© Libro N° 8898. Leyenda Del Volcán. Asturias, Miguel Ángel. Emancipación. Julio 31 de 2021.
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Leyenda Del Volcán. Miguel Ángel Asturias
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Miguel Ángel Asturias
Leyenda Del Volcán
Miguel Ángel Asturias
Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles: los tres que venían en
el viento y los tres que venían en el agua, aunque no se veían más que tres.
Tres estaban escondidos en el río y sólo les veían los que venían en el viento
cuando bajaban del monte a beber agua.
Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles.
Los tres que venían en el viento correteaban en la libertad de las
campiñas sembradas de maravillas.
Los tres que venían en el agua se colgaban de las ramas de los árboles
copiados en el río a morder las frutas o a espantar los pájaros, que eran
muchos y de todos colores.
Los tres que venían en el viento despertaban a la tierra, como los
pájaros, antes que saliera el sol, y anochecido, los tres que venían en el agua
se tendían como los peces en el fondo del río sobre las yerbas pálidas y
elásticas, fingiendo gran fatiga; acostaban a la tierra antes que cayera el
sol.
Los tres que venían en el viento, como los pájaros, se alimentaban de
frutas.
Los tres que venían en el agua, como los peces, se alimentaban de
estrellas.
Los tres que venían en el viento pasaban la noche en los bosques, bajo
las hojas que las culebras perdidizas removían a instantes o en lo alto de las
ramas, entre ardillas, pizotes, micos, micoleones, garrobos y mapaches.
Y los tres que venían en el agua, ocultos en la flor de las pozas o en
las madrigueras de lagartos que libraban batallas como sueños o anclaban a
dormir como piraguas.
Y en los árboles que venían en el viento y pasaban en el agua, los tres
que venían en el viento, los tres que venían en el agua, mitigaban el hambre
sin separar los frutos buenos de los malos, porque a los primeros hombres les
fue dado comprender que no hay fruto malo; todos son sangre de la tierra,
dulcificada o avinagrada, según el árbol que la tiene.
—¡Nido!
Pió Monte en un Ave.
Uno de los del viento volvió a ver y sus compañeros le llamaron Nido.
Monte en un Ave era el recuerdo de su madre y su padre, bestia color de
agua llovida que mataron en el mar para ganar la tierra, de pupilas doradas que
guardaban al fondo dos crucecitas negras, olorosas a pescado femenina como dedo
meñique.
A su muerte ganaron la costa húmeda, surgiendo en el paisaje de la
playa, que tenía cierta tonalidad de ensalmo: los chopos dispersos y lejanos
los bosques, las montañas, el río que en el panorama del valle se iba quedando
inmóvil… ¡La Tierra de los Árboles!
Avanzaron sin dificultad por aquella naturaleza costeña fina como la luz
de los diamantes, hasta la coronilla verde de los cabazos próximos y al
acercarse al río la primera vez, a mitigar la sed, vieron caer tres hombres al
agua.
Nido calmó a sus compañeros —extrañas plantas móviles—, que miraban sus
retratos en el río sin poder hablar.
—¡Son nuestras máscaras, tras ellas se ocultan nuestras caras! ¡Son
nuestros dobles, con ellos nos podemos disfrazar! ¡Son nuestra madre, nuestro
padre, Monte en un Ave, que matamos para ganar la tierra! ¡Nuestro nahual!
¡Nuestro natal!
La selva prologaba el mar en tierra firme. Aire líquido, hialino casi
bajo las ramas, con trasparencias azules en el claroscuro de la superficie y
verdes de fruta en lo profundo.
Como si se acabara de retirar el mar, se veía el agua hecha luz en cada
hoja, en cada bejuco, en cada reptil, en cada flor, en cada insecto…
La selva continuaba hacia el Volcán henchida, tupida, crecida,
crepitante, con estéril fecundidad de víbora: océano de hojas reventando en
rocas o anegado en pastos, donde las huellas de los plantígrados dibujaban
mariposas y leucocitos el sol.
Algo que se quebró en las nubes sacó a los tres hombres de su
deslumbramiento.
Dos montañas movían los párpados a un paso del río:
La que llamaban Cabrakán, montaña capacitada para tronchar una selva
entre sus brazos y levantar una ciudad sobre sus hombros, escupió saliva de
fuego hasta encender la tierra.
Y la incendió.
La que llamaban Hurakán, montaña de nubes, subió al volcán a pelar el
cráter con la uñas.
El cielo repentinamente nublado, detenido el día sin sol, amilanadas las
aves que escapaban por cientos de canastos, apenas se oía el grito de los tres
hombres que venían en el viento, indefensos como los árboles sobre la tierra
tibia.
En las tinieblas huían los monos, quedando de su fuga el eco perdido
entre las ramas. Como exhalaciones pasaban los venados. En grandes remolinos se
enredaban los coches de monte, torpes, con las pupilas cenicientas.
Huían los coyotes, desnudando los dientes en la sombra al rozarse unos
con otros, ¡qué largo escalofrío…!
Huían los camaleones, cambiando de colores por el miedo; los tacuazines,
las iguanas, los tepescuintles, los conejos, los murciélagos, los sapos, los
cangrejos, los cutetes, las taltuzas, los pizotes, los chinchintores, cuya
sombra mata.
Huían los cantiles, seguidos de las víboras de cascabel, que con las
culebras silbadoras y las cuereadoras dejaban a lo largo de la cordillera la
impresión salvaje de una fuga en diligencia. El silbo penetrante uníase al
ruido de los cascabeles y al chasquido de las cuereadoras que aquí y allá
enterraban la cabeza, descargando latigazazos para abrirse campo.
Huían los camaleones, huían las dantas, huían los basiliscos, que en ese
tiempo mataban con la mirada; los jaguares (follajes salpicados de sol), los
pumas de pelambre dócil, los lagartos, los topos, las tortugas, los ratones,
los zorrillos, los armados, los puercoespines, las moscas, las hormigas…
Y a grandes saltos empezaron a huir las piedras, dando contra las
ceibas, que caían como gallinas muertas y a todo correr, las aguas, llevando en
las encías una gran sed blanca, perseguidas por la sangre venosa de la tierra,
lava quemante que borraba las huellas de las patas de los venados, de los
conejos, de los pumas, de los jaguares, de los coyotes; las huellas de los
peces en el río hirviente; las huellas de la aves en el espacio que alumbraba
un polvito de luz quemada, de ceniza de luz, en la visión del mar. Cayeron en
las manos de la tierra, mendiga ciega que no sabiendo que eran estrellas, por
no quemarse, las apagó.
Nido vio desaparecer a sus compañeros, arrebatados por el viento, y a
sus dobles, en el agua arrebatados por el fuego, a través de maizales que caían
del cielo en los relámpagos, y cuando estuvo solo vivió el Símbolo. Dice el
Símbolo: Hubo en un siglo un día que duro muchos siglos.
Un día que fue todo mediodía, un día de cristal intacto, clarísimo, sin
crepúsculo ni aurora.
—Nido —le dijo el corazón—, al final de este camino…
Y no continuó porque una golondrina pasó muy cerca para oír lo que
decía.
Y en vano esperó después la voz de su corazón, renaciendo en cambio, a
manera de otra voz en su alma, el deseo de andar hacia un país desconocido.
Oyó que le llamaban. Al sin fin de un caminito, pintado en el paisaje
como el de un pan de culebra le llamaba una voz muy honda.
Las arenas del camino, al pasar él convertíanse en alas, y era de ver
cómo a sus espaldas se alzaba al cielo un listón blanco, sin dejar huella en la
tierra.
Anduvo y anduvo…
Adelante, un repique circundó los espacios. Las campanas entre las nubes
repetían su nombre:
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
Los árboles se poblaron de nidos. Y vio un santo, una azucena y un niño.
Santo, flor, y niño la trinidad le recibía. Y oyó:
¡Nido, quiero que me levantes un templo!
La voz se deshizo como manojo de rosas sacudidas al viento y florecieron
azucenas en la mano del santo y sonrisas en la boca del niño.
Dulce regreso de aquel país lejano en medio de una nube de abalorio. El
Volcán apagaba sus entrañas —en su interior había llorado a cántaros la tierra
lágrimas recogidas en un lago, y Nido, que era joven, después de un día que
duró muchos siglos, volvió viejo, no quedándole tiempo sino para fundar un
pueblo de cien casitas alrededor de un templo.
Miguel Ángel Asturias

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