© Libro N° 8896. La Quinta De Las Celosías. Dávila, Amparo. Emancipación. Julio 31 de 2021.
Título original: ©
La Quinta De Las Celosías. Amparo Dávila
Versión Original: © La Quinta De Las Celosías. Amparo Dávila
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://plumasuma.com/la-quinta-de-las-celosias-de-amparo-davila/
Licencia
Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza
una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se
puede utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se
puede alterar, modificar o reconstruir este texto.
Fondo de Página:
https://image.freepik.com/vector-gratis/fondo-abstracto-color-degradado-blanco-gris_127747-86.jpg
Portada E.O. de Imagen original:
https://plumasuma.com/wp-content/uploads/2020/05/La-quinta-de-las-celos%C3%ADas-845x528.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Amparo
Dávila
La Quinta De Las Celosías
Amparo Dávila
Había anochecido y Gabriel Valle estaba listo para salir. Solía ponerse
la primera corbata que encontraba sin preocuparse de que armonizara con el
traje; pero esa tarde se había esforzado por estar bien vestido. Se miró al
espejo para hacerse el nudo de la corbata, se vio flaco, algo encorvado,
descolorido, con gruesos lentes de miope, pero tenía puesto un traje limpio y
planchado y quedó satisfecho con su aspecto. Antes de salir leyó una vez más la
esquela y se la guardó en el bolsillo del saco. En la escalera se encontró con
varios compañeros. Todos comentaron su elegancia; recibió las bromas sin
molestarse y se detuvo en la puerta para preguntar a la portera cómo iba su
reuma.
—Está usted muy contento, joven —dijo la vieja, que estaba acostumbrada
a que pasaran frente a ella y ni siquiera la vieran. En la mañana, cuando le
llevó la carta, lo encontró tumbado sobre la cama, sin hablar, fumando y viendo
el techo. Ella la había dejado sobre el buró y se había salido. Así eran esos
muchachos, de un humor muy cambiante.
Gabriel Valle caminaba por las calles con pasos largos y seguros, se
sentía ligero y contento. Quedaban aún restos de nubes coloreadas en el cielo.
No había mucha gente. Los domingos las calles se encuentran casi solas. A él le
había gustado siempre caminar por la ciudad al atardecer, o a la medianoche;
caminaba hasta cansarse, después se metía en algún bar y se emborrachaba
suavemente; entonces recordaba a Eliot… «vayamos pues, tú y yo, cuando la tarde
se haya tendido contra el cielo como un paciente eterizado sobre una mesa;
vayamos a través de ciertas calles semidesiertas… (a veces nadie lo oía, pero a
él no le importaba) la niebla amarilla que frota su hocico sobre las vidrieras
lamió los rincones del atardecer…. (otras veces venían los músicos negros y se
sentaban a escucharlo, sin lograr entender nada, o improvisaban alguna música
de fondo para acompañarlo) ¡y la tarde, la noche, duerme tan apacible! Alisada
por largos dedos, dormida, fatigada… (el cantinero le obsequiaba copas) ¡No!,
no soy el príncipe Hamlet ni nací para serlo; soy un señor cortesano, uno que
servirá para llenar una pausa, iniciar una escena o dos… (‘¿Quién es ese tipo
que recita tantos versos?’, preguntaban a veces los parroquianos), nos hemos
quedado en las cámaras del mar al lado de muchachas marinas coronadas de algas
marinas rojas y cafés hasta que nos despiertan voces humanas y nos ahogamos…»
Entonces se iba con la luz del día muy blanca y muy hiriente a ahogarse
en el sueño.
Unas chicas que andaban en bicicleta por poco lo atropellaron, pero
aquel incidente no le provocó el menor disgusto. Era tan feliz que no podía
enojarse por la torpeza de unas muchachas. Se sentía generoso, comprensivo,
también comunicativo. Le hubiera gustado saludar cortésmente a todos los que
encontraba a su paso, aun sin conocerlos: «¡Buenas tardes, o buenas noches,
señora!», «¡Adiós, señor, que la pase bien!», «Permítame que le ayude a llevar
la canasta», hubiera querido decirle a una pobre vieja que llevaba un canastón
de pan sobre la cabeza. Llegó a la esquina donde tenía que esperar el tranvía,
empezaron a caer gotas de lluvia. Se levantó el cuello del saco y se refugió
bajo el toldo de una tienda de abarrotes… ¡Qué mal se había sentido aquella vez
que acompañó a Jana hasta su casa, después de insistirle mucho que se lo
permitiera; ella siempre se negaba, aquella vez accedió con desgano. Lloviznaba
cuando llegaron a la quinta, pensó que lo invitaría a entrar mientras la lluvia
pasaba. «Será mejor que te vayas rápido, para que no te mojes», había dicho
Jana mientras abría la reja y se alejaba hacia la casa sin volverse. Pensó
tantas cosas en aquel momento. Nunca se había sentido tan humillado. Se quedó
un rato contemplando la quinta, después se alejó caminando lentamente bajo la
lluvia. Por el camino se tranquilizó y llegó a la conclusión de que todo había
sido una mala interpretación de su parte. Jana no era capaz de ofender a nadie,
mucho menos a él; tal vez le había parecido inconveniente invitarlo a pasar a
esa hora, por vivir sola… El tranvía llegó y Gabriel Valle lo abordó de varias
zancadas para no mojarse. Se acomodó al lado de una muchacha muy pálida y muy
flaca, que apretaba nerviosamente entre las manos unos guantes sucios. «Esta
mujer está muy angustiada», y sintió entonces un gran deseo de poder trasmitir
a los demás siquiera un poco de aquella felicidad que ahora tenía. La muchacha
flaca revolvía dentro del bolso buscando algo…
—Parece que ya no llueve —dijo él para iniciar una conversación.
—Pero lloverá más tarde —repuso ella en tono amargo—. No es ya
suficiente que sea domingo, sino que llueva.
Lo miró entonces con una mirada fría, totalmente deshabitada. Él sintió
que se había asomado al vacío.
—¿Le entristecen los domingos?
—Los domingos y todos los días, pero… —se puso a mirar por la ventanilla
mientras sus manos seguían estrujando los viejos guantes. De pronto continuó—:
los domingos son tan largos, uno tiene tantas cosas que hacer y sin embargo no
se quiere hacer nada, da una pereza horrible tener que lavar y planchar la ropa
para la semana… después se acaba el domingo y uno se acuesta sin poder recordar
nada, sino que pasó un domingo más, igual que todos los otros…
¡Pobre muchacha! Lo que le pasaba era que debía sentirse muy sola, no
había de tener quien la quisiera, y era bien fea; sería difícil que encontrara
marido o novio así de flaca y desgarbada; el pelo seco y mal acomodado, los
ojos inexpresivos, los labios contraídos, la pintura corrida, y tan mal
vestida, tan amarga… Recordó entonces a Jana y la satisfacción asomó a su
rostro.
—Y la lluvia —seguía diciendo la muchacha flaca— siempre la lluvia a
toda hora, todos los días… ¿o es que a usted le gusta la lluvia?
—Muchas veces me molesta, claro está, sobre todo cuando hay que salir,
pero es tan agradable oírla de noche, cuando ya no hay más ruido que el de ella
misma, cayendo lenta, continuadamente, fuera y dentro del sueño…
La muchacha lo interrumpió:
—Me quedo en la próxima parada, que le vaya bien —y ella se fue toda
flaca y toda amarga hasta la puerta de salida.
Se corrió entonces al asiento de la ventanilla. Le gustaría hacer un
largo viaje en tren con Jana; ver pasar distintos paisajes, no tener que
preocuparse por nada, conocer juntos muchas cosas, ciudades, gentes, tener
dinero para gastar y gastarlo sin pensar; sería bueno poder hacer el equipaje y
partir, ahora mismo, mañana… Subió una pareja de jóvenes, la muchacha se sentó
al lado de Gabriel y él se quedó de pie junto a ella; se veían muy contentos,
platicaban en voz baja, cogidos de la mano, reían… Los miraba con gusto.
«También son felices». Le hubiera gustado tener esa confianza con Jana, esa
sencilla intimidad, pero era tan tímida, tan delicada, que no se atrevía ni
siquiera a tomarle una mano por temor a molestarla.
¡Cuánto trabajo le había costado comenzar a salir con ella!
—Siempre me ha parecido una muchacha hosca, huraña y hasta agresiva. Tal
vez se siente muy superior a todos nosotros —le dijo un día Miguel.
—Estás muy equivocado, lo que sucede es que Jana es muy tímida, pero yo
la entiendo bien. Además ha sufrido mucho, la forma como murieron sus padres
fue terrible…
—No discuto eso, claro que fue una verdadera tragedia, pero…
—El dolor hace que las gentes se encierren en sí mismas y se muestren
aparentemente hoscas; pero es sólo un mecanismo de defensa, una barrera
inconsciente para protegerse de cualquier cosa que les pueda hacer daño
nuevamente…
—Puede ser, pero también puede ser cosa propia de su temperamento alemán
—dijo Miguel. No cabía duda de que a Miguel no le simpatizaba Jana, y no era de
extrañar. Miguel tenía cierta torpeza interior que no le permitía penetrar en
los demás, él entendería de fútbol, de rock and roll, de tonterías. ¡Qué
superficial era!
—Y siempre huele a formol…
Gabriel se había ido sin contestarle. ¡Qué estúpido podía ser cuando se
lo proponía! Si bien era cierto que al principio a él también le resultaba muy
desagradable aquel olor que despedía Jana, parecía que estaba impregnada
totalmente de él, y así tenía que ser, pues manejaba todos los días aquellas
sustancias. Pronto se había acostumbrado y no le molestaba más. Cuando se
casaran no le permitiría que siguiera en el anfiteatro, ¡y vaya que le iba a
costar mucho disuadirla! Porque tomaba demasiado en serio aquel trabajo; le
parecía sumamente interesante y estaba convencida de que llegaría a ser una
magnífica embalsamadora; había estudiado los procedimientos de que se valían
los egipcios para conservar sus muertos; conocía muchos métodos diversos y
tenía fórmulas propias que estaba perfeccionando y que pensaba poner en
práctica muy pronto; además estaba escribiendo un libro…, esto le había dicho
aquella tarde en que él se había arriesgado a tocar el tema. ¡Sí que iba a
resultar difícil! El Dr. Hoffman también protestaría; él la había llevado a
trabajar al hospital y era su colaboradora. ¡Y qué mal genio tenía el viejo!
Cuando algo le salía mal se restregaba las manos, escupía, se rascaba el
mentón, mascaba algo imaginario… ¡pero qué extraordinario cirujano era! Aquella
trepanación parietal que… Gabriel se dio cuenta que ya era su parada y
apresuradamente se levantó.
Había dejado de llover; olía a tierra húmeda y a hierba mojada. Estaba
fresco pero no hacía frío. Resultaba agradable caminar por aquella larga
avenida de cipreses que conducía a la quinta. Miró el reloj, faltaban veinte
minutos para las ocho. Llegaría a tiempo. La esquela decía que lo esperaba a
las ocho.
Se debía de vivir muy tranquilo por allí; sin ningún ruido, con tanto
aire puro, pero estaba muy retirado y muy solo. No le gustaba que Jana hiciera
ese recorrido por las noches. Resultaba peligroso para cualquiera; había pocas
casas y poca gente; si uno gritaba ni quién lo oyera. En los periódicos siempre
aparecían noticias de asaltos y de… No le haría ningún reproche a Jana por
aquel silencio, ¡pobrecita!, también ella debía haber sufrido. Más de un mes
había pasado sin tener noticias. Le parecía inexplicable aquella actitud de
Jana. Recordó aquellas noches que fue hasta la quinta tratando inútilmente de
verla, o aquellas largas esperas en la puerta del anfiteatro… Sus dedos
palparon el sobre y sintió un gran alivio; con esto había terminado la
angustia. Lo mejor sería casarse pronto; una ceremonia sencilla, sin invitados;
les avisaría a sus padres cuando ya estuvieran casados, así no podrían
oponerse; los conocía bien, su madre era capaz de enfermar, de ponerse grave,
tal vez hasta de morirse. ¿Pensaría Jana que vivieran en la quinta? No sabría
qué decidir. No se atrevería a llevarla a la pensión: un cuarto solamente, una
cama estrecha y dura, el baño compartido con veinte estudiantes, y la comida
tan mala, que se quedaría siempre sin comer. Tendría que hacer a un lado su
orgullo y venirse a la quinta. Por lo menos podría estudiar tranquilo, sin
ruido de tranvías, sin gente molesta, solo él con Jana…
Cuando llegó, la quinta se hallaba como de costumbre a oscuras; las
celosías no permitían que la luz del interior se filtrara. La reja estaba sin
candado. Gabriel llegó a través del jardín hasta la puerta de la casa y tocó el
timbre. Oyó el sonido de una campanilla, volvió a tocar. Por fin abrieron. Allí
estaba Jana, con un vestido de seda gris, casi blanco, pegado al cuerpo; el
pelo rubio suelto cayendo suavemente sobre los hombros. Lo saludó como si lo
hubiera visto el día anterior. Muy desconcertado la siguió a través de un
oscuro pasillo hasta el salón profusamente iluminado. Era una sala con muebles
estilo Imperio, con muchos cuadros, la mayoría retratos, tibores, lámparas,
gobelinos, bibelots, un piano alemán de media cola, estatuillas de mármol, una
gran araña colgando en el centro del salón…
—Estos son los retratos de mis padres —dijo de pronto Jana, mostrándole
dos retratos colocados sobre la chimenea.
—Muy bien parecidos —repuso cortésmente Gabriel.
—Sí, eran realmente hermosos… los retratos por otra parte son bastante
buenos. Los hizo un pintor austríaco desterrado, a quien mi padre protegía. Me
encanta el color y la pureza del tratamiento: observa la frescura de la tez, la
humedad de los labios, parece como si estuvieran…
El sonido de unos pasos en el corredor interrumpió a Jana, quien se
volvió y miró hacia la entrada; también Gabriel pensó que alguien iba a
aparecer.
—Mira qué bello piano —dijo Jana, a tiempo que lo abría y acariciaba las
teclas—, mamá tocaba maravillosamente.
—¿Tú también tocas? —preguntó Gabriel interrumpiéndola.
—Me gustaba oírla tocar —continuó ella como si no hubiera oído la
pregunta de Gabriel—. Por las noches interpretaba a Mozart, a Brahms, mi padre
leía los periódicos, yo la escuchaba embelesada… sus manos eran finas, los
dedos largos, ágiles, tocaba dulcemente, casi con sordina, nos decía tantas
cosas cuando tocaba…
Otra vez los pasos llegaron hasta la puerta. Gabriel se quedó esperando…
pero nadie entró. Jana subió una ceja como solía hacerlo cuando algo le
desagradaba y cerró el piano bruscamente. Le ofreció un cigarrillo a Gabriel y
lo invitó a sentarse. Ella se acomodó en una butaca grande, tapizada con
terciopelo verde oscuro, distinta de los demás muebles. Gabriel se encontraba
muy incómodo en aquella elegante sala tan llena de cosas valiosas, tan cargada
de recuerdos. Quería hablar con Jana, había estudiado el diálogo palabra por
palabra y ahora no sabía cómo empezar. Se encontraba torpe, molesto, y
comenzaba a sentirse nervioso. Le hubiera gustado que estuvieran en algún café,
o en el parque, en cualquier sitio menos allí… Se acomodó en una silla cerca de
ella.
—Pasaron tantos días sin saber de ti —dijo tratando de iniciar su
conversación.
—Aquí se sentaba siempre papá, a veces se quedaba dormido, ¡me
enternecía tanto!, vivía cansado, trabajaba mucho para que nada nos faltara a
mamá y a mí, decía siempre cuando le reprochábamos. ¡Pobre papá!… a veces
jugaba ajedrez con el Dr. Hoffman, los domingos en la tarde; mamá servía el té
y las pastas, después cogía su bordado, siempre bordaba flores y mariposas,
flores de durazno y violetas; de cuando en cuando dejaba la costura y observaba
a papá jugando con el Dr. Hoffman, lo miraba con gran ternura como si hubiera
sido un niño, su niño. Papá sentía aquella mirada, buscaba sus ojos y sonreían;
«esos novios», solía decir el viejo Hoffman…
Alguien había llegado hasta la puerta y Gabriel podía escuchar una
respiración acelerada; Jana calló bruscamente y su cara se endureció. Nunca
había visto Gabriel aquella expresión tan dura, tan fría, tan distinta de la
que él amaba, de la que él guardaba dentro de sí… Seguía escuchando la
respiración cerca de la puerta, tan fuerte, tan agitada como la de una fiera en
celo… se sentía mal, cada vez más disgustado con todo y con él mismo, aquella
atmósfera le resultaba asfixiante, aquellos pasos, aquella respiración, aquella
mujer tan lejana, tan desconocida para él. Había hecho tantos proyectos, había
planeado lo que iba a decirle, lo que ella contestaría, todo, y ahora lo había
olvidado, no sabía ya qué decir ni de qué hablar. Recorría con la vista los cuadros,
los retratos, las estatuillas, el gobelino lleno de figuras que danzaban en el
campo sobre la hierba, la gran araña que iluminaba el salón, todo parecía
rígido allí y con ojos, miles de ojos que observaban, que lo cercaban poco a
poco, y la respiración, detrás de la puerta, aquella respiración que empezaba a
crisparle los nervios.
—¡Basta ya, Walter!— gritó de pronto Jana—. ¡Basta, te digo!
Gabriel se levantó y fue a sentarse junto a ella. Tomó su mano, estaba
fría y húmeda…
—Jana, querida, salgamos de aquí; vamos a caminar un poco, a platicar,
vamos a… —Ella retiró la mano y lo miró fijamente. Entonces él vio de cerca sus
ojos, por primera vez esa noche, estaban increíblemente brillantes, las pupilas
dilatadas, inmensas y lagrimeantes. Sintió que un escalofrío le corría por la
espalda mientras la sangre le golpeaba las sienes. Jana se levantó y fue a
tocar un timbre. Nadie apareció. Volvió a tocar, no hubo respuesta.
—¡Quiero el té bien caliente! —gritó Jana.
Gabriel quería salir de allí, respirar aire puro, no ver más los
retratos, ni el piano, salir de aquella sala agobiante, de aquel mundo de
objetos, de tantos recuerdos, de aquella noche desquiciante, de aquel
aturdimiento. El gran candil con sus cien luces calentaba demasiado. Necesitaba
aire y el aire no alcanzaba a penetrar a través de las celosías, la puerta de
cristales que comunicaba con el jardín se encontraba cerrada… El reloj de la
chimenea dio la media, la noche se había eternizado para Gabriel y el tiempo
era una línea infinitamente alargada. Jana regresó a sentarse en la misma
butaca y encendió un cigarrillo.
—¿Qué ha sucedido, Jana? Dímelo.
—Así era yo entonces —dijo ella señalando el retrato de una jovencita.
«No está conmigo», pensó dolorosamente Gabriel.
—El día que me hicieron el retrato, cumplía dieciséis años; mamá me
había hecho el vestido, era de organza azul. «Es del mismo color que los ojos»,
dijo papá. Por la tarde fuimos a tomar helados y después al teatro, mamá
comentó que la obra era un poco atrevida para una niña. «Ya es una joven»,
agregó papá con una sonrisa. «Está bien que vaya sabiendo algunas cosas». El
doctor Hoffman me regaló el collar que tengo en el retrato, ¿no es lindo? Era
de cristal de roca color turquesa, el color azul siempre ha sido mi predilecto,
¿a ti te gusta?
—Es el color de tus ojos, pero… ¿por qué no hablamos de nosotros?
Se escuchó el ruido de una mesa de té que alguien arrastraba. Jana se
levantó precipitadamente y salió de la sala; regresó con la mesa. Gabriel
recordó en ese momento la primera vez que la vio en el hospital, conduciendo
aquella camilla…
—Le mandé decir que no había terminado de prepararlo —le dijo Jana al
doctor Hoffman.
—Está bien, Jana, no estorbe ahora.
Ella se hizo a un lado sin decir más y se sentó en una banca; desde allí
observaba con gran atención las manos del doctor Hoffman trabajando hábilmente
en aquel cuerpo muerto…
Jana servía el té.
—¿Con crema o solo?
—Prefiero solo.
Cuando le dio la taza Gabriel volvió a mirar de cerca aquellas pupilas
enormemente dilatadas y lagrimosas y sintió algo extraño, casi parecido al
miedo. «Ojos que no me atrevo a mirar de frente cuando sueño». Estos ojos no
podría él guardarlos para su soledad, para aquellas noches en que vagaba por la
ciudad y no tenía más refugio que meterse en algún bar y beber, beber hasta que
la luz del día lo obligaba a hundirse en las sábanas percudidas de su cama de
estudiante.
—¿Está bien de azúcar?
—Sí, gracias —contestó él. Qué importancia podía tener ahora el azúcar,
las palabras, si todo estaba roto, perdido en el vacío, en el sueño tal vez, o
en el fondo del mar, en el capricho de ella, o en su propia terquedad que lo
había hecho creer, concebir lo imposible, aquellos meses… todo falso, fingido,
planeado, actuado tal vez. Sintió de pronto un enorme disgusto de sí mismo y el
dolor de haber sido tan torpe, tan ciego, tan iluso; dolor de su pobre amor tan
niño. La miró con rencor, casi con furia, con furia, sí, desatada, de pronto
desenfrenada y terrible. Ella sonreía con aquella sonrisa que bien conocía,
aquella sonrisa inocente que tanto lo había conmovido y…
—¿No está muy caliente el té? —preguntó Jana. No le contestó, la seguía
mirando sonreír, las pupilas dilatadas, los dientes blancos, agudos; detrás de
ella los retratos también lo miraban sonrientes… Los pasos llegaron nuevamente
hasta la puerta—. Te dije que no molestaras, que no molestaras.
Gabriel advirtió que su frente y sus manos estaban empapadas en sudor, y
comenzó a sentir el cuerpo pesado y un extraño hormigueo que poco a poco lo iba
invadiendo; estaba completamente mareado y temía, de un momento a otro, caer de
pronto en un pozo hondo; se aflojó la corbata, se enjugó el sudor; necesitaba
aire, respirar; caminó hasta una ventana, había olvidado las celosías. «Aquí
todo es recuerdo, hasta el aire». Se tumbó de nuevo en la silla, pesadamente.
Encendió un cigarrillo y miró a Jana como se mira una cosa que no dice nada.
—Tú querías conocer mi casa, mi vida… estás aquí…
El rostro sonriente de Jana se iba y regresaba, se borraba, aparecía,
los dientes blancos que descubrían los labios al sonreír, las pupilas
dilatadas, se perdía, regresaba otra vez, ahora riendo, riendo cada vez más
fuerte, sin parar; él se pasó la mano por los ojos, se restregó los ojos, todo
le daba vueltas, aquel extraño gusto en el té, todo giraba en torno de él, los
retratos, el gobelino, las estatuillas, los bibelots. Jana se iba y volvía,
riéndose; la araña con sus mil luces lo cegaba, el piano negro, los pasos en el
pasillo, las ventanas con celosías blancas, la respiración, el rostro de Jana
blanco, muy blanco, entre una niebla perdiéndose, regresando, acercándose, los
dientes, la risa, los pasos nuevamente, la respiración detrás de la puerta, las
figuras danzando sobre la hierba en el gobelino, saliéndose de allí, bailando
sobre el piano, en la chimenea, aquel sabor, aquel gusto tan raro del té… Jana
decía algo, la vio levantarse y abrir la puerta de cristales que daba al jardín
y salir.
Gabriel se incorporó dando traspiés; cuando alcanzó la puerta y respiró
el aire fresco de la noche, sintió que se recobraba un poco, lo suficiente para
caminar. Jana caminaba por un sendero hacia el fondo del jardín, él la seguía
torpemente, tambaleándose; cada vez sentía que era el último paso, su último
paso en aquella húmeda noche de otoño; todo fallaba en él, su cuerpo no le
obedecía, sólo su voluntad lo llevaba, era ella la que arrastraba al cuerpo;
oyó los pasos que venían detrás de él, duros, sordos, pesados; no intentó ni
siquiera darse la vuelta, era inútil ya, no podría hacer nada, todo estaba
perdido, ya no había esperanza ni deseo de buscarla, quería apresurar el final
y caer en el olvido como una piedra en un pozo; perderse en la noche, en lo oscuro,
olvidar todo, hasta su propio nombre y el sonido de su voz… y los pasos cada
vez más cerca, una sombra se proyectaba adelante y él ya no sabía cuál de las
dos sombras era la suya; los pasos estaban ahora junto a él y aquella
respiración jadeante…
Jana había llegado hasta una puerta al fondo del jardín y por allí
entró. Cuando Gabriel logró llegar, las dos sombras se habían juntado. Un golpe
de aire dulzón y nauseabundo le azotó la cara; el estómago se le contrajo,
trató de salir al jardín nuevamente y respirar. Ya habían cerrado la puerta…
estaba oscuro y sólo una débil claridad de luna se filtraba a través de las
celosías; distinguió a Jana hacia el centro del salón, desde allí lo miraba
desafiante, en medio de dos féretros de hierro… aquel aire pesado, dulce,
fétido le penetraba hasta la misma sangre, un sudor frío le corría por todo el
cuerpo, quiso buscar un apoyo y tropezó con algo, cayendo al suelo; algo muy
pesado, grande, cayó entonces sobre él; rodaron por el suelo a oscuras, entre
golpes, gritos, carcajadas, olor a cadáver, a éter y formol, entre golpes
sordos, brutales, de bestia enloquecida, resoplando, cada vez más… Y los ojos
claros de Jana eran como los ojos de una fiera brillando en la noche, maligna y
sombría…
Sobre Gabriel caía una lluvia de golpes mezclados con terribles
carcajadas.
—Sheeesss, no tanto ruido, que puedes despertarlos —decía Jana.
Amparo Dávila

No hay comentarios:
Publicar un comentario