© Libro No. 646. El Paraíso de las Damas. Zola, Emile. Colección
E.O. Marzo 15 de 2014.
Título original: © Au Bonheur des Dames. EMILE ZOLA.
EL PARAÍSO DE LAS DAMAS. Traducción. María Teresa Gallego. Amaya García
Versión Original: © Au Bonheur des Dames. EMILE ZOLA
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
EMILE ZOLA
EL PARAÍSO DE LAS
DAMAS
Traducción
María Teresa Gallego
Amaya García
Alba Clásica
Colección
dirigida por Luis Magrinyá
Título original: Au Bonheur des Dames
de la traducción: María Teresa Gallego y Amaya
García
Primera
edición: junio de 1999
ISBN: 84-8984677-4
Depósito legal: B-21 009-99
Impreso en España
NOTA AL
TEXTO
Aunque puede
leerse como una historia independiente y completa, Au Bonheur des Dames es un eslabón más del fresco de Les Rougon-Macquart, y, dentro de la
serie, se vincula directamente con Pot-Bouille, relato inmediatamente anterior
en el tiempo, que nos cuenta los comienzos parisinos de Octave Mouret, y
también con La faute de l'abbé Mouret,
cuyo protagonista es el hermano mayor de Octave. Guarda relación igualmente con
La Fortune des Rougon, historia de
los padres de ambos, y con La Conquéte de Plassans, donde asistimos a
la primera juventud de Octave.
Cuando
Zola llegó a París en 1859, la ciudad se hallaba en plena transformación. El
barón Haussmann estaba remodelándola, suprimiendo calles pequeñas y tortuosas,
derribando miles de edificios y trazando arterias rectas y amplias que
favoreciesen las actividades comerciales e industriales de una nueva generación
de banqueros y la circulación de los primeros ómnibus y tranvías de tracción
animal. Entre 1852 y 1869, se inauguraron Le Bon Marché, Les Magasins du
Louvre, Le Printemps, La Belle•Jardiniére y La Samaritaine. Algunos de estos
almacenes aparecen en la novela junto con los de ficción.
Puesto que los nombres de estos
últimos están en castellano, nos pareció conveniente traducir también los de
los comercios reales. Le Louvre se ha convertido, pues, en El Louvre; y Le Bon
Marché, en El Económico.
Desde 1869 sintió Zola la tentación de escribir una novela sobre
la influencia de estos nuevos comercios en la clientela femenina de la
burguesía y empezó a recoger documentación para ello en 1882. A ese propósito
sumó el de dejar constancia de la lucha entre el gran comercio y los pequeños
comerciantes, que representaba para él a la sazón el enfrentamiento entre dos
conceptos diferentes de la vida. Y quiso también que la novela fuese un canto
al progreso y una exposición del papel de la banca en el florecimiento de una
nueva economía.
Aunque no se trate de una de las
obras socialmente reivindicativas del autor, Zola no habría considerado que la
novela estaba completa si no hubiera descrito también la penosa vida de los
vendedores, sus duras condiciones de trabajo, sus constantes penalidades para
conservar el empleo. No es ésta su única denuncia: también alude a «la neurosis
de los grandes bazares, fruto de la enorme y brutal tentación y de los
apetitos de lujo insatisfechos». Pero, no obstante, el corazón del escritor
está en esta ocasión de parte de los hombres como Mouret y del sistema
económico que los respalda y que Zola convierte, en este libro, en símbolo del
triunfo del progreso sobre la tradición y, en último término, de la vida sobre
la muerte.
Pues, en efecto, se trata de una
novela optimista, de una novela «alegre», de una novela con «final feliz», que
se inspiró en un hecho real: el matrimonio de Cognac, fundador de La
Samaritaine, con una de sus empleadas, encargada de la sección de lencería.
Zola había pasado por una fuerte crisis de pesimismo entre 1880 y 1881 y Au Bonheur des Dames constituyó algo así como una revancha, como un
exorcismo, un canto a la vida triunfante encarnada en «la actividad moderna».
Dicho con sus propias palabras, deseaba mostrar «la dicha de actuar y el gozo
de estar vivo».
La novela se publicó en 1883 y
constituye el tomo XI de Les Rougon-Macquart. La presente traducción, realizada a partir de la edición de
Garnier-Flammarion de 1971 con prólogo de Colette Becker, ha conservado el
título de versiones castellanas anteriores tanto por contar dicho título con
cierta tradición como por parecernos difícilmente mejorable.
Las traductoras
I
Denise fue andando desde la estación de
Saint-Lazare, adonde había llegado con sus dos hermanos en el tren de
Cherburgo, tras viajar toda la noche en el duro asiento corrido de un vagón de
tercera. Llevaba a Pépé cogido de la mano y a Jean pegado a los talones, tan
derrengados como ella del viaje e igualmente atónitos y perdidos en medio de
aquel París inmenso, que recorrían fijándose en todas las fachadas y
preguntando en cada cruce por la calle de la Michodiére, en la que vivía su tío
Baudu. Cuando desembocaron por fin en la plaza de Gaillon, la joven se paró en
seco, sorprendida.
-¡Huy! ¡Mira, Jean! -dijo.
Y allí se
quedaron, apiñados en medio de la calle, vestidos con los trajes negros y
raídos del luto de su padre, que aún no habían acabado de gastar. Denise, muy
poquita cosa, muy aniñada a pesar de sus veinte años, llevaba un hatillo
ligero en un brazo y a su hermano Pépé, de cinco años, colgado del otro; el
mayor, Jean, estaba de pie detrás de ella con los brazos caídos, en el
esplendor de sus dieciséis años.
-¡Hay que ver! -volvió a decir Denise, al cabo
de un rato-. ¡Menuda tienda!
Se trataba de un comercio de novedades situado
en la confluencia de las calles de la Michodiére y Neuve-Saint-Augustin, cuyos
llamativos escaparates parecían horadar la suave palidez de aquel día de
octubre. Daban las ocho en el campanario de Saint-Roch, y aún no andaba por las
calles sino el París más madrugador, oficinistas presurosos y amas de casa que
recorrían los comercios del barrio. Delante de la puerta, dos dependientes,
subidos en una escalera doble, estaban acabando de colgar unos géneros de lana,
mientras otro, arrodillado y de espaldas, disponía, con artísticos pliegues,
una pieza de seda azul en un escaparate de la calle Neuve-Saint-Augustin. El
interior del establecimiento, aún vacío de clientes y al que empezaban a
llegar los empleados, zumbaba como una colmena en pleno despertar.
-¡Cáspita! -dijo Jean-. Ni comparación con
Valognes... Tu tienda no era tan bonita.
Denise asintió con la cabeza. Había trabajado durante dos
años en Casa Cornaille, la tienda de novedades más importante de su ciudad; y
aquellos almacenes con los que se topaba inesperadamente, aquel comercio que
tan grande se le antojaba, le henchían el corazón y la atraían, aislándola de
cuanto la rodeaba, presa de una emoción y una curiosidad intensas. En el
chaflán que daba a la plaza de Gaillon se abría, hasta la altura de la
entreplanta, la puerta principal, completamente acristalada; la enmarcaba una
caprichosa ornamentación rebosante de oropeles. Dos figuras alegóricas, dos
mujeres cuyo torso desnudo henchía la risa, desplegaban un rótulo que rezaba:
El Paraíso de las Damas. A ambos lados, los escaparates se internaban por las
calles de la Michodiére y Neuve-Saint-Augustin, en las que ocupaban cuatro
edificios recientemente adquiridos y reformados, dos a la izquierda y dos a la
derecha, que se sumaban al que hacía esquina. Desde aquella perspectiva, le
parecía a Denise que los escaparates de la planta baja y las lunas de la
entreplanta, a través de las cuales se adivinaba el trajín de las secciones, se
prolongaban hasta el infinito. Arriba, una dependiente vestida de seda afilaba
un lapicero y, junto a ella, otras dos desdoblaban abrigos de terciopelo.
-El Paraíso de las Damas -leyó Jean, con su
tierna risa de apuesto adolescente que ya había tenido un lío de faldas en
Valognes-. ¿Has visto? ¡Qué primor! Seguro que la gente se vuelve loca por
entrar.
Pero Denise seguía absorta ante los tenderetes
de la puerta principal, colocados al aire libre, en plena acera: un cúmulo de
oportunidades para tentar a las clientes, para que las gangas las hicieran
detenerse al pasar. Desde bien arriba, colgando de la entreplanta, pendían las
piezas de lana y los paños, merinos, cheviots y muletones, ondeando como
banderas; sobre sus tonos neutros, gris pizarra, azul marino, verde oliva,
destacaba la cartulina blanca de las etiquetas. Algo más abajo, enmarcando el
umbral, colgaban finas tiras de piel para guarniciones de vestidos: la suave
ceniza de los lomos de petigrís, la nívea pureza de los vientres de cisne, el
pelo de conejo de las imitaciones de marta y armiño. Por último, abajo del
todo, estaban dispuestos varios casilleros y mesas,
rebosantes de retales y de un aluvión de artículos de calcetería
casi regalados, guantes y toquillas de punto, capuchas, chalecos, todo tipo de
prendas invernales multicolores, jaspeadas, a rayas o con toques rojizos, como
salpicadas de sangre. Denise vio un tartán a cuarenta y cinco céntimos, orlas
de visón americano a un franco y mitones a veinticinco céntimos. Era como si
los almacenes, repletos hasta reventar, desembalasen el exceso de mercancías en
un gigantesco baratillo de feria.
Ninguno de los tres se acordaba ya del tío Baudu. Incluso Pépé, sin
soltarse de la mano de Denise, abría unos ojos como platos. Un carruaje obligó
a los hermanos a retirarse del centro de la plaza y, de forma mecánica, se
metieron por la calle Neuve-Saint-Augustin, siguiendo los escaparates y
volviendo a detenerse delante de cada uno de ellos. Primero, los atrajo un
complicado arreglo: bajo una hilera de paraguas dispuestos oblicuamente, a modo
de tejado de choza rústica, una selección de medias de seda colgadas de
varillas alineaba redondeadas pantorrillas, ora salpicadas de ramilletes de
rosas, ora de mil colores: las negras, caladas; las rojas, bordadas en las
esquinas; las de color carne, de textura satinada y suave como el cutis de una
mujer rubia. Completaban el conjunto varios pares de guantes, colocados
simétricamente sobre la tela de la estantería; los dedos estirados y la
estrecha palma, como de virgen bizantina, les conferían esa gracia envarada y
un tanto adolescente de las prendas femeninas aún sin estrenar. Pero el
escaparate que más les llamó la atención fue el último, donde florecía una
exhibición de sedas, rasos y terciopelos que armonizaba en una gama ágil y
vibrante las tonalidades de los más delicados pétalos: bajo el negro intenso y
el blanco de leche cuajada de los terciopelos, destacaban los quebrados
pliegues de los rasos rosa y azules, que iban palideciendo hasta alcanzar una
infinita ternura. En la base de la composición estaban las sedas; todo un arco
iris vivía en aquellas piezas que, gracias a los hábiles dedos de los
dependientes, se fruncían en escarapelas o parecían cobrar vida al adaptarse a
las curvas de un arqueado torso; y, enmarcando cada motivo, entre las polícromas
frases del arreglo, corría un discreto realce, los bullones de un sutil cordón
de fular crema. En aquel mismo escaparate podían también contemplarse, a ambos
extremos, formando gigantescas pilas, las dos sedas exclusivas de la casa, la
ParísParaíso y la Piel de Oro, dos artículos de excepción que iban a revolucionar
el comercio de las novedades.
-¡Ay! ¡Qué faya a cinco sesenta! -murmuró con asombro Denise, al ver
la París-Paraíso.
Pero Jean empezaba a aburrirse.
-Disculpe, caballero, ¿la calle de la Michodiére? -le preguntó a un
transeúnte.
Este le indicó la primera calle a la derecha y los tres rehicieron el
camino, rodeando los almacenes. Pero, según entraban en dicha calle, Denise
volvió a detenerse, atraída por otro escaparate dedicado a las confecciones de
señora. Aunque, en Valognes, era ella la encargada de confección de Casa Cornaille,
nunca había visto nada semejante, y la admiración la dejó clavada en la acera.
Al fondo del escaparate, un amplio mantón de encaje de Brujas, de elevado
precio, extendía sus alas blondas, corno un mantel de altar, entre guirnaldas
de encaje de Alenzón y
una cascada en que se mezclaban todos los encajes, de Malinas, venecianos y de
Valenciennes, incrustaciones de Bruselas, lanzados a manos llenas, cual nieve
recién caída. Las piezas de paño colocadas a derecha e izquierda formaban
oscuras columnas, entre las cuales parecía aún más distante el lejano
tabernáculo. Y en aquella capilla consagrada al culto de los encantos femeninos
se exponían las confecciones: ocupaba el centro un artículo excepcional, un
abrigo de terciopelo guarnecido de zorro plateado, que flanqueaban un tapado de
seda forrado de petigrís y un paletó de paño bordado con plumas de gallo, además
de unas salidas de teatro de casimir blanco, acolchadas y con adornos de cisne
o de felpilla. Había prendas para todos los caprichos, desde las salidas de
teatro a veintinueve francos hasta el abrigo de terciopelo, cuyo precio era de
mil ochocientos. El busto opulento de los maniquíes tensaba los tejidos, las
caderas generosas exageraban la estrecha cintura, y una etiqueta de gran
tamaño, pinchada con un alfiler en el muletón rojo del cuello, hacía las veces
de cabeza; a ambos lados del escaparate, varios espejos sabiamente orientados
los reflejaban y multiplicaban hasta el infinito, abarrotando la calle de
hermosas damas en venta que, en lugar de cabeza, lucían unos precios rotulados
con grandes números.
-¡Qué señoras tan estupendas! -murmuró Jean, a quien no se le ocurría
mejor forma de expresar su entusiasmo.
También él se había quedado inmóvil, de repente, con la boca abierta y
las mejillas sonrosadas del placer que le producía todo aquel lujo femenino.
Tenía una belleza de muchacha, una belleza que parecía haberle robado a su
hermana: el cutis radiante, el cabello rojizo y ensortijado; los ojos y los
labios húmedos de ternura. Junto a él, la atónita Denise parecía aún más delgada,
con aquel rostro afilado, de boca demasiado grande y cutis ya marchito bajo el
cabello pálido. Pépé, también rubio, con el rubio de la infancia, se pegaba
más a ella, como necesitado de caricias que lo tranquilizasen, confuso y
dichoso al ver a aquellas señoras tan guapas del escaparate. Aquella joven
triste entre aquel precioso niño y aquel espléndido adolescente, los tres tan
rubios y tan humildemente vestidos de negro, formaban un cuadro tan peculiar y
lleno de encanto, a pie firme en mitad de la calzada, que los transeúntes se
volvían para mirarlos con una sonrisa.
También
los contemplaba desde la acera de enfrente un hombre bastante grueso, de
cabellos blancos y cara ancha y amarillenta, que estaba de pie en el umbral de
una tienda. Llevaba ya un buen rato allí, con los ojos inyectados en sangre y
los labios apretados, fuera de sí al ver los escaparates de El Paraíso de las
Damas, cuando Denise y sus hermanos aparecieron y acabaron de sacarlo de
quicio. ¿Qué hacían ahí esos tres pánfilos, como unos papanatas, delante de
aquel espectáculo de engañabobos?
-¿Y el tío? -exclamó repentinamente Denise, como si se hubiera
despertado de golpe.
-Ya estamos en la calle de la Michodiére -dijo Jean-. Debe de vivir
por aquí cerca.
Levantaron la vista, dieron media vuelta y, frente por frente, encima
del hombre grueso, divisaron un rótulo verde con letras amarillas desteñidas
por la lluvia: El Viejo Elbeuf. Paños y franelas. Baudu, sucesor de
Hauchecorne. Era un edificio de enlucido manchado de óxido y aspecto anodino en
comparación con los palacetes Luis XIV contiguos. No tenía más que tres
ventanas de fachada, cuadradas y sin persianas, cuyo único adorno eran dos
barras de hierro cruzadas, a modo de barandilla. Pero, entre tanta desnudez,
lo que más llamó la atención a Denise, que aún tenía los ojos llenos de los
luminosos escaparates de El Paraíso de las Damas, fue el comercio de la planta
baja, un local bajo de techo sobre el que se alzaba una achaparrada
entreplanta con claraboyas en forma de media luna, como las de una cárcel. A
ambos lados de la puerta, en un marco de madera del mismo verde botella del
rótulo, que el tiempo había teñido de ocre y hollín, se abrían dos hondos
escaparates, oscuros y polvorientos, en los que apenas se distinguían las
piezas de paño que en ellos se amontonaban. La puerta, abierta de par en par,
parecía la boca de un húmedo y tenebroso sótano.
-Aquí es -dijo Jean.
-Pues, entonces, entremos -repuso Denise-.
Vamos, Pépé.
Detenían, no obstante, a los tres hermanos la
turbación y la timidez. Al morir su padre, víctima de las mismas fiebres que,
un mes antes, también se habían llevado a su madre, el tío Baudu, conmovido por
aquel doble luto, escribió a su sobrina para decirle que, si algún día deseaba
probar suerte en París, en su negocio siempre habría sitio para ella; pero
desde aquella carta había pasado casi un año, y la joven empezaba a arrepentirse
de haber salido de Valognes con tanta precipitación, en un arrebato, sin avisar
al tío de su llegada. Este no los conocía, pues jamás había vuelto a su ciudad
natal desde que, siendo aún muy joven, entró como aprendiz en la pañería de
Hauchecorne, con cuya hija había terminado casándose.
-¿El señor Baudu? -inquirió Denise,
decidiéndose por fin a preguntar al hombre grueso, que seguía mirándolos,
sorprendido por sus trazas.
-Yo soy-contestó él.
-¡Ah, qué bien! -balbució Denise, poniéndose
muy encarnada-. Yo soy Denise; y éste es Jean; y éste, Pépé. Ya ve, tío, al
final hemos venido.
Una profunda perplejidad se pintó en el rostro
amarillento de Baudu, que revolvió los ojos saltones e inyectados en
sangre, mientras su lengua, ya de por sí lenta, no acertaba a encontrar
palabras. No cabía duda de que estaba a mil leguas de sospechar que aquella
familia se le podía venir encima.
-¡Cómo! ¡Cómo! ¡Que estáis aquí! -exclamaba una
y otra vez-. Pero ¿no estabais en Valognes? ¿Por qué no seguís en Valognes?
Con su voz dulce y algo trémula, Denise tuvo
que explicarle sus motivos. Tras la muerte de su padre, que había perdido hasta
el último céntimo en su tintorería, Denise había tenido que hacer de madre de
los dos chiquillos. Con lo que ganaba en Casa Cornaille no les llegaba para
mantenerse los tres; aunque Jean trabajaba con un ebanista que restauraba
muebles antiguos, no cobraba ni un céntimo. Pero les había cogido el gusto a
las antiguallas y tallaba figuras de madera; e incluso, un día, se encontró un
trozo de marfil en el que, por puro entretenimiento, talló una cabeza que
había llamado atención a un caballero que andaba de paso por allí; y fue
precisamente aquel caballero quien los convenció para que se
trasladaran de Valognes a París, donde había encontrado colocación a Jean en el
taller de un tallista de marfil.
-¿Sabe, tío? Jean empieza mañana como aprendiz
con su nuevo patrón. No le cobran nada y está alojado y mantenido... Así que
pensé que Pépé y yo ya nos apañaríamos. Las cosas no pueden irnos peor de lo
que nos iban en Valognes.
Lo que Denise se callaba era el escarceo
amoroso de Jean, las cartas que había escrito a una jovencita de la nobleza
local, los besos clandestinos por encima de una tapia, un auténtico escándalo
que, por fin, la había impulsado a marcharse; y si acompañaba a su hermano a
París era para poder vigilarlo, pues la invadían toda clase de temores maternos
cuando se imaginaba de lo que podía ser capaz aquel niño grande, tan guapo y
jovial, al que todas las mujeres adoraban.
El tío Baudu no conseguía reponerse de la
impresión y seguía haciendo preguntas. Empero, tras hablarle así Denise de sus
hermanos, se decidió a tutearla.
-¿De modo que tu padre no os ha dejado nada? Yo
creía que todavía le quedaría algún dinero. ¡Cuidado que le insistí en mis
cartas para que no cogiera aquella tintorería! Muy buena persona, qué duda
cabe, ¡pero ni dos dedos de frente...! ¡Y tú te has quedado a cargo de estos
dos mozos, has tenido que alimentar a toda la familia
El rostro bilioso del tío había perdido la
expresión hosca y ya no tenía los ojos inyectados en sangre, como cuando miraba
El Paraíso de las Damas. De repente, se percaté) de que estaba obstruyendo la
puerta.
-Vamos -dijo-, ya que estáis aquí, pasad. Mejor estaréis
dentro que no perdiendo el tiempo con mamarrachadas.
Y tras una última mueca de ira hacia los
escaparates de enfrente, se apartó de la puerta para que pudieran entrar los
jóvenes, a los que precedió, mientras llamaba a su mujer y a su hija.
-¡Elisabeth, Geneviéve, venid aquí que tenemos
visita!
Pero Denise y los dos muchachos no se decidían a
internarse en las tinieblas de la tienda. Cegados por la claridad de la calle,
parpadeaban como si estuvieran a punto de meterse en un agujero desconocido, y
palpaban el suelo con el pie por un miedo instintivo a tropezar con algún
peldaño traicionero. Al entrar, los tres experimentaron un temor incierto que
los hizo sentirse más unidos, los llevó a arrimarse más unos a otros; y
avanzaban con una gracia risueña e inquieta, mientras el niño continuaba refugiado
en las faldas de su hermana y el mayor la seguía de cerca; la luz matutina
recortaba la negra silueta de sus ropas de luto y los oblicuos rayos del sol
doraban sus cabellos rubios.
-Pasad, pasad -repetía Baudu.
Con frases
escuetas, puso a su mujer y a su hija al tanto. La señora Baudu era una mujer
menuda y consumida por la anemia, muy blanca, de cabellos blancos, ojos
blancos y labios blancos. Geneviéve, cuya sangre estaba aún más empobrecida
que la de su madre, era frágil y descolorida como las plantas que crecen sin
sol. Pero una magnífica cabellera negra, tan espesa y grávida que parecía el
fruto milagroso de aquella carne enteca, le confería
un melancólico encanto.
-Pasad -dijeron a su vez ambas mujeres-.
Bienvenidos. Sentaron a Denise detrás de un mostrador y, en seguida, Pépé se
subió a las rodillas de su hermana, mientras Jean permanecía de pie junto a
ellos, apoyado en un entrepaño de madera. Comenzaban a tranquilizarse, a medida
que se les acostumbraban los ojos a la oscuridad, y empezaron a mirar la
tienda. Ahora veían el techo bajo y ahumado, los mostradores de roble bruñidos
por el uso y los casilleros seculares de recios herrajes. Los fardos de género
formaban oscuros montones que llegaban hasta las vigas del techo. La humedad
que subía del entarimado parecía acentuar el áspero olor a química de los paños
y los tintes. Al fondo del local, tres dependientes, dos hombres y una mujer,
ordenaban piezas de franela blanca.
-¿A este caballerete quizá le apetezca comer
algo? -dijo la señora Baudu, sonriendo a Pépé.
-No, muchas gracias -contestó Denise-. Hemos
tomado una taza de leche en un café, enfrente de la estación.
Y, al fijarse en que Geneviéve miraba el
hatillo que había depositado en el suelo, añadió:
-He dejado allí el baúl.
Se había sonrojado, pues se daba cuenta de que
aquéllas no eran formas de presentarse en casa de nadie. Había empezado a
arrepentirse ya en el vagón, en el preciso instante en que el tren dejó atrás
la estación de Valognes; por tal motivo, al llegar a París, había preferido
dejar el baúl en la estación y dar de desayunar a los chicos.
-Ante todo -dijo de pronto Baudu-, dejemos las cosas claras... Bien
es cierto que te escribí, pero eso fue hace un año; y siento decirte, hija mía,
que este último año no ha sido demasiado boyante para el negocio...
Se interrumpió, intentando disimular la emoción
que le anudaba la garganta. La señora Baudu y Geneviéve habían bajado la vista
con expresión resignada.
-¡Claro que no es más que una crisis pasajera!
-prosiguió-. ¡No tengo de qué preocuparme! Pero he tenido que reducir personal,
aquí ya sólo trabajan tres personas, y éste no es el mejor momento para
contratar a nadie. En resumidas cuentas, hija mía, que no estoy en situación de
darte el puesto que te había ofrecido.
Denise lo escuchaba, acongojada y muy pálida.
-Ni tú ni yo saldríamos ganando -insistió Baudu.
-Está bien, tío -consiguió decir ella, con gran
esfuerzo-; ya me las apañaré a pesar de todo.
Los Baudu no eran malas personas, pero se
lamentaban de que nunca les hubiese sonreído la suerte. En los tiempos en que
el negocio era próspero, habían tenido que sacar adelante a cinco hijos
varones, de los cuales tres murieron a los veinte años; el cuarto se había
descarriado y el quinto, capitán del ejército, acababa de embarcar rumbo a
Méjico. Sólo les quedaba Geneviéve. La familia había acarreado muchos gastos,
y Baudu había acabado de esquilmar su haber al comprar un destartalado caserón
en Rambouillet, de donde era natural su suegro. Con todo ello, su maniática
lealtad al comercio tradicional se iba agriando paulatinamente.
-De
estas cosas se avisa -prosiguió, cada vez más disgustado consigo mismo por
mostrarse tan duro-. Deberías haberme escrito, te habría contestado que te
quedaras allí... Cuando me enteré de la muerte de tu padre, pues te dije lo que
se dice en estos casos, ¡qué caramba! Ya ti no se te ocurre nada mejor que plantarte
aquí, sin contar con nadie. Es una situación muy violenta.
Hablaba levantando cada vez más la voz, desahogándose. Su mujer y su
hija seguían sin atreverse a alzar la vista, como quien ya está acostumbrado a
no permitirse nunca meter baza. Jean, entre tanto, se iba poniendo lívido, y
Denise, que estrechaba contra su pecho al aterrorizado Pépé, no pudo contener
dos gruesas lágrimas.
-Está bien, tío -dijo una vez más-. Nos iremos ahora mismo.
Inesperadamente, el tío se refrenó. Se produjo un incómodo silencio; y, al
cabo, dijo con tono desabrido:
-No quiero dejaros en la calle... Ya que estáis aquí, podéis dormir
arriba por esta noche. Mañana será otro día.
A la señora Baudu y a Geneviéve les bastó una mirada para darse cuenta
de que podían buscar un arreglo. Todo quedó dispuesto. De Jean no había que
ocuparse. Pépé estaría a las mil maravillas en casa de la señora Gras, una
anciana que vivía en una espaciosa planta baja de la calle de Les Orties y
alojaba, por cuarenta francos mensuales, a niños pequeños en régimen de pensión
completa. Denise aseguró que tenía dinero suficiente para pagar el primer mes,
de modo que ella era la única que quedaba por colocar. Algo encontraría por el
barrio.
-¿Vinçard no andaba buscando una dependiente? -preguntó Geneviéve.
-¡Cierto! -exclamó Baudu-. Iremos a verlo después de almorzar. Hay que
machacar el hierro cuando está al rojo.
Habían
zanjado estos asuntos familiares sin que los interrumpiera un solo cliente. La
tienda seguía oscura y vacía. Al fondo, los tres dependientes proseguían su
tarea entre sibilantes cuchicheos. Al fin se presentaron tres señoras y Denise
se quedó sola unos instantes. Besó muy compungida al pensar en su pronta
separación. El niño, mimoso como un gatito, escondía la cabeza sin decir
palabra. Al regresar, la señora Baudu y Geneviéve se admiraron mucho de verlo
tan formal y Denise les contó que nunca daba mayor guerra: podía pasarse días
enteros sin despegar los labios, viviendo sólo de caricias. Hasta la hora de
comer, las tres estuvieron hablando de la crianza de los niños, del cuidado del
hogar y de la vida en París y en provincias, con frases cortas y ambiguas, como
parientes que, al no conocerse, se sienten violentas. Jean había salido al
umbral de la tienda, y allí seguía, observando con interés la actividad
callejera y sonriendo a las muchachas bonitas que pasaban por la acera.
Al dar las diez, apareció una sirvienta. Solían almorzar primero
Baudu, Geneviéve y el encargado. A las once se servía el segundo turno, para
la señora Baudu y los otros dos dependientes.
-¡A comer! -gritó el pañero, volviéndose hacia su sobrina. Y cuando
todos estuvieron sentados en el exiguo comedor de la trastienda, llamó al
encargado, que no acababa de llegar. -¡Colomban!
El joven se disculpó por haberse entretenido colocando las franelas.
Era un corpulento muchacho de veinticinco años, calmoso y zorruno; pese a la
expresión honrada del rostro, de boca grande y poco enérgica, tenía unos ojos
astuto
-¡Cada cosa a su tiempo, qué demonios! -comentaba Baudu mientras,
cómodamente instalado, cortaba finas porciones de ternera fría, con mesura y
habilidad de patrón, calibrándolas a ojo con una precisión de granatario.
Sirvió a todos e, incluso, cortó el pan. Denise, que se había sentado
junto a Pépé para cuidar de que comiera con pulcritud, se sentía a disgusto en
aquella habitación tan sombría; estaba acostumbrada a las amplias estancias de
su ciudad de provincias, desnudas y luminosas, y aquel comedor la acongojaba.
La única ventana daba a un estrecho patio interior, que comunicaba con la calle
por el oscuro callejón paralelo a la finca; y aquel patio húmedo y hediondo
parecía el fondo de un pozo en el que cayera un redondel de luz turbia. Durante
los días invernales, había que tener encendido el gas de la mañana a la noche;
y, cuando el tiempo permitía prescindir de él, la habitación resultaba aún más
lóbrega. Denise tardó unos instantes en acostumbrar la vista a la penumbra
antes de poder distinguir la comida que tenía en el plato.
-He aquí un mozo con buen diente -dijo Baudu, al observar que Jean ya
había dado cuenta de su ración de carne-. Si trabaja igual que come, va a ser
todo un hombretón. Pero ¿tú no comes, muchacha? Oye, y ahora que tenemos un
ratito para charlar, cuéntame: ¿cómo es que no te has casado en Valognes?
Denise, que se disponía a beber, tuvo que soltar el vaso.
-¡Pero, tío, qué ocurrencia! ¡Casarme yo! ¿Y los niños?
Le parecía una idea tan extravagante que no pudo contener la risa. En
cualquier caso, ¿qué hombre se habría fijado en ella, sin un céntimo, tan
poquita cosa, y, además, feúcha? No, no se casaría nunca; ya tenía de sobra con
dos niños.
-Pues te equivocas -le repetía su tío-; una mujer siempre necesita de
un hombre a su lado. Si hubieras encontrado a un muchacho cabal, tus hermanos y
tú no habrías acabado callejeando como gitanos por París.
Se interrumpió para proceder, con equitativa parsimonia, al reparto de
una fuente de patatas con tocino que había traído la sirvienta.
-Fíjate -prosiguió, señalando con la cuchara a Geneviéve y Colomban-:
si se da bien la temporada de invierno, estos dos se casarán en primavera.
Era ésta la tradición patriarcal de la casa. El fundador, Aristide
Finet, había concedido la mano de su hija Désirée a Hauchecorne, el encargado;
él, Baudu, llegó a la calle de la Michodiére con siete francos en el bolsillo
y se había casado con Elisabeth, la hija de Hauchecorne: y tenía intención de
entregar, a su vez, a Colomban tanto a su hija, Geneviéve, como su negocio, en
cuanto el comercio recuperara la prosperidad. Si había ido posponiendo el
matrimonio, convenido tres años antes, era por una escrupulosa y tozuda
probidad que le impedía ceder a su yerno una casa de clientela muy mermada y
beneficios dudosos, habiéndola recibido él en plena pujanza.
Baudu continuaba hablando: presentó a Colomban, que era de
Rambouillet, como el padre de la señora Baudu; de hecho, eran primos, aunque el
parentesco fuese bastante lejano. ¡Un muchacho muy trabajador, que llevaba diez
años trajinando por la tienda y se había ganado los ascensos a pulso! Y no se trataba de ningún desconocido, su padre era el
juerguista de Colomban, un veterinario famoso en toda la región de Seine-et-Oise,
un verdadero artista en lo suyo, pero de carne tan flaca que todo lo gastaba en
satisfacerla.
-A Dios gracias -concluyó el pañero-, aunque el
padre sea putañero y bebedor, aquí el hijo ha aprendido lo que vale el dinero.
Mientras su tío hablaba, Denise observaba
atentamente a Colomban y a Geneviéve. Estaban sentados uno junto al otro, pero
muy sosegados, sin un rubor, sin una sonrisa. Desde el día en que entró en la
tienda, el joven contaba con aquel matrimonio. Había pasado por todas las
etapas: aprendiz y dependiente a sueldo, hasta llegar por fin a compartir las
confidencias y los acontecimientos dichosos de la familia, sin demostrar jamás
impaciencia alguna, ordenando su vida con la precisión de un reloj y viendo en
Geneviéve un negocio excelente v honrado. La certidumbre de saberla suya le
impedía desearla. También la muchacha se había acostumbrado a quererlo, pero
con la seriedad propia de su carácter reservado, sintiendo por él una profunda
pasión cuya existencia ni siquiera sospechaba, inmersa en la insípida y
metódica rutina de su existencia.
-Cuando dos se gustan y pueden... -comentó
Denise, sonriente, sintiéndose en la obligación de mostrarse amable.
-Sí, por ahí se acaba siempre -repuso Colomban,
que hasta entonces no había pronunciado palabra y masticaba calmosamente.
Geneviéve se quedó mirándolo v dijo, a su vez:
-Lo primero es ponerse de acuerdo; luego todo
cae por su propio peso.
Su mutuo afecto había crecido en aquel bajo del
viejo París. Era como una flor de sótano. Geneviéve llevaba diez años viendo a
Colomban a todas horas; pasaba día tras día a su vera, detrás de los mismos
paños apilados, en las tenebrosas profundidades de la tienda; día tras día y
noche tras noche, ambos se sentaban codo con codo en el frescor de pozo del
exiguo comedor. Ni siquiera en pleno campo, perdidos entre las frondas, habrían
estado más ocultos. Hasta que no se presentase una duda, una celosa sospecha,
no había de descubrir la joven que, en aquella cómplice penumbra, se había
entregado para siempre, sólo por vacío de corazón y hastío de pensamiento.
A Denise, sin embargo, le había parecido leer
en los ojos de Geneviéve, fijos en Colomban, una incipiente inquietud. Añadió,
pues, con tono afable:
-¡Bah! Cuando una pareja se quiere, siempre se
llega a un acuerdo.
Baudu seguía presidiendo la mesa con autoridad. Había
repartido unas delgadas lonchas de queso de Brie y, para agasajar a sus
sobrinos, pidió otro postre, un tarro de confitura de grosellas; el derroche
pareció sorprender a Colomban. Pépé, que hasta entonces había estado muy
formal, perdió la compostura al ver el dulce. Jean, muy interesado por las
alusiones al matrimonio, observaba sin disimulo a la prima Geneviéve, a su
juicio demasiado lánguida y pálida en exceso, comparándola en su fuero interno
con un conejito blanco, de orejas negras y ojos rojos.
-¡Ya está bien de cháchara; dejemos que coman
los demás! -zanjó el pañero, dando la señal de levantarse de la mesa-. Que nos
hayamos permitido un extraordinario no nos autoriza a abusar de todo.
La señora Baudu y los otros dos dependientes se sentaron a
la mesa. Denise volvió a quedarse sola, sentada junto a la puerta, a la espera
de que su tío pudiera acompañarla a ver a Vinçard. Pépé jugaba a sus pies, y
Jean había vuelto a su puesto de observación del umbral. Y estuvo casi una hora
intentando interesarse por cuanto sucedía a su alrededor. Muy de tarde en
tarde, entraba alguna cliente: primero una señora, y luego otras dos. En la
tienda seguía habiendo un olor a viejo y una semipenumbra que eran como el
llanto con que penaba por su abandono todo el comercio tradicional, bonachón y
sencillo. Pero lo que realmente despertaba en ella un apasionado interés era,
en la acera de enfrente, El Paraíso de las Damas, cuyos escaparates alcanzaba a
ver a través de la puerta abierta. El cielo seguía cubierto y, pese a la
estación en que estaban, un hálito tibio de lluvia suavizaba el aire; entre
aquella luz blanca, en la que flotaba algo así como un difuso polvillo de sol,
los grandes almacenes, en plena venta, parecían cobrar vida.
A Denise le parecieron entonces como una
máquina que funcionase a toda potencia y cuyo tráfago hiciese retumbar hasta
los escaparates. Estos ya no resultaban fríos como por la mañana, sino que
parecía que el traqueteo interior los caldeaba y los hacía vibrar. La gente
los contemplaba: muchas mujeres, que se detenían y se apiñaban ante las lunas;
todo un gentío de brutal avidez. Y la apasionada excitación que reinaba en la
acera infundía vida a los tejidos: los encajes tremolaban y volvían, luego, a
caer para ocultar las profundidades de los almacenes con inquietantes aires de
misterio; incluso las piezas de paño, gruesas y cuadradas, respiraban,
exhalando un aliento cargado de tentaciones, mientras los paletós parecían
ceñirse aún más a las curvas de unos maniquíes aparentemente dotados de hálito
vital; y el abrigo de terciopelo se ahuecaba, cálido y dúctil, como si
cubriera unos hombros de carne y hueso y notase el palpitar del pecho y el
contoneo de las caderas. Pero aquel bochorno de fábrica, que ardía en todo el
establecimiento, procedía sobre todo de la venta, del ajetreo de las
secciones, perceptible incluso más allá de las paredes. Se oía allí un continuo
ronroneo de máquina en pleno funcionamiento; el trajín de las hornadas de
compradoras, que se agolpaban en todos los departamentos, a las que aturdía la
abundancia de mercancías; a las que enviaban, por fin, sin miramientos, a las
cajas. Y todo bien regulado, rigurosamente organizado, como un mecanismo de
precisión ajustado para hacer circular por potentes y lógicos engranajes a esa
muchedumbre de mujeres.
Denise llevaba padeciendo aquella tentación desde por la mañana. Esos
almacenes, que tan grandes se le antojaban, en los que, en sólo una hora,
entraba más gente de la que compraba en Casa Cornaille en seis meses, la
desasosegaban y la atraían; y, tras aquel deseo de visitarlos también ella, se
insinuaba un temor inconcreto que los hacía aún más seductores. Al tiempo, la
tienda de su tío le causaba una sensación de malestar. Experimentaba un
desprecio irracional, una repulsión instintiva por aquel gélido reducto del
comercio tradicional. Todas las sensaciones del día, la inquietud de la
llegada, la agria acogida de la familia, el lúgubre almuerzo en aquella
penumbra de mazmorra, la espera en medio de la aletargada soledad del viejo
edificio agonizante, se resumían en una protesta sorda, en una apasionada
necesidad de vida y de luz. Y, aunque tenía buen corazón, los ojos se le iban una y otra vez hacia El
Paraíso de las Damas, como si la dependiente que llevaba dentro necesitara
reconfortarse al calor de aquella venta descomunal.
-Los de enfrente sí que no pueden quejarse de públicocomentó sin
querer.
Pero se arrepintió de aquellas palabras, al darse cuenta de que tenía
al lado a los Baudu. La señora Baudu, que había regresado de almorzar,
permanecía de pie, blanquísima, con los ojos blancos
clavados en el monstruo; y, aunque resignada, cada vez que lo veía, cada vez
que su mirada se topaba con él, al otro lado de la calle, no podía evitar que
una muda desesperación le hinchase los párpados de lágrimas. Geneviéve, por su
parte, vigilaba con creciente inquietud a Colomban quien, ignorante de aquel
acecho, alzaba la vista para contemplar extasiado a las dependientes de la
sección de confecciones, cuyos mostradores se divisaban a través de las lunas
de la entreplanta. Baudu, con la bilis subida, replicó tan sólo:
-No es oro todo lo que reluce. ¡Paciencia!
Estaba
claro que toda la familia se esforzaba por contener las oleadas de rencor que
les atenazaban la garganta. El amor propio les impedía explayarse de buenas a
primeras con los jóvenes recién llegados. Al fin, el pañero logró reunir
fuerzas para dar la espalda al espectáculo de la venta de enfrente.
-Bueno -dijo-, vamos a ver a Vinçard. Estos puestos están muy
solicitados y mañana podría ser demasiado tarde.
Antes de salir, dio orden al dependiente de que fuera a la estación a
recoger el baúl de Denise. Ésta dejó a Pépé a cargo de la señora Baudu, quien,
por su parte, decidió que aprovecharía algún rato libre para llevarlo a casa
de la señora Gras, en la callejuela de Les Orties, para hablar el asunto y
arreglarse con ella. Jean prometió a su hermana que no se movería de la tienda.
-Será cosa de dos minutos -explicaba Baudu, mientras iba calle de
Gaillon abajo con su sobrina-. Vinçard se ha especializado en sedería y
todavía hace negocio. Cierto es que tiene dificultades, como todo el mundo,
pero el muy zorro consigue llegar a fin de mes de puro agarrado... Y, aun así,
tengo entendido que quiere retirarse por el reuma.
La tienda se encontraba en la calle Neuve-des-PetitsChamps, muy cerca
del pasaje de Choiseul. Era un local limpio y luminoso, lujosamente decorado al
gusto más moderno, aunque no por ello dejaba de ser pequeño y estar poco
surtido. Baudu y Denise encontraron a Vinçard charlando animadamente con dos
señores.
-Sigan ustedes -exclamó el pañero-, que no tenemos prisa; esperaremos.
Regresó
junto a la puerta por discreción y, hablándole al oído a su sobrina, añadió:
-El más flaco es segundo encargado en la sedería de El
Paraíso, y el gordo es un fabricante de Lyón.
Denise se dio cuenta de que Vinçard animaba a
Robineau, el dependiente de El Paraíso de las Damas, con la intención de
traspasarle la tienda. Con expresión sincera y abierta, le daba su palabra de
honor, con la facilidad de un hombre que no se arredra ante los juramentos.
Aquel negocio era, según él, una mina de oro; y, pese a que se lo veía
rebosante de salud, se interrumpía de vez en cuando para quejarse de aquellos
condenados dolores que le iban a impedir hacerse rico. Pero Robineau, nervioso
e indeciso, lo cortaba, perdiendo la paciencia: bien sabía él por qué crisis
estaba pasando el comercio de novedades. Y citaba el caso de otro especialista
en sedería con el que había acabado la proximidad de El Paraíso. Vinçard, cada
vez más vehemente, acabó por alzar la voz.
-¡Acabáramos! Estaba escrito que ese pánfilo
de Vabre terminaría cayendo. Todo lo que ganaba se lo gastaba la mujer... Y,
además, este local está a más de quinientos metros de El Paraíso, mientras que
Vabre estaba puerta con puerta.
Gaujean, el fabricante de sedas, metió
entonces baza en la conversación y el tono de las voces volvió a bajar. Acusaba
a los grandes almacenes de estar arruinando a los fabricantes franceses. Había
tres o cuatro que les imponían su ley, que campaban a sus anchas en el
mercado; y dio a entender que el único modo de combatirlos era favorecer a los
pequeños comerciantes, a los especialistas, que eran quienes realmente tenían
futuro. Por todo lo cual, estaba dispuesto a concederle amplísimos créditos a
Robineau.
-¡Fíjese en cómo se han portado con usted en
El Paraíso! -repetía-. ¡Ni la más mínima consideración por los servicios
prestados! ¡Son como máquinas de explotar a la gente!... Le habían prometido el
puesto de encargado hace mucho tiempo. Y entonces llega Bouthemont, de fuera y
sin mérito alguno que alegar, y se lo conceden a él sin más.
Robineau todavía tenía abierta la herida de
aquella injusticia. Sin embargo, no se decidía a establecerse por su cuenta;
alegaba que el dinero no era suyo, sino de su mujer, que había heredado sesenta
mil francos; los escrúpulos le impedían recurrir a dicha suma; afirmaba que
antes se dejaría cortar ambas manos que arriesgarla en un negocio que pudiera
salir mal.
-No, no acabo de decidirme -concluyó, al fin-.
Déjeme algún tiempo para pensarlo; ya trataremos el asunto más adelante.
-Como guste -respondió Vinçard afablemente,
intentando disimular el chasco-. Yo no tengo el menor interés en vender. Si no
fuera por estos dolores...
Y, volviendo al centro del local, añadió:
-¿Qué se le ofrece, señor Baudu?
El pañero, que había estado aguzando el oído,
presentó a Denise, contó lo sucedido a su manera, y dijo que la joven había
trabajado dos años en provincias.
-Ycomo me han dicho que buscaba usted una
buena dependiente...
Vinçard hizo gala de una profunda
desesperación:
-¡Vaya, también es mala suerte! En verdad que
llevo ocho días buscando una dependiente,
pero no hace ni dos horas que acabo de contratar a una.
Se produjo un silencio. Denise parecía consternada. Entonces,
Robineau, que la observaba muy interesado, enternecido sin duda por su
apariencia humilde, se permitió proporcionarle una información:
-Sé que en nuestra sección de confecciones hace falta alguien.
Baudu
no pudo impedir que la protesta le saliera del alma:
-¡Con ustedes! ¡Ni hablar!
Pero, a continuación, se sintió muy violento. Denise en cambio se
había puesto muy roja: entrar ella en aquellos almacenes, ¡qué osadía! Y sólo
de imaginárselo, se llenaba de orgullo.
-¿Por qué dice eso? -replicó Robineau, sorprendido-. Se equivoca;
sería una gran oportunidad para la señorita... Le aconsejo que vaya mañana a
primera hora a ver a la señora Aurélie, la encargada. Lo peor que le puede
pasar es que no la cojan.
El pañero intentó disimular su rebeldía interior con ambiguos
comentarios: conocía a la señora Aurélie, o al menos a su marido, el cajero
Lhomme, un hombre grueso al que un ómnibus había amputado un brazo. Y, de
pronto, refiriéndose de nuevo a Denise, añadió:
-Pero yo no digo nada; la verdad es que es cosa suya. Tiene total
libertad.
Dicho lo cual, se despidió de Gaujean y de Robineau y salió del
establecimiento. Vinçard lo acompañó hasta la puerta, repitiéndole cuánto
lamentaba no haber podido serle útil.
Denise se había quedado en medio de la tienda, cohibida, deseando
pedir más detalles al dependiente de El Paraíso. Pero no se atrevió, y se
limitó a despedirse a su vez, diciendo:
-Gracias, caballero.
Cuando se reunió con su tío en la acera, éste ni siquiera le dirigió
la palabra. Andaba muy deprisa, obligándola a correr, como si lo arrastraran
sus propias reflexiones. Al llegar a la calle de la Michodiére, se disponía a
entrar en su local cuando un comerciante vecino, de pie en la puerta de su
establecimiento, le hizo una seña para que se acercara. Denise se quedó
esperándolo.
-¿Qué sucede, tío Bourras? -preguntó el pañero.
Bourras eran un fornido anciano con barbas y melena de profeta y
penetrante mirada bajo la espesa maraña de las cejas. Regentaba una tienda de
bastones y paraguas, los arreglaba e, incluso, tallaba los puños, lo que le
había valido, en el barrio, fama de artista. Denise miró de reojo los bastones
y paraguas alineados ordenadamente en los escaparates de la tienda, pero lo que
más la sorprendió, al levantar la vista, fue el propio edificio: una casa de
dos plantas, achaparrada y ruinosa, encajada entre El Paraíso de las Damas y
una mansión Luis XIV, cuya presencia en aquel hueco angosto resultaba
inexplicable. De no haber sido por los apoyos que la sustentaban a izquierda y
derecha, todo el edificio, desde el tejado de pizarras podridas y combadas
hasta la fachada de dos ventanas, surcada de grietas como costurones, y el
rótulo de madera carcomida cubierto de manchas de orín, se habría venido abajo.
-¿Sabía usted que le ha mandado una carta a mi casero proponiéndole que le venda el edificio? -dijo Bourras
al pañero, clavándole las brasas de los ojos.
Baudu se puso aún más pálido y se le encorvaron
los hombros. Ambos quedaron en silencio, frente a frente, con expresión
absorta
-Uno ya se espera cualquier cosa -murmuró al
fin. Entonces el anciano dio rienda suelta a su ira, sacudiendo la melena y la
barba de dios fluvial.
-¡Que compre la casa y que pague por ella
cuatro veces más de lo que vale! Pero le juro que, mientras yo viva, no
conseguirá ni una piedra de ella. Todavía me quedan doce años de
arrendamiento... ¡Ya veremos, ya!
Aquello era una declaración de guerra. Bourras
se volvía hacia El Paraíso de las Damas, cuyo nombre no habían pronunciado
ninguno de los dos hombres. Baudu estuvo un rato meneando la cabeza en silencio
y, al cabo, cruzó la calle para volver a su casa, con paso vacilante,
repitiendo una y otra vez:
-¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío!
Denise, que había estado escuchando, lo siguió.
En aquel momento, apareció también la señora Baudu con Pépé y anunció de
inmediato que la señora Gras estaba dispuesta a hacerse cargo del niño en
cuanto así lo decidieran. Pero Jean acababa de desaparecer, y su hermana empezó
a preocuparse. Cuando el muchacho regresó, con expresión animada y hablando,
entusiasmado, del bulevar, ella lo miró con tanta tristeza que Jean se
ruborizó. El baúl ya estaba allí, y se dispuso que los tres hermanos durmieran
arriba, en el sotabanco
-Por cierto, ¿qué tal con Vinçard? -preguntó la
señora Baudu.
El pañero contó que había sido un trámite
inútil; añadió que le habían hablado a su sobrina de una vacante. Y,
extendiendo el brazo hacia El Paraíso de las Damas, con despectivo ademán,
espetó:
-¡Ahí, precisamente!
Toda la familia quedó muy dolida. El primer
turno para la cena era a las cinco. Denise y los dos chicos volvieron a
sentarse en torno a la mesa, junto con Baudu, Geneviéve y Colomban. Una luz de
gas iluminaba el estrecho comedor, agobiante de olor a comida. Cenaron todos en
silencio. Pero, al servir el postre, la señora Baudu no pudo contenerse más y
dejó la tienda para ir a sentarse detrás de su sobrina. Y, entonces, la
tormenta que llevaban refrenando desde por la mañana estalló por fin, y todos,
para desahogarse, se ensañaron con el monstruo.
-Es cosa tuya, eres completamente libre
-repitió, al principio, Baudu-. Nosotros no queremos influir en tus
decisiones. Pero... ¡si tú supieras qué sitio!
Con frases entrecortadas, narró la historia de
aquel Octave Mouret. ¡Qué suerte había tenido! Un muchacho provenzal que se
había plantado en París, sin más armas que la gentil osadía de los
aventureros; que no esperó ni un día para meterse en líos de faldas, explotando
a una mujer tras otra, hasta que lo sorprendieron con las manos en la masa, un
escándalo que todavía daba que hablar en el barrio; y luego, de forma tan
inesperada como inexplicable, logró conquistar a la señora Hédouin, que puso en
sus manos El Paraíso de las Damas.
-¡Pobre
Caroline! -interrumpió la señora Baudu-. Éramos parientes lejanas. ¡Ay, si
viviera todo sería muy distinto! No consentiría que nos asesinaran... Y fue él
quien la mató. ¡Claro, tanto meterse en obras! Una mañana que fue ella a
verlas, se cayó en una zanja y, a los tres días, falleció. ¡Una mujer que nunca
había estado enferma, tan saludable, tan hermosa! Las piedras de ese edificio
se han levantado sobre su sangre.
A través de las paredes, señalaba los grandes
almacenes con mano pálida y trémula. Denise, que escuchaba como quien escucha
un cuento de hadas, se estremeció levemente. Quizá la causa de aquel miedo que
sentía, desde por la mañana, agazapado tras la tentación, se debía a la sangre
de aquella mujer, que ahora le parecía estar viendo entre el mortero rojo de
los cimientos.
-Y parece que le trae buena suerte -añadió la
señora Baudu, sin nombrar a Mouret.
Pero el pañero se encogió de hombros,
manifestando su desprecio por aquellas fábulas de ama de cría. Prosiguió su
historia, explicó la situación desde el punto de vista comercial. El Paraíso
de las Damas lo habían fundado, en 1822, los hermanos Deleuze. Al morir el
mayor, su hija Caroline contrajo matrimonio con un fabricante de tejidos
llamado Charles Hédouin; y, más adelante, después de quedarse viuda, volvió a
casarse con el Mouret aquel, convirtiéndolo en copropietario de la mitad del
negocio. Tres meses después de la boda, el tío Deleuze falleció sin hijos, de
modo que, cuando Caroline se dejó la vida en los cimientos del edificio, el
dichoso Mouret resultó ser el único heredero, el propietario único de El
Paraíso de las Damas. ¡Qué suerte había tenido!
-¡Siempre está inventando algo; un liante de lo
más peligroso, que pondrá el barrio patas arriba si nadie se lo impide!
-prosiguió Baudu-. Yo creo que Caroline, que también era algo fantasiosa, se
dejó embaucar con los proyectos extravagantes del señorito... Total, que la
convenció para que comprara el edificio de la izquierda, primero, y, luego, el
de la derecha; y, en cuanto se quedó solo, compró otros dos; de modo que la
tienda empezó a crecer cada vez más. ¡Tanto que ahora amenaza con tragarnos a
todos!
Aunque hablaba dirigiéndose a Denise, en
realidad lo hacía consigo mismo, llevado por la necesidad febril de aliviarse
remachando aquella historia que lo tenía obsesionado. El era el bilioso de la
familia, el violento, siempre con los puños apretados. La señora Baudu ya no
decía nada; se había quedado quieta en su silla. Geneviéve y Colomban, con la
mirada baja, recogían y se llevaban a la boca distraídamente las migajas de pan
de la cena. El exiguo cuarto resultaba tan caluroso y agobiante que Pépé se había
quedado dormido encima de la mesa y al propio Jean le costaba mantener los ojos
abiertos.
-¡Paciencia! -añadió Baudu, súbitamente encolerizado-.
¡Los oportunistas siempre acaban cayendo! Sé de buena tinta que Mouret está
pasando una crisis. Ha invertido todos los beneficios en esa locura por ampliar
y anunciarse. Y, además, para conseguir capital, no se le ha ocurrido mejor
idea que convencer a la mayoría de sus empleados de que participen en el
negocio y metan dinero en él. Así que ahora mismo está sin un céntimo y, a
menos que suceda un milagro, a menos que consiga triplicar el volumen de ventas,
tal y como tiene previsto, ¡ya veréis qué desastre!... ¡Vaya, creo que no soy
mala persona; pero, cuando llegue ese día, os juro que pienso celebrarlo a lo
grande!
Siguió hablando con vengativo acento, como si
la quiebra de El Paraíso de las Damas fuera a reparar la comprometida dignidad
del comercio. Pero ¿dónde se había visto una tienda de novedades en la que
vendieran de todo? ¡Aquello no era más que un bazar! ¡Y el personal tampoco se
quedaba atrás: una panda de jovenzuelos que más parecían mozos de estación, que
baqueteaban la mercancía y a la clientela como si fueran fardos, que se
despedían o se dejaban despedir por un quítame allá esas pajas, sin el menor
cariño por la casa, sin tradición ni arte! Y, de pronto, puso a Colomban de
ejemplo y recabó su testimonio. Él sí que había tenido un aprendizaje cabal y
sabía el largo pero infalible proceso que permitía dominar todas las sutilezas
y artimañas del oficio. El arte no consistía en vender mucho, sino en vender
caro. Y también podía contar cómo lo habían tratado, como a uno más de la
familia, atendiéndolo cuando caía enfermo, lavándole y zurciéndole la ropa,
rodeándolo de cuidados paternales y, en definitiva, de cariño, ¡qué caramba!
-Ya lo creo -asentía Colomban tras cada
exclamación del dueño.
-Y tú eres el último, hijo mío -concluyó Baudu,
enternecido-. Después de hacerte, rompieron el molde... Tú eres mi único
consuelo, pues si lo que ahora llaman comercio es esta especie de atropello, yo
ya no entiendo nada y casi prefiero retirarme.
Geneviéve miraba al sonriente encargado, con la
cabeza inclinada hacia un hombro, como si la densa cabellera negra fuera
demasiado pesada para aquella frente pálida; y había en sus ojos una sospecha,
un deseo de saber si Colomban no ocultaba algún secreto remordimiento que lo
hiciera sonrojarse al oír tales elogios. Pero él, como hombre ya ducho en los
fingimientos del comercio tradicional, conservaba su plácido aplomo, su
expresión bonachona y el habitual rictus de astucia en los labios.
Entre tanto, Baudu alzaba cada vez más el tono, arremetiendo
contra los excesos de los de enfrente, aquellos salvajes a quienes acusaba,
incluso, de destrozarse entre sí en aquella lucha por la vida hasta acabar con
la propia institución familiar. Y citaba el ejemplo de sus vecinos del campo,
los Lhomme, un matrimonio con un hijo, que trabajaban los tres en aquel antro y
no tenían vida hogareña. Siempre fuera de casa. Sólo comían juntos los
domingos. ¡Aquello era como vivir de pensión, qué caramba! Bien sabía él que
el comedor de su casa no era muy amplio, que incluso se echaba en falta que
fuese algo más luminoso y estuviese mejor ventilado; pero, por lo menos, allí
cabía toda su vida y allí había vivido rodeado del afecto de los suyos.
Mientras hablaba, iba recorriendo con los ojos la estrecha habitación; y,
aunque no lo dijese, se estremecía sólo de pensar que aquellos salvajes podrían
acabar del todo algún día con su negocio y desalojarlo de aquel refugio donde
se sentía tan abrigado entre su mujer y su hija. Aunque aparentaba gran
seguridad en sí mismo cuando pronosticaba la derrota final de Mouret, lo
embargaba el terror, en su fuero interno, pues sentía cómo iba progresando
aquella invasión del barrio que lo consumía poco a poco.
-No te cuento todo esto para desanimarte
-añadió, esforzándose por mantener la calma-. Si tú consideras que te conviene
trabajar en ese sitio, yo seré el primero en decirte: «Adelante».
-De eso estoy segura, tío -murmuró Denise,
aturdida y cada vez más deseosa, en medio de aquella tempestad de pasiones, de
trabajar en El Paraíso de las Damas.
Baudu, de codos en la mesa, la agobiaba con la
mirada. -Pero, vamos a ver, tú que eres del gremio, dime si no es una locura
que en una tienda de novedades se venda de todo. Antes, cuando el comercio era
cosa de gente honrada, la especialidad de novedades sólo abarcaba los tejidos,
y punto. Hoy en día, esos comercios no piensan más que en pisotear a los
vecinos y quedarse con todo... Y de eso se queja el barrio, porque las tiendas
pequeñas empiezan a acusar seriamente el golpe. Ese Mouret las está arruinando...
Bédoré Hermanos, sin ir más lejos, la calcetería de la calle de Gaillon, ya se
ha quedado sin la mitad de la clientela. La señorita Tatin, la lencera del
pasaje de Choiseul, no ha tenido más remedio que empezar a bajar precios, a ver
quién vende más barato. Es como una epidemia, una peste que se ha extendido
hasta la calle Neuve-desPetits-Champs; me han dicho que la peletería de los
hermanos Vanpouille no puede aguantar ya mucho... ¿Qué te parece? ¡Los horteras
metidos a vender pieles, parece cosa de guasa! ¡Otra idea genial de Mouret!
-¿Qué me dices de los guantes? -preguntó la
señora
Baudu-. ¿No es una monstruosidad? ¡Se ha
atrevido a abrir una sección de guantes!... Ayer, cuando pasaba por la calle
Neuve-Saint-Augustin, vi a Quinette en la puerta de la tienda, con una cara tan
triste que no me atreví a preguntarle cómo iba el negocio.
-¡Y los paraguas! -prosiguió Baudu-. ¡Eso ya es
el colmo! Bourras está convencido de que Mouret lo ha hecho únicamente para
hundirlo; y es que ¿a santo de qué viene juntar los paraguas con las telas?...
Pero Bourras tiene buen aguante, no dejará que le pongan la soga al cuello. Ya
llegará el día en que nosotros riamos mejor.
Continuó citando a otros comerciantes; pasó revista a todo
el barrio. A veces se le escapaba alguna confesión: si Vinçard estaba pensando
en vender, ya podían todos empezar a echar el cierre, porque Vinçard era como
las ratas, que abandonan el barco antes de que se hunda. Pero, acto seguido,
desmentía aquellos temores, soñaba con formar una alianza, una coalición de
todos los pequeños comerciantes para plantarle cara al coloso. Llevaba un rato
sin decidirse a hablar de sí mismo, y le temblaban las manos mientras un tic
nervioso le torcía la boca. Por fin se resolvió:
-Yo, hasta ahora, no tengo grandes motivos de
queja. ¡Claro está que el muy sinvergüenza me ha perjudicado! Pero de momento
sólo trabaja los paños de señora, paños ligeros para vestidos, y otros más
gruesos, para abrigos. Pero el público sigue comprando aquí los artículos de
caballero, las panas de cazador, las libreas; por no hablar de las franelas y
los muletones, un surtido completísimo con el que me atrevo a desafiar a
cualquiera... Pero no deja de pincharme, piensa que puede hacer que me dé un
berrinche poniéndome la sección de pañería delante de las narices. Ya habrás
visto el escaparate, ¿no? Siempre coloca ahí las mejores confecciones, y, de
telón de fondo, pone piezas de paño, un auténtico desfile de saltimbanquis
para seducir a las mujeres fáciles... ¡A un hombre honrado se le caería la
cara de vergüenza antes que recurrir a semejantes artimañas! El Viejo Elbeuf es
famoso desde hace casi cien años y nunca tuvo necesidad de recurrir a
semejantes engañabobos. ¡Mientras yo viva, la tienda seguirá estando tal y como
la heredé, con sus cuatro piezas de muestra, a izquierda y derecha, ni una más
ni una menos!
El resto de la familia se iba contagiando de la
emoción de Baudu. Hubo un silencio, tras el cual Geneviéve se atrevió a tomar
la palabra:
-La clientela nos aprecia, papá. No hay que
desesperar... Hoy mismo han estado aquí la señora Desforges y la señora De
Boves; y la señora Marty quedó en venir para ver unas franelas.
-Yo despaché ayer un encargo de la señora
Bourdelais -afirmó Colomban-. Aunque bien es cierto que también me preguntó
por un cheviot inglés que, enfrente, cuesta medio franco más barato y, según
dice, es igual al que tenemos nosotros.
-¡Y pensar -murmuró la señora Baudu, con su voz
cansada que nosotros conocimos la tienda cuando era tan pequeña como un
pañuelo! Créeme, querida Denise, cuando los Deleuze la inauguraron no tenía más
que un escaparate en la calle Neuve-Saint-Augustin, que más bien parecía una
fresquera, y en el que costaba trabajo meter un par de piezas de indiana y tres
de calicó. Aquello era un cuchitril en el que no podía una ni revolverse... Por
aquel entonces, El Viejo Elbeuf, que existía desde hacía más de sesenta años,
ya estaba tal y como lo ves ahora... ¡Ay, cómo han cambiado las tornas, cómo
han cambiado!
Movía la cabeza mientras decía, despacio,
aquellas palabras que reflejaban todo el drama de su vida. Había nacido en El
Viejo Elbeuf, amaba todas y cada una de las húmedas piedras de aquel local,
vivía únicamente por y para él; orgullosísima, antaño, de su tienda, la más
boyante, la mejor surtida de todo el barrio, padecía ahora el prolongado
sufrimiento de ver cómo prosperaba la casa rival, desdeñada al principio, luego
pareja en importancia y, por último, pletórica y amenazadora. Le dolía la
situación como una llaga siempre abierta; la hería de muerte la humillación de
El Viejo Elbeuf, al igual que éste, seguía viviendo por inercia, aunque sabía
que la agonía de la tienda era también la suya y que ella se extinguiría el día
en que el comercio tuviese que cerrar.
Reinó el silencio. Baudu tocaba retreta con los
dedos sobre el hule de la mesa. Se sentía cansado, casi arrepentido, tras aquel
nuevo desahogo. Los otros miembros de la familia, tan abatidos como él,
continuaban rumiando las amarguras de su vida, con la mirada perdida en el
vacío. jamás les había sonreído la fortuna. Cuando los hijos ya estaban
criados y parecía que, por fin, iban a alcanzarla, la competencia los empujaba
de repente a la ruina. Todavía les quedaba la casa de Rambouillet, la finca a
la que el pañero llevaba diez años soñando con retirarse: una verdadera ganga,
a su entender, un viejo caserón que requería continuas reparaciones y que se
había resignado a alquilar, aunque los inquilinos nunca le pagaban la renta. En
ella se estaba gastando sus postreras ganancias, era el único vicio que le
había consentido su meticulosa probidad, obstinadamente aferrada a las viejas
costumbres.
-¡Bueno! -exclamó de pronto-. Hay que dejar el
sitio libre a los demás... ¡Ya está bien de palabras inútiles!
Fue como un despertar. La lámpara de gas silbaba en el
aire muerto y recalentado de la reducida habitación. Todos se levantaron,
sobresaltados, quebrando el melancólico silencio. Sólo Pépé siguió dormido, tan
profundamente que decidieron echarlo encima de unas piezas de muletón. Jean
había vuelto, bostezando, a la puerta de la calle.
-Para terminar, sólo te digo que hagas lo que
quieras -volvió a repetirle Baudu a su sobrina-. Nosotros te contamos cómo
están las cosas, y nada más... Pero tú eres quien decide lo que tienes que
hacer.
La atosigaba con los ojos, esperando una
respuesta definitiva. Denise, cuya fascinación por El Paraíso de las Damas no
sólo no se había desvanecido después de oír aquellas historias, sino que se
había acrecentado, mantuvo su plácida y dulce expresión, reflejo, en el fondo,
de su firme voluntad de normanda, y se limitó a responder:
-Ya veremos, tío.
Luego dijo que ella y los niños subirían a
acostarse temprano, porque estaban muy cansados los tres. Pero, como eran
apenas las seis de la tarde, consintió en volver a la tienda un ratito más. Ya
era noche cerrada; una lluvia fina y prieta, que había empezado a caer al
ponerse el sol, empapaba la calle oscura. Denise se quedó muy sorprendida de
que, en tan poco tiempo, el suelo estuviese ya sembrado de charcos, los arroyos
cargados de agua sucia y las aceras manchadas de barro espeso y pisoteado; a
través de la pertinaz llovizna sólo se veía ya un confuso desfile de paraguas,
que chocaban entre sí y se ahuecaban como amplias alas negras que cruzasen por
las tinieblas. El primer instinto de Denise fue retroceder, sobrecogida de
frío, aún más acongojada ante el aspecto lúgubre que cobraba, a aquella hora,
la mal iluminada tienda. Desde la calle entraba un soplo húmedo, el hálito del
viejo barrio: diríase que el goteo de los paraguas llegaba hasta los
mostradores; que la calzada, salpicada de charcos y barro, se metía en el
vetusto local, blanco de salitre, y acababa de enmohecerlo. Al contemplar aquel
París viejo y húmedo, tiritaba, sorprendida y consternada al ver que la gran
ciudad era tan fría y tan fea.
Entretanto, al otro lado de la calzada, se encendían las
largas filas de lámparas de gas de El Paraíso de las Damas. Denise se acercó,
cediendo de nuevo a la atracción de aquel foco de ardiente luz, notando casi
que la hacía entrar en calor. Seguía retumbando la máquina, activa aún, y
soltaba el vapor, con un último resoplido, mientras los dependientes recogían
las telas y los cajeros calculaban la recaudación. A través de los cristales
empañados se adivinaba un confuso hormigueo de luces y sombras, el desdibujado
recinto de una fábrica. Tras la cortina de agua que caía del cielo, aquella
aparición distante v borrosa tomaba la apariencia de una gigantesca sala de
máquinas por la que cruzaban las negras siluetas de los fogoneros, recortadas
sobre el rojo resplandor de las calderas. En los difuminados escaparates ya no
se distinguía, desde aquella acera, sino la nieve de los encajes, que, bajo la
luz de los globos esmerilados de una hilera de lámparas de gas, parecían aún
más blancos; y, sobre aquel fondo de capilla, las confecciones destacaban,
rotundas; el largo abrigo de terciopelo guarnecido de zorro plateado dibujaba
el airoso perfil de una mujer sin cabeza que se apresurase bajo la lluvia,
camino de alguna fiesta, entre las misteriosas tinieblas de París.
Denise, sucumbiendo a la seducción, se había
acercado a la puerta, sin importarle que la empapase el salpicar de las gotas
de lluvia. En aquellas horas nocturnas, El Paraíso de las Damas, con su
resplandor de horno, vencía sus últimas reticencias y se apoderaba de ella por
completo. En aquella gran urbe, oscura y silenciosa bajo la lluvia, en aquel
París del que nada conocía, los almacenes brillaban como un faro, como si en
ellos se concentrasen toda la luz, toda la vida de la ciudad. Y en ellos imaginaba
Denise su futuro, criando trabajosamente a sus niños; y soñaba también muchas
otras cosas, no sabía exactamente cuáles, cosas lejanas que ansiaba y temía al
tiempo y la hacían estremecerse. Recordó a la mujer muerta en los cimientos y
sintió miedo, le pareció que las manchas de luz chorreaban sangre; pero la
apaciguó la blancura de los encajes; el corazón se le llenó de esperanza y de
una certidumbre de dicha, en tanto que un polvillo de gotitas diminutas llegaba
por los aires a refrescarle las manos y calmarle la excitación del viaje.
-Ahí está Bourras -dijo una voz a sus espaldas.
Se asomó y pudo ver a Bourras, parado, al final
de la calle, delante del escaparate en el que aquella mañana le había llamado
la atención a Denise una ingeniosa presentación de paraguas y bastones. El
fornido anciano había cruzado sigilosamente las sombras para llenarse los ojos
con aquella triunfal exhibición; y, pintado el dolor en el rostro, ni siquiera
sentía la lluvia que le golpeaba la cabeza descubierta y le chorreaba por la
melena blanca.
-Ese majadero se va a poner malo -comentó la
voz.
Denise se dio la vuelta y vio que los Baudu
estaban otra vez detrás de ella. Siempre volvían al mismo sitio, a pesar suyo,
al igual que Bourras, al que llamaban majadero, para contemplar el espectáculo
que les desgarraba el corazón, como si tuviesen una rabiosa necesidad de
sufrir. Geneviéve, muy pálida, se había percatado de que Colomban miraba las
siluetas de las dependientes a través de las lunas de la entreplanta; y, mientras
Baudu se ahogaba de rencor contenido, los ojos de la señora Baudu se iban llenando
de silenciosas lágrimas.
-Vas a ir mañana, ¿verdad? -preguntó, al fin,
el pañero, que ya no podía aguantar el tormento de la incertidumbre y sabía,
por lo demás, que también su sobrina había sucumbido.
Denise titubeó y, luego, respondió con dulzura:
-Sí, tío, a menos que me diga que le doy un
disgusto muy grande.
II
Al día siguiente, a las siete y media, estaba
Denise delante de El Paraíso de las Damas. Quería presentarse a solicitar el
puesto antes de acompañar a Jean a casa de su maestro, que vivía lejos, en la
parte alta del faubourg de Le Temple.
Pero, como estaba acostumbrada a madrugar, había ido demasiado temprano: apenas
si estaban empezando a llegar los dependientes; y, temiendo hacer el ridículo,
presa de timidez, se quedó un rato a pie firme en la plaza de Gaillon.
Soplaba un viento frío que ya había oreado los
adoquines. En la pálida claridad de amanecer que caía del cielo ceniciento,
los dependientes, a los que aquel escalofrío primero del invierno había cogido
por sorpresa, salían con paso rápido de todas las bocacalles con el cuello del
gabán levantado y las manos metidas en los bolsillos. La mayoría iban solos,
con prisa, y se metían en los almacenes sin dirigir ni una palabra, ni tan
siquiera una mirada, a los colegas que caminaban a su lado apretando el paso;
otros llegaban en grupos de dos o tres, hablando por los codos, ocupando todo
el ancho de la acera; y todos ellos, antes de entrar, tiraban al arroyo, con
idéntico ademán, el cigarrillo o el puro que iban fumando.
Denise se fijó en que varios de aquellos caballeros se
quedaban mirándola al pasar. Entonces la agobió aún más la timidez; no tuvo ya
fuerzas para entrar en pos de ellos y tomó la decisión de no hacerlo hasta que
hubiera concluido el desfile; se le subían los colores cuando pensaba en cruzar
la puerta entre los empujones de tantos hombres. Pero aquel desfile no acababa
nunca y, para huir de las miradas, dio despacio una vuelta a la plaza. Al
volver, encontró, plantado ante El Paraíso de las Damas, a un joven alto,
lívido y desgarbado que, al parecer, llevaba esperando, igual que ella, un
cuarto de hora.
-Oiga, señorita -acabó por preguntarle éste,
entre balbuceos-, ¿no será usted por casualidad dependiente de la casa? Tanto
la inmutó que aquel muchacho desconocido le dirigiese la palabra que, al
principio, se quedó callada.
-Es que, ¿sabe usted? -prosiguió él, cada vez
más confuso-, vengo con intención de ver si me cogen y usted podría resolverme
una duda.
Era tan tímido como Denise y se arriesgaba a
hablarle porque notaba que también ella estaba temblando.
-Lo haría con mucho gusto, caballero -acabó por
responderle Denise-. Pero sé tanto como usted; yo también estoy aquí para ver
si me cogen.
-¡Ah, muy bien! -exclamó él, sin saber qué
decir.
Y los dos se ruborizaron hasta las orejas; sus
dos timideces permanecieron por un momento frente a frente; los conmovía la
fraternidad de su situación, aunque no se atrevían, empero, a desearse suerte en voz alta. Por fin, como no
decían palabra y se sentían cada vez más violentos, se separaron torpemente y
continuaron la espera, cada cual por su lado, a pocos pasos uno de otro.
Seguían entrando dependientes. Ahora, Denise los oía bromear cuando
pasaban a su lado mirándola de reojo. Cada vez la apuraba más permanecer allí y
que todos se fijasen en ella, y estaba a punto de ir a dar un paseo de media
hora por el barrio cuando, al ver llegar a un joven, que venía con paso rápido
por la calle de Mac-Mahon, se quedó donde estaba durante unos momentos más. No
cabía duda de que se trataba de un jefe de departamento, pues los dependientes
lo saludaban. Era alto, de tez blanca y cuidada barba; tenía ojos
aterciopelados de color oro viejo, que fijó en Denise apenas un segundo, mientras
cruzaba la plaza. Ya había entrado él en los almacenes, indiferente, y aún
seguía ella clavada en el sitio, inmóvil, bajo la impresión de aquella mirada;
la embargaba una emoción singular en la que había más malestar que atracción.
El caso es que le estaba entrando miedo; en espera de que le volviese el
coraje, echó calle de Gaillon abajo y, luego, por la de SaintRoch.
Aquel joven era algo más que un jefe de departamento; era Octave
Mouret en persona. Aquella noche no se había acostado, pues, al salir de una
velada en casa de un agente de cambio, se había ido a cenar con un amigo y dos
mujeres que se había encontrado entre los bastidores de un teatro de poca
monta. Llevaba el gabán abrochado hasta el cuello para tapar el frac y la
corbata blanca. Subió deprisa a sus habitaciones, se lavó y se cambió; y,
cuando acudió a sentarse tras la mesa de trabajo, en el despacho de la
entreplanta, lo hizo con pie firme, mirada despierta y cutis lozano, con la
cabeza puesta en la tarea, como si hubiera dormido diez horas. El despacho,
amplio, con muebles de roble viejo y paredes tapizadas de reps verde, no tenía
más adorno que un retrato, el retrato de aquella señora Hédouin de la que aún
se hablaba en el barrio. Desde su fallecimiento, Octave la recordaba con
enternecido afecto y agradecía a su memoria la fortuna, que al casarse con él,
le había proporcionado a manos llenas. Así pues, antes de ponerse a firmar las
órdenes de pago que tenía encima del secante, le dirigió al retrato una sonrisa
de hombre dichoso. ¿Acaso, tras sus escarceos de joven viudo, al salir de las
alcobas a las que lo arrastraba irremisiblemente su necesidad de goce, no
volvía siempre a su presencia para ponerse a trabajar?
Llamaron a la puerta y, sin más demora, entró un hombre joven, alto y
flaco, de labios finos y nariz afilada, pero muy bien puesto; en el pelo
planchado se le veían ya unos cuantos mechones grises. Mouret había alzado la
vista para seguir luego con la firma.
-¿Qué tal ha dormido, Bourdoncle?
-Muy bien, gracias -respondió el joven, que caminaba a pasitos cortos
y como si estuviera en su casa.
Bourdoncle, hijo de un humilde granjero de los alrededores de Limoges,
había empezado hacía años a trabajar al mismo tiempo que Octave Mouret en El
Paraíso de las Damas, cuando era éste un comercio que hacía esquina con la
plaza de Gaillon. Parecía a la sazón que, por su gran inteligencia y su constante actividad, no le costaría mucho pasarle por
delante a su compañero, menos cumplidor y con más flaquezas, atolondrado en
apariencia, metido en inquietantes líos de faldas; pero carecía de las
avasalladoras ráfagas de talento del apasionado provenzal, y también de su
audacia y de su victorioso encanto. Por lo demás, un instinto de hombre sensato
lo había predispuesto, desde el principio y sin lucha, a cederle el paso y obedecerlo.
Cuando Mouret aconsejó a sus dependientes que invirtiesen en el negocio,
Bourdoncle fue uno de los primeros en hacerle caso, llegando, incluso, a
confiarle la inesperada herencia de una tía. Y, poco a poco, tras haber subido
todos los peldaños -dependiente, segundo encargado, jefe de la sección de
sedería- había llegado a ser uno de los lugartenientes del dueño, el que éste
más quería, del que más se fiaba, uno de los seis partícipes que tenían
intereses en la casa y lo ayudaban a regir El Paraíso de las Damas, formando un
a modo de consejo de ministros a las órdenes de un monarca absoluto. Cada uno
velaba por una provincia diferente. Bourdoncle tenía a su cargo la inspección
general.
-¿Y qué tal ha dormido usted? -preguntó con confianza.
Cuando Mouret le hubo respondido que no se había acostado, movió la cabeza,
diciendo por lo bajo:
-Mala higiene es ésa.
-Pero ¿por qué? -dijo el otro con tono alegre-.
Estoy menos cansado que usted, querido amigo. Tiene los ojos hinchados de tanto
dormir; tanto comedimiento lo está poniendo torpe... ¡Vaya a divertirse, verá
como se le espolean las ideas!
Era ésta la eterna y amistosa discusión de
ambos. Bourdoncle, antes, pegaba a sus queridas porque decía que no le dejaban
dormir. Ahora, hacía profesión de odiar a las mujeres, aunque debía de tener,
fuera de su domicilio, citas que no mencionaba, ya que apenas tenían
importancia en su vida; le bastaba con sacarles el jugo a las clientes de los
almacenes, con hondo desprecio por la frivolidad que las llevaba a arruinarse
en trapos inútiles. Mouret, por el contrario, se mostraba extasiado ante
ellas, se demoraba en presencia de las mujeres, satisfecho y mimoso; nuevos
amores lo arrastraban de continuo y sus tiernos caprichos eran como el reclamo
de su negocio; hubiérase dicho que arropaba a todo el sexo femenino en una
única caricia para aturdirlo mejor y conservarlo a su merced.
-La noche pasada, he estado con la señora
Desforges -siguió diciendo-Estaba deliciosa en el baile.
-¿Y, por casualidad, cenó también con ella
después? -le preguntó su socio.
Mouret puso el grito el cielo.
-¡No, por Dios! Es una mujer muy decente,
querido amigo. No; cené con Héloïse, la chiquita del teatro de Les Folies. ¡Más
tonta que una oveja! Pero ¡qué gracia tiene!
Tomó otro montón de órdenes de pago y continuó
firmando. Bourdoncle seguía yendo de un lado para otro a pasitos cortos. Se
acercó a los altos ventanales para echar una ojeada a la calle
Neuve-Saint-Augustin y regresó luego, diciendo:
-Ya sabe usted que acabarán por vengarse.
-¿Quiénes? -preguntó Mouret, que no estaba
atento a la conversación.
-Las mujeres, claro está.
Entonces se puso Mouret aún de mejor humor,
dejando traslucir, bajo su fingida adoración sensual, la realidad de sus brutales
sentimientos. Se encogió de hombros como para indicar que, el día en que ya lo
hubiesen ayudado a afianzar su fortuna, las dejaría a todas tiradas por los
suelos, como sacos vacíos. Bourdoncle, tenaz, seguía repitiendo, sin cejar en
su expresión de frialdad:
-Se vengarán... Llegará una que vengará a las
demás; es algo fatal.
-¡No hay cuidado! -exclamó Mouret, exagerando
el acento provenzal-. Todavía no ha nacido la mujer que pueda hacerme eso a mí,
muchacho. Y si un día llegase, pues fíjese bien...
Había alzado el palillero, enarbolándolo y
apuntando al vacío, como si hubiera querido clavar un puñal en un corazón
invisible. El partícipe siguió con su trabajo, cediendo, como siempre, ante la
superioridad del dueño, cuyo genial talento lo desconcertaba, no obstante, por
sus frecuentes altibajos. Él, tan recto, tan lógico, tan carente de pasiones,
tan incapaz de caídas, no había conseguido aún comprender que el éxito tiene
visos de mujerzuela y que París se entrega, en un beso, al más atrevido.
Reinó el silencio. Sólo se oía la plumilla de
Mouret. Éste hizo luego una serie de preguntas breves a Bourdoncle, y éste le
dio detalles de la inauguración de la gran venta de novedades de invierno, que
estaba prevista para el lunes siguiente. Era una operación de mucha envergadura
y la casa se jugaba en ella cuanto poseía, pues los rumores del barrio se
basaban en un hecho real: Mouret especulaba como lo haría un poeta, de forma
tan fastuosa y con tal necesidad de acometer empresas colosales que parecía como
si todo fuera a desplomársele bajo los pies. Aplicaba un concepto nuevo de los
negocios, una aparente fantasía que, tiempo atrás, había sido motivo de preocupación
para la señora Hédouin e, incluso en la actualidad, pese al éxito inicial,
sumía a veces en la consternación a los partícipes. Había quien criticaba bajo
cuerda al dueño por correr demasiado; quien lo acusaba de haber ampliado
peligrosamente los almacenes antes de estar seguro de contar con un incremento
suficiente de la clientela; quien se atemorizaba, sobre todo, al verlo apostar
todo el dinero a una sola baza, agolpando en los mostradores un alud de
artículos y quedándose sin un céntimo de reserva. Por ejemplo, para la actual
venta, que venía tras considerables pagos a los albañiles, había recurrido a la
totalidad del capital: una vez más, no quedaba más remedio que vencer o morir.
Y él, entre tantos sobresaltos, conservaba un triunfante júbilo, una
certidumbre de contar con millones, como hombre al que las mujeres idolatran y
no pueden traicionar. Cuando Bourdoncle se atrevió a manifestar ciertos temores
acerca del excesivo crecimiento de algunos departamentos cuya cifra de ventas
seguía sin estar clara, Mouret exclamó, con limpia risa confiada:
-Quite allá, amigo mío. ¡Si estos almacenes
son demasiado pequeños!
Su interlocutor manifestó su asombro, presa de
un temor que no intentaba ya ocultar. ¡Los almacenes demasiado pequeños! ¡Una
tienda de novedades con diecinueve departamentos y cuatrocientos tres
empleados!
-Pero si es que no vamos a tener más remedio que hacer
ampliaciones antes de año y medio -siguió diciendo Mouret-. Me lo estoy
planteando muy en serio. La señora Desforges me prometió anoche concertarme un
encuentro en su casa con cierta persona. En fin, ya hablaremos de ello cuando
la idea esté madura.
Y, como había acabado de firmar los pagos, se
puso de pie y se acercó al partícipe, que se reponía a duras penas, para darle
unas amistosas palmadas en la espalda. Se divertía con aquellos sustos de las
personas prudentes de su entorno. En uno de esos ataques de brusca sinceridad
con los que, a veces, abrumaba a quienes gozaban de su confianza, declaró que,
en el fondo, era más judío que todos los judíos del universo: había salido a su
padre, al que se parecía en lo físico y en la forma de ser, una buena pieza que
sabía lo que valía el dinero; y, si bien era cierto que había sacado de su
madre una pizca de exaltada fantasía, quizá era a ese rasgo al que debía lo más
provechoso de su suerte, pues sentía en su fuero interno la invencible fuerza
de aquel encanto personal materno que se atrevía con todo.
-Bien sabe usted que estaremos a su lado hasta
las últimas consecuencias -acabó por decir Bourdoncle.
Tras lo cual, zanjaron ambos otros cuantos
asuntos antes de bajar a los almacenes para la acostumbrada ronda. Estudiaron
la muestra de un talonario de matrices que acababa de idear Mouret para los
talones de los dependientes. Se había fijado éste en que la clientela
arramblaba con los artículos pasados de moda, los «trastos viejos», con tanta
mayor rapidez cuanto más alta era la comisión que llevaban en ellos los
dependientes, y había basado en aquella observación un nuevo sistema de venta.
Ahora daba participación a todos los dependientes en la venta de cualesquiera
artículos y les concedía un tanto por ciento sobre el retal más pequeño, el
objeto más nimio que vendiesen: era éste un sistema que había revolucionado el
comercio de novedades y enfrentaba a los dependientes en una lucha por la
existencia de la que se beneficiaban los patronos. Tal lucha se había
convertido, por cierto, para él en su sistema favorito, en el principio
organizativo al que recurría de continuo. Daba rienda suelta a las pasiones, enfrentaba
las fuerzas, dejaba que el pez grande se comiese al chico y medraba en aquella
pugna de intereses. Dieron el visto bueno al talonario de muestra: en la parte
de arriba, tanto en la matriz como en el talón que se desprendía de ésta, iban
indicados el departamento y el número del dependiente; luego, también en ambas
partes, había columnas para los metros despachados, la denominación del
artículo y el precio; el dependiente se limitaba a firmar el talón antes de
entregárselo al cajero. De esta forma, el control resultaba muy fácil; bastaba
con cotejar, en contaduría, los talones entregados en caja con las matrices que
permanecían en poder de los dependientes. Y, de esta forma, cada semana podrían
cobrar éstos su porcentaje y su comisión sin posibilidad de error.
-Nos robarán menos -comentó Bourdoncle con tono
satisfecho-. Ha tenido usted una idea excelente.
-Y la noche pasada se me ocurrió otra -explicó
Mouret-. Sí, querido amigo, anoche, durante la cena que le he mencionado...
Estoy pensando en darles a los empleados de contaduría una pequeña prima por cada error que encuentren en
los talones de venta, cuando los cotejen... Ya se dará usted cuenta de que a
partir de ahora no se les va a pasar ni un fallo; antes bien, tendrán tendencia
a inventárselos.
Se echó a reír mientras su acompañante lo miraba con admiración. Le
parecía de perlas recurrir una vez más a la lucha por la vida; tenía talento
para la mecánica de la administración; su sueño era basar la organización del
establecimiento en sacarles partido a los apetitos ajenos en pro de la
satisfacción fácil y completa de los propios. Solía decir que, para conseguir
que la gente diera de sí cuanto pudiese, e incluso para obtener de ella cierta
dosis de honradez, había que empezar por enfrentarla con sus necesidades.
-¡Bueno, vamos abajo! -siguió diciendo Mouret-. Hay que ocuparse de la
inauguración de la venta... La seda llegó ayer, ¿no? YBouthemont debe de estar
en el servicio de llegadas.
Bourdoncle lo siguió. El servicio de llegadas se hallaba en el sótano
que daba a la calle Neuve-Saint-Augustin. A ras de la acera se abría una jaula
acristalada en la que los camiones iban descargando la mercancía. La pesaban y
la dejaban caer luego por una rampa muy inclinada de madera de roble, tan reluciente
y bruñida como los herrajes por el roce de los fardos y cajones. Todas las
llegadas entraban por esa escotilla abierta de par en par; era un sumidero
continuo, un desfile de tejidos que caían con un bramar de río. En las épocas
de grandes ventas, sobre todo, la rampa llevaba hasta el sótano un flujo inagotable:
las sedas de Lyón, las lanas de Inglaterra, los hilos de Flandes, los calicós
de Alsacia, las indianas de Ruán. A veces, los camiones tenían que hacer cola;
los paquetes, al caer, sonaban, en lo hondo del agujero, con el mismo ruido
sordo de una piedra al arrojarla a aguas profundas.
Mouret, al pasar, se detuvo un momento ante la rampa que estaba en
pleno funcionamiento y por la que bajaba una hilera de cajones. Parecían
moverse solos, pues no estaban a la vista los hombres cuyas manos los empujaban
desde arriba; era como si se lanzasen por propio impulso, semejantes al agua
que chorrea, como una lluvia, desde un manantial situado a gran altura. Luego
aparecieron unos fardos que giraban sobre sí mismos como cantos rodados. Mouret
miraba, sin decir palabra. Pero aquel desplome de mercancías que iban cayendo
en sus dominios, aquel caño del que manaban miles de francos por minuto prendía
en sus ojos claros una breve llamarada. Nunca hasta ahora había tenido una
conciencia tan nítida de la batalla ya entablada, que consistía en hacer llegar
aquel caos de mercancías a los cuatro puntos cardinales de París. Sin despegar
los labios, siguió la ronda.
En la claridad gris que entraba por los amplios tragaluces, una
cuadrilla de hombres se hacía cargo de las llegadas, mientras otros
desclavaban las tapas de los cajones y abrían los fardos en presencia de los
jefes de departamento. Reinaba un bullicio de tajo o de astillero en aquel
hondo subterráneo, en aquel sótano de desnudas paredes enfoscadas de cemento,
cuyas bovedillas descansaban sobre unos pilares de hierro colado.
-¿Ha llegado todo, Bouthemont? -preguntó Mouret, acercándose a un
joven de anchas espaldas que estaba comprobando el contenido de un cajón.
-Sí, parece que está todo -respondió éste-. Pero se me va
a ir la mañana en contarlo.
El jefe de departamento comprobaba la factura,
de pie ante un largo mostrador en el que uno de sus dependientes iba colocando,
una a una, las piezas de seda que sacaba del cajón. A su espalda, se alineaban
otros mostradores, también cargados de mercancías que examinaba una pléyade de
dependientes. Era aquélla una exposición completa, una aparente confusión de
tejidos, que revisaban, ponían del revés y marcaban entre el zumbido de las
voces.
Bouthemont, que era cada vez más conocido en el
ramo, tenía una cara redonda de hombre bien humorado, una barba negra como el
betún y unos hermosos ojos de color castaño. Había nacido en Montpellier;
juerguista y escandaloso, no tenía aptitudes para la venta; pero en las compras
no había quien rivalizara con él. Lo había mandado a París su padre, que
regentaba en su ciudad natal una tienda de novedades; cuando el buen hombre se
dijo que el chico debía de saber ya bastante para hacerse cargo del negocio,
éste se negó en redondo a volver a su tierra. A partir de ese momento, fue creciendo
una rivalidad entre el padre y el hijo; aquél se entregaba en cuerpo y alma a
su modesto negocio de provincias y se indignaba de que un simple dependiente
ganase el triple que él; éste se burlaba de la rutina del viejo, le pasaba sus
ganancias por las narices y ponía la casa manga por hombro cada vez que iba por
allí. Al igual que los demás jefes de departamento, cobraba, amén de tres mil
francos de sueldo fijo, un porcentaje sobre la venta. Montpellier, sorprendido
y respetuoso, no paraba de comentar que Bouthemont hijo se había embolsado el
año anterior cerca de quince mil francos. Y era sólo un principio; la gente
predecía al irritado padre que esa cantidad iría en aumento.
Entre tanto, Bourdoncle había cogido una de las
piezas de seda y estaba examinando el grano con la expresión atenta de un
hombre competente. Era una faya con el orillo azul y plata, la famosa
París-Paraíso con la que contaba Mouret para dar el golpe definitivo.
-Desde luego que es de gran calidad -murmuró el
partícipe.
-Y, sobre todo, además de calidad tiene mucha
vista -dijo Bouthemont-. Una cosa así sólo nos la fabrica Dumonteil... En el
último viaje que hice, reñí con Gaujean, porque estaba dispuesto a meter cien
telares en este modelo, pero nos pedía veinticinco céntimos más por metro.
Casi todos los meses, Bouthemont visitaba las
fábricas, pasaba días enteros en Lyón, se alojaba en los mejores hoteles y llevaba
orden de tratar con los fabricantes sin andarse con cicaterías. Gozaba, por
otra parte, de total libertad y podía comprar lo que le pareciera bien siempre
y cuando incrementase en determinada proporción, establecida de antemano, la
cifra de ventas de su departamento. E incluso era de ese incremento del que
salía su porcentaje de participación en los beneficios. En resumidas cuentas,
su posición en El Paraíso de las Damas, igual que la de los demás encargados,
sus colegas, era la de un comerciante especializado dentro de un conjunto de
comercios diversos, algo semejante a una dilatada ciudad de los negocios.
-Así que seguimos en lo dicho -añadió-. La marcamos a cinco sesenta...
Ya sabe usted que es poco más del precio de compra.
-¡Sí,
sí! ¡A cinco sesenta! -dijo vehementemente Mouret-. Y, si nadie dependiera de
mí, la vendería perdiendo dinero.
El jefe de departamento se rió sin malicia.
-¡Por mí que no quede! Vamos a triplicar las ventas; y como lo que a
mí me interesa es conseguir buenas recaudaciones... Pero Bourdoncle seguía
serio, con los labios fruncidos. El porcentaje que cobraba él se calculaba
sobre los beneficios totales y no le convenían las rebajas. Era, precisamente,
misión suya controlar qué precios se marcaban para que Bouthemont no se dejase
llevar por el exclusivo deseo de incrementar las cifras de ventas y los fijase
con un margen de ganancia excesivamente bajo. Por lo demás, al presenciar
aquellos tejemanejes publicitarios, a cuya altura no se sentía, habían vuelto a
apoderarse de él las anteriores preocupaciones. Atreviéndose a manifestar sus
recelos, dijo:
-Si la ponemos a cinco sesenta, es como si perdiéramos dinero, porque
tendremos que descontar los gastos, que son muy elevados... En cualquier otro
sitio la marcarían a siete francos.
Tales palabras molestaron a Mouret. Dio una palmada a la seda y
exclamó, nervioso:
-Ya lo sé, y por eso quiero hacerles ese regalo a nuestras clientes...
Desde luego, amigo mío, que no tendrá usted nunca mano con las mujeres. ¿No se
da cuenta de que se van a tirar de los pelos por esta seda?
-¡Por supuesto! -lo interrumpió el partícipe, obstinado-. Y cuanto más
se tiren de los pelos más dinero perderemos nosotros.
-Perderemos unos pocos céntimos en este artículo, lo reconozco. ¿Y
qué? ¿Dónde está el daño si atraemos a todas las mujeres, si las tenemos así a
nuestra merced y conseguimos que pierdan el seso ante nuestras montañas de
mercancías y vacíen los monederos sin llevar cuenta? Lo que hace falta, querido
amigo, es encandilarlas; y para eso necesitamos un artículo que encuentre su
punto flaco, que haga época. Luego ya podemos vender los demás artículos tan
caros como en cualquier otra parte, porque estarán convencidas de que nosotros
se los damos más baratos. Por ejemplo, nuestra Piel de Oro, ese tafetán de
siete cincuenta que cuesta lo mismo en todas las tiendas, les parecerá también
una ocasión extraordinaria y bastará para resarcirnos de las pérdidas de la
París-Paraíso... ¡Ya verá, ya verá!
Se iba poniendo elocuente:
-¿No lo comprende? Quiero que dentro de ocho días la
París-Paraíso revolucione el ramo. Es nuestra jugada de la suerte; va a ser
nuestra salvación y nuestro lanzamiento. Todo el mundo hablará de lo mismo; el
orillo azul y plata lo van a conocer de punta a punta de Francia... Y ya oirá
usted cómo rabian y se quejan nuestros competidores. El pequeño comercio se
dejará en esta empresa la poca salud que le queda. ¡Enterraremos a todos esos
chamarileros que andan reventando de reuma en sus sótanos!
Los dependientes que estaban comprobando las llegadas rodearon al
dueño para escucharlo entre sonrisas. A Mouret le gustaba hablar y que le dieran la razón. Bourdoncle cedió una vez más.
Mientras tanto, ya estaba vacío el cajón y dos hombres estaban desclavando la
tapa de otro.
-¡A los que no les hace ninguna gracia es a los
fabricantes! -dijo entonces Bouthemont-. En Lyón están furiosos con usted,
dicen que sus precios bajos los llevan a la ruina... Ya sabe que Gaujean me ha
declarado la guerra, como quien dice. Sí, ha jurado dar muchas facilidades de
pago a los negocios pequeños antes que aceptar mis precios.
Mouret se encogió de hombros.
-Si Gaujean no entra en razón -contestó-,
Gaujean se quedará al margen... ¿De qué se quejan? Pagamos al contado, nos
llevamos todo lo que fabrican; lo menos que pueden hacer es trabajar más
barato... Y, además, basta con que le aproveche al público.
El dependiente estaba vaciando el segundo cajón
y Bouthemont se había puesto de nuevo a cotejar las piezas con la factura. En
el extremo del mostrador, otro dependiente las marcaba con las cantidades
fijadas y, acabada la comprobación, había que subir la factura a la caja
central, tras firmarla el jefe de departamento. Mouret permaneció aún unos
momentos contemplando aquella tarea, toda la actividad que rodeaba el
desembalaje de las piezas, que se iban amontonando y amenazaban con anegar el
sótano; luego, sin decir palabra, con la expresión de un capitán satisfecho de
sus tropas, se alejó, seguido de Bourdoncle.
Ambos recorrieron despacio todo el sótano. Por
los tragaluces entraba, a trechos, una pálida luz; los rincones oscuros y los
corredores estrechos se iluminaban permanentemente con luz de gas. En esos
corredores estaban los almacenes; unas empalizadas impedían el paso a aquellos
subterráneos donde los diferentes departamentos guardaban los artículos que no
les cabían. El dueño echó una ojeada, al pasar, al calorífero que iban a
encender el lunes por primera vez y al reducido puesto de bomberos que custodiaba
un contador gigantesco encerrado en una jaula de hierro. La cocina y los
refectorios, antiguos sótanos transformados en salas pequeñas, estaban a la
izquierda, yendo hacia el chaflán de la plaza de Gaillon. Por último, al
llegar al otro extremo del sótano, entró en el servicio de envíos. Bajaban
allí los paquetes que las clientes no se llevaban consigo; los clasificaban en
unas mesas y los colocaban en distintas divisiones, cada una de las cuales
correspondía a un barrio de París; luego, los sacaban a la calle por una
escalera ancha, que desembocaba precisamente delante de El Viejo Elbeuf, y los
cargaban en unos carruajes que esperaban junto a la acera. La maquinaria de El
Paraíso de las Damas funcionaba de forma tal que aquella escalera de la calle
de la Michodiére vomitaba sin cesar las mercancías que engullía la rampa de la
calle Neuve-Saint-Augustin, tras haber pasado, arriba, por los engranajes de
los mostradores.
-Campion -preguntó Mouret al jefe de envíos, un
ex sargento de rostro enjuto-, ¿cómo es que los seis pares de sábanas que
compró ayer una señora a eso de las dos no estaban en su casa esa misma tarde?
-¿Dónde vive la señora? -preguntó el empleado.
-En la calle de Rivoli, esquina con la calle de
Alger... Señora Desforges.
A aquella hora temprana, las mesas de clasificación
estaban desnudas y en las divisiones sólo quedaban los escasos paquetes que no
se habían repartido la víspera. Mientras Campion les pasaba revista, tras haber
consultado un libro de registro, Bourdoncle miraba a Mouret y pensaba que
aquel demonio de hombre lo sabía todo, estaba en todo, incluso mientras cenaba
en los restaurantes nocturnos o estaba en las alcobas de sus queridas. Al fin
dio con el error el jefe de envíos: la caja se había equivocado en el número de
la calle y habían devuelto el paquete.
-¿Qué caja lo despachó? -preguntó Mouret-.
¿Cómo? La caja diez, dice usted...
Y, volviéndose hacia el partícipe:
-La caja diez es la de Albert, ¿verdad?...
Ahora le diremos cuatro cosas.
Pero, antes de dar una vuelta por los
almacenes, quiso subir al servicio de expedición, que ocupaba varias estancias
del segundo piso. A él llegaban todos los pedidos de provincias y del
extranjero; y Mouret iba cada mañana a ver la correspondencia. Dicha
correspondencia llevaba dos años creciendo día a día. El servicio, que en los
primeros tiempos atendían unos diez empleados, precisaba ya más de treinta. A
ambos lados de la misma mesa, unos abrían las cartas y otros las leían. Otros
más las clasificaban y daban a cada una un número de orden, que se repetía en
un casillero; luego, tras repartirse las cartas por los diferentes
departamentos y cuando éstos habían subido los artículos, iban colocándolos,
según llegaban, en los casilleros, atendiendo al número de orden. Ya sólo
faltaba comprobarlo todo y hacer los paquetes, al fondo de una estancia colindante
donde una cuadrilla de obreros clavaba y ataba de la mañana a la noche.
Mouret hizo la pregunta de siempre: -¿Cuántas
cartas esta mañana, Levasseur?
-Quinientas treinta y cuatro, señor Mouret
-respondió el jefe de servicio-. Después de la inauguración de la venta del
lunes, mucho me temo que me va a faltar personal. Ayer nos costó bastante
atender a todo.
Bourdoncle movía la cabeza, satisfecho. No
contaba con que un martes hubiese quinientas treinta y cuatro cartas. En torno
a la mesa, los empleados abrían los sobres y leían, con un continuo ruido de
papel arrugado, mientras que, ante los casilleros, ya estaba empezando el
vaivén de artículos. Se trataba de uno de los servicios más complejos y de
mayor trabajo de la casa: vivían allí en un ajetreo perpetuo, pues el
reglamento disponía que los encargos de la mañana tenían que estar en camino
antes de la noche.
-Tendrá usted todo el personal que necesite,
Levasseur -respondió por fin Mouret, que, con una ojeada, había comprobado
que el servicio funcionaba bien-. Ya sabe que cuando hay trabajo no escatimamos
la mano de obra.
Arriba, bajo el tejado, estaban los cuartos en los que
dormían las dependientes. Mouret volvió a bajar y entró en la caja central,
instalada cerca de su despacho. Era una estancia que cerraba una mampara (le
cristal con una ventanilla de cobre, y en la que se veía una gigantesca caja
fuerte empotrada en la pared. Dos cajeros centralizaban allí la recaudación,
que subía todas las noches Lhomme, el cajero en jefe; atendían luego a los
gastos, pagaban a los fabricantes, al personal, a todo el mundillo al que la
casa daba de comer. La caja comunicaba con otra estancia, amueblada con
ficheros verdes, donde diez empleados revisaban las facturas. Seguía, a
continuación, otra oficina, la contaduría: seis jóvenes, inclinados sobre
pupitres negros y dando la espalda a hileras de libros de registro, calculaban
los porcentajes de los dependientes y cotejaban los talones de venta. Aquel
servicio, muy reciente, funcionaba mal.
Mouret y Bourdoncle habían cruzado la caja y la oficina de
comprobación. Cuando entraron en la oficina siguiente, la sorpresa sobresaltó
a los jóvenes, que estaban de broma en vez de trabajar. Entonces, Mouret, sin
reprenderlos, les explicó el sistema de la pequeña prima que había pensado en
pagarles por cada error que localizasen en los talones de venta. Y, en cuanto
se hubo ido, los empleados dejaron las bromas y volvieron febrilmente al
trabajo, buscando errores como si los hostigaran.
En la planta baja de los almacenes, Mouret se
fue derecho a la caja diez, donde, mientras esperaba que llegase la clientela,
Albert Lhomme se estaba lustrando las uñas. Todo el mundo hablaba de «la
dinastía de los Lhomme» desde que la señora Aurélie, la encargada de la
confección, tras haber empujado a su marido hasta el puesto de cajero en jefe,
había conseguido una caja de planta para su hijo, un joven alto, pálido v
vicioso al que nunca le duraba ningún empleo y que le causaba grandes
preocupaciones. Pero, en presencia del joven, Mouret se retiró a segundo plano
no le
agradaba poner en entredicho suencanto personal haciendo de gendarme;
permanecía, por gusto y por táctica, en su papel de dios benevolente. Dio un
leve codazo a su vicario Bourdoncle, al que solía encomendar las ejecuciones.
-Albert -dijo este último con tono severo-; ha
vuelto a equivocarse al tomar nota de una dirección y nos han devuelto el
paquete. Esto es intolerable.
El cajero se obstinó en defenderse y apeló al
testimonio del mozo que había hecho el paquete. Dicho mozo, que se llamaba
Joseph, pertenecía también a la dinastía Lhomme, pues era hermano de leche de
Albert y debía su puesto a la influencia de la señora Aurélie. El joven quería
obligarlo a decir que quien se había equivocado era la cliente; y él
tartamudeaba, se retorcía la barbita que prolongaba su rostro lleno costurones,
dividido entre su conciencia de ex soldado y la gratitud que debía a sus
protectores.
-Deje a Joseph en paz -acabó por decir Bourdoncle- y, ante
todo, deje de contestarme... ¡Si no fuera por consideración a los buenos
servicios de su señora madre...!
Pero en ese momento se presentó Lhomme. Desde
su caja, próxima a la puerta, podía ver la de su hijo, que estaba en el
departamento de guantes. La vida sedentaria que llevaba lo había entumecido;
tenía un rostro fofo e insignificante, como desgastado por el reflejo del
dinero que contaba sin tregua, y el pelo completamente blanco. El brazo
amputado no lo estorbaba en absoluto en el desempeño de su tarea y había
incluso quienes iban por curiosidad a ver cómo repasaba la recaudación del
día, pues era espectacular la velocidad con la que corrían los billetes y las
monedas por su mano derecha, la única que le quedaba. Era hijo de un recaudador
de contribuciones de Chablis y había ido a dar en París, como tenedor, en el
comercio de un negociante del muelle de los vinos. Fue a vivir a la calle de
Cuvier y se casó con la hija del portero, un modesto sastre alsaciano; desde
aquel día, vivía sometido a su mujer, cuyas dotes comerciales lo colmaban de
respeto. Ella sacaba más de doce mil francos en el departamento de confección,
mientras que él sólo cobraba cinco mil francos de sueldo fijo. Y la deferencia
que sentía por una mujer que aportaba sumas tales al hogar incluía también al
hijo que ésta le había dado.
-¿Qué sucede? -susurró-. ¿Albert ha hecho algo
mal?
Entonces, como solía, se presentó Mouret para
desempeñar el papel airoso. Primero, Bourdoncle metía a los empleados el miedo
en el cuerpo: luego, él cultivaba su propia popularidad.
-Una bobada -dijo a media voz-. Mi querido
Lhomme, este hijo suyo es un atolondrado que bien debería tomar ejemplo de
usted.
Cambió acto seguido de conversación, haciendo
gala de una amabilidad aún mayor:
-¿Y qué tal el concierto del otro día?... ¿Era
buena la localidad?
Al anciano cajero se le sonrojaron las pálidas
mejillas. No tenía más vicio que el de la música, un vicio secreto que satisfacía
en soledad, asistiendo a teatros, conciertos y audiciones. Pese al brazo
amputado, tocaba la trompa merced a un ingenioso sistema de pinzas. Y, como a
la señora Lhomme la incomodaba el ruido, por las noches envolvía en un retal
de paño el instrumento, sin que ello impidiera que los sonidos curiosamente
sofocados que brotaban de éste lo arrebatasen hasta alcanzar el éxtasis. En
medio de la no deseada desintegración de su hogar, la música le había servido
para fabricarse un desierto. Su mundo se limitaba a ella y al dinero que pasaba
por su caja, si exceptuamos la admiración que por su mujer sentía.
-Espléndida -respondió, con los ojos
brillantes-. Es usted demasiado bondadoso conmigo, señor Mouret.
Éste, que disfrutaba satisfaciendo las pasiones
ajenas, regalaba a veces a Lhomme las localidades que le vendían manu militari las damas de los roperos.
Lo transportó al colmo de la dicha al decirle:
-¡Ay! ¡Beethoven! ¡Ay! ¡Mozart! ¡Qué música la suya!
Sin esperar respuesta, se alejó para reunirse
con Bourdoncle, que ya había empezado la ronda por los departamentos. La seda
estaba en el patio central, un patio interior que habían cerrado con un techo
de cristales. Empezaron ambos por recorrer la galería de la calle
Neuve-Saint-Augustin que ocupaba, de punta a punta, la ropa blanca. No les
llamó la atención nada fuera de lo normal y pasaron despacio entre los
respetuosos dependientes. Dieron luego una vuelta por el ruán y la calcetería,
donde reinaba el mismo orden. Pero, en el departamento de lanas y géneros de
punto, sito en la galería perpendicular que regresaba hacia la calle de la
Michodiére, Bourdoncle volvió a su papel de gran inquisidor al divisar a un
joven que, sentado encima de un mostrador, parecía rendido tras una noche de
juerga. El tal joven, que respondía al apellido de Liétard y era hijo de un
acaudalado comerciante de novedades de Angers, agachó la cabeza ante la
reprimenda, pues lo único que temía en la vida de pereza, despreocupación y
placeres que llevaba era que su padre lo obligase a regresar a provincias. A
partir de ese momento, las llamadas de atención cayeron como el granizo y la
tormenta descargó en la galería de la calle de La Michodiére: en los paños, un
dependiente a comisión, de los que acababan de entrar y dormían en su sección,
había vuelto después de las once de la noche; en la mercería, acababan de
sorprender al segundo encargado en lo más recóndito del sótano acabando de
fumarse un cigarrillo. Pero fue sobre todo en los guantes donde se le vino
encima la tronada a uno de los pocos parisinos de la casa, el lindo Mignot, que
así era como llamaban a aquel hijo ilegítimo y desclasado de una profesora de
arpa. Había cometido el crimen de armar un escándalo en el refectorio al
quejarse de la comida. Puso mucho empeño en explicar que, como había tres
servicios, uno a las nueve y media, otro a las diez y media, y el tercero a las
once y media, y él bajaba en el último, siempre le tocaban sobras de salsa y
raciones escasas.
-¿Cómo? ¿Que la comida no es buena? -preguntó,
con aire cándido, Mouret, dignándose al fin abrir la boca.
Sólo le entregaba franco y medio por día y
persona al cocinero, un energúmeno nacido en Auvernia que, incluso así, se las
apañaba para llenarse los bolsillos; y la comida era en verdad detestable.
Pero Bourdoncle se encogió de hombros: no se le podía pedir que se anduviera
con refinamientos culinarios a un cocinero que tenía que servir, aunque fuera
en tres turnos, cuatrocientos almuerzos y cuatrocientas cenas.
-No obstante, quiero que todos nuestros
empleados reciban una alimentación sana y abundante -dijo el dueño, muy campechano-.
Hablaré con el cocinero.
Y la reclamación de Mignot pasó a mejor vida.
Entonces, como ya habían regresado al punto de partida, Mouret y Bourdoncle
atendieron, de pie al lado de la puerta, entre los paraguas y las corbatas, al
informe de uno de los cuatro inspectores que tenían a su cargo la vigilancia de
los almacenes. El tío Jouve, un capitán retirado al que habían condecorado en
Constantina, aún de muy buen ver con su nariz grande y sensual y su majestuosa
calva, les comunicó que al hacerle a un dependiente un simple reproche, éste lo
había llamado «viejo chocho». Y, acto seguido, el dependiente se encontró en la
calle.
Entre tanto, la clientela aún no había llegado.
Sólo cruzaban por las galerías desiertas las amas de casa del barrio. En la
puerta, el inspector que controlaba la hora de llegada de los empleados
acababa de cerrar el libro de registro y estaba anotando aparte a los
rezagados. Era el momento en que los dependientes ocupaban su lugar en los
departamentos, donde los mozos llevaban barriendo y sacudiendo el polvo desde
las cinco. Todos guardaban el sombrero y el gabán reprimiendo un bostezo,
pálidos de sueño aún. Algunos cruzaban unas cuantas palabras, miraban a su
alrededor, parecían desentumecerse para aprestarse a un nuevo día de trabajo;
otros apartaban sin prisas, tras haberlas doblado, las sargas verdes con
que habían cubierto la mercancía la víspera por la
noche. Y aparecían las pilas de tejidos, simétricamente alineadas. Los almacenes
estaban limpios y ordenados de arriba abajo, con un sosegado lustre bajo la
alegre luz de la mañana, a la espera de que el ajetreo de la venta entorpeciera
el paso una vez más, como si el desorden de retores, paños, sedas y encajes
mermase los locales.
Bajo la deslumbrante luz del patio central, en
la sección de las sedas, dos jóvenes charlaban en voz baja. Uno de ellos,
menudo y de grata apariencia, bien plantado y de sonrosado cutis, estaba
intentando armonizar los colores de las piezas de seda para exponerlas. Se
llamaba Hutin, era hijo de un cafetero de Yvetot y había sabido, en el plazo
de dieciocho meses, convertirse en uno de los dependientes más apreciados merced
a la ductilidad de su carácter, a una dulzura hecha de continuos halagos, tras
la que se ocultaba una rabiosa avidez que arramblaba con todo, que se comía el
mundo incluso sin apetito, por el único gusto de comérselo.
-Mire, Favier, le doy mi palabra de que yo que
usted le habría dado de bofetadas -le estaba diciendo a su interlocutor, un
joven alto de tez biliosa, reseca y amarilla, nacido en Besanzón en el seno de
una familia de tejedores, que carecía de encanto personal y ocultaba, tras una
expresión fría, una inquietante fuerza de voluntad.
-No se adelanta nada dando de bofetadas a la
gente -susurró, cachazudo-. Vale más tener paciencia.
Ambos se referían a Robineau, que vigilaba a los dependientes
mientras el jefe de departamento estaba en el sótano. Hutin minaba el terreno
solapadamente al segundo encargado, pues aspiraba a ocupar su puesto. En su
día, cuando quedó vacante la plaza de encargado que le habían prometido a éste,
se le ocurrió, para perjudicarlo y conseguir que se despidiese, traer de fuera
a Bouthemont. Pero Robineau se mantenía firme y en la actualidad cada hora era
una batalla. El sueño de Hutin era levantar en contra de él a todo el
departamento y echarlo a fuerza de mala voluntad y vejaciones. Hay que
reconocer que lo hacía sin perder su expresión amable y malmetía sobre todo a
Favier, el siguiente en categoría, que se dejaba aparentemente guiar por él,
aunque con repentinas reticencias que daban fe de una campaña personal y
callada.
-¡Chitón! ¡Oído al parche! -saltó Favier, para
avisar a su colega, con la expresión convenida, de que se acercaban Mouret v
Bourdoncle.
Estos, en efecto, habían seguido la ronda y
estaban cruzando el patio. Se detuvieron y pidieron a Robineau explicaciones
acerca de un lote de terciopelos cuyas cajas apiladas estorbaban encima de una
mesa. Y al responderles éste que andaban escasos de sitio, Mouret exclamó,
sonriente:
-¡Ya se lo decía yo, Bourdoncle! Los almacenes
se nos han quedado pequeños. Habrá que ir pensando en derribar las paredes
hasta la calle de Choiseul... ¡Ya verá cómo el lunes que viene no cabe aquí un
alfiler!
Y siguió haciendo preguntas a Robineau,
relacionadas con la inauguración de la venta, que estaban preparando en todas
las secciones. Le dio luego unas cuantas órdenes. Pero, sin dejar de hablar,
llevaba unos minutos siguiendo con la mirada la labor de Hutin, que se esmeraba en colocar unas sedas azules junto a
otras grises y amarillas y retrocedía luego para calibrar cómo armonizaban
entre sí los tonos. De repente, intervino.
-Pero ¿por qué se empeña usted en halagar la vista? -dijo-. No sea
timorato, hay que dejar ciega a la clientela... ¡Fíjese! ¡Rojo, verde,
amarillo!
Había cogido las piezas y las desenrollaba, las arrugaba, conseguía
deslumbrantes gamas de color. Todo el mundo estaba de acuerdo en que el dueño
era el primer escaparatista de París, un escaparatista en verdad
revolucionario, que, dentro de la ciencia del escaparate, había fundado la
escuela de lo brutal y lo desaforado. Le gustaba que los tejidos se desplomasen,
como cayendo al azar desde los casilleros reventados, y quería que
resplandecieran con las llamas de los colores más ardientes, que, en mutuo contraste,
parecían aún más vivos. Decía que, al salir de los almacenes, a las clientes
tenían que dolerles los ojos. Hutin, que, por el contrario, era de la escuela
clásica que buscaba simetría y melodía en los matices, miraba cómo Mouret
prendía aquella hoguera de tejidos en el centro de una mesa, sin permitirse la
menor crítica, pero apretando los labios en un mohín de artista cuyas firmes
creencias vulneraba aquella orgía.
-¡Ya está! -exclamó Mouret, cuando hubo acabado--. Y no lo toque. ¡Ya
me dirá si no encandila a las señoras el lunes!
En
aquel preciso instante, mientras se reunía con Bourdoncle, se acercaba una
mujer que se quedó unos segundos clavada ante aquella presentación, como si le
faltara el aliento. Era Denise. Tras haber pasado una hora en la calle,
vacilante, presa de un tremendo ataque de timidez, acababa de decidirse a
entrar. Pero se le iba la cabeza hasta tal punto que no era capaz de comprender
las explicaciones más claras; y por mucho que los dependientes a quienes
preguntaba entre balbuceos por la señora Aurélie le indicaban la escalera de la
entreplanta, ella, tras dar las gracias, giraba a la izquierda si le habían
dicho que girase a la derecha; de forma tal que llevaba diez minutos recorriendo
la planta baja, de departamento en departamento, entre la curiosidad malévola y
la hosca indiferencia de los dependientes. Notaba, al tiempo, deseos de salir
corriendo y una necesidad de admirarlo todo que se lo impedía. Se sentía
perdida, diminuta, en las entrañas del monstruo, de la máquina aún en reposo,
temerosa de que la atrapase al ponerse en marcha, lo que debía de estar a
punto de suceder, pues ya lo anunciaba la vibración de las paredes. Y al
acordarse del local de El Viejo Elbeuf, lóbrego y estrecho, la amplitud de los
almacenes le parecía aún mayor, y los veía dorados de luz, semejantes a una
ciudad, con sus monumentos, sus plazas, sus calles, entre las que pensaba que
jamás conseguiría encontrar el camino.
Todavía no se había atrevido a arriesgarse a entrar en el patio de las
sedas, pues la atemorizaban el alto techo acristalado, los suntuosos
mostradores, la apariencia de iglesia. Cuando lo hizo al fin, para huir de los
dependientes de la ropa blanca que se reían de ella, fue como si se estrellase
de pronto contra el arreglo de Mouret; y, pese a estar tan turbada, se despertó
en ella la mujer, se le encendieron repentinamente las mejillas y se olvidó de
todo al mirar arder las sedas como llamas de un incendio.
-¡Anda! -le dijo en voz baja y sin miramientos Hutin a
Favier-. La buscona de la plaza de Gaillon.
Mouret hacía como si estuviera atendiendo a lo
que le decían Bourdoncle y Robineau, pero, en el fondo, lo halagaba el pasmo
de aquella muchacha humilde, de la misma forma que a una marquesa la turba el
brutal deseo de un carretero que pasa. Pero Denise había alzado la vista y se
azoró aún más al reconocer al joven que tomaba por un jefe de departamento. Le
pareció que la miraba fijamente, con expresión severa. Y entonces, no sabiendo
ya cómo irse de allí, extraviada por completo, volvió a dirigirse al primer
dependiente que vio, a Favier, que estaba a su lado.
-¿La señora Aurélie, por favor?
Favier, muy antipático, se limitó a contestar
con tono seco:
-En la entreplanta.
YDenise, deseosa de escapar lo antes posible a
las miradas de todos aquellos hombres, estaba ya dando las gracias y volviendo
una vez más la espalda a la escalera cuando Hutin cedió espontáneamente a su
instintiva galantería. La había llamado buscona, pero la detuvo con su actitud
amable de dependiente apuesto.
-No, señorita, por aquí... Si tiene usted la
bondad...
La precedió incluso unos cuantos pasos, la
llevó hasta el pie de la escalera, que estaba a la izquierda del patio. Le hizo
una inclinación de cabeza y le sonrió con la sonrisa que guardaba para todas
las mujeres.
-Cuando llegue arriba, gire a la izquierda...
La confección está de frente.
Aquella acariciadora cortesía impresionó
gratamente a Denise. Era como si hubiese encontrado una fraternal ayuda. Había
alzado la vista y miraba a Hutin. Cuanto en él veía le llegaba al alma: el
agraciado rostro; la mirada, cuya sonrisa le disipaba los temores; la voz,
cuya suavidad le parecía un consuelo. Se le henchió de gratitud el corazón y,
con las pocas y deshilvanadas palabras que la emoción le permitió balbucir, le
entregó su amistad.
-Es usted muy bondadoso... No se moleste...
Muchísimas gracias, caballero...
Hutin ya se había reunido con Favier y le
estaba diciendo en voz baja, con tono destemplado:
-¿Has visto a la desgalichada esa?
Al llegar arriba, la joven encontró en seguida
el departamento de confección. Era una amplia estancia que rodeaban altos
armarios de roble tallado y cuyas lunas daban a la calle de La Michodiére.
Bullían por ella, charlando entre sí, cinco o seis mujeres vestidas de seda,
muy peripuestas con sus moños rizados y sus polisones. Una de ellas, alta y
delgada, de cara demasiado larga y aspecto de caballo desbocado, apoyaba la
espalda en un armario como si estuviera ya rendida.
-¿La señora Aurélie? -preguntó una vez más
Denise.
La dependiente lanzó, sin contestar, una mirada
desdeñosa a aquella joven de tan humilde atavío; luego, preguntó a una de sus
compañeras, menuda, con un cutis de malsana blancura y expresión de remilgada
inocencia:
-Señorita Vadon, ¿sabe usted dónde está la
encargada?
La aludida, que estaba colocando por tallas
unos tapados, ni siquiera se molestó en levantar la cabeza.
-No, señorita Prunaire, no tengo ni la más
remota idea -dijo sin abrir casi los labios.
Se hizo un silencio. Denise permanecía inmóvil
y nadie le hacía caso. Sin embargo, tras esperar un rato, cayó en el atrevimiento
de hacer otra pregunta:
-¿Cree usted que tardará mucho la señora Aurélie?
Entonces, la segunda encargada del
departamento, mujer flaca y fea a la que Denise no había visto, una viuda de
mandíbula pronunciada y pelo tieso, le dijo a voces desde un armario en el que
estaba comprobando unas etiquetas:
-Espere, si es que quiere ver personalmente a
la señora Aurélie.
Y, dirigiéndose a otra de las dependientes,
añadió:
-¿No había ido a recepción?
-No, señora Frédéric, me parece que no
-respondió ésta-. No ha dicho nada, no puede andar muy lejos.
Denise, así informada, se quedó a pie firme.
Cierto es que había unas cuantas sillas para las clientes; pero como nadie le
decía que se sentara, no se atrevió a hacerlo, pese a que la turbación le
doblaba las rodillas. Estaba claro que a las señoritas dependientes les había
dado el pálpito de que venía a presentarse como candidata y la miraban de
arriba abajo, la desnudaban con la vista, de reojo, sin benevolencia alguna,
con la sorda hostilidad de unos comensales a quienes no les apetece apretarse
para hacer sitio a los hambrientos que llegan de fuera. Cada vez se sentía más
violenta y, a pasitos cortos, fue a mirar la calle para no estar sin hacer
nada. En la acera de enfrente, vio El Viejo Elbeuf, con su fachada mohosa y sus
escaparates muertos, y, al contemplarlo desde el lujo y la vitalidad que tenía
alrededor, le pareció tan feo y desventurado que algo semejante al
remordimiento acabó de meterle el corazón en un puño.
-¡Fíjese! -le cuchicheaba Prunaire, la
espingarda, a Vadon, la bajita-. ¿Ha visto qué botinas?
-¡Yqué vestido! -susurraba la otra.
Denise, sin apartar los ojos de la calle,
notaba cómo se la comían viva. Pero no sentía enfado alguno; ninguna de las dos
le había parecido guapa; ni la más alta, con aquel moño pelirrojo que le caía
sobre el cuello de caballo; ni la más baja, con aquel cutis de leche cortada
que hacía que la cara, vulgar, pareciera fofa, como si no tuviera huesos. A
Clara Prunaire, hija de un almadreñero de los bosques de Sautier, la habían
iniciado en los vicios los ayudas de cámara del castillo de Mareuil en los
tiempos en que la condesa recurría a ella; más adelante, había llegado a París
desde un comercio de Langres, y ahora se vengaba en los hombres de las patadas
con que el tío Prunaire le había llenado la espalda de cardenales. Marguerite
Vadon era oriunda de Grenoble, donde su familia tenía un comercio de tejidos;
la habían mandado a El Paraíso de las Damas para ocultar un resbalón, un hijo
concebido por azar; se portaba con mucha formalidad y estaba previsto que
regresara a su ciudad natal para hacerse cargo del comercio de sus padres y
casarse con un primo suyo, que la estaba esperando.
-¡Esta, desde luego, no va a ser de las que
dejen huella aquí! -siguió diciendo Clara, sin alzar la voz.
Pero callaron las dos porque una mujer que
rondaba los cuarenta y cinco años acababa de llegar. Era la señora Aurélie,
metida en carnes,
embutida en un vestido de seda negro cuya pechera, que tensaba la opulenta
redondez de los hombros y los pechos, relucía como una armadura. Bajo los
oscuros bandós, tenía ojos grandes de mirada quieta, boca severa, mejillas
anchas y algo caídas. La majestad del puesto de encargada le abultaba el rostro,
que recordaba un abotagado retrato de César.
-Señorita Vadon -dijo con tono irritado-, ¿cómo
es que ayer no mandó usted el modelo de abrigo entallado al taller?
-Había que hacerle un retoque, señora Aurélie
-respondió la dependiente- y lo guardó la señora Frédéric.
Entonces, la segunda encargada sacó el modelo
de un armario y hubo más explicaciones. Cuando la señora Aurélie opinaba que
su autoridad estaba en juego, todo se doblegaba ante ella. Era muy vanidosa,
tanto que no quería que la llamasen por el apellido, porque aquel Lhomme la
molestaba, y renegaba de la portería de su padre, diciendo que tenía un taller
de sastre. Sólo se mostraba bondadosa con las dependientes dúctiles y mimosas
que le demostraban admiración. Tiempo atrás, se le había agriado el carácter en
el taller de confección que había querido instalar por cuenta propia, pues la
había perseguido de continuo la mala suerte y la exasperaba que no le
sucedieran sino catástrofes estando tan segura como estaba de tener las
espaldas bastante anchas para llevar a cuestas la fortuna. E incluso ahora,
pese a haber triunfado en El Paraíso de las Damas, donde ganaba doce mil
francos al año, era como si siguiera guardando rencor al mundo y se mostraba
dura con las principiantes, de la misma forma que la vida se había mostrado
dura con ella.
-¡Ya hemos hablado bastante! -acabó por decir
con tono seco-. Es usted tan poco sensata como las demás, señora Frédéric...
Que hagan el retoque ahora mismo.
Durante la aclaración, Denise había seguido
mirando la calle. Estaba casi segura de que aquella señora era la que andaba
buscando, pero, como la intranquilizaban las voces, siguió esperando a pie
firme. Las dependientes, contentísimas de haber enzarzado a las dos encargadas
del departamento, habían vuelto a sus tareas con cara de honda indiferencia.
Transcurrieron unos minutos; nadie tuvo la caridad de sacar a la joven del
apuro. Por fin, fue la propia señora Aurélie quien se percató de su presencia
y, asombrada de verla allí, quieta, le preguntó qué deseaba.
-¿La señora Aurélie, por favor?
-Soy yo.
Denise tenía la boca seca, las manos frías, y
había vuelto a apoderarse de ella uno de los antiguos ataques de temor de la
infancia, cuando temblaba pensando que le iban a dar una zurra. Expuso su
pretensión tartamudeando; tuvo que repetirla para que la entendieran. La
señora Aurélie clavaba en ella la impasible mirada sin que ni un solo rasgo de
su facies de emperador se dignara enternecerse.
-Pues ¿qué edad tiene usted?
-Veinte años, señora Aurélie.
-¿Cómo que veinte años? ¡Pero si no aparenta
usted ni dieciséis!
Las dependientes habían vuelto a alzar la
cabeza. Denise se apresuró a añadir:
-¡Huy! ¡Pero soy muy fuerte!
La señora Aurélie encogió los robustos hombros.
Luego decretó:
-Está bien. La apuntaré. Apuntamos a todo el
que se presenta... Señorita Prunaire, déme el registro.
Tardaron en encontrarlo; debía de andar de mano
del inspector Jouve. Mientras la espingarda de Clara iba a buscarlo, apareció
Mouret, con Bourdoncle pisándole los talones. Estaban acabando de hacer la
ronda por las secciones de la entreplanta; ya habían pasado por los encajes,
los chales, las pieles, las tapicerías, la lencería, y la concluían en las
confecciones. La señora Aurélie hizo un aparte, conversó un momento con ellos
acerca de un pedido de paletós que tenía intención de hacerle a uno de los mayoristas
más importantes de París; solía comprar sin intermediarios y bajo su propia
responsabilidad, pero para los pedidos de envergadura prefería consultar con la
dirección. Luego, Bourdoncle le refirió el nuevo descuido de su hijo Albert,
que pareció sumirla en la consternación: aquel hijo la iba a matar; el padre,
por lo menos, aunque era endeble, tenía a su favor el buen comportamiento.
Aquella dinastía de los Lhomme, cuyo caudillaje no le disputaba nadie, le daba
a veces muchos quebraderos de cabeza.
Pero Mouret se había sorprendido al volver a
encontrarse con Denise; y se inclinó hacia la señora Aurélie para preguntarle
qué hacía allí aquella joven; y cuando la encargada le hubo respondido que
venía a pedir un puesto de dependiente, Bourdoncle, con su acostumbrado desdén
por las mujeres, se ofendió mucho ante tal pretensión.
-¡No puede ser! -susurró-. Debe de tratarse de
una broma. Con lo fea que es.
-La verdad es que de guapa no tiene nada -dijo
Mouret, sin atreverse a defenderla, aunque aún lo enternecía el éxtasis que
había mostrado la joven en la planta baja al ver la presentación de las sedas.
Como ya traían el registro, la señora Aurélie
regresó hacia Denise. Definitivamente, no estaba causando buena impresión. Iba
muy limpia, con su gastado vestido de lana negra. No había por qué tener en
cuenta la humildad en el vestir, puesto que la casa proporcionaba el uniforme,
el reglamentario vestido de seda. Pero el caso es que parecía muy poquita cosa
y tenía la cara triste. No es que exigieran a las muchachas que fueran guapas,
pero, para dedicarse a la venta, había que ser de buen ver. Y, ante las miradas
de aquellas señoras y aquellos caballeros que la estudiaban y la calibraban
como una yegua por la que anduvieran regateando unos campesinos en la feria,
Denise perdía el poco aplomo que le quedaba.
-¿Cómo se llama? -preguntó, desde una esquina
del mostrador, la encargada, pluma en ristre y lista para escribir.
-Denise Baudu, señora Aurélie. -¿Qué edad
tiene?
-Veinte años y cuatro meses.
Y volvió a decir, atreviéndose a alzar la vista
hacia Mouret, aquel supuesto jefe de departamento que se encontraba por doquier
y cuya presencia la turbaba:
-Aunque no lo aparento, soy muy resistente.
Hubo algunas sonrisas. Bourdoncle, impaciente,
se miraba las uñas. Por lo demás, la frase cayó en medio de un silencio
descorazonador.
-¿En qué casa ha trabajado usted en París? -siguió preguntando
la encargada.
-Pero, señora Aurélie, si acabo de llegar de
Valognes.
Otra catástrofe. El Paraíso de las Damas solía
exigir a sus dependientes que hubieran realizado un año de prácticas en alguno
de los pequeños comercios de París. Denise sucumbió entonces a la
desesperación; y si no se hubiese acordado de sus niños, se habría marchado,
para poner punto final a aquel inútil interrogatorio.
-¿Dónde estaba usted en Valognes?
-En Casa Cornaille.
-La conozco. Buena casa -se le escapó a Mouret.
Lo normal era que no interviniese nunca en la
contratación de empleados, pues la responsabilidad del personal de cada
departamento recaía en el encargado que lo dirigía. Pero, con su exquisito
sentido de las mujeres, notaba en aquella joven una gracia oculta, un poder
hecho de encanto y ternura que ella misma ignoraba. Que la casa del primer
empleo tuviera buena reputación era factor de mucho peso y, con frecuencia,
determinante para que aceptasen al candidato. La señora Aurélie prosiguió, con
dulcificada voz:
-¿Y por qué se fue usted de Casa Cornaille?
-Circunstancias familiares -respondió Denise,
ruborizándose-. Hemos perdido a nuestros padres, no puedo dejar a mis
hermanos... Además, traigo referencias.
Eran muy buenas. Ya estaba recuperando las
esperanzas cuando una última pregunta la puso en un nuevo apuro.
-¿Alguien responde por usted en París?...
¿Dónde vive?
-En casa de mi tío -susurró, no sabiendo si
nombrarlo, temiendo que no quisieran andar en tratos con la sobrina de un
competidor-. En casa de mi tío Baudu, ahí enfrente.
Con lo cual, Mouret intervino por segunda vez:
-¿Cómo? ¿Es usted la sobrina de Baudu?...
¿Viene usted de parte de su tío?
-¡No! ¡Claro que no!
Y tan singular le pareció la ocurrencia que no
pudo disimular la risa. Fue una transfiguración. Seguía arrebolada y, cuando
aquella boca algo grande sonreía, era como si floreciese el rostro entero. Se
encendió una tierna llama en los ojos grises; en las mejillas aparecieron unos
adorables hoyuelos; incluso el pálido cabello pareció esponjarse con aquella
sana y valiente alegría de toda su persona.
-¡Pero si es muy bonita! -le dijo en voz baja
Mouret a Bourdoncle.
El partícipe no quiso admitirlo e hizo un gesto
de hastío. Clara había fruncido los labios y Marguerite les daba la espalda.
La única que aprobó con la cabeza a Mouret cuando éste siguió hablando fue la
señora Aurélie.
-Su tío ha hecho mal en no acompañarla. Bastaba con su
recomendación... Hay quien dice que nos guarda rencor. Nosotros somos más
comprensivos y, si él no puede dar trabajo a su sobrina, pues le demostraremos
que a su sobrina le ha bastado con llamar a nuestra puerta para que se la
abramos... Dígale una vez más que le sigo teniendo mucho afecto y que no debe
echarme a mí la culpa, sino a las nuevas circunstancias del comercio. Y dígale
también que acabará de hundirse si sigue aferrado a un cúmulo de ideas anticuadas
y ridículas.
Denise se puso muy pálida. Estaba hablando con
Mouret en persona. Nadie le había dicho quién era, pero él mismo acababa de
hacerlo; y ahora se daba cuenta, ahora entendía por qué el joven le había
causado aquella impresión en la calle, en el departamento de sedería, y en
aquellos momentos también. Esa emoción, que no conseguía desentrañar, le
agobiaba cada vez más el ánimo, como un peso excesivo. Le volvían a la memoria
todas las historias que le había contado su tío, engrandecían a Mouret, lo
rodeaban de una leyenda, lo convertían en el amo de la pavorosa máquina que,
desde por la mañana, la tenía apresada entre los férreos dientes de sus
engranajes. Y detrás del rostro agraciado, de la barba cuidada, de los ojos
color de oro viejo, veía a la mujer muerta, a aquella señora Hédouin cuya
sangre había sellado las piedras de la casa. Y entonces volvió a sentir el frío
del día anterior y creyó que lo que pasaba era que le tenía miedo a aquel
hombre.
La señora Aurélie, entre tanto, estaba cerrando
el registro. Sólo le hacía falta una dependiente y había ya diez candidatas
inscritas. Pero tenía demasiado empeño en complacer al dueño para pensarlo dos
veces. No obstante, la petición seguiría el curso reglamentario; el inspector
Jouve iría a pedir detalles, haría un informe, y la encargada tomaría una
decisión.
-Muy bien, señorita -dijo con tono majestuoso,
para salvaguardar su autoridad-. Ya le escribiremos a usted.
Durante unos instantes, el apuro impidió a
Denise moverse. Rodeada de tanta gente, no sabía con qué pie iniciar la retirada.
Acabó por dar las gracias a la señora Aurélie y, cuando tuvo que pasar ante
Mouret y Bourdoncle, les hizo una venia. Estos, por lo demás, ya se habían
olvidado de ella y ni siquiera le devolvieron el saludo, pues estaban
examinando con gran atención, junto con la señora Frédéric, el modelo de abrigo
entallado. Clara miró a Marguerite y le hizo un gesto de despecho, como para
anunciar de antemano que la nueva dependiente no iba a tener motivos para
sentirse a gusto en el departamento. Denise notó a sus espaldas toda aquella
indiferencia, todo aquel rencor, y bajó las escaleras tan turbada como las
había subido, presa de una peculiar angustia y preguntándose si debía lamentar
amargamente haber venido o alegrarse de haberlo hecho. ¿Podía contar con el
puesto? Otra vez empezaba a tener dudas de ello, inmersa en el malestar que le
había impedido darse cuenta con claridad de los acontecimientos. De cuantas
sensaciones había sentido, persistían dos, que iban borrando poco a poco todas
las demás: la violenta impresión que le había producido Mouret, tan honda que
llegaba al miedo; y, en segundo lugar, la amabilidad de Hutin, la única alegría
de aquella mañana, un recuerdo deliciosamente dulce que la colmaba de gratitud.
Al cruzar los almacenes camino de la calle, buscó al joven, dichosa al pensar
que podría darle una vez más las gracias con la mirada, y la entristeció no
verlo.
-¿Y qué, señorita? ¿Ha conseguido usted algo?
-le preguntó una vez empañada de emoción cuando acababa de pisar la acera.
Se volvió y reconoció al muchacho alto, lívido
y desgarbado que había hablado con ella a primera hora de la mañana. También
él salía de El Paraíso de las Damas y parecía aún más azorado que ella, como
si estuviera ido tras el interrogatorio por el que acababa de pasar.
-Pues la verdad es que no lo sé, caballero
-repuso.
-Lo mismo me sucede a mí. ¡Hay que ver cómo lo
miran y cómo le hablan a uno en este sitio!... Yo venía para los encajes;
estaba en Crévecoeur, en la calle de Le Mail.
Otra vez estaban frente a frente; y, no
sabiendo cómo despedirse, empezaron a ruborizarse. Luego, el joven, con su
aspecto de hombre torpe y bueno, se atrevió a preguntar, por decir algo pese a
su excesiva timidez.
-¿Cómo se llama usted, señorita?
-Denise Baudu.
-Yo me llamo Henri Deloche.
Ahora se miraban, sonrientes. Cedieron ante la
fraternidad de su situación y se tendieron la mano.
-¡Buena suerte!
-¡Lo mismo le digo! ¡Buena suerte!
III
Todos los sábados, de cuatro a seis, la señora
Desforges invitaba a té con pasteles a los allegados que se acercaban a
visitarla. Vivía en la tercera planta de un edificio sito en la confluencia de
las calles de Rivoli y de Alger, y las ventanas de los dos salones daban a los
jardines de las Tullerías.
Aquel sábado, cuando un lacayo se disponía a
hacerlo pasar al salón principal, Mouret vio desde el recibidor, por una puerta
abierta, que la señora Desforges cruzaba el salón pequeño. Se detuvo ésta al
reconocerlo y él entró por allí, saludándola con tono ceremonioso. Pero, apenas
el lacayo hubo cerrado la puerta, tomó ansiosamente la mano de la joven y la
besó con ternura.
-¡Ten cuidado, que ya han empezado a llegar!
-dijo ella, bajando la voz y señalando con un gesto la puerta del salón
principal-. Había ido a buscar este abanico para enseñárselo.
Y, con la punta de dicho abanico, le dio
alegremente un suave golpe en el rostro. Era una mujer morena, algo metida en
carnes, de ojos grandes y celosos. Pero él, sin soltarle la Mano, inquirió:
-¿Va a venir?
-Desde
luego -contestó ella-. Me lo ha prometido. Hablaban del barón Hartmann, el
director del Banco de Crédito Inmobiliario. La señora Desforges era hija de un
miembro del Consejo de Estado y viuda de un corredor de Bolsa que le había
dejado una fortuna que unos ponían en entredicho y otros exageraban. También se
decía que, incluso en vida del señor Desforges, había sabido agradecer cumplidamente
al barón Hartmann los expertos consejos económicos que tan pingües beneficios
habían aportado al matrimonio; al parecer, tras la muerte del marido, habían
seguido aquellos amores, aunque siempre con la misma discreción y sin asomo de
imprudencias o escándalos. La señora Desforges nunca se ponía en evidencia y la
recibían en todas las casas de la alta burguesía, a la que pertenecía por
nacimiento. Incluso ahora que la pasión del banquero, hombre escéptico y sagaz,
se había trocado en un mero afecto paternal, cuando ella se permitía tener
algún amante, que él le consentía, sabía llevar sus escarceos amorosos con un
tino y un tacto tan delicados, aplicando con tal acierto su sabiduría mundana,
que las apariencias siempre quedaban cubiertas y nunca había tenido nadie
motivo para poner públicamente en duda su reputación. Había conocido a Mouret
en casa de unos amigos comunes y le había causado éste una primera impresión
muy poco halagüeña; sin embargo, había acabado por caer en sus brazos, como si
hubiera sido incapaz de resistirse al impetuoso amor con que Mouret la
acosaba; y desde que él trataba de sacarle provecho a sus relaciones con el
barón, ella había empezado a profesarle un cariño
sincero y profundo; ahora lo adoraba con el arrebato de una mujer que ya había
cumplido los treinta y cinco, aunque no admitiese tener más de veintinueve. La
desesperaba que él fuera más joven y la aterraba la posibilidad de perderlo.
-¿Le
has dicho algo? -prosiguió él.
-No,
tendrá que ponerlo al tanto del asunto usted mismo contestó ella, dejando de
tutearlo.
Lo observaba, pensando que debía de estar
realmente convencido de que el barón y ella no eran sino viejos amigos, pues
de lo contrario no se atrevería a utilizarla de aquel modo. Pero Mouret seguía
sin soltarle la mano, llamándola Henriette querida, y ella sintió que se le
derretía el corazón. Le tendió los labios en silencio, los oprimió contra los
de él, v le dijo en voz baja:
-¡Chitón! Me están esperando... Entra detrás de
mí.
Desde el salón principal llegaba un leve rumor
de voces, que amortiguaban los cortinajes. La señora Desforges abrió la puerta,
dejando ambas hojas abiertas, y entregó el abanico a una de las cuatro señoras
que estaban en el centro de la estancia.
-¡Aquí lo tiene! -dijo-. No recordaba dónde lo
había metido; la doncella no habría sabido encontrarlo.
Y, dándose la vuelta, añadió, con el mismo tono
alegre:
-Pase usted, señor Mouret, entre por el
saloncito. No se ande con cumplidos.
Mouret saludó a las señoras, a las que ya
conocía. Los muebles de estilo Luis XIV, tapizados con un brocatel de ramos,
los herrajes de cobre dorado, las frondosas plantas de interior, prestaban al
salón, pese a lo elevado del techo, un íntimo ambiente de femenina ternura; a través de las
dos ventanas se divisaban los castaños de las Tullerías, cuyas hojas arrastraba
el viento de octubre.
-¡Este Chantilly no está nada mal, no señor! -exclamó la
señora Bourdelais, con el abanico en la mano.
Era una mujercita rubia de treinta años, nariz
afilada y ojos vivarachos, amiga de internado de Henriette; se había casado con
un segundo jefe de servicio del Ministerio de Economía. Pertenecía a una rancia
familia burguesa y cuidaba de buen grado de su hogar y de sus tres hijos,
dedicándoles todos sus desvelos y aplicando su exquisita intuición de los
aspectos prácticos de la vida.
-¿Y dices que este retazo te costó veinticinco
francos? -añadió, examinando todos y cada uno de los puntos del encaje-. Lo
compraste en Luc, ¿verdad?, a una encajera de la región... Pues no es nada
caro... Pero tuviste que montarlo por tu cuenta.
-Desde luego -contestó la señora Desforges-.
Las varillas me costaron doscientos francos.
La señora Bourdelais se echó a reír. ¿Aquello
era lo que Henriette llamaba una ganga? ¡Doscientos francos por unas varillas
de marfil con un monograma! ¡Y sólo para aprovechar un retazo de Chantilly en
el que se había ahorrado cinco francos! Por ciento veinte, podía comprar un
abanico igual ya montado; e indicó un establecimiento de la calle de
Poissoniére.
Mientras, el abanico iba pasando de mano en
mano. La señora Guibal apenas lo miró. Era una pelirroja alta y delgada; había
una expresión de profundo hastío en aquel rostro, cuyos ojos grises, en
ocasiones delataban, tras el aparente desapego, los ansiosos apetitos del
egoísmo. Nunca se la veía en compañía de su marido, un abogado muy conocido en
el Palacio de Justicia; éste, a lo que contaban, vivía según su propio
albedrío, entregado en cuerpo y alma a sus legajos y a sus placeres.
-¡Bah! -murmuró, entregándole el abanico a la
señora De Boves-. Yo he debido de comprar un par en toda mi vida... Siempre le
regalan a una demasiados.
-Es una suerte, querida, tener un marido tan galante
-replicó la condesa, con sutil ironía.
Y, dirigiéndose a su hija, una joven alta de
veinte años y seis meses, añadió:
-Fíjate en el monograma, Blanche. ¡Qué trabajo
tan exquisito! Seguramente fue lo que subió tanto el precio de las varillas.
La señora De Boves, que acababa de cumplir los cuarenta, era una mujer
espléndida, con hombros de diosa y un rostro carnoso, de correctas facciones y
ojos grandes y soñolientos, cuyo marido, inspector general de remontas, se
había casado con ella por su belleza. La delicada factura del monograma parecía
haberla soliviantado, como si suscitara en ella un deseo tan intenso que le
apagaba el brillo de la mirada.
-Dénos usted su opinión, señor Mouret -exclamó
de repente-. ¿Le parece que doscientos francos son una cantidad excesiva para
estas varillas?
Mouret se había quedado de pie, entre las cinco
mujeres, sonriente, interesándose por lo que les interesaba a ellas. Cogió el
abanico, lo miró atentamente y, cuando estaba a punto de pronunciarse, el
lacayo abrió la puerta y anunció:
-La señora Marty.
Entró una mujer flaca, fea, con la cara picada
de viruelas, ataviada con caprichosa elegancia. No aparentaba edad alguna,
tenía treinta y cinco años que podían parecer tanto treinta como cuarenta,
dependiendo del febril nerviosismo que la embargase. Llevaba en la mano derecha
un bolso de cuero rojo, del que no había querido desprenderse.
-Discúlpeme, amiga mía -le dijo a Henriette-,
por presentarme con este bolso... Pero, figúrese, según venía he entrado en El
Paraíso y he vuelto a cometer auténticas locuras, así que he preferido no
dejarlo abajo, en el coche, no vaya a ser que me lo roben...
En ese momento, se percató de la presencia de
Mouret y añadió, risueña:
-¡Huy, no sabía que estuviese usted aquí; no lo
he dicho para hacerle propaganda!... La verdad es que ahora mismo tiene usted
unos encajes maravillosos.
Tal revelación distrajo el interés del abanico,
que Mouret dejó encima de un velador. Las señoras necesitaban ahora satisfacer
su curiosidad viendo las compras de la señora Marty. Todos estaban al tanto de
la rabiosa necesidad de comprar, de la incapacidad para resistir a la tentación
de aquella mujer de virtuosa rectitud, incapaz de ceder a los requerimientos de
un amante, pero cuya carne, irremediablemente débil, sucumbía ante la tentación
de cualquier prenda de moda. Era hija de un modesto oficinista y, en la
actualidad, se dedicaba a arruinar a su marido, profesor de segundo curso en el
liceo Bonaparte, quien, para cubrir el incremento constante del presupuesto
familiar, tenía que duplicar sus seis mil francos de haberes dando clases
particulares. Pero la señora Marty seguía sin abrir el bolso, lo sujetaba sobre
el regazo mientras hablaba de su hija Valentine, una de sus coqueterías más
costosas, pues cuidaba de su atavío tanto como del suyo propio, siguiendo
siempre las últimas tendencias de la moda, cuyo atractivo era siempre más
fuerte que ella.
-Ya sabrán -explicó- que este invierno van a
llevarse mucho para las jovencitas los vestidos adornados con puntillas; así
que al ver aquel encaje de Valenciennes tan bonito...
Por fin se decidió a abrir el bolso. Ya estaban
las señoras estirando el cuello cuando quebró el silencio el timbre del recibidor.
-Es mi marido -tartamudeó la señora Marty, muy azorada-.
Quedó en venir a buscarme al salir del Bonaparte.
Había cerrado el bolso con presteza para
esconderlo, luego, con gesto instintivo, debajo de un sillón. Todas se echaron
a reír; entonces, la señora Marty se ruborizó, avergonzada de aquel arrebato, y
volvió a colocarse el bolso en el regazo, al tiempo que afirmaba que los
hombres no entendían nunca nada, ni falta que hacía.
-El señor De Boves, el señor De Vallagnosc
-anunció el lacayo.
Todo el mundo se sorprendió. La propia señora
De Boves ignoraba que su marido tuviera intención de venir. Era éste un hombre
bien plantado, que lucía bigote y mosca y tenía esa correcta prestancia militar
tan apreciada en las Tullerías; le besó la mano a la señora Desforges, a la que
había conocido, de joven, en casa de su padre, y se hizo a un lado para que el otro visitante, un joven alto
con la tez pálida propia de la noble distinción de una sangre empobrecida,
pudiera, a su vez, saludar a la anfitriona. Pero, apenas comenzaba a
reanudarse la conversación, cuando la interrumpieron dos breves exclamaciones:
-Pero... ¡Paul, si eres tú!
-¡Caramba! ¡Octave!
Mouret y Vallagnosc intercambiaban un apretón
de manos. Ahora era la señora Desforges quien se mostraba sorprendida. ¿De modo
que ya se conocían? Claro está; habían crecido juntos, en el mismo internado
de Plassans; y era pura casualidad que no hubiesen coincidido antes en aquella
casa.
Bromeando y sin soltarse las manos, los dos
amigos pasaron al saloncito, al tiempo que el lacayo entraba con el té, un
juego de porcelana china en bandeja de plata, que depositó junto a la señora
Desforges, en el centro de un velador de mármol con delicada barandilla de
cobre. Las señoras se apiñaron en torno a éste, alzando el tono, en un
inagotable cruce de conversaciones; mientras el señor De Boves, de pie detrás
de ellas, se inclinaba de vez en cuando para meter baza, con su galantería de
apuesto funcionario. Aquellas voces parlanchinas, salpicadas de risas, tornaban
aún más festivo el amplio salón, de mobiliario tan suave y alegre.
-¡Vaya, vaya con el amigo Paul! -decía Mouret
una y otra vez.
Se había sentado con Vallagnosc en un sofá. Se
hallaban solos al fondo del salón pequeño, un coquetón gabinete entelado en
seda color botón de oro, alejados cíe los oídos indiscretos y de las
señoras, a las que divisaban a través de la puerta abierta de par en par; ambos
reían como muchachos, mirándose a los ojos y dándose palmadas en las rodillas.
Era como si resucitase el tiempo de su juventud, el internado de Plassans, con
sus dos patios, sus húmedas salas de estudio y aquel refectorio en el que servían
tantísimo bacalao; y aquel dormitorio donde las almohadas empezaban a volar de
cama en cama apenas oían los internos el primer ronquido del vigilante. Paul,
hijo de una antigua familia de parlamentarios, hidalgos tronados y ociosos,
había sido un alumno de provecho, siempre el primero de la clase, al que el
profesor ponía de ejemplo a los demás, augurándole un brillante provenir;
Mouret, en cambio, no salía de los últimos puestos y vegetaba entre los
holgazanes, feliz y orondo, ahorrando fuerzas para agotarlas fuera, en
diversiones violentas. Pese a las diferencias de temperamento, eran
inseparables; una estrecha camaradería los unió hasta el examen de estado, que
ambos lograron superar, el uno brillantemente y el otro por los pelos, tras
dos intentos fallidos. Luego, la vida los separó; y ahora volvían a
encontrarse, al cabo de diez años, envejecidos y cambiados.
-Cuéntame -prosiguió Mouret-, ¿qué ha sido de
tu vida?
-Pues no ha sido nada.
Vallagnosc, pese a la alegría del reencuentro,
conservaba su habitual expresión de hastío y desencanto; pero su amigo, sorprendido,
seguía insistiendo:
-Hombre, algo harás... ¿A qué te dedicas?
-A nada -contestó aquél.
Octave se echó a reír. Nada era muy poca cosa.
Frase a frase, fue sacándole a Paul su historia, la eterna historia de tantos jóvenes pobres, que creen que su
cuna sólo les permite ejercer profesiones liberales y se entierran en una
vanidosa mediocridad, con los cajones llenos a reventar de títulos, dando
gracias si consiguen no morirse de hambre. Vallagnosc había estudiado derecho
para perpetuar la tradición familiar; luego, había vivido a expensas de su
madre viuda, a la que apenas si le llegaba el dinero para buscar partidos a
sus dos hijas. Hasta que, cayendo al fin en la cuenta de lo vergonzoso de su
situación, dejó que las tres mujeres malvivieran de los restos de su fortuna y
se fue a París, para desempeñar un cargo de poca monta en el Ministerio del
Interior, donde permanecía enterrado, como un topo en lo más hondo de su
madriguera.
-¿Y cuánto ganas? -preguntó Mouret. -Tres mil
francos.
-¡Pero eso es una miseria! ¡Ay, no sabes qué
pena me das, compañero!... ¿Cómo es posible? ¿Un muchacho tan inteligente, que
nos daba a todos sopas con honda! ¡Y no te dan más que tres mil francos, aunque
ya llevan cinco años embruteciéndote! ¡Qué injusticia!
Se interrumpió y comenzó a hablar de sí mismo.
-Yo los dejé a todos con tres palmos de
narices... ¿Sabes en qué me he convertido?
-Sí -dijo Vallagnosc-. Me han contado que te
dedicas al comercio. Eres el dueño de esos almacenes tan grandes de la plaza de
Gaillon, ¿verdad?
-Pues, sí... ¡Me he hecho hortera, chico!
Mouret había erguido la cabeza y, dando a
Vallagnosc una nueva palmada en la rodilla, repitió con la alegría rotunda de
un hombre fuerte que no se avergüenza del oficio que lo está enriqueciendo:
-¡Hortera, ni más ni menos!... Qué caramba, ya
te acordarás de que a mí me gustaba muy poco aquello, aunque, en el fondo,
nunca me consideré más tonto que los demás. Cuando conseguí el título de
bachiller, podría haberme hecho abogado o médico, igual que tantos compañeros;
pero me asustaron esas profesiones; están sobradas de gente que pasa apuros...
Así que me despedí de la panza de burra, sin arrepentirme de nada, no vayas a
creer, y decidí probar suerte en los negocios.
Vallagnosc sonreía, aunque parecía molesto. Al
cabo, murmuró:
-La verdad es que para vender retor, el título
de bachiller no debe de hacerte mucha falta.
-¡La verdad es que me conformo con que no me
estorbe! -contestó Mouret alegremente-. Y, créeme, cuando uno comete la
estupidez de cargar con él, cuesta mucho quitárselo de encima. Vas por la vida
a paso de tortuga, mientras que los demás, los que no llevan nada a cuestas,
corren como podencos.
Pero, al percatarse de que su amigo parecía
estar pasando un mal rato, le tomó las manos y añadió:
-Vamos, no quiero que te disguste lo que estoy
diciendo. Pero reconoce que tus títulos no han satisfecho ninguna de tus
necesidades... ¿Sabes que uno de mis encargados, el de la sedería, va a cobrar
este año más de doce mil francos? ¡Como lo oyes! Un muchacho con una cabeza muy
clara, que no aprendió más que ortografía y las cuatro reglas... En mi
comercio, cualquier dependiente de a pie se saca tres o cuatro mil francos.
Más de lo que tú ganas. Y sin tantos gastos en educación como tú, sin que nadie
lo haya echado al mundo certificándole por escrito que iba a conquistarlo...
Bien es cierto que ganar dinero no lo es todo, pero está claro que, entre uno
de esos pobres diablos rebozados en ciencia, de los que andan atiborradas las
profesiones liberales y que ni siquiera consiguen mantenerse, y un muchacho con
sentido práctico, preparado para enfrentarse con la vida y que conozca bien su
oficio, ¡qué quieres que te diga!, me quedo con éste y no con aquél. ¡Me parece
que estos barbianes han sabido entender bastante bien nuestra época!
A medida que hablaba, se le iba acalorando la
voz; Henriette, que estaba sirviendo el té, volvía la cabeza para mirarlo. Al
verla sonreír, al fondo del salón principal, y al observar que otras dos
señoras aguzaban el oído, Mouret fue el primero en tomarse a broma sus propias
palabras.
-En fin, compañero, que, hoy en día, cualquier
hortera principiante es un millonario en potencia.
Vallagnosc se arrellanaba perezosamente en el
sofá. Tenía los ojos entornados y una postura entre cansada y altanera, en la
que una pizca de afectación se sumaba al auténtico agotamiento de su raza.
-¡Bah! -murmuró-. La vida no se merece tantas
molestias. Nunca pasa nada divertido.
Mouret lo miraba, escandalizado, con cara de
sorpresa. -Todo sucede y no sucede nada -añadió su amigo-. Lo mejor es quedarse
de brazos cruzados.
Y entonces habló de su pesimismo, de las
mediocridades y abortos de la existencia. Le había quedado, de los tiempos en
los que soñaba con dedicarse a la literatura y se juntaba con poetas, una
desesperación universal. Siempre llegaba a la misma conclusión: la inutilidad
del esfuerzo, el hastío de las horas idénticas y vacías, la estupidez final de
este mundo. Los placeres fracasaban; ni siquiera con la maldad se podía
disfrutar.
-Dime, ¿acaso te diviertes tú? -acabó por preguntar.
Mouret, que no cabía en sí de indignación, le dijo a voces:
-¿Que si me divierto? ... Pero ¿qué pregunta es
ésa? ¿En qué mundo vives, muchacho? ... ¡Pues claro que me divierto! ¡Incluso
cuando algo me sale mal, porque entonces me pongo furioso al ver que las cosas
no van como yo quiero! Soy un hombre apasionado, no puedo tomarme la vida con
tranquilidad, y por eso me parece tan interesante, supongo.
Lanzó una rápida ojeada al salón y bajó la voz.
-Sí, reconozco que algunas mujeres me han llegado a fastidiar
bastante. Pero cuando una es mía, es mía de verdad, ¡qué demonios! Y no siempre
salen mal las cosas. Y no le cedo mi parte a nadie, puedes estar seguro...
Además, no sólo están las mujeres, que al fin y al cabo me importan bien poco.
Está la voluntad de querer y de hacer, de crear, en definitiva... Tienes una
idea y luchas por ella, se la metes a martillazos a la gente en la cabeza, la
ves crecer y triunfar... ¡Ah, ya lo creo que me divierto, chico!
Retumbaba en sus palabras toda la dicha de
actuar, toda la alegría de vivir. Recalcó que era un hombre de su tiempo. Sólo
los contrahechos, sólo los inválidos de cuerpo o de pensamiento se hurtaban al
trabajo en una época en la que había tanto por hacer, mientras el siglo entero
se abalanzaba hacia el futuro. Y se mofaba de los desesperados, de los
asqueados, de los pesimistas, de todos los inválidos de aquel alborear de las
ciencias, de su plañidero llanto de poetas o de su altanería de escépticos, en
medio del gigantesco tajo de la era contemporánea. ¡Qué actitud tan noble, tan
acertada, tan inteligente, esa de bostezar de hastío mientras los demás se
esfuerzan!
-¡Pues bostezar mientras los demás trabajan es
mi único placer! -dijo Vallagnosc, con su fría sonrisa.
Aquel comentario apaciguó el arrebato de
Mouret, cuyo tono volvió a ser afectuoso:
-¡Ay, el bueno de Paul! No cambiarás nunca,
siempre tan paradójico... Pero no hemos vuelto a reunirnos para discutir,
¿verdad? Cada cual tiene sus ideas, a Dios gracias. De todos modos, quiero
enseñarte mi máquina funcionando a todo vapor. Ya verás que no es cosa de
risa... Pero cuéntame más cosas de tu vida. Tu madre y tus hermanas supongo que
estarán bien, ¿no? ¿Y tú no tendrías que haberte casado en Plassans hace seis
meses?
Vallagnosc lo interrumpió con un gesto brusco,
al tiempo que escudriñaba el salón principal con expresión inquieta. Mouret se
volvió para seguir su mirada y topó con la de la señorita De Boves, que no les
quitaba ojo. Blanche era alta, fornida, y guardaba un gran parecido con su
madre, aunque sus facciones comenzaban a abotagarse y una grasa poco saludable
le abultaba el rostro. A las discretas preguntas de su amigo, Paul contestó
que, de momento, todo estaba en el aire y que quizá nunca llegara a concretarse
nada. La joven y él se habían conocido en casa de la señora Desforges, a quien
Vallagnosc había visitado con gran asiduidad todo el invierno anterior, aunque
ya no lo hacía sino en contadas ocasiones, lo cual explicaba que no hubiese
coincidido con Octave hasta entonces. Por su parte, los De Boves también lo
invitaban, y él disfrutaba especialmente de la compañía del padre, un avezado
calavera que estaba a punto de jubilarse para entrar en la administración. Por
lo demás, no tenían dinero: la señora De Boves sólo había aportado al
matrimonio su belleza de Juno, y la familia vivía de las rentas de la última
granja que le quedaba, hipotecada por cierto, a las que, afortunadamente, podía
sumar los nueve mil francos que percibía el conde como inspector general de
remontas. Éste, que seguía permitiéndose costosos amoríos fuera del hogar,
escatimaba tanto el dinero a su mujer y a su hija que, en ocasiones, tenían
ellas que rebajarse a retocar personalmente los vestidos viejos.
-Y, entonces, ¿por qué? -inquirió con sencillez
Mouret. -¡Pues porque hay que acabar por ahí tarde o temprano! -dijo
Vallagnosc, entornando los párpados con gesto cansado-. Además, tenemos muchas
esperanzas puestas en el próximo fallecimiento de una tía.
Mouret, que no había apartado la vista, entre
tanto, del señor De Boves, que se había sentado junto a la señora Guibal y la
colmaba de atenciones con esa tierna hilaridad de un hombre en plena
conquista, se volvió hacia su amigo con un guiño tan significativo que este
último añadió:
-No, ésa no... Por lo menos, todavía no... Lo
malo es que el servicio
lo obliga a visitar caballerizas de sementales por todo el país, de modo que
siempre tiene excusa para desaparecer una temporada. El mes pasado, mientras su
mujer pensaba que se encontraba en Perpiñán, en realidad estaba en un hotel, en
no sé qué barrio perdido, viviendo con una profesora de piano.
Callaron un rato. Y, al cabo, tras observar a su vez las
galanterías que el conde dedicaba a la señora Guibal, Paul prosiguió, bajando
la voz:
-Reconozco que estás en lo cierto... Y más
teniendo en cuenta que la buena señora tiene fama de no ser nada arisca. Hay
una historia suya con un oficial de lo más jocosa... Pero ¡fíjate en cómo la
magnetiza con el rabillo del ojo! ¡No puede ser más cómico! ¡La Francia añeja,
querido amigo!... ¡Me encanta ese hombre, y, si me caso con su hija, bien podrá
jactarse de que lo hago por él!
Mouret reía, francamente divertido. Siguió
haciendo preguntas a Vallagnosc y, cuando se enteró de que la idea de casarlo
con Blanche se le había ocurrido a la señora Desforges, la historia le pareció
aún mejor. Su querida Henriette disfrutaba, como todas las viudas, arreglando
matrimonios, hasta tal punto que, en más de una ocasión, después de haberle
encontrado partido a la hija, dejaba que el padre trabase amistad con alguna
señora de las que ella frecuentaba; todo ello, por supuesto, con la mayor
urbanidad, sin que la buena sociedad tuviera jamás el menor motivo de
escándalo. Y Mouret, que le profesaba un amor de hombre activo y apresurado que
solía ponderar sus afectos, se olvidaba entonces de todos sus cálculos de
seductor y sentía por ella la misma camaradería que por un viejo amigo.
Precisamente, la aludida entraba en aquel
momento en el saloncito, precediendo a un anciano de unos sesenta años, al que
los dos amigos no habían visto llegar. Entre la charla de las señoras se
alzaban de vez en cuando algunas modulaciones más agudas, que acompañaba el
tintineo de las cucharillas en las tazas de porcelana; y también se oía, en
ocasiones, cuando remitía brevemente el alboroto, el chocar de algún platito,
que alguien había depositado con excesiva brusquedad sobre el mármol del
velador. Un repentino rayo de sol poniente, que acababa de asomar por el filo
de un nubarrón, doraba la copa de los castaños de los jardines y penetraba por
las ventanas, como un polvillo de oro rojo, cuya llamarada encendía el brocatel
y los herrajes de cobre de los muebles.
-Pase, querido barón -iba diciendo la señora
Desforges-. Le presento a Octave Mouret, que tiene grandes deseos de manifestarle
la admiración que siente por usted.
Y, dirigiéndose a Octave, añadió:
-El barón Hartmann.
Una sonrisa fruncía levemente los labios del
anciano. Era un hombre bajo de estatura aunque vigoroso, con la cabeza grande
de los alsacianos y un rostro carnoso que cualquier mueca de la boca o
cualquier guiño de los párpados iluminaban con una chispa de inteligencia.
Llevaba quince días resistiéndose a los apremios de Henriette para que
accediera a aquel encuentro, y no porque sintiese unos celos exagerados, pues,
como hombre cuerdo y de mundo, ya estaba resignado al papel de padre; pero era éste el tercer
amigo que Henriette se emperraba en presentarle y, a la larga, empezaba a
temer, hasta cierto punto, quedar en ridículo. Por eso acogió a Octave con la
discreta sonrisa de un protector rico, dispuesto a mostrarse cordial, pero no
a dejarse tomar el pelo.
-¡Caramba, señor Hartmann -le decía Mouret con
su entusiasmo de provenzal-, la última operación del Banco de Crédito
Inmobiliario ha sido francamente asombrosa! No sabe usted qué feliz y orgulloso
me siento de poder estrecharle por fin la mano.
-Es usted muy amable, caballero, muy amable
-repetía el barón, sin dejar de sonreír.
Henriette los observaba con sus ojos claros, sin el menor apuro. Permanecía entre
ambos hombres, irguiendo la airosa cabeza y paseando los ojos de uno a otro. Lucía un vestido de encaje que
dejaba al descubierto las finas muñecas y el frágil cuello, y parecía encantada
de la vida al verlos tan compenetrados.
-Caballeros -dijo al fin-, me voy para que
puedan charlar. Y, dirigiéndose a Paul, que se había puesto en pie, añadió:
-¿Desea tomar una taza de té, señor De
Vallagnosc?
-Será un placer, señora.
Yambos volvieron al salón.
Mouret se sentó de nuevo en el sofá, junto al
barón Hartmann, y continuó deshaciéndose en elogios en lo referido a las
operaciones del Banco de Crédito Inmobiliario. Sacó luego a colación el tema
que acaparaba, en realidad, todo su interés, habló de la nueva arteria urbana,
aquella prolongación de la calle Réaumur que, con el nombre de calle de Le
Dix-Décembre, uniría la plaza de La Bourse y la plaza de L'Opéra. Habían
declarado el asunto de utilidad pública hacía dieciocho meses y acababan de
nombrar un tribunal de expropiación; aquella enorme brecha tenía sobre ascuas a
todo el barrio, cuyo interés y preocupación se centraban en las casas
condenadas y la fecha de inicio de las obras. Mouret llevaba tres años
pendiente de ellas, en primer lugar porque preveía que darían más vida al
negocio y, además, porque su ambición era seguir ampliando sus locales, aunque
era éste un sueño tan desaforado que no se atrevía a confesarlo en voz alta.
Estaba previsto que la calle de Le Dix-Décembre cruzase las calles de Choiseul
y de La Michodiére; y Mouret ya veía El Paraíso de las Damas ocupando toda la
manzana comprendida entre aquellas tres calles y la calle Neuve-Saint-Augustin;
imaginaba una fachada palaciega, que diese a la arteria nueva; soñaba con la
preponderancia absoluta de su comercio, amo y señor de la ciudad conquistada.
De ahí le venía el vehemente deseo de conocer al barón Hartmann, pues estaba
enterado de que el Banco de Crédito Inmobiliario había llegado a un acuerdo
con la administración por el que se comprometía a trazar y acondicionar la
calle de Le Dix-Décembre a cambio de los solares colindantes.
-¿Es verdad que van ustedes a entregar la calle
totalmente acabada, con alcantarillado, aceras y farolas de gas? -repetía,
procurando adoptar un tono ingenuo-. ¿Y los solares que la bordean son una
compensación suficiente? ¡Vaya, vaya, qué curioso!
Por fin llegó al punto más delicado. Le habían
llegado noticias de que
el Banco de Crédito Inmobiliario estaba comprando, en secreto, las casas de la
manzana en que se alzaba El Paraíso de las Damas, y no sólo las que habían de
caer bajo el pico de los obreros de la demolición, sino también las que iban a
seguir en pie. E intuía en esta operación el proyecto de algún nuevo edificio,
que le parecía una grave amenaza para las ampliaciones que iba agigantando en
sueños, pues le preocupaba sobremanera toparse algún día con una sociedad
poderosa, poco dispuesta a desprenderse de sus propiedades inmobiliarias. Era
tal temor, precisamente, el que lo había impulsado a crear entre el barón y él
ese gentil vínculo femenino que tanto une a los hombres aficionados a las
mujeres. Podía, desde luego, haberse entrevistado con el financiero en el despacho
de éste, para tratar a sus anchas el importante negocio que deseaba proponerle.
Pero se sentía más fuerte en casa de Henriette, sabedor de la tierna
complicidad que establece el hecho de compartir a una amante. Estar ambos en su
casa, rodeados de su perfume tan querido, tenerla tan cerca, dispuesta a
convencerlos con una sonrisa, le parecía una certidumbre de éxito.
-¿No han comprado ustedes el palacete que fue
de los Duvillard, ese viejo caserón que está pegado a mi local? -se decidió a
preguntar, de pronto.
El barón Hartmann vaciló un instante y, luego,
lo negó. Pero Mouret lo miró a la cara y se echó a reír; y, desde ese momento,
adoptó el papel de joven cabal, que sólo sabe hablar de negocios con el
corazón en la mano y sin doblez.
-Mire, señor barón, ya que he tenido el
inesperado placer de coincidir con usted, voy a confesarle algo... ¡Y no es que
pretenda que usted me revele sus secretos! Pero yo sí que voy a contarle los
míos, pues estoy convencido de que no podrían caer en mejores manos... Además,
necesito que me aconseje, hace tiempo que intento reunir valor para ir a verlo.
Y, en efecto, se confesó, refirió sus
comienzos, ni siquiera calló la crisis económica que estaba atravesando en
pleno éxito. Le fue contando todo: las sucesivas ampliaciones; los beneficios
reinvertidos constantemente en el negocio; las cantidades que habían aportado
los empleados; la forma en que la casa arriesgaba su propia existencia cada vez
que organizaba una de esas ventas en las que se jugaba todo el capital como en
una partida de cartas. Y, sin embargo, no era dinero lo que pedía, pues tenía
en su clientela una fe de fanático. Sus ambiciones iban más allá; le proponía
al barón que se asociase con él, que el Banco de Crédito Inmobiliario aportara
el colosal palacio de sus sueños, mientras él contribuía con su genial talento
y con un negocio ya en marcha. Habría que evaluar las aportaciones mutuas, pero
nada le parecía más sencillo.
-¿Qué planes tienen ustedes para los solares y
los edificios? -preguntaba insistentemente-. Algo tendrán pensado. Pero estoy
seguro de que sus proyectos no son ni la mitad de buenos que los míos. Piense
en lo que le digo. Construimos en esos solares unas galerías comerciales,
tiramos o reformamos los otros edificios y abrimos los almacenes más grandes de
todo París, un bazar que nos dará millones.
Y no pudo contener una exclamación que le salió
del alma:
-¡Ay, si pudiera prescindir de ustedes!... Pero
ahora son los dueños de
todo. Y, además, yo nunca conseguiría los anticipos necesarios... Convénzase,
tenemos que llegar a un acuerdo, si no cometeríamos un auténtico crimen...
-¡Qué bríos, caballero! -contestó sencillamente el barón
Hartmann-. ¡Qué imaginación!
Movía la cabeza, sin dejar de sonreír, decidido
a no pagar confidencias con confidencias. El Banco de Crédito Inmobiliario
tenía proyectado hacerle la competencia al Gran Hotel edificando, en la calle
de Le Dix-Décembre, otro hotel suntuoso, cuya céntrica situación resultaría muy
atractiva para los forasteros. Por lo demás, dado que dicho hotel, no
obstante, sólo iba a ocupar los solares que bordeaban la calle, el barón habría
podido tomar en consideración la idea de Mouret y proponerle el resto de la manzana,
una superficie aún muy extensa. Pero había entrado ya en comandita con otros
dos amigos de Henriette, y empezaba a hastiarlo aquella munificencia de protector
complaciente. Por otra parte, aunque era hombre activo y entusiasta,
predispuesto a abrir su bolsa a los muchachos dotados de coraje e
inteligencia, el talento comercial de Mouret le parecía más sorprendente que
atractivo. ¿Aquellos almacenes gigantescos no pecaban de operación fantasiosa e
imprudente? ¿Era realmente posible ampliar de forma ilimitada un comercio de
novedades sin arriesgarse a una catástrofe segura? En definitiva, no creía en
aquel negocio, no lo aceptaba.
-Admito que su idea puede resultar seductora
-decía-. Lo malo es que es una idea de poeta... ¿De dónde iba a sacar clientes
para llenar semejante catedral?
Mouret lo miró en silencio durante unos
instantes, como si aquel rechazo lo dejase atónito. ¿Era posible aquello? (Un
hombre con tanto olfato, que olía el dinero por muy distante que se hallase! Y,
de improviso, con un ademán de rebosante elocuencia, exclamó, señalando a las
señoras que estaban en el salón:
-¿Las clientes? ¡Ahí las tiene!
El sol empezaba a palidecer; el polvillo de oro
rojo ya no era sino un resplandor rubio, cuyo último adiós agonizaba en la seda
de los cortinajes y en los entrepaños de los muebles. Con la proximidad del
crepúsculo, la espaciosa estancia se sumía en una íntima y cálida sensación de
bienestar. Mientras el señor De Boves y Paul De Vallagnosc charlaban, delante
de una ventana, con la mirada perdida en la lejanía de los jardines, las
señoras habían estrechado el círculo, formando en el centro de la habitación un
corro de faldas del que surgían risas, cuchicheos, preguntas y respuestas
vehementes, toda la pasión femenina por las compras y la moda. Hablaban de
trapos: la señora De Boves describía un vestido de baile.
-Debajo, un viso de seda malva y, encima,
volantes de encaje de Alenzón antiguo, de treinta centímetros de ancho...
-¡Ay, pero qué ideal! -interrumpía la señora
Marty-. ¡Qué suerte tienen algunas mujeres!
El barón Hartmann, cuyos ojos habían seguido el
gesto de Mouret, miraba a las señoras a través de la puerta abierta de par en
par. Y las escuchaba sin dejar de atender al joven, que, presa del exaltado
deseo de convencerlo, le desvelaba más y más su pensamiento, le explicaba cómo
funcionaba ahora el negocio de las novedades, basado, en la actualidad, en la renovación rápida e ininterrumpida del capital, que era menester convertir
en género el mayor número posible de veces dentro de un mismo año. Así era como,
aquel año, su capital, que ascendía tan sólo a quinientos mil francos, había
circulado por los almacenes cuatro veces, arrojando una recaudación de dos
millones. Una miseria, por cierto, que no tardaría en incrementar, pues estaba
seguro de que por determinados departamentos el capital podía pasar diez e,
incluso, veinte veces.
-¿Comprende, señor barón? Ésa es la clave para
que la máquina funcione. Es muy sencillo, pero había que dar con ello. No
necesitamos un fondo de operaciones grande. Nos esforzamos exclusivamente en
librarnos rápidamente de los géneros que adquirimos para sustituirlos por otros
nuevos, con lo que logramos que el capital rinda interés tantas veces cuantas
esto sucede. De este modo, podemos permitirnos unos márgenes de beneficio muy
bajos. Tenemos unos gastos generales que ascienden a la elevadísima cifra del
dieciséis por ciento, mientras que la ganancia es de tan sólo el veinte por
ciento, lo que supone un beneficio neto del cuatro por ciento, como mucho; pero
acabará dando millones, cuando operemos con grandes cantidades de mercancías,
renovándolas continuamente... Me sigue, ¿verdad? ¿Hay algo más claro?
El barón Hartmann volvió a negar con la cabeza.
Aquel hombre, que había participado en las más arriesgadas maniobras, y cuyas
temeridades, en los albores del alumbrado de gas, aún se citaban, se mostraba
terco y preocupado.
-Lo comprendo perfectamente -respondió-. Vende
usted barato para poder vender mucho; y vende mucho para vender barato... Lo
malo es que hay que vender; y vuelvo a preguntarle lo mismo de antes: ¿a quién
venderá usted? ¿Cómo espera mantener unas ventas tan colosales?
Interrumpió las explicaciones de Mouret un súbito griterío
que llegaba del salón, porque la señora Guibal había opinado que los volantes
de encaje de Alenzón antiguo hubiesen quedado mejor sólo en la delantera.
-Pero, querida amiga -decía la señora De Boves-
si también llevaba volantes en la delantera. Nunca se ha visto nada tan
suntuoso.
-Fíjese, me está dando usted una idea
-intervenía la señora Desforges-. Tengo unos cuantos metros de encaje de Alenzón...
Voy a comprar más, para adornar un vestido.
Volvió a bajar el volumen de las voces, hasta convertirse
en un susurro. Las señoras daban cifras: con regateo febril, que hostigaba sus
afanes, compraban encajes a manos llenas.
-¡Ya ve! -dijo Mouret, cuando por fin pudo hablar de
nuevo-. ¡Sabiendo vender, se puede vender lo que se quiera! Ahí reside nuestro
éxito.
Echó mano entonces de toda su labia provenzal,
con encendidas y evocadoras frases, para mostrar en todo su esplendor el
funcionamiento del nuevo comercio. Habló, primero, de cómo se multiplica por
diez el poder cuando se agolpan las mercancías, cuando se acumulan todas ellas
en un mismo lugar, apoyándose y dándose a valer mutuamente; nunca se pierde el
ritmo; siempre hay un artículo de temporada; y, de mostrador en mostrador, la
cliente va cayendo en la red, compra aquí la tela; allá, el hilo; acullá, el
abrigo; se viste de pies a cabeza. Topa,
luego, con hallazgos inesperados, cayendo en la necesidad de lo superfluo, de
lo bonito. Alabó, acto seguido, las ventajas de marcar los artículos con
precios que todos pudieran ver. La gran revolución del comercio de novedades se
basaba en aquel descubrimiento. Las tiendas de antes, el pequeño comercio,
agonizaban porque no podían soportar la guerra de precios que traían consigo
los géneros marcados. En la actualidad, la competencia se zanjaba cara al
público; bastaba con darse una vuelta por los escaparates para fijar los
precios; cada tienda hacía las rebajas que podía, conformándose con un
beneficio mínimo. Se habían acabado las trampas; no más golpes de fortuna
meticulosamente basados en vender una tela por el doble de lo que había
costado, sino operaciones corrientes, con un tanto por ciento regular de
ganancia en todos los artículos, limitando el papel de la suerte a la buena
organización de las ventas, tanto más importante cuanto que no había
disimulos. ¿No era acaso todo aquello un invento sorprendente, que estaba
trastocando los negocios y transformando París porque se amasaba con la carne y
la sangre de la mujer?
-¡Si las mujeres son mías, lo demás me importa un comino! -exclamó, en
un brutal arranque de sinceridad, dejándose llevar por su apasionado
entusiasmo.
Este grito del alma pareció quebrantar las reticencias del barón. Su
sonrisa iba perdiendo el toque irónico; miraba a aquel joven, de cuya fe estaba
empezando a contagiarse, y comenzaba a notar que le estaba cobrando afecto.
-¡Chitón! -murmuró paternalmente-. Lo van a oír.
Pero las señoras hablaban ahora todas a la vez, y ya ni siquiera se
atendían entre sí. La señora De Boves estaba acabando de describir el vestido
de noche: una escotadísima túnica de seda malva, drapeada y sujeta con lazos de
encaje; y más lazos de encaje en los hombros.
-Ya lo verán -decía-; me están haciendo un corpiño igual con un
raso...
-Yo -interrumpió la señora Bourdelais- he preferido el terciopelo.
¡Huy, una ganga!
La señora Marty preguntaba:
-¿Y la seda? ¿A cuánto?
Y, de nuevo, todas rompieron a hablar a la vez. La señora Guibal,
Henriette y Blanche medían, cortaban, despilfarraban. Aquello era un auténtico
expolio de telas; las señoras entraban a saco en los almacenes, con un apetito
de lujo que se explayaba en atuendos envidiados y soñados, con una dicha tal
de hallarse en el mundo de los trapos que querían vivir sumidas en él, como si
fuera el aire tibio que necesitaban respirar.
Mouret, en tanto, miraba de reojo el salón. Y, al oído, como si se tratara
de alguna de esas confidencias amorosas que, a veces, se atreven a hacerse
entre sí los hombres, acabó de explicar al barón Hartmann, en unas cuantas
frases, el funcionamiento del gran comercio moderno. Le reveló, entonces, más
allá de todos los hechos ya expuestos, coronando la pirámide, el arte de
explotar a la mujer. Tal era el fin último al que todo se encaminaba: la
continua renovación del capital; la acumulación de mercancías; la tentación de
lo barato; los precios marcados, que inspiran confianza. Por lo que peleaban y
competían los almacenes era por la mujer, a la que hacían caer una y otra vez en la tendida trampa de los saldos, tras
aturdirla con los escaparates. Despertaban en ella nuevas apetencias; eran una
tentación gigantesca ante la que ella sucumbía fatalmente: al principio,
pretendía aprovechar las ocasiones, a fuer de buena ama de casa; luego, se
dejaba llevar por la coquetería; al final, se la comían viva. Los almacenes
multiplicaban las compras, democratizaban el lujo y se convertían, así, en
causa de temibles despilfarros, desbaratando los presupuestos familiares y
favoreciendo las locuras de la moda, cada vez más costosas. Si adulaban a la
mujer y halagaban sus debilidades, si la rodeaban de deferencias, haciendo de
ella una reina, era su reinado el de la amorosa soberana de un pueblo de
traficantes, a los que paga cada capricho con una gota de sangre. Tras la
gentil galantería de Mouret apuntaba el brutal comportamiento de un judío que
vendiera a la mujer al peso. Le construía un templo en el que legiones de
dependientes quemaban incienso en su honor; ideaba el ritual de un culto nuevo;
estaba pendiente de ella, buscaba sin tregua más y mejores tentaciones. Pero, a
sus espaldas, después de vaciarle los bolsillos y destrozarle los nervios,
rebosaba de ese secreto desprecio que siente el hombre por la amante que acaba
de cometer la torpeza de entregarse a él.
-¡Haga suyas a las mujeres-le
dijo, muy bajito, al barón, con descarada risa-, y venderá el mundo! `
Ahora el barón lo entendía perfectamente. Unas
pocas frases habían bastado; el resto podía imaginarlo. Y aquella galante y
amorosa forma de explotación lo acaloraba, despertaba en él los recuerdos de
sus años de calavera. Entornaba los párpados con expresión de complicidad y no
podía por menos de admirar al inventor de aquella máquina que se tragaba a las
mujeres. ¡Qué portentoso hallazgo! Y, al igual que Bourdoncle, fiándose de su
larga experiencia, comentó:
-Ya sabe usted que acabarán tomándose la
revancha.
Pero Mouret se encogió de hombros, con
aplastante desprecio. Todas le pertenecían, hacía lo que quería con ellas y no
era de ninguna. Tras obtener de las mujeres fortuna y placer, las arrojaría
todas juntas al arroyo, por si todavía quedaba alguien que pudiera ganarse la
vida con sus restos. Era el suyo un desprecio razonado, de meridional y de
especulador.
-¿Y bien, señor mío -preguntó, a modo de
conclusión-, quiere usted unirse a mí? ¿Cree usted posible la operación de los
solares?
El barón, aunque medio conquistado, no acababa
de decidirse a aceptar semejante compromiso. Seguía albergando ciertas dudas,
pese a que el encanto de Mouret empezaba a surtir efecto. Se disponía a
contestarle con alguna evasiva, pero un apremiante requerimiento de las señoras
le evitó aquella molestia. Llamaban repetidamente, entre leves risas:
-¡Señor Mouret, señor Mouret!
Y como éste, al que la interrupción
contrariaba, fingía no oírlas, la señora De Boves, que llevaba ya un rato de
pie, se acercó a la puerta del saloncito.
-Señor Mouret, requerimos su presencia... Eso
de andarse perdiendo por los rincones para charlar de negocios es muy poco
galante.
Tuvo él que ceder, pues, fingiendo que lo hacía
de buen grado y con tal expresión de arrobado contento que dejó al barón
maravillado. Se levantaron ambos y pasaron al salón principal.
-Ya saben que me tienen siempre a su disposición, señoras
-dijo Mouret, que entró con la sonrisa en los labios.
Lo recibió una triunfante algarabía. Tuvo que
acercarse más al grupo; las señoras le hicieron sitio. El sol acababa de
ocultarse tras los árboles de los jardines; el día se apagaba mientras una
suave penumbra inundaba poco a poco el amplio salón. Era esa hora crepuscular
tan llena de ternura, ese minuto de discreta voluptuosidad que media, en los
pisos parisinos, entre la claridad mortecina de la calle y la llegada de las
lámparas, que están encendiendo en el office. Caían sobre la alfombra, como un
borrón, las sombras de los señores De Boves y Vallagnosc, que seguían de pie
delante de una de las ventanas; y, en tanto, sobre el telón de fondo del
resplandor postrero que entraba por la otra, se perfilaba la silueta humilde
del señor Marty, con su levita raída y pulcra y aquel rostro empalidecido en el
ejercicio de la docencia: había entrado discretamente, minutos antes, y oír a
las señoras hablar de vestidos lo trastornaba por completo.
-La venta se inaugura el próximo lunes, ¿no?
-preguntaba en aquel preciso instante la señora Marty.
-Sin falta, señora -contestó Mouret con voz
aflautada, la voz de actor que ponía para hablar con las mujeres.
-Ya sabe que pensamos ir todas -intervino
entonces Henriette-. Cuentan que prepara usted auténticas maravillas.
-¡Hombre, tanto como maravillas! -murmuró él,
con expresión de modesta fatuidad-. Sólo intento ser digno de su beneplácito.
Pero las damas lo atosigaban a preguntas. La
señora Bourdelais, la señora Guibal, e incluso Blanche, todas querían saber
más.
-Pero dénos usted algún detalle -repetía
insistentemente la señora De Boves-. Nos tiene sobre ascuas.
Lo tenía cercado el prieto corro cuando
Henriette comentó que ni siquiera había tomado una taza de té, lo que causó una
tremenda conmoción a las señoras; cuatro de ellas se apresuraron a servirle,
con la condición, eso sí, de que luego respondería a todas las preguntas.
Henriette echaba té en la taza que sujetaba la señora Marty y, mientras, la
señora De Boves y la señora Bourdelais se disputaban el honor de ponerle el
azúcar. Luego, tras negarse él a tomar asiento, no bien hubo empezado a
beberse el té con sorbos lentos, de pie en el centro del corro de mujeres,
éstas lo estrecharon, aprisionándolo en el estrecho cerco de sus faldas,
sonriéndole con la cabeza erguida y los ojos relucientes.
-¿Y esa París-Paraíso, esa seda suya de la que
hablan todos los periódicos? -prosiguió la señora Marty, impaciente.
-¡Ah! -contestó él-. ¡Es un artículo
extraordinario, una faya gros-grain, ligera y resistente... Ya lo comprobarán,
señoras. Y sólo podrán comprárnosla a nosotros, porque la tenemos en exclusiva.
-¿De verdad? ¡Una seda de buena calidad a cinco
sesenta! -exclamó la señora Bourdelais entusiasmada-. ¡Parece increíble!
Desde que habían empezado a anunciarla, aquella seda
desempeñaba un papel considerable en la vida cotidiana de las señoras. Hablaban
de ella, se prometían comprarla, divididas entre el deseo y las dudas. Y, tras
la locuaz curiosidad con que agobiaban al joven, afloraba el peculiar
temperamento de compradora de cada una de ellas: la señora Marty, poseída por
su rabiosa necesidad de comprar, cogía siempre de todo en El Paraíso de las
Damas, sin criterio alguno, al azar de lo que hubiese expuesto; la señora Guibal
se paseaba por los almacenes durante horas, sin gastar nunca un céntimo, feliz
y satisfecha de poder regalarse la vista; la señora De Boves, siempre corta de
dinero, padecía continuamente los tormentos de un deseo devorador y sentía
rencor hacia las mercancías que no podía llevarse; la señora Bourdelais, con su
fino olfato de burguesa sensata y práctica, iba derecha a las gangas y,
gracias a su maña de buena ama de casa libre de pasiones febriles, daba a los
grandes almacenes un sabio uso que le ahorraba mucho dinero; Henriette, por
último, muy elegante, sólo adquiría en ellos determinados artículos: sus
guantes, calcetería, y toda la ropa de menaje.
-También tenemos otras telas sorprendentes por
su calidad y su buen precio -proseguía Mouret, con voz cantarina-. Les
recomiendo, por ejemplo, nuestra Piel de Oro, un tafetán de brillo
incomparable... En las sedas de fantasía encontrarán combinaciones deliciosas,
estampados que nuestro comprador ha elegido entre mil; y, en terciopelos,
tenemos la gama de tonalidades más completa... Les anticipo que este año se va
a llevar mucho el paño, así que no dejen de ver nuestros guateados y nuestros
cheviots...
Las señoras ya no lo interrumpían; cerraban más
y más el círculo; una insinuada sonrisa les entreabría los labios; aproximaban
el rostro al tentador, lo tendían hacia él como si se les escapase el alma. Se
les iba apagando el brillo de los ojos; un leve
escalofrío les recorría la nuca. Y él mantenía su serenidad de conquistador, en
medio de las turbadoras fragancias que exhalaban los cabellos femeninos. Seguía
bebiendo, entre frase y frase, un sorbito de té, cuyo aroma atenuaba aquellos
otros perfumes más ásperos en los que se insinuaba un atisbo de fiera. Y el barón
Hartmann, viendo aquella capacidad de seducción, tan dueña de sí, lo bastante
fuerte para manejar a la mujer de aquel modo sin dejarse llevar por las
embriagueces que de ella nacen, no podía apartar los ojos de Mouret y lo admiraba cada vez más.
-¿De modo que se va a llevar el paño? -siguió
diciendo la señora Marty, con una pasión de coqueta que embellecía su alterado
rostro-. Ya iré a ver lo que tienen.
La señora Bourdelais, que no perdía el tino,
dijo a su vez:
-La venta de retales de ustedes es los jueves,
¿verdad?... Esperaré; tengo que vestir a toda mi gente menuda.
Y, volviendo la delicada cabeza rubia hacia la
anfitriona, añadió:
-Y a ti, ¿te sigue vistiendo Sauveur?
-La verdad es que sí -contestó Henriette-.
Sauveur es muy cara, pero es la única, en todo París, que sabe hacer las blusas
como es debido... Y por mucho que diga el señor Mouret, tiene los estampados
más bonitos, unos estampados que no se ven en ninguna otra parte. No puedo
soportar que todas las mujeres lleven el mismo vestido que yo.
Mouret reaccionó con una sonrisa discreta y, a
continuación, dio a entender que la señora Sauveur le compraba las telas a él;
era cierto que adquiría directamente en fábrica ciertos estampados, cuya
exclusiva se reservaba; pero, en sedas negras, por ejemplo, siempre estaba al
acecho de las ofertas de El Paraíso de las Damas, de donde se llevaba grandes
remesas, que luego vendía doblando y hasta triplicando el precio.
-Así que estoy seguro de que nos mandará a su
gente para que nos quite la París-Paraíso de las manos. ¿Qué sentido tendría
que pagase esa seda en fábrica más cara de lo que se la vendemos nosotros?...
¡Pero si perdemos dinero con ella, se lo aseguro!
Fue el golpe de gracia. Pensar que el
comerciante perdía dinero fustigaba en ellas esa codicia de mujeres cuyo placer
de comprar se dobla si creen que, al hacerlo, están robando al vendedor. Mouret
sabía que no podían resistirse a las gangas.
-¡Si es que lo damos todo regalado! -exclamó,
jovialmente, cogiendo el abanico de la señora Desforges, que se había quedado
encima del velador que tenía a sus espaldas-. Fíjense en este abanico...
¿Cuánto dice que ha costado?
-El Chantilly, veinticinco francos y las
varillas, doscientos -dijo Henriette.
-Bueno, pues el Chantilly no es caro. Aunque
nosotros lo tenemos igual a dieciocho francos... Y en lo que se refiere a las
varillas, querida señora, le han robado miserablemente. Yo no me atrevería a
venderlas a más de noventa francos.
-¡Lo que yo decía! -exclamó la señora
Bourdelais.
-¡Noventa francos! -murmuró la señora De
Boves-. La verdad es que hay que estar sin un céntimo para renunciar a algo
así.
Había vuelto a coger el abanico para
examinarlo, junto con su hija Blanche; y en el rostro carnoso de rasgos
regulares, en los ojos grandes y soñolientos, iba creciendo un deseo refrenado
y ansioso por aquel capricho que no podría nunca satisfacer. Por segunda vez,
fue pasando de mano en mano el abanico, entre comentarios y exclamaciones.
Entre tanto, el señor De Boves y Vallagnosc se habían apartado de la ventana.
Mientras el primero volvía a colocarse detrás de la señora Guibal, cuyo escote
escudriñaba sin perder su correcta expresión de superioridad, el joven se
inclinó hacia Blanche, tratando de decirle algo amable.
-¿No le resulta un poco triste, señorita, la
combinación de varillas blancas y encaje negro?
-¡Huy! Pues he visto yo un abanico de nácar y
plumas blancas..-respondió ella, muy digna, sin que el más leve rubor le
tiñese el abotagado rostro-. ¡Qué cosa más virginal!
El señor De Boves, que sin duda se había fijado
en los desconsolados ojos con que su mujer iba siguiendo el abanico, metió, al
fin, baza en la conversación:
-Esos chismes se rompen en seguida.
-¡Qué me va usted a contar! -ratificó,
simulando indiferencia, la señora Guibal, con su mohín de agraciada
pelirroja-. Estoy aburrida de mandar los míos a que los peguen.
La señora Marty, a la que aquella charla ponía fuera de
sí, llevaba un rato sobando febrilmente el bolso rojo que tenía en el regazo.
Todavía no había podido sacar sus compras y se moría de ganas de enseñarlas,
como si la apremiara algún deseo sensual. De repente, olvidándose de su marido,
abrió el bolso y sacó varios metros de una estrecha tira de encaje enrollada
alrededor de una cartulina.
-Es el encaje de Valenciennes para mi hija del
que les hablé antes -dijo-. Es de tres centímetros de ancho. Muy lindo, ¿verdad?...
A un franco con noventa.
El encaje pasó de mano en mano, entre
exclamaciones de asombro de las señoras. Mouret afirmaba que vendía las puntillas
para guarniciones a precio de fábrica. Por su parte, la señora Marty había
vuelto a cerrar el bolso, como si ocultara en él cosas que no deben mostrarse
en público. Pero, viendo el éxito que había tenido el encaje de Valenciennes,
no pudo resistirse a sacar también un pañuelo.
-También encontré este pañuelo...
Incrustaciones de Bruselas, querida... ¡Un auténtico hallazgo! ¡Veinte
francos!
Y, desde ese mismo instante, el bolso se
convirtió en un saco sin fondo. La señora Marty, ruborizándose de placer,
mostraba, con cada nueva compra, la encantadora y pudorosa turbación de una
mujer mientras se desnuda. Primero, una corbata de blonda española, que le
había costado treinta francos: no la quería, pero el dependiente le había
jurado que sólo quedaba aquélla y que iban a subir de precio. Luego, un velo de
sombrero de encaje de Chantilly: un poco caro, cincuenta francos; si no lo
usaba ella, algo podría hacer con él a su hija.
-¡Dios mío, es que los encajes son tan bonitos!
-repetía, con sonrisa nerviosa-. Cuando me meto en ese departamento, me lo
llevaría todo.
-¿Y esto? -preguntó la señora De Boves,
examinando una pieza de guipur.
-Es un retal de entredoses -respondió la señora
Marty-. Hay veintiséis metros. Un franco el metro, ¿sabe usted?
-¡Caramba! -se sorprendió la señora
Bourdelais-. ¿Y qué piensa hacer con él?
-¡Ah, pues no lo sé!... Pero me pareció un
dibujo tan curioso...
En aquel momento, alzó los ojos y vio el rostro
aterrado de su marido. Se había puesto aún más pálido, toda su persona
expresaba la angustia resignada de un pobre hombre que presencia el
desmoronamiento del sueldo que tanto le ha costado ganar. Cada nuevo retazo de
encaje representaba para él un desastre: el despilfarro de sus amargas jornadas
de docencia; el anonadamiento de sus caminatas por el barro, camino de las
clases particulares; los incesantes esfuerzos de toda una vida abocados a una
pobreza vergonzante, al infierno de un hogar menesteroso. Ante el espanto
creciente de aquella mirada, la señora Marty quiso ocultar el pañuelo, el velo,
la corbata; y, mientras los rescataba con manos febriles, repetía, entre
risitas nerviosas:
-Van ustedes a conseguir que me riña mi
marido... Te aseguro, querido, que he sido muy sensata, porque había un mantón
de quinientos francos... ¡Ay, qué maravilla!
-¿Y por qué no lo compró usted? -replicó, muy
calmosa, la señora Guibal-. El señor Marty es el hombre más atento del mundo.
Al profesor no le quedó más remedio que hacer una ligera
venia y asegurar que su mujer gozaba de total libertad. Pero, al imaginarse el
peligro que suponía aquel mantón, sintió que le recorría la espalda un glacial
escalofrío; y como Mouret, precisamente, estaba afirmando que los nuevos
almacenes mejoraban el bienestar de los hogares de la burguesía media, le
lanzó una mirada terrible, el relámpago de odio de un tímido que no se atreve a
estrangular a nadie.
Por su parte, las señoras seguían sin soltar
los encajes, que las tenían embriagadas. Desenrollaban las piezas, se las pasaban
de mano en mano. Y aquellos sutiles lazos las ataban, las obligaban a estrechar
aún más el círculo. Sentían en los regazos la caricia de aquel tejido de
milagrosa delicadeza, en el que se les demoraban las manos culpables.
Acorralaban más y más a Mouret; lo agobiaban con nuevas preguntas. Como la
oscuridad iba en aumento, él tenía que agachar la cabeza, a veces, para
examinar el punto de un encaje o elogiar un dibujo, rozándoles el cabello con
la barba. Pero, incluso sumido en aquella perezosa voluptuosidad del crepúsculo
y en el entibiado perfume que les subía de los hombros, seguía siendo su
dueño, aunque fingiese arrobo. Tenía una naturaleza femenina, y ellas sentían
cómo las penetraba y poseía aquel sutil instinto que adivinaba sus más íntimos
secretos, al que se entregaban, seducidas; y él, en tanto, habiendo adquirido
ya la certidumbre de que las tenía a su merced, se erguía, dominador, con
brutal autoridad, como el despótico monarca de la moda.
-¡Ay, señor Mouret, señor Mouret! -cuchicheaban
las voces, balbucientes y desfallecidas, desde las tinieblas del salón.
Las últimas claridades del cielo se iban
apagando en los herrajes de cobre de los muebles. Sólo los encajes conservaban
sus níveos reflejos en el regazo de las señoras, cuya confusa proximidad
parecía rodear al joven de devotas arrodilladas. Un último reflejo brillaba aún
en la panzuda tetera, un resplandor breve e intenso de lamparilla encendida en
una tibia alcoba perfumada de té. El hechizo se rompió de improviso cuando
entró el lacayo con dos lámparas. Despertó el salón, alegre y luminoso. La
señora Marty volvía a guardar sus encajes en las profundidades del bolso; la
señora De Boves saboreaba otro pastelillo borracho; y, mientras, Henriette, de
pie en el vano de una ventana, charlaba a media voz con el barón Hartmann.
-Es un hombre encantador -dijo éste.
-¿Verdad que sí? -se le escapó a ella, con
involuntaria exclamación de mujer enamorada.
El barón sonrió y la contempló con paternal
indulgencia. Era la primera vez que la veía tan prendada; y, como su superioridad
lo ponía al amparo del sufrimiento, sólo sentía compasión al verla en manos de
aquel joven apuesto, tan tierno y de tan fría indiferencia. Creyó que debía
ponerla sobre aviso, y le susurró, con tono de guasa:
-Tenga cuidado, querida; se la comerá a usted,
y a todas las demás también.
Una llamarada de celos encendió los hermosos
ojos de Henriette. Intuía que era muy probable que Mouret se hubiese limitado
a utilizarla para acercarse al barón. Y se juraba a sí misma que volvería loca
de amor a aquel joven, cuyo cariño de hombre apresurado tenía el encanto fácil
de una canción lanzada a los cuatro vientos.
-¡Bah! -replicó, fingiendo bromear a su vez-.
Siempre es el cordero el que acaba por comerse al lobo.
Despertóse el interés del barón, que, con un gesto de la
cabeza, la animó a perseverar. Quizá fuera ella la mujer que tenía que llegar
algún día para vengar a todas las demás.
Cuando Mouret, tras haber vuelto a decir a
Vallagnosc que quería mostrarle su máquina en marcha, se acercó al barón para
despedirse, éste lo retuvo en el hueco de la ventana, frente a los jardines
sumidos en tinieblas. Cedía por fin a la seducción; al verlo en el corro de
señoras, había creído en él. Charlaron ambos unos instantes en voz baja y, al
cabo, el banquero manifestó:
-Me comprometo a estudiar el asunto... Si la
inauguración de la venta del lunes resulta tan brillante como me ha anunciado
usted, puede darlo por hecho.
Se dieron un apretón de manos y Mouret, que
parecía encantado de la vida, se fue a su casa, pues no cenaba a gusto si no
echaba una ojeada, todas la noches, a la recaudación de El Paraíso de las Damas
IV
Aquel lunes, 10 de octubre, un claro sol,
heraldo de victorias, atravesó las nubes grises que llevaban una semana
ensombreciendo París. Hasta la noche anterior había estado cayendo una
pertinaz llovizna, un polvillo de agua que mojaba y ensuciaba las calles;
pero, de madrugada, fuertes y veloces ráfagas habían arrastrado consigo las
nubes y oreado las aceras. El cielo azul mostraba una límpida alegría
primaveral.
Como era de esperar, El Paraíso de las Damas
lanzaba mil fulgores desde las ocho de la mañana, bajo los rayos de aquel sol
tan claro, en todo el esplendor de la inauguración de la gran venta de
novedades de invierno. En la puerta ondeaban banderas; las piezas de lana
palpitaban en el aire fresco de la mañana, animando la plaza de Gaillon con un
tumulto de verbena; mientras, en ambas calles, los escaparates desplegaban
sinfonías de telas, cuyos resplandecientes tonos avivaba aún más la limpidez de
las lunas. Era algo así como una orgía de colores, un regocijo callejero que
estallaba en aquella esquina, en aquel rincón dedicado por completo al consumo,
abierto de par en
par, al que todo el que quisiera podía acudir a alegrar la vista.
Pero a aquella hora entraba poca gente, unas
cuantas clientes apresuradas, amas de casa del vecindario, mujeres que querían
ahorrarse los empujones de por la tarde. Tras los tejidos que los empavesaban,
se notaba que los almacenes estaban vacíos, en pie de guerra y esperando a la
clientela, con las tarimas enceradas y las secciones rebosantes de artículos.
La presurosa muchedumbre matutina apenas miraba los escaparates de reojo y sin
acortar el paso. En la calle Neuve-Saint-Augustin y en la plaza de Gaillon,
donde estaba previsto que esperasen los vehículos, sólo había, a las nueve, dos
coches de punto. Tan sólo formaban grupos en los portales y en las esquinas de
las aceras los vecinos del barrio, sobre todo los pequeños comerciantes, a
quienes conmocionaba semejante despliegue de pendones y penachos; y no perdían
detalle, rebosantes de acerbos comentarios. Lo que más los indignaba era ver,
en la calle de la Michodiére, delante del servicio de envíos, uno de los cuatro
carruajes que Mouret acababa de mandar a recorrer París: destacaban las letras
en amarillo y rojo, sobre fondo verde; y los acharolados entrepaños lanzaban al
sol destellos de oro y púrpura. El coche, recién pintado, luciendo el nombre de
la casa en todos los cuarteles y rematado, además, con una pancarta que
anunciaba la inauguración de la venta, se alejó al fin, en cuanto acabaron de
cargarlo con los paquetes que habían quedado sin repartir la víspera, al trote
de un espléndido caballo; y Baudu, lívido en el umbral de El Viejo Elbeuf siguió
con la vista, hasta que se perdió por el bulevar, aquel vehículo, radiante como
un sol, que paseaba por toda la ciudad el aborrecido nombre de El Paraíso de
las Damas.
Entre tanto, ya iban llegando y tomando la fila
algunos coches de punto. Cada vez que aparecía una cliente, se inmutaba la
hilera de mozos de almacén que formaban bajo la elevada puerta, vestidos de
librea: frac y pantalón verde claro, chaleco a rayas amarillas y naranja. Y el
inspector Jouve, el ex capitán retirado, estaba allí, con levita y corbata
blanca, luciendo la condecoración que daba fe de una añeja probidad,
recibiendo a las señoras con severa cortesía, inclinándose hacia ellas para
indicarles los departamentos. Luego, las clientes se internaban por el
vestíbulo, convertido en salón oriental.
Ya desde la puerta, las arrebataba el pasmoso y
sorprendente espectáculo. Se trataba de una creación de Mouret, que había sido
el primero en tener la ocurrencia de adquirir, en excelentes condiciones, y
traer de tierras levantinas toda una colección de alfombras, antiguas y
modernas, esas alfombras difíciles de conseguir que, hasta entonces, sólo
vendían, a elevados precios, los comerciantes de curiosidades y rarezas.
Pensaba inundar el mercado con ellas, las daba casi a precio de coste, sin
aspirar a más ventaja que usarlas para componer un soberbio decorado que
atrajese a sus almacenes a refinados compradores de arte. Desde el centro de
la plaza de Gaillon podía divisarse aquel salón oriental, formado únicamente
con alfombras y portiers que los mozos habían colgado ateniéndose a las instrucciones
del dueño. Para empezar, cubrían el techo alfombras de Esmirna, cuyos
complicados dibujos destacaban sobre un fondo rojo. Luego, por los cuatro
costados, pendían portiers: de Karamán y de Siria, con zigzagueantes trazos verdes,
amarillos y bermellón; de Divarbekir, más bastos, rudos al tacto como sayos de
pastor; y también otras alfombras que podían hacer las veces de tapices:
alfombras largas y estrechas de Isfahán, de Teherán, de Kermashán; alfombras
más anchas de Shumaka y de Madrás: curiosas floraciones de peonías y palmas,
fantasías sin trabas en el jardín de los sueños. Por el suelo, seguía habiendo
alfombras, una siembra de espesos toisones; la del centro, que venía de Agra,
era una extraordinaria pieza de fondo blanco y ancho reborde azul pálido, que
recorrían adornos violáceos fruto de una exquisita inspiración. Se desplegaban,
luego, por doquier, las alfombras de La Meca, de aterciopelados reflejos; las
alfombrillas de oración de Daguestán, con su simbólico pico; las alfombras del
Kurdistán, salpicadas de abiertas flores; y, por fin, apilado en una esquina,
un alud de alfombras baratas de Guerdés, de Cula y de Kirshehir, de quince
francos en adelante. Sillones y sofás confeccionados con alforjas de camello
amueblaban aquella tienda digna de un suntuoso bajá: en algunas se cruzaban
vistosos rombos; en otras se abrían ingenuas rosas. Allí estaban Turquía,
Arabia, la India, tras vaciar los palacios y desvalijar las mezquitas y los
zocos. El oro leonado prevalecía en las desdibujadas alfombras antiguas, cuyos
tonos ajados conservaban una oscura tibieza, un degradado de ascuas apagadas,
un bello color de barro cocido como el que vemos en los antiguos maestros de la
pintura. Y flotaban visiones de Oriente tras el lujo de aquel arte bárbaro,
entre aquel penetrante olor de comarcas de miseria v sol que las lanas viejas
conservaban.
Cuando Denise, que empezaba a trabajar
precisamente ese lunes, había cruzado, a las ocho, el salón oriental, se había
quedado sobrecogida al no reconocer ya la entrada de los almacenes; y aquel
decorado de harén colocado ante la puerta había acabado de trastornarla. Un
mozo la condujo al sotabanco y la puso en manos de la señora Cabin, encargada
de la limpieza y la vigilancia de los cuartos; y ésta la instaló en el número
7, adonde ya le habían subido el baúl. Era una estrecha celda abuhardillada,
con un tragaluz que daba al tejado; la amueblaban una cama pequeña, un armario
de nogal, un tocador con jofaina y palangana, y dos sillas. Veinte habitaciones
iguales se alineaban a lo largo de un corredor conventual pintado de amarillo.
Y, de las treinta y cinco dependientes de la casa, las veinte que no tenían familia
en París dormían allí, mientras que las otras quince vivían en sus casas,
algunas en casa de supuestas tías o primas. Denise se quitó en el acto el raído
vestido de lana, tantas veces cepillado, remendado en las mangas, el único que
había traído de Valognes. Se puso luego el uniforme de su departamento: un
vestido de seda negra que le habían arreglado y la esperaba encima de la cama.
Le seguía estando algo grande, ancho de espalda. Pero se dio tanta prisa en
vestirse y estaba tan turbada que no paró mientes en esos detalles de
coquetería. Nunca había llevado ropa de seda. Mientras bajaba, endomingada e
incómoda, miraba el brillo de la falda y se avergonzaba de los ruidosos
susurros de la tela.
Cuando llegó abajo y entró en el departamento,
acababa de estallar una riña. Oyó que Clara decía con voz chillona:
-Yo he llegado antes que ella, señora Aurélie.
-No es cierto -contestaba Marguerite-. Me ha
dado un empujón en la puerta, pero yo tenía un pie dentro del salón. Lo que
andaba en juego era el orden de inscripción que regulaba los turnos de venta.
Las dependientes se apuntaban en una pizarra, según iban llegando. Y cada vez
que una de ellas había atendido a una cliente, volvía a anotar su nombre debajo
de los demás. La señora Aurélie acabó por darle la razón a Marguerite.
-¡Siempre con injusticias! -susurró Clara,
rabiosa.
Pero la llegada de la nueva reconcilió a las
jóvenes. La miraron y, luego, cruzaron una sonrisa. ¿Cómo era posible tener
tan malas trazas? Denise se dirigió torpemente hacia la pizarra para apuntarse
al final de la lista, en tanto que la señora Aurélie la examinaba con mohín
preocupado y exclamaba, sin poder contenerse:
-Hija mía, en ese vestido caben dos como usted.
Habrá que estrecharlo... Y, además, no sabe usted arreglarse. Venga aquí, que
la voy a retocar un poco.
Y la condujo ante uno de los altos espejos, que
alternaban con las puertas macizas de los armarios en donde se guardaban las
prendas de confección. Rodeaban la amplia estancia lunas y entrepaños de roble
tallado, cubría el suelo una moqueta roja rameada, y parecía el trivial salón
de un hotel por el que cruza un continuo desfile de presurosos viandantes. Ese
parecido lo acentuaban las jóvenes dependientes, reglamentariamente vestidas
de seda, que paseaban por allí su mercantil cortesía sin sentarse en ninguna de
las doce sillas reservadas exclusivamente para las clientes. Todas llevaban,
como hincado en el pecho, prendido entre dos ojales del corpiño, un lapicero
grande con la punta hacia fuera. Y, asomando a medias de un bolsillo, se veía
la mancha blanca del talonario de ventas. Algunas se atrevían a lucir joyas:
sortijas, broches, cadenas. Pero de lo que presumían sobre todo era de un lujo
en el que rivalizaban y que les permitía salirse de la impuesta uniformidad del
atuendo: todas tenían puesta su vanidad en el cabello, y se esmeraban en peinarlo
y rizarlo, abultándolo con trenzas y moños cuando les parecía poco abundante.
-A ver, tírese del cinturón por delante
-repetía la señora Aurélie-. Ve, así, por lo menos no se abolsa el vestido por
la espalda... ¿Y cómo es posible que vaya tan desastrosamente peinada? Tendría
un pelo espléndido, si quisiera.
Ésa era, en efecto, la única belleza de Denise.
La melena, de un rubio ceniciento, le llegaba hasta los tobillos. Y le costaba
tanto peinarla que se contentaba con recogerla y apelotonarla, sujetándola con
los fuertes dientes de una peineta de hueso. Clara, muy contrariada al verle
aquel pelo, fingía burlarse de la torpeza del peinado, que no le quitaba su
montaraz encanto. Hizo una seña a una de las dependientes del departamento de
lencería, una muchacha de cara carnosa y expresión agradable. Los dos departamentos
eran contiguos y vivían en permanente rivalidad; pero las dependientes de
ambos se ponían de acuerdo a veces para reírse de alguien.
-Señorita Cugnot, fíjese en esas crines -repetía Clara,
mientras Marguerite le daba codazos y fingía también estar muerta de risa.
Pero la dependiente de lencería no tenía ganas
de broma. Llevaba un rato mirando a Denise y acordándose de cuánto habría
sufrido ella, en su departamento, los primeros meses.
-Bueno, ¿y qué? -respondió-. Más de una querría
tener unas crines así.
Y regresó a su puesto, dejando a las otras dos muy
molestas. Denise, que la había oído, la siguió con mirada agradecida, en tanto
que la señora Aurélie le entregaba un talonario de ventas a su nombre, al
tiempo que le decía:
-Bueno, ya se arreglará usted mañana con más
maña... Y ahora intente hacerse a las costumbres de la casa y espere su turno
de venta. Hoy vamos a tener un día muy duro y podremos ver lo que da usted de
sí.
No obstante, el departamento seguía vacío. A
aquella hora tan temprana, pocas clientes subían a confección y las dependientes
ahorraban fuerzas, envaradas y despaciosas, preparándose para el cansancio de
la tarde. Denise, intimidada al pensar que andaban acechando sus primeros
pasos, afiló el lapicero para no estar mano sobre mano. Luego, imitando a las
demás, se lo hincó en el pecho, entre dos ojales. Se daba ánimos a sí misma:
tendría que ganarse el puesto, a ver qué remedio. La víspera le habían dicho
que, al principio, no le pagarían un sueldo fijo; cobraría nada más el tanto
por ciento y la comisión sobre las ventas que hiciese. Pero tenía esperanzas de
conseguir así mil doscientos francos, pues sabía que las buenas dependientes
llegaban a los dos mil si ponían mucho empeño. Ya se había hecho un
presupuesto: con cien francos al mes podría pagar la pensión de Pépé y atender
a Jean, que no cobraba ni un céntimo; e incluso podría vestirse y comprarse
algo de ropa blanca. Pero para conseguir esa cantidad tan elevada tenía que
ser trabajadora y fuerte; no permitir que la afectasen las antipatías que
notara a su alrededor; luchar y, si era preciso, arrebatar a sus compañeras la
parte que le correspondía. Mientras intentaba sacar fuerzas de esos
razonamientos, un joven alto, que pasaba por delante, le sonrió y, al reconocer
a Deloche, que había entrado el día anterior en los encajes, le devolvió la
sonrisa, feliz de volver a encontrarse con un amigo y viendo en aquel saludo un
buen presagio.
A las nueve y media, una campana había
anunciado el primer turno del almuerzo. Volvió a sonar para anunciar el segundo.
Y las clientes seguían sin llegar. La segunda encargada, la señora Frédéric,
cuya hosca intransigencia de viuda se complacía en anunciar desastres,
aseguraba con frases lapidarias que el día estaba perdido: no vendría ni un
alma; ya podían cerrar los armarios e irse. Tal predicción le nublaba el rostro
a Marguerite, que rabiaba por el dinero, mientras que Clara, con su aspecto de
caballo desbocado, soñaba ya con irse de merienda al bosque de Verriéres si la
casa se hundía. En cuanto a la señora Aurélie, muda, muy seria, paseaba su
facies de César por el departamento vacío, como un general responsable de la
victoria y la derrota.
A eso de las once, aparecieron unas cuantas
señoras. Iba a llegarle el turno a Denise. Y precisamente entonces anunciaron
que se acercaba una cliente.
-La provinciana gorda, ya sabéis a quién me refiero
-susurró Marguerite.
Se trataba de una mujer de cuarenta y cinco
años que, de tarde en tarde, acudía a darse una vuelta por París desde su
remota provincia, donde se pasaba los meses ahorrando, céntimo a céntimo. Y
luego, en cuanto se bajaba del tren, se metía en El Paraíso de las Damas y se
lo gastaba todo. Pocas veces compraba por correspondencia porque le gustaba ver
la mercancía y disfrutaba tocándola; llegaba incluso a llevarse remesas de
agujas, alegando que le costaban un ojo de la cara en la ciudad pequeña en que
vivía. Todos la conocían en los almacenes; sabían que se apellidaba Boutarel y
que vivía en Albi, y no sentían interés por enterarse ni de su vida ni de las
circunstancias de ésta.
-¿Qué tal está usted, señora Boutarel? -le
estaba preguntando la señora Aurélie, que le había salido al encuentro-. ¿En
qué podemos servirla? En seguida la atienden.
Luego se dio la vuelta: -¡A ver, señoritas!
Denise ya se estaba acercando, pero Clara se
abalanzó hacia la cliente. Solía mostrarse perezosa a la hora de vender, pues
le importaba un ardite el dinero, ya que ganaba más fuera de las horas de
trabajo, y de forma más regalada. Pero la espoleaba la idea de quitarle una
buena cliente a la nueva.
-Lo siento, pero me toca a mí -dijo Denise,
soliviantada.
La señora Aurélie la apartó con mirada severa,
diciendo en voz baja:
-No hay turno que valga; aquí mando yo...
Espere usted a haber aprendido para atender a las clientes de la casa.
La joven retrocedió; y, al notar que se le
llenaban los ojos de lágrimas, quiso ocultar aquel exceso de sensibilidad y se
volvió de espaldas, de pie ante los ventanales, haciendo como si mirase la
calle. ¿Acaso iban a impedirle vender? ¿Iban a ponerse todas de acuerdo para
arrebatarle de aquella forma las buenas ventas? La invadía el miedo al futuro,
notaba cómo la aplastaban tantos intereses cobardes. Cediendo a la amargura de
sentirse abandonada, miraba El Viejo Elbeuf, en la acera de enfrente, y pensaba
que habría debido rogar a su tío que la dejara quedarse en su comercio. A lo
mejor él estaba deseando cambiar de opinión, pues la víspera le había parecido
verlo muy afectado. Ahora estaba completamente sola en aquellos enormes
almacenes donde nadie la quería, donde se sentía maltrecha y extraviada. Pépé y
Jean, que nunca habían salido de sus faldas, vivían en casa de extraños, y eso
le dolía como un desgarro. A través de dos gruesas lágrimas, que no quería
dejar correr, veía temblar la calle entre una neblina.
Entre tanto, unas voces zumbaban a su espalda.
-En éste me tira la sisa.
-La señora está en un error -repetía Clara-.
Los hombros le quedan perfectamente... A menos que la señora prefiera una
polonesa en vez de un abrigo.
Denise se sobresaltó al notar una mano en el
hombro: la señora Aurélie la interpelaba con tono severo.
-¡Muy bien! Ahora me la encuentro a usted mano
sobre mano, mirando por la ventana. ¡Esto no puede seguir así!
-Si es que no me dejan vender, señora Aurélie.
-Otras cosas hay por hacer, señorita. Empiece por el
principio... Recoja y doble las prendas.
Ya estaban manga por hombro los armarios, pues
había habido que seguirles la corriente a las pocas clientes que habían pasado
por el departamento. Y encima de las dos largas mesas de roble, a derecha e
izquierda del salón, se apilaba un desbarajuste de abrigos, de polonesas, de
tapados, de prendas de todas las tallas y formas. Denise, sin responder, empezó
a seleccionarlas, doblándolas primorosamente para volver a colocarlas en los
armarios. Tal era la tarea de poca monta que hacían las principiantes. No
volvió a protestar, pues sabía que debía mostrarse pasiva y obediente y esperar
a que la encargada tuviera a bien dejarla vender, como parecía haber sido su
intención al principio. En esa ocupación seguía cuando apareció Mouret. Al
pensar que iba a dirigirle la palabra, le dio un brinco el corazón, se ruborizó
y sintió que volvía a invadirla aquel extraño miedo. Pero él no la vio; ni se
acordaba ya de aquella pobre muchacha a la que había prestado apoyo cediendo a
una fugitiva impresión de delicioso agrado.
-¡Señora Aurélie! -llamó con voz cortante.
Estaba algo pálido, pero con la mirada clara y
resuelta empero. Al hacer la ronda por los departamentos, acababa de
encontrárselos vacíos y, de pronto, la posibilidad de una derrota había
empañado su tozuda fe en el éxito. Por supuesto que acababan de dar las once;
sabía por experiencia que pocas veces había aglomeraciones antes de comer. Pero
algunos indicios lo habían preocupado: en otras inauguraciones de ventas, había
ya cierto movimiento desde por la mañana; y, además, ni siquiera veía mujeres
vestidas de cualquier manera, esas clientes del barrio que bajaban a comprar
como si fueran a casa de la vecina. Del mismo modo que les sucede a todos los
grandes capitanes al entablar la batalla, se había apoderado de él un
desfallecimiento supersticioso, pese a sus acostumbrados bríos de hombre de
acción. Iba a ser un fracaso; estaba perdido; y no habría sido capaz de decir
el porqué. Leía la derrota incluso en los rostros de las señoras con las que se
cruzaba.
Y, precisamente, la mismísima señora Boutarel,
que siempre acababa comprando algo, se iba, declarando:
-No, no tienen nada que me agrade... Ya
veremos; me lo pensaré.
Mouret la siguió con la vista. Y, al acudir la
señora Aurélie a su llamada, se la llevó aparte; cruzaron unas cuantas palabras
rápidas. Ella hizo un ademán de desconsuelo; estaba claro que le contestaba que
la venta no acababa de arrancar. Por un momento, se miraron cara a cara,
mientras los atenazaba una de esas dudas que los generales ocultan a los
soldados. Luego, él dijo en voz alta, muy campechano:
-Si necesita usted más personal, que venga
alguna chica del taller... Siempre podrá echar una mano.
Y siguió con la ronda, desesperado. Llevaba
toda la mañana eludiendo a Bourdoncle, cuyos desasosegados comentarios lo
irritaban. Al salir de la lencería, donde las ventas iban aún peor, se topó con
él y tuvo que soportar que enumerase una retahíla de temores. Y entonces lo
mandó al demonio sin más miramientos, con esa brutalidad con que trataba
incluso a sus subordinados inmediatos cuando estaba (le malas.
-¡Déjeme tranquilo! Todo va bien... Acabaré por poner de
patitas en la calle a todos los timoratos.
Se
quedó, solo y a pie firme, junto a la barandilla que daba al patio central.
Desde allí, con los departamentos de la entreplanta a su alrededor y los de la
planta baja a sus pies, dominaba los almacenes. Al verse en medio de un
desierto, se quedó consternado: en los encajes, una señora de edad obligaba al
dependiente a rebuscar en todas las cajas, pero no compraba nada; y, mientras,
en la lencería, tres bribonas llevaban ya un buen rato escogiendo cuellos de
noventa céntimos. Se fijó, a la luz que entraba a trechos desde la calle, en
que abajo, en las galerías cubiertas, empezaba ya a haber más animación: un
desfile lento, un paseo espaciado, con muchos claros, ante los mostradores
repletos; en la mercería y en la calcetería se agolpaban mujeres de trapillo.
Pero no había casi nadie en la ropa blanca ni en los géneros de lana. Los
mozos, con sus fracs verdes, con anchos botones de cobre que relucían al sol,
seguían de brazos caídos, esperando a la clientela. De tarde en tarde, pasaba
un inspector de aspecto ceremonioso, muy estirado y con corbata blanca. Lo que
más metía a Mouret el corazón en un puño era la mortecina paz del patio
central: la luz caía desde arriba, desde una cristalera esmerilada que tamizaba
la claridad y la convertía en un polvillo blanco, difuso, que flotaba
quietamente y bajo el que parecía dormir el departamento de la seda, en medio
de un estremecido silencio de capilla. No se oían más ruidos que los pasos de
un dependiente, unos cuantos cuchicheos, el roce de alguna falda que cruzaba
por allí, sonidos leves y como sofocados en la tibieza del calorífero. Y, no
obstante, iban llegando carruajes: se oía cómo los caballos se detenían bruscamente,
cómo se cerraban de golpe las portezuelas. Llegaba desde fuera un lejano
guirigay; curiosos que se agolpaban ante los escaparates; coches de punto que
paraban en la plaza de Gaillon, toda una muchedumbre en marcha que se iba
acercando. Pero, al ver que los cajeros, desocupados, se arrellanaban en el
asiento, detrás de la ventanilla; al comprobar que las mesas en donde se hacían
los paquetes seguían desnudas, con sus cajas de bramantes y sus manos de papel
azul, a Mouret, que se indignaba consigo mismo por tener aquel miedo, le
parecía que su gigantesca máquina se le iba quedando quieta y fría bajo los
pies.
-Fíjese, Favier -susurró Hutin-, fíjese en el
patrón, allá arriba... No parece muy animado que digamos.
-¡Vaya unos almacenes de tres al cuarto!
-respondió Favier-. ¡A quien se le diga que todavía no he vendido nada!
Ambos intercambiaban en voz baja frases breves,
sin mirarse, mientras acechaban a las clientes. Los otros dependientes del
departamento, con Robineau al mando, estaban apilando piezas de París-Paraíso;
entre tanto, Bouthemont llevaba un buen rato hablando con una joven flaca y
parecía estar concertando a media voz un pedido de importancia. Los rodeaban
estanterías de elegante fragilidad en las que se amontonaban las piezas de
seda, dobladas y envueltas en forma de alargados paquetes de papel crema, que se
asemejaban a cuadernillos de inusitado tamaño. Y, por encima de los
mostradores, abarrotándolos, las sedas de fantasía, los moarés, los rasos y
los terciopelos parecían arriates de flores cortadas, toda una cosecha de
tejidos delicados y de precio. Aquél era el departamento más suntuoso, un
auténtico salón donde las mercancías, tan livianas, no eran sino una lujosa
decoración.
-Necesito cien francos para el domingo -siguió diciendo
Hutin-. Si no me saco una media de doce francos diarios, estoy perdido... Yo
que había contado con esta venta.
-¡Caray! ¡Cien francos! ¡Pues no es poco! -dijo
Favier-. Yo me conformo con cincuenta o sesenta... ¿Qué pasa? ¿Se pemite usted
andar con mujeres de mundo?
-De ninguna manera, amigo mío. Una bobada que
he hecho, figúrese, he apostado y he perdido... Así que les debo una invitación
a cinco personas, dos hombres y tres mujeres... ¡Maldita sea! ¡A la primera que
pase le coloco veinte metros de París-Paraíso!
Siguieron charlando un rato más; se contaron lo
que habían hecho el día anterior y lo que pensaban hacer a la semana siguiente.
Favier apostaba a las carreras; Hutin iba a remar y mantenía a artistas de café
cantante. Pero a ambos los hostigaba la misma necesidad de dinero; sólo
pensaban en el dinero; luchaban por el dinero de lunes a sábado y se gastaban
todas las ganancias el domingo. Aquélla era la tiránica preocupación de la
casa, un combate sin tregua e inmisericorde. Y Bouthemont, siempre tan hábil,
acababa de acaparar a la enviada de la señora Sauveur, la mujer flaca con la
que estaba hablando. Un negocio redondo, dos o tres docenas de piezas, porque
la famosa modista siempre compraba mucho. ¡Y, hacía un momento, también
Robineau había tenido el capricho de soplarle una cliente a Favier!
-¡Huy! A ése hay que darle su merecido -siguió
diciendo Hutin, que se aprovechaba de los menores incidentes para soliviantar
a la sección contra el hombre cuyo puesto ambicionaba-. ¿Es que hay derecho a
que los encargados vendan?... Le doy mi palabra, querido amigo, de que si llego
alguna vez a segundo encargado va usted a ver qué bien me porto con los demás.
Y con toda su complexión normanda, simpática y
corpulenta, interpretaba enérgicamente el papel de hombre campechano. Favier no
pudo contenerse y lo miró por el rabillo del ojo; pero no perdió su flema de
hombre bilioso y se limitó a responder:
-Sí, va... Si por mí...
Luego, al ver que se acercaba una cliente,
añadió, bajando más la voz:
-¡Ojo! ¡Esta que viene es toda suya!
Era una señora con el cutis manchado de
venillas encarnadas; lucía un sombrero amarillo y un vestido rojo. Hutin
intuyó en el acto que era de las que no compraban. Se agachó rápidamente tras
el mostrador, como si se estuviera atando los cordones de un zapato; y, desde
su escondite, cuchicheó:
-¡Ni hablar! ¡Que cargue otro con ella!...
¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Y perder el turno!
Pero Robineau ya estaba llamándolo:
-¿A quién le toca, señores? ¿Al señor Hutin?...
¿Dónde está el señor Hutin?
Y, en vista de que éste no respondía, fue el dependiente
que lo seguía en la lista el que atendió a la señora de las venillas
encarnadas. Esta, efectivamente, sólo quería llevarse unas muestras y preguntar
precios y tuvo al dependiente entretenido más de diez minutos, agobiándolo a
preguntas. Pero el segundo encargado había visto cómo Hutin se incorporaba y
asomaba detrás del mostrador y, cuando se presentó otra cliente, intervino con
cara severa y detuvo al joven, que ya se abalanzaba hacia ella.
-Se le ha pasado el turno... Lo llamé y como
estaba usted ahí detrás...
-Pero, señor Robineau, si no lo oí.
-¡Ya está bien!... Apúntese el último... Venga,
señor Favier, le toca a usted.
Favier, al que, en el fondo, divertía mucho la
aventura, le lanzó a su amigo una mirada de disculpa. Hutin había vuelto la
cabeza, con los labios blancos. Lo que más rabioso lo ponía era que conocían
muy bien a la cliente recién llegada, una rubia muy bonita que venía con
frecuencia al departamento y a la que los dependientes llamaban: «la belleza»,
pues no sabían nada de ella, ni siquiera el apellido. Compraba mucho, mandaba
que le llevasen los paquetes al coche y, luego, se esfumaba. Era alta y
elegante; vestía con exquisito encanto; y parecía muy rica y de la mejor
sociedad.
-¿Qué? ¿Qué tal su mujer de vida alegre?
-preguntó Hutin a Favier al regresar éste de la caja, adonde había acompañado a
la señora.
-No creo que sea una mujer de vida alegre
-respondió éste-. Se la ve demasiado decente. Debe de estar casada con un
corredor de bolsa o con un médico, en fin, qué sé yo, algo por el estilo.
-¡Quite, quite! ¡Menuda pelandusca!... Con los
aires de distinción que ahora se gastan todas, ya no sabe uno con quién trata.
Favier miraba su talonario de ventas.
-¡Qué más da! -añadió-. Le he vendido ciento
noventa y tres francos. Me tocan casi tres francos.
Hutin frunció los labios y se desahogó echando
pestes de los talonarios: otro maldito invento. Y lo que estorbaban en el
bolsillo. Había entre ambos hombres una lucha solapada. Favier solía hacer como
si le cediese el sitio a Hutin, como si reconociera su superioridad, pero no
por eso le ponía menos zancadillas por la espalda. Y a éste lo desesperaban
aquellos tres francos que tan poco le había costado ganar a un dependiente que
le parecía menos capaz que él. ¡Vaya día! Si no cambiaba la suerte, no ganaría
ni para invitar a sifón a sus comensales. E, inmerso en aquella batalla cada
vez más fragorosa, se paseaba por delante de los mostradores, con los dientes
largos, ansiando la parte que le correspondía, envidioso hasta de su jefe, que
estaba despidiéndose de la joven flaca, a la que repetía:
-¡Puede irse tranquila! Dígale que haré cuanto
pueda para que el señor Mouret se avenga a tener esa consideración con ustedes.
Hacía mucho que Mouret no estaba ya en la
entreplanta, de pie junto a la barandilla del patio. Volvió a aparecer, de
pronto, en lo más alto de la escalera principal, que conducía a la planta baja;
también desde allí dominaba por completo la tienda. Le había vuelto el color al
rostro, la fe renacía en él y lo iba inundando, al ver las oleadas de gente
que, poco a poco, iban invadiendo los almacenes. Al fin llegaba la esperada aglomeración, los
empujones vespertinos de los que había llegado a dudar, por un momento, con
febril desesperanza; todos los dependientes estaban en sus puestos, una última
campanada acababa de indicar el final del tercer turno; aún tenía remedio la
desastrosa mañana, debida sin duda al chaparrón que había caído a eso de las
nueve; ahora, había vuelto el cielo azul de las primeras horas de la mañana,
con su alegría victoriosa. Ya iba llegando gente a los departamentos de la
entreplanta; tuvo que hacerse a un lado para dejar pasar a las señoras que, en
grupos pequeños, subían a la lencería y a las confecciones; y, en tanto, detrás
de él, corría el dinero a raudales en los chales y los encajes. Pero lo que
más lo tranquilizaba era mirar las galerías de la planta baja: no cabía un
alfiler en la mercería; la invasión llegaba hasta la ropa blanca y los géneros
de lana; el desfile de clientes era cada vez más prieto y, ahora, casi todas
llevaban sombrero, aunque todavía se viesen las cofias de algunas amas de casa
rezagadas. En el patio de las sedas, bajo la rubia claridad, las señoras se
quitaban los guantes para palpar despacio las piezas de París-Paraíso mientras
charlaban a media voz. Ya le resultaban inconfundibles los ruidos que llegaban
de la calle: rodar de coches de punto, portazos, creciente algarabía. Sentía
cómo, bajo sus pies, se ponía en marcha la maquinaria, calentaba motores y
volvía a la vida, desde las cajas donde tintineaba el oro, desde las mesas
donde los mozos envolvían presurosos las mercancías, hasta, en lo más hondo del
sótano, el servicio de envíos, que iban colmando los paquetes que bajaban, y
cuyo subterráneo rugido hacía estremecerse toda la casa. El inspector Jouve se
paseaba muy serio entre el barullo, al acecho de las mecheras.
-¡Hombre! ¡Tú por aquí! -dijo Mouret, de
pronto, al reconocer a Paul De Vallagnosc, que venía acompañado de un mozo-.
No, no, no me molestas... Lo que tienes que hacer es venir conmigo, si es que
quieres verlo todo, porque hoy pienso pasarme el día en la brecha.
Seguía sin estar del todo tranquilo. Cierto era
que la clientela iba afluyendo, pero ¿sería la venta tan triunfal como había
esperado? Sin embargo, bromeaba con Paul; y lo llevó consigo, risueño.
-Parece que la cosa se va animando un poco
-dijo Hutin a Favier-. Pero está visto que estoy de malas. ¡Le aseguro que hay
días aciagos!... Acabo de dar otro resbalón: esa pelma no me ha comprado nada.
E indicaba con la barbilla a una señora que se
iba, mirando con ojos asqueados todos los tejidos. Si seguía sin vender nada,
no sería con sus mil francos de sueldo fijo con los que conseguiría medrar.
Solía sacarse siete u ocho francos de porcentaje y de comisión que, sumados al
sueldo, le proporcionaban alrededor de diez francos diarios por término medio.
Favier sólo llegaba a ocho; y, de pronto, aquel torpe le quitaba el pan de la
boca, porque acababa de despachar otro corte de vestido. Un muchacho tan frío,
que nunca había sabido arrancar una sonrisa a una cliente... ¡Era para
desesperarse!
-Parece
que no les van mal las cosas a los calceteros y a los bobineros -susurró
Favier, refiriéndose a los dependientes de la calcetería y la mercería.
Pero Hutin, que escudriñaba con la vista los
almacenes, dijo de repente:
-¿Conoce a la señora Desforges, la amiguita del patrón?...
Mire, la morena de allí, en los guantes, esa a quien le está probando guantes
Mignot.
Calló y prosiguió, luego, más bajo, como si le
hablase a Mignot, al que no quitaba ojo:
-Duro, muchacho, acaríciale bien los dedos.
¡Para lo que te va a servir! Bien sabemos qué clase de conquistas haces.
Existía entre el guantero y él una rivalidad de
hombres bien parecidos que fingían, ambos, coquetear con las clientes. Por lo
demás, ninguno de los dos habría podido jactarse de ningún éxito real; Mignot
vivía de la leyenda de que la mujer de un comisario de policía se había
enamorado de él, mientras que Hutin había conquistado de verdad, en su
departamento, a una pasamanera harta de rodar por todos los hoteles de mala
fama del barrio. Pero mentían y les agradaba que los demás creyesen que tenían
aventuras misteriosas y que las condesas les daban citas entre compra y compra.
-Debería usted trasteársela -dijo Favier,
poniendo cara de inocencia.
-¡No es una mala idea! -exclamó Hutin-. Si
viene por aquí, me la camelo. ¡Necesito sacar cinco francos!
En los guantes, había una hilera de señoras
sentadas ante el estrecho mostrador forrado de terciopelo verde con cantos de
metal niquelado. Los dependientes les ponían delante, entre sonrisas, las
delgadas cajas, rosa fuerte, tras sacarlas de debajo del mostrador, que parecía
un fichero con cajones etiquetado. Mignot era el que más arrimaba a las
clientes su cara de muñeco; el que imprimía inflexiones más tiernas a su
acento gutural de parisino. Ya le había vendido a la señora Desforges doce
pares de guantes de cabritilla, los guantes Paraíso, la especialidad de la
casa. Le había pedido ella luego tres pares de guantes de piel de Suecia. Y
ahora se estaba probando otros, de piel de Sajonia, para asegurarse de que eran
de su talla.
-¡Le sientan perfectamente! -repetía Mignot-.
La seis y tres cuartos sería demasiado grande para una mano como la de la
señora.
Medio echado encima del mostrador, le tenía
cogida la mano y le iba tomando los dedos, uno a uno, para calzarle despacio
el guante con una prolongada caricia, repetida e insistente. Y la miraba como
si hubiera esperado ver en su rostro el desfallecimiento de una voluptuosa
satisfacción. Pero ella, apoyando el codo al filo del terciopelo, alzaba la
muñeca y le brindaba los dedos con la misma expresión apacible con que brindaba
el pie a su doncella para que le abrochase las botinas. No lo consideraba un hombre
y le permitía que se tomase confianzas sin mirarlo siquiera, con el mismo
talante familiar y desdeñoso con que trataba a sus criados.
-¿Le hago daño a la señora?
Le respondió que no con la cabeza. El olor de los guantes
de piel de Sajonia, ese olor a fiera que parecía endulzar el almizcle, solía
turbarla. A veces lo comentaba, en broma, y confesaba que le agradaba aquel
aroma equívoco, donde había un toque de animal en celo caído en la caja de
polvos de arroz de una cortesana. Pero, en aquel mostrador tan trivial, los
guantes no le olían a nada, no creaban ningún ardiente vínculo sensual entre
ella y el vulgar dependiente que cumplía con su cometido.
-¿Qué más desea la señora?
-Nada más, gracias... Tenga la bondad de
llevarlo todo a la caja diez. A nombre de la señora Desforges, ya sabe.
Como cliente habitual de la casa, daba su
nombre en una de las cajas y enviaba allí todas las compras, para que no
tuviera que ir siguiéndola un dependiente. Cuando se hubo alejado, Mignot le
hizo un guiño a su vecino, pues le habría gustado hacerle creer que acababan de
suceder acontecimientos extraordinarios.
-¿Has visto? -susurró sin el menor reparo-.
¡Quien pudiera vestirla así de pies a cabeza!
Entre tanto, la señora Desforges seguía con sus
compras. Giró a la izquierda y se detuvo en la ropa blanca para adquirir paños
de cocina; luego, tras dar una vuelta por los almacenes, llegó a los géneros de
lana, al fondo de la galería.
Como estaba satisfecha de su cocinera, quería
regalarle un vestido. El departamento de lanas y géneros de punto estaba a
rebosar, repleto de una muchedumbre compacta; allí era adonde acudían todas las
pequeñas burguesas, que palpaban los tejidos y se quedaban absortas en
silenciosos cálculos. La señora Desforges tuvo que sentarse un momento. En las
casillas de las estanterías se apilaban gruesas piezas que los dependientes
bajaban una a una, con un brusco impulso de los brazos. Ya empezaban a no
saber por dónde se andaban entre aquella invasión que cubría los mostradores,
sobre los que se mezclaban y se desplomaban las telas. Y aquella marea de colores
neutros, de tonos apagados, característicos de las lanas, seguía subiendo:
grises acerados, grises amarillentos, grises azulados, entre los que
destacaban, acá y acullá, el abigarramiento de algunos tejidos escoceses, el
fondo rojo sangre de alguna franela. Y las etiquetas blancas de las piezas eran
como un vuelo ralo de copos blancos que salpicasen un pavimento oscuro en un
mes de diciembre.
Detrás de una pila de popelines, Liénard
bromeaba con una muchacha alta que llevaba la cabeza destocada, una operaria
del barrio que su maestra había enviado a buscar un merino, para igualar con el
que ya tenía. Aborrecía aquellos días de mucha venta, que le destrozaban los
brazos, e intentaba escurrir el bulto. Le importaba un ardite vender poco,
pues su padre lo mantenía con holgura, y se limitaba a hacer lo imprescindible
para que no lo despidieran.
-¡No se vaya, señorita Fanny -estaba diciendo-.
Lleva usted siempre tanta prisa... ¿Acertamos con la vicuña cruzada del otro
día? Ya sabe que pienso ir a cobrarme la comisión a su casa.
Pero la operaria se marchó corriendo, entre
risas, y Liénard se encontró cara a cara con la señora Desforges, a la que no
le quedó más remedio que preguntar:
-¿Qué desea la señora?
La señora quería un corte de vestido barato,
pero resistente. Liénard, pendiente de su única preocupación, que era no forzar
los brazos, hizo lo posible para que eligiera una de las telas que estaban ya
desplegadas encima del mostrador. Había allí casimires, sargas, vicuñas, y él
le aseguraba que todos aquellos tejidos eran de estupenda calidad y daban un resultado excelente.
Pero ninguno parecía agradar a la señora Desforges. Había divisado, en una
casilla, una sarga cruzada tirando a azul. Él acabó por decidirse a bajarla;
pero a ella le pareció demasiado áspera. Luego, miró un cheviot, tejidos
diagonales, diferentes tonos de grises, todas las variedades de la lana, que
quiso palpar por curiosidad, por el mero gusto de hacerlo, decidida en el fondo
a comprar cualquier cosa. Y el joven tuvo, pues, que vaciar las casillas más
altas; le crujían los huesos de los hombros, el mostrador estaba oculto bajo el
sedoso grano del casimir y el popelín, bajo el áspero pelo de los cheviots,
bajo la pelusa afelpada de la vicuña. Desfilaron todos los tejidos y todos los
colores. E, incluso, aunque no tenía la menor intención de comprarlas, la
señora Desforges pidió que le enseñase granadinas y gasas de Chambéry. Luego,
ya cansada, dijo:
-Bien pensado, la que más me gusta es la
primera de todas. Es para mi cocinera... Sí, la sarga de puntitos menudos, la
de dos francos.
Y cuando Liénard, pálido a fuerza de contener
la ira, la hubo medido, le dijo:
-Tenga la bondad de llevarla a la caja diez...
A nombre de la señora Desforges.
Cuando ya se iba, reconoció, a su lado, a la
señora Marty, que estaba con su hija Valentine, una jovencita de catorce años,
flaca y descarada, que ya lanzaba a los artículos miradas culpables
de mujer adulta.
_¡Qué sorpresa! ¡Es usted, querida amiga!
-Pues sí, amiga mía... ¿Ha visto? ¡Cuánta
gente!
-¡Quite, por Dios! No me hable. Si es que se
asfixia una. ¡Todo un éxito!... ¿Ha visto usted el salón oriental?
-¡Espléndido! ¡Inaudito!
Y, entre codazos, entre los zarandeos de las
oleadas de gente, cruzándose con las compradoras modestas que se abalanzaban
sobre los géneros de lana baratos, se hicieron lenguas de la exposición de
alfombras. Luego la señora Marty explicó que andaba buscando un corte de
abrigo; pero no estaba decidida y había querido ver guatas de lana.
-Fíjate, mamá -susurró Valentine-; son muy
vulgares.
-Vengan a la seda -dijo la señora Desforges-.
Tenemos que ver esa dichosa París-Paraíso.
La señora Marty vaciló unos instantes. No
quería gastar mucho. ¡Le había jurado muy en serio a su marido que sería
sensata! Llevaba una hora comprando y ya la seguía todo un surtido de
artículos: un manguito y unos encañonados para ella, unas medias para su hija.
Al final, le dijo al dependiente, que le estaba enseñando la guata:
-No, no. Voy a la seda... No veo nada de lo
que tenía pensado.
El dependiente cogió las compras y fue
abriendo paso a las señoras.
También a la seda habían llegado los
apretones. En donde más se agolpaba la muchedumbre era delante de la exposición
que había instalado Hutin y a la que Mouret había dado unos cuantos toques
maestros. Estaba al fondo del patio central: las telas parecían fluir alrededor
de una de las delgadas columnas de hierro colado que sostenían la cristalera,
como si cayese desde lo alto una capa hirviente de bullones, que se fuera ensanchando hasta rozar el
entarimado. Primero, manaban rasos claros y sedas de tonos suaves: los rasos
de la reina y los rasos renacimiento, con matices nacarados de agua de manantial;
las sedas livianas, de transparencias cristalinas, verde Nilo, cielo indio,
rosa de mayo, azul Danubio. Luego, venían, en olas cada vez mayores, los
colores cálidos de los tejidos con más cuerpo, los rasos maravillosos, las
sedas duquesa. Y en la parte baja, descansaban, como en el pilón de una fuente,
las telas pesadas, las armaduras labradas, los damascos, los brocados, los
perlés y los lamés de seda, en el centro de un hondo lecho de terciopelo, de
todos los terciopelos: negros, blancos, de colores, estampados sobre fondo de
seda o raso, cuyas movedizas manchas se ahondaban como un lago quieto en donde
parecían danzar reflejos de cielos y paisajes. Las mujeres, pálidas de deseo,
se agachaban como para mirarse en él. Todas se quedaban quietas ante aquella
desenfrenada catarata, con el miedo sordo de naufragar en aquel lujo desbordado
y con el irresistible deseo de arrojarse y perderse en él.
-¡Así que estabas aquí! -dijo la señora
Desforges, al encontrarse con la señora Bourdelais, instalada ante un
mostrador.
-¡Anda! ¿Qué tal? -respondió ésta, dándoles la
mano a las otras señoras-. Sí, he entrado a echar un vistazo.
-¿Te has fijado? ¡Qué prodigio de exposición!
Todo un sueño. ¿Y el salón oriental? ¿Has visto el salón oriental?
-Ya lo creo. Extraordinario.
Pero, aun compartiendo aquel entusiasmo que ya
estaba claro que iba a ser la nota elegante del día, la señora Bourdelais
conservaba su sangre fría de ama de casa con sentido práctico. Estaba
examinando minuciosamente una pieza de París-Paraíso, pues sólo había venido
para aprovechar la excepcional baratura de aquella seda en el caso de que le
pareciera realmente ventajosa. Debió de parecerle bien, porque pidió veinticinco
metros, de los que pensaba sacar un vestido para ella y un paletó para su
hijita.
-¿Cómo? ¿Ya te vas? -siguió diciendo la señora
Desforges-. Da una vuelta con nosotras.
-No, gracias, me están esperando en casa... No
he querido meter a los niños en estas apreturas.
Y se fue, tras el dependiente que llevaba los
veinticinco metros de seda y la condujo a la caja, en donde el joven Albert
andaba de cabeza, en medio de todos los talones que lo tenían asediado. Cuando
el dependiente pudo acercarse, tras haber anotado la venta a lápiz en su
talonario, la anunció en voz alta para que el cajero la anotase en el libro de
registro; éste la repitió y ensartó la hoja arrancada del talonario en una
varilla de hierro que estaba al lado de la estampilla de los recibos.
-Ciento cuarenta francos -dijo Albert.
La señora Bourdelais pagó y dio su dirección,
pues había venido a pie y no quería ir cargada. Detrás de la caja, Joseph había
cogido ya la seda y la estaba envolviendo; echó el paquete en un cesto de
ruedas que bajaron al servicio de envíos, que en aquellos momentos parecía
querer desaguar todas las mercancías de los almacenes entre un fragor de
esclusa.
Entre tanto, era tal el gentío en la seda que la señora
Desforges y la señora Marty tardaron en encontrar un dependiente libre.
Esperaron de pie, mezcladas con el tropel de señoras que miraban las telas, las
palpaban, se quedaban allí las horas muertas, sin acabar de decidirse. Pero ya
no cabía duda del éxito, sobre todo de la París-Paraíso, en torno a cuyas
piezas iba creciendo uno de esos entusiasmos repentinamente febriles que
lanzan una moda en un solo día. Todos los dependientes andaban atareados en
medir aquella seda; por encima de los sombreros, se veía brillar el pálido
destello de las piezas desplegadas, entre un continuo vaivén de dedos que
corrían por los metros de roble, colgados de varillas de cobre; se oía el ruido
de las tijeras al cortar la tela. Y todo ello sin pausa, a medida que
desempaquetaban las piezas, como si faltasen brazos para contentar todas las
manos ávidas y tendidas de las clientes.
-La verdad es que no está nada mal por cinco
sesenta -dijo la señora Desforges, que había conseguido hacerse con una pieza,
en el filo de una mesa.
La señora Marty y su hija Valentine estaban
algo decepcionadas. Los periódicos habían hablado tanto de aquella seda que se
la esperaban con más cuerpo y más brillo. Pero Bouthemont acababa de reconocer
a la señora Desforges y, deseoso de quedar bien con una mujer tan guapa y que,
a lo que decían, tenía dominado al dueño, se acercó a ella con su cortesía un
tanto chabacana. ¿Cómo? ¿No la estaban atendiendo? ¡Era imperdonable! Pero
tenía que disculparlos; porque andaban de cabeza. Y buscó sillas por entre las
faldas que lo rodeaban, riéndose con aquella risa bonachona en la que se
traslucía un gusto feroz y zafio por las mujeres y que no parecía desagradar a
Henriette.
-¿Ha visto? -susurró Favier, al ir a coger una
caja de terciopelo de una casilla que estaba detrás de Hutin-. Bouthemont le
está trasteando a su individua.
Hutin no se acordaba ya de madame Desforges,
pues lo había sacado de quicio una señora de edad que, tras haberlo entretenido
un cuarto de hora, acababa de comprar un metro de raso negro para un corsé.
Cuando la afluencia era mucha, ya no se respetaba el turno y los dependientes
despachaban al azar. El aviso de Favier lo sobresaltó cuando estaba atendiendo
a la señora Boutarel, que, tras haber pasado tres horas por la mañana en El
Paraíso de las Damas, remataba el día en los almacenes. ¿Iban a robarle a la amiguita
del patrón, a la que se había jurado sacarle cinco francos? Sería el colmo de
la mala suerte, porque en todo el día no había conseguido ni tres francos. La
culpa la tenían aquellas clientes de medio pelo que andaban rodando por allí.
En ese mismo instante, Bouthemont repetía,
alzando la voz:
-¡A ver, señores, que venga alguien aquí!
Entonces Hutin remitió a la señora Boutarel a
Robineau, que estaba desocupado:
-¡Mire, señora! Pregúntele al segundo
encargado, que le sabrá contestar mejor que yo.
Se abalanzó hacia el dependiente del departamento de
géneros de lana, que había acompañado a las señoras, y se hizo cargo de las
compras de la señora Marty. Los nervios debían de estar embotándole aquel día
el fino olfato. Solía saber, con sólo lanzarle una ojeada a una cliente, si iba
a comprar algo, y en qué cantidad. Luego, se imponía a ella y la despachaba a
toda prisa para pasar a otra, haciendo prevalecer su criterio y convenciéndola
de que sabía mejor que ella qué tela le convenía.
-¿Qué tipo de seda quiere la señora? -preguntó
con su tono más galante.
Antes de que la señora Desforges hubiera
despegado los labios, ya estaba él diciendo:
-Ya veo. Tengo lo que busca.
Cuando desplegó la pieza de París-Paraíso en
una esquina del mostrador, entre otras muchas sedas que allí se amontonaban,
la señora Marty y su hija se acercaron. Hutin se sintió entonces algo
preocupado al darse cuenta de que, en realidad, las compradoras eran ellas. Las
señoras hablaban a media voz y la señora Desforges aconsejaba a su amiga.
-Desde luego -decía, en un murmullo-, una seda
de cinco sesenta nunca será como una de quince francos, ni siquiera como una de
diez.
-Parece un poco endeble -repetía la señora
Marty-. Mucho me temo que no tenga bastante cuerpo para un abrigo.
Aquel comentario hizo que interviniera el
dependiente, con la extremosa cortesía de un hombre que no puede equivocarse.
-Tenga en cuenta, señora, que la principal
virtud de esta seda es la flexibilidad. No se arruga... Es precisamente lo que
anda buscando la señora.
Las tres mujeres callaban, impresionadas por
tal seguridad. Habían vuelto a coger la tela y la estaban examinando otra vez
cuando notaron que alguien les daba un golpecito en el hombro. Era la señora
Guibal, que llevaba una hora paseando con calma por los almacenes, disfrutando
con la vista de las riquezas acumuladas sin comprar siquiera un metro de
calicó. Y otra vez volvió a enzarzarse la charla.
-¡Cómo! ¿Usted por aquí?
-Pues sí, aquí me tienen. Un poco baqueteada,
desde luego.
-¿Verdad que sí? Cuantísima gente; no se puede
ni andar... ¿Qué le ha parecido el salón oriental?
-¡Una preciosidad!
-¡Dios mío! ¡Qué éxito!... No se vaya y
subiremos juntas.
-No, muchas gracias, acabo de bajar.
Hutin esperaba, ocultando la impaciencia bajo
aquella sonrisa que no se le iba de los labios. ¿Lo iban a tener mucho tiempo
de plantón? Las mujeres, desde luego, no tenían consideración con nadie; era
como si le estuvieran robando el dinero del bolsillo. Por fin se fue la señora
Guibal, quien, con cara embelesada, prosiguió el sosegado paseo, recorriendo
de cabo a rabo la gran exposición de sedas.
-Yo que usted compraría el abrigo hecho -dijo
la señora Desforges, volviendo a referirse a la París-Paraíso-; le saldría más
económico.
-La verdad es que con la guarnición y la
hechura... -murmuró la señora Marty-. Y, además, hay dónde elegir.
Las tres se habían levantado ya. La señora
Desforges, de pie ante Hutin, le dijo:
-Tenga usted la amabilidad de acompañarnos a la
confección.
El dependiente se quedó de una pieza, pues no
estaba acostumbrado a semejantes derrotas. ¡Cómo! La señora morena se iba sin
comprar nada. Su olfato lo había engañado. Dejó de ocuparse de la señora Marty y le insistió a
Henriette, probando en ella su poder de buen vendedor.
-Y usted, señora, ¿no desea ver nuestros rasos,
nuestros terciopelos? Tenemos unas oportunidades extraordinarias.
-Otro día, gracias -respondió ella muy
tranquila y sin mirarlo, como tampoco había mirado a Mignot.
A Hutin no le quedó más remedio que cargar con
las compras de la señora Marty y acompañar a las señoras a la confección.
Pero antes tuvo que soportar el padecimiento de ver que Robineau despachaba a
la señora Boutarel bastantes metros de seda. Estaba claro que había perdido el
olfato; no iba a sacarse ni cuatro perras. Tras los buenos modales y la amable
corrección, se le iba agriando una rabia de hombre robado al que los demás
privan de lo suyo.
-Vamos al primer piso, señoras -dijo, sin dejar de
sonreír.
No era empresa fácil llegar hasta la escalera.
Una compacta corriente de cabezas circulaba por las galerías y se ensanchaba en
el centro del patio, como un río desbordado. Crecía aquella pugna de
negociantes; los dependientes tenían a su merced a todas las mujeres y se las
pasaban de mano en mano, rivalizando en velocidad. Había llegado la hora del
gran tráfago vespertino, cuando la máquina, calentada al máximo, arrastraba
consigo a las clientes y las hacía bailar a su aire, sacándoles el dinero a
dentelladas. En el departamento de la seda, sobre todo, arreciaba la locura
como un vendaval. La París-Paraíso atraía a una muchedumbre tal y tan
tumultuosa que Hutin tardó unos minutos en poder dar un paso. Y Henriette,
asfixiada, alzó los ojos y vio, en lo más alto de la escalera, a Mouret que
regresaba a intervalos a aquel lugar, desde el que asistía a la victoria.
Sonrió, con la esperanza de que bajase a rescatarla. Pero él ni siquiera la
divisó entre el gentío. Le seguía enseñando la casa a Vallagnosc, con la cara
radiante por el triunfo. Ahora, la trepidación de dentro ahogaba los ruidos de
la calle. Ya no se oía ni el rodar de los coches de punto, ni los golpes de las
portezuelas al cerrarse; por encima del gigantesco rumor de la venta, ya sólo
quedaba la sensación de un París inmenso, tan inmenso que no dejaría nunca de
proporcionarle compradoras. En el aire quieto, entre el olor de los tejidos,
que caldeaba el bochorno del calorífero, no dejaba de crecer una algarabía en
que se mezclaban todos los ruidos: el continuo roce de tantas pisadas; las
mismas frases repetidas cien veces en torno a los mostradores; el oro que
tintineaba contra el cobre de las cajas, que asediaba una barahúnda de
monederos; el rodar de las cestas, cuyas cargas de paquetes caían sin tregua
por la abierta boca del sótano. Y todo se confundía en la tenue nube de polvo;
ahora era imposible distinguir un departamento de otro. Allá lejos, se
difuminaba la mercería; más allá aún, en la ropa blanca, un esquinado rayo de
sol que entraba por el escaparate de la calle Neuve-Saint-Augustin era como
una flecha de oro sobre la nieve; más acá, en los guantes y los géneros de
lana, una prieta aglomeración de sombreros y moños impedía que la vista se
perdiera en la lontananza de los almacenes. Ya ni siquiera era posible divisar
los atuendos; sólo asomaban los tocados, que abigarraban plumas y lazos; las
manchas oscuras de algunos sombreros masculinos salpicaban el conjunto; y el
cansancio y el calor prestaban transparencias de camelia al cutis pálido de las mujeres.
Hutin acabó por conseguir, con vigorosos codazos, abrir paso a las señoras, que
caminaban detrás de él. Pero cuando Henriette hubo subido la escalera, ya no
encontró allí a Mouret, que acababa de perderse con Vallagnosc entre la muchedumbre
para acabar de aturdir a su amigo y porque sentía una necesidad física de
sumergirse en aquel baño de triunfo. Le resultaba deliciosa la sensación de no
poder respirar y las apreturas, que no lo dejaban moverse, le parecían el
prolongado abrazo de sus clientes.
-A la izquierda, señoras -dijo Hutin, muy
atento, aunque se sentía cada vez más irritado.
En el primer piso, la aglomeración era la
misma. Incluso el departamento de tapicería, que solía ser el más tranquilo,
estaba invadido. En los chales, en las pieles y en la lencería no cabía un
alfiler. Al cruzar las señoras por el departamento de encajes, tuvieron otro
encuentro. Allí estaba la señora De Boves, con su hija Blanche, ambas absortas
en la contemplación de los artículos que les estaba enseñando Deloche. Y Hutin
tuvo que soportar otro plantón, con los paquetes en la mano.
-¿Qué tal?... Me estaba acordando de usted.
-Yo la he estado buscando. Pero es imposible
encontrar a nadie con tantísima gente.
-Es algo espléndido, ¿verdad?
-Deslumbrador, querida amiga. Estamos rendidas.
-¿Y qué compran?
-¡Huy, nada! Sólo estamos mirando. Así nos
sentamos y descansamos un poco.
Efectivamente, la señora De Boves no llevaba en
el monedero más que el dinero para pagar el coche de vuelta y hacía que le
sacasen todo tipo de encajes sólo por el gusto de verlos y tocarlos. Había
adivinado que Deloche era un principiante, torpe y lento, que no se atrevía a
resistirse a los caprichos de las señoras, y estaba abusando de su medrosa
condescendencia; llevaba media hora fastidiándolo y pidiéndole sin cesar nuevos
artículos. Cubría el mostrador una creciente marea de guipures, de encajes de
Malinas, de Valenciennes y de Chantilly, en la que hundía las manos con los
dedos trémulos de deseo; y, poco a poco, un gozo sensual iba arrebolando su
rostro, mientras que Blanche, a su lado, presa de idéntica pasión, estaba muy
pálida, con la cara hinchada y blanca.
Y seguían charlando. A Hutin, que esperaba,
quieto y sometido a sus caprichos, le habría gustado abofetearlas.
-¡Anda! -dijo la señora Marty-. Está usted
mirando corbatas y velos de sombrero como los míos.
Era cierto; los encajes de la señora Marty
habían estado reconcomiendo a la señora De Boves desde el sábado anterior; y no
había podido resistir la tentación de manosear, al menos, las mismas piezas, ya
que la escasez en que la hacía vivir su marido no le permitía llevárselas a
casa. Se ruborizó levemente y explicó que Blanche había querido ver las
corbatas de blonda española. Luego, añadió:
-¿Van ustedes a la confección? Pues luego nos
vemos. ¿Les parece bien en el salón oriental?
-Eso, en el salón oriental... Soberbio,
¿verdad?
Se despidieron con grandes aspavientos, entre
una aglomeración de
compradoras de puntillas y entredoses baratos. Deloche, que no quería quedarse
mano sobre mano, siguió vaciando cajas ante la madre y la hija. Y el inspector
Jouve se paseaba, muy calmoso, por entre los grupos que se apelotonaban ante
los mostradores, luciendo su condecoración y velando por aquellas mercancías
valiosas y delicadas, tan fáciles de esconder dentro de una manga. Al pasar
por detrás de la señora De Boves, sorprendido al verla hundir los brazos en tal
cúmulo de encajes, lanzó una rápida mirada a aquellas manos febriles.
-A la derecha, señoras -dijo Hutin, reanudando
la marcha.
Estaba fuera de sí. ¿No les bastaba con haberle
hecho perder una venta? ¡Ahora, además, le hacían perder el tiempo en todos los
recodos de los almacenes! Intervenía en su irritación, en gran medida, el
rencor que los departamentos de tejidos sentían por los de confección; reinaba
entre ellos una continua pugna, se disputaban la clientela y se robaban los
porcentajes y las comisiones. Los dependientes de la seda se indignaban aún más
que los de los géneros de lana cuando tenían que llevar a la confección a una
señora que se decidía por un abrigo hecho tras haber estado mirando tafetanes y
fayas.
-¡Señorita Vadon! -dijo Hutin, con voz cada vez
más molesta, al llegar junto al mostrador.
Pero ella pasó sin hacerle caso, ocupada en una
venta que estaba rematando de cualquier manera. El salón estaba a rebosar;
cruzaba por él una fila de gente, que entraba por la puerta de los encajes y
salía por la de la lencería, que estaban una enfrente de otra. Y mientras, al
fondo, unas clientes, que se habían quedado a cuerpo para probarse, se
cimbreaban ante los espejos. La moqueta roja ahogaba el ruido de pisadas; el
lejano bullicio de la planta baja llegaba amortiguado, y no se notaba ya sino
el discreto murmullo y el caldeado ambiente de un salón, que aquella
aglomeración de mujeres tornaba agobiante.
-¡Señorita Prunaire! -voceó Hutin.
Y como ésta tampoco se detuvo, añadió entre
dientes, de forma que nadie pudiera oírlo:
-¡Hatajo de monas!
Él, desde luego, las aborrecía; allí estaba,
con las piernas rendidas de haber subido la escalera, para traerles unas
compradoras. Y lo enfurecía la ganancia que le estaban robando del bolsillo.
Era una lucha sorda, en las que ellas se empecinaban con la misma avidez que
él. El cansancio compartido de aquellos cuerpos derrengados, que no podían
sentarse nunca, borraba las diferencias de sexo; y sólo quedaban ya, frente a
frente, unos intereses rivales que la fiebre del negocio exacerbaba.
-¿Qué pasa? ¿No atiende nadie? -preguntó Hutin.
Pero entonces vio a Denise. La tenían doblando
prendas desde por la mañana y sólo le habían dejado unas pocas ventas no muy
prometedoras, de las que, por cierto, no había sacado nada en limpio. Cuando
Hutin la reconoció, se apresuró a ir a buscarla hasta la mesa que ella estaba
despejando de un enorme montón de ropa.
-¡Mire, señorita! ¡Atienda a estas señoras, que
están esperando!
Y se apresuró a ponerle en los brazos las
compras de la señora Marty, que ya estaba harto de llevar de un lado para
otro. Recobraba
la sonrisa, y había en ella la secreta perversidad de un dependiente avezado
que se maliciaba el engorro que iba a causar a las clientes y a la joven. A
ésta, en tanto, la embargaba la emoción de aquella venta inesperada que se le
acababa de presentar. Por segunda vez veía a Hutin como a un amigo desconocido,
fraternal y tierno, siempre agazapado en la sombra y dispuesto a salvarla. Le
brillaron los ojos de gratitud y lo siguió largamente con la mirada mientras él
se alejaba dando codazos para volver a su departamento lo antes posible.
-Querría un abrigo -dijo la señora Marty.
Entonces, Denise empezó a hacerle preguntas. ¿Qué clase de
abrigo? Pero la cliente no lo sabía, no tenía ni la más remota idea, quería
ver los modelos de la casa. Y la joven, que estaba ya muy cansada y a la que
aturdía tanta gente, perdió la cabeza. La Casa Cornaille de Valognes no tenía
mucha clientela. Y, además, aún no sabía cuántos modelos había y en qué lugar
de los armarios estaban. Atendió, pues, a las dos amigas con dificultad y ya se
estaban impacientando éstas cuando la señora Aurélie divisó a la señora
Desforges, de cuyos amores debía de estar enterada, porque se apresuró a
acercarse y preguntar:
-¿Están atendiendo a las señoras?
-Sí, esa señorita que anda revolviendo por allí
-respondió Henriette-. Pero no parece muy al tanto, no encuentra nada.
En vista de lo cual, la encargada acabó de
confundir a Den¡se al decirle a media voz:
-Ya ve usted que no está capacitada. Estése
quieta, por favor. Y llamó:
-¡Señorita Vadon, un abrigo!
Permaneció junto a las señoras mientras Marguerite
les enseñaba los modelos. Esta adoptaba con las clientes un tono de seca
cortesía, un comportamiento antipático de joven vestida de seda, en continuo
contacto con todas las minucias de la elegancia, contra la que sentía, incluso
sin saberlo, celos y rencor. Cuando oyó decir a la señora Marty que no quería
pasar de los doscientos francos, hizo un mohín despectivo. ¡Por descontado que
la señora tenía que gastarse más; era imposible que la señora encontrase algo
adecuado por doscientos francos! E iba echando encima del mostrador los abrigos
corrientes, con un ademán que quería decir: «¡Pero fíjense qué cosa tan
pobre!». La señora Marty no se atrevía a llevarle la contraria. Se inclinó para
susurrarle al oído a la señora Desforges:
-¿A usted no le gusta más que la atienda un
hombre? Está una más a sus anchas.
Al fin trajo Marguerite un abrigo de seda con
adornos de azabache que trataba con mucho respeto. Y la señora Aurélie llamó a
Denise.
-A ver si sirve usted para algo... Échese el
abrigo por los hombros.
Denise, herida en lo más hondo, perdida la
esperanza de llegar a algo en aquella casa, se había quedado quieta, con los
brazos caídos. Seguramente la iban a despedir y los niños no tendrían para
comer. El runrún de la muchedumbre le zumbaba en la cabeza; sentía que se
tambaleaba; le dolían los músculos tras haber levantado en vilo brazadas de
ropa; era aquélla una tarea de peón que nunca había hecho. No obstante tuvo que obedecer y dejar que
Marguerite la vistiera con el abrigo como si fuera un maniquí.
-Póngase derecha-dijo la señora Aurélie.
Pero, casi en el acto, se olvidó de Denise.
Mouret acababa de entrar, en compañía de Vallagnosc y de Bourdoncle. Saludó a
las señoras, que le dieron la enhorabuena por aquella espléndida exhibición de
novedades de invierno. Como no podía ser menos, todas ponían por las nubes el
salón oriental. Vallagnosc, cuyo paseo por todos los departamentos acababa
allí, se mostraba más sorprendido que admirado, pues, en fin de cuentas,
pensaba con su indolencia habitual, todo aquello no era sino un montón de
metros de tela reunidos. En cuanto a Bourdoncle, olvidando que era de la casa,
le daba también la enhorabuena a su jefe, para que no se acordase de que, por
la mañana, había andado con dudas y preocupaciones.
-Sí, sí, la cosa marcha bastante bien; estoy
satisfecho -repetía Mouret, radiante, correspondiendo con una sonrisa a las
tiernas miradas de Henriette-. Pero no quiero interrumpirlas, señoras.
Entonces, todas las miradas volvieron a
clavarse en Denise, que dejaba que la mangonease Marguerite. Esta la obligaba a
dar vueltas despacio.
-¿Qué le parece? -preguntó la señora Marty a
la señora Desforges.
Y ésta zanjó, en su papel de árbitro supremo
de la moda:
-No me disgusta; el corte es original... Pero
me parece que la cintura no queda bien.
-Bueno -intervino la señora Aurélie-, es que
habría que vérselo puesto a la señora. Ya se darán ustedes cuenta de que, en
la señorita, que es muy poquita cosa, no luce como debiera... Vamos, señorita,
enderécese y llévelo con más garbo.
Cundieron las sonrisas. Denise se había puesto
muy pálida. Se avergonzaba al verse convertida en un objeto que todos miraban y
del que se reían sin recato. La señora Desforges, cediendo a la antipatía que
le inspiraba aquella joven tan distinta a ella y a la irritación que le
producía su dulce rostro, añadió, con maldad:
-Es muy probable que el abrigo le sentase
mejor a la señorita si no le estuviera tan ancho el vestido.
Y lanzó a Mouret la burlona ojeada de una
parisina a la que divierte el ridículo atuendo de una provinciana. No se le
escapó a éste la amorosa caricia de aquella mirada, el triunfo de la mujer
dichosa de su belleza y de su arte. Y pensó que su gratitud de hombre muy
querido lo obligaba a mofarse él también, pese a la benevolencia que sentía por
Denise, ante cuyo secreto encanto no permanecía indiferente su talante de
conquistador.
-Si al menos no llevase esos pelos -dijo a
media voz.
Aquello fue el colmo. El director se dignaba
bromear. Todas las señoritas soltaron el trapo. Marguerite dejó escapar un leve
cloqueo de muchacha distinguida que se contiene; Clara había dejado plantada a
una cliente para poder disfrutar a gusto; incluso se habían acercado algunas
dependientes de la lencería, atraídas por el barullo. Las señoras se divertían
con mayor discreción, poniendo cara de mujeres de mundo. El único rostro serio
era el perfil imperial de la señora Aurélie, como si los hermosos e indomables
cabellos y los delicados hombros de la principiante fuesen una deshonra para la buena marcha de su
departamento. Denise había palidecido aún más, rodeada de toda aquella gente
que se burlaba de ella. Se sentía violentada, desnuda, indefensa. ¿Qué pecado
había cometido para que se metieran así con su complexión menuda y su moño
excesivo? Pero lo que más la hacía sufrir era la risa de Mouret y la de la
señora Desforges; el instinto la avisaba de la complicidad de ambos y un dolor
desconocido hacía desfallecer su corazón. ¡Qué mala era aquella señora que se
ensañaba así con una pobre chica que no se metía con nadie! Y Mouret,
definitivamente, le inspiraba un temor que la dejaba helada y en el que
naufragaban todos sus demás sentimientos, que no conseguía analizar. Entonces,
en aquel abandono de paria en que se hallaba, vulnerada en sus más íntimos
pudores femeninos y rebelada contra la injusticia, ahogó los sollozos que le
subían a la garganta.
-¿Ha quedado claro? Que venga peinada mañana.
Así no está presentable -le repetía a la señora Aurélie el terrible Bourdoncle,
que, desde el primer momento había descartado a Denise, lleno de desprecio por
aquel cuerpo menudo.
Al fin se acercó la encargada a la joven y le
quitó el abrigo de los hombros, al tiempo que le decía en voz baja:
-¡Bonito comienzo, señorita! La verdad es que
si lo que pretendía usted era demostrar de lo que es capaz... ¿Cómo se puede
ser tan necia?
Denise se apresuró a regresar junto a las
prendas amontonadas, por miedo de que le asomasen las lágrimas a los ojos, y
las fue llevando a un mostrador, en donde las iba clasificando. Allí, al menos,
estaba perdida entre la muchedumbre y el cansancio le impedía pensar. Pero se
dio cuenta de que tenía al lado a la dependiente de la lencería que ya por la
mañana había salido en su defensa. Acababa de presenciar toda la escena y le
estaba susurrando al oído:
-No sea tan sensible, mujer. Disimule, porque
si no le harán muchos más desaires... Yo, aquí donde me ve, soy de Chartres:
Pauline Cagnard, hija de molineros... Bueno, pues los primeros días me habrían
comido viva si no me hubiese puesto firme... ¡Vamos, ánimo! Déme la mano.
Cuando usted quiera, ya charlaremos como dos buenas amigas.
Aquella mano tendida aumentó la turbación de
Denise. La estrechó a escondidas y se apresuró a cargar con un pesado montón de
paletós, temiendo volver a hacer algo mal y que la riñesen por tener una amiga.
Entre tanto, la señora Aurélie le había puesto
el abrigo por los hombros a la señora Marty y todo el mundo se deshacía en
alabanzas. ¡Ay, muy bien! ¡Precioso! ¡Es que hay que ver, en seguida parece
otra cosa! La señora Desforges afirmó que era imposible encontrar prenda más
acertada. Se intercambiaron adioses; y Mouret se despidió, en tanto que
Vallagnosc, que había visto al pasar, en el departamento de encajes, a la
señora De Boves y a su hija, se apresuraba a ofrecer el brazo a la madre. Ya
estaba Marguerite en una de las cajas de la entreplanta, haciendo el cómputo
de las compras de la señora Marty; ésta pagó y ordenó que le llevasen el
paquete al coche. La señora Desforges tenía todos sus paquetes en la caja diez.
Luego, las señoras volvieron a encontrarse en el salón oriental. Ya se iban, pero les entró un
locuaz ataque de admiración. Incluso la señora Guibal se entusiasmaba.
-¡Ay, delicioso! ¡Si es que le parece a una que
está en aquellas tierras!
-¿Verdad que sí? Un auténtico harén. ¡Y qué
barato!
-Las alfombras de Esmirna... ¡Ay, las alfombras
de Esmirna! ¡Qué colores, qué delicadeza!
-¿Y esa del Kurdistán? ¡Fíjense, un verdadero
Delacroix!
La muchedumbre se iba aclarando poco a poco. Con una hora
de intervalo, ya habían llamado sendos toques de campana a los dos primeros
turnos de la cena, y estaban a punto de servir el tercero. En los
departamentos, que se iban quedando gradualmente vacíos, sólo había ya algunas
clientes rezagadas, a las que el frenético afán de gasto hacía olvidar la hora.
De la calle sólo llegaba el rodar de los últimos coches de punto, interrumpiendo
la pastosa voz de la ciudad, que era como el ronquido de un ogro ahíto, en
plena digestión de los hilos, los paños, las sedas y los encajes con que lo
habían estado atiborrando desde por la mañana. El interior de los almacenes,
bajo el destello de las luces de gas, que lucían en la penumbra del crepúsculo
y habían iluminado los estertores finales de la venta, parecía un campo de
batalla en el que aún palpitaba la hecatombe de los tejidos. Los dependientes,
rendidos de cansancio, acampaban entre el saqueo de las casillas y mostradores,
que parecía haber asolado el furioso aliento de un huracán. Costaba trabajo
caminar por las galerías de la planta baja, que una desbandada de sillas tenía
taponadas; en los guantes, había que saltar por encima de una barricada de
cajas de cartón, que tenían sitiado a Mignot; en los géneros de lana, era
completamente imposible pasar. Liénard dormitaba ante un mar de piezas, cuyas
pilas, aunque medio derrumbadas, aún se mantenían de pie y parecían ruinas de
casas que arrastraba la corriente de un río desbordado; y, más allá, la ropa
blanca cubría de nieve el suelo y quien anduviese por allí tropezaba con
banquisas de toallas y hollaba los leves copos de los pañuelos. Idénticos
destrozos se veían en los departamentos de la entreplanta: las pieles yacían en
el entarimado; las prendas de confección se amontonaban como capotes de
soldados fuera de combate; los encajes y la lencería, desdoblados, arrugados,
caídos al azar, evocaban una multitud de mujeres que se hubieran desnudado con
la desordenada prisa de un deseo apremiante. Y mientras, abajo, en las
entrañas de la casa, el servicio de envíos, en plena actividad, seguía
expulsando los paquetes que lo llenaban a rebosar y que se llevaban los
carruajes, en un último tráfago de la recalentada máquina. El departamento de
la seda era el que más habían saqueado las hordas de compradoras. Había
quedado arrasado y se podía circular por él sin el menor impedimento. El patio
estaba desnudo; las colosales remesas de París-Paraíso habían desaparecido, en
mil pedazos, como si las hubiera barrido una nube de voraz langosta. Y, en
medio de aquel vacío, Hutin y Favier hojeaban las matrices de sus talonarios y
calculaban los correspondientes porcentajes, jadeantes aún tras la batalla.
Favier había sacado quince francos; Hutin sólo había podido llegar a trece y
despotricaba de su mala suerte. La pasión por las ganancias les encendía la
mirada; y, a su alrededor, los almacenes al completo anotaban hileras de
cifras y ardían con idéntica fiebre, invadidos por ese feroz júbilo de las
noches que siguen a una hecatombe.
-¿Qué, Bourdoncle? -exclamó Mouret-. ¿Aún le
dura el susto?
Había regresado a su lugar favorito, en lo alto
de la escalera de la entreplanta, apoyado en la barandilla; y, al ver el
desbarajuste de telas que tenía a los pies, reía victoriosamente. Tras los
temores de la mañana, de aquel momento de imperdonable flaqueza que nadie había
de saber nunca, sentía la imperiosa necesidad de un bullicioso triunfo: así que
había ganado definitivamente la batalla; había aniquilado el pequeño comercio
de la zona y conquistado al barón Hartmann, con sus millones y sus solares. Mientras
miraba a los cajeros, que, inclinados sobre los libros de registro, sumaban las
largas columnas de números, mientras escuchaba el leve tintinear del oro, que
fluía de sus dedos hacia los platillos de cobre, veía ya cómo El Paraíso de las
Damas crecía de forma desmedida, ampliaba el patio central, prolongaba las
galerías hasta la calle de Le-Dix-Décembre.
-¿Se convence usted ahora de que los locales
son demasiado pequeños? -añadió-. Podríamos haber vendido el doble.
Bourdoncle hacía profesión de humildad,
satisfechísimo, por cierto, de haberse equivocado. Pero se pusieron serios ante
el espectáculo que se avecinaba. Lhomme, el jefe de cajeros, acababa de
centralizar las recaudaciones parciales de los demás. Tras sumarlas, sacaba la
cifra total y ensartaba en la correspondiente varilla de acero la hoja en que
la anotaba. Llevaba luego las ganancias del día a la caja central, en una
cartera y en bolsas, a tenor del tipo de moneda. Aquel día, como predominaban
el oro y la plata, subía la escalera despacio, cargado con tres enormes bolsas.
Como le faltaba el brazo derecho y no tenía sino un muñón cuyo remate era el
codo, las oprimía contra el pecho con el brazo izquierdo y sujetaba una con la
barbilla para que no se le resbalase. Se oía desde lejos su fuerte jadear; e
iba avanzando, agobiado por el peso, esponjado, rodeado del respeto de los
dependientes.
-¿Cuánto, Lhomme? -preguntó Mouret.
-Noventa mil setecientos cuarenta y dos francos
con diez céntimos.
Una risa de gozo alzó en vilo El Paraíso de las
Damas. La cifra corría de boca en boca. Era la mayor de cuantas había alcanzado
en un único día una tienda de novedades.
Y, por la noche, cuando Denise subió a
acostarse, se iba apoyando en los tabiques del angosto corredor que corría
bajo el zinc del tejado. Tras llegar a su cuarto y cerrar la puerta, se
desplomó en la cama, pues los pies le dolían terriblemente. Estuvo mucho tiempo
mirando, como en un pasmo, el tocador, el armario, toda aquella desnudez de
pensión. Así que, a partir de entonces, aquí era donde iba a vivir. Y veía su
primer día de trabajo como un abominable túnel sin fin. Nunca tendría valor
suficiente para recorrerlo de nuevo. Luego, se dio cuenta de que iba vestida de
seda; aquel uniforme la agobiaba y cayó en la chiquillería de ponerse, para
deshacer el baúl, el viejo vestido de lana, que se había quedado en el respaldo
de una silla. Pero, al volver a vestir aquella humilde prenda, que era sólo
suya, la ahogó la emoción y los sollozos que llevabarefrenando desde por la
mañana estallaron de pronto en un caudal de ardientes lágrimas. Se había vuelto
a dejar caer en la cama y lloraba al acordarse de sus dos niños; lloraba sin
pausa, y no tenía fuerzas ni para descalzarse, ebria de cansancio y de
tristeza.
V
Al día siguiente, cuando Denise no llevaba ni
media hora en su puesto, la señora Aurélie le dijo con tono seco:
-Señorita, la llaman de dirección.
La joven encontró a Mouret solo, sentado en el
amplio despacho tapizado de reps verde. Acababa de acordarse de «la
desgreñada», como decía Bourdoncle, y aunque no solía prestarse al papel de
gendarme, se le había ocurrido llamarla para espabilarla un poco si seguía con
las mismas trazas de provinciana. La tarde anterior, pese a haberse tomado a
broma el que quedase en entredicho, delante de la señora Desforges, la buena
presencia de una de sus dependientes, tal circunstancia lo había contrariado
mucho en su amor propio. Lo embargaba un sentimiento confuso, mezcla de
simpatía e irritación.
-Señorita -empezó a decir-, la hemos admitido
por deferencia hacia su tío y, por lo tanto, no debería ponernos en la penosa
situación...
Pero se interrumpió. Frente a él, del otro lado de la
mesa, estaba Denise, erguida, pálida y seria. El vestido de seda ya no le
quedaba ancho, sino que se ceñía a la suave curva de la cintura y moldeaba las
líneas puras de los virginales hombros; y aunque el pelo, recogido en gruesas
trenzas, seguía indómito, se apreciaba, al menos, un esfuerzo por desbravarlo.
La joven, tras haberse quedado dormida sin desnudarse, agotadas ya las lágrimas,
se había despertado a eso de las cuatro de la mañana, muy avergonzada por aquel
ataque de sensibilidad nerviosa. Y, en el acto, se había puesto a meter el
vestido; tras lo cual, se había pasado una hora delante del estrecho espejo,
luchando con el peine, aunque sin lograr domeñar el cabello todo lo que hubiera
deseado.
-¡Vaya! ¡Gracias a Dios! -murmuró Mouret-. Esta
mañana está usted mucho mejor... Si no fuera por esos endiablados mechones...
Se había puesto en pie y se acercó para
rectificar el peinado, con la misma confianza con que la señora Aurélie había
intentado hacerlo la víspera.
-¡A ver! Recójaselo detrás de la oreja... El
moño está demasiado alto.
Denise no decía nada y se dejaba retocar. Pese
a haberse jurado a sí misma que sería fuerte, había llegado al despacho
tiritando, convencida de que la habían llamado para despedirla. Y la
inequívoca benevolencia de Mouret no la tranquilizaba; aquel hombre seguía
amedrentándola y, en su presencia, sentía un desasosiego que interpretaba como
la turbación natural ante el jefe poderoso de quien dependía su porvenir. Él,
al notar que se estremecía cuando él le rezaba la nuca con las manos, se
arrepintió de haberse mostrado tan atento, pues lo que más le preocupaba era
conservar la autoridad.
-En fin, señorita -prosiguió, mientras volvía a
interponer la mesa entre ambos-, procure cuidar su aspecto. Ya no está usted en
Valognes, aprenda de nuestras parisinas... El apellido de su tío ha bastado
para que le abriéramos nuestras puertas y quiero creer que estará usted a la
altura de la buena impresión que me causó de entrada. Por desgracia, hay aquí
quien no comparte esta opinión... Queda usted avisada, ¿eh? Y no me deje mal.
La trataba como si fuese una niña, con más
compasión que bondad, por la única razón de que la turbadora mujer que intuía
en aquella chiquilla humilde y desmañada había despertado su curiosidad por lo
femenino. Y Denise, mientras él la sermoneaba, se fijó en el retrato de la
señora Hédouin, cuyo bello y armonioso rostro sonreía solemnemente desde el
marco dorado, y sintió un nuevo escalofrío, pese a las palabras alentadoras de
Mouret. Era la muerta, la mujer que, según las acusaciones de todo el barrio,
había matado para levantar su negocio sobre aquella sangre derramada.
Mouret seguía hablando.
-Puede retirarse -dijo por fin, tras sentarse y
ponerse a escribir de nuevo.
Denise salió al pasillo con un hondo suspiro de
alivio.
Desde aquel día, empezó a dar pruebas de su enorme coraje.
Sus estallidos de sensibilidad nunca llegaban a quebrantar su imperturbable
lucidez, su entereza de ser débil y solo, que se obstina en afrontar con
alegría los deberes que se ha impuesto. Progresaba sin ruido ni rodeos, directa
hacia la meta, superando los obstáculos; y lo hacía con toda sencillez y
naturalidad, pues aquella invencible dulzura era la esencia de su carácter.
Tuvo que acostumbrarse primero al terrible
cansancio del trabajo. Los fardos de ropa le dejaban los brazos tan quebrantados
que, durante las seis primeras semanas, el dolor de las agujetas y de los
hombros magullados la hacía gritar de noche, cuando se daba la vuelta en la
cama. Pero aún la martirizó más el calzado, los toscos zapatos que había traído
de Valognes y, que por falta de dinero, no podía sustituir por unas botinas más
finas. Se pasaba el día a pie firme, sin poder apoyarse siquiera en los entrepaños
de madera, so pena de que le echasen una reprimenda, y se le hinchaban los
pies, aquellos pies de niña, como si se los destrozasen unas botas de tortura;
notaba cómo le latía la calentura en los talones y, al quitarse las medias, se
arrancaba la piel de las ampollas que tenía en las plantas. Sentía además el
cuerpo desmadejado; el agotamiento de las piernas afectaba a todos los miembros
y los órganos; la palidez de la carne traicionaba súbitas alteraciones de las
funciones propias de su sexo. Pero Denise, tan menuda, tan frágil en
apariencia, supo aguantar, aunque a muchas dependientes no les quedaba más
remedio que dejar las tiendas de novedades, aquejadas de enfermedades
específicas. Perseveró, con su buena disposición ante el sufrimiento y su
tozuda valentía, sonriente y erguida incluso cuando estaba a punto de
desfallecer y al límite de sus fuerzas, exhausta por aquel trabajo en el que
más de un hombre hubiera sucumbido.
Tuvo
que soportar, además, el tormento de tener a todo el departamento en contra. Al
martirio físico se sumaba la solapada persecución de sus compañeras. Dos meses
de paciencia y dulzura no bastaron para desarmarlas. No cejaban en sus palabras
hirientes y sus crueles embustes, que herían en lo más hondo aquel corazón
necesitado de afecto. Durante muchos días, se estuvieron mofando de sus
desdichados comienzos, tachándola de «estorbo» y «cabeza dura»; cuando alguna
dependiente no cerraba una venta, las demás le preguntaban si era de Valognes.
Denise se convirtió, en definitiva, en la cenicienta del departamento. Por
eso, cuando, ya impuesta en el funcionamiento de la casa, resultó ser una
habilísima vendedora, se produjo un indignado estupor. Desde ese mismo
instante, todas las señoritas se pusieron de acuerdo para no dejar que
atendiera a ninguna cliente provechosa. Marguerite y Clara, llevadas de un
odio instintivo, cerraron filas para impedir que las dejase atrás aquella
advenediza, a la que, en realidad, temían, aunque fingieran despreciarla. A la
señora Aurélie, por su parte, la ofendía la orgullosa discreción de aquella
joven, que no le bailaba el agua con melosa admiración; no la defendía, por
tanto, del rencor de sus favoritas, de la flor y nata de aquel séquito de
incansables aduladoras, siempre a sus pies, sin el que su autoritario
temperamento no se hubiera hallado a sus anchas. Durante unos días, pareció que
la segunda encargada, la señora Frédéric, no iba a sumarse a la conspiración;
pero debió, sin duda, de tratarse de un descuido, pues no bien se percató de
los quebraderos de cabeza que podían acarrearle sus corteses modales, se mostró
tan dura como la que más. Denise se quedó entonces completamente sola; no había
quien no se ensañase con la «desgreñada», y ésta tuvo que luchar, todas
y cada una de las horas del día; aunque ponía en el empeño todo su coraje,
apenas le bastaba para mantenerse en el departamento.
Tal fue a partir de entonces su existencia.
Tenía que sonreír, que mostrarse atenta y cortés, enfundada en un vestido de
seda que no era suyo; y, en tanto, agonizaba de cansancio, mal alimentada,
maltratada, bajo la continua amenaza de un brutal despido. No tenía más refugio
que su cuarto; sólo allí se permitía aún ataques de llanto, cuando los
sufrimientos del día la agobiaban demasiado. Pero un punzante frío atravesaba
el tejado de cinc, que cubrían las nieves de diciembre, y la obligaba a
acurrucarse en la cama, a taparse con todas las prendas de ropa que tenía, y a
llorar debajo de la manta, para que la escarcha de las lágrimas no le cortase
el cutis. Mouret ya no le dirigía la palabra. Cuando, durante las horas de
trabajo, tropezaba con la severa mirada de Bourdoncle, se echaba a temblar,
pues intuía en él a un enemigo natural, que nunca le perdonaría la más leve
equivocación. Y, en medio de aquella generalizada hostilidad, le resultaba
sorprendente la sospechosa benevolencia del inspector Jouve; si se topaba con
ella a solas, le sonreía y le hacía siempre algún comentario amable; en dos
ocasiones ya la había librado de una regañina, y ella ni siquiera se lo había
agradecido, pues semejante protección más que emocionarla la azoraba.
Un atardecer, después de la cena, mientras las
dependientes ordenaban los armarios, Joseph fue a avisar a Denise de que abajo
había un, joven que preguntaba por ella. Bajó, pues, muy preocupada.
-¡Vaya, vaya! -dijo Clara-. Así que la
desgreñada tiene un galán.
-Pues hay que estar muy desesperado -añadió
Margarite. Abajo, en la puerta, Denise se encontró con su herman Jean. Le tenía
tajantemente prohibido que se presentase en lo almacenes de improviso, ya que
tales visitas causaban pésima impresión. Pero no tuvo valor para regañarlo,
pues parecía totalmente fuera de sí, sin gorra y jadeante, tras haber venido
corriendo desde el faubourg de Le
Temple.
-¿Tienes diez francos? -balbució-. Dame diez
francos estoy perdido.
Era tan graciosa esta frase de melodrama en
boca de aque niño grande de rubios cabellos revueltos y agraciado rostro de
muchacha, que Denise no hubiera podido por menos de sonreír de no haber sido
por la angustia que le causaba aquella exigencia de dinero.
-¿Cómo que diez francos? -murmuró-. ¿Qué te
pasa?
Jean se puso colorado y le contó que había
conocido a la hermana de un compañero. Denise lo mandó callar, tan turbada como
él; tampoco necesitaba que le diera más detalles. Ya había: acudido a ella en
dos ocasiones para pedirle préstamos semejantes, pero la primera vez sólo fue
poco mas de un franco; y la segunda, uno y medio. Siempre acababa metiéndose en
líos de faldas
-No puedo darte diez francos -añadió Denise-. Todavía no
he pagado la mensualidad de Pépé y tengo el dinero justo Apenas me va a quedar
bastante para comprarme unas botinas que me hacen muchísima falta... No estás
siendo nada sensato Jean. Te portas muy mal.
-Entonces, estoy perdido -repitió él, con un
trágico ademán-. Mira, hermanita: es una morena impresionante, fuimos al café
con su hermano, pero yo no sabía que las consumiciones...
Denise tuvo que volver a interrumpirlo y, al
ver que a su querido atolondrado se le llenaban los ojos de lágrimas, sacó el
monedero y cogió una moneda de diez francos que le metió en la mano. El se echó
a reír de inmediato.
-¡Ya lo sabía yo! ¡Pero te juro que nunca
más!... Sería un auténtico sinvergüenza.
Y se marchó corriendo, después de besarla en
las mejillas, como un loco. Dentro de los almacenes, algunos dependientes
miraban, sorprendidos.
Aquella noche, Denise tuvo un sueño agitado.
Desde que trabajaba en El Paraíso de las Damas, el dinero se había convertido
en un cruel quebradero de cabeza. Carecía de ingresos regulares, pues seguía
trabajando por la comida y la cama, sin sueldo fijo; y como las otras
dependientes del departamento no le dejaban vender, apenas si le alcanzaba, con
las clientes de poca monta a las que nadie más quería atender, para pagar la
pensión de Pépé. Vivía en la más negra miseria, la miseria vestida de seda. A
menudo se pasaba la noche arreglando su pobre ajuar, zurciéndose la ropa
blanca, cosiéndose unas camisas transparentes como el encaje de puro gastadas;
sin contar con que había tenido que echarles piezas a los zapatos, con la misma
maña que un zapatero remendón. Llegaba incluso a lavar la ropa en la palangana.
Pero lo que más preocupada la tenía era el viejo vestido de lana; no tenía
otro, y no le quedaba más remedio que ponérselo todas las noches, cuando se
quitaba la preceptiva seda, con lo que estaba cada vez más raído; las manchas
le quitaban el sueño, el menor siete suponía una catástrofe. Y no le quedaba
nada más, ni un céntimo; ni siquiera podía comprar las menudencias cotidianas
que toda mujer necesita; en cierta ocasión tuvo que esperar quince días hasta
poder abastecerse de hilo y agujas. Así las cosas, que Jean se presentase de
golpe, desbaratando el presupuesto con sus amoríos, era un desastre. Cada
franco que se llevaba abría un abismo. Y en cuanto a conseguir diez francos
para el día siguiente, no había ni que pensar en ello. Tuvo pesadillas hasta el
amanecer: Pépé en la calle y ella levantando los adoquines con doloridos
dedos para ver si encontraba algún dinero debajo.
Aquel día, precisamente, tuvo que mostrarse
risueña y representar su papel de joven dispuesta. Acudieron al departamento
varias clientes conocidas y la señora Aurélie la llamó repetidas veces para que
se pusiera los abrigos y luciera las nuevas hechuras. Y mientras cimbreaba la
cintura, con artificiosas posturas de figurín, no dejaba de pensar en los
cuarenta francos de la pensión de Pépé, que había prometido pagar aquella misma
tarde. Podía prescindir de botinas un mes más; pero, aunque a los treinta
francos que le quedaban añadiera los cuatro que había ahorrado céntimo a
céntimo, sólo salían treinta y cuatro. ¿De dónde iba a sacar los seis francos
que le faltaban para completar la suma? Aquella angustia le encogía el
corazón.
-Fíjese, los hombros quedan muy holgados -decía
la señora Aurélie-. Resulta elegante, a la par que cómodo... Se pueden cruzar
perfectamente los brazos, ¿verdad, señorita?
-¡Ya lo creo! -decía Denise una y otra vez, sin perder su
amable expresión-. Es como ir a cuerpo... La señora quedará muyatisfecha.
Ahora se arrepentía de haber ido el domingo
anterior a buscar a Pépé a casa de la señora Gras para llevarlo a los Campos
Elíseos. ¡El pobre niño salía tan pocas veces con ella! Pero tuvo que comprarle
un panecillo dulce y una palita, y llevarlo luego a ver la función de Guiñol;
y, en seguida, se puso el gasto en un franco con cuarenta y cinco céntimos.
¡Qué poco se acordaba Jean de su hermano pequeño cuando hacía tonterías! Al
final, todo recaía sobre ella.
-Pero si a la señora no le gusta, no se hable
más -proseguía la encargada-. ¡A ver, señorita! Póngase el tapado, para que la
señora pueda hacerse una opinión.
Y Denise caminaba a pasitos cortos, con el
tapado sobre los hombros, diciendo:
-Es más abrigado... Se lleva mucho este año.
Pasó el día en un infierno, que ocultaba tras
su buena disposición profesional, sin saber de dónde sacar el dinero. A última
hora de la tarde, las otras dependientes, agobiadas de trabajo, le permitieron
hacer una venta de envergadura; pero estaban a martes, y aún faltaban cuatro
días para cobrar la semana. Después de cenar, resolvió esperar al día
siguiente para ir a casa de la señora Gras. Diría, para disculparse, que la
habían entretenido; y de aquí a entonces, quizá consiguiera los seis francos.
Como Denise evitaba los gastos más nimios,
subía a acostarse muy temprano. ¿Qué iba a hacer ella por el mundo, sin un céntimo,
siempre tan esquiva, y sin haberle perdido aún el miedo a la gran ciudad, de la
que no conocía sino las calles que rodeaban los almacenes? Se aventuraba hasta
la plaza de Le Palais-Royal para tomar el aire, regresaba en seguida y se
encerraba en su cuarto, a coser o a lavar. En el corredor al que daban los
cuartos reinaba una promiscuidad cuartelaria: muchachas a menudo desaseadas,
comadreos por el agua del retrete o la ropa sucia, talantes agrios que se
desahogaban en continuas riñas y reconciliaciones. Por lo demás, tenían
prohibido subir durante el día; los cuartos no eran para vivir, sino para
pernoctar; sólo regresaban a ellos por las noches, lo más tarde posible, y los
dejaban a toda prisa a la mañana siguiente, aún medio dormidas, tras quitarse
las legañas de tan de mala manera que el agua no las despabilaba. Y aquel
vendaval que barría una y otra vez el corredor, las trece horas de agotador
trabajo que arrojaban a las jóvenes en las camas sin un suspiro acababan de
convertir el sotabanco en una posada que cruzaba de continuo el malhumorado
cansancio de una desbandada de viajeros. Denise no tenía amigas. De todas las
dependientes, tan sólo una, Pauline Cugnot, le manifestaba algún afecto; pero,
debido a la guerra abierta que enfrentaba a los departamentos contiguos de
lencería y de confección, la simpatía entre ambas jóvenes había tenido que
limitarse, hasta entonces, a las escasas palabras que cruzaban deprisa y
corriendo. Cierto es que Pauline ocupaba el cuarto de la derecha, tabique por
medio con Denise, pero como se esfumaba nada más concluir la cena y nunca
regresaba antes de las once, ésta sólo la oía acostarse y nunca la veía fuera
de las horas de trabajo.
Aquella noche, Denise se había resignado a
ejercer de nuevo el oficio de zapatero remendón.
Examinó sus zapatos por los cuatro costados, cavilando cómo podría apañarse
para que llegaran a fin de mes. Se decidió luego a coserles las suelas, que
amenazaban con desprenderse del empeine. Escogió una gruesa aguja y puso manos
a la obra, mientras en la palangana, llena de agua jabonosa, estaban a remojo
un cuello y un par de puños.
Noche tras noche, Denise oía los mismos ruidos:
cómo iban llegando las jóvenes, una a una; los cuchicheos de las breves
conversaciones; risas; las voces sofocadas de alguna que otra riña. Luego
venían el crujido de las camas y los bostezos; y, al cabo, los cuartos caían en
un pesado sueño. Su vecina de la izquierda soñaba a menudo en voz alta, lo cual
la había asustado las primeras veces. Quizá había otras que, como ella, permanecían
despiertas, pese al reglamento, para aviarse la ropa; pero debían de adoptar
sus mismas precauciones, moviéndose despacio y evitando el menor golpe, pues a
través de las puertas cerradas sólo llegaba un estremecido silencio.
Hacía diez minutos que habían dado las once
cuando un ruido de pasos le hizo alzar la cabeza. ¡Otra que llegaba tarde! Y se
dio cuenta de que era Pauline, cuando se abrió la puerta de al lado. Pero se
quedó perpleja al oír que la lencera volvía cautelosamente sobre sus pasos y
llamaba a su puerta.
-Abra deprisa; soy yo.
Las dependientes tenían prohibido reunirse en
las habitaciones. De modo que Denise giró la llave rápidamente para que la
señora Cabin, que velaba por la estricta aplicación del reglamento, no
sorprendiera a su vecina.
-¿Estaba ahí? -preguntó, mientras volvía a
cerrar la puerta.
-¿Quién? ¿La señora Cabin? -dijo Pauline-.
¡Huy, ésa no me da miedo! ¡Con darle cinco francos...!
Yañadió:
-Hace tiempo que quiero charlar con usted.
Abajo nunca podemos... Yesta noche, durante la cena, ¡parecía tan triste!
Denise le dio las gracias y le ofreció un
asiento, emocionada al verla tan buena. Pero, con los nervios de la inesperada
visita, no había soltado el zapato que estaba cosiendo; y los ojos de Pauline
fueron a posarse en él antes que en cualquier otra cosa. Meneó la cabeza, miró
a su alrededor y descubrió los puños y el cuello puestos a remojo en la
palangana.
-¡Pobrecita! Ya me lo temía yo -siguió
diciendo-. ¡No se apure, que ya sé yo lo que es esto! Al principio, cuando
acababa de llegar de Chartres y mi padre no me mandaba ni un céntimo, ¡anda y
que no habré lavado camisas! ¡Sí, sí, hasta las camisas! Tenía dos, y siempre
había una en remojo.
Se había sentado, para recobrar el aliento
después de la carrera. Tenía un rostro carnoso, de ojillos vivarachos y boca
grande y tierna, que no carecía de cierto encanto pese a la tosquedad de los
rasgos. Y, sin venir a cuento, de buenas a primeras, se puso a contar su vida:
la juventud en el molino; el padre, arruinado por culpa de un pleito, que la
había enviado a ganarse la vida en París con veinte francos en el bolsillo; más
adelante, sus comienzos como dependiente, primero en una tienducha del barrio
de Les Batignolles y, luego, en El Paraíso de las Damas: unos comienzos
tremendos, durante los que padeció toda clase de agravios y privaciones; y, por
fin, su vida de ahora sus doscientos francos mensuales, los caprichos que se permitía, la
despreocupación con que dejaba transcurrir los días. Hasta tenía joyas: sobre
el paño azulón del vestido, coquetamente entallado, brillaban un broche y una
leontina; y sonreía bajo la toca de terciopelo, que adornaba una larga pluma
gris.
Denise se había puesto muy encarnada, con el zapato en la
mano. Y, entre balbuceos, intentaba explicar la situación.
-¡Pero si yo he pasado por lo mismo! -reiteró
Pauline-. Al fin y al cabo, soy mayor que usted; aunque no lo parezca, tengo
veintiséis años y seis meses... Cuénteme todas sus cosas.
Denise cedió entonces, ante aquella amistad que
le brindaban con tanta sinceridad. En enaguas y con un chal viejo anudado
sobre los hombros, se sentó junto a Pauline, vestida de calle; y ambas se
enfrascaron en una reconfortante charla. En el cuarto estaba helando; el frío
parecía chorrear de las paredes abuhardilladas, tan desnudas como las de una
cárcel. Pero ellas, absortas en sus confidencias, ni se daban cuenta de que se
les entumecían las manos. Poco a poco, Denise se fue abriendo de par en par, habló
de Jean y de Pépé, refirió el martirio del dinero; y así llegaron ambas a
hablar de las dependientes de confección. Pauline se desahogaba:
-¡Pero qué malas pécoras! Si se portasen como
buenas compañeras, podría usted sacarse más de cien francos.
-Todo el mundo la ha tomado conmigo, y no sé
por qué -decía Denise, sin poder contener las lágrimas-. Hasta el señor
Bourdoncle se pasa el día acechándome para pillarme haciendo algo mal, como si
yo lo estorbase... El tío, Jouve es el único que...
-¡El inspector! -la interrumpió Pauline-. ¡Ese
viejo mamarracho! No se fíe de él ni un pelo, querida... Los hombres que
tienen esas narizotas no son trigo limpio... Por mucho que se pavonee con su
condecoración, cuentan por ahí un asunto que tuvo, al parecer, con una muchacha
de mi departamento... Pero no me sea niña, ¿por qué se disgusta tanto? ¡Qué
desgracia, ser tan sensible! Pero si lo que le está pasando a usted nos ha
pasado a todas: hay que pagar la novatada.
Y, dejándose llevar por su buen corazón, le
tomó las manos y la besó. La cuestión del dinero ya era más grave. Estaba claro
que aquella pobre chica no podía mantener a sus dos hermanos, pagar la pensión
del pequeño y agasajar a las amantes del mayor con los pocos e inseguros
céntimos que las demás despreciaban; y era muy de temer que no le pagasen un
sueldo fijo hasta marzo, con la llegada de la temporada alta.
-Mire, no es posible que pueda usted aguantar
así ni un día más-dijo Pauline-. Yo que usted...
Pero se calló al oír un ruido que venía del
corredor. A lo mejor era Marguerite, a la que acusaban de rondar en camisón por
las noches para fisgonear el sueño de las demás. La lencera, que no le había
soltado las manos a su amiga, la miró un instante, en silencio, aguzando el
oído; y luego volvió a decir, muy quedo, con tono de afectuoso convencimiento:
-Yo que usted me buscaría a alguien.
-¿Cómo que a alguien? -murmuró Denise, que no
la había entendido a la primera.
Cuando comprendió por fin, retiró las manos y se quedó
aturdida. Aquel consejo la perturbaba: era una idea que jamás se le habría
ocurrido y cuyas ventajas no acertaba a ver.
-¡Ay, no! -exclamó, por toda respuesta.
-Entonces, nunca conseguirá levantar cabeza
-prosiguió Pauline-. ¡Se lo digo yo!... Vaya sumando: cuarenta francos para el
pequeño, y alguna que otra moneda de cinco francos para el mayor; y luego está
usted, que no puede ir siempre hecha una pordiosera, con esos zapatos que son
el hazmerreír de todas sus compañeras; sí, sí, como lo oye, esos zapatos la
están perjudicando... Búsquese usted a alguien y todo irá mucho mejor.
-No -repitió Denise.
-Pero, vamos a ver, sea razonable... No queda
otro remedio, querida; y, además, ¡es tan natural! Todas hemos pasado por lo
mismo. Yo, fíjese, estaba sin sueldo, como usted. No tenía ni una perra. Está
una alojada y mantenida, claro; pero también hay que vestirse. Y no se puede
andar sin un céntimo, ni quedarse metida en el cuarto pensando en las
musarañas. Así que no queda más remedio que ceder...
Y siguió hablando de su primer amante, el
pasante de un abogado, al que había conocido en Meudon, durante una excursión.
Después, había estado con un empleado de Correos. Y, por fin, desde aquel
otoño, salía con un dependiente de El Económico, un muchachote muy noble, en
cuya casa pasaba todas las horas libres. Y nunca estaba con más de uno a la
vez. Ella era honrada y se indignaba cuando mencionaban a esas chicas que se
entregan al primero que llega.
-¡No le estoy diciendo que haga usted nada
malo, ni mucho menos! -prosiguió, acaloradamente-. A mí no me gustaría, por
ejemplo, que me vieran en compañía de esa Clara de su departamento, pues
podrían acusarme de andar por ahí de picos pardos, como ella. Pero estar
tranquilamente con alguien, sin nada que reprocharse... ¿Le parece muy mal?
-No -contestó Denise-.. Lo que sucede es que no
encaja con mi forma de ser.
Volvió a reinar el silencio. Ambas se sonreían
en el helado cuartito, con el conmovido júbilo de aquella charla en voz baja.
-Sin contar con que antes habría que sentir
algo por alguien -añadió Denise, con las mejillas arreboladas.
La lencera se sorprendió mucho y acabó por
echarse a reír y besarla de nuevo, al tiempo que decía:
-Pero, hijita, ¿es que no basta con que la
gente se conozca y se guste? ¡Qué ocurrencias tiene! Nadie va a obligarla a
nada... Oiga, ¿quiere que Baugé nos lleve al campo el domingo y que traiga a
algún amigo?
-No -repetía Denise, dulce pero firme.
En vista de lo cual, Pauline dejó de insistir.
Cada cual era muy dueño de hacer lo que mejor le pareciese. Le había dicho todo
aquello por pura bondad, pues la afligía sinceramente ver que una compañera se
sentía tan desgraciada. Y, como estaban a punto de dar las doce, se levantó
para irse, no sin antes obligar a Denise a aceptar los seis francos que le
faltaban, rogándole que no se preocupase y que no se los devolviera hasta que
ganase más.
-Ahora -añadió-, apague la vela para que no se
note qué puerta se abre... Ya volverá a encenderla luego.
Con la vela apagada, volvieron a estrecharse
las manos. Pauline se marchó a toda prisa y, sin que turbara más ruido que el roce de su falda el extenuado
sueño de los demás cuartos, se metió en el suyo.
Antes de acostarse, Denise quiso terminar de coser el
zapato y aclarar la ropa que tenía en remojo. El frío se hacía más intenso a
medida que avanzaba la noche, pero ella no lo sentía. Aquella charla la había
trastornado hasta lo más hondo del corazón. No se había escandalizado; opinaba
que si una mujer estaba sola en el mundo y era libre tenía perfecto derecho a
disponer de su vida a su antojo. Ninguna creencia había regido nunca su
proceder; la vida honrada que llevaba no era fruto sino de su recto razonar y
su sana índole. Cerca ya de la una, se acostó, por fin. Si no quería a nadie,
¿para qué iba a complicarse la vida y deteriorar la maternal abnegación que
sentía por sus dos hermanos? No lograba, empero, quedarse dormida: cálidos
escalofríos le recorrían la nuca y, tras los párpados cerrados, el insomnio le
mostraba formas imprecisas, que se desvanecían luego en la oscuridad.
A raíz de aquel episodio, Denise empezó a
interesarse por las historias amorosas de su departamento. Menos en las horas
de mucho ajetreo, todas las dependientes vivían pensando en los hombres.
Circulaban comadreos y había aventuras que regocijaban a las jóvenes durante
ocho días seguidos. La conducta de Clara era escandalosa; contaban que la
mantenían tres hombres a la vez, por no mencionar la estela de amantes
ocasionales que iba dejando tras de sí; y si no se despedía de los almacenes,
en donde trabajaba lo menos posible, despreciando el dinero puesto que podía
ganarlo en otra parte de forma más placentera, era para guardar las
apariencias ante su familia, pues vivía en el continuo temor de que el tío
Prunaire se presentase un buen día en París para romperle los huesos a
almadreñazos. Por el contrario, Marguerite era muy formal; no se le conocía
ningún galán, lo cual no dejaba des sorprendente, pues todas se referían entre
sí la aventura del embarazo que había venido a ocultar a París. Si era tan
virtuosa, ¿de dónde le había venido aquel hijo? Había quien afirmaba que había
sido una casualidad; y añadían que ahora se reservaba para su primo de
Grenoble. Las señoritas también bromeaban acerca de la señora Frédéric, atribuyéndole
discretas relaciones con personajes destacados; lo cierto era que nadie sabía
nada de su vida sentimental; desaparecía todas las noches, con su envarada
hosquedad de viuda. Parecía tener mucha prisa, sin que nadie supiera adónde iba
tan corriendo. En cuanto a las pasiones de la señora Aurélie, a su supuesto
apetito voraz por los jóvenes dóciles, debía de tratarse muy probablemente de
embustes que inventaban las dependientes resentidas, sólo por divertirse. Cabía
dentro de lo posible que la encargada hubiera dispensado antaño un trato
excesivamente maternal a cierto amigo de su hijo; pero ahora ocupaba en el
comercio de novedades una posición de mujer seria, que no caía ya en tan
pueriles diversiones. Quedaba la tropa, la desbandada de por las noches: nueve
de cada diez empleadas tenían a un galán esperándolas en la puerta. En la plaza
de Gaillon, a lo largo de las calles de la Michodiére y Neuve-Saint-Augustin,
montaban guardia los hombres, inmóviles, acechando la puerta con el rabillo
del ojo; y, cuando comenzaba el desfile, cada cual alargaba el brazo para
llevarse a la suya, y se iban juntos, charlando, con conyugal placidez.
Pero lo que más alteró a Denise fue descubrir el secreto
de Colomban. Lo veía a todas horas, al otro lado de la calle, en el umbral de
El Viejo Elbeuf, mirando hacia arriba, sin quitar ojo a las señoritas de las
confecciones. Cuando notaba que ella lo estaba acechando, se ruborizaba y
desviaba la mirada, como si temiese que la joven lo denunciara ante su prima
Geneviéve, pese a que los Baudu no se trataban ya con su sobrina desde que ésta
había entrado a trabajar en El Paraíso de las Damas. Al principio, Denise creyó
que quería a Marguerite, al verle aquella mirada de carnero degollado propia
de un amante sin esperanzas, pues, como la joven era muy formal y dormía en
los almacenes, no resultaba fácil de enamorar. Mas luego se quedó atónita
cuando se convenció de que el blanco de las ardientes miradas del dependiente
era Clara. Llevaba meses así, consumiéndose en la acera de enfrente, sin
reunir valor suficiente para declarársele. ¡Y todo por una muchacha sin
compromiso, que vivía en la calle de Louis-le-Grand y a la que podría haberse
acercado cualquier noche, antes de que se marchase del brazo de un hombre,
siempre distinto al de la víspera! Ni la propia Clara parecía sospechar aquella
conquista. Tal descubrimiento colmó a Denise de dolorosa emoción. ¿Tan necio
era el amor? ¿Cómo era posible? ¡Un muchacho que tenía toda la felicidad al
alcance de la mano y desperdiciaba la existencia adorando a una perdida como si
fuera el Santísimo Sacramento! Desde aquel día, cada vez que divisaba a través
de los cristales verdosos de El Viejo Elbeuf el pálido y enfermizo perfil de
Geneviéve, se le encogía el corazón.
En todo aquello pensaba Denise noche tras
noche, al ver a las empleadas marcharse con sus amantes. Las que no dormían en
El Paraíso de las Damas no regresaban hasta el día siguiente, trayendo en las
faldas el olor de unas vidas que transcurrían fuera de los almacenes, un
universo desconocido y turbador. La joven tenía a veces que corresponder con
una sonrisa a la amistosa inclinación de cabeza con que la saludaba Pauline, a
quien Baugé esperaba sin falta, a partir de las ocho y media, de pie en la
esquina de la fuente de Gaillon. Luego, después de haber salido la última para
dar, siempre sola, su breve y furtivo paseo, tras haber regresado la primera,
atendía a sus tareas o se acostaba, con la cabeza perdida en alguna ensoñación,
llena de curiosidad por aquella vida parisina de la que nada sabía. Claro que
no envidiaba en absoluto a las demás jóvenes; era feliz en su soledad, en
aquella existencia huraña en la que vivía encerrada como en lo más hondo de un
refugio; pero su imaginación podía más que ella, e intentaba suponer cómo
serían las cosas, pensaba en los placeres que las demás mencionaban sin cesar
delante de ella: los cafés; los restaurantes; los teatros; los domingos, con
sus paseos en barca y sus merenderos. Y, luego, notaba que el pensamiento, cansado,
dejaba en ella una mezcla de deseo y hastío; era como si estuviera ya saciada
de aquellas diversiones que nunca había probado.
No obstante, su laboriosa existencia le dejaba
poco tiempo para las ensoñaciones peligrosas. En los almacenes, el peso
abrumador de trece horas de trabajo no propiciaba tiernos afectos entre los
dependientes de ambos sexos. Aunque la continua pugna por el dinero no les
hubiese hecho olvidar que eran hombres y mujeres, habría bastado para matar la
atracción aquel ajetreo
que, minuto a minuto, les tenía ocupado el pensamiento y les molía los huesos.
Entre los enfrentamientos o el compañerismo de unos con otras, entre el roce
incesante entre departamentos, difícilmente podía nadie citar alguna que otra
relación amorosa. No eran ya todos ellos sino engranajes que arrastraba
consigo la máquina en marcha, obligándolos a abdicar de su personalidad,
limitándose a sumar sus fuerzas en un anodino y poderoso falansterio. Sólo
cuando salían de allí, recuperaban una existencia individual y se encendía en
ellos la brusca llamarada de las pasiones.
Pese a todo, Denise vio un día cómo Albert
Lhomme, el hijo de la encargada, le metía una cartita en la mano a una lencera,
después de haber pasado varias veces por el departamento haciéndose el
indiferente. Como empezaba por entonces la temporada baja de invierno, que
duraba de diciembre a febrero, había algunos ratos de ocio; y la joven pasaba
horas enteras a pie firme, con la mirada perdida en la lontananza de los
almacenes, esperando a que llegasen las clientes. Las señoritas de la
confección tenían trato sobre todo con los dependientes de los encajes, sin que
aquella intimidad forzosa fuera nunca más allá de un intercambio de bromas en
voz baja. Había en los encajes un segundo encargado guasón que perseguía a
Clara con confidencias atroces, sólo por divertirse, pues, en el fondo, le
importaba tan poco la joven que ni siquiera intentaba verla fuera de los
almacenes. Los jóvenes y las muchachas
se lanzaban así, de mostrador en mostrador, miradas cómplices y frases cuyo
significado sólo ellos comprendían; e incluso, en ocasiones, conversaban a
hurtadillas, dándose casi la espalda, con expresión absorta, para que no los
sorprendiera el terrible Bourdoncle. Deloche, por su parte, se conformó durante
mucho tiempo con mirar a Denise y dedicarle una sonrisa; luego, se armó de
valor y se atrevió a cuchichearle alguna palabra amistosa cuando se cruzaba
con ella. El día en que Denise vio cómo el hijo de la señora Aurélie le
entregaba la notita a la lencera, Deloche le estaba preguntando, en ese preciso
momento, si había almorzado bien, pues sentía la necesidad de enterarse de algo
de ella, pero no se le había ocurrido nada más amable que decirle. También él
vio la mancha blanca de la carta; miró a la joven, y ambos se ruborizaron ante
aquella intriga que acababan de presenciar.
Pero Denise, entre aquellos ardorosos hálitos que, poco a poco,
despertaban en ella a la mujer, conservaba aún su infantil placidez. Sólo si
veía a Hutin se le alborotaba el corazón. Pero sólo lo interpretaba como
gratitud; pensaba que la única causa de su turbación era la amabilidad del
joven. Cada vez que éste acompañaba a alguna cliente al departamento de confección,
Denise se azoraba. En varias ocasiones, al regresar de alguna caja, se
sorprendió a sí misma dando un rodeo, cruzando sin necesidad por la sección de
la seda, con la emoción atenazándole la garganta. Una tarde, se topó allí con
Mouret, que parecía seguir sus movimientos con una sonrisa. Ya no le hacía
ningún caso; sólo le dirigía la palabra muy de vez en cuando, para darle algún
consejo acerca de su indumentaria, sin tomarla en serio, como si la considerase
un caso perdido, un chicazo indómito que él nunca lograría convertir en una
mujer presumida, pese a su ciencia de mujeriego; a veces hasta se reía de ella, y
llegaba incluso a pincharla, sin querer reconocer en su fuero interno cuánto lo
turbaba aquella insignificante empleada que tenía un pelo tan peculiar. Denise
se echó a temblar, al ver aquella mirada muda, como si Mouret la hubiera
sorprendido cometiendo alguna falta. ¿Sabría acaso por qué cruzaba por la
sedería, cuando ni ella misma habría podido explicar qué la impulsaba a dar
semejante rodeo?
Hutin, por lo demás, no parecía haberse fijado
nunca en las miradas de agradecimiento de la joven. Las dependientes no eran su
tipo y las trataba con ostensible desprecio, jactándose más que nunca de
extraordinarias aventuras con las clientes: una baronesa había sucumbido a un
flechazo nada más verlo tras el mostrador; y la mujer de un arquitecto se le
había arrojado en los brazos el día que acudió a su casa para remediar un
error en los metros de un corte de tela que ésta había comprado. Tras aquella
fanfarronería normanda sólo había muchachas que sacaba de las cervecerías y de
los cafés cantantes. Al igual que todos los jóvenes que trabajaban en el
comercio de novedades, sentía una rabiosa necesidad de gastar; batallaba en su
departamento durante toda la semana, con encarnizada avidez de avaro, con el
único propósito de poder despilfarrar el dinero a manos llenas, los domingos,
en las carreras, en los restaurantes y en los bailes. Sin un ahorro, sin una
previsión, gastándose todo el sueldo recién cobrado, con una absoluta
despreocupación por el día de mañana. Favier no participaba en aquellas
diversiones. Hutin y él, tan compenetrados en los almacenes, se despedían en la
puerta y no volvían a verse; como ellos, muchos otros dependientes pasaban gran
parte del día juntos y se convertían en extraños, sin saber nada de sus
respectivas existencias, en cuanto pisaban la calle. Pero Hutin sí era amigo
íntimo de Liénard. Ambos vivían de pensión en el Hotel de Esmirna, de la calle
de Sainte-Anne, un establecimiento lóbrego donde sólo se alojaban empleados de
comercio. Por la mañana llegaban juntos; y, por la noche, el primero que se
quedaba libre, tras recoger el mostrador, se iba a esperar al otro al café
Saint-Roch, de la calle de Saint-Roch, un cafetín donde solían reunirse los
dependientes de El Paraíso de las Damas, hablando a voces, bebiendo y jugando a
las cartas entre el humo de las pipas. A menudo se eternizaban allí y no se marchaban
sino a eso de la una, hora a la que el cansado dueño del local los echaba a la
calle. Por lo demás, desde hacía un mes, pasaban la velada tres veces por
semana en un cabaretucho de Montmartre; y llevaban consigo a algunos compañeros
para que contribuyesen al éxito de la última conquista de Hutin, la señorita
Laure, robusta cantante cuyo talento jaleaban dando tales voces y pegando tales
golpes en el suelo con el bastón que la policía ya había tenido que intervenir
en dos ocasiones.
Así transcurrió el invierno. Denise consiguió
al fin un sueldo fijo de trescientos francos. No podía llegar más oportunamente
el dinero, pues los zapatones se le caían a pedazos. Durante el último mes
había intentado, incluso, salir lo menos posible para no acabar de
destrozarlos.
-¡Por Dios, señorita! ¡Hace usted un ruido con
esos zapatos! -repetía a menudo la señora Aurélie, con tono de profundo fastidie-.
No hay quien lo soporte... ¿Qué lleva usted en los pies?
El día en que Denise bajó calzando unas botinas
de paño, que le
habían costado cinco francos, Marguerite y Clara manifestaron su sorpresa a
media voz, aunque procurando que pudiera oírlas.
-¡Mire! Parece que la desgreñada se ha deshecho
de las abarcas -dijo una.
-¡Vaya! -añadió la otra-. Se habrá llevado un
disgusto... Se las había dejado su madre.
Existía, por añadidura, un movimiento de
desaprobación general en contra de Denise desde que el departamento se había
enterado de su amistad con Pauline, pues tales lazos de afecto con una
dependiente del departamento enemigo no podían interpretarse sino como una
provocación. Sus compañeras hablaban de traición, la acusaban de contar a las
de al lado cuanto allí se decía. La guerra entre la lencería y las confecciones
cobró renovada violencia; nunca había sido tan encarnizada. Hubo duros
intercambios de palabras, que silbaban como balas, e incluso una bofetada,
cierta noche, detrás de unas cajas de camisas. Quizá el origen de aquella
antigua rivalidad fuera el hecho de que las señoritas de la lencería llevaban
vestidos de lana, mientras que las de las confecciones vestían de seda. Sea
como fuere, las lenceras hablaban de sus vecinas con mohínes indignados de
jóvenes decentes. Y los hechos les daban la razón: estaba comprobado que la
seda parecía ejercer cierta influencia en los excesos de conducta de las «confeccionistas».
Vituperaron a Clara por sus tropeles de amantes, e, incluso, le echaron en cara
su hijo a Marguerite, al tiempo que acusaban a la señora Frédéric de vivir
secretas pasiones. ¡Y todo por culpa de la Denise aquella!
-¡Señoritas, nada de palabras malsonantes!
¡Compórtense! -decía la señora Aurélie, muy digna, terciando en la furibunda
indignación de su gente-. Procuren estar a la altura de su categoría.
Prefería no inmiscuirse. Como confesó cierto día, respondiendo a una
pregunta de Mouret, aquellas señoritas podían medirse todas por el mismo
rasero. Pero empezó a tomarse el asunto a pecho, de repente, cuando Bourdoncle
le contó que acababa de sorprender a su hijo, en un rincón del sótano, besando
a una lencera, esa misma a la que entregaba cartitas con disimulo. Aquello era
una abominación; y acusó rotundamente al departamento de lencería de haberle
tendido una trampa a Albert. Tenía que tratarse de una conspiración contra
ella, trataban de desprestigiarla pervirtiendo a un joven inexperto, tras
haberse convencido de que su departamento era irreprochable. A decir verdad,
sólo armaba tanto escándalo para embrollar más la situación, pues no se hacía
ilusión alguna en lo tocante a su hijo y sabía que era capaz de cometer cualquier
tontería. A punto estuvo el asunto, en un momento dado, de convertirse en algo
más grave, pues el guantero Mignot estaba implicado también; era amigo de
Albert y daba un trato de favor a las amiguitas que éste le enviaba, muchachas
de trapillo que se pasaban las horas muertas revolviendo en las cajas de
guantes. Y había además una historia que nunca acabó de aclararse, relacionada
con unos guantes de Suecia que había recibido como regalo la lencera. El
escándalo acabó por silenciarse por consideración a la encargada de las
confecciones, a quien el propio Mouret trataba con mucha deferencia. Bourdoncle
se conformó
con despedir, al cabo de ocho días y con un pretexto cualquiera, a la
dependiente culpable de haber permitido que la besaran. Los caballeros de la
dirección se desentendían de las desaforadas juergas de puertas para afuera,
pero no toleraban el más mínimo desliz dentro de la casa.
Y fue Denise quien pagó las consecuencias. La
señora Aurélie, aun sabiendo a que atenerse, le guardó un sordo rencor; la
había visto reírse con Pauline y lo tomó como una provocación, suponiendo que
andaban de chismorreos acerca de los amoríos de su hijo. Contribuyó, pues, a
que la joven estuviera cada vez más aislada en la sección. Llevaba tiempo
planeando llevarse a las señoritas a pasar un domingo a Rigolles, en los
alrededores de Rambouillet, donde había comprado una finca con los primeros
cien mil francos que había ahorrado; y, de súbito, se decidió: era una manera
de castigar a Denise, de hacerle el vacío abiertamente. Fue la única a quien
no invitó. Durante los quince días anteriores a la excursión, no se habló en el
departamento de otra cosa. Todas miraban el cielo, que templaba el sol de mayo;
decidían las ocupaciones de cada hora del día; prometíanse todo tipo de cosas
gratas: paseos en burro, leche y pan moreno. ¡Y sólo irían mujeres, lo que
resultaba aún más divertido! Así era como la señora Aurélie solía matar el
tiempo los días de fiesta: saliendo a pasear con otras señoras, pues tenía tan
poca costumbre de estar con su familia, se encontraba tan a disgusto, tan fuera
de lugar, las pocas noches en que podía cenar con su marido y su hijo, que
prefería, incluso aquellas noches, no ir a casa y cenar en un restaurante.
Lhomme se iba por su lado, contentísimo de volver a su vida de soltero y
Albert, aliviado, corría a reunirse con sus golfas. Los tres habían perdido
los hábitos de la vida en familia; se estorbaban y aburrían mutuamente cuando
pasaban juntos los domingos, de modo que se limitaban a pasar por su casa como
si fuera un hotel cualquiera al que sólo se vuelve para meterse en la cama. En
lo tocante a la excursión de Rambouillet, la señora Aurélie manifestó, sin más,
que la presencia de Albert no sería decorosa y que incluso el padre debería
tener tacto suficiente para no participar en ella. Y a los dos hombres les
pareció de perlas. A medida que se iba acercando el venturoso día, aumentaba la
locuacidad de las señoritas, que explicaban lo que iban a ponerse como si
fueran a emprender un viaje de seis meses de duración. Mientras, a Denise no le
quedaba más remedio que oírlas, pálida y callada en su abandono.
-¿Qué, siguen haciéndola rabiar? -le dijo
cierta mañana Pauline-. Si yo estuviera en su lugar, las dejaría con tres
palmos de narices. ¿Que ellas salen a divertirse? ¡Pues yo también, no faltaba
más!... Venga con nosotros el domingo, Baugé va a llevarme a Joinville.
-No, gracias -respondió la joven, con su
sosegada obstinación.
-Pero ¿por qué?... ¿Sigue teniendo miedo de que
la fuercen?
Y Pauline se reía con tanto cariño que Denise no pudo por menos de
sonreír a su vez. Sabía muy bien cómo pasaban las cosas: todas sus compañeras
habían conocido en excursiones como aquélla a su primer amante, un amigo que
alguien había llevado como por casualidad; y ella no quería que le sucediera lo
mismo.
-Vamos -siguió diciendo Pauline-, le prometo que Baugé no llevará a
nadie. Estaremos los tres solos... No se apure, que si usted no quiere, no seré
yo quien le busque pareja.
Denise seguía sin decidirse a acompañarlos,
aunque lo deseaba tanto que la sangre le quemaba las mejillas. Desde que sus
compañeras andaban alardeando de deleites campestres, sentía que se ahogaba,
que necesitaba el aire libre y el cielo; soñaba con hierba alta que le llegase
a los hombros; con árboles gigantescos, cuya sombra le corriese por el cuerpo
como agua fresca. La añoranza del sol despertaba en ella el recuerdo de los
años de infancia, que había pasado entre las verdes y densas frondas del Contentin.
-Está bien; de acuerdo -dijo, al fin.
Se pusieron de acuerdo. Baugé las esperaría en
la plaza de Gaillon a las ocho; desde allí, irían en coche de punto a la estación
de Vincennes. Denise, cuyos veinticinco francos de sueldo fijo se iban todos
los meses en atender las necesidades de los niños, tan sólo había podido
remozar su vestido viejo de lana con una guarnición de popelín de cuadritos,
cosida al bies; también se había hecho ella misma un sombrero: una capota de
seda adornada con una cinta azul. Con aquel sencillo atavío, parecía muy joven,
una niña que hubiera crecido demasiado deprisa; en su humilde pulcritud, se
mostraba un tanto avergonzada y molesta por la desbordante exuberancia del
cabello, que le rebosaba del sencillo sombrero. Pauline por el contrario, lucía
un primaveral vestido de seda, de rayas blancas y violeta; una toca a juego,
recargada de plumas; y joyas en el cuello y las muñecas: todo un lujo de
comerciante acaudalada. Era como si con la seda de los domingos quisiera
tomarse la revancha del resto de la semana, en que el trabajo la obligaba a
vestir de lana; en cambio Denise, que soportaba la seda del uniforme de lunes
a sábado, recuperaba los domingos la raída lana de su pobreza.
-Ahí está Baugé -dijo Pauline, señalando a un
mocetón que esperaba de pie, junto a la fuente.
Hizo las presentaciones y a Denise le pareció
el joven tan buen muchacho que no tardó en sentirse a sus anchas con él. Era un
gigantón, con la pausada fuerza de los bueyes que tiran del arado. Tenía un
rostro alargado de flamenco, en el que los ojos vacuos reían con puerilidad
infantil. Era el segundo hijo de un tendero de ultramarinos de Dunkerque, y si
había venido a París era porque su padre y su hermano, que lo tenían por
demasiado bruto, lo habían puesto como quien dice en la calle. No obstante, en
El Económico ganaba tres mil quinientos francos, pues, aunque no era
inteligente, tenía muy buena mano con las telas. Y a las mujeres les parecía
muy agradable.
-¿Y el coche? -preguntó Pauline.
Tuvieron que ir hasta el bulevar. El sol ya
había empezado a calentar y la hermosa mañana de mayo sonreía en los adoquines
de las calles; en el cielo no había ni una nube; el aire azul, transparente
como el cristal, estaba impregnado de gozo. Una sonrisa involuntaria entreabría
los labios de Denise, que respiraba muy hondo. Le parecía que se liberaba el
pecho de una asfixia de seis meses. ¡Por fin salía del ambiente cerrado y los
agobiantes muros de El Paraíso de las Damas! ¡Así que tenía por delante un día
entero de libertad en el campo! Y se sentía como si hubiera recuperado la
salud, inmensamente feliz, dejándose llevar por nuevas sensaciones de
chiquilla. Ya en el coche, no obstante, desvió la vista con apuro cuando
Pauline estampó un sonoro beso en los labios de su amante.
-¡Anda! -exclamó, aún con la cabeza asomada por
la ventanilla-. Por ahí va el señor Lhomme... ¡Cómo corre!
-Lleva la trompa -añadió Pauline, asomándose
también-. ¡Qué viejo loco! ¡Si parece que tiene prisa por no llegar tarde a una
cita!
Lhomme, efectivamente, con el estuche del
instrumento debajo del brazo, iba a buen paso por la calle de Le Gymnase,
mirando al frente y riéndose solo, de gusto, al pensar en el deleite que lo
esperaba. Iba a pasar el día con un amigo que tocaba la flauta en un modesto
teatro, en cuya casa se reunían los domingos varios músicos aficionados, nada
más apurar el tazón de café con leche del desayuno, para interpretar música de
cámara.
-¡A las ocho de la mañana! ¡Menudo vicio!
-añadió Pauline-. Y ya sabe que la señora Aurélie y toda su tropa han debido
de coger el tren de Rambouillet, que sale a las seis y veinticinco... No hay
peligro de que el marido y la mujer se encuentren.
Y las dos se pusieron a comentar la excursión
de Rambouillet. No deseaban que les lloviera a las demás, porque también a
ellas se les pasaría el día por agua; pero ¡qué divertido sería que cayera por
allí un chaparrón que no salpicara hasta Joinville! Luego la tomaron con Clara,
una manirrota que no sabía qué inventar para despilfarrar el dinero de sus tres
protectores. ¿Pues no se compraba tres pares de botinas a la vez? Y tiraba los
tres al día siguiente, tras haberlos cortado con unas tijeras, porque tenía
los pies llenos de juanetes. Por lo demás, las dependientes de las tiendas de
novedades demostraban tener tan poca sensatez como sus compañeros varones:
derrochaban a manos llenas, sin ahorrar nunca un céntimo; no les importaba
gastarse al mes, en trapos y golosinas, doscientos o trescientos francos.
-¡Pero si sólo tiene un brazo! -exclamó de
repente Baugé-. ¿Cómo se las apaña para tocar la trompa?
No había perdido de vista a Lhomme. Entonces
Pauline, que, a veces, se divertía a costa de su inocencia, le contó que el
cajero apoyaba el instrumento contra la pared. Y él la creyó a pies juntillas,
opinando que era una solución muy ingeniosa. Pero cuando ella, arrepentida, le
explicó cómo Lhomme se colocaba en el muñón un sistema de pinzas, que utilizaba
luego como si fuera una mano, Baugé meneó la cabeza con desconfianza, al tiempo
que aseguraba que no pensaba tragarse semejante trola.
-¡Ay, pero qué tonto eres! -acabó por decirle
Pauline, entre risas-. Aunque me da lo mismo; yo te sigo queriendo igual.
El coche seguía adelante. Llegaron a la
estación de Vincennes en el preciso momento en que salía un tren. Baugé era
quien pagaba; pero Denise había manifestado su intención de contribuir a los
gastos; ya echarían cuentas por la noche. Subieron en segunda: de los vagones
rezumaba un zumbido de alegría. En Nogent, irrumpió una boda, entre
carcajadas. Por fin llegaron a Joinville; y cruzaron a la isla en seguida, para
encargar el almuerzo. Se quedaron en ella, paseando por las márgenes del río,
bajo los altos álamos que bordeaban el Marne. Hacía frío a la sombra; al sol,
soplaba un hálito vivaz que ensanchaba, en la lontananza de la otra orilla, la
límpida pureza de una llanura, que desplegaba sus cultivos. Denise iba a la
zaga de Pauline y su amante, que caminaban cogidos por la cintura; había
cortado un ramo de botón de oro y miraba cómo corría el agua, feliz, sintiendo
que le desfallecía el corazón, desviando la vista cada vez que Baugé se
inclinaba para besar la nuca de su amiga. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Y, no obstante, no se sentía desgraciada. ¿Qué emoción era aquella que la
dejaba sin respiración? ¿Y por qué aquellos anchos campos, donde contaba con
despreocuparse de todo, la llenaban de una nostalgia imprecisa cuya causa no
acertaba a explicar? Luego, durante el almuerzo, la aturdieron las sonoras
carcajadas de Pauline. Esta, que sentía por los alrededores de París la misma
vehemente afición que una cómica condenada a vivir con luz de gas en el viciado
aire de las aglomeraciones, se había empeñado en comer bajo el emparrado, pese
a que el aire era todavía muy fresco. Se regocijaba con las súbitas ráfagas
que levantaban el mantel, le hacía gracia el cenador, aún sin hojas, y la
rejilla de rombos, recién pintada, cuya sombra se recortaba encima de la mesa.
Por lo demás, comía con ansia, con hambrienta glotonería de muchacha a la que
no alimentaba la comida de los almacenes y, en sus salidas, se atracaba de
todos los platos que le gustaban. Ese era su vicio; todo el dinero se le iba en
pasteles, en embutidos, en suculencias bien guisadas, que saboreaba
despreocupadamente durante sus horas de libertad. Como Denise parecía tener más
que de sobra con los huevos, el pescado frito y el pollo salteado, Pauline se
contuvo y no se atrevió a pedir fresas, por ser fruta aún temprana y, por lo
tanto, cara, temiendo que subiera mucho la cuenta.
-¿Y, ahora, qué hacemos? -preguntó Baugé,
cuando les hubieron servido el café.
Por la tarde, Pauline y él solían volver a
París para cenar y terminar la velada en un teatro. Pero, por expreso deseo de
Denise, decidieron quedarse en Joinville; sería divertido darse un atracón de
campo. Y estuvieron paseando toda la tarde. Momento hubo en que pensaron en
montar en barca; pero, al final, renunciaron a la idea, pues Baugé remaba muy
mal. Pero, como en aquel deambular por donde los llevasen los senderos siempre
llegaban, a la postre, a las orillas del Marne, atrajo su atención lo que sucedía
en el río, las escuadras de yolas y botes que lo surcaban, y los equipos de
remeros que navegaban en ellos. El sol iba bajando, y ya se disponían a
regresar a Joinville cuando dos yolas, que iban corriente abajo, compitiendo en
velocidad, empezaron a lanzarse andanadas de injurias, entre las que
predominaban los gritos de «torrezneros» y «horteras».
-¡Anda! -dijo Pauline-. Si es el señor Hutin.
-Sí -añadió Baugé, que se protegía del sol con
la mano-, reconozco la yola de caoba... En la otra debe de ir un grupo de
estudiantes.
Y explicó la tradicional hostilidad que, a
menudo, enfrentaba a la juventud de las aulas y a los empleados de comercio.
Denise, al oír nombrar a Hutin, se había parado en seco; y, clavando los ojos
en la esbelta embarcación, seguía su trayectoria, buscando al joven entre los
remeros, sin lograr distinguir más que las manchas blancas de dos vestidos de
mujer: una de ellas, sentada al timón, llevaba un sombrero rojo. Las voces se
perdieron en medio del fluir de las aguas del río.
-¡Al agua con los torrezneros!
-¡Horteras al agua, al agua!
Al caer la tarde, volvieron al restaurante de
la isla. Pero había refrescado tanto que tuvieron que cenar en uno de los dos
comedores, donde la humedad del invierno impregnaba aún los manteles con un
frescor de colada. Desde las seis, habían empezado a escasear las mesas; los
excursionistas se apresuraban a coger sitio. Y los camareros no paraban de
traer sillas y bancos, de juntar los platos, de meter con calzador a la gente.
El ambiente era ahora tan sofocante que tuvieron que abrir las ventanas. Fuera,
el día iba palideciendo; de los álamos bajaba tan deprisa una verdosa penumbra
crepuscular que el dueño, que no estaba preparado para las cenas bajo techo,
mandó poner una vela en cada mesa, al no contar con lámparas suficientes. El
ruido era ensordecedor: risas, voces, entrechocar de loza; con el aire que
entraba por las ventanas, se estremecían, como asustadas, las llamas de las
velas, y chorreaba la cera mientras las mariposas nocturnas aleteaban en el
aire, que caldeaba el olor de las viandas y por el que cruzaban breves ráfagas
de viento helado.
-Hay que ver cómo se divierten, ¿verdad? -decía
Pauline, muy ocupada con una caldereta de pescado que, según afirmaba, era
algo extraordinario.
Y añadió, inclinándose hacia delante:
-¿Se ha fijado en quién está allí? El señor
Albert.
Se trataba, en efecto, de Lhomme hijo, en
compañía de tres mujeres de aspecto equívoco: una señora de edad, con sombrero
amarillo y soez aspecto de celestina, y dos menores, dos chiquillas de trece o
catorce años, cuyo descarado contoneo avergonzaba a cualquiera que las mirase.
Él, que estaba ya muy borracho, golpeaba la mesa con el vaso, amenazando con
zurrar al camarero si no traía los licores inmediatamente.
-¡Pues menuda familia! -añadió Pauline-. La
madre en Rambouillet, el padre en París y el hijo en Joinville... No hay
cuidado de que se estorben.
Denise, que aborrecía el ruido, sonreía pese a
todo, disfrutando, en medio de tamaño barullo, de la alegría de no pensar en
nada. Pero de repente, en el comedor contiguo, estalló un griterío que cubrió
las demás voces. Sonaron atronadores gritos, a los que, sin duda, siguió algún
que otro bofetón, pues hubo ruido de empujones y sillas volcadas, una pelea en
toda regla en la que volvieron a oírse los gritos del río:
-¡Al agua con los horteras!
-¡Torrezneros al agua, al agua!
Y, cuando el vozarrón del tabernero hubo calmado los ánimos, apareció
inesperadamente Hutin. Llevaba una chaqueta marinera roja, un gorro echado
hacia atrás y, cogida del brazo, a la joven alta vestida de blanco del timón,
quien, para lucir los colores de la yola, se había colocado un ramillete de
amapolas detrás de la oreja. Ovaciones y aplausos acogieron su presencia;
Hutin estaba radiante: sacaba pecho imitando, al andar, el balanceo de los
marineros, y se ufanaba del puñetazo que le amorataba la mejilla, reventando de
gozo por verse el centro de la
atención. Tras ellos, venía todo el equipo de remeros. Tomaron por asalto una
mesa y el alboroto fue ya formidable.
-Parece ser -explicó Baugé, que había estado
escuchando a los que hablaban detrás de él- que los estudiantes han reconocido
a la amiga de Hutin, una antigua buscona del barrio que ahora canta en un
cabaretucho de Montmartre. En vista de lo cual, se han sacudido por culpa de
ella... ¡Los estudiantes nunca pagan a las mujeres!
-Pues es redomadamente fea, la verdad -dijo
Pauline, muy digna-, con esos pelos color zanahoria. Francamente, no sé de
dónde las saca el señor Hutin, pero son todas a cual más arrastrada.
Denise se había puesto pálida. Notaba un frío
de hielo, como si la sangre se hubiese retirado de su corazón gota a gota. Ya
antes, en la orilla, al ver la veloz yola, había sentido un primer escalofrío.
Yahora no podía quedarle duda de que aquella muchacha iba con Hutin. Tenía un
nudo en la garganta, le temblaban las manos y había dejado de comer.
-¿Le pasa algo? -le preguntó su amiga.
-Nada -balbució Denise-, es que hace mucho
calor.
Pero la mesa de Hutin estaba muy cerca de la de
ellos; y cuando éste vio a Baugé, que era conocido suyo, le dirigió la palabra
con voz chillona, para seguir acaparando la atención del comedor.
-¡Oiga! -voceó-. ¿En El Económico siguen siendo
tan virtuosos como siempre?
-No tanto, no tanto -contestó Baugé, muy
encarnado.
-¡Quite de ahí! Pero si para contratar a una
empleada le exigen que sea virgen. Y tienen un confesor permanente para los
dependientes que se atreven a mirarlas... Unos almacenes donde hay bodas entre
empleados. ¡Eso no es para mí!
Empezaron a oírse risas. Liénard, que
pertenecía al equipo, añadió:
-No pueden decir lo mismo en El Louvre...
Tienen una partera fija en el departamento de confecciones. ¡Les doy mi palabra!
El regocijo fue en aumento. Ni siquiera Pauline
pudo contener la risa, pues le hacía mucha gracia el invento de la partera.
Pero Baugé seguía muy ofendido por las bromas acerca de la inocencia de los
empleados de sus almacenes. Y arremetió sin previo aviso:
-¡Como si en El Paraíso de las Damas tuvieran
de qué presumir! ¡De patitas en la calle a las primeras de cambio! Y, encima,
el dueño parece que anda siempre queriendo liarse con las clientes.
Hutin ya no le hacía caso y había empezado a cantar las alabanzas de
La Plaza de Clichy. Conocía él allí a una joven tan decente que la clientela no
se atrevía ni a dirigirle la palabra, por temor a ofenderla. Luego, arrimando
el plato, contó que aquella semana había sacado ciento quince francos: ¡una
semana fantástica! Favier se había quedado bien atrás, con cincuenta y dos
francos. Y él había barrido con todos los turnos de la pizarra. ¿Es que no se
notaba? ¡Buen aire le estaba dando al dinero! No pensaba irse a la cama antes
de haber acabado con los ciento quince francos. Y, como cada vez estaba más
borracho, la tomó con Robineau, aquel alfeñique de segundo encargado al que
tanto le gustaba mantener las distancias, hasta tal punto que no quería que lo
vieran por la calle con sus dependientes.
-Cállese -dijo Liénard-; habla demasiado, amigo
mío.
Hacía cada vez más calor. Las velas goteaban en
los manteles manchados de vino; y, por las ventanas abiertas, cuando callaba de
pronto la algarabía de los comensales, entraba una voz lejana e incesante, la
voz del río y de los altos álamos, que se iban quedando dormidos en la paz de
la noche. Baugé acababa de pedir la cuenta, al ver que Denise no se reponía:
estaba muy pálida y le temblaba la barbilla de tanto aguantar las lágrimas.
Pero el camarero tardó en aparecer; y no le quedó más remedio que continuar
soportando las voces de Hutin, que, ahora, se jactaba de ser más chic que
Liénard, porque éste sólo despilfarraba el dinero de su padre, mientras que él
despilfarraba el dinero que se ganaba, el fruto de su inteligencia. Por fin
pagó Baugé, y las dos mujeres salieron del restaurante.
-Ahí hay una de El Louvre -susurró Pauline en
el primer comedor, al ver a una muchacha alta y delgada que se disponía a irse.
-Tú qué sabrás, si no la conoces -dijo el
joven.
-¡Ni falta que hace! ¿No has visto con qué
garbo se pone el abrigo? Departamento de la partera, te lo digo yo. Si ha oído
lo de antes, debe de estar que trina.
Cuando se vieron fuera, Denise suspiró,
aliviada. Se había sentido morir, entre aquel calor sofocante y aquel griterío.
Y volvió a explicar que se había puesto mala por falta de aire. Ahora ya se
podía respirar. Del cielo estrellado bajaba un fresco relente. Las dos jóvenes
se disponían a salir del jardín del restaurante cuando una voz tímida susurró,
entre las sombras:
-Buenas noches, señoritas.
Era Deloche. No lo habían visto al fondo del
primer comedor, donde cenaba solo, después de haber venido andando desde
París, por el simple gusto de caminar. Al reconocer aquella voz amiga, la
dolorida Denise cedió instintivamente a la necesidad de apoyarse en alguien.
-Señor Deloche, vuelva con nosotros -dijo-.
Déme el brazo.
Pauline y Baugé ya habían echado a andar
delante de ellos, comentando su sorpresa. Nunca hubieran creído que las cosas
sucedieran así, ni con aquel muchacho. Como aún les quedaba una hora antes de
coger el tren, fueron paseando por la orilla del río hasta la punta de la isla,
bajo los altos árboles; y, de vez en cuando, miraban hacia atrás y decían en
voz baja:
-¿Dónde se han metido? ¡Ah, ahí están!... La
verdad es que tiene gracia...
Al principio, Denise y Deloche permanecieron en
silencio. El barullo del restaurante se iba apagando, poco a poco; se tornaba
suavemente musical a lo lejos, en la oscuridad. Se adentraron cada vez más
bajo el frescor de los árboles, sintiendo aún el calor febril de aquel horno,
cuyas velas se iban apagando una a una entre las frondas. Frente a ellos
parecía alzarse un muro de tinieblas, una mole de sombras tan densa que ni
siquiera distinguían el blanco trazado del sendero. Aun así, avanzaban sin
temor, despacio. Al cabo, se les acostumbraron los ojos a la oscuridad y
vieron, a la derecha, los troncos de los álamos, cual negras columnas que
sustentasen la bóveda salpicada de estrellas de sus copas; y, algo más allá, el
agua relucía, a ratos, en la oscuridad, como un espejo de estaño. El viento
amainaba; tan sólo se oía ya el murmullo del río.
-Me alegro mucho de haberme encontrado con
usted -tartamudeó al fin Deloche, que fue el primero en decidirse a hablar-.
No sabe lo feliz que me hace al acceder a pasear conmigo.
Y, amparándose en la oscuridad, tras una serie
de torpes intentos, se atrevió a decirle que la amaba. Hacía tiempo que quería
escribírselo; y quizá Denise no hubiera llegado a saberlo nunca de no haber
sido por la complicidad de aquella hermosa noche, por el canto del agua y por
los árboles que los arropaban en la cortina de su sombra. Sin embargo, ella no
respondía nada y seguía caminando, de su brazo, con el mismo paso de penitente.
Estaba él intentando verle la cara, cuando oyó un leve sollozo.
-¡Ay, Dios mío! -dijo, entonces-. ¿Llora usted,
señorita, llora usted?... ¿Acaso la he disgustado?
-No, no -murmuró ella.
Intentaba contener las lágrimas, pero no lo
conseguía. Ya antes, en la mesa, había creído que iba a estallarle el corazón.
Y, ahora, entre las sombras, había dejado de contenerse y los sollozos la
ahogaban al pensar que si hubiera sido Hutin, en lugar de Deloche, quien
estuviera a su lado, diciéndole cosas tiernas, no tendría fuerzas para
resistirse. Confesárselo al fin a sí misma no hacía sino azorarla más. Le ardía
la cara de vergüenza, como si ya hubiese caído, bajo aquellos árboles, en
brazos de ese hombre que no vacilaba en mostrarse en pública con mujerzuelas.
-No era mi intención ofenderla -repetía
Deloche, que también estaba a punto de echarse a llorar.
-No, escúcheme -dijo Denise, con voz aún trémula-, no
estoy enfadada con usted. Sólo le suplico que no vuelva a hablarme como acaba
de hacerlo... Lo que usted me pide es imposible. Bien sé que es usted un buen
muchacho y estoy dispuesta a ser amiga suya, pero sólo eso... ¿me oye? ¡Amiga
suya!
El temblaba. Tras caminar unos pasos en
silencio, balbució:
-Que no me quiere usted, vamos.
Y, al intentar ella evitarle el disgusto de un
rechazo tajante, prosiguió con voz dulce y consternada:
-De todos modos, ya me lo esperaba... Nunca he
tenido suerte; sé que la felicidad no es para mí. En casa, me pegaban. En
París, siempre he sido el que se llevaba todos los palos. Ya lo ve, cuando uno
no sabe quitarles las amantes a los demás y es demasiado torpe para ganar tanto
dinero como ellos, más le valdría reventar cuanto antes en un rincón... No, no
se preocupe, no la molestaré más. Pero no puede impedirme que la quiera,
¿verdad? La querré sin pedir nada a cambio, como un perro... ¡Otra vez me he quedado
sin nada! Así es la vida que me ha tocado.
Esta vez le tocó a él llorar. Denise lo consolaba; y,
durante aquellas amistosas efusiones, se enteraron de que eran de la misma
comarca -ella de Valognes y él de Briquebec-, a trece kilómetros. Y sintieron
que los unía un nuevo vínculo. Era hijo de un humilde alguacil, pobre y
aquejado de unos celos enfermizos, que lo zurraba y lo llamaba bastardo, pues
lo sacaba de quicio aquel hijo, que tenía una cara alargada y lívida y un pelo
color cáñamo que, según él, nunca se habían visto en la
familia. Acabaron ambos hablando de los prados de alta hierba, rodeados de
setos vivos; de los senderos sombreados que se perdían bajo los olmos; de las
carreteras herbosas como paseos de un parque. A su alrededor, la noche seguía
aclarándose: ya podían ver los juncos de la orilla, el calado encaje de las
ramas, recortando su silueta negra contra el resplandor de las estrellas. Y se
iban apaciguando, olvidándose de sus males, unidos por la desdicha en una
amistad de buenos compañeros.
-¿Y bien? -preguntó, impaciente, Pauline a
Denise, llevándosela aparte cuando llegaron frente a la estación.
Por la sonrisa y el tono de tierna curiosidad
de su amiga, la joven comprendió a qué se refería. Contestó, poniéndose muy
encarnada:
-¡De ninguna manera, querida! Ya le he dicho
que no quiero saber nada de esas cosas... Somos paisanos y hemos estado
hablando de Valognes.
Pauline y Baugé se quedaron perplejos al tener
que renunciar a todas sus suposiciones, sin saber ya qué pensar. Deloche se
despidió en la plaza de La Bastille; al igual que todos los empleados sin
sueldo fijo, dormía en los almacenes, en donde debía estar de vuelta a las
once. Denise, que no deseaba regresar con él y había pedido un permiso de
teatro, accedió a ir con Pauline a casa de Baugé. Este se había mudado a la
calle de Saint-Roch para estar más cerca de su amante. Cogieron un coche de
punto y Denise se quedó estupefacta cuando, por el camino, se enteró de que su
amiga pensaba pasar la noche con el joven. Era de lo más sencillo, bastaba con
darle cinco francos a la señora Cabin, todas las dependientes lo hacían. Baugé
hizo los honores de su cuarto, amueblado con antiguos muebles estilo imperio
que le había mandado su padre. Se enfadó cuando Denise quiso echar cuentas,
aunque acabó aceptando los quince francos con sesenta que ésta había dejado
encima de la cómoda; pero, a cambio, quiso invitarla a una taza de té y, tras
pelearse con el infiernillo de alcohol, tuvo que volver a bajar a la calle para
comprar azúcar. Cuando sirvió las tazas, estaban dando las doce.
-Tengo que irme -repetía Denise.
YPauline contestaba:
-Dentro de un rato... Los teatros no acaban tan
temprano. Denise se sentía muy violenta en aquel cuarto de soltero. Había visto
cómo su amiga se quedaba en enaguas y corsé, y la observaba mientras preparaba
la cama, abriéndola y mullendo las almohadas, con los brazos al aire. Denise se
sentía turbada y avergonzada por presenciar aquellos domésticos preparativos de
una noche de amor, que volvían a traerle al corazón herido el recuerdo de
Hutin. ¡Nada bueno le reportaban aquellas salidas! Por fin, se despidió a las
doce y cuarto. Pero se fue muy avergonzada, pues, al desearles con toda
inocencia las buenas noches a sus amigos, Pauline contestó, atolondradamente:
-Gracias; va a ser una noche muy buena.
La puerta particular que conducía a la vivienda de Mouret
y a los cuartos del personal estaba en la calle Neuve-Saint-Augustin. La
señora Cabin abría la puerta, tirando del cordón, y echaba un vistazo para
tomar nota de quién iba llegando. Una lamparilla iluminaba tenuemente el
vestíbulo. Y, al verse en
aquella
penumbra, Denise titubeó, presa de inquietud, pues al doblar la esquina de la
calle había visto cómo se cerraba la puerta tras la sombra imprecisa de un
hombre. Debía de ser el dueño, que volvía de alguna velada. Y sólo de pensar
que podía estar allí, en la oscuridad, esperándola quizá, le entraba uno de
aquellos miedos extraños que, sin justificación alguna, aún seguía notando en
su presencia. Alguien se movió en el primero, oyó el crujido de unas botas.
Entonces, perdiendo la cabeza, empujó una puerta que conducía a los almacenes
y quedaba abierta para las rondas de vigilancia. Se encontraba en el
departamento del ruán.
-¡Dios mío! ¿Y ahora qué hago? -balbució, en su nerviosismo.
Se acordó de que arriba había otra puerta de comunicación que llevaba
a los cuartos, pero era necesario cruzar los almacenes de punta a punta.
Prefirió aquel recorrido, pese a las tinieblas en que estaban sumidas las
galerías. No había ni una lámpara de gas encendida; tan sólo algún que otro
candil de aceite colgando de los brazos de las arañas. Y aquellas luces espaciadas,
semejantes a manchas amarillas, cuyos rayos se perdían en la oscuridad, eran
como los faroles de las minas. A su alrededor, flotaban gigantescas sombras;
apenas si distinguía las mercancías amontonadas, que cobraban formas
pavorosas: columnas derruidas, fieras agazapadas, ladrones al acecho. El
pesado silencio, que interrumpían lejanas respiraciones, dilataba aún más las
tinieblas. Logró orientarse, empero: a la izquierda, la ropa blanca trazaba una
estela pálida, como una hilera de casas que azulearan bajo un cielo de verano.
Entonces, quiso cruzar el patio sin más tardanza, pero tropezó con unas pilas
de indiana y decidió que sería más seguro pasar por la calcetería y, luego,
por los géneros de lana. Al llegar allí, la asustó el retumbar de un trueno:
los sonoros ronquidos de Joseph, el mozo, que dormía detrás de los géneros de
luto. Se abalanzó hacia el patio, que la cristalera iluminaba con luz
crepuscular; parecía más amplio, colmado del pavor nocturno de las iglesias,
con los inmóviles casilleros v las siluetas de las largas varas de medir, que
dibujaban cruces invertidas. Ahora, Denise iba huyendo. En la mercería, en los
guantes, a punto estuvo de tener que saltar por encima de los mozos de servicio
dormidos; y no se sintió a salvo hasta dar, por fin, con la escalera. Pero
arriba, delante del departamento de confección, volvió a invadirla el terror al
descubrir que se le acercaba el parpadeante ojo de un farol: era una ronda,
dos bomberos que iban dejando constancia de su paso en los relojes de los
controladores. Tardó un minuto en darse cuenta de qué se trataba; los vio pasar
de los chales a las tapicerías y, luego, a la lencería, espantada de aquella
maniobra extraña, del chirrido de la llave y del estruendo de las portezuelas
de chapa al caer. Cuando los tuvo cerca, Denise se escondió al fondo de la
sección de encajes, de donde, acto seguido, la obligó a salir corriendo hasta
la puerta de comunicación el sonido de una voz. Había reconocido la de
Deloche, que dormía en su departamento, en un catre de hierro que él mismo
montaba todas las noches; y en él se hallaba tendido, aún despierto, reviviendo
con los ojos abiertos, las dulces horas de aquella velada.
-¡Cómo! ¡Es usted, señorita! -dijo Mouret, que estaba en la escalera con una vela pequeña en la mano, al
toparse con Denise.
La joven tartamudeó, quiso explicar que volvía
de buscar una cosa en su departamento. Pero él no estaba enojado, sino que la
miraba con aquella expresión suya, a la vez paternal y curiosa.
-¿Así que tenía usted un permiso de teatro?
-Sí, señor.
-¿Y se ha divertido? ¿A qué teatro ha ido
usted?
-He ido al campo, señor Mouret.
Él se echó a reír y, luego, preguntó,
recalcando las palabras:
-¿Usted sola?
-No, señor, con una amiga -contestó Denise, con
las mejillas arreboladas, avergonzada de lo que él debía de estar pensando.
Mouret entonces calló. Seguía mirándola, con su
vestidito negro y aquel sombrero sin más adorno que una cinta azul. ¿Acabaría
aquella fierecilla por convertirse en una muchacha bonita? Olía bien tras haber
pasado el día al aire libre, y estaba encantadora con aquel pelo tan hermoso
revuelto sobre la frente. Y él, que llevaba seis meses tratándola como a una
niña; que le daba, incluso, a veces, consejos, dejándose llevar por su
experiencia y por el deseo enfermizo de enterarse de cómo nace una mujer y de
cómo París acaba por perderla, ya no la tomaba a broma, sino que notaba un
indescriptible sentimiento de sorpresa y temor, al que se sumaba la ternura.
Lo más probable era que estuviera tan guapa porque venía de ver a su amante.
Aquel pensamiento le dolió, como si el pájaro predilecto con el que solía
jugar lo hubiese picado hasta hacerle sangre.
-Buenas noches, señor Mouret -susurró Denise; y
siguió subiendo, sin esperar más.
Mouret no respondió. Vio cómo se alejaba y,
luego, entró en sus aposentos.
VI
Al llegar la temporada baja, pasó una ráfaga de
pánico por El Paraíso de las Damas. Llegaba el espanto de los despidos, de los licenciamientos
en masa de los que echaba mano la dirección para aligerar de empleados los
almacenes, que los calores de julio y agosto vaciaban de clientes.
Todas las mañanas, Mouret, al hacer la ronda
con Bourdoncle, se llevaba aparte a los jefes de sección, a los que había animado,
durante el invierno, a contratar más dependientes de los precisos, para que la
venta no padeciera, alegando que siempre estaban a tiempo de recortar la
plantilla. De lo que se trataba ahora era de reducir gastos, poniendo de
patitas en la calle a más de la tercera parte de los dependientes, a los débiles,
a los que permitían que se los comiesen los fuertes.
-Vamos a ver -decía-; seguro que tiene usted
aquí a más de uno que no le vale para nada... No podemos quedarnos con esa
gente para que se pase el día mano sobre mano.
Y si el jefe de sección titubeaba, sin saber a
qué víctima sacrificar:
-Apáñeselas como quiera. Tiene que salir del
paso con seis dependientes. Ya cogerá usted más en octubre. Lo que sobra por
las calles son personas sin trabajo.
Por lo demás, las ejecuciones corrían a cargo de Bourdoncle.
Caían de sus delgados labios unos pavorosos: «¡Pase usted por caja!» que
semejaban hachazos. Cualquier pretexto le parecía bueno para echar a la gente.
Se inventaba faltas, aprovechaba los más leves descuidos. «Lo he visto
sentarse, señor mío. ¡Pase usted por caja! -¿Se atreve a replicarme? ¡Pase
usted por caja! -Lleva los zapatos sucios. ¡Pase usted por caja!» Hasta los más
valientes temblaban al ver las degollinas que iba dejando a su paso. Y, como
aquel sistema no resultaba lo bastante expeditivo, se le había ocurrido una
artimaña para echarle la soga al cuello, en pocos días, al número de
dependientes condenados de antemano. A las ocho en punto, empezaba a montar
guardia, reloj en mano, bajo el dintel de la puerta y, en cuanto pasaban tres
minutos, el implacable: «¡Pase usted por caja! » iba segando a los jóvenes que
llegaban sin resuello. Trabajo rápido y bien hecho.
-¡Qué cara más desagradable! -llegó a decirle
un día a un pobre diablo, cuya nariz torcida le parecía irritante-. ¡Pase usted
por caja!
A
los recomendados les daban quince días de vacaciones sin sueldo, lo que era una
forma algo menos inhumana de reducir gastos. Por lo demás, el penoso imperio de
la necesidad y la costumbre hacía que los dependientes aceptasen tan precaria
situación. Nada más llegar a París, iban de trabajo en trabajo, empezaban a
aprender el oficio acá, lo acababan de aprender acullá; los despedían o se despedían ellos, de repente, al albur
de los intereses. Si la fábrica andaba escasa de trabajo, se quedaban sin pan
los obreros. Y todo sucedía sin que la indiferente maquinaria dejase de
funcionar. Se excluía, sin remordimiento, el engranaje inútil, como si fuese
una rueda de hierro a la que nada había que agradecer por los servicios
prestados. ¡Peor para los que no supieran salir adelante!
Ahora no se hablaba de otra cosa en los
departamentos. Cada día corrían historias nuevas. Se repasaba la lista de
dependientes despedidos de la misma forma que se cuentan los muertos en tiempos
de epidemia. Los departamentos más castigados fueron el de los chales y el de
los géneros de lana: en una semana desaparecieron siete dependientes. Luego,
ocurrió un drama que conmocionó la lencería: a una cliente le dio un vahído y
le echó la culpa a la señorita que estaba atendiéndola, acusándola de que le
olía el aliento a ajo. Despidieron en el acto a la dependiente, mal alimentada
y siempre hambrienta, cuyo único delito era acabar de comerse, en la sección,
su reserva de cortezas de pan. La dirección mostraba un despiadado rigor ante
la más nimia queja de las clientes; no admitía la menor disculpa, el empleado
nunca tenía razón y había que quitarlo de en medio, como si fuese una
herramienta defectuosa que entorpeciera el buen funcionamiento del mecanismo
de la venta. Y los compañeros agachaban la cabeza y ni siquiera intentaban
defenderlo. Todos temblaban por la propia suerte, presas del pánico que los
iba barriendo. Estuvieron a punto de sorprender a Mignot un día, cuando,
quebrantando el reglamento, salía con un paquete debajo de la levita, y a punto estuvo
de quedarse en la calle. Y si no despidieron a Liénard, cuya pereza era
proverbial, una tarde en que Bourdoncle lo sorprendió durmiendo a pierna suelta
entre dos pilas de terciopelo inglés, fue por la posición que tenía su padre en
el comercio de novedades. Pero los más preocupados eran los Lhomme, que
esperaban cada mañana el despido de su hijo Albert: la casa estaba muy
descontenta de él como cajero; venían a verlo mujeres y lo distraían. Dos
veces tuvo la señora Aurélie que interceder por su hijo ante la dirección.
En aquella liquidación, Denise se hallaba tan
en vilo que vivía esperando continuamente la catástrofe. Por mucho que se
esforzara en ser valiente, por mucho que luchara, contando con su carácter
alegre y sensato para no sucumbir a las crisis que padecía su sensibilidad, la
cegaban las lágrimas en cuanto cerraba la puerta de su cuarto y no hallaba
consuelo, viéndose ya en la calle, peleada con su tío, sin saber adónde ir, sin
ahorros y con los dos niños a su cargo. Volvía a sentirse como en las primeras
semanas, como un grano de mijo bajo una potente muela. Y, al notar que era tan
poca cosa en aquella gigantesca maquinaria, que la aplastaría, llegado el caso,
con tranquila indiferencia, el desaliento la dejaba sin fuerzas. No podía
hacerse ninguna ilusión: si despedían a una de las dependientes de confección,
tendría que ser a ella. No cabía duda de que, durante la excursión a
Rambouillet, las otras empleadas habían malmetido a la señora Aurélie, pues
ésta la trataba desde entonces con una severidad que parecía traslucir cierto
rencor. Por lo demás, no le perdonaban que hubiese ido a Joinville; veían en
ello una rebelión, una forma de provocar a todo el departamento saliendo con una señorita de la
sección rival. Nunca había sufrido tanto Denise en su trabajo y ya había
abandonado toda esperanza de conquistar a sus compañeras.
-¡No les hagas caso! -repetía Pauline-. ¡Son unas cursis y
más tontas que las ovejas!
Pero eran precisamente esos aires de postín los
que intimidaban a la joven. Casi todas las dependientes, a fuerza de rozarse
con las clientes ricas, se iban puliendo y acababan por pertenecer a una clase
indeterminada, a medio camino entre la operaria y la burguesa. Y tras la maña
en el vestir, tras los modales y las frases aprendidas, no solían tener sino
una instrucción ficticia, no solían leer sino revistas ramplonas, parlamentos
de dramones, todas las necedades que corrían por París.
-¿Saben que la desgreñada tiene un hijo? -dijo
una mañana Clara, al llegar al departamento.
Y, al ver el asombro de las demás, añadió:
-¡La vi anoche paseando al mocoso! Debe de
tenerlo colocado en alguna parte.
Dos días después, Marguerite trajo otra noticia
cuando subió, después de la cena.
-¡Qué poca vergüenza! Acabo de ver al amante de
la desgreñada... ¡Un obrero, fíjense! Sí, un obrerucho con el pelo amarillo
que la estaba acechando tras los cristales.
Y, desde aquel momento, quedó establecido que
Denise era amante de un peón y ocultaba a un hijo en el barrio. La acribillaban
a alusiones malévolas. La primera vez que comprendió a qué se referían, se puso
muy pálida ante la monstruosidad de tales suposiciones. Era algo abominable.
Quiso exculparse y balbució:
-¡Pero si son mis hermanos!
-¡Ya! ¡Sus hermanos! -exclamó Clara, con su voz
de guasa.
Tuvo que intervenir la señora Aurélie.
-¡A callar, señoritas! Más les valdría cambiar
esas etiquetas... La señorita Baudu es muy libre de portarse como le plazca en
sus horas libres. ¡Si al menos rindiese en el trabajo!
Y aquella seca defensa era una condena. La
joven, ahogándose de indignación como si la hubieran acusado de un crimen,
intentó en vano explicar la situación. Se le reían en las narices y se encogían
de hombros. Le quedó una herida abierta en el corazón. Cuando cundió el rumor,
Deloche se puso tan furioso que habló de abofetear a las señoritas de
confección y sólo lo contuvo el temor de comprometer a Denise. Desde la velada
de Joinville, le tenía un amor sumiso, una amistad casi sagrada, que
manifestaba con miradas de perro fiel. Era preciso que nadie sospechase el
afecto que los unía, pues se habrían burlado de ellos. Pero eso no le impedía
soñar con arrebatadas violencias, con puñetazos vengativos, si es que alguna
vez se metían con ella delante de él.
Denise acabó por no contestar. Era una acusación demasiado odiosa;
nadie la creería. Cuando alguna compañera aventuraba una nueva alusión, se
contentaba con mirarla fijamente, con cara triste y serena. Tenía, por lo
demás, otros cuidados, dificultades materiales que le causaban mayores
preocupaciones. Jean no acababa de sentar cabeza y seguía acosándola con peticiones
de dinero. Casi todas las semanas le enviaba cuatro cuartillas repletas de
historias novelescas; y cuando el cartero de la casa le traía esas misivas,
escritas con letra gruesa y vehemente, se
apresuraba a metérselas en el bolsillo, pues las dependientes hacían como si se
rieran y canturreaban frases picantes. Luego, tras haber inventado un pretexto
para poder ir a leer las cartas al otro extremo de los almacenes, la invadía el
terror: le parecía que el pobre Jean estaba perdido. Caía en todas las patrañas,
se creía cualquier aventura amorosa extraordinaria, cuyos peligros exageraba
aún más su ignorancia de aquellas lides. A veces le pedía Jean una moneda de
dos francos, para librarse de los celos de una mujer; otras, cinco o seis
francos, que necesitaba para reparar el honor de una pobre muchacha, cuyo
padre la mataría si él no ponía antes remedio. Y como, con el sueldo y el
porcentaje, Denise no conseguía hacer frente a tales gastos, se le ocurrió
buscarse algún trabajillo que pudiera hacer fuera de la jornada laboral.
Consultó a Robineau, que seguía tratándola con simpatía desde la primera vez
que se habían encontrado en el comercio de Vinçard. Y éste le proporcionó
nudos de corbata, a veinticinco céntimos la docena. Entre las nueve de la noche
y la una de la madrugada, podía coser seis docenas, con lo que ganaba franco y
medio, cantidad de la que tenía que descontar una vela de veinte céntimos.
Pero, como con un franco con treinta céntimos al día podía atender a las
necesidades de Jean, Denise no se quejaba de la falta de sueño. Se habría
estimado muy afortunada si otra catástrofe no hubiera vuelto a desbaratarle el
presupuesto. A finales de la segunda quincena, al presentarse en el taller que
le encargaba los nudos de corbata, lo había encontrado cerrado a cal y canto:
una quiebra, una bancarrota que le hacía perder dieciocho francos con treinta
céntimos, considerable suma con la que
llevaba contando desde hacía ocho días y de la que no podía prescindir. Ante
ese desastre, poco le importaban ya todas las malquerencias del departamento.
-Te veo triste -le dijo Pauline, con la que
coincidió en la galería de tapicería y alfombras-. ¿Necesitas algo? Dímelo, de
verdad.
Pero Denise debía ya doce francos a su amiga. Y
contestó, haciendo por sonreir:
-No, gracias... Es que he dormido mal... nada
más.
Estaban
a 20 de julio, en el momento de mayor pánico, en plena campaña de despidos. De
los cuatrocientos empleados de la casa, Bourdoncle había barrido ya a
cincuenta. Y corría el sordo rumor de nuevas ejecuciones. No obstante, Denise
apenas pensaba en las amenazas que estaban en boca de todos; la tenía fuera de
sí la angustia de otra aventura de Jean, más aterradora que las anteriores.
Aquel día necesitaba quince francos; y sólo si se los mandaba podría salvarse
de la venganza de un marido engañado. La víspera, había recibido Denise la
primera carta, en la que Jean le explicaba el drama; luego, habían llegado
otras dos cartas seguidas. En la última, que estaba acabando de leer cuando
Pauline la vio, Jean le anunciaba su muerte para esa misma noche si antes no
disponía de los quince francos. Y Denise, torturada, le daba mil vueltas a la
petición. Había pagado la pensión de Pépé dos días antes; imposible tomar de
ahí el dinero. Todas las desgracias le sucedían a un tiempo, pues tenía la
esperanza de poder cobrar los dieciocho francos con treinta hablando con
Robineau, que, a lo mejor, localizaba a la dueña del taller de nudos de
corbata; pero éste, al que le habían concedido un permiso de quince días, no
había vuelto la víspera, como hubiera sido su obligación.
En tanto, Pauline le seguía haciendo amistosas
preguntas. Cuando coincidían ambas en un rincón de una sección poco
frecuentada, charlaban unos minutos, aunque sin bajar la guardia. De pronto, la
lencera hizo ademán de salir huyendo; acababa de divisar la corbata blanca de
un inspector que salía del departamento de chales.
-¡Ah, no! ¡Es el tío Jouve! -susurró,
tranquilizada-. No sé por qué le da a ese viejo por reírse cada vez que nos ve
juntas... Yo que tú le tendría miedo, porque es demasiado amable contigo.
¡Menudo bicho, más malo que la tiña! ¡Y no hay quien lo convenza de que ya no
está al mando de sus reclutas!
Todos los dependientes, en efecto, aborrecían
al tío Jouve por la severidad con que los vigilaba. Más de la mitad de los
despidos procedían de sus informes. Su narizota encarnada de ex capitán
juerguista sólo se humanizaba en las secciones donde trabajaban mujeres.
-¿Y por qué iba a tenerle miedo? -preguntó
Denise.
-¡Anda! -respondió Pauline, riéndose-. ¡Porque
a lo mejor pretende que tengas algo que agradecerle! Varias de las señoritas
lo tratan con muchos miramientos.
Jouve se había alejado, fingiendo no verlas. Y
oyeron cómo arremetía contra un dependiente de los encajes, culpable de haberse
quedado mirando un caballo caído en la calle NeuveSaint-Augustin.
-Por cierto -siguió diciendo Pauline-. ¿No
andabas buscando ayer a Robineau? Pues ya ha vuelto.
Denise se creyó salvada.
-Gracias; en tal caso, voy a dar un rodeo para
pasar por la seda... ¡Me arriesgaré! Me han mandado que suba al taller para que
pongan cuchillos a una prenda.
Se separaron y la joven, con aire atareado,
como si fuera de caja en caja intentando localizar un error, llegó hasta la
escalera y bajó al patio central. Eran las diez menos cuarto y acababa de
sonar la campana del primer turno. Un sofocante sol recalentaba las
cristaleras y, pese a los toldos de lona gris, planeaba el calor en el aire
quieto. De vez en cuando subía una fresca bocanada del entarimado, que los
mozos regaban con delgados hilillos de agua. En los amplios espacios vacíos de
las secciones, semejantes a esas capillas donde duerme la sombra tras la
última misa, reinaba una somnolencia, un ambiente de siesta de verano. Los
dependientes permanecían de pie con indolencia, y unas cuantas clientes
caminaban por las galerías y cruzaban el patio central con esos andares
lánguidos de las mujeres cuando las agobia el sol.
En el preciso instante en que bajaba Denise,
Favier estaba midiendo un corte de vestido de seda liviana con lunares rosa
para la señora Boutarel, que había llegado a París la víspera, procedente de su
ciudad del sur. Desde que había empezado el mes, apenas si había más
compradoras que aquellas señoras ataviadas con tan poco gusto, que lucían
chales amarillos y faldas verdes: las clientes de provincias afluían en masa.
Los dependientes habían llegado a tal grado de hastío que ya ni se reían de
ellas. Favier acompañó a la señora Boutarel a la mercería y, al volver, le
dijo a Hutin:
-Ayer, todas de Auvernia; hoy, todas de
Provenza... ¡Qué mareo!
Pero le tocaba despachar a Hutin y éste se
abalanzó, al reconocerla, hacia la «belleza», aquella rubia adorable que todos
los del departamento llamaban así, pues no sabían nada de ella, ni siquiera el
apellido. Todos le sonreían; no pasaba semana sin que entrase en El Paraíso,
siempre sola. En esta ocasión, llevaba consigo a un niño de cuatro o cinco
años, lo que dio mucho que hablar.
-¿Así que está casada? -preguntó Favier, al
regresar Hutin de la caja, donde había ido éste a pasar al cobro treinta metros
de raso duquesa.
-A lo mejor -respondió él-; aunque el mocoso
tampoco es ninguna prueba. Podría ser de una amiga... Lo que es seguro es que
debe de haber estado llorando. ¡Qué cara de tristeza! Y tiene los ojos
enrojecidos.
Hubo un silencio. Los dos dependientes dejaban
vagar la vista por las zonas más alejadas de los almacenes. Luego volvió a
hablar Favier, despacio:
-Si está casada, a lo mejor es que su marido la
ha zurrado.
-A lo mejor -repitió Hutin-; a menos que la
haya dejado plantada un amante.
Y concluyó, tras un nuevo silencio:
-¡La verdad es que me importa un bledo!
En aquel momento, cruzaba Denise por el
departamento de la seda, acortando el paso y mirando a su alrededor, en busca
de Robineau. Pero no lo vio y siguió hacia la galería de la ropa blanca; luego,
volvió a pasar. Los dos dependientes se habían dado atenta de la maniobra.
Aquí vuelve la desgalichada esa -susurró Hutin.
-Está buscando a Robineau -dijo Favier-. No sé
en qué andarán metidos los dos. ¡Seguro que en nada interesante! Robineau es
demasiado pánfilo en esos asuntos... Hay quien dice que le ha conseguido un
trabajillo para coser nudos de corbata. ¿Ha visto? ¡Vaya negocio!
Hutin estaba meditando una perversidad. Cuando
Denise pasó por su lado, la detuvo y le preguntó:
-¿Me busca usted a mí?
Denise se puso muy encarnada. Desde la velada
de Joinville, no se atrevía a leer en su corazón, en el que chocaban entre sí
sentimientos confusos. No se le iba del pensamiento Hutin con aquella chica de
pelo rojo y, si se estremecía al verlo, era quizá por la incomodidad que sentía
ante aquel recuerdo. ¿Había estado enamorada de él? ¿Seguía estándolo? No
quería hurgar en aquellos sentimientos que tan penosos le resultaban.
-No, señor -respondió, muy violenta.
Y, al verla tan apurada, Hutin se mostró aún
más burlón.
-Si quiere usted que se lo despachemos...
Favier, despáchele un Robineau a la señorita.
Ella lo miró fijamente, con los mismos ojos
tristes y serenos con que acogía las ofensivas alusiones de las dependientes de
confección. ¡También él era malo y la hería igual que los demás! Y sintió como
si algo se le desgarrase por dentro, como si se desanudase un vínculo postrero.
Asomó a su rostro un sufrimiento tal que Favier, aunque no solía enternecerse por
nada, acudió en su ayuda.
-El señor Robineau ha ido a reponer existencias
-dijo-. Lo más
probable es que vuelva a la hora del almuerzo... Si tiene usted que hablar con
él, estará aquí por la tarde.
Denise le dio las gracias y regresó a la
confección, donde la señora Aurélie la estaba esperando con una furia helada.
¿Cómo era posible? ¡Se había ido hacía media hora! ¿Dónde se había metido? Por
descontado que no venía del taller. La joven bajaba la cabeza, pensando en cómo
se encarnizaba con ella la mala suerte. Si Robineau no volvía, ya nada tenía
remedio. Y, pese a todo, se prometía a sí misma volver a bajar de nuevo.
En el departamento de la seda, el regreso de
Robineau había desencadenado toda una revolución. Todos contaban con que no
volviera, asqueado de las continuas pejigueras que le hacían soportar. Era
cierto que, por un momento, como Vinçard seguía insistiendo para que se quedara
con el negocio, había estado a punto de ceder. El solapado trabajo de zapa de
Hutin, la zanja que llevaba meses cavando bajo los pies de Robineau estaban a
punto de dar fruto. Durante las vacaciones de éste, Hutin, que lo sustituía por
ser el dependiente principal, se había esforzado en desprestigiarlo ante los
jefes, trabajando con gran ahínco, con la intención de quitarle el puesto:
descubría y revelaba pequeñas irregularidades, proponía proyectos de mejora,
ideaba nuevos diseños... Por lo demás, no había nadie en el departamento, desde
el novato que soñaba con llegar a dependiente, hasta el encargado que codiciaba
un puesto de partícipe, que no tuviese la idea fija de desplazar al compañero
inmediatamente superior para subir un peldaño, de liquidarlo si se convertía en
un obstáculo. Y en aquella lucha de apetitos, en aquellas mutuas presiones para
ascender estribaba la buena marcha de la maquinaria, pues eran las que
prestaban un rabioso empuje a la venta y prendían aquella hoguera de éxito que
tenía a París asombrado. Detrás de Hutin, estaba Favier; y detrás de Favier,
todos los demás, en fila. Se podía oír un fragoroso ruido de mandíbulas.
Robineau estaba condenado, y todos y cada uno se llevaban ya el hueso que les
correspondía. En consecuencia, cuando vieron regresar al segundo encargado, el
gruñido fue general. Aquello no podía seguir así. Al jefe de sección le pareció
tan amenazadora la actitud de los dependientes que, para dar tiempo a que la
dirección determinase algo, envió a Robineau a reponer existencias.
-Si se queda él, los demás preferimos irnos
-manifestaba Hutin.
Aquel asunto contrariaba mucho a Bouthemont,
cuyo carácter alegre se compaginaba mal con los engorros internos. Se sentía a
disgusto al no ver ya a su alrededor más que expresiones hurañas. No obstante,
quería ser justo.
-¿Por qué no lo dejan en paz? El no se mete con
ustedes.
Pero saltaban las protestas:
-¿Cómo que no se mete con nosotros? ¡Un hombre
inaguantable, siempre nervioso, y tan soberbio que sería capaz de pisotear a
cualquiera que se le ponga por delante!
Era esto lo que mayor rencor despertaba en el
departamento. Robineau, además de tener nervios de mujer, mostraba una
intransigencia y una susceptibilidad intolerables. Se contaban múltiples
anécdotas, desde la del dependiente jovencito que había llegado a enfermar por
su culpa hasta las de algunas clientes a las que había humillado con sus
cortantes observaciones.
-Muy bien, señores, pero yo no puedo zanjar
este asunto... -dijo Bouthemont-. Ya he avisado a la dirección y hablaré luego
con ella.
Llamaban ya para el segundo turno; del sótano subían las
campanadas, lejanas y sordas en el aire mortecino de los almacenes. Hutin y
Favier bajaron. Desde todos los departamentos, iban llegando dependientes, uno
a uno, a la desbandada, para apelotonarse luego abajo, en la estrecha entrada
del pasillo de la cocina, un corredor húmedo que alumbraban de continuo unas
luces de gas. Por él avanzaba presuroso el rebaño, sin una risa, sin una
palabra, entre un creciente rumor de platos y un fuerte tufo a comida. Al final
del pasillo, un brusco parón ante una ventanilla, tras la cual un cocinero,
rodeado de pilas de platos, armado con tenedores y cucharas que hundía en los
calderos de cobre, repartía las raciones. Y, cuando se apartaba, tras el
tirante delantal blanco que le cubría el vientre podía verse la tórrida cocina.
-¡Vaya! -murmuró Hutin, leyendo el menú, que
estaba en una pizarra, encima de la ventanilla-. Carne guisada con salsa
picante o raya... ¡En este antro nunca dan asado! Mucho cocido, mucho
pescado... Esas cosas no alimentan...
Por lo demás, todo el mundo solía desdeñar el
pescado y el caldero se quedaba lleno. Sin embargo, Favier prefirió tomar raya.
Hutin pasó detrás de él y dijo, agachándose:
-Carne guisada con salsa picante.
Con ademán mecánico, el cocinero pinchó un
trozo de carne y lo roció luego con una cucharada de salsa. Nada más apartarse
Hutin con su ración en el plato, arrebolado por el hálito bochornoso de la
ventanilla, que le había dado en plena cara, siguieron desgranándose tras él
las palabras: «Carne guisada con salsa picante... Carne guisada con salsa
picante...», como una letanía; y el cocinero pinchaba sin descanso los trozos y
los rociaba con la salsa, con el movimiento rápido y rítmico de un reloj bien
calibrado.
-Esta raya está fría -declaró Favier, al no
notar calor en la mano.
Todos caminaban ahora con el brazo extendido y
el plato bien recto, temiendo tropezar unos con otros. Diez pasos más allá,
estaba la cantina, otra ventanilla con un reluciente mostrador de estaño, donde
se alineaban las raciones de vino, unas botellitas sin corcho, aún húmedas de
agua de fregar. Según iban pasando, les ponían en la mano libre una botella y,
así cargados, serios, concentrados en no perder el equilibrio, se dirigían a su
mesa. Hutin refunfuñaba por lo bajo:
-¡Hay que ver! ¡Tener que andar paseando estos
cacharros! La mesa a la que se sentaban Favier y él estaba en el extremo del
pasillo, en el último comedor. Todos los comedores eran iguales entre sí,
antiguos sótanos de cuatro metros por cinco, cuyas paredes habían enlucido para
convertirlos en refectorios; pero la humedad calaba la pintura. Manchas
verdosas salpicaban las paredes amarillas y, del estrecho pozo de los
tragaluces, que daban a la calle a ras de la acera, caía una luz lívida por la
que cruzaban continuamente las desdibujadas siluetas de los transeúntes. Fuera
julio o diciembre, los comensales se asfixiaban en el caliente vaho, cargado de
olores nauseabundos que procedían de la cercana cocina.
Hutin entró delante. En la mesa, que cubría un hule y uno
de cuyos extremos estaba empotrado en la pared, no había sino los vasos, los
tenedores y los cuchillos, que marcaban los sitios. En cada una de las puntas,
se alzaban pilas de platos limpios y, en el centro, había una hogaza alargada,
con un cuchillo clavado. Hutin soltó la botella, puso el plato encima de la
mesa y, luego, tras haber cogido la servilleta de la parte baja del casillero,
único ornato de las paredes, se sentó, suspirando:
-¡Y con el hambre que tengo!
-Siempre pasa lo mismo -dijo Favier,
instalándose a su izquierda-. A más hambre, peor comida.
La mesa se iba llenando rápidamente. Había en
ella veintidós cubiertos. Al principio, sólo se oyó el escándalo de los tenedores;
aquellos hombretones, con los estómagos hambrientos tras trece horas de
cotidiano cansancio, comían con glotonería. Antes, los dependientes, que
tenían una hora para comer, podían salir a tomar café. Se daban, pues, prisa
para acabar en veinte minutos, deseosos de verse en la calle. Pero esa excursión
los alteraba demasiado, regresaban con la cabeza en otra parte, apartada de la
venta, y la dirección había decidido que no salieran. Si querían una taza de
café, podían tomarla allí, pagando quince céntimos por el extra. Así que ahora
tardaban en comer cuanto podían, pues no tenían intención alguna de regresar al
departamento antes de la hora. Muchos leían un periódico doblado por la mitad y
apoyado en la botella, mientras se metían en la boca grandes bocados. Otros,
tras calmar las ansias del hambre, charlaban ruidosamente, dando vueltas a los
eternos ternas: lo mal que les daban de comer; el dinero que habían ganado; lo
que habían hecho el domingo anterior; lo que pensaban hacer el domingo
siguiente.
-¡Por cierto! ¿Qué pasa con su Robineau? -le
preguntó otro dependiente a Hutin.
La guerra que le tenían declarada los sederos a
su segundo encargado era la comidilla de todos los departamentos. Todos los
días se discutía el asunto en el café Saint-Roch hasta las doce de la noche.
Hutin, que estaba luchando por hincar el cuchillo en su trozo de carne, se
limitó a contestar:
-Pues nada, que ha vuelto.
Luego, con repentina furia:
-¡Pero, rediós, si parece carne de burro! ¡Les
doy mi palabra de que esta asquerosa comida ya no se puede aguantar!
-No se queje -dijo Favier-, que yo he cometido
la tontería de pedir raya... y está podrida.
Todos hablaban a un tiempo, se indignaban,
bromeaban. En una esquina de la mesa, arrimado a la pared, Deloche comía en
silencio. Padecía de un apetito desmesurado, que nunca conseguía saciar, y como
no ganaba lo suficiente para permitirse extras, se cortaba gigantescas
rebanadas de pan y engullía con fruición los platos menos apetitosos. Los demás
comensales se reían de él y voceaban:
-Favier, déle la raya a Deloche... A él le
gusta así.
-Y usted déle la carne, Hutin, que se la va a
tomar de postre.
El pobre muchacho se encogía de hombros y ni
siquiera contestaba. ¿Qué culpa tenía él de estar siempre muerto de hambre? Por
lo demás, los otros renegaban mucho de los platos pero no por ello dejaban de
rebañarlos.
Callaron al oír un leve silbido, que indicaba que Mouret y
Bourdoncle estaban en el pasillo. Desde hacía algún tiempo, eran tales las
quejas de los empleados que la dirección estaba haciendo el paripé de bajar
para comprobar personalmente qué tal se comía. Mouret sólo le daba al cocinero
franco y medio por día y persona para hacer la compra y pagar el carbón, el
gas y al personal, y se mostraba candorosamente pasmado de que la comida no
fuera buena. Esa misma mañana, cada departamento había delegado en uno de sus
dependientes, y Mignot y Liénard eran los portavoces de sus compañeros. Por lo
tanto, en el repentino silencio, todos aguzaron el oído. Se oyeron voces que
procedían del comedor de al lado, en el que acababan de entrar Mouret y
Bourdoncle. Este último decía que el guisado era excelente; y Mignot, indignado
al oírlo afirmar tranquilamente semejante cosa, repetía: «¡Pruébelo, a ver si
consigue masticarlo! »; mientras, Liénard se refería a la raya, diciendo sin
alterarse: «¡Pero si es que apesta, señor Bourdoncle!». Entonces, Mouret se
deshizo en cordiales palabras: haría cuanto estuviera en su mano por el
bienestar de sus empleados; eran sus hijos; antes de que comieran mal,
prefería ponerse a pan y agua.
-Les prometo que estudiaré el asunto -dijo, al
fin, a modo de conclusión, alzando la voz para que todos pudieran oírlo de un
extremo a otro del corredor.
La investigación de los directivos había
concluido y se reanudó el ruido de tenedores. Hutin mascullaba:
-Sí, sí, fíate de la Virgen y no corras. Las
buenas palabras nunca las escatiman. ¿Que quieres promesas? ¡Pues toma promesas!
Pero nos seguirán dando suela para comer y nos seguirán echando a la calle
como a perros.
El dependiente que le había preguntado antes
repitió:
-Así que decía usted que Robineau...
Pero ahogó su voz un estruendo de loza. Los
dependientes cogían platos limpios y las pilas iban bajando, a derecha e
izquierda. Llegó el pinche con unas grandes fuentes de hojalata y Hutin
exclamó:
-¡Arroz al gratén! ¡Lo que faltaba!
-Como comerse diez céntimos de engrudo -dijo
Favier, al tiempo que se servía.
A unos les gustaba, a otros les parecía
masilla. Y los que estaban leyendo seguían callados, absortos en el folletín
del periódico, sin enterarse siquiera de lo que comían. Todos se secaban el
sudor de la frente y el estrecho sótano se iba llenando de un vaho rojizo
mientras las sombras de los transeúntes no dejaban de correr, como trazos
negros, por encima de la desordenada mesa.
-Pásenle el pan a Deloche -voceó un bromista.
Cada cual se cortaba un trozo y volvía a clavar
hasta el mango el cuchillo en la corteza. La hogaza seguía circulando.
-¿Quién me cambia el arroz por el postre?
-preguntó Hutin.
Tras cerrar el trato con un joven delgado,
pretendió también vender el vino, pero nadie lo quiso. A todo el mundo le
parecía malísimo.
-Pues le estaba diciendo que Robineau ha vuelto
-siguió diciendo, entre un intercambio de risas y conversaciones-. Y está
implicado en un asunto muy serio... Sabrán que corrompe a las empleadas. ¡Sí,
sí, les proporciona nudos de corbata!
-¡Silencio! -susurró Favier-. ¡Ahora lo están
juzgando!
Y, con el rabillo del ojo, indicaba a Bouthemont, que
caminaba por el pasillo entre Mouret y Bourdoncle. Los tres hablaban a media
voz y con vehemencia, absortos en la conversación. El comedor de los jefes de
sección y de los segundos encargados estaba enfrente. Y Bouthemont, que ya
había acabado de comer, al ver pasar a Mouret, se había levantado de la mesa
para contarle los problemas de su departamento y el aprieto en que se hallaba.
Éste y Bourdoncle lo escuchaban, aunque se seguían negando a sacrificar a
Robineau, un dependiente de primera que ya estaba en la casa en tiempos de la
señora Hédouin. Pero, cuando salió el asunto de los nudos de corbata,
Bourdoncle se enfadó. ¿Se había vuelto loco aquel muchacho? ¡A quién se le
ocurría meterse a darles trabajos extra a las dependientes! ¡Bastante caro le
salía a la casa el tiempo de aquellas señoritas! Si trabajaban por su cuenta de
noche, rendirían menos de día en los almacenes, estaba claro; era como si
robaran. Se jugaban la salud; y su salud no les pertenecía a ellas. La noche
era para dormir. Todas tenían que dormir. ¡Y, si no, a la calle!
-La cosa está que arde -comentó Hutin.
Cada vez que los tres hombres, que daban lentos
paseos, cruzaban por delante del comedor, los dependientes los acechaban y
comentaban sus menores gestos. Se habían olvidado incluso del arroz al gratén,
en el que un cajero acababa de encontrarse el botón de unos pantalones.
-He oído la palabra «corbata» -dijo Favier-. Y
ya se habrán fijado ustedes en que a Bourdoncle se le ha puesto la nariz blanca
de pronto.
Incluso Mouret compartía la indignación de
éste. Que una empleada tuviese que trabajar de noche le parecía un ataque
contra la buena organización de El Paraíso. ;Quién era la tonta que no sabía
sacarse lo bastante de las ganancias sobre las ventas? Pero se ablandó al
nombrar Bouthemont a Denise y se le ocurrieron varias disculpas. ¡Ah, sí!
Aquella niña... todavía no se daba mucha maña v además, a lo que decían, tenía
ciertas cargas. Bourdoncle lo interrumpió para declarar que había que despedirla
en el acto. Nunca sacarían nada en limpio de aquel adefesio; ya lo había dicho
él desde el primer momento. Y era como si diera rienda suelta a algún rencor.
Entonces Mouret, algo molesto, hizo como si se lo tomase a broma. ¡Dios mío,
qué hombre tan severo! ¿Es que era imposible perdonar por una vez? Llamarían a
la culpable y la amonestarían. En resumidas cuentas, la culpa era de Robineau,
que, por llevar muchos años en la casa, estaba al tanto de sus costumbres v
habría debido disuadirla.
-¡Anda! ¡Y ahora se ríe el patrón! -dijo
Favier, asombrado, cuando el grupo volvió a pasar ante la puerta.
-¡Por vida de ...! juró Hutin-. Como se empeñen
en que carguemos con su Robineau, van a saber lo que es bueno.
Bourdoncle miró a Mouret cara a cara. Luego, manifestó con un simple
gesto de desdén que lo había entendido y que le parecía un comportamiento
estúpido. Bouthemont seguía lamentándose: los dependientes amenazaban con
despedirse, y algunos de ellos eran muy buenos vendedores. Pero lo que más
pareció impresionar a los jefes fue el rumor de las buenas relaciones entre
Robineau y Gaujean; a lo que decían, éste lo estaba
animando a que se estableciera por su cuenta en el barrio y le ofrecía créditos
muy desahogados para que compitiera con El Paraíso de las Damas. Hubo un
silencio. ¡Conque Robineau quería guerra! Mouret se había puesto muy serio. Se
mostró despectivo para no verse forzado a tomar una determinación, como si el
asunto no tuviese mayor importancia. Ya verían, ya hablaría con él. Y, acto
seguido, empezó a bromear con Bouthemont, cuyo padre había llegado la víspera,
desde su modesto comercio de Montpellier, y había estado a punto de asfixiarse
de asombro e indignación al entrar en el enorme patio en el que reinaba su
hijo. Y se rieron porque el buen hombre, tras recuperar su aplomo de hombre del
sur, había empezado a ponerlo todo de vuelta y media, afirmando que dentro de
poco acabarían las novedades en plena acera.
-Aquí viene Robineau, precisamente -susurró el encargado-. Lo mandé a
reponer existencias para evitar un lamentable conflicto... Perdónenme que
insista, pero las cosas han llegado a un estado crítico y hay que hacer algo.
En efecto, Robineau entraba en esos momentos y, al pasar, saludaba al
grupo antes de dirigirse a su mesa.
Mouret se limitó a repetir:
-Está bien. Ya veremos.
Se fue con Bourdoncle. Hutin y Favier seguían acechándolos. Al ver
que no volvían, empezaron a despotricar. ¿Es que ahora iba a bajar la dirección
en todas las comidas para contarles los bocados? ¡Bonito sería que no tuvieran
ya libertad siquiera a la hora de comer! La realidad era que acababan de ver
entrar a Robineau y, en vista del buen humor del dueño, tenían serias dudas
acerca del desenlace de la lucha que habían entablado. Bajaron la voz y
buscaron nuevos agravios.
-¡Estoy muerto de hambre! -siguió diciendo Hutin-. ¡Se levanta uno de
la mesa peor de lo que se sienta!
Había tomado, sin embargo, dos raciones de confitura, la que le
correspondía y la que había cambiado por su ración de arroz. De pronto,
exclamó:
-¡Me voy a permitir un extra, qué caray! ¡Victor, otra ración de
confitura!
El camarero estaba acabando de servir el postre. Luego, trajo el café;
los que lo tomaban le daban los quince céntimos en cuanto se lo servía. Algunos
dependientes se habían levantado ya de la mesa y andaban vagando por el
corredor, en busca de los rincones oscuros para fumarse un cigarrillo. Los
otros seguían sentados con indolencia ante la mesa, cubierta de platos sucios.
Hacían bolitas de miga de pan y daban mil vueltas a las historias de siempre,
entre aquel olor a grasa que ya no notaban y aquel calor de estufa que les
enrojecía las orejas. Las paredes rezumaban y un lento ahogo bajaba desde la
bóveda enmohecida. Apoyado de espaldas contra la pared, Deloche, atiborrado de
pan, hacía la digestión en silencio, con la vista alzada hacia el tragaluz; su
recreo diario, tras el almuerzo, era mirar los pies de los transeúntes, que
pasaban deprisa al ras de la acera, unos pies cortados por el tobillo: zapatos
bastos, botas elegantes, ligeras botinas de mujer, un continuo vaivén de pies
vivos, sin cuerpo y sin cabeza. Los días de lluvia, todo se ponía muy sucio.
-¿Cómo? ¿Ya es la hora? -exclamó Hutin.
En un extremo del corredor, sonaba una campana. Había que dejar el
sitio a los del tercer turno. Ya llegaban los mozos, con cubos de agua templada
y grandes esponjas, para fregar los hules. Los comedores se iban vaciando
despacio; los dependientes subían a sus departamentos demorándose en las
escaleras. Y, en la cocina, el cocinero había vuelto a colocarse tras la
ventanilla, entre los calderos de raya, de guisado y de salsa, armado con
tenedores y cucharas, listo para llenar más platos con el mismo movimiento
rítmico de reloj bien calibrado.
Hutin y Favier, que se habían quedado atrás, vieron bajar a Denise.
-Ya ha vuelto el señor Robineau, señorita -dijo el primer dependiente
con burlona cortesía.
-Está almorzando -añadió el otro-. Pero si le corre mucha prisa, puede
usted pasar a verlo.
Denise siguió bajando, sin contestar nada, sin volver la cabeza. No
obstante, al pasar ante el comedor de los jefes de sección y de los segundos
encargados, no pudo contenerse y lanzó una ojeada al interior. Allí estaba
Robineau, efectivamente. Ya intentaría hablar con él por la tarde; y siguió
pasillo adelante, para dirigirse a su mesa, que estaba en el otro extremo.
Las mujeres almorzaban aparte, en dos comedores reservados. Denise
entró en el primero de ellos. Era también un antiguo sótano, convertido en
refectorio; pero, al acondicionarlo, lo habían dotado de mayores comodidades.
En la mesa ovalada, colocada en el centro, los quince cubiertos disponían de
mayor espacio y el vino estaba en jarras; en ambos extremos, había sendas
fuentes de guisado y raya. Unos camareros con delantal blanco servían a las
señoritas, ahorrándoles la molestia de ir a la ventanilla a buscar las
raciones. A la dirección le había parecido más decoroso.
-¿Así que has andado recorriendo los almacenes? -preguntó Pauline, que
ya se había sentado y se estaba cortando una rebanada de pan.
-Sí, he tenido que acompañar a una cliente -dijo Denise,
ruborizándose.
Era mentira. Clara le dio un codazo a la dependiente que tenía al
lado. Pero ¿qué le pasaba hoy a la desgreñada? No estaba como siempre. Para
empezar, le llegaban varias cartas seguidas de su amante. Luego, andaba
vagando como una perdida por los almacenes, alegando que tenía que llevar
recados al taller, por donde, luego, no aparecía. Estaba claro que algo
sucedía. En vista de lo cual, Clara, mientras se comía la raya sin hacerle ascos,
con la despreocupación de quien ha crecido alimentándose de tocino rancio,
refirió una tragedia espeluznante de la que hablaban todos los periódicos.
-¿Han leído lo de ese hombre que guillotinó a su amante de un
navajazo?
-¡Anda, claro! -dijo una joven dependiente de la lencería, de rostro
dulce y rasgos delicados-. La pilló con otro. Le estuvo bien empleado.
Pero Pauline puso el grito en el cielo. ¿Cómo? ¿Así que porque
dejases de querer a un señor, éste iba a tener derecho a rebanarte el gaznate?
¡De ninguna manera! Se interrumpió para decirle al camarero:
un extra. Diga que me hagan una tortilla. Y que esté jugosita. ;eh?
Mientras esperaba, y como siempre llevaba golosinas en los bolsillos,
sacó unas onzas de chocolate y se puso a comérselas con pan.
-Vaya vida, desde luego, con un hombre así -siguió diciendo Clara-. ¡Y
la de celosos que hay! El otro día, leí también que un obrero había tirado a su
mujer a un pozo.
No le quitaba ojo a Denise y, al verla palidecer, pensó que había puesto el dedo en la
llaga. Estaba claro que a aquella mosquita muerta no le llegaba la camisa al
cuerpo pensando en que iba a zurrarle su amante, al que, muy probablemente,
engañaba. Tendría gracia que se presentase a ajustarle las cuentas en los
almacenes, que era lo que Denise parecía temer. Pero las demás ya habían
cambiado de tema. Una de las dependientes estaba dando una receta para limpiar
el terciopelo. Luego hablaron de una obra que estaban poniendo en el teatro de
La Gaité, en la que unas chiquillas adorables bailaban mejor que muchas
bailarinas hechas y derechas. Pauline se había enfurruñado por un instante al
ver que la tortilla estaba demasiado hecha, pero como, al probarla, no le
pareció tan mala, recobró el talante alegre.
-Pásame el vino, anda -le dijo a Denise-. Deberías pedirte una
tortilla.
-Me basta con el guisado -respondió la joven, que, para no gastar, se
atenía al menú de la casa, por muy repulsivo que resultase.
Cuando el camarero trajo el arroz al gratén, las señoritas
protestaron. La semana anterior, se lo habían dejado en el plato; y tenían la
esperanza de que no volviera a aparecer en la mesa. Denise, distraída,
preocupada por Jean tras oír las historias de Clara, fue la única que lo tomó.
Y todas la miraban con cara de asco. Menudearon los extras y se atiborraron de
confitura. Por lo demás, lo fino era pagarse la comida.
-Ya sabrán que los caballeros han protestado -dijo la lencera joven-,
y que la dirección ha prometido...
La interrumpieron las risas y ya no se habló sino de la dirección.
Todas tomaban café menos Denise, que decía que le sentaba mal. Se demoraban
ante las tazas tanto las lenceras vestidas de lana, con una sencillez de
pequeñas burguesas, como las dependientes de confección vestidas de seda, con
la servilleta anudada al cuello para no mancharse, como damas que hubieran
bajado al office para almorzar con sus doncellas. Habían abierto el montante
acristalado del tragaluz para que se renovase el aire viciado y asfixiante;
pero hubo que volver a cerrarlo en seguida, porque parecía que las ruedas de
los carruajes pasaban por encima de la mesa.
-¡Chisss! -dijo Pauline, bajito-. ¡Ahí viene el viejo ese!
Se refería al inspector Jouve, que solía andar rondando, al final de
las comidas, por la zona de las señoritas. Por lo demás, tenía a su cargo la
vigilancia de aquellos comedores. Entraba con ojos risueños y daba una vuelta a la mesa. A veces, incluso, entablaba
conversación, quería saber si las jóvenes habían comido bien. Pero a todas les
faltaba tiempo para irse, porque su presencia las desasosegaba y molestaba. La
primera en desaparecer fue Clara, aunque aún no había sonado la campana. Las
otras la siguieron. Quedaron nada mas que Denise y Pauline; ésta, tras haberse
tomado el café, daba buena cuenta de las onzas de chocolate que le quedaban.
-¡Hombre! -dijo, poniéndose de pie-. ¡Voy a mandar a un mozo a que me
compre naranjas! ¿Vienes?
-Dentro de un rato -repuso Denise, que mordisqueaba una corteza de
pan, decidida a quedarse la última para poder hablar con Robineau cuando éste
subiera.
No obstante, al quedarse a solas con Jouve, se sintió muy violenta.
Contrariada, acabó por levantarse de la mesa. Pero él, al verla dirigirse hacia
la puerta, le cortó el paso:
-Señorita Baudu...
De pie frente a ella, la miraba con sonrisa almibarada. Con aquellos
grandes bigotes grises y aquel pelo cortado a cepillo parecía un militar de
acrisolada honradez. Y sacaba pecho, para lucir la cinta roja de la
condecoración.
-Dígame, señor Jouve -dijo Denise, tranquilizada.
-La he vuelto a ver esta mañana de charla detrás de las alfombras. Ya
sabe usted que va en contra del reglamento y si hiciese un informe, cumpliendo
con mi obligación... Su amiga Pauline la quiere mucho, ¿verdad?
Se le movieron los bigotes y una llamarada incendió aquella enorme
nariz, una nariz ancha y aguileña que revelaba unos apetitos de toro.
-¿Ycómo es que se quieren tanto estas dos pillinas?
Denise no entendía lo que le estaba diciendo, pero volvía a sentirse
violenta. Jouve se le acercaba demasiado, le echaba el aliento en la cara.
-Es verdad que estábamos charlando, señor Jouve -balbució-. Charlar
un momento no es nada malo. Pero tengo que reconocer que se porta usted muy
bien conmigo; se lo agradezco mucho.
-No debería ser tan bueno -respondió él-. Para mí, la justicia es lo
primero... Pero con una chica tan bonita...
Y se le iba acercando cada vez más. Denise se asustó de verdad. Le
volvían a la memoria las palabras de Pauline. Recordó las historias que corrían
de boca en boca: algunas dependientes a las que el tío Jouve tenía
aterrorizadas y se veían obligadas a comprar su benevolencia. Por lo demás,
dentro de los almacenes se contentaba con insignificantes confianzas: daba suaves
cachetitos, con los hinchados dedos, en las mejillas de las señoritas
complacientes; les tomaba las manos y se le olvidaba soltárselas. Se comportaba
con talante paternal y no daba rienda suelta al toro que llevaba dentro más
que cuando le aceptaban unas rebanadas de pan con mantequilla en su casa de la
calle de Les Moineaux.
-Déjeme -susurró la joven, retrocediendo.
-Vamos a ver -decía él-; no va a ponerse huraña con un amigo que tiene
tantas consideraciones con usted. Sea buena y venga a última hora de la tarde a
mojar una rebanadita de pan en una taza de té. Se lo ofrezco de todo corazón.
Denise, ahora, se revolvía:
-¡No! ¡No!
El comedor seguía vacío; el camarero no había vuelto a aparecer.
Jouve, atento al ruido de pasos, lanzó una rápida mirada a su alrededor y,
enardecido, perdió la compostura, fue más allá de las paternales confianzas que
solía tomarse y pretendió besarla en el cuello.
-¡Pero qué mala y qué boba es esta niña! ¿Cómo se puede ser tan boba
con un pelo tan bonito? Venga esta tarde, que no le va a pasar nada malo.
La proximidad de aquel rostro encendido, cuyo aliento le daba en la
cara, sublevó y aterrorizó a Denise, que perdió la cabeza. Empujó de repente al
hombre con tan rudo ímpetu que éste se tambaleó y estuvo a punto de caer encima
de la mesa. Por fortuna, se desplomó en una silla; pero el golpe volcó una
jarra llena de vino que le salpicó la corbata blanca y empapó la cinta roja. Se
quedó sentado, sin limpiarse, ahogándose de ira ante semejante trato. ¡Con que
ésas teníamos! ¿Cómo se iba a esperar tal cosa, él, tan considerado, que se
limitaba a ceder a sus bondadosos impulsos?
-¡Ah, señorita! ¡Le doy mi palabra de que se arrepentirá de esto!
Denise ya había salido corriendo. La campana sonaba en ese preciso
instante; azorada y temblorosa, no volvió a acordarse de Robineau y subió al
departamento. Luego, no se atrevió a bajar otra vez. Como el sol daba, por la
tarde, en la fachada de la plaza de Gaillon, el calor era asfixiante en los
salones de la entreplanta, pese a los toldos. Vinieron algunas clientes, que se
fueron sin comprar nada, tras dejar a las señoritas bañadas en sudor. Todo el
departamento bostezaba bajo la mirada de los grandes ojos soñolientos de la
señora Aurélie. Por fin, a eso de las tres, viendo que la encargada se había
quedado traspuesta, Denise se fue sin hacer ruido y volvió a recorrer los
almacenes, como persona muy atareada. Para despistar a los curiosos que
pudieran seguirla con la mirada no bajó directamente a la seda. Fingió,
primero, que tenía algún asunto que tratar en los encajes, hablando con
Deloche, al que pidió una información. Luego, en la planta baja, cruzó el
departamento del ruán; y estaba a punto de entrar en el de las corbatas cuando
se detuvo en seco, sobresaltada, al tropezarse cara a cara con Jean.
-¿Cómo? ¿Eres tú? -susurró, muy pálida.
Su hermano no se había quitado el guardapolvo e iba con la cabeza
descubierta; los rizos del rubio y despeinado cabello le caían por el cutis de
jovencita. De pie ante un casillero de delgadas corbatas negras, parecía
absorto en hondas reflexiones.
-¿Qué haces aquí? -añadió ella.
-¡Toma, pues esperarte! Como me tienes prohibido venir... he entrado,
pero no he hablado con nadie. Puedes estar tranquila. Si quieres, haz como que
no me conoces.
Ya los estaban mirando algunos dependientes, con cara de asombro. Jean
bajó la voz.
-Mira, he venido con ella, que ha querido acompañarme. Sí, la he
dejado en la plaza, delante de la fuente... Dame ahora mismo los quince francos
o vamos aviados, tan cierto como que el sol nos alumbra.
Una gran turbación embargó entonces a Denise. Cuantos la rodeaban
reían maliciosamente mientras escuchaban la aventura. Y, como tras el
departamento de corbatas arrancaba una escalera que iba al sótano, empujó a su
hermano hacia ella y lo obligó a bajarla a toda prisa. Al llegar abajo, él
siguió con su relato, molesto, rebuscando los hechos, temiendo que no lo
creyera.
-El dinero no es para ella. Es demasiado señora... Ni para su marido.
¡A ése le importan bien poco quince francos! Ni por un millón daría permiso a
su mujer. ¿Te he dicho que es fabricante de pegamentos? Una gente muy fina...
No, es para un sinvergüenza, un amigo de ella que nos vio; y, claro, esta
noche, si no le doy los quince francos...
-Calla -dijo Denise muy bajo-. Espera un poco. ¡Sigue andando!
Estaban
en el servicio de envíos. Durante la temporada baja, el amplio sótano dormía en
la lívida luz de los tragaluces. Hacía frío en él y el silencio bajaba desde la
bóveda. No obstante, un mozo estaba sacando de la correspondiente división
unos cuantos paquetes que había que enviar al barrio de La Madeleine y, en una
de las amplias mesas de clasificación, Campion, el jefe de servicio, estaba
sentado, balanceando las piernas y con los ojos de par en par.
Jean volvía a su relato:
-Y el marido, que tiene una navaja muy grande...
-¡Anda! -repitió Denise, que seguía empujándolo.
Se internaron por uno de los estrechos corredores en los que siempre
ardían las luces de gas. A derecha e izquierda, en lo más hondo de unos oscuros
nichos, se apilaban, tras las empalizadas, las sombrías formas de los
artículos de los almacenes. Al fin se detuvo Denise, apoyándose en una de
aquellas barreras. Lo más probable era que nadie pasase por aquel lugar; pero
sentía escalofríos, porque estaba prohibido bajar allí.
-Si el sinvergüenza ese habla -siguió diciendo Jean-, el marido, que
tiene una navaja muy grande...
-¿De dónde quieres que saque quince francos? -exclamó Denise,
desesperada-. ¿Es que no puedes ser formal? ¡Te pasan continuamente unas cosas
de lo más extrañas!
Él se daba golpes de pecho. Enredado en sus novelescas invenciones, no
sabía ya qué era verdad y qué no lo era. Se limitaba a dramatizar su necesidad
de disponer de dinero. En realidad, detrás de cada historia siempre había
alguna urgencia acuciante.
-Te juro por lo más sagrado que esta vez es cierto... Yo la había
cogido así y ella me estaba besando...
Denise, atormentada, no pudo ya más: lo hizo callar de nuevo y dio
rienda suelta a su enfado.
-No quiero saber nada. No me cuentes lo mal que te portas. Son cosas
demasiado feas, ¿me oyes?... Y todas las semanas vienes a atormentarme, a
pedirme más y más monedas de cinco francos. Y yo no doy abasto. Me paso las
noches en vela para ganarlas y dártelas... Y eso sin contar con que le estás
quitando a tu hermano el pan de la boca.
Jean se había quedado pálido, con la boca abierta. ¿Cómo? ¿Que eran
cosas feas? No le entraba en la cabeza. Desde niño, había visto en su hermana a
un compañero y le parecía natural contárselo todo. Pero lo que más lo
acongojaba era enterarse de que se pasaba las noches en vela. Tanto lo
consternó la idea de que la estaba matando y despilfarrando la parte de Pépé
que se echó a llorar.
-Es verdad, soy un bribón -exclamó-. Pero no son cosas feas, te lo
aseguro. Todo lo contrario. Y por eso vuelve uno siempre a lo mismo... Mira,
ésta tiene ya veinte años. Y se creía que iba de broma, porque yo acabo de
cumplir los diecisiete... ¡Dios mío! ¡Qué furioso estoy conmigo mismo! ¡Me
pegaría de bofetadas!
Había cogido las manos de su hermana y se las besaba, humedeciéndolas
de lágrimas.
-Dame los quince francos y te juro que será la última vez... O, si no,
déjalo, no me des nada. Prefiero morirme. Si el marido me asesina, una carga
menos para ti.
Y, al verla llorar también a ella, sintió remordimiento.
-Bueno, son cosas que yo digo. Pero, en realidad, no lo sé. A lo mejor
no quiere matar a nadie. Ya nos las arreglaremos, te lo prometo, hermanita.
Adiós; me marcho.
Pero los inquietó un ruido de pasos que se oía en el extremo del
corredor. Ello los atrajo hacia una esquina más oscura y se arrimaron cuanto
les fue posible al almacén. Durante unos momentos, no oyeron ya sino el silbido
de la luz de gas más cercana. Luego, los pasos se fueron acercando. Denise
estiró el cuello y reconoció al inspector Jouve, que acababa de entrar en el
corredor con su habitual tiesura. ¿Pasaba por allí por casualidad? ¿Lo había
avisado algún otro vigilante que estuviera haciendo guardia en la puerta? La
joven sintió un pánico tal que perdió la cabeza. Empujó a Jean fuera del núcleo
de tinieblas en el que se escondían y lo hizo correr delante de ella, balbuciendo:
-¡Vete! ¡Vete!
Ambos iban a la carrera y oían cómo les pisaba los talones el resuello
del tío Jouve, que también había echado a correr. Volvieron a cruzar el
servicio de envíos y llegaron al pie de la escalera, cuyo hueco acristalado
salía a la calle de La Michodiére.
-¡Vete! -repetía Denise-. ¡Vete!... Si puedo, ya te mandaré los quince
francos, a pesar de todo.
Jean, aturullado, se fue a toda prisa. El inspector, que llegaba sin
aliento, sólo pudo ver una punta del guardapolvo blanco y unos rizos rubios que
alborotaba el aire de la calle. Se detuvo un momento para recuperar el resuello
y un porte correcto. Llevaba una corbata blanca recién estrenada, que había
cogido en el departamento de lencería, y cuyo ancho nudo relumbraba como la
nieve.
-¡Qué indecencia, señorita! -dijo, con labios temblorosos-. ¡Qué
indecencia! ¡Pero qué indecencia! Si piensa usted que voy a tolerar estas
indecencias en los sótanos...
La perseguía con aquella palabra, mientras ella subía las escaleras,
con un nudo en la garganta, sin dar con una palabra que le permitiera
defenderse. Ahora lamentaba haber echado a correr. ¿Por qué no haberle
explicado la situación y haber presentado a su hermano? Todo el mundo iba a
volver a imaginarse bellaquerías; y por mucho que jurase lo contrario, nadie
la creería. Volvió a olvidarse de Robineau y regresó en derechura a su
departamento.
Jouve se dirigió, ni corto ni perezoso, a la dirección para presentar
un informe. Pero el mozo le dijo que el director estaba con los señores
Bourdoncle y Robineau: los tres llevaban un cuarto de hora charlando. Por lo
demás, la puerta estaba entornada y se oía la voz jovial de Mouret, que le
preguntaba al dependiente si se lo había pasado bien durante las vacaciones.
Nadie hablaba de despidos; antes bien, la conversación se orientó hacia
determinadas medidas que era menester tomar en el departamento.
-¿Quiere
algo, señor Jouve? -dijo Mouret alzando la voz-. Pase, pase usted.
Pero el instinto alertó al inspector. Como Bourdoncle salía en esos
momentos, prefirió contárselo todo a él. Caminaron emparejados; recorrieron
pausadamente la galería de los chales, uno inclinado y hablando muy bajo; el
otro, escuchándolo, sin que ninguno de los rasgos del severo rostro dejara
traslucir sus impresiones.
-Está bien -dijo al fin.
Y, como habían llegado ante el departamento de confección, entró en
él. En aquel preciso instante estaba la señora Aurélie reprendiendo a Denise.
¿De dónde venía ahora? No se atrevería a decirle esta vez que había subido al
taller. Esas continuas desapariciones no podían tolerarse por más tiempo, la
verdad.
-¡Señora Aurélie! -llamó Bourdoncle.
Había tomado la decisión de dar un golpe de mano. No quería consultar
a Mouret, temiendo que éste se mostrara débil. La encargada se acercó y Jouve
volvió a contar la historia en voz baja. Todo el departamento estaba a la
expectativa, presintiendo una catástrofe. Por fin se volvió la señora Aurélie,
con cara solemne.
-Señorita Baudu...
Y su abotagada e imperial facies mostraba la inexorable rigidez de la
omnipotencia.
-¡Pase usted por caja!
-¿Yo? ¿Yo?... Pero ¿por qué? ¿Qué he hecho?
Bourdoncle le respondió con dureza que de sobra lo sabía, que más le
valía no pedir aclaraciones; habló del departamento de corbatas y dijo que
apañados estarían si todas las dependientes se citasen con hombres en el
sótano.
-¡Pero si es mi hermano! -gritó Denise, con la dolorosa indignación de
una virgen violada.
Marguerite y Clara se echaron a reír, en tanto que la señora Frédéric,
tan discreta por lo general, movía también ella la cabeza con cara de
incredulidad. ¡Venga a hablar de su hermano! ¡Qué obstinación tan necia!
Denise los miró a todos: a Bourdoncle, que, desde el primer momento, no había
querido darle el puesto; a Jouve, que se había quedado para oficiar de testigo
y del que no esperaba justicia alguna; y, luego, a todas aquellas muchachas a
las que no había podido ganarse tras nueve meses de sonriente coraje, aquellas
muchachas que se alegraban de verla por fin en la calle. ¿Para qué revolverse?
¿Para qué intentar imponerse, ya que nadie la quería? Y se fue sin añadir una
palabra; ni siquiera lanzó una última mirada a aquel salón en el que durante
tanto tiempo había luchado.
Pero
en cuanto se vio sola ante la barandilla del patio central, le oprimió el
corazón un vivísimo sufrimiento. Nadie la quería y, al acordarse repentinamente
de Mouret, se le acabó de golpe la resignación. ¡No! ¡No podía aceptar que la
echasen de aquella manera! A lo mejor él se creía aquella sucia historia, aquella
cita con un hombre en lo más recóndito del sótano. Sólo de pensarlo la
atormentaba la vergüenza; y también una angustia cuya garra no había sentido
jamás. Quería ir a verlo; le explicaría lo que había pasado, sólo para que lo
supiera, puesto que, en cuanto él estuviera al tanto de la verdad, ya no le
importaría irse. Y el antiguo miedo, aquel escalofrío que la dejaba helada en
su presencia, estallaba de pronto bajo la forma de una ardiente necesidad de
verlo, de no irse de los almacenes sin jurarle antes que no había sido de otro
hombre.
Eran casi las cinco; los almacenes iban recuperando cierta animación
según refrescaba el aire de la tarde. Denise se dirigió hacia la dirección con
paso rápido. Pero al llegar ante la puerta del despacho, volvió a invadirla una
desesperada tristeza. Notaba que se le trababa la lengua y volvía a sentir los
hombros agobiados bajo el peso de la existencia. Él no la creería y se reiría
como los demás. Ese temor la hizo desfallecer. Todo había acabado. Más le valía
quedarse sola, desaparecer, morirse. Y, entonces, sin avisar siquiera ni a
Deloche ni a Pauline, se encaminó directamente a la caja.
-Tiene usted veintidós días, señorita -dijo el empleado-. Son
dieciocho francos con setenta, a los que hay que sumar siete francos de
porcentaje y de comisión. ¿Está bien la cuenta?
-Sí, señor... Muchas gracias.
Y ya se iba Denise con el dinero cuando se encontró, por fin, con
Robineau. Éste estaba ya al tanto del despido y le prometió localizar a la
dueña del taller de corbatas. La consolaba en voz baja, indignado. ¡Qué vida!
¡Estar continuamente a merced de un capricho! ¡Verse en la calle de sopetón,
sin poder exigir siquiera el sueldo de todo el mes! Denise subió a avisar a la
señora Cabin de que intentaría mandar por su baúl a última hora de la tarde.
Daban las cinco cuando se vio en la acera de la plaza de Gaillon, aturdida,
entre los carruajes y el gentío.
Esa noche, al regresar Robineau a su casa, se encontró con una carta
de la dirección en que se le comunicaba, en cuatro líneas, que por razones de
orden interno la casa se veía obligada a prescindir de sus servicios. Llevaba
trabajando en ella siete años. Aquella misma tarde había estado charlando con
los jefes. Fue como un mazazo. Hutin y Favier cantaban victoria en la seda con
la mismo algazara que Marguerite y Clara alardeaban de su triunfo en la
confección. ¡Menudo alivio! ¡Qué despejado se queda todo con un buen escobazo!
Los únicos que se decían palabras de consternación cuando se cruzaban entre el
bullicio de los departamentos eran Deloche y Pauline, que echaban de menos la
dulzura y la integridad de Denise.
-¡Ay! -decía el joven-. ¡Si le fuera bien en otro sitio, me gustaría
que volviera aquí para pisarles la yugular a todas esas señoritas del pan
pringado!
Bourdoncle fue quien tuvo que enfrentarse con la violenta sorpresa de
Mouret. Grande fue la irritación de éste al enterarse del despido de Denise.
No solía ocuparse gran cosa del personal; pero, en aquella ocasión, se tomó el
asunto como un menoscabo de su poder, un intento de zafarse de su autoridad.
¿Acaso había dejado de ser el dueño y por eso había quien se permitía dar
órdenes? Por él tenía que pasar todo, todo en absoluto. Y aplastaría como una
brizna de paja a cualquiera que osara resistírsele. Luego, tras investigar
personalmente el caso, volvió a indignarse, atormentado por un nerviosismo que
no podía disimular. La pobre muchacha no había mentido; se
trataba,
en efecto, de su hermano. Campion lo había reconocido sin lugar a dudas. ¿Qué
motivo había para despedirla Habló incluso de volver a contratarla.
Entre tanto, Bourdoncle se parapetaba en su resistencia pasiva y
aguantaba el chaparrón, observando a Mouret. Por fin, un día en que lo vio más
tranquilo, se atrevió a decir, con una entonación muy peculiar:
-Es mejor para todos que se haya ido.
Mouret se ruborizó, azorado.
-La verdad es que es posible que tenga usted razón -dijo, riéndose-.
Bajemos a ver a cuánto asciende la recaudación. La cosa se va animando; ayer,
hicimos casi cien mil francos.
VII
Por unos instantes, Denise se quedó quieta y aturdida en plena acera,
bajo el sol, aún abrasador, de las cinco de la tarde. Julio ardía en la calle.
La luz color de tiza de cada verano iluminaba París con sus cegadoras
reverberaciones. La catástrofe había sido tan repentina, la habían echado con
tal rudeza, que no era capaz sino de manosear, en el fondo del bolsillo, los
veinticinco francos con setenta, mientras se preguntaba adónde ir y qué hacer.
Una larga fila de coches de punto le impedía alejarse de El Paraíso de
las Damas. Cuando pudo por fin aventurarse entre las ruedas, cruzó la plaza de
Gaillon como si se dirigiera a la calle de Louis-le-Grand, aunque luego,
cambiando de parecer, bajó hacia la de Saint-Roch. Seguía, no obstante, sin un
proyecto concreto, pues se detuvo en la esquina de la calle Neuve-desPetits-Champs,
por la que echó a andar finalmente, tras haber lanzado una ojeada indecisa a
cuanto la rodeaba. Al pasar por delante del pasaje de Choiseul, se metió en él
y fue a dar, sin saber cómo, a la calle de Monsigny, para ir a parar de nuevo a
la calle Neuve-Saint-Augustin. La cabeza le zumbaba; se acordó de repente del
baúl, al ver a un mozo de cordel. Pero ¿adónde iba a decir que lo llevasen? ¿Y
por qué aquella situación angustiosa, cuando una hora antes tenía aún un techo
bajo el que pasar la noche?
Entonces, alzando los ojos hacia las fachadas de las casas, recorrió
con la vista las ventanas. Iban pasando rótulos. Los veía confusamente, pues se
apoderaban de ella, una y otra vez, las arremetidas de aquel trastorno interior
que la hacía temblar de pies a cabeza. ¿Cómo era posible? ¡Había bastado un
minuto para dejarla sola, extraviada en aquella gran ciudad desconocida, sin
apoyo, sin recursos! Pero había que comer y alojarse en algún sitio. Pasaba de
una calle a otra: la calle de Les Moulins, la calle de Sainte-Anne. Recorría el
barrio entero, volviendo sobre sus pasos, regresando siempre a la única
encrucijada que le era familiar. Súbitamente, se detuvo, estupefacta. Estaba
otra vez enfrente de El Paraíso de las Damas. Y para escapar a aquella
obsesión, se metió a toda prisa por la calle de la Michodiére.
Por fortuna, Baudu no estaba en la puerta de El Viejo Elbeuf, que
parecía muerto tras los oscuros escaparates. Denise nunca hubiese tenido valor
para presentarse en casa de su tío, que fingía no conocerla, ni quería
sobrellevar a su costa la desgracia que él ya le había anunciado. Pero, al
otro lado de la calle, un letrero amarillo la hizo detenerse: «Se alquila
cuarto amueblado». Tan pobre le pareció la casa que fue el primer anuncio que
no la amedrentó. No tardó, luego, en reconocer las dos plantas achaparradas, la
fachada de color óxido, encajada entre El Paraíso de las Damas y el antiguo
palacete de Duvillard. En el umbral de la tienda de paraguas, el viejo
Bourras, con su melena y su barba de profeta y las antiparras caladas,
contemplaba absorto el marfil del puño de un bastón. Tenía arrendado todo el
edificio y, para cubrir parte del gasto, alquilaba, amueblados, los cuartos de
los dos pisos.
-¿Tiene usted habitación, señor Bourras? -preguntó Denise, dejándose
llevar por un impulso instintivo.
El alzó la mirada, torva bajo las enmarañadas cejas, y se quedó muy
sorprendido al verla. Le sonaba la cara de todas las dependientes de El Paraíso
de las Damas. Y, tras fijarse en el aseado y humilde vestido y la apariencia de
mujer decente de Denise, respondió:
-Esto no es para usted.
-¿Cuánto cobra? -insistió Denise.
-Quince francos al mes.
Entonces Denise quiso ver la habitación. Entraron en el angosto local
y, como él seguía mirándola con cara de sorpresa, le contó que la habían echado
y que no quería importunar a su tío. El anciano se resolvió, al fin, a ir a
buscar una llave colgada en una tabla de la trastienda, un cuarto lóbrego que
le hacía las veces de cocina y dormitorio; al fondo, detrás de unos cristales
polvorientos, se divisaba la claridad verdosa de un patio interior de apenas
dos metros de ancho.
-Iré delante para que no tropiece -dijo Bourras, al llegar al húmedo
callejón que corría paralelo a la tienda.
Tropezó con un escalón y comenzó a subir, avisándola a cada paso:
tenga cuidado; el pasamanos está pegado a la pared; en aquel recodo hay un
agujero; los inquilinos dejan a veces el cubo de la basura en la escalera.
Denise, en aquella cerrada oscuridad, no veía nada; sólo sentía la fría humedad
del yeso viejo. No obstante, a la altura del primer piso, un ventanuco que daba
al patio le permitió distinguir confusamente, como a través de las aguas
quietas de un estanque, la escalera torcida, las paredes negras de mugre, las
puertas astilladas y con la pintura saltada.
-¡Si al menos tuviera libre uno de estos dos cuartos! -prosiguió
Bourras-. Aquí estaría usted bien... Pero los tienen siempre alquilados las
mismas señoras.
En el segundo piso entraba más claridad, iluminando con cruda palidez
la miseria de la vivienda. Un oficial de panadería vivía en el primer cuarto;
estaba libre el otro, el del fondo. Bourras lo abrió y tuvo que quedarse en el
descansillo para que Denise pudiera verlo con comodidad. La cama, que estaba
junto a la puerta, apenas dejaba espacio suficiente para que pasara una
persona. Al fondo, había una cómoda de nogal pequeña, una mesa de pino
renegrido y dos sillas. Los inquilinos que se hacían la comida de vez en cuando
tenían que arrodillarse delante de la chimenea, donde había un hornillo de
barro.
-La verdad es que no es precisamente lujoso -decía el anciano-, pero
la ventana resulta alegre, se ve pasar a la gente por la calle.
Y al fijarse en que Denise miraba, sorprendida, el rincón del techo
que estaba encima de la cama, en el que una inquilina de paso había escrito su
nombre, Ernestine, con la llama de una vela, añadió con tono campechano:
-Si anduviera reparando los desperfectos, no me alcanzaría para nada.
Bueno, pues esto es lo que tengo.
-Estaré muy bien aquí -afirmó la joven.
Pagó un mes por adelantado, pidió la ropa, un juego de sábanas y dos
toallas e hizo la cama, feliz y aliviada por tener dónde dormir aquella noche.
Una hora después, ya había mandado a un mozo a buscar el baúl y estaba
instalada.
Los dos primeros meses fueron de estrecheces terribles. Como no podía
seguir pagando la pensión de Pépé, se lo llevó a vivir consigo; el chiquillo
dormía en una poltrona vieja que le había dejado Bourras. Necesitaba
inexcusablemente un franco y medio diario, incluyendo el alquiler; así podía
darle algo de carne al niño, siempre y cuando ella se conformase con vivir de
pan duro. Durante la primera quincena, fue tirando: había empezado con diez
francos y tuvo la suerte de localizar a la dueña del taller de nudos de
corbata, que le pagó los dieciocho francos con treinta céntimos que le debía.
Pero llegó un momento en que no le quedó recurso alguno. De nada le sirvió
presentarse en todos los almacenes, en La Plaza de Clichy, en El Económico, en
El Louvre: en todas partes la temporada baja tenía paralizadas las ventas; la
emplazaban para el otoño; más de cinco mil empleados de comercio, a los que
también habían despedido, recorrían la ciudad en busca de empleo. Procuró
entonces conseguir trabajos de poca monta, pero conocía tan mal París que no
sabía adónde ir; aceptaba las labores más ingratas e, incluso, en ocasiones, se
quedaba sin cobrar. Algunas noches, preparaba una sopa para que cenara Pépé y
le decía que ella ya había tomado algo en la calle; y luego se acostaba, con la
cabeza llena de zumbidos y, por todo alimento, la fiebre que le abrasaba las
manos. Cada vez que irrumpía Jean entre tanta pobreza, se insultaba a sí mismo
con tan violenta desesperación, llamándose bandido, que a Denise no le quedaba
más remedio que mentirle; se las apañaba, incluso, muchas veces para darle una
moneda de dos francos y demostrarle así que tenía algunos ahorros. Nunca
lloraba delante de sus niños. Los domingos en que podía guisar un trozo de
ternera en la chimenea, de rodillas en los baldosines del suelo, retumbaba en
el cuartito una alegría de chiquillos despreocupados. Y, tras volverse Jean a
casa de su maestro, cuando Pépé ya estaba dormido, Denise pasaba una noche
espantosa, angustiándose por el día siguiente.
Otros temores la tenían también en vela. Las dos señoras del primero
recibían hasta altas horas de la noche; a veces, algún hombre se equivocaba y
subía a aporrear su puerta. Bourras le había dicho, con cachaza, que no
respondiera; y ella metía la cabeza debajo de la almohada para zafarse de los
denuestos. Estaba, luego, el vecino de al lado, que andaba con ganas de broma.
Éste, que no volvía hasta por la mañana, acechaba a Denise cuando bajaba a
buscar agua y hasta hacía agujeros en el tabique para verla lavarse, con lo
cual la obligaba a cubrir la pared de ropa colgada. Pero la hacía padecer más
aún que la importunasen por la calle las incesantes obsesiones de los
transeúntes. No podía ni bajar a comprar una vela en aquellas calles
embarradas, por las que rondaban las sórdidas perversiones de los barrios
viejos, sin notar que la seguía un aliento abrasador y tener que oír crudas
palabras de avidez. Los hombres la perseguían hasta el fondo del oscuro
callejón, alentados al ver el aspecto mísero de la casa. ¿Cómo es que no tenía
un amante? Todo el mundo se asombraba, a todo el mundo le parecía ridículo.
Tarde o temprano, tendría que pasar por el aro. Ni siquiera ella habría podido
explicar cómo lograba resistir, bajo la amenaza del hambre y presa de la turbación
que el ardor de aquellos deseos que la rodeaban despertaba en ella.
Una noche en que Denise no tenía ya ni pan siquiera para la sopa de
Pépé, la siguió un caballero que lucía una condecoración en la solapa. Al
llegar al callejón, se mostró tan brutalmente soez que la joven, con
soliviantada repugnancia, le cerró violentamente la puerta en las narices. Ya
en el cuarto, se sentó, con las manos temblorosas. El niño estaba dormido. ¿Qué
le contestaría si se despertaba y le pedía de comer? Y, sin embargo, le habría
bastado con decir que sí para dejar atrás la miseria y tener dinero, vestidos,
una habitación confortable. ¡Era tan fácil! Decían que todas las mujeres
acababan así, pues, en París, les resultaba imposible vivir de su trabajo. Pero
todo su ser se encrespaba en una protesta en la que no había indignación
alguna para con las demás, sino, sencillamente, una espontánea repugnancia por
las cosas sucias e insensatas. Para ella, la vida era sentido común, decencia y
coraje.
En reiteradas ocasiones se hizo Denise ciertas preguntas. Una antigua
romanza cantaba en su memoria: la novia del marinero, a la que el amor protegía
de los peligros de la espera. En Valognes, solía tararear el sentimental
estribillo mientras miraba la calle desierta. ¿Qué tierno amor albergaba, pues,
su corazón, que tan valiente la hacía? Aún la desazonaba acordarse de Hutin.
Día tras día, lo veía pasar bajo su ventana. Ahora que era segundo encargado,
iba solo, entre el respeto de los simples dependientes. Nunca miraba hacia
arriba. Creía ella que la soberbia de aquel joven la hacía sufrir; lo seguía
con la vista, sin temor a que la sorprendiera. Y, en cuanto divisaba a Mouret,
que también pasaba por allí al atardecer, se echaba a temblar y se metía dentro
a toda prisa, con el pecho palpitante. No había necesidad alguna de que él
supiera dónde vivía; se avergonzaba, además, de aquella casa y, aunque nunca
habían de volver a encontrarse, le dolía lo que pudiera haber pensado de ella.
Por lo demás, Denise no se había librado del tráfago de El Paraíso de
las Damas. Un simple tabique separaba su cuarto de su antiguo departamento; y,
desde por la mañana, volvía a vivir sus jornadas de trabajo, oía cómo subía el
gentío, cómo iba creciendo el zumbido de la venta. El más leve ruido repercutía
en las ruinosas paredes de la vieja casa pegada al costado del coloso, como si
formara parte de los latidos de aquel pulso gigantesco. Por añadidura, Denise
no podía eludir ciertos encuentros. En dos ocasiones, se topó cara a cara con
Pauline, que se puso a su disposición, consternada ante su desgracia; no le
quedó, incluso, más remedio que mentir para no tener que recibir a su amiga o
ir a visitarla, algún domingo, a casa de Baugé. Pero le resultaba aún más
difícil defenderse del cariño desesperado de Deloche, que la acechaba, estaba
al tanto de todos y cada uno de sus disgustos y la esperaba metido en los
portales; una noche, había pretendido, con gran empeño y poniéndose muy
encarnado, prestarle treinta francos, los ahorros de un hermano, como él decía.
Y tales encuentros mantenían viva su añoranza de los almacenes, la tenían
pendiente de cómo transcurría allí la vida, igual que si siguiera en ellos.
Nunca subía nadie a la habitación de Denise. Una tarde, se quedó muy
sorprendida al oír que llamaban a la puerta. Era Colomban. No le ofreció una
silla. Él, muy violento, le preguntó, tartamudeando, qué tal le iba y habló de
El Viejo Elbeuf. Quizá venía de parte de su tío Baudu, arrepentido de haberse
mostrado tan severo; pues seguía sin saludar siquiera a su sobrina, aunque era
imposible que ignorase la miseria en que vivía. Pero cuando Denise preguntó al
dependiente sin rodeos si era aquél el motivo de su visita, él pareció aún más
apurado: no, no, no lo enviaba el dueño; y terminó por pronunciar el nombre de
Clara. Lo único que quería era hablar de Clara. Poco a poco iba cobrando
confianza, pedía consejos, pensando que Denise podría serle de utilidad para
acercarse a su antigua compañera. Ella intentó disuadirlo en vano,
reprochándole el daño que le hacía a Geneviéve por culpa de una muchacha sin
corazón. Colomban volvió otro día; aquellas visitas se convirtieron en
costumbre. Su tímido amor se conformaba con hablar una y otra vez de lo mismo,
sin poder evitarlo, tembloroso de dicha por conversar con una mujer que había
tenido trato con Clara. Y Denise, entonces, vivió aún más vinculada a El
Paraíso de las Damas.
Fue durante los últimos días de septiembre cuando la joven conoció la
miseria más negra. Pépé estaba enfermo, aquejado de un catarro grave y de muy
malas trazas. Necesitaba tomar caldos, y Denise no tenía siquiera para pan.
Sollozaba una noche, derrotada, sumida en una de esas desesperaciones sombrías
que arrojan a las jóvenes al arroyo o al Sena, cuando el viejo Bourras llamó
suavemente a su puerta. Traía una hogaza y una lechera llena de caldo.
-Tenga,
esto es para el chico -dijo, con su brusquedad habitual-. Y no llore tan alto,
que molesta a los demás inquilinos.
Y al darle ella las gracias presa de un nuevo ataque de llanto,
añadió:
-¡Pero cállese, mujer!... Venga mañana a hablar conmigo. Tengo trabajo
para usted.
Bourras, desde el terrible golpe que le había asestado El Paraíso de
las Damas al abrir un departamento de paraguas y sombrillas, ya no tenía
operarias. Lo hacía todo él, para reducir costes, y también limpiaba, zurcía y
cosía. Por lo demás, le quedaban tan pocos clientes que, a veces, incluso, le
faltaba trabajo. De modo que, al día siguiente, tuvo que inventarse tareas
cuando instaló a Denise en un rincón de la tienda. Pero ¿cómo iba a consentir
que la gente se muriera de hambre en su propia casa?
-Le pagaré dos francos diarios -dijo-. Y, cuando encuentre algo mejor,
me deja.
Denise le tenía miedo. Despachó el trabajo tan deprisa que el anciano
se vio muy apurado para darle algo más que hacer. Le mandaba coser paños de
seda y remendar encajes. Durante los primeros días, la joven no se atrevió a
levantar la cabeza; la intimidaba que anduviera dando vueltas por la tienda,
con aquella melena de león viejo, aquella nariz ganchuda, aquellos ojos
penetrantes bajo la tiesa maraña de las cejas. Tenía la voz dura y ademanes de
loco; las madres del barrio les decían a los niños, para asustarlos, que iban a
llamarlo, como quien llama a los gendarmes. Y, aún así, los chiquillos nunca
pasaban por su puerta sin gritarle alguna maldad, que él ni siquiera parecía
oír. Reservaba su maniática furia para los miserables que deshonraban el
oficio vendiendo mercancía barata, artículos de pacotilla que, según decía, no
habrían querido ni los perros.
Denise se echaba a temblar cada vez que le decía, con furiosas voces:
-El arte se va al garete, ¿me oye?... Ya no se ven puños decentes. Se
hacen muchos palos, pero puños, ¡ni uno! ¡Si me trae usted un puño como es
debido, le doy veinte francos!
Era aquél su orgullo de artista; no había artesano en todo París capaz
de hacer puños como los suyos, resistentes y livianos. Se lucía sobre todo en
los redondos, que esculpía con exquisita fantasía, recurriendo siempre a nuevas
formas: flores, frutas, animales, cabezas, con un estilo rebosante de vida y
libertad. Le bastaba con una navajita de bolsillo; pasaba días enteros, con las
antiparras caladas, tallando el boj o el ébano.
-No son más que un hatajo de ignorantes -decía-, que se conforman con
pegar la seda a las varillas. Compran los puños al por mayor, puños hechos de
antemano... ¡Y venden hasta hartarse! ¡Le digo que el arte se va al garete!
Con el tiempo, Denise fue tomando confianza. El anciano había querido
que Pépé bájase a la tienda a jugar, pues le encantaban los niños. Cuando el
chiquillo andaba por allí a cuatro patas, apenas si podían revolverse; Denise
cosía al fondo de la tienda y Bourras tallaba la madera con su navajita, junto
al escaparate. Ahora, todos los días traían consigo las mismas tareas y la
misma conversación. Mientras trabajaba, el anciano acababa siempre arremetiendo
contra El Paraíso de las Damas, explicando incansablemente en qué punto estaba
aquel terrible duelo. Llevaba en la casa desde 1845, y la tenía arrendada por
treinta años, con un alquiler anual de mil ochocientos francos; como las cuatro
habitaciones amuebladas le reportaban alrededor de mil francos, el local sólo
le costaba ochocientos, lo cual no era demasiado; y, como no tenía gastos, aún
podía aguantar mucho tiempo. Cualquiera que lo oyese podía creer que tenía la
victoria asegurada y acabaría comiéndose vivo al monstruo.
De repente, se interrumpía:
-¿A que no tienen cabezas de perro como ésta?
Y, guiñando los ojos tras los
lentes para poder apreciarla mejor, contemplaba la cabeza de dogo que estaba
esculpiendo, cuyas fauces se abrían para enseñar los colmillos en un gruñido
rebosante de vida. Pépé, extasiado ante aquel perro, se ponía de puntillas,
apoyando los bracitos en las rodillas del viejo.
-Mientras pueda ir saliendo del apuro, todo lo demás me importa un
bledo -proseguía éste, esbozando delicadamente la lengua con la punta de la
navajita-. Los muy bribones me han dejado sin beneficios; pero, aunque ya no
gano nada, todavía no tengo pérdidas o, al menos, son pequeñas. Pero fíjese en
lo que le digo: antes que ceder, estoy dispuesto a dejarme el pellejo en el
empeño.
Y blandía su herramienta, mientras una ráfaga de ira agitaba su blanca
melena.
-Sin embargo -se arriesgaba a replicar con dulzura Denise, sin alzar
los ojos de la aguja-, si le
ofrecieran una cantidad razonable, lo más sensato sería aceptarla.
-¡Eso nunca! -exclamaba él, dando rienda suelta a su feroz
obstinación-. Aun con la cabeza en el tajo seguiría diciendo que no, ¡rediós!
Todavía me quedan diez años de arrendamiento y no conseguirán la casa antes,
aunque tenga que reventar de hambre yo solo entre estas cuatro paredes... Ya
han intentado enredarme dos veces. Me ofrecían doce mil francos por el
comercio, más los años de arrendamiento que me quedan, es decir, otros
dieciocho mil francos. Treinta mil en total... ¡Ni por cincuenta mil se lo daría!
¡Los tengo cogidos; quiero ver cómo se arrastran a mis pies!
-Treinta mil francos es una bonita suma -insistía Denise-. Podría
establecerse en otra parte... ¿Y si compran la casa?
Bourras permanecía absorto unos instantes, mientras terminaba la
lengua del dogo, con una expresión infantil y risueña flotando en su nevado
rostro de Padre Eterno; y, luego, volvía en seguida a la carga:
-¡Por la casa no hay cuidado!... Ya hablaron de comprarla el año
pasado, ofrecían ochenta mil francos, el doble de lo que vale ahora. Pero el
casero, que es un frutero retirado tan bribón como ellos, quiso apretarles las
clavijas. Y, además, no se fían de mí, saben de sobra que me pondría aún más
intransigente... ¡No, no, aquí estoy y aquí me quedo! Ni el mismísimo emperador
con todos sus cañones lograría echarme.
Denise no se atrevía a decir nada más. Continuaba con su labor,
mientras el anciano seguía soltando frases entrecortadas, entre muesca y muesca
de la navajita: aquello no había hecho más que empezar, pero se avecinaban
acontecimientos extraordinarios; tenía unas cuantas ideas que iban a dar al
traste con el departamento de paraguas de los vecinos; y, en lo más hondo de
aquel empecinamiento, clamaba la rebelión del modesto fabricante artesano
contra la invasora vulgaridad de los artículos de bazar.
Entre tanto Pépé, que había terminado por subirse al regazo de
Bourras, tendía hacia la cabeza del dogo sus manecitas impacientes.
-Dámelo, señor.
-En seguida, hijito -contestaba el viejo, cuya voz se tornaba tierna-.
No tiene ojos; antes hay que hacerle los ojos.
Y mientras perfilaba un ojo, proseguía,
dirigiéndose a Denise:
-¿Los oye usted?... ¡Qué ronquido el de ahí al lado! Es lo que más me
irrita, ¡a fe mía!, tenerlos siempre encima, con ese maldito rugido de
locomotora.
Aseguraba que, con las vibraciones, se movía incluso la mesa pequeña
en que trabajaba. Toda la tienda se estremecía; pasaban las tardes entre el
trepidar de la muchedumbre que se agolpaba en El Paraíso de las Damas, sin que
allí entrara un solo cliente. Y Bourras insistía machaconamente. Menudo jaleo
se traían ahí detrás, otro día de los buenos; en la sedería debían de haber
sacado por lo menos diez mil francos. O, por el contrario, se regodeaba: la
pared había estado hecha un témpano; un chaparrón había dado al traste con la
venta. Y, de esta forma, el más leve rumor, el roce más tenue, le daban pie
para interminables comentarios.
-¿Ha oído? Alguien ha pegado un resbalón. ¡Ojalá se partieran todos
el espinazo!... Eso, querida, son unas señoras que se están peleando. ¡Mejor,
mejor!... ¿Qué, oye usted cómo caen los paquetes en los sótanos? ¡Qué asco!
Más
le valía a Denise no contradecir aquellas explicaciones, pues, entonces,
Bourras le recordaba amargamente de qué forma indigna la habían despedido. Y,
luego, la obligaba a contarle por centésima vez su trabajo en el departamento
de confecciones, los padecimientos de los primeros tiempos, los cuartitos
insalubres, la comida infame, la continua pugna que enfrentaba a los
dependientes. Y, de esta forma, lo único que hacían los dos de la mañana a la
noche era hablar de los almacenes, impregnándose de ellos, hora tras hora,
hasta con el aire que respiraban.
-Dámelo, señor -repetía, ansioso, Pépé, con las manos aún tendidas.
Bourras retiraba y acercaba la cabeza de dogo, ya concluida, con
ruidoso regocijo.
-Cuidado, que te muerde... Toma, juega con ella y procura no romperla,
si es posible.
Pero volvía a apoderarse de él su idea fija y exclamaba, amenazando
la pared con el puño:
-Ya podéis empujar, ya, a ver si se cae la casa... ¡Nunca será
vuestra, ni aunque os apoderéis de la calle entera!
Ahora
Denise tenía pan a diario y sentía un hondo agradecimiento hacia el viejo
comerciante, cuyo buen corazón intuía tras aquellas airadas excentricidades. No
obstante, anhelaba ardientemente encontrar otro trabajo, pues se daba cuenta de
que se inventaba las tareas menudas que le encomendaba, de que el negocio se
desmoronaba y Bourras no necesitaba operaria alguna, de que la empleaba por
pura caridad. Habían transcurrido seis meses; la temporada baja de invierno
acababa de empezar. Denise había perdido ya toda esperanza de poder colocarse
antes de marzo, cuando, una tarde de enero, Deloche, que la estaba acechando
en un portal, le dio un consejo. ¿Por qué no se presentaba en el
establecimiento de Robineau, donde quizá necesitasen gente?
En septiembre, Robineau se había decidido a comprar los fondos de
Vinçard, aunque con el temor de estar arriesgando los sesenta mil francos de su
mujer. El traspaso de la sedería le había costado cuarenta mil francos y
contaba, para empezar el negocio, con los veinte mil restantes. No era mucho,
pero lo respaldaba Gaujean, que iba a ayudarlo con créditos a largo plazo. Tras
haber roto con El Paraíso de las Damas, la ilusión de éste era crearle
competidores al coloso; estaba convencido de que era posible vencerlo abriendo
en la vecindad comercios especializados que ofrecieran a las clientes una
amplísima variedad de artículos. Los únicos que podían aceptar las exigencias
de los grandes almacenes eran los fabricantes acaudalados de Lyón, como
Dumonteuil, que se conformaban con mantener en funcionamiento los telares
gracias a aquellos encargos, aunque tuvieran que buscar, luego, los beneficios
aceptando los de casas de menor envergadura. Pero Gaujean no tenía, ni con
mucho, la solidez de Dumonteuil. Durante mucho tiempo había ejercido como
simple comisionista; apenas si hacía cinco o seis años que tenía sus propios
telares y, aun así, seguía empleando a muchos destajistas, a quienes
proporcionaba la materia prima y pagaba por metros. Era precisamente aquel
sistema el que aumentaba los costes de producción y le impedía competir con
Dumonteuil en la fabricación de la París-Paraíso. De ahí el rencor que lo
incitaba a buscar en Robineau el arma con que dar la batalla decisiva contra
aquellos bazares de novedades, a los que acusaba de arruinar la producción
francesa.
Cuando Denise se presentó en la tienda, sólo encontró en ella a la
señora Robineau. Esta, que era hija de un sobrestante e ignoraba todo lo
referente al comercio, conservaba aún una deliciosa cortedad de interna educada
en un convento de Blois. Era muy morena y muy bonita y tenía una dulzura risueña
que le confería gran encanto. Por lo demás, adoraba a su marido y aquel amor
era lo único que necesitaba para vivir. Denise se disponía a dejarle su nombre
cuando regresó Robineau, que la tomó al instante, pues precisamente el día
anterior una de sus dos dependientes se había despedido para entrar en El
Paraíso de las Damas.
-Se nos llevan lo mejor -dijo-. En fin, con usted me quedo tranquilo,
pues le sucede como a mí, no debe de tenerles mucha simpatía... Venga mañana.
Por la noche, Denise tuvo que pasar el mal trago de anunciarle a
Bourras que iba a dejarlo. Él, como era de esperar, la tachó de ingrata y puso
el grito en el cielo; y cuando ella se defendió, con los ojos llenos de
lágrimas, dándole a entender que nunca la había engañado con sus caridades, el
anciano se enterneció también, tartamudeó que tenía mucho trabajo, que lo
dejaba en la estacada ahora que estaba a punto de lanzar al mercado un modelo
de paraguas que había inventado.
-¿Y Pépé? -preguntó.
El niño era quien más preocupaba a Denise. No se atrevía a llevarlo
otra vez a casa de la señora Gras, ni tampoco podía dejarlo encerrado en el
cuarto de la mañana a la noche.
-Bueno, pues yo lo cuidaré -prosiguió el viejo-. Este mocoso se lo
pasa muy bien conmigo en la tienda... Nos haremos la comida los dos juntos.
Y al decir Denise que no, temiendo causarle demasiadas molestias,
exclamó:
-¡Rediós! ¿Acaso no se fía de mí?... ¡Que no me voy a almorzar a su
dichoso niño!
Denise fue más feliz con Robineau. El sueldo era pequeño: sesenta
francos al mes; sólo estaba mantenida, no cobraba comisiones sobre las ventas,
al uso de las casas tradicionales. Pero la trataban con cariño, sobre todo la
señora Robineau, siempre risueña tras el mostrador. Él, más nervioso,
preocupado, se comportaba a veces con brusquedad. Al cabo de un mes, Denise
formaba parte de la familia, al igual que la otra dependiente, una mujercita
tísica y silenciosa. Su presencia ya no incomodaba a los dueños, que hablaban
de negocios durante las comidas en la trastienda, que daba a un amplio patio.
Y allí fue donde una noche se decidió el inicio de la campaña contra El Paraíso
de las Damas. Gaujean había ido a cenar. Sacó el tema al tiempo que servían el
asado, una sencilla y sabrosa pierna de cordero, con aquella voz clara de
lionés, que las brumas del Ródano habían enronquecido.
-La cosa se pone cada vez más difícil -repetía-. Llegan a la factoría
de Dumonteuil, ¿saben?, se quedan con la exclusiva de un dibujo y compran de
una vez trescientas piezas, exigiendo una rebaja de cincuenta céntimos por
metro; y, como pagan al contado, se aprovechan además del descuento del
dieciocho por ciento... Muchas veces, Dumonteuil no gana ni veinte céntimos.
Trabaja para mantener en marcha los telares, pues un telar parado es un telar
muerto... En semejantes circunstancias, ¿cómo quieren ustedes que los demás
sostengamos el pulso, con menos maquinaria y, sobre todo, con los destajistas?
A Robineau, ensimismado, se le olvidaba comer.
-¡Trescientas piezas! -murmuró-. Pensar que a mí me entran sudores
cuando cojo doce, y a noventa días... Pueden marcar la mercancía a un franco, a
dos francos menos que nosotros. He calculado que los artículos de su catálogo,
comparados con los nuestros, tienen un precio inferior de al menos un quince
por ciento... Eso es lo que está acabando con el pequeño comercio.
Se
encontraba en pleno ataque de desaliento. Su mujer, inquieta, lo miraba con
ternura. A ella no le interesaban los negocios, todos aquellos números le daban
dolor de cabeza y no entendía que nadie se preocupara tanto, con lo fácil que
era reír y quererse. Sin embargo, si su marido tenía el empeño de vencer, para
ella no había más que hablar: compartía su apasionada empresa y estaba
dispuesta a morir tras el mostrador.
-Pero ¿por qué no se ponen de acuerdo todos los fabricantes?
-prosiguió Robineau, con vehemencia-. Podrían imponerles su propia ley, en
lugar de someterse.
Gaujean, que había pedido otra ración de cordero, masticaba
calmosamente.
-¡Ah, por qué, por qué!... Los telares no pueden estar parados, ya se
lo he dicho. Cuando se tienen factorías muy repartidas, en los alrededores de
Lyón, en Gard, en Isére, no se puede detener la producción ni un solo día sin
padecer enormes pérdidas... Nosotros, que a veces empleamos destajistas con
quince o veinte telares, podemos controlar mejor la producción, en lo tocante
a las existencias; pero a los grandes manufactureros no les queda más remedio
que dar salida continuamente a la mercancía y tener donde colocar todo lo que
puedan, y lo más rápidamente posible... Y por eso los grandes almacenes los
tienen de rodillas. Conozco yo a tres o cuatro que se pelean por sus encargos,
que están dispuestos incluso a perder dinero con tal de conseguirlos. Y se
resarcen con casas modestas, como ésta. Así es, existen gracias a ellos, pero
ganan gracias a usted... ¡Sólo Dios sabe cómo acabará esta crisis!
-¡Qué situación más odiosa! -concluyó Robineau, que, tras este
estallido de ira, se sintió más aliviado.
Denise escuchaba en silencio. Ella estaba, en secreto, a favor de los
grandes almacenes, porque se lo dictaba su amor instintivo por la lógica y la
vida. Todos callaban, mientras comían unas judías verdes en
conserva. Finalmente, se arriesgó a decir con tono alegre:
-¡En cambio, el público no se queja!
La señora Robineau no pudo contener una risita, que molestó
sobremanera a su marido y a Gaujean. Qué duda cabía, los clientes estaban
satisfechos, ya que a fin de cuentas, eran los clientes quienes se beneficiaban
de la bajada de los precios. Pero todos tenían que vivir: ¿adónde iríamos a
parar si, con la excusa de la felicidad general, se cebase a los consumidores a
costa de los productores? Y se entabló una discusión. Denise aparentaba hablar
en broma, pero aportaba argumentos contundentes: cuando desaparecían los
agentes de los fabricantes, los representantes, los comisionistas, es decir,
los intermediarios, esta circunstancia redundaba en gran proporción en el
abaratamiento de los precios. Por lo demás, los fabricantes no podían ya vivir
sin los grandes almacenes, pues en cuanto uno de ellos dejaba de tenerlos por
clientes, la quiebra era inevitable. Por último, tal era la evolución natural
del comercio, nadie podría impedir que las cosas sucedieran como debían
suceder, y menos cuando todo el mundo, de grado o por fuerza, contribuía a
ello.
-¿Así que está usted a favor de
quienes la han puesto de patitas en la calle? -preguntó Gaujean.
Denise se puso muy encarnada. Incluso ella estaba sorprendida de
aquella vehemente defensa. ¿Qué albergaba, pues, su corazón, para que le
ardiera semejante llama en el pecho?
-¡Dios
mío, claro que no! -contestó-. Quizá me equivoque; usted entiende más... Pero
lo digo como lo pienso. Los precios ya no los fijan medio centenar de casas,
como antes, sino tan sólo cuatro o cinco, que han logrado abaratarlos gracias a
la cuantía de sus capitales y a la fuerza de su clientela... Pues mejor para el
público, qué le vamos a hacer.
Robineau no se enfadó. Se había quedado muy serio, con la vista
clavada en el mantel. Él también había sentido a menudo el potente aliento del
comercio moderno, aquella evolución de la que hablaba la joven; y, en los
momentos de mayor lucidez, se preguntaba por qué se empeñaba en oponerse a una
corriente tan avasalladora, que se lo llevaba todo por delante. Incluso la
señora Robineau, al ver a su marido meditabundo, aprobaba con la mirada a
Denise, que había vuelto a su modesto silencio.
-Bueno -añadió Gaujean, queriendo atajar aquella conversación-, todo
eso no son sino teorías... Volvamos a lo nuestro.
Habían tomado el queso y la criada acababa de traer confituras y
peras. Gaujean se sirvió confitura y se la comió a cucharadas, con su
inconsciente glotonería de hombre grueso que no puede resistirse al azúcar.
-Lo que tiene que hacer usted es batir en brecha esa ParísParaíso que
ha sido su gran éxito de este año... He llegado a un acuerdo con varios colegas
de Lyón y le traigo una oferta excepcional: una seda negra, una faya, que podrá
vender a cinco cincuenta... Ellos venden la suya a cinco sesenta, ¿verdad?
Pues bien, diez céntimos menos bastarán para hundirlos.
A Robineau volvieron a iluminársele los ojos. En el estado de continuo
sufrimiento nervioso en el que vivía, a menudo saltaba así del temor a la
esperanza.
-¿Tiene usted una muestra? -preguntó.
Y cuando Gaujean sacó de la cartera un retalito de seda, acabó de
enardecerse y exclamó:
-¡Pero si es mucho mejor que la París-Paraíso! En cualquier caso,
tiene mucho más cuerpo y el grano es más grueso... Está usted en lo cierto,
merece la pena intentarlo. Fíjese en lo que le digo: quiero verlos arrastrarse
a mis pies, aunque sea lo último que haga.
La señora Robineau, sumándose a aquel entusiasmo, opinó que la seda
era magnífica. Incluso Denise creyó que el éxito estaba asegurado. La cena
terminó pues con gran algazara. Todos hablaban muy alto, diríase que El Paraíso
de las Damas estaba ya agonizando. Gaujean, mientras rebañaba el tarro de
confitura, explicó los enormes sacrificios que iban a imponerse sus colegas y
él para poder suministrarle semejante tela a tan buen precio; pero estaban
dispuestos a arruinarse, habían jurado acabar con los grandes almacenes. En el
momento de servir el café, apareció Vinçard, con lo que creció el regocijo.
Pasaba por allí y había entrado un momento a saludar a su sucesor.
-¡Notable! -exclamó, palpando la seda-. ¡Los dejará usted en
mantillas, se lo digo yo!... Ya me puede estar agradecido, ¿eh? ¿Acaso no le
dije que ésta era una oportunidad de oro?
Él
acababa de comprar un restaurante en Vincennes. Era aquél un sueño antiguo,
solapadamente meditado mientras intentaba salirse del comercio de la seda, con
el temor de que nadie le comprara el negocio antes de la catástrofe, al tiempo
que se juraba meter su humilde peculio en alguna empresa en la que resultara
fácil robar. La idea del restaurante se le ocurrió tras asistir a la boda de un
primo suyo. Siempre había salida para cuanto tenía que ver con el estómago. Les
habían cobrado diez francos por un agua de fregar en la que flotaban unos
fideos. Y, al ver a los Robineau, la alegría de haberles endilgado un mal
negocio, del que ya no esperaba deshacerse, dilataba aún más aquel rostro de
ojos redondos, de boca grande y amistosa, rebosante de salud.
-¿Qué tal sus dolores? -le preguntó, muy atenta, la señora Robineau.
-¿Eh? ¿Mis dolores? -murmuró, sorprendido.
-Sí, ese reuma que tanto lo hacía padecer cuando vivía aquí.
El cayó en la cuenta y se ruborizó levemente.
-¡Ah! Pues me sigue molestando mucho... Aunque el aire del campo, ya
sabe usted... Pero qué más da, han hecho ustedes un gran negocio. Si no fuera
por el reuma, me habría retirado antes de diez años con una renta de diez mil
trancos... ¡palabra de honor!
Quince días después, se entabló la lucha entre Robineau v El Paraíso
de las Damas. Dio mucho que hablar y, durante una temporada, tuvo en vilo a
todo el comercio parisino. Robineau, recurriendo a las mismas armas que su
adversario, había puesto anuncios en los periódicos. Además, cuidaba mucho la
presentación, apilaba en los escaparates montones altísimos de la famosa seda,
la anunciaba con grandes pancartas blancas, en las que destacaba, en
gigantescos números, el precio de cinco cincuenta. Era aquella cantidad la que
tenía revolucionadas a las señoras: diez céntimos menos que en El Paraíso de
las Damas, y la seda parecía más fuerte. Ya en los primeros días, acudió una
oleada de clientes: la señora Marty, con la excusa de mostrarse ahorrativa,
compró un vestido que no necesitaba; a la señora Bourdelais le gustó la tela,
pero prefirió esperar, maliciándose sin duda lo que se avecinaba. La semana
siguiente, en efecto, Mouret bajó de golpe veinte céntimos la ParísParaíso y
la puso a la venta a cinco francos cuarenta; había mantenido con Bourdoncle y
los demás partícipes una acalorada discusión para lograr convencerlos de que
había que aceptar la batalla, incluso a riesgo de vender más barato de lo que
compraban: aquellos veinte céntimos eran una pérdida neta, puesto que ya
estaban cobrando el precio de coste. Fue un duro golpe para Robineau, que no se
esperaba que su rival bajara precios, pues aquellos suicidios en aras de la
competencia, aquella forma de vender perdiendo dinero carecían aún de
antecedentes. Y hubo un inmediato reflujo hacia la calle Neuve-Saint-Augustin
de la oleada de clientes que había acudido, atraída por la ganga, al tiempo
que la tienda de la calle Neuve-des-Petits-Champs se quedaba vacía. Gaujean
acudió desde Lyón y, después de despavoridos conciliábulos, Robineau y él
tomaron al fin una resolución heroica: rebajar el precio de la seda y dejarla
en cinco francos con treinta, cantidad por debajo de la cual nadie podría bajar
sin correr el riesgo de cometer una locura. Al día siguiente, Mouret puso la
tela a cinco con veinticinco. Y, a partir de ese momento, el enfrentamiento
fue rabioso: Robineau replicó con cinco francos y quince céntimos; Mouret
marcó el género a cinco con diez. Ya sólo peleaban por cinco céntimos de más o
de menos, perdiendo considerables sumas cada vez que hacían ese regalo al
público. Las clientes se regocijaban, contentísimas de aquel duelo, emocionadas
al ver los golpes que se asestaban mutuamente las dos casas para ganarse su
favor. Por fin, Mouret se arriesgó a poner la seda a cinco francos; todos los
empleados de El Paraíso se quedaron lívidos y helados ante semejante desafío a
la suerte. Robineau, aterrado, sin resuello, se detuvo también en cinco
francos, sin atreverse a bajar más. Ambos adversarios se inmovilizaron en sus
respectivas posiciones, cara a cara, en medio de un devastado campo de batalla.
Mas,
aunque tanto uno como otro habían logrado dejar el honor a salvo, la situación
de Robineau no podía ser peor. El Paraíso de las Damas tenía reservas y una
clientela, y ambas cosas le permitían equilibrar los beneficios; mientras que
él, cuyo único apoyo era Gaujean, había quedado exhausto y no podía compensar
las pérdidas con otros artículos, con lo que resbalaba cada día un poco más por
la pendiente de la quiebra. Su temeridad le estaba costando la vida, pese a
haber conseguido abundante clientela durante las peripecias de la lucha. Lo
atormentaba en secreto ver cómo dicha clientela lo iba abandonando lentamente
para regresar a El Paraíso, después de haber perdido tanto dinero y haber
desplegado tantos esfuerzos para conquistarla.
Y, cierto día, se colmó su paciencia. Una cliente, la señora De Boves,
había acudido a ver abrigos, pues Robineau había añadido a la sedería una
sección de confecciones. No acababa de decidirse y se quejaba de la calidad de
los tejidos.
-La París-Paraíso tiene mucho más cuerpo -dijo, al fin.
Robineau se contenía y le aseguraba que estaba en un error, con
amabilidad de comerciante tanto más respetuoso cuanto que teme que se trasluzca
su rebelión interna.
-¡Pero fíjese en la seda de este tapado! -insistió ella-. Parece una
telaraña... Por mucho que diga, caballero, la seda de cinco francos de El
Paraíso parece cuero comparada con ésta.
Robineau, con el rostro congestionado y los labios prietos, había
dejado de contestarle. Precisamente se le había ocurrido el ingenioso truco de
comprarle la seda para las confecciones a su rival. De este modo, era Mouret
quien perdía dinero. Él se limitaba a cortar el orillo.
-¿De veras cree la señora que la París-Paraíso es más tupida? -dijo a
media voz.
-¡Huy, cien veces más! -repuso la señora De Boves-. No tiene ni punto
de comparación.
Aquella injusticia de la cliente, que no cejaba en su desprecio de la
mercancía, lo colmaba de indignación. Y al seguir ella manoseando el tapado con
cara de asco, un diminuto trozo del orillo azul y plata, que se había librado
de las tijeras, asomó por debajo del forro. Entonces, Robineau no pudo
contenerse más y confesó la verdad. Habría sido capaz de cualquier cosa:
-Pues bien, señora, esta seda es la París-Paraíso. Yo mismo la compré,
¡como lo oye!... Fíjese en el orillo.
La señora De Boves se fue, muy ofendida. Robineau perdió muchas
clientes al correr la historia de boca en boca. Y, en medio de aquella ruina,
cuando lo invadía el espanto del mañana, tan sólo temía por su mujer, que se
había criado en una apacible felicidad y era incapaz de vivir en la pobreza.
¿Qué sería de ella si una catástrofe los dejaba en la calle, cargados de
deudas? El tenía la culpa; nunca debería haber tocado aquellos sesenta mil
francos. Y a ella no le quedaba más remedio que consolarlo. ¿Acaso aquel
dinero no era tan suyo como de ella? Le bastaba con que él la quisiera y se lo
daba todo: el corazón y la vida. Se los oía besarse en la trastienda. Poco a
poco, se fue estableciendo un ritmo regular: las pérdidas crecían cada mes,
despacio, demorando el fatal desenlace. Una tenaz esperanza los mantenía en
pie, y seguían augurando la inminente derrota de El Paraíso de las Damas.
-¡Bah! -decía Robineau-. Nosotros también somos jóvenes... El futuro
es nuestro.
-Y, además, ¿qué nos importa? Has hecho lo que querías hacer
-proseguía ella-. Con tal de que tú estés contento, yo también lo estoy,
querido mío.
Denise se iba encariñando con ellos al ver cuánto se querían. Estaba
asustada; intuía la caída inevitable, pero ya no se atrevía a decir nada. Allí
acabó de comprender la fuerza del comercio moderno y de entusiasmarse con aquel
poder que estaba transformando París. Le iban madurando las ideas; tras la
chiquilla indómita que había llegado un buen día desde Valognes, empezaba a
aflorar un grácil encanto de mujer. Por lo demás, llevaba una vida muy
tranquila, pese al cansancio y las apreturas de dinero. Tras pasarse el día a
pie firme, tenía que volver a casa a toda prisa para ocuparse de Pépé, a quien
el viejo Bourras, por fortuna, se empeñaba en seguir manteniendo. Pero tenía
también otras tareas: lavar una camisa, coser una blusa. Sin contar con el
alboroto del niño, que le hacía estallar la cabeza. Nunca se acostaba antes de
las doce de la noche. El domingo era un día muy ajetreado: limpiaba el cuarto y
daba un repaso a su ropa. Tenía tanto que hacer que, en muchas ocasiones, no se
peinaba hasta las cinco de la tarde. Sin embargo, se forzaba, sensatamente, a
salir de vez en cuando: se llevaba al niño a dar un largo paseo a pie hasta
Neuilly, y ambos disfrutaban tomando allí un tazón de leche, en una vaquería
en cuyo corral podían sentarse. Jean no participaba en aquellas excursiones; se
dejaba ver de tarde en tarde, alguna noche entre semana, para esfumarse luego
so pretexto de que tenía que hacer otras visitas. Ya no pedía dinero, pero
llegaba siempre con unos aires tan melancólicos que su hermana, preocupada,
siempre le tenía guardada una moneda de cinco francos. Aquél era el único lujo
que se permitía.
-¡Cinco francos! -exclamaba siempre Jean-. ¡Caray, qué buena eres!...
Precisamente, la mujer del papelero...
-Cállate -lo interrumpía Denise-. No hace falta que me cuentes nada.
Pero él creía que lo acusaba de estar presumiendo.
-¿No te digo que está casada con un papelero? ¡No sabes qué cosa más
estupenda!
Transcurrieron
tres meses. Volvía la primavera. Denise no quiso volver a Joinville con Pauline
y Baugé. A veces se encontraba con ellos en la calle de Saint-Roch, al salir
del comercio de Robineau. Pauline, durante uno de esos encuentros, le confesó
que a lo mejor se casaba con su amante; era ella quien estaba demorando la
boda, pues en El Paraíso de las Damas no gustaban mucho las dependientes
casadas. Aquella ocurrencia sorprendió mucho a Denise y no supo qué aconsejar a
su amiga. Un día que Colomban la había parado cerca de la fuente para hablarle
de Clara, ésta cruzó la plaza en aquel preciso instante. Y Denise tuvo que
salir huyendo, porque el joven le rogaba que preguntase a su antigua compañera
si quería casarse con él. Pero ¿qué les sucedía a todos? ¿Por qué pasar por
aquellos malos ratos? Y opinaba que ella tenía mucha suerte de no estar
enamorada de nadie.
-¿Sabe ya la noticia? -le preguntó una noche el vendedor de paraguas,
cuando volvió del trabajo.
-No, señor Bourras.
-Pues que los muy bribones han comprado el palacete de Duvillard...
¡Me tienen rodeado!
Y movía los brazos como aspas de molino, presa de un ataque de furia
que alborotaba su blanca cabellera.
-¡Un chanchullo de lo más enrevesado! -prosiguió-. ¡Al parecer, el
palacete pertenecía al Banco de Crédito Inmobiliario, cuyo presidente, el
barón Hartmann, acaba de cedérselo al dichoso Mouret!... Ahora me tienen cogido
por la derecha, por la izquierda y por la espalda. Fíjese, igual que tengo yo
agarrado el puño de este bastón. ¿Lo ve?
Era cierto, debían de haber firmado la cesión la víspera. La casucha
de Bourras, encajonada entre El Paraíso de las Damas y el palacete de
Duvillard, prendida en aquel hueco como un nido de golondrina en la grieta de
un muro, parecía condenada a perecer aplastada por obra y gracia de los
almacenes el día en que éstos se posesionasen del palacete; y ese día había
llegado. El coloso había circunvalado el nimio obstáculo, lo tenía apresado
entre sus cúmulos de mercancías, amenazaba con tragárselo, con sorberlo al
tomar aire con la gigantesca fuerza de sus pulmones. Bourras notaba el abrazo
de tenaza que hacía crujir su local. Le parecía ver cómo mermaba. La espantosa
máquina rugía tan fuerte ahora que temía que lo succionara y verse del otro
lado de la pared, junto con sus paraguas y bastones.
-¿Qué, los oye? -gritaba-. ¡Cualquiera diría que se están comiendo las
paredes! Y en el sótano, y en la buhardilla... por todas partes se oye el mismo
ruido de sierra cortando el yeso... ¡Qué más da! No pueden aplastarme como una
hoja de papel. ¡De aquí no me muevo, aunque me revienten el techo y me caigan
chuzos de punta en la cama!
Fue entonces cuando Mouret decidió hacerle a Bourras nuevas ofertas.
Ahora había subido la cantidad; le compraban los fondos de comercio y la
licencia de arrendamiento por cincuenta mil francos. Tal oferta duplicó la
indignación del anciano, que la rechazó entre injurias. ¡Lo que le estarían
robando a la gente aquellos bribones para poder pagar cincuenta mil francos por
algo que no valía ni diez mil! Y defendía su tienda igual que una joven decente
defiende su virtud, en nombre del honor y por respeto a sí mismo.
Durante
quince días, le llamó la atención a Denise ver a Bourras muy preocupado. No
paraba de dar vueltas, medía las paredes de la casa, la miraba desde el centro
de la calzada, poniendo cara de arquitecto. Y una buena mañana llegaron unos
obreros. Era la batalla definitiva: había tenido la temeraria ocurrencia de
derrotar a El Paraíso de las Damas en su propio terreno, haciendo concesiones
al lujo moderno. Las clientes, que le reprochaban al local que era lóbrego, no
podrían por menos de volver al verlo tan flamante. Primero, taparon las grietas
y remozaron la fachada; luego, pintaron las maderas del escaparate de verde
claro; llevaron incluso el boato hasta dorar la muestra. Los tres mil francos
que Bourras tenía ahorrados como recurso para una necesidad suprema se
esfumaron. El barrio, por lo demás, estaba revolucionado; la gente venía a ver
al anciano en medio de aquel lujo; y él ni sabía dónde tenía la cabeza ni
conseguía recobrar sus hábitos. Parecía hallarse en corral ajeno, barbudo,
melenudo y aturullado en aquel flamante escenario, con aquel telón de fondo de
colores suaves. Quienes pasaban por la acera de enfrente se quedaban pasmados
al verlo bracear desordenadamente mientras tallaba los puños. Y él, con febril
apresuramiento, temiendo ensuciar la tienda, naufragaba más y más en aquel
comercio de lujo que le era tan poco familiar.
Al igual que Robineau, Bourras había declarado la guerra a El Paraíso
de las Damas. Acababa de lanzar su invento: el paraguas de cazoleta, que, más
adelante, habría de hacerse popular. Pero El Paraíso perfeccionó en el acto el
invento. Entonces, se entabló la batalla de los precios. Bourras vendió un
modelo que costaba un franco con noventa, de zanella, con montura de acero e
irrompible, según rezaba la etiqueta. Aunque el arma con la que él pretendía
vencer a su competidor eran los puños: de bambú, de cornejo, de olivo, de
arrayán, de mimbre, todas las variedades de puños que imaginarse puedan. El
Paraíso, menos artístico, se esmeraba más en las telas, elogiaba sus alpacas y
mohairs, sus sargas y sus tafetanes cocidos. Los almacenes se alzaron con la
victoria; el anciano, presa de desesperación, repetía que el arte se iba al
garete, que tendría que dedicarse a tallar puños para entretenerse, sin esperanza
de venderlos.
-¡La culpa la tengo yo! -le decía a Denise, a voces-. ¿Cómo he podido
vender esas birrias que cuestan un franco noventa?... Ahí tiene adónde pueden
conducir las ideas modernas. ¡Si me hundo, lo tendré bien merecido por querer
seguir el ejemplo de esos bandidos!
El mes de julio fue muy caluroso. A Denise le resultaba insufrible su
exiguo cuartito, bajo el tejado de pizarra. De modo que, cuando salía de
trabajar, recogía a Pépé en la tienda de Bourras y, en lugar de meterse en casa
en seguida, se lo llevaba a tomar un poco el aire al jardín de las Tullerías,
hasta la hora de cerrar las verjas. Un atardecer, cuando se encaminaba hacia
los castaños, se quedó sobrecogida, pues le pareció que el hombre que se
dirigía en derechura hacia ella, y se encontraba ya a pocos pasos, era Hutin.
Luego el corazón empezó a latirle con violencia. Se trataba de Mouret, que
había cenado en la orilla izquierda e iba a pie, y a buen paso, a casa de la
señora Desforges. El brusco ademán de la joven para apartarse le llamó la
atención. Y, aunque ya era casi de noche, la reconoció.
-Así que es usted, señorita.
Ella no contestó, confusa y turbada de que se hubiese dignado
detenerse. Él, sonriente, disimulaba su desasosiego bajo una expresión de
paternal amabilidad.
-¿Conque sigue usted en París?
-Sí, señor -dijo ella, al fin.
Retrocedía despacio, buscando el modo de despedirse para seguir el
paseo. Pero él deshizo espontáneamente lo andado y la acompañó bajo las densas
sombras de los frondosos castaños. Comenzaba a ceder el calor; a lo lejos se
oía reír a unos niños, mientras corrían tras sus aros.
-Es su hermano, ¿verdad? -volvió a preguntar él, mirando a Pépé.
Este, al que intimidaba la inaudita compañía de un caballero,
caminaba muy serio junto a su hermana, dándole la mano.
-Sí, señor -respondió ella de nuevo.
Se había ruborizado, al acordarse de las abominables mentiras de
Marguerite y de Clara. Mouret debió de percatarse del motivo de aquel rubor,
pues añadió con vehemencia:
-Mire, señorita, le debo una disculpa... Sí, me hubiese gustado
haberle dicho antes lo mucho que lamenté el error cometido con usted. Se la
acusó con demasiada ligereza de cierta falta... En fin, el mal ya está hecho.
Lo único que quería que supiera es que, en la actualidad, todo el mundo está al
tanto en nuestros almacenes del afecto que usted profesa a sus hermanos...
Y continuó hablando; hizo gala de una respetuosa cortesía que nunca
empleaba con las dependientes de El Paraíso de las Damas. La turbación de
Denise iba en aumento; pero el corazón le rebosaba de alegría. ¡Así que él
sabía que nunca había pertenecido a nadie! Callaron ambos; él caminaba a su
lado, acomodando el paso a los pasitos del niño; y los lejanos rumores de
París se desvanecían bajo las oscuras sombras de los frondosos árboles
-Sólo puedo ofrecerle un desagravio, señorita –prosiguió Mouret-. Por
descontado que si desea usted volver con nosotros...
Denise lo interrumpió, rechazando la oferta con febril premura.
-No puedo, señor Mouret... Se lo agradezco pese a todo, pero ya estoy
colocada en otra casa.
Mouret estaba al tanto. No hacía mucho que le habían contado que
trabajaba para Robineau. Y, sin alterarse, con un gratísimo trato de igual a
igual, le habló de este último, cuyos méritos reconocía: un muchacho muy
inteligente, aunque excesivamente nervioso. Estaba abocado a la catástrofe;
Gaujean lo había embarcado en un asunto demasiado espinoso, que iba a acabar
con ambos. Entonces Denise, dejándose llevar por aquella cordialidad, se
mostró más abierta, dio a entender que, en la batalla que enfrentaba a los
grandes almacenes y al pequeño comercio, ella estaba a favor de aquéllos. Se
iba entusiasmando; daba ejemplos; demostraba estar al tanto del asunto; y
aportaba incluso ideas propias, de gran alcance y originalidad. Mouret la
escuchaba, encantado y sorprendido. Se volvía hacia ella, intentando
distinguir sus rasgos en la creciente penumbra. Parecía la de siempre, vestida
con sencillez y con la misma expresión dulce; pero de aquella modesta
discreción brotaba un penetrante aroma cuya fuerza se iba adueñando de él. No
cabía duda de que aquella chiquilla se había amoldado al ambiente de París y se
estaba convirtiendo en una mujer cautivadora, tan sensata, con aquel precioso
pelo de grávida ternura...
-Ya
que está usted en nuestro bando -dijo Mouret, riendo-, ¿por qué sigue con
nuestros adversarios?... Porque, según me han contado, está usted viviendo en
casa de ese Bourras. ¿Me equivoco?
-Una bellísima persona -murmuró Denise.
-¡Quite, por Dios! ¡Un viejo chalado, un loco que quiere obligarme a
dejarlo en el arroyo, cuando yo estoy dispuesto a pagar una fortuna para
librarme de él!... Y, antes que nada, no debería usted vivir en esa casa, que
tiene malísima fama y algunas inquilinas que...
Pero, percatándose de la turbación de la joven, se apresuró a añadir:
-En cualquier parte se puede ser decente. Y, cuando se es pobre,
resulta, incluso, mucho más meritorio.
Anduvieron otro trecho en silencio. Pépé parecía escucharlos, con su
expresión atenta de niño precoz. A ratos, alzaba los ojos para mirar a su
hermana, sorprendido al notar que le ardía la mano, que leves estremecimientos
agitaban.
-¡Oiga! -añadió Mouret con tono alegre-. ¿Querría ser mi embajadora?
Tenía intención de hacerle a Bourras mañana una oferta aún mayor: ochenta mil
francos... Dígaselo usted primero, hágale ver que está cometiendo un suicidio.
Quizá la escuche, ya que está encariñado con usted, y le haría un gran favor.
-¡Acepto! -respondió Denise, sonriendo a su vez-. Transmitiré su
recado, pero dudo mucho que tenga éxito.
Volvió a reinar el silencio. Ninguno de los dos tenía ya nada que
decir. Mouret intentó referirse al tío de Denise, pero desistió, al ver el
malestar de la joven. Continuaron, sin embargo, paseando juntos hasta
desembocar en un paseo donde todavía había luz, frente a la calle de Rivoli. Al
salir de la penumbra de los árboles, fue como un brusco despertar. Mouret
comprendió que no podía seguir reteniéndola.
-Buenas noches, señorita.
-Buenas noches, señor Mouret.
Pero no se iba. Al alzar los ojos, acababa de divisar, en la esquina
de la calle de Alger, las ventanas iluminadas de la señora Desforges, que
estaba esperándolo. Y se volvió hacia Denise, a la que ahora veía con claridad,
en la palidez del crepúsculo: resultaba tan insignificante, en comparación con
Henriette. ¿Por qué lograba caldearle así el corazón? No era sino un capricho
estúpido.
-Este muchachito parece muy cansado -añadió, por decir algo-. Y, por
favor, recuerde que tiene usted las puertas de El Paraíso abiertas. Bastará con
que llame a ellas y le daré todas las compensaciones que sea menester... Buenas
noches, señorita.
-Buenas noches, señor Mouret.
Cuando Mouret se hubo marchado, Denise volvió a la oscura sombra de
los castaños. Durante largo rato caminó sin rumbo, entre los gruesos troncos,
con la sangre quemándole las mejillas y aturdida por las confusas ideas que le
zumbaban en la cabeza. Pépé, siempre colgado de su mano, estiraba las
piernecitas para poder seguirla. Se había olvidado de él.
-No andes tan deprisa, madrecita -le dijo al fin.
Entonces,
Denise se sentó en un banco; y el niño, cansado, se le durmió en el regazo.
Denise lo sostenía, lo apretaba contra el seno virginal, con la mirada perdida
en las hondas tinieblas. Cuando, una hora más tarde, regresaron despacito a la
calle de la Michodiére, había recuperado su apacible rostro de muchacha
sensata.
-¡Rediós! -le gritó Bourras, en cuanto la vio aparecer de lejos-. Ya
es cosa hecha... El muy canalla de Mouret acaba de comprar mi casa.
Estaba fuera de sí, forcejeaba él solo, en medio de la tienda, con
desordenados gestos que ponían en peligro los escaparates.
-¡Menudo sinvergüenza!... Me ha escrita el frutero ¿Y sabe por cuánto
la ha vendido? ¡Por ciento cincuenta mil francos, cuatro veces más de lo que
vale! ¡Otro que roba como le da la gana!... Imagínese que se ha valido de las
reformas que yo hice, ha alegado que la finca estaba recién restaurada... Pero
¿es que no van a dejar nunca de tomarme el pelo?
Se exasperaba al pensar que el frutero se había aprovechado de sus
inversiones en enlucido y pintura. ¡Y ahora se encontraba con que Mouret era
su casero y tendría que pagarle el alquiler a él! ¡En adelante, iba a vivir en
casa de aquel enemigo al que tanto aborrecía! Semejante idea lo sacaba por
completo de sus casillas.
-Con razón los oía yo perforar la pared... ¡Puede decirse que ya están
aquí, es como si me comiesen dentro del plato! Y daba puñetazos en el
mostrador, con lo que vibraba toda la tienda y brincaban los paraguas y las
sombrillas.
Denise, aturullada, no había podido meter baza. Permanecía inmóvil,
esperando el final del ataque; mientras, Pépé, muy cansado, se había quedado
dormido en una silla. Por fin, cuando Bourras se hubo calmado un poco, decidió
que había llegado el momento de cumplir la misión que Mouret le había
encomendado. No cabía duda de que el anciano estaba furioso, pero tanto aquel
extremoso enfado como el callejón sin salida en el que se hallaba podían
determinarlo a aceptar, contra todo pronóstico.
-Precisamente me he encontrado con cierta persona -principió- que
trabaja en El Paraíso y está muy bien informada... Al parecer, mañana tienen
intención de ofrecerle a usted ochenta mil francos...
Bourras la interrumpió con voz terrible:
-¡Ochenta mil francos! ¡Ochenta mil francos!... ¡Ahora, ni por un
millón!
Denise intentó razonar con él. Pero, de repente, se interrumpió y
retrocedió, muy pálida, al abrirse la puerta de la tienda para dar paso a su
tío Baudu, muy avejentado y con el rostro tan amarillo como siempre. Bourras,
enardecido por su presencia, lo agarró por los botones del gabán y le gritó a
la cara, sin dejarle articular palabra:
-¿Sabe lo que me ofrecen esos indeseables? ¡Ochenta mil francos!
¡Fíjese a lo que han llegado, los muy bandidos! Se creen que estoy en venta,
como una mujerzuela... ¡Ay, si se piensan que por haber comprado la casa me
tienen cogido! ¡Pues se acabó, no la conseguirán! Antes, a lo mejor habría
cedido. Pero, como ahora es suya, ¡que vengan por ella!
-Entonces, ¿es cierto lo que dicen? -preguntó Baudu, con su voz
calmosa-. Acaban de contármelo y venía para cerciorarme.
-¡Ochenta mil francos! -repetía Bourras-. ¿Y por qué no cien mil? Lo
que más me indigna es todo ese dinero. ¿Acaso creen que si me pagan me volveré
un pillo?... ¡No conseguirán la casa, rediós! En jamás de los jamases, ¿me oye?
Denise
rompió su mutismo para decir, con tono sosegado:
-La conseguirán dentro de nueve años, cuando expire el contrato de
arrendamiento.
Y, aunque estaba presente su tío, conminó al anciano a que aceptara.
Aquel enfrentamiento no podía seguir; estaba luchando contra una fuerza
superior. Si estaba en su sano juicio, era imposible que rechazara la fortuna
que le ofrecían. Pero él seguía contestando que no. Dentro de nueve años, tenía
la esperanza de haberse muerto ya, para no tener que presenciar todo aquello.
-¿La oye usted, señor Baudu? -prosiguió-. Su sobrina está con ellos;
le han encargado el cometido de corromperme... ¡A fe mía que está con esos
bandidos!
Hasta ese momento, el tío parecía no haberse fijado en Denise. Tenía
la cabeza erguida con el mismo gesto hosco que adoptaba cuando la veía pasar
desde el umbral de su tienda. Pero, esta vez, se volvió despacio, la miró y le
temblaron los gruesos labios.
-Ya lo sé -respondió a media voz.
Y continuó mirándola. Denise apenas podía contener las lágrimas al ver
cuánto lo habían cambiado los disgustos. A él lo corroía el sordo remordimiento
de no haberla socorrido y se acordaba, quizá, de la miseria de la que acababa
de salir. Mas, al ver a Pépé dormido en la silla, entre las voces, pareció conmoverse
-Denise -dijo, sencillamente-, ven mañana con el niño a cenar... Mi
mujer y Geneviéve me han pedido que te invitase si te veía.
La joven se puso muy encarnada y le dio un beso. Y, según se iba
Baudu, Bourras, feliz por aquella reconciliación, añadió, a voces:
-A ver si la enmienda. No es mala chica... Yen lo que a mí se refiere,
el día en que se hunda la casa, me encontrarán debajo de los escombros.
-Nuestras casas ya se están hundiendo, vecino -dijo Baudu, con acento
sombrío-. Con todos nosotros dentro.
VIII
Entre tanto, en el barrio no se hablaba más que de la ancha arteria
que iban a abrir desde el nuevo teatro de la ópera hasta la Bolsa e iba a
llamarse calle de Le Dix-Décembre. Ya estaban falladas las expropiaciones, y
dos cuadrillas habían empezado a trabajar en ambos extremos de la perforación;
una de ellas derribaba los antañones palacetes de la calle de Louis-le-Grand
mientras la otra demolía las delgadas paredes del antiguo teatro de Le
Vaudeville; podía oírse cómo se acercaban progresivamente los picos, y las
calles de Choiseul y la de la Michodiére vivían pendientes, con apasionado
interés, de sus edificios condenados. Antes de quince días, la perforación los
destriparía, dejando en su lugar una ancha entalladura por donde habían de
entrar a raudales el sol y el bullicio.
Pero
lo que tenía aún más soliviantado al barrio eran las obras de El Paraíso de las
Damas. Se hablaba de considerables ampliaciones, de unos almacenes enormes, con
sendas fachadas a las calles de la Michodiére, Neuve-Saint-Augustin y
Monsigny. A lo que decían, Mouret había llegado a un acuerdo con el barón
Hartmann, presidente del Banco de Crédito Inmobiliario, para ocupar la manzana
entera, con la única excepción de la futura fachada de la calle de Le Dix-Décembre,
de la que quería disponer el barón para hacerle la competencia al Gran Hotel.
El Paraíso compraba todos los traspasos, y, por doquier, cerraban los comercios
y los inquilinos se mudaban. En cuanto los edificios se quedaban vacíos, un
ejército de obreros comenzaba a acondicionarlos, entre nubes de yeso. La única
que seguía inalterable e intacta en medio de aquella conmoción era la estrecha
y humilde casa del viejo Bourras, tozudamente aferrada a los muros colindantes,
cubiertos de albañiles.
Al día siguiente, iba Denise con Pépé a casa de su tío cuando se
encontró con que una fila de carros, de los que estaban descargando ladrillos,
tenía cortada la calle delante del antiguo palacete de Duvillard. De pie en el
umbral de la tienda, Baudu contemplaba el espectáculo con sombría mirada. A
medida que iba creciendo El Paraíso de las Damas, daba la impresión de que El Viejo
Elbeuf se achicaba. A la joven le parecieron los escaparates más negros, más
agobiados debido a la escasa altura del entresuelo, cuyos redondos vanos
recordaban los de una cárcel; la humedad había desteñido aún más el viejo
rótulo verde y, de arriba abajo, la fachada plomiza parecía estar mermando y
rezumaba desamparo.
-Ya estáis aquí -dijo Baudu-. ¡Tened cuidado! Serían capaces de pasar
por encima de vuestros cadáveres.
Al
entrar en la tienda, a Denise se le encogió una vez más el corazón. La
encontraba más sombría, aún más sumida en el sopor de la ruina; en las esquinas
vacías se ahondaban tenebrosos huecos; el polvo había invadido los mostradores
y los casilleros; y de los fardos de paño, que ya nadie movía, subía un olor a
sótano invadido de salitre. Tras la caja, estaban sentadas la señora Baudu y
Geneviéve, mudas y quietas, como metidas en un rincón de soledad al que nadie
acudía a molestarlas. La madre hacía dobladillos a unos paños de cocina. La
hija, con las manos en el regazo, miraba al vacío.
-Buenas tardes, tía -dijo Denise-. Me alegro mucho de volver a verla
y le ruego que me perdone si la he disgustado.
La señora Baudu la besó, muy enternecida.
-Mi pobre niña -le respondió-, más alegre me encontrarías si no
tuviera más disgustos que los que tú me puedas dar.
-Buenas tardes, prima -siguió diciendo Denise, tomando la delantera en
besar a Geneviéve en ambas mejillas.
Esta pareció despertarse, sobresaltada. Le devolvió los besos sin
acertar a decir palabra alguna. Ambas mujeres auparon luego a Pépé, que les
tendía los bracitos. Y la reconciliación fue completa.
-Bien, ya son las seis. Sentémonos a la mesa -dijo Baudu-. ¿Por qué no
has traído a jean?
-Pero si iba a venir -murmuró Denise, apurada-. Lo he visto esta misma
mañana y me prometió formalmente que... Más vale no esperarlo. Lo habrá
retrasado su maestro.
Se temía cualquier historia fantástica y quería disculparlo de
antemano.
-Entonces, sentémonos a la mesa -repitió el tío.
Luego, volviéndose hacia el oscuro fondo de la tienda, dijo:
-Colomban, puedes cenar con nosotros. No creo que entre nadie.
Denise no había visto al dependiente La tía le explicó que no les
había quedado más remedio que despedir al otro dependiente y a la señorita.
Los negocios iban tan mal que con Colomban bastaba. Y, aun así, el joven se
pasaba las horas muertas sin hacer nada, atontado, sumido en la modorra con los
ojos abiertos.
Aunque corrían los días largos del verano, estaba encendido el gas en
el comedor. Cuando entró, Denise sintió un leve escalofrío al notar en los
hombros el frescor que brotaba de las paredes. Allí seguían la mesa redonda,
los cubiertos y los platos encima del hule, la ventana por donde entraban el
aire y la luz del fondo maloliente del alto y estrecho patinillo. Le parecía que
todo aquello, al igual que la tienda, estaba lloroso y aún más sombrío que
antes.
-Padre -dijo Geneviéve, molesta por Denise-, ¿le parece a usted que
cierre la ventana? No huele muy bien que digamos.
El padre, que no notaba el olor, pareció sorprenderse.
-Ciérrala si quieres -acabó por responderle-. Pero nos vamos a
ahogar.
Tenía razón. Fue una cena familiar muy sencilla. Tras servirles la
criada el cocido, a continuación de la sopa, el tío no pudo por menos de
empezar a hablar del vecino de enfrente. Al principio, hizo gala de gran
tolerancia, consintiendo en que su sobrina tuviera otra opinión.
-Por descontado que eres muy dueña de defender esos comercios
infames... Cada cual es libre de opinar lo que guste, muchacha... Si no estás
asqueada después de haberte echado a la calle de mala manera, será que tienes
muy buenas razones para que te agraden. Y mira, incluso si volvieras a trabajar
enfrente, no te lo tendría en cuenta... ¿Verdad que aquí nadie se lo tendría en
cuenta?
-Desde luego que no -dijo, muy bajo, la señora Baudu.
Denise expuso sus razones sin alterarse, como se las exponía a
Robineau: la lógica evolución del comercio, las exigencias de los tiempos
modernos, la grandeza de esos nuevos hallazgos y, por fin, el creciente
bienestar del público. Baudu la escuchaba con los ojos muy abiertos y un mohín en los labios; era evidente que
tenía el entendimiento en tensión. Luego, al concluir su sobrina, movió la
cabeza:
-Todo eso son fantasmagorías... El comercio es el comercio, y
sanseacabó... Sí, claro, admito que les va bien, pero nada más... Durante mucho
tiempo, pensé que se darían un batacazo. Lo estuve esperando, armándome de
paciencia, ¿te acuerdas? Pero no ha sido así. Al parecer, hoy en día son los
ladrones los que se hacen ricos, mientras que las personas honradas mueren en
la miseria... A eso hemos llegado, y no me queda más remedio que admitir los
hechos. Y los admito, qué caramba, los admito...
Poco a poco, se iba apoderando de él una sorda ira. De pronto,
enarboló el tenedor.
-¡Pero El Viejo Elbeuf no hará ninguna concesión!... Ya se lo he dicho
a Bourras, ¿sabes?: «Vecino, está usted pactando con los charlatanes y sus
colorines son una vergüenza».
-Come -lo interrumpió la señora Baudu, preocupada al verlo tan
alterado.
-Espera, que quiero que mi sobrina tenga muy claro mi lema... óyelo
bien, muchacha: yo soy como esta jarra, inamovible. ¿Que les va bien? ¡Allá
ellos! Yo protesto, y nada más.
La criada trajo el asado de ternera. Baudu lo cortó con temblorosas
manos; había perdido la capacidad de calcular a ojo y la autoridad con que calibraba las raciones. La conciencia
de su fracaso lo privaba de su antiguo aplomo de dueño respetado. Pépé había
creído que el tío estaba enfadado y, para tranquilizarlo, le dieron sin más
demora el postre, unas galletas que le pusieron delante del plato. Entonces, el
tío bajó la voz e intentó cambiar de conversación. Durante un rato, habló de
las demoliciones, aprobando la calle de Le Dix-Décembre, cuyo trazado iba, sin
duda, a incrementar el comercio en el barrio. Pero otra vez volvió a sacar a
colación El Paraíso de las Damas. Todo se lo recordaba; era una obsesión
enfermiza. El yeso se metía por todas partes; no se vendía nada desde que las
carretas con materiales de construcción tenían cortada la calle. Y, además, un
local tan grande iba a resultar ridículo. Las clientes se perderían en él. Iba
a parecer el Mercado Central. Y, pese a las miradas suplicantes de su mujer,
pese a los esfuerzos de ésta, pasó de las obras a la recaudación de los
almacenes. Costaba creerlo. En menos de cuatro años habían quintuplicado los
ingresos: según el último balance, de los ocho millones del principio habían
pasado a cuarenta. Una locura, vamos, algo inaudito y contra la que no se podía
ya luchar. El caso era que seguían creciendo y engordando. Ahora tenían ya mil
empleados, y anunciaban veintiocho departamentos. Eran sobre todo aquellos
veintiocho departamentos los que lo ponían fuera de sí. Por fuerza debían de
haber desdoblado algunos; pero otros eran completamente nuevos: por ejemplo,
un departamento de muebles y un bazar. ¿A quién le cabía en la cabeza? ¡Un
bazar! Estaba visto que esa gente no le hacía ascos a nada; acabarían por poner
una pescadería. El tío, al tiempo que se jactaba de respetar las opiniones de
Denise, acababa por adoctrinarla.
-Con franqueza, no puedes defenderlos. ¿Me imaginas a mí añadiendo un
departamento de cazuelas a mi comercio de paños? ¿Eh? ¿A que dirías que estoy
loco? Al menos, reconoce que no les tienes demasiada ley.
La joven se limitó a sonreír, violenta, comprendiendo cuán inútiles
resultaban sus ponderados argumentos. Su tío siguió diciendo:
-Vamos, que estás de su lado. Dejemos el tema porque es inútil que
volvamos a reñir por su culpa. ¡Sería el colmo que se interpusieran entre mi
familia y yo!... Entra otra vez a trabajar con ellos, si es tu gusto, pero te
prohíbo que me vuelvas a dar la lata hablándome de esa gente.
Se hizo un silencio. La antigua violencia de Baudu se había aplacado
en resignación febril. Como el calor era asfixiante en el estrecho comedor, que
recalentaba la luz de gas, la criada tuvo que abrir otra vez la ventana; y un
soplo de húmeda pestilencia pasó por la mesa, donde habían aparecido unas
patatas salteadas. Todos se sirvieron despacio, sin despegar los labios.
-¡Mira, fíjate en estos dos! -prosiguió Baudu, señalando con el
cuchillo a Geneviéve y Colomban-. ¡Pregúntales si le tienen mucho cariño a ese
Paraíso de las Damas tuyo
Sentados uno junto al otro, en el mismo lugar en el que llevaban doce
años reuniéndose dos veces al día, Colomban y Geneviéve comían con moderación.
No habían dicho una palabra. Él exageraba la ruda bonachonería del rostro y
parecía ocultar tras los párpados semientornados la llama interior que lo consumía;
mientras que ella, con la cabeza aún más doblada por el peso de la cabellera,
demasiado abundante, permanecía apática, como si la desgarrase un sufrimiento
oculto.
-El último año ha sido desastroso -explicaba el tío-. No ha quedado
más remedio que retrasar la boda... Y no por gusto. Pregúntales lo que opinan
de tus amigos, anda.
Denise, para seguirle la corriente, interrogó a ambos jóvenes.
-No puedo sentir simpatía por ellos, prima -repuso Geneviéve-. Pero
estáte tranquila, que no todo el mundo los odia.
Y miraba a Colomban, que, con expresión absorta, estaba haciendo una
bola con una miga de pan. Cuando notó clavados en él los ojos de la joven,
pronunció palabras airadas:
-¡Menuda tienda de sinvergüenzas!... ¡Todos a cual más bribón!... ¡Lo
que se dice una maldición para el barrio!
-¡Ya lo oís! ¡Ya lo oís! -exclamaba Baudu, encantado-. ¡A éste no lo
engatusarán nunca! ¡Eres el último en pensar así, hijo! ¡Ya no queda gente como
tú!
Pero
Geneviéve, muy seria, con cara de dolor, no apartaba los ojos de Colomban y
ahondaba con ellos hasta el corazón del joven; él, turbado, redoblaba las
imprecaciones. La señora Baudu, que estaba sentada enfrente, miraba ora a uno,
ora a otro, preocupada y silenciosa, como si intuyese que de ahí les había de
venir otra desgracia. La melancolía de su hija llevaba ya tiempo asustándola;
la sentía morir.
-La tienda está sola -dijo por fin, levantándose de la mesa con el
ansia de que concluyera la escena-. Vaya a ver, Colomban, me ha parecido oír
que entraba alguien.
Todos habían terminado y se pusieron de pie. Baudu y Colomban fueron a
hablar con un corredor que venía a pedir instrucciones. La señora Baudu se
llevó consigo a Pépé para enseñarle unas estampas. La criada había levantado
los manteles con presteza y Denise se demoraba cerca de la ventana, distraída,
mirando el patinillo, cuando, al volverse, vio que Geneviéve no se había
movido del sitio, con los ojos clavados
en el hule, húmedo aún tras haberle pasado una esponja.
-¿No te encuentras bien, prima? -le dijo.
La joven no respondió; miraba atentamente, con obstinados ojos, un roto del hule, como si la
absorbieran por completo los pensamientos a los que andaba dando vueltas.
Luego, alzó trabajosamente la cabeza y se fijó en el compasivo rostro que se
inclinaba hacia el suyo. ¿Se habían ido los demás? ¿Qué hacía sentada en
aquella silla? Y, de repente, la ahogaron los sollozos y apoyó la frente contra
el filo de la mesa. Lloraba, empapándose de lágrimas la manga.
-¡Dios mío! ¿Qué te sucede? -exclamó Denise, trastornada-. ¿Quieres
que llame a alguien?
Geneviéve le había asido nerviosamente el brazo. La sujetaba,
balbuciendo:
-¡No, no! ¡Quédate'.... ¡Que no se entere mamá!... No me importa que
tú me veas; pero los demás, no; los demás, no... Te juro que es sin querer. Ha
sido al verme sola... Espera, ya me siento mejor, ya no lloro más.
Y le volvían los ataques de llanto, cuyos hondos escalofríos recorrían
su cuerpo menudo. La masa de negros cabellos parecía aplastarle la nuca. Con el
rodar de la sufriente cabeza sobre los brazos doblados, se desprendió una
horquilla y la cabellera fluyó cuello abajo, sepultando a la joven en su
negrura. Entre tanto, Denise, sin hacer ruido por miedo a llamar la atención,
intentaba aliviarla. Le desabrochó el vestido y se quedó consternada al ver
aquella enfermiza delgadez: la pobre muchacha tenía el pecho hundido de una
niña, el anonadamiento de una virgen consumida de anemia. Denise le alzó los
cabellos con ambas manos, aquellos magníficos cabellos que parecían chuparle
la vida; luego, los recogió con firmeza para que no la agobiasen y pudiera
respirar.
-Gracias; eres muy buena -decía Geneviéve-. Qué flaca estoy, ¿verdad?
Antes era más llenita, pero se me ha ido todo... Abróchame el vestido, que no
quiero que mamá me vea los hombros. Los tapo todo lo que puedo. ¡Dios mío! No
estoy bien... no estoy bien...
Pero el ataque se iba calmando. Geneviéve seguía sentada, rendida,
mirando fijamente a su prima. Y, al cabo de un rato de silencio, le preguntó:
-Dime la verdad. ¿Está enamorado de ella?
Denise notó que se le subía el rubor a las mejillas. Había comprendido
a la perfección que se refería a Colomban y a Clara. Pero fingió sorprenderse.
-¿De
quién me hablas, primita?
Geneviéve movía la cabeza con expresión de incredulidad.
-No me mientas, por favor. Ten la caridad de proporcionarme al fin
una certidumbre... Me da el corazón que tienes que estar enterada. Sí, has sido
compañera de trabajo de esa mujer y yo he visto a Colomban ir detrás de ti,
hablarte en voz baja. Te daba recados para ella, ¿verdad?... Ay, por lo que más
quieras, dime la verdad; te juro que para mí será un alivio.
Nunca se había sentido Denise tan apurada. Bajaba la vista ante
aquella niña que nunca decía nada, pero que lo adivinaba todo. No obstante,
tuvo fuerzas para seguir engañándola.
-¡Pero si es de ti de quien está enamorado!
Entonces, Geneviéve hizo un ademán de desesperación.
-Está bien, no quieres decirme nada... Además, me da lo mismo. Los he
visto. El sale continuamente a la acera para mirarla. Y ella, allá arriba, se
muere de risa... Estoy segura de que se ven en otro sitio.
-¡Eso sí que no, te lo juro! -exclamó Denise, olvidando sus propósitos,
llevada por el deseo de aportarle al menos ese consuelo.
La joven respiró hondo y sonrió débilmente. Luego dijo, con débil voz
de convaleciente:
-Querría un vaso de agua... Disculpa la molestia. Mira, ahí, en el
aparador.
Y cuando Denise le dio la jarra, bebió de un trago un vaso lleno,
apartando a su prima con la mano para que ésta, temerosa de que le sentara
mal, no se lo impidiese.
-No, no, déjame. Siempre tengo sed... De noche, me levanto a beber
agua.
Hubo otro silencio. Geneviéve siguió diciendo con voz lenta y baja:
-Es que ¿sabes?, llevo diez años hecha a la idea de ese matrimonio.
Aún iba vestida de corto v Colomban era ya para mí... Y no me acuerdo de cómo
se fueron trabando las cosas. A fuerza de vivir siempre juntos, de estar aquí
metidos, uno junto al otro, sin que nunca nos distrajera nada, debí de acabar
por creerme antes de tiempo que ya era mi marido. No sabía si lo quería; yo era
su mujer, y ya está... ¡Yahora quiere irse con otra! ¡Ay, Dios mío! Se me parte
el corazón. Es un sufrimiento que nunca había sentido antes, ¿sabes? Me empieza
en el pecho y en la cabeza y, luego, me recorre todo el cuerpo y es como si me
fuera a morir.
Le volvían a fluir las lágrimas. Denise, a quien también se le
humedecían los ojos de compasión, le preguntó:
-¿Sospecha algo la tía?
-Sí, creo que mamá lo sospecha... Pero papá está tan ofuscado.. No
sabe el disgusto que me da al retrasar la boda.. Mamá me ha hecho preguntas en
varias ocasiones. Se preocupa al verme tan apagada. Ella nunca ha sido fuerte y
me ha dicho muchas veces: «Pobre hija mía,
¡qué poquita cosa te hice! ». Y, además, metida en esta tienda no se
medra mucho. Pero ya le debe de estar pareciendo que me he quedado demasiado
flaca... ¡Mira qué brazos! No son de recibo.
Había vuelto a coger la jarra con mano temblorosa. Su prima quiso
impedir que bebiera.
-No, déjame, tengo tanta sed...
Se
oyó la voz de Baudu. Entonces, cediendo a un impulso que le salió del alma,
Denise se arrodilló y rodeó a Geneviéve con fraternales brazos. La besaba, le
juraba que todo iría bien, que se casaría con Colomban, que se curaría y sería
feliz. Se incorporó a toda prisa porque su tío la llamaba.
-Ven, que ha llegado Jean.
Era, efectivamente, Jean que, muy azorado, venía a cenar. Cuando le
dijeron que estaban dando las ocho, se quedó con la boca abierta. Imposible; si
acababa de salir del taller... Los demás bromearon: debía de ser que había dado
un rodeo por el bosque de Vincennes. Pero, en cuanto pudo acercarse a su
hermana, le dijo muy bajo:
-Es que una chiquita que es lavandera tenía que llevar la ropa... He
dejado esperando un coche de alquiler. Dame cinco francos.
Salió un instante y volvió para cenar, porque la señora Baudu no podía
consentir que se fuera sin haber tomado, al menos, un plato de sopa. Geneviéve
había vuelto a la tienda, silenciosa y ausente, como de costumbre. Colomban
estaba tras uno de los mostradores, medio dormido. La velada transcurrió triste
y lenta, sin más distracción que el ruido de pasos del tío, que andaba arriba y
abajo por la tienda vacía. Sólo estaba encendida una de las lámparas de gas; la
sombra del techo bajo caía a paletadas, como la tierra negra de una fosa.
Pasaron
los meses. Denise entraba casi todos los días para animar durante un rato a
Geneviéve. Pero la tristeza iba en aumento en casa de los Baudu. Las obras de
la acera de enfrente seguían siendo un tormento continuo que acrecentaba su
mala suerte. Incluso cuando se les presentaba una hora de esperanza, una
alegría inesperada, el estrépito de un carreta de ladrillos, el de la sierra de
un tallista de piedra o, sin más, las voces de un albañil, bastaban para
amargársela en el acto. Por lo demás, las obras tenían conmocionado a todo el
barrio. El estruendo de una febril actividad salía de las vallas de tablones
que se extendían, entorpeciendo el paso, a lo largo de las tres calles. Aunque
el arquitecto aprovechaba los edificios anteriores, los abría por los cuatro
costados para acondicionarlos; y, en el centro, en el hueco de los patios,
estaban construyendo una galería central del tamaño de una iglesia, que había
de desembocar en una puerta principal, situada en el centro de la fachada de la
calle Neuve-Saint-Augustin. En un principio, la construcción de los sótanos
había supuesto grandes dificultades, pues los obreros habían topado con
filtraciones de las alcantarillas y tierra de acarreo repleta de osamentas
humanas. Más adelante, la perforación del pozo fue motivo de gran preocupación
para las casas vecinas: se trataba de un pozo de cien metros, con un futuro
caudal de quinientos litros por minuto. Los muros tenían ya la altura de un
primer piso; los andamios y las armazones de maderos cercaban toda la manzana;
se oía el constante chirriar de los tornos que izaban los sillares, el brusco
estrépito de las planchas de hierro al descargarlas, el clamor de aquella
aglomeración de obreros, que acompañaba un ruido de picos y martillos. Pero lo
que ensordecía sobre todo a los vecinos era la trepidación de las máquinas.
Todas funcionaban a vapor; agudos pitidos desgarraban el aire. Y, al tiempo,
la menor ráfaga de viento alzaba una nube de yeso que remontaba el vuelo e iba
a posarse en los tejados de los alrededores, como una nevada. Los Baudu,
desesperados, veían cómo aquel implacable polvillo se colaba por doquier;
atravesaba las tablazones más herméticas; en la tienda, ensuciaba los paños; y
se les metía, incluso, debajo de la cama. Les envenenaba la existencia el
pensamiento de que, cada vez que respiraban, se lo tragaban sin querer, de que
acabaría por matarlos.
Por si fuera poco, la situación empeoró aún más. En septiembre, el
arquitecto, temeroso de no cumplir los plazos, tomó la decisión de seguir
trabajando durante la noche. Colocaron potentes focos eléctricos y el estruendo
fue ya permanente. Las cuadrillas se iban turnando; los martillos no se
detenían nunca; las máquinas silbaban de continuo; parecía que el clamor, que
no remitía nunca, alzaba y esparcía el yeso. Entonces los Baudu, en el colmo de
la irritación, tuvieron que renunciar incluso a pegar ojo. La alcoba en la que
dormían trepidaba; no bien los amodorraba el cansancio, los ruidos se
convertían en pesadillas. Se levantaban, pues, descalzos, para calmar aquel
febril estado, y, si se les ocurría levantar una cortina, los espantaba la
visión de El Paraíso de las Damas relumbrando en lo hondo de las tinieblas como
una colosal fragua donde se estuviera forjando su ruina. Rodeados de muros a
medio construir, en los que abiertos vanos daban al vacío, los focos eléctricos
proyectaban anchas franjas de luz azul de cegadora intensidad. Daban las dos de
la mañana; luego, las tres; luego, las cuatro. Y, entre el perturbado sueño del
barrio, el tajo, que agigantaba aquella claridad lunar, parecía colosal y
fantástico; bullían por él negras sombras, fragorosos obreros cuyas siluetas
gesticulaban contra la cruda blancura de las paredes nuevas.
Ya
lo había anunciado Baudu: era aquél un nuevo y terrible golpe para el pequeño
comercio de las calles colindantes. Cada vez que El Paraíso de las Damas
inauguraba un nuevo departamento, hundía a unos cuantos comerciantes del
vecindario. El desastre iba en aumento; va se oían crujir los cimientos de
algunas de las casas de más solera. La señorita Tatin, la lencera del pasaje de
Choiseul, acababa de declararse en quiebra; a Quinette, el guantero, apenas si
le quedaban seis meses de vida; los peleteros Vanpouille se habían visto
obligados a subarrendar en parte sus locales; y si Bédoré Hermanos, los
calceteros, seguían aguantando en la calle de Gaillon, era, claro está, porque
se estaban gastando el peculio amasado en tiempos mejores. Y ahora iban a
sumarse nuevas ruinas a las que ya llevaban mucho anunciadas: el bazar de El
Paraíso era una amenaza para Desligniéres, el dueño del de la calle de
Saint-Roch, un hombre robusto y de temperamento sanguíneo. Y el departamento
de muebles perjudicaba a los Piot y Rivoire, cuyos establecimientos se
cobijaban en la sombra del pasaje de Sainte-Arene. Se temía incluso que le
diera una apoplejía al dueño del bazar, pues se hallaba en un estado de rabia
continuo al ver que El Paraíso anunciaba un treinta por ciento de descuento en
los monederos. Los mueblistas, más sosegados, hacían como que se burlaban de
aquellos horteras metidos a vender mesas y armarios; pero ya estaban perdiendo
clientela, y el éxito del departamento prometía ser grandioso. Todo estaba
consumado; había que doblar el espinazo. Tras ellos, desaparecerían otros; y
no había razón alguna para que no se vieran expulsados de sus mostradores todos
los comerciantes, uno tras otro. Día había de llegar en que la techumbre de El
Paraíso abarcase todo el barrio.
Ahora, cuando, mañana y tarde, entraban y salían los mil empleados,
formaban una hilera tan larga en la plaza de Gaillon que la gente se paraba a
mirarlos, igual que si desfilara un regimiento. Abarrotaban las aceras durante
diez minutos; y los comerciantes, en el umbral de sus puertas, pensaban en su
dependiente único, que no sabían ya cómo mantener. También el último balance
de los grandes almacenes, aquellos cuarenta millones de recaudación, había
revolucionado al vecindario. Corría la voz de casa en casa, entre
exclamaciones de sorpresa o de ira. ¡Cuarenta millones! ¡Era inconcebible! Por
descontado que, con aquellos considerables gastos generales y aquel sistema de
vender barato, las ganancias netas debían de ser, como mucho, del cuatro por
ciento. Pero un millón seiscientos mil francos de ganancias seguía siendo una
bonita suma. Quien operara con semejantes capitales, se podía permitir
conformarse con el cuatro por ciento. Se decía que el primitivo capital de
Mouret, los primeros quinientos mil francos, a los que había que sumar todos
los años la totalidad de los beneficios, un capital que, en aquellos momentos,
debía de rondar ya los cuatro millones, había pasado diez veces por los mostradores,
convertido en mercancías. Cuando, después de comer, Robineau se entregaba a
semejantes cálculos delante de Denise, se quedaba agobiado, por unos
instantes, con los ojos clavados en el plato vacío. Tenía razón la joven: la
fuerza de aquel nuevo comercio residía en esa constante renovación del capital.
El único que seguía negando los hechos era Bourras, que se empecinaba, con
necia soberbia, tan imperturbable como un poste. ¡Un hatajo de ladrones, y nada
más! ¡Unos embusteros! ¡Unos charlatanes, que acabarían en el arroyo el día
menos pensado!
Los
Baudu, no obstante, pese a su voluntad de no alterar en absoluto los hábitos de
El Viejo Elbeuf, intentaban seguir compitiendo. Al no acudir ya la clientela,
se esforzaron en llegar hasta ella por mediación de los corredores. Había
entonces en París un corredor en plaza que se relacionaba con todos los sastres
importantes y era la salvación de las casas pequeñas de paños y franelas,
cuando tenía a bien representarlas. Por consiguiente, todo el mundo se lo
disputaba y se había convertido en un auténtico personaje; Baudu regateó con él
y tuvo el disgusto de ver cómo llegaba a un acuerdo con los Matignon, de la
calle de La-Croix-des-Petits-Champs. A continuación, lo estafaron dos
corredores seguidos; otro más resultó ser un hombre honrado, pero sin
iniciativa alguna. Era una muerte lenta, sin sobresaltos, un aminoramiento
continuo del negocio, un goteo de clientes perdidas. Llegó el día en que casi
no pudieron ya hacer frente a los vencimientos. Hasta entonces, habían vivido
de lo que tenían ahorrado; ahora, empezaron a contraer deudas. En diciembre,
Baudu, horrorizado por la cantidad de pagarés que había firmado, se resignó al
más cruel de los sacrificios: vendió su casa de campo de Rambouillet, un
edificio que le salía muy caro en continuas reparaciones y cuyo alquiler ni
siquiera había conseguido cobrar el día en que se decidió a sacarle una
rentabilidad. Aquella venta acababa con el único sueño de su vida; y le
sangraba el corazón, como tras la pérdida de un ser querido. Tuvo que dejarla
en setenta mil francos, con lo que perdió más de doscientos mil. Y tuvo,
además, que considerarse afortunado de que se la quisieran comprar sus
vecinos, los Lhomme, que se decidieron a ello movidos por el deseo de ver
crecer sus tierras. Esos setenta mil francos sostendrían el comercio aún por
algún tiempo. Pese a todos los fracasos anteriores, renacía el espíritu de
lucha: ahora, actuando con orden y concierto, quizá fuera posible vencer.
El domingo en que los Lhomme pagaron a los Baudu, accedieron a cenar
en El Viejo Elbeuf. La señora Aurélie se presentó la primera; hubo que esperar
al cajero, que llegó tarde, aturdido por toda una tarde de música. En cuanto
al joven Albert, no apareció pese a haber aceptado la invitación. Fue, por lo
demás, una velada poco grata. A los Baudu, que vivían sin aire en lo hondo de
su estrecho comedor, les resultó penosa la ráfaga que traía consigo el
disperso círculo de familia de los Lhomme y su gusto por la vida
independiente. Geneviéve, herida ante los modales de emperador de la señora
Aurélie, no despegó los labios; entre tanto, Colomban la admiraba, estremecido
al pensar que mandaba en Clara.
Por la noche, antes de meterse en la cama, en la que ya se había
acostado su mujer, Baudu estuvo mucho rato dando paseos por la habitación. No
hacía frío, sino un tiempo húmedo, de deshielo. Fuera, pese a las ventanas
cerradas y las cortinas echadas, se oía el ronquido de las máquinas de las
obras de enfrente.
-¿Sabes lo que estoy pensando, Elisabeth? -dijo, por fin-. Pues que,
por mucho dinero que ganen esos Lhomme, yo prefiero estar en mi pellejo que en
el de ellos... Les va bien, es cierto. La señora nos ha dicho que este año
había salido casi por veinte mil francos, ¿verdad? Y, por tanto, ha podido
permitirse quedarse con mi pobrecita casa. ¡Pues me da igual! Yo me habré
quedado sin casa, pero, por lo menos, no ando con mi instrumento, por un lado,
mientras tú te vas de picos pardos por otro... Mira, yo creo que es imposible
que sean felices.
Todavía tenía reciente el dolor del sacrificio y guardaba rencor a
aquellas personas que le habían comprado su sueño. Al pasar cerca de la cama,
se inclinaba hacia su mujer, gesticulando; luego, al regresar junto a la
ventana, callaba por un momento y escuchaba el clamor de las obras. Y volvía a
sus antiguas acusaciones, a sus desesperados lamentos acerca de los tiempos
nuevos; nunca se había visto nada igual, que los dependientes ganasen ahora
más que los comerciantes, que los cajeros comprasen sus propiedades a los
dueños de un negocio. Y por eso todo se estaba viniendo abajo, ya no existía
la familia y la gente vivía de pensión, en vez de cenar en casa de uno, como
Dios manda. Y acabó profetizando que el joven Albert tendría que vender la
propiedad de Rambouillet para pagar las deudas que contrajera en compañía de
actrices.
La señora Baudu lo escuchaba, con la cabeza enderezada sobre la
almohada, tan pálida que la cara y la tela eran del mismo color.
-Te han pagado -dijo al fin, con voz queda.
El comentario dejó mudo a Baudu. Caminó durante unos instantes mirando
al suelo. Luego, siguió diciendo:
-Me
han pagado, es cierto. Y, a fin de cuentas, su dinero es tan bueno como
cualquier otro... Tendría gracia que levantásemos la casa con ese dinero. ¡Ay,
si yo no estuviera tan viejo y tan cansado!
Reinó un prolongado silencio. Inconcretos proyectos se adueñaban de la
imaginación del pañero. De pronto, su mujer rompió a hablar, mirando al techo,
sin mover la cabeza.
-¿Te has fijado en tu hija últimamente?
-No -dijo él.
-Pues me tiene algo preocupada... Está cada día más pálida, parece
cada vez más desesperanzada.
Baudu, de pie junto a la cama, se mostraba muy sorprendido.
-¡Anda! Y eso ¿por qué?... Si está enferma, debería decirlo. Habrá que
avisar al médico mañana.
La señora Baudu seguía inmóvil. Dejó transcurrir un minuto largo y se
limitó a declarar, con su habitual tono ponderado:
-A mí me parece que valdría más casarla de una vez con Colomban.
Él la miró y siguió paseando. Se iba acordando de ciertas cosas.
¿Sería posible que su hija estuviera enfermando por culpa del dependiente? ¿Así
que lo quería tanto? ¿Tanto que no podía esperar más? ¡Otro disgusto! Y que lo
trastornaba tanto más cuanto que él tenía unas ideas muy firmes respecto a esa
boda. En modo alguno le habría gustado que se celebrase en las actuales
condiciones. Y, sin embargo, la preocupación lo tornaba menos intransigente.
-Está bien -dijo al fin-. Hablaré con Colomban.
Y, sin añadir nada más, siguió con el paseo. A su mujer no tardaron en
cerrársele los ojos. Dormía, palidísima, como una muerta. Y él seguía
caminando. Antes de acostarse, apartó las cortinas y lanzó una ojeada a la
calle; en la acera de enfrente, por el hueco de las ventanas del palacete de
Duvillard, se podía ver el tajo en el que iban y venían los obreros entre la
cegadora luz de los focos eléctricos.
A la mañana siguiente, sin más demora, Baudu se llevó a Colomban al
fondo del estrecho almacén del entresuelo. La víspera, había decidido lo que
iba a decirle.
-Muchacho -empezó-, ya sabes que he vendido mi propiedad de
Rambouillet, lo que va a permitirnos dar un empujón al negocio... Pero, antes
de nada, querría tener una conversación contigo.
El joven, que parecía tenerle miedo a aquella charla, estaba a la
expectativa, con cara de apuro. Le guiñaban los ojillos en el carnoso rostro y
se había quedado con la boca entreabierta, signo inequívoco en él de honda
turbación.
-¡Óyeme
bien! -siguió diciendo el pañero-. Cuando el tío Hauchecorne me dejó esta
tienda, El Viejo Elbeuf era una casa próspera. A él se la había dejado antes el
dueño anterior, Finet, también en buenas condiciones... Ya sabes cómo pienso:
si entregase este legado de familia a mis hijos en peor estado, me parecería
que estaba cometiendo una mala acción. Y por eso he ido retrasando tu boda con
Geneviéve... Me obstinaba, sí, tenía la esperanza de recobrar la prosperidad de
antaño; quería ponerte delante los libros y decirte: «¡Aquí tienes! El año en
que entré yo en este comercio, vendimos tantos y cuantos metros de paño; el año
en que lo dejo, hemos vendido diez mil o veinte mil francos más...». En fin, ya
me entiendes, una promesa que me había hecho a mí mismo; el natural deseo de
probarme que la casa no había ido a menos en mis manos. Porque, en caso
contrario, me parecería que os estaba robando.
La emoción le ahogaba la voz. Se sonó, para reponerse, y. preguntó:
-¿No dices nada?
Pero Colomban no tenía nada que decir. Asentía con la cabeza y
esperaba, cada vez más azarado, pues intuía adónde quería llegar el dueño. Se
acercaba el momento de la boda. ¿Cómo negarse a ella? Nunca tendría fuerza
suficiente para hacerlo. Y había otra mujer, esa con la que soñaba de noche,
mientras le abrasaba la carne un ardor tan grande que se echaba desnudo sobre
los baldosines por temor a que lo matara.
-Ahora nos ha llegado un dinero que puede salvarnos -prosiguió
Baudu-. La situación empeora día a día, pero es posible que, haciendo un
supremo esfuerzo... En fin, quería advertírtelo. Vamos a arriesgar el todo por
el todo. Si perdemos la batalla, pues nos enterrarán... Lo que pasa, mi pobre
muchacho, es que con esto se va a volver a retrasar vuestra boda, porque no
quiero arrojaros solos a esa refriega. Sería una cobardía demasiado grande,
¿verdad?
Colomban se sentó, con alivio, en unas piezas de muletón. Le seguían
temblando las piernas. Por temor a que se le notase la satisfacción, seguía con
la cabeza gacha, trenzando y destrenzando los dedos encima de las rodillas.
-¿No dices nada? -volvió a preguntar Baudu.
No, no decía nada, no se le ocurría nada. Entonces, el pañero siguió
hablando, despacio:
-Estaba seguro de que te ibas a disgustar... Tienes que ser valiente.
Anímate un poco, no te quedes tan abatido... Ante todo, quiero que entiendas
bien mi postura. ¿Puedo, acaso, ataros al cuello una piedra tan pesada? En vez
de dejaros un negocio fructífero, os iba a dejar, a lo mejor, una quiebra. No,
sólo un tunante se atreve a algo así... Por supuesto que lo que más deseo es
que seáis dichosos, pero nadie me hará ir en contra de mi conciencia.
Siguió largo rato diciendo cosas semejantes, enredándose en frases
contradictorias, como un hombre que quiere que lo entiendan aunque hable a
medias y que le fuercen la mano. Él había prometido la hija y la tienda, y la
estricta probidad lo obligaba a entregar las dos en buen estado, sin taras ni
deudas. Pero estaba cansado; la carga le resultaba pesada en exceso; tras los
balbuceos se adivinaban las súplicas. Le brotaban de los labios palabras cada
vez más confusas; esperaba de Colomban un impulso, un grito del corazón, que no
llegaba.
-Ya sé que los viejos pecamos de tibieza -murmuraba-. Los jóvenes
ponen ardor en las cosas. Es natural, son fogosos... ¡Pero no, no, palabra de
honor que no puedo! Si cediera para complaceros, me lo echaríais en cara más
adelante.
Calló, tembloroso; y, como el joven seguía con la cabeza gacha, le
preguntó por tercera vez, tras un penoso silencio:
-¿No dices nada?
Colomban respondió al fin sin mirarlo:
-No
hay nada que decir... Usted es el que manda y sabe más que todos nosotros
juntos. Ya que así lo quiere, esperaremos, intentaremos ser sensatos.
Ya no había nada que hacer. Baudu tenía aún la esperanza de que se le
arrojara en los brazos, exclamando: «Descanse, padre; ahora nos toca luchar a
nosotros. ¡Dénos la tienda tal y como está para que hagamos el milagro de
salvarla! ». Luego, lo miró y sintió que lo invadía la vergüenza. Se acusó para
sus adentros de haber pretendido estafar a sus hijos. Volvía a despertarse en
él la antigua y puntillosa honradez de comerciante. El que estaba en lo cierto
era aquel prudente muchacho, porque en el comercio no cuentan los
sentimientos; sólo los números.
-Dame un abrazo, hijo -dijo a guisa de conclusión-. Está decidido; no
volveremos a hablar de boda hasta dentro de un año. Las cosas serias, primero.
Cuando, por la noche, en su cuarto, la señora Baudu preguntó a su
marido el resultado de la charla con Colomban, éste había recuperado ya su
obstinado propósito de luchar en persona hasta el final. Se deshizo en elogios
de Colomban: un muchacho de fiar, de ideas firmes, educado, por lo demás, según
los buenos principios, incapaz, por ejemplo, de andar de broma con las
clientes, como lo hacían los lechuguinos de El Paraíso. No, él era honrado,
como de la familia, incapaz de jugar con el comercio como si fuera un valor
bursátil.
-Y, entonces, la boda ¿para cuándo? -preguntó la señora Baudu.
-Más adelante -repuso él-, cuando yo esté en condiciones de mantener
mis promesas.
Su mujer no hizo ni un gesto. Se limitó a decir:
-Pues nuestra hija se morirá.
Baudu se contuvo, encrespado de ira. ¡Era él quien acabaría por
morirse si seguían trastornándolo continuamente de aquella forma! ¿Qué culpa
tenía? Quería a su hija, daría su sangre por ella. Pero, si la casa no tiraba,
no dependía de él que tirase. Geneviéve debía ser algo más sensata y tener
paciencia hasta que mejorase el balance. ¡Qué demonios! Tenía a Colomban a mano
y nadie se lo iba a robar.
-¡Parece mentira! -repetía-. ¡Una muchacha tan bien educada!
La señora Baudu no dijo nada más. No cabía duda de que había adivinado
los celos que torturaban a Geneviéve; pero no se atrevió a sincerarse con su
marido. Un singular pudor femenino le había impedido siempre tratar con él
determinados temas tocantes a los afectos más tiernos. Baudu, al ver que no
decía nada, volvió su ira hacia los de enfrente. Alzaba los puños, amenazando
al vacío; los blandía hacia el tajo en el que, aquella noche, estaban
instalando, con gran fragor de martillazos, unas armazones metálicas.
Denise
iba a volver a trabajar en El Paraíso de las Damas. Se había dado cuenta de que
a los Robineau no les quedaba más remedio que prescindir de su personal, pero
que no sabían cómo despedirla. Para poder seguir en la brecha, tenían que
hacerse cargo de todo sin ayuda. Gaujean, empecinado en su rencor, seguía
alargando el vencimiento de los créditos y había prometido, incluso,
conseguirles fondos. Pero el miedo se había apoderado de ellos. Querían orden y
ahorro. Denise estuvo quince días notando una tirantez. Tuvo que sacar ella el
tema a colación, decir que tenía otro trabajo. Y ellos sintieron un gran
alivio. La señora Robineau la abrazó y la besó, muy emocionada, jurando que
siempre la echaría de menos. Luego, cuando, respondiendo a una pregunta, la joven
dijo que volvía con Mouret, Robineau se puso pálido.
-¡Hace usted muy bien! -exclamó con violenta vehemencia.
Era menos fácil comunicarle la noticia al viejo Bourras. No obstante,
Denise tenía que decirle que dejaba la habitación. Y temía aquel trance, porque
seguía estándole muy agradecida. Precisamente en esos días, Bourras, sumido por
los cuatro costados en el estruendo de las obras vecinas, vivía en un continuo
enfado. Las carretas de material le obstruían la puerta de la tienda; los picos
le golpeaban las paredes; todo cuanto había en la tienda, todos los paraguas y
los bastones, brincaba con el golpeteo de los martillos. Parecía como si aquel
cuchitril, que se mantenía obstinadamente en pie entre tantos derribos, fuera a
partirse en dos. Y lo peor era que, para unir los departamentos ya existentes
con los que estaban instalando en el antiguo palacete de Duvillard, el
arquitecto había tenido la ocurrencia de excavar un pasadizo por debajo de la
casucha que los separaba. Como dicha casa pertenecía a la sociedad Mouret y Cía
y, en las cláusulas del arrendamiento, figuraba que el inquilino tenía la
obligación de permitir las obras de reparación, una buena mañana se
presentaron los albañiles. Bourras estuvo a punto de sufrir un ataque. ¿No era
ya bastante que lo estuvieran asfixiando por todos lados, a derecha, a
izquierda, por detrás? ¡Tenían, además, que atacarlo por los pies, que quitarle
el suelo de debajo de las plantas! Expulsó a los obreros y fue a pleito. Tenía
que apechar con las reparaciones, bien estaba. ¡Pero aquéllas eran obras de
embellecimiento! En el barrio opinaban que iba a ganar, pero no ponían la mano
en el fuego. Sea como fuere, el pleito se anunciaba largo y todo el mundo
sentía un apasionado interés por aquel inacabable duelo.
El día en que Denise decidió decirle, al fin, que se iba, Bourras
regresaba, precisamente, de ver a su abogado.
-¡No se lo va a creer! -le dijo a voces-. Ahora dicen que la casa no
es segura y pretenden dar por sentado que hay que rehacer los cimientos...
¡Pardiez! ¿A quién le va a asombrar que esté a punto de venirse abajo, con
todos los vaivenes que le están dando sus condenadas máquinas?
Luego, cuando la joven le anunció que dejaba la habitación, que volvía
a El Paraíso, con un sueldo de mil francos, se quedó tan sobrecogido que se
limitó a alzar al cielo las viejas y temblorosas manos. La conmoción lo hizo
desplomarse en una silla.
-¡Usted! ¡Usted! -balbució-. Así que estoy solo; nada más quedo yo.
Al cabo de un silencio, preguntó:
-¿Y el niño?
-Vuelve a casa de la señora Gras -contestó Denise-. Estaba muy
encariñada con él.
Callaron de nuevo. Denise hubiera preferido que se enfureciera, que
lanzase juramentos y diese puñetazos. La desconsolaba ver a aquel anciano
ofuscado y hundido. Pero, poco a poco, se iba reponiendo y va volvía
a dar voces.
-A
ver quién es el guapo que rechaza mil francos... Todos acabarán por ahí. ¡Pues
váyase y déjeme solo! Sí, solo, ¿se entera? Siempre quedará uno que no agache
la cabeza. Y dígales que pienso ganar el pleito, aunque, para ello, tenga que
quedarme hasta sin camisa.
Denise no dejaba a Robineau hasta finales del mes. Había vuelto a ver
a Mouret y todo estaba ya arreglado. Una noche, estaba a punto de entrar en
casa cuando Deloche, que la acechaba bajo el dintel de una entrada de
carruajes, la detuvo al pasar. Se alegraba mucho; acababa de enterarse de la
gran noticia; a lo que decía, todo el mundo, en los almacenes, hablaba del
asunto. Y le contó jovialmente los chismorreos de las secciones.
-¡No sabe la cara que han puesto las señoritas de confección!
Se interrumpió, para decir, acto seguido:
-Por cierto, ¿se acuerda de Clara Prunaire? Pues, a lo que dicen, el
patrón y ella... Vamos, ya me entiende.
Se había ruborizado. Denise, muy pálida, exclamó:
-¡El señor Mouret!
-Qué mal gusto, ¿verdad? -añadió él-. Una mujer que parece un
caballo... La chiquita de la lencería, con la que estuvo dos veces el año
pasado, era agradable por lo menos. En fin, allá él.
Ya en su habitación, Denise se sintió desfallecer. Debía de ser que
había subido las escaleras demasiado deprisa. Acodada en la ventana, se le
presentó de pronto una visión de Valognes, de la desierta calle con los
adoquines cubiertos de musgo que veía desde su cuarto de niña. Y la invadió una
necesidad de volver a vivir allí, de refugiarse en la paz y el olvido
provincianos. París la irritaba; aborrecía El Paraíso de las Damas; no entendía
ya por qué había accedido a volver a trabajar allí. Con toda seguridad,
seguiría sufriendo en aquel sitio; ya estaba sufriendo, con desconocido
malestar, desde que Deloche le había contado aquellas historias. Y entonces,
sin motivo alguno, un ataque de llanto la obligó a retirarse de la ventana.
Lloró mucho rato y recuperó hasta cierto punto el valor de enfrentarse con la
vida.
Al día siguiente, Robineau la envió a hacer un recado a la hora de
comer; al pasar por delante de El Viejo Elbeuf, entró, al ver a Colomban solo
en la tienda. Los Baudu almorzaban; del fondo del pequeño comedor llegaba ruido
de tenedores.
-Puede usted entrar -dijo el dependiente-. Están comiendo.
Pero ella lo hizo callar, se lo llevó a un rincón y le dijo, bajando
la voz:
-Es con usted con quien quiero hablar... ¿Es que no tiene corazón? ¿Es
que no se da cuenta de que Geneviéve lo quiere a usted y de que ese amor la va
a matar?
Temblaba de pies a cabeza; la fiebre de la víspera se había vuelto a
apoderar de ella. Colomban, sorprendido y asustado ante aquel brusco ataque, no
atinaba a decir palabra.
-¿Me está oyendo? -prosiguió Denise-. Geneviéve sabe que está usted
enamorado de otra. Me lo ha dicho; y con unos sollozos que partían el alma...
¡Pobre niña! Le aseguro que se ha quedado en los huesos. ¡Si hubiera usted
visto qué bracitos! Para echarse a llorar... No me diga que la va a dejar
morirse.
Colomban habló por fin, completamente trastornado.
-Pero si no está enferma. ¡Está usted exagerando! Yo no he visto
que... Y además es su padre quien retrasa la boda.
Denise le hizo ver con rudeza que no era cierto. Se había dado
perfecta cuenta de que bastaría con que el joven insistiera lo más mínimo para
que su tío capitulase. Pero la sorpresa de Colomban no era fingida: era cierto
que no se había fijado en la lenta agonía de Geneviéve. La revelación le
resultó muy poco grata. El hecho de no saberlo le había evitado hacerse
excesivos reproches.
-¿Y
todo por quién? -seguía diciendo Denise-. Por una cualquiera... Si es que
usted no sabe de quién se ha ido a enamorar. Hasta ahora, no quise disgustarlo
e hice cuanto pude por responder a sus continuas preguntas... Pero ahora le
digo que esa mujer se va con todo el que se le pone por delante, que se ríe de
usted, que nunca la conseguirá; y si la consigue, será de la misma forma que
los demás, una sola vez, de pasada.
El la escuchaba, muy pálido; y con cada frase que Denise le arrojaba a
la cara, apretando los dientes, le temblaban brevemente los labios. Ella,
poseída de crueldad, cedía a un furioso arrebato del que no era consciente.
-Y entérese bien -exclamó para concluir-: está con el señor Mouret.
Se le había quebrado la voz y se puso aún más pálida que él. Ambos se
miraron.
Luego, él balbució:
-La quiero.
Y, entonces, Denise se sintió avergonzada. ¿Por qué le hablaba así a
aquel muchacho? ¿Por qué se había exaltado de aquella forma? Se quedó muda; la
sencilla frase que Colomban acababa de pronunciar le retumbaba en el corazón
como un lejano tañido de campana que la ensordecía: «La quiero, la quiero» y
que iba amplificándose. El joven tenía razón; era imposible que se casara con
otra.
Denise se dio la vuelta y, al hacerlo, divisó a Geneviéve en el umbral
del comedor.
-¡Cállese! -dijo a toda prisa.
Pero era demasiado tarde. Geneviéve debía de haberlo oído. Tenía el rostro
exangüe. En ese preciso momento entró una cliente, la señora Bourdelais, una de
las últimas en mantenerse fieles a El Viejo Elbeuf, en donde encontraba telas
fuertes y duraderas. Hacía ya mucho que la señora De Boves se había ido a El
Paraíso, siguiendo la moda. E incluso la propia señora Marty había dejado de
venir, totalmente rendida a la seducción de los escaparates de la acera de
enfrente. A Geneviéve no le quedó más remedio que salirle al encuentro y
preguntarle con su voz sin inflexiones:
-¿Qué desea la señora?
La señora Bourdelais quería ver franelas. Colomban bajó una pieza de
uno de los casillero y Geneviéve desplegó el tejido para que la cliente lo
examinara. Se hallaban ambos uno junto al otro tras el mostrador, con las manos
frías. En aquel momento salía Baudu del comedor, en el que ya no quedaba
nadie, en pos de su mujer, que fue a sentarse en el banco que había tras la
caja. Pero, al principio, no intervino en la venta. Le había lanzado una
sonrisa a Denise y se había quedado de pie, mirando a la señora Bourdelais.
-No es muy fuerte que digamos -estaba diciendo ésta-. Enséñeme la más
recia que tenga.
Colomban bajó otra pieza. Hubo un silencio. La señora Bourdelais
examinaba la tela.
-¿Cuánto vale?
-Seis francos, señora -respondió Geneviéve. La cliente hizo un gesto
brusco.
-¡Seis francos! Pero si la tienen igual enfrente a cinco francos.
A Baudu se le contrajo levemente el rostro. No pudo resistir y terció
muy cortésmente en la conversación: la señora debía de estar equivocada; el
precio real de aquel género era de seis francos con cincuenta. Era imposible
que nadie lo diera por cinco francos. Tenía que tratarse de un género
diferente.
-No, no -repetía la cliente, con la cabezonería de una burguesa que
se las da de entendida-. Es la misma tela. Y puede que sea incluso más gruesa.
Y la discusión acabó por agriarse. Baudu, con la bilis tiñéndole el
rostro, se esforzaba en no perder la sonrisa. La amargura que le inspiraba El
Paraíso le agarrotaba la garganta.
-La verdad es que van a tener ustedes que tratarme mejor -acabó por
decir la señora Bourdelais-, porque, si no, me iré a comprar enfrente, como
todas las demás.
Entonces, Baudu perdió la cabeza y voceó, estremecido de ira
reprimida:
-¡Pues váyase usted a comprar enfrente!
Al oír esto, la señora se puso en pie, muy ofendida, y se fue sin
mirar atrás, al tiempo que respondía:
-Eso es lo que voy a hacer, caballero.
Reinó la estupefacción. El violento arrebato del dueño había
sobrecogido a todos. Él mismo se había quedado pasmado y tembloroso tras decir
aquellas palabras. La frase se le había escapado a pesar suyo, en un estallido
del rencor que llevaba tanto tiempo acumulando. Y, ahora, los Baudu, inmóviles,
con los brazos caídos, seguían con la vista a la señora Bourdelais y miraban
cómo cruzaba la calle. Les parecía que, al irse, se llevaba consigo su última
oportunidad. Cuando entró, con su paso tranquilo, por la alta puerta de El
Paraíso, cuando vieron cómo se la tragaba la muchedumbre, sintieron algo
parecido a un desgarro.
-¡Otra cliente que se nos llevan! -susurró el pañero.
Luego, volviéndose hacia Denise, de cuya vuelta al trabajo ya estaba
enterado, añadió:
-También tú vuelves a ser de los suyos... No te guardo rencor,
¿sabes? Como tienen el dinero, son los más fuertes.
Fue entonces cuando Denise le dijo por lo bajo a Geneviéve, pues aún
no había perdido la esperanza de que ésta no hubiera podido oír a Colomban:
-Sí que te quiere; alégrate un poco.
Pero la joven le respondió muy quedo, con voz quebrada:
-¿Por qué me mientes?... ¡Míralo! Si no puede dejar de mirar hacia
allá arriba... Bien sé que ésos me lo han robado, como nos lo roban todo.
Se había sentado en el banco de la caja, al lado de su madre. Esta
debía de haber adivinado el nuevo golpe que había recibido la joven, pues sus
consternados ojos fueron de ella a Colomban, para volver a posarse, a
continuación, en El Paraíso. Era verdad que les estaban robando todo: al padre,
la fortuna; a la madre, su hija, moribunda; a la hija, un marido al que llevaba
esperando diez años. Al mirar a aquella familia condenada, Denise, con el
corazón rebosante de lástima, pensó, por un momento, que no era buena. ¿Acaso
no iba a volver a contribuir al funcionamiento de aquella máquina que
aplastaba a los desventurados? Pero era como si la arrastrase una fuerza y sentía
que no hacía nada malo.
-¡Bah! -dijo Baudu para darse ánimos-. No nos vamos a morir por esto.
Si ésta se va, ya vendrán otras... Óyeme, Denise: tengo yo aquí setenta mil
francos que le van a quitar el sueño a ese Mouret tuyo... A ver, vosotros,
¡fuera esas caras de duelo!
No pudo alegrarlos y volvió a caer también en una lívida
consternación. Y ninguno conseguía apartar la vista del monstruo, que los
atraía, que los poseía, que se nutría hasta hartarse con su desdicha. Las obras
se hallaban a punto de concluir; la fachada estaba ya libre de andamios y
quedaba por completo a la vista uno de los planos del colosal edificio, en
cuyos blancos muros se abrían amplios y límpidos escaparates. En aquel preciso
instante, había delante de la salida del servicio de envíos, al borde de la
acera por la que, al fin, se podía transitar, una hilera de ocho carruajes que
unos mozos iban cargando por turno. La luz del sol enfilaba la calle, y uno de
sus rayos hacía espejear los paneles verdes, con sus letras amarillas y rojas
en relieve, que proyectaban destellos cegadores hasta lo más hondo de El Viejo
Elbeuf. Los cocheros ataviados de negro, de porte correctísimo, refrenaban los
magníficos tiros, y los caballos sacudían los frenos plateados. No bien se
llenaba un carruaje, el estrépito de las ruedas sobre los adoquines estremecía
las tiendecitas del vecindario.
Entonces, viendo aquel desfile triunfal que tenían que soportar dos
veces al día, a los Baudu se les partió el corazón. El padre notaba que le
fallaban las fuerzas y se preguntaba adónde podía ir a parar aquel continuo
flujo de mercancías. Mientras, la madre, a la que enfermaba el tormento de la
hija, seguía mirando sin ver, con los ojos anegados en gruesas lágrimas.
IX
Aquel lunes, 14 de marzo, El Paraíso de las
Damas inauguraba los nuevos almacenes con la gran exposición de las novedades
de verano, que iba a durar tres días. Fuera, soplaba un agrio cierzo, y los
transeúntes, asombrados ante aquel regreso del invierno, pasaban deprisa,
abrochándose el gabán. Entre tanto, fermentaba una gran conmoción en los
comercios de los alrededores. Podían verse, pegados a las lunas de los escaparates,
los rostros pálidos de los pequeños comerciantes, que llevaban la cuenta de
los primeros coches que se detenían ante la nueva puerta principal. Daba dicha
puerta a la calle NeuveSaint-Augustin; y era tan alta y tan honda como el
pórtico de una iglesia. La remataba un grupo escultórico: la Industria y el
Comercio dándose la mano en medio de una compleja abundancia de atributos, y
se cobijaba bajo una ancha marquesina, cuyos flamantes dorados parecían
iluminar las aceras con un rayo de sol. A ambos lados, corrían fas fachadas,
aún de un blanco crudo, que doblaban luego hacia las calles de Monsigny v de la
Michodière y ocupaban toda la manzana, salvo uno de los lados de
la calle de Le-Dix-Décembre, en el que el Banco de Crédito Inmobiliario iba a
edificar. Cuando los pequeños comerciantes alzaban la vista para abarcar, en
toda su longitud, aquel edificio con dimensiones de cuartel, divisaban un cúmulo
de mercancías a través de las lunas que franqueaban los locales al paso de la
luz desde la planta baja hasta la segunda. Y aquella gigantesca mole cúbica,
aquel bazar colosal, al taparles el cielo, les parecía culpable hasta cierto
punto del frío que los hacía tiritar tras sus gélidos mostradores.
En tanto, Mouret, que había hecho acto de
presencia a las seis de la mañana, estaba dando las últimas órdenes. En el centro
de los almacenes, siguiendo el mismo eje que la puerta principal, una larga
galería los cruzaba de punta a punta; la flanqueaban, a derecha e izquierda,
dos galerías más estrechas: la galería Monsigny y la galería Michodiére Los
patios de luces se habían convertido en patios acristalados; se alzaban desde
la planta baja unas escaleras de hierro y, en ambos pisos, unas pasarelas
salvaban el vacío, de lado a lado. El arquitecto, un hombre joven, casualmente
inteligente y prendado de los tiempos modernos, no había recurrido a la piedra
sino para los sótanos y los pilares de esquina, y había puesto en pie todo un
esqueleto de hierro, en el que vigas y viguetas se asentaban en columnas. Las
bovedillas que soportaban los suelos y los tabiques de las divisiones
interiores eran de ladrillo. Se había ganado espacio por doquier; el aire y la
luz tenían entrada franca; el público transitaba a sus anchas bajo los
atrevidos arcos de las elevadas techumbres. Aquel eclificio era la catedral del comercio moderno resistente y airosa, construido para todo un pueblo de compradoras. Abajo, en la galería central, nada más
dejar atrás las oportunidades de la puerta, estaban las corbatas, los guantes y
la seda. La ropa blanca y el ruán ocupaban la galería Monsigny; y en la
galería Michodiére se hallaban la mercería, la calcetería, los paños y los
géneros de lana. Luego, en la primera planta, estaban la confección, la
lencería, los chales, los encajes y otros departamentos nuevos; pero habían
desplazado a la segunda planta la ropa de cama, las alfombras, la tapicería y
todos los artículos de gran tamaño y manejo dificultoso. Ahora había treinta y
nueve departamentos y mil ochocientos empleados, de los cuales doscientos eran
mujeres. En la retumbante y vital actividad de las elevadas naves metálicas
crecía todo un universo.
Mouret tenía como única pasión la de imponerse a la mujer. Quería que
fuera la reina de su casa, le había construido aquel templo para tenerla a su
merced en él. En eso consistía su táctica, en embriagarla con galantes
atenciones para poder traficar con sus deseos y explotar sus febriles impulsos.
Cavilaba, pues, noche y día para dar con nuevos hallazgos. Había instalado,
hacía tiempo, dos ascensores tapizados de terciopelo acolchado para evitar a
las damas delicadas el cansancio de subir de piso en piso. Acababa de abrir
ahora un ambigú en donde se servían gratuitamente refrescos y bizcochos, y un
salón de lectura, una monumental galería decorada con abrumadora suntuosidad,
en la que se atrevía incluso a organizar exposiciones de pintura. Pero su idea
más alambicada apuntaba a las mujeres que no fueran presumidas, y consistía en
conquistar a la madre por mediación del hijo. No desperdiciaba fuerza alguna,
no había sentimiento con el que no especulase; creaba departamentos para
muchachitos y chiquillas y conseguía que las madres se detuvieran brindando a
los pequeños estampas y globos. Aquella idea de regalar globos había sido un
rasgo de genialidad. A cada compradora se le entregaba un globo rojo en cuya
delgada goma figuraba en grandes letras el nombre de los almacenes. Viajaban
éstos por los aires, tirando del cordel, y paseaban así por las calles una
propaganda dotada de vida propia.
El
poder máximo era la publicidad. Mouret gastaba en ella trescientos mil francos,
que se invertían en catálogos, anuncios y carteles. Para la venta de novedades
de verano, había enviado doscientos mil catálogos, de los cuales cincuenta mil
habían viajado al extranjero, traducidos a todas las lenguas. Ahora, los
ilustraba con grabados e, incluso, adjuntaba, a título de muestra, retales
pegados a las hojas. Era como una desbordante y crecida exhibición. El Paraíso
de las Damas se mostraba a los ojos del mundo entero, invadía las paredes, los
periódicos y hasta los telones de los teatros. Mouret profesaba la teoría de
que la mujer pierde las fuerzas ante la propaganda y acaba, fatalmente, por
acudir a los lugares que dan que hablar. Le tendía, por otra parte, las más
elaboradas trampas, tras haberla analizado con talento de avezado moralista.
Había descubierto, por ejemplo, que no es capaz de resistir a una ganga y compra
sin necesidad cuando piensa que está realizando un negocio ventajoso. Basaba
en aquellas observaciones su sistema de rebajas. Iba bajando progresivamente el
precio de los artículos que no se vendían, pues, fiel al principio de la
renovación rápida de la mercancía, prefería, antes que quedarse con ellos,
venderlos con pérdida. Ahondando aún más en el corazón de la mujer, acababa de
implantar las devoluciones, una obra maestra de seducción jesuítica. «Llévese
el artículo sin temor, señora; ya nos lo devolverá si no le agrada.,» La mujer
proprensa a oponer resistencia hallaba en aquel argumento una postrera excusa,
la posibilidad de arrepentirse de una locura: y compraba con la conciencia
tranquila. Ahora, las devoluciones y las rebajas formaban parte del
funcionamiento habitual del comercio moderno.
Pero en lo que Mouret se mostraba como un maestro sin rival era en la
disposición interior de los almacenes. Había promulgado con carácter de ley que
ni un rincón de El Paraíso de las Damas podía permanecer desierto. Exigía que
hubiese por doquier ruido, gentío, vida. Pues la vida, decía, atrae a la vida,
pare y crea bullicio. Sacaba de aquella ley todo tipo de normas prácticas. La
primera establecía que para entrar había que pasar por apreturas y empujones.
Era menester que, vistos desde la calle, los almacenes pareciesen un motín. Y
conseguía el deseado barullo colocando en el arco de la puerta las
oportunidades: casilleros y cestos llenos a rebosar de gangas. De forma tal que
la gente modesta se agolpaba, taponaba la entrada, daba a suponer que en los
almacenes no cabía un alfiler, cuando las más de las veces sólo estaban llenos
a medias. Tenía, luego, el arte de disimular, en las galerías, los
departamentos de escasa concurrencia, por ejemplo, los chales en verano y las
indianas en invierno. Los rodeaba de departamentos de gran vitalidad, los
anegaba con la algarabía general. Sólo a él se le había ocurrido que había que
aposentar en la segunda planta los departamentos de alfombras y muebles, a los
que acudían menos clientes y cuya presencia en la planta baja habría creado
espacios desiertos y fríos. Si tal cosa hubiera estado en su mano, habría
hecho que la calle cruzase por su establecimiento.
Se hallaba precisamente Mouret, por entonces, en pleno ataque de
inspiración. El sábado por la noche, al echar el último vistazo a los
preparativos de la gran venta del lunes, que los tenía a todos atareados desde
hacía un mes, había sido consciente, de súbito, de que había colocado los
departamentos de una forma absurda. Era, sin embargo, una disposición completamente
lógica: las telas, por un lado; las confecciones, por otro. Un orden
inteligente que debía permitir a las clientes orientarse sin problemas. Mouret
había soñado con aquel orden hacía tiempo, en el revoltillo del estrecho local
de la señora Hédouin. Y, de pronto, ahora que lo había conseguido, le entraban
dudas. De repente, empezó a decir a voces que había que «ponerlo todo patas
arriba». Tenían por delante cuarenta y ocho horas; era menester cambiar de
sitio parte del contenido de los almacenes. El personal, aturdido, azacanado,
tuvo que pasar dos noches y el domingo entero en medio de un tremendo
estropicio. Incluso el lunes por la mañana, una hora antes de abrir, había aún
mercancías sin colocar. No cabía duda de que el patrón se había vuelto loco;
nadie entendía nada; cundía la consternación.
-¡Vamos!
¡Deprisa! -gritaba Mouret, con la tranquila seguridad que le daba el estar
convencido de su talento-. Estos trajes hay que llevarlos arriba... ¿Están va
los artículos orientales en el rellano central?... ¡Un último esfuerzo,
muchachos, y ya verán la venta de hoy!
También Bourdoncle llevaba al pie del cañón desde el alba. El tampoco
entendía nada y seguía con la vista al director con expresión inquieta. No se
atrevía a hacerle pregunta alguna, pues sabía bien qué acogida dispensaba a la
gente en los momentos de crisis. Acabó, empero, por decidirse, y le preguntó
con calma:
-¿Era realmente necesario desbaratarlo todo la víspera de la
exposición?
Mouret empezó por encogerse de hombros, sin contestar. Luego, al
permitirse Bourdoncle insistir, estalló:
-Eso, para que las clientes se agolpen todas en la misma esquina, ¿no?
Valiente geómetra estaba yo hecho. Nunca me lo habría perdonado... ¿No se da
cuenta de que estaba permitiendo que la gente se orientase? Entra una mujer,
va en derechura a donde quiere ir, pasa de la enagua al vestido, del vestido al
abrigo y luego se marcha, sin haberse extraviado ni un poquito... ¡Ni una
habría visto los almacenes enteros!
-Pero ahora que lo ha enredado usted todo -comentó Bourdoncle-, ahora
que lo ha desperdigado usted todo por todos los rincones, los empleados van a
matarse a andar cuando acompañen a las clientes de departamento en
departamento.
Mouret hizo un ademán altanero.
-¿Y a mí qué me importa? Son jóvenes, así estirarán las piernas...
Tanto mejor si tienen que ir de un lado para otro. Parecerá que son más; harán
bulto. Mientras haya aglomeraciones, todo irá bien.
Se dignó explicar sus teorías, entre risas, al tiempo que bajaba la
voz:
-Mire, Bourdoncle, fíjese en los resultados... Para empezar, ese ir y
venir continuo obliga a las clientes a dispersarse por doquier, las multiplica
y les hace perder la cabeza. En segundo lugar, dado que, por ejemplo, si
quieren un forro después de haber comprado el vestido, tendrán que cruzar de
punta a punta los almacenes, esos desplazamientos harán que el local les
parezca tres veces mayor; además, no les quedará más remedio que pasar por
departamentos a los que, de otro modo, no habrían ido; las tentaciones irán
surgiendo, según pasan, y sucumbirán a ellas; en cuarto lugar...
Bourdoncle se reía también. Entonces, Mouret, encantado de la vida, se
interrumpió para gritarles a los mozos:
-¡Muy bien, muchachos! ¡Ahora se pasa la escoba y estará todo
precioso!
Pero, al volverse, vio a Denise. Bourdoncle y él estaban delante del
departamento de confección que, precisamente, acababan de desdoblar, al subir
los vestidos y los trajes a la segunda planta, en el extremo opuesto de los
almacenes. Denise, que había sido la primera en bajar, abría los ojos de par
en par, aturdida ante la nueva disposición.
-¿Qué pasa? -susurró-. ¿Nos mudamos?
Aquella
sorpresa pareció divertir a Mouret, al que encantaban los golpes aparatosos.
Denise había regresado en los primeros días de febrero a El Paraíso, en donde
había tenido la grata sorpresa de encontrarse con unos compañeros corteses y
casi respetuosos. La señora Aurélie sobre todo, la trataba con benevolencia.
Marguerite y Clara parecían resignadas; e incluso el tío Jouve doblaba el
espinazo con expresión apurada, como si quisiera borrar el feo recuerdo de
tiempos pasados. Había bastado con que Mouret dijera una palabra; todos
cuchicheaban mientras la seguían con los ojos. Y lo único que la tenía un
tanto disgustada, entre aquella generalizada amabilidad, eran la singular
tristeza de Deloche y las inexplicables sonrisas de Pauline.
Mouret, entre tanto, seguía mirándola con cara de satisfacción.
-¿Qué busca, señorita? -le preguntó al fin.
Denise no lo había visto. Se ruborizó levemente. Desde que había
regresado, Mouret le daba muestras de interés que le llegaban al alma. Pauline
le había contado por lo menudo, sin que Denise entendiese por qué, los amores
del jefe y de Clara: dónde se veían, cuánto le pagaba él... Sacaba el tema a
colación con frecuencia; y añadía, además, que Mouret tenía otra amante, esa
señora Desforges que tan bien conocían todos en los almacenes. Tales historias
hacían mella en Denise; volvía a sentir el temor de antaño, un malestar en el
que el agradecimiento luchaba contra la ira.
-Es que está todo cambiado -susurró.
Entonces, Mouret se le acercó para decirle en voz baja:
-Tenga la bondad de pasar por mi despacho esta noche, después de la
venta. Deseo hablar con usted.
Ella, turbada, bajó la cabeza sin decir palabra. Entró, luego, en el
departamento, al que estaban llegando ya las demás dependientes. Pero
Bourdoncle había oído a Mouret y lo miraba, sonriente. Se atrevió, incluso, a
decirle, cuando se quedaron a solas:
-¡Otra vez anda a vueltas con ésta! ¡No se fíe, que al final la cosa
va a acabar en algo serio!
Mouret se defendió con vehemencia, disimulando la emoción tras una
expresión de despreocupada superioridad.
-No se preocupe. Todo es broma. No ha nacido la mujer que me cace a
mí, amigo mío.
Y, como ya estaban abriendo los almacenes, se apresuró a ir a echar un
último vistazo a las diferentes secciones. Bourdoncle movía la cabeza. Aquella
Denise, tan sencilla y dulce, estaba empezando a preocuparlo. La primera vez
había ganado él, despidiéndola brutalmente. Pero aquí estaba de nuevo; y ahora
la tenía por enemiga de consideración. Callaba ante ella y esperaba que le
llegase el turno.
Se reunió con Mouret, que estaba dando voces abajo, en el patio
Saint-Augustin, frente a la puerta de entrada.
-¿Es que me están tomando el pelo? Había dicho que pusieran las
sombrillas azules en la parte de fuera... ¡A cambiarlo todo, y deprisita!
No
quiso atender a razones. Una cuadrilla de mozos tuvo que modificar la
exposición de sombrillas. Mandó incluso cerrar las puertas por unos instantes
al ver que llegaban clientes. Y repetía que prefería no abrir antes que dejar
las sombrillas azules en el centro, porque le mataban la composición. Los
escaparatistas de prestigio, Hutin, Mignot, algunos otros, acudían a ver qué
sucedía. Ponían los ojos en blanco, pero fingían no entender el problema, pues
eran de una escuela diferente.
Volvieron, por fin, a abrir las puertas y entró una oleada de gente.
Ya desde el principio, antes de que se hubieran llenado los almacenes, hubo en
la entrada unas apreturas tales que no quedó más remedio que llamar a los
guardias para que restableciesen la circulación en la acera. Mouret estaba en
lo cierto: todas las amas de casa, una prieta tropa de pequeñas burguesas y
mujeres con cofia, tomaban por asalto las oportunidades, las rebajas y los
retales, que llegaban hasta la calle. Se veían de continuo manos alzadas, que
palpaban los géneros colgados ante la puerta: un calicó a treinta y cinco
céntimos, una mezclilla gris de lana y algodón, a cuarenta y cinco céntimos,
y, sobre todo, una mezclilla inglesa a treinta y ocho céntimos que era la ruina
de las bolsas humildes. Había empujones, hombro con hombro, un febril tumulto
en torno a los casilleros y los cestos llenos de saldos: puntillas a diez
céntimos; cintas a veinticinco céntimos; ligas a quince céntimos; guantes,
enaguas, corbatas, calcetines y medias de algodón, en montones que se desplomaban
y desaparecían, como si se los tragase el gentío voraz. Pese al frío, los
dependientes que vendían al aire libre no daban abasto. Una mujer gruesa lanzó
varios chillidos. Dos niñas estuvieron a punto de morir asfixiadas.
La aglomeración fue creciendo a medida que transcurría la mañana. A
eso de la una, había colas y la acera estaba cortada, como en tiempo de
disturbios. Estaban precisamente la señora De Boves y su hija Blanche de pie en
la acera de enfrente, sin saber qué hacer, cuando se les acercó la señora
Marty, a la que también acompañaba su hija Valentine.
-¿Ha visto cuánta gente? -dijo aquélla-. Se están matando ahí dentro.
Yo no pensaba venir, estaba en la cama. Pero me he levantado para tomar el
aire.
-Lo mismo que yo -manifestó su interlocutora- Le prometí a mi marido
que iría a ver a su hermana a Montmartre... Y claro, al pasar, me acordé de que
necesitaba una pieza de cordón. Tanto da que la compre aquí que en otro sitio,
¿verdad? ¡Desde luego que no pienso gastarme ni una perra! Además, no me hace
falta nada.
No obstante, ninguna de ellas apartaba la vista de la puerta; la
violenta corriente del gentío se había apoderado de ellas y las arrastraba.
-No, no, no entro; me da miedo -murmuró la señora De Boves-. Vámonos,
Blanche, nos van a triturar.
Pero se le iba debilitando la voz y sucumbía, poco a poco, al deseo de
entrar donde entraba todo el mundo. Su temor se desvanecía ante la irresistible
atracción del tumulto. También la señora Marty había cedido. Y repetía:
-No te sueltes de mi vestido, Valentine... Nunca he visto cosa igual.
La llevan a una en volandas. ¡Lo que debe de haber dentro!
Atrapadas
en aquel flujo, las señoras no podían ya retroceder. De la misma forma que los
ríos atraen las aguas errabundas de los valles, era como si el caudal de
clientes que entraba a raudales se tragase a los transeúntes, atrajera a
cuantos moraban en las cuatro esquinas de París. Avanzaban muy despacio, con
el resuello perdido en aquellas estrecheces; las mantenían de pie hombros y
vientres, cuya blanda tibieza notaban. Y, satisfecho el deseo, disfrutaban con
aquel trabajoso progreso que hostigaba aún más su curiosidad. Había allí una
mezcolanza de señoras vestidas de seda, de pequeñas burguesas con ropas
modestas, de muchachas sin sombrero; y a todas las enardecía, las enfebrecía la
misma pasión. Algunos hombres, perdidos entre las rebosantes espeteras,
lanzaban en torno medrosas miradas. En lo más denso del gentío, una nodriza
alzaba cuanto podía a su rorro, que reía de gusto. Y la única en mostrar
enfado era una mujer flaca, cuyo mal genio estallaba en una parrafada agria en
la que acusaba a su vecina de echársele encima.
-Me parece que voy a perder las enaguas -repetía la señora De Boves.
Sin decir nada, con el frío de la calle aún en el rostro, la señora
Marty se ponía de puntillas para anticiparse a sus acompañantes y divisar, por
encima de las cabezas, cómo se ahondaba la perspectiva de los almacenes. Tenía
las pupilas grises contraídas, como una gata que viniese de la claridad
exterior, y descansados el cuerpo y la mirada, como si acabara de despertarse.
-¡Vaya, al fin! -dijo, lanzando un suspiro.
Las señoras acababan de salir del barullo. Estaban en el patio
Saint-Augustin. Quedaron muy sorprendidas al verlo casi vacío. Y las invadió
una sensación de bienestar. Les parecía que salían del invierno de la calle
para penetrar en la primavera. Mientras soplaba fuera el helado viento de los
aguaceros, el buen tiempo cuajaba ya su tibieza en las galerías de El Paraíso,
entre las telas finas, el floral destello de los tonos tiernos, el campestre
júbilo de la moda de verano y las sombrillas.
-¡Fíjense en esto! -exclamó la señora De Boves, que se había quedado
inmóvil, con la vista clavada en las alturas.
Era la exposición de sombrillas. Abiertas todas ellas, combadas como
escudos, cubrían el patio, desde la cristalera del techo hasta la gola de roble
barnizado. Dibujaban festones alrededor de las arcadas de las plantas
superiores; bajaban en guirnaldas por las columnas; corrían en apretadas filas
por las balaustradas de las galerías e, incluso, por las barandillas de las
escaleras. Estaban por doquier, simétricamente alineadas, pintando las paredes
de rojo, de verde, de amarillo; parecían farolillos enormes que alguien hubiera
encendido para una fiesta de gigantes. En las esquinas, había diseños
complicados, estrellas realizadas con sombrillas de un franco con noventa y
cinco, cuyos tonos claros, azul pálido, crema, rosa pálido, brillaban con la
suave luz de una lamparilla. Y, más arriba, enormes quitasoles japoneses, en
los que grullas doradas volaban por un cielo púrpura, llameaban con reflejos de
incendio.
La señora Marty andaba buscando una frase que expresase su arrobo y
sólo se le ocurrió esta exclamación:
-¡Parece un cuento de hadas!
Intentó, luego, orientarse:
-Vamos a ver; el cordón estará en la mercería... Lo compro y me voy
corriendo.
-La acompaño -dijo la señora De Boves-. Sólo vamos a dar una vuelta,
¿verdad, Blanche?
Pero, nada más cruzar la puerta, las señoras se perdieron. Giraron a
la izquierda. Y, como habían cambiado de sitio la mercería, se encontraron en
los encañonados y, después, en los puños y los cuellos a juego. Hacía mucho
calor en las galerías cubiertas, un calor de invernadero, húmedo y opresivo,
que el insípido olor de las telas impregnaba y en el que se amortiguaba el
ruido de pasos de la muchedumbre. Volvieron, entonces, hasta la puerta, donde
se formaba una corriente de salida, una interminable procesión de mujeres y
niños por encima de cuyas cabezas flotaba una nube de globos rojos. Habían
preparado cuarenta mil globos, que repartían unos mozos que no tenían más
cometido que ése. Al mirar esa retreta de compradoras, hubiérase dicho que,
prendida de invisibles hilos, volaba por el aire una bandada de enormes pompas
de jabón en las que se reflejaba el incendio de las sombrillas. Y aquel fulgor
iluminaba por completo los almacenes.
-Es todo un mundo -afirmaba la señora De Boves-. Ya no sabe una ni
dónde está.
Pero a las señoras les resultó imposible seguir paradas en el remolino
de la puerta, entre los empujones de quienes entraban y quienes salían. Por
fortuna, el inspector Jouve acudió en su ayuda. Estaba a pie firme en el
vestíbulo, serio, atento, observando a todas las mujeres que pasaban. Tenía a
su cargo de forma muy especial la vigilancia interior; intuía a las mecheras y
seguía, de preferencia, a las mujeres encintas cuando la fiebre que leía en sus
ojos le infundía sospechas.
-¿La mercería, señoras? -dijo, muy servicial-. Tienen que ir a la
izquierda. Miren, allí, detrás de la calcetería.
La señora De Boves le dio las gracias. Pero la señora Marty al darse la vuelta, se había percatado de
que no veía a su Valentine. Estaba empezando a alarmarse cuando la diviso muy alejada ya, al fondo del patio
Saint-Augustin, absorta frente a una mesa sobre la que se apilaban corbatas de
mujer, a noventa y cinco céntimos, que un dependiente pregonaba. Mouret
aplicaba la técnica de los artículos ofrecidos en voz alta, para hacer picar a
la clientela y limpiarle los bolsillos. Pues recurría a todos los reclamos y le
importaba muy poco la discreción de algunos de sus colegas, que opinaban que
la mercancía tenía que hablar por sí misma. Los especialistas en esa modalidad
de venta, parisinos holgazanes y bromistas, daban así salida a considerables
cantidades de baratijas menudas.
-¡Ay, mamá! -susurró Valentine-. Fíjate en estas corbatas... Llevan un
pájaro bordado en una esquina.
El dependiente elogiaba la mercancía, juraba que era pura seda, que el
fabricante había quebrado y que nunca volvería a presentarse ocasión como
aquélla.
-¡Noventa y cinco céntimos! ¡Si parece mentira! -decía la señora
Marty, tan encantada como su hija-. ¡Bah! Bien puedo llevarme dos. No nos vamos
a arruinar por tan poco.
La señora De Boves se mostraba desdeñosa. Aborrecía que le ofreciesen
los artículos; si un dependiente la llamaba, salía huyendo. Esto sorprendía a
la señora Marty, que no conseguía entender aquella nerviosa repulsión por los
charlatanes, pues ella tenía otra forma de ser y era de las mujeres a las que
deleita que les fuercen la voluntad, que gozan sumergiéndose en las caricias
de la oferta al público, tocándolo todo y perdiendo el tiempo en inútiles
palabras.
-Y ahora -añadió-, voy corriendo a buscar mi cordón... No quiero ya ni
mirar siquiera
Empero, al cruzar por los pañuelos de cuello y los guantes, volvió a
desfallecer. Había allí, bajo la luz difusa, una exposición de colores fuertes
y alegres que arrobaba. Los mostradores, simétricamente dispuestos, parecían
arriates y convertían el patio en un jardín a la francesa en el que sonreía una
gama de tiernos colores florales. Directamente encima de la madera, en cajas
desfondadas, rebosando de los casilleros repletos, lucían, en una cosecha de
pañuelos de cuello, el rojo intenso de los geranios, el blanco lechoso de las
petunias, el oro amarillo de los crisantemos, el azul celeste de las verbenas;
y, más arriba, corrían, sobre varillas de cobre, las guirnaldas de otra
floración: pañoletas al desgaire, cintas desenrolladas, un friso deslumbrador
que se prolongaba, trepando por las columnas, y se multiplicaba en los espejos.
Pero lo que más aglomeraciones provocaba era, en la guantería, un chalé suizo
hecho sólo con guantes, una obra maestra de Mignot, que había tardado dos días
en llevarla a cabo. Los guantes negros formaban la planta baja; venían luego,
repartidos por el decorado, rodeando las ventanas, trazando los balcones,
haciendo las veces de tejas, guantes de color paja, de color reseda, de color
sangre de toro.
-¿Qué desea la señora? -preguntó Mignot al ver a la señora Marty
parada delante del chalé-. Tenemos guantes de piel de Suecia de primera calidad
a un franco con setenta y cinco...
Era un charlatán empedernido; desde el mostrador, llamaba a las
señoras que pasaban por allí, importunándolas con sus modales corteses. Al ver
que la señora Marty decía que no con la cabeza, añadió:
-Guantes del Tirol, a un franco con veinticinco... Guantes de Turín
para niños; guantes bordados de todos los colores...
-No, gracias. No necesito nada -declaró la señora Marty.
Pero él notó que le fallaba la firmeza de la voz y la atacó con más
rudo ahínco, metiéndole por los ojos los guantes bordados. No tuvo ella
fuerzas suficientes para resistirse y compró un par. Luego, al ver que la
señora De Boves la miraba, sonriendo, se ruborizó:
-¡Hay que ver! ¡Qué chiquilla soy! Si no me doy prisa en comprar mi
cordón y marcharme corriendo, estoy perdida. Por desgracia, había tal
aglomeración en la mercería que no consiguió que la atendiesen. Llevaban
esperando las dos señoras diez minutos, y ya empezaban a irritarse, cuando vino
a distraerlas el encuentro con la señora Bourdelais y sus tres hijos. Ésta
explicaba, con su sosegado tono de mujer bonita y práctica, que había querido
que los niños vieran el espectáculo. Madeleine contaba diez años; Edmond, ocho,
y Lucien, cuatro. Iban riendo de contento; era aquélla una distracción barata,
que les tenía prometida su madre hacía mucho.
-Tienen gracia estas sombrillas. Voy a comprar una roja -dijo, de
repente, la señora Marty, que no acertaba a estarse quieta y perdía la
paciencia al estar allí esperando, sin hacer nada.
Escogió una de catorce cincuenta. La señora Bourdelais, tras haber
mirado cómo la adquiría con ojos de censura, le dijo, en tono amistoso:
-Hace usted mal en no esperar. Dentro de un mes, la habría comprado
por diez francos... No será a mí a quien pesquen.
Y
expuso una completa teoría de concienzuda ama de casa. Ya que los almacenes
rebajaban los precios, lo aconsejable era esperar. No estaba dispuesta a que la
explotasen; era ella quien se aprovechaba de sus oportunidades cuando lo eran
de verdad. Rivalizaba, incluso, con los almacenes en malicia y se jactaba de
no haberles dado nunca a ganar ni una perra.
-Bueno -dijo, por fin-, he prometido a mi gente menuda que les iba a
enseñar unas estampas arriba, en el salón. Vengan conmigo, tienen tiempo de
sobra.
Entonces la señora Marty echó por completo al olvido el cordón y se
rindió sin tardanza. Pero la señora De Boves rehusó, pues prefería dar primero
una vuelta por la planta baja. Por lo demás, las señoras contaban con volver a
reunirse en la planta alta. Estaba la señora Bourdelais buscando las escaleras
cuando se fijó en uno de los ascensores. Se apresuró a meter en él a los niños
para que la diversión fuera completa. La señora Marty y Valentine entraron
también en la angosta cabina, donde se encontraron todos muy estrechos. Pero
tan interesados los tenían los espejos, los asientos corridos de terciopelo, la
puerta de cobre labrado, que llegaron a la primera planta sin haber notado el
suave deslizarse del aparato. Otros deleites esperaban a las señoras, por
cierto, ya desde la galería de los encajes. Como tenían que pasar delante del
ambigú, la señora Bourdelais aprovechó para atiborrar de refrescos a su
familia. Era dicho ambigú una estancia cuadrada, en la que había un ancho
mostrador de mármol. En ambos extremos, sendos hilillos de agua manaban de
unas fuentes plateadas; detrás, en unos anaqueles, se alineaban las botellas.
Tres camareros fregaban y llenaban los vasos sin cesar. Para contener a la
sedienta clientela, había que obligarla, mediante una barrera forrada de
terciopelo, a guardar cola, como a la puerta de un teatro. La muchedumbre se
agolpaba en aquel lugar y personas había que, perdiendo la compostura ante
aquellas golosinas gratuitas, abusaban de ellas hasta ponerse enfermas.
-¡Anda! ¿Dónde se han metido? -exclamó la señora Bourdelais, cuando
consiguió salir del barullo, y tras limpiar a los niños con el pañuelo.
Pero divisó a la señora Marty y a Valentine muy lejos, al fondo de
otra galería. Seguían comprando, sumergidas entre montones de enaguas. Ya
estaba todo consumado y la madre y la hija desaparecieron, arrastradas por una
fiebre de despilfarro.
Cuando la señora Bourdelais llegó al fin al salón de lectura y
correspondencia, instaló a Madeleine, Edmond y Lucien ante la gran mesa; luego,
fue personalmente a coger de las estanterías unos álbumes de fotos y se los
llevó. Múltiples dorados recargaban la bóveda de la alargada estancia; en ambos
extremos, había, frente por frente, dos chimeneas monumentales; cubrían las
paredes cuadros mediocres en suntuosos marcos; y, entre las columnas, delante
de cada uno de los vanos cintrados que daban a los almacenes, crecían plantas
colocadas en jarrones de mayólica. Un nutrido público se sentaba, en silencio,
en torno a la mesa, cubierta de revistas y periódicos y provista también de
recado de escribir. Las señoras se quitaban los guantes y despachaban su
correspondencia en el papel con membrete de la casa, tras tachar éste con un
rasgo de la pluma. Unos cuantos hombres leían la prensa, hundidos en los
sillones. Pero muchas personas permanecían desocupadas: maridos que estaban
esperando a sus mujeres, mientras éstas recorrían desenfrenadamente los
departamentos; señoras jóvenes y discretas que acechaban la llegada de sus
amantes; padres ancianos, a los que habían depositado allí, como en un guardarropa,
para recogerlos a la salida. Y aquella multitud descansaba, sentada
muellemente, y lanzaba ojeadas, por los abiertos vanos, a las galerías y los
patios de abajo, cuya lejana voz se alzaba entre el leve chirrido de las
plumas y el crujir de los periódicos.
-¿Cómo? ¡Pero si es usted! -dijo la señora Bourdelais-. No la había
reconocido.
Cerca de los niños, una señora se ocultaba tras las páginas de una
revista. Era la señora Guibal, a la que pareció contrariar el encuentro. Pero
se recobró en el acto y explicó que había subido a sentarse un rato para
librarse del barullo. Al preguntarle la señora Bourdelais si andaba de compras,
le respondió con su habitual aire lánguido, sofocando tras los párpados la
avidez egoísta de la mirada:
-De ninguna manera... Al contrario, he venido a devolver unos portiers
que no me gustaban. Pero hay tanta gente que estoy haciendo tiempo hasta que
pueda acercarme al departamento.
Comenzó a charlar, diciendo que resultaba muy cómoda aquella modalidad
de las devoluciones. Antes, nunca compraba nada; ahora caía a veces en la
tentación. La verdad era que devolvía un artículo de cada cuatro y ya empezaban
a conocerla en todos los departamentos, pues los dependientes se maliciaban
alguna maniobra turbia tras aquella eterna disconformidad que la impulsaba a
devolver sus compras, una tras otra, tras haberlas tenido en casa varios días.
Mientras hablaba, no perdía de vista, sin embargo, las puertas del salón.
Ypareció aliviarla que la señora Bourdelais regresara al lado de sus hijos
para comentarles las fotos. Casi en ese mismo instante entraron el señor De
Boves y Paul De Vallagnosc. El conde, que, en apariencia, estaba enseñando al
joven los nuevos almacenes, cruzó con la dama una rápida e intensa mirada. Y
luego ella volvió a absorberse en la lectura, como si no lo hubiera visto.
-¡Hombre, Paul! -dijo una voz a espaldas de ambos caballeros.
Era Mouret, que estaba echando una ojeada a los diferentes servicios.
Los tres se estrecharon la mano y Mouret preguntó acto seguido:
-¿La señora De Boves nos ha hecho el honor de venir?
-La verdad es que no -dijo el conde-, aunque lo ha sentido mucho. Está
indispuesta. Nada grave, por descontado.
Pero,
de pronto, fingió ver a la señora Guibal. Se zafó de sus interlocutores para
acercarse a ella, quitándose el sombrero, mientras que los otros dos se
limitaban a saludarla de lejos. También la señora simulaba sorpresa. A Paul se
le escapó una sonrisa. Acababa de comprender lo que sucedía y le contó al oído
a Mouret cómo se había empeñado el señor De Boves, con el que se había
encontrado en la calle de Richelieu, en evitar dicho encuentro, para tomar
luego el partido de hacerlo entrar en El Paraíso de las Damas, so pretexto de
que era cosa que no podía dejar de verse. La señora Guibal llevaba un año
tomando del conde cuanto dinero y gusto podía, sin escribirle nunca, citándose
con él, para ponerse de acuerdo, en lugares públicos: iglesias, museos o almacenes.
-Tengo
entendido que cambian de habitación de hotel en cada cita -cuchicheaba el
joven-. El mes pasado, anduvo de gira de inspección y escribía a su mujer cada
dos días desde Blois, Liorna o Tarbes. Y, sin embargo, estoy seguro de haberlo
visto entrar en una pensión burguesa del barrio de Les Batignolles... Mira,
fíjate bien. ¡Qué prestancia muestra ante ella, con su corrección de
funcionario! ¡La Francia añeja, amigo mío, la Francia añeja!
-¿Y tú cuándo te casas? -preguntó Mouret.
Paul, sin quitarle ojo al conde, respondió que seguían esperando a
que se muriese la tía. Añadió, luego, con expresión de triunfo:
-¿Qué te decía? ¿Has visto? Se ha agachado y le ha dado una dirección.
Y mira cómo la acepta ella con su cara más virtuosa. Esa pelirroja frágil de
modales despreocupados es una mujer terrible. ¿Sabes que pasan unas cosas muy
poco serias en tus dominios?
-Ah -dijo Mouret-, éstos no son mis dominios, sino los de las damas.
Añadió luego, bromeando, que el amor era como las golondrinas: traía
suerte a las casas. Por descontado que estaba al tanto de las busconas que
recorrían las secciones; de las señoras que se encontraban aquí, por
casualidad, con un amigo. Pero, al menos, si no compraban, hacían bulto y
caldeaban los almacenes. Sin dejar de hablar, se fue llevando a su antiguo
condiscípulo hasta el umbral del salón, de cara a la gran galería central,
cuyos sucesivos patios tenían a sus pies. Detrás de ellos, el salón conservaba
el recogimiento; seguían oyéndose en él leves crujidos de plumas nerviosas y
periódicos arrugados. Un señor anciano se había quedado dormido encima de El Monitor. El señor De Boves
contemplaba los cuadros con la evidente intención de perder, entre el gentío, a
su futuro yerno. En aquel sosiego, sólo la señora Bourdelais entretenía a sus
hijos hablando a voces, como en tierra conquistada.
-Ya ves que éstos son sus dominios -repitió Mouret, abarcando con
amplio ademán la aglomeración de mujeres que llenaba a reventar los
departamentos.
Precisamente
entonces cruzaba el primer patio la señora Desforges, tras haber estado a punto
de que le arrebatase el abrigo el gentío de la entrada. Al llegar a la gran
galería, alzó la vista. Era como estar en la nave central de una estación, que
rodeaban las barandillas de las dos plantas, que interrumpían las escaleras
colgantes, que cruzaban las pasarelas. Las escaleras de hierro de doble
espiral subían en atrevidas curvas y múltiples rellanos. Las pasarelas de
hierro, proyectadas sobre el vacío, lo franqueaban en línea recta, a gran
altura. Y todo aquel hierro trazaba, entre la luminosa claridad de las cristaleras,
una liviana arquitectura por la que se filtraba la luz; era aquélla la moderna
plasmación de un palacio de ensueño, de una torre de Babel en la que se
acumulasen pisos, se ensanchasen salas, se abriesen perspectivas hacia otros
pisos y otras salas, hasta el infinito. Por lo demás, el hierro era rey por
doquier; el joven arquitecto había tenido la honradez y el coraje de no
ocultarlo tras una capa de pintura que simulase piedra o madera. Abajo, para
no hacer sombra a las mercancías, la decoración era sobria: grandes paneles
lisos de colores neutros. Luego, a medida que la estructura metálica iba
subiendo, los capiteles de las columnas se tornaban más complicados, los
remaches eran florones, las cornisas y los modillones se cargaban de
esculturas; y, por último, en la parte más alta, florecían rutilantes pinturas
de tonos verdes y rojos, en medio de una profusión de dorados, de oleadas de dorados,
de cosechas doradas, hasta alcanzar las cristaleras, esmaltadas y nieladas en
oro. Bajo las galerías cubiertas, las bovedillas de ladrillo visto estaban
también vitrificadas en colores vivos. Mosaicos y azulejos formaban parte de
la ornamentación, alegraban los frisos, iluminaban con sus toques refrescantes
la severidad del conjunto. Y franjas de hierro calado y bruñido, relucientes
como el acero de una armadura, adornaban las escaleras, cuyas barandillas eran
de terciopelo rojo.
Aunque
había visto ya la nueva instalación, la señora Desforges se detuvo,
sobrecogida por la ardiente vida que animaba aquel día la gigantesca nave.
Abajo, a su alrededor, proseguían los remolinos de la muchedumbre, cuyo doble
flujo, de entrada y de salida, se percibía incluso desde el departamento de la
seda. Era aún una muchedumbre muy variopinta, aunque en las primeras horas de
la tarde acudían más damas, que se mezclaban con las pequeñas burguesas y las
amas de casa. Seguían viéndose muchas mujeres de luto, luciendo largas penas;
siempre había nodrizas, que andaban extraviadas y abrían los codos para
amparar a sus rorros. Y corrían de un extremo a otro las olas de aquel mar,
aquellos sombreros de mil colores, aquellas cabelleras al aire, rubias o
morenas, borrosas y descoloridas entre el vibrante resplandor de las telas. La
señora Desforges no veía por doquier sino grandes pancartas con gigantescos
números, cuyas manchas crudas destacaban sobre los tonos fuertes de las
indianas, el lustre de las sedas, los oscuros géneros de lana. Las cabezas
tropezaban con montones de cintas apiladas; una muralla de franela destacaba
como un promontorio; por todas partes, los espejos daban profundidad a los
almacenes, reflejaban mostradores y retazos de clientes, cabezas echadas hacia
atrás, hombros y brazos partidos por la mitad. Y, en tanto, las galerías
laterales abrían nuevas perspectivas: nevados callejones en la ropa blanca;
hondos pasadizos moteados en la calcetería; perdidos horizontes que iluminaba
el ramalazo de luz de alguna vidriera y en los que la muchedumbre no era ya
sino un polvillo humano. Luego, al alzar la vista, la señora Desforges veía,
por las escaleras, por las pasarelas, rodeando las barandillas de cada una de
las plantas, un ascenso zumbador e ininterrumpido, una multitud que cruzaba
por los aires, que viajaba por los calados de la gigantesca armazón metálica y
cuyas siluetas se recortaban en negro contra la luz difusa de los esmaltados
cristales. Grandes arañas doradas colgaban del techo, del que caían, a modo de
festivos pendones, alfombras, sedas bordadas, tejidos de lamé de oro, que
cubrían las balaustradas de banderas resplandecientes. Cruzaban, de parte a
parte, bandadas de encajes, palpitaciones de muselina, trofeos de seda, apoteosis
de maniquíes a medio vestir; dominando toda aquella confusión, el departamento
de ropa de cama parecía suspendido en las alturas, con sus colchones colocados
en estrechas camas de hierro envueltas en cortinas blancas, y recordaba el
dormitorio de un internado de jovencitas, dormido entre el ruido de pasos de la
clientela, cada vez más escasa a medida que los departamentos iban estando más
arriba.
-¿Le interesan a la señora unas ligas muy baratas? -dijo un
dependiente a la señora Desforges, al verla allí parada-. Pura seda, a un
franco cuarenta y cinco.
Ésta no se dignó siquiera responder. A su alrededor, retumbaban las
ofertas bulliciosas, cada vez más febriles. Quiso ella orientarse entonces.
Tenía a la izquierda la caja de Albert Lhomme, que la conocía de vista y se
permitió dirigirle una amable sonrisa, calmoso entre el oleaje de facturas que
lo tenía asediado, mientras, detrás de él, Joseph andaba a vueltas con la caja
del cordel y no daba abasto haciendo paquetes. Se dio cuenta ahora la señora
Desforges de dónde estaba. La seda tenía que hallarse de frente. Pero necesitó
diez minutos para llegar al departamento, pues el gentío crecía sin cesar.
Tensando sus invisibles hilos, los globos rojos se habían multiplicado por los
aires: se aglomeraban en nubes púrpura, se encaminaban despacio hacia las
puertas, seguían fluyendo en dirección a París. Cuando los niños eran muy
pequeños, llevaban el hilo enroscado en las manecitas y la señora Desforges
tenía que agachar la cabeza para no tropezar con el vuelo de aquellos globos.
-¡Cómo, señora! Se ha arriesgado usted a venir -exclamó jovialmente
Bouthemont en cuanto la vio.
Ahora, el encargado, que el propio Mouret había presentado en casa de
Henriette, iba a veces a tomar el té. A ella le parecía vulgar pero muy
correcto; su temperamento sanguíneo la sorprendía y le hacía gracia. Por lo
demás, éste le había referido, dos días antes, los amores de Mouret y de
Clara, sin intención alguna, una necedad de joven sano y aficionado a la risa.
A ella la habían mordido los celos y, ocultando la herida tras su expresión
desdeñosa, había acudido para intentar enterarse de quién era la joven, pues
Bouthemont se había limitado a decirle que se trataba de una señorita de
confección, sin querer revelarle el nombre.
-¿Quiere usted algo de aquí? -añadió.
-Naturalmente. Si no, no habría venido. ¿Tiene usted fular para una
bata?
Albergaba
la esperanza de sacarle el nombre de la dependiente, pues se había apoderado
de ella la necesidad de verla. Bouthemont llamó enseguida a Favier y siguió
dándole conversación mientras éste acababa de atender a una cliente, a la
«belleza», precisamente, aquella preciosa mujer rubia de la que hablaba, a
veces, todo el departamento sin saber nada de ella, ni cómo vivía, ni siquiera
cómo se llamaba. En esta ocasión, la «belleza» iba de luto riguroso. ¡Anda!
¿Habría perdido a su marido o a su padre? A su padre no, seguramente, pues se
la habría visto más compungida. Hay que ver qué cosas se inventa la gente.
Estaba bien claro que no era una mujer alegre, puesto que había estado casada.
A menos que fuera de luto por su madre. Pese a que no faltaba el trabajo, el
departamento anduvo unos minutos cruzando hipótesis
-A ver si se da usted un poco de prisa. Esto no hay quien lo aguante
-dijo a voces Hutin a Favier, que regresaba, tras haber acompañado a una caja a
su cliente-. Cuando viene esta señora, se eterniza usted con ella. ¡Si se cree
que le importa usted ni poco ni mucho!
-¡Bastante más de lo que me importa ella a mí! -respondió el
dependiente, muy ofendido.
Pero Hutin lo amenazó con dar parte a la dirección si no se mostraba
más respetuoso con la clientela. Se había vuelto temible; tras coaligarse el
departamento para conseguirle el puesto de Robineau, había empezado a hacer
gala de una rencorosa severidad. Y, tras todas las promesas de buen
compañerismo con las que, antaño, había calentado la cabeza a sus colegas, se
mostraba tan inaguantable que éstos, ahora, se habían vuelto contra él y
apoyaban, en la sombra, a Favier.
-Y no me replique -añadió con tono severo-. El señor Bouthemont le
está pidiendo que saque los fulares, los de dibujos más claros.
En el centro del departamento, una presentación de sedas veraniegas
iluminaba el patio con claridad de aurora. Parecía como si envolviesen el
amanecer de un astro los tonos más delicados de la luz: el rosa pálido, el
amarillo claro, el limpio azul, el ondeante chal de Iris al completo. Había
allí fulares tan sutiles como una nube, surás más livianos que la pelusilla
que vuela desde los árboles, pequines satinados como la epidermis flexible de
una doncella china. Y también pongis del Japón, tusores y corás de la India,
por no mencionar las finas sedas francesas, de mil rayas, de cuadritos, de
flores, de cuantos estampados puede imaginar la fantasía, que evocaban un paseo
de emperifolladas damas, una mañana de mayo, bajo los altos árboles de un
parque.
-Me llevo éste, el Luis XIV con ramos de rosas -dijo, por fin, la
señora Desforges.
Y, mientras Favier medía la tela, hizo un último intento para
conseguir alguna información de Bouthemont.
-Voy a subir a las confecciones, a ver un abrigo de viaje... ¿Esa
señorita que usted dice es rubia?
El encargado, al que tanta insistencia empezaba ya a preocupar, se
limitó a sonreír. En ese preciso instante, pasó por allí Denise. Volvía a su
departamento tras haber dejado en manos de Liénard, en los merinos, a la señora
Boutarel, aquella provinciana que se presentaba dos veces al año en París para
dejarse a manos llenas en El Paraíso todo cuanto iba sisando durante el año
del gasto de la casa. Favier se había hecho ya cargo del fular de la señora
Desforges, pero Hutin lo detuvo, pensando que así lo contrariaría.
-No se moleste. La señorita tendrá la bondad de acompañar a la señora.
Denise, turbada, no tuvo inconveniente en coger el paquete y el talón
de venta. Le era imposible encontrarse cara a cara con el joven sin que la
invadiese la vergüenza, como si la presencia de éste le recordase una antigua
falta. Y, no obstante, sólo había pecado en sueños.
-Dígame
-preguntó en voz baja la señora Desforges a Bouthemont-, ¿no es ésta aquella
chica tan torpe? ¿Así que la ha vuelto a admitir? ¿No será ella la protagonista
de la historia?
-Podría ser -respondió el encargado, sin dejar de sonreír y firmemente
decidido a no decir la verdad.
Entonces, la señora Desforges subió despacio la escalera, en pos de
Denise. No le quedaba más remedio que detenerse cada tres segundos para que no
la arrastrase consigo la corriente que bajaba. Entre la trepidante vibración
del edificio entero, se dejaba sentir la oscilación de las limoneras de hierro,
como si las estremeciese el aliento del gentío. En cada peldaño, se erguía
inmóvil, sólidamente sujeto, un maniquí que exhibía un traje, un paletó o un
bata. Hubiérase dicho que una doble fila de soldados cubría la carrera de algún
desfile triunfal; y parecían mangos de puñales los listones de madera clavados
en el muletón rojo, sangriento como el corte de un cuello recién rebanado.
Estaba llegando la señora Desforges a la primera planta cuando un
envite más fuerte que los demás la obligó a detenerse por un instante. Veía
ahora desde arriba los departamentos de la planta baja, toda la dispersa
muchedumbre de mujeres entre la que acababa de cruzar. Era un espectáculo
nuevo, un océano de cabezas que, vistas en escorzo, ocultaban los torsos, un
denso barullo de hormiguero. Las pancartas blancas no eran ya sino delgadas
líneas, los montones de cintas parecían más chatos, el promontorio de la
franela cortaba la galería como un tabique estrecho. Flotaban ahora a sus pies
las alfombras y las sedas brochadas que engalanaban las barandillas, como si
fuesen los pendones de una procesión colgados del coro de una iglesia.
Divisaba, a lo lejos, algunos rincones de las galerías laterales, de la misma
forma que, desde la techumbre de un campanario se divisan las esquinas de las
calles, por las que pasan las manchas negras de los transeúntes. Pero lo que
más la sorprendía era que, cuando cerraba los ojos cansados, que cegaba la
deslumbrante mezcolanza de colores, sentía aún en mayor grado la presencia del
gentío por su sordo rumor de pleamar y el calor humano que de él se desprendía.
Subía desde el entarimado un fino polvillo cargado de efluvios de mujer, del
aroma de la ropa interior de la mujer y de su nuca, del de su falda y su
cabello, un aroma penetrante, invasor, que parecía el incienso de aquel templo
edificado para rendir culto al cuerpo femenino.
Mouret, entre tanto, seguía a pie firme ante la puerta del salón de
lectura, en compañía de Vallagnosc; y se embriagaba con los efluvios de aquel
aroma, al tiempo que repetía:
-Ésta es su casa; sé de algunas que se pasan el día aquí, comiendo
pasteles y escribiendo su correspondencia... Lo único que me falta por
proporcionarles es cama.
Aquella broma hizo sonreír a Paul, quien, con el fastidio de su
pesimismo, seguía encontrando estúpida la turbulencia que despertaba en aquella
humanidad el ansia por los trapos. Cuando venía a visitar a su antiguo
condiscípulo, se iba casi molesto al verlo tan repleto de vibrante vitalidad en
medio de su pueblo de coquetas. ¿No habría alguna, de cerebro y corazón
huecos, que le enseñase que la existencia era una necedad inútil? Precisamente
aquel día parecía fallarle un poco a Octave su estupendo equilibrio. Solía ser
él quien encendía la fiebre de sus clientes con el apacible encanto de un
ejecutante; pero ahora parecía estarse contagiando del ataque de apasionado
entusiasmo en que se iban consumiendo poco a poco los almacenes. Desde que
había visto a Denise y a la señora Desforges subir juntas la escalera
principal, hablaba más alto, gesticulaba sin querer, y, mientras se empeñaba en
no volver la cabeza hacia ellas, crecía en él el nerviosismo a medida que
notaba que se iban acercando. La sangre le coloreaba el rostro y le asomaba a
los ojos un poco del enloquecido arrobo que, antes o después, palpitaba en las
miradas de las compradoras.
-Os deben de robar una barbaridad -susurró Vallagnosc, a quien le
parecía ver entre el gentío muchas caras de delincuentes.
Mouret abrió los brazos de par en par.
-Amigo mío, mucho más de lo que puedas imaginarte.
Y, excitado, alegrándose de dar con un tema de conversación, le
suministró incontables detalles, narró sucesos, sacó de ellos un sistema de
clasificación. Citaba, en primer lugar, a las mecheras profesionales, que eran
las menos dañinas, porque la policía sabía quiénes eran casi todas. Venían,
luego, las maniáticas, que padecían una perversión del deseo, un nuevo tipo de
neurosis que había descrito un alienista, comprobando que se trataba de la
consecuencia aguda de las tentaciones de los grandes almacenes. Y estaban, por
fin, las mujeres encintas, que se especializaban en determinados robos; en casa
de una de ellas, por ejemplo, el comisario de policía había encontrado
doscientos cuarenta y ocho pares de guantes rosa, robados en todos los
establecimientos de París.
-¡Así que por eso tienen aquí las mujeres una mirada tan extraña!
-murmuraba Vallagnosc-. Me he estado fijando en esas expresiones glotonas y
avergonzadas de hembras en celo... ¡Bonita escuela de honradez!
-Es que, caramba, por muy en sus dominios que queramos que estén, no
podemos consentir que se lleven la mercancía debajo de los abrigos... Y sabrás
que pescamos a señoras muy distinguidas. La semana pasada, a la hermana de un
boticario y a la mujer de un magistrado del Tribunal Supremo. Nos las
ingeniamos para arreglar las cosas.
Se interrumpió para indicar al inspector Jouve, que, precisamente,
andaba siguiendo, por la planta baja, a una embarazada que se hallaba entonces
ante el mostrador de cintas. Su abultado vientre tenía mucho que temer de los
empellones del gentío y la acompañaba una amiga cuyo cometido era, sin duda, el
de protegerla de los encontronazos demasiado rudos. Cada vez que se detenía en
un departamento, Jouve no la perdía de vista, mientras ella permanecía al lado
de la amiga, que revolvía en los casilleros.
-No te quepa duda de que la pillará con las manos en la masa -siguió
diciendo Mouret-. Jouve conoce de sobra todas las tretas.
Pero le tembló la voz y soltó una risa molesta. No había dejado de
acechar a Denise y Henriette, y éstas, al fin, estaban pasando por detrás de
él, tras haber salido con muchos apuros de la aglomeración. Se dio la vuelta y
saludó a la cliente con el ademán discreto de un amigo que no quiere
comprometer a una mujer deteniéndola en público. Pero a ésta, ya sobre aviso,
no se le escapó la mirada con la que, previamente, había abarcado a Denise.
Estaba claro que aquella muchacha debía de ser la rival que había tenido la
curiosidad de venir a conocer.
En el departamento de confección, las dependientes no daban abasto.
Dos de las señoritas estaban enfermas y la señora Frédéric, la segunda
encargada, se había despedido la víspera, sin más consideraciones, y había
pasado por caja a cobrar lo que se le debía, dejando plantado El Paraíso de la
misma forma que El Paraíso dejaba en la calle a sus empleados. No se hablaba de
otra cosa desde por la mañana, entre el febril ajetreo de la venta. A Clara,
que seguía en el departamento por capricho de Mouret, le parecía «muy chic»
aquel comportamiento; Marguerite refería la exasperación de Bourdoncle, y la
señora Aurélie, muy ofendida, declaraba que la señora Frédéric debería haberla
avisado al menos a ella y que tales disimulos eran inconcebibles. Aunque la
segunda encargada nunca había hecho confidencias a nadie, se sospechaba, no
obstante, que dejaba el ramo de las novedades para casarse con el dueño de unos
baños que estaban en el barrio de Les Halles.
-¿La señora quiere un abrigo de viaje? -preguntó Denise a la señora
Desforges, tras haberle ofrecido una silla.
-Sí -respondió ésta con tono seco, decidida a mostrarse descortés.
La nueva decoración del departamento era de una suntuosa severidad:
elevados armarios de roble tallado, entrepaños cubiertos de lunas, una moqueta
roja que amortiguaba el continuo tránsito de las clientes. Mientras Denise iba
a buscar abrigos de viaje, la señora Desforges lo recorría con la vista y, al
hacerlo, se vio en un espejo. Y se quedó mirándose. ¿Estaba envejeciendo,
acaso, puesto que la engañaban con la primera que pasaba? En el espejo se
reflejaba todo el ajetreo del departamento, pero ella sólo veía su rostro
pálido; y no oía a Clara que, detrás de ella, estaba contando a Marguerite una
de las tretas de la señora Frédéric, quien, por la mañana y por la tarde, daba
un rodeo para meterse por el pasaje de Choiseul, con la intención de que si alguien
la veía creyera que, a lo mejor, vivía en la orilla izquierda del Sena.
-Aquí están nuestros últimos modelos -dijo Denise-. Los tenemos en
varios colores.
Había extendido cuatro o cinco abrigos. La señora Desforges los
miraba con desdén y, a medida que los examinaba con mayor detenimiento, se
mostraba cada vez más dura. ¿A qué venían aquellos frunces, que le quitaban
vuelos a la prenda? Y aquel otro, de canesú cuadrado, parecía cortado a
hachazos. Ni siquiera para viajar era cosa de ir hecha una facha.
-Enséñeme otra cosa, señorita.
Denise desdoblaba las prendas, las volvía a doblar, sin permitirse ni
un gesto de desagrado. Y era aquella paciente serenidad la que exasperaba cada
vez más a la señora Desforges. Volvía los ojos continuamente hacia el espejo
que tenía enfrente. Ahora se estaba viendo en él al lado de Denise y se
comparaba con ella. ¿Era posible que alguien prefiriese a aquella criatura
insignificante? Ya estaba segura de que era la misma muchacha que había visto,
hacía tiempo, en sus comienzos de dependiente, haciendo el ridículo, torpe
como una pastora de ocas recién llegada de la aldea. Cierto era que ahora tenía
mejor aspecto, tan tiesa y tan correcta, con su vestido de seda. Pero, pese a
todo, ¡qué pobre chica, qué vulgar!
-Voy a traerle a la señora otros modelos -estaba diciendo Denise con
voz tranquila.
Cuando regresó, se repitió la escena. La señora Desforges se ensañó
luego con los paños, que eran demasiado pesados y no valían nada. Se daba la
vuelta, alzaba la voz, intentaba llamar la atención de la señora Aurélie, con
la esperanza de que riñese a la joven. Pero ésta, desde su regreso, había ido
conquistando poco a poco al personal del departamento. Ahora tenía allí su
puesto e, incluso, a la encargada le parecía que poseía cualidades poco
frecuentes para la venta: una obstinada dulzura y un risueño convencimiento.
Por lo tanto, la señora Aurélie se encogió levemente de hombros y se guardó muy
mucho de intervenir.
-Si la señora tuviera a bien indicarme qué estilo le gusta -decía
ahora Denise, con aquella cortés insistencia que no cedía ante ningún
obstáculo.
-¡Pero si es que no tienen ustedes nada! -exclamó a voces la señora
Desforges.
Se interrumpió, sorprendida, al notar una mano en el hombro. Era la
señora Marty, que, presa de uno de sus ataques de despilfarro, recorría de
arriba abajo los almacenes. Tantas cosas había comprado, desde la adquisición
de las corbatas, los guantes bordados y la sombrilla roja, que el último
dependiente que se había hecho cargo de aquel cúmulo de compras había tomado
la decisión de colocarlo en una silla para que no le rindiera los brazos. Caminaba delante de ella, tirando de la
silla, en la que se apilaban enaguas, toallas, visillos, una lámpara, tres
felpudos.
-¡Anda! -dijo la señora Marty-. ¿Está usted comprando un abrigo de
viaje?
-¡No, por Dios! -repuso la señora Desforges-. Son horrorosos.
Pero la señora Marty se había fijado en un abrigo de rayas que no le
había parecido mal. Su hija Valentine ya lo estaba mirando de cerca. Entonces,
Denise llamó a Marguerite, viendo la ocasión de que el departamento se librase
de aquel artículo, un modelo del año anterior. Y la dependiente, interpretando
la ojeada que le lanzaba su compañera, presentó el abrigo como una ocasión
excepcional. Cuando le hubo jurado a la señora Marty que ya lo habían rebajado
de precio dos veces, que de ciento cincuenta francos había pasado a ciento
treinta y que ahora estaba a ciento diez, ésta no tuvo fuerzas para resistirse
a la tentación de la baratura. Se quedó con él, y el dependiente que la
acompañaba dejó la silla y todos los talones de venta junto con la mercancía.
Entre tanto, a espaldas de las señoras y entre las prisas de la venta,
el departamento seguía comadreando acerca de la señora Frédéric.
-¿Así que de verdad estaba liada con alguien? -preguntaba una
dependiente joven y recién llegada.
-¡Toma, pues con el individuo de los baños! -contestaba Clara-. No hay
que fiarse de esas viudas tan apacibles.
Volvió entonces la cabeza la señora Marty, mientras Marguerite hacía
el talón del abrigo; señalando a Clara con un leve parpadeo, le dijo al oído a
la señora Desforges:
-Mire,
ahí tiene al capricho del señor Mouret.
Henriette, sorprendida, miró a Clara y, volviendo luego la vista hacia
Denise, le respondió:
-¡No, la alta no; la bajita!
Y al no atreverse ya la señora Marty a asegurar nada, la señora
Desforges añadió, en voz más alta, con el desprecio de una dama hacia unas
doncellas:
-A lo mejor, la alta y la baja. Y todas las que se dejen.
Denise la había oído. Alzó los grandes y limpios ojos hacia aquella
señora que no conocía y la ofendía así. Debía de ser la persona de quien le
habían hablado, aquella amiga del dueño. Y, cuando se cruzaron sus miradas,
había en la suya una dignidad tan triste, una inocencia tan sincera que
Henriette se sintió violenta.
-Ya que no tiene nada decente que enseñarme, acompañeme a los
vestidos -dijo con brusquedad.
-¡Anda! ¡Voy con usted! -exclamó la señora Marty-. Quería ver un traje
para Valentine.
Marguerite cogió la silla por el respaldo y la fue arrastrando,
volcada hacia atrás, apoyada en las patas traseras, que aquellos acarreos
acababan por desgastar. Denise llevaba sólo los pocos metros de fular que había
comprado la señora Desforges. Ahora que los vestidos y los trajes estaban en el
segundo piso, en el otro extremo de los almacenes, era toda una peregrinación
llegar hasta allí.
Comenzó el largo recorrido por las galerías abarrotadas. Caminaba en
cabeza Marguerite, tirando de la silla como de un carrito y abriéndose paso con
dificultad. La señora Desforges empezó a protestar ya desde la lencería: qué
absurdos eran aquellos bazares en que había que recorrer dos leguas para dar
con cualquier artículo. También la señora Marty se quejaba de estar muerta de
cansancio. Y no por ello dejaba de disfrutar de ese cansancio, de esa lenta
extinción de sus fuerzas entre aquella interminable exposición de mercancías.
Había sucumbido por completo al genial hallazgo de Mouret. Todos los
departamentos la retenían al pasar. Empezó por detenerse en las canastillas de
boda, después cayó en la tentación de unas camisas, que le vendió Pauline.
Pudo, pues, Marguerite dejar la silla, y fue Pauline la que tuvo que cargar con
ella. La señora Desforges habría podido seguir andando, para dejar antes libre
a Denise, pero parecía disfrutar sabiéndola a sus espaldas, quieta y paciente,
mientras se demoraba para aconsejar a su amiga. En las canastillas infantiles,
las señoras lo admiraron todo, pero no compraron nada. Menudearon, luego, las
debilidades de la señora Marty: cedió, sucesivamente, ante un corsé de raso
negro, unos manguitos de piel rebajados por ser un artículo fuera de temporada
y unas puntillas rusas, que estaban de moda en ese momento para adornar la ropa
de mesa. Todo se iba apilando encima de la silla, el montón de paquetes crecía,
haciendo crujir la madera; y a los sucesivos dependientes cada vez les costaba
más trabajo tirar de ella a medida que la carga se iba haciendo más pesada.
-Por aquí, señora -decía Denise, sin una queja, después de cada parón.
-¡Pero esto es ridículo! -exclamaba la señora Desforges-. No
llegaremos nunca. ¿Por qué no están los vestidos y los trajes al lado de la
confección? ¡Qué revoltillo!
La
señora Marty, cuyas pupilas se dilataban con la embriaguez de aquel desfile de
suntuosidades que bailaban ante su vista, repetía a media voz:
-¡Dios mío! ¿Qué va a decir mi marido?... Tiene usted toda la razón.
En estos almacenes no hay ni orden ni concierto. Una se pierde y hace
tonterías.
Costó trabajo que la silla cruzase por el ancho rellano de la escalera
principal, en donde Mouret acababa de mandar, precisamente, que colocasen unos
tenderetes de fruslerías que entorpecían el paso: copas con pie de zinc dorado,
neceseres y licoreras de poco precio, ya que, en su opinión, la gente circulaba
por aquel lugar muy a sus anchas, en vez de agolparse hasta la asfixia. Había
autorizado a uno de sus dependientes para que expusiera allí, en una mesa
pequeña, curiosidades de la China y el Japón, unas cuantas chucherías baratas
que las clientes se quitaban de las manos. Era un éxito inesperado y Mouret ya
estaba pensando en ampliar aquella oferta. La señora Marty, mientras dos mozos
subían la silla a la segunda planta, compró seis botones de marfil, unos
ratones de seda y una cerillera de esmaltes tabicados.
Reanudaron la caminata por la segunda planta. Denise, que llevaba
paseando clientes desde por la mañana, estaba rendida; pero seguía mostrando la
misma corrección, la misma dulzura cortés. Tuvo que volver a esperar a las
señoras en las tapicerías, en donde la señora Marty se prendó de una cretona
deliciosa. Más adelante, al llegar a los muebles, se le antojó una mesa de
labor. Le temblaban las manos y estaba suplicando, entre risas, a la señora
Desforges que le impidiese seguir gastando dinero cuando un encuentro con la
señora Guibal le proporcionó una excusa. Coincidieron con ella en el
departamento, de alfombras, al que había subido, al fin, para devolver todo un
lote de portiers orientales que se había llevado cinco días antes. Estaba de
pie, hablando con el dependiente, un mocetón con brazos de luchador que
manejaban, de la mañana a la noche, cargas que hubieran reventado a un buey.
Como es lógico, se sentía muy contrariado con aquella devolución, que lo dejaba
sin el correspondiente porcentaje. Estaba, pues intentando pillar a la cliente
en algún renuncio, pues se maliciaba algo turbio, probablemente un baile
durante el que se habían usado los portiers de El Paraíso, para devolverlos
luego, ahorrándose así alquilárselos a un tapicero. Sabía que las burguesas
miradas con el dinero solían hacer cosas semejantes. Alguna razón tendría la
señora para devolverlos; si es que no le agradaban los dibujos o los colores,
podía enseñarle otros, disponían de un surtido muy completo. A cuantas
insinuaciones le hacía el dependiente, la señora Guibal respondía con mucha
calma, con su seguridad de reina, que los portiers ya no le gustaban, sin
dignarse añadir ninguna explicación. Se negó a ver otros, y el dependiente tuvo
que resignarse, pues todos ellos tenían orden de aceptar las mercancías aunque
notasen que estaban usadas.
Las tres señoras se alejaron juntas; la señora Marty seguía dándole
vueltas, presa de remordimientos, a la compra de la mesa de labor, que no
necesitaba para nada. Entonces, la señora Guibal le dijo con su voz tranquila:
-Pues ya la devolverá usted... ¿No se ha fijado en lo fácil que es?
Usted deje que se la lleven a casa. La pone en el salón y la mira; luego,
cuando se aburra de ella, la devuelve.
-¡Qué buena idea! -exclamó la señora Marty-. Si mi marido se enfada
demasiado, lo devuelvo todo.
Habiendo hallado la excusa suprema, dejó de echar cuentas y siguió
comprando, con la sorda necesidad de quedarse con todo, pues no era de las
mujeres que devuelven lo que adquieren.
Llegaron por fin a los vestidos y trajes. Pero, cuando Denise iba a
entregar a una de las dependientes el fular de la señora Desforges, ésta
cambió, al parecer, de opinión y declaró que, bien pensado, se iba a llevar uno
de los abrigos de viaje, el gris claro. Y Denise tuvo que esperarla,
respetuosamente, para volver a acompañarla a la confección. La joven notaba en
aquellos caprichos de cliente despótica el empeño de tratarla como a una
sirvienta. Pero se había jurado a sí misma no faltar a sus obligaciones y
seguía conservando la misma actitud reposada, aunque el corazón le daba brincos
y su amor propio se rebelaba. La señora Desforges no compró nada en el
departamento de vestidos y trajes.
-¡Ay, mamá! -decía Valentine-. ¡Si fuera de mi talla ese trajecito de
ahí!
La señora Guibal le estaba explicando su táctica en voz baja a la
señora Marty. Cuando le gustaba un vestido en una tienda, hacía que se lo
enviaran, sacaba el patrón y, luego, lo devolvía. Y la señora Marty le compró
el vestido a su hija, en tanto que susurraba:
-¡Qué buena idea! ¡Cuánto sentido práctico tiene usted, querida amiga!
No había quedado más remedio que dejar atrás la silla. Había
naufragado en el departamento de muebles, junto a la mesa de labor. El peso era
excesivo y las patas de detrás amenazaban con quebrarse. Habían llegado al
acuerdo de centralizar todas las compras en una de las cajas, para bajarlas
luego al servicio de expedición.
Comenzaron entonces a vagabundear las señoras, a las que Denise seguía
sirviendo de guía. Volvieron a verlas en todos los departamentos. Subieron mil
veces las escaleras, recorrieron otras tantas las galerías. Se detenían a cada
momento, al encontrarse con personas conocidas. Fue así como, en las
inmediaciones del salón de lectura, volvieron a toparse con la señora
Bourdelais y sus tres hijos. Los niños iban cargados de paquetes: Madeleine
llevaba, bajo el brazo, un vestido para ella; y Edmond, toda una colección de
zapatitos, mientras que el más pequeño lucía una gorra nueva.
-¡Tú, también! -dijo, riendo, la señora Desforges a su amiga de
internado.
-¡No me hables! -exclamó la señora Bourdelais-. Estoy furiosa...
¡Ahora recurren a estas criaturitas para hacernos caer! Bien sabes que nunca me
compro nada para mí. Pero ¿quién puede decirles que no a estos chiquillos, a
los que se les antoja todo? Los había traído a que dieran un paseo y aquí me
tienes, desvalijando la tienda.
Mouret, que aún se encontraba allí en compañía de Vallagnosc y del
señor De Boves, la escuchaba, sonriente. Ella lo vio y se quejó, con tono
risueño, en el que podía adivinarse una irritación real, de aquellas trampas
que le tendía al amor materno. Se indignaba ante la idea de haber sucumbido a
la fiebre de la propaganda Y él sin dejar de sonreír la saludaba
respetuosamente, saboreando el triunfo. El señor De Boves había maniobrado para
acercarse a la señora Guibal; se fue, al fin, tras ella, intentando, por
segunda vez, despistar a Vallagnosc. Pero éste, cansado del barullo, se
apresuró a alcanzar al conde. Denise se había detenido de nuevo para esperar a
las señoras. Estaba de espaldas, y Mouret, por su parte, fingía no verla. A
partir de ese momento, el fino olfato de mujer celosa de la señora Desforges
barrió con todas sus dudas. Mientras él le decía palabras amables y caminaba a
su lado un breve trecho, en su papel de galante anfitrión, ella reflexionaba
sobre la forma de declararlo convicto y confeso de su traición.
Entre
tanto, el señor De Boves y Vallagnosc, que abrían la marcha con la señora
Guibal, habían llegado al departamento de encajes, que ocupaba un lujoso salón
colindante con el de confecciones. Lo amueblaban unos casilleros cuyos cajones
de roble tallado tenían un frente abatible. En torno a las columnas, tapizadas
de terciopelo rojo, trepaban en espiral los encajes blancos. Y, de un extremo
a otro de la estancia, volaban bandadas de guipur. Se amontonaban en los
mostradores los grandes cartones en los que se enroscaban prietas madejas de
Valenciennes, de Malinas, de puntos de aguja. Al fondo, estaban sentadas dos
señoras, ante un viso de seda malva sobre el que Deloche extendía puntillas de
Chantilly. Y las miraban en silencio, sin acabar de decidirse.
-¡Anda! -dijo Vallagnosc, muy sorprendido-. ¿No decía usted que la
señora De Boves estaba enferma?... Pues allí la tiene, de pie ante ese
mostrador, con la señorita Blanche.
El conde no pudo por menos de sobresaltarse, al tiempo que miraba de
reojo a la señora Guibal.
-¡A fe mía que es verdad! -dijo.
Hacía mucho calor en aquel salón. A las clientes que se agolpaban en
él les faltaba el aire y tenían el rostro pálido y los ojos relucientes. Era
como si todas las seducciones de los almacenes culminasen en aquella tentación
suprema, como si fuera aquélla la oculta alcoba del pecado, el lugar de
perdición en el que sucumbían las más fuertes. Las manos se hundían en el
desbordamiento de piezas y, al retirarse, conservaban un embriagado temblor.
-Me parece que las señoras lo están arruinando a usted -añadió
Vallagnosc, al que el encuentro divertía.
El señor De Boves puso el gesto de un marido tanto más seguro del
sentido común de su mujer cuanto que nunca le da un céntimo. Ésta, tras haber
recorrido todos los departamentos con su hija, sin comprar nada, acababa de
embarrancar en los encajes sus rabiosos deseos insatisfechos. Pese a estar
rendida de cansancio, se hallaba de pie ante un mostrador, revolviendo en los
montones. Se le aflojaban las manos, le subía un sofoco por la espalda. De
repente, al ver que su hija había vuelto la cabeza y que el dependiente se
alejaba, intentó meterse debajo del abrigo una pieza de punto de Alenzón. Pero
se sobresaltó y soltó el encaje al oír la voz de Vallagnosc, que le, decía en
tono jovial:
-¡La hemos pillado in fraganti, señora!
Se quedó sin habla durante unos segundos, palidísima. Luego, explicó
que se había sentido mucho mejor y le había apetecido tomar el aire. Por
último, al fijarse en que su marido se hallaba en compañía de la señora de
Guibal, se repuso por completo y los miró con expresión tan digna que ésta se
sintió obligada a decir:
-Estaba con la señora Desforges, y nos hemos encontrado con estos
caballeros.
En aquel momento llegaban las otras señoras. Las acompañaba Mouret y
se quedó con ellas unos instantes más, instándolas a que se fijasen en el
inspector Jouve, que seguía vigilando a la mujer encinta y a su amiga. Era algo
muy curioso, no podían ni imaginarse la cantidad de ladronas que detenían en
los encajes. La señora De Boves, al oírlo, se veía ya entre dos gendarmes, con
sus cuarenta y cinco años, su lujo, la elevada posición de su marido. Y no
sentía remordimiento alguno, sino que pensaba que debería haberse metido la
pieza en la manga. Entre tanto, Jouve acababa de decidirse a interpelar a la
embarazada, renunciando ya a sorprenderla con las manos en la masa y
sospechando, por lo demás, que había ido llenándose los bolsillos con tal maña
que él no había sido capaz de darse cuenta. Pero, tras llevarla aparte y
registrarla, tuvo que pasar por el mal rato de no encontrarle nada encima, ni
una corbata, ni un botón. La amiga había desaparecido. Y, de pronto, lo
entendió todo: la embarazada sólo estaba allí para distraerlo; la que robaba
era la amiga.
La aventura divirtió a las señoras. Mouret, un tanto molesto, se
limitó a decir:
-El tío Jouve se ha quedado esta vez con tres palmos de narices. Pero
ya se tomará la revancha.
-¡Bah! -dijo Vallagnosc, a modo de conclusión-. Yo creo que no da la
talla... Y, además, ¿por qué exponéis tantas mercancías? Os está bien empleado
si os roban. No hay que tentar de esta forma a pobres e indefensas mujeres.
Fue
aquélla la última palabra, que sonó como la nota más aguda del día, entre la
creciente fiebre de los almacenes. Las señoras ya se estaban despidiendo y
cruzaban por última vez las secciones abarrotadas. Eran las cuatro de la tarde.
Los rayos del sol poniente penetraban, sesgados, por los amplios ventanales de
la fachada, iluminando oblicuamente las cristaleras de los patios. Y, en
aquella rojiza claridad de incendio, flotaba, como un vapor de oro, el denso
polvo que los pasos de la muchedumbre había levantado desde por la mañana. Una
capa de luz recorría la gran galería central, recortaba sobre un fondo de
llamas las siluetas de las escaleras, las de las pasarelas, todo aquel encaje
aéreo de hierro calado. Los mosaicos y los azulejos de los frisos espejeaban,
el resplandor de los pródigos dorados avivaban los tonos verdes y rojos de las
pinturas. Ahora, era como si los artículos expuestos estuviesen ardiendo en
aquellas prendidas brasas: los palacios de guantes y corbatas; las girándulas
de cintas y encajes; las elevadas pilas de géneros de lana y de calicó; los
arriates de mil matices en los que florecían las finas sedas y los fulares. Las
lunas relumbraban. La exposición de sombrillas, combadas como escudos, tenía
reflejos de metal. A lo lejos, más allá de algunas franjas oscuras, se veían
secciones remotas, luminosas, en las que bullía una muchedumbre que envolvía el
rubio sol.
En
aquella hora final, en aquel ambiente sobrecalentado, las mujeres eran reinas.
Habían tomado por asalto los almacenes y acampaban en ellos como en tierra
conquistada, igual que una horda invasora que hubiera tomado posiciones entre
las devastadas mercancías. Los dependientes, sordos y aturdidos, no eran ya
sino las herramientas que utilizaban con tiranía de soberanas. Las señoras
gruesas empujaban a todo el mundo. Las delgadas se crecían, se tornaban
arrogantes. Y todas ellas, irguiendo la cabeza, con ademanes bruscos, estaban
en sus dominios, no se respetaban entre sí, abusaban de la casa cuanto podían,
hasta llevarse consigo el polvo de las paredes. La señora Bourdelais, queriendo
resarcirse del gasto, había vuelto a llevar a sus hijos al ambigú; ahora, la
clientela se abalanzaba hacia él con apetito rabioso; incluso las madres se
atiborraban de vino de Málaga. Desde la hora de apertura, iban consumidos ochenta
litros de refrescos y setenta botellas de vino. Tras comprar el abrigo, la
señora Desforges había pedido en la caja que le regalasen unas estampas. Y ya
se iba, pensando en la forma de llevar a Denise a su casa para poder humillarla
allí en presencia del propio Mouret, para ver qué cara ponían ambos y
arrancarles una certidumbre. Mientras el señor De Boves conseguía, al fin, perderse
entre el gentío y desaparecer con la señora Guibal, la señora De Boves, tras la
que caminaban Blanche y Vallagnosc, tuvo el capricho de pedir un globo rojo,
aunque no había comprado nada. Al menos tendría algo, no se iría con las manos
vacías, se granjearía la amistad de la niña de sus porteros. En el mostrador en
el que los repartían, estaban empezando a entregar el cuadragésimo millar.
Cuarenta mil globos rojos habían alzado el vuelo en el aire cálido de los
almacenes, toda una bandada de globos rojos que, en aquellos momentos,
flotaban de un extremo a otro de París, elevando hasta el cielo el nombre de El
Paraíso de las Damas.
Dieron las cinco. La señora Marty se había quedado sin más compañía
que su hija en el espasmo final de la venta. No conseguía irse de allí,
derrengada de cansancio, prendida en unos lazos tan fuertes que volvía sin
cesar sobre sus pasos, sin necesidad alguna, recorriendo los departamentos con
insaciable curiosidad. Era la hora en que la muchedumbre, a la que hostigaba la
propaganda, perdía por completo el tino. Los sesenta mil francos de anuncios
invertidos en los periódicos, los doscientos mil catálogos puestos en
circulación, tras haber vaciado los bolsillos a las mujeres, les dejaban los
nervios tocados de embriaguez; y no se iban, conmocionadas aún por cuanto
ideaba Mouret: los precios rebajados, las devoluciones, todas aquellas
incesantes galanterías. La señora Marty se demoraba ante las mesas en que
pregonaban la mercancía, entre las roncas llamadas de los dependientes, entre
el ruido del oro en las cajas y el estruendo de los paquetes al desplomarse en
el sótano. Volvía a cruzar la planta baja: la ropa blanca, la seda, los
guantes, los géneros de lana; luego, subía una vez más, entregándose a la
vibración metálica de las escaleras y las pasarelas, regresaba a las
confecciones, a la lencería, a los encajes; llegaba a la segunda planta, la
zona alta donde estaban los muebles y la ropa de cama; y, por doquier, los
dependientes, Hutin y Favier, Mignot v Liénard, Deloche, Pauline, Denise,
hacían un último esfuerzo, aunque ya no notasen las piernas, y ganaban batallas
al último ataque de fiebre de las clientes, de aquella fiebre que había ido
creciendo despacio desde por la mañana, como si fuera la ebriedad misma que se
desprendía de aquel continuo movimiento de telas. El sol de las cinco consumía
ahora al gentío en su incendio. La señora Marty tenía el rostro animado y
nervioso de una niña que hubiese bebido vino puro. Había entrado con ojos
reposados y, en la piel lozana, el frío de la calle; y la mirada y el cutis se
le habían ido agostando con la contemplación del espectáculo de aquel lujo, de
aquellos colores, cuyo incesante y acelerado desfile exacerbaba sus pasiones.
Cuando se fue al fin, tras haber dicho que abonaría las compras en su
domicilio, aterrada por el importe de la factura, tenía los rasgos demacrados,
los pupilas dilatadas de una enferma. Tuvo que pelear para salir de la tenaz
aglomeración de la puerta, en la que la gente batallaba a muerte por los
desbaratados saldos. Cuando estuvo ya en la acera, tras haber perdido y
recuperado a su hija, se estremeció en el aire frío y se detuvo, aturdida,
presa del trastorno neurótico de los grandes bazares.
A última hora de la tarde, cuando Denise volvía de cenar, la llamó un
mozo.
-Señorita, la esperan en dirección.
No se acordaba va de que Mouret le había ordenado, por la mañana, que
pasase por su despacho al acabar la venta. La estaba esperando, a pie firme.
Ella, al entrar, no empujó la puerta, que se quedó abierta.
-Estamos muy satisfechos con usted, señorita -le dijo Mouret-, y
queremos demostrárselo. Ya sabe con qué falta de consideración nos ha dejado
la señora Frédéric. Desde mañana ocupará usted su puesto de segunda encargada.
Al oírlo, el pasmo inmovilizó a Denise. Susurró con voz temblorosa:
-Pero, señor Mouret, si hay dependientes mucho más antiguas que yo en
el departamento...
-Muy bien. ¿Y qué? -dijo él-. Usted es la más capaz y la más
responsable. Y la escojo a usted, es lo más natural... ¿No se alegra?
Ella,
entonces, se ruborizó. La invadían una dicha y una turbación deliciosas que
disipaban su temor inicial. ¿Por qué había pensado, antes que nada, en las
hipótesis con que los demás iban a recibir aquella inesperada muestra de favor?
Pese a su impulsivo agradecimiento, no salía de su confusión. Él, sonriente, la
miraba, con su sencillo vestido de seda, sin una joya, sin más lujo que su
regia cabellera rubia. Se había ido puliendo; tenía el cutis blanco y una
expresión delicada y seria. La endeble insignificancia de antaño se había transformado
en un encanto penetrante aunque discreto.
-Es usted muy bueno, señor Mouret -balbució-. No sé cómo decirle...
Pero se interrumpió. En el marco de la puerta estaba Lhomme, asiendo
con la mano sana una gran bolsa de cuero. El brazo mutilado oprimía contra el
pecho una gigantesca cartera. Y a su espalda, su hijo Albert iba cargado con
unos sacos que lo derrengaban.
-Quinientos
ochenta y siete mil doscientos diez francos con treinta céntimos -voceó el
cajero, cuyo rostro fofo y ajado resplandecía como si lo iluminase, como un
rayo de sol, el reflejo de aquella suma.
Era la recaudación del día, la mayor de cuantas había alcanzado El
Paraíso. A lo lejos, de las profundidades de los almacenes por los que Lhomme
acababa de cruzar despacio, con la pesadez de un buey que arrastra una carga
excesiva, se alzaba la algarabía, el remolino de sorpresa y júbilo que había
ido dejando, a su paso, aquella recaudación enorme.
-¡Espléndido! -dijo Mouret, encantado-. Amigo Lhomme, póngalo aquí y
descanse, porque está usted agotado. Voy a mandar que lleven este dinero a la
caja central... Sí, sí, déjelo todo encima de mi mesa. Quiero ver lo que
abulta...
Estaba alegre como un niño. El cajero y su hijo dejaron la carga. En
la bolsa sonó el claro tintineo del oro; dos de los sacos soltaron, al
reventarse, sendas corrientes de plata y cobre, en tanto que de la cartera
asomaban los picos de los billetes de banco. Uno de los extremos de la mesa
quedó cubierto por completo, al desplomarse sobre él aquella fortuna, recogida
en un plazo de diez horas.
Tras retirarse Lhomme y Albert, enjugándose el sudor del rostro,
Mouret permaneció inmóvil un instante, absorto, clavando los ojos en el
dinero. Luego, al alzar la vista, vio a Denise, que se había apartado. Recobró
entonces la sonrisa, la obligó a acercarse y acabó por decirle que le regalaba
cuanto le cupiera en la mano cerrada. Y, más que una broma, era aquello un deseo
de comprar amor.
-Ahí, en la bolsa. Apuesto a que saca menos de mil francos. ¡Tiene
usted una mano tan pequeña!
Pero ella retrocedió aún más. ¿Acaso la quería? Lo comprendía todo,
de repente, notaba la creciente llama del arrebatado deseo en que Mouret la
envolvía desde que había regresado al departamento de confección. Y lo que más
la turbaba era notar que su propio corazón latía alocadamente. ¿Por qué la
ofendía con aquel dinero, si se sentía rebosante de agradecimiento y Mouret
habría podido hacerla desfallecer con una única palabra de afecto? Él se le
iba acercando, sin dejar de bromear; pero, para mayor descontento de Mouret, se
presentó en el despacho Bourdoncle, so pretexto de informarle de las cifras de
asistencia: aquel día había acudido a El Paraíso la enorme cantidad de setenta
mil clientes. YDenise se fue, presurosa, tras haber dado otra vez las gracias.
X
El
balance era el primer domingo de agosto y tenía que estar concluido esa misma
noche. Todos los empleados ocuparon sus puestos desde por la mañana, como
cualquier otro día, y comenzó la tarea tras las puertas cerradas de los
almacenes, vacíos de clientes.
Denise no había bajado a las ocho con las demás dependientes. Aunque
no había podido salir de su cuarto desde el jueves anterior, porque se había
torcido el tobillo al subir al taller, se encontraba ya mucho mejor. Pero, como
la señora Aurélie la mimaba mucho, no se apresuró; empezó a calzarse, no obstante,
trabajosamente, con la firme intención de acudir, pese a todo, al departamento.
Los cuartos de las señoritas ocupaban ahora el quinto piso de los edificios
nuevos, que corrían a lo largo de la calle de Monsigny; había, a ambos lados de
un corredor, sesenta habitaciones, más confortables que antes, aunque seguían
amueblándolas una cama de hierro, un armario grande y un tocador pequeño,
ambos de nogal. En ellas, las dependientes iban añadiendo a su vida íntima
nuevas pulcritudes y elegancias; se ufanaban de usar jabones caros y ropa interior
fina y, a medida que su suerte iba mejorando, emprendían un lógico ascenso
hacia la burguesía, aunque se oyesen aún, como en una pensión, algunas palabras
gruesas y algunos portazos durante las prisas tempestuosas que las arrebataban
por la mañana y por la noche. Por lo demás, Denise, dada su categoría de
segunda encargada, tenía una de las habitaciones más amplias, con dos ventanas
abuhardilladas que daban a la calle. Ahora que era rica, se permitía ciertos
lujos: un edredón rojo cubierto de guipur, una alfombra pequeña delante del
armario y, encima del tocador, dos jarrones de vidrio azul donde se marchitaban
unas rosas.
Cuando se hubo calzado, intentó caminar por la habitación. Tuvo que
apoyarse en los muebles, pues todavía cojeaba. Pero ya le iría entrando en
calor el tobillo. Aunque la verdad era que había hecho bien en no aceptar una
invitación a cenar de su tío Baudu para esa misma noche y en pedirle a su tía
que llevase a dar una vuelta a Pépé, que estaba otra vez a cargo de la señora
Gras. Jean, que había ido a verla el día anterior, cenaba también en casa de su
tío. Denise seguía intentado caminar, despacio, prometiéndose meterse en la
cama temprano para descansar la pierna, cuando la señora Cabin, la encargada de
la vigilancia, llamó a la puerta y le entregó una carta con expresión
misteriosa.
Tras
cerrar la puerta, Denise, asombrada ante la discreta sonrisa de la mujer, abrió
la carta. Se desplomó en una silla: era de Mouret. Se congratulaba de que
estuviera restablecida y le rogaba que bajase aquella noche a cenar con él,
puesto que no podía salir. Nada hiriente había en aquella nota, escrita en un
tono de paternal confianza. Pero no cabía equivocación alguna. Todo el mundo
estaba al tanto, en El Paraíso, del verdadero alcance de aquellas invitaciones
que tenían ya categoría de leyenda. Clara había cenado con él; otras también;
todas aquellas en las que se fijaba el dueño. Después de la cena, venía el
postre, como decían los dependientes, bromeando. Y, poco a poco, una oleada de
sangre fue tiñendo las blancas mejillas de la joven.
Entonces, con la carta caída entre las
rodillas notando los hondos latidos del corazón, Denise permaneció con
los ojos clavados en la cegadora luz de una de las ventanas. En aquel mismo
cuarto, durante las horas de insomnio, no le había quedado más remedio que
hacerse una confesión: aún temblaba al ver pasar a Mouret, pero ahora sabía que
no era de miedo. Y su anterior malestar, sus pasados temores no podían ser sino
la medrosa ignorancia del amor, la turbación que aportaba a su huraño e infantil
retraimiento el alborear de un desconocido afecto. No buscaba razones; se
limitaba a darse cuenta de que siempre lo había querido, desde el preciso
instante en que, trémula y balbuciente, se halló en su presencia. Ya lo quería
cuando lo temía como a un amo despiadado; lo quería cuando su azorado corazón
soñaba, inconsciente, con Hutin, sucumbiendo a una necesidad de cariño. Quizá
hubiera podido, llegado el caso, entregarse a otro, pero nunca había amado sino
a ese hombre, una de cuyas miradas bastaba para aterrarla. Y todo el pasado
cobraba nueva vida y desfilaba ante la luz de la ventana. La severidad de los
primeros tiempos; aquel paseo tan dulce bajo las oscuras frondas de las
Tullerías; y, por fin, aquellos anhelos con que él la rondaba desde el mismo
instante de su regreso a los almacenes. La carta resbaló y cayó al suelo.
Denise seguía mirando la ventana; y la claridad del sol, que daba de pleno en
ella, la deslumbraba.
Llamaron de pronto; se apresuró a recoger la carta y la ocultó en el
bolsillo. Era Pauline, que había alegado un pretexto para poder escaparse de su
departamento, y venía a charlar un rato.
-¿Estás mejor, querida? Ya no nos vemos casi.
Pero, como estaba prohibido subir a las habitaciones y, sobre todo,
encerrarse en ellas de dos en dos, Denise se la llevó al final del corredor,
donde estaba la sala de reunión, una fineza del director con las señoritas, que
podían instalarse en ella para charlar o dedicarse a alguna labor hasta que
dieran las once. La estancia, blanca y dorada, mostraba la trivial desnudez de
un salón de hotel; la amueblaban un piano, una mesa central y unos cuantos
sillones y sofás cubiertos de fundas blancas. Por lo demás, las dependientes,
tras pasar juntas allí varias veladas, en el primer entusiasmo de la novedad,
no tardaron mucho en cruzar palabras desagradables cuando coincidían. Estaban
todavía sin educar; aquel reducido falansterio carecía de concordia. Por el
momento, no solía pasar allí la velada más que la segunda encargada de
corsetería, miss Powell, que tocaba desabridamente algunas piezas de Chopin y
cuyo talento, que las demás envidiaban, propiciaba la desbandada general.
-Ya ves que estoy mejor del pie -dijo Denise-. Estaba a punto de
bajar.
-¡Qué dedicación! -exclamó la lencera-. Si yo tuviera un pretexto,
bien que me quedaría en mi cuarto y me dedicaría a cuidarme.
Se habían sentado ambas en uno de los sofás. Desde que su amiga era
segunda encargada en confección, la actitud de Pauline había cambiado. Se
notaba en su cordialidad de persona campechana un matiz respetuoso, una
sorpresa al darse cuenta de que la infeliz dependiente de antaño, tan poquita
cosa, había emprendido el camino hacia la fortuna. No obstante, Denise la
quería mucho y sólo a ella se confiaba, entre el continuo galopar de las
doscientas mujeres que trabajaban ahora en la casa.
-¿Qué
te pasa? -preguntó vehementemente Pauline, al notar la turbación de la joven.
-No me pasa nada -le aseguró ésta, con tirante sonrisa.
-Sí, sí, algo te ocurre... ¿Es que ya no te fías de mí y por eso no me
cuentas tus penas?
Entonces, Denise cedió, llevada por la emoción que le henchía el
pecho y no conseguía calmar. Le tendió a su amiga la carta, balbuciendo:
-¡Mira! Me acaba de escribir.
Nunca hasta entonces habían hablado abiertamente entre si de Mouret.
Pero aquel silencio era, precisamente, como la confesión de sus secretas
preocupaciones. Pauline estaba al tanto de todo. Tras haber leído la carta, se
arrimó a Denise y la cogió por la cintura para susurrarle bajito:
-Querida, para serte sincera, yo pensaba que ya habías dado este
paso... No te subleves; te aseguro que todos deben de creerlo, igual que lo
creía yo. ¡Qué quieres! Se ha dado tanta prisa en hacerte segunda encargada. ¡Y
además salta a la vista que anda siempre detrás de ti!
Le dio un sonoro beso en la mejilla. Luego, dijo:
-Irás esta noche, claro.
Denise la miraba sin contestar. Y, de repente, rompió a llorar,
apoyando la cabeza en el hombro de su amiga, que se quedó muy sorprendida.
-Vamos, cálmate. No ha sucedido nada para que te trastornes así.
-No, no, déjame -tartamudeaba Denise-. Si supieras qué pena tengo.
Desde que he recibido esta carta, es que no vivo... Déjame llorar, me alivia.
Muy compasiva, aunque sin entender qué motivos tenía, la lencera
intentó consolarla. Para empezar, ya había dejado a Clara. Era cierto que
decían que estaba con una señora que no era de la casa, pero nadie lo sabía de
cierto. Luego, le explicó que no se podían tener celos de un hombre que ocupaba
semejante posición. Era demasiado rico y, en último término, era el dueño.
Denise la escuchaba. Y, en el caso de que aún hubiese ignorado que lo
amaba, habría adquirido la certidumbre de ello al notar cómo se le retorcía de
dolor el corazón ante el nombre de Clara y la alusión a la señora Desforges.
Oía la voz aviesa de Clara y se acordaba de cómo la señora Desforges la había
llevado arriba y abajo por los almacenes con su despectivo comportamiento de
mujer rica.
-¿Así que tú irías? -preguntó.
Pauline exclamó, sin pararse a pensarlo:
-Naturalmente. ¿Qué otra cosa se puede hacer? Luego, se quedó
pensativa y añadió:
-Habría ido antes; ahora, no. Porque voy a casarme con Baugé y la
verdad es que no estaría bien.
Efectivamente, iba a casarse a mediados de mes con Baugé, que había
dejado hacía poco El Económico para entrar en El Paraíso de las Damas. A
Bourdoncle le agradaban muy poco los matrimonios; no obstante, contaban con el
permiso oportuno y tenían, incluso, la esperanza de conseguir quince días de
permiso.
-Ya lo ves -declaró Denise-. Cuando un hombre quiere a una mujer, se
casa con ella... Baugé va a casarse contigo.
Pauline rió sin malicia.
-Pero, querida mía, no es lo mismo. Baugé se casa conmigo porque es
Baugé. Somos los dos iguales, y es lo lógico... Mientras que el señor
Mouret... ¿Cómo se va a casar el señor Mouret con sus empleadas?
-¡No, no, claro que no! -exclamó la joven, soliviantada ante aquel
absurdo-. Y por eso mismo no habría debido escribirme.
Aquel razonamiento acabó de dejar pasmada a la lencera. En el rostro
rollizo y los ojillos tiernos se traslucía una maternal compasión. Luego se
levantó, abrió el piano y tocó despacio, con un solo dedo, la canción infantil
del buen rey Dagoberto, para animar un poco el ambiente, sin duda. Hasta la
desnudez del salón, que las fundas blancas resaltaban aún más, subían los
ruidos de la calle, la melopea lejana de una vendedora que pregonaba
guisantes. Denise, hundida en el sofá, con la cabeza apoyada en el respaldo de
madera, ahogaba en el pañuelo un nuevo ataque de llanto que la hacía
estremecerse.
-¡Otra vez! -dijo Pauline, dándose la vuelta-. No eres ni pizca de
sensata, la verdad... ¿Por qué me has traído aquí? Deberíamos habernos quedado
en tu cuarto.
Se arrodilló delante de ella y siguió con sus sermones. ¡Cuántas otras
habrían querido estar en su lugar! Además, si no le gustaba el asunto, la cosa
era bien sencilla: que dijera que no, sin llevarse aquel disgusto. Pero tenía
que pensarlo bien antes de jugarse la posición que había alcanzado con una
negativa que no tenía razón de ser, ya que no estaba comprometida con nadie.
¿Era tan tremendo lo que pasaba? Y estaba cuchicheando jovialmente unas cuantas
bromas para rematar la regañina, cuando llegó desde el corredor un ruido de
pasos.
Pauline corrió hacia la puerta para echar una ojeada.
-¡Chisss! La señora Aurélie -susurró-. Me voy corriendo... Y sécate
los ojos, que no hay por qué dar un cuarto al pregonero.
Cuando Denise se quedó sola, se puso de pie, se tragó las lágrimas y,
con manos temblorosas, temiendo que la sorprendieran en aquel estado, fue a
cerrar el piano que su amiga se había dejado abierto. Pero oyó que la señora
Aurélie llamaba a la puerta de su cuarto y salió del salón.
-¡Cómo! ¡Se ha levantado! -exclamó ésta-. Es una imprudencia, mi
querida niña. Subía, precisamente, a preguntarle qué tal estaba y a decirle que
no la necesitamos abajo.
Denise
le aseguró que estaba mejor y que le sentaría bien hacer algo y distraerse.
-No me cansaré, señora Aurélie. Acomódeme usted en una silla e iré
anotando.
Bajaron ambas. La señora Aurélie, muy solícita, obligaba a Denise a
apoyársele en el hombro. Debía de haberse fijado en que la joven tenía los ojos
enrojecidos, pues la examinaba a hurtadillas. Lo más probable era que estuviese
enterada de muchas cosas.
La de Denise había sido una victoria inesperada: había acabado por
conquistar al personal del departamento. Tras haber luchado antaño durante
cerca de diez meses, con el tormento de ser la víctima propiciatoria, sin
conseguir que cejase la mala voluntad de sus compañeras, al fin se había hecho
con ellas en pocas semanas; y ahora veía cómo la rodeaban, dúctiles y respetuosas.
El repentino afecto de la señora Aurélie le había sido de gran ayuda en aquella
ingrata tarea de ganarse los corazones; corría la voz, entre cuchicheos, de
que la encargada era la alcahueta de Mouret y lo servía en asuntos delicados.
Si protegía tan calurosamente a la joven, debía de ser que alguien se la
encomendaba de forma muy especial. Pero, además, Denise había recurrido a todo
su encanto para desarmar a sus enemigas. El empeño era tanto más arduo cuanto
que tenía que conseguir que le perdonasen su ascenso a segunda encargada. Las
otras dependientes ponían el grito en el cielo, diciendo que era una injusticia
y la acusaban de haberse ganado el puesto tomando el postre con el patrón. Y
llegaban, incluso, a añadir detalles abominables. Pero, aunque se rebelaban, la
categoría de segunda encargada les iba haciendo mella; Denise adquiría poco a
poco una autoridad que asombraba y doblegaba a las más hostiles. Pronto hubo,
entre las recién llegadas, quienes le bailaron el agua. La dulzura y la
modestia de su carácter remataron la conquista. Marguerite se pasó a su bando.
La única en seguir con su malquerencia fue Clara, que aún se atrevía a veces a
aplicarle el antiguo insulto de «desgreñada», que ya no divertía a nadie.
Mientras había durado el breve capricho de Mouret, había descuidado el trabajo,
abusando de una haraganería charlatana y vanidosa. Luego, al cansarse él en
seguida, ni siquiera se quejó; el desorden galante de la vida que llevaba la
incapacitaba para sentir celos, y se limitaba a la satisfacción de haber sacado
en limpio la ventaja de que la tolerasen aunque no trabajara. Pero opinaba que
Denise le había robado la sucesión de la señora Frédéric. Nunca habría aceptado
el puesto, que daba demasiados quebraderos de cabeza. Pero la molestaba que le
hicieran ese feo, pues tenía los mismos derechos que la otra y, además, los
suyos eran anteriores.
-¡Anda! ¡Han sacado a pasear a la recién parida! -susurró al ver que
llegaba la señora Aurélie. con Denise cogida de su brazo.
Marguerite se encogió de hombros y dijo:
-¡Se creerá usted graciosa!
Daban
las nueve. Fuera, el cielo, de un azul abrasador, caldeaba las calles; los
coches de punto rodaban hacia las estaciones; todos los vecinos de la ciudad,
ataviados con las galas del domingo, se dirigían, en largas filas, a los
bosques de los alrededores. En los almacenes, donde entraba el sol a chorros
por los ventanales abiertos, el personal, prisionero, acababa de empezar el
balance. Habían quitado los pomos de las puertas y la gente se detenía en la
acera y miraba por los cristales, asombrada de que, aunque los almacenes
estuvieran cerrados, hubiese dentro tanta actividad. De un extremo a otro de
las galerías, de un piso a otro, había un continuo discurrir de empleados, se
veían brazos en alto y paquetes que pasaban volando por encima de las cabezas.
Y todo ello entre una tempestad de gritos, de cifras voceadas, cuya confusión
crecía y se quebraba en un ensordecedor escándalo. Cada uno de los treinta y
nueve departamentos trabajaba por su cuenta, sin ocuparse de los departamentos
colindantes. Por lo demás, apenas si acababan de empezar a vaciar los
casilleros; aún no había en el suelo sino unas cuantas piezas de tela. Habría
que dar más presión al vapor, si pretendían acabar aquella noche.
-¿Por qué ha bajado? -siguió diciendo Marguerite, solícita,
dirigiéndose a Denise-. Va a ponerse peor y tenemos brazos de sobra.
-Eso mismo le he dicho yo -declaró la señora Aurélie-. Pero, a pesar
de todo, se ha empeñado en echarnos una mano.
Todas las señoritas se agolparon en torno a Denise, con lo que se
interrumpió el trabajo. Le daban la enhorabuena por la mejoría; escuchaban,
entre aspavientos, la historia de la torcedura. Por fin, la señora Aurélie la
acomodó ante una mesa y quedaron en que se limitaría a ir anotando los
artículos que las demás cantasen. Por lo demás, el domingo del balance se echaba
mano de todos los empleados capaces de manejar una pluma: de los inspectores,
de los cajeros, de los escribientes e, incluso, de los mozos de almacén. Luego,
los diferentes departamentos se repartían a aquellos ayudantes de un día para
acabar la tarea contra viento y marea y lo antes posible. En consecuencia,
Denise quedó instalada al lado del cajero Lhomme y del mozo Joseph, que se
inclinaban, ambos, sobre grandes hojas de papel.
-¡Cinco abrigos de paño con vueltas de piel, talla tres, a doscientos
cuarenta! -voceaba Marguerite-. ¡Cuatro ídem, talla uno, a doscientos veinte!
Se reanudó el trabajo. Detrás de Marguerite, tres dependientes
vaciaban los armarios, clasificaban los artículos, se los entregaban todos
juntos. Y ella, tras haberlos cantado, los arrojaba encima de la mesa, en donde
se iban apilando poco a poco, formando gigantescos montones. Lhomme anotaba;
Joseph confeccionaba otra lista, para cotejar ambas. Entretanto, la señora
Aurélie en persona, con la ayuda de otras tres dependientes, iba cantando, por
su parte, las prendas de seda, que Denise anotaba en unas hojas. Clara era la
encargada de cuidar de los montones, de ordenarlos y afianzarlos, para que
ocupasen el menor espacio posible en las mesas. Pero no se esmeraba ni poco ni
mucho, v varias pilas de prendas se estaban desplomando ya.
-Dígame -le preguntó a una dependiente joven, que había entrado aquel
invierno-, ¿espera usted una subida?... Ya estará enterada de que piensan pagar
dos mil francos a la segunda encargada así que, con la participación, se va a
sacar cerca de siete mil.
La otra dependiente respondió, sin dejar de descolgar tapados, que si
no le daban ochocientos francos se buscaría otra cosa. A los empleados les
subían el sueldo al día siguiente del balance; era también por entonces cuando,
tras saberse la cifra anual de recaudación, los jefes de departamento cobraban
su participación en el incremento de dicha cifra, comparada con la del año
anterior. Por lo tanto, pese al zafarrancho reinante, circulaban a buen ritmo
comadreos exaltados. Tras vocear un artículo y antes de vocear el siguiente,
sólo se hablaba de dinero. Corría la voz de que la señora Aurélie iba a
superar los veinticinco mil francos. Y aquella cantidad enorme tenía muy emocionadas
a las señoritas. Marguerite, la vendedora más hábil después de Denise, había
conseguido cuatro mil quinientos francos: mil quinientos de sueldo fijo y
alrededor de tres mil de porcentaje. En cambio, Clara no llegaba, en total, a
los dos mil quinientos.
-¡A mí me importan un bledo las subidas! -añadió esta última,
hablando con la dependiente joven-. ¡A buenas horas iba a seguir yo aquí si mi
padre se muriese! Pero lo que me saca de quicio son los siete mil francos de
esa menudencia de mujer. ¿A usted qué le parece?
La señora Aurélie interrumpió la charla airadamente, volviéndose
hacia ellas con su expresión altanera.
-¡Cállense de una vez, señoritas! ¡Palabra que no hay forma de
entenderse!
Y, luego, siguió voceando:
-¡Siete capas, seda siciliana, talla uno, a ciento treinta!.. ¡Tres
polonesas, surá, talla dos, a ciento cincuenta!... ¿Me sigue, señorita Baudu?
-Sí, señora Aurélie.
En ese instante, tuvo que ordenar Clara las brazadas de prendas que
se apilaban en las mesas. Hizo sitio, empujándolas. Pero no tardó en
desentenderse de ellas otra vez para ver qué quería un dependiente que la
andaba buscando. Era Mignot, el guantero, que se había escabullido de su
departamento. Le pidió en voz baja veinte francos; ya le debía treinta, que le
había pedido prestados al día siguiente de unas carreras, tras haber perdido el
sueldo de la semana apostando a un caballo. Ahora, ya tenía gastada por
adelantado la comisión que había cobrado la víspera y no le quedaba ni medio
franco para pasar el domingo. Clara sólo llevaba encima diez francos, que le
prestó de bastante buen grado. Y se pusieron a charlar, comentando la salida
que habían hecho, entre seis, para cenar en un restaurante de Bougival, donde
las mujeres habían pagado su parte; era preferible, todo el mundo estaba más a
gusto. Luego, Mignot, que no renunciaba a sus veinte francos, fue a hablarle al
oído a Lhomme. Éste tuvo que dejar de escribir y pareció muy violento. No
obstante, no se atrevió a negarle el dinero y ya estaba buscando una moneda de
diez francos en el monedero cuando a la señora Aurélie le extrañó no oír la voz
de Marguerite, que había tenido que interrumpir el trabajo. Vio a Mignot y se
dio cuenta de lo que sucedía. Lo envió con cajas destempladas a su
departamento; no tenía ella necesidad de que viniera nadie a entretener a las
señoritas. En realidad, le tenía miedo a aquel joven, el amigo íntimo de su
hijo Albert, el cómplice de aquellas vidriosas diversiones que la hacían
estremecer de miedo cuando pensaba en que algún día podían acabar mal. En consecuencia,
en cuanto Mignot se fue a toda prisa con sus diez francos, no pudo por menos de
decirle a su marido:
-Pero
¿cómo es posible que te dejes timar así?
-Mujer, la verdad es que no podía negarle al muchacho...
Ella lo hizo callar, encogiendo los robustos hombros. Luego, como las
dependientes, aunque lo disimulasen, estaban disfrutando con aquella bronca
familiar, añadió en tono severo:
-Vamos, señorita Vadon, a ver si espabilamos.
-¡Veinte paletós, casimir doble, talla cuatro, a dieciocho cincuenta!
-dijo Marguerite con su entonación cantarina.
Lhomme, con la cabeza gacha, se había puesto de nuevo a escribir. Poco
a poco, le habían ido subiendo el sueldo hasta nueve mil francos. Pero no había
perdido su humildad ante la señora Aurélie, que seguía aportando casi el triple
a la economía familiar.
La tarea progresó, durante un rato. Las cifras volaban, las brazadas
de prendas caían encima de las mesas como una lluvia prieta. Pero a Clara se
le había ocurrido otra diversión y empezó a gastar bromas a Joseph, el mozo,
acerca de la pasión que todas le atribuían por una joven que trabajaba en el
servicio de muestras. Dicha joven, flaca y pálida, que había cumplido ya los
veintiocho años, era una protegida de la señora Desforges. Esta se había
empeñado en que Mouret la contratase como dependiente y le había contado, para
conseguirlo, una conmovedora historia: se trataba de una huérfana, la última
descendiente de los Fontenailles, familia de rancio abolengo del Poitou, que se
había encontrado de la noche a la mañana en París con la carga de un padre borracho;
aunque venida a menos, seguía siendo decente, y poseía una educación excesivamente
rudimentaria para poder colocarse de institutriz o vivir dando clases de piano.
Mouret solía indignarse cuando le recomendaban a muchachas pobres de buena
familia, pues decía que no había criaturas más inútiles, más insoportables y
con ideas más erradas. Y, además, una dependiente no se podía improvisar. Era
menester haber pasado por un aprendizaje, pues se trataba de una profesión
compleja y delicada. No obstante, contrató a la protegida de la señora
Desforges, pero la destinó al servicio de muestras, de la misma forma que había
colocado anteriormente en el servicio de publicidad, para complacer a unos
amigos, a dos condesas y a una baronesa, dándoles el cometido de escribir fajas
y sobres. La señorita De Fontenailles ganaba tres francos diarios, con los que
vivía precariamente en una diminuta habitación de la calle de Argenteuil. A
fuerza de verla con aquella cara de tristeza y humildemente ataviada, Joseph,
que ocultaba un corazón sensible tras su callada rigidez de ex soldado, había
acabado por enternecerse. No admitía el interés que le inspiraba, pero se
ruborizaba cuando le gastaban bromas las dependientes de confección, pues,
como el servicio de muestras estaba en un sala próxima al departamento, ellas
se habían fijado en que rondaba continuamente por la puerta.
-Joseph anda muy distraído -susurraba Clara-. Se le van los ojos hacia
la lencería.
Habían
echado mano de la señorita De Fontenailles para que ayudase en el balance de la
sección de canastillas de novia. Y como era cierto que el mozo lanzaba
continuas ojeadas hacia esa sección, las dependientes se echaron a reír. Y él,
azorado, se embebió en sus hojas, en tanto que Marguerite, para ahogar el
risueño torrente que le cosquilleaba en la garganta, voceaba aún más alto:
-¡Catorce chaquetas entalladas, paño inglés, talla dos, a quince
francos!
Al hacerlo, ahogó la voz de la señora Aurélie, que estaba cantando
unos tapados y dijo, molesta, con majestuosa lentitud:
-No grite tanto, señorita, que no estamos en el mercado de abastos...
¡Qué poco sensatas son ustedes! Perder el tiempo en chiquilladas, cuando
andamos con tantos apuros.
Precisamente en ese instante, como Clara no atendía a las pilas de
ropa, se produjo la catástrofe. Unos abrigos, al desplomarse, arrastraron
todas las prendas amontonadas en la mesa, que cayeron al suelo, unas encima de
otras, cubriendo la alfombra.
-¡Si ya lo decía yo! -exclamó la encargada, fuera de sí-. ¡Tenga un
poco de cuidado, señorita Prunaire! ¡Esto no hay quien lo aguante!
Hubo entonces una leve conmoción: Mouret y Bourdoncle, que estaban
haciendo la ronda, acababan de aparecer. Se reanudaron las voces, chirriaron
las plumas y Clara se apresuró a recoger las prendas. La aparición del dueño no
interrumpió el trabajo. Se quedó allí unos minutos, mudo, sonriente; sólo los
labios palpitaban, con un temblor febril, en el rostro risueño y triunfante de
los días de balance. Al ver a Denise, estuvo a punto de escapársele un gesto de
asombro. ¿Así que había bajado? Su mirada se cruzó con la de la señora Aurélie.
Luego, tras una breve vacilación, entró en las canastillas.
No obstante, el leve murmullo había avisado a Denise, que alzó la
cabeza. Y, tras reconocer a Mouret, volvió a inclinarse, sin más, sobre las
hojas. Desde que había empezado a escribir maquinalmente, atendiendo al regular
anuncio de los artículos, se había ido serenando. Siempre la agobiaba así el
primer y excesivo desbordamiento de su sensibilidad: la ahogaban las lágrimas,
la pasión doblaba su tormento; y luego le volvía la sensatez, recobraba un
admirable y sosegado coraje, una fuerza de voluntad suave e inexorable. Ahora,
con la mirada limpia y la tez pálida, no la estremecía ni el menor escalofrío y
se entregaba por completo a la tarea, resuelta a refrenar el corazón y no
hacer sino su propia voluntad.
Dieron las diez. El ruidoso jaleo del balance iba creciendo en los
revueltos departamentos. Y, bajo cuerda, entre las incesantes voces que se
entrecruzaban por doquier, circulaba la misma noticia, con sorprendente
rapidez. Todos los dependientes estaban enterados ya de que Mouret había
escrito por la mañana a Denise para invitarla a cenar. La indiscreción era obra
de Pauline. Al bajar, muy trastornada aún, se había encontrado, en los
encajes, con Deloche. Y, sin reparar en Liénard, que estaba hablando con el
joven, había dado rienda suelta a su preocupación:
-Ya está, querido amigo... Acaba de recibir la carta. La invita esta
noche.
Deloche
se puso lívido. Había entendido a la primera, pues, con frecuencia, le hacía
preguntas a Pauline y ambos hablaban a diario de su común amiga, del arrebato
de ternura de Mouret, de la famosa invitación que no podría por menos que dar
remate a la aventura. Y ella, además, lo reñía por estar enamorado en secreto
de Denise, de la que nunca conseguiría nada, y se encogía de hombros cuando él
opinaba que la joven hacía bien en resistirse al patrón.
-Está mejor del pie; va a bajar ahora -siguió diciéndole Pauline-.
Pero no ponga esa cara de funeral... Es una suerte que le pase algo así.
Y se apresuró a regresar a su departamento.
-¡Acabáramos! -susurró Liénard, que lo había oído todo-. Se trata de
la señorita de la torcedura... ¡Pues hizo usted bien en no dejarlo para más
adelante cuando la estuvo defendiendo anoche!
Y él también se fue a toda prisa; pero, cuando regresó al departamento
de géneros de lana, ya había contado la historia de la carta a cuatro o cinco
dependientes. Y, en menos de diez minutos, la noticia acababa de recorrer todos
los almacenes.
La última frase de Liénard se refería a algo que había sucedido la
víspera en el café Saint-Roch. Deloche y él eran ahora íntimos. El primero se
había quedado con la habitación de Hutin en el Hotel de Esmirna, pues este
último, al ascender a segundo encargado, había alquilado una reducida vivienda
de tres habitaciones. Y ambos dependientes venían juntos, por la mañana, a El
Paraíso y se esperaban, por la tarde, para volver juntos. Tenían habitaciones
contiguas, que daban al mismo patio tenebroso, un angosto pozo cuyos olores
apestaban la pensión. Se llevaban bien, pese a ser muy diferentes: uno despilfarraba
despreocupadamente el dinero que le sacaba a su padre; el otro no tenía un
céntimo y sufría mil torturas en su empeño
por ahorrar. Pero ambos tenían en común, no obstante, la poca maña para la
venta y, por tal motivo, seguían vegetando en sus respectivos departamentos,
sin conseguir nunca que les subieran el sueldo. Cuando salían de los almacenes,
vivían, como quien dice, en el café Saint-Roch, en donde apenas había clientes
durante el día; pero, a eso de las ocho y media, lo llenaba a rebosar una
oleada de empleados de comercio, la misma que vomitaba la alta puerta de la
plaza de Gaillon. A partir de aquel momento, reinaba, entre la densa humareda
de las pipas, un ruido ensordecedor de fichas de dominó, de risas, de chillonas
exclamaciones. La cerveza y el café corrían a mares. En el rincón de la
izquierda, Liénard pedía consumiciones caras, mientras que Deloche se conformaba
con una jarra de cerveza, que tardaba cuatro horas en beberse. Allí era donde
había oído a Favier, en una mesa vecina, referir abominaciones acerca de
Denise y de la forma en que se «había trasteado» al patrón, remangándose las
faldas cuando subía por una escalera delante de él. Se había contenido para no
abofetearlo. Luego, como el otro insistía, diciendo que todas las noches la
chiquita bajaba a reunirse con su amante, se volvió loco de rabia:
-¡Qué sinvergüenza!... Está mintiendo; está mintiendo, ¿me oye?
Y, trastornado por la emoción, se le escapaban confesiones que
balbucía dando rienda suelta a cuanto le rebosaba del corazón:
-La
conozco y lo sé muy bien... Nunca le ha interesado más que un hombre: sí, el
señor Hutin; y, encima, él ni se llegó a enterar. No puede alardear siquiera de
haberla rozado con la yema de los dedos.
El relato de aquel enfrentamiento, corregido y aumentado, andaba ya
divirtiendo al personal de la casa cuando empezó a circular la historia de la
carta de Mouret. Al primero al que contó Liénard la noticia fue, precisamente,
a un sedero. En el departamento de la seda, el balance transcurría sin
contratiempos. Favier y dos de los dependientes, subidos en unos escabeles,
vaciaban los casilleros y le iban pasando las piezas de tela a Hutin; éste, de
pie en el centro de una mesa, voceaba las cifras, tras haber consultado las
etiquetas, y arrojaba, luego, las telas sobre el entarimado, que éstas iban
cubriendo poco a poco, subiendo como una marea de otoño. Otros empleados escribían;
Albert Lhomme los ayudaba, con el rostro macilento, pues no había dormido, sino
que había pasado la noche en un baile del barrio de La Chapelle. Por las
cristaleras del patio, que permitían ver el ardiente azul del cielo, entraba
el sol a raudales.
-¡Que echen los toldos! -gritaba Bouthemont, que vigilaba afanosamente
el trabajo-. ¡No hay quien aguante este sol!
Favier rezongó por lo bajo, mientras se ponía de puntillas para
alcanzar una pieza.
-¡Debería estar prohibido tener encerrada a la gente con un tiempo tan
estupendo! ¡Todavía está por ver que llueva un día de balance! ¡Y nos tienen
aquí, presos como galeotes, mientras todo París anda de paseo!
Le pasó la pieza a Hutin. En la etiqueta constaba la cantidad de
metros, de la que iban restando las ventas, con lo cual se simplificaba mucho
el trabajo. El segundo encargado voceó:
-¡Seda de fantasía, de cuadritos, veintiún metros, a seis cincuenta!
Y la seda fue a engrosar el montón del suelo. Hutin reanudó acto
seguido la charla que mantenía con Favier, preguntándole:
-¿Así que quiso pegarle?
-Pues, sí. Yo estaba bebiéndome una jarra de cerveza, tan tranquilo...
Lástima de trabajo que se tomó en desmentirme. La chiquita acaba de recibir una
carta del patrón, que la invita a cenar. No se habla de otra cosa.
-¿Cómo? ¿No era ya cosa hecha?
Favier le alargó otra pieza.
-¿A que cualquiera hubiera puesto la mano en el fuego? Si parecía un
apaño antiguo...
-¡Idem, veinticinco metros! -voceó Hutin.
Se oyó el golpe sordo de la pieza, al caer al suelo. Y el encargado
añadió, bajando la voz:
-Ya estará usted enterado de que se dio a la vida alegre cuando vivía
en casa de ese viejo chiflado de Bourras.
Ahora,
el asunto era la comidilla de todo el departamento, sin que, por ello, se
interrumpiera la tarea. El nombre de la joven iba de boca en boca, en voz baja;
corrían los cuchicheos entre espaldas inclinadas y caras con expresión de gula.
El propio Bouthemont, que disfrutaba con las historias picantes, no pudo por
menos de soltar una broma de tan mal gusto que se quedó encantado de su
hallazgo. Albert se despabiló y juró que había visto a la segunda encargada de
la confección en un cafetín con dos militares. En ese preciso momento, volvía
Mignot con los veinte francos que acababa de pedir prestados; se detuvo para
meterle diez francos en la mano a Albert y concertar una cita para la noche,
para una juerga que tenían planeada y con la que no habían podido seguir
adelante por falta de dinero; ahora ya era posible, pese a la modestia de la
suma. Y cuando el lindo Mignot se enteró del envío de la carta, hizo un
comentario tan soez que a Bouthemont no le quedó más remedio que tomar cartas
en el asunto.
-Ya está bien, señores. No es asunto que les importe... Venga,
adelante, señor Hutin.
-¡Seda de fantasía, de cuadritos, treinta y dos metros, a seis
cincuenta! -gritó éste.
Las plumas volvían a rasgar el papel, las piezas caían al suelo con
regularidad, la marea de tejidos seguía subiendo, como si se vertiese en ella
el caudal de un río. Y no acababan nunca de cantar sedas de fantasía. Favier
comentó entonces, a media voz, que iba a quedar un bonito remanente. Contenta
se iba a poner la dirección. Aquel simple de Bouthemont era quizá el primer
comprador de París, pero nunca se había visto un vendedor más inútil. Hutin
sonreía, satisfecho, dándole la razón con una amistosa mirada. Pues, tras haber
llevado a Bouthemont a El Paraíso de las Damas para desplazar a Robineau, ahora
le estaba minando el terreno, con la idea fija de quitarle el puesto. Volvía la
misma guerra de antaño: las insinuaciones pérfidas susurradas al oído a los
jefes; el celo excesivo, para darse a valer; toda una campaña llevada a cabo
con afable y solapada perfidia. Y, mientras tanto, Favier, al que Hutin trataba
con redoblada condescendencia, lo miraba con disimulo, flaco y frío, con expresión
biliosa, como si calibrase de cuántos mordiscos podría zamparse al rechoncho
hombrecillo; con trazas de estar esperando a que su colega se merendase a
Bouthemont para, luego, merendarse él a Hutin. Si éste llegaba a jefe de
sección, Favier contaba con obtener el puesto de segundo encargado. Y, luego,
ya se vería. Y ambos, presas de la fiebre que prendía de punta a punta en los
almacenes, hablaban de las probables subidas, sin dejar, por ello, de cantar el
remanente de sedas de fantasía; era de prever que, aquel año, Bouthemont
llegase a los treinta mil francos; Hutin pasaría de los diez mil; Favier
calculaba que, entre el fijo y el porcentaje, alcanzaría los cinco mil
quinientos. Las ganancias del departamento crecían de temporada en temporada y
los dependientes ascendían y duplicaban los ingresos, como los oficiales en
tiempos de campaña.
-Pero ¿hasta cuándo van a durar estas seditas ligeras? -dijo, de
pronto, Bouthemont, irritado-. Es que hay que ver qué primavera hemos tenido.
¡Venga agua! Sólo se han vendido sedas negras.
Mirando cómo crecía el montón en el suelo, se le iba ensombreciendo
el rostro lleno y jovial; en tanto, Hutin repetía más alto, con sonora voz, en
la que apuntaba un tono triunfal:
-¡Seda de fantasía, de cuadritos, veintiocho metros, a seis cincuenta!
Todavía quedaba un casillero lleno. Favier, con los brazos rendidos,
iba despacio. Mientras le daba, al fin, las últimas piezas a Hutin, siguió
diciendo, en voz baja:
-¡Hombre! ¡Se me estaba olvidando!... ¿Le habían contado que la
segunda encargada de confección estuvo una temporada por los huesos de usted?
El joven pareció muy sorprendido:
-¡Caramba! ¿Cómo es eso?
-Pues sí; la confidencia viene del pánfilo de Deloche... Ya me acuerdo
de que, hace tiempo, hubo una temporada en que no le quitaba a usted los ojos
de encima.
Desde que era segundo encargado, Hutin desdeñaba a las artistas de
café cantante, y se lo veía con maestras. Aunque muy halagado en el fondo,
repuso con tono de desprecio:
-A mí me gustan más llenitas, querido amigo. Y, además, uno no se va
con cualquiera, como hace el patrón.
Se interrumpió para decir a voces:
-Pul de seda blanco, treinta y cinco metros, a ocho francos con
setenta y cinco.
-¡Vaya! ¡Ya era hora! -susurró Bouthemont con alivio.
Pero sonó una campana. Era el segundo turno, en el que almorzaba
Favier. Se bajó del escabel y otro dependiente ocupó su lugar. Tuvo que saltar
por encima del caudal de piezas de tela, que había seguido creciendo sobre el
entarimado. Ahora, en todos los departamentos, otros tantos aludes semejantes
cubrían el suelo y entorpecían el paso. Los casilleros, las cajas, los armarios
se iban vaciando poco a poco, en tanto que las mercancías desbordaban por
doquier, bajo los pies, entre las mesas, como en una imparable crecida. En la
ropa blanca, retumbaba la pesada caída de las pilas de calicó; en la mercería,
se oía un leve entrechocar de cajas metálicas; de la sección de muebles,
llegaba un tronar lejano. Todas las voces se alzaban juntas: voces chillonas,
voces untuosas... Los números silbaban por el aire. Un chisporroteante clamor
recorría la gigantesca nave: el clamor de los bosques, en enero, cuando sopla
el viento entre las ramas.
Favier consiguió pasar, al fin, y llegó hasta la escalera de los
refectorios, que, desde las obras de ampliación de El Paraíso de las Damas,
estaban en el cuarto piso de los edificios nuevos. Subió deprisa y alcanzó a
Deloche y Liénard, que subían delante de él; esperó entonces, para reunirse
con Mignot, que lo seguía.
-¡Demonios! -exclamó, en el corredor de la cocina, ante la pizarra
donde estaba escrito el menú-. Ya se ve que estamos de balance. ¡Fiesta
completa! Pollo o filetes de pierna de cordero; y alcachofas en aceite. ¡Muy
poca salida le van a dar al cordero!
Mignot reía con sarcasmo, mientras decía por lo bajo:
-¿Es que hay alguna epidemia entre las aves de corral?
Entretanto, Deloche y Liénard habían cogido sus raciones y se habían
ido. Entonces, Favier se agachó y dijo por la ventanilla:
-Pollo.
Pero tuvo que esperar. Uno de los pinches que cortaban la carne
acababa de darse un tajo en un dedo y reinaba cierta confusión. Favier se quedó
asomado a la ventanilla, mirando la cocina, una gigantesca instalación, en cuyo
centro se hallaban los fogones, hasta los que llegaban, por unos raíles fijados
al techo mediante un sistema de poleas y cadenas, las colosales marmitas que
cuatro hombres juntos no habrían podido mover. Los cocineros, blanquísimos
contra el rojo oscuro de la fundición vigilaban el cocido para la cena, subidos
a unas escaleras de hierro blandiendo largos palos que remataban unas espumaderas. Contra la pared, unas parrillas que
habrían servido para chamuscar mártires; unas cazuelas, en las que se podía
sofreír un cordero; un monumental calientaplatos; una pila de mármol en la que
corría un ininterrumpido chorro de agua. Y, a la izquierda, se podía ver
también un lavadero, unos fregaderos de piedra del tamaño de una piscina;
mientras que, enfrente, a la derecha, estaba la despensa, en la que se divisaban
a medias las rojas piezas de carne colgadas de garfios de acero. Un aparato de
pelar patatas funcionaba con un tic tac de molino. Cruzaron unos pinches,
arrastrando dos carritos llenos de hojas de lechuga; iban a refrescarlas bajo
el grifo.
-Pollo -repitió Favier, impaciente.
Luego, volviéndose, dijo:
-Hay uno que se ha cortado. ¡Qué asco! Está
chorreando la sangre en la comida.
Mignot quiso verlo también. La cola de
dependientes iba creciendo. Había risas y empujones. Ahora los dos jóvenes
habían metido la cabeza por la ventanilla y comentaban aquella cocina de
falansterio, en la que todos y cada uno de los utensilios, incluso los
espetones y las agujas de mechar, eran de tamaño desmesurado. Había que servir
dos mil almuerzos y dos mil cenas, sin contar con que el número de empleados
iba en aumento cada semana. Aquel abismo se tragaba a diario dieciséis
hectolitros de patatas, ciento veinte libras de mantequilla, seiscientos kilos
de carne; y, para cada comida, había que espichar tres barricas; casi
setecientos litros de vino pasaban por el mostrador de la cantina.
-¡Hombre! ¡Menos mal! -murmuró Favier, cuando
el cocinero de turno regresó con un barreño en el que pinchó un muslo para
servírselo.
-Pollo -dijo Mignot, cuando le llegó la vez.
Y ambos entraron con sus platos en el
refectorio, tras haber cogido su ración de vino en la cantina. Mientras tanto,
a su espalda, la palabra «pollo» volvía una y otra vez, con ritmo regular, y se
oía cómo el tenedor del cocinero pinchaba los trozos con un leve ruido, una
ininterrumpida cadencia.
El refectorio de los dependientes era ahora una
gigantesca estancia en donde cabían sin apreturas los quinientos comensales de
cada uno de los tres turnos. Los cubiertos y los platos se alineaban encima de
largas mesas de caoba, que corrían a lo ancho, en líneas paralelas; en ambos
extremos de la sala, se hallaban unas mesas semejantes, reservadas para los
inspectores y los jefes de departamento; en el centro, había un mostrador para
los extras. Unas amplias ventanas, situadas a derecha e izquierda, iluminaban
con blanca claridad aquella galería cuyo techo, pese a los cuatro metros de
altura, parecía bajo, pues lo achataba lo desmesurado de las otras dimensiones.
En las paredes, pintadas al aceite en un tono amarillo claro, no había más
adorno que los casilleros para las servilletas. Tras este primer refectorio,
venía el de los mozos de almacén y los cocheros en los que se servían las
comidas sin hora fija, a medida que lo permitían las necesidades del servicio.
-¡Cómo! ¿También a usted le ha tocado muslo,
Mignot? -dijo Favier, tras sentarse a una de las mesas, frente a su colega.
Otros dependientes iban tomando asiento a su
alrededor. No había mantel y los platos sonaban contra la caoba como si
estuvieran cascados. Todos lanzaban exclamaciones de asombro, pues la cantidad
de muslos era realmente prodigiosa.
-¡Otra vez nos las vemos con aves de corral que
no tienen más que patas! -comentó Mignot.
A algunos les habían tocado los huesos de la
pechuga y protestaban. La comida, empero, había mejorado mucho después de las
reformas. Mouret no le daba ya a un contratista una cantidad fija. Se había
hecho cargo también de la cocina y la había convertido en un servicio con la
misma organización de los departamentos: un jefe, unos subjefes y un inspector.
Le salía más caro, pero el personal, mejor alimentado, rendía más. Era éste un
cálculo humanitariamente interesado que había tenido consternado a Bourdoncle
durante una larga temporada.
-Pues dirán ustedes lo que quieran, pero el
muslo que me ha tocado está tierno -añadió Mignot-. ¡A ver ese pan!
La hogaza daba la vuelta a la mesa. Mignot fue
el último en cortarse una rebanada, y volvió a clavar el cuchillo en la corteza.
Algunos rezagados acudían y se ponían en la cola; de un extremo a otro del
refectorio, pasaba por las largas mesas, como una ráfaga de viento, un apetito
feroz, que había duplicado la tarea matutina. Iban en aumento el tintineo de
los tenedores; el gorgoteo de las botellas, al apurarlas; el choque de los
vasos, al posarlos con excesiva fuerza; el ruido de piedra de amolar de quinientas
mandíbulas recias masticando con energía. Se cruzaban pocas palabras en
aquellos momentos; y casi no se entendían, pues las pronunciaban con la boca
llena.
Deloche, que se sentaba entre Baugé y Liénard,
se hallaba casi enfrente de Favier, a pocos puestos de distancia. Ambos habían
cruzado una mirada de rencor. Los vecinos de mesa, que estaban al tanto de su
enfrentamiento de la víspera, andaban de cuchicheos. Provocó, luego, risas la
desventura de Deloche, siempre muerto de hambre y con tan mala suerte que le
tocaba, inevitablemente, la peor ración de la mesa. Tenía ahora en el plato un
trozo de pescuezo y unos pocos huesos. Dejaba correr las burlas, sin decir
nada, comiendo grandes bocados de pan y rebañando el pescuezo con el arte
infinito de un muchacho que siente por la carne el respeto que ésta se merece.
-¿Por qué no va a protestar? -le preguntó
Baugé.
Pero Deloche se encogió de hombros. ¿Para qué?
A él, esas cosas nunca le salían bien. Cuando no se resignaba, todo iba mucho
peor.
-¿Se han enterado de que los bobineros ya
tienen un club? -dijo de pronto Mignard-. Como se lo cuento: el Bobin-Club...
Se reúnen en una bodega de la calle de Saint-Honoré. El bodeguero les alquila
una sala los sábados.
Se refería a los dependientes de mercería.
Cundió por la mesa una regocijada animación. Con voz pastosa, entre dos
bocados, cada cual colocó su frase, añadió un detalle; los únicos que no
participaban en la conversación eran los lectores empedernidos, que se hallaban
absortos en el periódico, con la nariz metida entre las páginas. Todos
coincidieron en que, de año en año, los empleados de comercio iban ganando en
distinción. Ahora, cerca de la mitad hablaba inglés o alemán. Lo chic no era
ya ir a bailar y a armar escándalo en Bullier o andar rodando por los cafés
cantantes para pitar a las artistas feas. Lo que se llevaba ahora era reunir a veinte
personas y fundar un círculo.
-¿Tienen piano, como los algodoneros? -preguntó
Liénard
-¿Que si tienen piano en el Bobin-Club? ¡Ya lo
creo! -exclamó Mignot-. Y tocan, y cantan... Y hasta hay un jovencito que se
llama Bavoux y lee versos.
El regocijo fue en aumento. Todos se reían de
Bavoux, pero, tras las risas, había un gran respeto. Se habló luego de una obra
que estaban poniendo en el Vaudeville, en la que desempeñaba un papel no muy
airoso un hortera. Varios se mostraban molestos y, mientras, a otros lo que
les preocupaba era a qué hora los soltarían por la tarde, pues tenían que
asistir a la velada de alguna familia burguesa. Y, por doquier, en el enorme
local, se oían conversaciones semejantes, entre el creciente estrépito de platos
y cubiertos. Para ventilar la sala y que se fuese el olor a comida, el caliente
vaho que subía de quinientos platos desperdigados, habían abierto las ventanas,
cuyos toldos bajados recalentaba el ardoroso sol de agosto. Llegaban de la
calle calurosas bocanadas de aire; daba en el techo la amarilla claridad de
unos reflejos dorados, que envolvían en un resplandor rojizo a los sudorosos
comensales.
-¡Debería estar prohibido tener encerrada a la
gente en domingo y con un tiempo tan estupendo! -repitió Favier.
Aquel comentario los hizo acordarse del
balance. El año había sido espléndido. Y salieron a colación los sueldos, las
subidas, el tema eterno, la apasionante cuestión que conmocionaba a todos.
Siempre pasaba lo mismo los días en que había pollo para comer; todos acababan
sobreexcitados y, al final, el jaleo resultaba insoportable. Cuando llegaron
los camareros con las alcachofas en aceite, ya no había quien se entendiera. El
inspector de turno tenía órdenes de mostrarse tolerante.
-Por cierto -dijo a voces Favier-. ¿Están
enterados ya de la aventura?
Pero otras voces taparon la suya. Mignot estaba
preguntando:
-¿A quién no le gustan las alcachofas? Vendo el
postre por una ración de alcachofas.
Nadie contestó. A todos les gustaban las
alcachofas. Aquel almuerzo estaba en la lista de los buenos, porque habían
visto que, de postre, había melocotones.
-La ha invitado a cenar, amigo mío -decía
Favier al vecino de la derecha, concluyendo su relato-. ¿Cómo? ¿Que no lo
sabía?
Toda la mesa lo sabía. Ya estaban hartos del
tema, tras hablar toda la mañana de lo mismo. Volvieron a correr de boca en
boca las mismas bromas. Deloche se estremecía y acabó por clavar la vista en
Favier, que repetía de forma insistente:
-¿Que aún no había estado con ella? Bueno, pues
ahora sí que va a estar... Y no será función de estreno. Desde luego que no
será función de estreno.
El también miraba a Deloche. Y añadió con tono
provocador:
-Si a alguno le gustan los huesos se los puede
permitir por cinco francos.
De pronto, agachó la cabeza. Deloche, cediendo a un impulso
irresistible, acababa de tirarle a la cara el vino que le quedaba en el vaso,
al tiempo que balbucía:
-¡Toma! ¡Cochino embustero! ¡Te tenía que haber remojado ayer!
Fue un escándalo. A Favier sólo se le había humedecido ligeramente el
pelo, pero algunas gotas habían salpicado a sus vecinos de mesa. Deloche le
había tirado el vino con excesiva brusquedad y el líquido había saltado por
encima de la mesa. Pero todos se enfadaron. ¿Por qué la defendía así? ¿Es que
se acostaba con ella? ¡Menudo salvaje! Se merecía un par de bofetadas, a ver
si aprendía modales. Los voces se fueron aplacando, no obstante, pues avisaron
de que se acercaba el inspector y no era cosa de que la dirección tomara cartas
en el enfrentamiento. Favier se limitó a decir:
-¡La que se hubiera armado si llega a mojarme de lleno!
Y la cosa terminó en bromas. Cuando Deloche, tembloroso aún, quiso
beber para ocultar la turbación y cogió con mano trémula el vaso vacío,
corrieron unas risas. Volvió a dejar el vaso con gesto torpe y empezó a chupar
las hojas de alcachofa que ya se había comido antes.
-Deloche tiene sed -dijo Mignot con mucha calma-. Que alguien le pase
la jarra.
Las risas fueron en aumento. Los comensales estaban cogiendo platos
limpios de las pilas que había, de trecho en trecho, encima de la mesa, en
tanto que los camareros circulaban con el postre: unas cestas de melocotones.
Y todos se desternillaron cuando Mignot añadió:
-Cada cual tiene sus gustos. Deloche el melocotón lo toma al vino.
El aludido permanecía inmóvil, con la cabeza gacha, como si fuera
sordo. No parecía oír las bromas y lo invadía un desesperado arrepentimiento
por lo que había hecho. Tenían razón. ¿Quién era él para defenderla? Todo el
mundo iba a pensar mil cosas soeces. Se habría dado de bofetadas por haberla
comprometido de aquella forma al querer proclamar su inocencia. Siempre tenía
mala suerte. Más le habría valido reventar de una vez, ya que ni siquiera podía
entregar el corazón sin cometer inconveniencias. Se le iban llenando los ojos
de lágrimas. ¿Acaso no era también culpa suya si todos, en los almacenes,
comentaban la carta del patrón? Oía sus risotadas sarcásticas al referirse, con
crudas palabras, a aquella invitación, de la que sólo había oído hablar confidencialmente
Liénard. Y se culpaba; no debería haber consentido que Pauline le contase nada
estando el otro delante. Se sentía responsable de la indiscreción.
-¿Por qué lo ha ido diciendo? -le preguntó al fin, en un susurro, con
voz dolida-. Ha estado muy mal.
-¿Yo? -repuso Liénard-. Pero si sólo se lo he comentado a una o dos
personas, y eso exigiéndoles que guardaran el secreto... ¡Nunca se sabe cómo
van corriendo estas cosas!
Cuando Deloche se decidió a beber un vaso de agua, los comensales
volvieron a soltar la carcajada. Se estaba acabando el almuerzo; los empleados,
recostados en las sillas, esperaban a que sonase la campana, se llamaban a
voces, con la confianza que les daba la intimidad del comedor. En el amplio
mostrador central se habían servido pocos extras, tanto más cuanto que aquel
día era la casa la que invitaba a café. Humeaban las tazas y los rostros
sudorosos relucían entre los livianos vapores, que flotaban como azuladas
humaredas de cigarrillo. Ante las ventanas, colgaban los toldos, quietos, sin
un latido. Al alzarse uno de ellos, cruzó la sala una oleada de luz, que
incendió el techo. El guirigay de voces rebotaba en las paredes con tal fuerza
que, al principio, sólo oyeron la campana las mesas próximas a la puerta. Todo
el mundo se levantó y la desbandada de la salida abarrotó durante un buen rato
los corredores.
Deloche,
no obstante, se rezagó para librarse de los chistes, que aún seguían. Incluso
Baugé salió antes que él; y eso que Baugé solía irse el último, para poder dar
un rodeo y encontrarse con Pauline, cuando ésta iba al refectorio de señoras.
Habían concertado esa maniobra, pues era la única forma de verse unos minutos
durante las horas de trabajo. Pero aquel día, cuando se estaban besando
ávidamente en un recodo del corredor, los sorprendió Denise, que iba también a
almorzar. Caminaba con dificultad, debido a la torcedura.
-¡Ay, por Dios! -balbució Pauline, muy azorada-. No dirás nada,
¿verdad?
Baugé, tan robusto, alto y cuadrado como un gigante, temblaba como un
niño. Y susurró:
-Es que serían capaces de ponernos en la calle... Por mucho que se
sepa que vamos a casarnos, esos mastuerzos no entienden que la gente se bese.
Denise, muy nerviosa, fingió no haberlos visto. Y ya se iba Baugé a
toda prisa cuando se presentó Deloche, que había tomado el camino más largo.
Quiso disculparse y pronunció, tartamudeando, unas cuantas frases que la joven
no entendió al principio. Luego empezó a reprocharle a Pauline que hubiera
hablado delante de Liénard y, al dejar ésta traslucir su apuro, la joven supo
al fin el porqué de las palabras que todo el mundo cuchicheaba a su espalda
desde por la mañana. Lo que andaba de boca en boca era la historia de la carta.
Volvió a apoderarse de ella el escalofrío que la había turbado al recibirla.
Era como si todos aquellos hombres la estuvieran desnudando.
-Fue sin querer -repetía Pauline-. Y además no es nada malo... ¡Que
hablen! ¡Menuda rabia tienen todos!
-Querida, no te guardo rencor -dijo por fin Denise, con su tono
sensato-. No has contado sino la verdad. He recibido una carta y tendré que dar
una contestación.
Deloche se fue, consternado; había creído comprender que la joven
aceptaba la situación y acudiría esa noche a la cita. Cuando las dos
dependientes hubieron almorzado en una sala pequeña y más cómoda, que estaba al
lado de la grande, y en donde servían a las mujeres, Pauline tuvo que ayudar a
Denise a bajar, pues el pie se le iba resintiendo.
Abajo, roncaban los motores del balance con más brío que por la
mañana. Era el momento de la tarde en que se ponía toda la carne en el asador
al ver que la tarea había avanzado poco durante la mañana, y todas las fuerzas
estaban en tensión para poder acabar por la noche. Las voces iban subiendo de
tono; no se veía sino un gesticular de brazos, que seguían vaciando casilleros
y arrojando al suelo la mercancía; ya no se podía pasar por ningún sitio, y las
crecidas aguas que inundaban el entarimado
con bultos y montones de artículos llegaban ya al ras de los mostradores. Un
oleaje de cabezas, de puños enarbolados, de brazos que parecían volar, se
difuminaba hasta el fondo de los departamentos, simulando un confuso horizonte
de algarada. Era el febril colofón del zafarrancho, la maquinaria a punto de
explotar. Y mientras, junto a los almacenes cerrados, siguiendo las
transparentes lunas de los escaparates, pasaban todavía algunos transeúntes,
con las caras macilentas y hastiadas del agobio dominical. En la acera de la
calle Neuve-Saint-Augustin, se habían plantado tres muchachas sin sombrero y
muy desastradas, que pegaban desvergonzadamente la cara a los cristales para
ver las tareas tan peculiares con que andaban azacanados allí dentro.
Cuando regresó Denise al departamento de
confección, la señora Aurélie dejó que Marguerite acabase de cantar las prendas.
Quedaba por hacer una tarea de comprobación; y, como quería realizarla sin las
molestias del alboroto, se retiró a la sala del servicio de muestras,
llevándose consigo a la joven.
-Venga conmigo y cotejaremos... Luego, hará
usted las sumas.
Pero, como no consintió en cerrar la puerta,
para poder vigilar así a las señoritas, entraba todo el vocerío y, aunque
estuvieran al fondo de la estancia, apenas si se oía un poco mejor. Era
aquélla una sala cuadrada y espaciosa, amueblada sólo con unas cuantas sillas y
tres mesas alargadas. En una esquina, se hallaban las grandes guillotinas para
cortar los retales de los muestrarios, que se tragaban piezas completas de
tela. Los almacenes enviaban cada año más de sesenta mil francos de tejidos
hechos tiras. Desde por la mañana hasta por la noche, las guillotinas, con
ruido de guadaña, tajaban la seda, la lana, el hilo. Luego, había que componer
los cuadernillos, pegarlos o coserlos. Y había también, entre las dos ventanas,
una imprentilla para las etiquetas.
-¡Pero hablen más bajo! -voceaba de vez en
cuando la señora Aurélie, que no oía a Denise leer la relación de artículos.
Cuando estuvieron cotejadas las primeras
listas, dejó sola a la joven, sentada ante una de las mesas y absorta en las
sumas. Volvió casi en seguida para acomodar en la sala a la señorita De
Fontenailles, un préstamo de las canastillas, que ya no la necesitaban. Si
ella también se ponía a sumar, ganarían tiempo. Pero la aparición de la
marquesa, como la llamaba Clara con maldad, causó un revuelo en el
departamento. Todas reían y gastaban bromas a Joseph; se colaban por la puerta
gracias de malintencionada ferocidad.
-No se aparte, que no me estorba en absoluto
-dijo Denise, presa de gran compasión-. Mire, con mi tintero bastará; moje
usted también la pluma en él.
La señorita De Fontenailles, cuya condición de
venida a menos mantenía en estado de pasmo, no fue capaz de dar con palabra
alguna de agradecimiento. Debía de beber; el cutis del flaco rostro mostraba un
tono plomizo y sólo las manos, blancas y finas, daban fe aún de su noble cuna.
Cesaron entonces, de repente, las risas y se
pudo oír el ronroneo regular de la reanudada tarea. Había entrado Mouret, que
estaba haciendo otra ronda por los departamentos. Se detuvo, buscando a Denise,
sorprendido de no verla. Llamó, con una seña, a la señora Aurélie; y
cuchichearon ambos, en un breve aparte. Debía él de estarle preguntando algo; y
ella indicó con la mirada la sala del servicio de muestras; a continuación,
pareció que le estaba rindiendo cuentas. Lo más probable era que le estuviera
notificando que la joven había llorado por la mañana.
-¡Muy bien! -dijo en voz alta Mouret,
reanudando la marcha-. Enséñeme las listas.
-Por aquí, señor Mouret -respondió la
encargada-. Hemos salido huyendo de este jaleo.
El la siguió hasta la estancia contigua. El
pretexto no engañó a Clara, que dijo por lo bajo que más valdría que alguien
trajese una cama sin más demora. Pero Marguerite le lanzaba las prendas de
ropa cada vez más deprisa, para tenerla ocupada y cerrarle la boca. ¿No era
acaso buena compañera la segunda encargada? No tenía nadie por qué meterse en
sus asuntos. Crecía la complicidad en el departamento; las dependientes se
mostraban más activas; Lhomme y Joseph inclinaban cada vez más sobre su tarea
su discreta espalda. Y el inspector Jouve, que se había fijado desde lejos en
la táctica de la señora Aurélie, acudió y se puso a dar paseos por delante de
la puerta del servicio de muestras con el ritmo regular de quien monta
guardia, custodiando los caprichos de un superior.
-Déle las listas al señor Mouret -dijo la
encargada, al entrar.
Denise se las entregó y no volvió a bajar la
vista. Se había sobresaltado levemente, para dominarse luego; y permanecía
noblemente serena, con las mejillas pálidas. Por unos momentos, Mouret pareció
absorto en la relación de artículos; no había mirado a la joven ni una sola
vez. Reinaba el silencio. Entonces, la señora Aurélie, tras acercarse a la
señorita De Fontenailles, que ni siquiera había vuelto la cabeza, fingió
descontento al ver las sumas de ésta y le dijo a media voz:
-Vale más que vaya a ayudar con los montones de
ropa... No tiene usted costumbre de andar con números.
Ella se puso de pie y volvió al departamento,
donde la recibieron con cuchicheos. Los maliciosos ojos de las señoritas
hacían que Joseph se trabucase al escribir. Clara, aunque encantada de contar
con ayuda, la trató sin miramientos, dejándose llevar por el odio que le
infundían todas las mujeres que pasaban por aquellos almacenes. ¡Tenía gracia
que una marquesa se rebajara hasta consentir en que se enamorase de ella un
mozo de carga! Y le envidiaba a la otra aquel amor.
-¡Muy bien! ¡Muy bien! -repetía Mouret, que
seguía haciendo como si leyera.
Entretanto, la señora Aurélie no sabía cómo
hacer mutis y conservar, a un tiempo, las apariencias. Andaba dando vueltas, se
acercaba a las guillotinas para examinarlas, rabiosa de que su marido no cayese
en la cuenta de llamarla con cualquier pretexto. Pero aquel hombre nunca estaba
en lo que se celebraba; se habría muerto de sed a la orilla de una charca. Fue
Marguerite la que tuvo la buena ocurrencia de solicitarle una información.
-¡Voy ahora mismo! -dijo la encargada.
Y, con su dignidad a salvo, contando con una
justificación ante las dependientes, que la acechaban, dejó por fin a solas a
Mouret y a Denise, tras haberlos reunido. Salió con andares majestuosos y tan
noble expresión en el rostro que las señoritas no se atrevieron a permitirse ni
una mala sonrisa.
Mouret había dejado con mucha calma las listas
encima de la mesa. Miraba a la joven, que seguía sentada y sin soltar la pluma.
Ésta no desvió los ojos; pero se puso aún más pálida.
-¿Vendrá usted esta noche? -preguntó él a media
voz.
-No, señor Mouret -respondió ella-. Me es
imposible. Mis hermanos van a casa de mi tío y les he prometido cenar con
ellos.
-Pero ¿y su pie? Si le cuesta a usted mucho
andar...
-No está tan lejos. Me siento mucho mejor desde
esta mañana.
Ahora era él quien se había puesto pálido al
oír aquella sosegada negativa. Le temblaban los labios en un nervioso arrebato
de rebeldía. No obstante, se contuvo y volvió a poner cara de jefe benevolente
que se interesa, sin más, por el bienestar de una de sus empleadas.
-Vamos a ver... ¿Y si se lo pido por favor? Ya
sabe cuánto la estimo.
Denise perseveró en su respetuosa actitud.
-Valoro en mucho lo bondadoso que es conmigo,
señor Mouret, y le agradezco la invitación. Pero le repito que no puede ser.
Esta noche, me están esperando mis hermanos.
Se obstinaba en hacer como si no entendiera.
Pero la puerta seguía abierta y ella sentía como si los almacenes se volcasen
al completo para forzar su decisión. Pauline le había dicho amistosamente que
no se podía ser más tonta; los demás se reirían de ella si rechazaba la
invitación. La señora Aurélie, que los había dejado solos; Marguerite, cuya voz
estaba oyendo la espalda de Lhomme, que veía
desde allí, quieta y sigilosa: todos querían que cayese, todos la arrojaban en
brazos del dueño. Y el remoto zumbido del balance, todos esos millones de mercancías
que las bocas nombraban según se iban presentando, que los brazos alzados
cambiaban de sitio, eran como un viento ardiente que llevaba hasta ella ráfagas
de pasión.
Hubo un silencio. De vez en cuando, el ruido
cubría las palabras de Mouret y les prestaba la música de fondo del formidable
escándalo de una fortuna regia ganada en el campo de batalla.
-Y, entonces, ¿cuándo vendrá usted? -siguió
preguntando él-. ¿Mañana?
Aquella pregunta tan sencilla turbó a Denise.
Perdió la calma por un momento y tartamudeó:
-Yo no sé... Yo no puedo...
Él sonrió e intentó cogerle una mano, que ella
retiró.
-¿De qué tiene miedo?
Pero ella ya había alzado la cabeza para
mirarlo cara a cara; y dijo, sonriente, con su expresión dulce y valerosa:
-No tengo miedo de nada, señor Mouret... Cada
cual hace lo que quiere hacer, ¿verdad? Yo no quiero. Y no hay más.
Calló, tras decir esto; pero la sorprendió oír
un crujido. Se volvió y vio que la puerta se estaba cerrando despacio. La iniciativa
había partido del inspector Jouve. Las puertas eran de su competencia y no
debían estar abiertas. Siguió, luego, montando guardia, muy serio. Nadie
pareció fijarse en aquella puerta, cerrada con tanta sencillez. Clara fue la
única en decirle al oído una palabra cruda a
la señorita De Fontenailles, que siguió con la misma cara lívida y muerta.
Pero Denise se había levantado. Mouret le decía, en voz baja y
temblorosa:
-Escúcheme; yo la quiero... Hace mucho que lo sabe. No juegue el juego
cruel de fingir que no me entiende... Y no tema nada. Veinte veces he sentido
tentaciones de hacerla venir a mi despacho. Habríamos estado a solas y me
habría bastado con correr el cerrojo. Pero no quise hacerlo; ya ve que estoy
hablando con usted aquí, donde cualquiera puede entrar... La quiero, Denise...
Ella seguía de pie, y, con el rostro blanco, lo escuchaba, lo seguía
mirando cara a cara.
-Dígame por qué me rechaza... ¿Es que acaso no necesita nada? Sus
hermanos son una carga muy pesada. Todo cuanto usted me pidiese, todo cuanto
exigiese de mí...
Ella lo detuvo con una palabra.
-Gracias. Ahora gano más de lo que necesito.
-Pero si es que lo que le estoy ofreciendo es la libertad, una
existencia de placeres y lujo... Le pondré una casa, le proporcionaré una
pequeña fortuna.
-No, gracias, me aburriría sin nada que hacer... Antes de cumplir los
diez años, ya me ganaba la vida.
Él hizo un ademán como si se volviera loco. Era la primera vez que
alguien se le resistía. Para tener a las demás, le había bastado con un ademán;
todas estaban a la espera de su capricho como sumisas sirvientas; y ésta le
decía que no, sin alegar siquiera un pretexto sensato. Aquel deseo que llevaba
mucho conteniendo se le exasperaba cada vez más al atizarlo la resistencia. A
lo mejor es que se estaba quedando corto en lo que ofrecía. Y dobló las
ofertas, se mostró más y más acuciante.
-No, no, gracias -respondía la joven a todas ellas, sin desfallecer
nunca.
Entonces, a él le salió un grito del alma:
-¿Pero es que no ve lo que estoy sufriendo?... Qué estupidez, ¿verdad?
¡Sufro como un niño!
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Otro silencio. Volvió a oírse,
más apagado tras la puerta cerrada, el zumbido del balance. Era como un
moribundo rumor de triunfo; el acompañamiento se tornaba discreto ante aquella
derrota del amo.
-¡Y pensar que si yo quisiera...! -dijo con voz ardiente, tomándole
las manos.
Ella no las apartó; se le nublaba la vista y las fuerzas la abandonaban.
La invadía la calidez de las manos tibias de aquel hombre y una deliciosa
cobardía se apoderaba de ella. ¡Cuánto lo amaba, Señor, y qué dulce le habría
parecido colgársele del cuello y descansar sobre su pecho!
-Y es que quiero que venga, lo quiero -repetía él, desalentado-. La
espero esta noche; y, si no viene, tomaré medidas...
Ahora se había vuelto brutal. Ella lanzó un leve grito; y el dolor que
notó en las muñecas le devolvió el coraje. Se soltó, con una sacudida. Luego,
muy erguida, creciéndose en su debilidad, dijo:
-No; déjeme... Yo no soy una Clara cualquiera, a la que se puede dejar
plantada al día siguiente. Y, además, señor Mouret, usted está enamorado de
otra persona, de una señora que viene por
aquí... Quédese con ella. Yo no soy de las que comparten.
La sorpresa dejó parado a Mouret. Pero ¿qué
estaba diciendo? ¿Qué era lo que quería? Las muchachas que había ido
recogiendo por los departamentos nunca habían pretendido que se enamorase de
ellas. Habría debido tomarlo a broma; y aquella actitud tiernamente orgullosa
le trastornaba por completo el corazón.
Vuelva a abrir la puerta, señor Mouret -añadió
ella-. No es decoroso que estemos aquí juntos.
Mouret obedeció y, zumbándole las sienes, no
sabiendo cómo disimular la angustia, volvió a llamar a la señora Aurélie, se
enfadó por el remanente de tapados, dijo que habría que rebajarlos y seguir
rebajándolos hasta dar salida a todos. Era la norma de la casa: había que
liquidarlo todo cada año; valía más vender con un sesenta por ciento de
pérdidas que quedarse con un modelo antiguo o una tela ajada. Precisamente,
Bourdoncle, tras haber estado buscando al director, llevaba un rato
esperándolo ante la puerta que había cerrado Jouve; éste le había dicho algo al
oído con cara de circunstancias. Se le estaba agotando la paciencia, pero, aun
así, no tenía atrevimiento para interrumpir aquella entrevista a solas. ¿Sería
posible? ¡En un día así! ¡Y con aquella poquita cosa! Y, cuando por fin volvió
a abrirse la puerta, Bourdoncle sacó a colación el tema de las sedas de
fantasía, de las que iba a quedar una remesa enorme Fueron aquellas palabras un
alivio para Mouret, que pudo dar rienda suelta al enfado. Pero ¿dónde tenía la
cabeza Bouthemont? Se alejó, tras declarar que no admitía que a un comprador
le fallase el olfato hasta el punto de adquirir género en cantidades superiores
a las necesidades de la venta.
-¿Qué le pasa? -susurró la señora Aurélie,
inmutándose ante aquellos reproches.
Y las señoritas se miraban, sorprendidas. A las
seis, había concluido el balance. Aún lucía el sol, un rubio sol de verano,
cuyo dorado reflejo entraba por las cristaleras de los patios. Ya regresaban de
los suburbios, por las calles bochornosas, familias cansadas cargadas de ramos
de flores y con los niños a rastras. Los departamentos habían callado, uno a
uno. Ya no se oía, al fondo de las galerías, más que las voces rezagadas de
algunos dependientes que vaciaban el último casillero. Luego, incluso esas
voces callaron, y del clamor que había durado todo el día sólo quedó un temblor
flotando por encima del gigantesco desorden de los géneros. Ahora, no quedaba
nada en los casilleros, los armarios y las cajas: ni un metro de tela, ni el
menor objeto habían permanecido en su sitio. El anchuroso recinto no era ya
sino un esqueleto, una armazón. Los estantes estaban tan vacíos como el día en
que los instalaron los carpinteros. Tal desnudez era la prueba visible de la
completa y exacta consumación del balance. Y, en el suelo, se apilaban
dieciséis millones en artículos, una marea creciente que había acabado por
tragarse mesas y mostradores. Los dependientes, hundidos en ella hasta los
hombros, estaban empezando a colocar cada cosa en su sitio. Se contaba con que
acabasen alrededor de las diez.
Al volver del refectorio la señora Aurélie, que
cenaba en el Primer turno, trajo consigo la información de la recaudación
anual, que podía saberse en el acto tras sumar las de los diferentes
departamentos. El total era de ochenta millones, diez millones más que el año
anterior. Sólo habían bajado las sedas de fantasía.
-Si el señor Mouret no está satisfecho, pues ya
no sé qué más quiere -añadió la encargada-. ¡Fíjense! Ahí lo tienen, en lo alto
de la escalera principal, con cara de pocos amigos.
Las señoritas fueron a mirar. Estaba solo, de
pie, con expresión sombría, dominando los millones desplomados a sus pies.
-Señora Aurélie -dijo en ese momento Denise,
que se había acercado-, ¿tendrá la bondad de dejar que me retiré? La torcedura
no me permite ya hacer nada de provecho, y como ceno en casa de mi tío, con mis
hermanos...
Cundió el pasmo. ¿Así que no había cedido? La
señora Aurélie vaciló, pareció estar a punto de prohibirle que saliera. Se le
puso un tono de voz imperativo y enfurruñado. Entretanto, Clara se encogía de
hombros, rebosante de incredulidad. ¡No le den más vueltas! ¡Es muy sencillo!
¡Lo que pasa es que él ha cambiado de opinión! Pauline estaba con Deloche en
las canastillas de recién nacido cuando se enteró de aquel desenlace. El
repentino júbilo del joven la indignó. ¿Qué ganaba él con aquello, a ver? A lo
mejor es que se alegraba de que su amiga fuera lo bastante boba para dejar que
se le escapase la suerte. Y Bourdoncle, que no se atrevía a interrumpir el
hosco aislamiento de Mouret, se paseaba entre los rumores, desconsolado
también él, presa de inquietud.
Entretanto, Denise se dirigía a la planta baja.
Llegó despacio a los últimos peldaños de la escalera pequeña de la izquierda,
apoyándose en la barandilla, y se topó con un grupo de dependientes, que reían
con sorna. Sonó su nombre, se dio cuenta de que seguían comentando su aventura.
Nadie se percató de su presencia.
-¡Hay qué ver! ¡ Qué remilgada! -decía Favier-. No será por falta de vicio...
Si conozco yo a uno que tuvo que defenderse de sus ardores.
Y miraba a Hutin que para mantener su dignidad
de segundo encargado, permanecía a unos cuantos pasos de distancia, sin
intervenir en las bromas. Pero lo halagó tanto la cara de envidia con que lo
miraban los demás que se dignó decir a media voz:
-¡La lata que me dio la mujer esa!
Denise, herida en lo más hondo, se aferró a la
barandilla. Debieron de verla, pues el grupo se deshizo entre risas. Tenía
razón Hutin; y ella, al acordarse de él, se reprochaba sus ignorancias de
antaño. ¡Pero qué cobarde era y cómo lo despreciaba ahora! Sintió una inmensa
turbación. ¿No era extraño, acaso, que hubiera tenido fuerzas, poco antes, para
rechazar a un hombre al que adoraba y que, no obstante, se hubiera sentido tan
débil tiempo atrás, ante aquel miserable cuyo amor eran sólo ensueños suyos? Su
sentido común y su coraje naufragaban en aquellas contradicciones de su
corazón, que ya no conseguía interpretar con claridad. Se apresuró a cruzar el
vestíbulo.
La llamada del instinto le hizo alzar la cabeza
mientras un inspector le abría la puerta, cerrada desde por la mañana. Y divisó a
Mouret. Seguía en la parte superior de la escalera, en el amplio rellano
central que dominaba la galería. Pero no se acordaba ya del balance, no veía su
imperio, aquellos almacenes repletos de riquezas. Todo había desaparecido, las
ruidosas victorias de ayer, la colosal fortuna de mañana. Sus ojos desesperados
iban siguiendo a Denise; y cuando ésta hubo cruzado el umbral de la puerta,
todo desapareció y el recinto se sumió en la oscuridad.
XI
Bouthemont fue el primero en llegar aquel día al té de las cuatro, en
casa de la señora Desforges. Esta, sola aún en el gran salón Luis XVI, al que
tan alegre claridad prestaban los herrajes de cobre y los brocateles, se puso
en pie con expresión impaciente, al tiempo que decía:
-¿Qué hay?
-Pues hay -repuso el joven- que cuando le he dicho que lo más probable
era que subiera a saludarla a usted, me ha prometido formalmente que vendría.
-¿Le ha insinuado usted que esperaba hoy al barón?
-Desde luego... Eso es lo que, al parecer, ha hecho que se decidiera.
Se
referían a Mouret. El año anterior, éste había comenzado a sentir un repentino
afecto por Bouthemont, hasta el punto de admitirlo como compañero de
diversiones. Había llegado incluso a presentarlo en casa de Henriette,
satisfecho de encontrar siempre allí a un devoto suyo que añadiese cierta
animación a aquellos amores que ya empezaban a hastiarlo. Y, de esta forma, el
encargado de la seda había acabado por convertirse en confidente de su jefe y
de la linda viuda: les hacía los recados, charlaba con cada uno de ellos del
otro y, a veces, terciaba en sus enfados. Henriette, cuando sufría ataques de
celos, se mostraba con él de una intimidad que lo sorprendía y le causaba
cierto embarazo, pues perdía ella su prudencia de mujer de mundo ducha en
mantener las apariencias.
Exclamó ahora con tono airado:
-Tenía que haberlo traído con usted. Así habría tenido la seguridad de
que venía.
-¡Qué le vamos a hacer! -dijo él con su campechana risa-. No tengo yo
la culpa de que esta temporada esté tan escurridizo. Pero la verdad es que me
aprecia. Sin él, tendría yo las cosas feas.
Ya que, en efecto, desde el último balance, no tenía seguridad alguna
de conservar el puesto en El Paraíso de las Damas. Por mucho que había alegado
que la estación había sido muy lluviosa, no le perdonaban las considerables
remesas sobrantes de sedas de fantasía. Y, como Hutin sacaba partido a la circunstancia
y le iba minando el terreno ante los jefes con creciente y solapado tesón,
Bouthemont se daba perfecta cuenta de que el suelo se le iba abriendo bajo los
pies. Mouret lo tenía condenado, pues ahora, probablemente, le resultaba fastidioso
aquel testigo, que podía suponer una traba a la hora de romper, y se había
cansado de un trato familiar del que no sacaba ya nada en limpio. Pero, fiel a
su táctica habitual, colocaba a Bourdoncle en primera línea: eran Bourdoncle y
los demás partícipes los que exigían, en todos los consejos, el despido. Y él
se resistía, mientras tanto, o al menos eso decía, defendiendo a su amigo con
gran brío, aun a riesgo de graves contrariedades.
-En fin, esperaremos -dijo la señora Desforges-. Ya sabe que esa
muchacha estará aquí a las cinco... Quiero provocar un encuentro. Es menester
que sepa lo que me ocultan.
Repasó aquel plan que tanto había meditado; repitió, febrilmente, que
había rogado a la señora Aurélie que enviase a Denise para el arreglo de un
abrigo que le sentaba mal. Cuando hubiera conseguido meter a la joven en su
cuarto, no dejaría de dar con el medio de hacer entrar a Mouret. Y, luego,
pasaría a la acción.
Bouthemont, sentado frente a ella, la miraba con sus hermosos ojos
risueños, a los que intentaba infundir seriedad. Aquel individuo bienhumorado,
de barba negra como el carbón, aquel juerguista bullanguero, a cuyo rostro
asomaba la ardiente sangre gascona, estaba pensando que no podía decirse que
las mujeres de mundo fueran buenas y que, cuando se atrevían a mostrar lo que
llevaban dentro, dejaban al aire muchas miserias. Por descontado que las
amantes de sus amigos, empleadas de comercio, no se permitían confidencias tan
completas.
-Vamos a ver -se atrevió a decir, por fin-, ¿por qué anda tan
pendiente de ese asunto? ¿No le he jurado ya que no hay nada en absoluto entre
ellos?
-¡Precisamente por eso! -exclamó ella-. De ésta se ha enamorado.., Me
importan un comino las demás, que son simples encuentros, azar de un día.
Citó desdeñosamente a Clara Le habían contado, desde luego, que Mouret, tras rechazarlo Denise, había
vuelto a los brazos de aquella pelirroja alta y con cara de caballo, sin duda
por deliberado cálculo, ya que la conservaba en el departamento y la colmaba
de regalos para dejar patente la relación que mantenía con ella. Por lo demás,
desde hacía casi tres meses, llevaba una vida de desaforados placeres,
despilfarrando el dinero con una prodigalidad que daba que hablar. Le había
comprado un palacete a una perdida que había conocido entre bastidores y se
estaba dejando desplumar, a un tiempo, por dos o tres golfas, que parecían
rivalizar en costosos y necios caprichos.
-La culpa la tiene esa mujer -repetía
Henriette-. Sé que si se gasta una fortuna con otras, es porque ella lo ha
rechazado. ¡Y, además, a mí qué me importa su dinero! Más me habría gustado
que fuera pobre. Bien sabe usted, ahora que es amigo nuestro, cómo lo quiero.
Calló, al quebrársele la voz, a punto de dar
rienda suelta a las lágrimas; y, con confiado ademán, tendió a Bouthemont ambas
manos. Adoraba a Mouret, era muy cierto, porque era joven y triunfaba; nunca se
había apoderado de ella tan por completo un hombre, haciendo vibrar a un tiempo
su carne y su orgullo; pero, cuando pensaba que podía perderlo, oía también doblar
las campanas que anunciaban cuarenta años, y se preguntaba, aterrada, cómo
podría hallar un sustituto para aquel gran amor.
-¡Pero me vengaré! -murmuró- ¡Si se porta mal,
me vengaré! Bouthemont seguía teniéndole cogidas las manos. Aún era hermosa. Pero
sería una amante incómoda lo que le parecía muy poco conveniente. No obstante,
valía la pena tomar el asunto en consideración. Quizá mereciera la pena
arriesgarse a padecer algunas complicaciones.
-¿Por qué no se establece usted por su cuenta?
-dijo ella de repente, al tiempo que se soltaba.
El se quedó atónito. Luego, respondió:
-Es que harían falta unos fondos
considerables... El año pasado, anduve dándole vueltas. Estoy convencido de que
en París puede haber clientela para un par de grandes almacenes más. Sólo que
habría que escoger bien el barrio. La orilla izquierda es de El Económico, y el
centro, de El Louvre; nosotros, con El Paraíso, acaparamos los barrios
acomodados del oeste. Queda el norte, en donde se podría hacer la competencia
a La Plaza de Clichy. Y yo había dado con un emplazamiento espléndido, cerca
de la ópera.
-¿Y bien?
Él soltó una ruidosa carcajada:
-Figúrese que cometí la estupidez de hablarle
de ello a mi padre... Sí, fui lo bastante ingenuo para pedirle que buscase
accionistas en Toulouse.
Y le refirió jovialmente el enfado del buen
hombre, rabiando contra los grandes bazares parisinos en su tiendecita de
provincias. Bouthemont padre, que tenía atragantados los treinta mil francos
que ganaba su hijo, le había respondido que prefería donar su dinero y el de
sus amigos al hospicio antes que participar, aunque sólo fuera con un céntimo,
en
uno de esos grandes almacenes que eran los
prostíbulos del comercio.
-Y, además -concluyó el joven-, se necesitarían millones.
-¿Y si los encontrásemos? -dijo sencillamente la señora Desforges.
El se puso serio de pronto y la miró. ¿Era sólo una frase de mujer
celosa? Pero ella, sin darle tiempo para que le preguntase nada, añadió:
-Bien está, ya sabe cuánto me intereso por usted... Volveremos a
hablar de esto.
Había sonado el timbre en el recibidor y ella se levantó. Bouthemont,
por su parte, apartó instintivamente la silla, como si hubiera entrado ya
alguien y pudiera sorprenderlos. Reinó el silencio en el salón de risueñas
tapicerías, tan bien surtido de plantas de interior que, entre las dos
ventanas, parecía crecer un bosquecillo. La señora Desforges permanecía a la
expectativa, atenta a lo que se oía tras la puerta.
-Es él -susurró.
El lacayo anunció:
-El señor Mouret; el señor De Vallagnosc.
Henriette no pudo reprimir un ademán airado. ¿Por qué venía
acompañado? Debía de haber ido a buscar a su amigo por temor a un posible
encuentro a solas. Luego, sonrió al tender la mano a ambos hombres.
-¡Qué poco se prodiga últimamente, señor Mouret! Y también va esto
por usted, señor De Vallagnosc.
Desesperaba a Henriette darse cuenta de que iba engordando. Y se
embutía en ceñidos vestidos de seda negra para disimular que estaba cada vez
más metida en carnes. No obstante, el bonito rostro, que coronaba la negra
cabellera, conservaba una grata delicadeza. Y Mouret pudo, pues, decirle,
abarcándola con una mirada:
-No merece la pena preguntarle qué tal está... Tan rozagante como una
rosa.
-Huy, demasiada buena salud tengo -repuso ella-. Aunque, si me hubiera
muerto, usted ni se habría enterado.
También ella lo sometía a un examen. Y lo encontraba nervioso y
cansado, con ojeras y la tez plomiza.
-Pues yo no pienso devolverle el halago -añadió, intentando que el
tono fuera festivo-. Esta tarde no tiene usted muy buen aspecto que digamos.
-¡El trabajo! -dijo Vallagnosc.
Mouret hizo un gesto impreciso y no respondió. Acababa de ver a
Bouthemont y le estaba dirigiendo una amistosa inclinación de cabeza. En la
época en que eran íntimos, iba a recogerlo en persona al departamento y se lo
llevaba a casa de Henriette durante las horas de más trabajo de la tarde. Pero
ya habían pasado aquellos tiempos; y le dijo a media voz.
-Muy pronto ha salido usted hoy... Sabrá que hay quien se ha fijado en que
se iba; los tiene a todos muy enfadados.
Se refería a Bourdoncle y a los demás partícipes, como si él no fuera
el amo.
-¿Ah, sí? -susurró Bouthemont, preocupado.
-Sí, tengo que hablar con usted... Espéreme y nos iremos juntos.
Entre tanto, Henriette se había vuelto a sentar; mientras escuchaba a
Vallagnosc, que le estaba anunciando la probable visita de la señora De Boves,
no apartaba los ojos de Mouret. Éste había
vuelto a quedarse callado; miraba los muebles parecía estar inspeccionando el
techo. Mas, al quejarse ella, bromeando, de que ya sólo viniesen hombres a su
té de las cuatro, se le escapó, en un descuido:
-Creía que iba a estar aquí el barón Hartmann.
Henriette se puso pálida. Sabía, por cierto,
que sólo había venido a su casa para coincidir allí con el barón; pero podría
haber evitado el arrojarle así su indiferencia a la cara. Precisamente
entonces se abrió la puerta y el lacayo se quedó de pie, tras ella. Cuando la
señora Desforges le preguntó qué quería con un gesto de la cabeza, éste le dijo
en voz muy baja, inclinándose:
-Es por el abrigo. La señora me dijo que la
avisase... Está aquí la señorita.
Ella, entonces, alzó el tono de voz para que
todo el mundo la oyera. Sus dolorosos celos hallaron desahogo en estas
palabras, despectivamente secas:
-¡Que espere!
-¿La paso al tocador de la señora? -No, no, que
se quede en el recibidor.
Y, tras irse el lacayo, siguió charlando
tranquilamente con Vallagnosc. Mouret, absorto de nuevo en su cansancio, había
atendido distraídamente, sin percatarse de lo que sucedía. Bouthemont, al que
preocupaba la aventura, estaba pensativo. Pero la puerta volvió a abrirse casi
en seguida, e introdujeron a dos señoras.
-Figúrense que estaba bajando del coche cuando
vi que venía la señora De Boves por los soportales -dijo la señora Marty
-Sí -explicó ésta-; hace muy bueno. Y como el
médico me dice siempre que ande...
Tras una ronda de apretones de manos, le
preguntó a Henriette:
-¿Está usted buscando doncella nueva?
-No -respondió ella, asombrada-. ¿Por qué?
-Es que acabo de ver a una joven en el
recibidor... Henriette la interrumpió entre risas:
-¿A que todas esas chicas del comercio tienen
traza de criadas? Sí, es una dependiente que ha venido para retocarme un
abrigo.
Mouret la miró fijamente, con una leve
sospecha. Ella seguía hablando con forzada jovialidad y contaba que se había
comprado un abrigo de confección en El Paraíso de las Damas la semana
anterior.
-¡Anda! -dijo la señora Marty-. ¿Ya no la viste
Sauveur?
-Claro que sí, querida. Pero quise hacer un
experimento. Y, además, había quedado bastante satisfecha con una primera
compra, un abrigo de viaje... Pero esta vez ha sido un fracaso. Huy, no me ando
por las ramas, lo digo aunque esté delante el señor Mouret... Nunca podrán
ustedes vestir a una dama a poco distinguida que sea.
En vez de romper una lanza en favor de su
establecimiento, Mouret seguía mirando fijamente a Henriette, diciéndose en su
fuero interno, para tranquilizarse, que no podía haberse atrevido a tanto. Y
fue Bouthemont el que tuvo que salir en defensa de El Paraíso.
-Si todas las mujeres de buena sociedad que se
visten en nuestra tienda lo fueran
pregonando -replicó con tono alegre-, se quedaría usted muy asombrada al
enterarse de con qué clientes contamos... Encárguenos una prenda a medida: no
desmerecerá de las de Sauveur y le costará la mitad. Pero, claro está, siempre
habrá a quien le parezca peor precisamente por ser más barata.
-¿Así que el abrigo de confección no le sienta bien? -siguió diciendo
la señora De Boyes-. Ahora me suena la dependiente... Su recibidor está un
poco oscuro.
-Sí -añadió la señora Marty-; me estaba preguntando dónde había visto
antes esa cara... Pues atiéndala, amiga mía, por nosotras no se preocupe.
Henriette hizo un gesto de desdeñosa despreocupación.
-Tiempo habrá. No corre prisa.
Las
señoras siguieron hablando de la ropa de los grandes almacenes. Luego, la
señora De Boves sacó a colación a su marido, que, al parecer, acababa de irse
de gira de inspección al depósito de sementales de Saint-Lô. Y, como por
casualidad, Henriette comentó que la señora Guibal había tenido que salir la
víspera hacia el Franco Condado para atender a una tía enferma. Por lo demás,
tampoco esperaba esa tarde a la señora Bourdelais, que, todos los fines de mes,
se encerraba con una costurera para pasar revista a la ropa blanca de su gente
menuda. En tanto, a la señora Marty parecía tenerla soliviantada una sorda
preocupación. El señor Marty estaba a punto de perder el puesto en el Liceo
Bonaparte, pues el infeliz había estado impartiendo clases en centros de dudosa
reputación, que traficaban con los títulos de bachiller; se dedicaba
febrilmente a sacar dinero de donde fuera para hacer frente a los rabiosos
despilfarros que asolaban su hogar. Y a su mujer, al verlo llorar una noche,
temiendo que lo despidiesen, se le había ocurrido la idea de recurrir a su
amiga Henriette para que intercediese ante un director del Ministerio de
Instrucción Pública, conocido suyo. Henriette la tranquilizó, al fin, en pocas
palabras. Por lo demás, el señor Marty iba a venir luego a enterarse de qué
suerte iba a ser la suya y a dar las gracias.
-Parece usted indispuesto, señor Mouret -comentó la señora De Boves.
-¡El trabajo! -repitió Vallagnosc, con su flemática ironía.
Mouret se puso en pie en seguida, como un hombre que lamenta haber
bajado la guardia. Ocupó su sitio de costumbre, entre las señoras, y recobró
por completo su habitual encanto. Andaba preparando las novedades de invierno;
dijo que había llegado una gran remesa de encajes. Y la señora De Boves le
preguntó por el precio del punto de Alenzón. Quizá comprase unos cuantos
metros. Había llegado al extremo de tener que ahorrar el franco y medio que
costaba un coche, y volvía a casa descompuesta, tras haberse detenido ante
tenderetes y escaparates. Envuelta en un abrigo que tenía ya dos años, soñaba
que colocaba en sus hombros de reina cuantas telas caras veía; y, al despertar
y verse con aquellas ropas remozadas, sin esperanza alguna de poder satisfacer
nunca su pasión, sentía como si le arrancasen aquellas telas de la piel a
tirones.
-El señor barón Hartmann -anunció el lacayo.
Henriette se lijó en el gozoso apretón de manos con que recibía Mouret
al recién llegado. Este saludó a las señoras y miró al joven con la expresión
sutil que iluminaba a ratos su tosco rostro de alsaciano.
-Seguimos a vueltas con los trapos -susurró, sonriente.
Luego, como persona de la casa, se permitió añadir:
-¿Quién es esa jovencita tan encantadora que he visto en el recibidor?
-¡Bah! ¡Nadie! -respondió la señora Desforges con su acento más
cruel-. Una dependiente que está esperando.
Pero la puerta había quedado entreabierta, pues el lacayo estaba
sirviendo el té. Salía, volvía a entrar, colocaba en el velador el juego de
porcelana china, luego, unas fuentes con emparedados y pastas. En el amplio
salón, una luz radiante, que suavizaban las plantas, encendía los cobres,
inundaba de tierno júbilo la seda de los muebles; y, cada vez que se abría la
puerta, se vislumbraba una esquina oscura del recibidor, que sólo iluminaban
unos cristales esmerilados. Allí, en la sombra, se perfilaba una silueta
inmóvil y paciente. Denise permanecía de pie; cierto era que había allí un
asiento corrido tapizado de cuero. Pero un sentimiento de orgullo la apartaba
de él. Era consciente del feo que le hacían. Llevaba allí media hora, sin hacer
un gesto, sin decir una palabra. Las señoras y el barón se habían quedado
mirándola al pasar; ahora, llegaban hasta ella las voces del salón, en ráfagas
ligeras; la indiferencia de todo aquel confortable lujo era como una bofetada.
Y seguía sin moverse. De pronto, por la rendija de la puerta, reconoció a
Mouret. El acababa, al fin, de intuirla.
-¿Es una de sus empleadas? -le preguntó el barón.
Mouret había conseguido disimular cuán turbado se hallaba. Sólo la
voz le tembló de emoción.
-Lo más probable; pero no sé de quién se trata.
-Es la rubita de confección -se apresuró a contestar la señora
Marty-; la segunda encargada, me parece.
Ahora era Henriette la que lo miraba.
-¡Ah! -dijo él, sin más.
E intentó orientar la conversación hacia los festejos que se estaban
organizado en honor del rey de Prusia, que había llegado la víspera a París.
Pero el barón, malicioso, volvió a sacar el tema de las dependientes de los
grandes almacenes. Fingía que quería informarse y hacía preguntas: ¿de dónde
solían proceder? ¿Eran tan desvergonzadas como se decía? Y se entabló una
animada charla.
-¿De verdad opina usted que son muchachas decentes? -repetía el barón
Mouret las defendía, proclamando que eran jóvenes virtuosas, con una
convicción que despertaba la hilaridad de Vallagnosc. Entonces intervino
Bouthemont, para sacar del apuro a su jefe. El caso es que había de todo:
viciosas y buenas chicas. Y, además, iban teniendo cada vez mejores costumbres.
Al principio, nada más se presentaban para esos puestos las desclasadas del
comercio; sólo las muchachas débiles y pobres iban a dar a los establecimientos
de novedades. Mientras que ahora, por ejemplo, era un hecho que las familias de
la calle de Sévres criaban a sus hijas, desde pequeñas, para colocarlas en El
Económico. En resumidas cuentas, si querían ser decentes, podían serlo, pues
se Hallaban libres de la carga de tener que buscarse alojamiento y manutención,
como les sucedía a las operarias humildes de París. Estaban mantenidas y
alojadas; tenían la vida asegurada; una vida muy dura, eso sí. Lo peor era su
situación intermedia, poco clara, entre la tendera y la señora. Arrojadas de
esta forma a un mundo de lujos, sin poseer las más de las veces, la instrucción
más elemental, formaban una clase aparte, que aún no sabía nombrar nadie. De
ahí nacían sus miserias y sus vicios.
-Pues yo no he visto nunca criaturas más desagradables -dijo la señora
De Boves-. A veces entran ganas de abofetearlas.
Y las señoras no ocultaron ya su rencor. Ante los mostradores, había
enfrentamientos sangrantes; las mujeres se devoraban entre sí en cruentas
luchas por el dinero y la belleza. Las dependientes sentían una hosca envidia
hacia las clientes bien vestidas, aquellas señoras cuyo aspecto y
comportamiento se esforzaban en remedar; y más agria aún era la envidia de las
clientes modestas, de las pequeñas burguesas, ante las dependientes, aquellas
muchachas vestidas de seda, de las que, sólo por una compra de cincuenta
céntimos, pretendían obtener una humildad de sirvientas.
-Para qué seguir -zanjó Henriette-. Son todas unas desdichadas, tan
en venta como lo que despachan.
Mouret tuvo fuerzas para sonreír. El barón lo miraba atentamente,
admirando su elegante forma de contenerse. Desvió, por tanto, la conversación,
llevándola de nuevo a los festejos en honor del rey de Prusia Iban a ser
espléndidos, todo el comercio parisino pensaba beneficiarse con ellos.
Henriette callaba Y parecía pensativa, dividida entre el deseo de seguir
dejando a Denise olvidada en el recibidor y el miedo a que Mouret, que ya
estaba al tanto, decidiera marcharse. Acabó, pues, por levantarse del sillón.
-Con su permiso...
-¡Faltaría más, querida! -dijo la señora Marty-. Ande, ande, que yo
haré los honores.
Se levantó, cogió la tetera y llenó las tazas. Henriette se había
vuelto hacia el barón Hartmann.
-¿No se irá usted en seguida?
-No, tengo que hablar con el señor Mouret. Vamos a invadirle a usted
el saloncito.
Salió ella entonces; y el vestido de seda negra rozó la puerta como
una culebra que se escurriese entre la maleza.
Acto seguido, el barón se las ingenió para llevarse a Mouret, dejando
a las señoras a cargo de Bouthemont y Vallagnosc. Se pusieron, luego, a
charlar, bajando la voz, ante la ventana del salón contiguo. Tenían entre manos
un asunto completamente nuevo. Hacía mucho que Mouret acariciaba el sueño de
realizar su antiguo proyecto: que El Paraíso de las Damas ocupase la manzana
entera, desde la calle de Monsigny a la calle de la Michodiére, y desde la
calle Neuve-Saint-Augustin hasta la calle de Le-Dix-Décembre. Quedaba todavía,
en esta última arteria, un ancha franja de terreno que aún no le pertenecía. Y
ello bastaba para amargarle el triunfo. Lo atormentaba el deseo de rematar la
conquista, de edificar en ella, a modo de apoteosis, una fachada monumental. Mientras
la entrada principal se hallase en la calle Neuve-Saint-Augustin, una calle
renegrida del París antiguo, su obra estaría tullida y carecería de lógica.
Quería,
para exhibirla ante el nuevo París, que se hallase de cara a una de esas
avenidas jóvenes por las que pasaba, a pleno sol, el barullo de finales de
siglo. Ya se la imaginaba, dominándolo todo, imponiéndose como el gigantesco
palacio del comerció, cubriendo la ciudad con una sombra mayor que la del viejo
palacio del Louvre Pero, hasta la fecha, se había topado con la obstinación
del Banco de Crédito Inmobiliario, que se aferraba a su primitiva idea de
competir, en aquel terreno de primera línea, con el Gran Hotel. Los planos
estaban concluidos; y, para excavar los cimientos, sólo se esperaba ya a que
la calle de Le-Dix-Décembre quedase expedita. En un último esfuerzo, Mouret
había conseguido, al fin, convencer casi por completo al barón Hartmann.
-¡Bueno! -empezó a decir éste-. Hubo ayer una reunión del Consejo y he
venido, pensando que lo encontraría aquí y deseoso de tenerlo informado. No
hay forma de que cedan.
Al joven se le escapó un gesto nervioso.
-Qué insensatez... Pero ¿qué alegan?
-Hombre, pues lo mismo que le he dicho yo, lo mismo que sigo opinando
hasta cierto punto... La fachada que usted quiere no es más que un adorno; las
nuevas construcciones sólo incrementan en un diez por ciento la superficie de
los almacenes; y es mucho dinero para una simple propaganda.
Al oír esto, Mouret estalló:
-¡Conque propaganda! ¡Propaganda! Pues será una propaganda de piedra
que vivirá más que todos nosotros. Comprenda que supone duplicar el
rendimiento del negocio. En dos años, recuperamos el dinero. ¡Qué más da que se
desperdicie terreno, como usted dice, si ese terreno nos aporta un interés
enorme! Ya verá qué gentío, cuando nuestra clientela no se quede atascada en la
calle Neuve-Saint-Augustin y le demos la facilidad de acudir libremente por una
arteria ancha, en la que puedan rodar de frente con holgura seis carruajes.
-No me cabe duda -respondió el barón, riendo-. Pero le repito que
usted, en lo suyo, es un poeta. Y los señores del Consejo estiman que sería
peligroso que su negocio siguiera creciendo. Quieren tener la prudencia que
usted no tiene.
-¿Cómo que prudencia? Ya no entiendo nada... ¿Acaso no están ahí los
números? ¿Y acaso no demuestran que nuestras ventas progresan constantemente?
Al principio, con un capital de quinientos mil francos conseguía un volumen de
negocio de dos millones. El capital circulaba cuatro veces. Luego, fue de
cuatro millones, circuló diez veces y produjo cuarenta millones. Y, ahora,
tras varios incrementos sucesivos, acabo de comprobar, tras el último balance,
que hemos alcanzado una recaudación total de ochenta millones. Y eso que el
capital no ha crecido casi, pues nada más es de seis millones, lo cual quiere
decir que ha circulado por nuestros mostradores en forma de mercancías más de
doce veces.
Subía el tono de voz v contaba los millones como si cascase avellanas,
golpeando con los dedos de la manó derecha en la palma de la mano izquierda. El
barón lo inte rrumpió:
-Lo sé, lo sé... Pero no esperará usted seguir progresando siempre
así.
-¿Y por qué no? -dijo Mouret candorosamente No hay razón para que ese
crecimiento se detenga. Hace ya mucho que vengo augurando que el capital puede
circular quince veces. E, incluso, en algunos departamentos lo hará veinticinco
o treinta... Y más adelante... bueno, pues más adelante ya se nos ocurrirá algo
para que circule aún más.
-¿Y entonces se beberá usted todo el dinero de París como quien se
bebe un vaso de agua?
-Por descontado. ¿Es que acaso no pertenece París a las mujeres; y las
mujeres, a nosotros?
El barón le puso ambas manos en los hombros y lo miró con expresión
paternal.
-¿Sabe que es usted un muchacho encantador y que me agrada muchísimo?
No hay quien se le resista. Vamos a profundizar en serio en esa idea y tengo
la esperanza de conseguir que se avengan a razones. Hasta ahora, sólo nos ha
dado usted motivos de satisfacción. Los dividendos son el pasmo de la Bolsa.
Debe de estar usted en lo cierto: es preferible meter más dinero en su invento
que arriesgarse a esa competencia con el Gran Hotel, que es un tanto
arriesgada.
Mouret se calmó y dio las gracias al barón, pero no puso en este
agradecimiento el impulsivo entusiasmo de costumbre. Y éste se fijó en que
volvía las miradas hacia la puerta de la estancia colindante, presa de nuevo
de la sorda inquietud que se esforzaba en no demostrar. En éstas, se acercó
Vallagnosc, que se había dado cuenta de que ya no estaban hablando de negocios.
Se quedó de pie, a su lado, y oyó que el barón susurraba, con su expresión
pícara de viejo vividor:
-Oiga, me parece que se están vengando.
-¿Quiénes? -preguntó Mouret, azarado.
-Pues las mujeres... Se están cansando de pertenecerle y, en justa correspondencia,
ahora es usted el que les pertenece, querido amigo.
Y
bromeó acerca de los sonados amores del joven, de los que estaba enterado; le
divertía que hubiera comprado un palacete a una actriz de poca monta y dudosa
reputación, que dilapidase enormes sumas con mujerzuelas que había conocido en
los reservados de los restaurantes, como si con todo aquello quedasen
disculpadas las locuras que había cometido él antaño. Se regocijaba como un
entendido ya veterano.
-Le aseguro que no sé de qué me habla -repetía Mouret.
-Lo sabe usted muy bien. Las mujeres tienen siempre, a la postre, la
última palabra... No, si ya me decía yo: no puede ser; son faroles; es
imposible que sea tan hábil. ¡Y al fin ha caído! Usted le saca el jugo a la
mujer, la explota como un filón de hulla; ¡y todo para que acabe ella por
explotarlo a usted y lo someta por completo...! ¡Ándese con ojo, porque le
sacará más sangre y más dinero de los que usted le ha chupado a ella!
Cada vez se reía con más ganas. Y Vallagnosc, a su lado, sonreía con
sorna, sin decir palabra.
-Pues el caso es que no queda más remedio que probarlo todo
-reconoció, al fin, Mouret, fingiendo que él también se hallaba de talante
alegre-. El dinero es tan soso cuando no se gasta.„
-En eso le doy la razón -respondió el barón-. Páselo bien, amigo mío.
No seré yo quien le venga con razones morales ni se preocupe por los elevados
intereses que fiemos puesto en sus manos. Los jóvenes deben correrla; así
tienen luego la cabeza más despejada. Y, además, a un hombre capaz de rehacer
su fortuna no le puede desagradar arruinarse... Pero, si bien es cierto que el
dinero no tiene importancia, existen padecimientos que...
Se interrumpió y se le entristeció la risa. Por su irónico
escepticismo cruzaban penas antiguas. Había ido siguiendo el duelo entre
Henriette y Mouret como un curioso al que las batallas del corazón ajenas
apasionaban todavía. Y se daba cuenta claramente de que había llegado el
momento de la crisis. Intuía el drama y estaba al tanto de la historia de
aquella Denise a la que había visto en el recibidor.
-Bah, no soy yo un especialista en sufrimientos -dijo Mouret, con
acento desafiante-. Bastante hago con soltar el dinero.
El barón se quedó mirándolo unos instantes, en silencio. No quiso
insistir y añadió, despacio:
-No quiera aparentar que es peor de lo que es en realidad. Algo más
que el dinero se dejará usted en esto. Sí, amigo mío, se dejará jirones de
carne.
Se interrumpió para preguntar, volviendo al tono guasón:
-¿Verdad que son cosas que suelen pasar, señor De Vallagnosc?
-Eso dicen, señor barón -se limitó a responder éste.
Y en ese instante preciso se abrió la puerta de la habitación. Mouret,
que iba a responder, se sobresaltó levemente. Los tres hombres se volvieron.
Era la señora Desforges, muy risueña, que asomaba nada más la cabeza para
llamar con voz apremian te:
-¡Señor Mouret! ¡Señor Mouret!
Luego, al ver a los otros, dijo:
-Señores, ¿me permiten que les robe por unos minutos al señor Mouret?
Ya que me ha vendido un abrigo espantoso, lo menos que puede hacer es aportarme
sus luces. Esa muchacha es una boba y no se le ocurre ni una sola idea...
¡Vamos! ¡Lo estoy esperando!
Mouret titubeaba, entre la espada y la pared, retrocediendo ante la
escena que presentía. Pero no le quedó más remedio que obedecer. El barón le
estaba diciendo con su aire entre paternal y burlón:
-Vaya con la señora, querido amigo, vaya, que lo necesita.
Y entonces Mouret salió tras la señora Desforges. Al cerrarse la
puerta, le pareció oír la risa sarcástica de Vallagnosc, que ahogaban los
cortinajes. Desde que Henriette había salido del salón, desde que sabía que
Denise estaba, en algún lugar apartado de la vivienda, en manos de una mujer
celosa, se había ido apoderando de él una creciente ansiedad, un atormentado
nerviosismo que lo forzaba a permanecer oído avizor, como si lo sobresaltase un
lejano rumor de llanto. ¿Qué se le estaría ocurriendo a aquella mujer para
atormentar a Denise? Y todo su amor, un amor que lo sorprendía aún, volaba
hacia la joven como para servirle de apoyo y consuelo. Nunca había amado así,
consciente del poderoso encanto que se encerraba en el sufrimiento. Sus amoríos
de hombre atareado, e incluso la propia Henriette, tan exquisita, tan linda,
cuya posesión halagaba su amor propio, no eran sino un grato pasatiempo y, en
ocasiones, un cálculo, de los que solo pretendía obtener una provechosa
satisfacción. Salía tan tranquilo de casa de sus amantes y se iba a la suya, a
meterse en la cama, disfrutando de su libertad de hombre soltero, sin echar
nada en falta, con el corazón libre de preocupaciones. Mientras que ahora,
palpitaba en él la angustia, su vida no le pertenecía y, en su cama, tan ancha
y solitaria, no hallaba ya olvido en el sueño. Denise lo tenía continuamente
poseído. Incluso ahora, sólo le importaba ella; y mientras seguía a la otra
mujer, temiéndose alguna engorrosa escena, pensaba que más valía que estuviera
presente para proteger a la joven.
Cruzaron, primero, el dormitorio, silencioso y vacío. Luego, la señora
Desforges empujó una puerta y entró en el tocador. Mouret la siguió. Era un
habitación bastante amplia, tapizada de seda roja, que amueblaban un lavabo con
mesa de mármol y un armario de tres cuerpos con grandes lunas. Estaba ya oscura,
porque la ventana daba al patio, y habían encendido dos lámparas de gas, que
tendían los finos brazos niquelados a derecha e izquierda del armario.
-Veamos si es posible que ahora vayan mejor las cosas -dijo Henriette.
Al entrar, Mouret había visto, entre el brillante resplandor, a
Denise, muy erguida. Estaba palidísima; iba modestamente vestida con una
chaqueta entallada de casimir y tocada con un sombrero negro. Tenía, echado al
brazo, el abrigo que Henriette había comprado en El Paraíso. Al ver al joven,
le temblaron un poco las manos.
-Quiero saber la opinión del señor -siguió diciendo Henriette-.
Ayúdeme, señorita.
Denise se acercó y tuvo que volver a ponerle el abrigo.
Durante la primera prueba, había prendido con alfileres los hombros,
pues a Henriette le sentaba mal la espalda. Esta se contemplaba, dando vueltas
ante el armario.
-¿Se puede admitir esto? Dígamelo sinceramente.
-Tiene usted razón, señora. Este abrigo está mal cortado -dijo Mouret,
para zanjar la cuestión-. Hay una solución muy sencilla: la señorita va a
tomarle medidas y le haremos otro.
-No, yo quiero éste. Lo necesito ahora mismo -respondió Henriette con
vivacidad-. Lo único que pasa es que, por delante, me aprieta el pecho y, en
cambio, por detrás, me hace una bolsa entre los hombros.
Añadió luego, con su tono más seco:
-No se va a solucionar el problema porque se me quede usted mirando,
señorita. Piense, dé con una solución. Para eso está usted.
Denise, sin despegar los labios, siguió poniendo alfileres. Tardó
mucho; tenía que pasar de un hombro a otro, e, incluso, en una ocasión, tuvo
que agacharse, que arrodillarse casi, para tirar del abrigo por delante; la
señora Desforges, de pie, la dominaba y se dejaba atender con la expresión dura
de un ama difícil de contentar. Disfrutaba al rebajar a la joven a aquella
tarea de sirvienta y le daba breves órdenes, al tiempo que acechaba en el
espejo las más imperceptibles contracciones nerviosas del rostro de Mouret.
-Póngame un alfiler ahí. No, ahí no, aquí, cerca de la manga. ¿Es que
no entiende lo que le digo? No, no hemos hecho nada, otra vez se ahueca la
espalda... Y tenga cuidado, que me está pinchando.
Mouret intentó en vano intervenir en dos ocasiones más, para terminar
con la escena. Al ver cómo humillaban su amor, el corazón le brincaba en el
pecho. Y quería a Denise más y más, con emocionada ternura, al ver con cuánta
dignidad callaba. Cierto era que a la joven le seguían temblando un poco las
manos, al ver cómo la trataban en su presencia; pero aceptaba las imposiciones
del oficio con la orgullosa resignación de una muchacha valiente. Cuando la
señora Desforges comprendió que ninguno de los dos se traicionaría, decidió
cambiar de táctica; se le ocurrió sonreírle a Mouret, alardear de que era su
amante. Como se habían acabado los alfileres, le dijo:
-A ver, querido Octave, busque en la caja de marfil de encima del
tocador... ¿Que está vacía? ¿En serio?... Pues tenga la bondad de ir a mirar en
la repisa de la chimenea del dormitorio. Ya sabe dónde le digo, en la esquina
del espejo.
Y daba a entender que el joven estaba en su casa; le hablaba como a un
hombre que ha dormido en ese cuarto, que sabe dónde encontrar los peines y los
cepillos. Cuando él le trajo un puñado de alfileres, los fue tomando de uno en
uno para obligarlo a quedarse de pie a su lado, para mirarlo y poder hablarle
en voz baja:
-No irá a decirme que soy cargada de hombros... A ver, ponga aquí la
mano, pásemela por la espalda, para mayor seguridad... ¿La tengo contrahecha?
Denise había alzado los ojos poco a poco, cada vez más palida, y
había seguido prendiendo alfileres en silencio. Mouret sólo veía la abundante
cabellera rubia, sujeta sobre la frágil nuca; pero, al fijarse en el temblor
que la estremecía, creía estar contemplando la turbación y la vergüenza del
rostro. Ahora lo rechazaría, le diría que volviera con esa mujer que ni
siquiera ante extraños ocultaba sus relaciones. Y sentía brutales impulsos en
las muñecas; le habría gustado golpear a Henriette. ¿Cómo hacerla callar?
¿Cómo decirle a Denise que la adoraba, que ahora sólo existía ella, que le
sacrificaba todos sus antiguos amoríos de un día? Una mujerzuela no habría
caído en las equívocas confianzas de aquella burguesa. Retiró la mano y
repitió:
-Hace usted mal en obstinarse, señora; si ya le estoy diciendo yo que
el abrigo está mal cortado.
Una de las luces de gas silbaba y, en el ambiente ahogado y húmedo de
la habitación, sólo se oía ya ese ardiente soplo. Las lunas del armario
proyectaban anchas franjas de brillante claridad, en las que danzaban las
sombras de ambas mujeres sobre el telón de fondo de los cortinajes de seda
roja. De un frasco de verbena, que se había quedado destapado por olvido,
brotaba un tenue y remoto aroma de ramo marchito.
-No puedo hacer nada más, señora -dijo, al fin, Denise,
incorporándose.
Se sentía exhausta. Se había pinchado dos veces las manos con los
alfileres, como si algo la cegase, con la vista turbia. ¿Tenía Mouret arte y
parte en el complot? ¿La había hecho venir para vengarse de su rechazo,
mostrándole que había otras mujeres que lo amaban? Ese pensamiento la helaba;
no recordaba que en ninguna otra ocasión, durante aquellas terribles horas de
su existencia en que había carecido de pan, hubiera necesitado tanto valor como
ahora. Que la humillasen así no tenía gran importancia. ¡Pero verlo casi en
brazos de otra mujer, como si ella no estuviera presente...!
Henriette se contemplaba en el espejo. Y volvió a estallar en duras
palabras:
-¿Se está riendo de mí, señorita? Me queda peor que antes... Mire cómo
me aprieta el pecho. Parezco un ama de cría.
Entonces, Denise, al límite de su resistencia, cometió una torpeza:
-La señora es algo corpulenta... Lo que no está en nuestra mano es que
la señora sea menos corpulenta.
-¡Corpulenta! ¡Corpulenta! -repitió Henriette, palideciendo a su
vez-. Y ahora se pone usted insolente, señorita... ¡Pues sí que es usted la más
indicada para juzgar a las demás!
Ambas se miraban de frente, cara a cara, vibrantes. Ya no había ni
señora ni dependiente. No eran ya sino dos mujeres, como si la rivalidad las
igualase. Una se había quitado con violencia el abrigo y lo había arrojado
encima de una silla; la otra, en tanto, tiraba encima del tocador los escasos
alfileres que tenía aún en la mano.
-Lo que me tiene asombrada -siguió diciendo Henriette- es que el señor
Mouret tolere semejante insolencia... Yo creía, caballero, que era usted más
exigente con su personal.
Denise había recuperado su sereno coraje. Y contestó, sin alzar la
voz:
-Si el señor Mouret no me despide es porque no tiene nada que reprocharme...
Si me lo ordena, estoy dispuesta a presentar mis disculpas a la señora.
Mouret escuchaba, sobrecogido ante aquel enfrentamiento, y no
encontraba la frase precisa para darlo por concluido. Lo horrorizaban los
ajustes de cuentas entre mujeres, cuya saña resultaba hiriente para su continua
necesidad de armoniosa gracia. Henriette pretendía arrancarle una palabra de
condena hacia la joven. Y, al ver que permanecía mudo, dividido entre ambas
aún, lo fustigó con un último insulto:
-Bien está, señor mío; por lo visto, no me queda más remedio que
soportar en mi propia casa las insolencias de sus amantes... Una mujer que
habrá usted recogido de cualquier arroyo...
Dos gruesas lágrimas asomaron a los ojos de Denise. Llevaba mucho
conteniéndolas, pero, ante el insulto, la invadía un desfallecimiento de todo
el ser. No vaciló más Mouret, al verla llorar de aquella forma, sin responder
con alguna frase violenta, tan muda y desalentadamente digna; una inmensa
ternura arrastraba su corazón hacia ella. Le tomó las manos, al tiempo que
balbucía:
-Váyase en seguida, pequeña; olvídese de esta casa.
Henriette, estupefacta, lo miraba, ahogándose de indignación.
-Espere -añadió Mouret, doblando personalmente el abrigo-; llévese
esta prenda. Ya se comprará la señora un abrigo en otra parte. Y no llore más,
se lo ruego. Bien sabe en cuánta estima la tengo a usted.
La acompañó hasta la puerta, que cerró luego Denise no había
pronunciado ni una palabra; sólo le había subido a las mejillas una llamarada
de color de rosa, mientras le humedecían los ojos nuevas lágrimas,
deliciosamente dulces.
Henriette,
tras quedarse sin respiración, había sacado el pañuelo y se lo estrujaba contra
los labios. Todos los planes le habían salido al revés y se veía atrapada en su
propia trampa. Sentía el desconsuelo de haber llevado las cosas demasiado lejos
y el tormento de los celos. ¡Que la abandonasen por una mujerzuela como ésa!
¡Verse desdeñada en su presencia! Padecía más en ella el orgullo que el amor.
-¿De modo que es de una mujer así de quien está usted enamorado?
-dijo, con esfuerzo, cuando se quedaron solos.
Mouret tardó en responder; caminaba de la ventana a la puerta,
probando a dominar su violenta emoción. Se detuvo al fin y, con tono cortés y
voz que intentaba tornar fría, dijo sin más:
-Eso es, señora.
La luz de gas seguía silbando en el recoleto aire del tocador. Ahora
que ningún baile de sombras cruzaba ya las lunas, reflejándose en ellas, era
como si la habitación estuviese desnuda y sumida en una agobiante tristeza.
Henriette se desplomó entonces, con abandono, en una silla, retorciendo el
pañuelo con dedos febriles y repitiendo entre sollozos:
-¡Dios mío! ¡Qué desgraciada soy!
Mouret la estuvo mirando unos segundos, sin moverse. Luego se fue, sin
mostrar emoción alguna. Henriette se había quedado sola y lloraba en medio del
silencio, ante los alfileres desparramados por el tocador y caídos sobre el
entarimado.
Cuando Mouret entró en el saloncito, sólo encontró en él a Vallagnosc.
El barón había ido a reunirse con las señoras. Como estaba conmocionado aún, fue a sentarse en un sofá, al fondo de la
estancia. Su amigo, al verlo tan alterado, se le acercó, caritativamente, para
ocultarlo, interponiéndose entre él y los ojos curiosos. Se miraron, primero,
sin cruzar ni una palabra. Luego, Vallagnosc, que parecía sentir un regocijo
interno ante la turbación de su amigo, acabó por preguntarle con su usual tono
guasón:
-¿Qué? ¿Te diviertes?
Mouret, en apariencia, no entendió al pronto a qué se refería. Pero,
al acordarse de sus antiguas charlas acerca del estúpido vacío y el inútil
tormento de la existencia, respondió:
-Desde luego. Nunca he vivido con tanta intensidad... Mira, querido,
no te burles. Cuando está uno muriéndose de dolor es cuando se le hacen más
cortas las horas.
Bajó la voz y siguió hablando jovialmente, pese a que aún no se le
habían secado del todo las lágrimas.
-Estás al tanto de todo, ¿verdad? Pues sí, acaban de desgarrarme el
corazón entre las dos. Pero también las heridas que ellas nos hacen sientan
bien, ¿sabes?, casi tan bien como las caricias... Estoy rendido, no puedo más.
Pero ¡qué más da! No te puedes hacer idea de cuánto me gusta la vida... ¡Y esta
chiquilla que no quiere ser mía, acabará por serlo!
Vallagnosc dijo, sencillamente:
-¿Y después?
-¿Después?... ¡Anda! ¡pues que la tendré! ¿Es que no basta? Si te
crees que eres fuerte porque te niegas a portarte como un tonto y a sufrir...
Lo que haces es engañarte. ¡Ni más ni menos! ¿Por qué no pruebas a desear a una
mujer y a conseguirla al fin? Es algo que, en un instante, compensa de todos
los malos ratos.
Pero Vallagnosc exageraba su pesimismo. ¿Para qué trabajar tanto, si
con el dinero no se conseguía todo? El, en su lugar, estaba seguro de que
habría echado el cierre el día en que se hubiera dado cuenta de que los
millones no valían siquiera para comprar a la mujer deseada, y se habría
quedado tumbado mirando al techo, sin mover ya ni un dedo. Mouret se iba
poniendo serio mientras lo escuchaba. Luego, rompió a hablar con vehemencia. El
estaba convencido de que su voluntad lo podía todo.
-La
quiero y la conseguiré... Y, si se me escapa, ya verás qué tinglado organizo
para curarme. Pase lo que pase, será algo espléndido... Tú, querido, no puedes
entenderme cuando te digo estas cosas, porque, de lo contrario, sabrías que la
acción encierra en sí su propia recompensa. Actuar, crear, llevarles la
contraria a los acontecimientos y vencerlos, o que te venzan ellos: ¡en eso
radican toda la alegría y todo el bienestar del hombre!
-No deja de ser una forma de aturdirse -dijo, a media voz, su amigo.
-Está bien; pues prefiero aturdirme... ¡Si hay que reventar de algo,
prefiero hacerlo de pasión que de hastío!
Se echaron a reír ambos, pues todo aquello les recordaba sus debates
en el internado. Vallagnosc, con voz apática, se deleitó en subrayar la
insipidez de las cosas. Parecía alardear, con cierta fanfarronería, de la
pasividad y el vacío de su existencia. Sí, al día siguiente iba a aburrirse en
el ministerio tanto como el día anterior. En tres años, le habían subido el
sueldo seiscientos francos; ahora ganaba tres mil seiscientos. Ni siquiera le
llegaba para fumar puros decentes. Todo le parecía cada vez más estúpido y si
no se mataba era por simple pereza, por no tomarse tal molestia. Al mencionar
Mouret su boda con la señorita De Boves, le respondió que, aunque la tía de
ésta seguía empeñada en no morirse, el asunto era ya cosa hecha, o, al menos,
así lo creía. Los padres estaban de acuerdo y él, a lo que decía, no ponía
empeño ni a favor ni en contra. ¿Para qué querer algo, o dejar de quererlo, si
las cosas no salían nunca a gusto de uno? Y puso como ejemplo a su futuro
suegro, que había pensado encontrar en la señora Guibal a una rubia indolente,
un capricho pasajero. Y ahora, ella lo llevaba a punta de látigo, como a un
caballo viejo cuyas últimas fuerzas hay que aprovechar. Mientras todo el mundo
pensaba que andaba pasando revista a los sementales de Saint-Lô, ella estaba
acabando de exprimirlo en una casita que el conde había alquilado en Versalles.
-Es más feliz que tú -dijo Mouret, poniéndose de pie.
-¡Ah, eso desde luego! -declaró Vallagnosc-. Es posible que sea el mal
lo único que resulta un poco divertido.
Mouret se había repuesto ya. Estaba pensando en irse cuanto antes;
pero no quería que nadie creyera que salía huyendo. Se resolvió, pues, a tomar
una taza de té; y volvió al salón principal con su amigo, bromeando ambos. El
barón Hartmann le preguntó si el abrigo le sentaba bien, por fin, a Henriette;
y Mouret contestó que, por lo que a él se refería, había renunciado a esa
empresa. Todo el mundo metió baza. Mientras la señora Marty se apresuraba a
servirle, la señora De Boves acusaba a los grandes almacenes de hacer siempre
la ropa demasiado estrecha. Mouret pudo sentarse, al fin, al lado de
Bouthemont, que seguía en el mismo sitio. Tras haberlos dejado los demás fuera
de la conversación, y ante las ansiosas preguntas de éste, que quería enterarse
de su suerte, Mouret no esperó a estar en la calle y le informó de que los
miembros del consejo habían decidido prescindir de sus servicios. Entre frase y
frase, sorbía cucharaditas de té, al tiempo que afirmaba que estaba
desconsolado. Sí, había sido un enfrentamiento del que apenas se había
recobrado, ya que había salido de la reunión fuera de sí. Pero ¿qué le iba a
hacer? No podía romper con aquellos caballeros por una simple cuestión de
personal. A Bouthemont, muy pálido, no le quedó más remedio que darle las
gracias una vez más.
-Pero qué engorro de abrigo -comentó la señora Marty-. Henriette no
acaba de solucionarlo.
Efectivamente, su prolongada ausencia empezaba a resultar embarazosa
para todos. Pero, en ese preciso instante, apareció la señora Desforges.
-¿Usted también renuncia? -exclamó alegremente la señora De Boves.
-¿Cómo que si renuncio?
-Sí; el señor Mouret nos ha dicho que no conseguía usted solucionar el
problema.
Henriette se mostró muy sorprendida.
-El señor Mouret estaba de broma. El abrigo va a quedar perfectamente.
Parecía muy tranquila y sonriente. Debía de haberse lavado los ojos,
pues ¡lo los tenía ni llorosos ni encarnados. Todavía trémula y herida en lo
más hondo, hallaba fuerzas para ocultar su martirio tras la máscara de su
amabilidad mundana. Cuando le ofreció los emparedados a Vallagnosc, lo hizo con
la sonrisa acostumbrada. Sólo el barón, que la conocía bien, notó el leve
fruncimiento de los labios y el sombrío fuego de la mirada, que Henriette no
había conseguido apagar aún. Y adivinó toda la escena.
-La verdad es que cada cual tiene sus gustos -decía la señora De
Boves, mientras tomaba también ella un emparedado-. Sé de algunas mujeres que
no comprarían ni una cinta a no ser en El Louvre. Y otras sólo se fían de El
Económico... Debe de ser cuestión de temperamento.
-El Económico es bastante provinciano -murmuró la señora Marty-. ¡Y
hay que ver las apreturas de El Louvre!
La charla había vuelto al tema de los grandes almacenes. Y Mouret tuvo
que opinar. Volvió al centro del corro de mujeres e hizo gala de imparcialidad.
El Económico era un establecimiento estupendo, sólido y respetable; aunque la
clientela de El Louvre era, desde luego, más elegante.
-Pero usted prefiere El Paraíso de las Damas, vamos -dijo el barón,
sonriendo.
-Sí -respondió apaciblemente Mouret-. En nuestra tienda, nos gustan
las clientes.
Todas las señoras allí presentes le dieron la razón. Así era,
efectivamente. En El Paraíso se sentían como en una cita galante, notaban en
torno una caricia continua, una amorosa efusión que rendía incluso a las más
honestas. A aquella amorosa seducción debían los almacenes sn tremendo éxito.
-Por cierto -dijo Henriette, que quería hacer gala de gran
despreocupación-, ¿qué ha sido de mi protegida, señor Mouret?... Ya sabe a
quién me refiero, a la señorita De Fontenailles.
Y, volviéndose hacia la señora Marty, explicó:
-Una marquesa, amiga mía, una pobre joven con apuros económicos.
-Pues se gana sus tres francos diarios cosiendo cuadernillos de
retales y creo que voy a casarla con uno de mis mozos de almacén.
-¡Quite usted! ¡Qué horror! -exclamó la señora De Boves.
El la miró y siguió diciendo, con su tono reposado:
-¿Y eso por qué, señora? ¿Acaso no le valdrá más casarse con un
muchacho bueno que se mata a trabajar que correr el riesgo de que unos
holgazanes la recojan por las esquinas?
Vallagnosc quiso intervenir y dijo, bromeando:
-No siga, señora, porque el señor Mouret acabaría por decirle que
todas las familias de rancio abolengo de Francia deberían meterse a horteras.
-Pues para muchas sería al menos una salida honrosa -manifestó
Mouret.
Todos acabaron riéndose, pues la paradoja parecía un tanto atrevida.
Mouret, en tanto, seguía cantando las alabanzas de lo que él llamaba la
aristocracia del trabajo. Un leve rubor teñía las mejillas de la señora De
Boves, que rabiaba con los apuros que la hacían malvivir. Y la señora Marty,
entre tanto, asentía, rebosante de remordimientos, acordándose de su pobre marido.
En ese preciso instante, introdujo el lacayo al profesor, que venía a
recogerla. Sus duras tareas lo tenían cada vez más seco, más amojamado, y
vestía una raída levita llena de brillos. Tras haber agradecido a la señora
Desforges que hubiera intercedido por él en el ministerio, lanzó a Mouret la
medrosa mirada de un hombre que se encara con la enfermedad que acabará por
matarlo. Y se quedó sobrecogido al oír que éste le dirigía la palabra:
-¿No es cierto, señor mío, que el trabajo abre todas las puertas?
-El trabajo y el ahorro -respondió, tiritando levemente-. Diga también
el ahorro, caballero.
Bouthemont, entre tanto, no se había movido de su sillón. Aún le
retumbaban en los oídos las palabras de Mouret. Se puso en pie, al fin, y se
acercó a Henriette, para decirle al oído:
-Sabrá usted que me acaba de decir, con mucha amabilidad, eso sí, que
estoy despedido. ¡Pero voto al diablo que se arrepentirá! Se me acaba de
ocurrir el nombre de mi establecimiento: Las Cuatro Estaciones. ¡Y me
instalaré al lado de la ópera!
Ella lo miró con ojos ensombrecidos:
-Cuente conmigo para participar en el asunto. Espere, no se vaya.
Y se llevó al barón Hartmann al hueco de una ventana. Sin más rodeos,
le recomendó a Bouthemont, le habló de él como de un barbián al que le había
llegado el turno de revolucionar París instalándose por cuenta propia. Cuando
le habló de una comandita con su nuevo protegido, el barón, aunque ya no se
asombraba de nada, no pude contener un gesto de pasmo. Era el cuarto joven de
talento para el que le pedía protección y estaba empezando a sentirse ridículo.
Pero no se negó en redondo. No dejaba de agradarle la idea de propiciar la
aparición de un rival de El Paraíso de las Damas, pues, en el ámbito de la
banca, ya se le había ocurrido la idea de darse a sí mismo competidores, para
desanimar a otros de convertirse en tales. Y, además, la aventura le parecía
graciosa. Se comprometió a estudiar el asunto.
-Es
preciso que hablemos esta noche -dijo por lo bajo Henriette a Bouthemont, tras
regresar a su lado-. A eso de las nueve... No me falte... Tenemos al barón de
nuestra parte.
En aquellos momentos, la amplia estancia retumbaba de voces. Mouret,
que seguía de pie en medio del corro de señoras, había recuperado el talante
afable y negaba, jovialmente, que las arruinase vendiéndoles trapos. Se
brindaba a demostrarles, con las cifras por delante, que hacía que ahorrasen
un treinta por ciento del importe de sus compras. El barón Hartmann lo miraba,
y volvía a invadirlo una fraternal admiración de calavera veterano. Estaba
visto que había acabado el duelo v Henriette había mordido el polvo. No era
ella, con toda seguridad, la mujer que acabaría por llegar. Y le pareció estar
viendo de nuevo el discreto perfil de la joven que había entrevisto al cruzar
por el recibidor. Allí estaba, paciente, sola, temible en su dulzura.
XII
El 25 de septiembre dieron comienzo las obras de la nueva fachada de
El Paraíso de las Damas. El barón Hartmann, cumpliendo con su promesa, había
sacado adelante el asunto en la última reunión general del Banco de Crédito
Inmobiliario. Al fin tenía Mouret a su alcance la consumación de su sueño:
aquella fachada, que iba a alzarse en la calle de Le Dix-Décembre, era como el
testimonio de su floreciente fortuna. Quiso, pues, celebrar la colocación de la
primera piedra. Organizó una ceremonia, repartió gratificaciones entre los
empleados, y mandó que les sirvieran en la cena caza y champaña. En el tajo,
todos notaron que estaba de excelente humor, así como el victorioso ademán con
el que blandió la paleta para sellar la piedra. Llevaba varias semanas de
desasosiego, presa de un atormentado nerviosismo que no siempre conseguía
disimular; y aquel triunfo daba tregua y aportaba distracción a su sufrimiento.
Durante toda la tarde, pareció haber recobrado su alegría de hombre rebosante
de salud. Pero ya a la hora de la cena, cuando cruzó el refectorio para tomar
una copa de champaña con sus empleados, éstos lo notaron otra vez febril, con
la sonrisa forzada, demacrado por el mal no confesado que lo reconcomía. Había
vuelto a recaer.
Al día siguiente, en el departamento de confección, Clara Prunaire
intentó molestar a Denise. Se había percatado del apocado amor de Colomban y se
le ocurrió burlarse de los Baudu. Dijo en voz alta a Marguerite, mientras ésta,
en tanto llegaban las clientes, afilaba el lapicero:
-Está empezando a darme pena mi galanteador de ahí enfrente, ya sabe
quién le digo, metido en esa tienda tan oscura en la que no entra nunca nadie.
-Pues no es para compadecerlo tanto -repuso Marguerite-; se va a casar
con la hija del dueño.
-¡Anda! -siguió diciendo Clara-. Pues entonces tendría gracia
quitárselo... ¡Palabra que voy a gastarle esa broma!
Y siguió hablando, satisfecha al notar que estaba soliviantando a
Denise. Ésta se lo toleraba todo; pero la ponía fuera de sí pensar en aquella
crueldad que asestaría el golpe fatal a su prima Geneviéve, ya agonizante. En
ese preciso momento, llegó una cliente; y, como la señora Aurélie acababa de
bajar al sótano, tomó el mando del departamento e interpeló a Clara:
-Señorita Prunaire, más le valdría atender a esa señora en vez de
andar charlando.
-No charlaba.
-Tenga la bondad de no replicar. Y atienda a la señora ahora mismo.
Clara, domeñada, aceptó la reprimenda. Cuando Denise se imponía, sin
alzar la vez, ninguna de las dependientes se insubordinaba. Por su misma dulzura,
se había hecho con una autoridad absoluta. Dio unos cuantos pasos por entre
las dependientes, que habían recuperado la formalidad. Marguerite seguía
afilando el lapicero, cuya mina se le rompía siempre. Era la única que aprobaba
que la segunda encargada no cediese ante Mouret; y asentía con la cabeza al
declarar que si las mujeres pudieran imaginarse las consecuencias que trae
consigo una flaqueza, preferirían con mucho conservar la decencia.
-¿Andas de regañinas? -dijo una voz a espaldas de Denise.
Era Pauline, que pasaba por el departamento. Había presenciado la
escena y habló en voz baja, sonriente.
-Si es que no me queda más remedio -respondió Denise de la misma
forma-. No consigo llevar derecha a mi gente.
La lencera se encogió de hombros.
-¡Anda, anda! Serás la reina de todos nosotros en cuanto quieras.
Seguía sin entender las negativas de su amiga. Se había casado con
Baugé a finales de agosto, cometiendo con ello una auténtica bobada, según
decía jovialmente. El terrible Bourdoncle la trataba ahora de mala manera,
como a una mujer perdida para el comercio. La tenía atemorizada la idea de que
una buena mañana los mandasen a ambos a quererse a otra parte, porque los
caballeros de la dirección tenían decidido que el amor era cosa detestable y
mortal para la venta. Tan asustada estaba que cuando coincidía con Baugé en
las galerías, fingía no conocerlo. Acababa, precisamente, de llevarse un susto:
el tío Jouve había estado a punto de sorprenderla charlando con su marido
detrás de una pila de paños de cocina.
-¡Mira! Ha venido detrás de mí -añadió, tras haberle contado a toda
prisa la aventura a Denise-. ¿Ves cómo me sigue el rastro, con esas narizotas
que tiene?
Jouve salía efectivamente del departamento de encajes, con su
impecable corbata blanca, al acecho de cualquier fallo. Pero al ver a Denise,
arqueó el lomo y pasó de largo con cara amable.
-¡Salvada! -susurró Pauline-. Querida, gracias a ti se ha quedado con
las ganas... Oye, si me ocurriera un contratiempo, ¿verdad que hablarías en mi
favor? Sí, sí, no pongas cara de pasmo; ya sabemos que una palabra tuya pondría
la casa manga por hombro.
Y se encaminó, presurosa, a su departamento. Denise se había
ruborizado; la turbaban aquellos amistosos comentarios, que, por lo demás,
daban en el clavo. Los halagos de quienes la rodeaban le infundían una confusa
sensación de poder. La señora Aurélie, al regresar y ver el departamento en
orden y en plena actividad, le dirigió una sonrisa amistosa. Ahora le tenía más
consideración que al mismísimo Mouret; y se mostraba cada día más amable con
una persona que quizá pudiera encapricharse algún día con su puesto de
encargada. Alboreaba el reinado de Denise.
El único que continuaba en pie de guerra era Bourdoncle. En la sorda
lucha que seguía manteniendo en contra de la joven intervenía, en primer lugar,
una antipatía espontánea. La aborrecía porque era dulce y encantadora. Y,
además, se oponía a ella por considerarla una influencia nefasta, que pondría
en peligro la casa el día en que Mouret sucumbiera. Pensaba que las
habilidades comerciales del dueño se irían a pique si caía en aquella necia
ternura: esa mujer les haría perder cuanto habían ganado arrebatándoselo a las
demás mujeres. A él lo dejaban todas indiferente, y las trataba con el desdén
de un hombre sin pasiones, cuyo oficio era vivir de ellas y que había perdido
las ilusiones al verlas al desnudo, inmersas en las pequeñas miserias de aquel
comercio que consideraba como propio. El aroma de las setenta mil clientes, en
vez de embriagarlo, le daba insoportables jaquecas; en cuanto llegaba a su
casa, pegaba a sus amantes. Y lo que más lo inquietaba de aquella empleada
insignificante, que, poco a poco, se había vuelto tan temible, era que no creía
en su desinterés, en la sinceridad de sus negativas. Pensaba que estaba
interpretando una comedia, la más hábil de las comedias. Pues si se hubiera
entregado a Mouret desde el principio, no cabía duda de que éste se habría
olvidado de ella al día siguiente. Mientras que, al rechazarlo, le había
aguijoneado el deseo y lo estaba volviendo loco, capaz de cometer cualquier
necedad. Y ahora, en consecuencia, en cuanto Bourdoncle la veía, con aquellos
ojos claros, aquel rostro dulce, aquella sencillez en el comportamiento, se
apoderaba de él un temor auténtico, como si se estuviera enfrentando a una
antropófaga disfrazada, al sombrío enigma de lo femenino, a la muerte encarnada
en una virgen. ¿Cómo dar al traste con la táctica de aquella fingida ingenua?
Ya no pensaba sino en comprender sus artificios, con la esperanza de poder
ponerlos al descubierto. En algún momento tendría que cometer un error; la
sorprendería con uno de sus amantes y la volverían a despedir; y la casa
recobraría por fin su grato funcionamiento de maquinaria bien montada.
-Ande con mucho ojo, señor Jouve, y no se descuide -le repetía
Bourdoncle al inspector-, que ya sabré yo recompensarlo.
Pero Jouve no ponía demasiado celo en la tarea, pues sabía de mujeres
y estaba pensando en ponerse de parte de aquella niña que, de un día para otro,
podía convertirse en señora y soberana. Aunque ya no se atrevía ni a rozarla,
le parecía endemoniadamente bonita. Hacía años, su coronel se había matado por
una chiquilla como ésta, de cara insignificante, delicada y modesta, que, con
una sola mirada, volvía del revés los corazones.
-No me descuido, no me descuido -respondía-. Pero palabra que no
consigo dar con nada.
No obstante, circulaban rumores. Bajo los halagos y el respeto que
Denise notaba crecer a su alrededor, fluía una corriente de abominables
chismorreos. Toda la casa comentaba ahora que había sido, hacía tiempo, amante
de Hutin; nadie se atrevía a asegurar que siguiera esa relación, pero todos
sospechaban que volvían a verse de tarde en tarde. Y también Deloche se
acostaba con ella: ambos se citaban continuamente en los rincones oscuros, se
pasaban las horas muertas charlando. ¡Un auténtico escándalo!
-¿Así que sigue sin pillarla con el encargado de la seda? ¿Ni tampoco
con el joven de los encajes? -preguntaba continuamente Bourdoncle.
-No, señor. Nada todavía -afirmaba el inspector.
Con quien Bourdoncle contaba sobre todo sorprender a Denise era con
Deloche. El en persona los había visto, una mañana, riendo juntos en el sótano.
Entre tanto, trataba con la joven de potencia a potencia, pues tampoco
desdeñaba la fuerza que percibía en ella y que le parecía suficiente para
desbancarlo incluso a él, si perdía la partida, pese a sus diez años de
servicios.
-Le recomiendo, sobre todo, que no pierda de vista al joven de los
encajes -decía siempre, para terminar-. Están continuamente juntos. Si los
pesca, avíseme, que yo me encargo de lo demás.
Entre tanto, Mouret vivía presa de la angustia. ¿Cómo era posible que
aquella niña lo torturase así? Una y otra vez, volvía a verla cuando llegó a El
Paraíso de las Damas con aquellos zapatones, aquel raído vestido negro, aquel
aire esquivo. Tartamudeaba, todos se reían de ella; incluso a él le había
parecido fea al principio. ¡Fea! Y ahora, con una mirada, habría conseguido
ponerlo de rodillas; no la veía ya sino en un radiante nimbo. Después, había
sido la última en los almacenes; todos la rechazaban y se burlaban de ella.
Incluso él la había tratado como a un bicho raro. Durante meses, había querido
ver cómo iba creciendo una muchacha y se había divertido con el experimento
sin darse cuenta de que se jugaba en él el corazón. Ella se había hecho mayor
poco a poco y se había vuelto temible. Quizá la había amado desde el primer
momento, incluso en los tiempos en que pensaba que sólo le inspiraba compasión.
Y, no obstante, no había notado que era su dueña hasta aquel atardecer del
paseo bajo los castaños de las Tullerías. De ahí arrancaba su vida; oía las
risas de un grupo de chiquillas; el lejano fluir de un surtidor; y, en tanto,
ella caminaba a su lado, silenciosa, en la tibia oscuridad. Y ya no sabía qué
había pasado luego; la fiebre había ido en aumento de hora en hora; toda su
sangre, todo su ser, se le habían rendido. ¿Cómo podía haber sucedido aquello?
Si era una niña... Ahora, cuando pasaba, la leve ráfaga de aire que su vestido
levantaba le parecía tan fuerte que lo hacía tambalearse.
Durante mucho tiempo, se había rebelado. E, incluso, en la actualidad,
se indignaba a veces y quería librarse de esa posesión absurda. ¿Qué tenía
aquella mujer que lo había aferrado de tal suerte? ¿No la había conocido acaso
descalza? ¿No le había dado trabajo casi por caridad? Si al menos se hubiera
tratado de una de esas mujeres esplendorosas que enardecen a las multitudes...
¡Pero era una niña insignificante! En resumidas cuentas, tenía una de esas
caras del montón en las que nadie se fija. Ni siquiera debía de ser muy lista,
pues recordaba sus dificultades como dependiente en los primeros tiempos.
Luego, tras cada arrebato de ira, sufría una recaída en su pasión y sentía
algo parecido al terror por haber insultado a su ídolo. Poseía todo lo bueno
que existe en la mujer: el coraje, la alegría, la sencillez; y de su dulzura
brotaba un encanto tan penetrante y sutil como un perfume. Era imposible no
fijarse en ella, comportarse con ella como con cualquier otra mujer; el mágico
encanto obraba en seguida con fuerza lenta e invencible; y aquel a quien se
dignaba sonreír le pertenecía ya para siempre. Todo sonreía entonces en su
rostro de blanco cutis: los ojos de vincapervinca, las mejillas y el mentón
marcados de hoyuelos; y hasta el abundante pelo rubio parecía iluminarse con
una hermosura regia y victoriosa. Mouret admitía la propia derrota: Denise era
tan inteligente como hermosa. Su inteligencia nacía de lo mejor de sí misma.
Las otras dependientes de sus almacenes no tenían sino una educación fruto del
roce, ese barniz desconchado de las muchachas que no pertenecen a ninguna
clase, pero ella, sin elegancias prestadas, conservaba el grácil donaire y la
sapiencia de sus orígenes. La experiencia hacía nacer las ideas comerciales de
más amplias miras tras aquella frente estrecha, cuyas puras líneas anunciaban
la voluntad y el gusto por el orden. Y Mouret le habría pedido perdón, con las
manos juntas, por sus blasfemias de las horas de rebeldía.
Pero ¿por qué lo rechazaba con tanta obstinación? Veinte veces le
había suplicado, incrementado sus ofertas, prometiéndole dinero, mucho dinero.
Luego se había dicho que quizá fuera ambiciosa, y le había prometido nombrarla
encargada en cuanto quedara vacante el puesto en algún departamento. ¡Y ella
decía que no! ¡Y volvía a decir que no! Mouret no salía de su asombro y su
deseo se enconaba en la lucha. Le parecía un caso imposible; aquella niña
acabaría por ceder, porque él siempre había pensado que la decencia de las
mujeres era algo muy relativo. No se planteaba ya más meta que ésa; lo olvidaba
todo ante la necesidad de tenerla al fin segura en su casa, de sentársela en
las rodillas al tiempo que la besaba en los labios. Y, ante aquellas visiones,
le latía la sangre en las venas, temblaba todo él, y lo consternaba sentirse
tan impotente.
Ahora, todos los días transcurrían iguales, con aquella obsesión
dolorosa. La imagen de Denise amanecía con él. Durante la noche, había estado
presente en sus sueños; entre nueve y diez, se sentaba a su lado ante la gran
mesa de su despacho, mientras firmaba las órdenes de pago y las libranzas,
cumpliendo maquinalmente con la tarea sin dejar de notar que estaba allí,
presente, y que seguía diciéndole que no, sin perder la sosegada expresión.
Luego, a las diez, asistía al consejo, un auténtico consejo de ministros, una
reunión de los doce partícipes de la casa que no le quedaba más remedio que
presidir. Allí discutían las cuestiones de orden interno, examinaban las
compras, decidían la disposición de los escaparates y los tenderetes de la
acera. Y Denise también estaba allí. Entre las cifras, Mouret oía su dulce voz;
en las más complejas situaciones financieras, veía su limpia sonrisa. Tras el
consejo, lo acompañaba y realizaba con él la cotidiana ronda por las
secciones; por la tarde, regresaba al despacho de dirección y permanecía al
lado de su sillón, mientras él recibía a tropeles de personas: fabricantes de
toda Francia; importantes industriales; banqueros; inventores. Era aquello un
vaivén continuo de riqueza e inteligencia; una desatentada danza de millones;
una sucesión de rápidas entrevistas en las se solventaban los negocios de mayor
importancia del mercado parisino. Se olvidaba de ella durante un minuto,
mientras disponía la quiebra o la prosperidad de una industria, pero una
punzada en el corazón se la devolvía con la misma fuerza. Se le quebraba la voz
y se preguntaba para qué le valía andar a vueltas con aquella fortuna si ella
la rechazaba. Por fin, al dar las cinco, tenía que firmar la correspondencia;
la mano reanudaba el trabajo mecánico, mientras Denise imponía su presencia,
más dominadora aún, volviendo a apoderarse de él por completo para hacerlo sólo
suyo durante las horas solitarias y ardientes de la noche. Y al día siguiente,
todo volvía a transcurrir igual; la cenceña silueta de una niña bastaba para
sumir en la angustia sus días de trabajo, tan activos, tan rebosantes de una
ingente tarea.
Pero era sobre todo durante la cotidiana ronda por los almacenes
cuando se percataba de cuán desdichado era. ¡Haber construido aquella
gigantesca maquinaria, reinar sobre tanta gente y estar agonizando de dolor
porque una chiquilla no quería saber nada de él! Se despreciaba a sí mismo,
llevaba a cuestas la fiebre y la vergüenza de su enfermedad. Algunos días, su
poder lo asqueaba. Mientras recorría las galerías, de punta a punta, sólo
sentía náuseas. En otras ocasiones, le habría gustado extender su imperio,
hacerlo tan grande que quizá Denise acabara entonces por ceder, presa de
admiración y miedo.
Abajo, en los sótanos, se detenía, al principio, delante de la rampa.
Seguía dando ésta a la calle Neuve-Saint-Augustin, pero había sido necesario
ampliarla y era ahora como el lecho de un río, por el que fluían briosamente
las continuas oleadas de mercancías con el alto clamor de una corriente
crecida. Había allí hileras de camiones que, procedentes de todas las estaciones
de ferrocarril, traían géneros del mundo entero. Era aquélla una
ininterrumpida descarga; un flujo de cajones y fardos, cuyo caudal se hundía
bajo tierra, a medida que se lo iba bebiendo el insaciable negocio. Mouret
miraba cómo aquel torrente se volcaba en sus locales, pensaba que era uno de
los amos de la riqueza pública, que tenía entre las manos el destino de la
fabricación francesa y que no podía comprar el beso de una de sus dependientes.
Iba,
luego, al servicio de recepción, instalado ahora en los sótanos que seguían el
trazado de la calle de Monsigny. Se alineaban en él veinte largas mesas, bajo
la pálida claridad de los tragaluces; allí se apiñaba toda una tribu de
dependientes que vaciaban cajones, comprobaban la mercancía y la marcaban con
el precio estipulado. Y se oía sin tregua el ronquido de la rampa, que cubría
las voces. Lo detenían al pasar los jefes de sección; tenía que zanjar
dificultades y ratificar órdenes. El suave fulgor del raso, la blancura del
hilo, un increíble despliegue de géneros desembalados, en el que los portiers
de Oriente se mezclaban con los encajes y los artículos de bazar, iba colmando
los recovecos del sótano. Mouret caminaba despacio entre aquellas riquezas que
yacían en desorden, apiladas en bruto. Cuando las subieran, adquirirían luz
propia en los escaparates y las presentaciones; provocarían, de mostrador en
mostrador, el galope del dinero; y se irían tan deprisa como habían llegado, al
arrastrarlas consigo la desbocada corriente de ventas que cruzaba los
almacenes. Y él pensaba que le había ofrecido a la joven sedas y terciopelos,
todo cuanto quisiera coger a brazadas de aquellos gigantescos montones, y que
ella se había negado con una leve inclinación de la rubia cabeza.
Iba, a continuación a echar la habitual ojeada al servicio de envíos,
hasta el extremo opuesto de los sótanos. Los recorrían interminables corredores
iluminados con luz de gas; a derecha e izquierda, los almacenes, que cerraban
unas empalizadas, eran como unas tiendas subterráneas, todo un barrio comercial,
con mercerías y establecimientos de lencería, guantes y baratijas, que dormían
en la sombra. Más allá, estaba uno de los tres caloríferos; y, algo más lejos,
un puesto de bomberos custodiaba el contador central, encerrado en su jaula
metálica. En los envíos, Mouret se encontraba con las mesas de clasificación ya
repletas de paquetes, de cajas de madera y cartón, que bajaban sin cesar en
unos cestos. Y Campion, el jefe del servicio, lo ponía al tanto de las tareas
rutinarias, mientras los veinte hombres que tenía a su mando colocaban los
paquetes en las divisiones, en cada una de las cuales figuraba el nombre de un
barrio de París; de allí los cogían los mozos para subirlos a los carruajes,
estacionados al borde de la acera. Se oían llamadas, nombres de calles, voces
de recomendación, una verdadera algarabía, un auténtico bullicio de paquebote
a punto de zarpar. Y Mouret se quedaba inmóvil un momento; contemplaba aquel
desengullir de mercancías, tras haber visto cómo las engullía el
establecimiento en el extremo opuesto de los sótanos; allí era adonde iba a
parar la desmedida corriente, por aquí desembocaba en la calle, tras haber
dejado un depósito áureo en el fondo de las cajas. Se le nublaba la vista;
aquella colosal partida no tenía ya importancia; sólo le infundía pensamientos
de viaje, el pensamiento de viajar a países lejanos, de abandonarlo todo, si
ella se empeñaba en seguir diciendo que no.
Subía entonces y seguía la ronda, hablando y trajinando cada vez más,
sin conseguir distraerse. En la segunda planta, visitaba el servicio de
expedición, buscaba motivos de enfado, se exasperaba sordamente contra la
ordenada perfección de la máquina que él mismo había regulado. Aquel servicio
era el que experimentaba, de día en día, mayor crecimiento: requería ahora
doscientos empleados, de los cuales, unos abrían las cartas que llegaban de
provincias y del extranjero, las leían y las clasificaban, mientras otros
colocaban en las casillas las mercancías que solicitaban los firmantes de
dichas cartas. Y llegaban tantas que ya no las contaban, sino que las pesaban;
se recibían a diario más de cien libras. Mouret, febril, cruzaba las tres
salas del servicio; preguntaba a Levasseur, el jefe, cuánto había pesado la
correspondencia: ochenta libras; a veces, noventa; cien, los lunes. La cifra
crecía sin tregua; Mouret habría debido sentirse satisfechísimo. Pero no lo
abandonaba la fiebre entre el estrépito de la vecina cuadrilla de embalaje, que
clavaba los cajones. En vano recorría el local de cabo a rabo: seguía con su
idea fija, clavada en el entrecejo; y, a medida que veía desfilar su poder, a
medida que veía pasar los engranajes de los servicios y su ejército de
empleados, más le dolía, más insultante le parecía su impotencia. Afluían los
pedidos desde toda Europa; Correos había tenido que habilitar unos carruajes
especiales para traer la correspondencia; y Denise seguía diciendo que no, siempre
que no.
Mouret volvía a bajar, pasaba por la caja central, en la que cuatro
cajeros custodiaban las dos gigantescas cajas fuertes por las que habían
pasado, el año anterior, ochenta y ocho millones. Lanzaba una ojeada a la
oficina de comprobación de facturas, en la que trabajaban veinticinco
empleados, escogidos entre los más formales. Entraba en la oficina de
contaduría, un servicio con treinta y cinco jóvenes, los aprendices de
contabilidad, a cuyo cargo corría revisar los talones y calcular el porcentaje
de los dependientes. Regresaba a la caja central, lo irritaba la presencia de
las cajas fuertes, caminaba entre todos esos millones, cuya inutilidad lo
volvía loco. Y ella seguía diciendo que no, siempre que no.
Siempre que no, en todas las secciones, en las galerías de venta, en
los salones, de arriba abajo de los almacenes. Mouret iba de la seda a los
paños; de la ropa de casa a los encajes; subía a las plantas altas; se detenía
en las pasarelas; alargaba la ronda con maniática y dolorosa minuciosidad. La
casa había crecido de forma desmesurada; él había creado este departamento, y
también aquel otro; regía aquellas nuevas posesiones; había extendido su
imperio hasta incluir en él este o aquel artículo, sus más recientes
conquistas. Y, pese a todo, ella seguía diciendo que no, siempre que no. Sus
empleados habrían podido ahora poblar una ciudad pequeña: tenía mil quinientos
dependientes y otros mil empleados de todas las categorías, entre los cuales se
contaban cuarenta inspectores y setenta cajeros; sólo en la cocina trabajaban
treinta y dos hombres; había ya diez personas a cargo de la publicidad;
trescientos cincuenta mozos lucían la librea de la casa; y existía un servicio
permanente de veinticuatro bomberos. Además, estaban las cuadras, unas cuadras
regias, sitas en la calle de Monsigny, enfrente de los almacenes, que
albergaban ciento cuarenta y cinco caballos, unos tiros suntuosos que ya habían
cobrado fama. Los cuatro primeros carruajes, que habían conmocionado al
principio el comercio del barrio, cuando los almacenes ocupaban únicamente la
esquina de la plaza de Gaillon, se habían convertido poco a Poco en setenta y
dos: carros de varales; coches de un caballo; Pesadas carretas de dos caballos.
Todos ellos recorrían continuamente París llevando en el pescante unos
cocheros muy correctos, vestidos de negro, y paseaban por doquier el oro y la
púrpura de El Paraíso de las Damas. Iban, también, más allá de las
fortificaciones y llegaban hasta los suburbios; se los veía por los caminos
hundidos entre taludes de Bicétre; por las orillas del Marne; e incluso bajo
las frondas del bosque de Saint-Germain. A veces, podía divisarse alguno al
final de un paseo inundado de sol, en las zonas más desiertas, en las más
silenciosas; pasaba, al trote de su soberbio tiro, lanzando en la misteriosa
paz de la naturaleza silvestre el llamativo reclamo de sus paneles acharolados.
Y Mouret soñaba con conseguir que sus carruajes llegasen más allá, hasta los
departamentos colindantes; habría querido oírlos rodar por todas las
carreteras de Francia, de una a otra frontera. Pero ya ni siquiera iba a ver a
sus caballos, por los que sentía adoración. ¿De qué le valía conquistar el
mundo si ella le decía que no, siempre que no?
Ahora, a última hora de la tarde, cuando llegaba ante la caja de
Lhomme, la costumbre lo impulsaba aún a mirar la cifra de ingresos, escrita en
una tarjeta que el cajero ensartaba en la varilla que tenía al lado; rara vez
bajaba de cien mil francos y, a veces, en los días de ventas especiales,
sobrepasaba los ochocientos o los novecientos mil. Pero aquella cantidad no le
retumbaba ya en los oídos como un trompetazo; se arrepentía de haber sentido
interés por ella; sólo sacaba en limpio amargura, odio y desprecio por el
dinero.
Los sufrimientos de Mouret iban a aumentar, empero. Padeció de celos.
Una mañana, en el despacho, antes del consejo. Bourdoncle se atrevió a
insinuarle que aquella chiquilla del departamento de confección lo estaba
desairando.
-¿Qué me quiere decir? -preguntó Mouret, muy pálido.
-Lo que oye. Tiene amantes, incluso dentro de la casa.
Mouret halló fuerzas para sonreír.
-Ya ha dejado de interesarme, querido amigo. Puede usted decirme lo
que sea... ¿Qué amantes son ésos?
-Dicen que Hutin, y también un dependiente de los encajes, Deloche,
ese muchacho alto y tan pánfilo... No es que yo asegure nada; verlos, no los
he visto. Pero, al parecer, es algo que salta a la vista.
Hubo un silencio. Mouret, para disimular su temblor de manos, hacía
como si estuviera ordenando algunos papeles encima de la mesa. Por fin dijo,
sin alzar la cabeza:
-Habría que tener pruebas. Esfuércese en aportarme pruebas... No es
que a mí me vaya nada en esto, se lo repito; me importa un bledo, porque la
muchacha ha acabado por irritarme. Pero no podemos tolerar tales cosas en la
casa.
Bourdoncle dijo, sencillamente:
-Puede estar tranquilo, que tendrá pruebas un día de éstos. Estoy ojo
avizor.
Mouret perdió entonces el poco sosiego que le quedaba. No tuvo valor
para volver a sacar el tema y vivió en la continua espera de la catástrofe que
habría de destrozarle el corazón. Y aquel tormento lo volvió terrible; los
almacenes se estremecieron de arriba abajo. Ahora no tenía ya la precaución de
parapetarse detrás de Bourdoncle, y llevaba a cabo en persona las ejecuciones,
presa de una nerviosa necesidad de dar salida al rencor; abusar de su poder le
hacía más llevadero que aquel poder no le sirviera ni poco ni mucho para
contentar su único y exclusivo deseo. Cada ronda se convertía en una hecatombe;
nada más verlo aparecer, pasaba un escalofrío de sección en sección, igual que
pasa una ráfaga de viento. Como precisamente por entonces comenzaba la
temporada baja de invierno, arrasó los departamentos y acumuló víctimas, para
lanzarlas luego a escobazos a la calle. En lo primero que pensó fue en
despedir a Hutin y a Deloche; luego, tras meditarlo, llegó a la conclusión de
que si los echaba nunca sabría la verdad. Y los demás pagaron por ellos; todo
el personal se iba a pique en aquella desbandada. Cuando Mouret se quedaba
solo, por la noche, se le arrasaban los ojos en lágrimas.
Hubo un día en que el terror extendió más su imperio. A uno de los
inspectores le había parecido observar que Mignot robaba. Por su mostrador
andaban siempre rondando muchachas de sospechosa catadura; y habían detenido
últimamente a una de ellas, que llevaba las caderas forradas y el pecho abarrotado
con sesenta pares de guantes. A partir de ese momento, se organizó un sistema
de vigilancia y el inspector sorprendió a Mignot con las manos en la masa,
mientras facilitaba las maniobras de una mujer alta y rubia, una ex
dependiente de El Louvre, que había acabado haciendo la calle. La operación no
podía ser más sencilla: Mignot fingía que le estaba probando unos guantes,
esperaba a que completase el cargamento y la acompañaba luego a la caja, en
donde pagaba un único par. Mouret estuvo presente en el momento oportuno. Solía
preferir no participar en aquella clase de incidentes, qué ocurrían con
frecuencia, ya que, pese a que los almacenes funcionaban como una maquinaria
bien regulada, en algunos departamentos de El Paraíso de las Damas reinaba un
gran desorden y casi no había semana en que no se despidiese a algún empleado
por robo. La propia dirección prefería silenciar esos robos cuanto fuera
posible, pues le parecía innecesario acudir a la policía, ya que ello habría
supuesto desvelar una de las plagas fatídicas de los grandes bazares. Pero
aquel día Mouret sentía la necesidad de enfadarse y se ensañó con el lindo
Mignot, que temblaba de miedo, con el rostro lívido y descompuesto.
-Debería llamar a un guardia -voceó Mouret, en el centro de un corro
de dependientes-. ¡Pero conteste de una vez! ¿Quién es la mujer esa? Le juro
que si no me dice la verdad, hago venir al comisario.
Se habían llevado a la mujer y dos señoritas dependientes la estaban
desnudando. Mignot balbució:
-Si casi no la conozco, señor Mouret... Fue ella la que vino...
-¡Le he dicho que no mienta! -lo interrumpió Mouret, con redoblada
violencia-. ¡Y no ha habido nadie que nos avisara! ¡Están todos ustedes
compinchados, palabra! ¡Vaya cueva de ladrones! ¡Nos roban, nos saquean, nos
despluman! ¡Es como para no volver a dejar que salga ninguno de ustedes de aquí
sin haberle registrado antes los bolsillos!
Se oyó un murmullo. Las tres o cuatro clientes que estaban comprando
guantes se habían quedado en el sitio, pasmadas.
-¡A callar! -siguió diciendo Mouret, rabioso-. ¡O no va a quedar aquí
títere con cabeza!
Pero ya había acudido Bourdoncle, preocupado por el posible
escándalo. Le susurró a Mouret unas cuantas palabras al oído. Como el asunto
estaba adquiriendo unas proporciones inusitadas, lo convenció para que mandara
llevar a Mignot a la oficina de los inspectores, una dependencia de la planta
baja. próxima a la puerta de Gaillon. Allí estaba la mujer, volviendo a ponerse
el corsé, muy tranquila. Acababa de pronunciar el nombre de Albert Lhomme.
Volvieron a interrogar a Mignot, que perdió la cabeza y se echó a llorar. Él no
tenía culpa de nada; era Albert el que le enviaba a sus queridas; al principio
se limitaba a darles un trato de favor, a hacer que se beneficiasen de las
gangas. Luego, cuando, por fin, empezaban a robar ya estaba demasiado
comprometido para avisar a la dirección. Y la dirección se enteró entonces de
una serie de hurtos increíbles: chicas que, para llevarse los artículos, se
metían en los lujosos retretes que
estaban cerca del ambigú, rodeados de plantas de interior, y se los colgaban de
las enaguas; compras que un dependiente olvidaba declarar en caja, cuando acompañaba
a una cliente para que pagase, y cuyo importe se repartía con el cajero; e
incluso falsas devoluciones, artículos que constaban como devueltos a los
almacenes para que alguien pudiera quedarse con el dinero del supuesto
reembolso. Por no citar los robos clásicos, los paquetes que se sacan, al caer la tarde, bajo la levita, enrollados a la
cintura, e incluso, a veces pegados a los muslos. Gracias a la colaboración de
Mignot y de otros dependientes, sin duda, cuyos nombres nadie quiso dar, la
caja de Albert era el centro, desde hacía catorce meses, de turbios trapicheos,
de descarados desfalcos que alcanzaba sumas cuya cantidad no llegó a conocerse
nunca con exactitud.
La noticia había ido, en tanto, propagándose por los departamentos.
Las conciencias intranquilas se estremecían, y las honradeces más acrisoladas
temían quedar implicadas en un barrido general. Todos habían visto cómo Albert
entraba en la oficina de los inspectores. Luego había pasado Lhomme, sin
resuello, con la cara encendida y la apoplejía agarrotándole ya el cuello. A
continuación, habían mandado llamar a la propia señora Aurélie, que, soportando
la afrenta con la cabeza alta, mostraba en el rollizo rostro el abotagamiento
lívido de una mascarilla de cera. La explicación duró mucho y nadie supo nunca
los detalles exactos; iba de boca en boca que la encargada de confección casi
le había arrancado la cabeza a su hijo a bofetadas; y que el buenazo del padre
lloraba mientras el patrón, perdidos los amables modales de costumbre, juraba
como un carretero y quería a toda costa llevar a los culpables ante la justicia.
Pero se echó tierra al asunto. El único despido fulminante fue el de Mignot.
Albert no desapareció hasta dos días después. Era más que probable que su madre
hubiera conseguido un aplazamiento de la ejecución para salvaguardar la honra
de la familia. Pero las ráfagas de pánico siguieron soplando unos cuantos días,
pues, tras aquella escena, Mouret recorrió de cabo a rabo los almacenes con
mirada aviesa, deshaciéndose de todos cuantos se atrevían a alzar la vista,
sin más.
-¿Y usted qué hace ahí, señor mío, papando moscas?... ¡Pase por caja!
Por fin, un día, acabó por descargar la tormenta sobre la cabeza del
mismísimo Hutin. Favier, que ahora era segundo encargado, le iba minando a éste
el terreno para hacerle perder el puesto. Era la táctica habitual: insidiosos
informes enviados a la dirección, ocasiones cogidas al vuelo para dejar mal al
encargado del departamento. Una mañana, pues, cuando cruzaba Mouret por la
seda, se detuvo, sorprendido de ver a Favier rectificando las etiquetas de
todas las piezas de un saldo de terciopelo negro.
-¿Y a usted quién le ha mandado rebajar los precios? -le preguntó.
El segundo encargado, que llevaba a cabo la tarea con ostentación,
como si, previendo la escena, hubiese pretendido llamar la atención del
director cuando pasase, respondió, con tono de candorosa sorpresa:
-Pues el señor Hutin, señor Mouret.
-¿Conque el señor Hutin? ¿Dónde está el señor Hutin?
Y cuando hubo subido éste del servicio de llegadas, adonde había ido a
buscarlo un dependiente, empezaron las explicaciones. ¡Cómo! ¿Así que ahora
rebajaba los precios por iniciativa propia? Quien se quedó entonces atónito
fue Hutin. Se había limitado a comentar la rebaja con Favier, sin darle órdenes
concretas. Este último puso entonces la cara contrita de un empleado al que no
le queda más remedio que llevarle la contraria a su jefe aunque, para sacarlo
del mal paso, esté dispuesto a cargar con las culpas. Y, en el acto, las cosas
tomaron muy mal cariz.
-¿Me oye bien, señor Hutin? -voceaba Mouret-. Nunca he tolerado esas
veleidades de independencia... Yo soy el único que decide a cuánto hay, que
marcar el género.
Y siguió hablando con voz agria y entonación hiriente, que
sorprendieron a los empleados, pues los enfrentamientos como aquél solían
tratarse en privado y era cierto, por lo demás, que el incidente podía deberse
a un malentendido. Mouret dejaba traslucir algo parecido a un inconfesado
rencor al que tenía que dar rienda suelta. ¡Al fin había conseguido pillar en
falta al Hutin ese del que se decía que era amante de Denise! ¡Podía, pues,
conseguir desahogarse haciéndole ver sin miramientos quién era el amo! Y
exageraba los hechos, llegaba a insinuar que, tras aquella rebaja de los
precios, había intenciones poco honradas.
-Pensaba consultar con usted este saldo, señor Mouret -repetía Hutin-.
Estaba haciendo falta, porque bien sabe usted que estos terciopelos no han
tenido aceptación.
Mouret quiso zanjar la cuestión con una última frase dura:
-Muy bien, señor mío, ya estudiaremos más detenidamente este asunto...
Y que no vuelva a suceder, si es que le tiene usted apego a su puesto en esta
casa.
Y le dio la espalda. Hutin, aturdido, rabioso, sólo encontró a mano a
Favier para desahogarse y le juró que iba a tirarle su dimisión a la cara a
aquel animal. Luego, no volvió a decir nada de irse y se contentó con sacar a
colación todas las abominables acusaciones que solían circular entre los
dependientes en contra de los jefes. Y Favier, con un brillo en los ojos, se
defendía, al tiempo que le manifestaba su vehemente apoyo. A él no le había
quedado más remedio que contestar a las preguntas, claro. Y, además, ¿quién
iba a esperarse una historia así por semejante tontería? ¿Qué le pasaba al
patrón, desde hacía una temporada, que no había quien lo aguantase?
-Huy, bien sabido es lo que le pasa-respondió Hutin-. ¿Qué culpa tengo
yo de que ese pingo de la confección lo esté volviendo loco?... Mire, amigo
mío, de ahí viene todo. Sabe que me he acostado con ella y no le hace gracia.
O, a lo mejor, es ella la que quiere que me pongan de patitas en la calle,
porque le resulto molesto... Le juro que se va a enterar de quién soy yo como
se me ponga un día a tiro.
Dos días después, Hutin, que había subido al ático, donde estaba el
taller de confección, para recomendar personalmente a una operaria, se
sobresaltó levemente al divisar, en el extremo de un pasillo, a Denise y
Deloche, acodados en una ventana abierta y tan absortos en una charla íntima
que no volvieron la cabeza. Al darse cuenta de que Deloche estaba llorando, se
le ocurrió la idea de hacer que los sorprendiesen. Se retiró entonces sin ruido
y, al encontrarse en la escalera con Bourdoncle y Jouve, se inventó una
historia: la puerta de uno de los extintores parecía estar arrancada. Era la
forma de hacer que subieran y se tropezasen con la pareja. El primero en verla
fue Bourdoncle. Se detuvo en seco y mandó a Jouve que fuera a buscar al
director mientras él se quedaba allí. Al inspector no le quedó más remedio que
obedecer, aunque muy contrariado por tener que comprometerse en aquel asunto.
Era aquél un rincón remoto dentro del ancho mundo en el que bullían
cuantos pertenecían a El Paraíso de las Damas. Se llegaba a él por un
complicado dédalo de escaleras y pasillos. Los talleres ocupaban los desvanes,
una hilera de estancias bajas y abuhardilladas en las que entraba la luz por
anchas aberturas que horadaban la techumbre de cinc; no contaban con más
mobiliario que unas mesas largas y unas grandes estufas de hierro colado. Allí
trabajaban, en vecindad, lenceras, encajeras, tapiceros, confeccionistas, que
pasaban el invierno y el verano entre un calor agobiante y el peculiar olor de
cada oficio. Para llegar a aquel apartado rincón de uno de los corredores
había que recorrer toda el ala, girar a la derecha, pasado el taller de
confección, y subir cinco peldaños. Las escasas clientes, que, a veces, llevaba
hasta allí un dependiente para algún encargo, intentaban recuperar el resuello,
rendidas y pasmadas, con la sensación de llevar horas dando vueltas sobre sí
mismas y hallarse a cien leguas de la acera.
Denise ya se había tropezado aquí arriba, en varias ocasiones, con
Deloche, que la estaba esperando. Entraba en sus competencias de segunda
encargada tratar con el taller, donde, por lo demás, sólo se hacían los modelos
de las prendas y los arreglos. Subía de continuo, para cursar órdenes. Deloche
la acechaba, ideaba un pretexto, le iba pisando los talones; luego, fingía
sorprenderse cuando se topaba con ella en la puerta del taller de confección. A
Denise había acabado por hacerle gracia; aquellos encuentros eran como unas
citas consentidas. El pasillo corría a lo largo del depósito, un gigantesco
recipiente cúbico de chapa que contenía sesenta mil litros de agua. Había en el
tejado otro del mismo tamaño, al que se llegaba por una escalera de hierro.
Deloche charlaba unos momentos, apoyando un hombro en el depósito, con la continua
dejadez de aquel cuerpo grande que el cansancio encorvaba. Se oía cantar el
agua con mil rumores, sonidos misteriosos cuya musical vibración conservaba la
chapa de forma perenne. Pese al hondo silencio, Denise miraba en torno con
inquietud, pues creía haber visto pasar una sombra por las desnudas paredes
pintadas de amarillo claro. Pero no tardaba en atraerlos la ventana y se
acodaban en ella, perdían la noción del tiempo, entregados a una grata
conversación, a inacabables recuerdos de la comarca de su infancia. A sus pies,
se extendía la enorme cristalera de la galería central, un lago de vidrio que
limitaban remotas techumbres que parecían costas rocosas. Y, más allá, sólo veían
cielo, una capa de cielo que reflejaba en el agua dormida de los cristales el
vuelo de sus nubes y el suave azul de su bóveda.
Ese día, precisamente, estaba Deloche hablando de Valognes.
-Cuando tenía seis años, mi madre me llevaba en carricoche a la
ciudad, los días de mercado. Ya sabe que hay trece kilómetros largos; teníamos
que salir de Bricquebec a las cinco... Es tan hermoso el paisaje por mi zona.
¿La conoce?
-Sí, sí -respondía, despacio, Denise, con la mirada perdida en
lontananza-. Fui a veces por allí, pero era muy pequeña... Unas carreteras con
hierba a derecha e izquierda, ¿verdad? Y, de tarde en tarde, corderos sueltos,
de dos en dos, arrastrando la cuerda que los trababa...
Callaba, para proseguir luego, con una leve sonrisa:
-Nosotros tenemos carreteras rectas, sin una curva en varias leguas,
entre árboles que les dan sombra... Tenemos campos de hierba, que cierran unos
setos más altos que yo, en los que hay caballos y vacas... Tenemos un río pequeño,
con un agua muy fría bajo los matorrales, en un rincón que conozco yo muy bien.
-¡Igual que nosotros! ¡Igual que nosotros! -exclamaba Deloche,
arrobado-. Todo es hierba, y cada cual cierra su trozo de prado con espinos
albares y olmos, y es como estar en la propia casa, y todo es verde, ay, de un
verde que no existe en París... ¡Dios mío! ¡Cuánto he jugado al final de aquel
camino entre taludes, a la izquierda, según se baja del molino!
Les desfallecía la voz y se quedaban con la mirada fija, perdida en
el soleado lago de la cristalera. De aquella agua cegadora veían alzarse un
espejismo: pastos hasta el infinito; el Cotentin, húmedo del hálito del océano,
envuelto en ese vaho luminoso que difumina el horizonte en un delicado gris de
acuarela. A sus pies, bajo las colosales vigas de hierro, ronroneaba la venta,
la trepidación de la maquinaria en marcha; toda la casa vibraba con el ir y
venir de la muchedumbre, con la prisa de los dependientes, con la vida de las
treinta mil personas que allí se agolpaban. Y ellos, en alas de su sueño, al
sentir aquel clamor hondo y sordo que estremecía los tejados, creían oír el
viento del mar pasar por encima de la hierba y mover las frondosas copas de los
árboles.
-Dios mío, señorita Denise -balbució Deloche-, ¿por qué no es usted
más cariñosa conmigo? ¡Con lo que yo la quiero!
Se le habían llenado los ojos de lágrimas y, al ver que ella quería
interrumpirlo con un ademán, se apresuró a añadir:
-No, déjeme que se lo repita una vez más... ¡Nos llevaríamos tan bien!
Siempre hay de qué hablar cuando se es de la misma tierra.
Se le cortó el aliento y ella pudo decir, con dulzura:
-Qué
poco sensato es usted. Me había prometido no volver a hablarme de eso... No
puede ser. Le tengo mucho afecto, porque es usted un buen muchacho. Pero quiero
seguir siendo libre.
-Sí, sí, ya sé que no está enamorada de mí -prosiguió él, con voz
quebrada-. Dígamelo si quiere, porque lo comprendo. No tengo nada que me haga
digno de su amor. ¡Fíjese! Sólo he tenido una hora feliz en la vida, aquella
noche en que nos encontramos en Joinville, ¿se acuerdas Por un momento, en
aquella oscuridad tan grande que había bajo los árboles, me pareció que le
temblaba el brazo, y fui lo bastante tonto para imaginarme que...
Pero Denise volvió a interrumpirlo. Su fino oído acababa de notar el
ruido de los pasos de Bourdoncle y Jouve, en el extremo del corredor.
-¡Escuche! ¡Alguien anda por ahí!
-No -dijo él, impidiéndole que se retirase de la ventana-. Es el
depósito: salen siempre de él unos ruidos tan pasmosos que parece que hay un
mundo dentro.
Y prosiguió con sus quejas tímidas y acariciadoras. Denise ya no lo
escuchaba; las amorosas palabras acunaban la ensoñación que había vuelto a
apoderarse de ella; y dejaba vagar la vista por los tejados de El Paraíso de
las Damas. A derecha e izquierda de la galería acristalada, relumbraban al sol
otras galerías y otros patios, entre los techos abuhardillados, que horadaban
las ventanas, simétricamente alineados como las alas de un cuartel. Erguíanse
armazones de vigas metálicas, escalas, pasarelas cuyo encaje se recortaba
contra el azul del cielo; y, entre tanto, la chimenea de las cocinas soltaba un
denso humo de fábrica y el gran depósito cuadrado, que se alzaba en pleno cielo
sobre unos pilares de hierro colado, mostraba el extraño perfil de una
edificación bárbara que el orgullo del hombre hubiese erigido en aquel lugar.
A lo lejos, París rugía sordamente.
Al regresar Denise de aquellos espacios, de aquellas ramificaciones
de El Paraíso por las que flotaban sus pensamientos como envueltos en soledad,
se dio cuenta de que Deloche le había tomado una mano. Y le vio un rostro tan
trastornado que no la retiró.
-Discúlpeme -susurró él-. Ya no lo haré más; sería demasiada desdicha
que me castigase quitándome su amistad... Le juro que quería decirle algo muy
diferente. Sí, me había prometido a mí mismo hacerme cargo de la situación,
portarme bien...
Volvían a correrle las lágrimas e intentaba afirmar la voz.
-Porque sé muy bien qué puedo esperar de la vida. Mi suerte no va a
cambiar ahora. Un fracasado en mi tierra, un fracasado en París, un fracasado
en todas partes. Llevo aquí cuatro años y sigo siendo el último mono del
departamento... Así que lo que quería decirle era que no se apenase usted por
mí. Ya no volveré a molestarla. Intente ser feliz, enamórese de otro; sí, me
agradará que lo haga. Si es feliz, yo lo seré también... Ésa será mi dicha.
No pudo seguir. Como si quisiera sellar la promesa, había apoyado los
labios en la mano de la joven, depositando en ella un humilde beso de esclavo.
Denise, muy enternecida, dijo sencillamente, con fraternal ternura que
suavizaba la compasión de las palabras:
-¡Pobre amigo mío!
Pero ambos se sobresaltaron y se volvieron. Mouret estaba ante ellos.
Jouve llevaba diez minutos buscando al director por los almacenes.
Estaba en las obras de la fachada nueva de la calle de Le-Dix-Décembre. Todos
los días pasaba allí largas horas, intentando interesarse por aquellas reformas
con las que tanto había soñado. Allí se refugiaba de su tormento, entre
albañiles que afianzaban los sillares de los pilares de esquina y cerrajeros
que colocaban las vigas de las enormes armazones. En la fachada, que ya se
alzaba del suelo, se insinuaban la amplia portalada y los ventanales de la
primera planta, como el esbozo de los planos de un palacio. Mouret subía por
las escalas, comentaba con el arquitecto la ornamentación, que tenía que ser
originalísima, saltaba por encima de hierros y ladrillos, bajaba hasta los
sótanos. Y el ronquido de la máquina de vapor, el tic-tac de los tornos, el
estrépito de los martillos, el clamor de aquella tribu de operarios, que
retumbaba en la gran jaula que cerraban ruidosos tablones, conseguían
aturdirlo por unos momentos. Salía de aquel lugar blanco de yeso, negro de
limalla, con el calzado cubierto de salpicaduras de los grifos de las tomas de
agua, tan escasamente curado de su mal que la angustia regresaba en el acto y
le embestía el corazón a golpes tanto más sonoros cuanto más se apagaba a su
espalda el estruendo de las obras. Ese día, precisamente, había dado con una
distracción que le había devuelto por completo su alegre humor. Estaba mirando
con apasionado interés el álbum con los dibujos de los mosaicos y las
terracotas vidriadas que iban a decorar los frisos, cuando Jouve, sin
resuello, acudió a buscarlo, muy contrariado por tener que ensuciarse la
levita con materiales de construcción. Lo primero que hizo Mouret fue decir a
voces que lo esperasen, que ya iría. Luego, tras darle el inspector un recado
en voz baja, lo siguió, tembloroso, enfermo otra vez de su mal. Todo había
dejado de existir, la fachada se derrumbaba antes de estar concluida. ¿Para qué
aquel supremo triunfo de su amor propio si bastaba con que le susurrasen al oído
el nombre de una mujer para torturarlo de aquella forma?
En el ático, Bourdoncle y Jouve estimaron oportuno desaparecer.
Deloche había salido huyendo. Ante Mouret, sólo quedó Denise, más pálida de lo
habitual, pero mirándolo fijamente, con franqueza.
-Tenga la bondad de venir conmigo, señorita -dijo él con dura
entonación.
Denise lo siguió; bajaron dos pisos, cruzaron los departamentos de
muebles y alfombras, sin decir palabra. Al llegar ante la puerta del despacho
de Mouret, éste la abrió de par en par.
-Pase, señorita.
Volvió a cerrar la puerta y se dirigió a su mesa. El nuevo despacho
de dirección era más lujoso que el anterior. Las paredes no estaban ya
tapizadas de reps, sino de terciopelo verde, y una estantería con
incrustaciones de marfil ocupaba un entrepaño entero; pero seguía sin haber más
adorno que el retrato de la señora Hédouin, una mujer joven, de hermoso y
apacible rostro, que sonreía en su marco dorado.
-Señorita -dijo, al fin, Mouret, intentando hacer gala de una fría
severidad-, hay cosas que no podemos tolerar... En esta casa un comportamiento
decoroso es de rigor...
Se detenía para buscar las palabras, para no ceder a la ira que le
subía de las entrañas. ¡Cómo! ¿Era a aquel muchacho al que amaba, a aquel
mísero dependiente, el hazmerreír de todo el departamento? ¡Prefería al más
humilde y al más torpe de todos, lo ponía por delante de él, del dueño! Porque
los había visto perfectamente: ella le permitía tomarle la mano y él se la
cubría de besos.
-He sido muy bondadoso con usted, señorita -prosiguió, con un nuevo
esfuerzo-. Bien poco me esperaba esta recompensa.
Los ojos de Denise, nada más cruzar la puerta, se habían ido hacia el retrato
de la señora Hédouin; y en él seguía fijándose, pese a la gran turbación que la
embargaba. Cada vez que entraba en el despacho de dirección, se cruzaba su
mirada con la de la señora del cuadro. Le inspiraba cierto temor, pero sentía,
no obstante, que era muy buena. Ahora, le parecía como si pudiera hallar
protección en ella.
-Tiene razón, señor Mouret -contestó suavemente-. He hecho mal en
entretenerme charlando; y le pido que me perdone la falta... Ese joven y yo
somos paisanos...
-Está despedido -voceó Mouret, dejando escapar todo su sufrimiento en
aquel furioso grito.
Y, trastornado, saliéndose del papel de un director que echa una
reprimenda a una dependiente que ha infringido el reglamento, se explayó en
palabras violentas. ¿No le daba vergüenza? ¡Una muchacha como ella entregarse
a aquel ser! Y acabó formulando atroces acusaciones. Le reprochó que hubiera
pertenecido a Hutin y a tantos otros, con tan prolijo caudal de palabras que
Denise no podía ni defenderse. Pero iba a hacer una buena limpieza, los iba a
echar a todos a la calle a puntapiés. La severa amonestación que, mientras
caminaba en pos de Jouve, se había prometido dar a Denise se rebajaba a la brutalidad
de una escena de celos.
-¡Sus amantes, sí! Bien que me lo decían, y yo era tan necio que no
acababa de creerlo... ¡Y era el único que no lo creía, el único!
Denise, abochornada, aturdida, escuchaba aquellos espantosos
reproches. Al principio, no había entendido qué le estaba diciendo. ¡Santo
Dios! ¿La tomaba acaso por una desvergonzada? Tras una palabra más dura que
las demás, se encaminó en silencio hacia la puerta. Y dijo, al hacer Mouret un
ademán para detenerla:
-Déjeme, señor Mouret, me marcho... Si piensa lo que está diciendo, no
quiero quedarme ni un segundo más en esta casa.
Pero él se abalanzó para colocarse ante la puerta.
-¡Defiéndase al menos! ¡Diga algo!
Denise, muy erguida, guardaba un silencio glacial. Mouret estuvo mucho
tiempo agobiándola a preguntas con creciente ansiedad. Y la dignidad muda de
aquella virgen parecía, una vez más, el astuto cálculo de una mujer experta en
las tácticas de la pasión. No habría podido dar con actitud mejor si hubiera
pretendido verlo arrojarse a sus pies, cada vez más desgarrado por la duda,
más deseoso de que lo convencieran.
-Vamos a ver, me dice que son paisanos... A lo mejor se conocían de
su tierra... Júreme que no ha habido nada entre ustedes.
Entonces,
al ver que ella se obstinaba en el silencio y seguía pretendiendo abrir la
puerta e irse, Mouret perdió del todo la cabeza y tuvo una suprema explosión de
dolor.
-¡Dios mío! ¡Si es que la quiero! ¡Es que la quiero! ¿Por qué se
complace en martirizarme de este modo? Ya ve que para mí no existe nada más;
que las personas de las que le hablo sólo me afectan porque tienen que ver con
usted; que ahora usted es lo único que me importa en el mundo... Pensé que
estaba celosa y por usted dejé mis diversiones. Le contaron que tenía queridas;
pues ya no las tengo. Apenas salgo. ¿Acaso no la preferí en casa de aquella
señora? ¿Acaso no he roto con ella para pertenecerle sólo a usted? Todavía
estoy esperando una palabra de agradecimiento, un poco de gratitud. Y si lo
que teme es que vuelva con ella, puede estar tranquila; para vengarse, está
ayudando a uno de mis dependientes a fundar un establecimiento rival. Dígame
si tengo que ponerme de rodillas para conmoverle el corazón.
A esto había llegado. Él, que no consentía la más leve falta a sus
empleadas, que las ponía en la calle cuando se le antojaba, se rebajaba ahora
hasta suplicar a una de ellas que no se fuera, que no lo abandonase dejándolo
en la desdicha. Defendía la puerta, para que no saliera; estaba dispuesto a
perdonarla, a hacerse el ciego si ella se dignaba mentirle. Y no fingía; ahora
lo asqueaban las muchachas que antes recogía entre los bastidores de los
teatros de poca monta y en los restaurantes nocturnos; ya no veía a Clara; no
había vuelto a aparecer por casa de la señora Desfórges, en la que reinaba
ahora Bouthemont, a la espera de que se inaugurasen unos nuevos almacenes, Las
Cuatro Estaciones, que ya estaban colmando de anuncios los periódicos.
-Dígame si tengo que ponerme de rodillas -repitió, con las lágrimas
contenidas trabándole la garganta.
Denise lo detuvo con un gesto de la mano, pues tampoco ella podía ya
contener la turbación; aquella pasión doliente la conmovía hasta lo más hondo.
-Hace usted mal en disgustarse así, señor Mouret-le respondió al
fin-. Le juro que esas horribles historias son mentira... Ese pobre joven con
el que estaba hace un rato es tan poco culpable como yo.
Y lo decía con su valiente sinceridad, sin bajar los ojos claros.
-Está bien, la creo -murmuró él-. No despediré a ninguno de sus
compañeros, ya que los toma a todos bajo su protección.... Pero entonces, ¿por
qué me rechaza si no quiere usted a nadie?
Un súbito malestar, un desasosegado pudor se apoderaron de la joven.
-Quiere a alguien, ¿verdad? -añadió él con voz trémula-. Dígalo sin
temor, no tengo derecho alguno sobre sus afectos... Quiere usted a alguien.
Denise se iba poniendo cada vez más encarnada; tenía el corazón a flor
de labios y sentía que no la permitirían mentir ni aquella emoción que la
traicionaba ni aquella repugnancia hacia el disimulo que, en contra de su
voluntad, hacía que le asomase la verdad al rostro.
-Sí -acabó por confesar con voz débil-. Déjeme, se lo ruego, señor
Mouret. No sabe cuánta pena siento.
Ahora era ella la que sufría. ¿Es que no bastaba ya con tener que
defenderse de él? ¿Iba a tener ahora que defenderse de sí misma, de las ráfagas
de ternura que la privaban, a ratos, de todo coraje? Cuando él le hablaba así,
cuando lo veía tan afectado, tan trastornado, no sabía ya por qué lo
rechazaba; y hasta pasado un rato no regresaban, desde lo más hondo de su índole
joven y sana, el orgullo y la sensatez que la mantenían firme en aquella
virginal obstinación. Si se empecinaba, era por instinto de felicidad, para
satisfacer su necesidad de una vida sosegada, y no por respeto de unos
virtuosos principios. Habría caído en brazos de aquel hombre, rendida a él en
cuerpo y alma, si no la hubiese soliviantado, si no la hubiese repugnado casi,
entregarse por entero, arrojarse en brazos de quien podía, al día siguiente,
convertirse en un desconocido. Temía al amante, lo temía con ese loco miedo que
hace palidecer a la mujer ante la proximidad del varón.
Mouret hizo ahora un gesto de sombrío desaliento. No conseguía
entenderla. Regresó a su mesa y hojeó unos papeles, que volvió a dejar en el
acto, al tiempo que decía:
-No la retengo más, señorita; no puedo obligarla a quedarse a su
pesar.
-Pero si no quiero irme -repuso ella, con una sonrisa-. Si cree en mi
honestidad, me quedaré... Hay que creer siempre que las mujeres son honestas,
señor Mouret. Le aseguro que la mayoría lo son.
Denise había alzado involuntariamente la mirada hacia el retrato de la
señora Hédouin, aquella dama tau guapa y tan buena, cuya sangre, a lo que
decían, traía suerte a la casa. Mouret siguió la mirada de la joven y se
sobresaltó, pues le había parecido que era su difunta esposa quien pronunciaba
aquella frase, tan suya, y que él, al oírla, la reconocía. Era como una
resurrección. Volvía a encontrar en Denise el sentido común, el justo
equilibrio de la mujer que había perdido, e incluso la misma voz dulce, que
escatimaba las palabras inútiles. Se quedó sorprendido, y aún más triste.
-Ya sabe que soy todo suyo -susurró, a modo de conclusión-. Haga
conmigo lo que quiera.
Entonces ella recuperó su tono alegre:
-Eso es, señor Mouret. Nunca resulta inútil fiarse de la opinión de
una mujer, por muy humilde que sea. Basta con que no sea tonta del todo...
¡Vaya! Puede tener la seguridad de que si se pone en mis manos no haré de usted
sino un hombre cabal.
Bromeaba, con aquella sencillez que tanto encanto tenía. Sonrió él, a
su vez, con pálida sonrisa, y la acompañó hasta la puerta, como a una dama.
Al día siguiente, Denise era encargada. La dirección había dividido el
departamento de ropa de confección para crear, ex profeso para ella, otro de
ropa infantil, que quedó instalado junto al anterior. Desde que habían
despedido a su hijo, a la señora Aurélie no le llegaba la camisa al cuerpo,
pues notaba cierta frialdad en la dirección y veía crecer, de día en día, el
poder de la joven. ¿Cabía la posibilidad de que, alegando un pretexto
cualquiera, la sacrificasen en aras de ésta? La vergüenza que mancillaba ahora
a la dinastía de los Lhomme parecía haber afilado su facies de emperador, antes
inflada de grasa. Y, todas las tardes, tenía a gala irse del brazo de su
marido, unidos ambos por el infortunio, comprendiendo que el daño venía del
desbaratamiento de su hogar; por su parte, el pobre hombre, más afectado que
su mujer, presa de un miedo enfermizo a que lo acusaran a él también de robo,
contaba dos veces la recaudación en voz alta, haciendo verdaderos prodigios con
el brazo lisiado. Así pues, cuando la señora Aurélie se enteró de que nombraban
a Denise encargada de la ropa infantil, experimentó una alegría tan grande que
le prodigó abiertamente las más afectuosas efusiones. ¡Era tan de agradecer que
no le hubiera quitado el puesto! Y colmó a la joven de demostraciones de
amistad; ahora la trataba de igual a igual, e iba con frecuencia a charlar con
ella al departamento vecino, con el mismo aparato de una reina madre que fuera
a visitar a una joven soberana.
Por lo demás, Denise había llegado a la cumbre. Ante su nombramiento
como encargada, habían caído las últimas resistencias. Si bien es verdad que
las murmuraciones seguían circulando, porque en toda conjunción de hombres y
mujeres siempre causan estragos las lenguas, que no pueden estarse quietas,
todos se doblegaban ante ella. Marguerite, que ahora era segunda encargada en
la confección, se deshacía en elogios. Incluso la mismísima Clara, en la que
iba haciendo mella un sordo respeto por aquella buena fortuna que ella habría
sido incapaz de conseguir, había capitulado. Pero la victoria de Denise era aún
más completa entre los caballeros: Jouve, que ya sólo le dirigía la palabra
haciéndole reverencias; Hutin, muy inquieto al sentir que su posición amenazaba
con desmoronarse; Bourdoncle, en fin, reducido a la impotencia. Cuando éste la
vio salir del despacho de dirección, sonriente y con su habitual aspecto
apacible; cuando, al día siguiente, el director exigió en el consejo que se
crease la nueva sección, se resignó a aceptar los hechos, pues lo venció el
sagrado temor a la mujer. Siempre había cedido de esa forma ante el encanto de
Mouret; lo reconocía como amo y señor pese a las salidas de tono de su
genialidad y a sus necios arrebatos sentimentales. Esta vez, la mujer había
sido la más fuerte y Bourdoncle estaba a la espera de que lo arrollase el
desastre.
No obstante, Denise triunfaba con sosiego y encanto. La conmovían
aquellas señales de consideración; quería ver en ellas una simpatía por sus
desventurados comienzos y el éxito final de su prolongado coraje. Recibía,
pues, con risueño regocijo, las más pequeñas demostraciones de amistad, con lo
cual no faltó quien se encariñase realmente con ella, ya que era muy dulce y
acogedora y estaba siempre dispuesta a entregar el corazón. Sólo mostraba una
invencible repulsión hacia Clara, pues se había enterado de que la muchacha
había cumplido con lo que había anunciado entre bromas y, por diversión, se
había llevado una noche a Colomban a su casa. Y el dependiente, arrastrado por
aquella pasión al fin satisfecha, solía ahora pasar fuera las noches, en tanto
que la triste Geneviéve agonizaba. Se hablaba del asunto en El Paraíso, y la
aventura hacía gracia.
Pero aquella congoja, la única que Denise tenía fuera de los
almacenes, no le alteraba el carácter. Era sobre todo en su departamento donde
había que verla, rodeada de sus menudos súbditos de todas las edades. Adoraba a
los niños y ningún cometido habría sido más adecuado para ella. Se reunían allí
a veces alrededor de cincuenta niñas, y otros tantos muchachitos, todo un
internado turbulento, soliviantado por los anhelos de una naciente coquetería.
Las madres perdían la cabeza. Y ella, conciliadora, sonreía, sentaba a la
chiquillería en una hilera de sillas; y cuando había en el grupo una
chiquitina sonrosada, cuya linda carita la tentaba, quería atenderla en
persona, traía el vestido, lo colocaba sobre los hombros rollizos con tiernas
precauciones de hermana mayor. Sonaban risas claras; de entre las voces severas
se alzaban leves gritos de éxtasis. A veces, alguna niña de ocho o nueve años,
toda una personita ya, estudiaba ante un espejo el paletó de paño que se
estaba probando, se daba la vuelta con aire absorto y, en los ojos, el brillo
de la necesidad de gustar. La ropa que iba saliendo de los armarios se
amontonaba en los mostradores: vestidos de madapolán azul o rosa para niñas
entre uno y cinco años, trajes de marinero de céfiro, con la falda plisada y
apliques de percal en el blusón; trajes Luis XV; abrigos; chaquetas
entalladas; una mezcolanza de angostas prendas de envarada gracia infantil,
algo así como el vestuario de una tropa de muñecas grandes, todo ello fuera de
su sitio y a disposición de los saqueadores. Denise llevaba siempre en el
fondo de los bolsillos algunas golosinas; acallaba el llanto de un pequeño que
se desesperaba porque no le habían comprado unos pantalones rojos; vivía entre
la gente menuda como si fuera su familia, cada vez más joven entre aquella
inocencia y aquella lozanía que se renovaban sin cesar en torno a sus faldas.
Ahora mantenía a veces largas charlas amistosas con Mouret. Cuando
tenía que ir a la dirección a tomar órdenes o a dar una información, él la
hacía quedarse para conversar con ella; le gustaba oírla. Aquello era lo que
Denise llamaba, en broma, «hacer de Mouret un hombre cabal». En su razonadora y
astuta cabeza de normanda nacían toda suerte de proyectos, esas ideas acerca
del nuevo comercio que ya se había atrevido a insinuar en la tienda de
Robineau, y algunas de las cuales le había comentado a Mouret aquella hermosa
noche del paseo por las Tullerías. No podía tener algo a su cargo, ver una
tarea en marcha, sin sentir la acuciante necesidad de poner orden, de mejorar
el funcionamiento. Desde que había entrado en El Paraíso de las Damas, siempre
había sido para ella motivo de angustia, por ejemplo, la precaria suerte de los
dependientes; los despidos repentinos la sublevaban; le parecían una torpeza y
una iniquidad, perjudiciales para todos, tanto para la casa como para los
empleados. Aún se resentía de todo lo que había sufrido al principio; se
llenaba de compasión cada vez que veía, en los departamentos, a una recién
llegada, con los pies doloridos y los ojos llenos de lágrimas, agobiada de
desventuras bajo el vestido de seda, entre las agrias persecuciones de las
veteranas. Aquella vida de perro apaleado volvía malas a las mejores; y el
triste desfile se repetía una y otra vez: a todas las consumía el oficio antes
de cumplir los cuarenta; desaparecían, nadie volvía a saber nada de ellas: a
muchas, tísicas o anémicas, las mataban las penalidades, el cansancio y el aire
viciado; algunas acababan haciendo la calle; las más afortunadas se casaban y
se enterraban en una tiendecilla, en cualquier ciudad de provincias.
¿Era humano y justo aquel atroz consumo de carne anual de los grandes
almacenes? Y Denise abogaba por los engranajes de la maquinaria; no alegaba
para ello razones sentimentales, sino argumentos tomados del propio interés de
los patronos. El que quiera una máquina resistente, tendrá que utilizar hierro
de buena calidad; si el hierro se rompe, o si lo rompen, se detiene el trabajo;
una nueva puesta en marcha duplica los gastos; supone todo un desperdicio de
energía. A veces, se entusiasmaba al imaginar el gigantesco bazar modélico, el
falansterio del comercio, donde a cada cual le correspondería con exactitud,
según sus méritos, su parte proporcional de los beneficios; y donde tendría
garantizada la seguridad del día de mañana mediante un contrato. En tales
ocasiones, Mouret, pese a la fiebre que lo poseía, se mostraba alegre. La
acusaba de socialista, la ponía en aprietos al demostrarle las dificultades que
impedían poner esas ideas en práctica, pues ella hablaba desde el punto de
vista de su alma sencilla y confiaba valientemente en el porvenir cuando caía
en la cuenta de que los proyectos de su tierno corazón desembocaban en un
bache peligroso. Mouret, entretanto, notaba cómo hacía mella en él y lo
seducía aquella voz joven, en la que vibraban aún los males que había
soportado, tan convencida cuando indicaba qué reformas podrían consolidar la
casa; le hacía caso, aunque le gastase bromas, y la suerte de los dependientes
iba mejorando poco a poco. En vez de los despidos en masa, se fue organizando
un sistema de permisos durante las temporadas bajas; y, por fin, iba a fundarse
muy pronto una caja de solidaridad que pondría a los empleados al amparo del
paro forzoso y les garantizaría una pensión. Era éste el embrión de las grandes
asociaciones obreras del siglo xx.
Denise,
por lo demás, no se conformaba con curar las llagas abiertas que ella había
padecido; algunas delicadas ocurrencias femeninas que le insinuó a Mouret
fueron muy del agrado de la clientela. Hizo también dichoso a Lhomme al
prestar su apoyo a un proyecto que éste albergaba desde hacía mucho, el de
crear una orquesta en la que sólo participasen miembros del personal. Tres
meses después, Lhomme tenía bajo su dirección a ciento veinte músicos y se
había cumplido el sueño de su vida. Para presentar a la clientela y al mundo
entero la música de El Paraíso, dieron en las almacenes una gran fiesta, con
concierto y baile. El acontecimiento salió en los periódicos; y el propio
Bourdoncle, al que alteraban tremendamente aquellas novedades, tuvo que
admitir que constituían una enorme propaganda. Instalaron luego una sala de
juego para los dependientes: dos billares, y mesas de chaquete y de ajedrez. Se
organizaron clases nocturnas dentro de la casa: de inglés y de alemán; de
gramática; de aritmética; de geografía. Llegó incluso a haber clases de
equitación y de esgrima. Se creó una biblioteca: diez mil volúmenes a disposición
de los empleados. Y también hubo un médico permanente, que pasaba consulta
gratis; baños; bufés; un salón de peluquería. Cuanto era necesario para la vida
cotidiana se encontraba allí; no hacía falta salir a la calle para tener de
todo: estudios, manutención, alojamiento, ropa. El Paraíso de las Damas se
autoabastecía en ocios y necesidades, en el meollo del aquel París grande y
bullicioso, de aquella ciudad del trabajo que brotaba con tal pujanza del
estiércol de las calles viejas, abiertas por fin a la luz del sol.
Las opiniones se pusieron entonces a favor de Denise. Como Bourdoncle,
vencido, repetía a sus íntimos, con tono de desesperación, que habría dado
cualquier cosa por meterla en persona en la cama de Mouret, quedó establecido
que no había cedido y que su onmipotencia le venía de ese rechazo. Desde ese
mismo instante, se hizo popular. Todos estaban al tanto de las gratas mejoras
que le debían y la admiraban por su fuerza de voluntad. ¡Había una, por lo
menos, que tenía un pie en la yugular del jefe, que los vengaba a todos y sabía
sacarle algo más que promesas! ¡Al fin había llegado la que conseguía que
respetasen un poco a los pobres diablos! Cuando pasaba por las secciones, con
aquel rostro frágil y tozudo, aquella expresión tierna e invencible, los
dependientes le sonreían, estaban orgullosos de ella, con gusto la habrían
señalado con el dedo para que la gente la conociese. Denise, dichosa, se dejaba
arrastrar por el flujo de aquella creciente simpatía. ¡Dios mío!. ¿Sería
posible? Se veía a sí misma cuando entró en la casa, con su mísero vestido,
asustada, perdida entre los engranajes de la terrible máquina; durante mucho
tiempo, había experimentado la sensación de no ser nada, apenas un grano de
mijo entre las piedras de amolar que trituraban todo un universo; y, ahora, era
el alma de aquel universo; sólo ella importaba; podía, con una sola palabra,
acelerar o frenar al coloso, rendido ante sus pies menudos. Y, no obstante,
ella no había aspirado a nada; se había limitado a llegar, sin cálculo alguno,
con el único encanto de la dulzura. Su poder soberano le inspiraba a veces una
inquieta sorpresa. ¿A santo de qué la obedecían todos? No era bonita; no
perjudicaba a nadie. Luego, sonreía, con el corazón apaciguado, pues no había
en ella sino bondad y sensatez, un amor por la verdad y la lógica, que era toda
su fuerza.
Una de las grandes alegrías que deparó a Denise su privilegiada
posición fue la de poder serle útil a Pauline. Esta estaba encinta y no le
llegaba la camisa al cuerpo, pues, en los últimos quince días, habían despedido
a dos empleadas en el séptimo mes de embarazo. La dirección no toleraba
accidentes de esa categoría; la maternidad quedaba suprimida por indecente y
engorrosa. Se toleraba, si no quedaba más remedio, el matrimonio, pero los
hijos estaban prohibidos. Era cierto que el marido de Pauline trabajaba en la
casa, pero, pese a ello, ésta no estaba tranquila: no por ello se hallaba en
condiciones de mostrarse al público en su departamento. Y, con la intención de
demorar un probable despido, se oprimía hasta la asfixia, resuelta a disimular
su estado mientras fuera posible. Una de las dos dependientes despedidas
acababa precisamente de dar a luz un niño muerto por haber impuesto tan duro
trato a su cintura, y se temía por su vida. En tanto, Bourdoncle se fijaba en
el rostro de Pauline, cada vez más plomizo; y le parecía que caminaba con
penosa rigidez. Estaba una mañana cerca de ella, en las canastillas, cuando un
mozo, al alzar un paquete, le dio un golpe tal que la joven se llevó las manos
al vientre y lanzó un grito. Se la llevaron de allí en el acto, la hicieron confesar
y se trató en el consejo la cuestión de si sería conveniente despedirla, so
pretexto de, que le hacía mucha falta el saludable aire del campo: la historia
del golpe correría de boca en boca, causando una desastrosa impresión entre el
público en el supuesto de que Pauline llegase a abortar, como ya había sucedido
el año anterior en la sección de ropa de recién nacido. Mouret, que no asistió
al consejo, no pudo opinar hasta la tarde. Pero Denise ya había tenido tiempo
de intervenir; y le cerró la boca a Bourdoncle alegando los propios intereses
de la casa. ¿Es que acaso pretendían indignar a las madres, molestar a las
jóvenes clientes recién paridas? Se adoptó, pomposamente, la decisión de que
toda dependiente casada que quedase encinta pasaría a manos de una comadrona
especial en cuanto su presencia en el departamento resultase ofensiva para el
decoro.
A la mañana siguiente, cuando Denise subió a la enfermería a visitar a
Pauline, que había tenido que meterse en cama tras el golpe, ésta la besó con
vehemencia en ambas mejillas.
-¡Qué buena eres! Si no llega a ser por ti, me ponen en la calle... Y
no te preocupes, que el médico dice que no será nada.
Baugé, que se había escapado de su departamento, también estaba
presente, al otro lado de la cama. También balbucía palabras de agradecimiento,
turbado ante Denise, a la que trataba ahora como a alguien de clase superior y
que ha triunfado. ¡Ay, como volviera él a oír que aludían a ella con cualquier
comentario soez, bien que les cerraría el pico a los envidiosos! Pero Pauline
lo despachó, encogiéndose cariñosamente de hombros.
-¡Queridito, sólo dices bobadas! ¡Anda, déjanos charlar!
La enfermería era una estancia larga y clara en la que se alineaban
doce camas de cortinas blancas. Atendían allí a los dependientes que vivían en
los almacenes, cuando éstos no manifestaban el deseo de regresar a casa de su
familia. Pero aquel día sólo estaba allí Pauline, acostada junto a una de las
ventanas que daban a la calle Neuve-Saint-Augustin. Y en seguida, entre
aquellos cándidos lienzos, en aquel aire adormecido que perfumaba un tenue
aroma de espliego, llegaron ambas jóvenes a las confidencias, a los cuchicheos
afectuosos.
-¿Así que es verdad que hace lo que tú quieres? ¡Qué dura eres al
darle tantas penas! A ver, explícamelo, ya que me he atrevido a sacar el tema.
¿Lo aborreces?
No le había soltado la mano a Denise, que se hallaba sentada al lado
de la cama, acodada en la almohada. Y ésta, presa de súbita emoción, con las
mejillas arreboladas, perdió las fuerzas ante aquella pregunta directa e
inesperada. Se le escapó el secreto y escondió la cabeza en la almohada,
susurrando:
-¡Lo quiero!
Pauline se había quedado estupefacta:
-¿Cómo que lo quieres? Pues es bien sencillo: dile que sí.
Denise, sin dejar de ocultar el rostro, decía que no con un enérgico
movimiento de la cabeza. Y decía que no precisamente porque lo quería, sin
llegar a explicarlo. Desde luego que podía parecer ridículo; pero así era como
pensaba ella, no podía ir en contra de su forma de ser. La sorpresa de su amiga
iba en aumento y, al fin, le preguntó:
-Entonces, ¿todo lo que haces es para conseguir que se case contigo?
Al
oír tales palabras, la joven se irguió, trastornada:
-¡Casarse él conmigo! ¡Ah, no! ¡No! Te juro que nunca he pretendido
semejante cosa... No, nunca hubo ese cálculo en mi cabeza. ¡Y bien sabes que me
horroriza mentir!
-Pues la verdad, querida -siguió diciendo con suavidad Pauline-, es
que si tuvieras el empeño de hacer que se casara contigo no obrarías de otra
manera... En algo tendrá que acabar esto, y sólo queda el matrimonio, ya que no
quieres saber nada de lo otro... Mira, tengo que avisarte de que todo el mundo
anda pensando lo mismo. Sí, todos están convencidos de que si te haces desear
es para llevarlo ante el señor alcalde... ¡Dios mío, qué mujer tan peculiar
eres!
Y tuvo que consolar a Denise, que había vuelto a apoyar la cabeza en
la almohada y repetía, entre sollozos, que acabaría por irse, ya que le
atribuían continuamente las más diversas intenciones, que a ella ni siquiera se
le habrían podido pasar por la cabeza. Claro está que cuando un hombre quería a
una mujer debía casarse con ella. Pero no pedía nada, no hacía cálculo alguno,
sólo rogaba encarecidamente que la dejasen vivir en paz, con sus penas y sus
alegrías, como los demás. Sí, se iría.
En aquel mismo instante, Mouret cruzaba la planta baja de los
almacenes. Quería visitar una vez más las obras para distraerse de su
preocupación. Habían transcurrido varios meses y la fachada alzaba ahora sus
contornos monumentales tras el enorme revestimiento de tablones que la ocultaba
a los ojos del público. Todo un ejército de decoradores había puesto manos a la
obra: marmolistas; artesanos del azulejo y el mosaico. Estaban dorando el
grupo central, que remataba la puerta, en tanto que, en el frontón, ya estaban
sellando los pedestales sobre los que se alzarían las estatuas de las ciudades
manufactureras de Francia. Desde por la mañana hasta por la noche, a lo largo
de la calle de Le-Dix-Décembre, abierta al paso desde hacía poco, permanecía a
pie firme una muchedumbre de mirones, con las cabezas levantadas, sin ver nada,
pero pendientes de las maravillas que corrían de boca en boca acerca de
aquella fachada que iba a revolucionar París. Y era entre aquel trabajo febril,
rodeado de artistas que ponían los últimos toques a su sueño, ese sueño que
habían iniciado los albañiles, donde acababa de notar Mouret con mayor crudeza
cuán vana era su venturosa suerte. El recuerdo de Denise le había oprimido
repentinamente el pecho; era un recuerdo que llevaba siempre clavado, como una
llama, como la dolorosa punzada de un mal incurable. Y había salido huyendo,
sin dar con una sola palabra de aprobación, temiendo que lo viesen llorar,
dejando tras de sí una repugnancia por el triunfo. Aquella fachada, al fin
construida, le parecía pequeña, semejante a una de esas murallas de arena que
alzan los niños. Y, aunque la hubiesen prolongado de un arrabal de la ciudad a
otro y alzado hasta las estrellas, no habría conseguido llenar el vacío de su
corazón, que sólo podía colmar el «sí» de una chiquilla.
Cuando Mouret regresó a su despacho, lo ahogaban los sollozos
contenidos. ¿Qué era lo que quería Denise? No se atrevía a ofrecerle dinero.
La confusa idea de una boda iba tomando cuerpo, entre sublevados respingos de
viudo joven. Nervioso y exhausto ante su impotencia, dejó correr
las lágrimas. No era feliz.
XIII
Una
mañana de noviembre, estaba Denise dando las primeras órdenes en su
departamento cuando vino a decirle la criada de los Baudu que la señorita
Geneviéve había pasado una noche muy mala y quería ver a su prima sin tardanza.
Desde hacía una temporada, la joven se iba debilitando de día en día y, la antevíspera,
no había podido ya levantarse.
-Diga que voy ahora mismo -le respondió Denise, muy preocupada.
El golpe que estaba rematando a Geneviéve era la repentina
desaparición de Colomban. Al principio, para que Clara no se riera de él, no
iba a dormir a casa de Baudu; luego, cediendo a ese enloquecedor arrebato de
deseo de los jóvenes solapados y castos, convertido ya en el sumiso perro de
aquella mujer, un lunes no había regresado, contentándose con enviar a si,
patrón una carta de despedida escrita con las sopesadas frases de un hombre a
punto de suicidarse. No había que descartar que, tras aquel ataque de pasión,
no pudiera hallarse también el astuto cálculo de un muchacho satisfechísimo de
librarse de una boda desastrosa; la salud del comercio de paños era tan mala
como la de su prometida y había llegado la hora de dar la campanada para poder
romper el compromiso. Pero todo el mundo se refería a él como si fuese la
víctima de un amor fatal.
Cuando Denise llegó a El Viejo Elbeuf, la señora Baudu estaba sola en
la tienda. Permanecía inmóvil tras la caja, con su cara menuda y blanca
consumida de anemia, custodiando el silencio y el vacío del local. Ya no
quedaba ningún dependiente. Era la criada quien pasaba el plumero por los
estantes, pero se estaba hablando de sustituirla por una asistenta. Un negro
frío bajaba desde el techo; transcurrían horas sin que entrase una cliente que
perturbara aquella oscuridad. El salitre de las paredes iba invadiendo cada vez
más los géneros, que ya nadie movía del sitio.
-¿Qué sucede? -preguntó, vehementemente, Denise-. ¿Corre peligro la
vida de Geneviéve?
La señora Baudu tardó en responder. Se le llenaron los ojos de
lágrimas. Luego, balbució:
-No sé nada; nadie me dice nada... ¡Ay, esto se ha acabado, esto se ha
acabado!
Y con los anegados ojos recorría toda la tienda oscura, como si
hubiera sentido que la hija y la casa se iban juntas. Los setenta mil francos
de la venta de la finca de Rambouillet se los había tragado en menos de dos
años el pozo de la competencia. Para luchar contra El Paraíso, que ahora
vendía paños para caballero, panas para cazadores, libreas, el pañero había
realizado considerables sacrificios. Y, al fin, acababa de sucumbir de forma
definitiva, aplastada bajo los muletones y las
franelas de su rival, un surtido sin igual en toda la ciudad. Poco a poco, al
ver cómo aumentaban las deudas, habían decidido, como último recurso, hipotecar
la vieja finca de la calle de la Michodiére, en la que su antepasado, el viejo
Finet, había fundado la casa. Y ya sólo era cuestión de días; ya estaba todo a
punto de desbaratarse; incluso los techos iban a desplomarse y a salir volando
en torbellinos de polvo, como si pertenecieran a una edificación bárbara y
decrépita que se llevase el viento.
-El padre está arriba -añadió la señora Baudu
con voz quebrada-. Nos turnamos cada dos horas para hacerle compañía; alguien
tiene que quedarse al cuidado de esto. Bueno, sólo por precaución, porque la
verdad es que...
Remató la frase con un ademán. Si su proverbial
orgullo de comerciantes no los hubiese obligado a mantener la cabeza alta ante
el barrio, habrían puesto los postigos y cerrado la tienda.
-Pues entonces subo, tía -dijo Denise, con el
corazón oprimido por aquella resignada desesperación que rezumaba incluso de
las piezas de paño.
-Sí, sube, sube en seguida, hija... Te está
esperando; te ha llamado toda la noche. Eso es que quiere decirte algo.
Pero precisamente entonces bajó Baudu. La bilis
revuelta teñía de verde su rostro amarillento, en el que resaltaban los ojos,
inyectados en sangre. Avanzaba con los mismos pasos sigilosos con que acababa
de salir del dormitorio. Y susurró, como si se le pudiese oír desde arriba:
-Se ha dormido
Las piernas no lo sostenían y se sentó en una
silla. Se enjugaba la frente con gesto maquinal, jadeando como quien acaba de
realizar una ruda tarea. Reinó el silencio. Al fin, le dijo a Denise:
-Ya la verás dentro de un rato... Cuando
duerme, nos parece que está curada.
Volvió el silencio. El padre y la madre, frente
a frente, se miraban. Luego, a media voz, Baudu empezó a rumiar sus penas, sin
nombrar a nadie, sin dirigirse a nadie:
-Y yo que habría puesto por él la cabeza en el
tajo... Era el último que quedaba, lo había criado como a un hijo. Si alguien
hubiera venido a decirme: «También a él te lo quitarán; verás cómo se pasa al
enemigo», le habría contestado: «¡Pues entonces es que ya no hay Dios! ». ¡Y
se ha pasado al enemigo!... ¡Ay, pobre infeliz! ¡Tan ducho en el comercio de
toda la vida; tan de acuerdo con todas mis teorías! ¡Por una monicaca, por uno
de esos maniquíes que se exhiben en los escaparates de las casas de mala fama!...
¡Si es que, la verdad, es para volverse loco!
Movía la cabeza; había bajado los desorientados
ojos y miraba las baldosas húmedas, que habían desgastado generaciones de
clientes.
-¿Sabéis
lo que pienso? -siguió diciendo, más bajo-. Pues hay momentos en los que siento
que soy el que más culpa tiene de nuestras desgracias. Sí, yo soy el causante
de que nuestra pobre hija esté ahí arriba, devorada de fiebre. ¿Acaso no habría
debido casarlos en seguida, sin ceder a mi estúpido orgullo, a mi cabezonería
de no dejarles la casa menos próspera? Ahora, ella tendría al hombre al que
quiere y quizá la juventud de ambos estaría realizando aquí el milagro que yo
no he sabido conseguir... Pero soy un viejo loco que no entendió nada; yo no
creía que alguien pudiera enfermar por un motivo así... ¡De verdad que ese
muchacho era extraordinario: unas dotes para la venta, y una probidad, y una
sencillez de costumbres, un orden en todas las cosas! Como discípulo mío que
era, vamos...
Erguía la cabeza, defendiendo aún sus ideas en la persona de aquel
dependiente que lo había traicionado. Denise no pudo soportar oír cómo se
acusaba y se lo contó todo, arrebatada de emoción al verlo tan humilde, con
los ojos llenos de lágrimas, a él que, antes, reinaba en la casa como amo y
señor tonante y absoluto.
-Tío, no lo disculpe, se lo ruego... Nunca quiso a Geneviéve y antes
se habría escapado si hubiera querido usted apresurar la boda. Yo misma hablé
con él; y estaba bien enterado de lo que mi pobre prima padecía por su culpa.
Ya ve que saberlo no le ha impedido irse... Pregúntele a mi tía.
Sin despegar los labios, la señora Baudu confirmó sus palabras con
una inclinación de cabeza. Entonces, el pañero se puso aún más lívido, mientras
las lágrimas acababan de cegarlo. Dijo, tartamudeando:
-Debía de llevarlo en la sangre. Su padre se murió el verano pasado de
tanto andar siempre con mujerzuelas.
Y, maquinalmente, recorrió con la vista todos los rincones oscuros,
desde los mostradores hasta los casilleros rebosantes de género; volvió a
clavarla, luego, en su mujer, que seguía sentada, muy tiesa, tras la caja,
esperando en vano a la desaparecida clientela.
-Bueno, pues esto es el fin -siguió diciendo-. Nos mataron nuestro
comercio y resulta que, ahora, una de sus golfas nos mata a nuestra hija.
Nadie volvió a despegar los labios. El rodar de los carruajes, que
estremecía de vez en cuando las baldosas, pasaba como una fúnebre batería de
tambores por el aire quieto, que ahogaba el techo bajo. Y, entre aquella
mortecina tristeza de la agonía de las tiendas viejas, se oyeron de pronto
unos golpes sordos que alguien daba en algún lugar de la casa. Era Geneviéve,
que acababa de despertarse y golpeaba con un palo que tenía a mano.
-Subamos en seguida -dijo Baudu, poniéndose en pie con
sobresalto-Intenta poner cara risueña; Geneviéve no debe saber qué está
pasando.
Y él, por las escaleras, se iba frotando con rudeza los ojos para
borrar las huellas de lágrimas. Nada más abrir la puerta del primer piso, se
oyó una voz débil, una voz despavorida que gritaba:
-¡Ay, no quiero estar sola! ¡Ay, no me dejéis sola! Me da miedo estar
sola...
Luego, al ver a Denise, Geneviéve se calmó y sonrió con alegría:
-Has venido... ¡Cuánto te he esperado desde ayer! Ya creía que tú
también me habías abandonado.
El espectáculo movía a compasión. El dormitorio de la joven daba al
patio y era un cuarto pequeño en el que entraba una claridad lívida. Los padres
habían instalado a la enferma, al principio, en su propia habitación, que daba
a la calle, pero la vista de El Paraíso de las Damas la alteraba tanto que
habían tenido que volver a llevarla a la suya. Y allí estaba, tendida en la
cama, tan liviana bajo las mantas, que apenas si se notaban ya la forma y la
presencia de un cuerpo. Movía sin cesar los brazos flacos, que se consumían con
la fiebre abrasadora de los tísicos, como en una ansiosa e inconsciente
búsqueda. Y, en tanto, los cabellos negros, grávidos de pasión, parecían aún
más abundantes, y su voraz vitalidad se tragaba aquel pobre rostro en el que
agonizaba la degeneración última de una prolongada estirpe crecida a la sombra,
en aquel sótano de un antiguo comercio parisino.
Denise se había quedado mirándola, con el corazón reventando de
lástima. No hablaba, por temor a no poder contener las lágrimas. Por fin,
susurró:
-He venido en seguida... Si puedo serte de ayuda... Me has mandado
llamar... ¿Quieres que me quede contigo?
Geneviéve, perdido el resuello, con las manos siempre errabundas por
los pliegues de la colcha, no apartaba los ojos de ella.
-No, gracias, no necesito nada... Sólo quería darte un beso.
El llanto le henchía los párpados. Entonces, Denise se inclinó con
gesto rápido, la besó en las mejillas, estremeciéndose al sentir en los labios
la llama de aquellas mejillas chupadas. Pero la enferma se había aferrado a
ella y la estrechaba, no la soltaba, reteniéndola en un desesperado abrazo.
Volvió, luego, la mirada hacia su padre:
-¿Quiere que me quede con ella? -volvió a decir Denise-. Si tiene algo
que hacer...
-No, no.
Geneviéve seguía mirando fijamente a su padre, que permanecía de pie,
con aspecto aturdido y un nudo en la garganta. Acabó éste por comprender
aquella mirada y se retiró, sin decir palabra. Oyeron cómo sus pesados pasos
bajaban por la escalera.
-¡Dime si está con esa mujer! -exclamó la enferma en seguida, asiendo
la mano de su prima, a la que hizo sentar al filo de la cama-. Sí, quería
verte, sólo tú me puedes decir... Viven juntos, ¿verdad?
Denise, a la que esas preguntas cogían por sorpresa, balbució y tuvo
que confesar la verdad, los rumores que corrían por los almacenes. Clara, harta
de cargar con aquel muchacho, le había cerrado ya su puerta; y Colomban,
desconsolado, la perseguía por doquier, intentando, con una humildad de perro
apaleado, que se aviniera, de vez en cuando, a algún encuentro. Decían que iba
a entrar en El Louvre.
-Si tanto lo quieres, aún puede volver a ti -siguió diciendo la joven,
para adormecer a la moribunda con aquella última esperanza-. Ponte buena pronto
y él reconocerá su culpa y se casará contigo.
Geneviéve la interrumpió. Había estado escuchando con todo su ser, con
una pasión muda que la incorporaba en la cama. Pero volvió a desplomarse, en el
acto:
-No,
déjalo, bien sé que todo ha acabado... No digo nada, porque oigo llorar a papá
y no quiero que mamá se ponga peor. Pero me estoy muriendo, ¿sabes?, y si te
llamaba esta noche era porque temía irme antes de que fuera de día... ¡Dios
mío! ¡Y pensar que ni siquiera es feliz!
Y como Denise ponía el grito en el cielo y le aseguraba que no estaba
tan grave, Geneviéve la interrumpió otra vez y echó hacia atrás de pronto las
mantas, con un gesto casto de virgen que nada tiene ya que ocultar ante la
muerte. Destapada hasta el vientre, susurró:
-¡Mírame! ¿Dirás que esto no es el final?
Denise, temblorosa, se levantó del borde de la cama como si hubiera
temido destruir con el aliento aquella mísera desnudez. Era el fin de la
carne, un cuerpo de novia consumido de espera, vuelto a la infancia escuálida
de los primeros años. Geneviéve volvió a taparse, despacio:
-Ya ves que he dejado de ser una mujer... No estaría bien seguir
queriendo que sea mío.
Ambas callaron. Seguían mirándose, sin dar con ninguna frase. Fue
Geneviéve la que volvió a hablar:
-Anda, no te quedes aquí, tienes tus obligaciones. Y gracias; me
atormentaba el deseo de saber; ahora estoy contenta. Si vuelves a verlo, dile
que lo perdono... Adiós, mi buena Denise. Dame un beso muy fuerte; es el
último.
La joven la besó, mientras protestaba:
-No, no; no te obsesiones. Tienes que cuidarte, y nada más.
Pero la enferma movió la cabeza con gesto obstinado. Sonreía; estaba
segura de tener razón. Y, al ver que su prima se dirigía por fin hacia la
puerta, le dijo:
-Espera. Pega con el palo para que suba papá... Tengo demasiado miedo
cuando estoy sola.
Luego, tras regresar Baudu al triste cuartito, en el que se pasaba las
horas sentado en una silla, puso cara alegre y le gritó a Denise:
-No vengas mañana, no merece la pena. Pero te espero el domingo;
pasarás la tarde conmigo.
A las seis de la madrugada siguiente, expiró Geneviéve, tras cuatro
horas de un horroroso estertor. El entierro cayó en sábado, con tiempo nublado,
un cielo de hollín que agobiaba la vibrante ciudad. La mancha clara de El Viejo
Elbeuf, con sus colgaduras de paño blanco, iluminaba la calle. Y los cirios ardían
en la mermada luz, como estrellas que velase el crepúsculo. Varias coronas de
cuentas y un gran ramo de rosas blancas cubrían la caja, una estrecha caja de
niña, depositada en el sombrío callejón, a ras de la acera, tan cerca del
arroyo que los coches habían salpicado ya los lienzos que lo envolvían. Todo el
viejo barrio rezumaba humedad, exhalaba su mohoso olor a sótano, y los
transeúntes pasaban continuamente, entre empujones, por los adoquines
embarrados.
Denise había acudido nada más dar las nueve; para quedarse con su tía.
Pero cuando iba a arrancar la comitiva, la señora Baudu, que había dejado de
llorar aunque tenía los ojos abrasados de las lágrimas, le rogó que se
incorporase al acompañamiento que caminaba tras el cuerpo y velase por su tío,
cuya muda postración, cuyo doloroso estado de pasmo, tenían preocupada a la
familia. Al bajar, la joven encontró la calle repleta de gente. Los pequeños
comerciantes del barrio querían testimoniar a los Baudu su simpatía; y aquella
afanosa presencia tenía también su parte de manifestación en contra de El Paraíso
de las Damas, al que acusaban de la lenta agonía de Geneviéve. Estaban allí
todas las víctimas del monstruo: Bédoré Hermanos, los calceteros de la calle
de Gaillon; los peleteros Vanpouille; y Desligniéres, el dueño del bazar; y
Piot y Rivoire, los de la tienda de muebles; incluso la señorita Tatin, la
lencera, v el guantero Quinette, que la quiebra había barrido ya hacía mucho,
se habían sentido obligados a acudir, una desde Les Batignolles, el otro desde
La Bastilla, donde no les había quedado más remedio que ponerse a trabajar por
cuenta ajena. En tanto esperaban que llegase la carroza mortuoria, que se retrasaba
por algún malentendido, toda aquella muchedumbre enlutada, a pie firme en el
barro, lanzaba miradas de odio a El Paraíso, cuyos luminosos escaparates, cuyos
tenderetes rebosantes de animación, les parecían un insulto a El Viejo Elbeuf,
que entristecía con su duelo la acera de enfrente. Algunas cabezas de
dependientes curiosos se arrimaban a las lunas, pero el coloso conservaba su
indiferencia de máquina lanzada a todo vapor, inconsciente de las muertes que
puede ir dejando a su paso.
Denise buscaba con los ojos a su hermano Jean. Lo divisó, al fin,
delante de la tienda de Bourras y se reunió allí con él para recomendarle que
caminase al lado de su tío y lo ayudase si le costaba trabajo andar. Jean
llevaba varias semanas muy serio, como si lo atormentase una preocupación.
Aquel día, vestía una levita negra; era ya un hombre hecho y derecho, que ganaba
un jornal de veinte francos, y parecía tan digno y tan triste que a su hermana
le extrañó, pues no se lo imaginaba tan encariñado con su prima. Denise había
dejado a Pépé en casa de la señora
Gras, para ahorrarle un mal rato innecesario, y se prometía ir a recogerlo esa
misma tarde y llevarlo a casa de los tíos para que les diera un beso.
La carroza mortuoria, entre tanto, seguía sin llegar y Denise, muy
conmovida, miraba cómo ardían los cirios, cuando la sobresaltó una voz conocida
que sonaba detrás de ella. Era Bourras, que había llamado con una seña a un
castañero que tenía enfrente el puesto, una angosta garita que ocupaba parte
del local de un tabernero, y le estaba diciendo:
-Hágame el favor, Vigouroux, si no le importa... Mire, quito el pomo
de la puerta... Si viene alguien, dígale que vuelva dentro de un rato. No le
darán mucha guerra; no creo que venga nadie.
Luego permaneció de pie, al borde de la acera, esperando, como los
demás. Denise, violenta, había lanzado una ojeada a la tienda. Su dueño la
tenía ahora muy abandonada; ya no se veía, en la acera, más que un lastimoso
revoltillo de paraguas comidos por la intemperie y bastones renegridos por el
gas. Las mejoras que había hecho Bourras, la pintura verde claro, los espejos,
la muestra dorada, todo estaba ya perdiéndose, ensuciándose, y se apreciaba en
ellos esa decrepitud veloz y lamentable del lujo de pacotilla aplicado con
brocha gorda sobre las ruinas. No obstante, aunque las antiguas grietas asomaban
de nuevo, aunque las manchas de humedad habían vuelto a aflorar bajo los
dorados, la casa seguía en pie, terca, pegada al costado de El Paraíso de las
Damas como una deshonrosa verruga que, aunque resquebrajada y podrida, se
negaba a separarse de él.
-¡Ah, los muy miserables! -gruñó Bourras-. ¡Ni siquiera dejan que se
la lleven!
Uno de los carruajes de El Paraíso, cuyos acharolados paneles pasaban
velozmente, al trote rápido de dos soberbios caballos, relumbrando como un
astro entre la niebla, acababa de tener un encontronazo con la carroza
mortuoria, que al fin llegaba. Y el viejo comerciante clavaba en Denise el
rabillo del ojo, con las pupilas relucientes entre la maraña de las cejas.
El duelo echó a andar despacio, chapoteando en los charcos, entre el
silencio de los coches de punto y los ómnibus, que se habían detenido de
pronto. Cuando el cuerpo, envuelto en lienzos blancos, cruzó por la plaza de
Gaillon, las sombrías miradas del cortejo se hundieron una vez más tras las
lunas de los grandes almacenes, a las que sólo habían acudido a fisgar dos de
las dependientes, alegrándose de la distracción. Baudu caminaba tras la carroza
pesadamente, de forma maquinal; había rechazado con un ademán el brazo de Jean,
que iba a su lado. Cerrando el desfile, tras la hilera de acompañantes, venían
tres coches de duelo. Al tomar la comitiva el atajo de la calle
Neuve-des-Petits-Champs, se unió a ella Robineau, muy pálido y con aspecto
envejecido.
En Saint-Roch, estaban esperando muchas mujeres, las comerciantes del
barrio que no habían acudido a la casa mortuoria para evitar aglomeraciones.
La manifestación iba tomando cariz de motín; y, cuando, tras los responsos, el
convoy arrancó de nuevo, todos los hombres siguieron en él, aunque había una
larga caminata desde la calle de Saint-Honoré al cementerio de Montparnasse.
Tuvieron que subir por la calle de Saint-Roch y volver a pasar ante El Paraíso
de las Damas. Era como una obsesión; paseaban aquel pobre cuerpo de muchacha
alrededor de los grandes almacenes como si fuera el de la primera víctima de un
tiroteo, en tiempos de revolución. En la puerta, unas franelas rojas ondeaban
al viento como banderas y un tenderete de alfombras mostraba el estallido de su
sangrienta floración de rosas enormes y peonías abiertas.
Denise, en tanto, se había subido a un coche, tan desasosegada por el
escozor de las dudas, con tanta tristeza oprimiéndole el pecho, que no tenía ya
fuerzas para caminar. Hizo un alto el cortejo precisamente en la calle de Le
Dix-Décembre, delante de los andamios de la fachada nueva, que seguían
entorpeciendo la circulación. Y la joven se fijó en que el anciano Bourras se
había quedado rezagado y caminaba con dificultad junto a las ruedas de aquel
coche que sólo ocupaba ella. Nunca conseguiría llegar al cementerio. Había
alzado la vista y la miraba. Luego, subió al carruaje.
-Son estas malditas rodillas -mascullaba-. ¡No hace falta que se
aparte! ¿O se cree que es a usted a quien aborrecemos?
Lo notó amistoso y enfurecido, como en otros tiempos. Refunfuñaba,
decía que había que ver aquel Baudu de los demonios qué aguante tenía para
seguir adelante pese a todo, después de haber recibido más palos que una
estera. La comitiva había vuelto a arrancar, despacio, y, si Denise se asomaba
a la ventanilla, podía ver, efectivamente, el empecinado avance de su tío
detrás del coche fúnebre, con aquel paso torpe que parecía marcar la pauta al
sordo y penoso progreso de la comitiva.
-No estaría de: más que la policía despejase la vía pública...
Llevamos más de dieciocho meses empantanados con su dichosa fachada; y hace
nada se mato otro hombre en las obras. Pero
¡qué más da! En adelante, si quieren seguir con las ampliaciones, tendrán que
tender pasarelas por encima de las calles. Se dice que son ustedes dos mil
setecientos empleados y que la recaudación va a llegar este año a los cien
millones... ¡Cien millones, santo cielo, cien millones!
A Denise no se le ocurría respuesta alguna. La
comitiva acababa de entrar por la calle de La Chaussée-d'Antin, donde la
retrasaban los atascos de vehículos. Bourras continuaba hablando, con la mirada
perdida, como si estuviese ahora soñando en voz alta. Seguía sin entender el
triunfo de El Paraíso de las Damas, pero reconocía la derrota del comercio
tradicional.
-El pobre Robineau no tiene nada que hacer; se
le ha puesto una cara como si se estuviera ahogando... Y los Bédoré y los
Vanpouille ya no aguantan más, les pasa lo que a mí, les fallan las piernas.
Desligniéres acabará por reventar de una apoplejía. A Piot y Rivoire les ha
dado una ictericia. ¡Ay, bonitas trazas tenemos todos! ¡Menuda procesión de
ruinas para acompañar a la pobre niña! Esta fila de despojos debe de
resultarles cómica a los mirones... Y, además, la limpieza no ha concluido, al
parecer. Los muy bribones están poniendo departamentos de flores, de modas, de
perfumería, de calzado y a saber de qué más. Grognet, el perfumista de la calle
de Grammont, ya puede irse mudando. Y no daría yo diez francos por la zapatería
de Naud, la de la calle de Antin. La epidemia de cólera está llegando ya hasta
la calle de Sainte-Anne, donde no van a tardar ni dos años en salir danzando
Lacassagne, el de la tienda de plumas y flores, y la señora Chadeuil, y eso que
sus sombreros tienen mucha fama... ¡Y después de ésos, otros, y otros más!
Todos los establecimientos del barrio caerán. ¡A unos horteras que se meten a
vender jabón y zapatos se les puede ocurrir el día menos pensado vender patatas
fritas! ¡La verdad es que el mundo se ha vuelto loco!
La carroza funeraria estaba cruzando en esos
momentos la plaza de la Trinité y Denise, desde el rincón del oscuro coche en
el que escuchaba las plañideras reflexiones del anciano, mientras la acunaba el
fúnebre avance del cortejo, pudo ver, al salir éste de la calle de La
Chaussée-d'Antin, que el cuerpo iba subiendo ya la cuesta de la calle Blanche.
Le parecía oír, pisándole los talones a su tío, que caminaba ciego y mudo como
un buey acogotado, el tropel de pasos de un rebaño conducido al matadero, la
completa derrota de las tiendas de todo un barrio, el pequeño comercio
arrastrando su ruina en pos de sí, entre el negro barro de París, con un roce
de humildes zapatos mojados. Bourras, en tanto, había empezado a hablar con
tono más sordo, como si la cuesta de la calle Blanche le frenase la voz.
-Yo ya estoy acabado... Pero, pese a todo, los
tengo cogidos y no pienso aflojar. El hombre ese ha vuelto a perder en segunda
instancia. ¡Ay, lo que me ha costado! ¡Cerca de dos años de pleitos, y venga
procuradores, y abogados! Pero da lo mismo. No pasará por debajo de mi tienda.
Los jueces han decidido que a una obra así no se la puede considerar de
restauración. Cuando pienso que lo que pretendía poner ahí debajo era un salón
en donde calibrar el color de los tejidos a la luz del gas, un local
subterráneo que uniese la calcetería y los paños...Todavía le dura la rabieta;
no consigue tragarse que un viejo desfondado como yo le estorbe el paso, cuando
todo el mundo está de rodillas ante su dinero... ¡Nunca! ¡No voy a consentirlo,
está dicho! Es posible que acabe en el arroyo. Desde que tengo que pelear con
agentes judiciales, el bribón anda husmeando mis deudas, seguramente para
jugarme una mala pasada. Pero qué más da. Él dice que sí y yo digo que no. Y
siempre seguiré diciendo que no, voto al chápiro, incluso metido en una caja de
pino, como la chiquilla que va ahí delante.
Al llegar al bulevar de Clichy, el coche avanzó
más deprisa y se oyó cómo jadeaba la gente, cómo el cortejo apretaba el paso
inconscientemente, deseando acabar de una vez. Lo que Bourras no decía a las
claras era la negra miseria en que había caído, ni cómo lo estaban volviendo
loco todos los quebraderos de cabeza del pequeño tendero que se hunde y se
obstina en no ceder mientras le cae encima la granizada de los protestos.
Denise, que estaba al tanto de su situación, rompió al fin el silencio para
susurrar con voz implorante:
-Señor Bourras, deje ya de ser tan tozudo...
Permítame que arregle las cosas.
El la interrumpió, con ademán violento:
-Cállese. Lo que a mí me pase, no le importa a
nadie... Es usted una buena niña; ya sé que no le está poniendo las cosas en
bandeja a ese hombre, que creía que estaba en venta, igual que mi casa. Pero,
vamos a ver, qué me contestaría si yo le aconsejara que le dijese que sí? Me
diría que me metiera en mis cosas... Bueno, pues cuando yo digo que no, no se
meta usted en camisa de once varas.
Y como el coche se había detenido ya a la
puerta del cementerio, bajó junto con la joven. El panteón de los Baudu estaba
en el primer paseo, a la izquierda. La ceremonia concluyó en pocos minutos.
Jean había apartado a su tío del hoyo, que éste miraba con la boca abierta. Se
deshizo la fila y el cortejo se fue repartiendo entre las tumbas vecinas. Todos
aquellos rostros de tenderos, de sangre empobrecida en lo hondo de sus
insalubres plantas bajas, adquirían una enfermiza fealdad bajo el cielo de
color de barro. Cuando la caja bajó despacio, palidecieron las rojas venillas
que surcaban las caras, se inclinaron hacia el suelo las narices que afilaba la
anemia, se desviaron los párpados de bilioso tono amarillo, ajados de tanto
hacer cuentas.
-Deberíamos tirarnos todos a ese agujero -dijo
Bourras a Denise, que estaba junto a él-. Con esta niña, entierran al barrio
entero... ¡Yo me entiendo! Lo que tiene que hacer el comercio de siempre es
meterse en el hoyo al mismo tiempo que las rosas blancas que están bajando con
el cuerpo.
Al regreso, Denise hizo subir a su hermano y a
su tío a uno de los coches de duelo. El día fue para ella de sombría tristeza.
En primer lugar, estaba empezando a preocuparla la palidez de Jean. Y cuando
hubo comprendido que se trataba, una vez más, de un asunto de faldas, quiso
hacerlo callar abriéndole su bolsa. Pero él negaba con la cabeza; rechazaba el
dinero; esta vez iba en serio: se trataba de la sobrina de un pastelero muy
rico, que ni siquiera le aceptaba un ramo de violetas. Luego, por la tarde, cuando
Denise fue a buscar a Pépé a casa de la señora Gras, ésta le dijo que estaba ya
demasiado crecido para poder seguir con ella. Otro quebradero de cabeza; habría
que buscar un internado; separarse del niño, quizá. Y, por fin, cuando llevó a
Pépé a dar un beso a los Baudu, le desgarró el alma el apagado dolor de El
Viejo Elbeuf. La tienda estaba cerrada; encontraron a sus tíos sentados al
fondo de la salita. Pese a lo oscuro que estaba el día de invierno, no se
habían acordado de encender la luz de gas. Ya se habían quedado solos; estaban
uno frente a otro, en aquella casa que la ruina había ido vaciando despacio. Y
la muerte de la hija volvía aún más hondos los tenebrosos rincones; era como el
crujido postrero que iba a quebrar las antiguas vigas comidas de humedad. En
la agobiante habitación, el tío seguía caminando en torno a la mesa, ciego y
mudo, sin poder detenerse, con el mismo paso del entierro; y, mientras, la tía,
que tampoco decía nada, se había desplomado en una silla, con el rostro pálido
de un herido que se desangra gota a gota. Ni siquiera lloraron cuando Pépé los
besó con fuerza en las frías mejillas. A Denise la ahogaban las lágrimas.
Esa noche, precisamente, mandó llamar Mouret a
la joven para comentar con ella una prenda infantil que pensaba lanzar, un
cruce de escocés y de zuavo. Y, vibrante de compasión, rebelada ante tanto
sufrimiento, no pudo contenerse; se atrevió, primero, a hablarle de Bourras,
de aquel pobre hombre derribado en tierra al que ahora iban a degollar. Pero,
nada más oír nombrar al anciano vendedor de paraguas, Mouret se indignó. El
viejo chiflado, como lo llamaba él, le daba mil disgustos, le amargaba el
triunfo con aquel estúpido empecinamiento en no salir de su casa, esa inmunda
choza cuyas escayolas eran un desdoro para El Paraíso de las Damas, el único
rincón de la amplia manzana que no se dejaba conquistar. El problema se estaba
convirtiendo en pesadilla; cualquiera que no hubiera sido la joven y se hubiese
atrevido a hablar en favor de Bourras habría corrido el riesgo de verse en la
calle, pues a Mouret lo atormentaba hasta lo indecible la enfermiza necesidad
de echar abajo la casucha a puntapiés. ¿Qué quería que hiciera, vamos a ver?
¿Podía consentir que aquel montón de escombros siguiera pegado a El Paraíso?
Tenía que desaparecer, no quedaba más remedio, los almacenes debían seguir
adelante. ¡Tanto peor para el viejo loco! Y volvía a enumerar las ofertas que
le había hecho; había llegado a proponerle cien mil francos. ¿No era acaso una
oferta razonable? El no se andaba con regateos, desde luego; pagaba el dinero
que le pedían. Pero que la gente, al menos, fuese un poco lista, que le dejase
rematar su obra. ¿Se le ocurría a alguien detener las locomotoras cuando iban
rodando por sus raíles? Denise lo escuchaba, con la vista baja, y no se le
ocurrían más razones que las del sentimiento. El pobre hombre era ya viejo;
quizá fuera posible esperar a que muriese; una quiebra lo mataría. Mouret
declaró entonces que ya ni siquiera estaba en su mano impedir los
acontecimientos. Le había encomendado el asunto a Bourdoncle, pues el consejo
había resuelto zanjarlo de una vez. Y Denise no supo qué añadir, aunque sentía
una tierna y dolorosa compasión.
Tras un penoso silencio, fue el propio Mouret
el que mencionó a los Baudu. Empezó por compadecerlos mucho por la muerte de
la hija. Eran muy buenas personas, muy honradas; y la mala suerte se había
cebado en ellos. Luego, volvió a los argumentos de costumbre. En el fondo, se
habían buscado su desdicha; no hay que empecinarse así en no querer salir del
chamizo podrido del comercio tradicional; nada tenía de extraño que la casa se
les hubiese venido encima. Ya lo había predicho él cien veces; y Denise se
acordaría seguramente de que él le había encargado que pusiese a su tío sobre
aviso del fatal desastre que se avecinaba si se quedaba anclado en ridiculeces
pasadas de moda. Así había llegado la catástrofe; nadie en el mundo podría
pararla ya. ¿Cómo iba a poder exigirle nadie que estuviera en sus cabales que
se arruinase para salvar la vida del barrio? Por lo demás, aunque cometiera la
locura de cerrar El Paraíso, otros grandes almacenes crecerían espontáneamente
allí al lado, pues la idea cundía, como en alas del viento, por los cuatro
puntos cardinales. El vendaval del siglo iba sembrando el triunfo de las
ciudades obreras e industriales y llevándose el ruinoso edificio de las edades
antiguas. Mouret se entusiasmaba poco a poco, hallaba palabras de emocionada
elocuencia para defenderse contra el odio de sus víctimas involuntarias, contra
el clamor de las tiendecitas moribundas, que oía alzarse a su alrededor. Nadie
conservaba a sus muertos; no quedaba más remedio que enterrarlos. Y, con un
ademán, derribaba, barría y arrojaba a la fosa común el cadáver del comercio
pretérito, cuyos pestilentes y verdosos restos eran la vergüenza de las
soleadas calles del nuevo París. No, no, no sentía remordimiento alguno; se
limitaba a cumplir con el cometido de su época; y Denise lo sabía muy bien,
porque amaba la vida, y tenía pasión por los negocios de alcance, rematados
a plena luz, bajo el brillante resplandor de la publicidad. No le quedó más
remedio que callarse; estuvo mucho rato escuchándolo y se retiró con el alma
turbada.
Aquella noche, apenas durmió. Daba vueltas bajo las mantas, en un
insomnio por el que cruzaban pesadillas. Le parecía que era muy niña y
estallaba en sollozos al fondo de su jardín de Valognes, al ver cómo las
currucas se comían las arañas, que, a su vez, se comían las moscas. ¿Era, pues,
cierto que el mundo medraba mediante aquella necesidad de muerte, aquella
lucha por la vida que invitaba a arrojar a los seres al osario de la
destrucción eterna? Volvía a verse luego ante la fosa a la que bajaban a Geneviéve;
vislumbraba a sus tíos, solos en lo hondo del tenebroso comedor. Entre el
profundo silencio, un sordo ruido de derrumbe cruzaba el aire muerto: era la
casa de Bourras, que se desplomaba como si la hubiese minado una crecida.
Volvía el silencio, más siniestro aún, y retumbaba otro hundimiento, y luego
otro, y otro más: los Robineau, los Bédoré Hermanos, los Vanpouille crujían y
se venían abajo, uno tras otro; el pequeño comercio del barrio de Saint-Roch
desaparecía bajo una piqueta invisible, entre bruscos truenos de carretas
descargadas. Y entonces una tremenda pena la despertaba, sobresaltada. ¡Dios
mío, cuántos tormentos! ¡Familias que lloran, ancianos que se ven en el arroyo,
todos los dolientes dramas de la ruina! Y ella no podía salvar a nadie; y era
consciente de que se trataba de algo beneficioso, la salud del París del mañana
precisaba de aquel estiércol de desdichas. Se calmó al amanecer; se apoderó de
ella una honda tristeza resignada mientras clavaba los ojos en la ventana,
cuyos cristales se iban aclarando. Sí, era el tributo de la sangre; toda
revolución exigía mártires; sólo se
podía avanzar pisando cadáveres. Su temor de ser un alma perversa, de haber
colaborado en el asesinato de sus seres queridos se iba convirtiendo en una
consternada compasión ante aquellos males irremediables, que son los dolores de
parto de todas y cada una de las generaciones. Acabó por ponerse a pensar en
los posibles alivios; su bondad estuvo mucho tiempo soñando con los medios que
habría que adoptar para salvar al menos a los suyos del aplastamiento final.
Ahora veía frente a sí a Mouret, con su apasionado rostro y sus ojos
acariciadores. Cierto era que no le negaba nada; estaba segura de que accedería
a todas las compensaciones sensatas. Y se le extraviaba el pensamiento al
intentar juzgarlo. Estaba al tanto de su vida, no ignoraba el cálculo que se
encerraba en sus antiguos afectos, su continua explotación de la mujer; sabía
que había elegido a sus amantes para poder seguir progresando; que su relación
con la señora Desforges no tenía más meta que llegar hasta el barón Hartmann;
estaba enterada de todos los demás amoríos, de las Claras pasajeras, del placer
comprado, pagado, devuelto al arroyo. Pero aquellos comienzos de aventurero
del amor, acerca de los que corrían bromas por los almacenes, se diluían, a la
postre, en la poderosa genialidad de aquel hombre, en su victorioso encanto.
Era la seducción personificada. Lo que nunca le habría perdonado Denise habría
sido su fingimiento de antaño, su frialdad de amante tras la galante comedia de
los miramientos. Pero ya no sentía rencor alguno, ahora que lo veía sufrir por
ella. Aquel sufrimiento lo había ennoblecido. Al saberlo atormentado, expiando
tan duramente su desdén por la mujer, le parecía que se había redimido de sus
culpas.
Esa misma mañana, le prometió Mouret a Denise cuantas compensaciones
le pareciesen a ella legítimas para el día en que sucumbieran los Baudu y el
anciano Bourras. Transcurrieron las semanas; la joven iba a ver a su tío casi
todas las tardes; se escapaba unos pocos minutos para llevarle su risa, su
coraje de muchacha buena, para alegrar la tienda sombría. La que más
preocupación le inspiraba era su tía, que no había salido de un lívido estupor
desde la muerte de Geneviéve. Era como si la vida se le fuese un poco con cada
hora que pasaba y, cuando le preguntaban cómo estaba, respondía, con expresión
de asombro, que no le dolía nada, que, sencillamente, se sentía como amodorrada.
En el barrio, la gente asentía con la cabeza: la pobre señora no iba a echar
mucho tiempo de menos a su hija.
Salía un día Denise de casa de los Baudu cuando, al doblar la esquina
de la plaza de Gaillon, oyó un grito tremendo. La muchedumbre corría; pasaba
una ráfaga de pánico, ese viento de temor y compasión que trastorna de repente
una calle. Las ruedas de un ómnibus de carrocería parda, uno de los vehículos
que cubría el trayecto de La Bastilla a Les Batignolles, acababan de pasar por
encima de un hombre, al salir de la calle Neuve-Saint-Augustin, delante de la
fuente. Erguido en el pescante, el cochero sujetaba con rabioso ademán los
caballos negros, que se encabritaban; y se deshacía en reniegos, en arrebatadas
palabrotas:
-¡Voto a Cristo! ¡Voto a Cristo! ¡Pero mire por dónde va, maldito
torpe
El ómnibus, ahora, se había detenido. La
muchedumbre rodeaba al herido y, por casualidad, había por allí un guardia. El
cochero seguía de pie, recabando el testimonio de los viajeros de la imperial,
que se habían incorporado también para inclinarse y ver la sangre, y daba
explicaciones con ademanes exasperados, mientras una ira creciente le
agarrotaba la garganta.
-¡A quién se le ocurre! ¡Pero qué he hecho yo
para toparme con un individuo así! ¡Le doy una voz y se me planta debajo de las
ruedas!
Entonces un obrero, un pintor que había
acudido, brocha en mano, desde la fachada de una tienda próxima, dijo con voz
chillona, en medio del barullo:
-¡No te pongas así, que tú no tienes la culpa!
¡Si es que se te ha metido debajo, carape, que yo lo he visto! Te digo que se
ha tirado de cabeza, así... Otro que no andaba muy satisfecho de la vida, por
lo visto.
Se alzaron más voces y fue cundiendo la
hipótesis del suicidio, mientras el guardia redactaba el atestado. Unas
señoras se bajaron, muy pálidas, y se fueron, sin volverse, llevándose dentro
el espanto de la blanda sacudida con la que el ómnibus les había revuelto las
entrañas al pasar por encima del cuerpo. Denise, en cambio, se acercó,
impulsada por esa activa compasión que la llevaba a acudir a todos los
accidentes: perros atropellados, caballos desplomados, tejadores caídos de los
tejados. Y reconoció, tendido en los adoquines, al desventurado que vacía
desvanecido, con la levita sucia de barro.
-¡Si es el señor Robineau! -exclamó, con
dolorosa sorpresa.
El guardia interrogó en el acto a aquella
joven. Ella dio el nombre, la profesión y la dirección de la víctima. Gracias
al enérgico cochero, el ómnibus se había desviado y las ruedas sólo habían
tocado las piernas de Robineau. Pero era de temer que tuviera rotas las dos.
Cuatro hombres de buena voluntad transportaron al herido hasta una botica de la
calle de Gaillon, mientras el ómnibus reanudaba despacio la marcha.
-¡Voto a Cristo! -dijo el cochero, arreando a
los caballos con un amplio latigazo-. ¡Vaya día! ¡Para qué quiero más!
Denise había entrado en la botica en pos de
Robineau. En espera de que llegase un médico, que no acababan de localizar, el
boticario dijo que no había ningún peligro inmediato y que lo mejor era llevar
al herido a su domicilio, ya que vivía cerca. Un hombre había ido al puesto de
policía en busca de unas parihuelas. Tuvo entonces la joven la buena idea de
adelantarse, para ir preparando a la señora Robineau para aquel espantoso
golpe. Pero le costó un trabajo infinito salir a la calle, cruzando entre el gentío
que se apelotonaba ante la puerta. Aquella muchedumbre ávida de muerte crecía
por momentos; unos cuantos niños y mujeres, de puntillas, aguantaban los
brutales empujones. Y cada recién llegado inventaba un accidente de su
cosecha: ahora corría la versión de un marido que el amante de su mujer había
tirado por la ventana.
Al llegar a la calle Neuve-des-Petits-Champs,
Denise divisó de lejos a la señora Robineau en la puerta de la sedería. Esto le
dio pretexto para detenerse y charlar un instante, mientras buscaba la forma de
amortiguar la tremenda noticia. Veíase en la tienda el desorden y el descuido
de las luchas postreras de un comercio agonizante. Había llegado el previsto
desenlace de la gran batalla de las dos sedas rivales: la París-Paraíso había
aplastado a su competidora tras una nueva rebaja de cinco céntimos. Ya sólo
costaba cuatro noventa y cinco; la seda de Gaujean había topado con su
Waterloo. Desde hacía dos meses, Robineau andaba trampeando y pasando por un
infierno para evitar una declaración de quiebra.
-He visto a su marido al pasar por la plaza de
Gaillon -dijo en un susurro Denise, que había acabado por entrar en el local.
La señora Robineau, presa de un sordo
desasosiego que no le permitía perder de vista la calle, dijo con vehemencia:
-¡Ah sí!, hace un rato, ¿verdad?... Lo estoy
esperando, ya debería estar aquí. Esta mañana vino el señor Gaujean y salieron
los dos juntos.
Seguía tan encantadora, frágil y alegre como de
costumbre, pero el avanzado embarazo le resultaba ya fatigoso. Y se la notaba
cada vez más asustada y ajena a aquellos asuntos de negocios a los que no
acababa de hacerse y que iban de mal en peor. Como solía repetir con
frecuencia: ¿no sería más agradable vivir tranquilo, metido en una casita
humilde y comiendo sólo pan?
-No tenemos nada que ocultarle, hijita -añadió
con una sonrisa que se iba volviendo triste-. Las cosas no andan nada bien. Mi
pobrecito marido ha perdido el sueño. Hoy ha vuelto el Gaujean ese a
atormentarlo con unos pagarés vencidos... Me estaba muriendo de preocupación,
aquí sola...
Y ya se iba de nuevo hacia la puerta cuando
Denise la detuvo. A lo lejos, acababa de oír el rumor de un gentío en marcha.
Intuyó las parihuelas que llegaban, el cúmulo de curiosos, que no se apartaban
del accidentado. Y entonces no le quedó más remedio que hablar, con la garganta
seca y sin dar con las palabras de consuelo que habría deseado:
-No se preocupe, que, de momento, no hay nada
que temer... Sí, he visto al señor Robineau; le ha pasado una desgracia...
Tranquilícese, se lo ruego, aquí lo traen.
La joven la escuchaba, muy pálida y sin acabar
de entender qué le estaba diciendo. La calle se había llenado de gente; los
cocheros renegaban en los coches de punto detenidos; unos hombres habían dejado
las parihuelas delante de la tienda para abrir de par en par las puertas
acristaladas.
-Ha sido un accidente -seguía diciendo Denise,
resuelta a ocultar el intento de suicidio-. Estaba en la acera y resbaló bajo
las ruedas de un ómnibus... Han sido sólo los pies... Ya han ido a buscar a un
médico. No se preocupe.
La señora Robineau temblaba toda ella. Lanzó
dos o tres gritos inarticulados; luego, no dijo nada más. Se dejó caer junto a
las parihuelas y apartó los lienzos con temblorosas manos. Los hombres que las
habían transportado esperaban, en la acera, a que apareciese por fin un médico,
antes de volver a llevárselas. Nadie se atrevía a tocar a Robineau, que había
recuperado el conocimiento y sufría cada vez más, al menor movimiento. Al ver a
su mujer, le corrieron dos gruesas lágrimas por las mejillas. Ella lloraba,
abrazada a él y sin dejar de mirarlo. En la calle, seguía el barullo. Se
agolpaban los rostros de ojos relucientes, como ante un escenario; unas
operarias, que se habían escapado de un taller, estaban a punto, para ver
mejor, de echar abajo las lunas de los escaparates. A Denise se le ocurrió
bajar el cierre metálico para librarse de tan febril curiosidad, opinando, por
otra parte, que no convenía que la tienda siguiese abierta. Fue en persona a
girar la manivela; el mecanismo chirriaba lastimeramente; las hojas de chapa
bajaban despacio, como si fuesen un pesado telón al final del quinto acto. Y
cuando volvió a entrar, cerrando tras de sí la puertecilla redonda, vio que la
señora Robineau seguía ciñendo a su marido con un desesperado abrazo bajo la
turbia claridad que entraba por las dos estrellas recortadas en la chapa. La
arruinada tienda parecía desvanecerse en la nada, y el fulgor de las dos
estrellas iluminaba aquella breve y brutal tragedia del París popular. La
señora Robineau recuperó al fin el uso de la palabra:
-Querido mío... querido mío... ¡Ay, querido
mío!
Sólo eso acertaba a decir; y él, atragantándose,
lo confesó todo, presa de un ataque de remordimientos, al verla arrodillada de
aquella forma, volcada sobre el vientre de madre, que se aplastaba contra las
parihuelas. Si no se movía, sólo notaba el ardiente plomo de las piernas.
-Perdóname, he debido de volverme loco...
Cuando el procurador me dijo en presencia de Gaujean que mañana se declaraba
la quiebra, me pareció ver bailar unas llamas, como si se hubieran incendiado
las paredes... Y ya no me acuerdo de qué sucedió después: iba calle de la
Michodiére abajo, me dio la impresión de que los de El Paraíso de las Damas
se reían de mí, de que el condenado edificio me aplastaba... Y, entonces, al
dar la vuelta el ómnibus, me acordé de Lhomme y de su brazo, y me tiré bajo las
ruedas...
La señora Robineau, ante tan aterradoras
confesiones, se iba dejando caer, sentándose en el suelo poco a poco. ¡Dios
santo! ¡Había querido matarse! Le cogió la mano a Denise, que se inclinaba
hacia ella, trastornada por la escena. El herido, al que agotaban sus propias
emociones, había vuelto a perder el conocimiento. ¡Y el médico que no llegaba!
Ya habían recorrido todo el barrio dos hombres; y ahora el portero había
puesto manos a la obra.
-No se preocupe -repetía Denise maquinalmente.
Y ella también sollozaba.
Entonces la señora Robineau, sentada en el
entarimado, con la cabeza a la altura de las parihuelas donde yacía su marido,
apoyando la mejilla en las correas, le abrió el corazón.
-Ay, si yo le contase... Si ha querido matarse,
ha sido por mí. Me decía continuamente: te he robado. El dinero era tuyo. Y, de
noche, soñaba con esos sesenta mil francos, se despertaba sudando, se llamaba
inútil. Decía que cuando no se tiene cabeza, no arriesga uno el dinero
ajeno... Ya sabe que siempre ha sido nervioso y le ha dado mucha importancia a
todo. Se imaginaba cosas que a mí me asustaban: me veía en la calle, vestida
de harapos, pidiendo limosna, a mí, a quien tanto quiere, a la que tanto le habría
gustado ver rica y dichosa...
Pero, al volver la cabeza, se dio cuenta de que
su marido había abierto los ojos; y siguió hablando, entre balbuceos:
-Ay, querido mío, ¿por qué has hecho esto? ¿Por
tan mala me tienes? Qué me importa a mí que nos hayamos arruinado. Mientras
estemos juntos, nunca seremos desgraciados... Deja que se lo lleven todo.
Vámonos a algún sitio en el que no oigamos nunca más hablar de ellos. En algo
trabajarás, pese a todo, y verás qué felices podemos ser todavía.
Había apoyado la frente junto al pálido rostro
del marido; y ahora callaban ambos, con enternecida angustia. Hubo un silencio.
La tienda parecía dormitar, entumecida en el ceniciento crepúsculo que la
bañaba; y, en tanto, tras la delgada chapa del cierre, se oía el estrépito de
la calle, la actividad de la vida diurna, que pasaba junto con el retumbar de
los coches v los empellones en las aceras. Al fin, Denise, que se acercaba a
cada minuto a la estrecha puerta que daba al portal para echar una ojeada, regresó,
exclamando:
-¡El médico!
Era un hombre joven de ojos vivos, que venía
con el portero. Prefirió reconocer al herido antes de que lo metiesen en la
cama. Sólo tenía rota una pierna, la izquierda, por encima del tobillo. Era una
fractura limpia y, al parecer, no había que temer complicación alguna. Y ya se
disponían a llevar las parihuelas al fondo, al dormitorio, cuando se presentó
Gaujean. Venía a informar de una última gestión, en la que, por cierto, había
fracasado. La declaración de quiebra era un hecho.
-¿Qué es esto? ;Qué ha sucedido?
Denise se lo contó en pocas palabras. Gaujean,
entonces. pareció muy violento. Robineau le dijo con voz débil:
-No es que le guarde rencor, pero algo de culpa
tiene usted en todo esto.
-Pardiez, querido amigo, había que tener más
aguante que nosotros... Debe saber que no salgo yo mucho mejor parado que
usted.
Ya estaban alzando las parihuelas. El herido
halló aún fuerzas para decir:
-No; también otros con más aguante habrían
tenido que ceder... Comprendo que unos viejos tozudos como Bourras y Baudu se
hayan dejado el pellejo; pero nosotros... que éramos jóvenes, que aceptábamos
la nueva marcha de las cosas... No, no, Gaujean, esto es el fin de un mundo,
¿sabe?
Se lo llevaron. La señora Robineau besó a
Denise en un arrebato casi jubiloso, al verse al fin libre de aquellos
quebraderos de cabeza de los negocios. Y Gaujean, que se retiraba junto con la
joven, le confesó que el pobre Robineau estaba en lo cierto, que era una
estupidez pretender luchar contra El Paraíso de las Damas. El, personalmente,
sabía que si no podía volver al redil estaba perdido. Ya había hecho una
gestión secreta la víspera: había hablado con Hutin, que iba precisamente a
salir para Lyón. Pero no tenía esperanza alguna; e intentó que se interesase
por sus asuntos Denise, de cuyo poder debía de estar al tanto.
-¡Peor para los fabricantes, qué quiere que le
diga! -repetía-. Bien que se iba a reír todo el mundo de mí si me arruinase
por seguir en la brecha defendiendo el interés de los demás, mientras los más
fuertes se pelean por ver quién fabrica más barato... La verdad es que, como
decía usted hace tiempo, lo que tienen que hacer los fabricantes es amoldarse
al progreso organizándose mejor y recurriendo a procedimientos nuevos. Todo se solucionará; lo que hace falta es que el
público esté contento.
Denise, sonriente, le respondió:
-Vaya a decirle todo eso al señor Mouret en persona... Le agradará que
vaya usted a verlo y no es hombre capaz de guardarle rencor si le ofrece
aunque no sea más que una ganancia de un céntimo por metro.
Una clara y soleada tarde del mes de enero murió la señora Baudu.
Desde hacía quince días, no podía ya bajar a la tienda, que atendía una
asistenta. Permanecía sentada en el centro de la cama, enderezada sobre unas
almohadas. Lo único que aún vivía en el rostro blanco eran los ojos. Y, con la
cabeza muy tiesa, los volvía obstinadamente hacia El Paraíso de las Damas, que
divisaba enfrente, a través de los visillos. Baudu, al que hacía padecer
aquella obsesión que era también la suya, aquella mirada de desesperante
fijeza, intentaba a veces correr los cortinones. Pero ella lo detenía con
ademán suplicante; se empecinaba en seguir mirando, hasta el último aliento. El
monstruo ya se lo había quitado todo: su casa, a su hija. Y ella también se
había ido muriendo poco a poco, junto con El Viejo Elbeuf, perdiendo la vida a
medida que el comercio perdía la clientela. Los estertores de agonía de éste
la dejaban sin resuello. Al sentirse morir, tuvo aún fuerzas para exigirle a su
marido que abriese ambas ventanas. Hacía bueno; una capa de jubiloso sol doraba
El Paraíso, mientras que el dormitorio de la antigua casa tiritaba a la sombra.
La señora Baudu seguía con los ojos fijos, repletos de aquella visión que era
como un monumento triunfal, de aquellas transparentes lunas tras las cuales
pasaban al galope los millones. Las pupilas le fueron palideciendo despacio,
se le fueron llenando de tinieblas, y cuando la muerte le extinguió la mirada,
los ojos siguieron abiertos de par en par, sin dejar de mirar, anegados en gruesas
lágrimas.
Todo el pequeño comercio arruinado del barrio volvió a desfilar en su
comitiva fúnebre. Allí estaban los hermanos Vanpouille, con muy mala cara tras
los vencimientos de diciembre, que habían conseguido atender con un supremo
esfuerzo que no podrían volver a repetir. Bédoré, de Bédoré Hermanos, iba
apoyado en un bastón, tan agobiado por las preocupaciones que se le había
agravado la dolencia del estómago. A Desligniéres le había dado un ataque;
Piot y Rivoire caminaban en silencio, mirando al suelo, como hombres acabados.
Y nadie se atrevía a preguntar por los ausentes: Quinette, la señorita Tatin,
y tantos otros que, de la noche a la mañana, naufragaban; a los que arrastraba
el oleaje de los desastres. Por no hablar de Robineau, encamado, con la pierna
rota. Pero los que más interés despertaban eran los nuevos comerciantes a los
que iba alcanzando la peste: el perfumista Grognet; la señora Chadeuil, la
sombrerera; y Lacassagne, el florista; y Naud, el zapatero, que aún se
mantenían firmes, a los que sólo aquejaba aún la angustia ante aquella
enfermedad que también acabaría por barrerlos a ellos. Detrás del coche
mortuorio, caminaba Baudu, con el mismo paso de buey acogotado con el que había
acompasado a su hija; y, en lo hondo del primer coche de duelo, podían verse
los relucientes ojos de Bourras, bajo la maraña de las cejas, y su nevada
melena.
Denise sintió una pena inmensa. Estaba exhausta, tras quince días de
preocupaciones y agobios. Había tenido que llevar a un internado a Pépé; y Jean
no la dejaba vivir, tan prendado de la sobrina del pastelero que había rogado a
su hermana que pidiese su mano. Y la muerte de su tía, aquellas reiteradas desdichas,
acababan de desesperarla. Mouret había vuelto a ponerse a su disposición; todo
cuanto ella hiciese por su tío y por los demás, bien hecho estaría. Una mañana,
volvieron a hablar de aquellos asuntos, al cundir las noticias de que Bourras
se había quedado en la calle y de que Baudu iba a cerrar la tienda. Salió
después del almuerzo, con la esperanza de poder ayudar a esos dos al menos.
Bourras estaba en la calle de la Michodiére, a pie firme en la acera,
enfrente de su casa, de la que lo habían expulsado la víspera, tras una mala
jugarreta, un hallazgo del procurador: como Mouret era su acreedor, éste
acababa de obtener sin dificultad la declaración de quiebra del vendedor de
paraguas; había adquirido, luego, por quinientos francos, en la venta del
síndico, el arrendamiento; de forma tal que el obstinado anciano se había
dejado arrebatar por quinientos francos lo que no había querido soltar por cien
mil. Por lo demás, cuando se presentó el arquitecto con la cuadrilla de
demolición, tuvo que recurrir al comisario para que lo expulsara. El género
estaba ya vendido, los cuartos vacíos; y él se empecinaba en no salir del
rincón en el que dormía y del que nadie se atrevía a echarlo por una postrera
compasión. E incluso la cuadrilla de demolición empezó a derribar el tejado
sin que él saliera. Quitaron las tejas podridas. Los techos se desplomaban; las
paredes crujían; y él seguía allí, bajo las viejas vigas desnudas, rodeado de
escombros. Al fin se fue, al llegar la policía. Pero, a la mañana siguiente,
volvió a aposentarse en la acera de enfrente, tras haber pasado la noche en una
pensión de la vecindad.
-Señor Bourras -dijo a media voz Denise.
Él no la oía; se comía con los ojos llameantes a los obreros de la
demolición, que ya estaban empezando a derribar con los picos la fachada de la
casucha. Ahora podía verse el interior por las ventanas vacías: los miserables
cuartos, la escalera negra, a la que no le había dado el sol desde hacía
doscientos años.
-¡Ah, es usted! -respondió al fin, cuando la hubo reconocido-. ¿Ha
visto qué bien trabajan estos ladrones?
Denise no se atrevía a decir nada; la trastornaba la lamentable tristeza
de la vieja casa y tampoco ella podía apartar la vista de las mohosas piedras
que iban cayendo. Arriba, en una esquina del techo de su antigua habitación,
divisaba aún el nombre, escrito con letras negras y temblonas: Ernestine,
trazado con la llama de una vela. Y le volvían al recuerdo los días de miseria,
la enternecían todas aquellas penas. Entre tanto, a los obreros se les había
ocurrido, para derribar de una vez un muro entero, atacarlo por abajo. Ya se
estaba tambaleando.
-¡Ojalá los aplaste a todos! -murmuró Bourras con salvaje voz.
Se oyó un tremendo crujido. Los obreros, espantados, salieron
corriendo a la calle. El muro, al caer, desaplomaba y arrastraba consigo toda
la ruinosa choza, que, sin duda, entre nivelaciones y grietas, casi no se
tenía ya de pie; un empujón había bastado para abrirla de arriba abajo. Fue un
derrumbamiento que llegaba al alma, el desplome absoluto de una casa de barro
empapada de agua de lluvia. Ni un tabique permaneció en pie; sólo quedó en el
suelo un montón de desechos, el estiércol de un pasado caído en el arroyo.
-¡Ay, Dios! -había gritado el anciano, como si el golpe le hubiese
retumbado en las entrañas.
Se había quedado con la boca abierta; nunca hubiera pensado que todo
acabaría tan deprisa. Y miraba la brecha abierta, el hueco, libre al fin, en el
costado de El Paraíso de las Damas, libre ya de la verruga que lo deshonraba.
Era el moscardón aplastado, la victoria definitiva sobre la irritante
cabezonería de lo infinitamente pequeño, la invasión y la conquista de la manzana
entera. Algunos transeúntes, que se habían congregado allí, hablaban a voces
con los obreros, que se quejaban de aquellas edificaciones viejas que eran
capaces de matar a cualquiera.
-Señor Bourras -repitió Denise, intentando apartarlo de aquel sitio-;
ya sabe que no se queda abandonado. Se atenderán todas sus necesidades...
El se puso muy tieso.
-No tengo necesidades... La envían ellos, ¿verdad? Pues dígales que al
tío Bourras no se le ha olvidado trabajar y que encontrará un jornal donde
quiera... Sería muy cómodo, la verdad, dar limosna a las personas a las que se
asesina.
Ella, entonces, se lo pidió por favor.
-Acepte, se lo ruego. No me deje con esta pena.
Pero él negaba con la canosa cabeza.
-No, no; se acabó. Muy buenas noches... Viva feliz, usted que es
joven, y no impida que los viejos se vayan con sus ideas.
Lanzó una última ojeada al montón de escombros y, luego, se marchó con
trabajoso paso. Ella siguió mirando aquella espalda, que se alejaba entre el
tumulto de la acera. La espalda dobló la esquina de la calle de Gaillon, y ya
no hubo nada más.
Denise permaneció quieta unos instantes, con la mirada ausente.
Después, entró en la tienda de su tío. El pañero estaba sentado en el oscuro
local de El Viejo Elbeuf. La asistenta sólo venía por la mañana y a última hora
de la tarde, para guisar un poco y ayudarlo a quitar y colocar los postigos. Se
pasaba las horas muertas sumido en aquella soledad, sin que, las más de las
veces, lo molestara nadie durante todo el día. Y si alguna cliente se
arriesgaba aún a entrar, se aturullaba y no sabía ya dónde estaba el género.
Entre el silencio y la media luz, paseaba sin tregua, con el pesado caminar de
los entierros de sus deudos, cediendo a una necesidad enfermiza, cayendo en
auténticos ataques de marchas forzadas, como si pretendiese acunar y adormecer
el dolor.
-¿Está mejor, tío? -preguntó Denise.
El se detuvo sólo un momento, y siguió andando luego desde la caja
hasta un rincón oscuro.
-Sí, sí, muy bien... Gracias.
Denise buscaba algún tema reconfortante, algunas palabras alegres, y
no se le ocurría nada.
-¿Ha oído qué ruido? Ya han tirado la casa.
-¡Anda! ¡Es verdad! -murmuró con expresión de asombro-. Ha debido de
ser la casa... He notado que temblaba el suelo. Esta mañana, cuando los vi en
el tejado, cerré la puerta.
E hizo un vago ademán para indicar que aquellas cosas ya habían dejado
de interesarlo. Cada vez que volvía ante la caja, miraba el banco vacío, aquel
banco de raído terciopelo en el que habían crecido su mujer y su hija. Luego,
cuando el perpetuo paseo lo llevaba al extremo opuesto, miraba los casilleros
perdidos en la sombra, en los que acababan de enmohecerse unas cuantas piezas
de paño. Se enfrentaba a la casa viuda, la desaparición de los seres queridos,
el vergonzoso fin de su negocio, y a sí mismo, paseando su corazón muerto y su
abatido orgullo entre todas aquellas catástrofes. Alzaba los ojos hacia el
techo negro, escuchaba el silencio que brotaba de las tinieblas del reducido
comedor, aquel familiar rincón del que antes le gustaba incluso el olor a
cerrado. Nada alentaba ya en la antigua vivienda; su paso, regular y pesado,
retumbaba en las viejas paredes como si estuviera hollando el sepulcro de sus
afectos.
Por fin abordó Denise el tema que la había traído.
-Tío, no puede seguir así. Habría que tomar una determinación.
Él repuso, sin detenerse:
-Sí, claro. Pero ¿qué quieres que haga? He intentado vender el negocio
y no ha venido nadie... Así que una mañana de éstas, cerraré la tienda y me
marcharé.
Denise sabía que no había que temer ya una quiebra. Los acreedores habían preferido llegar a un
acuerdo, al ver cómo se encarnizaba con él el destino. Todo estaba pagado y su
tío sencillamente, se quedaba en la calle.
-¿Y luego qué hará usted?-susurró ella, una transición que le permitiera llegar ¡ti ofrec miento que se
no atrevía a formular.
-No lo sé -repuso él-. Alguien me recogerá.
Había variado el itinerario. Ahora iba del comedor a los escaparates
de la fachada. Y, cada vez que llegaba ante ellos, miraba con expresión lúgubre
aquellos lastimosos escaparates, con sus artículos olvidados. Ni siquiera
alzaba ya la vista hacia la triunfante fachada de El Paraíso de las Damas, cuyo
trazado arquitectónico se perdía a derecha e izquierda, a ambos lados de la
calle. Había llegado al anonadamiento y ya ni siquiera tenía fuerzas para
indignarse.
-Oiga, tío -acabó por decir Denise, muy apurada-, es posible que
hubiera un puesto para usted...
Rectificó, entre balbuceos:
-Sí, me han encargado que le ofrezca un puesto de inspector.
-¿Dónde? -preguntó Baudu.
-Pues enfrente... Con nosotros... Seis mil francos, un trabajo
descansado.
Baudu se detuvo de repente frente a Denise. Pero en vez de montar en
cólera, como temía ella, se puso muy pálido, sucumbiendo a una emoción
dolorosa, a una amarga resignación.
-Enfrente, enfrente -tartamudeó varias veces-. ¿Quieres que trabaje
enfrente?
Denise se contagiaba de aquella conmoción. Volvía a ver la prolongada
lucha de ambos comercios, asistía a los entierros de Geneviéve y de la señora
Baudu, tenía ante los ojos El Viejo Elbeuf derrotado, caído en tierra,
contemplaba cómo lo degollaba El Paraíso de las Damas. Y al pensar en su tío
trabajando enfrente, paseándose por los almacenes con corbata blanca, el
corazón le daba saltos de lástima y rebeldía.
-Vamos a ver, Denise, hija mía, ¿cómo se te ocurre? -se limitó a
decir Baudu, mientras cruzaba las pobres manos temblorosas.
-¡No, no, tío! -exclamó ella, con un arrebato de todo su ser, recto y
bondadoso-. No estaría bien... Perdóneme, se lo ruego.
Él había reanudado la caminata y sus pasos turbaban de nuevo el
sepulcral vacío de la casa. Y cuando Denise lo dejó, seguía andando, andando
sin parar, con ese caminar tozudo de las grandes desesperaciones que dan
vueltas sobre sí mismas sin poder salir nunca de ese círculo.
Denise volvió a padecer de insomnio aquella noche. Acababa de tocar
fondo en su impotencia. No hallaba forma de remediar siquiera el sufrimiento de
los suyos. Tenía que presenciar hasta sus últimas consecuencias la invencible
obra de la vida, que no quiere otra simiente continua que no sea la muerte. Ya
no se revolvía; aceptaba la ley de aquella lucha. Pero al acordarse de la
humanidad sufriente, su alma femenina rebosaba de apenada bondad, de fraternal
ternura. Ella también llevaba años aprisionada en los engranajes de la máquina.
¿Acaso no había sangrado entre ellos? ¿Acaso no la habían herido los demás? ¿No
la habían rechazado, mancillado e injuriado? Incluso ahora se espantaba a
veces cuando se daba cuenta de que la lógica de los acontecimientos la había
escogido. ¿Por qué a ella, que era tan poca cosa? ¿Por qué su mano menuda tenía
de repente tanto poder sobre la labor del monstruo? Y aquella fuerza, que
barría con todo, la arrastraba a ella también, a ella, cuyo advenimiento tenía
que haber sido una revancha. Mouret había ideado aquella maquinaria que lo
aplastaba todo, cuyo brutal funcionamiento la indignaba; había sembrado de
ruinas el barrio, había despojado a unos y matado a otros. Y, pese a todo, ella
lo amaba porque su obra era grande; lo amaba más y más a cada uno de los
excesos de su poder, pese al caudal de lágrimas que la arrollaba al presenciar
la sagrada miseria de los vencidos.
XIV
Bajo un limpio sol de febrero, bordeaban la calle de
Le-DixDécembre, recién acabada, una hilera de casas, blancas como la tiza, y
la fila de los últimos andamios que aún quedaban en algunos edificios algo
atrasados. Por aquella brecha de luz, que dividía en dos la húmeda oscuridad
del barrio de Saint-Rock, transitaban, con desahogado paso de conquista,
oleadas de carruajes. Y, entre la calle de la Michodiére y la calle de Choiseul,
se atropellaba, como en un motín, un gentío soliviantado por la propaganda de
un mes entero, que alzaba la vista para contemplar, con la boca abierta, la
monumental fachada de El Paraíso de las Damas, que se inauguraba aquel lunes,
coincidiendo con la gran venta blanca.
Era una ingente y polícroma secuencia
arquitectónica, jubilosa y flamante, que realzaban múltiples dorados, digna
anticipación de la algarabía y la brillantez de las transacciones comerciales
del interior; la vista quedaba prendida en ella como en una gigantesca
presentación de artículos que refulgiera con los colores más vivos. La planta
baja, para no matar el efecto de las telas de los escaparates, lucía el
decorado adecuadamente sobrio de un zócalo de mármol verde mar; las columnas
maestras y los pilares de esquina iban forrados de un mármol negro, cuya
severidad aliviaban unas tarjetas doradas; y el resto eran lunas en marcos de
acero, sólo lunas, que parecían abrir paso a la claridad de la calle hasta lo
más recóndito de galerías y patios. Pero, a medida que se alzaban los pisos,
iba encendiéndose la llama de los tonos deslumbrantes. En el friso de la
entreplanta, se desplegaba hasta el infinito, ciñendo al coloso, una faja de
mosaicos, una guirnalda de flores rojas y azules, que alternaba con placas de
mármol en las que estaban grabados los nombres de mercancías diversas. Más
arriba, el zócalo del primer piso, de ladrillo vidriado, servía de soporte a
nuevas lunas, amplias cristaleras que subían hasta el friso, compuesto de
escudos dorados con las armas de las ciudades de Francia, y de motivos de terracota,
en cuyo vidriado se repetían los tonos claros del zócalo. Por fin, de la parte
más alta brotaba la cornisa, como si fuera la ardiente floración de toda la
fachada: los mosaicos y los azulejos volvían a aparecer en ella, con tonos más
cálidos; el dorado cinc de los canalones se adornaba con calados; y, en el
frontón, se alineaba una pléyade de estatuas que representaban las ciudades
con industrias y manufacturas destacadas, cuyas esbeltas siluetas se recortaban
bajo el claro sol. Lo que más maravillados tenía a los curiosos era la puerta
central, tan alta como un arco de triunfo y decorada también con profusión de
mosaicos, azulejos y terracotas. La remataba un grupo alegórico que relumbraba,
recién dorado: una bandada de risueños Amorcillos engalanaba y cubría de besos
a la Mujer.
A eso de las dos, un piquete de orden tuvo que despejar la
aglomeración y organizar el estacionamiento de los carruajes. Al fin estaba
concluido el palacio, el templo dedicado al culto de los locos despilfarros de
la moda. Dominaba el barrio, extendía sobre él su sombra. Tan bien había
cicatrizado la llaga que dejó en su costado el derribo de la casucha de Bourras
que habría sido inútil buscar el emplazamiento de aquella antigua verruga. Las
cuatro fachadas enfilaban las cuatro calles, soberbiamente aisladas, sin que
se viera en ellas un solo fallo. En la acera de enfrente, El Viejo Elbeuf ya no
abría desde que Baudu había ingresado en una casa de retiro; la tienda parecía
apresada dentro de una tumba, tras los postigos que ya nunca quitaba nadie;
poco a poco, los iban ensuciando las salpicaduras de los coches; y los
carteles, la marea creciente de la publicidad, los asfixiaba, adhiriéndolos
entre sí, como una última paletada de tierra arrojada sobre el desaparecido
establecimiento. En el centro de aquella fachada muerta, que habían manchado
los escupitajos de la calle y cubierto la abigarrada capa de harapos del
barullo parisino, destacaba, como una bandera enhiesta en lo más alto de un
imperio conquistado, un gigantesco cartel amarillo, recién impreso, que
anunciaba con letras de dos pies de alto la gran venta de El Paraíso de las
Damas. Era como si, tras las sucesivas ampliaciones, el coloso, avergonzándose
del renegrido barrio en el que había visto humildemente la luz, para degollarlo
más tarde, sintiese repugnancia por él y hubiera decidido, al fin, darle la
espalda, relegando a la parte trasera el barro de las estrechas calles y
brindando el rostro de nuevo rico a la arteria bullanguera y soleada del París
moderno. Ahora era más fornido, como podía apreciarse en el grabado que ilustraba
los carteles, a semejanza de un ogro de cuento cuyos hombros amenazasen con
horadar las nubes del cielo. Veíase, en el primer plano de dicho grabado, la
calle de Le-DixDécembre y las de la Michodiére y de Monsigny, abarrotadas de
negras figurillas y estirándose de forma desmesurada como para dar cabida a la
clientela del mundo entero. Venían luego los edificios propiamente dichos,
exageradísimos, vistos a vuelo de pájaro; los cuerpos de techumbres que
remataban las galerías cubiertas; las cristaleras bajo las que se intuían los
patios; todo un lago infinito de vidrio y cinc resplandeciendo al sol. Más
allá, se extendía París, pero un París empequeñecido, que el monstruo engullía:
las casas, modestas como chozas en sus proximidades, se dispersaban luego
formando un confuso polvillo de chimeneas. Los monumentos parecían desvanecerse:
dos trazos, a la izquierda, para Notre-Dame; un acento circunflejo a la derecha
para los Inválidos; al fondo, el Panteón, perdido y vergonzante, más diminuto
que una lenteja. El horizonte era una nube polvorienta, nada más que un marco
insignificante que abarcaba hasta las alturas de Chátillon, hasta el campo
abierto cuya postergación dejaban intuir aquellas difuminadas lejanías.
Desde por la mañana, no había dejado de crecer el barullo. Ningún
comercio había conmocionado nunca a la ciudad con tan estruendosa propaganda.
El Paraíso gastaba ya casi seiscientos mil francos anuales en carteles, en
anuncios, en publicidad de todo tipo; enviaba ya cerca de cuatrocientos mil
catálogos; despedazaba más de cien mil francos de tejidos para confeccionar los muestrarios. Había invadido de
forma definitiva los periódicos, las paredes, los oídos del público, como una
monstruosa trompeta de bronce que sonase sin tregua, enviando a los cuatro
puntos cardinales el estruendo de las grandes ventas. Y, a partir de ahora,
aquella fachada ante la que se atropellaba el gentío se iba a convertir en un
reclamo vivo, con su lujo pinturero y dorado de bazar; sus amplios escaparates,
donde cabía entero el poema del atuendo femenino; su prodigalidad de rótulos
pintados, grabados y tallados, desde las placas de mármol de la planta baja
hasta los redondeadas hojas de chapa, cuyos arcos coronaban los tejados y
desplegaban el oro de unos banderines en los que podía leerse el nombre del
establecimiento en letras del color del tiempo recortadas sobre la bóveda
azul. Para festejar la inauguración, había, además, trofeos y banderas; de
cada piso colgaban pendones y estandartes con las armas de las principales
ciudades de Francia; y, en lo más alto, los pabellones de las naciones
extranjeras palpitaban al viento en la cima de sus mástiles. En la planta baja,
por fin, la venta blanca relumbraba, en lo hondo de los escaparates, con
cegadora intensidad. Todo blanco, sólo blanco; la cegadora blancura de una
canastilla completa y una pila de sábanas a la izquierda, la de una capilla de
visillos y pirámides de pañuelos a la derecha. Y, entre las colgaduras de la
puerta, las piezas de hilo, de calicó, de muselina, que caían en capas, como
aludes de nieve, se erguían unos figurines vestidos, unas hojas de cartulina
azulada que representaban a una novia joven y a una señora con traje de baile,
ambas de tamaño natural, ataviadas con encajes y sedas auténticos y luciendo
una sonrisa en los rostros pintados. Se formaban, uno tras otro, corros de
mirones; el pasmo de la muchedumbre rezumaba deseo.
Y esta curiosidad que rodeaba El Paraíso de las
Damas era aún más acuciante por causa de un siniestro que todo París comentaba:
el incendio de Las Cuatro Estaciones, los grandes almacenes que Bouthemont
había abierto cerca de la ópera hacía apenas tres semanas. Los periódicos
rebosaban de detalles: el fuego, debido a una explosión nocturna de gas; la
aterrada huida de las dependientes en camisón; el heroico comportamiento de
Bouthemont, que había salvado a cinco de ellas echándoselas a la espalda. Por
lo demás, las enormes pérdidas estaban cubiertas y el público empezaba ya a
encogerse de hombros, diciendo que el suceso se estaba convirtiendo en una
estupenda propaganda. Pero, por el momento, la atención se centraba una vez más
en El Paraíso; todo el mundo acogía con febril interés las anécdotas que iban
de boca en boca y se interesaba hasta la obsesión por aquellos bazares que tan
importante papel desempeñaban en la vida pública. ¡Menuda suerte tenía el
hombre aquel! París aclamaba su buena estrella, acudía para ver su firme
asentamiento, pues hasta el fuego estaba de su parte y se encargaba de librarlo
de la competencia; y ya había quien calculaba las ganancias de la temporada; y
quien evaluaba el crecido oleaje de clientes que el obligado cierre de la casa
rival haría pasar bajo el dintel de su puerta. Mouret había sentido, por breve
tiempo, cierta inquietud, inmutándose al sentir que una mujer se alzaba en
contra de él, esa misma señora Desforges a la que debía hasta cierto punto su
suerte. Y también lo irritaba el diletantismo financiero del barón Hartmann, que invertía
dinero en ambos negocios. Y, más que nada, lo exasperaba que no se le hubiera
ocurrido a él la idea genial que había tenido Bouthemont: el párroco de La
Madeleine, con todos sus curas a la zaga, acababa de bendecir los almacenes de
aquel hombre tan apegado a los placeres terrenales. Una ceremonia pasmosa, toda
la pompa de la religión paseándose de la seda a los guantes; Dios bajando
entre los pantalones de mujer y los corsés. Bendiciones tales no habían
impedido que todo ardiera; pero, no obstante, habían sido más provechosas que
un millón de anuncios, pues la clientela de la buena sociedad había quedado
muy impresionada. Desde ese momento, había empezado a soñar Mouret con traer a
sus almacenes al arzobispo.
Daban ya las tres en el reloj que coronaba la
puerta. Era la hora de los agobiantes empujones vespertinos: cerca de cien mil
clientes se arremolinaban hasta la asfixia en las galerías y los patios. Fuera,
toda la calle de Le-Dix-Décembre estaba llena, de punta a punta, de coches
estacionados. Y, yendo hacia la ópera, otra aglomeración llegaba hasta el fondo
del callejón sin salida del que iba arrancar la futura avenida. Los simples
coches de punto se mezclaban con los cupés de casas ricas; los cocheros
esperaban entre las ruedas; las hileras de caballos relinchaban y sacudían las
chispas que el sol prendía en las cadenillas de las barbadas. Se sucedían
continuamente las filas de espera, entre las voces de los mozos y los avances
de las bestias, que se arrimaban espontáneamente, aproximando los vehículos,
en tanto que otros venían a sumarse sin tregua a los anteriores. Los peatones,
en medrosas bandadas, se apresuraban a subirse a las aceras, abarrotadas de
gente en la huidiza perspectiva de la arteria ancha y recta. Subía un clamor
entre los blancos edificios y el caudal de aquel río humano fluía bajo la
desfogada alma de París con un hálito gigantesco y manso cuya desmesurada
caricia notaban todos.
Parada delante de uno de los escaparates, la
señora De Boves, a la que acompañaba su hija Blanche, contemplaba, junto con la
señora Guibal, una presentación de vestidos a medio confeccionar.
-¡Ay, fíjese! -dijo-. ¡Mire qué vestidos de
hilo a diecinueve francos con setenta y cinco!
Dichos vestidos, presentados en unas cajas de
cartón cuadradas que cerraba un lazo, estaban doblados de forma tal que sólo
se veían los bordados rojos y azules de la guarnición; cada una de las cajas
tenía un grabado en la esquina, en el que una joven con aires de princesa lucía
la prenda ya acabada.
-No vaya a creer que valen mucho más -dijo a
media voz la señora Guibal-. En cuanto los toque se dará cuenta de que tienen
poquísimo cuerpo.
Desde que el señor De Boves no se podía mover
del sillón donde lo tenían clavado sus ataques de gota, ambas señoras eran
íntimas. La mujer toleraba a la amante, pues prefería, pese a todo, que los
asuntos de esa índole transcurriesen dentro de casa, ya que de esta forma
conseguía, para sus gastos, algún dinero, que el marido consentía en dejarse
sustraer, ya que también necesitaba que hicieran con él la vista gorda.
-¡Entremos, pues! -añadió la señora Guibal-.
Vamos a ver qué tienen. ¿No están citadas dentro con su yerno de usted?
La señora De Boves no respondió; tenía la
mirada perdida y parecía absorta en la contemplación de la hilera de coches,
cuyas portezuelas iban abriéndose, una tras otra, para dar paso sin cesar a
nuevas clientes.
-Sí -dijo Blanche, con su voz cansina-. Paul ha
quedado en recogernos en la sala de lectura a eso de las cuatro, cuando salga
del ministerio.
Llevaban casados un mes y Vallagnosc, tras un
permiso de tres semanas, que había pasado con su mujer en el sur de Francia,
acababa de reincorporarse al trabajo. La joven tenía ya la complexión de su
madre; era como si el matrimonio la hubiera inflado, tornándola más corpulenta.
-¡Pero si allí está la señora Desforges!
-exclamó la condesa, clavando la vista en un cupé que se detenía en aquel
momento.
-¿Qué le parece? -susurró la señora Guibal-.
¡Después de todo lo que ha pasado! Todavía debe de estar lamentándose del
incendio de Las Cuatro Estaciones.
Era, efectivamente y pese a todo, Henriette.
Divisó a ambas señoras y se dirigió hacia ellas con expresión risueña,
ocultando la derrota bajo la soltura mundana de sus modales.
-Pues sí, he querido ver lo que había por aquí.
Siempre vale más enterarse personalmente, ¿verdad? El señor Mouret y yo no
hemos perdido las amistades; aunque dicen que está furioso desde que tengo
participación en la casa rival... Lo único que no puedo perdonarle es que haya
visto con buenos ojos la boda... ya saben... la de ese: muchacho, Joseph, con
mi protegida, la señorita De Fontenailles.
-¿Cómo? ¿Ya es cosa hecha? -la interrumpió la
señora De Boves-. ¡Qué espanto!
-Pues sí, querida, y sólo para ponernos el pie
en la nuca. Lo conozco bien; ha querido dejar patente que las jóvenes de
nuestro mundo sólo valen para casarse con mozos de almacén.
Se iba mostrando cada vez más locuaz. Las
cuatro seguían en la acera, en medio de los empujones de la entrada. Poco a
poco, no obstante, se fue apoderando de ellas la corriente y, sólo con dejarse
llevar, cruzaron la puerta como en volandas, sin darse cuenta, levantando el
tono de voz para poder seguir con la charla. Ahora, se preguntaban unas a otras
qué sabían de la señora Marty. Corría el rumor de que el pobre señor Marty,
tras una serie de violentas broncas familiares, acababa de enfermar de un delirio
de grandeza: hundía los brazos hasta el codo en las riquezas de la tierra,
agotaba minas de oro, llenaba a rebosar volquetes con brillantes y piedras
preciosas.
-¡Pobre infeliz! -dijo la señora Guibal-. El
siempre tan raído, con su modestia de profesor particular... ¿Y la mujer?
-Ahora anda ordeñando a uno de sus tíos -repuso
Henriette-. Un buenazo que se fue a vivir con ella cuando se quedó viudo...
Por cierto, que por aquí debe de andar; ya nos la encontraremos.
Pero la sorpresa clavó en el sitio a las señoras. Ante ellas se
extendían los almacenes más grandes del mundo, como decía la propaganda. Ahora,
la gran galería central, que daba, por un lado, a ja calle de Le-Dix-Décembre
y, por el otro, a la calle Neuve-Saint-Augustin, los cruzaba de punta a punta.
Y, al tiempo, a derecha e izquierda, semejantes a las naves laterales de una
iglesia, la galería Monsigny y la galería Michodiére bordeaban también, sin
interrupciones, estas dos calles. De trecho en trecho, entre las armazones
metálicas de las escaleras voladas y las pasarelas, se abrían las anchurosas
encrucijadas de los patios. La disposición interior había cambiado por
completo: ahora, a las oportunidades se entraba por la calle de Le-DixDécembre;
la seda estaba en el centro; los guantes se hallaban al fondo, en el patio
Saint-Augustin; y, cuando se alzaba la vista desde el nuevo patio central,
seguía viéndose la ropa de cama, que habían trasladado de un extremo a otro de
la segunda planta. Los departamentos sumaban ya la enorme cifra de cincuenta;
algunos, recién creados, se inauguraban ese mismo día; otros habían crecido en
exceso, por lo que había sido necesario desdoblarlos, sin más, para facilitar
la venta. Y, debido a este continuo crecimiento del negocio, había habido también
que aumentar, al dar comienzo la nueva temporada, el personal, que alcanzaba ya
la cifra de tres mil cuarenta y cinco empleados.
Lo que asombraba a las señoras era el
prodigioso espectáculo de la gran venta blanca. Se hallaron, nada más entrar,
en el centro del vestíbulo, un patio con claras lunas y suelo de mosaico, en
el que se exponían artículos baratos ante los que se detenía, cautivado, el
voraz gentío. Las galerías corrían, luego, hacia el fondo en medio de una
deslumbrante blancura, una perspectiva boreal, toda una comarca nevada que
mostraba una infinita extensión de estepas tapizadas de armiño, una acumulación
de glaciares que encendía el sol. Se repetía allí el color blanco de los
escaparates, pero más vivo, colosal, ardiendo de un extremo a otro del inmenso
bajel con la llama blanca de un incendio en su apogeo. Sólo blanco; todos los
artículos blancos de cada departamento; una orgía de tonos blancos; un astro
blanco cuya radiación inmóvil cegaba al principio, sin que fuera posible
distinguir los detalles entre aquella blancura única. Mas no tardaban los ojos
en hacerse a ella: a la izquierda, la galería Monsigny albergaba hileras de
promontorios blancos de hilo y calicó, blancos peñones de sábanas, toallas y
pañuelos; al tiempo, en la galería Michodiére, a la derecha, que ocupaban la
mercería, la calcetería y los géneros de lana, se exponían blancas estructuras
construidas con botones de nácar; un gran telón de fondo formado con calcetines
blancos; toda una sala tapizada de muletón blanco que iluminaba una lejana
ráfaga de luz. Pero el foco de claridad irradiaba sobre todo desde la galería
central, desde las cintas y las pañoletas, los guantes y las sedas. Los
mostradores habían desaparecido bajo la blancura de sedas y cintas, de guantes
y pañoletas. Alrededor de las delgadas columnas, se enroscaban bullones de
muselina blanca, que ceñían, de trecho en trecho, las lazadas de blancos
pañuelos de cuello. Unos drapeados blancos, en los que se alternaban el piqué y
el bombasí, adornaban las escaleras, trepaban por las barandillas y rodeaban
los patios hasta la altura del segundo piso; ascendía lo blanco, como alas que
se fueran elevando, para agolparse y perderse, luego, en las alturas, como un
vuelo de cisnes. Caía después desde las bóvedas en una nevada de plumón, una
cortina de grandes copos: colchas blancas y cubrepiés blancos colgaban de
ellas, ondeando al aire, como banderas en una iglesia; cruzaban de un lado a
otro surtidores de guipur, que eran como suspendidos enjambres de mariposas
blancas, de estático zumbido; por todas partes había un temblor de encajes,
que flotaban como hilos de araña en una mañana estival, colmando el espacio con
su blanco hálito. Y lo más maravilloso, el altar de aquella religión de lo
blanco, era, encima del mostrador de las sedas, en el patio principal, una
tienda de campaña hecha con visillos blancos que caían desde la cristalera. Las
muselinas, las gasas, los guipures artísticos manaban en livianas ondas, en
tanto que unos tules bordados, de esmeradísimo trabajo, y unas piezas de seda
de Oriente de lamé de plata servían de telón de fondo a aquel gigantesco
decorado, que era a un tiempo tabernáculo y alcoba. Habríase dicho un enorme
lecho blanco, cuyos virginales volúmenes aguardaban, como en las leyendas, a la
cándida princesa, esa que había de llegar un día, todopoderosa, tocada con el
velo blanco de las novias.
-¡Ah! ¡Qué extraordinario! -repetían las
señoras-. ¡Es inaudito!
No se cansaban de aquella canción blanca que
entonaban los tejidos de la casa entera. Era lo más grande que había hecho
nunca Mouret, la mayor muestra de su genialidad de escaparatista. Bajo tanta
blancura desplomada, entre el aparente desorden de las telas, que caían como
al desgaire de los casilleros desfondados, corría una frase armónica, una
desarrollada secuencia de blanco en todas sus tonalidades, que nacía, crecía y
florecía con la misma complejidad orquestal que una fuga magistral, cuya
progresiva organización arrastrase consigo a las almas en un vuelo cada vez más
amplio. Solo blanco, pero nunca el mismo blanco; todos los blancos, superponiéndose
unos a otros, oponiéndose, completándose, alcanzando el resplandor de la luz
misma. Abrían la marcha los blancos mates del calicó y el hilo, los blancos
apagados de la franela y el paño; seguían los terciopelos, las sedas, los
rasos, una gama in crescendo, el
blanco cada vez más luminoso, más ardiente, que remataban minúsculas llamas en
los quiebros de los pliegues; y el blanco alzaba el vuelo en la transparencia
de los visillos, hasta convertirse en claridad sin trabas en las muselinas, los
guipures, los encajes, y, sobre todo, en los tules, tan livianos que eran como
la nota más aguda, perdida; y, en tanto, la plata de las piezas de seda
oriental alzaba la potente voz en lo hondo de la gigantesca alcoba.
Los almacenes palpitaban de vida; el gentío
tomaba al asalto los ascensores; en el ambigú no cabía un alfiler, ni tampoco
en el salón de lectura; todo un pueblo viajaba por aquellos espacios nevados,
una muchedumbre oscura. Parecían patinadores en un lago de Polonia, en pleno
mes de diciembre. En la planta baja, iba y venía el reflujo de un sombrío
oleaje en el que sólo se podían distinguir la expresión arrobada de los delicados
rostros femeninos. En los vanos de la armazón de hierro, por las escaleras, por
las pasarelas, iba ascendiendo luego una infinita procesión de diminutas
siluetas, que parecían extraviadas entre aquellas nevadas cumbres. Al
contemplar los helados promontorios, sorprendía el sofocante calor de
invernadero. El zumbido de las voces retumbaba con la fuerza de un río crecido.
En el techo, la profusión de dorados, las vidrieras con incrustaciones de oro,
los rosetones de oro, semejaban rayos de sol brillando sobre los Alpes de la
gran venta blanca
-Vamos a ver -dijo la señora De Boves-. ¿Y si
avanzáramos? No podemos quedarnos aquí.
Desde que había entrado, el inspector Jouve, de
plantón cerca de la puerta, no le había quitado la vista de encima. Cuando la
señora De Boves se volvió, se cruzaron sus miradas. Luego, al seguir caminando
ella, el inspector dejó que le tomase cierta delantera y la fue siguiendo, a
distancia, como si no le hiciese caso.
-¡Anda! -dijo la señora Guibal, deteniéndose de
nuevo delante de la primera caja, entre empellones-. ¡Qué detalle tan bonito,
este de las violetas!
Se refería al nuevo obsequio de El Paraíso, una
ocurrencia de Mouret, que había aireado en todos los periódicos: unos
ramilletes de violetas blancas, que compraba a miles en Niza y regalaba a todas
las clientes que hiciesen una compra, por pequeña que fuera. Al lado de cada
caja, unos mozos de librea los repartían, bajo la supervisión de un inspector.
Al cabo de un rato, no hubo cliente sin flores; aquella blanca boda colmaba
los almacenes, todas las mujeres paseaban consigo un penetrante perfume de
flor.
-Es verdad -dijo a media voz la señora
Desforges con tono de envidia-. ¡Qué idea tan buena!
Pero, en el preciso instante en que las señoras
iban a reanudar la marcha, oyeron a dos dependientes que bromeaban acerca de
las violetas. Uno, flaco y alto, parecía atónito: ¿así que por fin era cosa
hecha la boda del dueño con la encargada de la ropa de confección? Y otro, bajo
y grueso, le contestaba que nunca había estado muy claro, pero que, por si
acaso, ya estaban compradas las flores.
-¿Cómo? -dijo la señora De Boves-. ¿Que el
señor Mouret se casa?
-Primera noticia -respondió Henriette,
haciéndose la indiferente-. Y, además, todos acaban siempre por casarse.
La condesa lanzó una rápida mirada a su nueva
amiga. Ahora entendían las dos el porqué de la presencia de la señora Desforges
en El Paraíso de las Damas, pese a las enemistades de la ruptura. No cabía duda
de que había sucumbido a una invencible necesidad de enterarse y de padecer.
-Me quedo con usted -dijo la señora Guibal, a
quien se le había despertado la curiosidad-. Ya nos reuniremos con la señora De
Boves en el salón de lectura.
-Me parece muy bien -dijo ésta-. Yo quiero
pasar por la primera planta. ¿Vienes, Blanche?
Y subió, con su hija pisándole los talones, en
tanto que el inspector Jouve, que no había dejado de seguirla, lo hacía por una
escalera próxima, para que no se fijara en él. Las otras dos señoras se
perdieron entre la muchedumbre compacta de la planta baja.
En todos los mostradores, entre el barullo de
la venta, sólo se hablaba, una vez más, de los amores del dueño. La aventura,
que llevaba meses dando tema de conversación a los dependientes,
satisfechísimos de la prolongada resistencia de Denise, acababa de desembocar,
de repente, en una crisis; había corrido la voz, la víspera, de que la joven
se iba de El Paraíso, pese a las súplicas de Mouret, pretextando una gran
necesidad de tomarse un descanso. Y el debate estaba abierto: ¿se iría o no se
iría? De departamento en departamento, se hacían apuestas de cinco francos para el siguiente
domingo. Los más avispados se jugaban un almuerzo a que al final habría boda.
Los otros, empero, los que estaban convencidos de que Denise se marchaba,
tampoco arriesgaban el dinero a la ligera. Era cierto que la empleada tenía la
fuerza de una mujer adorada y que se resiste; pero el patrón, por su parte,
tenía la fuerza de la riqueza, de una feliz viudedad, de un orgullo que una
última exigencia podía irritar. Por lo demás, todos estaban de acuerdo en que
aquella dependiente, tan poquita cosa, había llevado el asunto con la ciencia
de una lagartona genial y estaba jugando la baza definitiva al ponerlo entre la
espada y la pared. O te casas conmigo o me marcho.
Nada más lejos, no obstante, de los
pensamientos de Denise. Nunca había formulado exigencia alguna ni elaborado
ningún cálculo. Y si había adoptado la decisión de irse era como consecuencia
de los juicios que, para mayor sorpresa suya, corrían acerca de su conducta.
¿Acaso había querido ella cuanto estaba sucediendo? ¿Acaso se mostraba taimada,
coqueta o ambiciosa? Se había limitado a estar allí. Y era la primera
sorprendida de que alguien pudiera quererla tanto. Incluso ahora, ¿por qué
interpretaban como una hábil maniobra su decisión de irse de El Paraíso? ¡Pero
si era de lo más lógico! Había terminado por padecer un nervioso malestar, unos
intolerables ataques de angustia, al notar que la cercaban aquellos comadreos,
que nacían una y otra vez en el establecimiento, y también las ardientes
obsesiones de Mouret, a las que se sumaba la lucha que tenía que mantener
consigo misma; y prefería alejarse, pues la embargaba el temor de ceder un día
y lamentarlo luego durante toda la vida. Ignoraba si había en ello alguna
astuta táctica; se preguntaba con desesperación qué hacer para que no pareciese
que andaba a la caza de marido. Ahora la irritaba la idea de una boda; estaba
decidida a seguir diciendo que no, a decir siempre que no, en el caso de que
Mouret llevase la locura hasta tales extremos. Nadie más que ella tenía que
sufrir. La necesidad de aquella separación la hacía llorar; pero se repetía a
sí misma, con su enorme coraje, que era inevitable, que no volvería a sentir ni
sosiego ni dicha si se comportaba de otra forma.
Cuando Mouret recibió su dimisión, permaneció
mudo, pareció frío en su esfuerzo por contenerse. Luego manifestó, con tono
seco, que le daba ocho días para que lo meditase antes de consentir que
cometiera semejante equivocación. Cuando, transcurridos los ocho días, ella
volvió a la carga y manifestó la voluntad formal de irse tras la gran venta,
Mouret tampoco se dejó llevar, en esta ocasión, por la ira, e intentó
convencerla con razones: iba a renunciar a la suerte, nunca volvería a
encontrar en ningún sitio el puesto que desempeñaba en su establecimiento.
¿Tenía acaso otra oportunidad a la vista? Estaba dispuesto a ofrecerle las
mismas ventajas que tuviese la esperanza de conseguir en otra casa. Y, al
contestarle la joven que no había buscado trabajo, que su intención era empezar
por descansar un mes en Valognes, aprovechando los ahorros que tenía, le
preguntó qué inconveniente había en que regresara luego a El Paraíso si lo
único que la obligaba a dejarlo era su estado de salud. Denise callaba ante el
tormento de aquel interrogatorio. Pensó él entonces que se iba para reunirse
con un amante, o quizá con un marido.
¿Acaso no le había confesado hacía un año que estaba enamorada de un hombre?
Desde entonces llevaba en pleno corazón, clavada como un cuchillo, aquella
confesión que le había arrancado en un momento de turbada debilidad. Por eso lo
abandonaba todo Denise, para seguir a aquel hombre, para casarse con él. Así se
explicaba su obstinación. Todo había acabado. Mouret se limitó, pues, a añadir,
con el mismo tono helado, que, puesto que no quería decirle las verdaderas
causas de su marcha, no la retenía más. Aquella charla tan seca, sin ira
alguna, trastornó más a Denise que la escena violenta que había temido.
Durante la semana que Denise tenía aún que pasar en los almacenes,
Mouret conservó la misma palidez hierática. Cuando cruzaba por los
departamentos, fingía no verla. Nunca había parecido más indiferente a todo,
más absorto en el trabajo. Y las apuestas se reanudaron. Sólo los muy valientes
se atrevían a correr el riesgo de perder un almuerzo jugando la carta de la
boda. No obstante, bajo aquella frialdad, tan poco usual en él, ocultaba Mouret
un pavoroso ataque de indecisión y sufrimiento. Furiosos arrebatos le subían la
sangre a la cabeza: lo veía todo rojo, soñaba con abrazar estrechamente a
Denise y no volver a soltarla, al tiempo que sofocaba sus gritos. Luego, quería
razonar, buscaba medios prácticos para impedirle que cruzase la puerta; pero
topaba sin cesar con su impotencia, con la rabia de saber que su fuerza y su
fortuna eran inútiles. Una idea, empero, iba creciendo entre aquellos proyectos
locos y se iba imponiendo poco a poco, aunque lo sublevaba. Tras la muerte de
la señora Hédouin, había jurado no volver a casarse; una mujer le había dado su
primera oportunidad y ahora estaba resuelto a sacar su fortuna de todas las
mujeres. Tanto él como Bourdoncle tenían la supersticiosa creencia de que el
director de unos grandes almacenes de novedades tenía que ser soltero si
aspiraba a conservar su regio dominio de varón sobre los deseos desfogados de
sus clientes y súbditas: la interposición de una mujer modificaba el entorno y
su aroma expulsaba a las demás. No se resignaba a la invencible lógica de los
hechos; prefería morir antes que ceder y caía en súbitas cóleras contra Denise,
dándose cuenta con claridad de que en la joven se encarnaba la revancha,
temiendo, si se casaba con ella, desplomarse, vencido, sobre sus millones y que
el eterno femenino lo doblegara como a una brizna de hierba seca. Luego, poco a
poco, volvía a sentirse cobarde y se rebatía a sí mismo esos reparos: ¿de qué
tenía miedo? Denise era tan dulce y sensata que podía ponerse en sus manos sin
temor. Veinte veces por hora se reanudaba el combate en su asolado espíritu. El
orgullo enconaba la herida y Mouret, a la postre, casi desvariaba al pensar
que, incluso tras este sometimiento definitivo, podría ella decirle que no,
siempre que no, si estaba enamorada de otro. La mañana de la inauguración de la
gran venta, aún no había tomado decisión alguna. Y Denise se iba al día
siguiente.
Aquel día precisamente, cuando entró Bourdoncle en el despacho de
Mouret a eso de las tres, según solía, lo sorprendió de codos en la mesa,
tapándose los ojos con los puños y tan ensimismado que tuvo que darle un
golpecito en el hombro. Mouret alzó un rostro cubierto de lágrimas; se miraron
ambos, extendieron las manos, y aquellos dos hombres, que en tantas batallas
comerciales habían combatido juntos, se las estrecharon de repente. Desde hacía
un mes, por lo demás, Bourdoncle había cambiado por completo de opinión. Se
doblegaba ante Denise e, incluso, animaba solapadamente al jefe a que se
casara. No cabía duda de que se trataba de una maniobra para que no lo barriese
una fuerza de cuya superioridad se percataba al fin. Pero, además, habría sido
posible hallar, en lo hondo de aquel cambio, el despertar de una ambición
antigua, la medrosa esperanza, que, poco a poco se iba haciendo mayor, de que
le hubiera llegado el turno de acabar con Mouret, ante el que tanto tiempo
había doblado el espinazo. Era éste un pensamiento siempre presente en la casa,
en aquel combate por la existencia cuyas continuas hecatombes enardecían la
venta. Iba a la par del funcionamiento de la máquina y se contagiaba del
apetito de los demás, de la voracidad que, desde lo más bajo hasta lo más alto,
empujaba a los chicos a comerse a los grandes. Hasta entonces, sólo un temor
religioso, el culto a la suerte, había impedido que Bourdoncle abriera la boca
para morder. Y ahora el dueño parecía estar perdiendo facultades, caía en la
tentación de una boda estúpida, iba a matar su suerte, a menguar el hechizo que
ejercía sobre las clientes. ¿Por qué iba él a llevarle la contraria si luego
le iba a ser tan fácil hacerse con la sucesión de aquel hombre acabado, caído
en brazos de una mujer? Era, por tanto, con la emoción de un adiós, con la
compasión de una antigua camaradería, como le estrechaba las manos a su jefe,
al tiempo que repetía:
-Vamos, valor, qué demonios. Cásese con ella y acabemos de una vez.
Pero Mouret ya se avergonzaba de aquel minuto de entregada debilidad.
Se puso de pie, protestando:
-No, no; esto es absurdo... Venga, vamos a hacer la ronda por los
almacenes... Todo marcha a pedir de boca, ¿no? Creo que el día va a ser
soberbio.
Salieron y comenzaron la inspección de la tarde, recorriendo los
departamentos abarrotados. Bourdoncle lo miraba de reojo; lo preocupaba aquel
reciente brote de energía y le miraba los labios, para sorprender en ellos los
menores fruncimientos de dolor.
La venta, en efecto, iba a todo vapor, a infernal velocidad, y el
impulso de aquel enorme barco lanzado a toda máquina hacía vibrar el edificio.
En la sección de Denise, se apiñaba una asfixiante aglomeración de madres, tras
haber conducido hasta allí a duras penas a bandadas de chiquillas y
muchachitos, que desaparecían ahora bajo las ropas que les iban probando. El
departamento había sacado toda las prendas blancas y había en él, como en el
resto de los almacenes, una orgía de blanco, ropa suficiente para vestir de
blanco a toda una tropa de Amorcillos frioleros: paletós de paño blanco,
vestidos de piqué, de nansú, de casimir blanco; trajes de marinero blancos e,
incluso, uniformes de zuavo blancos. En el centro, como oportuno adorno, aunque
aún no hubiese llegado la temporada, se exponían trajes de primera comunión,
vestidos y velos de muselina blanca, zapatos de raso, un brote florido y
liviano que se erguía allí como un enorme ramo de inocencia y cándido embeleso.
La señora Bourdelais miraba a sus tres hijos, sentados por orden de estatura:
Madeleine, Edmond y Lucien, y reñía a este último porque no se estaba quieto
mientras Denise se esforzaba en ponerle una chaqueta de lana fina.
-Pero deja ya de moverte... Señorita, ¿no le parece que le está un
poco estrecha?
Y con sus claros ojos de mujer que no se deja engañar examinaba el
tejido, calibraba la hechura, miraba las costuras, poniendo la prenda del
revés.
-No, le sienta bien -añadió-. Hay que ver lo caro que me sale vestir a
toda mi gente menuda... Ahora, querría un abrigo para esta jovencita.
Denise había tenido que ponerse a atender al público, pues éste había
tomado por asalto el departamento. Estaba buscando el abrigo solicitado cuando
lanzó un leve grito de sorpresa.
-¿Cómo? ¿Eres tú? ¿Pasa algo?
Tenía ante sí a su hermano Jean, cargado con un paquete. Llevaba
casado ocho días y, el sábado anterior, su mujer, una morenita de rostro
irregular y encantador, había pasado un buen rato haciendo compras en El
Paraíso de las Damas. La joven pareja iba a ir con Denise a Valognes: un
auténtico viaje de bodas, un mes de vacaciones entre los recuerdos de antaño.
-Figúrate que a Thérése se le olvidaron un montón de cosas -respondió
Jean-. Quiere cambiar unos artículos y comprar otros... Y como anda con muchas
prisas, me ha mandado a mí con este paquete... Ahora te explico...
Pero ella lo interrumpió, al ver a Pépé.
-¡Anda! ¡También viene Pépé! ¿Y las clases?
-La verdad es que ayer domingo, después de cenar, no tuve valor para
volver a llevarlo al internado. Ya volverá esta noche... Bastante triste está
el pobre de quedarse en París, entre cuatro paredes, mientras nosotros vamos a
andar de paseo por allá.
Denise les sonreía, a pesar de la tristeza que la atormentaba. Puso a
la señora Bourdelais en manos de una de sus dependientes y se reunió con ellos
en un rincón del departamento que, afortunadamente, se iba vaciando. Los niños,
como ella los seguía llamando, eran ahora unos mozos hechos y derechos. Pépé,
con doce años, abultaba ya más que ella; aún era callado y vivía de caricias;
aunque lucía ya un uniforme de colegial seguía mostrando una mimosa dulzura.
En cuanto a Jean, ancho de espaldas, le sacaba a su hermana la cabeza y conservaba
su femenina belleza y su rubia cabellera, que despeinaban esas arrebatadas
ráfagas de los obreros artistas. Denise, siempre tan menuda, un alfeñique, como
decía ella, no había prescindido de su inquieta autoridad de madre; los
trataba como a unos chiquillos de los que hay que estar pendiente; le abrochaba
la levita a Jean, para que fuese arreglado, y comprobaba que Pépé llevaba
pañuelo limpio. Y, ahora, al verlo con los ojos húmedos, le echó una suave
reprimenda:
-Tienes que ser razonable, niño mío. No puedes interrumpir tus
estudios. Vendrás conmigo en vacaciones... Dime, ¿hay algo que te apetezca? ¿O
prefieres que te dé dinero?
Luego, se volvió hacia su otro hermano:
-Es que tú, hijito, lo malmetes, le haces creer que vamos a
divertirnos... A ver si sois un poco sensatos.
Le había dado al mayor cuatro mil francos, la mitad de sus ahorros, para que pudiera poner casa. El internado
del pequeño le salía caro; cuanto ganaba era para ellos, como antes. Eran su
única razón de vivir y de trabajar, y se había jurado una vez más que no se
casaría nunca.
-Bueno, pues mira -siguió diciendo Jean-, para
empezar, en este paquete traigo el paletó color tabaco que Thérése...
Pero se interrumpió y Denise, al darse la
vuelta para saber qué lo intimidaba, vio a Mouret, de pie detrás de ellos.
Llevaba un rato mirándola hacer de madrecita con sus dos mocetones, riñéndolos
y besándolos, dándoles vueltas como quien muda de ropa a un niño de pecho.
Bourdoncle había permanecido apartado, haciendo como que se interesaba por la
venta, pero no perdía de vista la escena.
-Son sus hermanos, ¿verdad? -preguntó Mouret,
tras un silencio.
Tenía la voz helada y la actitud hierática que
adoptaba ahora con ella. También Denise se esforzaba en mantener la frialdad.
Se le borró la sonrisa y respondió:
-Sí, señor Mouret... He casado al mayor y su
mujer me lo envía para unos encargos.
Mouret seguía mirando a los tres. Al fin,
añadió:
-El pequeño ha crecido mucho. Me acuerdo de él;
estaba con usted en las Tullerías aquella noche.
Y la voz, que se le iba haciendo más
despaciosa, tembló levemente. Ella, azorada, se agachó so pretexto de ponerle
bien el cinturón a Pépé. Los dos hermanos, algo ruborizados, sonreían al jefe
de su hermana.
-Se parecen a usted -añadió éste.
-¡Ay, no! -exclamó Denise-. ¡Son mucho más
guapos que vo!
Mouret, por un momento, pareció comparar los
tres rostros. Pero ya no le quedaban fuerzas. ¡Cuánto los quería Denise! Se
alejó unos pasos; luego, regresó para decirle al oído:
-Suba a mi despacho después de la venta. Quiero
hablar con usted antes de que se marche.
Y se fue, para seguir la ronda. Se reanudaba en
su fuero interno el combate, pues aquella cita que había dado a Denise lo
llenaba de irritación. ¿A qué impulso había cedido al verla con sus hermanos?
Era una insensatez, porque ya se sentía sin fuerzas, incapaz de firmeza. En
fin, saldría del paso con unas palabras de despedida. Bourdoncle, que se había
reunido con él, parecía menos preocupado, aunque lo seguía examinando, con
breves ojeadas.
Entre tanto, Denise había regresado junto a la
señora Bourdelais.
-¿Qué tal el abrigo?
-Muy bien, muy bien. Por hoy, ya basta. ¡Estos
chiquillos son una ruina!
Entonces Denise pudo hacer una escapada,
atender a las explicaciones de Jean y, luego, acompañarlo por las secciones, en
las que, de dejarlo solo, era más que probable que perdiera la cabeza. Antes
que nada, había que ocuparse del paletó color tabaco, que Thérése, tras
pensárselo, quería cambiar por un paletó de paño blanco de la misma hechura y
la misma talla. La joven tomó el paquete y fue a confección, llevando en pos a
sus dos hermanos.
El departamento exponía sus prendas de colores claros: chaquetas
entalladas y mantillas de verano, sedas ligeras, lanas de fantasía. Pero no era
aquél el lugar de más venta y las clientes eran relativamente escasas. Casi
todas las dependientes eran nuevas. Clara se había esfumado hacía un mes; unos
decían que la había secuestrado el marido de una cliente; otros, que había
sucumbido al vicio de la calle. En cuanto a Marguerite, iba, al fin, a ponerse
al frente de la pequeña tienda de Grenoble, en donde la esperaba su primo. Sólo
quedaba ya, inmutable tras la combada coraza del vestido de seda, la señora
Aurélie, con su facies imperial que conservaba el empastamiento amarillo de un
mármol de la antigüedad. No obstante, el mal comportamiento de su hijo Albert
la tenía desconsolada; y se habría retirado al campo de no haber sido por las
brechas que había abierto en los ahorros de la familia aquel sinvergüenza,
cuyas terribles dentelladas amenazaban incluso con llevarse por delante, trozo
a trozo, la finca de Les Rigolles. Era como si el desbaratado hogar se tomase
una revancha, mientras la madre había vuelto a sus refinadas distracciones
entre amigas y el padre seguía tocando la trompa. Bourdoncle empezaba ya a
mirar con cara de desagrado a la señora Aurélie, sorprendido de que no tuviera
el tacto de pedir el retiro. No iba a tardar mucho en sonar este toque de
difuntos: ¡demasiado vieja para atender al público!, que acabaría con la
dinastía de los Lhomme.
-¡Vaya! ¡Es usted! -le dijo a Denise con extremosa amabilidad-.
Quiere cambiar este paletó, ¿verdad? Ahora mismo... ¡Ah! ¡Aquí están sus
hermanos! Están hechos unos hombres.
Pese a su orgullo, se habría arrodillado para adularla. En la
confección, como en los otros departamentos, sólo se hablaba de la marcha de
Denise; y la encargada se sentía desfallecer, pues contaba con la protección de
su ex dependiente. Bajó la voz:
-Dicen que nos deja usted... No es posible, vamos.
-Pues es la verdad -respondió la joven.
Marguerite estaba escuchándolas. Desde que tenía fecha para la boda,
iba de un lado para otro con muecas aún más despectivas en el rostro de leche
cortada. Se acercó, diciendo:
-Hace usted muy bien. La propia estima ante todo, ¿a que sí? Me
despido de usted, querida.
Llegaban unas clientes. La señora Aurélie le rogó con tono rudo que
atendiese a la venta. Luego, al coger Denise el paletó para hacer personalmente
la devolución, puso el grito en el cielo y llamó a una auxiliar. Se trataba,
precisamente, de una novedad que le había sugerido la joven a Mouret: unas
ayudantes que se hacían cargo de las compras, lo que suponía un alivio para
las cansadas dependientes.
-Acompañe a la señorita-dijo la encargada, entregándole el paletó.
Y, volviéndose hacia Denise:
-Le ruego que lo piense mejor... No sabe usted lo que sentimos todos
que se vaya.
Jean y Pépé, que esperaban, sonrientes, entre aquel desbordado flujo
de mujeres, volvieron a caminar tras su hermana. Ahora, había que ir a las
canastillas de novia, para coger seis camisas más, iguales a la media decena
que Thérése había comprado el sábado. Pero los mostradores de lencería, en los
que la venta blanca dejaba caer su nieve desde todos los casilleros, eran un
agobio y resultaba muy difícil avanzar.
A
la entrada de la sección de corsés, una pequeña algarada atraía a la
muchedumbre. La señora Boutarel, que se había presentado en los almacenes nada
más llegar de su ciudad del sur, trayendo consigo a su marido y a su hija,
llevaba desde por la mañana recorriendo las galerías para componer el ajuar de
ésta, que estaba a punto de casarse. Se le pedía opinión al padre, y aquello
era el cuento de nunca acabar. La familia acababa de aparecer, al fin, por los
mostradores de lencería. Y, en tanto que la novia se ensimismaba en un
detallado estudio de los pantalones, la madre había desaparecido, pues se le
acababa de antojar un corsé. Cuando el señor Boutarel, un hombre grueso de
temperamento sanguíneo, dejó a su hija, aturullado, para buscar a su mujer,
acabó por encontrarla en un salón de pruebas, a cuya puerta le ofrecieron,
cortésmente, un asiento. Los tales salones eran angostas celdas, que cerraban
unas lunas esmeriladas, y a las que los hombres no podían pasar, ni siquiera
los maridos, por un prurito de decencia de la dirección. Las dependientes
entraban y salían con prisas, y, en cada ocasión, dejaban intuir, en el rápido
vaivén de la puerta, visiones de mujeres en camisa y enaguas, con el cuello y
los brazos al aire, unas gruesas, de carnes blancas; otras flacas, con piel de
marfil antiguo. Una hilera de hombres, acomodados en unas sillas, esperaban con
cara de aburrimiento. Y cuando el señor Boutarel comprendió lo que estaba
pasando, se enfadó de pronto, voceando que quería ver a su mujer, que pretendía
enterarse de qué le estaban haciendo y que, desde luego, no pensaba consentir
en que se desnudase sin estar él delante. Intentaron calmarlo en vano. Parecía
convencido de que allí dentro sucedían cosas indecentes. La señora Boutarel
tuvo que salir, mientras la gente comentaba y se reía.
Entonces pudo pasar Denise, con sus hermanos. Toda la ropa íntima de
la mujer, esas prendas interiores blancas que quedan ocultas a la vista, se
mostraba a sus anchas en una serie de estancias consecutivas, repartida por categorías
en varios departamentos. Los corsés y los polisones estaban en un mostrador:
corsés con costuras, corsés de talle bajo, corsés con refuerzo, y, sobre todo,
los corsés de seda blanca, con cuchillos de color, que se exponían aquel día de
forma especial, un ejército de maniquíes sin piernas ni cabeza, una hilera de
torsos, de pechos de muñeca que, aplastados bajo la seda, brindaban una
mutilación turbadoramente lúbrica; y, junto a ellos, en otros soportes, los
polisones de lustrina y crin añadían a aquellos palos de escoba unas posaderas
enormes y turgentes que, vistas de perfil, eran de una caricaturesca falta de
recato. Comenzaba luego una pícara siembra de prendas por las anchas galerías,
como si un grupo de lindas jóvenes se hubiese ido desvistiendo, de departamento
en departamento, hasta desnudar por completo el raso de la piel. Estaban aquí
los artículos de lencería fina, los puños y las corbatas blancas, las
pañoletas y los cuellos blancos, una infinita variedad de livianas
frivolidades, una espuma blanca que surgía de las cajas y se esponjaba como una
clara a punto de nieve. Más allá, las camisolas y los jubones, los vestidos de
casa, las batas: hilo, nansú, encajes, largas vestimentas blancas, sueltas y
sutiles, que evocaban el desperezamiento de las mañanas soñolientas y ociosas,
tras una noche de ternura. Venía luego la ropa interior, desgranándose pieza a
pieza: las enaguas blancas, de diferentes largos, las que traban las rodillas
y las de cola, cuyos volantes barren el suelo, una marea creciente de enaguas,
que cubría las piernas. Y pantalones de percal, de hilo, de piqué, esos amplios
pantalones blancos que vendrían anchos a cinturas masculinas. Las camisas, por
fin: las de dormir, abotonadas hasta el cuello; las de día, que dejan al aire
el seno y se sujetan sólo con dos finos tirantes, de sencillo calicó, de hilo
de Irlanda, de batista, el último velo blanco que resbala por el pecho y las
caderas. Las canastillas eran una indiscreta exposición que volvía del revés a
la mujer y la mostraba de abajo arriba, desde la pequeña burguesa de tejidos
lisos hasta la dama acaudalada, acurrucada entre puntillas; una alcoba abierta
al público, cuyo escondido lujo, cuyos plisados y bordados, cuyos encajes de
Valenciennes se iban transformando en una a modo de depravación sensual a
medida que iban en aumento sus desbordantes y costosos caprichos. Y la mujer
volvía a vestirse; el blanco oleaje de aquel chaparrón de lencería tornaba a
desaparecer bajo la caída de las faldas. La camisa, tensada por los dedos de la
costurera; el pantalón frío, aún con los dobleces de la caja; todo aquel
percal, toda aquella batista, muertos y desparramados por los mostradores,
arrojados, apilados, cobrarían un día vida con el palpitar de la carne,
perfumados y tibios del aroma del amor, convertidos en una blanca bandada de
nubes investida de carácter sagrado, inundada de nocturna oscuridad, cuyo
menor resquicio, con el sonrosado relámpago de la rodilla asomando brevemente
en lo hondo de aquellas blancuras, hacía estragos en la tierra. Había un último
salón para las canastillas de recién nacido, en el que el blanco voluptuoso de
la mujer desembocaba en la cándida blancura del niño: inocencia y dicha; la
amante que se descubre madre; camisetas de afelpado piqué; capotitas de
franela; camisas y gorros de juguete; y faldones de cristianar; y abrigos de
casimir. La blanca pelusa del nacimiento, semejante a una llovizna de plumas
blancas.
-Son camisas de jareta, ¿sabes? -dijo Jean, al que deleitaban aquellas
intimidades, aquel río crecido de ropa liviana en el que se iba hundiendo.
En las canastillas, Pauline acudió en el acto al ver a Denise. Y
antes, incluso, de saber qué quería, empezó a hablarle en voz baja, muy
impresionada por los rumores que corrían por los almacenes. En su departamento,
dos de las dependientes habían llegado a reñir, pues una aseguraba que Denise
se iba y la otra lo negaba.
-No puedes dejarnos, me he apostado la cabeza... ¿Qué iba a ser de mí?
Y añadió, al responder Denise que se marchaba al día siguiente:
-No, no; eso es lo que tú crees, pero yo sé que no te vas a ir...
¡Vaya! Ahora que tengo un niño pequeño, me tienes que dar un puesto de segunda
encargada. Has de saber, querida, que Baugé ya cuenta con ello.
Pauline sonreía con expresión convencida. Le dio, luego, las seis
camisas y, como, Jean dijo que iban a los pañuelos, llamó también a una auxiliar para que se hiciese cargo de
ellas y del paletó que había dejado allí la auxiliar de confección. La empleada
que acudió era la señorita De Fontenailles, que se había casado hacía poco con
Joseph. Acababa de conseguir, por recomendación, aquel cometido servil y vestía
una amplia bata negra, con un número marcado en el hombro con puntadas de lana
amarilla.
-Acompañe a la señorita dijo Pauline.
Luego, volvió y, bajando la voz de nuevo, dijo:
-Así que quedamos en que soy segunda encargada,
¿no?
Denise se lo prometió entre risas, para seguir
con la broma. Y se fue; bajó con Pépé y Jean, llevando en pos a la auxiliar. En
la planta baja, desembocaron en el departamento de géneros de lana, situado en
la esquina de una de las galerías, completamente tapizada de muletón blanco y
franela blanca. Liénard, que seguía sin atender a las llamadas que su padre le
lanzaba en vano desde Angers, estaba charlando con el lindo Mignot, que ahora
era corredor y tenía el descaro de atreverse a aparecer por El Paraíso de las
Damas. Debían de estar hablando de Denise, pues ambos callaron para saludarla
luego, muy obsequiosos. Por lo demás, según cruzaba por los departamentos, los
empleados se inmutaban y le hacían una inclinación, pensando en lo que podría
llegar a ser el día de mañana. Cundían los cuchicheos; le veían expresión de
triunfo. Las apuestas tomaron un nuevo curso y hubo quien volvió a jugarse, a
su favor, botellas de vino de Argenteuil y fritadas. La joven había entrado en
la galería de ropa de mesa para llegar a los pañuelos, que estaban al final.
Había allí un desfile de blancos: el blanco del algodón, los madapolanes, los
bombasíes, los piqués, los calicós; el blanco del hilo, los nansús, las
muselinas, las tarlatanas; venía luego el lienzo, en gigantescas pilas, que formaban
piezas contrapeadas como si fueran sillares: el lienzo grueso, el lienzo fino,
de todos los anchos, blanco o crudo, de puro lino, blanqueado en la hierba; y
empezaba de nuevo la sucesión de departamentos, uno para cada categoría de
ropa: la ropa de casa, la ropa de mesa, la ropa de office, un alud
ininterrumpido de blanco, sábanas, fundas de almohada, incontables modelos de
servilletas, de manteles, de delantales y paños de cocina. Y seguían los
saludos; al ver a Denise, todos le abrían paso. Baugé había llegado a todo
correr para sonreírle, como a la reina buena de la casa. Por fin, tras haber
cruzado por las mantas y las colchas, una sala empavesada con banderas blancas,
llegaron a los pañuelos. Allí, la ingeniosa decoración tenía embelesado al
gentío: no se veían sino columnas blancas, pirámides blancas, castillos
blancos, una compleja arquitectura construida nada más que con pañuelos de
linón, de batista de Cambrai, de hilo de Irlanda, de seda de la China, con monogramas,
con bordados de realce, guarnecidos de encaje, con vainicas y viñetas tejidas,
toda una ciudad de blancos ladrillos de infinita variedad, que se recortaba,
como un espejismo, sobre un cielo oriental, blanco de calor.
-¿Dices que quieres otra docena? -le preguntó
Denise a su hermano-. De lienzo de Cholet, ¿verdad?
-Sí, creo que sí, como éstos -respondió él,
enseñando un pañuelo que llevaba en el paquete.
Jean y Pépé no se habían despegado de las
faldas de su hermana; seguían acurrucándose
contra ella igual que el día en que llegaron a París derrengados del viaje.
Aquellos enormes almacenes, por los que ella andaba como por su casa, los desasosegaban
a la postre; y la infancia se despertaba en ellos instintivamente y los hacía
regresar al amparo de la madrecita. Los empleados los seguían con la vista,
sonreían a esos mocetones que caminaban pegados a aquella joven delgada y
seria. Jean, barbudo y azorado; Pépé, de uniforme, sin saber dónde meterse;
los tres del mismo rubio ahora, de un rubio que alzaba cuchicheos a su paso, de
un extremo a otro de los mostradores:
-Son sus hermanos... Son sus hermanos...
Pero, mientras Denise buscaba a un dependiente, tuvieron un encuentro.
Mouret y Bourdoncle acababan de entrar en la galería. En el preciso instante en
que aquél se detenía de nuevo frente a la joven, aunque sin dirigirle la
palabra, pasaron la señora Desforges y la señora Guibal. Henriette contuvo el sobresaltado
estremecimiento que le recorría todo el cuerpo. Miró a Mouret, miró a Denise.
Ellos también la miraron; y tal fue el mudo desenlace, el vulgar fin de todos
los dolorosos dramas sentimentales, un intercambio de miradas entre los empellones
de la muchedumbre. Mouret ya se alejaba; Denise, que seguía buscando a un
dependiente libre, se perdía de vista al fondo del departamento, en compañía de
sus hermanos. Henriette, entonces, al darse cuenta de que la auxiliar que los
seguía, con su número amarillo en el hombro y su abultada y terrosa faz de
sirvienta, era la señorita De Fontenailles, se desahogó diciéndole con tono
irritado a la señora Guibal:
-Fíjese en lo que ha convertido a esa desdichada... ¿No es insultante?
Una marquesa... ¡Y la obliga a que siga como un perro a las mujerzuelas que
saca él del arroyo!
Se esforzó en tranquilizarse y tuvo a gala añadir, con cara de
indiferencia:
-Vamos a la seda, a ver qué tienen.
El departamento de la seda era como un gran dormitorio, pensado para
el amor, que el capricho de una enamorada de nívea desnudez hubiera tapizado de
blanco para rivalizar con él en blancura. Veíanse allí todas las lechosas
palideces de un cuerpo adorado, desde el terciopelo de la cintura hasta la fina
seda de los muslos y el brillante raso del seno. De columna a columna, corrían
desplegadas piezas de terciopelo; sobre aquel fondo, de un blanco cremoso,
destacaban los drapeados de sedas y rasos, de un blanco de metal o porcelana; y
también había, en colgantes arcos, pul de seda y seda siciliana de grano
grueso, fular y surá finos, que iban del grávido blanco de una noruega rubia
al blanco transparente, caldeado de sol, de una pelirroja de Italia o de
España.
En aquel preciso momento, Favier estaba midiendo fular blanco para la
«belleza», aquella elegante rubia, parroquiana del departamento, que los
dependientes llamaban siempre así. Llevaba años comprando allí y seguían sin
saber nada de ella ni de su vida, ni tampoco su dirección, ni siquiera cómo se
llamaba. Y nadie, por lo demás, intentaba averiguarlo, aunque todos, cada vez
que se presentaba, se arriesgaban a hacer hipótesis, sólo por el gusto de
charlar. Había adelgazado o había engordado; había dormido bien o debía de
haber trasnochado la víspera; y todos y cada uno de los hechos de su
desconocida existencia, acontecimientos
externos, dramas internos, desencadenaban, así, de rechazo, prolongados
comentarios. Aquel día, parecía muy alegre y, por lo tanto, al volver Favier de
la caja, hasta la que la había acompañado, hizo a Hutin partícipe de sus
reflexiones.
-A lo mejor es que se vuelve a casar.
-¿Es que está viuda -preguntó éste.
-No lo sé... Pero se acordará usted de aquella
vez que iba de luto... A menos que haya ganado en Bolsa.
Reinó el silencio. Y Favier dio por zanjada la
cuestión diciendo:
-¡Allá ella!... Si fuéramos a tener amistades
con todas las mujeres que pasan por aquí...
Pero Hutin no se hallaba de humor comunicativo.
Había tenido, hacía dos días, una borrascosa entrevista con la dirección y
sentía que estaba condenado. Era seguro que lo despedirían tras la gran venta.
Su situación se iba deteriorando desde hacía mucho. En el último balance, le
habían echado en cara que no hubiera alcanzado la recaudación fijada de
antemano. Y todo ello se debía esencialmente, una vez más, al lento acoso de
esos apetitos que ahora lo estaban devorando a él, a la solapada guerra del
departamento que, aprovechando el propio tráfago de la máquina, lo iba
expulsando poco a poco. Podía oírse la subterránea labor de Favier, un ruidoso
masticar que amortiguaba la tierra. Ya le habían prometido a éste el puesto de
encargado. Hutin estaba enterado y, en vez de abofetear a su antiguo compañero,
opinaba ahora que era muy hábil. Aquel muchacho tan frío, que parecía tan
sumiso, que él había utilizado para debilitar a Robineau y a Bouthemont, lo
había dejado tan sorprendido que había en esa sorpresa cierta dosis de respeto.
-Por cierto -dijo Favier-, sabrá usted que no
se va. Acaban de ver al jefe echándole miraditas... Me va a costar una botella
de champaña.
Se refería a Denise. De un mostrador a otro,
los comadreos circulaban cada vez con mayor brío, cruzando las oleadas cada vez
más densas de clientes. La seda, sobre todo, andaba revolucionada, porque en
aquel departamento se habían apostado cosas caras.
-¡Cristo, qué tonto fui no acostándome con
ella! -soltó Hutin, como si despertara de un sueño-. Con lo bien que me vendría
ahora.
Luego, al ver cómo se reía Favier, se ruborizó
de que se le hubiera escapado aquella confesión. E hizo como si también se
riera, añadiendo, para enmendar lo dicho, que era aquella mujerzuela la que lo
había perjudicado ante la dirección. Y, en tanto, se iba apoderando de él un
ansia de violencia; acabó riñendo a los dependientes, que iban a la desbandada
ante el asalto de la clientela. Pero, de pronto, recuperó la sonrisa; acababa
de divisar a la señora Desforges, quien, en compañía de la señora Guibal, cruzaba
despacio por el departamento.
-¿Hoy no necesita nada la señora
-No, gracias -respondió Henriette-. Ya ve que
ando de paseo; sólo he venido a fisgar.
Hutin consiguió que se detuviera y bajó la voz.
Se le estaba ocurriendo un plan. Y empezó a halagarla, a hallar mal de la casa: él ya estaba harto; prefería irse antes que
tener que seguir presenciando aquel desbarajuste. La señora Desforges lo escuchaba,
encantada. Creyendo que se lo arrebataba a El Paraíso, salió de ella el
ofrecimiento de conseguir que lo contratase Bouthemont como encargado de la
seda cuando volvieran a abrirse Las Cuatro Estaciones. Cerraron el trato; ambos
cuchicheaban, en voz muy baja, mientras la señora Guibal miraba el género
expuesto.
-¿Me permite que le ofrezca unas violetas? -añadió Hutin en voz alta,
señalando dos o tres de los ramilletes de regalo, que había encima de una mesa
y había cogido en una caja para sus compromisos personales.
-¡Ni se le ocurra! -exclamó Henriette, retrocediendo-. No soy yo de
esa boda.
Se comprendieron y se despidieron con nuevas risas, cruzándose
miradas de complicidad.
Comenzó la señora Desforges a buscar a la señora Guibal y lanzó una
exclamación al ver a la señora Marty. Ésta, con su hija Valentine a la zaga,
llevaba dos horas recorriendo los almacenes, presa de uno de esos ataques de
despilfarro de los que salía rendida y desorientada. Había explorado a fondo el
departamento de mobiliario, que una exposición de muebles lacados en blanco
convertía en una enorme habitación de joven casadera; las cintas y las
pañoletas, que se alzaban en blancas columnatas entre las que habían tendido
toldos blancos; la mercería y la pasamanería cuyos flecos blancos enmarcaban
ingeniosos trofeos pacientemente compuestos con planchas de botones y paquetes
de agujas; la calcetería, en donde, aquel año, se arracimaba la gente para
admirar un gigantesco decorado: el relumbrante nombre de El Paraíso de las
Damas escrito en letras de tres metros de alto, hechas con calcetines blancos,
sobre un fondo de calcetines rojos. Pero los departamentos que más atizaban la
fiebre de la señora Marty eran los recientes; no se creaba departamento alguno
sin que ella acudiese a inaugurarlo. Llegaba a toda prisa y compraba lo que
fuera. Acababa de pasar una hora en la sombrerería, instalada en un salón
nuevo de la primera planta, haciendo que vaciasen los armarios, cogiendo los
sombreros de las perchas de palisandro que había encima de dos mesas,
probándoselos todos, haciendo que se los probase su hija: sombreros blancos,
capotas blancas, tocas blancas. Luego, había ido a la zapatería, que estaba al
fondo de una galería de la planta baja, detrás de las corbatas, una sección que
abría aquel día por primera vez, y había revuelto las vitrinas presa de
enfermizo deseo por las chinelas de seda blanca con vueltas de cisne, por los
zapatos y las botinas de raso blanco encaramadas en altísimos tacones Luis XV.
-¡Ay, amiga mía! -exclamaba, balbuceando-. ¡No se puede usted hacer
idea! Tienen un surtido de capotas extraordinario. Me he comprado una, y otra
para mi hija. Y los zapatos... ¿verdad, Valentine?
-Algo inaudito -añadía la jovencita, con un descaro de mujer-. Hay una
botas de veinte francos con cincuenta... ¡Ay, qué botas!
Las seguía un dependiente que llevaba a rastras la sempiterna silla,
colmada ya de un cúmulo de artículos.
-¿Qué tal está el señor Marty? -preguntó la
señora Desforges.
-Pues creo que no anda mal -repuso la señora
Marty, aturullada ante aquella brusca pregunta que se interfería, con perversas
intenciones, en su fiebre de compras-. Allí sigue; mi tío ha ido a verlo esta
mañana.
Pero se interrumpió para lanzar una exclamación
de éxtasis:
-¡Miren! ¡Qué cosa tan adorable!
Las señoras habían dado unos cuantos pasos y se
hallaban ante el nuevo departamento de flores y plumas, instalado en la galería
central, entre la seda y los guantes. Bajo la viva claridad de la cristalera,
florecía con desmesura un ramo blanco, tan alto y ancho como un roble.
Adornaban la parte de abajo plantaciones de violetas, muguete, jacintos y
margaritas, todas las delicadas blancuras de los arriates. A continuación, iban
ascendiendo los ramilletes: rosas blancas, tocadas de un tierno matiz carnal;
grandes peonías blancas, con un levísimo tinte carmín; crisantemos blancos,
como livianas palmeras de fuegos artificiales, estrelladas de amarillo. Y las
flores seguían subiendo: enormes azucenas místicas, primaverales ramas de
manzano, manojos de aromáticas lilas, un incesante despliegue que coronaban, a
la altura del primer piso, penachos de plumas de avestruz, plumas blancas que
semejaban la alada respiración de aquella aglomeración de flores blancas.
Ocupaban una esquina entera los prendidos y las coronas de azahar. Había flores
de metal, cardos de plata, espigas de plata. Por la enramada, dentro de las
corolas, entre la muselina, la seda y el terciopelo, donde unas gotas de goma
fingían las gotas de rocío, volaban pájaros exóticos, que eran adornos de
sombrero, tangaraes purpúreos de cola negra, y septicolores en cuyo tornasolado
vientre lucía completo el arco iris.
-Voy a comprar una rama de manzano, ;no les
parece? -siguió diciendo la señora Marty-. Es tan deliciosa... ¡Ay! ¿Y ese
pajarito? ;Lo has visto, Valentine? Me lo llevo.
Entre tanto, la señora Guibal se aburría,
parada allí entre los remolinos de gente, y acabó por decir:
-Bueno, pues las dejamos con sus compras.
Nosotras vamos arriba.
-No, no, espérenme -voceó la señora Marty-. Yo
también subo... Arriba está la perfumería. Tengo que ir a la perfumería.
Aquel departamento, abierto la víspera, estaba al lado del salón de
lectura. La señora Desforges, para evitar los atascos de las escaleras, sugirió
que podían tomar el ascensor; pero tuvieron que renunciar a ello pues había
cola ante la puerta del aparato. Llegaron arriba, por fin, y pasaron por
delante del ambigú, donde había tales aglomeraciones que un inspector tenía
que contener los apetitos y no dejaba pasar a la glotona clientela sino en
reducidos grupos. Ya desde el ambigú empezaron a llegarles a las señoras los
efluvios del departamento de perfumería, una penetrante fragancia de bolsita de
olor, que aromatizaba toda la galería. Las clientes se quitaban de las manos
un jabón, el jabón Paraíso, la especialidad de la casa. En las vitrinas de los
mostradores, en las repisas de cristal de las estanterías se alineaban tarros
de pomadas y pastas, cajas de polvos y coloretes, redomas de aceites y aguas de
olor; ademas, en la sección de cepillos finos había, en un armario aparte,
peines, tijeras y frascos de bolsillo.
Los dependientes habían puesto su ingenio en adornar los mostradores con
cuantos tarros de porcelana blanca y cuantas redomas de cristal blanco habían
hallado a su alcance. Lo que más arrobo causaba era, en el centro, una fuente
de plata, una pastora de pie sobre su cosecha de flores, de la que manaba un
ininterrumpido hilillo de agua de violetas que sonaba musicalmente en la
metálica taza. Un exquisito aroma se extendía por doquier y las señoras, al
pasar, humedecían el pañuelo en la fuente.
-Ya está -dijo la señora Marty, tras cargar con grandes cantidades de
lociones, dentífricos y cosméticos-. Ya he terminado. Ahora soy toda suya.
Vamos a reunirnos con la señora De Boves.
Pero volvieron a detenerla, en el rellano de la gran escalera
principal, los artículos orientales. Aquel departamento había crecido mucho
desde el día en que a Mouret le había parecido divertida la idea de arriesgarse
a colocar, en ese mismo sitio, una mesita, que brindaba unas cuantas chucherías
un tanto ajadas; ni siquiera él había sido capaz de prever el enorme éxito de
la empresa. Pocos departamentos habían tenido inicios más humildes; y, ahora,
éste estaba colmado a rebosar de antigüedades en bronce, marfil y laca,
recaudaba ciento cincuenta mil francos al año y, para surtirlo, revolvían de
arriba abajo el Extremo Oriente unos viajeros que rebuscaban en palacios y
templos. Por lo demás, era continua la creación de departamentos nuevos: habían
abierto a prueba otros dos en diciembre para paliar los baches de la temporada
baja de invierno: uno de libros y otro de juguetes, que, sin duda, iban a
medrar también y acabarían con los comercios de la vecindad. Los artículos
orientales acababan de conseguir, en sólo cuatro años, atraer a toda la
clientela parisina con aficiones artísticas.
Esta vez, incluso la señora Desforges, pese al rencor que la había
impulsado a jurarse a sí misma que no compraría nada, sucumbió ante un marfil
de exquisita delicadeza.
-Envíenlo a mi casa -dijo a toda prisa en una caja próxima-. Son
noventa francos, ¿verdad?
Y al ver a la señora Marty y a su hija muy absortas, escogiendo
porcelana barata, añadió, llevándose consigo a la señora Guibal:
-Ya se reunirán con nosotras en el salón de lectura... La verdad es
que estoy muy necesitada de sentarme un rato.
Pero, en el salón de lectura, tuvieron que permanecer de pie. Todas
las sillas estaban ocupadas en torno a la gran mesa cubierta de periódicos.
Unos cuantos hombres gruesos leían, bien arrellanados, sin que se les pasara
por las mientes la amable idea de ceder el asiento. Algunas mujeres escribían,
con la nariz metida en su correspondencia, como si quisieran ocultar el papel
tras los floridos sombreros. Por lo demás, la señora De Boves no estaba allí; y
ya se estaba impacientando Henriette cuando divisó a Vallagnosc, que también
andaba buscando a su mujer y a su suegra. La saludó y dijo, al fin:
-Seguramente están en los encajes, no hay quien las saque de allí...
Voy a ver.
A cada minuto que pasaba, crecían los empujones en el departamento de
encajes. Triunfaban allí las blancuras mas delicadas y costosas de la gran
venta blanca. Era la tentación más violenta, el arrebato de codiciosa locura,
que trastornaba a todas las mujeres. El departamento se había convertido en una
capilla blanca. Los tules y los guipures caían desde el techo, tras formar un
cielo blanco, uno de esos celajes de nubes cuyas finas redes empalidecen el sol
matutino. Bajaban, enroscándose en las columnas, volantes de encaje de Malinas
y de Valenciennes, blancos faldellines de bailarina que caían hasta el suelo
con un estremecido temblor blanco. Y, además, desde todas partes, desde todos
los mostradores, nevaban las tonalidades blancas: las blondas españolas,
livianas como un hálito; las incrustaciones de Bruselas, con sus anchas flores
sobre la fina malla; los puntos de aguja y los puntos venecianos, de dibujo más
rebuscado; los puntos de Álenzón y los encajes de Brujas, de riqueza regia y
casi mística. Era como si el rey de la moda tuviera allí su blanco tabernáculo.
La señora De Boves, tras haber ido de un lado para otro, en compañía
de su hija, durante mucho rato, rondando los mostradores, con la necesidad
sensual de hundir las manos en todas las telas, acababa de decidirse a pedir a
Deloche que le enseñase punto de Alenzón. Él, al principio, había sacado imitaciones,
pero ella había querido ver Alenzón auténtico; y no se conformaba con
guarniciones estrechas de trescientos francos el metro, sino que exigía los
volantes grandes, de mil francos, los pañuelos y los abanicos de setecientos y
ochocientos. Hubo, a no mucho tardar, una fortuna encima del mostrador. En una
esquina del departamento, el inspector Jouve, que no se había despegado de la
señora De Boves, pese a la aparente despreocupación con que ésta paseaba,
permanecía quieto, entre los empellones, con actitud indiferente y sin quitarle
la vista de encima.
-¿Y tiene usted bertas de punto de aguja? -preguntó la condesa a
Deloche-. Tenga la bondad de sacarlas para que las vea.
El dependiente, al que llevaba entreteniendo desde hacía veinte
minutos, no se atrevía a oponerle resistencia alguna, pues resultaba muy
impresionante, con su porte y su voz de princesa. Vaciló, no obstante, pues se
recomendaba siempre a los dependientes que no acumulasen en el mostrador
grandes cantidades de encajes de precio y, la semana anterior, le habían robado
diez metros de malinas. Pero la condesa lo intimidaba; cedió, pues, y se alejó
unos instantes del cúmulo de punto de Alenzón para sacar de un casillero que
estaba a su espalda las bertas que le pedían.
-Fíjate, mamá -estaba diciendo Blanche, que revolvía, allí cerca, en
una caja llena puntillas de Valenciennes de poco precio-, podríamos llevarnos
esto para las almohadas.
La señora De Boves no respondía. La hija volvió entonces hacia su
madre su cara fofa y vio cómo ésta, con las manos metidas entre los encajes,
estaba ocultando en una manga del abrigo volantes de punto de Alenzón. No
pareció sorprenderse y ya se estaba adelantando, con gesto instintivo, para
ocultarla, cuando Jouve, de repente, se interpuso entre ambas. Se inclinó
hacia la condesa, susurrándole al oído con acento cortés:
-Señora, le ruego que se sirva acompañarme. Ella se rebeló por un
momento.
-¿Y esto a qué viene, caballero?
-Sírvase acompañarme, señora -repitió el inspector sin alzar la voz.
La condesa, con el rostro ebrio de angustia, lanzó una rápida ojeada
en torno. Luego, se resignó y recuperó su aire altanero para caminar junto a
Jouve, como una reina que tuviese a bien ponerse bajo la atenta custodia de un
ayudante de campo. Ninguna de las clientes que se agolpaban en el departamento
se había percatado de la escena. Deloche, que había regresado al mostrador con
las bertas, miraba cómo se la llevaban con la boca abierta. ¿Cómo? ¿Ésta
también? ¿Una dama de tanta alcurnia? ¡Si es que iba a haber que registrarlas a
todas! Y Blanche, a quien nadie había molestado, seguía a su madre de lejos, se
iba quedando atrás entre el oleaje de hombros, lívida, dividida entre el deber
de no abandonarla y el terror de que también la detuviesen a ella. Vio cómo
entraba en el despacho de Bourdoncle y se limitó a quedarse rondando la puerta.
Bourdoncle, del que acababa de librarse Mouret, estaba allí,
precisamente. Solía ser él quien zanjaba los robos que cometían las clientes
honorables. Jouve llevaba mucho tiempo acechando a ésta y le había puesto al
tanto de sus sospechas. No se sorprendió, pues, cuando el inspector le refirió
brevemente la situación. Por lo demás, pasaban por sus manos casos tan
extraordinarios que afirmaba que las mujeres eran capaces de cualquier cosa
cuando prevalecía en ellas el rabioso afán por los trapos. Como no ignoraba las
relaciones sociales que mantenía el director con la ladrona, hizo gala también
de una impecable cortesía.
-Señora, solemos ser indulgentes con los momentos de debilidad... Le
ruego que considere hasta dónde podría conducirla caer en semejantes faltas de
respeto hacia su propia persona. Si alguien más la hubiese visto meterse
disimuladamente esos encajes en...
Pero la señora De Boves lo interrumpió, indignada. ¡Ella, una ladrona!
¿Por quién la tomaba? Era la condesa De Boves y su marido, inspector general de
remontas, frecuentaba la Corte.
-Lo sé, lo sé, señora -repetía sin alterarse Bourdoncle-. Me cabe el
honor de conocerla... Tenga la bondad, antes que nada, de devolver los encajes
que lleva usted encima...
Ella volvió a poner el grito en el cielo; no le dejaba ya decir ni una
palabra, hermosa en su violento arrebato, representando hasta llegar a las
lágrimas el papel de gran dama ultrajada. Otro cualquiera habría dudado, habría
temido algún lamentable malentendido, al ver que la condesa lo amenazaba con
llegar hasta los tribunales para vengar una injuria como aquélla.
-¡Tenga mucho cuidado, caballero! ¡Mi marido llevará este asunto
incluso hasta el ministro!
-En fin, no es usted más sensata que las demás -dijo Bourdoncle,
perdiendo la paciencia-. Ya que no queda más remedio, habrá que registrarla.
Ella siguió sin inmutarse y dijo, con segura soberbia:
-Eso es, que me registren... Pero le aviso de que se está usted
jugando el negocio.
Jouve fue a buscar a dos dependientes del departamento de corsetería.
Al regresar, avisó a Bourdoncle de que la hija de la señora, a la que no había
detenido, no se había movido de la puerta. Y preguntaba si tenía que echarle el
guante también, aunque no le había visto coger nada. El partícipe, con
imperturbable educación, decidió que, en aras de la moral, no la harían entrar,
para no obligar a una madre a tener que avergonzarse delante de la hija. Se
retiraron, luego, ambos hombres a una habitación colindante, en tanto que las
dependientes registraban a la condesa y le quitaban, incluso, el vestido, para
mirarle en el pecho y las caderas. Además de los volantes de punto de Alenzón,
doce metros, a mil francos el metro, que llevaba escondidos en una manga, le
encontraron en el pecho, arrugados y tibios, un pañuelo, un abanico y una
corbata; en total, encajes por valor de unos catorce mil francos. La señora De
Boves llevaba un año robando de esta manera, presa de la rabia de una
irresistible y devastadora avidez. Aquellos ataques iban siendo cada vez más
graves, habían crecido hasta convertirse en una voluptuosidad sin la que no
podía vivir, prevaleciendo sobre cualquier razonamiento que la incitase a la
prudencia; los consumaba con una avidez tanto más ásperamente gozosa cuanto que
arriesgaba, ante los ojos de toda una muchedumbre, su apellido, su orgullo y la
elevada situación de su marido. Ahora que éste le consentía que le vaciase los
cajones, robaba con los bolsillos repletos de dinero, robaba por el gusto de
robar, igual que se ama por el gusto de amar, a impulsos de los hostigamientos
del deseo y el desequilibrio fruto de una neurosis a cuyo desarrollo habían
contribuido antaño sus insatisfechos apetitos de lujo, espoleados por las
desaforadas y salvajes tentaciones de los grandes almacenes.
-¡Esto es una trampa! -voceó cuando regresaron Bourdoncle y Jouve-.
Alguien me ha metido entre la ropa esos encajes. ¡Lo juro ante Dios!
Ahora lloraba de rabia, desplomada en una silla, con el resuello
perdido y la ropa a medio abrochar. El partícipe mandó a las dependientes que
se retirasen y siguió hablando luego, con su apacible tono:
-Por consideración a su familia, tendremos a bien, señora, no divulgar
el asunto. Pero, antes, va usted a firmarnos un papel en que diga lo siguiente:
«He robado encajes en El Paraíso de las Damas», así como la lista detallada de
esos encajes y la fecha de hoy... Por lo demás, le devolveré el papel en cuanto
me traiga dos mil francos para los pobres.
Ella se había puesto de pie y manifestó, rebelándose de nuevo:
-Nunca firmaré tal cosa. Prefiero morir.
-No se morirá, señora. Pero le advierto que voy a llamar al comisario
de policía para que se persone aquí.
Hubo entonces una espeluznante escena. La condesa insultaba a
Bourdoncle, decía, tartamudeando, que era una cobardía que unos hombres
torturasen así a una mujer. La belleza de Juno, la majestuosa complexión del
cuerpo se le desbarataban en una bronca de verdulera. Probó, luego, a
enternecerlos; les suplicaba, en nombre de sus madres; decía que se iba a arrastrar
a sus pies. Y, al ver que ellos seguían imperturbables, que la costumbre los
había hecho de bronce, se sentó de improviso y se puso a escribir, con mano
temblorosa. La plumilla escupía las palabras: «He robado...», que estampó con
trazo grueso y rabioso; y a punto estuvo de perforar la delgada hoja, al tiempo
que repetía, con voz ahogada:
-Aquí lo tiene, aquí lo tiene, caballero... Me rindo ante la fuerza...
Bourdoncle cogió el papel, lo dobló cuidadosamente y, mientras ella lo
miraba, lo metió, en un cajón, mientras decía:
-Ya ve que va a estar en buena compañía, porque las señoras empiezan
diciendo que, antes que firmar, prefieren morir, pero suelen descuidarse a la
hora de venir a recoger esta correspondencia amorosa... En fin, aquí lo tiene,
a su disposición. Usted verá si vale dos mil francos.
La condesa estaba acabando de abrocharse el vestido y, ahora que había
pagado el precio exigido, recuperaba la arrogancia.
-¿Puedo irme? -preguntó con tono seco.
Bourdoncle ya estaba atendiendo a otro asunto. Tras oír el informe de
Jouve, había decidido despedir a Deloche: aquel dependiente era un necio, le
robaban continuamente y nunca conseguiría tener autoridad sobre las clientes.
La señora De Boves repitió la pregunta y, al ver que la despedían con un ademán
afirmativo, les lanzó a ambos una mirada asesina. Por entre el caudal de
palabras gruesas que se esforzaba en contener, le subió a los labios un grito
de melodrama.
-¡Miserables! -dijo, mientras salía dando un portazo.
Blanche, en tanto, no se había alejado del despacho. La tenían
trastornada la ignorancia de lo que estaba sucediendo dentro y las idas y
venidas de Jouve y de las dos dependientes, que le traían a la imaginación
gendarmes, tribunales y cárceles. Pero se quedó pasmada al encontrarse cara a
cara con Vallagnosc, aquel marido de hacía un mes cuyo tuteo aún la ponía
violenta. Él empezó a hacerle preguntas, asombrado al ver su estupor.
-¿Y tu madre? ¿Os habéis perdido? Vamos, di algo, que me estás
preocupando.
A Blanche no se le ocurría ni una mentira verosímil. Desesperada,
dijo en voz baja:
-Mamá... mamá... ha robado...
¿Qué era eso de un robo? Al fin lo entendió Paul. Sintió espanto ante
el rostro hinchado de su mujer, aquella lívida mascarilla que desfiguraba el
miedo.
-Empezó a meterse encajes en una manga -seguía balbuciendo ella.
-Así que la viste. ¿Estabas mirando? -susurró él, sintiendo que se
quedaba helado al darse cuenta de que era cómplice.
Tuvieron que callarse, pues ya estaban volviendo la cabeza algunas
personas. Una indecisión colmada de angustia inmovilizó a Vallagnosc por un
instante. ¿Qué hacer? Y ya estaba a punto de entrar en el despacho de
Bourdoncle cuando divisó a Mouret, que cruzaba la galería. Ordenó a su mujer
que lo esperase, tomó del brazo a su viejo compañero y se lo contó todo con
entrecortadas frases. Éste se apresuró a llevarlo a su propio despacho, en
donde lo tranquilizó respecto a las posibles consecuencias. Le afirmó que no
había necesidad de intervenir; le explicó de qué forma iban a transcurrir, con
toda seguridad, las cosas, sin que pareciera inmutarlo el robo, como si lo
hubiera previsto hacía tiempo. Pero Vallagnosc, en cuanto dejó de temer un
arresto inminente, no aceptó la aventura con tan serena tranquilidad. Se había
dejado caer en un sillón y, ahora que podía argumentar, no cesaba de
compadecerse a sí mismo. ¿Cómo era posible? ¡Había emparentado con unas
ladronas! ¡Una boda estúpida, en la que se había embarcado deprisa y corriendo
para agradar al padre! Sorprendido ante aquella violencia de niño enfermizo,
Mouret lo miraba llorar recordando su antigua pose de pesimismo. ¿No le había
oído acaso mil veces defender que la vida, en fin de cuentas, no era nada y que
lo único que le parecía un poco divertido era el mal? Y, en consecuencia, para
distraerlo, se entretuvo, durante unos minutos, en predicarle indiferencia con
un tono de amistosa guasa. Y, entonces, Vallagnosc se molestó. Estaba claro que
no podía volver por los fueros de sus teorías filosóficas, ahora en entredicho;
afloraba en él toda su formación burguesa, convertida en virtuosa indignación
contra su suegra. El escéptico fanfarrón caía y se dolía en cuanto lo afectaba
la experiencia, al menor roce de esa miseria humana de la que, en frío, se
burlaba con sardónica risa. Aquello era una abominación; habían arrastrado por
el fango el honor de su estirpe; y era como si el mundo fuera a hundirse.
-Vamos, cálmate -dijo por fin Mouret, compadecido-. No te volveré a
decir que todo sucede y que nada sucede, ya que no parece servirte de consuelo
en este trance. Pero creo que deberías ir a ofrecerle el brazo a la señora De
Boves, pues resultará más prudente que organizar un escándalo... ¡Qué demonios!
¿No eras tú el que predicaba un desprecio flemático frente al encanallamiento
universal?
-¡Pues, claro! -exclamó ingenuamente Vallagnosc-. ¡Cuando afecta a
los demás!
Se había puesto en pie, sin embargo, y siguió el consejo de su antiguo
condiscípulo. Regresaban ambos a la galería cuando salió la señora De Boves
del despacho de Bourdoncle. Aceptó majestuosamente el brazo de su yerno y, al
ir Mouret a saludarla con galante respeto, la oyó decir:
-Me han presentado sus disculpas. La verdad es que estas
equivocaciones son algo espantoso.
Blanche se había reunido con ellos y caminaba detrás. Se perdieron
despacio entre la muchedumbre.
Entonces, Mouret, solo y pensativo, volvió a recorrer los almacenes.
Aquella escena, que lo había distraído del combate que lo desgarraba, le hacía
subir ahora la fiebre y desencadenaba en él la lucha suprema. Se iba esbozando
en su pensamiento una inconcreta relación: el robo de aquella desdichada, aquella
locura definitiva de cliente conquistada, rendida a los pies del tentador, le
traía la imagen de Denise, cuyo victorioso talón sentía en la garganta. Se
detuvo en lo más alto de la escalera principal y estuvo mucho rato mirando la
inmensa nave en la que se apelotonaban todas aquellas mujeres que eran sus súbditos.
Iban a dar la seis. La luz del día, que ya empezaba a desvanecerse en
la calle, se estaba retirando de las galerías cubiertas, sumiéndolas en la
oscuridad, y palidecía en lo hondo de los patios, por los que avanzaban,
despacio, las tinieblas. Y, entre aquella claridad que aún no había
desaparecido del todo, se encendían, una a una, las bombillas eléctricas, cuyos
globos, de opaca blancura, constelaban de intensas lunas la remota lejanía de
los departamentos. Era una claridad blanca, de cegadora fijeza, que se
expandía como la reverberación de un astro descolorido y mataba el crepúsculo.
Cuando estuvieron ya todas encendidas, la muchedumbre dejó escapar un arrobado
murmullo. La gran venta blanca cobraba un mágico esplendor de apoteosis bajo
aquella nueva iluminación. Era como si la colosal orgía de blanco ardiese
también y se transformase en luz. La canción blanca se alzaba entre una
inflamada blancura de aurora. Un blanco resplandor brotaba del hilo y el
calicó, en la galería Monsigny, semejante a la luminosa franja que comienza a
blanquear el cielo por Oriente; y, mientras, a lo largo de la galería
Michodiére, la mercería y la pasamanería, el bazar y las cintas, lanzaban
reflejos de colinas lejanas, el blanco relámpago de los botones de nácar, de
los plateados bronces y de las perlas. Pero era sobre todo en la nave central
donde alzaban su cántico unas blancuras templadas a fuego: los bullones de
muselina blanca que rodeaban las columnas; los bombasíes y los piqués blancos
que envolvían en drapeados las escaleras; las colchas blancas, que colgaban
como banderas; los guipures y los encajes blancos, que surcaban los aires,
franqueaban un firmamento de ensueño, una brecha que se abría a la deslumbrante
blancura de un paraíso en el que se celebraban las bodas de la desconocida
reina. La tienda del patio de las sedas era su gigantesca alcoba, con aquellos
visillos blancos, aquellas gasas blancas, aquellos tules blancos cuyo
resplandor defendía de las miradas la blanca desnudez de la desposada. Ya todo
era deslumbramiento, una blancura luminosa en la que se fundían todos los
blancos, un polvillo de estrellas que nevaba en la blanca claridad.
Y Mouret seguía contemplando, entre aquel llamear, a su femenino
pueblo. Las sombras negras destacaban con vigor sobre los fondos pálidos.
Prolongados remolinos hendían el tumulto; la fiebre de aquel día de gran venta
pasaba como un vértigo, encrespando el desordenado oleaje de las cabezas. Ya
empezaba la gente a marcharse; un saqueo de tejidos sembraba los mostradores;
tintineaba el oro en las cajas; y, entre tanto, las clientes, despojadas,
forzadas, se marchaban, medio rendidas, con la misma voluptuosidad satisfecha
y la misma vergüenza sorda que proporciona la consumación de un deseo en lo
más recóndito de un hotel de mala fama. Y era él quien las había poseído así,
quien las tenía a su merced con aquel continuo agolpamiento de mercancías,
aquellas rebajas y aquellas devoluciones, con su galantería y su propaganda.
Había conquistado incluso a las madres, reinaba sobre todas las mujeres con la
brutalidad de un déspota, cuyo capricho llevaba la ruina a los hogares. Aquella
creación suya instauraba una religión nueva; la fe tambaleante iba dejando
desiertas, poco a poco, las iglesias, y su bazar las sustituía en las almas,
ahora desocupadas. La mujer acudía a su establecimiento a pasar las horas
ociosas, las horas estremecidas e inquietas que antes vivía en lo hondo de las
capillas: necesario desgaste de pasión nerviosa; renacida lucha de un dios que
oponer al marido; incesante renovación del culto al cuerpo con un más allá
divino de belleza. Si él hubiera cerrado las puertas de sus almacenes, habría
habido motines en las calles, un desesperado vocear de beatas privadas del confesionario y el altar. Y las veía, pese a lo
tardío de la hora, recorrer obstinadamente por entre aquel lujo, acrecentado
en los últimos diez años, la enorme armazón metálica, siguiendo las escaleras
colgantes y las pasarelas. La señora Marty y su hija, arrastradas hasta lo más
alto, vagabundeaban entre los muebles. La señora Bourdelais, prisionera de su
gente menuda, no conseguía salir del bazar. Venía, luego, un grupo: la señora
De Boves, que seguía cogida del brazo de Vallagnosc y cuyos talones iba pisando
Blanche, se paraba en todos los departamentos, atreviéndose aún a examinar las
telas con su aire de altanera soberbia. Pero, entre todo aquel apiñamiento de
clientes, todo aquel mar de bustos henchidos de vida, palpitantes de deseo,
luciendo todos ellos ramilletes de violetas como para la celebración popular
de las bodas de una reina, Mouret acabó por no divisar más que el escote de la
señora Desforges, que se había detenido en los guantes en compañía de la señora
Guibal. También ella estaba comprando, pese a sus rencorosos celos; y Mouret
supo que era el amo una vez más; las tenía a todas a sus pies, bajo la
deslumbrante luz de las bombillas eléctricas, como un ganado que lo había hecho
rico.
Recorrió las galerías con paso maquinal, tan
absorto que iba al albur de los empellones del gentío. Cuando alzó la cabeza,
había vuelto al departamento de sombreros, cuyas lunas daban a la calle de
Le-Dix-Décembre. Y allí, con la frente apoyada en el cristal, se detuvo una vez
más, mirando la puerta de salida. El sol poniente pintaba de amarillo la parte
alta de las casas blancas; el cielo azul de aquel hermoso día iba
palideciendo, bajo el frescor de una bocanada de viento fuerte y limpia. Y, en
tanto, en el crepúsculo que invadía ya la calzada, las lámparas eléctricas de
El Paraíso de las Damas arrojaban el mismo brillo estático de las estrellas que
se encienden en el horizonte al declinar el día. Las sombras iban cubriendo la
triple fila de carruajes parados, que se perdían hacia la ópera y la Bolsa, en
cuyos arneses perduraba el reflejo de algunos vivaces destellos, el relámpago
de un farol, la chispa plateada de un bocado. Sonaban, a cada instante, las
llamadas de los mozos de librea; avanzaba entonces un coche de punto, o se
acercaba un cupé, para recoger a una cliente y alejarse con sonoro trote. Las
colas iban siendo menos largas; ahora, de un extremo a otro de la calle,
rodaban seis vehículos de frente, entre ruido de portezuelas al cerrarse,
chasquear de látigos, y el zumbido de los peatones, que invadían la calzada,
entre las ruedas. Era algo así como un continuada expansión, una irradiación de
la clientela, que regresaba a los cuatro puntos cardinales de la ciudad; y los
almacenes se vaciaban con el clamoroso ronquido de una compuerta. En tanto, el
reflejo de las llamas del crepúsculo seguía incendiando los carruajes de El
Paraíso, las grandes letras de oro de los paneles, las banderas izadas en pleno
cielo; y todo parecía tan descomunal bajo aquella oblicua iluminación que
recordaba al monstruoso edificio de los carteles de propaganda, el falansterio
cuyas alas, multiplicándose sin tregua, iban más allá de los barrios, hasta
alcanzar los lejanos bosques del extrarradio. La desfogada alma de París, un
hálito gigantesco y suave, se adormecía en la serenidad del atardecer y se
estiraba en largas y blandas caricias por encima de los últimos coches, que se alejaban
deprisa por la calle, libre poco a poco de aglomeraciones, sumida en la negrura
de la noche.
Mouret, con la vista perdida, acababa de notar
que lo atravesaba algo grande; y, en medio de aquel escalofrío triunfal que
estremecía su carne, contemplando cara a cara esa ciudad que había devorado y a
esas mujeres a las que había domeñado, sintió una súbita flojedad, un
desfallecimiento de la voluntad que lo derribaba también a él a impulsos de una
fuerza superior. Era una irracional necesidad de sentirse vencido en plena victoria,
el sinsentido de un hombre de guerra doblegándose, tras sus recientes conquistas,
al capricho de una chiquilla. Y aquel hombre que llevaba meses luchando, que
esa misma mañana, incluso, se había jurado sofocar su pasión, cedía de repente,
presa del vértigo de las alturas, dichoso de cometer ese mismo error que le
parecía tan necio. Su rápida decisión había cobrado, de un minuto a otro,
tanta energía que sólo ella le parecía ya útil y necesaria en el mundo.
Aquella noche, tras el último turno, fue a su
despacho a esperar a Denise. No podía estarse quieto; temblaba como un muchacho
que se juega la felicidad; se acercaba continuamente a la puerta para prestar
oído a los rumores de los almacenes, donde los dependientes estaban recogiendo
los artículos, sumergidos hasta los hombros en el caótico saqueo de la venta.
Le latía el corazón a cada ruido de pasos. Lo invadió la emoción de repente y
se abalanzó hacia la puerta, pues Había oído a lo lejos un sordo murmullo que
iba en aumento
Era que se aproximaba despacio Lhomme, llevando
a cuestas la recaudación. Pesaba tanto aquel día, Había entrado tanto cobre y
tanta plata en las cajas, que había mandado que lo acompañasen dos mozos.
Detrás de él, Joseph y uno de sus compañeros iban doblados bajo unos sacos,
unos sacos enormes, que llevaban cargados a la espalda, como si fueran de
yeso. Y el cajero iba delante, con los billetes y el oro, una cartera repleta
de papel y dos bolsas colgados del cuello, cuyo peso lo inclinaba hacia la
derecha, del lado del brazo que le faltaba. Despacio, sudando y sin resuello,
acudía desde el fondo de los almacenes, cruzando entre la creciente emoción de
los empleados. Los guantes y la seda se habían brindado, entre risas, a echarle
una mano para aliviar el peso; los paños y los géneros de lana habían hecho
votos por que diera un tropezón que hiciera rodar el oro por todos los rincones
de los departamentos. Había tenido, luego, que subir una escalera, cruzar una
pasarela, seguir subiendo, dar vueltas y revueltas por la armazón, mientras lo
iban siguiendo con la mirada la calcetería y la mercería, abriendo de éxtasis
la boca al ver aquella fortuna viajando por los aires. En el primer piso, las
confecciones, la perfumería, los encajes, los chales, le habían abierto calle
con devoción, como cuando pasa el Santísimo. La algarabía iba creciendo, de un
departamento a otro, y se convertía en un clamor de pueblo que vitorea al
becerro de oro.
Mouret, mientras tanto, había abierto la
puerta. En ella se presentó Lhomme, llevando en pos a los dos mozos, que trastabillaban.
Y, aunque sin aliento, tuvo aún fuerzas para vocear:
-Un millón doscientos cuarenta y siete francos
con noventa y cinco céntimos.
Por fin habían alcanzado el millón, el millón
recogido en un día, la cifra con la que tanto tiempo había soñado Mouret. Pero éste hizo
un ademán iracundo y dijo con tono de impaciencia, con la expresión
decepcionada de un hombre cuya espera estorba un importuno:
-¡Conque un millón! Bueno, pues déjelo ahí.
Lhomme sabía que le agradaba tener encima de la
mesa las recaudaciones de importancia antes de que las llevasen a la caja
central. El millón cubrió todo el escritorio, aplastó los papeles, estuvo a
punto de volcar el tintero; y el oro, la plata, el cobre, fluyendo de los
sacos, reventando las bolsas, formaban un enorme montón, el montón de la
recaudación bruta, tal y como había salido de las manos de la clientela, aún
cálida y viva.
En el mismo instante en que se retiraba el
cajero, consternado ante la indiferencia del patrón, llegaba Bourdoncle, dando
joviales voces:
-¡Bueno, esta vez lo hemos conseguido! ¡Ya
hemos llegado al millón!
Pero se fijó en la febril inquietud de Mouret,
comprendió el porqué y se sosegó. La alegría le encendió la mirada. Tras un
breve silencio, añadió:
-Ya se ha decidido, ¿no? ¡Pues la verdad es que
lo apruebo!
Mouret se encaró con él, de pronto, y exclamó,
con la voz terrible de los días críticos:
-¿Sabe, mi buen amigo, que lo veo demasiado
contento? Usted cree que estoy acabado, ¿a que sí? Y se le están poniendo los
dientes largos. Pues no se fíe, que a mí no hay quien me coma.
Desconcertado ante el rudo ataque de aquel
demonio de hombre, que todo lo adivinaba, Bourdoncle balbució:
-Pero ¿qué está diciendo? Será broma, ¿no? ¡Con
lo que yo lo admiro a usted!
-¡No mienta! -prosiguió Mouret, con violencia
aún mayor-. Y atienda. Esa superstición de que el matrimonio nos hundiría era
una necedad. ¿Es que el matrimonio no es acaso la salud indispensable, la
fuerza y el orden mismos de la vida? Pues sí, amigo mío, me caso con ella. Y a
aquellos de ustedes que se atrevan a moverse, los pongo de patitas en la calle.
¡No lo dude! ¡También usted puede pasar por caja, como los demás, Bourdoncle!
Lo despidió con un ademán. Bourdoncle sintió
que aquel triunfo femenino lo condenaba, lo barría. Y se fue. Precisamente en
ese momento llegaba Denise; y le hizo una profunda reverencia, sin saber dónde
tenía la cabeza.
-¡Usted, por fin! -dijo Mouret con dulzura.
Denise estaba pálida de emoción. Acababa de
tener un último disgusto. Deloche le había dicho que lo habían despedido y, al
intentar ella retenerlo, ofreciéndose a hablar en su favor, se había empecinado
en el infortunio. Quería irse para siempre. ¿Para qué quedarse? ¿Por qué iba a
andar estorbando a las personas felices? Denise, sin conseguir contener las
lágrimas, le había dado un adiós fraterno. ¿Acaso no aspiraba ella también al
olvido? Todo estaba a punto de concluir. Sólo les pedía ya a sus exhaustas
fuerzas coraje para la separación. Dentro de pocos minutos si tenía valentía
suficiente para sofocar el corazón podría irse sola, para llorar en un lugar recóndito
-Quería usted verme, señor Mouret -le dijo, con
su expresión sosegada-. De todas formas, habría venido a agradecerle todas sus
bondades.
Al entrar, había visto el millón encima de la
mesa; y aquella exhibición de dinero la hería. En lo alto, como contemplando la
escena, el retrato de la señora Hédouin conservaba, en el marco de oro, la
eterna sonrisa de sus labios pintados.
-¿Sigue decidida a dejarnos? -preguntó Mouret
con voz trémula.
-Sí, señor. No queda más remedio.
Entonces él le tomó las manos y le dijo, con
una explosión de ternura, tras la prolongada frialdad que se había impuesto:
-Y si la pidiera en matrimonio, Denise, ¿se
iría usted?
Pero ella retiró las manos, debatiéndose como
si experimentara de pronto un enorme dolor.
-¡Ay, señor Mouret, se lo ruego, calle! ¡No me
haga sufrir más aún! No puedo... no puedo... ¡Dios es testigo de que me iba
para evitar esta desgracia!
Y seguía defendiéndose con entrecortadas
palabras. ¿Es que no la habían hecho sufrir ya bastante los comadreos de la
casa? ¿Pretendía acaso que pasase ante los demás y ante sí misma por una
mujerzuela? No, no, sería fuerte y conseguiría impedirle que cometiera un error
de tal calibre. Y él, atormentado, la escuchaba y repetía con pasión:
-Yo quiero... Yo quiero...
-No, es imposible... ¿Y mis hermanos? He jurado
no casarme. No puedo cargarlo a usted con dos chiquillos. ¿Verdad que no?
-Serán también hermanos míos. Dígame que sí,
Denise.
-No, no. ¡Ay, déjeme! No me torture.
Mouret se sentía desfallecer, poco a poco.
Aquel último obstáculo lo volvía loco. ¡Cómo! Incluso así se negaba. A lo
lejos, oía el clamor de sus tres mil empleados, que movían con todas sus
fuerzas su regia fortuna. Y aquel millón imbécil encima de la mesa... Lo hacía
sufrir, como un sarcasmo. Le habría gustado tirarlo a la calle.
-¡Váyase, pues! -voceó, llorando a mares-. Vaya
a reunirse con el hombre del que está enamorada... Ésa es la razón, ¿verdad?
Si ya me había avisado; si ya debería saberlo y dejar de atormentarla.
Denise se había quedado sobrecogida ante la
violencia de aquella desesperación. Le estallaba el corazón. Y, entonces, con
su infantil impetuosidad, se echó en sus brazos, sollozando también y
balbuciendo:
-¡Ay, señor Mouret! Si es de usted de quien
estoy enamorada.
Un clamor postrero se alzó desde El Paraíso de
las Damas, la lejana ovación de toda una muchedumbre. Los pintados labios del
retrato de la señora Hédouin seguían sonriendo. Mouret había caído sentado
encima del escritorio, encima del millón, del que ya no se acordaba. No soltaba
a Denise, la estrechaba como un loco contra su pecho, diciéndole que ahora
podía irse, que pasaría un mes en Valognes, para no dar que hablar a la gente,
y que, luego, iría a buscarla en persona para traerla de nuevo a París, cogida
de su brazo, todopoderosa.

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