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© Libro N° 15349. Poemas. Nervo, Amado. Emancipación. Julio 11 de 2026

 

Título Original: © Poemas. Amado Nervo

 

Versión Original: © Poemas. Amado Nervo

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

POEMAS

Amado Nervo  


Poemas

Amado Nervo

 



Table of Contents

Ofertorio

¿Llorar?, ¿por qué?

Más que yo mismo

Gratia Plena

¡Puella mea!

Su trenza

Escamoteo

¿Qué más me da?

¡Quién sabe por qué!

Mi secreto

Metafisiqueos

Unidad

El fantasma soy yo

Tres meses

Hugueana

Cuando Dios lo quiera

Le trou noir

Todo inútil

¡Cómo será!

La cita

Nadie conoce el bien

Reparación

¡Cómo callan los muertos!

Me besaba mucho

Aquel olor…

Regnum tuum

Este libro

Ya todo es imposible

Esperanza

El resto ¿qué es?

Nihil novum

Por miedo

¡Cuántos desiertos interiores!

Eso me basta

¡Qué bien están los muertos!

Bonsoir…

Soneto

Seis meses…

Piedad

Pobrecita mía

Los muertos mandan

 

 Primera edición SEP, 2025

D.R. © Secretaría de Educación Pública, 2025

Argentina 28, Centro,

06020, Ciudad de México

 

ISBN 978-607-643-010-1

Prohibida su reproducción por cualquier medio mecánico o electrónico sin la autorización escrita de los editores.

Distribución gratuita-Prohibida su venta

 

 


Ofertorio

 

Deus dedit, Deus abstulit

Dios mío, yo te ofrezco mi dolor:

¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!

Tú me diste un amor, un solo amor,

¡un gran amor!

Me lo robó la muerte…

y no me queda más que mi dolor.

Acéptalo, Señor:

¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!…


¿Llorar?, ¿por qué?

 

Este es el libro de mi dolor

lágrima a lágrima que formé;

una vez hecho, te juro, por

Cristo, que nunca más lloraré.

¿Llorar? ¿Por qué?

Serán mis rimas como el rielar

de una luz íntima, que dejaré

en cada verso; pero llorar,

¡eso ya nunca! ¿Por quién? ¿Por qué?

Serán un plácido florilegio

un haz de notas que regaré

y habrá una risa por cada arpegio,

¿Pero una lágrima? ¡Qué sacrilegio!

Eso ya nunca. ¿Por quién? ¿Por qué?


Más que yo mismo

 

¡Oh, vida mía, vida mía!,

agonicé con tu agonía

y con tu muerte me morí.

¡De tal manera te quería,

que estar sin ti es estar sin mí!

Faro de mi devoción,

perenne cual mi aflicción

es tu memoria bendita.

¡Dulce y santa lamparita

dentro de mi corazón!

Luz que alumbra mi pesar

desde que tú te partiste

y hasta el fin lo ha de alumbrar,

que si me dejaste triste,

triste me habrás de encontrar.

Y al abatir mi cabeza,

ya para siempre jamás,

el mal que a minarme empieza,

pienso que por mi tristeza

tú me reconocerás.

Merced al noble fulgor

del recuerdo, mi dolor

será espejo en que has de verte,

y así vencerá a la muerte

la claridad del amor.

No habrá ni coche ni abismo

que enflaquezca mi heroísmo

de buscarte sin cesar.

Si eras más que yo mismo,

¿cómo no te he de encontrar?

¡Oh, vida mía, vida mía,

agonicé con tu agonía

y con tu muerte me morí!

De tal manera te quería,

que estar sin ti es estar sin mí.


Gratia Plena

 

Todo en ella encantaba, todo en ella atraía:

su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar…

El ingenio de Francia de su boca fluía.

Era llena de gracia, como el Avemaría;

¡quien la vio no la pudo ya jamás olvidar!

Ingenua como el agua, diáfana como el día,

rubia y nevada como margarita sin par,

al influjo de su alma celeste amanecía…

Era llena de gracia, como el Avemaría;

¡quien la vio no la pudo ya jamás olvidar!

Cierta dulce y amable dignidad la investía

de no sé qué prestigio lejano y singular.

Más que mucha princesas, princesa parecía:

era llena de gracia, como el Avemaría;

¡quien la vio no la pudo ya jamás olvidar!

Yo gocé el privilegio de encontrarla en mi vía

dolorosa; por ella tuvo fin mi anhelar,

y cadencias arcanas halló mi poesía.

Era llena de gracia, como el Avemaría;

¡quien la vio no la pudo ya jamás olvidar!

¡Cuánto, cuánto la quise! ¡Por diez años fue mía;

pero flores tan bellas nunca pueden durar!

¡Era llena de gracia, como el Avemaría;

y a la Fuente de gracia, de donde procedía,

se volvió… como gota que se vuelve a la mar!


¡Puella mea!

 

Muchachita mía

gloria y ufanía

de mi atardecer,

yo sólo tenía

la santa alegría

de mi poesía

y de tu querer.

¿Por qué te partiste?

¿Por qué te fuiste?

Mira que estoy triste,

triste, triste, triste,

con tristeza tal

que mi cara mustia

deja ver mi angustia

como si fuera de cristal.

Muchachita mía,

¡qué sola, qué fría

te fuiste aquel día!

¿En qué estrella estás?

¿En qué espacio vuelas?

¿En qué mar rielas?

¿Cuándo volverás?

—¡Nunca, nunca más!


Su trenza

 

Bien venga, cuando viniere,

la Muerte; su helada mano

bendeciré si hiere…

He de morir como muere

un caballero cristiano.

Humilde, sin murmurar,

¡oh Muerte! me he de inclinar

cuando tu golpe me venza;

¡pero déjame besar,

mientras expiro, su trenza!

¡La trenza que te corté

y que, piadoso guardé

(impregnada todavía

del sudor de su agonía)

la tarde en que se me fue!

Su noble trenza de oro:

amuleto ante quien oro,

ídolo de locas preces,

empapado por mi lloro

tantas veces…, tantas veces…

Deja que, muriendo, pueda

acariciar esa seda

en que vive aún su olor:

¡Es todo lo que me queda

de aquel infinito amor!

Cristo me ha de perdonar

mi locura, al recordar

otra trenza, en nardo llena,

con que se dejó enjugar

los pies por la Magdalena…


Escamoteo

 

Con tu desaparición

es tal mi estupefacción,

mi pasmo, que a veces creo

que ha sido un escamoteo,

una burla, una ilusión;

que tal vez sueño despierto,

que muy pronto te veré,

y que me dirás: «¡No es cierto,

vida mía, no me he muerto;

ya no llores…, bésame!».

¿Qué más me da?


 

In angello cum libello

KEMPIS

¡Con ella, todo; sin ella, nada!

Para qué viajes,

cielos, paisajes,

¡Qué importan soles en la jornada!

Qué más me da

la ciudad loca, del mar rizada,

el valle plácido, la cima helada,

¡si ya conmigo mi amor no está!

Qué más me da…

Venecias, Romas, Vienas, Parises:

bellos sin duda; pero copiados

en sus celestes pupilas grises,

¡en sus divinos ojos rasgados!

Venecias, Romas, Vienas, Parises,

qué más me da

vuestra balumba febril y vana,

si de mi brazo no va mi Ana,

¡si ya conmigo mi amor no está!

Qué más me da…

Un rinconcito que en cualquier parte me

preste abrigo;

un apartado refugio amigo

donde pensar,

un libro austero que me conforte;

una esperanza que sea norte

de mi penar,

y un apacible morir sereno,

mientras más pronto más dulce y bueno:

¡qué mejor cosa puedo anhelar!


¡Quién sabe por qué!

 

Perdí tu presencia,

pero la hallaré;

pues oculta ciencia

dice a mi conciencia

que en otra existencia

te recobraré.

Tú fuiste en mi senda

la única prenda

que nunca busqué;

llegaste a mi tienda

con tu noble ofrenda,

¡quién sabe por qué!

¡Ay!, por cuánta y cuánta

quimera he anhelado

que jamás logré…,

y en cambio, a ti, santa,

dulce bien amado,

te encontré a mi lado,

¡quién sabe por qué!

Viniste, me amaste;

diez años me amaste;

diez años llenaste

mi vida de fe,

de luz y de aroma;

en mi alma arrullaste

como una paloma,

¡quién sabe por qué!

Y un día te fuiste:

¡Ay triste!, ¡ay triste!;

pero te hallaré;

pues oculta ciencia

dice a mi conciencia

que en otra existencia

te recobraré.


Mi secreto

 

¿Mi secreto? ¿estoy perdido

de amores por un ser desaparecido,

por un alma liberta,

que diez años fue mía, y que se ha ido…

¿Mi secreto? te lo diré al oído:

¡Estoy enamorado de una muerta!

¿Comprendes, tú que buscas los visibles

transportes, las reales, las tangibles

caricias de la hembra, que se plasma

a todos tus deseos invencibles

ese imposible de los imposibles

de adorar a un fantasma?

¡Pues tal mi vida es y tal ha sido

y será!

Si por mí solo ha latido

su noble corazón, hoy mundo y yerto,

¿he de mostrarme desagradecido

y olvidarla, no más porque ha partido,

y dejarla, no más porque se ha muerto?


Metafisiqueos

 

¡De qué sirve al triste la filosofía!

Kant o Schopenhauer o Nietzche o Bergson…

¡Metafisiqueos!

En tanto, Ana mía,

te me has muerto, y yo no sé todavía

dónde ha de buscarte mi pobre razón.

¡Metafisiqueos, pura teoría!

¡Nadie sabe nada de nada: mejor

que esa pobre ciencia confusa y vacía,

nos alumbra el alma, como luz del día,

el secreto instinto del eterno amor!

No ha de haber abismo que ese amor no ahonde,

y he de hallarte. ¿Dónde? ¡No me importa dónde!

¿Cuándo? No me importa…, ¡pero te hallaré!

Si pregunto a un sabio, «¡Qué sé yo!», responde.

Si pregunto a mi alma, me dice: «¡Yo sé!»


Unidad

 

No, madre, no te olvido;

mas apenas ayer ella se ha ido,

y es natural que mi dolor presente

cubra tu dulce imagen en mi mente

con la imagen del otro bien perdido.

Ya juntas viviréis en mi memoria

como oriente y ocaso de mi historia

como principio y fin de mi sendero,

como nido y sepulcro de mi gloria;

¡pues contigo nací, con ella muero!

Ya viviréis las dos en mis amores

sin jamás separaros;

pues, como en un matiz hay dos colores

y en un tallo dos flores,

¡en una misma pena he de juntaros!


El fantasma soy yo

 

Vivants, vous êtes des fantômes.

C’est nous qui sommes les vivants!

V. H.

Mi alma es una princesa en su torre metida,

con cinco ventanitas para mirar la vida.

Es una triste diosa que el cuerpo aprisionó.

Y tu alma, que desde antes de morirte volaba,

es un ala magnífica, libre de toda traba…

Tú no eres el fantasma: ¡el fantasma soy yo!

¡Qué entiendo de las cosas! Las cosas se me ofrecen,

no como son de suyo, sino como aparecen

a los cinco sentidos con que Dios limitó

mi sensorio grosero, mi percepción menguada.

Tú lo sabes hoy todo…; ¡yo, en cambio, no sé nada!

Tú no eres el fantasma: ¡el fantasma soy yo!


Tres meses

 

Mi amada se fue a la muerte,

partió al Misterio mi amada;

se fue una tarde de invierno;

iba pálida, muy pálida.

Ella que, por su color,

gloriosamente rosada,

parecía un ser translúcido

iluminado por llama

interna…

¡Qué lividez

aquella, la de mi Ana,

y qué frialdad! ¡Si tenía

hasta las trenzas heladas!

¡Se fue a la Muerte, que es

nuestra Madre, nuestra Patria

y nuestra sola heredad

tras este valle de lágrimas!

Hoy hace tres meses justos

que se la llevaron trágicamente

inmóvil, y recuerdo

con qué expresión desolada

se plañía entre los árboles

el viento del Guadarrama.

¡Tres meses de viaje! ¡Nunca

fue nuestra ausencia tan larga!

Noventa días sin verla,

y sin una sola carta…

Abismo de los abismos,

distancias de las distancias,

hondura de las honduras,

muralla de las murallas,

¿dónde tienes a mi muerta?

¡Dámela! ¡Dámela! ¡Dámela!

¡En vano en la noche lóbrega

suena y resuena la aldaba

con que llamo a la gran puerta

del castillo que se alza

en la cima misteriosa

de la fúnebre montaña!

Cierto, detrás de esa hostil

fortaleza, alguien se halla…

Se adivina no sé qué,

un confuso rumor de almas…

De fijo nos oyen, pero

nadie nos responde nada,

y resuena solamente,

con vibraciones metálicas,

en los ámbitos inmensos

el golpazo de la aldaba.

Hoy hace tres meses justos

que se la llevaron, trágicamente

inmóvil, y recuerdo

con qué expresión desolada

se plañía entre los árboles

el viento del Guadarrama;

y recuerdo también que

al cruzar por las barriadas

de Madrid me sollozó

una tétrica gitana:

»Señorito, una limosna

por la difunta de su arma»


Hugueana

 

¡Ay de mí! cuántas veces, arrobado

en la contemplación de una quimera,

me olvidé de la noble compañera

que Dios puso a mi lado.

—¡Siempre estás distraído! —me decía;

y yo, tras mis fantasmas estelares,

por escrutar lejanos luminares

el íntimo lucero no veía.

Qué insensatos antojos

los de mirar, como en tus versos, Hugo,

las estrellas en vez de ver sus ojos,

desdeñando, en mi triste desatino,

la cordial lucecita que a Dios plugo

encenderme en la sombra del camino…

Hoy que partió por siempre del amor mío,

no me importan los astros, pues sin ella

para mí el universo está vacío.

Antes, era remota cada estrella:

hoy, su alma es la remota, porque en vano

lo buscan mi mirada y mi deseo.

Ella, que iba conmigo de la mano,

es hoy lo más lejano:

los astros están cerca, pues los veo.


Cuando Dios lo quiera

 

Santa florecita, celestial renuevo,

que hiciste mi alma una primavera,

y cuyo perfume para siempre llevo:

¿Cuándo en mi camino te hallaré de nuevo?

—¡Cuándo Dios lo quiera, cuando Dios lo quiera!

—¡Qué abismo tan hondo! ¡Qué brazo tan fuerte

desunirnos pudo de tan cruel manera!

Mas ¡qué importa! Todo lo salva la muerte

y en otra ribera volveré yo a verte…

¡En otra ribera…, sí! ¡Cuando Dios quiera!

Corazón herido, corazón doliente,

mutilada entraña: si tan tuya era

(carne de tu carne, mente de tu mente,

hueso de tus huesos), necesariamente

has de recobrarla… —¡Sí, cuando Dios quiera!


Le trou noir

 

Y todos los modernos sobreentienden,

quienes más, quienes menos,

esa inmortalidad del otro lado

del agujero negro.

FLAUBERT: Correspondence

¡Para el que sufre como yo he sufrido,

para el cansado corazón ya huérfano,

para el triste ya inerme ante la vida,

bendito agujero negro!

¡Para el que pierde lo que yo he perdido

(luz de su luz y hueso de sus huesos),

para el que ni recobra ya ni olvida,

bendito agujero negro!

¡Agujero sin límites, gigante

y medroso agujero,

cómo intriga a los tontos y a los sabios

la insondabilidad de tu misterio!

¡Mas si hay alma, he de hallar la suya errante;

si no, en la misma nada fundiremos

nuestras áridas bocas, ya sin labios,

en tu regazo, fúnebre agujero!


Todo inútil

 

Inútil es tu gemido:

no la mueve tu dolor.

La muerte cerró su oído

a todo vano rumor.

En balde tu boca loca,

la suya quiere buscar:

Dios ha sellado su boca:

¡ya no te puede besar!

Nunca volverás a ver

sus amorosas pupilas

en tus veladas arder

como lámparas tranquilas.

Ya sus miradas tan bellas

en ti no se posarán:

Dios puso la noche en ellas

y llenas de noche están…

Las manos inmaculadas

le cruzaste en su ataúd,

y estarán siempre cruzadas:

¡ya es eterna su actitud!

Al noble corazón tierno

que sólo por ti latió,

como a pájaro en invierno

la noche lo congeló.

—¿Y su alma? ¿Por qué no viene?

¡Fue tan mía…! ¿Donde está?

—Dios la tiene, Dios la tiene:

¡Él te la devolverá

quizá!


¡Cómo será!

 

Si en el mundo fue tan bella,

¿cómo será en esa estrella

dónde está?

¡Cómo será!

Si en esta prisión obscura,

en que más bien se adivina

que se palpa la hermosura,

fue tan peregrina,

¡cuán peregrina será

en el más allá!

Si de tal suerte me quiso

aquí, cómo me querrá

en el azul paraíso

en donde mora quizá?

¡Cómo me querrá!

Si sus besos eran tales

en vida, ¡cómo serán

sus besos espirituales!

¡Qué delicias inmortales

no darán!

Sus labios inmateriales,

¡cómo besarán!

Siempre que medito en esa

dicha que alcanzar espero,

clamo, cual Santa Teresa,

que muero porque no muero:

hallo la vida muy tarda

y digo: ¿cómo será

la ventura que me aguarda

donde ella está? ¡Cómo será!


La cita

 

Llamaron quedo, muy quedo,

a la puerta de tu casa…

VILLAESPESA

¿Has escuchado?

Tocan la puerta…

—La fiebre te hace

desvariar.

—Estoy citado

con una muerta,

y un día de éstos ha de llamar…

Llevarme pronto me ha prometido;

a su promesa no ha de faltar…

Tocan la puerta. Qué, ¿no has oído?

—La fiebre te hace desvariar.


Nadie conoce el bien

 

Había un ángel cerca de mí,

mas no le vi…

Posó las plantas maravillosas

entre las zarzas de mi erial, y

yo, en tanto, estaba viendo otras cosas.

Cuando, callado, tendió su vuelo

y quedó al irse torvo mi cielo,

mi vida huérfana, mi alma vacía,

comprendí todo lo que perdía.

Alcé los ojos despavorido,

llamé al ausente con un gemido,

plegó mis labios convulso gesto…

Mas pronto el ángel dejó traspuesto,

con vuelo de ímpetu soberano,

las lindes negras del mundo arcano,

y todo vano fue… ¡todo vano!

¡Quién del espacio devuelve un ave!

¡Qué imán atrae a un dios ya ido!

Dice el proloquio que nadie sabe

el bien que tiene… ¡sino perdido!


Reparación

 

¡En esta vida no la supe amar!

Dame otra vida para reparar,

¡oh Dios!, mis omisiones,

para amarla con tantos corazones

como tuve en mis cuerpos anteriores;

para colmar de flores,

de risas y de gloria sus instantes;

para cuajar su pecho de diamantes

y en la red de sus labios dejar presos

los enjambres de besos

que no le di en las horas ya perdidas…

Si es cierto que vivimos muchas vidas

(conforme a la creencia

teosófica), Señor, otra existencia

de limosna te pido

para quererla más que la he querido,

para que en ella nuestras almas sean

tan una, que las gentes que nos vean

en éxtasis perenne ir hacia Dios

digan: «¡Cómo se quieren esos dos!»

A la vez que nosotros murmuramos

con un instinto lúcido y profundo

(mientras que nos besamos

como locos): «¡Quizá ya nos amamos

con este mismo amor en otro mundo!»

¡Cómo callan los muertos!


¡Qué despiadados son

en su callar los muertos!


Con razón

todo mutismo trágico y glacial,

todo silencio sin apelación

se llaman: un silencio sepulcral.

Me besaba mucho

 

Me besaba mucho; como si temiera

irse muy temprano… Su cariño era

inquieto, nervioso.

Yo no comprendía

tan febril premura. Mi intención grosera

nunca vio muy lejos…

¡Ella presentía!

Ella presentía que era corto el plazo,

que la vela herida por el latigazo

del viento, aguardaba ya…, y en su ansiedad

quería dejarme su alma en cada abrazo,

poner en sus besos una eternidad.


Aquel olor…

 

Era un´amicizia «di terra lontana»

GABRIELE D’ANNUNZIO

¿En qué cuento te leí?

¿En qué sueño te soñé?

¿En qué planeta te vi

antes de mirarte aquí?

¡Ah! ¡No lo sé…, no lo sé!

Pero brotó nuestro amor

con un antiguo fervor,

y hubo, al tendernos la mano,

cierta emoción anterior,

venido de lo lejano.

Tenía nuestra amistad

desde el comienzo un cariz

de otro sitio, de otra edad,

y una familiaridad

de indefinible matiz…

Explique alguien (si la osa)

el hecho, y por qué, además,

de tus caricias de diosa

me queda una misteriosa

esencia sutil de rosa

que viene de un siglo atrás…


Regnum tuum

 

Fuera, sonrisas y saludos,

vals, esnobismo de los clubs,

mundanidad oropelesca.

Pero al volver a casa, tú.

En el balcón, en la penumbra,

vueltos a los ojos al azul,

te voy buscando en cada estrella

del misterioso cielo augur.

¿Desde qué mundo me contemplas?

¿De qué callada excelsitud

baja tu espíritu a besarme?

¿Cuál el astro cuya luz

viene a traerme tus miradas?

¡Oh qué divina es la virtud

con que la noche penetra

bajo su maternal capuz!

Hasta mañana, salas frívolas,

trajín, ruidos, inquietud,

mundanidad oropelesca,

poligononales fracs, abur.

Y tú, mi muerta, ¡buenas noches!

¿Cómo te va? ¿Me amas aún?

Vuelvo al encanto misterioso,

a la inefable beatitud

de tus lejanos besos místicos.

¡Aquí no reinas más que tú!


Este libro

 

Un rimador obscuro

que no proyecta sombra,

un poeta maduro

a quien ya nadie nombra,

hizo este libro, amada,

para vaciar en él

como turbia oleada

de lágrimas y hiel.

Humilde florilegio,

pobre ramo de rimas,

su solo privilegio

es que acaso lo animas

tú, con tu santo soplo

de amor y de ternura,

desde el astro en que estás.

¡Un dolor infinito

labró en él con su escoplo

tu divina escultura,

como un recio granito,

para siempre jamás!


Ya todo es imposible

 

¡Dios no ha de devolvértela porque llores!

Mientras tú vas y vienes por la casa

vacía; mientras gimes,

la pobre está pudriéndose en su agujero.

¡Ya todo es imposible!

Así llenaras veinte lacrimatorias

con la sal de tus ojos; así suspires

hasta luchar en ímpetu

con el viento que pasa, destrozando

las flores de tus jardines;

así solloces hasta herir la entraña

de la noche sublime,

nada obtendrás: la Muerte no devuelve

sino cenizas a los tristes…

La pobre está pudriéndose en su agujero,

¡Ya todo es imposible!

Dios lo ha querido… Inclina la cabeza,

humíllate, humíllate

y aguarda, recogido, en las tinieblas,

¡el beso de la Esfinge!


Esperanza

 

Y por qué no ha de ser verdad el alma?

¿Qué trabajo le cuesta al Dios que hila

el tul fosfóreo de las nebulosas

y que traza las tenues pinceladas

de luz de los cometas incansables

dar al espíritu inmortalidad?

¿Es más incomprensible por ventura

renacer que nacer? ¿Es más absurdo

seguir viviendo que el haber vivido,

ser invisible y subsistir, tal como

en redor nuestro laten y subsisten

innumerables formas, que la ciencia

sorprende a cada instante

con sus ojos de lince?

Esperanza, pan nuestro cotidiano;

esperanza nodriza de los tristes;

murmúrame esas íntimas palabras

que en silencio de la noche fingen,

en lo más escondido de mi mente,

cuchicheo de blancos serafines…

¿Verdad que he de encontrarme con mi muerta?

Si lo sabes, ¿por qué no me lo dices?


El resto ¿qué es?

 

Tú eras la sola verdad de mi vida,

el resto, ¿qué es?

Humo… palabras, palabras, palabras…

¡mientras la tumba me hace enmudecer!

Tú eras la mano cordial y segura

que siempre estreché

con sentimiento de plena confianza

en tu celeste lealtad de mujer.

Tú eras el pecho donde mi cabeza

se reposó bien,

oyendo el firme latir de la entraña

que noblemente mía sólo fue.

Tú lo eras todo: ley, verdad y vida…

El resto, ¿qué es?


Nihil novum

 

¡Cuántos, pues, habrán amado

como mi alma triste amó…

y cuántos habrán llorado

como yo!

¡Cuántos habrán padecido

lo que padecí,

y cuántos habrán perdido

lo que perdí!

Canté con el mismo canto,

lloro con el mismo llanto

de los demás,

y esta angustia y este tedio

ya los tendrá sin remedio

los que caminan detrás.

Mi libro sólo es, en suma,

gotícula entre la bruma,

molécula en el crisol

del común sufrir, renuevo

del Gran Dolor: ¡Nada nuevo

bajo el sol!

Mas tiene cada berilo

su manera de brillar,

y cada llanto su estilo

peculiar.


Por miedo

 

La dejé marcharse sola…

y, sin embargo, tenía

para evitar mi agonía

la piedad de una pistola.

»¿Por qué no morir? —pensé.

¿Por qué no librarme desta

tortura? ¿Ya qué me resta

después que ella se me fue?

Pero el resabio cristiano

me insinuó con voces graves:

»¡Pobre necio, tú que sabes!»

Y paralizó mi mano.

Tuve miedo…, es la verdad;

miedo, sí, de ya no verla,

miedo inmenso de perderla

por toda una eternidad.

Y preferí, no vivir,

que no es vida la presente,

sino acabar lentamente,

lentamente, de morir.


¡Cuántos desiertos interiores!

 

¡Cuántos desiertos interiores!

Heme aquí joven, fuerte aún,

y con mi heredad ya sin flores.

Némesis sopló en mis alcores

con bocanadas de simún.

De un gran querer, noble y fecundo,

sólo una trenza me quedó…

¡y un hueco más grande que el mundo!

Obra fue todo de un segundo.

¿Volveré a amar? ¡Pienso que no!

Sólo una vez se ama en la vida

a una mujer como yo amé;

y si la lloramos perdida

queda el alma tan malherida

que dice a todo: «—¡Para qué!»

Su muerte fue mi premoriencia,

pues que su vida era razón

de ser de toda mi existencia.

Pensarla es ya mi sola ciencia…

¡Resignación! ¡Resignación!


Eso me basta

 

Este libro tiene muchos precedentes,

tantos como gentes

habrán sollozado

por un bien amado,

desaparecido,

por un gran amor extinguido.

Tal vez muchos otros lloraron mejor

su dolor que yo mi inmenso dolor,

quizá (como eran poetas mayores)

había en sus lágrimas mucho más fulgores…

Yo en mis tristes rimas no pretendo nada:

para mí es bastante

con que mi adorada

para siempre ida,

detrás de mi hombro las lea anhelante

y diga: «Éste sí que es un buen amante

que nunca me olvida.»


¡Qué bien están los muertos!

 

¡Qué bien están los muertos,

ya sin calor ni frío,

ya sin tedio ni hastío!

Por la tierra cubiertos,

en su caja extendidos,

blandamente dormidos…

¡Qué bien están los muertos

con las manos cruzadas,

con las bocas cerradas!

¡Con los ojos abiertos,

para ver el arcano

que yo persigo en vano!

¡Qué bien estás, mi amor,

ya por siempre exceptuada

de la vejez odiada,

del verdugo dolor…;

inmortalmente joven,

dejando que te troven

su trova cotidiana

los pájaros poetas

que moran en las quietas

tumbas, y en la mañana,

donde la Muerte anida,

saludan a la vida!


Bonsoir…

 

Donc, bonsoir, mignon, et à demain

(Palabras que Ana me dejó escritas una

noche en que tuvimos que separarnos)

Buenas noches, mi amor, y hasta mañana!

Hasta mañana, sí, cuando amanezca,

y yo, después de cuarenta años

de incoherente soñar, abra y estriegue

los ojos del espíritu,

como quien ha dormido mucho, mucho,

y vaya lentamente despertando,

y, en una progresiva lucidez,

ate los cabos del ayer de mi alma

(antes de que la carne la ligara)

y de hoy prodigioso

en que habré de encontrarme, en ese plano

en que ya nada es ilusión y todo

es verdad…

¡Buenas noches, amor mío,

buenas noches! Yo quedo en las tinieblas

y tú volaste hacia el amanecer…

¡Hasta mañana, amor, hasta mañana!

Porque, aun en cuando el destino

acumulara lustro sobre lustro

de mi prisión por vida, son fugaces

esos lustros; sucédense los días

como rosarios, cuyas cuentas magnas

son los domingos…

Son los domingos, en que, con mis flores,

voy invariablemente al cementerio

donde yacen tus formas adoradas.

¿Cuántos ramos de flores

he llevado a tu tumba? No lo sé.

¿Cuántos he de llevar? Tal vez ya pocos!

Tal vez ya pocos! ¡Oh, qué perspectiva

deliciosa!

¡Quizá el carcelero

se acerca con sus llaves resonantes

a abrir mi calabozo para siempre!

¿Es por ventura el eco de sus pasos

el que se oye, a través de la ventana,

avanzar por los quietos corredores?

¡Buenas noches, amor de mis amores!

Hasta luego, tal vez…, o hasta mañana.


Soneto

 

¡Qué son diez años para la vida de una estrella!

Mas para el triste amante que encontró la mitad

de su alma en el camino, y se enamoró della,

diez años de connubio son una eternidad.

Diez años, cuatro meses y siete días quiso

el Arcano, que encauza las vidas paralelas,

juntarnos no en meloso y estulto paraíso,

sino en la comunión de las almas gemelas.

Conducidos marchamos

por un amor experto;

del brazo siempre fuimos,

y tal nos adoramos,

que… ¡no sé quién ha muerto,

o si los dos morimos!


Seis meses…

 

¡Seis meses ya de muerta! y en vano he pretendido

un beso, una palabra, un hálito, un sonido…

y, a pesar de mi fe, cada día evidencio

que detrás de la tumba ya no hay más que silencio…

Si yo me hubiese muerto, ¡qué mar, qué cataclismos,

qué vórtices, qué nieblas, qué cimas ni qué abismos

burlaran mi deseo febril y omnipotente

de venir por las noches a besarte en la frente,

de bajar, con la luz de un astro zahorí,

a decirte al oído: «¡No te olvides de mí!»

Y tú, que me querías tal vez más que te amé,

callas inexorable, de suerte que no sé

sino dudar de todo, del alma, del destino,

¡y ponerme a llorar en medio del camino!

Pues con desolación infinita evidencio

que detrás de la tumba ya no hay más que silencio…


Piedad

 

No porque está callada

y ya no te responde, la motejes;

no porque yace helada,

severa, inmóvil, rígida, la huyas;

no porque está tendida

y no puede seguirte ya, la dejes;

no porque está perdida

para siempre jamás, la sustituyas!


Pobrecita mía

 

Bien sé que no puedes,

pobrecita mía,

venir a buscarme.

¡si pudieras, vendrías!

Acaso te causan

dolor mis fatigas,

mis ansias de verte,

mis quejas baldías,

mi tedio implacable,

mi horror por la vida.

¡No puedes traerme consuelo!

¡Si pudieras, vendrías!

¿Qué honda, qué honda

debe ser la sima

donde caen los muertos,

pobrecita mía!

¡Qué mares sin playas

qué noche infinita

qué pozos danaideos,

qué fieras estigias

deben separarnos de los que se mueren

desgajando en dos

almas una misma,

para que no puedas venir a buscarme!

Si pudieras, vendrías…


Los muertos mandan

 

Los muertos mandan. ¡sí, tú mandas, vida mía!

Si ejecuto una acción, digo: «¿Le gustaría?»

Hago tal o cual cosa pensando: «¡Ella lo hacía!»

Busco lo que buscabas, lo que dejabas dejo,

amo lo que tú amabas, copio como un espejo

tus costumbres, tus hábitos… ¡Soy no más tu reflejo!



FIN

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