres cuartas partes de la belleza regada en todas las
páginas de descripciones de la novela. Loti y Loti: los dos personajes de sus
novelas y de su obra.
Un diletantismo suave, como todo lo superficial, un
espíritu fatigado de lo vacío; una alma enamorada de lo raro: todo eso puede
ser elemento y base de éxitos, seguramente transitorios: las cualidades de hoy
serán defectos cuando, siendo más conocidos los países descritos, las vague
dades de hoy parezcan simple debilidad. . . y sin embargo, por el lado
sensaciones suaves, poetismos y exotismo han sido muy gustados por oposición
del alcohol de Fot bouille, de la carne de Nana, de la histeria y de la neurosis
explotadas por la escuela opuesta.
Aun suponiendo que la obra de Loti se hubiera
producido al tiempo que las novelas de Bourget, habría sido más popular que
aquellas: cual quiera desea leer un cuento que se pasa en Tahití, mientras que
para el gran público la novela psicológica con sus medios ambientes, estados de
espíritu y todos sus análisis, es como libro cerrado.
278
NOTAS Y VARIANTES
LA PROTESTA DE LA MUSA. Publicada por primera vez
en RL, año I, N9 7, diciembre 15 de 1890, págs. 133-135. Seguimos el texto de
1965, con ortogra fía y puntuación modernizadas, compulsándolo con 1890.
Párrafo 4, línea
20. 1890, 1965
alegre. . . Y el poeta satírico
TRASPOSICIONES. Tomamos el texto de la edición de
las Prosas de Silva hecha por Daniel Arias Argáez, el cual dice de la “Carta
abierta” : “Varios días después de un almuerzo lujoso, servido en un elegante
chalet, vecino de la po blación de Funza, remitió Silva a la inspirada artista
y gran señora doña Rosa Ponce de Portocarrero esa deliciosa carta abierta, en
la cual le incluyó las dos Transposiciones portentosas, denominadas al Carbón y
Pastel, que son dos trabajos de orfebrería realizados por un artífice soberbio”
. Estos textos son aproximada mente de 1890.
La carta es un precioso documento para ilustrar lo
dicho en el “Estudio Pre liminar” a este volumen, especialmente los párrafos
terceros, sexto, octavo y noveno. Además, posee una exquisita calidad casi
proustiana en ciertos pasajes.
SUSPIROS. Primera publicación documentada por
nosotros, en Prosas, págs.
53-56.
EL PARAGUA DEL PADRE LEON. Primera publicación
documentada por nosotros en Prosas, págs. 87-91, versión que reproducimos,
corrigiendo algunas erratas.
Párrafo 7, línea 9. 1926 conversando Párrafo 8,
línea 6. 1926 Million Ouet, Párrafo 8, línea 11. 1926 Falta la línea que se ha
hecho famosa por haber com prado todas las joyas
CRITICA LIGERA. Publicado por primera vez en ETdD,
serie 2^, N^ 39, agosto 12 de 1888, págs. 305-307. Compulsamos aquí la edición
de Donald Mc Grady en Thesaurus, Bogotá, tomo XXIV, 1969, págs. 3-16. Esta
carta de Silva fue escrita en respuesta a una “Entrevista con Mr. Collins”,
publicada en La Miscelánea de Medellín y firmada por José Luis Ríos (en
realidad Baldomero Sanín Cano). El texto de Sanín criticaba a algunos poetas y
no mencionaba a Silva. Algunos creyeron que era él el autor de la entrevista. En
el texto, no creemos necesario indicar la corrección de usos tales como las
preposiciones a acentuadas o de pequeñas erratas o indicar la adición de los
signos ¿ ¡ o de alguna coma evidente.
279
EL DOCTOR RAFAEL NUÑEZ. Escrito para EC1, el 28 de
septiembre de 1894 y publicado el 1 de diciembre del mismo año (año III, N<?
67, págs. 379-
, con motivo
de la muerte de Rafael Núñez, ocurrida el 18 de septiembre. Seguimos esta
versión de la publicación venezolana, ya que la de Prosas y la de BR (1 9 6 5 )
mutilan varios párrafos y frases. El verso de Mallarmé citado en el párrafo 19
tiene un error. Debe leerse: La chair est triste, hélasl et j’ai lu tous les
livres. Modernizamos la ortografía y corregimos alguna errata.
ANATOLE FRANCE. En la Biblioteca Popular, Bogotá,
Jorge Roa Editor, 1893, se publicaron traducciones de cuentos de autores
extranjeros. Silva tradujo El cofre de nácar de Anatole France y escribió esta
“Noticia biográfica y literaria” como prólogo. Seguimos el texto de 1965 que es
igual, en general, al de 1893.
EL CONDE LEON TOLSTOI. Como el texto anterior, éste
sirvió como prólogo para una publicación de los Cuentos para el pueblo de
Tolstoi. Está fechado en julio 25 de 1893. Publicado en la misma Biblioteca
Popular.
PROLOGO A “BIENAVENTURADOS LOS QUE LLORAN” DE RIVAS
FRA-DE. Primera publicación documentada por nosotros en Prosas, 1926.
Párrafo 4, línea 1. 1965 más fácil en esa
PIERRE LOTI. Primera publicación en Prosa, págs.
103-105, donde Daniel Arias Argáez anota: “Este ligero juicio crítico, escrito
con lápiz por la propia mano de Silva, fue encontrado en la pasta de un viejo y
desteñido ejemplar de Rarahu ( . . . ) ” . Hacemos leves correcciones a este
texto y a 1965, sobre todo en los acentos franceses.
280
CRONOLOGIA *
La
Cronología de este volumen ha sido revisada y completada por el Depar tamento
Técnico de la Biblioteca Ayacucho.
1865
1866
Vida y obra de José Asunción Silva
Nace José Asunción Silva en Bogotá (2 6 /X I); hijo
de Ricardo Silva Frade y de Vicenta Gómez Diago. Su padre, “habilísimo para los
negocios”, “hombre de talante aristo crático y distinguido”, procedente de
familia acomodada, también es un conocido autor de artículos de costumbres.
“Silva era una gran conocedor del idioma castellano, pues en la biblioteca
paterna se había nutrido con el estudio de los clásicos” . (Arias Argáez). A
diferencia del padre, la madre mostrará hostilidad por las actividades poéticas
del hijo.
(6 /1 ) Es bautizado con los nombres de José
Asunción Salustiano Facundo. Su abuela, Mercedes Diago de Gómez fue su madrina;
más tarde estaría entre los ejecutores co merciales del poeta. Su casa
“diríase el único reducto ‘snob’ en aquella Bogotá de mediados del siglo XIX
que aún conservaba mucho de la colonial Santa Fe” . (Miramón).
282
Colombia y América Latina Mundo exterior
Presidencia
de Manuel Murillo To ro (1864-66), primer presidente ele gido según la
Constitución de Rionegro (6 3 ) que dio al país un gobierno federal y el nombre
de Estados Unidos de Co lombia. Inicia operaciones el Banco de Londres, México
y Sudamérica. Primer mensaje telegráfico despachado de Bo gotá (1 /X I) .
Nacen
I. E. Arciniegas
y J. J. Casas.
Muere E. Díaz Castro.
AL: Muere el dictador Carrera (1 4 / IV) y comienza
la explotación del café en Guatemala. La “triple alianza” de Brasil, Uruguay y
Argentina contra Pa raguay (-70). Independencia de Santo Domingo. Barrios
sometido a consejo de guerra y condenado a muerte en Salva dor. (2 9 /V III).
Tratado Vivanco-Pareja (27/1).
R. Palma: Armonías y La lira ameri cana. Muere A.
Bello.
Ultima
presidencia de Tomás Ci priano de Mosquera, iniciada bajo el lema de
"Paz, Libertad y Progreso” ; en defensa de los triunfos liberales sobre la
Iglesia, destierra por seis años al arzo bispo de Bogotá y clausura el
Congreso. Tratado diplomático de Comercio, Na vegación y Amistad con el Reino
Uni do (II).
Gutiérrez
González: Memoria sobre el cultivo del maíz en Antioquia.
AL: Alzamiento federal contra Uzqui-za en Argentina
(-67). Tratado de lími tes Chile-Bolivia establece que las rique zas
descubiertas entre los grados 23 y 25 de latitud serían propiedad de los dos
países ( 1 0 /VIH).
Termina la guerra de secesión en EE.UU. (1861-).
Asesinato de Lincoln. Entrevista de Bismarck y Napoleón III en Biarritz.
Ministerio Russell en In glaterra.
Sully-Prudhomme: Estancias y poemas. Taine comienza
la Filosofía del arte. Carroll: Alicia en el país de las maravi llas. Tolstoi
Guerra y Faz (-69). Hnos. Goncourt: Geminie Lacesrteux. Manet: Olympia.
Guerra austro-prusiana. Guerra austro-italiana.
Primer cable transatlántico. Congreso norteamericano asegura igual dad civil a
los negros. Fundación del Ku-Klux-Klan. Polémica en la Interna cional entre
prudhonianos y marxistas.
Leyes de la herencia de Mendel. Nobel inventa la
dinamita. Le Parnasse con-temporain, que recoge la obra de los poetas
"nuevos” de Francia. Sully-Prud homme: Las pruebas. Verlaine: Poemas
saturnianos. Swinbume: Poemas y bala das. Dostoievsky: Crimen y castigo.
Offenbach: La vida parisiense.
283
1867
1868
Vida y obra de José Asunción Silva
Se reúnen en casa de Silva los conspiradores contra
el gobierno (2 3 /V ) . “ — ‘De esa noche data mi recuerdo más viejo’ — refiere
don Tomás Ruedas Vargas haber oído a Silva veintinueve años después,
precisamente la víspera de suicidarse— ‘Jamás he podido olvidar la cara de mi
tío político Salustiano del Villar asomado a una ventana en actitud inquieta de
acecho, y cubierta la cabeza por el kepis francés de moda entonces” . Comenta
Miramón: “Por grande que fuera la precocidad del niño y admirable el desarrollo
de sus facultades, no puede admitirse que tuviera ese re cuerdo de los diez y
ocho meses de vida” .
Un dibujo suyo aparece fechado de su mano el (6 /1
) . Su educación se realiza en los colegios de la aristocracia bogotana,
después de ser retirado de alguno por ‘‘la mezcla democrática de las clases
sociales” . Buen estudiante, or gulloso, despectivo; sus compañeros lo apodan
“el niño bonito” . Luego lo apodarán “José Presunción”, “el casto José”, “la
casta Susana” ( !) . Todo ello sugiere las distan cias que lo separaban de su
medio. “Creció en un medio donde las preocupaciones literarias eran anteriores
y supe riores a todos los aspectos del conflicto vital” . “Nunca fue niño (
...), no conoció por propia experiencia los goces, las amarguras y las vivas
emociones de esa edad dorada” (Sa nín Cano).
28 4
Colombia y América Latina
Del Campo:
Fausto. Montalvo: El Cos
mopolita (-69) Pompilio Liona: Cantos americanos.
Mosquera
hecho prisionero en el Observatorio (2 3 /V ) y sometido a juicio ante el
senado. Asume la presidencia el General Santos Acosta (-68). Se con trata la
construcción del ferrocarril Sa-banilla-Barranquilla. Ley de creación de la
Universidad Nacional (1 6 /IX ).
J. Isaacs: María. R. J. Cuervo: Apun taciones
críticas sobre el lenguaje bogo tano. Nacen J. Florez y C. A. Torres.
AL: Maximiliano de Austria fusilado en México;
Juárez asume por segunda vez (-72). Termina la dictadura liberal en Costa Rica.
Tratado de límites Bra-sil-Bolivia, en el cual Brasil obtuvo “cuanto propuso y
pidió” (2 7 /V ). Re nuncia Carrión en Ecuador; J. Espinosa elegido para
completar período.
Nace Darío.
Mundo exterior
Marcha de Garibaldi sobre Roma. Fran cisco José,
emperador de Austria; se constituye el Imperio austro-húngaro. Constitución
federal de Canadá. EE.UU. compra Alaska a Rusia.
Las primeras máquinas rotativas: proli feración de
periódicos. Tratamiento an tiséptico de las heridas. Monier: hormi gón
armado.
Ibsen: Peer Gynt y Brand. Primer tomo de El Capital
de Marx. Muere Baude laire.
Gobierno de
Santos Gutiérrez (IV-
. Censo de
la población civil del país arroja la cifra de 2.951.000 habi tantes.
Gobernador conservador de Cun-dinamarca acusado de conspirar contra el gobierno
general. Tratado con Estados Unidos sobre construcción del canal de Panamá,
pero no se perfecciona.
Nace Max Grillo.
AL: Sarmiento asume la presidencia de la Argentina
(--74). “Grito de Yara” inicia la primera guerra de independen cia (-78) de
Cuba. Grito de Indepen dencia de Lares, Puerto Rico. Balta, pre sidente del
Perú, elimina las múltiples concesión a la casa Dreyfus.
Nace Ricardo Jaimes Freyre.
Disolución de la sección francesa de la
Internacional. Comienza “occidentaliza-ción” en Japón. Triunfo de la revolución
“Gloriosa” en España y nueva Constitu ción liberal. Primer congreso de los
Tra-de Unions, Primer Ministerio Gladstone en Inglaterra.
Lautréamont: Los cantos
de Maldoror.
Browning: El anillo y el libro. Wagner: Los
maestros cantores. Fundación de la Escuela Práctica de Altos Estudios, en
París.
285
1869
1870
1871
Vida y obra de José Asunción Silva
Nace su hermana Elvira. Sobre sus relaciones con el
poeta se ha escrito mucho. Para muchos, “se quisieron con un afecto que excedía
los límites del cariño fraternal” ; para otros, todo ello no es más que una
malsana leyenda inspirada en una ilustración de la edición de las Poesías de
1908, y por la morbosa imaginación popular. Los sentimientos del poeta, a
través de su poesía y su correspondencia, pueden sugerir con insistencia el
matiz incestuoso sublimado.
2 8 6
Colombia y América Latina Mundo exterior
Segundo
tratado con EE.UU. sobre canal de Panamá, que tampoco se per fecciona.
AL: Golpe de estado en Ecuador, Gar cía Moreno
asume el poder (1 7 /1 ), con voca la VIII Asamblea Constituyente, que
condiciona la ciudadanía ecuatoria na a la edad de 21 años, al estado civil de
casado, a saber leer y escribir, y a ser católico. Gral. Cema convoca Asam
blea Nacional para elegir sucesor en Guatemala (1 7 /V ).
J. M. Gutiérrez: Poesías. Nace
L. G.
Urbina.
C; Gobierno liberal de Eustorgio Sal gar (-72)
durante el cual se contratan los servicios de pedagogos alemanes para la
enseñanza en las Normales. Funda ción del Banco de Bogotá, primer banco
privado (2 4 /X I).
Nace C. Soto Borda, a quien Silva dedicará una de
sus prosas breves.
AL: Campaña militar de Guzmán Blanco desde Curazao
lo lleva triunfante
Caracas (2 7
/IV ), donde es nombrado presidente provisional (13/V II). For mación del
Partido Republicano en Brasil.
Mansilla: Una excursión a los indios ranqueles.
Nace A. Ñervo.
Se inaugura
el ferrocarril Barran-quilla-Salgar (1 /1 ) . Se adopta como unidad monetaria
de la república el peso oro en sustitución de la moneda de plata ( 9 /V I).
Aparece el periódico El Tradicionalista, dirigido por M. A. Caro (7 /X I) .
AL: Juárez reelegido en México. P. Díaz inicia la
revuelta contra el go bierno; su Plan de Noria exigía “sufra gio efectivo y
no reelección” . (1 8 /X I).
Se abre el Canal de Suez. El imperio liberal
triunfa en el plebiscito francés. Primer Concilio Vaticano: dogma de la
infalibilidad papal. Grant, pres. de EE.UU. Congreso de Eisenach y consti
tución del Partido Social-demócrata.
Sistema periódico de los elementos de Mendeleiev.
Verlaine: Fiestas galantes. Sully-Prudhomme: Las soledades. Ma-llarmé:
Hérodiade. G. Flaubert: La educación sentimental. Dikinson: Poe mas. C.
Franck: Las beatitudes. Nace Valle-Inclán.
Amadeo I inicia su reinado en España (-1873).
Comienza la gran ola de emi gración europea a América Latina. El Papa pierde
el dominio de los estados pontificios. Guerra franco-prusiana. Se proclama la
III República francesa (-1914). Rockefeller funda la Standard Oil. Schliemann:
primeros descubrimien tos en Troya.
Verlaine: La
buena canción. Pérez Gal-
dós: La fontana de oro. Cézanne: Na turaleza
muerta con péndulo. Delibes: Coppelia. Mueren Lautréamont y G. A. Bécquer. Nace
Lenin.
Paz de Francfort. Roma capital de Ita lia.
Proclamación del II Reich. Luis II de Baviera proclama a Guillermo I Kay-ser.
La commune de París: la Sema na Sangrienta (21 -28/V ). Los Trade Unions
consiguen estatuto legal.
Darwin: El origen del hombre. Renán: La reforma
intelectual y moral. G. A. Bécquer: Rimas. Verlaine y Rimbaud huyen a
Inglaterra. Inauguración de la Opera de París.
287
Vida y obra de José Asunción Silva
288
Colombia y América Latina Mundo exterior
Conflicto de Guzmán Blanco con la iglesia
venezolana al exilar al arzobispo Guevara (6 /1 ) . Errázuriz, primer presi
dente chileno de extracción liberal. Li bertad para hijos de esclavos
declarada en Brasil. Melgarejo, asesinado en Lima.
J. D. Cortés: El Parrnaso peruano.
Guido Spano: Hojas al viento. Nacen J. E. Rodó, J.
J. Tablada y E. González Martínez. Muere J. Mármol.
Segundo
gobierno de Murillo Toro (-74), durante el cual adquiere amplio poder la
fracción liberal denominada Olimpo Radical. Se aprueba el contrato con The
Cauca Valley Mining and Construction Co. para la construcción del ferrocarril
del Pacífico desde Buena ventura hasta el río Cauca.
Mueren G. Gutiérrez González y J. M. Vergara y
Vergara, primer historiador de la literatura colombiana y “padrino de Elvira
Silva” . Ultima entrega de El Mosaico (17/11).
AL: Muere Juárez (18/V II). Lerdo de Tejada
presidente electo de México (2 6 /IV ). Unión Centroamericana (Hon duras,
Salvador, Costa Rica, Guatemala) (17/11). Rebelión conservadora en Hon duras.
M. Pardo, presidente del Perú.
Hernández: Martín Fierro. Ascasubi:
Santos Vega. Palma: Tradiciones Perua nas (-91).
Nace P. E. Coll.
Se inaugura
en Bogotá el alum brado a gas. Fundación de los Bancos de Antioquía en
Medellín y Santander en Bucaramanga.
Nacen F. Gómez y G. Valencia. J. Isaacs enfrenta su
segunda bancarrota.
AL: Muere J. A. Páez en Nueva York (7 /V ) .
Enmiendas liberales a la Cons-
Don Carlos se proclama rey de España.
La “Kulturkampf” en Alemania. En EE.
ammistía a
los sudistas.
Spencer:
Estudios de sociología. Dau-det: Tartarín de Tarascón. Campoamor: Pequeños
poemas. Nietzsche: El origen de la tragedia. Daumier: La Monarquía.
Crisis económica mundial. Proclama ción de la I
República española. Terce ra guerra carlista. Alianza de los tres emperadores
europeos (Alemania, Aus tria, Rusia).
Primera máquina de escribir. Pérez Gal-dós comienza
los Episodios nacionales. Marx: edición definitiva de El Capital. Rimbaud: Una
temporada en el infierno.
289
Vida y obra de José Asunción Silva
1874
Escribe su primera poesía, “Primera comunión”
(según Mi-ramón). Por el estilo del poema (vocabulario, imágenes,
versificación, etc.), parece muy discutible que a los 10 años pudiera escribir
ese único poema. Los más antiguos, de fecha comprobada, son de 1882.
290
Colombia y América Latina
titución mexicana (2 9 /V ). Ferrocarril
Veracruz-México (1 /1 ) . El mestizo J. R. Barrios llega al poder en Guatemala,
confisca iglesias y expulsa congregacio nes. Perú y B olivia se alian contra
Chile ( 6 /II) . Se instaura el matrimonio civil en Venezuela. O /I ) -
Monopolio inglés sobre teléfonos brasileños (26/-IV). España ejecuta a los
revolucionarios apresados en el “Virginius” . La crisis económica general de
este año inte rrumpe las inversiones extranjeras en varios países.
González
Prada: Baladas peruanas. J.
E. Caro: Obras escogidas en prosa y verso.
Murillo
termina su período dejando un superávit de cerca de un millón y medio de pesos.
Asume Santiago Pérez (1 /IV ), del Olimpo Radical. Se contrata la construcción
del ferrocarril de Antio-quía (4 /V ) .
AL: Nueva Constitución de Venezue la; ruptura con
la Santa Sede. Reformas liberales y anticlericales en Guatemala (9 /II) .
Presidencia de N. de Avella neda en Argentina. La primera locomo tora llega a
Titicaca, atravesando Los Andes. (1 /1 ) . Litigios entre la casa Dreyfus y el
gobierno peruano.
J. P. Varela: La educación del pueblo. Nacen L.
Lugones y Blanco Fombona, promotor de la leyenda de las relaciones incestuosas
de Silva.
Se funda el
Banco de Colombia (1 /IV ). Terremoto destruye a Cúcuta (1 8 /V ) y es seguido
por una ola de saqueos. En vísperas de elecciones, gran agitación política
tanto en la capital como en los Estados. Derrocados los go bernadores de
Magdalena y Panamá.
Mundo exterior
Barbey d’Aurevilly:
Las diabólicas. Ver-
ne: La vuelta al mundo en ochenta días.
Brahms: Réquiem alemán. Verlaine dis para sobre
Rimbaud.
Caída de Gladstone en Inglaterra y Ministerio
Disraeli. Alfonzo XII rey de España. Ley contra la prensa socialista en
Alemania. Demócratas reconquistan mayoría en el Congreso norteamericano.
J. M. Bartrina: Algo. Juan Valera: Pepi ta
Jiménez. Mallarmé: Ultima moda, gaceta del mundo y la familia (-75). Comienza
el movimiento impresionista. (Sala del fotógrafo Nadar). Rimbaud abandona la
actividad literaria.
Las congregaciones expulsadas de Ale mania.
Parnell en la Cámara de los Comunes de Inglaterra. Conflicto de Bismarck con
Francia. Congreso de Gotha que reúne a los partidos obreros alemanes.
291
Vida y obra de José Asunción Silva
1876
1877
292
Colombia y América Latina Mundo exterior
AL: Agitación anticlerical en Argenti na (28/11).
Nueva rebelión de P. Díaz contra el gobierno; ocupa México y asume la
presidencia (28/X I-1911). Revolución Liberal de Veintimilla en Ecuador ( 8 /IX
) da fin a la dictadura de García Moreno, asesinado en Quito (6/V III). Primer
arzobispo venezolano elegido por el Congreso (V ). La iglesia brasileña obliga
al gobierno imperial a liberar obispos apresados.
Alencar: El Sertanero. Mueren L. G. In-clán y H.
Ascasubi. Nace J. Herrera y Reissig.
Asume la
presidencia Aquileo Parra (-78), apoyado por los Radicales. Se inicia la
revolución conservadora en el Cauca contra el gobierno liberal (11/-VII), que
termina once meses más tarde con el triunfo del gobierno central. Clausurado El
Tradicionalista (V III). Se inicia la industria del Seguro con la constitución
de la Cía. Colombiana de Seguros para operar en el ramo del transporte (8 /X )
.
AL: México contrata
ferrocarriles con
Sullivan ( 7
/X II). Tímida revolución liberal en Honduras. Linares Alcántara, Presidente de
Venezuela y G. Blanco en Europa. Intervención norteamericana en México. Primer
ingenio azucarero con máquinas de vapor en Santo Domingo. Latorre: el
militarismo en Uruguay. Montalvo: El regenerador (-78).
Se funda el
Banco Popular. Por Ley del Congreso se decreta la expulsión de los obispos de
Antioquia, Medellín y Pamplona. Anteriormente habían sido desterrados los de
Pasto y Popayán.
Se funda La Mujer (directora S. Acosta de Samper).
Bell perfecciona el invento del teléfono de Maucci.
Otto construye el primer motor de explosión. Tolstoi: Ana Kare-nina (-77).
Manet: Los remeros de Ar-genteuil. Saint-Saens: Danza macabra.
Disolución de la I Internacional. Gue rra de
Turquía en los Balcanes. Movi miento “Tierra y Libertad” en Rusia. Creación de
la Asociación Internacional Africana. Expansión del Imperio colo nial inglés.
Kock: bacilo ántrax. Mallarmé: La tarde
de un fauno. Pérez Galdós: Doña Per
fecta. Zola: La taberna. Renoir: El mo lino de la
Galette. Inauguración del Fes tival wagneriano de Bayreuth: El anillo de los
nibelungos. Twain: Las aventu ras de Tom Sawyer. Mallarmé retratado por Manet.
Hayes, presidente de EE.UU. La reina Victoria,
Emperatriz de la India. Guerra ruso-turca.
Edison inventa el micrófono y el fonó grafo.
Traducción al francés de la Filo sofía del inconsciente de Hartmann. Re nán:
Los Evangelios. Carducci: Odas Bárbaras. Hugo: La leyenda de los siglos.
293
Vida y obra de José Asunción Silva
2/IV, según Miramón, escribe "Suspiro” . Su
publicación es tardía. Copia “El Duelo” del pintor prerrafaelista Waller.
Abandona el colegio (el “Liceo de la Infancia”, de don Tomás Escobar) y
comienza a ayudar a su padre en el almacén.
1879
Colombia y América Latina
AL: Se inicia en Argentina un proceso de
desnacionalización de empresas es tatales con la venta de la Cía. de Con
sumidores de Gas de Buenos Aires a la Sociedad Inglesa The Buenos Aires Gas
Company Limited. Muere Rosas.
Zorrilla de San Martín: Notas de un himno.
Fundación del Ateneo de Mon tevideo.
C; Gobierno liberal independiente de Julián
Trujillo, quien sigue políticas ins piradas por R. Núñez. Se inician las obras
de construcción del ferrocarril del Pacífico. El Congreso otorga a una compañía
francesa la excavación del Canal de Panamá. Muere T. C. Mos quera (7 /X ) .
J. Isaacs sufre remate judicial por deu das.
Aparece El Repertorio Colombiano.
AL: Tratado de Zanjón en Cuba (10/11). España
concede a los cubanos representación en Cortes (1 /III). Se prohíbe reelección
presidencial en Mé xico (5 /V ) . Pardo asesinado en Perú. Nueva Constitución
en Ecuador.
Galván: Enriquillo (-82) Lastarria: Recuerdos
literarios. Muere J. M. Gu tiérrez.
Período de
permanente agitación política caracterizado por las constantes rebeliones
locales. Movimiento subver sivo en Antioquía (2 5 /1 ). Levantamien to del
ejército en Bogotá (IV ).
AL: Guerra del Pacífico en que se enfrenta Chile a
Bolivia y Perú por los depósitos salitreros. Guzmán Blanco, presidente de
Venezuela. Nueva Cons titución en Guatemala (1 1 /X II).
J. L. Mera:
Cumandá. Zorrilla de San
Martín: La leyenda patria. E. Gutiérrez:
Mundo exterior
Rodín: La
edad de bronce.
Guerra ruso-turca: los turcos entregan Chipre a
Inglaterra. León XIII, Papa. Disolución del Reichstag y leyes antiso ciales en
Alemania. Legislación femi nista e infantil en Inglaterra.
Invención de la lámpara eléctrica. Muere Claude
Bernard, después de publicar La Ciencia Experimental. Sully-Prudhom-me: La
Justicia. Manuel Reyna: Cro mos y acuarelas. Nietzsche: Humano, demasiado
humano.
La Doble Alianza (Alemania-Austria).
Fin de la “Kulturkampf”. Atentados con
tra Alejandro II. Fundación del Partido
Socialista Obrero Español.
Pasteur descubre el principio de las va cunas.
Primera locomotora eléctrica (Sie mens). Ibsen: Casa de muñecas. Dos-toievski:
Los hermanos Karamazov (-80). H. James: Daisy Miller. Meredith: El egoísta.
295
Vida y obra de José Asunción Silva
1880
296
Colombia y América Latina Mundo exterior
folletín de Juan Moreira en “La Patria Argentina” .
Hernández: La vuelta de Martín Fierro. Exposición general de Bellas Artes en
Río de Janeiro. Nace A. Arguedas.
Gobierno de
Rafael Núñez (-82). Durante esta administración se crea la Secretaría de
Instrucción Pública, y el Congreso levanta el destierro a los obis pos
exilados y deroga la Ley de Inspec ción de Cultos. Mlle. Lesseps inaugura los
trabajos del canal de Panamá (1 /1 ) . Revolución en Antioquía (3 1 /1 ) enca
bezada por el poeta J. Isaacs quien se ve obligado a disolver sus tropas (13/-
.
Construcción del Ferrocarril que une a Medellín con el río Magdalena. Empieza
la época del café: Proyecto pro teccionista de Núñez se abre paso en el
Congreso (1 9 /IV ).
Se abre la Academia Nacional de Mú sica. Isaacs:
La Revolución Radical en Antioquía. Nace Cornelio Hispano (I. López).
AL: Renuncia Latorre, presidente de Uruguay, a los
diez días de gobierno (13/111). Comienza abolición de la es clavitud y se
inician cambios en la estructura agraria de Cuba con la for mación de las
primeras centrales. Pri mer cargamento de bananos de Costa Rica a Nueva York.
(17/11). El café conforma ya el 92% de las exportaciones guatemaltecas y es el
primer producto de exportación del Salvador. El General Roca asume la
presidencia en Argentina en nombre de un programa de “adminis tración y paz*.
Altamirano: Rimas. J. Montalvo: Cati-linarias
(-81). Hostos funda la Escuela Normal en Puerto Rico. Varona inicia
conferencias filosóficas en La Habana. Muere E. del Campo.
Guerra de los boers. Fundación de la Compañía del
Canal de Panamá (Les seps). Gladstone en Inglaterra (gobier no liberal). J.
Ferry, presidente del Con sejo en Francia.
Tennyson: Baladas. Menéndez Pelayo: Historia de los
heterodoxos españoles. Taine: Filosofía del arte. Rodin: El pen sador. P.
Loti: Rarahu. Muere G. Flau-bert.
297
1881
1882
1883
Vida y obra de José Asunción Silva
Publica su versión del poema “Las Golondrinas” de
Béranger.
298
Colombia y América Latina
Abre
operaciones el Banco Nacio nal (1 /1 ), creado como banco mixto por ley, pero
la renuncia del capital privado para suscribir las acciones que se le ofrecían
lo convierte en banco estatal. Restablecidas las relaciones con España.
Convenio de arbitraje con Venezuela somete a la decisión de España litigio
sobre límites. Telégrafo Bogotá-Caracas. Ferrocarril de la Dorada.
Aparece el Papel Periódico Ilustrado ( 6 / VIII).
J. Isaacs: Sanio.
AL: Ocupación de Lima por el ejér cito chileno (1
7 /1 ) con destrucción de la Biblioteca Nacional; el presidente Calderón, hecho
prisionero (2 9 /IX ) y enviado a Chile. Tratado de límites argentino-chileno
Constitución venezola na, inspirada en la Suiza.
Machado de
Assis: Memorias postumas
de Brás
Cubas. A. Bello: Filosofía del
entendimiento.
A. Azevedo: El
mulato.
Cambaceres: Pot-pourri.
Bienio
Zaldúa-Otálora (-84). F. de Lesseps inicia los trabajos para abrir el canal de
Panamá. Cable submarino conectado a Colombia (X ).
AL: El General Heureaux, presidente de Santo
Domingo (2 0 /V II). Veinti-milla se proclama dictador de Ecuador.
Martí es nombrado corresponsal de La Nación en
Nueva York, y publica Is-maelillo, señalado como el origen del modernismo.
Pérez Rosales: Recuerdos del pasado. Montalvo: Siete tratados. Vi-llaverde:
Cecilia Valdés.
Se funda el
Banco Central Hipo tecario.
Silva:
Artículos de Costumbres. Na cen P. Barba-Jacob y L. C. López.
Mundo exterior
Alejandro II asesinado. Garfield, presi dente de
EE.UU. ( 4 /III), muere en 19/IX. Renovación de la Alianza de los tres
emperadores.
Verlaine: Cordura. A. France: El crimen
de Sylvestre Bonard. Renán: Historia de los
orígenes del cristianismo. F. de Saus-sure enseña lingüística en la Escuela
Práctica de Altos Estudios de París (-91). Muere Dostoievski. Nacen Pablo Pi
casso (-1973) y Juan Ramón Jiménez (-1958).
Triple Alianza: Austria, Alemania, Ita lia. Leyes
sobre la enseñanza primaria en Francia. Expulsión de judíos, en Rusia.
Intervención inglesa en Egipto e italiana en Eritrea. Primeras leyes
res-trigiendo la emigración a EE.UU. Chi nos y japoneses ocupan Seúl.
Ivock: bacilo de la tuberculosis. Charcot:
experiencias en la Salpetiere. Carducci: Confesiones y batallas. Bécquer: Los
cuervos. Wagner: Parsifal.
Guerra franco-china. Plejanov funda el Partido
marxista en Rusia. Fundación de la Fabian Society en Londres.
299
Vida y obra de José Asunción Silva
1884
1885
Su padre lo asocia al negocio, para lo cual debe
obtener la habilitación de su edad, pues sólo tiene 19 años.
Viaja a París, “enviado por su padre con el
probable propó sito de que entrara en contacto con los fabricantes y comi
sionistas que surtían de mercancías el almacén” (Brigard). Allá intima con el
médico J. E. Manrique y lee libros de medicina, que luego influirán tanto en su
obra. Este mismo médico le indicará el sitio del corazón antes del suicidio. En
París, Silva lee y viaja a Londres y a Suiza. Al parecer, fre cuenta “salones
mundanos” y adquiere costumbres de “dan-dy” y aristócrata refinado en el vestir,
especialmente. Traba amistad con el filólogo R. J. Cuervo. Su permanencia en
Europa, según su amigo. E. Cuervo Márquez, “fue decisiva para marcar el rumbo
preciso a su inspiración. Más lejos
300
Colombia y América Latina
AL: Concesión venezolana a la Com pañía Hamilton
para explotar “bosques
asfaltos” (1
5 /IX ). Victoria chilena termina la guerra del Pacífico; tratado de Ancón (2 0
/X ) . Triunfo del movi miento “Restaurador” en Ecuador.
Gutiérrez Nájera: Cuentos Frágiles. Cas
tro Alves: Los esclavos. Calcaño: Cuen tos
fantásticos.
Segundo
gobierno de Rafael Nú ñez (-86). Se constituye el partido Nacional conformado
por conservado res y liberales independientes, con Nú ñez a la cabeza. Ante
situación fiscal de penuria, el Congreso autoriza emprés tito por un millón de
pesos. Declaran turbado el orden público en varios Es tados (IX ).
Nace L. López de
Mesa.
AL: Pacto de Truce. Chile retiene Costa Boliviana
de Atacama. P. Díaz asume la presidencia de México (-1911). Ferrocarril
transandino argentino-chile no. J. Crespo, presidente electo de Ve nezuela (2
7 /IV ).
Matto
de Turner: Tradiciones cuzque-
ñas. Gavidia:
Versos. Bilac: Poesías. A.
de Oliveira: Meridionales. Groussac:
Fruto vedado. Acevedo Díaz: Brenda.
Nace R. Gallegos.
Fracción del
liberalismo se lanza contra el gobierno federal. Revolución de profundas
repercusiones en la eco nomía del país; descenso de las exporta ciones, fuga
de oro, parálisis del crédito bancario e imposición del papel moneda.
Liquidación del Banco Central Hipote cario. Fundación del Banco Internacio
nal. Se reúne el Congreso Nacional Constituyente. (1 1 /X I).
Por decreto de Núñez se funda el pe riódico
oficial La Nación. Nace Delio
Mundo exterior
Nietzsche: Así hablaba Zaratustra (-91).
Dilthey:
Introducción a las ciencias del
espíritu. Amiel:
Diario íntimo. P. Loti:
Mi hermano Ivés. Maupassant: Una vi da. Nace Franz
Kafka. Mueren Wagner y Marx.
Crisis de la bolsa de Nueva York. Los ingleses en
Sudán. Minas de oro en Transvaal.
Verlaine: Antaño y hogaño ( “Arte Poé tica” ) y
Los poetas malditos. Leconte: de Lisie: Poemas trágicos. Huysmans: Al revés.
Núñez de Arce: Un idilio. Strindburg: Casados ( l 9 serie). Brück-ner: Séptima
Sinfonía. Gaudí: La Sa grada Familia. Muere María Bashkirt seff (n. 1860).
Grover Cleveland, presidente de EE.UU. Guerra
servio-búlgara. Regencia de María Cristina de Habsburgo, en España (Al fonso
XIII, rey).
Automóvil Daimler-Benz. Maupassant: Bel ami.
Swinburne: Marino Faliero. Anatole France: El Libro de mi amigo. Laforgue: Las
lamentaciones. J. M. de Pereda: Sotileza. Clarín: La Regenta. Muere Víctor
Hugo.
301
Vida y obra de José Asunción Silva
aún: ella despertó en el joven poeta bogotano una
sed de aspiraciones difíciles de realizar con mediana fortuna, que no habría de
apagarse ya” . La guerra perjudica grandemente los negocios del padre.
1886 Regresa
a Bogotá y parte su padre a Europa, dejándole al frente del negocio. Conoce a
B. Sanín Cano, a quien deslum bra con su recién adquirida cultura europea. Su
dandysmo y afectación escandalizan y desagradan; burlón, satírico, os tentoso,
despreciativo y petulante, su propia clase social co mienza a desconfiar de él
y a manifestarle antipatía. “El es cenario era muy estrecho para tan eminente
actor ( . . . ) Los lectores adocenados y los escritorzuelos de pacotilla que
se estaban derrumbando, pretendían que se les quería deslum brar con nombres
de poetas y de libros exóticos, desconocidos y sin ninguna importancia” (Arias
Argáez). En ese mismo año sale la antología La Lira Nueva en la que se publican
ocho poemas suyos.
1887 1/VI:
Muere don Ricardo Silva, dejando al poeta como cabeza de familia. “Después del
abatimiento de los primeros días, yo he tenido una reacción, toda de actividad.
Me que daban deberes graves que llenar y me he puesto a la obra con todas mis
fuerzas”, pero “al estudiar la situación de la casa vi que no podía llenar los
compromisos pendientes, que la casa estaba en quiebra” .
302
Colombia y América Latina * Mundo exterior
Seraville (R . Sarmiento), autor del poema “Que por
qué no publico ver sos?”, erróneamente atribuido a Silva.
AL: Alianza de Costa Rica, Nicaragua y Salvador
contra Guatemala (22 /III) Marines ocupan Colón, Panamá (2 4 / III). Ley de
colonización en México.
Darío: Epístolas y
poemas. Obligado:
Poesías.
Martí: Amistad funesta.
Cam-
baceres: Sin rumbo. Arona: Sonetos y chispazos.
Se decreta
como patrón monetario el billete del Banco Nacional (1 /V ) . Sancionada la
nueva Constitución cen tralista que da al país el nombre de República de
Colombia. (5/V III). Con la última presidencia de Rafael Núñez se inicia el
sexenio Núñez-Payán-Cam-po Serrano-Holguín.
R. J. Cuervo: Diccionario de Construc ción y
Régimen de la lengua castellana
. Muere R.
Carrasquilla. Apertura de la Escuela Nacional de Bellas Artes (20/ VIII).
AL: Guzmán Blanco, presidente de Venezuela;
Balmaceda, de Chile. Gra dual emancipación de esclavos en Bra sil (1 2 /VI).
M. Juárez Celman, pre sidente de la Argentina.
Díaz Mirón: Poesías escogidas. Darío empieza Azul.
Nace R. Guiraldes. Muere
Hernández.
Primer
concordato entre Colombia y la Sede Apostólica (3 1 /X II). Ley rela tiva a
sociedades anónimas y extranjeras. Se declaran abolidas todas las leyes es
pañolas. Se inicia la construcción de los teatros Municipal y Colón.
Muere L. S. Silvestre. Se funda la Es cuela de
Minas de Medellín. Ley sobre propiedad artística y cultural.
Finalización del ferrocarril Canadian Pacific. Se
funda la Federación de Obre ros Americanos. Tratado de Bucarest sobre cuestión
servio-búlgara.
Moréas: Manifiesto simbolista. Nietzs
che: Más allá del bien y del mal. Pri mera versión
española del Manifiesto comunista. Pierre Loti: Pescador de Is-landia.
D’Amicis: Corazón. Campoamor: Humoradas (-1888). Rimbaud: Las iluminaciones.
Stevenson: El extraño caso del doctor Jekill y mister Hyde.
Elección de Sadi Carnot en Francia. Di solución
del Reichstag. Condominio fran-co-inglés sobre Las Nuevas Hébridas.
Invención de la linotipo y del neumático. Mallarmé.
Poesías (1862-), Renán: Historia del pueblo de Israel. D’Annun-zio: Las elegías
romanas. María Bash-
303
Vida y obra de José Asunción Silva
1888
1889 En medio
de los infortunios comerciales, escribe
“Ronda"
(24 /X
II), más
conocido en otra
versión del propio
poeta
y con el
título de “Nocturno” II ( “Poeta, di paso” ).
“Duran
te aquel
período de su vida
un grupo de
amigos y sinceros
admiradores del
poeta nos reuníamos
en casa de
éste para
escuchar las
primicias de algunos de sus versos y de sus escri
tos en
prosa: a esas
tertulias ( . . . ) asistían
generalmente
Sanín Cano, Emilio Cuervo Márquez, Roberto Suárez,
E. Ri vas Groot, Clímaco Soto Borda, Isaac Arias Argáez, mi her mano, y yo”
(D . Arias Argáez).
304
Colombia y América Latina
AL: Instalación del Banco Nacional en Uruguay (2 5
/V III); restauración del principismo. Telégrafo México-Guatema-la. Oposición
liberal a Cáceres en Perú.
Darío:
Abrojos. Palma: Bohemia de mi
tiempo. E. Rabasa: La Bola. Rizal: Noli me tangere.
Se suspenden
los trabajos del Canal de Panamá. Gobierno del designado Car los Holguín, en
ausencia de Núñez (-92). Se da al servicio el ferrocarril de Cúcuta. Ley
relativa a sociedades anó nimas colombianas domiciliadas en el exterior.
Nace J. E. Rivera. Muere J. M. Samper.
AL: “Ley áurea” de abolición de la esclavitud en
Brasil (1 3 /V ). Cae Guz-mán Blanco; Rojas Paúl, presidente de Venezuela (2 9
/V I).
Darío emplea por primera vez la palabra
“modernismo” ; publica Azul. Zorrilla de San Martín: Tabaré. Romero: Historia
de la literatura brasileña. Altamirano: El Zarco. Muere Sarmiento (1 1 /IX ).
Nace López Velar de.
Holguín
lanza campaña de repre sión contra la prensa al sancionar a “El Relator” (2 7
/III). Durante su gobierno son suspendidos 7 periódicos y se mul tan a otro
doce y tres imprentas. Se da al servicio el ferrocarril de la Sabana.
AL: Pacto provisorio de unión firmado por Salvador,
Honduras y Guatemala (1 5 /X ) . Revolución en Río de Janeiro; cae el emperador
Pedro I y se proclama la república (1 5 /X I). Primera confe rencia de los
Estados americanos en Washington.
Mundo exterior
kirtseff:
Diario. Vicente W. Querol: Ri
mas. Van Gogh: El padre tanguy.
Muere
Jules Laforgue (n. 1860).
Se funda la UGT en España. Ascensión de Guillermo
II en Alemania.
Forest: Primer
motor de Gasolina. Ma
llarmé: Un golpe de dados. Catulle
Méndes: Los
pájaros azules. Nietzsche:
El Anticristo. Maupassant: Pedro y Juan.
Strinsdberg: La señorita Julia. Gauguin:
El cristo amarillo. Debussy: Dos arabes cos.
Fundación de la II Internacional (1 /V ), en París.
Leyes de protección social en Alemania. Harrison, presidente de EE. UU.
Exposición
Universal de París: la torre
Eiffel. Juan Valera: Cartas americanas.
Mallarmé traduce a Poe. Bergson: Ensa yo sobre los
datos inmediatos de la con ciencia. Paul Bourget: El discípulo. A. France:
Thais. Van Gogh: Paisaje con ciprés. Nace Charles Chaplin.
305
1890
1891
Vida y obra de José Asunción Silva
Escribe el texto en prosa “La Protesta de la Musa”,
en el que ataca la poesía satírica. En opinión de Arias Argáez, este texto
“debería figurar en todas las antologías colombianas, es una obra maestra de
composición y de estilo, una joya de arte” .
“El día 6 de enero cayó mi hermana enferma
gravemente, no volví a salir de mi casa hasta el día 11 en que la llevé al
cementerio. En seguida, moribundo de dolor y de sufri miento, caí a cama, no
pude moverme en varios días, venci do de dolor, no podía pensar ( . . . ) Los
músculos no me sostenían, tenía el alma destrozada ( . . . ) Por un supremo
esfuerzo de voluntad volví a mis negocios. Al abrir el almacén fueron a
cobrarme el entierro de mi hermana, no tenía en caja $ 600 que me pasaban de
cuenta ( . . . ) ” . “A pesar de mis estrechas relaciones con José Asunción,
jamás me hizo la más leve confidencia al respecto, ni me dejó compren der el
pésimo estado de su situación económica, que por conductos extraños vine a
conocer más tarde” (Arias Argáez).
306
Colombia y América Latina
Martí: La edad
de oro. C. Matto de
Turner: Aves sin nido. Nacen G. Mis tral y A.
Reyes. Muere J. Montalvo.
El gobierno
dicta una serie de leyes tendientes a regular la actividad comer cial: Ley
relativa a libros de comercio y Ley relativa a las cámaras de comercio.
Se autoriza al gobierno para contratar profesores
universitarios extranjeros pa ra aquellas asignaturas en las que no se contaba
con especialistas colombia nos. T. Carrasquila: Simón el Mago.
AL: Carlos Pelligrini, presidente de Argentina
(-92). Pánico bursátil en Buenos Aires ( 7 / VIII). Crisis económi ca en
Chile. P. Díaz prepara su reelec ción mediante enmienda constitucional (2 0 /X
II). Reclamaciones de Estados Unidos contra Venezuela.
Darío define por primera vez el moder nismo. J.
del Casal: Hojas al viento. A. Azevedo. O cortico. Romero García: Peonía.
España dicta
la sentencia arbitral sobre límites entre Colombia y Vene zuela. Se agudiza el
proceso de división del partido conservador en Históricos y Nacionalistas.
Se abre el Colegio Dental. Aparecen en Bogotá el
periódico La Prensa.
AL: Constitución de los Estados Uni dos del Brasil
(24/11). Balmaceda se ve obligado a promulgar por decreto un presupuesto que el
Congreso se niega a aprobar; renuncia, asilo y sucidio de Balcemeda; saqueo de
Santiago y Valpa raíso. Creación del Banco de la Nación Argentina (1 9 /IX ).
Martí: Versos sencillos. Machado de
Assis: Quincas Borba. Nace T. de la
Mundo exterior
Conferencia de Berlín sobre la protec ción al
trabajo. Acuerdo franco-ruso contra el nihilismo. Convenciones colo niales de
Inglaterra con Alemania y Francia. Ley Sherman en EE.UU. Quie bra Banco Baring
(Londres).
Wundt: Sistema de Filosofía. Frazer:
La rama dorada. Oscar Wilde: El retra
to de Dorian Gray. Zola: La bestia hu
mana. Salvador Rueda: Himno a la
carne.
Hamsun: Hambre. J. de Deus:
Campo de Flores. Borodin: El prínci pe Igor.
Suicidio de Van Gogh.
Acuerdos coloniales entre Inglaterra, Italia y
Portugal. Construcción del Tran-siberiano. Fundación del Bureau Inter nacional
de la Paz en Berna.
Encíclica Rerum Novarum. Maurice Ba rrés: El culto
del yo (1 8 8 8 ). María Bashkirtseff: Cartas. T. Hardy: Teresa de Uberville.
Conan Doyle: Las aventu ras de Sherlock Holmes. Cézanne: Los Jugadores de
cartas. Monet: Ninfas. Muere Rimbaud.
307
1892
1893
1894
Vida y obra de José Asunción Silva
Comienzan las famosas cincuenta y dos ejecuciones
judi ciales. “Fuera de algunos volúmenes de mi biblioteca, sin valor material
(pues los que valían los entregué ya a mis acreedores), de seis vestidos negros
muy usados, de veinte pares de botines ingleses, de mi reloj, de un anillo de
oro, de un prendedor de corbata y de una cartera con $ 50, no tengo nada,
absolutamente nada sino la cabeza y las manos para trabajar” .
Escribe ensayos críticos como “El conde León
Tolstoi”, o una noticia bibliográfica y literaria de Anatole France ( “El cofre
de nácar” ), o un breve juicio sobre Pierre Loti, además de algunos poemas
sueltos. “Silva no profesaba admiración por casi ninguno de los poetas
colombianos de su tiempo, y sólo se salvaban del desdén con que los miraba,
Caro, Isaacs, Pombo y Fallón, entre los viejos; y Gómez Restrepo, Casas y Rivas
Frade, en el círculo de los jóvenes. Del mismo modo a él no le interesaba en lo
más mínimo el concepto que sobre sus producciones hubiera formado el grueso
público” (Arias Argáez).
Es nombrado por el presidente encargado, M. A.
Caro, secre tario de la Legación en Caracas. Pasa algunos días en Carta gena,
donde se sorprende al enterarse de que sus poemas son conocidos y admirados:
“Yo me río de la fama literaria, pero,
308
Colombia y América Latina Mundo exterior
Reformas al
Concordato con la Se de apostólica, se autoriza al estableci miento de
misiones en territorios indí genas. Administración de Miguel Anto nio Caro,
presidente titular, Núñez (-98).
Se inaugura el Teatro de Colón (1 2 /X ) .
AL: Gobierno de Sáenz Peña en Ar gentina. J.
Crespo se proclama dictador en Caracas (7 /X ) . Revolución liberal en Honduras
proclama presidente a Bo nilla (III). Martí funda el partido re volucionario
de Cuba y su periódico Patria.
Del Casal: Nieve. Aparece El Cojo Ilus trado én
Caracas. Darío en España. Nace César Vallejo.
A mediados
de enero, el gobierno daclara en estado de sitio la capital de la república a
causa de varios motines promovidos por el gremio de los artesa nos. Año de
profunda agitación política.
J. Cuervo:
Diccionario de Construc ción y Régimen de la lengua castellana (II). J.
Flórez: Horas.
AL: Sublevaciones de estados brasile ños contra el
poder central. Luchas po líticas en Argentina. Insurección liberal en Managua
lleva al General Zuloaga a la presidencia (1 5 /IX ).
Cruz e Sousa: Broqueis. Mueren M. Al-tamirano y J.
del Casal, que ha publica do Bustos y Rimas. Nace Huidobro. Da río y Martí se
encuentran en Nueva York. Darío en Buenos Aires.
Al
descubrirse una emisión clan destina de dos millones de pesos por parte del
Banco Nacional, el gobierno se ve obligados a ordenar su liquidación,
Escándalo del Canal de Panamá en Francia;
bancarrota de Lesseps (-1893) y suspensión de la construción. Tarifas
proteccionistas en Francia.
Barrés: De la sangre, del placer y de la
muerte. Salvador Rueda: En tropel (con
prólogo de Darío). Hauptman: Los teje dores.
Apogeo de los "mardis” en casa de Mallarmé. Toulouse-Lautrec: Jane Avril
ante el Moulin Rouge. Muere Renán.
Insurrección de los jóvenes checos en Pra ga.
Masacre en Armenia. Congreso del Independant Labour Party. Ola de aten tados
terroristas en Barcelona. Segunda presidencia de Cleveland en EE.UU. Crisis de
la bolsa. Protectorado norte americano en Hawai y francés en Da-homuy.
Morey: primer proyector cinematográ fico. Nace Mao
Tse-tung.
Heredia: Los trofeos.
Mallarmé: Verso
y prosa.
Beardsley: Salomé. Munh: El
grito.
M. Nordau: Degeneración. Chai-
covski: Sinfonía patética. Muere Taine y se
publican los Orígenes de la Erancia contemporánea (1 8 7 6 ). P. Loti:
Aziya-de. Menéndez Pelayo: Antología de poe tas hispanoamericanos (-95).
Suicidio de Maupassant. Muere Zorrilla.
Doble Alianza franco-rusa. Proceso Drey-fus en
Francia. Nicolás II, Zar de Rusia. Los italianos invaden Abisinia. Asesinato de
Sadi Carnot. Los japoneses ocupan Port Arthur.
309
Vida y obra de José Asunción Silva
francamente, no deja de ser cómodo que lo conozcan
a uno de nombre y que le traten con las consideraciones con que me tratan” . En
Cartagena visita a R. Nuñez: “Ríanse, mis viejas queridas —escribe a su
familia— , en las tres ocasiones en que he estado a verlo, yo, que jamás me
ocupo de eso en Bogotá, he conversado de política continuamente con él” . Allí
mismo se publica el Nocturno ( “Una noche. . .” ), en la Lectura para todos (V
III): “El Nocturno de Silva, su Noc turno divino, azorado y añorante, deleitaba
a los jóvenes caraqueños de 1884, no por la gota de acíbar y la gota de
infinito que resbalan por él, sino merced a las audacias métricas que
recordaban los hexámetros de Poe, conocido entre nosotros por las magníficas
versiones de Pérez Bonalde y el versolibrismo de los simbolistas franceses, que
iniciaron Rimbaud y Laforgue en 1886, y que apenas conocíamos. Aplaudían ese
Nocturno del gran poeta los jóvenes cara queños de 1894, y lo aplaudían hasta
romperse las manos, más por ser un dechado de versolibrismo que por ser una
elegía suprema, más por la hermosura y oriente de la perla que por ser la perla
una lágrima” (Blanco Fombona).
La temporada de Caracas fue de estudio, abundantes
lec turas, artículos, poemas, cuentos, novelas: "Tengo la espe ranza de
aprovechar los ratos desocupados que me deja la Legación para continuar mis
pobres trabajos literarios, inte rrumpidos por el strugle for Ufe de los años
anteriores” ; piensa “concluir varios poemitas empezados que forman parte de un
libro que vengo soñando desde hace cinco años y del cual hay una parte
considerable hecha y casi lista” . Muere R. Núñez y Silva decide regresar a
Bogotá a fines de año. Publica en El Cojo lustrado de Caracas su artículo sobre
Núñez.
1895 I :
Embarca en La Guaira en el vapor “Amerique”, que naufraga a los pocos días. Los
pasajeros son salvados, pero se pierde el equipaje. Silva pierde “lo mejor de
mi obra” . “Conocí gran parte de esa obra desaparecida. Los doce Cuentos
negros, los Cuentos de razas, meditaciones filosóficas, artícu los de crítica,
y las poesías, que el autor había dividido en cuatro secciones: Sitios, Versos
para ella, Para los niños, Psi-copatología. La carta a Bourget con motivo del
prólogo de Tierra prometida, era un tratado de la Voluntad y la Ener gía ( . .
. ) En los versos quería introducir rima nueva, el ritmo dislocado que revela y
se adapta a la expresión de los estados de alma ocultos y sutiles. Pero como
poseía una sólida educación clásica, sabía hacer versos sonoros muy suje tos a
la retórica añeja. Para la prosa, hacía uso de todos
3 1 0
Colombia y América Latina
aunque ésta solo se realizará años más tarde. Muere
R. Núñez (1 8 /IX ). Pro ducción cafetalera por primera vez al canza los
veinte mil kilos.
AL: Chile consolida su victoria sobre el Perú
(28/111). J. Crespo, presidente de Venezuela (1 4 /III) .
González Prada: Páginas Libres. H.
Frías: Temóchic. Aparece la Revista Azul en México.
Se funda Cosmópolis en Caracas. Revista de América (Darío y Jaimes Freyre) en
Buenos Aires.
Revolución
liberal dirigida por el General Santos Acosta (2 9 /1 ), quien es derrotado por
las fuerzas del gobier no al mando de Rafael Reyes. Publica ción de los mapas
de los departamentos de Bolívar y Santander.
Nacen L. de Greiff y D. Samper Ortega.
Muere J. Isaacs.
AL: Segunda guerra de independencia de Cuba (24 /I
I ); Martí muere en Dos Ríos (1 9 /V ). Derrotados los rebeldes brasileños.
Acuerdo sobre política exte rior común de Honduras, Nicaragua y
Mundo exterior
Durkheim: Reglas del método socioló
gico. D’Annunzio: El triunfo de la muer te.
Kipling: El libro de la selva. Muere Leconte de Lisie.
Convención chino-japonesa en Pekín. El Canal de
Kiel. Fundación de la CGT en Francia.
Lumiére: Primer aparato cinematográ
fico.
Roentgen: los rayos
X. Bourget:
Ultramar. Yeats: Poemas. Valéry: La tar
de con el Sr. Teste. H. Wells: La máqui na de
explorar el tiempo. Gauguin en Tahití. Muere Engels.
311
Vida y obra
de José Asunción Silva
los procedimientos, a
fin de hacer el
idioma dúctil, suges
tivo, que
tuviera, ora los
‘verdores de la
descomposición’,
ora la
fragancia de la
juventud. Un ensayo
de perfumería
lo hubiera
firmado Huysmans” (P .
E. Coll). Una
vez en
Bogotá,
comienza a ocuparse de negocios y nuevas industrias.
5/V I: recita “Al pie de la estatua” en la Legación
de Vene
zuela.
Escribe otros poemas, como “Paisaje tropical” . Es nom
brado Cónsul
de Guatemala, pero
no acepta. Los
negocios
comienzan a
ir mal. “Para
hacer obra literaria
perfecta es
necesario
que el organismo tenga la sensación normal y fisio
lógica de
la vida; las
neurosis no engendrarán
sino hijos
enclenques, y sin
un estudio profundo, estudio
de las leyes
mismas de la
vida, estudio de los secretos del arte,
gimnasia
incesante de
la inteligencia, esfuerzo
por comprender más,
por deshacer
preconcebidos, por analizar
lo más hondo,
la
obra
literaria no tendrá los cimientos necesarios para resistir
el
tiempo ( . . . ) ” . Reconstruye
una de las novelas perdidas,
De
sobremesa, que para Arias Argáez, más que novela es “el
desarrollo
de un Diario Intimo de Silva, en el cual pueden
apreciarse
sus impresiones, reflejo legítimo de las inquietudes
de su espíritu,
y en el cual llega
a descubrirse muchas
de
las zozobras
y problemas que lo asediaban:
allí es donde
puede
avalorarse el espíritu complicado y la inteligencia sutil
del autor,
pues es un documento biográfico indirecto
de la
mayor importancia”, y para Sanín
Cano “es una novela
de
composición defectuosa,
de análisis arbitrario
y de verdad
apenas sugestiva” .
1896 En uno
de sus artículos, Darío afirmará
que Silva es “entre
los modernos
de lengua española,
uno de los
primeros que
han iniciado
la innovación métrica” .
Los negocios
empeoran; los acreedores inician la persecusión.
23/V: visita
a su amigo, el médico Manrique,
al que hace
dibujar en
su piel el sitio exacto del corazón.
24/V : se sui
cida,
disparándose un tiro. “Yo lo vi muerto, sobre su lecho,
y no pude
sorprender en su faz ni la más leve contracción” .
(Arias Argáez).
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vista político-económicos, oficia
lizándose la división del partido conserva dor.
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325
INDICE
PRÓLOGO por Eduardo
Camacho Guizado [IX]
CRITERIO DE ESTA EDICION [LUI]
POESIA
EL
LIBRO DE VERSOS
Al oído del lector [3]
Infancia [3]
Crisálidas
[5]
Los maderos de San Juan [6]
Crepúsculo [7]
Al pie de la estatua [9]
Páginas suyas
Juntos los dos [18] A veces cuando en alta noche
[18] Poeta, di paso [19] Nocturno [20]
Sitios
La voz de las cosas [22]
Obra humana [22]
Ars [23]
Vejeces [23]
Resurrecciones [24]
Mariposas
[25]
Nupcial [25]
. (Estrellas que entre lo sombrío) [26]
Serenata [27]
Taller moderno [27]
Un poema [28]
Midnight dreams [29]
Paisaje tropical [30]
Cenizas
Lázaro [31]
Luz de luna
[31]
Muertos [33]
Triste [34]
Psicopatía [35]
Don Juan de Covadonga [37]
Día de difuntos [39]
Las voces silenciosas [43]
GOTAS
AMARGAS
Avant-propos
[45]
El mal del siglo [46]
La respuesta de la Tierra [46]
Lentes
ajenos [47]
Cápsulas [48]
Madrigal [49]
Enfermedades de la niñez [49]
Psicoterapéutica [49]
Futura [50]
Zoospermos [51]
Filosofías [53]
Idilio [55]
Egalité [55]
Resurrexit [56]
VERSOS VARIOS
Primera Comunión [57]
Idilio [57]
Suspiro [58]
Las arpas [59]
Perdida [59]
La ventana [61]
Crepúsculo [63]
Notas perdidas [63]
IV [64]
IX [65]
[65]
XIV [66]
En la muerte de mi amigo Luis A. Vergara R. [67]
Las golondrinas [69]
Imitación [70]
Encontrarás poesía [71]
Realidad [72]
A un pesimista [72]
Voz de marcha [73]
Estrellas fijas [75]
El recluta [75]
La calavera [77]
A Diego Fallón [78]
El alma de la rosa [78]
A ti [79]
Sinfonía color de fresas en leche [80]
La última despedida [81]
Sus dos mesas [82]
Paseo [82]
¡Señor! ¡Mirad las almas. . .! [83]
Convenio [84]
Cuando hagas una estrofa. . . [84]
De los rosados labios. . . [84]
Sonetos negros [85]
.(Por qué de los cálidos besos) [86]
Nocturno [86]
Poesía viva [87]
Ronda (88)
Necedad yanqui [89]
POEMAS ATRIBUIDOS A SILVA
Rien du tout
[91]
Viejo rosal [91 ]
¿Para qué quieres versos. . .? [92]
Armonías [92]
Nidos [92]
NOTAS Y VARIANTES
[95]
PROSA
DE SOBREM
ESA [109]
PROSAS
BREVES
La protesta de la Musa [245]
Transposiciones [247]
Suspiros [252]
El paraguas del Padre León [254]
Crítica ligera
[256]
Doctor Rafael Núñez [260]
Anatole France [270]
El Conde León Tolstoi [273]
Prólogo al poema intitulado “Bienaventurados los
que lloran"
de Federico Rivas Frade [275]
Pierre Loti [277]
NOTAS Y VARIANTES [279]
CRONOLOGÍA [281]
BIBLIOGRAFÍA [315]

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