© Libro N° 8899. Lo Secreto. Bombal, María Luisa. Emancipación. Julio 31 de 2021.
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Lo Secreto. María Luisa
Bombal
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María
Luisa Bombal
Lo Secreto
María Luisa Bombal
Sé muchas cosas que nadie sabe.
Conozco del mar, de la tierra y del cielo infinidad de secretos pequeños
y mágicos.
Esta vez, sin embargo, no contaré sino del mar.
Aguas abajo, más abajo de la honda y densa zona de tinieblas, el océano
vuelve a iluminarse. Una luz dorada brota de gigantescas esponjas, refulgentes
y amarillas como soles.
Toda clase de plantas y de seres helados viven allí sumidos en esa luz
de estío glacial, eterno…
Actinias verdes y rojas se aprietan en anchos prados a los que se
entrelazan las transparentes medusas que no rompieran aún sus amarras para
emprender por los mares su destino errabundo.
Duros corales blancos se enmarañan en matorrales estáticos por donde se
escurren peces de un terciopelo sombrío que se abren y cierran blandamente,
como flores.
Veo hipocampos. Es decir, diminutos corceles de mar, cuyas crines de
algas se esparcen en lenta aureola alrededor de ellos cuando galopan
silenciosos.
Y sé que si se llegaran a levantar ciertas caracolas grises de forma
anodina puede encontrarse debajo a una sirenita llorando.
Y ahora recuerdo, recuerdo cuando de niños, saltando de roca en roca,
refrenábamos nuestro impulso al borde imprevisto de un estrecho desfiladero.
Desfiladero dentro del cual las olas al retirarse dejaran atrás un largo manto
real hecho de espuma, de una espuma irisada, recalcitrante en morir y que
susurraba, susurraba… algo así como un mensaje.
¿Entendieron ustedes entonces el sentido de aquel mensaje?
No lo sé.
Por mi parte debo confesar que lo entendí.
Entendí que era el secreto de su noble origen que aquella clase de
moribundas espumas trataban de suspirarnos al oído…
—Lejos, lejos y profundo —nos confiaban— existe un volcán submarino en
constante erupción. Noche y día su cráter hierve incansable y soplando espesas
burbujas de lava plateada hacia la superficie de las aguas…
Pero el principal objetivo de estas breves líneas es contarles de un
extraño, ignorado suceso, acaecido igualmente allá en lo bajo.
Es la historia de un barco pirata que siglos atrás rodara absorbido por
la escalera de un remolino, y que siguiera viajando mar abajo entre ignotas
corrientes y arrecifes sumergidos.
Furiosos pulpos abrazábanse mansamente a sus mástiles, como para
guiarlo, mientras las esquivas estrellas de mar animaban palpitantes y
confiadas en sus bodegas.
Volviendo al fin de su largo desmayo, el Capitán Pirata, de un solo
rugido, despertó a su gente. Ordenó levar ancla.
Y en tanto, saliendo de su estupor, todos corrieron afanados, el Capitán
en su torre, no bien paseara una segunda mirada sobre el paisaje, empezó a
maldecir.
El barco había encallado en las arenas de una playa interminable, que un
tranquilo claro de luna, color verde-umbrío, bañaba por parejo.
Sin embargo había aún peor:
Por doquiera revolviese el largavista alrededor del buque no encontraba
mar.
—Condenado Mar —vociferó—. Malditas mareas que maneja el mismo Diablo.
Mal rayo las parta. Dejarnos tirados costa adentro… para volver a recogernos
quién sabe a qué siniestra malvenida hora…
Airado, volcó frente y televista hacia arriba, buscando cielo, estrellas
y el cuartel de servicio en que velara esa luna de nefando resplandor.
Pero no encontró cielo, ni estrellas, ni visible cuartel.
Por Satanás. Si aquello arriba parecía algo ciego, sordo y mudo… Si era
exactamente el reflejo invertido de aquel demoníaco, arenoso desierto en que
habían encallado.
Y ahora, para colmo, esta última extravagancia. Inmóviles, silenciosas,
las frondosas velas negras, orgullo de su barco, henchidas allá en los mástiles
cuan ancho eran… y eso que no corría el menor soplo de viento.
—A tierra. A tierra la gente —se le oye tronar por el barco entero—.
Cargar puñales, salvavidas. Y a reconocer la costa.
La plancha prestamente echada, una tripulación medio sonámbula
desembarca dócilmente; su Capitán último en fila, arma de fuego en mano.
La arena que hollaran, hundiéndose casi al tobillo, era fina, sedosa, y
muy fría.
Dos bandos. Uno marcha al Este. El otro, al Oeste. Ambos en busca del
Mar. Ha ordenado el Capitán. Pero…
—Alto —vocifera deteniendo el trote desparramado de su gente—. El Chico
acá de guardarrelevo. Y los otros proseguir. Adelante.
Y El Chico, un muchachito hijo de honestos pescadores, que frenético de
aventuras y fechorías se había escapado para embarcarse en “El Terrible” (que
era el nombre del barco pirata, así como el nombre de su capitán), acatando
órdenes, vuelve sobre sus pasos, la frente baja y como observando y contando
cada uno de ellos.
—Vaya el lerdo… el patizambo… el tortuga —reta el Pirata una vez al
muchacho frente a él; tan pequeño a pesar de sus quince años, que apenas si
llega a las hebillas de oro macizo de su cinturón salpicado de sangre.
“Niños a bordo” —piensa de pronto, acometido por un desagradable,
indefinible malestar.
—Mi Capitán —dice en aquel momento El Chico, la voz muy queda—, ¿no se
ha fijado usted que en esta arena los pies no dejan huella?
—¿Ni que las velas de mi barco echan sombra? —replica este, seco y
brutal.
Luego su cólera parece apaciguarse de a poco ante la mirada ingenua,
interrogante con que El Chico se obstina en buscar la suya.
—Vamos, hijo —masculla, apoyando su ruda mano sobre el hombro del
muchacho—. El mar no ha de tardar…
—Sí, señor —murmura el niño, como quien dice: Gracias.
Gracias. La palabra prohibida. Antes quemarse los labios. Ley de Pirata.
“¿Dije Gracias?” —se pregunta El Chico, sobresaltado.
“¡Lo llamé: hijo!” —piensa estupefacto el Capitán.
—Mi Capitán —habla de nuevo El Chico—, en el momento del naufragio…
Aquí el Pirata parpadea y se endereza brusco.
—…del accidente, quise decir, yo me hallaba en las bodegas. Cuando me
recobro, ¿qué cree usted? Me las encuentro repletas de los bichos más
asquerosos que he visto…
—¿Qué clase de bichos?
—Bueno, de estrellas de mar… pero vivas. Dan un asco. Si laten como
vísceras de humano recién destripado… Y se movían de un lado para otro
buscándose, amontonándose y hasta tratando de atracárseme…
—Ja. Y tú asustado, ¿eh?
—Yo, más rápido que anguila, me lancé a abrir puertas, escotillas y
todo; y a patadas y escobazos empecé a barrerlas fuera. ¡Cómo corrían torcido
escurriéndose por la arena! Sin embargo, mi Capitán, tengo que decirle algo… y
es que noté… que ellas sí dejaban huellas…
El Terrible no contesta.
Y lado a lado ambos permanecen erguidos bajo esa mortecina verde luz que
no sabe titilar, ante un silencio tan sin eco, tan completo, que de repente
empiezan a oír.
A oír y sentir dentro de ellos mismos el surgir y ascender de una marea
desconocida. La marea de un sentimiento del que no atinan a encontrar el
nombre. Un sentimiento cien veces más destructivo que la ira, el odio o el
pavor. Un sentimiento ordenado, nocturno, roedor. Y el corazón a él entregado,
paciente y resignado.
—Tristeza —murmura al fin El Chico, sin saberlo. Palabra soplada a su
oído.
Y entonces, enérgico, tratando de sacudirse aquella pesadilla, el
Capitán vuelve a aferrarse del grito y del mal humor.
—Chico, basta. Y hablemos claro, Tú, con nosotros, aprendiste a asaltar,
apuñalar, robar e incendiar… sin embargo, nunca te oí blasfemar.
Pausa breve, luego bajando la voz, el Pirata pregunta con sencillez.
—Chico, dime, tú has de saber… ¿En dónde crees que estamos?
—Ahí donde usted piensa, mi Capitán—contesta respetuosamente el
muchacho.
—Pues a mil millones de pies bajo el mar, caray —estalla el viejo Pirata
en una de esas sus famosas, estrepitosas carcajadas, que corta súbito, casi de
raíz.
Porque aquello que quiso ser carcajada resonó tremendo gemido, clamor de
aflicción de alguien que, dentro de su propio pecho, estuviera usurpando su
risa y su sentir; de alguien desesperado y ardiendo en deseo de algo que sabe
irremisiblemente perdido.
María Luisa Bombal

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