© Libro N° 8597. Civilización, Barbarismo Y La Visión Marxista De La
Historia. Woods, Alan. Emancipación. Mayo 8 de 2021.
Título
original: © Civilización, Barbarismo
Y La Visión Marxista De La Historia. Alan Woods
Versión Original: © Civilización, Barbarismo Y La Visión
Marxista De La Historia. Alan Woods
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CIVILIZACIÓN, BARBARISMO Y LA VISIÓN MARXISTA DE LA HISTORIA
Alan Woods
Civilización, Barbarismo Y
La Visión Marxista De La Historia
Alan Woods
Fuente:
http://www.rebelion.org/izquierda/awoods150802.htm
Parece ser que en cierta ocasión Henry Ford dijo
que la "histo-ria era una chorrada". La palabra chorrada significa
algo que no tiene sentido. No es una frase muy elegante para expresar
adecuadamente una idea que ha cobrado fuerza durante los últimos años. El
ilustre fundador de la empresa automovilística Ford, perfeccionó más su
definición de la historia al describirla como "sólo una maldición tras
otra"; se trata de una forma de mirarla.
La misma idea también la expresan de una forma más
elegante (aunque no menos errónea) los seguidores de la moda post-modernista y
que algunas personas consideran una filosofía válida. Realmente, esta idea no
es nueva. Hace ya mucho tiempo que la expresó el gran historiador inglés Edward
Gibbon, el autor de Historia de la decadencia y caída del im-perio romano. En
la célebre frase de Edward Gibbon la histo-ria es “poco más que el registro de
los crímenes, locuras y desgracias de la humanidad”. (Gibbon, vol. 1, p. 69. En
la edi-ción inglesa).
La historia se presenta aquí como una serie de
acontecimientos fortuitos o accidentes, esencialmente, sin sentido e
inexplica-bles. Gobernada por ninguna ley que podamos comprender. Intentar
comprender la historia sería por lo tanto un ejercicio
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inútil. Otra variación de este tema es la idea,
ahora muy popu-lar entre algunos círculos académicos, de negar la existencia de
las formas superiores e inferiores de desarrollo social y cul-tural. Dicen que
el “progreso” no existe y lo consideran una idea pasada de moda desde el siglo
XIX, cuando fue populari-zada por los liberales victorianos, los socialistas
fabianos y Carlos Marx.
Esta negación del progreso en la historia es
característica de la psicología de la burguesía en la fase de declive
capitalista. Es un fiel reflejo de que, bajo el capitalismo, el progreso ha
al-canzado sus límites y amenaza con convertirse en su contrario. La burguesía
y sus representantes intelectuales están, como es natural, poco dispuestos a
aceptar este hecho. Además, son orgánicamente incapaces de reconocerlo. Lenin
dijo en una ocasión que un hombre al borde de un acantilado no era capaz de
entrar en razón. Sin embargo, son algo conscientes de la verdadera situación e
intentan encontrar alguna clase de justi-ficación al callejón sin salida de su
sistema, ¡negando la posi-bilidad de todo progreso!
Esta idea se ha hundido tanto en la conciencia que
incluso se la ha llevado al reino de la evolución no-humana. Incluso un
pensador brillante como Stephen Jay Gould, cuya teoría dia-léctica del
equilibrio puntuado transformó la forma de percibir la evolución, defendía que
es incorrecto hablar de progreso desde la evolución inferior a la superior, así
que, debemos si-tuar a los microbios en el mismo nivel que a los seres
huma-nos. En un sentido es correcto decir que todas las cosas vivas están
relacionadas (el genoma humano lo ha demostrado de una forma concluyente). El
hombre no es una creación espe-cial del Todopoderoso, es el producto de la
evolución. No es correcto ver la evolución como una especie de gran diseño,
- 2 -
cuyo objetivo final era la creación de seres como
nosotros (te-leología, de la palabra griega telos, estudio de la finalidad).
Sin embargo, rechazar una idea incorrecta no necesariamente obli-ga a ir al
otro extremo, y con ello, provocando nuevos errores.
No se trata de aceptar la existencia de un plan
predeterminado relacionado con la intervención divina o alguna clase de
teleo-logía, pero está claro que las leyes de la evolución inherentes a la
naturaleza son las que en realidad determinan el desarrollo desde las formas
simples de vida a otras formas más comple-jas. Las primeras formas de vida ya
contenían dentro de ellas el embrión de su futuro desarrollo. Es posible
explicar el desa-rrollo de los ojos, las piernas y otros órganos sin recurrir a
ningún plan predeterminado. En determinado momento llega-mos al desarrollo del
sistema nervioso central y el cerebro. Por último, con el homo sapiens,
llegamos a la conciencia humana. La materia se hace consciente de sí misma. No
se ha producido una revolución más importante desde el desarrollo de la
mate-ria orgánica (la vida) a partir de la materia inorgánica.
Para complacer a nuestros críticos, quizás
deberíamos añadir la frase: desde nuestro punto de vista. Sin duda los
microbios, si fueran capaces de tener punto de vista, probablemente ha-rían
algunas objeciones serias. Pero nosotros debemos afirmar que la evolución,
realmente, representa el desarrollo de formas simples de vida hasta otras
formas más complejas y versátiles, en otras palabras, el progreso de formas
inferiores de vida a otras formas superiores. Negar esto carece de sentido, no
es una formulación científica, se trata de escolástica. Al decir esto, por
supuesto, nuestra intención no es ofender a los mi-crobios, después de todo
llevan aquí mucho más tiempo que nosotros, y si no se acaba con el sistema
capitalista, puede que terminen riéndose los últimos.
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La cultura y el capitalismo
Si, para no ofender a los microbios y otras
especies, no está permitido hacer referencia a formas superiores e inferiores
de vida, entonces menos aún “según la última moda” se puede afirmar que los
bárbaros representan una forma inferior de desarrollo social y cultural frente
a la esclavitud ¡sin hablar del capitalismo! Decir que los bárbaros tenían su
propia cultura no es decir demasiado. Desde el momento en que los primeros
humanos fabricaron herramientas de piedra se puede decir que cada período ha tenido
su propia cultura. Que estas culturas no han sido lo suficientemente apreciadas
hasta hace poco, tam-bién es verdad. La burguesía siempre ha tenido una
tendencia a exagerar las conquistas de algunas culturas y denigrar a otras.
Detrás de esto están los intereses creados de aquellos que buscan esclavizar,
dominar y explotar a otros pueblos, y disfrazar esta opresión y explotación
bajo el disfraz hipócrita de la superioridad cultural.
Bajo esta bandera, los cristianos del norte de
España (verdade-ros descendientes de los godos bárbaros), destruyeron los
sis-temas de irrigación y la maravillosa cultura islámica de Al-Andalus,
después continuaron y destruyeron las ricas y flore-cientes culturas de los
aztecas y los incas. Bajo la misma ban-dera, los colonialistas británicos,
franceses y holandeses, es-clavizaron sistemáticamente a los pueblos de África,
Asia y el Pacífico. No contentos con reducir a estos pueblos a la peor clase de
esclavitud, les robaron, no sólo su tierra, también el alma. Los misioneros
cristianos terminaron el trabajo comen-zado por los soldados y cazadores de
esclavos, robando a la población su identidad cultural.
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Todo esto es verdad y es necesario tratar la
cultura de cada pueblo con el respeto y afecto que se merece. Cada período,
cada pueblo, ha añadido algo al gran tesoro de la cultura hu-mana que es
nuestra herencia colectiva. Pero, ¿esto significa que una cultura es tan buena
como cualquier otra? ¿Eso signi-fica que se puede afirmar que entre las
primeras hachas de piedra (algunas de las cuales mostraban un grado
considerable de sentido estético) y el David de Miguel Ángel no se ha
pro-ducido un progreso artístico perceptible? En una palabra, ¿se puede hablar
de progreso en la historia humana?
En la lógica, hay un método muy conocido que reduce
un ar-gumento al absurdo y lo lleva a su extremo. Vemos algo simi-lar en
ciertas tendencias modernas de la antropología, la histo-ria y la sociología.
Es un hecho conocido que la ciencia bajo el capitalismo cada vez es menos
científica. Las llamadas cien-cias sociales no son en absoluto ninguna ciencia,
son intentos mal encubiertos de justificar el capitalismo, o al menos, de
desacreditar al marxismo (que equivale a lo mismo). Esto ya ocurrió en el pasado,
cuando los llamados antropólogos hicie-ron todo lo posible por justificar la
esclavitud de las llamadas razas atrasadas denigrando su cultura. Pero las
cosas no son mucho mejores ahora, cuando ciertas escuelas intentan hacerlo de
otra forma.
Es verdad que los imperialistas, deliberadamente,
han quitado importancia o incluso negado la cultura de los “pueblos atra-sados”
de África, Asia, etc. El poeta pro-imperialista inglés, Kipling (el autor de El
libro de la selva) les llamó “razas me-nores sin ley”. Este imperialismo
cultural sin duda era un in-tento de justificar la esclavización colonial de
millones de per-sonas. También es verdad que todas las acciones más bárbaras e
inhumanas del pasado, palidecen en significado con los ho-
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rrores infligidos a la raza humana por nuestro
supuestamente civilizado sistema capitalista y su homólogo: el imperialismo.
Es una paradoja terrible que cuando más ha
desarrollado la humanidad su capacidad productiva, cuando los avances de la
ciencia y la tecnología son más espectaculares, mayor es el sufrimiento, el
hambre, la opresión y la miseria de la mayoría de la población mundial. Incluso
algunos de los partidarios del sistema actual reconocen este hecho. Pero no han
hecho nada para corregirlo. Tampoco pueden porque se niegan a reconocer que la
razón del callejón sin salida actual en el que se encuen-tra la raza humana es
el mismo sistema que ellos defienden. Pero no sólo la burguesía se niega a
sacar las conclusiones necesarias. Lo mismo ocurre con muchos de los que se
consi-deran de izquierdas y radicales. Hay algunas personas bienin-tencionadas
que, por ejemplo, mantienen que la fuente de to-dos nuestros problemas es el
crecimiento de la ciencia, la téc-nica y la industria, y consiguientemente,
sería algo bueno ¡re-gresar al modo de existencia precapitalista!
Los victorianos tenían una visión muy parcial de la
historia, la veían como una especie de marcha triunfal, una marcha impa-rable
hacia el progreso y la ilustración, dirigida, por supuesto, por el capitalismo
inglés. Esta idea también sirvió como una justificación conveniente del
imperialismo y el colonialismo. Los “civilizados” británicos fueron a la India
y África, arma-dos con la Biblia (y también con barcos de guerra, cañones y
rifles) para introducir a los nativos ignorantes en las alegrías de la cultura
occidental. Aquellos que no mostraban entusias-mo ante los refinamientos de la
cultura británica (y también de la belga, holandesa, francesa y alemana)
rápidamente eran “educados” con las balas y las bayonetas.
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Hoy en día los burgueses tienen un estado de ánimo
bastante diferente. Enfrentados a la creciente evidencia de la crisis glo-bal
del capitalismo, están hundidos en un ambiente de incerti-dumbre, el pesimismo
y el temor ante el futuro. Las viejas canciones sobre la inevitabilidad del
progreso humano parecen bastante fuera de tono con la cruda realidad del
momento. La misma palabra “progreso” provoca una sonrisa cínica de des-precio.
Y esto no es casualidad. La gente está empezando a comprender que en la primera
década del siglo XXI, el progre-so se ha detenido completamente. Pero esto,
sencillamente, refleja el callejón sin salida del capitalismo, que hace mucho
agotó su potencial de progreso y se ha convertido en un mons-truoso obstáculo
en el camino del avance humano. Hasta cierto punto ¾y sólo hasta cierto punto¾
se puede decir que es impo-sible hablar de progreso.
No es la primera vez que hemos visto esta
tendencia. En el largo período de declive que precedió a la caída del Imperio
Romano, a muchos les parecía que se aproximaba el final del mundo. Esta idea
era particularmente intensa entre la cristian-dad, y da forma al Libro de la
Revelación (el Apocalipsis). La gente realmente creía que se aproximaba el
final del mundo. En realidad, lo que llegaba a su fin era sólo una clase
particu-lar de sistema socioeconómico, el sistema esclavista, que había
alcanzado sus límites y era incapaz de desarrollar las fuerzas productivas como
había hecho en el pasado.
Se pudo observar un fenómeno similar al final de la
Edad de las Tinieblas, cuando se puso de moda la misma idea: el final del
mundo. Las masas se unían a las sectas flagelantes que viajaban por toda
Europa, azotándose y torturándose para ex-piar los pecados de la humanidad,
preparándose para el día del juicio final. De nuevo aquí lo que se aproximaba
no era el fin
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del mundo, sino el final del sistema feudal, que
había superado su utilidad y, finalmente, fue derrocado por la burguesía.
Sin embargo, el hecho de que una forma
socioeconómica par-ticular haya sobrevivido a su utilidad histórica y se
convierta en un obstáculo reaccionario para el avance de la raza humana, no
significa que el progreso sea un concepto sin sentido. No significa que no haya
existido progreso en el pasado (incluido bajo el capitalismo) o que no pueda
existir en el futuro, una vez sea abolido el capitalismo. De este modo, una
idea que a primera vista parece ser muy razonable, se convierte en una defensa
encubierta del capitalismo frente al socialismo. Hacer incluso la más mínima
concesión a esta idea, sería abandonar una posición revolucionaria firme para
caer en una posición reaccionaria.
El materialismo histórico
La sociedad está en constante cambio. La historia
intenta cata-logar estos cambios e intenta explicarlos. Pero, ¿cuáles son las
leyes que rigen el cambio histórico? ¿Existen estas leyes? Si no existieran, la
historia humana sería completamente incom-prensible, como pensaban Gibbon y
Henry Ford. Sin embargo, los marxistas no ven la historia de esta manera. De la
misma forma que la evolución de la vida tiene leyes inherentes que se pueden
explicar, y que fueron explicadas, primero por Darwin y, más recientemente, por
los rápidos avances en el estudio de la genética, también la evolución de la
sociedad humana tiene sus leyes inherentes y éstas fueron explicadas por Marx y
En-gels.
Aquellos que niegan la existencia de las leyes que
dominan el desarrollo social humano, sin excepción, abordan la historia
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desde un punto de vista subjetivo y moralista. Como
Gibbon (pero sin su extraordinario talento) sacuden la cabeza ante el
espectáculo interminable de violencia sin sentido, la “inhuma-nidad del hombre
contra el hombre” (y la mujer) y otras cosas por el estilo. En lugar de una
visión científica de la historia, tenemos la visión de un sacerdote. Pero lo
que necesitamos no es un sermón moral, sino una visión racional. Por encima y
más allá de los hechos aislados, es necesario comprender las tendencias, las
transiciones de un sistema social a otro, y ela-borar las fuerzas motrices
fundamentales que determinan estas transiciones.
Al aplicar el método del materialismo dialéctico a
la historia, inmediatamente resulta obvio que la historia humana tiene sus
propias leyes, y que, consecuentemente, es posible compren-derla como un
proceso. El ascenso y la caída de diferentes formaciones socioeconómicas se
pueden explicar científica-mente en términos de su capacidad o incapacidad de
desarro-llar los medios de producción, y de ese modo, empujar hacia delante los
horizontes de la cultura humana e incrementar el dominio de la humanidad sobre la
naturaleza.
El marxismo mantiene que el desarrollo de la
sociedad huma-na a lo largo de millones de años representa el progreso, pero
éste nunca ha seguido una línea recta, como equivocadamente creían los
victorianos (quienes tenían una visión vulgar y anti-dialéctica de la
evolución). La premisa básica del materialismo histórico es que la fuente
última de desarrollo humano es el desarrollo de las fuerzas productivas. Esta
es la conclusión más importante, porque es la única que nos puede permitir
llegar a una concepción científica de la historia.
Antes de Marx y Engels, la historia para la mayoría
de las per-sonas era una serie de acontecimientos desconectados o, por
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utilizar un término filosófico, “accidentes”. No
había una ex-plicación general a este proceso porque supuestamente la his-toria
no tenía leyes internas. Una vez se acepta este punto de vista, la única fuerza
motriz de los acontecimientos históricos es el papel del individuo, los
“grandes hombres” (o mujeres).
En otras palabras, caemos en una visión idealista y
subjetiva del proceso histórico. Este era el punto de vista de los socialis-tas
utópicos, quienes, a pesar de su gran perspicacia y pene-trante crítica del
orden social existente, no consiguieron com-prender las leyes fundamentales del
desarrollo histórico. Para ellos, el socialismo era sólo una “buena idea”, una
idea de ha-ce mil años o de mañana por la mañana. ¡Si se hubiera inven-tado
hace mil años, la humanidad se habría ahorrado muchos problemas!
Fueron Marx y Engels los primeros que explicaron
eso, a pesar de las apariencias, todo el desarrollo humano depende del
desarrollo de las fuerzas productivas, y de este modo dotaron de bases
científicas el estudio de la historia. La primera condi-ción de la ciencia es
que seamos capaces de mirar más allá de lo particular para llegar a las leyes
generales. Por ejemplo, los primeros cristianos eran comunistas (aunque su
comunismo era utópico, basado en el consumo y no en la producción). Sus
primeros experimentos con el comunismo no les llevaron a ninguna parte, tampoco
les podían haber llevado a ninguna otra parte, porque el desarrollo de las
fuerzas productivas en ese momento no permitía el desarrollo del verdadero
comu-nismo.
En el período reciente se ha puesto de moda entre
algunos círculos intelectuales de “izquierdas” negar la existencia del progreso
en la historia. En parte, estas tendencias representan la reacción contra el
imperialismo cultural y la “eurocentrici-
-10-
tad”. Se dice que una cultura humana es igual de
válida que cualquier otra. En este sentido, los intelectuales europeos
pro-gresistas piensan que, él o ella, con esta postura, en cierta for-ma, están
“compensando” por el sistemático pillaje y violación perpetrado contra los
pueblos de las antiguas colonias por nuestros antepasados, saqueo que, por
supuesto, continua en la actualidad aunque con disfraces diferentes.
Las intenciones de estas personas pueden ser
loables, pero sus premisas están completamente equivocadas. En primer lugar,
para los millones de personas explotadas y oprimidas de Asia, África y América
Latina, les sirve de poco alivio saber que ahora los intelectuales europeos
redescubren y aprecian sus antiguas culturas. Lo que hace falta no son gestos
simbólicos o terminología radical, sino una verdadera lucha contra el
impe-rialismo y el capitalismo a escala mundial. Sin embargo, para que esta
lucha triunfe, hay que ponerla sobre unas bases fir-mes. La condición previa
para el éxito es la lucha implacable por la teoría marxista. Por supuesto, es
necesario poner las cosas en su lugar y luchar contra toda clase de prejuicios
racis-tas e imperialistas. Pero al luchar contra una idea incorrecta es
necesario tener cuidado de no ir demasiado lejos, porque una idea correcta
cuando se lleva a sus extremos puede volverse en su contrario.
La historia humana no es una línea ininterrumpida
hacia el progreso. A lo largo de la línea ascendente, existe otra línea
descendente. En la historia ha habido períodos en los que, por diferentes
razones, la sociedad ha retrocedido, el progreso se ha detenido y la
civilización y la cultura se han hundido. Este fue el caso de Europa después de
la caída del Imperio Ro-mano, en el período conocido, al menos en inglés, como
la Edad de las Tinieblas. Recientemente, ha habido una tendencia
-11-
por parte de algunos académicos a rescribir la
historia y pre-sentar a los bárbaros desde una óptica más favorable. Esto no es
“más científico” o “más objetivo”, simplemente es pueril.
Cómo no presentar la cuestión
Recientemente, el Canal Cuatro de la televisión
británica emi-tió una serie de tres capítulos titulada Los bárbaros, presentada
por Richard Rudgley, un antropólogo y autor de Civilizaciones perdidas de la
Edad de Piedra. Después de ver el segundo capítulo de la serie dedicado a los
anglos y los sajones -tribus germánicas que invadieron las Islas Británicas-,
me he podido formar una idea bastante buena de la tesis central de Rudgley.
Defiende que ellos dejaron una sociedad más civilizada que la que conquistaron:
“La dependencia de la esclavitud del Impe-rio Romano fue sustituida por una
sociedad más justa donde se estimulaba y valoraba el trabajo y los oficios
técnicos”.
La gente, en general, cree que el legado romano en
Gran Bre-taña fue una sociedad civilizada más tarde brutalizada por las tribus
bárbaras que invadieron las islas durante la Edad de las Tinieblas. Pero para
Rudgley: “En mi viaje para comprender la Edad de las Tinieblas, me he
encontrado con muchas cosas valiosas que tienen sus raíces, no en la
civilización romana, sino en el mundo de los bárbaros, construido sobre las
ruinas del Imperio Romano”.
Rudgley ha realizado un descubrimiento asombroso:
los sajo-nes sabían como construir barcos, y rápidos. Dice que los bár-baros
trajeron oficios y talento a estas orillas. “Sus técnicas eran inmensas. Sólo
hay que mirar algunas de las obras de metal, madera o joyería de ese período”.
Pero los romanos sabían construir no sólo barcos, también carreteras, acueduc-
-12-
tos, ciudades y muchas otras cosas. Rudgley pasa
por alto el insignificante detalle de que estas cosas fueron destruidas o se
hundieron por el abandono de los bárbaros, y que esto llevó a desbaratamiento
catastrófico del comercio y una profunda caí-da en el desarrollo de las fuerzas
productivas y la cultura, que retrocedió mil años atrás.
Él cita las palabras del experto fabricante de
espadas Hector Cole, quien dice: “Los fabricantes de espadas sajones eran
especialistas. Fabricaban filos estructurados seiscientos años antes que los
japoneses”. No hay duda de todo esto. Todas las tribus bárbaras de este período
eran expertos guerreros y lo demostraron acabando con las defensas romanas como
un cu-chillo caliente atraviesa la mantequilla. Los romanos del final del
Imperio incluso comenzaron a imitar algunas de las tácti-cas militares de los
bárbaros. Pero nada de esto demuestra que los bárbaros tuvieran un nivel de
desarrollo comparable al de los romanos, y menos aún superior.
Rudgley explica que las travesías marítimas de los
anglos y los sajones hacia Gran Bretaña, no fueron invasiones de masas
dirigidas por guerreros, sino pequeños grupos de emigrantes pacíficos que
buscaban nuevos asentamientos. Aquí confunde dos cosas. Sin duda los bárbaros
buscaban un territorio sobre el que asentarse. Las razones para estos
movimientos de masas de los pueblos en el siglo V probablemente son variadas.
Una teoría es que un cambio de clima elevó el nivel del mar en las zonas
costeras de lo que es ahora Holanda y el norte de Ale-mania, volviendo estas
tierras inhabitables. Una visión más tradicional es la presión de otras tribus
bárbaras que venían de Oriente. Con toda probabilidad se trate de una
combinación de estos factores y otros. En general, las causas de esta migración
de masas se pueden poner bajo el título de accidente histórico.
-13-
Lo que importa son los resultados que provocaron en
la histo-ria. Y esto es lo que está en discusión.
Los contactos iniciales entre los romanos y los
bárbaros no necesariamente tuvieron un carácter violento. Durante siglos
existió un comercio importante a lo largo de las fronteras orientales, y éste
llevó a una progresiva romanización de aque-llas tribus que vivían próximas al
Imperio. Muchos se convir-tieron en mercenarios y sirvieron en las legiones
romanas. Ala-rico, el líder godo que fue el primero que entró en Roma, no sólo
era un antiguo soldado de Roma, también era cristiano (arriano). También es cierto
que los primeros sajones que en-traron en Gran Bretaña eran comerciantes
pacíficos, mercena-rios y colonos. De hecho, según la tradición, fueron
invitados a Gran Bretaña por el “rey” británico romanizado Vortigern, después
de la salida de las legiones romanas.
Pero en este punto, el análisis de Rudgley comienza
a resque-brajarse. Ha olvidado completamente que el comercio entre las naciones
civilizadas y los bárbaros, estaba invariablemente relacionado con la
piratería, el espionaje y la guerra. Los co-merciantes bárbaros observaban
cuidadosamente los puntos fuertes y débiles de las naciones con las que
entraban en con-tacto. Si existían signos de debilidad, a las relaciones
comer-ciales “pacíficas” seguirían las bandas armas en busca de sa-queo y
conquista. Basta con leer el Antiguo Testamento para ver que esta era
precisamente la relación entre las tribus israe-líes nómadas y pastoriles y los
antiguos cananitas, quienes, como pueblos urbanos civilizados, contaban con un
elevado nivel de desarrollo.
Los romanos tenían un nivel cultural más alto que
los bárbaros y se puede demostrar fácilmente con el siguiente hecho. Aun-que
los bárbaros consiguieron conquistar a los romanos, ellos
-14-
mismos fueron rápidamente absorbidos, e incluso
perdieron su propia lengua y acabaron hablando un dialecto del latín. Del mismo
modo, los francos, que dieron su nombre a la Francia moderna, eran una tribu
germánica que hablaba una lengua relacionada con el alemán moderno. Lo mismo
ocurrió con las tribus germánicas que invadieron España e Italia.
La única excepción manifiesta a esta regla es que
los anglos y los sajones que invadieron Gran Bretaña, no fueron absorbidos por
los celtas-romanos británicos que eran más avanzados. La lengua inglesa
básicamente es una lengua germánica (con una mezcla moderna de francés normando
desde el siglo XI en adelante). En realidad, el número de palabras de origen
celta en la lengua inglesa es insignificante, mientras que hay mu-chas más
palabras árabes en la lengua española. La razón para esto es que los árabes en España
tenían un nivel cultural supe-rior a los cristianos de habla española que les
conquistaron. La única explicación concebible es que los bárbaros anglo-sajones
(a quienes Rudgley considera unas personas muy pacíficas y amables) aplicaron
una política genocida contra el pueblo celta cuyas tierras fueron tomadas con
guerras sangrientas de con-quista.
¿Sentimentalismo o ciencia?
Por lo tanto, podemos poner una regla firme: un
pueblo inva-sor cuya cultura está en un nivel más bajo que el pueblo
con-quistado por él, con el tiempo, será absorbido por la cultura de los
conquistados y no viceversa. Se podría responder a esto que este proceso
ocurrió porque el número de invasores era relativamente pequeño. Pero esto no
se sostiene. En primer lugar, como el propio Rudgley afirma, en estas vastas
migra-ciones participó un gran número de personas, en realidad pue-
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blos enteros. En segundo lugar, hay otros muchos
ejemplos históricos que demuestran lo contrario.
Los mongoles que invadieron la India y
establecieron la dinas-tía Mogul que duró hasta que los británicos conquistaron
la India, fueron completamente absorbidos por la forma de vida india que era
más avanzada. Exactamente lo mismo ocurrió en China. Sin embargo, cuando los
británicos conquistaron la India, no fueron absorbidos por la cultura nativa,
sino lo con-trario, como explica Marx, destruyeron completamente la vieja
sociedad india que había resistido durante miles de años. ¿Cómo fue esto
posible? Sólo porque Gran Bretaña, donde el sistema capitalista se había
desarrollado rápidamente, tenía un nivel más alto de desarrollo que la India.
Por supuesto, es posible decir que antes de la
llegada de los británicos, los indios tenían un nivel más alto de desarrollo
cultural. Aunque los conquistadores europeos despreciaban a los indios, al
menos como semi-bárbaros, nada puede estar más alejado de la realidad. Sobre
las bases del antiguo método asiático de producción, la cultura india alcanzó
niveles prodi-giosos. Sus conquistas en los terrenos del arte, escultura,
arqui-tectura, música y poesía fueron tan brillantes que incluso pro-vocaron la
admiración de los representantes más cultos del Imperio Británico.
Es igualmente posible deplorar a los supuestamente
civilizados británicos por la forma tan brutal en la que aplastaron a los
indios, con una combinación de engaño, mentiras, asesinatos y masacres. Esa es
toda la verdad, pero falta algo. La verdadera pregunta que se debe hacer es la
siguiente: ¿Por qué los britá-nicos no fueron absorbidos por la cultura india
como les ocu-rrió a los mongoles? Después de todo, en este caso, es verdad que
el número de británicos que se asentaron en la India era
-16-
insignificante comparado con las masas de este
vasto subcon-tinente. Después de doscientos años, fueron los indios los que
aprendieron inglés y no viceversa.
Hoy, medio siglo después de la salida de los
británicos, el in-glés es aún la lengua oficial de la India y permanece como la
lingua franca de todos los indios y pakistaníes cultos. ¿Cómo se puede explicar
esto? Sólo porque el capitalismo representa un nivel más elevado de desarrollo
que el feudalismo o el mo-do asiático de producción. Ese es el factor decisivo.
Quejarse de esto, protestar contra el “imperialismo cultural” y otras co-sas
por el estilo puede tener un cierto valor en el terreno de la agitación (no hay
ninguna duda de la conducta verdaderamente bárbara de los imperialistas en
general). Pero desde un punto de vista científico estos comentarios no nos
llevan muy lejos.
Abordar la historia humana desde un punto de vista
sentimen-tal es peor que inútil. La historia no conoce la moralidad y funciona
según diferentes leyes. La tarea de cualquier persona que quesee comprender la
historia es en primer lugar dejar a un lado todos los elementos moralistas, ya
que no existe nin-guna moralidad suprahistórica, ninguna “moralidad en
gene-ral”, sino sólo moralidades particulares que pertenecen a pe-ríodos
históricos particulares y formaciones socioeconómicas definidas y no tienen relevancia
fuera de ellas.
Desde un punto de vista científico, por lo tanto,
no tiene senti-do comparar los niveles morales de la conducta de los romanos y
los bárbaros, los británicos y los indios, los mongoles y los chinos. Las
prácticas inhumanas y bárbaras han existido en cada período de la historia, si
tomamos una vara de medir para juzgar la raza humana, deberíamos sacar
conclusiones muy pesimistas. En realidad, se podría sostener que cuánto mayor
es el grado de desarrollo, mayor la capacidad de infligir sufri-
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miento a un mayor número de personas. La situación
del mun-do en la primera década del siglo XXI parece confirmar esta sombría
valoración de la historia humana.
Algunas personas han sacado la conclusión de que
quizá el problema es que ha habido demasiado desarrollo, demasiado progreso,
demasiada civilización. ¿No seríamos más felices viviendo en un entorno
agrícola sencillo (por supuesto en lí-neas estrictamente ecológicas) cultivando
nuestros propios campos (sin tractores), haciendo nuestra ropa y amasando
nuestro pan? Es decir, ¿no sería mejor si regresáramos al bar-barismo?
Debido a la terrible situación de la sociedad y el
mundo bajo el capitalismo, fácilmente podemos comprender que existan per-sonas
que busquen un escape de la desagradable realidad y que quieran dar marcha
atrás al reloj para regresar a una época dorada. El problema es que nunca
existió esta época. Aquellas personas (normalmente de clase media) que hablan
grandio-samente de las maravillas de la vida de los días de las comunas
agrícolas no tienen idea de lo difícil que era la vida en aquellos tiempos. Citaremos
un manuscrito de un monje medieval que, a diferencia de nuestros fanáticos de
la Nueva Era, conocía perfectamente como era la vida bajo el feudalismo. Este
es un extracto de un autor medieval, un monje llamado Aelfric, que escribió un
libro para enseñar conversación latina en Winches-ter:
Maestro: ¿Qué haces labrador, cómo haces tu
trabajo?
Pupilo: Señor, trabajo muy duro. Me levanto al
amanecer para llevar los bueyes al campo y allí les acoplaré el arado. Pero el
invierno es duro y no me atrevo a quedarme en casa por temor a mi señor;
después de acoplar los bueyes, pongo la reja y la cuchilla al arado, cada día
tengo que arar un acre o más.
-18-
Maestro: ¿Alguien te ayuda?.
Pupilo: Tengo a un chico que guía los bueyes con la
aguijada y ahora está afónico del frío.
Maestro: ¿Qué otro trabajo tienes que hacer
diariamente?
Pupilo: Mucho más. Tengo que llenar los cubos de
los bueyes con heno, darles agua y sacar el estiércol fuera.
Maestro: ¿Es un trabajo duro?
Pupilo: Sí, es un trabajo duro, porque no soy
libre.
¡Un par de semanas de trabajo deslomado y de
destrucción del alma, seguramente sería una cura garantizada para las
ilusio-nes de la mayoría de los intransigentes románticos! Es una pena no poder
hacer un viaje corto en la máquina del tiempo con este objetivo.
¿Qué es el barbarismo?
La palabra “barbarismo” se utiliza en diferentes
contextos y para cosas diferentes. Incluso puede ser un insulto cuando ha-cemos
referencia al comportamiento bárbaro de ciertos segui-dores de fútbol demasiado
entusiastas. Para los antiguos grie-gos (los primeros que acuñaron la palabra)
significaba sim-plemente “uno que no habla el idioma” (es decir, el griego).
Pero para los marxistas, normalmente, significa la etapa entre el comunismo
primitivo y la primera sociedad de clases, cuan-do se empezaron a formar las
clases y con ellas el estado. El barbarismo es una fase transicional, donde la
vieja comuna se encuentra en un estado de decadencia y donde las clases y el
estado están en proceso de formación.
-19-
Como las otras sociedades humanas (incluido el
salvajismo, la fase de las sociedades cazadoras y recolectoras basadas en el
comunismo primitivo y que realizaron maravillosas obras de arte en las cuevas
de Francia y el norte de España), los bárba-ros ciertamente tenían cultura, y
fueron capaces de producir objetos de arte muy hermosos y sofisticados. Sus
técnicas de guerra demuestran que también eran capaces de hazañas
extra-ordinarias de organización y esto se demostró cuando derrota-ron a las
legiones romanas. Los romanos comenzaron a copiar las mismas tácticas militares
que los bárbaros, introdujeron el arco corto perfeccionado por los hunos y
otras tribus para dis-parar desde el caballo
El período de barbarismo representa una parte muy
larga de la historia humana, y está dividida en varios períodos más o me-nos
diferenciados. En general, se caracterizó por la transición del modo de
producción basado en la caza y la recolección, al pastoreo y la agricultura, es
decir, del salvajismo paleolítico, pasando por el barbarismo neolítico, al
barbarismo más eleva-do de la Edad de Bronce, que permanece como el umbral de
la civilización. El punto de inflexión decisivo fue lo que Gordon Childe llamó
la revolución neolítica, que representó un gran paso adelante en el desarrollo
de la capacidad productiva hu-mana, y por lo tanto, de la cultura. Esto es lo
que dice Childe:
“Es enorme nuestra deuda con para con estos
bárbaros que no conocieron la escritura. Todas las planta comestibles
cultiva-das de cierta importancia han sido descubiertas por alguna sociedad
bárbara innominada”. (Qué sucedió en la historia. Gordon Childe. Buenos Aires.
Editorial La Pléyade. 1977. p. 69).
Aquí está el embrión de dónde crecieron las aldeas
y las ciu-dades, la escritura, la industria y todo lo demás que sirve de
-20-
base para lo que llamamos civilización. Las raíces
de la civili-zación se encuentran precisamente en el barbarismo, y aún más, en
la esclavitud. El desarrollo del barbarismo llevó a la esclavitud o a lo que
Marx llamó el modo asiático de produc-ción.
Sería incorrecto negar la contribución de los
pueblos bárbaros al desarrollo humano. Jugaron un papel vital en determinada
etapa. Poseían cultura, y avanzada para el tiempo en el que vivieron. Pero lo
historia no se detiene aquí. El nuevo desarro-llo de las fuerzas productivas
llevó a nuevas formas socioeco-nómicas que llevaron a un nivel cualitativamente
más elevado. Nuestra civilización moderna (tal como es) viene de las
con-quistas colosales de Egipto, Mesopotamia y el Valle del Indo, e incluso
más, de Grecia y Roma.
Mientras que no negamos la existencia de la cultura
bárbara, los marxistas no dudamos en afirmar que ésta última fue
histó-ricamente sustituida por las culturas de Egipto, Grecia y Roma que
crecieron a partir del barbarismo, lo superaron y le susti-tuyeron. Negar este
hecho sería obviar la realidad.
El papel de la esclavitud
Si miramos todo el proceso de la historia y
prehistoria huma-nas, lo primero que nos llama la atención es la extraordinaria
lentitud con que se desarrollaron las especies. La evolución gradual de las
criaturas humanas o humanoides y su alejamien-to de la condición de animales,
hacia una condición genuina-mente humana, transcurrió a lo largo de millones de
años. Du-rante el primer período que llamamos salvajismo, caracteriza-do por un
desarrollo muy lento de los medios de producción, la fabricación de herramientas
de piedra y el modo de existencia
-21-
cazador-recolector, la línea de desarrollo
permanece práctica-mente plana durante un largo período de tiempo. Comienza a
acelerarse precisamente en el período conocido como barba-rismo
(particularmente con la revolución neolítica) cuando las primeras comunidades
estables se convirtieron en ciudades (como Jericó, que data de aproximadamente
el 7.000 a. de C).
Sin embargo, el crecimiento realmente explosivo
ocurre en Egipto, Mesopotamia, el Valle del Indo (y también China), Persia,
Grecia y Roma. En otras palabras, el desarrollo de la sociedad de clases
coincide con un aumento masivo de las fuerzas productivas, y como resultado, de
la cultura humana, que alcanza cimas sin precedentes. Este no es el lugar para
mencionar todos los descubrimientos realizados por los grie-gos y los romanos.
Hay una famosa escena en la película La vida de Brian de los Monty Piton, donde
un entusiasta “lucha-dor por la libertad” hace una pregunta retórica: “¿Qué han
he-cho los romanos por nosotros?” A su pesar recibe una respues-ta con una
larga lista de cosas. ¡No deberíamos cometer el mismo error!
Pero podría hacerse la siguiente objeción, Grecia y
Roma se basaban en la esclavitud, que es una institución inhumana y
aborrecible. Las maravillosas conquistas de la antigua Atenas se consiguieron
bajo la esclavitud. Su democracia - probablemente la más avanzada del mundo
hasta la fecha- era la democracia de una minoría de ciudadanos libres. La
mayo-ría -los esclavos- no tenían ningún derecho. Hace poco recibí una carta
que compara desfavorablemente la sociedad escla-vista con el barbarismo.
Reproduzco un extracto:
“En realidad, las sociedades primitivas son las
menos bárbaras de la historia mundial. Por ejemplo, sus guerras eran rituales
sin apenas víctimas. La barbarie del nazismo y las guerras de
-22-
los Balcanes es una característica típica del
capitalismo, igual que el feudalismo o la sociedad esclavista tenían sus
caracte-rísticas bárbaras particulares. Los hechos más bárbaros de la historia
son todos, de una forma u otra, consecuencia de la sociedad de clases”.
Estas líneas plantean la cuestión de la guerra en
un sentido moralista y no materialista. La guerra siempre ha sido bárbara. Se
trata de asesinar personas de una manera más eficaz. Se puede estar de acuerdo
que en las guerras de las sociedades primitivas se asesinaba a menos personas
que en las guerras modernas. Eso hasta cierto punto es producto del desarrollo
de la ciencia y la técnica que han llevado a una perfección de la productividad
humana, no sólo en la industria y la agricultura, también en el campo de
batalla. Engels explica en el Anti-Dühring cómo la historia de la guerra sólo
se puede compren-der en términos del desarrollo de los medios de producción.
Los romanos eran menos eficaces en el asesinato que los bár-baros (al menos en
el período de ancestro del poder romano), y nosotros somos incomparablemente
más eficaces que los ro-manos, en este terreno y en muchos más.
Los marxistas no pueden mirar la historia desde el
punto de vista de la moralidad. A parte de esto, no existe la moralidad
suprahistórica. Toda sociedad tiene su propia moralidad, reli-gión, cultura,
etc., que corresponde con un nivel determinado de desarrollo, y, al menos en el
período que llamamos civiliza-ción, no se puede observar desde el punto de
vista del número de víctimas, y mucho menos, desde un punto de vista moral
abstracto. Podemos desaprobar las guerras en general, pero no se puede negar una
cosa: durante todo el curso de la historia humana, todas las cuestiones serias,
en última instancia, se han resuelto de esta forma. Esto se aplica tanto en los
conflictos
-23-
entre las naciones (guerras) como a los conflictos
entre las clases (revoluciones). Nuestra actitud hacia un tipo particular de
sociedad y su cultura no puede estar determinada por consi-deraciones
moralistas. Desde el punto de vista del materialis-mo histórico resulta
totalmente indiferente que algunos bárba-ros (incluidos mis propios ancestros,
los celtas) fueran cazado-res de cabezas o quemasen vivas a las personas en el
interior de estatuas de mimbre para celebrar el solsticio de verano. Existen
los mismos motivos para condenarles, que para alabar-les por la hermosa joyería
que fabricaron o la poesía que reci-taban. Lo que determina si una formación
socioeconómica determinada es históricamente progresista o no, es en primer
lugar, su capacidad de desarrollar las fuerzas productivas, las bases
materiales reales sobre las que se levanta y desarrolla la cultura humana.
La razón por la cual el desarrollo humano fue tan
terriblemente lento durante un largo período de tiempo, fue precisamente el
bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. El desarro-llo real
comienza ya en la fase del barbarismo, como explica-mos antes. Este fue un
acontecimiento progresista en su día, pero fue superado, negado y sustituido
por una forma más ele-vada que fue la esclavitud. El viejo Hegel, ese pensador
tan profundo y maravilloso, escribe: “No fue tanto de la esclavitud como a través
de la esclavitud que la humanidad se emanci-pó”. (Lectures on the Philosophy of
History, p. 407).
Los romanos utilizaron la fuerza bruta para
subyugar a otros pueblos, vendieron ciudades enteras a la esclavitud,
masacra-ron a miles de prisioneros de guerra para diversión en el circo
público, e introdujeron métodos muy refinados de ejecución, como la crucifixión.
Sí, todo esto es verdad. Pero también es verdad que nuestra civilización
moderna, nuestra cultura,
-24-
nuestra literatura, nuestra arquitectura, nuestra
medicina, nues-tra ciencia, nuestra filosofía, incluso muchos casos de nuestra
lengua, proceden de Grecia y Roma.
No es una tarea difícil leer en voz alta una larga
lista de los crímenes de los romanos (o de los señores feudales, o de los
modernos capitalistas). Es incluso posible compararles desfa-vorablemente, al
menos en algunos aspectos, con las tribus bárbaras frente a los que estaban en
más o menos constante guerra. Esto no es nuevo. En realidad, se pueden leer
numero-sos pasajes en los escritos del historiador romano Tácito. Pero hacer
esto no nos permite avanzar en nuestra comprensión de la historia. Sólo lo podemos
conseguir si aplicamos consisten-temente el método del materialismo histórico.
El ascenso y la caída de Roma
Aunque el trabajo del esclavo individual no era muy
producti-vo (los esclavos eran obligados a trabajar), el gran número de
esclavos, como en las minas y latifundia (unidades agrícolas a gran escala) en
Roma en el último período de la República y el Imperio, sí producían una
plusvalía considerable. En el punto álgido del Imperio, los esclavos abundaban
y eran baratos, las guerras de Roma básicamente equivalían a una gran caza de
esclavos. Pero en determinado momento, este sistema llegó a sus límites y entonces
entró en un prolongado período de de-clive.
Los inicios de la crisis en Roma se pueden ya
observar en el último período de la República, un período caracterizado por
agitaciones sociales, políticas y guerra de clases. Desde el principio, había
una lucha violenta entre los ricos y los pobres en Roma. Hay informes
detallados, en los escritos de Livy y de otros, de las luchas entre los
plebeyos y los patricios, que
-25-
terminaron con un compromiso incómodo. El último
período, cuando Roma ya se había convertido en el amo del Mediterrá-neo después
de derrotar a su poderoso rival: Cartago, no fue otra cosa que una lucha por la
división de los botines.
Tiberio Graco pidió que la riqueza de Roma se
dividiera entre sus ciudadanos libres. Su objetivo era convertir a Italia en
una república de pequeños campesinos y no de esclavos, pero fue derrotado por
los nobles y los propietarios de esclavos. Esto resultó a largo plazo un
desastre para Roma. El campesinado arruinado -la columna vertebral de la
república y su ejército-huyó hacia Roma donde formó el lúmpemproletariado, una
clase no productiva que vivía a costa del estado. Aunque re-sentidos con los
ricos, compartían un interés común en la ex-plotación de los esclavos, la única
clase realmente productiva en el período de la República y el Imperio. La gran
subleva-ción de esclavos dirigida por Espartaco fue un episodio glorio-so en la
historia de la antigüedad. Los ecos de esta lucha titá-nica reverberaron
durante siglos y aún es fuente de inspiración.
El espectáculo de estas personas oprimidas
levantándose con las armas en la mano e infligiendo una derrota tras otra a los
ejércitos de la potencia más poderosa del mundo, es uno de los acontecimientos
más increíbles en la historia. Si hubieran con-seguido derrocar al estado
romano, el curso de la historia se habría alterado significativamente Por
supuesto, no es posible decir exactamente cual habría sido el resultado. Sin
duda, los esclavos habrían sido liberados. Dado el nivel de desarrollo de las
fuerzas productivas, la tendencia general habría sido en dirección hacia alguna
clase de feudalismo. Pero al menos la humanidad se habría ahorrado los horrores
de la Edad de las Tinieblas, y es probable que se hubiera acelerado el
desarrollo económico y cultural.
-26-
La razón fundamental del fracaso final de
Espartaco, fue que los esclavos no se vincularon con el proletariado de las
ciuda-des. En la medida que éste último continuó apoyando al esta-do, la
victoria de los esclavos era imposible. Pero el proleta-riado romano, a
diferencia del proletariado moderno, no era productivo, era sólo una clase
parasitaria que vivía a costa del trabajo de los esclavos y que dependía de sus
maestros. El fra-caso de la revolución romana reside en este hecho.
Marx y Engels señalaron que la lucha de clases, al
final, o ter-mina en la victoria total de una de las clases, o en la ruina
co-mún de las clases en contienda. El destino de la sociedad ro-mana es el
ejemplo muy claro del último caso. En ausencia de un campesinado libre, el
estado estaba obligado a apoyarse en un ejército mercenario para que luchara en
sus guerras. El es-tancamiento de la lucha de clases provocó una situación
simi-lar al fenómeno moderno del bonapartismo. El equivalente romano se llama
cesarismo.
Los legionarios romanos ya no eran leales a la
República, sino a su comandante, el hombre que les garantizaba su salario, su
botín y un pedazo de tierra cuando se jubilaban. El último pe-ríodo de la
República se caracterizó por una intensificación de la lucha entre las clases,
en la que ninguna parte fue capaz de conseguir una victoria decisiva. Como
resultado, el estado (que Lenin describió como “cuerpos de hombres armados”)
comenzó a adquirir una independencia cada vez mayor, levan-tándose por encima de
la sociedad y apareciendo como el árbi-tro final de las continuas luchas de
poder en Roma.
Hubo toda una seria de aventureros militares:
Mario, Crasso, Pompeyo y finalmente Julio César, un general brillante, un
político inteligente y un hombre de negocios astuto, que en realidad puso fin a
la República mientras prestaba servicio a
-27-
ella. Su prestigio aumentó con sus triunfos
militares en Galia, España y Gran Bretaña, comenzó a concentrar todo el poder
en sus manos. Aunque fue asesinado por una fracción conserva-dora que deseaba
preservar la República, el viejo régimen es-taba condenado.
En su obra Julio Cesar, Shakespeare dice lo
siguiente de Bru-to: “De todos los romanos fue el más noble”. Ciertamente,
Bruto y los otros conspiradores que asesinaron a César no ca-recían de coraje
personal y sus motivos puede que fueran no-bles o no. Pero eran unos utópicos
sin esperanza. La república que intentaban defender era un cadáver corrupto
desde hacía mucho tiempo. Después de que Bruto y los otros fueran derro-tados
por el triunvirato, la República fue reconocida formal-mente y el primer emperador
–Augusto- siguió con esta pre-tensión. El mismo título de “emperador”
(imperator en latín) es un título militar, inventado para no utilizar el título
de rey que era demasiado ofensivo para los oídos republicanos. Pero era un rey
en todo, menos en el nombre.
Las formas de la vieja república sobrevivieron
durante mucho tiempo después. Pero sólo eran eso -formas vacías sin conteni-do
real-, una cáscara vacía que al final fue arrastrada por el viento. El Senado
estaba desprovisto de todo poder y autoridad real. Julio César había
conmocionado a la respetable opinión pública al nombrar a la Galia miembro del
senado. Calígula mejoró considerablemente esto al nombrar senador a su
caba-llo. Nadie veía nada malo en esto, y si lo veían, mantenían la boca
cerrada.
Los emperadores continuaron “consultando” al
senado, e in-cluso consiguieron no reírse cuando lo hacían. En el último
período del Imperio, debido al declive de la producción, la corrupción y el
saqueo, las finanzas estaban en un estado la-
-28-
mentable, y los romanos ricos eran regularmente
“ascendidos” al rango de senador, para cobrarles impuestos extras. Según algún
humorista romano, un legislador reticente “era desterra-do al senado”.
A menudo ocurre en la historia que instituciones
obsoletas pueden sobrevivir mucho tiempo después de que haya desapa-recido su
razón de existir. Desde ese momento, arrastran una existencia miserable, igual
que un anciano decrépito se aferra a la vida, hasta que esa institución es
derrocada a través de la revolución. El declive del imperio romano duró casi
cuatro siglos. No fue un proceso continuo. Hubo períodos de recupe-ración e
incluso brillantez, pero la línea general fue descenden-te.
En períodos como este hay un sentimiento general de
malestar. El ambiente predominante es el escepticismo, la ausencia de fe y
pesimismo en el futuro. Las viejas tradiciones, la moralidad y la religión,
cosas que actúan como un cimiento poderoso para mantener unida a la sociedad,
pierden su credibilidad. En lugar de la vieja religión, la gente busca nuevos
dioses. En su período de declive, Roma se vio inundada con una plaga de sectas
religiosas procedentes de oriente. La cristiandad era una de estas sectas,
aunque al final triunfó, tuvo que luchar duro con numerosos rivales, como el
culto Mitra.
Cuando la gente cree que el mundo en el que viven
se tamba-leaba, que han perdido el control de su existencia, que sus vi-das y
destinos están determinados por fuerzas invisibles, en-tonces aparecen las
tendencias irracionales y místicas. La gen-te cree que está cerca el final del
mundo. Los primeros cristia-nos creían esto fervientemente, pero muchos otros
recelaban de ello. En realidad, lo que se aproximaba era el final, no del
mundo, sino de una forma particular de sociedad, la sociedad
-29-
esclavista. El éxito de la cristiandad se encuentra
aquí y estaba relacionado con este ambiente general. El mundo era horrible y
pecaminoso. Era necesario dar la espalda al mundo, a todas sus obras y mirar
hacia otra vida después de la muerte.
En realidad, estas ideas ya fueron anunciadas por
las tenden-cias filosóficas de Roma. Cuando los hombres y las mujeres pierden
toda esperanza en la sociedad existente, hay dos op-ciones: o intentan llegar a
una comprensión racional de lo que está ocurriendo y luchan para cambiar la
sociedad, o bien vuelven la espalda a la sociedad en su conjunto. En el período
de declive, la filosofía romana estaba dominada por el subjeti-vismo: el
estoicismo y el escepticismo. Desde un ángulo dife-rente, Epicuro, pensaba que
las personas buscaban la felicidad y aprendían a vivir sin temor. Es una
filosofía sublime, pero en el contexto dado, sólo podía apelar a los sectores
más inteli-gentes de las clases privilegiadas. Finalmente, aparece la
filo-sofía neo-platonista de Plotino, con su abierto misticismo y superstición,
y al final, proporciona una justificación filosófica a la cristiandad.
Cuando los bárbaros invadieron, toda la estructura
estaba al borde del colapso, no sólo económica, también moral y
espiri-tualmente. No es de extrañar que los bárbaros fueran bienveni-dos como
libertadores de los esclavos y sectores más pobres de la sociedad. Simplemente
completaron un trabajo que estaba preparado por adelantado. Los ataques
bárbaros fueron un ac-cidente histórico que sirvió para expresar una necesidad
histó-rica.
Por qué triunfaron los bárbaros
¿Cómo es posible que una cultura tan desarrollada
fuera supe-rada tan fácilmente por una más primitiva y atrasada? Los
-30-
gérmenes de la destrucción de Roma estaban
presentes mucho antes de las invasiones bárbaras. La contradicción básica de la
economía esclavista es que, paradójicamente, se basaba en la baja productividad
del trabajo. El trabajo esclavista es sólo productivo cuando es empleado a
escala masiva. La condición previa para esto es un suministro amplio de
esclavos a bajo coste. Como los esclavos se reproducían lentamente en
cauti-verio, la única forma de tener un suministro suficiente de es-clavos era
con continuas guerras. Cuando el Imperio alcanzó los límites de su expansión
bajo Adriano, esto se convirtió en algo muy difícil.
Cuando el Imperio alcanzó sus límites y las
contradicciones inherentes a la esclavitud comenzaron a afirmarse, Roma entró
en un largo período de declive que duró más de cuatrocientos años, hasta que
finalmente fue rebasado por los bárbaros. Las migraciones de masas que
provocaron el colapso del Imperio fueron un fenómeno común entre los pueblos
pastorales nó-madas de la antigüedad y ocurrieron por varias razones:
nece-sidad de tierras de pastoreo como resultado del crecimiento de la
población, cambios climáticos, etc.,
En este caso, los pueblos más asentados de las
estepas occi-dentales y Europa oriental, fueron echados de sus tierras debi-do
a la presión de las tribus nómadas más atrasadas que venían de oriente, los
hsiung-un, más conocidos como los hunos. ¿Es-tos bárbaros tenían cultura? Sí,
tenían una especie de cultura, como todos los pueblos en el amanecer de la
historia tenían una cultura. Los hunos no tenían conocimientos de agricultura,
pero su horda era una formidable maquina de lucha. Su caba-llería no tenía paralelo
en el mundo en aquella época. Se dice de ellos que su país era el lomo de un
caballo.
-31-
Sin embargo, desgraciadamente para Europa, los
hunos en el siglo cuatro se toparon con una cultura más avanzada, una
civilización que conocía el arte de la construcción, que vivía en ciudades, que
poseían un ejército disciplinado: China. La destreza en la lucha de estos
guerreros temidos de las espetas de Mongolia no tenía nada que ver con los
civilizados chinos, que construyeron la Gran Muralla ¾una obra formidable de
ingeniería¾, para mantenerlos fuera.
Derrotados por los chinos, los hunos volvieron a
occidente, dejando tras de sí una estela de destrucción y devastación.
Atravesaron lo que ahora es Rusia y se toparon con los godos en el año 355 en
la actual Rumania. Aunque las tribus godas tenían un nivel de desarrollo
superior que los hunos, fueron reducidas a pedazos y obligadas a huir a
occidente. Los super-vivientes -unos 80.000 hombres, mujeres y niños
desesperados sobre primitivos carros- salieron de las fronteras del Imperio
Romano en el momento en que el declive de la sociedad escla-vista había
alcanzado un punto donde su capacidad para de-fenderse estaba seriamente
debilitada. Los visigodos (godos occidentales), que tenían un nivel inferior de
desarrollo que los romanos, les derrotaron. El historiador romano Ammianus
Marcellinus describió este choque entre dos mundos extraños como “la derrota
romana más desastrosa desde Cannas”. (Ammianus, xxxi, 13).
Con una velocidad impresionante abandonaron la
mayoría de las ciudades. Es verdad que este proceso no comenzó con los
bárbaros. La decadencia de la economía esclavista, la naturale-za
monstruosamente opresiva del Imperio con su enorme bu-rocracia y agresivos
impuestos agrícolas, estaba ya minando todo el sistema. El campo iba a la
deriva y ya se estaban creando las bases para el desarrollo de un modo de
producción
-32-
diferente: el feudalismo. Los bárbaros simplemente
dieron el coup de grâce a un sistema podrido y moribundo. Todo el edi-ficio
estaba podrido y, simplemente, le dieron el último empu-jón.
La aparentemente inexpugnable línea romana a lo
largo del Danubio y el Rin colapsó. En determinado momento, diferen-tes tribus
bárbaras, incluidos los hunos, convergieron en un ataque unido contra Roma. El
jefe godo Alarico (que a propó-sito, era un cristiano arriano y un antiguo
mercenario romano) dirigió a 40.000 godos, hunos y esclavos liberados a través
de los Alpes julianos y ocho años después saquearon la propia Roma. Aunque
Alarico, que parece era una persona relativa-mente ilustrada, parece que perdonó
a los ciudadanos de Ro-ma, no pudo controlar a los hunos y esclavos liberados,
que se dedicaron al asesinato, saqueo y la violación. Destruyeron y fundieron
valiosas piezas de escultura y obras de arte. Esto sólo fue el principio. En
los siglos posteriores, llegaron de oriente sucesivas oleadas de bárbaros:
visigodos, ostrogodos, alanos, lombardos, suevos, alamanos, borgoñanos,
francos, burgundios, frisianos, hérulos, anglos, sajones, jutos, hunos y
magiares, que encontraron su camino hacia Europa. El todo poderoso y eterno
imperio quedó reducido a cenizas.
¿Retrocedió la civilización?
¿Es correcto decir que el derrocamiento del Imperio
Romano por los bárbaros hizo retroceder la civilización humana? A pesar de la
reciente campaña ruidosa de los “amigos de la so-ciedad bárbara”, no hay duda
de esto, y se puede demostrar fácilmente con hechos y cifras. El efecto
inmediato de la em-bestida bárbara fue destruir la civilización y arrojar la
sociedad y el pensamiento humano mil años atrás.
-33-
Las fuerzas productivas sufrieron una interrupción
violenta. Las ciudades fueron destruidas o abandonadas según la pobla-ción huía
al campo en busca de comida. Incluso nuestro amigo Rudgley se ve obligado a
admitir: “Los únicos restos arquitec-tónicos que dejaron los hunos son las
cenizas de las ciudades que quemaron”. Y no sólo los hunos. El primer acto de
los godos fue quemar la ciudad de Mainz. ¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué no se
limitaron a ocuparla? La respuesta está relacio-nada con el atraso del desarrollo
económico de los invasores. Eran un pueblo agrícola y no conocían nada de las
ciudades. Los bárbaros en general eran hostiles a las ciudades y sus
habi-tantes (una psicología que es muy común entre los campesinos de todos los
períodos).
San Jerónimo describe los resultados de esta
devastación: “En aquellos países desérticos nada quedó excepto el cielo y la
tierra; después de la destrucción de las ciudades y la extirpa-ción de la raza
humana, la tierra se cubrió de hierba, densos bosques y zarzas inexpugnables; y
esa desolación universal, anunciada por el profeta Zephanias, estuvo acompañada
de la escasez de bestias, pájaros e incluso peces”. (Citado por Gibbon.
Historia de la decadencia y caída del Imperio Ro-mano, vol. 3, p. 49. En la edición
inglesa).
Estas líneas fueron escritas veinte años antes de
la muerte del emperador Valente, cuando comenzaron las invasiones bárba-ras.
Describen la situación en la provincia natal de San Jeró-nimo, Pannonia (la
actual Hungría) donde las sucesivas olea-das de invasores provocaron la muerte
y la destrucción a una escala inimaginable. Al final, Pannonia fue
completamente despoblada, más tarde ocupada por los hunos y finalmente ocupada
la población magiar. Este proceso de devastación, violación y pillaje continuó
durante siglos, dejando tras de sí
-34-
una herencia terrible de atraso, en realidad, de
barbarie, que llamamos la Edad de las Tinieblas. Veámoslo en la siguiente cita:
“La Edad de las Tinieblas fue absoluta en toda su
dimensión. Las hambrunas y las plagas culminaron en la peste negra y sus
recurrentes pandemias, que repetidamente reducían la pobla-ción. Los
supervivientes padecían raquitismo. Los extraordina-rios cambios climáticos
trajeron tormentas y riadas, que pro-vocaron desastres mayores porque el
sistema de alcantarillado del imperio, como la mayoría de la infraestructura
romana, ya hacía mucho que no funcionaba. Se habla mucho de la Edad de las
Tinieblas, en el año 1500, mil años después de su aban-dono, las carreteras
construidas por los romanos todavía eran las mejores del continente. Las otras
estaban en tal estado de abandono que eran inservibles; lo mismo ocurrió con
todos los puertos europeos hasta el siglo XVIII, cuando de nuevo co-menzó a
florecer el comercio. Entre las artes que se perdieron se encontraba la
albañilería; en toda Alemania, Inglaterra, Ho-landa y Escandinavia,
prácticamente no había edificios de pie-dra, excepto las catedrales, que se levantaron
a lo largo de diez siglos. Las herramientas agrícolas básicas de los siervos
eran las piquetas, horcas, rastrillos, guadañas y hoces. Como esca-seaba el
hierro, no había rejas de arado con rueda, ni vertede-ras. La ausencia de
arados no era el principal problema en el sur, donde los campesinos contaban
con la luz de la tierra me-diterránea, pero la tierra dura del norte de Europa
tenía que moverse con la mano. Aunque había caballos y bueyes, su uso era
limitado. El collar del caballo, los arneses y el estribo no existieron hasta
el año 900. Por lo tanto, era imposible atar a los animales en tándem. Los
campesinos trabajaban duro, su-daban y, con frecuencia, caían agotados antes
que sus anima-
-35-
les”. (A World Lit Only by Fire. William
Manchester. pp. 5-6.
En la edición inglesa).
El ascenso del sistema feudal después del colapso
de Roma, estuvo acompañado por un largo período de estancamiento cultural en
toda Europa. Con la excepción de dos inventos: el molino de agua y el de
viento, no hubo inventos durante apro-ximadamente mil años. En otras palabras,
existió un eclipse total de la cultura. Esto fue el resultado del colapso de
las fuerzas productivas, de lo que, en última instancia, depende la cultura. Si
no se comprende esto, entonces es completamente imposible tener una comprensión
científica de la historia.
El pensamiento humano, el arte, la ciencia y la
cultura cayeron hasta su nivel más primitivo, sólo experimentó una relativa
recuperación cuando los árabes introdujeron en la Europa me-dieval las ideas de
los griegos y los romanos. De nuevo se vol-vió a atar el nudo de la historia en
el período que conocemos como Renacimiento. La lenta recuperación del comercio
llevó a la aparición de la burguesía y la recuperación de las ciuda-des, las
más destacadas en Flandes, Holanda y el norte de Ita-lia. Pero es un hecho real
que la civilización retrocedió mil años. Esto es lo que significa una línea
descendiente de la his-toria. Y no se puede pensar que esto no puede volver a
ocurrir.
Socialismo o barbarie
El conjunto de la historia humana consiste
precisamente en la lucha de la humanidad para levantarse por encima del nivel
animal. Esta larga lucha comenzó hace siete millones de años, cuando nuestros
lejanos ancestros humanoides se pusieron erectos y después fueron capaces de
liberar las manos para el trabajo manual. La producción de los primeros
raspadores de
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piedra y hachas manuales fue el principio de un
proceso a tra-vés del cual los hombres se convirtieron en humanos a través del
trabajo. Desde entonces, las sucesivas fases de desarrollo social se han
producido sobre la base de los cambios en el desarrollo de la fuerza productiva
del trabajo, es decir, de nuestro poder sobre la naturaleza.
Durante la mayor parte de la historia humana este
proceso se ha producido de una forma muy lenta, como señalaba The Economist en
vísperas del nuevo milenio:
“Durante casi toda la historia humana, el avance
económico ha sido tan lento como para ser imperceptible en el lapso de una
vida. Siglo tras siglo, la tasa anual de crecimiento económica fue, con un
decimal, igual a cero. Como el crecimiento era tan lento, era imperceptible
para los contemporáneos, e incluso en retrospectiva, parece que el nivel de
vida no aumentaba (que es lo que hoy en día significa crecimiento), excepto
para un segmento pequeño de la población. Con el fin del milenio, el progreso,
para todos excepto una pequeña elite, significó esto: lentamente para la
mayoría de las personas era posible vivir, pero con el más mínimo nivel de
subsistencia”. (The Econo-mist, 31/12/1999).
La relación entre el desarrollo de la cultura
humana y las fuer-zas productivas estaba ya claro para ese gran genio de la
anti-güedad: Aristóteles, quien explicó en su libro Metafísica que “el hombre
comienza filosofar cuando tiene satisfechos sus medios de subsistencia”, y
añadió que la razón por la cuál en Egipto se descubrieron la astronomía y las
matemáticas, era por que la casta sacerdotal no tenía que trabajar. Esta es una
comprensión materialista de la historia. Es la respuesta a todas las tonterías de
los utópicos que imaginan que la vida sería
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espléndida si pudiéramos “volver a la naturaleza”,
es decir, regresar a un nivel de existencia animal.
La posibilidad real del socialismo depende del
desarrollo de los medios de producción a un nivel superior que la mayoría de
las actuales sociedades capitalistas desarrolladas, como EEUU, Alemania o
Japón. Marx lo explicó incluso antes de escribir El Manifiesto Comunista. En La
ideología alemana escribe que “donde la pobreza se generaliza toda la vieja
por-quería resucita”. Por “la vieja porquería” se entendía la opre-sión, la
desigualdad y la explotación. La Revolución de Octu-bre degeneró en el estalinismo
porque se quedó aislada en un país atrasado donde las condiciones materiales
para la cons-trucción del socialismo estaban ausentes.
A pesar de que el capitalismo es el sistema más
explotador y opresivo que jamás ha existido; a pesar de que en las palabras de
Marx: “el capital entró en la escena de la historia derra-mando sangre por cada
poro”, sin embargo, representó un paso adelante colosal para el desarrollo de
las fuerzas productivas, y por lo tanto, un enorme desarrollo de nuestro poder
sobre la naturaleza. El desarrollo de la industria, la agricultura, la cien-cia
y la tecnología han trasformado el planeta y puesto las ba-ses para una
revolución total que por primera vez nos converti-ría en seres humanos libres.
Procedemos de la esclavitud, el barbarismo y el
feudalismo, cada una de estas etapas representó una etapa definida del
desarrollo de las fuerzas productivas y la cultura. El capullo desaparece
cuando la flor florece, se trata de una negación, pero una cosa no contradice a
la otra. Son etapas necesarias y se deben tomar en su conjunto. Es absurdo
negar el papel his-tórico del barbarismo o cualquier otra etapa del desarrollo
hu-mano. Pero la historia continua.
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Cada fase del desarrollo humano tiene sus raíces en
todas las fases anteriores. Esto es verdad tanto en la evolución humana como en
el desarrollo social. Hemos evolucionado de las espe-cies más bajas y están
genéticamente relacionadas incluso con las formas más primitivas de vida, y lo
ha demostrado conclu-yentemente el genoma humano. Estamos separados de
nues-tros parientes vivos los chimpancés por una diferencia genética inferior
al dos por ciento. Pero ese pequeño porcentaje repre-senta un salto cualitativo
tremendo.
De la misma forma, el desarrollo del capitalismo ha
puesto las bases para una nueva etapa, cualitativamente superior (si
supe-rior), del desarrollo humano, a la que llamamos socialismo. La crisis
actual del mundo no es otra cosa que un reflejo de que el desarrollo de las
fuerzas productivas está entrando en conflicto con la camisa de fuerza de la
propiedad privada y el estado nacional. El capitalismo hace ya mucho que dejó
de jugar un papel progresista y se ha convertido en un monstruoso obs-táculo
para un nuevo desarrollo. Hay que eliminar este obs-táculo si la humanidad
quiere seguir adelante. Si no se elimina a tiempo, una terrible amenaza pende
sobre la cabeza de la
raza humana.
El embrión de la nueva sociedad ya está madurando
dentro del útero de la vieja. Los elementos de la democracia obrera ya existen
en la forma de las organizaciones obreras, los comités sindicales, los
sindicatos, las cooperativas, etc., El período que se nos abre, será una lucha
a vida y muerte, una lucha por par-te de aquellos elementos de la nueva
sociedad que ya están apareciendo, y una resistencia igualmente feroz por parte
del viejo orden que quiere evitar que esto ocurra.
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En determinado momento este conflicto -su perfil ya
se puede ver en las huelgas generales en Europa, en los movimientos
revolucionarios en Argentina y otros países latinoamericanos, y la rebelión de
la juventud en todas partes- alcanzará un punto crítico. Ninguna clase
dominante en la historia ha entregado su poder y privilegios sin una lucha
feroz. La crisis del capitalis-mo representa no sólo una crisis económica que
amenaza los empleos y el nivel de vida de millones de personas en todo el
mundo. También amenaza la misma base de la existencia civi-lizada. Se trata de
una amenaza que haría retroceder a la hu-manidad en todos los frentes. Si el
proletariado, la única clase genuinamente revolucionaria, no consigue derrocar
el dominio de los bancos y los monopolios, el escenario estará preparado para
el colapso de la cultura y el regreso al barbarismo.
En realidad, para la mayoría de la población
occidental (y no sólo en occidente) las manifestaciones más obvias y dolorosas
de la crisis del capitalismo no son económicas, sino aquellos fenómenos que
afectan su vida personal en los puntos más sensibles y emocionales: la ruptura
de la familia, la epidemia de crimen y violencia, el colapso de los viejos
valores y la moralidad y nada que lo sustituya, el constante estallido de
guerras, todo esto provoca un sentimiento de inestabilidad, una ausencia de fe
en el presente o el futuro. Estos son los sínto-mas del callejón sin salida del
capitalismo que, en última ins-tancia (aunque no sólo en última instancia) es
el resultado de la rebelión de las fuerzas productivas contra la camisa de
fuer-za de la propiedad privada y el estado nacional.
Fue Marx quien señaló que había dos posibilidades
para la raza humana: socialismo o barbarie. La democracia formal, que los
trabajadores europeos y estadounidenses consideran como algo normal, en
realidad es una estructura muy frágil
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que no dudará en emprender el camino hacia la
dictadura en el futuro. Y debajo de la débil capa de cultura y civilización
mo-dernas, hay fuerzas que se asemejan al peor de los barbaris-mos. Los
recientes acontecimientos en los Balcanes son un recuerdo de esto. Las normas
civilizadas se pueden romper fácilmente y los demonios del pasado pueden
resurgir incluso en la nación más civilizada. ¡Sí, la historia conoce una línea
descendente y una ascendente!
La cuestión por lo tanto se plantea en términos
absolutos. En el próximo período, o la clase obrera toma en sus manos el
fun-cionamiento de la sociedad, sustituyendo el decrépito sistema capitalista
con un nuevo orden social basado en la planifica-ción armoniosa y racional de
las fuerzas productivas y el con-trol consciente de hombres y mujeres de su
propia vida y des-tino, o nos enfrentaremos con una espectáculo espantoso de
colapso social, económico y cultural.
Durante miles de años la cultura ha sido el
monopolio de una minoría privilegiada, mientras que la gran mayoría de la
hu-manidad ha quedado excluida del conocimiento, la ciencia, el arte y el
gobierno. Incluso ahora, esto es así. A pesar de todas nuestras pretensiones no
estamos realmente civilizados. Nues-tro mundo no merece ese nombre. Es un mundo
bárbaro, habi-tado por personas que no han superado todavía su pasado bár-baro.
La vida todavía es una lucha cruel e implacable por exis-tir para la gran mayoría
del planeta, no sólo en el mundo sub-desarrollado, también en los países
capitalistas desarrollados.
Sin embargo, el materialismo histórico no nos
permite sacar conclusiones pesimistas, todo lo contrario. La tendencia gene-ral
de la historia humana ha sido en dirección de un mayor desarrollo de nuestro
potencial productivo y cultural. Los
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grandes acontecimientos de los últimos cien años
por primera vez han creado una situación donde todos los problemas a los que se
enfrenta la humanidad se pueden resolver fácilmente. El potencial para una
sociedad sin clases ya existe a escala mun-dial. Es necesario producir un plan
racional y armonioso de las fuerzas productivas para que este inmenso
potencial, práctica-mente infinito, se pueda realizar.
Sobre la base de una revolución real de la
producción, sería posible conseguir tal nivel de abundancia que hombres y
muje-res ya no tendrían que preocuparse por sus necesidades coti-dianas. Las
preocupaciones humillantes y los temores que ace-chan a todos los hombres y
mujeres desaparecerán. Por prime-ra vez, los seres humanos libres serán los
dueños de su destino. Por primera vez, serán realmente humanos. Sólo entonces,
comenzará la historia real de la raza humana. ■
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